0% encontró este documento útil (0 votos)
26 vistas10 páginas

Características de la lírica romana

Cargado por

osck.deki
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
26 vistas10 páginas

Características de la lírica romana

Cargado por

osck.deki
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

LA LÍRICA ROMANA 1.- CARACTERÍSTICAS DEL GÉNERO. ORÍGENES Y PRECEDENTES.

Las
primeras manifestaciones literarias, designadas con el nombre de carmina, eran textos
sujetos a ritmo y con unos procedimientos estilísticos muy marcados: aliteración,
repetición, enumeración, antítesis, distribución simétrica de los miembros, etc., en
prosa o en verso. Entre los carmina sacra cabe destacar:

• El carmen Saliare o canto de los Salios, sacerdotes de Marte, que antes de partir el
ejército hacia la guerra, en el mes de marzo, consagrado a Marte porque en él daban
comienzo las campañas militares después de la tregua del invierno, presidían una
procesión en honor del dios, golpeando los escudos y ejecutando una danza sagrada
(Salii proviene de salire, que significa («saltar») de carácter guerrero, con invocaciones
y cantos de petición de ayuda para la campaña a punto de comenzar.

• El carmen Arvale o canto de los Arvales, grupo sacerdotal encargado de suplicar a la


divinidad, en una fiesta celebrada en el mes de mayo, la protección de los campos
sembrados (arva), con ritos de purificación de éstos antes de la maduración de los
cereales, para asegurarse la buena granazón y la segura recogida de las cosechas. El
texto del carmen, conservado en una inscripción del siglo III a. de J.C. está en un latín
antiquísimo y nada fácil de interpretar.

2. Orígenes de la lírica romana

Los romanos, dedicados durante siglos a la expansión militar, a la conquista


colonizadora, tardaron en preocuparse de la efusión poética de sus sentimientos
personales. Vivían volcados hacia el «exterior». Es en la segunda mitad del siglo II a. de
J.C. cuando empiezan a brotar los problemas «internos», primero los de tipo social y
económico, con la revolución frustrada de los hermanos Graco. A la vez, a impulsos sin
duda de la irradiación humanística del círculo helenizante de Escipión, crece y se
reafirma la individualidad, el talante reflexivo, el gusto por la intimidad personal, todo
lo cual constituye el clima necesario para una poesía lírica. Creado el clima, surgen los
primeros poetas líricos, los del llamado «circulo de Lutacio Cátulo», ya que forman un
grupo en torno a la figura de este general, que era a la vez orador, historiador y poeta.
Este grupo poético se inspira en la poesía griega alejandrina del siglo IV a. de J.C. y
cultiva sobre todo, dentro del género lírico, la modalidad del «epigrama erótico». Años
más tarde, entrado ya el siglo I a. de J.C., surge un nuevo grupo de poetas mucho más
importantes que los anteriores en orden al desarrollo de la lírica romana. Es el grupo
de los tradicionalmente denominados novi poetae o «neotéricos», sobrenombre que
les asignó despectivamente Cicerón. Querían efectivamente, «innovar» y
emprendieron una revolución literaria con resultados muy positivos para la poesía
latina, y sin romper del todo con la tradición nacional. Como el grupo precedente, se
inspiran en los poetas alejandrinos, sobre todo en Calímaco, cuya doctrina literaria
adoptaron. Según esa doctrina, es preciso renunciar a las obras largas y farragosas y
concentrar los temas en poemas cortos, pero de la máxima perfección formal. El
máximo representante del grupo fue el poeta Catulo.

3. Catulo. Vida. Valerio

Catulo nació hacia el año 84 a. de J.C. en el norte de Italia, en la ciudad de Verona, de


familia muy distinguida y en buenas relaciones con la aristocracia romana. Debió de
trasladarse a Roma bastante joven. Allí vivió apasionadamente sus dos grandes
aficiones: la poesía y la vida mundana. Brilló en los círculos literarios y en los salones
de la alta sociedad. Se enamoró de Clodia, a la que llamaba en sus poemas Lesbia, una
aristócrata bella y sin escrúpulos con la que vivió unos amores tempestuosos que no
duraron demasiado. Murió cuando tenía alrededor de los 30 años.

. Su obra. La vida y la obra de Catulo están estrechamente unidas. Su vida se refleja en


su obra «como en una tabla votiva», para usar sus propias palabras. Es un ser
apasionado y toda su obra está llena de pasión. Amaba y odiaba con la misma fuerza.
Sus amigos y sus enemigos lo eran del todo, sin términos medios. Sus sentimientos
fluyen en estado puro, sin frenos ni atenuaciones. La obra conservada de Catulo consta
de 116 poemas; el más corto tiene dos versos, y el más extenso 408. Atendiendo a los
contenidos temáticos, nosotros vamos a encuadrarlos en tres apartados:

• Poemas eruditos. Son los poemas 63-66 y 68. En ellos el poeta, siguiendo los
modelos alejandrinos, hace gala de erudición mitológica. Uno de ellos, «La cabellera de
Berenice», no es más que la traducción de uno de Calímaco. El poema más largo, el 64,
trata de «Las bodas de Tetis y Peleo), los padres de Aquiles. Es un epilio, es decir, un
poema épico corto, de acuerdo con las ideas literarias de los neotéricos. Algunos
piensan que estos poemas pertenecen a la juventud del poeta, cuando toma contacto
con la poesía alejandrina y se deja influir e impresionar por la tendencia a la erudición
mitológica de sus modelos.

• Poemas amorosos. Constituyen el bloque mayor en la obra catuliana y el de más


entidad y valor literarios. Todos ellos están dedicados a Clodia, bajo el nombre de
«Lesbia». Puede seguirse en ellos, paso a paso, la línea recorrida por estos amores: una
curva ascendente en la primera época, llena de feliz exaltación, que pronto inicia su
descenso, en un tramo que refleja una situación de disgustos, malentendidos, riñas y
reconciliaciones, hasta llegar a la ruptura definitiva. De la primera época son los
poemas que dedica a un pajarillo que constituía las «delicias de su amada» los
«poemas de los besos», su actitud de adoración ante Lesbia, la belleza de ésta, que
«atadas las mujeres sustrajo ella sola todos los encantos», etc. Pero pronto empieza a
sufrir. Lesbia no le es fiel. El quiere seguir creyendo en sus protestas de amor y estalla
de gozo cuando ella vuelve arrepentida de uno de sus desvíos. Pero las palabras de
cariño de Lesbia están «escritas en el viento y en el agua rápida». A veces se recrimina
a sí mismo y se exhorta a olvidarla: «deja de quererla. No persigas a la que huye...,
resiste, mantente firme» . Empieza a decrecer su cariño por ella, pero no su pasión:
«una traición como la tuya aumenta la pasión de un enamorado, pero disminuye su
cariño» . Esta tortura amorosa, mezcla explosiva de odio y amor, a la que no puede
renunciar, está plasmada en un dístico lapidario: «Odio y amo. ¿Cómo es posible?,
preguntarás tal vez./No lo sé, pero siento que es así y es una tortura» . Al fin rompe
definitivamente y se despide de ella con «unas pocas y amargas palabras»

. 3 • Poemas a amigos y enemigos. Su carácter apasionado, sin medias tintas, lo vuelca


igualmente en sus amistades y enemistades. Tiene grandes amigos, a los que dedica
poemas llenos de ternura y del más fino humor: un largo e inspirado epitalamio a
Manlio Torcuato ; a Celio y Quintio, «flor de la juventud de Verona» ; al «tierno poeta»
Cecilio ; al también poeta Helvio Cinna, elogiando sin medida uno de sus poemas ; y
por encima de todos a Licinio Calvo, con quien comparte alegrías y dolores,
inquietudes literarias y esparcimientos sociales . A sus enemigos les dirige poemas
feroces: a César y a Mamurra, contra sus vicios personales ; a sus rivales amorosos:
Egnacio, que se ríe a todas horas porque tiene los dientes blancos; Rufo, a quien le
huelen las axilas ; Gelio, el incestuoso ; y a sus enemigos literarios: Volusio, que escribe
«una mierda de poemas» ; Arrio, que heleniza por esnobismo, etc.

Valor literario. Con Catulo irrumpe en la literatura latina un aire nuevo. Es, además de
un gran poeta lírico, un formidable satírico, y hasta posee aliento épico en el poema
64. Lo mejor de su producción son los poemas amorosos, pero está muy lejos de ser un
poeta frívolo o de madrigales. Su sensibilidad profunda y la desnuda sinceridad de su
pasión arrastran y emocionan. Su lengua recoge todo el caudal de la tradición, vertido
en unos moldes flexibles que combinan lo sabio con lo espontáneo. Catulo introduce,
además, en la poesía latina metros nuevos que luego recogerán otros poetas, como
Horacio. En los poetas de la época de Augusto es considerable la influencia de Catulo
en cuanto a la concepción artística, la variedad de ritmos, la gracia y delicadeza de la
expresión.

4. Horacio

Parte de su obra pertenece a otros géneros. Así pues, baste mencionar las Sátiras o
Sermones y las Epístolas, para pasar al estudio del resto de su producción poética. No
en balde él mismo afirmó que no todo lo que había escrito en verso era poesía.

4.1. Su obra

a) Los Epodos. Son 17 composiciones. Por su contenido y su fecha de composición


representan una obra de transición entre el género satírico y la poesía lírica, que va a
llenar la etapa siguiente de la vida de Horacio. Hay odas líricas con tema amoroso; hay
épodos de tema báquico, de banquetes y vino; de tema cívico-moral; y uno, el más
famoso, que es una égloga: el «Beatus ille», un precioso e inspirado canto a la vida
rural.

b) Odas (Carmina). Horacio, ya amigo de Mecenas y satisfecho de su suerte, acomete


la composición de sus Odas, su obra lírica, que constituye la cumbre de su poesía. Son
cuatro libros con alrededor de un centenar de odas, aunque el libro IV fue compuesto
y publicado bastante después que los tres primeros. Horacio, con sus odas, trasplanta
al latín los temas y los metros líricos griegos, sobre todo de Alceo, Safo y Anacreonte.
Ya Catulo se había adelantado en esta imitación con alguno de sus poemas, pero es
Horacio el primero que trasplanta la lírica griega eolia (carmen Aeolium) en su
conjunto, y de ello se siente muy orgulloso. El propio poeta considera sus odas lo
mejor de su obra; con ellas, dice, «he dado fin a un monumento más duradero que el
bronce», y se arroga a sí mismo la inmortalidad. Quiere ser, sobre todo, poeta lírico,
Romanae fidicen lyrae, y que se le considere como tal. Los temas de las odas son muy
variados: amores, banquetes, dedicaciones de templos, partida y regreso de un
amigo... Pero la mayoría de ellas podría encuadrarse, por su contenido, en tres
apartados:

-Odas amorosas. Son unas veinte, dedicadas a Lidia, Pirra, Cínara, Cloe, Glícera,
Lálage... -Odas filosóficas. Algunas están teñidas de ideas estoicas, como la
impasibilidad del sabio ante las desgracias. Pero son más abundantes las que rezuman
filosofía epicúrea, la que vivía y practicaba el autor: hay que estar libre de ambiciones
desmesuradas, que producen infelicidad, y contentarse con una «dorada medianía»
(aurea mediocritas), donde se encuentra la felicidad perfecta. Por otro lado, la vida es
corta, los años pasan volando y hay que aprovechar y vivir el momento presente, el día
de hoy; idea plasmada programáticamente en la que tal vez sea la más famosa y la de
más influencia en la poesía posterior: «carpe diem».

-Odas romanas. Son fundamentalmente las seis primeras del libro IlI y algunas del
libro IV que celebran las hazañas de Druso y Tiberio. En ellas Horacio está animado del
mismo sentimiento nacional y patriótico que Virgilio en su Eneida, aunque con mucho
menos aliento épico. Así como en las Sátiras Horacio es mucho menos agresivo que
Lucilio en su poesía lírica es mucho menos apasionado que Catulo. Nada más lejos de
Horacio que los tumultuosos sentimientos de aquél. Incluso la considerada como la
más bella de sus odas de amor, que termina con un «contigo querría vivir, contigo me
gustaría morir» , carece de la fuerza de una pasión vivida. Sus odas mejores son las
filosóficas, impregnadas de un escepticismo irónico, invitando a un placer moderado
sin perder nunca el control, ya que cualquier exceso acarrea dolor e infelicidad. Dentro
del género lírico hay que encuadrar también el Carmen Saeculare, poema que Augusto
encargó a Horacio con motivo de los «Juegos Seculares» celebrados en el año 17 a. de
J.C., para ser cantado por un coro mixto de muchachos y doncellas. En él se invoca a
los dioses, comenzando y terminando por Apolo y Diana, para que presten su apoye y
su favor divino a Roma en el presente y en el porvenir.
[Link]ígenes de la elegía romana En Grecia se llamaba primitivamente elegía a toda
composición poética escrita en el metro elegíaco, es decir, en dísticos formados por un
hexámetro más un pentámetro, cualquiera que fuere el contenido temático. Los
poetas alejandrinos del siglo III a. de J.C. comienzan ya a componer elegías de tema
«amoroso», pero no personal; cantan generalmente amores de héroes mitológicos con
gran aparato erudito. Este tipo de elegías pasa a Roma con los poetas del círculo de
Catulo, cuya «Cabellera de Berenice», escrita en dísticos elegíacos, constituye el
modelo exacto de lo que era la elegía alejandrina. Va a ser en la época de Augusto
cuando surgirá la gran elegía romana, con el metro elegíaco tradicional, pero con una
característica diferenciadora: es una elegía de «tema amoroso personal»; y con su
último gran representante, Ovidio, surge la elegía «dolorosa», que pasará luego a ser
exclusiva en el concepto moderno del género.

El primer poeta elegíaco romano fue Cornelio Galo, amigo de Augusto, que lo elevó a
las mayores dignidades, hasta nombrarlo gobernador de Egipto. Escribió cuatro libros
de elegías, que se han perdido. Siguen sus huellas los dos grandes poetas elegíacos
Tibulo y Propercio.

[Link] 5.1.1. Su vida. Albio Tibulo (58?-19? a. de J.C.) fue un caballero romano de
familia acomodada y de gustos refinados, aunque parece que su familia se arruinó o
sufrió grandes pérdidas con las confiscaciones en favor de los soldados veteranos. Fue
Tibulo íntimo amigo de Mesala Corvino, general, orador y protector de las letras, como
Mecenas. Acompañó a Mesala en algunas de sus expediciones militares. Y murió joven,
tal vez el mismo año en que murió Virgilio.

5.1.2. Su obra. Se reduce a una colección de Elegías, cuya atribución a Tibulo, en su


conjunto, plantea serios problemas. Están repartidas, en las ediciones, en tres o en
cuatro libros. Pero sólo los dos primeros libros, con un total de 16 elegías, son
incuestionablemente de Tibulo. El resto, que contiene los amores de un desconocido
Lígdamo, un panegírico de Mesala y los amores de Sulpicia, sobrina de Mesala, con
Cerinto, no parece ser obra de Tibulo, salvo tal vez algunas elegías del último grupo. La
mayor parte de las elegías de los dos primeros libros están dedicadas a dos amantes de
nombre ficticio: Delia (libro 1) y Némesis (libro II). Aunque no es fácil deslindar la
realidad y la ficción en estos amores cantados por Tibulo, sus elegías respiran
veracidad y dan la impresión de que se trata de sentimientos y pasiones vividos por el
poeta. Tibulo es el mejor de los elegíacos latinos por la delicadeza de sus sentimientos,
totalmente virgiliana, y por la desnudez de su expresión. Los motivos que inspiran su
obra son el amor, la paz, la religión, las dulzuras del hogar, la felicidad de la vida del
campo... Cuando sueña en la felicidad perfecta la concibe en un clima bucólico en el
campo con Delia; amor y sentimiento de la naturaleza, romanticismo en suma: «Yo
cultivaré mis campos y Delia estará conmigo y guardará la cosecha mientras se trillan
en la era las espigas bajo el sol ardiente». Huye Tibulo de la ornamentación retórica y
de la erudición pedante. Su lema es la sencillez. Pero su estilo resulta elegante y
armonioso en su naturalidad. Las elegías de I y II constituyen los mejores modelos de
su inspiración. La primera, que es para muchos la reina de las elegías latinas, la escribe
en la isla de Corfú, donde se encuentra enfermo; está llena de melancolía, de miedo a
morir en la soledad, en tierra extraña, lejos de su querida Delia; pero termina con un
brote de esperanza en volver pronto a los brazos de su amada y reanudar su vida feliz.
La segunda es una descripción idílica de la paz de los campos y de las fiestas, ritos y
virtudes de los campesinos, en la línea de las Geórgicas de Virgilio; colaboración
también de Tibulo a la política de Augusto.

5.. Propercio

5.2.1.. Su vida. Sexto Propercio (50?-15? a. de J.C.) nació en la región de Umbría, tal
vez en Asís, pocos años después que Tibulo. Parece que su familia era también
acomodada y sufrió las consecuencias de las confiscaciones de tierras después de la
batalla de Filipos, como las familias de Virgilio y de Tibulo. Fue a Roma a estudiar
elocuencia, pero pronto tomó contacto con los grupos literarios y se inclinó hacia la
poesía. Sus primeros versos atrajeron la atención de Mecenas, que lo integró en su
círculo, donde trabó amistad con Virgilio, mayor que él, y con Ovidio, algo menor. Era
de naturaleza enfermiza y murió joven.

5. Su obra. Como Tibulo, Propercio sólo escribió Elegías, aunque su obra es más
extensa y variada que la de aquél. Consta también de cuatro libros, con una clara
diferencia entre los tres primeros y el cuarto. Los tres primeros cantan, en la mayor
parte de sus elegías, la pasión amorosa del poeta por Cintia, nombre poético con el
que designa a su amada, que se llamaba en realidad Hostia. Propercio, sobre todo en
el libro I, expresa su pasión con acentos impetuosos que lo acercan mucho más a
Catulo que a Tibulo. Le une asimismo a Catulo, y le diferencia de Tibulo, su imitación
de los poetas alejandrinos, en especial su gusto por la erudición mitológica. El libro IV
contiene las llamadas «elegías romanas». Las escribe en los últimos años de su vida,
tras la muerte de Cintia, y constituyen su contribución a la política nacional de
Augusto. Canta en ellas el pasado de Roma: Tarpeya, Hércules, Vertumno, Júpiter ... Y
cierra el libro con una elegía conmovedora, puesta en boca de una matrona romana
muerta, que se dirige a su esposo. Se ha dicho de ella que «es tal vez el poema más
bello que se ha escrito nunca en exaltación del amor conyugal y maternal».

Ovidio 5.3.1. Su vida. Publio Ovidio Nasón (43 a. de J.C. - 17 d. de J.C.) comienza a
brillar cuando los otros cuatro grandes poetas de la época de Augusto (Virgilio,
Horacio, Tibulo y Propercio) estaban en plena y esplendorosa madurez, pero ya
avocados a sus últimos años. Ovidio había nacido en Sulmona, de familia de caballeros,
y por su edad no conoció los horrores de las guerras civiles, viviendo ya desde niño la
ascensión al poder y la subsiguiente «paz de Augusto». Estudió elocuencia en Roma y
filosofía en Atenas, todo con gran brillantez y aprovechamiento. Y se hizo abogado
para complacer a su padre. Pero pronto dejó las leyes por la poesía, su verdadera
vocación y para la que estaba extraordinariamente dotado: «Todo lo que intentaba
escribir me salía en verso», dice él mismo. Durante muchos años brilló con luz propia y
fue halagado y mimado en los salones de la alta aristocracia romana, en las fiestas
sociales y en la vida mundana de la corte. Pero en el año 9 d. de J.C., Augusto, de
manera fulminante, le desterró a Tomes, pequeña localidad a orillas del mar Negro,
una región salvaje y bárbara. Las causas de este destierro permanecen un tanto
oscuras. Ovidio no cesa de implorar que se le levante el destierro o, al menos, se le
envíe a un país más civilizado. Pero ni Augusto ni su sucesor, Tiberio, accedieron a los
ruegos del poeta. Murió, pues, en el destierro.

5.3.2. Su obra. Puede encuadrarse en tres grupos que corresponden a tres períodos
cronológicos sucesivos

a) Obras de juventud: poesía amorosa:


• Los Amores (Amores), en tres libros. Son «elegías amorosas», siguiendo las huellas
de Tibulo y Propercio. Están dedicadas a una tal Corina, que, frente a la Delia de Tibulo
o a la Cintia de Propercio, parece ser un personaje ficticio, inventado, para unos
amores igualmente inventados. Esto hace que los poemas de Ovidio resulten
totalmente frívolos en comparación con los de los dos poetas citados. Ovidio carece, al
menos en esta época, de vida interior y de profundidad de sentimientos.

• Heroidas (Heroidum epistulae), una correspondencia en verso entre héroes y


heroínas de leyenda; la mayor parte son cartas de ellas a ellos: Penélope a Ulises, Dido
a Eneas, Ariadna a Teseo, Medea a Jasón... Son cartaspoemas artificiales, llenas de
erudición mitológica y de ornamentación retórica.

• Arte de amar (Ars amandi), en tres libros. Es un tratado didáctico completo, lleno de
recetas prácticas, sobre el arte de buscar a la persona adecuada, enamorarla y
conservar su amor. Obra de un experto, escrita al margen de toda moralidad.
Complementos de ella son dos poemas más cortos: «Remedios del amor» (Remedia
amoris) y «De los cosméticos femeninos» (De medicamine faciei femineae).

b) Obras de madurez: poesía didáctica. Agotado el ciclo de la poesía amorosa, Ovidio


piensa en temas más importantes para su inspiración. Y escribe sus dos mejores obras:
• Los Fastos (Fasti). Es una obra incompleta, que comprende seis libros, uno para cada
uno de los seis primeros meses del año, donde va describiendo las fiestas principales
del calendario romano, relacionadas con leyendas del pasado de Roma; sigue aquí las
huellas de las «elegías romanas» de Propercio y de la Eneida de Virgilio. Es su
contribución al programa nacionalista de Augusto.

• Las Metamorfosis (tb clasificable en el género épico). Constan de quince libros. Es la


obra más ambiciosa y más lograda de Ovidio, llena de aliento épico. Está escrita en
hexámetros, el verso heroico, frente al resto de su obra, toda ella en dísticos elegíacos.
Forma un cuerpo de alrededor de 250 leyendas de héroes y personajes transformados
en animales, en vegetales, en constelaciones... Sigue un orden cronológico, desde la
formación del universo, con el Caos transformado en Cosmos, hasta la metamorfosis
de Julio César en constelación. La influencia de esta obra en la cultura occidental ha
sido enorme, ya que, además de servir durante siglos como el mejor manual de
mitología, ha sido una fuente continua de inspiración para escritores, pintores,
escultores y músicos. 7 c) Obras del destierro: poesía elegíaca dolorosa. Por la época
en que Ovidio terminaba las Metamorfosis y tenía a la mitad los Fastos, fue, como
hemos dicho, desterrado a Tomes. Allí, en los últimos años de su vida, escribe con
dolorosa desesperación sus dos últimas obras: las «Tristes»(Tristia; mejor sería traducir
por «Tristezas»), en cinco libros; y las «Pónticas» (Epistulae ex Ponto), cuatro libros de
cartas a su mujer y a sus amigos. Todo en dísticos elegíacos y con un único y
obsesionante tema: desgarradoras quejas por los sufrimientos físicos y morales que le
torturan y súplicas a Augusto, al que eleva al rango de un dios, rebajándose y
humillándose para que le levante el castigo, reconociendo que es culpable, aunque no
nos deja deducir con seguridad cuál fue su culpa. La frívola superficialidad de sus
primeras obras se ha convertido en estas últimas, nacidas del dolor, en expresión de
sentimientos profundos. Puede servir como modelo la sentida elegía en que cuenta la
última noche que pasó en su hogar y la despedida de los suyos como si «una parte de
su cuerpo se desgarrase del resto» (Tristia, 1,3).

5.3.3. Valoración de conjunto. Toda la poesía de Ovidio está marcada por la asombrosa
facilidad del poeta. Pero sus versos no resultan nunca banales. Su lenguaje es flexible,
su expresión está llena de brillantez y elegancia. Sus versos están poblados de
imágenes brillantes, ingeniosas, pintorescas, llenas de colorido. Ovidio representa un
puente entre la poesía «clásica» y la «decadente», entre el siglo I a. de J.C. y el siglo I d.
de J.C.

También podría gustarte