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La Cueva de La Boca

Historia de la cueva natural de Santiago, Nuevo León

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Imagen 1. Cueva de la Boca vista desde el sudoeste. Enrique Tovar, agosto de 2021.

La cueva de la Boca. Santiago, Nuevo León


Dr. Enrique Tovar Esquivel
Centro INAH-Nuevo León

Uno de los lugares naturales más conocidos y visitados en las cercanías de Monterrey, es la
cueva de la Boca. Ubicada al sureste de la capital regiomontana, la cueva ofrece una
espectacular entrada natural que es complementada con la salida al atardecer de miles de
murciélagos entre marzo y octubre; para llegar a ella, es necesario recorrer casi 42 km
tomando la carretera Monterrey-Santiago (ruta 85), para luego desviarse en la carretera La
Cortina (ruta 35), misma que nos llevará al sitio natural.

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Conocida en el siglo XIX simplemente como “la cueva”, hoy día ostenta varios nombres, si
no es llamada gruta de Santiago, escucharemos que es nombrada como cueva de los
murciélagos, algunos más (los menos), dirán que es la gruta de la ermita, y hay incluso
quienes la conocen como cueva de Agapito Treviño; pocos saben su nombre oficial: cueva
de la Boca.

Cada uno de esos nombres tiene un sustento geográfico, biológico, histórico, mítico y
simbólico; esta riqueza nominal tiene mucho que ver con el halo de misterio que despierta su
singular entrada. Riqueza nominal que no poseen otras cuevas en el Estado, por lo que no
resulta vano reconocer el origen de cada uno de esos nombres, ya que representan una parte
y/o un periodo temporal de la cueva misma.

Epítetos para una cueva

Empecemos por el nombre de gruta de Santiago, llamada de esta manera por asociación; es
decir, por pertenecer al territorio que hoy conforma al municipio de Santiago, Nuevo León.
Nominación, por cierto, muy reciente y sin mayor misterio.

Otra nominación contemporánea a la anterior, es la de cueva de Agapito Treviño, ésta


pertenece al ámbito del folclor, toda vez que se tiene por tradición que el lugar fue utilizado
por el conocido ladrón Agapito Treviño alias “Caballo Blanco”, para esconder el producto
de sus robos después de haber repartido una fracción del mismo entre los pobres. Con su
fusilamiento en 1854 comenzó a difundirse la creencia que sus ilícitas y “jugosas” ganancias
quedaron escondidas al interior de una cueva en el cerro de la Silla; aunque la realidad registre
que entre los bienes robados tan solo había caballos, mulas, pistolas, espadas, espuelas,
riendas, sillas de montar, cuartas, chaquetas y otras prendas de vestir como zapatos, jorongos,
además de piloncillo y costales de naranjas y dinero cuyas sumas oscilaban entre los seis a
21 pesos. También cabe aclarar que la tradición oral solo menciona una cueva en el cerro de
la Silla sin especificar cuál era de todas las que existen en el cerro. Hasta tiempos recientes
la cueva de la Boca comenzó a ser relacionada con el bandolero y su “tesoro” escondido.

Conocida también como cueva de la Ermita, es probable que el nombre lo adoptara a raíz de
un intento de construirse una capilla a Nuestra Señora de Guadalupe en 1849 por solicitud de
Rafael Alanís. Años atrás, para ser precisos, en 1838, algunos habitantes de Cadereyta
Jiménez señalaban que, “según tradición de los habitantes de la Villa de Santiago”, en
tiempos antiguos, la espaciosa caverna fue “solitaria mansión de algunos de aquellos
candidísimos y justos hombres que había en estos pueblos, que retirados al silencio lúgubre
de esta cabaña (refiriéndose a la cueva), se propusieron pasar en ella una vida austera,
contemplativa y eremítica, a que convida la localidad de esta montaña”.

Estas vivencias eremíticas impregnaron a la cueva de una religiosidad tal que dejó su
impronta en la tradición oral, al punto de creerse que ese espacio cavernoso fue usado por
fray Margil de Jesús para dar una misa, lo cierto es que dicho fraile llegó a la villa de Santiago
en 1714 y ahí debió ofrecer la mencionada ceremonia.

Uno de los nombres con más arraigo en la actualidad es el de cueva de los murciélagos, por
ser el hogar de varias especies de este mamífero. Tal ha sido su relevancia ecológica en la
actualidad que la cueva fue declarada santuario. Existía una colonia de más de cinco millones
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de murciélagos guaneros que consumían hasta 50 toneladas de insectos en una sola noche,
generando un equilibrio natural al consumirlos, lamentablemente, hoy día, su colonia se ha
reducido a menos de cien mil, siendo su consumo de apenas una tonelada de insectos. No es
posible precisar la presencia de esta especie voladora en el tiempo, pero se conoce que los
murciélagos que habitan la cueva son de carácter migratorio, pues llegan en marzo y migran
en octubre y se tiene registro documentado de su existencia en 1838.

Ahora bien, el nombre oficial de la cueva es “de la Boca”. Se cree que el nombre deviene del
que posee la presa Rodrigo Gómez y que la vox populi llama presa de la Boca (construida
entre 1961 y 1963) y eso es un error. Su origen es más antiguo de lo que se imagina.

Primero, es necesario entender que “Boca”, entre sus distintas acepciones, significa
“Entrada”; término que describe con precisión el ingreso al accidente geográfico que corta a
la cordillera o cauda del cerro de la Silla; es decir, la entrada a la boca del cañón. De esta
manera, el nombre de la cueva de la Boca lo debe a la entrada del cañón donde se encuentra,
y éste último recibió su nombre a los pocos años de fundarse la población de Santiago a
mediados del siglo XVII, llamándosele “Boca de San Juan”, por correr a través de él, un río
con ese nombre. Así se mantuvo por más de 150 años hasta que el nombre de “Boca” fue
registrado por primera vez al ser levantado el mapa de la villa de Santiago en 1838.

Mapa de la villa de Santiago. Anónimo, 1838.

La cueva en la primera mitad del siglo XIX

Con motivo de la formación de una estadística nacional, el gobierno de la República


Mexicana solicitó la elaboración de un censo que describiera aspectos poblacionales,

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geográficos, históricos y económicos de cada municipio del país. Fue gracias a esa petición
que se describió por vez primera la existencia de la cueva en el Censo y estadística de la villa
de Santiago de 1838.

En el censo se anexó un interesante mapa anónimo del municipio de Santiago, donde aparece
delineada la cabecera municipal, esto es: la villa de Santiago. Al sudoeste, aparece la la Sierra
Madre y al noreste, el cerro de la Silla. En la parte superior del mapa fue dibujada la “Rosa
de los Vientos”, indicando la dirección de los puntos cardinales. En su extremo izquierdo le
acompaña una escala en leguas (equivalente a 4.19 km aproximadamente) El mapa lo
complementa una cartela que ocupa casi el 50% del espacio representado.

La boca de San Juan en el cerro de la Silla. Detalle del Mapa de la villa de Santiago. Anónimo, 1838.

En la parte media de la dicha cartela aparece en primera línea el texto “La Boca de San Juan
en el cerro de la Silla” antecedido por el símbolo de una “Y” invertida flanqueada por dos
líneas ondulantes. La “Y” invertida indica la unión de 13 arroyos que nacen en la Sierra
Madre y que se unen para darle nacimiento al río San Juan “que pasa al pie de la caverna”.

Además, el mapa resulta de gran interés por representar geográficamente la entrada a la cueva
de la Boca, y para que no hubiera duda alguna de su representación, se escribió en la parte
superior “la cueba”. Agreguemos que su nominación “la Boca” todavía no figuraba en
aquellos días, ésta debió ser posterior, trasladándose el nombre de la entrada del cañón a la
ya mencionada caverna.

“La cueba”. Detalle del Mapa de la villa de Santiago. Anónimo, 1838.

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La boca de la cueva

Mirando el dibujo que se hizo de la entrada de la cueva en el mapa de 1838, éste la muestra
como una figura geométrica casi cuadrada. El Censo… de Santiago apunta que no se tenían
noticias precisas de sus medidas, “por no contar hasta ahora reconocimiento fijo de perito y
sólo se dirá que tiene de alto en la puerta cosa de 29 a 30 varas (25.11 a 25.98 m.) y de ancho
como de 16 a 18” varas (13.85 a 15.58 m.). Recordemos que estos observadores del pasado
lo hacían, como dice el dicho, “a ojo de buen cubero”; es decir, midiendo de manera
imprecisa, sin la ayuda de algún instrumento de medición.

Sorpresivamente, no es la única medición que se tiene del contorno de la entrada de la cueva


para ese año, unas Noticias estadísticas de la Ciudad de Cadereyta Jiménez levantadas por
el mismo motivo que la villa de Santiago, también ofrecen una descripción del espacio
cavernoso incluso más detallado. El claro de la puerta –señalan las Noticias…- tiene 35 varas
(30.31 m) de alto y 22 varas (19 m) de ancho. Como se puede observar, las medidas de uno
y otro documento son muy cercanas.

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A las medidas anotadas en las Noticias… de Cadereyta, añaden una interesante descripción:
“Los largueros de sus muros están a plomo y su cerramiento o capialzado es plano y tirado a
nivel. A dichos largueros los forman una capa o cordillera de peña viva blanquecinas, del
grueso de vara o poco más, que, procediendo orientalmente, paralelas de lo interior de la
cueva, rematan con igualdad y a plomo en el marco, de suerte que parece que el Supremo
Hacedor, quiso en este sitio dejar un diseño asombroso de arquitectura para que les sirviera
de modelo a los hombres”.

Este marco monumental de la naturaleza ya no fue objeto de estudio en lo que restó del siglo
XIX y primera mitad del siglo XX. Fue la exploración de un grupo norteamericano en abril
de 1966 el que consignó información valiosa sobre la cueva. En el informe redactado por
John Fish para el Boletín de la asociación para el Estudio de Cuevas Mexicanas refirió que
la entrada era “aproximadamente un cuadrado, de 100 pies (30.48 m.) de lado”. Una vez más,
es un cálculo aproximado de sus dimensiones y que, hasta el día de hoy, no se ha resuelto;
pues no obstante que distintos foros de internet han difundido (sin aclarar la fuente) que las
medidas de la cueva son 40 m de alto por 30 m de ancho, ninguna aporta la fuente.

La cueva de la Boca

Para llegar a la cueva, dicen las Noticias… de Cadereyta, debía caminarse desde el plan del
río a su entrada, unas 80 varas (69.2 m); aunque el Censo… de Santiago anota que se
requieren de 200 a 250 varas (173.2 a 216.5 m), sin indicar el punto de partida. Hoy día, de
la orilla de la carretera La Cortina (Ruta 35) a su entrada son aproximadamente 183 metros.

Ciertamente, todos los que han ido a la cueva de la Boca conocen la entrada monumental de
la misma, pero son pocos quienes han ingresado a ella, menos aun los que han ofrecido una
descripción de su interior. Es por ello que resulta de gran valor que algunas de las visitas a la
cueva de la Boca hayan generado apuntes y/o descripciones de su interior, tal es el caso del
Censo… de Santiago, revelándonos que la espaciosa caverna estaba compuesta “de cuatro o
cinco salones”, que su altura era grande, aunque no podían precisar cuánto.

Las Noticias… de Cadereyta, son más específicas. La razón es que la cueva fue visitada con
anterioridad “por muchos sabios naturalistas, entre ellos el ilustrísimo señor doctor don
Primo Feliciano Marín, dignísimo obispo que fue de Monterrey (entre 1802 y 1815); el señor
doctor don Domingo de Ugarte, maestre escuela de la catedral de la misma ciudad; el señor
doctor don Miguel Ignacio de Zárate, doctoral de la misma; el señor licenciado don Alejandro
Treviño, presidente que fue del Tribunal de Justicia de este Departamento”; algunos de ellos
escribieron sus observaciones y que fueron usadas para describir la cueva por la Comisión
encargada de realizar las Noticias… de Cadereyta.

Asientan que es “una grande cueva o caverna, que tiene este mismo cerro en la parte oriental
de la boca y como en la mitad de su centro; pero de tal suerte colocada y quedando tal simetría
y proporción la puerta en su facha principal, que al tiempo mismo que sorprende el ánimo
del espectador, lo hace conducir en su detenida observación, a reflexiones muy sólidas y
profundas”, y aunque expresaban que era un diseño del “Supremo Hacedor”, también

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escriben que su gran puerta estaba “como labrada a mano” ¡cual obra humana! Ni una ni otra,
una gran obra de la naturaleza.

“El cerramiento o capialzado de esta puerta (la entrada) es un cielo raso, que corre por toda
la cueva, sostenido en sus paredes laterales como una bóveda plana, y formada de una peña
grande, lisa y gruesa, como de seis varas (5.16 m), toda de una pieza que, prolongándose
hasta más de noventa varas (77.94 m) a lo interior, cubre su techo con esta distancia; su mayor
latitud es como de 32 varas (27.71 m), desde las 90 varas (77.94 m) a lo interior, hasta 130
varas (112.58 m)”.

“Tiene la peña algunas hendiduras por las que destila comúnmente el agua que en varios
depósitos encierra la eminencia del cerro. Hasta esta distancia entra la luz del día y desde allí
pierde su rectitud el cañón y se dirige hacia la izquierda respecto del observador; se percibe
que a distancia de como de 15 varas (12.99) más, en el mismo cañón del lado izquierdo, cae
de lo alto un grueso chorro de agua que allí mismo se resume”.

“El piso de esta cueva es desigual, pues desde la puerta se ve que va subiendo el suelo a
distancia de 30 varas (25.98 m) y forma allí una altura como de 12 varas (10.39 m), la cual
impide ciertamente, que le dé de lleno a estos soberbios salones todo el golpe de la luz que
entra por la puerta”.

Añaden que hasta ese momento (1838), no se había podido reconocer la profundidad y
extensión de esa gran cueva. Aunque en lo más interior de la cueva se teñía de un color verde
oscuro y advertían que de las hendiduras que filtraban el agua pendían algunos guijarros,
“más o menos largos de tierra petrificada”; es decir, identificaron estalactitas.

Invitados en rancho de Santiago-Zona de pesca. Monterrey, México, No. 92 (Facebook: Monterrey en el Ayer).

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La exploración de 1966

Tuvieron que pasar 128 años para que se registrara una nueva incursión al interior de la cueva.
El grupo que la exploró estuvo integrado por Ed Alexander, Bob Burnett, Susan Loving y
John Fish, éste último entregó un reporte, como ya se mencionó, al Boletín de la Asociación
para el Estudio de Cuevas Mexicanas en abril de 1966. Es acaso con este grupo que por vez
primera se realiza un plano del interior de la cueva de la Boca.
La visita a la cueva de la Boca la realizaron la mañana del primer domingo de abril,
comenzaron a mapear “en un punto a 700 pies (213.36 m.) atrás en la cueva (final del estudio
anterior) donde una cúpula de 50 pies (15.24 m.) de diámetro se extiende completamente
fuera de la vista, incluso con una linterna. Después de unos 300 pies (91.44 m.) más de pasaje,
llegamos a una habitación de 140 pies (42.67 m.) de diámetro sin techo visible. Como este
era el final del pasaje horizontal, comenzamos a trazar el mapa de la pared. Los mexicanos
han construido una torre de 110 pies (33.52 m) de altura cerca del muro para tener acceso a
los depósitos de fosfato de arriba. Desde lo alto de la torre escalamos las paredes hasta que
Bob y Jim llegaron a un punto a 376 pies (114.60 m.) sobre el piso donde será necesario
equipo técnico. Una linterna de tres celdas seguía sin revelar ninguna señal del techo”.

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En ese mismo año y publicado en el mismo Boletín…, William H. Russell y Terry W. Raines,
añadieron que la cueva de la Boca era de naturaleza freática profunda y era “esencialmente
un gran pasaje en lugares de más de 400 pies de altura,” compuesta por piedra caliza de gran
espesor, tenía, sin duda, “grandes cuevas adicionales, pero el terreno accidentado dificulta el
acceso”.

A finales de 1966, otro grupo compuesto por Jerry Broadus, Joseph Cepeda, Bob Richardson,
Cindy Tracy y Terry Raines realizaron una exploración donde simplemente hicieron una
colección de insectos (escarabajos, milpiés y arañas, entre otros). Cabe apuntar que mientras
se realizaron estas exploraciones, la cueva era utilizada como mina.

Como atractivo natural y como espacio productivo, la cueva recibió durante la segunda mitad
del siglo XX y principios del XXI a numerosos visitantes, curiosos y amantes de la
naturaleza, sobre todo, por un evento que no ha dejado de asombrar a quienes llegan a
contemplarlo: la salida de los murciélagos al atardecer.

Y esto me hace retornar las reflexiones vertidas en las Noticias... de Cadereyta (1838): “Estas
grandes obras de la naturaleza, que sin duda la mano providente del artífice supremo quiso
hacerla de este modo, no solo para ostentación de la omnipotencia y sabiduría, sino también
para que fuesen en algún modo útiles y provechosas a los hombres”, y una de esas formas de
beneficiar la cueva fue utilizarla como mina.

La cueva como mina

A mediados del siglo XX, la cueva de la Boca fue aprovechada para extraer minerales, uno
de ellos era la barita, empleada para la industria petroquímica principalmente. En una
entrevista realizada por Rubí Hernández y Hernán Palma al señor Juan Góngora en 2012,
éste último señalaba que el mineral era extraído mediante “un taladrote” para luego llevarlo
en una canastilla y procesarlo al exterior de la cueva. “A los ocho o diez días llenaban un
camión” para luego refinarlo en Monterrey, añadiendo que “ya después lo abandonaron”.

Otro de los materiales extraídos era la fosforita, usada principalmente como fertilizante,
aunque también es utilizada para la manufactura de pólvora, motivo por el cual, desde el siglo
XIX (1838), la cueva era visitada por los coheteros para extraer una “materia salinosa”, de la
que se servían para la hechura de la pólvora.

Los mineros construyeron al interior una torre de 110 pies (33.52 m) de altura cerca del muro
para tener acceso a los depósitos de fosfato superiores, informaba John Fish en diciembre de
1966; Terry Raines, fue más amplio en su informe, reportó en abril de ese año que existía
una torre nueva de 110 pies (33.52 m) “paralela a la antigua, que da acceso a las operaciones
de extracción de fosfato en los niveles superiores de la cueva. La torre está hecha de acero y
se ve muy superior a la vieja, ruinosa, podrida, de madera que tiene al costado”.

Añadieron que “como es característico de muchas estructuras mineras mexicanas, se


construyó lo más barato posible: el ángulo de hierro de mayor tamaño utilizado tenía solo 1/8
de pulgada de espesor. Como soporte lateral se utilizó la antigua torre y varias formaciones
a lo largo del camino. En el medio, estaba fuera de la alineación vertical en más de 2 pies
(.60 m). Para hacer posible la escalada, se sujetaron secciones de la escalera con alambre para

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achicar, y este mismo alambre también se usó hacia la parte superior de la torre cuando se
agotó el suministro de hierro angular.

“Habitación” de 42.67 m de diámetro sin techo visible. Informe de Fish (1966).

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Un informante que aparece en la obra Voces y Ecos de Santiago, Nuevo León (2002) recuerda
esa “habitación” sin techo visible: “En el primer salón donde hace la curva así, hay un agujero
en forma de torre. Decían también los mineros que ellos se subían allá y una vez pusieron
unas 5 o 6 escaleras de esas de fierro y anduvieron sacando material”.

Lo que tenía por cierto dicho informante es que esa cueva natural “la utilizaron como mina
de fosforita, la cual fue abandonada por incosteable hace como 10 años o más (1992 aprox.),
la dejaron de explotar y ahí están los cables de un panorámico y está todo…”. Sabía por voz
de otros, que “adentro hay muchos pozos que hicieron los mineros… son como dos cuadras,
es un salón así recto y otro a la izquierda y luego allá dentro hay una roca muy grande, le da
vuelta uno a la roca y ya viene de regreso”.

Después de ser abandonada la actividad minera, quedaron testigos de sus trabajos: material
rocoso suelto, tiros de mina y restos de maquinaria. Fue entonces que los murciélagos, sus
antiguos ocupantes, volvieron a multiplicarse entre sus techos, oquedades y rincones.

Los murciélagos: sus más asiduos residentes

Como se apuntó líneas arriba, en 1838 se registró que estos mamíferos tenían “fijado su
domicilio” en esa gran cavidad, siendo su número “casi infinito”. Su presencia en ese
cavernoso espacio debe remontarse aún más allá de la llegada de los primeros españoles en
el territorio.

Aunque la presencia de los murciélagos en la cueva de la Boca debe remontarse tal vez
cientos de años, lo cierto es que la primera noticia que se tiene sobre su presencia en dicho
espacio cavernoso, es de 1838.

En esos tiempos se observó que al ponerse el sol salían de la cueva “en número tan copioso
e innumerable”, que nublaban todo el ámbito de la boca y se diseminaban por todos rumbos,
“como animales nocturnos a hacer su caza de insectos, de que se mantienen; y al amanecer
regresan en la misma forma, buscando sus madrigueras en lo más interior y obscuro de la
cueva, así como vemos lo hacen en los techos de las fincas urbanas, en donde hay la desgracia
de que se amadriguen”. Esta descripción del pasado pareciera ser una narración del presente.

El guano: un ingrediente ideal para la pólvora

Tal cantidad de murciélagos debían producir, naturalmente, una igual cantidad de heces,
mejor conocidas como guano. Su estiércol, -se lee en las Noticias… de Cadereyta en 1838-
se percibía desde la entrada de la cueva “hasta cubrir toda la extensión del suelo”,
aumentando su volumen conforme se avanzaba al interior de ella, engrosándose “y formando
altos y prominencias, que parecen lomas, de suerte que hasta la distancia de 62 varas (53.69
m), venciendo la fetidez que despide el estercolar, puede uno internarse, aunque con la
dificultad de andar sumido hasta la rodilla dentro del estiércol que por su antigüedad está tan
desecho, que se ha pulverizado; y como para más a lo interior se presentan los obstáculos,
tanto de las aguas que filtra, como de lo más elevado de los estercolares, en que tanto se
dificulta el poder andar, y mucho más por la corrupción que se exhala”.

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El guano era otro ingrediente ideal para la pólvora de los coheteros de la región; si no
recogían la materia salinosa (fosfatos) “para la hechura de pólvora”, podían recurrir al empleo
de la materia fecal debido al alto nivel de fósforo y nitrógeno que poseen; además, posee otra
propiedad que no era desaprovechada: su posibilidad de usarlo como fertilizante. El
informante Juan Góngora (2012) afirmaba que la gente lo juntaba para venderlo, “para hacer
abono para las plantas o los árboles, se revuelve con otras para hacer químicos”.

La historia de la cueva de la Boca seguirá creando nuevas leyendas, continuará despertando


la curiosidad de la gente y maravillando a sus visitantes y con un poco de fortuna, algún viejo
informe nos abrirá la senda de nuevas historias de uno de los atractivos naturales más bellos
del Estado de Nuevo León.

Referencias:

Archivo Histórico Municipal, Actas de Cabildo, vol. 028, exp. 1849/078, 26 de noviembre
de 1849, p. 3; y Actas de Cabildo, vol. 001, exp. 1694/002, 10 de mayo de 1694, p. 1.
Censo y estadística de la villa de Santiago, Villa de Santiago, manuscrito, año de 1838.
Derbez, Edmundo, “Agapito Treviño ‘Caballo blanco’”, en ATISBO, Monterrey, No. 45,
2013, pp. 32-37.
Hernández del Castillo, Rubí, “Tradición oral”, en Santiago, Monterrey, CONARTE, 2014.
Moreno Valdez, Arnulfo, Murciélagos en Nuevo León. Nuestros invaluables aliados,
Monterrey, Impresora Monterrey, 1996.
Noticias estadísticas de la Ciudad de Cadereyta Jiménez en el Departamento de Nuevo León,
formadas conforme la suprema orden de 9 de mayo del corriente año de 1838, por una
Comisión que al efecto nombró el muy ilustre Ayuntamiento de la misma, Cadereyta Jiménez,
manuscrito, año de 1840.
Fish, John (reportado por), “Informes de viaje: Monterrey, Nuevo León”, en The Association
for Mexican Cave Studies Newsletter, vol. II, no. 2, marzo-abril de 1966, p. 22.
Raines, Terry (reportado por), “Informes de viaje: Cañón de la Huasteca, Nuevo León”, en
The Association for Mexican Cave Studies Newsletter, vol. II, no. 6, noviembre-diciembre de
1968, p. 143.

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