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LA PRUEBA DEL ÁCIDO
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ÉLMER MENDOZA
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© 2010, Élmer Mendoza
Ilustración de la portada: © Tim McConville / Corbis
Fotografía del autor: © Jorge Peraxa. xorxe
Diseño de la colección: FERRATERCAMPINSMORALES
Reservados todos los derechos de esta edición para:
© 2010, 2012, 2016, Tusquets Editores México, S.A. de C.V.
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Deleg. Miguel Hidalgo
C.P. 11560, Ciudad de México
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1.ª edición en Andanzas en Tusquets Editores México: noviembre de 2010
1.ª edición en Maxi en Tusquets Editores México: marzo de 2012
1.ª edición en nueva presentación de Andanzas en Tusquets Editores México:
octubre de 2015
1.ª edición en Maxi en esta presentación en Tusquets Editores México:
octubre de 2016
ISBN: 978-607-421-868-8
No se permite la reproducción total o parcial de este libro ni su incorporación
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Autor y Arts. 424 y siguientes del Código Penal).
Impreso en los talleres de Litográfica Ingramex, S.A. de C.V.
Centeno núm. 162, colonia Granjas Esmeralda, Ciudad de México
Impreso y hecho en México – Printed and made in Mexico
Int-
Uno Uno
Ante una Antenoche
una noche
que crecía,
que crecía,
Mayra Mayra
CabralCabral
de Melo de se
Melo se
rindió,rindió,
percibió percibió
que eseque varón
ese varón
que abría
que laabría
portezuela
la portezuela
y y
la obligaba
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en su vida;
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su destino;
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algo,
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todo,
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Trastabilló.
Trastabilló.
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La ciudadLa ciudad
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la conducía
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cintura
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con brusquedad
con brusquedad castrense.
castrense.
Ay, Dios,Ay,después
Dios, después
de tantos
de tantos
momentos momentos
especiales.
especiales.
Recordó Recordó
que dequeniñadehabía
niña había
queridoquerido
ser bombero,
ser bombero,
policía,policía,
enfermera,
enfermera,
médico, méfutbolista,
dico, futbolista,
actriz, actriz,
cantante, cantante,
bailarina.
bailarina.
Lo máximo Lo máximo
del barrio
del barrio
y del país.
y del país.
La reina.
La Sí.
reina.
PeroSí.quemó
Pero quemó
su juventud
su juventud
como unacomo nave
unallena
nave llena
de serpientes:
de serpientes:
noche noche
tras noche,
tras noche,
cuandocuando
el fuegoel más
fuego cala
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envenena.
envenena.
Cuando Cuando
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nombres.
los nombres.
En eseEn mo- ese mo-
mentomento
nada teníanadasentido,
tenía sentido,
lejos dellejos
sueño
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y de suy espacio,
de su espacio,
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granesealmacén
gran almacén
de granos,
de granos,
entre hierbas
entre hierbas
chaparras
chaparras
que que
no la lastimaban,
no la lastimaban,
con faldaconcorta
falda ycorta
blusay strapless,
blusa strapless,
llevadallevada
por eseporhombre
ese hombre
alto con altoel con
que elhabía
que bromeado
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do invitados;
do invitados;
y con quien
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acostóse acostó
tantas tantas
veces, menos
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la la
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semanasemanaa pesara depesar
su insistencia.
de su insistencia.
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Sin embargo, minutos antes, cuando él la incitara ofre-
ciéndole una cantidad exorbitante, ella consintió y le hizo
un par de caricias que él rechazó irónicamente: porque
no lo hacía con muertas. Vamos, mi vida, tranquilo, ¿te hago
lo que tanto te gusta? Lo digo en serio. ¿De qué hablas?,
¿qué dices en serio? No hubo respuesta. ¿Hice algo mal, mi
amor, mi osito de peluche? Si es así, ¿me perdonas? Él no
se volvió a verla.
No terminó la carta a su madre ni le mandó el dinero.
Pagó la luz, el agua y el teléfono. Fue al súper, el sábado pi-
dió cita con el ginecólogo y la pedicura para el lunes, ¿y
los mazatlecos? Olvidó, primera vez que le pasaba, el cum-
pleaños de Yhajaira, su compañera de casa. Nadie se burla
de mí y menos una puta pendeja. Varias veces pensó com-
prar gas pimienta sin decidirse, ¿para qué? No era una ciu-
dad de peligro extremo y en ese momento ni su bolso lle-
vaba. Habían dejado en él los dieciocho mil dólares que
su macho le había obsequiado para que no fuera a trabajar
desde el viernes, la carta inconclusa, su crema relajante, sus
pastillas para dormir y mucho más. Todo quedaría en po-
der de ese desgraciado, quien, si la había acercado a per-
sonas importantes, no era para tanto. ¿Por qué no guardé el
dinero en casa? Por prisa. No quise ofenderte. ¡Cállate! Te
hice millonaria, ¿qué más querías? Los hierbajos le roza-
ban las piernas pero ya no los sentía. Que no me amena-
zaras, mi rey, que no me intimidaras con tu ira cuando no
quería estar contigo. Dejó pendiente hablar con. Escuchó el
disparo y fue eso: la noche que crecía de súbito. Quedó de
cara al cielo, hacia la luna blancuzca. El asesino se dio tiem-
po, un sujeto alto, algo grueso, pelo corto, no para cerrarle
los ojos, sí para bajarle la blusa y cortarle un pezón oscuro.
Por la cercana carretera circulaba el olvido.
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Dos
Dos de la mañana. Edgar «el Zurdo» Mendieta se incor-
poró haciendo un ruido extraño al jalar aire con la boca.
Sentía que buscaba en una cueva oscura que era su estóma-
go y daba consigo mismo disminuido, asustado, sin pasado
o futuro. Eso sentía. Moriré primero que Mick Jagger, espe-
culó. En la tele ofrecían aparatos para ejercicios físicos. El
cabrón se hizo vegetariano y se la pasa ingiriendo omega seis
y calcio mejorado. La apagó. ¿Quién soy?, ¿quién dice que
hago lo correcto?, ¿qué valgo?, ¿en qué punto de mi vida me
equivoqué?, ¿vale la pena vivir? Un idiota sin amor, sin éxi-
to, con una profesión vilipendiada; un pendejo de 43 años vi-
viendo solo, en casa de su hermano, sin padre y lo que es
peor: sin madre; un desgraciado sin un maldito divorcio
porque jamás me casé, sin un padrinazgo de bautizo o pri-
mera comunión; un imbécil destinado a morir primero que
ese puñetero de Jagger que ahora es Sir e incordia a Keith
Richards. Se sentó en la cama. Dormía con camiseta blan-
ca y blúmer. Encendió la luz. El aire acondicionado era si-
lencioso. Sobre el buró La casa de los budas dichosos, de João
Ubaldo Ribeiro, con un separador a la mitad. Se escuchaba
un ladrido. Soy un fracasado, continuó, un pobre infeliz sin
más futuro que ser un desgraciado nadie, porque un don
nadie es demasiado. La pistola en el carro. Se puso de pie.
Salió de la habitación. Hay cosas que no tienen remedio.
Traspuso la puerta hacia la cochera, abrió el Jetta y tomó la
Beretta de la guantera. No me explico por qué he vivido tan-
to, ¿realmente vale la pena que gente como yo viva más de
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la cuenta?, ¿qué es más de la cuenta? Pues eso, que pasen
años y años y uno no dé pie con bola, que después de los
18 ya no sepas para qué naciste, qué debes hacer y te pases
los días dándole la vuelta a la vuelta. Una persona así no
merece vivir, una persona así no tiene por qué gastar oxíge-
no. Revisó cargador y tiro montado. Del interior del carro
tomó un cigarrillo y lo encendió. En ese momento reparó
en el perro que ladraba. Pinche sabandija, seguro se está
mordiendo la cola. Fue hasta el cancel y salió a la calle. La
luna era grande y rojiza y el perro le ladraba. Estás jodido,
pinche animal. Le habló en voz baja. ¿Qué haces ladrán-
dole a la luna? Igual que yo, estás fuera del mundo; igual
que yo, haces puras pendejadas; ni modo perrito, ¿te matas
tú o me mato yo?, porque, ¿no es lo que he estado haciendo
toda mi vida, ladrándole a la luna, clavado en la Biblia? No
me vengan con que es poético ladrarle a la luna, poéticos
son mis huevos y no les ladra nadie. El perro, que se halla-
ba en el pequeño jardín de la casa de enfrente, conocía al
Zurdo; caminó hacia la reja moviendo la cola. ¿Quieres ser
primero? Qué cabrón me saliste, pinche can. Vio su sombra
y la de la 92FS en su mano. El perro, atento, hizo un gañi-
do. ¿Qué connivencia es esta, pinche alimaña?, ¿terco en
encabezar? Advirtió su silueta y se fijó bien en ella, alzó el
arma y vio su sombra moverse sobre la calle; la colocó
en su sien y así caminó hasta que se perdió en la cochera.
Unos segundos después salió sin la pistola y con un nue-
vo cigarro. A ver, cabrón, tú que todo lo sabes y lo que
no, lo inventas, ¿por qué he pensado lo que he pensado?,
¿qué se desató en mí?, ¿qué pinche aminoácido, anfetami-
na o célula se encabritó que me ha puesto delirante? Cruzó
la calle hasta llegar al perro y le acarició la testa. ¿Qué pro-
voca que un hombre que no es suicida considere que ésta
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no es una posibilidad deleznable? El perro movía la cola.
Sonrió. Está bien, animal, mañana veré al doctor Parra, le
pediré cita para ti pero me vas a prometer algo: no le harás
el menor caso; si te gusta ladrarle a la luna, pues ládrale,
cabrón, total, ¿qué puedes perder? Fumó, el perro lo obser-
vaba. ¿Quieres un cigarro? Te pasaste, pinche animal: eres
un costal de vicios. Aplastó la colilla en el pavimento. Bue-
no, trata de descansar, mañana será otro día; y regresó a su
casa sin mirar la luna que se había puesto blancuzca.
Tres
Nadie sabía quién era realmente McGiver. Unos decían
que era inglés, otros que alemán. Nunca dijeron que fuera
iraní o argentino. Había nacido en la Col Pop 56 años atrás
y se dedicaba al contrabando. ¿Necesitaba usted un car-
gamento de fusiles AK-47, otro de Barret 50, una flotilla
de helicópteros?, ¿le urgía un Dom Pérignon del 54, una
confesión de Nicole Kidman o el diamante de Elizabeth
Taylor? Leo McGiver era su hombre; aceptaba encargos de
los buenos, de los malos y de los peores, y se le podía ubi-
car con cierta facilidad en la ciudad de México. Le gustaban
los bares de lujo, la media luz y una mujer sonriendo y sin
palabras. Los bares de ahora están diseñados para sonreír, be-
ber y practicar la eterna gestualidad del galanteo, no para
conversar. Cuando alguien intentaba dar su opinión, la enmu-
decía. Sonríe, mi Lady, es lo único que quiero de ti. Ahora
disfrutaba en el Jazz del hotel San Luis, en Culiacán, sexual-
mente saciado; estaba, entre otras cosas, para obtener apo-
yo de una banda de narcos y cerrar un extraño negocio
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que le había requerido días de suma atención. No se negó
porque el trato fue con un antiguo conocido, quizá el úni-
co paisano con el que mantenía relaciones cordiales y el
único que sabía su historia. Lo menos que debía hacer era
cumplir como correspondía. Me cae bien mi amigo, un loco
que inventó la imprenta de tipos móviles. La morena de
lentes de contacto verdes sonreía y bebía a sorbos pausados
un ruso blanco. ¿Sabes lo que es la imprenta de tipos mó-
viles? Negó con la cabeza. Pues él la inventó; un cabrón
bien hecho que está loco. La morena afirmó sin emitir pa-
labra; si alguna cosa comprendió en un rápido entrenamien-
to fue que el cliente es el que manda y si este imbécil la
quería en silencio ya encontraría la ocasión de hablar.
Sumaban dos horas juntos y McGiver se estaba pasan-
do de copas. ¿Por qué la gente toma vodka como si fuera
agua? Ha inventado otros instrumentos, por ejemplo, la plu-
ma fuente, ¿has escrito con pluma fuente? Ella negó de nue-
vo. La inventó una noche que no tenía qué hacer; así, sin un
plan preconcebido, y aquí vive, en esta ciudad donde todo
cambia tan rápido. Era de esos que al departir miraba a los
ojos y la chica lo percibió a los tres minutos de acompa-
ñarlo. Salud por mi amigo y sus inventos. McGiver acabó
su resto, la joven dio un pequeño sorbo y preparó el vaso
del hombre. Sin embargo, ahora se le pasó la mano, no en
alguna invención, que no tengo la menor idea de lo que
estará urdiendo en estos días, sino por la pieza que me en-
cargó y que gracias a mis contactos en Europa pude conse-
guir después de increíbles dolores de cabeza y viajes surrea-
listas. Bebió. Si te digo que está loco es que está loco; pero
no es esa locura de hospital y camisa de fuerza, no, su locu-
ra lo induce a pretender tratos absurdos y hasta descabe-
llados, ¿entiendes? La chica afirmó. Un hombre no puede
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desear cosas tan disparatadas, ¿tienes idea de adónde puede
llegar la humanidad con tipos así? Ella negó. Al caos más
inverosímil, al desmadre universal; es algo que no quiero
ver. Sus deseos, sencillamente son inconcebibles, si te reve-
lara lo que me mandó a encontrar te sorprenderías, algo de
insospechado valor porque no reparó en gastos, ¿sabes quién
es Jeff Beck? La chica volvió a negar. Lo imaginaba, ¿has vis-
to una película llamada Blow-up? Tampoco. Hizo un gesto
de que comprendía y bebió. Lástima que no se pueda fumar
aquí, con el alcohol se me antoja un cigarrillo, ah, y lo que
te digo: se necesita estar más loco que una cabra para invertir
en cosas como ésta; mañana le voy a entregar su preciado
tesoro que rastreé como idiota en Bruselas y Turín, para
al final encontrarlo en Lisboa, en el segundo piso de una casa
en el barrio de Santa Catarina, ¿sabes dónde está Lisboa? Ella
miró el techo.
Señor, necesito tratar algo con usted. Hey hey hey, nada,
estamos muy bien, no rompas el encanto, sólo eso te pido.
Seré breve. Nada nada, salud, ella se fastidió. Minutos des-
pués el contrabandista preguntó por su mesero. La chica
hizo señas a un joven que se acercó. La cuenta. Como eran
los últimos, la tenía preparada. No acostumbro traer efec-
tivo encima, ¿puede agregar lo de la señorita y proporcio-
nárselo? Tres mil, expresó ella y volvió a sonreír. Qué sean
cuatro mil, realmente eres una compañera encantadora, ¿cuál
es tu nombre? Lo expresó sin pronunciarlo. ¿Con dobles?
Afirmó. Sonrieron. McGiver rubricó el voucher y se puso de
pie. Pídame un taxi. Afuera hay, señor. ¿Puedo decirle lo bien
que la pasé? El contrabandista negó con el índice y se mar-
chó con el cuerpo flojo. La chica lo siguió con rostro ce-
ñudo. De un rincón surgió el Muerto, un joven alerta que se
sentó con ella, justo en la silla de McGiver. Intercambiaron
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gestos, ella, de desaliento; él, de amor. Se pusieron de pie
y salieron.
Cuatro
Mendieta leía el periódico en su escritorio. Gris Toledo
se limaba las uñas. Bebían, ella, Coca-Cola de dieta; él, café.
Los agentes se diluían por los pasillos luego de recibir sus
órdenes. Sonó el celular con la conocida fanfarria del sép-
timo de caballería que tanto motiva en los hipódromos del
mundo. Aquí Mendieta. ¿Por qué hablas así? ¿Cómo? Raro,
como si te hubieras tragado una letra. Te dije que tanta co-
gedera te iba a afectar, cabrón, te estás quedando sordo.
No inventes Zurdo, de verdad te oí diferente, además el
médico soy yo. ¿Qué onda? Pues nada, voy a estar fuera
de circulación un rato. No me digas. En cuanto me deso-
cupe, te llamo. ¿Cómo son sus ojos? Grandes y brillantes,
lo más hermoso que haya visto en mi miserable vida. No
te vayas a quedar sordo, ¿eh? Sordos los topos y. Colgó.
Es Montaño, ¿verdad? Musitó Gris. En su viaje matutino.
Qué tipo más nefasto. Agente Toledo, mientras usted sea
harina de otro costal, que le valga madre. Claro que no,
si lo sorprendo con una menor lo refundo en el bote al
pinche sátiro, ¿qué se está creyendo? ¿Estás celosa? Nomás
eso me faltaba. Jefe, ni de broma, ese tipo a mí no me toca
un pelo ni aunque lo vuelvan a parir. El Zurdo sonrió. No
todo es culpa de él, un par de veces he visto cómo se le resba-
lan las morritas. Pues le repito: me entero de que se acuesta
con una menor y no se la va a acabar. Entró Ortega con
el periódico abierto. ¿Vieron la declaración del presidente?
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Es lo que estoy leyendo. ¿Está loco o qué? Le está decla-
rando la guerra al narco, ¿sabes cuántos policías pueden
morir? Todos. El tipo no sabe lo que dice. Lo bueno es que
dice algo, ¿se imaginan un presidente mudo? Intervino
Gris. Algo así como un policía vegetariano. Sería lo últi-
mo. No me gusta ese rollo. Tranquilo, todos lo hacen y al
final no pasa nada. Pues sí, pero este necesita legitimarse,
ya ves lo que comentan. Tampoco pierdas el sueño por eso,
si hicieron fraude también ya ocurrió antes. En este país la
originalidad es un milagro. Algo me dice que esta vez será
diferente. Que la lengua se te haga chicharrón. Oye, ¿qué
onda con el caso de la chica sin tetas, traen un pinche sa-
livero y yo, ni enterado, ¿quién es? A nosotros que nos
esculquen, lo único que hemos escuchado son chismes y
que al parecer es de familia poderosa. Poderosa es poco,
manifestó Gris, según se oye, silenciaron a la prensa, si se
fijaron nada se publicó sobre el caso. ¿Tú crees que la pren-
sa se preste a eso? No en nuestro país, papá. Claro, ni en
nuestra época.
Angelita, la esbelta secretaria, se asomó. Buenos días,
¿se cayeron de la cama? ¿Qué comentario es ese, Angeli-
ta? Es que pocas veces los veo tan temprano. Usted llegó
tarde, que es diferente, y como es lunes ni las gallinas po-
nen. Sonrió. Viene filoso, ¿eh, jefe?, lo llama el coman-
dante, a ver si es tan felón con él. Risas.
¿Y qué chingados hago yo en Madrid? Mendieta y
Briseño se miraron sin parpadear. El comandante lo había
requerido para informarle que el caso de la chica sin tetas
se suspendía. No nos fue asignado. Lo sé, pero no quiero
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comentarios de pasillo, suficiente tenemos con el prome-
dio de muertos diarios; estamos a punto de alcanzar a Ti-
juana y a Ciudad Juárez en el ranking nacional. No esta-
ría mal un trofeo, imagine un AK-47 en miniatura sobre un
pedestal dorado en su escritorio, conozco un compa que se
haría rico con ese negocio. No es cosa de burlas, Mendieta,
y me cae de a madre tu comentario. El Zurdo sonrió, hizo
un gesto y lo dejó en paz. Y en relación con esa señora,
nada, ¿entendiste? Hazlo saber a los demás; ah, tenemos
una invitación de la DEA para un curso de investigación
sobre el combate a la delincuencia organizada. Debe ser
para Pineda, le acercó la carta. Es para ti, ahí lo dice muy
claro: Mr. Edgar Mendieta. Leyó el contenido, luego expre-
só que se metieran su curso por donde les cupiera. Con los
gringos, entre más lejos mejor, mi comandante, y con los de
la DEA, ni a las canicas. Lo miró con reproche. También
tenemos una invitación de Madrid.
Antes de reunirse con Gris llamó al doctor Parra. A las
ocho en mi consultorio. ¿No puede ser antes? Me siento
raro, se me acabaron los deseos y como si tuviera un hoyo
en el cuerpo; desperté en la madrugada pensando que mi
vida era una mierda, hasta fui a buscar mi pistola. Llama en
dos horas para ver si te puedo atender.
Se oyó la fanfarria de la caballería y respondió. Era Ger.
Ya sé que no le gusta que lo moleste pero ahora fue ne-
cesario, ¿va a venir a comer? No puedo, debemos resolver
el asesinato de una chica a la que le cortaron las tetas. Santo
Dios, ¿me lo jura? Con la mano en el corazón. Dios mío,
qué crueldad, ¿adónde iremos a parar con esta violencia? No
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tengo idea, lo único que te aseguro es que estamos ahora
con eso y es terrible. No le quito más su tiempo, fíjese que
acaba de telefonear el gringo, dice que le urge hablar con us-
ted. Mendieta se había negado a conversar con el hijo de
Susana Luján, pero el chico era tenaz y marcaba una vez al
día. Si vuelve a llamar, dile que ando de viaje, que a la vuel-
ta seguro le contesto. Ay Zurdo, no entiendo su negativa,
siempre me pregunta cómo es usted, qué le gusta, cómo
viste, cuánto mide; cuando le conté que le encantaban las
playeras negras se puso contento. Dile que regreso en diez
días. Cortó. Sólo pensar que su hermano Enrique tuviera
razón le aterraba, si se parecía a él no era su culpa, ¿o sí?
Hay gente que no nace para ser padre y de esos soy yo.
Jefe, lo encontró Gris; reportan un S-26 por la carrete-
ra libre a Mazatlán, la gente de Ortega se adelantó.
Llegaron resueltos al lugar de los hechos. Ortega ob-
servaba el espacio balizado por su gente y un practicante
de forense enviado por Montaño anotaba sus apreciaciones
en una libreta. El cadáver, cubierto, se hallaba entre un
bledal alejado unos ocho metros de un almacén de semi-
llas para siembra. Mendieta se adelantó decidido, le descu-
brió la cara pero se detuvo en seco. ¿Eres poli? No pareces.
Te ves algo mustio, ¿te sientes desubicado? ¿Eres el Zurdo? La
mujer tenía los ojos abiertos y la belleza de su rostro, aun-
que con rigor mortis, era inclemente. El Zurdo permaneció
impactado: Los policías tienen un aire cruel que los explica, en
cambio tú te ves tan normal, ¿haces mucho ejercicio? La encontra-
ron tal cual, informó Ortega, la mataron de un tiro, tene-
mos el casquillo, le rebanaron un pezón; encontramos
huellas de zapatos rudos y de las zapatillas de ella. Para-
lizado. En el caso de la intocable, ¿fue pezón o la chichi
completa? Zurdo, ¿te sientes bien?, porque estás amarillo.
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