0% encontró este documento útil (0 votos)
53 vistas18 páginas

Aventura de Lina y los zorros huérfanos

Cargado por

Boris Oliva
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
53 vistas18 páginas

Aventura de Lina y los zorros huérfanos

Cargado por

Boris Oliva
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Registro Safe Creative N° 2404267782705

Boris Oliva Rojas

Doble juego

Lina había terminado temprano de atender a sus animales; su hijito aun


estaría varias horas en la escuela y no tenía nada importante que hacer. El día
estaba un poco caluroso y pensó que no había nada mejor para refrescarse, que la
sombra de los árboles del bosque.

A poco andar entre la vegetación sintió como se relajaba y la energía del


bosque comenzaba a fluir a través suyo.

Había pasado un tiempo ya de su aventura nocturna, que le enseñó que


también en la aparente paz y belleza de la naturaleza, se puede esconder el peligro
y la locura. Había aprendido la lección y sabía que debía evitar ciertas partes del
bosque a entradas horas de la noche; pero también conoció la amistad sincera.

―Este lugar está bien y no parece estar ocupado ―se dijo la joven junto a
un grueso y añoso árbol.
― ¿Hay alguien aquí o alguien vive en este árbol? ―preguntó por si acaso
Lina.

Al no recibir respuesta decidió que ese era un buen sitio para sentarse un
rato.

Cuando estaba a punto de quedarse dormida, a Lina le pareció escuchar


unos suaves ladridos y llantos de perritos. Movida por su natural amor por los
animales, Lina se puso de pie y aguzó el oído para oír mejor.

Gracias a su íntima relación con la naturaleza, la joven bruja pudo localizar


el lugar de donde provenían los angustiados llamados de auxilio. Cuando Lina llegó,
su garganta se apretó y sus ojos se llenaron de lágrimas. En un hueco, en la base
de un árbol, dos pequeños cachorros de zorro estaban acurrucados junto al cadáver
de su madre.

Estaba muy consciente del ciclo de la vida en la naturaleza, pero aun así no
pudo contener su impulso de ayudar a los pequeños; si los dejaba ahí, lo más
probable es que murieran de hambre y frío, o un animal se alimentara de ellos.

Siguiendo su naturaleza. Lina se sacó la chaqueta y con ella envolvió a los


animalitos y los llevó a su casa.

Sus perros podrían ser un problema, pero confiaba en que podría controlarlos
y todo saldría bien.

Después de meditar un rato, la muchacha armó una jaula lo más confortable


posible, para los pequeños zorros huérfanos.

Lina estaba acostumbrada a trabajar con animales domésticos, pero no sabía


nada de cómo cuidar a un zorro.

Manteniéndolos dentro de la casa por precaución, la muchacha estuvo varias


horas frente a su computador buscando información.

―Me doy ―aceptó resignada―. Mejor llamo a alguien que sepa.

Finalmente, Lina logró comunicarse con la Fundación de Vida Silvestre,


quienes tenían experiencia en el rescate de animales silvestres en peligro.

―Muy bien, entonces mañana estoy en su oficina ―dijo la muchacha por


teléfono, coordinando una visita con uno de los médicos veterinarios de la
organización ecológica.
―Bueno, creo que puedo darles un poco de leche hoy ―dijo la joven a los
zorritos, acercándoles una mamadera tibia.

Como siempre después de saber que hizo una buena obra, Lina se durmió
con una sonrisa en los labios.

Como todos los días, Lina disfrutó del desayuno junto a su hijito, antes de
que él se fuera al colegio.

― ¿Mami, qué va a pasar con los zorritos? ―preguntó el niño.

―Los voy a llevar a un lugar donde los van a cuidar muy bien ―contestó la
joven madre.

― ¿No podemos quedarnos con uno? ―quiso saber en su inocencia el niño.

― ¿A ti te gustaría que te separaran de mí? ― preguntó Lina.

―No, mamá ―dijo el niño abrazándola.

―Nosotros somos una familia ―observó la joven―. Esos dos zorritos son
otra familia y no hay que separarla.

―Entonces apurémonos, mami. Tienes que llevar a los zorritos a donde los
van a cuidar ―apuró el niño.

Después de dejar a su hijo en la escuela y alimentar a sus animales, Lina


puso a los zorritos en la camioneta y se dirigió a la oficina de protección animal.

―Señora, no sabe cómo se lo agradecemos ―dijo el voluntario que recibió


la jaula con los animalitos.

―Es lo que debía hacer ―reconoció Lina.

―No todos hacen lo correcto, señora ―comentó el hombre.

―Es una pena, porque todo está conectado en la naturaleza ―agregó la


noble muchacha.

―Tiene razón ―coincidió el hombre.

―Bueno, ya debo irme porque tengo que atender a mis animales ―se
despidió Lina.
―Hasta pronto, señora Lina, y muchas gracias ―se despidió el encargado.

―Espere, señora, llévese este recuerdo como agradecimiento ―dijo una


mujer entregándole un zorro de peluche.

―Muchas gracias, a mi peque le va a encantar ―aceptó Lina con su habitual


y gentil sonrisa.

―Hola, hijito ―saludó la muchacha a su hijo, al recogerlo en la escuela.

―Hola, mami ―la saludó a su vez el niño con un dulce beso― ¿Y los
zorritos?

―Están en un lugar donde los cuidarán muy bien ―contó ella―. Y te


mandaron un regalo porque eres un niño muy bueno.

― ¿Para mí? ―preguntó el niño con los ojos brillantes de felicidad al recibir
el peluche.

―Es un recuerdo de los zorritos ―indicó Lina.

―Es muy lindo ―opinó el niño abrazando el juguete.

Después de alimentar a los animales y a su pequeño, Lina se preparó una


humeante taza de té y se acostó a descansar, pues el siguiente día sería tan pesado
como siempre.

Sus sueños se llenaron de miedos. La noche se presentaba fría y oscura;


Lina tenía la fuerte sensación de que la observaban y asechaban desde las tinieblas.
Ruidos y sombras la rodeaban amenazantes y se sentía cada vez más angustiada.

La pesadilla se volvía más inquietante a cada minuto que pasaba;


monstruosas apariciones amenazaban con atacarla. Sobresaltada, Lina se sentó en
su cama, pues estaba segura de haber oído gritar a su hijito.

― ¿Bebé; que pasa? ―preguntó alarmada la muchacha.

―Mami, tengo mucho miedo ―contestó el niño llorando en la cama.

―Tranquilo, solo fue un mal sueño ―le dijo abrazándolo para calmarlo.

Tratando de oírse lo más tranquila posible, Lina vestía a su hijo, mientras su


visión mágica le permitía ver las sombras que se movían por toda la habitación.
―Ven, vamos a ir a visitar a la Señora María ―dijo la joven a su niño.

― ¿Pero no es muy tarde, mami? ―preguntó inocente el niño.

―No es tan tarde; además mañana no hay clases ―le respondió con
naturalidad.

Lina se detuvo en seco cuando vio que su sala estaba llena de sombras que
volaban por todos lados y bloqueaban la salida de la casa.

Tomando en brazos a su hijo, la joven bruja alzó fuerte la voz.

―” Soy bruja poderosa


La oscuridad no puede derrotar a mi luz
Despierta bruja poderosa
Despierta
Despierta”

Una dorada y resplandeciente luz rodeó a Lina y al niño, formando un escudo


protector contra las amenazantes tinieblas que volaban alrededor de ellos.

― ¿Qué pasa, mami? ―preguntó el niño.

―Todo va a estar bien ―respondió Lina tratando de alcanzar la puerta, a


pesar de la fuerza que se oponía a sus movimientos, tratando de retenerla en el
interior de la casa.
Las sombras las rodeaban y golpeaban sin parar la mágica barrera, que con
cada embestida se tornaba más y más delgada y débil.

―La Señora María se va a poner muy contenta ―comentó Lina a su


pequeño, para distraerlo del sobrenatural ataque.

― ¡Ya está! ―exclamó triunfante la bruja cuando logró asir la manilla de la


puerta y cruzar el umbral de la casa, en el momento justo en que su aura protectora
se agotaba por completo.

La casa solitaria quedó sumida en la más opresiva oscuridad que Lina había
sentido alguna vez. Mezcla de maldad, resentimiento, envidia y burla.

¿Pero quién sería capaz de manejar una magia tan negra, capaz de alejar a
una bruja blanca?

― ¿Señora María, se encuentra en casa? ―preguntó la muchacha


golpeando la puerta de su vecina.
― ¿Mi niña, pero que hacen aquí a esta hora de la noche? ¿Pasó algo,
acaso? ―quiso saber la mujer, dejando pasar a su joven amiga y su hijo.

―Veníamos a hacerle una visita sorpresa ―contestó Lina, tratando de oírse


jocosa.

―Es una agradable sorpresa ―reconoció la señora, entendiendo que algo


estaba mal.

― ¿Me acompaña a la cocina para preparar algo rico para comer? ―pidió la
Señora María.

―Claro, yo le ayudo ―aceptó Lina.

La dueña de la casa cerró la puerta tras ella y su vecina, a fin de que el niño
no escuchara la conversación.

― ¿Qué está ocurriendo, mi niña? ―preguntó la señora.

―Algo nos echó de nuestra casa a mi peque y a mí ―contó la joven.

― ¿Cómo algo, te refieres al inútil de tu ex? ―quiso saber la señora.

―No, me refiero a algo sobrenatural ―explicó Lina―. Fue un ataque mágico.

― ¿Pero quién sería capaz de hacer eso? ―se preguntó la señora.


―No lo sé, pero podré solucionarlo ―aseguró la muchacha con su optimismo
habitual.

―Quédense aquí todo el tiempo que necesiten; además, me vendría muy


bien la compañía ―ofreció la señora María.

―Es usted muy amable ―respondió Lina dándole un fuerte abrazo.

A la mañana siguiente la muchacha despertó de muy buen ánimo, a pesar de


haber pasado una noche de miedo.

Después de preparar el desayuno para todos, se dirigió al bosque a meditar


un poco. En eso estaba cuando escuchó una vocecita que le hablaba.

―Hola, Lina ―saludó la voz.

―Hola, Sick ―contestó la bruja, acostándose en el suelo para ver mejor al


pequeño gnomo.
― ¿Cómo te ha ido? Supe que tuviste un encuentro poco agradable con un
hada de la noche ―quiso saber el elemental.

―Sí, fue algo muy intenso y malo ―recordó Lina los lamentables
acontecimientos que terminaron con la vida de un hada.

―Pero no fue tu culpa ―la reconfortó el gnomo.

―Creo que no, pero aun así me siento mal al pensar en eso ―se la mentó
la joven.

―Prueba cantar, eso me ayuda a relajarme ―aconsejó Sick.

―Creo que esa es una buena idea ―coincidió la bruja.

―Pero hay algo más que te preocupa ―observó el elemental.

―Es verdad ―reconoció Lina―. Anoche mi casa sufrió un ataque mágico;


con mi hijo tuvimos que salir corriendo.

―Hay que ser muy tonto o poderoso para atacar a una bruja en su propia
morada ―opinó Sick.

―Eran sombras voladoras, tantas que incluso pudieron agotar mi aura


protectora. No quise arriesgar a mi hijo, así es que mejor me lo llevé lejos de la casa
―explicó Lina.

―Mmm, un gnomo no haría eso; un hada si puede estar lo suficientemente


loca ―meditó el pequeño ser.

―Eso no se sintió como la energía de un hada, y créeme que la conozco


―dudo la joven bruja, con un escalofrío, al recordar los ataques del hada de la
noche.

― ¿Entonces brujería? ―sugirió Sick.

―Eso es lo que me temo, pero quién lo haya hecho debería saber que eso
no fue muy buena idea ―agregó la muchacha.

―No gusta lastimar a nadie, pero si alguien amenaza a mi hijo o pretende


quitarme mi casa, yo me voy a defender ―advirtió la bruja.

―Si necesitas algún consejo no dudes en acudir a mí ―añadió el gnomo.

―Siempre es bienvenido el consejo de un sabio ―agradeció Lina.

―Hasta pronto ―se despidió la bruja poniéndose de pie.


―Bueno, veamos cómo recupero mi casa. Espero que no sea tan difícil como
pelear contra un hada loca ―se dijo una vez estuvo sola.

La luna llena de esa noche había cargado de energía mágica a la joven bruja.
Oculta a prudente distancia de su casa, después de un rato se convenció de que no
nadie en ella.

Tratando de hacer el menor ruido posible, Lina avanzó lentamente hasta la


casa, hasta que una suave sensación de electricidad corriendo por su piel la hizo
detenerse en seco. Sus dedos dieron contra un muro duro e invisible, que la
separaba de su propiedad.

Respirando profundamente, Lina extendió sus brazos, dejando fluir una


deslumbrante ráfaga de rayos que chocaron contra la barrera mágica sin ningún
éxito.

―Mmm, esto no funciona ―se dijo decepcionada.

―A lo mejor puedo atravesarla ―pensó, mientras su cuerpo se transformaba


en una tenue niebla.

― ¡Ayyyy! ―se quejó la joven bruja al rebotar y caer al suelo.

―Voy a tener que pensar en otra cosa ―se dijo mientras se alejaba del lugar
con rabia y frustración.

Lina no se había dado cuenta de que alguien la observaba, con una sonrisa
burlona, desde el interior de la casa.

Después de caminar un rato sin rumbo fijo, la joven bruja llegó, sin darse
cuenta, al claro del bosque donde, junto a sus hermanas, rendía culto a su diosa.

De entre los árboles surgió una hermosa hembra de puma que lentamente
caminó hacia Lina, y en medio de un destello de luz, tomó loa forma de la rubia
sacerdotisa de las brujas blancas.

― ¿Problemas? ―preguntó la recién llegada bruja.

Lina explicó todo lo ocurrido las dos últimas noches.

―Por lo que me cuentas, creo que alguien está usando magia muy poderosa,
y la sabe controlar muy bien ―opinó la sacerdotisa.
―La única persona que querría hacerme daño es mi ex, pero es un simple
pobre diablo ―pensó Lina.

―Si lo deseas yo te acompaño ―sugirió la bruja―. Tal vez entre las dos
podamos recuperar el control sobre tu casa.

―La verdad es que lo agradecería mucho ―aceptó Lina.

―Pues vamos ahora, ya que la luna está en su máximo apogeo y la magia


de la diosa nos fortalecerá ―indicó la sacerdotisa.

Frente a la casa ambas brujas tendieron sus brazos y descargaron toda la


energía de sus rayos, sin mejores resultados que hace un rato.

Después de varios intentos infructuosos, las dos brujas se veían cansadas y


confundidas.

―Quien haya puesto esta barrera es muy poderoso ―reconoció la


sacerdotisa―. Lo mejor es que, por ahora, nos retiremos a descansar y lo
intentemos más tarde.

Unas cuantas horas de meditación bajo la luz de la luna, fueron suficientes


para devolver toda la energía a las brujas, elevando sus poderes a su máximo nivel.

―” Hécate, diosa de la luna oscura


Gobernadora del cielo, la tierra y el submundo.

La madre primigenia, la anciana, la hechicera.


Diosa enigmática de las brujas.

Acude a nuestro llamado,


Señora de la noche, Reina de las tinieblas.
Tus hijas te necesitan”.

Elevó la sacerdotisa su pegaría a la diosa de las brujas. Una incandescente


esfera de luz se formó entre sus manos y voló a vertiginosa contra la casa de Lina.

Sin perder tiempo, la joven bruja unió al ataque de su maestra una fulgurante
descarga de electricidad. Ante semejante golpe de energía mágica, la barrera que
rodeaba la casa terminó por ceder.

Después de un corto rato, la puerta de la casa se abrió lentamente.

― ¿Por qué tanto escándalo? Preguntó el ex marido de Lina, con el hijo de


ambos tomado de la mano.
― ¿Tú? ―preguntó furiosa la joven―. Debí suponer que tus sucias manos
estaban metidas en esto.

―Mantén la calma ¿Qué va a pensar el niño? ―preguntó burlón el tipo.

―Hijo, aléjate de él ―ordenó Lina, con una mano cargada de danzante


electricidad.

―No creas que esta vez vas a poder alejarme tan fácilmente ―gritó el tipo,
lanzando una bola de energía contra Lina.

La devastadora esfera mágica se alejó de la muchacha describiendo un arco


en el aire.

―Te advertí que te alejaras de esta familia ―sentenció el brujo negro, listo
para atacarlo.

―Tres contra uno no es una pelea justa ―dijo la tía de Lina, saliendo de la
casa, toda vestida de negro.

―Al fin la vieja bruja mostró su fea cara ―dijo el brujo negro bajando su
capucha.

― ¿Tía, tú también? ―preguntó sorprendida la joven bruja sin poder dar


crédito al inesperado giro de los acontecimientos.

―El niño se queda conmigo ―indicó la sacerdotisa de las brujas blancas,


cubriéndolo con una esfera dorada que desapareció, llevándoselo a un lugar oculto.

―Déjame tranquila de una vez ―gritó furiosa Lina, descargando en un solo


golpe la energía que se había acumulado en su mano.

Poniendo las manos por delante, el ex marido de la joven bruja detuvo sin
esfuerzo el ataque.

―Esta vez estoy preparado para todo ―contestó triunfante el tipo.

― ¿Qué van a hacer, brujitas blancas, acaso dispararnos hechizos de amor?


―preguntó burlona la tía de la muchacha.

―Tal vez ellas sí, pero no yo ―contestó el brujo negro, lanzando un chorro
de fuego negro contra los usurpadores de la casa.

La flama mágica golpeó de lleno a los intrusos, haciéndolos caer


aparatosamente al suelo de tierra.
― ¿Quieres pelear conmigo, conejito? ¿Ya olvidaste quien te enseñó, bruja
andrajosa? ―preguntó el brujo negro, mientras la tierra comenzaba a agrietarse
bajo los pies de los invasores.

―>Esto aún no se acaba ―respondió la vieja bruja, tomando del brazo a su


aprendiz y desapareciendo en medio de una nube de humo.

Un tenso silencio se generó cuando Lina, la sacerdotisa blanca y el brujo


negro quedaron solos.

―Ya puedes entrar a tu casa ―señaló la bruja blanca.

― ¿Dónde está mi hijo? ―preguntó afligida Lina.

―Siempre ha estado aquí; solo lo oculte de la vista de todos ―respondió la


hechicera chasqueando sus dedos.

―Mami, mami ―grito el niño, abrazando a su joven madre.

― ¿Estás bien, peque? ―preguntó Lina revisando por todos lados al niño.

―Sí, mi papá y la tía me regalonearon mucho ―contó el niño.

― ¿Bebé, por qué no vas a jugar a tu habitación? ―sugirió Lina.

―Sí, voy a jugar con mi zorrito ―aceptó de muy buena gana el pequeño.

―Cualquier cosa que necesites me avisas ―pidió la joven.

―Bueno, mami ―respondió el niño saliendo de la sala.

―No sé qué pensar. Nunca imaginé que mi ex y mi propia tía pudiesen ser
brujos, y menos atreverse a esto ―opinó la muchacha.

―Es obvio que te han ocultado muchas cosas ―señaló la sacerdotisa.

―Usted tampoco me había contado que también es un brujo―indicó la


muchacha al caballero.

―No estimé que fuera necesario; además, esas son cosas no se andan
contado a todos ―respondió el hombre.

―Tampoco me dijo que conocía a mi tía ya mi ex ―continuó Lina.

―Su tía fue mi discípula hace año en las artes mágicas, y a su exmarido lo
conocí hace poco, cuando me enteré de que abusaba de su buen corazón ―explicó
el brujo.
―Lo más probable es que tu tía lo haya introducido en la brujería ―supuso
la sacerdotisa.

―No me extraña nada de él ―opinó Lina.

―Lo bueno es que ya se fueron y el niño está bien ―comentó el caballero.

―Es verdad, no creo que vuelvan a molestarte ―opinó la sacerdotisa.

―Cualquier cosa que pase o necesite no dude en avisarme ―ofreció el


caballero―. Estaré muy contento de enseñarle una o dos lecciones a mi exalumna
y su discípulo.

―A mí ya sabes dónde ubicarme ―agregó la sacerdotisa.

―Ambos son muy amables ―agregó Lina, ababrazándolos y despidiéndose


de ambos.

Durante un largo rato la bruja blanca y el brujo caminaron en silencio, hasta


que estuvieron lo suficientemente lejos de la casa de Lina.

― ¿Qué opinas? ―preguntó la hechicera.

―El exmarido de mi hija siempre le ha dado problemas, y ahora, con sus


nuevos conocimientos y habilidades, se va a volver mucho más insistente y
peligroso ―opinó el brujo.

―No olvides la intervención de su tía―agregó la bruja blanca.

―Le había perdido el rastro a ella y, sí, tienes razón, son una muy mala
combinación ―señaló el brujo.

―Creo que sería conveniente tener una conversación privada con ese par
―sugirió la hechicera.

El cielo estaba cubierto de nubes y la oscuridad de la noche era como si


alguien hubiese derramado tinta negra sobre todo.

Un viento tibio presagiaba que pronto caería la lluvia y los habitantes del
pueblo ya se habían refugiado en sus moradas, lo que otorgaba cierta privacidad y
libertad de acción.

―Esa es la casa de la bruja ―indicó la sacerdotisa.

―Su discípulo está con ella ―observó el brujo.


―Entremos por detrás, para tomarlos por sorpresa ―sugirió la bruja blanca.

En medio del silencio reinante, ambos brujos se disolvieron en dos tenues


columnas de niebla, que se colaron por las rendijas de una ventana de la parte
trasera de la vivienda. En la sala se escuchaba como dos personas discutían
acaloradamente.

―No dijiste que a Lina la apoyaban dos brujos más ―reclamaba la vieja
bruja.

―No tenía cómo saberlo; además, tú me aseguraste que eras una bruja muy
poderosa ―se defendió el exmarido de la muchacha.

―Y lo soy ―agregó la mujer.

―Pero no más que tu maestro ―intervino el brujo negro abriendo de


improviso la puerta.

―Y no se olviden de mí ―agregó la bruja blanca.

―Yo no estoy de adorno ―indicó el exmarido de Lina, levantando una mano,


preparándose para atacar.

―Quieto ahí, que esta es una pelea de perros grandes y no de quiltros


―ordenó la sacerdotisa de las brujas blancas, haciendo aparecer dorados anillos
de energía que cayeron sobre el novato, inmovilizándole brazos, piernas y manos.

Con una cruel sonrisa, el brujo negro se aproximó al prisionero y posó una
de sus manos en su cabeza. Inmediatamente su mente se llenó de aterradoras
imágenes y su mirada se perdió en la nada.

―No necesito a ese inútil para acabar con ambos ―amenazó la bruja,
lanzando una zumbante esfera de energía negra.

―Me insultas como maestro, al usar un ataque tan débil ―dijo con desprecio
el brujo negro, haciendo un ademán en el aire, que disolvió el ataque sin ninguna
dificultad.

― ¿Qué tal un poco de cosquillas? ―preguntó la bruja blanca, lanzando una


descarga de rayos con sus manos, los cuales golpearon en distintos puntos de su
cuerpo a la vieja hechicera.

El golpe la arrojó contra la pared; aunque adolorida, logró erguirse altiva y


orgullosa. Con un fuerte movimiento de brazos en el aire, arrojó estrepitosamente a
la bruja blanca y hacía caer una estantería sobre el brujo negro.
― ¡Insolente! ―gritó el hechicero, resistiendo el dolor y quitándose el mueble
de encima. Una de sus manos hizo nacer una flama negra, que se convirtió en un
chorro de fuego que envolvió a la bruja negra.

Aunque se veía algo sucia, la bruja no mostró ningún daño.

―Ya me aburrí de sus juegos de niños ―advirtió la vieja, lanzando una


descarga de energía, que envolvió a la bruja blanca y la lastimaba como si decenas
de afiladas garras la arañasen.

El sufrimiento era evidente en el rostro de la sacerdotisa. El brujo trató de


liberarla, pero la vieja bruja lo atrapó con el mismo ataque.

Incapaces de sostenerse en pie, ambos cayeron al piso retorciéndose de


dolor.

―No los mataré así, sería demasiado fácil y aburrido. Les sacaré el corazón
y me los comeré en la cena―rio la bruja, tomando un gran cuchillo de la mesa.

La hoja de acero bajó letal hacia el cuerpo de la indefensa bruja.

―Todopoderosa Ishnahar
Concede el poder supremo a esta bruja.

―Rhantzar thur Ishnahar


Galhar xnartz tzer
Izthar dex feritz.

La sacerdotisa, con su último aliento, logró pronunciar la oscura invocación.

Alzando un brazo atrapó la mano de la vieja bruja, y lentamente giró el rostro,


para mirarla a los ojos, mientras de su cuerpo emanaba una negra niebla.

―No debiste hacer eso ―dijo con voz cavernosa la hechicera, poniéndose
de pie, sin soltar la mano de la bruja.

― ¿Qué está pasando? ―preguntó asustada la anciana, al ver los ojos de la


bruja blanca, convertidos en dos profundos pozos negros, además de la túnica que
había pasado de blanca a completamente negra.

―Tiembla y doblégate ante el poder sin límites de la Oscura Ishnahar ―dijo


la sacerdotisa sin soltar a su prisionera, mientras fuertes descargas de electricidad
bajaban por sus brazos hasta el cuerpo de la bruja, que en medio de alaridos de
dolor caía retorciéndose.

El aprendiz de la vieja bruja corrió a través de la puerta y se ocultó, lo más


lejos que pudo, en la oscuridad de la noche.
El brujo negro, libre del hechizo que lo inmovilizaba, se puso de pie y
observaba en silencio la transformación de la bruja blanca, que aparentemente ya
la controlaba completamente, ¿o acaso era al revés?, se preguntaba el hechicero.

―Defiéndete y pelea ―ordenó la sacerdotisa a la anciana bruja.

Poniéndose de pie, la bruja alzó los brazos y entre ellos se formó una oscura
esfera de energía mágica.

―No creas que por cambiar tu apariencia eres más poderosa que yo
―contestó desafiante la bruja, lanzando su ataque contra la sacerdotisa.

La mágica energía envolvió completamente a la bruja blanca, comenzando


a disolver su cuerpo.

―Bien, vieja bruja, somos solo tú y yo ―indicó el brujo negro, ante la


inminente muerte de la bruja blanca.

La esfera mágica que cubría a la sacerdotisa se contrajo rápidamente hasta


quedar flotando en la palma de la mano de la hechicera.

― ¡Pero eso es imposible! ―exclamó la vieja bruja, con una mezcla de


incredulidad y espanto.

― ¿Estás consciente de que tu magia solo me fortaleció más ―preguntó la


bruja blanca, lanzando de vuelta lo que quedaba de la esfera mágica.

El golpe lanzó con violencia a la vieja contra la pared, dejándola tirada sin
sentido.

―Creo que ya es suficiente castigo―opinó el brujo negro.

―Supongo que tienes razón. Esta bruja no es digna de más atención


―coincidió la hechicera.

Con asombro el brujo vio como la bruja blanca recuperaba su aspecto natural,
con su dorado cabello flotando y sus celestes ojos brillando, lo que daba una
apariencia luminosa a su hermoso rostro.

― ¿Y el aprendiz de la bruja? ―quiso saber la bruja blanca.

―Huyó como la rata que es ―contestó con desprecio el brujo negro,


subiendo su capucha antes de salir de la casa.

―Espero que haya aprendido la lección y se aleje de Lina ―agregó la


sacerdotisa, cubriendo su cabeza con la blanca capucha de su túnica.
Durante unos minutos caminaron en silencio, y en su interior el brujo
analizaba lo sucedido esa noche y se confirmaban sus sospechas, de que la
sacerdotisa de las brujas blancas había cambiado, al invocar a la diosa Ishnahar,
cosa que aparentemente no le incomodaba a ella, e incluso le parecía agradar.

―Aquí nos separamos ―dijo la bruja blanca, adoptando la forma de la puma


y adentrándose en el bosque.

El viento soplaba con fuerza, agitando las ramas de los árboles y


desplazando las nubes, que pasaban tranquilas frente al disco lunar, llenando de
sombras la noche.

Cubierta con su capucha negra, sacerdotisa de las brujas blancas golpeó la


puerta de la casa de la bruja negra, que aún temblaba después de la paliza que
había recibido por parte de esa pareja de brujos.

La bruja de cabellos claros insistió en su llamado, hasta que escuchó pasos


que se acercaban a la puerta.

―Ya voy, ya voy ―contestó la dueña de la morada.

El miedo se apoderó de la mujer, al ver parada frente suyo a la bruja que


había enfrentado esa noche, y cuyos poderes ni siquiera se igualaban a los suyos,
superando incluso a varias brujas juntas.

Retrocediendo, tropezó con una silla y cayó al suelo. Temblando como un


animalito frente a un depredador, miraba aterrada a la bruja que se acercaba.

―Levántate ―ordenó la sacerdotisa tendiéndole una mano.

Con desconfianza la bruja aceptó y sin dejar de mirarla se puso de pie.

―Por favor no sigas, te juro que nunca volveré a molestar a tu protegida


―aseguró la humillada bruja.

―Tranquila, vengo solo a hablar ―señaló la bruja blanca.

― ¿Entonces no me atacarás? ―preguntó la mujer.

―Te vengo a hacer una advertencia ―agregó la recién llegada.

―Lo que tu digas ―aceptó con miedo la bruja.

―No te vuelvas a acercar a Lina ni a su hijo ―ordenó la rubia bruja, llenando


sus brazos de rayos que danzaban sobre su piel.
―No lo haré nunca más, poderosa Señora de las brujas ―contestó
rastreramente la vieja bruja.

―Cumple tu palabra y te instruiré personalmente en artes mágicas que


desconoces, y elevarán tu poder hasta límites que no imaginas ―ofreció la
sacerdotisa.

― ¿Serás mi maestra aun después de lo que pasó esta noche? ―dudó la


bruja.

―Reconozco el talento cuando lo veo ―agregó la bruja de claros cabellos.

―Acepto honrosa ―dijo la vieja bruja, besando la mano de su nueva guía.

―Debes saber que yo soy la sacerdotisa de las brujas blancas; pero las
circunstancias me han enseñado que no hay luz sin oscuridad. Y es esa oscuridad
precisamente, la fuente de los más grandes poderes. De las diosas oscuras de la
magia, Ishnahar es la más poderosa; adorada y temida por dioses y demonios
―señaló la rubia bruja bajando su capucha.

Con asombro, la bruja vieja vio como el rubio cabello de la otra bruja se volvía
blanco y ceniciento como la luz de la luna, y sus celestes ojos se convertían en dos
fosas sin fondo.

―Por favor enséñame ―rogó emocionada la vieja bruja.

―Nadie es más poderosa que Ishnahar, la diosa oscura de los muertos


―señaló la sacerdotisa.

―Sí, entiendo ―asintió la vieja.

―La primera lección es que Ishnahar pedirá un tributo de vida y sangre de


vez en cuando ―continuó la transformada bruja blanca.

―Sí, la vida y la sangre de un sacrificio ―comprendió la vieja bruja.

―Aprendes rápido ―comentó la sacerdotisa, clavando una daga que llevaba


oculta en la ropa, en el corazón de la vieja.

―La Oscura Ishnahar reclama su ofrenda de sangre ―indicó la bruja,


hundiendo más la hoja de la daga.

―Hanthor Ishnahar xra


Urshthir zrgther tzul
Aivets rotx galhar”.

“Poderosa y siniestra Ishnahar


Adorada y temida por los
Dioses antiguos”.

La sangre había sido derramada en honor a la oscura diosa de los muertos.


Ishnahar estaba satisfecha con la ofrenda obsequiada.

Con paso tranquilo y su dorado cabello mecido por el viento nocturno, la


sacerdotisa de las brujas blancas se detuvo unos minutos, para que sus claros ojos
se deleitaran con el siempre reconfortante brillo de la luna.

También podría gustarte