La vida de Shmul-Leibele y Shoshe
La vida de Shmul-Leibele y Shoshe
demasiado ajustada. El cinturón de atrás colgaba o muy arriba o muy abajo, las solapas nunca eran
iguales y la abertura no quedaba en el centro. Decían que una vez cosió un par de pantalones y
abrió la bragueta a un lado.
Shmul-Leibele no podía contar entre sus clientes a los habitantes ricos. La gente del pueblo le
llevaba sus prendas raídas para que las remendara o les diera la vuelta, y los campesinos le
dejaban sus pellizas viejas para arreglar. Como casi todos los chapuceros, también era lento. A
veces se pasaba semanas con la misma prenda. Sin embargo, pese a sus deficiencias, hay que decir
que Shmul-Leibele era un hombre honrado. Sólo usaba hilos resistentes y ninguna de sus costuras
cedía. Si uno le encargaba un forro, aunque fuera uno ordinario de arpillera o algodón, él
compraba
siempre el mejor material y perdía así la mayor parte de sus beneficios. A diferencia de otros
sastres que guardaban hasta el retal más insignificante, él devolvía todos los retales a sus clientes.
De no haber sido por su hábil esposa, Shmul-Leibele se hubiera muerto de hambre, sin lugar a
dudas. Shoshe lo ayudaba siempre que podía. Los jueves iba a amasar pasta en casa de las familias
ricas, y durante el verano recogía bayas y hongos en el bosque, así como piñas y leña menuda para
el horno. En invierno confeccionaba plumones para novias. Además, era mejor sastre que su
esposo, y cuando éste empezaba a suspirar, perder el tiempo o refunfuñar entre dientes -síntoma
de que se hallaba en un impasse-, ella solía quitarle la tiza de la mano y enseñarle cómo había que
seguir. Shoshe no tenía hijos, pero todo el mundo sabía que no era ella la estéril, sino más bien su
esposo, pues todas las hermanas de ella habían tenido hijos, mientras que el único hermano de
Shmul- Leibele tampoco tenía descendencia. Las mujeres del pueblo aconsejaban de continuo a
Shoshe que se divorciara, pero ella hacía oídos de mercader, pues la pareja se amaba con un amor
intenso. Shmul-Leibele era bajo y rechoncho. Sus manos y pies eran demasiado anchos para su
cuerpo, y la frente se le combaba a ambos lados, como es usual entre los mongoloides. Sus
mejillas, rojas como manzanas, no tenían patillas, y sólo unos cuantos pelillos crecían en su
mentón. Casi no tenía cuello: su cabeza entroncaba directamente con los hombros como la de un
muñeco de nieve. Al caminar arrastraba los pies por el suelo, de suerte que cada uno de sus pasos
podía oírse desde lejos. Siempre iba tarareando alguna cancioncilla y conservaba una amable
sonrisa en su rostro. Tanto en invierno como en verano llevaba el mismo caftán y la misma gorra
de piel de oveja con orejeras. Siempre que se necesitaba un mensajero, todos contrataban los
servicios de Shmul-Leibele y éste cumplía su misión de buena gana, por más lejos que lo enviaran.
Los bromistas le endilgaban una infinidad de apodos, convirtiéndolo en el blanco de todo tipo de
travesuras; pero él nunca se ofendía. Cuando otros reprendían a sus torturadores, Shmul se
limitaba a observar:
-¿Qué importa? Dejad que se diviertan. No son más que niños, después de todo...
A veces obsequiaba a uno u otro de los revoltosos con un caramelo o una nuez. Y lo hacía no
movido por algún tipo de interés, sino por pura bondad de corazón.
Shoshe le llevaba una cabeza. En su juventud había sido considerada una belleza, y en las casas
donde trabajaba como criada se aludía en términos muy elogiosos a su honestidad y diligencia.
Muchos jóvenes se habían disputado su mano, pero ella eligió a Shmul-Leibele porque era
tranquilo y nunca se unía a los otros muchachos del pueblo que, los sábados al mediodía, se
congregaban en la carretera de Lublin para flirtear con las chicas. Su devoción y su carácter
retraído le gustaban. Ya de niña Shoshe disfrutaba estudiando el Pentateuco, asistiendo a los
enfermos del hospicio y escuchando las historias de las viejas que se sentaban en el umbral de sus
casas a zurcir media. Solía ayunar el último día de cada mes y el Día Menor de la Expiación, y
asistía con frecuencia a los servicios en la sinagoga femenina. Las otras criadas se burlaban de ella
y la consideraban anticuada. Inmediatamente después de su boda se afeitó la cabeza y se ató
firmemente un pañolón sobre las orejas, no dejando ver ni una sola trenza de su peluca de
matrona, como lo hacían las otras mujeres jóvenes. La celadora de los baños la elogiaba porque no
se divertía nunca durante el baño ritual, sino que realizaba sus abluciones de acuerdo con la ley.
Sólo compraba carne auténticamente kosher, aunque le costara medio céntimo más por libra;
y cuando tenía dudas sobre los preceptos dietéticos, le pedía consejo al rabino. Más de una vez
había tirado toda la comida sin vacilar, llegando incluso a hacer añicos la vajilla de barro. En pocas
palabras, era una mujer capaz y temerosa de Dios, y más de un hombre envidiaba a Shmul-Leibele
esa joya de mujer.
Por encima de todas las bendiciones de la vida, la pareja veneraba el sábado. Cada viernes al
mediodía, Shmul-Leibele dejaba a un lado sus herramientas y cesaba de trabajar. Siempre se
hallaba entre los primeros en el baño ritual, sumergiéndose en el agua cuatro veces en memoria
de las cuatro letras del Nombre Sagrado. Ayudaba asimismo al bedel a poner las velas en los
candeleros y candelabros. Shoshe economizaba toda la semana, pero el sábado abría sus arcas: en
el horno caldeado iban entrando tartas, galletitas y pan sabático. En invierno preparaba budines
de cuello de pollo rellenos con pasta y grasa derretida. En verano hacía budines de arroz o
tallarines, rociados con grasa de pollo y un poco de azúcar o canela. El plato principal consistía en
patatas con alforfón o cebada con alubias, en cuyo centro no faltaba nunca un hueso con su
tuétano. Para asegurarse de que la comida quedara bien cocida, sellaba el horno con pasta suelta.
Shmul-Leibele elogiaba cada bocado, y no había sábado en que no dijera: “¡Ay, Shoshe, amor mío!
¡Tu comida es digna de un rey! ¡Nada menos que un banquete paradisíaco!” A lo que ella
replicaba: “Come bien, cariño. Y que te aproveche.”
Aunque Shmul-Leibele no era precisamente un erudito (más bien era incapaz de memorizar
un capítulo de la Mishnah), conocía bastante bien todas las leyes. Él y su mujer solían estudiar El
buen corazón en yiddish. Y los días semiferiados y feriados, así como cada día libre, estudiaba la
Biblia, también en yiddish. Nunca se perdía un sermón, y, aunque pobre, compraba a los
buhoneros todo tipo de libros de preceptiva moral e historias religiosas, que luego leía con su
esposa. Nunca se cansaba de recitar frases sagradas. Nada más levantarse por la mañana, se
lavaba las manos y empezaba a articular el preámbulo a las oraciones. Luego solía dirigirse a la
casa de estudios y participar como uno de los que hacían quorum. Cada día recitaba unos cuantos
capítulos de los Salmos, así como aquellas plegarias que la gente menos seria tendía a saltarse.
Había heredado de su padre un grueso devocionario con cubiertas de madera, que contenía los
ritos y leyes correspondientes a cada día del año. Shmul-Leibele y su esposa respetaban todos y
cada uno de ellos. A menudo le decía a su mujer: “Seguro que acabaré en la Gehenna, pues en
la Tierra nadie recitará el Kaddish sobre mi cadáver.” “No digas eso, Shmul-Leibele -replicaba
ella-. Pues en primer lugar, para Dios no hay imposibles. En segundo lugar, tú vivirás hasta que
venga el Mesías. Y en tercer lugar, es muy posible que yo muera antes que tú y entonces vuelvas a
casarte
con una mujer joven que te dé una docena de hijos.” Pero al oírla decir estas palabras, Shmul-
Leibele exclamaba: “¡Que Dios no lo permita! Has de conservarte siempre bien. Preferiría
pudrirme en la Gehenna.”
Aunque Shmul-Leibele y Shoshe disfrutaban cada sábado, su mayor satisfacción provenía de los
sábados de invierno. Como la víspera del sábado la tarde era más corta y Shoshe se quedaba
trabajando hasta muy tarde el jueves, la pareja solía quedarse en pie toda la noche del jueves.
Shoshe amasaba su pasta en la artesa, cubriéndola con tela y una almohada para que fermentase,
y luego calentaba el horno con leña menuda y ramitas secas. Los postigos de la habitación
permanecían cerrados, así como también la puerta. La cama y el sofá-cama no se tendían, pues al
amanecer la pareja echaba una siestecita.
Mientras fuera de noche, Shoshe preparaba la comida del sábado a la luz de una vela.
Desplumaba un pollo o una oca (si había logrado conseguir alguna a buen precio), los ponía en
remojo, los salaba y les quitaba la grasa. Luego tostaba un hígado para Shmul-Leibele sobre las
brasas ardientes, y le preparaba además una barrita de pan. A veces escribía su propio nombre en
la barra con letras hechas de masa, y Shmul-Leibele le tomaba el pelo: “Shoshe, te estoy
devorando. Shoshe, ya te he deglutido.” A nuestro sastre le encantaba el calor, por lo que solía
trepar al horno y contemplar a su esposa mientras cocinaba, hacía el pan, lavaba, enjuagaba, molía
y grababa su nombre. El pan sabático salía redondo y bien tostado. Shoshe trenzaba la barra con
tal rapidez que la hacía casi bailar ante los ojos de su esposo. Manejaba a la perfección espátulas,
atizadores, cucharones y plumeros de alas de oca, y a veces hasta pescaba un carbón encendido
con los dedos. Las ollas se animaban y borbotaban. De vez en cuando se derramaba una gota de
sopa y el estaño caliente siseaba y echaba humo.
Los grillos no cesaban de chirriar todo aquel rato. Aunque Shmul-Leibele ya hubiera acabado de
cenar a esa hora, el apetito se le volvía a despertar y Soshe solía darle una albóndiga, una molleja
de pollo, una galleta, una ciruela de su compota o un trozo de carne asada. Y al mismo tiempo lo
reprendía, diciéndole que era un glotón. Y cuando él intentaba defenderse, ella exclamaba: “Oh, la
que ha pecado soy yo; te he dejado morir de hambre...”
Ambos se acostaban al amanecer, totalmente exhaustos. Pero gracias a estos esfuerzos, Shoshe no
tenía que matarse trabajando al día siguiente, e incluso podía bendecir las velas un cuarto de hora
antes de que el sol se pusiera.
El viernes en el que tuvo lugar esta historia era el más corto del año. Afuera, la nieve no había
parado de caer toda la noche, cubriendo la casa hasta las ventanas y dejando la puerta tapiada.
Como siempre, la pareja había estado despierta hasta la madrugada y luego se había acostado.
Pero esa vez se despertaron más tarde que de costumbre, pues no habían oído cantar al gallo, y
como las ventanas estaban cubiertas de nieve y escarcha, el día parecía tan oscuro como la noche.
Después de musitar “Te agradezco, Señor”, Shmul-Leibele salió con una escoba y una pala para
abrirse camino; después cogió un cubo y sacó agua del pozo. Luego, como no tenía ningún trabajo
urgente, decidió no dar golpe en todo el día. Se dirigió a la casa de estudios a rezar sus plegarias
matinales, y después del desayuno encaminó sus pasos a los baños públicos. Debido al frío que
hacía fuera, los clientes no cesaban de implorar: “¡Un cubo! ¡Un cubo!”, y el celador iba vertiendo
más y más agua sobre las piedras incandescentes, de suerte que el vapor se hacía cada vez más
denso. Shmul-Leibele encontró una escobita de ramas de sauce muy ásperas, se subió al banco
más alto y empezó a golpearse el cuerpo hasta que la piel se le puso roja. Al salir de los baños se
precipitó hacia la casa de estudios, donde el bedel ya había barrido y rociado de arena el suelo.
Shmul-Leibele colocó las velas y lo ayudó a tender los manteles sobre las mesas. Luego volvió a su
casa y se puso su ropa de sábado.
Sus botas, a las que había hecho poner suelas nuevas pocos días antes, ya no dejaban pasar la
humedad. Shoshe había lavado la ropa de la semana y le había dado camisa limpia, un par de
calzoncillos, una camisa bordada y hasta un par de calcetines. Ya había bendecido las velas, y el
espíritu del sábado emanaba de todos los rincones de la habitación. Ella se había puesto su
pañolón de seda con lentejuelas plateadas, un vestido amarillo y gris, y sus zapatos de punta
relucientes. De su cuello pendía la cadena que la madre de Shmul-Leibele, que en paz descanse, le
había regalado para celebrar la firma del contrato matrimonial. El anillo de bodas centelleaba en
su índice. La luz de las velas se reflejaba en los cristales de la ventana, y Shmul-Leibele se imaginó
que afuera había una réplica de la habitación y que otra Shoshe estaba encendiendo en ella las
velas del sábado. Ardía en deseos de decirle a su mujer lo bonita que estaba, pero no quedaba
tiempo, pues el devocionario estipulaba claramente que era digno y adecuado encontrarse entre
los diez primeros fieles en la sinagoga. Y dio la casualidad que aquella noche fue el décimo hombre
en llegar a los rezos. En cuanto la congregación hubo entonado el Cantar de los Cantares, el
chantre salmodió: “Agradeced al Señor” y “Venid y regocijémonos”.
Shmul-Leibele rezaba con fervor. Las palabras resonaban melodiosamente al ser articuladas por su
lengua, dando la impresión de salir de sus labios con vida propia; él mismo sintió que se
elevaban hacia el muro oriental, alzándose por sobre la cortina bordada del Arca Sagrada, los
leones dorados y las Tablas, y llegando hasta el techo, decorado con un fresco de las doce
constelaciones. Desde él, las oraciones ascendían sin duda hasta el Trono de Gloria.
El chantre entonó: “Venid, amados míos”, y Shmul-Leibele lo acompañó. Luego vinieron las
plegarias y los hombres recitaron “Es deber nuestro alabar...”, a lo cual Shmul añadió un
“Señor del Universo”. Luego deseó a todos un buen sábado: al rabino, al matarife kosher, al jefe de
la comunidad, al asistente del rabino y a todos los presentes. Los chiquillos del cheder le gritaron
en coro: “Feliz sábado, Shmul-Leibele”, al tiempo que se burlaban de él haciendo todo tipo de
muecas y gestos grotescos. Pero Shmul contestó a todos con una sonrisa, e incluso le dio un
pellizco
Luego se dirigió a casa. La nieve era tan alta que apenas podían distinguirse los contornos de los
techos, como si toda la aldea estuviera sumergida en un líquido blanco. El cielo, que había estado
cubierto todo el día, empezaba a clarear un poco. La luna llena asomaba por entre jirones de
nubes blancas, derramando un resplandor casi diurno sobre la nieve. Hacia el oeste, el extremo de
una nube conservaba aún los arreboles del crepúsculo. Las estrellas de aquel viernes lucían más
anchas y brillantes, y, por una especie de milagro, Lapschitz parecía haberse fusionado con el cielo.
La cabaña de Shmul-Leibele, situada no lejos de la sinagoga, se hallaba como suspendida en el
espacio; tal como está escrito: “Él suspendió la Tierra sobre la nada.”
El sastre caminaba a paso lento, ya que, según la Ley, no se debe ir de prisa al volver de un lugar
sagrado. No obstante, deseaba ardientemente estar en casa. “¿Quién sabe -pensó-. A lo mejor
Shoshe se ha enfermado. O al ir a sacar agua, que Dios no lo permita, se ha caído al pozo. ¡Santo
cielo, sálvanos! ¡Qué cantidad de desgracias pueden ocurrirle a un ser humano!”
En el umbral pisó varias veces con fuerza para sacudirse la nieve, abrió la puerta y vio a Shoshe. La
habitación lo hizo pensar en el Paraíso. El horno acababa de ser enjalbegado, y las velas en los
candelabros de latón esparcían un calor sabático. Los aromas que salían del horno sellado se
mezclaban con los de la cena del sábado.
Sentada en el sofá-cama, Shoshe parecía estarlo esperando, con sus mejillas sonrosadas y
brillantes como las de una niña. Shmul-Leibele le deseó un feliz sábado y ella, a su vez, le deseó un
feliz año. Él empezó a tararear “La paz sea con vosotros, ángeles custodios...”, y después de
despedirse de los ángeles invisibles que acompañan a cada judío al salir de la sinagoga, recitó “La
mujer respetable”. Entendía a la perfección el sentido de aquellas palabras, pues las había leído a
menudo en yiddish y cada vez le parecían más dignas de aplicarse a Shoshe.
Ésta era consciente de que las sagradas frases eran recitadas en su honor, y pensó para sus
adentros: “Héme aquí, una mujer simple, una huérfana, y sin embargo, Dios ha decidido
bendecirme con un marido devoto que me alaba en un lenguaje sagrado.”
Ambos habían comido poco durante el día, reservando su apetito para el almuerzo del sábado.
Shmul-Leibele bendijo el vino de uva y alcanzó la copa a Shoshe para que bebiera. Luego se
enjuagó los dedos en un cazo de latón, cosa que también hizo ella, y ambos se secaron las manos
con una sola toalla, cogiéndola por los dos extremos. Shmul alzó después la hogaza sabática y la
cortó con el cuchillo del pan: una rebanada para él y otra para su esposa.
Al punto le informó que el pan estaba perfecto, y ella replicó: -Vamos, si me dices lo mismo cada
sábado.
Aunque era difícil conseguir pescado en tiempo de invierno, Shoshe le había comprado tres
cuartos de libra de lucio al pescadero. Lo había cortado en trozos muy menudos, le había añadido
cebolla, un huevo, sal y pimienta y lo había cocinado con zanahorias y perejil. El plato dejó sin
aliento a Shmul-Leibele, quien luego tuvo que beberse un vaso de whisky. Cuando inició los cantos
de la mesa, Shoshe lo acompañó quedamente. Luego vino la sopa de pollo con fideos y tenues
anillos de grasa que brillaban en la superficie como ducados de oro. Entre la sopa y el plato
principal, Shmul volvió a cantar himnos sabáticos. Como las ocas eran baratas en esa época del
año, Shoshe le sirvió una pata de añadidura a su marido. Después del postre, Shmul-Leibele se lavó
por última vez y recitó una bendición. Al llegar a las palabras: “Y no permitas que nos falten los
dones de la carne y de la sangre”, puso los ojos en blanco y alzó ambos puños. Nunca olvidaba
decir que a él le permitirían ganar siempre su sustento, y que no se convertiría -Dios lo libre- en un
ser dependiente de la caridad.
Tras la bendición de la mesa, recitó aún otro capítulo de la Mishnah y varias oraciones más que
Antiguamente, en cada generación había unos cuantos hombres a quienes yo, el Maligno, no
podía corromper con mis procedimientos habituales. Resultaba imposible inducirlos al crimen, la
lascivia o el robo. Ni siquiera lograba impedir que continuaran estudiando la Ley de Moisés. Sólo
había un modo de acceder al interior de aquellas almas justas: halagando su vanidad.
Zeidel Cohen era una de ellas. Contaba en primer lugar con el respaldo de un linaje noble: era
descendiente de Rashi, cuya genealogía se remontaba al rey David. Y en segundo lugar, era
el erudito más grande de toda la provincia de Lublin. A los cinco años había estudiado la Gemará y
los Comentarios; a los siete se sabía de memoria las Leyes sobre el Matrimonio y el Divorcio, y a
los nueve predicó un sermón citando tal cantidad de libros que hasta los sabios más ancianos se
sintieron confundidos.
Conocía la Biblia como la palma de su mano, y en gramática hebrea no había quien lo igualara.
Además, era constante en sus estudios: tanto en invierno como en verano se levantaba con la
estrella matutina y se ponía a leer. Como no acostumbraba salir de sus habitaciones a tomar el
aire, ni hacía el menor esfuerzo físico, tenía poco apetito y el sueño muy ligero. Carecía del deseo y
la paciencia necesarios para tratar con amigos. Zeidel amaba una sola cosa: los libros.
En cuanto entraba en la casa de estudios, que en buena cuenta era su casa, iba directamente a las
estanterías y comenzaba a hojear los volúmenes, llenándose los pulmones con polvo de infolios
viejos. Tenía tal capacidad retentiva que le bastaba con echar una mirada a cualquier
nueva interpretación de un Comentario o a algún pasaje del Talmud, para no olvidarlo nunca
más. Tampoco me era posible poseerlo a través de su cuerpo. El tipo no tenía un solo vello, y a los
diecisiete años su cráneo anguloso se había quedado calvo. En la barbilla le asomaba uno que otro
pelo, y su cara era larga y tiesa. Tres o cuatro gotas de sudor perlaban continuamente su ancha
frente, y su nariz aguileña daba esa impresión de desnudez propia de un hombre que,
acostumbrado a llevar gafas, acababa de quitárselas. Sus párpados enrojecidos ocultaban un par
de ojos
melancólicos y amarillentos. Sus pies, al igual que sus manos, eran blancos y pequeños como los
de una mujer, pero como jamás iba a los baños públicos, no se sabía a ciencia cierta si era eunuco
o andrógino.
Al ser su padre, Reb Sander Cohen, un hombre extremadamente rico, importante y culto al mismo
tiempo, se las arregló para que su hijo encontrara una esposa digna de su alcurnia. La novia
pertenecía a una familia rica de Varsovia y era una belleza. No pudo ver a su novio hasta el día del
casamiento, y cuando lo hizo, momentos antes de que él le cubriera el rostro con el velo, ya era
demasiado tarde. Se casó con él y nunca quedó encinta. Su vida transcurría en las habitaciones
que su suegro le había destinado; en ellas tejía medias, leía novelas y oía las campanadas que cada
media hora daba el gran reloj de pared con sus cadens y pesas doradas, contando pacientemente
los minutos, los días y los años que le quedaban para descansar en el viejo cementerio de Janov.
Zeidel tenía una personalidad tan fuerte que todo cuanto le rodeaba iba adquiriendo su carácter.
A pesar de que un sirviente se ocupaba de sus aposentos, los muebles siempre estaban cubiertos
de
polvo; las ventanas, ocultas tras un pesado cortinaje, no parecían haber sido abiertas nunca.
Gruesas alfombras cubrían el suelo, amortiguando sus pisadas como si un espíritu y no un hombre
caminara sobre ellas. Zeidel recibía regularmente una asignación de su padre, pero no gastaba un
céntimo en su persona. Apenas podía reconocer una moneda. Sin embargo, era un avaro y jamás
invitaba a un pobre a comer el sábado. No se preocupaba de hacer amigos, y como ni él ni su
esposa recibían visitas, nadie conocía su casa por dentro.
Libre de pasiones y de la necesidad de ganarse el sustento, Zeidel estudiaba con ahínco. Se dedicó
en primer lugar al Talmud y a los Comentarios. Luego profundizó en la Cábala y se volvió un
experto en ocultismo, llegando incluso a escribir opúsculos sobre El Ángel Raziel y El Libro de la
Creación. Por cierto que manejaba muy bien La Guía para los Perplejos, el Kuzari y otras
obras filosóficas.
Un día cayó en sus manos una copia de la Vulgata. En poco tiempo aprendió el latín y empezó
a leer con profusión literatura prohibida, en libros que le facilitaba un erudito sacerdote afincado
en Janov. Y así como su padre había acumulado monedas de oro a lo largo de su vida, Zeidel se
dedicó a acumular conocimientos. Cuando llegó a los treinta y cinco años, nadie, en toda Polonia,
lo igualaba en erudición. Fue entonces cuando me ordenaron inducirlo a pecar.
“¿Inducir a Zeidel a que peque -pregunté-. ¿Qué clase de pecado? No le gusta la comida, las
mujeres no lo inquietan y los negocios lo dejan indiferente.” Había probado antes con la herejía,
pero sin éxito. Aún recuerdo nuestra última conversación:
-Supongamos, con perdón de Dios, que Dios no exista -me respondió-. ¿Qué importa? En este caso
Su mismo no ser ya es divino. Sólo Dios, la Causa de todas las Causas, tiene poder para no existir.
Sinceramente no supe qué contestarle y lo dejé en paz. Pero esta vez, habiendo muerto su padre,
me ordenaron que volviera a concentrar mis esfuerzos en su persona. Sin saber ni por dónde
empezar, descendí a Janov con el ánimo conturbado.
Al cabo de un tiempo descubrí que Zeidel tenía un punto débil: la arrogancia. Su vanidad superaba
con creces aquella pizca que la Ley concede al sabio.
-¿Sabes, Zeidel, que eres más versado que cualquier rabino de Polonia en los nobles caracteres de
los Comentarios?
-¿Sabes, Zeidel, que eclipsas a cualquier gramático con tus conocimientos del hebrero?
-proseguí-. ¿Te das cuenta de que conoces más secretos cabalísticos que el mismo Reb Chaim
Vital? ¿Ignoras acaso que eres un filósofo más grande que Maimónides?
-Te hablo así porque no es justo que un hombre tan importante como tú, un maestro de la
Torá, una enciclopedia del saber, se esté desperdiciando en una aldea tan insignificante como
ésta, donde nadie te hace el menor caso y la mayoría de la gente es vulgar y el rabino un
ignorante; ni tu mujer te aprecia en lo que vales. Eres una perla enterrada en la arena, Reb Zeidel.
-¿Qué debo hacer entonces? -preguntó-. ¿Ir por ahí haciendo alarde de mis talentos? -No, Reb
Zeidel. Eso sólo serviría para que el pueblo te creyera loco.
-Si prometes no interrumpirme, te lo diré. Tú sabes que los judíos nunca han honrado a sus jefes:
se quejaban de Moisés; se rebelaron contra Samuel; arrojaron a Jeremías a una zanja y asesinaron
a Zacarías. El Pueblo Elegido detesta la gloria. En todo gran hombre ven a un rival de Jehovah y por
eso prefieren a los mediocres e insignificantes. Sus treinta y seis santos son todos zapateros y
aguadores. Las leyes judías se ocupan principalmente de la gota de leche que pueda caer en un
plato de carne, o de los huevos puestos en días de fiesta. Han corrompido el hebreo degradando
-Escúchame, Reb Zeidel: tienes que hacerte cristiano. Los cristianos son la antítesis de los judíos. Al
ser su Dios un hombre, todo hombre puede convertirse en su Dios. Los no judíos admiran
cualquier tipo de grandeza y aman a quien la posea: a los hombres de gran piedad y a los de gran
vileza, a los grandes arquitectos y a los grandes destructores, a las grandes vírgenes y a las grandes
rameras, a los grandes sabios y a los grandes necios, a los grandes gobernantes y a los grandes
rebeldes, a los grandes creyentes y a los grandes infieles. No les importa los restantes atributos
que pueda tener un hombre: si es grande, lo adorarán. Por lo tanto, Reb Zeindel, si lo que buscas
son honores, debes abrazar su fe. Y de Dios no te preocupes. Para alguien tan sublime y poderoso,
la Tierra y sus habitantes no son más que un enjambre de mosquitos. No le importa si los hombres
le rezan en una sinagoga o en una iglesia, si ayunan cada sábado o se hartan de comer cerdo. Es
demasiado excelso para ocuparse de esas criaturas miserables que se imaginan ser la corona de la
creación.
-¿Quieres decir que Dios no le entregó la Torá a Moisés en el Sinaí? -preguntó Zeidel. -¿Qué dices?
¿Abrirle Dios su corazón a un hombre nacido de mujer?
-Jesús fue un bastardo de Nazaret. -¿No hay acaso recompensa ni castigo? -No.
-Entonces, ¿qué hay? -me preguntó Zeidel, temeroso y confundido. -Algo que existe sin tener
existencia -respondí, imitando a los filósofos.
-¿No puede haber una manera de conocer la verdad? -preguntó Zeidel desesperado. -El mundo no
es cognoscible y no hay verdad alguna -le respondí, dándole la vuelta a su pregunta-. Así como no
puedes descubrir el sabor de la sal con tu nariz, ni el olor del bálsamo con tus orejas, ni el sonido
del violín con tu lengua, tampoco puedes comprender el mundo con tu razón. -¿Con qué lo puedo
comprender?
-Con tus pasiones captarás algo. Pero tú, Reb Zeidel, tienes una sola pasión: el orgullo. Si la
destruyes, te quedarás vacío, sin nada.
-Ve mañana a ver al cura y dile que quieres convertirte. Vende luego tus propiedades y tus bienes.
Trata de convencer a tu esposa de que cambie de religión; si está dispuesta, bien, si no, tampoco
perderás mucho. Los cristianos te ordenarán sacerdote y los sacerdotes no pueden tener mujer.
Continuarás estudiando y no te faltarán tu túnica ni tu casquete. La única diferencia está en que en
vez de permanecer en una aldea lejana, entre judíos que te odian a ti y a tus obras, vivirás en una
gran ciudad, predicarás en una iglesia lujosa, con un órgano de fondo, y no rezarás más en aquel
sórdido rincón de la casa de estudios, donde los mendigos se rascan tras la estufa, pues tu círculo
de amistades estará compuesto por hombres ilustres cuyas esposas besarán tu mano. Si destacas
y lanzas algún baturrillo sobre Jesús y su madre la Virgen, te nombrarán obispo, más tarde
cardenal y -Dios mediante-, si todo sale bien, un buen día te harán Papa. Entonces los cristianos te
alzarán en una silla de oro como a un ídolo, quemarán incienso a tu alrededor y se postrarán ante
tu imagen en Roma, Madrid y Cracovia.
Zeidel siguió mis consejos. Fue a buscar al cura y le comunicó que quería hablar con él
sobre cuestiones de fe. ¡No hablemos del entusiasmo del cristiano! ¿Qué mejor mercancía para un
sacerdote que el alma de un judío? Sea como fuere, resumiré diciendo que los sacerdotes y nobles
de toda la provincia prometieron a Zeidel una gran carrera en la Iglesia. Él vendió sus propiedades
en seguida, se divorció de su mujer, fue bautizado con agua bendita y se hizo cristiano.
Por primera vez en su vida, Zeidel era homenajeado: los eclesiásticos lo acogían con gran pompa,
los nobles le brindaban grandes elogios y sus esposas le sonreían bondadosamente, invitándolo a
sus fincas. El obispo de Zamosc fue su padrino. De Zeidel, hijo de Sander, pasó a llamarse
Benedictus Janovsky, en honor a la ciudad que lo vio nacer. Pese a no ser aún sacerdote ni
diácono, Zeidel encargó al sastre una sotana negra y se colgó un rosario y una cruz alrededor del
cuello. Durante un tiempo vivió en casa del cura casi sin salir por temor a que los colegiales judíos
lo persiguieran por las calles gritando: “¡Converso! ¡Apóstata!”
Sus amigos cristianos tenían muchos proyectos para él. Algunos le aconsejaban que fuese a
estudiar a un seminario; otros le sugerían que ingresara en el convento de los dominicos en Lublin.
Y unos cuanto opinaban que debía casarse con una mujer rica y convertirse en terrateniente.
Pero Zeidel no tenía intenciones de recorrer el camino habitual, anhelaba la gloria ya.
Sabía que, en el pasado, muchos judíos conversos habían llegado a la fama escribiendo
polémicas contra el Talmud: Petrus Alfonzo, Pablo Christiani de Montepellier, Paul de Santa María,
Johann Baptista y Johann Pfefferkorn, para mencionar sólo unos cuantos. Zeidel decidió seguir sus
pasos. Ahora que había cambiado de religión y que los niños judíos lo insultaban en la calle,
descubrió de pronto que nunca le había gustado el Talmud; su hebreo estaba contaminado por el
arameo, las discusiones que planteaba eran flojas, sus leyendas, inverosímiles, y sus comentarios
bíblicos, inoportunos y sofísticos.
Zeidel fue recorriendo las bibliotecas de los seminarios de Lublin y Cracovia para estudiar los
tratados escritos por judíos conversos. Pronto descubrió que todos se parecían entre sí. Los
autores
eran unos ignorantes, se plagiaban tranquilamente unos a otros y citaban los mismos y
escasos pasajes del Talmud contra los gentiles. Algunos incluso se habían copiado al pie de la letra,
estampando sus firmas en un trabajo ajeno. La verdadera Apología Contra Talmudum aún no
había sido escrita, y él, con sus conocimientos de filosofía y de los misterios cabalísticos, era el
más indicado para redactarla. Al mismo tiempo, Zeidel decidió buscar en la Biblia nuevos
testimonios de que los profetas habían previsto el nacimiento de Jesús, su martirio y su
resurrección, así como descubrir evidencias favorables a la fe cristiana en la lógica, la astronomía y
las ciencias naturales. El tratado de Zeidel sería para el cristianismo lo que La Mano Recia de
Maimónides había sido para el judaísmo, y conduciría a su autor desde Janov directamente al
Vaticano.
Zeidel estudiaba, pensaba y escribía, pasándose el día entero y parte de la noche en las
bibliotecas. De vez en cuando se reunía con eruditos cristianos y conversaba con ellos en polaco y
en latín. Estudiaba los textos cristianos con el mismo fervor con que en su día estudiara los libros
judíos, y pronto pudo recitar pasajes enteros del Nuevo Testamento. Llegó a ser un experto
latinista y tan buen conocedor de la teología cristiana que los sacerdotes y los monjes temían
hablar con él, pues con su gran erudición los corregía de continuo. Varias veces le ofrecieron
cargos en el
Zeidel empezó a percatarse de que incluso entre los cristianos las cosas distaban mucho de ser
perfectas. El clero estaba más interesado en el dinero que en Dios, y sus sermones eran muy
defectuosos. La mayoría de los sacerdotes ignoraban el latín, pero incluso en polaco sus citas eran
incorrectas.
Durante años trabajó Zeidel en su tratado sin lograr terminarlo. Su nivel de exigencia era tan alto
que siempre le encontraba errores; y cuanto más corregía, más necesitaba corregir. Escribía,
tachaba, escribía y rompía. Sus cajones estaban repletos de manuscritos, notas y referencias, pero
no lograba poner punto final a su obra. Al cabo de tantos años de trabajo se hallaba tan fatigado
que era incapaz de discernir lo bueno de lo malo, lo razonable de lo absurdo, o lo agradable de lo
ingrato ante los ojos de la Iglesia, y empezó a descreer de los conceptos de verdad y falsedad. Sin
embargo, no dejó de meditar y de vez en cuando daba a luz nuevas ideas.
Consultaba con tanta frecuencia el Talmud que, una vez más, acabó por sumergirse en
él, haciendo anotaciones en los márgenes y comparando los distintos textos entre sí, sin saber si lo
hacía por descubrir nuevas acusaciones o simplemente por costumbre. Algunas veces le daba por
leer libros sobre procesos de hechicería, testimonios de jóvenes poseídas por el demonio,
Gradualmente, la bolsa con monedas de oro que le colgaba del cuello fue perdiendo peso. El
rostro de Zeidel adquirió un tono apergaminado, los ojos se le nublaron y las manos le empezaron
a temblar como a un anciano. Llevaba la sotana sucia y raída. Perdió toda esperanza de hacerse
famoso internacionalmente e incluso llegó a lamentar su conversión. Pero ya no podía echarse
atrás: primero porque había perdido la fe en todas las religiones, y, segundo, porque las leyes del
país condenaban a la hoguera a todo cristiano que retornase al judaísmo.
de la iglesia de Cracovia. “He perdido este mundo y el otro -concluyó-, ¿de qué me sirve ahora el
orgullo? Si no se puede subir, hay que bajar.” De este modo, Zeidel, el hijo de Sander, o Benedictus
Janovsky, ocupó su puesto entre los mendigos instalados en la escalera de la gran catedral de
Cracovia.