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3/4/24

Resumen
Globalización y Geografía

Introducción

Las transformaciones que el mundo de nuestros días conoce se


asocian con la noción de globalización. A nuestro juicio, este
fenómeno del presente también ha ocasionado cambios en la
organización del territorio, solo que no todos los lugares se
conforman los distintos territorios nacionales, tendrían la misma
capacidad de participar en este proceso, puesto que no todos
tendrían las mismas condiciones objetivas (internas e externas)
para ser coparticipes de su realización.

Pero hoy todos los lugares, sin importar donde se localicen, pueden
ser incorporados a este proceso en cualquier momento –de hecho
lo están, gracias a la tecnología del presenta. Esta situación nos
conduce a reflexionar sobre la importancia de cada pedazo de
territorio para garantizar (o no) su productividad (eficiencia) y, en
consecuencia, su competitividad en relación a otros lugares. En este
sentido, se podría pensar que la integración de cualquier lugar al
proceso global estaría en función de su nivel de espacialización.

Si esto no fuese así, ¿hasta dónde la necesaria fluidez de las


acciones globales acarrea cambios significativos en el uso de los
territorios? Inquietudes como ésta son las que han inspirado este
trabajo y esperamos que su discusión ayude en esa difícil tarea de
intentar encontrarle sentido a las realizaciones del hombre y a los
por qué de su materialización en este o aquel otro lugar.

**Qué está ocurriendo hoy?**

Los cambios que el mundo viene experimentando en los últimos 50


años, en especial a partir de la década de los setenta, tienen en el
conocimiento, objetivado entre otras cosas, en el éxito abrumador
de los medios de comunicación, a uno de sus elementos
explicativos esenciales. En buena medida, los constantes avances
detectados en el control de la materia y la construcción de nuevos
mecanismo para tratar la información, como bien lo señala Lojkine
(1995), serían claves para la comprensión de muchos de los
acontecimientos que definen al mundo de nuestros días.

El periodo actual, denominado también como técnico-científico


(Richta, 1974), pero más específicamente de técnico-científico-
informacional por Santos (1996), está permeado por la técnica, por
lo que no sería exagerado afirmar que en el mundo del presente, y
en el que reinan la competitividad y la concurrencia, el hombre
estaría literalmente al servicio de las exigencias que le imponen las
nuevas tecnologías de la información. Esta situación nos muestra la
esencial unión que identifica hoy a la ciencia y a la técnica, sólo que
ahora esta última, a diferencia de otros momentos, está siendo
cada vez más precedida por la ciencia.

Por ello nos enfrentamos, cada vez menos sorprendidos, con lo


que Santos (1993) define como la “convergencia de los momentos”;
es decir, al hecho de que la contemporaneidad de los eventos,
antes independiente –lo que ocurría en un lugar no era conocido,
necesariamente, en otros lugares-, ahora es decir, la posibilidad de
que los eventos, al decir de Bergson (1923: 27) “entren en una
percepción única e instantánea”
No por azar Lojkine (1995) afirma que estamos en presencia de dos
sistemas sociotécnicos que se contraponen: el de la revolución
industrial (sociedad industrial) vs. El de la denominada revolución
informacional (sociedad informacional). En verdad lo que tenemos
ante nosotros es una verdadera revolución organizacional que
afecta todas las esferas de la vida social. No sólo es una revolución
informática –ésta no es más que un instrumento para tratar
informaciones estandarizadas o estandarizables-, la revolución
informacional es mucho más, pues involucra principalmente “…la
creación al acceso y la intervención sobre informaciones
estratégicas de síntesis, bien sean de la naturaleza económica,
política, científica o ética, de cualquier forma informaciones sobre
información, que regulan el sentido de las informaciones
operacionales, particulares, que cubren nuestra vida cotidiana”
(Lojkine, 1995 109).

Lo que se ha señalado hasta los momentos, de manera bastante


sucinta, no es novedoso, tampoco que es fundamental para
comprender porque estamos ante un nuevo momento de
aceleración de la historia del hombre. Precisamente, el término
globalización no hace más que hacer referencia a este nuevo
momento, sólo que muchas veces su uso se reduce al fenómeno de
la integración que se conoce hoy en día el comercio y la producción
mundial. No obstante, pocos dudan en señalar que la globalización
es lo más característico de las últimas décadas del siglo XX, en
particular la de los años 90.

No se puede negar, sin embargo, que una de las manifestaciones


más visibles que caracterizan los años finales del siglo XX es el
constante aumento del comercio internacional, el cual abarca no
sólo el intercambio comercial de mercancías (incluyendo patentes y
tecnología) sino que envuelve, de manera creciente, al mundo
financiero. Este fenómeno del hoy permitiría sustentar que nos
enfrentamos con un mercado que tendería a mostrarse cada vez
más unificado, ya que la economía mundial se estaría
transformando en una zona única de producción e intercambio, con
empresas mundiales concibiendo la producción y distribución de
sus productos y servicios a escala planetaria, pero aún sin los
mecanismos de regulación apropiados para controlar, a nivel
mundial, esta interdependencia económica y política (Benko, 1996)

Si bien es cierto que la globalización, en tanto que una de las


realizaciones de la historia del presente, tiene expresiones
formales concretas cuyos orígenes deben buscarse en el cómo se
han funcionalizado, a partir de la Segunda Guerra Mundial, los
rasgos esenciales que definen al sistema capitalista –como modo de
producción dominante a escala mundial, no solo es menos que,
dada su naturaleza contemporánea, presenta características que
permiten afirma que este periodo histórico se diferencia de
cualquier otro que lo haya precedido.

A pesar de no existir un consenso –difícilmente podría- en cuanto a


su definición, no se puede obviar que este fenómeno se asocia con
cambios que se manifiestan en un sinfín de esferas de la vida social
(finanzas, mercados, organización empresarial, telecomunicaciones,
infraestructuras, circulación de bienes y servicios, consumo,
sistema de valores, relaciones internacionales, conciencia
planetaria, etc.), y que nociones como internacionalización o
transnacionalización, por ejemplo, ya no dan cuenta de esta nueva
situación.

Posiblemente una de las definiciones que más se aproxima al


contenido de lo que está aconteciendo en el mundo del presente
sea la que aporta el Grupo de Lisboa (Groupe de Lisbonne, 1995)
cuando afirma que la actual mundialización es un hecho de
múltiples nexos e interconexiones que une estados y sociedades
que contribuye a formar el presente sistema mundial, pues
describe el proceso según el cual de los eventos, las decisiones y las
actividades que, teniendo como origen un punto cualquiera del
planeta, terminan por repercutir, de manera significativa, sobre
personas y grupos sociales que viven muy lejos de allí.

Esto quiere decir entonces que la globalización tendría una


profundidad y una intensidad no conocidas hasta el presente, ya
que englobaría tanto a un conjunto de procesos que, en los hechos,
tienen un alcance mundial como supondría una intensificación, sin
precedentes, de los niveles de interacción, interconexión o
interdependencia entre estados y sociedades que constituyen la
comunidad mundial.

Es evidente que esta manera de entender este proceso es bien


diferente de aquella que sostiene que bajo el emblema de la
democracia en lo político y de la economía de mercado en lo
económico, la humanidad avanza hacia una era de uniformidad y
certidumbre. Por el contrario, ella se encamina hacia una era que se
caracteriza por ser muy desigual en su extensión y muy diferente en
sus consecuencias.

Los estudiosos de este nuevo mundo global concuerdan, sin


embargo, que la denominada empresa global es uno de sus
principales actores. Esta (s) empresa (s) tendría (n) en la liberación
de esta actividad, por vías no diferentes a las del mercado, a sus
factores fundamentales. Las consecuencias de esta nueva situación
no se dejan esperar, siendo posiblemente una de las de mayor
impacto en aquella que dice con respecto a la noción asociada con
lo nacional, pues una de las bases del Estado-Nación, el mercado
nacional, progresivamente estaría cediéndole el paso a un mercado
mundial.

Cada día se acepta más que las empresas globales, están


sustituyendo, poco a poco, a las autoridades públicas en la
dirección y control de la economía mundial, pues estarían
demostrando una mayor flexibilidad para adaptarse a los cambios
en curso; estarían detrás de la “cultura de los objetos” (que ellas
producen, además); cada vez más incrementarían su
responsabilidad en los intercambios comerciales mundiales, con lo
cual afectan la importancia relativa de los países como actores del
comercio internacional y, por último, participarían de manera
creciente en procesos que hasta fecha reciente eran del dominio de
los Estados Nacionales.

Ahora, si la imperiosa necesidad de superar las dificultades del


proceso de acumulación, a través del aumento de la productividad
e intensidad del trabajo, es lo que nos ayuda a comprender el
porque de la profunda reorganización de la economía y de la
sociedad a escala mundial ¿qué estará ocurriendo, en términos de
organización, con el territorio de los diversos países ante estas
transformaciones? ¿Qué consecuencias ha traído, para la
organización del espacio del presente, el hecho de que la
contemporaneidad de los eventos, antes independiente, ahora sea
interdenpendiente?

**Uso del territorio: ¿sinónimo de espacio geográfico?

Las interrogantes citadas nos conducen a reflexionar sobre la


importancia que le sabe al espacio geográfico (y en) la realización
del hombre social, pues es evidente que en cualquier momento de
su historia, ésta se concretiza sobre bases materiales que son, al
mismo tiempo, producto y condición de (y para) esa realización.
Con esto solo se quiere resaltar que toda sociedad tiene una
manera de usar su territorio y su tiempo, solo que en este proceso
redefine, continuamente, su materialidad ya que es a través de sus
acciones que ésta adquiere sentido y significado para ella (Santos,
1996).
Es por ello entonces que el territorio de cualquier país está sujeto a
múltiples y sucesivas modificaciones en función del uso que la
sociedad hace de él, con lo cual su configuración muestra, para
cada momento histórico, significaciones también diferentes, ya que
sería esa sociedad en movimiento la que las determina. De esta
manera, la comprensión de ese territorio usado no tendría sentido
sino se le ve en relación con las acciones que emanan de la
sociedad, acciones que suponen funciones específicas, concretas
para los objetos que el hombre ha construido y que son parte
constitutiva de ese territorio.

Si se acepta que el trabajo social es una praxis creadora de objetos,


sin duda que aquellos que le interesan a la geografía, valga decir las
formas espaciales (objetos geográficos?), también se materializan
en virtud de ese trabajo social. Por lo tanto, la sociedad en
movimiento (o facciones de ésta) también participa de su
contenido existencial, por lo que este espacio geográfico tiene la
virtud de expresar el hoy siendo el ayer y la posibilidad del mañana
pues concretiza a la realidad en movimiento.

Lo afirmado permitiría sustentar que el espacio geográfico seria


también una de las existencias del mundo; es decir, una de las
posibilidades, de esa esencia que es el mundo, realizándose,
funcionalizándose, volviéndose realidad. Es por ello que en su
funcionalización, el espacio crea y recrea formas (objetos) porque
ellas, al ser expresión de su contenido, se constituyen en
respuestas necesarias para la producción y reproducción material
de la sociedad.

En consecuencia, los objetos geográficos, al igual que los otros,


tendrían no sólo un contenido técnico, sino también uno temporal,
puesto que cada uno de ellos, en su singularidad, detentaría sus
propios tiempos, tiempos que, sin embargo, solo cobran significado
dentro del contexto que nos da el presente. De allí que, las
temporalidades de cada objeto estén en relación directa con el
nivel de complejidad de las funciones de él (o de ellos) reclama la
sociedad, en un momento histórico determinado.
Es importante señalar que le existencia de los objetos geográficos,
a diferencia de los otros, está dialécticamente asociada con su
localización, ya que ésta es esencial para (y en) la producción y
reproducción material de la sociedad. No sería exagerado afirmar
entonces que es su localización, en tal o cual lugar, que los objetos
materializan la intencionalidad de la(s) acción(es) que define(n)
su(s) función(es). Por tanto, su localización y por ende su creación
(o transformación), en lugares concretos y en momentos precisos,
estará en función de acciones, pero acciones que por esencia son
deliberadas, intencionadas, lo que reafirma la presencia de una
racionalidad evidente, explícita o implícita, detrás de cada acción.

Así, las formas espaciales nos muestran a través de las funciones


que históricamente le han sido asignadas, la acción (o acciones),
que está detrás de cada función. Esto significa que los objetos
geográficos cumplen funciones específicas, en momentos precisos y
en lugares concretos, pero funciones que no olvidemos, siempre
responderán a necesidades del presente. Por tal razón, los objetos
encierran, a través del presente, al pasado y al futuro, ya que su
esencia está determinada por su naturaleza, es decir por la(s)
función(es) que, históricamente, le asigna la sociedad en
movimiento.

Las acciones de una sociedad cualquiera, en un momento


cualquiera, no tienen como origen solamente a esa sociedad sino
que de ellas también participa el espacio geográfico. En
consecuencia, para la realización de esa sociedad el territorio usado
se torna esencial, la que el espacio del pasado, aquel de un
momento inmediatamente anterior, condiciona al espacio del
presente en su realización inmediata y este, a su vez, al condicionar
el momento inmediatamente posterior, participa de las
posibilidades que darán existencia al que vendrá.

En este contexto, comprensión del cómo se configura un territorio


cualquiera pasa por entender cómo se expresan esas relaciones,
expresión que, no olvidemos, mucho más en los actuales
momentos, se puede tener un alcance total, nacional o mundial, o
distintas y variadas combinaciones de ella.

Los objetos entonces son receptores, depositarios de una


multiplicidad de eventos vía función, puesto que también permiten
que el mundo se realice, funcione, en otras palabras que exista.
Esto nos induce a pensar que los eventos cobran existencia, se
funcionalizan, no solo por su posibilidad histórica, sino también
porque el lugar, en su singularidad, les brinda la ocasión (Santos
1996). De esta manera, el lugar, al permitir, vía espacio, que los
eventos existan en momentos históricos precisos, se convierte, en
su especificidad, en la oportunidad para realización de las
posibilidades del mundo.

Por ello los lugares acogen eventos que resultan de impactos


temporales diferentes, impactos que, no obstante, siempre
representan su tiempo, es decir su presente. Por tal razón, los
eventos, en su llegar a ser se realizan en tal o cual lugar, porque
traen del mundo en tanto que esencia, algunos rasgos que
permiten su realización en este o aquel lugar, pero no en otro(s).
De allí su carácter selectivo, pues es en este proceso que los
eventos, extrayendo su significado de la trama social se
materializan en este o aquel lugar. Pero también, los lugares, a su
vez, al singularizarse en su realización, se universalizan por su
esencia, ya que su contenido extrae su significado de esa totalidad
que es el mundo en tanto que posibilidad.

La oportunidad que ofrecen los lugares para acoger algunas de las


variables definidoras (o no) de la historia del presente, va a
depender del como se combinen los componentes de ese conjunto
indisociable de sistemas de objetos y de sistemas de acciones
(Santos, 1996), valga decir que su espacio geográfico. De allí que
cada lugar combine “de manera particular variables que muchas
veces pueden ser comunes a varios lugares” (Santos, 1991; 58). Esto
quiere decir que cuando se trabaja con el mundo, en solo un
momento dado y en tanto que la totalidad concentra, se utilizan
todas sus variables, ni las mismas combinaciones. Por tanto, cada
lugar es diferente y una situación nunca es semejante a otra.

Desde ese punto de vista, la materialidad nos permitiría percibir


como una sociedad usa su territorio, pero también nos dice que,
históricamente, este uso ha sido diferencial. Es en este proceso de
diferenciación que los lugares presentan, en función del como se
hayan espacializado, determinadas condiciones que pueden
favorecen (o no) el desarrollo de actividades productivas que los
convierten en puntos esenciales para que fluyan, a su vez, las
acciones necesarias para que esas actividades sean competitivas.

En muchos casos, cobre todo en el mundo del hoy, estas acciones


trascienden de los marcos normativos establecidos por los estados
territoriales, con lo cual presenciamos la transformación, como
bien lo afirma Santos, de parte de los territorios nacionales en
espacios nacionales de la economía internacional. Por ello no es
extraño encontrar que los lugares del hoy sean mucho más móviles
y tendencialmente más especializados y diferenciados que antes.

¿El espacio geográfico del presente está cargado entonces de


nuevos significados? Sin duda que sí, pues no solo los objetos son
cada vez más necesarios para la reproducción de material en la
sociedad, dado su creciente contenido en ciencia, tecnología, pero
fundamentalmente de información, sino que su localización en este
o aquel lugar, dependerá también de acciones cada vez más
precisas, ya que es cada vez más creciente y necesaria la búsqueda
de racionalidad en su construcción (o transformación) y, en
consecuencia, de su localización.

Por lo discutido hasta ahora, es evidente que no todos los lugares,


de los distintos territorios nacionales, tendrían la misma capacidad
para participar del proceso de globalización, ya que no todos
contarían con las mismas condiciones objetivas (internas y
externas) para ser coparticipes de su realización. Pero hoy, todos
los lugares, sin importan donde se localicen, pueden ser
incorporados en cualquier momento –de hecho lo están, gracias a
la tecnología del presente- a este proceso.

Muchas veces, la decisión de incorporarlos o no, se toma sin la


necesaria participación de la instancia local o nacional, pero
también, a veces, esta decisión no puede dejar de considerar
situaciones de carácter local o nacional, lo que nos ratifica la
importancia de no dejar de lado la constitución del lugar a la hora
de trabajar con los fenómenos del presente.

Por todo lo señalado es que para la Geografía, en tanto que


disciplina que tiene como su objeto de estudio a uno de los
elementos más sensible y, a la vez, más “rígido” ante los cambios,
valga decir el espacio geográfico, se constituye de una tarea
fundamental, prioritaria, reflexionar sobre la historia del presente,
ya que ésta por contener, de forma simultánea, los elementos que
aceleran y retardan al cambio contiene aquellos que en sus
recombinaciones, le dan nuevos contenidos al espacio.
Resumen:

La globalización y los cambios actuales están transformando la


organización del territorio, pero no todos los lugares tienen igual
oportunidad de participar. La tecnología facilita la inclusión de
cualquier lugar en este proceso, lo que destaca la importancia de
cada territorio para su productividad y competitividad a nivel
global. La globalización, que va más allá del comercio
internacional y abarca aspectos financieros y tecnológicos, está
marcada por un encuentro entre la revolución industrial y la
informacional. Esto afecta a todas las esferas de la vida
económica y social. El uso del territorio refleja la realización de la
sociedad y sus usos cambian históricamente según las necesidades
sociales. Los objetos geográficos son productos de la actividad
humana y su localización tiene significado temporal y funcional.
Los lugares se especializan en función de las actividades
económicas, y la globalización implica una reorganización del
territorio nacional en espacios de la economía internacional.
Aunque no todos los lugares tienen las mismas oportunidades de
la globalización, la tecnología permite su incorporación en este
proceso

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