HAY UNA HISTORIA QUE QUIERO CONTARTE
Antología poética de pájaros, árboles, piedras, montañas,
bosques y ríos
Selección Club Antipoesía
REFULGE OTRA VEZ EL SOL
Refulge otra vez el sol sobre el río,
siéntate en la hierba con espíritu tranquilo
y mira a los muchachos bañarse y reír.
Acepta estrictamente esta visión.
(Has mirado tu sombra desde el puente
y te ha extrañado
que no tuerza hacia la corriente.)
Tú también te bañaste aquí
y entonces el río era igualmente sucio, dejaba
estrías de barro en las comisuras de la boca
donde se formaba esa risa gratuita, risa
sólo por estar allí, zambulléndose
y emergiendo con un único conocimiento,
el de las cualidades tangibles del agua.
Ése era el sentido de la risa.
Acepta estrictamente ese sentido y declina
la especulación poética. Porque es tu verso opaco
contra tu brillante alegría de muchacho.
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ANIMAL DE INVIERNO
Otra vez es tiempo de ir a la montaña
a buscar una cueva para hibernar.
Voy sin mentirme: la montaña no es madre, sus cuevas
son como huevos vacíos donde recojo mi carne
y olvido.
Nuevamente veré en las faldas del macizo
vetas minerales como nervios petrificados, tal vez
en tiempos remotos fueron recorridos
por escalofríos de criatura viva.
Hoy, después de millones de años, la montaña
está fuera del tiempo, y no sabe
cómo es nuestra vida
ni cómo acaba.
Allí está, hermosa e inocente entre la neblina, y yo entro
en su perfecta indiferencia
y me ovillo entregado a la idea de ser de otra sustancia.
He venido por enésima vez a fingir mi resurrección.
En este mundo pétreo
nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo
y me tocaré
y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña
sabré
que aún no soy la montaña.
(José Watanabe, Perú, Trujillo, 17 de marzo de 1945 - Lima,
25 de abril de 2007)
LOS ÁRBOLES
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Hablan poco los árboles, se sabe.
Pasan la vida entera meditando
y moviendo sus ramas.
Basta mirarlos en otoño
cuando se juntan en los parques:
sólo conversan los más viejos,
los que reparten las nubes y los pájaros,
pero su voz se pierde entre las hojas
y muy poco nos llega, casi nada.
Es difícil llenar un breve libro
con pensamientos de árboles.
Todo en ellos es vago, fragmentario.
Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito
de un tordo negro, ya en camino a casa,
grito final de quien no aguarda otro verano,
comprendí que en su voz hablaba un árbol,
uno de tantos,
pero no sé qué hacer con ese grito,
no sé cómo anotarlo.
LA TERREDAD DEL PÁJARO
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La terredad de un pájaro es su canto,
lo que en su pecho vuelve al mundo
con los ecos de un coro invisible
desde un bosque ya muerto.
Su terredad es el sueño de encontrarse
en los ausentes,
de repetir hasta el final la melodía
mientras crucen abiertas los aires
sus alas pasajeras,
aunque no sepa a quién le canta
ni por qué,
ni si podrá escucharse en otros algún día
como cada minuto quiso ser:
más inocente.
Desde que nace nada ya lo aparta
de su deber terrestre,
trabaja al sol, procrea, busca sus migas
y es sólo su voz lo que defiende
porque en el tiempo no es un pájaro
sino un rayo en la noche de su especie,
una persecución sin tregua de la vida
para que el canto permanezca.
(Eugenio Montejo, Venezuela, Caracas, 19 de octubre de
1938 - Valencia, 5 de junio de 2008)
ALBA
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Al despertar
me sorprendió la imagen que perdí ayer.
El mismo árbol en la mañana
y en la acequia
el pájaro que bebe
todo el oro del día.
Estamos vivos,
quien lo duda,
el laurel, el ave, el agua
y yo,
que miro y tengo sed
(Blanca Varela, Perú, Lima, 10 de agosto de 1926 - Lima,
12 de marzo de 2009)
YO NO SÉ
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Al Dr. José Luis Verthencourt
Yo no sé qué es una clepsidra
Tampoco sé de automóviles ni de la televisión
soy ignorante de ello.
El mundo me resulta extraño
opaco
irrisorio
complejo
Sólo entiendo el mar
allí estoy a mis anchas
Veo nubes azules y rosadas
y no las comprendo enteramente
veo montañas oscurecidas
y no las comprendo
Sólo comprendo la música
con su abstracción y su claridad
Salgo poco, ahora.
El mundo me atemoriza
lo veo desde mi ventana
lo escruto
el mundo es lo extraño para mí.
(Hanni Ossot, Venezuela, Caracas, 14 de febrero de 1946 -
Caracas, 31 de diciembre de 2002)
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LA REALIDAD EXIGE
La realidad exige
que lo digamos bien claro:
la vida sigue su curso.
Sucede así en Cannas y en Borodinó,
en los llanos de Kosovo y en Guernica.
Hay una gasolinera
en una pequeña plaza de Jericó,
hay bancos recién pintados
cerca de Bila Hora.
Las cartas van y vienen
entre Pearl Harbor y Hastings,
pasa un camión de muebles
bajo la mirada del león de Queronea
y solo un frente atmosférico amenaza
los florecientes jardines cercanos a Verdún.
Hay tanto de Todo
que lo que hay de Nada queda muy bien cubierto.
De los yates de Accio
llega la música
y en la cubierta, al sol, bailan las parejas.
Pasan siempre tantas cosas
que seguro tienen que pasar en todas partes.
Donde hay piedra sobre piedra
hay un carro de helados
cercado por los niños.
Donde estaba Hiroshima
de nuevo está Hiroshima
y se siguen produciendo
objetos de uso cotidiano.
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No le faltan encantos a este hermoso mundo
ni tampoco amaneceres
para los que merece la pena despertar.
En los campos de Macejowice
la hierba es verde,
y en la hierba, como pasa en la hierba,
la escarcha, transparente.
Quizá no haya un lugar que no haya sido un campo de
batalla,
los aún recordados,
los hoy ya olvidados,
bosques de cedros y bosques de abedules,
nieves y arenas, pantanos irisados
y barrancos de negro fracaso
donde en caso de urgencia
satisfacemos ahora nuestras necesidades.
Qué moraleja sale de todo esto: parece que ninguna.
Lo que de verdad sale es la sangre que seca rápida
y siempre algunos ríos, algunas nubes.
En esos desfiladeros trágicos
el viento se lleva los sombreros,
y es inevitable:
la imagen nos da risa.
(Wisława Szymborska, Polonia, Kórnik, 2 de julio de
1923 -Cracovia, 1 de febrero de 2012)
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PREGUNTA AL RÍO
Las piedras que vemos a la orilla del río
se esculpieron de tanto rodar.
Pero ¿y las que rodaron más de la cuenta
y no alcanzaron a salir?
El río está lleno de piedras desvanecidas.
Piedras que nacieron mojadas
y nunca pudieron ser secas.
Hechas de algo antiguo que quiso juntarse
tan bruscamente
que
rodó rodó rodó rodó rodó
y no encontró ninguna orilla.
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PRINCIPIO DE MAGIA
Quien sospecha que alguien tiene mal de ojo,
hace que se le descomponga el ojo a ese alguien.
Quien desconfía del río
lo hace sonar
aunque piedras no lleve.
Así funcionan los hechizos.
La hechicera dice:
Sapo, ahora eres una piedra.
Y el sapo se confunde
se pregunta qué es ser un verdadero sapo
se acurruca en sí mismo
y se lo lleva el río.
(María Alejandra Buelvas Badrán, Colombia, Montelíbano,
24 de marzo de 1995)
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HERIDA
Alguien enrolló un alambre
Alrededor del cerezo,
Hiriéndolo profundamente sin piedad,
Pues no sabía que a un cerezo se le podía herir
(Sócrates decía, me parece, que los hombres pueden ser
malos
Por su ignorancia),
Y de él empezó a sangrar abundantemente un líquido
pegajoso
De color marrón, semejante al ámbar,
Como el de un animal apuñalado, no el de un árbol.
En pleno verano sus hojas han palidecido
Como si de tanto dolor hubieran mudado el rostro.
Después de descubrir el alambre
“Nuestro cerezo se está muriendo”, dijiste, como si de un
familiar se tratara,
Y empezaste a extraerlo despacio,
Con cuidado para no hacerlo sufrir,
Observándolo, de vez en cuando, con la mirada
Para comprobar si la operación le dolía.
“¿Crees que se salvará?”, me preguntaste al final.
“Claro que sí”, te contesté,
A sabiendas de que el cerezo nos escuchaba.
(Ana Blandiana, Rumanía, Timișoara, 24 de marzo de 1995)
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¿POR QUÉ SI DIGO PÁJARO
me enciendo
y cuando digo ave me intimido?
Digo pájaros y pienso
en vuelos cortos,
no en migraciones,
en los esfuerzos para hacerse un nido;
digo pájaro y me embosco,
me enarbolo
y me ensombrezco,
y al decir ave me remonto,
pierdo la sombra y subo,
subo,
y sólo la curvatura de la tierra,
que no siento,
corrige
este elevarme sin descanso, traduciendo
el ave que hay en mí en un pájaro
que busca, en otro clima, un árbol.
(Fabio Morábito, Egipto, Alejandría, 21 de febrero de 1955)
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LA PLENITUD
A Mercedes Araujo
Hay una historia que quiero contarte: a veces,
en medio del bosque abrupto y solitario, crece un árbol
demasiado delicado y tímido para sobrevivir sin que las
ramas
se tuerzan, decaigan, pierdan fuerza cada día,
como si no hubiera nacido preparado
para enfrentar la dificultad del suelo áspero y las plagas,
y su propia debilidad lo llevara a empequeñecerse
hasta casi desaparecer, tapado por una vegetación
que pareciera nutrirse de la audacia
que a él le falta. Pero una sola vez en toda su vida
–que no es larga– florece. Sucede en la estación de las
lluvias,
y su flor es la más extraña que pueda concebirse,
no necesariamente bella ni cargada de polen.
Me dirás que ceder lo más valioso que se tiene
a una forma de vida que explota y se retrae en unas horas
no es un acto razonable, que es mejor la lenta construcción
de una fuerza que no pueda doblegarse y se sostenga
en lo que acumula año tras año. Sin embargo,
imagino que no debe existir nada más hermoso de ver
que ese momento de plenitud, cuando la materia que
parece vencida
ofrece todo su poder de una vez a un mundo
que no lo necesita ni lo espera, para después retirarse,
como si el bosque fuera un cuerpo amado
e indiferente al que va liberando suavemente de su abrazo.
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Yo quisiera ser así, capaz de soportar la plenitud
sin anhelar la abundancia. Que eso sea todo:
el puro deseo de dejar lo poco o mucho que se tiene
a quien se ama, aunque no le haga falta,
y vivir por un rato rodeada de las cosas que realmente le
importan:
las tormentas, los animales feroces, la exuberancia del
verano.
(Claudia Masin, Argentina, Resistencia, 13 de mayo de 1972)
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