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sordera y educación
M. del Pilar Fernández-Viader
y Esther Pertusa Venteo (coord.)
Publicacions i Edicions
U
UNIVERSITAT DE BARCELONA
B
ÍNDICE
Presentación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11
SORDERA Y DESARROLLO
Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 15
CAPÍTULO 1
Sordera. Concepto y clasificaciones
M. Pilar Fernández-Viader . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 21
CAPÍTULO 2
Intersujetividad y acceso a la función simbólica en los niños y niñas sordos
M. Teresa Lozano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53
CAPÍTULO 3
La función reguladora del lenguaje y el desarrollo intelectual en los niños y
niñas sordos
M. Teresa Lozano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 65
CAPÍTULO 4
Comunicación preverbal y sordera
M. Pilar Fernández-Viader . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 79
CAPÍTULO 5
Adquisición de la Configuración en signantes nativos
M. Pilar Fernández-Viader, J. M. Segimon y M. J. Jarque . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 89
CAPÍTULO 6
Desarrollo social y familia
M. Pilar Fernández-Viader . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 103
CAPÍTULO 7
Adolescentes Sordos: Implicaciones de madurar en silencio
Isabel de los Reyes Rodrı́guez Ortiz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 123
CAPÍTULO 8
Mujeres y sordera
Raquel Platero . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 135
8 Índice
SORDERA Y ESCOLARIZACIÓN
Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 165
CAPÍTULO 9
La polı́tica educativa española en el último cuarto de siglo: Su incidencia en
la educación de los sordos
M. Pilar Fernández-Viader y M. V. Yarza . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 171
CAPÍTULO 10
El valor de la lengua de signos en la educación de las personas sordas
I. de los Reyes Rodrı́guez Ortiz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 191
CAPÍTULO 11
Estatuto jurı́dico de las lenguas de señas
J. Gabriel Storch de Gracia y Asensio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 215
CAPÍTULO 12
Experiencias bilingües para la educación del Sordo en Cataluña (España)
M. Pilar Fernández-Viader y M. V. Yarza . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 257
CAPÍTULO 13
Situación e historia de los sordos en la Argentina
V. Buscaglia y M. Massone . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 267
CAPÍTULO 14
Educación bilingüe para Sordos en el sur del Brasil. La experiencia de la
sordera y el camino de la ciudadania sorda
C. Skliar y Ronice Muller de Quadros . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 279
CAPÍTULO 15
La lengua escrita en el niño sordo: la escritura
E. Pertusa y M. P. Fernández-Viader . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 293
CAPÍTULO 16
La lengua escrita en las personas sordas: la lectura
E. Pertusa y M. P. Fernández-Viader . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 337
CAPÍTULO 17
Aprendizaje de las matemáticas en niñós y jóvenes sordos. Algunas recomen-
daciones para la enseñanza
M. Fuentes . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 357
CAPÍTULO 18
Respuesta educativa y Adaptaciones curriculares
E. Pertusa . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 381
El valor de la mirada: sordera y educación 9
SORDERA Y RECURSOS
Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 417
CAPÍTULO 19
Recursos personales: Profesionales y Servicios de la intervención
E. Pertusa y M. P. Fernández-Viader . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 419
CAPÍTULO 20
Las tecnologı́as de ayuda en la respuesta educativa del niño con discapacidad
auditiva
A. M. Ferrer . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 431
SORDOCEGUERA
Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 463
CAPÍTULO 21
El mundo al alcance de las manos. Una aproximación a la sordoceguera y al
tiempo de ocio de los niños
S. Colell y C. Garcı́a . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 465
Bibliografı́a . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 487
PRESENTACIÓN
SOBRE EL INTERCAMBIO DE INFORMACIÓN
INTERNACIONAL
que tienen que aprender a comunicarse con ellos a través de gestos y se esfuerzan
por entenderlos y hacerse entender a través de ellos. Pero también desde un principio
acompañan y envuelven con «palabras» cualquier actividad que realicen con ellos
–de ahı́ su denominación de «lengua materna»–. El lenguaje verbal no se utiliza en
esos primeros momentos con la pretensión de que sea comprendido y sirva de forma
inmediata como instrumento de comunicación. Pero sin ese uso del lenguaje verbal
previo a su comprensión ésta no llegarı́a nunca a producirse. Hablarles mientras se
intercambian con ellos acciones y gestos cuyo sentido ya conocen es la mejor ma-
nera de que las palabras empiecen a cobrar significado y de facilitar su apropiación
comprensiva y su posterior uso como instrumento de comunicación. No es sino una
forma de situarse «un poco por delante» para abrir para el niño o la niña nuevos ho-
rizontes de comprensión. Gracias a ello, los niños y niñas oyentes pueden acceder
poco a poco al uno del lenguaje verbal. Las primeras vocalizaciones, que acompañan
los intercambios gestuales con el adulto, se van transformando hasta convertirse en
palabras utilizadas ya con intención significativa. Inmediatamente se produce una
verdadera «explosión» del lenguaje y éste se empieza a aprender de forma vertigino-
sa (Nelson, 1973; Gregory y Mogford, 1981; Volterra y Caselli, 1985; Vila, 1990).
En el caso de que los niños o niñas sean sordos de nacimiento, es obvio que
la «lengua materna» que les debe acompañar desde un principio no puede ser oral.
Un lenguaje oral no puede de ninguna manera resultarles ajustado a sus posibilidades
perceptivas. No llegará a tener para ellos en ese momento la significación requerida
y difı́cilmente llegarán a comprenderlo. Para facilitar a los niños y las niñas sordos
el acceso a un código convencional que les abra las puertas del mundo de la cultura,
el «puente» que se les tienda tiene que estar construido con «materiales» que les
resulten fácilmente accesibles. No puede ser otro que un código de signos manuales
convenientemente organizados.
La experiencia histórica nos dice que, en ausencia de un modelo lingüı́stico
accesible a sus posibilidades perceptivas, los niños y niñas sordos llegan a construir
verdaderos «sistemas» de comunicación a través de señas, con una estructura gra-
matical muy simple pero suficiente para poderse comunicar con sus más allegados.
Este es el caso de Massieu, en el siglo XVIII, criado en una granja con ocho her-
manos más, cinco de los cuales eran también sordos de nacimiento (Sacks, 1991,
pp. 68-78). Pasó a los catorce años a ser alumno del abate Sicard y logró dominar,
en muy poco tiempo, el lenguaje de señas y el francés escrito, llegando a ser profe-
sor del Instituto donde habı́a aprendido. Él mismo nos lo cuenta: «Permanecı́ en mi
casa sin recibir ningún tipo de instrucción hasta los trece años y nueve meses. Era
un analfabeto total. Expresaba mis ideas con señas manuales y gestos [...] las señas
que utilizaba para comunicar mis ideas a mi familia eran completamente distintas
de las de los sordomudos instruidos. Los desconocidos no nos comprendı́an cuando
expresábamos nuestras ideas por señas pero nuestros vecinos sı́...» (ibidem, p. 69).
Investigaciones más actuales apuntan en el mismo sentido. En ausencia de un
modelo lingüı́stico accesible a sus posibilidades perceptivas, los niños y niñas sor-
68 Capı́tulo 3. La función reguladora del lenguaje y el desarrollo...
niño o una niña sordos el «puente» que les ayude a introducirse en un código más
convencional no puede ser un lenguaje verbal que no oyen y que, de entrada, nunca
puede constituir una envoltura significativa para las acciones y los gestos que están
aprendiendo a intercambiar.
En contraposición con lo expuesto en relación a las madres oyentes, a las ma-
dres sordas les suele resultar mucho más fácil realizar esa operación de «colocarse»
en el lugar del hijo o la hija sordos, para ajustarse a sus posibilidades efectivas, y
«descolocarse» al mismo tiempo de él para situarse «un poco por delante de ellos» y
abrirles nuevos horizontes. Contamos con investigaciones que nos dicen que sue-
len dirigirse a sus hijos o hijas sordos de una manera más adecuada: entremez-
clan el habla y los signos desde un principio, tienen más en cuenta su condición
de sordo –utilizan estrategias visuales y/o táctiles para llamar su atención, le sig-
nan y/o vocalizan el nombre del objeto de su interés antes de señarlo con el de-
do y no de forma simultánea, desvı́an su mirada hacia el objeto solo cuando su
hijo o hija está mirando y no antes de que esto suceda...–, sostienen una forma
de relación más espontánea y más flexible y, al mismo tiempo, más consistente
y más recı́proca –se produce una mejor alternancia de turnos– y se adaptan me-
jor al nivel de desarrollo del niño –por ejemplo, utilizan más señas deı́cticas en
un principio y luego las van disminuyendo a medida que el niño o la niña adquie-
ren el dominio de los signos convencionales– (Schlesinger y Meadow, 1972; Kyle,
Woll y Ackerman, 1987; Clemente y Valmaseda, 1987; Clemente, González, Linero,
Quintana y Sánchez, 1991; Sánchez, González y Quintana, 1991; Fernández-Viader
1993 y 1996).
Cuando los intercambios de un niño o una niña sordos con el adulto son acom-
pañados desde muy pronto por una lengua de signos presentada de forma adecuada,
las pautas de adquisición de ésta son muy parecidas a las de la lengua oral. Si se
empieza a utilizar la lengua de signos desde una edad temprana –desde el momento
en que la sordera es diagnosticada– se produce una fase de balbuceo gestual simi-
lar al de los niños y niñas oyentes (Petito y Marentette, 1991), los primeros signos
con intención comunicativa aparecen más o menos a la misma edad que las primeras
palabras y lo mismo sucede con la combinaciones lingüı́sticas de dos o más signos
(Schlesinger y Meadow, 1972; Schlesinger, 1978; Bellugi y Klima, 1972; Moores,
Weiss y Goodvin, 1973; Collins-Ahlgren, 1975; Von Tetzchner, 1984; Caselli, 1983
y 1990; Volterra, 1983; Volterra y Erting, 1990b; Marchesi, 1987; Fernández-Viader
y Pertusa, 1994 y 1995). Los niños y niñas oyentes que conviven desde pequeños
tanto con la lengua oral como con la lengua de signos aprenden incluso más rápi-
do a comunicarse mediante éstos últimos. En sus primeras combinaciones pueden
mezclar palabras y signos, pero después aprenden a utilizar ambos sistemas de forma
diferenciada, en función de cual sea la lengua de su interlocutor (Schiff, 1976; Todd,
1976; Prinz y Prinz, 1979 y 1981; Bonvillian, Orlansky y Novak, 1983).
No obstante, hay diferencias en el ritmo de la adquisición de los signos en
función de que los padres sean sordos y utilicen con toda naturalidad la lengua de
Bloque 1. Sordera y desarrollo 71
signos o sean oyentes y lo hagan con esfuerzo y vacilación. Los hijos e hijas de
padres sordos progresan con mayor rapidez (Von Tetzchner, 1984; Marchesi, 1987;
Fernández-Viader, 1994). Muy probablemente su condición de sordos les ayuda a
interpretar mejor las producciones de sus hijos o hijas y responderles de forma más
adecuada y su mejor dominio de la lengua de signos les ayuda a utilizarla con más
corrección, más flexibilidad y más complejidad (Schlesinger y Meadow, 1972; Von
Tetzchner, 1984; Fernández-Viader, 1993 y 1996). Entre los padres sordos y sus hi-
jos e hijas se produce una mayor reciprocidad y un mejor ajuste de la comunica-
ción.
En resumen, podemos concluir que el acceso a un lenguaje convencional re-
quiere el oportuno andamiaje por parte de los adultos. El niño y la niña sordos nece-
sitan que sus primeros intercambios comunicativos también estén acompañados por
lenguaje más sistemático y convencional, pero que les sea accesible. Este no pue-
de ser otro que un lenguaje de signos manuales convenientemente organizados. Para
que el andamiaje sea adecuado el adulto tiene que realizar la doble operación de
«colocarse» en el lugar del niño o la niña sordos, para ajustarse a sus posibilidades
efectivas y «descolocarse» al mismo tiempo de ese lugar para ir por delante de ellos
y abrirles nuevos horizontes de comprensión. Evidentemente no todos los niños y
niñas han tenido la suerte de contar con esa ayuda y, desde luego, no de la misma
manera. No es lo mismo haber tenido la oportunidad de acceder al uso de una lengua
de signos desde un principio que haberlo conseguido a una edad más tardı́a, después
de muchos años de aprendizaje forzado de una lengua oral. O incluso se puede no
haber contado nunca con esa posibilidad. Tampoco es lo mismo que quienes reali-
cen el necesario andamiaje conozcan en profundidad lo que significa ser sordo –por
ejemplo, por ser ellos mismos sordos– y sepan ajustarse a esa condición o que sean
desconocedores de ella y cuenten solo con su buena voluntad. La diversidad de las
posibles situaciones de partida establecerá una marcada «desigualdad de oportuni-
dades» para acceder a un código de comunicación convencional, lo que a su vez se
traducirá en «desigualdad de oportunidades» para el desarrollo intelectual.
ridas a los adultos ocupados de su cuidado, al tipo de actividades en las que a través
de ellos han sido introducidos y a los objetos que han servido de mediadores.
En cuanto un niño o una niña acceden al uso de la función simbólica como
recurso comunicativo, empiezan a utilizar también los sı́mbolos para intentar com-
prender mejor la realidad que les rodea. Esto se empieza a producir ya en el juego
simbólico: los niños y las niñas reproducen en la ficción las situaciones de la vida so-
cial que les han resultado más problemáticas o más interesantes para apropiarse mejor
de ellas. Pero se realiza de una manera mucho más plena en la actividad de pensar,
que –en términos vigotskianos (Vigostky, 1964 y 1979)– no es sino «hablar consigo
mismo». A medida que se va accediendo a un código de comunicación más conven-
cional, las palabras o los signos empiezan también a ser utilizados como sustitutos
simbólicos de las representaciones y son utilizados para articular éstas mentalmente.
El uso de las palabras o signos supone un salto cualitativo en la forma de conocer.
Si la representación mental nos permite ir algo más allá de los datos inmediatos de
la percepción y sobrepasar el presente, la función simbólica y muy especialmente el
lenguaje nos permitirá situarnos en un plano de abstracción y generalización mucho
mayores, organizar mejor las representaciones mentales y adentrarnos incluso en el
terreno de lo posible.
Nos parece muy ilustrativa la descripción que hace el propio Massieu de su
forma de conocer antes y después de aprender un código lingüı́stico. Nos dice que,
antes de aprender el lenguaje, «veı́a vacas, caballos, burros, cerdos, perros, gatos,
hortalizas, casas, campos, vides, y después de ver todas esas cosas las recordaba bien»
(Sacks, o.c., p. 69). También sabı́a contar con los dedos: «no conocı́a los números;
contaba con los dedos y cuando tenı́a que contar más de diez hacı́a señales en un
palo» (ibı́dem, p. 70). Esa serie de imágenes mentales, aun estando todavı́a muy
ligadas a lo concreto y particular, le permitı́an de algún modo traspasar el presente
inmediato a través del recuerdo y la anticipación y tener un cierto control sobre el
comercio con las cosas. Después de entender que un objeto o una imagen podı́an
representarse con un nombre, empezó a vislumbrar lo que podı́a ser ese mundo de
las abstracciones, ordenado de una forma muy distinta a la que hasta el momento era
su costumbre y empezó a sentir un «hambre intensa, terrible de nombres» (ibı́dem,
p. 71). Se paseaba con el abate Sicard pregúntandole constantemente y anotando los
nombres de cuanto veı́an: «recorrimos un huerto de frutales para poder nombrar todos
los frutos. Recorrimos el bosque para diferenciar el roble del olmo [...] el sauce del
álamo [...] y luego seguimos ası́ hasta identificar al resto de los habitantes del bosque
[...]» (ibı́dem, p. 72). El relato de Massieu nos muestra cómo las palabras permiten
ir mucho más allá del conocimiento inmediato: permiten, por ejemplo, ordenar los
objetos en función de sus diferencias y semejanzas. Este es el camino de la definición
abstracta o construcción conceptual. El «roble» deja de ser una imagen concreta.
Con el término «roble» se designa ya la clase entera de los robles, una identidad
general –se podrı́a hablar de la «robledad»– que se aplica a todos ellos. El aprender
nombres implica unas posibilidades de generalización y organización inusitadas hasta
Bloque 1. Sordera y desarrollo 73
que una lengua de signos. El dominio insuficiente de esa lengua les supondrá una
seria dificultad para la memorización de material significativo. Las investigaciones al
respecto ponen de manifiesto esa dificultad. Nos dicen, por ejemplo, que los sordos
son, igual que los oyentes, capaces de organizar en categorı́as lógicas un determina-
do material –excepto si se trata de sonidos– pero, por lo general, recuerdan menos
cantidad de información que ellos (Liben y Drury, 1977; Liben, 1978; Torres, 1987).
También tienen la misma capacidad que los oyentes para recordar información espa-
cial traducible a representaciones visuales. Pero empiezan a tener desventaja cuando
se trata de recordar seriaciones, que requieren ser traducidas a un código capaz de
expresar su estructura lógica (Torres, 1987).
Algo similar sucede con la memorización de hechos y situaciones de la vida
cotidiana que resulten significativos. Su recuerdo se organiza en torno a «guiones» o
esquemas de carácter secuencial, que se van construyendo a través de la experiencia.
Tanto los niños y niñas oyentes como los sordos saben reproducir en la práctica los
«guiones» conocidos antes de ser capaces de traducirlos a cualquier lenguaje (Torres,
1986). Más tarde aprenden a transcribir esos «guiones» a los códigos convencionales
en los que están siendo educados: la lengua oral o la lengua de signos. Esto amplı́a
considerablemente su capacidad de recuerdo: les hace capaces de recordar guiones
cada vez más complejos. Los guiones, sea cual fuere su forma de codificación, facili-
tan el recuerdo de los hechos. Si éstos les son presentados a través de la escenificación
gestual, la capacidad de recuerdo de los niños y niñas sordos es similar a la de los
oyentes (ibı́dem). Muy probablemente los sordos recurren a la representación visual
como estrategia para el recuerdo. Si los hechos les son presentados en un código
gráfico, empiezan a obtener resultados algo inferiores a los oyentes. Sin embargo en
este caso hay una diferencia significativa entre quienes están siendo educados en una
lengua de signos y quienes están siendo educados en una lengua oral. Los primeros
presentan una ventaja manifiesta sobre los segundos (ibı́dem). Esto nos indica que
intentan codificar la secuencia en el lenguaje que conocen y que el mayor o menor
dominio de éste resulta decisivo para el recuerdo. Finalmente, si los hechos les son
presentados en lengua oral la capacidad de recuerdo, como es obvio, resulta clara-
mente inferior (ibı́dem). En resumen, los niños y niñas oyentes y los sordos siguen
el mismo proceso en cuanto a la memorización de hechos y situaciones de la vida
cotidiana. Pero los sordos también en este caso una mayor dificultad, atribuible a su
mayor «desigualdad de oportunidades» para acceder al uso de un lenguaje conven-
cional para codificar esos hechos y situaciones.
Los resultados de la investigaciones relativas a la memorización ponen en pri-
mer plano una cuestión de crucial importancia para el desarrollo de cualquier sujeto
humano: la función reguladora del lenguaje. En otros términos, nos dicen que para
que cualquier niño o niña pueda ir organizando su forma de pensar y su forma de
sentir dentro de los parámetros de su cultura, necesita recurrir a un código conve-
nientemente gramaticalizado, es decir, un código convencional.
Esa función reguladora se hace visible de forma precursora en las activida-
Bloque 1. Sordera y desarrollo 75
Los peores resultados de los sordos obtenidos se han intentado explicar apelando
a su mayor dificultad para entender las instrucciones. Si tanto a los sordos como a
los oyentes se les proporcionan las instrucciones a través de gestos los resultados
obtenidos por los unos y los otros tienden a asimilarse (Graham y Shapiro, 1953).
Sin embargo, hay otros resultados de las mismas pruebas que ya no se explican
tan fácilmente apelando a la mayor o menor capacidad para comprender las instruc-
ciones. En las puntuaciones obtenidas por los niños y niñas sordos se encuentra una
variabilidad mucho mayor de lo habitual (Marchesi, 1987; Braden, 1991). Esta va-
riabilidad podrı́a también ser explicada por la mayor o menor capacidad para hacer
una lectura labial de las instrucciones. Pero, en nuestra opinión, las diferencias en el
dominio de una lengua de signos y las consiguientes diferencias en la posibilidad de
utilizarla para regular los procesos mentales empieza a ser una explicación mucho
más plausible.
Esa explicación cobra más visos de realidad todavı́a si tenemos en cuenta otro
de los resultados de la investigación psicométrica realizada a través de la escala ma-
nipulativa del Wisc. Volvemos a encontrar una mayor disparidad interna en los resul-
tados de los niños y niñas sordos, esta vez en función de la naturaleza de los subtest
–incluso en el caso de que las pruebas les hayan sido presentadas tanto a los sor-
dos como a los oyentes a través de gestos–. Suelen obtener puntuaciones más altas
en las pruebas del Rompecabezas y la Construcción de cubos y puntuaciones más
bajas en las pruebas de las Historietas y los Códigos (Graham y Shapiro, 1953; Mar-
chesi, 1987; Braden, 1991). Estos resultados son fácilmente explicables si tenemos
en cuenta importancia de la función reguladora del lenguaje en los procesos intelec-
tuales implicados. Las pruebas del Rompecabezas y la Construcción de cubos son
fundamentalmente espaciales y se pueden solucionar a través de estrategias visua-
les. La intervención del lenguaje puede resultar innecesaria. Sin embargo éste resulta
imprescindible para resolver la pruebas de las Historietas y los Códigos. La primera
presenta una estructura narrativa y requiere apelar a un «guión» de carácter secuen-
cial que tiene que estar codificado en un lenguaje convencional. La prueba de los
Códigos también requiere utilizar una forma de codificación simbólica sistemática y
bien gramaticalizada.
Dentro del paradigma cognitivista, encontramos también algunos estudios que
concluyen que los niños y niñas sordos obtienen resultados muy semejantes a los de
los oyentes en muchas pruebas, sobre todo en las que tienen escaso contenido verbal.
Pero destacan la presencia de algunas tendencias significativas en las puntuaciones
de los sordos, sobre todo una mayor sintonización a lo concreto y observable y una
dificultad especial para la reflexión y el pensamiento abstractos (Marchesi, 1987).
La perspectiva individualista adoptada de antemano en este tipo de estudio, induce
a considerar estas tendencias como «caracterı́sticas ideosincráticas» de su desarro-
llo intelectual (Myklebust, 1975). Pero detrás de ellas podemos ver fácilmente su
mayor dificultad en el dominio de un código convencional con el que poder regular
satisfactoriamente su pensamiento.
Bloque 1. Sordera y desarrollo 77
Los estudios realizados desde la óptica piagetiana (Furth, 1981; Furth y You-
niss, 1982), tomando como punto de partida que el desarrollo del pensamiento prece-
de y facilita el desarrollo del lenguaje, se han preocupado por encontrar la similitud
entre los procesos intelectuales de los niños y niñas sordos y los oyentes. A pesar de
ello, tuvieron que aceptar que los resultados indicaban un cierto retraso de los unos
respecto de los otros. Dada la importancia que desde la óptica piagetiana se concede
a los intercambios cooperativos, achacaron el retraso a un déficit experiencial debido
a la dificultad de los niños y niñas sordos para relacionarse con sus iguales. Pero,
más allá de esa dificultad, podremos descubrir la importancia decisiva de la función
reguladora del lenguaje.
En tareas de clasificación en función del criterio de igualdad o semejanza no se
apreciaron diferencias entre los niños y niñas sordos y los oyentes. Pero sı́ aparecie-
ron diferencias a la hora de agrupar parejas de opuestos (Furth, 1961). Evidentemen-
te operar con los criterios de igualdad o semejanza puede hacerse recurriendo a una
mera estrategia visual, mientras que operar con opuestos requiere tener en cuenta el
significado y, por tanto, el lenguaje. En un estudio posterior relativo también a tareas
de clasificación se encontró que existı́a una correlación entre los resultados obtenidos
por los niños y niñas sordos y el nivel de su desarrollo lingüı́stico (Best, 1970).
Los resultados en tareas de conservación apuntan en la misma dirección. To-
dos los niños y niñas pasan por procesos similares y utilizan estrategias parecidas,
pero los oyentes siguen teniendo ventaja sobre los sordos. Mientras que las tareas
se resuelven al margen del pensamiento operatorio, por ejemplo, cuando se trata de
establecer relaciones espaciales topológicas, no se aprecia ningún desfase entre lo
sordos y los oyentes (Marchesi, 1978a). Pero comienza a haber diferencias entre los
unos y los otros cuando se adentran en el pensamiento operatorio. Tanto los unos
como otros aprenden primero la seriación y los ordinales, pero con un cierto desfase.
Posteriormente y también de forma consecutiva, llegan a dominar tareas de represen-
tación espacial proyectiva y euclidiana, que requieren la coordinación de diferentes
perspectivas. Más tarde, los unos después de los otros, consiguen establecer la con-
servación de los lı́quidos y; finalmente, la conservación de la longitud y la represen-
tación de la trayectoria seguida por un objeto en el espacio (Oléron y Herren, 1961;
Bartin, 1976; Marchesi, 1978a, 1978b y 1980; Furth, 1981). Vuelve a ser evidente
que el acceso al pensamiento operatorio requiere el distanciamiento de la realidad
inmediatamente percibida y, por lo tanto, el recurso a la función reguladora del len-
guaje. Las dificultades en el dominio de un código convencional podrı́an explicar el
desfase entre los oyentes y los sordos.
Ese desfase se agranda cuando los unos y los otros avanzan hacia el pensa-
miento formal. Incluso aunque se intente valorar la capacidad intelectual al margen
del lenguaje, diseñando pruebas «ad hoc», aparecen inevitablemente diferencias sig-
nificativas entre ambos grupos (Furth, 1981; Furth y Younnis, 1982). Resultados si-
milares arrojan pruebas sobre combinatoria, en las que se intentaron controlar el nivel
social y el nivel educativo. Se encontró que los oyentes de nivel social y educativo
78 Capı́tulo 3. La función reguladora del lenguaje y el desarrollo...
alto eran quienes obtenı́an mejores resultados. Los sordos de nivel social y educativo
alto –con nivel lingüı́stico «aceptable»– obtenı́an puntuaciones muy similares a los
oyentes de nivel social y educativo bajo. Finalmente los sordos con nivel social y
educativo bajo eran quienes obtenı́an peores puntuaciones (Marchesi, Asensio e Igle-
sias, 1979). Lo que estos estudios ponen de manifiesto es que el pensamiento formal,
más que ningún otro, requiere estar regulado por un código lingüı́stico plenamente
gramaticalizado. Sin él serı́a imposible sobrepasar los lı́mites de lo real y adentrarse
en el ámbito de lo hipotético, lo posible.
En resumen, aunque no contemos con ningún estudio dedicado especı́ficamen-
te a constatar qué código utilizan los niños y niñas sordos para regular su actividad,
su forma de sentir y su forma de pensar y cómo lo hacen, el análisis de todas las
investigaciones conocidas acerca del desarrollo intelectual –sea cual fuere la óptica
desde la que se hayan realizado– apunta en la dirección de que ésta es una cuestión
crucial para su desarrollo.
En conclusión, además de promover una educación bilingüe y bicultural de los
niños y niñas sordos junto a los oyentes, pensamos que es muy conveniente ayudarles
de forma especı́fica a utilizar la lengua de signos para regular su actividad, su forma
de sentir y su forma de pensar. La regulación a través de un código convencional es lo
que hace que cualquier sujeto llegue a ser «razonable» y «civilizado» y se convierta
en un ciudadano de pleno derecho.