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Biografía de Juan Valera: Escritor y Diplomático

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Juan Valera

(Juan Valera y Alcalá Galiano; Cabra, 1824 - Madrid, 1905) Escritor y crítico español cuya
obra se inscribe en una corriente esteticista opuesta al realismo naturalista. Político y
diplomático, fue un hombre culto y refinado, cuyo hedonismo no estuvo desvinculado de
sus numerosas aventuras amorosas e incluso de su tardío y desgraciado matrimonio con
Dolores Delavart, a la que doblaba en edad. Se inició como teórico literario con Ensayos
literarios (1844), libro que fue destruido casi en su totalidad, y con críticas y recensiones en
diversos diarios y revistas españoles e hispanoamericanos.
[Link]
La madre se opuso a que siguiera la carrera de las armas como el padre, así que Juan
estudió Lengua y Filosofía en el seminario de Málaga entre 1837 y 1840 y en el colegio
Sacromonte de Granada en 1841. Luego inició estudios de Filosofía y Derecho en
la Universidad de Granada, donde se licenció en 1846; por entonces ya había empezado a
aprender lenguas modernas, publicaba versos en La Alhambra de Granada y El
Guadalhorce de Málaga, y leía ávidamente tanto la literatura de la Ilustración como la
del Romanticismo:
A los doce o trece años había leído a Voltaire y presumía de sprit fort, si bien me asustaba
cuando estaba a oscuras y temía que me cogiese el diablo. El romanticismo, las leyendas
de Zorrilla y todos los asombros, espectros, brujas y aparecidos
de Shakespeare, Hoffmann y Scott reñían en mi alma una ruda pelea con el volterianismo,
los estudios clásicos y la afición a los héroes gentiles.
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Trayectoria política
En 1858 se retiró provisionalmente del cuerpo diplomático y decidió establecerse en
Madrid, donde inició una carrera política; con la ayuda de su hermano José Freuller,
político curtido y, tras dos fracasos anteriores, logra ser diputado por Archidona, y luego
oficial de la Secretaría del Despacho Estado, subsecretario y efímero director general de
Instrucción Pública con Amadeo de Saboya. En 1860 explicó en el Ateneo de
Madrid la Historia crítica de nuestra poesía con un éxito inmenso. Le eligieron miembro
de la Real Academia Española en 1861 y ya en su vejez de la Academia de Ciencias
Morales y Políticas
Vida literaria
Valera, que como escritor cultivó principalmente la narración, la epistolografía y el ensayo,
colaboró en diversas revistas desde que como estudiante lo hiciera en La Alhambra, aunque
al principio siempre fue pane lucrando, por lo que él llamaba la "sindineritis crónica" de su
familia. Fue director de una serie de periódicos y revistas, fundó El Cócora y escribió en El
Contemporáneo, Revista Española de Ambos Mundos, Revista Peninsular, El Estado, La
América, El Mundo Pintoresco, La Malva, La Esperanza, El Pensamiento Español y otras
muchas revistas. Fue diputado a Cortes, secretario del Congreso y se dedicó al mismo
tiempo a la literatura y a la crítica literaria. Aunque empezó a escribir en la época del
último romanticismo, su desarrollo pleno se dio durante el realismo, pero no puede
considerarse ni realista ni romántico a causa de su esteticismo idealizador. Nunca fue un
hombre ni un escritor romántico, sino un epicúreo andaluz, culto e irónico, inclinado a la
filosofía pero siempre hostil a definir un sistema propio.
El hispanista y literato Gerald Brenan asegura que fue el mejor crítico literario del
siglo XIX después de Menéndez Pelayo; actuó siempre por encima y al margen de las
modas literarias de su tiempo, rigiéndose por unos principios estéticos generales de
sesgo idealista y poético, por lo cual nunca terminó de asimilar el costumbrismo de uno de
sus principales amigos, el arabista Serafín Estébanez Calderón. Por ejemplo, escribió a su
mujer desde Cabra:
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Sin duda hay que revisar el juicio que la crítica ha ofrecido de su poesía, que a menudo es
mucho más inspirada que la de sus contemporáneos. En sus traducciones, por lo menos,
llegó a conseguir formidables versiones de, por ejemplo, la Elegía a la pérdida de Sevilla y
Córdoba de Abul-Becka, en sextillas de pie quebrado:
18

Fue uno de los españoles más cultos de su época, propietario de una portentosa memoria y
con un gran conocimiento de los clásicos grecolatinos; además, hablaba, leía y escribía el
francés, el italiano, el inglés y el alemán. Tuvo fama de epicúreo, elegante y de buen gusto
en su vida y en sus obras, y fue un literato muy admirado como ameno estilista y por su
talento para delinear la psicología de sus personajes, en especial los femeninos; cultivó
el ensayo, la crítica literaria, el relato corto, la novela, la historia (el volumen VI de
la Historia general de España de Modesto Lafuente y algunos artículos) y la poesía; le
declararon su admiración escritores como José Martínez Ruiz, Eugenio D'Ors y los
modernistas (una crítica suya presentó a los españoles la verdadera dimensión y méritos de
la obra de Rubén Darío).
Ideológicamente, era un liberal moderado, tolerante y elegantemente escéptico en cuanto a
lo religioso, lo que explicaría el enfoque de algunas de sus novelas, la más famosa de las
cuales continúa siendo Pepita Jiménez (1874), publicada inicialmente por entregas en
la Revista de España, traducida a diez lenguas en su época y que vendió más de
100 000 ejemplares; el gran compositor Isaac Albéniz hizo una ópera del mismo título.
En 1856 permaneció durante varios meses en Madrid, en espera de un empleo o legación,
lo que aprovechó para intensificar sus colaboraciones literarias. Fundó, en colaboración
con Carlos José Caldeira y Sinibaldo de Mas, la Revista Peninsular, un intento de revista
bilingüe en portugués y castellano. La revista le dio cierto renombre como crítico literario y
benefició sus relaciones sociales, acudiendo, con frecuencia, a cenáculos literarios.19 En
1868, Valera empezó a colaborar en la recién fundada Revista de España, de Madrid, en
cuyas páginas figuraron periodistas y literatos de renombre. También publica el segundo
tomo de Poesía y arte de los árabes en España.20
Diplomacia y viajes[editar]
Juan Valera amplió largamente su cultura mediante los viajes y un estudio constante. Inició
su carrera diplomática en Nápoles como agregado sin sueldo en 1847. Tras pasar allí dos
años y once meses, en los que trabajó a las órdenes del duque de Rivas y vio estallar
la revolución de 1848 en Europa, Valera pasa en 1850 a la legación de Lisboa. Más tarde
(1850), fue embajador en Lisboa, Río de Janeiro (1851), Dresde (1854), San
Petersburgo (1856), Fráncfort (1865), otra vez Lisboa, esta vez como ministro
(1881), Washington (1883), donde mantuvo una relación amorosa y epistolar con la joven y
culta hija del secretario de estado estadounidense Katherine Lee Bayard, que acabó
suicidándose, Bruselas (1886) y Viena (1893).
En 1895 se había vuelto prácticamente ciego, así que solicitó la jubilación por motivos de
salud, que le fue concedida por un Real Decreto del 5 de marzo de 1896. Abandonó Viena
pues bastante achacoso ya y se estableció en Madrid, aunque todavía tuvo tiempo para
conocer en Zarauz al hispanista francés Ernest Mérimée, sobrino del autor de Carmen, en
agosto de 1897, y animarle a escribir una historia de la literatura española. 21 Desde entonces
se hizo leer en voz alta en español, francés, alemán y griego 22 y dictó sus escritos a su
secretario Pedro de la Gala Montes, al que llamaba familiarmente Perikito; por ejemplo, le
dictó la mayor parte de su última novela Morsamor mientras se afeitaba a tientas, como
recordó el conde de las Navas.23 Mantuvo además una famosa tertulia nocturna los sábados
en su casa de la calle Santo Domingo de Madrid, a la que acudían entre otros Marcelino
Menéndez Pelayo, Luis Vidart Schuch, Narciso Campillo, Emilio Pérez Ferrari, el
mencionado conde de las Navas, los Vázquez de Parga, los hermanos Quintero, el
editor Fernando Fe, Blanca de los Ríos y un joven Ramón Pérez de Ayala, veladas que
llegaban algunas veces hasta las dos de la madrugada. También acudía su sobrino, el
escultor Coullaut Valera, que sería el encargado de realizar el monumento que se le dedicó
en el paseo de Recoletos de Madrid. Pero Valera frecuentaba también otras tertulias
Ideas, estilo y temas[editar]

Monumento a Valera en Madrid, obra de su sobrino el


escultor Lorenzo Coullaut Valera (1928).
Cultivó diferentes géneros. Como novelista, fueron dos sus ideas fundamentales:
 La novela debe reflejar la vida, pero de una manera idealizada y embellecida. Es realista
porque rechaza los excesos de fantasía del romanticismo y su sentimentalismo y porque
escoge ambientes precisos, pero a la vez procura eliminar los aspectos penosos y crudos de
la realidad. Su diferencia con Benito Pérez Galdós es evidente, ya que este considera que la
novela tiene que ser reflejo fiel de la realidad.
 La novela es arte, su fin es la creación de la belleza. De ahí que cuide tanto el estilo. Este se
caracteriza por su corrección, precisión, sencillez y armonía; es el primer estilista de su
generación, refinado y académico, ciertamente, pero provisto de una burlona ironía, de
dejos volterianos, fruto de un esencial escepticismo ("yo me siento incapaz de ser
dogmático en mis juicios filosóficos"); su realismo no exagera, sino que idealiza, y se fija
especialmente en los aspectos más placenteros de la vida evitando todo mal gusto, las
estridencias y las vulgaridades: desde luego, es todo lo opuesto al realismo naturalista. La
función de la novela es deleitar, no instruir:
Mi idea al componer cuentos, narraciones o lo que sean, ya que no sean novelas, no es
probar nada. Para probar tesis escribiría yo disertaciones... El principal objeto del autor ha
de ser la pintura, la obra de arte, y no la enseñanza.
24

Se pueden reducir a dos los temas fundamentales de sus obras: los conflictos amorosos (en
especial entre hombres maduros y mujeres jóvenes) y los religiosos.
Valera empezó muy tarde a escribir narrativa, pues empezó siendo poeta (de su primer
libro, Ensayos poéticos -Granada, 1844- solo se vendieron tres ejemplares) y epistológrafo.
A los cincuenta años publicó su primera obra narrativa, Pepita Jiménez (1874), una novela
en dos partes de las cuales la primera adopta la forma precisamente epistolar en primera
persona (cartas del seminarista Luis de Vargas a su tío deán) y la segunda una narrativa en
tercera persona. Se refiere en la primera el progresivo enamoramiento del seminarista Luis
de Vargas de la joven (veinte años) viuda andaluza prometida a su padre que da nombre a
la obra. Tras grandes luchas espirituales, termina casándose felizmente con ella. El proceso
psicológico de lucha entre el amor divino y el humano se describe sutilmente en la parte
epistolar y los inauténticos propósitos ascéticos del protagonista se van al traste por medio
de la compañía de la jovencita y el contacto con la naturaleza, mientras que en la parte
narrativa final dominan más los toques costumbristas y la alegre sensualidad con que se
describe el entorno andaluz, idealizado, como acostumbra. Es admirable asimismo el terso
y esmerado estilo; en realidad, se trata de una novela de tesis en que se defiende la primacía
de lo natural y lo vital sobre lo artificial y lo afectado.
El comendador Mendoza (1877) tiene como nudo un caso de conciencia parecido al de El
escándalo de Pedro Antonio de Alarcón, pero en este caso se mantiene una falsedad para
evitar males mayores. E, inversamente a la obra de Alarcón, el interés del autor se centra
más que en el conflicto moral en la gracia de la narración y en la caracterización del
simpático protagonista, una especie de enciclopedista liberal bastante parecido al propio
Juan Valera, y que acaba casándose en su edad madura con una sobrina suya.
Doña Luz (1879) vuelve a plantear, como en Pepita Jiménez, la dicotomía entre el amor
divino y el amor humano, pero esta vez el conflicto acaba trágicamente, ya que el anciano
fraile P. Enrique muere al casarse la protagonista, de quien se había enamorado.
Juanita la Larga (1896) insiste, a su vez, en el tema de los amores de un hombre entrado en
años con una moza. Pero en esta ocasión Valera dio extensa entrada a la
descripción costumbrista, aunque, como es habitual en él, el paisaje, los tipos y el ambiente
andaluz, e incluso el lenguaje, se encuentran sometidos a una ligera estilización idealista, de
suerte que los lugareños se expresan tan académicamente como el autor.25
Morsamor (1899) es su última novela, escrita poco antes de morir y muy distinta a cuanto
solía expresar: se trata de una novela histórica que es casi una novela de aventuras; además
abandona la estética del realismo y da entrada al elemento fantástico: el protagonista, viejo
y frustrado con su vida y refugiado en un convento, rejuvenece al tomar un elixir mágico y,
con una nueva oportunidad, emprende un viaje de redención a Oriente, más en particular la
India (que Valera conocía bien por haber residido largo tiempo en este lugar su padre),
donde se vuelve a enamorar, y regresa tras diversas peripecias al convento nuevamente
frustrado. El nombre del héroe es simbólico (mors es "muerte" en latín). En una carta a su
amigo José María Carpio expresa su intención de escribir "una novela de caballerías a la
moderna":26
«Tomando por lo serio algunos preceptos irónicos de don Leandro Fernández de
Moratín en su Lección poética, he puesto en mi libro cuanto se ha presentado a mi mente
de lo que he oído o leído en alabanza de una época muy distinta de la presente, cuando era
España la primera nación de Europa» (J. Valera, "Prólogo-dedicatoria" a Morsamor, 1899)

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