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Reflexiones del Coloso de Rodas

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El Solitario Coloso de Rodas

Majestuosa es la naturaleza que acompaña mi


corazón de hierro. Admirable es aquel que percibe el
majestuoso universo que reside en cada uno de
nosotros. Admirable es quien no menosprecia ni
reduce la vida ajena, esa vida ajena como la mía, la
vida del gran Coloso de Rodas.

Paso mis días en total paz y digna tranquilidad; mi


imagen fomenta una imponente determinación y
refleja el brillante sol de esperanza. Sin embargo, mis
días no están exentos de duda o inquietud. Una
pregunta recurrente en mi mente era: ¿Por qué existo?
Honestamente, no creía que valiera la pena frustrar
mi ser con esa cuestión. Seré una figura de hierro y
piedra, pero el espíritu de introspección no me es
ajeno.

De todos modos, mi desesperada carencia de


conocimiento era más curiosidad que una necesidad
inminente de descubrimiento, pero esa misma
curiosidad conlleva inevitablemente a la inquietud. Y
sí, admito mi naturaleza; busco siempre saber más y
llenar mis propios vacíos, ¡tal como los humanos lo
hacen! (reconociendo que ni siquiera puedo sostener
la idea de que realmente esté vivo). Mi estructura
monumental guarda secretos que ni siquiera yo
conozco, secretos forjados por manos humanas y
tiempo inmemorial.

Mis noches eran turbias y solitarias; la gente dejaba


de pasearse a mi alrededor y la luna exhibía su
frialdad con total orgullo y dignidad. La luna, seca y
serena, parecía compartir mis pensamientos en su
mudo resplandor, aun así me era muy ajena y
distante. Sin embargo, hay algo que agradezco de las
oscuras noches de mi vida: el poder soñar lo
inimaginable una vez se apagan las luces. En ese
mundo, puedo salir de mi abierto encierro, puedo
correr, saltar ¡e incluso abrazar! Sentía el viento rozar
mi piel inexistente y la libertad fluir por mis venas de
hierro. Pero apenas las inquietudes invaden mi ser, la
luz del sol ilumina mis ojos desde lo lejos y me
despierta.

Despertaba desilusionado, pero conforme, conforme y


lleno de total aceptación, aun así reconociendo que
no era del todo cierto. Cada quien vive sus
correspondientes realidades y, a pesar de las quejas,
hay cosas que en realidad nunca cambiarán y que no
podremos cambiar. Y eso me hace pensar que mis
sueños son una manifestación de mi desagrado, de mi
gran rechazo a esta manera de vivir. Nadie sabe
realmente de qué estoy hecho y quién soy, y me
enloquece de furia saber que nadie sabe quién es
realmente. Vivimos en un manto de total irrelevancia;
nuestras vidas se tornan insignificantes,
¡independientemente de nuestro potencial y color,
incluso de nuestra historia!

A menudo me pregunto sobre el significado de los


siglos que han pasado ante mis ojos de piedra. He
visto imperios levantarse y caer, he sentido el paso
del tiempo en cada grieta que atraviesa mi cuerpo.
Los humanos, en su constante búsqueda de sentido y
propósito, se asemejan a hormigas en su labor
incesante, no descansan y sus vidas no son suficientes
para ver rendir los sembrados de sus frutos, mientras
yo permanezco aquí, inmutable, observando el pasar
del tiempo.

Los ocasos traen consigo una melancolía


indescriptible. El sol, en su descenso, pinta el cielo con
tonos de fuego y oro, y en esos momentos me
pregunto si alguna vez podré moverme y seguirlo
hasta el horizonte para perderme en su magnífico
brillo. Pero mi destino es estar anclado aquí, un
guardián inmóvil, un testigo perpetuo del flujo de la
existencia, del flujo de la irrelevancia; los años no
valen nada y estoy condenado a reconocerlo.
Pero entre tanta discuta, pierdo el sentido y tiendo a
silenciar mis pensamientos, pierdo la necesidad de
seguir parloteando en vano y vuelvo a mirar recto,
firme y con imponente postura hacia las lejanas
nevadas que reposan en las distantes montañas. En el
silencio, encuentro una forma de paz, una resignación
serena ante el vasto misterio del ser. Mi esencia se
entrelaza con la eternidad, y en mi quietud, hallo un
reflejo de lo infinito.

Y de repente, un temblor me sacude, una vibración


profunda que nace de las entrañas de la tierra. Siento,
por primera vez, movimiento, y por un instante, me
lleno de esperanza y miedo. Mis pies de piedra
tiemblan, mis cimientos se agrietan y, en un instante
de revelación y caos, comienzo a desmoronarme. La
majestuosidad se convierte en ruina, y mientras caigo,
en mi confusión, entiendo que esta es la culminación
de mi búsqueda: una caída que es a la vez liberación y
destrucción ¿Era esto lo que anhelaba tanto mi ser?
No lo se. La tierra, mi eterno soporte, me reclama, y
en mi descenso, me fundo con lo infinito, finalmente
moviendome hacia una eternidad distinta,
desconocida.

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