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Relatos de Belcebu A Su Nieto Libro 3 - Georges I. Gurdjieff

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Para personas que estén interesadas en una síntesis creativa de las

tradiciones espirituales de oriente y occidente, en la crisis del mundo


moderno y en las posibilidades de ser humano. La redacción de este libro
parece hecha a propósito para ahuyentar al lector ocasional, curioso o
esporádico está escrito de una forma suficientemente rara como para que su
técnica sea también el «descolocar» los puntos de referencia habituales del
lector y hacerle entrar en un nuevo estado de entendimiento. Esta edición
cuenta con una excelente traducción del texto original. La riqueza del libro
invita a una segunda lectura. Esta es una de las obras más notables de la
espiritualidad del siglo XX.
George Ivanovich Gurdjieff

Relatos de Belcebú a su nieto


Una crítica objetivamente imparcial sobre la vida del
hombre
Del todo y de todo 03

ePub r1.1
juandiego 06.12.2019
Título original: Beelzabub’s tales to his grandson
George Ivanovich Gurdjieff, 1946
Traducción: Nathalie de Salzmann & Castor S. Goa & Julio M. Díaz & Otros alumnos
Retoque de cubierta: juandiego

Editor digital: juandiego


ePub base r2.1
Índice de contenido

Cubierta

Relatos de Belcebú a su nieto

Del todo y de todo Diez libros en tres series

Capítulo 40 Belcebú relata cómo los hombres conocieron y olvidaron la ley


Cósmica Fundamental de Heptaparaparshinoj

Capítulo 41 El derviche Bujariano Jadyi-Asvatz-Truv

Capítulo 42 Belcebú en Norteamérica

Capítulo 43 Belcebú expone su opinión sobre el proceso periódico de


destrucción mutua de los hombres

Capítulo 44 Según Belcebú, el concepto que los hombres se forman de la


justicia es, en el sentido objetivo, «un espejismo maldito»

Capítulo 45 Según Belcebú, el hecho de que los hombres capten la


electricidad de la naturaleza y la destruyan al utilizarla es una de las causas
principales de disminución de la duración de la vida humana

Capítulo 46 Belcebú explica a su nieto el significado de la forma y del


orden que él escogió para exponer sus informaciones sobre los hombres

Capítulo 47 Resultado, conforme a las leyes, de la mentación imparcial

Capítulo 48 Conclusiones del autor

Sobre el autor

Notas
Del todo y de todo
Diez libros en tres series

Primera Serie: Tres Libros con el título de «Una Crítica


Objetivamente Imparcial Sobre la Vida del Hombre» o «Relatos de
Belcebú a su Nieto.»
Segunda Serie: Tres Libros con el título genérico de «Encuentros con
Hombres Notables.»
Tercera Serie: Cuatro Libros con el título común de «La Vida es Real
Solo Cuando Yo Soy».

Todos ellos escritos según principios totalmente nuevos de razonamiento


lógico, tendiendo estricta y directamente a la solución de los tres siguientes
problemas cardinales:

Primera serie: Destruir implacablemente, sin compromiso


alguno, las creencias y opiniones arraigadas durante siglos en
la mente y en los sentimientos del lector, con respecto a todo
cuanto existe en el mundo.

Segunda serie: Familiarizar al lector con el material


necesario para una nueva creación y poner a prueba su solidez
y su calidad.

Tercera serie: Contribuir al surgimiento, en la mente y en


los sentimientos del lector, de una representación veraz y
exacta, no del mundo ilusorio que ahora percibe, sino del
mundo que existe en la realidad.
Un consejo amistoso

(Escrito espontáneamente por el autor al hacer entrega del


libro al editor, cuando ya estaba listo para ser publicado).

De acuerdo con las numerosas deducciones y conclusiones a que he llegado


durante mis dilucidaciones experimentales referentes a la productividad de
la percepción de las nuevas impresiones procedentes de cuanto se oye y se
lee por parte de los hombres contemporáneos, y de acuerdo también con el
pensamiento contenido en uno de los aforismos de la sabiduría popular que
a través de varios siglos ha llegado hasta nuestros días y que acaba de
hacerse presente en mi espíritu, el cual afirma:

«Solo serán oídas y solo obtendrán respuesta de las


Potencias Superiores, las plegarias que se pronuncien tres
veces»:

«La primera vez por la bienaventuranza y la paz de las almas de los


propios padres».
«La segunda vez, por la bienaventuranza del prójimo».
«Y solo la tercera vez, por uno mismo.»

Considero necesario incluir en la primera página de este libro, ya listo para


ser publicado, el siguiente consejo:

«Lee tres veces cada una de las exposiciones que he


escrito»:
«La primera vez, por lo menos en la misma forma
mecánica en que ya te has acostumbrado a leer los libros
y los periódicos de tu tiempo».
«La segunda vez, como si estuvieras leyéndolo en voz
alta a otra persona».
«Pero solo la tercera vez trata de sondear la médula de
mis escritos».

Únicamente entonces podrás considerarte capaz de lograr un


juicio propio e imparcial, válido para ti solamente, acerca de
mi trabajo. Y solo entonces podrá materializarse mi
esperanza de que logres, gracias a tu comprensión, los
beneficios específicos que desde ahora te anticipo y que deseo
para ti con todo mi ser.

El Autor
Capítulo 40
Belcebú relata cómo los hombres
conocieron y olvidaron
la ley Cósmica Fundamental
de Heptaparaparshinoj

Después que Belcebú hubo escuchado el contenido del «Leitutchanbróss»


que le fuera entregado, su nieto Jassín se dirigió a él y le dijo:
¡Mi querido y bondadoso Abuelo! Por favor, ayúdame a aclarar una
contradicción que no comprendo y que no concuerda con mis
confrontaciones lógicas.
Cuando comenzaste tus elucidaciones relativas al sagrado planeta
Purgatorio, me ordenaste que tratara de captar todo lo que me decías, sin
perder ni una sílaba, y, también me indicaste que mantuviera la tensión
intensiva de mi «mentación activa», de modo que los datos
correspondientes para la formación de la noción relativa a toda cuestión
explicativa de los detalles de ambas leyes cósmicas fundamentales y
sagradas se cristalizaran en mí totalmente. He tratado de hacerlo durante
todas tus elucidaciones y me parece que he logrado aclarar mucho acerca de
estas leyes cósmicas, tanto, que creo que ya podría explicárselas libremente
a alguien.
De cualquier modo, ya puedo representarme perfectamente la Sagrada
ley de Triamazikamno con las particularidades de sus tres fuerzas sagradas
independientes y conocerla satisfactoriamente para mi esencia personal;
pero, en lo que se refiere a la sagrada ley de Heptaparaparshinoj, aunque
no he aclarado completamente ante mi razón algunos de sus detalles de
menor importancia, confío, no obstante, en que con un poco más de
reflexión activa llegaré a comprenderlos también.
Ahora, sin embargo, después que hube percibido claramente —mientras
trataba de asimilar estas sagradas leyes— y tomado consciencia de que son
muy complicadas y de que, en general, una «comprensión completa» resulta
difícil, me asombró de improviso, y sigue asombrándome e interesándome,
el hecho de que los seres tricerebrados que surgen y existen en el planeta
Tierra pudieran no solo comprender estas sagradas leyes cósmicas, sino
también comprobarlas entre los resultados cósmicos que los rodean ya que,
a través de tus relatos referentes a ellos, recibí la impresión de que, desde la
segunda perturbación Transapalniana, cuando cada uno de sus resultados
surgidos recientemente, se convierte en un ser responsable, entra en
posesión, gracias al anormal Oskiano prevaleciente, únicamente de una
«Razón automática».
Y cuando yo mismo traté de entenderlas, me convencí con toda mi
esencia de que es imposible comprender con esa Razón estas dos sagradas
leyes cósmicas.
Habiendo dicho esto, Jassín miró interrogativa y ansiosamente a su
amado Abuelo. Después de pensar unos breves instantes, Belcebú comenzó
a hablar de la siguiente manera:
Muy bien, mi querido muchacho, trataré de aclararte esta natural
perplejidad que ha surgido en tu interior.
Creo haberte dicho ya, que, aunque desde el período que tú mencionaste
casi todos los seres tricerebrados terrestres entran en posesión de una Razón
automática gracias a las circunstancias anormalmente establecidas de su
existencia eseral ordinaria, ocurre a veces que algunos de ellos escapan por
azar a este destino común y se forma en ellos, en lugar de esa Razón
automática que ha llegado a ser habitual allí, una genuina «Razón eseral»
objetiva, tal como ocurre en todos los seres tricentrados de nuestro gran
Megalocosmos.
Aunque tales excepciones son muy raras, especialmente durante los
últimos siglos, no obstante, existen.
Para que puedas comprender aproximadamente cómo entre ellos se
producen estas excepciones, debes saber primero que, a pesar del hecho de
que es propio de ellos poseer una Razón automática durante su existencia
responsable, desde la época en que comenzaron a cristalizarse en ellos todas
las consecuencias de las propiedades del órgano Kundabuffer, no obstante,
siempre y hasta la época actual, durante el surgimiento y al comienzo de la
formación de cada uno de ellos, se encuentran en sus presencias los
gérmenes de todas las posibilidades para la cristalización de los
correspondientes datos eserales que más tarde, durante la existencia
responsable, podrían servir para engendrar la «Razón objetiva», la cual
debería estar en las presencias comunes de los seres tricerebrados de todas
las naturalezas y formas externas y que, en sí misma, no es otra cosa que,
una «representación de la Esencia Misma de la Divinidad».
En el sentido objetivo, la extrema desgracia de tus favoritos, acerca de
eso que tú mismo ya has «sospechado perpleja e instintivamente», según
deduzco de la formulación de tu pregunta y, especialmente, del hecho de
que hayas mencionado al Oskiano, consiste en que ellos, que poseen esas
posibilidades desde que surgen, caen en los primeros días después de la
separación del vientre materno —gracias a las anomalías establecidas en el
proceso de la existencia eseral ordinaria de los seres que ya han alcanzado
la edad responsable— bajo la obstinada influencia de ese medio maléfico,
inventado por ellos para ellos mismos y del que ya te he hablado, que
representa en sí mismo algo semejante al Oskiano, pero que ellos
denominan «educación».
Y en consecuencia, todas las posibilidades para la libre formación de lo
que se necesita para engendrar la «Razón eseral objetiva» se atrofian
gradualmente y finalmente desaparecen en estos infortunados seres surgidos
recientemente y que son, por así decirlo, aún «inocentes en todo», durante
el periodo de su llamada «edad preparatoria», y como resultado, cuando
estos seres surgidos recientemente se convierten en seres responsables, no
entran en posesión de la «Razón objetiva» que deberían poseer, sino de esa
extraña totalidad de impresiones artificiales y engañosas, percibidas
automáticamente que, sin tener nada en común con la localización de sus
partes eserales espiritualizadas adquiere, no obstante, una conexión con los
funcionamientos separados de su presencia común. Como resultado de todo
esto, no solo el proceso total de su existencia fluye automáticamente, sino
que casi todo el proceso del funcionamiento de su cuerpo planetario
comienza a depender de impresiones casuales y externas percibidas
automáticamente.
En casos muy raros, algunos de tus favoritos, que han alcanzado la edad
responsable, entran en posesión de una Razón pura genuina, propia de los
seres tricerebrados responsables. Esto ocurre por lo común del siguiente
modo. Por ejemplo, sucede que, inmediatamente después de la separación
del vientre materno, uno de los seres recién surgidos se encuentra, para el
proceso de su formación subsiguiente, en unas condiciones ambientales en
las que, por alguna razón, todas estas anomalías —de las que está plagado
todo el proceso de la existencia eseral externa de los seres tricerebrados que
habitan en ese malhadado planeta— automáticamente no lo afectan ni
ejercen sobre él, influencia maléfica y, como consecuencia de esto, durante
el proceso de su formación subsiguiente, los gérmenes que están presentes
en él para las posibilidades de adquirir la Razón pura, no tienen tiempo de
atrofiarse hasta las raíces. Y, además, también ocurre a veces que, su guía
responsable durante su edad preparatoria para la existencia responsable y
para la formación posterior de tal ser tricerebrado recientemente surgido en
las condiciones relativamente normales ya mencionadas, es un ser
tricerebrado que se había formado previamente, por casualidad, del mismo
modo y en cuyo funcionamiento de la consciencia despierta en su presencia,
habían participado los datos que permanecieron enteros en su
subconsciencia y que engendraron el impulso Divino de la «Consciencia»,
gracias a la materialización frecuente de los deberes eserales de Partkdolg.
Y así, este mismo guía que es consciente con la totalidad de su Ser de la
importancia de la responsabilidad que ha tomado sobre sí con respecto a
este nuevo ser que, en la forma mencionada, ha alcanzado ya su edad
preparatoria, comienza a crear imparcialmente, para su Oskiano, toda suerte
de «factores internos y externos» para la percepción de las impresiones
correspondientes, con el fin de cristalizar en su presencia común los datos
cuya totalidad pueda dar al ser tricerebrado que ha alcanzado la edad
responsable el poder de ser «Svolibrunolniano» o, como dicen tus favoritos
terrestres, el «poder para no identificarse ni dejarse influir por lo exterior a
través de las propias pasiones inevitables», y este impulso del ser
engendrado en los seres con esos datos, es el único que puede ayudarlos a
adquirir la posibilidad de una constatación libre e imparcial de todos los
fenómenos verdaderos que aparecen en los resultados cósmicos que los
rodean.
Es oportuno repetirte una vez más que, en la mayoría de los planetas de
nuestro Megalocosmos en los que surgen y existen seres tricerebrados, hay
un aforismo muchas veces repetido que se formula con los siguientes
términos:
«Nuestro PADRE COMÚN INFINITO es solo el Hacedor de un ser
tricentrado». Sin embargo, el creador genuino de su esencia durante el
período de su existencia preparatoria es su «Oskianótsner», es decir, aquel
que tus favoritos llaman «tutor» o «maestro».
Y de este modo, incluso durante el último siglo, ocurrió ocasionalmente
que uno de esos terráqueos que habían alcanzado ya la edad responsable y
estaban completamente formados y preparados para las percepciones
externas, en la forma mencionada, al constatar por casualidad una cierta
particularidad, conforme a la ley, entre los resultados cósmicos que lo
rodeaban, comenzó a estudiarla en detalle y desde todos los puntos de vista
y habiendo logrado después de prolongadas y perseverantes labores
alcanzar alguna verdad objetiva, inició a otros seres similares a él en esta
verdad.
Ahora, escucha cómo estos peculiares seres tricerebrados se volvieron
conscientes de la fundamental ley cósmica sagrada de Heptaparaparshinoj
y cómo surgió allí la totalidad de la información concerniente a sus diversos
detalles, perfectamente conocidos por seres previos, y que se había
convertido, después de pasar de generación en generación, en posesión de
todos los posteriores seres tricerebrados del planeta Tierra; y presta atención
también a lo que te diré sobre lo que resultó de todo esto gracias a la
extraña particularidad de su psiquismo. Quiero explicarte todo esto tan
detalladamente como sea posible, con toda la secuencia del curso de su
evolución histórica, tanto en lo que se refiere a la comprobación del
conocimiento de esta sagrada ley como a su gradual olvido, porque
semejante información te ayudará enormemente, en primer lugar, a elucidar
esos «detalles de menor importancia», como tú dijiste, de esta sagrada ley,
que no has transubstanciado aún totalmente en tu Razón; y, en segundo
lugar, aprenderás, gracias a estas elucidaciones mías, que entre tus
favoritos, incluso entre los contemporáneos, aparecen ocasionalmente seres
responsables en la esfera de los verdaderos sabios, y, suponiendo que los
otros seres tricerebrados terrestres existieran en forma más o menos normal,
gracias a los esfuerzos conscientes, imparciales y modestos, de estos seres,
la genuina sabiduría objetiva podría surgir y desarrollarse gradualmente en
ese malhadado planeta, como resultado de lo cual también tus favoritos
podrían alcanzar el bienestar que los seres tricerebrados de todos los otros
planetas de nuestro gran Megalocosmos han alcanzado merecidamente hace
ya mucho tiempo.
Al principio, cuando los seres tricerebrados del planeta Tierra poseían el
órgano Kundabuffer, es indudable que jamás hubieran podido aprender
cualquiera de las verdades cósmicas.
Pero más tarde, cuando fue destruido el funcionamiento de este
maléfico órgano que poseían en sus presencias y cuando, en consecuencia,
su psiquismo se liberó y se volvió, por así decirlo, «propio e individual»,
comenzaron desde ese momento toda suerte de historias relativas a su
mentación eseral «relativamente sensata».
La percepción y el conocimiento de la ley cósmica fundamental de la
sagrada Heptaparaparshinoj por parte de las presencias comunes de estos
seres tricerebrados que han despertado tu interés, comenzó por vez primera
en el continente de la Atlántida, en el período en que, como ya te he dicho,
algunos seres de ese continente comprendieron por sí solos que en ellos
había algo que no estaba «del todo bien» y cuando descubrieron que
poseían ciertas posibilidades para destruir eso que no estaba «del todo bien»
y de llegar a ser lo que debían. Fue precisamente en ese periodo del «fluir
del tiempo» cuando algunos de ellos comenzaron a observar esos
«funcionamientos anormales», según la sana mentación eseral, que tiene
lugar en sus presencias comunes y a investigar las causas de esas anomalías
y a tratar de descubrir toda suerte de posibilidades para expulsarlas de sí
mismos, y cuando muchas ramas de su verdadera ciencia habían alcanzado
un alto grado de desarrollo, surgió un ser tricerebrado terrestre denominado
Teofani, entre el número de los que estaban seriamente interesados por esta
«muy necesaria función de la Razón», como se la llamaba entonces, quien
fue el primero que estableció un fundamento racional para el desarrollo
posterior de esta rama de la verdadera ciencia.
Según me enteré más tarde, este mismo Teofani se encontraba cierta vez
vertiendo una mezcla sobre una plancha de mármol para que se secara,
mezcla que consistía en el extracto de una planta llamada entonces
«Patetuk», resina de pino, y crema de leche de las entonces famosas
«cabras Jenionianas», con el fin de obtener un mástique, que servía para
mascar después de comer; cuando notó, por vez primera, que siempre,
cualquiera que fuera la forma de preparación y la cantidad de la mezcla que
vertía sobre la plancha de mármol, aquélla asumía invariablemente, después
del enfriamiento final, una forma que comprendía siempre siete fases
distintas.
Este hecho, inesperadamente comprobado por Teofani, lo asombró
enormemente y provocó en su presencia común el intenso deseo de elucidar
ante su Razón las causas radicales de esta conformidad con la ley aún
desconocida para él y por consiguiente, desde ese momento, comenzó a
repetir la misma cosa, pero ahora con una finalidad consciente.
Poco después, todavía al principio de esta investigación iniciada por
Teofani, sus amigos, también sabios de aquella época con quienes él
compartió el comienzo de sus diversos experimentos y sobre sus
comprobaciones, se interesaron a su vez y participaron también en sus
investigaciones posteriores.
Bien, pues, después de prolongados y cuidadosos experimentos, este
grupo de seres terrestres instruidos se volvió consciente y se convenció de
forma categórica de que casi todos los resultados cósmicos que observaban
a su alrededor y que se materializaban en el curso de sus manifestaciones en
estados externos transitorios que son percibidos por los órganos de los seres
de una u otra forma definida, presentan siempre siete aspectos
independientes.
Como resultado de los trabajos conscientes de estos sabios tricerebrados
del planeta Tierra, esa rama de la ciencia casi normal comenzó a crecer en
el continente Atlántida con el nombre de «Tazalurinono», lo cual significa
«ciencia de los siete aspectos de todo fenómeno integral».
Pero cuando el continente pereció y no sobrevivió absolutamente nada
de esta rama de la auténtica ciencia, los seres de ese planeta volvieron a
ignorar todo lo relativo a esta sagrada ley cósmica durante el curso de
muchos siglos.
Esta rama científica era evidentemente tan ampliamente conocida en el
continente Atlántida que a nadie le pareció necesario incluir nada acerca de
ella en un Legamonismo, como hacían usualmente los sabios del continente
Atlántida con todos los conocimientos que deseaban transmitir sin
modificaciones a los seres de las generaciones futuras.
El conocimiento relativo a la sagrada Heptaparaparshinoj fue revivido
después de muchísimos siglos, gracias a dos grandes seres terrestres
instruidos, los hermanos «Chun-Kil» y «Chun-Tro-Pel», quienes se
convirtieron más tarde en Santos y se encuentran ahora en el sagrado
planeta Purgatorio, que hace poco tiempo visitamos.
Como recordarás, te dije una vez que en el continente Asia había un
país llamado Maralpleissís y que existía allí un rey de nombre
«Koniutsión», descendiente de aquel miembro instruido de la Sociedad de
los «Ajldaneses», quien había llegado allí desde la Atlántida para observar
diversas clases de fenómenos naturales de ese planeta, precisamente el
mismo rey que había inventado para sus súbditos el «cuento pleno de
sabiduría» que siempre te menciono, con el fin de salvarlos del pernicioso
hábito de mascar las semillas de la flor «Gulgulián».
Bien, entonces, el nieto de este rey «Koniutsión» tuvo un heredero que
más tarde se convirtió en rey de los seres de este grupo, y posteriormente
también dos hijos gemelos del sexo masculino, el mayor de los cuales se
llamó «Chun-Kil-Tes» y el más joven «Chun-Tro-Pel». La palabra «Chun»
significaba «príncipe» en el país Maralpleissís.
Estos dos hermanos, descendientes directos de uno de los principales
miembros de esa gran sociedad científica, al encontrarse en medio de
condiciones satisfactorias durante su «edad preparatoria», se habían
esforzado por sí mismos en no dejar atrofiarse la facultad hereditaria,
presente en ellos como en todo nuevo ser terrestre tricerebrado, de
cristalizar los datos que suscitan el poder de realizar los «deberes eserales
de Partkdolg». Y como, además, la «fuente afirmativa» de las causas de su
surgimiento, esto es, su «padre», decidió destinar la existencia responsable
de sus hijos a la carrera de sabio, tomando todas las medidas necesarias a
fin de prepararlos para ella, estos habían llegado a ser, desde el comienzo
mismo de su edad responsable, casi como son en todos los demás planetas
de nuestro Megalocosmos los seres tricerebrados que eligen la misma Meta,
es decir, que llevan a cabo todas sus investigaciones, y estudios, no para
satisfacer sus debilidades que se llaman «orgullo», «amor propio» —tal
como ocurre con los seres de allá, particularmente los contemporáneos,
cuando escogen la misma carrera—, sino para lograr un más elevado grado
del Ser.
Al principio se convirtieron en «especialistas en medicina», como dicen
allí, y luego, simplemente en sabios.
Pasaron el período de su edad preparatoria y los primeros años de su
existencia responsable en la ciudad de Gob, en el país Maralpleissís, pero,
cuando esta parte de la superficie de ese planeta comenzó a quedar
enterrada bajo la arena, se dirigieron hacia el Este en compañía de muchos
otros refugiados.
Este grupo de seres terrestres, que huían del país Maralpleissís, entre
quienes se encontraban estos hermanos gemelos que más tarde fueron
grandes sabios, cruzaron las cumbres del Este y se radicaron en las
márgenes de una gran extensión de agua.
Estos seres tricerebrados terrestres formaron más tarde, en este país, que
lleva actualmente el nombre de «China», una importante comunidad
existente todavía hoy.
Bien, pues, en ese nuevo lugar permanente de existencia llamado
«China», donde estos dos hermanos fueron los primeros que comprobaron y
conocieron, después de la pérdida del continente Atlántida, la fundamental
ley cósmica del Heptaparaparshinoj sagrado.
Es sumamente interesante y curioso que la fuente inicial de estas
comprobaciones fuera la totalidad de las sustancias cósmicas localizadas
precisamente en esa formación supraplanetaria que ahora se denomina
«Papaverum» o amapola, como también la llaman. Como ya te he dicho,
fue para destruir en sus súbditos el hábito inveterado de masticar estas
semillas que su bisabuelo, el gran Rey «Koniutsión», había inventado su
famosa «enseñanza religiosa».
Es indudable que, junto con la capacidad de considerar y conocer
acertadamente su deber eseral para con los seres similares a ellos, estos dos
grandes sabios terrestres heredaron de su bisabuelo, el gran Rey
«Koniutsión», el interés y la pasión por el estudio de este producto, que
siempre ha constituido para tus favoritos uno de los múltiples factores
funestos que han llevado su psiquismo, ya bastante debilitado de por sí, a su
degeneración definitiva.
Para que puedas imaginarte y comprender mejor la causa por la cual una
formación planetaria tan pequeña como la llamada «Gulgulián» o amapola
permitió a estos grandes sabios terrestres redescubrir esa gran ley cósmica,
debes saber, ante todo, que en todos los planetas, en todas las formaciones
supraplanetarias e intraplanetarias y particularmente en aquellas que
constituyen lo que se llama la «flora», surgen con el propósito de
transformar las sustancias cósmicas comunes durante el proceso de
«Iraniranocome», tres clases de cristalizaciones.
Las cristalizaciones que corresponden a la primera clase se denominan
«surgimientos Unastralnianos»; las que pertenecen a la segunda clase,
«surgimientos Ojtastralnianos» y las correspondientes a la tercera,
«surgimientos Polormedérticos».
Los surgimientos Unastralnianos intervienen en la transformación de
los procesos evolutivos e involutivos de las cristalizaciones cósmicas o
«elementos activos» que solo surgen de las sustancias transformadas por el
propio planeta en el que se forma esa clase de formación supraplanetaria o
intraplanetaria para los propósitos del Iraniranocome común cósmico.
A través de los surgimientos Ojtastralnianos se transforman, además de
los ya mencionados, los elementos activos cuyo surgimiento primario se
produce en las sustancias transformadas por el sol mismo y los otros
planetas del sistema solar correspondiente.
Y, a través de los surgimientos de la tercera clase, es decir, los
Polormedérticos, se transforman además de las dos primeras clases de
elementos activos, los que surgen de la transformación de las sustancias de
diversas concentraciones cósmicas pertenecientes a otros «sistemas
Solares» de nuestro Megalocosmos común.
La formación supraplanetaria de la flora que te he mencionado, que en
tu planeta llaman Papaverum o «flor de amapola», pertenece a la clase de
los surgimientos Polormedérticos y a través de ella evoluciona o
involuciona la llamada «totalidad de los resultados de la transformación» de
todas las otras «concentraciones cósmicas del centro de gravedad» que
llegan a la esfera de tu planeta a través del proceso cósmico común de la
llamada «propagación universal de las radiaciones de todas las
concentraciones cósmicas».

Bien pues, querido nieto, después que estos dos grandes sabios
terrestres, Chun-Kil y Chun-Tro-Pel, hubieron arreglado el nuevo lugar
permanente de existencia en la entonces joven China, continuaron con la
materialización intencional de los «deberes eserales de Partkdolg» en sus
presencias comunes, —que había sido interrumpida por causas ajenas a
ellos—, en el campo de la profesión que habían elegido para su existencia
responsable, es decir, la «investigación científica» en la rama llamada
«medicina».
Comenzaron a investigar la totalidad de las sustancias cósmicas que tus
favoritos ya habían aprendido a obtener de la mencionada planta
Polormedértica y que ellos denominaban opio, palabra que en el lenguaje
de los seres de ese grupo significaba «hacedor de sueños».
Estos dos grandes hermanos comenzaron entonces a investigar el opio
como consecuencia del hecho de que ellos, al igual que muchos otros seres
tricerebrados de esa época, observaron que, absorbiendo cierto extracto de
esta substancia, desaparecía temporalmente cualquier sensación dolorosa.
Al principio, se dedicaron a elucidar la acción de todas sus propiedades,
quizá con el objeto de encontrar una posibilidad de destruir o mejorar por
medio de alguna de estas propiedades, esa «enfermedad psíquica» que en
aquel entonces era muy común entre los refugiados que los rodeaban.
Durante estas investigaciones notaron, en primer término, que el opio
consiste en siete cristalizaciones independientes con propiedades subjetivas
definidas.
Y, a medida que su trabajo progresaba, comprobaron definitivamente
que cada una de estas siete cristalizaciones independientes consistía, a su
vez, en otras siete cristalizaciones también definidas con sus siete
propiedades subjetivas independientes y éstas, a su vez, en otras siete, y así
casi infinitamente.
Esto los asombró y los interesó tanto que dejaron de lado todos los
problemas que se habían planteado antes y se dedicaron desde entonces
exclusivamente y con perseverancia, a la investigación de este hecho que
los había asombrado, llegando finalmente a esos resultados sin precedente
—aun en los tiempos en que existía el continente Atlántida—, y sin
equivalente en lo sucesivo, en cualquier época entre los seres tricerebrados
del planeta Tierra.
Muchos siglos después del periodo de la existencia planetaria de estos
grandes sabios terrestres que ahora son los Santos Chun-Kil-Tes y Chun-
Tro-Pel, cuando me enteré detalladamente de la historia de sus actividades,
con motivo de una de mis elucidaciones, resultó que, cuando se hubieron
convencido más allá de toda duda de que esa totalidad de sustancias
cósmicas que se denomina opio consiste en toda una escala de compuestos
con siete «elementos activos con diversas propiedades subjetivas»,
comenzaron a investigar con el mismo fin muchos otros «resultados
cósmicos» o «fenómenos», como dicen allí, que tenían lugar en su medio.
Pero posteriormente, se limitaron a tres de ellos, a saber, este mismo
«opio», el llamado «rayo blanco» y lo que se denomina «sonido».
Al investigar estos tres resultados diversamente manifiestos de los
procesos cósmicos, se convencieron categóricamente, entre otras cosas, de
que, aunque estos tres resultados nada tienen en común el uno con el otro en
lo que respecta a las causas de su surgimiento y a sus manifestaciones
externas, su construcción y su funcionamiento interiores son, sin embargo,
exactamente similares hasta en los más pequeños detalles.
En resumen, por segunda vez en ese planeta, en la entonces joven
China, después de la desaparición del continente Atlántida, estos dos
hermanos gemelos volvieron a comprobar categóricamente, que todos los
fenómenos separados y exteriormente independientes —si cada uno de ellos
se considera como una unidad— constituyen, en la totalidad de sus
manifestaciones, siete unidades independientes secundarias que poseen
propiedades subjetivas propias; que estas siete unidades independientes
secundarias consisten, a su vez, en siete unidades terciarias, y así casi hasta
el infinito; y que en cada una de estas unidades primarias, secundarias,
terciarias, etc., los procesos de relación recíproca y de influencia recíproca
se producen exactamente de la misma forma, incluso en los más pequeños
detalles, y con iguales consecuencias.
Ellos definieron por primera vez, durante sus investigaciones, los siete
primeros aspectos independientes que habían tomado del resultado total, así
como sus derivados secundarios y terciarios y les dieron nombres
separados.
Esto es, llamaron a los siete primeros aspectos de cada conjunto:

1. Erti-pikan-on
2. Ori-pikan-on
3. Sami-pikan-on
4. Ojti-pikan-on
5. Juti-pikan-on
6. Epsi-pikan-on
7. Shvidi-pikan-on

Y a los de segundo orden:

1. Erti-nura-chaka
2. Ori-nura-chaka
3. Sami-nura-chaku
4. Ojti-nura-chaka
5. Juti-nura-chaka
6. Epsi-nura-chaka
7. Shvidi-nura-chaku

Y para poder distinguir a cuál de los tres resultados de los procesos


cósmicos se refería la definición dada, agregaron lo que sigue después de
cada una de estas definiciones:
Para la definición de los aspectos del sonido, después de haber anotado
el número de sus vibraciones, siempre añadían a esto la palabra «Alil».
Para la definición de las particularidades de los componentes del «rayo
blanco» agregaban la expresión «Nar-jra-nura».
Y para definir los elementos activos del producto Polormedértico
llamado opio, agregaban solamente el número de su «peso específico».
Finalmente, con el objeto de determinar las vibraciones específicas y el
peso específico, esos grandes sabios de la Tierra, tomaron como unidad de
base, la vibración del sonido, que ellos fueron los primeros en llamar
«sonido mundial Niriunosiano».
Más tarde te explicaré algo acerca del significado de la expresión
«sonido mundial Niriunosiano» adoptada por primera vez por estos dos
grandes sabios terrestres. Pero, mientras tanto, y para que puedas
comprender más claramente mis futuras elucidaciones del mismo tema,
debes saber también que, en todos los planetas, los verdaderos sabios
utilizan como unidad estándar de sus cálculos confrontativos sobre el peso
específico y las vibraciones específicas, lo que la ciencia objetiva define
como la más pequeña partícula del muy sagrado Teomertmalogos y que aún
contiene toda la plenitud de la llamada «vivificación» de las tres fuerzas
santas de la sagrada ley de Triamazikamno; sin embargo, en tu planeta,
tanto los verdaderos sabios, como los de la nueva formación de todas las
épocas, consideran como unidad estándar el llamado «átomo de hidrógeno»
para los mismos fines, esto es, para los cálculos confrontativos de todas las
partes definidas de propiedades diversas de cualquier totalidad que hayan
llegado a conocer, —como por ejemplo, para el peso específico de diversos
elementos activos que están presentes en las esferas que rodean su
existencia— y, por alguna razón desconocida, consideran que este átomo de
hidrógeno es indivisible y también el más pequeño.
No debemos pasar por alto el hecho de que esos «lamentables sabios
terrestres» no sospechan siquiera que si este átomo de hidrógeno es
indivisible y el más pequeño en todas las esferas de su planeta, ello no
significa que no pueda romperse en otros fragmentos dentro de los límites
de otros sistemas solares o incluso en las esferas de ciertos otros planetas de
su propio sistema solar.
De paso, debes saber que este «hidrógeno» es precisamente una de las
siete sustancias cósmicas que materializan en su totalidad, especialmente
para el sistema solar dado, la llamada «octava Ansapalniana interior» de las
sustancias cósmicas, octava independiente que a su vez, es la séptima parte
independiente de la fundamental «octava Ansapalniana común cósmica».
En el sistema solar, al que pertenece nuestro querido Karataz, existe
igualmente una «octava Ansapalniana interior» independiente y cuyas siete
sustancias cósmicas heterogéneas de propiedades diferentes, han recibido
de nosotros los siguientes nombres:

1. Planokurab, que es precisamente su hidrógeno


2. Alilonofarab
3. Krilnomolnifarab
4. Talkoprafarab
5. Jritofalmonofarab
6. Siriunorifarab
7. Klananoizufarab

Los verdaderos sabios terrestres de diversos períodos definen con varios


nombres estas mismas cristalizaciones relativamente independientes de
diferentes propiedades o, de acuerdo con su terminología, elementos
activos, que componen la «octava Ansapalniana interior» de su propio
sistema solar; los sabios químicos contemporáneos, sin embargo, que
pertenecen ya a la «nueva formación», las denominan:

1. Hidrógeno
2. Flúor
3. Cloro
4. Bromo
5. Yodo

No tienen ningún nombre para las dos últimas cristalizaciones porque no


recibieron dichos nombres de sus antepasados, y en la actualidad no
sospechan la existencia de estas dos sustancias cósmicas en su planeta,
aunque éstas constituyen los principales factores necesarios para su propia
existencia.
Estas dos últimas sustancias cósmicas que podrían ser completamente
tangibles y accesibles en todas las esferas de su propio planeta, eran
conocidas hace más o menos dos siglos por los seres sabios terrestres
llamados «alquimistas» —pero a quienes los «extraños sabios»
contemporáneos llaman simplemente «charlatanes», considerando que
«explotaban la ingenuidad humana»— y de ellos recibieron el nombre de
«Hydro-umiak» y «Piotrkarniak».

Y así, querido niño, estos grandes sabios terrestres, ahora Santos, los
hermanos gemelos Chun-Kil-Tes y Chun-Tro-Pel, fueron los primeros,
después de la pérdida de la Atlántida, en restablecer los fundamentos de
esta ciencia. No solo volvieron a establecer el fundamento de ese «conjunto
de informaciones especiales», sino que también fueron los primeros
terráqueos que comprobaron dos de las tres particularidades fundamentales
presentes en esa gran ley de la que ya te hablé, esto es, fueron los primeros
en comprobar sus dos Mdnel-Inn; y llamaron a esta rama de la verdadera
ciencia, similar a la que se denominaba en el continente Atlántida, «ciencia
de los siete aspectos de todo fenómeno integral», el nombre de la ley de
«Nueve», y la llamaron así porque agregaron a las siete «manifestaciones
bien diferenciadas», que ellos denominaban «Duztzakos», de esa gran ley,
esas dos particularidades que ellos fueron los primeros en comprobar y que
llamaron «Suanso-Tura-bitzo», nombre que significaba «aspecto
obligatoriamente discontinuo del libre curso de la totalidad». Y le dieron
este nombre principalmente porque durante sus investigaciones se
convencieron más allá de toda duda de que, en todos los «resultados
cósmicos transitorios», estas particularidades por ellos descubiertas
ocurrían siempre obligatoriamente en ciertos lugares del proceso de esa
gran ley.
Estos dos grandes e instruidos seres chinos terrestres recurrieron en sus
investigaciones elucidatorias a toda clase de experimentos «químicos»,
«físicos» y «mecánicos» y finalmente construyeron un aparato experimental
muy complicado y sumamente instructivo que denominaron «Ala-atapan».
Por medio de ese aparato Ala-atapan, pudieron entonces probarse a sí
mismos y demostrar a los demás que esos tres «resultados transitorios» de
los procesos cósmicos, es decir, el producto Polormedértico llamado
«opio», en el «rayo blanco» y en el «sonido», tenían en su misma esencia
una propiedad común, esto es, que en esos tres fenómenos cósmicos
exteriormente distintos tenían exactamente la misma «estructura de
realización», lo que les daba, para manifestarse, la misma «conformidad
con las leyes generadora de acciones recíprocas» y que en virtud de esa
«conformidad» con las leyes, esas tres manifestaciones aparentemente
independientes y exteriormente diferentes, tenían una sobre la otra, la
misma acción que dentro de sus propios límites. Es decir, que el Duztzakos
de cualquier resultado actúa sobre el correspondiente Duztzakos de otra, tal
como funciona en el Duztzakos que constituye uno de los siete aspectos de
ese otro resultado cósmico integral.
Muchos siglos después del período en que ellos existieron vi con mis
propios ojos este mismo aparato utilizado por estos dos grandes hermanos
para sus experimentos elucidatorios y llegué a familiarizarme con su
construcción.
Ya que la razón de las circunstancias accidentales que me condujeron a
conocer todos los detalles de la construcción y de funcionamiento de ese
notable instrumento experimental Ala-atapan se debió a mi amigo esencial
el Gornajur Jarjar, y como seguramente te interesará y te resultará
sumamente instructivo te la describiré con mayores detalles.
Mi estudio personal y exhaustivo de este sorprendente aparato Ala-
atapan —que, gracias al Gornajur Jarjar se hizo famoso entre los sabios
genuinos de nuestro Megalocosmos— tuvo lugar a causa de las siguientes
circunstancias casuales:
Durante una de mis visitas al planeta Saturno en compañía de mi amigo
esencial el Gornajur Jarjar, éste, que había oído hablar del aparato, me pidió
cierta vez que le trajera uno de estos aparatos experimentales del planeta
Tierra, si iba allí alguna vez.
Así, cuando volví a visitar la superficie de tu planeta favorito, conseguí
uno de estos aparatos y lo llevé conmigo al planeta Marte, para enviarlo
desde allí a mi amigo el Gornajur Jarjar en el planeta Saturno en cuanto se
presentara una ocasión favorable.
Y así, como consecuencia del hecho de que nuestra nave Ocasión no
viajó al planeta Saturno durante mucho tiempo, este aparato Ala-atapan
permaneció en mi casa en el planeta Marte y con frecuencia dentro de la
esfera de la percepción automática de mis órganos de la vista; y, durante un
período de descanso de la mentación activa, lo examiné atentamente y
llegué a conocer muy bien todos los detalles de su construcción y de su
funcionamiento.
Este famoso aparato experimental Ala-atapan consistía de tres partes
independientes:

1. La parte anterior se llamaba «Lussotchepana».


2. La intermedia, «Dzendvoj».
3. Y la última, la parte posterior, se denominaba «Riank-Pojortarz».

Cada una de estas tres partes consistía, a su vez, en varias adaptaciones


especiales y separadas.
La primera parte, denominada Lussotchepana, poseía un tubo especial
de forma cónica, cuyo extremo más ancho estaba herméticamente encajado
en el marco de la única ventana de la habitación donde se realizaban los
experimentos y el otro extremo era una pequeña abertura en forma de
hendidura con un «disco colector», a través del cual pasaban los rayos de la
«luz del día» que entraban por la ventana y que se transformaban en un
«rayo blanco concentrado», como dirían tus favoritos.
Este rayo blanco concentrado, después de pasar por un cristal de forma
especial, se quebraba en siete «rayos coloreados» distintos, los cuales caían
sobre una pequeña plataforma de marfil llamada «pirindyel».
Este pirindyel estaba construido y regulado de tal manera que los rayos
coloreados que caían sobre él volvían a concentrarse, pero esta vez de otra
manera y, después de pasar a través del segundo cristal, que también tenía
una forma especial, caían sobre una plataforma más grande, hecha de marfil
y denominada «Polorishburda».
Frente a este Polorishburda, había un pequeño aparato de construcción
especial con el cual, cuando se lo movía en cierta forma, cualquier rayo
coloreado podía ser dirigido desde este Polorishburda hacia la tercera parte
del Ala-atapan, denominada «Riank-Pojortarz».
De paso, te resultará interesante saber que el conocimiento relativo a la
construcción del primer cristal de esta parte del aparato Ala-atapan ha
llegado también a tus favoritos contemporáneos que lo denominan ahora
«prisma».
A través de este prisma, los sabios contemporáneos del planeta Tierra
obtienen también del rayo blanco siete rayos coloreados y también se
imaginan que por medio de esto pueden llegar a saber algo acerca de otros
fenómenos cósmicos.
Pero, naturalmente, nada se logra con estas fantasías ni con todas las
otras formas de «titilación científica» terrestre, porque lo que obtienen a
partir del rayo blanco a través de este prisma no es otra cosa que los
llamados «rayos coloreados negativos» y, para comprender cualquier otro
fenómeno cósmico relacionado con los cambios transitorios de este rayo
blanco, deben obtener necesariamente los llamados «rayos coloreados
positivos».
Sin embargo, tus favoritos contemporáneos imaginan que los rayos
coloreados que obtienen por medio de este juguete, que ellos llaman
«prisma», son precisamente los mismos «rayos positivos» obtenidos por los
grandes sabios; y, con su ingenuidad habitual, creen que el «espectro», que
ellos obtienen del rayo blanco sigue exactamente el mismo orden de
aparición de los rayos que aquél en que surgen de su fuente.
Pero en lo que concierne a estos lamentables sabios terrestres de la
nueva formación, lo único que uno puede hacer es utilizar la expresión que
ellos mismos usan con frecuencia: «¡Que se los lleve el diablo!».
Por algo es que varios de nuestros Individuums Sagrados llaman
«farsantes» a tus favoritos contemporáneos.

Y así, gracias a estos dos cristales, aquellos dos grandes sabios


obtuvieron los rayos coloreados positivos del rayo blanco y, más tarde, con
la ayuda de la plataforma Polorishburda parte central del Lussotchepana,
cada uno de esos rayos coloreados era dirigido sobre la tercera y principal
parte de ese sorprendente aparato, es decir, sobre el Riank-Pojortarz.
Esta parte principal consistía en un soporte ordinario de tres patas en
cuyo vértice estaban encajadas dos esferas, también de marfil, dispuestas
una sobre la otra siendo la esfera superior mucho más grande que la
inferior.
En la esfera inferior y más pequeña había una cavidad de forma especial
situada exactamente frente a esa parte del Lussotchepana por la cual habían
pasado ya los rayos positivos coloreados, y en ella se colocaba el
mencionado producto Polormedértico llamado opio o bien sus elementos
activos necesarios para los experimentos.
La esfera superior estaba perforada diametralmente, en dirección
horizontal con respecto al Lussotchepana, y en la misma, había otra
perforación radial perpendicular a la primera, pero que llegaba solo hasta el
centro.
Esta segunda perforación estaba hecha de tal modo que se podía dirigir
los rayos coloreados como se quisiera, directamente desde el
Lussotchepana o reflejados desde la cavidad de la pequeña esfera inferior.
A través de la perforación más larga de la esfera superior, podía
moverse libremente una pieza de lo que ellos llaman «bambú» previamente
preparada de una forma especial.
Mucho tiempo antes del experimento, estos bambúes eran puestos en
remojo en absoluta oscuridad o bien con luz anaranjada, como se dice en la
Tierra, que se obtenía quemando «Simkalash» proveniente de cierta clase de
«arcilla» depositada en el suelo de tu planeta y cuyos depósitos se
encuentran generalmente cerca de las acumulaciones de «ácidos
Salunilovianos» formados ellos mismos de «Masmolina» o, como dicen tus
favoritos, «nafta».
Estos bambúes eran puestos en remojo en un líquido compuesto de:

1. La clara de huevo de un ave llamada «Amersamarskanara».


2. Savia de la planta denominada «Tchiltunaj».
3. El excremento de un ser cuadrúpedo conocido con el nombre de
«Kesmaral».
4. Una «amalgama de mercurio» especialmente preparada.

Cuando estos bambúes estaban completamente empapados, se los insertaba


uno por uno en otros bambúes más gruesos, que no habían sido preparados
de la forma mencionada, y cuyos extremos estaban herméticamente
cerrados.
Naturalmente, estas últimas preparaciones también se hacían en
oscuridad absoluta o en la luz anaranjada de Simkalash.
Más tarde, cuando se necesitaba, con miras a un experimento, uno de
esos bambúes empapados, un extremo del bambú más grueso no empapado
se insertaba en la perforación que atravesaba la esfera superior del Riank-
Pojortarz y se abría con la ayuda de un pequeño gancho sujeto a un palo
delgado, por medio del cual se podía mover el bambú empapado con la
velocidad deseada.
Ahora bien, tal era la acción del líquido utilizado para empapar el
bambú, que la parte del bambú empapado donde caía el rayo coloreado —
que provenía directamente del Lussotchepana o después de ser reflejado en
la cavidad de la pequeña esfera inferior— quedaba instantánea y
permanentemente teñida del mismo color que el rayo que había caído sobre
ella.
Los lugares descubiertos de estos bambúes empapados se teñían
también de colores correspondientes a las «vibraciones de los sonidos» que
los afectaban, y que se obtenían de las llamadas cuerdas que se encontraban
en la parte central del aparato, denominada Dzendvoj.
Ese Dzendvoj consistía en un marco muy sólido de forma especial,
hecho de colmillos de «mamut», sobre el cual estaban tendidas numerosas
cuerdas de diversa longitud y espesor, unas hechas de «tripas de cabra»
retorcidas y otras de pelos de la cola de seres de formas exteriores variadas.
Dime, por favor, mi querido Abuelo, ¿qué es un mamut? —preguntó
Jassín—.
Un mamut, replicó Belcebú, es un ser bicerebral. Existieron en otra
época en tu planeta y poseía una forma exterior muy grande en
comparación con otros seres terrestres de diversos tipos de sistemas
cerebrales.
También esta clase de ser fue una víctima de las consecuencias de la
catástrofe en el curso de la cual se desprendió del planeta Tierra, ese gran
fragmento llamado ahora Luna, convertido en lo que he llamado un
«advenedizo planetario» independiente en el seno del sistema solar Ors, y
que sigue siendo para tu desafortunado planeta la fuente principal de todo el
mal.
La cuestión es que, cuando la atmósfera de ese pequeño «advenedizo»
planeta comenzó a formarse y se volvió gradualmente armoniosa, surgieron
grandes vientos en la atmósfera del planeta Tierra, debido a lo cual, varias
regiones de su superficie —creo que ya te he hablado acerca de esto—
quedaron enterradas en la arena; además, la nieve caía constantemente en
las regiones polares llamadas «norte» y «sur» de su atmósfera, y todas las
depresiones de la superficie de estas dos regiones polares de la tierra firme
quedaron cubiertas por la nieve.
Esos seres llamados «mamuts», solían existir en las mencionadas
regiones de la superficie de tu planeta, y durante estas terribles «tormentas
de nieve», quedaron también enterrados por la nieve y desde entonces su
especie nunca ha sido restablecida allá.
Es interesante observar que, aun hoy se encuentran a veces los cuerpos
planetarios bien conservados de estos «mamuts» en estas depresiones
cubiertas de nieve, que más tarde fueron cubiertas por «Kashiman», esto es,
por la sustancia que constituye en la superficie de tu planeta lo que se
denomina «suelo».
Estos cuerpos planetarios de «mamuts» se han conservado tan bien
durante tanto tiempo porque la nieve quedó muy pronto cubierta por
Kashiman produciéndose así la situación de «aislamiento Jlaniano», esto
es, como dirían tus favoritos, las condiciones de una esfera herméticamente
cerrada, en la cual estos cuerpos planetarios de «mamuts» no han estado
expuestos jamás a la «descomposición», es decir, que los elementos activos
que constituyen, en general, estos cuerpos planetarios, no han
involucionado totalmente hasta su «primer origen».

Y así, muchacho, el sorprendente aparato «Ala-atapan» que te describí


demostró que los tres «resultados transitorios» de los procesos cósmicos no
solo son iguales en sus manifestaciones internas, sino que también están
formados por los mismos factores.
Por medio de ese aparato, fue posible verificar que, en cada uno de esos
tres resultados transitorios de los procesos cósmicos comunes, y que nada
tienen en común el uno con el otro en cuanto a lo exterior, se realizaban en
forma exactamente similar las llamadas «acciones recíprocas, provenientes
la una de la otra, para constituir un funcionamiento común» y que, en
cuanto a las particularidades evolutivas e involutivas de la ley de
Heptaparaparshinoj, en cada una de esas etapas intermedias la acción del
funcionamiento total de uno de esos resultados ejercía una influencia sobre
la acción de otro en la etapa intermedia correspondiente, exactamente como
en el interior de sus propios límites —por otra parte que— existía una
completa afinidad entre esos resultados cósmicos transitorios en cuanto a
las propiedades de las vibraciones que los constituían.
Esa completa afinidad en las relaciones internas mutuas de esos tres
resultados transitorios que exteriormente no tienen nada en común el uno
con el otro, fue comprobada de la siguiente manera:

Por ejemplo, un rayo coloreado, dirigido sobre cualquier


elemento activo del opio, lo transformaba en otro elemento
activo cuyas vibraciones recientemente adquiridas
correspondían a las vibraciones del rayo coloreado que había
actuado sobre él.
Se obtenía el mismo resultado si, en lugar de rayos
coloreados, se dirigían las correspondientes vibraciones
sonoras de las cuerdas del Dzendvoj sobre ese mismo
elemento activo.
Además, si se hacía pasar cualquier rayo coloreado a
través de cualquier elemento activo del opio, ese mismo rayo
tomaba otro color, a saber, el color cuyas vibraciones
correspondían a las vibraciones de ese elemento activo; o si se
hacía pasar cualquier rayo coloreado a través de las llamadas
«vibraciones de las ondas sonoras» provenientes de la cuerda
correspondiente del Dzendvoj, aquél tomaba otro color
correspondiente a las vibraciones manifestadas por medio de
la cuerda dada.
Finalmente, si tal rayo coloreado y tales vibraciones
sonoras eran dirigidas simultáneamente sobre cualquier
elemento activo del opio, elegido entre aquellos que poseían
menor número de vibraciones que la totalidad de las
vibraciones del rayo coloreado y el sonido, ese elemento
activo del opio era transformado en otro, cuyo número de
vibraciones correspondía exactamente al total de las
vibraciones surgidas de esas dos causas diferentes, y así
sucesivamente.
Ese incomparable aparato experimental demostró también
que las más altas vibraciones de un resultado siempre
imponían su dirección a todas las vibraciones inferiores de
otros «resultados cósmicos transitorios».

Después de todo lo que acabo de relatarte, querido nieto, estás en


condiciones de comprender ciertas informaciones gracias a las cuales
podrán cristalizarse en tu mentación los datos que permitirán representarte
por una parte la forma general que tomaron en China los resultados de la
labor tenaz, imparcial y consciente de estos santos, los hermanos gemelos y
por otra parte, el grado de deterioro sucesivo de la Razón eseral en la
presencia de esos infortunados seres tricerebrados terrestres.
Y así, por segunda vez en la existencia de esos seres tricerebrados que
han despertado tu interés, vi surgir en la aún joven China, gracias a los dos
grandes sabios terrestres, los hermanos gemelos, una rama independiente de
la verdadera ciencia, constituida por «la totalidad de la información
concerniente a la cuestión especial» de la que había tomado conciencia
plenamente la Razón perfeccionada de los seres tricerebrados de épocas
anteriores, y referente a la sagrada ley cósmica fundamental del
Heptaparaparshinoj, llamada entonces «ley de nueve», esta rama de la
ciencia no solo pasó de generación en generación de manera casi normal y
sin sufrir modificaciones durante los dos o tres siglos siguientes a la época
del sagrado Raskuarno de los grandes hermanos gemelos, sino que, gracias
a otros verdaderos sabios que les sucedieron, se hizo más «detallada» y se
hizo accesible a los seres ordinarios mismos.
Esto ocurrió principalmente porque persistió entre ellos la práctica —
establecida por los sabios del continente Atlántida— de transmitir esa
información a los seres de las generaciones posteriores solo a través de los
seres que eran verdaderos iniciados.
No debo dejar de destacar y de reconocer con convicción que, si esa
práctica establecida desde mucho antes hubiera continuado, aunque fuera
automáticamente, en el proceso de la existencia de esos infortunados seres
tricerebrados que han despertado tu interés, la totalidad de información
verdadera plenamente conocida por la Razón de sus antepasados
«relativamente normales» hubiera podido permanecer intacta y convertirse
en la posesión de tus favoritos contemporáneos; y aquellos que se esfuerzan
constantemente por no convertirse en víctimas de las consecuencias del
maldito órgano Kundabuffer habrían sacado ventaja de esa información
para que les ayudaran en su «lucha interior», vuelta ya casi imposible.
Para desgracia de todos los Individuums «relativamente independientes»
y más o menos conscientes de nuestro Gran Megalocosmos, y de todos los
seres tricerebrados posteriores que surgieron en ese malhadado planeta
durante el período mencionado, es decir, durante dos o tres de sus siglos, se
produjo la deformación gradual y la destrucción casi total de esa bendición
que había sido creada para ellos por sus grandes antepasados gracias a sus
«trabajos conscientes» y a sus «sufrimientos voluntarios».
Esto se debió a dos causas:

1. La primera fue que, gracias a las mismas circunstancias anormales


de la existencia eseral externa establecidas por ellos mismos, algunos
de tus favoritos al convertirse en seres responsables, desarrollaron
esa «necesidad psicoorgánica» particular que se hubiera podido
formular así en su lengua:
«Una sed irresistible de ser considerados como sabios por los
seres que los rodean».
Y esa «necesidad psicoorgánica» comenzó a engendrar en ellos
esa extraña inherencia de la que ya te he hablado y que ellos llaman
«astuta sabihondez».
De paso, querido niño, recuerda siempre que cuando utilizo la
expresión «sabios de la nueva formación», me refiero siempre a esos
favoritos tuyos que poseen esa inherencia específica.
2. La otra causa se debía a ciertas circunstancias temporales,
independientes de ellos, debidas a procesos comunes cósmicos, y
principalmente a la acción de la ley de Soliunensius, y bajo la
influencia de las cuales comenzaron a debilitarse, en la presencia
común de los verdaderos iniciados de allá, los datos eserales
cristalizados en ellos para engendrar los impulsos llamados
«penetración» y «previsión». Empezaron entonces a considerar a los
tipos de nueva formación como los que te he descrito como si fueran
de los suyos, y a iniciarlos en algunas de las verdaderas
informaciones cuyo conjunto era conocido por ellos solos; desde
entonces esa rama de la verdadera ciencia, que se había convertido
ya en una posesión de la mayoría de ellos, comenzó a ser deformada
y fue, por último, casi completamente olvidada.

He utilizado la palabra «casi» ya que después de ese periodo, apenas fue


restablecido un proceso de existencia eseral relativamente normal, ciertos
elementos de ese conjunto de importantes informaciones objetivamente
verdaderas, fueron transmitidas de nuevo a las generaciones posteriores
única y exclusivamente a través de los «verdaderos» iniciados y
transmitiéndose de generación en generación, han llegado intactos a un
número muy reducido por cierto, de tus favoritos contemporáneos.
De todo ese conocimiento verdadero logrado y acabadamente conocido
por sus grandes antepasados remotos, quedaron como posesión de tus
favoritos contemporáneos varios fragmentos prácticos sin mayor
importancia que llegaron a ellos automáticamente y que se difundieron
ampliamente entre la mayoría de los seres ordinarios de la entonces joven
China, en el confuso período mencionado.
Entre esos fragmentos sin importancia que llegaron automáticamente a
la mayoría de tus favoritos contemporáneos figuran, en primer término,
varios métodos para separar del producto Polormedértico llamado opio
algunos de sus elementos activos independientes; en segundo término, la
llamada «ley de combinación de los colores»; y, en tercer lugar, la
denominada «escala sonora de siete tonos».
En lo que se refiere a la primera de esas tres informaciones relativas a
los resultados prácticos logrados por la Razón de los seres tricerebrados de
la antigua China, es necesario que sepas que, como consecuencia del hecho
de que algunas de las partes constituyentes de ese producto llamado opio
fueron desde entonces —gracias a las propiedades especiales de su
agradable acción sobre la psiquis general anormal de los seres— utilizadas
continuamente por ellos; por consiguiente, el conocimiento de muchos
métodos para obtener algunos de sus elementos activos independientes
comenzaron a transmitirse de generación en generación y llegaron a tus
favoritos contemporáneos.
En la actualidad, ellos extraen todavía un gran cantidad de sus distintos
elementos y los emplean ávidamente para satisfacer, como siempre, las
consecuencias de las propiedades del órgano Kundabuffer cristalizadas en
ellos.
Esos elementos extraídos de la composición general de ese producto
Polormedértico tienen, naturalmente, otros nombres entre tus favoritos
contemporáneos.
Un «peculiar sabio químico» contemporáneo, cierto Mendeleev, llegó a
reunir los nombres de todos los elementos activos que se obtienen ahora y a
clasificarlos de acuerdo con sus «pesos atómicos».
Aunque su clasificación no corresponde en absoluto a la realidad, no
obstante, de acuerdo con estos pesos atómicos, es posible establecer
aproximadamente la clasificación efectuada entonces por los dos grandes
sabios terrestres de la China.
Los «químicos terrestres» solo poseen el conocimiento relativo a la
obtención de cuarenta y dos de los casi cuatrocientos elementos activos que
constituyen el opio, y estos elementos activos reciben en la Tierra los
siguientes nombres:

1. Morfina
2. Protopina
3. Lantopina
4. Porfiroína
5. Opio o narcotina
6. Paramorfina o tebaína
7. Formina o pseudomorfina
8. Metamorfina
9. Gnoscopina
10. Oleopina
11. Atropina
12. Pirotina
13. Readina
14. Tiktutina
15. Kolotina
16. Xantalina
17. Zutina
18. Tritopina
19. Laudamina
20. Laudanosina
21. Podotorina
22. Arjatosina
23. Tokitosina
24. Liktonosina
25. Meconidina
26. Papaverina
27. Criptonina
28. Kadminina
29. Kolomonina
30. Koilononina
31. Cotarmina
32. Hidrocotarmina
33. Opianina (meconina)
34. Meconoiozina
35. Listotorina
36. Fiktonosina
37. Codeína
38. Narceína
39. Pseudocodeína
40. Microparaína
41. Microtebaína
42. Messaína

La última vez que estuve en ese planeta, oí decir que los sabios
contemporáneos de la comunidad de Alemania poseían métodos para
separar del opio varios otros elementos activos independientes.
Pero como yo ya estaba convencido de que los «sabios»
contemporáneos de esa comunidad casi no hacen otra cosa que fantasear y
de que, además, como los seres de la antigua Grecia, no preparan nada
bueno o beneficioso para las generaciones futuras, no me interesé por estos
nuevos «descubrimientos científicos», como dicen tus favoritos, y no
conozco los nombres de ninguno de los nuevos elementos activos de la
actualidad.
En lo que se refiere a la segunda de las informaciones de los resultados
prácticos alcanzados por la Razón de los seres de la antigua China y que ha
llegado a los seres contemporáneos, esto es, el conocimiento relativo a la
«ley de la combinación de los colores» toda la información relativa a él ha
pasado casi continuamente de generación en generación, pero cada año
sufrió un cambio cada vez mayor siendo finalmente olvidado en los últimos
dos siglos.
En la actualidad, cierta información relativa a esta ley continúa
transmitiéndose y es conocida solo por seres tricerebrados terrestres que
pertenecen a la comunidad llamada «Persia», pero ahora que la influencia
de la llamada «pintura europea contemporánea» se extiende
automáticamente cada vez más en este grupo, cabe esperar que también esta
información se evapore, como dice nuestro estimado maestro, «rápida y
totalmente».
Y en cuanto a la «escala sonora de siete tonos» que los antiguos seres
chinos les transmitieron, debo informarte acerca de eso con la mayor
cantidad posible de detalles, ya que, en primer lugar, gracias a esa
información, entenderás mejor las leyes de las vibraciones en las que
pueden comprobarse y conocerse todas las peculiaridades de la sagrada ley
de Heptaparaparshinoj; y, en segundo lugar, porque llevé a casa, entre las
cosas intencionalmente fabricadas por tus favoritos para el uso diario en su
existencia general, un «instrumento productor de sonidos» llamado
«piano», en el cual las «cuerdas» generadoras de sonidos están colocadas y
pueden ser afinadas de la misma manera que en el Dzendvoj, esto es, la
segunda parte especial del famoso aparato experimental Ala-atapan que fue
creado por los grandes hermanos gemelos.
Cuando regresemos a nuestro querido Karataz, podré hacerte una
demostración directa en ese piano de lo que se llama «el orden de sucesión
de los procesos de la fusión recíproca de las vibraciones». Gracias a mis
explicaciones prácticas podrás representarte mejor y comprender hasta
cierto punto cómo y en qué orden se efectúa en nuestro gran Megalocosmos
el proceso del Muy Grande Trogoautoegócrata, y la manera en que surgen
las grandes y pequeñas concentraciones cósmicas.
En cuanto a la forma en que ese fragmento relativo a los «resultados
prácticos» del antiguo conocimiento verdadero sobrevivió y llegó
automáticamente a tus favoritos contemporáneos, elucidaré en primer
término lo relativo a esa definida ley de las vibraciones que fue formulada
por vez primera por los grandes hermanos como las «ley de las vibraciones
de sonidos de siete centros de gravedad».
Te dije ya al principio, que, mientras ese conjunto de informaciones
verdaderas o ese fragmento de «verdaderos conocimientos» era transmitido
por los seres de una generación a los seres de las generaciones posteriores
únicamente por medio de verdaderos iniciados, no solo el sentido exacto
que allí había sido insertado se mantuvo en toda su integridad, sino que
también comenzó, gracias a otros sabios verdaderos que les sucedieron, a
ser más «detalladas» y se hicieron accesibles a la percepción de los seres
tricerebrados terrestres ordinarios.
Entre el número de esos sucesos apareció, siglo y medio después del
sagrado Raskuarno de los santos hermanos, un verdadero sabio llamado
King-Tu-Toz, quien, basándose en los principios de la construcción de la
parte media del aparato Ala-atapan, denominada Dzendvoj, propuso una
teoría muy detallada con el nombre de «evolución e involución de las
vibraciones» y, para confirmar su teoría construyó un aparato especial de
demostración que denominó «Lav-mertz-noj», el cual, de paso, llegó a ser
muy conocido entre casi todos los sabios del Gran Megalocosmos.
El mencionado aparato Lav-mertz-noj, consistía, como la parte media
del Ala-atapan, en un marco muy sólido sobre el cual se extendían
muchísimas cuerdas hechas con las tripas y el pelo de diversos seres
cuadrúpedos terrestres.
Un extremo de esas cuerdas estaba sujeto a uno de los bordes del marco
y, el otro, a unas clavijas insertada en el otro borde.
Estas clavijas estaban ajustadas de tal modo que podían girar libremente
en los orificios correspondientes y las cuerdas fijadas a ellos podían ser
tensadas o aflojadas tanto como fuera necesario para el número de
vibraciones que se quería obtener.
Entre las numerosas cuerdas tendidas en el Lav-mertz-noj, cuarenta y
nueve estaban coloreadas de blanco y la «totalidad de las vibraciones» de
cada una de ellas, es decir, el sonido definido producido por sus
oscilaciones, era denominado «centro de gravedad de la octava». Ese
sonido determinado correspondía a lo que tus favoritos llaman ahora «un
tono».
Cada grupo de siete cuerdas, que producía esos «sonidos centros de
gravedad» o «tonos completos» era denominado entonces, y lo sigue
siendo, una «octava».
En el aparato Lav-mertz-noj estaban entonces tendidas unas cuerdas que
representaban siete octavas de «tonos completos», cuya armonía total
producía el llamado «Janziano sagrado», es decir, precisamente lo que los
dos grandes hermanos sospechaban, y que coincidía casi exactamente con
lo que ellos habían denominado «Sonido mundial Niriunosiano».
Cada una de estas octavas de cuerdas del Lav-mertz-noj producía la
totalidad de vibraciones que, de acuerdo con los cálculos de los grandes
hermanos gemelos, correspondía al conjunto de las vibraciones de todas las
sustancias cósmicas, provenientes de siete distintas fuentes independientes,
sustancias que constituyen uno de los siete centros de gravedad de la
«octava cósmica fundamental Ansapalniana».
En el Lav-mertz-noj este sabio ser chino King-Tu-Toz, afinaba
separadamente cada cuerda blanca, de tal modo que diese el número
proporcional de vibraciones que debía encontrarse, según los cálculos de los
grandes hermanos, en las sustancias que constituían uno de los siete centros
de gravedad del conjunto dado de sustancias, el cual, constituye a su vez
uno de los siete centros de gravedad de la octava cósmica fundamental de
las sustancias.
En el Lav-mertz-noj, cada octava, como cada tono de la octava, poseían
nombres propios:

La octava superior de las cuerdas:


Era llamada «Aratchiaplmuish»
La segunda octava superior:
«Erkordiapán»
La tercera superior:
«Erordiapán»
La cuarta superior:
«Tshorordiapán»
La quinta superior:
«Piandyiapán»
La sexta superior:
«Vetserordiapán»
La séptima superior:
«Ojterordiapán»

Y las «cuerdas centro de gravedad» estaban pintadas de blanco y se


llamaban del mismo modo en todas las octavas, pero se les agregaba el
nombre de la octava correspondiente.
Esos tonos completos se llamaban:

El primero, en la parte superior de la octava:


«Adashtanas»
El segundo:
«Evotanas»
El tercero:
«Gevorgtanis»
El cuarto:
«Maikitanas»
El quinto:
«Midotanas»
El sexto:
«Lukotanas»
El séptimo:
«Sonitanis»

Los seres contemporáneos de la Tierra llaman a estos mismos tonos


completos: «do», «si», «la», «sol», «fa», «mi», «re».
De paso, querido nieto, para que la grandeza de estos dos santos te sea
aún más evidente, quiero llamar tu atención sobre el hecho de que los
cálculos que ellos hicieron para establecer la «calidad de vivificación de las
vibraciones del sonido», que de acuerdo a lo que suponían, correspondía a
la vivificación de las fuentes cósmicas de las sustancias, resultaron coincidir
casi exactamente con la realidad.
Su mérito era tanto mayor por cuanto no poseían, como seres terrestres,
ninguna información verdadera acerca de esto. Y si lograron hacer
suposiciones correctas y cálculos casi exactos sobre toda clase de verdades
cósmicas objetivas, fue gracias exclusivamente a sus esfuerzos conscientes
y a su sufrimiento voluntario.
Luego este sabio, King-Tu-Toz, dispuso en el Lav-mertz-noj, en ciertos
puntos de cada octava, entre las cuerdas blancas correspondientes a los
tonos completos, otras cinco cuerdas pintadas de negro. Llamó a estas
cuerdas negras «semisajsajsa», lo cual, según la terminología de los seres
de la Tierra, correspondía a lo que ellos denominan «semitonos».
En el Lav-mertz-noj, ninguna de estas cuerdas «semitonos» estaba
tendida en los espacios que separaban aquellas cuerdas de los tonos
completos, entre las cuales, de acuerdo con las indicaciones de los santos
Chun-Kil-Tes y Chun-Tro-Pel, y conforme a la sagrada ley
Heptaparaparshinoj, no hay posibilidad de evolución ni de involución
independiente de las vibraciones de sonido, espacios que ellos fueron los
primeros en denominar «intervalos». Y en los lugares precisos de la octava
donde estos «intervalos» debían encontrarse, este sabio ser, King-Tu-Toz
colocó, entre los tonos, cuerdas especiales hechas de pelo de la cola de los
seres llamados allá «caballos».
Estas cuerdas de pelo producían vibraciones que no eran siempre las
mismas y que King-Tu-Toz las llamó «vibraciones caóticas».
El número de vibraciones producidas por estas cuerdas no dependía de
su grado de tensión, como en el caso de las otras cuerdas, sino de otras
causas; principalmente, de las tres causas provenientes de los resultados
cósmicos circundantes, a saber:

1. La acción de las vibraciones dispersas a su alrededor y ocasionadas


por otras cuerdas del Lav-mertz-noj.
2. El estado de lo que se llama la «temperatura de la atmósfera» en un
momento dado.
3. Y las radiaciones de los seres cercanos, sin distinción de sistemas de
cerebros.

En ese Lav-mertz-noj se habían dispuesto igualmente, en cada octava, entre


esas cuerdas blancas, las negras y las de pelo, catorce cuerdas hechas de
«tripas retorcidas», las cuales estaban pintadas de rojo y se denominaban
«Kisskestchur», y si los seres contemporáneos de la Tierra usaran esas
cuerdas, las llamarían «cuartos de tono».
Además de todo esto, las «cuerdas cuartos de tono» que se encontraban
a cada lado de las cuerdas de pelo, estaban colocadas de tal modo que las
vibraciones que producían podían modificarse a voluntad en cualquier
momento, ajustando o aflojando las cuerdas y, de este modo, las vibraciones
podían ser reguladas y fusionadas con las «vibraciones caóticas» emitidas
por las cuerdas de pelo.
Y eso se hacía porque, gracias a las vibraciones frecuentemente
cambiantes de las cuerdas de pelo, —cuya calidad dependía, como ya te lo
he dicho, de la temperatura de la atmósfera, de las radiaciones de los seres
presentes en las cercanías y de muchas otras causas— daban a las
vibraciones de esas «cuerdas rojas» cuando no se fundían con las
vibraciones de las cuerdas de pelo, la propiedad de actuar sobre los seres
presentes de una manera muy «cacofónica y perniciosa», pudiendo llegar a
causar su destrucción total.
Sin embargo, con la frecuente modificación de la tensión de las cuerdas
rojas y con la fusión de sus vibraciones con las vibraciones generales
provenientes del Lav-mertz-noj, se conseguía su inocuidad, es decir, las
vibraciones generales provenientes del Lav-mertz-noj se convertía para los
seres que las escuchaban en una «oleada de armonía» y dejaba de tener
sobre ellos una acción nociva.

Y así, querido niño, ese aparato Lav-mertz-noj y también la detallada


teoría de ese ser sabio y consciente de los tiempos antiguos King-Tu-Toz,
sufrieron el mismo destino que el incomparable aparato Ala-atapan y la
totalidad de la información verdadera conocida por los dos hermanos.
Debido a la formación continua y creciente, en algunos de tus favoritos
de ese nuevo tipo de sabio que tiene una tendencia inherente de astuta
sabihondez, la totalidad de esta información se alteró gradualmente y su
sentido y su significación verdaderos fueron totalmente olvidados.
Y en lo que se refiere a la forma en que el principio básico de la
disposición de las cuerdas en el aparato Lav-mertz-noj y también de la parte
del aparato Ala-atapan, llamada Dzendvoj, llegó automáticamente a tus
favoritos contemporáneos, ocurrió debido a las siguientes razones:
Cuando el momento más crítico del mencionado «período confuso»
hubo pasado, algunos fragmentos, permanecidos intactos, de todos esos
grandes logros de la Razón de los seres tricerebrados terrestres
«relativamente normales», fueron transmitidos de nuevo a las generaciones
siguientes de la forma que ya había sido previamente establecida en el
proceso de su existencia ordinaria, es decir, la transmisión por medio de
seres que ya habían merecido convertirse en verdaderos iniciados y habían
adquirido los conocimientos propios de tales. Sin embargo, año tras año,
aumentaba entre ellos el número de los seres responsables afectados con la
inherencia que te acabo de mencionar; fue entonces cuando apareció en esa
misma China un ser tricerebrado, de nombre Tchai-Yu, que llegado a la
edad responsable, se convirtió, también él, en un «sabio de nueva
formación». Ese Tchai-Yu constituyó la causa de que el conocimiento y la
adopción práctica de esta «escala sonora de siete tonos» se volvieran
accesibles a la mayoría, y se transmitieran automáticamente, de generación
en generación, hasta tus favoritos contemporáneos.
En los primeros años de su existencia responsable, ese Tchai-Yu fue
designado —gracias a algunos de sus correspondientes méritos subjetivos—
candidato a «iniciado de primer orden» por consiguiente, le fue dispensada
sin que él lo supiera, una ayuda por aquél a quien le incumbía, según se
acostumbraba a hacer desde hacía mucho tiempo entre los verdaderos
iniciados, con el fin de obtener toda suerte de informaciones relativas a
diversos sucesos verdaderos que habían tenido lugar en su planeta en el
pasado.
Según lo demostraron mis investigaciones detalladas, Tchai-Yu se hizo
merecedor de que se le informara de todos los detalles de construcción del
gran aparato Lav-mertz-noj.
Fue entonces, con el único fin de verse considerado como un «sabio»,
por los seres que lo rodeaban, cuando ese Tchai-Yu, que fue uno de los
primeros «sabios de la nueva formación idealmente formados», esto es, un
ser con una «inherencia de la sabihondez completamente formada», no solo
inventó una teoría propia, basada en esa información relativa a los detalles
del gran aparato Lav-mertz-noj —que ni afirmaba ni negaba absolutamente
nada con respecto a las leyes de la vibración— sino que también construyó
un nuevo «instrumento productor de sonidos», simplificado, al que
denominó «King».
Su simplificación consistía en que, sin tener absolutamente en cuenta ni
las cuerdas rojas ni las cuerdas de pelo tendidas sobre el Lav-mertz-noj,
construyó su aparato productor de sonidos únicamente con las cuerdas
blancas y negras, conservando el número de cuerdas correspondiente a dos
octavas, y las colocó en tal orden que la octava entera del medio disponía,
para su desarrollo evolutivo e involutivo, de la mitad de la octava superior
siguiente y de la mitad de la octava inferior precedente.
Y de ese modo, aunque la «sabihonda» teoría de ese Tchai-Yu tampoco
duró mucho, no obstante, el instrumento productor de sonidos «King» se
volvió generalmente accesible gracias a su simplicidad; y como los
resultados que se obtenían de él por una acción intencional demostraron ser
excelentes y de los más aptos, haciendo «titilar» muchos de los datos
cristalizados en las presencias comunes de los seres gracias a las
consecuencias de las propiedades del órgano Kundabuffer, comenzó a pasar
automáticamente de generación en generación.
Si bien la forma exterior de ese instrumento productor de sonidos, así
como la construcción de su armazón, la tensión de las cuerdas y sus
nombres fueron modificados muchas veces por los seres de las
generaciones siguientes hasta convertirse finalmente en los pesados
instrumentos productores de sonidos de tus favoritos contemporáneos,
complicados hasta la idiotez —y que no corresponden en nada a su fuerza
física vuelta al nivel de la infancia— tales como el «clavicémbalo», el
«clavicordio», el «órgano», el «piano de cola», el «piano vertical», el
«armonio», etc., sin embargo, el principio básico de la llamada «alternación
de los sonidos centro de gravedad» ha permanecido en la época actual tal
como fue materializado por los santos hermanos Chun-Kil-Tes y Chun-Tro-
Pel en el Dzendvoj, es decir, la parte media independiente que ellos crearon
para el incomparable aparato experimental Ala-atapan.
Por ello, muchacho, esa «subdivisión china de la octava sonora en siete
tonos», simplificada por el mencionado Tchai-Yu, que ha llegado hasta tus
favoritos contemporáneos y que estos utilizan ahora para todos los
instrumentos productores de sonidos que te he enumerado, podría aún,
como ya te he dicho, servir para el «estudio comparativo directo» y para el
conocimiento aproximado de la forma como las sustancias cósmicas de
«densidad» y «vivificación» diversa, se constituyen en el curso del gran
proceso del Muy Grande Trogoautoegócrata, a partir de lo que se llama el
«flujo de las vibraciones surgidas unas de otras» y de la manera como ellas
se unen y se desunen para formar grandes y pequeñas concentraciones
«relativamente independientes» realizando así el Iraniranocome cósmico
común.
Además, pronto te convencerás claramente de esto, cuando al regresar a
nuestro querido Karataz, te explique prácticamente tal como te lo he
prometido, el significado del principio de afinación de ese instrumento
productor de sonidos contemporáneo, el piano; que elegí entre otros objetos
en la superficie de tu planeta favorito y que traje conmigo para elucidar
experimentalmente en mi hogar, con toda tranquilidad —por no haber
tenido tiempo de hacerlo allá mismo—, una de sus particularidades y que
está relacionada con el extraño psiquismo de esos seres tricerebrados que
han despertado tu interés y con las vibraciones de vivificación diversa
engendradas alrededor de ellos.
Y ahora te comunicaré, una pequeña comprobación que hice durante mi
última estancia entre ellos: los seres terrestres contemporáneos, a pesar de
que han hecho, de esta «subdivisión china en siete tonos» la base de todos
sus «instrumentos productores de sonido» y que perciben cada día sus
resultados, no solo no están inspirados por eso —como debería estarlo
desde un punto de vista objetivo— sino que, por el contrario, mantienen
intencionalmente en sí mismos bajo la acción de esa clase de consonancia,
sin remordimiento alguno e incluso con un impulso de satisfacción, el flujo
de aquellas asociaciones que surgen en sus presencias comunes, en todas
sus partes espiritualizadas, bajo la influencia de los datos cristalizados en
ellos por las consecuencias de las propiedades de ese maldito órgano
Kundabuffer.
Después de esa demostración práctica con el piano, estoy seguro de que
tendrás, no solo una representación aproximada de todo lo referente a las
llamadas «vibraciones centro de gravedad surgidas unas de otras y que se
fusionan armoniosamente», sino también comprobar una vez más, con un
impulso de asombro, hasta qué punto se ha debilitado en las presencias
comunes de tus favoritos, la esencia de la acción de esos datos eserales que
deben, en general, cristalizarse en la presencia de todos los seres
tricerebrados y cuyo conjunto se llama «sutileza del instinto».

Y así, querido nieto, dada por una parte, la continua degradación, en la


presencia común de tus favoritos, de la calidad del funcionamiento de los
datos cristalizados en ellos para la sana mentación eseral y, por el otro, el
número siempre creciente de los que, entre ellos, se volvían seres
responsables de nuevo «tipo, —es decir—, sabios de nueva formación», los
seres tricerebrados contemporáneos que pueblan ese desafortunado planeta
no heredaron nada de este «conjunto de informaciones» detalladas, casi sin
precedentes en el Universo, de las que la razón de sus semejantes tenía
antaño plenamente conciencia y que hoy día es utilizado para el bien de los
seres tricerebrados ordinarios en todos los planetas de nuestro
Megalocosmos, a excepción del único planeta en que él hizo su aparición;
mas nada, digo, a no ser lo que nuestro siempre estimado Mulaj Nassr
Eddín define con las siguientes palabras:
«Alabado seas, Oh Creador, por no haber hecho los
dientes del lobo como los cuernos de mi querido búfalo, ya
que hoy en día puedo hacer toda clase de primorosas peinetas
para mi amable esposa».

Y en lo que se refiere a la «subdivisión china de la octava en siete tonos»


aunque ha llegado hasta tus favoritos contemporáneos, y la utilizan
ampliamente en el proceso de su existencia ordinaria, sin embargo ni
siquiera sospechan que esa subdivisión fue especialmente creada y
edificada según los principios inquebrantables sobre los cuales descansan
todas las cosas existentes en nuestro Megalocosmos.
Si no tenemos en cuenta ese número insignificante de seres
tricerebrados pertenecientes a ciertos grupos pequeños existentes en el
continente de Asia y que han percibido instintivamente el sentido oculto de
esa «división china de un sonido entero en siete centros de gravedad
distintos» y que limitaban su aplicación práctica a aquellas de sus
manifestaciones eserales que consideran sagradas, podemos afirmar con
toda certeza que, en las presencias de casi todos los seres tricerebrados que
surgieron en tu planeta favorito han cesado por completo de cristalizarse, en
el curso de los últimos siglos, los datos que permiten reconocer la elevación
del pensamiento y el significado contenidos en esa división. Y tanto en ese
mismo continente de Asia, como en todo el resto de la tierra firme de la
superficie de tu planeta, los seres contemporáneos habiendo perdido ya toda
suerte de sensibilidad instintiva, emplean esa división con el único fin de
satisfacer sus deseos mezquinos, indignos de seres tricerebrados.
Pero, lo más interesante que hay en toda la historia que acabo de
relatarte respecto al conocimiento que han tenido de la sagrada ley de
Heptaparaparshinoj los seres tricerebrados que habitan en tu planeta, y que
se refiere en particular a los seres contemporáneos, es que, a pesar de la
gran cantidad de informaciones de toda clase —o, como ellos mismos
dicen, «distintos ramos del conocimiento científico» que han surgido de
nuevo entre ellos y los cuales deben esforzarse en «empollar», según su
expresión— la «ley de las vibraciones», aunque constituye el ramo más
importante, el que proporciona la posibilidad, al menos aproximada, de
reconocer la realidad, permanece totalmente desconocida para ellos, salvo
que tomemos en cuenta, por supuesto, la celebrada «teoría del sonido» que
surgió hace relativamente poco y que es «seriamente» estudiada y
«conocida» por los llamados «sabios físicos» y «sabios músicos»
contemporáneos.
Para darte una «imagen luminosa» de la esencia de tus favoritos
contemporáneos, poniendo en evidencia diversos malentendidos surgidos en
el dominio de ese ramo de la ciencia y vastamente difundidos entre algunos
de ellos —malentendidos característicos y que podrán servirte como un
excelente material para la representación y evaluación del sentido e
importancia objetiva de todos los demás ramos independientes de su
«ciencia exacta» contemporánea— considero necesario explicarte con
mayores detalles qué teorías relativas a las «vibraciones de los sonidos» se
estudian allí y son conocidas por esos «funestos sabios» terrestres
contemporáneos.
Pero antes de referirme a esto, mi esencia un vez más ordena a la
totalidad de mi presencia común expresar mi sincera compasión por el
destino de todos los seres tricerebrados terrestres contemporáneos, que,
gracias a sus perseverantes «deberes eserales de Partkdolg», alcanzan
finalmente el estado correspondiente a ese grado de Razón en que se hace
inevitable que también posean en sus presencias los datos de la genuina
información relativa a la ley de las vibraciones.
Esto me vuelve a la memoria ahora mismo, por asociación, con un
impulso de piedad, porque encontré, más de una vez, durante mi última
estancia entre ellos, algunos de esos seres tricerebrados, a los que se les
había hecho indispensable, debido al estado de su «perfeccionamiento
psíquico», percibir y asimilar verdaderas informaciones sobre la ley de las
vibraciones y, al mismo tiempo, comprendía que obviamente ellos no tenían
fuente alguna de donde extraer esa clase de informaciones.
Es verdad que en la actualidad existe entre ellos un «conjunto de
informaciones» semejante, o, como ellos la denominan, una «teoría de las
vibraciones», pero los infortunados seres contemporáneos que tienen
necesidad de esta información no pueden, a pesar de sus deseos y de sus
esfuerzos, obtener nada tolerablemente satisfactorio de sus investigaciones,
salvo diversos conceptos erróneos y contradicciones.
Y de este modo, querido nieto, la base del surgimiento de esos
malentendidos terrestres fue el hecho de que ciertos fragmentos de
informaciones relativas a la «ley de las vibraciones», llegaron a los seres
contemporáneos de dos fuentes independientes, a saber, de los antiguos
chinos y de los antiguos griegos, acerca de los cuales, como recordarás, te
he dicho ya que su comunidad se formó hace mucho tiempo entre los
continentes Asia y Europa, constituida por pescadores asiáticos que, a causa
de su aburrimiento durante el mal tiempo, inventaron diversas «ciencias»
entre las que figuraba, precisamente, esta «ciencia de las vibraciones del
sonido».
Y esta ciencia, pasando de generación en generación, llegó hasta tus
favoritos contemporáneos casi simultáneamente con la mencionada ciencia
china.
La causa de todos los malentendidos posteriores provinieron de que, en
la información que llegó a ellos desde los antiguos chinos, se demostraba
que una «octava completa de vibraciones» contenía «siete trastes», es decir,
que la octava se componía de «siete sonidos centros de gravedad», mientras
que, en las informaciones griegas, se decía que la «octava completa de
vibraciones» comprendía cinco «trastes», es decir, que la octava se
componía de cinco centros de gravedad o de cinco tonos.
Ahora bien, por el solo hecho de que el funcionamiento de los datos
cristalizados en el curso de los últimos siglos en la presencia de tus
favoritos, para una «comprensión eseral lógica» se hace casi «a la inversa»,
y que, según su corta mentación lógica, esas dos informaciones de fuentes
diferentes les parecieron igualmente verosímiles, los seres de la civilización
contemporánea que se habían puesto a cocinar, con tanta facilidad, como si
fueran tortillas, toda clase de «especialidades científicas», cayeron en un
estado de gran «perplejidad», y durante varios años no pudieron llegar a
decidir, entre estas dos informaciones totalmente contradictorias, a cuál
darle la preferencia para adoptarla y admitirla entre las ramas de su «ciencia
oficial».
Después de mucho «gastar saliva», como dicen ellos, para no ofender a
nadie y, al mismo tiempo, para que esta rama de su ciencia, comprendiese a
la vez estas dos teorías contradictorias que les habían llegado desde los
tiempos antiguos, decidieron finalmente reunirlas en una sola. Y un poco
más tarde, uno de ellos, llamado «Jaidorópulo», inventó una larguísima
explicación «matemática» de este malentendido, precisando por qué una de
las teorías hablaba de una división de la octava en siete «tonos», mientras
que en la otra se la divide en cinco «tonos», y por qué y cómo había
ocurrido semejante contradicción; desde entonces sus explicaciones
matemáticas apaciguaron por completo a todos los representantes
calificados de la civilización contemporánea, de modo que hilvanan hoy,
con la conciencia tranquila, todas sus «fantasmagorías» referentes a las
vibraciones según las explicaciones de «este buen Jaidorópulo».
Estas explicaciones matemáticas se fundamentaban en las siguientes
consideraciones:
Este buen Jaidorópulo calculaba, de una manera solo conocida por él, el
número de vibraciones de los «siete tonos» chinos; luego explicaba que, en
la octava china de siete tonos, los tonos llamados «mi» y «si» no eran
realmente tonos enteros, sino solamente semitonos, puesto que el número
de sus vibraciones correspondía casi al de los semitonos griegos que, de
acuerdo con la división de la octava griega, se encontraban precisamente
entre los tonos chinos «mi» y «fa» y «si» y «do».
Luego emitió la hipótesis, de que probablemente también les era
cómodo a los chinos tener unos «trastes», es decir, unos «centros de
gravedad» de la voz, en estos semitonos y que, por consiguiente, no
dividían sus octavas en cinco tonos como los griegos, sino en siete tonos, y
así sucesivamente.
Después de esta explicación del tal Jaidorópulo, todos los sabios
contemporáneos de la nueva formación se tranquilizaron definitivamente,
como ya lo dije, pegando una etiqueta a la nueva rama de su «ciencia
oficial».
Desde entonces, esta rama existe entre ellos con el nombre de «teoría de
la ley de las vibraciones» y, como diría nuestro sabio maestro Mulaj Nassr
Eddín, «está a sus anchas».
A propósito de esto, me acuerdo de otra sabia sentencia que, quiéralo o
no, no puedo dejar de expresar en voz alta; también proviene de nuestro
siempre estimado Mulaj Nassr Eddín, quien la formula así:

«¡Eh!… ¡Ustedes, peculiares Kurfuristanos! ¿Qué diablos


puede importarles tener una mula o una liebre para sus labores
de campo? ¿Acaso no tienen ambas cuatro patas?».

Naturalmente, tus favoritos contemporáneos no saben, y ni siquiera


sospechan, que sus dos divisiones de la octava en tonos, divisiones que
denominan «china» y «griega», han surgido por dos causas enteramente
diferentes; la primera, esto es, la división china, es como ya te he dicho, el
resultado del conocimiento profundo que tenían, de la ley de
Heptaparaparshinoj los dos grandes hermanos gemelos, sabios que
permanecen sin igual en la Tierra; la segunda, esto es, la división griega, fue
edificada sobre la única base de los «trastes de la voz» naturales en los
seres griegos, en la época en que fue compuesta esa «octava griega de cinco
tonos».
Los «trastes de la voz» o, como se los llama aún a veces, «sonidos
ligeros de voz», se constituían y se constituyen todavía en tus favoritos en
números casi igual al de las concentraciones independientes entre las cuales
se dividían y se dividen todavía. Y es así porque estos sonidos ligeros de la
voz se forman, en general, en los seres, a partir de numerosas condiciones
ambientales, exteriores e interiores, independientes de ellos: geográficas,
hereditarias, religiosas y aun a partir de la «calidad de la alimentación» o de
la «calidad de las influencias recíprocas», y así sucesivamente.
Naturalmente, tus favoritos contemporáneos no pueden comprender que
a pesar de todo su deseo y de todos sus esfuerzos, los antiguos griegos, «por
consciente que haya sido su actitud al respecto», no hallaron, en la división
de la octava de sonidos en tonos determinados, ni más ni menos que esos
cinco tonos enteros. En efecto, la totalidad de las condiciones interiores y
exteriores, independientes de ellos, no les permitía apoyarse, cuando se
dedicaban a cantar, más que en sus «cinco trastes de la voz».
Se llaman «trastes» o «sonidos centros de gravedad de la voz», entre los
diferentes sonidos producidos por los órganos apropiados, aquellos que los
seres emiten —según unas propiedades fijadas en ellos y dependientes del
funcionamiento general de su presencia, propiedades que son a su vez, el
resultado de la herencia y de facultades adquiridas— en una manifestación
libre, suelta y de larga duración, sin provocar tensión alguna de sus demás
funciones distintas. En otras palabras, hay «trastes» cuando el ritmo del
resultado de esta manifestación se armoniza perfectamente en ellos con las
otras funciones de su presencia común, cuyo ritmo está fijado ya por todas
las condiciones interiores y exteriores de su existencia eseral común.
Debido a diversas condiciones de carácter local y a ciertas cualidades
hereditarias, en los seres de casi cada grupo o de cada región geográfica, se
constituyen diferentes «trastes» o «sonidos centros de gravedad»; por eso la
división de la octava en tonos difiere totalmente entre los seres según el
lugar de la superficie de tu planeta que habitan.
En la actualidad, existen entre tus favoritos grupos que poseen la
capacidad de emitir no solamente cinco o siete «sonidos centros de
gravedad», sino hasta trece o aun diecisiete tonos de la octava de los
sonidos.
Para ilustrar lo que acabo de decirte, los seres de cierto grupo muy
pequeño que habitan en el continente de Asia nos servirán de excelente
ejemplo. Me gustaba mucho oírlos cantar, porque poseían, entre otras
capacidades fisiológicas —aunque tenían datos para la manifestación de
solo tres «trastes»— la de emitir en su canto hasta cuarenta sonidos
distintos bien determinados.
Sus cantos eran magníficos y, sin embargo, cualquiera que fuese la
amplitud de su voz, la tranquilidad de emisión y la duración de las
vibraciones del sonido dependía de uno de sus tres «trastes orgánicos».
La particularidad fisiológica de los seres de este pequeño grupo,
consistía en mantener constantemente, en la octava entera de su voz,
cualquiera que fuese el número de los sonidos producidos, una «totalidad
invariable de vibraciones» apoyándose en los tres únicos trastes innatos en
ellos, trastes que, durante toda la duración de su manifestación, tenían la
propiedad de provocar en la presencia completa de otro ser lo que se llama
una «centralización» o un «eco».
Comprendí esto muy claramente cuando, interesado en sus cantos, me
puse a investigar esta particularidad, tan rara entre tus favoritos
contemporáneos, por medio de tres «diapasones» especiales que hice
fabricar y de varios «vibrómetros», sumamente sensitivos, que me
pertenecían y que había inventado para mí, mi amigo esencial el Gornajur
Jarjar.
La división china de la octava en tonos enteros no tomaba en cuenta
para nada esa propiedad eseral.
Esa «división de la octava en siete tonos enteros» lo mismo que las
informaciones que constituyen la totalidad de ese ramo especial de la
ciencia relativa a la ley de Nueve, estaban basadas en los resultados de los
trabajos conscientes y de los sufrimientos voluntarios de los dos grandes
hermanos gemelos, cuyos cuerpos supremos se hicieron así dignos de ser
beatificados, y residen ahora en el sagrado planeta adonde hemos tenido
recientemente la dicha de visitar.

Lamento muchísimo, querido nieto, que me sea imposible con el


instrumento productor de sonido contemporáneo, el piano, que traje de tu
planeta, explicarte plenamente las leyes de las vibraciones surgidas de todas
las fuentes, y que realizan el «Ensembluizar» cósmico común, tal como fue
posible hacerlo a la perfección en el notable Lav-mertz-noj, creado por el
sucesor de los dos grandes hermanos, un sabio no menos grande, el chino
King-Tu-Toz.
En ese notable «aparato de experimentos» lav-mertz-noj, King-Tu-Toz
dispuso y afinó, de acuerdo con los cálculos realizados por los grandes
hermanos, tantas cuerdas generadoras de vibraciones como fuentes
sucesivas hay en el Universo, desde cualquier planeta hasta el Protocosmos,
en la presencia de los cuales las vibraciones de las sustancias cósmicas,
modificándose conforme a la ley, se fusionan de forma requerida en el curso
del proceso Trogoautoegocrático, para la materialización del conjunto de las
realizaciones ulteriores.
Sin embargo, si bien ese instrumento productor de sonidos, el piano, que
traje de la superficie de tu planeta constituye una muy típica invención de
tus favoritos contemporáneos, todavía sería posible —debido al hecho de
que, como ya te he dicho, la afinación fundamental de las cuerdas de sus
tonos enteros y de sus semitonos no ha sido modificada aún— demostrar
experimentalmente, observando el orden de fusión de las vibraciones
emitidas por las cuerdas de la manera requerida, las leyes que rigen las
vibraciones surgidas de una cualquiera de las octavas cósmicas
fundamentales de las sustancias, es decir, surgidas de uno de los siete
conjuntos de fuentes fundamentales. Uno puede así representarse y conocer
cómo se engendran unas a otras todas las vibraciones, y cómo actúan unas
sobre otras, sea cual fuere su fuente; porque, como ya te he dicho, todos los
cosmos de escala diferente, lo mismo que cada una de las siete partes
independientes de esos cosmos, y cada una de sus manifestaciones son casi
en todo similares al Megalocosmos, y en cada una de esas unidades las
fuentes séptuples de vibraciones ejercen unas sobre otras las mismas
acciones recíprocas que aquellas que se ejercen en el Megalocosmos; por
consiguiente, habiendo comprendido las leyes de las vibraciones para
cualquiera de los centros de gravedad, es posible comprenderlas
aproximadamente para todos los centros de gravedad, a condición, claro
está, de que uno tenga en cuenta la diferencia de escala que existe entre
ellos.
Lo repito, si se afinan de la manera requerida las cuerdas de ese piano y
se provocan las vibraciones requeridas en las cuerdas correspondientes, la
fusión de las vibraciones que de ello resulta coincide casi exactamente, aun
desde un punto de vista matemático, con el conjunto de vibraciones de las
sustancias provenientes de las fuentes cósmicas adecuadas conforme a la
sagrada ley del Heptaparaparshinoj.
En ese piano, las vibraciones de cada «tono» y de cada «semitono» de
cualquier octava pasan de unas a otras estrictamente de acuerdo con la ley
sagrada del Heptaparaparshinoj de modo que sus vibraciones, —como
sucede siempre y en todas partes en el Universo— se ayudan mutuamente a
evolucionar o a involucionar.
A ese respecto, es interesante notar aquí que, si los cálculos e hipótesis
de estos grandes sabios terrestres eran casi exactos, se debe a que ellos
tomaron por casualidad como base para sus cálculos, la misma unidad que
aquella que se utiliza en todas partes en el Megalocosmos, es decir, la
ínfima partícula de la muy sagrada sustancia Teomertmalogos, que puede
contener todavía la plenitud de fuerza de vivificación propia de ella.
Bien, ahora te explicaré, tal como te prometí, «el sonido mundial
Niriunosiano» que ya te mencioné.
«El sonido mundial Niriunosiano» es el sonido cuyas vibraciones eran
tomadas en los tiempos antiguos como las «vibraciones absolutas» de la
nota «do» —como lo son todavía, en la actualidad, por un reducido número
de tus favoritos y particularmente en China— para afinar los instrumentos
productores de sonidos.
La historia de la comprobación de la existencia de este sonido en tu
planeta es la siguiente:
El primero que lo descubrió fue aquel miembro sabio de la sociedad de
los Ajldaneses, fundada en el continente Atlántida, quien era precisamente
el antecesor de esos dos hermanos sabios y quien, como recordarás, puesto
que ya te lo he dicho, acertó a encontrar a los primeros pobladores del país
Maralpleissís y fue elegido más tarde por ellos mismos para dirigirlos.
En aquel tiempo, ese miembro sabio de la sociedad de los Ajldaneses,
proseguía sus observaciones sobre diferentes fenómenos cósmicos, que
ocurrían en su planeta y fuera de él, y fue así como tuvo la ocasión de
comprobar que, en cierta región de ese país, muy próxima a aquélla en la
que se levantó más tarde la ciudad de Gob, dos veces al año, después de
ciertas perturbaciones atmosféricas, el mismo sonido definido se hacía oír
durante un tiempo bastante prolongado.
Hizo entonces construir en el lugar el edificio que le era necesario para
la observación de los «cuerpos celestes», como dicen allá. Su intención era,
en efecto, mientras continuaba sus trabajos, dedicarse a toda clase de
observaciones e investigaciones sobre este «resultado cósmico» que le
resultó al principio totalmente incomprensible.
Más tarde, cuando los dos grandes hermanos, esos futuros santos,
emprendieron sus investigaciones sobre la sagrada ley cósmica del
Heptaparaparshinoj, y como poseían ya el conocimiento acerca de este
resultado cósmico, se establecieron en el mismo lugar; y fue allí que
lograron elucidar el carácter y la naturaleza de este extraño sonido, del que
hicieron la unidad de medida de todos sus cálculos en general.
En ese piano, las «vibraciones de origen extraño» provienen de
diferentes shocks, ruidos, rozamientos, pero, sobre todo, de lo que se llama
las «vibraciones aéreas de inercia» que se forman, en general, en el espacio
atmosférico a partir de vibraciones naturales anteriores.
A ese respecto podemos trazar un paralelo con el fin de hacer resaltar la
realización idéntica del quinto stopinder del sagrado Heptaparaparshinoj,
en dos procesos que exteriormente nada tienen en común. Así como el
primer alimento eseral adquiere su poder de vivificación después de su
transformación en pentoejaris eseral, así mismo, en este piano, las
vibraciones de una cuerda adquieren el poder de vivificación
correspondiente después de su fusión con las vibraciones anteriores
producidas a partir del conjunto de las «vibraciones centros de gravedad»
de la nota «sol».
Uno puede convencerse, en forma categórica, por este medio, es decir,
en el piano, de esta última particularidad de la sagrada ley del
Heptaparaparshinoj, aun cuando solo sea al comprobar que las vibraciones
de las notas «mi» y «si», emitidas en una habitación herméticamente
cerrada, cesan instantáneamente; en otras palabras, que las notas «mi» y
«si», en razón de la inercia debida al shock que las engendra, sufren una
involución y cesan instantáneamente: la nota «mi» regresa a la nota «do», y
la nota «si», al «la» inferior.
Para concluir las explicaciones que te he proporcionado con respecto a
la división que han hecho tus favoritos de la octava de los sonidos en siete
tonos, debo desgraciadamente insistir, una vez más, en el hecho de que si
bien les ha llegado una brizna de conocimiento, han olvidado lo esencial. Y
eso siempre por la misma razón: el abandono de toda realización de los
deberes eserales de Partkdolg en su presencia común, abandono que en
ellos constituye la causa misma del gradual deterioro de la mentación
propia de seres tricerebrados.
En este punto de su relato, Belcebú se puso de nuevo a reflexionar
profundamente; luego, su mirada se fijó en la raíz de la nariz de su nieto.
Después de un silencio bastante largo, le dijo:
¡Bueno!, mi querido niño, debo hablarte ahora, quiéralo o no, acerca de
los experimentos referentes a las leyes de las vibraciones, de los que he sido
testigo en el planeta Tierra.
Y te los describiré también en todos sus detalles, por las dos razones
siguientes:
Por una parte, porque ya te he hablado mucho sobre esta primera ley
fundamental y sagrada del Heptaparaparshinoj, y me molestaría bastante si,
por cualquier razón, no llegaras a captar claramente todas sus
particularidades.
Y, por otra parte, porque el ser terrestre que realizó estos experimentos,
gracias al conocimiento de las vibraciones cósmicas que él había adquirido,
fue el único, en el curso de los largos siglos que yo pasé en la Tierra, en
conocer mi verdadera naturaleza.
Capítulo 41
El derviche Bujariano Jadyi-Asvatz-Truv

Mi primer encuentro con ese ser terrestre tricerebrado contemporáneo, en


cuya casa vi estos experimentos será, supongo, muy interesante para ti y no
menos instructivo, pues, con toda probabilidad, será gracias a él, que toda la
información concerniente a la fundamental ley cósmica sagrada del
Heptaparaparshinoj volverá a establecerse allí y se volverá accesible a
todos los seres ordinarios que tengan sed de conocimiento, incluso a los
contemporáneos. Así que te relataré este encuentro con todos sus detalles.
El primer encuentro entre nosotros tuvo lugar tres años terrestres antes
de mi partida definitiva de ese sistema solar.
Cierta vez, mientras viajaba por el continente asiático, en la región que
se denomina «Bujara», llegué a establecer relaciones amistosas con cierto
ser tricerebrado perteneciente al grupo que habita en esa región de la
superficie de tu planeta; era miembro de una cofradía de «derviches» y se
llamaba «Jadyi-Zéfir-Boga-Edin».
Era un típico representante de esos seres tricerebrados contemporáneos
que tienen la tendencia a entusiasmarse por «materias elevadas», como
dicen allá, y se automatizan a hablar de ello, con cualquiera que se
encuentran, tanto en ocasiones oportunas como en las que no lo son, antes
de que hayan tomado conciencia de ello con toda su esencia. Conmigo,
como con los demás, en cada uno de nuestros encuentros, no hablaba de
otra cosa que de estos asuntos.
Cierto día, comenzamos a hablar de la «antigua ciencia china» que allá
se llama «Shat-Chai-Mernís».
Esa ciencia no consiste más que en fragmentos de un conjunto de
informaciones verdaderas referentes a la sagrada ley del
Heptaparaparshinoj, informaciones de las que habían tomado conciencia
los dos grandes hermanos gemelos chinos y así como otros verdaderos
sabios de la antigüedad y que habían llamado «Conjunto de verdaderos
conocimientos acerca de la ley de Nueve».
Ya te he dicho, que ciertos fragmentos de esos conocimientos
permanecidos intactos por casualidad habían sido transmitidos de
generación en generación a través de un número muy restringido de seres
iniciados de allá.
Debo decirte ahora que, si estos fragmentos, que por casualidad han
permanecido intactos y continúan pasando de generación en generación por
medio de este pequeño número de seres iniciados, no caen en manos de los
«sabios» terrestres contemporáneos, los futuros seres tricerebrados de tu
planeta podrán considerarse muy afortunados.
Y lo serán porque, si esos fragmentos intactos de verdaderos
conocimientos cayeran en manos de los «sabios» contemporáneos de allá,
gracias a su sabihondez característica, cocinarían inevitablemente toda
suerte de «guisos científicos» acerca del sentido de dichos fragmentos, y,
por ende, la Razón casi apagada de todos los otros seres tricerebrados se
extinguiría por completo; y además, esos últimos restos de los grandes
descubrimientos de sus antepasados serían totalmente «borrados» de la faz
de ese desgraciado planeta.

Un día que me encontraba hablando con el derviche Jadyi-Zéfir-Boga-


Edin acerca de la antigua ciencia china Shat-Chai-Mernís, me propuso en el
curso de la conversación, que visitáramos a otro derviche amigo suyo, que
era una gran autoridad en esta antigua ciencia china, para hablar con él
acerca de ella.
Me dijo que su amigo vivía alejado de todos en el alto «Bujara», donde
se dedicaba a ciertos experimentos relacionados con dicha ciencia.
Puesto que no tenía asuntos especiales en la ciudad donde nos
encontrábamos y como ese sabio derviche residía precisamente en ciertas
montañas cuya naturaleza quería estudiar desde hacía mucho tiempo, acepté
inmediatamente su proposición y partimos al día siguiente.
Caminamos durante tres días alejándonos de la ciudad donde
residíamos. Finalmente, nos detuvimos en una pequeña garganta situada en
las montañas del alto Bujara.
Esta región tiene el nombre de alto «Bujara», porque sus montañas
dominan el resto del país, el bajo «Bujara».
En dicha garganta, mi conocido, el derviche Jadyi-Zéfir-Boga-Edin, me
pidió que lo ayudara a levantar una losa de piedra que, cuando la hubimos
desplazado, apareció ante nuestros ojos una pequeña abertura de cuyos
bordes sobresalían dos varillas de hierro.
El derviche unió ambas varillas y aplicó el oído.
Al cabo de breves instantes, surgió de ellas un extraño murmullo y, para
gran sorpresa mía, Jadyi-Zéfir-Boga-Edin se puso a su vez a hablar por esa
abertura, en un idioma que me era desconocido.
Cuando terminó de hablar, colocamos la losa de piedra en su lugar y
seguimos avanzando.
Después de recorrer una distancia considerable, nos detuvimos frente a
una roca y Jadyi-Zéfir-Boga-Edin empezó a aguardar que ocurriera algo con
atención concentrada, cuando de pronto, la enorme roca que se encontraba
allí, se deslizó descubriendo la entrada de una caverna.
Penetramos en esa caverna y avanzamos hacia el fondo, observé que
nuestro camino estaba iluminado alternadamente por gas y electricidad.
Ese alumbrado me asombraba muy particularmente; sin embargo, no
podía decidirme a desviar con mis preguntas la profunda y concentrada
atención que prestaba mi acompañante.
Cuando hubimos recorrido una distancia considerable, vimos, en uno de
los recodos, que hacia nosotros avanzaba otro ser tricerebrado terrestre,
quien nos recibió con los saludos acostumbrados en tales ocasiones y nos
condujo hacia el interior de la cueva.
Se trataba, según parecía, del amigo del derviche que me acompañaba.
Tenía ya mucha edad, según los cánones terrestres, y muy alto en
comparación con los otros seres terrestres, por lo cual parecía
extremadamente delgado.
Su nombre era Jadyi-Asvatz-Truv.
Mientras caminaba a nuestro lado, nos llevó hacia una pequeña sala de
la caverna, donde todos nos sentamos sobre el fieltro que cubría el suelo y,
mientras conversábamos, comenzamos a comer lo que se llama «Shila
Pilaff» frío del país, servido en vasijas de barro que el ser anciano nos trajo
de una sección vecina.
Mientras comíamos, mi amigo derviche le dijo que también yo me
hallaba interesado en la ciencia Shat-Chai-Mernís y le explicó brevemente
qué problemas me eran bien conocidos y lo que habíamos hablado
previamente al respecto.
Después de eso, el derviche Jadyi-Asvatz-Truv comenzó a interrogarme
y le di las respuestas correspondientes, naturalmente que en la forma que ya
me era habitual y por medio de la cual podía ocultar siempre mi verdadera
naturaleza.
En tu planeta llegué a adquirir tal habilidad para hablar de esta forma,
que tus favoritos siempre me tomaban por uno de sus colegas sabios.
A través de conversaciones posteriores, llegué a comprender que Jadyi-
Asvatz-Truv estaba interesado en el conocimiento mencionado desde hacía
mucho y que, durante los últimos diez años, se había dedicado a estudiar
exclusivamente su aspecto práctico.
También supe que, mediante estos estudios, había logrado resultados
que siempre creí inalcanzables para los seres tricerebrados terrestres.
Cuando hube llegado a todas estas conclusiones, me sentí aún más
sorprendido y quise saber cómo había ocurrido todo esto, porque sabía muy
bien que ese conocimiento había dejado de existir hacía ya mucho en la
Razón de los seres tricerebrados de la Tierra y que ese venerable Jadyi no
podía haberlo escuchado con tanta frecuencia como para que se formara
gradualmente en él un interés por esta cuestión.
E indudablemente, querido nieto, es ya una antigua característica de los
seres tricerebrados que han despertado tu simpatía, interesarse únicamente
por lo que ven u oyen con frecuencia, y cuando se interesan por algo, ese
interés ahoga en ellos todas las otras necesidades eserales y siempre les
parece obvio que lo que les preocupa en el momento es precisamente
aquello que «hace girar al mundo entero».
Cuando se hubieron establecido entre el simpático derviche Jadyi-
Asvatz-Truv y yo las relaciones necesarias en una situación semejante, es
decir, cuando hubo comenzado a hablarme en forma más o menos normal
sin la «máscara», por así decirlo, que tus favoritos contemporáneos utilizan
en sus relaciones con otros seres semejantes a ellos, especialmente cuando
los conocen por primera vez, le pregunté, dándole por supuesto la forma
requerida, por qué y cómo había llegado a interesarse por esa rama de la
verdadera ciencia.
Es conveniente que sepas, de paso, que, en cada una de las partes de la
superficie del planeta Tierra, se han ido estableciendo gradualmente durante
el proceso de la existencia eseral ordinaria de estos extraños seres
tricerebrados, sus propias formas particulares de relaciones externas que se
transmiten de generación en generación.
Y esas diferentes formas de relaciones se han constituido por sí mismas,
después que se atrofió por completo en su psiquismo, la propiedad eseral de
percibir el sentimiento interior de otro ser hacia uno mismo, propiedad que
debe existir infaliblemente en todos los seres de nuestro Gran Universo, sin
distinción de su forma o del lugar de su aparición.
En la actualidad, las relaciones recíprocas, buenas o malas, se
establecen entre tus favoritos exclusivamente de acuerdo con las
manifestaciones exteriores artificiales, y sobre todo, con lo que ellos llaman
«amabilidad», esto es, palabras vacías que no contienen un solo átomo de lo
que se denomina el «resultado de un impulso interior benévolo», como el
que aparece, en general, en la presencia de todo ser cuando se encuentra con
uno de sus semejantes.
En nuestros días, sea cual sea el sentimiento benévolo que un ser
experimente con respecto a otro, si por alguna razón, dirige a este último
palabras que las «buenas costumbres» consideran inadecuadas, se acabó
todo; en todas las localizaciones separadamente espiritualizadas de éste, se
cristalizarán entonces, sin duda, datos que suscitarán en él, por asociación,
la convicción de que este ser, que en realidad le desea bien, ha sido enviado
al mundo solo para hacerle, a cada instante, todo tipo de «villanías».
De modo que se ha vuelto muy importante allá, particularmente durante
los últimos tiempos, si uno quiere hacer amigos y no atraerse «enemigos»,
conocer ante todo, las numerosas maneras de «dirigir la palabra» a las
personas.
La existencia anormal que llevan estos extraños seres tricerebrados no
solo ha perjudicado su propia psiquis, sino, además, por repercusión, el de
casi todos los otros seres terrestres unicerebrales y bicerebrales.
Los datos que suscitan el impulso eseral interior ya mencionado, han
dejado ya de constituirse en la presencia de los seres unicerebrales y
bicerebrales con los cuales, los extraños seres tricerebrados que te agradan,
tienen desde hace mucho tiempo frecuente contacto y relación.
Estos datos eserales todavía aparecen en la presencia de algunos seres
unicerebrales y bicerebrales de allá, tales como los llamados «tigres»,
«leones», «osos», «hienas», «serpientes», «falangias», «escorpiones», etc.,
cuyo género de existencia jamás ha exigido el menor contacto o relación
con tus favoritos bípedos. Sin embargo, debido a las condiciones anormales
de existencia ordinaria establecidas por tus favoritos, se ha constituido ya,
en la presencia de los seres que acabo de enumerar, una particularidad muy
extraña y de lo más interesante, que es que estos tigres, leones, osos, hienas,
serpientes, falangias, escorpiones, etc., perciben el sentimiento de miedo
que sienten ante ellos los demás seres como animosidad contra ellos y, por
eso, hacen lo posible por destruirlos para librarse de su «amenaza».
Y esto sucede porque tus favoritos, siempre debido a sus condiciones
anormales de existencia, se han convertido, poco a poco, de pies a cabeza,
en «tristes cobardes», como ellos mismos dicen, y porque, al mismo tiempo,
la necesidad de destruir la existencia de los demás, se ha arraigado también
en ellos, con igual intensidad. Por eso es que, cuando tus favoritos, que
ahora son unos cobardes «de primera clase», salen a destruir la existencia
de esos seres de otras formas —que se han hecho para su desgracia y, a
pesar nuestro, mucho más fuertes que ellos, tanto físicamente como en lo
que se refiere a otros méritos eserales— o cuando los encuentran por
casualidad, les tienen un pavor tal, que, «se lo hacen en los pantalones»
como se dice en semejante caso.
Al mismo tiempo, empujados por la necesidad, arraigada en su
presencia, de destruir la existencia de otros seres que pueblan su planeta,
hallan en seguida el medio para ello.
Y como resultado de todo esto, a partir de las irradiaciones propias de
estos originales seres, se forma gradualmente en la presencia común de los
seres de otras formas, en lugar de los datos que debieran encontrarse allí
para suscitar el impulso de un «testimonio instintivo de respeto y simpatía»
otro dato, cuya función particular consiste en hacerles tomar como una
«amenaza», el sentimiento de cobardía que experimentan tus favoritos, ante
ellos.
Ese es el motivo por el cual, estos seres terrestres unicerebrales y
bicerebrales cuando se encuentran con tus favoritos, siempre se esfuerzan
por destruir la existencia de estos para librar de todo peligro a la suya.
Antiguamente, todos los seres en tu planeta, a pesar de la diversidad de
sus formas exteriores y de sus sistemas de cerebros, existían juntos en paz y
concordia. Aun hoy, sucede todavía, cuando ocasionalmente, uno de tus
favoritos se perfecciona hasta el punto de percibir con todas sus partes
espiritualizadas que todo ser, o, como también se dice, «toda criatura
viviente» es para nuestro PADRE CREADOR COMÚN, igualmente cercano y
querido y, por otra parte, de llegar, cumpliendo los deberes eserales de
Partkdolg, a la total destrucción de los datos que suscitan en la presencia de
él un impulso de cobardía ante los seres de otras formas; de modo que estos
últimos no solo no intentan ya destruir la existencia de este ser
perfeccionado, sino que hasta demuestran hacia él respeto y se muestran
dispuestos a servirle, como a un ser que tiene más posibilidades objetivas
que ellos.
En resumen, una multitud de pequeños factores que también provienen
de la existencia anormal de tus favoritos, han ocasionado, finalmente, la
formación de diversas formas de «amenidades verbales», como dicen ellos,
para las relaciones mutuas, y, como ya te he dicho, cada localidad posee su
propia forma especial.

La actitud adoptada por ese simpático ser tricerebrado terrestre Jadyi-


Asvatz-Truv fue sumamente benévola hacia mí, principalmente porque yo
era amigo de su mejor amigo.
Debo destacar, de paso, que los seres tricerebrados de esa parte de la
superficie de tu planeta son hoy los únicos entre quienes existe una relación
verdaderamente amistosa.
Entre ellos, como ocurre en general entre todos los seres tricerebrados, y
tal como ocurrió también en tu planeta en las primeras épocas, la relación
amistosa no solo se establece con el amigo mismo, sino también con sus
parientes cercanos y sus propios amigos y se los trata igual que al propio
amigo.
Yo quería establecer con Jadyi-Asvatz-Truv, relaciones aún mejores,
porque quería saber cómo se había interesado él en esa ciencia, y cómo
había llegado a resultados científicos sin precedentes en la tierra; de modo
que desplegué liberalmente en la conversación todas las fórmulas de
«amabilidad verbal» acostumbradas en esa localidad.
Durante nuestra charla, que giró exclusivamente alrededor del
conocimiento que ahora se denomina Shat-Chai-Mernís, llegamos a
propósito de la naturaleza y del significado de las vibraciones en general, a
hablar de la octava de sonidos.
Jadyi-Asvatz-Truv dijo entonces que la octava de sonidos presenta siete
aspectos de manifestaciones totales relativamente independientes, y que
además las vibraciones de cualquiera de esas manifestaciones relativamente
independientes obedecen a la misma ley, tanto en su modo de surgimiento
como en sus manifestaciones.
Refiriéndose siempre a las leyes de vibraciones de los sonidos, dijo:
«Si yo mismo me he interesado en la ciencia Shat-Chai-Mernís ha sido
precisamente a través de esas leyes de las vibraciones de los sonidos y éstas
fueron la causa de que, desde entonces, haya dedicado toda mi vida a esa
ciencia».
Reflexionó un instante, y continuó:
«Debo deciros en primer lugar, amigos, que, aunque fui un hombre
sumamente rico antes de entrar en la cofradía de los derviches, era muy
aficionado a trabajar en cierto oficio, esto es, solía fabricar diversos
instrumentos de cuerda del tipo denominado ‘saazis’, ‘taris’,
‘kiamiantchis’, etc».
«E incluso después de haber entrado en la cofradía, dedicaba todo mi
tiempo libre a la construcción de instrumentos musicales, principalmente
para nuestros derviches».
«He aquí por qué se apoderó de mi tan fuerte interés por las leyes de las
vibraciones».
«Cierta vez, el Jeque de nuestro monasterio me mandó a llamar y me
dijo:»
«¡Jadyi! En el monasterio donde yo todavía no era más que un simple
derviche, cada vez que los monjes músicos, durante ciertos misterios,
tocaban las melodías de los cánticos sagrados, nosotros los derviches
experimentábamos al oír esas melodías sagradas, sensaciones particulares,
correspondientes al texto mismo del cántico».
«Pero aquí, durante mis prolongadas y cuidadosas observaciones, no he
notado jamás ningún efecto particular producido por esos mismos cánticos
sagrados sobre nuestros hermanos derviches».
«¿Qué es lo que sucede pues? ¿Cuál es la razón de esto?»
«Conocer esa razón se ha convertido desde hace poco en mi meta y te
he hecho venir para hablarte de ello; puede que, como fabricante aficionado
de instrumentos de música, me ayudes a elucidar ese interesante asunto».
«Dicho esto, nos pusimos a examinar el problema en todas sus fases».
«Después de largas deliberaciones, decidimos finalmente que la razón
buscada residía, probablemente, en la naturaleza misma de las vibraciones
de los sonidos. Y llegamos a esta conclusión porque, al intercambiar datos,
descubrimos que en el monasterio donde nuestro Jeque había sido un simple
derviche, tocaban, además del tambor, instrumentos musicales de cuerda,
mientras que aquí en nuestro monasterio, esas mismas melodías sagradas
eran ejecutadas exclusivamente en instrumentos de viento».
«Decidimos entonces reemplazar inmediatamente todos los
instrumentos de viento de nuestro monasterio por instrumentos de cuerda;
pero eso planteaba un problema muy importante, el de la imposibilidad de
encontrar entre nuestros derviches un número suficiente de especialistas
para tocar esos instrumentos de cuerda».
«Entonces nuestro Jeque, después de meditar durante unos instantes, me
dijo:»
«Jadyi, tú que eres experto en la materia, ¡prueba! Puede ser, que logres
construir un instrumento de cuerda en el que cualquier derviche, sin ser un
especialista, pueda producir los sonidos de la melodía necesaria por una
simple acción mecánica, por ejemplo, una torsión, un golpe, o una presión».
«Esa proposición de nuestro Jeque me interesó enormemente, por lo que
inmediatamente acepté con gran placer la tarea que me había sido
encomendada».
«Después de esta decisión, me puse en pie y, tras recibir su bendición,
me dirigí a mi casa».
«Una vez allí, me senté y reflexioné seriamente durante largo tiempo; y
el resultado de mis reflexiones fue que resolví hacer címbalos de cuerda, e
inventar, con la ayuda de mi amigo, el derviche Kerbalai-Azis-Nuarán, un
mecanismo de pequeños martillos cuyos golpes produjeran los sonidos
deseados».
«Y esa misma noche, fui adonde mi amigo, el derviche Kerbalai-Azis-
Nuarán».
«Aun cuando este pasaba entre sus camaradas y conocidos por un gran
original, todos lo respetaban y lo estimaban porque era muy inteligente y
muy sabio y proponía con frecuencia preguntas que forzaban a cada uno a
reflexionar seriamente, quisiéralo o no».
«Antes de haber entrado en la cofradía de los derviches, él había sido un
verdadero ‘saatki’ profesional, en otras palabras un relojero».
«En el monasterio consagraba, él también, todo su tiempo libre a ese
oficio que apreciaba tanto».
«Mi amigo, el derviche Kerbalai-Azis-Nuarán, estaba muy
entusiasmado desde hacía tiempo con cierta ‘idea extravagante’, pues
estaba tratando de construir un reloj mecánico que marcara la hora muy
exactamente sin la ayuda de ninguna clase de resorte».
Explicaba esa inusitada idea con la siguiente formulación breve y
simple:
«Ninguna cosa en nuestro planeta, decía, se encuentra en estado de
estabilidad absoluta, porque la Tierra misma se mueve. Solo la gravedad
representa en la Tierra una estabilidad y es así solo en la mitad del espacio
ocupado por su volumen. Quiero obtener un equilibrio de las palancas, tan
perfecto que la velocidad misma del desplazamiento de la Tierra, les
imprima un movimiento que corresponda exactamente a la marcha de las
agujas de un reloj».
«Cuando acudí a ese extraño amigo mío y le expliqué lo que deseaba
obtener y cuál era la ayuda que esperaba de él, se mostró inmediatamente
interesado y prometió ayudarme en todo lo que estuviera a su alcance».
«Y al día siguiente comenzamos a trabajar juntos».
«Gracias a esta labor conjunta, pronto estuvo lista la caja del
instrumento musical mecánico que yo había diseñado. Yo mismo marqué y
separé los lugares correspondientes a las cuerdas, mientras mi amigo
continuaba trabajando con el mecanismo de los pequeños martillos».
«Y cuando hube terminado de tender las cuerdas y de afinarlas del
modo apropiado, hice una constatación de tal interés que me llevó a realizar
experimentos sobre las leyes de las vibraciones, que aun prosigo hoy día».
«Todo empezó así»:
«Debo decirle primero que yo sabía ya muy bien que media cuerda da
un número de vibraciones doble del que da una cuerda entera del mismo
diámetro y de la misma densidad, y, de acuerdo a ese principio, dispuse
sobre los címbalos unos ‘caballetes’ para las cuerdas, luego las afiné todas
de modo que correspondieran a una antigua melodía sagrada, toda ella en
‘octavos de tono’, sirviéndome para ese efecto, por supuesto, de mi
‘Perambarsasidaván’, o, como lo llaman los Europeos, de mi ‘diapasón’,
que daba las vibraciones del ‘do absoluto’ chino».
«Mientras me dedicaba a esta afinación, fue cuando comprobé
claramente por vez primera que el principio de que el número de
vibraciones de una cuerda es inversamente proporcional a su longitud no
coincide siempre, sino solo algunas veces, por una ‘fusión general de
consonancia armoniosa’».
«Y esta comprobación me interesó de tal modo que dediqué toda mi
atención a la investigación de ese problema y abandoné la construcción de
los címbalos».
«Aconteció entonces que mi amigo también se sintió profundamente
interesado por el mismo asunto y juntos comenzamos a investigar ese hecho
que tanto nos había asombrado».
«Solo después de varios días, mi amigo y yo observamos que estábamos
descuidando nuestra principal tarea y, por consiguiente, decidimos dedicar
la mitad de nuestro tiempo a terminar los címbalos y la otra mitad a las
mencionadas investigaciones».
«Y pronto logramos realizar ambas tareas de forma tal que ninguna
perjudicaba a la otra».
«Al poco tiempo, terminamos los címbalos mecánicos que yo había
diseñado; nos parecieron completamente satisfactorios y debo decir que
resultaron ser algo parecido a un ‘organillo griego’, pero de tamaño
ligeramente mayor y con sonidos de un cuarto de tono».
«Se ponían en marcha haciéndolos girar, con lo cual los pequeños
martillos golpeaban las cuerdas correspondientes; y esta correspondencia se
obtenía por medio de un atado de junquillos aplanados, en los cuales
habíamos tallado unas muescas, en las que caían los extremos de los
pequeños martillos y hacían que vibraran las cuerdas correspondientes».
«Para cada una de las melodías sagradas, preparamos un atado distinto
de junquillos aplanados, que podíamos cambiar a voluntad según la melodía
que deseáramos obtener».
«Cuando finalmente entregamos nuestros címbalos a nuestro Jeque y le
hablamos de lo que más nos interesaba en ese momento, éste no solo nos
dio su bendición para que abandonáramos el monasterio durante un tiempo
y nos dedicáramos a lo que nos interesaba, sino que puso a nuestra
disposición una importante suma de dinero procedente de las reservas
acumuladas en el monasterio».
«Entonces nos trasladamos aquí y comenzamos a vivir lejos de la gente
y fuera de nuestra cofradía».
«Vivimos aquí todo el tiempo en completa paz y concordia, hasta hace
muy poco, que perdí para siempre a mi inolvidable e irreemplazable
amigo».
«Y lo perdí en circunstancias lamentables:
»Hace varias semanas, mi amigo partió en dirección a la ciudad de X…,
en las riveras del río Amu-Daria, con el propósito de adquirir diversos
materiales e instrumentos».
«Cuando salía de dicha ciudad de regreso a nuestra morada, una bala
perdida, procedente de la lucha que tenía lugar entre los rusos y los Anglo-
Afganos, lo hirió mortalmente. Un amigo común, un santo que acertaba a
pasar por el lugar, me informó inmediatamente de esta desgracia».
«Varios días más tarde, traje aquí sus restos y lo enterré allí, agregó,
indicando un rincón de la caverna donde se observaba una especie de
montículo».
Habiendo dicho esto, Jadyi-Asvatz-Truv se puso de pie y, murmurando
una plegaria por el reposo del alma de su amigo, nos indicó con la cabeza
que lo siguiéramos.

Nos pusimos en marcha, y nos encontramos nuevamente en el pasaje


principal de la caverna, donde ese venerable ser terrestre se detuvo delante
de un saliente sobre el cual hizo una leve presión.
Un trozo de piedra se movió hacia un costado, dejando al descubierto
una entrada que conducía a otra sección de la cueva.
Esta nueva sección, además de la forma que le había dado la propia
Naturaleza, estaba artificialmente construida en una forma tan original —de
acuerdo con la Razón de tus favoritos contemporáneos— que quisiera
describírtela con la mayor cantidad posible de detalles.
Las paredes de esa sección, la bóveda e incluso el suelo, estaban
recubiertos por varias capas de un fieltro muy grueso. Según me explicaron
luego, esa formación accidentalmente natural fue utilizada y adaptada de
modo que no penetrara allí, procedente de las otras secciones o del exterior,
la menor vibración de cualquier tipo de manifestación, ya fuera de un
movimiento, un susurro, un crujido, ni siquiera las vibraciones producidas
por la respiración de diversas «criaturas» grandes o pequeñas existentes en
las cercanías.
En este insólito interior había varios «aparatos experimentales» de
extrañas formas y, entre ellos, un espécimen del instrumento productor de
sonidos que traje de la superficie de tu planeta, que tus favoritos llaman
«piano de cola».
La tapa de ese piano se encontraba abierta y a cada una de las series de
cuerdas visibles se ajustaban pequeños aparatos independientes que servían
para medir el «grado de vivificación de las vibraciones procedentes de
diversas fuentes», denominados «vibrómetros».
Cuando observé el enorme número de estos «vibrómetros», el impulso
eseral del asombro aumentó en mi presencia común con una intensidad
como la que expresa nuestro Mulaj Nassr Eddín con las siguientes palabras:
«Pasando uno los límites de la saciedad revienta».
Ese impulso de asombro había surgido y aumentado progresivamente en
mí desde el momento en que vi la iluminación con gas y electricidad en los
pasadizos de la caverna.
Ya entonces me había preguntado cómo era posible que todo eso se
encontrara allí.
Sabía ya muy bien que estos extraños tricerebrados habían aprendido de
nuevo a servirse para su «iluminación», como dicen ellos, de tales fuentes
surgidas de formaciones cósmicas, pero también sabía que el material
necesario para este alumbrado exigía un equipo muy complicado que se
encontraba exclusivamente donde existía una de sus grandes poblaciones.
Y de repente me encontraba con esa iluminación, lejos de cualquier
población, en ausencia en todo el lugar de los signos que, entre los seres
contemporáneos, acompañan por lo general a tales posibilidades.
Y cuando vi los vibrómetros antes mencionados para medir el «grado de
vivificación de las vibraciones», el impulso del asombro alcanzó en mí,
como ya te he dicho, el máximo límite.
Y mi sorpresa fue mayor, porque sabía muy bien que, en ese período, no
existían en la Tierra los aparatos por medio de los cuales es posible medir
las vibraciones y, por consiguiente, volví a preguntarme de dónde podría
haber obtenido tales aparatos aquel venerable anciano que habitaba en tales
salvajes montañas, tan lejos de los seres que componen la civilización
contemporánea.
A pesar de mi intenso interés, no me aventuré a pedir entonces una
explicación al venerable Jadyi-Asvatz-Truv; y no me aventuré a hacerlo
porque temía que una pregunta tan dispar cambiara el curso de la
conversación que había iniciado y de la cual esperaba obtener la elucidación
del principal problema que me preocupaba.
En esta sección de la caverna había muchos otros aparatos que me eran
desconocidos, entre los cuales figuraba uno sumamente extraño, que
contaba con varias de las llamadas «máscaras» de las que ascendían hasta la
bóveda de la caverna una especie de tubos, hechos con esófagos de vaca.
A través de estos tubos, según aprendí más tarde, pasaba el aire exterior
necesario para la respiración de los seres presentes durante los
experimentos, ya que el interior estaba herméticamente cerrado por todos
los costados.
Los seres que se encontraban presentes durante los experimentos se
colocaban sobre el rostro las máscaras fijadas al extraño aparato.
Cuando estuvimos todos sentados en el suelo de la mencionada sección
de la caverna, el venerable Jadyi-Asvatz-Truv dijo, entre otras cosas, que,
durante el período de sus investigaciones, él y su amigo, el derviche
Kerbalai-Azis-Nuarán, habían tenido también ocasión de estudiar a fondo
todas las teorías acerca de las vibraciones propuestas por los sabios
terrestres más serios.
«Hemos estudiado, dijo, la teoría asiria del gran Malmanaj, la teoría
árabe del famoso Selneh-Eh-Avaz, y la —del filósofo griego Pitágoras—
sin contar, por supuesto, todas las teorías chinas».
«Hemos construido aparatos que son exactamente similares a los que
utilizaron todos esos antiguos sabios para sus experimentos. Uno de ellos, al
que además hemos agregado algo, se convirtió más tarde en nuestro
principal aparato de investigación».
«Con ese aparato, Pitágoras realizó sus experimentos y lo denominó
‘monocordio’. Después de haberlo modificado, lo llamé ‘vibroshow’».
«Dicho eso, apretó fuertemente algo que se encontraba en el suelo,
mientras que, con la otra mano, señalaba un aparato de forma extraña,
precisando que ese era el aparato ‘monocordio’ modificado».
«El ‘aparato’ que él indicaba consistía en una tabla de dos metros, la
mitad de cuya cara anterior estaba dividida en secciones llamadas “trastes”,
como el mango del instrumento productor de sonidos llamado “guitarra” y
sobre la cual se extendía una sola cuerda».
En la otra mitad de esa tabla estaban ajustados numerosos vibrómetros
como los de las cuerdas del piano de cola, dispuestos de tal modo que sus
agujas indicadoras se encontraban justamente encima de los mencionados
trastes de la primera mitad anterior de la tabla.
En la cara posterior de esa tabla, había toda una red de tubitos de vidrio
y de metal, que también servían para producir sonidos, pero sonidos que se
obtenían de las vibraciones producidas por ciertos movimientos y
corrientes, ya fuese en el aire ordinario, ya en un aire artificialmente
comprimido o rarificado. Para medir las vibraciones de esos sonidos, uno se
servía de los mismos vibrómetros que se empleaban para medir las
vibraciones procedentes de las cuerdas.
El venerable Jadyi-Asvatz-Truv estaba a punto de decir algo, pero
justamente entonces, desde otra sección de la cueva, apareció un muchacho
del tipo «Uzbeko», trayendo un servicio de té verde y tazas sobre una
bandeja.
Cuando el muchacho hubo colocado la bandeja frente a nosotros y se
hubo marchado, el venerable Jadyi comenzó a verter el té en las tazas y,
dirigiéndose jovialmente a nosotros, pronunció la siguiente frase, utilizada
en esa localidad para tales ocasiones:
«¡Aceptemos con veneración esta gracia de la Naturaleza a fin de estar
en condiciones, de contribuir a su gloria!». Después de lo cual, agregó lo
siguiente:
«Siento ya disminuir las fuerzas que me sostienen, por eso me es
indispensable absorber la parte justificada de lo que puede mantener la
animación de todo mi yo hasta la próxima dosis».
Y, con una amable sonrisa, empezó a beber su té. Mientras lo hacía,
decidí aprovechar la oportunidad para hacerle varias preguntas que me
preocupaban constantemente.
En primer lugar, le pregunté lo siguiente:
¡Altamente estimado Jadyi! Hasta el presente, estaba plenamente
convencido de que en ninguna parte de la Tierra existía un aparato para
medir con exactitud las vibraciones. Sin embargo, veo aquí una cantidad de
esos «medidores».
¿Cómo se explica eso? ¿De dónde ha sacado usted esos aparatos?
El venerable Jadyi-Asvatz-Truv respondió a mis preguntas de la
siguiente manera:
«Esos aparatos fueron construidos por mi amigo, el desaparecido
Kerbalai-Azis-Nuarán, y a ellos les debo todos los conocimientos que he
adquirido sobre la ciencia de las vibraciones».
«Indudablemente —continuó—, una vez existieron en la Tierra, en la
época de la floreciente y grande Tikliamuish, toda clase de aparatos
similares, pero en la actualidad, no se conoce ninguno de esos aparatos,
salvo que uno tenga en cuenta esos ‘juguetes infantiles’ que se encuentran
en Europa, por medio de los cuales es supuestamente posible contar las
vibraciones, y que allá se denominan ‘sirenas’. Yo mismo poseía unas de
esas ‘sirenas’ cuando comencé con mis experimentos».
«La sirena fue inventada hace dos siglos, por cierto sabio físico llamado
‘Zebek’ y más tarde perfeccionada, por así decirlo, a mediados del siglo
pasado, por un tal Cagniard de la Tour».
«La construcción de ese ‘juguete’ esta hecha de modo tal que una masa
de aire, comprimida en un tubo, es proyectada sobre un disco giratorio que
presenta pequeñas perforaciones, cada una de las cuales coincide
exactamente con el tamaño de la boca del tubo de aire principal; a medida
que el disco gira, el paso para el aire comprimido que penetra en esos
orificios desde el tubo principal es alternadamente abierto y cerrado».
«Pues bien, durante su rotación regular el disco deja pasar a través de
sus orificios oleadas de aire sucesivas que dan un sonido de elevación
siempre igual; y el número de vueltas, registrado por un mecanismo de
relojería, multiplicado por el número de los orificios del disco, indica el
número de vibraciones de ese sonido en un intervalo de tiempo dado».
«Desgraciadamente para los europeos, ni el primer inventor de esa
sirena, ni el que la perfeccionó, sabían que el sonido podía provenir tanto de
la acción de las vibraciones mismas, como del simple soplo de aire; y como
esta ‘sirena’ suena únicamente gracias al soplo de aire y no por medio de
las vibraciones naturales, de ninguna manera podría servirse de ese aparato
para determinar el número exacto de las vibraciones».
«Es un hecho sumamente interesante y satisfactorio que el sonido pueda
ser producido de dos formas, esto es, a partir de las vibraciones naturales
del mundo y simplemente gracias al soplo de aire, y voy a demostrarlo
ahora en la práctica para vosotros».
Habiendo dicho esto, el venerable Jadyi se puso en pie y trajo de otra
sección de la caverna una maceta con flores, la colocó en el centro de la
sección en la cual nos hallábamos y se sentó frente al aparato vibroshow, el
antiguo «monocordio» del famoso Pitágoras.
Se volvió hacia nosotros y dijo:
«Ahora produciré con esta red de tubos, cinco sonidos diferentes,
siempre los mismos. En cuanto a ustedes, sírvanse dirigir su atención hacia
esa maceta de flores y verificar en sus relojes el tiempo durante el cual yo
continúe emitiendo esos sonidos y también que retengan las cifras indicadas
por las agujas de los vibrómetros».
Luego, con un pequeño fuelle, comenzó a soplar aire en los tubos
correspondientes, los cuales iniciaron una monótona melodía de cinco
tonos.
Esa monótona melodía continuó durante diez minutos y no solo
recordamos las cifras indicadas por las agujas de los vibrómetros, sino que
los cinco sonidos quedaron profundamente grabados en nuestra memoria
auditiva.
Cuando Jadyi concluyó su monótona música, vimos que las flores de la
maceta se habían conservado tan frescas como antes.
Entonces Jadyi se trasladó desde el «monocordio» al instrumento
productor de sonidos llamado «piano» y, después de recordarnos que
observáramos las agujas de los vibrómetros, comenzó a tocar sucesivamente
las teclas correspondientes del piano, las cuales emitieron la misma
monótona melodía de los cinco tonos.
Y también esta vez, las agujas de los vibrómetros indicaron las mismas
cifras.
No habían transcurrido aún cinco minutos, cuando, ante una señal de
cabeza de Jadyi, dirigimos nuestras miradas a la maceta y vimos que las
flores habían comenzado a marchitarse y cuando, después de diez minutos,
el venerable Jadyi dejó de tocar, no quedaban en la maceta más que los
tallos marchitos y secos de las flores que un momento antes estaban tan
frescas.
Jadyi volvió entonces a sentarse frente a nosotros y dijo:
«Como mis prolongadas investigaciones me han demostrado, y como la
ciencia de Shat-Chai-Mernís afirma, existen en realidad en el mundo dos
clases de vibraciones: las ‘vibraciones creadoras’ y las ‘vibraciones de
inercia’».
«Ahora bien, he comprobado a través de mis experimentos, que las
cuerdas más aptas para producir esas vibraciones creadoras estaban hechas
ya fuese de cierto metal, ya de tripas de cabra».
«Las cuerdas hechas de otros materiales no poseen la misma
propiedad».
«Las vibraciones que estas engendran, así como las que suscitan los
desplazamientos del aire, son vibraciones puramente inertes. En este caso,
los sonidos se obtienen de las vibraciones que provienen del roce de aire en
movimiento y por la acción mecánica de la fuerza de inercia».
Jadyi-Asvatz-Truv continuó así:
«Al principio, realizamos nuestros experimentos con la ayuda de ese
vibroshow únicamente. Pero cierto día, cuando mi amigo Kerbalai-Azis-
Nuarán había ido de compras a la ciudad Bujarariana de Z… descubrió por
casualidad ese piano en una subasta, entre las pertenencias de un general
ruso a punto de marcharse; habiendo observado que sus cuerdas estaban
hechas precisamente del metal que necesitábamos para nuestros
experimentos, lo compró, y no sin grandes dificultades, como pueden
imaginárselo ustedes, lo transportó hasta aquí a través de la montaña».
«Cuando el piano estuvo ubicado, afinamos sus cuerdas exactamente de
acuerdo con las leyes de las vibraciones indicadas en la antigua ciencia
china Shat-Chai-Mernís».
«Para afinar el instrumento de manera correcta, decidimos no solamente
basarnos en el ‘do absoluto’ de la antigua gama china, sino también, como
lo recomendaba esa misma ciencia, tener en cuenta las condiciones
geográficas y la presión atmosférica, la forma y la dimensión del local, la
temperatura media en el espacio circundante, así como la del local mismo y
así sucesivamente tomando en consideración hasta la suma de las
emanaciones emitidas por los seres humanos que asistirían a los
experimentos que proyectábamos».
«Una vez afinado el piano de ese modo, las vibraciones que producía
adquirieron efectivamente todas las propiedades de las que se habla en esa
gran ciencia Shat-Chai-Mernís».
«Ahora, voy a mostrarles lo que es posible hacer con las vibraciones
producidas por ese piano ordinario, apoyándose en los conocimientos a los
que ha llegado el hombre en el campo de las leyes de las vibraciones».
Después de decir esto, se puso nuevamente en pie.
Esta vez, trajo de otra sección de la caverna un sobre, papel y lápiz.
Escribió algo en el papel, colocó éste en el sobre, lo sujetó a un gancho
que colgaba desde la bóveda en el centro de la habitación, volvió a sentarse
frente al piano y, sin decir una palabra, comenzó a tocar ciertas teclas,
produciendo nuevamente una monótona melodía.
Pero ahora, dos sonidos de la octava más baja del piano se repetían
pareja y constantemente en la melodía.
Después de unos instantes, noté que a mi amigo, el derviche Jadyi-
Boga-Edin no se sentía cómodo en su silla; cambiaba la pierna izquierda de
lugar continuamente.
Un poco más tarde, mi amigo empezó a frotarse ligeramente la pierna
izquierda, y yo veía claramente, por las muecas de su cara, que le dolía
mucho.
El venerable derviche Jadyi-Asvatz-Truv no le prestaba ninguna
atención; continuaba tocando las mismas teclas.
Cuando por fin terminó, se volvió hacia nosotros y, dirigiéndose a mí en
particular, dijo:
«Le ruego, amigo de mi amigo, que se levante, quite usted mismo el
sobre del gancho y lea su contenido».
Me levanté, tomé el sobre, lo abrí y leí esto:
«Por las vibraciones surgidas del piano, debe formarse en ustedes dos,
en la pierna izquierda, a tres centímetros debajo de la rodilla y a dos
centímetros a la izquierda del centro de la pierna, lo que se llama un
‘furúnculo’».
Cuando hube terminado de leer, el venerable Jadyi nos pidió a los dos
que dejáramos al descubierto los lugares indicados de nuestras respectivas
piernas izquierdas.
Cuando lo hicimos, vimos en la pierna izquierda del derviche Boga-
Edin, exactamente en el lugar indicado, el ‘furúnculo’ anunciado; por el
contrario, en la mía, para asombro del venerable Jadyi-Asvatz-Truv, no
había absolutamente nada.
Cuando Jadyi-Asvatz-Truv se convenció de ello, saltó inmediatamente
de su asiento, como si fuera un hombre joven y gritó con excitación: «¡Eso
no puede ser!», y comenzó a mirar fijamente mi pierna izquierda con ojos
de loco.
Pasaron casi cinco minutos sin que nadie hablara. Debo confesar que,
por primera vez en ese planeta, me desconcerté, y no pude hallar en el acto
cómo salir del paso.
Finalmente, se acercó a mí y se disponía a decirme algo, cuando de
pronto, a causa de la emoción, sus piernas empezaron a temblar
violentamente; tuvo que sentarse en el suelo, y me indicó que hiciera lo
mismo.
Ya sentados, me contempló con ojos muy tristes y me dijo con tono
compenetrado:
«¡Amigo de mi amigo! En mi juventud yo era un hombre rico, tan rico
que una decena por lo menos de mis caravanas, cada una con casi un millar
de camellos, partían cada día en todas las direcciones de nuestra gran Asia».
«Mi harén estaba considerado por todos los conocedores como el mejor
y el más suntuoso de la Tierra —y todo lo demás era a esa escala—; en
resumen, poseía hasta la saciedad todo lo que puede ofrecer nuestra vida
ordinaria».
«Pero todo esto llegó poco a poco a cansarme tan fuertemente y a
saturarme a tal punto que en la noche, cuando iba a acostarme, pensaba con
horror que a la mañana siguiente todo recomenzaría de la misma manera, y
que tendría que arrastrar la misma ‘carga’ aplastante».
«Al fin, se me hizo insoportable vivir en tal estado interior».
«De modo que un día en que sentía más particularmente el vacío de la
existencia ordinaria, me vino por primera vez la idea de ponerle fin a mi
vida por medio del suicidio».
«Durante varios días, pensé en ello con la mayor sangre fría. Y para
terminar, tomé la decisión categórica de hacerlo».
«La última noche, cuando entré en el cuarto en el que quería ejecutar mi
proyecto, recordé de pronto que no había echado una última mirada a la que
había sido de por mitad responsable en la creación y la formación de mi
existencia».
«Me acordé de mi madre, que aún vivía. Y con ese recuerdo se trastornó
todo en mí».
«Me representé en seguida cuánto sufriría ella al enterarse de mi muerte
y, sobre todo en semejantes condiciones».
«Cuando la recordé, vi el cuadro de mi querida y anciana madre, de allí
en adelante sola, suspirando con resignación, postrada en su dolor, y fui
presa de tal piedad que los sollozos me subieron a la garganta, casi
sofocándome».
«Solo entonces reconocí con todo mi Ser lo que había sido y lo que era
para mi madre, y qué sentimiento inagotable habría debido sentir yo por
ella».
«Desde ese momento, mi madre se convirtió en la fuente de donde yo
sacaba el sentido de mi vida».
«En cualquier momento que fuera, tanto de día como de noche, tan
pronto recordaba su querido rostro, me animaban nuevas fuerzas y sentía
crecer en mí el deseo de vivir y hacer con el único fin de que su existencia
transcurriera agradablemente».
«Así duraron las cosas durante diez años, hasta que una despiadada
enfermedad la apartó de mi lado y volví a quedarme solo».
«Después de su muerte, mi vacío interior se me hizo cada día más
intolerable».
En ese momento de su relato, cuando la mirada del venerable Jadyi-
Asvatz-Truv acertó a detenerse en el derviche Boga-Edin, aquél se puso de
pie apresuradamente y dijo:
«¡Mi querido amigo! En nombre de nuestra amistad, perdona a un
anciano que se ha olvidado de poner fin a tu dolor, causado por las
maléficas vibraciones de ese piano».
Dicho eso, se sentó frente al piano y empezó a tocar de nuevo las teclas.
Esta vez, solo se oyeron dos notas, una perteneciente a la octava más alta,
otra a la octava más baja, que él tocaba una tras otra, exclamando:
«Y ahora, gracias a las vibraciones provenientes de los sonidos de este
mismo piano, que esta vez son portadoras de bien, cesará el dolor de mi fiel
y viejo amigo».
Y, en verdad, no habían pasado cinco minutos, cuando el rostro del
derviche Boga-Edin volvió a serenarse y del enorme y horrible furúnculo
que hasta ese momento adornaba su pierna izquierda, no quedaba rastro.
Entonces el derviche Jadyi-Asvatz-Truv volvió a sentarse a nuestro lado
y con absoluta calma continuó hablando:
«Cuatro días después de la muerte de mi querida madre, me encontraba
sentado en mi habitación, pensando con desesperación qué sería de mí».
«Justamente entonces, en la calle que corría debajo de mi ventana, un
derviche errante comenzó a entonar sus cánticos sagrados».
«Miré hacia la calle y, viendo que el derviche era anciano y de rostro
benévolo, decidí pedirle su consejo y envié inmediatamente a mi sirviente
para que lo invitara a venir a verme».
«Entró. Después de los saludos acostumbrados, cuando se sentó en el
‘mindari’, le descubrí el estado de mi alma, sin ocultarle nada».
«Cuando hube terminado, el derviche se recogió profundamente, luego,
tras un largo silencio, mirándome fijamente, se levantó y dijo:»
«No hay más que una sola salida para ti: es la de consagrarte a la
religión».
«Con esas palabras, se retiró salmodiando una oración y se alejó de mi
casa para siempre».
«Después de su partida, volví a reflexionar».
«Esta vez el resultado de mis reflexiones fue que ese mismo día resolví,
irrevocablemente, entrar en alguna ‘cofradía de derviches’, no en mi país,
sino en alguna parte lejana».
«Al día siguiente, dividí y repartí toda mi fortuna entre mis parientes y
los pobres y, dos semanas más tarde, dejé para siempre mi patria, y vine
aquí a Bujara».
«Tan pronto llegué, entré en una de las numerosas ‘cofradías de
derviches’ de la región. Había fijado mi elección en una cofradía conocida
entre la gente por la austeridad de su modo de vida».
«Pero, desgraciadamente, los derviches de esa cofradía no tardaron en
desilusionarme y me trasladé, por lo tanto, a otra cofradía; pero allí volvió a
ocurrir lo mismo».
«Hasta que, finalmente, me enrolé en la cofradía del monasterio cuyo
Jeque me impuso la tarea de diseñar ese instrumento de cuerda mecánico
del que ya os he hablado».
«Y después, como ya os he dicho, me dediqué por entero a la ciencia de
las leyes de las vibraciones, a cuyo estudio me he consagrado hasta el día de
hoy».
«Pero hoy, esa ciencia me ha provocado el mismo estado interior que
experimenté por primera vez la víspera de la muerte de mi madre —cuyo
amor había sido la única fuente de calor que, durante tantos años, había
sostenido mi existencia vacía e insoportable—».
«Aun hoy, no puedo recordar sin estremecerme el momento en que
nuestros médicos vinieron a decirme que mi madre no pasaría de ese día».
«En el terrible estado mental en que me encontraba entonces, la primera
pregunta que surgió en mí fue: ¿Cómo vivir de allí en adelante?».
«Lo que me sucedió más tarde, ya se lo he contado».
«En una palabra, al apasionarme por la ciencia de las vibraciones,
descubrí poco a poco mi nueva divinidad».
«Esa ciencia fue para mí como una segunda madre. Durante muchos
años, se mostró tan protectora, tan segura, tan fiel como lo había sido mi
madre. Y hasta este día no he vivido ni he sido animado sino por sus
verdades».
«Hasta este día, no se ha presentado ni un solo caso en que las verdades
que había descubierto respecto a las leyes de las vibraciones no hayan dado,
en sus manifestaciones, los resultados precisos que esperaba de ellas».
«Pero hoy, por primera vez, los resultados que esperaba con toda certeza
no se han producido».
«Y lo más terrible, es, que he estado más atento que nunca en calcular
exactamente las vibraciones necesarias para el caso presente, es decir, para
que el furúnculo previsto se formara en su cuerpo justo en ese sitio y no en
otro».
«Y he aquí que sucede algo sin precedente. No solo no está en el sitio
indicado, sino que ni siquiera se ha formado en otros sitios de su cuerpo».
«Esta ciencia que me ha sido tan fiel como mi madre, me ha traicionado
en este momento por primera vez, y esto despierta en mí una tristeza
indecible».
«Hoy, todavía puedo resignarme a esa inmensa desgracia, pero ¿qué
sucederá mañana?… No puedo ni siquiera representármelo».
«Y si por el momento llego a aceptarlo un poco, es por la única razón de
que no he olvidado las palabras de nuestro gran profeta de la antigüedad,
‘Esai Nura’, según las cuales un individuo no es responsable de sus
manifestaciones en su agonía y solamente durante su agonía».
«Es evidente que mi ciencia, mi divinidad, mi segunda madre, también
está ‘agonizando’, puesto que ahora me traiciona».
«Y sé muy bien que la agonía siempre es seguida por la muerte».
«En cuanto a usted, querido amigo de mi amigo, usted representa para
mí, sin quererlo, el mismo papel que los médicos que me anunciaron la
víspera de la muerte de mi querida madre que ella no pasaría de ese día».
«Pues usted a su vez me trae la noticia de que también mi segunda
fuente se extinguirá mañana».
«Siento resurgir en mí los terribles sentimientos y las sensaciones que
experimenté desde el momento en que nuestros médicos me anunciaron la
muerte inminente de mi madre, hasta el de su fallecimiento».
«Así como entonces yo, en medio de esos terribles sentimientos y
sensaciones, abrigaba aun la esperanza de que ella quizás no moriría, del
mismo modo, en este momento asoma otra vez en mí tenuemente, algo que
se asemeja a esa esperanza».
«¡Eh, amigo de mi amigo! Ahora que conoce usted el estado de mi
alma, se lo pido sinceramente, ¿puede usted explicarme en virtud de qué
fuerza sobrenatural el furúnculo que obligatoriamente debería haberse
formado en su pierna izquierda no ha aparecido ahí?».
«Puesto que la certeza de que debía infaliblemente formarse se ha hecho
desde hace mucho tiempo tan inquebrantable en mí como las ‘rocas
Tuklunianas’».
«Y es inquebrantable porque, durante casi cuarenta años, he estudiado
día y noche con perseverancia esas grandes leyes de las vibraciones del
mundo, a tal punto que comprender su sentido y las condiciones de su
realización se ha hecho para mí como una segunda naturaleza».
Habiendo pronunciado estas palabras, el que quizás era el último gran
sabio de la Tierra, se puso a mirarme en los ojos con una expresión llena de
expectativa.
¿Puedes representarte, querido niño, la posición en que me encontraba?
¿Qué podía yo contestarle?
Por segunda vez en ese mismo día, a causa de ese ser terrestre, estaba
atrapado en una situación a la que no le veía salida alguna.
Esta vez, se mezclaba además a ese estado, tan poco habitual, mi
«Jikdynapar eseral», o como habrían dicho tus favoritos, mi «piedad» por
ese ser terrestre tricerebrado, principalmente porque yo era el causante de
su sufrimiento.
Al mismo tiempo, yo sabía muy bien que habrían bastado algunas
palabras, no solamente para tranquilizarlo sino para hacerle comprender que
si el furúnculo no se había formado en mi pierna izquierda, eso demostraba
aún más la verdad y la exactitud de la ciencia que él adoraba.
Moralmente, yo tenía todo el derecho de decirle la verdad acerca de mí,
pues por sus méritos, él ya se había convertido en «Kalmenuior», es decir,
en uno de esos seres tricerebrados de ese planeta con quienes no nos está
prohibido, desde Lo Alto, ser completamente sinceros.
Pero me era imposible hacerlo en ese momento, en presencia del
derviche Jadyi-Zéfir-Boga-Edin, quien era todavía un ser tricerebrado
ordinario de allá, pues, desde hacía mucho tiempo, había sido prohibido
desde Lo Alto, bajo juramento, a los miembros de nuestra tribu, comunicar
en ningún caso el más mínimo conocimiento verdadero a esos seres.
Esta prohibición había sido ordenada, me parece, por iniciativa del Muy
Santo Ashyata Sheyimash.
Y nos había sido ordenado por la razón de que a los seres tricerebrados
de tu planeta solo les es indispensable el «conocimiento eseral».
Toda información, por verdadera que sea, no da en general a los seres
más que «conocimientos mentales», y estos «conocimientos mentales», no
les sirven, como ya te he dicho, más que para restringir sus posibilidades de
adquirir el «conocimiento eseral».
Y como este «conocimiento eseral» ha quedado, para tus infortunados
favoritos, como el único medio de liberarse definitivamente de las
consecuencias de las propiedades del órgano Kundabuffer esta prohibición
concerniente a los seres de la Tierra, había sido impuesta, bajo juramento, a
los miembros de nuestra tribu.
He aquí por qué, muchacho, en presencia del derviche Jadyi-Zéfir-
Boga-Edin, no me decidí en el momento a explicar a este digno sabio
terrestre, Jadyi-Asvatz-Truv la verdadera razón de su fracaso.
Pero como los dos derviches seguían esperando mi respuesta, de todos
modos tenía que decirles algo; así que, dirigiéndome a Jadyi-Asvatz-Truv le
dije simplemente esto: «¡Venerable Jadyi-Asvatz-Truv! Si usted consiente
en que no le responda inmediatamente, juro, por la causa de mi
advenimiento, darle a usted, un poco más tarde, una explicación que le
satisfará plenamente. Usted se convencerá, entonces, no solamente de que
su muy amada “ciencia” es la más verdadera de todas las ciencias, sino
también de que después de los Santos Chun-Kil-Tes y Chun-Tro-Pel, usted
es el más grande de los sabios de la Tierra».
Después de escuchar mi respuesta, el venerable derviche Jadyi-Asvatz-
Truv se limitó a colocar su mano derecha sobre el lugar donde está ubicado
el corazón en los seres terrestres, y en aquel lugar, ese gesto significa «Creo
y espero, sin la menor duda».
Después de lo cual volvió la cara, como si no hubiera pasado nada,
hacia el derviche Boga-Edin y siguió hablando de la ciencia Shat-Chai-
Mernís.
Por mi parte, para disipar todo desconcierto, indiqué con la mano un
nicho de la caverna, del que colgaban muchas cintas de seda de color y le
pregunté:
¡Muy estimado Jadyi!, ¿qué hacen todas esas telas, allí, en ese nicho?
A mi pregunta, respondió que esas cintas de color también servían para
sus experimentos sobre las vibraciones.
Se me ha hecho claro hace poco, precisó él, «cuales eran los colores
cuyas vibraciones tenían una acción nociva sobre los seres y los animales, y
hasta qué punto».
«Si usted lo desea, le mostraré igualmente este experimento, que es de
lo más interesante».
Volvió a ponerse en pie y se dirigió a la sección vecina, trayendo esta
vez, con la ayuda de un joven, tres seres cuadrúpedos que allá llaman
«perro», «oveja» y «cabra», así como varios aparatos de forma extraña,
parecidos a brazaletes.
Puso uno de los brazaletes en el brazo del derviche Boga-Edin y el otro
en su propio brazo, mientras me decía:
«A usted no se lo pondré… tengo poderosas razones para ello».
Entonces colocó los extraños aparatos con forma de collar en el cuello
de la «cabra», la «oveja» y el «perro» y, después de señalarnos sus
vibrómetros, nos pidió que recordáramos o anotáramos todas las cifras que
indicaran las agujas en esos seres de aspecto tan diverso.
Observamos las cifras indicadas por los cinco vibrómetros y las
escribimos en los «cuadernos de apuntes» que nos había dado el joven.
Después de esto, el derviche Asvatz-Truv volvió a sentarse sobre el
fieltro y nos dijo:
«Cada forma de vida posee su propio ‘total’ de vibraciones que le es
propio, el cual representa la totalidad de las vibraciones engendradas por los
diversos órganos definidos de la forma de vida de que se trate; y este total
varía en diferentes momentos en cada forma de vida y depende de la
intensidad con que estas vibraciones causadas de diversas maneras sean
transformadas por las fuentes u órganos correspondientes».
«Ahora bien, dentro de los límites de una vida entera, todas estas
vibraciones heterogéneas y producidas de diversas maneras se funden en el
llamado ‘acorde subjetivo de vibraciones’ de esa vida».
«Tomemos como ejemplo a mi amigo Boga-Edin y a mí mismo».
«Observen…» y mostrándome las cifras del vibrómetro que tenía
adosado al brazo, continuó: «en general, yo tengo un total de tantas y tantas
vibraciones; mi amigo Boga-Edin tiene tantas y tantas más».
«Esto ocurre porque él es mucho más joven que yo y, en general sus
órganos funcionan con mayor intensidad que los míos, y las vibraciones
correspondientes en él resultan así más intensas que las mías».
«Mirad las cifras en los vibrómetros del perro, la oveja y la cabra. La
suma total de las vibraciones del perro es tres veces más elevada que en la
oveja y una vez y media más elevada que la de la cabra, y, en lo que
respecta al número total de su acorde general de vibraciones, es apenas más
bajo que el mío y que el de mi amigo».
«Debo señalar que entre los hombres, especialmente los de tiempos
recientes, son numerosos los que en su presencia común, el total del ‘acorde
subjetivo de vibraciones’, es muy inferior al que acusa la presencia de este
perro».
«Esto ocurre porque, en la mayoría de estos seres que acabo de
mencionar, una función, por ejemplo, la función de la emoción, que
materializa la mayor cantidad de vibraciones subjetivas, está ya casi
completamente atrofiada y, por consiguiente, la suma total de sus
vibraciones resulta ser menor que en este perro».
Habiendo dicho esto, el venerable Jadyi-Asvatz-Truv se puso
nuevamente en pie y se dirigió hacia el nicho donde se encontraban las telas
de diferentes colores.
«Comenzó a desenrollar dichos materiales, que consistían en la llamada
‘seda de Bujara’. Tomaba una pieza de tela de un determinado color, cubrió,
por medio de unos enrolladores especialmente construidos, no solo las
paredes y la bóveda, sino también el suelo de aquella sección de la caverna,
de modo que todo el interior estuviera tapizado con material de un mismo
color. Y cada vez que cambiaba el color, el total de vibraciones de todas las
formas de ‘vida’ resultaba modificado».
Después de los experimentos realizados con los materiales de colores,
este gran sabio terrestre de las últimas épocas nos pidió que lo siguiéramos
y, saliendo de aquella sección de la cueva, nos internamos por un pequeño
pasaje que conducía hacia un costado de la caverna. Detrás de nosotros
marchaban la cabra, la oveja y el perro, con sus collares improvisados.
Caminamos durante bastante tiempo, hasta que finalmente llegamos a la
sección principal de esta morada subterránea.
Allí, el venerable derviche Jadyi-Asvatz-Truv se dirigió hacia uno de
los nichos de aquella enorme sección subterránea y, señalando con la mano
un montón de tela de color sumamente extraño, dijo:
«Esta tela está especialmente tejida con las fibras de la planta
‘chaltandr’ y ha conservado su color natural».
«Esta planta ‘chaltandr’ es una de las raras formaciones en la Tierra,
cuyo color no posee la propiedad de modificar las vibraciones de las fuentes
vecinas y, por otra parte, ella misma es completamente insensible a todas
las demás vibraciones».
«Por eso, para emprender experimentos sobre las vibraciones emitidas
por otras fuentes que no sean los colores, he encargado especialmente esta
tela con la que he hecho una especie de ‘carpa’, ideada para poder a
voluntad, ocupar todo este espacio o para ser desplazada en todos los
sentidos y tomar cualquier forma».
«Y con esta original carpa prosigo ahora unos experimentos, que
llamaré ‘arquitectónicos’. Ellos me revelan qué tipos de locales ejercen una
acción nefasta en los hombres y los animales y en qué medida».
«Estos experimentos arquitectónicos me han convencido ya plenamente
de que las dimensiones y la forma general del interior de un local no son las
únicas que ejercen sobre los hombres y los animales una enorme influencia,
sino que también las ‘curvas’, ‘ángulos’, ‘salientes’ y ‘brechas’ de las
paredes, etc. contribuyen siempre, por las modificaciones que aportan a las
vibraciones producidas en la atmósfera del local, a mejorar o empobrecer
las vibraciones subjetivas de los hombres y de los animales presentes».
Cuando el venerable derviche comenzó sus experimentos con esta gran
carpa, en el curso de los cuales noté, entre otras cosas, que las vibraciones
ambientales, modificándose bajo el efecto de diversos factores
circundantes, ejercían sobre la presencia común de los seres tricerebrados
que han despertado tu simpatía, una acción mucho más fuerte que sobre los
seres unicerebrales y bicerebrales.
Evidentemente, esto también es consecuencia de las anormales
condiciones interiores y exteriores de su existencia eseral ordinaria.

Después de estas demostraciones arquitectónicas, nos condujo a otra


pequeña sección donde realizó numerosos experimentos que nos hicieron
ver claramente y comprender cuáles vibraciones, surgidas de diversas
fuentes, actúan sobre los «acordes subjetivos de vibraciones» de tus
favoritos y de qué manera.
Dichos experimentos nos mostraron también los resultados que daban
las vibraciones surgidas de las radiaciones de seres tricerebrados de
diversos tipos, o de seres bicerebrados y unicerebrados así como las
vibraciones de su voz y las de numerosas otras fuentes.
Nos presentó entre otros, comentándolos, varios experimentos que
ponían en evidencia la acción funesta que ejerce en los seres
contemporáneos de allá la producción, abundante y supuestamente
voluntaria, de lo que ellos llaman sus «obras de arte».
Entre estas últimas había «pinturas», «estatuas» y, naturalmente, sus
famosas «composiciones musicales».
Pero de todos los experimentos presentados por ese sabio, resaltó en
definitiva que las vibraciones más dañinas para los seres tricerebrados
contemporáneos de allá eran las que provocan en ellos lo que se llama
«medicamentos».

Permanecí cuatro días en el dominio subterráneo de ese auténtico sabio


terrestre, al cabo de los cuales, regresé en compañía del derviche Boga-Edin
a la ciudad de Bujara de la cual habíamos partido; y así concluyó mi primer
encuentro con ese ser notable.
Durante esos cuatro días, nos mostró y nos expuso mucho otras cosas
sobre las «leyes de las vibraciones». Pero lo que para mí resultó de mayor
interés fue la explicación que él dio, en último lugar, de la existencia, en esa
morada subterránea —perdida en esa región salvaje, lejos de todo
agrupamiento de seres terrestres contemporáneos— de la luz eléctrica y del
gas.
Durante su relato, ese ser terrestre tricerebrado, tan simpático, al
participarnos ciertos detalles no pudo dominarse; de sus ojos corrieron de
repente lágrimas sinceras que me tocaron entonces hasta tal punto que
jamás he podido olvidarlo.
Ciertos datos que ese relato puso en claro podrán constituir, con miras a
tu existencia futura, un excelente material de confrontación, y ayudarte a
comprender los resultados de lo que se llama un «destino subjetivo»,
resultados que se producen en general, en nuestro Gran Megalocosmos, en
todas partes donde aparecen y existen juntos una multitud de individuums
relativamente independientes.
Ocurre frecuentemente en esas colectividades, que el destino para
ciertos individuums se muestra absolutamente injusto, en el proceso de su
existencia personal, pero por ese mismo hecho todos los demás seres que
existen con ellos se benefician con una amplia cosecha de justos frutos, en
el sentido objetivo de la palabra.
Por consiguiente, te hablaré de esto con todo detalle y trataré además de
repetirte su relato, tan textualmente como pueda, sin cambiarle nada.
El relato tuvo lugar un poco antes de irme de este dominio subterráneo
donde me había convencido de que los resultados de las adquisiciones de la
Razón de los antepasados de los seres tricerebrados actuales, no habían
desaparecido completamente. Por cierto que a causa de su existencia eseral
anormal, al dejar los seres de las generaciones que siguieron en este extraño
planeta de transmutar conscientemente en sí mismos las verdades cósmicas
descubiertas por sus antepasados, esas verdades no han progresado allá,
como lo hacen en todas partes; sin embargo, se han concentrado
automáticamente en ese extraño imperio subterráneo de tu planeta,
esperando ser desarrolladas y perfeccionadas por los seres tricerebrados
venideros.
Y así, cuando le pregunté al venerable Jadyi-Asvatz-Truv acerca de los
métodos que habían permitido producir este alumbrado con gas y
electricidad en su imperio subterráneo, me respondió:
«Estas dos clases de alumbrado tienen orígenes completamente
diferentes, y cada una de ellas tiene su propia historia».
«El alumbrado con gas existe aquí desde nuestra llegada, y fue instalado
por iniciativa mía y de mi viejo amigo, el derviche Kerbalai-Azis-Nuarán».
«En cuanto al alumbrado eléctrico, existe solo desde hace muy poco
tiempo, y su iniciativa corresponde a otro de mis amigos, un europeo, muy
joven todavía».
«Creo que será mejor que os relate cada una de esas historias por
separado».
«Comencemos con el alumbrado a gas».
«Cuando al principio llegamos aquí, había en las cercanías un lugar
sagrado llamado ‘La gruta sagrada’, a la que acudían diversos ‘peregrinos’
y ‘devotos’ de todo el Turquestán».
«Y la creencia popular afirmaba que cierto ‘Jdreilav’ había vivido en
esta gruta, en otra época, de donde habría sido llevado al cielo en ‘vida’».
«Se decía también que había sido llevado en forma tan inesperada que
ni había tenido tiempo de apagar el fuego que alumbraba su gruta».
«Esta última creencia estaba sustentada en el hecho de que, en dicha
gruta, ardía, en efecto, un ‘fuego imperecedero’».
«¡Ahora bien, amigo de mi amigo!».
«Como ni yo ni mi amigo, el derviche Kerbalai-Azis-Nuarán, podíamos
dar crédito a esta creencia popular, decidimos averiguar las verdaderas
causas de ese hecho insólito».
«Puesto que disponíamos en aquel entonces de recursos materiales
suficientes y contábamos con las condiciones necesarias para la
investigación de ese fenómeno sin que nadie pudiera molestarnos,
comenzamos a averiguar su origen».
«Resultó que, no lejos de esa gruta, debajo del suelo, corría un arroyo
que atravesaba una capa de tierra compuesta de minerales, cuya acción
combinada provocaba al contacto con el agua un desprendimiento de un gas
inflamable que por casualidad había encontrado una salida por una grieta
del suelo de la gruta».
«Ese gas, al inflamarse en forma accidental, debía ser, evidentemente, el
origen de ese ‘fuego perpetuo’».
«Después de haber aclarado ese misterio y descubierto que la fuente de
ese arroyo se encontraba no lejos de nuestra morada subterránea,
decidimos, mi amigo y yo, desviar artificialmente ese gas hacia el interior
de nuestra caverna».
«Y así, desde entonces el gas fluye, a través de canalizaciones de barro
cocido que construimos, hacia la sección principal de nuestra caverna,
desde donde es distribuido por medio de ‘bambúes’, de acuerdo con
nuestras necesidades».
«En cuanto a la presencia de la luz eléctrica en nuestra gruta, he aquí la
historia:»
«Al poco tiempo de habernos instalado en esta región, cierta vez me
visitó, enviado por un antiguo amigo mío, también derviche, un viajero
europeo sumamente joven, que deseaba conocerme para hablar conmigo de
esas leyes de las vibraciones en las cuales yo me interesaba».
«Pronto nos hicimos muy amigos, ya que resultó ser muy serio en su
búsqueda de la verdad y además, porque era sumamente bondadoso y
‘susceptible con respecto a las debilidades de cada uno sin excepción’».
«Se dedicaba a estudiar las leyes de las vibraciones en general, pero sus
estudios se referían principalmente a las ‘leyes de las vibraciones’ que
provocan en los hombres las diversas enfermedades».
«Sus estudios, lo llevaron entre otras cosas, a descubrir el origen de la
enfermedad existente en los hombres con el nombre de ‘cáncer’, así como
el medio de destruir en ellos esa aparición funesta».
«Él constató, y luego demostró prácticamente, que existe para todo
hombre, mediante cierta forma de vida y cierta preparación, una posibilidad
de elaborar conscientemente en sí mismo vibraciones capaces —siempre
que con ellas se sature al enfermo de cierta manera y en momentos
determinados— de destruir de una vez por todas esa terrible enfermedad».
«Después de separarnos, estuvimos mucho tiempo sin volver a vernos,
pero siempre teníamos noticias el uno del otro».
«Supe así que mi joven amigo, al poco tiempo de alejarse de aquí, había
contraído matrimonio en su país y durante los años siguientes, había vivido
con su mujer una vida plena de ‘amor familiar y apoyo moral recíproco’
como decimos en Asia».
«Tenía particular interés, sobre todo, en las noticias relativas a los
resultados que él había obtenido en la búsqueda de un tratamiento capaz de
destruir en los hombres las causas mismas de las vibraciones que cristalizan
los factores de aparición de esta enfermedad, por estar estas causas en
íntima relación con aquéllas cuyo estudio constituía el interés primordial de
mi vida».
«Si bien mi amigo no había descubierto aún ningún tratamiento al
alcance de todos. Pero recibí durante ese periodo varios informes dignos de
fe por los que supe que él había descubierto, para curar a las personas que
padecían esta enfermedad, un medio impracticable todavía por parte de los
demás, pero con el cual él obtenía, cada vez, una destrucción radical de esta
abominable plaga de la humanidad».
«Me llegaron informaciones indudables sobre los exitosos resultados
que él había obtenido en varias decenas de casos».
«Posteriormente, por motivos que no dependían ni de él ni de mí, no
tuve noticias sobre mi joven amigo durante diez años».
«Había olvidado ya casi completamente su existencia, cuando un día,
mientras me encontraba particularmente absorto en mis ocupaciones, oí que
alguien usaba nuestra señal secreta; cuando respondí y pregunté quién
estaba allí, reconocí en seguida su voz. Me pidió que dejara al descubierto
la entrada a nuestra morada subterránea».
«Naturalmente, estábamos los dos muy contentos de volvernos a ver y
de reanudar nuestro intercambio de puntos de vista sobre nuestra querida
ciencia de las ‘leyes de las vibraciones’».
«Cuando pasó la emoción provocada por nuestro nuevo encuentro, y
después de desembalar todos los objetos traídos a lomo de camello por mi
joven amigo, —entre los cuales se encontraba el famoso aparato europeo
‘Roentgen’, una cincuentena de ‘elementos Bunsen’, varios ‘acumuladores’
y diversos bultos de alambres eléctricos de materiales diversos—
empezamos a hablar tranquilamente».
«Me contó su vida y esto es lo que supe, con gran pesar: varios años
antes, cuando conforme a las leyes del mundo, las condiciones circundantes
y las circunstancias eran tales que en casi toda la Tierra los hombres
perdieron toda seguridad en el mañana y toda esperanza de un domicilio
fijo, observó de pronto, en su muy amada mujer, los síntomas de la
horrorosa enfermedad cuyo tratamiento se había constituido en una de las
principales metas de su existencia».
«Y le aterró porque, en vista de las condiciones circundantes, carecía de
toda posibilidad de emplear el tratamiento que había descubierto y que
únicamente él podía llevar a cabo».
«Tras haber recobrado más o menos su calma después de esa tremenda
comprobación, tomó la única decisión posible, esperar pacientemente
tiempos más favorables y, mientras tanto, tratar de crear para su mujer
condiciones de vida necesarias para demorar todo lo posible el proceso
progresivo de esa terrible enfermedad».
«Transcurrieron poco más de dos años. Durante ese tiempo, las
condiciones circundantes mejoraron y mi joven amigo contó con la
posibilidad de prepararse, por fin, para utilizar el medio único que él
conocía para curar ese mal».
«Pero mientras trabajaba para ponerse en condiciones de aplicar ese
tratamiento, cierto día, muy triste para él, fue atropellado por un
‘automóvil’ a causa de los atascos provocados por una manifestación, en
una de las grandes ciudades europeas, y, aunque no murió, resultó muy
gravemente herido».
«Debido a sus heridas, permaneció varios meses ‘sin conocimiento’ y,
además, debido a la imposibilidad en que él se encontraba de dar una
dirección consciente y voluntaria a la vida ordinaria de su mujer, el proceso
de la terrible enfermedad se desarrolló en ella a un ritmo acelerado,
principalmente porque durante la enfermedad de su marido, ella lo cuidó sin
darse tregua, en un perpetuo estado de ansiedad».
«Y así, cuando mi pobre joven amigo al fin recobró la conciencia,
comprobó con horror que el proceso de la enfermedad de su mujer se
encontraba ya en su última etapa».
«¿Qué hacer?… ¿a qué recurrir? Las consecuencias de sus heridas le
privaban todavía de toda posibilidad de prepararse, elaborando en sí mismo
la calidad requerida de vibraciones, para poner en práctica el tratamiento
que él había descubierto con el objeto de destruir esa plaga».
«Por consiguiente, y en vista de que no encontraba otra solución,
resolvió recurrir al tratamiento empleado por los representantes de la
medicina europea contemporánea y que permite, según ellos, acabar con esa
enfermedad».
«En otras palabras, decidió recurrir a lo que llaman los ‘rayos X’».
«Y las sesiones de ‘rayos X’ empezaron».
«Durante el proceso de dicho tratamiento, notó que, aunque la principal
‘concentración’ o ‘centro de gravedad’ de la enfermedad en el cuerpo de su
mujer se ‘atrofiaba’, al mismo tiempo, una ‘concentración’ similar
comenzaba a formarse en otra parte totalmente distinta de su cuerpo».
«Después de varios meses de “sesiones” regulares, como dicen en
Europa, una nueva concentración independiente se declaró en un tercer
lugar del cuerpo».
«En fin, llegó el momento en que fue preciso reconocer que los días de
la enferma estaban contados».
«Ante esta desgracia, mi joven amigo decidió renunciar a todas las
‘maquinaciones’ de la medicina europea contemporánea y, sin ninguna
consideración por su propio estado, comenzó a elaborar en sí mismo las
vibraciones necesarias y saturar con ellas el cuerpo de la enferma».
«Si bien logró, a pesar de dificultades casi insuperables, prolongar la
existencia de su mujer durante casi dos años, ella murió finalmente a causa
de esa terrible enfermedad humana».
«Debo añadir que, durante el último periodo de la dolencia, cuando mi
amigo decidió dejar de lado las ‘maquinaciones de la medicina
contemporánea’, se vieron aparecer en el cuerpo de su mujer, dos nuevas
‘concentraciones’ independientes».
«Cuando mi joven amigo recuperó un poco la calma, después de este
desenlace atroz, volvió a dedicar parte de su tiempo a sus queridos estudios
e investigaciones de las grandes leyes del Mundo, quiso, entre otras cosas,
averiguar por qué, durante el tratamiento del cáncer por medio de los
rayos X, habían aparecido en el cuerpo de su mujer las ‘concentraciones’
independientes que él había comprobado y que jamás había encontrado en
sus largos años de estudio».
«Como resultaba complicado, por no decir prácticamente imposible,
elucidar en las condiciones en que él se encontraba, este asunto que le
interesaba, decidió acudir a mí, para tratar con mi ayuda de resolverlo
experimentalmente».
«Y por eso había traído consigo todos los materiales necesarios para
estos experimentos».
«Al día siguiente, puse a su disposición una de las secciones de nuestro
dominio subterráneo y varias de las llamadas cabras ‘Salmamuras’ y todo lo
que podía necesitar para sus experimentos».
«Entre otros preparativos, puso a funcionar el aparato Roentgen, con la
ayuda de los elementos Bunsen».
«Y no habían pasado tres días, desde su llegada, cuando ya había
descubierto lo que originó el alumbrado eléctrico permanente de nuestra
caverna».
«Y comenzó del siguiente modo:»
«Mientras realizábamos ciertos experimentos por medio de mis
vibrómetros, y mientras calculábamos las vibraciones de la corriente
eléctrica que producía los rayos X en el aparato Roentgen, observamos
inmediatamente que el número de vibraciones de la corriente eléctrica
producida por los elementos Bunsen aumentaba o disminuía todo el tiempo;
y como era sumamente importante para nuestros experimentos, tener un
flujo de corriente con un número uniforme de vibraciones en un intervalo
de tiempo dado, comprendimos claramente que este tipo de corriente
eléctrica no convendría de ninguna manera a nuestras investigaciones».
«Esta comprobación descorazonó y deprimió mucho a mi joven amigo».
«Quien interrumpió inmediatamente los experimentos que había
comenzado y se puso a reflexionar».
«Durante los dos días siguientes, no dejó de pensar, incluso hasta
pensaba en ello mientras comía».
«Al cabo del tercer día, mientras nos dirigíamos a la sección donde
solíamos comer y cuando cruzábamos un puentecillo construido sobre un
arroyo subterráneo que atraviesa la sección principal de nuestra caverna, se
detuvo y, golpeándose la frente, exclamó muy excitado: ‘¡Eureka!’».
«El resultado de esta exclamación fue que, al día siguiente, con la ayuda
de varios Tadyiks que él había contratado, se dedicó a transportar, desde
diferentes minas abandonadas de la vecindad, bloques de mineral de tres
clases, escogidos entre los más grandes que se podían mover. Estos fueron
colocados, según cierto orden, en el lecho de nuestro arroyo subterráneo».
«Una vez terminado ese trabajo, instaló dos polos que conectó por un
procedimiento muy simple, sirviéndose del mismo arroyo, a los
acumuladores que él había modificado un poco. Como resultado, una
corriente eléctrica de cierto amperaje comenzó a pasar a estos
acumuladores».
«Y cuando, después de veinticuatro horas, conectamos nuestros
vibrómetros a la corriente eléctrica así determinada, comprobamos que
incluso teniendo un amperaje insuficiente, el número de vibraciones que
ella daba se mantenía absolutamente estable, durante todo el tiempo de su
paso a través de los vibrómetros».
«Para aumentar la fuerza de la corriente eléctrica conseguida de este
modo original, mi amigo fabricó unos ‘condensadores’ de diversos
materiales —pieles de cabra, cierto tipo de ‘arcilla’, polvo de ‘zinc’ y
‘resina de pino’—, produciendo así una corriente eléctrica correspondiente
al amperaje y al voltaje de la máquina Roentgen que él había traído».
«Por medio de esta fuente original de corriente eléctrica, llegamos
finalmente a comprobar lo siguiente:»
«Si bien el empleo de esa invención europea para el tratamiento de la
espantosa enfermedad de la que hemos hablado, acarrea la atrofia de los
‘centros de gravedad’ del mal, en todo el cuerpo del hombre, facilita
grandemente la ‘metástasis’ en otras glándulas y favorece la propagación y
el desarrollo de la enfermedad en nuevos focos».
«Así pues, amigo de mi amigo».
«Cuando mi joven amigo se hubo sentido satisfecho después de esta
elucidación, dejó de interesarse por el problema que hasta entonces lo había
absorbido y, cuando regresó a Europa, nos dejó la fuente de luz que él había
creado y que no requiere atención ni material extraño; desde entonces,
hemos instalado poco a poco lámparas eléctricas a medida que se hicieron
necesarias en nuestra caverna».
«Aunque nuestra original fuente de energía era incapaz de generar
suficiente energía para todas las lámparas que poseíamos en nuestras grutas,
como no malgastamos esa energía y no la empleamos sino en la medida en
que nos es necesaria, ella va cargando poco a poco los acumuladores y a
veces en cantidades tales que hemos instalado aparatos con el fin de utilizar
su excedente para nuestras diferentes necesidades domésticas».
En ese punto del relato de Belcebú, todos los pasajeros de la nave
Karnak sintieron un sabor a la vez dulce y amargo que invadía las zonas
interiores de su boca.
Eso significaba que la nave Karnak se acercaba a un planeta, en el cual
iba a hacer un alto, imprevisto a la salida. Ese planeta era el planeta
Deskaldino.
Belcebú interrumpió su narración y regresó a su «Keshah» o cabina, así
como Ajún y Jassín, para prepararse a descender en el planeta Deskaldino.

Observación: Si alguna persona se interesa por


casualidad en las ideas expuestas en este capítulo —si se
interesa seriamente y no «a la ligera», como lo hacen en
general los hombres contemporáneos— y si esa persona
dispone de datos psíquicos, morales, físicos y materiales cuya
calidad sea satisfactoria, de acuerdo con mi comprensión, yo
le aconsejo con insistencia poner a trabajar todas sus fuerzas
con miras a reunir ante todo las condiciones necesarias para
merecer llegar a ser un «alumno con todo derecho» de mi
«laboratorio universal», laboratorio que tengo la intención
de abrir después de haber terminado mis obras, y cuya
creación será ligada a la última fase de mi intensa actividad
para el bien de la humanidad entera.

El Autor.
Capítulo 42
Belcebú en Norteamérica

Cuando, dos «dianosks» más tarde, la nave Karnak había reiniciado su


caída y los fieles seguidores de nuestro respetado Mulaj Nassr Eddín
ocupaban una vez más sus asientos habituales, Jassín se dirigió a su abuelo
con las siguientes palabras:
¡Querido Abuelo! Permíteme recordarte, como me lo pediste… los seres
tricerebrados… del planeta Tierra… los… ¿cómo los llaman?… ¿esos que
habitan y existen en la zona diametralmente opuesta al lugar donde florece
la civilización terrestre contemporánea?… ¿esos seres de quienes tú decías
que son maestros consumados en el arte de bailar el «foxtrot»…?
¿Quiénes?, ¿los Norteamericanos?
¡Sí, sí, los Norteamericanos!, exclamó Jassín alegremente.
Es verdad, recuerdo… Te había prometido hablarte un poco de esos
«fenómenos» contemporáneos.
Y Belcebú comenzó del siguiente modo su relato:
Visité esa parte de la superficie de tu planeta que ahora denominan
«Norteamérica» precisamente antes de mi salida de ese sistema solar.
Dejé, para ir allá, la ciudad de París, en el continente de Europa, que
había sido mi lugar principal de existencia en los últimos tiempos.
Salí del continente de Europa en un barco a vapor, como lo hacen hoy
en día todos los «poseedores de dólares», y llegué a la capital de la
«América del Norte, —a la ciudad de Nueva York, o, como todavía la
llaman a veces—, la ciudad popurrí de todos los pueblos de la Tierra».
Desde el desembarcadero, me dirigí directamente a un hotel llamado
«Majestic», que me habían recomendado mis amigos de París y que, por
una razón u otra, lo llamaban también, aunque no oficialmente, el «hotel
judío».
Habiéndome instalado en el hotel Majestic, salí a buscar a cierto
«Míster» de quien me había hablado otro de mis amigos parisienses.
Con la palabra «Míster» se designa a todo ser del sexo masculino de ese
continente que no use lo que se llama «falda».
Cuando entré en casa del Míster, para quien tenía yo una carta de
recomendación, lo encontré, como corresponde a todo verdadero hombre de
negocios norteamericano, metido hasta el cuello en innumerables «dollar
businesses».
Sería bueno, en mi opinión, hacer notar aquí, desde el principio de mi
relato acerca de los Norteamericanos, que todos los seres tricerebrados
contemporáneos, que constituyen la población básica de esa parte de la
superficie de tu planeta, se ocupan únicamente de esos «negocios de
dólares».
En cuanto a los demás oficios y «profesiones» indispensables para el
proceso de existencia eseral, solo los ejercen seres venidos de otros
continentes y que se encuentran allí temporalmente con el propósito de
«ganar dinero», como ellos dicen.
En ese sentido, las condiciones de existencia eseral, se han convertido
para tus favoritos, sobre todo en ese continente, completamente
«Tralalalualalalalá, —o como lo habría dicho nuestro respetado maestro
Mulaj Nassr Eddín—, parecidas a una pompa de jabón que no puede durar
mucho tiempo, sino en un medio ambiente tranquilo».
Actualmente allá, las condiciones son tales que si, por alguna razón, los
especialistas profesionales de todas las categorías, necesarios para su
existencia colectiva, dejaran de venir de otros continentes con la esperanza
de «ganar dinero», puede decirse con seguridad que, en el lapso de un mes,
todo el orden de su existencia ordinaria se vendría completamente abajo,
puesto que ninguno de ellos sabría siquiera hornear pan.
La razón principal del desarrollo gradual de tal anomalía, debe buscarse
por un lado, en la ley que promulgaron ellos mismos para definir los
derechos de los padres respecto a los hijos y, por el otro, a la institución, en
cada escuela, de una «caja de ahorros de dólares», que responde al principio
de inculcar en los niños el amor a esos dólares.
Por esta razón y por otras también —ligadas a las singulares
condiciones exteriores que ellos establecieron para su existencia ordinaria
— en la presencia común de cada uno de los habitantes de ese continente,
cuando llega a la edad responsable, el impulso dominante de su «febril
existencia» es la furia de «hacer dólares», y el amor a esos mismos dólares.
Por eso cada uno de ellos se ocupa siempre de «negocios de dólares», y
siempre de varios a la vez.
El «Míster» para quien tenía una carta de recomendación, se encontraba
también sumamente ocupado con estos «negocios de dólares»; sin embargo
me recibió muy amablemente. Cuando leyó la carta que le había entregado,
comenzó inmediatamente en él un extraño proceso que hasta algunos de tus
favoritos han observado, —y que se ha vuelto inherente a los seres actuales
— y que se llama «pavonearse inconscientemente».
Ese extraño proceso se desencadenó en él porque, en la carta que le
había entregado, mencionaba la recomendación de cierto Míster, conocido
mío, considerado por muchas personas y entre ellas por ese mismo
«Míster», como un «caballero de industria de primer orden», de acuerdo
con la expresión empleada a sus espaldas, es decir, como un «excelente
hombre de negocios».
Aunque al principio él estaba bajo el poder de esa tendencia propia de
tus favoritos contemporáneos, se tranquilizó poco a poco mientras hablaba
y, para terminar, me informó de que deseaba «ponerse completamente a mi
disposición». Luego, recordando de pronto algo, añadió que muy a su pesar,
debido a circunstancias ajenas a su voluntad, no podía en forma alguna
atenderme ese día, y que se veía obligado a dejar el asunto para el día
siguiente, ya que se encontraba muy ocupado con importantes negocios.
Y es indudable que, aunque tuviera la mejor buena voluntad del mundo,
no hubiera podido atenderme, ya que esos infortunados norteamericanos,
siempre dominados por ese asunto de los dólares, solo pueden hacer lo que
quieren los domingos, y el día que yo fui a verlo no era domingo.
Allá en ese continente, los negocios de dólares, u otros, nunca dependen
de los seres mismos; por el contrario, son tus favoritos quienes siempre
dependen enteramente de sus «negocios».
En resumen, como ese día no era domingo, ese auténtico Míster
norteamericano no podía hacer lo que él quería, es decir, acompañarme y
presentarme a las personas que yo necesitaba conocer. Nos citamos pues
para el día siguiente en la mañana, en cierto lugar de su famoso
«Broadway».
Broadway no solo es la calle más famosa y principal de Nueva York,
sino también, como dicen allá, la más larga de todas las grandes ciudades
contemporáneas de ese planeta.
A ella me dirigí al día siguiente.
Puesto que el «automóvil taxi» que me condujo a ese lugar no provenía
de una de las fábricas del Sr. Ford, llegué demasiado temprano y, en
consecuencia, este «Míster» no se encontraba aún allí.
Mientras lo aguardaba, comencé a caminar sin rumbo fijo, pero como en
esa parte de Broadway todos los «agentes de cambio» neoyorquinos hacen
«footing» antes de su famoso «lunch» precisamente en esa parte de la calle
Broadway, el gentío fue pronto tal, que para evitarlo, decidí ir a sentarme en
alguna parte, en un sitio desde donde pudiera ver llegar al Míster.
Precisamente había, no lejos de allí, uno de sus típicos «restaurantes», a
través de cuyos vidrios se podía ver a todos los transeúntes.
Debo decir, que en ninguna parte tu planeta, en ningún otro
agrupamiento de tus favoritos, hay tantos restaurantes como en Nueva York.
Son particularmente numerosos en los barrios centrales y, los dueños de
esos restaurantes son en su mayoría «Armenios», «Griegos» y «Judíos
rusos».
Ahora, muchacho, para que descanses un poco de un pensar activo,
quiero atenerme por un tiempo a la forma de pensar de nuestro querido
maestro Mulaj Nassr Eddín para exponerte una costumbre de lo más
original, muy popular desde algunos años en los restaurantes neoyorquinos.
Como los detentadores de poder de esa comunidad han prohibido
rigurosamente a los seres ordinarios la fabricación, la importación y el uso
de todo «líquido alcohólico» y han dado con ese fin órdenes a los seres
sobre los cuales descansa su esperanza de quietud, es supuestamente
imposible conseguir alcohol. Eso no impide que uno pueda hacerse servir,
en esos restaurantes neoyorquinos, bajo el nombre de «Arak», de «Duziko»,
de «Whisky Escocés», de «Benedictine», de «Vodka», de «Gran Marnier» u
otros nombres diversos, tantos «líquidos alcohólicos» como se quiera. Los
cuales son fabricados exclusivamente en el mar en «viejas gabarras», no
lejos del litoral de ese continente.
Toda la «sal» de este cuento consiste en que, si se separa el meñique
cubriendo a la vez un lado de la boca con la palma derecha, y se pronuncia
el nombre de un líquido cualquiera, ese líquido, sin más dificultad, aparece
enseguida sobre la mesa, pero en botellas de limonada o en los famosos
«cuartos de Vichy» franceses.
Esfuérzate ahora por estirar al máximo tu voluntad y por realizar en tu
presencia una movilización general de todos tus «órganos perceptores», a
fin de escuchar y asimilar, sin pasar nada por alto, todo lo que voy a decirte
de cómo se preparan en el mar, en viejas gabarras, cerca de la costa de ese
continente, los «líquidos alcohólicos» enumerados.
Lamento mucho personalmente no haber podido familiarizarme más
con esa «ciencia» terrestre contemporánea.
Todo lo que he podido saber es que en cada una de sus recetas de
fabricación entraban los ácidos: «sulfúrico», «azoico», y «clorhídrico» y
por encima de todo, el «conjuro» del famoso profesor alemán
contemporáneo «Kischmenhof».
Este último ingrediente, el conjuro del profesor Kischmenhof, para los
líquidos alcohólicos, es de un sabroso interés.
Se procede, dicen, de la siguiente manera:
Ante todo, hay que preparar, de acuerdo con alguna vieja receta, muy
conocida de los especialistas en la materia, mil botellas de líquido. Y tienen
que ser obligatoriamente mil, pues si se prepara tan solo una de más o una
de menos, el conjuro ya no actuaría.
Estas mil botellas deben ser colocadas en el suelo y, en el mayor
silencio se deposita en medio de ellas una de esas botellas de alcohol
auténtico, tal como las que existen en cualquier parte allá. Se la deja allí
unos diez minutos, luego de lo cual, rascándose la oreja derecha con la
mano izquierda, se pronuncia muy lentamente con las pausas necesarias, el
conjuro alcohólico.
Desde ese momento no solamente el líquido de las mil botellas se
transforma instantáneamente en ese verdadero líquido contenido en la única
botella, sino que al mismo tiempo adquiere el nombre de esa botella.
Entre las encantaciones de ese incomparable profesor alemán
Kischmenhof, hay unas, según me enteré, absolutamente pasmosas.
Esas notables encantaciones del famoso especialista alemán, experto en
la materia, son de «invención» muy reciente: datan del comienzo del último
gran proceso europeo de destrucción recíproca.
Cuando la crisis alimentaria se hizo sentir en su patria «Alemania», el
gran profesor, compadeciéndose de la situación de sus conciudadanos,
inventó su primer conjuro, que servía para preparar una «sopa de gallina»
expedita y barata.
Ese primer conjuro, interesante en el más alto grado, que lleva el
nombre de «sopa alemana de gallina», se efectúa en las condiciones
siguientes:
En una enorme marmita puesta sobre el fuego, se vierte agua ordinaria
en la cual se echan algunas hojas de perejil bien picado.
Se abren luego de par en par las dos puertas de la cocina y si no hay una
segunda puerta, una ventana; después de lo cual, pronunciando con voz
fuerte el conjuro, se persigue a todo correr una gallina por la cocina.
Y al instante siguiente, humea en la marmita una deliciosa «sopa de
gallina».
He oído decir que, durante los años de su gran proceso de destrucción
recíproca, los seres de Alemania utilizaron muchísimo este conjuro por
haber resultado ser, este modo de preparar una «sopa de gallina», excelente
o, por lo menos, muy económico.
El hecho es que una misma gallina puede durar muchísimo, porque
puede ser perseguida y hostigada indefinidamente, hasta que se «declare en
huelga», como dicen y se niegue a respirar por más tiempo.
Y en los casos, en que la gallina, aun habiendo existido entre tus
favoritos, no se dejara contaminar todavía por su hipocresía, y se negase
totalmente a respirar un instante más, los seres de la comunidad de
Alemania, habían instituido la siguiente costumbre:
Cuando la gallina se había «declarado en huelga», sus dueños la asaban
solemnemente al horno y, para celebrar esta rara ocasión, nunca dejaban de
invitar a cenar a todos sus parientes.
Es interesante notar, a propósito de esto, que otro de sus profesores,
también célebre, de nombre Steiner, estableció matemáticamente, en el
curso de sus «investigaciones científicas sobre los fenómenos
sobrenaturales» que, cuando se servía semejante gallina en estas «grandes
cenas», la anfitriona siempre repetía lo mismo.
Cada ama de casa, levantando los ojos al cielo y apuntando con su
índice a la gallina, decía con ternura que este era un exquisito «faisán del
Pamir» y que este faisán les había sido enviado expresamente por su
querido sobrino, residente en el Pamir en calidad de cónsul de su gran
«Vaterland».
Existen en aquel planeta muchos conjuros que responden a toda clase de
fines.
Estos conjuros se han multiplicado mucho allá desde que numerosos
seres de aquel original planeta se han hecho especialistas en los fenómenos
sobrenaturales con los nombres de «ocultistas», «espiritistas», «teósofos»,
«magos morados», «quirománticos» y así sucesivamente.
Estos especialistas tienen, además de su aptitud para «crear fenómenos
sobrenaturales», el don indiscutible de dar «gato por liebre».

La prohibición de todo consumo de alcohol en Norteamérica puede


servirnos de ejemplo luminoso para comprender cuánto se ha atrofiado, en
los seres responsables contemporáneos, detentadores de poder, la
posibilidad de cristalizar datos para una sana apreciación eseral, ya que,
además, semejante absurdo se ha repetido allá más de una vez.
Debido a esta prohibición, todos sin excepción, en ese continente, ahora
consumen alcohol, aun aquellos que en otras condiciones, jamás lo habrían
consumido.
Sucede hoy en día en Norteamérica, con el consumo del alcohol, lo que
sucedía en el país de Maralpleissís con la masticación de la semilla de
adormidera.
La diferencia es que en otros tiempos, por lo menos, en el país de
Maralpleissís, los seres se entregaban al uso de la verdadera semilla de
adormidera, mientras que en Norteamérica, los seres consumen el primer
líquido que se les ofrezca, siempre que lleve el nombre de algún líquido
alcohólico existente en cualquier país de su planeta.
Otra diferencia es que, para consumir el alcohol prohibido, los seres que
pueblan el continente de Norteamérica están lejos de ser tan ingenuos como
lo eran los de Maralpleissís en el arte de escapar a la vigilancia
gubernamental.
Tú mismo verás por los siguientes ejemplos a qué extremos han llegado
tus favoritos a este respecto.
Actualmente, todo hombre joven en cuyos labios más o menos se ha
secado ya la «leche materna», lleva consigo una «cigarrera» o «petaca» de
aspecto completamente inofensivo; y, cuando está en el restaurante o en uno
de sus famosos «dancings» y saca de su bolsillo su petaca para cigarros o
cigarrillos, todo el mundo a su alrededor piensa naturalmente que quiere
fumar.
¡Nada de eso! Basta una pequeña vuelta dada a su cigarrera y he aquí
que aparece en su mano izquierda un minúsculo vaso, donde, con la mano
derecha, vierte muy despacio y muy calmadamente el líquido contenido en
la cigarrera, probablemente whisky escocés, pero fabricado, como ya te he
dicho, en alguna vieja gabarra, cerca de las costas de Norteamérica.
En el curso de las observaciones a las que me dediqué, fui testigo un día
de otra escena.
En un restaurante, no lejos de mi mesa, estaban sentadas dos jóvenes
norteamericanas.
El camarero, o como lo llaman ellos, el «waiter», les trajo una botella
de agua mineral y dos vasos. Una de ellas movió de cierta manera el mango
de su sombrilla de moda, y de aquel mango corrió, muy despacio y muy
calmadamente a los vasos, cierto líquido, probablemente también whisky
escocés o algo parecido.
En resumen, muchacho, se repite exactamente, en este continente de
Norteamérica lo que pasaba antaño en la gran comunidad de Rusia, donde
los seres detentadores de poder también habían prohibido el consumo del
famoso «vodka ruso» y, donde, debido a esta prohibición, los seres se
acostumbraron muy pronto a reemplazar aquel «vodka» por el no menos
famoso «Hanja», que aun hoy mata cada día a millares de estos
desdichados.
Pero, debemos ser justos con los seres norteamericanos
contemporáneos: por su habilidad en ocultar de las autoridades el uso que
hacen del alcohol, demuestran ser mucho más «civilizados» que los seres de
la comunidad de Rusia.

Pues, bien, querido niño, para escapar del gentío, entré en uno de esos
típicos restaurantes neoyorquinos, me senté en una mesa y me puse a
observar la muchedumbre a través de la ventana.
Y como en todo tu planeta se acostumbra, cuando uno se sienta en un
restaurante o en cualquier otro lugar público, pagar algo con lo que llaman
«dinero» a beneficio del propietario del establecimiento, yo también, para
hacer como ellos, pedí un vaso de su famosa «naranjada».
Esta célebre bebida norteamericana está hecha de una mezcla de jugos
de naranja y de «toronja»; y los seres de ese continente la consumen
siempre y en todas partes en cantidades increíbles.
Esta famosa «naranjada» los refresca a veces, es cierto, en la época de
mucho calor, pero por la acción que tiene en las «mucosas» de su estómago
y de su intestino, constituye uno de los numerosos factores cuyo conjunto
acarrea, quizá lenta pero inevitablemente, la ruina de esa función «inútil» y
«sin importancia» que se llama «función digestiva del estómago».
Así, pues, sentado ante aquella naranjada, mientras observaba a los
transeúntes con la esperanza de descubrir entre ellos al Míster que yo
aguardaba, me puse por aburrimiento a examinar en detalle el salón del
restaurante.
Entre los objetos que había sobre la mesa, vi el «menú» del restaurante.
Llaman «menú», en tu planeta, a una hoja de papel en la que están
escritas todas las comidas y bebidas que puede servir el restaurante.
Recorriendo todo lo que figuraba en esa hoja, descubrí, entre otras
cosas, que se podían pedir aquel día setenta y ocho platos diferentes.
Esto me sorprendió mucho y me pregunté qué clase de fogón podrían
tener aquellos norteamericanos en su cocina para poder preparar en un solo
día setenta y ocho platos.
Debo decir que había visitado todos los continentes y que había sido
huésped de muchísimos seres de diferentes castas. Al haber asistido a
menudo a la preparación de las comidas, tanto en la casa de ellos como en
la mía, ya sabía yo más o menos que, para preparar un plato, era necesario
un mínimo de tres o cuatro cacerolas. Calculé entonces que estos
norteamericanos seguramente necesitaban, puesto que preparaban setenta y
ocho platos en una sola cocina, casi trescientas cacerolas.
Tuve ganas de darme cuenta por mí mismo cómo era posible colocar
sobre un solo fogón trescientas cacerolas, y resolví dar lo que ellos llaman
una «buena propina» al camarero que me había servido la naranjada, para
que me permitiera ver, con mis propios ojos, la cocina de aquel restaurante.
El camarero arregló la cosa y me fui a la cocina.
Al entrar… ¿qué te imaginas?… ¿Qué cuadro crees que vi?… ¿Un
fogón con trescientas marmitas y cacerolas?
¡Nada de eso!…
Nada más que un mísero y pequeño «intento» de «hornillo de gas»,
como los que tienen en su habitación los «solterones por convicción» o las
«aborrecedoras de hombres», es decir, las «solteronas que no sirven para
nada».
Al lado de este «escuálido hornillo» estaba sentado un cocinero de
«origen escocés», que tenía un cuello de toro, leyendo el periódico, como
todo norteamericano se siente obligado a hacerlo; se trataba, creo, del
Times.
Yo miraba estupefacto a mi alrededor y miraba también el cuello de toro
del cocinero.
Mientras permanecía así, alelado, un camarero entró en la cocina desde
el restaurante y, en un extraño inglés, encargó al cocinero de cuello grueso
un plato muy complicado.
Permíteme decirte a propósito de esto, que por el solo acento del
camarero que había pedido el plato de nombre complicado, yo había
adivinado que él acababa de llegar hacía poco del continente de Europa, con
el sueño de llenarse los bolsillos de dólares norteamericanos, sueño que
tienen en general todos los europeos que todavía no han estado en
Norteamérica, y que actualmente en su país no deja a nadie dormir en paz.
Cuando nuestro aspirante al título de «multimillonario norteamericano»
pidió el plato complicado al cocinero de cuello grueso, este, pesadamente y
sin darse prisa, se levantó de su sitio y descolgó una pequeña «sartén de
soltero», como dicen allá.
Después de haber encendido su «minihornillo», colocó sobre él la
sartén; y, siempre moviéndose con pesadez, se dirigió a uno de los muchos
armarios, sacó una lata de conserva, la abrió y vació todo su contenido en la
sartén.
Después de eso, de la misma manera, se aproximó a otro armario, del
que sacó una nueva lata de conserva; pero esta vez solo echó una pequeña
parte de su contenido en la sartén y revolvió bien la mezcla, antes de
disponerlo todo cuidadosamente en un plato que depositó en la mesa. Luego
volvió a sentarse en su sitio y continuó la lectura interrumpida de su
periódico.
Este cocinero de cuello grueso hacía todo eso con la más completa
indiferencia, como un verdadero autómata; por sus movimientos, se veía
que sus pensamientos flotaban en la lejanía, probablemente en los lugares
en los que se desarrollaban los sucesos descritos en el periódico
norteamericano.
Poco después, el camarero que había encargado el plato complicado
volvió, trayendo una gran bandeja de «cobre», sobre la cual lucía una
cantidad de «cubiertos a la moda» de metal hueco; puso en la bandeja el
plato lleno de aquel extraño alimento y se lo llevó todo al comedor.
Cuando regresé a sentarme en el salón, vi en la mesa vecina, a un Míster
que comía, relamiéndose, el plato a cuya preparación yo había asistido por
casualidad en la cocina.
Mirando por la ventana, vi por fin entre el gentío al Míster que
aguardaba; pagué mi cuenta y salí del restaurante.
Y ahora, hijo mío, ateniéndome siempre a la forma de mentación de
nuestro querido maestro, quiero hablarte un poco de la «lengua» de estos
seres norteamericanos.
Debo decirte que antes de llegar a ese continente, yo hablaba ya la
«lengua» de los seres que lo pueblan, es decir, la «lengua inglesa».
Pero, desde el día de mi llegada a la capital de América del Norte, tuve
grandes dificultades para hacerme comprender, pues aunque los
norteamericanos emplean esta lengua inglesa para sus relaciones verbales,
es una «lengua inglesa» muy suya y hasta, en realidad original.
Así, pues, habiendo comprobado estas dificultades, decidí estudiar su
original «lengua inglesa».
Al tercer día de mi llegada, cuando iba a casa de aquel Míster que había
conocido, para rogarle que me recomendara a un maestro capaz de
enseñarme esta «lengua inglesa», vi de pronto, luminosamente proyectado
en el cielo, un «anuncio norteamericano», redactado así:
SCHOOL OF LANGUAGES BY THE SYSTEM
OF MR. CHATTERLITZ
13 North 293rd Street

Seguía una enumeración de los idiomas enseñados, con la duración para


cada uno de ellos. Se precisaba entre otras cosas, que el estudio de la
«lengua inglesa norteamericana» exigía de cinco minutos a veinticuatro
horas.
No pude comprender de inmediato lo que significaba eso; pero de todas
maneras decidí ir al día siguiente por la mañana a la dirección indicada.
El día siguiente, cuando me presenté en casa de ese Mr. Chatterlitz me
recibió en persona, y al enterarse de que yo quería estudiar la «lengua
inglesa norteamericana» según su sistema, comenzó a explicarme que,
según él, esa lengua podía aprenderse de tres diferentes maneras,
respondiendo cada una a una necesidad particular.
«La primera manera», dijo, enseña la lengua indispensable para los
hombres que tienen absoluta necesidad de ganar nuestros dólares
norteamericanos.
«La segunda, interesa a aquellos que, sin tener necesidad de nuestros
dólares, les gusta sin embargo ‘hacer dólares’, y quieren hacerse pasar,
entre los Norteamericanos, no por unos cualquieras, sino por verdaderos
‘gentlemen’ educados a la inglesa».
«En cuanto a la tercera, está dirigida a cualquiera que desee tener la
posibilidad de procurarse siempre y en todas partes whisky escocés».
Como las horas reservadas al estudio de la lengua inglesa de acuerdo
con la segunda manera eran las que más me convenían, decidí entregarle en
el acto los dólares que él pedía para enseñar el secreto de su sistema.
Pagados los dólares, que él muy pronto hizo desaparecer en su bolsillo
secreto, con aire de indiferencia, —pero, en realidad con la avidez vuelta
propia de todos los seres de tu planeta— me explicó que para estudiar de
acuerdo con la segunda manera, bastaba recordar cinco palabras:

1. Maybe
2. Perhaps
3. Tomorrow
4. ¡Oh! I see
5. All right

Añadió que, si yo tenía oportunidad de conversar con algunos de sus


místeres, no tendría más que pronunciar de vez en cuando una de esas cinco
palabras.
«Eso basta, dijo, para convencer a todo el mundo que usted conoce
perfectamente la lengua inglesa, y que usted es un ‘as’ en asuntos de
dólares».
Aunque el sistema de ese honorable Chatterlitz era tan eficaz como
original, jamás tuve la ocasión de ponerlo en práctica.
Esto se debió a que me encontré por casualidad el día siguiente mismo
en la calle con uno de mis viejos amigos, director de un periódico en el
continente de Europa, quien me indicó un secreto mucho mejor para
aprender la lengua norteamericana.
Mientras le contaba entre otras cosas, que había estado la víspera en
casa de Míster Chatterlitz y le hablaba de su sistema, él me interrumpió:
«¿Sabe usted, mi querido doctor? Puesto que usted es uno de los
suscriptores de nuestro periódico, no puedo abstenerme de revelarle uno de
los secretos de la lengua local».
Y agregó:
«Como usted ya conoce varias de nuestras lenguas europeas, si emplea
mi secreto, dominará a la perfección la lengua del país, y podrá hablar de
todo lo que desee, en vez de solo hacer creer a los demás que usted conoce
la lengua inglesa, para lo cual, por cierto el sistema de ese Chatterlitz es
realmente excelente».
Me explicó luego que si, al pronunciar cualquier palabra de una lengua
europea, uno se imagina tener en la boca una papa caliente, el resultado es,
en general, una palabra inglesa.
«Y si usted se representa ahora que esa papa caliente está espolvoreada
con ‘pimienta roja’ bien molida, entonces tiene usted la clave de la
pronunciación ideal de la lengua inglesa norteamericana».
Me aconsejó también no preocuparme por la selección de las palabras,
por estar la lengua inglesa misma compuesta de un conjunto de palabras
extraídas al azar de casi todas las lenguas europeas; de modo que esa lengua
posee muchas palabras para cada concepto ordinario, «lo que hace que
usted dé casi siempre con la palabra justa».
«Y si, contra lo esperado, usted llegara a emplear una palabra que no
existe en esa lengua, eso no haría gran daño; en el peor de los casos, su
interlocutor pensaría llanamente que él es quien no conoce la palabra».
«Todo lo que usted tiene que hacer es representarse bien la papa
caliente… y ahora ¡basta!, ¡fuera ‘majaderías’!».
«Mi secreto, yo lo garantizo; y hasta me atrevo a decir que usted podrá
rescindir su suscripción si, siguiendo mi consejo, su ‘lengua
norteamericana’ no llega a ser ideal».

Al cabo de algunos días, tuve que ir a Chicago.


Esa ciudad, por su extensión, es la segunda del continente de
Norteamérica; es como su segunda capital.
Mi amigo de Nueva York, al acompañarme a la estación, me dio una
carta de recomendación para un Míster de la ciudad.
Apenas llegué fui a casa de ese Míster.
Ese Míster de Chicago era amable y atento en el más alto grado.
Lo llamaban «Míster Ombílicus».
La primera noche, ese amable «Míster Ombílicus» me propuso que le
acompañara a casa de uno de sus amigos, para que, decía él, no «me
aburriera» en esa ciudad extranjera.
Naturalmente acepté.
Allá nos encontramos con un buen número de jóvenes norteamericanos.
Todos esos invitados estaban particularmente alegres y «traviesos».
Contaban por turno «cuentos divertidos» y la risa que ellos provocaban
se difundía en la habitación como el humo cuando el viento del sur sopla
sobre las chimeneas de las fábricas norteamericanas donde se preparan las
salchichas llamadas «hot dogs».
Como yo mismo soy gran aficionado a los chistes, mi primera velada en
la ciudad de Chicago transcurrió muy alegremente.
Y habría encontrado esto razonable y placentero, si uno de los «rasgos»
comunes a todos estos cuentos, no me hubiera asombrado e intrigado
profundamente.
Lo que me asombraba e intrigaba tanto, era su «doble sentido» y su
«obscenidad».
Ese doble sentido y esa obscenidad eran tales que cualquiera de esos
jóvenes cuentistas norteamericanos habría podido aventajar al famoso
«Boccaccio».
«Boccaccio» es el nombre de un escritor que compuso para los seres de
la Tierra una obra muy instructiva titulada «Decamerón»; muy difundida
allá en todos los continentes; es el libro favorito de los seres
contemporáneos pertenecientes a casi todas las comunidades.
Al día siguiente, ese buen Míster Ombílicus me llevó a pasar la velada
en casa de otros amigos suyos.
Había allá, de nuevo, una cantidad de jóvenes seres norteamericanos, de
ambos sexos, sentados en los rincones de un gran salón, donde hablaban en
voz baja y muy tranquilamente.
Hacía poco que estábamos sentados, cuando una joven y bonita
norteamericana vino a sentarse a mi lado y se puso a charlar.
Como corresponde, sostuve la conversación. Charlamos de toda clase de
cosas. Me hizo muchas preguntas sobre la ciudad de París.
Mientras hablábamos, esa «señorita», como dicen ellos, se puso de
repente, sin ton ni son, a acariciarme el cuello.
Pensé: «¡Qué amable es! Posiblemente haya visto una “pulga” en mi
cuello y lo acaricia para aliviar más rápido la irritación causada por la
picada».
Pero cuando me di cuenta que todos los jóvenes norteamericanos que
estaban allí también se acariciaban unos a otros, me quedé estupefacto, no
pudiendo comprender lo que pasaba.
Mi primera suposición se vino abajo por sí misma, porque era imposible
imaginar que todo el mundo tuviera pulgas en el cuello.
Me preguntaba qué significaba todo eso. Pero, a pesar de todos mis
esfuerzos, no podía explicármelo.
Cuando un poco más tarde, al salir de la casa, interrogué a Míster
Ombílicus, estalló en una carcajada irresistible, tratándome de «simplón» y
de «campesino retardado». Cuando se calmó un poco, me dijo:
«¡Qué original es usted! ¿Y bueno qué? Acabamos de salir de un
‘petting party’».
Y mientras seguía riéndose de mi ingenuidad, me explicó que la noche
anterior, habíamos asistido también a un «party», pero a un «story party».
«Mañana, prosiguió, yo pensaba llevarlo a un ‘swimming party’, donde
los jóvenes se bañan juntos, pero claro está, con trajes de baño
‘especiales’».
Luego, observando que mi rostro todavía tenía señales de atontamiento,
agregó: «Pero si estas ‘modestas reuniones’ no le gustan, podemos probar
otras que no están abiertas a todo el mundo; hay muchos de esos ‘parties’
entre nosotros, y soy miembro de varios de ellos. En esas reuniones
privadas podremos encontrar, si usted lo desea, algo más ‘substancial’».
Pero no pude aprovechar la gentileza del tan amable y servicial Míster
Ombílicus ya que a la mañana siguiente, recibí un telegrama que me
obligaba a volver a Nueva York.

Deteniéndose en su relato, Belcebú se puso a reflexionar; luego,


después de un tiempo bastante largo, suspiró profundamente y prosiguió:
Al día siguiente, en vez de salir en el tren de la mañana, como lo había
decidido al recibir el telegrama, pospuse mi viaje para la noche.
La razón que me retuvo en Chicago será para ti un excelente ejemplo
del mal que puede hacer cierto invento de esos Norteamericanos, invento
muy difundido en tu planeta y que es una de las causas de lo que se podría
llamar el «encogimiento del psiquismo» de todos los seres tricerebrados de
los demás continentes. Así que te hablaré de ello detalladamente.
El funesto invento de los seres Norteamericanos que me dispongo a
explicarte no fue solamente la causa del «encogimiento» que sufrió, a un
ritmo que crece continuamente, el psiquismo de los seres de ese infortunado
planeta, sino que fue también la causa de la destrucción definitiva de la
única función eseral, propia de todos los seres tricerebrados, que hasta estos
últimos tiempos aparecía por sí misma en su presencia, y que se llama por
todas partes «instinto normal de presentir la verdad en el seno de la
realidad».
En lugar de esa función indispensable a todo ser tricerebrado, se
cristalizó poco a poco en tus favoritos otra función bien definida, cuya
acción provoca en ellos una duda constante en todo.
Ese invento funesto, lo llaman «publicidad».
Para que comprendas mejor lo que sigue, debo decirte que, algunos años
antes de mi salida hacia Norteamérica, recorriendo un día el continente de
Europa, compré unos libros para leer en el tren con el fin de abreviar las
largas y fastidiosas horas de viaje. En uno de esos libros, escrito por un
autor célebre leí un capítulo sobre Norteamérica, donde se trataba
ampliamente de los «mataderos» de la ciudad de Chicago.
Se llama «matadero» allá, un lugar especial donde los seres terrestres
tricerebrados destruyen la existencia de seres de otras diversas formas,
cuyos cuerpos planetarios consumen con delicia como su primer alimento,
conforme a las condiciones anormales de existencia eseral ordinaria que
ellos mismos han establecido.
Más aún, cuando se entregan a semejante manifestación en esos
establecimientos, dicen y se imaginan ellos mismos que cumplen un deber
indispensable, y eso, supuestamente, de las maneras la más «humana».
Este célebre autor contemporáneo, describía con admiración, por
haberlos visto con sus propios ojos, esos mataderos de la ciudad de
Chicago, tan maravillosamente organizados según él.
Alababa la perfección de máquinas de todas clases y se extasiaba ante la
limpieza extraordinaria que allí reinaba.
«No solamente —precisaba él— la humanidad hacia los seres de otras
formas alcanza en esos mataderos un grado ‘divino’, sino que las máquinas
allí están perfeccionadas hasta tal punto que si se hace entrar un buey por
una puerta, se puede, si uno lo desea, hallarlo al cabo de diez minutos, en
otra puerta, en forma de salchichas calientes ya listas». Finalmente insistía
en el hecho de que todo eso se hacía sin la participación de la mano del
hombre, únicamente gracias a esas máquinas perfeccionadas, y que, por
consiguiente, todo era ahí limpio y apetitoso en grado supremo.
Varios años después de haber leído este libro, di con un artículo de una
revista rusa muy seria, que hacía, en los mismos términos, el elogio de esos
mataderos.
Y desde ese momento, oí hablar de ese matadero a miles de seres
diferentes, muchos de los cuales habían sido presumiblemente testigos
oculares de las maravillas que describían.
En resumen, antes de mi llegada a la ciudad de Chicago, estaba ya
plenamente convencido de que esa «maravilla», sin precedentes en la
Tierra, existía allí.
Oí también hablar de ello a millares de personas, de las que muchas
habían sido supuestamente testigos de los esplendores que describían.
Resumiendo, antes de mi llegada a la ciudad de Chicago, ya sabía que
existía allí una «maravilla», sin igual en la tierra.
Debo decir que siempre me había interesado en ese tipo de
establecimiento, donde tus favoritos destruyen la existencia de seres
terrestres de formas diversas; además, desde que tuve que instalar
numerosas máquinas en mi observatorio del planeta Marte, siempre
manifestaba el más vivo interés por toda clase de mecánica.
Por eso, cuando me encontré por casualidad en esa ciudad de Chicago,
pensé que sería imperdonable no aprovechar la ocasión para visitar los
mataderos, y decidí entonces, en la mañana misma del día de mi partida, ir,
en compañía de uno de mis nuevos amigos norteamericanos, a ver ese raro
edificio de tus favoritos.
Cuando llegamos allá, de acuerdo con las indicaciones de un asistente
del director en jefe, tomamos por guía a uno de los empleados de un banco
afiliado al establecimiento, y partimos con él a visitar los mataderos.
Bajo su dirección, pasamos primero por los corrales donde encerraban
los desdichados seres cuadrúpedos antes de matarlos. Esos corrales eran
exactamente semejantes a los de todos los establecimientos del mismo
orden en tu planeta, pero en una escala mucho mayor; en cambio, eran
mucho más sucios que los mataderos que había visto en otros países.
Luego atravesamos varios anexos. Uno de ellos era el depósito
frigorífico para la carne ya lista; en el siguiente destruían la existencia de
seres cuadrúpedos con la ayuda de simples mazos y los descuartizaban allí
mismo, exactamente como en todos los demás mataderos.
Al visitar este último anexo, pensé que ese era tal vez el lugar donde
matan las bestias especialmente destinadas a los judíos, a quienes el código
de su religión obliga, como ya lo sabía yo, a destruir los animales de una
manera particular.
Nos paseamos mucho tiempo a través de esos anexos, y esperaba todo el
tiempo el momento en que llegaríamos por fin a la sección de la que había
oído hablar tanto y que quería visitar a toda costa.
Pero cuando le comuniqué a mi guía mi deseo de ir allí lo más pronto
posible, me respondió que ya habíamos visto todo lo de los famosos
mataderos de Chicago y que no había ninguna otra sección.
Pues bien, querido niño, en ninguna parte había encontrado la más
mínima máquina, con excepción de las vagonetas sobre rieles reservados
para transportar los pesados cuerpos de los animales muertos y las que se
encuentran en todos los mataderos. Suciedad, en cambio, la había visto a
más no poder en esos mataderos de Chicago.
En cuanto a limpieza y organización, los mataderos de la ciudad de
Tiflis, que había visto dos años antes, eran superiores en cien codos a los de
la ciudad de Chicago.
Por ejemplo, en Tiflis, no se habría podido ver jamás en el suelo una
sola gota de sangre, mientras que en Chicago, no se podía dar un paso, sin
tropezarse con verdaderos charcos de sangre.
Probablemente uno de esos grupos de hombres de negocios
norteamericanos, en los que está arraigado el hábito de recurrir a la
«publicidad», para cada una de sus empresas, haya querido hacer
propaganda a los mataderos de Chicago, con el fin de ofrecer de ellos, en
todo el planeta, una imagen que en nada corresponde a la realidad.
Esta vez también, siguiendo su hábito, no han debido de escatimar sus
dólares. Y como la función eseral sagrada de «conciencia moral» se ha
atrofiado completamente en los escritores y reporteros terrestres, resultado
de ello ha sido el que en casi todos tus favoritos que pueblan los diferentes
continentes de tu planeta, se haya cristalizado una representación
singularmente exagerada de los mataderos de Chicago.
Todo eso se hizo, puede decirse, verdaderamente «a la norteamericana».
En ese continente de Norteamérica, los seres tricerebrados se han vuelto
tan virtuosos en el arte de la publicidad que uno podría aplicarles esta
sentencia de nuestro querido Mulaj Nassr Eddín:

«Se hará amigo del Gran Cornudo aquel que se


perfeccione hasta el grado de razón y de ser que le permita
hacer de una vulgar mosca un elefante».

Ellos se han vuelto en efecto tan hábiles en hacer de una mosca un elefante
y lo hacen tan a menudo que hoy día, si uno encuentra un verdadero
elefante norteamericano, tiene que «recordarse de sí mismo con todo su ser
para no tener la impresión de que es una simple mosca».

De Chicago regresé a Nueva York y como ya había realizado


rápidamente y de manera satisfactoria todos los proyectos que había
preparado al venir a este continente y como, además, las condiciones de
existencia ordinaria en las que me encontraba respondían perfectamente a la
necesidad de reposo completo que se me había hecho periódicamente
imprescindible en el curso de mi último descenso a tu planeta, decidí
prolongar mi estancia en aquella ciudad y existir allí dejando que mis
relaciones con los seres de allá se hicieran bajo la sola dependencia de las
asociaciones eserales que fluirían inevitablemente en mí.
Existiendo pues, de esta manera, en el principal centro de esta gran
comunidad contemporánea y frecuentando por varios motivos a seres de
todos los tipos y de todos los medios, comprobé un día, sin ninguna
premeditación —por la única fuerza de ese hábito, que había adquirido, de
siempre recoger «de paso» un material destinado a mi estadística
comparativa de la expansión de las enfermedades eserales y de los extraños
«vicios subjetivos» de los seres de las diversas comunidades— un hecho
que me interesó vivamente a saber, que en la presencia de casi la mitad de
los seres tricerebrados que encontré, las funciones que sirven para la
transformación del primer alimento eseral estaban desarmonizadas, o, como
dirían ellos mismos, que sus órganos digestivos estaban deteriorados y que
casi la cuarta parte de ellos eran ya candidatos a una enfermedad específica,
propia de los seres de allá, que designan con el nombre de «impotencia».
Esa enfermedad priva para siempre a una cantidad de seres de tu planeta de
la posibilidad de propagar su especie.
Cuando por casualidad comprobé eso, surgió en mí tal interés por los
seres de este nuevo agrupamiento que cambié la forma adoptada para mi
existencia entre ellos: reservé de allí en adelante la mitad del tiempo
destinado a mi descanso a hacer observaciones e investigaciones especiales
sobre las causas de este hecho tan singular para mí pero tan deplorable para
ellos. Hasta tuve que emprender con ese fin, viajes a otras provincias de
esta gran comunidad contemporánea, visitando algunos centros donde, por
cierto, no me quedaba sino uno o dos días, excepto en la ciudad de
«Boston» o, como la llaman a veces, «la ciudad de aquellos que escaparon a
la degeneración de la nación», donde pasé toda una semana.
El resultado de mis observaciones e investigaciones estadísticas, me
proporcionó la prueba de que estas dos enfermedades están extendidas, en
cierta medida, entre los seres contemporáneos que pueblan todos los
continentes. Pero, en este continente, lo están a tal punto que sus
consecuencias se me hicieron evidentes de inmediato: «Si esto continúa con
esa rapidez», pensaba yo, este gran agrupamiento independiente de seres
tricerebrados que te agradan sufrirá, en el futuro próximo, la misma suerte
de la comunidad que en otros tiempos se llamaba «Rusia monárquica», es
decir, que a su vez será destruida. La única diferencia estará en el proceso
mismo de destrucción.
Como ya te he dicho, querido niño, el proceso de destrucción de la gran
comunidad que fue la «Rusia monárquica» tuvo por origen el carácter
anormal de la razón de los seres «detentadores de poder». Mientras que el
proceso de destrucción de esta comunidad norteamericana será la
consecuencia de anomalías orgánicas.
En otras palabras, la «muerte» de la primera comunidad vino de la ruina
«de la mente», como dicen; mientras que la muerte de la segunda vendrá
del «estómago y del sexo».
De hecho, se ha reconocido desde hace tiempo que, en general, la
posibilidad de una larga existencia para los actuales seres tricerebrados de
tu planeta depende exclusivamente de la marcha normal de las dos
funciones eserales en cuestión, o mejor dicho, del estado de su aparato
«digestivo» y del funcionamiento de sus «órganos sexuales».
Y precisamente, los dos soportes orgánicos de estas funciones tan
necesarias para su presencia común son los que tienden hoy en día a
atrofiarse y, por cierto, a velocidad acelerada.
Esta comunidad de Norteamérica es todavía muy joven; como dicen en
tu planeta, es un crío, y la leche no ha tenido tiempo de secarse en sus
labios.
Y puesto que, en los seres de una comunidad tan joven, estos dos
motores principales de su existencia ya están en vías de regresión, pienso
que, en este caso la etapa ulterior hacia una fusión con el Infinito, como
sucede con todo lo que existe en el universo, también dependerá de la
dirección y de la intensidad de las fuerzas desencadenadas por el impulso
inicial.
En nuestro Megalocosmos, todos los seres dotados de razón consideran
como ley, siempre y en todo, el tener mucho cuidado con el impulso inicial,
pues, por la inercia adquirida, la fuerza que él suscita se convierte en el
motor principal de toda cosa existente, para hacerla volver al Ser Primero.

En ese momento, le entregaron a Belcebú un «Leitutchanbróss».


Después de haber escuchado su contenido, se dirigió a Jassín y dijo:
Pienso, querido nieto, que si te explico en detalle la causa misma de la
desarmonía de estas dos funciones fundamentales en la presencia de los
seres tricerebrados norteamericanos, eso te permitirá comprender mejor y
representarte más claramente la extrañeza del psiquismo de esos seres
tricerebrados que te gustan.
Para comodidad de la exposición, te explicaré primero las causas de la
desarmonía de las funciones de transformación del «primer alimento eseral»
o como ellos mismos lo dirían, las causas del deterioro de su estómago.
La desarmonía de esas funciones depende de varias causas definidas,
comprensibles hasta para la Razón normal de un ser tricerebrado ordinario.
La más importante de todas es que, desde la formación de su comunidad,
adquirieron poco a poco —debido al conjunto de condiciones e influencias
circundantes, que emanaban de una autoridad anormalmente instituida por
sí misma— el hábito, ahora arraigado en ellos, de no emplear nada fresco
para su primer alimento eseral, y de usar solo productos en descomposición.
Hoy día, los seres de ese grupo no consumen por así decir nunca los
productos comestibles cuando contienen todavía, para su primer alimento
eseral, todos los «elementos activos» de los cuales la Gran Naturaleza les ha
provisto, y que son indispensables a todo ser para poder existir
normalmente; pero ellos «conservan», «congelan», o «esencifican»
previamente todos sus productos y no los consumen sino cuando la mayor
parte de los «elementos activos» necesarios para una existencia normal ya
se han volatilizado.
Si esa anomalía se ha implantado en el proceso ordinario de existencia
eseral de los seres tricerebrados de ese nuevo agrupamiento y continúa
propagándose y fijándose por todas partes entre tus favoritos, es siempre
por la misma razón; desde que todos los seres tricerebrados de tu planeta
dejaron de realizar los esfuerzos eserales indispensables, perdieron toda
posibilidad de cristalizar en ellos los datos eserales gracias a los cuales el
mal que les causa tal o cual de sus manifestaciones puede ser sentido por el
instinto, aun en ausencia de todo verdadero conocimiento director.
Y si solamente algunos de esos desafortunados hubieran poseído ese
instinto propio de los seres tricerebrados, habrían podido, tan solo por
asociaciones fortuitas y confrontaciones eserales ordinarias, reconocer ellos
mismos primero, para avisar luego a los demás, que a partir del momento en
que el lazo original entre los productos destinados al «primer alimento
eseral» y la gran Naturaleza se rompe, esos productos, aunque sean
aislados, es decir, «congelados», «esencificados», o conservados en latas
«herméticamente cerradas», deben, como toda cosa en el Universo,
transformarse y descomponerse por la sola acción del tiempo, de acuerdo
con el principio mismo y el orden mismo según los cuales fueron
constituidos.
Has de saber a ese respecto, que los elementos activos a partir de los
cuales la Naturaleza ha constituido todas las formaciones cósmicas —tanto
aquellos que son susceptibles de ser transformados por los Tetartocosmos
durante la consumición de los productos destinados a su primer alimento
como también los que forman todos los demás surgimientos ya
completamente espiritualizados, o espiritualizados a medias— están
forzados, en cuanto llega la hora, y cualesquiera que sean las condiciones
en que se encuentren, a disociarse, según cierto orden, de la masa en cuyo
seno se habían fusionado durante el proceso Trogoautoegocrático.
Por supuesto sucede lo mismo con los productos que esos seres
norteamericanos tanto aprecian, y que conservan en lo que llaman «cajas de
hojalata herméticamente soldadas».
Por muy aislados que estén esos productos en sus latas «herméticas»,
cuando llega la hora de la «desagregación», los «elementos activos»
correspondientes comienzan infaliblemente a disociarse de la masa total.
Separados así de la masa total, esos elementos activos se agrupan siempre
de acuerdo con su origen, en el interior de esas latas herméticamente
cerradas, ya sea en forma de «gotas» ya sea en forma de «pequeñas
burbujas», que se «desagregan» instantáneamente cuando uno abre la lata
para consumir los productos, y se volatilizan en el espacio, para reocupar
allí sus lugares respectivos.
Cierto es que los seres de ese continente consumen a veces las frutas en
estado fresco. Pero en realidad, esas frutas ni siquiera son frutas, cuando
más son, como lo habría dicho nuestro querido Maestro, «una simple
burla».
Por medio de «manipulaciones» de toda clase a las que se han dedicado
con los árboles frutales que crecen en abundancia en ese continente, los
«sabios de nueva formación» han llegado progresivamente a hacer hoy de
esas frutas norteamericanas una verdadera «fiesta para los ojos», y ya no
una forma de alimento eseral.
Las frutas son cultivadas en tal forma allá, que una vez maduras no
contienen casi nada de lo que fue destinado por la Gran Naturaleza a ser
absorbido para una existencia eseral normal.
Por supuesto, esos sabios terrestres contemporáneos están lejos de
sospechar que toda formación supraplanetaria artificialmente injertada, o
que haya sufrido otras manipulaciones del mismo género, queda reducida a
un estado llamado «Absoizomosa» por la ciencia objetiva, en el cual ella
extrae de su medio solo las sustancias cósmicas útiles para el revestimiento
de su «presencia subjetiva sometida a la reproducción automática».
En efecto, desde el comienzo de esta última civilización, los seres de los
innumerables agrupamientos de allí adoptaron uno solo de los siete aspectos
del principal mandamiento impuesto desde Lo Alto a todos los seres
tricerebrados, que es el de «esforzarse por alcanzar la pureza interior y
exterior». El único aspecto que ellos retuvieron —por cierto en forma
desnaturalizada— para hacer de él su ideal, se define con las siguientes
palabras:

«Ayudad a todas las cosas a vuestro alrededor, animadas o


inanimadas, a adquirir una bella apariencia».

Y realmente se han esforzado, durante los dos últimos siglos sobre todo, por
obtener esa «bella apariencia», pero claro está, solo para los objetos
exteriores a ellos que por casualidad se ponían «de moda».
Durante ese período, se les hizo completamente indiferente que esos
objetos exteriores no tuvieran por sí mismos ninguna sustancia, con tal que
tuvieran, como dicen ellos, «apariencias seductoras».
Volviendo a las proezas que efectuaron los seres contemporáneos de ese
continente en cuanto a la realización de la «belleza exterior» de sus frutas,
debo decir, hijo mío, que en ninguna parte, en los demás continentes de ese
planeta, ni en ninguno de los otros planetas de ese sistema solar, he visto
frutas de tan bella apariencia como en el continente de Norteamérica; en
cambio, en lo que se refiere a su sustancia interior, solo se puede repetir con
nuestro querido Maestro Mulaj Nassr Eddin:

«La mayor de las bendiciones para el hombre es la acción del


aceite de ricino».

En cuanto a la maestría con que ellos hacen sus famosas conservas de


frutas, «no hay lengua para expresarla ni pluma para escribirla». Uno tiene
que verlo con sus propios ojos para sentir en su presencia común el grado
de «embeleso» al que puede conducir la percepción visual de la belleza
exterior de estas conservas de frutas norteamericanas.
Cuando uno pasa por las calles principales de una ciudad de este
continente, especialmente la ciudad de Nueva York, y se acerca al
escaparate de cualquier tienda de frutas, es muy difícil darse cuenta a
primera vista de lo que tiene delante: ¿Será una exposición de cuadros
futuristas de la ciudad de Berlín, en el continente de Europa, o el mostrador
de alguna célebre tienda de perfumes, para extranjeros, en París, «capital
del mundo»?
Solo al cabo de algún tiempo, al haber llegado usted por fin a percibir
los diversos detalles del decorado de esta exhibición y haber recobrado más
o menos su cordura, es cuando comprueba usted claramente cuánto supera
la diversidad de colores y de formas de los «frascos» y «tarros» de los
escaparates norteamericanos de frutas en conserva a la de las vitrinas
análogas en el continente de Europa. Y esa diversidad de colores y de
formas se debe ciertamente a la combinación que resulta, en el psiquismo
general de los seres de ese nuevo grupo, de la mezcla de las razas anteriores
independientes, combinación que viene a corresponder a una mejor
percepción y a una más completa aprehensión del sentido y el alcance de
los prodigios logrados tanto por la Razón de los seres de la comunidad de
Alemania, en cuanto a las sustancias químicas de su invención que llevan el
nombre de «anilina» y de «alizarina», como por la de los seres de la
comunidad de Francia en materia de «perfumería».
Yo mismo, cuando vi por primera vez uno de esos escaparates, no pude
contenerme entrar en la tienda y comprar allí unos cuarenta tarros de todas
las formas, llenos de frutas en conserva, que presentaban toda una gama de
colores.
Los compré para complacer a los seres que me acompañaban entonces,
y que venían de los continentes de Asia y de Europa, donde no se
encuentran todavía frutas de tan magnífica apariencia. En efecto, cuando
llevé mis compras a la casa y las distribuí entre ellos, no quedaron menos
sorprendidos ni menos maravillados que yo ante su aspecto, pero en cuanto
las consumieron como su alimento primario, bastó ver sus muecas y el
cambio de color de sus rostros para comprender el efecto que esas frutas
pueden tener en el organismo de los seres.
Peor todavía es lo que ha sucedido en ese continente con un producto de
lo más importante desde el punto de vista del primer alimento eseral, tanto
para ellos como para casi todos los seres tricerebrados del Universo, quiero
hablar del «prósfora», al que ellos han dado el nombre de «pan».
Antes de decirte en qué consiste ese pan norteamericano, debo
informarte que esa parte de tierra firme de la superficie de tu planeta
llamada «América del Norte y del Sur» está constituida —debido a
numerosas combinaciones accidentales derivadas, por una parte, del
segundo gran «cataclismo no conforme a las leyes» del que ese infortunado
planeta fue objeto, y por otra parte, de la posición ocupada por esa tierra
firme en el proceso de «movimiento sistemario común»— por una capa de
terreno que ha sido siempre de lo más apropiada para la producción del
«grano divino» con que se hace el «prósfora». La superficie del suelo de
ese continente, si uno sabe sacarle partido conscientemente, tiene la
capacidad de realizar en una sola «buena temporada» la plenitud del
proceso entero del Heptaparaparshinoj sagrado; dicho de otro modo, puede
dar una cosecha de «cuarenta y nueve a uno». Y aun explotando ese suelo
semiconscientemente, como lo hacen hoy en día, las cosechas de ese «grano
divino», son de una abundancia considerable comparadas con las de los
demás continentes.
Pues Bien, hijo mío, cuando los seres de ese continente llegaron a ser,
gracias a diversas circunstancias fortuitas, los dichosos poseedores de
enormes cantidades de aquello que es el objeto de los sueños de la extraña
psiquis de tus favoritos actuales y que en todas partes lleva el nombre de
«dólares», adquiriendo así en las «representaciones eserales» de los seres de
todos los demás continentes, según el uso establecido mucho tiempo atrás,
lo que llaman «autoridad», se pusieron, como de costumbre, a buscarle tres
pies al gato con la esperanza de alcanzar el ideal contemporáneo de que te
he hablado, especialmente a propósito del «grano divino» del que se hace el
«prósfora».
Desde el comienzo y por todos los medios, se «ensañaron» con ese
grano divino, para dar al producto al que sirve de base una «bella y
seductora apariencia».
Inventaron a tal efecto toda clase de máquinas con las que «rebajan»,
«raspan», «lustran», y «pulen» ese trigo que ha tenido la desgracia de
aparecer en su continente, hasta la destrucción completa de todos los
«elementos activos» concentrados en la superficie del grano, debajo de lo
que se llama «cascabillo» y que son precisamente destinados por la Gran
Naturaleza a renovar, en la presencia común de los seres tricerebrados, lo
que ha sido empleado para servirla dignamente.
Así que, querido nieto, el «prósfora» o pan hecho del trigo que crece en
abundancia en ese continente, no contiene hoy en día nada útil para los
seres que lo consumen; y las únicas cosas que, ganan con él son gases
nocivos y lo que se llama «lombrices intestinales».
Notemos además, para ser justos, que si ellos no extraen de ese trigo
nada que les permita servir mejor y más conscientemente, a la Gran
Naturaleza, inconscientemente en cambio, al producir estas lombrices
intestinales, ayudan mucho a su planeta a servir de manera honrada al Muy
Grande Trogautoegócrata cósmico común. Estas lombrices intestinales
¿acaso no son también seres por medio de los cuales se transforman las
sustancias cósmicas?
En todo caso, los seres que pueblan este continente ya han logrado, por
las manipulaciones a las que se dedican con este pan, lo que ellos deseaban
y se esforzaban tan arduamente en obtener, puesto que los seres de todos los
demás continentes nunca dejan de decir de ellos, por ejemplo: «¡Qué
formidables, estos norteamericanos! ¡Hasta su pan es un encanto, tan
‘bello’, tan ‘blanco’, una verdadera maravilla! Es realmente el esplendor de
los esplendores de la civilización contemporánea».
Pero que ese pan ya no sirva «para nada» después de lo mucho que se
han empeñado con el trigo y que hasta constituya uno de los numerosos
factores del deterioro de su estómago, ¿qué les importa, al fin y al cabo?
¿No ocupan ellos un lugar prominente en lo que se llama la «civilización
europea»?
Lo más curioso es que, en su ingenuidad, ellos dan lo mejor y lo más
útil que para ellos ha formado la Naturaleza en ese grano divino… a sus
cerdos, si es que no lo queman. En cuanto a ellos, no consumen sino la
sustancia destinada por la Naturaleza a servir de lazo y soporte a los
elementos activos, que están localizados sobre todo, como ya te lo he dicho,
debajo del cascabillo del grano.
Otro factor importante de la desarmonía de las funciones digestivas de
esos desafortunados seres norteamericanos, es el sistema que han inventado
recientemente para la evacuación de los desechos de su primer alimento, o
sea los confortables asientos de sus «water closets».
No solo no ha dejado esa funesta invención de ser uno de los principales
factores de la desarmonía que aparece en ellos como en casi todos los seres
de los demás continentes —quienes, además, se pusieron desde hace poco
tiempo a imitar con celo todos sus originales métodos destinados a
«secundar» su funcionamiento transformador— sino que ella ha permitido a
tus favoritos, que se esfuerzan hoy día en cumplir esa inevitable función
eseral, con la mayor sensación posible de agradable quietud, hallar un
nuevo estimulante para servir con más fervor a su dios
«autotranquilizador», ese dios, que, como ya te lo he dicho repetidas veces,
representa todavía en nuestros días el mayor de todos los males que
engendran y provocan las anomalías de su psiquismo y de su existencia
eseral ordinaria.
He aquí un hecho, luminoso como un «cartel de propaganda
norteamericano», que te servirá de excelente ejemplo, para representarte
qué extraordinarias perspectivas les abre ese invento para el futuro. Algunos
de esos seres norteamericanos contemporáneos, cuando han adquirido, por
pura casualidad, claro está, cantidades de sus famosos dólares, instalan en
sus «water closets con sus asientos confortables», diversos accesorios tales
como una mesita, un teléfono y un «aparato de radio», a fin de poder,
cómodamente sentados, continuar su «correspondencia» o discutir por
teléfono todos sus «negocios de dólares», a menos que no quieran leer con
toda tranquilidad esos famosos diarios sin los cuales no podrían pasar, o
también escuchar las obras musicales de diversos Hasnamusses de allá,
obras que todo hombre de negocios norteamericano está igualmente
obligado a conocer desde el momento en que se ponen «de moda».
Todo el mal que hace ese invento norteamericano, desde el punto de
vista de la desarmonía del funcionamiento digestivo de los seres
tricerebrados contemporáneos de tu planeta, se debe a las siguientes causas:
En otros tiempos, cuando los datos más o menos normales se
cristalizaban todavía en la presencia común de tus favoritos para engendrar
en ellos la «Razón objetiva» y cuando podían reflexionar por sí mismos o
comprender, por lo menos, si otros seres entre sus semejantes ya bien
ilustrados les daban explicaciones, ellos adoptaban la postura que exigía
esta función. Más tarde, cuando estos datos eserales dejaron definitivamente
de cristalizarse en ellos, y ya no cumplieron ellos esta función sino de
manera automática, su cuerpo planetario podía aún, gracias al sistema
anterior a ese invento norteamericano, adoptar por sí mismo, por la sola
fuerza del «instinto animal», la postura necesaria. Pero desde que todos los
seres norteamericanos usan, para ese acto indispensable, estos «asientos
confortables» de su invención, su cuerpo planetario ha perdido toda su
posibilidad de doblegarse, siquiera instintivamente, a la postura requerida,
lo que determina en ellos la atrofia progresiva de los «músculos»
encargados de realizar esta indispensable función eseral y los vuelve
propensos a lo que ellos llaman el «estreñimiento», así como a diversas
enfermedades específicas que no aparecen sino en la sola presencia de esos
extraños seres tricerebrados de nuestro Gran Universo.
Entre todas las causas primarias y secundarias cuyo conjunto provoca la
desarmonía progresiva de esta función fundamental en la presencia común
de tus favoritos contemporáneos que pueblan el continente de América del
Norte, hay una de lo más original y de una «evidencia escandalosa» pero
que, gracias a su «cabeza de chorlito», florece «de incógnito», acompañada
de un impulso de satisfacción egoísta.
Esa curiosa causa, que ha comenzado a su vez, muy suave y
apaciblemente, a desarmonizar sin merced esa función, consiste en una
pasión imperiosa que sienten los seres de ese gran grupo, de ir tan a menudo
como les sea posible al continente de Europa.

Tú debes estar bien enterado de esta causa singular, pues ella te hará
comprender el resultado funesto que acarrean para todos tus favoritos las
«elucubraciones desastrosas» de sus «sabios» contemporáneos.
Para comprender mejor y representarse mejor la causa de tal desarmonía
en la presencia común de los seres norteamericanos, debes conocer primero,
algunos detalles relativos a los órganos encargados de realizar en ellos esta
indispensable función.
Entre los órganos que sirven para la transformación completa del primer
alimento, hay uno que existe casi en todas partes con el nombre de
«Tusspushoj, —o como lo llaman ellos mismos en su terminología
científica—, apéndice».
La acción de ese órgano consiste, según las previsiones de la Gran
Naturaleza, en almacenar en forma de gas diversas sustancias cósmicas de
enlace que se disocian en el curso de la transformación de las diversas
cristalizaciones supraplanetarias que componen el primer alimento eseral,
para ayudar luego, por su presión, a ejecutar el acto por el cual los residuos
del alimento son evacuados de la presencia común del ser.
Los gases acumulados en ese órgano producen por su «descarga», el
efecto mecánico previsto por la Naturaleza, independientemente del
funcionamiento general de transformación que se efectúa en los seres y eso
en momentos determinados, que difieren según los hábitos subjetivos de
cada quien.
Pues bien, querido nieto, durante los frecuentes viajes que ellos hacen al
continente de Europa, y cuya duración total, ida y vuelta, varía de doce días
a un mes, las condiciones en las que se encuentran ocasionan un cambio
diario del momento fijado para el cumplimiento de ese acto, lo que
determina un factor de desarmonía progresiva en el proceso de su principal
funcionamiento de transformación. En efecto, cuando por razón de esa
perturbación diaria están varios días sin cumplir esa función obligatoria, y
no utilizan para los fines previstos los «gases» acumulados en ese órgano,
estos, al no responder ya, al propósito que les había asignado la Gran
Naturaleza, se escapan poco a poco de su presencia para difundirse
improductivamente en el espacio, manifestación que en su totalidad hace
por cierto la estada en sus paquebotes casi intolerable para un ser cuyo
órgano de percepción de los olores es relativamente normal. Y así es como
terminan por sufrir las más veces de «estreñimiento mecánico», lo que a su
vez provoca la desarmonía progresiva de esa función transformadora
capital.
Al exponerte antes, querido niño, las causas de la desarmonía de las
funciones encargadas de la transformación del primer alimento eseral en la
presencia de esos seres norteamericanos, te expliqué entre otras cosas, con
respecto a esos «asientos confortables» de su invención, que tus favoritos
del planeta Tierra, se esforzaban de «nuevo» por efectuar esa indispensable
función eseral con la mayor sensación posible de satisfacción íntima. He
dicho de «nuevo», porque en otros tiempos, esos extraños seres
tricerebrados que te agradan ya habían introducido en diversos periodos, en
los hábitos de su existencia ordinaria, mejoras de ese género.
Recuerdo muy bien uno de esos períodos, en que los seres de entonces
—que tus favoritos contemporáneos dicho sea de paso, habrían considerado
simplemente como unos «salvajes»— inventaron toda clase de
comodidades a fin de satisfacer esa necesidad eseral, prosaica, es verdad,
pero inevitable, para la cual los Norteamericanos actuales, que se imaginan
con toda candidez haber alcanzado el «non plus ultra» de la civilización,
concibieron esos cómodos asientos para sus «water closets».
Eso sucedió en la época en que el principal centro de cultura de todo tu
planeta era el país de Tikliamuish, que entonces estaba en el apogeo de su
esplendor.
Los seres del país de Tikliamuish inventaron un día para esta necesidad
eseral algo por el estilo de esos cómodos asientos norteamericanos, y ese
funesto invento se difundió no menos ampliamente en todos los demás
países poblados por los seres tricerebrados de este desafortunado planeta.
Si se hiciera un paralelo del invento de los seres de la civilización
tikliamuishiana con el de los norteamericanos actuales, podría calificarse
este último, para emplear la expresión de la que ellos mismos se sirven en
sus comparaciones, de simple «juego de niños».
Los seres de la civilización tikliamuishiana imaginaron una especie de
«confortable cama reclinable», que podía servir tanto para dormir como
para el «Keifov», de manera que acostado en ese maravilloso «invento» se
podía cumplir, sin manifestar el menor esfuerzo eseral, con la indispensable
función para la cual los seres contemporáneos del continente de
Norteamérica han ideado sus «asientos de desahogo».
Esas «camas maravillas» estaban acondicionadas de tal manera que
bastaba mover ligeramente una palanca lateral para que en seguida, sin
dejar la cama, todo se arreglase de modo que permitiera satisfacer «muy
cómodamente» esa inevitable exigencia, lo más «confortablemente del
mundo» y, lo que es más, con mucho «chic».
No estará de más que sepas también, querido nieto, que estas famosas
«camas» tuvieron por efecto desencadenar importantes y graves
acontecimientos en el proceso de su existencia ordinaria.
Mientras el antiguo sistema relativamente normal prevaleció allá,
respondiendo a esta necesidad eseral, su existencia transcurrió en paz y
concordia; pero apenas algunos seres «detentadores de poder y de riquezas»
inventaron sus famosas «camas confortables», que recibieron el nombre de
«para gozar plenamente de la felicidad, hay que gozarla con estruendo»,
surgió entonces entre los seres ordinarios lo que desencadenó las
importantes y deplorables consecuencias a las que acabo de aludir.
Debo decirte que en la época misma en que los seres de Tikliamuish
inventaron esas «camas maravillas», el planeta sufría el proceso cósmico
común de «Tchirnuanovo», es decir que, para conformarse al
desplazamiento del centro de gravedad de ese sistema solar en el seno del
movimiento de armonía cósmica común, el mismo centro de gravedad de la
tierra se había desplazado.
Durante tales periodos, como lo sabes, aumentan en el psiquismo de los
seres del planeta que sufre el «Tchirnuanovo» las sensaciones
«Blagonuarnianas» o como las llaman todavía, los «remordimientos de
conciencia», relativos a las malas acciones anteriores realizadas a despecho
de sus propias convicciones.
Pero por diversas razones, unas accidentales, otras imputables a ellos
solos, la presencia común de tus favoritos se ha vuelto tan singular que la
acción de esa realización cósmica común se desarrolla en ella de modo
distinto a como lo hace en la de los seres tricerebrados que pueblan los
demás planetas; es decir, que en lugar de «remordimiento de conciencia»
surgen muy a menudo, para propagarse en gran escala, ciertos procesos
específicos llamados «destrucción recíproca de los microcosmos en los
tetartocosmos», procesos que consideran como «enfermedades
epidémicas», y que eran conocidas en los tiempos antiguos con los nombres
de «Kaliunium», «Morkroj», «Selnoano», etc., tal como lo son hoy día con
los nombres de «peste», «cólera», «gripe española», y así sucesivamente.
Pues bien, los seres de Tikliamuish notaron que la mayoría de aquellos
que usaban esas demasiado cómodas «camas divanes» eran propensos a
numerosas enfermedades que llevaban entonces los nombres de «Kolbana»,
«Tirdiank», «Moyasul», «Tchamparnaj», y otros, que los seres
contemporáneos llaman «tabes», «sclerosis disseminata», «hemorroides»,
«ciática», «hemiplejía» y así por el estilo. Y algunos de esos seres que, al
no realizar más los deberes eserales de Partkdolg, habían cristalizado en su
presencia datos generadores de diversas propiedades hasnamussianas, y
especialmente impulsos «revolucionarios», observaron esas
particularidades, y resolvieron hacerlas servir a sus propios fines. Los seres
de ese tipo lanzaron entre sus contemporáneos la idea de que dichas
enfermedades epidémicas venían de esos «parásitos burgueses» que, al
emplear las camas «para gozar plenamente de la felicidad, hay que gozarla
con estruendo», contraían enfermedades de toda clase, con las que luego
contaminaban a las masas.
En virtud de la singular propiedad de la que ya te he hablado y que se
llama «sugestionabilidad», los seres que los rodeaban se dejaron contagiar,
claro está, por esa «propaganda»; y después de haberla discutido
largamente, tal como se hace allá en semejante caso, se cristalizó en cada
uno de ellos un factor cuya aparición periódica suscita en su presencia
común el singular «estado psíquico», relativamente prolongado, que yo
llamaría «pérdida de la sensación de sí». Para terminar, destruyeron por
todas partes, según su costumbre, no solamente todas esas «camas
maravillas», sino hasta la existencia de los seres que se servían de ellas.
La crisis, es cierto, perdió pronto su intensidad en la presencia de la
mayoría de los seres ordinarios de ese periodo. Sin embargo, la
«destrucción encarnizada» de esas camas y de los seres que se servían de
ellas duró por inercia varios años, hasta que ese funesto invento dejó de
usarse definitivamente; incluso se olvidó muy pronto que tal tipo de cama
hubiese existido jamás en el planeta.
Sea como fuere, puede decirse con certeza que si la «civilización»
contemporánea continúa desarrollándose en el mismo sentido y al mismo
paso que hoy entre los seres de los grupos que pueblan el continente de
Norteamérica, no tardarán en «civilizarse» hasta el punto de tener «camas
divanes» tan asombrosas como las camas llamadas «para gozar plenamente
de la felicidad, hay que gozarla con estruendo».

Y ahora, querido nieto, sería bueno que te diera algunos ejemplos


relativos al invento de los productos en conserva para el primer alimento
eseral y a la aplicación que de él hacen en el proceso de su existencia los
seres de ese grupo contemporáneo, considerados por la extraña razón de los
seres de todos los demás continentes, como «modelos», simplemente
porque creen que son los primeros, en tu planeta, en haber inventado usos
eserales tan prácticos y saludables, en el caso presente, el método de
alimentarse con los productos en conserva, lo que supuestamente les hace
economizar tiempo.
Claro está que los desdichados seres tricerebrados contemporáneos que
pueblan tu planeta no saben, y ni siquiera pueden sospechar que, en
diferentes épocas, sus antepasados lejanos, formados mucho más
normalmente que ellos como hombres responsables, ya se habían «roto la
cabeza», como se dice, para descubrir algún procedimiento práctico de
perder el menor tiempo posible en satisfacer la indispensable función eseral
de alimentarse. Pero cada vez que descubrían uno, se convencían, después
de un breve ensayo, de que cualquiera que fuese la naturaleza de los
productos y la manera en que se conservaran, se deterioraban con el tiempo
y se volvían inapropiados para su primer alimento. Por eso siempre dejaban
de utilizar esos métodos en el proceso de su existencia ordinaria.
Como ejemplo, te citaré un procedimiento análogo al modo actual de
conservación de los productos destinados al primer alimento eseral,
procedimiento que he visto practicar en el país de Maralpleissís.
Era en la época en que los seres de la región de Maralpleissís
rivalizaban en todo con los seres del país de Tikliamuish, y les hacían una
guerra y una competencia encarnizadas con la esperanza de conquistar para
su país el renombre de «principal centro de cultura».
Precisamente con ese fin habían inventado algo parecido a esas
conservas norteamericanas.
Sin embargo, los seres de Maralpleissís, no conservaban sus productos
comestibles en envases de lata que «exudan secreciones tóxicas», como los
que usan los seres del continente de Norteamérica, sino en recipientes
«Sijarenionianos».
Esos recipientes Sijarenionianos eran confeccionados en Maralpleissís
con lo que se llama «nácar» muy finamente molido, «yema de huevo de
gallina» y cola hecha del pez llamado «Chuzna esturión».
Esos recipientes tenían el aspecto y la calidad de los tarros de vidrio
esmerilado existentes actualmente en tu planeta.
Pese a la ventaja evidente que presentaban esos recipientes para la
conservación de los productos, ciertos seres sensatos de Maralpleissís
comprobaron que, en aquellos de los suyos que usaban con regularidad
productos conservados de ese modo, se atrofiaba progresivamente lo que se
llama el «pudor orgánico».
Desde que difundieron entre los seres ordinarios la noticia de esa
constatación, la gente dejó de practicar ese procedimiento, que pronto cayó
en tal desuso que los seres de la quinta y sexta generación ni siquiera sabían
que hubiera existido jamás.
Casi en todas las épocas, en el continente de Asia, han sido usados
diversos procedimientos de conservación de los productos comestibles;
todavía en nuestros días, los seres de allá conocen varios de ellos, que les
vienen de sus antecesores lejanos.
Pero ninguno de ellos es tan dañino como el que han inventado los seres
actuales de Norteamérica, con sus envases de hojalata de secreciones
tóxicas.
El principio mismo de conservar unos productos en recipientes
«herméticamente cerrados», para sustraerlos a la acción de la atmósfera y
evitarles así el proceso de descomposición, es bien conocido por ciertos
grupos asiáticos contemporáneos, pero jamás recurren a esos envases de
hojalata norteamericanos.
En Asia, se emplea exclusivamente con ese fin lo que se llama la grasa
de «kurdiuk».
La grasa de «kurdiuk» es una materia que se acumula en gran cantidad
alrededor de la cola de los seres cuadrúpedos bicerebrados llamados allá
«ovejas», que se encuentran por doquier en ese continente.
Esa «grasa de cola de oveja» no produce ninguna cristalización cósmica
dañina a la presencia de los seres tricerebrados; ella constituye por sí misma
uno de los principales productos que sirven para el primer alimento de la
mayoría de los seres del continente de Asia. Por el contrario, los metales
con los que los seres contemporáneos del continente de Norteamérica
fabrican las latas para conservar sus productos, aun si la superficie interior
de esas latas está completamente aislada de la influencia de la atmósfera,
liberan a la larga varios de sus elementos activos, algunos de los cuales son
«tóxicos», como dicen ellos, para la presencia común de los seres.
Los elementos activos tóxicos que emanan de la hojalata o de otros
metales similares, retenidos en el interior de esas latas herméticas, no
pueden volatilizarse en el espacio. Al encontrar entonces dentro de los
productos conservados ciertos elementos que les corresponden por
«afinidad de especie», de acuerdo con su número de vibraciones, se
incorporan a ellos conforme a la ley cósmica de «fusión» y es combinados
con esos productos que entran en el organismo de los seres que los
consumen.
No contentos con utilizar esos recipientes «emisores de veneno» que tan
dañinos les son, tus favoritos contemporáneos del continente de
Norteamérica conservan con preferencia sus productos en estado crudo.
En cuanto a los seres del continente de Asia, ellos conservan todos sus
productos alimenticios en el estado asado o hervido, pues de acuerdo con
las nociones que les vienen de sus antecesores lejanos, los productos
conservados de ese modo se descomponen menos rápidamente que en
estado crudo.
En efecto, cuando un producto se asa o hierve, se efectúa
artificialmente, entre ciertos elementos activos que constituyen la masa
principal del producto, una «fusión química» que permite a numerosos
elementos activos, útiles para los seres, permanecer integrados a ese
producto durante un tiempo mucho más largo.
Te aconsejo una vez más que adquieras un conocimiento más profundo
de la ley de las «fusiones químicas y mecánicas» de todo tipo que se
efectúan en el Megalocosmos.
El conocimiento de esa ley cósmica te ayudará a representarte y a
comprender bien por qué y cómo aparecen en la Naturaleza innumerables
formaciones de aspectos diversos.
En cuanto a la manera en que se obtiene una fusión permanente de los
elementos activos en el interior de los productos haciéndolos cocer o asar, la
comprenderás perfectamente si puedes representarte el proceso que se
efectúa durante la preparación artificial del «prósfora».
En todas partes, en general, los seres que preparan el «prósfora» o
«pan» lo hacen con consciencia de su significado sagrado; tus favoritos
actuales son los únicos que lo preparan sin ninguna consciencia de lo que
hacen, por la simple fuerza de mi hábito automático, adquirido por
herencia.
En el pan, las cristalizaciones de las sustancias cósmicas, se hacen como
siempre según la ley de Triamazikamno, cuyas tres fuerzas santas están
representadas aquí por las sustancias de tres fuentes relativamente
independientes: la Santa Afirmación, o principio activo, representada por la
totalidad de las sustancias cósmicas que constituyen lo que tus favoritos
llaman «agua»; la Santa Negación, o principio pasivo, por la totalidad de las
sustancias que constituyen lo que tus favoritos llaman «harina», y la Santa
Conciliación, o principio neutralizante, por las sustancias que constituyen el
resultado de toda combustión, lo que tus favoritos llaman «fuego».
Para aclarar más la idea que he expresado sobre la importancia de una
fusión duradera de las sustancias cósmicas de diversas fuentes, tomemos
como ejemplo la totalidad de sustancias relativamente independientes que
sirve de elemento activo en la constitución de ese «prósfora» o «pan», es
decir, esa totalidad que tus favoritos llaman «agua».
Como esa totalidad de sustancias cósmicas llamada «agua», en la Tierra,
representa una «mezcla mecánica natural», no puede conservarse intacta
sino a condición de mantener su lazo con la Naturaleza. Si se rompe el lazo
que une esta «agua» a la Naturaleza, si, por ejemplo, se toma un poco de
agua de un río para conservarla en un recipiente cualquiera, al cabo de
cierto tiempo esa agua no dejará de destruirse poco a poco, o como también
se dice, de corromperse —proceso que tiene además, sobre los órganos
perceptores de los seres «un efecto kakodórico»— en otras palabras, —
según la expresión de tus favoritos—, «esa agua comienza a heder».
El mismo proceso se observa en caso de mezcla; si se mezcla esa agua
con harina, se obtiene una mezcla mecánica temporal llamada «masa», en la
cual, al cabo de un tiempo relativamente corto, el agua acaba siempre por
corromperse.
Pero si esa masa, es decir, esa mezcla de agua y de harina, se cuece en el
fuego, entonces, gracias a las sustancias emanadas del fuego o constituidas
por él y que representan aquí, como te he dicho, la tercera fuerza santa,
neutralizante, de la sagrada ley de Triamazikamno, se produce una fusión
química, o «fusión duradera de sustancias», que da por resultado una nueva
totalidad de sustancias a base de agua y de harina, es decir, el «prósfora» o
«pan», que resistirá al despiadado Heropás y no se corromperá en mucho
tiempo.
El pan así obtenido podrá «secarse», «desmenuzarse» y hasta, en
apariencia, desagregarse completamente, pero los elementos del agua que
participaron en el proceso de transformación no serán destruidos antes de
un tiempo bastante largo, durante el cual conservarán su actividad como
«elementos activos prosfóricos duraderos».
En este caso también, lo repito, si los seres actuales que pueblan el
continente de Asia conservan exclusivamente sus productos asados o
hervidos y no crudos como lo hacen preferentemente los seres
norteamericanos, actúan así porque la costumbre de ello les ha llegado de
antecesores cuya comunidad misma tenía una antigüedad de varios siglos y
por consiguiente tenían tras sí una larga experiencia, mientras que los seres
norteamericanos pertenecen a una comunidad «nacida apenas ayer», como
lo habría dicho nuestro sabio Maestro.
Para que puedas apreciar mejor la importancia real de ese invento, fruto
auténtico de la civilización contemporánea, que se debe a los seres que
pueblan el continente de Norteamérica, no estará demás que te informe
acerca de los procedimientos que utilizan todavía hoy los seres del
continente de Asia para conservar ciertos productos.
Por ejemplo, el modo de preparación de lo que se llama «Javurmá»,
producto particularmente apreciado por los seres de numerosos grupos del
continente de Asia.
Esa Javurmá se prepara en el continente de Asia de modo muy simple:
se asa cuidadosamente la carne cortada en trocitos, que se comprimen luego
en una «vasija de barro» o un «Burdiuk»[1] de cabra.
Luego esos trozos de carne asados se rocían con grasa derretida de cola
de oveja.
Por supuesto, esos trozos rociados así de grasa acaban a pesar de todo
por dañarse; sin embargo, durante un tiempo relativamente largo, no
adquieren ninguna toxicidad.
Los seres del continente de Asia consumen esa Javurmá sea fría, sea
calentada.
En este último caso, tal es la carne que se creería que el animal fue
matado el mismo día.
Otro producto muy conocido allá, y de buena conservación, es el que
llaman «Yagui-yemuish, —que se hace de frutas variadas, cogidas muy
frescas, ensartadas en un hilo—, como un collar», luego cuidadosamente
cocidas en agua; después de esto, ese original collar, una vez enfriado, es
remojado varias veces en grasa derretida de cola de oveja antes de ser
colgado y expuesto a una buena corriente de aire.
Mientras están colgadas, las frutas preparadas de ese modo no se dañan
casi nunca y cuando uno quiere utilizar ese original «collar de alimento», lo
remoja unos instantes en agua caliente. El calor derrite completamente la
grasa adherida a las frutas y estas tienen el mismo sabor de las frutas
frescas.
Aun cuando las frutas así preparadas se diferencian poco de las otras
por el gusto y se conservan mucho tiempo, los seres más prósperos de Asia
prefieren, no obstante, las frutas frescas.
Y esto se debe evidentemente a que ellos son los descendientes directos
de seres pertenecientes a comunidades seculares y que, en la mayoría de
ellos, por unas capacidades que les vienen por herencia, la cristalización de
los datos que favorecen la sensación instintiva de las cosas reales se efectúa
con más intensidad que en la mayoría de tus favoritos actuales.
Lo repito, querido nieto, los seres de las épocas pasadas, sobretodo en el
continente de Asia, intentaron, repetidas veces, utilizar diversos modos de
conservación de los productos alimenticios, pero eso acababa siempre de la
misma manera: un día u otro, algunas personas, por sus observaciones
conscientes o fortuitas, descubrían las consecuencias dañinas que acarreaba
esa práctica, tanto para sus prójimos como para ellos mismos; lo
comunicaban entonces a todos los demás seres que, luego de un examen lo
más imparcial posible, se convencían de la exactitud de sus deducciones y,
de allí en adelante, excluían este uso del proceso de su existencia.
Muy recientemente aún, ciertos seres del continente de Asia, se
esforzaron no solo por hallar un método de conservación de los productos
alimenticios, sino por buscar algún nuevo medio de perder el menor tiempo
posible en esa indispensable necesidad eseral de absorber su primer
alimento y estuvieron a punto de encontrar una solución enteramente
satisfactoria.
Puedo describirte, en todos sus detalles, los interesantes resultados de
las investigaciones que emprendieron en ese campo, pues conocí
personalmente al ser terrestre tricerebrado que descubrió esa solución
gracias a sus esfuerzos conscientes. Incluso asistí a varios de sus
experimentos concluyentes relativos a la posible aplicación de ese método a
los seres.
Su nombre era Asimán; era miembro de un grupo de seres tricerebrados
de Asia que habían reconocido su esclavitud a ciertas causas que se
encontraban en ellos mismos, y habían organizado una existencia en común,
para trabajar sobre sí mismos a fin de liberarse de esta esclavitud.
Es interesante señalar que ese grupo de seres terrestres tricerebrados,
entre quienes se hallaba el hermano Asimán, existía primero en el país de
Perlania, llamado en nuestros días «Indostán»; pero cuando los seres del
continente de Europa irrumpieron allí obstaculizando su pacífico trabajo,
ellos emigraron a los «Montes Himalaya»; unos se radicaron en el «Tíbet»
y otros en lo que llaman los «valles del Hindu-Kush».
El Hermano Asimán estaba entre los que se establecieron en los «valles
del Hindu-Kush».
Como el tiempo era muy valioso para todos los miembros de esa
cofradía que se consagraban al perfeccionamiento de sí y dado que el
proceso de alimentación les tomaba mucho tiempo, el hermano Asimán,
muy versado en una ciencia que tenía entonces el nombre de «alquimia», se
puso a trabajar seriamente con la esperanza de descubrir un «compuesto
químico» cuya absorción permitiera, al ser que lo usara, existir sin perder
tantas horas en preparar y consumir los productos de toda clase que sirven
de primer alimento.
Tras una larga e intensiva labor, el Hermano Asimán logró una
combinación de sustancias químicas que, tomadas una vez cada veinticuatro
horas, en forma de «polvo», en dosis de un pequeño «dedal», permitía
existir sin absorber otra cosa que agua, y cumplir de manera plenamente
satisfactoria todas sus obligaciones eserales.
En el momento de mi llegada imprevista al monasterio en el que
Asimán existía con los demás hermanos de ese pequeño grupo de tus
favoritos contemporáneos, todos usaban ese compuesto desde hacía unos
cinco meses y el Hermano Asimán, ayudado por otros hermanos
competentes en la materia, proseguía asiduamente sus experimentos, esta
vez en gran escala.
Pero estos experimentos les probaron que tampoco esa práctica era
conveniente para la existencia normal de los seres.
Una vez hecha esa comprobación no se contentaron con renunciar al uso
de ese compuesto: destruyeron la fórmula misma, tal como la había
calculado el Hermano Asimán.
Unos meses más tarde, tuve la ocasión de regresar a ese monasterio y de
leer allí un documento establecido por los hermanos el mismo día que
dejaron, para siempre, de utilizar ese medio realmente asombroso.
Ese documento contenía, entre otras cosas, ciertos detalles de lo más
interesantes sobre la acción que ejercía el compuesto del hermano Asimán.
Decía que una vez introducido ese compuesto en la presencia de los seres,
además de sus propiedades nutritivas, tenía un efecto muy particular sobre
los «nervios móviles del estómago»; no solo suspendía toda necesidad de
alimento, sino que suprimía todo deseo de ingerir el más mínimo producto
alimenticio y si, por desgracia, alguien se veía obligado a ingerir alguno de
ellos, quedaba entonces por largo tiempo afectado por cierto estado
desagradable que causaba la absorción forzada de ese producto.
Se decía también allí que, al principio, no había sido observado ningún
cambio en la presencia de los seres que se alimentaban con ese producto: ni
siquiera su peso disminuía. Era solo al cabo de cinco meses que su efecto
nocivo se hacía sentir en la presencia común del ser por la disminución
progresiva de la potencia y de la sensibilidad de ciertos órganos de
percepción y de manifestación. Por ejemplo, su voz se debilitaba, su vista y
su oído disminuían, y así sucesivamente. Además, en algunos de ellos, el
desarreglo de las funciones eserales era precedido por una alteración de su
estado psíquico general.
El documento redactado por esos hermanos describía, con muchos
detalles, las modificaciones de carácter de los seres que, desde hacía cinco
meses, usaban el notable compuesto de Asimán, todo eso ilustrado con
comparaciones acertadas y muy precisas.
Aunque no he conservado en la memoria ninguno de los casos citados
en ese documento, el «sabor» que me ha quedado de ello me permitirá
transmitirte su sentido general, sirviéndome una vez más del lenguaje de
nuestro venerable Mulaj Nassr Eddín.
Por ejemplo, un hermano con un carácter semejante al de un «ángel del
Buen Dios», según lo expresan ellos, se volvía de repente irritable, como
ese personaje del que nuestro querido Mulaj Nassr Eddín dijo un día:
«Es tan irascible como el paciente que acaba de terminar su cura con un
célebre especialista europeo de las enfermedades nerviosas».
O también, seres que ayer eran tan pacíficos como esos «corderos
pascuales» que los devotos ponen en su mesa suntuosamente servida, en
ocasión de las grandes fiestas religiosas, se mostraban hoy tan exasperados
como los profesores alemanes cuando un profesor francés descubre algo
nuevo en el dominio de la ciencia contemporánea.
En fin, quien ayer todavía amaba, con el mismo amor con que un
pretendiente terrestre ama a una viuda rica —por supuesto, mientras no ha
recibido un solo céntimo de ella— se volvía tan rencoroso como esa gente
llena de odio, a la que se verá, echando espumarajos por la boca, injuriar al
pobre autor que escribe en este momento acerca de mí y de ti, un libro
intitulado Crítica Imparcial de la Vida de los Hombres.
Porque será odiado, ese pobre autor improvisado, tanto por los
«materialistas pura sangre» como por los «deístas de 96 quilates» y hasta
por aquellos favoritos tuyos que son «optimistas incorregibles», mientras su
estómago está lleno y su «amante» no les arma «escándalos», y quienes,
cuando están en ayunas, se vuelven al contrario, «pesimistas implacables».
Puesto que hemos llegado a hablar por casualidad de ese «singular
escritor advenedizo», no me queda sino participarte, la perplejidad que
siento acerca de él desde hace ya tiempo, y que por cierto sigue creciendo,
respecto a la candidez, con que él se manifiesta.
Debo decirte que también él se hizo, desde el comienzo de su existencia
responsable —bien accidentalmente, bien por voluntad de la suerte, no lo sé
— adepto, e incluso un adepto jurado, de nuestro sabio y respetado Mulaj
Nassr Eddín, y que nunca dejó pasar la más mínima ocasión de actuar, en el
proceso ordinario de su existencia eseral, de acuerdo con las sentencias
inimitables y sin precedente de nuestro maestro venerado.
Pues bien, según lo que de él dicen las informaciones que he recibido
por heterograma, se le ocurre ahora actuar sin tomar en cuenta uno de los
más serios y prácticos consejos —el cual por cierto no está al alcance de
todo el mundo— que ese maestro de maestros, formula así:
«¡Eh! ¡Pobre amigo! ¡Si dices la verdad en la tierra eres un gran
imbécil; pero si haces el hipócrita, no eres más que un cobarde, y no menos
grande!»
«Créeme, más vale no hacer nada, échate más bien en tu diván, y
aprende a cantar como cantan los gorriones que todavía no se han
convertido en ‘canarios norteamericanos’».

Ahora, querido nieto, recoge con atención las informaciones que te voy
a dar sobre la causa de la desarmonía progresiva, en la presencia de los
seres contemporáneos del continente de Norteamérica, de su segunda
función eseral principal, la del sexo.
La desarmonía de esa función se debe a varias causas de carácter
diverso, pero en mi opinión la principal es la negligencia que demuestran
esos seres en cuanto al aseo de sus órganos sexuales, negligencia «arraigada
en su esencia y ya integrada a su naturaleza».
Tanto como cuidan su rostro y lo mantienen por medio de «cosméticos
faciales» —tal como lo hacen los seres del continente de Europa— tanto
descuidan sus órganos sexuales; y sin embargo, son justamente esos
órganos los que necesitan el mayor aseo por parte de todo ser tricerebrado
más o menos consciente.
Por otra parte, no se les puede culpar del todo, porque en cuanto a eso,
los más culpables son los seres del continente de Europa, debido a las
costumbres que han adoptado en el proceso de su existencia eseral
ordinaria.
La cuestión es que ese gran grupo contemporáneo, todavía muy
reciente, está formado casi completamente de seres que venían, y continúan
además viniendo, de grandes y pequeños grupos que pueblan el continente
de Europa.
Y si la mayoría de los seres tricerebrados que componen hoy esa nueva
comunidad no son ellos mismos emigrantes, sus padres o sus antepasados sí
lo eran, y al desembarcar en ese continente trajeron con ellos sus
costumbres europeas, entre ellas las que conllevaron esa negligencia
respecto a sus órganos sexuales.
Así, cuando ahora te informo acerca del estado de la cuestión sexual
entre los norteamericanos, ten en cuenta que todo lo que digo se refiere
también a los seres del continente de Europa.
Los resultados de la falta de higiene de los seres tricerebrados
contemporáneos del planeta Tierra, a quienes tanta simpatía tienes y que
habitan en Europa y Norteamérica, están claramente evidenciados en mis
estadísticas.
Tomemos por ejemplo lo que llaman allá «enfermedades venéreas».
Esas enfermedades están tan extendidas en el continente de Europa y en
Norteamérica que, en la actualidad, es difícil encontrar un ser que no las
haya adquirido en alguna forma.
No te hará daño saber, entre otras cosas, algo más acerca de esos
interesantes y peculiares datos que, en mis estadísticas, indican en cifras
cuánto más frecuentes son estas enfermedades entre los seres de Europa y
Norteamérica que entre los del continente de Asia.
Muchas de esas enfermedades venéreas están totalmente ausentes entre
los seres de las viejas comunidades asiáticas, mientras que, entre los seres
que pueblan Europa y Norteamérica, tienen casi la magnitud de verdaderas
epidemias.
Tomemos por ejemplo la famosa «gota militar» o, como la llaman los
sabios de allá «gonorrea». En el continente de Europa y en Norteamérica,
casi todos los seres, tanto del sexo masculino como los del femenino,
padecen esta enfermedad en alguna de sus distintas etapas, cuando, en el
continente de Asia, solo aparece en las fronteras, donde los seres se
mezclan frecuentemente con los europeos.
Una buena ilustración de lo que acabo de decirte es la que proporcionan
los seres pertenecientes al grupo que existe allá con el nombre de Persia y
que ocupa un territorio relativamente extenso en el continente de Asia.
Entre los seres que habitan este territorio relativamente importante, esta
enfermedad no se encuentra ni en el centro, ni en el este, ni en el sur, ni en
el oeste del país.
En el norte, por el contrario, y sobre todo en la región llamada
«Azerbaiyán», que está en contacto directo con la gran comunidad medio
europea, medio asiática, de Rusia, la proporción de esa enfermedad
aumenta a medida que uno se acerca a esta última.
Sucede exactamente lo mismo con los países del este del continente de
Asia. El porcentaje de esta enfermedad aumenta en función de la frecuencia
de las relaciones de los seres de estos países con los del continente de
Europa. En la «India», por ejemplo, y en una parte de China, esa
enfermedad se ha propagado particularmente, en estos últimos tiempos, en
los lugares donde los seres del país están en contacto con los europeos de la
comunidad de Inglaterra.
Se puede decir, pues, que los principales propagadores de esa
enfermedad entre los seres del continente de Asia son, en el noroeste, los
seres de la gran comunidad de Rusia y, en el este, los de la comunidad de
Inglaterra.
La razón por la cual esta enfermedad, así como muchas otras
calamidades, no aparecen en absoluto en el resto del continente de Asia, se
debe, en mi opinión, a que la mayoría de los seres de ese continente han
conservado, en su existencia de todos los días, excelentes costumbres que
les vinieron de sus antepasados lejanos.
Esas costumbres están tan profundamente implantadas, por su religión,
en su existencia de todos los días que, observándolas mecánicamente, sin
ninguna sabihondez, ellos quedan protegidos de ciertos males que aparecen,
en tu desafortunado planeta, en cantidad cada vez más considerable debido
a las condiciones anormales de existencia que se han establecido allá.
Si los seres de la mayoría de los grupos del continente de Asia escapan
a las numerosas enfermedades venéreas y a otras «anomalías sexuales», se
lo deben sencillamente a las costumbres conocidas allí con el nombre de
«Suniate» y de «Abdast».
La primera de estas costumbres, llamada «Suniate, —o como la
denominan a veces—, circuncisión», protege de numerosas enfermedades
venéreas a la mayor parte de los seres asiáticos llegados a la edad
responsable; además, protege, a la mayoría de los niños y a la gente joven,
de esa «plaga» conocida con el nombre de «onanismo» que tantos estragos
hace en la juventud de Europa y Norteamérica.
Según esa costumbre, los seres «adultos» de casi todos los grupos
actuales del continente de Asia llevan a cabo en sus «resultados», —es
decir, en sus hijos— a cierta edad, un ritual que consiste en cortar, en el
caso de los varones, lo que llaman el «freno» y el «prepucio» del pene.
Y hoy, esos hijos de tus favoritos contemporáneos que han sido
sometidos automáticamente a dicha costumbre, están casi totalmente a
salvo del inevitable resultado de varios males ya definitivamente fijados en
el proceso de existencia de tus favoritos.
Por ejemplo, según mis estadísticas, la «plaga» mencionada, es decir, el
«onanismo infantil», casi no existe entre los hijos de los seres tricerebrados
terrestres que observan la costumbre de la «circuncisión», mientras que
todos los niños y jóvenes de los seres que no la siguen, están expuestos, sin
excepción, a dicha anomalía sexual.
La segunda costumbre que mencioné, esto es, el «Abdast», la cual, de
paso, recibe un nombre diferente de los seres de los distintos grupos del
continente de Asia, no es otra cosa que la ablución obligatoria de los
órganos sexuales después de cada visita a lo que llaman los «water closets».
Gracias en especial a esa segunda costumbre, la mayoría de tus
favoritos que habitan en el continente de Asia estén exentos de
enfermedades venéreas y de «anomalías sexuales» de toda clase.

Después de decir esto, Belcebú se quedó pensativo y, tras una larga


pausa, dijo:
El tema actual de nuestra conversación me ha hecho recordar cierta
conversación sumamente interesante que sostuve, durante mi permanencia
en Francia, con un joven y simpático ser tricerebrado.
Creo que sería conveniente, para tu mejor comprensión de todo lo que
acabo de relatarte, que te repita toda esa conversación, especialmente
porque, además de aclarar el sentido de esa costumbre de «Abdast» o
abluciones, te aclarará muchas otras cuestiones concernientes al peculiar
psiquismo de tus favoritos.
El ser con quien tuve esa conversación era precisamente el joven persa
que, como recordarás, fue, a petición de un conocido de ambos, mi «guía»
en la ciudad de París, donde yo residía, como ya te he dicho, justamente
antes de mi partida hacia el continente de Norteamérica.
Un día me encontraba esperando a ese joven persa en la terraza del
famoso Grand Café de la ciudad de París.
Apenas llegó, noté por su mirada que esta vez estaba más «ebrio» que
de costumbre.
En general, bebía mucho y cuando frecuentábamos los restaurantes de
Montmartre, donde la champaña es de rigor, como a mi no me gustaba ni la
bebía, él se encargaba de muy buena gana de bebérsela toda él solo.
No contento con estar siempre borracho, era además, como dicen allá,
gran «cazador de faldas».
En cuanto veía la «cara atractiva» de un ser de sexo femenino, su
expresión, su respiración misma cambiaban enseguida.
Cuando noté que esa vez estaba más ebrio que de costumbre, le
pregunté, cuando se sentó a mi lado y hubo ordenado un café con
«aperitivo»:
«Dígame, por favor, mi joven amigo, ¿por qué bebe usted siempre ese
veneno?».
Ante mi pregunta, respondió:
«¡Ah! ¡Mi querido doctor! Bebo ese ‘veneno’ primero porque estoy tan
habituado a él que pasar sin él me haría sufrir, también porque el efecto del
alcohol me permite ver sin chistar los ‘horrores que suceden aquí’, e hizo
con la mano un movimiento circular».
«Comencé a beber ese veneno, como usted lo llama, por circunstancias
imprevistas y de lo más inoportunas para mí, que me forzaron a venir a esta
funesta Europa, para vivir aquí bastante tiempo».
«Al principio, yo bebía porque todos aquéllos con quienes me reunía
también bebían, y si uno no bebe, enseguida lo tratan de ‘mujercilla’, de
‘chica’, de ‘muñequita’, de ‘dearie’, de ‘sissy’, de ‘ninny’ y otros
sobrenombres del mismo género. Y como no quería que mis relaciones de
negocios me encajaran esos nombres ofensivos, yo me puse también a
beber».
«Además, cuando vine por primera vez al continente de Europa,
constaté cuan opuestas son las condiciones de vida, desde el punto de vista
de la moralidad y la patriarcalidad, a aquéllas en medio de las cuales crecí,
y sufrí por ello un sentimiento enfermizo de vergüenza y de inconcebible
confusión. En compensación, noté que el alcohol, no solamente aliviaba mi
angustia, sino que yo comenzaba a ver todo eso con un ojo tranquilo, y que
incluso sentía el deseo de participar en esa vida anormal, tan opuesta a mi
naturaleza y a mi modo de ver».
«Así sucedió que, cada vez que comenzaba a sentir la misma
desagradable sensación, empezaba a beber alcohol, incluso con un
sentimiento de autojustificación, y de esta forma, me acostumbré
gradualmente a ese veneno, como usted acaba de llamarlo con toda
justicia».
Después de haber pronunciado estas palabras con un evidente impulso
de profunda pesadumbre, hizo una breve pausa para encender un cigarrillo
de tabaco mezclado con «Tambak». Yo aproveché para preguntarle:
«Bueno… Admitamos que yo haya comprendido más o menos la
explicación que usted da de su imperdonable intemperancia y que pueda
ponerme en su lugar. Pero ¿qué me dice usted del otro vicio tan
imperdonable en mi opinión, que hace de usted tan consumado ‘cazador’?».
«¡Vaya! ¿Se queda usted pasmado ante cualquier falda, siempre que
ondule en las caderas de una criatura de pelo largo?»
A mi pregunta, suspiró profundamente, luego respondió:
«Me parece que ese hábito se debe en parte a la razón de que le hablé,
pero creo que puedo darle otra explicación psicológica, también ella muy
interesante».
«Si a usted le agrada, mi querido doctor, le contaré en detalle cómo lo
comprendo yo».
Naturalmente le expresé mi deseo de oírlo, pero le propuse primero ir a
sentarnos dentro del Grand Café, en el salón del restaurante, ya que afuera
había cada vez más humedad.
Una vez sentados, pedimos una botella de su «famosa champaña» y
continuó:
«Durante su estada con nosotros, en Persia, usted tal vez habrá tenido la
ocasión, querido doctor, de observar la actitud muy específica de los
hombres hacia las mujeres».
«Entre nosotros, en Persia, los hombres tienen hacia las mujeres dos
‘actitudes orgánicas’ muy distintas, de acuerdo con las cuales dividimos
inconscientemente a las mujeres en dos categorías».
«La primera actitud se aplica a la mujer como madre presente o futura;
y la segunda a la ‘mujer hembra’, podría decirse».
«Esa particularidad de nuestros Persas de tener en su naturaleza los
datos que les permiten esas dos actitudes tan independientes se constituyó
en ellos hace dos siglos y medio solamente».
«Según las explicaciones que de eso me dio un día mi ‘tío el Mulaj’ —a
quien a sus espaldas los que lo rodeaban lo llamaban ‘Mulaj de la vieja
escuela’— hace dos o tres siglos, los hombres, por razones evidentemente
dependientes de ciertas leyes Mundiales superiores, emprendieron por todas
partes en la Tierra, y sobre todo entre nosotros en Asia, guerras más
violentas que de costumbre, en tanto el sentimiento religioso se debilitaba
patentemente en la mayoría, hasta el punto de desaparecer por completo en
algunos de ellos».
«Fue entonces cuando se propagó entre los hombres una enfermedad
psíquica de forma particular, que llevaba a una gran cantidad de ellos a la
demencia o al suicidio».
«Por eso ciertos hombres sensatos pertenecientes a diversos grupos
independientes del continente de Asia, ayudados por representantes de la
medicina de la época —muy superior, sea dicho de paso, a la medicina
contemporánea— decidieron investigar seriamente la causa de esa nueva
desgracia humana».
«Tras larga e imparcial labor, descubrieron, por una parte, que contraían
esa enfermedad solamente los hombres en cuyo subconsciente ya no surgía
impulso alguno de fe en quien fuera ni en lo que fuera, y por otra parte, que
los hombres adultos que cumplían periódicamente con las mujeres el ritual
normal del acoplamiento no estaban expuestos a ella».
«Cuando se supo en todo el continente de Asia a qué conclusiones
habían llegado ellos, los gobernadores y los jefes de los distintos grupos se
alarmaron, en vista de que casi todas las tropas regulares de que disponían
estaban constituidas por hombres adultos y las constantes guerras no
permitían a ninguno de ellos vivir normalmente con su familia».
«Y como, en esa época, cada uno de los jefes de estado de los diversos
países asiáticos sentía vivamente la necesidad de un ejército fuerte y sano,
se vieron forzados a firmar una tregua, y acudir en persona, o enviar
representantes, a la capital del ‘Janato de Kilmantush’, para buscar juntos
allí una salida a la situación que se había creado».
«Después de largas reflexiones y deliberaciones, esos detentadores de
poder de los diversos grupos asiáticos o sus delegados, llegaron a la
conclusión, de acuerdo con los representantes de la medicina de la época,
de que no podrían poner fin a esa situación sino instituyendo por toda Asia
—tal como se hace hoy en día en el continente de Europa— lo que llaman
la ‘prostitución’, y fomentándola por todos los medios, para asegurar su
plena expansión».
«Casi todos los jefes de estado de la época se adhirieron a las
conclusiones de los representantes de los pueblos del continente de Asia,
reunidos en la capital del ‘Janato de Kilmantush’, y desde entonces se
pusieron a instigar sin el más mínimo remordimiento de conciencia, a todas
las mujeres —con excepción de sus propias hijas— a dedicarse a esa
ocupación tan repugnante y tan contraria a la naturaleza de todo ser normal,
y prodigaron su apoyo, sin distinción de casta ni de culto, a todas aquellas
que desearan partir con esa intención sucia, y hasta lo hacían con un
sentimiento de piedad, como si se tratara de la más generosa de las
manifestaciones humanitarias».
«Ya que hemos abordado este tema, permítame, mi estimado doctor,
hacer una ligera digresión para contarle las sabias e interesantes reflexiones
de mi tío, el Mulaj, sobre las causas de esa plaga de la civilización
contemporánea».
«Un día en que nosotros dos conversábamos, durante el Ramadán,
mientras esperábamos el llamado del Mulaj del distrito anunciando la hora
de la comida, terminamos hablando de esa ‘plaga’ humana, y mi tío me
dijo, entre otras cosas»:
«Ustedes no tienen razón de acusar y despreciar a las mujeres de ‘esa
clase’. La mayoría de ellas no son personalmente culpables de su triste
destino; los verdaderos culpables son sus padres, maridos o tutores».
«Sí, por cierto, los únicos que merecen ser culpables y despreciados son
sus padres, maridos o tutores, quienes durante el periodo de su edad de
preparación para la edad adulta, mientras ellas no poseen todavía su propio
sentido común, las dejan caer bajo el dominio de una propiedad llamada
pereza».
«Aun cuando a esa edad la pereza no es sino automática y estas
personas jóvenes no necesitan hacer grandes esfuerzos para dominarla, lo
que les permite, al adquirir su sentido común propio, evitar que esa pereza
se posesione plenamente de ellas, sin embargo, conforme a resultados
independientes de nuestra voluntad y que derivan de las leyes cósmicas, la
organización psíquica de las mujeres es tal que, en todas sus iniciativas y
sus buenas manifestaciones, debe intervenir infaliblemente el principio
activo».
«Pues bien, por culpa de diversas ideas propias de la civilización actual
sobre ‘el derecho de las mujeres’, ilustradas por consignas tales como ‘voto
de las mujeres’, ‘igualdad de derechos’, ‘igualdad de condiciones’ —ideas
ingenuas a los ojos de todo hombre que ha vivido su vida de manera
normal, pero que son inconscientemente aceptadas por la mayoría de los
hombres contemporáneos—, esas desdichadas mujeres, que ni siquiera
están del todo preparadas para ser madres algún día, no encuentran cerca de
ellas, durante los primeros años de su vida adulta, las fuentes indispensables
de principio activo, conforme con las leyes, que debieran haber sido sus
padres o tutores y luego sus maridos, a quienes incumbe la responsabilidad
desde el momento del matrimonio. De ahí que ellas se vean entregadas al
proceso intensivo de imaginación y de entusiasmo propio de esa edad
transitoria, proceso conforme con las leyes, y previsto por la naturaleza con
miras a una mejor realización de datos que favorezcan el desarrollo de su
sentido común, de modo que la pereza automática se insinúa poco a poco en
su esencia y se convierte en ellas en una necesidad cada vez más exigente».
«Una mujer de tal naturaleza no querrá evidentemente cumplir con las
obligaciones de una verdadera ‘mujer madre’, y como la prostitución le
permite no hacer nada y hasta sentir gran goce, se forma poco a poco en su
naturaleza, así como en el ‘consciente pasivo’ que le es propio, una
tendencia irresistible a convertirse en ‘mujer hembra’».
«Pero como los datos correspondientes por derecho a toda mujer para
suscitar en ella el ‘impulso de pudor’ no se atrofian en seguida en el instinto
de esas ‘mujeres hembra’, y como ninguna de ellas, a pesar de todo el deseo
mental que tenga, puede tolerar el convertirse en una prostituta en su país
natal, cada una se esfuerza, instintiva y semiconscientemente, por irse lejos
de su patria, para entregarse sin reserva, con todo sosiego, a una profesión
que no aportará mas que agrado».
«En cuanto a la extensión que abarca hoy día en la tierra entera esa
calamidad humana, se debe en mi opinión al único hecho de que numerosos
hombres experimentan, al igual que esas jóvenes mujeres, futuras
prostitutas, y por razones similares, una necesidad orgánica esencial de no
hacer nada sino gozar. Y una de las formas bajo las cuales esos ‘podridos’
contemporáneos satisfacen su criminal necesidad consiste en seducir a esas
mujeres, y luego facilitar su partida a algún país extranjero».
«Numerosas personas sensatas han podido observar ya que esos seres de
ambos sexos, víctimas de la misma enfermedad, se buscan siempre,
consciente o instintivamente, y acaban siempre por encontrarse, justificando
una vez más el viejo proverbio: ‘Un granuja reconoce a otro de lejos’»…
«Así pues, mi estimado doctor, por todas esas razones, tan bien
comprendidas por mi sabio tío el mulaj, muchas mujeres prostitutas, en los
años siguientes, pasaron a Persia, provenientes de diversos otros países».
«Pero debido a la actitud instintiva adquirida en el curso de los siglos
por las mujeres Persas, sin distinción de culto, en lo que se refiere a la
moralidad y a la patriarcalidad de las tradiciones familiares, esas mujeres
extranjeras se vieron en la imposibilidad de mezclarse con la masa de
mujeres persas, y desde entonces ha habido aquí las dos categorías de
mujeres de las que le he hablado a usted».
«Como la mayoría de esas mujeres extranjeras vivían con toda libertad
entre nosotros y se las veía por todas partes, en los mercados y otros lugares
públicos, atraían muy a menudo las miradas de nuestros hombres persas,
durante lo que se llama el ‘funcionamiento del centro de gravedad sexual’,
de modo que se formó poco a poco en ellos, de manera inconsciente por
supuesto, junto con la actitud respecto a la mujer como ‘madre’, otra actitud
hacia la mujer considerada como simple hembra».
«La propiedad de observar estas dos actitudes bien definidas hacia las
mujeres, pasando por herencia, de generación en generación, acabó por
arraigarse hasta tal punto en ellos que no solamente nuestros persas,
reconocen hoy estas dos categorías de mujeres según su apariencia, como se
distingue un hombre de un carnero, de un perro, de un burro, etc., sino que
hasta han adquirido algo que por instinto les impide confundir a dos
mujeres de categorías diferentes».
«Yo mismo podía reconocer a distancia, sin equivocarme nunca, qué
clase de mujer era la que pasaba. Pero con la mejor voluntad del mundo,
sería en verdad incapaz de explicarle a usted ahora en qué las distinguía:
¿era en su caminar, o por cualquier otra señal? El hecho es que las
distinguía infaliblemente, aunque esas dos categorías de mujeres llevan los
mismos velos».
«Y todo persa normal —quiero decir, mientras no cae bajo la influencia
del ‘tambak’, del alcohol o del opio, cuyo consumo se ha difundido
desgraciadamente cada vez más, en estos últimos tiempos, entre los
nuestros— siempre puede decir sin error cuál mujer es una ‘mujer madre’ y
cuál es una ‘mujer hembra’, es decir, una ‘prostituta’».
«Entre nosotros, la ‘mujer madre’, sea cual sea la religión a la que
pertenezca, y aparte de toda relación familiar o personal, es considerada por
todo persa normal como una verdadera hermana, mientras que las mujeres
de la segunda categoría no son para él sino simples animales que
inevitablemente le provocan un sentimiento de asco».
«La capacidad de tal comportamiento instintivo respecto a las mujeres
es muy fuerte entre nosotros y no depende en absoluto de nuestro
consciente».
«Por ejemplo, imagínese que, por cualquier razón, la más joven y más
bella mujer de Persia se encuentre, por casualidad, en la misma cama con
un hombre de su propio distrito; este hombre, si no ha caído, lo repito, bajo
la influencia del opio o del alcohol, será orgánicamente incapaz, aunque
tenga toda la intención, de tratarla como una hembra».
«Él tratará a esta mujer como a su propia hermana, hasta el punto de que
si ella manifestara una ‘acción orgánica’ hacia él, él le tendría aun más
compasión, considerándola ‘poseída de una fuerza impura’, y haría todo lo
posible por ayudarla a conjurar el peligro».
«Este mismo persa, además, si está en su estado normal, tampoco podrá
tratar a una mujer de la segunda categoría, es decir, a una prostituta, como a
una ‘mujer hembra’, pues por muy bella y joven que sea, sentirá
inevitablemente hacia ella una repugnancia orgánica; y no podrá tratarla
como mujer sino introduce en su organismo los productos embriagantes,
funestos para el hombre, que he citado».
«Pues bien, respetado doctor, he vivido en Persia, hasta la edad de
veinte años, respetando estas costumbres y tradiciones, como todo persa
normal».
«A los veinte años, recibí en herencia unas acciones, que me hicieron
socio de una importante casa de comercio, especializada en la exportación
de frutas secas Persas a diversos países de Europa».
«Por un cúmulo de circunstancias ajenas a mi voluntad, mi posición en
esta casa comercial mejoró y llegué a ser su representante general en los
países del continente de Europa a los que exportaba sus frutas».
«Fui primero a Rusia, luego a Alemania, a Italia, y a otros países
europeos y, finalmente, a Francia, donde vivo desde hace ya siete años».
«En la vida de ninguno de estos países extranjeros existe una diferencia
tan marcada entre estos dos tipos de mujer, la ‘mujer madre’ y la ‘mujer
prostituta’, como la he visto y sentido en mi patria durante toda mi
juventud».
«En todos ellos, la actitud que los hombres adoptan hacia las mujeres es
puramente mental, es decir, imaginaria y no orgánica».
«Aquí por ejemplo, no importa con qué frecuencia lo engañe su mujer,
jamás sabrá un marido que ella le es infiel, si él no lo ve o si no oye hablar
de ello».
«Mientras que entre nosotros, en Persia, sin haberlo visto ni oído, un
marido siente por instinto que su esposa le es infiel; y, del mismo modo, la
mujer sentirá siempre la más mínima infidelidad de su marido».
«Algunos sabios del continente de Europa se han dedicado entre
nosotros, muy recientemente, a investigaciones especiales muy serias
respecto a esta sensación instintiva particular».
«Según tuve ocasión de enterarme, ellos han llegado a la conclusión de
que, en los países donde reina la ‘poliandria’ o la ‘poligamia’, es decir,
donde las costumbres locales autorizan ‘varios maridos’ o ‘varias mujeres’,
los esposos adquieren una disposición ‘psico-orgánica’ particular en sus
relaciones mutuas».
«Tal disposición psico-orgánica existe también entre nosotros los
persas, ya que somos, como usted lo sabe, adeptos a la religión musulmana
y practicamos, por consiguiente, la poligamia, es decir, que la ley autoriza a
cada hombre a poseer hasta siete mujeres».
«Y esta particularidad se manifiesta de tal modo que una mujer legítima
no experimenta nunca el sentimiento de infidelidad de su marido mientras
se trate de las otras mujeres legítimas».
«Ese sentimiento no aparece en ella sino cuando su marido la engaña
con una mujer extraña».
«Es tan solo hoy día, respetado doctor, después de haber vivido en
Europa y haber visto todo lo que ocurre entre esposos, que aprecio
plenamente nuestra costumbre de la poligamia, establecida de manera tan
sensata y tan saludable tanto para los hombres como para las mujeres».
«Aun cuando entre nosotros todo hombre puede tener varias mujeres y
no una sola, como es el caso en Europa, donde la fe cristiana, que no tolera
más que una, es predominante. ¿Cómo comparar la honestidad y la
consciencia que aportan los Persas en su comportamiento hacia sus mujeres,
con la que demuestran los maridos europeos en su comportamiento hacia su
única mujer, y hacia su familia en general?».
«Mire a su alrededor pues, y vea lo que pasa».
«Observe tan solo las salas del Grand Café, donde, al lado de las
prostitutas profesionales y de los ‘chulos’ que se la pasan por aquí,
conversan alegremente entre sí cientos de hombres y mujeres sentados a las
mesitas».
«A primera vista, usted diría de esos hombres y esas mujeres que son
parejas casadas, que han venido a París para visitarla, o por algún asunto de
familia».
«En realidad, es casi seguro que en todas las salas de este Grand Café,
ni una sola de esas parejas de hombres y mujeres que charlan tan
alegremente antes de ir juntos al hotel, es una pareja de esposos legítimos, a
pesar de que, según sus papeles, cada uno de ellos sea el marido o la mujer
legítima de alguien».
«Mientras esos hombres y esas mujeres charlan aquí, sus ‘legítimas
mitades’ que se quedaron en casa, en la provincia, se imaginan
probablemente y cuentan a sus amistades que su ‘mujer legítima’ o su
‘marido legítimo’ ha ido a París, la capital del mundo, a realizar ‘compras’
muy importantes para su familia, o a ver una persona que le será muy útil a
la familia o algo por el estilo».
«Cuando el hecho es que, para venir aquí, esas aves de paso han
empleado subterfugios durante el año entero e inventado toda clase de
historias destinadas a convencer a sus legítimas mitades de la necesidad de
su viaje. Y ahora que están aquí, en compañía de pícaros y de intrigantes de
su calaña, se esmeran de común acuerdo, en nombre de San Himeneo y para
mayor gloria de él, con el arte consumado a que alcanza en esta materia la
elevada civilización contemporánea, en adornar la frente de sus ‘legítimas
mitades’, que se quedaron en el hogar, con ‘artísticos cuernos’ tan grandes
como se pueda».
«En Europa, la vida de familia está establecida de tal manera que si
usted encuentra a un hombre en compañía de una mujer, y durante su
conversación advierte en sus voces ciertas notas alegres, a la vez que
aparece en sus rostros una sonrisa, puede estar completamente seguro de
que pondrán todo su empeño, si es que no lo han hecho ya, en obsequiar a
su ‘legítima mitad’ con el más grande y más espléndido par de cuernos».
«De modo que todo hombre, por poco astuto que sea, es tomado aquí
por un marido muy honesto y un ‘padre de familia patriarcal’».
«Poco importa a quienes lo rodean que ese ‘honrado’ y ‘patriarcal’
padre de familia tenga, al mismo tiempo —si sus medios, por supuesto, se
lo permiten— tantas ‘amantes’ como quiera; por el contrario, hasta le
demostrarán, por costumbre, más respeto que a los hombres que son
incapaces de tener siquiera una amante».
«Los ‘maridos honrados’ que poseen alguna fortuna tienen, en general,
además de su única mujer legítima, no solo siete, sino a veces hasta siete
veces siete ‘mujeres ilegítimas’».
«Y aquellos maridos europeos que carecen de los medios para mantener
a varias ‘mujeres ilegítimas’ además de su ‘legítima mitad’, pasan la mayor
parte de su tiempo ‘babeando con codicia’, como se dice, es decir, que
durante todo el día siguen y ‘devoran con los ojos’ a todas las mujeres que
pasan».
«Dicho de otro modo, engañan todo el día, un número incalculable de
veces, a su única ‘esposa legítima’, con el pensamiento y el sentimiento».
«Entre nosotros, en Persia, aun cuando los hombres pueden tener hasta
siete mujeres legítimas, sus pensamientos y sus sentimientos están
ocupados día y noche en organizar lo mejor posible la vida interior y
exterior de sus diferentes esposas legítimas».
«Estas últimas, a su vez, les son profundamente devotas y se esfuerzan,
noche y día, con toda su alma, por ayudarlos en sus obligaciones de la
vida».
«Aquí, las relaciones internas entre esposos son equivalentes; así como
la vida interior del marido está casi por entero acaparada por la traición
hacia su única mujer legítima, así mismo la vida interior de esa única mujer
legítima, desde el primer día de su unión, huye para siempre lejos de la
familia».
«Por lo general, la mujer europea, desde el día de su matrimonio,
considera a su marido, en su fuero interno, como su bien personal».
«Después de la primera noche, creyéndose de allí en adelante segura de
su propiedad, consagra toda su vida interior a perseguir ese ‘algo’ que
constituye el ideal incierto por el que se apasionan desde la infancia las
señoritas europeas, gracias a esa famosa ‘educación’ que idean para ellas,
cada vez con mayor refinamiento, ciertos escritores deshonestos».
«Durante mi permanencia en estos países europeos he observado que en
el ser de las mujeres ya no se forma nada de lo que debería mantener
constantemente, tanto en ellas como en las nuestras, lo que se llama ‘pudor
orgánico’, o al menos una tendencia hacia este pudor, sentimiento en el cual
descansa, según creo, el ‘deber femenino’ y que les ayuda a abstenerse
instintivamente de las actos que vuelven inmorales a las mujeres».
«Por eso es que, cada vez que se presenta la ocasión, toda mujer de aquí
puede fácilmente, sin sufrir por ello y sin ningún remordimiento de
conciencia, engañar a su marido».
«A mi entender, es la ausencia de este pudor en las europeas lo que ha
abolido, poco a poco, la frontera que separa la ‘mujer madre’ de la ‘mujer
prostituta’; hoy día, esas dos categorías de mujeres no son más que una,
desde hace mucho tiempo, y los hombres ya no dividen a las mujeres de esa
manera, ni en pensamiento ni en sentimiento, como lo hace casi todo
persa».
«Actualmente, aquí, no se puede distinguir la ‘mujer madre’ de la
‘mujer hembra’ a menos que uno vea con sus propios ojos todas sus
manifestaciones».
«En las condiciones europeas de vida familiar, la ausencia de la
beneficiosa institución de la poligamia —institución que debió ser, en mi
opinión, introducida aquí desde hace mucho tiempo, aunque solo fuera por
la simple razón de que, según las estadísticas, el número de mujeres
sobrepasa aquí ampliamente al de los hombres— da lugar a miles de
molestias e inconvenientes que podrían muy bien no existir».
«Así pues, muy honorable doctor, la causa principal del segundo de mis
vicios es que crecí y fui educado según las tradiciones morales
diametralmente opuestas a las costumbres de aquí, y vine a Europa a la
edad en que las pasiones animales son particularmente fuertes en el hombre.
En suma, toda mi desgracia fue la de llegar a Europa muy joven y ser
considerado aquí muy apuesto. Mi tipo pérsico hizo que fuera objeto de una
cacería obstinada por parte de cantidades de mujeres jóvenes para quienes
yo representaba un tipo de varón muy original».
«Ellas me persiguieron como a una rara presa de caza».
«Y yo era para ellas verdaderamente una ‘presa rara’, debido a la
gentileza y a la cortesía que se habían desarrollado en mí desde la infancia
hacia las ‘mujeres madres’ Persas».
«A mi llegada aquí, continué como me era natural y sin darme cuenta de
ello, mostrando hacia las mujeres la misma gentileza y la misma cortesía».
«Al comienzo, en mis encuentros con las mujeres europeas, no
hacíamos sino hablar la mayoría de las veces acerca de la civilización
contemporánea y de nuestra civilización Persa supuestamente atrasada. Pero
un día bajo la influencia del alcohol, del que ya entonces consumía en
exceso, caí por primera vez, es decir que, como futuro padre de familia
responsable, me porté de una manera vergonzosa».
«Aunque me costaba gran sufrimiento y remordimiento de conciencia,
la influencia de los que me rodeaban, combinada con la acción del alcohol,
me obligó a poco a caer por segunda vez. Luego no hice más que bajar la
pendiente, de modo que, a ese respecto, hoy me he convertido en el más
sucio de los animales».
«A veces, últimamente, cuando suelo estar por completo libre de la
influencia del alcohol, experimento moralmente una gran angustia y me
desprecio con todo mi ser; en esos momentos, me apresuro a ingerir
alcohol, para olvidar todo y poner fin a mi sufrimiento».
«Después de haber vivido esta vida monstruosa en diversos países
europeos, terminé por radicarme en París, la ciudad a donde vienen las
mujeres, desde los cuatro extremos del mundo, con la intención manifiesta
de ‘hacer crecer cuernos’ en la frente de sus legítimos esposos».
«En París, me entregué completamente a esos dos vicios humanos, el
alcohol y la ‘cacería de faldas’, según su expresión. Me puse a correrla a
diestro y siniestro, sin el menor discernimiento; y ahora, el saciar esos dos
vicios ha llegado a ser para mí más indispensable que satisfacer mi
hambre».
«Esto es lo que ha sido mi vida hasta hoy. De lo que me espera más
tarde, no sé nada, y no quiero saberlo».
«Además me esfuerzo siempre por luchar contra mí mismo para no
pensar más en ello».
Dicho esto, suspiró profundamente y bajó la cabeza con expresión de
agobiado. Le pregunté:
«Y dígame, le ruego, ¿no teme usted ser contagiado por las terribles
enfermedades que afectan a la mayoría de las mujeres a quienes persiguen
los ‘cazadores de faldas’ como usted?».
Ante esa pregunta, suspiró de nuevo, guardó silencio por unos instantes,
y prosiguió:
«Pues bien, mi querido y muy estimado doctor, he reflexionado mucho
en este problema durante estos últimos años; hasta se ha vuelto para mí
objeto de tal interés que gracias a él mi miserable vida interior ha podido
transcurrir, a pesar de todo, en forma más o menos soportable».
«Pienso que en su calidad de médico a usted le interesará saber cómo y
por qué me cautivó tanto ese asunto hace algunos años, y a qué
conclusiones me llevaron las observaciones y los estudios muy serios que
hice, cada vez que volvía a un estado medianamente normal».
«Hace cinco años, caí en tal depresión nerviosa que el alcohol ya casi
no actuaba en mí y ya no bastaba para apaciguar mi estado psíquico».
«Durante este período, solía encontrarme a menudo con amigos y
camaradas que discutían mucho entre sí de las enfermedades vergonzosas y
la facilidad con que uno las contraía».
«Estas conversaciones me pusieron en guardia, y me volví poco a poco
tan timorato como algunas mujeres histéricas».
«Yo me decía que, al estar casi siempre en estado de embriaguez, solo
trataba con esas mujeres infectadas y que si, hasta entonces, no presentaba
todavía ningún síntoma evidente de esas enfermedades, con toda
probabilidad llevaba ya el germen de una de ellas».
«Decidí pues dirigirme a diversos especialistas, con el fin de saber de
qué enfermedad podía estar contagiado».
«Ninguno de aquellos especialistas me encontró nada, pero no por eso
dejé de inquietarme, pues tanto mi temor a las enfermedades como el
simple sentido común mantenían mi convicción de que debía de estar ya
contaminado».
«Resolví no reparar en ningún gasto y consultar a varios especialistas,
escogidos entre las celebridades de toda Europa. Además podía
permitírmelo, pues, como la guerra mundial, había interrumpido las
comunicaciones en todas partes y los precios se habían puesto por las
nubes, nuestra casa de comercio, gracias a las grandes reservas de frutas
secas existentes en todos sus depósitos, ese año tuvo considerables
ganancias y me correspondió una suma nada despreciable».
«Los grandes especialistas europeos a quienes había convocado, tras
haber hecho investigaciones muy ‘detalladas’ y análisis químicos, secreto
de su especialidad, declararon unánimemente que mi organismo no
presentaba el menor signo de enfermedad venérea».
«Sus conclusiones calmaron los temores que yo había sentido. Pero
desarrollaron en mí un sentimiento de curiosidad y un interés por aclarar
este asunto, tan intensos, que desde entonces, la búsqueda de su solución se
convirtió en una verdadera manía, una especie de ‘idea fija’».
«Fue a partir de este momento cuando emprendí estudios y
observaciones muy serias sobre las enfermedades venéreas; estas
investigaciones animaron ‘mi vida miserable’ y le dieron sentido».
«Durante ese período de mi vida, no dejé de dedicarme a esos estudios y
observaciones con todo mi verdadero ‘yo’ interior, ya estuviera borracho,
medio borracho o sobrio».
«Me puse a leer con avidez, entre otras cosas, toda clase de obras que
trataban de esas enfermedades; leí, por ejemplo, casi toda la literatura
francesa y alemana dedicada a ese tema».
«Además, me era fácil hacerlo, ya que, como usted puede comprobar,
domino la lengua francesa tan bien que difícilmente imaginaría uno que no
soy un verdadero intelectual francés. Sucede lo mismo con el idioma
alemán, pues he vivido bastante tiempo en Alemania, estudiando por
aburrimiento en mis horas libres el idioma y la literatura del país».
«Así me fue posible, cuando me interesé en esa cuestión, conocer todo
lo que la civilización contemporánea ha acumulado de conocimiento sobre
las enfermedades venéreas».
«En esos libros se daban centenares de teorías y centenares de hipótesis
sobre las causas de esas enfermedades; pero no había ni una sola
explicación verdaderamente convincente acerca de la razón por la que
ciertas personas son contagiadas mientras que otras no lo son».
«Toda esa literatura —sin contar, por supuesto, la multitud de ‘gruesas
obras científicas’, cuyo contenido demuestra inmediatamente a cualquier
persona más o menos normal que fueron escritas por ‘profanos rematados’,
es decir, personas que no saben nada de ninguna enfermedad humana— me
produjo la impresión general de que los hombres son atacados por las
enfermedades venéreas por el solo hecho de su suciedad».
«Al llegar a esta conclusión categórica, solo me faltó concentrar toda mi
atención con el fin de investigar en que podía consistir mi aseo personal
para haberme protegido así, hasta el presente, de toda infección».
«Me puse a reflexionar de la manera siguiente: no me visto con más
pulcritud que el resto de los habitantes de Europa. Cada mañana, como lo
hace todo el mundo, me lavo la cara y las manos. Y como todo el mundo,
supongo, he tomado por norma ir al baño turco una vez por semana… En
resumen, por más que pasé revista a todos mis hábitos, no encontré, al
respecto, nada que pudiese hacer de mí una excepción. Y, sin embargo, el
hecho era éste: con mi vida monstruosa yo corría todos los riesgos de ser
contagiado».
«A partir de ese momento, mis pensamientos estuvieron guiados por dos
convicciones imparciales, ya completamente arraigadas en mí; la primera,
que quien tiene relaciones con tales mujeres debe, tarde o temprano, ser
contagiado; y la segunda, que solo el aseo protege al hombre de toda
infección».
«Continué reflexionando así durante casi toda una semana, hasta que de
pronto me acordé de un hábito que siempre había ocultado cuidadosamente
de mis conocidos aquí en Europa, hábito al que damos en Persia el nombre
de ‘abdast’».
«El uso del ‘abdast’ o, como dicen también, de las ‘abluciones’, ocupa
entre nosotros, en Persia, uno de los primeros lugares entre las costumbres
del país».
«En realidad, todo adepto de la religión islámica debe conformarse a
esta costumbre, pero solo los musulmanes de la secta chiíta la siguen
rigurosamente. Y como casi todos los Persas son de la secta chiíta, esta
costumbre en ninguna parte está tan difundida como entre nosotros».
«La costumbre del ‘abdast’ consiste, para todo persa chiíta, tanto de
sexo femenino como de sexo masculino, en lavarse obligatoriamente los
órganos sexuales después de cada visita a los ‘water closets’. Con ese fin,
cada familia posee ciertos utensilios especiales, cántaros de forma particular
llamados ‘Ibrik’ considerados artefactos indispensables. Y mientras más
rica es la familia, más ‘Ibriks’ debe poseer, ya que uno de esos cántaros
debe, sin falta, ser puesto a disposición de todo nuevo invitado en cuanto
llega».
«También yo estuve sometido a esta costumbre desde la más tierna
infancia, y penetró, poco a poco, en mi vida cotidiana hasta tal punto que
incluso cuando llegué a Europa, donde no existe, no pude pasar ni un solo
día sin hacer esas ‘abluciones’».
«En efecto, me resulta mucho más fácil dejar de lavarme la cara, aun
después del dolor de cabeza que sigue a la borrachera, que no lavarme con
agua fría ciertas partes de mi cuerpo, después de haber estado en los ‘water
closets’».
«Desde que estoy en Europa, tengo que soportar, a causa de ese hábito,
muchas molestias, hasta tal punto que he tenido que renunciar a toda la
comodidad moderna de la que podría disponer…».
«Por ejemplo, como en este momento vivo en París, mi situación
material me daría la posibilidad de estar en el mejor hotel, con toda la
comodidad moderna. Pues bien, este hábito no me permite hacerlo; me veo
obligado a vivir en cualquier sórdido hotel situado lejos del centro y de
todos los lugares a donde debo ir cada día».
«El hotel donde vivo actualmente ofrece una sola y única comodidad
esencial para mí. Consiste en que la casa, de construcción antigua, posee
todavía excusados de ‘modelo antiguo’, en vez de los nuevos inventos
norteamericanos. Ese viejo sistema de excusados es justamente el que más
le conviene a mi hábito».
«¿Quién sabe? Hasta puede ser que yo haya escogido medio
conscientemente Francia como lugar de residencia principal por la sola
razón de que uno encuentra aquí todavía, sobre todo en la provincia,
excusados de modelo antiguo, del mismo sistema que los nuestros».
«En los demás países de Europa, estos ‘excusados a la turca’, como
dicen ellos, ya casi no existen. Los sustituye cada vez más el sistema
norteamericano, que proporciona ‘confortables asientos’ bien pulidos, en
los que yo apenas puedo hacer otra cosa que arrellanarme mientras leo su
famoso libro titulado Decamerón».
«Y es así, mi querido doctor, que al recordar de repente ese hábito,
comprendí en seguida que si, hasta el presente, había evitado esas
malhadadas enfermedades, se lo debía sin duda al único hecho de que me
lavaba frecuentemente con agua fría los órganos sexuales».
Después de estas explicaciones, este joven y simpático persa levantó las
manos al cielo y exclamó con todo su ser:
«Bendita sea, por todos los siglos de los siglos, la memoria de aquellos
que crearon para nosotros esta beneficiosa costumbre».
Luego se calló y contempló largo rato, pensativamente, a un grupo de
norteamericanos sentados no lejos de nosotros, que discutían acerca de si
las mujeres se visten mejor en Inglaterra o en su país.
De pronto, se dirigió hacia mí y me dijo:
«¡Muy querido y estimado doctor! Después de haberlo conocido a
usted, me he podido convencer de que es un hombre de amplia cultura y
muy bien educado».
«Tal vez tenga usted la bondad de darme su opinión para ayudarme a
resolver un problema que, durante los últimos años, no cesa de despertar mi
curiosidad en los momentos en que no bebo, e impide a mis pensamientos
fluir apaciblemente».
«No puedo comprender cómo, desde que vivo en Europa, entre los
adeptos de una religión profesada por la mitad de la humanidad, o casi, no
he encontrado todavía una sola buena costumbre en la vida ordinaria de
ellos, mientras que entre nosotros, que seguimos la religión musulmana,
¡hay tantas que son excelentes!».
«¿A qué se debe esto? ¿Cuál es la razón de ello?».
«¿Es posible que los fundadores de esa gran religión no hayan instituido
ninguna regla sensata para la vida ordinaria de sus adeptos?».
Pues Bien, querido nieto, como en el curso de nuestras relaciones aquel
joven persa se había ganado mi simpatía, no podía negarme a responder a
su pregunta; resolví entonces darle algunas explicaciones, pero, por
supuesto, en tal forma que él no pudiera ni siquiera sospechar quién era yo
ni cuál era mi verdadera naturaleza:
Y le respondí:
«¿Dice usted que la religión a la que pertenece una mitad de la
humanidad —probablemente se refiere a la ‘religión cristiana’— no cuenta
con tan buenas costumbres como la de usted, la religión musulmana?».
«¿Cómo es eso? ¡Al contrario! Esta religión ha suscitado una cantidad
de buenas costumbres mucho mayor que todas las que existen hoy día: ni
una sola enseñanza religiosa de la antigüedad ha dado tantas reglas
excelentes para la vida cotidiana ordinaria como aquélla en la que fue
fundada esta ‘religión cristiana’».
«Pero el que los adeptos de esa gran religión, sobre todo aquéllos a
quienes llamaban en la Edad Media los ‘padres de la Iglesia’, hayan tratado
poco a poco esta enseñanza como ‘Barba Azul’ trató a sus mujeres —es
decir, la hayan torturado hasta el punto de hacer desaparecer de ella toda la
gracia y la belleza— eso es otro asunto».
«Debo decirle que, en general, todas las grandes religiones auténticas
que todavía existen en nuestros días —y que fueron creadas, como la
historia misma lo atestigua, por hombres que habían alcanzado el mismo
grado de perfeccionamiento respecto a la Razón Pura— se basaron en las
mismas verdades».
«Las únicas diferencias entre esas religiones se refieren a las
indicaciones precisas que ellas dan para el cumplimiento de ciertos detalles
relativos a sus ritos. Y estas diferencias se deben a la manera en que cada
uno de aquellos grandes fundadores adaptó, a propósito, estas indicaciones
al nivel de perfeccionamiento intelectual de los hombres de su época».
«En la base de toda doctrina que sirve de fundamento a una nueva
religión, siempre se encuentran dogmas, pertenecientes a las religiones
anteriores, previa y firmemente establecidos en la vida de los hombres».
«Así queda plenamente justificada una sentencia que nos viene de los
tiempos más remotos: ‘no puede haber nada nuevo bajo la luna’».
«En cada doctrina religiosa, como acabo de decir, lo único nuevo son
los pequeños detalles que sus fundadores introducen a propósito,
adaptándolos al nivel de perfeccionamiento intelectual de los hombres de su
época».
«Así es como la enseñanza en la cual se basa la religión cristiana
descansa, casi por completo, sobre una gran doctrina anterior que hoy se
llama Judaísmo, y que también contaba antaño con adeptos en gran parte
del mundo».
«Los grandes fundadores de la religión cristiana, al haber tomado como
base la doctrina judaica, no modificaron sino sus detalles exteriores para
conformarlos al nivel de las mentes de los ‘contemporáneos de Jesucristo’.
Y, de hecho, previeron con acierto todo lo que era realmente necesario para
el bien de los hombres».
«Habían previsto disposiciones tanto para el alma como para el cuerpo e
incluso habían dado todas las indicaciones indispensables para una
existencia apacible y feliz. Todo esto con una sabiduría sin precedente, a fin
de que esa religión se adaptara siempre a los hombres, aun en un futuro
lejano».
«Si la enseñanza de esta religión no hubiese sido alterada, hasta podría
haber convenido quizá para los hombres contemporáneos, a quienes nuestro
Mulaj Nassr Eddín define así: ‘No pestañearán a menos que usted les clave
una viga en el ojo’».
«Con las nuevas instrucciones especialmente previstas para la vida
ordinaria, que respondían a las necesidades de los contemporáneos de
Jesucristo, pasaron a la religión cristiana, en su origen, cantidades de
costumbres excelentes sólidamente establecidas ya en la vida de los adeptos
de la religión judaica».
«Incluso las buenas costumbres de ustedes, como la de la ‘Suniate’ o
‘circuncisión’, que la religión musulmana ha tomado prestadas de la
religión judía, también existían en la religión cristiana primitiva. En su
origen ellas eran obligatorias y todos los adeptos las cumplían
estrictamente; fue solo más tarde, no se sabe por qué, cuando
desaparecieron de pronto de esta religión».
«Si usted lo desea, mi joven amigo, le contaré detalladamente la historia
de la costumbre del ‘Suniate’ desde su aparición, y comprenderá por qué la
religión judía incluía una costumbre tan beneficiosa para la salud y la vida
normal de los hombres, y cómo, al ser tomada la enseñanza de esta religión
como base de la religión cristiana, esta costumbre no podía dejar de
integrarse al proceso de vida ordinaria de sus adeptos».
«Esta costumbre que usted llama Suniate fue creada e introducida en la
doctrina judaica por el Gran Moisés».
«En cuanto a la razón por la cual él la introdujo en la religión del pueblo
judío, llegué a saberla gracias a un antiguo manuscrito caldeo».
«Aquel manuscrito relataba que el Gran Moisés, en la época en que
conducía al pueblo judío de la tierra de Egipto a la tierra de Canaán, notó un
día que entre los niños y los jóvenes de aquel pueblo, que le había sido
confiado a él desde lo Alto, estaba muy extendida una enfermedad llamada
entonces ‘Murdurtén’, y que nuestros contemporáneos llaman ‘onanismo’».
«Siempre según este manuscrito, el Gran Moisés se inquietó mucho por
esto, y se dedicó a hacer observaciones muy atentas a fin de descubrir la
causa de este mal y el modo de desarraigarlo».
«Al concluir sus observaciones, aquel incomparable sabio escribió un
libro titulado tuja tess nalul pan, que en idioma contemporáneo, significa
‘la quintaesencia de mis reflexiones’».
«También conocí este libro notable».
«Al comienzo de las explicaciones sobre la enfermedad ‘Murdurtén’, en
él se decía, entre otras cosas, que la Gran Naturaleza había llevado el
organismo de los hombres a tal perfección que cada órgano estaba provisto
de medios de defensa contra todo ataque del exterior y que, por
consiguiente, si ciertos órganos funcionaban de manera incorrecta en los
hombres, la falta se debía a los hombres mismos, por las condiciones de
vida diaria que ellos habían establecido».
«En cuanto al origen de la enfermedad ‘Murdurtén’ en los niños, se
decía en el capítulo sexto, versículo once, de ese incomparable libro, que
los niños contraían dicha enfermedad por la siguiente razón:»
«Entre las sustancias bien definidas que elabora el organismo humano y
que elimina constantemente como superfluas, se encuentra una que tiene el
nombre de ‘Kulnabo’».
«Esta sustancia se elabora en el organismo de los seres con el fin de
neutralizar otras sustancias, necesarias para el funcionamiento de sus
órganos sexuales. Ella se constituye y participa en el funcionamiento de
dichos órganos poco después de la aparición del ser, es decir, desde su
infancia, sea cual sea su sexo».
«La Gran Naturaleza ha ordenado las cosas de tal suerte, que los
residuos de esta sustancia, ya inútiles, sean eliminados del organismo, en
los varones, en el lugar situado entre el ‘tuljtotino’ y el ‘sarnuonino’ y, en
las hembras, en el lugar situado entre los ‘montes kartotajnianos’».
«Lo que este incomparable libro llama ‘tuljtotino’ y ‘sarnuonino’
corresponde a aquellas partes del ‘pene’ que la medicina contemporánea
designa respectivamente con los nombres de ‘glande’ y ‘prepucio’ y que se
encuentran en la extremidad del miembro genital en los varones. Los
‘montes Kartotajnianos’ que, en las hembras, recubren el ‘clítoris’, se
llaman ‘labiae majores’ y ‘labiae minores’, o ‘labios grandes y pequeños’».
«La sustancia ‘Kulnabo’ no tiene nombre en la medicina
contemporánea, porque le es totalmente desconocida como sustancia
independiente».
«La medicina moderna no conoce sino la masa general de sustancias
que comprende entre otras la sustancia ‘Kulnabo’».
«Esa masa, que ella llama ‘esmegma’, está constituida de sustancias
absolutamente heterogéneas secretadas por diversas glándulas que no tienen
entre sí nada en común, tales como: las glándulas ‘sebáceas’, las glándulas
de ‘Bartolín’, las glándulas de ‘Cooper’, las glándulas ‘Nolniolnianas’, y
otras».
«La eliminación y la volatilización de los residuos de esas sustancias
deberían efectuarse, en esos lugares del organismo, gracias a todo tipo de
contactos accidentales, así como a diversos movimientos que se producen
en la atmósfera».
«Pero la ropa que los hombres inventaron, para ponerse y que no estaba
prevista por la Naturaleza, les impidió a esos factores contribuir al proceso
de eliminación y volatilización de esas sustancias, lo que acarreó las
siguientes consecuencias: ese ‘Kulnabo’, al permanecer mucho tiempo en
esos lugares, provoca la aparición de un exudado, cuya sustancia misma
constituye un medio favorable para la multiplicación de las llamadas
bacterias, que existen tanto en la atmósfera como en las denominadas
‘esferas subjetivas’ de todos los objetos que están en contacto directo con
los niños. Ese proceso de multiplicación provoca en los niños, en esos
lugares del organismo, lo que llaman ‘picazones’».
«Esas picazones obligan al comienzo a los niños a frotarse o rascarse
inconscientemente».
«Ahora bien, como en dichas partes del organismo se encuentran
concentradas todas las terminaciones nerviosas creadas por la Gran
Naturaleza con miras a la sensación particular requerida para el
cumplimiento del sagrado proceso de ‘Elmuarno’, que normalmente surge
en los adultos al final del acoplamiento, el hecho de frotarse o rascarse —
sobre todo en los períodos en que se efectúa en los órganos de los niños un
proceso de preparación para el futuro funcionamiento sexual— les hace
experimentar cierta sensación placentera. De allí en adelante, habiendo
descubierto instintivamente cuál de esas acciones es la que despierta en
ellos dicha sensación placentera, empiezan a frotar esos lugares por su
propia iniciativa, aun cuando no sientan ninguna picazón. De modo que las
filas de los pequeños ‘murdurtenistas’ aumentan en la Tierra día tras día».
«En cuanto a las medidas tomadas por el Gran Moisés para desarraigar
ese mal, las conocí ya no por el famoso e incomparable libro tuja tess nalul
pan, sino por un papiro también muy antiguo».
«El texto de ese papiro daba a entender claramente que el Gran Moisés
había sacado una conclusión práctica de las ideas expuestas en el libro tuja
tess nalul pan, al crear para su pueblo dos ritos religiosos, uno de los cuales
se llama ‘Sikt ner tchorn’ y el otro ‘Tziel putz kann’».
«El sagrado ‘Sikt ner tchorn’ fue creado especialmente para los niños, y
el sagrado ‘Tziel putz kann’ para las niñas; su práctica era obligatoria».
«El rito del ‘Sikt ner tchorn’, era idéntico al del Suniate; consistía en
seccionar en los varones el llamado ‘voyiano’ o ‘frenum’, lo que liberaba la
cabeza del miembro genital de la piel o ‘prepucio’ que la cubría, dando a
ésta la posibilidad de deslizarse hacia atrás».
«Tal como lo prueban las informaciones que nos han llegado de los
tiempos antiguos, —como a la vez nuestro propio sentido común— el Gran
Moisés, una gran autoridad en medicina, quería obtener con esa operación
que las sustancias acumuladas en ese lugar se eliminaran por sí mismas
mecánicamente, gracias a los contactos accidentales de todo tipo y dejaran
así de constituir un factor para la aparición de la perniciosa picazón».
«La amplitud del saber médico del Gran Moisés, está atestiguada por
numerosas fuentes históricas; estas están de acuerdo en testimoniar que él
debía sus conocimientos a los sumos sacerdotes de quienes había sido
alumno durante su estada en Egipto y quienes a su vez habían obtenido su
ciencia de sus antecesores del continente de la Atlántida, esos primeros y
últimos verdaderos sabios de la Tierra, miembros de la sociedad de los
Ajldaneses».
«Los resultados beneficiosos de las costumbres creadas por el Gran
Moisés aún son visibles hoy día».
«En lo que se refiere a la costumbre de la circuncisión, yo que tengo un
excelente don de diagnóstico, y que sé distinguir con una sola mirada en el
rostro de un hombre, dónde radica la desarmonía de su organismo, puedo
afirmar sin temor que esa horrorosa enfermedad infantil llamada
‘onanismo’, casi nunca aparece entre los niños en los cuales se ha efectuado
ese ritual, mientras que los niños cuyos padres no han observado esa
costumbre son casi todos víctimas de ella».
«Algunos de aquellos que no han sido sometidos al rito de la
circuncisión escapan sin embargo al onanismo; pero se trata de esos raros
niños cuyos padres son indudablemente cultos en el pleno sentido de la
palabra y comprenden claramente que la futura mentación normal de sus
hijos dependerá exclusivamente del hecho que hayan o no hayan sufrido esa
enfermedad en su infancia o en su adolescencia».
«Esos padres cultos no ignoran de ningún modo que si sus hijos o hijas
experimentan en su sistema nervioso, tan solo una vez antes de que
alcancen la madurez, la sensación final del llamado proceso
‘uamonuanossiniano’, ya no serán nunca capaces de tener una mentación
normal cuando se conviertan en adultos. Así es que esos padres consideran
siempre como su primera y principal obligación la de educar a sus hijos en
ese sentido».
«No estiman como la mayoría de los padres actuales, que la educación
de los niños tiene por único objeto el obligarlos a aprender de memoria la
mayor cantidad posible de poesías compuestas por ‘psicópatas
Murdurtenianos’, o a saber hacer bellas reverencias ante sus amigos y
conocidos, pues desgraciadamente esto es a lo que se limita toda la
educación, según los conceptos de los hombres de nuestro tiempo».
«Así pues, mi querido, muy libertino y sin embargo muy simpático
joven…»
«Esos dos ritos, creados por el Gran Moisés e introducidos en la vida
ordinaria del pueblo judío para compensar el funesto invento de la ropa —
invento que había destruido los factores previstos por la Gran Naturaleza
para proteger a esos órganos de la acción dañina de las sustancias que
eliminaban— fueron transmitidos de generación en generación tanto por los
adeptos de la religión judía, como por otros pueblos que los adoptaron sin
cambiar casi nada en ellos. Fue solo después de la muerte del gran Rey
‘Salomón’, que la costumbre del ‘Tziel putz kann’ dejó de ser observada por
los adeptos de la religión judía; solo la costumbre ‘Sikt ner tchorn’ se
mantuvo automáticamente en ellos y llegó incluso a los representantes
contemporáneos de esa raza».
«Esa costumbre, como tantos otros usos de los antiguos judíos, pasó
también a la religión cristiana; al principio sus adeptos la observaron muy
estrictamente en su vida ordinaria; pero no tardó en desaparecer de esa
religión todavía nueva y nunca más se oyó hablar de ella».
«Sí, por cierto, mi querido amigo, si la enseñanza del Divino Jesucristo
hubiera sido respetada fielmente, en su forma original, la religión a la que
ella sirvió de base y que fue concebida con una sabiduría sin precedente,
habría sido la mejor de todas las religiones existentes y aun de todas las que
pudieran ser fundadas en el porvenir».
«Volviendo a su religión musulmana, aparte de la costumbre de la
poligamia, no contiene nada que no existiera ya en las doctrinas judía y
cristiana».
«La costumbre de la poligamia, establecida según las deducciones
científicas del entonces famoso sabio árabe Naulán-el-Aoul, fue introducida
en la vida cotidiana de los hombres después de la fundación de la religión
cristiana».
«La religión de usted apareció mucho más tarde. Sus fundadores a
propósito le dieron una forma más concisa, pues su intención era hacer
hincapié en ciertas costumbres cotidianas».
«Y eso se debió a dos hechos que se hicieron evidentes en aquella
época: la decadencia de la religión cristiana y la pérdida flagrante en los
seres ordinarios de la capacidad de ‘contemplación’, único estado en el cual
pueden ser comprendidas las verdades expuestas en detalle en las
verdaderas enseñanzas religiosas».
«Al Haber observado estos hechos, los grandes creadores de la religión
musulmana decidieron, por una parte, simplificar la enseñanza y, por otra
parte, hacer hincapié en ciertas costumbres para que la existencia cotidiana
de los adeptos de esta nueva religión que habían perdido la capacidad de
contemplación y, por consiguiente, la posibilidad de una comprensión
consciente de las verdades, pudiera al menos desenvolverse mecánicamente
de manera más o menos soportable».
«Fue entonces cuando instituyeron, dándoles una importancia particular,
las costumbres del Suniate, del ‘abdast’ y de la poligamia, cuyos resultados
beneficiosos podemos comprobar aun hoy».
«Por ejemplo, como lo ha notado justamente usted mismo, gracias a la
circuncisión y a las abluciones, observamos en los adeptos de esta religión
la casi completa ausencia de ‘onanismo’ y de ciertas enfermedades
venéreas. Por otra parte, gracias a la poligamia, la vida de familia se apoya
entre ellos en ese sostén mutuo psicoorgánico que falta casi totalmente entre
los adeptos contemporáneos de la religión cristiana».
«De todas las costumbres provechosas que habían sido introducidas por
los grandes fundadores de la religión cristiana, en la vida de sus adeptos, a
fin de salvaguardar la salud y la moralidad necesarias para una existencia
feliz, no ha quedado nada salvo el ayuno periódico, es decir, la costumbre
de abstenerse, en diferentes momentos del año, de consumir ciertos
productos comestibles».
«Por otra parte, esa costumbre beneficiosa, cuando no ha sido todavía
completamente abandonada, sufre año tras año nuevas alteraciones, ya que
los adeptos de esa religión la observan de una manera tal que ya no sacan en
absoluto de ella el provecho para el cual había sido instituida».
«Los cambios que se han producido en el proceso del ayuno son de lo
más característicos y constituyen un excelente ejemplo de la manera como
todas las buenas costumbres cristianas se han modificado en el transcurso
del tiempo hasta su desaparición definitiva».
«La forma en que los ‘cristianos ortodoxos rusos’ practican hoy el
ayuno ilustrará perfectamente lo que acabo de decirle».
«Estos cristianos ortodoxos rusos han adquirido toda su religión de los
‘ortodoxos griegos’, quienes les transmitieron, entre otras costumbres
cristianas, la del ‘ayuno’».
«Millones de cristianos ortodoxos rusos continúan hoy ayunando ‘de
acuerdo con todas las reglas’, exactamente como el ‘código ortodoxo’ lo
prescribe».
«Pero su manera de practicar el ayuno evoca irresistiblemente cierta
sentencia de nuestro querido Mulaj Nassr Eddín, que nunca deja de decir en
semejante caso: ¿‘Qué importa si canto como un burro, mientras me llamen
ruiseñor’?»
«Eso es precisamente lo que sucede con el ayuno de los cristianos
ortodoxos rusos: siempre que se los llame cristianos y sobre todo ortodoxos,
¿qué les importa si el ayuno no les sirve de nada?».
«Como ya he dicho, estos cristianos ortodoxos rusos observan todavía
muy escrupulosamente las épocas y los días de ayuno, tal como están
indicados en su código».
«Pero ¿qué es lo que está permitido o prohibido comer durante el
ayuno? Es allí donde se esconde la pata izquierda del perro de pelo rizado
del ex-Emperador Guillermo».
«Usted comprenderá a las mil maravillas cómo ayunan ellos hoy en día,
cuando le haya repetido el discurso que me dio recientemente en Rusia uno
de estos verdaderos cristianos ortodoxos».
«Conocí a este ruso por asunto de negocios, me relacioné con él y lo
visité a menudo».
«Era considerado por los demás como un buen cristiano y como un
‘padre de familia patriarcal’. Pertenecía a la secta de los ‘Antiguos
Creyentes’».
Los Antiguos Creyentes son aquellos cristianos ortodoxos cuyos
antecesores habían rehusado someterse, hacía unos cuantos siglos, a las
nuevas reglas inventadas por alguna ‘autoridad’ y se habían mantenido
fieles a las reglas antiguas, igualmente inventadas por alguna ‘autoridad’,
pero un siglo o dos antes del cisma religioso en cuestión.
«Un día, cuando cenaba con él, en compañía de varios otros cristianos
ortodoxos rusos, aquel honorable Antiguo Creyente se dirigió a mí y me
dijo:»
«¡Ah mi cuchi… cuchi!».
«Debo decirle que los seres de esta comunidad tienen la costumbre,
después del segundo vaso de verdadero vodka ruso, de prodigar a sus
amigos con diversos sobrenombres, tales como ‘mi cuchi… cuchi’, ‘mi
bebé querido’, ‘mi terroncito de azúcar’, ‘mi barrigoncito bello’ y otros
apodos».
«Así pues, aquel respetable verdadero cristiano ortodoxo ruso, que me
honraba con el título de ‘cuchi-cuchi’, me dijo»: Tranquilo, ‘cuchi… cuchi’,
pronto estaremos en Cuaresma…
«¡Entonces sí que juntos nos daremos gusto con auténticas delicias
rusas!»
«En realidad, durante los días de ‘carnaval en Rusia’, se come casi
siempre lo mismo».
«Pero en época de ayuno ¡es otro cantar! ¡Y sobre todo en la
Cuaresma!».
«No hay día que no sea digno de los platos más suculentos».
«¿Sabes, mi cuchi… cuchi?»
«El otro día, por cierto, hice un notable ‘descubrimiento’».
«Ese descubrimiento es mil veces superior al de Copérnico, aquel viejo
singular quien, tendido en el suelo un día que había bebido demasiado,
creyó sentir claramente, que nuestra Tierra giraba».
«¡Eh!, ¡gran maravilla esa!».
«Semejantes hallazgos, ¡solo en nuestra madre Moscú, se hacen todos
los días por centenares de miles!».
«¡No!… Mi descubrimiento sí es verdadero, sensato, e instructivo en el
más alto grado».
«He descubierto que hasta el día de hoy, todos nosotros hemos sido
unos perfectos imbéciles e idiotas de remate al imaginarnos y aun estar
absolutamente convencidos de que si durante la Cuaresma vemos desfilar
tantos platos variados y sabrosos, es al arte tan famoso de nuestros chefs y
de nuestros cocineros que se lo debemos».
«El día, verdaderamente bendito para mis prójimos, cuando me hice
digno de comprender aquella verdad, fue aquél en que nuestro
incomparable Dumiacha por fin logró la segunda capa de hojaldre de su
pastel, complemento indispensable para la ‘sopa de maíz con hígados de
rodaballo’. Ese día comprendí con todo mi ser dónde estaba nuestro error».
«Primero lo comprendí yo y luego se lo demostré a todos los míos que
si, durante el ayuno, disfrutamos de tantos platos variados y suculentos,
solo estamos en deuda con nuestros gloriosos y divinos pescados».
«En época de ayuno y, sobre todo, en la Cuaresma, nuestras casas se
regocijan por las frecuentes apariciones del:»

Venerable Esturión y del


Honorable Sterlet y del
Respetable Lenguado y del
Inolvidable Rodaballo y de
Su Excelencia el Salmón y de
la Musical Tenca y de
La tiernamente plástica Perca y del
Irascible Lucio y de
Esa Mosquita Muerta de Carpa y de
La saltarina Trucha y de la
Soberbia Pescadilla y del
Fiero Arenque y de
La Brema de potente personalidad

«Y de todos nuestros demás benefactores y de todos nuestros demás


protectores».
«Al solo oír sus nombres, nuestro corazón enternecido se pone a tocar a
carga en nuestro pecho».
«Sus nombres no son simplemente nombres, sino una verdadera
melodía».
«¿Acaso puede compararse la armonía de la música inventada por unos
Beethoven o unos Chopin y otros ociosos de esa clase, con la de los
nombres de esos pescados benditos?».
«Al oír los nombres de esas magníficas criaturas un sentimiento de
beatitud se infiltra en nosotros y se propaga por todas nuestras venas y
todos nuestros nervios».
«¡Ah! ¡Dichosos Peces! ¡Vosotros que fuisteis los primeros creados por
nuestro Creador! ¡Tened piedad de nosotros y sostenednos también en los
días de carnaval! ¡Amén!».
«Después de esa oración, nuestro honorable cristiano ortodoxo ruso se
mandó un enorme vaso de la más pura vodka, luego contempló con cariño
una estatuilla de ‘Venus y Psique’ que estaba a su lado».
«Y es muy cierto, amigo mío, todo cristiano ortodoxo ruso enfoca el
ayuno más o menos de la misma manera».
«Durante esos ayunos cristianos, que les vienen de los ortodoxos
griegos, todos ellos consumen carne de pescado».
«¡Para ellos, eso no es ‘pecado’ y la comen a cual más, como plato de
vigilia!».
«Una sola cosa me es incomprensible: ¿de dónde han sacado esos
desgraciados rusos ortodoxos que ellos, durante esos ayunos cristianos, y
sobre todo durante la Cuaresma, podían consumir carne de pescado?».
«Y eso me es incomprensible porque los cristianos ortodoxos, de
quienes han tomado su religión, es decir, los Griegos, jamás la han comido
en época de ayuno».
«Aun actualmente los Griegos no comen pescado sino una sola vez
durante la Cuaresma, conforme al código de la Iglesia Ortodoxa, para
celebrar la memoria de un día de la vida del Divino Jesucristo».
«Para aquel que ayuna, no solo no es de provecho el resultado de un
ayuno en que se alimenta de carne de pescado, sino que es hasta
absolutamente contrario a lo que quería y enseñaba el Divino Maestro
Jesucristo, así como a la razón por la cual los grandes fundadores de la
religión cristiana habían establecido esa costumbre».
«Para apoyar lo que acabo de decir, le citaré, joven amigo mío, lo que
leí un día sobre el ayuno cristiano en un antiguo manuscrito ‘judío esenio’».
«Ese antiguo manuscrito ‘judío esenio’, afirmaba que la costumbre de
ayunar en ciertas épocas del año, especialmente destinada a los adeptos de
la enseñanza de Jesucristo, fue instituida mucho después de su muerte, es
decir, en el año 214 de la era cristiana».
«La costumbre del ayuno fue establecida e introducida en la religión
cristiana por el gran Concilio secreto de Kelnuán».
«Ese Concilio secreto de Kelnuán en el que participaron todos los
adeptos de esa enseñanza, aún nueva, se efectuó en la región de Kelnuk, a
orillas del Mar Muerto. De ahí el nombre de Concilio de Kelnuán que tiene
en la historia de la religión cristiana».
«Se había mantenido secreto porque en esa época aquellos que seguían
la enseñanza de Cristo eran perseguidos despiadadamente por todas partes,
por los detentadores de poder».
«Y si los detentadores de poder los perseguían de ese modo, es porque
tenían mucho temor, en el caso de que todo el mundo se pusiera a vivir
según esa enseñanza —e incluso si, por esto, habían de ganar también ellos
una mejor vida— de perder toda ocasión de hacer sentir a los demás su
poder y por consiguiente de ser privados de los impulsos cuya satisfacción
provocaba en ellos el cosquilleo de su dios interior, el ‘amor propio’».
«Así pues, en el curso de ese Concilio de Kelnuán, fue instituida por
primera vez la costumbre según la cual los adeptos de la enseñanza de
Cristo dejarían, en ciertas fechas, de alimentarse de diversos productos
comestibles».
«Lo que sirvió de punto de partida para esa institución fue una
controversia que tuvo lugar en el Concilio de Kelnuán entre dos célebres
sabios de la época, el gran ‘Jertunano’ y el ilustre filósofo griego
‘Veguendiadi’».
«El gran Jertunano era el representante de todos los adeptos que
poblaban las riberas del Mar Rojo; el filósofo Veguendiadi, el de todos los
adeptos de Grecia».
«El filósofo Veguendiadi era conocido como sabio solo en su propia
patria. Jertunano sí era célebre en toda la Tierra y pasaba por ser la más alta
autoridad en lo relativo al conocimiento de las leyes de la organización
interior del hombre; además, era un gran experto en la ciencia de la
‘alquimia’, que, por supuesto, no tenía nada que ver con aquella ‘ciencia’
que los hombres contemporáneos designan con el mismo nombre».
«Esa famosa controversia entre el Gran Jertunano y Veguendiadi tuvo
lugar en las siguientes circunstancias:»
«El filósofo Veguendiadi se esforzó, según dicen, durante dos días
enteros, por exponer y probar que era absolutamente indispensable difundir
entre todos los adeptos de la enseñanza de Jesucristo el concepto de que
matar los animales con el propósito de alimentarse con su carne era un
pecado de lo más grave y que, además, la carne era un alimento muy dañino
para la salud, y así sucesivamente».
«Después del filósofo Veguendiadi, siguieron varios otros
representantes para defender o criticar su teoría».
«Finalmente, con paso digno y mesurado, el gran Jertunano subió al
estrado y comenzó a hablar, de la manera clara y tranquila propia de él».
«Según el texto del manuscrito, tomó la palabra con estos términos:»
«Estoy absolutamente de acuerdo con todos los argumentos y todas las
pruebas aportadas aquí por nuestro Hermano en Jesucristo, el filósofo
Veguendiadi».
«Más aún, agregaré a todas sus deducciones, que matar otras vidas con
el solo fin de llenarse la panza es la peor de todas las cobardías, de la que
solo el hombre es capaz».
«Si no me hubiera interesado también, desde hace muchos años, en este
asunto y si no hubiera llegado a conclusiones francamente diferentes,
después de todo lo que nuestro Hermano en Jesucristo, Veguendiadi, acaba
de demostrarnos, no habría vacilado un instante y, sin reflexionar más,
habría emprendido la tarea de convencerlos a todos ustedes e instarles a no
esperar hasta mañana y regresar a todo correr a sus ciudades y pueblos, sin
mirar hacia atrás, para allí gritar en todas las plazas: ¡deténganse, hombres,
deténganse!… ¡Dejen de alimentarse con carne! Esta costumbre es contraria
a todos los mandamientos de Dios y es ella la causa de todas sus
enfermedades».
«Como ustedes ven, no hago nada de eso. Y si no lo hago, es porque
mis largas y perseverantes investigaciones en este campo me han llevado,
como acabo de decirlo, a conclusiones del todo diferentes».
«Todo lo que puedo afirmarles por el momento, es que jamás sucederá
en la tierra que todo el mundo profese la misma religión. Además de
nuestra religión cristiana, siempre habrá otras religiones; y ¿quién podría
decir si sus adeptos también se abstendrán de consumir carne?».
«Así pues, si hoy no tenemos la seguridad de que todos los hombres
dejarán de alimentarse de carne un día u otro, tenemos que tomar otras
medidas, más eficaces, en lo que se refiere a esta costumbre; en efecto, si
entre los hombres, algunos comen carne, mientras que los demás no la
comen, estos últimos, según mis investigaciones experimentales, habrán de
sufrir los más terribles males que puedan existir».
«Mis experimentos detallados, me han demostrado, por ejemplo, que
entre los hombres que se abstienen de comer carne, pero no por eso dejan
de vivir entre los que la comen, deja de constituirse lo que llamamos ‘fuerza
de voluntad’».
«Mis experimentos me han probado igualmente que si la salud física
mejora en aquellos que no consumen carne, a fuerza de vivir en contacto
con los que la consumen, su estado psíquico se agrava inevitablemente, aun
si su estado orgánico continúa mejorando».
«Por consiguiente, no tienen la oportunidad de obtener un buen
resultado a menos que vivan en el aislamiento más completo».
«En cuanto a quienes consumen siempre carne o productos que
contienen el elemento ‘Eknoj’, si el estado de su organismo no parece
cambiar, por el contrario, su psiquis —sobre todo en sus rasgos principales,
que a veces se designan con el nombre general de ‘carácter’— pierde poco
a poco sus cualidades positivas y morales y se altera hasta volverse
irreconocible».
«Debo decir que saqué todas estas conclusiones de una serie de
experimentos que realicé durante muchos años, gracias a dos hombres
generosos y filantrópicos, el rico pastor Alá-Ek-Linoja que me ayudó con
su dinero y el sabio que todos respetamos, El-Kuna-Nassa, de quien tomé
prestado un aparato de su invención llamado ‘Arostodossoj’».
«Por medio de este notable aparato, pude cada día, durante varios años,
darme cuenta del estado general del organismo de miles de hombres que
vivían en las condiciones requeridas, a costa del buen pastor Alá-Ek-
Linoja».
«¡Que nuestro Creador haga prosperar sus rebaños!».
«Gracias a mis investigaciones experimentales, me convencí
plenamente de que si los hombres continuaban comiendo carne, esto les
acarrearía los más grandes males pero, por otra parte, si algunos de ellos
dejaban de consumirla, tampoco resultaría nada bueno. De allí en adelante
me dediqué completamente a este problema; a pesar de todo ¿qué podría
hacerse al respecto para el bien futuro de la mayoría de los hombres?».
«Ante todo, logré convencerme categóricamente de dos cosas: la
primera, que los hombres se habían acostumbrado tanto, desde hacía siglos,
a alimentarse de carne, que con su débil voluntad, no podrán renunciar
nunca a ello por sí mismos y liberarse de esa tendencia criminal; la
segunda, que aun si los hombres decidieran no comer carne, y hasta si
cumplieran su palabra durante cierto tiempo y acabaran por perder esa
costumbre, jamás serían capaces de abstenerse de ella el tiempo suficiente
como para tomarle aversión. Nunca serán capaces de hacerlo, porque jamás
en la Tierra tendrán todos los hombres la misma religión, ni formarán un
solo y único imperio y porque, aparte de esas condiciones, no podría existir
ninguna influencia, ya sea persuasiva, autoritaria, o amenazadora, que
pudiera ejercerse por igual sobre todos los hombres —siempre susceptibles
de ser arrastrados por el ejemplo, la envidia o alguna influencia magnética
— y les asegurase el poder absoluto de cumplir, una vez adoptadas, sus
decisiones».
«A pesar de estas condiciones, tan indiscutibles para mí, me puse de
nuevo, tomándolas de ahí en adelante como base de mis investigaciones, a
buscar con perseverancia una salida a la triste situación en la que los
hombres se encontraban atrapados».
«Y también, por supuesto, pude reanudar todas estas investigaciones en
gran escala, gracias a las riquezas inagotables del pastor Alá-Ek-Linoja, y al
asombroso aparato del sabio El-Kuna-Nassa».
«Estas nuevas investigaciones me mostraron que si la psiquis de los
hombres se deteriora como consecuencia de la continua introducción en el
organismo de la sustancia ‘Eknoj’, sin embargo, la acción de esta sustancia
no es particularmente nociva sino en ciertas épocas del año».
«Pues bien, mis Hermanos en Jesucristo, apoyándome en todo lo que
acabo de decirles y, especialmente, en los resultados de mis últimas
observaciones de numerosas personas, proseguidas día tras día, durante un
año, y que pusieron en evidencia la disminución del efecto dañino de la
sustancia ‘Eknoj’ en ciertas épocas del año, puedo ahora darles a ustedes mi
opinión personal, concretamente, que si uno propagara entre los adeptos de
la enseñanza de Jesucristo la costumbre de abstenerse, en determinadas
épocas, de los productos en cuya composición domina la sustancia ‘Eknoj’,
esa costumbre tendría alguna oportunidad de ser observada y de brindar a
los hombres un provecho real».
«Mis pacientes investigaciones alquímicas me han demostrado que la
sustancia ‘Eknoj’ entra en la formación de todos los organismos vivientes
sin excepción, sea cual sea el medio en que existen: en la superficie o en las
profundidades de la Tierra, en el agua, o hasta en la atmósfera».
«Esa sustancia está igualmente presente en todo aquello que contribuye
a la formación de esos organismos, como, por ejemplo en el líquido
amniótico de toda hembra en gestación, a cualquier especie que pertenezca,
y en ciertos productos como la leche, los huevos, el caviar, y así
sucesivamente».
«Las ideas del gran Jertunano suscitaron en los miembros del concilio
de Kelnuán tanto asombro y agitación que la conmoción le obligó a
suspender su discurso; desistiendo entonces de continuar, descendió del
estrado».
«El manuscrito indicaba más adelante que como conclusión de ese día,
los miembros del concilio decidieron por unanimidad fijar, con la ayuda del
gran Jertunano, los momentos del año en los que la sustancia ‘Eknoj’ ejercía
sobre los hombres la acción más nociva, y difundir ampliamente entre los
adeptos de Jesucristo la costumbre de ayunar en tales momentos, es decir,
abstenerse de productos que contengan la sustancia ‘Eknoj’, tan dañina para
ellos en esos momentos».
«Y es así como terminaba el manuscrito ‘judío esenio’».
«Como ustedes ven, los fundadores de esa costumbre querían lograr que
los adeptos de la religión cristiana se abstuvieran, en ciertas épocas del año,
de los productos que contenían esa sustancia nociva para su salud, y aun
más para su psiquismo».
«En cuanto a los desdichados cristianos ortodoxos rusos, a pesar de que
se consideran como los verdaderos adeptos de esa gran religión, y que ellos
también ayunan, no por eso dejan de consumir la carne de pescado, cuyo
organismo contiene precisamente, de acuerdo con las investigaciones del
gran Jertunano, el elemento ‘Eknoj’ contra la acción nociva del cual fue
instituida esa sabia y saludable costumbre».
Y con esas palabras, querido nieto, concluí mi conversación con el
simpático joven persa.

A propósito de la destrucción o de la alteración que los seres


contemporáneos hacen sufrir a las costumbres saludables que les han
llegado de sus sabios antepasados, nuestro incomparable Mulaj Nassr Eddín
tiene una sentencia de lo más sensata y de lo más apropiada:
«¡Ah!, ¡gente, gente! ¿Por qué son ustedes gente? Si no fueran gente, tal
vez serían más inteligentes».
Con su dicho favorito, el famoso ‘Tío Sam’ de Norteamérica expresaba
muy bien esta misma idea. Se cuenta que cuando había tomado ginebra un
poco más de la cuenta, el Tío Sam siempre decía, entre dos copas:
«When nothing’s right, only then it’s all right».
En cuanto a mí, habría dicho simplemente:
¡Malvada luna!
En todo caso, querido niño, tenemos que reconocer que ciertas
costumbres, de los tiempos más antiguos, llegadas a los seres
contemporáneos de tu planeta, son extraordinariamente buenas para su
existencia ordinaria.
Y son excelentes porque fueron creadas e introducidas en el proceso de
existencia de sus semejantes por seres terrestres tricerebrados que habían
perfeccionado su Razón hasta grados muy elevados, los cuales hoy en día
desgraciadamente ya nadie puede alcanzar.
Las únicas costumbres que los seres humanos contemporáneos son
capaces de instituir no hacen sino degradar más la calidad de su psiquis.
Así es como, desde hace poco, es costumbre corriente allá bailar
siempre y en todas partes, una danza llamada «fox-trot».
En el momento actual, ese «fox-trot» hace estragos entre ellos. A todas
horas del día y de la noche, es bailado tanto por seres jóvenes apenas
formados, que todavía no han tomado conciencia del significado y la
finalidad de su existencia, como por muchos otros, cuyos rasgos revelan
claramente a los ojos de todo ser tricerebrado más o menos sensato, que en
lo que se refiere a la duración de su existencia, como lo habría dicho
nuestro Maestro: «La canción no solamente está cantada, sino
requetecantada». El caso es que durante esos «fox-trot», el proceso que se
efectúa en esos seres es exactamente el mismo que se efectúa en los niños
víctimas de la enfermedad llamada por el Gran Moisés «Murdurtén».
El Gran Moisés consagró la mitad de su existencia a desarraigar de los
niños esa enfermedad; tus favoritos contemporáneos de edad responsable la
resucitan, diríase, con propósito deliberado, y la propagan no solamente
entre los niños, sino también entre los adultos y hasta entre los ancianos.
Como ya te he dicho, entre las costumbres beneficiosas de los tiempos
antiguos llegadas a tus favoritos contemporáneos, muchas son observadas
todavía por los seres de diversas comunidades del continente de Asia.
Algunas de ellas a primera vista parecen ser, en sus manifestaciones
exteriores de una extrañeza y de una barbarie que llegan a lo absurdo. Pero,
al examinar más de cerca y de modo imparcial el significado real de
cualquiera de esas costumbres, uno se asombra de la habilidad con la que
fueron introducidas en ellas las ventajas de orden moral o higiénico, de las
cuales deben beneficiarse aquellos que las practican.
Tomemos, por ejemplo, una de las costumbres más absurdas en
apariencia: que se encuentra entre los seres de una tribu asiática llamados
«Lurs de Kolen» o «Cíngaros de Kolen», que viven entre Persia y
Afganistán.
Esa costumbre, que los seres de las demás tribus designan con el
nombre de «fumigación cíngara», por tonta que parezca, da el mismo
resultado que las abluciones o «abdast» entre los persas.
Esa tribu de cíngaros pasa por ser la más desaseada de todas las que
existen en la Tierra. Y de hecho, son tan sucios que sus ropas hormiguean
siempre con esos insectos que se llaman «piojos».
La costumbre de la «fumigación individual» también sirve, de paso,
para destruir estos insectos.
Aun cuando los miembros de esa tribu son realmente sucios en extremo,
jamás han contraído enfermedad venérea alguna; es más, hasta ignoran la
existencia de semejantes enfermedades, y ni siquiera han oído decir jamás
que los hombres pudieran contraerla.
En mi opinión, tal inmunidad se debe a esta costumbre, inventada por
un hombre sensato de la antigüedad para bien de los hombres de su época y
la que, pasando luego de generación en generación, llegó por casualidad a
esos sucios seres de la tribu de los «Cíngaros de Kolen».
Para el rito de la «fumigación individual», cada familia de cíngaros
posee un «Ateshkaín», es decir, un taburete de modelo especial, que
consideran muy sagrado. Todo su rito es realizado por medio de este
taburete sagrado.
Cada familia de estos cíngaros posee también un «Tandur», es decir,
una fosa de arcilla de forma particular muy corriente en Asia, que les sirve
de fogón y en el que hornean el pan y preparan las comidas.
En esos «Tandures» queman preferentemente el «Kiziak», especie de
combustible a base de estiércol de animales cuadrúpedos.
El rito comienza así:
Cuando toda la familia cíngara está reunida de noche, en casa, la
primera tarea de cada uno es quitarse la ropa y sacudirla en el «Tandur».
En el «Tandur» casi siempre hay calor, ya que los desechos arden
lentamente, y porque la ceniza que se forma alrededor del «Kiziak»
mantiene el fuego durante largo tiempo.
Es interesante destacar que, en el momento en que estos cíngaros
sacuden su ropa en el «Tandur», sucede un fenómeno de lo más curioso: los
piojos que pululan en la ropa saltan, y al caer en el fuego estallan antes de
quemarse. Y resulta que los sonidos que producen al estallar esos insectos,
grandes y pequeños, producen en conjunto una asombrosa «sinfonía
musical».
A veces, el estallido de esos piojos le da al oyente la impresión del
traqueteo de unas cuantas decenas de ametralladoras.
Luego de haber sacudido esos honorables cíngaros sus no menos
honorables ropas, proceden a su ritual sagrado.
Primero instalan solemnemente en el «Tandur», según cierto
ceremonial, el taburete sagrado de la familia; luego, cada uno por turno,
desde los más viejos hasta los más jóvenes, va a colocarse allí.
El taburete sagrado consiste en una simple tabla estrecha a la que están
fijadas cuatro patas de hierro. Este les permite mantenerse parados en el
«Tandur» sin tener los pies sobre la ceniza caliente.
Apenas un miembro de la familia se coloca en el «Tandur», todos los
demás entonan cierto cántico sagrado y el que está sobre el taburete,
doblando las rodillas, se levanta y se agacha con lentitud y dignidad,
recitando una oración y continúa hasta que todas las partes de sus órganos
sexuales hayan sentido el calor del «Tandur».
Otra costumbre, semejante a esta y aparentemente tan estúpida, existe
en una pequeña tribu, la de los «Kurdos Tussuli», que visité en
Transcaucasia, no lejos del Monte «Ararat».
Esa tribu no es tan desaseada como la de los «Cíngaros de Kolen». Por
el contrario, esos kurdos, gracias a su baño diario en el río «Araxes» y a su
vida al aire libre, ya que la mayoría son pastores de ovejas, no solo son muy
limpios, sino que ni siquiera emiten el olor específico que es peculiar de los
seres de casi todas las pequeñas tribus que pueblan esa gran Asia.
Entre los «Kurdos Tussuli», cada familia posee su propia «saklia», que
le sirve de lugar de habitación y de recepción, pues la costumbre de hacerse
frecuentes visitas está muy desarrollada en esa tribu.
Ahora bien, es parte de sus hábitos el tener en un rincón de la entrada de
cada saklia un «Mangal sagrado», especie de hogar en que arde
permanentemente carbón de leña o Kiziak. Y, cerca de cada Mangal cuelga
un «Ktalnots», es decir, una pequeña caja de madera, que siempre debe
contener raíces de cierta planta.
El rito de la «fumigación» exige aquí que antes de entrar en la
habitación principal de la saklia, cada miembro de la familia o cada
invitado, sin distinción de sexo, se aproxime al Mangal sagrado con el fin
de purificarse, como ellos dicen, de la influencia de los malos espíritus que
siempre rodean al hombre mientras se dedica a trabajos honestos.
Esa «purificación» se efectúa de la siguiente manera:
Cada uno debe acercarse, tomar de la caja una raíz y arrojarla al fuego;
luego, debe exponer sus órganos genitales al humo que despide esa raíz.
Si se trata de una mujer, ella extiende simplemente su falda y se coloca
encima del Mangal; si se trata de un hombre, él se quita o baja sus
«sharovares» y se coloca de la misma manera encima del humo.
Solo después de esa «purificación», pueden entrar en la habitación
principal; de lo contrario, creen que no solo entrarán las malas influencias
en la casa, sino que la acumulación de esas influencias puede traerle al
hombre graves enfermedades.
Esos Mangales sagrados están disimulados comúnmente con las
mejores «Dyedyines», una clase de telas tejidas exclusivamente por los
kurdos.
Lo repito, querido nieto, actualmente existen en el continente de Asia
muchas costumbres de ese tipo.
Fui personalmente testigo de centenares de esas costumbres, a primera
vista extrañas y bárbaras, pero un estudio serio e imparcial de ellas revela
su sentido oculto, orientado siempre hacia la misma meta, la de destruir los
funestos agentes propagadores de diversas enfermedades, fortaleciendo a la
vez el pudor moral.
Por el contrario, en el continente de Europa, no he encontrado, por
decirlo así, una sola costumbre creada especialmente con fines de higiene o
con los de inculcar en las masas el sentido moral.
Cierto es que existen en Europa costumbres de toda clase, hasta las hay
por millares; pero si los seres de allá las establecieron, era para tener más
oportunidades de hacerse atractivos unos a otros, o para ocultar su
verdadera situación, es decir, para disfrazar las formas indeseables de su
apariencia exterior —indeseables, por supuesto, según sus conceptos
subjetivos— y disimular la nulidad de su propio valor interior.
Las costumbres que reinan actualmente allá agravan cada año más la
oposición de la personalidad y de la razón de los hombres.
Lo peor es que hoy todo el «Oskianotznel» o sistema de educación, de
las nuevas generaciones, se reduce a imponer a los niños costumbres varias
que no engendran sino la inmoralidad. Como consecuencia, los datos
cristalizados desde hace muchos siglos para ayudar a la formación de un ser
a la imagen de Dios, y no de un simple «animal», como ellos mismos lo
dirían, se descristalizan más año tras año; por otra parte, su psiquismo casi
se hace digno de aquel que nuestro querido Maestro define con estas
palabras: «Hay de todo en él, menos él mismo».
Y de hecho, querido nieto, ante la ausencia total de buenas costumbres
patriarcales, su famosa «educación» ha convertido definitivamente a los
seres actuales de ese continente en lo que se llama «autómatas» o muñecos
mecánicos vivientes.
Hoy día, ya no pueden animarse ni manifestarse sino cuando uno
presiona por casualidad los «botones» correspondientes a las impresiones
que han percibido mecánicamente durante su edad preparatoria.
Si no se oprimen esos «botones», cada uno de esos seres no es mas que,
como dice una vez más nuestro muy sabio Mulaj Nassr Eddín, un «surtido
de pedazos de carne».
Debemos notar aquí, que una de las principales causas del estado en que
se encuentran los seres de la civilización contemporánea es una vez más el
onanismo.
Esa enfermedad que, en estos últimos tiempos, ha tomado las
proporciones de una epidemia, es ella misma la consecuencia de su
educación, que tiene por principio inculcar la funesta idea, profundamente
arraigada en el consciente de cada uno, de que hay que evitar a toda costa
hablar a los niños de la cuestión sexual.
Insisto además en el hecho de que esa idea, tan estrechamente percibida
por su ingenua razón, y cuyo alcance no comprende ninguno de ellos, ya
que la consideran como una simple cuestión de «decencia» o de
«indecencia», es en verdad la causa original de su fenomenal «mecanicidad
psíquica».
Dentro de ese conjunto de conceptos muy arraigados que ellos llaman
«educación», le está reservado un lugar especial a la exposición precisa y
detallada de lo que debe decirse y no debe decirse a los niños, en otras
palabras, de aquello que hay motivos para considerar como «decoroso» o
«indecoroso».
Debo decirte que hacia el final de mi última estadía en la superficie de
tu planeta, tuve que estudiar esa penosa cuestión bajo todos sus aspectos.
Para que sepas más o menos a qué resultados lleva la educación actual
de los niños, te relataré cierto incidente que despertó en mí un interés bien
particular por esa calamidad terrestre.
El cuento que voy a relatarte sucedió en la gran comunidad de Rusia; él
te dará sin embargo una imagen patente del tipo de educación que reciben
todos los niños en la civilización contemporánea.
Es hasta muy característica, porque en esa gran comunidad de Rusia, los
seres «responsables», y sobre todo los de la «clase dirigente», se desviven
por educar a sus hijos exactamente de la misma manera como lo hacen los
seres responsables de las demás comunidades que pueblan los continentes
de Europa y de Norteamérica.
Antes de contarte el incidente en sí, comenzaré por hacerte el relato de
sucesos anteriores que pondrán en evidencia el sentido mismo de lo que
ellos llaman «educación», y que contribuyeron a suscitar en mí un interés
bien particular por ese problema.

Ese mismo año, tuve que quedarme varios meses seguidos en la capital
de esa comunidad, la ciudad de San Petersburgo.
Tenía como amigos allí a una pareja de cierta edad.
El marido era «senador»; la mujer, que pertenecía a la «alta sociedad»,
era dama patrocinadora de varias obras de caridad.
Iba a menudo a visitarlos, y me gustaba jugar ajedrez con el senador,
como lo hacía entonces la «gente distinguida».
Esos viejos esposos tenían varias hijas.
Las mayores ya estaban todas «establecidas», es decir, casadas. No
quedaba en la casa sino la menor, una niña de doce años.
Como esos esposos ya no tenían que preocuparse por sus otras hijas,
decidieron darle a la menor la mejor educación posible, según los conceptos
de la época. Con ese fin la pusieron «interna» en uno de los primerísimos
establecimientos de instrucción pública que llaman allá «institutos».
La niña no iba a la casa sino los domingos y los días de fiesta
importantes; una vez por semana, en un día fijo, el padre y la madre iban a
verla al internado.
Así pues, los domingos y días de fiesta, yo iba casi siempre a su casa y
allí encontraba a esta encantadora niña, demasiado joven todavía para estar
echada a perder; incluso a veces iba a pasear con ella al parque vecino.
Durante estos paseos, a veces bromeábamos otras veces me hablaba de
sus clases o me contaba sus nuevas impresiones.
Estos encuentros y estas conversaciones establecían entre nosotros una
especie de amistad que se afirmaba semana tras semana.
Ella era muy vivaz en sus percepciones y manifestaciones o, para tomar
de nuevo las palabras usadas en su medio, era una jovencita «petulante y sin
embargo reflexiva».
Un día mi amigo, el senador, fue encargado por su gobierno de una
lejana «inspección», en alguna parte en Siberia.
Su mujer quería acompañarlo, ya que el senador sufría de una
enfermedad del hígado que exigía cuidados constantes. Pero se veía
impedida por la situación de su hija menor, porque no tendría a nadie que la
cuidara.
De modo que sus padres, mis viejos amigos, vinieron un buen día a
verme para preguntarme si yo consentiría, durante su ausencia en
reemplazarlos ante su hija, es decir, ir a verla cada semana al instituto y
llevarla a casa los días de fiesta.
Por supuesto, acepté inmediatamente su proposición.
El senador y su mujer partieron pronto para Siberia, y yo me dispuse a
cumplir puntualmente las obligaciones que había asumido para con su hija,
que se convirtió así verdaderamente en mi pequeña protegida.
Desde mi primera visita a esa institución, especialmente creada con
miras a la educación de los niños, noté algo extraño que me indujo más
tarde a observar y estudiar las consecuencias que acarrea para tus favoritos
actuales ese «azote» de su invención.
El día de mi visita a esa «distinguida institución», como dicen ellos,
había mucha gente en el salón de recepción, en el cual tenían lugar los
encuentros de los padres o tutores con sus hijas o pupilas.
Algunos padres o tutores acababan de llegar, otros conversaban con sus
hijas, otros más estaban sentados y esperaban, con toda su atención fijada
en las puertas por las que entraban de costumbre las pupilas del
establecimiento.
Después de explicar a la supervisora de turno a quién deseaba ver yo,
me senté a mi vez para esperar a mi pupila ocasional. Mientras tanto, miré a
mi alrededor.
Todas las alumnas de ese «distinguido establecimiento» llevaban el
mismo traje y todas estaban peinadas de la misma manera, con el cabello
dividido en dos trenzas. Estas les colgaban a lo largo de la espalda, atadas
en sus extremidades con cintas.
Lo extraño de esas trenzas me saltó inmediatamente a la vista.
En algunas de las alumnas esas cintas flotaban libremente en la espalda,
mientras que en otras estaban anudadas de cierta manera.
El siguiente día de fiesta, cuando llevé a mi casa a mi pupila, le
pregunté, a la hora del té, frente al samovar:
«Querrías explicarme, Sofía, ¿por qué las alumnas de tu instituto, donde
son tan estrictos en cuanto al uniforme, se permiten esa fantasía en la forma
de llevar sus trenzas?».
Ella se sonrojó inmediatamente y guardó silencio, con la vista clavada
en su taza de té, y acabó respondiendo con cierta nerviosidad:
«Sí, es verdad. Pero no es algo tan simple. Es incluso el gran secreto del
instituto. Sin embargo no puedo ocultárselo, a usted que es mi amigo,
porque estoy absolutamente segura de que usted no hablará a nadie de esto
y no traicionará jamás nuestro gran secreto».
Y, con toda franqueza, me dijo lo siguiente:
«En nuestro establecimiento, la manera de anudar la cinta ha sido
inventada expresamente por las pensionistas, para poder distinguir unas de
otras, es decir, para reconocer a qué club pertenece cada alumna, sin que las
maestras de las clases, las supervisoras y, en general, todos aquellos que no
son alumnas del instituto, puedan sospechar del asunto y adivinar nuestro
secreto».
«Todas las pensionistas del instituto se dividen en dos categorías: unas
pertenecen al “club masculino”, otras al “club femenino” y nos
reconocemos por la manera en que son anudadas nuestras cintas».
Luego me explicó detalladamente en qué consistía la diferencia entre
estos dos clubes.
Dijo que en el instituto, toda recién llegada era considerada de entrada
como miembro del club femenino y que, solo más tarde, si ella daba prueba
de alguna osadía frente a la maestra de la clase o la supervisora, o si
mostraba ser capaz de iniciativa en lo que fuese, pasaba entonces, con el
asentimiento de todas las alumnas, a formar parte de los miembros del club
masculino:
A partir de ese momento, juntaba las cintas de sus dos trenzas.
«Nuestro club acostumbra tomar como lugar de reunión un salón de
clase o un dormitorio y, más a menudo todavía, los baños».
«Las elegidas del club masculino gozan de los privilegios siguientes:
tienen el derecho de escoger, para disponer de ellas a su gusto, tantos
miembros del club femenino como deseen y éstas están obligadas a
satisfacer siempre las más mínimas exigencias de los miembros del club
masculino y a dedicarse sin reservas a facilitarles su estancia en nuestro
internado; por ejemplo, haciéndoles sus camas por la mañana, copiándoles
sus lecciones, dándoles una parte de las golosinas que ellas reciben de sus
padres y así por el estilo».
«La ocupación principal de los clubes consiste en leer en común libros
prohibidos, obtenidos por una de nosotras y, sobre todo, un manuscrito muy
raro, comprado con el dinero de una suscripción general del instituto. Ese
manuscrito expone en detalle la enseñanza de la famosa poetisa Safo».
Debo decirte, querido nieto, que Safo era una poetisa griega que fue la
primera en descubrir en tu planeta «la vía de la verdadera felicidad», para la
satisfacción de innumerables mujeres, tanto de los tiempos de la
civilización grecorromana como de nuestros días.
Esa gran creadora de la «felicidad femenina» residía en la isla de
Lesbos. Del nombre de esa isla proviene el título de las mujeres que se han
hecho dignas de comprender y de realizar durante el proceso de su
existencia la enseñanza de esa notable mujer; hoy las llaman «lesbianas».
Mi pupila —que se convertía así, por casualidad, en mi iniciadora en
cuanto a las sutilezas de la psiquis de los seres de sexo femenino de tu
planeta— me explicó, además, que toda alumna del instituto, miembro del
club masculino, podía escoger para sus pasatiempos tantas compañeras
como deseara. Estos pasatiempos, por supuesto, estaban en perfecto
acuerdo con la enseñanza de la poetisa Safo.

Un hecho como éste que acabo de relatarte, tomado entre miles de otros,
te hará comprender, pienso yo, que ese fenómeno monstruoso jamás podría
haber aparecido en la generación joven sin esa funesta idea de que hablar a
los niños de las cuestiones sexuales es absolutamente indecoroso.
Esa noción de «decoro» es, por cierto, una herencia que los seres de la
civilización actual han recibido de sus antecesores de la época llamada
«Edad Media».
Estos candidatos a Hasnamusses de la Edad Media, principales
destructores del verdadero significado de la enseñanza del Divino Maestro
Jesucristo, les legaron también una regla de vida diaria de su invención, que
habían llamado «bon ton». Esta funesta invención echó raíces tan
profundamente en la psiquis de las mayorías que se volvió orgánica y se
transmitió por herencia, de generación en generación, de modo que, hoy en
día, a tus favoritos, cuya voluntad se ha vuelto tan débil, les es imposible,
por más esfuerzos que hagan, renunciar a ese concepto anormal, anclado en
su psiquis, de que hablar a sus hijos de «cuestiones sexuales» es dar prueba
de vulgaridad.
¿Cómo? ¿Hablar a sus propios hijos de cuestiones sexuales? ¡Pero si no
hay nada más «indecoroso»!
Los únicos temas que abordan los hombres de la civilización actual, a
fin de instruir a sus hijos, son las elucubraciones recogidas por diversos
candidatos a «Hasnamusses» en lo que llaman los manuales de «bon ton».
Y como en esos manuales se dice que hablar de la «cuestión sexual» es
muy «indecoroso» y hasta inmoral en el caso de los niños, los hombres
actuales, aun viendo que su hijo favorito, o su hija adorada, se está
«pudriendo», no pueden y no se atreven, cualquiera que sea su «deseo
intelectual» de hacerlo, a explicar con franqueza a sus hijos que esa
costumbre criminal es verdaderamente un mal y un pecado.

Pues bien, querido nieto, el senador y su mujer habían regresado de


Siberia, liberándome así de la obligación que había contraído con su hija
menor, cuando sobrevino el incidente que sirvió de punto de partida, como
te lo he dicho, a mis observaciones especiales y a mis estudios sobre esta
terrible cuestión contemporánea.
Ese desgraciado incidente se produjo en San Petersburgo, en un
establecimiento educativo del mismo tipo.
La directora de aquel instituto, estimando que una de sus pensionistas
había actuado contrariamente a sus famosas «reglas del decoro», le dio una
reprimenda tan severa y tan fuera de lugar que la acusada y una de sus
amigas —dos jóvenes adolescentes que tenían en germen todos los datos
para convertirse en «mujeres madres», normales— se ahorcaron las dos.
Las investigaciones que hice al respecto me revelaron lo siguiente:
Entre las alumnas de ese establecimiento se encontraba cierta Elisabeth,
a quien sus padres habían llevado directamente desde su propiedad
campestre a San Petersburgo para recibir allí, en ese «centro superior de
instrucción», la más moderna educación.
Una vez ingresada en el internado, aquella niña de trece años trabó
amistad con otra adolescente llamada María.
Ese mismo año, el día de la «fiesta de primavera», es decir, el primero
de mayo, llevaron a todas las alumnas del instituto, según acostumbraban, a
una excursión campestre. Las dos «amigas íntimas» fueron puestas en
grupos diferentes, que iban a cierta distancia uno del otro.
Y sucede que en un prado cercano, Elisabeth ve pasar no lejos de ella un
animal cuadrúpedo llamado «toro».
Deseando llamar la atención de su amiga íntima sobre aquel gentil
animal cuadrúpedo, se puso a gritar a voz en cuello: «¡María! ¡María!,
¡mira, un toro!».
Apenas pronunció la palabra «toro», inmediatamente todas las
supervisoras se abalanzaron sobre esta pobre Elisabeth y la agobiaron con
vehementes amonestaciones:
«¡Qué horror! ¿Cómo se atreve a hablar del “toro”? ¡Cómo es posible!
¡Ese animal cuadrúpedo se ocupa de cosas… de las que jamás debe hablar
una persona bien educada, y menos una niña perteneciente a una institución
distinguida como la nuestra!».
Mientras las supervisoras se encarnizaban con esta pobre Elisabeth,
todas las alumnas del instituto se amontonaron alrededor de ellas. De pronto
apareció la directora en persona. Al enterarse de qué se trataba, se puso a su
vez a reprender duramente a la chiquilla: «¡No te da vergüenza!,
¡pronunciar semejante palabra… considerada tan indecente!».
Por fin, Elisabeth, al no poder aguantar más, preguntó, bañada en
lágrimas:
«¿Cómo debería llamar pues, a ese animal cuadrúpedo, ya que es un
‘toro’?».
«La directora respondió: “Tú has llamado a ese animal con el nombre
que le da el vulgo. Pero tú, por el hecho mismo de que estás en el instituto,
has salido de las filas del vulgo y, por consiguiente, siempre debes tener la
presencia de ánimo para dar a las cosas indecorosas nombres que no suenen
de manera indecorosa”».
«Por ejemplo, cuando viste ese animal indecoroso, si querías hacérselo
ver a tu amiga, podías exclamar: ¡Mira, María, ahí va un bistec! O también:
¡María, mira, en la pradera, lo que es tan bueno de comer cuando tenemos
hambre!».
Todo eso puso a la pobre Elisabeth tan nerviosa —sobre todo porque la
reprendían en presencia de todas sus amigas— que no pudo contenerse más
y gritó con todo su ser:
«¡Ea, Ustedes! ¡Desdichadas solteronas que son! ¡Espantajos
ambulantes! ¡Residuos del infierno! Porque yo he llamado una cosa por su
nombre, se han lanzado ustedes sobre mí para beber mi sangre. ¡Malditas
sean tres veces!».
Con aquellas palabras, se desmayaron, una tras otra, la directora y
varias maestras supervisoras.
En cuanto a las demás maestras y supervisoras de este noble
establecimiento, armaron un alboroto digno de las judías de la ciudad de
Berditchev a la hora del mercado.
Para concluir, cuando las maestras y las supervisoras a quienes les había
dado el soponcio recobraron el sentido, constituyeron, en plena pradera,
bajo la presidencia de la directora misma, un «consejo de maestras», cuyo
veredicto fue que remitirían, al regresar a la ciudad, un telegrama al padre
de Elisabeth pidiéndole que viniera a buscar a su hija, puesto que había sido
despedida para siempre del instituto y privada del derecho de entrar en
cualquier otro instituto del Imperio de Rusia.
Esa misma noche, una hora después de haber regresado todas las
alumnas, uno de los «porteros» vio, por casualidad, en el cobertizo de la
leña, a esas dos adolescentes, quienes un día habrían podido convertirse en
madres, colgando de unas cuerdas atadas a las vigas del techo.
En el bolsillo de María, se encontró una nota que decía así: «Soy
solidaria de mi querida Elisabeth. No quiero vivir más con nulidades como
ustedes. Me voy con ella a un mundo mejor».
Este hecho me interesó tanto entonces que me dediqué, en privado, por
supuesto, a profundas investigaciones psicoanalíticas sobre la psiquis de
todos los participantes en este lúgubre suceso.
Comprendí, entre otras cosas, que en el momento del estallido de su
crisis se había originado en la psiquis de la pobre Elisabeth una terrible
«chaúvari».
Y habría sido muy sorprendente que tal confusión no se hubiese
producido en la psiquis de una niña de trece años que todavía no había
tomado conciencia de sí misma y que, antes de ese desgraciado incidente,
había vivido siempre en casa de su padre, en una de esas grandes
propiedades rusas, donde sus sentidos se habían impregnado con esa misma
riqueza de naturaleza que reinaba ese día en el campo, cerca de la ciudad de
San Petersburgo.
La habían llevado a esa capital bulliciosa y sofocante para tenerla allí
encerrada largas semanas en una jaula improvisada. Y, de pronto, se había
encontrado en un ambiente en que cada nueva impresión despertaba en ella
recuerdos de sensaciones maravillosas.
En tu planeta, los primeros días de la primavera, brindan a veces ciertas
escenas cuyo encanto es casi irresistible. Represéntate ésta:
A lo lejos, unas vacas pastan… A tus pies, blancas campanillas salen
tímidamente de la tierra… Rozando tu oreja, echa a volar un pajarillo… A
la derecha surge el canto de un ave desconocida… De la izquierda viene el
perfume penetrante de alguna flor oculta…
Resumiendo, en semejantes momentos, un ser tan joven como era
Elisabeth, encontrándose de repente en una atmósfera hecha de una
multitud de impresiones extraordinarias, después de haber vivido por
mucho tiempo en una ciudad sofocante, debe experimentar una alegría
eseral natural que hace surgir en ella todo un mundo de asociaciones.
Y esto debió de haberlo sentido Elisabeth con mayor intensidad, puesto
que, antes de asistir al instituto, había vivido siempre en el campo en la
propiedad de su padre, lejos de las condiciones ya demasiado anormales de
las ciudades.
Cada nueva impresión debía pues de despertar en ella lejanas
impresiones de la infancia, conectadas a su vez a otros diversos recuerdos
agradables.
No es difícil imaginar que la súbita aparición de ese animal cuadrúpedo
llamado «toro», que le evocaba el que ella había visto en la propiedad de su
padre —y al que todos los niños querían hasta el punto de llevarle pan a
escondidas— desató en esta adolescente impresionable unas asociaciones
correspondientes, que le hicieron sentir un gozo sincero; y como ella
todavía no había sido estropeada por las condiciones anormales de
existencia establecidas allá, quiso compartirlo con su amiga íntima que se
encontraba a cierta distancia y la llamó para atraer su atención hacia aquel
gentil «toro».
Ahora te pregunto, ¿cómo debiera haber llamado a ese ser cuadrúpedo,
si de hecho era un «toro»?
¿Sería «bistec», como se lo aconsejó la «honorable» directora de esa
«honorable institución», muy especialmente creada para la «educación de
las niñas», de acuerdo con el bárbaro sistema que existe hoy día allá para
desgracia de estas?
Como lo ves, querido nieto, en mi deseo de darte detalles más amplios
acerca de los seres tricerebrados que habitan el continente de Norteamérica,
acabé por hablarte de los seres existentes en todos los continentes de ese
original planeta.
Además no pienso que me guardarás rencor, ya que de esa manera te
enteraste de numerosos hechos que aclaran nuevos aspectos de su extraño
psiquismo.
En cuanto al «grado de degeneración» hasta donde ha caído la presencia
común de los seres que constituyen esa gran comunidad contemporánea de
Norteamérica, desde el punto de vista de la posibilidad de adquirir un Ser
más cercano al de los seres tricerebrados normales, puedo decirte algo
reconfortante: en mi opinión, el porcentaje de los seres en cuya presencia no
está completamente perdida esa posibilidad es más alto allí que en otra
parte.
Aun cuando esa nueva comunidad se ha formado por una afluencia, que
continúa aun hoy día, de seres tricerebrados, procedentes del continente de
Europa, donde, para encontrar seres que han conservado esa posibilidad,
hace falta, como lo dice nuestro querido maestro Mulaj Nassr Eddín:
«buscar especialmente con un proyector de alta potencia», ese porcentaje, te
lo repito, es más elevado en Norteamérica que en los países Europeos.
Y eso se debe, me parece, al hecho de que los que han emigrado y
emigran todavía del viejo continente son en su mayoría unas «personas
sencillas», y no unos retoños de seres europeos que pertenecen a la clase
dirigente, en quienes las predisposiciones a las propiedades
Hasnamussianas, transmitidas por herencia de generación en generación
durante largos siglos, han desarrollado una «suficiencia interior» tal que
esta ya no les permite hoy fundirse con la masa, para, afanándose con ella
por medio de esfuerzos comunes, aproximarse a lo que deberían llegar a ser
en cuanto seres tricerebrados.
Gracias únicamente a esa ausencia casi total de retoños de la clase
dirigente europea entre los seres del continente de Norteamérica, y gracias
al hecho de que su masa constituye un medio en el que nos es todavía
posible, a nosotros, existir sin sufrir la influencia de las emanaciones locales
de la gente —cuya acción sobre las «fuerzas interiores naturales subjetivas»
de todo ser es nefasta— pude, durante mi estancia entre ellos, descansar
como yo quería.
Ya que he pasado tanto tiempo, querido nieto, explicándote el
significado de todas las costumbres perniciosas que los seres de esa gran
comunidad actual han inventado, o que han reinstaurado —costumbres
practicadas repetidas veces en tu planeta antes de ellos, y que se han vuelto
funestas, en el sentido objetivo, no solamente para ellos sino para tus
favoritos que habitan los demás continentes— me será pues absolutamente
necesario, a modo de «acorde final», iniciarte en la sucesión de ideas que
surgieron en mi mentación el día de mi salida de la ciudad de Nueva York,
y no cesaron sino en el barco que me llevaba hacia el Este, lejos de ese
continente.
Ese día, estaba sentado en «Columbus Circle», en uno de esos
singulares cafés que ellos llaman «Childs», aguardando la llegada de los
seres del continente de Europa que me habían acompañado a Norteamérica,
para irme con ellos al muelle.
Miraba por la ventana el ir y venir de los transeúntes que parecían, a una
percepción automática distinguirse unos de otros en su aspecto exterior,
debido a esa funesta invención llamada «moda» recientemente implantada
entre ellos y de la que son más esclavos que en ninguna otra parte, pero que
a mí me aparecían, en cuanto a su «consistencia interior», todos
asombrosamente iguales.
Observándolos, volvía a las deducciones definitivas que yo había hecho
la víspera, y pensaba que, en el proceso planetario común de existencia
ordinaria de esos extraños seres tricerebrados, los seres de esa nueva
comunidad representan, en cuanto a esta fracción del «curso de Heropás»,
el foco temporal de manifestación intensiva de una particularidad, hace
tiempo inherente a la totalidad de su extraño psiquismo, y de la cual uno de
los más santos Individuums decía un día que era «la principal fuente
periódica de nuevas anomalías».
Esa serie de asociaciones, así como las reflexiones activas que
siguieron, tuvieron como punto de partida una comprobación que hice por
casualidad; a saber, que lo que constituía la «totalidad de apariencia
subjetiva» de cada uno de ellos, como la ropa, los gestos, los modales y, en
general todos los hábitos que contraen en el proceso de su existencia
colectiva, no es más que imitación pura y simple de todo lo que, entre los
seres de las comunidades independientes que habitan en otros continentes,
es considerado por los seres libres de esas mismas comunidades —libres, es
decir, ya plenos de experiencia y en consecuencia sin ninguna ilusión acerca
de lo que puede dar el proceso de existencia ordinaria— como una
manifestación indigna de sus semejantes.
Esta comprobación fortuita me sorprendió mucho, porque ya había
adquirido la entera convicción de que si, por una parte, los seres de la época
pertenecientes a casi todas las demás comunidades de ese planeta, ya fuesen
de formación reciente o antigua, imitaban a más no poder y adoptaban con
entusiasmo, en el proceso de su existencia ordinaria, todas las innovaciones
de los seres de esta joven comunidad, por otra parte, todas las
manifestaciones exteriores de estos últimos y, por consiguiente todo lo que
les servía de «base subjetiva interior», consistían exclusivamente de todos
los malos hábitos que, para gran pesar de los seres libres de las demás
comunidades independientes, se han fijado, como ya te lo he dicho, en la
presencia común de los seres ordinarios, hasta el punto de hacérseles
inherentes.
Esta sorprendente comprobación hizo surgir en mí un deseo muy
intenso de descubrir las causas lógicas que habían engendrado este absurdo
terrestre.
Todo el día, mientras estaba sentado en el Childs, donde aguardaba a los
seres del continente de Europa que me habían acompañado, así como en el
taxi que me llevaba al muelle, y en el barco mismo, no cesé de reflexionar
de la manera más activa para resolver esa cuestión, aparentando, por
supuesto, a los ojos de los extraños, mirar maquinalmente lo que sucedía a
mi alrededor. Por cierto, me había hecho experto y hasta virtuoso en el arte
de actuar así, con el fin de parecérmeles y pasar desapercibido o, como
dicen, de no «atraer las miradas».
Mientras estaba sentado en la cubierta, veía esfumarse las luces del
continente a medida que el barco se alejaba hacia el Este, reflexionaba,
comparando entre sí todos los hechos y considerando su lógico
encadenamiento. Llegué entonces a elucidar casi enteramente por qué y
cómo había podido surgir semejante absurdo en este desdichado planeta.
Para comenzar, establecí una cantidad de hechos que podían haber
favorecido su aparición; luego, eliminando poco a poco, como se hace en
semejante caso, todo aquello que no era sino una consecuencia inevitable,
acabé por descubrir un hecho, sin importancia a primera vista, que incluso
me asombró mucho, pero que no por eso dejaba de ser la causa original de
esa anomalía.
Me di cuenta, en efecto, de que esa famosa «educación», de la que
tantas veces te he hablado, conlleva, entre otras consecuencias, la de
siempre hacer aparecer en la presencia común de cada uno de ellos, durante
el periodo de preparación para una existencia responsable, sea cual sea la
comunidad a la que pertenezca, los datos que suscitan la convicción bien
determinada de que jamás, en los tiempos antiguos, sus semejantes se
habían perfeccionado hasta la Razón que los contemporáneos han alcanzado
y hasta podrían incluso superar.
Concentrando entonces mis pensamientos en este hecho y recordando
todas aquellas impresiones, conscientes o automáticas, que había tenido al
respecto durante las observaciones a las que me había dedicado sobre ellos,
se me hizo claro poco a poco que, en efecto, todos tus favoritos, sobre todos
los de los últimos treinta siglos, se convencen, en el curso de su existencia
responsable, de que su «civilización» contemporánea es el simple resultado
del desarrollo continuo y espontáneo de su razón, iniciado desde la
aparición de los seres tricerebrados en su planeta.
Pues bien, ocurre que, en un agrupamiento cualquiera, ciertos seres,
guardando por casualidad algo que es considerado deseable —lo que de
inmediato les confiere autoridad—, llegan a conocer, igualmente por
casualidad, claro está, una idea recogida muchas veces por los seres de las
épocas remotas y, haciéndola pasar por suya, la propagan a su alrededor.
Desde entonces, los seres de las demás concentraciones, bajo la influencia
de esos datos, constituidos durante su edad preparatoria, y que suscitan en
ellos esa «convicción errónea», y por la carencia total en ellos, debida a una
educación incorrecta, de factores capaces de engendrar en su presencia la
«percepción instintiva de la realidad» y la «amplitud de visión», propias de
todo ser tricerebrado de edad responsable, creen que esa idea ha surgido por
primera vez en su planeta y que, como su aplicación práctica es realizada
por aquellos mismos que poseen ese «algo deseable», debe de ser ella
realmente excelente. Y se ponen entonces a imitarlos en todo, tomando
tanto lo bueno como lo malo, aun si va en contra de todo cuanto ya está
firmemente establecido en su existencia ordinaria, con el solo fin de poseer
a su vez ese «algo» que «hoy por hoy» es considerado deseable.
Recordé incluso haber reflexionado seriamente al respecto mucho
tiempo antes, cuando, durante mi quinta estancia en la superficie de tu
planeta, en la época en que la ciudad de Babilonia era considerada el centro
de cultura de tus favoritos, yo había tenido que hacer, con motivo de un
problema similar, un «análisis lógico» de ese extraño aspecto de la psiquis
de esos originales seres tricerebrados.
Había razonado entonces así:
Probablemente se puede encontrar una excusa para ese modo de pensar,
si se toman en consideración las condiciones anormales de existencia
ordinaria establecidas en otros tiempos entre ellos, que impidieron que toda
información exacta, relativa a los sucesos de las épocas pasadas, llegara a
los seres tricerebrados contemporáneos. Pero ¿cómo admitir que, hasta el
presente, ninguno de ellos —aunque a veces se efectúa en su pensar incluso
en nuestros días, «algo» que se asemeja al proceso de «lógica
comparativa»— se haya dado cuenta de una idea muy simple y según su
expresión, «infantil»?
Esta idea es la siguiente: si, como lo dicen y hasta de ello están
convencidos, su planeta existe desde hace muchísimos siglos, portando
seres de su especie, y si antes de ellos se han sucedido en él millones y más
millones de sus semejantes, es decir, seres dotados de pensamiento, ¿es
posible que entre esos millones y más millones no haya habido algunos que
fuesen capaces de inventar para el bienestar de sus contemporáneos
diversas comodidades análogas a las de esos seres norteamericanos
actuales, que todos los demás imitan sin ninguna crítica y hasta
embelesándose con ellas, tales como los confortables asientos de sus water
closets, las conservas, y así sucesivamente?
Esa carencia imperdonable de pensamiento es aún más extraña cuanto
que ellos mismos afirman la existencia de numerosos «sabios antiguos»,
como los llaman, y tampoco niegan las muy numerosas informaciones que
les han llegado sobre las verdades objetivas descubiertas por esos «sabios
antiguos», informaciones que algunos de tus favoritos actuales hacen pasar
además, sin el menor remordimiento de conciencia, por producto de su
propio pensamiento, explotándolas con diversos fines egoístas, sin siquiera
sospechar que el resultado inevitable de todas esas manipulaciones será el
de llevar a sus descendientes, tarde o temprano, a algún desastre definitivo.
Según las observaciones que he hecho sobre ellos desde la desaparición
del continente Atlántida, esa particularidad de su mentación, tan difícil de
comprender por «análisis lógico» y que ha engendrado en ellos la
convicción errónea que mencioné, siempre ha sido la causa «centro de
gravedad» de casi todos los sucesos lamentables, grandes y pequeños,
acaecidos en el proceso de su existencia colectiva.
Por razón de esa convicción errónea, resultado de su extraño pensar, así
como de la acción que tienen sobre el funcionamiento de su sentimiento las
consecuencias de las propiedades del órgano Kundabuffer, que surgen
inevitablemente en ellos durante la edad responsable y llevan los nombres
de «envidia», «codicia» y «celos», siempre ocurre allá, cuando los seres de
un agrupamiento cualquiera llegan a poseer alguna «novedad», considerada
muy apreciable, que los seres de todos los agrupamientos de los demás
continentes, y en cuanto les llega el primer rumor de lo que ocurre,
experimentan en su presencia común —como consecuencia de un hábito
funesto fijado en su vida diaria y que expresan con las palabras «no ser
aventajados por el progreso»— el deseo de poseerla a su vez. En cada uno
de ellos aparece entonces, como ya te lo dije, por una parte, la necesidad de
imitarlos, y por otra parte, la certeza absoluta de que los seres de ese
agrupamiento tienen un modo de existencia muy justo, puesto que han
logrado adquirir aquello que es considerado como muy apreciable.
Notemos al respecto la picante singularidad del pensar de tus favoritos,
en el que nunca se efectúa el proceso llamado «reflexión», que les
permitiría más o menos comprender las verdaderas razones por las cuales
algunos seres poseen eso que despierta en los demás «envidia», «codicia»,
«celos» y así sucesivamente.
Por eso, querido nieto, si bien es verdad que los seres de ese nuevo
agrupamiento no adquieren por sí mismos y no se apropian de ninguno de
los resultados alcanzados por los esfuerzos conscientes y el sufrimiento
voluntario de los seres tricerebrados de las épocas pasadas, también es
verdad que todo su contenido interior y todas sus manifestaciones
exteriores, consisten únicamente en lo que los seres contemporáneos de
otros agrupamientos independientes tienen de peor, no por ello dejan estos
últimos de imitar cuanto pueden cada una de las invenciones de ellos, y es
así por la única razón de que los seres de ese nuevo agrupamiento se han
convertido en detentadores de lo que hay de más despreciable, en el sentido
objetivo de la palabra, pero que las condiciones anormales de existencia
ordinaria de esos desdichados, les hacen considerar deseable.
Entre todas las innovaciones funestas de los seres de esa gran
comunidad que por casualidad han adquirido autoridad, la más perjudicial,
es decir, aquélla cuyos malos efectos serán en el futuro los más difíciles de
corregir en su presencia común, es el hábito que han adquirido de pasar la
mayor parte de su existencia en edificios muy altos.
Para que comprendas bien hasta qué punto les es perjudicial esa
invención, debo primero explicarte lo siguiente:
Recuerdas, cuando te hablé acerca del «funesto medio» de que se sirven
hoy día, con el nombre de «sport», te dije que originalmente tus favoritos
tenían, ellos también, una duración de existencia «Fulasnitamniana», que
se prolongaba obligatoriamente hasta que el cuerpo «Kessdyan» se hubiese
revestido en ellos y perfeccionado hasta el grado requerido de Razón, pero
que más tarde, cuando ellos establecieron condiciones muy anormales de
existencia eseral ordinaria, la Gran Naturaleza se vio constreñida de allí en
adelante a realizar la presencia y el proceso de la existencia de ellos según
el principio «Itoklanotz», es decir, de acuerdo con los resultados de ciertas
causas circundantes.
Desde entonces, una de esas causas ha sido también el «grado de
densidad de las vibraciones» de su segundo alimento eseral o, como ellos
mismos lo habrían dicho, el «grado de concentración» del aire respirado.
En efecto, esa formación cósmica, que sirve de segundo alimento a los
seres, está constituida, también ella, de acuerdo con la ley cósmica
fundamental, la del Sagrado Triamazikamno, y se realiza en consecuencia
por medio de tres clases de sustancias cósmicas heterogéneas,
correspondientes a las tres santas fuerzas independientes.
Las primeras de esas sustancias son las emanaciones del sol del sistema
en el cual esa formación cósmica sirve de «segundo alimento» a los seres.
Las segundas, las sustancias transformadas por el planeta mismo en el
cual existen los seres que absorben ese alimento.
Y las terceras, las sustancias transformadas por los demás planetas de
ese sistema, que las comunican a ese planeta por medio de sus radiaciones.
Así, el proceso de fusión de todas las sustancias necesarias para la
formación normal y la existencia de los seres, no puede efectuarse en la
proporción requerida sino más allá de una distancia determinada de la
superficie del planeta, porque, según una ley cósmica de segundo orden,
llamada «Tenikdoa» o, como la llaman tus favoritos, «ley de la gravedad»,
las sustancias correspondientes a la segunda fuerza santa del Sagrado
Triamazikamno, no tienen la posibilidad de franquear cierto límite de la
atmósfera.

En mi opinión, tú mismo puedes considerar ahora todas las


consecuencias de lo que acabo de exponerte, y reunir los datos requeridos
para una opinión personal sobre el alcance de ese invento.
Además pienso, querido nieto, que he satisfecho plenamente tu
curiosidad respecto a esos adeptos «dollars-fox-trotistas» de la famosa
«Christian Science».
En nombre de la justicia objetiva, me queda por reconocer que, sean
como sean hoy día esos Norteamericanos, y lo que puedan llegar a ser, he
tenido a pesar de todo, durante el periodo en que existí entre ellos, la
posibilidad de un reposo interior; y por ello debo expresarles ahora mi
sincera gratitud.
Por eso, querido nieto, mi heredero, tú que ya has recibido y además
recibirás por herencia todo lo que he adquirido en el curso de mi larga
existencia —por supuesto en la medida en que tú mismo lo merezcas, por
una existencia eseral consciente, honradamente puesta al servicio de
Nuestro Padre Eterno, Sostén de todas las cosas— te ordeno, si llegaras a ir
al planeta Tierra, dirigirte sin falta a la ciudad de Nueva York, o, si esa
ciudad ya no existiera, a su emplazamiento, detenerte allí y pronunciar en
voz alta, con todo tu ser, estas palabras:

«En este lugar, mi muy amado abuelo, mi ecuánime


Maestro Belcebú, ha pasado agradablemente algunos
instantes de su existencia».

Incluso te encargo —como heredero a quien incumbe la tarea de cumplir


con las obligaciones que su predecesor había tomado sobre sí y las que por
una razón u otra no pudo cumplir enteramente— prestarle una atención
especial a una cuestión que me ha interesado mucho y que no he tenido la
posibilidad de aclarar, dado que entonces era prematuro hacerlo; dicho de
otro modo, averiguar qué «nefasta forma» habrá tomado para sus
descendientes, por supuesto si todavía tienen descendientes en ese
momento, una «enfermedad» muy extendida hoy día y que cierto Míster
Onanson, ha llamado «prurito literario».
En efecto, durante mi permanencia entre tus favoritos, hice relación más
o menos estrecha con numerosos seres y noté muy pronto que casi cada uno
de ellos ya había escrito un libro, o que estaba escribiendo uno, o aun que
«pensaba dedicarse a la literatura».
Esa original «enfermedad», de la cual sufrían casi todos los seres de ese
continente, sin distinción de edad ni sexo, se difundía como una epidemia
entre la juventud, es decir, entre aquellos que llegaban a la edad
responsable, y sobre todo entre los que todavía eran unos mocosos y tenían
el rostro adornado con innumerables barros.
A propósito de eso, debemos notar una particularidad del extraño
psiquismo de esos seres originales que han despertado tu interés,
particularidad que desde hace tiempo ha tomado un lugar en su existencia
colectiva y puede formularse así: «concentración de intereses en la idea
convertida por casualidad en el tema del día».
Es así como algunos de ellos, «más astutos», que los demás, y en
quienes estaban más atrofiados los datos propios para engendrar el impulso
eseral llamado «refrenar instintivamente todas las manifestaciones capaces
de inducir a sus semejantes en error», fundaron «escuelas» y compusieron
«manuales» de todo tipo en los que mostraban detalladamente con cuidado
particular, en qué orden debieran sucederse las palabras para que una obra
fuera percibida mejor y asimilada mejor por el lector.
De ese modo, los que asistían a esas «escuelas» o quienes leían esos
«manuales», siendo ellos mismos, en cuanto a su Ser, y a su conocimiento
de la realidad, tipos que nuestro Maestro Mulaj Nassr Eddín define como
«nulidades que desprenden una atmósfera de vibraciones insoportables», se
dedicaban a sus «sofisticaciones» conformándose a esas reglas. Desde
entonces, debido a que el proceso de lectura se había vuelto para ellos una
necesidad orgánica bajo el efecto de diversas anomalías ligadas a las
condiciones de existencia ordinaria de ese nuevo agrupamiento, y a que por
otra parte no les era posible apreciar el contenido de una obra sino
leyéndola de cabo a rabo, todos los seres de ese continente, seducidos por la
multitud de títulos «rimbombantes», se pusieron a leer a más no poder,
hasta el punto de que obviamente su mentación, ya bastante «diluida» sin
eso, se «diluía» y se «diluía» nuevamente.

No fue a la ligera que dije hace poco: «si todavía tienen descendientes
en ese momento», porque he notado en ellos, cierta singularidad, debida a la
nueva conformación del cuerpo planetario de los seres del sexo femenino,
singularidad que ya había observado muchos siglos antes en el proceso de
existencia ordinaria de algunos de tus favoritos y cuyos efectos pude
comprobar con exactitud.
Ese curioso fenómeno se había producido, antes del desastre de la
Atlántida, en el proceso de existencia de un pequeño apartado grupo de
seres tricerebrados originarios de diversas grandes comunidades de
entonces. Esos seres existían aparte en una isla célebre llamada
«Balakanira», situada al este del continente Atlántida, que se hundió al
mismo tiempo que él.
Este pequeño grupo acabó por extinguirse, debido a una extraña
particularidad de la conformación del cuerpo planetario de los seres de sexo
femenino, y la manera en que la continuación de la especie se detuvo fue
llamada, por los miembros sabios de la sociedad de los Ajldaneses,
«Dezsupsentozirosso».
Esta extraña particularidad consistía en que, desde hacía varios siglos, la
pelvis de los seres de sexo femenino se volvía cada vez más estrecha.
Este estrechamiento de la pelvis se hacía a un paso tan rápido que, dos
siglos antes de la desaparición definitiva de ellos, la «venida al mundo» de
sus concepciones accidentales y mal que bien desarrolladas, se hacía por un
medio llamado «Sitrik», que hoy llaman «operación cesárea».

En este punto del relato de Belcebú, se produjo un fuerte remolino en el


éter que penetraba toda la nave Karnak. Eso significaba que los pasajeros
eran llamados al «dyamdyampal», es decir, al refectorio de la nave, donde
se reunían periódicamente para absorber juntos el segundo y el primer
alimento eserales.
Así que Belcebú, Jassín y Ajún suspendieron su conversación para
dirigirse rápidamente al «dyamdyampal».
Capítulo 43
Belcebú expone su opinión
sobre el proceso periódico de
destrucción mutua de los hombres

Cuando Belcebú, Jassín y Ajún tras regresar del «Dyamdyampal» ocuparon


sus puestos acostumbrados, Jassín, volviéndose de nuevo a su abuelo, le
dijo:
¡Querido Abuelo! Gracias a tus explicaciones detalladas de diferentes
episodios del proceso de existencia de los seres tricerebrados de la Tierra,
he adquirido una concepción clara y una comprensión suficiente de su
singular psique. Sin embargo, se plantea, una vez más en mí, una pregunta
respecto a una de sus particularidades que no puedo explicarme y que me
parece ilógica, aun teniendo en cuenta la sorprendente extrañeza de esa
psique. Mis pensamientos regresan sin cesar a esa pregunta engorrosa e
incluso mientras celebrábamos el misterio sagrado en el Dyamdyampal no
se apartaban de ella.
Todas tus explicaciones relativas al proceso de existencia de los seres
terrestres tricerebrados de edad responsable, me han hecho ver en efecto
que, si la mayoría de ellos, sobre todo después de la tercera perturbación
Transapalniana, ya casi no disponen más que de una razón puramente
automática, sin embargo, con la ayuda de esa Razón, pueden dar muestras
de tal ingeniosidad que son más o menos capaces de comprobar en su
planeta toda clase de leyes de la Naturaleza, de acuerdo con las cuales hasta
inventan ciertas comodidades para su existencia ordinaria.
Al mismo tiempo, en todos tus relatos corre, como un trazo rojo, el
recuerdo de esa particularidad propia solo de ellos, que es la necesidad
periódica de destruirse mutuamente.
Y he aquí, querido Abuelo, lo que yo no puedo comprender: ¿cómo
puede ser que existiendo desde hace tanto tiempo no hayan tomado jamás
consciencia, y continúen sin darse cuenta, del horror de esa particularidad?
¿Será posible que ese proceso no les haya parecido nunca como la más
terrible de todas las plagas que puedan existir en el Universo entero, y que
después de haber tomado consciencia de él, nunca reflexionen sobre él, ni
traten de descubrir algún medio de desarraigarlo?
Te ruego, querido Abuelo, que me expliques por qué es así, y cuáles
son, entre los diversos aspectos que presenta la extrañeza de su psique, los
que determinan esa particularidad.
Después de esas palabras, Jassín se quedó contemplando ansiosamente
y con un intenso deseo de saber, a su querido abuelo.
En respuesta a la petición de su nieto, Belcebú continuó mirándolo con
una «sonrisa de remordimiento», como se dice, y luego, suspirando
profundamente, dijo:
¡Ah!… mi querido nieto…
Esa particularidad, y todos los resultados que de ella han surgido,
constituyen la causa principal de todas sus anomalías y, por así decirlo, de
su «embrollada lógica».
Y, después de una breve pausa, agregó:
Bien, te ayudaré a aclarar esta cuestión, además te he prometido ya
elucidártela en detalle.
Pero en consideración al desarrollo de tu pensar activo, no te daré mi
opinión personal, sino que te relataré todo de tal modo que puedas obtener
el material necesario para una confrontación lógica, a fin de favorecer en ti
la cristalización de los datos que te permitirán hacerte una opinión
individual sobre la cuestión.
Tú me has preguntado, entre otras cosas, si ellos no han reflexionado
nunca sobre esa tendencia abominable, que pertenece solo a ellos. Claro que
sí: ¿cómo no habrían reflexionado sobre ella? ¿Cómo no la habrían visto?…
Algunos de esos seres tricerebrados piensan incluso en ella a menudo y
comprenden plenamente, pese al automatismo de su Razón, que esa
tendencia a la destrucción recíproca periódica, es un horror inimaginable y
una infamia tal que no existe nombre alguno para definirla.
Desgraciadamente, sus reflexiones nunca concluyen en nada.
En efecto, si algunos pocos seres reflexionan a veces seriamente sobre
el asunto y en relación a él hacen algunas comprobaciones sensatas, éstas
jamás se propagan ampliamente, ni penetran en el consciente de los demás
seres, y esto se debe a la ausencia de una organización planetaria común
sometida a una directiva única.
Por otra parte, las posibilidades que los seres terrestres tienen de
«reflexionar sinceramente» acerca de semejantes asuntos son
verdaderamente pobres.
Debo decirte que desde el comienzo de su existencia responsable,
debido a las condiciones de existencia eseral anormalmente establecidas
allá, la «psiquis de vigilia», de cada uno de ellos, llega a tal estado que no
pueden ni siquiera pensar sinceramente sobre las cosas, ni ver su verdadero
aspecto, salvo cuando su estómago está tan lleno del primer alimento eseral
hasta tal punto que sus «nervios móviles» no pueden moverse o, como ellos
dicen, si están «con la barriga llena», y también si han satisfecho
plenamente, solo por el momento, claro está, todas las necesidades
inherentes a ellos, indignas de seres tricerebrados que se han convertido en
los factores dominantes de la totalidad de su presencia.
Ahora bien, esas mismas condiciones anormales de existencia no
permiten a todos los seres satisfacer tales necesidades; así que, por esa
razón y por muchas otras más, la mayoría de ellos no pueden, por más que
lo deseen, «pensar sinceramente», y tampoco pueden ver ni sentir la
realidad. Por eso es que la «sinceridad de pensamiento» y la «percepción de
la realidad» se han convertido hace ya mucho tiempo en un lujo rarísimo,
inaccesible a la mayoría de los seres de tu planeta.
Solo tienen la posibilidad de satisfacer sus necesidades hasta la saciedad
algunos seres «importantes», detentadores de poder; y son precisamente
ellos quienes, por su situación, podrían hacer algo para erradicar ese mal, o
al menos para disminuirlo un poco.
Pero esos seres «importantes», detentadores de poder que tienen la
posibilidad de satisfacer sus necesidades hasta la saciedad y que podrían
hacer algo, no hacen absolutamente nada, y eso por razones muy diferentes.
Una vez más, la razón principal es ese funesto medio, fijado en el
proceso de su existencia eseral ordinaria, que ellos llaman «educación».
Ese medio funesto es aplicado allá, durante la edad preparatoria, a todos
los seres jóvenes, y en particular, a aquellos que llegarán casi siempre más
tarde a ser detentadores de poder.
Pero como esos futuros detentadores de poder, no aprovechan el tiempo
fijado por la Gran Naturaleza para la preparación de los datos
correspondientes a una existencia responsable meritoria, sino que lo
despilfarran desarrollando en ellos las propiedades que resultan de su
célebre educación —que por regla general solo les dicta la mejor forma de
dejarse dominar por lo que se conoce como «autotranquilizador»— cuando
esos seres jóvenes llegan a la edad responsable y emprenden el
cumplimiento de sus obligaciones, no poseen naturalmente ningún dato
para manifestar una «reflexión lógica», y se muestran incapaces de toda
relación imparcial hacia aquellos de sus semejantes que son puestos bajo su
poder en virtud de las condiciones circundantes.
Debido a esa educación anormal, no solamente no se deposita nada en
ellos que los capacite para comprender y realizar algo efectivo, sino que, al
contrario, aparecen gradualmente para ellos numerosas consecuencias de las
propiedades del maldito órgano Kundabuffer creado por el gran Ángel, hoy
Arcángel, Luisós, y éstas, transmitiéndose por herencia de una generación a
la otra, se cristalizan en la psiquis de esos desdichados para convertirse en
funciones orgánicas.
Las más difundidas de esas consecuencias son las que existen hoy día
allá con los nombres de «egoísmo», «parcialidad», «vanidad», «amor
propio» y así por el estilo.
Al respecto, precisamente, nuestro sabio Mulaj Nassr Eddín da de esos
importantes detentadores de poder la interesantísima definición siguiente:

«El grado de importancia de esa gente depende únicamente


del número de sus callos».
Así pues, querido nieto, aquellos de tus favoritos actuales que poseen los
medios para atiborrarse a voluntad y de satisfacer plenamente todas sus
demás necesidades y que podrán hacer algo para luchar contra el dominio
de ese terrible mal que prevalece en su planeta, ni siquiera aprovechan —
cuando están saciados, cuando sus necesidades están satisfechas, y cuando
están arrellanados en sus «mullidos divanes ingleses», con el propósito de
«digerir bien», como dicen allá— esos momentos tan favorables para un
pensar sincero, sino que se abandonan simplemente a su funesto dios
«autotranquilizador».
Y, puesto que le es imposible a todo ser tricerebrado del Universo y, por
consiguiente, a todo ser de tu planeta, existir sin el proceso de pensar, y
como al mismo tiempo, tus favoritos quieren tener la libertad de
abandonarse a su funesto dios interior «autotranquilizador», se han vuelto
poco a poco maestros en el arte de pensar automáticamente, sin ningún
esfuerzo eseral de su parte.
Hay que hacerles justicia: en ese sentido han alcanzado la perfección. Y
actualmente su pensar fluye en toda dirección sin tensión voluntaria alguna
de cualquier parte que sea de su presencia.
Por ejemplo, cuando, «saciados y satisfechos», esos importantes
detentadores de poder están tendidos en sus inevitables divanes, su pensar
asociativo, cuyo fluir no puede cesar, no recibiendo impulso sino de los
reflejos de su estómago y de sus órganos sexuales, vagabundea libremente
en toda dirección, «como mejor le parece», con tanta desenvoltura como si
se «paseara de noche en París a lo largo del Boulevard des Capucines».
Cuando uno de esos detentadores de poder se arrellana en su mullido
diván en él se piensan cosas de este tipo:
«¿Cómo me vengaré de mi amigo Gontran que anteayer le guiñó a la
mujer que ‘yo amo’, no con el ojo derecho sino con el izquierdo?…»
O bien ese importante detentador de poder masculla mientras «digiere»:
«¿Por qué será que no fue mi caballo el que ganó ayer en las carreras?».
O también: «¿Por qué ciertas acciones, que en realidad no valen
absolutamente nada, suben día a día en la bolsa?».
A no ser que se ponga a soñar: «Si yo hubiera estado en el lugar de José
Sánchez que ha inventado un nuevo procedimiento para multiplicar las
moscas y hacer marfil con sus esqueletos, con todo el dinero que hubiese
ganado, habría hecho esto, eso y aquello y no como ese imbécil que, como
el perro del jardinero, no come su hueso ni deja que otros lo coman…»

Por otra parte sucede a veces en la tierra que algunos importantes


detentadores de poder piensan de repente, por casualidad, no ya bajo la
influencia de los reflejos del estómago y de los órganos sexuales, sino
sincera y muy seriamente, en alguna cuestión relativa a ese terrible
problema.
Pero esas mismas reflexiones sinceras se producen la mayor del tiempo
de manera automática, por causas exteriores accidentales. Por ejemplo, la
existencia de uno de sus familiares ha llegado a su fin brutalmente en el
curso del último gran proceso de destrucción; o bien alguien los ha
ofendido gravemente; otro los ha enternecido, ya sea haciéndoles un gran
favor, ya haciéndoles un obsequio que no esperaban; o también sienten con
toda certidumbre que se acerca el fin de su propia existencia.
En semejante caso, si uno de esos detentadores de poder reflexiona
sinceramente en el terrible mal que hace estragos en su planeta, se indigna
cada vez con todo su ser; y por supuesto, en ese estado, se da a sí mismo su
palabra de emprender y realizar cueste lo que cueste todo lo que sea
necesario para que tal plaga no se produzca más.
Pero he aquí la desgracia: apenas el estómago de ese ser «sinceramente
indignado» comienza a vaciarse, o apenas esas impresiones exteriores se
han borrado un poco, olvida instantáneamente la palabra que se dio y de
nuevo comienza consciente o inconscientemente, a hacer todo lo que
ordinariamente suscita la aparición de esos procesos entre las comunidades.
Sucede muy a menudo allá, querido nieto, que esos seres detentadores
de poder se esfuerzan, de un modo completamente involuntario, o a veces
semiintencional, en hacer todo por acelerar un nuevo proceso de
destrucción recíproca. Y hasta sucede que sueñan con ver a ese proceso
adquirir la mayor amplitud posible.
Y esa necesidad monstruosa surge en su psiquis anormal, porque
cuentan con obtener ciertos beneficios egoístas de esos procesos, e incluso
esperan, con su mentación degenerada, que cuanto mayor sea la amplitud
del proceso, más considerables serán las ganancias que obtendrán para ellos
o para sus allegados.

Sin embargo, ocurre allá, que algunos de esos importantes detentadores


de poder se unen para fundar una sociedad especial, con el fin de hallar
entre ellos, y luego ponerlo en práctica, algún medio para abolir esa
particularidad.
Cuando me alejé para siempre de ese sistema solar, se hablaba mucho
en tu planeta de la constitución de una nueva «asociación»; me parece que
tenían la intención de llamarla «Sociedad de Naciones».
He dicho «nueva» porque ellos fundaron repetidas veces sociedades de
ese tipo, que siempre acabaron por morir de la misma extraña manera, es
decir, «sin agonía».
Recuerdo muy bien la aparición de una de esas sociedades en la ciudad
de «Samoniks», en el país de «Tikliamuish», que era considerada entonces
como el principal centro de cultura de todos los seres tricerebrados de tu
original planeta.
Por primera vez, seres importantes de la mayoría de las comunidades
del continente de Asia se reunieron en esa ciudad con la intención de
elaborar un acuerdo general, a fin de que no surgiera más, entre las
diferentes comunidades asiáticas, ninguna causa que pudiese desencadenar
tales procesos de destrucción recíproca.
Esta sociedad tenía por divisa: «Dios está donde no se derrama la sangre
del hombre».
Pero por razón de sus diversos propósitos personales, egoístas y
vanidosos, aquellos importantes detentadores de poder acabaron por
pelearse y regresaron sin haber realizado nada.
Varios siglos después de Tikliamuish, apareció otra vez una de esas
sociedades, en ese mismo continente de Asia, en el país llamado entonces
«Mongolplantsura».
Y esa sociedad había tomado por divisa: «Ama a tu prójimo y serás
amado por Dios».
Como esa sociedad tampoco dio ningún resultado positivo, terminó su
existencia de la misma manera.
Luego se constituyó una sociedad similar en el país que hoy día lleva el
nombre de «Egipto; —esta vez tenía por divisa—: Aprende primero a crear
una pulga antes de tener la audacia de matar a tu prójimo».
Más tarde, fue fundada otra sociedad en el país de «Persia, —con la
divisa—: Todos los hombres son de esencia divina, pero basta que uno solo
de ellos sea muerto por otro y todos serán reducidos a nada».
Muy recientemente, hace apenas cuatro o cinco siglos, una última
sociedad fue constituida en el continente de Asia, en la ciudad llamada,
creo, «Mosulópolis». Esa sociedad fue llamada: «La Tierra pertenece al
Creador Común, ella es igualmente libre para todas Sus criaturas».
Pero, pronto, al surgir una disputa entre sus miembros, cambió de
nombre y llevó más adelante, antes de desaparecer, el de: «La Tierra solo
pertenece a los hombres».
Los miembros de esa sociedad, «La Tierra es igualmente libre para
todos», hubieran podido tal vez hacer algo sensato, primero, porque su
programa básico era realizable, luego porque todos eran, sin excepción,
seres de edad y honorables, porque habían adquirido mucha experiencia y,
por consiguiente, ya no tenían la menor ilusión acerca de todo lo que, en
general, puede aportarles una existencia planetaria ordinaria.
De manera que tenían mucho menos de esas propiedades llamadas
«egoísmo», «vanidad» y otras, que, por lo común, hacen que se derrumbe
toda asociación de ese tipo.
De hecho, algo real pudiera haber salido de esa sociedad y eso, ante
todo, porque entre ellos no había un solo detentador de poder; ni uno solo
de esos seres que, empujados por sus designios egoístas y vanidosos,
terminan siempre, sean cuales sean las adquisiciones de la sociedad de
carácter planetario ordinario de la que son miembros, por despacharlas, con
abundante «acompañamiento musical» hacia el famoso cerdo de nuestro
Mulaj Nassr Eddín que engulle todo lo que uno le da sin asomo de «etiqueta
de salón».
Los únicos asuntos públicos que respetan a veces, sobre todo en
nuestros días, esos importantes detentadores de poder, son aquellos de los
que pueden esperar ganancias considerables, ya sea para ellos
personalmente o para los seres de su casta.
Por cierto, las tareas emprendidas por toda sociedad de ese tipo podrían
dar buenos resultados para todos los seres de su planeta, sin distinción de
casta, pero apenas surgen pequeñas dificultades en los asuntos de la
sociedad o, como dicen, apenas se declara una crisis en ella, esas tareas
fastidian en seguida a los seres terrestres detentadores de poder, y al solo
mencionarlas, al solo recordarlas por asociación, aparece una mueca de
sufrimiento en su rostro.
Los trabajos de los seres que habían denominado su sociedad: «La
Tierra pertenece al Creador Común, ella es igualmente libre para todas Sus
criaturas», no condujeron a nada, ellos tampoco, a pesar de que esos seres
hicieron prácticamente todo cuanto es posible hacer en las condiciones que
imperan casi siempre en ese incomparable planeta. Te hablaré de ello un
poco más adelante, y hasta de manera detallada, porque las informaciones
relativas al derrumbamiento de esa sociedad fundada por tus favoritos para
tratar de desarraigar o por lo menos debilitar esa criminal propiedad,
implantada en ellos, pondrán muy en claro la extrañeza de su psiquismo y te
servirán de material para comprender las principales causas objetivas de
esos espantosos procesos de destrucción mutua.

Regresando a la liga que acaba de constituirse allá, como te lo he dicho,


con miras a establecer y a realizar en la práctica las medidas capaces de
poner fin en su planeta a esos terribles procesos, liga que se llamará o que
ya se llama «Sociedad de Naciones»; si quieres conocer mi sincera opinión,
estoy más que seguro de que tampoco esta vez resultará nada de ello y eso
por dos buenas razones.
La primera no se te hará clara sino al final de mi relato; y la segunda es
que esa propiedad ya ha penetrado en la «carne y en la sangre» de los seres
tricerebrados del planeta Tierra. Y puesto que nada ha podido ser cumplido
por tus favoritos de épocas pasadas, quienes, cuando alcanzaban la edad
responsable, llegaban por lo menos, con respecto al Ser, a lo que se llama el
«recuerdo de sí», nada pues podrá ser inventado ni realizado por seres tales
como los miembros de esa sociedad que no poseen otra razón que la de la
mayoría de sus contemporáneos, y no se perfeccionan sino hasta el grado
definido en estos términos por nuestro Mulaj Nassr Eddín:
«¡Mira! ¡Mira! ¡Ya sabe distinguir mamá de papá!».
Es cierto que esos importantes detentadores de poder, que son o serán
miembros de esa nueva sociedad, conscientemente no llegarán a nada; en
cambio, sacarán inconscientemente de esa empresa un «provecho» personal
considerable y de lo más útil, porque esa sociedad oficial, les proveerá de
una excusa muy plausible para embaucar infaliblemente a sus «patronas»,
en otras palabras, a su «mujer», a su «amante», a su «suegra», o hasta a
alguna «vendedora» de una de sus grandes tiendas.
Gracias a esa nueva «fuente de riqueza» oficial, ellos podrán en lo
sucesivo pasar el tiempo con toda tranquilidad entre sus amigos,
importantes detentadores de poder como ellos, y en los numerosos «five
o’clock» internacionales que sin falta se organizarán so pretexto de
negocios que deben servir para la meta de su importante sociedad oficial,
lejos de las miradas «silenciosas pero terribles» de sus vigilantes
«patronas».
Esas sociedades de seres detentadores de poder aparecen ordinariamente
hacia el fin de uno de sus grandes procesos de destrucción recíproca, y casi
siempre de la manera siguiente:
Primero, algunos de ellos han sufrido personalmente, en el curso de ese
proceso, pérdidas «sensibles»; éstas continúan ejerciendo por inercia una
influencia en su presencia común, engendrando en el funcionamiento de su
psiquis una combinación tal que los datos depositados en su subconsciente
para suscitar allí el impulso eseral de «conciencia moral» participan por sí
mismos en el funcionamiento del «consciente automático» que ya se les ha
hecho habitual desde hace tiempo, dicho de otra manera, la combinación
con la que soñaba el Muy Santo Ashyata Sheyimash para todos los seres
tricerebrados de ese infortunado planeta se efectúa por sí misma en la
psiquis de ellos.
Así, pues, querido nieto, cuando esos seres detentadores de poder se
reúnen y discuten extensamente acerca de esa terrible propiedad, llegan a
verla poco a poco casi en su aspecto real y un deseo sincero surge en ellos
de hacer todo lo posible para aniquilar ese estremecedor horror que hace
estragos en su planeta.
Desde ese momento, si esos seres detentadores de poder con la
«conciencia resucitada», que ven y sienten la realidad casi en su verdadero
aspecto, se reúnen bastante a menudo, para tener unos sobre otros una
prolongada influencia, terminan por unirse para buscar juntos un medio de
realizar su sincero deseo.
Tal es el punto de partida habitual de todas las sociedades de ese tipo.
Esos seres tal vez obtendrían, a fin de cuentas, algunos resultados
beneficiosos, sino fuera porque desgraciadamente otros más importantes
detentadores de poder no dejarán de entrar en seguida en esas sociedades,
para tomar parte en su actividad.
Y estos últimos participan en los trabajos de esas sociedades, no porque
en ellos también haya hablado la conciencia moral, ni mucho menos, sino
porque siendo ellos mismos «altos personajes» están obligados, según las
condiciones anormalmente establecidas de existencia ordinaria, a hacerse
miembros de toda sociedad «importante».
Sin embargo, cuando estos otros detentadores de poder ingresan en esas
sociedades y comienzan a tomar parte en sus asuntos, ellos manifiestan en
todo su esplendor la propiedad de que te hablé, es decir, que con sus
propósitos personales, egoístas y vanidosos, no tardan en «echar por la
borda» todas las tareas ya cumplidas por los seres de «conciencia
resucitada» y en poner una magistral «zancadilla» a los primeros
fundadores de esas sociedades.
Por eso, dichas sociedades, fundadas para el bien común de todos los
seres del planeta, mueren rápidamente y lo hacen como ya te lo he dicho,
«sin agonía».
Acerca de los resultados efectivos que puedan dar todas las buenas
tentativas de estos seres importantes, nuestro estimado Mulaj Nassr Eddín
tiene también una muy sabia sentencia:

«Los siglos nos han mostrado que los burros de Karabagh


jamás cantarán como ruiseñores, ni tampoco reprimirán su
noble pasión por los verdaderos cardos Shushunianos».
A ese respecto, creo oportuno informarte de que durante mis largos siglos
de atenta observación de los seres tricerebrados del planeta Tierra, no he
tenido ni una sola vez la ocasión de observar seres —entre los miembros de
estas sociedades, que ellos fundan allá, de tiempo en tiempo, a fin de
encontrar un medio de asegurar una existencia feliz a las masas— que
poseyeran una Razón más o menos objetiva, aun cuando cierto número de
tus favoritos, como ya te lo dije, llegan a ese resultado por sus esfuerzos
perseverantes hacia el perfeccionamiento de sí.
Las observaciones que realicé durante mi última estancia me
permitieron comprender, entre otras cosas, por qué los seres que poseen una
«Razón objetiva» nunca entran en estas sociedades.
Para pertenecer a una de estas sociedades, es necesario ante todo ser
«alguien importante»; y en las condiciones de existencia anormalmente
establecidas en la tierra, solo es considerado «importante» el que tiene
mucho dinero o el que se hace «célebre» entre los demás seres de allá.
De hecho, desde algún tiempo, solo se hacen célebres e importantes los
seres en quienes la función sagrada llamada «conciencia moral eseral», está
completamente ausente; ahora bien, dado que, en la presencia de los seres,
esta función sagrada siempre está en relación con todo lo que representa en
sí y que es la Razón Objetiva, los seres que tienen en sí mismos la Razón
Objetiva siempre tienen también la «conciencia moral», por lo tanto, nunca
llegarán a ser «importantes» entre los demás.
Por eso es que los seres dotados de Razón Pura no tuvieron y nunca
tendrán la posibilidad de formar parte de sociedades constituidas por seres
«importantes», detentadores de poder.
En resumen, querido nieto, puede muy bien aplicarse a este asunto
cierta sentencia formulada un día por nuestro querido Mulaj Nassr Eddín:

«Es una verdadera maldición: si tiras de la cola, se atasca la


crin; si tiras de la crin, la cola se atasca».

Sea como sea, tus favoritos contemporáneos quieren hallar nuevamente un


medio de aniquilar esa espantosa particularidad, que se arraigó ya en su
psiquismo con tanta fuerza como las consecuencias de las propiedades del
órgano Kundabuffer.
Y por supuesto, los miembros de la liga actual, que llaman «Sociedad
de Naciones» se esfuerzan por conseguirlo por medio de toda clase de
acuerdos y de reglamentos de su invención, análogos a los que habían
tratado de establecer con ese mismo fin los seres de tiempos antiguos; es
decir, gracias a medios y procedimientos con los cuales, en mi opinión, es
absolutamente imposible llegar hoy a cualquier cosa que sea positiva.
Tal empresa, sin embargo, puede serles de gran provecho en nuestros
días, pero exclusivamente para sus inevitables periódicos, para sus
conversaciones de salón, y por supuesto para los numerosos negocios
Hasnamusianos de sus «especuladores de la Bolsa».
Actualmente, es tal el estado de cosas, en cuanto se refiere a ese terrible
mal, que la destrucción total, inmediata, de esa monstruosa propiedad que
ya ha penetrado, como te lo dije, en su carne y en su sangre, es una tarea no
solamente insensata para su miserable Razón, sino en forma general casi
imposible.
Y sin embargo, querido nieto, aunque los miembros de esa liga
planetaria común, llamada «Sociedad de Naciones», están privados de la
Razón objetiva propia de la presencia de todos los seres tricerebrados que
han alcanzado la edad responsable, habrían podido ellos mismos quizás
llegar a resultados positivos en la tarea fundamental que se habían
propuesto, si se hubiesen preocupado solo por la solución y la realización
de los problemas que quedan dentro de los límites de su competencia y de
sus poderes.
Pero conociendo «su modo de actuar», estoy seguro de que no se
ocuparán de los asuntos accesibles a su comprensión.
Querrán hacerlo todo y creerán que hacen todo para que esos «procesos
de destrucción recíproca» cesen inmediatamente y para siempre.
Si verdaderamente se dieran cuenta, con todo su Ser, del horror objetivo
de dichos procesos y desearan sinceramente eliminar ese mal de la
superficie de su planeta, penetrarían quisiéranlo o no, en la esencia misma
de ese problema y comprenderían que, para descristalizar una propiedad
fijada en su psiquis desde hace centenares de siglos, no son suficientes
algunas décadas.
Si comprendieran eso, no intentarían decidir ni realizar nada en ese
campo, por el bien de sus contemporáneos, sino que dedicarían toda su
atención, todas sus fuerzas, y todas sus posibilidades a trabajar solo con
miras al bien de los seres de las generaciones futuras.
Por ejemplo, en vez de «buscarle tres pies al gato» o, como dicen allá,
«hacer quijotadas», para lograr de un solo golpe la suspensión total de todos
esos procesos, se esforzarían por desarraigar la creencia que se ha fijado en
su existencia ordinaria, referente a los beneficios que aportarían dos de sus
conceptos; dicho de otro modo, abolirían la costumbre de exaltar a ciertos
participantes en estos procesos, de hacer de ellos «héroes» y
recompensarlos con honores adjudicándoles «condecoraciones», y
suprimirían, al menos, esa famosa rama de sus «ciencias Hasnamussianas»,
inventada por algún ser con «granos en la cara», en el que se prueba
negligentemente que la destrucción recíproca periódica es absolutamente
indispensable en la Tierra, porque sin ella habría un intolerable crecimiento
de la población que acarrearía tan terribles crisis económicas que los seres
hombres se devorarían entre sí.
Si llegaran a hacer desaparecer el primero de estos conceptos, ya
sólidamente fijados en el proceso de su anormal existencia eseral ordinaria,
eliminarían para siempre más de la mitad de los «factores automáticos» que
predisponen la psiquis de los adolescentes a ceder a esta propiedad singular
de caer siempre en el estado particular que les es habitual durante estos
procesos. En cuanto a la supresión del segundo, éste les permitiría
ahorrarles a los seres de los tiempos futuros algunas de esas innumerables
ideas idiotas que surgen allá sin cesar, ideas que, transmitidas, de
generación en generación, como incontestables artículos de fe, contribuyen
mucho a la formación, en su presencia, de propiedades de las cuales
ninguna conviene a los seres tricerebrados de nuestro Gran Megalocosmos
y entre las cuales hay una que los hace «dudar de la existencia de la
Divinidad». Es esa duda la que acarrea para ellos la desaparición casi
completa de ciertos datos que deberían depositarse sin falta en la presencia
de todos los seres tricerebrados y cuya totalidad engendra el impulso
llamado «percepción instintiva» de las verdades cósmicas, experimentadas
por todos los seres, ya sean unicerebrados o bicerebrados, siempre y en
todas partes en el Universo.
Mas para desgracia de todos los seres terrestres ordinarios, esos
importantes detentadores de poder llegados de todas partes de tu planeta no
se ocuparán de tales cuestiones, que consideran inferiores a su dignidad.
¡A dónde iríamos a parar si, de pronto, esos miembros «importantes» de
una sociedad tan «importante», fuesen a ocuparse de problemas tan
despreciables!
En general, puesto que en la mayoría de tus favoritos contemporáneos
han cesado completamente de cristalizarse los datos apropiados para
permitir una manifestación individual y como estos seres tricerebrados se
manifiestan bajo el único dictamen de las consecuencias de las propiedades
del órgano Kundabuffer, los asuntos que están dentro de los límites de su
comprensión y de su poder no les interesan en modo alguno, sino que
siempre están dispuestos a intervenir cuando se trata de resolver cuestiones
que son incomparablemente superiores a su Razón.

Debido a este «rasgo» de su original psiquis, se ha formado en ellos, en


el curso de los últimos veinte siglos, otra necesidad «psicoorgánica» de lo
más extraña.
La manifestación principal de esta necesidad «psicoorgánica» consiste
en que cada uno de ellos se cree absolutamente obligado a «hacer oír a los
demás la voz de la razón» o, como dicen, de «llevarlos por el buen
camino».
¿Sabes, querido nieto? Hablándote de este singular rasgo de carácter
que todos ellos sin excepción poseen, me viene la idea de que sería deseable
darte, a propósito de su extraña psiquis, un consejo similar al que recibiste
de nuestro viejo Ajún al final de mis explicaciones sobre su famoso «arte»
contemporáneo.
Él te recomendó, entre otras cosas, si llegaras por alguna razón a existir
en el planeta Tierra y a mezclarte con estos extraños seres tricerebrados, que
fueras siempre muy prudente con los tipos que son contemporáneos
«representantes del arte», para no ofenderlos nunca y no hacerte «enemigos
mortales» entre ellos.
Nuestro querido Ajún, que pensaba entonces en las numerosas
debilidades de ellos, tales como el «amor propio», el «orgullo», la
«vanidad» y muchas otras, te indicó, entre esas propiedades específicas, la
que convenía «halagar» en cada caso.
Él te explicó, hasta con detalles, cómo hablarles y qué decirles, para que
siempre estuvieran bien dispuestos hacia ti y no dijeran nada jamás de ti
sino lo bueno y te alabaran en todo lugar y en toda ocasión.
No tengo nada que añadir a ese consejo que, por cierto, es ideal para el
tipo de seres de quienes habló.
Los actuales «representantes del arte» han sido colmados de las
propiedades específicas enumeradas por nuestro querido Ajún y si tú sabes
«halagarlos» cada vez, estarán en adoración ante ti y se manifestarán hacia
ti como verdaderos «esclavos Osklaianos».
Aunque este consejo sea muy sabio y hasta indispensable para quien
quiera vivir entre ellos, personalmente no lo veo práctico para ti; y no lo es,
por una parte, porque no todos los seres de la Tierra son «representantes del
arte» y, por lo tanto, este consejo no sería, pues, aplicable a todos sin
excepción; por otra parte, porque te sería difícil preguntarte y recordar, en
cada caso, cuál de esas innumerables debilidades conviene «halagar».
Te enseñaré pues, un gran «secreto» de su psiquis, insistiendo en cierta
particularidad que, si sabes utilizarla, podrá provocar en cada uno de ellos
la manifestación que te señaló Ajún.
Si quieres sacar provecho de esa particularidad para actuar sobre ellos,
no solamente tendrás excelentes relaciones con todos, sino que hasta serás
capaz, conociendo este secreto, de asegurarte una feliz y tranquila
existencia, tanto en la posesión de los «signos monetarios» indispensables,
como desde el punto de vista de aquellas otras comodidades terrestres cuyo
gusto y beneficioso significado define nuestro querido Maestro con solo
estas palabras:
«Un verdadero lecho de rosas».
Probablemente ya has adivinado, querido nieto, que mi consejo, o el
secreto de que voy a hacerte partícipe, trata de esta necesidad psicoorgánica
de «hacer oír a los demás la voz de la razón» y de «ponerlos en el camino
hacia la verdad».
Esta propiedad específica, que aparece en su psiquis, debido una vez
más a las condiciones anormalmente establecidas de existencia eseral
ordinaria, se vuelve parte integrante de su presencia cuando llegan a la edad
responsable.
Todos, sin excepción, experimentan esta necesidad psicoorgánica; los
viejos y los jóvenes, los hombres y las mujeres y hasta los que llaman
«nacidos prematuramente».
Esta singular necesidad proviene a su vez de otra de sus propiedades
que consiste en lo siguiente: cada uno de ellos, a partir del momento en que
adquiere la capacidad de distinguir entre «seco» y «mojado», embriagado
con sus méritos, deja para siempre de ver y observar sus propias anomalías
y sus propios defectos, para no ver ni observar sino los de los demás.
Hoy día, cada uno de tus favoritos ha tomado la costumbre de enseñar a
sus semejantes cosas de las que jamás ha tenido la más mínima idea, ni aun
en sueños. Y lo más divertido es que si «los demás» no lo escuchan, o no
aparentan querer escucharlo, no solamente se ofenderá, sino que llegará a
sentir en su fuero interno una sincera indignación; en cambio, si uno de esos
«otros» consiente en aprender de él lo que es «la voz de la razón», o por lo
menos aparenta querer saberlo, no solamente «querrá» y «respetará» a ese
otro, sino que él mismo se sentirá lleno de satisfacción y de dicha.
Notemos además que ese es el único caso en que tus favoritos pueden
hablar de los demás sin odio y sin crítica.
Pues bien, querido nieto, he aquí mi consejo:
Si, por una razón u otra, debieras existir entre ellos, aparenta siempre
querer aprender algo de ellos. Haz incluso lo mismo con sus hijos: tendrás
entonces excelentes relaciones con todos y serás considerado en cada
familia como el amigo más estimado de la casa.
Recuerda siempre que debido a la presunción resultante de esa
propiedad específica, cualquiera de ellos, por nulo que sea él mismo en su
esencia, mira desde lo alto, con desprecio, todas las actitudes y la conducta
de los demás, especialmente si contrastan marcadamente con sus propios
puntos de vista subjetivamente establecidos, y, en ese caso, como ya te he
dicho, se consideran ofendidos y sienten dentro de ellos mismos una sincera
indignación.
Notemos al respecto que, debido a esa propiedad, tus favoritos no dejan
de indignarse por los defectos de quienes los rodean, y convierten así su
propia existencia, ya bastante desdichada y anormal sin eso, en
objetivamente insoportable.
Esas perpetuas indignaciones hacen que la existencia eseral ordinaria de
esos desgraciados fluya casi siempre en medio de «sufrimientos morales»
improductivos, y esos vanos «sufrimientos morales», actuando
prolongadamente por inercia en su psiquis de manera «Semtzektzionaliana»
o, como dirían en tu planeta, de manera «deprimente», acaban por
volverlos, «Instruarnianos» o «nerviosos», por supuesto sin participación
alguna de su consciente.
Desde entonces, en el proceso de su existencia ordinaria, ellos pierden
toda «reserva», aun en aquellas manifestaciones eserales que no tienen nada
que ver con las causas iniciales de esa «Instruarnia».
Por sí sola, esta propiedad que consiste en «indignarse por las faltas de
los demás», convirtió poco a poco su existencia en architragicómica.
Por ejemplo, tú puedes ver a cada paso escenas de este tipo:
Uno de ellos ha caído literalmente «bajo la pantufla de alguien», es
decir, que ha perdido ante ese alguien la única cosa que ellos adquieren por
medio de su funesta «educación», en otras palabras, la «máscara» bajo la
cual ocultan muy hábilmente a los demás sus defectos interiores y
exteriores. Pues bien, ese ser que está bajo la pantufla de su mujer o de su
querida o de quien sea que lo haya «calado», y que se ha vuelto así esclavo
servil de uno u otro de esos «patronos», se indigna más aún que todos los
demás si algún emperador no demuestra ser capaz de tener bajo su ley
decenas o centenares de miles de seres de su comunidad.
Lo más curioso es que en general son precisamente esos «farsantes
terrestres», que han caído bajo la pantufla de alguien, quienes redactan para
sus semejantes, tratados en los que indican detalladamente todo cuanto es
necesario hacer y cómo arreglárselas para «gobernar» bien a los demás.
O también, si uno de esos seres contemporáneos, a quien se le hiela el
corazón al ver a un ratón que se escabulle entre sus pies, oye que alguien ha
perdido su aplomo frente a un tigre, embargado por una «heroica
indignación, —lo condenará ante sus amigos y probará—, echando
espumarajos» por la boca, que es un miserable cobarde e incluso un
criminal por haberle tenido miedo a un «pobre tigre».
Y una vez más, todos los libros y tratados dedicados a lo que se debe
hacer y a lo que no se debe hacer cuando uno se encuentra con un tigre o
cualquier otro ser similar, son redactados por esos «héroes aterrorizados por
ratones».
O bien, uno de esos que coleccionan las «enfermedades crónicas» por
decenas, cuyo estómago, por ejemplo, no funciona ya durante semanas
enteras, cuyo cuerpo está cubierto de toda clase de viles granos y que
naturalmente sufre día y noche —en resumen, un ser que desde hace largos
años no es más que un «museo anatómico ambulante» de todas las
enfermedades existentes en ese planeta—, se indigna más que cualquier
otro cuando alguien ha pescado por descuido un resfriado.
Y esos «museos anatómicos ambulantes» patentados instruyen a los
demás, con gran autoridad, sobre la forma de librarse de esos resfriados;
hasta escriben toda clase de libros y manuales sobre múltiples
enfermedades y sus diversos tratamientos.
A cada momento allá, se puede observar absurdos de este tipo:
Uno de ellos, que ni siquiera sabe a qué puede parecerse el diminuto ser
llamado «pulga», que tan a menudo le pica, escribe un «grueso volumen» u
organiza «conferencias públicas» para explicar que la pulga cuya picadura
ha hinchado el cuello de un cierto emperador, conocido en la historia con el
nombre de Nauján, tenía en la pata izquierda una «anormal excrecencia roja
amaranto de forma particularmente extraña».
Con el objeto de satisfacer esta extraña necesidad psicoorgánica, tus
favoritos, para no sufrir, deben tener al menos una «víctima» ofrecida a su
enseñanza; pero para los que entre ellos han adquirido, con manifestaciones
de ese tipo, alguna autoridad en su medio y, por la fuerza creciente del
hábito, se han vuelto grandes «descarados», el apetito aumenta y exige un
número de víctimas cada vez mayor.
De hecho, querido nieto, bastaría a todo ser normal observar semejantes
escenas que se encuentran a cada paso, en tu planeta, en la existencia de
esos extraños seres tricerebrados y estudiar seriamente sus propias
percepciones, para adquirir un amplio conocimiento de todas las ramas de
la ciencia objetiva.
Por otra parte, si un día llegas a existir entre ellos y a ser testigo de estas
manifestaciones eserales incongruentes, por más que conozcas la causa de
esas incongruencias, no podrás dejar de reírte interiormente. Al mismo
tiempo, sentirás, con todo tu Ser, piedad por esos desdichados, y a tu risa
interior vendrá a asociarse, por sí misma, una «tristeza palnasuriana de la
esencia».
Esa particularidad de la psique de los seres terrestres tricerebrados se ha
desarrollado al máximo grado entre aquellos que pertenecen a la casta a la
que se da el nombre de «intelligentsia».
La palabra «intelligentsia» traduce la noción que nosotros definiríamos
por la expresión «fuerza en uno mismo».
Aun cuando durante muchos siglos esa palabra ha conservado allá
aproximadamente el mismo sentido, tus favoritos la utilizan hoy día, sin
incomodarse por ello en lo más mínimo, para designar a los seres que
representan exactamente lo opuesto de lo que esa palabra quiere decir.
La palabra «intelligentsia» viene de la lengua griega antigua.
Es interesante observar que esa palabra fue usada también por los
antiguos romanos, que la habían tomado prestada de los griegos, no por su
sentido, sino por su consonancia; se imaginaron luego que la raíz de la
palabra pertenecía a su propia lengua.
Entre los antiguos griegos, esa palabra designaba a los seres que se
habían perfeccionado hasta el punto de poder dar a sus funciones una
dirección conforme a su voluntad, contrariamente a lo que pasa en toda
formación cósmica no espiritualizada, cuya acción siempre es una reacción
a causas exteriores.
Es verdad que en tu planeta todavía se encuentran a veces seres que
responden más o menos al sentido de esta palabra, pero solamente entre
aquellos que son considerados por la mayoría como «no inteligentes».
En mi opinión, si a la clase que llaman allá «intelligentsia» se la llamara
simplemente «mecanigentsia», sería quizás más justo.
Y sería más justo, no solamente porque los seres pertenecientes a la
«intelligentsia» ya no pueden dar dirección alguna a sus funciones eserales,
sino porque en ellos ya se han atrofiado completamente los datos que
suscitan, desde su venida al mundo, unos impulsos de iniciativa de la
esencia para su existencia eseral ordinaria, datos que la Gran Naturaleza
deposita en la presencia de todos los seres tricerebrados.
Durante su existencia responsable, los seres pertenecientes a la
«intelligentsia» solo se manifiestan, es decir, solo actúan automáticamente,
al recibir choques accidentales o intencionales del exterior, que son los
únicos que les dan la posibilidad de una experiencia y de una animación
adecuadas, al desencadenar series de asociaciones ligadas a impresiones
anteriores fortuitas automáticamente percibidas y completamente
independientes de su propio deseo o de su voluntad.
Esos choques exteriores les son dados, en general, primero, por los
objetos animados o inanimados que entran por casualidad en la esfera de
sus órganos de percepción visual; segundo, por los seres de todo tipo con
quienes se encuentran; tercero, por los sonidos o las palabras que les llegan;
cuarto, por los olores que perciben; o también, por las sensaciones
desacostumbradas que experimentan, de tiempo en tiempo, en el curso del
funcionamiento de su «organismo», es decir, de su cuerpo planetario y así
por el estilo.
Pero ni sus manifestaciones exteriores, ni sus impulsos eserales
interiores que debieran depender de las directivas de su «Yo» eseral,
obedecen jamás a su propio deseo proveniente de la totalidad de su
presencia.
Debo decirte también que ciertos seres terrestres, pertenecientes a la
«intelligentsia», cuyas manifestaciones psíquicas, después de haber sufrido
diversas modificaciones en el período de su existencia responsable, han
adquirido ya formas bien establecidas, y bien conocidas por los que los
rodean, ya no son designados por los demás seres con el nombre colectivo
de «intelligentsia»; se les dan otros nombres, compuestos de distintas
palabras o, para ser más exacto, de varias raíces de palabras, sacadas
también del griego antiguo, tales como:
Burócratas
Plutócratas
Teócratas
Demócratas
Zebrócratas
Aristócratas

Y así por el estilo…


El primero de esos nombres, el de «burócrata», se aplica a los seres de
la «intelligentsia» en quienes las series de asociaciones automáticas ya
fijadas y que engendran en ellos experiencias bien determinadas, son
limitadas en número. Y, como consecuencia, en esos burócratas, los
choques recibidos de afuera, por variados que sean, suscitan asociaciones
relacionadas siempre con las mismas experiencias, asociaciones que, a
fuerza de repetirse, adquieren un carácter específico y se manifiestan de
forma del todo independiente, sin la intervención de parte eseral alguna,
aisladamente espiritualizada, de su presencia común.
En cuanto al segundo de esos nombres, el de «plutócrata», se le atribuye
a los seres que, después de ciertas transformaciones de su psiquis, han
demostrado ser capaces, durante el período de su existencia responsable, de
embaucar artísticamente a todos los honestos o, mejor dicho, «ingenuos»
compatriotas que han encontrado, y de convertirse así en propietarios de
una gran cantidad de «dinero» y de «esclavos» como dicen ellos.
Debes saber, a propósito de esto, que son esos tipos terrestres los que
han producido la mayor cantidad de individuums Hasnamussianos.
Durante mi estancia en la Tierra, me enteré por casualidad, en el curso
de mis investigaciones sobre el asunto que me interesaba, del secreto del
origen de ese termino «plutócrata».
Como ya te dije, durante los últimos veinticinco siglos, todas las
nociones y cosas sospechosas han sido designadas con palabras
pertenecientes a la lengua griega antigua; así que esos nombres tales como
«burócrata», «aristócrata», «demócrata», etc. que expresan nociones y cosas
sospechosas, también están compuestos de dos palabras griegas antiguas.
Por ejemplo, la palabra «burócrata» consta de dos palabras: «buro», que
significa «oficina», y de «crata», que significa «tener» o «conservar».
Juntas, las dos palabras significan: «el que cuida o tiene la dirección de
toda la oficina».
En cuanto a la palabra «plutócrata», su historia es algo diferente y no se
remonta muy lejos.
Esa palabra fue inventada hace unos siete u ocho siglos.
Seres de este tipo ya existían, sin embargo, en la Grecia antigua: pero
allí los llamaban «plusiócratas».
Según parece, discutieron y reflexionaron mucho tiempo antes de
adoptar ese nombre. Y discutieron y reflexionaron mucho tiempo porque
comprendían muy bien que estos tipos terrestres eran unos estafadores de
primera clase, saturados, por así decir, hasta la médula de los huesos, con
Hasnamusserías de todo tipo y que era menester hallarles un nombre que les
conviniera a la perfección.
Trataron primero de honrarlos con un nombre «altisonante» que
correspondiera al significado interior de ellos; pero, al reflexionar,
renunciaron a ello, porque estos tipos terrestres, gracias a sus «fechorías»,
habían adquirido más «fuerza» y «poder», quizás, que sus reyes, y porque
temían, si los glorificaban con ese nombre tan conforme con el significado
interior de ellos, que se ofendieran e hicieran aún más daño a su alrededor.
Finalmente, decidieron obrar con astucia e imaginaron un nombre por
medio del cual podían definir su verdadera calidad, y a la vez aparentar
ensalzarlos.
Lo lograron de la siguiente manera:
Como el título de estos tipos terrestres debía estar compuesto por
supuesto de dos palabras griegas antiguas y como los nombres de esta clase
terminan todos con la palabra griega «crata», para que el título «no saltara a
la vista», le dejaron aquella antigua consonancia griega «crata».
La primera mitad de la palabra no fue tomada del griego antiguo, como
era costumbre, sino del ruso, esto es, tomaron la palabra rusa «plut», que
significa «granuja» y con ella hicieron el nombre de «plutócrata».
Estos sabios seres terrestres alcanzaron sin duda su finalidad
perfectamente, ya que todos, tanto esos parásitos como los otros, se
consideran hoy muy satisfechos con ese «título».
Estos parásitos están tan satisfechos con su título, que no vacilan en
pavonearse con sombrero de copa, incluso en días de semana.
En cuanto a los otros seres, si están satisfechos, se debe a que pueden
gratificar a esos «monstruos» con el nombre que les conviene, y a que estos,
no solamente no se enfadan, sino que al sentirse glorificados de ese modo,
hacen incluso la rueda como auténticos «pavos reales».
El tercero de los nombres enumerados, el de «teócrata», sirve para
calificar a ciertos miembros de la «intelligentsia», en cuya presencia común
se produce una «perturbación», en el sentido psicoorgánico de la palabra,
casi idéntica a la que se puede observar en los «plutócratas».
La única diferencia entre los plutócratas y los teócratas es que, para
satisfacer sus necesidades Hasnamussianas, los primeros actúan sobre
quienes los rodean explotando la función que ellos llaman «confianza»,
mientras que los segundos se sirven de aquella que ha sustituido poco a
poco en tus favoritos la función sagrada que para todos los seres
tricerebrados constituye uno de los tres senderos sagrados de
perfeccionamiento de sí, función que ellos llaman «fe».
Para que comprendas mejor esa diferencia entre teócrata y plutócrata,
bastará una vez más que te repita una de las sentencias de nuestro venerado
maestro Mulaj Nassr Eddín.
Hablando un día de los numerosos actos de autoridad a los cuales está
sometido el psiquismo general de los hombres ordinarios, dijo de pronto,
sin ton ni son:

«¿Qué les importa, a las pobres moscas, la manera como


se las mata? ¿Con una coz de los diablos cornudos o con una
caricia del ala resplandeciente de un ángel divino?».

En cuanto a los tipos terrestres que llaman «demócratas», debo decirte que
no vienen siempre de la clase hereditaria de la «intelligentsia»; la mayoría
de ellos son al comienzo simples seres ordinarios y solo más tarde, después
de haberse introducido en esa clase gracias a una proeza excepcional, es
cuando se transforman en «demócratas».
Y durante el proceso de esa transformación, la degeneración de las
funciones provenientes de la función sagrada de «conciencia moral» acarrea
en ellos los mismos resultados que en los plutócratas y los teócratas.
A propósito de esos «demócratas», es necesario observar que si uno de
ellos ocupa por casualidad un puesto de detentador de poder, sus
actuaciones desencadenan a veces un fenómeno cósmico sumamente raro:
uno ve los callos convertirse en pedicuros.
Ese raro fenómeno se produce, en mi opinión, porque los demócratas
que ocupan accidentalmente un cargo de detentador de poder no han
recibido, por herencia, ninguna predisposición para saber instintivamente
gobernar a los demás y son, en consecuencia, absolutamente incapaces de
dirigir la existencia de los seres que se encuentran bajo su autoridad.
Para describir a estos tipos terrestres, nuestro inapreciable Maestro
Mulaj Nassr Eddín tiene, una vez más, una sentencia muy apropiada; cada
vez que la pronuncia, comienza por levantar los brazos al cielo y luego, con
la mayor veneración, dice:

«Alabado seas, oh Tú, Nuestro Grande y Justo Creador,


por haber permitido, en Tu Justicia y Tu Gracia infinitas, que
las vacas no vuelen como encantadores pajaritos».

Y ahora, querido nieto, entre los tipos enumerados solo me queda por
hablarte de aquellos que los demás seres llaman «zebrócratas» y
«aristócratas». Se los distingue dándoles sobrenombres tales como: «emir»,
«conde», «kan», «príncipe», «melik», «barón», etc., cuya sonoridad ejerce
una acción de lo más agradable sobre esa función que no cesa de
manifestarse con fuerza entre tus favoritos hasta su muerte y que se llama
«vanidad».
Te confesaré francamente que dar una buena definición de estos tipos
terrestres es muy difícil, no solo en la lengua corriente, sino también en la
de nuestro muy sabio Mulaj Nassr Eddín.
Todo lo que se puede afirmar es que son simples «bromas de la
naturaleza».
A decir verdad, aunque tus favoritos los llaman de diferente manera, los
aristócratas y los zebrócratas se asemejan en todos los aspectos y están
dotados de propiedades interiores idénticas.
Ya te expliqué, ¿recuerdas?, que existen en tu planeta, según las
comunidades, dos clases de «organizaciones de Estado». Una se llama
«régimen monárquico», la otra «régimen republicano».
En las comunidades de régimen republicano, estos tipos reciben el
nombre de «zebrócratas»; mientras que en aquellas donde existe el régimen
monárquico, son llamados «aristócratas».
A fin de darte una idea de lo que son estos dos tipos terrestres, será
mejor, creo, que te hable del asombro, que se apoderaba de mí, durante mi
estancia en tu planeta, cada vez que me tropezaba con estos
«malentendidos». Cada vez, me preguntaba: ¿cómo pueden tales tipos
terrestres existir en ese original planeta casi tanto tiempo como los demás
seres tricerebrados?
Ya me había hecho esta pregunta a propósito de los seres pertenecientes
a la clase de los burócratas; pero podía «más o menos» encontrarle
respuesta. En efecto, por limitadas que sean sus «series de experiencias», no
obstante las poseen; y hasta a toda hora del día y de la noche.
Por el contrario, según mis observaciones, todo el «material de
experiencia» de los aristócratas y de los zebrócratas, se limita de hecho a
tres series de impresiones.
La primera se refiere al asunto de la comida; la segunda consiste en
recuerdos asociados al funcionamientos pasado de sus órganos sexuales y la
tercera comprende los recuerdos que tienen de su primera nodriza.
Pero ¿cómo pueden unos seres que, por todo material, solo tienen estas
tres series de impresiones, tener la misma duración de existencia que los
demás seres tricerebrados que pueblan la superficie de tu planeta? Esto
sigue siendo para mí un enigma insoluble.
Se cuenta que ante ese singular problema de la duración de la existencia
de estos tipos terrestres, nuestro archiladino Lucifer se puso un día a
reflexionar, a reflexionar tan intensamente, que todos los pelos de la punta
de su cola se volvieron grises.
Volviendo a estas «bromas de la naturaleza», solo me resta intentar
explicarte por qué existe una diferencia tan sorprendente entre los nombres
que se dan a una misma clase de seres.
Digo «intentar», porque yo mismo ignoro la razón exacta de ello, pero
como conozco las raíces de estos dos nombres, creo poder afirmar, sin
equivocarme, que se debe a una de sus costumbres.
Debo decirte que tus favoritos se complacen, no se sabe por qué, en
preparar lo que llaman «espectáculos de marionetas».
Pues bien, por una u otra razón, se complacen igualmente en hacer
participar a estos mismos zebrócratas o aristócratas en sus «espectáculos de
marionetas»; así que los introducen siempre en el «juego».
Pero como estos seres ya no son por sí mismos más que fantoches
completamente vacíos y, por consiguiente, inconsistentes, los demás seres
de la comunidad tienen que sostenerlos durante estos «juegos de
marionetas».
Y es precisamente la forma de sostenerlos o, más bien, la elección del
brazo que los sostiene, la que ha aportado esta diferencia de nombre.
Así es que en las comunidades donde existe el «régimen monárquico»,
es costumbre, desde hace tiempo, sostenerlos con el brazo derecho; de
modo que, en esas comunidades, llaman a estos tipos «aristócratas».
Por el contrario, en las comunidades donde existe un «gobierno
republicano», los sostienen con el brazo izquierdo, de ahí su nombre de
«zebrócratas».
A propósito de estas diferencias entre los nombres de los seres
terrestres, oigo todavía a nuestro sabio Mulaj Nassr Eddín, pronunciar una
de sus notables sentencias.
Un día en que hablábamos de la diferencia que presentan los juicios
respectivos de los magistrados o «kazi» turcos y los persas, dijo, con
respecto a la semejanza de su justicia:

«¡Ah! ¡Mi querido amigo!»:


«¿Dónde se encontrará en la Tierra jueces capaces de
examinar con sabiduría la culpabilidad de los hombres?».
«Los “kazi” son iguales en todas partes, solo sus nombres
son diferentes. En Persia, los llaman persas y turcos en
Turquía».
«Además, ocurre lo mismo con cada cosa en la Tierra; los
asnos son todos iguales, solamente se les da nombres
diferentes».
«Por ejemplo la especie de asnos que llaman en el
Cáucaso ‘asnos Karabajianos’, se encuentra en Turquía con
el nombre de ‘asnos Jorassanianos’».

Esas sabias palabras se grabaron en mi cerebro, y durante mi existencia en


tu planeta, me volvían a la memoria cada vez que debía hacer una
comparación…
¡Que su nombre sea bendecido para siempre en el planeta donde él vio
la luz y se formó!
¡Así pues, querido nieto!, ¡lo repito! Si por una u otra razón debieras ir a
ese planeta, no pierdas de vista que la debilidad de la que te hablé se
desarrolla sobre todo en los seres ordinarios de la «intelligentsia» y
particularmente entre aquellos que pertenecen a una de las castas
enumeradas, y cuyo nombre termina en «crata».

Después de esa ligera disgresión alrededor del consejo práctico que te


di, volvamos a nuestro serio problema.
Comenzaré por el relato que te prometí sobre la aparición de la sociedad
de seres terrestres cuyo lema era: «La Tierra pertenece al Creador Común,
ella es igualmente libre para todas Sus criaturas» y sobre las razones de su
fracaso. Tendrás así la posibilidad de comprender bien la primera y
principal causa por la cual esos terribles procesos de destrucción recíproca
deben inevitablemente desencadenarse entre esos desdichados seres
tricerebrados de nuestro Megalocosmos.
De paso, te enterarás cómo lo que podría llamarse la «Naturaleza local»
—cuando un acontecimiento inesperado obstaculiza su funcionamiento
correcto para satisfacer las necesidades del Trogoautoegócrata cósmico
común— se adapta de tal suerte que sus resultados puedan fusionarse
conforme a la armonía de ese muy grande proceso cósmico.
Esa sociedad de seres hombres, como ya te lo dije, apareció hace cuatro
o cinco siglos en el continente de Asia, en una ciudad existente entonces
con el nombre de «Mossulópolis».
Ella se constituyó en las circunstancias siguientes:
Los procesos en cuestión eran precisamente en ese período más
frecuentes que nunca en ese continente.
Algunos se desarrollaban entre diferentes comunidades, otros dentro de
esas mismas comunidades. Estos últimos recibieron más tarde el nombre de
«guerras civiles».
Una de las principales causas de esos terribles procesos que se
producían en el continente de Asia, ya entre diferentes comunidades, ya
dentro de las comunidades mismas, fue una religión aun muy reciente,
edificada de manera fantástica sobre la enseñanza de un verdadero Enviado
de Nuestra Eternidad, San Mahoma.
La sociedad de que te hablo se constituyó por iniciativa de los
miembros de una cofradía que existía entonces en el Asia Central con el
nombre de «Colegio de los Iluminados».
Debes saber que en aquellos días esos hermanos eran objeto de una gran
veneración por parte de los seres tricerebrados de casi todo tu planeta,
quienes hasta daban a veces a esa cofradía el nombre de «Colegio de todos
los santos vivientes de la Tierra».
Esa cofradía de seres terrestres había sido fundada mucho tiempo atrás
por seres que habían observado en sí mismos las consecuencias de las
propiedades del órgano Kundabuffer, y se habían agrupado para trabajar
juntos a fin de liberarse de ellas.
Pero, cuando esos terribles procesos de destrucción recíproca llegaron a
ser demasiado frecuentes en el continente de Asia, algunos miembros de la
cofradía, encabezados por el venerable Hermano Olmantabur, resolvieron
por primera vez examinar si no sería posible obtener de alguna manera, si
no la supresión total de ese terrible fenómeno, al menos la disminución de
una calamidad tan patente.
Consagrándose de allí en adelante a poner en práctica su decisión,
visitaron diversos países del continente de Asia y, predicando por todas
partes de manera conmovedora sobre el crimen y el pecado monstruoso que
representaban tales actuaciones, llevaron así a numerosas personas a
compartir sus convicciones.
El resultado de su labor imparcial y realmente humanitaria fue la
fundación en la ciudad de Mossulópolis de la grande y seria sociedad de
seres hombres llamada: «La Tierra pertenece al Creador Común, ella es
igualmente libre para todas Sus criaturas».
Desde el comienzo, los miembros de esa sociedad realizaron muchas
cosas que no habían podido ser realizadas anteriormente por ningún ser
terrestre y que nunca lo fueron en lo sucesivo.
Y fueron capaces de hacerlo porque, desde el comienzo, el programa
había sido compuesto muy juiciosamente desde el punto de vista de sus
posibilidades de realización en las condiciones existentes.
Ese programa básico comprendía una acción progresiva que debía llevar
a los resultados siguientes: primero, la institución de una religión común
para todos los seres del continente de Asia, que ellos se proponían edificar
sobre la enseñanza de la secta de los «Parsis», un poco retocada; segundo,
la elección de una lengua común, que hubiera sido el «Turcomano», la más
antigua del continente, cuyas raíces habían servido para la formación de
numerosas lenguas asiáticas.
Por otra parte, entraba en el programa fundamental de esa sociedad
establecer, en el centro de Asia, es decir, en la ciudad de Margelán, capital
de lo que llaman el «Kanato de Fergán», la organización de un gobierno
central único para todos los países de Asia, que llevaría el nombre de
«Concilio de los Mayores», y estaría compuesto de seres honorables
pertenecientes a todas las comunidades del continente.
Como lo indicaba su nombre, ese Concilio debía en efecto componerse
exclusivamente de los seres más ancianos y más respetables, porque, de
acuerdo con su comprensión, en ese planeta, solo tales seres podían
mostrarse justos e imparciales hacia todos sus semejantes, sea cual fuere su
religión o su comunidad.
Desde su fundación en la ciudad de Mossulópolis la sociedad incluía ya
seres de casi todas las comunidades asiáticas.
Entre ellos había «Mongoles», «Árabes», «Kirguises», «Georgianos»,
«Rutenos», «Tamiles» y hasta el representante personal del famoso
conquistador de la época, Tamerlán.
Gracias a su intensa actividad, verdaderamente imparcial y no egoísta,
las continuas «guerras» y «guerras civiles» en el continente de Asia,
comenzaron a disminuir, y se esperaba obtener también muchos otros
resultados satisfactorios.
Pero algo surgió entonces, que provocó la ruina de esa eminente
sociedad de seres hombres.
Todos los sucesos que siguieron se desencadenaron por la influencia de
un filósofo llamado Atarnaj, muy conocido en esa época, y por la teoría que
él expuso en un tratado intitulado: «¿Por qué hay guerras en la Tierra?».
La aparición de ese filósofo trastornó todas las ideas que tenían los
miembros de esa sociedad.
Conozco muy bien su historial porque, durante las investigaciones que
hice acerca de los resultados de la obra del Muy Santo Ashyata Sheyimash,
tuve necesidad de conocer ciertos detalles relativos a la actividad de este
filósofo, así como de él personalmente.
Atarnaj nació en Mossulópolis, en una familia de «kurdos».
Llegado a la edad responsable, se hizo efectivamente un gran sabio, al
menos para el planeta Tierra.
Para comenzar, aquel kurdo Atarnaj, dedicó numerosos años terrestres
al estudio asiduo de toda clase de asuntos que pudieran, según creía él,
aportar una solución a este problema:

«¿Cuál es, en general, el sentido de la existencia del


hombre?».

Y fue en el curso de sus estudios que cayó en sus manos un manuscrito


sumerio, muy antiguo, pero en excelente estado.
Este manuscrito se hallaba en buen estado porque había sido escrito con
la sangre del ser «Chirman» sobre pieles de seres serpientes llamados
«Kaliandyekes».
Según demostraron mis investigaciones, el texto de aquel manuscrito,
escrito por un sabio de la antigüedad, interesó enormemente al filósofo
Atarnaj, y quedó muy particularmente impresionado por un pasaje del
manuscrito en que aquel sabio emitía la hipótesis siguiente:

«Según todas las probabilidades, reina en el Mundo una


ley de sostén recíproco de todo cuanto existe».
«Y evidentemente, nuestra vida también sirve para
sostener algo grande o pequeño en el Mundo».

Aquella idea, expresada en el antiguo manuscrito, cautivó hasta tal punto al


filósofo Atarnaj que desde ese momento, se dedicó fervorosamente al
estudio de ese solo aspecto del asunto que le interesaba.
Fue esta idea la que sirvió de base a toda una teoría verosímil que él
expuso, después de varios años de investigaciones y verificaciones
experimentales minuciosas de sus propias conclusiones, en su obra titulada:
«¿Por qué hay guerras en la Tierra?».
Yo también tomé conocimiento de esa teoría.
Ella estaba verdaderamente cerca de la realidad.
Todas las hipótesis del kurdo Atarnaj eran muy similares a la esencia
misma del gran proceso cósmico fundamental del Trogoautoegócrata
universal, que te expliqué de manera bastante detallada al hablarte del Santo
Planeta del Purgatorio.
En su teoría, el filósofo Atarnaj establecía de manera formal que en el
mundo reina, sin duda alguna, una ley de «sostén recíproco de todo cuanto
existe», que a ese sostén recíproco contribuyen ciertas sustancias químicas,
con cuya ayuda se efectúa el proceso de espiritualización de los seres, es
decir, la «vida», y que esas sustancias químicas no sirven para el sostén de
todo cuanto existe, sino en el momento en que la vida de un ser cesa, dicho
de otro modo, cuando muere.
Con la ayuda de numerosas confrontaciones lógicas, él demostraba de
manera positiva que en ciertos períodos debía absolutamente producirse en
la Tierra un número riguroso de muertes, cuyo conjunto emitiera
vibraciones de una potencia determinada.
Un día, durante una asamblea general de los seres miembros de la
susodicha sociedad, ese ser terrestre poco común, que participaba en la
asamblea en calidad de representante elegido por toda la población del país
llamado «Kurdistán», expuso en detalle su teoría con tanta elocuencia que
ésta acabó por suscitar en los miembros de la sociedad gran agitación y gran
confusión.
Esta teoría los sorprendió hasta tal punto que primero se extendió entre
ellos un «silencio sepulcral»; pasmados de estupor, ni uno solo podía hacer
el más mínimo gesto. Permanecieron así durante un rato bastante largo,
luego al silencio siguió de repente un tumulto ensordecedor, como si la vida
de cada uno de ellos dependiera de su grado de excitación y del ardor con
que lo expresaba.
En conclusión, decidieron por unanimidad, avanzada la noche, elegir
entre ellos a varios seres sabios y encargarlos de estudiar conjuntamente los
detalles de esa teoría que les había impresionado tan fuertemente, para
después presentar un informe a la asamblea general.
A partir del día siguiente, los miembros sabios elegidos por la sociedad
«La Tierra pertenece al Creador Común, ella es igualmente libre para todas
Sus criaturas», comenzaron a familiarizarse con las teorías de Atarnaj.
Pero, para desgracia de todos los seres terrestres tricerebrados de los
tiempos futuros, ocurrió que, aun cuando la mayoría de los miembros
elegidos eran, también ellos, seres ancianos, en quienes las funciones
funestas que vuelven el ser de tus favoritos «celoso» y «codicioso» ya
estaban casi atrofiadas, sin embargo algunos de ellos, por diversas razones
—y particularmente por la manera en que se los había educado en su
infancia— no habían adquirido todavía suficiente experiencia para
convencerse del carácter irrealizable de sus ensueños dictados por su
educación anormal, y por lo tanto no estaban todavía suficientemente
desilusionados como para manifestarse totalmente justos e imparciales.
A medida que se familiarizaban con los detalles de esa asombrosa
teoría, caían en un estado típico, particular de los seres terrestres, en el que
olvidaban las hipótesis notables que les habían asombrado; desde entonces,
al volver gradualmente tal como es característico de los seres tricerebrados
de allá, a sus concepciones anteriores puramente subjetivas, y por
consiguiente siempre cambiantes, se dividieron inmediatamente en dos
facciones antagónicas.
Unos se pusieron con convicción, y sin ninguna lógica crítica, a hacer
de todas las suposiciones contenidas en esa teoría, simples artículos de fe;
otros, tal como es característico de la mayoría de los «sabios» terrestres, a
discutir y a probar todo lo contrario de esas hipótesis, para volverse, a fin de
cuentas, no solamente enemigos de la teoría de Atarnaj sino contra él
mismo.
Pues, querido nieto, esos sabios elegidos para estudiar en detalle esa
teoría, en lugar de ayudar a los otros miembros de la asamblea a salir de su
desconcierto y de su agitación y a unificar sus disputas entre ellos,
introdujeron aún mayor confusión en sus ideas; y gradualmente en la
presencia común de los diferentes miembros de esa sociedad, comenzaron a
surgir automáticamente datos que suscitaban dos convicciones
completamente opuestas.
La primera de esas convicciones era que todo sucedía verdaderamente
como lo exponía la teoría del filósofo Atarnaj, es decir, que las «guerras» y
las «guerras civiles» respondían en la Tierra a una necesidad periódica,
independiente de toda intención personal de los hombres.
En cuanto a la segunda era la que todos los miembros de la sociedad
habían compartido previamente, según la cual, si lograban llevar a cabo su
programa, sería posible destruir hasta la raíz misma ese mal que reinaba en
su planeta, después de lo cual, todo volvería a ponerse en orden.
A partir de ese momento estallaron discusiones, conflictos y peleas
entre los miembros de la sociedad y, una vez más sucedió lo que desde
hacía tiempo se les había hecho habitual, como ya te lo dije: esas peleas y
esos conflictos se extendieron muy pronto a los seres ordinarios de allá, es
decir, a los demás habitantes de la ciudad de Mossulópolis, provocando la
excitación de su anormal psiquismo.
No sé cómo habría terminado todo eso, si los hermanos del «Colegio de
los Iluminados» no hubieran llegado y no se hubiesen metido en el asunto.
Bajo su influencia todos los miembros de esa seria sociedad se
apaciguaron poco a poco; recobraron su calma y su gravedad para
reflexionar y luego deliberar acerca de lo que era necesario hacer en el
futuro.
Esas reflexiones y deliberaciones los llevaron a elegir por unanimidad al
kurdo Atarnaj como jefe, rogándole que les ayudara a salir de esa ardua
situación.
Después de varias reuniones dirigidas por el filósofo Atarnaj, se llegó,
por acuerdo unánime, a las conclusiones categóricas siguientes:
Según las leyes de la Naturaleza, las «guerras» y las «guerras civiles»
responden siempre, en la Tierra, a una necesidad periódica, sin ninguna
intervención de la voluntad de los hombres; y esto porque la Naturaleza, en
ciertos períodos, exige una gran cantidad de muertos.
Estamos pues obligados todos a reconocer, con una gran tristeza y una
inevitable resignación interior, que ninguna decisión de la razón humana
podría impedir que la sangre sea vertida entre las naciones y en el seno
mismo de las naciones. A causa de esto decidimos por unanimidad liquidar
nuestros asuntos corrientes así como toda la obra de nuestra sociedad y,
contra nuestro deseo, dispersarnos para volver a nuestros hogares y llevar
de nuevo el «fardo de la vida cotidiana».
Y fue solo después de tomada esta resolución categórica, cuando todos
los miembros de esta verdaderamente seria sociedad decidieron comenzar
ese mismo día a liquidar todos sus asuntos, que Atarnaj, aunque
considerado por ellos como un verdadero sabio, no por eso dejaba de ser un
kurdo orgulloso y lleno de amor propio, subió al estrado y dijo:
«Mis honorables colegas:»
«Me apena sinceramente haber sido la causa involuntaria de la
disolución de nuestra gran empresa filantrópica, a la que ustedes han
consagrado, ustedes los más honorables y los más inteligentes de los
hombres de todos los países, más esfuerzos imparciales y no egoístas de los
que nadie, en la Tierra, jamás ha hecho ni jamás será capaz de hacer para
los demás, es decir, para seres totalmente desconocidos e indiferentes».
«Durante varios años, ustedes han trabajado sin tregua con el fin de
obtener para la masa el bien más esencial y he aquí que mi teoría en la que
también he trabajado durante muchos años en beneficio de hombres que me
eran extraños, reduce a nada la infatigable labor y las generosas
aspiraciones de ustedes».
«La conciencia de ser culpable de todos los malentendidos que se
producen entre ustedes me restó toda tranquilidad estos últimos días y no he
dejado de reflexionar y de preguntarme si habría un medio de reparar mi
falta involuntaria».
«Ahora, mis sabios colegas, elegidos de todos los países de la Tierra,
deseo participarles la conclusión definitiva a que me llevaron mis
reflexiones».
«Si las leyes universales que he descubierto obstaculizan los medios con
los que ustedes cuentan para proporcionar a los hombres cierta felicidad,
estas mismas leyes, por extraño que eso pueda parecerles a primera vista,
pueden, a condición de utilizarlas de otra manera, permitir lograr la meta
que nos hemos propuesto».
He aquí lo que debemos hacer:
«Los resultados de todas mis investigaciones demuestran claramente
que la Naturaleza exige en la tierra, en ciertos períodos, un número definido
de muertes, pero he logrado, por otra parte, poner en evidencia que, para las
necesidades de la Naturaleza, poco importa cuáles sean esas muertes, las de
los hombres o las de otras formas de vida».
«De esto se deduce que, si el total de muertes que requiere la Naturaleza
se alcanza por medio de cierta cantidad de muertes de otras formas de vida,
entonces la cantidad requerida de muertes de hombres disminuirá
evidentemente en proporción».
«Y será posible alcanzar esto, si todos los miembros de nuestra sociedad
continúan trabajando con la misma intensidad, no solo con el fin de realizar
nuestro primer programa, sino con el fin de hacer revivir en la Tierra, en
mayor escala que antes, la antigua costumbre de ofrecer sacrificios a los
dioses y a los santos con la destrucción de otras formas de vida».

Cuando ese kurdo orgulloso terminó su discurso, los miembros de la


sociedad se quedaron no menos estupefactos y trastornados que el día en
que expuso su famosa teoría.
Durante los tres días y las tres noches que siguieron a ese memorable
discurso no se separaron y los salones puestos a la disposición de esa
sociedad de seres hombres del planeta entero por los ciudadanos de
Mossulópolis retumbaron con el alboroto ininterrumpido de sus discusiones
y deliberaciones. Para terminar, el cuarto día, se efectuó una asamblea
general en el curso de la cual tomaron por unanimidad la resolución de
actuar en lo sucesivo como indicara el gran filósofo kurdo Atarnaj.
Ese mismo día fue cambiado el nombre de la sociedad. Sus miembros
adoptaron por divisa: «La Tierra no es sino para Los Hombres».
Varios días más tarde, salieron de la ciudad de Mossulópolis con destino
a sus países respectivos, donde, bajo las instrucciones generales del filósofo
Atarnaj, tomaron todas las medidas que permitieran reanimar e implantar de
nuevo en los hombres que poblaban el continente de Asia, la idea de
«hacerse agradable» a sus dioses y a sus ídolos matando seres de formas
diversas.
Y de hecho, apenas pasaron a la realización práctica de su nuevo
programa, la costumbre de ofrecer sacrificios a sus «santos» imaginarios,
con la destrucción de la existencia de diversos seres unicerebrados y
bicerebrados débiles o estúpidos, se restableció pronto en todo el continente
de Asia.
Los miembros de la nueva sociedad «La Tierra es solo para los
hombres» realizaron su tarea, desde el comienzo, por intermedio del
«clero» de la religión fundada en la enseñanza de San Mahoma,
ampliamente difundida en aquel entonces en todo el continente de Asia.
Esta vez, la costumbre adquirió una amplitud que no había alcanzado en
la oportunidad en que descendí allá, por requerimiento del Ángel Luisós,
para hacerla desaparecer de entre los seres tricerebrados. Como te lo dije
ya, Su Conformidad había entonces considerado esta costumbre indeseable
desde el punto de vista de los fenómenos cósmicos de mayor envergadura,
por el hecho de que el número de tus favoritos había aumentado mucho, y
con ello el número de los que deseaban «complacer» a sus ídolos
fantásticos.
La destrucción de la existencia de otras formas de seres fue reiniciada y
no solamente de manera privada, en las familias, sino incluso públicamente,
en lugares reservados.
Esos lugares estaban esta vez asociados en su mayoría con el recuerdo
de San Mahoma o de sus compañeros.
El número de víctimas aumentaba día a día, tanto es así, que cien años
después de aparecer la sociedad «La Tierra es solo para los hombres», se
destruía al año, en un solo lugar, hasta cien mil de aquellos seres llamados
«bueyes», «ovejas», «camellos», etc., que ya sacrificaban en épocas
anteriores.
En el curso de los últimos dos siglos, los lugares que con preferencia
honraban así, fueron, entre otros, las ciudades de la Meca y de Medina en
Arabia, la de Meshed en la región de Bagdad y las cercanías de Yenikishlak
en el Turquestán.
Resumiendo, en el continente de Asia, la «sangre volvió a correr a
raudales».
Las ofrendas de sacrificios se multiplicaban durante las fiestas
musulmanas de «Bairam» y de «Gurbane», y también durante las fiestas
cristianas existentes allá con el nombre de «Cuaresma», «Día de San Jorge»
y otras.
En verdad, querido nieto, cuando esa anomalía fue implantada
nuevamente en los seres tricerebrados de allá, gracias a los tremendos
esfuerzos de los miembros de la sociedad «La Tierra es solo para los
hombres», sus terribles procesos de destrucción mutua se hicieron, en
efecto, más raros y se desarrollaron dentro de límites más estrechos; pero la
mortalidad de los seres tricerebrados no disminuyó por eso; por el contrario,
se acrecentó a causa de la alteración gradual y continua de su existencia y
de la baja consecutiva de la calidad de las vibraciones que emanaban de su
presencia para las necesidades de la Naturaleza, lo que produjo en ellos, por
una parte, la disminución de la duración de la existencia, por otra parte, el
aumento de lo que ellos llaman la «natalidad».
Y así fue hasta que cierto Assadulaj Ibrahim Oglé, célebre derviche
persa, que vio la luz y se convirtió en un ser responsable en el mismo
continente, hubo impuesto a todo eso una dirección diferente.
El comienzo de la actividad del derviche Assadulaj Ibrahim Oglé data
apenas de unos treinta o cuarenta años.
Siendo simple fanático de la religión musulmana y no poseyendo los
conocimientos serios y profundos del kurdo Atarnaj, no percibió, en el
hecho de ofrecer sacrificios, más que la horrible injusticia de los hombres
hacia los seres de otras formas y se fijó como meta de su existencia, costara
lo que costara, llegar a destruir en la Tierra esta costumbre que él
consideraba antirreligiosa.
Desde entonces viajó por el continente de Asia, sobre todo por los
países en que la mayoría de los seres tricerebrados pertenecían a la religión
musulmana. Actuó principalmente por intermedio de otros derviches, que se
encontraban entonces en casi todas las comunidades del continente de Asia.
Este ingenioso y enérgico Persa, el derviche Assadulaj Ibrahim Oglé,
consiguió persuadir a los derviches en todas partes, con gran habilidad, de
la «veracidad» de su idea; estos, a su vez, convencieron a los seres
ordinarios de todo el continente de Asia que la destrucción de seres de otras
formas no solamente no era agradable a Dios, sino que los destructores
habrían de sufrir un doble castigo en el otro mundo, en el infierno: uno, por
sus propios «pecados» y otro, por los «pecados» de los seres que habían
destruido, y así sucesivamente.
Gracias a esas prédicas sobre el «otro mundo», hechas por derviches
considerados como autoridades en la materia, los seres de Asia
disminuyeron gradualmente el número de sus sacrificios.
El resultado de toda la actividad de este «generoso derviche persa» fue
el último gran proceso de destrucción recíproca o, como dicen tus favoritos,
la «Guerra Mundial».
Pues bien, querido niño, aun cuando el eminente sabio kurdo Atarnaj,
por las hipótesis que adelantaba en su teoría, se había acercado bastante a la
realidad, sin embargo no había comprendido lo más importante, es decir,
que las vibraciones requeridas por la Gran Naturaleza y constituidas por las
emanaciones de los seres, tanto en el curso de su existencia como durante el
proceso del Raskuarno, tienen una significación no tanto por su cantidad
como por su calidad.
Posiblemente, el kurdo Atarnaj, siendo un ser terrestre poco común, lo
habría comprendido, si hubiese conocido los detalles de los resultados
obtenidos cuando habían sido más o menos establecidas, en este planeta, las
condiciones de existencia eseral especialmente creadas para los seres
tricerebrados, gracias a la Muy Santa Labor del «Amante de la Esencia», el
Muy Santo Ashyata Sheyimash.
Durante dicho período, no solo disminuyó su «mortalidad», sino que
sucedió lo mismo con su «natalidad».
Y esto porque, al existir entonces estos seres terrestres más o menos
como conviene a unos seres tricentrados, sus emanaciones daban
vibraciones más próximas a las que exigía la Gran Naturaleza para el Muy
Grande Trogoautoegócrata cósmico general y más particularmente para el
sostén de la Luna y de Anulios. Desde entonces, la Gran Naturaleza no dejó
de adaptarse, disminuyendo la natalidad tanto más cuanto que, para el
período que seguiría, la necesidad de las vibraciones destinadas a sostener
la existencia del planeta Luna iba también a disminuir.
Entre los diversos aspectos de esta cuestión fundamental, aquel que
atañe al sentido y a la meta de la existencia de tus favoritos es de tal
importancia y permite comprender tan bien una cantidad de cosas que
ocurren en la Tierra, entre otras, todo lo que concierne a las causas mismas
de la guerra, que es necesario volver a ello una vez más.
¿Recuerdas? Durante la conversación personal que me fue dado tener
con Su Conformidad el Ángel Luisós, hoy Arcángel, me enteré de cómo es
que los seres tricerebrados de este planeta tienen por principal destino el
elaborar —por el proceso mismo de su existencia— las vibraciones
requeridas por la Naturaleza para sostener esos antiguos fragmentos de su
planeta llamados hoy «Luna» y «Anulios».
Su Conformidad me dijo entonces que los dos antiguos fragmentos de la
Tierra habían tomado definitivamente su posición regular en el movimiento
de armonía general, y que toda aprensión de cualquier sorpresa, de allí en
adelante, había desaparecido, pero que, para evitar toda complicación
eventual en un futuro lejano, había sido decidido por unos Muy Altos y
Muy Santos Individuums realizar en la Tierra las medidas necesarias para la
formación de lo que llaman «Askokin», de modo que esta sustancia cósmica
sagrada, indispensable para el sostén de la Luna y de Anulios, pudiera ser
producida en forma continua por tu planeta.
Su Conformidad me explicó además que esa sustancia cósmica sagrada
Askokin se fusiona en general en el Universo con las sustancias sagradas
«Abrustdonis» y «Jelkdonis», y que por consiguiente, para tener el grado de
vivificación necesario para esa función de sostén, la sustancia sagrada
Askokin debe liberarse primero de las otras dos.
En verdad, querido nieto, no comprendí en el mismo momento todo lo
que él me dijo; se me hizo claro solo más tarde, cuando llegué a saber, en el
curso de mis estudios sobre las leyes cósmicas fundamentales, que
precisamente son las sustancias Abrustdonis y Jelkdonis las que sirven para
la formación y el perfeccionamiento de los cuerpos eserales superiores en
los seres tricerebrados —es decir, el «cuerpo Kessdyan» y el «cuerpo del
Alma»— y que la separación del Askokin sagrado de las otras dos
sustancias se produce en general cuando, en cualquier planeta que sea, los
seres las transmutan en sí mismos por sus esfuerzos conscientes y su
sufrimiento voluntario, para la formación y el perfeccionamiento de sus
cuerpos superiores.
Y cuando me interesé en tus favoritos y comencé a observar y a estudiar
su extraño psiquismo, comprendí con qué fin tanto la Gran Naturaleza,
como los más Altos y los más Santos Individuums se adaptan siempre
pacientemente a todas las cosas. Respecto a esto, se formó en mí la
siguiente opinión:
Si tan solo tus favoritos hubiesen reflexionado bien sobre esto y se
hubieran esforzado con toda honradez en servir a la Naturaleza en ese
sentido, entonces quizá su perfeccionamiento eseral habría podido
efectuarse de manera automática, casi sin participación de su consciente; en
todo caso, la pobre Naturaleza de su desafortunado planeta no habría sido
forzada a sufrir a fin de adaptarse y salvaguardar así la armonía cósmica
común.
Más, para desgracia de todo cuanto existe en el Megalocosmos, tus
favoritos no ponen la más mínima honradez en cumplir sus deberes para
con la Naturaleza, a la cual, sin embargo, son deudores, estrictamente
hablando, de su existencia misma.
A propósito de esa ausencia de honradez en tus favoritos con respecto al
cumplimiento de sus deberes para con la Naturaleza, acabo de recordar una
muy sabia sentencia de nuestro incomparable Maestro Mulaj Nassr Eddín,
sentencia cuyo sentido oculto encuentra una justificación en el presente
caso:

«La peste y el cólera son, a pesar de todo, más nobles que


la honradez humana, pues con ellos, al menos, los hombres
que tienen una conciencia moral pueden vivir todavía en
paz».

Pero, mi querido Jassín, cuando se hizo claro que había desaparecido


completamente del psiquismo de tus favoritos la necesidad instintiva de
hacer esfuerzos conscientes y de sufrir voluntariamente para percibir y
transmutar en sí las sustancias sagradas Abrustdonis y Jelkdonis —
liberando así los Askokines sagrados para el sostén de la Luna y de Anulios
— la Gran Naturaleza misma se vio obligada a adaptarse para extraer esta
sustancia sagrada por otros medios, entre los cuales se encontraba
precisamente el terrible proceso periódico de destrucción recíproca.
Para que puedas tener una apreciación justa de tus favoritos
contemporáneos, creo oportuno recordarte que una vez eliminada en los
seres tricerebrados de tu planeta la acción del órgano Kundabuffer,
aprendieron muy pronto, desde las primeras generaciones, que cierta
sustancia cósmica debía transformarse a través de ellos, y que ayudar a esta
transformación constituía una de sus más importantes obligaciones eserales.
Te he dicho, ¿recuerdas?, que los seres tricerebrados del continente
Atlántida hasta consideraban esta obligación eseral como sagrada y la
llamaban «Amarlúss» que significaba en su lengua «Ayuda para la Luna».
En esa época, es decir, en el curso del período llamado «civilización
Samliosiana», observaban escrupulosamente ciertas costumbres que habían
inventado y que les permitían cumplir esos deberes eserales de la manera
más eficaz.
Estos seres habían concebido incluso un medio muy sabio y muy
práctico de cumplir estas dos obligaciones eserales —la de perfeccionar sus
cuerpos eserales superiores y la de servir al Muy Grande
Trogoautoegócrata—, reuniéndolas y cumpliéndolas simultáneamente.
Ellos realizaron esta unión de la manera siguiente:
En toda comunidad, y aun en cada barrio de esas comunidades, se
alzaban obligatoriamente tres edificios especiales, muy imponentes.

El primero, destinado a los seres de sexo masculino, era llamado


«Agurojrostini».
El segundo, reservado a los seres de sexo femenino, era llamado
«Ginekojrostini».
Y el tercero, dedicado a los seres considerados como pertenecientes
al «sexo del medio», se designaba con el nombre de
«Anoroparionokima».

Los dos primeros de estos imponentes edificios eran considerados sagrados


por los seres del continente Atlántida. Representaban para ellos lo que, para
los seres contemporáneos de la Tierra son sus «templos», «iglesias»,
«capillas» y otros lugares sagrados.
Cuando descendí por primera vez a ese planeta, visité personalmente, en
el continente Atlántida, algunos de esos edificios y así supe a qué estaban
destinados.
En los templos para hombres, o Agurojrostinis, los seres de sexo
masculino de la comunidad, o del barrio, cumplían, por turno, en un estado
bien definido, llamado «recuerdo de sí», con los «misterios» apropiados.
Los seres del continente Atlántida tenían el concepto categórico de que
los seres de sexo masculino son fuentes de manifestación activa; se
entregaban pues sin descanso en sus Agurojrostinis a una contemplación
activa y consciente, y en ese estado efectuaban los misterios sagrados
correspondientes, a fin de transmutar en ellos las sustancias sagradas
Abrustdonis y Jelkdonis.
Actuaban así deliberadamente y con plena consciencia, a fin de que la
sustancia sagrada que se liberaba entonces en ellos e irradiaba por
intermedio de sus emanaciones, para una vivificación ulterior, se volviera la
parte activa en la ley sagrada que llamaban «Ley de Santa Trinidad».
En los Ginekojrostinis, reservados a los seres de sexo femenino, cada
mujer se encerraba obligatoriamente durante todo el curso de ciertos
períodos, que los seres contemporáneos llaman «menstruaciones». Además,
las mujeres, reconociéndose a sí mismas como seres pasivos, se esforzaban
por mantenerse pasivas, durante todo el tiempo de su aislamiento, a fin de
que la sustancia que irradiaba por intermedio de sus emanaciones sirviera
de parte pasiva en el proceso de la misma ley sagrada, para su vivificación
ulterior.
Así que ellas pasaban su tiempo en el interior de esos Ginekojrostinis,
en un estado de pasividad total, esforzándose conscientemente en no pensar
en nada.
Con ese fin, ellas trataban de no tener ninguna experiencia activa
durante su periodo menstrual y, para que el curso de las asociaciones no les
impidiera concentrarse, todo estaba dispuesto con el propósito de poder
orientar constantemente sus pensamientos hacia el bien de sus hijos
presentes o futuros.
En cuanto a los edificios de la tercera clase que tenían el nombre de
Anoroparionokimas, habían sido construidos, como acabo de decírtelo, para
los seres que pertenecían a lo que llamaban entonces el «sexo del medio».
Nuestro Mulaj Nassr Eddín los habría calificado de «equívocos» o «ni lo
uno, ni lo otro».
Entre los seres pertenecientes al «sexo del medio», unos eran de sexo
masculino, otros de sexo femenino.
Eran seres que, por diversas razones, no tenían más la posibilidad ni de
perfeccionarse ni de servir a la Naturaleza, o como lo dice en una de sus
sentencias nuestro querido Mulaj Nassr Eddín, «No eran ni vela para Ángel,
ni atizador para el diablo».
En esas casas se aislaba durante cierto tiempo a los seres masculinos
que, por una u otra razón, estaban desprovistos de toda posibilidad de
contemplación consciente y a los seres de sexo femenino que nunca tenían
menstruación o en quienes la menstruación se efectuaba de manera anormal
o también a las mujeres que en ciertos periodos se transformaban, en
relación con sus deseos sexuales, en lo que llamaban «Janeomenis» o,
según la expresión de nuestro querido Mulaj, «en verdaderas yeguas a la
llegada de la primavera».
Los seres del continente Atlántida estaban familiarizados entonces con
ciertos síntomas, bien definidos y muy originales, que les permitían
reconocer aquellos seres a fin de aislarlos en los Anoroparionokimas.
Esos síntomas estribaban en las particularidades siguientes:

1. Si un ser creía en cualquier tipo de «absurdo».


2. Si se ponía a demostrar a otros algo que él mismo no
conocía, o que conocía pero de lo cual no estaba seguro.
3. Si faltaba a su palabra de honor o juraba sin necesidad.
4. En fin, si manifestaba una tendencia a «espiar» a los
demás y ocuparse de «Tuk-su-kef».

Pero el síntoma más indiscutible era la aparición en un ser de lo que llaman


«Moyassul», aparición que tus favoritos contemporáneos consideran una
enfermedad, a la que dan el nombre de «hemorroides».
Los que presentaban esos síntomas estaban obligados a residir
permanentemente en esos Anoroparionokimas durante los períodos
indicados por sus allegados. No se les exigía nada y existían como mejor les
parecía. El único propósito era hacerles imposible tener ningún contacto
con seres normales de la región y hasta hablar con ellos.
La razón de su estadía forzada en esos edificios era, según el concepto
de la época, que como resultado de sus diversas «taras», interferían con sus
emanaciones, en ciertos periodos del mes, la existencia tranquila y regular
de los seres a su alrededor.

Así es, querido nieto…


Los seres de los últimos tiempos del continente Atlántida poseían ya
muchas excelentes costumbres que correspondían a una existencia normal.
En cuanto a tus favoritos contemporáneos, no se puede sino compadecerlos
por el hecho de que la segunda catástrofe sufrida por tu desafortunado
planeta engulló a este continente con todo cuanto contenía, haciendo
desaparecer, al mismo tiempo, todas las buenas costumbres que, en el curso
de largos siglos, habían penetrado, poco a poco, en el proceso de su
existencia ordinaria.
Mucho tiempo después del desastre del continente Atlántida, una de
estas costumbres estuvo, sin embargo, a punto de ser restablecida: la de
utilizar, en el proceso de existencia ordinaria, edificios análogos a aquellos
de los que acabo de hablarte.
La necesidad de estos edificios fue comprendida nuevamente por un rey
hebreo muy sensato, llamado Salomón, que también decidió que se
fundaran.
El tipo de edificio especial que decidió construir este rey hebreo pleno
de sabiduría, y que subsistió largo tiempo después de él, fue llamado «Tak-
tchan-nan» por sus súbditos.
Se asemejaba a los Ginekojrostinis del continente Atlántida. Al igual
que estos últimos, estaba destinado a los seres de sexo femenino, que
debían permanecer ahí durante todo el periodo de su menstruación.
El rey Salomón se apresuró a establecer esta costumbre, durante su
sabio reinado, por haber comprobado con frecuencia que, en el estado de
menstruación, el carácter de los seres de sexo femenino se hacía, para
quienes los rodeaban, especialmente para sus maridos, absolutamente
intolerable y hasta perjudicial, desde un punto de vista psicoorgánico, en lo
que se refiere a su conducta inconsecuente hacia los demás; y decidió
promulgar sin demora una severa ley para sus súbditos, instituyendo en
cada comunidad la construcción obligatoria de edificios especiales en los
que serían encerrados los seres de sexo femenino mientras durara todo este
estado.
Incluso me fue dado leer el texto de la ley que él había promulgado.
Esta ley decretaba, entre otras cosas, que mientras durara el periodo de
su menstruación, las mujeres eran impuras, en el sentido sagrado de la
palabra y que, para los demás y en particular para sus maridos, era no
solamente un gran pecado tocarlas sino hasta un crimen contra la ley
sagrada hablar con ellas durante este tiempo.
En sus maridos o, en general, en los hombres que se les acercan o que
hablan con ellas durante este periodo, penetra una fuerza impura o espíritu
maligno. Y, por consiguiente, entre los hombres, en las relaciones cotidianas
o en los negocios, solo hay malentendidos, peleas y enemistad.
Esta última tesis del Gran Sabio Terrestre que era el rey Salomón
representa todavía en nuestros días una verdad indiscutible.
En efecto, esta es una de las muchas razones por las cuales la existencia
ordinaria de los seres de tu planeta se ha convertido en la actualidad, en
algo extremadamente sin sentido.
En los seres Terrestres contemporáneos de sexo femenino se refuerza
también, durante este periodo, la propiedad específica adquirida en el curso
de los últimos siglos a la cual llaman «histeria». Mientras dura este estado,
las mujeres reducen a los seres que las rodean, sobre todo a sus maridos, a
la situación de unos desdichados a quienes nuestro gran Mulaj Nassr Eddín
hace alusión cuando dice:

«El propósito de su existencia es ser presa de las


sanguijuelas».

De hecho es solo porque los seres contemporáneos de sexo femenino


pueden moverse libremente durante sus menstruaciones que muchos seres
contemporáneos de sexo masculino jamás pueden tener relaciones buenas y
amistosas entre sí, lo que hace muy a menudo de ellos verdaderos
blasfemos «arrepentidos a destiempo».
Esta beneficiosa costumbre instituida por el sabio Rey Salomón
subsistió por mucho tiempo entre los hebreos y, por cierto, se habría
propagado por toda la Tierra, de no haber existido allá cierta propiedad
específica de la que ya te hablé.
Pues bien, cuando este pueblo a su vez cayó de su grandeza, como
sucede siempre allá, los seres de las otras comunidades que en la época de
su gloria y de su poderío ya lo odiaban, incitados por ese impulso de celos y
envidia que se ha vuelto inherente en tus favoritos con respecto a todo lo
que les es superior, no solamente los despreciaron y los persiguieron en
seguida, sino que englobaron, por supuesto, en su desprecio, todas las
excelentes costumbres que había adquirido este pueblo hasta entonces.
Y al caer este pueblo hebreo bajo la influencia de otras comunidades
que se habían hecho fuertes, se puso a seguir el ejemplo de ellas, en virtud
de una propiedad característica de la que ya te he hablado suficientemente,
de modo que lejos de propagarse esta buena costumbre, fue despreciada y,
finalmente, olvidada por sus mismos fundadores.
Hoy, esta costumbre ha sobrevivido, solo entre los seres de una pequeña
comunidad de las montañas del Cáucaso, conocidos con el nombre de
«Jevsures»; aquellos Jevsures cuya existencia no deja dormir en paz a los
sabios terrestres, a causa del problema que plantea su origen.
En cuanto a este hábito que han adquirido tus favoritos, de destruir las
buenas costumbres ya establecidas en su planeta gracias a los esfuerzos de
sus antepasados, nos vemos una vez más en la obligación de expresar
nuestras condolencias a la pobre Naturaleza que, sin cesar, debe adaptarse y
readaptarse a todo.
Para comentar ese infortunio que pesa sobre la Naturaleza de ellos,
nuestro muy querido Maestro, el incomparable Mulaj Nassr Eddín, tiene
algunas sentencias más, muy sabias.
Él diría, por ejemplo, en semejante caso:

«Si no tienes suerte en la vida, pescarás una enfermedad


venérea ¡hasta con tu madrina!»

O también dice:

«¡Ah!, ¡pobre amigo mío! Mientras te traía al mundo, tu


madre debía de estar cantando una balada armenia».

En tales ocasiones, el intérprete de la sabiduría popular rusa, Kusma


Prutkoff, tiene, también él, una buena fórmula:
«El más desafortunado de todos nosotros es sin duda la piña: ¡todos los
Makar tropiezan con ella!».
Lo repito, la desafortunada Naturaleza del planeta Tierra debe,
continuamente y sin descanso, adaptarse a manifestarse «de otra manera»,
siempre «de otra manera», a fin de mantenerse dentro de la armonía
cósmica común.

Para que te representes y comprendas mejor de qué manera se adapta la


desafortunada Naturaleza con miras a obtener el «equilibrio de las
vibraciones» exigido a ese planeta para la armonía cósmica común, me
bastará hablarte de un hecho que se produce allá en este momento, a
continuación del proceso que ellos han llamado «Guerra Mundial».
En el curso de este proceso, sucedió, probablemente debido a que los
seres Alemanes habían inventado el llamado «gas venenoso» y los seres
Ingleses las llamadas «ametralladoras especiales de tiro rápido», que el
número de Raskuarnos, o muertes, no previstas por la Naturaleza,
sobrepasó esta vez en mucho los límites de lo necesario; en otras palabras,
para hablar como esos candidatos Hasnamusses que son los hombres de
negocios contemporáneos, hubo «superproducción» de muertes de seres
tricerebrados.
De modo que la Naturaleza de nuevo tuvo que tomarse mucha molestia
o, como dicen, «sudar sangre y agua» a fin de corregir esa imprevisión y
adaptarse una vez más de la manera requerida.

Esta vez, como pude cerciorarme en el curso de mi última estadía allá, y


tal como me fue confirmado más tarde por un heterograma, la Naturaleza
está acrecentando evidentemente la natalidad de seres de otras formas, con
miras a los tiempos futuros.
Yo mismo noté que en las ciudades de Petrogrado y Tiflis, situadas en la
gran comunidad de Rusia —donde perecieron, durante la Guerra Mundial,
más seres que en cualquier otra comunidad— unos cuadrúpedos llamados
«lobos», cuadrúpedos que nunca se encuentran en regiones habitadas y que
detestan a los hombres, ya corrían por las calles.
En cuanto a la información comunicada por heterograma, precisaba que
en la gran comunidad de Rusia la natalidad de los seres roedores llamados
«ratones» y «ratas» había aumentado en tales proporciones que ya habían
devorado casi todas las reservas de víveres de los seres de esta comunidad.
Aquel heterograma anunciaba además que los detentadores de poder de
la comunidad de Rusia habían apelado a los seres de otra comunidad
europea para que emprendieran la destrucción de la existencia de estas
pequeñas criaturas cuyo número se había multiplicado entre ellos. A
cambio, prometían darles tanto dinero como quisieran.
Una reducción temporal del número de estas pobres ratas y ratones
podría, sin lugar a dudas, obtenerse por los diversos medios de que
disponen estos especialistas para la destrucción de la existencia, pero jamás
consentirán en emprenderla gratuitamente; y en cuanto a darles ese dinero,
los seres de rusia, a pesar de sus promesas, no estarán, por supuesto, en
capacidad de hacerlo, dado que eso podría costarles mucho más caro que su
última guerra.
Y en cuanto a sacar dinero de las fuentes de donde ellos lo habían
tomado a más no poder durante este gran proceso… como dice nuestro
querido Mulaj Nassr Eddín: «¡No me hagas reír!… Hasta un asno puede
entender que en tiempos de paz la carne de mujik no vale nada».
Dicho esto, Belcebú se calló. Mirando en silencio a su nieto, parecía
esperar algo de él. Éste, como si hablase consigo mismo, dijo con tono
triste, casi desesperado:
¿Cómo terminará todo esto? ¿No habrá realmente salida alguna?
¿Es posible que las desdichadas almas que se forman en este
desafortunado planeta permanezcan eternamente en un estado de no
perfección? ¿Es posible que tengan que revestirse sin cesar de formas
planetarias variadas y languidecer, por los siglos de los siglos, a causa de las
malditas consecuencias de las propiedades del órgano Kundabuffer,
implantado en el cuerpo planetario de los primeros seres tricentrados de la
tierra, por razones que les eran completamente extrañas?
¿Dónde está ese pilar sobre el cual se supone que reposa todo nuestro
Megalocosmos, y que lleva el nombre de Justicia?…
¡No!… ¡Eso no puede ser!… Algo falso hay allí, pues, desde mi venida
al mundo, ni una sola vez se ha insinuado la menor duda en mí en cuanto a
la existencia de la Justicia objetiva.
Es absolutamente necesario ver claro y comprender… ¿Por qué?… ¿Por
qué?…
«En todo caso, la meta de mi existencia será, de ahora en adelante,
comprender claramente por qué las almas que aparecen en estos seres
terrestres tricerebrados se encuentran en semejante situación de un horror
sin precedente…»
Y el pobre Jassín, abrumado, bajó la cabeza y se quedó pensativo.
Belcebú lo contempló con una extraña mirada, extraña, porque dejaba
transparentar su amor por Jassín y porque, al mismo tiempo, en ella podía
sentirse lo feliz que estaba de que su nieto experimentara aquella tristeza.
El silencio se prolongó durante un tiempo bastante largo. Luego
Belcebú suspiró profundamente, con un suspiro como venido del fondo de
su ser y, volviéndose hacia su nieto, le dirigió las siguientes palabras:
Sí, mi querido Jassín.
En eso hay, por cierto, algo que no es justo.
Pero si nada se ha podido hacer para los seres de este planeta por aquel
que posee ahora la Razón del «Podkulad sagrado» y quien es uno de los
primeros asistentes de Nuestra Eternidad en la administración del Mundo, el
Muy Santo Ashyata Sheyimash, si él no ha podido hacer nada, ¿qué
podemos esperar nosotros, cuya Razón apenas sobrepasa la de los seres
ordinarios?
Recuerda que en sus reflexiones recogidas con el título «Horror de la
Situación», el Muy Santo Ashyata Sheyimash decía:

«Si todavía es posible salvar a los seres de la Tierra, solo el


Tiempo podrá hacerlo».

En cuanto a nosotros, no podemos sino repetir esas palabras a propósito de


la terrible particularidad de la cual acabamos de hablar, es decir, su proceso
periódico de destrucción mutua.
«Todo lo que podemos decir, por el momento, es que si esa
particularidad de los seres terrestres debe desaparecer de este desafortunado
planeta, no se hará sino con la ayuda del Tiempo, ya sea bajo la dirección
de un Ser de una altísima Razón, ya sea gracias a ciertos acontecimientos
cósmicos excepcionales».
Con estas palabras, Belcebú volvió a mirar a Jassín, fijamente, con la
misma extraña mirada.
Capítulo 44
Según Belcebú, el concepto
que los hombres se forman de la justicia es,
en el sentido objetivo, «un espejismo maldito»

Belcebú, sonriendo, seguía mirando afectuosamente a su nieto. Y le dijo:


Mi querido Jassín, tú que serás un día mi sustituto, ha llegado el
momento, me parece —ahora que has podido asimilar, gracias a todo lo que
te he contado con respecto a los seres tricerebrados que habitan el planeta
Tierra— de profundizar la «cuestión» a la cual te he prometido consagrar
mis últimos relatos.
Quiero hablar de la funesta idea, tan difundida entre ellos, a la que he
aludido, lo recuerdas, a propósito de las principales «anteojeras» de su
psiquismo, es decir, a propósito de sus diversas «Javatviernonis» o
«religiones», como ellos las llaman, idea de la que han hecho la base de
todas esas religiones, y que es la del «Bien» y del «Mal».
Te he contado también que esa funesta idea, que impera entre los seres
terrestres tricerebrados, había suscitado recientemente en el Santo Planeta
del Purgatorio un gran acontecimiento o, según la expresión de tus
favoritos, un gran «escándalo», y que la causa involuntaria de ese escándalo
fue un ser perteneciente a tu «Jernasdyinsa» o, como lo dicen en la Tierra,
de tu «árbol genealógico».
Para que te representes más claramente lo que también tengo la
intención de explicarte, debo regresar primero a viejos sucesos remotos que,
a primera vista, no tienen nada en común con esa idea.
Pues bien, ya te dije que en mi quinto descenso a la superficie de tu
planeta, mi estadía fue muy breve y que regresé casi inmediatamente a mi
casa en el planeta Marte.
Regresé allí porque mis amigos me habían informado desde el Centro,
que uno de los Querubines más cercanos de Nuestro Eterno Todo-Abarcante
aparecería pronto en Marte, portador de un decreto que me concernía
personalmente.
Poco después de mi llegada, el Querubín hizo en efecto su aparición en
el planeta Marte. La decisión de Lo Alto que él estaba encargado de
transmitirme, me informaba que por razón de mis esfuerzos conscientes
para llegar a resultados de interés cósmico común —esfuerzos que
condujeron a la abolición de la costumbre de los «sacrificios» entre los
seres tricerebrados que te agradan— y por la súplica dirigida por Su
Conformidad el Ángel Luisós mismo a Nuestro Padre Eterno Común, el
castigo que me había sido infligido por mi falta personal sería reducido, en
el sentido de que en adelante dejaría de extenderse a mis descendientes.
A partir de ese momento, les era pues posible a mis hijos, es decir, a tu
padre y a tu tío Tuilán, regresar al Centro cuando lo quisieran, para cumplir
con las obligaciones que les correspondieran en el seno de las innumerables
realizaciones de Nuestro Padre Universal.
Después de ese acontecimiento, de tanta importancia para nuestra
familia, mis hijos no tardaron, en efecto, en dejar el planeta Marte para
regresar al Centro, donde, al poco de su llegada, y dado su profundo
conocimiento de las leyes de la ciencia objetiva en ciertos campos y su
capacidad de llevar a cabo su aplicación práctica, fueron designados para
ocupar cargos responsables apropiados.
Tu padre fue nombrado inmediatamente para el cargo de «Tzirlikner» en
una de las partes de la superficie de nuestro querido Karataz, y se hizo poco
a poco digno de asumir la responsabilidad de Tzirlikner en jefe de todos los
seres tricerebrados de nuestro planeta, responsabilidad que todavía sigue
asumiendo en este momento.
En cuanto a tu tío Tuilán, fue enrolado, como ya te lo dije, entre los
ayudantes del director de la estación de heterogramas del Santo Planeta del
Purgatorio, que estaba entonces como hoy, «conectada heterográficamente»
con casi todos los planetas de nuestro Gran Universo.
Más tarde, mereció, él también, ser nombrado para el cargo de director
general que ocupa todavía hoy.
Debo además explicarte, querido nieto, por qué, desde su llegada al
Centro, mis resultados o, según la expresión de tus favoritos, mis «hijos»,
fueron considerados dignos de ocupar inmediatamente esos puestos
responsables.
Para que comprendas la razón de eso, necesitas saber que, entre aquellos
que compartieron conmigo desde el principio mi exilio, se encontraba el
«Tzirlikner» en jefe de nuestro planeta Karataz, el joven pero ya muy sabio
Puludyistius, quien, después de la gracia suprema que nos fue concedida,
mereció llegar a ser —y todavía lo es hoy— asistente del Gran Observador
de los movimientos de todas las concentraciones del Megalocosmos, Su
Ego mantenimiento el Archiserafín Ksheltarna.
Así pues, desde que comencé a organizar mi observatorio en el planeta
Marte, el sabio Puludyistius me propuso que lo tomara como inspector e
intendente de mi nueva institución.
Acepté enseguida, por supuesto, porque su conocimiento de la
localización de todas las grandes y pequeñas concentraciones cósmicas y de
las leyes que rigen su sostén recíproco, hacía de él una de las mayores
autoridades en la materia. Y desde entonces ese gran sabio Puludyistius
vino a vivir conmigo.
Más tarde, cuando los resultados de mi principio activo surgieron y se
formaron hasta la edad requerida, yo le pedí a este gran sabio Puludyistius
asumir también el cargo de «Oskianótsner» o, como lo habrían dicho tus
favoritos, de «educador» de mis hijos; accedió con prontitud, porque,
encontrándose allá en condiciones desacostumbradas, no podía aprovechar
sus múltiples conocimientos de manera satisfactoria y mi proposición le
abría al respecto un gran campo de actividad.
A partir de ese momento, además del tiempo reservado para sus
obligaciones, poco numerosas al comienzo, se dedicó enteramente a crear
las condiciones interiores y exteriores gracias a las cuales mis hijos
recibirían impresiones que les permitirían cristalizar en sí mismos los datos
eserales necesarios para una existencia responsable digna de seres
tricerebrados.
Mis hijos se encariñaron tanto con él hasta tal punto que nunca se
apartaban de su lado ni en las horas en que cumplía con sus principales
funciones en el observatorio, e incluso en tales condiciones, el buen
Puludyistius seguía ilustrando su Razón y les daba explicaciones prácticas
acerca del examen de las diversas concentraciones, los métodos para
estudiar su influencia mutua y el significado de esas influencias.
Él les explicaba cómo y por qué tal o cual concentración cósmica
determinada ocupaba precisamente tal lugar y les enseñaba las
particularidades de la influencia recíproca de esas concentraciones en el
curso del proceso cósmico común Trogoautoegocrático.
De esa forma, bajo la guía de ese sabio notable, se cristalizaron en la
presencia común de mis resultados, no solamente los datos necesarios para
todo ser tricerebrado responsable, sino muchos otros, que les permitían a
ellos una toma de conciencia y una percepción directa de las verdaderas
informaciones relativas a las concentraciones cósmicas y a su
funcionamiento.
Y fue justamente durante ese período que se formó poco a poco en cada
uno de mis hijos un interés subjetivo por un campo favorito de estudio y
observación.
A tu padre, por ejemplo, le gustaba estudiar la influencia y el sostén
recíprocos de las concentraciones cósmicas situadas en las zonas más
cercanas a la Fuente Primera, el Muy Sagrado Sol Absoluto, mientras que
tu tío Tuilán manifestaba un interés particular por la observación del planeta
Tierra y por el proceso de existencia de los seres tricerebrados que lo
pueblan. Además fui yo, hasta cierto punto, quien había despertado en él
ese interés, porque en la época de mis investigaciones sobre el siquismo de
tus favoritos, le encargaba a menudo, cuando yo estaba ocupado en otra
cosa, de anotar todos los cambios que ocurrían en ellos.
Cuando mis hijos estuvieron preparados para abandonar el planeta
Marte para siempre, tu tío Tuilán, mientras le daba yo la bendición, me rogó
con insistencia comunicarle periódicamente los resultados de mis
observaciones y de mis estudios sobre el extraño psiquismo de los seres
bípedos del planeta Tierra, lo cual le prometí, por supuesto. Luego
emprendieron vuelo hacia el centro más próximo a Nuestro Padre Común.
Desde su llegada, demostraron ser muy competentes en cuanto al
conocimiento de la posición de las concentraciones cósmicas, así como de
sus propiedades y particularidades, y muy versados en el arte de los
cálculos relativos al conjunto de las influencias recíprocas; así que fueron
nombrados inmediatamente para los puestos responsables de los que hablé.
Cuando conocí su lugar permanente de existencia y los puestos para los
que habían sido considerados dignos, envié de allí en adelante a Tuilán,
como se lo había prometido, cuatro veces al año, según nuestro cálculo de
tiempo, una copia exacta de todos los resúmenes que yo hacía de mis
observaciones.
Muchos años habían transcurrido desde el día en que envié el primero
de esos heterogramas a Tuilán, e ignoraba todo lo que él hacía con ellos,
hasta el día en que fui informado acerca de los acontecimientos
extraordinarios que sucedían en el planeta del Purgatorio.
Resulta que el alto gobernador del sagrado planeta Purgatorio, el Sostén
de Todos los Cuartos, el Archiquerubín Jelkguematius, supo por casualidad
que uno de los asistentes del director de la estación de heterogramas,
Tuilán, recibía periódicamente del sistema solar Ors muy extensos mensajes
que le dirigía su padre. Manifestó el deseo de enterarse de estos y, después
de lograrlo, no solo se interesó muchísimo en ellos, sino que incluso dio a
tu tío Tuilán la orden de difundir el texto de ellos en el «Tulujtertzinek»[2]
planetario común, de modo que algunos de los «cuerpos eserales supremos»
que habitan en el sagrado planeta pudieran oír, para descansar, si lo
deseaban, las informaciones relativas al psiquismo de los extraños seres
tricerebrados que pueblan uno de los más remotos planetas de nuestro
Megalocosmos.
Tu tío Tuilán procedió en lo sucesivo como se le había ordenado. Tan
pronto recibía mis heterogramas, los difundía en el Tulujtertzinek planetario
común, y de esa forma, todas las almas justas que habitaban el sagrado
planeta se mantenían al corriente de mis observaciones e investigaciones
sobre ese extraño psiquismo.
Desde entonces, algunos cuerpos eserales supremos del sagrado planeta
que seguían muy atentamente todas mis investigaciones, se pusieron a su
vez a reflexionar sobre lo extraño de ese psiquismo.
Las reflexiones de esos bienaventurados cuerpos eserales supremos los
llevaron a comprender que había algo falseado en el psiquismo de los seres
tricerebrados del planeta Tierra, y lograron discernir lo que había de
sospechoso en el origen de «ese algo»; muchos de ellos hasta llegaron a
indignarse seriamente por lo que les parecía, a primera vista, una injusticia
de Lo Alto.
A medida que estos últimos participaban a los demás sus impresiones,
el número de las almas «justas» indignadas aumentaba, hasta el punto de
que pronto, en los «Tzaruariajes»[3] del sagrado planeta, no hubo otro tema
de reflexión ni de conversación.
Para concluir, los habitantes del sagrado planeta eligieron a cincuenta
almas justas que debían emprender juntas unas investigaciones y descubrir
la verdadera razón por la cual tal absurdidad aparece en el psiquismo de
esos seres tricerebrados e impide todo perfeccionamiento a la «parte eseral
suprema» que, por diversas razones, se constituye a veces en algunos de
ellos.
Las cincuenta «almas» justas elegidas eran precisamente aquellas que
ya habían merecido llegar a ser candidatas al regreso a la Muy Sagrada
Fuente de todo cuanto existe.
Y el Sostén de Todos los Cuartos, el Archiquerubín Jelkguematius,
Gobernador del sagrado planeta, no solamente sancionó la elección de esas
cincuenta almas bienaventuradas, sino que les hizo saber su decisión muy
misericordiosa de ayudarlas de todas las maneras en el cumplimiento de la
tarea que se les imponía.
Pues bien, querido nieto, a estos cincuenta candidatos al Sol Absoluto,
una vez emprendidas sus investigaciones, se les hizo evidente, después de
largas y minuciosas averiguaciones, que la principal causa de todas las
anomalías de la psiquis de los seres tricerebrados que pueblan este planeta
había sido la aparición de esa idea bien arraigada, anclada ahora en ellos, de
que existen, por así decirlo, aparte de la esencia de los seres, dos factores
diametralmente opuestos —el principio del Bien y el principio del Mal—
que son los instigadores de todas sus buenas y malas manifestaciones.
Dieron por sentado, entonces, que esta funesta idea, universalmente
difundida —para la cual unos datos se cristalizan, poco a poco, en cada uno
de estos seres, durante su formación en la edad preparatoria—, se posesiona
de su psiquis general apenas llegan a la existencia responsable y se
convierte, al mismo tiempo que en un medio, para tranquilizarse y para
justificar todas sus manifestaciones, en el obstáculo fundamental a la
posibilidad que surge en algunos de ellos de perfeccionar su parte eseral
suprema.
Una vez convencidos de todo esto, los justos habitantes del Sagrado
Planeta, se pusieron a reflexionar, luego a deliberar entre ellos, sobre los
medios para poner fin a esta situación y sobre lo que podrían emprender
personalmente.
De acuerdo a lo que me fue contado, organizaron, en todos los
Tzaruariajes, asambleas y conferencias, a fin de tratar, al unir sus esfuerzos,
de llegar a una decisión.
Tras largas deliberaciones y complicadas «votaciones» entre las almas
justas de cada Tzaruariaj y luego entre los diferentes tzaruariajes, tomaron
casi por unanimidad la siguiente resolución:

«Ante todo, depositar a los pies de nuestro Creador y


Autor una petición con el fin de que, en Su Providencia, Él
envíe a los seres tricerebrados del planeta Tierra un
Mensajero de Lo Alto, que tenga en sí mismo todos los datos
correspondientes a un grado de Razón que le permita hallar
en el lugar mismo una posibilidad de desarraigar esta idea;
luego, ya que la aparición en el planeta Tierra de una idea
tan funesta había sido, y seguía siendo, la causa principal de
la terrible suerte reservada a las partes eserales supremas
sagradas que se constituyen allá, atreverse a rogar con
contrición a Nuestro Padre Común que no permita que el
cuerpo eseral supremo del ser terrestre tricerebrado, culpable
de la aparición de esta idea, sea recibido en el Sagrado
Planeta, aun cuando estuviera perfeccionado hasta el grado
requerido de Razón Sagrada y que lo condene a existir
eternamente en el planeta ‘Expiación’».

Pues bien, querido nieto, apenas hubieron adoptado esa resolución los
habitantes del sagrado planeta, estalló, como te lo he dicho, un «escándalo»
que ninguno de los Individuums Sagrados, conocedores de esa historia
épica, puede evocar sin estremecerse.
Ese escándalo se desencadenó de la siguiente forma:
Una vez tomada la resolución, emprendieron enseguida, por iniciativa
de los cincuenta elegidos, candidatos al Sol Absoluto, la búsqueda del ser
terrestre tricerebrado —quizás poseedor ya de una parte eseral suprema—
que era culpable de la aparición de esa funesta idea en tu planeta.
Según sus conclusiones, el ser tricerebrado que había sido el primero en
favorecer la cristalización de esa idea era cierto Makar Kronbernksión, cuya
parte eseral suprema, perfeccionada hasta el grado requerido de Razón, no
solo había merecido ir al sagrado planeta, sino que ya era considerada una
de las primeras candidatas que serían llevadas al Muy Sagrado Sol
Absoluto.
Según me lo contaron más tarde, apenas conocida la noticia, se elevó
desde todo el sagrado planeta un concierto de lamentaciones; no hubo ni
una sola alma justa que pudiera pensar sin remordimiento en ese espantoso
hecho.
Durante casi un cuarto de año, no se hizo más que hablar y discutir
sobre ese «escándalo» sin precedente y, en cada «tzaruariaj», comisiones y
subcomisiones se esforzaron por hallarle una salida a esa situación
extraordinaria.
Y finalmente se adoptó, siempre en virtud de los mismos principios, la
siguiente resolución:
«Mantener las conclusiones del primer juicio planetario común emitido
respecto a la parte suprema de Makar Kronbernksión, pero depositar a los
pies de Nuestro Eterno Todo Misericordioso, en nombre de todos los
habitantes del sagrado planeta, una súplica implorándole a Él aliviar esa
terrible sentencia».
Y en el momento de la primera aparición de Nuestro Creador Eterno
Todo Misericordioso en el sagrado planeta, dicha petición fue depositada a
sus pies.
Cuentan que Nuestro Creador Todo Misericordioso, después de un
instante de reflexión, consintió entonces en ordenar a esa alma meritoria
que prosiguiera su existencia en el sagrado planeta mientras no se
conociesen todas las consecuencias de su acción nefasta.
A pesar de que esa parte eseral suprema completamente formada fue la
causa fundamental de la imposibilidad de un perfeccionamiento acabado
para todos los cuerpos eserales supremos que surgen en la presencia de
ciertos seres tricerebrados de tu planeta, Nuestro Padre Común no dejó por
eso de dar esa orden misericordiosa, porque Él probablemente esperaba que
esos seres terminarían quizás por darse cuenta de sus errores y comenzarían
por sí mismos a existir como deben hacerlo los seres tricéntricos. Desde
entonces, ya no sería necesario infligir un castigo tan terrible a la parte
suprema de ese ser que había llegado, al rehusar ceder a unas condiciones
adversas independientes de él y muy superiores en fuerza a sus
posibilidades y al luchar sin piedad contra su propio principio negativo
inevitable, a perfeccionarse hasta el grado que le había permitido alcanzar
el umbral del principio de todo cuanto existe en el Universo.
Gracias a la orden dada por Nuestro Creador Todo Misericordioso, la
parte suprema de ese pobre Makar Kronbernksión existe todavía hoy en el
sagrado planeta y de ahora en adelante su futuro depende exclusivamente de
los seres tricerebrados que te interesan.

Luego de una pausa bastante larga, Belcebú continuó:


Las primeras informaciones concernientes a esos sucesos me llegaron
durante mi sexto descenso a la superficie de tu planeta; les presté, por
supuesto, el más vivo interés, y a mi vez empecé a estudiar en sus detalles
en el lugar mismo esa lamentable historia en la que se vieron envueltos tus
favoritos.
Primero, querido nieto, considero necesario confesarte sinceramente, a
ti, que serás mi sustituto directo, que si bien los justos habitantes del
sagrado planeta han llegado a la conclusión, por toda clase de medios muy
complicados, de que la principal y hasta la única causa de las anomalías del
psiquismo de tus favoritos ha sido siempre esa funesta idea, yo, en cuanto a
mí, no podría afirmarlo categóricamente.
Y sin embargo, no se podría negar que esa fantástica idea haya
desempeñado un gran papel en la «dilución» progresiva del psiquismo de
esos desventurados.
En la época en que me interesé en todos esos sucesos y en la que
emprendí investigaciones para reconstituir la historia del surgimiento y de
la formación de la individualidad de Makar Kronbernksión, se depositaron
en mí numerosas impresiones que cristalizaron los datos necesarios para
una opinión subjetiva.
Esas investigaciones especiales me demostraron claramente que, aun
cuando él fue el primero que hizo uso de los términos «Bien» y «Mal», no
tuvo nada que ver con el hecho de que esas palabras adquirieran más tarde,
en el proceso de existencia de todas las generaciones posteriores de tus
favoritos un significado tan funesto.
Voy a comunicarte ahora, querido nieto, las informaciones que recogí
sobre la aparición de Makar Kronbernksión, y sobre el desarrollo del
proceso de su existencia, a fin de que se cristalicen en ti unos datos
correspondientes que favorecerán una representación aproximada de este
hecho terrestre, de lo más aflictivo.
Desde que decidí ocuparme de ese asunto, cada vez que me encontraba
con un Individuum calificado, no dejaba de informarme con él de todo lo
que pudiera proyectar alguna luz sobre uno u otro de los aspectos de la
individualidad de aquel Makar Kronbernksión.
Te enterarás, sin duda, con interés, que uno de los primeros Individuums
que pudo darme alguna información al respecto, fue un ser anciano de
nuestra tribu, quien demostró ser realmente muy útil.
Durante la conversación, me dijo muchas cosas y me indicó varias
fuentes excelentes de donde saqué, más tarde, numerosas y provechosas
informaciones.
El ser de cierta edad de quien hablo era nada menos que el tío del joven
ser de nuestra tribu que había provocado mi primer descenso a este planeta
y que posteriormente, se convirtió en el regente de todos los miembros de
nuestra tribu, exiliados en el sistema Ors.
Este ser de cierta edad existía en el continente Atlántida precisamente
en la época en que el mismo Makar Kronbernksión existía allá.
Según todas las informaciones que recogí y de acuerdo con mis diversos
métodos especiales de investigación, resulta que este ser terrestre
tricerebrado, llamado Makar Kronbernksión, surgió en el continente
Atlántida como resultado del proceso sagrado de «elmuarno», que tuvo
lugar entre dos seres tricerebrados de sexo diferente que acababan de llegar
a la edad responsable.
Dado que esta pareja tenía desde todo punto de vista una herencia sana
y que en ese continente las condiciones exteriores de existencia ordinaria
eran todavía relativamente normales y, mostraron ser especialmente
favorables a esa pareja, el resultado de su proceso sagrado, es decir, su
«hijo», que más tarde fue llamado Makar Kronbernksión, recibió en su
presencia, desde su surgimiento y durante los primeros años de su infancia,
unos datos casi idénticos a aquéllos de que disponen en su advenimiento,
para adquirir el ser necesario a su futura existencia responsable, los seres
tricerebrados Kestchapmartnianos de todos los demás planetas de nuestro
Megalocosmos.
Y como sus productores, o como dicen, sus «padres», habían
experimentado, por casualidad, el deseo de preparar a su «resultado» para
que se convirtiera en un ser responsable que ejerciese la profesión de
«sabio» y como habían tenido la oportunidad de conseguirle guías
calificados, éste, una vez llegado a la edad responsable, se convirtió en un
muy buen sabio, para el planeta Tierra, por supuesto.
Hasta se hizo digno muy pronto, por sus méritos científicos, de hacerse
miembro de todo derecho de la sociedad de los Ajldaneses.
En el curso del proceso de su existencia responsable, consagrada por
entero a la ciencia, tuvo un día una clara visión de su propio valor y se dio
cuenta sinceramente de su nulidad.
A partir de ese momento, presa de profunda aflicción, se puso a
reflexionar con seriedad acerca de su estado. Y el resultado de sus
reflexiones fue que, en cada una de las partes de su presencia total, surgió
poco a poco la esperanza, luego la convicción definitiva, de que el trabajo
consciente y el sufrimiento voluntario podían transformarle de nulidad en
«algo».
Emprendió entonces conscientemente su labor, sin la más mínima
piedad hacia su parte negativa, creando adrede condiciones apropiadas para
contrariarla. Aplicó además estos esfuerzos conscientes y estas condiciones
voluntariamente creadas, a las únicas manifestaciones y percepciones
relacionadas con las obligaciones que él había asumido como ser
responsable, es decir, en el campo exclusivo de las investigaciones
científicas.
En ese período de su existencia fue cuando comprendió ciertas verdades
cósmicas.
Y por el hecho de que tanto en él, como en la mayoría de los seres
tricéntricos de ese periodo, se cristalizaban todavía los datos que engendran
el impulso eseral llamado «amor a sus semejantes», decidió, para que los
demás seres de su planeta pudieran conocer las verdades que él había
descubierto, grabar en mármol un «Bulmarchano» titulado «Influencias
Positivas y Negativas del Hombre».
Llamaban bulmarchano, en el continente Atlántida, a lo que los seres
contemporáneos de allá llaman «libro».
Tuve la ocasión, en el curso de mi sexta estancia allá, de ver con mis
propios ojos una copia fiel de ese bulmarchano, hecha de colmillos de
«Tchirniano», y de descifrar minuciosamente su texto.
Será para ti muy interesante y muy instructivo, enterarte de cómo pudo,
la copia del Bulmarchano grabado por la propia mano de Makar
Kronbernksión, copia que yo descifré en mi última estancia en tu planeta,
conservarse hasta la época contemporánea. Así que te hablaré brevemente
de ella.
Cuando el original de ese bulmarchano había sido terminado, los demás
miembros sabios de la sociedad de los Ajldaneses, lo habían aprobado con
sincera admiración y colocado en el centro de lo que se llamaba la «catedral
central» de los seres pertenecientes a esa sociedad.
Y como el número de los seres que se interesaban en el texto de ese
bulmarchano aumentaba sin cesar, los jefes de la sociedad decidieron hacer
varias copias de él, para colocarlas en el centro de cada una de las
catedrales existentes en otras ciudades del continente Atlántida, así como en
otros continentes.
Se ejecutaron, con este fin, siete copias escrupulosamente exactas de
colmillos de «Tchirniano».
Como me lo mostraron mis «investigaciones spipsiconalnianas», una de
estas copias estaba destinada a la catedral de un pequeño continente
llamado «Sinkraga», situado no muy lejos del Continente Grabontze.
Este pequeño continente «Sinkraga», al igual que el de Atlántida, fue
engullido con todo lo que había en su superficie, durante la segunda
perturbación Transapalniana que aconteció en este desafortunado planeta.
En cuanto al continente Grabontze que hoy llaman África, no
desapareció completamente en las profundidades del planeta, sino que
corrió con la misma suerte que otros continentes todavía existentes hoy
como, por ejemplo, el de Asia: unas partes se hundieron, mientras que otras
tierras surgieron del fondo de las aguas y se unieron a las partes que
quedaron intactas, para formar el continente tal como es hoy.
Esta copia, según parece, acababa de ser transportada al continente
Grabontze para ser enviada luego a la catedral a la que estaba destinada, al
mismo tiempo que la segunda gran catástrofe devastaba tu desafortunado
planeta; sin embargo, al salvarse, por casualidad, la parte del continente
Grabontze donde se encontraba la copia, ésta permaneció intacta.
Tras este terrible acontecimiento, la obra de aquel «futuro Santo»,
Makar Kronbernksión, permaneció mucho tiempo bajo las ruinas y poco a
poco se recubrió de «Kashiman». Y fue solo unos treinta siglos más tarde,
tras haberse multiplicado nuevamente tus favoritos, y después de haber
estallado en las cercanías un proceso de destrucción recíproca entre las
comunidades llamadas «Filnuanzi» y «Plitazurali», cuando los seres
pertenecientes a la comunidad «Filnuanzi», al cavar en la arena con la
esperanza de hallar agua potable para ellos y sus camellos, descubrieron
esta copia y la desenterraron.
Poco después, tras haber acordado, como ya era costumbre, lo que
llaman «paz amistosa» y tras haberse repartido todo cuanto habían
adquirido durante este proceso, por medios igualmente habituales entre
ellos, medios que ellos llaman «anexiones», «saqueos», «expropiaciones»,
«indemnizaciones», y otros, las dos comunidades en cuestión tomaron cada
una la mitad de esta obra realmente grande, cuyo único valor, a los ojos de
los seres terrestres de ese período, se debía a la rareza del material.
Una de estas mitades, pasando de un grupo a otro por diversas razones,
cayó finalmente, siete siglos más tarde, en manos de los sumos sacerdotes
egipcios.
Ese extraño y original conjunto de varios colmillos de «Tchirniano»,
que les resultaba incomprensible, se convirtió para ellos en su reliquia
sagrada, y siguió siéndolo hasta el periodo en que el emperador persa, del
cual te hablé, surgió con sus tropas y «barrió» como dicen, al desafortunado
Egipto.
Esa primera mitad de la copia del Bulmarchano fue transportada más
tarde al continente de Asia y, pasando de mano en mano, le tocó por
herencia, hacia la mitad de mi sexta estancia, al sacerdote Aissor, en casa
del cual la vi por primera vez.
En cuanto a la otra mitad de esa obra de la que jamás hubo ni jamás
habrá equivalente allá, pasó ella también de mano en mano por muy
variadas razones, llegó a una de las regiones centrales del continente de
Asia y desapareció finalmente en el suelo del planeta, aunque a poca
profundidad, durante lo que ellos llaman un «terremoto».
Debo explicarte a propósito de esto, como obtuve acerca de estos
hechos, y en general acerca de diversos sucesos semejantes acaecidos
mucho tiempo atrás, las informaciones que te comunico.
Te he dicho ya que en el curso de mi sexto descenso a la Tierra, me hice
«médico hipnotizador» profesional, y que con el fin de estudiar el
psiquismo de tus favoritos, hice uso, entre otras cosas, del «hipnotismo»,
sirviéndome de una original propiedad que han adquirido ellos en su
psiquis.
Durante el periodo de mis actividades entre tus favoritos sometí a
algunos de ellos a una preparación especial, e hice de esos sujetos lo que en
tiempos antiguos llamaban «Pitias» y que los contemporáneos llaman
«médiums».
Pueden ser transformados en «pitias» o «médiums» los seres
tricerebrados en quienes el funcionamiento interno del cuerpo planetario se
adapta, ya sea espontáneamente bajo el solo efecto de una combinación
accidental de condiciones circundantes, ya sea por la acción intencional de
otro consciente, a toda variación del psiquismo general, que sobreviene tras
una modificación súbita en la circulación de la sangre. En tales sujetos,
nada llega a oponerse al libre ejercicio de diversas particularidades de su
psiquismo dirigidas conscientemente o inconscientemente desde afuera, ni
al predominio automático de los datos todavía presentes en tus favoritos
para la formación del verdadero consciente eseral, datos y particularidades
cuyo funcionamiento constituye en su conjunto lo que ellos llaman
«subconsciente».
En su subconsciente se ha conservado intacta por casualidad, gracias a
numerosos factores constituidos en ellos, una particularidad del psiquismo
de los seres tricerebrados que puede manifestarse en ciertas condiciones y
que se llama «visión y sensación de lo que ha ocurrido en los tiempos más
remotos».
Así pues, querido nieto, cuando supe, en el curso de mi sexto descenso,
el origen del penoso acontecimiento de orden cósmico que había ocurrido
en tu planeta, emprendí allí mismo indagaciones al respecto y traté de
obtener esclarecimientos sobre la individualidad de este Makar
Kronbernksión; pero como había pasado mucho tiempo desde esos sucesos
y todo rastro «Kaltzanuarniano» del Ser del culpable había desaparecido
ya, decidí no atenerme a las formas habituales de investigación y también
emplear unos medios «spipsiconalnianos».
Entre estos medios «spipsiconalnianos» recurrí a lo que se llama
«médiumnismo», aprovechando la propiedad especial que ya mencioné, en
los médiums que yo había preparado.
Al revelarme mis investigaciones sobre la personalidad y las actividades
de este Makar Kronbernksión, la probable existencia, en la superficie de
este planeta, de «algo» que debía estar en íntima relación con él, me lancé
en busca de ese «algo» sirviéndome de los mismos métodos.
Supe así que un sacerdote Aissor poseía la mitad de la copia del
bulmarchano, creado por Makar Kronbernksión y que ese sacerdote Aissor
existía en el continente de Asia, en una localidad llamada «Urmia». Fui
pues a ese lugar y al hablar con él verifiqué enseguida que efectivamente
poseía lo que él llamaba «una masa informe de marfil», sin dejar de
considerarla una antigüedad de grandísimo valor.
Tras breves discusiones, consintió en mostrármela, pero no quiso
vendérmela a ningún precio; sin embargo, después de varios días de
negociaciones, obtuve de él el permiso para hacer una copia en alabastro,
que llevé a mi casa.
En cuanto a la segunda mitad, no tardé, usando siempre el mismo
método, en descubrir dónde se hallaba, aunque pasé mucho trabajo y
dificultades para obtenerla y descifrar su texto.
Aun cuando no había transcurrido suficiente tiempo, como lo dije ya,
para que esta segunda mitad estuviese profundamente enterrada en el suelo
del planeta, era, sin embargo, imposible desenterrarla, usando medios
ordinarios.
La dificultad se debía a que se encontraba cerca de un centro de
existencia de tus favoritos; tenía pues que prever todo y tomar las
precauciones necesarias para que nadie pudiese saber ni aun sospechar
nada.
Entre otras medidas, que tomé, por ejemplo, figuraba la compra de
terrenos, a diversos propietarios, en los alrededores del lugar citado, y la
excavación de dichos terrenos por trabajadores exclusivamente de origen
extranjero, con el pretexto de abrir pozos para una mina de cobre.

Así pues, querido nieto, después de haber recuperado de ese modo las
dos mitades de la copia de la obra del «futuro Santo» Makar
Kronbernksión, las transporté a una ciudad del país que ahora se llama
«Turkestán» que era entonces mi lugar de residencia permanente, y
comencé a descifrar en el Bulmarchano las inscripciones y figuras grabadas
que ilustraban la tesis científica de Makar Kronbernksión, titulada
«Influencias Positivas y Negativas en el Hombre».
Cuando estemos de regreso en casa, trataré de recordar y de contarte,
tan fielmente como sea posible, el contenido de esa gran obra surgida de la
Razón y hecha con la mano misma de un ser tricerebrado; pero mientras
tanto, me limitaré a exponer la parte del texto en la que Makar
Kronbernksión define por primera vez la noción de «Bien» y de «Mal»,
tomando esas palabras como símbolo de las fuerzas que sirven de base a la
constitución de la presencia y a la formación de los estados sucesivos de
todo surgimiento cósmico relativamente independiente, y por consiguiente
de todo ser.
Si se tradujeran al lenguaje corriente los conceptos expuestos en el
Bulmarchano podrían expresarse con las siguientes palabras:

«Evidentemente nosotros, los hombres, hemos sido


formados y permanecemos constituidos, como toda unidad
existente en el Universo, de las mismas tres fuerzas
independientes, por medio de las cuales se efectúa el proceso
de sostén recíproco de todo cuanto existe, es decir, de las tres
fuerzas universales siguientes:»

1. La primera surge constantemente de causas que


aparecen en el seno de la Fuente Original misma, bajo
el efecto de la presión de los nuevos surgimientos, luego
fluye por inercia fuera de esa Fuente Original.
2. La segunda fuerza universal es aquélla en que se
convierte esa primera fuerza cuando, después de haber
perdido el impulso de inercia, tiende a fusionarse de
nuevo con el principio de su advenimiento, de acuerdo
con la acción de la ley cósmica fundamental según la
cual «los efectos de una causa deben siempre
reintegrarse a esa causa».
En el proceso general de sostén recíproco, esas dos
fuerzas son completamente independientes y conservan,
siempre y en todo, en sus manifestaciones, sus
propiedades y particularidades específicas.
La primera de estas dos fuerzas fundamentales,
aquella que está obligada a manifestarse siempre fuera
de la fuente de su advenimiento, debe involucionar
constantemente; por lo contrario, la segunda, en su
esfuerzo de fusionarse con la causa de su advenimiento,
debe siempre y en todo evolucionar.
Dado que la primera de estas tres fuerzas proviene
de las acciones vivificantes que se producen en el seno
mismo de la Causa de todo cuanto existe y recibe así, en
su presencia, el germen de ese mismo poder de
manifestar la vivificación, ella puede ser considerada
como «Bien», es decir, como factor de realización de los
efectos que tienden a regresar a la fuente, efectos que,
con relación a la primera fuerza, pueden y deben ser
considerados como «Mal».
Es más, la primera fuerza, que se manifiesta bajo la
acción de las causas inevitables e imperativas que
surgen en la Fuente Original misma, puede, desde este
punto de vista, ser considerada pasiva.
La segunda, la fuerza de retorno, por el hecho de
que siempre ha de resistir a fin de tener la posibilidad
de reintegrarse a su causa o, al menos, de mantenerse
contra la corriente opuesta a la primera fuerza pasiva
que ha recibido el impulso de inercia del Principio
Primero, debe ser considerada activa.
3. En cuanto a la tercera fuerza universal, no es otra que
el resultado del conflicto que opone, por doquier y en
todo, a esas dos fuerzas fundamentales, descendente y
ascendente.
Aun cuando esta tercera fuerza independiente no es
más que el resultado de las dos primeras fuerzas
fundamentales, ella es, sin embargo, el principio
espiritualizante y conciliador de toda formación
cósmica.
«Y es el principio espiritualizante y conciliador de
toda formación cósmica porque surge y debe existir allí
como presencia tanto tiempo como exista esa formación,
resultado de diversas resistencias particulares surgidas
entre las dos fuerzas fundamentales que fluyen en
direcciones totalmente opuestas».

Pues bien, querido nieto, es exactamente en ese sentido que las palabras
«Bien» y «Mal» fueron empleadas por primera vez por ese desafortunado
Makar Kronbernksión.
Gracias a su Bulmarchiano, así como a otros datos que esclarecí en el
lugar mismo, se cristalizó en mí una opinión personal tanto de Makar
Kronbernksión como de todo el resto, opinión que difería completamente de
la que habían expresado las almas justas que habitan en el Sagrado Planeta,
como conclusión de sus investigaciones que quizás eran muy sabias, pero
indirectas.
Lo repito: si bien es cierto que «la idea de un Bien y de un Mal
exteriores» debe su origen a la individualidad de ese Makar Kronbernksión,
éste, en mi opinión, no es en absoluto responsable de la funesta forma que
ella tomó.
Sea como sea, querido nieto, las investigaciones minuciosas e
imparciales que hice en el lugar mismo de los hechos pusieron en claro lo
siguiente:
«Al tomar poco a poco esa idea una forma maléfica, se volvió para el
psiquismo de tus favoritos ‘factor determinante’ propio para cristalizar en
su presencia común datos correspondientes a la fantástica noción de que
existirían fuera de ellos fuentes objetivas de ‘Bien’ y de ‘Mal’, que
ejercerían una acción sobre la esencia de ellos. Desde entonces se
cristalizaron en su psiquismo, primero espontáneamente, luego con la ayuda
de su extraño consciente, datos secundarios que engendran, por
asociaciones eserales automáticas, la convicción de que la causa de cada
una de sus manifestaciones, buena o mala, no había que buscarla en ellos
mismos, ni era el criminal egoísmo de su esencia, sino tal o cual influencia
exterior que no dependía en absoluto de ellos».
Si esta idea fantástica hizo tanto mal a todos esos desdichados, se debe a
que los datos capaces de engendrar lo que se llama «un concepto eseral del
mundo que abarca múltiples aspectos» habían dejado ya de cristalizarse en
su presencia —siempre por causa de las condiciones anormales de
existencia eseral ordinaria que ellos mismos habían establecido— para dejar
lugar a un «concepto del mundo» basado exclusivamente en esa nueva idea.
Y de hecho hoy, tus favoritos basan todas sus preguntas, tanto las de la
existencia eseral ordinaria, como las del perfeccionamiento de sí, así como
sus diversas «filosofías», sus «ciencias» de todas clases, y por supuesto sus
innumerables «enseñanzas religiosas», sin contar sus famosas «morales»,
«políticas», «leyes», «costumbres», etc… exclusivamente sobre esa idea
fantástica, y para ellos tan funesta, en el sentido objetivo de la palabra.

Y ahora, querido nieto, para completar todo lo que te he dicho de esa


idea, te contaré cómo los seres de nuestra tribu, exiliados en ese original
planeta, participaron sin quererlo en el desencadenamiento de esos sucesos
cósmicos, y estoy seguro de que tendrás entonces una representación casi
exacta del famoso concepto que tus favoritos tienen del «Bien» y del
«Mal».
La manera como los nuestros fueron involuntariamente la causa de la
fijación definitiva de esa singular idea en el proceso de existencia ordinaria
de esos extraños seres tricerebrados fue la siguiente:
Ya te dije varias veces que desde el comienzo muchos seres
tricerebrados de nuestra tribu tuvieron que existir allá, mezclarse con los
antecesores de tus favoritos y hasta tener relaciones amistosas con algunos
de ellos.
Hay que observar que en esa época nada hacía prever todavía la historia
tragicómica de la que voy a hablarte, a no ser, poco antes de que los
nuestros hubieran salido de ese planeta, la aparición entre los seres de allá,
al menos entre los más ingenuos, de la idea de que los seres de nuestra tribu
eran, por así decir, «inmortales».
Esta idea les venía evidentemente del hecho de que en nuestra tribu los
seres tenían una duración de existencia mucho más larga que la de ellos; por
eso los casos de «Raskuarno» sagrado eran muy raros en ella. Puede que
ese mismo proceso sagrado no haya sucedido una sola vez entre los
nuestros en el curso de ese periodo.
Lo repito: aparte de lo que acabo de decir, no sucedió nada particular
allá durante el tiempo en que los nuestros existieron entre ellos.
Pero más tarde, por ciertas razones, habiéndose expresado desde lo Alto
el deseo de ver disminuir lo más posible el número de los seres de nuestra
tribu existentes en el planeta tierra, la mayoría emigró a otros planetas del
mismo sistema y solo algunos se quedaron entre tus favoritos. Fue entonces
cuando comenzó la cómica historia a la cual están ligados hoy los
verdaderos nombres de algunos de los nuestros.
Los acontecimientos que dieron lugar a la singular coincidencia por la
que esos extraños seres tricerebrados mezclan el nombre de seres de nuestra
tribu con su fantástica idea, fueron los siguientes:
Poco después de que nuestros seres abandonaran ese planeta, cierto
Armanaturga, que existía en la época en que florecía la civilización
tikliamuishiana, y que ejercía la profesión de sumo sacerdote, contándose
incluso entre aquéllos a quienes los demás consideraban entonces como
«sumos sacerdotes sabios», edificó toda una enseñanza religiosa basada en
esa funesta idea.
Explicó él por primera vez, en esa enseñanza religiosa que ciertos
espíritus invisibles existentes entre ellos difundían el bien y el mal
«exteriores» y obligaban a los hombres a asimilar y manifestar ese bien y
ese mal; los espíritus propagadores del bien eran llamados «Ángeles», los
espíritus propagadores del mal, «Diablos».
Los «Ángeles», portadores y propagadores del «Bien», es decir, de lo
más elevado y lo más divino que hay, siendo ellos mismos elevados y
divinos, no pueden ser vistos ni sentidos jamás por los hombres.
Por el contrario, los «Diablos», por ser del más bajo origen, pues
proceden del «fondo de los abismos», pueden ser vistos por los hombres.
Y si de hecho los hombres no siempre ven a los «Diablos», es
únicamente porque están bajo su dominio; por eso, cuanto más se convierte
el hombre en un justo, más se acrecienta para su ojo la visibilidad de los
«Diablos».
Esta nueva enseñanza religiosa alcanzó una amplia difusión. Y algunos
de tus favoritos, al saber, por los relatos de sus antecesores que existían
antiguamente en la Tierra seres supuestamente inmortales, que habían
desaparecido de pronto, decidieron difundir el rumor de que ahí se trataba,
sin lugar a dudas, de los diablos mismos, quienes, previendo la aparición de
una verdadera enseñanza religiosa y temiendo ser descubiertos por los
hombres, se habían hecho invisibles, aunque continuaban en realidad
existiendo entre ellos.
Y los verdaderos nombres de ciertos miembros de nuestra tribu, que
llegaron a ser conocidos, por casualidad, por los seres de la época en que
apareció esta enseñanza religiosa, recibieron entonces un significado muy
particular y luego se transmitieron, de generación en generación, hasta tus
favoritos contemporáneos.
No han dejado de asociar a estos nombres toda clase de «roles»
fantásticos que, en su imaginación, son patrimonio de la corporación de los
seres diablos, supuestamente organizada por nuestro Creador mismo y
enviada a su planeta para ensañarse contra ellos.
En resumen, en la imaginación de estos farsantes seres tricerebrados de
nuestro Megalocosmos, un diablo es ese «personaje» invisible,
supuestamente existente entre ellos, que habita en su planeta por orden de
Nuestro Creador Todo Sustentador, para realizar ciertas de Sus metas.
Estos diablos estarían en la obligación de sugerir a los seres hombres
toda clase de verdades y de falsedades, y de obligarlos a manifestar, a cada
paso, las innumerables «villanías» que ya constituyen una particularidad de
su presencia.
Por supuesto, ni uno solo de ellos sospecha que si todas esas «villanías»
ocurren entre ellos, es únicamente porque al existir de manera indigna, han
dejado desarrollarse en ellos este funesto dios interior, que yo he llamado
«autotranquilizador», el cual ejerce un poder absoluto sobre todo su
psiquismo y que es el único a quien esta idea de bien y de mal exteriores le
es necesaria.
En todo caso, esta idea fantástica le hizo una enorme publicidad a
nuestro incomparable Lucifer para gloria y alabanza de su nombre, pues en
ninguna parte del Universo son tan alabados y glorificados sus talentos
como lo son entre tus favoritos.

En este punto del relato de Belcebú, uno de los asistentes de la nave


cósmica Karnak entró en la sala donde se efectuaban las conversaciones y
entregó a Belcebú un «Leitutchanbróss» dirigido a él. Antes de retirarse,
exclamó alegremente a todos que los reflejos de la esfera del planeta
Karataz ya eran visibles.
Capítulo 45
Según Belcebú, el hecho de que los
hombres capten la electricidad de la
naturaleza y la destruyan al utilizarla es una
de las causas principales de disminución de
la duración de la vida humana

Después de enterarse del texto del Leitutchanbróss y colocarlo sobre el


«Sinuru» especie de estante, que se encontraba cerca de él, Belcebú suspiró
de nuevo profundamente y reanudó su relato:
Si las condiciones anormales de existencia de los seres tricerebrados de
este planeta no hubieran tenido malas consecuencias más que para ellos
solos, —como seres tricerebrados— y para su posibilidad de perfeccionar
enteramente los «cuerpos eserales superiores» que han tenido la extrema
desgracia de aparecer en ellos o que pudieran aparecer en el futuro, no
habrían sido sino un mal a medias para nuestro Megalocosmos común.
Pero ahora todo el drama está en que su existencia anormal ya tiene
repercusiones nefastas sobre la existencia normal de los seres tricerebrados
que pueblan otros planetas —pertenecientes, por cierto, a su sistema solar—
y sobre las posibilidades de perfeccionamiento de las partes eserales
superiores que se revisten en la presencia de estos seres.
Supe, por casualidad, de este penoso hecho de carácter cósmico general
justo antes de dejar para siempre el sistema solar Ors.
A propósito de los acontecimientos que me permitieron reconocer
claramente la realidad de ese hecho y cristalizar en mi presencia común los
datos eserales «imperecederos» que me aportaron la convicción absoluta de
ello, lo que más te interesará, es saber que fui secundado grandemente en
todo eso por el «resultado» o, como lo habrían dicho tus favoritos, por el
hijo del amigo de mi esencia, Gornajur Jarjar, el joven individuum
consciente Gornajur Raurj, quien, al igual que su productor, había tomado
como meta de su existencia el estudio detallado de las propiedades de la
substancia cósmica Omnipresente Okidanoj, y poco a poco había merecido
ser considerado, también él, uno de los seres tricerebrados sabios del grado
más elevado.
¿Sabes, querido nieto? Puesto que todos los sucesos, todas las
conversaciones, que han servido para elucidar y fijar en mí los factores de
una convicción categórica respecto a ese hecho desastroso, son en sí
mismos muy interesantes y pueden ser para ti altamente instructivos y como
por otra parte no percibimos todavía sino los reflejos de la esfera de nuestro
querido Karataz, puedo hablarte de todo eso en detalle.
Para que comprendas mejor por qué se han cristalizado en mi ser los
datos que me han permitido constatar este hecho y tomar plena conciencia
de él, te hablaré, en orden, todos esos sucesos y comenzaré mi relato en el
momento en que, encontrándome todavía en tu planeta, recibí la nueva de
mi absolución.
Desde que tuve conocimiento de ese acto de suprema clemencia hacia
mí, decidí por supuesto regresar lo más pronto al lugar de mi advenimiento,
tan querido por mi esencia.
Más a fin de prepararme bien ante tan largo viaje, me era indispensable
primero ascender hasta el planeta Marte.
Unos días más tarde, salí para siempre de tu planeta y regresé a Marte,
una vez más a bordo de nuestra nave Ocasión.
Apenas llegados, recibimos una orden de Lo Alto que nos mandaba,
tanto a mí como a todos los seres de nuestra tribu deseosos de regresar al
lugar de su advenimiento, a dirigirnos con la nave Ocasión al planeta
Saturno, donde el gran paquebote intersistemario Omnipresente vendría a
buscarnos para llevarnos a nuestro destino.
No obstante, tuve que permanecer, durante cierto tiempo en Marte para
liquidar allí todos mis asuntos personales y dar diferentes órdenes
concernientes a los seres de nuestra tribu. Supe entonces que el «Tuf-Nef-
Tef» deseaba verme.
Tuf-Nef-Tef es el nombre que se da en el planeta Marte al ser que está a
la cabeza de todos los seres tricerebrados que habitan allí, es decir, lo que
correspondería al ser que, en la misma situación, se llamaría en tu planeta
«emperador».
Yo había conocido a este Tuf-Nef-Tef, o emperador, en su juventud,
cuando todavía no era sino un «Plef-Perf-Nuf»; un Plef-Perf-Nuf es algo
muy similar a un Tzirlikner entre nosotros, o que un «médico» en tu planeta
Tierra.
A propósito, debo decirte que en casi todos los planetas de nuestro Gran
Universo y, particularmente, en los otros planetas de este sistema solar, es
por su mérito que un ser se convierte en jefe, y la mayor parte de las veces
por los méritos adquiridos por él como Plef-Perf-Nuf, o médico, pero
médico tanto del alma como del cuerpo.
Mi primer encuentro con ese Tuf-Nef-Tef marciano se efectuó
inmediatamente después de nuestra llegada a este sistema solar y nuestra
instalación en Marte. Él residía entonces, en capacidad de Plef-Perf-Nuf,
justamente en la parte de la superficie del planeta donde me había
establecido con todos los que me acompañaban.
Desde entonces, tras haber existido en diversos lugares de ese planeta,
siempre en calidad de Plef-Perf-Nuf, se hizo digno, por sus méritos, de ser
reconocido como jefe de todos los seres marcianos; y como se acercaba al
estado de «Ishmetsh» sagrado, había anhelado regresar a los lugares mismos
donde había transcurrido su juventud. A esto se debía que este anciano Plef-
Perf-Nuf, hoy Tuf-Nef-Tef, viviera en esa época no lejos de mi residencia en
Marte.
Este Tuf-Nef-Tef habría sido a los ojos de tus favoritos un ser
verdaderamente de mucha edad; según la forma marciana de cálculo del
tiempo él tenía en efecto unos doce mil años, lo que en años terrestres no
habría sido mucho menos.
Debo decirte que, en el planeta Marte, la duración de la existencia de los
seres es, en general, más o menos la misma que la de los seres tricentrados
de todos los demás planetas de nuestro Megalocosmos, con excepción, por
supuesto, de esos seres que se han constituido directamente a partir de los
primeros «Tetartocosmos», y que pueden tener una duración de existencia
casi tres veces mayor.
Los seres tricerebrados que surgen y existen en el planeta Marte, así
como los de todos los planetas de nuestro Megalocosmos donde se
desarrolla una existencia normal para seres tricéntricos, tienen plena
posibilidad de alcanzar el estado del Ishmetsh sagrado, es decir, ese estado
en el que la existencia de un ser ya no depende, en lo que respecta al Muy
Grande Iraniranocome cósmico, sino de las sustancias que surgen
directamente de las manifestaciones de la Muy Santa Fuente Original
Misma, mientras que para los demás seres su existencia depende de las
sustancias cósmicas que surgen de los resultados de todas las
concentraciones que son centros de gravedad del Ensembluizar cósmico
fundamental.
Si ellos alcanzan este estado del Ishmetsh sagrado, y si la razón de su
parte suprema ya está plenamente desarrollada hasta el grado requerido por
el Mensurador sagrado de Razón objetiva, entonces el proceso del
Raskuarno sagrado no se cumple en ellos sino cuando lo desean; por otra
parte, su cuerpo eseral supremo pasa directamente al Santo Planeta del
Purgatorio.
Pues bien, había regresado del planeta Tierra al planeta Marte y me
apresuraba a liquidar allí todos mis asuntos, cuando me informaron que el
Tuf-Nef-Tef del planeta deseaba verme personalmente.
Esta solicitud del honorable Tuf-Nef-Tef me fue transmitida por Ajún,
mediante lo que en ese planeta llaman un «Kele-E-Ofú»[4].
Ese Kele-E-Ofú decía:
«Alta Reverencia, supe que usted se había hecho digno de recibir de
Nuestro Padre Creador Común el pleno perdón de sus errores de juventud y
que usted dejaría para siempre mi patria. Es por esto que este anciano que
soy está muy deseoso de verlo. Me agradaría darle mi bendición por última
vez y, aprovechando la ocasión, agradecer en su persona a todos los seres de
su tribu por la actitud benévola que han manifestado durante tan largos años
hacia los seres de mi patria».
El Kele-E-Ofú terminaba así:
«Yo mismo me habría presentado en su hogar, si, como usted sabe, las
dimensiones de mi cuerpo planetario no me lo impidieran totalmente. Debo
pues rogarle que no rehúse venir usted mismo a mi ‘Fal-Fe-Fuf’»[5].
Debo decir que los seres tricerebrados del planeta Marte conocían desde
el principio nuestra verdadera naturaleza y la razón que nos obligaba a
morar en su planeta.
Los seres tricerebrados de la Tierra, por su parte, jamás supieron nada
de ello y ni siquiera sospecharon quiénes éramos ni por qué existíamos en
su planeta.
Pues bien, querido nieto, tan pronto recibí la invitación del honorable
Tuf-Nef-Tef, decidí, por supuesto, presentarme allí en el acto. Al llegar,
cumplí primero con el ceremonial y los intercambios de cortesía
acostumbrados allá; después de lo cual, este ser verdaderamente muy
grande, en todo el sentido de la palabra, me hizo, en el curso de la
conversación, una petición. Esta petición iba a ser el punto de partida de la
cristalización de los datos que debían suscitar, más tarde en mí, la
convicción inquebrantable de que los resultados provenientes de la
existencia anormal de los seres tricerebrados de tu planeta ya habían
comenzado a ejercer una acción dañina en la existencia ordinaria de los
seres tricerebrados que aparecen y existen en el planeta Marte, con respecto
a su «posibilidad» para perfeccionarse como corresponde a unos seres
tricerebrados.
Voy a tratar de transmitirte casi literalmente en nuestra lengua la
petición del Gran Tuf-Nef-Tef.
Alta Reverencia:
«Por la gracia suprema que le ha sido concedida desde Lo Alto, usted ha
reconquistado el derecho a la libre realización de todos sus deseos,
justamente merecidos. Y usted, en virtud de esa gracia todo abarcante, tiene
de nuevo la plena posibilidad de ser lo que usted podría haber sido desde
hace tiempo, debido a sus méritos anteriores en lo referente a la Razón. Y
está demás decir, Alta Reverencia, que a partir de hoy usted encontrará
diversos Individuums correspondientes al Ser de usted, y quienes ya han
alcanzado los más altos grados de Razón».
«Por eso me permito dirigirme a usted, como a un viejo amigo,
pidiéndole, cuando usted se encuentre con esos Individuums, tener a bien
acordarse de este anciano que soy y no olvidar pedirles su opinión acerca de
un hecho que, durante estos últimos años, no ha dejado de desencadenar, en
todas mis partes espiritualizadas, asociaciones angustiosas y luego no
negarse, cuando usted haya conocido su opinión, a comunicármela en la
primera oportunidad».
Y prosiguió:
«El hecho es éste: durante los últimos ‘ftofus’, he comprobado muy
claramente, en los seres de nuestro planeta, la progresión constante, en cada
‘ftofu’, de su ‘Nurfuftafaf’[6] y, junto con esto, una disminución
proporcional de la intensidad de su capacidad de pensar activo».
«Cuando descubrí, por primera vez, este hecho tan deplorable para los
seres de nuestro planeta, me puse a reflexionar intensamente para descubrir
su causa, con el fin de ser capaz de dar, a los seres que habían puesto su
confianza en mí, unas indicaciones que les permitiesen luchar para erradicar
este factor indeseable, aparecido recientemente en su presencia común; pero
aun cuando he meditado con mucha frecuencia y largamente sobre esta
cuestión que me atormentaba sin cesar, no he sido todavía capaz hasta hoy
de elucidar, ni siquiera aproximadamente, de dónde venía el mal y qué
medidas convenía tomar para destruirlo».
Así terminaba la petición del honorable Tuf-Nef-Tef del planeta Marte.
Por supuesto, querido nieto, prometí enseguida a mi viejo amigo
comunicarle sin falta las respuestas que pudiera obtener de Individuums
calificados.

Algunos días marcianos después de esta entrevista, dejamos para


siempre ese hospitalario planeta e hicimos rumbo a Saturno.
Apenas llegamos allá, el jefe de los miembros de nuestra tribu que
vivían allí, vino hacia nosotros y nos comunicó el contenido del
heterograma que acababa de recibir, el cual decía que la gran nave
intersistemaria Omnipresente no aterrizaría en el planeta Saturno sino al
comienzo del «jre-jri-jra».
Jre-jri-jra designa allá un período de tiempo determinado por la
posición que ocupa ese planeta con relación, por una parte, al sol de su
sistema y, por otra parte, a otro planeta de ese mismo sistema, llamado
«Neptuno».
Un año saturniano se compone de siete de esos períodos bien definidos
y cada uno de ellos tiene su propio nombre.
Como todavía faltaba, según los cálculos de tiempo del planeta Marte,
casi un «semi-fuss» antes de ese jre-jri-jra o, según el cálculo de tiempo de
tus favoritos, alrededor de mes y medio, decidimos organizar nuestra
existencia eseral ordinaria a fin de hacer esa espera más o menos
soportable.
Algunos de los nuestros permanecieron en la nave Ocasión, otros se
instalaron en las casas que habían puesto a nuestra disposición los amables
seres del planeta Saturno. En cuanto a mí, me fui con Ajún a Rij, gran
aglomeración de seres tricerebrados donde existía mi amigo Gornajur Jarjar.
La misma noche de nuestra llegada, le pregunté al amigo de mi esencia,
en el curso de una conversación amistosa, cómo transcurría la existencia de
su heredero, mi querido «resultado Kessdyaniano exterior», o, como lo
habrían dicho tus favoritos, mi «ahijado» gornajur Raurj.
Él me lo agradeció y me dijo que la existencia de Raurj se desenvolvía
muy bien, y que inclusive se había convertido en su heredero en todo
sentido, ya que había escogido, como él mismo en otro tiempo, hacer del
estudio detallado de la substancia omnipresente Okidanoj, la meta de su
existencia responsable.
Después de una breve pausa, añadió que al profundizar la ciencia de esa
substancia cósmica Okidanoj, su heredero ya había «olfateado su esencia
misma».
Dijo luego que por razón de los descubrimientos científicos de su
heredero, ya se habían descristalizado no solo todos los factores de
convicción antes cristalizados en su ser a través de largos años de una labor
tenaz, sino que ademas había destruido todos los aparatos de su invención
destinados a sus investigaciones sobre la substancia cósmica omnipresente,
incluso su famosa «lámpara no radiante». Luego, con un profundo suspiro,
concluyó:
«Pienso ahora, exactamente como ‘el resultado de mi todo’ que fue muy
grave falta de mi parte haberme dedicado tanto tiempo a esa ocupación que
debe ser considerada, en un sentido objetivo, como un ‘pecado
imperdonable’».
Conversando luego sobre diversos temas, conforme al curso asociativo
de nuestro pensar eseral, acabamos por hablar de los seres tricerebrados que
pueblan el planeta Tierra.
Recordarás, que te dije ya que mi amigo Gornajur Jarjar siempre había
estado al corriente de las observaciones que yo hacía sobre el extraño
psiquismo de ellos; yo mismo hasta le había enviado, como a tu tío Tuilán,
copias de algunos de mis apuntes.
Pues bien, estábamos hablando de esos seres tricerebrados que te
agradan, cuando Gornajur Jarjar me preguntó:
«Dígame, le ruego, amigo mío, ¿es verdad que la duración media de la
existencia de esos desdichados continúa disminuyendo todavía?».
Comenzaba a exponerle el estado actual de la cuestión y los nuevos
datos que había obtenido relativos a esa anomalía, cuando su «resultado»,
Gornajur Raurj, entró en la habitación.
El recién llegado, aun cuando tenía exactamente el mismo aspecto
exterior que su «productor», parecía lleno de vigor y de ardiente juventud.
Cuando se hubo posado en su percha, a la manera de los seres
tricerebrados de ese planeta, me dirigió, de acuerdo a la usanza de ellos, con
su angélica voz musical, toda clase de deseos benevolentes, propios para
despertar sensaciones eserales satisfactorias.
Y para concluir declaró, con no poco énfasis:
«Aunque usted es solamente mi ‘padre Kessdyaniano’, se han
cristalizado en mí con respecto a usted, por el hecho de haber cumplido
usted con una conciencia tan entera las obligaciones divinas que usted
asumió para conmigo con ocasión de mi ‘Jri-jra-jri’[7], datos equivalentes a
aquellos que deberían encontrarse en la presencia común de todo ser
tricerebrado para con su propio productor, y esa es, sin duda, la razón por la
cual me acuerdo con mucha frecuencia de usted y le deseo cada vez en mi
pensamiento que disponga en todo momento de condiciones propicias para
la realización de un futuro objetivamente ‘bueno y feliz’».
Pero tú tal vez no me comprendiste, querido nieto, cuando te dije que
Gornajur Raurj se había posado en su percha.
El hecho es que, en virtud de su revestimiento exterior, los seres
tricerebrados de ese planeta han adquirido a la larga el hábito de no poder
descansar sino en esa postura: inclinándose de cierta manera, dejan soportar
todo el peso de su cuerpo planetario sobre sus extremidades inferiores y, por
esta forma de reposar, se les ha hecho poco a poco indispensable
mantenerse a cierta altura. Por eso dichos seres tricerebrados han adoptado
la costumbre de fijar bastante separados del suelo, en los locales donde
existen, dispositivos especiales que ellos llaman «perchas».
Añadiré que tienen la costumbre de adornar esas «perchas» con diversos
ornamentos y grabar en ellas toda clase de motivos, como, por cierto, lo
hacen además tus favoritos que manifiestan la misma debilidad en la
decoración de su «mobiliario».
Así pues, una vez instalado en su percha y después de haberme
expresado la bienvenida, mi querido «resultado Kessdyaniano exterior», o
«ahijado», Gornajur Raurj, comenzó a intervenir en nuestra conversación.
Pues bien, querido nieto, mientras charlábamos sobre diversos temas,
tuve la curiosidad de preguntar a mi ahijado por qué razones se habían
cristalizado en su presencia los datos que habían engendrado en él un
impulso de poderoso interés por conocer todos los aspectos de la substancia
cósmica omnipresente Okidanoj y lo habían hecho digno de hacer, a
semejanza de su productor, grandes descubrimientos cósmicos. Cuando el
joven Raurj me respondió en forma detallada, se me hizo evidente que la
existencia anormal de tus favoritos debía ejercer una acción funesta sobre la
existencia normal y el perfeccionamiento consciente de los seres que
habitan el planeta Marte; al mismo tiempo encontré en esa respuesta
precisa, establecida sobre bases científicas, elementos capaces de aportar
una solución al problema sobre el cual mi viejo amigo marciano, el gran
Tuf-Nef-Tef, me había pedido que inquiriera.
Voy a tratar, querido nieto, de transmitirte en nuestra lengua, lo más
exactamente posible, el sentido mismo de su respuesta.
Luego de reflexionar unos instantes sobre la pregunta que yo le había
hecho, Gornajur Raurj me respondió con profunda seriedad:
«Al comienzo de mi existencia, a la edad en que me preparaba para
convertirme en un ser responsable, dedicaba la mayor parte de mi tiempo —
como conviene a todos los seres tricerebrados de esa edad— a ejercitarme
con el objeto de adquirir el poder de ‘reflexionar activamente de manera
sostenida’; y me vino entonces la costumbre, durante los intervalos de
reposo indispensable, de hacer funcionar los diversos aparatos
experimentales de mi productor».
«Pues bien, en el curso de ese período de mi existencia, noté más de una
vez que en ciertos días la fuerza y el nivel de mi mentación activa
disminuían muy particularmente».
«Esa constatación despertó en mí un interés subjetivo que me impulsó
de manera imperiosa a tomar conciencia de las razones de ese hecho. De ahí
en adelante me puse a investigar sus causas prestando atención tanto a mí
mismo como a todo lo que pasaba a mi alrededor, y al cabo de un ‘jri’,
llegué a la convicción formal de que ese estado indeseable se producía en
mí cada vez que nuestro gran ‘Vida-tchaján’[8] entraba en acción».
«Ese precisamente, es el hecho que se convirtió, desde que lo
comprobé, en la razón de mi creciente interés por esa substancia cósmica
omnipresente y por el estudio profundo de todos sus aspectos».
«El resultado de mis experimentos fue el de aportarme, desde el
comienzo mismo, un número incalculable de pruebas de todo tipo, que
establecían tanto para mí como para los demás, el hecho de que la
substancia cósmica Okidanoj es un elemento de la presencia común de la
atmósfera de nuestro planeta, como también de la de los demás planetas,
que interviene en el surgimiento de todas las formaciones planetarias y
supraplanetarias —entre las cuales, por supuesto, se encuentra la parte
‘Jraprjalijrjniana’ de todo ser— así como en el sostén de su existencia».
«Mis elucidaciones experimentales posteriores me demostraron, más
allá de toda duda, que aunque nuestro sistema solar, como todos los otros
sistemas solares del Gran Universo, posee su propia Ensembluizar, y cada
planeta con su atmósfera constituye un lugar especial de concentración de
una u otra clase de sustancias cósmicas del ‘Ensembluizar Sistemático’
dado, no obstante, la sustancia cósmica Okidanoj es una parte indispensable
y predominante de la presencia de cada planeta».
«Mis experimentos me mostraron además que esa substancia cósmica
está concentrada en cada sistema de acuerdo a una proporción estrictamente
determinada por el equilibrio universal, y distribuida entre las atmósferas de
todos los planetas del sistema solar dado, dentro de unas proporciones
estrictamente definidas. Por lo tanto, cada vez que esa substancia universal
es gastada, sea por accidente, sea intencionalmente, en un lugar cualquiera
del espacio atmosférico, debe ser absolutamente renovada allí a fin de
restablecer el equilibrio de sus proporciones en la atmósfera, lo cual se
efectúa por un verter de esa substancia que fluye de otros lugares. Y ese
desplazamiento equilibrante del Okidanoj, debe efectuarse no solamente de
un punto a otro en la atmósfera de todo planeta, sino también de la
atmósfera de un planeta a la de otro, cuando en este último, por una u otra
razón, se ha gastado en más cantidad de lo que permite la norma
establecida».
«Finalmente logré elucidar para mi propia razón, con precisión y desde
todos sus ángulos, y demostrar luego a los demás el hecho de que no solo la
substancia cósmica Okidanoj, presente en nuestra atmósfera y
constantemente renovada, es necesaria para la presencia común de nuestro
planeta, y constituye incluso el más importante de los factores de aparición
y de mantenimiento de la existencia, sino que la esencia de cada formación
intraplanetaria y supraplanetaria ‘relativamente independiente’, así como la
esencia de los seres de todos los sistemas de cerebros y de revestimientos
exteriores, dependen también ellas de esa substancia; en fin, que la
posibilidad, para los seres tricerebrados, de perfeccionarse y de fusionarse
entonces con la Causa Primera de todas las cosas existentes depende
además de ella exclusivamente».
«Lo repito, el resultado de todas mis investigaciones experimentales me
permitió reconocer muy claramente y adquirir unos datos indiscutibles para
demostrar a los seres que me rodeaban que desde todo punto de vista la
destrucción, en la presencia del planeta y en su atmósfera, de la substancia
cósmica Omnipresente Okidanoj casi equivale a la destrucción consciente
de todas las labores y resultados de la Muy Sagrada Causa Primera de todo
cuanto existe».
Con estas palabras, todavía muy animado por el tema de su exposición,
mi querido ahijado, el joven y ardiente Gornajur Raurj, concluyó su
discurso.

En medio de las explicaciones de Gornajur Raurj sobre las propiedades


de la substancia cósmica Omnipresente Okidanoj y las consecuencias
inevitables que acarrean su extracción de la presencia común de todo
planeta y su destrucción, surgió en mí una sospecha, y aparecieron en mi
memoria toda clase de imágenes, asociadas a impresiones anteriores de la
existencia ordinaria de tus favoritos —percibidas ya sea en el curso de mi
estancia personal entre ellos, ya en la época en que, desde el planeta Marte,
me dedicaba a observaciones atentas de ellos— imágenes relativas a las
diferentes formas en que, según las épocas, ellos extraían de la naturaleza
de su planeta esa substancia, o sus diferentes partes, y las utilizaban para
fines ingenuamente egoístas.
Y mientras Gornajur Raurj proseguía con sus explicaciones, recordé por
asociación la petición del gran Tuf-Nef-Tef del planeta Marte; con todo mi
ser, y sin la menor duda, tomé entonces conciencia de todas las
consecuencias maléficas de esa manifestación de los seres tricerebrados de
tu planeta.
Ellos han dado a la totalidad o a las diferentes partes de esa substancia,
que también para ellos es sagrada, nombres diferentes según las épocas; en
la actualidad, llaman al resultado de la fusión y de la destrucción recíproca
de las dos partes de esa substancia omnipresente «electricidad».
Y de hecho, aunque ya en otras épocas hayan descubierto muchas veces
—por supuesto siempre debido a circunstancias accidentales— cómo
extraer de la naturaleza de su planeta y cómo utilizar para diversos fines
«ingenuamente egoístas» las distintas partes de esa substancia
omnipresente, absolutamente indispensable para unos procesos cósmicos
normales, no obstante, jamás la han destruido en tan grandes cantidades
como ahora.
Así, gracias a las explicaciones de mi «resultado Kessdyaniano
exterior», adquirí la certidumbre inquebrantable del carácter maléfico de la
influencia que ya ejercen los resultados de la anormal existencia ordinaria
de los seres tricerebrados que te gustan y de por sí quedaba resuelta la
pregunta que preocupaba a mi viejo amigo, a saber: por qué, desde hacía
algún tiempo, se había vuelto cada vez más difícil para los seres
tricerebrados del planeta Marte alcanzar la perfección.
Y para definir la manera en que fue resuelta esa pregunta, me serviré de
una sabia sentencia, raras veces empleada, de nuestro estimado Mulaj Nassr
Eddín:

«Tú nunca sabes quién te ayudará a salir del zueco».

En efecto, para resolver esa cuestión, mi muy anciano amigo contaba con
unos individuums cuyos datos y posibilidades eran muy diferentes de los
que poseían mis amigos saturnianos, quienes eran simples seres
tricerebrados ordinarios. Él, probablemente, no había sospechado que para
tales cuestiones, esos seres tricerebrados ordinarios, que adquieren
informaciones relativas de toda clase de hechos cósmicos reales única y
exclusivamente gracias a sus deberes eserales de Partkdolg, son justamente
más competentes, en la mayoría de los casos, que ninguno de los Ángeles o
Querubines, con su Ser ya hecho, quienes, aunque perfeccionados en Razón
hasta grados elevados, pueden parecer, con respecto a confrontaciones
prácticas, no ser más que individuos de la especie descrita así por nuestro
siempre venerado Mulaj Nassr Eddín:

«Jamás comprenderá los sufrimientos de otro quien no los


haya padecido él mismo, aun cuando poseyera la Razón
divina y la naturaleza de un auténtico Diablo».

En este punto del relato de Belcebú se propagaron por toda la nave


intersistemaria Karnak unas vibraciones artificialmente emitidas, que tenían
la propiedad de penetrar en la presencia común de todos los pasajeros de la
nave y actuaban sobre las «fibras nerviosas» del estómago.
Ese fenómeno artificial anunciaba a los pasajeros que era el momento
para ellos de reunirse en el «Dyamitchunatra», especie de «refectorio
monástico» donde el segundo alimento eseral se tomaba en común.
Capítulo 46
Belcebú explica a su nieto el significado de
la forma y del orden que él escogió para
exponer sus informaciones sobre los hombres

Después del proceso de absorción del segundo alimento eseral, Belcebú, al


salir del «dyamitchunatra», no regresó inmediatamente al lugar donde había
tomado la costumbre de conversar con los suyos, sino que entró primero en
su «Keshaj»[9], a fin de refrescar con cierto líquido su cola ya toda
marchita, medida a la que estaba obligado a recurrir, de vez en cuando, por
su avanzada edad.
Cuando regresó de su Keshaj, y después de entrar silenciosamente en la
parte de la nave Karnak donde pasaba ordinariamente su tiempo con los
suyos, lo sorprendió ese cuadro conmovedor:
Su muy amado nieto, Jassín, estaba de pie y de espaldas, en un rincón, y
lloraba, con la cara oculta entre las manos.
Muy emocionado, Belcebú se acercó a Jassín y, con voz inquieta, le
preguntó:
¿Qué tienes, querido nieto mío? ¿Estás llorando de verdad?
Jassín quería responder, pero era evidente que los sollozos de su cuerpo
planetario le impedían hablar.
Fue solo después de cierto tiempo, cuando su cuerpo planetario se
calmó un poco, que pudo dirigir a su abuelo una mirada muy triste y
sonriendo con afecto le dijo:
No te inquietes por mí, querido Abuelo mío. Este estado pasará pronto.
He pensado mucho, y muy activamente, durante estos últimos
«dianosks», y tal vez este nuevo ritmo ha modificado la marcha general del
funcionamiento de mi presencia común.
Y ahora, mientras el nuevo ritmo de mi pensar no se haya armonizado
con los ritmos ya establecidos de mi funcionamiento general, es probable
que yo esté de nuevo sujeto a anomalías tales como estas lágrimas.
Yo debo confesar, mi querido abuelo, que la causa principal de este
estado de mi presencia común ha sido la representación eseral, surgida por
asociación en mi pensar, de la situación y del destino de los desafortunados
cuerpos eserales superiores que, debido a una serie de azares, aparecen en la
presencia común de los seres terrestres tricerebrados y permanecen allí
semiconstituidos.
Esta asociación de ideas, acompañada de un creciente impulso de
tristeza, surgió en mí en el dyamitchunatra, durante el proceso sagrado de
absorción del segundo alimento eseral. Me acordé de ellos por asociación,
en un momento en que estaba lleno de alegría por todo lo que pasaba allí.
Al acordarme de esos desafortunados seres tricerebrados de quienes me
has proporcionado tantas informaciones últimamente, me vino la idea de
que las consecuencias de las propiedades de ese maldito «algo» —
implantado en la presencia general de sus antepasados por razones
completamente independientes de su esencia, debidas a la sola imprevisión
de ciertos Muy Sagrados Individuums— privaban para siempre, no
solamente a los «cuerpos eserales superiores» revestidos en ellos, sino a
ellos mismos, como seres ordinarios, de la posibilidad de experimentar esa
felicidad que se manifiesta en la presencia de todo individuo relativamente
independiente cuando participa en el proceso sagrado de absorción del
segundo alimento eseral, como nosotros mismos acabamos de hacerlo.
Cuando Jassín acabó de hablar, Belcebú lo miró larga y fijamente a los
ojos y, con una sonrisa que revelaba un impulso eseral de amor, dijo:
Veo ahora que durante los últimos dianosks tú has reflexionado en
efecto muy activamente, o que, como lo dirían algunos de tus favoritos
contemporáneos, «no has dormido interiormente». Vamos a sentarnos en
nuestros sitios acostumbrados y hablemos un poco del tema que ya había
prometido tratar contigo y que corresponde perfectamente a la situación
presente.
Cuando se sentaron y llegó a su vez Ajún, Belcebú continuó:
Primero, empezaré por expresar el impulso de alegría que surge en mi
presencia común respecto a ti. Estoy personalmente, muy muy contento por
esta crisis que se ha producido y aún continúa en ti.
Me contenta, ante todo, porque los sollozos sinceros que he visto, y que
se manifiestan justo durante el período de tu existencia en que, de acuerdo
con las leyes del Gran Heropás, ya estás en el camino del Ser de un ser
responsable —es decir, a esa edad precisa en que se cristalizan todos los
datos necesarios para los funcionamientos que constituyen la individualidad
de todo ser tricerebrado durante su existencia responsable, y en donde
aquéllos adquieren un ritmo armonioso en el seno del funcionamiento
común— me dan la certeza de que la conciencia aproximativa, y aun la
simple sensación, que tú puedas tener de mi alegría eseral, ilógica a primera
vista, más tarde te serán muy provechosas, incluso indispensables, tal como
lo son para todo ser tricerebrado durante el periodo de su existencia
responsable. Comenzaré pues, por explicarme al respecto.
Tus sollozos me dan la certeza de que, en tu futura existencia
responsable, tu presencia común tendrá los valiosos datos eserales del
sentimiento que es la base misma de la esencia de todo portador de Razón
Divina, datos que han sido definidos por Nuestro Padre Común en una
fórmula colocada encima de la entrada principal del Sagrado Planeta del
Purgatorio, y que es la siguiente:

«Solo entrará aquí aquel que se mostró capaz de ponerse


en el lugar de los otros resultados de mis trabajos».

Tu esencia ha obedecido ese mandamiento divino cuando en el momento


mismo en que tú sentías la felicidad, sollozaste con toda tu presencia, al
recordar de pronto por asociación que otros estaban privados de ella.
Estoy tanto más contento cuanto que esos datos indispensables para
todo ser comienzan a manifestarse en ti, justo en el momento en que se
cristalizan y se constituyen allí todos los factores cuya formación no
depende en nada de la propia Razón del ser, sino únicamente de los que lo
rodean, de las condiciones exteriores circundantes y del gran
Iraniranocome cósmico.
Y ahora, podemos abordar esta pregunta: ¿por qué, durante todo nuestro
viaje en esta nave transespacial, te he hablado tanto de los seres
tricerebrados que pueblan el planeta Tierra, y por qué lo he hecho en este
orden?
A mi regreso a nuestro querido Karataz, estando libre de toda otra
obligación eseral, he tomado voluntariamente sobre mí la responsabilidad
de dirigir tu Oskiano, o como lo habrían dicho tus favoritos, «tu
educación», hasta que se realice en ti el Ser de un ser responsable. Pues
bien, este período de tu existencia es precisamente aquél en que se
armonizan generalmente, en los seres tricerebrados, todas las funciones
cuyo conjunto engendra en ellos lo que se llama un «pensar sano». Por eso,
cuando emprendimos este viaje en la nave Karnak, resolví aprovecharlo
para ayudar a que la armonización de estas funciones y la formación
consecutiva de tu futuro pensar activo se hagan en ti precisamente en el
orden en el cual, en el curso del proceso de mi larga existencia y con toda
mi presencia, yo he reconocido que era justo.
Al notar, al comienzo de nuestro viaje, que te interesabas mucho en los
seres tricerebrados del planeta Tierra, decidí, so pretexto de satisfacer este
interés, contarte de ellos de tal manera que los «egoplastikures» necesarios
para tus futuras asociaciones eserales se cristalicen en ti sin que intervenga
la menor duda.
Así pues, en casi todos mis relatos, me atuve estrictamente a los dos
principios siguientes:

El primero: no presentarte nada como si fuera mi opinión personal, a


fin de que los datos necesarios para tu propia convicción no se
cristalicen en ti bajo una forma ya preparada, dependiente de la sola
opinión de otra persona.
Y el segundo, escoger intencionalmente el orden en el que te contaría
todos los acontecimientos del planeta Tierra relativos a la aparición y
al desarrollo gradual, en el proceso de existencia ordinaria de tus
favoritos, de las diversas anomalías interiores y exteriores cuyo
conjunto determina su triste estado presente, casi irremediable por
cierto, y eso de tal forma que, en base únicamente a ciertos hechos
que te comunicaré, puedas sacar tus propias conclusiones subjetivas
respecto a todas las causas de estos acontecimientos.

Y decidí proceder así a fin de que numerosos «Egoplastikures» de esencia


diversa se cristalicen en las localizaciones correspondientes de tu presencia,
para las necesidades de tus futuras confrontaciones lógicas y que, por medio
de una mentación activa, se efectúe en ti, de manera más intensa, la
elaboración de las sustancias sagradas Abrustdonis y Jelkdonis requeridas
para el revestimiento y el perfeccionamiento de tus dos partes eserales
superiores.
Y ahora, querido nieto, para que comprendas mejor lo que te estoy
diciendo en este momento, considero necesario decirte de nuevo, en una
forma más precisa, la diferencia que más de una vez te he mencionado entre
el «saber» y la «comprensión» que pueden tener los seres tricerebrados.
Para hacer resaltar, más claramente, esta diferencia, tomaré una vez más
como ejemplo la Razón ordinaria de tus favoritos.
Si se compara lo que ellos llaman su «razón consciente», ya
definitivamente fijada en los seres contemporáneos de allá, con la Razón de
los seres tricerebrados que pueblan los demás planetas de nuestro
Megalocosmos, la primera puede ser llamada «razón del saber» y la
segunda, «razón de la comprensión».
La «razón de la comprensión», razón consciente propia de todos los
seres tricerebrados, y que poseían los seres terrestres de épocas pasadas, es
«algo» que se fusiona con la presencia común, de modo que toda
información percibida por esta razón se vuelve para siempre parte
indivisible de ellos mismos.
Cualesquiera que sean los cambios de un ser y las variaciones del medio
en el que se encuentra, todas las informaciones percibidas por esta razón, y
todos los resultados que engendra la contemplación eseral del conjunto de
las informaciones anteriormente percibidas por esta misma razón, siempre
formarán parte de su esencia.
En cuanto a la «razón del saber», ya habitual en la mayoría de tus
favoritos contemporáneos, toda nueva impresión que ella percibe, y todo
resultado intencional, o simplemente automático, de impresiones anteriores,
no constituyen parte del ser sino de manera temporal; no pueden aparecer
en ellos sino en ciertas circunstancias y a condición de que las
informaciones que les sirven de base sean «refrescadas» y «repetidas» de
vez en cuando a falta de lo cual estas impresiones anteriores se alteran por
sí mismas o incluso se «evaporan» para siempre de la presencia de estos
eres tricerebrados.
Aun cuando, respecto al Sagrado Triamazikamno, el proceso de
formación de estas dos razones eserales se desarrolla de modo idéntico, los
factores que determinan la manifestación de sus tres fuerzas sagradas
independientes son diferentes.
En la formación de la «razón del saber», los factores afirmativo y
negativo están constituidos por las impresiones contradictorias anteriores
cristalizadas en cualquiera de las tres localizaciones que poseen los seres
tricerebrados; y solo las impresiones recién percibidas del exterior sirven,
en este caso, de tercer factor.
En la «razón de la comprensión», esos factores son los siguientes:

1. El primer factor, el de la «Santa Afirmación», está constituido por las


impresiones recientemente percibidas en aquella localización que
posee, en ese momento, «el centro de gravedad del funcionamiento».
2. El segundo, el de la «Santa Negación», está formado por los datos
correspondientes ya presentes en otra localización.
3. Y el tercer factor está constituido por lo que se llama los
«Autokolitzikneres eserales» o, como también se le llama
«Judatzvabognari». El sentido de esta palabra es el siguiente:
«resultados de la tendencia, mantenida con perseverancia, a
manifestar su propia individualidad».

Al respecto, no está de más hacerte recordar, aun si ya lo sabes, que en las


tres localizaciones de los seres tricerebrados, los «Autokolitzikneres
eserales» se forman únicamente a partir de los resultados de la realización
de los «deberes eserales de Partkdolg», que son los factores destinados por
Nuestro Padre Común, desde la aparición de los seres tricerebrados, para
constituir los medios para el perfeccionamiento de sí.
Y estas formaciones son las que, en la presencia común de los seres
tricerebrados, actúan, como tercera fuerza santa del Triamazikamno, para
permitir el advenimiento de la «razón de la comprensión».
Solo estos factores permiten, en el curso del proceso de fusión de
impresiones percibidas, y con base en el Sagrado Triamazikamno, la
cristalización de datos propicios para un conocimiento y una comprensión
personales, es decir, propios de cada uno; por otra parte, es exclusivamente
en el curso de estos procesos de cristalización de datos favorables para la
adquisición de la consciencia, cuando se produce en sus presencias lo que
se llama una «fricción Zernofukalniana», la cual determina en los seres
tricerebrados la formación de las sustancias sagradas abrustdonis y
jelkdonis necesarias para el revestimiento y el perfeccionamiento de sus
partes superiores.
Debo además decirte al respecto que solo las nuevas impresiones que se
cristalizan en este orden, y que surgen en el ser como resultados de una
mentación consciente, se integran, en las localizaciones de este ser, a las
series de datos que corresponden a las impresiones semejantes fijadas ya en
él.
Por el contrario, las nuevas impresiones cristalizadas según otro orden,
es decir, según la «razón del saber», se depositan de cualquier manera en las
localizaciones eserales, sin ninguna «clasificación». Todas estas nuevas
impresiones se inscriben en unas series de impresiones anteriores que casi
nunca tienen nada en común con aquéllas.
He aquí por qué, en la presencia de los seres tricerebrados que tan solo
tienen la «razón del saber», todo cuanto acaban de aprender se deposita y
queda para siempre en estado de simple información, de la que ellos no
toman conciencia alguna con su ser.
Por eso todos los nuevos datos percibidos y fijados en ellos de esta
manera no tienen ningún valor en cuanto al provecho que ellos podrían
sacarles para su existencia futura. Además, la duración de la
descristalización de esta clase de impresiones depende de la cantidad y de la
calidad de los impulsos engendrados en el ser.
Todo «conocimiento», como dicen tus favoritos, que los seres adquieren
de esta manera, en su presencia común, permanece subjetivo y, por
consiguiente, no tiene nada en común con lo que se llama el «conocimiento
objetivo».
Así pues, querido nieto, decidí suscitar en tu ser esa «fricción
zernofukalniana» que permite la cristalización de nuevas percepciones en
beneficio de la «razón de la comprensión», puesto que ya conocía muy bien
lo que llaman las «leyes de fijación y de disolución de las ideas en las
localizaciones de los seres», cuyos detalles había estudiado, en los seres
tricerebrados que te agradan, durante mis estancias entre ellos en calidad de
«hipnotizador profesional».
A fin de determinar en ti una percepción correcta de las nuevas
informaciones que quería aportarte, escogí, entre otros principios
inflexibles, el de procurar siempre que la penetración progresiva de lo que
se llama «quintaesencia de las informaciones» se efectúe en ti en ausencia
total de los impulsos eserales de «indignación», «ofensa», «vejación» y así
sucesivamente.
En cuanto al orden de las informaciones que te he dado y su efecto
sobre la comprensión de tu esencia, debo decirte que, desde el instante en
que advertí tu interés por los seres terrestres tricerebrados, si a propósito de
cada suceso, no te hubiera participado más que mi convicción personal y la
opinión que se había fijado en mí acerca de ellos, durante el curso de mis
observaciones, solo para darte después «el conjunto de informaciones»
abundantes y variadas que te comuniqué, todos estos hechos habrían sido
percibidos en ti sin ninguna confrontación lógica, y los datos así
cristalizados se habrían depositado en tus localizaciones correspondientes
como simples informaciones, sin verdadera comprensión eseral.
Por eso he contado mis relatos acerca de los seres tricerebrados que
pueblan el planeta Tierra de manera tal que cristalicen, en estas
localizaciones, cantidad de datos diversos para tus futuras asociaciones
eserales relativas, sea a la totalidad, sea a las diferentes ramas del saber
objetivo y, por otra parte, que el proceso de «fricción Zernofukalniana» se
efectúe intensamente en tu presencia común, para llegar al resultado que
acabo de comprobar, por la manera en que tú me respondiste cuando te
pregunté: «¿por qué lloras?».
Ahora, que más o menos me he convencido, querido nieto, de que no he
perdido mi tiempo y de que mis relatos acerca de los seres terrestres
tricerebrados te han aportado el beneficio que esperaba de ellos, pienso que
podríamos dejar de hablar de esto, para no provocar en ti el proceso de
mentación activa; además, apenas si nos queda tiempo, pues pronto
llegaremos a nuestro querido Karataz.
Sin embargo, debo darte todavía este consejo formal, que te explicaré,
en pocas palabras:
Te esforzarás, haciendo un llamado a la razón que está en tu presencia,
en procurar que ciertas funciones que se desarrollan en ti —y te dan, como
a todo ser tricerebrado, la posibilidad de un pensar activo— queden
inactivas o, como dicen, descansen, y eso por una duración igual a la de
nuestro viaje, es decir, igual a la que hemos dedicado a hablar de tus
favoritos. En efecto, este descanso le es necesario a las funciones que
durante este tiempo han participado más intensamente que de costumbre en
tu mentación activa y cuya marcha, además, no depende de la esencia de los
seres, sino que se encuentra bajo la dependencia exclusiva de lo que se
llama «la armonía general del ritmo cósmico».
A ese propósito, debes recordar siempre que la razón de todo ser y la
intensidad de acción de esta razón dependen del funcionamiento correcto de
todas las distintas partes de su presencia entera.
Así pues, el conjunto de los funcionamientos del «cuerpo planetario» y
este mismo cuerpo representan la mayor parte de un ser; pero estos distintos
funcionamientos y este mismo cuerpo, por entero, aislados de las demás
partes espiritualizadas del ser, no constituyen sino una formación cósmica
dependiente, sin consciencia de nada; de modo que, según el principio de lo
que llamaste una vez «el pilar universal de la Justicia», cada parte
espiritualizada del ser debe mostrarse siempre justa frente a esta parte
dependiente e inconsciente, y no exigir de ella más de lo que puede dar.
Esto vale tanto para el cuerpo planetario de un ser como para toda cosa
en el Megalocosmos; para que pueda servir correctamente a sus partes
dominantes, es decir, para que esta parte auxiliar del ser total sirva como le
conviene a su esencia misma, ésta debe ser siempre justa y no exigir de ella
sino lo que está dentro de los límites de sus posibilidades.
Sin hablar de Justicia, es necesario actuar respecto a la parte
inconsciente del ser de modo tal que permita a ciertas funciones mantenerse
inactivas de vez en cuando, y esto para que esa parte inconsciente tenga
siempre la posibilidad de hacer fusionar, poco a poco y en el momento
requerido, sus «ritmos» subjetivos recientemente adquiridos con los
«ritmos» objetivos de nuestro Megalocosmos.
Notemos al respecto que en el Megalocosmos la fusión de los ritmos no
se efectúa sino «Katznukitzkerno» o, como lo expresarían tus favoritos,
«según una progresión conforme a las leyes».
Pues bien, si quieres que tu mentación activa trabaje correcta y
productivamente en el curso de tu futura existencia responsable, —como
esa mentación ya ha comenzado a efectuarse en ti, y ya que ese proceso
interior tiene consecuencias indeseables para tu cuerpo planetario— tú
debes ahora cesar completamente de hacerla funcionar durante cierto
tiempo, por más deseos que tengas, sino sufrirás el «dezonakuasanz», es
decir, que una sola parte de tu presencia total adquirirá un «ritmo» nuevo, y
en consecuencia te convertirás en un ser «unilateral», como dirían tus
favoritos.
Además la mayoría de ellos, y sobre todo los contemporáneos, cuando
llegan a la edad responsable, se convierten precisamente en esos seres
«unilaterales».
En resumen, solo por una modificación progresiva del ritmo de cada
parte del todo es posible modificar el ritmo de ese mismo todo sin causarle
perjuicio.
Para concluir, creo necesario repetir que en un ser la realización de la
«mentación activa» y de las consecuencias útiles de esa mentación tienen
como condición exclusiva el funcionamiento en grado igual, en su
presencia, de las tres concentraciones de resultados espiritualizados que
tienen el nombre de «centro pensante», «centro emocional» y «centro
motor».
Capítulo 47
Resultado, conforme a las leyes,
de la mentación imparcial

Belcebú iba a seguir hablando, cuando de pronto todo se iluminó y fue


como penetrado por «algo azul cielo». La caída de la nave Karnak comenzó
a disminuir en seguida sensiblemente.
Eso significaba que en esa esfera del Universo se aproximaba una de las
grandes «Egolionoptias» cósmicas, y que ella iba a abordar la nave espacial
Karnak.
Y en efecto, a través de las paredes transparentes de la Karnak pronto
apareció la fuente de donde provenía ese «algo azul cielo», que iluminaba
no solamente el interior de la nave, sino también, alrededor de la gran
«egolionoptia» cósmica, todo el espacio del Universo que podía ser
abarcado por la vista ordinaria de los seres.
Esas grandes «Egolionoptias» existen en número de cuatro en el
Universo, y cada una de ellas se encuentra bajo la dirección de uno de los
«Sostenes de Todos los Cuartos» del Universo.
Una actividad febril, mezclada con algo de inquietud, se apoderó de los
seres que se encontraban a bordo de la nave y, al poco tiempo, todos los
pasajeros y los miembros de la tripulación se reunieron en la gran sala
situada en el centro de la nave.
Cada uno tenía en una mano un ramo de mirto y en la otra un
«Dezyelkashe».
Cuando la gran «Egolionoptia» cósmica hubo abordado la Karnak,
ciertas paredes de esta última se separaron de una forma especial, y se vio
entonces dirigirse de la «Egolionoptia» hacia la gran sala de la nave una
procesión compuesta de varios Arcángeles y una multitud de Ángeles, de
Querubines y de Serafines, que tenían todos en la mano, esta vez, una
palma.
A la cabeza de la procesión, avanzaba un venerable Arcángel, seguido
por dos Querubines, que llevaban solemnemente una especie de cofre del
que irradiaba «algo anaranjado».
En la gran sala de la nave Karnak, solo, delante de todos, estaba
Belcebú; detrás de él, sus parientes y el capitán de la nave y, detrás de ellos,
a una distancia respetuosa, todos los demás.
Cuando la procesión que había salido de la «egolionoptia» llegó cerca
de los seres de la misma naturaleza de Belcebú, quienes estaban reunidos
para esperarla, se detuvo; los dos grupos de seres tricerebrados de
naturalezas diversas entonaron entonces el himno a Nuestra Eternidad,
himno que es siempre cantado en tales ocasiones, en el Universo entero, por
los seres de toda naturaleza y de todas las formas de revestimiento exterior.
Este Himno se canta con las palabras siguientes:

Oh Tú, infinitamente paciente CREADOR de Todo cuanto


Respira,
Tú, CAUSA PLENA DE AMOR de Todo cuanto Existe,
Tú, Único VENCEDOR del Despiadado Heropás,
Al Son de Nuestras alabanzas,
Regocíjate ahora y reposa en La Beatitud.
Gracias a una labor sin precedente, Tú Has creado el
Principio
Al cual está sometido nuestro advenimiento.
Y por Tu victoria sobre Heropás,
Tú nos has dado la posibilidad
De perfeccionarnos hasta el Sagrado Anklad.
Reposa ahora como Te lo has Merecido.
Nosotros, en reconocimiento,
Mantendremos todo cuanto Tú has creado,
Y siempre y en todo, Te alabaremos eternamente,
Tú, CREADOR y AUTOR,
Tú, Origen de todo Fin,
Tú, surgido de la Eternidad,
Tú, que contienes en Ti mismo el fin de toda cosa,
Oh Tú, ETERNO INFINITO.

Cuando concluyó el Himno, el venerable Arcángel que iba a la cabeza de la


procesión se aproximó a Belcebú y proclamó solemnemente:
«Por orden de su ‘Sostén de Todos los Cuartos’, el Archiquerubín
Peshtvogner, ante usted aparecemos, Alta Reverencia, provistos del santo
cetro personal de él, a fin de reconstituir —conforme a la Gracia que a usted
le fue acordada desde Lo Alto por razón de algunos de sus méritos— sus
cuernos, que usted había perdido durante su exilio».
Dicho esto, el venerable Arcángel se volvió hacia el cofre que llevaban
los Querubines y, con gran precaución, retiró de allí piadosamente el cetro
sagrado.
Entonces todos los presentes se arrodillaron, mientras los Ángeles y los
Querubines entonaban los cánticos sagrados apropiados.
Seguidamente el Arcángel, con el cetro sagrado en la mano, se dio la
vuelta nuevamente hacia Belcebú y dirigió a los seres de la naturaleza de él
las siguientes palabras:
«¡Seres creados por Nuestro Eterno Unieseral, por la gracia infinita de
Nuestro Creador, el ser Belcebú, que antes había pecado, es perdonado hoy
y admitido de nuevo entre sus semejantes!»
«Teniendo en cuenta que la virilidad y el grado de Razón de los seres de
la naturaleza de ustedes se determinan y se manifiestan por los cuernos que
llevan, nosotros debemos, con el asentimiento de Nuestro ‘Sostén de Todos
los Cuartos’ y con la ayuda de ustedes, reconstituir los cuernos perdidos de
Belcebú».
«Seres creados por Nuestro Único Padre Común, la ayuda de ustedes
consistirá en que cada uno consienta en renunciar, voluntariamente, en
favor de Belcebú, quien ha merecido Su Gracia, a algunas partículas de las
sustancias de sus propios cuernos».
«Pues bien, que todos los que consientan y lo deseen, se aproximen a
este cetro sagrado y toquen su empuñadura. De la duración de este contacto
dependerá la cantidad de los elementos activos tomados a sus propios
cuernos, que servirán para constituir en este ser absuelto, de la misma
naturaleza de ustedes, unos cuernos correspondientes a sus propios
méritos».
Dicho esto, el venerable Arcángel sostuvo, encima de Belcebú
arrodillado, la esfera del cetro sagrado y volvió su empuñadura hacia los
asistentes a fin de que quienes lo desearan pudiesen venir a tocarla.
Se produjo enseguida un gran revuelo entre el grupo de seres de la
naturaleza de Belcebú, pues cada uno trataba de adelantarse para tocar el
cetro sagrado de primero y por el mayor tiempo posible.
Pero no tardó en establecerse el orden: uno tras otro, por turno, llegaban
a tocar el cetro por el tiempo que indicaba el capitán de la nave, quien había
tomado para sí la responsabilidad de dirigir esa solemnidad.
Durante la ceremonia, comenzaron a aparecer unos cuernos sobre la
cabeza de Belcebú.
Al principio, cuando apenas iban tomando forma, los asistentes se
comportaban con una tranquilidad seria y concentrada. Pero, apenas
aparecieron las primeras ramificaciones de los cuernos, el interés se redobló
y dieron señales de una intensa curiosidad. Y esto porque todos estaban
muy impacientes por saber el número de ramificaciones que surgirían en los
cuernos de Belcebú, pues ese número debía determinar, conforme a la
medida sagrada de la Razón objetiva, el grado de Razón que Belcebú había
alcanzado.
Se formó una primera ramificación, luego una segunda, y una tercera, y
la aparición de cada una de ellas provocaba en todos los asistentes una
satisfacción profunda que les hacía estremecerse de alegría.
Pero al formarse una cuarta ramificación, la tensión en todos llegó a los
límites más extremos, pues la formación de esa ramificación significaba que
la Razón de Belcebú ya se había perfeccionado hasta el sagrado Ternunalda
es decir, que a Belcebú solo le faltaban dos grados antes de lograr el
sagrado Anklad.
Llegaba a su fin esa extraordinaria ceremonia, y los asistentes no habían
tenido tiempo aún de reponerse de su viva emoción de alegría, cuando
apareció por sí misma, en los cuernos de Belcebú, una quinta ramificación
de forma particular, ya conocida por todos ellos.
Todos los seres presentes, sin excepción, y el venerable Arcángel
mismo, cayeron prosternados ante Belcebú, quien ya se había levantado, y
se mantenía de pie, transfigurado, pleno de la grandeza que le conferían sus
majestuosos cuernos.
Y todos se habían prosternado ante él, porque la quinta ramificación de
sus cuernos significaba que él ya poseía la Razón del «sagrado Podkulad»,
es decir, el último grado de Razón antes del sagrado Anklad.
La Razón del sagrado Anklad es lo más alto a lo que en general puede
llegar un ser, y es la tercera después de la Razón Absoluta de Nuestra
Eternidad.
En cuanto a la Razón del sagrado «Podkulad», hasta la cual Belcebú se
había perfeccionado, es también rarísima en el Universo. Por eso el
venerable Arcángel mismo cayó prosternado ante Belcebú, porque él, por
su razón, no era más que un «sagrado Degguindad», es decir, que para
alcanzar el sagrado Anklad le faltaba todavía superar tres grados.
Cuando todos se pusieron de pie, el venerable Arcángel, dirigiéndose
esta vez a todos los seres presentes, de diversas naturalezas, pronunció las
siguientes palabras:
«¡Seres creados por el mismo Creador!»
«Hemos merecido ser los primeros en contemplar esta realización del
sagrado “Podkulad”, que representa el sueño de todos nosotros, así como el
de cada uno de los seres de nuestro Megalocosmos».
«Regocijémonos y cantemos nuestra alegría por privilegio tan grande
pues esta actúa como un impulso regenerador sobre el poder que tenemos
de luchar contra nuestro propio principio negativo, único poder que
conduce al sagrado Podkulad al cual ha llegado uno de los hijos de Nuestro
Padre Común, quien, primero pecó por razón de su juventud, pero más tarde
supo hacerse merecedor en su esencia, por sus trabajos conscientes y sus
sufrimientos voluntarios, de llegar a ser uno de los rarísimos Sagrados
Podkulads de todo nuestro Gran Universo».
Después de esta exhortación del Arcángel, todos los seres presentes en
la nave espacial Karnak entonaron el cántico sagrado que siempre es
cantado en semejante caso, conocido con el nombre de Alegría.
Y al concluir ese cántico sagrado, todos los Ángeles y los Querubines,
con el venerable Arcángel a la cabeza, volvieron a la «egolionoptia»
cósmica, que se alejó enseguida de la nave Karnak y desapareció poco a
poco en el espacio. Se dispersaron entonces los pasajeros y la tripulación de
la nave y la Karnak reanudó la caída hacia su destino.

Después de esa Grandísima Solemnidad Universal, Belcebú, su nieto y


su viejo servidor Ajún, profundamente conmovidos, como todos los demás
pasajeros, por ese inesperado acontecimiento, volvieron a la parte de la
nave en la que habían tenido, todas sus conversaciones acerca de los seres
hombres que aparecen y existen en la Tierra.
Y cuando Belcebú, cuyo aspecto transfigurado, estaba ahora conforme
con sus méritos, se hubo sentado en su lugar acostumbrado, su viejo
servidor, Ajún, que había estado dedicado a él casi toda la duración de su
existencia, cayó prosternado ante Él y, con voz sinceramente implorante, le
dijo:
¡Sagrado Podkulad de nuestro Megalocosmos!
Concédame merced y perdóneme, perdone a este ser tricéntrico que
existe desde hace tanto tiempo, pero que para su desgracia —y por la única
razón de que durante su edad preparatoria nadie, entre sus mayores,
favoreció en él la formación de los factores psíquicos que confieren el
poder de intenso cumplimiento de los deberes eserales de Partkdolg
indispensables a todo ser tricerebrado— ni siquiera ha sido lo bastante
perspicaz para sentir a veces aunque fuera instintivamente, la realidad
unieseral e inquebrantable oculta bajo las apariencias con las que se reviste
conforme al Trogoautoegócrata cósmico y a las condiciones circundantes,
realidad sagrada para todo cuanto respira, y que lleva el nombre de «Razón
Objetiva».
Dicho eso, Ajún, como pasmado, se quedó inmóvil en muda
expectación.
Belcebú, guardando silencio, lo contempló con una mirada que,
percibida desde afuera, estaba llena de amor y de perdón, pero en la cual se
traslucían también una tristeza de la esencia y una resignación por lo
inevitable.
Durante toda la escena, Jassín se había mantenido aparte, en la postura
conocida por doquier con el nombre de «postura del famoso ermitaño
universal Jarnatulkpararana del planeta Kirmankshana».
Y cuando, al cabo de unos instantes, Belcebú, tras haber paseado la
mirada alrededor suyo, notó la postura de su nieto, le dijo:
¡Entonces, querido nieto! ¿Acaso sucede en tu presencia lo mismo que
en la de nuestro viejo Ajún?
A la pregunta de Belcebú, Jassín respondió con un tono incierto, y aun
tímido, que no era habitual en él:
Sí… casi… Sagrado Podkulad de nuestro Megalocosmos. Con la única
diferencia de que en este momento el impulso de amor se hace en mí más
fuerte tanto hacia nuestro Ajún como hacia los seres del planeta Tierra.
Este impulso de amor aumenta en mí porque también ellos, creo yo,
contribuyeron a hacerme digno de ser testigo de la glorificación de quien ha
sido la causa de mi advenimiento, y quien, hasta el día de hoy fue
sencillamente mi querido abuelo, pero se convierte ahora, también para mí,
en uno de los sagrados Podkulads de nuestro Megalocosmos, ante quien se
inclinará todo, y ante quien tengo la dicha de estar en este momento.
¡Eh, eh, eh!… exclamó Belcebú, dando a los rasgos de su rostro la
expresión habitual en él durante su estancia en la Tierra. Luego dijo:
Primero quiero expresar en voz alta, en el lenguaje de nuestro venerable
Mulaj Nassr Eddín, el pensamiento que surge en mí por asociación a
propósito de las palabras completamente desacostumbradas de Ajún y de su
postura que le era tan poco familiar.
En un caso semejante, nuestro querido maestro diría:

«No viertas vanas lágrimas como el pobre cocodrilo que


se lanzó sobre el pescador para agarrar su nalga izquierda, y
erró el golpe».

Y ahora, vuelvan a sus sitios, y conversemos un rato.


Aunque nuestra nave ya está entrando en la atmósfera de nuestro
planeta Karataz, no arribaremos rápidamente, porque las naves espaciales
siempre deben amortiguar la inercia adquirida antes de llegar al sitio de su
destino.
Jassín y Ajún, sin decir palabra se conformaron enseguida con la
sugerencia de Belcebú. Aunque era visible en sus movimientos, como en
todo lo que translucía de su psiquis, que un profundo cambio se había
producido en ellos respecto a la persona de Belcebú, luego del
acontecimiento universal que acababa de producirse.
Cuando regresaron a sus sitios y se sentaron —con menos soltura que
antes—, Belcebú se dirigió a Jassín y le dijo:
Ante todo, querido nieto, te doy mi palabra, a menos que algún suceso
de origen exterior, independiente de nuestra esencia, nos lo impida, de
explicarte, cuando lleguemos a casa, todo aquello de lo cual había
prometido hablarte acerca de tus favoritos, pero que por una razón u otra no
he abordado todavía.
Mientras tanto, si tienes alguna pregunta que necesite una explicación
inmediata, puedes hacerla.
Pero te prevengo de que ya no tenemos suficiente tiempo para que
pueda darle a mi respuesta la forma que acostumbraba emplear en el curso
de nuestras conversaciones; trata pues de formular tu pregunta de tal modo
que mi respuesta pueda ser breve.
Así tú podrás mostrarme, una vez más, hasta qué punto tu pensar lógico
se ha desarrollado durante mis relatos sobre la extraña psiquis de los seres
tricéntricos que aparecen y existen en el planeta Tierra.
Ante esta propuesta de su abuelo, Jassín reflexionó profundamente
durante un tiempo bastante largo; luego dijo, algo exaltado:
¡Sagrado Podkulad y causa fundamental de la causa de mi
advenimiento!
Después de la ceremonia que acaba de realizarse —desde el momento
en que su sagrada esencia se revistió de un aspecto exterior correspondiente
y que por eso mismo todo su significado, que solo raros seres tricerebrados
podían percibir y comprender— se ha hecho evidente y aun tangible, tanto
para mí como para toda unidad cósmica, distinta de usted, que cada una de
sus palabras, cada uno de sus consejos, ha adquirido, para mí, fuerza de ley.
De modo que debo esforzarme, con toda mi presencia, por obedecer la
propuesta que usted acaba de hacerme y tratar de formular mi pregunta lo
mejor posible, y de la manera más breve.
¡Sagrado Podkulad y causa de la causa de mi advenimiento! Para que
todas las convicciones que se han formado en mí, gracias a sus
explicaciones acerca de las anomalías que se producen en el planeta Tierra,
se cristalicen definitivamente, yo quisiera conocer su sincera opinión
personal acerca del siguiente asunto:
¿Cómo habría respondido si Nuestro Todo Abarcante Creador Eterno
Mismo, se hubiera dirigido a usted y le hubiese pedido?:
«¡Belcebú!».
«Tú que eres, entre todas mis realizaciones, uno de los resultados
acelerados que yo esperaba, expresa brevemente la conclusión de tus largos
años de observaciones y de estudios imparciales de la psiquis de los seres
tricéntricos que aparecen en el planeta Tierra, y di si todavía hay un medio
de salvarlos y de ponerlos en el camino justo».
Dicho esto, Jassín se levantó y, manteniendo una actitud de profunda
veneración, dirigió a Belcebú una mirada plena de expectativa.
Ajún se levantó también.
Belcebú, sonriendo afectuosamente ante la pregunta de Jassín, dijo que
ahora estaba del todo convencido de que sus relatos habían aportado a su
nieto los resultados deseados; y con tono serio, añadió que si Nuestro
Creador Unieseral Todo Abarcante realmente lo hubiera llamado para
hacerle tal pregunta, habría respondido…
De pronto el mismo Belcebú se levantó y, extendiendo el brazo derecho
hacia adelante y el brazo izquierdo hacia atrás, fijó su mirada en la lejanía,
como si quisiera penetrar las profundidades mismas del espacio.
Al mismo tiempo, «algo amarillo pálido» aparecía poco a poco
alrededor de Belcebú y lo envolvía, pero era imposible comprender ni
discernir su origen: ¿emanaba ese «algo» del propio Belcebú, o le llegaba
de fuentes lejanas a través de los espacios?
En el seno de esta formación cósmica incomprensible para todo ser
tricerebrado, Belcebú, con una voz fuerte que no era habitual en él, profirió
con tono de absoluto convencimiento:

«¡Oh Tú, que eres el TODO y toda cosa de mi todo!»

«La única medida de salvación para los seres del planeta Tierra sería
implantar ahora, en su presencia, un nuevo órgano, análogo al Kundabuffer,
pero esta vez dotado de propiedades tales que, cada uno de estos
desdichados, durante el proceso de su existencia, sienta y tome conciencia
sin cesar de la inevitabilidad de su propia muerte, así como de la muerte de
cada uno de aquellos sobre quienes se fija su mirada o su atención».
«En la actualidad, solo esa sensación y ese conocimiento pueden reducir
a nada el egoísmo que se ha cristalizado definitivamente en ellos y que
absorbe la totalidad de su esencia, destruyendo, al mismo tiempo, la
tendencia a odiar a los demás que es su consecuencia, tendencia que
determina esas relaciones recíprocas cuya existencia es la causa principal de
todas sus anomalías, indignas de seres tricerebrados y funestas tanto para
ellos como para todo el Universo».
Capítulo 48
Conclusiones del autor

Después de seis años de trabajo, vividos sin la menor piedad hacia mí


mismo y en un estado de tensión mental casi incesante, al fin terminé ayer
de redactar en forma accesible a todos, me parece, la primera de las tres
series de libros que tenía la intención de escribir, y en los cuales había
decidido exponer un conjunto de ideas cuyo desarrollo debía permitirme
cumplir en teoría, antes de realizar su aplicación práctica por un medio
previsto de antemano y puesto en su punto, tres tareas que me había fijado:

Mediante la primera serie, destruir en la gente todo


cuanto, en sus falsas representaciones, les parece existir
en realidad, en otras palabras, barrer sin misericordia
con «toda la basura acumulada en la mentación humana
en el transcurso de las edades».
Mediante la segunda serie, preparar «nuevos materiales
de construcción».
Y, por medio de la tercera, «edificar un mundo nuevo».

Habiendo terminado la primera serie de esos libros, seguiré ahora una


práctica establecida en la Tierra desde hace mucho tiempo, la de siempre
concluir una «gran obra» con lo que unos llaman un «epílogo», otros un
«postfacio», otros más un «postscriptum», etc… y terminaré yo también
con algo por el estilo.
Con ese fin, releí muy atentamente esta mañana el «prefacio» que había
escrito hace seis años, con el título: «Despertar del Pensar», con la
intención de tomar de allí las ideas que permitirán realizar lo que llamaré
una «fusión lógica», de ese comienzo con la conclusión que me propongo
escribir.
Al leer ese primer capítulo, redactado hace solamente seis años, tenía la
sensación de que había sido escrito hacía muchísimo tiempo, sensación que
aparece hoy en mi presencia común probablemente por el hecho de que,
durante esos años, tuve que pensar con intensidad y hasta podía decirse,
«experimentar» todo el material que necesitaba para escribir ocho gruesos
volúmenes. Pues no fue sin razón que en este ramo de la verdadera ciencia
relativo a las «leyes de asociaciones de la mentación humana» que nos ha
llegado de los tiempos más antiguos, conocido sin embargo solo por una
pequeña minoría de nuestros contemporáneos, ha sido establecido que la
«sensación del curso del tiempo es directamente proporcional a la calidad y
a la cantidad de los pensamientos transcurridos».
Leía, pues, ese primer capítulo, acerca del cual había meditado
profundamente y «experimentado» cada aspecto bajo la acción casi
exclusiva de una automortificación voluntaria, y que había escrito en una
época en que el funcionamiento de mi presencia general —funcionamiento
que engendra en el hombre lo que se llama el «poder de manifestarse por su
propia iniciativa»— estaba desarmonizado por completo, es decir, en la
época en que yo estaba todavía muy mal a consecuencia del accidente que
había sufrido poco tiempo atrás, como resultado de una carrera
desenfrenada en la que mi automóvil fue a estrellarse a toda velocidad
contra un árbol, testigo silencioso de la huida desordenada de los siglos, en
la histórica vía entre la capital del mundo, París, y la ciudad de
Fontainebleau —«carrera» que, según toda sana comprensión humana,
debería haber puesto fin a mi vida— y de pronto surgió en mí una decisión
muy firme.
Al recordar el estado en que me encontraba durante el período en el cual
escribía ese primer capítulo, no puedo dejar de agregar aquí —debido a
cierta pequeña debilidad que me hace experimentar siempre una íntima
satisfacción cada vez que veo aparecer en el rostro de los estimables
«representantes actuales de la ciencia exacta» esa sonrisa que solo a ellos
pertenece— añadir que si, después de ese accidente, mi cuerpo fue
magullado y desbaratado al extremo de ofrecer durante largos meses un
cuadro que podrían haber titulado: «un pedazo de carne viviente en una
cama limpia», no obstante, mi «espíritu» (o lo que comúnmente se llama
así), sometido desde mucho tiempo a una disciplina justa, no estuvo
deprimido en absoluto, a pesar del estado físico de mi cuerpo, tal como
debería haber ocurrido según todas las nociones de ellos. Muy al contrario,
su poder estaba incluso acrecentado por la intensa excitación que habían
hecho surgir en él, justo antes del accidente, las repetidas decepciones que
me causaron los hombres, sobre todo los que se dedican a la «ciencia»,
como dicen ellos, y la desilusión que me proporcionó ese ideal formado,
poco a poco, en mi presencia común, por efecto de un mandamiento
inculcado desde mi infancia, y el cual recuerda que «la meta más elevada y
el sentido mismo de la vida humana es esforzarse por el bien del prójimo»,
lo que solo es posible por medio de una renuncia consciente al propio.
Así, después de haber releído con atención ese capítulo de introducción
a la primera serie, escrito en las condiciones que dije y al recordar, por
asociación, los textos de los numerosos capítulos siguientes que, según mi
convicción, eran de naturaleza tal como para producir, en el consciente de
los lectores, impresiones desacostumbradas, «engendrando siempre
resultados substanciales» yo decidí —«yo», o más exactamente ese «algo»
dominante en mi presencia común que representa hoy la suma de los
resultados surgidos de los datos cristalizados durante mi vida, datos que
generalmente suscitan, en el hombre que se ha fijado como meta adquirir en
el curso de su existencia responsable, un «pensar activo imparcial», la
capacidad de penetrar y comprender el psiquismo de hombres de diversos
tipos—, yo decidí, dije, bajo el efecto del impulso llamado «amor al
prójimo», que en ese momento surgía en mí, limitarme, para concluir esta
primera serie, a reproducir el texto de la primera de las numerosas
conferencias leídas en público en la época en que aun existía la institución
que fundé con el nombre de «Instituto para el Desarrollo Armónico del
Hombre».
Ese instituto, dicho sea de paso, ya no existe, y me parece a la vez
necesario y oportuno, sobre todo para apaciguar a ciertas personas en
diversos rincones del mundo, declarar, sin reservas, que lo he liquidado
completamente y para siempre.
Y no fue sin un inexpresable impulso de tristeza y desaliento que me vi
obligado a tomar la decisión de liquidar ese instituto, así como todo cuanto
había sido organizado y preparado con tanto esmero para la apertura, en
varios países, el año siguiente, de dieciocho de sus sedes, en resumen, de
abandonar todo lo que había creado hasta entonces por medio de una labor
casi sobrehumana. Tuve, sin embargo, que resignarme a ello, porque unos
tres meses después del accidente de que hablé, tras haberse restablecido
más o menos el funcionamiento de mi pensar ordinario, aun cuando mi
cuerpo permanecía completamente incapacitado, comprendí que tratar de
salvaguardar la existencia de ese instituto —en ausencia de verdaderos
hombres a mi lado y en la imposibilidad en que estarían, sin mi ayuda, de
procurarse los enormes recursos materiales que exigía— terminaría
inevitablemente en una catástrofe cuyo resultado para mí mismo, en mi
vejez, así como para muchas personas dependientes enteramente de mí,
sería el de «vegetar» medio muertos de hambre.
La conferencia que me propongo agregar como conclusión de esta
primera serie fue leída más de una vez, durante la existencia del instituto,
por mis «alumnos de primera fila», como eran llamados entonces. Algunos
de ellos, muy a mi sincero pesar, manifestaron más tarde una deplorable
predisposición de su esencia a una rápida transformación de su psiquismo
en la psiquis Hasnamussiana, predisposición que se hizo pronto evidente y
perceptible para todas las personas más o menos normales a su alrededor en
el momento de la crisis inevitable —provocada por mi accidente— de todo
cuanto yo había realizado anteriormente, pues se les vio a todos «temblar
por su pellejo», aterrorizados ante la idea de perder su bienestar personal,
del que además me eran deudores; y luego, abandonando la obra común con
el rabo entre las patas, volver furtivamente a sus perreras, donde,
aprovechando las migajas caídas de mi «festín de ideas» abrieron lo que
llamaré sus «oficinas de mistificación» y, con un secreto sentimiento de
esperanza y quizás hasta de alegría al pensar en verse pronto libres para
siempre de mi vigilante control, comenzaron a fabricar con toda clase de
pobres ingenuos «candidatos para asilos de locos».
Y escogí esta conferencia porque desde el momento en que me dispuse
a propagar las ideas que quería hacer penetrar en la vida de los hombres, fue
especialmente concebida aquí, en Europa, para servir de introducción a la
serie completa de las conferencias cuyo solo conjunto podía hacer resaltar
en una forma accesible a todos, la necesidad y hasta la imperiosa obligación
de una puesta en práctica efectiva de las verdades inmutables que yo había
elucidado y establecido en el transcurso de medio siglo de trabajo activo de
día y de noche, y probar al mismo tiempo que realmente es posible hacer
servir esas verdades al bien de todos. Por otra parte, encontrándome en el
auditorio, en ocasión de la última lectura que de ella se hizo, le agregué un
suplemento que correspondía en todos los puntos al pensamiento secreto
insertado por el Señor Belcebú mismo, en lo que llamaré su «acorde final»,
y ese suplemento, iluminando una vez más esa suprema verdad objetiva,
permitirá, según creo, al lector percibirla y asimilarla como corresponde a
un ser que se considera a la «imagen de Dios».

Primera Conferencia

LA DIVERSIDAD, CONFORME A LAS LEYES,


DE LAS MANIFESTACIONES DE LA
INDIVIDUALIDAD
HUMANA

(Leída por última vez en la Neighborhood Playhouse,


en Nueva York, en enero de 1924).

Como resalta de las investigaciones de muchos sabios de épocas pasadas y


a la vez de las búsquedas realizadas según métodos muy excepcionales por
el «Instituto para el Desarrollo Armónico del Hombre» del señor Gurdjieff,
la individualidad integral de todo hombre —conforme a las leyes
superiores, así como a las condiciones del proceso de vida de los hombres
que se han establecido en la Tierra desde el comienzo y que, poco a poco, se
han radicado allí—, sea cual sea la herencia de la que ese hombre es el
resultado y sean cuales fueren las condiciones accidentales de su aparición
y de su desarrollo, debe, desde el comienzo de su vida responsable, para
responder al sentido y a la predestinación de su existencia como hombre y
no como un simple animal, consistir absolutamente de cuatro
personalidades distintas bien determinadas.
La primera de estas cuatro personalidades independientes no es otra
cosa que el conjunto del funcionamiento automático, propio tanto del
hombre como del animal, cuyos datos se componen, por una parte, de la
suma total de los resultados de las impresiones recibidas desde el
nacimiento y que provienen tanto de la realidad circundante como de todo
cuanto ha sido implantado intencionalmente en ellos y, por otra parte, de los
resultados del proceso, también inherente a todo animal, que se llama
«ensueño». El conjunto de este funcionamiento automático es lo que la
mayoría de la gente llama, en su ignorancia, el «consciente» o, en el mejor
de los casos, el «pensar».
La segunda de las cuatro personalidades que la mayoría de las veces
tiene un funcionamiento completamente independiente de la primera, es la
suma de los resultados de aquellos datos que se depositan y se fijan en la
presencia del hombre, como en la de todo animal, a través de sus seis
órganos «receptores de vibraciones de calidades diferentes» órganos que
funcionan conforme a las nuevas impresiones percibidas, y cuya
sensibilidad depende de la herencia y de las condiciones en las que se
efectuó la formación preparatoria para una existencia responsable.
La tercera parte independiente de un ser integral representa a la vez el
funcionamiento básico de su organismo y el juego de las manifestaciones
reflejo motrices que actúan unas sobre otras dentro de ese funcionamiento,
manifestaciones cuya calidad también depende de la herencia y de las
diversas condiciones de la formación preparatoria de ese ser.
En cuanto a la cuarta personalidad del hombre, que también debería
representar una de las partes distintas del Individuo integral, no es otra cosa
que la manifestación del conjunto de los resultados del funcionamiento ya
automatizado de las tres personalidades enumeradas, separadamente
formadas en él e independientemente educadas, en otras palabras, ella es lo
que en un ser se llama el «Yo».
En la presencia común del hombre existe, para la espiritualización y la
manifestación de cada una de las tres partes, separadamente formadas, de su
todo integral, lo que se llama una «localización centro de gravedad»
independiente, es decir, un cerebro; y cada una de esas localizaciones con
su sistema entero, posee, para el conjunto de sus manifestaciones,
particularidades y predisposiciones propias de ella sola. En consecuencia,
para que el perfeccionamiento integral del hombre sea posible, es del todo
indispensable aplicar a esas tres partes la educación justa que conviene a
cada una de ellas, y no el tratamiento que se les inflige en nuestros días, con
ese mismo nombre de «educación».
Solo entonces el «Yo» que debe existir en el hombre será su propio
«Yo».
De acuerdo con las búsquedas experimentales ya señaladas, proseguidas
durante largos años y fundadas en bases serias, como además de acuerdo
con una reflexión sana e imparcial, accesible incluso a un hombre
contemporáneo, la presencia común de cada uno —y sobre todo de aquel
que, no se sabe muy bien por qué, manifiesta la pretensión de no ser un
hombre del común, sino un «intelectual» en el verdadero sentido de la
palabra— debería componerse de esas cuatro personalidades distintas,
plenamente caracterizadas, y cada una de ellas debería ser desarrollada de
manera apropiada, a fin de que, durante la existencia responsable, las
manifestaciones de todas esas personalidades distintas armonicen entre sí.

Para hacer resaltar la diversidad de origen y de naturaleza de las


personalidades que pueden manifestarse en la organización general del
hombre y marcar bien la diferencia entre el «Yo» que debe existir en la
presencia común de un «hombre sin comillas», es decir, un verdadero
hombre y el «seudoyo» que la gente confunde hoy en día con él, se podría
recurrir a una excelente analogía. Esta ha sido usada, como se dice, «con
todas las salsas» a fuerza de ser empleada por aquellos que se llaman
espiritistas, ocultistas, teósofos y otros especialistas contemporáneos de la
«pesca en aguas revueltas», en sus chismorreos sobre el «cuerpo astral», el
«cuerpo mental» y otros cuerpos que ellos suponen que existen en el
hombre; sin embargo, conserva su valor para aclarar la cuestión que
examinamos en este momento.
El hombre considerado como un todo, con sus distintas localizaciones
funcionando separadamente, o mejor, con todas sus «personalidades»
formadas y educadas independientemente unas de otras, ofrece una
similitud casi perfecta con el carruaje destinado al transporte de un
pasajero, compuesto de un coche, de un caballo y de un cochero.
Hay que destacar, ante todo, que la diferencia entre un verdadero
hombre y un pseudohombre, es decir, entre el hombre que tiene su propio
«Yo» y el que no lo tiene, es puesta en evidencia, en esta comparación, por
el pasajero sentado en el carruaje. En el primer caso, el del verdadero
hombre, el pasajero es el amo; mientras que en el segundo, el pasajero no es
sino el primer transeúnte que llega, quien, como el cliente de un «coche de
alquiler», cambia a cada momento.
El cuerpo físico del hombre, con todas sus manifestaciones reflejo
motrices, corresponde simplemente al carruaje mismo; el conjunto del
funcionamiento y de las manifestaciones del sentimiento corresponde al
caballo enganchado al carruaje, y del cual tira; en cuanto al cochero en su
asiento, quien conduce al caballo, éste representa lo que llaman
comúnmente el consciente o el pensar; finalmente, el pasajero sentado en el
carruaje, y que da órdenes al cochero, es lo que se llama el «Yo».
Toda la desgracia de los hombres contemporáneos proviene
esencialmente de que en razón de los métodos de educación anormales
infligidos por todas partes a la generación joven, la cuarta personalidad, que
debería estar presente en todo hombre que ha llegado a la edad responsable,
les falta por completo; y casi todas contienen únicamente las tres primeras
partes enumeradas, que además se han formado por sí solas y de cualquier
manera. En otras palabras, los hombres contemporáneos de edad
responsable no representan nada más que un «coche de alquiler», y ¡en qué
estado!… un coche deteriorado, cuyos días felices ya se han ido… un viejo
rocinante… y en el asiento, un cochero andrajoso, medio dormido, medio
borracho, que pasa el tiempo asignado por la Madre Naturaleza para el
perfeccionamiento de sí, esperando en esquinas, perdido en sueños
fantásticos, a algún pasajero ocasional. El primer transeúnte que llega lo
llama, lo alquila por horas, dispone de él a su antojo y no solamente de él,
sino de todas las partes del carruaje que le están subordinadas.
Si proseguimos esta comparación entre un hombre contemporáneo
típico, con sus pensamientos, sus sentimientos, su cuerpo, y un coche de
alquiler con caballo y cochero, nos aparecerá claramente que en cada una de
las partes que constituyen esos dos agregados han de formarse hábitos,
necesidades y gustos netamente definidos, que no pertenecen sino a dicha
parte. En efecto, conforme a su diversidad de origen, a las condiciones de
su formación y a sus posibilidades particulares, han de constituirse en cada
una de ellas su propio psiquismo, sus propias nociones, sus propias reglas
subjetivas, sus propios puntos de vista, y así sucesivamente…
El conjunto de las manifestaciones del pensar humano, con todas las
inherencias propias de su funcionamiento y todas sus particularidades
específicas, corresponde en casi todos sus aspectos a la esencia y a las
manifestaciones de un típico cochero de alquiler.
Es, como todos los cocheros de alquiler en general, del tipo «Isidoro».
No es completamente iletrado, ya que la legislación de su país ha decretado
la «enseñanza pública obligatoria» y en su infancia tuvo que gastar de
tiempo en tiempo el fondo de su pantalón en los bancos de la «escuela de
hermanos de la parroquia».
Aun cuando él mismo viene del campo y ha permanecido tan ignorante
como sus compañeros que se quedaron en el pueblo, sin embargo, llamado
por su profesión a rozarse con gente de nivel y educación diferentes, ha
recogido de aquí y de allá toda una colección de expresiones que abarcan
nociones variadas; y ahora mira desde sus alturas, con perfecto desdén, todo
lo que viene del pueblo, rechazándolo con indignación como
«obscurantismo».
En resumen, es un tipo a quien se aplica perfectamente este adagio:
«Corneja, corneja, pierdes tu tiempo, jamás serás un pavo real».
Se considera a sí mismo competente, hasta en materia de religión, de
política y de sociología. Con sus iguales, le gusta discutir; a aquellos que
considera inferiores a él, los enseña; con sus superiores, se muestra
adulador, servil; «se pone en cuatro patas ante ellos».
Una de sus mayores debilidades es la de correr tras las mucamas y las
cocineras del barrio, pero lo que le gusta por encima de todo, es, después de
un buen bocado, saborear una o dos copitas; luego de lo cual, plenamente
saciado, medio amodorrado, sueña…
Para satisfacer sus debilidades, roba regularmente una parte del dinero
que le ha confiado su amo para el forraje del caballo.
Como todo «mercenario», nuestro Isidoro no anda sino a garrotazos, y
si le da por hacer algo sin ser acosado, siempre es en espera de una propina.
Esa atracción de la propina lo ha llevado poco a poco a adivinar ciertas
debilidades de la gente con la que trata, para sacar provecho de ellas y
automáticamente ha aprendido a valerse de artimañas, a adular, a «pasar
pomada», en suma, a mentir.
Tan pronto se le presenta una ocasión y tiene un momento libre, se mete
en un café o en un bar donde se queda horas soñando despierto ante un vaso
de vino, conversando con un tipo de su especie, o leyendo el periódico.
Trata de tener aspecto imponente, lleva barba y, si es delgado, rellena su
indumentaria a fin de parecer más importante.
En cuanto al centro del sentimiento, el conjunto de sus manifestaciones
y el sistema entero de su funcionamiento corresponden, a la perfección, al
caballo del «coche de alquiler».
Esta comparación del caballo y de la organización del sentimiento
humano nos permitirá, además, poner en evidencia el carácter erróneo y
unilateral de la educación infligida hoy a la nueva generación.
El caballo, debido a la negligencia de la que dieron prueba todos los que
lo rodearon desde su más tierna edad, y por el hecho de su constante
soledad, se ha encerrado de alguna manera en sí mismo: en otras palabras,
su «vida interior» se ha visto reprimida, y ya no dispone, para sus
manifestaciones exteriores, más que de la sola fuerza de inercia.
Debido a las anormales condiciones circundantes jamás ha recibido una
educación especial; ha crecido y se ha formado bajo la sola influencia de
palizas brutales y de perpetuas vociferaciones.
Siempre lo han mantenido amarrado; y en cuanto a su alimento, en lugar
de heno y de avena, le dan meramente paja, lo que en nada corresponde a
sus necesidades reales.
Al no haber percibido jamás en ninguna manifestación de quienes lo
rodean el menor signo de ternura o de amistad, el caballo está dispuesto
ahora a entregarse con todo su ser a cualquiera que le haga la menor caricia.
Tanto es así que las tendencias del caballo, privado de toda aspiración y
de todo interés, deben concentrarse inevitablemente en comer, beber y en
una atracción automática por el otro sexo; por eso ronda siempre ahí donde
puede satisfacerlas y si, por casualidad, divisa algún paraje donde una de
sus necesidades ha sido satisfecha tan solo una vez, aguarda el momento
propicio para escapar hacia allá.
Es necesario agregar que el cochero, aun teniendo una comprensión
muy débil de sus deberes, sin embargo, es capaz de pensar con algo de
lógica y, teniendo en cuenta el mañana, ocasionalmente —ya sea por temor
a perder su empleo o con la esperanza de recibir alguna recompensa—, trata
de hacer algo por su amo sin verse forzado a hacerlo. Pero el caballo,
desprovisto de toda educación especial adaptada a su naturaleza, no ha
recibido en el tiempo requerido ningún dato que le permita manifestar las
aspiraciones que exige una existencia responsable; por lo tanto no puede
comprender, y no puede siquiera esperarse de él que comprenda, por qué
debería él hacer algo. De modo que considera sus obligaciones con una total
indiferencia y solo trabaja por temor a una paliza suplementaria.
En cuanto al carruaje, que en nuestra analogía corresponde al cuerpo
considerado aisladamente de las otras partes independientes de la presencia
común del hombre, su situación es aún peor.
Ese carruaje, como todos los carruajes, está hecho de materiales
diversos. Su construcción es de lo más complicada.
Había sido destinado —lo cual parecerá evidente a todo hombre de
juicio sano— al transporte de toda clase de carga, y no al uso que de él se
hace hoy, es decir, solo al transporte de clientes de paso.
La causa principal de los innumerables malentendidos de los que es
víctima se debe al hecho de que había sido previsto para circular por los
caminos vecinales, y a que los maestros carroceros habían dispuesto en
consecuencia ciertos detalles interiores de su construcción.
Por ejemplo, el principio de engrase —que es una de las principales
necesidades de un vehículo hecho de materiales tan diferentes— había sido
diseñado de tal manera que la grasa pudiera esparcirse por todas las piezas
metálicas, por medio de las sacudidas producidas por los tumbos inevitables
en tales caminos. Pues bien, ese carruaje, destinado a pequeños caminos
vecinales, se estaciona la mayor parte del tiempo en la ciudad, y cuando
viaja, es por avenidas asfaltadas, planas como mesas de billar.
Debido a la falta de sacudidas, el engrase de todas las piezas ya no se
hace uniformemente; de modo que algunas de ellas acaban por oxidarse y
dejan de cumplir la función que les había sido asignada.
Por regla general, un carruaje rueda bien mientras sus partes móviles
están bien engrasadas. Cuando no lo están suficientemente, se recalientan y,
al ponerse al rojo, dañan las piezas vecinas. Además, si hay exceso de grasa
en alguna parte, la buena marcha del carruaje peligra. En uno u otro caso, se
hace cada vez más difícil para el caballo tirar de él.
El cochero contemporáneo, nuestro «Isidoro», ignora todo esto. No
tiene la menor idea de esa necesidad de un engrase uniforme de su carruaje,
e incluso si lo engrasa, lo hace sin verdadero conocimiento, de oídas,
siguiendo ciegamente las sugerencias del primero que pasa.
Así que, cuando ese carruaje, ahora más o menos adaptado a carreteras
planas, debe, por alguna razón, arriesgarse por un atajo, siempre le ocurre
algo: a veces es una tuerca que salta; otras es un perno que se tuerce,
siempre hay una pieza que se descompone; y después de tales tentativas, el
viaje raramente termina sin reparaciones más o menos considerables.
En todo caso, se ha vuelto hoy cada vez más peligroso usar ese carruaje
para los fines a los que estaba destinado.
Si uno se pone a repararlo, hay que desmontar todo primero, examinar
las piezas una por una, y como siempre en semejante caso, bañarlas en
petróleo para limpiarlas bien, antes de montarlas de nuevo. Además, muy a
menudo, resulta urgente cambiar una pieza importante; todo esto no es
grave si solo se trata de una pieza económica, pero a veces sucede que la
reparación cuesta más que la compra de un coche nuevo.
Pues bien, está claro que todo cuanto se ha dicho a propósito de las
distintas partes cuyo ensamblaje constituye un «carruaje de alquiler», se
aplica exactamente a la organización general de la presencia del hombre.
Por la ausencia, entre nuestros contemporáneos, de todo conocimiento y
de toda capacidad para preparar convenientemente a los adolescentes con
miras a una existencia responsable, educando las diferentes partes que
componen su presencia común, cada hombre parece hoy como algo
verdaderamente absurdo y cómico en extremo, que presenta, volviendo a
nuestro ejemplo, un cuadro como el siguiente:
Un carruaje último modelo, apenas salido de la fábrica, barnizado por
auténticos carroceros alemanes de la ciudad de Barmen, y entre las varas,
esa clase de caballo que llaman en el país de Transcaucasia un «Dglozi-
dzi». («Dzi» quiere decir: caballo; «Dgloz» era el nombre de cierto armenio,
experto en el arte de comprar y desollar jamelgos).
En el asiento de ese carruaje de gran estilo está un cochero somnoliento,
mal afeitado, hirsuto, con una levita grasienta que ha recogido en el
basurero donde la había tirado como un harapo, Menegilda la ayudante de
cocina. En la cabeza reluce un nuevo y flamante sombrero de copa, réplica
exacta del de Rockefeller, mientras en su solapa resplandece un enorme
crisantemo.
Y el hombre contemporáneo ha de presentar inevitablemente ese
aspecto bufón, pues desde el primer día de su aparición, esas tres partes
formadas en él —las que a pesar de ser de origen diferente y poseer cada
una de ellas unas propiedades de calidad distinta, habrían debido, sin
embargo, para servir a una meta única, desde la entrada del hombre en la
existencia responsable, constituir por su conjunto mismo su «todo
integral»— comienzan a «vivir aisladamente», por así decir, y a fijarse cada
una en manifestaciones específicas sin acostumbrarse nunca a prestarse
mutuamente el soporte automático indispensable, ni a comprenderse unas a
otras, aunque fuese de manera aproximada; así que, más tarde, cuando se
requieren manifestaciones concertadas, éstas no pueden producirse.
Por cierto, gracias al «sistema de educación de la nueva generación» ya
sólidamente establecido en la vida del hombre —y cuyo único principio
consiste en enseñar a los alumnos a repetir de memoria, hasta embrutecerlos
completamente, una multitud de palabras y expresiones faltas de sentido, y
a hacerles reconocer, por la sola diferencia de sonoridad, la realidad que
estas palabras se supone significan— el cochero es todavía capaz de
explicar mal que bien a aquellos que son de su mismo tipo, los deseos que
él experimenta, y a veces de comprender un poco a sus semejantes.
Por su chismorreo con los demás cocheros, mientras aguardan a un
posible pasajero, y por su «flirteo» repetido en el umbral de las puertas con
las sirvientas del vecindario, nuestro Isidoro ha llegado a asimilar diversas
formas del «savoir-vivre».
Se ha adaptado igualmente a las condiciones exteriores de la vida de los
cocheros en general; por ejemplo, se ha automatizado a distinguir una calle
de otra y a encontrar frente a una vía interrumpida por causa de
reparaciones, cualquier otro camino para llegar a la dirección solicitada.
¡Pero el caballo!… Aun cuando es cierto que esa funesta invención
contemporánea que llaman «educación» no se extiende hasta él —lo cual
protege a sus facultades hereditarias de la atrofia— su formación tiene
lugar, sin embargo, en las condiciones anormales del proceso de existencia
ordinaria; crece así olvidado de todos, como un huérfano, y por añadidura
maltratado, sin adquirir nada que corresponda ni al psiquismo bien
determinado de su cochero, ni a su saber, de modo que permanece
completamente ignorante de las formas de las relaciones recíprocas que se
han hecho habituales para el cochero, y no se establece entre ellos en
definitiva ningún contacto que les permita comprenderse.
A pesar de eso, puede que, en su vida encerrada, el caballo llegue a
descubrir alguna forma de relación con su cochero, y hasta familiarizarse
con algún «lenguaje»; pero por desgracia el cochero lo ignora y ni siquiera
sospecha que eso sea posible.
Aparte del hecho de que, en esas condiciones anormales, no se forma
ningún dato entre el caballo y el cochero para permitirles, por poco que sea,
comprenderse automáticamente, hay además numerosas razones exteriores,
independientes de ellos, que les arrebatan toda posibilidad de alcanzar
juntos la meta única a la que fueron destinados.
En efecto, así como las diferentes partes independientes de «un carruaje
de alquiler» están relacionadas entre sí, el carruaje al caballo por las varas y
el caballo al cochero por medio de las riendas, así mismo, todas las distintas
partes de la organización general del hombre están relacionadas entre sí, el
cuerpo con la organización del sentimiento por la sangre, y la organización
del sentimiento con la de la mentación por lo que se llama «Ganbledzoin»,
es decir, por medio de la substancia que se constituye en la presencia común
del hombre a partir de todos los esfuerzos eserales intencionalmente
cumplidos.
El deplorable sistema de educación actual ha llevado a tal resultado que
el cochero ha dejado de tener la más mínima influencia sobre su caballo;
apenas si puede suscitar en el consciente del animal, por medio de las
riendas, estas tres ideas: derecha, izquierda y alto.
Aunque eso no siempre es así, pues las riendas generalmente están
hechas de materiales que reaccionan a todos los fenómenos atmosféricos:
por ejemplo, bajo una lluvia torrencial, se hinchan y se alargan; cuando
hace calor, ocurre lo contrario; de modo que su acción sobre la sensibilidad
automatizada de percepción del caballo es variable.
Lo mismo ocurre en la organización general del hombre ordinario
cuantas veces se produce en él, bajo el efecto de una impresión cualquiera,
lo que podría llamarse «la densidad y el ritmo del ganbledzoin»: su
pensamiento pierde entonces toda posibilidad de acción sobre la
organización del sentimiento.
Así pues, resumiendo todo cuanto acaba de decirse, debemos, nos guste
o no, reconocer que todo hombre debe esforzarse por tener su propio «Yo»;
de otro modo, no será jamás sino un «coche de alquiler» en el cual podrá
tomar asiento cualquier pasajero, quien dispondrá de él a su antojo.
Además no será superfluo señalar aquí que el «Instituto para el
Desarrollo Armónico del Hombre», se ha dado como meta, entre otras
tareas fundamentales, por una parte, la de educar en sus alumnos, primero
separadamente, luego en sus relaciones recíprocas, según las necesidades de
su vida subjetiva futura, cada una de las tres personalidades independientes
de las que hemos hablado; por otra parte, engendrar y desarrollar en ellos lo
que debería tener cada portador del nombre de «hombre sin comillas»: su
propio «Yo».

Para una definición más exacta, y podría decirse científica, de la


diferencia que existe entre un verdadero hombre, es decir, un hombre igual
a lo que debería ser, y un «hombre entre comillas», tales como se han vuelto
la mayoría de nuestros contemporáneos, conviene citar aquí lo que al
respecto dijo un día Gurdjieff en una de sus conferencias.
Se expresó así:

«Para definir el hombre, considerado desde nuestro punto


de vista, las ciencias modernas —la anatómica, fisiológica o
psicológica— no pueden ayudarnos, ya que cada una de las
características que ellas describen se encuentra, en un grado
u otro, en todo hombre sin excepción; en consecuencia, ellas
no nos permitirían marcar la diferencia exacta que queremos
establecer entre los hombres».
«La medida de esa diferencia no puede ser dada sino por
la formula siguiente»:
«El hombre es un ser que puede ‘hacer’, y ‘hacer’
significa: actuar conscientemente y por su propia iniciativa».
«Y verdaderamente, todo hombre de juicio más o menos
sano, y capaz de ser, por poco que sea, imparcial, debe
admitir que hasta ahora no ha habido ni habrá definición más
completa y más exhaustiva».
«Si se acepta esa definición, aunque sea
provisionalmente, surge enseguida una pregunta: ¿puede un
hombre, que es producto de la educación y de la civilización
contemporánea, hacer cosa alguna conscientemente y por su
propia voluntad?»
«No, respondemos inmediatamente».
«¿Y Por qué no?»
«Por la única razón de que ya, como el ‘Instituto para el
Desarrollo Armónico del Hombre’ lo demuestra y lo afirma
categóricamente, apoyándose en pruebas experimentales,
todo sin excepción, desde el comienzo hasta el fin, se hace por
sí mismo en el hombre contemporáneo. No hay nada que un
hombre contemporáneo haga por sí mismo».
«En su vida personal, familiar y social, en política, en
ciencias, en arte, en filosofía, en religión, resumiendo, en todo
lo que constituye el proceso de vida ordinaria del hombre
contemporáneo, todo, desde el comienzo hasta el fin, se hace
por sí mismo, y no hay una sola de esas ‘víctimas de la
civilización contemporánea’ que pueda ‘hacer’ cosa alguna».
«Y esta afirmación categórica, experimentalmente
probada por el ‘Instituto para el Desarrollo Armónico del
Hombre’, o sea, que el hombre ordinario no puede hacer
nada, sino que todo se hace por sí mismo en él, coincide con
lo que dice del hombre la ‘ciencia positiva exacta’
contemporánea».
«‘La ciencia positiva exacta’ contemporánea dice que el
hombre es un organismo muy complicado que se ha
desarrollado por evolución a partir de los organismos más
simples, y que se ha vuelto ahora capaz de reaccionar de una
manera muy compleja a las impresiones exteriores».
«Esa capacidad de reacción del hombre es a tal punto
compleja, y los movimientos reflejos pueden estar a tal punto
alejados de las causas que los han provocado y condicionan,
que a un observador ingenuo las acciones del hombre, o por
lo menos una parte de ellas, le parecen completamente
espontáneas».

Pero, de acuerdo con las ideas de Gurdjieff, el hombre ordinario es


realmente incapaz del menor gesto, de la menor palabra, independientes y
espontáneos. No es, en su totalidad, sino el resultado de influencias
exteriores. El hombre es una máquina transformadora, una especie de
estación transmisora de fuerzas.
Así, desde el punto de vista del conjunto de las ideas de Gurdjieff y en
perfecto acuerdo con la «ciencia positiva exacta» contemporánea, el
hombre solo difiere de los animales por una mayor complejidad en sus
reacciones a las impresiones exteriores y por la estructura de su sistema de
percepción.
En cuanto a lo que se atribuye al hombre y que se llama «voluntad»,
Gurdjieff niega completamente la posibilidad de su existencia en la
presencia común del hombre ordinario.
La voluntad es cierta combinación obtenida a partir de los resultados de
propiedades bien definidas especialmente elaboradas en sí mismos por los
hombres que pueden «hacer».
En la presencia de los hombres ordinarios, lo que ellos llaman su
«voluntad» es solo la resultante de los deseos.
La verdadera voluntad es señal de un elevadísimo grado de ser, en
comparación con el ser de los hombres ordinarios. Y solo aquellos que
poseen tal ser pueden «hacer».
Todos los demás no son más que autómatas, máquinas o juguetes
puestos en movimiento por fuerzas externas, que no actúan sino en la
medida en que actúa, a merced de las condiciones exteriores, el «resorte»
colocado en ellos; resorte que ellos no pueden ni alargar, ni encoger, ni
modificar por su propia iniciativa.
De modo que al mismo tiempo que reconocemos en el hombre las
máximas posibilidades, le negamos todo valor como unidad independiente,
mientras permanezca como es hoy en día.

Para subrayar esa total ausencia de voluntad en el hombre ordinario,


agregaremos aquí un pasaje tomado de otra conferencia de Gurdjieff en el
que se describen pintorescamente las manifestaciones de esa famosa
voluntad atribuida al hombre.
Dirigiéndose a una de las personas presentes, dijo él:

«Usted disfruta de una fortuna considerable y de


suntuosas condiciones de existencia. Usted goza del respeto y
de la estima universales. A la cabeza de las importantes
empresas que usted controla se encuentran hombres capaces,
completamente dedicados a usted. En una palabra, su vida es
un verdadero lecho de rosas».
«Usted dispone de su tiempo como mejor le parece,
patrocina las artes, en un santiamén cierra un negocio de
magnitud mundial mientras toma su café y hasta se interesa
en el desarrollo de las fuerzas espirituales secretas del
hombre. Usted no es ajeno a las cosas del espíritu y se siente
a sus anchas con cualquier asunto filosófico. Es instruido y
erudito».
«Gracias a sus amplios conocimientos en los campos más
variados, usted tiene reputación de hombre inteligente, hábil
para resolver cualquier problema. Usted es el modelo del
hombre culto».
«Quienes lo conocen lo consideran hombre de gran
voluntad y la mayoría incluso ve sus éxitos como los
resultados de la manifestación de esta voluntad».
«En resumen, usted es, por todos los conceptos, digno de
ser tomado como ejemplo, y solo falta envidiarlo».
«En la mañana, usted se despierta algo deprimido por
una pesadilla».
«Ese ligero malestar debió disiparse rápidamente, pero,
sin embargo, dejó un rastro: cierta languidez, y vacilación en
sus movimientos».
«Usted se dirige hacia el espejo para peinarse y se le cae
el cepillo; acaba de recogerlo, cuando se le cae de nuevo.
Vuelve entonces a recogerlo con una ligera impaciencia; se le
escapa de las manos por tercera vez. Usted trata de atraparlo
al vuelo pero… un gesto torpe de la mano lo lanza contra el
espejo. Usted se precipita… demasiado tarde… ¡Crac!
Aparece un estrellón en ese antiguo espejo del que tan
orgulloso se sentía».
«¡Al diablo con él! Y usted siente enseguida la necesidad
de desahogar su cólera sobre algo o alguien. Al no encontrar
el periódico al lado de su taza de café, porque al criado se le
olvidó, la copa de su impaciencia se desborda y usted decide
que semejante bribón no puede permanecer más en su casa».
«Ha llegado la hora de salir. Como el tiempo es
agradable y usted no va muy lejos, le dice al chófer que irá a
pie. Detrás de usted se desliza silenciosamente el soberbio
automóvil que acaba de comprar».
«El sol radiante produce en usted un efecto apaciguador.
Una multitud que se ha formado en la esquina le llama la
atención».
«Usted se acerca y, en medio de la multitud, ve a un
hombre desmayado, tendido en la acera. Un policía, ayudado
por unos ‘mirones’, lleva al hombre a un taxi para conducirlo
al hospital».
«Ahora, usted pone atención al parecido que existe entre
el rostro del conductor del taxi y el de aquel borracho que
usted atropelló el año pasado cuando usted regresaba,
también ligeramente achispado, de festejar un alegre
cumpleaños; y nota cómo se ligan, en sus asociaciones, este
accidente de la esquina y la torta que comió aquel día».
«¡Ah! ¡Aquella maravillosa torta!».
«Al olvidar su periódico, el criado le echó a perder su
desayuno esta mañana. ¿No podría este daño ser reparado?».
«Justo allí hay un elegante café donde usted va a veces
con unos amigos».
«Pero ¿por qué recordar de pronto al criado? ¡Sus
disgustos de esta mañana ya estaban casi olvidados!… ¿Y
ahora, la torta, es realmente tan buena con el café?»
«¡Vaya! ¡Ahí están dos mujeres jóvenes en la mesa vecina!
¡Qué rubia tan encantadora!»
«Le echa a usted una mirada, mientras le oye decir a su
compañera: ¡Ese sí es de mi gusto!»
«Al sorprender esas palabras, pronunciadas quizá
intencionalmente en voz un poco alta, ¿osaría usted pretender
que no ha sentido un ‘estremecimiento íntimo’?»
«Y si yo le preguntase ahora: ¿valía realmente la pena
ponerse en tal estado esta mañana por tan nimias cosas?
Usted me respondería, por supuesto, con una negativa y
juraría que en lo futuro eso no le volverá a suceder».
«¿Hace falta decir cómo se transformó su humor mientras
conocía a esa rubia por la cual sentía interés y quien también
lo sentía por usted, y cuál fue el estado de usted durante todo
el tiempo que pasó con ella?»
«Usted regresó a su casa con una cancioncita en los
labios y hasta el espectáculo de su espejo roto no le sacó más
que una sonrisa».
«Pero, a propósito… ¿ese importante asunto por el cual
usted salió esta mañana?… ¿Solo ahora lo recuerda?
¡Estupendo!… ¡Bah! Siempre se puede llamar por teléfono».
«Usted usa el teléfono y la telefonista lo comunica con un
número equivocado».
«Llama de nuevo y el error se repite. Un hombre le dice
entonces que usted lo está molestando. Usted le dice que no
es culpa suya, y, palabra va, palabra viene, y se entera con
sorpresa que usted es un granuja, un idiota y que si lo vuelve
a llamar una vez más… él…».
«Una alfombra que se arruga bajo sus pies provoca una
tormenta de indignación, y hay que oír con qué tono reprende
usted al criado que le trae una carta».
«Esa carta es de una persona que usted estima, y cuya
opinión le importa mucho».
«Su contenido es tan halagador que al leerla su irritación
se disipa poco a poco para dar cabida a esa ‘confusión
deliciosa’ del hombre que oye pronunciar su propio elogio».
«Y usted termina su lectura de muy buen humor».
«Yo podría continuar así pintando el cuadro de su día, ¡oh
usted hombre libre!»
«¿Cree acaso que exagero?»
«No; es una instantánea fotográfica, rigurosamente
exacta. Del natural».

Hablando de la voluntad del hombre y de los diferentes aspectos de sus


manifestaciones, supuestamente autónomas, que no son sino motivo de
rebuscamiento y autoadulación para aquellas personalidades
contemporáneas a quienes se llama «buscadores» —mientras que, a nuestra
manera de ver, no son más que unos ingenuos— no estará mal recordar aquí
lo que fue dicho por Gurdjieff en otra de sus conferencias; el conjunto de
las ideas que expuso él en esa ocasión puede muy bien poner en claro el
carácter ilusorio de esa voluntad que hoy se le atribuye a todo hombre.
Se expresó así:

«El hombre viene al mundo como una hoja de papel


virgen y, enseguida, todos comienzan a ensuciar esta hoja,
cubriéndola, a cual más, con inscripciones de toda clase:
educación, lecciones de moral, informaciones supuestamente
científicas, nociones diversas de deber, de honor, de
consciencia, y así sucesivamente».
«Y todos proclaman el carácter inmutable e infalible de
los métodos que utilizan para injertar estas ramas en el árbol
de la personalidad del hombre».
«La hoja, poco a poco se ensucia y, cuanto más ha sido
ensuciada, es decir, cuanto más atiborrado está un hombre de
informaciones efímeras y de todas las nociones de deber, de
honor y otras, que le han sido inculcadas o sugeridas, tanto
más pasa por ‘inteligente’ y meritorio a los ojos de los
demás».
«Y la hoja manchada, viendo que la gente toma sus
manchas por méritos, termina también por considerarse de la
misma manera. Él mismo llega inevitablemente a tener la
misma opinión de esa hoja sucia de papel».
«He aquí el modelo de lo que calificamos con el nombre
de ‘hombre’ agregándole, muy a menudo, términos tales como
‘talento’ o ‘genio’».
«Y nuestro ‘talento’, si al despertar no encuentra sus
pantuflas al pie de la cama, está de un humor execrable por el
resto del día».
«El hombre ordinario no es libre, ni en su vida, ni en sus
manifestaciones, ni en sus humores».
«No puede ser lo que él quisiera ser, ni siquiera lo que él
se cree».
«El hombre —¡qué grandioso suena!—. La palabra
hombre significa por sí misma ‘corona de la creación’».
«Pero ¿les corresponde realmente ese título a los hombres
contemporáneos?».
«Y, sin embargo, es muy cierto que el hombre debe ser la
corona de la creación, ya que en él hay todas las
posibilidades de adquirir datos exactamente semejantes a los
del Realizador de todo cuanto existe en el Universo».
«Para tener el derecho de llamarse ‘hombre’, hay que
serlo».
«Y para serlo, nos es necesario, ante todo, con una
perseverancia infatigable y un impulso de deseo inextinguible
de todas las partes distintas e independientes que constituyen
nuestra presencia común —es decir, con un deseo que venga
simultáneamente del pensar, del sentimiento y del instinto
orgánico— trabajar para adquirir un completo conocimiento
de nosotros mismos, luchando a la vez, sin descanso, contra
nuestras propias debilidades subjetivas; luego, apoyándonos
en los resultados así obtenidos por nuestra sola consciencia, y
que ponen en evidencia los defectos comprobados de nuestra
propia subjetividad, así como los medios que permitirán
combatirlos, llegar a desarraigarlos mediante una actitud
despiadada hacia nosotros mismos».
«Hablando con franqueza, el hombre contemporáneo, tal
como podemos conocerlo cuando somos capaces de ser
imparciales, no es ni más ni menos que un simple mecanismo
de relojería, de construcción muy compleja, por cierto».
«El hombre debe, pues, esforzarse por penetrar cada uno
de los aspectos de su mecanicidad a fin de comprenderla a
fondo; de lo contrario, no llegará jamás a apreciar en toda su
amplitud, con todas las consecuencias y los resultados que
ella implica, el significado que esta mecanicidad pueda tener,
tanto para su propio futuro, como para la justificación del
sentido y del propósito de su venida al mundo y de su
existencia».
«Para quien desea estudiar la mecanicidad humana en
general y dilucidar bien su naturaleza, el mejor objeto de
estudio es sin duda él mismo y su propia mecanicidad; pero
un estudio eficaz y una comprensión sensata, con todo el ser,
y no como un ‘psicópata’, es decir, con una sola parte de la
presencia entera, no pueden ser sino el resultado de una
observación de sí correctamente dirigida».
«A propósito de la posibilidad de llevar a cabo una
observación de sí, correctamente, sin riesgo de incurrir en
ninguna de las consecuencias maléficas que resultan muy a
menudo de tentativas de ese tipo, cuando son emprendidas sin
los conocimientos requeridos, nos parece indispensable decir,
para evitar todo exceso de entusiasmo que, según nuestra
experiencia, basada en múltiples informaciones exactas, la
cosa no es de ninguna manera tan simple como puede parecer
a primera vista. Y por eso es que tomamos, como base de una
observación de sí correctamente dirigida, el estudio de la
mecanicidad del hombre contemporáneo».

Aun antes de emprender el estudio de esta mecanicidad y de todos los


principios requeridos para una observación correcta de sí, el hombre debe
decidir, de una vez por todas:

Que será sincero consigo mismo sin reserva alguna.


Que no cerrará los ojos ante nada.
No se sustraerá a ningún resultado a donde sea que lo lleve.
Jamás tendrá miedo de sacar conclusiones.
Y no se fijará de antemano límite alguno.

Por otra parte, a fin de que la explicación de estos principios pueda ser
convenientemente captada y asimilada por cada uno de los que seguirán
esta nueva enseñanza, es indispensable establecer una forma de ‘lenguaje’
apropiada, pues para tales elucidaciones no conviene en nada la forma
actual.
En cuanto concierne a la primera condición, hay que advertir, desde el
principio, al hombre que no está acostumbrado a pensar y actuar según
líneas conformes con los principios de observación de sí, que necesitará un
gran valor para aceptar sinceramente los resultados obtenidos y no dejarse
desalentar, sino someterse a ellos y perseverar con el creciente tesón que
exige este estudio.
Las conclusiones que deberá sacar serán tales que pongan «patas arriba»
todas sus convicciones y creencias ya profundamente arraigadas, así como
todo el orden de su mentación habitual; y, en semejante caso, un hombre
puede muy bien verse despojado, quizás para siempre, de todas sus
ilusiones agradables, de todos los «valores caros a su corazón» que le
habían asegurado hasta entonces una vida tranquila y muelle.
Mediante una observación de sí correcta, un hombre puede, desde los
primeros días, comprender claramente y reconocer, sin lugar a dudas, su
total impotencia y su falta completa de recursos frente a todo cuanto lo
rodea.
De ese modo se convencerá con todo su ser de que cada cosa lo dirige,
de que cada cosa lo gobierna. Él mismo no gobierna ni dirige nada en
absoluto.
Es atraído o rechazado no solo por todas las cosas animadas, que tienen
en sí mismas el poder de desencadenar en él tal o cual serie de asociaciones,
sino también por cosas completamente inertes o inanimadas.
Si se libera de toda imaginación de sí y de toda tendencia a dormirse —
impulsos que se han hecho inherentes al hombre contemporáneo— sabrá
que su vida entera no es más que una reacción ciega a estas atracciones o
repulsiones.
Verá claramente cómo se han formado sus pretendidas concepciones del
mundo, sus opiniones, sus gustos, su carácter, etc.; en suma, cómo se ha
constituido su individualidad y bajo qué influencias es susceptible de ser
cambiada.
En cuanto a la segunda condición, el establecimiento de un lenguaje
correcto, es indispensable, ya que el lenguaje adoptado en nuestros días, el
cual ha obtenido, por así decirlo, «derecho de ciudadanía», el lenguaje en el
que hablamos, escribimos libros y transmitimos nuestro saber y nuestros
conceptos, ha perdido, en nuestro criterio, todo valor para un intercambio
de opiniones más o menos exacto.
Las palabras de las que está hecho nuestro idioma contemporáneo no
pueden, debido al sentido arbitrario que la gente les da, aportar más que
nociones indefinidas y relativas; de modo que el hombre ordinario las toma
de una manera muy «elástica».
Además, según nuestro parecer, si esta anomalía se introdujo en la vida
de los hombres, es una vez más por culpa del sistema anormal de educación
aplicado a las generaciones jóvenes.
Y este sistema es en gran parte responsable de ello porque, como ya
dijimos, a fuerza de obligar a los jóvenes a repetir como loros la mayor
cantidad posible de palabras sin enseñarles nunca a diferenciarlas más que
por su sonoridad, como si el sentido que ellas contienen no tuvieran
ninguna importancia, este sistema de educación ha llegado, poco a poco, a
hacer perder a la gente toda facultad de reflexionar sobre el significado o el
alcance de las palabras que dicen, o que se les dicen.
Al haberse atrofiado esta facultad en la gente, mientras subsistía para
ellos la necesidad de transmitir sus pensamientos, de manera más o menos
exacta, se vieron obligados, a pesar del número ya ilimitado de las palabras
de los idiomas contemporáneos, o a tomar palabras prestadas de otras
lenguas, o a inventar nuevas palabras sin cesar, y todo eso para llegar al
resultado siguiente: cuando un hombre contemporáneo quiere expresar una
idea para la cual dispone de una gran cantidad de palabras aparentemente
adecuadas y cuando, con ese fin, escoge una palabra que sus
consideraciones mentales le indican que es la más justa, experimenta, al
mismo tiempo, por instinto, una duda sobre lo acertado de su selección, y
entonces le da, inconscientemente de nuevo, a esa palabra, el sentido
subjetivo que siempre ha tenido para él.
Como consecuencia de este hábito ya automatizado y de la desaparición
gradual de toda capacidad de concentrar y de mantener sobre sí una
atención activa, el hombre ordinario, siempre que pronuncia u oye una
palabra, subraya sin quererlo tal o cual aspecto de la noción que esta
palabra expresa reduciendo así invariablemente su significado total a un
solo rasgo. En otros términos, en vez de abarcar todas las implicaciones de
la idea dada, esta palabra ya no significa para él más que el primer sentido
que le viene a la mente, dependiendo del flujo automático de sus
asociaciones. Y, por consiguiente, cada vez que el hombre, en el curso, de la
conversación, oye o enuncia una misma palabra, le da un sentido diferente,
a veces en total oposición al sentido propio de dicha palabra.
Para todo hombre relativamente consciente de ese hecho y más o menos
capaz de observación, la conversación de dos de nuestros contemporáneos
se vuelve, sobre todo cuando se le suman nuevas personas, un verdadero
«festival sonoro tragicómico».
Cada interlocutor introduce su propio sentido subjetivo en todas las
expresiones que forman los centros de gravedad sucesivos de esa «sinfonía
de palabras sin contenido» y, para el oído de nuestro observador imparcial y
prevenido, eso no evoca nada más que lo que llaman en los antiguos
cuentos «Sinokulupianianos» de las Mil y una Noches, un «fantástico
absurdo cacofónico».
Al conversar de ese modo, nuestros contemporáneos se imaginan que se
comprenden unos a otros e incluso están seguros de transmitirse sus
pensamientos.
Nosotros, que nos apoyamos en numerosos datos indiscutibles
confirmados por experiencias psicofísicoquímicas, afirmamos
categóricamente que nuestros contemporáneos, mientras sigan siendo lo que
son, es decir, «hombres ordinarios», nunca lograrán, sea cual sea el tema del
que hablen y sobre todo si se trata de un tema abstracto, comprender con las
mismas palabras las mismas ideas y, por consiguiente, jamás se
comprenderán los unos a los otros.
Por eso, en el hombre ordinario contemporáneo, toda experiencia
interior, hasta una experiencia dolorosa que podría obligarlo a pensar y a
llevarlo a resultados lógicos que pueden a veces ser muy beneficiosos para
las personas a su alrededor, permanece inexpresable y se transforma
simplemente para él en lo que se llama un «factor de esclavitud».
Por esa razón, el aislamiento de la vida interior de cada uno crece aún
más, y lo que se llama «instrucción mutua», tan necesaria para toda
existencia colectiva, desaparece cada vez más.
Como consecuencia de la pérdida de toda facultad de reflexión, el
hombre ordinario contemporáneo cuando oye o emplea en la conversación
una palabra que solo por su sonoridad le resulta familiar, nunca se detiene a
pensar en esa palabra, ya que ha decidido, de una vez por todas, que él la
conoce y que los demás también la conocen.
Desde luego, la pregunta puede surgir en él si oye por primera vez una
palabra totalmente nueva, pero en tal caso se contenta con sustituirla por
otra cuya sonoridad le es familiar, y se imagina entonces que la
comprendió.

Para hacer más claro lo que se acaba de decir, un excelente ejemplo nos
lo dará una palabra muy a menudo empleada hoy, la de «mundo».

Si la gente pudiera captar todo lo que sucede en su pensamiento cada


vez que oye o pronuncia la palabra «mundo», la mayoría debería admitir —
a condición naturalmente de querer ser sinceros— que esa palabra no evoca
en ellos ninguna noción precisa. Al captar su oído un sonido al que está
acostumbrado y cuyo sentido le es supuestamente conocido, es como si se
dijeran a sí mismos: «¡Ah! Sí, el mundo, yo sé lo que es», tras lo cual, con
toda serenidad, pasan de largo.
Si deliberadamente alguien llamara su atención hacia esa palabra y
supiera obligarles a decir lo que entienden exactamente con ella, primero se
mostrarían desconcertados, pero recuperando pronto su aplomo, es decir,
mintiéndose enseguida a sí mismos, recordarían la primera definición que
les viniera, que presentarían como suya, a pesar del hecho de que nunca la
habían pensado antes.
Y si ese alguien tuviera sobre varios de sus contemporáneos, incluso
escogidos entre aquellos que han recibido lo que se llama «una buena
instrucción», autoridad suficiente para obligarlos a decir exactamente lo que
entienden por la palabra «mundo», se les vería entonces dar tantas vueltas
alrededor de la bacinilla con tanta mojigatería que uno se recordaría del
aceite de ricino con ternura.
Por ejemplo, quien haya hojeado algunos libros de astronomía dirá que
el «mundo» es una multitud de soles rodeados de planetas, situados a
colosales distancias unos de otros y que forman en su conjunto lo que se
llama la «vía láctea», más allá de la cual, a distancias inmensurables y fuera
de los límites de los espacios accesibles a nuestras investigaciones, es de
presumir que se encuentran todavía otras constelaciones y otros mundos.
Otro, interesado en la física contemporánea, hablará del mundo como de
una evolución sistemática de la materia, que comienza con el átomo y se
eleva hasta las más grandes aglomeraciones, tales como los planetas y los
soles; tal vez se referirá a la teoría de la similitud del mundo de los átomos
y de los electrones con el mundo de los soles y de los planetas y así
sucesivamente por el estilo.
Otro más que, por alguna razón, ha hecho de la filosofía su «manía» y
ha leído toda una ensalada al respecto, dirá que el mundo no es sino el
producto de nuestra representación y de nuestras imaginaciones subjetivas,
y que nuestra Tierra, por ejemplo, con sus montañas y sus mares, con sus
reinos vegetal y animal, no es más que un mundo de apariencias, un mundo
ilusorio.
Un hombre al corriente de las últimas teorías del espacio
multidimensional dirá que el mundo es comúnmente considerado como una
esfera infinita de tres dimensiones, pero que en realidad un mundo
tridimensional no puede existir como tal, y que es solo la sección
imaginaria de otro mundo de cuatro dimensiones, de donde proviene todo
cuanto sucede a nuestro alrededor y al cual todo regresa.
Un hombre cuya concepción del mundo se funda en los dogmas de la
religión declarará que el mundo es el conjunto de las cosas existentes,
visibles e invisibles, que Dios ha creado y que dependen de su voluntad. En
el mundo visible nuestra vida es breve, pero en el mundo invisible, donde el
hombre recibe la recompensa o el castigo por todo lo que ha hecho durante
su permanencia en este mundo visible, la vida es eterna.
Una persona imbuida de «espiritismo» dirá que paralelamente al mundo
visible existe otro, un mundo del «más allá», y que ya han sido establecidas
comunicaciones con los seres que habitan ese «más allá».
Un fanático de la teosofía irá aún más lejos, y afirmará que existen siete
mundos que se interpenetran unos en otros, compuestos de una materia cada
vez más enrarecida, y así sucesivamente.
En resumen, ni uno solo de nuestros contemporáneos, sería capaz de dar
una definición exacta, aceptable para todos, del sentido real de la palabra
«mundo».

Toda la vida interior del hombre ordinario no es más que un «contacto


automatizado» entre dos o tres series de asociaciones hechas de impresiones
anteriormente percibidas y fijadas en cada una de sus tres localizaciones de
naturaleza diversa o «cerebros», bajo la acción de cualquier impulso que
surge en él por casualidad.
Cuando reaparecen esas asociaciones, o sea, cuando se produce una
repetición de impresiones correspondientes, uno comprueba que bajo la
influencia de algún choque accidental, exterior o interior, ellas
desencadenan en otra localización la repetición de impresiones de idéntica
naturaleza.
Todas las particularidades de la concepción que se hace del mundo un
hombre ordinario y los rasgos característicos de su individualidad, resultan
y dependen a la vez del orden en el cual los impulsos aparecen en él en el
momento en que percibe nuevas impresiones así como del automatismo por
el cual se desencadena el proceso de repetición de esas impresiones.
Y eso explica, como el hombre ordinario mismo puede siempre
observarlo, la incoherencia de las diversas asociaciones, que no tienen entre
sí nada en común, las cuales se desarrollan simultáneamente en él en su
estado pasivo.
Estas impresiones son percibidas, en la presencia común del hombre,
gracias a las tres clases de aparatos receptores de las siete «vibraciones
planetarias centros de gravedad» que se encuentran en él como en todo
animal.
La estructura de estos aparatos de percepción es la misma en todas las
partes del mecanismo.
Consisten en dispositivos que recuerdan los «cilindros» o discos de cera
virgen para los fonógrafos. En estos cilindros se registran todas las
impresiones recibidas desde el nacimiento, y aun antes, desde el período de
formación en el seno de la madre.
Además los diversos aparatos que constituyen este mecanismo general
poseen cierto dispositivo automático, gracias al cual toda nueva impresión
queda grabada, por una parte, paralelamente a las impresiones similares
anteriores y, por otra parte, en orden cronológico.
Así toda impresión vivida se inscribe en varios lugares y en varios
cilindros, donde se conservará en toda su integridad.
Estas impresiones grabadas tienen la propiedad, cada vez que entran en
contacto con las vibraciones de una misma naturaleza y de una misma
calidad, de «animarse» por sí mismas; y entonces, dan lugar a una acción
similar a la que ha provocado su primera aparición.
Es esta repetición de impresiones anteriormente percibidas la que
engendra lo que se llama una «asociación»; y los elementos de esta
repetición que caen en el campo de la atención del hombre condicionan lo
que se llama la «memoria».

La memoria de un hombre ordinario, comparada con la de un hombre


armoniosamente desarrollado, está pésimamente adaptada para utilizar su
reserva de impresiones previamente percibidas en el curso de su vida
responsable.
Con la ayuda de su memoria, el hombre ordinario no puede recuperar y
utilizar más que una ínfima parte de su reserva total de impresiones,
mientras que la memoria de un hombre verdadero toma en cuenta todas las
impresiones sin excepción, sea cual fuere el momento en que hayan sido
percibidas.
Se han realizado múltiples experimentos que han establecido, con
exactitud incontestable, que todo hombre, encontrándose en ciertos estados
correspondientes, por ejemplo, a un cierto grado de hipnosis, puede
recordar las más mínimas cosas que le hayan sucedido; puede recordar
todos los detalles circundantes, los rostros y las voces de todas las personas
a su alrededor, desde los primeros días de su vida, cuando todavía era, como
dice la gente, un ser inconsciente.
Cuando un hombre está en uno de estos estados, uno puede poner en
marcha artificialmente hasta los cilindros ocultos en los rincones más
oscuros de su mecanismo. Pero sucede también que estos cilindros se ponen
en marcha por sí mismos, bajo la influencia de un choque, manifiesto o no,
provocado por una emoción cualquiera; y ante el hombre aparecen
entonces, de pronto, escenas olvidadas hace mucho tiempo, imágenes,
rostros, y así sucesivamente.
En este punto, interrumpí al lector de esa conferencia y consideré
oportuno agregar lo que sigue:
SUPLEMENTO

Así es el hombre promedio ordinario: un esclavo inconsciente, enteramente


al servicio de designios de orden universal, que nada tienen que ver con su
individualidad.
Puede permanecer tal cual es durante toda su vida y luego, como tal, ser
destruido para siempre.
Sin embargo, la Gran Naturaleza le ha dado la posibilidad de no ser un
simple instrumento ciego al servicio de estos designios objetivos de orden
universal. Puede, sirviéndola y realizando lo que le ha sido asignado, ya que
esa es la parte que corresponde a cada criatura, trabajar al mismo tiempo,
«egoístamente», para su propia individualidad.
Esta posibilidad también le ha sido dada para servir a la meta común,
pues el equilibrio mismo de esas leyes objetivas necesita tales hombres,
relativamente liberados.
Aun cuando esa liberación sea posible, no se ha dicho que todo hombre
tenga la suerte de alcanzarla.
Pueden oponérsele muchas razones que, en la mayoría de los casos, no
dependen ni de nosotros personalmente, ni de las grandes leyes cósmicas,
sino solamente de las diversas condiciones accidentales de nuestra venida al
mundo y de nuestra formación, entre las cuales las principales son, desde
luego, la herencia y las circunstancias en las cuales se efectuó el proceso de
nuestra «edad preparatoria». Estas condiciones incontrolables pueden bastar
para hacer imposible esta liberación.
Para liberarnos de nuestra total esclavitud, la dificultad principal
consiste en el hecho de que nos es necesario, una decisión proveniente de
nuestra propia iniciativa, y una perseverancia sostenida por nuestros propios
esfuerzos —es decir, no por la voluntad de otro, sino por nuestra propia
voluntad—, extirpar, de nuestra presencia, las consecuencias ya fijadas de
ciertas propiedades de ese famoso órgano Kundabuffer con el que fueron
afligidos nuestros antepasados e incluso las predisposiciones a esas mismas
consecuencias, que siempre pueden surgir de nuevo.
Para permitirles comprender, al menos de manera aproximada, lo que
representa ese extraño órgano y sus propiedades, así como las
manifestaciones de sus consecuencias en nosotros mismos, nos es
indispensable detenernos algún tiempo más en este asunto y dar algunos
detalles suplementarios.
La Gran Naturaleza, en su previsión y por razones importantes —sobre
las cuales se darán explicaciones teóricas en conferencias ulteriores— se
vio forzada a introducir en la presencia común de nuestros antepasados
lejanos un órgano cuyas propiedades debían protegerlos contra toda
posibilidad de ver y de sentir la realidad.
Por cierto, la Gran Naturaleza retiró más adelante ese órgano de su
presencia común, pero a causa de la ley cósmica llamada «asimilación de
los resultados de actos frecuentemente repetidos» —según la cual, la
repetición frecuente de un mismo acto hace aparecer en toda concentración
cósmica, bajo ciertas condiciones, una tendencia a reproducir resultados
similares— la predisposición que se había formado en nuestros antepasados
se transmitió por herencia de generación en generación, de modo que, a
partir del momento en que sus descendientes, establecieron en el proceso de
su existencia ordinaria, numerosas condiciones que resultaron ser propicias
para su manifestación conforme con las leyes, aparecieron en ellos las
consecuencias de las diversas propiedades de ese órgano y, pasando por
herencia de generación en generación, fueron asimiladas poco a poco, hasta
el punto de dar, a fin de cuentas, casi las mismas manifestaciones que
aparecieron en sus antepasados lejanos.
Para comprender mejor la manera en que esas consecuencias se
manifiestan en nosotros, consideremos un hecho que nuestra razón podrá
captar perfectamente y que nada permite poner en duda:
Todos los hombres son mortales, y cada uno de nosotros puede morir en
cualquier momento.
Y ahora hagámonos esta pregunta: ¿puede el hombre representarse
realmente, y por así decir, «experimentar» en su consciencia, el proceso de
su propia muerte?
¡No! Su propia muerte y lo que experimentará en el curso de ese
proceso, un hombre no puede representárselo jamás, por fuerte que sea su
deseo de hacerlo.
Hoy día, un hombre ordinario puede en último caso representarse la
muerte de otro hombre, aunque muy incompletamente.
Puede representarse, por ejemplo, que cierto señor Pérez, a la salida del
teatro, es arrollado por un automóvil y aplastado.
O bien un letrero arrancado por el viento cae sobre la cabeza del señor
González que pasaba por allí, y lo mata en el acto.
O también que el señor Martín, habiendo comido cangrejos
descompuestos, se ha envenenado, y por no haber quien lo salve, morirá al
día siguiente.
Cada uno de nosotros puede evocar sin dificultad cosas por el estilo.
Pero un hombre ordinario ¿puede aceptar para sí la posibilidad que él
admite para los señores Martín, Pérez y González? ¿Puede él realmente
experimentar lo desesperante que para él sería el descubrimiento de tal
eventualidad?
¡Piensen lo que le sucedería al hombre que pudiera representarse
claramente y experimentar la inevitabilidad de su propia muerte!
Si reflexionáramos seriamente en ello y llegáramos realmente a tomar
conciencia de nuestra propia muerte, ¿qué podría haber más terrorífico que
eso?
En la vida ordinaria, aparte ese hecho terrible que es la inevitabilidad de
nuestra propia muerte, hay en verdad, sobre todo en nuestros días, muchas
otras cosas cuya simple imagen, y la sola idea de que podríamos tener que
vivirlas, deberían despertar en nosotros un sentimiento de angustia
indecible e insoportable.
Piensen en aquellos contemporáneos nuestros, que han perdido para
siempre la posibilidad de toda esperanza objetiva real para su vida futura —
hablo de aquellos que, no habiendo «sembrado» jamás nada durante su vida
responsable, no tendrán como consecuencia nada que «cosechar» en el
porvenir— y supongan que ellos tomen conciencia un día de la
inevitabilidad de su muerte inminente. De solo pensar en esa prueba se
ahorcarían.
La acción particular que ejercen sobre el psiquismo de los hombres
ordinarios las consecuencias de ese órgano consiste precisamente en
impedir que la mayoría de nuestros contemporáneos —estos seres
tricéntricos en quienes habían sido puestas todas las esperanzas de Nuestro
Creador, como posibles ayudantes para sus metas más elevadas— conozca
ninguno de esos terrores reales. Así que ellos pueden seguir su existencia
tranquilamente, cumpliendo en plena inconsciencia los fines para los cuales
fueron creados, o al menos aquellos que corresponden a las metas más
inmediatas de la Naturaleza, ya que debido a su vida anormal e indigna, han
perdido toda posibilidad de servir a designios elevados.
Por el hecho de esas mismas consecuencias, no solamente ignora su
psiquismo dichos terrores, sino que ellos hasta inventan, para tranquilizarse,
toda clase de explicaciones fantásticas, plausibles solo desde el punto de
vista de su ingenua lógica, tanto sobre lo que perciben realmente, como
sobre lo que no pueden percibir en absoluto.

Supongan, por ejemplo, que el problema de nuestra incapacidad de


experimentar plenamente los diversos terrores auténticos que nos pueden
afectar y particularmente el terror de nuestra propia muerte, se convierta en
«el tema candente del día», como sucede de tiempo en tiempo, con ciertas
cuestiones en la vida actual. Es probable que todos nuestros
contemporáneos, desde los simples mortales hasta los que llaman «sabios»,
propondrían entonces una respuesta categórica, de la que no dudarían ni un
solo instante, y se esforzarían, «echando espumarajos por la boca» como se
dice, en demostrar que de hecho lo que protege a los hombres del riesgo de
experimentar tales terrores es la «voluntad» que ellos poseen.
Pero si se admite esto, ¿por qué no nos protege entonces esa pretendida
voluntad contra todos esos pequeños miedos que nos asedian a cada paso?
Con el propósito de «entender» lo que estoy diciendo ahora, es decir, de
comprenderlo realmente con todo su ser, y no solamente con ese «pensar
desviado», convertido, para desgracia de nuestros descendientes, en la
propiedad dominante de los hombres contemporáneos, represéntese ahora lo
siguiente:
Hoy, después de esta conferencia, usted vuelve a su casa, se desviste y
se acuesta. Pero, en el instante mismo en que se mete en la cama, algo salta
de debajo de la almohada, corre a lo largo de su cuerpo y desaparece. Usted
se encoge, aparta rápidamente la manta, y se sienta en la cama, bañado en
sudor frío.
Y mientras los latidos de su corazón perturban la tranquilidad que reina
en su habitación, usted descubre, escondido en los pliegues de las sabanas,
un ratón…
Reconózcalo francamente, ¿no le recorre por todo el cuerpo un
escalofrío de solo pensar en semejante cosa?
¿No es verdad?
Y ahora esfuércese, le ruego, por hacer una excepción, y represéntese,
solamente con la ayuda de su pensar activo, sin la menor participación de la
emotividad subjetiva fijada en usted, que semejante desventura le suceda.
Se quedará entonces estupefacto al ver que usted reaccionaría de esa
manera.
¿Qué hay pues de tan terrorífico en eso?
No se trata sino de un ratoncito familiar, la más inofensiva de todas las
criaturas.
Y ahora, les pregunto, ¿cómo puede todo lo que acaba de ser dicho
explicarse por medio de esa voluntad que se presume existe en todo
hombre?
¿Cómo conciliar el que a un hombre lo asuste un tímido ratoncito, así
como la amenaza de miles de otras naderías, que incluso podrían no suceder
jamás, con el hecho de que no experimenta terror alguno ante la
inevitabilidad de su muerte?
En todo caso, explicar una contradicción tan flagrante por la acción de
la famosa «voluntad» humana es imposible.
Si ustedes confrontan esa contradicción a sangre fría, sin prejuicio
alguno, es decir, sin ninguna de esas ideas hechas que les han sido
inculcadas por pretendidas «autoridades» —cuyos sofismas ejercen además
una influencia en la gente solo por ingenuidad y su «instinto de rebaño», sin
hablar de los resultados que una educación anormal hace surgir en su pensar
— se les hace entonces plenamente evidente a ustedes que todos esos
miedos, gracias a los cuales el hombre escapa del impulso de ahorcarse, son
permitidos por la misma Naturaleza, en la medida en que ellos son
indispensables para el proceso de existencia ordinaria.
Y en efecto, sin ellos, sin todas esas «picaduras de mosquito», ya que
objetivamente no representan nada más, aunque los sentimos como
«terrores sin precedente», ya no podríamos experimentar ningún
sentimiento de alegría, de tristeza, de esperanza, de desilusión, y otros más;
no tendríamos ni preocupaciones, ni estímulos, ni aspiraciones, ni, en
general, ninguno de esos impulsos que nos obligan a actuar, a tratar de
lograr algo, a esforzarnos hacia una meta.
Es precisamente el conjunto de lo que podría llamarse esas
«experiencias pueriles» sufridas automáticamente por el hombre ordinario,
las que por una parte constituyen y sostienen su vida, y por otra parte, no le
dejan ni tiempo ni posibilidad de ver y sentir la realidad.

Si le fuera dado al hombre ordinario contemporáneo sentir, o siquiera


recordar mentalmente, que en un plazo previsto, por ejemplo mañana,
dentro de una semana o dentro de un mes, o hasta dentro de un año o dos, él
debe morir, y morir de veras, ¿qué subsistiría entonces, se pregunta uno, de
todo cuanto hasta ese día llenó y constituyó su vida?
Todo perdería enseguida para él su razón de ser y su significado. ¿Para
qué esa condecoración que recibió ayer por sus largos años de servicio y
que lo había colmado de alegría, para qué el guiño tan prometedor que al fin
le lanzó aquella mujer que había sido, hasta entonces, el objeto de sus
deseos constantes e insatisfechos, para qué el periódico con el café de la
mañana, el saludo deferente del vecino en la escalera y todo eso que le
agrada: el teatro en la noche y las horas de descanso y el dulce sueño… para
qué todo eso?
Demás está decir que estas cosas ya no tendrán el significado que él les
había dado hasta entonces, si el hombre se entera de que la muerte llegará,
aun cuando sea dentro de cinco o diez años.
Resumiendo, el hombre ordinario no puede, ni debe, mirar su propia
muerte «cara a cara». De pronto, bajo sus pies, el suelo se hundiría y, con
toda su agudeza, surgiría la pregunta:
«¿Para qué esta vida, y por qué sufrir?»
Y precisamente para que esta pregunta no pueda surgir, la Gran
Naturaleza, convencida de que en la presencia común de la mayoría de los
hombres ya no se constituía ningún factor de manifestaciones meritorias
correspondiente a seres tricéntricos, ha favorecido en su sabiduría y su
previsión la aparición, en su presencia común, de las diversas
consecuencias de las propiedades indignas de ellos, propiedades que, en
ausencia de las realizaciones requeridas, les permiten no percibir ni sentir la
realidad.
Y si la Gran Naturaleza se vio obligada a adaptarse a esta anomalía, en
el sentido objetivo de la palabra, fue que debido a las condiciones de vida
ordinaria establecidas por los hombres mismos, el deterioro, en la calidad
de las radiaciones requeridas para metas cósmicas elevadas, exigía
insistentemente, para el mantenimiento del equilibrio, una compensación
basada en el número de nacimientos y la duración de la existencia.
Así pues, la vida no le es dada a los hombres para ellos mismos, sino
para servir metas cósmicas elevadas y por eso es que la Gran Naturaleza
vigila porque la vida pueda fluir en forma más o menos tolerable y no
llegue a su fin prematuramente.
Nosotros los hombres ¿no engordamos nuestras ovejas y nuestros
cerdos, no los cuidamos, no nos preocupamos por hacerles la vida tan
cómoda como sea posible?
Pero ¿hacemos todo esto porque apreciamos su vida por su vida misma?
¡No! Hacemos todo esto para degollarlos un día, y sacarles la buena
carne que necesitamos, con el máximo de grasa.
Así mismo, la Naturaleza toma todas las medidas para que vivamos sin
caer presa del horror y para que no nos ahorquemos, sino que vivamos
mucho tiempo; luego, apenas ella lo necesita, nos degüella.
Dentro de las condiciones de vida ordinaria de los hombres, tal como
están establecidas, esta es una ley inquebrantable de la Naturaleza.
La vida nos es dada para una meta elevada, y todos juntos estamos
obligados a servirla, en esto radica nuestra razón de ser y el sentido mismo
de nuestra vida.
Todos los hombres sin excepción son esclavos de esa «grandeza», todos
deben someterse sin discutir, y cumplir sin engaño ni componenda de
ninguna especie, lo que está determinado para cada uno según su ser, es
decir, según lo que le ha sido transmitido por herencia y lo que ha adquirido
conscientemente por sí mismo.

Y ahora, después de todo lo que acabo de decir, quisiera, para regresar


al tema principal de esta conferencia, recordarles dos expresiones que
hemos empleado en varias ocasiones para definir al hombre, las de «hombre
verdadero» y «hombre entre comillas», y concluir así:
El verdadero hombre, que ya ha adquirido su propio «Yo», así como el
hombre entre comillas, que no lo posee, son ambos igualmente esclavos de
esa «grandeza»; no obstante, hay entre ellos esta diferencia:

El primero, asumiendo una actitud consciente frente a su esclavitud,


adquiere la posibilidad, a la vez que sirve a la realización universal,
de consagrar una parte de sus manifestaciones, conforme a las
previsiones de la Gran Naturaleza, a la adquisición de un «ser
imperecedero».
Mientras que el otro, por no tomar consciencia de su esclavitud,
durante todo el proceso de su existencia, sigue siendo una simple
cosa que, cuando ya no se la necesita, es destruida para siempre.

Para hacer más comprensible y más concreto lo que acabo de decir,


recurriremos a una imagen: compararemos la vida humana en su conjunto
con un gran río que surge de diversas fuentes y que fluye por la superficie
de nuestro planeta, y la vida de cada hombre en particular con una de las
gotas de agua que componen ese río de vida.
Ese río fluye primero como una sola masa a lo largo de un valle
relativamente plano; luego, en el lugar donde la Naturaleza ha sido
sometida a lo que se llama un «cataclismo no conforme con las leyes», se
divide en dos corrientes distintas o sufre lo que podría llamarse la «división
de las aguas».
Toda el agua de la primera corriente, poco después de franquear ese
lugar, desemboca en un valle aún más plano y, atravesando regiones
despojadas de todo lo «majestuoso y pintoresco» prosigue su curso hasta el
vasto océano.
La segunda corriente, por el contrario, corre a través de los obstáculos
formados por el «cataclismo no conforme con las leyes», del que hemos
hablado y, finalmente, abismándose en las grietas que son también
consecuencias de este cataclismo, desaparece en las profundidades de la
tierra.
Después de la «división de las aguas», las dos corrientes prosiguen su
ruta independientemente y nunca más se mezclan, pero en ciertos
momentos se acercan hasta tal punto que todos los resultados del proceso de
su recorrido van a la par e incluso, a veces, cuando se producen grandes
perturbaciones atmosféricas tales como vientos, tormentas, etc., sucede que
salpicaduras, o gotas aisladas, pasan de una corriente a la otra.
Tomada individualmente, la vida de todo hombre, hasta la edad
responsable, corresponde a una gota de agua de la corriente inicial de este
río, y el lugar donde se efectúa la «división de las aguas» corresponde al
periodo en que él llega a la mayoría de edad.
Antes de esta división, cada movimiento de las aguas, que se efectúa
conforme a las leyes para la realización del destino predeterminado del río
entero, se aplica en toda su amplitud, así como en sus más mínimos
detalles, a cada gota separada, pero solo en la medida en que esta gota
pertenece a la masa total del río.
Para la gota misma, todos sus desplazamientos propios, todas las
direcciones que tome y todos los estados causados por sus cambios de
posición, por las condiciones circundantes accidentales y por el ritmo
acelerado o disminuido de su movimiento, todo está completamente
supeditado al azar.
Las gotas no tienen un destino personal determinado. El destino
predeterminado no existe sino para el río en conjunto.
En el curso inicial del río de la vida, las gotas están una vez aquí, otras
allá: un minuto después pueden dejar de existir como tales, pueden ser
lanzadas fuera del río y evaporarse.
Así pues, cuando la Gran Naturaleza se vio obligada, por la vida indigna
de los hombres, a hacer degenerar la presencia de ellos de manera
correspondiente, fue establecido que para la realización de todas las cosas
existentes, el conjunto de la vida humana en la Tierra estaría, de ahí en
adelante, dividido en dos corrientes; y la Gran Naturaleza concibió un plan
conforme a las leyes, en el que ella fijó gradualmente todos los detalles de
realización de tal modo que en cada una de las gotas de agua de la corriente
inicial del río de la vida pudiese surgir —o no surgir—, durante las «luchas
interiores subjetivas contra su propio principio negativo», ese «algo» en
virtud del cual se adquieren ciertas propiedades que permiten entrar, en el
momento de la división de las aguas, en una u otra de las dos corrientes.
Ese «algo» que, en la presencia de cada una de estas gotas de agua,
sirve para realizar la propiedad correspondiente a una u otra de las
corrientes es, en la presencia común de todo hombre que ha llegado a la
edad responsable, ese «Yo» que ha sido mencionado en la conferencia de
hoy.
Un hombre que posee su propio «Yo», entra en una de las corrientes del
río de la vida y el que no lo posee entra en la otra.
El destino de cada gota del río de la vida es determinado, en el momento
de la «división de las aguas», por la corriente misma en que ella se
introduce.
Y eso porque, como ya he dicho, la primera de estas dos corrientes se
vierte finalmente en el océano, es decir, en esa esfera de la Naturaleza con
la que ciertas grandes concentraciones cósmicas operan frecuentes
«intercambios de sustancias», por medio del proceso llamado
«Pojdalissdyancha», del cual, por cierto, nuestros contemporáneos conocen
un aspecto fragmentario que llaman «ciclón». La gota de agua adquiere
entonces la posibilidad de evolucionar como tal hasta la concentración
superior siguiente.
En cuanto a la otra corriente que se hunde, al final de su curso, en los
abismos subterráneos, donde participa en el proceso llamado «creación
involutiva» que prosigue sin fin en el interior del planeta, esta es
transformada en vapores y distribuida en esferas apropiadas, con miras a
nuevos surgimientos.
Después de la división de las aguas, los grandes y pequeños procesos
sucesivos, que hasta en los detalles del movimiento exterior aseguran el
cumplimiento de los destinos predeterminados de las dos corrientes,
dependen también de esas mismas leyes cósmicas; sin embargo, los
resultados que de ellos derivan «se subjetivizan», podría decirse, de manera
correspondiente, en cada una de las dos corrientes y funcionan entonces
independientemente, sin dejar de ayudarse y de sostenerse uno al otro. Estos
resultados «subjetivizados» de segundo orden, surgidos de leyes cósmicas
fundamentales, unas veces funcionan uno al lado del otro, otras veces se
tropiezan o se cruzan, pero jamás se fusionan. Y la acción de estos
resultados de segundo orden puede incluso, si las condiciones circundantes
se prestan para ello, extenderse a las gotas sueltas.

Para nosotros, hombres contemporáneos, el peor mal estriba en que


debido a diversas condiciones de nuestra vida ordinaria y sobre todo debido
a nuestra anormal «educación», solo poseemos, en la edad responsable,
presencias correspondientes a la corriente del río de la vida destinada a
perderse en los «abismos subterráneos», y caemos en esa corriente. De allí
en adelante nos arrastra donde quiere, como quiere, y nosotros, sin
reflexionar en las consecuencias, permanecemos pasivos, dejándonos llevar
como los restos de un naufragio, a la deriva.
Mientras permanezcamos pasivos, no solo nos veremos constreñidos a
no ser más que instrumentos al servicio de las «creaciones involutivas» de
la Naturaleza, sino que tendremos que someternos como esclavos, por el
resto de nuestras vidas, al capricho de toda suerte de acontecimientos
ciegos.
Puesto que la mayoría de ustedes ya ha cruzado el umbral de la edad
responsable y reconoce, con toda sinceridad, que todavía no han adquirido
su propio «Yo», y puesto que ustedes se dan cuenta, por otra parte, según lo
esencial de lo que acabo de decir, de que las perspectivas que les esperan no
tienen nada particularmente agradable, entonces, para que ustedes —
justamente ustedes, que han tomado conciencia de esto— no se
«descorazonen» y no caigan en el «pesimismo», tan difundido en la vida
anormal de hoy, les diré, con toda franqueza, sin reserva alguna,
apoyándome en convicciones establecidas durante largos años de estudios,
las que han sido reforzadas por múltiples experimentos conducidos de
manera excepcional —experimentos en cuyos resultados he basado el
«Instituto para el Desarrollo Armónico del Hombre»—, que incluso para
ustedes no todo está perdido todavía.
En efecto, los estudios y los experimentos que acabo de mencionar me
han demostrado claramente, y de manera definitiva, que nuestra Madre
Naturaleza, en su vigilancia infinita, ha previsto para los seres la posibilidad
de adquirir el núcleo de su esencia, es decir, su propio «Yo», aun después de
haber alcanzado la edad responsable.
Esta previsión de la equitativa Naturaleza consiste para nosotros en el
hecho de que, mediante ciertas condiciones interiores y exteriores, nos ha
sido dada la posibilidad de pasar de una corriente a la otra.
La expresión «primera liberación del hombre», que nos llega de las más
remotas edades, indica precisamente esta posibilidad de pasar, de la
corriente destinada a perderse en los abismos subterráneos, a la otra
corriente, la que se vierte en los vastos espacios del océano sin límites.
Pero pasar a la otra corriente no es así de fácil: no es «querer pasar y ya
está». Para pasar, necesita primero que cristalicen, conscientemente, en
usted mismo, unos datos que susciten, en su presencia común, un impulso
constante e inextinguible del deseo por tal paso; luego le será necesaria una
larga preparación.
Ante todo, este paso le exige renunciar a todo aquello que, en esa
corriente del río de la vida, considera como «riquezas», pero que, en
realidad, no son sino hábitos automáticos, adquiridos por esclavitud.
En otras palabras, usted debe morir a todo cuanto constituye la vida
ordinaria.
Es de esa muerte de la que hablan todas las religiones.
Este es el significado de la sentencia que nos ha llegado de la
antigüedad remota:

«Sin muerte, no hay resurrección».

Dicho de otro modo:

«Si no mueres, no serás resucitado».

En este caso no se trata de la muerte del cuerpo, porque para esa muerte no
hay necesidad de resurrección.
Si hay un alma y, más aún, un alma inmortal, ella puede prescindir de
una resurrección del cuerpo.
Esta resurrección no es en absoluto necesaria para comparecer, en el
Juicio Final, ante Nuestro Señor, como nos lo enseñan los Padres de la
Iglesia.
¡No! Todos los profetas enviados de Lo Alto, y Jesucristo mismo, han
hablado de esa muerte que puede sobrevenir aquí, en esta vida, es decir, de
la muerte del «tirano» que hace de nosotros unos esclavos y cuya
destrucción puede solo asegurar la primera gran liberación del hombre.

Resumiendo las ideas que acaban de ser expuestas, tanto en la


conferencia como en el suplemento que le agregué hoy, acerca de las dos
categorías de hombres que, desde el punto de vista de su contenido interior,
no tienen nada en común entre sí y respecto al penoso hecho de que, debido
al deterioro progresivo de las condiciones de su existencia ordinaria y,
particularmente, de su nefasto sistema de educación, las diversas
consecuencias de las propiedades del órgano Kundabuffer se manifiestan
mucho más intensamente en la presencia común de los hombres de estos
últimos tiempos, yo considero indispensable decir, y hasta recalcar, que
todos los malentendidos que surgen en nuestra vida colectiva, y, sobre todo,
en nuestras relaciones mutuas, todos los disgustos, disputas, arreglos de
cuentas, decisiones apresuradas —decisiones cuya realización tiene, como
consecuencia fatal, interminables procesos de «remordimiento de
conciencia»— e incluso todos esos grandes acontecimientos, tales como
guerras, guerras civiles y otras calamidades, son simples efectos de una
característica de la atención de los hombres ordinarios que nunca han
trabajado sobre sí mismos, que yo llamaría «reflejar la realidad al revés».

Todo hombre, capaz de reflexionar con un poco de seriedad, sin


«identificarse» con sus pasiones, estará de acuerdo con nosotros acerca de
todo lo que acaba de decirse si toma en consideración un simple hecho,
muy frecuente en el proceso de nuestra vida interior, a saber, de que todas
las pruebas que se nos hacen tan terribles cuando pasamos por ellas, nos
parecen por el contrario, después de un lapso de tiempo a veces
insignificante, cuando han sido reemplazadas por otras y, al recordarlas por
casualidad, las sometemos a un razonamiento lógico ligado a nuestro nuevo
humor, no valen ni un «mísero centavo».
Porque los resultados de su pensar y de su sentimiento muy a menudo
llevan al hombre ordinario a hacer de «una pulga un elefante y de un
elefante una pulga».
Las manifestaciones de esta funesta propiedad en la presencia común de
los hombres adquieren particular intensidad durante sucesos tales como
guerras, revoluciones, etc… y es entonces cuando aparece de la manera más
evidente ese estado, que por cierto ellos son capaces de constatar, bajo cuya
influencia caen todos, salvo raras excepciones, y que ellos mismos llaman
«hipnosis de las masas».
Lo que caracteriza ese estado, es que los hombres ordinarios, cuyo
pensar, ya bastante débil sin eso, se debilita aún más durante tales periodos,
caen bajo la influencia de las funestas lucubraciones de cualquier demente,
y convirtiéndose literalmente en víctimas de esas lucubraciones, se
manifiestan entonces de manera completamente automática.
Mientras están bajo la influencia de esa propiedad maléfica, arraigada
ya en los hombres ordinarios de nuestro tiempo, su presencia común deja
totalmente de poseer ese algo sagrado que se llama «consciencia moral
objetiva», cuya adquisición se le había hecho posible, gracias a los datos
depositados en ellos por la Gran Naturaleza, como en unos seres a la
imagen de Dios, para distinguirlos de los simples animales.
Los hombres de cierto conocimiento consideran sinceramente
lamentable esta propiedad de nuestros contemporáneos, porque desde hace
ya tiempo, según los datos históricos como por las experiencias de
numerosos sabios verdaderos de las épocas pasadas, la Gran Naturaleza ya
no tiene más necesidad de un fenómeno como el de la hipnosis de las masas
para mantener su equilibrio. Muy al contrario, ya que las manifestaciones
periódicas de esa propiedad en los hombres la obligan siempre a nuevas
adaptaciones, tales como el incremento de la tasa de natalidad, las
modificaciones de lo que llaman el «ritmo del psiquismo general» y así
sucesivamente.

Después de todo lo que acabo de decir, me parece necesario insistir en


el hecho de que todos los datos históricos llegados hasta nuestros
contemporáneos y que he conocido por casualidad —hablo de los datos que
se refieren realmente a lo que ha pasado en la vida de los hombres de otras
épocas, y no de los que han sido inventados por los «sabios
contemporáneos», y sobre todo por los «sabios germánicos», cuyas
«historias» han atiborrado todos los cerebros jóvenes en la superficie de la
tierra— demuestran claramente que los hombres de épocas pasadas no se
dividían en dos corrientes, sino que todos seguían una sola y misma
corriente de vida.
La vida entera de la humanidad no se ha dividido en dos corrientes sino
a partir de la civilización llamada «Tikliamuishiana», que precedió
inmediatamente a la civilización Babilónica.
A partir de ese momento fue cuando se organizó poco a poco el modo
de existencia actual de la humanidad, cuya vida, como todo hombre de
sentido común debe constatarlo, no puede transcurrir en lo sucesivo de
manera más o menos tolerable, a menos que los hombres sean divididos en
amos y esclavos.
Aun cuando ser amo o ser esclavo es igualmente indigno de lo que
debieran ser los hombres unos para otros, como hijos de Nuestro Padre
Común, sin embargo, dadas las condiciones existentes a las que ya está
sometido todo el proceso de la vida colectiva de los hombres, y cuyo origen
remonta a la más lejana antigüedad, debemos reconciliarnos con ese hecho
y aceptar un arreglo que, desde el punto de vista de una razón imparcial,
corresponda a nuestro bien personal sin contravenir por ello los
mandamientos que han sido promulgados especialmente para nosotros los
hombres, por la «Fuente Primera de Todo Cuanto Existe».
Tal arreglo es posible, a mi parecer, si algunos hombres toman
conscientemente por meta principal de su existencia la de adquirir en su
presencia todos los datos necesarios para hacerse amos entre sus
semejantes.
Si Partimos de ese principio y nos conformamos a la sabia sentencia de
los antiguos tiempos que afirma que «para ser un justo y buen altruista, es
indispensable ser primero un egoísta pura sangre», cada uno de nosotros,
aprovechando el sentido común que nos dio la Gran Naturaleza, debe fijarse
como meta esencial la de convertirse en amo.
No un amo en el sentido que esa palabra ha tomado para los hombres
contemporáneos, o sea, alguien que tiene muchos esclavos y mucho dinero,
y eso lo más a menudo por herencia, sino un hombre que, gracias a sus
actos objetivamente virtuosos hacia los que lo rodean —es decir, gracias a
los actos manifestados solo bajo el dictado de su razón pura, sin ninguna
participación de los impulsos que engendran en él, como en todos los
hombres, las consecuencias de las propiedades del funesto órgano
Kundabuffer— adquiere en sí mismo ese «algo» que obliga a todos los que
lo rodean a inclinarse ante él y a ejecutar sus órdenes con devoción.

Pues bien, considero concluida esta primera serie de mis obras, y en


forma tal que yo mismo estoy satisfecho de ella.
En todo caso, me doy mi palabra de que a partir de mañana, no dedicaré
ni cinco minutos más de mi tiempo a esta primera serie.
Y ahora, antes de ponerme a redactar la segunda serie, para darle una
forma, en mi opinión accesible a todos, tengo la intención de descansar un
mes entero, de no escribir absolutamente nada y, para estimular mi
organismo, en extremo fatigado, beber sua-ve-men-te las quince botellas
que me quedan de ese «superultra celeste néctar» que se llama hoy en la
Tierra «Calvados Añejo».
Este «Calvados Añejo», dicho sea de paso, es ése del que merecí
descubrir por casualidad, hace varios años, veintisiete botellas, sepultadas
bajo una mezcla de cal, arena y paja finamente cortada, un día de invierno
cuando me encontraba cavando una fosa para conservar zanahorias en una
de las bodegas de mi principal residencia actual.
Con toda probabilidad estas botellas de divino licor habían sido
enterradas por monjes que vivían en aquel lugar, lejos de las tentaciones
mundanas, para la salvación de sus almas.
Me parece ahora que no fue sin intención que las habían enterrado allí y
que, en virtud de la facultad llamada «intuición perspicaz» —cuyos datos
hay que creer que se habían constituido en ellos, gracias a su vida piadosa
—, previeron que este divino líquido caería en manos dignas de comprender
el significado de tales cosas y que incitaría al poseedor de estas manos a
exaltar con toda conciencia el sentido del ideal en el cual la corporación de
aquellos monjes se fundaba, a fin de que se efectuara su mejor transmisión
a la generación siguiente.
Durante este tiempo de reposo, merecido en todos los sentidos, quiero
beber este espléndido líquido, el único que, en estos últimos años, me ha
dado la posibilidad de tolerar, sin sufrimiento, la presencia a mi lado de los
animales mis semejantes y de escuchar nuevas anécdotas y, a veces, por
falta de nuevas, escuchar las viejas, naturalmente con la condición de que el
narrador sea bueno.

Apenas es mediodía, y como la palabra que me he dado de no escribir


nada más para esta primera serie comienza solamente mañana, me queda un
poco de tiempo y, sin faltar a mi juramento, puedo agregar, con la
conciencia tranquila, que hace un año o dos había decidido categóricamente
que apareciera tan solo la primera serie de mis obras. En cuanto a la
segunda y a la tercera series, tenía la intención de no publicarlas, sino
organizar su distribución, para realizar una de las tareas fundamentales que
me he fijado a mí mismo bajo juramento de mi esencia y que consiste en
convencer cueste lo que cueste a todos mis contemporáneos de lo absurdo
de todas sus ideas inveteradas sobre la pretendida existencia de «otro
mundo», con su famoso y tan maravilloso «Paraíso» y su tan espantoso
«Infierno» probando teóricamente, demostrando luego prácticamente —con
una evidencia tal que hasta una «perfecta víctima» de la educación
contemporánea no sería capaz de comprenderlo sin estremecerse— que en
verdad el Paraíso y el Infierno existen, no en cualquier lugar en «otro
mundo», sino aquí abajo, cerca de nosotros, en la Tierra.
Después de la publicación de los libros de la primera serie, me
propongo, para difundir las ideas contenidas en las obras de la segunda
serie, organizar simultáneamente, en diversos centros importantes, unas
lecturas públicas abiertas a todos.
En cuanto a los libros de la tercera serie, tengo la intención de no
permitir el acceso a ellos sino a los lectores de la segunda serie que hayan
sido seleccionados según mis instrucciones precisas por personas
especialmente preparadas, y que sean capaces de comprender las verdades
objetivas reales que en ellos expondré a la luz.
G. I. GURDJIEFF, nació en Alexándropol, 14 de enero de 1872, fue un
maestro místico, filósofo, escritor y compositor armenio, quien se
autodenominaba «un simple Maestro de Danzas».
Nacido a finales del siglo XIX en la Armenia rusa, su principal obra fue dar
a conocer y transmitir las enseñanzas del Cuarto Camino en el mundo
occidental. Una personalidad misteriosa y carismática, con un agudo
sentido crítico, y una elevada cultura tradicional, acaparó la atención de
muchos, guiándolos hacia una posible evolución espiritual y humanitaria.
Falleció el 29 de octubre de 1949 en Fontainebleau, Francia.
Según los autores que han estudiado su obra, sus planteamientos
constituyen un conjunto de ideas interrelacionadas muy innovadoras, que
tienen el objetivo de producir la evolución consciente en el hombre.
«Gurdjieff mostró que la evolución del hombre […] es el resultado del
crecimiento [y desarrollo] interior individual; que tal apertura interior es
la meta de todas las religiones, de todos los caminos, […] pero que
requiere un conocimiento directo y preciso, […] pero que solo se puede
adquirir con la ayuda de algún guía con experiencia y a través de un
prolongado estudio de sí y del trabajo sobre sí mismo».
Notas
[1] Piel de cabra desollada de manera especial. <<
[2]El Tulujtertzinek se asemeja, naturalmente hasta cierto punto, a lo que se
llama en la tierra «T. S. H.». <<
[3]Los Tzaruariajes del sagrado planeta corresponden más o menos a lo que
se llama en la tierra «ciudades» y «pueblos». <<
[4] En el planeta Marte, equivale a lo que en la Tierra se llama una «nota».
<<
[5] En marciano, significa «residencia». <<
[6]
La expresión «Nurfuftafaf» significa, en este planeta, algo parecido a lo
que en la tierra se llama «abulia». <<
[7]En el planeta Saturno, designa el rito sagrado que en la Tierra llaman
«bautismo». <<
[8]Vida-tchaján corresponde más o menos a lo que en la Tierra llaman
«dínamo». <<
[9]
Keshaj es el nombre dado a los compartimentos de las naves espaciales
que, en los navíos a vapor terrestres, se denominan «camarotes». <<

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