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1 Una Corte de Hielo y Estrellas Cap1

Corte
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Sarah J.

Maas

UNA CORTE DE
HIELO Y ESTRELLAS

Traducción: Gastón Navarro y Mirta Rosenberg

p
Capítulo 1

Feyre

L a primera nieve del invierno había empezado a azotar Velaris una hora
antes.
Finalmente, el suelo se había convertido en hielo sólido la semana
pasada, y para el momento en que había terminado de devorar mi desa-
yuno de tostada y tocino, que había bajado con una estimulante taza de
té, los pálidos adoquines estaban rociados con un polvo fino y blanco.
No tenía idea de dónde estaba Rhys. No estaba en la cama cuando
desperté, y el colchón ya se encontraba frío de su lado. Nada inusual, pues
en los últimos días estábamos tan ocupados que terminábamos exhaustos.
Sentada a la larga mesa de madera de cerezo de la casa de la ciudad,
fruncí el ceño a la nieve que se arremolinaba detrás de las ventanas con
vitral.
Una vez le había temido a esa primera nieve, había vivido aterrada de
los largos y duros inviernos.
Pero había sido un invierno largo y brutal el que me había llevado
a la profundidad de los bosques, aquel día hace casi dos años. Un largo

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SARAH J. MAAS

invierno brutal, que me había hecho sentir tan desesperada como para
matar un lobo, y que finalmente me condujo aquí… a esta vida, a esta…
felicidad.
La nieve se acumulaba, densos copos caían silenciosamente sobre el
pasto seco del diminuto jardín del frente, cubriendo las puntas y los arcos
de la cerca decorativa que estaba más allá.
Dentro de mí, alzándose con cada copo arremolinado, se agitaba un
poder brillante y duro. Yo era la alta lady de la Corte Noche, sí, pero
también alguien bendecida con los dones de todas las cortes. Parecía que
el invierno ahora quería jugar.
Por fin, suficientemente despierta como para estar coherente, bajé
el escudo negro y firme que protegía mi mente y lancé un pensamiento
por el puente del alma que se extendía entre Rhys y yo. ¿Adónde saliste
volando tan temprano?
Mi pregunta se desvaneció en la negrura. Un seguro signo de que
Rhys no se encontraba para nada cerca de Velaris. Probablemente ni si-
quiera dentro de los límites de la Corte Noche. Algo que no era inusual:
había estado visitando a nuestros aliados de guerra durante estos meses
para solidificar nuestras relaciones, aumentar el comercio y vigilar sus
intenciones de posguerra. Cuando mi propio trabajo lo permitía, yo solía
acompañarlo.
Levanté mi plato, bebí el té hasta la última gota y entré sigilosamente
a la cocina. Jugar con hielo y nieve podía esperar.
Nuala ya estaba preparando el almuerzo en la mesa de trabajo y no
había signos de su melliza, Cerridwen. Le hice una seña para que se fuera
cuando intentó tomar mis platos.
—Yo puedo lavarlos —le dije, como saludo.
Con los brazos hundidos hasta los codos, preparando alguna clase de
pastel de carne, la inmortal mitad furia me ofreció una sonrisa agradecida
y me dejó hacerlo. Era una hembra de pocas palabras, pese a que ninguna
de las mellizas podía considerarse tímida. Por cierto, no cuando trabaja-
ban —espiaban— tanto para Rhys como para Azriel.
—Todavía está nevando —observé, mirando a través de la ventana de

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UNA CORTE DE HIELO Y ESTRELL AS

la cocina hacia el jardín que estaba más allá mientras enjabonaba el plato,
el tenedor y la taza. Elain ya había preparado el jardín para el invierno,
cubriendo los arbustos y canteros más delicados con arpillera—. Me pre-
gunto si esta nieve va a amainar en algún momento.
Nuala puso la corteza adornada y cuadriculada sobre el pastel y em-
pezó a juntar los bordes, sus sombríos dedos hacían el trabajo con rapidez
y destreza.
—Sería lindo tener un Solsticio blanco —dijo con voz cadenciosa
pero suave. Llena de susurros y sombras—. Algunos años, suele ser bas-
tante benigno.
Verdad. El Solsticio de invierno. En una semana. Todavía era tan
nueva como alta lady que no tenía idea de cuál sería mi rol formal. Ni si
tendríamos una alta sacerdotisa para oficiar alguna odiosa ceremonia, tal
como Ianthe lo había hecho el año anterior…
Un año. Dioses, casi un año desde que Rhys había hecho su acuerdo,
desesperado por alejarme del veneno de la Corte Primavera, para salvarme
de mi desesperación. Si hubiera llegado un minuto más tarde, la Madre
sabía lo que hubiera ocurrido. Dónde estaría yo ahora.
La nieve se arremolinaba en círculos sobre el jardín, enredándose en
las fibras marrones de la arpillera que cubría los arbustos.
Mi pareja, que había trabajado tan duro y desinteresadamente, sin
ninguna esperanza de que alguna vez yo estaría con él.
Habíamos luchado por ese amor, sangrado por él. Rhys había muerto
por él.
Todavía veía ese momento, lo soñaba dormida y lo soñaba despierta.
Cómo se había visto su cara, cómo su pecho dejó de alzarse, cómo el lazo
entre nosotros se deshilachó en cintas. Todavía lo sentía, ese hueco en mi
pecho donde había estado el lazo, donde él había estado. Incluso ahora,
con ese lazo que fluía otra vez entre nosotros, como un río de noche sal-
picada de estrellas, el eco de su desaparición aún se demoraba. Me sacaba
del sueño, me sacaba de una conversación, de una pintura, de una comida.
Rhys sabía exactamente por qué había noches en las que yo me afe-
rraba más fuerte a él, por qué había momentos en el sol brillante y claro

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SARAH J. MAAS

en los que yo solía aferrar su mano. Lo sabía, porque yo sabía por qué sus
ojos a veces se volvían distantes, por qué ocasionalmente solo parpadeaba
al vernos, como si no lo creyera del todo, y se frotaba el pecho como para
aliviar un dolor.
Trabajar había ayudado. A los dos. Mantenernos ocupados, mante-
nernos concentrados… A veces temía esos tranquilos días de ocio, cuando
todos esos pensamientos simplemente me atrapaban. Cuando no había
nada más que yo y mi mente y el recuerdo de Rhys que yacía muerto en el
suelo rocoso, el rey de Hybern golpeando el cuello de mi padre, todos esos
ilyrios que caían como bombas del cielo y caían a la tierra como cenizas.
Tal vez algún día, ni el trabajo servirá de muro para dejar fuera los
recuerdos.
Felizmente, había mucho trabajo para el futuro inmediato. Recons-
truir Velaris tras el ataque de Hybern era solo una de muchas tareas mo-
numentales. Porque también era necesario hacer otras tareas, tanto en
Velaris como más allá: en las Montañas Ilyrias, en la Ciudad Tallada, en
la vastedad de toda la Corte Noche. Y después estaban las otras cortes de
Prythian. Y el nuevo mundo que emergía más allá.
Pero por ahora: Solsticio. Las noches largas del año. Me alejé de la
ventana y fui hacia Nuala, que seguía esforzándose con los bordes de su
pastel.
—También es una fiesta especial aquí, ¿no es cierto? —le pregunté
tranquilamente—. No solo en Invierno y en Día.
Y en Primavera.
—Oh, sí —dijo Nuala, agachándose sobre la mesa de trabajo para
examinar su pastel. Espía entrenada por el propio Azriel, y maestra coci-
nera—. Lo amamos mucho. Es íntimo, cálido, adorable. Regalos y música
y comida, a veces banquetes bajo la luz de las estrellas… —Lo opuesto
a las enormes y salvajes fiestas que duraban días a las que me había visto
sometida el año pasado. Pero… regalos.
Tenía que comprar regalos para todos ellos. No tenía que hacerlo, sino
que quería. Porque todos mis amigos, ahora mi familia, habían luchado
y sangrado y casi habían muerto.

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UNA CORTE DE HIELO Y ESTRELL AS

Eliminé la imagen que se abría paso en mi mente: Nesta, agachada


sobre un Cassian herido, los dos dispuestos a morir juntos en la lucha
contra el rey de Hybern. El cadáver de mi padre detrás de ellos.
Giré el cuello. No nos vendría mal algo para celebrar. Se había vuelto
tan raro que todos nos reuniéramos por más de una o dos horas.
Nuala prosiguió:
—Es una época de descanso, también. Y una época para reflexionar
sobre la oscuridad… cómo permite que la luz brille.
—¿Hay una ceremonia?
La inmortal mitad furia se encogió de hombros.
—Sí, pero ninguno de nosotros va. Es más bien para aquellos que
desean honrar el renacimiento de la luz, se pasan toda la noche sentados
en completa oscuridad. —Hizo un amago de sonrisa—. No es una gran
novedad para mi hermana y yo. O para el alto lord.
Asentí, tratando de no parecer demasiado aliviada, porque no me
arrastrarían a un templo durante horas.
Coloqué mis platos limpios para que se secaran sobre el pequeño
escurridor de madera junto al fregadero, le deseé a Nuala suerte en el
almuerzo y me dirigí arriba para vestirme. Cerridwen ya había preparado
nuestra ropa, pero aún no había signo alguno de la melliza de Nuala
cuando me puse el pesado suéter carbón, las apretadas calzas negras y las
botas forradas de lana antes de recogerme flojamente el pelo.
Un año atrás me habían puesto refinados vestidos y joyas, me habían
hecho desfilar frente a una acicalada corte que me había mirado embo-
bada, como si fuera una yegua premiada.
Aquí… sonreí ante la banda de plata y zafiro sobre mi mano iz-
quierda. El anillo que me había ganado por mí misma de la Tejedora
del Bosque.
Mi sonrisa se esfumó un poco. También podía verla a ella. Ver a Stryga
de pie ante el rey de Hybern, cubierta con la sangre de su presa, mientras
él tomaba la cabeza entre sus manos y le partía el cuello. Después la arrojó
a sus bestias.

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Cerré los dedos en un puño, inhalando por la nariz, exhalando por


la boca, hasta que la levedad de mis miembros desapareció, hasta que las
paredes de la habitación dejaron de oprimirme.
Hasta que pude revisar la mezcla de objetos personales de la habi-
tación de Rhys… nuestra habitación. No era para nada un dormitorio
pequeño, pero últimamente había empezado a parecer… estrecho. El
escritorio de palo rosa contra una pared estaba cubierto de papeles y libros
de los trabajos de los dos; mis joyas y ropa ahora tenían que dividirse entre
este sitio y mi antiguo dormitorio. Y después estaban las armas.
Dagas y espadas, carcaj y arcos. Me rasqué la cabeza ante el pesado
cetro de aspecto maligno que de alguna manera Rhys había dejado caer
junto al escritorio sin que yo lo advirtiera.
Ni siquiera quería saber. Aunque no tenía dudas de que Cassian tenía
algo que ver.
Podíamos, por supuesto, guardarlo todo en el rincón entre los reinos,
pero… fruncí el ceño ante mi propio equipo de espadas ilyrias, que se
inclinaban contra el encumbrado armario.
Si la nieve nos tenía cercados, tal vez emplearía el día para organizar
las cosas. Encontrar lugar para todo. Especialmente para ese cetro.
Sería un desafío, dado que Elain todavía ocupaba un dormitorio en
el vestíbulo. Nesta había elegido su hogar al otro lado de la ciudad, y yo
había preferido no pensar en eso demasiado tiempo. Lucien, al menos, se
había establecido en un elegante departamento río abajo al volver de los
campos de batalla. Y la Corte Primavera.
No le había hecho a Lucien ninguna pregunta sobre esa visita… a
Tamlin.
Lucien tampoco había explicado el ojo negro y el corte en el labio.
Solo nos había preguntado a Rhys y a mí si conocíamos un lugar donde
quedarse en Velaris, ya que no quería incomodarnos más quedándose en
la casa de la ciudad, y no quería estar aislado en la Casa del Viento.
No había mencionado a Elain, ni su proximidad con ella. Elain no le
había pedido que se quedara ni que se fuera. Y si se preocupaba por los
magullones de su rostro, por cierto no lo hacía notar.

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Pero Lucien se había quedado, y había encontrado maneras de man-


tenerse ocupado, yéndose por días o semanas cada vez.
Sin embargo, incluso con Lucien y Nesta viviendo en sus propios
departamentos, la casa de la ciudad resultaba un poco pequeña en este
momento. Aún más si Mor, Cassian y Azriel se quedaban allí. Y la Casa
del Viento era demasiado grande, demasiado formal, estaba demasiado
lejos de la ciudad. Linda por una o dos noches, pero… yo amaba esta
casa. Era mi hogar. El primero que había tenido verdaderamente en los
caminos recorridos.
Y sería lindo celebrar el Solsticio aquí. Con todos ellos, por más que
estuviéramos apiñados.
Fruncí el ceño ante la pila de papeles que debía revisar: cartas de otras
cortes, sacerdotisas que deseaban designación y reinos tanto humanos
como de inmortales. Lo había postergado durante semanas, y finalmente
me había puesto esta mañana para ponerme con ellos.
Alta lady de la Corte Noche, Defensora del Arcoíris y el… Escritorio.
Resoplé, sacudiendo mi trenza por encima del hombro. Tal vez el
regalo de Solsticio para mí misma debería ser contratar una secretaria
personal. Alguien que leyera y respondiera esas cosas, alguien capaz de
separar lo importante de lo que pudiera dejarse de lado. Porque un poco
de tiempo extra para mí misma, para Rhys…
Revisé el presupuesto de la corte que Rhys nunca tuvo interés en cum-
plir y vi qué podía cambiarse de lugar para que hubiera alguna posibilidad
de algo así. Por él y por mí.
Sabía que nuestros fondos eran abundantes, sabía que fácilmente po-
díamos afrontarlo sin hacer mella en nuestra fortuna, pero no me mo-
lestaba el trabajo. En realidad, me encantaba el trabajo. Este territorio,
su gente… estaban en mi corazón tanto como mi pareja. Hasta ayer, casi
todas mis horas de vigilia habían estado dedicadas a ayudarlos. Hasta que
me dijeron, con toda cortesía y gracia, que me fuera a casa a disfrutar el
feriado.
Después de la guerra, la gente de Velaris había enfrentado el desafío
de reconstruir y ayudar a los suyos. Antes de que se me ocurriera una idea

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de cómo ayudarlos, se habían creado múltiples sociedades para ayudar a


la ciudad. Así que me ofrecí a un puñado de ellas para tareas que oscila-
ban entre encontrar casas para los desplazados por la destrucción, visitar
familias afectadas durante la guerra y ayudar a los que no tenían refugio
ni pertenencias listas para el invierno, proveyéndoles nuevos abrigos y
suministros.
Todo eso era vital; todo eso era trabajo bueno, satisfactorio. Y, sin
embargo, había más. Podía hacer más para ayudar. Personalmente. Sim-
plemente, todavía no sabía cómo.
Parecía que no era la única ansiosa por asistir a los que tanto habían
perdido. Con el feriado, había llegado una oleada de nuevos voluntarios
que atestaban el auditorio público próximo al Palacio de Hilos y Joyas,
donde tantas de esas sociedades tenían su cuartel general. Su ayuda ha sido
crucial, milady, me había dicho ayer una matrona de caridad. Ha venido
aquí casi todos los días… se ha deslomado trabajando. Tómese la semana libre.
Se lo ha ganado. Celébrelo con su pareja.
Traté de objetar, insistiendo en que todavía quedaban abrigos para
entregar, más leña para distribuir, pero la inmortal acababa de hacerle
un gesto al público que nos rodeaba colmando el auditorio, lleno hasta
el borde de voluntarios. Tenemos tanta ayuda que ni siquiera sabemos qué
hacer con ella.
Cuando intenté volver a objetar, ella me hizo salir por la puerta del
frente y la cerró a mis espaldas.
Entendido. La historia había sido la misma en todas las demás orga-
nizaciones en las que me detuve ayer a la tarde. Vaya a casa y disfrute del
feriado.
Eso hice. Al menos la primera parte. La parte de disfrutar, sin em-
bargo…
La respuesta de Rhys a mi anterior pregunta sobre su paradero final-
mente titiló en el lazo, trajo un estruendo de poder oscuro y brillante.
Estoy en el campamento de Devlon.
¿Te tomó todo este tiempo responder? Había una larga distancia hasta
las Montañas Ilyrias, sí, pero debería haberle llevado minutos contestar.

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Un sensual jadeo de risa. Cassian no paraba de hablar. Ni siquiera


para respirar.
Mi pobre bebé ilyrio. De veras te atormentamos, ¿no es cierto?
La diversión de Rhys navegó hacia mí, acariciando mi ser más íntimo
con manos veladas por la noche. Pero se detuvo, desapareciendo tan rápi-
do como había venido. Cassian se está metiendo con Devlon. Te hablaré más
tarde. Con un adorable roce contra mis sentidos, desapareció.
Ya tendría un informe completo muy pronto, pero por ahora…
Le sonreí a la nieve que valseaba al otro lado de las ventanas.

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