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MONJARÁS-RUIZ. Los Arqueólogos Frente A Las Fuentes

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LOS ARQUEÓLOGOS

FRENTE A LAS FUENTES

Colección Cientffica
Los arqueólogos
frente a lasfuentes

Rosa Brambila Paz


Jesús Monjarás-Ruiz
(Compiladores)

Serie Etnohistoria
Instituto Nacional de Antropología e Historia
Diseño de portada de la colección: Pablo Moya
Fotografía de la portada: José de los Reyes Medina

Primera edición: 1996

© Instituto Nacional de Antropología e Historia


Córdoba 45, col. Roma, CP 06700, México, D.F.

ISBN 968-29-5239-5

Impreso y hecho en México


índice

Presentación
Rosa Brambila Paz y Jesús Monjarás-Ruiz 9

De arqueología y etnohistoria a los arqueólogos frente a las


fuentes
Jesús Monjarás-Ruiz y Rosa Brambila Paz 13

Arqueología y etnohistoria: supuestos y posibilidades


Enrique NaIda Hernández 21

El territorio como base de confrontación: las transformaciones


del poblamiento en el reino de Granada a finales de la Edad
Media
Antonio Malpica Cuello 37

Conquista y fundación: estudios de territorio en arqueología


Ana María Crespo 59

Relación entre historia y arqueología en el estudio del


septentrión mesoamericano
Marie-Areti Hers 91

Arqueología y fuentes históricas: el caso del Templo Mayor de


Tenochtitlan
Eduardo Matos Moctezuma 105

La posible interpretación de figurillas arqueológicas en barro


y piedra según las fuentes históricas
Doris Heyden 129

El material de concha en el contexto arqueología-etnohistoria


Lourdes Suárez Diez 147
Monte Tláloc: un proyecto de investigación de etnohistoria
y arqueología
Felipe Solí s Olguín, Richard F. Townsend
y Alejandro Pastrana 157

Los popolocas de Tepexi el Viejo, Puebla


Noemí Castillo Tejero 171

Sobrevivencia de armas tradicionales nativas en la Colonia,


en una prohibición de 1791 de que los indígenas porten armas
María Elena Ruiz A. 181

El Lienzo de Jucutácato o de Xiuhquillan


Román Piña Chán 211

Precisiones históricas en relación con la intervención de


Manuel Tolsá en la Casa del Marqués del Apartado
Rubén Rocha Martínez y EIsa Hernández Pons 223
Presentación*

Con el nombre de etnohistoria en México nos referimos a una disciplina


cuyos orígenes, en tanto que historia de los grupos étnicos, pueden
remontarse, dentro de la tradición historiográfica indígena, hasta el siglo VII
de nuestra era, y a raíz de la Conquista, al primer tercio del siglo XVI.
Disciplina que durante un largo periodo fue designada, principalmente,
como historia antigua o como etnografía antigua.
Aunque permitido y alentado en diversos ámbitos académicos, este
quehacer sólo se institucionalizaría en la década de 1970, con la consoli-
dación de la especialidad de etnohistoria en la Escuela Nacional de
Antropología e Historia (ENAH);la creación del Centro de Investigaciones
Superiores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (CISINAH),
actualmente Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropolo-
gía Social (CIESAS);el surgimiento del Departamento, ahora Dirección, de
Etnohistoria en el mismo Instituto (DE-INAH),y su acept~ción y práctica en
instituciones de investigación o enseñanza superior, como la Universidad
Nacional Autónoma de México (UNAM),la Universidad Veracruzana (uv),
la Universidad Iberoamericana (UIA) y la Universidad de las Américas,
Puebla (UDLAP),entre otras.
En eIINAH, la creación del Departamento de Etnohistoria (1977) estuvo
"ligada a un proyecto, nunca realizado en su totalidad, que buscaba
presentar un panorama de los principales grupos prehispánicos en el
momento anterior a la Conquista, así como la problemática generada por
éstos en el proceso de formación de la sociedad colonial temprana. Su
enfoque intentaba recuperar y promover el acercamiento interdisciplinario,
en buena medida peculiar, del surgimiento de la moderna antropología
mexicana. Durante la adecuación ocurrida en el lapso entre su creación y
la actualidad se han venido conformando dos tendencias básicas: la
investigación sobre los señoríos o ciudades-Estado que ocuparon la cuen-
ca de México, principalmente durante el Posclásico tardío, y su transfor-

• Mucho agradecemos la colaboración de José de los Reyes Medina, a quien se deben las fotos
de la portada y la que ilustra el primer artículo, y el eficiente apoyo mecanográfico de Yolanda Torres
Martínez, de la DE-INAH.

9
mación en el proceso de formación de la sociedad colonial, así como la
edición crítica de fuentes pictográficas y documentales. Esto llevó, nece-
sariamente, a la inclusión de problemas que rebasan el ámbito de la
cuenca de México, ligados a la estructura político-territorial de la Triple
Alianza, nueva perspectiva que, dentro del enfoque interdisciplinario,
propició la incorporación de otros especialistas, particularmente arqueólo-
gos, con el fin de resolver problemas antropológicos e históricos en un
sentido amplio, acudiendo a los recursos de ambas disciplinas: la arqueo-
logía y la etnohistoria.
Por circunstancias coyunturales, más tarde (1986), bajo la dirección
de Pedro Carrasco, se organizó un subproyecto interinstitucional dedicado
a la Triple Alianza, en el que se contó con la participación de etnohistoria-
dores y arqueólogos deIINAH, el CIESAS,la UNAMy la UDLAP,uno de cuyos
objetivos primordiales, en torno a la extensión geográfica y la conformación
sociopolítica de dicha macrounidad, era encontrar la respuesta de la
arqueología a los planteamientos sugeridos por los etnohistoriadores, con
apoyo en las fuentes. En el transcurso del mismo se hicieron evidentes /
ciertas discordancias tanto de información como de interpretación, las
cuales tenían que ver con las expectativas planteadas y con el empleo de
conceptos y términos iguales en escritura pero con significados diferentes.
O sea que, si bien el objetivo compartido era la reconstrucción de ciertos
aspectos del proceso de desarrollo histórico de la Triple Alianza, la base
teórico-metodológica era diferente, lo que evidentemente señaló que el
simple hecho de reunir a arqueólogos y etnohistoriadores ante una pro-
blemática común no confería al proyecto un verdadero carácter interdisci-
plinario. Así las cosas, nos pareció necesario recurrir a un grupo de
especialistas ajenos al proyecto para conocer sus puntos de vista al
respecto. En un principio pensamos en acudir a etnohistoriadores y
arqueólogos para que dieran su opinión sobre la relación entre ambas
disciplinas, pero finalmente se optó por hacerlo primero con los arqueólo-
gos, propuesta que fue bien acogida por gran parte de los investigadores
invitados. Sin embargo, una primera revisión de los trabajos recibidos, con
cierta sorpresa de nuestra parte, dejó en claro que, más que referirse a los
posibles problemas interdisciplinarios, la mayoría de los artículos se ocu-
paban de aspectos concretos, en los cuales, en todo caso, se hacen
evidentes las diversas formas de utilización por parte básicamente de los
arqueólogos, y en menor medida (sólo una colaboración) de los restaura-
dores, de las fuentes pictográficas o documentales. El resultado es el
presente volumen, en el que se plasman esas diferentes maneras en que
los investigadores participantes, en su mayoría arqueólogos, se acercan
directamente a los documentos y los emplean y analizan sin la intermedia-
ción del etnohistoriador, lo que en buena medida cubre el objetivo de llamar
la atención de la comunidad académica sobre una discusión insuficiente-

10
mente tratada o incluso soslayada por algunas tendencias de la arqueo-
logía y la etnohistoria.
Hasta donde fue posible, se buscó la participación interinstitucional, y
aunque la mayoría de los artículos fueron escritos por investigadores del
INAH, tenemos ejemplos de colegas de la UNAM, de la Universidad de Jaén,
España, y del Instituto de Arte de Chicago. La temática se refiere funda-
mentalmente a asuntos relativos al mundo prehispánico del periodo Pos-
clásico y la etapa colonial temprana de México, y como punto de compa-
ración al ocaso de la Edad Media en Granada, España.
Como se señala más adelante, la problemática abordada retoma una
preocupación académica, largamente presente, acerca de los ámbitos de
injerencia, en todos sentidos, de las diferentes disciplinas encargadas del
estudio de los procesos posibilitadores del devenir de los diferentes grupos
humanos, por lo cual, sin lugar a dudas y en forma contundente, Caso
apunta la necesidad de formular planteamientos y soluciones interdiscipli-
narias integrales.

Rosa Brambila Paz


Jesús Monjarás-Ruiz

11
De arqueología y etnohistoria
a los arqueólogos frente a las fuentes
Jesús Monjarás-Ruiz
Rosa Brambila Paz

Las diferentes disciplinas que hoy integran las ciencias sociales surgen en
el siglo XIX, como división del estudio de los grupos humanos correspon-
diente a la idea de que los diversos componentes estructurales y formales
de la sociedad en su conjunto poseían cierto grado de autonomía, el cual
permitía analizarlos de manera aislada del todo del cual formaban parte.
En nuestro siglo esta posición se bifurcó en dos vertientes: por un lado la
s!Jperespecialización creadora de subdivisiones dentro de las propias
especialidades, dirigida a producir conocimientos más precisos aunque
atomizados, los cuales, desde su parcelario punto de vista, pretenderían
explicar el todo social; por el otro, la corriente encaminada a reconocer la
unidad del todo social, que reclamaba la necesidad de la investigación
interdisciplinaria. En este contexto, a horcajadas entre las dos vertientes,
surgen, en diferentes momentos y circunstancias, la arqueología y la
etnohistoria.
Dentro de la nueva fragmentación del conocimiento, a la arqueología
se le asignó la tarea de analizar las sociedades antiguas "sin historia",
entendidas como aquellas sin documentos escritos acreditadores de su
devenir. Con tan particular y simples criterio se deslindaron los quehaceres
de historiadores y arqueólogos; así, el campo de estudio de los primeros
serían las sociedades letradas yen consecuencia "civilizadas". Al de los
segundos corresponderían las iletradas y por lo tanto "bárbaras" o incivili-
zadas, aunque fuesen productoras de importantes testimonios materiales,
desde simples utensilios hasta impresionantes zonas monumentales.
Peculiar punto de vista, válido fundamentalmente para los países euro-
peos creadores de la división.
Con el expansionismo del mundo occidental a buena parte de los
territorios ahora ocupados por las naciones del llamado Tercer Mundo,
los europeos se toparon con sociedades en diferentes grados de desarro-
llo, las cuales serían incorporadas de manera subordinada y dependiente
a sus ámbitos de influencia.
Desde su perspectiva, primero los navegantes y conquistadores, se-
guidos por religiosos, funcionarios, comerciantes y aventureros, a los que
más tarde se unirían viajeros, geólogos, naturalistas, antropólogos, etcé-

13
tera, entraron en contacto con dichos grupos humanos y buscaron expli-
carlos recurriendo, como punto de comparación, a las sociedades ya
estudiadas o conocidas. El resultado serían innumerables textos, diversos
en su enfoque, contenido e incluso amenidad y valor literario, que al dar
cuenta de las formas de vida y organización de esos grupos humanos se
convirtieron, a pesar de todo, en importantes, aunque muchas veces
prejuiciadas y acríticas, fuentes para la reconstrucción de parte o de la
totalidad del desarrollo histórico de estos pueblos, ya que desde la pers-
pectiva europea, sólo eran encuadrables en los escalones más bajos
de los esquemas establecidos para la evolución social, por lo que, en
general, fueron catalogados como salvajes o primitivos. Novedad no
contemplada en los patrones establecidos como propiciadora, como cuña
entre la arqueología y la historia, del surgimiento de la antropología,
disciplina encargada de su estudio y dentro de la cual, más tarde, en el
seno de la corriente de la antropología culturalista, básicamente estaduni-
dense, aparecería también con fines pragmáticos la etnohistoria, entendi-
da como un enfoque antropológico que reconocía la necesidad de recurrir
a la dimensión diacrónica.1
Sin embargo, si bien en México se adoptó el término en la década de
1950, atendiendo a su etimología en realidad se trataba de una antigua
aunque rebautizada disciplina nutrida por dos importantes corrientes his-
toriográficas. La primera, producto de la acendrada conciencia histórica
de las más avanzadas sociedades indígenas mesoamericanas, cuyos
testimonios pictográficos (códices) se remontan, según el grupo y región
de que se trate, hasta el siglo VII de nuestra era,2 y una vez adoptado el
alfabeto latino produciría, en las plumas de reconocidos y anónimos
autores indígenas y mestizos, importantes escritos históricos.3 La otra, con
subdivisiones internas, sería producto de la Conquista y de la colonización
y en buena parte aprovecharía, a través de informantes, la tradición oral
indígena.4
De esta forma, si bien en nuestro país quedaba presente de hecho la
separación entre arqueología e historia, el parteaguas que las separaba
no era de ninguna manera el año 1521, sino que se remontaba varios
siglos atrás; su estudio recibiría, entre otras, las designaciones de proto-
historia, historia antigua, etnografía histórica y, por último -académica e

1 Para profundizar en el asunto desde el punto de vista estadunidense, consúltense de Bruce


Trigger: "La arqueología como historia" y "Arqueología y etnohistoria". Sobre la etnohistoria en México:
Jesús Monjarás-Ruiz, Emma Pérez-Rocha y Perla Valle, "La etnohistoria", y Jesús Monjarás-Ruiz,
"Etnohistoria ¿para qué?"
2 Como ejemplos véanse Alfonso Caso, Reyes y reinos de la mixteca, y la Historia tolteca-
chichimeca, edición de Paul Kirchhoff, Una Odena y Luis Reyes.
3 Entre otros los Anales de Cuauhtitlán, Unos annales históricos de la nación mexicana y las obras
de Chimalpopoca, Ixtlilxóchitl y Tezozómoc.
4 Entre otras las obras de Cortés, Bernal Díaz, Motolinía, Durán, Sahagún, Ponce y Landa.

14
institucionalmente-, etnohistoria. En su desarrollo, si bien con el fin
común de reconstruir en sus diversas etapas el devenir de las sociedades
que antiguamente poblaron el México actual, arqueólogos y etnohistoria-
dores han desarrollado métodos y técnicas propios que han propiciado
separaciones y falta de entendimiento, aunque con frecuentes temas
y puntos de encuentro. Preocupaciones compartidas manifestadas, cree-
mos, en las siguientes necesidades comunes:

1) La elaboración de una teoría general de los fenómenos sociales que


analice y explique, en su estructura y dinámica de cambio, los
diversos grupos no europeos.
2) La aceptación y reconocimiento de la convergencia en espacios
y tiempos específicos. Dado el caso, una sociedad puede ser simul-
táneamente estudiada por medio de sus restos materiales y a partir
de los datos aportados por las fuentes pictográficas o documentales.

En la antropología integral mexicana es precisamente en el segundo punto


donde la coincidencia entre arqueología y etnohistoria adquiere un papel
preponderante. Nos referimos concretamente al Posclásico en general, y
en lo que respecta al centro de México, a la etapa tardía de este periodo.
Para su estudio contamos tanto con restos materiales como con testimo-
nios documentales cuya conjunción debería permitirnos, como en las
obras de Alfonso Caso, Ignacio Bernal y Román Piña Chan: Reyes y reinos
de la mixteca , Tenochtitlan en una isla y Arqueología, arte e historia,
respectivamente, reconstruir importantes aspectos del desarrollo histórico
de las sociedades del México prehispánico.
Sin negar los logros obtenidos, la realidad señala más bien hacia un
aprovechamiento circunstancial de los datos arqueológicos por parte de
los etnohistoriadores y, en el caso de los arqueólogos, hacia una creciente
tendencia a acceder en forma directa a la información proporcionada por
las fuentes. El presente volumen se dedica básicamente, sin dejar de
abordar directa o indirectamente en algunos artículos la relación entre
arqueología y etnohistoria, a estudios concretos relativos a esta tendencia,
encaminados, a fin de cuentas, a explicar mejor los problemas analizados
por los arqueólogos.
Estrictamente hablando, Enrique Nalda es el único que se ocupa de la
problemática propuesta originalmente, o sea la interrelación de ambas
disciplinas. Delimita temporal y temáticamente sus ámbitos de acción y,
dentro de los obstáculos, recalca la falta de comunicación entre ambas,
en el sentido de que hay un escaso aprovechamiento analítico de la
información entre arqueólogos y etnohistoriadores. Lo que desde su punto
de vista se superaría, por parte de los arqueólogos, con un mejor enten-
dimiento y manejo del contenido de las fuentes documentales o pictográ-

15
~UFONSO.(Jl\Sft
e es relMs
e a ixteca
11

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

16
ficas; en cuanto a los etnohistoriadores, con el entendimiento de los
mecanismos de sistematización de los arqueólogos, y para los que deci-
dieran hacer trabajo de campo, con el entrenamiento previo en técnicas
de excavación y prospección, además de, por supuesto, la práctica misma.
Acentúa como importante punto de contacto la necesidad de construir
modelos explicativos de los fenómenos sociales. Para él la diferencia está
dada en las formas y metodologías de acercamiento, generadoras de
distintas maneras de entender y analizar la cultura: indicador para el
arqueólogo, sistema del que hay que dar cuenta para el etnohistoriador.
Desde nuestro punto de vista, de sus conclusiones destaca la que consi-
dera que ambas disciplinas están comprendidas en el campo general de
la historia, en un sentido amplio.
De acuerdo con Antonio Malpica, a la sociedad hay que examinarla a
partir de elementos integradores y, en todo caso, el dato arqueológico debe
someterse a las líneas impuestas por las fuentes, lo que es un punto de
vista concluyente, matizado en los artículos de Eduardo Matos, Doris
Heyden y Lourdes Suárez. Para Matos los trabajos del Templo Mayor de
Tenochtitlan han conducido, en forma sobresaliente, al análisis de mate-
riales pictográficos y documentales en torno a dicho recinto sagrado, y esto
ha hecho evidente que los descubrimientos arqueológicos confirman las
descripciones de las fuentes. Para Heyden éstas sirven para precisar un
estudio, mediante el cotejo y la relación de los datos arqueológicos con los
proporcionados por ellas. A partir de dichas fuentes, según Suárez, el
arqueólogo obtiene un apoyo básico para interpretar su material, principal-
mente al determinar las funciones de ciertos objetos encuadrados en
tipologías establecidas.
Según Ana María Crespo, la metodología de los arqueólogos aplicada
a las fuentes debería permitir el establecimiento de modelos de compor-
tamiento territorial que podrían ser aplicables a épocas anteriores, lo que
al mismo tiempo posibilitaría el surgimiento de parámetros en los estudios
sobre la territorialidad de los grupos humanos. Desde otro punto de vista,
Marie-Areti Hers, al referirse concretamente al septentrión mesoamerica-
no, señala los problemas que enfrenta su estudio en relación con los
grupos que lo poblaron y las fronteras existentes durante las diferentes
épocas, acentuando, en general, la falta de entendimiento de esta región
fundamental, en parte por la deficiente atención prestada a los cronistas
tempranos.
Como hacen notar Felipe Solís, Richard F. Townsend y Alejandro
Pastrana, las fuentes también auxilian al arqueólogo para precisar sus
descubrimientos; así, la identificación de una calzada se relacionará con
los datos sobre peregrinaciones, y esto permitirá asignarles un carácter
ceremonial a los edificios y cerámica encontrados. Esta última, como
señala Noemí Castillo, lleva al arqueólogo a establecer provincias cerámi-

17
cas en general, aunque al recurrir a las fuentes, así sea parcialmente, sus
datos permiten mayores precisiones en la determinación de las diversas
unidades sociopolíticas incluidas en éstas. Para María Elena Ruiz los
arqueólogos, por medio del conocimiento de la cultura material de los gru-
pos indígenas, pueden contribuir a la reconstrucción de la vida cotidiana
de éstos intentada por el etnohistoriador. Román Piña Chan, por su parte,
nos da un ejemplo del análisis de fuentes realizado por un arqueólogo.
Finalmente, Rubén Rocha y Eisa Hernández destacan la ayuda que en un
momento dado prestan los documentos de archivo a los restauradores
(arqueólogos y arquitectos) en el proceso de remodelación de un monu-
mento colonial, durante el cual deben tener en cuenta, de manera especial,
la planeación y el desarrollo de la construcción del monumento.
Los puntos de vista expuestos oscilan entre la sujeción del arqueólogo
a lo dicho por las fuentes para llegar, pasando por la incompatibilidad o
corroboración entre lo consignado por éstas y los resultados obtenidos en
los estudio arqueológicos, al extremo opuesto que postula la subordinación
de los datos de las fuentes a las propuestas de los arqueólogos. Así, de
manera muy clara y totalmente lógica, se hace evidente que la consulta y el
aprovechamiento de las fuentes no son privativos de ninguna disciplina en
particular, incluida la etnohistoria. También es obvio que el recurrir a éstas
no confiere a un estudio el carácter de etnohistórico. Por tanto, ante dichos
argumentos, vale la pena reflexionar sobre si nos enfrentamos a un problema
irresoluble o si en realidad lo que hace falta es una mayor comprensión de
la especificidad mesoamericana. De este modo, al referirse a la arqueología
de esta superárea, comparándola con la europea, el maestro Bernal seña-
laba que, "no obstante la similitud entre sus supuestos teóricos y sus técnicas
de trabajo de campo, existe en la arqueología mesoamericana una diferen-
cia fundamental al recurrir a fuentes documentales o pictográficas",5 o sea
una arqueología histórica,6 remontable a, cuando menos, el siglo VII de
nuestra era.? Sus ideas de hecho apuntaban a la necesidad de replantear
la estrategia de estudio de los últimos casi nueve siglos de existencia
autónoma del mundo indígena, proponiendo para ello, dentro de la situación
dada, una planeación conjunta de los proyectos entre arqueólogos y etno-

5 Ignacio Bernal, "Archaeology and Written Sources", p. 219.


6 En México el término se aplica a "los trabajos de investigación arqueológica cuyo objeto de
estudio se centra en los periodos posteriores al descubrimiento y conquista de América': (p. 7). La base
metodológica sería "la aplicación de técnicas y métodos arqueológicos a periodos de la historia con
testimonios documentales ..." (p. 11). Aplicación mecánica de un modelo europeo que soslaya la
especificidad a que nos referimos. Para un buen resumen del asunto véase Daniel Juárez Cossío, El
convento de San Jerónimo. Un ejemplo de arqueología histórica, en especial la introducción y el
apartado que se refiere a la arqueología histórica (pp. 7-16). Las referencias del inicio de la nota
corresponden a dicho trabajo.
7 Cfr. Caso, Reyes y reinos...

18
historiadores, y hacia el futuro, en contra de la hiperespecialización, sugería
la formación académica de etnoarqueohistoriadores.8
Finalmente habría que considerar, por encima de los estancos disci-
plinarios, que la arqueología, no obstante sus muchos puntos de contacto
con las ciencias naturales y exactas, al tener como objetivo primordial la
reconstrucción de diversas y lejanas etapas del desarrollo humano, es
parte de la historia en su sentido amplio, y de la antropología en sentido
estricto, en tanto que estudio de los grupos humanos y sus obras.9

Bibliografía

Anales de Cuauhtitlán, véase Códice Chimalpopoca.


Anales de Tlatelolco. Unos annales históricos de la nación mexicana y Códice de
Tlatelolco. Versión preparada y anotada por Heinrich Berlin, con un resumen
de los anales y una interpretación del códice efectuada por Robert H. Barlow,
2a. ed., México, Ediciones Rafael Porrúa, 1980.
Bernal, Ignacio, "Archaeology and Written Sources", en Akten des 34 Internatio-
nalen Amerikanisten Kongresses, Viena, Austria, 1962, pp. 219-225.
---, Tenochtitlan en una isla,' México, SEP/INAH,1980.
Caso, Alfonso, Reyes y reinos de la mixteca 1,México, Fondo de Cultura Econó-
mica, 1977.
Códice Chimalpopoca (Anales de Cuauhtitlán y Leyenda de los soles). Trad. del
náhuatl de Primo Feliciano Velázquez, México, Instituto de Historia, UNAM,
1945.
Charlton, Thomas H., "Archaeology, Ethnohistory and Ethnology: Interpretative
Interfaces", Advances in Archaeological Method and Theory, vol. 4, EUA,
Academic Press, 1981, pp. 129-176.
Historia tolteca-chichimeca, versión preparada y anotada por Paul Kirchhott, Lina
Odena y Luis Reyes, México, CISINAH/INAH/SEP, 1976.
Juárez Cossío, Daniel, El convento de San Jerónimo. Un ejemplo de arqueología
histórica, México, INAH(Científica, 178), 1989.
Lumbreras, Luis Guillermo, La arqueología como ciencia social, México, Ediciones
Librería Allende, 1974.
Monjarás-Ruiz, Jesús, "Etnohistoria, ¿para qué?", Antropología, Boletín Oficial del
INAH, nueva época, núm. 32, México, INAH, 1990, pp. 44-49.
Monjarás-Ruiz, Jesús, Emma Pérez-Rocha y Perla Valle, "La etnohistoria", en
Carlos García Mora (coord.), La antropología en México. Panorama histórico,
vol. 5. Las disciplinas antropológicas y la mexicanística extranjera, México,
INAH(Biblioteca deIINAH), 1988, pp. 111-129.

8 Bernal, "Archaeology and...", passim, en especial pp. 220 Y 225.


9 Además de los autores que abordan el asunto citado en las notas anteriores, véanse
"Archeology, Ethnohistory and Ethonology..."; Charlton Luis G. Lumbreras, La arqueología como
ciencia social, y Paul Schmidt S., Jaime Litvak y Antonio Pompa y Pompa, El arqueólogo, ¿antropólogo,
arqueólogo o historiador?

19
Piña Chan, Román, Historia, arqueología y arte prehispánico, México, FCE, 1972.
Schmidt Shoenberg, Paul, Jaime Litvak King y Antonio Pompa y Pompa, El
arqueólogo, ¿antropólogo, arqueólogo o historiador?, México, Coordinación
y Difusión Cultural, UNAM (Cuadernos de extensión académica, 35), s.f.
Trigger, Bruce G., "Arqueología y etnohistoria", presentación de J. A. Pérez,
Cuicuilco, Revista de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, México,
1980, pp. 13-17.
---, "La arqueología como ciencia histórica", Boletín de Antropología Ameri-
cana, núm. 4, trad. de Manuel Gándara, México, Instituto Panamericano de
Geografía e Historia, 1981, pp. 55-69.
Unos annales históricos de la nación mexicana, véase Anales de Tlatelolco.

20
Arqueología y etnohistoria: supuestos
y posibilidades
Enrique Nalda Hernández

Algunos supuestos y tres falacias

Si uno se pregunta por la naturaleza de la arqueología y de la etnohistoria1


con la intención de contrastar ambas disciplinas y hallar su campo común,
sin duda se encontrará con que se trata de dos empresas esencialmente
idénticas. Quienes opinan de esta manera mantienen que la única diferen-
cia entre ambas es el material de trabajo: en un caso se analizan datos
recuperados por prospección y excavación, y en el otro, documentos
escritos y, menos comúnmente. pictografías.
En términos de método y objeto de estudio. la tesis de la igualdad es.
en principio. correcta. En la práctica, sin embargo. los problemas y unida-
des de análisis que manejan una y otra disciplinas son. al menos en
apariencia. muy distintos. En un caso. se trata de patrones de asentamien-
to y formas adaptativas en general, intercambios en ecotonos. esferas de
interacción, así como de horizontes. tradiciones, complejos culturales.
fases. tipos, estilos. áreas (no necesariamente culturales), "corredores".
etcétera. En el otro. se maneja el evento histórico como elemento cons-
tructivo y la estructura social como realidad susceptible de integrarse y
explicarse. Aun cuando en ambos casos se asigna a la cultura una posición
de privilegio. la forma en que se maneja es distinta: el arqueólogo la ve en
gran medida como indicador. el etnohistoriador como un sistema del cual
hay que dar cuenta. Todo esto ha contribuido a crear la imagen contraria.
ampliamente defendida por los arqueólogos. de que se trata de dos
disciplinas marginalmente afines y que, por tarto, resulta natural que
operen desvinculadas la una de la otra.

1 El autor encuentra injustificable la utilización del término "etnohistoriador" para identificar al


historiador que matiza su trabajo con procedimientos supuestamente antropológicos. La distinción
oscurece el hecho de que se trata, antes que nada -y de hecho exclusivamente-, de un historiador.
En este ensayo utilizamos el término para identificar al historiador de la fase temprana de la Colonia en
México, especialmente del siglo XVI, así como de las sociedades prehispánicas temporalmente
próximas al "contacto", en este último caso con apoyo en documentos escritos o pictográficos. De
esta manera cumplimos con el compromiso implícito en el título de la convocatoria que dio origen a este
trabajo.

21
La jerga en que se expresan los arqueólogos refuerza esta imagen de
autonomía relativa. Para un etnohistoriador la exposición del arqueólogo
sobre los procedimientos utilizados y las conclusiones alcanzadas en un
proyecto pleno de tecnicismos y normalmente carente de "sustancia
histórica" resulta, casi siempre, incomprensible. Una de las consecuencias
de esta situación, por cierto, es que el ensayo del arqueólogo no logra, por
lo general, articularse con el trabajo del etnohistoriador. Hoy día, en que
la función de sintetizador de conocimiento se aleja cada vez más del
arqueólogo, esto significa que la producción intelectual de éste frecuente-
mente llega a perderse. La más importante excepción a esta regla es la
del arqueólogo que ha dejado de serlo para integrarse a la etnohistoria, y
el ejemplo más relevante de este tipo de arqueólogo sería Pedro Armillas,2
cuyo éxito como investigador fue, justamente, el haber operado como
puente en una situación de falta de comunicación generalizada.
Esta dificultad de lectura quizá sea la responsable de la frecuente
descalificación del trabajo del arqueólogo per se. En efecto, mucho de lo
que producen los arqueólogos permanece no sólo desconocido sino
inexplicablemente ignorado por los etnohistoriadores. Brown, por ejemplo,
a partir de información de superficie y excavación ha argumentado de ma-
nera convincente en favor de un desarrollo autóctono del área central qui-
ché.3 Poco caso se le ha hecho, pues sigue vigente la idea de un origen
quiché externo, y ahora, a raíz de la aplicación del concepto de linajes
segmentarios como mecanismo expansivo-adaptativo (véase Carmack,
1981, Y Fax, 1987),4 con más entusiasmo que nunca. Y es así porque
parecería que no podemos resignarnos a tomar los mi~os indígenas como
tales, es decir como combinación de elementos históricos y elementos

2 Frecuentemente el papel del etnohistoriador con origen en la arqueología es la de sintetizador


del conocimiento acumulado por los arqueólogos sobre el pasado prehispánico. Los datos cuyas
posibilidades no han sido exploradas en toda su amplitud por las limitaciones que el arqueólogo se
impone a sí mismo al optar por una presentación de datos a nivel monográfico y una interpretación de
resultados ceñida por la advertencia de "no ir más allá de lo que los datos permiten decir", se acumulan
rápidamente: su ordenamiento y manejo en términos de nuevas propuestas teóricas normalmente no
son asumidos por quienes los generan.
3 Kenneth L. Brown, "Prehistoric Demography within the Central Quiché Area", en R.M. Carmack,
J. Early y C. Lutz (comps.), The Histarical Oemagraphy a' Highland Guatemala, Albany, Institute for
Mesoamerican Studies, State University of New York at Albany, núm. 6,1982, pp. 35-47. Brown resume
así su trabajo en el Quiché Basin Project: "The ethnohistorically-reconstructed conquest of the central
Quiché area peopled by foreigners (i.e., Toltecs or Toltecized-Maya) is not supported by the settlement
pattern data or that derived from the excavations. Extensive excavations at the first Quiché capital of
Chitinamit further s.ubstantiate the hypothesis of indigenous development, since essentially no foreign
and certainly no Toltec .or Gulf Coast Toltecized-Maya artifacts were recovered. Rather, cultural
development in the Quiché area appears to have been the result of population growth within the
environmental conditions of the central Quiché area ... Foreign intervention might have played a
significant role in this development, but the archaeological data currently available strongly suggests
otherwise. Why then is the idea of foreign origins so important in the writings of the Quiché?" (p. 45).
4 Robert M. Carmack, The Quiché Mayas a' Utatlan: The Evalutian a' a Highland Guatemala
Kingdam, University of Oklahoma Press/Norman, 1981 y John W. Fox, Maya Pastclassic Sta te
Farmatian: Segmentary Lineage Migratian in Advancing Frontiers, Cambridge University Press, 1987.

22
rescatados de una tradición difusa, articulados para producir una cierta
coherencia social. En México este tipo de manejo ha persistido hasta
fechas muy recientes: los repetidos intentos por explicar el origen y la
primera organización social de los mexicas a través del contenido de la Tira
de la Peregrinación es el ejemplo más sobresaliente de la confusión que
produce el tomar un mito en su valor nominal.
La primera falacia de la relación entre arqueología y etnohistoria es,
entonces, la de su desigualdad. Sobre el particular es necesario insistir en
que sus respectivas peculiaridades no deben enmascarar el hecho de que
se trata de disciplinas inmersas en el campo general de la historia. La
puesta en práctica del oficio y la tradición conformada por trabajos previos
no puede hacerlas mutuamente extrañas.
Partiendo de la tesis de la igualdad, se argumenta con frecuencia que
el tránsito de una disciplina a otra puede realizarse sin mayores dificulta-
des: se sostiene que si arqueología y etnohistoria son empresas indiferen-
ciélbles excepto por el tipo de material de trabajo, la permuta de problemas
de investigación no sólo no debería de sorprender sino que debería
considerar innecesaria o redundante la integración de arqueólogos y
etnohistoriadores en un mismo proyecto. En su lugar, se dice, lo que se
necesitaría sería ampliar las respectivas aptitudes. Para un arqueólogo el
objetivo fundamental sería el de poder leer con rapidez y sin equívocos
documentos coloniales y, eventualmente, equiparse con un buen inventa-
rio de glifos; para un etnohistoriador que quisiera trabajar con materiales
ya recuperados, sería el de entender el significado de las clasificaciones
que hacen los arqueólogos; para aquel que estuviera dispuesto a hacer
/ trabajo de campo, el objetivo sería la adquisición de cierto entrenamiento
en técnicas de excavación y prospección, además de la práctica misma.
Sin embargo, si el tránsito de un campo a otro es tan simple, ¿por qué
trabajos como los de Thompson y Scholes en el área maya resultan
excepcionales? No es simplemente una falta de interés en el periodo
contiguo; lo que sucede más bien es que la distancia a superarse es mayor
de lo que se sospecha, en especial para el caso del etnohistoriador. La
intrusión de Thompson en el campo de la etnohistoria lo enfrentó con el
problema del manejo de documentos coloniales' (parte del cual es su
lectura, aunque no la principal) y con la necesidad de familiarizarse con la
lingüística y la antropología física del área maya. Para Scholes, su incur-
sión lo obligó a alcanzar la habilidad necesaria para interpretar mínima-
mente un sitio arqueológico por consideración de sus vestigios en super-
ficie. En ambos casos, el esfuerzo fue mayor del que uno hubiera esperado
dada la proximidad entre ambas disciplinas.
El ejemplo de Thompson y Scholes ilustra, además, la cuestión de la
diferencia en la magnitud de la contribución a esperarse de investigadores
de uno y otro campo dado un esfuerzo equivalente por atacar problemas

23
tradicionalmente ajenos. En efecto, el entrenamiento adicional le permitió
a Thompson postular, entre otras cosas, la existencia de áreas culturales
y de movimientos migratorios (véase más adelante); a Scholes, sólo el de
señalar la posibilidad de que ciertos restos arqueológicos, visibles en el
momento de sus recorridos, correspondiesen a poblaciones mencionadas
en las fuentes coloniales. La aportación de Scholes al "otro" campo resulta
comparativamente modesta, ya que para poder avanzar otro tipo de idea
se requiere trabajo de campo o, al menos, un análisis crítico de los informes
producidos por los arqueólogos. Cualquiera de estas actividades denota
un esfuerzo significativo en la dirección de adquirir el oficio de "el otro". Lo
que Scholes hizo fue, en realidad, un trabajo arqueológico menor.
En oposición a la idea de que arqueología y etnohistoria definen
campos abiertos al libre tránsito del especialista contrario, se mantiene
extensamente la opinión de que la integración de arqueólogos y etnohis-
toriadores para la solución de problemas sobre periodos compartidos o
contiguos no sólo resulta recomendable sino imprescindible para asegurar
el éxito de la investigación. La opinión es, en cierta medida, el reflejo de
la posición que sostiene que la interdisciplinariedad, por sí sola, es la forma
óptima de funcionamiento académico. Este dictum, repetitivo por cierto,
no siempre se ha presentado con buen fundamento.
Aunque esta tesis alternativa es, en principio, correcta, es también
necesario señalar que tiene como apoyo indirecto la idea de que arqueó-
logos y etnohistoriadores estudian procesos esencialmente diferentes. En
su posición extrema esta idea va mano a mano con aquella que sostiene
que la Conquista separa dos realidades completamente diferentes: que el
"viejo orden" quedó destruido como consecuencia de ése evento y que,
por tanto, un proceso localizado en un extremo de la línea divisoria no
puede arrojar luz sobre el otro.
Si bien la Conquista introdujo una discontinuidad en la estructura de
poder y la organización del comercio a larga distancia, muchos aspectos
de la vida indígena permanecieron sin cambio hasta muy avanzada la
Colonia; a excepción de algunos artefactos de hierro, cuyas ventajas con
respecto al equivalente indígena resultaban evidentes, la tecnología euro-
pea permeó muy lentamente la sociedad indígena, en especial la comuni-
dad rural: La llamada conquista espiritual, a pesar del tono triunfalista que
caracteriza los informes de los religiosos españoles sobre el ritmo y
contundencia de la conversión, resultó ser una empresa lenta y frecuen-
temente involutiva. El núcleo de la vida económica indígena nunca fue
modificado y pasó mucho tiempo antes que las plantas y animales de
origen europeo, a pesar de su innegable bondad, comenzaran a tener un
peso significativo en esa economía. No es posible, entonces, hablar de
ruptura, como tampoco lo es, por consiguiente, el creer que el México del
siglo XVI puede analizarse al margen del entendimiento de la realidad

24
prehispánica. No es admisible, en otras palabras, la idea de procesos
inconexos y, por tanto, el aceptar la posibilidad de que el etnohistoriador
trabaje con el supuesto de que el desarrollo o estructura que analiza tiene
una realidad propia y que, por tanto, es posible ignorar lo que la arqueo-
logía puede decir al respecto.
La segunda falacia que se ha manejado en la relación entre arqueolo-
gía y etnohistoria ha sido, entonces, la del "libre tránsito". Por un lado es
evidente que la permuta de posiciones requiere de un esfuerzo mayor
-que no siempre, por cierto, resulta tan productivo como se quisiera-o
Por otro lado hay que advertir que la integración de especialistas para
atacar con mayor eficacia el problema en investigación no debe partir de
la premisa de que cada uno de ellos maneja una realidad diferente, pues
de ser así se perderá la oportunidad de la integración y de la explicación
por analogía y proximidad. En términos de necesidad de integrar especia-
listas, arqueólogo y etnohistoriador están en planos diferentes. En el caso
del arqueólogo, su objeto de estudio existe independientemente de las
transformaciones que haya sufrido durante la Colonia. El comercio prehis-
pánico a larga distancia por ejemplo, como intercambio de bienes de
carácter regional, es un fenómeno que puede analizarse al margen de las
nuevas formas en que se organizó a partir de la Conquista, del replantea-
miento de rutas y del nuevo inventario de mercancías que se introdujeron
en la Colonia.
En el caso del etnohistoriador que se ubica, al menos parcialmente, en
algún momento "poscontacto", su objeto de estudio es una combinatoria;
es, en efecto, el producto del ejercicio de un factor externo (la sociedad
europea) sobre un proceso propio (la sociedad indígena). En estas condi-
ciones, el etnohistoriador no puede rehuir el análisis profundo de la
sociedad prehispánica: el no esforzarse por entender la organización y
dinámica de la sociedad que precedió a la que analiza, implica perder de
vista la inercia sistémica y, en particular, el polo hacia el cual tiende el
desarrollo social. Esta diferencia confiere al arqueólogo una cierta ventaja
en cuanto a la obligación de inscribirse en un esquema de interdisciplina-
riedad. No lo exime, sin embargo, de la necesidad de conocer con
profundidad el periodo "poscontacto": para el arqueólogo, el no ver más
allá del periodo en el que opera normalmente significa perder la oportuni-
dad de la analogía y la construcción de modelos más complejos que den
cuenta ampliamente de la realidad que estudia. Precisamente porque la
Conquista no representó un colapso total, es decir, por existir una fuerte
continuidad entre procesos a ambos lados de la línea de definición de
periodos, es posible traspolar elementos, estructuras y desarrollos bien
documentados desde una época tardía a otra más temprana.
Aun tratándose de procesos interrumpidos por la Conquista, la infor-
mación disponible es enorme. La organización política de la sociedad

25
mexica fue observada y discutida con cierta amplitud por los primeros
cronistas; esa información es invaluable para aquellos interesados en el
origen del Estado. Difícilmente encontrarán, como aquí, un amplio comen-
tario sobre un Estado en una fase avanzada de su formación; y esto se
aplica igualmente a la constitución de cacicazgos, al patrón adaptativo tle
cazadores-recolectores, a los esquemas de organización social entre
agricultores simples, etcétera. Todas estas formas fueron observadas al
margen de interferencias coloniales y registradas ocasionalmente con
gran detalle. La cantidad de información disponible es enorme y de alta
confiabilidad, al punto que la analogía etnográfica por referencia a socie-
dades modernas parece un recurso secundario e incluso inapropiado para
un arqueólogo interesado en dar una interpretación correcta a sus mate-
riales. Cuando se tiene una descripción tan detallada como la que aparece
en Torquemadas sobre la forma de extraer navajillas prismáticas de un
núcleo preparado de obsidiana, resulta innecesario buscar dentro de la
etnográfica mexicana algún grupo que todavía esté produciendo este tipo
de instrumento -que por lo demás seguramente no existe- para propo-
ner el proceso de fabricación del material recuperado.
La tercera falacia es, entonces, la de la "obligatoriedad dispareja",
según la cual el arqueólogo puede librarse de la necesidad de internarse
en el análisis de la época poscontacto: en términos de necesidad de
explicar realidades, arqueólogo y etnohistoriador tienen el mismo "nivel
de obligatoriedad" en cuanto a rebasar los límites de su campo de acción
tradicional.
Sobre este último tema resulta oportuno señalar el hecho de que, a
diferencia del arqueólogo que sólo ocasionalmente va más allá de su
campo habitual, el etnohistoriador en general sí reconoce la necesidad de
trabajar "ambos lados de la línea de demarcación"; de hecho, muy frecuen-
temente se coloca con su investigación totalmente dentro de la época
prehispánica: los trabajos de etnohistoriadores sobre la estructura socioe-
conómica, la religión y el origen de grupos mesoamericanos, son abun-
dantes. La falta de interés del arqueólogo por aprehender el potencial al
"otro lado de la línea" ha sido, sin embargo, debilitada, como posición, por
un cliché que se ha repetido mucho: el de que "la arqueología de un sitio
o un área termina con el análisis e interpretación de la más reciente de las
corcholatas que se recuperan", lo cual quiere decir, entre otras cosas, que
hay que recuperar todas las corcholatas que existan en el sitio o área.
El cliché, llevado a nivel de credo en generaciones pasadas, se
interpretó de varias maneras; una de ellas fue que nuestros trabajos como

5 Una discusión completa sobre el tema se'encuentra en John E. Clark, "La fabricación de navajillas
prismáticas", en M. Gaxiola y J.E. Clark (comps.), La obsidiana en Mesoamérica, México, INAH, 1989.

26
arqueólogos, para tener relevancia, debían estar de alguna manera vincu-
lados a la problemática de la sociedad contemporánea. Ésa fue la inter-
pretación de la década de los setenta y principios de los ochenta. Estaba
cimentada en dos cuestiones: una de ellas fue la crisis existencial por la
que pasaban, en general, los investigadores en ciencias sociales (normal
y naturalmente desvinculados de los movimientos de masas) y que, como
reacción, propusieron, entre otras cosas, la "práctica teórica" y la necesi-
dad de la filiación partidista. La otra cuestión fue más bien una moda: la
incidencia de "la arqueología de la basura" y la concomitante perspectiva
de ampliación del campo de aplicación de las técnicas arqueológicas a la
investigación de una problemática que se escapa a toda forma convencio-
nal de análisis: el patrón de consumo y el estatuto social asociado.
Los menos atentos al momento que se vivía consideraron, sin embar-
go, que llevar el análisis arqueológico hasta la última corcholata significa-
ba, simplemente, que no debía ocultarse o despreciarse ningún dato, lo
cual era una forma de combatir la costumbre que en esos momentos
amenazaba convertirse en realidad: la de tomar en cuenta sólo los mate-
riales asociables al fenómeno que, por anticipado, se establecía como
objeto de estudio. Consideraron, también, que el cliché tenía relación con
la necesidad de analizar el presente como punto de referencia para el
entendimiento del pasado (lo cual es una posición correcta), que la secuen-
cia completa desde lo más antiguo hasta lo más reciente del registro
correspondía a un solo proceso y que, por tanto, había que rescatar
e interpretar todos sus elementos materiales. A pesar de que dentro del
paquete de supuestos estaba la convicción de que el análisis del pasado
posibilitaba un mejor entendimiento del presente, esta forma de pensar la
relación pasado-presente resultó muy positiva porque obligó en cierta
medida a trascender la época para la cual el arqueólogo, con sus técnicas,
estaba mejor equipado y, por tanto, tendía a considerar como dominio
exclusivo y excluyente la época de las sociedades ágrafas.

Investigaciones en el traslape

En el traslape alrededor del "contacto", caracterizado por la continuidad,


parcial o total, de instituciones, costumbres y, en general, elementos
culturales, se han planteado muchas investigaciones de arqueología y de
etnohistoria, ocasionalmente coordinándose los esfuerzos de los especia-
listas correspondientes. El grueso de los trabajos emprendidos en coordi-
nación ha tenido como objetivo, sin embargo, la confirmación de la exis-
tencia o la definición de la ubicación de sitios y estructuras mencionados
en documentos de la Colonia. Ésa fue la preocupación, por ejemplo, de
Kirchhoff cuando planteó la necesidad de atacar de manera interdiscipli-

27
naria el análisis de los movimientos migratorios descritos por la Historia
tolteca-chichimeca; fue igualmente la de Scholes cuando se interesó por
las campañas de los Montejo en Yucatán -aunque en este caso fue él
mismo quien llevó adelante el trabajo de identificación-o Fue también la
de Palerm cuando impulsó la realización de trabajos de excavación
tendientes a confirmar la existencia del albarradón que habría permitido
controlar el nivel y la salinidad de las aguas del lago de Texcoco. A este
mismo tipo de planteamiento menos restrictivo pertenece el trabajo antes
citado de Fox sobre la posible ruta de desplazamiento del supuesto
movimiento migratorio, hacia principios del Epiclásico, desde Tabasco
hacia el altiplano guatemalteco.
Los arqueólogos, trabajando aisladamente, se han preocupado menos
por problemas de identificación-confirmación. Sus trabajos en el traslape
se han centrado más en la búsqueda de información que permita interpre-
tar o que complemente lo que pueden inferir directamente de sus materia-
les. Así ha sucedido en el caso de las descripciones sobre arreglos internos
de asentamientos prehispánicos y de la función de estructuras particula-
res. Las fuentes coloniales abundan en este tipo de información. La
propuesta de. la existencia de barrios en Teotihuacan, por ejemplo, está
basada no sólo en la consideración de su propia geometría sino también
en las similitudes que la disposición general mantiene con respecto a los
bien documentados asentamientos del Posclásico tardío. El arreglo gene-
ral de los edificios en el recinto sagrado de Tenochtitlan y la posición
concreta del llamado Templo Mayor se han fijado por referencia a los
escritos del siglo XVI, y sólo de manera muy secundaria por excavación.
Cabe notar, por cierto, que cuando elementos de este tipo no son
discutidos en documentos colonial.es, la cuestión de su función se vuelve
un tema altamente especulativo y las interpretaciones incompletas y poco
convincentes. Tal es el caso de los sacbeob y de los extensos sistemas
de bardas, en algunos casos de grandes proporciones, que se encuentran
en el este y sur de Quintana Roo, y que parecen haberse levantado
-aunque con modificaciones en forma- durante el largo periodo que
cubre el Clásico y el Posclásico de la región.
Los arqueólogos también han recurrido con frecuencia a documentos
escritos para explicar aspectos del comercio a larga distancia: rutas,
formas de organización, infraestructura y la existencia de puertos de
intercambio con sus centros de manufactura. En este tema, sin embargo,
quizás se ha actuado con entusiasmo excesivo y, en última instancia, con
poco espíritu crítico. El modelo del que se parte insistentemente es el del
comercio pochteca, descrito en detalle por Sahagún. Pa·ra el caso de los
intercambios a larga distancia en el área maya, especialmente durante el
Posclásico, el modelo no parece tener aplicación, al menos de manera
generalizada; quizás el de la campaña, ocasional (no calendarizada),

28
informal (no sujeta a regulaciones) y carente de una infraestructura de
importancia (una manufactura poco desarrollada y una organización ele-
mental para apoyar los desplazamientos de los comerciantes), responde
mejor a la forma en que se intercambiaban productos a larga distancia en
el área maya. El planteamiento y desarrollo de los trabajos de Sabloff y
Freidel en Cozumel6 se apoya en gran medida en este modelo. Los intentos
por vincular centros mayores de población en el interior a supuestos
puertos en las costas de la península de Yucatán tienen el mismo soporte.7
Comparativamente, sin embargo, el tema del antiguo comercio a larga
distancia ha sido dominado por los etnohistoriadores o por arqueólogos
que abandonan momentánea o decididamente lo que se considera, por
tradición, ser su oficio; Navarrete8 y su trabajo sobre rutas de comercio en
y alrededor de Chiapas ilustra el segundo caso. También en forma com-
parativa, los trabajos sobre este tema, apoyados única o fundamentalmen-
te en materiales arqueológicos, son prácticamente inexistentes. Una de
esas excepciones es la presentación que hizo Rathjé9 para dar cuenta del
colapso del Clásico maya: al margen de la validez de sus conclusiones, el
trabajo es interesante porque en vez de aplicar de manera mecánica
el modelo de Sahagún, prefirió derivar inductivamente el patrón de inter-
cambio propio. A este mismo tipo de procedimiento pertenece su propues-
ta sobre la función de los complejos E en el área maya;lO en particular, su
idea de que pertenecen a un tipo de comercialización abandonado en el
Posclásico en favor de un arreglo informal, sin periodicidad plenamente
establecida.
Haciendo a un lado excepciones como las señaladas, se podría decir
/ que la contribución que ha hecho el arqueólogo, como tal, al tema del
antiguo comercio a larga distancia, se ha limitado al avance de propuestas
sobre la existencia de "corredores", una noción poco afortunada y típica-
mente arqueológica que se aplica para dar cuenta de ciertos materiales
alóctonos en asentamientos dispuestos de manera relativamente lineal o
rítmica; tal sería el caso, por ejemplo, de presencias significativas de

6 David A. Freidel y Jeremy A. Sabloff, Cozumel: Late Maya 5ettlement Patterns, Academic Press,
1984.
7 Véase, por ejemplo, Anthony P. Andrews, "Puertos costeros del Posclásico temprano en el norte
de Yucatán", Estudios de Cultura Maya, núm. 11, México, UNAM, 1978, pp. 75-93.
8 Carlos Navarrete, ''The Prehispanic System 01 Communications between Chiapas and Tabasco",
en Thomas A. Lee Jr. y Carlos Navarrete (comps.), Mesoamerican Communication Routes and Cultural
Contacts, Provo, Utah, New World Archaeological Foundation (Papers olthe NWAF, 40), Brigham Young
University, 1978.
9 William L. Rathje, "Praise the Gods and Pass the Metates: A Hypothesis 01 the Development 01
Lowlands Rainlorest Civilizations in Mesoamerica", en Mark P. Leone (comp.), Contemporary
Archaeology, Southern IIlinois University Press, 1972, pp. 365-392.
10 William L. Rathje, David A. Gregory y Frederick M. Wiseman, "Trade Models and Archaeological
Problems: Classic Maya Examples", en Thomas A. Lee Jr. y Carlos Navarrete (eds.), Mesoamerican
Communication Routes and Cultural Contacts, Provo, Utah, New World Archaeological Foundation
(Papers 01 the NWAF, 40), Brigham Young University, 1978.

29
iales de
material Naranja Delgado a lo largó de ciertas rutas potenc
así por tratarse de corredores geográficos-o La
comercio -definidas
no de
noción, en estos casos, evita el tener que explicar el fenóme
La reali-
distribución de material por considerarse que "habla por sí solo".
la existencia
dad, sin embargo, es otra: puede tomarse como indicador de
mbio, de un punto
de un proceso de colonización, de un puerto de interca
una ruta de
intermedio en un movimiento migratorio a larga distancia, de
tes que
comercio, e incluso del traslado de materiales por parte de migran
retornan a su lugar de origen (véase más adelante).
del
Quizá más frecuente que ningún otro caso ha sido el recurso
busca del paralel o
arqueólogo a la información escrita de la Colonia en
concreta.
etnográfico inmediato y específico para una situación igualmente
la referen cia a Torque mada,
Dentro de esta categoría de situaciones está
de navajill as
ya mencionada, que da cuenta del proceso de producción
ión del
prismáticas. Pertenece a este mismo tipo de recurso la aplicac
sociale s con la
modelo derivado de Landa que relaciona las diferencias
del asenta-
distancia que separaba las viviendas del centro ceremonial
en relación directa
miento; en este caso la popularidad del modelo está
o de la
con su lógica interna y el hecho de que el asentamiento europe
lo general,
época con un centro cívico-religioso bien definido seguía, por
centro, normal-
el mismo patrón de círculos concéntricos alrededor de ese
mente fortificado.
etnohis-
Más común, sin embargo, ha sido la utilización por parte del
coloniales.
turiador del arsenal etnográfico contenido en los documentos
mesoame-
Lo ha trabajado extensamente en el análisis de las religiones
natural que
ricanas, de la concepción indígena de su sociedad y el mundo
Si el tema
le rodea, y del ceremonial asociado a los sistemas de creencias.
razone s obvias: el
ha escapado al análisis arqueológico ha sido por
uir a esta
potencial que tienen los materiales arqueológicos de contrib
otro lugar se vean con mayor
temática es muy limitado. Quizás en ningún
por sus
claridad las reservas del arqueólogo a salir del campo definido
l que no
propias técnicas; la lógica es que el análisis de cualquier materia
er, de ahí que su
haya sido recuperado por él mismo lo aleja de su quehac
posible. Los
recurso a fuentes externas tenga que ser lo más limitado
r cruciale s en el
materiales arqueológicos, sin embargo, pueden resulta
n orígenes
tema de los sistemas de creencias, especialmente si se discute
en su recient e trabajo
de ideas. La participación de, por ejemplo, Freidel
aportac ión.
con Scheel, A Foresto' Kings,ll es una muestra de este tipo de
discusión es
Lo irónico es que el material que aporta el arqueólogo a la
, altares , dinte-
muy rico: representaciones contenidas en murales, estelas

Maya, Nueva
11 Linda Schele y David Freidel, A Forest of Kings: The Untold Story of the Aneient
York, William Morrow and Co., 1990.

30
les y otros elementos arquitectónicos y decorativos; sin embargo, el
análisis de estos materiales pertenece, por tradición, al historiador del arte
interesado en iconografía. El arqueólogo ha aceptado esta parcelación y,
de esta manera, se ha mantenido como elemento marginal en el debate
académico. Excepto en casos aislados, a lo más que ha aspirado el
arqueólogo ha sido al reconocimiento de su contribución: haber encontra-
do las piezas que contienen la información que se analiza.12
Quizá más frecuente entre los arqueólogos haya sido el recurso a la
etnografía moderna -no necesariamente del lugar-. Investigaciones
interesadas en la sociedad moderna de la región, llevadas a cabo coinci-
dentemente con un proyecto arqueológico, suelen producir ideas de
interés para el arqueólogo; al menos, llaman la atención sobre aspectos
hasta entonces minimizados. La propuesta de Flannery13 sobre el desa-
rrollo político en la antigua Oaxaca, apoyada en la idea del sistema de
cargos, cuya aplicación al problema de la concentración de ti.erras en
Oaxaca había corrido, como tema de investigación, paralelo al proyecto
arqueológico, ejemplifica esta situación de utilización oportuna del dato
etnográfico de la región. En este caso, se notará, no existía la intención de
generar información para el proyecto arqueológico; se había producido de
manera independiente.
La comparación y contrastación con sociedades más distantes del
Viejo Mundo ha sido menos común en lugares que, como México, cuentan
con una relativamente amplia y bien documentada etnografía. La existen-
cia de diferencias significativas en tecnología entre ambos continentes ha
limitado, por otro lado, las posibilidades de traspolación a sociedades de
/ "bajo nivel de integración", por ejemplo grupos de cazadores-recolectores
y de agricultores simp.les. Uno de los casos más conocidos de este tipo de
aplicación etnográfica es el recurso, en otro trabajo de Flannery,14 a la
relación Kachin-Shan para explicar la presencia de materiales olmecas en
la región de Oaxaca.
Finalmente, considerado por los etnohistoriadores como propio, se
encuentra el campo del análisis de los códices. La incursión del arqueólogo

12Hoy en día, cuando el arqueólogo entra de lleno al análisis de documentos asociados a temas
como ideología, astronomía, medicina, etr~tera, deja de vérsele como tal. De hecho, el simple manejo
de fuentes de información, como murales ci escultura, hace ver sus comentarios como "periféricos" a
su labor. Resulta extraño, entonces, el que en el campo de la epigrafía, los pioneros -y, de hecho,
quienes más han contribuido al tema- hayan sido arqueólogos que trabajaron como tales (Thompson,
Morley y Berlin), y que especialistas de otras áreas, como Proskouriakoff, hayan sido, en esa misma
época, personal de apoyo. Esta situación sugiere que el campo del análisis de documentos no escritos
es, puede ser, y quizás debería ser, dominio del arqueólogo.
13Kent V. Flannery et al., "Farming Systems and Political Growth in Ancient Oaxaca", Scienee,
vol. 158, núm. 3 800, Washington, 1967, pp. 445-454.
14Kent V. Flannery, "The Olmec and the Valley 01 Oaxaca: A Model lor Inter-Regionallnteraction
in Formative Times", en E.P. Benson (comp.), Dumbarton Oaks Conferenee on the Olmee, Washington,
Dumbarton Oaks Research Library and Collection, Trustees of Harvard University, 1968, pp. 79-110.

31
en este campo ha sido, igualmente, de carácter marginal. Ha recurrido a
este tipo de documento pictográfico en busca, por ejemplo, de definir la
función de sus artefactos de cerámica, o de los edificios expuestos en sus
excavaciones. Pero rara vez ha ido más allá. La amplia información sobre
tributación que se encuentra en los códices ha sido ocasionalmente
analizada, pero a partir de la preocupación por definir límites de dominio
y, más concretamente, por explicar la presencia de ciertos elementos en
ofrendas de enterramientos.

Posibilidades a explorar

La búsqueda del dato concreto en el campo de los documentos escritos o


el recurso a la analogía para explicar sus materiales son, en el caso del
arqueólogo, situaciones relativamente excepcionales. Los ejemplos arriba
mencionados no deben ocultar el hecho de que, al menos en México, la
relación del arqueólogo con el documento escrito o pictográfico es, si no
infrecuente, sí de carácter muy limitado.
En México, en gran medida como consecuencia de las funciones que
por ley debe cubrir la institución que, por mucho, aglutina a la mayoría de
los arqueólogos del país, la incursión del arqueólogo en el campo de los
documentos escritos o pictográficos es, en esencia, de "revisión de docu-
mentos para completar la presentación". Así, operando a menudo dentro
de la modalidad del rescate arqueológico y, consecuentemente, según la
idea de que es necesaria, antes que su análisis, "la recuperación de todos
los datos", el arqueólogo tiende a la monografía como forma de expresar
su trabajo. En este contexto, lo que relataron clérigos, militares y funcio-
narios de la Corona sobre el lugar que se excavó se presenta como
apartado obligado del informe y también como bloque de información que
se explica por sí solo. La misma lógica se aplica a la búsqueda del dato
en el documento escrito o pictográfico, la cual, al igual que en el caso de
los datos relacionados con la excavación, termina con su presentación.15
Los arqueólogos, en general, no hemos reconocido la gran cantidad
de posibilidades que ofrecen los documentos escritos y pictográficos. No
hemos reconocido, por ejemplo, que la demografía del Posclásico tardío,
y
con todo las dificultades que presentan los documentos coloniales, tiene
más posibilidades de ser recuperada a través de las descripciones del

15 El procedimiento que normalmente sigue el arqueólogo en el manejo de las fuentes es: a) se


busca quiénes escribieron sobre el sitio o la región que se trabaja (alternativamente se lee a los básicos
y se presenta lo que ellos dicen); hoy día existen buenas guías que simplifican el trabajo; b) se
transcriben citas, normalmente inconexas pero con cierto orden cronológico o que agrupan a los
diferentes autores por tema; e) se toman las citas como autoevidentes.

32
llamado "momento del contacto" y de los recuentos ordenados por las
autoridades españolas, que a través de los extenuantes recorridos de
superficie (inevitables, aun optándose por coberturas de muestreo) y la
recolección y análisis de los correspondientes materiales arqueológicos
(esto sin considerar la necesidad de apoyar la prospección arqueológica
con trabajos de excavación). No sólo el margen de error será menor,
también lo será el del costo de la recuperación de la información, que por
cierto en muchos casos, especialmente en aquellos en que el asentamien-
to prehispánico coincide con una población moderna de relativo gran
tamaño, ya no es posible recuperar a través de trabajos arqueológicos. La
más notable excepción a esta falta de visión es el extenso trabajo de
Sarrders sobre demografía prehispánica, yen especial su análisis de fuen-
tes escritas para establecer parámetros con los cuales definir niveles de
población a partir de la densidad y extensión cubierta por los restos
arqueológicos observados en superficie.16
Tampoco se reconoce normalmente el valor de tales documentos en
la construcción de modelos de resistencia social, de migración, de organi-
zación política y de adaptación ambiental. En gran medida esto es así
porque esos temas por lo general se consideran fuera del "orden arqueo-
lógico"; son problemas, se dice, desvinculados de los procedimientos
arqueológicos y, por otro lado, problemas a cuya solución poco es lo que
puede aportar de manera directa el análisis de los materiales que se
producen en una intervención arqueológica tradicional (es decir, no pro-
gramada en función de la solución de problemas específicos). Para
aquellos que están dispuestos a salirse de este esquema por demás estéril
/ e inexacto, la información disponible es, sin embargo, inigualable. Por
ejemplo, los documentos escritos de la Colonia permiten establecerlas
condiciones por las cuales se producen movimientos poblacionales, sus
ritmos de desplazamiento, la estrategia de la migración, la magnitud de la
inercia (pull) impuesta por condiciones ambientales, e incluso arraigamien-
to ideológico. Las variables que se desprenden de la lectura de este tipo
de documento permiten apreciar, por un lado, lo inadecuado de los
modelos push-pull (modificados o no) para dar cuenta de la resistencia y
rebeliones indígenas durante la Colonia; por otro, sugieren un fenóme-
no mucho más complejo del que los arqueólogos hemos estado manejan-
do bajo la definición general de migraciones, que, por lo demás, han sido
planteadas sin causa aparente, como meros desplazamientos. El desarro-
llo del modelo a un nivel suficiente de detalle permitirá, asimismo, ver con

16 El atrevimiento de proponer niveles absolutos de población le costó a Sanders, en México, una


crítica concertada y radical. Tangencialmente, el efecto de esa crítica fue el reforzamiento del
descrédito hacia las fuentes escritas por parte de los arqueólogos, tendencia que de todos modos ya
existía.

33
mayor claridad la razón de las posiciones espaciales de ciertos materiales
arqueológicos. Un avance de lo que puede hacerse en este sentido se
advierte en la propuesta de Anthony17 de que materiales de Europa
oriental, tradicionalmente tomados como productos de comercio a larga
distancia, puedan ser simplemente indicadores de un movimiento migra-
torio de retorno que desplaza consigo objetos del lugar en el que no
pudieron arraigarse los migrantes.
El arqueólogo, por lo general, tampoco ha reconocido las posibilidades
que se abren al trabajar coordinadamente con los etnohistoriadores. Por
supuesto, existen excepciones: como caso adicional a los ya mencionados
está la respuesta que se dio a la convocatoria de Pedro Carrasco de
trabajar conjuntamente la estructura política de la Triple Alianza. Pero, en
general, la asociación no es común; proliferará sólo cuando el arqueólogo
entienda que el puente no se libra aprendiendo una técnica más: la
paleografía; que de lo que se trata es de crear una base común que permita
una buena comunicación y el libre flujo de ideas. Para el arqueólogo esto
último implica hacer suya la problemática de los historiadores, sus proce-
dimientos y preocupaciones teóricas. En última instancia, se trata de hacer
realidad el tan llevado y traído "es la misma cosa"; es decir, que lo único
que nos distingue del resto de los historiadores es que trabajamos con un
material especial: con restos materiales de la cultura.
Irónicamente, parecería que los mejores trabajos que han producido
los arqueólogos operan en contra de esta integración con la etnohistoria.
Quizás el trabajo que mejor ejemplifica esta idea sea el que realizó
Thompson, aislado y asumiendo plenamente su papel de antropólogo,
sobre la regionalización del área maya meridional. Su propuesta de
constituir un subgrupo maya, que él llamó Chan a partir de la integración
de los pueblos en y alrededor del Petén, es producto de la comparación y
contrastación de un extenso conjunto de rasgos: demografía, lenguaje,
terminología en parentesco y estatuto, religión y parafernalia asociada,
registro calendárico, patrón de asentamiento y organización social y polí-
tica. Analizando estos rasgos y de manera exhaustiva una colección de
incensarios lacandone~. Thompson postuló desplazamientos poblaciona-
les así como la consiguiente constitución de una nueva área cultural.18 Una
propuesta a la manera de Thompson haría pensar que la integración de
las diferentes ramas de la antropología y su puesta en perspectiva histórica
resultan ser una tarea para la cual el arqueólogo, con su supuesta

17David W. Anthony, "Migration in Archeology: The Baby and the Bathwater", American
Anthropologist, Journal 01 the American Anthropological Association, vol. 92, núm. 4, diciembre de
1990, pp. 895-914.
18Eric Thompson, "A Proposal lor Constituting a Maya Subgroup, Cultural and Linguistic, in the
Petén and Adjacent Regions", en G.D. Jones (comp.), Anthropology and History in Yuca tan, University
ofTexas Press, 1977, pp. 3-42.

34
preparación de antropólogo y su supuesta indiferenciación con respecto
al etnohistoriador, estaría en condición de cubrir sin necesidad de una
.dosis especial de erudición, ni de estar dotado de una capacidad intelectual
excepcional; la realidad -al menos la realidad de hoy día- es otra. El
cúmulo fáctico con que se trabajaba en la época en que Thompson elaboró
su hipótesis era relativamente pequeño; a esto hay que añadir que el
número de profesionales de la antropología era, entonces, muy reducido:
ambos factores obligaban o inducían al trabajo en aislamiento. Hoy día,
con especialistas de todo tipo en el campo de la antropología y un
impresionante bagaje fáctico con el que operar, no es posible este tipo de
trabajo de erudito; el ataque interdisciplinario se impone y hay que olvidar,
para bien de todos, lo que hicieron esos arqueólogos excepcionales que
nos precedieron. Se trata, a pesar de lo irracional que parezca la reflexión,
de malos ejemplos.
Ese trabajo interdisciplinario sin duda alcanzará su mayor efectividad
cuando se manejen problemas de la última fase de la época prehispánica:
el Posclásico tardío. Ahí, el esfuerzo combinado de etnohistoriadores que
busquen hipótesis que guíen la investigación arqueológica y que comple-
ten la información generada por los arqueólogos a partir del análisis crítico
de las fuentes, indudablemente producirá los mejores dividendos. La
mayor efectividad que logre este tipo de enfoque impondrá sin duda un
"procedimiento hacia atrás", en el cual los modelos generados de aplica-
ción al Posclásico tardío, ajustados, podrán llevarse como hipótesis a ser
confrontadas en trabajos arqueológicos sobre materiales de periodos
anteriores. La ruta es la contraria a la que se sigue cuando se apoya uno
en la idea de que el presente se explica por el pasado, es decir la de
avanzar desde los orígenes hasta las sociedades más complejas.
La participación de etnohistoriadores en el análisis de estos otros
periodos más tempranos seguiría justificándose, ahora en el sentido de
apoyar la interpretación de la nueva evidencia y corregir los modelos ori-
ginalmente propuestos para dar cabida a los nuevos datos generados por
el avance de la investigación. No debe olvidarse, además, que los docu-
mentos coloniales escritos se refieren a la totalidad de los grupos que
habitaban el territorio en que se constituyó la Colonia y que, por tanto, son
de importancia para el análisis de diferentes periodos evolutivos (o niveles
de integración socioeconómica). Así, aunque la mayor efectividad de la
asociación entre etnohistoriadores y arqueólogos se localiza en lo que
estamos llamando traslape del último periodo de la época prehispánica y
la primera parte del periodo colonial, el campo compartido es el total del
desarrollo histórico prehispánico.
Lo anterior no significa, por otro lado, que queramos reducir gran parte
de la arqueología prehispánica al estudio del Posclásico. Si bien es cierto
que a través del análisis del siglo XVI se pueden encontrar elementos que

35
permiten entender fenómenos tan distantes como el llamado colapso del
Clásico maya, también lo es el que procesos muy distantes que no
pudieron haber sido "relatados" -como es el caso de la Revolución
Neolítica en Mesoamérica- deberán ser trabajados, si no plenamente,
por lo menos sí al margen de analogías y modelos derivados de las fuentes
para la etnohistoria de México, y recurriendo más a la analogía etnográfica
en general.
Así, las posibilidades abiertas a una colaboración entre etnohistoria-
dores y arqueólogos son muy grandes: se trata de una relación obligada,
a desarrollarse en un mismo campo, el de la historia. Una relación en que
se aportarán procedimientos, técnicas y conocimientos muy distintos, todo
lo cual afirma la necesidad de la combinación de aptitudes. Estas posibi-
lidades, sin embargo, no se materializarán mientras el arqueólogo man-
tenga la distancia ficticia que le permite la especificidad tanto de sus
procedimientos como de sus técnicas y su lenguaje, y también hasta que
el etnohistoriador haga su propio esfuerzo por reducir la brecha producida
por esas diferencias.

36
El territorio como base de confrontación:
las transformaciones del poblamiento
en el reino de Granada
a finales de la Edad Media
Antonio Malpica Cuello

Podría pensarse que la arqueología ha sustituido a la historia. Entendemos


que al hablar de ambas disciplinas se marca una distinción: la historia
estudia las sociedades a partir de los testimonios escritos, mientras que la
arqueología lo hace desde la perspectiva de los restos materiales del
pasado. Pero, en todo caso, la diferencia no es tan evidente; tanto unos
como otros, luego de un proceso de depuración, pasan de la categoría de
históricos a la de analíticos.1 Ahora bien, tales definiciones no dejan de ser
un lugar común y expresiones cada vez más consolidadas, y pese a
ser sumamente restrictivas, han ido adquiriendo cuerpo en los últimos
tiempos y es difícil prescindir de ellas. Realmente, a lo sumo, se ha formu-
lado un concepto doble de historia: uno, exiguo, para el que los documen-
tos escritos son las fuentes principales; el otro, extenso, que se ocupa de
cuantas facetas componen la vida de los hombres.2 Pero de cualquier
forma, la coexistencia de esta dualidad crea bastante confusión y acarrea
no pocas dificultades al conocimiento del pasado. Es cierto que este
/ problema se plantea en la medida en que se ha puesto de manifiesto la
debilidad de un modelo teórico-incluso cultural-, que se expresa a partir
de la prevalencia de la escritura. Toda sociedad con escritura es una
sociedad cualitativamente superior a las que no la han tenido o no la tienen;
por eso se le asignaba a la historia la misión de recuperar el pasado a partir
de los testimonios escritos, bien que hecha una crítica textual aparente-O
mente muy depurada. Por tanto, la arqueología servía a lo sumo para
estudiar las sociedades prehistóricas (es decir, antes de las históricas,
incompletas y sin el desarrollo conveniente para alcanzar una cierta

1 Witold Kula, Problemas y métodos de la historia económica, Barcelona, 1973, pp. 385-386.
2 Al respecto, Witold Hensel dice: "La storia in quanto tale ha ces sato di essere una scienza
'assolutistica', quella cioa che fornisce in assciluto la piu completa conoscenza del processo sto rico in
generale. Si cominciano invece ad applicare due concetti di storia: uno piu ristretto (di scienza basata
nelle sue ricerche sulle fonti scritte) e uno piu largo, di disciplina che si occupa della total ita del processo
storico. Nell campo scientifico I'uso di termini ambigui non a auspiciabile. Per questo a difficile
ammettere I'efficacia della coesistenza di un tale duplice concetto, bencha io stesso, piu di una volta,
mia sia espresso in modo analogo" (Witold Hensel, "Archeologia. Contenuto e ambito", en Giuseppe
Donato et al., Teoria e pratica del/a ricerca archeologica. l. Premesse metodologiche, Turín, 1986,
pp. 19-37, especialmente p. 24.

37
plenitud cultural). Es cierto que en aquellas en las que el peso de la
escritura era importante, lo arqueológico quedaba reducido a una función
totalmente subsidiaria o, en ciertos casos, puramente formalista, pues se
ha llegado incluso a establecer una relación indirecta entre la abundancia
de fuentes escritas y la necesidad de utilizar la arqueología.
Para nosotros la cuestión es más confusa en tanto que salimos de la
esfera del modelo establecido. Piénsese que incluso la periodización de
la historia universal se estableció a partir de un examen parcial, e incluso
las concepciones marxistas mantuvieron la prevalencia de lo europeo.3 Sin
embargo, la postura era insostenible; la caracterización de sociedades no
europeas a partir de criterios como los señalados hacía entrar en un
callejón sin salida al conocimiento histórico. Pero no es menos cierto que
la mayoría de ellas fueron aniquiladas o lo están siendo por el modelo
europeo, de donde nació el capitalismo, que es el único modo de produc-
ción que para existir necesita reproducirse a escala planetaria.4 Privados
de sus señas de identidad, sin documentos escritos con que expresarse,
o porque no los tuvieron o sencillamente porque fueron destruidos, el
conocimiento que tenemos de la mayor parte de los pueblos no europeos
se basa en las fuentes escritas que se generaron durante su proceso de
destrucción. Sólo un atento examen de las sociedades indígenas que han
perdurado, así como de los restos materiales que se obtienen a partir del
trabajo arqueológico, permitiría un acercamiento mayor.
Desde esta perspectiva, no parece claro que la arqueología pueda
reivindicar su autonomía, ni que pueda desaparecer su carácter subsidia-
rio. Sin embargo, es imprescindible su utilización y la aproximación a las
sociedades humanas a partir de ella; y no queremos decir que sea el único
camino, sino que es uno de los más privilegiados. Para explicarlo habría
que señalar que el análisis del proceso histórico no se puede reducir a las
fuentes escritas, ni siquiera en las sociedades en las que éstas son
importantes, porque el peso del Estado es muy grande. Precisamente por
este hecho el control político de las estructuras sociales es fuerte, aunque
no tanto como para proporcionar una imagen integral de las mismas. Los
testimonios escritos recogen principalmente las realidades que interesan
al poder; sin embargo, es posible inferir a partir de ellos aspectos que no
entran en su esfera, aunque esto no es lo habitual.
El examen de una sociedad se debe, pues, llevar a cabo a partir de
una serie de técnicas y disciplinas, ciertamente con una visión integradora
y sin rechazar su jerarquización. Es posible que la mejor vía sea la de

3 Así, en el famoso debate sobre el carácter del feudalismo, El feudalismo, Madrid, 1972
(traducción del volumen publicado en francés en 1968), hay una extensa parte dedicada al "feudalismo
fuera de Europa: el Magreb precolonial".
4 Eric Wolf, Europe and the People without History, Berkeley, Los Ángeles/Londres, 1982.

38
estudiar la organización social del espacio (concepto que puede parecer
poco preciso, aunque se han hecho serios esfuerzos para llenarlo de
contenido).5 En fin, nos referimos a que las sociedades humanas se
instalan en el medio físico transformándolo de acuerdo con sus necesida-
des, tanto materiales como sociales (hay dos fuerzas que actúan en el espa-
cio: las naturales y las sociales,6 y de la conjunción de ambas surge el
medio geográfico como elemento dinámico; es decir, ha de ser objeto de
estudio por la historia, porque sufre variaciones de acuerdo con las
transformaciones sociales y materiales). Pero precisamente por la dinámica
social la inserción del hombre en el espacio físico es asimismo política, es
decir genera instituciones y se plasma en ellas. Surge de este modo la no-
ción de territorio, expresión jurídica de una apropiación frente a otros terri-
torios, definidos o no. De este modo, la organización social del espacio se articu-
la en el territorio a partir de lo que denominaremos estructura de poblamiento.
No cabe duda que todo ello evoluciona al compás de los cambios
históricos. Tampoco es menos importante advertir que su plasmación más
evidente se obtiene a partir del examen del paisaje, concepto tomado en
préstamo de los geógrafos. Nacería así la denominada arqueología del
paisaje,? que ofrece ya resultados importantes,8 y aunque no hay una
definición precisa, Graeme Barker ha manifestado que pese a ello la
mayoría de los arqueólogos saben que se refiere a las relaciones que
mantenía el hombre con el medio ambiente en que habitaba.9 Es cierto
que, siguiendo al propio Barker, se puede decir que la arqueología del
paisaje es muy compleja, pues abarca una amplia serie de técnicas,
algunas, que no todas, específicamente arqueológicas. Para ser completa
/ ha de integrar los datos obtenidos, ya sean biológicos o manufacturados,
por medio de la arqueología con aquellos que provienen de las fuentes
escritas, cuando éstas existen.lO Pero es tan compleja que prácticamente
lo abarca todo, y esto es peligroso y conflictivo. André Bazzana y Pierre
Guichard han intentado establecer una cierta jerarquización en varias y
diferentes técnicas;11 han dejado bien claro que el papel del historiador es

5 José Ángel García de Cortázar (comp.), Organización social del espacio en la España medieval.
La Corona de Castilla en los siglos VIII a XV, Barcelona, 1985.
6 Witold Kula, Problemas y métodos ... , p. 521.
7 De amplia tradición en el mundo anglosajón, puede consultarse la obra colectiva intitulada
Landscapes and Culture. Geographical and Archaeological Perspectives, Oxford, Nueva York, 1987.
8 Hemos trazado una panorámica general, que resumimos a continuación, en nuestro trabajo
"Historia y arqueología medievales, un debate que continúa", Salamanca, 1991 (en prensa).
9 Graeme Barker, "L'archeologia del paessaggio italiano: nuovi orientamenti e recenti esperienze",
Archeologia Medievale, XIII, 1986, pp. 7-30, especialmente p. 7.
lO Graeme Barker, "L'archeologia del paesaggio ...", p. 7.
l' André Bazzana y Pierre Guichard, "Pour une 'archéologie extensive"', en André Bazzana y
Jean-Michel Poisson, Histoire et archéologie de I'habitat médié va l. Cinq ans de recherches dans le
domaine méditerranéen et la France du Centre-Est, Lyón, 1986, pp. 175-184, Y Pierre Guichard,
"Perspectives de recherche sur la toponymie et la géographie historique d'AI-Andalus", en Histoire et
archéologie ..., pp. 185-190.

39
primordial, a condición de que se entienda que se ocupa del proceso
histórico en sentido amplio. No es menos evidente que, pese a lo dicho,
hay que plantear algunas cuestiones aunque no entremos en conside-
raciones de mayor envergadura. Ante todo, una arqueología como la que
proponemos debe estar atenta a todas las épocas, de manera que no es
recomendable trabajar sólo en una etapa determinada. Por mucho que el
arqueólogo se empeñe, la realidad, fosilizada o no, inserta en el paisaje
aparecerá hablándonos de distintos pasados, al mismo tiempo -y esto
es de sumo interés- nos obliga a un análisis del tiempo presente para
medir la acción social en el medio físico y en los restos detectables.12 Por
eso, como señala el ya citado Barker, la característica esencial de esta
arqueología es que tiene una perspectiva diacrónica a la vez que una
aproximación pluridisciplinaria.13
Las consecuencias que se pueden derivar son evidentes. El concurso
de diversas técnicas y disciplinas implica necesariamente -salvo que sólo
se haga una mera descripción- una jerarquización y un cuerpo teórico
mínimo; por ello se deben formular hipótesis de trabajo y no buscar su /
mera contrastación creyendo que surgirán automáticamente al compás de
la recolección de datos.
Recordemos de nuevo algo ya dicho: la arqueología del paisaje pone
de manifiesto las contradicciones sociales en el espacio físico. De este
modo, no se debe hablar sólo de la conservación o no de los restos del
pasado, que nos llevaría a discutir sobre el concepto de patrimonio y de
su integración en la vida social, sino también de los procesos de transfor-
mación del paisaje y de los recursos naturales, sin que mencionemos la
pérdida de la cultura tradicional y la progresiva estandarización de las
formas de vida. De esta manera, una lucha científica se convierte en otra
socia:, y viceversa. La ciencia recupera una dinámica de la que se hallaba
desposeída en los últimos tiempos y el científico dispone libremente de su
trabajo, o mejor dicho, lo puede dotar de una dimensión social.
Tan largo preámbulo pretende ser la explicación de las tareas que nos
ocupan en los últimos tiempos. El análisis del territorio del reino de
Granada en la época musulmana y su transformación en la castellana nos
ha preocupado y sigue siendo el objeto de nuestro interés científico.
Partimos, pues, de la consideración del territorio como elemento de
confrontación. Dicho de otra manera, cada sociedad organiza de manera
distinta el territorio y, por ende, el poblamiento y el espacio físico. La
relación hombre-naturaleza adquiere en el mundo islámico granadino

12 Sobre este particular hemos hecho una primera reflexión en nuestro trabajo "Historia,
arqueología y paisaje en la costa de Granada", l. Coloquio hispano-italiano de arqueología medieval,
Granada, 1990 (en prensa).
13 Graeme Barker, op. cit., p. 8.

40
características diferentes de las que tiene en el castellano, luego de su
conquista; existen testimonios de todo tipo, pero principalmente arqueoló-
gicos, que no dejan lugar a dudas. Por otra parte, una lectura atenta de
las fuentes escritas, a condición de que se las dimensione espacialmente,
refuerza esta idea.
Antes de definir la forma en que se organiza territorialmente el mundo
nazarí, creemos necesario establecer unas líneas mínimas sobre el nivel
geográfico e histórico que permitan identificar lo que conocemos como
reino de Granada. Éste abarcaba en el periodo de su existencia (siglos XIII-
xv) un amplio conjunto territorial que comprendía las actuales provincias
de Granada, Málaga y Almería, así como una pequeña parte de las de
Cádiz y Jaén. Aunque sus fronteras sufrieron diversos cambios, en lo
esencial se ceñía a lo que conocemos como Penibética; o mejor dicho,
podemos distinguir tres grandes unidades geomortológicas:

1) Una zona montañosa al norte; formada por las sierras prebéticas


y subbéticas que sirvieron de muralla defensiva y, en realidad, de
frontera entre las zonas musulmana y cristiana, que sólo ha sido
analizada de forma sistemática en una de sus áreas.14
2) Tierras más llanas que se integran en lo que se conoce como surco
intrabético, y que más bien son áreas discontinuas separadas entre
sí. Se hallan entre el área antes citada y la que a continuación
veremos. En ellas la ocupación humana fue muy intensa, pues se
generó un poblamiento en la época medieval muy estrechamente
relacionado con los núcleos urbanos que surgieron.
3) Unas áreas en las que la montaña impone su ley de manera decisiva;
montaña de tipo mediterráneo, es decir, en la que la proximidad del
mar ha condicionado todas las formas de ocupación del territorio.
Siendo una vía de comunicación de primera magnitud en sentido
longitudinal, no ha permitido sino una progresión dificultosa hacia el
norte, ya que, por un lado, las hoyas litorales son estrechas, y por
otro, el relieve de la cadena montañosa costera (de oeste a este,
sierras de Tejada, Almijara, Lújar, Contraviesa y Gádor), aunque
diverso según los casos, es tortuoso, con altitudes muy elevadas en
las proximidades del mar. Una costa de acantilados, con pocas
aperturas, la mayor parte de las veces con valles muy encajados pese
a su buena situación y su privilegiado clima, no reunía las mejores
condiciones para una ocupación homogénea del espacio.

14 Tomás Quesada Quesada, La Serranía de Mágina en la Baja Edad Media. (Una tierra fronteriza
con el reino nazarí de Granada), Granada, 1989.

41
En verdad estas unidades no son sólo geomorfológicas, sino el resultado
de una evolución histórica; es decir, sobre una base física se fue formando
un poblamiento diferenciado en cada caso, pero también distinto de
acuerdo con la evolución histórica. En efecto, las muy marcadas diferen-
cias cuyas coexistencia se aprecia en poco espacio físico, realidades muy
diversas -como indican incluso los documentos castellanos poco des-
pués de la conquista-,15 son no sólo la expresión de condicionamientos
geográficos diversos (tierras frías y calientes, áreas muy húmedas y otras
extraordinariamente secas, zonas de montaña y de llanura), sino de ritmos
en la ocupación del medio. Más aún, es imprescindible atender asimismo
al hecho de que nos encontramos con una sociedad en que las estructuras
de base no han sido uniformadas por el poder del Estado. Pese a todo,
hay elementos reconocibles que nos permiten hablar del reino granadino;
las formas de vida en que la agricultura es fundamental, aunque con
características muy propias, no excusan la generalización de las activida-
des comerciales y el importante peso de la vida urbana. La agricultura
parece, en principio, paradójica. Conviven los cultivos irrigados de forma /
muy intensiva en un espacio agrícola con otros vacíos, en los que la
ganadería encuentra su lugar normal de vida. Por otra parte, como hemos
dicho, las rutas de comunicación eran difíciles, pero no insalvables, ni
siquiera la frontera lo era; es más, según lo hemos manifestado, se
generaron formas económicas en las que los intercambios tenían lugar de
manera más o menos continua, y se creó una economía en cierto modo
complementaria entre las distintas áreas. Las prácticas ganaderas ocupa-
ban un puesto de importancia, especialmente para los castellanos, quie-
nes también ejercían la guerra como una actividad económica más,
mientras que los nazaríes cultivaban las tierras fronterizas.16
El reino nazarí de Granada, heredero de la sociedad andalusí, es una
creación tardía a niveles políticos. La destrucción del mundo almohade en
al-Andalus, a principios del siglo XIII, iba a ser causa y a la vez consecuencia
del gran avance feudal castellano, que lo llevaría a la conquista de una
considerable parte de la actual Andalucía: las tierras altas en torno a la
Sierra Morena y de comienzos del Guadalquivir, y todo el valle del río
Grande. Cayeron ciudades tan importantes como Córdoba (1236) y Sevilla
(1248), por mencionar las más conocidas; al mismo tiempo amplios
distritos rurales se incorporaron a los dominios del rey de Castilla y León,
quien los entregó, a su vez, como donadíos o heredamientos. El Islam
peninsular quedaría reducido a su menor expresión: sólo un pequeño

15ArchivoGeneral de Simancas, Cámara de Castilla, Pueblos, leg. 8, fol. 284.


16Manuel Acién Almansa, "La vida fronteriza en la zona meridional de la Serranía de Ronda
(1470-1501)", Granada, 1974, memoria de licenciatura inédita, y Tomás Quesada Quesada, La
Serranía de Mágina ..., op. cit.

42
territorio, el reino granadino, como feudatario de la monarquía cristiana de
Castilla, según el pacto de Jaén de 1246. A consecuencia de ello, su vida
estuvo siempre condicionada por el peligro castellano, pero también por
los poderes norteafricanos, siempre muy relacionados con los andalusíes,
y, evidentemente, por las poblaciones desde antiguo instaladas en el solar
granadino. No debe extrañar que la vida política de Granada haya fluctua-
do de forma permanente entre los dos polos citados. Como es tradicional
en el mundo islámico, hay que tener en cuenta el peso de las poblaciones,
o, por expresarlo mejor, de la umma o comunidad de creyentes.
Sin duda la política tuvo influencia y al mismo tiempo se vio mediatizada
por la economía. Señalemos que a partir de finales del siglo XIII y hasta
mediados del XIV tuvo lugar la lucha por hegemonizar el tráfico marítimo
por el Mediterráneo occidental hasta llegar al Atlántico. La relación de los
dos mares supone intercambios comerciales continuos y de gran amplitud.
En su mayor parte son los italianos, especialmente los genoveses, los
beneficiarios principales de este tráfico, quienes gozaban en el reino de
Granada de una posición de privilegio. Su presencia, conocida en grandes
ciudades y puertos como el de Málaga,17 ha sido detectada en numerosos
puntos, algunos de ellos alejados de las rutas principales de comercio.18
Más importante aún es que controlaban las principales actividades pro-
ductivas, pues prácticamente ejercían un monopolio sobre los productos
que se vendían en los mercados europeos (seda, frutas secas, azúcar,
etcétera). Esta evidente riqueza, sin embargo, y por paradójico que parez-
ca, fue la ruina del reino granadino. A la pérdida de identidad propia hay
que añadir el interés creciente por eliminar las contradicciones que se iban
/ generando. Esta economía entró en una profunda y última crisis cuando
en el siglo xv las islas atlánticas ofrecieron buenas condiciones, mientras
que en Granada las poblaciones que se resistían a la dominación y a la
semiservidumbre representaron un freno a la producción generalizada de
las mercancías que gozaban de cada vez mayor demanda en los merca-
dos europeos. La formación, por Un lado, del capitalismo mercantil y, por
el otro, de las monarquías modernas fue la causa última de la destrucción
de un reino que tardó diez años en caer en manos de los castellanos
(1482-1492), luego de una guerra en algunos momentos cruel y las más
de las veces subordinada a las negociaciones políticas. Por ello no se
puede hablar de una conquista en el sentido estricto del término. Los
Reyes Católicos intentaron, a partir de la capitulaciones con los vencidos,

17Jacques Heers, "Le royaume de Grenade et la politique marchande de Génes en Dccident (xvé
siécle)", Le Moyen ¡¡ge, LXIII, núms. 1-2, 1957, pp. 87-121, Y Federigo Melis: "Malaga nel sistema
economico del XIV e xv seco lo" , en Mercaderes italianos en España. Siglos XIV-XV. (Investigaciones
sobre su correspondencia y su contabilidad), Sevilla, 1976, pp. 3-65.
18Carmen Trillo San José, "La Alpujarra medieval según las rentas de los bienes habices", tesis
de licenciatura inédita, Granada, 1988.

43
Sin más dilación, pasamos a hablar de cada uno de estos elementos
y de la estructura resultante en el reino nazarí:
Las fortalezas: Sólo disponemos de algunos análisis muy someros sobre
las fortalezas nazaríes. En realidad, hay estudios sobre el papel de las
fortalezas en épocas anteriores con los que tenemos que contar. El modelo
que se ha construido,22 aunque referido especialmente al periodo clásico de
al-Andalus (siglos Ix-xl),debe ser un punto de partida. En síntesis se puede
decir que, partiendo de una cuestión previamente demostrada (el mundo
andalusí es cualitativamente diferente del feudal castellano), el elemento
emblemático del mundo feudal, el castillo (~i§n, plural ~u§Dn, como término
más usual en árabe), tiene en la sociedad andalusí características muy
distintas, tanto por lo que respecta a su estructura arquitectónica como a su
funcionalidad. En cuanto al primer punto, se puede decir que en el ~i§n hay
dos partes diferenciadas: el albacaro gran recinto vacío (o semivacío) en su
interior, rodeado por una amplia muralla que da cabida a hombres y ganado
en una proporción importante, y el donjon o parte más compacta, en donde
reside permanentemente un grupo de hombres dedicados a la guarda del /
castillo. Las técnicas constructivas tienen asimismo características muy
propias: empleo de tapial según el sistema de la .tabiya, metrología determi-
nada, etcétera. Pero lo más llamativo en este modelo es la relación de los
~u§Dn con el poblamiento o, por expresarlo de manera diferente y algo
restrictiva, su funcionalidad. Ciertamente, se habla casi exclusivamente de
castillos rurales y esto limita las características de éstos. Con todo, son el
ejemplo más evidente de una sociedad no feudal en al-Andalus. Por su
propia estructura se definen como receptores de gran número de hombres
y de ganado, no como elementos de dominio sobre el territorio. En éste las
comunidades campesinas, dotadas de cierta autonomía, no están domina-
das por señores territoriales, sino que mantienen relaciones más fluidas con
el Estado, que no está formado por una clase-Estado, como ocurre en el
mundo feudal. Por ello, el ~i§n rural expresa las relaciones discontinuas entre
éste y aquéllas. Aunque hay cargas para mantener el sistema defensivo,
como la sofra, no tienen un sentido feudal, sino que son la expresión, como
señala Pierre Guichard,23 de una corresponsabilidad defensiva.
La verdad es que este modelo, últimamente muy denostado, pero no
sustituido, se ha gestado en el estudio de la zona levantina de la península
Ibérica, es decir 8arq al-Andalus. Pero se ha aplicado, bien que con
correcciones importantes, en Andalucía oriental, o sea el solar del reino

22Este modelo ha sido creado primordialmente por Pierre Guichard, "Le probléme de I'existance
de structures de type 'féodal' dan s la société d'al-Andalus. (L'exemple de la région valencienne)",
Structures féodales et féodalisme dans "Occidente Méditerranéen (x6-xl/t siecles), Roma, 1980,
pp. 690-726. .
23Pierre Guichard, "Le probléme de la sofra dans le royaume de Valence au Xllle siécle", Awraq,
11, 1979, pp. 64-71.

46
Estado. Se llega, pues, a una sujeción ancilar y a crear una dinámica
completamente falsa en que las paradojas y aporías son constantes y
dificultan la lectura correcta tanto de unas fuentes como de otras. La
comodidad que ofrecen los textos escritos lleva a tales planteamientos. De
este modo, a guisa de ejemplo, un importante yacimiento que hemos
excavado en los últimos años,21 cercano a la costa de Granada, tiene una
ocupación de adscripción almohade, incluso después de que el reino
nazarí estuviese instalado. Igualmente, algunos tipos cerámicos y motivos
y técnicas decorativas perviven durante largo tiempo. Ocurre algo similar
en los niveles más elementales del poblamiento. En definitiva, la tendencia
a considerar la vida política y su evolución, que es tanto como decir hacer
una historia del Estado y principalmente de él, como la línea básica del
trabajo arqueológico es un error que hay que erradicar.
No es menor el problema que supone crear un modelo genérico,
basado sólo en realidades estructurales. A fuerza de señalar aspectos
generales, se alcanzan sólo características que nos hablan de la inmuta-
bilidad del sistema. A ello ha contribuido el escaso desarrollo de la
arqueología medieval y la confusión que se ha generado en cuanto se
confrontan datos arqueológicos y documentales, según ya hemos puesto
de relieve. Habría que añadir también un hecho no suficientemente valo-
rado hasta el presente, al menos para nuestro interés actual. El choque
entre la sociedad nazarí y la castellana fue tan fuerte a finales de la Edad
Media que la nazarí se reforzó, marcando más sus diferencias con respec-
to a la conquistadora en el proceso de aculturación que se operó, a veces
de forma muy violenta.
Es una tarea difícil de llevar a cabo la que nos proponemos. Ante todo,
tendríamos que demostrar que hubo claras diferencias entre nazaríes
y castellanos. De un análisis elemental, como el realizado más arriba, se
puede inferir, pero necesitamos plantearlo a niveles de la organización del
espacio y de la estructura del poblamiento. Los tres elementos ya dichos
(fortalezas, hábitat rurales y ciudades) tienen características suficiente-
mente claras como para ser conoCidas y, al mismo tiempo, para permitir
determinar su evolución. Las relaciones de todos ellos es asimismo
evidente. Por lo demás, las modificaciones introducidas por los castellanos
han sido estudiadas de manera muy inteligente, aunque, desgraciadamen-
.te, son pocas las zonas del reino en las que se conoce con precisión el
proceso, faltos como estamos de trabajos .Iocales.

21Entre los trabajos que han ido apareciendo remitimos al firmado por varios especialistas: Patrice
Cressier, Antonio Malpica Cuello y Guillermo Rossello-Bordoy, "Análisis de las secuencias del
poblamiento medieval de la costa de Granada: el yacimiento de 'El Castillejo' y el valle del río de la
Toba (Los Guájares)", en Actas del 11Congreso de Arqueología Medieval Española, Madrid, 1987, vol.
111, pp. 149-160.

45
Sin más dilación, pasamos a hablar de cada uno de estos elementos
y de la estructura resultante en el reino nazarí:
Las fortalezas: Sólo disponemos de algunos análisis muy someros sobre
las fortalezas nazaríes. En realidad, hay estudios sobre el papel de las
fortalezas en épocas anteriores con los que tenemos que contar. El modelo
que se ha construido,22 aunque referido especialmente al periodo clásico de
al-Andalus (siglos Ix-xl),debe ser un punto de partida. En síntesis se puede
decir que, partiendo de una cuestión previamente demostrada (el mundo
andalusí es cualitativamente diferente del feudal castellano), el elemento
emblemático del mundo feudal, el castillo (hi§n,. plural hu§un,
. como término
más usual en árabe), tiene en la sociedad andalusí características muy
distintas, tanto por lo que respecta a su estructura arquitectónica como a su
funcionalidad. En cuanto al primer punto, se puede decir que en el fJi§n hay
dos partes diferenciadas: el albacaro gran recinto vacío (o semivacío) en su
interior, rodeado por una amplia muralla que da cabida a hombres y ganado
en una proporción importante, y el donjon o parte más compacta, en donde
reside permanentemente un grupo de hombres dedicados a la guarda del
castillo. Las técnicas constructivas tienen asimismo características muy
propias: empleo de tapial según el sistema de la .tabiya, metrología determi-
nada, etcétera. Pero lo más llamativo en este modelo es la relación de los
fJu§un con el poblamiento o, por expresarlo de manera diferente y algo
restrictiva, su funcionalidad. Ciertamente, se habla casi exclusivamente de
castillos rurales y esto limita las características de éstos. Con todo, son el
ejemplo más evidente de una sociedad no feudal en al-Andalus. Por su
propia estructura se definen como receptores de gran número de hombres
y de ganado, no como elementos de dominio sobre el territorio. En éste las
comunidades campesinas, dotadas de cierta autonomía, no están domina-
das por señores territoriales, sino que mantienen relaciones más fluidas con
el Estado, que no está formado por una clase-Estado, como ocurre en el
mundo feudal. Por ello, el fJi§n rural expresa las relaciones discontinuas entre
éste y aquéllas. Aunque hay cargas para mantener el sistema defensivo,
como la sofra, no tienen un sentido feudal, sino que son la expresión, como
señala Pierre Guichard,23 de una corresponsabilidad defensiva.
La verdad es que este modelo, últimamente muy denostado, pero no
sustituido, se ha gestado en el estudio de la zona levantina de la península
Ibérica, es decir Sarq al-Andalus. Pero se ha aplicado, bien que con
correcciones importantes, en Andalucía oriental, o sea el solar del reino

22Este modelo ha sido creado primordialmente por Pierre Guichard, "Le probléme de I'existance
de structures de type 'féodal' dans la société d'al-Andalus. (L'exemple de la région valencienne)",
Structures féodales et féodalisme dans I'Occidente Méditerranéen (XS-xllf siécles), Roma, 1980,
pp. 690-726. .
23Pierre Guichard, "Le probléme de la sofra dans le royaume de Valence au Xllle siécle", Awraq,
11,1979, pp. 64-71.

46
nazarí de Granada. Así, otro investigador francés, Patrice Cressier,24 ha
establecido una tipología de fortificaciones en el territorio alpujarreño, en
la zona sur de la actual provincia de Granada, en la cara meridional de
Sierra Nevada.
Ya hemos advertido que han existido numerosas críticas, empero, a
estos trabajos. El problema estriba, en nuestra opinión,· en considerar
como definitivos resultados que normalmente han sido presentados como
provisionales. Dicho de otro modo, no se puede pensar que la localización,
descripción y estudio de los fJUfjOn a un nivel de arqueología extensiva,
por lo demás en una primera fase, acabe con el trabajo arqueológico e
histórico. Cualquiera que conozca los métodos de análisis de la historia
y de la arqueología no dudará en suscribir tal afirmación. Los yacimientos
no se estudian con el mismo grado de intensidad. Es sencillamente
imposible. La elección es obligada. Por eso es preciso contar con un
muestreo lo más amplio posible, que no total, ya que eso sería una
ensoñación empírica. Es más, la fortificación, por su propia arquitectura
y por su funcionalidad, es un punto nodal en el poblamiento y, en conse-
cuencia, ha sido ocupada reiteradamente. Hay pruebas arqueológicas e
históricas irrefutables. Además de reiteradas menciones en las fuentes
escritas, en ciertos casos, la cerámica de superficie abunda en esta idea,
hasta el extremo de que incluso en algunos se han hallado fragmentos de
épocas prehistóricas. Con todo, sólo la excavación sistemática podría
arrojar más luz, pero suelen presentarse problemas para llevar a cabo tal
actuación arqueológica. En principio, de contenido físico: la erosión de
muchos de estos restos ha sido fortísima, ya que se suelen hallar en
/ lugares elevados, desde donde se tenía una perspectiva más amplia de
la zona; pero también por la propia funcionalidad de los castillos, puesto
que solían ser ocupados por escaso número de personas y no se estable-
cía en ellos una población sino de manera eventual. Sólo hay ejemplos
aislados en contra de esta línea general, aunque tampoco es válida para
las estructuras defensivas urbanas, en concreto las alcazabas.
Ahora bien, no se puede decir que hubiese un único tipo de fJi~n, pues
tanto en niveles constructivos como de funcionalidad hay importantes
variaciones, así como también las tiene que haber en las diferentes épocas
históricas. Si bien es cierto que lo primero es relativamente fácil y que
ciertamente hay mucho camino andado, es menos lo que sabemos de las
estructuras defensivas de cada época histórica. Realmente no hay un
modelo único, porque sería considerar a la sociedad andalusí como algo
intemporal. No existe una sociedad nazarí única, sino que se aprecia una

24Palrice Cressier, "Églises el chaleaux dan s I'Alpujarra él la fin du Moyen Age: I'implantation d'un
pouvoir", Actas de/1 ero Encuentro Hispano-Francés sobre Sierra Nevada y su entorno, Granada, 1988,
pp. 95-112.

47
real evolución con transformaciones importantes. A este respecto el tra-
bajo de Manuel Acién sobre los fJu§On en la primera época de al-Andalus25
muestra que hay un campo de análisis fundamental a partir de una lectura
arqueológica de las fuentes escritas.
Nuestro interés se debe centrar ahora en los castillos nazaríes. La
primera cuestión es situar los fJu§On en su etapa histórica concreta, lo cual
no siempre es posible. Con frecuencia, al trabajar dentro de la arqueología
extensiva como fórmula habitual, se procede por eliminación. En este
sentido, la inexistencia de cerámica nazarí en proceso de estudio y la falta
de tipologías más precisas que las que hasta ahora ha suministrado el
análisis de la cerámica procedente de la Alhambra, es un índice que se ve
completado por el examen riguroso de las fuentes escritas. Así, podemos
afirmar que, en las zonas mejor estudiadas hasta el presente, hubo una
transformación de los mecanismos defensivos, posiblemente a mediados
del siglo XIV. Aparecen fortificaciones más compactas, sin espacios vacíos,
en las que la defensa es esencial, sin posibilidad de refugio para una masa
de pobladores, como se aprecia en algunas estructuras castrales. Es más,
las edificaciones antiguas que todavía estaban en uso y que responden al
modelo antes esbozado (corresponsabilidad defensiva de comunidades
campesinas y Estado, y doble recinto, del que sólo se ocupa permanen-
temente el denominado donjon), con las correcciones necesarias y opor-
tunas, no perviven en época nazarí, en beneficio de las nuevas, a las que
hay que añadir las urbanas. Pero hay algo más: estos mecanismos
defensivos están en el reino nazarí en proceso de transformación. El fJi§n
no controla el territorio inmediato, o, mejor dicho, no tiene relaciones de
supremacía sobre las poblaciones próximas. En aquellos castillos que
siguieron utilizándose continuó la corresponsabilidad defensiva entre el
Estado y las alquerías, como se puede observar a través de las fuentes
castellanas inmediatamente posteriores a la conquista. Todo indica que
los hu§On guardan estrecha dependencia con el sultán granadino, e
incluso se puede pensar que hubo un proyecto defensivo para todo el reino
a mediados del siglo XIV. En todo caso, es evidente que en la línea de
frontera hay fortificaciones que sólo estuvieron en pleno funcionamiento
en época de guerra, pues al mismo tiempo se cultivaban las tierras y los
mecanismos militares no constituían un obstáculo. Por su parte, el modelo
de ocupación castellana del territorio fronterizo era muy distinto, ya que el
poblamiento se basaba en la guerra y en la práctica extensiva de la
ganadería.26 En suma, se observa una clara evolución, tanto arquitectónica

25 Manuel Acién Almansa, "Poblamiento y fortificación en el sur de al-Andalus. La formación de


un país de hu§üri', en IIJ Congreso de Arqueología Medieval Española, Oviedo, 1989, tomo 1,
pp. 137-150'-
26 Tomás Quesada Quesada, op. cit.

48
como funcional de los fJu§Cm, aún no estudiada a fondo, a partir de
elementos anteriores y de clara raíz andalusí.
El hábitat rural: Lo poco que sabemos del mundo rural granadino se
explica por las características de las fuentes escritas árabes -en las que
se deja sentir el peso de la vida urbana como eje fundamental-, pero
también por la propia realidad del mundo rural, que en épocas más
recientes ha sufrido profundas transformaciones. Por si fuera poco, los
propios castellanos, al apoyarse primordialmente en las estructuras urba-
nas y defensivas para ocupar el territorio, no han generado documentación
suficiente. Sin embargo, la fiscalidad que fueron imponiendo permite que
nos acerquemos a cuestiones de gran interés.
Arqueológicamente es muy difícil, pero no imposible, aproximarse a
los núcleos rurales de forma directa. Es verdad que hay despoblados de
época nazarí y, en mayor medida, de etapas anteriores, pero no coincide
claramente la estructura de poblamiento rural precedente con la nazarí.
Aunque su estudio es difícil, es realizable y se puede incluso excavar y
recoger, a veces, abundante material en superficie, pese a las transforma-
ciones que se han ido op'3rando en las últimas décadas en el campo. Pero
no siempre es así; lo más corriente, al menos en nuestra experiencia, suele
ser lo contrario. Lo anterior lo explica el hecho de que dichos hábitat
rurales, sobre todo los nazaríes, se encuentran en zonas de intenso cultivo,
muy accesibles, con una infraestructura muy consolidada ~aunque frágil,
como veremos- y, en consecuencia, de ocupación casi continua.
Por todo ello, ante la prácticamente nula existencia de fuentes escritas
(muy desiguales, fragmentarias y dispersas) -que, en el mejor de los ca-
/ sos, tienen un carácter fiscal- y a consecuencia de las enormes dificulta-
des de un trabajo arqueológico -que, además, está en sus inicios-, se
ha tenido que recurrir primordialmente a un análisis del paisaje. Como es
sabido, los asentamientos humanos son condicionados por el medio
natural y, a su vez, lo condicionan. Hablando de los elementos básicos de
la sociedad andalusí, de la que es heredera incuestionable la nazarí,
hemos de señalar que la estructura campesina se organiza con base en
el hidraulismo,27 que más adelante veremos con más detalle.
Ciertamente la caracterización del hábitat rural del reino de Granada
es tan problemática como la del resto del mundo andalusí que lo precede.
En cualquier caso, es obligado trazar, con base en el trabajo de campo y
las fuentes escritas, una aproximación. La población campesina vivía en
unidades diversas. La principal, sin duda, era la qarya (pI. qura) o alquería,
pero también había aldeas (cjaya) y cortijos (marsar). Aunque la caracte-

27Miquel Barceló, "El diseño de espacios irrigados en al-Andalus: un enunciado de principios


generales", I Coloquio de historia y medio físico. El agua en zonas áridas: arqueología e historia,
Almería, 1989, vol. 1, pp. XIII-XLIX.

49
rización de cada una de ellas está aún por hacerse, será preciso trazar un
esquema mínimo. Los hábitat señalados tienen, en principio, una estruc-
tura de población al parecer diferente tanto cuantitativa como cualitativa-
mente. En efecto, las alquerías cuentan con límites propios, mientras que
las aldeas no parecen tenerlos, y los maysar/s, que no siempre cuentan
con ellos, son hábitat eventuales y de poca importancia. En cualquier caso,
la caracterización de estas unidades es, por el momento, difícil de realizar.
Sólo las alquerías han sido medianamente estudiadas.
Hay algunos elementos de las alquerías que cabe destacar. La agri-
cultura era básica. Ante todo, parece que se aprovechaban las tierras
irrigadas de manera intensiva. Éstas eran la parte fundamental del área
de cultivo. No podemos precisar si el secano, presente sin duda, tuvo
mayor o menor importancia. En algunos casos, según los cálculos que se
han podido realizar, el secano era superior en algunas zonas al regadío,
mientras que se sabe de alquerías -especialmente las situadas en la
montaña- en las que era prácticamente inexistente. 28 Problema aparte
es conocer las características de aquél y su relación con éste. Empece-
mos, sin embargo, por decir que el área de regadío no es un todo uniforme,
aunque sí hay una parte fundamental posiblemente generada al tiempo
que se crea el sistema hidráulico. A partir de ella se observan adiciones y
transformaciones, ya que éste presenta una rigidez que no se puede
superar. Es más, una vez establecidos ambos (área de cultivo irrigada y
sistema hidráulico), suponen una modificación del medio tan fuerte que
crean una relación tiránica con él. Su abandono implicaría una violenta
ruptura con el medio físico de consecuencias graves. La tendencia a su
conservación, incluso a su ampliación en algunos casos, debe, pues, ser
analizada a partir de estas cuestiones que hemos enunciado. De este
modo, si en el reino granadino continuaron los castellanos con el regadío
y la gran infraestructura que lo mantenía, fue porque se dio un proceso de
transferencia tecnológica, posible por el mantenimiento de poblaciones
vencidas que los conocían y manejaban. Por eso, los paisajes agrarios
sufrieron transformaciones más mensurables y controladas, e incluso
guardan huellas de su pasado, al contrario de lo que ocurre en otras tierras
andalusíes. Pero eso no quiere decir que no hubiese cambios, algunos
muy significativos. El problema, en nuestra opinión, no estriba en saber si
el regadío tuvo o no continuidad, sino en precisar su papel en el conjunto
del área de cultivo y aun en las tierras incultas. Es decir, las parcelas
irrigadas, por su fragilidad y estrecha dependencia del trabajo de los
hombres, debían estar protegidas tanto de la ganadería como de los pro-
cesos físicos de transformación. Por eso, dejando a un lado el tema del
secano, es preciso un bosque, o, por mejor decirlo, un monte mediterrá-

28 Cannen Trillo San José, "La Alpujarra a fines de la Edad Media", tesis doctoral inédita, Granada, 1991.

50
neo, que permita el pastoreo y que sirva de protección para las tierras
regadas. El secano asimismo es importante, a condición de que se integre
en un sistema más amplio. Precisa ser un punto intermedio entre el regadío
y el monte. En los casos estudiados (desgraciadamente pocos para el
conjunto del reino), cumple la función de ser un elemento complementario,
a medio camino entre la tierra cultivada y la inculta.
Estos núcleos rurales, o sea las alquerías, basados en un aprovecha-
miento del área irrigada de manera integral, tenían un caserío muy carac-
terístico. Se situaban siempre por encima de las parcelas regadas. Se
dividían en barrios, con espacios vacíos entre ambos donde en ocasiones
se almacenaban los elementos de uso común para todos los pobladores.
Pero quedan muchas cuestiones por comentar y, desde luego, por
saber. Una es la relación entre las alquerías y los espacios inmediatos;
otra, la existente entre éstas y los conjuntos territoriales más extensos, así
como la hegemonía que tendrían sobre ellos las ciudades.
Por lo que sabemos hasta ahora sobre el hábitat rural granadino,
cabe hacer algunas precisiones. Parece que la vida rural estaba estre-
chamente vinculada con el mundo urbano, lo que permitía que las
ciudades dejaran sentir su peso no sólo sobre las tierras más cercanas,
sino incluso sobre las alquerías, que son el elemento nuclear del pobla-
miento. Éstas, sin embargo, gozaban de una autonomía reconocible por
la existencia de límites propios, pero también por el hecho de que
estaban autogobernadas. En cuanto a su topografía, como ya hemos
adelantado, son reconocibles los trazos de un pasado andalusí: se sitúan
por encima del área de regadío y por debajo del secano o del monte; a
/ veces, están divididas en barrios, más o menos separados entre sí, que
tienen incluso tierras cultivadas junto al caserío o que se entremezclan
con las viviendas, las cuales en ocasiones tenían árboles y parras frente
a sus puertas. Esta organización interna se complementa con otra
externa. Se observan, según hemos repetido, límites propios, aunque
las antiguas relaciones ciánico-tribales han desaparecido por completo
y no existe una relación vecino-propietario. Había, pues, dueños de tierra
que no eran los habitantes de la alquería en cuestión, por efectos de la
ruptura de la familia extensa en beneficio de una estructura más elemen-
tal. Se daba incluso el caso de personas que tenían que entregar sus
propiedades para ser atendidas, cuando no contaban con familiares.
Dentro del territorio de cada alquería hay, además del área principal
(huertas y vegas), zonas cultivadas en las que era posible el aprovecha-
miento del agua. Se forman así los michares (marsa!), que al parecer
eran hábitat temporales que se beneficiaban de un cultivo. No es extraño
que hayan existido también otros núcleos menores que, a veces, son
calificados como IJara (barrio). Si fueron alquerías anteriormente o se
generaron por la segmentación de la población de cada qa rya , es algo

51
que en el estado actual de ~a investigación no podemos precisar. En
algunos casos se observa una preeminencia de unas alquerías sobre el
resto, lo que sería un índice de evolución global del hábitat rural. Hasta
tal punto ocurre así que en el momento de su instalación los castellanos
las califican de villas, distinguiéndolas de las otras alquerías, llamadas
lugares, y, por supuesto, de las ciudades.
El mundo urbano: Es el segmento, acerca del cual los datos son más
abundantes, aunque no están suficientemente integrados. Sabemos sobre
todo de Granada, capital del reino nazarí, así como de algunas otras
ciudades. Sin una prospección minuciosa y sin intervenciones arqueoló-
gicas, aunque sean de urgencia, las fuentes escritas sólo nos mencionarán
elementos dispersos, muchas veces incomprensibles. Pero nadie ignora
la dificultad que implica trabajar a niveles arqueológicos en el mundo
urbano. En principio, no es posible planificar excavaciones en una ciudad
sino que éstas vendrán dadas por la acción transformadora del hombre
sobre el medio, lo que en la actualidad equivale a la fuerte especulación
del suelo y la demoledora acción de la piqueta o, por expresarlo con mayor /
claridad, de las potentes máquinas excavadoras. Por eso, la posibilidad
de conocer arqueológicamente una ciudad es limitada, aunque no tanto
como cabría suponer a primera vista. En realidad se trata de una cuestión
de planificación elemental: ante todo, hay que distinguir entre lo que se
considera el centro histórico y los alrededores de la ciudad. Ésta no es sé.lo
el recinto intramuros, sino también lo que hay más allá de la muralla. En
todos los casos se impone un trabajo minucioso de prospección, de
catalogación de monumentos y de consulta de planimetrías, gráficos,
grabados y fotografías antiguas. En este punto, las descripciones que nos
brindan las fuentes escritas pueden ser de enorme interés, sobre todo las
de los viajeros que llegaron a las ciudades granadinas antes y después de
las conquistas. Desde la perspectiva de la toponimia cabe asimismo tener
esperanzas de conseguir resultados. Tampoco debe descartarse la exca-
vación, siempre que sea posible y pese a lo limitada que sea. Los procesos
de remodelación y de profunda alteración de los centros urbanos en los
últimos tiempos ofrecen la posibilidad de documentar arqueológicamente
la ciudad, aunque sea por tramos discontinuos. Más problemático es el
trabajo en el mundo periurbano: como es sabido, la mayor parte de las
ciudades se han desarrollado fuera de los núcleos medievales, de las
murallas, y los ensanches han eliminado espacios de vital interés para el
conocimiento de la vida urbana. En una sociedad como la islámica, los
parajes próximos a la mad¡na son de vital importancia,29 y precisamente a
costa de ellos se han expandido las urbes en las últimás décadas.

29Leopoldo Torres Balbas, "Los contornos de las ciudades hispano musulmanas", AI-Andalus, XV,
1950, pp. 437-486. .

52
Como es sabido, la madina islámica, incluida la granadina, tiene una
estructura compuesta por tres elementos: 1) la alcazaba (qa§ba), o forta-
leza urbana, residencia del poder político y del ejército; 2) la madina
propiamente dicha, corazón de la ciudad, lugar en donde se encuentran
los principales edificios (mezquita mayor, funduqls, etcétera) y cuya carac-
terística principal es la multiplicidad de funciones unidas a un cuerpo
dirigente que se expresa de forma múltiple; y 3) los arrabales, poblados
en diferentes momentos y con una estructura propia. El núcleo está
totalmente amurallado, pero, como ya hemos advertido, tiene relaciones
fluidas con los alrededores, que son elemento clave de la vida urbana. No
sabemos si la madina tiene una planificación previa o no, aunque es una
cuestión fundamental. Hay indicios para creer que, en muchos momentos,
se da. Las ciudades son fundaciones del poder político que es tal desde
el momento en que se construye una madina; y sin embargo, es una
creación ajena a este poder, de formación espontánea o, mejor dicho,
generada en el sistema social islámico.30 Otra cuestiór. es precisar si la
infraestructura urbana se determinada por dicho poder, según las líneas
esenciales de un modelo, o goza de cierta autonomía. Al respecto cabe
plantear algunas cuestiones. El espacio privado es esencial, lo que se
trasluce en la misma madina. La vivienda sirve para apartarse de la calle
y de la vista del público; en ella existe un área más recóndita, el haram. La
casa se construye, pues, hacia el interior, no hacia el exterior. Todo ello
explica el abigarramiento del caserío, la estrechez de las calles y callejue-
las. Hay que admitir, asimismo, que hay espacios públicos que suelen ser
ocupados principalmente por los varones. En este caso, la madina se nos
/ presenta como un elemento plurifuncionat: todas las actividades públicas
se pueden realizar en un espacio reducido. De este modo, la gente va a
la calle para llevar a cabo sus actividades, pero se reservan un amplio
espacio para la vida privada, por completo ajena a éstas.
El campo y la ciudad, como decíamos, no están reñidos. En efecto, la
ciudad es un centro en el que los comerciantes y artesanos tienen sus
negocios, pero también es residencia de propietarios agrícolas, que no son
necesariamente distintos de los anteriores. Es más, en las ciudades, y no
sólo en las pequeñas sino también en las mas grandes, existe una
población que trabaja la tierra y acude a las labores agrícolas puntualmen-
te. Así, la madina se convierte en el centro ordenador de un término
(al-~awz) más o menos amplio, en el que la vida agrícola está muy
presente. En realidad, tiene entremezclados con su caserío jardines y
huertas, y se prolonga más allá de lo que es zona amurallada, creando un

30 Manuel Acién Almansa, "Madinat al-Zahra' en el urbanismo musulmán", Cuadernos de Madinat


al-Zahra, 1, 1987, pp. 11-26, especialmente pp. 14-15.

53
intercambio fluido con el campo. Por eso, como antes dijimos, el mundo
periurbano es esencial para entender la propia ciudad.
A niveles globales, el volumen de urbanización del reino es importante.
Hay, sin embargo, zonas en las que no existe vida urbana, como la Alpujarra
y parte de la línea fronteriza. De todos modos, aún no se ha evaluado su
verdadera dimensión. Por otra parte, la ciudad nazarí, que distamos mucho
de conocer con detalle, es, por su estructura y funcionalidad, heredera de la
andalusí. Al mismo tiempo se puede decir que ha ido estableciendo lazos
cada vez más estrechos con el mundo agrícola. De esa manera hay que
prestar atención a la vida urbana en relación con los hábitat agrarios que
nos son conocidos. Su jerarquización y su relación con la madlna son puntos
fundamentales para el conocimiento de la estructura de poblamiento del
reino de Granada y, desde luego, para conocer el peso de la vida agraria.
Hemos dicho que Granada es la ciudad de la que poseemos más datos
al respecto. Desgraciadamente, no es posible acceder fácilmente a su
estructura más urbana porque, aun cuando contamos con obras importan-
tes,31 es poco lo que podemos decir, por el momento, de su papel rector /
en un territorio más amplio. Gracias a los Libros de repartimiento que han
llegado hasta nosotros nos es dado en muchos casos reconstruir con un
grado de confiabilidad notable todo el caserío y el mundo periurbano.
En el mundo urbano hay un buen número de espacios agrícolas. Entre
ellos destaca el jardín, que merecería un estudio muy detenido, pero que
no vamos a hacer en este momento. Del cual, sin embargo, debemos
señalar dos elementos. Se trata, por un lado, de un lugar productivo,
aunque esta función es secundaria; por el otro contiene un código estético
que encierra, ante todo, un símbolo de la vida y forma un microcosmos
adaptado a las necesidades del mundo islámico. Representación del
Paraíso, en donde el agua mana suavemente y la vegetación proporciona
frescor y sombra, en su organización básica32 se advierte un eje principal,
que suele ser una acequia flanqueada por pasadizos; es el elemento
fundamental, porque el jardín necesariamente se ha de regar. Formando
un eje secundario, o varios, puede haber senderos transversales con agua
o sin ella. El jardín será decorativo en el centro y productivo en sus
extremos, por lo que se trata de un hortus. Sin embargo, los jardines, que
además son campos de intensa experimentación botánica,33 van perdien-
do importancia conforme nos alejamos de la ciudad. Las almunias, las
huertas y las casas de campo abundan fuera de la muralla. En un famoso

31Luis Seco de Lucena Paredes, La Granada nazarí del siglo xv, Granada, 1975.
32James Dickie, "Notas sobre la jardinería árabe en la España musulmana", Miscelánea de
Estudios Árabes y Hebraicos, XIV-XV, fasc.1, 1965-1966, pp. 75-87.
33Miquel Barceló, "La qüestió de I'hidraulisme andalusí", en Miquel Barceló et al., Les aigües
cercades. Els qanát(s) de tilla de Mallorca, Palma de Mallorca, 1986, p. 22.

54
pasaje de AI-Lamha, Ibn al-Jatib lo expresa claramente, al hablarnos de
cómo son los espacios próximos a la ciudad de Granada.34 Se ve cómo la
vida urbana ha ido penetrando en el campo, modificando el poblamiento
y estructurándolo en la manera como se conoce en medios más rurales.
Las diferencias físicas entre la ciudad y el campo quedan diluidas, o mejor
dicho, se hacen más fluidas, sin que queden claros los límites entre una y
otro. Los textos de Ibn al-Jatib son corroborados por menciones de la
época mudéjar.35
Esta fluida relación queda plasmada en las actividades económicas.
La vida comercial, sin duda, estaba muy presente en el ámbito de la ciudad.
En buena medida, sobre ella descansaban las finanzas del sultán grana-
dino, por lo que éste debía tener buen cuidado en regularla; por otro lado,
su complejidad se manifiesta en la existencia de ciertas redes comerciales
establecidas en su interior, pero que se proyectan hacia fuera. Así, el papel
que desempeñan los zocos extramuros se debe explicar por estas relacio-
nes entre el mundo urbano y el rural. En Granada, algunos se celebraban,
por ejemplo, fuera de las murallas, para permitir un intercambio equitativo
entre campesinos y comerciantes.
No es menos cierto, sin embargo, que la ciudad debió ejercer un papel
decisivo en la descomposición de las sociedades tribales mediante su
intensa influencia económica en el mundo rural, creando un mercado de
productos de las alquerías y tierras más próximas que se controlaban
desde la madlna. Los comerciantes, los artesanos y la élite religiosa
completaban sus ingresos con la explotación por arriendo o por compra
de parcelas. Son muy numerosos los casos que se pueden ver, sobre todo
/en los últimos tiempos nazaríes en la Vega de Granada.36
En nuestra opinión, pues, este poblamiento rural es una muestra clara
de que la ciudad y las actividades económicas que se fueron generando
a partir de ella fueron minando las estructuras tribales de base, creando de-
pendencias entre unos núcleos rurales y otros, generando profundas
diferencias y marcando jerarquías. A nivel de la propiedad agrícola se ve
con meridiana claridad. Las formas privadas de apropiación de la tierra se
volvieron habituales, hasta el punto de que quedó como un recuerdo muy
lejano la existencia de propiedades de grupos familiares. Es más, entre
los propietarios particulares había grandes diferencias. El sultán y su
familia tenían tierras en numerosas partes del reino, pero preferentemente

34 Apud Jacinto Bosch Vila, Ben al-Jatib y Granada, s.I., Asociación Cultural Hispano-Alemana,
1980, pp. 48-49.
35 Véase nuestro trabajo "Territorio y agricultura en la Granada nazarP', en Encuentros en la
Alhambra sobre "El jardín histórico" (en prensa).
36 Luis Seco de Lucena Paredes, Documentos arábigos-granadinos, ed. crítica del texto árabe y
trad. esp., con introducción, notas, glosario e índices, Madrid, Publicaciones del Instituto de Estudios
Islámicos, 1961.

55
en la Vega. En esta área poseían huertas en Granada37 y tierras en
alquerías de la Vega.38 La parte más importante de sus propiedades, como
dice el propio Ibn al-Ja!Tb, estaba sobre todo en el noroeste de la Vega.
En la costa de Granada, concretamente en las proximidades de Salobreña,
ocurría algo similar. Ni qué decir tiene que, al tiempo que había grandes
propietarios, existían también pequeños dueños de parcelas minúsculas.

Los castellanos estaban conscientes de las diferencias que los separaban


de los musulmanes. Éstas no sólo eran de orden religioso y de costumbres,
aunque las últimas son las que más destacan en las fuentes escritas. En
este sentido podríamos citar el siguiente pasaje de la obra de Mármol, no
obstante que recoge la situación que prevalecía tras la rebelión y posterior
expulsión de los moriscos granadinos en el último cuarto del siglo XVI, y
que, por tanto, tal vez exagere su diversidad:

Era cosa de maravilla ver cuán enseñados estaban todos, chicos y grandes,
en la maldita seta; decian las oraciones á Mahoma, hacian sus procesiones
y plegarias, descubriendo las mujeres casadas los pechos, las doncellas las /
cabezas; y teniendo los cabellos esparcidos por los hombros, bailaban
publicamente en las calles, abrazaban á los hombres, yendo los mozos
gandules delante haciéndoles aire con los pañuelos, y diciendo en alta voz
que ya era llegado el tiempo del estado de la inocencia, y que mirando en la
libertad de su ley, se iban derechos al cielo, llamándola ley de suavidad, que
daba todo contento y deleite.39

Otro texto más esclarecedor es el que se refiere a la~ diferencias en el


paisaje y a la organización agrícola: "en esta misma tierra ay de una parte
a otra tanta diferencia que no parece syno estar mili leguas lo uno de lo
otro [...] Y todo esta en dos leguas de termino y asy todos heredamientos
y tierras no por un orden se labran, sienbran, riegan ni tratan, ni en un
tiempo, mas por muchos y diversos ...".40 Esta incomprensión parte de
un hecho claro: la necesidad de evaluar las riquezas de las tierras con-
quistadas, para, de este modo, acceder a ellas y a cuantos bienes hubiese
disponibles.
Los castellanos buscaban dichos bienes, como lo muestran las si-
guientesfrases sacadas de una carta del secretario de los Reyes Católicos
dirigida a éstos y en la que se evalúan las riquezas de la región montañosa
de Alpujarra, aparentemente poco apetecible para ellos:

37 Luis Seco de Lucena Paredes, op. cit., pp. 119-122.


38 Pedro Hernández Benito, La Vega de Granada a fines de la Edad Media según las rentas de
los habices, Granada, 1990, p. 82.
39 Luis del Mármol Carvajal, Historia de la rebelión y castigo de los moriscos del reino de Granada,
Madrid, BAE, 1946, p. 189.
40 AGS,Cámara de Castilla, Pueblos, leg. 8, fol. 284.

56
De acá no se ofrece otra cosa que decir a vuestras Altezas sino que cuanto
mas veo esta tierra, tanto me parece mejor, y desde que vi al Alpujarra y ví
las cosas della, tanto di y doy muchas mayores y mas gracias a nuestro
Señor por el buen aventurado fin que a vuestras Altezas dió en esta santa
conquista; que certifico á vuestras Altezas porque vean cuan estéril tierra es el
Alpujarra, que estábamos en Verja mas de seis mil personas de cristianos y
moros, y que nunca nos faltó mucho pan y came y pescado y frutas, muy barato. 41

Hay abundantes textos en los que se ponen de manifiesto las diferencias


entre castellanos y nazaríes. Por lo que respecta a la organización del
territorio, ésta se percibe a todos los niveles. Es evidente que durante una
primera etapa, la constancia de estar ante realidades distintas a las propias
los llevó a aproximarse a ellas, con el fin, claro está, de poder dominar el
reino y a las poblaciones vencidas en provecho propio. Ciertamente éstas
no fueron aniquiladas, sino que se mantuvieron en sus antiguos solares.
Si bien la guerra de conquista obligó a cambios en la estructura del
poblamiento, fue el proceso repoblador, al que siempre se le unió el de
repartimiento de tierras y bienes, el que produjo más transformaciones.
Los granadinos no fueron radicalmente expulsados; el peligro, al menos
teórico, pero en ciertos momentos real, de que fueran ayudados por sus
hermanos de religión de otros puntos de la cuenca mediterránea, lo impe-
día. Pero no es menos cierto que también debió de contar el deseo de
conducir una guerra que permitiese dejar intactas, en la medida de lo
posible, las riquezas del reino. Por todo ello, las capitulaciones trajeron
como consecuencia inmediata la convivencia de musulmanes y cristianos,
/ de nazaríes y castellanos, aunque nunca en un pie de igualdad. Éstos se
asentaron principalmente en los núcleos urbanos, mientras que aquéllos
permanecieron en los campos. Ahora bien, no es posible entender a unos
sin los otros; es decir, cualquier modificación en las relaciones traería como
consecuencia inmediata transformaciones en el conjunto de la estructura
de poblamiento. Los cambios que sufrieron las ciudades a raíz del asen-
tamiento de los castellanos se pueden detectar con cierta facilidad; por un
lado, en las propias viviendas, y por el otro, en los espacios públicos. Pero,
además, en todas las vías urbanas y en su proyección al exterior, como lo
muestran las exigencias fiscales y la privatización de edificios con funcio-
nes públicas. Es más, la relación con el mundo rural se vio afectada. La
ciudad dejó de mantener, por presiones fiscales en primer lugar, contactos
fluidos con el campo. Desde ella se va avanzando y ejerciendo un dominio
territorial creciente, hasta el extremo de que se forman dominios señoriales
de las principales figuras castellanas que progresivamente ganan el con-
trol de los espacios. Tales dominios están además incardinados a poderes
urbanos sobre los que ejercen control.

41 Correspondencia de Fernando de Zafra, Co. Do. In., XI, Madrid, 1, p. 355.

57
La penetración castellana se dejó sentir asimismo en el mundo cam-
pesino musulmán. Desde el primer momento se procedió a sustituir al
grupo más poderoso del reino y se les dio a sus integrantes las máximas
facilidades para salir, con cuantos bienes pudiesen y después de haber
vendido sus propiedades, especialmente al norte de África. Paralelamen-
te, ayudados por los mecanismos de poder castellano, se comenzó a
desestructurar la vida agraria. La generalización de los cultivos más
extensivos no se hizo, según numerosos indicios, a costa del regadío sino
de un secano, complementario hasta entonces, a medio camino entre lo
cultivado y el monte. Los espacios no dedicados a la agricultura y aun éstos
fueron adehesados para los ganados, en detrimento de los usos comuni-
tarios y de la comunidad de pastos, que fue abolida, tras una serie de
titubeos, con el objeto de favorecer a los grandes propietarios.
Una red comercial que favorecía a los campesinos que practicaban el
policultivo se vio claramente afectada por un control férreo, ejercido en
virtud de mecanismos fiscales y para una mayor seguridad pública.
En definitiva, se reestructuró todo el territorio. Los efectos más claros /
fueron el despoblamiento de numerosos núcleos rurales, que sólo se ha
medido en pocas zonas del reino. Así, por ejemplo, en la costa de
Granada,42 las alquerías que quedan sin población son más de 50% en
unas áreas y aun llegan casi a 100% en otras. La militarización de algunas
zonas es dada por la salida de la población morisca, convertida de manera
forzada al cristianismo, que huye hacia el norte de África. Desde allí se
produjeron incursiones a la costa del reino que sembraron la inseguridad
y reforzaron los mecánismos defensivos. .
El proceso culminó en el último cuarto del siglo xv cuando, luego de
una feroz guerra, los moriscos fueron expulsados del reino de Granada y
sustituidos por nuevos pobladores. Sin embargo, el lapso que va desde la
primera etapa de ocupación a la llegada definitiva de nuevos pobladores
a finales del siglo xv aún no se ha estudiado. Tampoco cabe esperar que,
por el momento, haya trabajos de corte arqueológíco o, al menos, en los
que la arqueología se integre.

42Antonio Malpica Cuello, "Estructura de poblamiento de la costa de Granada a fines de la Edad


Media", Studia Historica. Historia Medieval, VII, 1989, pp. 157-186.

58
Conquista y fundación: estudios
de territorio en arqueología
Ana María Crespo

Las sociedades se vinculan por medio de sus instituciones a un territorio,


lo construyen, lo delimitan y lo defienden, con el propósito de convalidar
su soberanía hacia el interior del mismo, así como ante pueblos ajenos.
Mediante las redes que constituyen la estructura de poder se procura el
entendimiento para que el grupo humano se reproduzca como sociedad;
en este sentido el territorio se concibe como el espacio en que cabe dicha
reproducción.
Los grupos humanos ejercen diversas formas de poder sobre el
territorio que habitan, lo cual se hace patente en sus modos de relación
con la tierra, ya sea que ésta sea considerada como apropiación o bien
como posesión. Las sociedades mesoamericanas iniciales fincaban sus
relaciones en la apropiación del trabajo de la comunidad por parte de una
élite, y era el soberano quien poseía la facultad de otorgar la tierra para
usufructo colectivo. Este esquema general de tenencia de la tierra en la
sociedad prehispánica ha ido modificándose con el estudio documental
/ acerca de los pueblos del altiplano durante el Posclásico (siglos x al
XVI d.C.); actualmente se proponen diversas formas de tenencia como
coexistentes en la sociedad mesoamericana y derivadas de las vicisitudes
de la historia política regional (Carrasco el al., 1976; Olivera, 1976; Martí-
nez, 1984; Reyes, 1988).
En el campo de la arqueología el estudio de este tema puede abordar-
se a través de diversos enfoques, uno de los cuales es el de la llamada
arqueología contextual, que propone el estudio integral de los vestigios
para llegar a una explicación histórica (Hodder, 1988). Este enfoque valora
lo social y pone énfasis en lo político; asimismo, trata de explicar las
contradicciones y el porqué de elementos que señalan una continuidad
mientras que otros indican una ruptura en el patrón arqueológico. Los
estudios de territorio desde este punto de vista consideran diversos
aspectos, como la estructura jerárquica del asentamiento (para diferenciar
la residencia del señor supremo y su corte), las casas señoriales, la
población sujeta y los comuneros, la composición étnica de la unidad
política y las relaciones entre actividades productivas y grupos sociales,
entre otros.

59
La etnohistoria por su parte discute y somete a prueba, con rigor
científico, los textos y las narraciones provenientes de las fuentes y la
memoria histórica de los pueblos (Monjarás-Ruiz y Sánchez, 1985). El
enfoque teórico del etnohistoriador es relevante en lo que respecta a una
explicación de las instituciones y formas de vida antiguas.
En este aspecto la arqueología y la etnohistoria proponen una expli-
cación común, apoyadas en teorías antropológicas o bien de carácter
histórico (Carmack, 1979; Trigger, 1982). Hay que considerar, sin embar-
go, que en ambas ciencias los parámetros, espacio y cultura tienen
dimensiones diferentes (Srambila, 1988). La etnohistoria proporciona co-
nocimientos sobre aspectos de instituciones sociales a los que la arqueo-
logía difícilmente accede, tales como formas de organización parental,
herencia, concepciones religiosas y políticas, ritos, sucesión de monarcas
y hazañas acerca de las cuales se pueden proporcionar datos precisos de
tiempo y lugar. La arqueología, a su vez, amplía la visión de conjunto y
abarca lo social, en donde es posible privilegiar aspectos relacionados con
tecnologías, costumbres y el ámbito doméstico. Asimismo, se aprecia una /
mayor precisión sobre el espacio, y la temporalidad se mide por lapsos
amplios.
Desde esta perspectiva queremos abordar algunos aspectos en torno
a la problemática sobre territorialidad que son tratados en las fuentes
históricas: las acciones de conquista y fundación de pueblos, y el deslinde
y la distribución territorial. Un conocimiento más preciso de tales aspectos,
de los cuales participan los pueblos del altiplano a principios del segundo
milenio, servirá de apoyo al planteamiento de una metodología en el
campo arqueológico. Dicho de otra forma, lo que nos interesa saber es:
¿cómo plantear metodológicamente en la arqueología el estudio de la
delimitación y conformación interna del territorio, tomando en cuenta a la
vez diversas etapas de ocupación?
Los parámetros que nos interesa estudiar son:

a) El deslinde del territorio, para considerar: grado de autonomía políti-


ca, posesión de la tierra, defensa, recursos y relaciones de vecindad.
Se trata de observar la extensión del territorio y el grado de nitidez
de las marcas.
b) La fundación de pueblos, como asiento del grupo gobernante y el
espacio asignado a la comunidad; identificar el centro o centros de
poder dentro de la circunscripción territorial así como la jerarquización
del asentamiento.
e) La distribución del asentamiento; intentar la identificación de grupos
sociales al interior del territorio y el grado de dependencia que
guardan entre sí; apreciar las relaciones entre la población y los
recursos, así como las actividades productivas y la diversidad étnica.

60
Estos temas de interés para la arqueología se pueden estudiar en
diversas fuentes históricas; para el desarrollo de este trabajo se consultó
la Historia tolteca-chichimeca, documento de la región Puebla-Tlaxcala;
los Anales de Cuauhtitlán (Códice Chimalpopoca) y el relato de Xólotl
consignado en la Monarquía indiana, ambos referentes a pueblos de la
cuenca de México.
La Historia tolteca-chichimeca (HTCH) es una narración preparada con
el fin de hacer valer los dere_chos sobre la tierra de los caciques de
Cuauhtinchan y basada en la transcripción escrita de documentos de fac-
tura indígena, la mayor parte de los cuales desaparecieron posteriormente.
La historia se remonta a los primeros siglos del segundo milenio, cuando
llegaron a la región poblana pueblos que se dispersaron tras la caída de
Tula, y narra las vicisitudes de éstos hasta entrado el siglo XVI, época en
que se inició el litigio ante la Corona española. Es un documento muy rico
en información sobre los temas de nuestro interés. (Se tomó como base
la última versión preparada por Kirchhoff, Odena y Reyes, 1988.)
De este documento se tomaron en cuenta los relatos del arribo de los
tolteca-chichimecas a Cholula, cuando ésta se encontraba bajo la hege-
monía olmeca y xicallanca, y el relato sobre los grupos chichimecas traí-
dos como auxiliares desde Colhuacatépec por los tolteca-chichimecas
para consolidar su dominio en la región y a los cuales éstos otorgan tierras
como recompensa (párrafos 1 a 327). El trabajo sobre Cuauhtinchan de
Luis Reyes (1988), basado en documentos y mapas de la región, es
fundamental para el conocimiento de la conformación de este territorio.
Los documentos integrados en esta historia fueron escritos por el grupo
/ nahua (ibid.: 4).
Los Anales de Cuauhtitlán (Ae), también conocidos como Códice
Chimalpopoca, un documento que al parecer fue elaborado por un infor-
mante de Sahagún y que transcribe lo que se consigna en antiguas
pictografías, por lo que en la composición de esta fuente se van alternando
relatos paralelos que corresponden a diversos pueblos. La versión con-
sultada fue la de Prirrlo Feliciano Velázquez, reeditada por Miguel León-
Portilla en 1975. Se tomó en cuenta sólo la primera parte de esta fuente
(párrafos 1 a 55), donde se relata el inicio del asentamiento en la región
de Cuauhtitlán por parte de los chichimecas cuauhtitlanenses y la entroni-
zación de los primeros soberanos de Tula, lo que parece suceder alrededor
del siglo X d.C. (Jiménez Moreno, 1941).
El relato de las conquistas de Xólotl tiene también como base docu-
mentos pictográficos: el Códice Xólotl y los Mapas Quinatzin y T/otzin.
Existen diversas versiones acerca de este caudillo, en especial la d.e Alva
Ixtlilxóchitl (1975); la que tomamos como base fue la Monarquía indiana
(MI) (Torquemada, 1986), con introducción de Miguel León-Portilla, por ser
un relato muy rico y bien estructurado del itinerario por el territorio conquis-

61
tado y delimitado por el caudillo Xólotl en las tierras de Anáhuac hacia fines
del siglo XIII. Se tomó en cuenta la parte comprendida entre los capítulos
XIV a XXI, donde se menciona primero la presencia de los toltecas en Tula
y posteriormente la llegada de Xólotl y su gente al valle de México y su
asentamiento en éste.
Las fuentes consultadas mencionan hechos referidos a grupos de
cultura mesoamericana de reciente arribo al centro de México, proceden-
tes del norte y occidente, y vinculados con el destino de Tula; en ellas se
relata la trayectoria e inserción de estos grupos en los nuevos territorios.
Estos movimientos de población tuvieron lugar entre los siglos X y XIII d.C.
Por lo que respecta al valor histórico de estas fuentes, se estima que
fueron escritas bajo la dominación española con -el fin de validar los
antiguos derechos de estos pueblos, y si bien tienen como base la lectura
de documentos pictográficos antiguos, son sucesos relatados por gentes
que vivieron a mediados y fines del siglo XVI.
La forma de ordenar los textos es de acuerdo con los temas propuestos:
deslinde del territorio, fundación de poblados y distribución de tierras. Cada /
tema se comentará en relación con lo que a la letra señalan estas fuentes,
para finalmente tratar de sistematizar esta información y proponer los ele-
mentos que se consideren fundamentales para la explicación arqueológica.

El deslinde del territorio

Integración al nuevo territorio por vía pacífica

a) Solicitud de asentamiento por parte de uno o varios grupos. En el caso


de la migración de pueblos para mejorar sus condiciones de vida, éstos
pueden pasar por una etapa de servidumbre o ser bien recibidos y
emparentar con los pueblos establecidos.

Estos tultecas dicen que vinieron de hacia la parte del poniente y que trajeron
siete señores o capitanes [...] Y trajeron consigo muchas gentes, así de
mujeres como de hombres y que fueron desterrados de su patria y nación
(MI, cap. XIV; 37).

La petición por parte de los tolteca-chichimecas de Tula a los tIa toque de


Cholula para instalarse en la región, es hecha por el caudillo Cuenan
cuando va a Cholula para hacer penitencia; al ver el lugar y a los ricos
habitantes, hace una invocación:

¡Oh Tlatoque! ¡Oh Nauque! Te ruego, ¿acaso aquí nos haces merced, nos
das tu agua, tu cerro? (HTCH, párr. 84; 143).

62
A su regreso a Tula, les comunica a los toltecas que, con apoyo de
Quetzalcóuatl, ellos pueden acceder a un señorío en tierras cholultecas,
para lo cual tienen que abandonar Tollan; ante esto los toltecas dicen:

idesobedeceremos su aliento, su palabra! iHemos de irnos, dejaremos


nuestra agua, nuestro cerro! iCumpliremos con nuestro deber, hare-
mos frente a la llanura, a la tierra divina! (HTCH, párr. 91; 144).

b) Solicitud de asentamiento por una élite. Después de establecido Xólotl


en Tenayuca, llegaron otros seis señores (vecinos pero de etnia
diferente), a solicitar su admisión en el territorio:

no dicen las historias de estos señores más de lo que lo eran y muy


principales y que vinieron con muy poca gente; pero ellos y los suyos fueron
poblando y tomando sitios donde Xolotlles señalaba [...] (MI, cap. XXI; 47).

c) Migración de grupos a petición de un pueblo solicitante. Cuando los


toltecas logran derrotar a los olmecas y xicallancas, sujetan también a
otros grupos, quienes se rebelan y les hacen la guerra; en esta
situación ruegan a sus dioses que los ayuden:

y luego les respondió, escucharon en lo alto el grito que dijo: iQué no estén
tristes, no lloren, ya yo lo sé! iLes ordeno a ti, Icxicouatl y a ti, Quetzalteuéyac,
vayan allá a Colhuacatepec! Allá están otros chichimecas grandes tiyacauh
(guerreros) varones conquistadores; ellos destruirán a sus enemigos los
xochimilca y ayapanca; ino lloren, vayan a traer a los chichimeca! ¡Ea!
Pongan atención, eso es todo lo que les ordeno (HTCH, párr. 164-165,
158, 159).

d) Migración de élite. Cuando los toltecas migran a Cholula lo hacen


conforme a su jerarquía social; se enlistan 25 jefes divididos en cinco
grupos de cinco al mando de Icxicóuatl y Quetzalteuéyac:

Ellos son los calmecactlaca, los conquistadores que llegaron a Tlachi-


ualtepec a Cholollan (HTCH, párr. 121, 147).

e) Migración de comuneros. También se consigna la llegada de grupos


de comuneros a Cholula en diversas etapas:

y he aquí a los calpolleque. los que se fueron constituyendo algunos al año,


algunos a los dos años, algunos varios años después en sus manos y sus
pies. He aquí los que llegaron más tarde: [...] ellos son los tolteca que vinieron
a sufrir bajo el poder de otros (HTCH, párr. 123; 148).

63
Integración al nuevo territorio por vía de conquista

a) Conquistas de territorio durante la migración:

Luego ya vienen a establecerse en Nopallocan. Allí los tolteca-chichimeca


hicieron guerra. Icxicouatl y Quetzalteueyac destruyeron a los habitantes que
allí estaban; a los que eran tlatoque allí los sacrificaron por flechamiento
(HTHC, párr. 110; 145).

b) Conquista para fincar nuevo señorío. El motivo por el cual Xólotlllega


a la cuenca de México, según Torquemada, fue para vengar los
agravios recibidos por los grupos del centro (los gigantes) y a la vez
hacerse de nuevos territorios; a los capitanes que convoca para
emprender la lejana conquista les dice:

y os prometo que ganándoles la tierra y provincias que poseen, de haceros


grandes mercedes y de daros señoríos, muy más aventajados y mayores de
los que poseeis [...] (MI, cap. XVI; 40, 41).

c) Por revuelta de grupos sojuzgados. Cuando los tolteca-chichimecas,


sujetos en Cholula, se quisieron rebelar, su dios Tezcatlipoca les habla
para animarlos a la conquista del lugar:

Escuchen, aquí será nuestro hogar, los haremos cambiar de lugar,


desplazaremos a los habitantes, que se convertirán en nuestros enemigos.
No desesperen, que ya estamos en nuestro pueblo. Destruiremos a los
olmecas, a los xicallanca [...] (HTCH, párr. 131; 152).

d) Por acciones de guerra como forma de tributo. Los grupos chichime-


cas, al aliarse en forma subordinada a los tolteca-chichimecas, hacen
la guerra a diversos grupos regionales:

y cuando los tepilhuan chichimeca conquistaron la tierra, destruyeron al


enemigo del Chololtecatl: He aquí como lo que los saludaron [oo.] y
obsequiaron a los chichimecas [oo.] (HTCH, párr. 302; 197).

La obtención del territorio

a) Colonización en tierras devastadas. Puede tratarse de una coloniza-


ción en regiones recientemente devastadas por la guerra y que por lo
tanto presentan un vacío de poder:

permitió la Divina Majestad de Dios, que estas naciones y gentes [los


toltecas] se acabasen y llegasen a tener fin y se introdujesen otras, que les

64
siguiesen, y poblasen las provincias, desamparadas y asoladas del tiempo,
que todo lo consume (MI, cap. XIV; 37).

b) Revueltas internas. Los tolteca-chichimecas, sujetos a los olmecas y


xicallancas, se preparan para la rebelión armada en contra de éstos.
Les habla el tlamacazqui Cuenan:

Escuchen [oo.) el llanto y las lágrimas de ustedes fuimos a ponerlos en


presencia y junto a los habitantes, a los residentes, los dueños del pueblo,
los tlatoque de los xicallanca, de los olmeca. El Tizacozque y el Amapane
aceptan la propuesta de ustedes (HTCH, párr. 140; 154). Ustedes celebrarán
de ahora en cuatro dias la fiesta de su pueblo, a ustedes les dan el cargo de
todo [...) iNO vaya a desfallecer su mano y su pie! ¡Esfuércense! ¿Acaso los
hemos llevado a cometer algo indebido? (ibid. párr. 142; 154).

El deslinde del territorio como acto ritual

a) La invocación hacia los cuatro puntos cardinales. -La demarcación de


los linderos se observa como una práctica de gran carga ritual y como
acto previo a la asignación del territorio. Se trata de definir un espacio
en relación y en oposición al de sus vecinos:

Un águila amarilla, un tigre amarillo, una culebra amarilla, un conejo amarillo


y un venado amarillo. Tirad con el arco [oo.) y cuando hayáis vuelto de tirar
con el arco, poned los en manos de Xiuhtecutli, Huehueteotl, a quien
guardarán los tres, Mixcoatl, Tozpan e Ihuitl. (AC, párr. 1; 3).

b) El paisaje como elemento simbólico:

En el año 8 acatl merecieron su pueblo los chichimeca [oo.) es el pueblo


conquistado de los tepilhuan chichimeca; tlatluhqui tepexioztoc es el lugar
de su honra, de su conocimiento, frente a su agua, frente a su cerro. Aquí
se señala el pueblo que merecieron (HTCH, párr. 296; 193).

Las marcas en los linderos

a) Recorrido para asentar linderos:

Aquí terminan los linderos, los linderos de los tepihuan chichimeca, allí se
juntan en Tepoxochco. Luego ya entra el camino por el cual anduvieron los
chichimeca como si fuera su patio; caminaron como si fuera ya dentro de su
casa; es la señal de que ya merecen su pueblo, que entran ya a lo que será
el interior de su pueblo, Quauhtinchan (HTCH, párr. 299; 193).

65
1 Tecpatl [oo.] En este año Xiuheulltzin amojonó sus lindes y a la postre
despidió a los chichimecas, que fueron de pueblo en pueblo; él los fue a dejar
y les repartió sus arreos que eran su hacienda (AC, párr. 19; 5).

Al llegar a la cuenca de México, Xólotl envía a su hijo Nopaltzin a explorar


primero el territorio; en su recorrido, al ver todas aquellas tierras que una
vez fueron cultivadas:

desde una serresuela que cae junto a la ciudad de Tetzcuco desde donde
descubrió la Laguna de México [...] bajose con más seguridad al llano, por
mejor satisfacerse de la bondad de la tierra y fue demarcando, todas aquellas
laderas de las sierras, que corresponden a la ciudad, por la parte del oriente;
en las cuales descubrió muchas cuevas y cavernas [moradas ordinarias de
los chichimecas] y pasó al de el lugar donde ahora es el de Huexotla, y llegó
al de Cohuatlychan, que esta una legua de Tezcuco, al mediodia; y habiendo
demarcado y corrido la tierra hasta la sierra llamada Volcán, que son
distancia de seis o siete leguas, viendo y catando los lugares y cuevas e
aquellas montañas, se subió a un cerro de donde mejor pudo ver las llanadas
que ahora son la ciudad de México [...] (MI, cap. XVIII; 43) Otros capitanes /
hicieron lo mismo hacia el occidente. La tierra delimitada por Xolotl se llamó
Chichimecatlali, la heredad de los chichimecas, o porción, parte y fuerte de
chichimecas (ibid., cap. XIX; 45).

b) Indicación de linderos:

He aquí el comienzo de los linderos que merecieron y los pueblos que


conquistaron los chichimecas. Aquí se pintan (HTCH, párr. 297; 193).

C) La integración del territorio:

y luego además les señalan sus linderos, luego les señalan con el dedo la
llanura, la tierra divina, el zacatal, el bosque, lo que era su recompensa (ibid.,
párr. 304; 199).

Fundación de poblados

Señalamiento del lugar de fundación

a) Como acto ritual. En los relatos de fundación se señala un lugar


geográfico específico y algunas veces se mencionan los signos sagra-
dos indicados por las deidades para la elección del sitio. Este lugar es
a la vez asiento del grupo y sus gobernantes y en donde se establece
la morada destinada a sus dioses. Los toltecas:

anduvieron vagueando por diversas partes [...] hasta llegar a Tulantzinco,


donde contaron una edad, que contaría de tiempo desde que salieron de su

66
tierra y patria; y la primera ciudad que fundaron fue Tulla, al poniente (MI,
cap. XIV; 37).

b) Lugar de consagración del poder. En los Anales de Cuauhtitlán no se


ofrece una explicación de los motivos por los cuales el grupo migrante
reconoció su lugar de destino:

En el año 5 acatl llegaron a la tierra los chichimecas cuauhtitlaneses por


Macuexhuacan y Huehuetocan, pues se ha dicho que salieron de
Chicomoztoc [...] Muchos trabajos padecieron [...] hasta que llegaron al
pueblo de Cuauhtitlan, en el que comenzó el señorío de los chichimecas
cuauhtitlaneses (AG, párr. 7; 4).

Tampoco hay explicación para el asentamiento de los toltecas en Tula:

En 1 tochtli tuvieron principio los toltecas; allí empezó la cuenta de sus años
(ibid., párr. 11; 4). I tecpatl. En este año alzaron rey los toltecas: alzaron a
Mixcoamatcatzin, que inauguró el señorío tolteca (ibid., párr. 19, 5).

La fundación del centro de población

El concepto de altépetl (cerro-agua) es una constante en las fuentes, y se


refiere al lugar donde se realiza la consagración del poder:

a) En un nuevo asentamiento:

Luego vienen a [lista de pueblos] [...] Allí les agradó a los chichimecas en
Quauhtli ocellotl ychan, Tlatlauhqui tepexioztoc, en el lugar de su honra,
en el lugar de su señal; vinieron a darles el gobierno frente a su agua, frente
a su cerro (HTGH, párr. 299).

b) Sobre un poblado anterior:

Los tultecas [según historias antiguas] fueron segundos pobladores de estas


tierras, después de los gigantes [...] Estos Tultecas ocupaban estas provin-
cias como señores propietarios de ellas (MI, cap. XIV; 36).
En el año 8 acatl merecieron su pueblo los chichimecas [...] es el pueblo
conquistado de los tepilhuan chichimeca: Tlatlohqui tepexioztoc es el lugar
de su honra, de su conocimiento, frente a su agua, frente a su cerro. Aquí
se señala el pueblo que merecieron (HTGH, párr. 296; 193).

67
Relación entre centro de población y centro de poder

a) Cambio de sede del centro de poder. En el caso de Xólotl, la designa-


ción del lugar, relata Torquemada, se realizó tomando en cuenta las
condiciones del paisaje:

mandó que el príncipe su hijo y los otros, que habían salido por estotra parte,
consultasen entre sí y deliverasen el estalage más a cuento les estuviese
para su vivienda. Y habiendo dicho unos y otros las condiciones de los sitios
y tierras que habían andado y visto, quedó entre todos decretado que la de
Tenayucan era por entonces mejor y más acomodada y siguiendo esta
determinación movieron las familias de aquel lugar llamado Xoloc y a pocos
días llegaron a este dicho de Tenayucan [...] (MI, cap. XVIII; 43).

y el cambio de sede del gobierno de Xólotl de Tenayuca a Texcoco:

se pasó de aquel lugar [Tenayucan] al otro, que su hijo Nopaltzin había


demarcado, de la otra parte de la Laguna [que ahora tiene por nombre /
Tetzcuco, que es la cabeza y ciudad principal, que tuvo aquel reino [...] su
mudanza debió de ser averse multiplicado su gente, o ser corta por allí la
tierra, para el modo y manera de sustentarse y parecerle más acomodado
el sitio de Tetzcuco para este intento, por tener en su contorno monte y
sierras de muy estendidas y grandes arboledas, donde había mucna
abundancia de caza de que se mantenían [...] (MI, cap. XX; 46).

d) Rotación de la sede del centro de poder. El altépetl puede estar


localizado en los diferentes puntos del territorio donde se iban coro-
nando a sus reyes, según los Anales de Cuauhtitlán:

En ese año [1 técpat~ se dieron rey los chichimecas cuautitlanteses con lo


que empezó nuevamente el señorío de los chichimecas en Cuauhtitlán.
Tomaron por señor a Huactli en el lugar Nequameyocan, por orden de
Izpapalotl (AG, párr. 21; 6) [...] 11 tochtli. En este año se entronizó la señora
Xiuhtlacuilolxochitzin. Estaba su casa pajiza en la orilla de la plaza, que está
hoy en la orilla del peñasco. Y la causa por que a esta señora le traspasó Huactli
el pueblo, se dice que es porque fue su mujer y que invocaba al "diablo"
Itzpapalotl (ibid., párr. 31; 7) [...] 8 tecpatl. En este año se entronizó
Ayauhcoyotzin, rey de Cuauhtitlán, en el lugar nombrado Tecpanquauhtla
(ibid., párr. 34; 8) [...] 11 acatl. En este año se entronizó Nequamexochitzin,
rey de Cuauhtitlán. Estaba su casa real en Micacalco (ibid. párr. 54; 12) [...]
13 tochtli. En este año se entronizó Mecellotzin rey de Cuauhtitlán. Fué
hecha su casa real en el lugar nombrado Tianguizcolco de Cuauhtlapan
(ibid., párr. 55; 12).

68
Distribución del territorio

Bases de la división territorial

a) Sistema numérico. La división interna del territorio se realiza de acuer-


do con el sistema vigesimal y con base en el orden numérico ritual:

Aquí están los pueblos que eran complemento del tolteca. La gran Tallan se
formaba de estos veinte pueblos, que constituían sus manos y sus pies [oo.]
Allí se desbandaron en la gran Tallan, por lo que cada uno fue a merecer su
pueblo [oo.] (HTCH, párr. 12; 1, 31-132).

b) Significado ritual. La referencia a los cuatro puntos cardinales es una


constante en las fuentes; la división del territorio en otras tantas
porciones es factible dentro de este concepto cuatripartita del mundo.

He aquí los linderos y las cuatro partes en las que hicieron penitencia los
tolteca Icxicouatl y Quetzalteueyac. Hacia el oriente: está flechado el pochote
donde se llama Tequacuilco. Hacia el norte: está flechado el mezquite
quetzal. Hacia el oeste: está flechado el izote quetzal. Hacia el sur [Couixco]:
está flechado el maguey irisado (HTCH, párr. 158; 157).

C) Número de grupos participantes. Otra forma de división del territorio


es por el número de grupos participantes, como son los grupos
chichimecas que llegan de Chicomóztoc:

He aquí el relato de los chichimeca: los quauhtinchantlaca, los moquiuixca,


los totomihuaque, los acolchichimeca, los tzauhcteca, los zacateca, los
malpantlaca y los texcalteca, los siete pueblos (HTCH, párr. 159; 157).

El poder del señor supremo como otorgante

a) En la situación de conquista directa:

A Xolotl ['00] se le podía llamar Bienaventurado: pues a tan poca costa era
Señor y gozaba de tierras, las mejores del mundo y que sólo restaba
poblarlas; porque sin contradicción del cielo ni de la tierra podía nombrarse
Señor de todas ellas (MI, cap. XIX; 45).

69
Según las características de los grupos participantes

a) Gentes del propio grupo:

llegaron a este [lugar] dicho de Tenayucan, donde el gran chichimeca Xolotl,


escogiendo morada para sí, en lo cavernoso del lugar, fue repartiendo los
demás sitios a todos los de sus familias (MI, cap. XVIII; 44).

b) Grupos de diversa jerarquía. La asignación de terrenos a cada uno de


los diferentes grupos que conforman el señorío de Cuauhtinchan se
hizo de la siguiente manera:

Cuando conversaron luego ya vienen los chichimeca a Tayaualolco, a


Xalticpac, los traen Icxcouatl y Ouetzalteueyac. Los chichimeca quedaron
ahí en Xalticpac, en Teuhczacatzontetl. Luego ya los totomiuaque bajan a
Chiquiuhtepec y Chiauhtla, Icxcouatl los fue a dejar. Los quauhtinchatlaca
ya vienen a Tepoxochocan, vinieron a establecerse en la cueva, allí los vino
a dejar Ouetzalteueyac (HTCH, párr. 309; 199).

El número de jefes principales, bajo las órdenes de Xólotl, era de seis,


cada uno de los cuales tenía mando sobre numerosa gente:

Dicen que fue esta poblazón por aquellas cuevas y lugares de más de un
millón de gentes; porque demás de seis reyes y señores que venían con
Xolotl, eran los otros menos principales y capitanes más de veinte mil; los
cuales traían a su cargo cada uno, más de mil personas a quienes mandaban
Xolotl y los otros seis señores, que con él habían salido de sus reinos y
provincias (MI, cap. XVIII; 44).

C) Grupos de diverso origen étnico. Uémac, por obra de Tezcatlipoca


ayudó:

para que se alternaran los tolteca chichimeca con los nonoualca chichimeca;
para que se enfrentaran los tolteca con su complemento los nonoualca
(HTCH, párr. 16; 133).
[...]vinieron otros seis señores, aunque no todos juntos, sino siguiéndose
unos a otros, llevándose los unos a los otros algún tiempo de intervalo y
acabaron de llegar a la presencia de Xolotl ocho años, después de su llegada
a Tenayuca. Eran estos seis señores de provincias comarcanas a la de Xolotl
y aunque convecinos no de su lengua; no dicen las historias de estos señores
más de lo que lo eran y muy principales y que vinieron con muy poca gente;
pero ellos y 1Ós suyos fueron poblando y tomando sitios donde Xolotl les
señalaba, porque como Señor primero de la Tierra ya era conocido y obe-
decido [...] estos fueron tributarios a Xolotl, reconociéndole por cabeza y
Señor ... (MI, cap. XXXI; 47).

70
En el caso de poseer la tierra por conquista

a) Reacomodo de los antiguos y los nuevos pobladores:

y en ese año [3 ácat~ es cuando llegaron los mixtecas popolloca:


Matlactliome y Ouiyauitl y Pecpatzin, que partieron de Couayxtlauacan,
Tlacpacalco, Aztacalco; el colomochcatl los fue a poner en movimiento
cuando allá había ido (HTCH, párr. 32; 205) [...]Y cuando llegaron luego, los
chichimeca, los tomaron como yernos. Luego los fueron a recibir allá en
Zacauilotlan los quauhtinchantlaca [...] (ibid., párr. 323; 205).

b) Integración del pueblo conquistado. En relación con Tula sólo en forma


indirecta se aprecia que ahí estaban establecidos diferentes grupos:

Luego se refiere como se fue Ouetzalcoatl. Cuando no los obedeció en


cuanto a hacer sacrificios humanos, se concertaron los demonios. Los que
se nombraban Tezcatlipoca, Ihuimecatl y Toltecatl dijeron: Es preciso
que deje su pueblo, donde nosotros hemos de vivir (AC, párr. 39; 9).
Aquí en Tollan ocurre que es mucho nuestro desosiego y nuestro miedo.
Vámonos, abandonemos la tierra, pues ya nos abandonaron los nanoualca
(HTCH, párr. 92; 144).

Distribución del territorio en relación con los recursos

a) Por especialidad en la actividad productiva. La asignación de tierras


puede obedecer a las características del terreno y a la especialidad del
grupo.

Luego ya se asienta Teuhtlecozauhqui en Tepeticpac [en la cima de la mon-


taña]. Luego ya se asienta Moquiuix en Tepetitlan [al pie de la montaña]. Lue-
go ya se asienta Xicalan en Xonacatepec; Chimalpain (HTCH, párr. 301; 197).

La cuestión del territorio en las fuentes y su fundamentación


en arqueología

Las aportaciones de la etnohistoria al tema del territorio son fundamentales


para la comprensión de historias regionales, en especial aquellas que
cuentan con documentos y fuentes escritas. La arqueología a su vez
propone estudios para etapas tempranas no documentadas y para regio-
nes que no cuentan con la suficiente información escrita. Asimismo, la
arqueología cubre temas que son poco tratados en las fuentes, como
aspectos demográficos, de cultura material y tecnología.

71
Por lo que respecta al deslinde del territorio, éste se presenta en las fuentes
como una acción integrada a los actos de poder de los pueblos de la etapa
tardía; estos ejemplos corresponden a sociedades que cuentan con una
larga trayectoria histórica, por lo cual podemos considerar los casos de
ocupación y deslinde de una región no como una situación original, sino
como actos de conquista sobre tierras previamente ocupadas.

1) Los elementos que pueden ser observados, desde el punto de vista


arqueológico, en relación con el arribo de nuevos grupos a una región
y con la práctica del deslinde como indicador de posesión territorial,
son:

• Presencia de nueva gente, como colonizadores.


• Presencia de nueva gente, como conquistadores.

En ambos casos el bagaje cultural tiene que estar diferenciado del propio
de la población original. Si se trata de una colonización, se conservará
gran parte de la tradición del grupo migrante; en cambio, si se trata de una
conquista se notarán cambios, entre los que se apreciarán nuevos ele-
mentos al lado de otros de origen local.

2) El criterio para apreciar un deslinde de territorio en el caso de una


colonización o conquista: .

• En una región devastada.


• En una región poblada.

En el primer caso, el complejo cultural será homogéneo y corresponderá


al pueblo que hace un nuevo ordenamiento del territorio; si se trata de una
región habitada tendrá que observarse la imposición del pueblo conquis-
tador sobre las formas de vida de la población local.

3) El acceso a un nuevo territorio, si se considera la vía pacífica, puede


tener un carácter diverso:

• Asiento del grupo completo, como en el caso de los calpullis o de


los jefes de un grupo social migrante.
• Presencia selectiva, integrada solamente por personas del estra-
to superior.

72
En el caso de una migración del grupo completo, el bagaje doméstico
corresponderá al de su tradición de origen; en el caso de una migración
selectiva, los objetos y prácticas observadas por la arqueología (el ritual
funerario por ejemplo) corresponderán a la capa social del migrante.

4) El deslinde del territorio se aprecia como un acto ritual: se señalan


los cuatro puntos cardinales y se les da un valor simbólico. La
distinción en arqueología de estos símbolos es una tarea difícil; una
vía de investigación es tomar en cuenta el carácter sagrado que se
atribuía a elementos del paisaje como cerros, ríos, manantiales y
cuevas.
5) El deslinde y la toma de posesión de un territorio se aprecian también
como una acción ritual por parte del grupo; tal es el caso del recorrido
para marcar los linderos que circundan el espacio adjudicado. En este
sentido es posible la identificación de puntos geográficos o de mojo-
neras (marcas de inscripciones o pinturas rupestres), o bien de
monumentos esculpidos, altares o edificios. En arqueología también
se puede llegar a proponer una demarcación territorial con base en
la ausencia de material cultural en una franja del territorio, lo que
puede indicar una zona de deslinde entre dos pueblos.

11

La fundación de un poblado se aprecia también como un acto esencial


/ para el establecimiento del poder sobre un territorio. Es considerado el
lugar señalado por las deidades protectoras del grupo y es asimismo
el símbolo visible del asiento del poder. La identificación del poblado no
es sencilla, ya que las fuentes señalan la posibilidad de variantes en la
sede del poder central.

1) El lugar de fundación del centro rector es señalado como un acto


ritual; los símbolos son cerro yagua: altépetl, palabra de origen nahua
que tiene sus equivalentes en otras lenguas del altiplano; esto se
representa generalmente con un glifo en forma de cerro del que mana
agua. El indicador geográfico por excelencia sería entonces un cerro
con un manantial; también lo puede ser un cerro artificial, un basa-
mento, construido sobre el emplazamiento de una cueva o un ma-
nantial.

El altépetl puede ser apreciado en arqueología por la vía de la repre-


sentación arquitectónica; en el área ceremonial de los pueblos mesoame-
ricanos generalmente se cuenta con uno o varios basamentos piramidales.

73
Estos basamentos pueden ser indicadores del emplazamiento de un
a Itépe tI.

2) La fundación del centro de población puede localizarse:

• En un nuevo asentamiento.
• Sobre el emplazamiento de un poblado anterior.

En el caso de un nuevo asentamiento, la disposición de los edificios de la


zona ceremonial corresponderá a las concepciones simbólicas de los
nuevos pobladores; en cambio, la consagración de un centro regional
sobre los vestigios de uno anterior traerá modificaciones en el espacio
construido.

3) La sede de los poderes no siempre se localizaba en un lugar pues


éste podía cambiar de un centro a otro, lo que se traduciría en la
coexistencia dentro de un mismo territorio de dos o más centros de
categoría similar. También pudo haberse tratado de una situación
itinerante, en cuyo caso sería más difícil su percepción por parte de
la arqueología, ya que se trataría de poblados de rango similar.

111

El estudio de la distribución del asentamiento dentro de una unidad


político-territorial es el que presenta más complejidad. Señala, entre otras,
las relaciones en el interior del grupo, la jerarquía interna, las diferencias
étnicas, la especialidad en la actividad productiva y la superposición de
grupos por efecto de cambios en las relaciones de dominio.

1) Las bases de la división territorial pueden ser variadas:

• Sobre sistema vigesimal.


• En relación con un significado ritual.
• En relación con el número de grupos participantes.

la regularidad con que se observen las marcas sobre un territorio dado


corresponderá a una o varias formas de división dentro del mismo.

2) La facultad del señor supremo como otorgante de'tierras:

• En situación de conquista directa.


• Cuando un grupo sujeto realiza conquistas en su nombre.

74
Es difícil en arqueología determinar la forma en que se realizó la distribu-
ción del espacio; sin embargo, es posible observar esta situación con base
en marcas regulares en el territorio, ya sean éstas medidas agrológicas o
bien marcas que siguen un mismo trazo.

3) La distribución del territorio según la calidad de los grupos participan-


tes corresponderá:

• A grupos de diversa jerarquía.


• A grupos de diferente origen étnico.

Los materiales correspondientes a los asentamientos que conforman un


territorio delimitado pueden ofrecer información al respecto. Los grupos de
alta jerarquía conservan y usan objetos que los distinguen; así también, si
se trata de grupos étnicos, suelen conservarse elementos propios de su
tradición, aun cuando se encuentren integrados a un nuevo espacio.

4) En el caso de poseer las tierras por conquista:

• Se observará un reacomodo, en que intervienen los antiguos y


los nuevos pobladores.
• Se integrará el pueblo conquistado a las pautas del vencedor.

En este caso las diferencias se establecerán en relación con la presen-


cia-ausencia de materiales locales vinculados con los nuevos pobla-
/ dores.

5) Distribución del territorio conforme a los recursos. Esta distribución


se lleva a cabo de acuerdo con la especialidad productiva del grupo
social que ocupa un área determinada; este aspecto se observa en
arqueología al relacionar herramientas y vestigios de obras agrícolas,
mineras o de otra especialidad de trabajo, con los recursos del
territorio.

Con esta clasificación a continuación se analizará un caso concreto.

El asentamiento en la región de Tula en las etapas


teotihuacana (200-650 d.C.) y Coyotlatelco (700-850 d.C.)

Los parámetros anteriores se aplican a trabajos de arqueología que


cuentan con información básica acerca de la distribución del asentamiento
en un área y etapa definidas. Los trabajos de prospección de superficie,

75
especialmente los que integran un registro completo, son el material ideal
para aplicar en forma sistemática los puntos que hemos observado.
Lo anterior se observa en el estudio de superficie realizado en la región
de Tula entre 1973 y 1974 (Mastache y Crespo, 1974): considerando a
Tula como centro, abarcó un área que cubrió un radio de 17 kilómetros.
Para este trabajo de prospección se siguió un criterio similar al empleado
en la cuenca de México durante esa misma década (Sanders et al., 1984).
Es de interés observar las alternativas que el enfoque apoyado por material
etnohistórico ofrece para la explicación de los patrones de asentamiento
en dos etapas de ocupación con diferencias notables entre sí.
Esta zona de recorrido incluye el valle de Tula, delimitado por los ríos
Salado, al oriente, y Tepeji y Tula, al poniente y al norte, donde se localizan
dos de las más importantes presas del sistema hidráulico del oriente de
Hidalgo. El valle tiene como centro el cerro del Xicuco, importante elevación
mencionada en las fuentes como el lugar reconocido por los toltecas para
fundar su altépetl. El valle está rodeado por serranías, entre las que destacan
las elevaciones de Macúa, al noroeste, y Cerro Grande, al suroeste, con /
vegetación de arbustos espinosos y cactáceas sobre las laderas, así como
encinares y pinares en las alturas, que corresponde al clima semidesértico
de esta región. Al sur del valle se encuentra una zona formada por cerros y
lome ríos de calizas, actualmente bajo intensa explotación industrial.
Con el fin de ser comentadas según los parámetros anteriores se
seleccionaron dos etapas de asentamiento. La primera, fechada entre 200
y 650 d.C., tiene como centro a Chingú; la segunda tiene lugar aproxima-
damente entre 700 y 850 d.C., cuando Tula se integra como capital
regional (Cobean et al., 1981, cuadro 1).
La población en el área de Tula entre 200 y 650 d.C. estaba integrada
al Estado teotihuacano; la capital regional, Chingú, se ubicó en la zona
que deslinda el valle aluvial del lomerío de calizas, con el fin de lograr el
control de las actividades productivas en estos dos ámbitos (Díaz, 1980).
Según los estudios sobre el riego del valle por medio de tecnología
tradicional, parece factible suponer que hubo sistemas similares bajo el
dominio de ese antiguo Estado (Mastache, 1976). Asimismo, la cerámica
procedente de El Tesoro y de un barrio de Chingú, similar a la del barrio
oaxaqueño de Teotihuacan, supone la participación de gentes vinculadas
a la metrópoli que realizaban actividades especializadas, como la extrac-
ción de la cal (Crespo y Mastache, 1981). La mayor expansión de estos
asentamientos tuvo lugar entre 200 y 400 d.C., durante la fase Tlamimilol-
pa, y disminuyó durante las fases Xolalpan y Metepec, de 400 a 650 d.C.
(Díaz, 1980; 59, 62); el colapso de esta zona alrededor del siglo VII estuvo
vinculado a la crisis de la metrópoli.
En la segunda etapa que vamos a considerar, fechada entre 700 y
850 d.C., emerge un nuevo conjunto de asentamientos en la región; estos

76
poblados se localizaban en las mesas y laderas altas que rodean el valle
y dejaban libre la planicie antes habitada. Los arqueólogos identifican esta
etapa como Coyotlatelco, por el nombre del grupo cerámico asociado. Con
base en su bagaje cultural se presume que son migrantes del Bajío y
occidente de México (Mastache y Cobean, 1981; 64), quienes se asientan
en esta zona a la caída de Teotihuacan. O bien son parte de la antigua
población que, compartiendo un antecedente común con el Estado teoti-
huacano, se integra alrededor de nuevas formas de poblamiento.
Se proponen dos etapas de asentamiento coyotlatelco en la región de
Tula. La primera cuando los poblados estaban localizados sólo en los
cerros y por tanto gozaban de una condición autónoma en lo económico
y en lo político (ibid., 1985; 277). En la segunda etapa, el poder se
concentra en Tula Chico, lugar ubicado en el valle junto al río Tula; aquí
una élite concentró el poder y vinculó a los poblados de los cerros. Este
asentamiento da lugar al desarrollo posterior de Tula como cabeza política
del Estado tolteca (ibid., 1989; 65).
Los parámetros que hemos venido discutiendo se analizarán con base
en los mapas de distribución de los asentamientos para ambas etapas.
Los mapas que corresponden al Formativo y la etapa teotihuacana, ya
publicados (Mastache y Crespo, 1974; figs. 3 y 6), se complementan con
datos de estudios realizados posteriormente. Para la etapa Coyotlatelco
se cuenta con un mapa publicado por Mastache y Cobean (1981; fig. 1),
el cual también fue modificado con material de investigación propio.
El material cerámico es considerado el indicador principal para marcar
la extensión de los vestigios y para fechamiento indirecto. La arquitectura
/ y la disposición del espacio ceremonial son también elementos relevantes
que distinguen a los pueblos que habitaron esta zona.

Asentamientos entre los siglos 111 y VII d.C. Etapa teotihuacana

Integración y delimitación del territorio

Antes de la etapa teotihuacana, la región cuenta con manifestaciones de


unidades político-territoriales desde aproximadamente 300 a.C.; los vesti-
gios de la etapa inicial se localizan sobre terrazas fluviales y en ladera baja
cerca de las cañadas. Una de estas unidades tenía como cabecera La
Loma, al oriente de Tepeji del Río (Mastache y Crespo, 1974; 73), con un
radio de influencia de poco más de 7 kilómetros (figura 1).
A inicios del primer milenio el poblamiento se extendió por el valle
aluvial y los lome ríos de la zona caliza, a diferencia del asentamiento que
hubo durante el Formativo (figura 2). Se trataría de una nueva configura-
ción del espacio.

77
012345
Ese.!2Síi= $ííííiííiíCS
km

Figura 1. Valle de Tula. Formativo (350-0 a.C.).

78
012345
ESO. l
km

Figura 2. Valle de TuJa. Etapa teotihuacana (200-650 d.C. ), deslinde del territorio.

79
El asentamiento en el valle presenta varios centros con arquitectura
monumental rodeados por una zona amplia en donde se localiza material
disperso. Los límites entre uno y otro asentamiento no se han establecido
claramente; como tales actúan las franjas carentes de material cultural.
En la margen oriental del río Tula, entre este lugar y Tepeji del Río, los
asentamientos forman una cadena que corre paralela al curso de los ríos
Tepeji y Tula.
La transición entre el asentamiento del Formativo y el contemporáneo
de Teotihuacan presenta rupturas. Lo mismo se observa en La Loma,
cabecera de la antigua unidad territorial y el nuevo centro de El Tesoro,
localizado en la mesa contigua (Mastache y Crespo, 1974). En el caso de
Chingú se observa una continuidad sin ruptura entre las dos etapas
(Díaz, 1981). En la cerámica se cuenta con material local, principalmente
de tipo doméstico, y el proveniente de las redes de distribución teotihua-
canas (Cobean et al., 1981; 189).
El territorio que circunscribe la zona en la cual aparece Chingú como
centro principal tendría un radio de aproximadamente 20 a 25 kilómetros,
cuadrados, si se consideran como referencia para la delimitación los
puntos más altos de las elevaciones que rodean el valle de Tula. Queda
por observar el deslinde sobre las vías naturales que comunican el valle
con zonas vecinas.

Fundación de poblados, jerarquización de los asentamientos

La mayor parte de los poblados de la etapa teotihuacana en la región de


Tula fueron construidos en forma independiente a los del Formativo. El
plan arquitectónico y la monumentalidad de las construcciones en los
diversos centros de población difieren entre sí (Mastache y Crespo, 1974;
figs. 8, 10 Y 14; Díaz, 1980; figs. 7 a 9). Chingú es el centro que cuenta
con edificios de mayor complejidad arquitectónica; le siguen Vito, en la
margen derecha del río Salado y El Tesoro, en una loma que domina el
río Tepeji, yen tercer lugar se encuentran San Agustín (ya desaparecido)
y Villagrán, al noroeste, los cuales cuentan con edificios de rango menor,
aun cuando el área de dispersión del material es mayor que la de los
centros de la.zona de calizas. Una cuarta posición la ocupan poblados de
menores dimensiones, como los que se encuentran en la región sur.
Los basamentos piramidales que se observan en estos sitios pueden
ser interpretados, desde el punto de vista arquitectónico, como símbolo
del a Itépe tI. También es posible suponer, con base en esta premisa, que
en dicha zona se asentaban cinco cabeceras con un territorio propio,
siendo Chingú la principal.

80
Distribución del asentamiento

La población originaria estaba vinculada a las riberas de los ríos, zonas


en las que se puede practicar la agricultura de humedad, y también a las
laderas suaves, apropiadas para el cultivo de temporal. Las márgenes de
los ríos siguieron siendo lugares habitados durante la hegemonía teotihua-
cana y no se aprecia una ruptura drástica entre las dos etapas de
poblamiento.
La distribución del asentamiento sugiere distintas relaciones con los
recursos del territorio: las zonas al norte del valle son de tipo agrícola y en
las del sur se cuenta con franjas para el cultivo de humedad y riego, y una
zona de explotación de calizas. La explotación intensiva de los recursos,
en este caso agrícolas y de producción de calizas, requiere de mecanis-
mos de intercambio en gran escala que destine estos productos fuera del
ámbito regional.
Si se considera la organización del espacio en relación con los cuatro
puntos cardinales y el lugar central, desde el asentamiento principal se
pueden trazar visuales dirigidas a los cerros que se distinguen en la región,
como puntos de referencia con valor simbólico (figura 3). Si se toma el
monumento de mayor rango de Chingú y se traza un eje con el punto más
relevante del Xicuco, situado al norte, nos encontramos que este primer
trazo une en forma equidistante (alrededor de 15 kilómetros) los centros
localizados en San Agustín al noroeste y el de Vito al sureste. Al marcar
una línea perpendicular se conforman cuatro espacios: los correspondien-
tes al noreste y sureste, en donde el material de esta etapa disminuye
/ considerablemente -hasta el asentamiento que se localiza en las afueras
de Mixquiahuala, a 25 kilómetros al norte- (no así la del oeste-noroeste,
en donde hay dos centros rector~s de importancia); el de San Agustín al
norte y el de Villagrán al centro, área que como hemos indicado está
relacionada con la producción agrícola. La zona sur-suroeste estaría
regida por los centros de El Tesoro y Vito, y comprende las áreas de calizas
y de cultivo de humedad.
Este ordenamiento hipotético del territorio durante la etapa teotihuaca-
na ofrece vías para la formulación de hipótesis para trabajos arqueológicos
en los que se distinga el asentamiento relacionado con un tipo de explo-
tación de recursos y especialización del trabajo, de aquellos otros que
dependen mayormente de la agricultura intensiva.

81
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km

Figura 3. Valle de Tula. Etapa teotihuacana (200-650 d.C.), distribución del territorio.

82
Ase'ntamiento durante los siglos VII a IX: etapa Coyotlatelco

Interacción y delimitación del territorio

El emplazamiento de los asentamientos fundados en el siglo VIII d.C. se


localiza principalmente en las cimas y laderas de los cerros que rodean el
valle; la mayoría fueron ocupados solamente durante esta etapa. Algunos
se encuentran en el plano, cerca del río Tula, y al parecer son un poco
más tardíos que los localizados en las partes altas (figura 4). Los asenta-
mientos muestran similitud en dimensiones y distribución del espacio
construido, a diferencia de los poblados con un rango jerarquizado más
marcado que se observan durante la etapa teotihuacana.
La delimitación entre poblados puede estar marcada por franjas caren-
tes de material; siguiendo este criterio se pueden distinguir varias agrupa-
ciones que reúnen de tres a cinco poblados. Esta circunscripción resulta
más afín a la homogeneidad del asentamiento observada en esta etapa.

Fundación de poblados, jerarquización del asentamiento

La cadena de poblados que rodean el valle presentan pocas diferencias


entre sí, lo que puede indicar una forma de organización poco jerarquizada,
como ya se había señalado. En el interior de los sitios se distinguen por lo
general dos sectores de edificios con una arquitectura sencilla de basa-
mentos de poca altura (Mastache y Cobean, 1981; 58). Estos asentamien-
/ tos suelen ser nucleados. En aquellos otros localizados en el valle, hacia
la margen derecha del río Tula, como Tula Chico y Tezontepec, la arqui-
tectura ceremonial es de mayores dimensiones, salvo el caso de Binola,
donde se cuenta con espacios excavados en el tepetate (Espejo, 1976).
Hacia la fase terminal de esta etapa, Tula Chico es el centro que
alcanza mayor complejidad en lo arquitectónico y que presenta un carácter
más urbano (Mastache y Cobean, 1981; 61); posiblemente sea el que logra
la hegemonía sobre los demás poblados, los cuales quedan deshabitados
hacia el final de esta fase.

Distribución del asentamiento

La organización del asentamiento en la región señala que hubo preferencia


por lugares situados en las inmediaciones del valle pero en situación de
mayor resguardo. Esto nos hace suponer que hubo una reocupación por
parte de una población distinta a la que la habitaba en la etapa anterior.
Esta opinión se ha sustentado en los trabajos sobre Tula ya publicados.

83
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Ese. ~1iiOOl~"":;:Skm

Figura 4. Valle de Tula. Etapa Coyotlatelco (700-850 d.C.), deslinde del territorio.

84
Los poblados de esta etapa, aun cuando pueden acceder a las zonas
agrícolas del valle, tienen sus propios espacios para la práctica de formas
de cultivo de temporal, puesto que la construcción de terrazas altas asocia-
das a los poblados así lo indican (ibid., 58). Asimismo, se accede a otros
recursos no explotados con anterioridad, como el caso de la riolita utilizada
en los artefactos líticos (ibid., 61).
Los asentamientos de la zona de calizas son también indicadores de
actividades de explotación de bancos de material, aun cuando esto tendría
que tener en cuenta la existencia de redes de intercambio más amplias que
las requeridas para el consumo regional.
La distribución del espacio según un patrón cuatripartita resulta más
difícil de observar en el caso de los asentamientos durante la primera fase
Coyotlatelco. Se propone tomar como punto central el cerro del Xicuco y
desde este lugar trazar visuales hacia los dos puntos geográficos más
relevantes: el cerro de Macúa al noroeste y el Cerro Grande al suroeste
(figura 5). De esta forma el espacio queda dividido en cuatro zonas: la
oriental, con cinco asentamientos localizados en las laderas de la serranía;
al norte se agrupan otros tantos poblados en las laderas de la margen
izquierda del río Tula, y al oeste otros cinco más, agrupados alrededor del
cerro Magoni, en las inmediaciones de Tula. Al sur, la localización de
poblados de esta etapa es más incierta. Por lo menos se cuenta con tres:
dos sobre el lome río calizo y otro en las márgenes del río Tula. En esta
distribución hipotética, los pobladores se reúnen en grupos de cinco y les
corresponde un sector del valle de dimensiones parecidas. Esta propuesta
puede coincidir con la anterior, en la que se hace un agrupamiento
/ tomando en cuenta los posibles deslindes.
En la fase final, cuando Tula Chico logra la hegemonía, la distribución
regional tiene otra composición: el centro del espacio cuatripartita es Tula
Chico y el plano aluvial queda en el sector oriental; al sur y norte, se
extienden las tierras a lo largo del río Tula, y al occidente, una zona serrana
(figura 6).
La organización del espacio para la etapa Coyotlatelco sugiere una red
de poblados que guardan ligas entre sí, una forma de integración de los
asentamientos con base en una relación común. Así, la autonomía política
de estos poblados no parece haber sido tan estricta como se ha venido
planteando.

Comentarios finales

El análisis de la información arqueológica basado en los parámetros


propuestos fue fructífero y ha resultado coherente con el enfoque de la
arqueología contextual. Los comentarios acerca de las dos etapas de

85
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km

Figura 5. Valle de Tula. Etapa Coyotlatelco (700-850 d.C.), distribución del territorio.

86
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km

Figura 6. Valle de Tula. Etapa Coyotlatelco, Tula Chico (800-850 d.C.), distribución
del territorio.

87
asentamiento en el valle de Tula ofrecieron múltiples facetas para el
estudio de las manifestaciones de dominio.
La integración del valle al sistema de dominación del Estado teotihua-
cano, como se percibe en el análisis del asentamiento durante esta etapa,
ofrece posibilidades para integrar investigaciones que profundicen sobre
este tema: la posible división de áreas de producción especializada, las
formas de control de la población en cada una de éstas y la articulación
de los flujos de tributación cuyo destino final sería la metrópoli; asimismo,
el aparente desfase entre el colapso de esta zona norteña en relación
con el de la metrópoli y la presencia de la población de los cerros que se
enseñorea en ella, ofrecen otro sugerente tema de estudio.
El análisis del asentamiento en la etapa Coyotlatel€o es un reto al
conocimiento de las diversas vías de organización del poder entre los
pueblos mesoamericanos; la posibilidad de que éstos estuvieran estruc-
turados en un conjunto de unidades políticas autónomas está en contra-
dicción con las relaciones jerarquizadas propias de las sociedades tribu-
tarias. Quizá la respuesta a este problema se encuentre en el estudio sobre
una región más amplia que cuente con asentamientos afines al de los
pobladores del valle de Tula.

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90
Relación entre historia y arqueología
en el estudio del septentrión mesoamericano
Marie-Areti Hers

La historia del septentrión mesoamericano está marcada ante todo por las
considerables fluctuaciones de la frontera existente entre los pueblos
sedentarios mesoamericanos y los no productores nómadas. La gran
curva que describen los sistemas fluviales Lerma-Santiago-Culiacán y
Moctezuma-Pánuco constituía el límite aproximado que encontraron los
conquistadores españoles en el siglo XVI; pero siglos antes, dicho límite se
encontraba cientos de kilómetros más hacia el norte. Cuando un estudioso
del pasado prehispánico franquea la frontera del siglo XVI se topa con
problemas peculiares al intentar relacionar los datos arqueológicos con las
fuentes escritas.
Las fluctuaciones de la frontera nos obligan ante todo a seguir una
clasificación propia para el norte y a reagrupar a sus pobladores en tres
grandes categorías. La primera de ellas está constituida por las poblacio-
nes no mesoamericanas de cazadores-recolectores que ocupaban el
septentrión a la llegada de los soldados peninsulares y que eran herederas
/ de tradiciones multimilenarias que persistieron todavía en la época colonial
y aun en la moderna. Después tenemos a los diversos pueblos mesoame-
ricanos que colonizaron partes de este vasto territorio y lo abandonaron
siglos antes de la llegada de los españoles, quienes a su vez propiciaron
una nueva colonización del septentrión que se inició hacia mediados del
siglo XVI.
El contraste entre los cazadores-recolectores y los pueblos civilizados
no resulta siempre tan evidente como ocurre en situaciones de conflicto
entre ambos grupos. Con frecuencia el medio ambiente obliga al agricultor
sedentario a movimientos estacionales o, a la inversa, permite a los no
productores instalarse durante toda una temporada en un mismo lugar.
Por el contrario, los cambios climáticos pueden forzar a ciertos grupos
mesoamericanos a abandonar la práctica agrícola mientras que, en algu-
nos casos, los cazadores-recolectores tienen que incorporar a sus activi-
dades de subsistencia algunos cultivos modestos. El tercer grupo de
pobladores del septentrión se halla integrado precisamente por aquellos
agricultores que se mantuvieron en el norte después del retroceso meso-
americano.

91
Debido a la inmensidad y complejidad de dicho septentrión,' restringiré
mi punto de vista al de una región particular en la que se concentran
poblaciones de las tres categorías mencionadas. Analizaré, pues, las rela-
ciones entre historia y arqueología desde la perspectiva de la vertiente este
de la Sierra Madre Occidental, en donde floreció la cultura Chalchihuites.2
Cuando se trata de los pueblos nómadas norteños es necesario
recalcar el destino peculiar del septentrión. Aquí no se dio la evolución
lineal e irreversible que en la Mesoamérica nuclear marcó el paso de la
vida nómada al sedentarismo, de la economía de los cazadores-recolec-
tores a la de los productores agrícolas. En el septentrión, dicho paso nunca
fue definitivo. En la mayor parte de los casos, la vida civilizada fue el fruto
de movimientos migratorios, de la intrusión de pueblos que en otras
latitudes habían adquirido, a través de siglos y milenios, los hábitos de la
vida civilizada, sedentaria y agrícola. Esta colonización mesoamericana
no fue definitiva; acabó por replegarse hasta la frontera mencionada del
siglo XVI. Ciertamente, la historia general del septentrión constituye un
desafío para nuestra mente, acostumbrada como está a ver la vida /
sedentaria como un progreso irrenunciable. En el norte la historia nos
enseña que la adaptación al medio natural de los no productores puede
resultar más viable y menos azarosa.
Las circunstancias históricas han limitado drásticamente el valor infcr-
mativo de las fuentes escritas de la época colonial sobre los pueblos
nómadas del norte. Si bien es cierto que la arqueología podría suplir esas
carencias, lo~ trabajos en este campo apenas se han iniciado.
¿A qué se deben estas carencias en las fuentes históricas, y de cuáles
se trata? El conjunto de dichas fuentes ha sido abordado y sintetizado por
varios autores desde hace ya mucho tiempo. 3 De esos documentos, resalta

, En realidad, podemos extender ese septentrión más allá de las fronteras políticas actuales e
incluir en él al suroeste de los Estados Unidos, retomando así la idea del Gran Suroeste o Gran
Noroeste (según el punto de vista). Además de las afinidades en los materiales arqueológicos y a nivel
lingüístico, esa unidad se marca ante todo por el destino común de los pueblos civilizados inmersos
en el universo de los no productores, de modo sincrónico y con interrelaciones decisivas para la
existencia de ambos grupos de poblaciones. Para una discusión sobre el Gran Suroeste, véase Paul
Kirchhoff, "Gatherers and Farmers in the Greater Southwest: A Problem in Classification", American
Anthropologist, American Anthropological Association and Affiliated .3ocieties, vol. 56, 4, 1954.
2 Marie-Areti Hers, Los toltecas en tierras chichimecas, México, Instituto de Investigaciones
Estéticas, UNAM (Cuadernos de Historia del Arte, 35),1989, figs. 1 y 2.
3 Entre los estudios sobre los pobladores del norte en la época colonial destacan los valiosos
dpéumentos publicados en 1899 por Primo Feliciano Velázquez: Colección de documentos para la
historia de San Luis Potosí, reedición, Archivo Histórico del Estado de San Luis Potosí, 1987; y las
obras de Miguel O. de Mendizábal: Influencia de la sal en la distribución geográfica de los grupos
indígenas de México, México, Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía; 1928; de Ralph
L. Beals: The Comparative Ethnology of Narthern Mexico befare 1750, Berkeley, University of California
(Ibero-Americana, 2), 1932. En 1943, la Tercera Mesa Redonda de la Sociedad Mexicana de
Antropología se dedicó en gran parte a este tema y reunió trabajos decisivos de síntesis. En su obra
ya clásica sobre la guerra chichimeca, Philip W. Powell volvió a presentar una síntesis al respecto:
Soldiers, Indians and Si/ver; the Narthward Advance of New Spain, 1550-1660, Berkeley/Los Ángeles,
University of California Press, 1969.

92
la incomprensión hacia un modo de vida tan distinto al del hombre
civilizado, bien sea europeo o mesoamericano. Son ante todo apuntes
sobre enemigos irreconciliables. Esas informaciones fueron producidas en
su mayoría durante la guerra chichimeca que tuvo lugar durante la segun-
da mitad del siglo XVI y que se originó precisamente por la imposibilidad
de convivencia entre poblaciones diametralmente opuestas en su manera
de entender las relaciones con la naturaleza y entre los hombres. El
nómada no podía concebir trabajar para otro y el español procuraba con
esa guerra conseguir esclavos. El nómada vivía al ritmo de las estaciones;
el colonizador iba en pos de la riqueza minera y ganadera. Los apuntes
tipifican a un enemigo que se quiere suprimir o esclavizar y no a una
población que se intenta asimilar. Por ende, caracterizan al nómada ante
todo por su ausencia. Se subraya que carece de los rasgos de la vida
civilizada y no se hace el intento por conocer realmente su modo de vida.
Las informaciones son por lo tanto sumamente incompletas y suelen
confundir las más diversas tribus. Además, se aplican diversos nombres
a un mismo grupo y la confusión aumenta en vista de los cambio drásticos
que ocurrieron en la distribución de esos grupos a raíz de la guerra.
Relaciones y crónicas se encargan de reforzar la imagen preconcebida del
hombre salvaje, cercano a la bestialidad y por lo tanto esclavizable y
exterminable. Es el hombre desnudo, que come alimento crudo y duerme
a la intemperie o en cuevas, prácticamente sin policía alguna. En los
mismos documentos se encuentran contradicciones que permiten ver
cómo tales aseveraciones son el fruto de una imagen preconcebida y no
de la observación directa. Más de una vez encontramos alusiones a las
/ "rancherías" que indican una humanización del espacio y una organización
social mucho más compleja que la que se quiere reconocer4 y trasciende
la habilidad para formar poderosos núcleos, embriones de confederacio-
nes, en particular entre los guachichiles.5
Aún en la actualidad son muy comunes los prejuicios sobre los
nÓmadas y muchos toman por cierta esa imagen del salvaje errante, sin
techo ni ropaje. En más de un aspecto, la arqueología podría confrontar
esa visión transmitida por las fuentes históricas con los datos concretos
que se podrían reunir sobre la humanización del espacio, la alimentación,
los grados de movilidad y de sedentarización, la organización de los
movimientos estacionales, los intercambios entre grupos, la adaptación
al medio ambiente y la amplitud del saber que todo esto implicaba. Para

4 Gonzalo de las Casas, "Noticia de los chichimecas y justicia de la guerra que se les ha hecho
por los españoles", en Hermann Trimborn, Quellen zur Kulturgeschichte des prakolumbischen
Amerika, Stuttgart, 1936, pp. 152-185.
5 Wigberto Jiménez Moreno, "Tribus e idiomas del norte de México", El norte de México y el
sur de Estados Unidos; Tercera Mesa Redonda, México, Sociedad Mexicana de Antropología, 1943,
p.128 ..

93
la arqueología, el norte es un territorio ideal, ya que encierra vestigios
de pueblos cazadores-recolectores muy cercanos a nosotros en el
tiempo y, por lo tanto, relativamente más abundantes que en otras
latitudes en las cuales ese modo de vida desapareció definitivamente
hace miles de años. Sin embargo, en lo que respecta a la gran mayoría
de los pobladores nómadas del norte no tenemos el menor dato arqueo-
lógico que confrontar con las fuentes escritas. Así, por ejemplo, acerca
de los zacatecos no tenemos dato arqueológico alguno.6 Se suple en
general esa carencia atribuyendo a los zacatecos rasgos propios de
otros grupos norteños, en particular de los laguneros de Coahuila y de la
famosa cueva de la Candelaria. Cuando obramos así retomamos el
mismo punto de vista que se encuentra en los documentos coloniales
y en las fuentes indígenas del centro del país, según el cual dichos
nómadas no son plenamente agentes de su historia. Se los confunde a
todos en una misma categoría de no civilizados atemporales, y se les
convierte en los chichimecas de la historia y la cultura del desierto o
Aridamérica de la arqueolO,gíamoderna.
Cuando en otras partes, como en San Luis Potosí o Coahuila, se
cuenta con datos arqueológicos que pueden atribuírseles, el panorama
se modifica sustancialmente. Se subrayan las diferencias entre los diver-
sos pueblos nómadas y su transformación a través del tiempo; se recono-
cen influencias mutuas entre ellos y los colonizadores mesoamericanos;
y se transforma la idea de una vida errante y azarosa en una de sedenta-
rización estacional o de circuitos bien establecidos en pos de los recursos
naturales.? Para la vertiente este de la Sierra Madre Occidental sólo
tenemos indicios arqueológicos indirectos de dicha variedad entre los
nómadas norteños, aunque no podemos atribuir con certeza esos datos a
los zacatecos de la época histórica. Sí es posible, en cambio, suponer que
los nómadas que al principio de nuestra era sufrieron la invasión coloniza-
dora mesoamericana a lo largo de la cordillera eran fundamentalmente
distintos de los que encontraron los mesoamericanos en otras latitudes.

6 Lo único que tenemos por ahora son unas muestras de carbón tomadas de hogueras encima
de las ruinas de edificios de La Quemada. Podrían corresponder a estancias de zacatecos que
acamparon encima de las ruinas de la acrópolis tiempo después de su destrucción y abandono en el
siglo IX. Si es así, esto nos indicaría que los zacatecos poblaron la región de La Quemada durante
unos seis siglos antes de la llegada de los españoles, pero de esa larga ocupación aún no se ha
detectado testimonio arqueológico alguno, quizás porque no se ha buscado: Hers, op. cit., p. 42.
7 Beatriz Braniff. "Exploraciones arqueológicas en el Tunal Grande", Boletín. núm. 5. México, INAH,
1961. pp. 6-8. Y La estratigrafía arqueológica de Villa de Reyes, S.L.P.; un sitio en la frontera de
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Pedro Martínez del Río. Cueva de la Candelaria, México, INAH (Memorias. V). 1956; e Irmgard Weitlaner
Johnson, Los textiles de la cueva de la Candelaria, Coahuila, México, INAH (Científica, Arqueología,
51),1977.

94
En efecto, estos últimos opusieron una fuerte resistencia que dejó su
impronta en el modo de vida de los colonizadores mesoamericanos, tal
como lo indican la ubicación, la forma y la arquitectura de sus sitios, en los
cuales se advierte una profunda zozobra, una necesidad vital de defen-
derse contra los ataques mortíferos de los "chichimecos" de aquel enton-
ces. Son precisamente estas circunstancias las que determinaron las
características más definidas de la cultura Chalchihuites,8mientras que en
San Luis Potosí, por ejemplo, las relaciones entre nómadas y.colonizado-
res fueron en general pacíficas,9 y en Guanajuato los sitios defensivos
aparecen solamente en el Posclásico temprano.10
Las someras descripciones históricas, además de encerrar a los
nómadas en una sola categoría, suelen presentarlos como seres muy
cercanos a la animalidad. Esto resulta particularmente notorio en las
referencias a su vivienda. La imagen más frecuente del nómada es la de
un ser errante que duerme en el suelo cuando lo alcanza la noche o que
se refugia en cuevas. La incipiente arqueología de los nómadas nos
enseña que el uso de las cuevas para vivienda es más bien escaso y
que por lo general tenían sus viviendas al aire libre, probablemente en
forma de las chozas circulares descritas en los documentos. Claro que
para obtener un conocimiento satisfactorio acerca de esto se necesitaría
un desarrollo considerable de trabajos arqueológicos. Acostumbrados a
los abundantes vestigios mesoamericanos, los mesoamericanistas que
estudiamos esta área no estamos aún adecuadamente preparados para
realizar dicho estudio. El día que se excave, con la paciencia y el rigor
que exige la Prehistoria, una de las "rancherías" chichimecas que men-
/ cionan las fuentes escritas es de esperarse que se modifique conside-
rablemente nuestra visión de esta cultura. En realidad, lo que por ahora
percibimos de esa singular evolución en el norte es una tenaz confusión
alrededor del término chichimeca.
El mayor logro del desarrollo de la arqueología norteña ha sido despe-
jarla confusión alrededor del término chichimeca, que surgió pro-
bablemente siglos antes de la llegada de los españoles, cuando la frontera
había acabado de recorrerse cientos de kilómetros al sur. Actualmente es
posible distinguir cuando una fuente escrita se refiere al chichimeca como
un cazador-recolector y cuando se refiere a uno de los pueblos norteños
mesoamericanos que se replegaron al centro.

8 Marie-Areti Hers, "Caracterización de la cultura Chalchihuites", en Primera Reunión sob.re las


Sociedades Prehispánicas en el Centro-Occidente de México; Memoria, México, INAH, Centro Regional
de Ouerétaro (Cuadernos de Trabajo, 1), 1988, pp. 23-38.
9 Braniff, op. cit., 1961.
10 Carlos Castañeda, Luz María Flores, Ana María Crespo, José Antonio Contreras, Trinidad Durán
y Juan Carlos Saint-Charles, "Interpretación de la historia del asentamiento en Guanajuato", en Primera
Reunión sobre las Sociedades Prehispánicas en el Centro-Occidente de México, Memoria, México,
INAH, Centro Regional de Ouerétaro (Cuadernos de Trabajo, 1), 1988, pp. 321-356.

95
Gracias al avance de los trabajos arqueológicos, ahora sabemos que
la frontera norte de Mesoamérica conoció fluctuaciones considerables11 y
que los pueblos que incursionaron en el centro durante el Epiclásico y el
Posclásico no eran nómadas que rompían el círculo de sus movimientos
estacionales para ir a la conquista de tierras nuevas, sino pueblos plena-
mente mesoamericanos que abandonaron de manera gradual las tierras
del norte que sus antepasados habían colonizado muchos siglos antes.
Sabemos también que el origen remoto de esos mesoamericanos norte-
ños no eran las lejanas tierras de Nuevo México, las Californias o La Florida
-como lo suponían ciertos cronistas de la época colonial- sino diversas
partes de la Mesoamérica nuclear, en la Huasteca, en el altiplano central
y en el occidente. Así, en la mayoría de los casos, ese repliegue fue un
retorno a las tierras nativas.
También es posible precisar las fechas de las expansiones y replie-
gues mesoamericanos según las diversas regiones del septentrión. La
cultura Chupícuaro marca la primera avanzada seis siglos antes de
nuestra era. La mayor extensión de la Mesoamérica norteña se efectúa,
desde el principio de nuestra era hasta el Clásico de la Mesoamérica
nuclear, y alcanza la frontera actual entre Durango y Chihuahua. El final
de la cultura Chalchihuites en el siglo IX, la mayor parte de cuyo territorio se
extendía a lo largo del piedemonte este de la Sierra Madre Occidental,
corresponde al principio del repliegue generalizado de la frontera. Las
otras partes del septentrión fueron abandonadas en diferentes momentos
durante el Posclásico temprano. Ya para inicios del Posclásico tardío, en
el siglo XIII, la frontera se había recorrido cientos de kilómetros al sur, donde
la hallaron los españoles. El septentrión se había vuelto de nuevo tierra
de nómadas, de pueblos no mesoamericanos. Arqueológicamente, es en
la región de Tula donde se han encontrado las evidencias más claras de
dichos contactos con el norte. Similitudes con la cerámica del Bajío en las
fases Prado y Corral (siglos VIII a x) pueden corresponder a la primera
llegada de las poblaciones norteñas;12 mientras que para las fases Corral
y Corral terminal (alrededor del 900 de nuestra era) los elementos origina-
rios del norte son disti.ntos e informan sobre una migración que tuvo
grandes repercusiones en la vida política del centro. En la cultura Chalchi-
huites dél Clásico, en efecto, se han detectado una serie de rasgos

11Beatriz Braniff, "Oscilación de la frontera septentrional mesoamericana", en Betty BeU (comp.),


The Archaeology of West Mexico, Guadalajara, Sociedad de Estudios Avanzados del Occidente de
México, 1974, pp. 40-50; "Arqueología del norte de México", en Los pueblos y los señoríos teocráticos;
el periodo de las ciudades urbanas, primera parte, México, INAH (México, Panorama Histórico y
Cultural, VII), 1975, pp. 217-278; "Oscilación de la frontera norte mesoamericana: un nuevo ensayo",
Arqueología, 2a. época, núm. 1, México, Dirección de Arqueología, INAH, 1989, pp. 89-98.
12Robert H. Cobean, La cerámica de Tula, Hidalgo, México, INAH (Científica, Estudios sobre
Tula, 2), 1990, pp. 499-502.

96
culturales (no cerámicos)13 que podrían ser el origen de motivos netamente
toltecas como los que presentan el chac-mool, el tzompantli y el salón en
forma de c1austro.14 He interpretado los rasgos que pasan de la cultura
Chalchihuites, en el Clásico, a Tula como la prueba de una migración
poblacional, probablemente guerrera, que logró imponerse sobre la pobla-
ción multiétnica de Tula. Por el contrario, para la fase Tollan (950-
1150/1200), los elementos arquitectónicos y cerámicos dan fe de la
influencia de Tula sobre el norte, en Querétaro, Guanajuato y hasta en el
sur de San Luis Potosí,15 como si se tratara de intentos por recuperar
el septentrión. El territorio de la cultura Chalchihuites, en su parte central
de Zacatecas y Jalisco, ya no fue recuperado.16
Los datos arqueológicos permiten revisar bajo una nueva luz las
abundantes referencias al septentrión contenidas en los registros históri-
cos del centro, los cuales fueron redactados varios siglos después de esos
complejos movimientos de expansión y repliegue.
Resalta ante todo la imagen de Chicomóztoc. A la luz de la arqueología
del norte, ya no puede ser interpretada literalmente como una referencia
a un modo de vida cavernícola. La cueva con forma de matriz de diversos
pueblos aparece como el fruto de una profunda reflexión histórica plasma-
da sintéticamente en una imagen simbólica, la cual conjuga la idea de la
expulsión con la del nacimiento, como lo sería un exilio, es decir, el
abandono de un territorio para llegar a otro, o, como en este caso, una
migración desde el lejano septentrión para llegar al centro. La cueva-ma-
triz, compartida por varios pueblos hermanados por un mismo destino,
corresponde al abandono por parte de los mesoamericanos de una región
-en pos de otra que se había logrado colonizar mucho tiempo antes;
pueblos que compartieron un destino similar en el universo de los nómadas
y que en el seno del llamado imperio tolteca estrecharon sus lazos.
También debemos tomar en cuenta que, desde que el septentrión
quedó abandonado y cerrado a los mesoamericanos, la confusión creció
en las mentes de los historiadores del centro -desde el siglo XIII hasta
bien entrada la época colonial-, quienes llegaron incluso a confundir a
sus antepasados norteños -desde los toltecas a los mexicas- con los

13Por ahora, en la cerámica, solamente se han identificado como originarios de la cultura


Chalchihuites algunos tiestos decorados al cloisonné, pertenecientes a los complejos Corral
terminal-Tollán de Tula. Ibid., p. 493. En la cultura Chalchihuites esta técnica decorativa se inició desde
principios de nuestra era sobre otro tipo de soportes. Marie-Areti Hers, "La pintura seudocloisonné,
una manifestación temprana en la cultura Chalchihuites", Anales del Instituto de Investigaciones
Estéticas, núm. 53, México, IIE, UNAM,1983, pp. 25-39.
14Hers, op. cit., 1989.
15Carlos Castañeda et al., op. cit., 1988, pp. 328-329; Braniff, op. cit, 1975.
16En el territorio durangueño de la cultura Chalchihuites, las penetraciones del Complejo Aztatlán,
con fuertes relaciones con el centro de México, podrían ser el testimonio de otros intentos
mesoamericanos por recuperar el dominio del septentrión.

97
cazadores-recolectores que habían quedado como únicos pobladores del
norte en la época en que elaboraban sus registros históricos.
Se llegó así a confundir un origen geográfico -el amplio septentrión
de donde llegaron los inmigrantes- con una referencia al modo de vida
de los no civilizados, lo que desembocó en la paradoja de que en un mismo
texto se refiera algo despectivamente a los chichimecas como seres no
civilizados y al mismo tiempo presente su origen como una fuente de
orgullo. Para resolver esta contradicción, se fue elaborando una historia
fantasiosa acerca de nómadas que, en unas cuantas generaciones, aban-
donan gustosamente sus tradiciones milenarias para volverse gente se-
dentaria, agrícola, tributaria, constructora y civilizada.
Respecto a esa milagrosa transformación, la arqueología nos indica,
por el contrario, que la fuerza de las tradiciones de los nómadas se refleja
en la estabilidad de su cultura material a pesar de sus contactos con los
colonizadores mesoamericanos, primero, y españoles, después.17
No todas las fuentes históricas cayeron en esa fantasía. El Códice
Ramírez, por ejemplo, advierte sobre el peligro de la confusión entra
pueblos originarios de Chicomóztoc y pueblos primitivos supuestamente
cavern ícolas.16 Esa rectificación se apoyó probablemente en la experiencia
que se iba adquiriendo del norte en el siglo XVI con la nueva y última
expansión mesoamericana en el territorio de los nómadas, cuando na-
huas, otomíes y tarascos volvieron a colonizarlo bajo el dominio español.
Desde 1531, los aliados de Nuño de Guzmán pudieron contemplar las
ruinas imponentes de La Quemada en Zacatecas y asociarlas a lo que se
recordaba de las antiguas migraciones de los chicomoztoquenses.19 Con
la llamada guerra chichimeca, conocieron directamente a los nómadas. La
experiencia no permitía confundirlos con los creadores de las imponentes
ruinas abandonadas.
De confirmarse nuestra identificación de los portadores de la cultura
Chalchihuites con los tolteca-chichimecas fundadores de Tula, se compro-
baría el papel preponderante que, según las fuentes, desempeñaron
dichos inmigrantes. Si pudieron imponer rasgos culturales directamente
ligados a la esfera de la vida religiosa y al poder militar, como la imagen
del chac-moo/, el tzompantli y la sala-cló...Jstro, entonces el abandono de
su territorio norteño resultó ser benéfico para ellos, al tiempo que se aclara

17 Rodríguez, op. cit., 1985


16 Códice Ramírez; relación del origen de los indios que habitan esta Nueva España según sus
historias, examen de la obra con un anexo de Cronología Mexicana por Manuel Orozco y Berra (ed.),
México, Innovación, 1979, p. 18.
19 Crónicas de la conquista del reino de Nueva Galicia en territorio de la Nueva España, México,
H. Ayuntamiento de la Ciudad de Guadalajara/lnstituto Jaliscience de Antropología e Historia/INAH
1963, p. 73; fray Antonio Tello, Crónica miscelánea de la sancta provincia de Xalisco; Libro Segundo,
2 vols., México, Gobierno del Estado de Jalisco/Universidad de Guadalajarallnstituto Jaliscience de
Antropología e Historia/INAH (Historia, 9), vol. 1, 1973, pp. 149-150.

98
cómo los tolteca-chichimecas llegaron a convertirse en el paradigma del
inmigrante triunfante, destino glorioso que muy probablemente no compar-
tieron la mayoría de los mesoamericanos que se replegaron. La estirpe
tolteca llegó así a ser fuente de legitimidad.20
Entre las diversas versiones conservadas sobre los mesoamericanos
norteños, la que reporta Sahagún destaca particularmente por sus simili-
tudes con los datos arqueológicos.21 La primera coincidencia importante
es que, a diferencia de la mayoría de las otras fuentes, los informantes de
Sahagún no confunden las inmigraciones de los norteños con el principio
de la civilización en esas latitudes; la arqueología, por su parte, ha demos-
trado ampliamente que esas migraciones ocurrieron en efecto más de dos
mil años después del surgimiento de la civilización mesoamericana.
El texto sahaguntino remonta el principio de la historia hasta mucho
antes de la salida de Chicomóztoc, y refiere un movimiento migratorio en
sentido opuesto, es decir, del centro hacia el norte. Ubica ese amplio
movimiento migratorio de varios pueblos del centro poco tiempo después
de la edificación de las pirámides del Sol y de la Luna en Teotihuacan, lo
que correspondería al principio de nuestra era, durante la cual efectiva-
mente se dio la gran expansión mesoamericana.
Entre los colonizadores del norte distingue a diversos pueblos y
destaca a los toltecas como la cultura que fue más al norte y regresó
primero, después de una muy larga estancia, lo cual sería cierto si los
portadores de la cultura Chalchihuites, que floreció en partes de Zacate-
cas, Jalisco y Durango entre los años 1 y 850/900 de nuestra era, fueran
los tolteca-chichimecas. Asimismo, detalla el alto nivel de civilización
/ alcanzado por esos pueblos antes de que emprendieran su coloniza-
ción del septentrión. En efecto, la arqueología ha establecido que estos
sedentarios no son en general el fruto de una lenta evolución local sino
poblaciones del Preclásico superior y Protoclásico, plenamente mesoame-
ricanas desde los inicios de su presencia en esas latitudes. No confunde
la imagen de Chicomóztoc con la supuesta morada de nómadas, sino que
se refiere a Chicomóztoc como un santuario al cual acudían varios pueblos
colonizadores del norte.
Sahagún hace una clara diferenciación entre tres categorías de pue-
blos: los chichimecas nómadas que ocupan el norte en el momento en que
escribe, los pueblos civilizados que se expandieron hacia allá y luego
regresaron y que se ufanaban de sus orígenes norteños, y los pueblos

20 Marie-Areti Hers, "Chicomóztoc y la Mesoamérica marginal", en Historia, leyendas y mitos de


México: su expresión en el arte (XI Coloquio Internacional de Historia del Arte), México, IIE, UNAM, 1988,
pp. 7-19.
21 Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, 4 tomos, con
numeración, anotaciones y apéndices de Ángel María Garibay K., México, Porrúa (Biblioteca Porrúa,
8-11), l. UI, lib. X, cap. XIX, 1969, pp. 207-214.

99
civilizados que no habían participado de esa gesta colonizadora y que en
el siglo XVI vivían al oriente, más allá de los volcanes.
La claridad del texto de Sahagún nos permite entender mejor por qué
coinciden las fuentes históricas antiguas con la reciente arqueología del
septentrión al dar preeminencia al papel de este vasto territorio en la
historia general de Mesoamérica, al contrario de la perspectiva de la ar-
queología de la Mesoamérica nuclear, para la cual la historia del septen-
trión no pasa de ser un asunto meramente regional y los relatos históricos
sobre los orígenes norteños no pasarían de ser sino documentos confusos
sumamente contagiados por el mito. A esa manera más común y más
centralista de ver el pasado mesoamericano, le hace falta la tradición
histórica de los pueblos que no participaron de la gesta norteña. Desgra-
ciadamente, ésta desapareció casi por completo a causa de las profundas
transformaciones acaecidas durante el Posclásico y a la conquista espa-
ñola, que ocurrió cuando predominaban políticamente los pueblos de
origen norteño.
Los pueblos agrícolas que se encontraban al norte de la frontera,
mesoamericana en el siglo XVI no formaban un conjunto homogéneo. Así,
a lo largo de la Sierra Madre Occidental tenemos varios pueblos aldeanos
como los tepehuanes, acaxees y xiximes; los zacatecos serranos, tepeca-
nos, huicholes y coras, y el más urbanizado de los cazcanes.
De los primeros tenemos referencias en los documentos escritos en la
época colonial, pero aún carecemos de información arqueológica. La
situación es paradójica, ya que en el territorio de algunos de ellos ya se
han realizado trabajos arqueológicos. Aunque muy parciales todavía,
estos trabajos han permitido encontrar vestigios de la cultura Chalchihuites
del primer milenio de nuestra era, aunque no de los aldeanos de tiempos
mucho más cercanos. Esta situación se debe a tres factores principales:
el patrón de asentamiento disperso, el abandono del terraceado y la falta
de interés de los arqueólogos. Se trata de pueblos serranos con un
patrón de asentamiento muy disperso cuyos vestigios son por lo tanto
difíciles de localizar, mientras que en el primer milenio, aparte de la
mayoría de los sitios -que eran también pequeñas aldeas-, había
pueblos más grandes -de una a dos hectáreas- y unos cuantos sitios
mayores -de una quincena de hectáreas en los lugares más propicios.
Después de la contracción de la frontera mesoamericana ocurrió un
fenómeno al parecer generalizado: el abandono de la práctica del terra-
ceado. En el primer milenio, los pobladores tenían el mayor cuidado en
proteger sus asentamientos contra la erosión por medio de terrazas y
plataformas. Aun en las más pequeñas aldeas se levantaban sólidos
muros de contención y se acarreaba relleno de tierra y piedra antes de
levantar las humildes construcciones que, de esta manera, se conservaron
muy bien. Sin embargo, desde el milenio siguiente hasta la fecha, los

100
serranos ya no acostumbran tales trabajos y los vestigios de una casa
abandonada se desperdigan en el lapso de sólo unas cuantas generacio-
nes sin dejar prácticamente rastro en la superficie.
Así, los nómadas y agricultores que sucedieron a los colonizadores
mesoamericanos adoptaron un modo de vida que ha dejado pocos vesti-
gios localizables en la superficie. Hasta hora, los arqueólogos nos hemos
sentido más atraídos por la historia de los colonizadores mesoamericanos
que por la de esos pueblos, mucho más difíciles de estudiar. Por lo tanto,
las reconstrucciones que podemos intentar del pasado de esa región
quedan necesariamente truncas y por ende sumamente distorsionadas.
No sabemos, por ejemplo, en qué medida los pueblos indígenas de la
sierra fueron herederos de la cultura Chalchihuites de sus antecesores los
colonos mesoamericanos: si eran producto de una antigua cultura propia
de la cordillera o si llegaron durante el Posclásico.
Los documentos históricos impiden el esclarecimiento de este asunto
no sólo por el medio milenio o más que separa el fin de la cultura
Chalchihuites de la época en que se elaboraron los escritos, sino por el
carácter necesariamente fragmentario de éstos. Tomemos el ejemplo de
los zacatecos y huicholes de la región de Huejuquilla el Alto.22 La primera
noticia escrita de ellos la da Miguel Caldera cuando visita la región para
preparar la formación de la frontera de Colotlán a fines del siglo XVI. Caldera
encuentra a los zacatecos y a los huicholes dispersos en la barranca del
Chapalagana, pero muy dispuestos a concentrarse en las nuevas pobla-
ciones de Huejuquilla y Tenzompa, cada una de ellas cercana a sitios
relativamente importantes de la cultura Chalchihuites: el Cerro del Huistle
/ y el Cerro del Pueblo, respectivamente. ¿Cómo ponderar las diferencias
y las similitudes con sus antecesores si aún no sabemos nada de la mitad
del milenio que medió entre el abandono de unos sitios y la fundación de
los otros?
Todo intento en este sentido sería prematuro mientras no se desarrolle
considerablemente la arqueología en la Sierra Madre Occidental. Por
ahora, no obstante, los documentos escritos de la época colonial nos
permiten establecer algunas analogías. Daremos dos ejemplos de ellas.
El relieve escarpado de la sierra proporciona indiscutiblemente a sus
pobladores unas defensas naturales muy eficaces que los portadores de
la cultura Chalchihuites supieron aprovechar eficazmente. Pero esto no
significa que vivieron aislados de lo que ocurría en ambos lados de la
cordillera. Por el contrario, los materiales arqueológicos confirman que
hubo relaciones estrechas tanto con los pueblos del altiplano como con

22 AGN, Provincias Internas, 129,2, tt. 271-297; Marie-Areti Hers, "Misión Arqueológica Belga en
la Sierra del Nayar; primera etapa de los trabajos", Zacatecas. Anuario de Historia, núm. 1, Zacatecas,
Departamento de Investigaciones Históricas, Universidad Autónoma de Zacatecas, 1978, pp. 249-258.

101
los de la costa. Para los serranos, el relieve no es un obstáculo a la
circulación de las personas y de los bienes. Un documento relativo a las
coras nos ilustra claramente dos aspectos aparentemente contradictorios
de la Sierra Madre: su función de fortaleza natural y vía de comunicación.
A principios del siglo XVII, en efecto, los coras lograron "pasear" a un
padre franciscano.23 Lo llevaron desde el territorio de sus enemigos los
huaynamotecos, al sur, hasta Huazamota, de los tepehuanes, al norte, sin
permitirle lograr su propósito de ser el primero en conocer el santuario de
la Mesa del Nayar. De Huazamota lo bajaron hasta la costa nayarita,
desde donde el misionero, desesperado, pudo contemplar la masa impo-
nente de la sierra, impenetrable según sus acompañantes coras. Pero ahí
mismo le informaron que, poco tiempo antes, los coras habían conseguido
en San Bias una vajilla de porcelana china que llegó sin problemas al
santuario de la Mesa del Nayar, en donde el gran jefe nayar había
reconocido un novedoso e inequívoco signo de prestigio y poder.
Una de las características más notorias de la cultura Chalchihuites es
un patrón de asentamiento determinado por la necesidad de protegerse /
de los asaltos repentinos y mortíferos de sus enemigos nómadas. Cuando
a fines del siglo XVI y principios del XVII se organiza la frontera de Colotlán,
los españoles no permitieron que sus recién aliados huicholes y zacatecos
se instalaran en lugares defensivos, en donde habría sido más difícil
controlarlos. En 1658, los tobosos penetraron repentinamente en la región
y lograron saquear a sangre y fuego las nuevas poblaciones de Huejuquilla
y Tenzompa, cuyos habitantes, a pesar de estar organizados como fleche-
ros aliados de la Corona española, no lograron defender. Sus asentamien-
tos no estaban adaptados a ese tipo de ataques repentinos y de poca
duración, a diferencia de sus antecesores de la cultura Chalchihuites, de
la cual aun el más humilde rancho estaba provisto de eficaces defensas.
La afinidad entre los cazcanes que poblaban el sur de Zacatecas y los
portadores de la cultura Chalchihuites parece segura. Los cazcanes serían
ast el último reducto de los colonizadores mesoamericanos que habían
penetrado por todo lo largo de la Sierra Madre Occidental a principios de
nues,¡ra era, y quizás antes, hasta ese extremo meridional de la cordillera.
Des~ el siglo X el sur de Zacatecas se convirtió en frontera directa con
los cazadores-recolectores. Más al sur de la región cazcana, del otro lado
del río Grande de Santiago, en los alrededores.del volcán de Tequila y por
la misma época, ocurrió el derrumbe de la tradición Teuchitlán, que había
dominado el Occidente desde el Preclásico superior. Estos cambios
profundos alrededor de la región cazcana debieron afectar conside-

23 Thomas Calvo, Los albores de un nuevo mundo, siglos XVI y XVII, México, Universidad de
GuadalajaralCentre d'Études Mexicaines et Centraméricaines (Colección de Documentos para la
Historia de Nayarit, 1),1990, pp. 255-274.

102
rablemente a la población. Pero por ahora no tenemos elemento alguno
para ponderarlos ni para reconstruir la historia de los seis siglos que
mediaron entre esa época inestable y la entrada de Nuño de Guzmán en
1531.24
Cuando llegaron los españoles y sus aliados mesoamericanos, se
encontraron con grandes poblaciones de agricultores asentados en los
lugares donde se levantaban las ruinas de sitios importantes de la cultura
Chalchihuites como el Cerro de las Ventanas, junto a Juchipila, o El Teúl
de González Ortega. El padre Tello relaciona explícitamente a los antepa-
sados de los cazcanes con los moradores de La Quemada o Tuitlán, y se
refiere a ellos como los parientes pobres, como los "villanos y rústicos
mexicanos".25 Entre las diversas informaciones sobre los cazcanes, es
interesante señalar el aspecto de un "idolo [de Xalpa] hecho de mantas y
lleno de sangre con un nabajon de piedra en medio, con que sacrifica-
ban ..."26En un pueblo de la cultura Chalchihuites conocido como Cerro del
Huistle, cercano a la población de Huejuquilla el Alto, Jalisco, se ha
encontrado un cuchillo de obsidiana que podría ser un ídolo de ese tipo.
Primero porque ha de haber sido un objeto de gran valor, pues está hecho
de un material importado extremadamente escaso en esa región y, sobre
todo, porque fue encontrado en el interior de un altar en medio de una
plaza del Clásico (550-850) rodeada por templos y un tzompantli.
Las mismas fuentes nos sugieren cambios considerables ocurridos en
su cultura entre el fin de La Quemada y la gesta destructora de Nuño de
Guzmán. El gran santuario del Teúl parece haber sido abandonado tiempo
antes de que lo incendiaran los aliados indígenas de Nuño de Gu¡mán:

Teblinchan [El Teúlj muestra ser cosa de mucha grandesa y abtoridad,


porque lo mas hera de edificios y ques, muy suntuoso, que cada uno de los
señores de la provincia devia tener alli para ir hacer sus sacrificios. y asi
dicen los naturales que era alli el mayor idolo de todos y que era de oro, y
que habia sido destruido otros tiempos por guerra ...27

Queda la posibilidad de que, en este testimonio, Nuño de Guzmán esté


confundiendo La Quemada con El Teúl, pero hay otros indicios que
sugieren que El Teúl había perdido su posición de sitio dominante en la
región cazcana, de lo cual da testimonio la magnitud del asentamiento y
la calidad sobresaliente de sus construcciones. El sitio, a pesar de ser una
acrópolis inexpugnable, fue tomado e incendiado por una parte reducida

24 Crónicas de la conquista ...• pp. 43-48. 72-75, 128-131, 161-162, 192-193. 223. 251-253,
290-293.
25Fray Antonio Tello, Crónica miscelánea ...• op. cit.
26ldem.
27 Ibidem, p. 47

103
de las fuerzas de Nuño de Guzmán sin encontrar resistencia, y se informa
que en sus alrededores había poca gente y escasas labranzas.28 Del
mismo modo, en su resistencia a los invasores, los cazcanes de Xalpa,
Juchipila y Tlaltenango no se empeñolan (táctica tradicional en la cultura
Chalchihuites), y lo hacen solamente 10 años después en la famosa
Guerra del Mixtón. Existe pues la posibilidad de que la cultura de los
cazcanes del siglo XVI fuera bastante distinta a la de sus antecesores de
la cultura Chalchihuites del Clásico, en particular en su patrón de asenta-
miento y en la fuerza de su organización militar. Son indispensables
trabajos arqueológicos que se enfoquen en reconstruir su historia durante
todo el Posclásico.
Para concluir, podemos señalar una paradoja en cuanto a las relacio-
nes entre arqueología e historia en el septentrión mesoamericano. Hasta
ahora, la arqueología ha ayudado mucho más a confrontar y esclarecer
las informaciones históricas del centro del país que las de la región norteña
misma. El avance de la arqueología en el norte ha sido fundamental para
entender mejor los acontecimientos del Posclásico en el centro, pero esos /
trabajos tienen que profundizarse considerablemente y afinar sus técnicas
para abordar la historia de los nómadas y los agricultores aldeanos que
poblaban esos rumbos a la llegada de los españoles, época en que em-
piezan los registros escritos en aquellas latitudes.

28 Ibídem, pp. 73 Y 131.

104
Arqueología y fuentes históricas:
el caso del Templo Mayor de Tenochtitlan
Eduardo Matos Moctezuma

Quienes nos dedicamos al estudio de las sociedades mesoamericanas


que se desarrollaron en los siglos inmediatamente anteriores a la llegada
de los europeos, tenemos la necesidad de acudir a dos ramas distintas del
conocimiento con el fin de obtener información acerca de estos pueblos.
Por un la90, contamos con los testimonios que nos proporciona la arqueo-
logía y, por el otro, con los datos que se desprenden de los documentos
escritos o las pictografías, si bien es indispensable cono~er a fondo ambos
campos, pues de inmediato surge el problema del grado de validez de la
información y de la confrontación de los datos. En lo que se refiere al
estudio de documentos escritos, es bien sabido que en no pocas ocasiones
una crónica o un relato refleja la apreciación personal de un individuo que,
como hemos dicho en otra ocasión, bien pudo haber exagerado, mal
entendido o tomado demasiado literalmente lo que se le relataba. De ahí
que sea imperativo conocer al tipo de cronista de que se trata, así como
las circunstancias en que escribió lo que nos relata y las características de
/ lo escrito. También en ocasiones se requiere la confrontación entre cro-
nistas cuando éstos se refieren a un mismo acontecimiento, ya que este
procedimiento nos permitirá entrecruzar la información sobre el tema
estudiado. Así, no cabe duda de que es un privilegio contar con una mayor
información que la puramente escrita, aunque no dejamos de envidiar a
nuestros colegas arqueólogos que estudian sociedades ágrafas y que
solamente cuentan con el dato de esta disciplina sin tener qúe recurrir a
documentos en ocasiones contradictorios. Con todo, es evidente el mutuo
apoyo que se prestan la arqueología y las fuentes documentales. En las
líneas siguientes veremos un caso en que contamos con ambos tipos de
datos; nos referimos al del Templo Mayor de Tenochtitlan.

El dato arqueológico

Antes de que la arqueología liberara por completo el Templo Mayor y


algunos de los edificios aledaños, se contaba con algunas excavaciones
que habían permitido conocer algo del principal templo mexica. En el año

105
1900, Batres encontró parte de la escalinata de la plataforma de la etapa
VI sin saber que se trataba de la plataforma que sostenía el templo. Así
menciona el hallazgo que realizó entre el 4 y el 11 de septiembre de
aquel año en la confluencia de las calles de las Escalerillas, Santa Teresa
y Relox (hoy 1a. de Guatemala, 2a. de Guatemala y Argentina, respec-
tivamente):

Se acabó de descubrir la escalera que se había comenzado a exhumar el


día 4 del mismo, compuesta de nueve escaleras [...] al pie del último peldaño
de la escalera, aparecieron grandes losas, perfectamente labradas, y unidas
las unas a las otras. Cada losa medía 4 m de largo, 1 m 50 cm de ancho y
O m 30 cm de espesor.1

Pocos años después correspondería a don Manuel Gamio plantear que lo


encontrado por él durante las excavaciones de 1913-1914 era el Templo
de Huitzilopochtli. En efecto, don Manuel pudo excavar en el predio que
estaba en la esquina de Seminario y Santa Teresa (hoy Guatemala), donde
encontró cráneos y conos de piedra, almenas en forma de caracol, una /
cabeza de serpiente que remata la alfarda del edificio, el piso de mármol
del aposento sur, representaciones de átlatl que consideró símbolos del
dios de la guerra, etcétera, todo lo cual lo llevó a suponer que se trataba
del Templo Mayor.2
Años más tarde, después de la demolición del edificio del Seminario a
un costado de la catedral, el arquitecto Emilio Cuevas excavó el terreno
por medio de calas y localizó el muro de la plataforma de la etapa VI, que
Batres había excavado en su intervención en el drenaje, y encontró en
buen estado la alfarda de la escalera ya mencionada. Ésta, por cierto,
quedó cubierta por la calle de Seminario, aunque se podía llegar a ella a
través de un túnel que daba a un aposento construido para proteger la
alfarda. Allí permaneció varios años hasta que la liberamos e integramos
a las excavaciones del Templo Mayor.3
En 1948 se amplió el costado sur excavado por Gamio, labor que
estuvo a cargo de Hugo Moedano, quien recuperó, entre otras cosas,
ofrendas ubicadas al sur del Templo Mayor. Pudimos encontrar el informe
de Elma Estrada Balmori, quien ayudaba a Moedano en los trabajos, y
darlo a conocer.4

1 Las notas bibliográficas a que hacemos referencia pueden ser consultadas en la antología que
reunimos y publicamos originalmente en 1979 bajo ellílulo Trabajos arqueológicos en el centro de la
ciudad de México, reeditada por ellNAH en 1990.
2ldem.
3ldem.
4ldem.

106
En el año 1965 se encontró una ofrenda debajo del piso de la etapa IV,
en el costado sur, que estuvo a cargo de Eduardo Contreras y Jorge Angulo.5
Fue necesario esperar hasta 1978 para que se iniciaran los trabajos
del Proyecto Templo Mayor y poder así excavar en su totalidad el edificio.
Para ello se programó un proyecto cuyo proceso de investigación com-
prendía tres fases y en el que se establecían los principios técnicos y
metodológicos que debían aplicarse. Es importante señalar que desde un
principio se planteó la necesidad de la participación de los etnohistoriado-
res con el fin de reunir todo lo que las fuentes relataban sobre el Templo
Mayor, así como las diferentes representaciones que durante el siglo XVI
se conocían del edificio.6 A continuación expondremos algunos aspectos
que han surgido acerca de estos materiales.

El dato etnohistórico

Como se ha dicho, son dos los tipos de material que existen sobre el parti-
cular: el escrito, que podemos leer en diversas fuentes, y el pictográfico. Del
primero contamos con las descripciones de diversos aspectos del Templo
Mayor: cómo se establece la primera "ermita" y cómo va creciendo el edificio;
las características del mismo y la destrucción de que será objeto. Dichas
fuentes incluyen los relatos de cronistas frailes como Durán, Sahagún, Moto-
linía, Tovar, Torquemada y otros. También contamos con las crónicas de solda-
dos como Cortés y Bernal Díaz, quienes subieron al templo y lo describieron.
A ellas hay que agregar la de Andrés de Tapia y la de Francisco de Aguilar,
/ sin olvidar al Conquistador Anónimo, aunque bien sabemos que éste nunca
estuvo en la Nueva España. Un grupo aparte es el de cronistas como
Tezozómoc, Chimalpahin y Alva Ixtlilxóchitl, que son de ascendencia indí-
gena y, aunque los dos últimos ponen mayor énfasis en Chalco y Texcoco,
por ejemplo, no dejan de mencionar a los mexicas a lo largo de sus crónicas.
En cuanto a las pictografías, tenemos aquellas que forman parte de
algunos de los escritos mencionados, como las del Códice o Atlas de
Durán, donde hay hasta tres representaciones del edificio, y las de Saha-
gún en el Códice Matritense. Otras están en códices y documentos como
el Códice Ixtlilxóchitl, que en realidad forma parte del apéndice del Atlas
de Durán, el Códice Azcatitlan, el Telleriano Remensis, el Vaticano Latino
3738, el Aubin, el Magliabechi, el Lienzo de Tlaxcala, el Tudela, el Códice
en Cruz, etcétera (figuras 1-4).7

5ldem.
6ldem.
7 De estos códices vale la pena señalar que algunos fueron copias de otros anteriores. Tal es el
caso del Vaticano 3738 respecto al Telleriano Remensis. Lo mismo ocurre con la obra de Tovar en
relación.con la de fray Diego Durán.

107
Figura 1. Códice Azcatitlan.

Contamos con dos estudios de gran relevancia para nuestro propósito.


Ellos son: el Corazón de Copil, obra que reúne las diversas fuentes y
documentos que hablan sobre el Templo Mayor,8 si bien es de lamentar
que no hayan incluido la Historia de la venida de los mexicanos de Cristóbal
del Castillo, especialmente en el capítulo dedicado a Huitzilopochtli. El otro
es el estudio de Miguel León-Portilla, presentado en el simposio que sobre
el Templo Mayor organizamos en Dumbarton Oaks en 1983, que tituló
"The Ethnohistorical Record for the Huey Teocalli of Tenochtitlan".9 Existe
una tercera publicación que preparamos con el título de El Templo Mayor,
crónicas del siglo XVI, en la que solamente incluimos algunos relatos de
cronistas, dada la extensión de este tipo de ediciones. 10
En los estudios ya citados está reunida esta información, a partir de
cuyas descripciones enfocaremos más directamente las pictografías.
Cabe aclarar que utilizaremos aquellas en que el edificio aparece de frente,
ya que así podremos apreciar más claramente los elementos arquitectó-
nicos. En este caso están las pictografías de los códices Matritense,

8 Barbro Dalhgren et al., Corazón de Copil, México, INAH, 1982.


9 El doctor Miguel León-Portilla realizó un magnífico trabajo de recopilación de este material,
incluido en The Aztec Templo Mayor, Dumbarton Oaks, Washington, 1987. Pueden verse en este libro
diversos trabajos sobre el principal templo mexica.
10 Eduardo Matos Moctezuma, El Templo Mayor de México: crónicas del siglo XVI, México,
Asociación Nacional de Libreros, 1981.

108
Figura 2. Códice Azcatitlan.

Telleriano, Vaticano, Aubin, Durán e Ixtlilxóchitl. En el caso del Durán,


indicaremos las tres representaciones con letras. En lo que se refiere al
Ixtlilxóchitl, hay que aclarar que, aunque se refiere al Templo Mayor de
Texcoco, es evidente su asombrosa similitud con el de Tenochtitlan. Más
aún, podemos señalar que había un patrón común a los templos principa-
/ les, pues así lo indican los datos arqueológicos en Tlatelolco, Tenayuca,
Teopanzolco e inclusive en poblaciones pequeñas que también tenían su
templo mayor, como en Santa Cecilia. También podemos ver en el Códice
Vaticano 3738 que el templo de Tacuba era similar a los mencionados.
Antes de iniciar nuestro estudio comparativo entre el dato arqueológico
y el pictográfico, conviene aclarar que, en el caso de los vestigios arqueo-
lógicos, recurriremos a etapas más tempranas que las que vieron y
destruyeron los españoles. Sin embargo, hemos visto que los elementos
y características que el edificio conserva en todas sus etapas son simila-
res y repetitivos, pues es claro que obedecían a todo un lenguaje que
quedaba plasmado en el simbolismo del templo en su carácter de centro
del universo mexica en general y de los mitos y dioses específicos en
particular. Así, cuando sea necesario, haremos alusión a la etapa en que
observamos el dato que se está describiendo.

109
Figura 3. Códice Aubin.

Estudio comparativo

Nuestro estudio comprende el análisis de cada una de las partes del


Templo Mayor. Empezaremos por la parte inferior del edificio para terminar
con los dos templos que se encontraban en la sección superior. La
descripción general del edificio nos servirá de base para iniciar nuestro
estudio, para lo cual debemos tener presente siempre que el Templo
Mayor era el centro de una cosmovisión. Sabemos que el edificio se
asentaba sobre una plataforma general que correspondía al nivel terrestre
y que los cuatro cuerpos ascendentes correspondían a otros tantos "cielos"
o niveles celestes. Los dos templos de la parte superior conformaban la
dualidad. En el nivel terrestre (la plataforma) se unían las dos secciones
del edificio correspondientes a Tláloc y Huitzilopochtli. Éste era el punto
por donde se bajaba al inframundo, es decir, el punto donde los dos cerros
chocaban entre sí y daban acceso al Mictlan. De esta manera, el Templo
Mayor, además de ser la expresión viva de dos mitos primordiales, era el
ombligo, el centro de su concepción universal. Por él se ascendía a los

110
niveles celestes y se bajaba al inframundo. De él partían los cuatro rumbos
del universo, y era el punto de encuentro de las concepciones vertical
y horizontal del mundo. Era el centro fundamental, el centro de centros.
En cuanto a su forma, el edificio estaba orientado al poniente y cons-
taba de una gran plataforma general sobre la que descansaban, super-
puestos, los cuatro cuerpos que componen el basamento, los cuales, al
irse estrechando, daban un aspecto piramidal al conjunto. En la parte alta
se encontraban los dos adoratorios, cada uno dedicado a los .dos dioses
que allí se veneraban. Una descripción más detallada la daremos a medi-
da que describamos cada parte, ya que para nuestro estudio vamos a
dividir el Templo Mayor en sus tres secciones fundamentales: 1) la plata-
forma general en que se asienta el edificio, 2) los cuerpos superpuestos,
y 3) los dos templos de la _parte superior. Tanto las fotografías de lo
excavado como las pictografías servirán de comparación en cada caso.

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Figura 4. Códice Azcatitlan.

111
Plataforma general

Esta plataforma servía de base a todo el edificio. Se caracterizaba por


tener una escalinata corrida, es decir, que no se dividía a la mitad del
edificio, sino que por ella, con sus cuatro o cinco escalones, se accedía
desde la gran plaza del recinto ceremonial a la plataforma. En ambos
extremos de la plataforma había aposentos con pisos de bloque de mármol
y altarcillos. Cabe señalar que sobre ella descansaban las cuatro cabezas
de serpiente que flanqueaban las dos escalinatas correspondientes aliado
de Tláloc y al de Huitzilopochtli. En la etapa IVb (1470 d.C. aproximada-
mente), la mejor conservada de todas, podemos ver algo interesante: dos
serpientes, una a cada extremo de la plataforma, con sus cuerpos ondu-
lantes en posición "encontrada", es decir, la del extremo norte mira hacia
el sur y viceversa. En medio de ambas, marcando la mitad del edificio, se
encuentra una quinta cabeza policroma de serpiente que mira hacia el
poniente. Un pequeño altarcillo, en cuya parte superior se encuentran dos
ranas, interrumpe la escalinata corrida en el lado de Tláloc. Cabe señalar
que fue debajo del piso de esta plataforma en donde se encontraron el
mayor número de ofrendas, las cuales se localizaban en tres ejes princi-
pales: hacia la parte media de cada escalinata y en la unión de ambas.
Ahora bien, de las pictografías del edificio que hemos tomado en
cuenta, vemos que en siete de ellas se pintó la plataforma, aunque de
diferente manera. La forma más sencilla la representa un simple rectán-
gulo alargado. Tal es el caso del Matritense y las dos representaciones del
Telleriano. En dos no se representó (Durán B y C) y en los cuatro restantes
(Ixtli/xóchit/, Aubin, Durán A y Tovaf) aparece con mayor detalle. En los
dos últimos la vemos indicada por las serpientes que están "encontradas",
lo que nos recuerda de inmediato el dato arqueológico ya reseñado (fotos
1, 2 Y 3). En el Aubin, la plataforma se indica como un patio rectangular
abierto hacia el frente, en donde se encuentra un personaje con un tambor,
lugar en donde debería ir la escalinata. El más detallado y fiel a la realidad
es, sin lugar a dudas, la representación del /xtlilxóchilt. En él vemos la
plataforma con los aposentos y altarcillos a los extremos y la escalinata
corrida con las alfardas o dados que la flanquean. Resultan realmente
impresionantes los elementos que se pintaron si los comparamos con lo
encontrado arqueológicamente en la etapa IVb (1470 d.C. aproximada-
mente) (foto 4).

112
Foto 1. Plataforma de la etapa IVb (1470 d.C. aproximadamente). Nótese el piso y, en
el extremo izquierdo, el aposento con piso de mármol, y la serpiente del lado norte
con su cuerpo ondulante.

Foto 2. Serpiente ondulante del lado norte de la plataforma (etapa IVb).

113
Foto 3. Serpiente del extremo sur de la plataforma.

Foto 4. Detalle del lado norte de la plataforma (etapa IVb, 1470 aproximadamente).
Nótese el piso de bloques de mármol del aposento y un altarcillo en la parte superior
de la fotografía. Abajo, la serpiente "encontrada".

114
Cuerpos superpuestos

En el caso de los cuerpos superpuestos y las dos escalinatas que dan


acceso a la parte superior del edificio, seis de las representaciones
incluyen los cuatro cuerpos (dos del Telleriano, el Durán B, el Tovar, el
Aubin y ellxtlilxóchitl). En uno (el Durán C) se aprecia una base piramidal,
además de estar separada una mitad del edificio de la otra mitad. En el
Matritense, por el contrario, no aparecen los cuerpos, mientras que en
el Durán A vemos seis cuerpos. En cuanto a las escalinatas, todos repre-
sentan la doble escalera y las alfardas. Sin embargo, en el Ixtlilxóchitl, el
Aubin y las dos del Telleriano se pintaron, inclusive, las dobles alfardas en
la unión de ambas escaleras. Los dados de la parte superior de las alfardas
están presentes en siete de las pictografías, si bien algunas semejan
columnas, como en el Durán B y el Tovar. Las mejores representaciones
son las del Ixtlilxóchitl, el Matritense y el Telleriano. Es interesante cons-
tatar que en tres representaciones vemos cómo corre la sangre por las
escalinatas.
Arqueológicamente, las dobles alfardas centrales y las dos laterales
que flanquean las escalinatas, así como los dados o remates en la parte

Foto 5. Tlatelolco. Diversas etapas constructivas del Templo Mayor que muestran
la doble escalinata.

115
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superior -donde la alfarda se vuelve casi vertical-, están presentes en
los templos mayores de Tenochtitlan, Tlatelolco, Tenayuca y Teopanzolco
en las diversas etapas constructivas de cada uno de ellos (foto 5).

Adoratorios de la parte superior

Todas las pictografías muestran los dos adoratorios, si bien el Telleriano


representa una de las etapas del edificio sin terminar, por lo que es el único
en el que no aparecen. En todos los demás hay una puerta para cada uno
de los adoratorios, así como las jambas y el dintel que las enmarca. En
algunos casos el detalle llega al extremo de mostrar en los muros exterio-
res adornos arquitectónicos, como en la etapa 11del Templo Mayor de
Tenochtitlan, que es el único que conservó parte de los dos adoratorios.
En cuanto al techo, es interesante constatar que guarda la forma trapezoi-
dal y el decorado (fotos 6 y 7).
Así, vemos que en cuatro códices (lxtlilxóchitl, Matritense, Telleriano,
Durán B) la techumbre del adoratorio de Huitzilopochtli tiene calaveras,
visibles perfectamente en el primero de ellos e insinuadas con puntos
blancos sobre fondo oscuro en los tres restantes. En las mismas pictogra-
fías, el lado de Tláloc muestra bandas verticales en forma de rectángulos,
menos en la de Durán, aunque hay que agregar el Aubin, en que también
se aprecian. Algo insólito ocurre con el Códice Telleriano y, por lo tanto,
en el Vaticano Latino 3738, que es copia del primero: los adoratorios están
/ invertidos, es decir, el de Tláloc se aprecia a la derecha y el del dios de la
guerra a la izquierda. No nos explicamos esta disposición. Otra peculiari-
dad es que el adoratorio de Tláloc aparece más pequeño en altura que el
otro en el Ixtlilxóchitl, el Aubin, el Durán B y el Telleriano. Esto también lo
constatamos arqueológicamente, ya que la escalinata del lado de Tláloc,
por ejemplo, es ligeramente más estrecha que la otra, por lo menos en las
etapas 11de Tenochtitlan y Tlatelolco, donde hemos logrado medirlos.
También se detectó que a algunos de los cuerpos gellado de Tláloc se les
aumentó el grosor en por lo menos un metro. De lo anterior se infiere que
de alguna manera se intentaba dar mayor presencia a Huitzilopochtli, dios
tribal y de la guerra.
Otro aspecto interesante del techo son las almenas, las cuales apare-
cen representadas en todos los casos menos en el Matritense. El lado de
Tláloc se caracteriza por almenas, la mayoría en forma de caracol (Durán
A y e, Tovar, Telleriano e Ixtlilxóchit/), aunque igual representación apa-
rece en el de Huitzilopochtli, como vemos en Durán A, Tovare Ixtlilxóchitl.
Por cierto que en la representación de Durán B, las almenas de Tláloc
tienen forma de jarra, lo cual no está tan alejado de la realidad, pues se

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Foto 6. Vista general del Templo Mayor de Tenochtitlan en su etapa 11(1390 d.C.
aproximadamente). Véase la doble escalinata con los/remates o dados verticales
de las alfardas y los restos de los dos adoratorios.

Foto 7. Vista de la doble escalinata del Templo Mayor (etapa 1I).En la entrada del
adoratorio del dios de la guerra vemos la piedra de sacrificios.

124
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Foto 8. Almena en forma de caracol.

han encontrado en las excavaciones almenas de los dos tipos: en forma


de caracol y de jarra. En el lado del dios de la guerra vemos que en un
caso la almena tiene forma de L (Durán C) y er;1otro de doble trapecio
(Telleriano). Los dos casos nos recuerdan almenas teotihuacanas (foto 8).
La piedra de sacrificios constituye otro detalle interesante. En nuestras
excavaciones de la etapa 11 (1390 d.C. aproximadamente) encontramos
dicha piedra frente al adoratorio de Huitzilopochtli y un chac-moolfrente al
de Tláloc. En las pictografías del Matritense y Durán A y C se representan
elementos frente a los adoratorios, y hay una escena de sacrificio sobre la
piedra en Durán B. Por cierto que la sangre que corre por las escaleras se
ve tanto en el Matritense como en los Durán A y B. Los dioses sentados
sobre las banquetas del fondo de la habitación, tal como los encontramos,
los vemos insinuados en los Durán A y B.

125
Foto 9. Personaje sedente que
bien puede corresponder a
los indicados en el Matritense.

En algunas pictografías es notoria la presencia de una especie de


el
portaestandartes a los lados de los adoratorios. Tal es caso -muy claro,
por cierto- del Durán A y del To var. En Durán B vemos dos figuras a
ambos lados de los adoratorios que más bien parecen demonios, y en el
Matritense hay figuras en tamaño grande y con numerales (5 lagartija y
5 casa). Una de estas figuras la identificó el arqueólogo Felipe Solís en
una escultura con restos de color azul que encontramos al norte del
Templo Mayor. La figura representa un personaje sentado que tiene el glifo
5 lagartija (fotos 9 y 10).

Conclusiones

Después de estas descripciones, podemos concluir lo siguiente:

1) No cabe duda de que las pictografías y descripciones del Templo


Mayor de Tenochtitlan se apegan considerablemente al dato que nos
proporciona la excavación arqueológica.
2) Las pictografías y descripciones de los frailes en relación al Templo
Mayor son particularmente detalladas. Esto obedece a que el fin que

126
Foto 10. Vista posterior del
personaje sedente con el gli-
fo 5 lagartija en la espalda,
igual al que se ve en el Códice
Matritense.

el fraile perseguía con sus crónicas era profundizar lo más posible en


el pensamiento, costumbres y características de los pueblos recién
conquistados con el objeto de conocerlos a fondo y poder llevar a
cabo su labor evangelizadora. De esta manera, también se evitaba
que fueran engañados por los indígenas, quienes aparentando reali-
zar ceremonias cristianas en realidad las estuviesen haciendo en
honor a sus dioses. Clara expresión de esto lo vemos en el prólogo
de fray Bernardino de Sahagún a sus 12 libros.
3) Lo anterior también es, en cierta medida, gara'ntía de que el dato que
proporciona el fraile cronista trata de apegarse lo más posible a la
realidad del mundo indígena. Aunque en el caso del Templo Mayor
y sus componentes arquitectónicos vemos un apego en ocasiones
hasta el detalle, no podemos de ninguna manera generalizar a todas
las situaciones y a los diferentes pueblos indígenas descritos por
fuentes históricas. Cada caso que se estudie debe ser analizado
tomando en consideración los aspectos que mencionamos páginas
atrás: conocer al cronista que escribe, las circunstancias y motivos
por los cuales lo hace y las características de lo escrito.

127
4) Finalmente, en lo que se refiere al Templo Mayor, la excavación
arqueológica sirvió para validar el dato etnohistórico y éste, a su vez,
para contribuir a la interpretación arqueológica. La evidente ayuda
mutua dará pie a una mejor comprensión del principal edificio mexica,
centro de su universo y en donde siguen vivos algunos de los más
relevantes mitos de este pueblo.

128
La posible interpretación de figurillas
arqueológicas en barro y piedra según
las fuentes históricas
Doris Heyden

Para el historiador y el antropólogo las fuentes escritas son documentos


que contienen una rica información histórica, religiosa, geográfica, artísti-
ca, lingüística y etnográfica; este material permite reconstruir en gran parte
la cultura de sociedades desaparecidas, cercanas o próximas a la fecha
en que fue elaborado. Para el arqueólogo, en particular, las fuentes
contribuyen también a precisar el último segmento temporal de su campo
de estudio, al cotejar y relacionar sus datos arqueológicos con los docu-
mentos escritos. Asimismo, le sirven en su proceso-deductivo al momento
de integrar un panorama cultural mediante la comparación de los datos
etnográficos contenidos en ellos.
El presente trabajo tiene como fin mostrar algunas interpretaciones a
las que se puede llegar cuando se investiga en las fuentes el significado,
por lo general ritual, de las figurillas cerámicas, de piedra, semillas, papel
o madera, y su posible aplicación a las que se hallan en el acervo del Mu-
seo Nacional de Antropología.
Cuando empecé a estudiar la obra de fray Diego Durán al principio de
los años sesenta y a traducirla a otro idioma, me di cuenta de la enorme
riqueza de información contenida en esas páginas escritas hace cientos
de años. Desde entonces me dediqué a seguir las pistas del misterio de
datos escondidos, como en una novela de detectives. Mi tesis de maestría
se centró en la relación arqueología-fuentes históricas y durante algunos
años impartí un curso sobre el tema en la Escuela Nacional de Antropolo-
gía e Historia. Otros trabajos han sido resultado de este apasionante tipo
de investigación. Algunos de los datos del presente artículo han sido
mencionados en esas publicaciones.1 En este estudio las citas son, en su
mayoría, de la obra de Durán.
La coordinación de las fuentes históricas con la arqueología no es cosa
nueva, pues tanto en lo referente al Viejo Mundo como en lo que respecta
a México los logros obtenidos por este procedimiento han sido numerosos
y nos han permitido entender más a fondo la historia y los pueblos que la

1 Véase Heyden, 1969, 1970, 1973, 1989.

129
crearon. Las figurillas, ya sean modeladas o moldeadas en barro, ayudan
al arqueólogo a distinguir .culturas y horizontes culturales, así como a
adentrarse en la religión de sus fabricantes (Noguera, 1965: 72). También
sirven para interpretar algunas costumbres de los grupos prehispánicos,
tales como la manera de vestir, el adorno personal, la escarificación y
pintura corporal, la deformación craneana, los peinados, etcétera, a la vez
que informan sobre las condiciones sociales, económicas y políticas de la
gente que, en un periodo determinado, las adoptó y convirtió en expresión
de su arte.
A veces, sin embargo, la función de las figurillas encontradas en las
excavaciones queda como una incógnita. De manera que el cuidadoso
estudio de las fuentes puede proporcionar algunas respuestas.

Las figurillas como protección para los niños

El uso de figurillas y objetos en miniatura con fines mágicos es una antigua /


práctica tanto en México como en otras partes del mundo. En tiempos
prehispánicos, las miniaturas acompañaban a una persona a lo largo de
su vida con el fin de protegerlo: al nacer, durante la vida y al morir. Por
ejemplo, según Durán, cuando nacía un niño, colocaban en sus manos los
implementos que iba a necesitar durante su vida:

si era varón [...] poníanle en la mano derecha una espada pequeña y en la


otra, una rodelilla chiquita. Esta ceremonia hacían al niño cuatro días arreo
[...] y si era hija, después de lavada cuatro veces, poníanle en la mano un
aderezo pequeño de hilar y tejer, con los dechados de labores. A otros niños
ponían a los cuellos carcajes de flechas y arcos en las manos. A los demás
niños de la gente vulgar les ponían las insignias de lo que por el signo en
que nacían conocían. Si su signo le inclinaba a pintor, poníanle un pincel en
la mano [...] y así de los demás (1967, 1: 57).

Cuando un hombre moría, lo enterraban con ofrendas de comida en


miniatura en pequeñas vasijas, junto con jarritas de pulque. Aunque esta
cita de Durán no menciona figurillas, nos da una buena idea del uso de las
miniaturas como una suerte de amuleto. En otra parte, el mismo cronista
habla de la protección mágica atribuida al uso de pequeñas figuras y otras
cositas:

[En la fiesta de Tozoztontli, a los niños] por superstición les ataban unos hilos
colorados, o verdes, o azules, o negros o amarillos, en fin de la color que se
le antojaba a aquellos agoreros, poniéndoles en el hilo a algún huesezuelo
de culebra, o algunas piedrezuelas [oo.] o alguna figura de ídolo [oo.] no por
ornato, sino por superstición o agüero (ibíd., 1: 248).

130
Figura 1. Estas figurillas arqueológicas de Teotihuacán, vestidas lujosamente, per-
miten conocer algo de la indumentaria antigua. La información visual se comple-
menta con datos de las fuentes históricas, MNA.

Figura 2. Las múltiples figurillas de mujeres con niños pudieron haber representado
a la diosa madre. Cultura mexica, MNA.

131
Figurillas en las milpas y en los cerros

Durán continúa diciendo acerca de la fiesta de Tozoztontli:

este día se hacía una abusión y superstición que en algunas partes, y en


casi todas, el día de hoy lo he visto hacer, y es que, de árbol a árbol, por
encima de las milpas, ataban unos cordeles; colgaban de estas cuerdas
algunos idolillos, o trapos [...] de trecho en trecho, que los que no saben y
entienden creerán que son esp,antajos para pájaros, o juguetes de los
muchachos, yen realidad no es sino superstición (ibid., 1:248).

En otro trabajo he mencionado una costumbre que hasta hace poco se


observaba en la Sierra Norte de Puebla y que todavía se encuentra a
veces: se cuelgan figuras cortadas en papel de amate o de china encima
de las milpas, costumbre que recuerda lo descrito por Durán. En San
Pablito esta ceremonia con figuras de papel se lleva a cabo al principio de
la primavera para "saludar la tierra".2
En la época prehispánica se enterraban idolillos en las sementeras con /
el fin de proteger las plantas. Sigue Durán:

En este día [Tozoztontli] bendecían las sementeras los labradores e iban a


ellas con braseros en las manos y andaban por todas ellas echando incienso,
o íbanse al lugar donde tenían el ídolo y dios de sus sementeras y allá
ofrecían copal y hule y comida y vino [...] (ibid., 1;249).

Aunque Durán no dice que el "ídolo o dios de sus sementeras" enterrado


en la milpa era de barro, esta cita me recuerda una visita que hice a un
pueblo aislado en el Estado de México -hoy día no tan aislado sino
absorbido por el pulpo urbano- donde una señora que labraba en su milpa
contestó mi pregunta sobre la posible existencia de figurillas encontradas
en la tierra, diciéndome que sí había. Cuando le pedí que me permitiera
verlas y quizá llevarme alguna, se mostró sorprendida y se negó a la
petición, explicándome que la tierra misma las necesitaba para el bienestar
de las siembras.
Jacinto de la Serna decía que "sus idolatrías también tienen con las
semillas" (1953: 233) y describe algunos usos de las figurillas en la
agricultura:

acuden a pedirles socorro [a los dioses] en ayuda en sus necesidades, en


sus mieses, en sus cosechas y grangerías, poniendo en medio del maiz y
de sus mercaderías algún ídolo [oo.] [y creían] que estos ídolos eran los que

2 La información sobre esta costumbre me la proporcionó Virgilio Espíritus, otomí especialista en


cortar el papel y hacer fas ceremonias, en San Pablito, Puebla, en 1969.

132
daban las riquezas y prosperidades, y [...] por mucho trabajo que les cuesten
sus grangerías y sementerías, siempre piensan que vienen de mano de sus
ídolos [...]
[...] también veneraban á el agua y la invocan, quando hazen sus se-
menteras, o las cogen [...] y para todas estas cosas les ayudaba mucho el
auer puesto muchos de estos ídolos por simientos [...] [y dijeron] que sus
dioses eran tan fuertes que los ponían por simientos y vasas de el templo ...
(ibid., 67, 68).

Serna, además, dice que los tlaloques guardaban las sementeras, sobre
todo de los insectos que dañan los cultivos (ibid., 311). Quizá algunas
figurillas arqueológicas de Tláloc hayan tenido este fin.
Las figurillas también cumplían un papel importante en ritos de las
cuevas. Según Durán, el primer día de la fiesta Tlacaxipehualiztli, el21 de
marzo, se hacían ofrendas de papel, hule y copa!. Al papel lo rayaban con
el hule, luego lo llevaban a los montes, donde estaban:

sus cuevas y adoratorios y sacrificaderos y mezquitas llenas de ídolos,


pequeños, de piedra y de barro, a los cuales vestían con aquel papel rayado,
poniéndolos como sambenitos (1967,1: 242-244).

En la cima del monte Tláloc había un pequeño santuario de madera que,


aunque no era cueva, funcionaba en igual sentido ritualmente, ya que era
un lugar cerrado, como parte del cerro, donde se realizaban ceremonias.
y aquí, dice Durán:

en medio de esta pieza, sentado en un estrado, tenían al ídolo Tláloc [...] A


la redonda de él había cantidad de idolillos pequeños, que lo tenían en medio,
como a principal señor suyo, y estos idolillos significaban todos los demás
cerros y quebrados que este gran cerro tenía a la redonda de sí (ibid., 1:82).

Continúa Durán describiendo las ceremonias en honor de los dioses, los


cerros y las cuevas. De la diosa y montaña Iztaccíhuatl, que "era la Sierra
Nevada", dice que la adoraban en los templos de las ciudades y también:

en una cueva que en la mesma Sierra había [...] donde acudían con ofrendas
y sacrificios muy de ordinario, teniendo [la diosa] junto a sí, en aquella cueva,
mucha cantidad de idolillos, que eran los que representaban los nombres de
los cerros que la Sierra tenía a la redonda, como contamos del ídolo llamado
Tláloc (ibid., 1: 159).

y refiriéndose a Chalchiuhcueye, diosa de las fuentes y los ríos, menciona


que la gente venía desde lejos "a las aguas en romería, y a los cerros
extraños, ya las cuevas extrañas, donde había ídolos, a cumplir sus votos
y promesas y romerías" (ibid., 1: 174).

133
Fray Francisco de Burgoa, al escribir en el siglo XVI sobre Oaxaca,
habla de muchas cuevas en la región que servían de adoratorios y de
lugares funerarios. Por Chalcatongo, dice, tuvo noticia del "panteón nefan-
do de innumerables supersticiones que generalmente veneraban todos los
pueblos y señoríos de esta Mixteca", donde por un diluvio se descubrió
una gran cueva. Al investigarla, se dio cuenta de que adentro había
"cadáveres pútridos" de los señores, quienes creían que la cueva era "la
puerta o tránsito para las amenas florestas". Habla de los muertos "en las
cavernas de sus ídolos" y luego describe las aventuras de otro religioso
en un monte llamado Cumbre de Cervatillos. Este "celoso Padre", habien-
do oído que la cueva estaba allí, subió a la cima del cerro, seguido de "una
gran multitud de indios incrédulos". Cuando encontró la boca de la cueva,
se adentró y encontró una gran cantidad de cuerpos amortajados con ricas
vestiduras y joyas. Penetrando más en la cueva, reconoció algunos
cuerpos de caciques fallecidos poco tiempo antes. Allí vio también

una inmensidad de ídolos, de diversas figuras, y variedad de oro, metales,


piedras, madera, y lienzas de pinturas; aquí empezó el furor santo a
embravecerse, quebrantando a golpes todos los que pudo, y arrojando a sus
pies los demás [ídolos], maldiciéndolos como a espíritus de tinieblas
(Burgoa, 1934: 337-340).

Hoy día, en Oaxaca, la gente de diferentes partes del valle acude a Mitla
la noche última del año para ofrendar figuras en miniatura a una cruz que
se considera milagrosa. La cruz reemplaza un culto antiguo a una cueva
y los poderes numinosos asociados a ella. La gente moldea en barro,
cera y piedritas figuras de las cosas que desea: niños, casas, milpas,
animales. Se dirige una súplica a una dirección cardinal y también a la
cruz, luego se depositan las figuras votivas en el cerro junto a la cruz o las
llevan a la iglesia en Tlacolula, con la esperanza de que las miniaturas se
conviertan en realidad. Quizá en la antigüedad algunas figurillas tuvieron
un fin similar a éstas.
En Tecospa, por Milpa Alta, todavía hace 30 años existía la costumbre
de ofrendar objetos miniatura a los enanos de la lluvia que viven en las
cuevas. Se cree que el mal aire, enfermedad común del lugar, sale de
las cuevas y que esto lo controlan los enanos de la lluvia. Como curación
del mal se coloca en la cueva una ofrenda que consiste en platos pequeños
con pequeñas porciones de tortilla, tamales, arroz y guisados (Madsen,
1960: 186).

134
Ofrendas al agua

Motolinía decía que la gente del México antiguo ''tenían ídolos para el agua,
máxime cerca de las fuentes" (1971: 41). Según Durán en la fiesta
Etzalcualiztli, cuando se honraba a Chalchiuhcueye, diosa de las aguas,
las paridas y los enfermos ofrecían a los arroyos y fuentes "cantarillos,
ollejas, platillos, escudillos de barro y muñecas de barro ... y mil juguetes
de cuentecillas". En los manantiales, fuentes, ríos y lagos

había grandes ofrendas de joyas, en figuras de peces y ranas y de patos y


de cangrejos, de tortugas y joyas de oro que en ellas echaban los principales
señores (1967, 1: 171, 174).

Cuando el tlatoani Ahuítzotl inauguró el acueducto que llevaba agua desde


Coyoacan a Tenochtitlan, hubo grandes festividades, con la presencia de
los señores principales y los ministros de los templos, que iban embijados
de negro y con unas guirnaldas de papel en las cabezas; estos sacerdotes
traían flautas, bocinas y caracoles grandes, los cuales iban tocando.
Ahuítzotl llevaba unas sonajas hechas a manera de tortugas, así como
una bolsa de harina de maíz azul. Sus piernas estaban pintadas de azul
y vestía calzado azul, ''todo denotando el color del agua". Algunos sacer-
dotes traían copal, jaulas con codornices, manos de papel y hule derretido.
Al abrir el caño para que el agua empezara a fluir, mataron las codornices
y echaron la sangre al agua, luego ofrendaron al agua copal y hule
derretidos. Finalmente, echaron papel y pedazos de hule y de copal,
/ mientras tocaban los instrumentos e incensaban el agua. Luego llegó "la
semejanza de la diosa del agua", quien, después de dirigirse ceremonial-
mente a ella, echó harina al caño. Los cantores cantaban y bailaban en
honor de Chalchiuhtlicue y de Tláloc, al mismo tiempo que unos sacerdotes
arrojaban al agua peces vivos, ranas y sanguijuelas. Al final, el tlatoani
descabezó las codornices, ofreciendo su sangre al agua mientras incen-
saba el agua a la boca del canal. Entonces dijo:

o diosa poderosa del agua: seas muy bien venida a tu ciudad, cuyo protector
y abogado es el dios Huitzilopochtli [e hizo una plática formal]. Acabada esta
plática, echó en el lugar donde el agua hacía el golpe que de la canal caía
en la acequia, muchas joyas de oro, en figuras de peces Y ranas, y mucha
cantidad de piedras labradas a la misma hechura, y todos los principales,
juntamente con él, echaron de aquellas joyas y piedras, cada uno conforme
a su estado y posibilidad (ibid., 11:376-378).

Pero la obra estuvo mal calculada y pronto la ciudad de Tenochtitlan


empezó a inundarse. Ahuítzotl dio orden de deshacer las presas para que
el agua pudiera seguir su antiguo curso, y

135
que se haga a la diosa de las aguas un solemne sacrificio, para que aplaque
su ira [...] con muchas joyas y plumas y con muchas codornices y copal y
hule y papel [...] y juntamente se traigan algunos niños para sacrificar (ibid.,
11:380).

Se hacían ofrendas y sacrificios, y grupos de buzos entraban al agua, a la


que ofrendaban muchas riquezas, enterrándolas en el fondo. ''También les
administraban otras muchas piezas grandes hechas ídolos, especialmente
una hecha a figura de la diosa de las aguas, con las cuales cegaron en
alguna manera los ojos de agua" (ibid.).
Esta última frase nos revela el fin especial que tenía alguna figura de
Chalchiuhtlicue, que evidentemente era grande, y acaso parecida a la
figura monumental que se encuentra en la sala de Teotihuacan en el
Museo de Antropología.

Figura 3. Imagen de Chalchiuhtlicue, diosa del agua.


Una como ésta pudo haber servido como ofrenda al
Acuecuexco. Cultura mexlca, MNA.

136
Imágenes de los dioses

En varias ceremonias encontramos alusiones a figurillas, algunas de las


cuales representan a alguna deidad. Por ejemplo, al ser sacrificados los
presos de guerra, todos se ponían en hilera al pie del tzompantli, mientras
"descendía una dignidad del templo constituida en aquel oficio, y bajando
en brazos un ídolo pequeño [de Huitzilopochtli], lo mostraba a los que
habían de morir" (ibid., 1: 32), ya que era por la voluntad de este dios
que eran sacrificados.
En la Gran Fiesta de los Señqres, Huey Tecuílhuitl, se hacía un
sacrificio por medio del fuego, con cuatro hombres como víctimas. Medio
asados, se les sacaba del fuego para cortarles el corazón, luego sus
cuerpos se colocaban en una especie de estrado donde también sacrifi-
caban a una doncella que representaba a Xilonen, diosa del maíz. Los
sacerdotes de los barrios, entonces, se autosacrificaban sacándose san-
gre de su propio cuerpo en honor de Xiuhtecuhtli. Cada uno estaba
acompañado por la figura pequeña del dios de su barrio:

Acabado este sacrificio de fuego, salía luego el que tenía cargo de barrer y
barría alrededor de la lumbre, y, después de barrido, venían todos los
sacerdotes de los barrios y ponían alrededor de aquel fuego cada uno una
manta doblada de su ídolo y un braguero y un ceñidor, y encima de ella un
idolillo pequeño. Después de puesto, sentábanse junto a su ídolo cada uno
[y hacían el autosacrificio de fuego] (ibid., 1: 128).

/ Se sabe que cada ca/pulli tenía su dios particular, como hoy día cada
barrio tiene su santo protector. En tiempos de Itzcóatl

dieron a sus barrios el culto de sus dioses, a cada barrio su suerte, para que
lo que de allí se cogiese, se emplease en cosas y ornato del culto de aquel
dios que en aquel barrio o colación se celebraba. Y lo que más se compraba
era papel, hule, copal, almagre y colores de azul y de amarillo, con que
pintaban las capas y mitras y tiaras que ponían a sus ídolos (ibid., 11:83).

Aquí nos dice Durán que el papel, el hule, el copal y los colores servían
para adornar las imágenes. Durante el mes de. Tlacaxipehualiztli, los
sacerdotes rayaban papeles con hule derretido y, así rayados:

los llevaban a los montes, donde tenían sus cuevas y adoratorios y


sacrificaderos y mezquitas llenos de ídolos pequeños, de piedra y de barro,
poniéndolos como sambenitos, ofreciéndoles delante todo el papel que
sobraba y el copal y el hule (ibid., 1:244).

137
Altares caseros

Como es de suponer, cada casa tenía su altar particular. Aquí adoraban


a sus dioses, representados por imágenes hechas de diferentes materia-
les. Algunas pudieron haber sido moldeadas o modeladas, como las
figurillas expuestas en las salas del Museo Nacional de Antropología, a la
manera de una "diosa madre" con niño de la cultura mexica. Continuamos
con citas de Durán, quien dice que cada persona hacía ceremonias:

en su casa de sus puertas adentro, donde ellos tenían unos adoratorios y


piececitas particulares, donde tenían sus idolillos, a la mesma manera que
hoy en día lo usan para tener sus imágenes. En aquellas piececitas y
oratorios hacían esta ceremonia de hacer cada uno la figura de todos los
principales cerros de la tierra en la fiesta Tepeilhuitl (ibid., 1:279).

Otro ejemplo de los altares caseros y del uso de las figurillas que ahora
llamamos arqueológicas se aprecia en los ritos que llevaban a cabo las
viudas de los guerreros muertos dentro de sus casas:

molían un poco de maiz tostado y echábanlo en una jícara honda y


entrábanse en un aposento donde ellos tenían sus ídolos, que eran unas
camarillas como usan ahora para tener las imágenes, que no servían de otoa
cosa, como ahora no sirven de más [...] luego tomaban un brasero y echaban
lumbre en él y ponían incienso en la lumbre y ponían el brasero debajo de
los zancarrones y delante de todos los demás idolillos que tenían, que eran
innumerables, y sahumábanlos ... (ibid., 11:164-165).

Las figuras sonrientes

A las víctimas sacrificadas en las fiestas mensuales se les vestía a


semejanza de los dioses que representaban, "poniéndoles sus aderezos
y la tiara en la cabeza". Era indispensable que no se pusiera triste la
víctima, ya que esto traía mala suerte. Por lo tanto, se ponía mucho
cuidado en tenerla alegre, hasta el grado de embriagarla si era necesario.
De esto nos dice Durán:

A la cual [representante de la diosa Chicomecóatl] hacían que se alegrase


y bailase, trayéndola de casa en casa de los señores [...] sacaban [a la
semejanza de la diosa Toci] y la vestían, ni más ni menos que pintamos [sic]
a la diosa, y sacábanla en público para que todos la viesen y adorasen como
diosa, a la cual hacían bailar y tomar placer. Desde aquella hora la tenía el
pueblo en lugar de la mesma madre de los dioses [...] sacándola cada día
en público a bailar y cantar [...] Siete días antes que la fiesta se llegase la

138
Figura 4. Posibles Imágenes de deidades, hechas de barro, para los altares caseros.
Cultura mexica, MNA.

139
sacaban de aquel encerramiento y la entregaban a siete viejas médicas, o
parteras, las cuales la servían y administraban con mucho cuidado, y la
alegraban diciéndole muchas gracias y contándole cuentos y consejas y
haciéndole tomar placer y alegría, provocándole a reír, porque, como he
dicho, si estos que representaban a los dioses y las diosas vivos se
entristecían, acordándose que habían de morir, teníanlo por el más mal
agüero de todos y así, a fin de que no se entristeciesen, procurábanles dar
todo contento y regocijo (ibid., 1: 137, 145, 267).

Cuando veían al representante de Onetzalcóatl triste y que no bailaba con


la alegría y el contento que deseaban, "hacían una hechicería y supersti-
ción" que consistía en tomar algo de la sangre humana pegada al cuchillo
y mezclarla con cacao dentro de una jícara. Esto se lo daban a beber a la
víctima:

La cual bebida dicen que hacía tal operación en él que quedaban sin ninguna
memoria de lo que le habían dicho y casi insensible, y que luego volvía al
ordinario contento y baile [...] La causa porque le daban este brebaje era /
porque el entristecerse este indio de tal apercibimiento que le hacían teníanle
por muy mal agüero y pronóstico de algún mal futuro (ibid., 1: 63-64).

Las parteras, en su fiesta, vestían a una moza como diosa, la llevaban a


Chapultepec, luego la hacían correr de regreso a Mexico-Tenochtitlar. y
subir por las escaleras del templo:

y estando arriba, hacíanle bailar cuanto media hora y cantar, y si veían que
no lo hacía con contento y placer, embriáganla con cierto brebaje y volvíase
alegre. Después de haber bailado y cantado, entregábanla a los carniceros,
los cuales le abrían el pecho y sacábanle el corazón (ibid., 1: 267).

Una de las descripciones de las deidades de estas ceremonias se refiere


a una mujer moza, con la cabellera cercenada, ''teniendo los brazos
abiertos, como mujer que bailaba ..." y Xochiquétzal, también, ''tenía los
brazos abiertos, como mujer que bailaba" (ibid., 1: 136, 152).
Aunque se ha interpretado a las figuras sonrientes como el dios
Xochipilli -y sin duda esto es cierto en muchos casos-, nos atrevemos
a sugerir que algunas de éstas representan a aquellas deidades que
bailaban con los brazos abiertos y aspecto sonriente y de alegría, las
cuales pudieron haberse utilizado en ciertas ceremonias. También es
posible que dichas festividades hayan estado asociados con los sacrificios
de los representantes de las diosas y los dioses mencionados, aunque su
función específica siga siendo un misterio.

140
Figura 5. Las figuras sonrientes
probablemente representaran a
las víctimas de sacrificio, quienes
tenían que estar riendo y bailaban
con los brazos abiertos. Cultura
del Golfo, MNA.

Estatuas de piedra y madera para prácticas de guerra

Durante la g erra entre Tenochtitlan y Tlatelolco, Moquíhuix mandó reunir


en Tlatelolco a todos los mancebos de veinte años para arriba, y con el fin
de tenerlos en buena forma, mandó hacer una estatua de piedra de la
altura de un hombre, con espada y rodela en las manos. Colocada
la estatua en la plaza, los mancebos, que pasaban de dos mil, todos con
sus hondas y piedras rollizas en las manos, atacaron a la estatua como si
se tratara del enemigo, a tal grado que a poco rato estaba toda deshecha
a pedradas. El rey felicitó a los jóvenes, pero como según él ninguno había
señalado más que los otros, hubo que hacer otra prueba. Entonces mandó
fabricar una figura de madera que también representara un soldado
enemigo. A continuación los mancebos salieron con fisgas y flechas y
empezaron a tirar, "unos a porfía de otros". A poco rato la estatua quedó
cubierta de flechas, muchas de las cuales habían atravesado la estatua,
a pesar de que el hombre de madera tenía un palmo de grueso.

141
Porfin, después de hacerles pasar por otras pruebas, Moquíhuix habló
a los jóvenes soldados, diciendo:

Tlatelulcas: mucho me he holgado de ver la destreza de vuestras personas.


Bien entenderéis que esto que se ha hecho no es a caso, sino muy de
propósito, porque quiero que entendáis que, si alguna vez os viéredes con
vuestros enemigos, que sepáis que sus carnes no son de piedra, ni son de
palo, y que, si vuestro valeroso brazo deshace las piedras y los palos, que
mejor despedazaréis sus carnes, como leones y tigres feroces (ibid., 11:255).

Como se advierte en estas líneas, las estatuas de piedra o de madera


pudieron haber tenido varias funciones.

Jorobados y enanos

Las representaciones de figuras de jorobados son bastante comunes entre


las piezas arqueológicas. Hay varias de ellas expuestas en la sala teotihua-
cana del Museo Nacional de Antropología y probablemente no haya cultura
en la que no se encuentren los jorobados. En vida, éstos eran los sirvientes
por excelencia, quienes cuidaban celosamente de las pertenencias de los
grandes señores: "Lo cual era grandeza entre los señores: servirse de
corcovados, y las señoras, de corcovadas". En las exequias de Axayácatl
sucedió lo siguiente:

Luego traían los esclavos, todos cuantos el rey tenía, y. las esclavas [...] y a
los corcovados y corcovadas y enanos de quien se 'servían, a los cuales
aderezaban con joyas y plumas y braceletes de oro y otras piedras y
zarcillos, y sonajas a los pies, y dábanles las cerbatanas con que el rey tiraba
y el arco y las flechas y la bodoquera (ibid., 1:56; 11:299-300).

Terminadas las exequias y quemado el cuerpo de Axayácatl, sacrificaron


a los esclavos y sirvientes que lo iban a acompañar, no sin antes dirigirse
a ellos de manera ceremonial recomendándoles que en el otro mundo le
sirvieran bien la comida y la bebida a su señor:

Luego se volvían a los corcobados y a los enanos y domésticos de la casa


y les encomendaban tuviesen gran cuenta y cuidado de dar aguamanos a
su señor y de administrarle el vestido y el calzado como hasta allí habían
hecho, y de darle el peine y el espejo que llevaban y de darle la cerbatana,
cuando la hubiese menester y el arco y las flechas (ibid.).

Estas palabras de Durán nos indican que los esclavos en general se


encargaban de los alimentos del soberano o señor, mientras que los
jorobados se entendían del cuidado de las cosas personales y de las ar-
mas. Era, pues, necesario que todos fueran con él al otro mundo para que

142
Figura 6. Los jorobados eran sirvientes especiales de los señores y acompa-
ñaban a éstos en la muerte. Es probable que las figuras de corcovados hayan
sido acompañantes en los entierros, representando a los vivos. Cultura teoti-
huacana, MNA.

143
no le faltase servicio de ningún tipo. Después de incinerar el cuerpo del
señor, y acaso para asegurar dicho servicio, se sacrificaba a los sirvientes,
y junto con ellos, quizá, una representación del corcovado hecha de barro,
lo cual guarda similitudes con la práctica de enterrar perros de barro para
acompañar al muerto en su camino por los diferentes inframundos. Es
posible que algunas de las figuras de hombres y mujeres que visten ropa
ceremonial representen a esclavos ordinarios y no a los señores mismos.
El arqueólogo debe tener en cuenta, pues, que los restos humanos
enterrados con ofrendas de lujo no necesariamente eran de los tlatoani o
señores muertos sino de los sirvientes que iban ataviados con ropa fina y
con muchas joyas y plumas, ya que en el otro mundo servirían al rey en
calidad de señores (ibid, 11:394,474).

Conclusiones

Hemos visto que con frecuencia las descripciones encontradas en las /


fuentes históricas acerca de la función de las estatuas de piedra y figurillas
de barro u otro material revelan la utilidad y simbolismo de los objetos. Por
medio del estudio de estas/imágenes y del cotejo de los vestigios arqueo-
lógicos con las palabras escritas en los siglos XVI y XVII se puede vislumbrar
algo de la religión y de la vida cotidiana y ceremonial de los pueblos del
México prehispánico. Los ejemplos citados en este trabajo, aun siendo
pocos, nos dicen que las figurillas se utilizaban como amuletos atados al
cuerpo para proteger al que las portaba; se enterraban en la milpa para
asegurar una buena cosecha; se ofrecían en las cuevas y en los cerros,
en honor a las deidades del agua; se ofrendaban al agua para asegurar
que fluyera y también para frenarla cuando venía con demasiada fuerza;
representaban a los dioses, a veces en miniatura, para facilitar su trans-
porte; ocupaban un lugar en los altares caseros; y servían como blanco
en la práctica de los juegos de guerra, y como imágenes de los sirvientes
y los jorobados de los señores, a quienes acompañaban en la muerte. En
fin, cumplían muchas funciones, algunas que no sospechábamos. Fray
Diego Durán, a quien hemos citado ampliamente, decía de las esculturas
grandes y chicas, hechas antes de su tiempo:

Echaré [...] mano de lo más notorio y claro [para la reconstrucción de la


historia mexica] pues no dejan de quedar algunos vestigios, por donde
podamos tomar rastro de lo que sucedió entonces, con muchas señales de
lo pasado. Porque, aunque no hubiera más memoria sino las piedras y
efigies de los reyes antiguos, que dentro del cercado de Chapultepec están,
en donde los mismos reyes se mandaban esculpir después de sus días,
como otras innumerables imágenes y esculturas que a cada paso se topan,

144
bastaba para decir las grandezas y hechos, principios y sucesiones y, ya
que no por entero, a lo menos los más señalados y famosos de aquestas
naciones (Durán, 1967, 11: 28).

Bibliografía

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General de la Nación, 1934.
Durán, fray Diego, Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme,
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Torquemada, fray Juan de, Monarquía indiana, 1615, Seminario para el Estudio
de Fuentes de Tradición Indígena, coordinación de Miguel León-Portilla,
México, IIH, UNAM, 1975-1983.

145
El material de concha en el contexto
arqueología-etnohistoria
Lourdes Suárez Diez

Las conchas ocupan un lugar único en el mundo de la naturaleza, debido


a su belleza, diversidad, abundancia y procedencia. Pertenecen al reino
animal y al phyllum biológico de los moluscos, los cuales forman una de
las mayores divisiones en la clasificación zoológica.
La mayoría son marinas, aunque también las hay de agua dulce y
terrestres, es decir, habitan en mares, ríos, lagunas y lagos, y algunas
variedades, muy pocas, en tierra.
Los moluscos comparten ciertas características en las partes blandas,
en su estructura anatómica yen su función reproductora, pero sólo las clases
Pelecipocdea, también llamada bivalva o lamelibranquia, y Gasteropodea,
también conocida como univalva, segregan un líquido parecido a una baba
que, al calcificarse, forma el manto o cubierta exterior que llamamos común-
mente concha.
Las valvas, ya sea de los univalvos o de los bivalvos, tienen una
estructura física similar, compuesta por tres capas: la externa, de conquioli-
/ na; la media, de carbonato de calcio, y la interna, en la que combinan la
conquiolina, la aragonita y el carbonato de calcio. De la interrelación de estos
tres elementos de la estructura física se deriva la diversidad de conchas, las
cuales suman más de 120 000 especies de diferentes forma, tamaño,
decoración, color y brillo.1
La función primordial del molusco es servir de alimento, mientras que las
valvas de las conchas y de los caracoles son el residuo que, depositado en
sitios fijos cercanos al mar, los ríos o los lagos, forma los llamados concheros.
Muchas veces esta concha que envuelve al animal, desecho del alimento,
se convierte en materia prima para manufacturar todo tipo de objetos:
utensilios, herramientas, armas, instrumentos musicales y ornamentos, es
decir, se trata de la materia prima básica de la industria de la concha.2

1 Mayra Keen, Sea Shells o{ Tropical West America, Stanford, Stanford Universit, Press, 1960,
pp. 13, 14.
2 Lourdes Suárez, "Los estudios interdisciplinarios aplicados al material de concha", Cuicuilco,
21, Expediente Arqueomoluscos, México, ENAH, abril-junio de 1988, p. 57.

147
Estos objetos fabricados a partir de la concha forman parte de la utilería
del hombre y por lo tanto están presentes en el contexto arqueológico de
edificios y entierros.
Los objetos de concha trabajados por el hombre que llegan a manos
del arqueólogo deben ser estudiados en detalle, para lo cual es necesario
establecer su procedencia arqueológica, es decir, conocer la zona, sitio,
estructura, entierro o superficie de donde provienen.3 Inmediatamente
después deberá analizarse el objeto para saber cuáles fueron las técnicas
que se aplicaron para darle forma y, por último, debe establecerse cuál o
cuáles fueron los usos que se le dieron en la sociedad en donde aparece.
Esta funcionalidad es básica para determinar el papel que desempeñaba
en la sociedad.
La función de un objeto arqueológico debe ser parte de una sistema-
tización específica elaborada por el investigador, ya que aquélla puede
variar de cultura en cultura y de época en época. Algunos autores como
Di Peso, Haury y Holmes han establecido tipologías para la concha, casi
siempre basándose en la forma del objeto, la cual queda supeditada a la /
funcionalidad de éste. La metodología creada por Suárez4 considera otros
factores, como el uso basado en la función genérica del objeto, y la
categoría, basada en su función específica.s Pero no siempre es clara esta
función y requiere precisiones, para las que el apoyo de otras disciplinas
es muy útil. Los documentos escritos y las pictografías que estudia la
etnohistoria son, pues, una buena opción para obtener ese apoyo que, sin
duda, es necesario.
Al incursionar en el estudio de algunas pictografías, encontramos que
la representación gráfica de conchas y caracoles y de los elementos
hechos a partir de ellos era muy abundante y que de acuerdo con la manera
en que se manejaran podían ser un fuerte apoyo para la interpretación
arqueológica de objetos cuyas funciones eran confusas.6
Al mismo tiempo, al consultar algunos documentos escritos, especial-
mente fuentes del siglo XVI, nos dimos cuenta de que hablaban sobre la
función específica del objeto de concha, ubicándolo en su contexto exacto,
y nos percatamos de la necesidad de los estudios interdisciplinarios para
ayudarnos a una interpretación más fidedigna. En estos casos la etnohis-
toria podría servir de base para la interpretación de los elementos conquio-
lógicos que encuentra el arqueólogo. A continuación daremos algunos
ejemplos que podrían aclarar nuestra proposición.

3 Lourdes Suárez, Tipología de los objetos prehispánicos de concha, Méxi~o, INAH (Científica,
Arqueología, 54),1977, pp. 20 Y 21.
4 Lourdes Suárez, Conchas prehispánicas en México, Oxford, BAR, 1989, pp. 43 Y 44.
Sldem.
6 Lourdes Suárez, "La concha en el contexto etnohist6rico de cuatro fuentes escritas del siglo
XVI", en XIX Mesa Redonda de la Sociedad Mexicana de Antropología, Querétaro, 1990, pp. 260 Y ss.

148
En el contexto arqueológico es frecuente encontrar objetos en forma
de calzador o de estrella que proceden de la concha de un gasterópodo
grande y pesado, un Strombus, un Tritón, una Fasciolaria, o un Busycon.
Los dos objetos anteriores se manufacturaban por desgaste. En el
primer caso, el del calzador, mediante dos cortes longitudinales hechos
con cuerda tensa en el cuerpo del caracol, hasta obtener la forma de
peineta española o calzador. En el segundo caso, el de la estrella, se
practicaron dos cortes transversales, también con cuerda tensa, a la mitad
del cuerpo del univalvo, hasta lograr la forma circular, mientras que los
picos de la estrella o media estrella se formaron por desgaste. Ambos
conservaron las características físicas y biológicas del molusco.
Si nos atenemos a la clasificación de Suárez, asignaremos una función
genérica, es decir un uso, al objeto, en este caso la función ornamental y
una función específica, la de pectoral, ya que estos objetos llenan las
condiciones establecidas para ser calificados como pectorales: se encuen-
tran generalmente colocados a la altura del pecho, son grandes y forman
la parte primordial del adorno, y tienen dos o más perforaciones no radiales
en la parte alta y ancha, de donde se suspenden.?
Todavía podemos clasificarlos por su forma genérica, es decir asignar-
les una familia, la de los gasterópodos -ya que es perfectamente reco-
nocible su forma biológica-, y darles, además, otra clasificación por su
forma específica; es decir les asignamos un tipo: en el primer caso, tipo
calzador; en el segundo, tipo estrella. Y todavía podemos establecer
diferencias en los rasgos genéricos y asignarle un subtipo, el del decorado,
cuando presente decoración, y liso, cuando no la presente. Al primero, el
/ decorado, lo podemos agrupar de acuerdo con el tipo de decoración y
asignarle grupos, por ejemplo: cabezas decoradas, deidades o escenas
rituales. Por último, podemos distinguir las variantes en cuanto a su
tamaño, tipo de perforación o procedencia.B
Sin embargo, a pesar de ser un ornamento (así se clasifica desde el
punto de vista arqueológico), nos encontramos con que este mismo objeto
es mencionado en las fuentes escritas o está dibujado en las pictografías
y que la especificación de sus funciones es mucho más exacta. Si recurri-
mos a la etnohistoria, que estudia estas fuentes escritas y pictográficas,
vemos que dicho objeto puede ser clasificado antropológicamente. Por
ejemplo, nos encontramos pictografías que dan al objeto una funcionalidad
mucho más específica: en el Códice Borbónico, en la tercera trecena del
Tonalámatl, aparece el dios Quetzalcóatl con el joyel del viento, el eheca-
cózcatl mencionado ya en la fuente escrita. El pectoral es de forma

7 Lourdes Suárez, op. cit., 1977, pp. 51 Y 52.


B Lourdes Suárez, op. cit., 1990, pp. 260 Y 261.

149
hexagonal y está hecho de la concha de un Strombus gigas, cortado
transversalmente y al que se le ha sacado el animal.9
En la decimosexta trecena aparece Xólotl, el gemelo de Quetzalcóatl,
que lleva la indumentaria de este último con el joyel del viento, el eheca-
cózcatl, en forma de estrella. 10
En el Códice Borgia está Quetzalcóatl-Ehécatl profusamente repre-
sentado. Generalmente está pintado de negro, con la máscara de ave que
le corresponde, e invariablemente lleva el joyel del viento, casi siempre en
forma de estrella. En la página 22, la figura inferior derecha11 (el sacerdote
azul, vestido de Quetzalcóatl) hace penitencia sobre una cueva, lleva el
joyel del viento hecho de concha en forma de media mariposa con los cinco
picos de la estrella, tal como se encuentra a veces en el contexto arqueo-
lógico. En la página 23, en el noveno recuadro, callí,12el propio Quetzal-
cóatl porta un ehecacózcatl con la misma forma.
Este mismo joyel del viento con los cinco picos lo lleva el dios Que-
tzalcóatl en las representaciones del viaje de Venus por el infierno de las
páginas 35, 36 Y 38.13 En la página 39 está nuevamente el numen, esta
vez doble, como el Quetzalcóatl rojo y el Quetzalcóatl negro, aunque éstos
llevan el ehecacózcatl que les es propio.14 En la página 51 hay una bella
representación de Ehécatl con el joyel del viento, 15 y en la página 65, Xólotl
conduce al sol hacia el recinto de los muertos y, como su gemelo Quetzal-
cóatl, porta el ehecacózcatl en forma de media mariposa.16
En este mismo códice, Patécatl, dios del pulque, lleva un ehecacózcatl
en forma de calzador (páginas 13 y 57),17 Y Tlazoltéotllleva este mismo
pectoral (páginas 47 y 55).18 En otras representaciones, Tlahuizcalpante-
cutli o Venus, la estrella de la mañana, en su viaje por el infierno, porta el
ehecacózcatl (página 33).19
En el Códice Maglíabechi, en la representación de las mantas en la
parte inferior izquierda de la página 4, hay un estupendo ehecacózcatl de
cinco puntas anudado por una cinta roja.20 En la página 53 nuevamente
aparece la representación del joyel del viento en forma de estrella sobre

9 Códice Borbónico. Descripción, historia y exposición del códice pictográfico de los antiguos
nahuas (edición facsimilar), comentarios de Francisco del Paso y Troncoso, México, Siglo XXI (América
Nuestra), 1980, p. 3.
10 Ibidem, p. 16.

11 Códice Borgia, México, Fondo de Cultura Económica, 1963, p. 22.


12 Ibidem, p. 23.
13Ibidem, pp. 35, 36 Y 38.
14 Ibidem, p. 39.
15 Ibidem, p. 51.
16 Ibidem, p. 65.
17Ibidem, pp. 13 Y 57.
18Ibidem, pp. 47 Y 55.
19Ibidem, p. 33.
20 Codex Magliabechiano, and the Last Prototype of the Magliabechiano Group, California,
University of California Press, 1983, p. 4.

150
el escudo que lleva el dios.21 La figura de la página 61 es un Ehécatl bien
definido y bien ejecutado; lleva la orejera epeololli, el collar de caracoles
del género oliva y el eheeaeózeatl de cinco picos anudado con la cinta roja
que termina en dos puntas, tal como vimos en la pintura de la manta.22 Este
mismo numen se repite en la página 62, pero ya no como Ehécatl, pues
no lleva la máscara del dios del viento, sino simplemente como Ouetzal-
cóatl, con su orejera torcida de concha, la epeololli, el collar de olivas y el
joyel del viento nuevamente anudado con la cinta roja.23 Por último, en la
página 89, Ouetzalcóatl aparece con la epeololli, el collar de caracoles y
el eheeaeózeatl en forma de estrella representado en el escudo.24
En la página 18 del Códice Nuttall, un Ouetzalcóatl pintado de negro
y con la mitad de la cara amarilla lleva la epeololli (el collar de caracoles),
que apenas se distingue, y el eheeaeózeatlestilizado, en el que se aprecia
la espira del caracol y la última vuelta del cuerpo.25 En cambio, en la página
38 una fila de tres Ouetzalcóatl-Ehécatl llevan estupendos collares de
olivas, la orejera de concha y el eheeaeózeatl muy estilizado y con
manchas de colores.26 En el ángulo derecho superior de la página 78 está
Ehécatl con el collar, la orejera y el eheeaeózeatl, el cual conserva la forma
completa del caracol y está atravesado sobre el pecho del dios,27
Las representaciones de concha en el Códice Florentino se distribuyen
en nueve de los 12 libros de Sahagún; el primero, el de los dioses, tiene
en la página 10r28 a Ouetzalcóatl, que lleva en su atavío un collar de
caracoles bien definidos (se trata de la familia Olividae y el género Oliva).
En el escudo, el eheeaeózeatl (incompleto) conserva las características
del corte transversal de la espira del univalvo, que invariablemente lleva
el dios, aunque el dibujo carece de sombras; y aunque tiende hacia la
precisión indígena, ha perdido riqueza en el trazo.29
En cuatro de las viñetas del libro tercero aparece Ouetzalcóatl (pági-
na 211 ):30el dios se sangra una pierna en el autosacrificio, lleva el collar
de olivas y su escudo, con el eheeaeózeatl, que confirma de quién se trata.

21Ibidem, p. 53.
22Ibidem, p. 61.
23Ibidem, p. 62.
24Ibidem, p. 89.
25 Codex Nuttall, The Peabody Museum Facsímile, Zelia Nuttall (ed.), Nueva York, Dover Publi-
cations, 1975, p. 18.
26 Ibidem, p. 38.
27 Ibidem, p. 78.
28Códice Florentino, edición facsímil del manuscrito 218-220 de la Colección Palatina de la
Biblioteca Medicea-Laurenziana, Archivo General de la Nación, Florencia, Giunti-Barbéra, 1979, vol. 1,
libro 1, p. 10r.
29Lourdes Suárez, "La representación gráfica de la concha en los documentos de tradición
áhuatl. El Códice Florentino", en Segundo Coloquio de Documentos Pictográficos de Tradición
Jáhuatl, México, INAHlUNAM (en prensa).
30Códice Florentino, op. cit., vol. 1, libro 111, p. 211.

151
En la siguiente página (211 r),31el dios se baña y lleva nuevamente el
ehecacózcatldibujado en el escudo. En la página 21332está de pie y acepta
el vino de la tierra (el pulque) que le ofrece el titlacoan disfrazado de
anciano, mientras que, en la página 223,33el dios cae embriagado al suelo.
En ambas viñetas lleva el collar de olivas y el ehecacózcatl, en forma de
estrella, sobre el escudo.34
En el libro cuarto (página 302) nuevamente aparece Quetzalcóatl,35 con
la orejera de concha corniforme, la epcololli, el collar de caracoles muy claro
y preciso, y el ehecacózcatl, con las cinco puntas de la estrella en el escudo;
se trata, como ya dijimos, del corte transversal de un Strombus gigas.
En el Códice Vaticano tenemos cinco representaciones de Quetzal-
cóatl, en las cuales lleva la orejera epcololliy el ehecacózcatt, sin embargo,
los diseños difieren bastante de los de otros códices. En la figura 21,36el
joyel del viento tiene forma de mariposa o media estrella pero lleva siete
picos y, curiosamente, está pintado de azul, además de no llevar el color
blanco habitual. Lo mismo ocurre en la figura 22,37en la que nuevamente
lleva el color azul, sólo que aquí no tiene los siete picos del anterior. En la
figura 3338 el dios está sentado, lleva la orejera y el pectoral que le son'
propios, pero esta vez la orejera es amarilla, tal vez para indicar que es de
oro, mientras que el ehecacózcatl es nuevamente azul, aunque rematado
por una franja café claro.
En la figura 76,39el numen nuevamente está sentado, pero ahora el
tlacuilo ha pintado de verde el pectoral y la orejera de naranja. Por último,
en la figura 82,40la deidad está sentada, pintada de negro y lleva el joyel
del viento en forma de un caracol cortado longitudinalmente, en el que se
distingue claramente el univalvo. Aquí el color es rdjo y blanco rematado
por una franja también roja.
En todos los casos se distingue con precisión al dios y sus elementos
característicos: la epcololli y el ehecacózcatl, a pesar de no llevar el color
blanco de la concha que le es propio.
En la foja 372r del Códice Durán41 aparece el dios Quetzalcóatl con el
joyel del viento en forma de mariposa o estrella de seis picos; el pectoral

31Ibidem, p. 211 r.
32Ibidem, p. 213.
33Ibidem, p. 223.
34Lourdes Suárez, op. cit., 1985.
35Códice Florentino, op. cit., vol. 1, libro IV, p. 302.
36Códice Vaticano A (Códice Ríos), en Antiquities of Mexico,Londres, Lord Kingsborough, vol. 111,
1831, lig. 21.
37 Ibidem, lig. 22.
38Ibidem, lig. 33.
39 Ibidem, lig. 76.
40 Ibidem, lig. 82.

41 Códice Durán, en Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme, versión de José
Ramírez, México, Museo Nacional de Antropología, Sección de Códices, núms. 35-89,1851, loja 373r.

152
cuelga del cuello de la deidad y está pintado en amarillo, sin embargo
conserva todas las características de los ehecacózcatl de concha. No
sabemos si al cambiar de color quiere Durán resaltar su importancia o si
realmente hubo un ehecacózcatlde oro, a pesarde no haberse encontrado
uno hasta el momento en el contexto arqueológico. El dios lleva asimismo
un escudo de plumas con el caracol dibujado.
El cronista del siglo XVI fray Bernardino de Sahagún nos dice en su
Historia de las cosas de Nueva España: "Quetzalcoatl [...] tenía en la mano
izquierda una rodela con una pintura con cinco ángulos, que llaman joyel
del viento [...]"42 ''Tenía un collar de oro, de que colgaban unos caracolitos
marinos preciosos [ ]"43 "Otros ornamentos [ ] que llevaban eran del
mismo Quetzacoatl [ ] unas orejeras con un [ ] garabato [...] que lIamdn
Ecacozcatl. .. "44 "Otros ornamentos [...] del mismo Ouetzalcoatl [...] una
mitra de oro hecha a manera de caracol marisco ... "45" •.• y el adorno labrado
de un caracol grande que el dios [Quetzalcóatl] lleva sobre el pecho y que
se denomina hecaillacatzo90zcatl[ehecacózcat~, joya del espiral del vien-
to ... ";46" ... Iuego le daban las siguientes clases de mantas [...] con el joyel
propio del dios Ehécatl ...•.47 "Este es el tesoro de Quetzalcóatl [...] y un
escudo de travesaños de oro, o bien con travesaños de concha nacar [...]"48
"En cuarto lugar también el atavío de Quetzalcoatl [...] y orejeras de tur-
quesa [...] de las cuales penden unos zarcillos curvos de concha y oro ... ";49
"... también le dieron en su mano, le pusieron el escudo que tiene travesa-
ños de oro y de concha nacar ...•.so
El cronista fray Diego Durán nos dice en su libro Historia de las Indias
de Nueva España e islas de tierra firme: "Este ídolo Ouetzalcoatl estaba
/ en su templo alto [...] estaba en una ancha y larga pieza [...] aderezado
todo lo posible [...] tenía al cuello el joyel [...] a la hechura de un ala de
mariposa, colgado de una cinta de cuero colorado".51 ''Tenía una manta
toda de pluma, a la mesma hechura que el joyel, como un ala de maripo-
sa ... "52 "La fiesta de este ídolo celebraban los naturales [ ] compraban un
indio [...] para que, vestido como el ídolo [...] poniéndole [ ] el joyel".53

42 Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, edición preparada
por el doctor Ángel Ma. Garibay, México, Porrúa, 1956, t. 1, libro primero, cap. V, p. 46.
43ldem.
44 Ibidem, t. IV, libro décimo-segundo, cap. IV, p. 29.
45ldem.
46ldem.
47 Ibidem, t. IV, libro décimo-segundo (versión náhuatl), cap. 11, p. 84.
48 Ibidem, cap. IV, pp. 86 Y 87.
49 Ibidem, p. 88.
so Ibidem, cap. V, p. 89.
51 Fray Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme, México, Porrúa,
vol. 1, cap. VI, 1967, p. 62.
52ldem.
S3ldem.

153
Si nos atenemos a la información de las fuentes escritas, que clara-
mente nos hablan del "joyel del viento, propio del dios Ehécatl"; "del
garabato llamado ecacozcatl", deformación de la palabra ehecacózcatl, y
del "hecaíllacatzoyozcatl, joya espiral del viento", es evidente que se está
no sólo identificando el objeto, sino que se le ubica en su exacto sitio, es
decir, se trata del pectoral característico y exclusivo del dios Quetzalcóatl-
Ehécatl y de las deidades asociadas a él. Si, por otro lado, consultamos
algunos códices, veremos a aquél dibujado como calzador o como estrella
y media estrella, o mariposa, y formando el pectoral de Ehécatl y sus
asociaciones, y con la misma forma de los objetos que hallamos en el
contexto arqueológico que previamente habíamos clasificado, pero que
podemos estudiar con mayor exactitud con la ayuda y apoyo de fuentes
escritas y pictografías. Por lo que, por ejemplo, el ehecacózcatl esgrafiado
que se exhibe en la Sala del Golfo del Museo Nacional de Antropología,
en la sección dedicada a la cultura huasteca, quedaría clasificado de la
siguiente forma:

Industria (Materia prima) Concha


Clase (Técnica de manufactura Desgaste esgrafiado
y acabado)
Uso (Función genérica) Ornamental
Subuso (Función antropológica genérica) Religiosa
Categoría (Función específica) Pectoral
Subcategoría (Función antropológica Atributo de Quetzalcóatl-Ehécatl
específica)
Familia (Forma genérica) Gasterópodo
Tipo (Forma específica) Calzador
Subtipo (Rasgos genéricos) Decorado
Grupo (Rasgos específicos) Escena ritual
Variantes (Tamaño) Largo 10.5 cm
Ancho (promedio) 5 cm
(Tipo de perforaciones) Bicónicas
(Procedencia) Huasteca

La identificación así es absoluta y ha aclarado el concepto de funcio-


nalidad religiosa atribuida a Quetzalcóatl-Ehécatl, que hubiese sido impo-
sible sin la información etnohistórica.
La arqueología, a su vez, contribuye a identificar el objeto en el códice,
ya que lo tenemos físicamente y podemos compararlo con el dibujo del
documento: ambos tendrán la misma forma y los mismos rasgos, y la
información arqueológica apoyará la identificación de la materia prima,
la concha, y de las técnicas de manufactura, que es imposible asignar al
objeto sin el manejo del objeto arqueológico.
En esta forma se integran y se interrelacionan arqueología y etnohis-
toria para darnos una interpretación más exacta y fidedigna de los objetos

154
que el hombre ha manejado y que pueden encontrarse en las fuentes
escritas, en las pictografías o en el contexto arqueológico.

Bibliografía

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antiguos nahuas (facsimilar), México, Siglo XXI (América Nuestra), 1980.
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XVI", en XIX Mesa Redonda de la Sociedad Mexicana de Antropología, Que-
rétaro, 1990.

155
Monte Tláloc: un proyecto de investigación
de etnohistoria y arqueología
Felipe Salís Olguín
Richard F. Tawnsend
Alejandro Pastrana

Durante el mes de abril de 1989 se realizó la primera fase del proyecto de


levantamiento topográfico y estudio arqueológico del templo mexica ubi-
cado en el monte Tláloc, codirigido por los arqueólogos Felipe Solís Olguín
y Alejandro Pastrana Cruz, del Instituto Nacional de Antropología e Histo-
ria, y por el doctor Richard F. Townsend, del Art Institute of Chicago. El
proyecto contó además con la colaboración de los pasantes de la licencia-
tura de arqueología Hernando Gómez, Rafael Cruz y David Morales, de la
Escuela Nacional de Antropología e Historia. El financiamiento y el apoyo
institucional los proporcionaron el Museo Dumbarton Oaks y el Instituto
Nacional de Antropología e Historia. El primer informe de campo lo
coordinó Alejandro Pastrana Cruz y fue presentado al Consejo de Arqueo-
logía de México.
El sitio estudiado en este proyecto se localiza en la cima rocosa del
monte Tláloc, en la serranía que separa la cuenca de México y los valles
poblano-tlaxcaltecas, y a una altura de aproximadamente 4 120 msnm,
)lecho que lo convierte en el edificio ceremonial prehispánico de notable
importancia a mayor altitud en Mesoamérica. Algunos investigadores ya
lo habían reportado con anterioridad, pero dado su difícil acceso nunca se
había realizado un mapa topográfico detallado que permitiera conocer con
precisión su planta y alzado arquitectónico, su orientación precisa o sus
características constructivas. Tampoco se habían podido excavar pozos
estratigráficos que permitieran establecer los tipos cerámicos diagnósti-
cos o la cronología del lugar. Pero el mayor obstáculo estaba en la dificultad
de plantear interpretaciones iconográficas acerca ,de la arquitectura y los
elementos escultóricos que desde épocas antiguas habían sido reseñados
(Rickards, 1929: 198-199).
Dadas las condiciones específicas del sitio, la primera expedición de
campo del proyecto consistió en cuatro recorridos -que se efectuaron
desde el campamento, establecido aproximadamente a 3 000 m de altura,
el16 y el28 de abril de 1989- cuya finalidad fue recabar el mayor número
de fotografías posible~ y realizar la primera fase del levantamiento topo-
gráfico. Existen varias maneras de llegar al sitio: algunos expedicionarios
lo han hecho por la ruta de Río Frío, pero nosotros, que nos guiamos por

157
Foto 1. Vista aérea del conjunto del santuario del dios Tláloc ubicado en la cúspide
del cerro del mismo nombre, en la que se pueden apreciar el recinto y la calzada
o avenida amurallada.

los textos de fray Diego Durán, debimos precisar la ruta más factible desde
la región de Texcoco, por lo que decidimos iniciar la visita tomando como
primer punto esta ciudad, y de allí hasta el pueblo de Tequexquináhuac,
de donde corre hacia el oriente un camino de terracería.
Esta ruta sube sinuosamente por las cañadas cubiertas por los bos-
ques de las laderas de la cordillera, y en ciertos tramos el camino corre
paralelo a los restos del espectacular acueducto construido por Nezahual-
cóyotl, el cual conduce el agua de los manantiales cercanos, donde
establecimos nuestro primer campamento. Seguramente en la época
prehispánica hubo una vía de acceso a la montaña por el camino que ahora
transitamos.
Todavía hoy, cuando el paisaje ecológico de la cuenca del valle de
México se encuentra tan maltrecho por el mundo moderno y por la
contaminación, el paisaje boscoso resulta de gran belleza; el contraste lo
advertimos al llegar a la cúspide del monte Tláloc, puesto que al franquear
el límite de altura para la zona de los bosques se descubre un panorama
rocoso en el que sólo se aprecian las piedras basálticas y las cenizas
volcánicas en toda su desnudez.
Richard F. Townsend había realizado previamente un vuelo en heli-
cóptero para tomar fotos de baja altura tanto del recinto como de las zonas
aledañas; ya se contaba también con las fotos aéreas de la Compañía

158
Foto 2.Vista de la cal-
zada o avenida de
acceso al recinto del
templo de Tláloc, en
la que se aprecian
los muros laterales .~
derrumbados.

Mexicana de Aerofoto, con las cuales se pudieron determinar los puntos


del levantamiento y la estrategia a seguir. Como datos adicionales hay que
mencionar que el plano topográfico se levantó mediante tránsito ligero y
estadales, registrando todos los elementos mayores: alineamientos de
muros, esquinas, etcétera. En el segundo ascenso, anterior al primer
borrador del plano, se efectuaron mediciones adicionales utilizando el
tránsito para definir el interior del recinto y la calzada; las revisiones finales
se hicieron con cinta métrica.
Es curioso hacer notar que, desde fines del siglo XIX, se tenía, además
de una información más o menos anecdótica sobre esta construcción,
inclusive el dibujo esquemático del conjunto, con la calzada y un supuesto
'templo ubicado en el interior. Esta ilustración decoró, a manera de viñeta,
la publicación de Leopoldo Batres titulada El señor Lic. Chavero y el
monolito de Coatlinchán (Batres, 1904), que por cierto forma parte de una
simpática polémica que se suscitó a principios de este siglo y produjo una
serie de publicaciones que discutían el origen de la impresionante escul-
tura de Tláloc, hoy símbolo externo del Museo Nacional de Antropología
(Batres, 1903, 1904 Y 1905).
También es interesante resaltar que los dos recorridos que se hicieron
con posterioridad a la polémica de Batres -el de Rickards (Rickards,
op. cil.) y el de Wicke y Horcasitas (1957)- dieron lugar a mapas esque-
máticos del adoratorio. Sin embargo, en ambos casos, la orientación
indicada es incorrecta, signo inequívoco de que estos pioneros no conta-
ban siquiera con una brújula. .
Con las medidas precisas, hoy podemos describir el conjunto como un
gran recinto de forma cuadrangular algo irregular, cuyas medidas son de
50 por 63 m en sus lados mayores, al cual se accede mediante una calzada
de 150 m de longitud y con un ancho de unos 7 m; esta vía asciende una
ligera pendiente hasta completar unos 16 m, que es la altura entre el punto

159
inicial de la calzada y el centro del recinto. La orientación de la calzada es
oriente-poniente y la entrada apunta hacia el valle de México. Al trazar la
orientación -tomada de foto aérea sobre las cartas topográficas 1:50 000
(INEGI E 14 A-39 Y B-31), se observa que pasa por dos puntos de impor-
tancia en el valle de México: Coatlinchán y el cerro del Tepeyac.
El sistema constructivo tanto del recinto como de la calzada es el
mismo y se caracteriza por su sencillez: consiste en muros de roca natural
o "piedra bruta" erigidos sin mortero, muy anchos en su base (de entre 2
y 3 m de grosor), y que originalmente debieron de alcanzar 5 o 6 m de
altura; en la parte superior el ancho alcanzaría solamente un metro. El
descubrimiento de un elemento de piedra muy tosco tallado en forma de
''1'' nos permite considerar la posibilidad de que a lo largo de todo el muro
haya corrido un remate o almenado con estas figuras. El espacio que
queda para el corredor entre los muros mide aproximadamente 3 metros.
La piedra con que se construyó seguramente fue recolectada o extraí-
da de los numerosos afloramientos de las partes elevadas del cerro y el
volumen de su construcción representa un esfuerzo extraordinario. Con /
base en los cálculos de una primera estimación, Alejandro Pastrana infiere
que debieron de emplearse unas 5 000 toneladas métricas de piedra tan
sólo para edificar el muro exterior del recinto, y como bien ha explicado
este investigador, el esfuerzo realizado por esos hombres que construye-
ron a más de 4 000 metros de altura y con limitaciones para la obtención
de agua y alimentos, sería el equivalente al empleado en la edificación de
un basamento piramidal de regulares dimensiones.
Cuando el visitante penetraba por la vía procesional, el corredor debió
de imponer una especial sensación, pues desde allí no se puede apreciar
el paisaje circundante, y así, en el más absoluto recogimiento, deambulaba
hasta desembocar en el recinto rectangular, que también estaba circun-
dado por un alto muro. De nueva cuenta la vista del exterior quedaba
bloqueada; aunque no es muy claro el conjunto interior, lo más probable
es que existiera una vía procesional por el perímetro interno; sin embargo,
no quedan restos de plataformas o construcciones significativas al centro
del recinto.
Una razón por la que cabe considerar el templo del monte Tláloc como
una de las estructuras más importantes de la región central de México es
que combina el simbolismo del culto a la deidad principal asociada a la
agricultura con el de las funciones que tenían los gobernantes o tia toque,
en tanto patrocinadores de la época de lluvias y, muy directamente, como
el elemento que conectaba la acción de los dioses a la tierra.
En nuestro auxilio contamos con la importante descripción de los ritos
anuales relacionados con la lluvia contenida en el libro de fray Diego Durán
Los ritos, .dioses y el antiguo calendario. Estos rituales eran celebrados
por los gobernantes de Tenochtitlan, Texcoco, Tlacopan y Xochimilco y,

160
Foto 3. Vista del sistema constructivo de los mu-
ros de la calzada de acceso al templo de Tláloc.

según este cronista, el recinto sagrado del monte Tláloc era el sitio de
peregrinación real al que acudían los principales señores del valle de México.
El ascenso se realizaba en abril o mayo -culminación del tiempo de
secas-, para atraer la lluvia de la montaña e iniciar la época de regenera-
ción y plena actividad de la agricultura. La citada descripción sugiere que
en el interior del conjunto existía probablemente un templo hecho de ma-
teriales perecederos -probablemente un techo de madera y paja-o Se
menciona también la existencia de varias imágenes o ídolos, de los cuales
el principal se llamaba Tláloc y estaba acompañado de otros, cuyos
nombres corresponden a los de los puntos prominentes de la Sierra
Nevada.
De esta manera, la importancia de nuestra investigación salta a la vista,
y aunque, como hemos mencionado, existen estudios previos, éstos sólo
han arrojado planos muy esquemáticos del lugar; incluso en algunos la
orientación es equivocada, o la descripción de los elementos presentes
hoy en día es demasiado simple.
Otra cuestión que nos pareció importante considerar fue la de la
relación entre la arquitectura, el diseño de este templo y la geografía
sagrada, como concepto ritual de los pobladores de esta región. El punto
fundamental se relaciona con la función del edificio y los ritos que revelan,
así como el "oficio de gobernar" de los t/atoque mexicas y sus vecinos. En
pocas palabras, una investigación con este carácter podría indudablemen-
te revelarnos los temas mitológicos y subyacentes, de tal manera que un
estudio del verdadero sentido de este edificio, a través del análisis de
un plano detallado de sus sistemas constructivos, de sus vías ceremonia-
les y de sus posibles estructuras internas y de la presencia de monolitos,
así como de todos los materiales arqueológicos que pudiéramos obtener,
nos podría iluminar acerca de la superestructura ideológica. Asimismo, nos
ayudaría a identificar las conexiones establecidas entre los mexicas y sus

161
antecesores y a profundizar en la larga y compleja historia de la civilización
del valle de México y sus huellas arqueológicas, presentes en este edificio
sagrado.
Como hemos mencionado, gracias a visitas subsecuentes obtuvimos
la información que nos permitió elaborar un mapa topográfico cuya pre-
sentación haremos en un futuro próximo; recolectamos cuidadosamente
todos los materiales de superficie que estaban presentes y en el análisis
de laboratorio llegamos a estas primeras conclusiones: aproximadamente
50% de los tiestos corresponden a las vajillas utilizadas en las regiones
de Tenochtitlan y Texcoco durante los siglos xv y XVI, Y que son los tipos
Café y Naranja Doméstico, Negro sobre Color Natural o Azteca 111y los
tradicionales rojos pulidos con decoración blanca y negra. En cuanto a la
cerámica ceremonial, encontramos los característicos sahumadores de
cuerpo calado y largo soporte o agarradera que remataba con la figura
de una serpiente. Hay fragmentos que corresponden a los grandes brase-
ros de cuerpo bicónico decorado con protuberancias cónicas y bandas en
forma de triángulo que son diagnósticos de los sitios ceremoniales del
Posclásico tardío del altiplano central mexicano, fundamentalmente de los
mexicas. Los ejemplos más conocidos de tales piezas son aquellos que
flanquean la figura de Coatlicue en la Sala Mexica del Museo Nacional de
Antropología y que proceden de Tlatelolco.
Indudablemente, la cerámica ceremonial más importante localizada e.n
este sitio, y en todos los lugares donde se rendía culto a Tláloc, son las
llamadas "jarras Tláloc", de las cuales los fragmentos recolectados corres-
ponden a un 40%; en ellos reconocemos la tradicional forma de olla o jarra
cuyo cuerpo presenta una silueta globular con cuello alto y un gran borde;
cuando presenta soporte, éste es anular o cónico y la mayor parte de ellas
tienen un asa vertical que conecta el cuerpo con el cuello o borde y su
conformación es a manera de tiras que se van entrelazando. Todas están
elaboradas en un barro café oscuro y su acabado de superficie es
simplemente alisado o pulido, en ocasiones cubierto con un engobe de
color casi negro.
Estos objetos son conocidos como jarras Tláloc debido a que la
decoración exterior presenta la figura o el rostro del dios de la lluvia, al cual
se le identifica por su máscara de ojos anillados o anteojeras; la nariz
prominente formada también por bandas entrelazadas; grandes orejeras;
banda labial o bigotera con remates que terminan en forma de gancho, y
enormes colmillos, generalmente curvos. Sin lugar a dudas ésta es la
imagen que identifica al patrono de la lluvia. Los trabajos de 'excavación
de Beatriz Barba de Piña Chan en Tlapacoya revelaron los que, según
ella, son los más antiguos recipientes con imágenes antropomorfas aso-
ciadas con el agua y a los que llamó jarras "pre-Tláloc". En Teotihuacan
está identificada plenamente la presencia de esta cerámica, la que en

162
Foto 4. Fragmento de una jarra Tláloc procedente
del recinto del templo de este dios.

general se conoce también como jarras o vasos Tláloc, en los cuales ya


podemos apreciar claramente a la deidad de la lluvia con sus elementos
diagnósticos.
En la época tolteca, el culto a este numen se intensificó y extendió no
sólo por el altiplano central mexicano, sino que rebasó los límites de esta
región hasta alcanzar el actual estado de Oaxaca y la costa del Golfo de
México. Pero no fue sino hasta el Posclásico tardío que el uso de este
elemento se identificó plenamente con las ceremonias dedicadas a dicha
deidad. Aquí hemos de advertir que, probablemente debido a la diferen-
ciación jerárquica entre los sitios de culto, sus edificios y el tipo de
ceremonial, esta cerámica presenta variantes en la calidad de la elabora-
ción e inclusive en el material con que fue hecha. Así, en el Templo Mayor
de Tenochtitlan, las jarras Tláloc se transformaron en esculturas de piedra
y fueron depositadas como ofrenda o utilizadas como elementos decora-
tivos, tal y como lo apreciamos en las exploraciones del proyecto Templo
Mayor. Hoy día es posible admirar un selecto conjunto de estas piezas en
la sala dedicada al agua o Tláloc en el Museo de Sitio (Matos, 1990:
110-115).
Durante las excavaciones en Chapultepec, Distrito Federal, cuando
delimitamos el funcionamiento del manantial que surtía de agua potable a
la capital tenochca, descubrimos varias esculturas del dios de la lluvia, así
como jarras Tláloc en piedra semejantes a las del Templo Mayor, y
especialmente un conjunto de vasos y jarras de cerámica identificados con
esta deidad y elaborados con mucho cuidado; su diseño, además, parece
tomado de la página de un códice (Cabrera, Cervantes y Solís, 1975).
En las bodegas del Museo Nacional de Antropología localizamos un
numeroso conjunto de jarras Tláloc completas o semicompletas que,
según información antigua, fueron "recolectadas" en el monte Tláloc y sus
cercanías por algún visitante anónimo. Su estudio nos permite tener una
visión de conjunto de la gran diversidad de tratamientos y de las formas

163
Foto 5. Algunas de las Jarras Tlá-
loc que fueron recolectadas no
sistemáticamente por un aficio-
nado excursionista en las cerca-
nías del templo del dios Tiáloc.

Foto 6. Jarras Tláloc descubier-


tas durante la excavación de las
albercas de Chapultepec.

Foto 7. Jarra Tláloc tallada en piedra, des-


cubierta durante las excavaciones de Cha-
pultepec.

164
de los diseños decorativos, así como de la abundancia de estos objetos
en esa zona y en esa época. Cabe también mencionar cómo, con el
transcurrir de los años y al convertirse este punto elevado de la serranía
en objetivo de excursionistas y escaladores, la presencia de estos objetos
ha ido disminuyendo, hasta el grado de que, en nuestros días, sólo
podemos recuperar fragmentos en la superficie.
Al confrontar los materiales recuperados con las piezas del museo,
apreciamos esta gran variedad. En esta primera aproximación observa-
mos que del patrón reconocible de la máscara de Tláloc el diseño se fue
simplificando hasta obtener la sencilla imagen de un rostro humano, en
algunos de cuyos ejemplos se representa con ojos saltones y nariz afilada.
¿Sería que estas jarras fueron hechas de manera popular o que tal vez
rebasaron la época prehispánica y se continuaron elaborado por campe-
sinos aún después de la conquista española y se perdió el concepto
primario iconográfico del dios? Como sea, el sentido del recipiente siguió
intacto desde tiempos ancestrales, cuando se pensaba que el patrocinador
de la lluvia guardaba el preciado líquido y con él "hacía 1I0ver", de modo
tal que la jarra era utilizada por los agricultores como uno de los elementos
centrales en la petición de lluvias.
De los otros materiales cerámicos recolectados tenemos cajetes trípo-
des que recuerdan formas y tipos de la época tolteca; en cuanto a las
figurillas, tenemos una que por sus características -y pese a su deterio-
ro- recuerda el material de esa época. Otros objetos que obtuvimos en
estos primeros recorridos por el cerro fueron: fragmentos de turquesa de
forma cuadrada, como los utilizados en la decoración de máscaras, discos
/y otros objetos de culto; dos cuentas de serpentina y jadeíta; fragmentos
de discos de pizarra, característicos de la época clásica y muy particular-
mente de Teotihuacan; numerosos fragmentos de navajas de obsidiana
que, de acuerdo con el análisis de Alejandro Pastrana, proceden del cerro
de las Navajas, en Hidalgo. Por último, debemos mencionar que localiza-
mos un fragmento de escultura en piedra verde, probablemente esquisto,
que era el material preferido de los habitantes de Teotihuacan para
elaborar las muy conocidas figuras de piedra verde que se hallan dispersas
en diversos museos (Becker-Donner, 1965: láms: 10, 11 Y 12).
Hoy día no es posible encontrar en la superficie resto alguno de
escultura, ni pudimos localizar el fragmento de la imagen del dios Tláloc
reportada anteriormente por Rickards, Wicke y Horcasitas. La única cons-
trucción visible dentro del recinto es de factura tan reciente que en las fotos
de la publicación del primero de estos autores no se encuentra. La
edificación está compuesta por una especie de habitación cuadrangular
que probablemente tiene el sentido de un altar contemporáneo; está
erigida con las mismas rocas de las ruinas, sin argamasa, y se aprovechó
una de las rocas naturales de mayor tamaño, que está ubicada casi al

165
"~, 1
~
¡

Foto 8. Santuario cristiano de factura moderna ubicado en el interior del recinto del
templo del dios Tláloc.

centro del conjunto. Sobre la mesa de este altar moderno hay restos de
velas, copal y botellas con semillas, testimonio evidente del uso contem-
poráneo de ritos y ceremonias propiciatorios de la agricultura. Encima del
altar yen otras partes del muro del recinto, hay cruces cristianas pintadas
de azul que también son de época actual ya que tampoco se les ve en las
fotografías mencionadas. Hay grandes rocas que salen del lecho rocoso
de la montaña, y, si no existiera dicha construcción moderna, la roca central
se integraría armónicamente al conjunto. En el extremo oriental del recin-
to se ubica una fosa rectangular, excavada en la roca madre de la montaña
que está orientada de manera que a ella se dirige la calzada procesio-
nal que parte del lado occidental. La fosa mide aproximadamente tres
metros por su lado más ancho y un metro por su lado más angosto; hoy
día está llena de escombro, por lo que la profundidad es de dos metros.
Este informe preliminar es sólo parte de una investigación de la que
esperamos obtener más datos; por el momento, las sugerencias de
interpretación son las siguientes: aunque hay cierta irregularidad geomé-
trica, la ubicación de las grandes piedras dentro del patio corresponde a
las esquinas del recinto, es decir, a los puntos intercardinales, mientras
que la roca encubierta por el altar ocupa la posición céntrica. Esta dispo-
sición cosmológica nos recuerda el conocido pasaje del Código Borgia en
el que apreciamos a los cuatro tlatlaloque colocados en los puntos inter-

166
cardinales así como el Tláloc en posición vertical; todos se hallan en el
centro de la página sujetando una jarra Tláloc. Abajo de cada uno de ellos
se encuentra una representación del omphalos de la madre tierra (Códice
Borgia, 1976). En el conjunto ceremonial de la montaña, estas grandes
piedras son elementos más visibles (no hay restos de construcciones de
mayor tamaño), por lo que creemos que la cima fue modificada intencio-
nalmente mediante la remoción de otras formaciones rocosas que hubie-
ran interrumpido la simetría cosmológica; así, el fragmento de escultura
detectado anteriormente podría haber sido la imagen que se ubicaba en
el centro. En otras palabras, las piedras son los ídolos -o restos de ellos-
de los que habla Durán. El interior del templo fue un microcosmos animís-
tico de la sierra del monte Tláloc, que es una fuente de agua, tanto de lluvia
como de manantial, que alimenta al sector oriental del valle de México.
Conformando este esquema abstracto, la fosa rectangular seguramen-
te correspondía al ombligo o lugar de origen, a una vía de comunicación
con la matriz de la montaña y también a una especie de entrada o boca,
donde el dios de la lluvia guardaba el preciado líquido. Hay una curiosa
afinidad entre este recinto amurallado, con sus rocas protuberantes y su
concepción de una "naturaleza mística", y los famosos jardines cerrados
de grava y roca de los templos del Japón.
En la página del Códice Borbónico que corresponde a la trecena de
Tlazoltéotl aparece pintada la deidad femenina de la fertilidad dando a luz
en la posición específica (Codex Borbonicus, 1974), Y si la comparamos con
la lámina 16 R de la Historia tolteca-chichimeca, en la que tenemos una
montaña con una cueva o matriz como lugar de origen de ciertos grupos
/ indígenas -y que se conoce con el nombre de Chicomóztoc- (Kirchhoff
et al., 1976), apreciamos un significado similar, es decir, que la tierra es
como una mujer que da a luz. En el caso del diseño del templo del monte
Tláloc hay un simbolismo semejante: el recinto corresponde a la matriz de
la tierra, la vía procesional al canal de nacimiento, y la fosa rectangular al
centro de la tierra y al punto de entrada a su interior.
Este encierro simbólico contenía la fuente de agua y las fuerzas
regeneradoras. Al entrar a la vía procesional y al recinto, los gobernan-
tes que portaban ofrendas y realizaban sacrificios fertilizaban el microcos-
mos interior. Algunas semanas después, las primeras nubes de las tem-
poradas de lIuyia llegaban a los alrededores del monte Tláloc y, ya
avanzada la estación, se formaban tormentas poderosas procedentes del
Golfo de México. Durante la época de lluvias estas tormentas se desatan
diariamente, casi siempre por las tardes, sobre el valle de México.
Aunque aún nos falta bastante por investigar, ya tenemos aprobada
una temporada de excavaciones que se realizará en un futuro próximo.
Aun así, gracias a los análisis preliminares de los materiales arqueológi-
cos, sabemos que el culto en el monte Tláloc probablemente se remonta

167
a la época Clásica (300-700 d.C.), lb cual quedaría confirmado si los
objetos identificados para este momento fueron depositados por gente de
Teotihuacan -aunque también podría tratarse de una reutilización de
materiales antiguos, como hicieron los mexicas en el Templo Mayor-
(Umberger, 1987). También queda por confirmarse la presencia tolteca,
aunque lo más abundante del material arqueológico detectado hasta el
momento presente pertenece al Posclásico tardío, tanto de Tenochtitlan
como de la región texcocana.
La imaginería de los ritos, la arquitectura del templo y el paisaje natural
ilustran de manera impresionante los conceptos de regeneración y fertili-
dad, además de indicar que una de las funciones del "oficio de gobernar"
para los tIatoque guardaba una estrecha relación con la propiciación del
ciclo natural. La penosa y larga peregrinación de los señores a la cima
del templo, punto de origen de la vida, y su regreso posterior a sus
ciudades capitales como portadores de este don de regeneración, sugiere
indiscutiblemente la representación ritual de un ancestral mito cosmogó-
nico. Como personificaciones de un héroe legendario o dios creador, los
reyes cumplían con su deber de intervenir activamente en la recreación
anual de la vida.
Debemos subrayar que los mitos registrados después de la conquista
española no describen, por obvias razones, las cosmogonías en términos
específicos, por lo que es necesario complementar estas fuentes textuales
con los análisis arqueológicos, las comparaciones etnográficas y los
modernos y avanzados estudios de historia de las religiones. Éste es el
fundamento del proyecto de investigación que estamos llevando a cabo
en el monte Tláloc, así como de otras investigaciones del ceremonial;
análisis de obras de arte y arquitectura de los mexicas y sus vecinos.
Las detalladas descripciones de los ritos y sus contextos físicos en
conjunto conforman lo que también podemos llamar "textos" que consig-
nan información básica o primaria; con estos ''textos'' podemos estructurar
un método de análisis para la interpretación o dilucidación de los restos
arqueológicos de las culturas que florecieron en el valle de México en el
siglo xv y aun para épocas anteriores.
Queremos dejar un testimonio de agradecimiento a los investigadores
que han trabajado sobre el tema de Tláloc y las montañas sagradas, con
un reconocimiento al trabajo de los pioneros Rickards, Wicke y Horcasitas,
así como a estudiosos contemporáneos como Broda, Avení e Iwaneuski.

168
Bibliografía

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Wicke y F. Horcasitas, "Archaeologicallnvestigations on Mountain Tlaloc, Mexico",
Mesoamerican Notes, núm. 5, UDLA,1957, pp. 83-96.

169
Los popolocas de Tepexi el Viejo, Puebla
Noemí Castillo Tejero

Como ciencias sociales, la arqueología y la etnohistoria van de la mano


en el conocimiento de los pueblos que habitaron nuestro pasado prehis-
pánico. Entendemos la etnohistoria mesoamericana como "... una ciencia
social que se propone conocer el pasado indígena desde el punto de vista
del propio indio" (Jacklein, 1978: 3); en Mesoamérica, esto comprende el
estudio de las relaciones entre dominadores y dominados así como las
expresiones culturales e ideológicas de las que dan fe las fuentes escritas
(Cline, 1957: 294).
La arqueología, por su parte, estudia las sociedades que nos prece-
dieron, a través del análisis de sus restos materiales, y cuando los datos
arqueológicos pueden ser corroborados con datos etnohistóricos, el
investigador alcanza una mayor seguridad en la interpretación tanto
arqueológica como etnohistórica, aunque no hay que olvidar lo que
Jacklein (1978: 3) dice respecto a Mesoamérica: el etnohistoriador
dedicado a su estudio debe trabajar con fuentes que, aunque de base
/ indígena, en su mayoría llegaron a nosotros por medio de los europeos
después de la conquista.
Uno de los pueblos prehispánicos menos estudiados dentro del terri-
torio mesoamericano es el de los popo locas, quienes habitaron los territo-
rios al sur del actual estado de Puebla y al norte del actual estado de Oaxaca.
En varios momentos de su historia, los popo locas entraron en contacto
con sus vecinos de la Mixteca Baja por el sur y con los mexicas conquis-
tadores por el norte. Al respecto hacen falta aún muchos estudios tanto
arqueológicos como etnohistóricos; y, por si todo esto fuera poco, las
lenguas indígenas popo locas están en peligro de extinción y hay muy
pocas investigaciones al respecto.
Los lingüistas consideran que el popoloca, junto con el chocho, ixca-
teco y mazateco, pertenece a la familia popolocana del tronco otomangue.
El mazateco se separó de las otras leguas popolocanas hace 25 siglos, el
ixcateco hace 31 siglos y el chocho del popo loca hace ocho siglos (Verman
Leichsz, 1991: 41). Uno de los primeros investigadores que se dedicaron
al estudio del popo loca fue Nicolás León, quien lo identificó como una
lengua no náhuatl, además de afirmar que los mexicanos se referían a los

171
popo locas como chochos (León, 1905: 104), Y que a veces los mexicas
daban al término popo loca la connotación de bárbaro.
¿Qué territorio ocuparon estos popolocas históricos? Para algunos
autores la mayor extensión que abarcó el área popo loca fue del sur del
actual estado de Puebla, a partir de Tepeaca, hasta los territorios del norte
del actual estado de Oaxaca, que corresponde a la zona conocida como
la Mixteca Baja, llegando hasta Coixtlahuaca y Nochistlán, aunque el área
nuclear del territorio correspondería al triángulo que forman las poblacio-
nes de Tepexi el Viejo, Tehuacán y Acatlán, en el estado de Puebla
(Jacklein, 1978: 17). Autores como Hoppe (1969) asientan que para el
siglo XVI el área popoloca abarcaba los distritos de Acatlán, Tepeaca,
Tepexi y Tecamachalco, en Puebla, y Huajuapan, Coixtlahuaca, Teposco-
lula y Nochistlán, en Oaxaca.
Los popolocas no formaron una sola unidad política, sino que su
organización debió de ser semejante a la de sus vecinos del sur, los
mixtecas, es decir, se basaba en señoríos independientes con grandes
diferencias y rivalidades entre ellos, así como en alianzas matrimoniales
tanto entre ellos como con señoríos mixtecas. En la época de su apogeo,
los señoríos norteños tuvieron relaciones con los mexicas y existen datos
de alianzas matrimoniales con nobles de Tlatelolco o de México, lo que no
impidió que en épocas de expansión mexica muchos señoríos popolocas
se convirtieran en tributarios de los tenochcas.
El origen de los popolocas está relacionado con los olmecas históricos;
así, Jiménez Moreno (1976: 122-123) nos dice al respecto que el vocablo
olmeca o nonoalca sirvió para designar a los antiguos pueblos de la costa
atlántica: huaxtecos, totonacos, nahuas, nonoalcas de Zongolica (mixte-
co-popolocas), mixtecos de la Mixtequilla, Cozamaloapan y Mixtlán; mijes,
popolocas, chinantecos, zapotecos y aun mayas.
Cuando el maestro Jiménez Jiménez Moreno (1959: 1075) se refiere
a los olmecas históricos señala que ocuparon territorios del actual estado
de Puebla: Izúcar, Acatlán y Tepeji. Tal vez recordando que ésta es la
misma región de los popolocas históricos, Moreno dice que el origen de
los olmecas históricos hay que buscarlo en la Mixteca Baja, partiendo de
Huajuapan, Tzilacayoapan, Izúcar y Huehuetlán, e incluso en Atlixco,
lugares entonces habitados por gente de habla popoloca. Este autor
(Jiménez Moreno, 1976: 127-128) asienta "que los olmecas tardíos eran
grupos originalmente popoloca-mixtecos que fueron profundamente na-
huatizados, al punto que sus descendientes serían gente de habla náhuatl
del sur de Veracruz".
Los popolocas habitaban la región sur del estado de Puebla desde el
Clásico y a ellos se atribuye la fabricación de la cerámica "Anaranjado
Delgado" (Cook de Leonard, 1953), cuya materia prima proviene de esta
zona. Además, existen numerosos asentamientos del Clásico entre Tepexi

172
y San Juan Ixcaquixtla, como Cuatro Rayas, en Huejonapan, donde
existen en abundancia estos materiales.
A la caída de Teotihuacan como la 'gran urbe rectora del altiplano
-evento que marca el fin del periodo Clásico mesoamericano-, la
importancia de esta cerámica decae, ya que si bien era fabricada por los
popolocas, los encargados de su comercialización fueron los teotihuaca-
nos. Cuando los popo locas que habitaban en Teotihuacan (Paddock,
1966: 200) regresaron a su lugar d~ origen a raíz de la caída de la ciudad,
esta cerámica se dejó de producir como objeto de comercio y fue sustituida
durante el Posclásico por nuevas formas y modas, generalizándose la
fabricación de cerámicas policromas de precocción, las cuales se convir-
tieron en marcadores del horizonte Posclásico mesoamericano, a excep-
ción del área maya, donde esta moda corresponde al Clásico (Casti-
llo, 1972: 120).
Si los popo locas del periodo Clásico tienen su presencia como fabri-
cantes para Teotihuacan, la caída de ésta marca el inicio del florecimiento
de los señoríos popolocas, los cuales toman fuerza a la caída de Tula.
Desde el punto de vista etnohistórico los señoríos popolocas han sido
poco estudiados, y desde el punto de vista arqueológico aún es una área
virgen para la investigación; sin embargo, dentro del territorio popoloca
destacan, por el tamaño de los restos arqueológicos, sitios como Tepexi
el Viejo, Cuthá, Tehuacán y Tecamachalco; el primero de ellos se ha
estado trabajando arqueológicamente y sin lugar a dudas fue la cabecera
de uno de los señoríos más importantes; en Tehuacán se ha realizado algo
de trabajo arqueológico en los últimos años, mientras que Cuthá y Teca-
/ machalco no se han trabajado.
Etnohistóricamente sabemos un poco más de los señoríos popolocas
y al respecto podemos decir que el área popo loca alcanzó su máxima
expansión antes del apogeo mexica, y que llegó por el norte hasta Tepeaca
y por el sur hasta Acatlán, Piaxtla, Chila de la Sal y Teccistépec.
La penetración de grupos de habla náhuatl por el norte se fue sintiendo
en territorio popoloca; estos grupos, representados por los mexicas, con-
quistaron territorios popo locas e impusieron su lengua. En muchos casos,
la lengua de los conquistadores predominó; en 'otros, ésta sólo era la
lengua franca, que aprendían los caciques y nobles popolocas para
entenderse con sus conquistadores, mientras que el pueblo seguía ha-
blando popoloca. Esto se advierte en el cambio de nombre de las pobla-
ciones popolocas por nombres en náhuatl. Como ejemplo de que el pueblo
siguió hablando popo loca podemos citar a Tepexi, que es un vocablo
náhuatl que significa: tetl, piedra, y pexic, partir o cortar, o sea "roca partida
o cortada" o "despeñadero"; en popoloca el sitio se llamó Ta'hna'(pequeño
monte). Otro nombre popoloca, Nda'tsu (ojo de agua), se cambió por el de
Molcáxac.

173
Existe el caso contrario de poblaciones que perdieron la lengua popo-
loca pero que conservaron una serie de tradir.iones culturales muy fuertes,
como en Atenayuca, donde, aunque se habla náhuatl, las casas son las
típicas casas popolocas con "orejas" en los techos. Esta simbiosis de
popolocas con mixtecos y el contacto con nahuas aún existe en el sur
de Puebla.
Por otro lado, Seler (1960, V: 368), al referirse a la región habitada por
popolocas y chochos, alude a "un centro cultural dentro de una región
cercada y aislada por montañas llena de antiguas construcciones donde
abundan las fortalezas".
Es posible que, conforme se fueron fortaleciendo algunos señoríos
popolocas del sur de Puebla, el antagonismo entre éstos también haya
aumentado, y que, con el fin de controlar y tener bajo su domino a un mayor
número de poblaciones, haya surgido la necesidad de establecer asenta-
mientos en las partes altas de los cerros. Dichos emplazamientos, prote-
gidos naturalmente por profundas barrancas, servían para proporcionarles
cierta protección aunque también llegaron a fortificarlos ex profeso por /
medio de altos muros de piedra. Eran, pues, verdaderas fortificaciones las
que habitaban los dirigentes de los señoríos de Tepexi el Viejo y Cuthá.
Fuera de las murallas estaban las viviendas de la población que vivía bajo
el yugo de estos señores.
Las fuentes mencionan, además de los sitios amurallados de Tepeji y
Cuthá, el poblado de Cerro Colorado, que para algunos se situaba cerca
de Tehuacán, mientras que para otros era el mismo Tehuacán. El sitio, sin
embargo, no está amurallado.
Hay algunas menciones de otros sitios amurallados en el sur de
Puebla, no comprobados arqueológicamente. Es necesario distinguir los
asentamientos amurallados donde se concentraba el poder político de un
señorío, de las llamadas fortalezas mixtecas que, aunque son lugares
"amurallados", sirvieron más bien como refugios en caso de ataque.
El área popoloca ha sido una de las regiones menos estudiadas en
términos antropológicos y las fuentes nos hablan con frecuencia de la
existencia de diferentes señoríos popolocas y de sus genealogías, las
cuales aún no han sido lo suficientemente analizadas y comparadas como
para proporcionarnos datos acerca de sus alianzas.
De los trabajos sobre señoríos popolocas destaca el de Jacklein sobre
Tepexi, pero el tipo de fuentes en existencia y la falta de otros trabajos
semejantes para otros señoríos hacen que su información se limite al
momento de la Conquista y a la época de la Colonia. En su trabajo, Jacklein
habla de antagonismos importantes en Tepexi y Cuthá. Cuthá controlaba
la sal, pero no existe información arqueológica ni etnohistórica al respecto,
que sería de gran utilidad para investigar la relación entre Cuthá y Zapo-
titlán de las Salinas, ya que Jiménez Moreno, basado en Veytia, dice que

174
fueron los popo locas de Zapotitlán los que extendieron sus conquistas
hasta Tepeaca (Jiménez Moreno, 1936). Por otro lado, sabemos que
Cuthá no fue conquistado por los mexicas.
¿Cuál fue la importancia de Tepexi? Creemos que continuó con su
tradición alfarera, aunque no precisamente en el sitio arqueológico, sino
en el área controlada por él, la cual incluía poblaciones como Huejonapa,
Cuatro Rayas y San Juan Ixcaquistla, donde siguieron con sus tradiciones
cerámicas y de comercio. En los trabajos arqueológicos que hemos
desarrollado en Tepexi el Viejo destaca la abundancia de cerámicas
policromas de diferentes regiones, por lo que podemos hablar de provin-
cias cerámicas, donde la moda de la policromía del Posclásico se impone
pero donde vemos distintos tipos cerámicos de diversas provincias: las del
área de Cholula, las de la zona mixteca, las propiamente popolocas y las
de regiones más alejadas, como las cerámicas mexicanas. Si revisamos
con cuidado la "Lista de tributos de Tepexi de la Seda", que se encuentra
en la Heye Foundation de Nueva York, aunque corresponde al inicio de la
Colonia, veremos que, entre los tributos, destacan las cerámicas que
debían entregar los de Tepexi; algunas de las formas que aparecen son
las típicas de la cerámica "policroma estilo popoloca" encontradas en
Tepexi el Viejo.
En el área popo loca actual, el pueblo alfarero por excelencia es Los
Reyes Mexonta, al sur de Tehuacán, aunque parece ser que la tradición
alfarera del sitio es posterior a la Conquista y para autores como Cook de
Leonard la tradición en Los Reyes surge de gente del área de San Juan
Ixcaquixtla.
Según las fuentes, Tepexi no fue conquistada por los mexicas sino
hasta 1503, año en que pasó a formar parte de la provincia tributaria de
Tepeaca, aunque se sabe que ésta había sido conquistada por los mexicas
en 1466 y un poco después por Tecalli, durante la época de Axayácatl. La
Historia tolteca-chichimeca (1976: 227) nos habla de la conquista de
Tlachquiyauitl, quien fungía como tlatoani de Tepexi y quien fue destruido
por el "mexicatl a causa de que Tlachquiyauitl trató de destruir al Ocellotzin
tlatoani de Quauhtlatlauhcan". Esta alianza entre los señoríos se menciona
en las fuentes, y Tezozómoc (1978, cap. 76) dice que, durante el reinado
de Ahuítzotl, Tepexi fue uno de los poblados que proveían comida al
ejército mexica a su paso por Puebla.
Existen dos trabajos etnohistóricos de gran relevancia para la zona
popo loca pero que corresponden más bien a la frontera popo loca con
grupos del altiplano; en estos trabajos se comprueba, entre otras cosas,
que los sitios de Tecalli (Olivera, 1975) y Cuauhtinchan (Reyes, 1977) eran
centros poliétnicos; en ambos lugares se ha podido reconstruir la red de .
dependencias sociales, económicas y políticas, aunque por desgracia los
trabajos de índole arqueológica no han sido del todo sistemáticos. En el

175
caso del libro de Jacklein (1979: 163), el autor declara que es imposible
clasificar, con base en los documentos existentes, a: los caciques y mace-
huales de Tepexi.
Es interesante anotar que, a la luz de las investigaciones etnohistóri-
cas, sabemos un poco más del pueblo popoloca, tanto por sus relaciones
con sus conquistadores mexicas del norte, como por sus relaciones y
alianzas con los vecinos del sur, los mixtecas. A lo largo de las genealogías
del Códice Egertón se habla de relaciones entre los señoríos de Acatlán,
Tehuacán y Teccistépec. Allí se señala que, para el siglo xv, los señoríos
de la Mixteca Baja, vecinos de los popolocas, integraban unidades mayo-
res, especie de confederaciones independientes unas de otras. Ejemplo
de ello serían los señoríos de Acatlán-Tehuacán-Chila de la Sal-Teccisté-
pec, que para fines del Posclásico fueron aglutinados por Coixtlahuaca
(Rivas Castro, 1990, en prensa). Sin embargo, no sabemos si en estos
señoríos se hablaron dos lenguas indistintamente o si una lengua era
usada por los señores y otra por los macehuales (véase el mapa 1)
(Castillo Tejero, 1991, en prensa).
Es necesario planear investigaciones interdisciplinarias en el área
popoloca e integrar la información de la etnohistoria con los datos arqueo-
lógicos para llegar a un mejor conocimiento del desarrollo histórico-cultural
de estos pueblos.
Tepexi el Viejo es una de las pocas áreas sobre las que existen trabajos
etnohistóricos sistemáticos de gran profundidad y en torno a las cuales se
han llevado a cabo investigaciones arqueológicas. Los primeros han
aportado datos desde el siglo xv, la conquista española y la época colonial,
y nos han permitido concluir que los mexicas en efecto conquistaron a los
popolocas de Tepexi en 1503. Los materiales arqueológicos que reportan
esta presencia mexica son un poco más antiguos y corresponden tal vez
a las épocas de las alianzas matrimoniales de los señores de Tepexi con
las mujeres nobles venidas de Tlatelolco desde la época de Axayácatl.
Por otro lado, la etnohistoria nos dice que Cortés no llegó a Tepexi sino
que el señor de este lugar, don Gonzalo Mazatzin Teuhtli (Castillo Tejero,
1990, en prensa), se rindió al conquistador en Molcáxac para evitar la
matanza y destrucción de su gente, cosa que ya había ocurrido en otras
poblaciones, como Cholula y Huejotzingo, y que constituía una de las
tácticas militares del conquistador para amedrentar a los pueblos indíge-
nas. En pago, el señor de Tepexi ofreció ayudar a Cortés en la conquista
de los pueblos mixteco-popolocas del sur.
Pocas fuentes hablan de la conquista de Tepexi; sólo Cervantes de
Salazar (1936: 27) y el Lienzo de Tlaxcala (1939, lám. 32, Editorial
Cahuantzin) hacen referencia a la conquista de Tepexi por Cortés, aunque
para algunos autores el último trata sobre la conquista de la guarnición
tenochca.

176
REGiÓN MIXTECA POPOLOCA

,..
•..

+
'-.'.
N
TLAXCALA

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'. "

PUEBLA

\.
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Ojillán

Chinantla
Valle
• Valle Nacional

Yolox

\.}'/ '«~UIIZO

1 ,-OAXACA

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\ I Mon!ealbán'" Yagul
GUERRERO
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Zaaehla
I Lambllyeco' Milla
,
I
:

OAXACA

MIXTECA ~
POPO LOCA O
O 100
I ;;;;;;¡;;;J km

Mapa 1.

177
Arqueológicamente Tepexi no presenta huellas de una destrucción por
guerra o conquista: continuó existiendo hasta que por orden real se
reubicaron los poblados indígenas en lugares más bajos y accesibles.
A este caso corresponde el actual poblado de Tepexi de Rodríguez, antes
Tepexi de la Seda: sus muros y construcciones, en gran parte liberados,
se han ido cayendo por efectos del tiempo y los fenómenos natu rales de
la zona como las lluvias y los temblores, aunque también por el pastoreo.
Lo anterior se corrobora con los datos que aportan las fuentes etnohistó-
ricas, en las que se mencionan alianzas familiares entre los señores de
Tepexi y los tenochcas.
Hasta el momento existen más datos etnohistóricos del área popoloca
que los que la arqueología ha aportado, debido a que el único sitio
popo loca que se ha trabajado arqueológicamente es Tepexi el Viejo. Es
necesario, pues, continuar con el proyecto del área popo loca de manera
interdisciplinaria, y proponer razones para la exploración de al menos otros
dos sitios, de los que las fuentes etnohistóricas nos dicen que fueron
cabeceras de señoríos muy importantes y en muchas ocasiones antagó- /
nicos; nos referimos específicamente a la fortaleza de Cuthá, en el área
del actual poblado de Zapotitlán de las Salinas, ya Tehuacán el Viejo.

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178
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179
Sobrevivencia de armas tradicionales nativas
en la Colonia, en una prohibición de 1791
de que los indígenas porten armas
María Elena Ruiz A.

Un problema arqueológico, a cuya solución deberán contribuir tanto la


etnohistoria como la etnografía, es el del uso de objetos prehispánicos
durante la época colonial, y su consiguiente adaptación a las nuevas
formas económicas, políticas, religiosas y sociales introducidas por los
españoles.
No es problema nuevo, sobre todo si lo vemos desde el lado opuesto:
la introducción instrumental· de la nueva tecnología que siguió a la con-
quista. Así lo atestigua el Códice Osuna (Chávez Orozco, 1947), con sus
ilustrativos dibujos del siglo XVI que muestran la penetración de objetos
que para los indígenas -sobre todo los jóvenes- fueron novedad: tijeras,
carretillas de mano (figura 1), yugos (figura 2), arado (figura 3), etcétera.
Un resumen moderno de este tema se encuentra en el clásico libro de
Foster (1960) sobre la cultura material de la Conquista. En cambio, falta
aún documentar la aportación indígena a la Colonia, con el uso de sus
viejos instrumentos y artesanías. Queda por investigarse qué perduró y
/ qué se adaptó, así como los cambios sufridos en los recursos naturales
indígenas en función de los instrumentos de trabajo: canteras, yacimientos
de obsidiana, bancos de arcilla, etcétera.
El presente trabajo intenta seguir, a través de un documento de archivo
del siglo XVIII, el uso de instrumentos punzocortantes, en este caso puntas
de flecha, hasta bien entrada la Colonia, los cuales quizá fueron fabricados
con materiales autóctonos.

El documento

En 1988, mientras realizábamos la tarea de recabar información sobre


canteras en el Archivo General de Centroamérica en Guatemala, encon-
tramos una serie de escritos referentes al uso de armas en 1791. Los hechos
se sitúan en la Nueva Guatemala, a 18 años del terremoto que destruyó
la antigua capital.
Por su relevancia para la arqueología histórica, decidimos publicar una
parte completa del manuscrito, a pesar de ciertos pasajes repetitivos, a fin

181
Figura 1. Carretillas de mano, según el Códice Osuna (Chávez Orozco, 1947).

182
a

Figura 2. Los nuevos implementos, según el Códice Osuna: a) uso de tijeras;


b) instrumentos usados por los carpinteros.

183
Figura 3. Cuadro anónimo conmemorativo del traslado de la Virgen de Guadalupe
a su primera ermita. Detalle del simulacro festivo de la batalla (tomado de Ortiz
Vaquero, 1987).

de retratar el manejo jurídico del caso en sus aspectos legales y burocrá-


ticos, así como en su significación social; por ejemplo, en el poder de
convocatoria que tenían entonces los bandos públicos -"a son de oído y
voz de pregonero ..."-, forma en que le c;:omunicaron a la población
indígena la prohibición.
En nuestra versión suprimimos las copias del escrito original del11 de
noviembre de 1791, sacadas a requerimiento de instancias o personas,
como la enviada al administrador general de alcabalas el 7 de enero de
1792.
El documento capital es el auto que el emperador Carlos IV dirige a
los pueblos de la provincia de Guatemala, con fecha del 11 de noviembre
de 1791, mediante el cual queda confirmada la disposición de la Real Sala
del Crimen de la Audiencia de la Nueva Guatemala, de limitar el uso de
flechas entre los indígenas. Reproducimos la copia del auto real más
completa de las tres versiones del expediente, las cuales son obra de una
misma mano. El único cambio introducido por nosotros es el relativo a las
provincias y pueblos, ya que cada copia tiene distintos destinatarios:
alcaldes mayores, corregidores, "castellanos"; optamos por agregarle a la
versión central los lugares de las otras dos copias, señalándolos entre
paréntesis.

184
En la copia base viene el acta de "recibido" del alcalde mayor de la
provincia de Verapaz, de "esta real providencia que puesto en pie i
destacado, vesé y puse sovre mi cabeza como la de mi Rey y por natural
[...] que Dios guarde ..."
El recibo fue firmado en el pueblo de Rabinal el 22 de diciembre de
1791. Además, in.forma haber dado la orden en la cabecera de Salamá y
demás pueblos a su cargo.

Documento

Real Sala del crimen de la ciudad de Guatemala y Nobiembre once de mil


setecientos noventa y uno: Los señores presentes Don Juan Josef Villalen-
gua, y Oydores Don Joaquin Vasco Francisco Robledo y Don Sebastian de
Talavera con motivo de haver visto la causa Criminal instruida contra el Yndio
Marcos Peres por el homicidio que de un flechaso essecuto en persona de
Josef Gregorio Ramirez, y considerando que de tolerarse a los yndios el uso
libre de flechas pueden originarse muertes alevosas, con otros desordenes
e insultos, que deven prevenirse; dixeron: Prohivese el que los yndios
puedan traer, y cargar flechas por los caminos publicos y poblados bajo la
pena de ser destinado a Precidio por termino de dos años el que fuere
aprehendido con ellos en dichos lugares, y fuera de su casa donde unica-
mente se les permite para su defensa, y que maten a los animales nocivos.
Hagase saber a los Guardas en las entradas de esta Capital, detengan a los
Yndios que llegaren con flechas, y den cuenta al juez mas cercano. Y para
que llegue a noticia de todos los Yndios publiquese por Vando en esta Capital
y en todas las cavezeras del distrito de este Tribunal, a cuyo efecto librense
Reales Provisiones para las cuatro yntendencias, y el Despacho necesario
de Cordillera para los demas juezes no comprehendidos en ellas.
Así lo acordaron mandaron y firmaron dichos Señores de que doy fe
-Villalengua-Vasco-Robledo-Talavera- Juan Hurtado.
En quince de Nobiembre de mil setecientos noventa y uno, hice saber
el auto antecedente a su merced el Director de la Renta del tabaco Don Josef
Quintana, dijo lo oye doy fe- Feliz de Salazar Escribano de Sala.
Libraronse nueve despachos a las Yntendencias: Governador de Cos-
tarrica, y los cuatro restantes de Cordillera a los juezes del Reyno en quince
de Nobiembre de mil setecientos noventa y dos- (Rubricado).
Librose el vando del se sacaron seis copias en veinte y ocho de
Nobiembre de mil setecientos noventa y dos- (Rubricado).
En diez y siete de Enero de mil setecientos noventa y dos hice saber el
auto antecedente a su Merced Don Bernard de la Madrid Administrador de
la Real Renta de Alcavalas, dijo lo oye, y que se le pase un certificado del
auto esto respondió doy fe-Salazar.
Diose el testimonio a el Administrador General de Alcavalas en dicho
dia- (Rubricado).

185
Concuerda con su original y lo saqué para tener por principio de
Expediente. Nueva Guatemala Enero diez y siete de mil setecientos noventa
y dos años. Juan Hurtado
Nos Presidente, Regente, y oydores de la Audiencia, Corte, y Real
Chancilleria, del Reyno de Guatemala ...
Por cuanto, por la RI sala del Crimen de esta corte se determino el Auto
del tenor siguiente-Real Sala del Crimen de la Ciudad de Guatemala, y
noviembre once de mil setecientos noventa y uno: Los Señores Regente
Don Juan Josef Villalengua, y oydores Don Joaquin Vasco, Don Francisco
Robledo, y Don Sebastian de Talavera, con motivo de haver visto la causa
Criminal instruida contra el yndio Marcos Perez por el homicidio, q9 de un
flechaso essecuto en la persona de Josef Gregario Ramires, y considerando,
q9de tolerarse a los yndios el uso libre de flechas, pueden originarse muertes
alevosas, con otros desordenes e insultos que deven prevenirse [...] prohi-
vese, el que los yndios puedan traer, y cargar flechas por los caminos
publicas, y poblados, vajo la pena de ser destinado a Presidio por termino
de dos años, el que fuere aprehendido con ello .. en dichos lugares, y fuera
de su casa donde unicamente se les permite para defensa, y que maten a
los animales nocibos.
Hagase saver a los guardas en entradas de esta Capital, detengan los
yndios q9 llegaren con flechas, y den cuenta al jues mas cercano. Y para [...]
llegue a noticia de todos los yndios, publiquese por vando en esta Capital, y
todas las cabezeras del distrito de este tribunal, a cuyo efecto R" Proviciones
paralas quatro Yntendencias.
Despacho necesario de Cordillera pa demas juezes no comprehendidos
en el...
Assi lo acordaron, mandaron, y firmaron dichos Señores, de q9 doy fe
-Villalengua-Vasco-Robledo-Talavera- Juan Hurtado. Y para q9 llegue a
noticia de todos, y ninguno alegue ignorancia, mandamos se publiq. en esta
Capital, fijandose copias en los parajes acostumbrados. Fecho en la Nvá
Guatemala, a veintey ocho de Noviembre de mil Setecientos noventa y un
años Berna'. Troncoso Juan Josef Villalengua Juachin Vasco Juan Hurtado
... q9 demanda publicar por Vando en esta Capital, el auto, prohivitibo a
los yndios de cargar flechas, p' los caminos, y lugares publicas: en la
conformidad, q9 [...] se expresa __ Oficio de Hurtado __
En diez de Diciembre de mil Setecientos noventa y un años. Yo el
Escribano acompañado [...] un cavo, y guardas soldados, a son de oydo y
voz de Pregonero, publiquen el precedente [...] en los parajes acostumbra-
dos, haviendo concurrido a oirlo varias personas de ambos [...], y pone 6,
copias de el en las esquinas acostumbradas de ello doy fé. Antonio Belasco
[c' ...] Recep'
Don Carlos por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de Lean, de Aragón,
de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de
Valencia, de Galicia, de Mayorca, de Sevilla, de Serdeña, de Cordova,
de Corcega, de Murcia, de Jaen, de los Algarces, de Algecira, de Gibral-
tar, de las Yslas de Canaria, de las Yndias Orientales, y Occidentales, Yslas

186
y Tierra firme del Mar Occeano, Archi-Duque de Borgoña, de Bravante, y
Milan, Conde de Absburg, de Flandes, Tirol, y Barcelona, Señor de Nicoya,
y de Malina [..a].
Por quanto por mi R1 Sala del Crimen de mi Audiencia, Corte, y Real
Chancilleria, qe recide en la Nueva Guatemala de la Asumpcion, se determino
el auto del tenor siguiente-
Real Sala del Crimen de la ciudad de Guatemala, y noviembre once de
mil Setecientos noventa y uno:
Los señores Regente Don Juan Josef Villalengua, y oydores Don
Joaquin Vasco, Dn Francisco Robledo, y Don Sebastian de Talavera, con
motivo de haver visto la causa Criminal instruida contre el Yndio Marcos
Peres, por el homicidio, qe de un flechaso executó en la persona de Josef
Gregario Ramires, y considerando qe de tolerarse a los, Yndios el uso libre
de flechas pueden originarse muertes alevosas, con otros desordenes, e
insultos, qe deben prevenirse, Dixeron:
Prohivese el que los Yndios puedan traer y cargar flechas por los
caminos Publicas, y poblados, bajo lapena de ser destinado a Presidio por
termino de dos años el que fuere aprehendido con ellas en dichos lugares,
y fuera de su casa donde unicamente seles permite para su defensa, y qe
maten a los animales nocibos. Haganse saver a los guardas, en las entradas
de esta Capital, detengan a los Yndios qe llegaren con flechas, y den cuenta
al jues mas inmediato. Y para que llegue a noticia de todos los Yndios,
publiquese por vando en esta Capital, y en todas las Cabezeras del distrito
de este tribunal, a cuyo efecto librense RS Proviciones para las quatro
Yntendencias, y el Despacho necesario de Cordillera para los demas Jueses,
no comprehendidos en ellas.
Assi lo acordaron, mandaron, y firmaron dichos Señores, de qe doy
fé-Villalengua-Vasco-Robledo-Talavera-Juan Hurtado. Ello mediante, para
qe lo preveido tenga cumplido efecto, con acuerdo de los enunciados mi
Presidente, Regente, y Oydores, libro la presente Carta, para la qual mando
a vos mi Alcalde mayor de la Prova de Verapas, y al castellano del Peten (oo.
mi Alcalde mayor de la Prova de Zacatepeques, Corregidos del barrio de
Chiquimula, y castellano, del golfo, qe inteligenciados de su contenido
guardeis, oo.) (oo. mis Alcaldes mayores de Chimalten°, Solola, Totonicapan,
Quezaltenango, y Suchitepequez, ...), que inteligenciados de su contenido
guardeis, cumplais, y executeis, el auto incerto proveido por la dicha mi
Audiencia, y sentada por cada uno de vos la correspondle di liga el ultimo la
debolvera á manos de mi infraescripto Escrivano de Camara mayor de
Govierno, y Guerra, si hace en contrario con ningun pretexto pena de mi
merced, y de doscientos pesos pa mi Real Camara, y Fisco.
Dada enla Nva. Guatemala de la Asumpcion a dies y seis de mil
setecientos noventa y un años.
Yo soy Juan Hurtado, EsC. de Cama de esta RI Auda Grra deeste Reino
por S.M. lo hise escribir po sume con acas demi [oo.] reglas i oidores. (Rubri-
cado).

187
Como testimonio de haberse recibido las copias, en la parte complemen-
taria del documento original vienen los siguientes folios, con alusiones
interesantes a los lugares que la prohibición recorrió y a las diferentes
autoridades y jurisdicciones:

De las autoridades de Chimaltenango, Comayagua, Leon, Ciudad Real, San


Salvador, Coban, Cartago (Costa Rica) de haber recibido la orden de aplicar
dicha prohibición en el folio 12 es una Cordillera para que los alcaldes
mayores de Chimaltenango, Sololá, Totonicapan, Quezaltenango y Suchi-
tepequez hagan publicar por bando el auto acordado respecto a dicha
prohibición [fols. 5-11].
De los folios 15 cordilleras, Ciudad Real, Totonicapan, Quezaltenango,
San Antonio, Alta Verapáz y Petén para que hagan publicar el bando en sus
respectivas jurisdicciones [fols. 15-17].
Cordillera para que las autoridades de Rabinal, el presidio del Petén (Isla
de Flores), Sacatepequez corregidor de Chiquimula "y castellano del golfo"
(Izabal) den a conocer por bando dicha prohibición [fols. 20-22].

y finalmente: "folio 24 vuelto a 25 vuelto a la misma Cordillera a la antigua


Guathemala, Chiquimula y San Felipe del Golfo, para que apliquen la
misma prohibición".

Comentarios

Una de las formas de control que la Colonia tuvo sobre los indígenas fue
esta clase de prohibiciones. En el caso de las armas concurren otros
factores, como las quejas por el uso inmoderado que hacían los indígenas
del aguardiente; de sobremanera sabemos que "trago y armas no se
llevan", y más si existen profundos resentimientos sociales como los que
engendra la división de culturas y la explotación.
Un ejemplo lo tendríamos en un frustrado motín ocurrido en Santa
Eulalia, un pueblo de Huehuetenango, cuando un grupo de indios borra-
chos intentó amotinarse contra las autoridades durante la celebración
religiosa anual (AGCA, 19).
Al historiar en el siglo XVIII esta clase de disposiciones, el capitán don
Antonio de Fuentes y Guzmán (1933: 338) fue explícito respecto al porqué:

y no ha mucho tiempo que con previa y muy acertada dirección, y quizá con
algún cristiano y fiel celo, se dió al real Consejo de Yndias en aquel tiempo,
noticia de haber entre los indios muchas armas, de donde podría resultar
algún perjuicio, en cuya consideración se mandó:
Que á los indios del Valle de Goathemala los visiten los alcaldes
ordinarios, y que les quiten las armas y lanzas que tuvieren ...

188
Es útil seguir con el alegato de este historiador, ya que nos proporciona al
menos dos ejemplos de actividades en que los nativos necesitaban ir
armados. Además, nos hace saber que había indígenas privilegiados para
los que no contaban mucho las ordenanzas, sobre todo si eran parte del
aparato de las autoridades, como en el caso de los aliados tlaxcaltecas
desde los días iniciales de la conquista. Quienes gozaban de tales privile-
gios vivían en barrios apartados de las ciudades de Guatemala, San
Cristóbal (de las Casas), y en el barrio de "Mexicanos" de la ciudad de
San Salvador.

pues con pretexto de cazadores y de vaqueros es un número considerable


de escopetas, flechas, lanzas, y jarretaderas el que es halla entre los indios,
yen que se debiera cargar mucho la consideración, la diligencia y vigilancia,
para quitarlas y ponerlas en la real sala de armas de la ciudad de
Goathemala, donde estuvieron mejor para armar nuestra gente en ocasiones
que se ofreciesen; más no por eso digo que debe entenderse esto de los
indios tlascaltecas de la ciudad-vieja, que esos siempre han estado armados
y se precian de leales y de conquistadores de los demás.

Comentando a Fuentes y Guzmán, el historiador Severo Martínez (1985:


292-293) hace sus propias interpretaciones de la razón de las prohibi-
ciones:

De su declaración se desprende que, para él, la peligrosidad de los amoti-


namientos de la plebe no radicaba en ellos mismos, sino en su carácter de
posibles desencadenantes del descontento de setenta mil indios que "cer-
caban" la ciudad de Guatemala. Es digno de notarse que en cierto pasaje
de su crónica -escrito sólo dos años antes del momento que referimos-
ya se había detenido el cronista a señalar que entre los indios del valle había
muchas armas, y que era conveniente recogerlas ...
En los tres siglos coloniales se sucedieron, unas a otras, las prohibicio-
nes sobre el uso y la tenencia de armas entre los indios y entre la plebe: se
prohíbe a mestizos, negros y mulatos tener caballos, yeguas y armas (año
1607); que ningún mestizo, mulato o negro libre lleve espada, machete ni
otra arma, so pena de doscientos azotes "amarrado a un palo" (año 1634);
que se recojan las armas de fuego que haya en los pueblos y que no se
permitan juntas o marchas con pretexto de regocijos (1693); que ningún
indio, mestizo ni otra persona pueda "cargar" cuchillo, pañal, machete ni daga
(1710); que sólo a los españoles se les permita llevar armas, como son
espadas de cinco cuartas y otras semejantes, bien acondicionadas yenvai-
nadas (1766). Pese a todo, los hechos de sangre fueron cada vez más
frecuentes entre la plebe de la ciudad dE:Guatemala, y las penas llegaron a
ser tan desmesuradas como ineficaces: en 1806, por bando se hizo saber
que la sola portación de armas cortas se castigaría con doscientos azotes y
seis años de presidio.

189
La delincuencia había alcanzado índices alarmantes entre la gente
menesterosa de la ciudad -lo cual se explica si recordamos que el empo-
brecimiento general del reino, en la última etapa colonial, tuvo que repercutir
más sobre la gente pobre y elevar el índice de su desesperación-o Un
periódico de la época de la Independencia comenta que en un año entraron
al hospital de la ciudad más de setecientas personas, hombres y mujeres,
heridas en riñas, de las cuales murieron diecinueve. Al año siguiente se llegó
a la cifra de novecientos heridos en riñas, y el periódico señala, con toda
claridad, que esa ola de crímenes se desarrollaba únicamente en el seno de
una capa social determinada, a la que llaman "una plebe libertina y sangui-
naria".

Como apoyo a lo expuesto acerca de dichas prohibiciones, hemos enlis-


tado una serie de documentos que abarcan cronológicamente de 1565 a
1842. Su importancia radica en ser una serie testimonial, a través de un
largo periodo, que deja ver aspectos diferentes de orden social: afloran
oficios, una nomenclatura de armas cortas, épocas de criminalidad y
ciertas costumbres en el uso de armas, de acuerdo con los estratos de
lacayos y plebeyos en general. Las fichas provienen del Archivo General
de Centroamérica, Guatemala.

Cédula que contiene el reglamento de las dimensiones de los estoques,


verdugillos y espadas [Pardo, 1941: 9].
Su majestad otorga licencia a los vecinos de la Provincia de Guatemala
con especialidad a aquellos que tienen indios en encomienda, para que
puedan tener toda clase de armas en sus casas [Pardo, op. cit.: 9].
Providencia prohibiendo que los negros y mulatos usen cuchillos y
machetes [AGCA, 1605].
Auto de superior gobierno, prohibiendo que los mulatos y negros, que
sirven como lacayos, porten armas (espadas) [AGCA, 1646].
Ordénase que al indígena Matias de Aguilar, a quien se le decomisó un
puñal, se le pasee por las calles de la capital, montado en un mulo enjalmado
y llevando pendiente al cuello dicha arma [AGCA, 1743].
Prohíbese la portación de pistolas, cuchillos, puñales, machetes u otro
cualquier género de armas [AGCA, 1743].
Auto mandando promulgar el bando por el cual quedó prohibido el uso
de armas cortas [AGCA, 1759].
Prohibición del uso de armas blancas [AGCA, 1759].
Sólo a los españoles se les permitirá el uso de espadas de cinco cuartas,
enbainadas y con carteras [AGCA, 1766].
Providencia prohibiendo el uso de toda clase de armas [AGCA, 1779].
Bando ordenando que todas las armas cortas, sean despuntadas [AGCA,
1790].
Bando ordenando que toda arma corta, debe ser despuntada [AGCA,
1791].

190
Prohibese a los indígenas portar y usar flechas, por los caminos públicos
y poblados, so pena de presidio por dos años [AGCA, 1791].
Bando por el cual es promulgada nueva escala de penas a los que porten
armas cortas o cualquier "instrumento apto para herir" [AGCA, 1792].
Queda prohibido el uso y portación de armas de fuego y acero, como
escopetas de "menos de vara", trabucos, tercerolas, encarros, pistolas,
terciarios, almaradas, puñales, rejones, cuchillos de monte, dagas ni otro
instrumento alguno punzante de los prohibidos o que la milicia hubiere
inventado o inventase para herir y que ningún maestro armero o arcabucero,
haga ni componga dichas armas [AGCA, 1795].
Que ningún vecino de la ciudad de Guatemala saque ni use espada de
"menos de marca ... ni desnuda o de baina abierta, ni ande las noches en
cuadrillas ... ni de tres arriba, ni se mantenga parado en las esquinas y boca
calles después de las diez de la noche ..." [AGCA, 1795].
Queda prohibido a los carpinteros, cerrajeros, el llevar fuera de sus
obradores ninguna de las herramientas que sean agudas, cortantes y
punzantes [AGCA, 1795].
Prohibese el uso de armas cortas [AGCA, 1799].
Con el fin de prever los delitos de sangre, es promulgada por bando la
providencia sobre la fabricación, uso, portación, etcétera, de cuchillos y
armas cortadas (blancas) [AGCA, 1806].
Bando promulgado por el alcalde 10 de la Municipalidad de la Ciudad de
Guatemala y Corregidor accidental del departamento, prohibiendo la porta-
ción de cuchillos, puñales, y toda clase de arma corta o de fuego dentro de
la población, de día o de noche [AGCA, 1842].

/ Discusión

Un primer tema que surge de su lectura es el uso ritual que se dio entre los
nuevos conversos al cristianismo, de los proyectiles y armas verdaderas
-arcos, flechas y lanzas-, como parte del utillaje empleado en repre-
sentaciones escénicas en los primeros tiempos de la Colonia. Entre ellas las
conmemorativas de acciones y hechos que se quería perpetuar, y algunas
relacionadas con las llamadas "danzas de la Conquista", de indudable
sentido político y evangelizador. El levantamiento cakchiquel y quiché de
1526 dio origen a la llamada ''fiesta del volcán", para la que se erguía en la
Plaza Mayor de la ciudad de Guatemala un fingido volcán decorado con
vegetación y fauna, escenografía para las batallas simuladas de indígenas
rebeldes contra los triunfadores españoles y aliados tlaxcaltecas.
Los indígenas acudían con sus propias armas, pero con las saetas
despuntadas, previsién lógica en época tan temprana, cuando los aires de
rebeldía estaban frescos. Según la descripción de Fuentes y Guzmán (op.
cit.: 371):

191
Luego empiezan á entrar por las dos bocacalles que llaman de mercaderes
y la de la Sala de armas, muchas tropas (que formarán el número de mil) de
indios desnudos con sus maztlates y enbijados á la usanza de la gentilidad
de sus mayores, con plumas varias de guacamayos y pericos, con arcos y
saetas despuntadas, otros con varas y rodelas á el estilo antiguo ...

En el ámbito mesoamericano, en 1555, a la mitad del siglo XVI, parece que


en el centro de México las festividades no tuvieron prohibiciones tan
estrictas para reglamentar el uso de armas en las representaciones
escénicas. Lo vemos en el primer milagro efectuado por la Virgen de
Guadalupe al ser trasladada a su primera ermita precisamente por haber
curado la herida que sufriera un indígena mexicano que estaba "escara-
muzeando".
En un cuadro de tamaño mayor, en el Museo de la Basílica de
Guadalupe (figura 4), fue pintado este acontecimiento: uno de los flecheros
que simulaban una batalla sobre canoas a los lados de la calzada donde
ocurría la solemne procesión, al pulsar su arco disparó de repente la flecha
e hirió a otro de los festejantes, traspasándole el cuello. Habiéndosele /
dado por muerto y luego de ser trasladado frente a la imagen y altas
autoridades eclesiásticas, se realizó el milagro: al sacársele la flecha no
sólo resucitó sino también sanó, quedándole sólo las señales.
Lo importante de esta pintura es el lujo de detalles con que recrea los
vestuarios nativos, eneste caso a la "usanza chichimeca", dándonos una
idea del preponderante papel que el grupo indígena tuvo en dicho acon-
tecimiento. Para nuestro tema hay un dato importante: las armas y flechas
eran de verdad (Ortiz Vaquero, 1988: 37-42).
Esto nos hace pensar en la iconografía de las armas y ver qué tanto
de las escenas plasmadas en cuadros y biombos fue copiado de originales
facturados hasta los siglos XVII y XVIII. Traemos a cuenta el cuadro, pintado
en 1698, del Museo de América de Madrid, donde se da una versión de la
conquista de la Nueva España según la cual, entre las armas, sobresalen
puntas de lanza (González Rull, 1972: 17).
La misma pregunta nos hacemos respecto a la famosa litografía de
Casimiro Castro de 1857 (Bernal, 1979, lám. 87), alegoría de las principa-
les piezas arqueológicas del Museo Nacional, entre las cuales hay escu-
dos (rodelas), lanzas y flechas. Si las piezas fueron auténticas, ¿en dónde
están ahora?, y si fueron reproducidas como material etnográfico ¿cuándo
y por quiénes fueron hechas? (figura 5).
La representación de armas indígenas en el arte virreinal llegó a los
salones de las casas de alcurnia a través de los biombos domésticos de
los siglos XVII y XVIII, en los que era frecuente observar representaciones
de escenas de la Conquista (Castelló Yturbide, Martínez del Río de Redo,
1968: 41-43).

192
Figura 4. Detalle del danzante flechado y las armas.

Sería importante analizarlas así como ver cuáles fueron las fuentes y
ejemplos que el pintor tomó como modelos. En la historia del arte, son
muestra ideal de una visión colectiva del hecho histórico visto a través de
lo que se leía, de lo que se había transmitido oralmente y de lo que el artista
/ imaginaba.
Este tema puede servir de pretexto para rastrear otros aspectos que
nos descubren las representaciones europeas hechas por pintores que no
llegaron a conocer América, pero que fueron testigos creadores del con-
cepto que tenían los europeos de los indígenas de este continente, tanto
en lo que tocaba a su físico, como a sus costumbres, trajes y, en este caso,
sus armas (figuras 6-9). Como es de imaginarse, se trataba de armas de
gente considerada "bárbara", junto a la cual se exalta la destreza, la
elegancia y el poder bélico de los conquistadores. Basándose en cartas,
crónicas e historias, que para entonces se habían hecho públicas, estos
artistas imaginaron un mundo en el que se veía el predominio de lo que
hoy llamaríamos ''tecnológico'', concepto aún vigente en nuestros días
(Samayoa Chinchilla, 1966: 61-70): la causa principal del derrumbe indí-
gena fue la superioridad militar y la calidad de las armas españolas.
Mientras estas pinturas -fantásticas muchas de ellas- circulaban, en
la vida real ocurría una historia de adaptaciones que el arte no registró.
Para el siglo XIX hay pinturas populares, con riñas y brabucones mestizos
"aindiados" que blanden un cuchillo en la mano (figura 1O). El arte es testigo

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Figura 6. Biombo del siglo XVII. Escena de guerra mostrando las armas indígenas
y españolas (tomado de Benítez, 1984).

de cómo, con el tiempo, aquellas prohibiciones fueron sobrepasadas por


indígenas que llegaban a la ciudad y se veían obligados a defenderse,
adaptándose a la vida de los barrios bajos, donde en aquellos años de
anarquía usar cuchillo al cinto era ne-cesario. A lo de las rebeldías y riñas
/ por borrachera podrían agregarse otras prohibiciones impuestas a los
indígenas: las concernientes al consumo de bebidas embriagantes, de
las que hay buenos ejemplos legislativos coloniales y republicanos. Esto
se expresa en la pintura popular del siglo XIX y en el concepto que aún
perdura del indígena armado.
El documento contiene ejemplos de aculturación, que enfatizan la
continuidad y el cambio que se estaban operando en el terreno de lo civil.
Algo pueden decir los estudios arqueológicos de la antigua población de
Coxho, Chiapas, de la cual Hayden (1976) reporta el hallazgo de puntas
de flecha de obsidiana de los periodos Posclásico y colonial.
... ~ee (19j39: 16) comenta que en Coapa ~l ¡metal fue rápidamente
re'emplazando a los instrumentos de piedra; Sin embargo, la mayor parte
de los instrumentos pequeños para cortar siguieron siendo elaborados con
este material. En lo que respecta a la selva lacandona, es relevante que
hasta nuestros días sobreviva la manufactura de puntas de flecha, basada
sin duda en una vieja tradición (Nations y Clark, 1983: 36).
A la par que se seguía usando la piedra en la vida cotidiana, también
se iban introduciendo los materiales hispanos. En Chiapa de Corzo se

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Figura 8. Escenas de la vida religiosa indígena según la mentalidad europea: a) "Es-


cena de sacrificio humano", grabado holandés del siglo XVII y XVIII (Obregón, 1960);
b) "Luchas y danzas" según el Códice Panes y Abellán (tomado de Benítez).

197
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Figura 9. Dos tlatoanis, concebidos más de acuerdo con la tradición plástica de


los tlacuilos mexicas: a) Nezahualcóyotl; b) Tezozómoc (tomado de Benítez).

encontró una ofrenda, en el entierro 9 de un indígena chiapaneco del


siglo XVI, consistente en dos puntas de ballesta de "hierro" (figura 11) dentro
de una vasija de factura nativa (Navarrete, 1966: 84). Un hallazgo seme-
jante tuvo lugar en la pirámide principal de Iximche, capital cakchiquel en
Guatemala (Guillermín, 1965: 33).
Hay que apuntar que se trata de ofrendas en contextos de una categoría
o nivel social elevado, en los que se echa de ver el aprecio que se tenía por
tales artefactos, como ocurrió también con otros materiales que, si bien eran
de uso cotidiano entre los nuevos pobladores hispanos, para los indígenas
constituían objetos únicos, "raros", considerados de valor, por lo que pronto
fueron incorporados al ajuar y, por ende, al ritual de las ofrendas.
Un ejemplo ~q. cerámica es el vaso hallado en la tumba B XVIII, en
Chipal, Quiche, Gúatemala '(Butler, 1959: 29); se trata de una copia de la
cerámica común española del siglo XVI elaborada probablemente antes de
1575 por manos indígenas. Dicho vaso estuvo asociado con otros mate-
riales que demuestran que a estas alturas cronológicas continuaban los
diseños y conceptos nativos.
Otro material es el vidrio, introducido en Mesoamérica en ofrendas con
cerámica indígena en la región chinanteca de Oaxaca. Delgado (1956: 33)

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Figura 11. El macáuitl o macana con obsidianas: a) según el Lienzo de Tlaxcala,


dibujo indígena del siglo XVI; b) dibujo europeo del siglo XIX con la escena del
sacrificio gladiatorio.

200
menciona que en la tumba 12 hizo el hallazgo de un collar formado por
cuatro cuentas de vidrio azul turquesa oscuro (figura 12) fechado a pocos
años de la llegada de los españoles. El que dicho collar hubiera sustituido
al original en oro confirma el valor que siguió teniendo la pieza puesta en
ofrenda por encima del valor intrínseco del material.
A lo anterior Lee (1972: 9-10, figs. 9 y 10) agrega 26 cuentas de vidrio
y una vasija blanca "Ironstone ware" encontradas entre los entierros
tempranos de Jmetic Lubton, Chiapas, las primeras fechadas entre el
primer cuarto del siglo XVIII y el XIX, y cuya procedencia puede ser Venecia
o España, y la segunda, en el siglo XIX, probablemente después de 1850,
y procedente posiblemente de Francia.
En el caso de la vasija es interesante destacar que su forma es la que
actualmente tienen los tazones, originalmente cuencos de calabaza y hoy
peltre, que ahora también son de plástico. Estos tazones son empleados
por los rezanderos indígenas de los altos de Chiapas para beber el pozol
de maíz, el cual a veces se riega al pie de las cruces frente a las que se
lleva a cabo la ceremonia (Navarrete,· comunicación personal); lo cual
demuestra otra posibilidad de adaptación de una forma natural a una
funcional, pues ésta no cambia a través del tiempo, mientras que los
materiales son sustituidos por la nueva tecnología.
Regresando al documento, vemos que en varios departamentos de la
Ciudad de Guatemala hubo cargos judiciales contra los indios por el delito
de portar puntas de flecha o armas punzocortantes elaboradas en piedra,
lo cual confirma la continuidad tecnológica de ciertos instrumentos.
Sin embargo, ciertas dudas persisten y nos preguntamos hasta cuándo
/ los indígenas dejaron de emplear sus armas de piedra, pues etnográfica-
mente tenemos casos extremos, como el uso actual de cuchillos ceremo-
niales, procedentes de la región cuicateca de Oaxaca, usados para realizar
sacrificios de animales (Holland y Weitlaner, 1960: 75). Lo relevante de
este dato "vivo" es la persistencia del uso de los cuchillos en función de una
costumbre religiosa también persistente, como sintetizan los autores:

Estos sacrificios se hacen todavía igual que en el pasado, para pedir la ayuda
del "Señor del Cerro" en la curación del enfermo y para el propiciamiento de
la longevidad. La situación de los sacrificios actuales en los picos de los
cerros parece no haber cambiado desde los tiempos anteriores a la
Conquista (op. cit.: 83).

Ilustrativa de la situación contemporánea es la tecnología que emplean los


lacandones en la elaboración de puntas de flecha manufacturadas para la
comercialización turística.
Casos paralelos de supervivencia incluyen el uso del átlatl-conside-
rado un instrumento tolteca-, empleado en el lago de Pátzcuaro y en los

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Figura 15. Las armas españolas y las indígenas (tomadas de Benítez y Obregón).

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Figura 16. La imagen del "brabucón" en las cartas de la lotería popular: a) "El
valiente"; b) "El apache" (tomado de Monsiváis, 1991).

restos lacustres de Texcoco (Linné, 1937: 63). En este caso sería intere-
sante rastrear el uso de esa especie de arpón en forma de tridente que
tiene la punta del proyectil y que actualmente es de hierro.
Es de considerar cómo hasta nuestros días se perpetúan ciertos
hábitos culturales prehispánicos, a través de la nueva tecnología introdu-
cida por los españoles mediante un proceso sincrético de aculturación.
Dichos hábitos son parte de una amalgama de dos formas de vida
diferentes tanto en lo social como en lo material y religioso.
Hasta el momento no cabe duda que algunos productos nativos
continuaron siendo elaborados con los recursos naturales tradicionales:
obsidiana, pedernal, canteras, cerámica, cestería (tule, jarcia, etcétera),
madera, concha, etcétera; materiales que hoy día son explotados e
industrializados en diversos ramos en los que no deja de verse la mano
indígena, dato que tendrá que ser corroborado por la etnografía.

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Figura 17. Puntas de flecha comparativas: a) tecnología actual lacandona: puntas


elaboradas de pedernal y madera; b) puntas de ballestas de hierro, época de la
Conquista, Chiapa de Corzo (según Navarrete, 1966).

207
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Figura 18. Industria lacandona de puntas de flecha: a) empleo de machete en la


fabricación de puntas de madera (fotografía de Nations y Clark, 1983); b) arco de
madera y puntas de flecha, elaborados actualmente para venderlos a los turistas.

208
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210
El Lienzo de Jucutácato o de Xiuhquillan
Román Piña Chán

En Orfebrería prehispánica (Barba y Piña, 1989) publicamos una breve


interpretación de este importante lienzo, el cual tiene relación con la
minería de Michoacán; pero por considerar que no era lo suficientemente
explícita, volvemos ahora a plantear el tema.
Según Miguel Othón de Mendizábal (1946: 89)

el Lienzo de Jucutácato, llamado así porque el cronista franciscano Fr.


Alonso de la Rea lo vio en tal lugar, durante el segundo tercio del siglo XVII,
perteneció a la cacique de Ticalan del distrito de Uruapan. Su último
propietario, don Pedro García Abarca, lo donó a la "Sociedad de Geografía
y Estadística" en cuyo poder, aunque muy destruido, existe hasta la fecha
[oo.] Lo dio a conocer el doctor Nicolás León en 1886.

Por su parte, José Corona Núñez (1986: 12) nos dice que

el cronista franciscano fray Alonso de la Rea ya cita este códice en su Crónica


de la Orden de Nuestro Seráfico Padre San Francisco de San Pedro y San
Pablo de Michoacán, escrita en 1639. Fue encontrado por él en el pueblo de
Jucutácato (Xucutácato) a 4 km de la ciudad de Uruapan del Estado de
Michoacán. Perteneció a doña Luisa Magaña, india cacique del pueblo
de Jicalán (Xicallan) que estuvo habitado por gentes de habla náhuatl que
seguramente fueron los protagonistas de este códice ... En el viejo Jicalán
(Xiuhquillan ?) debió de haber sido hecho este lienzo. Lo dio a conocer
científicamente el doctor Nicolás León en el Annual Report of the
Smithsonian Institution of the Year 1886.

Interpretaciones

Conocida la procedencia del lienzo, conozcamos ahora algunas interpre-


taciones que se han hecho.
Según Mendizábal, La Rea decía en 1639:

211
pintando estos indios tarascos el origen de su venida en un lienzo
antiquísimo que está hoy en el pueblo de Jucutácato del domicilio de
Uruapan a distancia de una legua, pintaron estas nueve naciones saliendo
de las siete cuevas del poniente y juntamente que pasaban el brazo estrecho
de mar o río caudaloso que atraviesa de Norte a Sur, en balsas de madera ...

Al parecer, La Rea creía que las nueve tortugas con una persona encima
eran balsas en las que pasaron nueve naciones (salidas de las siete
cuevas) sobre el mar o un río caudaloso para llegar a Michoacán.
Del Paso y Troncoso -citado por Mendizábal (1946: 89)- dice:

Hállase dividido el cuadro [lienzo] por líneas negras, rectas, en varias figuras,
unas en forma de rectángulo y otras poligonales, dentro de cada una de las
cuales figura el nombre de los lugares donde fueron tocando los tarascos,
durante su tránsito, y juntamente con el nombre hay inscripciones, a veces
completas y a veces truncas, escritas en mexicano muy estropeado.

Como se ve por el texto, pensaba que el lienzo contenía información sobre


la migración de los tarascos.
Por su parte, Othón de Mendizábal (1946: 105-109) llega a la conclu-
sión de que el lienzo se refiere a la evangelización de agustinos realizada
en la Tierra Caliente de Michoacán, la cual comienza con la venida de
misioneros que parten de Veracruz y cuyo lugar de destino es Xiuhquilan.
Pero él dice que Xiuhquilan no es en el lienzo un nombre de lugar (por no
estar el nombre separado y con mayúscula) sino que forma parte de una
frase; concluye, pues, que:

El verdadero nombre geográfico de la sección K, no puede ser otro que


Tiripetio, dado que los peregrinos principales son indiscutiblemente fray Juan
de San Román y fray Diego de Chávez, fundadores del convento de Tiripetio
y apóstoles de Tierra Caliente.

Para Jiménez Moreno (1948: 151-155):

el códice trata de la migración de un grupo (no necesariamente numeroso)


de artífices nahuas (llamados tlacochcalca), que, procedentes origina-
riamente de las Playas de Veracruz (a donde habrían llegado del mar), van
luego al Valle de México y de allí a la zona de Zacapu y a las cercanías de
Uruapan, en la zona teca de Michoacán, hasta establecerse en Xiuhquillan,
de donde más tarde partirán cuatro expediciones o movimientos migratorios:
tres en busca de minas (una hacia Coalcoman y dos hacia la zona cuitlateca
de Guerrero) y una más hacia Pátzcuara para establecer quizá un gremio
de orfebres en el corazón del señorío Tarasco.

212
El lienzo fue pintado con base en una tradición oral después de la
Conquista y por esa razón el artista incluyó incensarios, trompetas, sillas
y otros objetos (temas) coloniales.
Salvador Mateas Higuera (1948: 160-162) piensa, por su parte, que el
lienzo trata de la "migración de un grupo nahua, el cual, después de partir
de las costas veracruzanas llega a territorio michoacano, donde establece
una industria metalúrgica".
En fecha reciente José Corona Núñez (1986: 11, 26) nos dice que

el Lienzo de Jucutácato es un códice pintado, con dibujo lineal, con colores


negro, rojo y azul sobre una tela indígena que mide 2.63 m de largo por 2.03
m de ancho ... Fue hecho en el siglo XVI y se refiere a la llegada a Michoacán
de gentes de filiación náhuatl que fundieron instrumentos de bronce para
cultivar la tierra, que, sin duda, fueron los primeros introducidos a
Mesoamérica.

y añade que los instrumentos eran:

la pala-coa que en tarasco se dice tarecua, y la azada, tecátzecua en tarasco.


Estas piezas de metal, quizá de bronce o de cobre endurecido, revolu-
cionaron la agricultura, y tal vez fue tan importante que se pintó este lienzo
para conmemorar tal invento.

y D.M.K. de Grinberg (s.f.: 30) estudiando el legajo 1204 del Archivo


General de Indias, ramo Indiferente General, fechado en octubre de 1533,
el cual reúne valiosa información sobre las minas de cobre y técnicas
prehispánicas de su elaboración referentes a Michoacán, llega a la con-
clusión de que

el lienzo y el legajo tuvieron un origen común y se hizo uno en función elel


otro para ilustrar el legajo; pero por causas desconocidas se separaron. Se
refieren a las minas de cobre de la región de Ario, a su explotación y a las
rutas de tributo de cobre en época prehispánica y colonial temprana.

En otra publicación, De Grinberg (1987: 57) escribe: "Creemos que el


Lienzo de Jucutácato fue elaborado por los indígenas para ilustrar el legajo
1204, y contestar las preguntas a que fueron sometidos los indígenas y
los españoles de la zona y que en un momento dado quedó separado del
legajo" (figura 1).

Nueva interpretación

Como decíamos al inicio, en 1989 adelantábamos las ideas de una nueva


interpretación que ahora concretamos de la siguiente manera: el Lienzo

213
214
de Jucutácato o de Xiuhquillan narra la visita, en 1533, del oidor Vasco de
Quiroga al poblado de Xiuhquillan, importante centro metalúrgico en Tierra
Caliente de Michoacán, con objeto de obtener información sobre la minería
de la región, las técnicas, la cantidad de extracción, los caminos y otros
datos que interesaban a la Corona española.
El obispo Vasco de Quiroga llegó a México, procedente de España, el
9 de enero de 1531, Y por ello el lienzo incluye el itinerario que hace don
Vasco de su llegada a Veracruz y su asiento en Tenochtitlan (donde residía
en 1533), pero sólo como una remembranza o recordatorio de quién era
el personaje que salió de Tenochtitlan a Xiuhquillan, indicándose las rutas
principales conocidas y los lugares donde había minas, cuyos pormenores
se dan en el legajo 1204 del Archivo de Indias.

El contenido del lienzo

Planteada la interpretación pasemos a revisar el contenido del lienzo,


tomando para ello fundamentalmente las explicaciones de Mendizábal y
de Del Paso y Troncoso, pero recurriendo en algunos casos a otros
investigadores con objeto de contrastar las opiniones.
Así, Del Paso y Troncoso, citado por Mendizábal (1946: 89), dice:

El itinerario de los peregrinantes viene trazado en el códice por una línea de


color anaranjado: el punto de partida se determina por la inscripción que está
en el ángulo superior derecho, donde dice, refiriéndose a los emigrantes:
Uquizque, quiere decir "salieron".

y más adelante agrega (1946: 90):

Si nos atuviéramos a las inscripciones, los emigrantes habrían pertenecido


a la raza nahua, pues expresamente dice la que se halla en el ángulo derecho
y superior de la pintura: Chalchiuihtlahpazco. Uquizque y nexttapictti, yuan-
tlacuch calli, yuantultecatt yuixquich (in ixquich), nauattacatt, yuan y
quetzalua, yuantlachali uh que, yuantzunttaquil chiuhque.

La traducción literal es ésta:

En el lebrillo de piedras preciosas (nombre geográfico) salieron las criaturas


hechas de ceniza, y los de la casa del dardo, y los maestros de arte (tultecatt),
y todas las gentes nahuas, y los que tienen plumas, y los estrenadores, y
los que encalan los cabellos (o las partes altas o extremas). Pero para
convencerse de que no son nahuas, basta examinar el traje que llevan los
hombres, tan diferente, cuando se trata de los tarascas ...

215
Por su parte, Mendizábal (1946: 97) afirma:

aparecen los peregrinos saliendo de la boca del recipiente de forma


indefinible; hasta el momento son diez grandes, de los cuales los últimos
sólo asoman las cabezas, y diez pequeños parecen esperarlos en actitud
reverente para hacerles compañía; dos tocan instrumentos musicales de
viento y otro acaricia o monta un cuadrúpedo parecido a un perro. Todos los
personajes de la escena visten túnica, pero sólo dos de ellos la llevan
iluminada de color anaranjado, lo cual indica que son los principales del
grupo, confirmándolo el hecho de que sean ellos los portadores de las
insignias: un bastón sobre el cual [...] se ve una paloma, y un disco con
mango. En su derredor se ven, además, un incensario de cadenas, una soga
enlazada, un cántaro ...

y agrega (1946: 98):


el disco con mango es la custodia, relicario de la hostia, que encierra ... el
cuerpo del Redentor del Mundo; el bastón es el báculo del misionero, que le
servirá como pastor de almas [...] la paloma es el Espíritu Santo; el cántaro
es el vino que se habrá de convertir en Sangre de Cristo en el sacrificio de
la misa; la soga y el cinturón son la disciplina y el silicio ...

Más adelante, Mendizábal (1946: 100) dice:

Si se trata de monjes católicos que llegan a Chalchiuhcueyehcan (Veracruz)


embarcados, claro está que su punto de partida debe estar en España y
como en España no existen nombres de lugar en lengua náhuatl [...]
'receptáculo o lebrillo de piedras preciosas' (Chalciuhtlapazco) resulta
indudable que se trata de un nombre metafórico ... [figura 2].

V. agrega (1946: 114):

En mi opinión, el autor de lienzo hace alusión a España en la metáfora "lebrillo


de piedras preciosas" [...] de donde salieron, naturalmente, todos los españoles
de diversos oficios que él conoció [...] En "los de la casa del dardo" tal vez aluda
a los conquistadores militares; los "maestros de artes" fueron sin duda los
carpinteros, cantores, pintores, etcétera [...] "los que tienen plumas", se querrá
referir, con toda probabilidad, a las de escribir [...] "los que encalan a caballo",
tal vez sea una alusión al encanecimiento [...] No puedo conjeturar qué quiso
decir con "los entrenadores" [...] Por lo que se refiere a la frase ''todas las gentes
nahuas" o más precisamente, todos los nahuatlacatl...

A manera de explicación

La información contenida en el legajo 1204, obtenida ante escribano por


Vasco de Quiroga, fue llevada a México por éste, quien quedó en espera

216
A '1el,,.,;., • 11 "'

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Figura 2. :.J

del códice o lienzo que explicase o mostrase objetivamente lo declarado


y asentado en dicho legajo.
Al respecto, De Grinberg (1987: 57) dice que para formar este legajo
se formuló un cuestionario breve que se aplicó a siete españoles y cinco
indígenas bajo juramento y en nombre de la Corona, los que comparecie-
ron ante el oidor de la Real Audiencia, Vasco de Quiroga y el escribano
Alonso de Paz. Las preguntas fueron: ¿Qué minas de cobre existen en la
región? ¿Qué cantidad se podría extraer? ¿Cuán difícil puede ser la ex-
tracción del cobre? ¿Qué cantidad podrían tributar los indios que viven en
los pueblos vecinos a tales minas? ¿Cuán buenos son los caminos para
llegar a las minas con carretas? Y en caso de no poderse, ¿cuán lejos
quedaría de las minas el final del camino de carretas?
Así, de esa encuesta resultó un manuscrito que se llevó a México con
el encargo de hacer un documento pictográfico que explicara e ilustrara lo
que decía el manuscrito. No sabemos las causas reales por las que el
códice o lienzo tardó en pintarse de 1534 a 1540, ni por qué no se mandó
y permaneció en la región (de Xiuhquillan o Jicalán a Jucutácato), pero sí
sabemos que el manuscrito pasó a los Archivos de Sevilla (legajo 1204) y
que el lienzo no se envió y pasó a ser con el tiempo propiedad de doña
Luisa Magaña, cacica de Jicalán (Xicallan).
Al ser llevado el manuscrito a México, el pintor (tal vez purépecha) y el
calígrafo nahua tuvieron que seguir una información oral para ilustrar
el lienzo, y por el uso de palabras españolas coloniales se vieron obligados
a recurrir a la metáfora o sustitución y trasposición de ideas.· Así, por
ejemplo, se les diría: ustedes tienen que hacer constar en la pintura la
venida del obispo Vasco de Quiroga a Xiuhquillan. Éste vino de España,
que es una tierra de mucha riqueza; llegó en un galeón a Veracruz, en

217
compañía de otros, cruzando el mar; entre ellos venían cristianos, solda-
dos, artesanos, intérpretes, escribanos, sastres, barberos, músicos ...
Entonces, España se vuelve Chalchiuhtlahpazco ("lebrillo de piedra
preciosa" o tierra rica, de donde salieron). De allí vinieron "las criaturas
hechas de ceniza" (los cristianos), "los de la casa del dardo" (los soldados),
"los maestros de arte" (los artesanos), "los nahuatlacas" (los intérpretes),
"los que tienen plumas" (los escribanos), "los entrenadores" (los sastres),
"los que encalan los cabellos" (los barberos). El obispo se representa con
las insignias o símbolos litúrgicos (la custodia, el báculo, la paloma, la soga,
el cántaro); los galeones que cruzan el mar son tortugas, y los caballos
son como perros más grandes.
El lienzo continúa narrando que el obispo Vasco de Quiroga y acom-
pañantes llegaron a Chalchiuhcueyecan (antiguo Veracruz); de allí pasó
a Nunuualco (zona mazateca cerca de Cozcatlán, según Jiménez More-
no); luego a Teyouhcan (Tehuacán, Puebla); siguió a Cuyuuancan (Co-
yoacán), y llegó a Tenuchtitlan (México).
En México fue oidor de la Segunda Audiencia, y con ese cargo viajó a
Xiuhquillan para obtener información sobre la minería. Para ello partió de
Tenuchtitlan y llegó a Xiquipilco y Ayutzinco (en el Estado de México); de
allí fue a Tzacapo (Michoacán), a Phantzingo y a Cupacuaro (también en
Michoacán), y llegó por fin a Xiuhquillan (Jicalán Viejo), al sur de Uruapan,
motivo del viaje.
Al respecto, Del Paso y Troncoso, citado por Mendizábal (1946: 91),
dice:

llegan a un sitio representado[ ...] por un rectángulo grande dentro del cual
hay casas; un árbol [...] dentro de un cercado redondo [...] y al derredor de
ese árbol se hallan congregados todos los emigrantes[ ...] Dos artífices
funden con sopletes piezas de cobre [...] bien conocidas entre los utensilios
antiguos de Michoacán [...] Una inscripción que está arriba dice: Unacico
nican y muhteneua Xiuhquilan yn ixquich nauatlacatl mucemtema comican
[sic], lo que traducido dirá: "llegaron aquí al (lugar) nombrado Xiuhquilan,
todos los nahuas se juntan"; no es posible traducir la parte final comican,
como no se haya querido poner ocnican, "otra vez aquí".

Por su parte, Corona Núñez (1986: 25) afirma:

Xiuhquillan es el cuadro más importante del lienzo ... el jeroglífico del lugar
lo constituye una hierba con llamas en la punta de sus ramas. No es un árbol
como se ha interpretado hasta ahora. La especie de zócalo que tiene en su
base indica el terrón de la manta. Su nombre en náhuatl es xiuhquilitl, y
significa quelite o hierba del fuego [...] por lo que Xiuhquillan significa "Lugar
donde abunda la hierba del fuego y así poder fundir el metal" ...Aquí, donde
abunda la hierba del fuego, están ya asentados los caminantes, y están

218
fundiendo en su brasero, con sopletes, dos clases de instrumentos de
labranza: la pala-coa que en tarasco se dice tarecua, y la azada, tecátzecua
en tarasco. Estas piezas de metal, quizá de bronce o de cobre endurecido,
revolucionaron la agricultura, y tal vez fueron las primeras introducidas en
Mesoamérica [figura 3].

y continúa:

El texto nahua escrito en este cuadro está muy borrado e incompleto. Seler
intentó reconstruirlo así: Unacico nican ymuhtenea Xiuhquillan (todos los
naua llegaron juntos hasta el lugar llamado Xiuhquillan). Yn ixquich, naua-
tlacatl mucentemaco nican (todos ellos recibieron aquí regalos).

Creemos que el verdadero sentido del texto es que todos los intérpretes
o nahuatlacas (nahuatlatos) llegaron a Xiuhquillan y recibieron regalos.
Como se indicó, el viaje del oidor Vasco de Quiroga tenía como objetivo
reunir información sobre las minas de Michoacán, y en este sentido
Xiuhquillan era el centro metalúrgico más importante de aquellos tiempos,
por lo cual fue escogido para la encuesta o aplicación del cuestionario.
Una vez cumplida su misión, Vasco de Quiroga regresó a México; por ello
deja de aparecer en el lienzo el personaje religioso que lleva la custodia y
que se caracteriza por la paloma del Espíritu Santo (este símbolo no vuelve
a aparecer en ningún otro cuadrete después de Xiuhquillan).
La importancia de Xiuhquillan como centro metalúrgico, principalmente
de trabajo del cobre, se observa en las rutas que convergen y parten de
ese lugar hacia sitios donde se explotaba el cobre. En el lienzo estos
lugares están marcados por cerritos, junto a los cuales hay hombres
trabajando en la extracción del metal, buena parte del cual iba posiblemen-
te a Xiuhquillan para ser procesado.
Una ruta hacia la región de Coalcoman y Motines del Oro iba de
Xiuhquillan a Tsichahpeto, a Chunenco, a Apatzingan, a Cuindo y a Visto
(¿Huisto?). Otra ruta hacia el estado de Guerrero salía de Xiuhquillan y
pasaba por los siguientes lugares: Puruatio, Xicalhuacan (de aquí se iba
a Minas), Veuetla, Temexio y Xucutla. Otro camino hacia Guerrero salía
de Xiuhquillan y pasaba porTamaqua, Xucupan, N...aan, Vacanan, Tepu-
lan, Churumucuo, Metztlan, Xantsiquiyo y Tecumatlan.
Por último, había una ruta que iba de Xiuhquillan en dirección a
Matanguarán, Cucuhtacato, Uruapan, Tezcatlan (tal vez Erongarícuaro),
Mechuacan o Tzintzuntzan, Pátzcuaro. En el cuadrete relativo a Mechua-
can se ve al Cazonci recibiendo tributos en objetos de metal (figura 4).
Como se observa en esta ruta, en Uruapan hay ya un convento, lo
mismo que en Mechuacan y en Pátzcuaro. Esto permite una cierta crono-
logía para fechar la pintura del lienzo, pues el oidor Vasco de Quiroga
recogió la información en Xiuhquillan o Xicallan Viejo en 1533; el convento

219
de Tzintzuntzan se construyó por esos tiempos, y dos años después
Vasco de Quiroga fue nombrado obispo de Mechuacan. En 1538 se
cambió la diócesis de Mechuacan a Pátzcuaro, y el convento de Uruapan
se fundó hacia 1540.
Como dice Corona Núñez (1986: 13):

Este documento tiene varias características: a) Fue pintado quizá de


memoria [...] vertiéndose en él una historia transmitida de manera oral, y esto
da lugar a muchos cambios en los datos transmitidos. b) En él se mezclan,
por lo mismo, lo histórico, lo mitológico y modalidades propias del tiempo en
que fue hecho: templos, incensarios y sillas de la época colonial. e) Las
vestimentas de los personajes son las primitivas usadas por los tarascas y,
sin embargo, la interpretación que presenta en lengua náhuatl habla de gente
distinta de ellos, y d) Solamente están escritos en tarasco los nombres del
territorio michoacano y no todos.

Así, el Lienzo de Xiuhquillan o Xicallan Viejo se concibió como una


ilustración a la información recogida por el oidor en 1533, y su pintura se
hizo con un tlacuilo purépecha y un intérprete nahua entre los años de
1533 y 1540.
K
Vna,,·ico.nican~nmhteneua~'u"l\U\' \an.)'nix

Figura 3.

220
Velle 1 TlM'

Figura 4.

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221
Precisiones históricas en relación
con la intervención de Manuel Tolsá
en la Casa del Marqués del Apartado
Rubén Rocha Martínez
Eisa Hernández Pons

En el mes de enero de 1986 se inició la segunda etapa de los trabajos de


conservación arquitectónica del edificio histórico conocido como la Casa
del Marqués del Apartado, el cual se encuentra ubicado en la esquina
de las calles de Argentina y Donceles, del Centro Histórico de la Ciudad de
México (figura 1a).
El edificio ha sido considerado por los especialistas uno de los ejem-
plos notables del estilo neoclásico en la Nueva España en general y, en
particular, de la práctica arquitectónica del maestro Manuel Tolsá en la
ciudad de México al finalizar el siglo XVIII. Como parte de las actividades
preliminares a la intervención de conservación se llevó a cabo un levanta-
miento arquitectónico, con el propósito de conocer puntualmente el estado
material de la construcción.
El registro de los elementos arquitectónicos, espaciales y constructivos
mostraba una gran diversidad de procedimientos técnicos y materiales,
clara manifestación de las múltiples funciones dadas al inmueble desde el
siglo XVII' hasta el xx.
Los análisis históricos y arquitectónicos de los edificios neoclásicos y
de la obra tolsiana habían considerado la Casa del Marqués del Apartado
como una obra integral en su diseño y edificación, a semejanza del Real
Seminario de Minas (Colegio de Minería).
En el transcurso del registro de los elementos constructivos se observó
cómo los sillares de las fachadas neoclásicas norte y oriente están adosa-
das a un muro de conglomerado de piedra braza y mortero de cal, así como
la manera en que éstos mostraban un remetimiento con respecto al
alineamiento de los muros exteriores de las construcciones colindantes
sur y poniente.
También en las calas arqueológicas interiores se pudo apreciar que el
arranque de la cimentación colonial.no presentaba mayores cambios y que
gran parte de éste se apoyaba en restos de construcciones tenochcas
mediante el sistema de mampostería de mortero y grandes bloques de
tezontle (figura 2).
La excavación del patio principal evidenció drenajes y un relleno muy
bien acomodado de fragmentos de piezas escultóricas de época mexica

223
a
b

Figura 1. a) La fachada del edificio a principios del siglo xx; b) Calera o artesa de cal
encontrada en el subsuelo del patio principal.

224
a

Figura 2. Dos aspectos de los cimientos de la construcción colonial:


a) esquina principal del edificio, de grandes bloques de piedra y mortero,
con grandes grietas de fractura a todo lo largo de la fachada; b) cimen-
tación de los muros interiores, menos profunda y con restos de ma-
teriales prehispánicos; se aprecia un clavo estucado a la derecha y
la huella de un piso de lajas.

225
así como la presencia de una artesa para apagar cal que se utilizó en
alguna de las etapas de adecuación del edificio (figura 1b).
La excavación del edificio no se pudo registrar con detalle para la
época colonial, por lo que podríamos suponer que la construcción no sufrió
grandes modificaciones de forma por sus variados propietarios y que más
bien se adecuaron los muros existentes para los cambios que requirieron
los diversos usos.
Por otro lado, el análisis arquitectónico se amplió con la consulta a
diversas fuentes documentales, entre ellas El plano de la ciudad de México
de 1734, realizado por el arquitecto Pedro de Arrieta, y en el que se aprecia
que el paramento oriente del edificio, anterior a la intervención de Tolsá,
no es colineal al paramento exterior de la construcción de su colindancia
sur (figura 3). En la misma fuente documental no aparece el remetimiento
de la fachada norte y existe la posibilidad de un error en el dibujo de Arrieta.
Por medio de la información anterior, derivada de las propiedades
constructivas del edificio y de la obra documental consultada, el monumen-
to arquitectónico manifiesta el tipo de intervención planteada y ejecutada
por Tolsá. Por lo tanto, el diseño y el desarrollo constructivo llevados a
cabo por el maestro valenciano son respuestas concretas a la necesidad
específica de adecuar un edificio existente para servir como casa señorial
a la familia del marqués del Apartado.
Como lo más importante de todo el proyecto, aparece el manejo de las
fachadas bajo los esquemas de diseño neoclásico formulados por la Aca-
demia de San Carlos en México. Con ello queda patente cómo la familia
del marqués del Apartado, una de las más importantes entre la nobleza
novohispana, trataba de mostrar exteriormente su aceptación y su afinidad
con las reformas borbónicas a fin de conservar sus privilegios económicos
y sociales.
Un documento que apoya la anterior aseveración y la importancia de
las fachadas en el proceso de adecuación de la Casa del Marqués
del Apartado se encuentra en el Archivo Histórico del Departamento del
Distrito Federal (AHDDF, 1807). En este documento, con fecha del 26
de enero de 1807, el mismo Tolsá señala que las obras están limitadas a
un desarrollo del exterior de la casa, sin ninguna actividad hacia el interior,
y que la obra no causa ningún daño a la casa contigua del paramento sur.
Por medio de estas especificaciones Tolsá responde al propietario de
la construcción aledaña, el Convento de la Concepción, cuyo mayordomo,
en representación de los intereses de la corporación religiosa, le había
solicitado al arquitecto evitar daños sobre el muro limitante entre las dos
propiedades. Esto se agrega al final del documento total localizado en el
AHDDF.

226
Figura 3. Detalle de la unión de las dos construcciones en
su colindancia al sur. La fachada está sobrepuesta y
remetida sobre el alineamiento de la calle.

Recapitulación

El análisis histórico de un monumento arquitectónico como la Casa del


Marqués del Apartado se ha ampliado mediante la interrelación de los
datos proporcionados por los elementos espaciales y constructivos exis-
tentes en el edificio y los documentos de archivo referentes a la misma
obra. Los grados de información contenidos en ambas fuentes se comple-
mentan mediante la interpretación de cada especialidad en las áreas de
historia, arqueología y restauración arquitectónica, logrando con ello la
comprensión puntual del monumento y del contexto histórico social en el
que se originó, desarrolló y se encontraba en el momento de su conser-
vación en 1986.

227
Documento

A pedimento de Don Antonio Rodríguez como mayordomo del Convento


de la Concepción. Sobre que el arquitecto Manuel Tolsa causione una
pared de la casa perteneciente al dicho Convento, contigua a la que el otro
arquitecto está labrando en la casa del Relox. 1807.
La Ciudad de México en veinte y seis de enero de mil ochocientos y
siete. Yo el Exmo. siendo presente en la de su morada Don Manuel Tolsa
Escultor de Cámara de su Majestad (que Dios guarde) en su persona que
doy fe conozco le hice saber su contenido el acuerdo que antecede baxo
la responsabilidad que incluye, y entendido de su efecto Dixo: lo oye, y
que ha tomado toda la precaución que se deben tomar en semejantes
casos, cuales son el haberse apuntalado la Casa, asi por parte de la calle
por la contigua a la obra nueva, que a mas no se ha redibado de la pared
perteneciente a la nueva obra mas que la esquina precisa, para empezar
la pared exterior, dejando todas las paredes interiores intactas o como
estaban con perjuicio de la misma obra, a fin de precaver qualquier daño,
que esta pared de su pertenencia la hira levantando por pertenecer para
el propio fin, y que si el que demanda encuentra otros arbitrios mas
ventajosos, que explique quales son y se pondran en práctica como no
sean perjuiciales al dueño de la obra. Que ya que se trata de este asunto
hare presente a los señores de la Junta de Policía se sirvan dar ordGn
substituyan de buena Mampostería las paredes ruinosas de adobe que
tiene en la parte inferior de la casa, sufriendo el peso de las paredes
superiores que es la causa que pueda producir alguna ruina. Esto respon-
dió y firmó de que doy fe

Manuel Tolsá José Ignacio Cano y Moctesuma,


Es ño. Real [rúbricas]

En Junta de Policía celebrada hoy día treinta de enero de mil ocho-


cientos y siete. Se dió cuenta con la respuesta que antecede, y en su vista
se acordó se haga vista de ojos de la casa perteneciente a el Convento
de I~ Concepción por el Sor. Juez del Quartel y Maestro de distrito quien
informe en el apto.
Como parece del libro de Juntas a que me remito.

Bibliografía

Documento de pedimento de Don Antonio Rodriguez como mayordomo del


Convento de la Concepción para que Manuel Tolsá arregle la pared contigua
de la casa que labora el último en la calle del Relox, México, Archivo Histórico

228
del Departamento del Distrito Federal, libro 654, ramo Conventos, 1698-1807,
documento núm. 4.
Hernández Pons, Eisa (comp.), Informe de los trabajos de la Casa del Marqués
del Apartado, presentado al Consejo de Arqueología deIINAH, febrero de 1990
(mecanuscrito de varios autores).
--, "Los trabajos arqueológicos", Arqueología e hisfOria de la Casa del
Marqués del Apartado, Ciudad de México, México, INAH(en prensa).
Rocha Martínez, Rubén, "Análisis histórico-arquitectónico del edificio", Arqueolo-
gía e historia de la Casa del Marqués del Apartado, Ciudad de México, México,
INAH(en prensa).

229
Esta obra
se terminó de imprimir
en el mes de mayo de 1996,
en los talleres gráficos del Instituto
Nacional de Antropología e Historia,
ubicados en Av. Tláhuac 3428, colonia
Los Reyes Culhuacán, México, D.F. En
la impresión, a cargo de Antonio Rosales
Huidobro, se utilizó papel Bond ahuesado
de 36 kg. para los interiores y papel
Couché mate de 139.5 kg. para
la portada. La edición consta de
500 ejemplares.

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