NUESTRA VOCACIÓN DE ESPOSAS Y MADRES
Convivencia de señoras
28 de MAYO 2022
Cada convivencia es un momento muy especial para reorientar de nuevo nuestra vida
hacia el Señor de un modo más consciente y real. Hoy, en concreto, tomando algunas
ideas de fichas meditadas y palabras del Papa pronunciadas recientemente, trataremos
de enamorarnos de nuevo de la vocación tan grande y hermosa a la que el Señor nos ha
llamado: nuestra vocación de esposas y madres. Repasemos el ideal al que estamos
llamadas, todas, las que por la gracia de Dios todavía gozamos de la presencia de nuestros
esposos y también aquellas que, sin la presencia física de sus esposos, cuentan con su
apoyo desde el cielo. Todas estamos llamadas a ir haciendo cada vez más realidad en
nuestras vidas este ideal de amor que es el matrimonio cristiano y a ayudar a muchas
otras esposas a descubrirlo y vivirlo. Nuestros hijos y nietos esperan asimismo nuestro
testimonio y aliento.
Estamos culminando los 40 días posteriores a la Pascua y nos vendría bien seguir
repasando este gran Misterio que tiene un mensaje para nuestra vida. De ahí la
invitación a que, al menos estos días, dediquemos tiempo a la contemplación y
meditación del misterio central de nuestra identidad cristiana a la vez que manifestación
plena de la misericordia de Dios.
San Juan de Ávila nos diría: “Si no meditáis y oráis contemplando la Pasión de Jesús ¿qué
meditáis, que oráis y que contempláis?”. El santo invitaba además a no contemplarla
como meros espectadores, sino a “revivir” con Cristo esos momentos:
“tomad en vuestro corazón un paso de la pasión como si estuvieseis allí presente…
en cada paso o misterio considerad quién padece, de quién, y por quién… cuántos
dolores, penas, escarnios… cuán grande beneficio recibís, para que lo agradezcáis;
con qué humildad, mansedumbre, paciencia, obediencia, para que le imitéis; el
amor con qué padeció, para que le améis… cuánta necesidad teníades de su
pasión… cuántos frutos salieron de aquel árbol de vida”
En estos misterios tenemos que descubrir ante todo las dimensiones del amor de Dios,
pero también las dimensiones que tiene que alcanzar nuestro amor. Allí tenemos que
aprender las mejores lecciones de cómo tenemos que amar. Y esto no solamente en
Semana Santa.
Uno de esos detalles: el lavatorio de los pies.
Recreemos este momento también hoy, en esta convivencia: “Jesús también se pone -
para sorpresa nuestra- de rodillas delante de nosotros: y nos limpia los pies y nos los besa.
Es el amor de Jesús el que nos lava, que nos purifica, para hacernos capaces de Dios, para
sentarnos a la mesa.
Jesús asume esa condición de “esclavo de amor” para limpiarnos, se hace esclavo nuestro
por amor, el Amor se hace esclavo.1
Otro detalle: El mandamiento del Amor:
Consideremos dos elementos esenciales de este mandamiento: el amor de Jesús por
nosotros —así como yo los he amado— y el amor que Él nos pide que vivamos —ámense
los unos a los otros.
Ante todo, como yo los he amado. ¿Cómo nos ha amado Jesús? Hasta el extremo, hasta
la entrega total de sí. Impacta ver que pronuncia estas palabras en una noche sombría,
mientras el clima que se respira en el cenáculo está cargado de emoción y preocupación.
Emoción porque el Maestro está a punto de despedirse de sus discípulos. Preocupación
porque anuncia que precisamente uno de ellos lo traicionará. Podemos imaginar qué
dolor tendría Jesús en su alma, qué oscuridad se acumulaba en el corazón de los
apóstoles, y qué amargura ver a Judas que, después de haber recibido del Maestro el
bocado mojado en su plato, salía de la sala para adentrarse en la noche de la traición. Y,
justo en la hora de la traición, Jesús confirmó el amor por los suyos. Porque en las tinieblas
y en las tempestades de la vida lo esencial es que Dios nos ama.
Hermanos, hermanas, que este anuncio sea central en la profesión y en las expresiones
de nuestra fe: «no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos
amó primero» (1 Jn 4,10). No lo olvidemos nunca. No son nuestros talentos, nuestros
méritos los que están en el centro, sino el amor incondicional y gratuito de Dios, que no
hemos merecido. En el origen de nuestro ser cristianos no están las doctrinas y las obras,
sino el asombro de descubrirnos amados, antes de cualquier respuesta que nosotros
podamos dar. Mientras el mundo quiere frecuentemente convencernos de que sólo
valemos si producimos resultados, el Evangelio nos recuerda la verdad de la vida: somos
amados. Y este es nuestro valor, somos amados. Un maestro espiritual de nuestro tiempo
escribió: «Antes de que cualquier ser humano nos viera, hemos sido mirados por los
amorosos ojos de Dios. Antes de que alguien nos escuchara llorar o reír, hemos sido
escuchados por nuestro Dios, que es todo oídos para nosotros. Antes de que alguien en
este mundo nos hablara, la voz del amor eterno ya nos hablaba» (H. Nouwen, Sentirsi
amati, Brescia 1997, 50). Él nos amó primero, Él nos esperó. Él nos ama y sigue
amándonos. Esta es nuestra identidad: somos amados por Dios. Esta es nuestra fuerza:
somos amados por Dios.
Esta verdad nos pide una conversión en relación con la idea que a menudo tenemos sobre
la santidad. A veces, insistiendo demasiado sobre nuestro esfuerzo por realizar obras
1
Tomado de la ficha: Meditación para el Jueves Santo
buenas, hemos erigido un ideal de santidad basado excesivamente en nosotros mismos,
en el heroísmo personal, en la capacidad de renuncia, en sacrificarse para conquistar un
premio. Es una visión a menudo demasiado pelagiana de la vida y de la santidad. De ese
modo, hemos hecho de la santidad una meta inalcanzable, la hemos separado de la vida
de todos los días, en vez de buscarla y abrazarla en la cotidianidad, en el polvo del camino,
en los afanes de la vida concreta y, como decía Teresa de Ávila a sus hermanas, “entre los
pucheros de la cocina”. Ser discípulos de Jesús es caminar por la vía de la santidad y, ante
todo, dejarse transfigurar por la fuerza del amor de Dios. No olvidemos la primacía de
Dios sobre el yo, del Espíritu sobre la carne, de la gracia sobre las obras. A veces nosotros
damos más valor, más importancia al yo, a la carne y a las obras. No. Primacía de Dios
sobre el yo, primacía del Espíritu sobre la carne, primacía de la gracia sobre las obras. 2
Y luego, resucitado: «¿Me quieres?» (vv. 15.16). Hoy el Resucitado nos lo pregunta
también a nosotros: ¿Me quieres? Porque en la Pascua quiere que resurja también
nuestro corazón; porque la fe no es una cuestión de saber, sino de amor. ¿Me quieres?,
te pregunta Jesús a ti, a mí, a nosotros, que tenemos las redes vacías y muchas veces
tenemos miedo de recomenzar; a ti, a mí, a todos nosotros, que no tenemos el valor de
zambullirnos y quizás hemos perdido empuje. ¿Me quieres?, pregunta Jesús. Desde
entonces, Pedro dejó de pescar para siempre y se dedicó al servicio de Dios y de los
hermanos, hasta entregar su vida. Y nosotras, ¿queremos amar a Jesús? 3
Desarrollo y maduración del amor caridad.
Si la respuesta es afirmativa inevitablemente debemos crecer en el amor. Todo esto se
realiza en un camino de permanente crecimiento. Esta forma tan particular de amor que
es el matrimonio, está llamada a una constante maduración, porque hay que aplicarle
siempre aquello que santo Tomás de Aquino decía de la caridad: «La caridad, en razón de
su naturaleza, no tiene límite de aumento, ya que es una participación de la infinita
caridad, que es el Espíritu Santo [...] Tampoco por parte del sujeto se le puede prefijar un
límite, porque al crecer la caridad, sobrecrece también la capacidad para un aumento
superior». San Pablo exhortaba con fuerza: «Que el Señor os haga progresar y
sobreabundar en el amor de unos con otros» (1 Ts 3,12); y añade: «En cuanto al amor
mutuo [...] os exhortamos, hermanos, a que sigáis progresando más y más» (1 Ts 4,9-10).
Más y más. El amor matrimonial no se cuida ante todo hablando de la indisolubilidad
como una obligación, o repitiendo una doctrina, sino afianzándolo gracias a un
crecimiento constante bajo el impulso de la gracia. El amor que no crece comienza a
correr riesgos, y sólo podemos crecer respondiendo a la gracia divina con más actos de
amor, con actos de cariño más frecuentes, más intensos, más generosos, más tiernos,
más alegres....»4
2
Papa Francisco. Homilía mayo 15-2022
3
Regina Caeli. 1 de mayo 2022
4
Amoris Laetitia n. 134
Cómo va nuestra vocación de esposas y madres
✓ Veo mi vocación como una llamada de amor a entregarme en la cruz, como Jesús,
por aquellos a quienes Dio me ha encargado?
✓ Aún me da “miedo” considerarme “esclava por amor”? en qué cosas?
✓ Sé cuáles son esos detalles de “cruz” que puedo ofrecer? Estoy convencida de que
ofreciéndolos por amor, esos detalles, me purifican y redimen a los míos?
✓ Recurro constantemente a recordar y agradecer los detalles cotidianos que tiene
el Señor conmigo? Qué tan frecuentemente?
✓ Cómo va el “encargarse amorosamente del otro? En qué detalles puedo afinar?
✓ Con qué detalles puedo cuidar mucho en mi familia el ambiente de ternura y
comprensión
✓ Soy un ejemplo eficaz para la santidad de los míos? En qué cosas no lo soy?
✓ Cómo vivo la mansedumbre, la diligencia, el dominio de los sentidos?
✓ A qué me parezco más: a un ángel o a un gendarme? En qué detalles?
✓ Apruebo el mal o la mediocridad en los míos por debilidad o indiferencia? Qué
hago para ayudarles a elevar?
✓ Qué hago para olvidarme de mis propios puntos de vista y preferencias?
✓ Me parezco a una esposa y madre rencillosa que es como una casa con goteras en
invierno? En qué ocasiones?
✓ Qué atenciones y delicadezas puedo aumentar?
✓ Le he quitado importancia a esas cosas que hay en mí que incomodan a los míos?
A cuáles?
En estos días celebramos la “Ascensión” del Señor a los Cielos:
El Jesús que se despide no va a alguna parte en un astro lejano. Él entra en la comunión
de vida y poder con el Dios viviente, en la situación de superioridad de Dios sobre todo
espacio. Por eso «no se ha marchado», sino que, en virtud del mismo poder de Dios,
ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros. En los discursos de
despedida en el Evangelio de Juan, Jesús dice precisamente esto a sus discípulos: «Me
voy y vuelvo a vuestro lado» (14,28). Aquí está sintetizada maravillosamente la
peculiaridad del «irse» de Jesús, que es al mismo tiempo su «venir», y con eso queda
explicado también el misterio acerca de la cruz, la resurrección y la ascensión. Su irse
es precisamente así un venir, un nuevo modo de cercanía, de presencia permanente 5
Seguras de esta cercanía pidámosle que nos acompañe en esta maduración en nuestro
amor de Esposas y Madres.
5
Benedicto XVI, Jesús de Nazareth, p. 329