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Fábulas de Leonardo da Vinci

Fabulas de Davinci: Pocos como Leonardo han cautivado a su auditorio con la elegancia de su palabra y la originalidad de sus fábulas. Fábulas que deleitaron a oyentes como Ludovico Moro, duque de Milán; Francisco I, rey de Francia, y otros célebres personajes de aquel tiempo.

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Fábulas de Leonardo da Vinci

Fabulas de Davinci: Pocos como Leonardo han cautivado a su auditorio con la elegancia de su palabra y la originalidad de sus fábulas. Fábulas que deleitaron a oyentes como Ludovico Moro, duque de Milán; Francisco I, rey de Francia, y otros célebres personajes de aquel tiempo.

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INDICE

EL RATON, LA COMADREJA Y LA GATA……………………...Pág. 4


EL LOBO QUE SE HIZO JUSTICIA. ....................................................... 4
LA PLANTA Y EL PALO ......................................................................... 5
LA MONA Y EL PAJARITO..................................................................... 5
EL ARMIÑO. .............................................................................................. 6
LA LENGUA Y LOS DIENTES ................................................................ 7
EL CANGREJO Y LA ROCA.... ................................................................ 7
EL VINO Y EL BORRACHO... ................................................................. 8
EL UNICORNIO Y LA DONCELLA... .................................................... 8
EL CASTAÑO Y LA HIGUERA.... .......................................................... 9
LA MARIPOSA Y LA LUZ. ...................................................................... 10
EL AGUILA Y EL BUHO ......................................................................... 11
LA ZARZA Y EL MIRLO ......................................................................... 12
EL REY Y LAS GRULLAS... ................................................................... 13
LA OSTRA Y EL CANGREJO. ................................................................. 14
EL JILGUERO Y SUS HIJOS PRISIONEROS. ........................................ 15
EL TORO Y LOS PASTORES... ............................................................... 16
EL ZORRO Y LA URRACA.... ................................................................. 16
LA LEONA Y LOS CAZADORES... ........................................................ 17
EL PAPEL Y LA TINTA... ........................................................................ 17
LA NUEZ Y EL CAMPANARIO. ............................................................. 18
EL COPO DE NIEVE ................................................................................. 19
EL CANTO DEL CISNE ............................................................................ 20
EL LIRIO Y EL RIO ................................................................................... 21
EL CAMELLO Y EL PASTOR... .............................................................. 21
LA NAVAJA DE AFEITAR. ..................................................................... 22
EL PELICANO Y SUS HIJUELOS. ......................................................... 23
EL VILLANO Y LA VID. ......................................................................... 24
LA PULGA Y EL CARNERO ................................................................... 25
EL ARROGANTE PAVO REAL. .............................................................. 26
LA AVARICIA DEL SAPO ....................................................................... 26
EL AGUA.................................................................................................... 27
LA HORMIGA Y EL GRANO DE TRIGO. .............................................. 27
LA ARAÑA EN EL OJO DE LA CERRADURA ..................................... 29

1
LA CALANDRIA Y EL ERMITAÑO. ...................................................... 30
EL ASNO Y EL HIELO…. ........................................................................ 31
EL MELOCOTONERO. ............................................................................. 32
LA PIEDRA Y EL CAMINO ..................................................................... 33
EL PEDERNAL Y EL ESLABON. ............................................................ 34
LA CLEMATIDE Y LOS CAMINANTES. .............................................. 35
EL TORRENTE... ....................................................................................... 35
EL LEON .................................................................................................... 36
LA OSTRA Y EL RATÓN ......................................................................... 36
EL LAUREL, EL MIRTO Y EL PERAL... ............................................... 37
LA ARAÑA Y LA UVA. ........................................................................... 38
LA HIGUERA............................................................................................. 38
EL HALCON Y EL PATO SALVAJE....................................................... 39
EL CEDRO Y SUS COMPAÑEROS ......................................................... 40
EL TESTAMENTO DEL AGUILA ........................................................... 41
LA ORUGA ................................................................................................ 42
LA ARAÑA Y EL ABEJORRO ................................................................. 43
ALEGRIA ................................................................................................... 43
Y... TRISTEZA ........................................................................................... 44
LA SERPIENTE Y LOS PÁJAROS........................................................... 44
EL OSITO Y LAS ABEJAS ....................................................................... 45
EL TOPO ..................................................................................................... 46
EL LEON Y EL CORDERO... ................................................................... 46
LA PARRA Y EL ARBOL VIEJO ............................................................. 46
LEYENDA DEL VINO Y DE MAHOMA ................................................ 47
EL SAUCE Y LA VID................................................................................ 48
LA RED Y LOS PECES ............................................................................. 48
LA LLAMA ................................................................................................ 50
LOS TORDOS Y LA LECHUZA .............................................................. 51
EL NOGAL ................................................................................................. 52
EL COCODRILO Y LA MANGOSTA...................................................... 52
EL VENCEJO ............................................................................................. 53
EL HUEVO ROBADO ............................................................................... 54
EL SAUCE Y LA CALABAZA ................................................................. 54
LAS LLAMAS Y EL CALDERO .............................................................. 56
EL ELEFANTE Y EL DRAGON ............................................................... 57
2
PROLOGO
De tiempo en tiempo, la Humanidad produce un genio y fue el de su época el
gran Leonardo de Vinci, pintor, escultor, arquitecto, ingeniero e inventor.
Tanto renombre llegó a alcanzar en las mencionadas actividades, que a veces se
olvida su calidad de narrador maravilloso. Pocos como Leonardo han cautivado
a su auditorio con la elegancia de su palabra y la originalidad de sus cuentos.
Estas fábulas que ofrecemos deleitaron a oyentes como Ludovico Moro, duque
de Milán; Francisco I, rey de Francia, y otros célebres personajes dc aquel
tiempo.
Tomado de Fabulas de Leonardo da Vinci. Ediciones Susaeta S.A., 1976.

3
EL LOBO QUE SE HIZO JUSTICIA
Una noche oscura y quieta, solitaria y fría, el lobo salió del bosque atraído por
cierto olorcillo delicioso.
Mientras caminaba con toda cautela, se dijo:
—¡Diantres! Eso que percibo no puede ser sino aroma de rebaño. ¡Pues no sé
yo nada de estas cosas!
Y siguió adelante con sigiloso cuidado para no mover ni una brizna de hierba,
a fuerza de medir cada uno de sus pasos. Antes de posar sus patas lo pensaba
bastante, ya que el menor ruido podía despertar al perrazo que cuidaba del
rebaño.
A pesar de tanta precaución, ¡zas!, pisó una tabla; ésta se movió y más allá ladró
el perro.
El lobo se vio en la necesidad de alejarse. Por esta vez se había quedado sin
banquete. Entonces, severo consigo mismo, levantó una pata, la culpable del
desaguisado y se mordió hasta hacerse sangre.
El lobo de la fábula nos enseña a ser
severos con nosotros mismos para corregir
nuestros defectos y mejorar nuestras buenas cualidades.

EL RATON, LA COMADREJA Y LA GATA


Cierta mañana quiso un ratón salir de su agujero pero, como era precavido, antes
de nada dirigió un vistazo por los alrededores.
¡De buena había escapado, gracias a su previsión!
¡Caramba, la comadreja a dos pasos de aquí! —exclamó—.
Esperaré a que se marche, no vaya a servirle de almuerzo.
De repente llegó la gata gris con aire goloso y sin dar tiempo a la comadreja
para escapar, saltó sobre su lomo, la apresó con los dientes y empezó a
devorarla.

4
—¡Vaya...! Estoy de suerte —murmuró el incauto ratoncillo—. Ahora ya
puedo tranquilamente ir a dar un paseíto.
Y avanzó tan alegre y descuidado, moviendo con énfasis la cola. Pero su libertad
apenas duró un instante, ya que el pobre la perdió, juntamente con la vida, entre
los dientes de la insaciable gata gris.
No confíes en quien ataca a tu enemigo,
pues puede hacer lo mismo contigo.

LA PLANTA Y EL PALO
Una linda planta, que se erguía airosa levantando orgullosamente al cielo su
penacho de hojas tiernas, soportaba con disgusto la presencia junto a ella de un
palo seco, derecho y viejo.
—Palo —se impacientó la planta—, te tengo demasiado cerca. ¿No podrías irte
un poco más allá?
El palo se hizo el sordo para no replicar.
Entonces la planta se dirigió al seto de zarzas que la rodeaba y dijo:
—Seto, ¿no podrías marcharte a cualquier otro lugar? Me molestas.
El seto fingió no oír y callado siguió.
Pero un lagarto que reptaba por allí, levantó su cabecita y, mirando con sorna a
la planta, dijo:
—Bella planta, ¿no has comprendido que debes al palo el poder estar derecha?
Y en cuanto al seto, ¿todavía no te has dado cuenta de que está protegiéndote
contra las malas compañías?
Merece ser abandonado a su suerte
quien desdeña los favores, recibidos.

LA MONA Y EL PAJARITO
Cierto día de verano, una monita joven que iba de rama en rama, descubrió un
nido. Más contenta que unas pascuas, alargó la mano. Y los pajarillos, que
sabían volar, huyeron a la desbandada.
5
Todos, menos uno: el más chiquitín.
Nuestra mona, con mil cabriolas de alegría, se apoderó del pajarito, con el que
se dirigió a su casa.
La pobre avecilla era suave, tibia, blanda, delicada. La monita se extasiaba
besuqueándola, acariciándola y apretándola contra su pecho.
Su madre la miraba sin decir nada.
—¡Qué precioso pajarito! ¡Cuánto le quiero! —gritaba la mona, fuera de sí.
Y tantos fueron sus besos y apretones, que la pobre avecilla murió asfixiada
contra su pecho.
Sirva el caso de lección a esos padres
que demoran el castigo de sus pequeños.

EL ARMIÑO
En un verde sendero de la montaña estaba comiendo un zorro, cuando pasó
junto a él un armiño.
—¿Gustas? —dijo el zorro, que ya estaba satisfecho.
—Gracias, pero ya he comido —replicó el armiño.
Al zorro le dio mucha risa.
—¡Ja! ¡Ja! Vosotros, los armiños, sois los animales más comedidos del mundo.
Coméis una sola vez al día y preferís ayunar antes que mancharos vuestros
blancos vestidos.
En aquel momento llegaron los cazadores. Como un rayo, el zorro se refugió
bajo tierra. Menos rápido que aquél, el armiño corrió hacia su madriguera.
Pero el sol había fundido la nieve, y la madriguera estaba inundada. Titubeó el
armiño, poco deseoso de ensuciarse con el fango, y se detuvo.
Los cazadores le eligieron por blanco y sonaron los disparos.
Los hay que, como el armiño,
prefieren la muerte a la pérdida de su pureza.

6
LA LENGUA Y LOS DIENTES
Erase un muchacho tan parlanchín que todos decían de él: «Ese habla más de la
cuenta».
—iQué lengua! —suspiraron un día los dientes—. No está quieta jamás.
—¿Qué estáis murmurando? Debíais ya de saber, dientes, que vuestra única
obligación es masticar lo que como. Entre nosotros no hay nada en común.
¡Ocupaos de vuestros asuntos!
Y el muchacho seguía hablando de cosas que no venían a cuento y la lengua,
feliz, hallaba palabras nuevas.
Hasta que un día el muchacho, después de haber cometido una necedad,
permitió a la lengua decir una gran mentira. Y los dientes, obedientes a la voz
de la justicia, se dispararon a un tiempo y la mordieron.
La lengua enrojeció de sangre y el muchacho de vergüenza. Aquélla,
escarmentada, se volvió temerosa y prudente.
Antes de hablar por hablar, piensa si no es mejor callar.

EL CANGREJO Y LA ROCA
Erase un avispado cangrejo de río y unos pececitos que, prudentes, giraban en
torno a una roca sin aventurarse en el centro de la corriente.
El agua era limpia y transparente y los peces nadaban dichosos, gozando del sol
y la sombra.
Al llegar la noche el avispado cangrejo fue a esconderse debajo de una roca.
Desde su refugio, como una alimaña en su madriguera, espiaba a los pececillos.
¡Ay del que pasaba cerca! Lo atrapaba y se lo comía.
—No está bien eso que haces —gruñó la roca—. Te aprovechas de mí para caer
sobre esos pobres inocentes.
E cangrejo hizo un gesto desdeñoso y continuó atracándose de pececillos.
Pero un día, inesperadamente, se produjo una gran riada.

7
Con tanta fuerza empujó el agua a la roca que la hizo rodar por el cauce del río.
Y resultó aplastado el cangrejo que moraba debajo.
Al que de que de sus éxitos se vanagloria,
puede ocurrirle lo que al cangrejo de la historia.

EL VINO Y EL BORRACHO
Cierta tarde de verano, un campesino que había bebido más de la cuenta ordenó
a su mujer:
—¡Hala, tráeme otra botella!
—Bueno, bueno, pero que conste que es la última - replicó ella al entregarle el
vino-.
—¡Y qué! —vociferó el campesino—. Quiero terminar con todo el vino que
haya en la casa.
Y se marchó, vaciando vaso tras vaso, hasta dejar seca la botella.
Y he aquí que el vino, ofendido, trató de vengarse del bebedor.
Y cuando el campesino salía de la casa para tomar un poco de aire y calmar el
ardor que se había adueñado de él, el vino se encargó de hacerle trastabillar las
piernas, lanzándole de cabeza sobre un maloliente estercolero.
Los abusos, además de acabar con el placer,
dejan al hombre a merced de sus propios excesos.

EL UNICORNIO Y LA DONCELLA
Las trompetas de caza habían sonado. Durante todo el día los cazadores
corrieron tras su presa y, a la caída de la tarde, se reunieron en un claro del
bosque.
En seguida empezaron a hablar de aquello que les obsesionaba: el
unicornio, un animal misterioso.
—¿Será realmente un animal? ¿Y si se tratara de un espíritu?

8
Y era que nadie conseguía sorprender al extraño caballito con su cuerno en
medio de la frente. Aparecía en los lugares más imprevistos, hoy aquí, mañana
allí, pero lejos del alcance de los hombres.
—El unicornio es salvaje y curioso —dijo un cazador.
—Seguramente es el mensajero de un monstruo, que a espiarnos —añadía en
seguida otro.
—No puede ser. Resulta demasiado bello para creerle mensajero del mal —
razonó un tercero,
Una hermosísima doncella, sentada aparte bajo una pérgola, escuchaba en
silencio, hilando la lana, y sonreía. Ella conocía muy bien al unicornio, lo sabía
todo acerca de él, pues no en vano era su amigo.
Un cazador que estaba cansado, exclamó malhumorado:
—Es inútil; no nos haremos dueños del caballito...
En esto, después de que los hombres se marcharon, el animal apareció detrás
de un macizo y corrió hacia la muchacha, a la que amaba con toda la fuerza de
su corazón solitario. Lo hacía así siempre que la sabía sola y mostraba la
admiración por su belleza con mirada casi humana.
En el primer encuentro la doncella no tuvo miedo; tampoco el unicornio hizo
gala de su salvajismo, sino que se mostró dócil como cualquier animal
doméstico.
Pero aquel amor extraordinario fue su perdición. Los cazadores se dieron
cuenta un día y, sin saberlo la bellísima muchacha, le tendieron una celada en
la que cayó sin vida.
El amor vuelve dócil al salvaje, imprudente al juicioso
y descuidado al precavido.

EL CASTAÑO Y LA HIGUERA
A orillas de un arroyo cantarín se erguían un viejo castaño y una joven higuera.
Se pasaban las horas muertas escuchando el rumor del agua...

9
Hasta que cierto día, el castaño vio llegar a un hombre, mirar la higuera y trepar
por ella. Con mucha habilidad el hombre atraía hacia sí las ramas, arrancaba
los frutos y, uno detrás de otro, se los ponía en la boca deshaciéndolos
fácilmente con los dientes.
Entonces el castaño, con un largo murmullo de hojarasca, dijo:
—¡Oh, mi pobre higuera! Le debes bastante menos que yo a la madre
Naturaleza. ¿No te has dado cuenta cómo me ha hecho
La higuera, aturdida, se inclinó un poco.
—Fíjate qué bien ha protegido la Naturaleza a mis dulces hijos —añadió el
castaño—. En primer lugar, se ha ocupado de vestirlos con una camisa
sutilísima, pero protectora, sobre la cual ha puesto una chaqueta de piel
consistente y forrada.
—¡Oh! ¿Sí? —replicó únicamente la higuera.
—No te enteras de nada, higuera. Has de saber que, no contenta con haberme
hecho tanto bien, todavía ha construido para mis hijuelos una cubierta sólida y
encima ha plantado muchas aguzadas espinas, de modo que ya no pueden estar
mejor defendidos de las manos del hombre.
Se hechó a reír un higo gordinflón, al oír esto, y luego de haber reído mucho
dijo:
—Me está pareciendo que no conoces bien al hombre. Posee tal ingenio y tales
artes que, si le apetece, se llevará tus frutos. —¿Qué dices, deslenguada?
—La mayor de las verdades. Cuando el hombre quiera a tus hijuelos vendrá
armado de pértigas, de palos o de piedras, sacudirá tus ramas, hará caer a todos,
uno a uno, y cuando estén sobre las piedras los pisoteará o los aplastará para
sacarlos de sus cáscaras tan erizadas de espinas. Y tus pobres hijitos saldrán de
ella maltrechos, rotos y estropeados. En cambio, ya ves cómo me tratan a mí,
con toda delicadeza, sin golpearme ni utilizar piedras; lo más suavemente que
pueden y sólo con los dedos.
Negar el infortunio es vano;
sortee cada cual su destino
para no exponerse a mayor daño.

10
LA MARIPOSA Y LA LUZ
Érase una noche serena. En la oscuridad, vagaba sin rumbo una bella mariposa
multicolor y vagabunda, cuando descubrió a lo lejos una lucecita.
—¿Qué será aquello? —se dijo, curiosa y fascinada.
Y torció en aquella dirección sin pensarlo dos veces. Cerca ya de la luz, empezó
a girar vertiginosamente a su alrededor, del todo deslumbrada. ¡Ay, que
hermosa era!
Pero, no contenta con admirar la luz, decidió libarla, igual que a las florecillas
de los campos. Levantó el vuelo y, gentilmente, se deslizó hacia la llama.
¡Qué horrible experiencia! Con un aleteo aterrado, escapó al punto. Y ya al pie
de la luz descubrió que le faltaba una patita y también que se le habían
chamuscado las puntas de sus bellísimas alas.
—¿Qué es esto? ¿Qué me ha ocurrido?
Y no encontraba explicación al hecho. No imaginaba que algo tan maravilloso
como la llama pudiera lastimar.
Con estas reflexiones, y tras recuperar un poco las fuerzas, inició nuevamente
el aleteo.
Fascinada, con la mirada fija en la radiante luz, se lanzó hacia ella en un
desesperado intento de apropiársela. Pero, nada más tocarla, cayó abrasada al
aceite que le servía de alimento.
Al borde ya de la muerte, la mariposa murmuró:
—i Maldita luz! Creí hallar en ti mi felicidad y me has conducido a la muerte.
Lloro por mi loco deseo, por haber conocido demasiado tarde, y para mi mal,
tu peligrosa naturaleza.
Oyó la luz sus quejas y respondió con sabiduría:
—i Pobre mariposa! Yo no soy el sol, como ingenuamente creíste. Yo sólo soy
una llama; y aquel que con prudencia no sabe usarme, se quema.

11
El que sus ídolos elige atraído por el relumbrón
puede, como la mariposa, llevarse un tropezón.

EL AGUILA Y EL BUHO
Cierto día que un águila imponente contemplaba el mundo como si fuera suyo,
allá en su altísimo nido, vio un búho.
—¡Vaya animal más gracioso! —se dijo burlona—. Ciertamente, no debe de
ser un pájaro.
Picada por la curiosidad extendió las alas, describió un amplio círculo y se
dispuso a descender.
Una vez cerca del búho, le preguntó con talante altivo:
—¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?
—Yo soy el búho —contestó tembloroso el pobre pájaro, que hasta intentó
esconderse tras una gruesa rama.
—¡Ja, ja...! ¡Me resultas altamente ridículo! -- reía el águila, sin dejar de dar
vueltas en torno al árbol—. Eres todo plumas y ojos. Vamos a ver de qué estás
hecho y déjame oír tu voz —añadió, posándose en la rama más próxima—. Si
es tan bella como tu cara, habrá que taparse bien las orejas.

Batiendo sus alas, el orgulloso volátil trataba de abrirse paso entre el ramaje con
la sola intención de hacer morir de miedo al búho.

Ignoraba que, entre las ramas del árbol, un campesino había dispuesto unas
varas enligadas y esparcido abundante liga entre las más gruesas.

De pronto, cuando más satisfecha se pavoneaba de su inmenso poder, observó


con terror que le era imposible arrancar sus bellas alas del árbol al que su mala
intención le había llevado. Cuanto más forcejeaba por librarse, más y más se le
adherían las plumas a él.

Y el búho, silencioso hasta entonces, dijo sentenciosamente:

—Águila, dentro de poco vendrá el campesino, se apoderará de ti y te encerrará


en una jaula. O puede que te mate para vengar los corderos que tú te has comido.

12
Si vives siempre en el cielo, libre de peligros, ¿qué necesidad tenías de bajar
tanto para reírte de mí?

El poderoso que como el águila


invade, ruin, el cercado ajeno,
la libertad puede dejarse en el empeño.

LA ZARZA Y EL MIRLO
La pobre zarza no sabía qué hacer. Desde que sus ramas se cargaron nuevamente
de negras bayas, los impertinentes mirlos hurgaban con sus picos y sus patas en
todas sus ramitas.

No le quedaba otro remedio que suplicar. Así que se dirigió de esta forma al
más fastidioso de los pajarillos:
—Mirlo, por favor, déjame al menos las hojas. Mis zarzamoras, lo sé, te gustan
mucho, son tus frutos preferidos; pero respeta mis hojas. No me prives de ellas,
que me defienden de los rayos abrasadores del sol. Además, con tus uñas me
estás despojando de mi tierna corteza.

El mirlo engalló la cabecita, ofendido por tales palabras y replicó airado:

- ¿Quieres callar, insolente zarza salvaje? ¿Es que todavía ignoras que si la
naturaleza te ha hecho criar estos frutos es solamente para mi alimento?
Desengáñate, zarza, tú has nacido únicamente para darme de a mí. ¿No sabías,
villana de las malezas, que el próximo invierno ya no servirás más que para
alimentar el fuego?

Al oír estas palabras, la zarza rompió a llorar en silencio.

Pasaron varios meses, no muchos; el mirlo altivo cayó en la red tendida por el
hombre. Y éste, para encerrar a su prisionero en una jaula, cortó muchas ramitas
del seto y no pocas de la zarza.
—¡Oh, mirlo —dijo entonces la zarza—, yo todavía estoy aquí y mis ramitas te
quitan la libertad con que tú me atormentabas! Ya ves que yo no estoy aún
consumida por el fuego, como tu predecías. Antes de que tú me veas quemada,
yo te estoy viendo en prisión.
Nunca ofendas al débil, porque el
dolor de la ofensa puede hacer
nacer en él un deseo de venganza.

13
EL REY Y LAS GRULLAS
Hubo una vez un rey honrado y generoso, pero a pesar de ello tenía muchos
enemigos. Tampoco le faltaban amigos, por ejemplo, las grullas, esbeltas aves
que siempre están en pie.

Las grullas se hallaban muy preocupadas por la seguridad de su rey y temían


que, aprovechando la oscuridad de la noche, el enemigo rodease furtivamente
el palacio, lo asaltara y se apoderase del soberano.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó una—. Los soldados descuidan la guardia
y siempre acaban durmiéndose.

—¿Y qué me dices de los perros? —alegó otra—. Sólo se ocupan de sus cacerías
y, como regresan cansados, se tumban a dormir y ya no se enteran de nada.

—Razón tenéis —convino una tercera—. La única solución es que seamos


nosotras las que vigilemos el palacio, sin confiar en nadie para procurar sueños
tranquilos a nuestro soberano.

—¡Si, si, seremos sus centinelas! —dijeron todas.


—Hagamos las cosas con orden —aconsejó la de más edad—.

Distribuyamos el palacio en zonas y asignemos a cada un turno regular de


guardia.
—¡Como los soldados, pero mejor! —alegó una jovencita.

Así, el grupo más numeroso se distribuyó por la pradera que rodeaba el palacio;
otro grupo fue a situarse ante todas las puertas de entrada; el tercero decidió
apostarse ante la cámara del rey para vigilar más de cerca.

Y ya con todo listo. preguntaron todavía algunas:


—¿Y si nos venciera el sueño?
—Contra el sueño —respondió la mayor de las grullas
—emplearemos un remedio: todas sostendremos una piedra con la pata que
tenemos alzada cuando estamos firmes. Si alguna de nosotras se durmiese, el
ruido de la piedra al caer la despertaría.

Y desde aquel día, las grullas se relevan cada dos horas para dar guardia al
soberano. Y ninguna, todavía, ha dejado caer la piedra.
Los amigos fieles son como la grulla,
14
arquetipo simbólico del centinela,
cuya lealtad llega hasta el sacrificio.

LA OSTRA Y EL CANGREJO
Hubo una vez cierta ostra que se enamoró de la luna. Y cuando en el cielo
resplandecía ésta con su cara redonda, se pasaba las horas muertas con las valvas
abiertas, mirándola suspirante y subyugada.

Y sucedió que un cangrejo, desde su puesto de observación, cayó en la cuenta


de que la ostra, durante el plenilunio, se abría por completo.
—¡Tate! ¡Qué ocasión para gustar manjar tan rico!

A la noche siguiente, cuando la encandilada ostra se abrió de nuevo, el cangrejo


le echó dentro una piedrecilla.

Todavía la ostra intentó cerrarse en un desesperado intento, más allí estaba el


guijarro para impedirlo.
El final... es el previsto.
Así sucede a quien abre la boca para decir su secreto:
cerca habrá un oído interesado que lo utilizará en su provecho.

EL JILGUERO Y SUS HIJOS PRISIONEROS


Un día el buen jilguero salió en busca de comida para sus hijuelos. Marchó
alegre, dispuesto a todo para sustentar a su nidada. Y al regresar con un gusanito
en la boca, encontró vacío el nido.
El jilguero empezó a buscarlos por todas partes, llorando y trinando; todo el
bosque resonaba con sus desesperados reclamos, pero nadie respondía.
Levantó el vuelo y pasó sobre los tejados de la ciudad, con sus chimeneas que
dejaban escapar el humo. Pero tampoco encontró rastro de sus hijuelos.
Sin ilusión ni alegría, se hizo una bola en la rama de un árbol.
—¿Sabes? —dijo el pinzón un día—. Creo haber visto a tus hijos en la casa del
campesino.
El jilguerillo aleteó impulsado por la esperanza y, levantando el vuelo, pudo
por fin hallar la casa del campesino. Se posó en el tejado: no había nadie. Bajó
a la era: estaba desierta.
Pero al levantar la cabeza, divisó una jaula en la ventana.
¡Eran sus hijos los que estaban dentro, prisioneros!

15
Mirando los pequeños jilgueritos a su padre... lo reconocieron. Y todos a una
empezaron a piar como locos, clamando por su libertad perdida.
El buen padre se abalanzó contra la inhumana prisión. Forcejeó en los barrotes
con sus patas y su pico. Era trabajo de titanes y no obtuvo resultado.
Luego, llorando con desconsuelo, se alejó como había venido.
Al día siguiente, el jilguero volvió a la jaula donde estaban sus pequeñuelos.
Los miró. Después, a través de los barrotes, fue besándolos uno a uno.
En la jaula había dejado hierbas. Eran venenosas y los pajaritos murieron.
Para quienes han nacido libres y cruzado
a su albedrío los cielos,
la libertad es don supremo.

EL TORO Y LOS PASTORES


Erase un toro que campaba por sus respetos, causando estragos en los rebaños
y las vacadas.
Los pastores se lamentaban de continuo:
—¡Ay, ya no podemos aventurarnos a llevar nuestros animales al prado, porque
no quedaría ni uno con vida...!
—Y todo por culpa de esa bestia salvaje...
Pero los pastores observaron que la bestia odiaba el color rojo. Uno de ellos
propuso a sus compañeros:
—¿Y si le tendiésemos una trampa?
Forraron el tronco de un grueso árbol con tela roja y luego se escondieron.
El toro, resoplando estrepitosamente, no se hizo esperar. Al ver el rojo tronco,
bajó la cabeza y se arrancó con ímpetu. ¡Qué tremendo estruendo cuando el
animal clavó sus cuernos en el árbol!
Y al momento le dieron muerte.
Todas las pasiones ciegan, pero es el odio
desatado el que anula el raciocinio y
conduce a la perdición.

EL ZORRO Y LA URRACA
Érase una vez un zorro y, como todos los de su especie, andaba muy ocupado
pensando en el modo de calmar su insaciable apetito.
Estaba un día meditando en ello, cuando acertó a pasar sobre su cabeza una
bandada de bulliciosas urracas.
—O mucho me equivoco o esas muertas de hambre están buscando comida.
¡Qué desvergonzadas! Ni siquiera les merecen respeto los animales muertos.

16
¡Ah, qué idea la que pasó por su magín de pronto! Ni corto ni perezoso, se
tumbó sobre la maleza haciéndose el difunto.
Una urraca que oteaba el horizonte descubrió el supuesto cadáver y levantó
hacia él su vuelo. Pronto descendía sobre el zorro, sin la menor duda de que lo
tenía muerto y bien muerto.
Y se dejó la cabeza en la boca del astuto animal, como en el mejor cepo.
Como muchos inconscientes, la codiciosa urraca
fue fácil presa del astuto zorro, que supo
aprovechar la debilidad ajena en su propio beneficio.

LA ARAÑA EN EL OJO DE LA CERRADURA


Érase una araña que entró en una casa. Después de explorarla de arriba abajo,
pensó meterse en el ojo de la cerradura.
¡Oh, refugio ideal! ¿Quién podría descubrirla jamás, allí dentro?
—Allí, en el umbral de piedra —se decía—, tenderé una red para las moscas;
más allá —añadía mirando el escalón— desplegaré otra para los gusanos;
La araña se regocijaba. El ojo de la cerradura le daba una seguridad nueva,
extraordinaria; tan oscuro y estrecho como un estuche de hierro, se le antojaba
más inaccesible que una fortaleza, más seguro que cualquier armadura.
Mientras se deleitaba con estos pensamientos, llegó a su oído rumor de pasos.
Y, muy prudente, se retiró al fondo de su refugio.
Alguien estaba a punto de entrar en la casa. Tintineó una llave, enfiló el ojo de
la cerradura y la aplastó.
La fábula nos hace reflexionar en las
cortas luces de quienes aceptan las cosas
por lo que superficialmente representan,
sin indagar más profundamente su esencia
y significado.

LA LEONA Y LOS CAZADORES


Los cazadores, armados de lanzas y de agudos venablos, se acercaban
sigilosamente. La leona, que estaba amamantando a sus hijitos, percibió el olor
y advirtió el peligro.
Pero ya era tarde: los cazadores se alzaban ante ella, dispuestos a herirla.
¡Terrible instante! La desconcertada fiera, a la vista de aquellas armas,
experimentó la tentación de la fuga; pero pensó que si huía los cazadores se
apoderarían de sus crías.

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Decidida a defenderlas, con la mirada baja para no ver las amenazadoras puntas
de aquellos espantosos hierros, tomó impulso y, por medio de un salto increíble
por desesperado, se lanzó sobre los cazadores, a los que puso en fuga.
Gracias a su coraje ella y los pequeños pudieron salvarse.
Arrojo y valor, unidos a suprema decisión,
pueden enfrentarse con ventaja
al despliegue de medios materiales, como
esta fábula pone de manifiesto.

EL PAPEL Y LA TINTA
Una hoja de papel, que estaba sobre una escribanía junto a otras hojas similares
a ella, se encontró un buen día completamente manchada por unos signos. La
pluma, bañada en negra tinta, había escrito en ella infinidad de renglones.
—¿No podías haberme ahorrado esta humillación? —dijo enojada la hoja de
papel a la tinta—. Me has ensuciado con tu negro infernal y estropeado para
siempre.
—No te he ensuciado —respondió la pluma—; te he revestido de palabras. A
partir de ahora ya no eres una hoja de papel, sino un mensaje. Custodias el
pensamiento del hombre. Te has vuelto un instrumento precioso.
Pasó cierto tiempo. Al ordenar la escribanía, alguien vio aquellas hojas
esparcidas y las juntó para arrojarlas al fuego. Pero de pronto advirtió la hoja
«sucia» de tinta. Tiró entonces las demás y devolvió a su lugar la que llevaba,
bien visible, el mensaje de la palabra.
Por efecto de la tinta, que sirvió
al pensamiento del hombre, la hoja
de papel pasó a la posteridad.

LA NUEZ Y EL CAMPANARIO
Cierto día una corneja atrapó una nuez y subió con ella a lo alto de un
campanario.
El pájaro empezó a picotear repetidamente la nuez, mientras la sostenía con las
patas. ¡Ay!, el fruto se le escapó de pronto y, tras rodar un poco, fue a
desaparecer en una hendidura de la pared.
—¡Pared, buena pared! —suplicó lastimeramente la nuez, al verse libre del pico
mortífero de la corneja—, en nombre de Dios que ha sido tan bueno contigo

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haciéndote sólida y alta, gruesa y rica en hermosas campanas que tan bien
suenan y todos oyen, ¡socórreme! ¡Ten compasión de mí!
Arriba graznaba la corneja. Callaba la pared.
—¡Pared, buena pared! —repitió la nuez, con voz más lastimera todavía—.
Debes saber que yo estaba destinada a caer bajo las ramas de mi viejo padre, el
nogal, para descansar sobre la tierra fértil cubierta de hojas amarillas... ¡Ay, no
me abandone, te lo ruego!
Y añadió seguidamente:
—Cuando estaba en el pico de la feroz corneja, hice un voto: caso de que el
Señor me concediera poder escapar de ella, prometí terminar el resto de mis
días en cualquier rincón, por inhóspito que fuera.
Las campanas, con su leve murmullo advirtieron a la pared del campanario.
—Ve con cuidado, con mucho cuidado... mira que la nuez puede ser peligrosa.
—¿Peligrosa? ¡Pero si es tan pequeña! —dijo al fin la pared.
Y, movida a compasión, decidió hospedarla allí donde había ido a caer.
Pasó algún tiempo. La nuez comenzó a abrirse y a echar raíces entre las grietas
de las piedras; después las raíces crecieron, alargándose por entre ellas,
mientras las ramas con que se iba adornando asomaban fuera del agujero. Tanto
crecieron y se robustecieron que llegaron al campanario. Pero, entretanto, las
gruesas y retorcidas raíces iban abatiendo la pared y derribando las viejas
piedras.
Era ya demasiado tarde cuando la pared comprendió el ardid de que la nuez se
había valido. Y exclamó:
—¡Ah, qué arrepentida estoy de no haber escuchado el sabio consejo de las
campanas!
El nogal seguía creciendo, indiferente y fuerte, mientras la pobre pared,
vencida, se desplomaba.
No deposites tu confianza en quien no lo merece,
porque podría sucederte lo que a la pared del campanario.

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EL COPO DE NIEVE
En la cumbre de una montaña altísima, se alzaba desafiante una peña solitaria;
sobre la peña, un copo de nieve.
Se le ocurrió a la nieve mirar en torno y descubrió que estaba allí, solitaria,
mientras más abajo, en la ladera, su hermana blanca lo cubría todo.
—¿Será posible que un pequeño copo de nieve esté aquí, tan arriba, mientras
millones y millones de copos se agrupan modestamente más abajo? Dirán de
mí que soy presuntuosa y altiva, que no tengo vergüenza... ¡Oh, en realidad, no
merezco esta sublime altura, ni lugar tan destacado, ni lucirme con tanta
ostentación...!
Y entonces pensó en lo justo que sería, para convencerse de una vez por todas
de su pequeñez, recibir del sol el mismo trato que la víspera recibieron sus
compañeros.
—El sol destruyó a los otros copos con una sola mirada. Y todo porque también
ellos se habían colocado más alto de lo que debían...
Estaba decidido: para evitar la justicia del sol, descendería hasta un lugar más
acorde con su escasa categoría.
Y el copo de nieve, entumecido de frío, se arrojó de la solitaria peña y bajó
rodando y rodando por la interminable ladera.
Pero, ¿qué le sucedía al pequeño copo de nieve? ¡Ay, cuanto más descendía,
tanto mayor se hacía su tamaño! A fuerza de rodar se había convertido en una
bola pequeña, primero; en una gran gola, después; en una inmensa avalancha,
por último.
Era ya una mole inmensa cuando se detuvo, con lentas salpicaduras, sobre una
colina, hasta cubrirla por completo con su blanda y deslumbrante blancura.
Formó una capa muy espesa, muy firme y, aquel verano, fue esta nieve la última
en derretirse al sol.
Esta fábula viene a recordarnos la vieja y sabia lección:
«El que se humilla, será ensalzado

EL CANTO DEL CISNE


El cisne es blanco y sin ninguna mancha, y antes de morir canta dulcemente, y
su vida termina en aquel canto.

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El cisne dobló su flexible cuello sobre el agua y se miró largo tiempo. Y le dijo
al lago:
—Creo que comprendo la razón de mi cansancio y del frío que atenaza mi
cuerpo, haciéndolo temblar como en invierno. Sé que mi hora ha sonado y debo
prepararme para morir.
El lago se onduló con un estremecimiento.
¿Morir el cisne? Sus plumas eran blancas aún, como el día en que naciera.
Había recorrido las estaciones y los años sin manchar su hábito inmaculado.
¿Podía irse un ser que consumía tan bellamente su vida?
Lento y solemne, alzando el hermoso cuello, el cisne se dirigió hacia el sauce
donde solía reposar los días de verano. Y el sauce, inclinando sus hojas,
susurró:
—Te espero, amigo...
Anochecía. El crepúsculo teñía de púrpura y violeta el agua del lago.
Y en medio del gran silencio que descendía ya sobre el lugar, el cisne comenzó
a cantar.
Nunca antes había encontrado acentos tan llenos de amor por la naturaleza, por
la hermosura del cielo, del agua y de la tierra. Su canto dulcísimo se esparció
por el aire, velado apenas de nostalgia, hasta que se apagó poco a poco, con la
luz postrera del horizonte.
—Aprended —dijo el lago a los peces, los pájaros, los animales todos del prado
y del bosque—. Aprended a iniciar el último viaje con la dignidad suprema del
cisne.
El canto postrero del cisne, es mensaje
que la Humanidad toda debe recoger,
como ejemplo maravilloso de lo que es vivir
y morir con bella grandeza.

EL LIRIO Y EL RIO
Sobre la verde ribera de un río cristalino había crecido un bellísimo lirio. Alta
y erguida sobre su tallo, la flor reflejaba sus blancos pétalos en el agua y el agua
quiso apoderarse de ella.
—Es tan hermosa... tanto... —rumoreaba de continuo.

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Y cada onda, al pasar, llevaba consigo la imagen de aquella corola blanca y
transmitía su deseo a las ondas que venían después y todavía no habían llegado
a verla.
Así todo, el río empezó a agitarse y su cabrilleo se volvía cada vez más inquieto
y veloz.
Y no pudiendo apoderarse del lirio, tan bien plantado y alto sobre su talle
robusto, las olas se lanzaron furiosas contra la orilla, hasta que la riada arrasó
la ribera, llevándose entre las piedras y el barro el lirio puro y solitario.
Las pasiones incontroladas, como las ondas
avasalladoras del río, conducen sin remedio
a la propia y ajena destrucción.

EL CAMELLO Y EL PASTOR
Erase un camello grandote con su doble joroba y sus fuertes patas capaces de
llevarlo lejos. Como casi todos los de su especie, era como un barco del
desierto, capaz para transportar mercancías llevándolas a babor y estribor, esto
es, a los costados.
El camello tenía su pastor. Y ambos conocían bien el desierto y las tempestades
de arena y la fuerza implacable de los rayos del sol.
El camello había sido dócil, pero empezaba a cansarse de que los hombres se
aprovecharan tanto de él.
Un día como otros muchos, el animal permanecía arrodillado, esperando a que
su amo terminara de cargarlo. Un saco, dos, tres, cuatro...
—Pero, ¿cuándo terminará? —decía para sí el camello.
Al fin el hombre chasqueó la lengua y el animal se alzó.
—Vamos —ordenó su dueño tirándole de la brida.
Pero el camello no se movió.
—¡Venga! ¡Adelante! —gritó el hombre, dando un tirón a la cuerda.
Y el camello, apuntalado sobre sus patas, permanecía como una mole inmóvil.
—¡Ay, ya lo entiendo! —dijo el patrón; y dando un suspiro le quitó dos sacos
de la grupa.
—Esto ya es otra cosa. Ahora el peso me parece el justo
—murmuró para sí el camello. Y al instante se puso en marcha, con su paso
seguro y medido.

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Caminaron al mismo ritmo durante todo el día y el hombre pensó que llegarían
hasta el pueblo. Pero el camello, al llegar a cierto lugar, se detuvo.
—Haz un esfuerzo —pidió el camellero—; unas leguas más y estaremos en
casa.
Por toda respuesta, el camello se tumbó en el suelo.
Mis patas —se dijo —aseguran que por hoy ya han caminado bastante.
Y el hombre se vio obligado a descargarlo y a acampar toda la noche en el
desierto.
Bueno es servir a nuestros semejantes,
pero sin olvidar que la propia supervivencia
corre a cargo de nosotros mismos.

LA NAVAJA DE AFEITAR
Había una vez, en una barbería, una bella navaja de afeitar. Un día en que la
barbería estaba desierta, la navaja pensó:
—¿Y si echase una miradita por los alrededores?
Y sin más, sacó la hoja del mango en que reposaba como en una vaina y empezó
a disfrutar del hermoso día de primavera.
Al ver el sol reflejarse en su cuerpo, la navaja quedó sorprendida y maravillada:
la hoja de acero lanzaba tales resplandores que de pronto, en un rapto de
orgullo, se dijo:
—¿Y he de volver yo a aquella barbería de la que acabo de salir? ¡Ah, no! ¡De
ninguna manera! Los dioses no quieren que una belleza como la mía se
envilezca de ese modo. Sería una locura permanecer allí afeitando la barba
enjabonada de tantos rústicos villanos, repitiendo hasta el infinito la misma
mecánica operación. ¿Mi hermoso cuerpo está acaso conforme con semejante
ejercicio? ¡No, por cierto! Conque correré a esconderme en algún lugar secreto,
para gozar tranquila el resto de mis días.
Y así diciendo, la navaja buscó un escondite y se ocultó.
Pasaron los meses. Un día experimentó el deseo de tomar el aire y abandonó su
refugio. Tras salir cautelosamente de su vaina, se miró con detenimiento.
—¡Ay de mí! ¿Qué me ha sucedido?
La hoja se había oxidado y ya no reflejaba los fulgores del sol.
La navaja, amargada y arrepentida, se lamentó diciendo:

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—¡Oh, cuánto mejor era emplear mi bella hoja afilada afeitando las barbas
enjabonadas! Mi superficie hubiera permanecido resplandeciente y mi filo
cortante y sutil. Por el contrario, ahora estoy corroída y picada por la más fea
herrumbre! ¡Mi mal no tiene remedio!
Los hombres que como la navaja
prefieren entregarse al ocio
en lugar de ejercitar sus cualidades,
pronto se encuentran corroídos
por el moho de la ignorancia.

EL PELICANO Y SUS HIJUELOS


A orillas de un pantano, donde las altas hierbas conviven con el musgo eterno,
vivía feliz una familia de pelícanos. Tanto el padre como los hijuelos eran muy
blancos, con un matiz levemente rosado.
Una tarde, aprovechando el sueño de los pequeñines, el padre pelícano se fue
en busca de alimento. Se movía deprisa, moviendo con rapidez sus patitas
cortas, para no estar ausente mucho tiempo.
La serpiente, bien enroscada en una rama alta, vio alejarse al pelícano y
comenzó a descender hacia el nido.
Tenía un malvado resplandor en los ojillos cuando inició la matanza. Un
mordisco venenoso a cada uno y los pobrecitos entraron inmediatamente en el
sueño de la muerte.
Realizada su obra, sumamente satisfecha, la serpiente regresó a su escondite.
¡No iba a divertirse ni nada cuando volviera el pelícano!
Y, en efecto, pronto el animal acudía junto a sus crías.
Al ver el desastre comenzó a llorar. Era tan desesperado su lamento, que todos
los habitantes de las inmediaciones del pantano levantaron las cabecitas y se
pusieron a escuchar. Los más sensibles miraban a sus hijos y lloraban con el
pelícano. Los más enérgicos se revolvieron con furor y de buena gana se
hubieran arrojado sobre la serpiente, de no ser tan temible...
—¿Qué sentido tiene ya mi vida sin vosotros? —decía el pobre padre, mirando
a sus tiernos hijos muertos—. i Yo también quiero morir con vosotros!
Y con el pico comenzó a rasgarse el pecho, justo sobre el corazón. La sangre
brotaba a oleadas por la herida, bañando los cuerpecitos de sus hijuelos.

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Y cuando el pelícano, con la mirada extraviada, los contemplaba por última
vez, experimentó un sobresalto. Su sangre cálida había vuelto a la vida a sus
hijitos. Su amor los había resucitado.
Y entonces, feliz, expiró.
Todos los animales del pantano dejaron oír un fúnebre canto y volvieron la
espalda al lugar donde se agazapaba la serpiente.
El amor paterno hace posible toda renuncia;
incluso la de la propia vida.

EL VILLANO Y LA VID
—¡Cuánto me quiere el campesino! —se dijo la vid cuando el villano la
apuntaló con varios palos y con otros puntales afianzó sus ramas.
Tan agradecida estaba, que empezó a pensar en el modo de premiar su
dedicación colmándole de hermosos racimos.
La vid trabajó con tesón y produjo mucha uva. Ella sentíase satisfecha; el
villano también.
Pero, después de la vendimia, el campesino le quitó de golpe todos los palos
y puntales y los amontonó en un rincón.
Al encontrarse sin ningún apoyo, la vid dejó caer con cansancio sus viejos y
retorcidos brazos y, por último, se desplomó.
El campesino, indiferente, llegó con su hacha e hizo pedazos la planta. Llevó
los trozos a su casa y alimentó con ellos el fuego.
Desconfía de quien mima y regala
para su propio provecho.

LA PULGA Y EL CARNERO
Cierta pulga perezosa que vivía en cl pelo raído de un perro, sintió un buen día
el agradable olor de la lana.
—¿Qué es esto? —se preguntó la pulga.
Y con un lindo saltito lanzó todo su cuerpecillo fuera del pelo del perro. Sólo
entonces cayó en Ja cuenta de que cl gran animal se había dormido sobre la piel
de un carnero.
—i Vaya, vaya! Esta pelliza es justamente lo que yo necesito —dijo la pulga
listilla—. Es gruesa, flexible y, sobre todo, mucho más segura que el perro.
Aquí no habrá peligro de tropezar a cada paso con las uñas y los dientes de ese
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gruñón maleducado, que no busca sino triturarme. La piel del carnero me
resultará mucho más dulce.
Y así de alegre, sin reflexionarlo mucho, fue a hundirse en la maraña lanosa
que iba a ser en el futuro su domicilio.
Muy pronto empezó a penetrar en su cabecita la idea de que estaba sobre una
lana espesa, tan espesa y gruesa que no resultaba empresa fácil profundizar
hasta la piel.
—Tendré un poco de paciencia —se dijo para animarse.
Y, prueba que te prueba, empezó a separar un pelo y otro pelo, sin contar las
horas. Poco a poco iba haciéndose un caminillo y por fin alcanzó las raíces de
los pelos.
—¡He llegado y triunfado! —exclamó.
¡Sí, sí! ¡Lista estaba la pulga! Tan finas eran las raíces de aquel pelo y tan
apretadas, que no le dejaban ni un mal respiradero para saborear a su placer la
piel.
Rendida, sudando y desilusionada, la pulga se resignó a volver a su perro. Pero
éste se había marchado.
¡Pobre animalito! Apesadumbrada por el error cometido, lloró durante varios
días y al fin pereció de hambre sobre la gruesa pelliza de carnero.
Hay que reflexionar a fondo antes de tomar una decisión porque, como le
sucedió a la pulga, después puede ser tarde para remediar el error.

EL ARROGANTE PAVO REAL


Hubo una vez un corral donde todos los animales vivían contentos y al abrigo
de la necesidad.
Un día todo cambió de pronto. El granjero, después de llegar con sus cubos de
grano y lanzarlos a voleo, cerró la puerta del cercado y se alejó, con el
pensamiento de volver pronto.
Quiso la suerte otra cosa, pues pasaban los días y no volvía el granjero. Los
animales no podían saber que estaba muy enfermo. Todos en el corral tenían
hambre y sed. Ni tan siquiera el gallo cantaba.
No obstante, el pavo real, tal como era su costumbre, se paseó aquel día sobre
sus vacilantes patas. Abierto el abanico de su gran cola multicolor, exhibía su
arrogancia.

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—Mamá —preguntó una gallinita flaca a la clueca—. ¿Por qué el pavo real
hace la rueda cada día?
—Porque es vanidoso, hija mía, y la presunción es un vicio que sólo con la
muerte desaparece.
Algunos arrogantes ni siquiera tienen, como el pavo real,
la excusa para su presunción de un bellísimo plumaje.

LA AVARICIA DEL SAPO


Había una vez un lugar verde y bonito, habitado por unos cuantos animales.
Todos vivían bien y aparecían gordos y relucientes. Es decir, casi todos...
El sapo, por ejemplo, tenía mala cara. De cuando en cuando alargaba el hocico
y mascaba un poco de tierra.
—¿Por qué estás siempre tan flaco? —le preguntó un día una cochinilla.
—Porque siempre tengo hambre —repuso el sapo con tono lúgubre.
—¡Eso no me extraña! ¡Pero si sólo te alimentas de tierra! —exclamó el
insecto—. ¿Por qué no comes hasta hartarte?
—Porque un día —añadió con tono más lúgubre todavía el avaro— también la
tierra podría acabarse.
Si bien el ahorro es una virtud, presidido por la avaricia
desmedida, se convierte en el más repugnante de los vicios.

EL AGUA
Un día el agua, encontrándose en su elemento, es decir, en el inmenso mar,
experimentó un ardiente anhelo de subir al cielo.
Pero como nada pedía por sí sola, se dirigió a otro elemento, el fuego, al que
suplicó:
—¿No podrías tú ayudarme?
—¡Ya lo creo!
Y el fuego, con su calor, la volvió más ligera que el aire, transformándola en
un sutil vapor.
El vapor se levantó hacia el cielo, voló muy alto, hasta los estratos más ligeros
y fríos del aire, donde el fuego no podía ya seguirlo.

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Y sucedió que muy pronto las partículas de vapor, ateridas de frío, se vieron
obligadas a juntarse apretadamente para darse calor. Y resultó que se volvieron
más pesadas que el aire y empezaron a caer en forma de lluvia con precipitación
tal, que formaron una espesa cortina.
Habían subido al cielo demasiado llenas de soberbia y el cielo las puso en fuga.
La lluvia fue bebida por la tierra sediente y, prisionera del suelo por mucho
tiempo, el agua purgó su pecado con una larga penitencia.
A muchos hombres, lo mismo que al agua, la soberbia
desmedida los precipita en la mayor humillación.

LA HORMIGA Y EL GRANO DE TRIGO


Llegó el verano con sus largos días borrachos de sol y los segadores cortaron
las mieses, las recogieron y llenaron sus graneros.
Y sucedió que un granito de trigo se perdió en el campo después de la siega. El
grano se dijo entonces:
—Cuando venga la lluvia me esconderé debajo de un terrón.
Soy muy afortunado, ya que me espera un gran porvenir...
Pero lo vio una hormiga y sus ojillos se abrieron de contento. —¡Estoy de
suerte! Esto aumentará mis provisiones.
Se echó a la espalda el grano de trigo y entre fatigas se dirigió al lejano
hormiguero.

Camina que te camina, el grano de trigo parecía cada vez más pesado sobre la
espalda cansada de la hormiga.
¿Por qué no me dejas tranquilo? —dijo el grano de trigo.
La hormiga respondió:
—Es imposible, te lo aseguro. Si te dejo tranquilo no tendremos provisiones
para el invierno. Nosotras las hormigas somos tantas, que cada una debe llevar
a la despensa el alimento que encuentre. ¡A ver si crees que eso resulta
descansado! Tú, por ejemplo, me estás dejando molida...
—Mira, buena hormiga, yo no estoy hecho para ser comido; yo soy una semilla
llena de vida y mi destino es el de convertirme en una planta. ¿No podríamos
hacer un trato?
La hormiga, dichosa de descansar un ratito, dejó en el suelo la semilla y
preguntó:

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—¿Qué trato?
—Si tú me dejas aquí, en mi campo —le explicó el grano de trigo—, y
renuncias a llevarme a tu despensa, yo, dentro de un año, te daré cien granos de
trigo tan hermosos como yo.
La hormiga lo miró con aire de incredulidad.
—No sé si debo fiarme...
—Te lo suplico, querida hormiga; ten confianza en mí y cree en mis palabras.
Si hoy renuncias a mí, yo te daré cien granos como yo, te regalaré cien granos
de trigo para tu nido.
La hormiga pensó:
—¡Cien granos a cambio de uno solo...! ¡Es como un milagro maravilloso!
Luego preguntó al trigo:
—¿Y cómo lo harás, di?
—Es un misterio —respondió el grano—. Es el misterio de la vida. Excava una
pequeña fosa, entiérrame en ella y vuelve cuando haya pasado un año.
La hormiga cedió a los ruegos del trigo. Hizo lo que se le ordenaba y doce
meses más tarde se presentaba en aquel lugar.
El grano de trigo había mantenido su promesa; daba ciento por uno. Todo el
hormiguero tuvo provisiones durante el largo invierno.
Los que como la hormiga saben guardar a tiempo,
siempre tendrán asegurado su propio invierno.

LA ARAÑA EN EL OJO DE LA CERRADURA


Érase una araña que entró en una casa. Después de explorarla de arriba abajo,
pensó meterse en el ojo de la cerradura.
¡Oh, refugio ideal! ¿Quién podría descubrirla jamás, allí dentro?
—Allí, en el umbral de piedra —se decía—, tenderé una red para las moscas;
más allá —añadía mirando el escalón— desplegaré otra para los gusanos;

La araña se regocijaba. El ojo de la cerradura le daba una seguridad nueva,


extraordinaria; tan oscuro y estrecho como un estuche de hierro, se le antojaba
más inaccesible que una fortaleza, más seguro que cualquier armadura.

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Mientras se deleitaba con estos pensamientos, llegó a su oído rumor de pasos.
Y, muy prudente, se retiró al fondo de su refugio,
Alguien estaba a punto de entrar en la casa. Tintineó una llave, enfiló el ojo de
la cerradura y la aplastó.
La fábula nos hace reflexionar en las cortas luces de quienes aceptan
las cosas por lo que superficialmente representan, sin indagar más
profundamente su esencia significado.

LA CALANDRIA Y EL ERMITAÑO
Érase una vez un viejo ermitaño que vivía en el corazón del bosque con la sola
compañía de una afectuosa calandria. Como este lindo pájaro suele imitar el
canto de otras muchas avecillas, era en realidad como si el ermitaño tuviera a
su lado diversos pájaros cantores capaces de alegrar sus horas.
Un día dos hombres llegaron hasta la ermita y repicaron en la puerta medio
astillada.
—¿Qué se os ofrece, hermanos? —preguntó el viejo.
El de más edad de los recién llegados replicó entonces:

—Somos escuderos del dueño del castillo y venimos en busca de ayuda.


Nuestro amo se muere.
—Vamos allá —dijo únicamente el ermitaño, que jamás negaba su ayuda a
nadie.
La calandria, como siempre, iba en pos del ermitaño. Entraron en el castillo y
se detuvieron junto al umbral de la habitación del enfermo. Alejados del lecho,
cuatro doctores murmuraron entre sí, moviendo la cabeza con desaliento:
—No hay nada que hacer —murmuró el que parecía más importante—. Y está
muriéndose.
El viejo ermitaño, sin pasar de la puerta, observó a la calandria, que había ido
a posarse sobre el alto alféizar de la ventana y miraba desde allí al enfermo.
—Curará —dijo entonces el hombre solitario del bosque, con voz lo
suficientemente fuerte para hacerse oír de los que estaban en la estancia.
—¡Pero como puede este villano afirmar tal cosa! —exclamaron a una los
doctores.

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El moribundo abrió los ojos, que fueron a posarse en la calandria, entonces
inmóvil. El pájaro, a su vez, no apartaba la mirada del enfermo. El rostro de
éste se iluminó y trató de sonreír.
Y poco a poco sus mejillas se colorearon; sintió que las fuerzas le volvían y,
ante el estupor de los presentes, dijo:
—Me encuentro un poco mejor ahora.
Algunos días después el señor del castillo se había restablecido lo suficiente
para encaminarse al bosque y visitar el ermitaño.
—Vengo a darte las gracias por haberme curado, viejo mago.
No me lo agradezcáis —dijo el ermitaño—, ya que no he tenido parte en nada.
Ha sido el pajarillo quien os ha curado.
Y como el visitante acusara una gran sorpresa, añadió el hombre del bosque:
—La calandria es un pájaro muy sensible: si cuando se encuentra ante un
enfermo no lo mira y vuelve la cabeza hacia otro lado, significa que no hay
esperanza: si en cambio lo mira, como ha hecho con vos, y quiere decir que el
enfermo conservará la vida. Así, con su mirada, la calandria lo ayuda a curarse.
Como la sensible calandria, el amor virtuoso no mira
las cosas feas y tristes, sino que convive con las nobles
y honestas. Los pájaros tienen por patria una florida
selva y la virtud tiene como patria un corazón gentil.

EL ASNO Y EL HIELO
El pobre asno había trabajado durante todo el día sin conocer una tregua.
—El arriero me explota más de la cuenta —pensaba el paciente animal, mas,
¿qué podía hacer contra su vara?
Y continuó transportando cargas y al caer la noche ni fuerzas le quedaban para
llegar al establo.
Era invierno, hacía mucho frío y todos los caminos estaban helados.
—Yo me quedo aquí —dijo el asno echándose al suelo, porque no tenía ánimo
para nada.
Un gorrioncillo hambriento se posó cerca y le dijo al oído:
—Asno, mira que no estás en el camino, sino en un lago helado. Ten cuidado.
El asno, muerto de sueño y de fatiga, lanzó un largo y aparatoso bostezo antes
de dormirse.
—iAh, insensato! —exclamó el gorrioncillo.

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El calor del cuerpo del asno comenzó poco a poco a deshacer el hielo, hasta
que con un gran chasquido el hielo se rompió.
El pobre animal despertó alarmado cuando se encontraba ya bajo el agua. Pero
entonces era tarde para procurar por su salvación y se ahogó en el agua helada.
No adoptes, por pereza, una solución a tus problemas
que pueda ponerte en dificultades mayores.

EL MELOCOTONERO
En un hermoso huerto regado por varios pequeños riachuelos, convivían varios
árboles frutales. Pero no siempre la armonía reinaba entre ellos.
Así, un melocotonero que se alzaba junto a un frondoso nogal, miraba con
envidia las ramas de su compañero, cargadas de nueces.
—¿Por qué él ha de tener tantos frutos —pensaba— mientras que yo tengo tan
pocos? ¡No es justo, ea! Y voy a tratar de hacer lo mismo que él.
Un joven ciruelo que podía leer los pensamientos, le dijo:
—Ni lo intentes, amigo. ¿No ves cómo son de gruesas las ramas del nogal? ¿No
ves qué robusto es su tronco? Cada uno debe dar según sus fuerzas. Ocúpate de
hacer buenos melocotones, que es la calidad lo que importa y no la cantidad.
Pero el melocotonero, cegado por la vanidad, se dijo:
—Lo que le sucede a este ciruelo sabihondo es que se muere de envidia al solo
pensamiento de que yo sea más importante que él. Desde luego, no pienso
hacerle caso.
Y pidió a sus raíces que chuparan más sustancias de la tierra; a sus fibras que
hicieran correr más linfa; a sus ramas que florecieran más; a sus flores que se
transformaran en frutos. Y así, al llegar la estación cálida se encontró cargado
de melocotones de la cabeza a los pies.
¡Ay!, los melocotones, al madurar, aumentaban de peso y las ramas no podían
sostenerlos; ni tampoco el tronco era capaz de soportar la carga de todas
aquellas ramas cargadas de gordos frutos. Lanzando un gemido, el
melocotonero se quebró, con gran estruendo, convertido poco más o menos que
en leña. Y todos los melocotones se marchitaron al pie del nogal.
Al envidioso de esta fábula, el castigo le vino, precisamente, al obtener
lo que tanto anhelaba, ya que resultó ser superior a sus fuerzas.

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LA PIEDRA Y EL CAMINO
Érase una vez una piedra bella y grande, lamida de continuo por el agua de un
torrente. Un día, el torrente empezó a estrecharse, a ser menos impetuoso y, por
fin, el agua se retiró tras un goteo final.

Y entonces la piedra apareció al descubierto en un lugar empinado, justo al


acabar un bosquecillo umbroso, de selvática y bella placidez.

La hermosa piedra podía contemplar muchas cosas desde su privilegiada


posición, especialmente el camino pedregoso que corría bajo ella. Hubiera
podido considerarse muy afortunada en tan lindo y perfumado lugar, rodeada
como estaba de aromáticas hierbecillas salpicadas de flores.

Estaba mirando un día el camino y observó que los hombres habían arrojado
muchos guijarros al objeto de endurecerlo. Y de pronto le asaltaron unos locos
deseos de dejarse caer en él.

—Después de todo —se dijo—, ¿qué hago aquí arriba entre estas hierbecillas?
Debo vivir con mis hermanas. Me parece mucho más justo.

Y así diciendo, con un hábil impulso, se movió lo suficiente para que, falta de
apoyo, empezase a rodar ladera abajo, hasta terminar su recorrido justo en el
centro del camino y entre aquellos guijarros cuya compañía tan atractiva le
había parecido.

¡Bien, pues allí estaba!

Aquel camino se encontraba muy transitado. Lo mismo pasaban por él carros


con ruedas cubiertas de hierro, como caballos al galope que hacían retumbar el
suelo con sus fuertes herraduras. También lo frecuentaban los campesinos con
sus botas claveteadas y toda suerte de rebaños.

No había transcurrido mucho tiempo cuando ya la hermosa piedra se encontró


en dificultades: uno la golpeaba, otra la pisaba, aquel le arrancaba una esquirla.

33
La mayoría de las veces aparecía irreconocible bajo las salpicaduras del barro
o el estiércol de los animales.
Mancillada, dolorida, empezó a mirar hacia lo alto, hacia el sitio de donde había
salido, tan verde, limpio, perfumado y bello. Suspiraba y lloraba por su
bienestar perdido, pero en vano.

—¡Ay, no puede volver allá arriba! ¡Nunca recobraré la tranquilidad de antaño!


Para mí la dicha es imposible...

Aprendan de esta fábula quienes, pudiendo vivir en la paz augusta del campo,
corren a las ciudades y son hostigados por calamidades que nunca
sospecharon.

EL PEDERNAL Y EL ESLABON
El pedernal, un día, sintió que alguien le golpeaba con fuerza. Al revolverse
indignado y sorprendido, reconoció al eslabón.

—¿Te has vuelto loco? —le gritó airado—. ¿Por qué la tomas así conmigo? Yo
nunca he hecho daño a nadie y ni siquiera te conozco a ti, así que déjame en
paz.

El eslabón, con aire paciente, sonreía al contestar:


—Ten un poco de calma, amigo, y verás qué maravilloso fruto haré brotar de
ti.

Estas palabras tranquilizaron a la piedra que, en calma y resignada, soportó el


martirio que el eslabón le producía con sus rápidos y fuertes roces. Hasta que,
de improviso, partió de él la llama maravillosa, dotada de virtudes capaces de
producir prodigios extraordinarios.

Esta fábula es una llamada a los que dejan sin continuar la tarea emprendida
por falta de estímulo. Con perseverancia, verán nacer de ellos cosas
maravillosas.

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LA CLEMÁTIDE Y LOS CAMINANTES
A la sombra de un seto, la clemátide trepadora retorcía sus verdes brazos
alrededor de los troncos y las ramas del espino.
—¡Oh, veo al otro lado un hermoso seto que flanquea el camino! —se dijo
ilusionada—. Me gustaría mucho llegar hasta él, pues aquel seto es más bello
y grande que éste.
Poco a poco, impulsada por su anhelo, extendió los brazos. Cada vez estaba un
poco más cerca del seto de enfrente. Cuando por fin lo alcanzó, se enlazó a una
rama con verdadero tesón.
—Ahora creceré felizmente rodeando mi importante asiento.
Y sucedió que por aquel camino comenzaron a pasar cada vez más caminantes
y fueron a tropezar con las crecidas ramas.
—Suprimamos el estorbo —dijeron los hombres.
Despedazaron la planta, la arrancaron del cercado y, por último, la arrojaron a
un foso.
Al trazar nuestro camino debemos procurar no cruzarnos
en el del prójimo porque, como le sucedió a la clemátide,
éste puede arrojarnos a un lado.

EL TORRENTE
Hubo una vez un hilillo de agua que, al caer de la montaña, se convirtió en
torrente. Y empezó a considerar su importancia, olvidado de que debía su agua
a la lluvia y a los arroyos.
—Me hincharé y volveré tan grande como un río —se dijo.
Y sin más, comenzó a lanzar sus ondas impetuosas contra la orilla, arrancando
con avidez tierra y piedras para ensanchar su lecho.
Y he aquí que llegó el sol y empezó a volcar sus ardientes rayos sobre la tierra.
Entonces el pobre torrente se encontró prisionero de todas las piedras que había
quitado a la orilla y, con mucha fatiga, debió hacerse un nuevo camino para
descender al valle.
Esta fábula nos enseña que no debemos
pretender brillar más de lo que dan de sí
nuestras propias luces.

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EL LEON
Aquel atardecer, una gran placidez invadía la gran selva. Bajo la bóveda de
ramas entrelazadas se hallaba la familia de leones.
Las crías no habían abierto aún los ojos. Ya hacía tres días que estaban entre
las patas de la madre leona, rebullendo, tanteando sólo para encontrar la leche,
insensibles a cualquier reclamo.
El poderoso león, agazapado, las miraba.
Pasado algún tiempo se alzó sobre sus patas, sacudiendo las hermosas melenas
doradas y lanzó un rugido potente, atronador.
Las crías abrieron en seguida los ojos, mientras todas las fieras de la selva huían
aterradas.
Así como el león despierta a sus crías con un tremendo rugido,
también la alabanza justa despierta las virtudes adormecidas
de nuestros hijos, incitándoles a trabajar con honor, poniendo
en fuga todo lo que no es ni bello ni bueno.

LA OSTRA Y EL RATÓN
El pescador no se había concedido reposo durante todo el día. Con las primeras
luces del alba ya estaba entre las rocas, con el agua hasta la rodilla, echando al
cesto cuanto podía capturar, que era mucho, dada su habilidad.
Al morir la tarde, cierta ostra se encontró, junto a otros peces, en la casa del
pescador, no muy distante del mar.
—¡Ay, mucho me temo que aquí vamos a morir todos sin remedio! —suspiró
la ostra, más triste que nunca y mirando a sus compañeros. Todos jadeaban
esparcidos por el suelo y tenían muy mala cara.
En esto, un ratón acertó a pasar por allí, muy satisfecho de su espléndida salud.
La ostra decidió que debía aprovechar al vuelo aquella ocasión única.
—Ratón, escucha, por favor. ¿Serías tan amable de llevarme hasta el mar?
El ratón la miró. Y como no era tonto debió pensar que aquella ostra, tan
hermosa y grande, debía tener una rica y sustanciosa pulpa.
¡Pues no faltaba más! —contestó el ratón, que había decidido comérsela—.
Pero para ello tendrás que abrirte algo, pues no puede llevarte cerrada.
—¡Oh, lo que mandes! —aceptó la ostra. Pero se entreabrió con toda cautela,
porque no era tonta.
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El ratón, rápidamente, introdujo el hocico para morderla.
Pero, con la prisa, se precipitó demasiado. Y la ostra se movió de improviso,
aprisionando la cabeza del roedor.
El ratón chilló. A los oídos de la gata llegó el chillido. Se lanzó a la carrera y
atrapó al ratón.
Antes de inferir daño a los demás,
pensemos que alguien puede hacer
lo mismo con nosotros.

EL LAUREL, EL MIRTO Y EL PERAL


Por el senderillo, con el hacha al hombro, llegaban dos campesinos fuertes
como robles. Quizá sus intenciones no resultaron demasiado oscuras para el
laurel, que gritó:
—¡Prepárate, peral! ¡Esos vienen por ti!
—¡Ay de mí! —gimió el peral—. Vamos, haced algo para ayudarme...
Los campesinos se habían detenido a la sombra de las ramas. Dejaron por un
instante las hachas en el suelo y se arremangaron al momento. Luego
empuñaron las herramientas y empezaron a lanzar hachazos a la base del árbol,
con la idea de abatirlo. Los soberbios golpes se escuchaban desde muy lejos.
—¡Peral! —gritó entonces el mirto—. ¿Adónde te vas? ¿Dónde está la soberbia
que tenías cuando tus ramas estaban cargadas de frutos?
Y el laurel, con un rumoreo de toda su contextura, añadía:
—Ahora ya no podrás hacernos sombra con tu follaje.
Estaba ya el peral herido de muerte, pero replicó con su último aliento:
—Yo me voy con estos campesinos, que ahora me cortan para llevarme al
estudio de un gran escultor. Con su arte, me tallará para darme la forma del dios
Júpiter y de allí me llevarán a un ternplo hecho especialmente para mí, y todos
los hombres me adorarán.
—¡No nos digas. . .! —desdeñaron sus antiguos compañeros.
—Tú, laurel, y tú, mirto, estáis destinados a terminar con vuestras ramas rotas
y tronchadas —sentenció el peral—, porque los hombres vendrán a tomar
vuestras hojas para coronarme y para rendirme los honores que merece un dios.
Basar el orgullo en el oropel de la importancia
presente es de necios; como la del peral,
es la fama que perdura la que debe perseguirse.

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LA ARAÑA Y LA UVA
Érase una araña que, a lo largo de varios días, estuvo observando los
movimientos de los insectos. Le admiró, en un principio, el hecho de que las
moscas acudieran muy especialmente a un racimo de uva de granos gordos y
dulces.
—¡Ahora lo comprendo todo! —se dijo, por último.
Y subiéndose a lo alto de la vid, fabricó un hilo finísimo, a través del cual pudo
descolgarse hacia el racimo. Seguidamente, prometiéndoselas felices, se instaló
en una celdilla oculta entre las uvas.
Desde aquel escondite comenzó a asaltar, como un ladrón, a las pobres moscas
que buscaban su comida.
Y en todos aquellos tejemanejes se presentó el tiempo de la vendimia.
El campesino llegó al viñedo, recolectó aquel racimo juntamente con muchos
más y lo arrojó al lagar donde acabó pisoteado, estrujado y deshecho.
Fue la uva el fatal anzuelo para la
araña traicionera, que murió junto
a las moscas traicionadas.

LA HIGUERA
La Naturaleza es a veces misteriosa, está llena de secretos. Y los hombres no
logran entender por qué razón unas cosas suceden y otras jamás se presentan.
Así, en aquella ribera, todos los árboles se llenaban de frutos al llegar la
estación en que el sol se complace en calentar la tierra; todos, menos la pobre
higuera.
Y como el árbol no daba higos, la gente pasaba a su vera, pero nadie se dignaba
prestarle atención. Y aquel desprecio continuo que creía atraerse, mortificaba
mucho a nuestra higuera.
Ella siempre esperaba anhelante la primavera y al ver cómo las ramas se le
llenaban de hojas nuevas, pensaba: «Nada, este año daré frutos: seguro».
Y siempre se equivocaba. El verano sucedía a la primavera, los demás árboles
se cargaban de frutos y en sus ramas no aparecía ninguno.
—¡Ay, cómo me gustaría ser elogiada por los hombres! —suspiraba la
higuera— Si fructificase como el resto de mis compañeros, todos se harían
lenguas de mis excelencias y me mirarían con codicia y respeto.

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Tantos fracasos no acabaron con su buen ánimo. Probaba y volvía a probar
hasta que finalmente un verano, por uno de esos misterios ya mencionados, la
higuera se encontró cargadita de jugosos frutos. El sol los hizo crecer, los llenó,
les dio un dulcísimo sabor.
Pronto los hombres repararon en aquellos frutos nuevos.
—Nunca hemos visto una higuera tan cargada —dijeron los campesinos.
—¿A qué consigo más higos que nadie?
Varios campesinos treparon por el tronco. Llevaban largos palos para triunfar
en su objetivo. Apaleaban las ramas altas y partían las más bajas con su peso.
En medio de aquella especie de competición, la pobre higuera bien pronto se
encontró abatida y rota, incapaz en lo sucesivo para ser otra cosa que leña con
destino al fuego.
La ambición que no desborda los justos límites,
es loable; cuando los traspasa, reprensible.

EL HALCON Y EL PATO SALVAJE


El halcón era un cazador soberbio y todas las piezas experimentaban temor y
respeto sabiéndole en sus cercanías.
Sin embargo, tratándose de patos, la situación del noble halcón ya no era tan
airosa.
—Me ponen furioso esos patos de la laguna —se decía—. En cuanto pretendo
darles caza, se las arreglan para burlarme y reírse de mí. Siempre se sumergen
en el agua justo en el último momento...
Naturalmente, el halcón no podía estar indefinidamente suspendido en el aire,
aguardando a que aquellos patos aguafiestas quisieran salir a la superficie.
Pero una mañana el halcón decidió jugarse el todo por el todo. Y después de
dar muchas vueltas con las alas extendidas para estudiar la situación, centró sus
esfuerzos en el más arrogante de los patos.
—¡He elegido mi presa! —exclamó el fiero cazador.
Y se precipitó como un bólido sobre el animal que, más ligero, se sumergió de
cabeza.
Se oyó el chapoteo y, fuera de sí, el halcón amenazó:
—¡Esta vez voy detrás de ti!
Y se sumergió a su vez.

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Pero el pato, que estaba en su elemento, se escabulló bajo el agua nada más
verlo y salió a la superficie. Inmediatamente desplegó las alas e inició el vuelo.
Al halcón no se le escaparon sus tejemanejes.
—¡Ahora verá ese tunante! —exclamó—. ¡No logrará escapar!
Pero, como tenía mojadas las plumas, no consiguió levantar el vuelo.
El pato, pasándole por encima, le dijo:
—¡Adiós, halcón! Yo sé estar en tu cielo, pero tú, en mi agua, te ahogas.
A quien por la soberbia se deja arrastrar,
es fácil que, como al halcón, sus propias
limitaciones le lleven a la humillación.

EL CEDRO Y SUS COMPAÑEROS


Érase una vez un cuidado huerto, donde las plantas floridas y los árboles, tanto
frutales como de adorno, se entremezclaban con armonía.
Entre los árboles, pocos tan hermosos como el cedro.
Con cada estación aumentaba de estatura y llegó el momento en que su cima
apuntó hacia el cielo, por encima de todos los demás árboles.
Tanto esplendor había colmado la vanidad del cedro. Así, sus exigencias
imperiosas aumentaban por días.
—¡Oh, cortadme pronto aquel nogal! —pidió un día, ensoberbecido por su
propia belleza.
Y el nogal fue cortado.
—¡Que se lleven esa higuera de ahí! —dijo en otra ocasión el cedro—. Me
aburre.
Y la higuera cayó.
Otro día, irguiendo más que nunca el maravilloso penacho de su copa, ordenó:
—Llevaos de aquí estos manzanos. No puedo soportarlos, porque son una
humillación para mi importancia.
Y también los manzanos fueron quitados de en medio.
De esta forma, uno detrás de otro, el cedro hizo eliminar a todos los demás que
fueron sus compañeros dentro del huerto. Entonces se encontró solo y dueño
del jardín. Nada le hacía sombra ni entorpecía su contemplación.
Pero una tarde otoñal se levantó una gran tormenta de viento. El hermoso y
soberbio cedro resistió con todas sus fuerzas, aferrándose a la tierra con sus
raíces. Y no le sirvió de mucho, porque el viento, al no encontrar otra planta en

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su camino que frenara su enorme ímpetu, lo obligó a inclinarse, hasta
destrozarlo y abatirlo.
La unión hace la fuerza. Esta fábula viene a
demostrarnos que, contra la adversidad, son
a veces los humildes quienes pueden ayudarnos.

EL TESTAMENTO DEL AGUILA


Érase una vez un águila real, la misma que desde muy antiguo fue considerada
como encarnación del valor, del poder y de la majestad; la misma también cuya
efigie ha sido utilizada como emblema nacional por romanos, persas, alemanes,
polacos, austríacos, norteamericanos y españoles.
Nuestra soberbia ave, al hacerse vieja, eligió como morada una peña altísima y
en ella vivió solitaria durante varios años.
Pero un día sintió que la muerte estaba próxima y llamó a todos sus hijos a su
lado. Cuando los tuvo reunidos en torno a ella, los miró de uno en uno y dijo:
—Yo os he alimentado y criado para que desde pequeños fueseis capaces de
mirar al sol. He dejado morir de hambre a aquéllos de vuestros hermanos que
no podían soportar su visión. Por eso vosotros sóis dignos de volar más alto que
las demás aves. Y todo aquel que no quiera morir, que no se acerque jamás a
vuestro nido.
Los hijos del águila real escuchaban con respeto estos consejos, inclinando sus
orgullosas cabezas.
El águila añadió, luego de una pausa:
—Todos los animales deben teneros miedo, pero vosotros no haréis ningún
daño a los que os respeten, sino que les dejaréis alimentarse con los restos de
vuestras presas.
—Sí, eso haremos... —murmuraron a una todos.
—Ahora estoy a punto de dejaros —anunció el águila—, pero no moriré en mi
nido; volaré a lo más alto, hasta donde me lleven mis alas; me dirigiré hacia el
sol como si pudiera alcanzarlo, y sus rayos inflamados quemarán mis viejas
plumas; me precipitaré hacia la tierra y caeré dentro del agua. Pero de aquella
agua, milagrosamente, renaceré rejuvenecida, dispuesta a recomenzar mi
existencia. Esa es la naturaleza de las águilas y nuestro destino.

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Dicho esto, el águila real emprendió su vuelo; majestuosa y solemne, dio vuelta
en torno de la peña donde estaban sus hijos; después, de pronto, se dirigió hacia
lo alto para quemar en el sol sus cansadas alas.
Los hijos del águila real habían aprendido la lección
de dignidad de quien ha predicado con el ejemplo.

LA ORUGA
El mundo seguía su marcha, en plena conmoción. Nada estaba inmóvil en la
Naturaleza sin fin. Nada ni nadie, excepto la oruga.
En torno al pequeño insecto, agazapado sobre su hoja, unos cantaban, otros
corrían, algunos volaban. No había insecto que no estuviese en movimiento, no
había aguas quietas ni hojas estáticas. Sólo ella, la pobrecita oruga, carecía de
voz; y de impulsos para correr o volar.
Y si conseguía moverse un poco, poquísimo, era a fuerza de fatiga y tan
despacio, que cuando al fin pasaba de una hoja a otra le quedaba la impresión
de haber dado la vuelta al mundo.
Pero la oruga no por eso envidiaba a los mejor dotados que ella. Sabía que era
sólo una oruga y que como tal debía aprender a hilar una saliva finísima para
tejer con arte maravilloso su casita.
Por eso, con mucho afán, empezó su trabajo.
Y trabajando sin cesar, se encontró por fin envuelta en un tibio capullo de seda
y aislada del mundo.
La oruga había cumplido con su obligación. ¿Qué sería de ella en adelante?
¿Qué podía hacer?
—¿Y ahora? —suspiró.
—Ahora, espera —le respondió una voz—. Ten 'todavía un poco de paciencia
y ya verás.
Confortada con la misteriosa voz, la oruga se durmió. Al despertar era algo
sorprendente y distinto.
Salió del capullo con dos alas preciosas, pintadas de vivos colores y
rápidamente voló a lo más alto del cielo.
La virtud de saber esperar, realizando al mismo tiempo
el cometido a cada uno asignado, puede operar la
transformación que tan alto llevó a la oruga de la fábula.

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LA ARAÑA Y EL ABEJORRO
Érase una araña astuta y lista que andaba buscando un buen lugar para
establecer su domicilio. Vistazo aquí, vistazo allá, descubrió un paraje ideal,
muy frecuentado por las moscas.
Inmediatamente dio principio a la tarea de tender su red. Eligió dos ramas como
puntos de apoyo y se entregó sin descanso a la monótona faena de recorrer
incansablemente el camino entre una y otra, trenzando su hilo de plata para
fabricar una tupida telaraña.
Había sido un buen trabajo. Tras el trenzado final fue a esconderse bajo una
hoja.
La espera fue breve. Una mosca curiosa quedó inmediatamente atrapada en la
red. La araña se acercó y en un momento la devoró.
Pero un abejorro que desde la corola de una flor lo había visto todo, se lanzó
volando contra la araña y la atravesó.
Esta fábula viene a recordarnos la gran lección,
ya conocida: «No hagas a los demás, lo que no
quieras que los demás hagan contigo».

ALEGRIA
Tenía un granjero un nutrido corral. Allí se mezclaban gallinas, pollos, gallos,
conejos, pavos, palomas y patos. En el establo se agrupaban bueyes y caballos;
en su aprisco, ovejas y carneros, a los cuales infundía respeto cierto perro
gruñón.
Por el corral mayaba un gato. Del establo salían los rebuznos descontentos del
asno.
—¿Cuál es el animal más alegre de todos? —le preguntaron un día al viejo
granjero, tan conocedor de la materia.
—Es el gallo —respondió el campesino—. El gallo y la alegría son una misma
cosa. Es alegre cuando nace el día, y canta; es alegre cuando sale el sol, y canta;
corre, salta, combate y bromea, sin dejar jamás de seguir cantando, feliz y
contento.
La alegría del gallo es símbolo de conformidad
feliz, en cualquier situación y estado.
Y... TRISTEZA
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—¿Hay animales tristes? —preguntaron al sagaz campesino.
—¡Ya lo creo!
—¿Cuál de ellos es el más triste?
—El cuervo. La tristeza se parece mucho a él. Cuando en el nido se abren los
huevos y le nacen las crías, el cuervo, al verlos pelados y blancos, huye ante
tan gran dolor. Su vanidad de padre, ante tanta fealdad, le lleva al abandono de
los pequeñuelos. El cuervo se retira a llorar al árbol más cercano, negándose a
llevarles alimento. Después, al darse cuenta de que sobre la piel les empiezan a
despuntar las primeras plumas negras, vuelve...
¿Existe algo más doloroso que un amor
basado únicamente en signos externos?

LA SERPIENTE Y LOS PÁJAROS


Hubo una vez una bandada de pájaros. Tantas aves la componían que se
extendía bajo el cielo como una gran nube y, a su paso, el sol se oscurecía.
Y así durante algún tiempo.
Hasta que un buen día la bandada ya no fue tan numerosa. Cada mañana
desaparecía algún pájaro de modo misterioso, sin que nadie se diese cuenta.
—No puedo comprenderlo, no puedo... —se dijo el jefe de la bandada, muy
preocupado.
El viejo pájaro, todavía fuerte y astuto, veterano en las lides viajeras que la
sucesión de estaciones impone a ciertas aves, estaba intrigado. Y decidió que
debía descifrar el misterio.
Y así una mañana, en lugar de volar a la cabeza de los suyos, como había sido
su misión de caudillo, pensó ponerse a la cola y vigilar intensamente a sus
compañeros.
Volaron como siempre hacia el bosque lejano, pero al pasar sobre la colina, el
vuelo ya no fue tan uniforme, sino distinto.
—¿Estará aquí el misterio? —se preguntó el jefe, alertado.
Porque acababa de comprender que la bandada se había excitado, como
embestida por un fuerte viento al que las avecillas no pudieran oponerse.
La mayor parte de los pájaros pronto volvieron a reunirse, pero los más jóvenes
continuaron desviándose como atraídos por una fuerza invisible.

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Y, por fin, el jefe de la banda divisó a la serpiente. Era larguísima, viscosa,
ondulante; se enroscaba muchas veces sobre sí misma.
Oculta entre la hierba, todos los días esperaba el paso de los pájaros, y abriendo
la boca, aspiraba tan fuerte que conseguía sorberlos hasta lo más profundo de
sus fauces.
Son muchos los caminos de la vida donde acecha la serpiente.
El viajero previsor debe elegir las sendas seguras o conformarse con su
suerte.

EL OSITO Y LAS ABEJAS


Un osito alegre y retozón andaba curioseando por el bosque, cuando fue a
descubrir un agujero en el tronco de un árbol.
—¿Qué habrá ahí? —se dijo interesado.
Estuvo mirando algún tiempo el agujero y comprendió que aquello era un
hervidero de abejas. No hacían sino ir y venir. Algunas, con gran movimiento
de alas, giraban en torno al agujero como si estuviesen de centinelas; otras,
llegadas de lejos, entraban; las había que salían del árbol y desaparecían en el
bosque.
Pero el curioso osito, que quería saber más, tuvo la idea de acercarse y meter el
hocico en la cavidad. Husmeó y luego introdujo una patita, para poder tocar.
—¡Qué delicia! Al retirarla chorreaba miel.
Había empezado el osito a lamerla, muy engolosinado, cuando del agujero
escapó una nube de abejas que se arrojaron sobre él y empezaron a picotearle
la nariz, el hocico, las orejas y el resto de lo que era oso.
El curioso animalito trató de defenderse, pero si las alejaba de su costado
derecho, atacaban con mayor brío por el izquierdo.
—¡Fuera! ¡Alejaos, entrometidas! —empezó a gritar mientras daba inútiles
zarpazos.
Luego furioso, lanzó a los cuatro vientos, entre ayes de dolor, sus deseos de
venganza. Y pasó al ataque, corriendo ya tras una abeja, ya tras otra.
Y así, por querer vengarse de todas, no consiguió hacerlo de ninguna; al fin se
revolcó en tierra, vencido por el terror y la quemazón de las picaduras, hasta
que reuniendo sus fuerzas corrió a refugiarse en su mamá.
¡Cuántos jóvenes, como el osito, se embarcan irreflexivamente
en aventuras que van más allá de su capacidad!

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EL TOPO
A lo largo de muchos años de trabajo, la familia de los topos había excavado y
pulido bajo tierra intrincadas galerías.
El último topo de la familia se paseaba por ellas con toda tranquilidad. Andaba
de atrás adelante, subía a los picos superiores, bajaba a las bodegas como si
gozara de muy buena vista, aunque, como todos los topos, tenía los ojos
pequeñitos y poca visión.
Un día encontró un corredor desconocido y, más contento que unas pascuas,
por allí siguió caminando.
—¡Detente! —gritó una voz desde el piso de abajo
—¡Oh, qué emocionante advertencia! —exclamó el topo.
El animalito levantó el hocico hacia lo alto y se asomó, pero la luz del sol, que
brilló como un relámpago, le causó instantáneamente la muerte.
La mentira, como el topo, puede vivir únicamente mientras está
escondida, pues en cuanto sale a la luz para hacerse notar, muere.

EL LEON Y EL CORDERO
Erase un león enjaulado, poderoso, dorado, ensordecedor en sus rugidos.
Un día le llevaron como comida un corderito.
Tan inocente y humilde era aquel cordero, que ni miedo sintió del león. Por eso
se le acercó confiadamente, como si se tratara de su madre y lo miró con ojos
llenos de devoción y asombro.
El león, desarmado ante tanta inocente confianza, no tuvo valor para matarlo y
aunque refunfuñando y conteniendo sus estremecedores rugidos, estuvo todo el
día con el hambre en el cuerpo.
No es la fiereza del adversario lo que debemos medir,
sino el grado de su nobleza, para obrar con justicia.

LA PARRA YEL ARBOL VIEJO


Érase una parra algo medrosa que, para sentirse más segura, había trepado a un
árbol viejo. Sus compañeras, que se encaramaban en los palos plantados
expresamente por los campesinos, le decían:
—¡Habrase visto! ¿Cómo has elegido para tu sostén un árbol viejo? Di, ¿qué
harás si muere?
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Pero la parra, convencida y contenta de su elección, no se preocupaba de las
críticas de sus compañeras. Cada día se apretaba más contra el viejo tronco,
segura de sobrevivir a todas las parras del viñedo.
¡Ay, el árbol llevaba muchos años a cuestas! Era tan viejo que ya no podía serlo
más. Vacilaba con cada golpe de viento y muchas de sus ramas, totalmente
secas, se quebraban con chasquidos siniestros.
Un día, con gran estruendo, el árbol se abatió sobre el campo. Y la parra, que
seguía abrazada a él, rodó también y murió aplastada bajo su tronco.
Esta fábula pone de relieve la cordura de escuchar los
consejos de aquellos que están capacitados para darlos.

LEYENDA DEL VINO Y DE MAHOMA


El vino, zumo divino de la uva, fue vertido un día en una magnífica copa de
oro. La copa estaba nada menos que sobre la mesa de Mahoma.
—¡Oh, qué gran honor! —pensó el vino, pavoneándose—. ¡Qué gloria para mí,
encontrarme en la mesa de Mahoma!
Y de repente, asaltado por un pensamiento contrario, se dijo airado:
—Pero, ¡qué honor ni qué gloria! ¿De qué estupidez me estoy alegrando? Nada
de esto es verdad. Después de todo, ¿qué hago yo aquí? He venido a morir, a
dejar mi bellísima casa, esta magnífica copa de oro, para entrar en la fea caverna
del cuerpo humano. Y cuando yo esté allí, mi zumo delicioso, perfumado, y
suave se perderá para siempre.
Suspiró largamente el vino y añadió:
—¡Oh, cielo, pido justicia, pido venganza por tanto daño! ¡No es justo que
continúe este desprecio por mi ser! ¡Júpiter, padre Júpiter! —suplicó—, ya que
esta tierra produce la uva más bella y rica del mundo, de exquisitez nunca
gustada, haz que jamás sea transformada en vino!
Júpiter lo oyó y decidió atender su plegaria.
Y resultó que, cuando Mahoma bebió de la copa de oro, Júpiter le hizo subir a
la cabeza todos los vapores del vino, embriagándolo.
Y debido precisamente a esta borrachera, Mahoma se portó como un loco y
empezó a cometer disparate tras disparate. Cuando por fin volvió en sí y estaba
en el disfrute de toda su cordura, dictó una ley que para siempre prohibía a
todos sus súbditos beber vino.
Y desde entonces, la vid vive en paz con su dulce fruto.

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La gloria no llega siempre por caminos brillantes:
a veces se alcanza lejos del mundano oropel.

EL SAUCE Y LA VID
Aquel sauce, como todos los sauces, crecía muy rápidamente. Sus brotes
aumentaban de tamaño día a día, a una velocidad que ninguna otra planta podía
superar.
Pero aquel sauce sentíase triste a causa de su soledad.
—¡Cuánto mejor estaría acompañado! —se dijo—. ¿Y si me casara con la vid?
¡Qué tontería! —se le ocurrió a un compañero—. Los sauces hemos nacido para
crecer y superar a las otras plantas. ¿Qué harás tú con una vid a tu lado?
—¿Qué haré sin ella? —se defendió el otro.
Y el casamiento se celebró a pesar de todo. El sauce se unió con la vid; mejor
dicho, aceptó que la vid apoyase sus ramas en el tronco que le brindaba.
El espectáculo que ofrecían ya no podía ser más dispar. La vid producía muchos
frutos; el sauce no daba ninguno. De ahí que el labriego, al distinguir un día a
la vid abrazada al sauce, para evitar que éste en su continuo crecer tirase de ella
hacia lo alto y la arrancase del suelo, decidiera podar a ambos.
Así, año tras año, los brotes soberbios del sauce van siendo cortados por el
campesino. El verde árbol, tullido y mutilado, sólo sirve para sostener los
racimos de su afortunada compañera.
No escojas a tus amigos entre aquellos que
en nada se parecen a ti. Lo sucedido con
el sauce de la fábula es el ejemplo mejor.

LA RED Y LOS PECES


Una tarde de verano, la red salió llena de peces. Era lo que solía ocurrir.
Lampreas, carpas, barbos, anguilas, albures, tencas y tantos otros, terminaban
en el cesto del pescador.
Allá, en el fondo del río, los supervivientes no se atrevían ni a moverse por
miedo a ir a parar a un mercado y por último, después de grandes manoseos en
los que perderían las escamas, a una hirviente sartén.
Pero, ¿qué podían hacer?

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Unas jóvenes brecas de río, reunidas tras una piedra, decidieron dar ejemplo y
encabezar la rebelión.
—Es cuestión de vida o muerte —dijeron--. Esa red que día a día viene a
hundirse en el agua, siempre en distinto lugar, con lo cual puede sorprendernos
mejor, va a ser nuestra perdición. No vamos a quedar uno para contarlo.
—Eso —replicó una mantecosa breca—. Además, nuestros hijos tienen
derecho a llevar una hermosa vida en el río y nosotros también.
—Todos tenemos derecho —intervino un barbo.
—Sí, sí, pero ¿qué podemos hacer? —preguntó una carpa de ronca voz.
—Luchar por la existencia y destruir esa red —dijo la más combativa de las
brecas.
La valiente decisión fue confiada a las inquietas anguilas. A todo lo largo y
ancho del cauce, la orden corrió de boca en boca. Y todos los peces acordaron
reunirse a la mañana siguiente en un remanso protegido por grandes sauces.
En las primeras horas del nuevo día, millares de peces de todas clases, edades
y tamaños, se congregaron belicosamente para declarar la guerra a la red.
Naturalmente, había que elegir un jefe y la dirección de las operaciones se
confió a una vieja y sabia carpa que por dos veces, despedazando con los
dientes la malla de la red, había conseguido zafarse de la temible prisión.
—¡Atención todos! —arengó la carpa a sus huestes—. Habréis observado que
la malla de la red tiene plomos que la retienen en el fondo. Pues bien, he
pensado que debemos dividirnos en dos grupos; uno levantará los plomos hasta
la superficie; el otro se encargará de sujetar firmemente la red por la parte
superior.
—¡Eso, eso! —aprobaron los peces.
—Vosotras, lampreas —añadió la vieja carpa—, cortaréis con los dientes las
cuerdas que mantienen tensa la red entre las dos orillas.
——¡Lo haremos!
—Las anguilas saldrán inmediatamente de reconocimiento, para venir a
informar sobre el sitio donde han lanzado la red.
Partieron las anguilas y los peces, reunidos en grupos, se situaron
distribuyéndose por las orillas. Las brecas se encargaban de empujar a los
tímidos, recordándoles con dramáticas palabras el triste fin de muchos de sus
compañeros.
—No tengáis miedo de quedar prendidas en la red, porque ningún hombre
podrá ya sacarla a la orilla...
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Las anguilas exploradoras regresaron precipitadamente.
—¡Rápido! —dijeron a los peces reunidos—. ¡La red se encuentra hundida a
cosa de una milla de aquí!
En cuestión de instantes el grueso de los peces, como una poderosa flota,
navegaba detrás de la vieja carpa.
—¡Poned mucho cuidado! —advirtió—. Despacio ahora, o la corriente nos
arrastrará al interior de la red.
Ante los ojos de los peces había aparecido ésta, como una sombra siniestra. Y,
presos de furor, los peces se lanzaron al ataque, aunque siguiendo las
instrucciones de su capitana.
Muy pronto las cuerdas que sujetaban la red estaban rotas y las mallas
destrozadas. Los soldados de aquel singular ejército alzaron la red. Cada uno,
con su parte de la misma en la boca, agitaba poderosamente su aletas y cola,
tirando en todas direcciones para destrozarla. Y así, en el agua que parecía
hervir, terminaron con aquella amenaza para su libertad.
La unión de los débiles, su esfuerzo y ordenada cooperación,
pueden conducir al triunfo, como la fábula ha venido a demostrar.

LA LLAMA
Hacía ya bastante tiempo, casi un mes, que en el horno de la vidriería
chisporroteaban las llamas.
Sirviéndose de aquellas llamas, el hábil operario fabricaba botellas y vasos.
Pronto las llamas, que pasaban el tiempo contorneándose y danzando sobre el
horno, descubrieron una vela rematando un brillante candelabro. La vela,
esbelta y fina, intentaba acercarse a ellas.
Y todas las llamas, maravilladas, invadidas de ansiedad, se esforzaron por
lamer tan lindo objeto.
Hubo una llama, la más escurridiza de todas que, escabulléndose del tizón que
la alimentaba, volvió la espalda al horno.
Luego acertó increíblemente a pasar por una rendija y ¡zas!, se lanzó sobre la
vela, empezando a devorarla con avidez.
La voraz llama consumió pronto a la esbelta vela, de la cabeza a los pies.
—¡Oh, la vela va a morir y yo no quiero terminar mis días con ella! —se
lamentó la llama—. Debo hacer algo, intentar mi salvación.

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Pero no era fácil.
—Mi única solución —se dijo la llama—, es regresar al horno del que huí.
Le era imposible despegarse de la blandura de la cera y empezó a gritar,
solicitando el auxilio de las otras llamas.
—i Ayudadme, hermanas, ayudadme! ¡Pronto, haced algo por mí!
Sus antiguas compañeras, insensibles a sus lamentos, siguieron danzando con
cambiantes luces sobre el hogar.
Todavía estaba la llama llorando y gritando cuando se transformó en un humo
fastidioso, mientras sus hermanas gozaban con esplendor de una vida larga y
bella irradiando un delicioso calor.
Muchos ilusos, como la llama, cambian su
confortable existencia y acaban de mal en peor.

LOS TORDOS Y LA LECHUZA


—¡Somos libres! ¡Somos libres! ¡Ya nada debemos temer! —gritaron un día
los tordos, viendo que el hombre había capturado a la lechuza de la región.
Y siguieron alborotando, invadidos de alegría.
—Es un hecho; ahora la lechuza ya no nos atemorizará. Ahora dormiremos
tranquilos —dijo un tordo de chillona voz.
En efecto, la lechuza había caído en la trampa preparada por el hombre, que
después se había dado buena prisa en encerrarla en una jaula.
—¡Qué suerte tenemos! —gritó un tordo alocado.
—¡Sí, sí! ¡Vamos a ver a la lechuza en su cárcel! —propuso otro que se
distinguía por su decisión.
Y todos empezaron a volar y cantar en torno a la jaula de su eterna enemiga.
Pero ellos, los tordos, ignoraban que si el hombre había capturado al ave
nocturna, era con el fin de darles caza, apoderándose de todos.
Los incautos pajarillos tampoco podían sospechar que la lechuza fuera a aliarse
con quien la había vencido y aprisionado.
En la jaula la lechuza había sido colocada sobre un palo, pero atada por una
pata.
—¡Qué divertido! —exclamaron los tordos, riéndose de la prisionera, un poco
tontamente.

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Y para verla mejor, ocupaban las ramas de los árboles vecinos, apiñándose para
pasar un gran rato, ignorantes de que el hombre había preparado en aquellos
árboles sus cañas untadas de liga para atraparlos.
Y los tordos no sólo perdieron la libertad, como la lechuza, sino, además, la
vida.
Aprendan de esta fábula aquellos que se alegran con los males
del prójimo, sin pensar que también pueden aquejarles a ellos.

EL NOGAL
Erase un cuidado y amplio jardín, rodeado por un alto muro, donde vivían
muchos árboles frutales.
—¿Por qué debo quedarme escondido en este jardín? —dijo un día el nogal—.
Yo no quiero prolongar mis ramas hasta el fin del camino para que todos vean
la riqueza de mis frutos.
Y poco a poco se las fue arreglando para que sus ramas más bellas colgaran por
fuera del muro, a la vista de todos.
Llegó la época en que aquellas ramas se cargaron de frutos y los que pasaban
empezaron a apoderarse de ellos. Y donde sus manos no llegaban, alcanzaron
sus estacas.
En poco tiempo el nogal, apaleado y apedreado, perdió frutos y hojas y sus
brazos desnudos, terriblemente mutilados, colgaron lacios y tristes por fuera
del muro.
El que por vanidad cae en la tentación de exhibir su riqueza, se expone
a que los desaprensivos se apoderen de ella, de "índole en la indigencia.

EL COCODRILO Y LA MANGOSTA
En un lugar escondido de la gran selva, justo en el recodo que describía el
poderoso río, moraba un cocodrilo. Los hombres que conocían su existencia se
guardaban muy bien de arriesgarse por tan peligroso paraje. Los incautos solían
acabar en las fauces del temible saurio.
Un día, después de haber matado a un hombre que dormía bajo una palmera, el
cocodrilo derramó abundantes lágrimas.
—Observa al cocodrilo —le dijo una mangosta a su hijito—; es un hipócrita,
porque ahora llora y dentro de unos minutos devorará a su víctima.
—¡Oh! —exclamó la mangostita, abriendo los ojos todo lo que ella era capaz.
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Y en efecto, muy pronto el cocodrilo se disponía a darse un festín con el cuerpo
de su víctima.
Concluida la comida, satisfecho y feliz, el saurio se adormeció junto a la orilla
del agua, pero con la boca abierta, lo que iba a permitir a un pajarillo amigo
suyo, llamado Troquilo, que entrase a picotear en su boca lo que le había
quedado entre los dientes.
Dejándose escarbar plácidamente por el activo pajarillo, el cocodrilo, en su
sueño, abrió todavía más sus enormes mandíbulas.
La mangosta, que estaba al acecho, dijo a su pequeño:
—Observa con atención, hijo mío. Así es como se acaba con los traidores.
Inmediatamente la mangosta tomó carrera hasta precipitarse en la boca del
cocodrilo, para enfilar hacia su garganta. De allí pasó al estómago y le mordía
con sus agudos dientes, llegando por último al intestino, donde hizo otro tanto.
El cocodrilo, que había despertado con sobresalto, empezó a revolcarse por
tierra, acometido de espantosos dolores. Estuvo aullando espantosamente
sintiendo cómo le arrancaban las vísceras y por fin, destrozado por la mangosta,
exhaló el último estertor, la panza hacia el sol.
No puede esperar piedad quien es incapaz de sentirla,
pues ya fue dicho: «Como midieres, serás medidos.»

EL VENCEJO
Un día de primavera una pareja de vencejos volvió a su nido. La venceja, con
gritos alegres y alborotados chillidos, demostraba su contento.
Limpió el nido, lo arregló espléndidamente y se dijo:
—Ya tengo un buen hogar.
Y puso en él sus huevos, para después incubarlos. Al fin, cuando ya hubieron
nacido sus hijos, comenzó a volar del nido al cielo y del cielo al nido, para
alimentar a su numerosa familia.
El vencejo, por el contrario, se dedicaba a volar. Había volado durante los
trabajos domésticos de su pareja, mientras ella empollaba y después, durante
todos los días, del alba al crepúsculo, sin concederse un instante de reposo.
—¿Por qué siempre estás volando? —le preguntaron un día.
—Porque a mí no me gusta trabajar —respondió.
Muchos necios existen que, como el vencejo,
acometen mil trabajos para no trabajar, con lo

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cual su esfuerzo es inútil para ellos y para los demás.

EL HUEVO ROBADO
Había una vez en un huerto dos nidos de perdices: el uno sobre un ciprés y el
otro sobre un olivo.
Y sucedió un día que la perdiz que vivía sobre el ciprés pensó robarle uno de
sus huevos a la que vivía en el olivo.
—Lo añadiré a los míos —se dijo— e incubaré todos al mismo tiempo. Tendré
más hijos que esa vecina presumida.
Pasaron los días y los huevos de ambos nidos se abrieron casi al mismo tiempo.
Las dos perdices se ufanaron de su calidad de madres, lanzando sus cantos al
viento.
Tímidamente, las crías trataban de imitar a las madres. Poco a poco crecieron,
se vistieron de plumas y llegó el emocionante día en que debían lanzarse al
vuelo.
Uno tras otro, los pajaritos que vivían en el olivo se atrevieron a despegarse de
él. Dieron unas cortas y asustadas vueltecitas y regresaron al nido dichosos y
orgullosísimos de la hazaña.
Uno tras otro, también, los que vivían en el ciprés emprendieron la gran
aventura. Temblorosos y piando se lanzaron a revolotear por el huerto,
conmocionándolo con sus alas y sus chillidos.
Pero uno de ellos, en lugar de regresar al ciprés de donde había salido, voló
torpemente hasta el nido que estaba en el olivo. Hinchado de satisfacción,
ocupó un lugar junto a los otros.
Era el pájaro que había nacido del huevo robado y que, por instinto, regresaba
junto a su madre verdadera, para chasco de la perdiz ladrona.
La Naturaleza, en su sabiduría, viene a
demostrar a través de la fábula, lo inútil
de querer alterar lo que ella ha establecido.

EL SAUCE Y LA CALABAZA
Hubo una vez un sauce que jamás tuvo la dicha de ver cómo sus ramas se
enderezaban al cielo. Unas veces porque una parra se apoyaba confianzuda en

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su tronco, otras porque algunas de las plantas vecinas se acercaban demasiado,
lo cierto era que no podía crecer y que muy a menudo lo mutilaban y podaban.
El pobre sauce empezó a suspirar de continuo.
—Esto no puede continuar así. Tendré que juntar todas mis energías y librarme
de tanta esclavitud.
Y continuó con sus sueños de libertad y ya no vivía más que para pensar y
repensar, hasta que creyó haber hallado la solución.
—Voy a considerar todas las plantas del universo que me rodea y las exigencias
particulares de cada una y quizá encuentre a la que no necesite para nada
apoyarse en mis ramas.
Nutriéndose cada día en estas imágenes, le asaltó por último una idea que
iluminó su pensamiento.
—¿Cómo no lo habré pensado antes? ¡He aquí la calabaza!
El sauce sacudió todas sus ramas alegremente. No le quedaba duda de que la
calabaza era la compañera ideal por su propensión a atar a otros contra sí, más
que a ser atada.
Hecha su elección, el sauce levantó sus ramas hacia el cielo. con la esperanza
de hacerse ver por algún pájaro amigo. En aquel momento divisó a una urraca
y el sauce se apresuró a llamarla:
—Gentil ave —le dijo—; espero que no habrás olvidado la ayuda que te presté
hace unos días, cuando un halcón hambriento y cruel quiso devorarte y tú te
escondiste entre mis ramas. Tampoco habrás olvidado aquella ocasión en que
descansaste sobre mí porque tus alas te pedían reposo. Por todo ello, gentil
avecilla, espero que no me negarás el favor que voy a pedirte: ve en busca de
la calabaza y pídele alguna de sus semillas. A estas les dirás que no deben
temerme, porque cuando germinen y nazcan las trataré como si fueran mis
hijas.
—¿Qué más? —quiso saber la urraca.
—Nada ya, sino recomendarte que busques las palabras justas para convencer
a la calabaza de lo que solicito y sus semillas se vengan conmigo de buen grado.
Tú eres maestra en bellos discursos, amiga urraca, y no hay necesidad de
enseñarte nada.
La urraca no negó ni prometió, sino que solicitó a cambio algunas otras cosas.
Y por fin ultimó el pacto con el sauce. Este se comprometía a no acoger entre
sus ramas serpientes ni garduñas y a servir de asiento al nido de 'la urraca.
Con batir de alas y maniobrando el timón de cola, el ave llegó sobre la calabaza.
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—Te reverencio y saludo, ¡oh, calabaza! —empezó.
Después de añadir otras bellas y gentiles palabras, le pidió las semillas que
deseaba el sauce. Obtenidas las mismas volvió junto a su amigo el árbol, que la
acogió con júbilo.
—Ahora debes sembrarlas —dijo el sauce.
La urraca, con batir de alas, fue cavando el terreno en torno al sauce. Después,
con su pico fue depositando los granos, uno a uno, en el surco.
Algún tiempo después, no mucho, nacían las plantitas de calabaza. Y
empezaron a crecer y a echar ramas, hasta apresar sucesivamente todas las del
sauce. Por último, sus grandes hojas acabaron ocultando al árbol la belleza del
sol y del cielo.
Y por si fuera poco, las calabazas que dieron, con su peso, fueron atrayendo
hacia la tierra los tiernos renuevos del sauce, arrancándolos y torturándolos. El
sauce se sacudía en vano. En su desesperación no llegaba a comprender que las
calabazas estaban ligadas a él por tantos nudos que nadie iba a ser capaz de
desatarlos.
Viendo pasar el viento, el sauce le gritó su dolor y solicitó su ayuda. El viento
le oyó y sopló más fuerte.
Entonces el tronco, al cual las calabazas habían robado todo el alimento, se
abrió en dos partes hasta las raíces; cada uno cayó por su lado.
Llorando su propia desventura, el sauce pensó que había nacido bajo una mala
estrella.
Son muchos los que pretenden vivir sin sufrir
ningún dolor. Mas como esto no es posible,
bueno será elegir de entre los males, el menor.

LAS LLAMAS Y EL CALDERO


La pequeña hoguera se había ido apagando. Pero en medio de la ceniza tibia
quedó un tizón todavía encendido. Lentamente, con parsimonia, iba
consumiendo sus últimas energías, nutriéndose con el mínimo indispensable
para no morir.

Cuando llegó la hora de poner la sopa al fuego, se echaron nuevas astillas. Una
cerilla, con su llamita, resucitó al tizón, que parecía apagado ya, y una lengua
de fuego surgió de entre la leña sobre la que estaba puesto el caldero.

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¡Y qué alegre estaba el fuego con los troncos que le habían puesto encima, tan
secos y poderosos! Así que fue tomando incremento mientras jugaba con la
leña nueva, muy divertido con aquel correr arriba y abajo, como tejedor de sí
mismo, capaz por ello de alargarse y alargarse.

Muy pronto las lenguas de fuego fueron despuntando fuera de la leña, en la que
abrían infinidad de ventanas desde las que lanzaban puñados de centelleantes
chispas.

Las tinieblas que invadían la cocina se alejaron en franca huída. Cada vez más
alegres, las llamas crecían bromeando con el aire en el que se abrazaban y
empezaron a cantar con un crepitar dulce y suave.

Y entonces, muy crecido ya el fuego sobre la leña, empezó a sufrir una


transformación. Su ánimo manso y tranquilo se tornó en engolada y antipática
soberbia, haciéndose la ilusión de ser él quien atraía sobre aquellos pocos leños
el don de la llama.

Y empezó a soplar como un loco, a llenar de explosiones y chispas todo el


hogar. Dirigió después sus grandes llamaradas hacia lo alto, decidido a partir
en un vuelo sublime... y terminó chocando con la negra base del caldero.
Libera tus impulsos dentro de límites razonables o,
como la llama, irás a estrellarte contra el obstáculo
insalvable que mancha dejando huella.

EL ELEFANTE Y EL DRAGON
Había una vez un elefante que, como casi todos los de su especie, poseía
honestidad, prudencia y justicia.
Pero, además, nuestro elefante tenía también su credo religioso; y lo
demostraba cada vez que la luna nueva aparecía. Para saludarla con toda
solemnidad, se dirigía al río y efectuaba repetidas abluciones.

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Cuando estaba enfermo solía tirarse al suelo para arrancar con la trompa hierbas
y flores que tiraba hacia lo alto, como si se tratase de una ofrenda votiva.

Un día que tuvo hambre aprendió a utilizar sus colmillos para desenterrar
raíces. Eso sí, él siempre procuraba conservar uno en perfecto estado, por si
tenía que defenderse.

Un día que se encontraba rodeado de cazadores, comprendiendo que no iba a


poder resistir su cansancio empezó a golpear un árbol con sus cuernos, hasta
que los colmillos cayeron a tierra.

—Ahora me perdonarán la vida —se dijo—; porque lo único que el hombre


quiere de nosotros es el marfil dc nuestros colmillos.

El elefante había demostrado su sabiduría y prudencia. Poco después daba


muestras de una gran bondad. Cuando las sombras nocturnas ocultaban los
contornos de la selva, el elefante encontró a un hombre solo, que se había
extraviado...

Se le acercó y movió la cola como diciendo: «Sígueme». Y el hombre pudo así


hallar su camino.

Otro día, por el contrario, descubrió huellas de pasos.


—¡Ay, mucho me temo que alguien está pretendiendo hacerme caer en una
trampa! —se dijo, dando muestras de sagacidad.

En seguida barritó y señaló aquellas huellas a sus compañeros, de modo que


todos avanzaron con cautela y eludieron el peligro.

Siempre marchaba en cabeza de la manada, ya que era el más viejo. Y tras él


iba el que le seguía en edad.

Una mañana encontró en su senda un rebaño de carneros y, con delicadeza


exquisita, levantó la trompa para no golpear a ninguno.

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Sin embargo, a pesar de haber escapado de muchas trampas, un día cayó en
una. Pero como a lo largo de su vida había sabido granjearse el aprecio de sus
compañeros, estos se pusieron al trabajo y empezaron a tirar ramas y piedras al
foso hasta que se fue llenando y el elefante pudo unirse a la manada sin recibir
daño.

Amaba mucho el río y solía ir a refrescarse en él aunque, siendo tan pesado, no


sabía nadar. Era tan resignado que, si no disponía de otra cosa, comía piedras,
si bien le gustaban más los troncos de los árboles.

Con las moscas andaba a trompazos, pues nada había que pudiera molestarle
más. Es decir, cierto día oyó gruñir a un cerdo y nuestro gran gigante y todos
sus compañeros de la manada se llevaron tal susto que acabaron contusionados
de los golpes que se dieron entre sí.

Y este elefante pacífico, honrado y justo, discreto y sabio, hacía que los otros
elefantes adultos formaran a su lado, dentro del río, levantando un muro contra
el furor de la corriente para que los elefantes bebés la cruzaran sin el peligro de
ser arrastrados.

Y el dragón, que había observado atentamente al elefante, pensaba:


—Es tan pacífico, tan simplón e inofensivo, que puedo impunemente caer sobre
él. No se defenderá.

Y esperó al paquidermo en un recodo del camino. Repentinamente se lanzó al


ataque, echándose bajo su vientre. Utilizó la cola para inmovilizarle las patas y
con las alas y las branquias se le ciñó al tronco.
—i Ya eres mío! —gritó triunfalmente el dragón.

Y se dispuso a degollar al elefante con sus dientes. Pero entonces el pacífico


animal se revolvió con saña dejándose caer sobre el dragón, al que aplastó con
su peso.
Abusar de la bondad puede tener a veces trágicas consecuencias.
Sirva de lección lo ocurrido al dragón de la fábula.

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INDICE
EL RATON, LA COMADREJA Y LA GATA. . . . Pág.
EL LOBO QUE SE HIZO JUSTICIA. . . .
EL ARMIÑO..
LA PLANTA Y EL PALO. .. .
LA LENGUA Y LOS DIENTES..
LA MONA Y EL PAJARITO..
EL CANGREJO Y LA ROCA... . . . . . . . .
EL VINO Y EL BORRACHO... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
EL UNICORNIO Y LA DONCELLA...
EL REY Y LAS GRULLAS...
LA ZARZA Y EL MIRLO. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
EL AGUILA Y EL BUHO.
LA MARIPOSA Y LA LUZ... .
EL CASTAÑO Y LA HIGUERA....
EL COPO DE NIEVE... .
LA NUEZ Y EL CAMPANARIO.... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
EL TORO Y LOS PASTORES...
EL ZORRO Y LA URRACA....
LA ARAÑA EN EL OJO DE LA CERRADURA...
EL PAPEL Y LA TINTA...
EL JILGUERO Y SUS HIJOS PRISIONEROS... .
LA LEONA Y LOS CAZADORES...
LA OSTRA Y EL CANGREJO.... . . . . . . . . . .
EL CANTO DEL CISNE... . . . . .
EL LIRIO Y EL RIO. .
EL CAMELLO Y EL PASTOR... .
LA NAVAJA DE AFEITAR..
EL PELICANO Y SUS HIJUELOS. . . .
LA HORMIGA Y EL GRANO DE TRIGO... .
EL AGUA.... . . .
LA AVARICIA DEL SAPO... .
EL ARROGANTE PAVO REAL. . . . . .
60
LA PULGA Y EL CARNERO... .

EL VILLANO Y LA VID. .
LA CALANDRIA Y EL ERMITAÑO..
EL ASNO Y EL HIELO. .
EL MELOCOTONERO.
LA HIGUERA. . .
LA ARAÑA Y LA UVA. .
EL LAUREL, EL MIRTO Y EL PERAL... .
LA OSTRA Y EL RATÓN. .
EL LEON. .
EL TORRENTE...
LA CLEMATIDE Y LOS CAMINANTES.
EL PEDERNAL Y EL ESLABON.
LA PIEDRA Y EL CAMINO
EL HALCON Y EL PATO SALVAJE. . . . . . . .
EL CEDRO Y SUS COMPAÑEROS..
EL TESTAMENTO DEL AGUILA..
LA ORUGA...
LA ARAÑA Y EL ABEJORRO.. .
ALEGRIA... . . . . . . .
Y... TRISTEZA....
LA SERPIENTE Y LOS PÁJAROS. .
EL OSITO Y LAS ABEJAS.... . . . . . . . . . . . .
EL TOPO. .
EL LEON Y EL CORDERO...
LA PARRA Y EL ARBOL VIEJO. .
LEYENDA DEL VINO Y DE MAHOMA... .
EL SAUCE Y LA VID. .
LA RED Y LOS PECES. . .
LA LLAMA. .
LOS TORDOS Y LA LECHUZA..
EL NOGAL. .
EL COCODRILO Y LA MANGOSTA... .
61
EL VENCEJO. .
EL HUEVO ROBADO..
EL SAUCE Y LA CALABAZA. .
LAS LLAMAS Y EL CALDERO..
EL ELEFANTE Y EL DRAGON..

62

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