Cómo educar para la interioridad
y la trascendencia
Patxi LOIDI
Explicación previa
1. El texto que ofrezco a continuación es una CATEQUESIS. Después de
reflexionar varias veces infructuosamente, me puse a pensar en
personas concretas de algunos grupos a quienes quisiera educar en la
interioridad. Me preguntaba que les diría, que les pediría, por dónde
trataría de iluminarlos para que caminaran hacia ese objetivo. El
resultado ha sido el texto catequético, conciso, forzado por los límites
de las páginas y las líneas.
2. La pregunta del enunciado tiene diversas implicaciones. Ante todo,
está lo de “educar”. Es una actividad práctica y diferencial: jóvenes,
niños, adultos, creyentes, no creyentes, etc. es difícil decir algo que
valga para todos. De hecho, escribo pensando en gente de grupos.
Después esta el contenido. ¿por qué preguntan por la interioridad y
la trascendencia? ¿Se busca una vía para hablar de Dios sin nombrarle,
en este tiempo de secularización? ¿Es estrategia pastoral o es miedo al
anuncio expreso y claro? Quizá sea que la interioridad, como otros
campos, se está secularizando y no es privativa de creyentes. Aunque
no me atraía esta orientación (tampoco conozco mucho de ella), alguna
influencia ha ejercido, pues varios números no tienen una referencia
religiosa explícita.
3. A mi juicio, lo primero que habría que lograr de los educandos es que
descubrieran ese mundo, lo inmenso que es, la riqueza que encierra. Al
mismo tiempo, tendrían que atisbar que están ante un misterio o ante el
Misterio. En esta perspectiva están redactados los dos primeros
números.
4. A partir de ahí, veo tres puntos en los que conviene insistir para que la
interioridad no se quede en conocimiento intelectual: la limpieza de
corazón y el desprendimiento; la necesidad de silencio y sus dificultades
prácticas; la solidaridad como componente necesario de una interioridad
auténtica. Este último punto se concreta luego en los pobres, como
primera dirección de cualquier solidaridad. Son los números 3 al 6.
5. Parece conveniente hacer una suave crítica de las prácticaas y
celebraciones, incluso “oficiales”, que no favorecen la interioridad, junto
con una invitación a la personalización. Por ahí va el número 7. a la vez
llama la atención sobre el reducimiento a que está expuesto a menudo el
seguimiento de Jesús, con olvido de aspectos tan fundamentales como la
interioridad.
6. Aparte la referencia a la falta de tiempo (número 8), me parecía obligada
una alusión directa a la trascendencia, que aparece en el enunciado del
artículo (número9). He querido evitar que quedara como una realidad
neutral, una especie de superación de lo humano, que ya estaría
conseguido en el hombre desarrollado, que nos envuelve a todos, ya no
hay nada neutral; también la trascendencia es partidista, como ocurrió en
Jesús.
A esto había que añadir, frente al individualismo occidental que se
inquieta con la propia supervivencia y la de los suyos, que la trascendencia
es, ante todo, universal, trascendencia del mundo; y que, dentro de Todo,
trascienden—con la Humanidad Nueva, encabezada por Jesús—los que han
empujado la resurrección universal. Después vendrán los otros. Un sentido
solidario y partidista de la interioridad y la trascendencia me parece
necesario en este tiempo de falso irenismo.
7. finalmente, el número 10 subraya los dos grandes afluentes que fluyen
al río de la auténtica interioridad cristina: oración y compromiso.
8. Los límites de la Revista no dan para más. Pero quedan varias cuestiones
de importancia pedagógica que convendría añadir. Una de ellas es el
examen de conciencia. Su práctica diaria es un medio fuerte de crecimiento
de la interioridad. Quizá fuera mejor hablar de “repaso del día”, con acción
de gracias además del perdón. Posiblemente la mayor dificultad para su
práctica sea la radio, la TV. y demás. algunas batallas parecen perdidas,
salvo que haya mucho empeño, o mucho amor, según se mire. En la misma
línea habría que incluir la recomendación de no iniciar el día como un
autómata.
Los estudiantes de ciencias parecen poco amantes de lo que no sean
números y medidas precisas. Muchos de ellos tienen dificultades para ller
textos humanistas. Lo cual, a la vez que les hace menos abiertos para la
interioridad, les deja más indefensos para el simplismo religioso y hasta
para el integrismo. No estaría de más tocar este punto.
Otro tema es la alegría silenciosa de la interioridad. y no vendría mal
alguna referencia a su eficacia para el crecimiento personal y para y para la
acción.
Creo que habría que añadir algunos números sobre éstas y otras
cuestiones. Por mi parte, recibiría con gusto sugerencias sobre todo ello.
* *
-- 1 --
Dentro de cada uno de nosotros hay un espacio inexplorado
que nadie puede abarcar.
Se llama interioridad.
Es una extensión ilimitada, un hueco inmenso;
nunca llegamos a tocar sus límites ni alcanzamos a medirlo.
No es el mundo de la psicología,
sino que está en una dimensión más profunda
que nos desborda a nosotros mismos.
Si me hago la pregunta: ¿Quién soy yo?,
es como si me asomara a mi interior y gritara:
¿Qué pasa por ahí?, ¿quién anda ahí dentro?
Y responde el Misterio con su silencio sonoro.
Cuando no hemos transitado por ese interior,
nos parece pequeño y estrecho,
como un pasillo corto de una cueva arqueada.
Entonces no hay casi nada dentro,
y sólo queda lo de fuera.
El hombre exterior es un hombre pobre y un pobre hombre.
Pero, si empezamos a andar;
el pequeño pasillo se alarga, se ensancha
y no se termina nunca.
Estamos llamados a ser personas de mucha interioridad,
Para hacernos hombres y mujeres profundos,
Capaces de una existencia potente y solidaria.
-- 2 --
Nuestro mundo interior
Es el ámbito de los interrogantes y las interpelaciones.
Son preguntas tan simples que no tienen contestación.
¿Quién soy yo? Y más profundamente: ¿Qué soy yo?
Y no sabemos responder.
Del interior desconocido brotan nuevas preguntas,
Antes de que hayamos contestado a las primeras:
¿Dónde estoy yo?, ¿de dónde vengo?
El interrogatorio continúa sin cesar, implacablemente
¿Por qué estoy aquí?, ¿para qué?
¿Por qué yo soy yo y no otro?
No sé nada de todo esto, y estoy como a oscuras.
Pero ese interior incansable sigue haciendo preguntas,
como los niños pequeños a sus padres:
¿Qué es el sol? ¿A dónde vamos?
Mucha gente no se para a escuchar estas preguntas.
Pasan de largo rápidamente,
como cuando alguien les pregunta por la parada de autobús
y responden apresuradamente mientras siguen andando.
La gente no quiere oír estos interrogantes;
Los llama cuestiones abstractas.
Sólo los niños, en su simplicidad,
Hacen preguntas que pueden parecerse a éstas.
Venimos a la comunidad,
a dejar que broten sin estorbos los interrogantes
y nos rasquen por dentro como incansables roedores
Si el grupo los tapa con el gusto de estas juntos,
¿qué clase de comunidad es ésa?
-- 3 --
Los niños hacen muchas preguntas,
porque empiezan a abrirse a la interioridad,
además del mundo exterior.
Son interrogantes difíciles y comprometidos,
Pues en el fondo preguntan por el ser y el sentido.
Los interrogantes se multiplican en la alta adolescencia.
Mientras sigamos empujando las paredes del pasillo interior,
Éstas ceden y abren nuevos espacios
Que suscitan más interrogantes.
Después la vida nos constriñe a hacernos más “realistas”.
Si no nos posicionamos contra la corriente dominante,
las inquietudes se vuelven pragmáticas, quizá materialistas.
Porque hay que vivir, hacer una familia, ser alguien,
amontonar dinero, prestigio, nivel de vida…
La sed de bienes materiales y triunfos sociales
agarra del cuello a los interrogantes y asfixia la interioridad,
lo mismo que el altar sagrado del placer
y la agitación de la vida trepidante.
Es la tierra llena de abrojos,
que no dejan crecer la semilla de lo profundo
y, si crece, la sofocan.
Mantener la infancia significa conservar o recuperar
la capacidad de admiración e interrogación,
propia del espíritu puro, simple y directo.
Si no os hacéis como niños, no entraréis en ese Reino.
Pero nunca seremos niños sin renuncias, soledad y silencio.
-- 4 --
La interioridad vive de la soledad y crece con ella.
Si somos incapaces de soledad,
Nos quedaremos con una interioridad estrecha y pobre.
Nuestra civilización de urbes superpobladas
condena a muchas personas a soledades forzosas,
que se compensan con radios, televisores y perros.
No es ésa la soledad que engendra interioridad,
si no la soledad amada, buscada y alimentada,
que deja brotar el surtidor de las preguntas y meditaciones
Soledad y silencio se necesitan mutuamente.
Silencio exterior y silencio interior.
Los dos son uno: lo otro no es silencio.
Todos los días nos hace falta un buen rato de inactividad,
para adentrarnos descalzos en nuestro mundo interior.
Los agnósticos lo necesitan tanto como los creyentes.
Las casas modernas, tan pequeñas como ruidosas,
con habitaciones compartidas y televisores exultantes,
ofrecen pocas posibilidades para el silencio.
Ese espacio vital sólo se conquista a base de disciplina,
Incluso con el sacrifico de levantarse un poco antes.
De vez en cuando, tendremos que ir a la soledad varios días
por propia iniciativa, al margen del grupo.
Si sólo hacemos las convivencias comunes,
tendremos una interioridad estrecha, movida desde fuera.
Los grupos demasiado “comunitarios”
no educan en la profundidad ni en la libertad.
La comunidad debe formarnos en el silencio y la interioridad,
tanto como en el encuentro, el compromiso y las celebraciones.
-- 5 --
el mundo interior necesita de la solidaridad
tanto como de la soledad.
La interioridad es tan solidaria como solitaria.
Formamos un inmenso cuerpo con toda la Humanidad,
tanto la presente como la pasada y la futura.
Y no puede una célula decir a otra: “paso por ti”,
sin corromperse en su propia interioridad.
Ni puede desentenderse de las células enfermas
sin destruir su propia esencia.
Somos solidarios por naturaleza, antes que por deber.
La interioridad no es fruto de la huida del mundo,
sino el arte de entrar hasta su hondón,
más adentro que la cáscara de las modas y las corrientes
Allá dentro encontramos personas humanas,
seres que son no cosas que se tengan y se manejen,
sino parte de mí mismo, sin los cuales yo ni siquiera sería.
La solidaridad es inherente a la interioridad.
Hay gente honrada, y hasta religiosa,
Que vive para ganar el cielo como otros la tierra,
Y cultiva la perfección helada del cumplimiento del deber,
Un deber a menudo insolidario, impuesto por el sistema.
Es el cáncer de la interioridad y de la ética misma.
El que no ama no conoce el mundo interior
El que no ama con obras lleva la mentira dentro.
Y si sólo amamos a los nuestros, ¿acaso amamos?
Amemos con obras, ampliando nuestra familia al universo.
Y llevaremos pintados en las paredes del corazón
Los rostros de amor y dolor que forman nuestro propio yo
Y nuestro cuarto oscuro se iluminará y se ensanchará
-- 6 –-
¿Puede haber vida interior al margen de los pobres?
Puede haberla, pero será una interioridad falseada,
Por estar levantada sobre la insolidaridad y la mentira.
El rostro de los pobres es el rostro invertido del Hombre
y el negativo de Dios.
La solidaridad empieza por ellos,
y la verdadera interioridad no se da in ellos.
El “test” de los Derechos Humanos de un país o del mundo
es la vida y los derechos de los pobres.
El compromiso con ellos es la primera ética,
el primer progresismo y la primera interioridad.
El cultivo de la interioridad al margen de los pobres
es un producto burgués, un cubo de basura elegante
que no tiene dentro más que desperdicios.
Ésa es la interioridad del rico Epulón,
que, después de cebarse bien, busca profetas.
No se le enviará ningún nuevo Moisés o Abraham.
Le basta con los Lázaros que tiene delante.
Si no escucha a éstos,
tampoco a los profetas, aunque vengan de ultratumba.
Los pobres no sustituyen el esfuerzo del silencio,
necesario para una interioridad potente y expansiva;
pero tampoco son sustituibles por ese esfuerzo.
La verdadera interioridad es la interioridad solidaria,
que va unida al compromiso con la justicia y los pobres.
En la a”sentada” diaria de silencio y meditación,
llenemos la estancia interior con el NOSOTROS solidario,
que se trasciende y abraza lo de Abajo y lo de Arriba.
-- 7 --
La religión puede ser vehículo de la interioridad,
pero no siempre ocurre esto.
Hay muchas celebraciones llenas de palabras y ritos,
donde no queda espacio alguno para el silencio.
Los participantes no saben entrar al mundo interior
y, cuando no oyen palabras o no ven hacer algo,
se ponen inquietos y empiezan a moverse, a mirar…
Unos segundos de silencio se hacen largos,
unos minutos serían insoportables.
¿Quién ha deseducado a la gente religiosa?
con tanta palabra seguida y no asimilada?
¿Quién ha desencantado el rito?
Es triste que ciertos actos religiosos
se llenen de palabras sin silencios
y fomenten las respuestas más que las preguntas.
Una religiosidad que nutra solamente de tales actos
corre el riesgo de quedar vacía y perder interés.
Jesús se retiraba frecuentemente a la soledad.
De madrugada o al atardecer, huía al descampado
y estaba allí a solas, a veces toda la noche.
Se escapaba aunque el trabajo fuera intenso.
Los discípulos lo encontraban sumido en el abismo
y le tenían que gritar. “¡Todo el mundo te busca!”
Su interioridad de gigante era un depósito inmenso,
siempre capaz de más.
Él nos recomendó cerrar la puerta y orar en secreto.
Necesitamos seguir a Jesús en su interioridad
tanto como en su compromiso.
Necesitamos acompañarle al descampado muy a menudo.
Así sabremos entrar dentro de nosotros mismos
y, aún en compañía, escuchar y cantar con eco interior,
como el de la piedra que cae al pozo profundo.
-- 8 --
En nuestro mundo, estar ocupado es una obligación.
Hay que hacer algo: trabajo, deportes, visitas, viajes…
Tener la agenda repleta sin un minuto libre es un honor.
Hace años se decía del compromiso social.
Persona comprometida era la que no tenía tiempo para nada.
Pero compromiso no es hacer muchas cosas, sino mucho bien,
lo cual requiere reflexión, programación, interioridad.
El exceso de trabajo atenta contra la interioridad.
No es una virtud, sino una enfermedad.
Denota dificultad para el encuentro con otros y consigo.
Podemos mantener la interioridad con una actividad fuerte,
con tal de controlar esta última con disciplina constante.
La interioridad no ocupa espacio, pero exige tiempo.
También la agitación y las prisas impiden la interioridad.
La calma de la vida, aunque se trabaje intensamente,
es necesaria para la vida interior.
Ayuda mucho el reposo de la mente en los cambios.
El zen recomienda llevar su espíritu a toda la vida,
hacer una sola cosa cada vez (age quod agis, decían antes)
y ocupar con ella toda la mente.
En los tiempos muertos –esperas, autobuses, etc.—
es aconsejable hacer respiraciones,
así como en breves interrupciones durante el trabajo.
Tenemos mucho que aprender de los orientales
para pacificar el espíritu, vivir con activa lentitud,
desarrollar la interioridad y el sentido trascendente.
El que quiere saca tiempo: es cuestión de valoraciones.
-- 9 --
El hombre es más que el hombre: es un trascendente
Pero trasciende desde su interioridad,
porque salimos desde dentro, no desde fuera
Para trascender mucho hace falta interiorizar mucho.
La trascendencia humana es, más que la caridad,
el compromiso por la Tierra Prometida.
Y pasa por los pobres, que son la parte débil
y el pecado del mundo, del que somos culpables todos.
Trascendencia es la salida del reino del pecado
Por el éxodo desde sí mismo hacia los pobres.
Jesús no necesitaba salir del pecado, porque no lo tenía.
Pero, como se hizo pecado por y con nosotros,
salió también de ese reino del mal hacia los pobres,
llevándose consigo a la cautividad liberada, a nosotros.
Salió con un compromiso tan radical
que le supuso, no sólo perder su condición divina,
sino también su dignidad humana;
no sólo ser uno de tantos, sino menos que ninguno,
Infrahombre, que no tenía ni aspecto humano.
Ésa fue su transcendencia al revés,
fusión con la Humanidad entera desde los pobres.
Su interioridad solidaria
fue también la máxima exterioridad trascendente.
Por eso fue encumbrado hasta lo más alto,
como cabeza del cuerpo total de la Humanidad Nueva.
Con él están exaltados en la cruz lo pobres
y cuantos se suman a su causa.
Ahí nos toca estar a nosotros.
-- 10 --
Hagamos una fiesta, hagamos una vida nueva.
Impliquemos la oración con el compromiso, y viceversa.
Alimentemos la oración y el compromiso mutuamente,
para ser como Jesús y gestar con él la Tierra Nueva.
Así tendremos una interioridad potente y expansiva,
Dicen que los místicos ven cuando se quedan ciegos
y que en esa oscuridad luminosa se desposan con el Amado.
Hoy no nos bastan las lumbres y desposorios particulares,
pues buscamos el desposorio universal en la Luz solidaria.
El místico comprometido, quizá hasta el despojo social:
ése es el mensajero de futuro,
pletórico de interioridad y combatividad.
Cualquiera de nosotros que quiera emprender el éxodo
desde las seguridades comunitarias y religiosas al mundo,
puede ser esa esperanza para los pobres.
Las sectas les dan la interioridad que otros no les daban,
avalorios que compensan una carencia clamorosa,
a la vez que los drogan contra la rebeldía y la lucha.
Unamos los dos afluentes
en el gran río único que conduce a la Tierra Nueva.
Nuestra interioridad quedará reeducada por el compromiso,
y el compromiso redimensionado por la interioridad.
Hagamos algo nuevo
Hagamos una fiesta para los pobres y la esperanza.