Tres características de un buen padre
Ser papá y ser un buen papá son cosas diferentes, ¿qué características tiene un
hombre con una buena paternidad?
Sabemos que un hombre que tiene hijos es un padre, sabemos que un hombre que cría
es un padre, pero ¿cómo saber si es un buen padre? Ser papá y ser un buen papá son
cosas diferentes, así que ¿qué características tiene un hombre con una buena
paternidad? Vayamos a las Escrituras y revisemos algunos principios que dice el
Padre por excelencia, nuestro Dios, sobre lo que es ser un buen padre.
Sin duda uno de los pasajes bíblicos claves sobre la crianza es Efesios 6:4 que dice:
“Ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e
instrucción del Señor”. A partir de este pasaje junto con su contexto en el libro de
Efesios, podemos mencionar por lo menos tres verdades acerca de lo que es ser un
buen padre.
1. Un privilegio: un buen padre ve la paternidad como una bendición.
El término padre literalmente significa procreador o progenitor, pero también tiene la
connotación de jefe de familia, persona de autoridad, patrón, protector o defensor. De
aquí que veamos la gran verdad de que ser padre es un gran privilegio, pues un
hombre que es padre, es un hombre que Dios ha usado para traer a existencia una
vida, para dar vida a un ser humano; es un privilegio porque si eres padre, entonces
eres alguien con autoridad, y alguien que está para cuidar y proteger. Todo esto es un
gran privilegio.
El salmo 127:3 dice de forma clara que los hijos son don de Dios, es decir un regalo o
privilegio para toda madre y en este caso también para todo padre. De manera que si
eres padre debes verte como alguien afortunado, como alguien bendecido, como
alguien que goza de un gran privilegio, el Creador te ha concedido que engendres a
alguien a tu semejanza, te ha concedido que un ser humano lleve tu sangre, lleve tus
genes y te ha concedido que lo críes.
Ser padre es un privilegio divino, con autoridad para proteger y cuidar una vida que
Dios ha permitido traer al mundo.
2. Una responsabilidad: un buen padre ve la paternidad como un gran deber.
Pablo en línea con el dicho popular, afirma que la paternidad no es solo cuestión de
engendrar, sino también de criar, pero criar de acuerdo a los principios bíblicos. El
pasaje dice: “Ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la
disciplina e instrucción del Señor”.
La frase provocar a ira significa hacer que alguien se encolerice, se enoje, hacer que
alguien se irrite; las Escrituras aquí nos dicen que una de las marcas de un buen padre,
desde el punto de vista divino, es aquel que lleva a cabo su paternidad mostrando su
autoridad pero sin desanimar, frustrar y hacer irritar a sus hijos. Un buen padre
buscará la sabiduría del Señor para ejercer el liderazgo que Dios le ha dado, pero de
tal forma que muestre amor y compasión, para que así los hijos se irriten por sus
propios pecados pero no por cómo los tratamos como padres.
El pasaje explica que en lugar de hacer que los hijos se encolericen por nuestras
formas de guiarlos, debemos entonces como buenos padres criarles con disciplina e
instrucción del Señor. La palabra criar significa literalmente alimentar o nutrir pero
con la connotación de desarrollo o de llevar a la madurez. Por otro lado el término
disciplina significa enseñanza, tutoría y educación, lo cual va en línea con la palabra
instrucción que es amonestación, advertencia, reprensión, corrección.
Como buenos padres, en lugar de provocar la ira de nuestros hijos, debemos criarlos
con la disciplina e instrucción del Señor.
Por tanto, Efesios 6:4 nos habla que un buen padre guiará a sus hijos en su desarrollo
integral, lo nutrirá para crezca y madure como persona pero por medio de una
educación, enseñanza y corrección continua en el Señor, es decir, una formación que
se centra en la Palabra de Dios como verdad, fuente, base y dirección para el
desarrollo de una buena crianza.
El Salmo 127:4 dice: “Como flechas en la mano del guerrero, así son los hijos tenidos
en la juventud”. Los comentarios bíblicos dicen referente a este pasaje, que los hijos
son como flechas en el sentido que son una bendición para los padres, a tal punto, que
están también para protegerlos tal como una flecha protege o defiende a la hora de
una necesidad extrema; sin embargo, alguien ilustró que las flechas para llegar a su
destino deben ser direccionadas, de la misma manera un buen padre tiene la
responsabilidad de direccionar a sus hijos, un buen padre nutrirá a su hijos de tal
manera que traiga guía y estabilidad a su vida, y para ello no hay mejor forma que con
la Palabra de Dios.
¿Quién es Dios? ¿Quién es el hombre? ¿Por qué pecamos? ¿Cómo me puedo acercar a
Dios? Estas son algunas preguntas que un buen padre debe desarrollar con sus hijos,
son preguntas en las que un buen papá tiene la responsabilidad de direccionar a sus
hijos por medio de las Escrituras.
Un buen padre guía a sus hijos y les da estabilidad con la Palabra de Dios.
3. Un acto de devoción: Un buen padre ve la paternidad como una forma de
honrar, adorar, obedecer y servir al Señor.
Nuestro pasaje de Efesios 6:4 está dentro de un contexto de deberes en el hogar, Pablo
aquí está dando mandamientos a las esposas, a los esposos, hijos, padres e incluso a
los sirvientes o esclavos de cómo deben honrar a Dios dentro de sus funciones en
casa. Incluso justo antes de esta sección está el contexto del mandamiento a ser llenos
del Espíritu Santo, aquí es interesante ver que Pablo, luego de orientar a la necesidad
de ser llenos del Espíritu, inmediatamente toca el tema de las relaciones en el hogar y
en consecuencia de la paternidad sana y efectiva, esto nos lleva a notar la relación
existente entre la llenura del Espíritu y la forma en cómo nos desenvolvemos en casa.
Por consiguiente, debido al mandamiento en el contexto de ser lleno del Espíritu, y
debido al mandamiento del mismo pasaje de criar a los hijos en la disciplina e
instrucción del Señor, entonces, se puede decir que tomar el privilegio y la
responsabilidad de la paternidad tal como Dios la da es una forma de devoción al
Creador, es una forma o manifestación de la llenura del Espíritu y es una forma
directa de obedecer y hacer la voluntad de Dios. En palabras sencillas, ser un hombre
de Dios también significa ser un buen padre, significa que la paternidad de acuerdo al
estándar de Dios es una característica de un hombre devoto y consagrado al Señor. Un
ejemplo de esto lo vemos en que dentro de las características de un pastor como
hombre devoto, está el hecho de que también debe ser un padre ejemplar (1Ti 3:4-5;
Tit 1:6).
Conclusión
Quienes somos padres sabemos de la difícil tarea que implica la paternidad, sabemos
de lo complejo e incluso atemorizante muchas veces de tan grande posición; sin
embargo, debemos aprender a descansar que nuestro Padre Celestial nos ha dado
directrices para poder hacerlo bien; ciertamente no hay padres perfectos, perfecto solo
Dios, pero si se puede ser un buen padre al seguir las instrucciones Divinas.
Padre, disfruta el privilegio que tienes, es un regalo el que se te ha concedido de
engendrar y de criar. Asume la responsabilidad que se te ha dado, debes direccionar
las flechas a su destino correcto, hombres y mujeres que conocen a Dios. Y sé un
hombre de Dios siendo un buen padre, tus hijos lo necesitan, Dios te lo demanda, la
sociedad lo agradecerá, y tu conciencia te lo reconocerá.
El trabajo a tiempo completo de ser padre
Una reflexión bíblica sobre la hermosa labor de ser un padre siguiendo el modelo del
Padre celestial.
Hace algunos años, un profesor contó en clase sobre una pequeña frase dicha a él por
su esposa, que se le clavó como una flecha en el pecho.
Se acercaba un nuevo semestre y él se había afanado en elaborar planes de estudio
que sirvieran a sus alumnos. Eligió los libros, esbozó las tareas, programó los ensayos
y los exámenes, y trazó un cuidadoso curso académico de agosto a diciembre.
Entonces su esposa, al darse cuenta de tan minuciosa planificación docente, le hizo
una pregunta sincera: “¿Por qué no piensas y planificas de la misma manera para
nuestra familia?”.
Aunque en aquel momento era soltero, pude entender el dolor de mi maestro. Sin
embargo, ahora que soy esposo y padre, puedo sentirlo. Sé que muchos hombres lo
sienten. Con demasiada facilidad, podemos dedicar un tremendo esfuerzo y
creatividad a la carrera o al ministerio, sin pensar siquiera en hacer lo mismo por la
familia. Podemos mostrar mucha más ambición ―más reflexión, más planificación,
más intencionalidad, más entusiasmo― hacia el trabajo o la iglesia que hacia la
paternidad. Podemos ser empleados o líderes ministeriales apasionados, pero padres
comparativamente pasivos.
Sin duda, los niños necesitan ver a un padre cuyos ojos miren hacia arriba y hacia
fuera, ambicioso por servir a Dios en el trabajo, la iglesia, el vecindario y más allá.
Pero con la misma seguridad, los niños necesitan ver a un padre que ambicione ser
padre.
Con demasiada facilidad, podemos dedicar un tremendo esfuerzo y creatividad a la
carrera o al ministerio, sin pensar siquiera en hacer lo mismo por la familia.
El 5 a 9 de un padre
Las descripciones que Dios hace de la paternidad en las Escrituras nos muestran a un
hombre que anhela hacer el bien en el mundo, sí, pero que también dedica una gran
energía al mundo de su familia. No solo tiene un trabajo de 9 a.m. a 5 p.m., también
tiene otro de 5 p.m. a 9 a.m., la cual es una vocación tan exigente, y a menudo más,
que su carrera (y que incluye también los fines de semana).
El retrato más extenso de la paternidad en la Biblia nos llega en el libro de los
Proverbios, que recoge las palabras de un padre a su hijo en proceso de madurez.
Gran parte del libro nos recuerda que Dios creó a los hombres para el dominio
exterior: el llamado al trabajo duro, las instrucciones sobre negocios y agricultura, la
imagen del padre sentado “en las puertas… entre los ancianos de la tierra” (Pro
31:23). Pero la propia estructura de Proverbios ―consejos afectuosos, serios y
persistentes de un padre a su hijo― nos recuerda que la asignación de un hombre
incluye ser padre.
Proverbios describe la paternidad como un asunto de toda la vida. El padre del libro es
del tipo de Deuteronomio 6:7, un hombre que discípula a su hijo en casa y fuera de
ella, de la mañana a la noche. Imparte un curso llamado Vida en un aula tan amplia
como el mundo. Quizá podamos imaginarlo hablando con su hijo cuando pasan por
delante de la calle de la mujer prohibida (“No te acerques a la puerta de su casa”, 5:8),
cuando casi pisan un hormiguero (“Acuérdate a la hormiga”, 6:6) o cuando se sientan
a comer (“Come miel, porque es buena”, 24:13).
Su enseñanza abarca temas tanto espirituales como prácticos, tanto eternos como
cotidianos. A lo largo de las 25 ocasiones en que el libro utiliza la frase “hijo mío…”,
habla de la cabeza, el corazón, las manos, los pies, los ojos, el alma, la boca y mucho
más de su hijo. Conoce los puntos fuertes y las locuras de su hijo. Pasa suficiente
tiempo sin prisas a su lado como para decir: “Que tus ojos se deleiten en mis
caminos” (Pro 23:26). Y aunque este padre tiene ambiciones que van más allá de su
hijo, difícilmente puede imaginarse a sí mismo contento aparte del bien duradero de
este joven (Pro 10:1; 17:25; 23:15, 24). Es, en una palabra, que ambiciona ser papá.
El libro de Proverbios describe la paternidad como un asunto de toda la vida
Hogar para la ambición
Una visión tan amplia y exigente de la paternidad sugiere al menos una razón por la
que los hombres pueden encontrar más fácil o natural la ambición exterior. Al final,
ser un padre piadoso puede resultar más difícil que crear una empresa, construir una
carrera o incluso llegar a ser pastor.
Yo, por ejemplo, siento que he entrado en un trabajo más difícil cuando ingreso por la
puerta después del trabajo. Los hijos no nos piden simplemente que seamos buenos
contadores, profesores, ingenieros o gestores de proyectos: nos piden que seamos
buenos hombres. Y no requieren simplemente ocho horas de nuestra atención, sino, en
cierto sentido, toda ella. Si queremos ser capaces de decirles: “Dame, hijo mío, tu
corazón” (Pro 23:26), entonces tendremos que darles lo mejor de nosotros mismos.
Necesitamos, pues, algunas buenas razones para dejar a un lado nuestra pasividad y
dedicarnos a ser mejores padres. Además del simple hecho de que las Escrituras nos
dan nuestro modelo de paternidad piadosa (y todos los modelos de Dios son buenos),
consideremos otras tres razones por las que nuestra ambición necesita no solo un
despacho o un púlpito, sino un hogar: por nuestra propia alma, por el mundo y por
nuestros hijos.
Al final, ser un padre piadoso puede resultar más dificil
Ambición honesta
Primero, la ambición en el hogar sirve al alma de un hombre, en particular
manteniendo honestas sus otras ambiciones.
Un anciano “debe [gobernar] bien su casa”, escribe Pablo, “pues si un hombre no sabe
cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?” (1Ti 3:4-5).
Un hombre que se esfuerza por dirigir la pequeña comunidad dentro de su casa, se
esforzará por dirigir una comunidad mayor fuera de ella, al menos de un modo que
agrade a Dios. El principio de Pablo es válido en parte porque la capacidad de
liderazgo se transmite de una esfera a otra, pero también por otra razón: el hogar
capacita al hombre para el liderazgo específico que se requiere de un cristiano.
Los verdaderos líderes cristianos no desprecian los actos humildes de servicio oculto
(Mr 10:43), y el hogar proporciona tales oportunidades a raudales. Los líderes
cristianos se asocian gustosamente con los humildes (Ro 12:16), y los niños son una
sociedad de rodillas. Los líderes cristianos invierten pacientemente en las personas
que tardan en cambiar (1Ts 5:14), y la familia proporciona práctica diaria (a menudo
cada hora) para ese tipo de paciencia. Y los líderes cristianos aplican sabiamente la
Palabra de Dios a las necesidades de cada persona (1Ts 2:11-12), y los niños vienen
con personalidades y tentaciones sorprendentemente diversas.
Como Pedro o Juan que se apresuran a pasar junto a los niños, a veces imagino la
ambición cristiana en términos mucho más amplios que estos pequeños. Pero entonces
miro hacia atrás y me doy cuenta de que mi Señor está ahí, entre ellos, con una
ambición lo suficientemente grande como para incluir a los niños. Y recuerdo que, a
menos que mi ambición incluya lo mismo, todavía no estoy en condiciones de dirigir
bien en otra parte.
Los verdaderos lideres cristianos no desprecian los actos humildes de servicio oculto,
y el hogar proporciona tales oportunidades a raudales.
Flechas de guerrero
Segundo, y de forma contraintuitiva, la ambición en casa sirve al mundo, al menos
cuando está bendecida por Dios.
Negativamente, podríamos considerar los tristes ejemplos de padres pasivos cuyos
hijos crecieron para desmantelar gran parte de su trabajo en el mundo. David fue un
rey poderoso, pero su falta de atención en casa provocó el caos en su reino (2S 13:20-
22; 1R 1:5-6). Y Elí perdió su sacerdocio por dejar que sus hijos se desbocaran (1S
2:29).
Sin embargo, las Escrituras nos ofrecen una imagen positiva de los hijos, que es todo
menos aislada y limitada al hogar: “Como flechas en la mano del guerrero, así son los
hijos tenidos en la juventud”, escribe Salomón (Sal 127:4). Cuando un padre educa a
sus hijos con ambición piadosa, no se está excusando de la misión de Dios en el
mundo. Es un arquero inclinado bajo el muro, afilando sus flechas. Y en un mundo de
reinos espirituales en guerra, no es una pérdida de tiempo afilar las flechas.
Como en todo discipulado, una paradoja de la paternidad es que a menudo servimos
mejor al mundo cuando nos centramos en unos pocos. Jesús cambió el mundo a través
de unos pocos hombres comunes y corrientes. Los padres intentan seguir cambiando
el mundo a través de unos pocos hijos comunes y corrientes. Esos hijos pueden dividir
a un hombre en el momento, quitándole tiempo para dedicarse a otras cosas buenas.
Pero con el favor de Dios, no lo dejan dividido, sino multiplicado. Los hijos fieles de
un padre son ese hombre hecho muchos.
Los hombres piadosos buscarán hacer discípulos más allá de sus familias. Al mismo
tiempo, no verán la paternidad como algo diferente de hacer discípulos. Todo ese
tiempo en casa, todos esos momentos diciendo: “Hijo mío”, “hija mía”, todos esos
días retirándose de las prisas del mundo, toda esa muerte diaria al yo, son como un
hombre tensando su arco, apuntando a morir con flechas al aire.
El deleite de papá
Por último, la ambición en el hogar está al servicio de las almas eternas de los niños.
La imagen de las flechas es útil hasta donde llega. Sin embargo, debemos recordar
que los niños no son simples herramientas o armas que hay que manejar, y muchos
niños han llegado a resentirse con un padre que los trataba como tales. No, los niños
también son regalos que hay que acoger. Son tesoros que hay que apreciar. Son
personas infinitamente interesantes que hay que conocer. Y, especialmente en una
familia cristiana, deben saberse amados.
Esa palabra “amado” está muy cerca del corazón de la buena paternidad, la que viene
del Padre de lo alto (Ef 5:1). Escucha la bendición de este Padre sobre su amado Hijo:
“Este es mi Hijo amado en quien me he complacido” (Mt 3:17). En gran parte,
nuestro trabajo como padres es ofrecer una imagen fiel del Padre que se deleita en Su
Hijo. Y en un mundo que a menudo tergiversa la paternidad para convertirla en algo
totalmente distinto del verdadero Padre, una de las mejores cosas que podemos hacer
por nuestros hijos es dar al placer de Dios una presencia corporal en nuestra gran risa,
nuestros ojos brillantes y nuestros brazos fuertes: amarles de forma tan manifiesta que
se duerman sintiendo: “Mi padre se deleita en mí”.
Ese tipo de amor y deleite exige cantidades generosas de nuestro tiempo y atención.
Requiere pensamiento creativo y planificación. Exige el tipo de iniciativa que a
menudo dedicamos a nuestra carrera o a nuestro ministerio, de modo que cuando
nuestros hijos nos miran, ven a un padre ambicioso por ser padre.
El hombre como un padre sabio: resoluciones guiadas por Dios en el rol paternal
Este artículo nos invita a reflexionar sobre algunos elementos presentes en la vida de
un hombre sabio en su relación con Dios y sus hijos.
Sin dudas, saber que me iba a convertir en padre fue uno de los hechos más
trascendentales de mi vida. Produjo en mí varias cosas, pero si tuviera que elegir una
de las sensaciones que experimenté ese día, y que aún me suele acompañar, es la de
un sobrecogedor temor. De alguna manera, la idea de que a partir de ese momento yo
era responsable de alguien más, de alguien que me necesitaba, de alguien que
dependía de mí, me impactó sobremanera.
Precisamente por esto, me gustaría compartirte una serie de resoluciones (sí, al estilo
de las del conocido pastor puritano Jonathan Edwards) que son propias de un hombre
sabio en su rol de padre.
Un padre sabio busca ser guiado por Dios
La forma en la que los padres crían a sus hijos cambia con el tiempo. Hoy se pone de
moda un método, mañana otro. En la televisión y en las librerías abundan los expertos
que ofrecen mágicas soluciones para la crianza. Pero un hombre sabio sabe que la
guía que él necesita se encuentra en Dios y Su Palabra. Los principios que Dios nos
ha dado para ser padres conforme a Su propósito pueden lucir diferentes en distintos
contextos y épocas, pero siguen siendo los mismos.
Dios puede ayudarnos y guiarnos a ser padres sabios también a través de hermanos
piadosos y con mayor experiencia. Al reconocer el valor de la ayuda de otros
podremos recurrir al consejo de otros padres de nuestra congregación en los que
veamos que han sabido pastorear a sus hijos con sabiduría. Y, naturalmente, debemos
agradecer a Dios por la existencia de muy buenos libros que nos ayudan a entender lo
que la Biblia enseña acerca de cómo ser buenos padres.
Así que una evidencia de que estás aprendiendo a ser un padre sabio es que buscarás
guía y ayuda: en Las Escrituras y también en hermanos piadosos.
Dios puede ayudarnos y guiarnos a ser padres sabios a través de Su Palabra y también
a través de hermanos piadosos y con mayor experiencia.
Un padre sabio transmite a sus hijos un alto concepto de Dios
El mandamiento supremo es amar a Dios con todo nuestro corazón, toda nuestra alma
y todas nuestras fuerzas. Y ese mandamiento es para que lo obedezcamos, pero
también para que enseñemos a nuestros hijos a seguirlo. (Dt 6:1-9). Somos llamados a
amar a Dios. Somos llamados a enseñarles eso mismo a nuestros hijos. Enseñarles a
conocer y amar a Dios.
El Dios que nuestros hijos necesitan conocer es el Dios de la Biblia, el Dios Santo.
Nuestros hijos no necesitan una imagen ingenua y bonachona de Dios, ellos necesitan
conocer a Dios en la plenitud de Sus atributos.
Lee la Biblia con tus hijos y enséñales a ver a Dios detrás de cada historia y cada
promesa. Enséñales a ver a Dios en cada detalle de la creación también. Que Dios sea
una presencia real en sus vidas y no un simple concepto.
Una evidencia de que estás aprendiendo a ser un padre sabio es que siempre guiarás a
tus hijos a mirar (y admirar) la grandeza de Dios.
El Dios que nuestros hijos necesitan conocer es el Dios de la Biblia
Un padre sabio ayuda a sus hijos a conocerse a si mismo y su mayor necesidad
Tus hijos necesitan tomar conciencia de que son pecadores, y de que su destino
eterno, lejos de Dios, es la muerte y la condenación. Tus hijos necesitan saber que su
única esperanza es Cristo. Y cada vez que su pecado asoma, en un berrinche, en un
enojo, en una mala contestación, en una actitud negativa, en una pelea con sus
hermanos… tienes la oportunidad de hacerles ver su condición y su inclinación
natural al pecado.
Cuando nuestros hijos se equivocan, nuestra respuesta más intuitiva puede ser
llamarles la atención, mostrarles su error, amonestarlos y quedarnos ahí. Eso es bueno
y necesario. Ellos necesitan saber que lo que está mal, está mal y debe ser corregido y
castigado. Pero vayamos más allá, usando esas circunstancias para mostrarles su
problema mayor (el pecado) y su necesidad mayor (Jesús, el Cordero de Dios que nos
limpia de pecado).
Como lo dice Ted Tripp, en su libro Cómo pastorear el corazón de tu hijo:
Enfoca a la corrección en cosas más profundas que en el cambio de
conducta. El punto de confrontación es lo que está ocurriendo en el corazón.
Tu preocupación es desenmascarar el pecado de tu hijo, ayudarlo a entender
cómo se refleja en un corazón que se ha extraviado. Esto lo dirige a la cruz
de Cristo.
Una evidencia de que estás aprendiendo a ser un padre sabio es que aprovecharás cada
oportunidad que tengas para mostrarles a tus hijos que son pecadores que necesitan el
evangelio de Cristo.
Tus hijos necesitan saber que su única esperanza ante el pecado, es Cristo Jesús
Un padre sabio brinda a sus hijos una imagen honesta de él mismo como padre
Si como padres, anhelamos que nuestros hijos amen y sirvan al Señor, ellos precisan
entender su necesidad de Cristo y del evangelio. Una de las mejores formas en las que
ellos pueden reconocer su necesidad es viéndonos a nosotros dependiendo de la gracia
de Dios.
Debemos considerar, que somos nosotros los modelos que nuestros hijos miran. Y
ellos necesitan ver a Cristo en nosotros. Necesitan ver que caminamos con Cristo.
Necesitan vernos en la Palabra, necesitan vernos en oración, necesitan vernos siendo
parte de la iglesia local, en el servicio unos a otros. Nuestros hijos van a mirar nuestro
caminar.
Si nuestros ojos están puestos en Cristo, dirigiremos la mirada de nuestros hijos
también hacia Él. Una evidencia de que estás aprendiendo a ser un padre sabio, es que
al reconocer tu necesidad de Cristo, les enseñas a tus hijos que esa es también su
necesidad.
Si nuestro ojos están puestos en Cristo,. dirigiremos la mirada de nuestros hijos
también hacia Él.
Un padre sabio es intencional en llevar a sus hijos a Cristo.
No podemos pensar que nuestros hijos terminarán siendo hijos de Dios simplemente
porque los llevamos a la iglesia. Seríamos necios si pensáramos eso. Y, aunque la
salvación de nuestros hijos (como la nuestra) depende exclusivamente de la gracia de
Dios, la Palabra nos enseña que es nuestro deber como padres instruir a nuestros hijos
en los caminos de Dios (Ver Pro 22:6; Ef 6:4).
¿Cómo vamos a enseñar la Palabra de Dios a nuestros hijos? Necesitamos que esos
momentos sean planificados. Cada hogar es un mundo, pero cada hogar cristiano
necesita un espacio y un tiempo para centrarse en la Palabra. En algunos hogares será
el miércoles, en otros el lunes. En algunos casos en el desayuno, en otros en la cena.
Pero necesitamos reunirnos con nuestros hijos alrededor de la Palabra, y eso no
sucederá si no somos intencionales.
Lo mismo podemos decir con respecto a la oración y a la comunión con la iglesia. Un
hombre sabio ordena su hogar teniendo como prioridad a Dios. Ordena los tiempos,
favorece los espacios, establece prioridades.
Para que un hogar esté edificado sobre la roca, necesitamos procurarlo de manera
consciente.
Nuestro deber como padres instruir a nuestros hijos en los caminos de Dios
Conclusión: palabras de ánimo para padres que quieren ser sabios
Algunos de los aspectos que mencioné a través de este escrito los he ido incorporando
en mi propia vida como padre. Pero debo confesar que otros no. He dejado proyectos
e iniciativas inconclusas, me he preocupado más por mi reputación que por la
honestidad, me he limitado a la reprimenda superficial.
Y al ver mis fallas diarias como padre, necesito acudir, siempre a la gracia del Padre
amoroso.
Vamos a fallar, vamos a equivocarnos, pero nuestro deber sigue allí. Levantémonos,
pidamos perdón si es necesario, arrepintámonos de no haber hecho lo correcto, lo
suficiente y busquemos ser padres sabios que honren a Dios cuidando de sus familias.
¿Cómo mi orgullo afecta a mis hijos?
La sorpresa para todos y cada uno de los premiados el día en que los citaron para el
reparto fue mayúscula. Pero la variedad de bienes legados no resultó menos insólita:
lujosos apartamentos, coches, dinero y hasta pistolas de coleccionista.
Hace algunos años, la prensa internacional se hacía eco del fallecimiento de un
acaudalado joven portugués. Además de lo precoz de su partida (solamente tenía 42
años), lo que más llamó la atención de los periodistas fue la historia que este hombre
escondía detrás. Una suculenta fortuna figuraba a nombre de Luis Carlos de Noronha
Cabral da Camara, un enigmático individuo que nunca se casó ni tuvo hijos. Solo y
sin herederos, el excéntrico millonario había escogido una fórmula verdaderamente
disparatada para determinar quiénes serían los beneficiarios de su patrimonio. Ni
corto ni perezoso, agarró una guía telefónica y de entre el total de los inscritos
seleccionó a setenta ciudadanos “anónimos” como legítimos herederos. La sorpresa
para todos y cada uno de los premiados el día en que los citaron para el reparto fue
mayúscula. Pero la variedad de bienes legados no resultó menos insólita: lujosos
apartamentos, coches, dinero y hasta pistolas de coleccionista.
Los que somos padres no necesitamos recurrir a la guía telefónica –¡si es que todavía
existen! – para escoger a nuestros herederos. La cuestión no es tanto a quiénes, sino
cuál será el legado que dejaremos a nuestros hijos. No estoy pensando en bienes
materiales. Estos vienen y van, se deprecian y se devalúan, y por mucho que nos
afanemos nunca podrán trasladarse más allá de la esfera de lo efímero y lo temporal.
Seamos ricos o pobres, tengamos más o menos posibilidades económicas, los padres
ejercemos una influencia tan poderosa como duradera en la vida de aquellos sobre los
que Señor nos ha puesto. Salomón era muy consciente de que no es necesario, ni
sabio, confiar y esperar al testamento para comenzar a influir en la vida de nuestros
hijos (Proverbios 22:6). En ese sentido, cada día “repartimos” nuestra herencia
haciéndoles receptores y consignatarios de nuestras decisiones, reacciones,
instrucciones, así como de nuestras palabras. Como aprendices natos que son, ellos
observan y se empapan de lo que somos, de lo que hacemos y de cómo lo hacemos.
Al punto que cada interacción que tenemos con ellos impacta, moldea y configura su
carácter. ¡Qué gran responsabilidad!
En 2 Timoteo 3, Pablo advierte a su pupilo Timoteo acerca del tipo de hombres que
abundarán en esta era en la que nos ha tocado vivir, particularmente refiriéndose a
aquellos que ocupan una posición de liderazgo e influencia. Entre otras muchas
“lindezas” los describe como calumniadores, desenfrenados, salvajes, aborrecedores
de lo bueno…. Pero en toda esta lista cada vez más degradante también coloca a los
que manifiestan actitudes aparentemente menos “escandalosas” y que se encuentran
estrechamente ligadas a lo que conocemos como “orgullo”. El apóstol comienza por
los que son amadores de sí mismos, y, del mismo modo, incluye a los jactanciosos, a
los soberbios o a los envanecidos. Y es que, finalmente, los que tienen tal alto
concepto de sí mismos, terminan también por tener una mente depravada y ser
reprobados en lo que respecta a la fe (2 Timoteo 3:7). Definitivamente no quisiéramos
que esta clase de personas, ejercieran influencia alguna en la vida de nuestros hijos.
Mucho menos ser nosotros los que actuaran de un modo tan orgulloso. Pero,
tristemente, se trata de un comportamiento habitual en muchos hogares. Ya sea por
alardear nuestros logros buscando la adulación y las lisonjas de nuestra familia, o
porque somos incapaces de reconocer nuestros errores y limitaciones, los padres
podemos estar actuando de manera orgullosa. Y, por ende, lanzando un mensaje a
nuestros hijos que dista mucho de ser el adecuado como súbditos del Rey de reyes.
1. El orgullo ante el éxito
La Biblia nos enseña que hemos de esforzarnos en aquello que emprendemos, como
esa hormiga que es responsable aun cuando nadie la vigila ni le obliga a ello
(Proverbios 6:6–8). En un mundo orientado al entretenimiento y dónde muchos viven
entregados a la ley del mínimo esfuerzo, como padres debemos ser un ejemplo de
dedicación y empeño en todo lo que el Señor traiga a nuestro camino. Pero lejos de
jactarnos en aquello que logramos, cuando conocemos a Aquel que nos da la vida
queremos vivirla según Su voluntad (Jeremías 9:23–24). El Espíritu de Dios nos
recuerda que es Dios mismo el que produce en nosotros tanto el querer como el hacer
(Filipenses 2:13). Por eso lo hacemos todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31).
En palabras de Jerry Bridges:
“Desde el punto de vista humano podría parecer que hemos triunfado como resultado
de nuestra gran tenacidad y trabajo arduo. Pero ¿quién nos dio ese espíritu
emprendedor y buen juicio para lograrlo? Dios. A los corintios orgullosos Pablo les
escribió ‘Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste,
¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?’ (1 Corintios 4:7). Por lo tanto,
¿qué tienes que no hayas recibido? Nada. Todo lo que tienes es un regalo de Dios.
Nuestro intelecto, nuestras habilidades y nuestros talentos naturales, la salud y las
oportunidades para triunfar vienen del Señor.”
No importa cuán imponente llegue a ser nuestro logro. Por más atractivo que resulte a
la vista, el orgullo, cual ponzoña imperceptible, lo contamina hasta convertirlo en un
fruto venenoso. Aquello que podría haber despertado el respeto o la admiración de
nuestros seres queridos; eso en lo que hemos invertido tiempo, esfuerzo y dedicación;
lo que, en definitiva, el Señor nos permite alcanzar, queda oscurecido y mancillado en
el momento en el que nos hinchamos ocupando el lugar que no nos corresponde.
Nuestra altanería, en lugar de elevarnos, nos hace descender al terreno de lo mediocre,
esto es, allí dónde la insolencia y la vanidad campan a sus anchas. Sin embargo, bien
sea en lo extraordinario o en lo recurrente, hemos de recordar cuál es nuestra
verdadera posición, sabiendo que aun el aire que respiramos es resultado de la gracia
de Dios. En lo mismo que el Señor Jesucristo instruyó a sus discípulos, debemos
enseñar a nuestros hijos. Una vez, eso sí, que sea una realidad para nosotros primero:
“Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha ordenado, decid:
Siervos inútiles somos, hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho”. (Lucas
17:10).
Cada conquista, cada objetivo cumplido, nos proporciona una doble oportunidad de
trasladar un ejemplo piadoso a nuestros hijos. Por un lado, siendo responsables ante lo
que el Señor nos ha encomendado y, al mismo tiempo, dándole la gloria a Aquel que
nos ha permitido llevarlo a cabo.
2. El orgullo ante el fracaso
Pocos escritores bíblicos han expuesto el peligro del orgullo con la claridad con la que
Salomón lo hace en el libro de Proverbios. Además de insistir en la importancia de
mantener una actitud humilde delante de Dios (y el prójimo), repetidamente nos
advierte del peligro de dejarnos seducir por el orgullo. Resulta significativo que tanto
su padre como su hijo experimentaron una gran paliza como resultado de su altivez.
El rey David es, sin duda, uno de los personajes bíblicos más conocidos. A pesar de
sus talentos y la admiración que despertaba en sus contemporáneos, este hombre
mantuvo una conducta humilde durante gran parte de su vida. Sin embargo, ya casi al
final de su trayectoria la magnitud de su dominio lo deslumbró. En 1 Crónicas 21 se
nos relata como David, incitado por Satanás y desoyendo las advertencias de sus
colaboradores más cercanos, quiso censar al pueblo con la idea de cuantificar su
grandeza. Algunos años más tarde, su nieto Roboam, heredero de un reino todavía
mayor, se creía infinitamente superior a todos sus gobernados. Al igual que lo había
hecho su abuelo, desoyó el consejo de los sabios, pero fue mucho más allá, hasta
oprimir al pueblo sin miramientos a fin de imponer su hegemonía (2 Crónicas 10).
Ambas decisiones fueron motivadas por un orgullo ciego y las consecuencias
resultaron fatales, tanto para el pueblo como para las familias de estos hombres. Sin
embargo, sus respuestas al fracaso resultaron diametralmente distintas. Roboam se
afirmó en su dictamen y terminó por dividir un reino que nunca más se volvería a
juntar. David, en cambio, reconoció su maldad, y concluyó aquel incidente ofreciendo
holocaustos a Dios en la era de Ornán. Pero no solamente eso. Toda aquella situación
lo movió a poner en marcha lo necesario para la construcción del Templo– obra que
finalmente encargaría a su hijo Salomón– y a hacer esta confesión: “Él ha entregado
en mi mano a los habitantes de la tierra, y la tierra está sojuzgada delante del Señor y
delante de su pueblo” (1 Crónicas 22). ¡Qué actitud tan sumisa! Salomón fue testigo
del fracaso de su padre, pero también de su sincera humillación. Una humillación que
lo impulsó a invertir sus mejores recursos en la mayor construcción que el pueblo de
Israel jamás ha conocido, haciendo a su hijo parte integral de ese proceso.
Evita la jactancia en tus triunfos y el engreimiento en tus fracasos. Y en todo lo que
emprendas da a Dios la gloria debida a Su Nombre. De esa forma, además de vivir en
obediencia, estarás legando a tus hijos un tesoro formidable con valor en este mundo
y en el venidero.
[Link]