Sacerdote
Martirologio Romano: En Roma, beato Pedro Favre, presbítero. Fue el primero entre los
miembros de la Compañía de Jesús que mantuvo duros trabajos en distintas regiones de
Europa. Murió en la ciudad de Roma, mientras se dirigía al Concilio Ecuménico de Trento
(1546).
Fecha de beatificación: el 5 de septiembre de 1872 por el papa Pío IX.
Fecha de canonización: el 17 de dicieembre de 2013 por S.S. Francisco.
Breve Biografía
Refiere el padre Diego Laínez que cuando, en 1535, San Ignacio salió de París para atender
en España a su salud quebrantada, dejó "al buen maestro Pedro Fabro como hermano
mayor de todos" los compañeros de un mismo ideal, consagrado meses antes con voto en
la colina de Montmartre. Este era el Beato Fabro: el primer sacerdote de la Compañía,
ordenado tres semanas antes de aquel voto, y el primer miembro de aquel grupo estable
de hombres excepcionales que, con San Ignacio a la cabeza, habían de fundar una nueva
Orden.
Oriundo del pueblecito de Villaret, parroquia de San Juan de Sixt, situado en las faldas del
Gran Bornand en el ducado de Saboya, donde había visto la luz primera durante las alegrías
pascuales de 1506, aquel sencillo y humilde pastorcito ya a los diez años había sentido una
atracción irresistible hacia el estudio. Sus padres, movidos por las lágrimas del niño, se
vieron obligados a modificar los planes que sobre él tenían y ponerle a estudiar, primero en
el vecino pueblo de Thónes y a los dos años en La Roche, bajo la dirección del piadoso
sacerdote Pedro Velliard, que le educó no menos en la doctrina que en el temor de Dios.
Siete años permaneció en aquella escuela, hasta que a los diecinueve de edad, en 1525, se
dirigió a París para empezar el curso de artes o filosofía en el colegio de Santa Bárbara. La
Providencia guiaba sus pasos para que, sin él preverlo ni pretenderlo, se fuese encontrando
con sus futuros compañeros. En aquel colegio tuvo como maestro al español Juan de la
Peña, el cual, a su vez, cuando encontraba alguna dificultad en la lectura de Aristóteles, se
la consultaba a Pedro Fabro, porque "era buen griego". Maestro y discípulo compartían una
misma habitación, en la que también por aquel mismo tiempo encontró alojamiento un
condiscípulo de Fabro y de su misma edad, nacido solamente seis días antes que él: el
navarro Francisco Javier. Más adelante, en octubre de 1529, se les juntó un tercer
compañero, quince años mayor que ellos, destinado por Dios a ejercer un influjo decisivo
en su vida: era Ignacio de Loyola. Esta convivencia y comunidad de estudios no podía menos
de acercar a estos tres nobles espíritus; pero mientras Javier tardó todavía varios años en
dejar sus planes de mundo; el dulce saboyano se rindió más fácilmente al ascendiente que
sobre él ejercía Ignacio. Dios se valió de un difícil período de escrúpulos y luchas interiores
para que Fabro se pusiese bajo la dirección de Ignacio, ya por entonces hábil maestro de
espíritus. Cuatro años duró esta íntima comunicación, pero dos bastaron para que Fabro se
decidiese a seguir a su compañero en una vida de pobreza y apostolado. Decisiva influencia
ejercieron los ejercicios espirituales, que Fabro hizo con tanto rigor que estuvo seis días sin
comer ni beber nada, y sin encender el fuego en el crudo invierno de París. Más adelante,
según el testimonio del mismo San Ignacio, había de tener el primer lugar entre los que
mejor daban los ejercicios.
Mientras se iba desarrollando esta transformación en el interior de Fabro avanzaban
también sus estudios teológicos, hasta que el 22 de julio, fiesta de Santa María Magdalena,
celebró su primera misa. El 15 de agosto siguiente, en la fiesta de la Asunción de María al
cielo, pudo celebrarla cuando, junto con Ignacio, Francisco Javier, Nicolás de Bobadilla,
Diego Laínez, Alonso Salmerón, Simón Rodrigues, hizo el voto de vivir en pobreza y de
peregrinar a Jerusalén, y, en caso de resultar esto imposible en el espacio de un año,
ponerse en Roma a la disposición del Papa; voto renovado en los dos años sucesivos,
cuando, si bien estuvo ausente San Ignacio, se asociaron a los anteriores en 1535 el
compatriota de Fabro Claudio Jayo y en 1536 los franceses Juan Coduri y Pascasio Broet.
Desde el voto de Montmartre las vidas de Ignacio y de sus compañeros se funden en una
sola, aun cuando el curso de los acontecimientos iba a conducir a unos y a otros por caminos
del todo distintos. En noviembre de 1536 Fabro y los demás se encaminaban a Venecia con
intención de poner en práctica su voto jerosolimitano. Allí se reúnen con Ignacio, que les
espera, según lo convenido. Mientras aguardan el tiempo en que debía hacerse a la vela la
nave peregrina, se reparten por los hospitales de la ciudad y se ejercitan en las obras de
caridad y de celo. Obtenido el necesario permiso de Roma, asisten con los demás peregrinos
a la procesión del Corpus el 31 de mayo. En el mes de junio de aquel año 1537 reciben todos
los que no eran sacerdotes las sagradas órdenes. Todo estaba preparado para la partida
cuando un hecho inesperado se la impidió. Ante el peligro inminente de una guerra entre
Venecia y el Turco no salió ninguna nave para Tierra Santa, hecho éste que no había
ocurrido desde hacía años y tardó mucho tiempo en volver a repetirse. Los primitivos
historiadores hacen constar esta circunstancia, haciendo ver en ella la mano de la
Providencia, que tenía otros designios sobre aquel puñado de hombres dispuestos a las más
grandes empresas.
Mientras los demás se repartieron por diversas ciudades en espera de nuevos
acontecimientos, Ignacio, Fabro y Laínez en el otoño se encaminan a Roma. En el camino,
poco antes de entrar en la Ciudad Eterna, Ignacio recibió la célebre visión, que, por el lugar
donde ocurrió, suele ser llamada de La Storta. En ella Dios le prometió para él y los suyos
una especial protección en Roma. Bien pronto el papa Paulo III se sirvió de aquellos hombres
que se habían puesto a su servicio directo. A Fabro le confió la enseñanza de la Sagrada
Escritura en la universidad de La Sapienza (noviembre de 1537 a mayo de 1539). A partir de
esta fecha comienza para Fabro la serie ininterrumpida de sus misiones apostólicas, que le
obligaron a recorrer en un sentido u otro casi toda Europa, de Roma a Colonia, de Ratisbona
a Lisboa.
En la trama complicada de sus viajes continuos hay dos hilos orientadores que señalan una
doble dirección. Ignacio quería que Fabro diese impulso a la Compañía, sobre todo en
Portugal y España. El Papa y el mismo San Ignacio querían valerse de su poder de atracción
para salvar a las ovejas perdidas en las regiones protestantes. Un breve recorrido sobre los
hechos externos de su vida nos presenta el siguiente cuadro de actividades: En octubre de
1540 parte hacia Alemania como teólogo del doctor Ortiz, consejero del emperador,
acompañándole en los coloquios de Worms y de Espira y en la Dieta de Ratisbona. Allí le
llega la orden de San Ignacio de encaminarse a España. Parte el 21 de julio de 1541, y,
atravesando Baviera, el Tirol, su tierra saboyana, en la que se detiene diez días de intenso
trabajo apostólico, por Francia entra en España. Cuatro meses han sido necesarios para este
viaje de Ratisbona a Madrid. Apenas han pasado cinco meses, y le llega la orden de regresar
nuevamente en compañía del cardenal Morone a Alemania. Seis meses se detiene en
Espira. El cardenal Alberto de Brandeburgo le invita a Maguncia y allí conquista para la
Compañía a Pedro Canisio, joven entonces de veintidós años y futuro apóstol de Alemania.
En agosto y septiembre de 1543 le encontramos en Colonia. Pero no podía permanecer
mucho tiempo en un mismo sitio. Esta vez le llega la orden de partir para Portugal; pero,
cuando se dispone a emprender el viaje, pierde la ocasión de embarcarse en Amberes. En
Lovaina cae enfermo. El nuncio en Renania, Juan Poggi, recibe la autorización para retenerle
en Colonia, y en esta ciudad permanece seis meses, parte trabajando para desarraigar la
herejía, parte dedicando su apostolado a los católicos y en íntimo trato con los cartujos
colonienses. Por todo ello se aficiona a la ciudad del Rhin más que a ninguna otra. Pero
Portugal sigue reclamándole, y en agosto de 1544 llega por mar a Lisboa, de donde pasa a
Evora y a Coimbra. En mayo de 1545 se traslada por segunda vez a España, visitando
Salamanca, Valladolid, Madrid, Toledo y otras ciudades de Castilla. Por entonces su salud
empieza a debilitarse y se ve forzado a guardar cama en Madrid. Una nueva llamada parte
desde Roma el 17 de febrero de 1546, la última de todas. Es menester que se ponga en
camino para ir a Trento y juntarse con los padres Laínez y Salmerón, que trabajan en el
concilio. Esta vez hace el viaje pasando por el reino de Valencia, llegando hasta Gandía,
donde puso la primera piedra del colegio de la Compañía fundado por el duque Francisco
de Borja. En Barcelona vuelve a sentirse enfermo y se ve forzado a detenerse tres semanas.
Pero era necesario obedecer a la orden del Papa. Se embarca y llega a Roma cuando los
calores son más intensos. A los pocos días sus fuerzas sucumben, y el 1º de agosto de 1546,
fiesta de las cadenas de San Pedro, ve romperse las que a él le tenían atado a la tierra.
Contaba entonces cuarenta años y cuatro meses de edad, y expiraba exactamente diez años
antes que San Ignacio.
Pero en el Beato Fabro, más que la sucesión de los hechos externos, cautiva el encanto que
emana de toda su persona. Los testigos del proceso de 1596 nos lo presentan como de
mediana estatura, rubio de cabello, de aspecto franco y devoto, dulce y maravillosamente
gracioso. Ejercía sobre todos los que le trataban un extraordinario poder de captación. A
esto se añadía un talento, que era una especie de carisma, en el arte de conversar. Más que
en los púlpitos le vemos actuar en el trato penetrante y espiritual con las más variadas
personas, desde los grandes de la tierra y los dignatarios eclesiásticos hasta la gente sencilla,
que le recordaba su origen montañés. Por su hablar y su obrar parece un precursor de su
compatriota San Francisco de Sales, que tanto le estimó, y que dejó de él un hermoso elogio
en su Introducción a la vida devota. Por su mansedumbre y caridad ha sido también
comparado con San Bernardo. "¿Es un hombre, o no es más bien un ángel del cielo?", dirá
de él San Pedro Canisio.
No todo en él era efecto de un natural excepcionalmente dotado. Por encima de sus
cualidades descuella una virtud aparentemente sencilla, pero en la que es fácil encontrar
rasgos de verdadero heroísmo. Su alma de niño no excluyó durante la infancia y juventud
las luchas de la pasión. De ahí más adelante la angustia en que le sumergieron los
escrúpulos. Su misma atracción hacia los ideales más elevados no excluye que sintiese la
inclinación hacia una carrera seglar en el mundo. Pero él resistió a todo. Ya a los doce años
consagró a Dios, con voto, su castidad. Más adelante hizo aquel otro tan revelador de su
fina sensibilidad: el de no acercar jamás su rostro al de ningún niño; que eso pudiese
ocurrirle con personas mayores, ni pensarlo siquiera. No es de maravillar que un alma tan
pura sintiese como nadie el atractivo de la oración.
Su Memorial, o diario espiritual, en el que durante los últimos cuatro años de su vida dejó
un reflejo de su alma, nos descubre con una ingenuidad espontánea su intensa vida de
oración. Todo le sirve para elevarse a Dios, En todas las partes por donde pasa encuentra
objetos de culto. Venera con singular devoción las reliquias de los santos —y esto es en él
característico— venera con singular devoción a los ángeles de los poblados por donde pasa
y de las personas con quien trata. A todos encomienda a Dios en sus oraciones, y la oración,
junto con su trato exquisito, se convierte en su principal arma de apostolado. Oraba
especialmente por ocho personas, y esta oración es significativa porque nos revela hacia
dónde convergían los anhelos de su alma apostólica: el Sumo Pontífice, el emperador, el rey
de Francia, el rey de Inglaterra, Lutero, el sultán de Turquía, Bucero y Melanchton. A estos
dos últimos herejes había tenido ocasión de combatirlos en Colonia. Como, entre todas, le
atraían especialmente las almas más necesitadas, de ahí sus ansias por la salvación de
Alemania, su voto de ofrecer todas sus energías por aquel país: punto éste que le acerca a
su hijo espiritual San Pedro Canisio.
En un alma tan privilegiada no podía faltar la característica del sufrimiento. En el Beato
Fabro la ocasión de su dolor radicaba en su temperamento, extremadamente sensible. Era
una lira que vibraba al menor roce, y las impresiones le llegaban hasta lo más hondo del
alma. En un sujeto así pueden imaginarse las luchas interiores que tuvo que sostener. En su
juventud fueron las intranquilidades de conciencia y los estímulos de la pasión. Más
adelante fue la oscilación constante entre los planes que soñaba y el abatimiento al ver que
no podía realizarlos. Versátil, de humor desigual, creyendo a veces haberlo conseguido
todo, otras teniéndolo todo por irremisiblemente perdido. Tremendamente irresoluto,
sufrió el tormento de la indecisión. Reconocía en sí mismo el defecto de querer abrazar
demasiado, no sabiendo aferrar las cosas y las situaciones conforme aconsejaba la razón.
De ahí un complejo de pusilanimidad, matizado de melancolía. Pero el Beato no se dejó
arrastrar por sus tendencias temperamentales. Procuró combatir la desconfianza con el
recurso constante a Dios. San Pedro Canisio nos dirá que luchó contra el espíritu de temor
y desconfianza que le atormentaba. Meta suprema para él, la estabilidad del corazón,
estorbada tanto por la tristeza infundada como por la vana alegría. La sensación de
insuficiencia quedó en él transformada por la gracia en una maravillosa humildad, y esta
virtud, a su vez, animó los demás aspectos de su espiritualidad: su caridad, su celo de las
almas, pero, sobre todo, su oración. Además del recurso a Dios, su salvación fue la
obediencia a sus superiores. La carta ignaciana de la obediencia se hizo letra viva en el Beato
Fabro.
Obediencia la suya que llegó al heroísmo. Cuentan que, al salir de Barcelona con el cuerpo
enfermo, a quien le disuadía de emprender semejante viaje le respondió: “No es necesario
que yo viva, pero es necesario que obedezca". Y por obediencia murió, a semejanza de
Jesucristo.
Años después San Francisco de Sales se mostró maravillado de que su compatriota no
hubiese sido honrado como otros. Pero tampoco al Beato Fabro le faltó este tributo de la
veneración y aun del culto; culto que, aunque muy tarde, reconoció finalmente la suprema
autoridad del papa Pío IX el 5 de septiembre de 1872.
5 ago 13 (THINKING FAITH/BV).- El 2 de agosto se celebró la fiesta
del Beato Pedro Fabro SJ. Desde muy joven fue uno de los compañeros
más cercanos de San Ignacio de Loyola y el primero en ese grupo
en ser ordenado sacerdote. Su historia es poco conocida, a diferencia
de sus compañeros jesuitas más cercanos, como Ignacio de Loyola y San
Francisco Javier, pero los que conocen su historia consideran
curiosa su ausencia en la lista de santos jesuitas. Edel McClean
presenta uno de los primeros jesuitas que fue admirado por todos los que
lo conocían, pero con un perfil de vida plagado de dudas.
Caminando por las magníficas iglesias jesuíticas en Roma, uno ve las
grandes figuras Ignacianas en todas partes. Tenemos a Ignacio, con los
Ejercicios Espirituales en su pecho y los ojos arrojados al cielo; Francisco
Javier, su cruz en alto, Roberto Belarmino, Francisco de Borja, un
verdadero “quién es quién” de la historia de la Compañía, sin embargo
con una ausencia notable. Los “primeros compañeros” eran tres hombres
– Ignacio, Javier y Pedro Fabro. Fabro fue, durante muchos años, el
segundo al mando después de Ignacio, el primero del grupo en ser
ordenado, un hombre muy solicitado en la Europa del siglo 16. Durante
muchos años en París este grupo de tres compartieron una habitación,
una billetera y un objetivo en común, sin embargo, mientras que Ignacio
y Javier fueron santificados, Fabro continúa con el estatus de “bendecido”.
Incluso la búsqueda de una imagen de Fabro es difícil, y las que existen
lo presentan con cabello oscuro, pequeño y con gesto adusto, cuando en
realidad era rubio, alto y amable. Incluso en su nativa Savoy, la capilla
construida en la granja Fabro, aunque limpia y muy visitada, ha visto días
mejores. La tienda de la iglesia local en Le Grand Bornand se ha quedado
sin la única estampa que lleva su imagen. Y en Annecy (localidad
perteneciente a Savoy), preguntando por la estatua “casi oculta” de Fabro
en el recinto de L’Eveche, lo más probable es que señalen hacia la
Catedral de San Francisco de Sales.
Fabro nació en la parroquia de St Jean de Sixt en Savoy en 1506. Su
familia no eran campesinos sino agricultores que trabajaron en el suelo
de las estribaciones de los Alpes. Pedro, el mayor de tres hijos, fue una
chispa brillante. Destinado para la vida de agricultor, pero desde niño le
entusiasmó el conocimiento. Fue así que sus padres lo enviaron a la
escuela por primera vez en Thones, luego más lejos en La Roche.
Vivió con un pie en el mundo del aprendizaje. Sus estudios, sin embargo,
no le eximieron de sus deberes de verano, hasta que se fue a Paris a los
19 años, pasó sus veranos solo en las altas praderas de los Alpes con los
rebaños de la familia. Aprendió a observar, a resistir y a perseverar, para
estar a salvo en la montaña. La vida de un buen pastor, literalmente,
habría sido su segunda naturaleza, ya que cada animal en su rebaño
habría sido crucial para el sustento de su familia. En años posteriores él
sin duda entiende, mejor que sus amigos, las parábolas agrícolas de
Jesús, porque él vivió con ese entorno desde su nacimiento. Su habilidad
natural con la gente que conoció refleja una vida anterior en la que, a
diferencia de muchos de sus compañeros, había tenido una estrecha
relación con la tierra y su gente.
El apóstol caminante
En 1525, Fabro dejó Savoy y se fue a la Universidad de París, y el Collège
Sainte-Barbe. Para todos los efectos, se destacó -era un talentoso
erudito- pero vivía interiormente angustiado. Un joven devoto, que tuvo
problemas con el sentir de su propia pecaminosidad, con la indecisión, y
con un constante temor de ofender a Dios. Fue a partir de esta interioridad
más oscura que Ignacio fue a rescatarlo. A pesar de ser 15 años menor
que él, Fabro le llevaba a Ignacio muchos años por delante en estudios y,
siempre un alma generosa, dedicado a ayudar a los españoles. Por su
parte, Ignacio dio la mano para ayudar a un joven Fabro, para hacer
frente a sus ansiedades. Años más tarde, Favre recordó:
“…Me orientó a un entendimiento de mi conciencia, y de las tentaciones y
escrúpulos que había tenido durante tanto tiempo sin poder entenderlos,
ni ver la manera en que sería capaz de conseguir la paz”.
Ignacio salvó a Fabro, aunque también podría decirse que Fabro salvó
Ignacio, ya que este último tuvo dificultades para sobrevivir algunos de
los rigores de la vida universitaria, sin la enseñanza sólida, firme, y
razonada de Fabro. París fue formativa para Pedro. Se reunió con Ignacio,
Javier, y los otros que iban a unirse a su grupo de hermanos. Él hizo los
Ejercicios, extendió la amistad que formó en su infancia con los cartujos,
aprendió las herramientas de discernimiento, fue ordenado sacerdote, fue
educado en la teología humanista, y decidió entrar en una nueva forma
de vida con una Compañía en estado embrionario.
En París, también, comenzó a comprender lo que iba a ser el quid de la
obra de su vida, cuando descubrió su primera conexión con lo que iba a
llamar “los herejes de esta era”. Las enseñanzas de Lutero y sus
contemporáneos se discutieron en las aulas de las universidades en las
que Fabro se dedicó a los estudios teológicos eclécticos, pero también fue
una crisis que impactó hasta en las calles de París. Como estudiante
universitario, Fabro se habría visto obligado a asistir a la ejecución de
herejes, algunos de tan sólo 14 años. Tal brutalidad habría llegado el alma
del manso pastor y años más tarde, al comprender plenamente la
amplitud del desafío de los reformadores, instó a la amistad, no al juicio:
“Cualquiera dispuesto a ayudar a los herejes en esta época debe cuidar
en tener una gran caridad y amor sincero para con ellos. Necesitamos
ganar su buena voluntad, así el amor podrá ser recíproco y nos otorgarán
un buen lugar en sus corazones. Esto se puede hacer al hablar
familiarmente con ellos acerca de los asuntos que se tienen en común, y
evitando cualquier debate en el que un lado intenta acabar con el otro.
Debemos establecer comunión en lo que nos une antes de hacerlo en lo
que podría evidenciar las diferencias de opinión”.
Después de once años, en 1536, Fabro salió de París, haciendo un largo
viaje a Roma a través de Venecia. En los tres años siguientes en las
ciudades del norte de Italia, él y varios miembros de un grupo cada vez
mayor de hombres comprometidos con una variedad de ministerios,
incluyendo, por parte de Fabro, conferencias en teología y las Escrituras.
En 1539 el Papa Pablo III le pidió Fabro que se mude a Palma, y así
comenzó lo que se convertiría en su errante vida apostólica, enviado de
aquí para allá por toda Europa, donde quiera que se sintió como una gran
necesidad apostólica. Sus viajes lo llevaron a España, Portugal, Alemania,
Bélgica, Francia y Suiza. Se estima que viajó 7.000 millas “en línea recta”.
Dado que viajaba a pie, y las fronteras físicas y políticas hacen difícil
viajar, la cifra real es probablemente más cercano a 14.000. No regresó
a Roma ni vio a su estimado Ignacio hasta 1546, y murió dos semanas
más tarde.
La herencia principal de Fabro para nosotros es su Memoriale, un diario
que mantuvo durante los últimos cuatro años de su vida. A diferencia de
Ignacio, no tenía una audiencia en mente, y si no hubiera muerto tan
rápido sin duda lo habría destruido. Así las cosas, tal vez por el deseo de
proteger su reputación, el texto no se publicó hasta tres siglos después
de su muerte. El texto consta de reflexiones entre él y Dios, y uno no
puede leer el Memoriale sin sentir que te vas a encontrar demasiado cerca
a su razonamiento, a veces tortuoso.
Él escribe a veces a sí mismo -se reprende, se desafía- y a veces a Dios,
pidiendo, dando gracias, arrepintiéndose. En algunas ocasiones registró
sus actividades, pero esto con la intención de discernir en base a ellas,
antes que para curiosas generaciones futuras. El Memoriale y sus pocas
cartas que sobreviven merecen ser más conocidas ya que son tesoros los
que se pueden encontrar. Dos temas que surgen con más fuerza son el
enfoque de Fabro sobre el ministerio, y su compromiso con el
discernimiento.
Abordando el ministerio
El estilo apostólico de Fabro se basa en la amistad, la participación en la
conversación espiritual, oír confesiones y brindar los Ejercicios. Él se
convierte en ese buen pastor, dispuesto a salir, viajar las carreteras y
caminos en busca de la oveja perdida”. Camina millas entre y dentro de
las ciudades, en busca de conversación, siempre confiando en que Dios
está obrando. Él explica cómo, en los viajes, se trata de estar atento a las
oportunidades que le rodean:
“Durante mi estancia en posadas, siempre me he sentido inspirado para
hacer el bien e instruir y animar a la gente… es muy bueno dejar en las
posadas y casas donde nos ha tocado alojarnos, algún rastro de bondad
y santo comportamiento, por todas partes hay cosas buenas por hacer,
en todas partes hay algo que plantar o cosechar”.
Aquellos a los que no puede llegar a pie, busca llegar a través de la
oración. Era, como Michel de Certeau dice, “un pastor de la bondad
invisible que descendió de las alturas”, y la amplitud y el alcance de su
oración es extraordinario. Viajando a través de Alemania y ver de primera
mano los efectos de la Reforma, su oración sigue siendo increíblemente
generosa:
“Sentí gran fervor cuando ocho personas se presentaron ante mí, junto
con el deseo de recordar vívidamente el fin de orar por ellos sin tener
conocimiento de sus faltas. Eran el soberano pontífice, el emperador, el
rey de Francia, el rey de Inglaterra, Lutero, el Gran Turco, Brucer y Felipe
Melanchton”.