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Prácticas de Piedad-Padre Javier Abad

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PROYECTO

PERSONAL DE VIDA

Camino de santidad

Javier Abad Gómez

1
SUMARIO
Plan de vida 4
Ofrecimiento de obras 5
Oración 6
Santa Misa 7
Sagrada Comunión 8
Visita al Santísimo Sacramento 9
Lectura del Nuevo Testamento 10
Lectura de algún libro espiritual 11
Santo Rosario 12
Examen de conciencia 13
Angelus 14
Regina coeli 15
Confesión sacramental 16
Retiro mensual 17
Curso de retiro espiritual 18
Presencia de Dios 19
Considerar nuestra filiación divina 20
Comuniones espirituales 21
Acciones de gracias 22
Actos de desagravio 23
Oraciones jaculatorias 24
Mortificación 25
Estudio 26
Trabajo 27
Orden 29
Alegría 30
Epílogo 31

2
SIGLAS Y ABREVIATURAS
1. ABREVIATURAS DE LAS OBRAS DE SAN
JOSEMARÍA
C Camino, Valencia, Gráficas Turia, 1939
AH La Abadesa de Las Huelgas, Madrid, Luz, 1944
CONV Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer,
Madrid, Rialp, 1968
ECP Es Cristo que pasa, Madrid, Rialp, 1973
AD Amigos de Dios, Madrid, Rialp, 1977
VC Via Crucis, Madrid, Rialp, 1981
AIG Amar a la Iglesia, Madrid, Palabra, 1986
S Surco, Madrid, Rialp, 1986
F Forja, Madrid, Rialp, 1987
Statuta Statuta Operis Dei o Codex iuris particularis seu
Statuta Praelaturae Sanctae Crucis et Operis Dei, en OIG, pp.
309-346 y en IJC, pp. 628-657

3
INTRODUCCIÓN
Hemos de ver las Normas de piedad
no como algo que hay que hacer
para tenerlo ya hecho,
sino como algo que realizo porque
es estupendo, porque es
un encuentro personal con Jesucristo.
El plan de vida no es una lista de pendientes,
sino una lista de momentos estupendos
que nos están esperando durante el día
(San Josemaría Escrivá)

La invitación a la santidad, dirigida por Jesucristo a todos los hombres sin excepción, y confirmada
por el Concilio Vaticano II en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia requiere de cada uno que
aprenda a cultivar su vida interior, que se ejercite diariamente en las virtudes cristianas. Es, con otras
palabras, la recomendación de San Pablo: Ejercítate en la piedad (1 Tm 4, 7) que consiste en poner
medios concretos y constantes para impregnar de amor a Dios y de trato personal con Él cada momento
de la jornada.

El núcleo de un proyecto personal de vida lo constituye el Santo Sacrificio de la Misa, “centro y


raíz de la de la vida espiritual cristiana”1. Junto a la Eucaristía se encuentra la Penitencia, para encontrar
el perdón de Dios frente a los propios errores y la gracia para superarlos. A los sacramentos los
acompaña el diálogo personal con el Señor en los tiempos de oración mental, la lectura del Evangelio
y de algún libro de espiritualidad, el examen de conciencia y el trato asiduo con la Virgen, a través del
rezo del Rosario y del Angelus cotidianamente, y de la Salve los sábados. San Josemaría aconseja
también dedicar un día al mes y varios al año a intensificar ese trato con Dios en la realización de un
día de retiro mensual y de un curso de retiro anual.

La presencia de Dios es la actitud de respuesta permanente en quien se sabe mirado en todo instante
por su Padre Dios, y se nutre de breves oraciones vocales, o jaculatorias: invocaciones en acción de
gracias por sus beneficios, actos de desagravio por las ofensas propias y ajenas, petición de ayuda y
ofrecimiento de la actividad profesional, familiar o social. Se consideran también como elementos clave
del plan de vida virtudes o comportamientos que hacen posible santificar la tarea y la vida diaria.

El cumplimiento del plan de vida, como por otra parte toda la existencia del cristiano, ha de estar
impregnado del espíritu de filiación divina. Dirigirse a Dios como Padre, y abandonarse en Él
confiadamente, como un hijo pequeño, esforzándose en imitar e identificarse con Jesucristo en su total
entrega a la Voluntad del Padre. La vida filial se manifiesta asimismo en la sencillez de presentar a
Dios todas las realidades cotidianas, con sus éxitos y fracasos, preocupaciones y alegrías.

OFRECIMIENTO DE OBRAS
1
cfr. ECP, 87; F, 69
4
Durante el descanso de la noche, Dios Padre, con el Hijo y el Espíritu Santo, ha velado nuestro
reposo con su mirada de infinito Amor, como una madre junto a su hijo. Como es lógico, al despertar,
nuestro primer pensamiento ha sido para Él; y también para nuestra Madre Santa María, para San José
nuestro Padre y Señor, para nuestro Ángel Custodio… Siempre estamos acompañadísimos.

Comenzamos el día, con el esfuerzo de luchar desde ese instante por vivir la presencia de Dios
con garbo y sacrificio. El minuto heroico. -Es la hora, en punto, de levantarte. Sin vacilación: un
pensamiento sobrenatural y ¡arriba!2; Si no te levantas a hora fija nunca cumplirás el plan de vida
3
; Véncete cada día desde el primer momento, levantándote en punto, a hora fija, sin conceder ni un
minuto a la pereza. Si, con la ayuda de Dios, te vences, tendrás mucho adelantado para el resto de
la jornada. Desmoraliza tanto sentirse vencido en la primera escaramuza!4.

Es el momento de expresar de alguna manera la voluntad de convertir todo el nuevo día en un


acto de servicio a Nuestro Señor, para quien ha de ser toda la gloria. Todo cuanto hiciereis, tanto de
palabra como de obra, hacedlo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por
mediación de Él (Col 3,17). Y se lee en la primera Epístola a los Corintios: ya comáis, ya bebáis,
hacedlo todo para la gloria de Dios (1 Cor 10, 31)5.

Es natural pedir ayuda para cumplir los propósitos -especialmente los que hicimos en el examen
de la noche anterior-, porque "si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen. Si
no guarda el Señor la ciudad, en vano vigilan sus centinelas. En vano madrugaréis y os acostaréis
tarde." (Ps 126, 1-2).

R. Knox escribe: «El hombre sale a trabajar hasta el anochecer: entonces llega la noche y, con
una amable sonrisa, Dios nos manda dejar todos nuestros juguetes, con los cuales nos alborotamos
tanto nosotros (…), nos cierra los libros, nos esconde las distracciones, extiende un gran manto negro
sobre nuestra vida…; cuando la oscuridad se cierra a nuestro alrededor, vivimos un ensayo general de
la muerte; el alma y el cuerpo se dan las buenas noches … Luego llega la mañana y con la mañana el
re-nacimiento»6.

Aunque no hay por qué adaptarse a una fórmula concreta, es conveniente tener un modo habitual
de hacer esta norma de piedad, tan útil para que marche bien toda la jornada. Unos recitan una oración
sencilla aprendida de pequeños… o de mayores. Otros, una jaculatoria que les sirva para actualizar su
entrega, etc. Aparte del ofrecimiento de obras, cada cual verá lo que estima oportuno añadir al
levantarse: algunas oraciones a la Virgen, a San José, al santo de su devoción, al ángel custodio, etc.
También es un momento oportuno para traer a la memoria los propósitos de lucha que se han concretado
en el examen de la noche, renovando el deseo y pidiendo a Dios la gracia para cumplirlos. El
ofrecimiento de obras debe ejercitarse también frecuentemente a lo largo del día. Especialmente en la
Santa Misa, cuando se ofrece el pan y el vino en el ofertorio allí, en la patena, debemos colocar todos
nuestros ofrecimientos, lo que nos proponemos en aquella jornada que comienza.
ORACIÓN

2
C, 206
3
C, 78
4
C, 191
5
Cronica II-1969, p. 7).
6
R. A. Knox, Ejercicios para seglares, Rialp, 2ª ed., Madrid, 1962, pp. 45-46
5
Los ratos de oración incluirán espacios de meditación, es decir, de consideración devota y
detenida de la vida del Señor, de pasajes de la Escritura, así como de verdades de la fe cristiana y de
textos de autores espirituales. En esa meditación podrá predominar la acción de la inteligencia que
examina y pondera, aunque estará siempre presente el corazón con un diálogo amoroso y afectivo con
Dios Padre, con Cristo, con Santa María: Dios mío, te amo, pero... ¡enséñame a amar! (C, 423); Pierde
el miedo a llamar al Señor por su nombre -Jesús- y a decirle que le quieres (C, 303); ¡Oh Madre,
Madre!: con esa palabra tuya -«fiat»- nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. -
¡Bendita seas! (C, 512). De ese amor nacerán peticiones de perdón o de ayuda, actos de desagravio,
acciones de gracias, propósitos. Y, cuando Dios quiera y como Él quiera, podrá ocurrir que el alma
advierta que se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán (AD, 296); es la oración
contemplativa, de la que mana un endiosamiento que, al acercarte a tu Padre, te hará más hermano
de tus hermanos los hombres (C, 283).

Preferimos centrar aquí la mirada en la oración mental, entendiendo por tal los ratos que se
dedican, cada día, a estar a solas con Dios. San Josemaría lo recomendó desde el principio: Me has
escrito, y te entiendo: "Hago todos los días mi «ratito» de oración: ¡si no fuera por eso!" (C, 106).
Que no falten en nuestra jornada unos momentos dedicados especialmente a frecuentar a Dios,
elevando hacia Él nuestro pensamiento, sin que las palabras tengan necesidad de asomarse a los
labios, porque cantan en el corazón. Dediquemos a esta norma de piedad un tiempo suficiente; a
hora fija, si es posible. Al lado del Sagrario, acompañando al que se quedó por Amor. Y si no hubiese
más remedio, en cualquier parte, porque nuestro Dios está de modo inefable en nuestra alma en
gracia. Te aconsejo, sin embargo, que vayas al oratorio siempre que puedas: y pongo empeño en no
llamarlo capilla, para que resalte de modo más claro que no es un sitio para estar, con empaque de
oficial ceremonia, sino para levantar la mente en recogimiento e intimidad al cielo, con el
convencimiento de que Jesucristo nos ve, nos oye, nos espera y nos preside desde el Tabernáculo,
donde está realmente presente escondido en las especies sacramentales (AD, 249)

Dios tiene la iniciativa en la oración. Por eso, como acabamos de decir, hay que dejarse llevar
del Espíritu Santo, que, en ocasiones, concederá, cuando quiera y como quiera, momentos intensos de
oración. Pero es cierto a la vez que la gracia divina cuenta con la cooperación humana, y en ese sentido
la oración implica empeño, comenzar y recomenzar, poner medios o recursos en los que pueda apoyarse
el trato con Dios.

San Josemaría aconseja acudir, ante todo, a la palabra de Dios que se nos transmite en la liturgia
y en la Sagrada Escritura. Y así invita a meditar el Evangelio y a recitar los salmos, y las oraciones
del misal, en lugar de oraciones privadas o particulares (Camino, 86). Yo te aconsejo que, en tu
oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la
escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para
considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su
cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder,
lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá Él querrá indicarte algo:
y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones (AD, 253). Se llega
así a una auténtica participación en la vida de Jesús, posible gracias a la contemporaneidad de Cristo
resucitado con nosotros:

6
SANTA MISA, centro y raíz de la vida del cristiano
Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía, el Señor se hace presente en los signos
sacramentales del pan y del vino, en el acto de ofrecer la propia vida al Padre en expiación de los
pecados de la entera humanidad. En Cristo y con Cristo se hace presente su obra salvífica, el sacrificio
de nuestra redención en la plenitud del Misterio Pascual, es decir, de su pasión, muerte y resurrección.
El Señor viene a nuestro encuentro para redimirnos, para manifestarnos su amor, para darnos su misma
vida con el Pan de la vida eterna y el Cáliz de la eterna salvación, para unirnos a Sí y hacer posible que
en Él -en Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo- restituyamos al Padre, en acción de gracias, todo
lo que del Padre proviene.

San Josemaría enseñó a todos a renovar en la santa Misa el ofrecimiento de la propia vida y de
las obras de cada día, todo cuanto somos y poseemos: la inteligencia, la voluntad, y la memoria; el
trabajo, las alegrías y las contradicciones; y dirigir la entera existencia al Sacrificio Eucarístico,
enseñando a todos a vivir con alma sacerdotal, incorporando a él -como indica el Concilio Vaticano II-
"todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano
trabajo, el descanso del alma y cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la
vida, si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por
Jesucristo (cfr, 1 Pt 2, 5), y en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosamente al Padre junto
con la oblación del cuerpo del Señor" (LG, 34).

Especial importancia tiene para el sacerdote celebrante, pues en la celebración eucarística actúa
in persona Christi y está llamado a identificarse de modo particular con Cristo, Víctima y Sacerdote.
El ofrecimiento de la propia vida al Padre, por Cristo y en Cristo, debe ser una realidad para él en cada
celebración de la Eucaristía. Lo que el sacerdote realiza sacramentalmente sobre el altar compromete
su vida entera: está llamado a entregarse plenamente, en Cristo y con Cristo, al Padre, permitiendo de
este modo que el Señor asuma su entera existencia y le dé plenitud de sentido y valor salvador. San
Josemaría, consciente de esta verdad, la recordaba con frecuencia y la vivía cada día en el Sacrificio
del Altar: Por el sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro
Señor la voz, las manos, todo su ser; es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la
consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su
Divinidad. En esto se fundamenta la incomprensible dignidad del sacerdote. Una grandeza prestada,
compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la
gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas
de las grandezas del Señor (AIG, pp. 70-71). De ahí su alegría al leer en el Decr. Presbyterorum ordinis
que la celebración del Sacrificio Eucarístico "es el centro y la raíz del toda la vida del presbítero, de
forma que el alma sacerdotal se esfuerza en reproducir en sí misma lo que se realiza en el ara del
sacrificio" (P.O. 14).

Hemos de amar la Santa Misa que debe ser el centro de nuestro día. Si vivimos bien la Misa,
¿cómo no continuar luego el resto de la jornada con el pensamiento en el Señor, con la comezón de
no apartarnos de su presencia, para trabajar como Él trabajaba y amar como Él amaba? (ECP, 154).
El cristiano está llamado a hacer del día entero una Misa continuada, viviendo cotidianamente una
existencia totalmente eucarística (Forja, 826). De este modo, muy unidos a Jesús en la Eucaristía,
lograremos una continua presencia de Dios, en medio de las ocupaciones ordinarias propias de la
situación de cada uno en este peregrinar terreno, buscando al Señor en todo tiempo y en todas las
cosas (Carta 2-II-1945, n. 11: AGP, serie A.3, 92-3-1).
7
COMUNIÓN SACRAMENTAL
La dimensión sacrificial y convival de la Eucaristía están estrechamente unidas. La santa
Comunión, prescrita por Jesucristo a los apóstoles ("tomad y comed"...: Mt 26, 26-27), forma parte de
la estructura fundamental de la celebración de la Eucaristía. Es el momento en el que Cristo viene a
nuestro encuentro, ofreciéndonos su misma vida, para que podamos vivir en Él (cfr. Jn 6, 57). Por
nuestra parte siempre deberemos prepararnos a este acontecimiento con fe y esperanza, con el alma en
gracia de Dios. "El que quiera recibir a Cristo en la comunión eucarística- recuerda el Catecismo de la
Iglesia Católica- debe hallarse en estado de gracia. Si uno tiene conciencia de haber pecado
mortalmente no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido previamente la absolución en el
sacramento de la Penitencia" (CCE, n. 1415); se debe observar además, como manifestación del respeto
a la presencia de Cristo, el ayuno prescrito por la Iglesia (cfr. CCE, n. 1387).

Y, supuestas esas debidas disposiciones, tomar conciencia del don que Dios nos hace y con un
profundo amor, sin dejar espacio a la rutina, reconociendo al Señor que viene a nosotros. Esta
preparación es esencial, pues si bien el Señor se nos entrega por entero en la Comunión Eucarística, la
potencia de su Amor salvador la recibimos con mayor o menor plenitud según la calidad de las
disposiciones personales, en la medida en que sabemos acogerle y nos dejamos transformar por Él.
Para encauzar el diálogo, el agradecimiento y la petición de ayuda durante este tiempo, san Josemaría
recomendaba prolongar la Misa, y la Comunión recién recibida, con unos minutos de oración, de acción
de gracias, considerando con fe viva quién ha venido a nuestro encuentro: nuestro Rey, nuestro Médico,
nuestro Amigo, ¡nuestro Dios!; y después, abriéndole plenamente el alma para que actúe en nuestras
vidas y las transforme (cfr. ECP, 93).

Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de mi Pasión (Lc 22, 15). Con
estas palabras, la noche de la Ultima Cena, el Señor manifestaba a los Apóstoles el amor extremado
que le llevaba a instituir el Sacramento de la Eucaristía, en el que —bajo las especies del pan y del
vino— quiso ofrecerse Él mismo, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad,
como alimento para nuestras almas. Y con esos mismos sentimientos invita ahora a cada cristiano a
acercarse a la Sagrada Comunión.

¿Has pensado alguna vez cómo te prepararías para recibirle si se pudiera comulgar sólo una
vez en la vida? Cuando yo era pequeño, y no estaba tan extendida la práctica de la Comunión
frecuente, la gente se preparaba con gran cuidado para comulgar. Primero, con una buena
confesión; con un traje, si se podía, nuevo; limpios de los pies a la cabeza. Disponían el alma y el
cuerpo, como enamorados. Hemos de agradecer al Señor la facilidad que tenemos ahora para
acercarnos a Él; pero hemos de agradecérselo, preparándonos muy bien a recibirle 7. Con adorno
y limpieza en el alma y en el cuerpo, en la memoria, en la imaginación y en los afectos, nos
acercamos a Jesús en la Sagrada Comunión. Hijo: dile al Señor que en lo sucesivo, cada vez que celebres
o asistas a la Santa Misa, y administres o recibas el Sacramento Eucarístico, lo harás con una fe
grande, con un amor que queme, como si fuera la última vez de tu vida. ¡Que vivas las palabras
y las acciones! ¡Que te identifiques con ese Jesús Hostia que se ofrece en el altar! ¡Que te sientas
muy cerca de todos tus hermanos! Y no habrá nada en la tierra que nos pueda apartar de Dios 8.

7
Meditación 14-IV-1960
8
Meditación, 14-IV-1960
8
VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO
La unión con Cristo, alimentada y fortalecida en la Eucaristía, hace posible que el cristiano
ejerza un influjo transformador en el lugar donde se dedica a su actividad profesional, en el ambiente
familiar en el que vive y en todos los lugares que frecuenta, llevando todo y todos hacia Cristo. Vamos
a pedir al Señor que nos conceda ser almas de Eucaristía, que nuestro trato personal con Él se
exprese en alegría, en serenidad, en afán de justicia. Y facilitaremos a los demás la tarea de
reconocer a Cristo, contribuiremos a ponerlo en la cumbre de todas las actividades humanas. Se
cumplirá entonces la promesa de Jesús: Yo, cuando sea exaltado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia
mí (Jn 12, 32)" (ECP, 156).

La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de


latría al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa como fuera de su celebración (cfr.
CCE, n. 1378). La actitud del creyente en cada encuentro personal con Cristo en la Eucaristía no puede
ser otra que la de reverencia, llena de gratitud y de amor, y adoración. El Sagrario es el lugar más
idóneo para la oración personal y donde hay que acudir siempre que sea posible, ya que la presencia
sacramental real y verdadera de Jesús facilita el trato personal y directo con Él. Cuando contemplamos
la Sagrada Hostia expuesta en la custodia o la adoramos escondida en el Sagrario, debemos reavivar
nuestra fe y conmovernos ante el cariño y la ternura de Dios (ECP, 153). Y así el diálogo puede fluir
de forma espontánea y sincera: Os diré que para mí el Sagrario ha sido siempre Betania: el lugar
tranquilo y apacible donde está Cristo, donde podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros
sufrimientos, nuestras ilusiones y nuestras alegrías, con la misma sencillez y naturalidad con que le
hablaban aquellos amigos suyos, Marta, María y Lázaro. Por eso, al recorrer las calles de alguna
ciudad o de algún pueblo, me da alegría descubrir, aunque sea de lejos, la silueta de una iglesia: es
un nuevo Sagrario, una ocasión más de dejar que el alma se escape para estar con el deseo junto al
Señor Sacramentado (Es Cristo que pasa, 154).

San Josemaría veía el Sagrario como el lugar en el que Jesús siempre nos está esperando, para
escucharnos y ayudarnos, como escuchaba y ayudaba a sus amigos, Marta, María y Lázaro (cfr. C, 60;
ECP, 154). Consideraba las Visitas al Santísimo Sacramento momentos privilegiados para
corresponder al amor del Señor, mostrándole nuestro agradecimiento por haberse quedado con
nosotros: "¡Jesús se ha quedado en la Hostia Santa -escribe en Surco- por nosotros!: para permanecer
a nuestro lado, para sostenernos, para guiarnos. -Y amor únicamente con amor se paga. -¿Cómo no
habremos de acudir al Sagrario, cada día, aunque sólo sea por unos minutos, para llevarle nuestro
saludo y nuestro amor de hijos y de hermanos?" (S, 686). Y en otro lugar aconseja: "Acude
perseverantemente ante el Sagrario, de modo físico o con el corazón, para sentirte seguro, para
sentirte sereno: pero también para sentirte amado..., ¡y para amar!" (F, 837). También trató de la
Comunión espiritual, considerándola una fuente inagotable de gracias, y un medio eficacísimo para
vivir la unidad de vida: "¡Qué fuente de gracias es la Comunión espiritual! -Practícala
frecuentemente y tendrás más presencia de Dios y más unión con Él en las obras" (C, 540).

LECTURA DEL NUEVO TESTAMENTO


9
La lectura de la Biblia es para el cristiano un acto que debe realizarse con veneración, con
conciencia de encontrarse delante del testimonio escrito de la Revelación; es decir, con una actitud de
escucha que manifiesta el amor. Conviene leer la Sagrada Escritura con el mismo espíritu con que se
escribió, procurando penetrar intelectual y vitalmente en el sentido de los textos sagrados. San
Josemaría leía la Biblia in sinu Ecclesiae. Valoraba el sentido y la profundidad de la Palabra de Dios
como Revelación del misterio de Dios y de los hombres, y por eso se acercaba siempre a la Escritura
con el deseo de conocer su verdad insondable. Dio pruebas constantes de un respeto extraordinario
hacia la Sagrada Escritura que, junto con la Tradición de la Iglesia, es la fuente de la que se nutría
ininterrumpidamente para su oración personal y para su predicación.

Para acercarse al Señor a través de las páginas del Santo Evangelio, recomiendo siempre
que os esforcéis por meteros de tal modo en la escena, que participéis como un personaje más. Así -
sé de tantas almas normales y corrientes que lo viven-, os ensimismaréis como María, pendiente de
las palabras de Jesús o, como Marta, os atreveréis a manifestarle sinceramente vuestras inquietudes,
hasta las más pequeñas (AD, 222). Cuando se ama a una persona se desean saber hasta los más
mínimos detalles de su existencia, de su carácter, para así identificarse con ella. Por eso hemos de
meditar la historia de Cristo, desde su nacimiento en un pesebre, hasta su muerte y su resurrección.
Hace falta que la conozcamos bien, que la tengamos toda entera en la cabeza y en el corazón, de
modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos
contemplarla como en una película; de forma que, en las diversas situaciones de nuestra conducta,
acudan a la memoria las palabras y los hechos del Señor (ECP, 107).

A través de la lectura de las Escrituras llegará la gracia de la transformación, de la conversión.


Leer la Biblia no es un acto pasivo, sino que comporta una activa búsqueda y el posterior encuentro. Si
obramos así, si no ponemos obstáculos, las palabras de Cristo entrarán hasta los pliegues del alma
y del espíritu, hasta el fondo del alma y nos transformarán. Porque la palabra de Dios es viva y eficaz,
y más penetrante que espada de dos filos, y se introduce hasta las junturas y los tuétanos, y discierne
los pensamientos y las intenciones del corazón (Heb 4:12)9.

La Iglesia recomienda insistentemente a todos los fieles (…) la lectura asidua de la Escritura
para que adquieran “la ciencia suprema de Jesucristo” (Flp 3,8), pues “desconocer la Escritura es
desconocer a Cristo”10. Tan importante es este conocimiento en el camino hacia la santidad, que
Benedicto XVI define a los santos como “los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través
de la escucha, la lectura y la meditación asidua” 11. Además, éste es el punto de partida para hacer un
apostolado fecundo, pues, como recuerda el Papa Francisco, “la evangelización requiere la familiaridad
con la Palabra de Dios” y esto exige “un estudio serio y perseverante de la Biblia” 12.

9
L.c.
10
San Jerónimo. Cfr Dei Verbum, 25, CEC, 133.
11
Benedicto XVI, [Link]. Verbum Domini,48.
12
Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium, 175.
10
LECTURA DE ALGÚN LIBRO ESPIRITUAL
La espiritualidad cristiana entiende por lectura la práctica regular de la lección de la Sagrada
Escritura y otros libros adecuados para nutrir y avivar la vida espiritual. Al incorporar la lectura
espiritual a las prácticas de piedad, san Josemaría extendió este medio ascético entre cristianos de todos
los ambientes y categorías sociales. Recomendaba dedicar de modo constante, a ser posible
diariamente, unos minutos a esta práctica. En esa recomendación incluía la lectura de la Biblia,
especialmente el Nuevo Testamento, y también otros libros de espiritualidad cristiana. Consideraba
esencial que se hiciera con verdadero recogimiento, y procurando sacar provecho del texto para el
propio diálogo con Dios y para la mejora de la conducta.

La lectura de otras obras espirituales, aunque tiene diversas dimensiones, debe guardar siempre
relación con el núcleo de la vida cristiana y, por tanto, con el Evangelio, con Cristo. Para acercarnos
a Dios hemos de emprender el camino justo, que es la Humanidad Santísima de Cristo. Por eso,
aconsejo siempre la lectura de libros que narran la Pasión del Señor. Esos escritos, llenos de sincera
piedad, nos traen a la mente al Hijo de Dios, Hombre como nosotros y Dios verdadero, que ama y
que sufre en su carne por la Redención del mundo (AD, 299). Uno de los primeros fieles del Opus
Dei, Ricardo Fernández Vallespín, refirió que en su primera entrevista con san Josemaría "cogió un
libro que estaba usado por él y en la primera página puso, a modo de dedicatoria, estas tres frases: +
Madrid - 29-V-1933. Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo. El libro era
«La Historia de la Pasión» del Padre Luis de la Palma" (CECH, p. 553; cfr. C, 382).

Con el mejor conocimiento de Cristo, la lectura constituye un alimento del diálogo con Dios y
medio para alcanzar la presencia de Dios en la vida ordinaria, y para orientar debidamente esa vida.
"En la lectura -me escribes- formo el depósito de combustible. -Parece un montón inerte, pero es de
allí de donde muchas veces mi memoria saca espontáneamente material, que llena de vida mi oración
y enciende mi hacimiento de gracias después de comulgar" (C, 117). Por eso, aconsejaba, también en
circunstancias difíciles: "No dejes tu lección espiritual. -La lectura ha hecho muchos santos" (C, 116;
cfr. CECH, p. 319).

San Josemaría recomendó la lectura como medio para la formación doctrinal- religiosa porque
se dirige tanto al corazón como a la inteligencia. Subrayó que la búsqueda de la santidad y el apostolado
en el Opus Dei han de fundamentarse en la doctrina, en la fe de la Iglesia, y para adquirir esa doctrina,
se precisa tiempo y estudio. A través de este medio, el cristiano madura conocimientos y actitudes que
le convierten en una persona sólida en sus convicciones y en su amor por Cristo (cfr. CECH, p. 535).

El conocimiento del Antiguo Testamento es imprescindible para comprender mejor el Nuevo.


Por esta razón están muy recomendados, estos libros como lectura espiritual, junto con las
introducciones, comentarios y notas de buenas Biblias. También ayuda muy especialmente el
conocimiento del Catecismo de la Iglesia Católica, por el modo en que se refiere a la Sagrada Escritura,
a leerla con provecho a la luz de la Tradición de la Iglesia.

11
SANTO ROSARIO
Entre las varias formas y modos de honrar a la Madre de Dios, la más agradable a Ella, es el
rezo del Santo Rosario, que ocupa el lugar preeminente. Vale la pena recordar que entre las variadas
apariciones de la Santísima Virgen, siempre Ella ha insistido en el Rezo del Rosario. Siendo un
sacramental, el Santo Rosario contiene los principales misterios de nuestra religión Católica, que nutre
y sostiene la fe, eleva la mente hasta las verdades divinamente reveladas, nos invita a la conquista de
la eterna patria, acrecienta la piedad de los fieles, promueve las virtudes y las robustece. El Rosario es
alto en dignidad y eficacia, podría decirse que es la oración más fácil para los sencillos y humildes de
corazón, es la oración más especial que dirigimos a nuestra Madre para que interceda por nosotros ante
el trono de Dios.
El Rosario, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la
cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico,
del cual es como un compendio. En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra
de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a
contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el
Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre
del Redentor.

Esta oración ha tenido un puesto importante en mi vida espiritual desde mis años jóvenes,
escribió san Juan Pablo II. El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de
tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo. El Rosario
es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad, con el
trasfondo de las Avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de
Jesucristo. El Rosario en su conjunto consta de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y nos ponen
en comunión vital con Jesús a través –podríamos decir– del Corazón de su Madre. Al mismo tiempo
nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del
individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Cuántas gracias he recibido de la Santísima
Virgen a través del Rosario en estos años: Magnificat anima mea Dominum! Deseo elevar mi
agradecimiento al Señor con las palabras de su Madre Santísima, bajo cuya protección he puesto mi
ministerio petrino: Totus tuus! Recitar el Rosario, en efecto es contemplar con María el rostro de
Cristo.

El Rosario es una oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se


desnaturalizaría, como subrayó Pablo VI: «Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su
rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia
de Jesús: "Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de
su locuacidad" (Mt 6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo
remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través
del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza».

Siendo María, de todas las criaturas, la más conforme a Jesucristo, se sigue que, de todas las
devociones, la que más consagra y conforma un alma a Jesucristo es la devoción a María, su Santísima
Madre, y que cuanto más consagrada esté un alma a la Santísima Virgen, tanto más lo estará a
Jesucristo. De verdad, en el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente
unidos. ¡María no vive más que en Cristo y en función de Cristo!

12
EXAMEN DE CONCIENCIA
El cristiano, mediante el examen de conciencia, se sitúa ante sí mismo en la presencia de Dios,
para descubrir lo que hay en él y en sus obras que no se corresponde con su vocación de hijo de Dios
en Cristo, llamado a la santidad. El conocimiento alcanzado le dispone a la contrición, al dolor por sus
faltas y al propósito de enmendarse, a pedir perdón a Dios, a valorar los bienes que de Él ha recibido,
a dar gracias y a buscar los medios adecuados para mejorar en las circunstancias en las que se encuentra:
Mira tu conducta con detenimiento. Verás que estás lleno de errores, que te hacen daño a ti y quizá
también a los que te rodean. (...) –Necesitas un buen examen de conciencia diario, que te lleve a
propósitos concretos de mejora, porque sientas verdadero dolor de tus faltas, de tus omisiones y
pecados (F, 481).
El examen es una necesidad para el cristiano que quiere responder a la llamada divina: "Si
luchas de verdad, necesitas hacer examen de conciencia. Cuida el examen diario: mira si sientes
dolor de Amor, porque no tratas a Nuestro Señor como debieras" (S, 142). San Josemaría pone de
relieve la finalidad fundamental del examen: el dolor por la falta de correspondencia al Amor de Dios,
y advierte que el verdadero examen de conciencia debe terminar en la contrición. Por eso aconseja:
Acaba siempre tu examen con un acto de Amor –dolor de Amor– por ti, por todos los pecados de los
hombres. Y considera el cuidado paternal de Dios, que te quitó los obstáculos para que no tropezases
(C, 246). El examen no termina en sí mismo, tiene su acabamiento en el dolor de amor y, precisamente
porque es de amor, en el pesar por los pecados propios y ajenos. Es inspirado por el amor a Dios y
lleva, ante el Amor de Dios, al dolor por las faltas y al agradecimiento.
El examen no es simple introspección, una especie de monólogo interior que versa sobre uno
mismo y sus obras, para calibrar, incluso hasta la exageración, si va bien o si va mal, pues el cristiano
no es un maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada (ECP, 75). El examen es una
forma de oración, en la que el hombre considera su propia vida en la presencia de Dios, en diálogo con
el Señor, y con la ayuda de su gracia: Jesús, si en mí hay algo que te desagrada, dímelo, para que lo
arranquemos (F, 108).
El examen de conciencia es tarea que requiere empeño serio, pues el bien que está en juego es
el más alto. Para ilustrar esta realidad, san Josemaría acude a la comparación con la gestión de los
negocios humanos: Examen. Labor diaria. Contabilidad que no descuida nunca quien lleva un
negocio. ¿Y hay negocio que valga más que el negocio de la vida eterna? (C, 235). Paso previo y
punto de partida para esa lucha es el examen de conciencia. Descuidarlo es un serio peligro: Hay un
enemigo de la vida interior, pequeño, tonto, pero muy eficaz, por desgracia: el poco empeño en el
examen de conciencia (F, 109). Nada importa tanto al cristiano como acercarse más y más a Dios, por
lo que procurará siempre "hacer a conciencia el examen de conciencia",
San Josemaría conoce y hace suya la distinción entre examen general y examen particular. Con
un símil que se remite a la consideración de la vida cristiana como lucha –guerra de paz, contienda de
amor, combate espiritual, torneo de amor (cfr. ECP, 73-77)–, presenta gráficamente la naturaleza y
finalidad de ambos modos del examen de conciencia: El examen general parece defensa. El
particular, ataque. El primero es la armadura. El segundo, espada toledana (C, 238). El examen
particular se centra en un punto concreto en el que se quiere mejorar: Con el examen particular has
de ir derechamente a adquirir una virtud determinada o a arrancar el defecto que te domina (C,
241). Pide luces. Insiste hasta dar con la raíz para aplicarle esa arma de combate que es el examen
particular (C, 240). Y luego, una vez fijado el punto, determinar también los medios para conseguir
ese objeto. Así podrá ir derechamente a adquirir la virtud o a arrancar el defecto.

13
ANGELUS
Aunque ya se rezaba varios siglos antes, la oficialidad del Ángelus, si es lícito hablar así, recibe
una confirmación definitiva en el Ceremonial editado en 1600 por orden de Clemente VIII. A finales
del siglo XVII en Francia se rezaba en todas las iglesias: "no hay familia cristiana que no rece el
Ángelus cuando oye tocar las campanas. Creo que no hay necesidad de exhortar a los cristianos para
que lo recen, ya que esta práctica está bien establecida y observada en todas partes"13.

Pío XII favoreció la práctica del Ángelus al mediodía, rezándolo él mismo con sus visitantes y
peregrinos. El mismo Pío XII, al inaugurar la Radio Vaticana el 11 de febrero de 1958, con el rezo del
Ángelus a mediodía, volvía a proponer esta oración a los fieles. Tras esto, el Papa Juan XXIII, cuando
empezó a impartir la bendición apostólica los días de fiesta, decidió colocar antes de la bendición la
oración del Ángelus, uso que adoptaron luego sus sucesores, hasta que se hizo una de las citas de
oración tradicionales del obispo de Roma con los fieles romanos y peregrinos.

En la exhortación apostólica "Marialis cultus", de Pablo VI (1974 exhorta a "mantener la


costumbre de este rezo, donde y cuando sea posible” Entre sus características se señalan: "Su estructura
sencilla, su carácter bíblico, su ritmo casi litúrgico que santifica momentos diversos de la jornada, su
apertura al misterio pascual, por lo que, mientras conmemoramos la encarnación del Hijo de Dios,
pedimos ser conducidos por su Pasión y su Cruz a la gloria de la Resurrección" (n. 41). Cuando el Papa
repasó en su magnífica Exhortación Apostólica “El Culto de María”, las devociones de la Iglesia a la
Virgen, al llegar al Ángelus dijo sin más: “Que se conserve tal y como está porque es una plegaria
perfecta”.

Los tres momentos de rezar el Ángelus han sido tradicionalmente avisados con el toque de la
campana en los pueblos cristianos. Al amanecer, al mediodía y al ponerse el sol, tocaba la campana, y
toda la comunidad cristiana entendía: -¡es la hora de rezar a la Virgen!... El Ángel del Señor anunció a
María… Todos interrumpían el trabajo, todos rezaban las tres Avemarías, todos tenían un recuerdo
cariñoso para sus difuntos, todos oxigenaban el alma con la oración más tierna a la Madre del Cielo. El
mundo se paraba a las doce para alabar a la Virgen, para alabar a Nuestra Reina, en el mayor homenaje
que le hacen juntos, hombres y ángeles.

Es muy conocido el cuadro de Jean-François Millet (Las espigadoras (1857) y El Ángelus


(1858). El esposo y la esposa han pasado el día trabajando en el campo. Y al oír la invitación de la
campana, interrumpen la faena, azadón en mano y canasto en tierra, con los ojos hacia el suelo, rezan
y quedan sumidos en profunda oración. Recuerdan a San Carlos Borromeo, que al oír la invitación de
la campana como si viniera del cielo, se bajaba de la cabalgadura, estuviera donde fuese, y se arrodillaba
aunque fuese sobre el fango.

¿Por qué no dedicar un par de minutos a contemplar el misterio más profundo de nuestra fe,
como es la acción de la Santísima Trinidad, que, por María, nos manda la salvación al mundo? Porque
esto y no otra cosa es el rezo del Ángelus. Vemos al Padre enviando al Hijo, al Hijo encarnándose, al
Espíritu Santo, pues todo esto es obra Suya, vemos a La Virgen María, ofreciéndose en todo a la
Trinidad. Todo esto tan grandioso, se capta de un vistazo en el Ángelus. Merece la pena gastar dos
minutos en el rezo del Ángelus, porque esos minutos ofrecidos a María, no se pierden, sino que acaban
a los pies de Dios.

13
Lazare-André Bocquillot (1649-1728) Traité historique de la Liturgie Sacrée ou de la Messe. Paris, chez Anisson, 1701
14
REGINA COELI
«Los evangelios no nos hablan de una aparición de Jesús resucitado a María. De todos modos,
como Ella estuvo de manera especialmente cercana a la cruz del Hijo, hubo de tener también una
experiencia privilegiada de su resurrección»14. Una tradición antiquísima de la Iglesia nos transmite
que Jesús se apareció en primer lugar y a solas a su Madre. En primer término, porque Ella es la primera
y principal corredentora del género humano, en perfecta unión con su Hijo. A solas, puesto que esta
aparición tenía una razón de ser muy diferente de las demás apariciones a las mujeres y a los discípulos.
A éstos había que reconfortarlos y ganarlos definitivamente para la fe. La Virgen, que ya había sido
constituida Madre del género humano reconciliado con Dios, no dejó en ningún momento de estar en
perfecta unión con la Trinidad Beatísima. Toda la esperanza en la Resurrección de Jesús que quedaba
sobre la tierra se había cobijado en su corazón.
No sabemos de qué manera tuvo lugar la aparición de Jesús a su Madre. A María Magdalena se
le apareció de forma que ella no le reconoció en un primer momento. A los dos discípulos de Emaús se
les unió como un hombre que iba de viaje. A los apóstoles reunidos en el Cenáculo se les apareció con
las puertas cerradas... A su Madre, en una intimidad que podemos imaginar, se le mostró en tal forma
que Ella conociera, en todo caso, su estado glorioso y que ya no continuaría la misma vida de antes
sobre la tierra15. La Virgen, después de tanto dolor, se llenó de una inmensa alegría. «No sale tan
hermoso el lucero de la mañana -dice fray Luis de Granada-, como resplandeció en los ojos de la Madre
aquella cara llena de gracias y aquel espejo sin mancilla de la gloria divina. Ve el cuerpo del Hijo
resucitado y glorioso, despedidas ya todas las fealdades pasadas, vuelta la gracia de aquellos ojos
divinos y resucitada y acrecentada su primera hermosura. Las aberturas de las llagas, que eran para la
Madre como cuchillos de dolor, verlas hechas fuentes de amor, al que vio penar entre ladrones, verle
acompañado de ángeles y santos, al que la encomendaba desde la cruz al discípulo ve cómo ahora
extiende sus amorosos brazos y le da dulce paz en el rostro, al que tuvo muerto en sus brazos, verle
ahora resucitado ante sus ojos. Tiénele, no le deja, abrázale y pídele que no se le vaya, entonces,
enmudecida de dolor, no sabía qué decir, ahora, enmudecida de alegría, no puede hablar» 16. Nosotros
nos unimos a esta inmensa alegría.
Se cuenta que Santo Tomás de Aquino, cada año en esta fiesta, aconsejaba a sus oyentes que no
dejaran de felicitar a la Virgen por la Resurrección de su Hijo 17. Es lo que hacemos nosotros,
comenzando a rezar el Regina Coeli, que ocupará el lugar del Angelus durante el tiempo Pascual:
Alégrate, Reina del cielo, ¡aleluya!, porque Aquel a quien mereciste llevar dentro de ti ha resucitado,
según predijo... Y le pedimos que nosotros resucitemos en íntima unión con Jesucristo. Hagamos el
propósito de vivir este tiempo pascual muy cerca de Santa María.

14
Juan Pablo II, Discurso en el santuario de Nª Sª de la Alborada, Guayaquil, 31-I-1985
15
Cfr. F. M. William, Vida de María, Herder, Barcelona 1974, p. 330
16
Fray Luis de Granada, Libro de la oración y meditación, Palabra, 2ª ed., Madrid 1979, 26, 4, 16
17
Cfr. Fr. J. F. P., Vida y misericordia de la Santísima Virgen, según los textos de Santo Tomás de Aquino, Segovia 1935,
pp. 181-182
15
CONFESIÓN SACRAMENTAL
A lo largo de este siglo, los Romanos Pontífices han denunciado repetidamente la progresiva
pérdida del sentido del pecado que se difunde por desgracia, no sólo entre los hombres en general, sino
—lo que es aún más triste— entre los mismos cristianos. Parte esencial de la labor apostólica de quienes
nos sabemos hijos de Dios consiste, pues, en mantener viva la repulsa por todo lo que aleja de Dios a
las criaturas, tanto en la propia vida personal, como en el ambiente en que nos desenvolvemos, porque
—como puntualizaba el Vicario de Cristo— «pecar no es solamente negar a Dios; pecar es también
vivir como si Él no existiera, es borrarlo de la propia existencia diaria»18.

En su misericordia infinita, Jesucristo instituyó el Santo Sacramento de la Confesión para


ayudarnos a luchar contra el pecado. En la Penitencia se reproduce admirablemente la parábola del hijo
pródigo, y tocamos con la mano la misericordia de nuestro Padre Dios, que se inclina amorosamente
sobre nosotros, hijos suyos arrepentidos, para darnos una y otra vez el abrazo de bienvenida a la casa
paterna19. A este propósito escribía un antiguo autor: «Nadie es tan Padre nuestro como Él, nadie
manifiesta tanta piedad hacia nosotros. Él te acogerá como hijo suyo, aun cuando hayas dilapidado a
manos llenas todo lo que habías recibido. Aunque vuelvas desnudo, te recibirá, precisamente porque
has vuelto. Y sentirá más alegría con tu retorno que con el buen comportamiento de su otro hijo. A
condición, claro está, de que tu arrepentimiento sea sincero: es decir, de que proceda de lo íntimo de tu
corazón (...). El reconocimiento de las propias culpas levanta y ennoblece al pecador, mientras que el
que intenta disimularlas, las agrava»20.

Para algunos no resulta fácil ir con puntualidad a esta fuente de gracia, porque viven lejos de
los lugares donde sus hermanos sacerdotes los esperan o porque las ocupaciones familiares o
profesionales —siempre abundantes— constituyen una dificultad objetiva. Sin embargo, es importante
prepararse muy bien para la Confesión, y no saltarse la frecuencia semanal o, al menos, quincenal. Esas
razones aparentemente objetivas no pueden constituir nunca una razón para retrasar la recepción de
este sacramento, y menos aún para hacerlo de modo habitual: es cuestión de querer y de saber amar.

La Confesión sirve no sólo para perdonar los pecados. Se ofrece al cristiano también como un
medio privilegiado de dirección espiritual, una ocasión singularísima de encuentro con Cristo, que por
medio del sacerdote se preocupa de facilitar al alma el alimento más conveniente, el consejo más
acertado, la medicina más eficaz que necesita para mantenerse firme en su camino de santidad. En
efecto, quien se esmera en la práctica de este medio de santificación cristiana, desea transmitir esta
alegría del perdón de Dios a otras almas. Sólo una persona que se mueve habitualmente en gracia de
Dios y lucha contra la tibieza se halla en condiciones de progresar en su conducta cristiana, que influirá
en todo su quehacer. Y para esto resulta imprescindible la Confesión frecuente.

El Papa Juan Pablo II explicaba que ese derecho del cristiano a ser perdonado en la Penitencia
«es al mismo tiempo el derecho de Cristo mismo hacia cada hombre redimido por Él, el derecho a
encontrarse con cada uno de nosotros en aquel momento clave de la vida del alma, que es el momento
de la conversión y del perdón»21.

18
JUAN PABLO II, Exhort. apost. Reconciliatio et Pænitentia, 2-XII-1984, n. 18.
19
Cfr. Lc 15, 11-32.
20
TERTULIANO, Sobre la penitencia VIII.
21
Ibid.
16
DIA DE RETIRO MENSUAL
El sustantivo “retiro” expresa el hecho de apartarse, con objeto de prestar más atención a una
determinada realidad. El retiro, como recogimiento para reflexionar sobre temas concretos, es actividad
inseparable de la naturaleza humana. Si, además, su motivo es religioso, para tratar con Dios de
realidades espirituales y progresar en la santidad, hablamos de “retiro espiritual”.

La Escritura muestra cómo el coloquio hondo del alma con Dios es necesario; y cómo la soledad
del desierto, el aislamiento, es medio propicio para el encuentro con el Señor: Moisés habla allí con
Dios, cuando le revela su Nombre (cfr. Ex, 3); Elías, al iniciar su misión, se oculta en el torrente Querit
(cfr. 1 Re 17, 3); el Bautista se prepara también morando en soledad (cfr. Lc 1, 80); el mismo Jesús ora
en el desierto antes de su vida pública (cfr. Lc 4, 1 ss.); Pablo se retirará a Arabia (cfr. Ga 1, 17).

En la práctica mensual del retiro espiritual se trata de un día que dedicamos, también con
recogimiento exterior, a la oración y al examen, como vemos en las páginas del Evangelio que hacía
en muchas ocasiones el Señor, solo o con los Apóstoles (Cfr. Lc. 5, 2; Lc. 9,10), separándose de la
muchedumbre que constantemente le rodeaba, para irse a un monte, o retirarse a un sitio más tranquilo
a orar. Por otra parte, en nuestro camino hacia la santidad hemos de rectificar muchas veces; y en el día
de retiro se nos ofrece la oportunidad de hacerlo con profundidad, ahondando (Cfr. C, 787).

Es una práctica muy conveniente y necesaria, porque se nos pueden ir metiendo, sin darnos
cuenta, defectos que hemos de descubrir y, con la ayuda del Señor, quitar o rectificar. San Pablo nos
pone en guardia contra el peligro de aflojar en la propia vida interior: “no sea que después de haber
predicado a muchos, venga a ser reprobado" (1 Cor. 9, 27).

Modo de aprovecharlo

Luchar con generosidad por:

— vivir el recogimiento interior y exterior, manifestado en el silencio exterior, sujetando la


imaginación, etc. (Cfr. C, 281). No dedicarnos a hacer cosas que nos puedan distraer, como arreglos,
ordenar cosas, etc.;

— puede ser útil tomar notas en las meditaciones, lectura y examen para llevarlo despacio a la
consideración personal (Cfr. C, 237, 239, 245);

— cuidar las prácticas cotidianas con especial esmero: Visitas al Santísimo, rezar el Santo Rosario,
hacer con espíritu de reparación el Via Crucis, etc.

--- Sacar uno o dos propósitos concretos. Realistas, mensurables. Para poderlos evaluar a lo largo del
mes. Y es muy conveniente hablar de estos propósitos en la Dirección Espiritual.

17
CADA AÑO, CURSO DE RETIRO ESPIRITUAL
El curso de retiro es un medio de formación, de purificación y progreso espiritual de las almas,
que corresponde a una exigencia de siempre de los cristianos: la de examinarse, recogerse en silencio
y dedicarse a la oración, a imitación de los cuarenta días que el Señor pasó en el desierto antes de su
vida pública. El fruto de estos días es un acercamiento a Dios, una más profunda conversión interior,
el deseo de una vida más unida a Cristo y la firma decisión de vivir la penitencia como premisa para
una vida nueva. El retiro anual es un medio de formación muy oportuno para orientar la propia vida
hacia Dios. Para conocer mejor a Jesucristo, y así poder tratarle y quererle más. A leer en los ratos
libres, algún libro sobre su vida; o haciendo lectura meditada de los Evangelios, o del Catecismo de la
Iglesia Católica. Durante el Curso de retiro hace mucho bien dedicar algún rato, todos los días, a hacer
el Via Crucis. Recorrer la vía dolorosa hacia el Calvario junto a Jesús nos da la oportunidad de
contemplar los dolores físicos y morales del Señor y, verlos como lo que realmente son: fruto de
nuestros pecados. San Pablo lo explica con claridad cuando dice que cada vez que el cristiano peca,
renueva la Pasión de Cristo. Por esta razón, la devoción del Via Crucis nos ayuda a arrepentirnos de
nuestros pecados, a pedirle perdón y a desear no volver a actualizar sus sufrimientos.

Lo fundamental y prioritario en el retiro es examinar la conducta y la conciencia: repasar nuestra


vida reciente y pasada, con relación a Dios y al prójimo. El encuentro con Dios en esos días, consiste
esencialmente en una sincera y profunda apertura del alma, que muestra la situación de la propia vida,
la fe y la confianza en Jesucristo, el arrepentimiento de las culpas, la rectificación de la vida y las
necesidades que agobian o pesan. Porque no es suficiente no desear ofender a Dios, sino que tenemos
que llegar a quererle como se quieren los amigos de verdad. Si faltase la sinceridad, desaparecería la
posibilidad misma de la intimidad con Jesús, que no puede hacer nada con la doblez, con quien se
oculta, con aquella persona que no quiere abrirle de par en par su interioridad.

Hay que saber aprovechar bien los días de retiro, y a formular propósitos de cambio -grandes o
pequeños- en algún aspecto de la vida. Y con la gracia de Dios –y también, si se quiere, con la ayuda
del sacerdote- cambiar lo que haya que cambiar; mejorar lo que haya que mejorar, arrancar lo que hay
que arrancar. Después vendrá la vida ordinaria, en la que tendremos que poner por obra, luchando, lo
que con la gracia de Dios hemos visto durante esos días.

Hacer unos ejercicios espirituales, un curso de retiro, es una manera eficacísima de acercarse a
Dios: una oportunidad estupenda para tratarle con paz y con mayor intensidad. Conocerle y conocerse
con la luz que Él da, de modo que ese conocimiento influya en nuestra vida, mejorándola, amando más
a Dios y al prójimo. Muchas veces será el inicio de una sincera conversión. Hay momentos en la vida
en que es necesario pararse; épocas en las que hay un nuevo despertar, en las que surgen -con la fuerza
de la primera vez-, pasiones e iniciativas, afanes nobles que necesitan un cauce; periodos en que las
necesidades espirituales se agudizan, y se mira la vida cara a Dios, y uno se plantea las grandes
cuestiones de todos los tiempos.

En definitiva: retirarnos algunos días a un lugar tranquilo, para descubrir los valores del espíritu
y ejercitarlos más en nuestra vida. Para ahondar hasta llegar a las raíces de lo que somos, de la grandeza
y dignidad de ser y sabernos hijos de Dios. Para meditar sobre nuestro destino eterno.

18
NORMAS DE PIEDAD DE TODAS LAS HORAS
PRESENCIA DE DIOS
Dios nos ha llamado a vivir vida contemplativa, vida de unión con Él, y por eso todas las Normas de piedad
tienen el fin concreto de llevamos a buscar la presencia de Dios en todo momento, el diálogo divino en cualquier
circunstancia. Se trata de un continuo ver a Dios a través de la jornada, una continua charla con el Señor:
comuniones espirituales, jaculatorias, actos de amor, actos de desagravio... Frases breves, que ocupan poco
tiempo, pero mantienen el alma despierta y atenta a las mociones del Espíritu Santo; ejercicios de piedad sencillos,
al alcance de todas las almas, y la vez obtener un trato con Dios habitual, para vivir vida sobrenatural.

“En Dios vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 27-28): vivimos porque Él nos ha creado,
y permanecemos en la vida porque Él nos sostiene con su amorosa providencia. Asimismo tenemos la
convicción de que Dios está con nosotros, siempre, no como un ente abstracto o una fuerza impersonal,
sino como Padre que es, amoroso y misericordioso. Es preciso convencerse de que Dios está junto a
nosotros de continuo. -Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no
consideramos que también está siempre a nuestro lado. Y está como un Padre amoroso -a cada uno
de nosotros nos quiere más que todas las madres de este mundo pueden querer a sus hijos-,
ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo...y perdonando. (...) Preciso es que nos empapemos, que
nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los
cielos” (C, 267; cfr. S, 658). Es el mismo Jesucristo quien nos da ejemplo de ello al aprovechar
cualquier ocasión y situación y referirla a Dios Padre, sea para alabar, renovar la acción de gracias o
reparar (cfr. Mt 6, 29-30; Jn 11, 4 y 15; Mt 11, 25; Jn 11, 41; Lc 23, 34; Mt 9, 36-38). No hay mejor
modo de ver las cosas y las personas que verlas tal como las ve Dios, mirarlas “con los ojos de Cristo”
(cfr. RH, 18).

Tener presencia de Dios es asumir plenamente nuestro ser y nuestra realidad: la de estar
llamados a la comunión con Dios correspondiendo libremente a su amor. Es justo que se nos diga:
ora comáis, ora bebáis, o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo a gloria de Dios (1 Co 10, 31)” (ECP,
48). Tener presencia de Dios no es, pues, segregarse de las ocupaciones ordinarias, sino que, por el
contrario, es el modo más pleno y verdadero de estar en la realidad. Podría decirse que consiste en un
simultáneo estar y no estar. Se está todo y del todo en los asuntos corrientes y concretos que ocupan
manos y cabeza, pero, a la vez, no se está porque se está en Dios. Puede parecer paradójico, pero ese
no estar es el modo más pleno y profundo de estar en las cosas temporales, porque cuando se tiene
presencia de Dios, de alguna manera se accede a ver las cosas como las ve Dios, es decir, se las ve del
modo más verdadero y objetivo.

La fidelidad a esas prácticas de piedad diarias conduce paulatinamente, manifiesta y fortalece


la presencia de Dios, por medio de jaculatorias. Jaculatorias son frases breves, cual saetas, que
manifiestan el amor a Dios y ayudan a ejercitarse en la presencia de Dios. Emplea esas santas
«industrias humanas» que te aconsejé para no perder la presencia de Dios: jaculatorias, actos de
Amor y desagravio, comuniones espirituales, «miradas» a la imagen de Nuestra Señora... (C, 272).
Entendemos por industrias humanas diversos recursos que pueden servir a menudo de despertadores
para recordar y vivir la presencia de Dios (crucifijo, estampas, imágenes de la Virgen, también otros
objetos profanos a los que la persona dota de algún significado y que contribuyen a acrecentar la vida
de la gracia en su alma: Ten presencia de Dios y tendrás vida sobrenatural (C, 278).

19
CONSIDERAR NUESTRA FILIACIÓN DIVINA

Llegada la plenitud de los tiempos, Dios Padre envió a su Hijo eterno a este mundo para que,
haciéndose hombre, nos redimiera y nos otorgase la adopción filial (cfr. Ga 4, 4-5): la posibilidad de
ser realmente hijos del Padre en Cristo por el Espíritu Santo. La revelación de la paternidad divina es
uno de los contenidos fundamentales del mensaje cristiano. Dios cuida con amor de los hombres, como
un padre cuida de sus hijos. El reconocimiento de la filiación divina surca la historia de la espiritualidad
cristiana, manifestándose con especial fuerza y acentos diversos en algunos santos y autores
espirituales. En san Josemaría, la filiación divina del cristiano es contemplada y vivida con especial
altura y radicalidad, como fundamento de toda la vida espiritual. En sus enseñanzas, "el nervio central
es el sentido de la filiación divina"22.

Este origen contemplativo es, en san Josemaría, especialmente patente en su vivencia y en su


enseñanza de la filiación divina. Por una parte, se trató de una contemplación adquirida por la frecuente
y profunda meditación del dato revelado. Una de las más características y frecuentes afirmaciones de
san Josemaría, acerca de la filiación divina, es su carácter fundamental en la vida cristiana. La filiación
divina es una verdad gozosa, un misterio consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida
espiritual (ECP, 65).

Se trata, pues, no sólo del don de la adopción filial, sino de que la conciencia creyente en ese
don informe toda la vida. No podemos ser hijos de Dios sólo a ratos, aunque haya algunos momentos
especialmente dedicados a considerarlo, a penetrarnos de ese sentido de nuestra filiación divina, que
es la médula de la piedad (CONV, 102). Dios Padre, llegada la plenitud de los tiempos, envió al
mundo a su Hijo Unigénito, para que restableciera la paz; para que, redimiendo al hombre del pecado,
adoptionem filiorum reciperemus (Ga 4, 5), fuéramos constituidos hijos de Dios, liberados del yugo
del pecado, hechos capaces de participar en la intimidad divina de la Trinidad (ECP, 65).

La santidad, tanto en el sacerdote como en el laico, no es otra cosa que la perfección de la


vida cristiana, que la plenitud de la filiación divina, pues todos somos a los ojos de nuestro Padre
Dios hijos de igual condición23.

Ser Cristo es ser hijo de Dios: la filiación divina es la identificación con Cristo, con el Unigénito
del Padre. No se trata sólo de una semejanza con Cristo, de tener sus sentimientos, reacciones, modo
de ver la realidad, etc. (aunque también encierra todo esto: "Tened entre vosotros los mismos
sentimientos que tuvo Cristo Jesús": Flp 2, 5). Es encontrarse en la misma y única relación que Cristo
tiene con Dios Padre; única que hace dirigirse al Padre con la expresión Abbá\, como escribe san Pablo:
"recibisteis un espíritu de hijos de adopción en el que clamamos": "Abba, Pater!"24. Se trata de una
comprensión sapiencial y vital, que podemos relacionar directamente con Rm 8, 17: Si somos hijos,
también herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con Él, para ser con
Él glorificados. No se limita sólo a padecer "como Cristo", sino de padecer "con Cristo". Tener la Cruz
es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios. Lo cual exige no reducir el
significado a la sola imitación o semejanza moral con Jesucristo.
COMUNIONES ESPIRITUALES
22
Del Portillo, ECP, Presentación
23
Carta 2-II-1945, n. 8: AGP, serie A.3, 92-3-2
24
Rm 8, 15; cfr. ECP, 64,118,136, etc
20
“Es conveniente cultivar en el ánimo el deseo constante del Sacramento eucarístico. De aquí
ha nacido la práctica de la « comunión espiritual », felizmente difundida desde hace siglos en la
Iglesia y recomendada por Santos maestros de vida espiritual. Santa Teresa de Jesús escribió: «
Cuando [...] no comulgáredes y oyéredes misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de
grandísimo provecho [...], que es mucho lo que se imprime el amor ansí deste Señor »” 25. ¡Qué
fuente de gracias es la Comunión espiritual! —Practícala frecuentemente y tendrás más
presencia de Dios y más unión con El en las obras (Camino, 540).

La Comunión espiritual expresa con mil matices nuestra fe y nuestro amor, la esperanza y el
desagravio por las veces en que quizá hemos recibido al Señor con frialdad o negligencia, por los que
comulgan sacrílegamente, por cuantos ignoran u olvidan a Cristo en el Sacramento del Altar.

“Tened mucho amor a Jesús en la Eucaristía. Así ejercitamos la fe en su presencia real, que nos llevará
a hacer muchas Comuniones espirituales, de modo que aumente la virtud de la caridad. Y al mismo
tiempo nos llenamos de esperanza. Ya están en juego las tres virtudes teologales. Dios, que es tan bueno,
está esperándonos desde hace veinte siglos: esperando que naciésemos y que llegase la hora de recibir la
Primera Comunión; y sigue esperando, hasta el final de los siglos, a cada alma. ¡Es una maravilla de
amor!” (Beato Álvaro del Portillo, Tertulia, 25-11-1964).

Es una Norma de piedad de toda hora. El deseo ardiente de ser una sola cosa con Nuestro Señor
Jesucristo, es la expresión máxima del amor. En consecuencia toda la vida ha de ser una comunión
espiritual, al menos implícita, ya que sólo unos pocos minutos al día podemos vivir en comunión
sacramental. Es una verdadera comunión, porque "comiendo con el deseo aquel Pan celeste
eucarístico (los fieles) experimentan su fruto y su provecho por la fe viva, que obra por la caridad
(Gal 5, 6)"26. La Comunión espiritual produce realmente el fruto y la utilidad del sacramento; no es
una piadosa ficción, es un acontecimiento -profundo, en nuestro corazón- de la gracia divina que se
contiene en la Eucaristía.

Quisiéramos recibir a Jesús sacramentado con aquella pureza, humildad y devoción con que le
recibió su Santísima Madre. ¿Cómo no ha de gustarle al Señor ese deseo? Además, como es nuestra
Madre, también son nuestras la pureza, la humildad y la devoción "suyas”. Nos revestimos, con
voluntad de niños, de esas espléndidas joyas de la Virgen Santísima; nos enriquecemos con sus
virtudes y, por esta senda, recibiremos la Eucaristía cada día más puros, más humildes, más
enamorados.

¿Cómo era la pureza de Nuestra Madre? Inmaculada. Ella nos purificará, para que podamos
acercarnos al Señor sancti et immaculati. La Comunión espiritual, nos encenderá en deseos de ser
cada día más limpios y lucharemos para que así sea. La humildad de María Santísima, ancilla
Domini. Por contraste, nuestra indignidad. La devoción -fe llena de Amor- de nuestra Madre. No
hay palabras para expresarla. Es preciso acudir a Ella para que nos la diga en confidencia. El espíritu
y fervor de los santos. "¡Creo!: quiero creer como el que más. ¡Espero!: quiero esperar como el
que más. ¡Amo!: quiero amar como el que más" (San Josemaría).

ACCIONES DE GRACIAS
25
Juan Pablo II, Enc. Ecclesia de Eucaristía, 34
26
Conc. Trento, Dz "8-8l
21
“En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno” (Prefacios. Introducción). Necesitamos adquirir la
sensibilidad de que nos permita ver en todas las cosas las bendiciones de Dios: en la salud y en la
enfermedad, en la poesía y en los pucheros. Y ¿qué es lo que nos hará conseguir esta sensibilidad?
solamente el Espíritu Santo. Hemos de sensibilizarnos para poder recibir su soplo; Él nos ayudará para
que veamos en todas las cosas la bendición de Dios, porque no hay nada que no podamos considerar
como tal. Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. 
Porque te da esto y lo otro. Porque te han despreciado. Porque no tienes lo que necesitas o
porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. Porque creó
el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. Porque hizo a aquel hombre elocuente y a
ti te hizo premioso... Dale gracias a Dios por todo, porque todo es bueno (Camino, 268)

Si salen las cosas bien alegrémonos, bendiciendo a Dios que pone el incremento. -¿Salen mal?
Alegrémonos, bendiciendo a Dios que nos hace participar de su dulce Cruz (Camino, 658). Te
duele que no te agradezcan aquel favor. Respóndeme a estas dos preguntas: ¿tan agradecido eres
tú con Cristo Jesús?... ¿has sido capaz de hacer ese favor, buscando el agradecimiento en la tierra?
(Camino, 693). Que estemos siempre en una continua acción de gracias a Dios, por todo: por lo que
parece bueno y por lo que parece malo, por lo dulce y por lo amargo, por lo blanco y por lo negro,
por lo pequeño y por lo grande, por lo poco y por lo mucho, por lo que es temporal y por lo que tiene
alcance eterno27.

La vida de Jesús, nuestro Modelo, es una continua acción de gracias al Padre. Con motivo de la
resurrección de Lázaro, exclamará Jesús: Padre, te doy gracias porque me has escuchado (Jn 11,41).
En la multiplicación de los panes, Jesús tomó los panes y, dando gracias, dio a los que estaban
recostados, e igualmente los peces (Jn 6,11). En la institución de la Eucaristía, antes de pronunciar las
palabras sobre el pan y el vino, el Señor dio gracias (Lc 22, 17). Y así, en incontables ocasiones. Por
eso, «podemos decir, afirma el Papa Juan Pablo II, que su oración y toda su existencia terrena, se
convirtió en revelación de esta verdad fundamental enunciada por la Carta de Santiago: Todo don
bueno y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de las luces (Sant 1, 17)». La acción
de gracias «es como una restitución, porque todo tiene en Él su principio y su fuente. Gratias agamus
Domino Deo nostro: es la invitación que la Iglesia pone en el centro de la liturgia eucarística» 28. Nada
hay más justo y necesario que dar gracias al Señor todos los días de nuestra vida, sin olvidar que la
mayor muestra de agradecimiento a Dios es amar apasionadamente nuestra condición de hijos suyos
(F, 333).
Demos gracias al Señor en todo tiempo y lugar, en cualquier circunstancia, pero de modo muy
particular en la Santa Misa, la Acción de gracias por excelencia. Y con la Liturgia de la Misa, le
decimos: Te ofrecemos, Señor, este sacrificio de alabanza en acción de gracias por los dones que nos
has concedido; ayúdanos a reconocer que es dádiva tuya lo que hemos recibido sin merecerlo 29. Y
agradecimiento a la Virgen: "¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya fiat nos has hecho
hermanos de Dios y herederos de su gloria. ¡Bendita seas! (C, 512).

ACTOS DE DESAGRAVIO

27
Tiempo de acción de gracias, 25-XII-1972
28
San Juan Pablo II, Audiencia general 29-VII-1987
29
Oración sobre las ofrendas. Misa de las témporas de acción de gracias. 5 de octubre
22
Entre las Normas de siempre, ocupan un lugar preeminente los actos de desagravio, porque en el Opus
Dei tenemos que ser todos muy penitentes, sin que lo parezca, cumpliendo el precepto del Señor: perfuma tu
cabeza y lava tu cara…, y tu Padre, que ve en lo secreto, te dará por ello recompensa (Mt 6, 17-18). Y el espíritu
de penitencia está principalmente en recoger esas flores humildes que encontramos cada día en el camino —
actos de amor y de contrición, pequeñas mortificaciones—, y formar un ramillete al final del día: un hermoso
ramillete para ofrecerlo a Dios. Con actos de desagravio, que brotan de lo íntimo del corazón y que no hace
falta que se expresen con palabras, manifestamos al Señor nuestro dolor y nuestros deseos de reparación,
porque es bueno, porque le han ofendido nuestros pecados y omisiones, porque le ofenden quizá los hombres.
No pidas a Jesús perdón tan sólo de tus culpas: no le ames con tu corazón solamente... Desagráviale por todas
las ofensas que le han hecho, le hacen y le harán..., ámale con toda la fuerza de todos los corazones de todos
los hombres que más le hayan querido.

Los actos de desagravio son demostración práctica de amor de Dios, de un amor que sufre cuando se ofende
a la persona amada, que siente en su corazón el dolor de esas ofensas, más que si se las hubieran hecho a él mismo.
Dolor de Amor. -Porque Él es bueno. — Porque es tu Amigo, que dio por ti su Vida. — Porque todo lo bueno
que tienes es suyo. -Porque le has ofendido tanto... Los actos de desagravio aquilatan la hondura de nuestro amor,
y a la vez propician la benevolencia divina, que responde a esas muestras de amor, derramando su perdón y sus
gracias sobre aquella alma contrita. Dice el Señor. Mis miradas se posan sobre los humildes y sobre los de contrito
corazón (Is 66, 2). Los actos de desagravio son, pues, medio seguro de progreso espiritual: ejercitan al alma en la
presencia de Dios; atraen la gracia del Señor, que habita en la altura y en la santidad, pero también en el contrito y
humillado (Is 57, 15); y, además, renuevan en el alma los deseos de lucha, de decirle al Señor que estamos
dispuestos a recomenzar de nuevo con renovado brío. Cada vez que hago un acto de contrición, recomienzo, dice
san Josemaría.

Desagraviar es reparar o borrar un agravio, satisfacer una afrenta; y desagravia el que devuelve al ofendido
algo que ame tanto o más de lo que aborrece la ofensa (Cfr. Santo Tomás, III, q. 48, a. 2 c). En las relaciones entre
los hombres, el desagravio es regla elemental de buena convivencia. Pero, ¿qué es lo que puede desagraviar a Dios
por las continuas ofendan que le hacían los hombres? Sólo el amor puede reparar los desamores; la actitud interior
de compunción, de dolor de amor, desagravia el Amor divino ofendido: los actos de amor y de contrición por las
ofensas que los hombres hacemos a Dios, infinitamente Bueno y Misericordioso, Más que el pecado mismo, irrita
y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor alguno de sus pecados” 30.

Y porque el amor se muestra con obras, los deseos de reparación deben acompañarse también de sacrificio:
algo costoso que se hace en honor de Dios para aplacarle y, que en nuestro caso, tenemos muy a mano en las
mortificaciones pequeñas. Un acto de desagravio acompañado de una privación, o una contrariedad aceptada con
amor y ofrecida con deseos de reparación, es una ofrenda gratísima a Dios. Pero la mortificación, la práctica
exterior, no es nada sin espíritu interior de compunción. El sacrificio agradable a Dios es un corazón contrito (Sal
50, 19). Los actos de desagravio son, pues, un modo fácil de testimoniar a Dios nuestro amor, de decirle que le
queremos de verdad, que nos duele en lo hondo del alma haberle ofendido y que otros le ofendan. Los actos de
reparación son camino para la unión con la vez manifestación de esa vida de unión. Y, como siempre, a la hora de
presentar al Señor ese ramillete de actos de reparación, recurramos a la Virgen Santísima que sintió la ofensa
del Calvario como una espada que traspasaba su alma. Acudamos como niños a nuestra Madre, para que haga
presente esos deseos de reparar las enormidades de tu vida de adulto.

ORACIONES JACULATORIAS
30
San Juan Crisóstomo, In Mat. hom. 14, 4
23
En la tradición espiritual de la Iglesia Católica, al menos desde san Agustín, al que se debe el
vocablo, se entiende por jaculatoria una oración breve y vibrante; por ejemplo, "¡Sagrado Corazón de
Jesús, en Vos confío!", "¡Ave María Purísima, sin pecado concebida!". Se puede decir en cualquier
lugar: en la iglesia, en la oficina, en el campo... bastarán dos o tres expresiones, lanzadas al Señor
como saeta, jaculata: jaculatorias, que aprendemos en la lectura atenta de la historia de Cristo (...)
frases, breves y afectuosas, que brotan del fervor íntimo del alma, y responden a una circunstancia
concreta, y que nos ayudan a convertir nuestra jornada, con naturalidad y sin espectáculo, en una
alabanza continua a Dios. (...) Cuando un cristiano se mete por este camino del trato ininterrumpido
con el Señor -y es un camino para todos, no una senda para privilegiados-, la vida interior crece,
segura y firme; y se afianza en el hombre esa lucha, amable y exigente a la vez, por realizar hasta el
fondo la voluntad de Dios" (ECP, 119).

En esta vida no podemos conocer a Dios como Él nos conoce, pero sí podemos comenzar a
amarle como Él nos ama, porque el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones (cfr. Rm 5,
5): a los que amamos van constantemente las palabras, los deseos, los pensamientos (AD, 247), y
como los cristianos somos almas de amor, mantenemos una conversación constante con María y
José y, después, con ellos, pasamos a tratar a Jesús y, con los tres, al Padre y al Espíritu Santo (citado
en Echevarría, 2000, p. 171). Sabemos que "nadie puede decir; «¡Señor Jesús!» sino por el Espíritu
Santo" (1 Co 12, 3), y que el santo no nace, se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la
correspondencia humana (AD, 7), en esa lucha a lo largo de toda su jornada, de la noche a la mañana
y de la mañana a la noche (ECP, 119). Y eso reclama empeño, perseverancia: "Acostumbraos a
dirigiros constantemente al Señor, cada uno a su modo, con sus piropos, con sus jaculatorias" (citado
en Echevarría, 2000, p. 171). El objetivo de las jaculatorias es facilitar la presencia de Dios y el tono
sobrenatural en el trabajo o en el descanso, al ir por un pasillo o al entrar en una habitación...

Su hondo sentido de la filiación divina llevaba a San Josemaría a hacer suyas unas palabras de
Jesús a su Padre: "Abba, Pater" (Rm 8, 15). Destacaba también su rendido amor al Espíritu:
¡Enciéndenos con el fuego del Espíritu Santo!) - y a la Eucaristía que, además de verter en Comuniones
espirituales, expresaba, por ejemplo, con un ¡Señor mío y Dios mío!, o, durante la Misa, diciendo con
el corazón en el momento de la Consagración: !Auméntanos la fe, la esperanza y el amor!. Agradecía
todo lo bueno, incluso lo que no conocía o lo que parecía malo: Te doy gracias por todos tus beneficios,
también los desconocidos. En momentos de necesidad repetía ¡Oh Jesús, descanso en ti¡ ¡Las obras
de Dios son perfectas!), ¡Tú eres mi Dios y mi todo!; a veces pedía más fe:¡Creo Señor, pero ayuda
mi incredulidad, fortalece mi fe!) (Mc 9, 24).

Su amor a Santa María fue especialmente fecundo en jaculatorias; baste repasar las
advocaciones de la letanía del Rosario, devoción tan querida para él; ¡Madre del Amor Hermoso, ayuda
a tus hijos!), "¡ Santa María, Esperanza nuestra, Esclava del Señor!, " Acudamos con confianza al Trono
de la Gloria para que consigamos misericordia!) y "Beata Mater et intacta Virgo" (¡Madre
Bienaventurada y Virgen sin mancilla!). Y un clamor magno, "¡Madre, ¡Madre!, ¡manifiesta que eres
Madre!). Otro venero fue su recio trato con San José -"¡Mi Padre y Señor!"-. Y con los Ángeles
Custodios: «Ángeles Santos, yo os invoco, como la Esposa del Cantar de los Cantares, para que le
digáis que muero de amor" (C, 568). Pedía y expresaba virtudes como la humildad: "¡Soy como un
borrico junto a Ti, y estaré siempre contigo!) (Sal 72 [Vg 71], 22-23); y la contrición: ¡Señor!, ¡Tú lo
sabes todo, Tú sabes que te amo! (Jn 21, 17).
ESPÍRITU DE SACRIFICIO
24
El espíritu de sacrificio figura entre las llamadas por San Josemaría, Normas de siempre. Hace
parte del esquema de vida cristiana tener la disposición de hacerlo todo con aroma de sacrificio:
poniendo, con naturalidad, el signo más (+), es decir, la señal de la cruz. No se trata de hacer cosas
desagradables o molestas o de buscar continuamente penitencias. Es algo que se lleva por dentro, en la
cabeza y en el corazón: el esfuerzo por cumplir todas las actividades espirituales, profesionales y
sociales con la sencilla exigencia de hacerlo todo por amor y con amor.

Toda la vida del cristiano se dirige y se desarrolla en un contexto de unión con Dios en Cristo
Jesús Nuestro Señor, de manera que pueda llegar a decir con san Pablo: "con Cristo estoy crucificado:
vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí" (Ga 2, 20). Dentro de esta perspectiva, la
mortificación es una práctica ascética que mueve al cristiano a abandonar, corregir, renunciar a cuanto
en su modo de ser, en su actuación, pueda ser obstáculo para esa unión con Dios, para crecer en el amor
a Dios y al prójimo. El sacrificio facilita la acción de la gracia en el cristiano, haciendo posible una
verdadera unión espiritual con Cristo, en el cuerpo y en el alma.

La unión con Cristo -la santidad- consiste en unirse a su Cruz, y vivir con Él su Resurrección.
Y en orden a ese fin es necesaria la mortificación. "El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay
santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cfr. 2 Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y
la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas" (CCE,
n. 2015). De ahí que san Josemaría llegue a afirmar con palabras netas: "Sin mortificación, no hay
felicidad en la tierra", y "Un día sin mortificación es un día perdido" (S, 983, 988).

El lugar de la mortificación en la vida espiritual

Para proceder ordenadamente puede ser útil comenzar por una clarificación terminológica,
relacionando entre sí tres vocablos: mortificación, penitencia y expiación.

Con la palabra mortificación se hace referencia -como decíamos hace un momento- a la acción
de vencernos en algo, de privarnos de algo, de renunciar a algo. O como dice el Diccionario de la Real
Academia Española, es la acción encaminada a dominar las pasiones y deseos. Desde esta perspectiva,
la mortificación hace referencia al hecho de que el hombre crece y se desarrolla adecuadamente
gobernando según la razón sus instintos y su vida afectiva, de manera que la vida se oriente hacia un
ideal que merezca la pena ser vivido. Y la realidad es, como recuerda san Josemaría, que ningún ideal
se hace realidad sin sacrificio (C, 175). Estamos, en suma, ante una experiencia humana básica, aunque
en el lenguaje cristiano tiene connotaciones propias en la medida en que esa experiencia es vivida en
relación con la muerte de Cristo. Entre los motivos que hacen necesaria la mortificación, podemos
espigar en diversos textos de San Pablo. Rm 8, 12-14. 2 Co 4, 10-11. Col 3, 5 Col 3, 5.

En los escritos y en la predicación de san Josemaría encontramos numerosos textos en los que
se hace referencia a la mortificación, poniendo de manifiesto los frutos que de ella derivan: el
fortalecimiento del carácter, el desarrollo de la afabilidad y del espíritu de servicio, la capacidad de
dominar las reacciones instintivas y, por tanto, la disponibilidad para la escucha y el diálogo, etc. En
todo momento subraya un punto central: su conexión con el amor. Es el amor a Dios el que mueve al
cristiano a ser mortificado, Si no eres mortificado nunca serás alma de oración (C, 172).

ESTUDIO
25
Si has de servir a Dios con tu inteligencia, para ti estudiar es una obligación grave (Camino,
336). La importancia del estudio cobra relieve si se tienen en cuenta el amor y el servicio a la verdad,
a la fe, a la Iglesia: Con el estudio, serás capaz de exponer los motivos de tu certeza: de que no hay
contradicción -no la puede haber- entre Verdad y ciencia, entre Verdad y vida (S, 572). El estudio,
la formación profesional que sea, es obligación grave entre nosotros (C, 334). Está bien que pongas
ese empeño en el estudio, siempre que pongas el mismo empeño en adquirir la vida interior (C, 341).

En estrecha continuidad con el crecimiento intelectual, el estudio engarza con la propia vida
interior del hombre que busca la verdad. Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora
de oración. Estudio, trabajo, deberes ineludibles en todo cristiano (...). Son arma fundamentalísima
para quien quiera ser apóstol en medio del mundo (S, 483); Hay que estudiar..., para ganar el mundo
y conquistarlo para Dios (S, 526).

El estudio, que está en estrecha conexión con el cumplimiento de la misión cristiana y con el
encuentro personal con Dios, siempre que se realice en un clima de apertura a la verdad y a Dios, fuente
de toda verdad: Entonces, elevaremos el plano de nuestro esfuerzo, procurando que la labor
realizada se convierta en encuentro con el Señor, y sirva de base a los demás, a los que seguirán
nuestro camino... -De este modo, el estudio será oración (S, 526). Y en otro lugar: Estudiante, aplícate
con espíritu de apóstol a tus libros, con la convicción íntima de que esas horas son ya, ¡ahora!, un
sacrificio espiritual ofrecido a Dios, provechoso para la humanidad, para tu país, para tu alma (S,
522). Vivido así, se manifestará que entre la oración y el trabajo no debe haber solución de
continuidad (S, 471).

Todo con un claro sentido apostólico y de servicio: Urge difundir la doctrina de Cristo. Atesora
formación, llénate de claridad de ideas, de plenitud del mensaje cristiano, para poder después
transmitirlo a los demás. No esperes unas iluminaciones que Dios no tiene por qué darte, cuando
dispones de medios humanos concretos: el estudio, el trabajo (F, 841). Si se vive así se realizará lo
que era uno de los grandes sueños de san Josemaría, que haya muchas personas con buena formación
espiritual y con competencia en su propia tarea: Un secreto. -Un secreto, a voces: estas crisis
mundiales son crisis de santos. -Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad
humana. -Después... "pax Christi in regno Christi" -la paz de Cristo en el reino de Cristo (C, 301).

26
TRABAJO
Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo. Estas
palabras, muchas veces repetidas por san Josemaría31, han sido, también muchas veces, ampliamente
glosadas y comentadas. No es extraño, porque el ideal de la santificación del trabajo está íntimamente
relacionado con la promoción de la llamada a la santidad y al apostolado en medio del mundo, a la que
san Josemaría se supo destinado desde el 2 de octubre de 1928.

El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la


creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás
seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la
sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad. Para un cristiano, esas perspectivas
se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios,
que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: Procread y multiplicaos y henchid la tierra y
sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve
sobre la tierra (Gn 1, 28). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos
presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino
medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora (ECP, 47).

El trabajo es calificado como realidad redimida y redentora, e inmediatamente después como


realidad santificable y santificadora. Y, en otros muchos momentos, san Josemaría habla de
santificación del trabajo, acudiendo a una expresión que evoca la acción o proceso en virtud de la cual
una realidad es perfeccionada, infundiendo en ella cualidades nuevas.

La ordinaria vida humana, y con ella el trabajo, está llamada a integrarse en el proceso de
identificación del cristiano con Cristo. Y esto hasta el extremo de que, en ese proceso, el trabajo tiene
la condición de eje o quicio, más aún, de materia de la santificación32. Analicemos con detalle este
proceso considerando las tres tablas del tríptico ya citado: santificar el trabajo, santificarse en el
trabajo y santificar a los demás con el trabajo.

En y a través del trabajo el cristiano está llamado a llegar a esa cumbre del caminar hacía la
santidad que es la vida contemplativa, es decir, una vida vivida con plena conciencia de la cercanía
amorosa de Dios y en comunión constante con Él. Acción y contemplación, trabajo y oración,
dedicación y empeño a la propia tarea y diálogo con Dios tienden así a fundirse en unidad de vida. El
cristiano, todo cristiano, puede, con el crecer de su oración, llegar a ser contemplativo en medio del
mundo, también obviamente en su humano trabajar. Nuestra vida es trabajar y rezar, y, al revés, rezar
y trabajar. Porque llega un momento en el que no se saben distinguir estos dos conceptos, esas dos
palabras, contemplación y acción, que terminan por significar lo mismo en la mente y en la
conciencia33.

Si la expresión santificarse en el trabajo nos sitúa ante la vocación cristiana como llamada a
la comunión y unión con Dios, las palabras santificar con el trabajo remiten a otro aspecto esencial de
la vocación cristiana: su carácter de llamada a participar en la misión salvífica confiada por Cristo a los
31
cfr. por ejemplo, ECP, 45 ss.
32
cfr. ECP, 45, 47; AD, 61, 62, 82
33
Carta 9-I-1932, n. 14: AGP, serie A.3, 91-3-2; ver también la homilía Hacia la santidad, de claro sabor autobiográfico,
en Amigos de Dios
27
Apóstoles y a la Iglesia, es decir, en la tarea de atraer a la humanidad entera hacia Dios. Y, más
concretamente, al hecho de que el cristiano que vive en medio del mundo puede y debe contribuir a esa
tarea precisamente gracias al desempeño del propio trabajo profesional.

El anuncio de Cristo, la referencia al sentido cristiano del vivir, debe, en el existir del cristiano,
entrelazarse con el trabajo y las incidencias que lo jalonan. Naciendo de la vida corriente se expresará,
de ordinario, en palabras sencillas, que van de amigo a amigo, de compañero a compañero, abriendo,
con naturalidad, perspectivas cada vez más hondamente humanas y cristianas. Será, en consecuencia,
un apostolado que tiene lugar al recorrer juntos el camino de la vida profesional y civil y que el
fundador del Opus Dei gustó de llamar apostolado de amistad y confidencia. Esas palabras, deslizadas
tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar
oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta
indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo... Todo eso es «apostolado de la
confidencia» (C, 973).

En una de sus homilías, después de haber recordado que todo cristiano ha recibido la misión de
dar a conocer a Cristo, glosa ampliamente esa misma idea: Quizás alguno se pregunte cómo, de qué
manera puede dar este conocimiento a las gentes. Y os respondo: con naturalidad, con sencillez,
viviendo como vivís en medio del mundo, entregados a vuestro trabajo profesional y al cuidado de
vuestra familia, participando en los afanes nobles de los hombres. (...) Actuando así daremos a
quienes nos rodean el testimonio de una vida sencilla y normal, con las limitaciones y con los
defectos propios de nuestra condición humana, pero coherente. Y, al vernos iguales a ellos en todas
las cosas, se sentirán los demás invitados a preguntarnos: ¿cómo se explica vuestra alegría?, ¿de
dónde sacáis las fuerzas para vencer el egoísmo y la comodidad?, ¿quién os enseña a vivir la
comprensión, la limpia convivencia y la entrega, el servicio a los demás? Es entonces el momento
de descubrirles el secreto divino de la existencia cristiana: de hablarles de Dios, de Cristo, del
Espíritu Santo, de María. El momento de procurar transmitir, a través de las pobres palabras
nuestras, esa locura del amor de Dios que la gracia ha derramado en nuestros corazones 34.

Y todo esto -repitámoslo- como consecuencia del desarrollo de una fe, una esperanza y una
caridad que aspiran a informar el existir diario. De ahí que para el cristiano que vive en medio del
mundo, el apostolado no es algo añadido, yuxtapuesto, externo a su actividad, a su ocupación
profesional, sino algo connatural (ECP, 122). Es esta la razón por la que el fundador del Opus Dei de
ordinario hablaba no tanto de hacer apostolado, cuanto de ser apóstoles. El apostolado no es para el
cristiano una ocupación sectorial a la que se le dedica una parte de la jornada, sino, mucho más
profundamente, una orientación permanente del alma, de la que brotarán, ciertamente, palabras y
acciones concretas, que la expresarán, pero sin agotarla, puesto que son -deben ser- fruto de una
disposición del espíritu que tiende, por su propia naturaleza, a impregnar toda la vida.

34
ECP, 148; el texto contiene, como es fácil advertir, una referencia implícita al comentario de los discípulos de Emaús,
narrado en Lc 24, 13-33.
28
ORDEN
El hombre, hecho a imagen de Dios, debe trabajar para dominar la tierra y someterla y, gracias
a este trabajo, puede subsistir y realizar proyectos; su actividad requiere también un orden si quiere
alcanzar los fines que desea. Por esto, ser ordenado y vivir con orden es una virtud que consiste en
respetar la naturaleza de las cosas, los tiempos y las personas. Todo tiene su tiempo. El primer orden,
el prioritario, es interior. Nuestra intimidad, formada por pensamientos, afectos, emociones, proyectos,
deseos, recuerdos, sentimientos, requiere una armonía que no surge de modo espontáneo, sino que se
va construyendo poco a poco. La madurez consiste precisamente en ese gobierno y dominio de lo que
somos por dentro. Cuando no es así, sobrevienen, no pocas veces, la ansiedad y la inquietud
descontroladas. El orden en el pensamiento permite centrar la atención sobre lo importante: el trabajo
que hoy –ahora– debemos realizar. Con este orden es posible distinguir las prioridades y considerar las
circunstancias, rechazar las distracciones, discernir lo que es urgente y ordenar las tareas, distribuir el
tiempo con realismo. Lo contrario conduce a la precipitación, a la improvisación y a la ineficacia.
También nuestros amores y afectos reclaman una escala organizada que responda a la naturaleza de los
compromisos.

Un consejo práctico que puede parecer pequeño, pero que es de gran interés para no perder el
tiempo: tener un lugar para cada cosa y procurar mantenerlo; esta es la forma de encontrar lo que se
busca, cuando se necesita, de disponer de los medios y trabajar bien y hacer rendir el tiempo. El
desorden aparece cuando se pierde de vista que el espacio y el tiempo son reales, cuando vivimos
ignorantes de que es necesario someterse a ellos. El respeto por las cosas reclama una atención sobre
ellas y un uso adecuado. Conviene reconocer los procesos y saber el tiempo que ocupan las tareas que
realizamos o están por emprender. ¿De dónde podemos lograr sacar más tiempo? Sin duda, del orden.

Todas las cosas tienen su tiempo, hay tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado.
Tiempo de derribar, y tiempo de edificar… Tiempo de rasgar, y tiempo de coser. Tiempo de callar, y
tiempo de hablar… (Qo 3, 1-7). Es conveniente establecer una jerarquía de valores que estructure la
dedicación a obligaciones y deberes. Una distribución correcta de nuestras obligaciones podría ser así:
primero Dios, después nuestra familia, el trabajo, la amistad, los demás, el descanso. Combinar bien
todos los aspectos es virtud, es orden. Otro aspecto del orden consiste en dedicar atención a los asuntos
propios en el tiempo adecuado y en el lugar que corresponde. Agradamos a Dios cuando damos
prioridad a las necesidades de los demás, cuando utilizamos las cosas para lo que son, cuando
pacientemente nos adaptamos al ritmo del tiempo: San Josemaría estaba convencido de la necesidad
del orden. Cuando tengas orden se multiplicará tu tiempo, y, por tanto, podrás dar más gloria a Dios,
trabajando más en su servicio (C, 80).

En el fondo, la virtud del orden estriba en darse cuenta de por qué estoy en el mundo: si Dios
me ha dado la existencia y la meta es llegar al Cielo, el arco de mi vida es el camino que debo seguir
sin distraerme ni desviarme. Se trata de vivir en armonía y de acuerdo con lo que soy; emplear mis
talentos y recursos para servir y amar: voy corriendo hacia la meta para alcanzar el premio reservado
por Cristo Jesús (Cfr. Ga 3, 14). El Señor nos ha regalado la vida, los sentidos, las potencias,
gracias sin cuento: y no tenemos derecho a olvidar que somos un obrero, entre tantos, en esta
hacienda, en la que Él nos ha colocado, para colaborar en la tarea de llevar el alimento a los demás.
Este es nuestro sitio: dentro de estos límites; aquí hemos de gastarnos diariamente con Él,
ayudándole en su labor redentora (AD, 49).

29
ALEGRÍA
Desde el punto de vista espiritual, la alegría es un fruto del Espíritu Santo (cfr. Ga 5, 22) y en
ese sentido, dirá santo Tomás de Aquino, que "es una virtud no distinta de la caridad, sino cierto acto
y efecto suyo" ([Link]., II-II, q. 28, a. 4). Se suelen distinguir dos tipos de alegría. Una externa,
relacionada con el temperamento, con la salud y con la buena marcha de las cosas, y otra más profunda,
espiritual, que tiene que ver con el tono vital integrador de la personalidad, y que va creciendo al ritmo
de la maduración de toda la vida espiritual. Así lo entendió también san Josemaría: La alegría que
debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que
procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios (C, 659).
La alegría pertenece al perfil del hombre y de la mujer cristianos que san Josemaría dibuja:
Quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino (C, 665).

La alegría es una virtud de especial relieve en el cristiano. El anuncio del nacimiento del Hijo
de Dios a los pastores se llevó a cabo con estas palabras de gozo: "Vengo a anunciaros una gran
alegría..." (Lc 2, 10). Es la alegría del anciano Simeón al tener en sus brazos al Niño Jesús (cfr. Lc 2,
29-30), es el inmenso gozo de los Magos al encontrar de nuevo la estrella que habían perdido en el
camino de Belén (cfr. Mt 2,10), o el alborozo de los Apóstoles cuando se encuentran con Cristo
Resucitado (cfr. Jn 20, 20). Cristo promete a los Apóstoles hacerles partícipes de su alegría: "Yo os
daré una alegría que nadie os podrá quitar" (Jn 16, 22). Esta alegría, sin embargo, no es más que un
principio, un adelanto de aquella otra a la que hemos sido llamados por Dios como coronación de la
vida terrena.

La alegría no se debe a que todo salga bien, sino a que está fundada en la confianza en Dios,
que nos ayuda a superar las dificultades. La alegría es fruto del Espíritu Santo, que lleva a profundizar
en la filiación divina. Por eso, las personas más felices, también en esta vida, han sido y son los santos,
es decir, los cristianos que han vivido a fondo su fe. Cuanto más se avanza en el camino hacia Dios,
mayor y más tangible será la alegría.

La alegría se alimenta del cumplimiento de la Voluntad de Dios: "Alégrese el corazón de los


que buscan al Señor"35. Es consecuencia de la filiación divina, de sabernos queridos por nuestro Padre
Dios que nos acoge, nos ayuda y nos perdona (cfr. F, 332). Ese seguro anclaje en la filiación divina le
llevaba a decir: Los hijos de Dios, ¿por qué vamos a estar tristes? La tristeza es la escoria del egoísmo;
si queremos vivir para el Señor, no nos faltará la alegría, aunque descubramos nuestros errores y
nuestras miserias. La alegría se mete en la vida de oración, hasta que no nos queda más remedio
que romper a cantar (AD, 92). O, con otras palabras: Si nos sentimos hijos predilectos de nuestro
Padre de los Cielos, ¡que eso somos!, ¿cómo no vamos a estar siempre alegres? -Piénsalo (F, 266).
La alegría pertenece a la esencia de la santidad. Estamos contentos porque "hemos conocido y creído
en el amor que Dios nos tiene" (1 Jn 4, 16). Que estén tristes los que no se consideren hijos de Dios
(S, 54). La alegría es compatible con la existencia de dificultades, del dolor y de la muerte: Enseñaba
san Josemaría que la alegría tiene sus raíces en forma de Cruz (F, 28). La consecuencia es que nadie
es feliz, en la tierra, hasta que se decide a no serlo. Así discurre el camino: dolor, ¡en cristiano!,
Cruz; Voluntad de Dios, Amor; felicidad aquí y, después, eternamente (S, 52)¿No hay alegría? -
Piensa: hay un obstáculo entre Dios y yo. -Casi siempre acertarás (C, 662).

35
1 Cro 16,10; cfr. C, 666.
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EPÍLOGO
Guiados por San Josemaría hemos tratado de recorrer, a lo largo
de estas páginas, un camino que, sin duda, es un sendero de santidad:
los caminos que trazó como precioso legado y que nos llevarán con
certidumbre a la puerta del Cielo si los recorremos con amorosa
fidelidad.

Para que no perdamos nunca la ruta emprendida, él mismo nos


invitó a recorrer toda nuestra existencia, de la mano de la Santísima
Virgen María.

Acudamos ahora, al término de este trayecto, a nuestra Madre del


Cielo, con confiada sencillez de hijos para pedirle que nos muestre
la ruta segura –iter para tutum—y nos confirme en ella –iter serva
tutum--.

Dulce Madre, no te alejes;


tu vista de mí no apartes.
ven conmigo a todas partes,
y sólo nunca me dejes.

Y ya que me quieres tanto,


como verdadera Madre,
haz que me bendiga el Padre,
El Hijo y el Espíritu Santo.
Amén.

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