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Psicología y Psicopatología Perinatal

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Editora Appris Ltda. 1ra Edición ­ Copyright© 2021 por el autor Derechos de edición reservados
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Editora y Librería Appris Ltda. Av. Manoel Ribas, 2265 – Mercês Curitiba/PR – CEP: 8081
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FICHA TÉCNICA

EDITORIAL Augusto V. de A. Coelho Marli Caetano Sara C. de Andrade

COMITÉ EDITORIAL Andréa Barbosa Gouveia ­ UFPR Edmeire C. Pereira ­ UFP

EDITORIAL Julianne Scoton

AVISO EDITORIAL Lucas Casarini

DIAGRAMA Yaidiris Torres

CUBRIR Amy Maitland

REVISIÓN Cristiana Leal Januário

GESTIÓN FINANCIERA Selma Maria Fernandes do Valle

COMUNICACIÓN Carlos Eduardo Pereira Débora Nazário Karla Pipolo Olegár

LIBRERÍAS Y EVENTOS Estevão Misael

CONVERSIÓN A E­PUB Carlos Eduardo H. Pereira


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COMITÉ CIENTÍFICO DE RECAUDACIÓN PSI

DIRECCIÓN CIENTÍFICA Junia de Vilhena


CONSULTORES

Ana Cléide Guedes Moreira (UFPA)

Betty Fuks (Univ. Veiga de Almeida)

Edson Luiz André de Souza (UFRGS)

Henrique Figueiredo Carneiro (UFPE)

Joana de Vilhena Novaes (PUC­Rio)

María Helena Zamora (PUC­Río)

Nadja Pinheiro (UFPR)

Paulo Endo (USP)

Sergio Gouvea Franco (FAAP)

Vera Lopes Besset (UFRJ)


INTERNACIONALES Catherine D'Esprat Pequinot (Universidad Denis­Diderot París 7)

Eduardo Santos (Univ. Coimbra)

Dra. Marta Gerez Ambertín (Universidad Católica de Santiago d

Celine Masson (Univ. de París VII)


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AGRADECIMIENTOS

Es muy difícil saber con quién empezar mi agradecimiento, porque eso siempre da un sentido
de prioridad. Todas las personas que mencionaré aquí fueron relevantes tanto en mi vida
como en la creación de este libro.

A mis padres, en memoria.

A mi marido, José Antônio, mi compañero de toda la vida, que notaba mis momentos de
resistencia y vacilación y me animaba a ir a la computadora, preguntando siempre: “¿Ya
está listo nuestro libro?”

A mis queridas hijas, quienes me enseñaron a ser madre, guiándome y señalándome


errores y aciertos.

A mis tres nietos les agradezco por mostrarme que el amor no tiene límites, es infinito.

A mis pacientes, alumnos y compañeros, a quienes debo mucho de lo que sé y soy.

A mi estimado Dr. David E. Zimerman (in memoriam) por su especial participación en


mi formación con su aliento, amistad y cariño. Mi eterno modelo a seguir como
psicoterapeuta.
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A mi amigo Dr. Francisco Batista, cuya opinión es muy importante. Estoy muy agradecida
por haberme mostrado y “autorizado” diferentes posibilidades y potencialidades dentro
de mí, ayudándome a aceptarme y crecer. ¡Gracias por presentar este libro!

A la muy amable Dra. Nara Caron por el modelo de identificación en el trabajo


psicoanalítico con madres y bebés, por dedicar su precioso tiempo a leer mi libro y escribir
el hermoso prefacio.

Por último, pero no menos importante, agradezco a mi colega y amiga Scheila Krenkel
quien ha sido única en su disponibilidad, atención y cuidado, dedicando horas y horas de su
tiempo y de su alma a revisar todo este libro con todo el cuidado posible. Se llamó a sí misma
mi “doula” para este primer nacimiento literario. Sin embargo, fue tanta su dedicación que,
ahora que nació, la ascendí a madrina de mi bebé.

Nosotros que aún no hemos logrado la paz, nosotros que todavía somos testigos de
genocidios escandalosos, tenemos el deber de interrogarnos sobre la forma en que acogemos
a nuestros hijos y preparamos el futuro.

(Myriam Szejer)
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PRESENTACIÓN

Es un gran honor presentar el libro Psicología y psicopatología perinatal: sobre el


(re)nacimiento psíquico, de mi querida amiga y colega María Helena Moraes, quien
nos brinda una obra que faltaba en la biblioteca de todos los interesados. y estudiar
psicología perinatal. La autora, con su habitual generosidad, decidió compartir con
nosotros sus conocimientos y su experiencia de muchos años como madre,
estudiante de maestría, doctorado, terapeuta y docente. No en vano María Helena
profundizó y se especializó en el estudio de la relación madre­bebé, ya
que el sentimiento de maternidad, expresado en amabilidad y disponibilidad, es
una de las características que identifican a la profesional ante sus colegas, alumnos
y pacientes. .

Cualquiera que tenga el placer de leer el libro emprenderá un viaje a un mundo


desconocido, especialmente para las madres y padres que nunca han asistido a
una clase para aprender a ser padres, un deseo de muchos. De hecho, la
autora destaca, desde el principio, que nadie enseña a nadie cómo ser madre y
que este aprendizaje se producirá cuando interactúe con su bebé.

En este recorrido agradable y productivo, el lector recibe información que surge en


cada paso del camino. Aprendimos que no existe un patrón establecido
para los bebés y las madres y que cada uno reacciona de manera diferente durante el
embarazo y después del parto. En cada estación visitada se puede notar el arduo
trabajo de lectura e investigación realizado por la guía turística, lo que ilustra la
diversidad de conocimientos de quienes comprenden los caminos que ella
propone recorrer a sus seguidores.

Hay varias paradas, donde se encuentran diferentes especialistas, como los


psicoanalistas Melanie Klein, Sigmund Freud y de Lebovici, quienes son nuestro guía,
María Helena, debido a la intimidad que tiene con ellos, nos presenta con
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inventiva.

Cuando nos detenemos en el punto de la Psicología del embarazo, nos


encontramos ante el gran dilema de la madre moderna que necesita elegir entre la
maternidad y la carrera profesional, intentando conciliar los dos roles: el de madre y
el de profesional. Entonces tomamos conciencia de la importancia de incluir
al padre, incluso durante el embarazo, procurando que él, al hablarle a la “vientre”,
establezca un vínculo temprano con el niño.

Es un recorrido realista que muestra todos los aspectos relacionados con el embarazo,
como los embarazos de alto riesgo y sus distintos factores, como el embarazo tardío,
la negación del embarazo y los trastornos psiquiátricos de la madre que son
perjudiciales para ella y el bebé. Hay momentos en los que nuestra guía demuestra
lo familiar que está con el camino y sus paradas, como cuando nos presenta el
nacimiento del bebé, con todas las implicaciones psicológicas y sucesos derivados del nacimiento.
Los relatos de sus experiencias son conmovedores.

Hay momentos en los que el viaje se vuelve tenso cuando llegamos a la


culminación del posparto. María Helena nos muestra las incertidumbres e
inseguridades que afectan a las madres, así como los trastornos mentales que
se producen antes y durante el embarazo, así como después del parto. Llama la
atención sobre la depresión posparto, que afecta al 20% de las mujeres, y advierte
que no se debe confundir esta depresión con la melancolía “normal”, que afecta al
80% de las mujeres posparto.

Es en el puesto de lactancia donde nuestra conductora demuestra toda su experiencia


respecto al objeto del viaje y donde encuentra los diferentes pensamientos sobre el
tema, demostrando que el acto de amamantar y su entorno simbolizan y sintetizan
todo involucramiento emocional y psicológico entre la madre. Y bebe.
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El viaje tiene sus puntos tristes, y ocurren cuando, inevitablemente, llegamos al momento
más lamentable que puede ocurrir en un embarazo: la pérdida del bebé. La cuna vacía, como
también se le llama, que va en contra del orden natural del ciclo vital, que es que un niño
muera antes que sus padres, con todas las consecuencias que este hecho conlleva para la
pareja. El tren avanza y es en la siguiente estación donde nos encontramos con madres que
cargan con odio maternal. Son madres que llevan dentro de sí de forma
ambivalente el sentimiento de amor y odio, simultáneamente, hacia su hijo. En
esta parada, nuestra guía nos presenta a varios compañeros de otros viajes que le enseñaron
el camino que actualmente nos ofrece, como: Freud, Melanie Klein, Winnicott, Bion,
Benhaim y Kauffmann.

Cuando nos detenemos en el punto dedicado a las complicaciones que le suceden al bebé
durante el embarazo y después del nacimiento, nuestro conductor habla de los fantasmas
que acechan a los padres durante el embarazo y en los momentos previos al nacimiento, así
como de las expectativas de perfección del niño. quien va a nacer. Nos muestra que los
casos de prematuridad, deficiencias y malformaciones generan repercusiones
psíquicas en los padres, provocadas por cada situación.

En un determinado momento del viaje, aparece el padre preguntando ¿cuál es su lugar en


esta excursión diseñada para conocer los aspectos esenciales del embarazo y después
del parto? María Helena se detiene y aborda, con gran detalle, la psique paterna, demostrando
que la paternidad está marcada por conflictos intrapsíquicos y fantasmas parentales, no
faltando ejemplos clínicos sobre el tema. El autor señala que la función paterna puede
ser desempeñada por un padre sustituto en la forma de abuelo, padre adoptivo, miembro
de una pareja del mismo sexo, familia reconstituida e incluso un maestro.

La maquinista no se limita a teorizar, mostrando las estaciones desde el interior del tren; En
cierto momento salta de la locomotora y decide mostrar cómo se hace, enseñando qué
técnicas se pueden utilizar en la atención psicológica a padres y bebés. Instruye, con
ejemplos clínicos, cómo brindar apoyo emocional a los padres, desde el embarazo, durante
el parto y en el puerperio, con todos los acontecimientos que puedan ocurrir.
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puede ocurrir en estas diferentes fases.

El gran acontecimiento en la naturaleza es el nacimiento de un ser, el surgimiento


de la vida. Para que esto suceda, en el mundo moderno, además del padre y la
madre, intervienen muchas personas, sobre todo si hay complicaciones durante su
curso. María Helena, al final de este hermoso recorrido, nos presenta
señalando la atención psicológica brindada a los equipos de salud perinatal.
Nos muestra cómo los profesionales que trabajan en salud perinatal están sujetos
a los más diversos estímulos y sus consecuencias. Momentos que pueden ir
desde una expectativa de alegría hasta la frustración por un resultado indeseable.

Felicito a María Helena por este excelente viaje que nos trae un abanico de información
y detalles sobre este fenómeno único de la naturaleza que es el embarazo y el
posterior parto, cuyos intrincados caminos, con todos sus matices, se pueden
encontrar en este libro que hará las delicias de todos. ustedes lectores.

Francisco Bautista Neto

medico psiquiatra
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PREFACIO

Este libro es la realización del sueño de la autora, en el que relata su trayectoria laboral de
más de 40 años en el área de Perinatalidad. Es resultado de la pasión, presente en la
dedicación y estudio continuo de teorías e investigaciones en el área, que la llevaron a
investigaciones propias durante sus estudios de maestría y doctorado en la Universidad
Federal de Santa Catarina, así como a la experiencia de observar bebés con el método
psicoanalítico desarrollado por la analista británica Esther Bick.

En el origen del libro también hay intensas experiencias como supervisora clínica y
psicoterapeuta de mujeres embarazadas y posparto, así como su deseo de agudizar la
curiosidad y la fascinación del lector por el desarrollo del ser humano, desde la concepción
hasta los 30 meses de vida. edad.

Por último, pero no menos importante, está el cumplimiento del deseo expresado de dejar su
aporte a los profesionales que quieran dedicarse a esta compleja y desafiante área del
desarrollo humano. Por ello, en los 15 capítulos que componen el libro, encontramos la
genuina preocupación del autor por ofrecer una bibliografía amplia, resultado de una
revisión exhaustiva, enriquecida con viñetas clínicas que ilustran su fundamento
teórico­técnico.

En la Introducción, María Helena presenta un esquema del libro, permitiéndonos vislumbrar


los desafíos que plantea la teoría y la clínica de la Perinatalidad.
Cierra este capítulo afirmando su compromiso “con este movimiento propuesto desde los
años 60 del siglo pasado que aún intenta ganar espacio en la atención primaria a la salud
física y mental de las familias”.
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Es importante pensar cómo la Perinatalidad, paulatinamente, se convierte en un área de


interés para la investigación, los estudios y la clínica, que incluye procesos complejos
con una temporalidad marcada por momentos determinantes: concepción,
embarazo, parto, puerperio. Históricamente, esta área de la atención en salud perinatal
comienza con la atención limitada a la madre y al puerperio, así como a las
descompensaciones que se presentan durante el período.
Poco a poco, la atención, la vivencia y la comprensión de los problemas de las madres se
expandieron a los estudios de maternidad y las consultas terapéuticas y
psicoterapias materno­infantiles, allanando el camino para la inclusión del período
prenatal. El padre también fue incluido en los estudios, a partir del reconocimiento de su
participación en la constitución psíquica del bebé.

Presente desde 1975, la ecografía obstétrica es un ejemplo de cómo el contacto con la


tecnología ha cambiado nuestro conocimiento sobre el universo fetal y el proceso gestacional.
Hasta hace unas décadas, el mundo madre­feto era completamente privado, inexplorado y
protegido. La ecografía permite, con un seguimiento preverbal, comprender el proceso
que se produce en el seno de la madre y su relación última con el feto.

Desde la segunda mitad del siglo pasado, varios psiquiatras infantiles, dedicados al
tratamiento de niños mayores, comenzaron a tratar también a menores, bebés y
prematuros, llegando hasta la psiquiatría fetal. Vale la pena recordar, por su importancia
para el desarrollo de la Perinatalidad, el 1er Coloquio – Mónaco 1996, organizado por M.
Soulé, B. Golse, Missonnier y Kreisler, entre otros. Profesionales clínicos e investigadores
interesados en el feto, la madre embarazada, el padre y el equipo se reunieron para
discutir sus experiencias e investigaciones hasta la fecha. El destaque fue el bebé,
quien se interesó por la investigación y la atención clínica a partir del reconocimiento de su
participación activa en el proceso de desarrollo y relación con el medio ambiente.

Avalaron la existencia de un sistema interactivo entre madre y feto desde el inicio de la vida
intrauterina. Además, denominaron a esta etapa prenatal el inicio de la biografía humana y
la primera fase del desarrollo psicológico, destacando la continuidad entre el antes y el
posparto.
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La asociación con la brillante intuición clínica de Freud (1926, p. 162) es inevitable, basada en
una profunda dedicación a la investigación psicoanalítica del alma humana: “Hay mucha
más continuidad entre la vida intrauterina y la primera infancia que la impresionante cesura
del acto. de nacimiento nos permite saber”.

En este Coloquio se establecieron dos grandes especificidades de la clínica perinatal,


que también fueron reiteradas en los siguientes simposios: la continuidad de la vida
psíquica a lo largo de este período y la especificidad de su patología. Fue un momento
fundacional en el campo de la perinatología, que se ha ido desarrollando de forma rápida y
complicada. Esta riqueza y complejidad de la psicología y la psicopatología contenidas en la
clínica perinatal se presentan en la secuencia de capítulos desarrollados en el libro.

Destaco aquí la importancia de incluir, en el capítulo VI, el tema de la fertilidad y la


reproducción asistida, que constituye un área de estudio apasionante, aún incipiente
en la psicología perinatal, especialmente por sus implicaciones en la ampliación de
nuestra comprensión de los procesos psíquicos primitivos. lo cual ya ocurriría desde la
concepción. Los desafíos que plantean los avances tecnológicos, impensables
hasta hace unos años, están transformando nuestras formas de concebir, nacer, crecer,
vivir y morir. En este retroceso, asistimos a cambios de paradigma y los hombres se vuelven
capaces de superar cualquier barrera de infertilidad, pasando por procedimientos inimaginables
para tener hijos. Tenemos muchas preguntas y poca experiencia sobre el impacto
de múltiples intervenciones tecnológicas y farmacológicas.

También tenemos mucho que aprender sobre los posibles cambios a largo plazo que la
biotecnología ha provocado en la maternidad, en la relación madre­bebé y en el bebé.
¿Cuáles son las repercusiones psíquicas de un proceso de concepción, antes privado y vivido
en la intimidad del cuerpo de una mujer, que se hace público y sufre intervención,
precisamente en una etapa tan inicial y crucial del desarrollo humano? Es importante
reflexionar sobre las repercusiones emocionales de todo el
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proceso de fertilización asistida, ya que esta zona toca puntos de extrema vulnerabilidad,
que no son vistos ni valorados.

La tecnología está impulsando la noción de omnipotencia humana al tiempo que despierta


fantasías muy primitivas. Lo que sólo existía en un sueño, de repente puede hacerse
realidad. Los padres pasan de protagonistas a espectadores en el proceso de reproducción.

¿Cómo es tener un bebé de afuera hacia adentro? En varias clínicas de fecundación


asistida, los padres pueden incluso presenciar la concepción en casa, desde un
ordenador: las parejas tienen a su disposición imágenes de cada etapa de la
fecundación in vitro (bebé probeta), de la unión de los gametos, es decir, de la
fecundación, del proceso la formación del embrión hasta el desarrollo del bebé.
Con el tradicional copiar y pegar, las futuras mamás y los padres transfieren la imagen a su
computadora, la imprimen en alta resolución y muestran el increíblemente completo
álbum del bebé.

Este capítulo nos lleva a preguntas importantes que invitan a la reflexión para las que no
tenemos respuestas y que aún requieren más experiencia clínica, estudio y debate. Qué
registros de memoria quedarán en el niño desde el principio con otro miembro de la
familia distinto a la madre (vientre solidario). ¿Qué pasa con el miembro de la familia que
lleva al bebé? ¿Cómo es tener un bebé para una hija, una hermana, un hijo y entregarlo
después del nacimiento?

¿Es posible ser un mero “portador” de un bebé? En ocasiones la hermana o la madre lleva más
de un bebé debido a embarazos múltiples. Finalmente, ¿qué pasa con la persona que debería
ser protagonista de esta historia, el bebé? ¿Cómo dejará atrás esta historia?

A medida que nos dedicamos a la lectura y nos acercamos al final del libro,
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Concluimos, junto con el autor, que la Perinatalidad es un complejo multiforme, que exige un
abordaje inter o transdisciplinario, y presenta gran ambigüedad y exigencias a los participantes
del cuidado: los padres con sus relatos actualizados; los bebés, los infantes que
viven en su mundo primitivo y no verbal; varios profesionales de diferentes trayectorias, de
diferentes instituciones, todos enfrentados con sus propias historias y los trastornos psicológicos
que enfrenta el nacimiento de una madre, un padre y un bebé. Todos ellos están
simultáneamente involucrados y enfocados en comprender y localizar las
dificultades madre­bebé, o padre­bebé, o madre­padre­bebé.

Es un caldero de deseos, sentimientos, tensiones. No es nada fácil, en esta maraña


psíquica, discernir cuál será el foco de atención: ¿el bebé? ¿Los adultos? ¿Cuál es el
origen del problema, de dónde viene? ¿O la conexión entre ellos? ¿O son problemas con
otros cuidadores, abuelos, niñeras u otros miembros de la familia? Una gran
responsabilidad recae sobre los profesionales que intervienen en este delicado y
complejo período de la vida familiar.

De ahí la preocupación, expresada por el autor en el último capítulo, por la formación y


calificación de profesionales de diferentes áreas, con el fin de ampliar las posibilidades
de comprensión de los procesos psíquicos involucrados en el desafiante viaje de convertirse
en padre y madre de un nuevo ser humano. .

Les deseo a todos una excelente lectura y espero que este libro cumpla la función de
estimular la curiosidad y la búsqueda del conocimiento en Perinatalidad, para que
también pueda influir en el desarrollo y profundización de este período fundamental en la vida
del ser humano.

Nara Amália Caron

Psicoanalista de adultos, niños y adolescentes

Miembro efectivo y analista docente de la Sociedad Psicoanalítica de Porto Alegre


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Referencia

FREUD, S. [1926] Inhibiciones, síntomas, ansiedad. En: Edición estándar brasileña


de las obras psicológicas completas de Sigmund Freud. Traducido por J. Salomão.
Río de Janeiro: Editora Imago, 1976. v. 20.
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resumen

INTRODUCCIÓN 19

CAPITULO 1

INTRODUCCIÓN A LA PSICOLOGÍA Y PSICOPATOLOGÍA PERINATAL –


SUPUESTOS TEÓRICOS 23

CAPITULO 2

LA CONSTITUCIÓN PSÍQUICA DE LOS BEBÉS – LO QUE NECESITAN

LOS BEBÉS 31

CAPÍTULO 3

EL PROCESO DE CRIANZA – EL BEBÉ EN LA MENTE DE LOS PADRES 37

CAPÍTULO 4

LA PSICOLOGÍA DEL EMBARAZO – EL BEBÉ EN EL CUERPO DE LA MADRE 43

CAPÍTULO 5

EMBARAZO DE RIESGO 55
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CAPÍTULO 6

INFERTILIDAD Y REPRODUCCIÓN ASISTIDA 73

María Gabriela Pinho Peixe

CAPÍTULO 7

LA PSICOLOGÍA DEL NACIMIENTO – EL NACIMIENTO DEL BEBÉ 87

CAPÍTULO 8

PSICODINÁMICA Y TRASTORNOS MENTALES DEL PUERPERIO –

EL BEBÉ EN BRAZOS 101

CAPÍTULO 9

LA PSICOLOGÍA DE LA LACTANCIA 115

CAPÍTULO 10

PÉRDIDAS PERINATALES – LA CUNA VACÍA 127

CAPÍTULO 11

EL LADO B DE LA MATERNIDAD – SOBRE EL ODIO MATERNAL 139


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CAPITULO 12

EL VÍNCULO PADRES­BEBÉ EN SITUACIONES ESPECIALES –


PREMATURIDAD, DISCAPACIDAD Y MALFORMACIONES 153

CAPITULO 13

EL LUGAR DEL PADRE 167

CAPITULO 14

TÉCNICAS DE ATENCIÓN PSICOLÓGICA A PADRES Y BEBÉS 181

CAPITULO 15

ATENCIÓN PSICOLÓGICA A LA MEDIDA DE LOS EQUIPOS DE CUIDADO

SALUD PERINATAL 195

ACERCA DEL AUTOR INVITADO 205


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INTRODUCCIÓN

La idea de escribir sobre Psicología Perinatal fue fecundada por el afectuoso estímulo de
mi familia, colegas y alumnos del curso denominado “Psicología y Psicopatología
Perinatal”, que imparto en el Instituto País/Bebês de Florianópolis, desde 2014, y en otras
entidades, desde hace más de 20 años. Sin embargo, no sin dudas y ambivalencia decidí
convertir el curso antes mencionado en un libro.

Siempre digo que me siento mejor hablando que escribiendo. Sin embargo, a los 66 años
comencé a pensar de manera más efectiva que me gustaría hacer un aporte a los
profesionales que piensan y sienten como yo respecto a este tema, o que quieren iniciarse en
esta especialidad. En relación con las personas con las que vivo y trabajo, me siento
honrada de compartir mi experiencia y la belleza poética que es la comprensión
psicológica de la perinatalidad. Ahora que el libro está listo me siento como
una nueva madre: agotada, pero muy feliz y orgullosa de mi “hijo”. Espero que os guste
como a mí.

A lo largo de 40 años de mi práctica clínica, en reuniones de estudio y supervisión,


me encontré con historias de personas profundamente marcadas por experiencias perinatales
destructivas. Finalmente encontré, en la Psicología Perinatal, una manera de prevenir ­o al
menos intentar prevenir­ que las generaciones futuras desarrollen trastornos mentales
y emocionales.

Los temas que componen este libro surgen de teorías visitadas durante las clases que
imparto, de investigaciones de maestría y doctorado realizadas en la Universidad Federal de
Santa Catarina, bajo la dirección de la Dra. María Aparecida Crepaldi, y de la Observación de la
Madre­Bebé. Relación mediante el método Esther Bick, que realicé bajo la supervisión de la
Dra. Nara Caron, psicoanalista de la Sociedad Psicoanalítica de Porto
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Feliz. También provienen de mi actividad como supervisora clínica y,


principalmente, de mi práctica como psicoterapeuta de mujeres embarazadas y puérperas
desde hace más de 25 años.

Todos los capítulos son míos, a excepción del Capítulo 6, que solicité a mi colega
María Gabriela Pinho Peixe, por su considerable experiencia en el seguimiento de parejas
“en prueba” en el proceso de Reproducción Asistida. Cabe mencionar también que
di preferencia a temas que tuve la oportunidad de experimentar en mi práctica clínica y,
por eso, a pesar de reconocer su relevancia, no incluí en este libro temas como las
nuevas constituciones familiares, la adopción y la abuelidad.

Psicoterapia, Psicopatología y Perinatalidad constituyen mi pasión científica y son las tres


grandes áreas que se entrelazan para comprender el sufrimiento casi siempre invisible
y silencioso de las madres y los padres, pero especialmente de las madres.
Suelen buscar ayuda psicológica, por ejemplo, cuando ya han desarrollado depresión
posparto –un problema de salud pública con alta incidencia en estos días–, o cuando los
niños comienzan a desarrollar síntomas críticos, como no dormir o no comer, que pueden ser
relacionado con la relación que es conflictiva y tiene problemas, como se explica a
continuación. Este libro destaca, en su totalidad, la relevancia del conocimiento en Psicología
Perinatal en el desarrollo de acciones preventivas en salud mental infantil.

Respecto a la prevención en Salud Mental, entiendo, al igual que Motta (2002), no la búsqueda
de la normalidad (en el sentido normativo), sino la comprensión de la función materna
y paterna como un desarrollo subjetivo, en el que las intervenciones tempranas apoyan
y/o facilitan la desarrollo de estas funciones esenciales lo antes posible o “a tiempo”.
Esto ayuda a que sea posible identificar y promover lugares y funciones más saludables,
cuando están amenazados, paralizados, reprimidos y, muchas veces, involucrados en
secretos familiares en el proceso de construcción psíquica del niño y de la nueva identidad
parental.
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En vista de lo anterior, sin aspirar a la novedad ni crear nuevas teorías, este libro
pretende ofrecer apoyo a los psicólogos y otros profesionales de la salud que abordan
diariamente los fenómenos psíquicos involucrados en el embarazo, el parto, el
puerperio y sus vicisitudes. También tiene como objetivo facilitar la comprensión y
elaboración de lo que sucede con las mujeres embarazadas, parturientas y que han
dado a luz recientemente y sus familias, así como con los equipos en el período
perinatal, que brinda indicaciones o tratamientos adecuados.

En definitiva, con este libro pretendo implementar mi inserción en un movimiento


científico­preventivo, posibilitando el desarrollo de la salud física, mental y relacional
desde el inicio de la vida. Este movimiento se viene planteando desde los años
60, en el siglo pasado, y que aún intenta ganar espacio en la atención primaria a la
salud física y mental de las familias.

REFERENCIAS

MOTTA, SPP Prevención de la salud mental: ¿por qué no? En: BERNARDINO, LMF;
ROHENKOHL, CMF (org.). El Bebé y la Modernidad: aproximaciones teórico­clínicas.
São Paulo: Casa do Psicólogo, 2002. p. 109­116.
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CAPITULO 1

INTRODUCCIÓN A LA PSICOLOGÍA Y LA PSICOPATOLOGÍA


PERINATAL – SUPUESTOS TEÓRICOS

La crianza de los hijos es un área específica de la Psicología que se ocupa de los


procesos psíquicos desencadenados en los padres durante el ciclo embarazo­puerperal,
desde el deseo de tener un hijo (o no), pasando por el embarazo, el parto y el posparto.
Sus consecuencias son una interferencia directa e indirecta en el vínculo entre padres y
bebés y en la formación de la psique del niño. “Para llegar a ser padre y madre es
necesario haber realizado un trabajo interior” (LEBOVICI, 2004, p. 21).

La Psicología Perinatal es una especialidad reciente de la Psicología, resultado de la


investigación y la práctica clínica, que acompañan a madres y padres y que tienen como
objetivo minimizar las angustias que trae consigo la paternidad, entre ellas, la disociación de
las experiencias biológicas y psicológicas en este período tan significativo para las familias.

El objetivo de la Psicología Perinatal es dar visibilidad y voz a la psique de los padres, en


particular de las mujeres, respecto a las experiencias psicológicas
transformadoras de este período, ofreciendo empatía y aceptación, así como ayuda
adecuada a las necesidades del niño y de los padres. (SOLIS­PONTON, 2004).
Los conocimientos que brinda esta área de la Psicología permiten una mayor
comprensión de la salud mental materno­paterna e infantil, compartir información,
incrementar la red de ayuda, humanizar la atención a las familias, tal como lo recomienda el
Ministerio de Salud (2010).

La integración interdisciplinaria del cuidado perinatal es otro de los objetivos de


esta especialidad, la mujer pasa a ser vista como un ser holístico, en el que el
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los síntomas corporales expresan conflictos psicológicos y viceversa. Desde el punto de vista de la
Psicología Perinatal, las mujeres ya no son vistas, por ejemplo, sólo como pechos –que “deben”
amamantar para el sano desarrollo del bebé–, sino que deben considerarse en función de sus ansiedades
y motivos emocionales que, en ocasiones, pueden , impedir su desarrollo para amamantar.
Asimismo, esta especialidad aborda el devenir psíquico del bebé a partir de sus relaciones corporales
y psicológicas con los objetos que desempeñan funciones maternas y paternas.

Los fundamentos teórico­clínicos de la Psicología Perinatal se basan en la Psicología del


Desarrollo y el Psicoanálisis, destacando los estudios franceses de Raphael­Leff (1997),
Bydlowski (2001; 2009) y Delassus (2002), quienes denominaron a esta ciencia Maternología. En
Brasil y América Latina, estos temas se encuentran bajo el título de Psicología del Embarazo, Parto
y Posparto, Perinatología y, a finales del siglo pasado, como Psicología o Psicoprofilaxis
Obstétrica (VIDELA, 1993).

Antes de pasar a una descripción detallada de los fenómenos psíquicos involucrados en la paternidad
y la perinatalidad de manera más específica, quiero traer pensamientos y citas que
guían este libro.

1. En relación con los padres:

­ la maternidad y la paternidad son un mundo, mucho más inconsciente que consciente (DELASSUS,
2002);

­ no se da la paternidad; Es un proceso basado en la historia psicológica, familiar, social y matrimonial


de cada padre. Cuando nace un niño, los padres y familiares reviven su historia psíquica desde su
propio embarazo, circunstancias del nacimiento, lactancia y relación con sus propios
padres, incluyendo fantasmas transgeneracionales (FRAIBERG; ADELSON; SHAPIRO,
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2004);

­ en este período perinatal hay un desbordamiento del inconsciente, que puede ocurrir con el
nacimiento del niño y en la relación con él, una repetición sintomática o el desarrollo
de una paternidad creativa (LEBOVICI, 2004).

2. En relación con el niño:

­ el bebé, antes de nacer, ya ha vivido una larga historia. Trae consigo características
constitucionales y reaccionarias a la vida intrauterina (SZEJER, 1997);

­ debido a su total inmadurez, el niño depende de los cuidados físicos y de las condiciones
psicológicas de sus padres, o sustitutos, para convertirse en sujeto. Necesidad de experimentar
sentimientos de afiliación y aceptación incondicional. Un bebé sin madre no existe
(WINNICOTT, 2002);

­ La interacción entre padres e hijos puede ser saludable o patológica. Para comprender las
manifestaciones sintomáticas del bebé, el énfasis de

la comprensión debe estar en la psicopatología interaccional entre padres e hijos (LEBOVICI,


2004).

3. En relación con el equipo de salud maternoinfantil:

­ a pesar de la difusión de informaciones sobre Psicología y Psicoanálisis, la formación


universitaria en el área de la salud en Brasil es predominantemente biológica. Eso
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limita el conocimiento de los profesionales respecto de las situaciones emocionales


que involucran su trabajo, lo que puede conducir al desarrollo de mecanismos
defensivos, tales como: disociación, evitación y negación de los sentimientos de los
padres y del propio equipo para prevenir el colapso emocional o evitar experimentar
la situación emocional. impotencia que despiertan situaciones adversas e
inesperadas. “¡No sé qué hacer!”: dijo una residente de obstetricia al hablar
de situaciones de falta de control emocional en parturientas (MORAES, 2001);

­ la aplicación de conocimientos en Psicología y Psicopatología Perinatal


aumenta la ética y la humanización en el cuidado del bebé y de su familia, así como
la comprensión de los comportamientos de los padres en la relación con el bebé y con
el propio equipo, posibilitando las derivaciones necesarias;

­ la apertura de un espacio en el que se ponga fin al silencio de las emociones,


de la dimensión subjetiva e imaginaria de y sobre los pacientes (madre/padre­
bebé), discutida caso por caso, no sólo aumenta la posibilidad de reconocer la vida
psicológica, pero también reduce el riesgo de síntomas y trastornos perinatales en los
bebés y sus madres;

­ La introducción de la Psicología Perinatal en las maternidades, clínicas y centros


de salud puede incluso ayudar a los equipos a evitar la aparición del síndrome de
agotamiento y agotamiento emocional, llamado Burnout.

Psicopatología perinatal

Considerado un momento de crisis vital, como cualquier otro momento crítico, el


nacimiento de un hijo puede traer la posibilidad de crecimiento y maduración
y constituir en sí mismo un factor terapéutico en la vida de los padres.
Asimismo, el niño, con su plasticidad y habilidades, tiene la posibilidad de aprovechar
y sacar lo mejor de sus padres y del entorno que lo rodea.
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La experiencia de la maternidad y la paternidad se incluye actualmente en una sociedad


narcisista, lo que crea ilusiones. Vivimos en un mundo de

aparente omnipotencia, felicidad e idealización, donde se puede hacer todo al mismo


tiempo. Las fantasías sobre un bebé ideal son innegables, así como la desilusión en la
paternidad es inevitable cuando aparece el bebé real y sus infinitas exigencias.

Para muchos padres y madres, debido a sus historias individuales de infancia o realidades
adversas, las gratificaciones que surgen del recién nacido son insuficientes para elaborar
fuertes tensiones, emociones, miedos y ansiedades (re)vividas conscientes e
inconscientes. Y, si la interacción padres/bebé, vínculo principal y fundacional que forma la
psique, comienza dolorosamente, puede perpetuarse, dando lugar a patologías presentes y
futuras.

La maternidad y la paternidad tienen un “lado” que no es tan glamoroso y


completamente feliz como se propaga social y culturalmente (BADINTER, 1985).
Dependiendo de las circunstancias sociales, familiares, físicas, intrapsíquicas y relacionales en
las que se produce el embarazo, pueden existir diferentes reacciones emocionales por parte
de uno o ambos padres. Estas reacciones, si no se comprenden y elaboran, pueden interferir
en el progreso, continuidad o interrupción del embarazo, así como determinar el tipo de parto
con posibles complicaciones, posibilidad e imposibilidad de amamantar, entre otras situaciones
de impasse y dificultad en la relación con el bebé y con la crianza, como afirman Maldonado
(2005), Soifer (1984), Videla (1993; 1997), Langer (1981), Raphael­Leff (1997) y Moraes
(2001; 2011).

Aunque los autores antes mencionados, y muchos otros, ya nos han contemplado con sus
estudios, lo cierto es que constantemente se demuestra, en la práctica clínica, que cada
niño, embarazo, parto, posparto y vínculo con el bebé, es único para cada uno. de los padres y
diferentes para la llegada de cada niño. Por lo tanto, se confirma que la característica más
evidente del período perinatal es la singularidad y
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subjetividad de los padres, olvidada en el cuidado predominantemente biológico,


protocolario e impersonal de las mujeres embarazadas, parturientas,
puérperas y sus parejas por parte de los equipos de salud, quienes generalmente no reciben
capacitación específica para observar y acoger las manifestaciones de los conflictos emocionales.

A su vez, el bebé sufre influencias paternas desde el vientre materno donde es “marinado
durante nueve meses en líquido amniótico con sabor a la vida emocional de la madre...
sabor que se repite durante toda la vida” (CUADRELLI, 2016). Si bien ya existen importantes
descubrimientos sobre las habilidades del bebé en el útero e inmediatamente después
del nacimiento, todavía no tiene las condiciones para “ensamblar” su subjetividad
por sí solo (JERUSALINSKI, 2014).

Las experiencias estresantes y traumáticas, durante este período fundamental,


pueden desarrollar patologías, como ansiedad, depresión e incluso psicosis en algunos
casos, no sólo en padres, hijos y familiares, sino también en el equipo en su conjunto
y en cada profesional en particular. Esto puede suceder si no encuentran espacio para
transformar en palabras y elaboración los intensos sentimientos que a veces atormentan
a todos los involucrados.

Generalmente, cuando se piensa en Psicología Perinatal, se asocia a una


intervención que apunta a preparar el parto y la paternidad, con la transmisión de
información, sin mucho espacio para dudas y miedos individuales, corroborando
idealizaciones y expectativas sociales, llevando a los padres a aferrarse a Escenas
romantizadas, llenas de alegría y positividad. Estas escenas realmente existen y son
motivo de gran gratificación. Sin embargo, los profesionales que actúan en la atención
perinatal suelen enfrentarse a: imposibilidad de quedar embarazada;
embarazo resultante de violación o incesto; detección de anomalías fetales a veces
incompatibles con la vida; riesgo de muerte para mujeres embarazadas; muerte del niño
en el útero o días después del nacimiento; nacimientos distócicos; dificultades para
amamantar; infanticidio; madres consumidoras de drogas y bebés con síndrome de
abstinencia; rechazo explícito de los niños; negligencia y abandono de bebés; falta de pareja
o red de apoyo, entre muchas otras posibilidades y variables inesperadas y no deseadas.
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En todas estas situaciones, las familias y los equipos necesitan información y apoyo
emocional, propuesto por la Psicología Perinatal. El enfoque psicológico perinatal puede
identificar contenidos simbólicos que perjudican la oportunidad madurativa de la Crianza,
promoviendo la salud global, “leyendo” la vida mental más profunda de las personas,
resolviendo vulnerabilidades que pueden traducirse en un fracaso básico, con graves
consecuencias para padres y bebés.

REFERENCIAS

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Frontera, 1985.

BYDLOWSKI, M. Le mandato transgénérationell según Serge Lebovici. (El


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BYDLOWSKI, M. Psychopahologie périnatale: du blues à la depressión


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Brasilia, DF, 2010. 5ª ed.

CUADRELLI, SS Simposio de Introducción a la Psicología Perinatal. Madrid, 2016.

DELASSUS, JM El sentido de la maternidad. (El significado de la maternidad). París:


Editora Dunod, 2002.

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una aproximación psicoanalítica a los problemas que obstaculizan la relación madre­bebé.
Publicación Ceapia, Porto Alegre, v. VII, núm. 7, 1994. p. 12­34.

JERUSALINSKI, J. La creación del niño: juego, disfrute y habla entre madre y bebé.
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LANGER, M. Maternidad y Sexo. Porto Alegre: Editora Artes Médicas, 1981.

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La construcción de la parentalidad. En: SILVA, MCP; SOLIS­PONTON, L. (org.). Ser
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Psicólogo, 2004. p. 21­27.

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2005.
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las interacciones médico residente­parturienta. 2001. Disertación (Maestría en Psicología del
Desarrollo, de la Salud y Comunitaria) – Facultad de Psicología, Universidad Federal de
Santa Catarina, Florianópolis, 2001.

MORAES, MH La Clínica de Maternidad: los significados psicológicos de la depresión posparto.


2011. Tesis (Doctorado en Psicología del Desarrollo, de la Salud y Comunitaria) – Universidad
Federal de Santa Catarina, Florianópolis, 2011.

RAPHAEL­LEFF, J. Embarazo: la historia interna. Porto Alegre: Editora Artes Médicas, 1997.

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milenio. São Paulo: Casa do Psicólogo, 2004.

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Alegre: Editora Artes Médicas, 1984.

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Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 1997.

WINNICOTT, DW Los bebés y sus madres. São Paulo: Martins Fontes, 2002.
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CAPITULO 2

LA CONSTITUCIÓN PSÍQUICA DE LOS BEBÉS – QUÉ


LOS BEBÉS NECESITAN

En Psicología Perinatal el objetivo principal es comprender, acoger y en ocasiones


tratar a uno o ambos padres para que puedan vivir plenamente la llegada de su hijo
y atravesar el período perinatal sin mayores inconvenientes, sintiéndose
fortalecidos en el nuevo rol de la vida adulta. poder cubrir las necesidades de un
bebé tan dependiente. Coincido con Biscaia (2016, p. 30), cuando afirma que “el
mundo psíquico se crea y siempre gana significado en la relación y la calidad del
afecto que lo alimenta. Por lo tanto, al ser un mundo interno y subjetivo, es siempre
un mundo intersubjetivo”, en el entrelazamiento del adentro y el afuera, de lo
neurobiológico y lo relacional, en la interdependencia y la reciprocidad.

En este capítulo, por tanto, priorizaré las teorías y autores que defienden la
importancia relacional en la construcción de la psique, es decir, lo que los padres,
en sus diferentes roles, necesitan conocer, recibir, atender y comprender a su bebé,
dándole sobre todo, condiciones básicas de seguridad, para constituirse a
posteriori en un individuo independiente.

Los estudios psicoanalíticos actuales, como los de Lasnik (2013), Dolto (2016)
y Parlatto (2020), han descrito, cada vez con mayor refinamiento, las potencialidades
y competencias de los bebés, desde antes de su nacimiento, en términos de
percepción y reacciones ante. su entorno, eminentemente en relación con la psique y
las manifestaciones de la figura materna. Sin embargo, todavía es innegable que los
bebés dependen física y mentalmente de sus cuidadores. Para Winnicott (1978),
pediatra y psicoanalista, es muy importante proporcionar al bebé la sensación de
continuidad en las condiciones de vida intrauterina y una introducción progresiva de
estímulos y privaciones, so pena de desencadenar ansiedades insoportables en el bebé.
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niño, lo que califica de “catastrófico”. La falta de esta seguridad y el desamparo físico


y psicológico pueden provocar sensaciones en el recién nacido, como miedo a
caerse, desmoronarse, licuarse.

Debido a esta necesidad de continuidad, los profesionales de la salud han innovado


en las condiciones en las que se produce el nacimiento. Winnicott (apud ZIMERMAN,
2004) distingue los conceptos de manipulación y tenencia. Manipulación sería la forma
en que se maneja, manipula, acoge al bebé con sus necesidades fisiológicas,
como alimentación, higiene y carga. El abrazo está relacionado con la capacidad
de la madre (o de la madre sustituta) para captar, comprender y satisfacer las
ansiedades y necesidades psíquicas del bebé.

En 1978, Winnicott describió otro concepto fundamental en la relación madre­bebé: la


“preocupación materna primaria”, un estado mental de mayor sensibilidad,
casi una enfermedad, en el que se encuentran las mujeres en el período perinatal,
desde el final del embarazo hasta el primer nacimiento. pocos meses de embarazo de
su hijo, lo que permite regresar al estado primitivo e instintivo del bebé para cuidarlo,
pero del cual debe sanar (reprimir).

Para Ribeiro, Santos y Zornig (2016), el entorno sensitivo facilitador para el bebé
prepara las condiciones para que éste viva lo que el psicoanálisis llama la experiencia de
omnipotencia primaria, contribuyendo a la constitución primaria del ser. Esta pregunta
supone que la madre se relaciona de manera especializada y se dedica e identifica con
ese sujeto, a descifrar sus movimientos y ritmos singulares, pudiendo alcanzar un grado
de previsibilidad de estar en el lugar esperado, en el momento esperado.

Luego, convirtiéndose en una “madre suficientemente buena”, brinda el amor posible,


viviendo en armonía, permitiendo que el bebé viva en simbiosis con ella, pero que,
más tarde, puede frustrarse, al no estar siempre presente, permitiendo al bebé
desarrollar su “capacidad de estar solo”, incluso en presencia de la madre.
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Todo este cuidado atento y dedicado, que ha sido descrito como la “función materna”, que
se materializa a través del “fino trabajo de bordado de la madre entre el cuerpo y el lenguaje”
(JERUSALINSKI, 2014, p. 25) se manifiesta a través de ciertos comportamientos
interaccionales. Dentro de ellas:

constancia de la presencia materna, paterna o subrogada, que proporciona una


sensación de seguridad;

empatía, o lo que Bion llamó ensoñación y Winnicott, sosteniendo (apud


ZIMERMAN, 2004); identificación de la madre con el bebé, no sólo a través de los órganos de
los sentidos o del conocimiento intelectual, sino también a través de la intuición;

continencia, descrita por Bion (apud ZIMERMAN, 2004) como una condición de
disponibilidad para acoger, decodificar, transformar

y devolver emociones al bebé, debidamente nombradas y significativas.


Capacidad para identificar introyectivamente identificaciones proyectivas recopiladas del
niño, es decir, capacidad para resonar con lo que se proyecta dentro del niño
(necesidades, ansiedades, deseos, demandas, terrores sin nombre);

decodificar y nombrar el llanto y los movimientos corporales, que son las primeras
manifestaciones de comunicación del bebé. Los comportamientos corporales
sintomáticos pueden ser una expresión de que la relación entre padres y bebés no va bien.
Las madres deprimidas, por ejemplo, con dificultades para invertir emocionalmente en su bebé,
dificultades en la estructura familiar y/o con falta de una red de apoyo, pueden no ser capaces
de estar disponibles para su hijo como lo necesita. Como consecuencia, el bebé puede
desarrollar síntomas como: anorexia, reflujo intermitente, problemas digestivos y de
sueño, infecciones de repetición, manifestaciones que expresan, a través del
cuerpo, sus necesidades.
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psíquico (MORAES, 2010);

atención y gratificaciones imperativas. El recién nacido no es capaz de soportar el dolor o


la privación durante mucho tiempo (generalmente manifestado por un llanto constante), sin
que esto le cause sufrimiento, ansiedad o “abandono” de la vida, como lo demostró Spitz
(2004), cuando estudió a los abandonados y institucionalizado;

Lactancia materna: el pezón da una sensación de contenido­contención, de estar


nuevamente dentro, contenido. En un capítulo específico de este libro abordaré el
significado de la lactancia materna, que no se limita a la cuestión biológica de la
supervivencia, sino que incluye la sensación de continuidad ya mencionada, siendo el
pecho considerado metafóricamente el cordón umbilical externo que garantiza una
relación cercana y afectiva con la madre, además de brindar cercanía e intimidad
entre madre y bebé;

el contacto piel con piel, a través de la lactancia materna, el cuidado del cuerpo, el baño, los
mimos, las caricias y el juego facilitan la constitución de la “I­piel”; concepto creado por
Didier Anzieu (2000), en el que se utiliza al bebé para representarse como yo, con sus
contenidos psíquicos basados en la experiencia de la superficie del cuerpo; una
interfaz que permite la distinción entre exterior e interior.
Creación del yo corporal, distinto del cuerpo de la madre;

el bebé, al ejercitar todas sus capacidades neurológicas y de desarrollo,


está listo para el contacto visual integrador. La mirada no sólo es importante como
intercambio afectivo, sino también como forma de “significar” al bebé, de darle significado
e identidad. El bebé se ve a sí mismo a través de los ojos de la madre. Puede sentirse
amado, admirado, provocar alegría o preocupación, indiferencia, tristeza, etc. No ser
observado puede ser traumático y lo que el psicoanálisis llama la “narcización”
necesaria para el niño puede no ocurrir.
Un paciente mío, diagnosticado con esquizofrenia, siempre reportaba su dolor cuando
apartaba la mirada de los ojos de su madre, cada vez que los buscaba, creando una
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gran vacío en tu autoimagen e identidad;

Junto al contacto corporal, el juego y la mirada, las palabras dichas al bebé atribuyen
significados y significados a su existencia. Son parte de la formación del apego y de lo
que Dolto (1999) llamó “baño de lenguaje”, en el que el bebé al que se le habla y se le
habla pasa a sentirse importante, amado, valorado en cada logro, desarrollando su
autoestima, identidad, diferenciación. e individuación.
Es importante prestar siempre atención a los adjetivos y las comparaciones.
Françoise Dolto (1999) advierte sobre la relevancia de preocuparse por lo que se le dice
al niño, sobre el niño y alrededor del niño, ya que la memoria se inscribe en el
inconsciente del niño, además de que “el bebé está sometido a los efectos del
lenguaje”. que se le escapa, del inconsciente de sus padres (SZEJER, 2016, p. 9);

Sólo después de haber vivido la experiencia de sentirse “su majestad el bebé”


(FREUD, 1914), el niño tendrá confianza en sí mismo (narcisismo sano) para
afrontar las frustraciones;

como resultado del vínculo establecido, madre/padre y bebé determinan


paulatinamente ritmos de sueño y alimentación, conociéndose y estableciendo un
vínculo que tiene como características las de ese grupo familiar específico y único;

las etapas posteriores, que implican la adquisición progresiva de autonomía, como


hablar, caminar, control de esfínteres y otras, serán una continuidad y pueden verse
influenciadas por estas etapas iniciales.

Por todas estas necesidades interaccionales e intersubjetivas en la constitución


psíquica del niño, es importante conocer la psique de los padres con sus historias
personales, relaciones con los propios padres, repeticiones transgeneracionales.
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que pueden convertirse en “fantasmas en la habitación del bebé”, proyecciones y


expectativas narcisistas, como se verá en el próximo capítulo. No puedes y, según
Winnicott (2002), no debes enseñarle a nadie cómo ser madre, pero tu bebé puede
ayudarte, ya que sus respuestas de desarrollo y su sonrisa promueven intercambios
gratificantes.

La madre que logra desarrollar un “ambiente suficientemente bueno”, es decir, sin


carencias ni excesos, anima al bebé a expresarse y experimentar con
espontaneidad y dominar adecuadamente las sensaciones de esta fase inicial de la vida.
La madre que anticipa ansiosamente las necesidades del bebé o proyecta sobre él las
propias o ajenas, obstaculiza el desarrollo psíquico del niño, sin su percepción real,
e interrumpe, con sus movimientos invasivos, su devenir; Esto es lo que se llama
solicitud ansiosa. Una de las posibles consecuencias es que el bebé desarrolle una
identidad que se asemeje al “falso yo”, no a su verdadero yo, con conductas más
orientadas a satisfacer los deseos de la madre que los suyos propios.

Por otro lado, las madres que se sienten ausentes, porque no reconocen la angustia del
niño y no la nombran, pueden desencadenar lo que Bion (apud ZIMERMAN, 2004) llamó
“terror sin nombre”; un sentimiento de aniquilación, sobre todo si la madre no
aparece, no comprende y responde con impaciencia.
Sin embargo, estos son casos extremos y pueden minimizarse cuando se tratan
psicoterapéuticamente.

REFERENCIAS

ANZIEU, D. La Auto­Piel. Traducido por Zakie Rizkallah y Rosaly Mahfuz. 2da ed.
São Paulo: Casa del Psicólogo, 2000.

BISCAIA, C. El nacimiento de la vida psíquica. En: Franco, V. (org.). Contribuciones


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2016.

DOLTO, F. Todo es lenguaje. Traducido por Luciano Machado. São Paulo: Martins Fontes,
1999.

FREUD, S. (1914) Sobre el narcisismo: una introducción. Traducción de J.


Salomón. En: FREUD, S. Obras Completas. Río de Janeiro: Imago Editora, 1976. v. 14, pág. 85­122.

JERUSALINSKI, J. La creación del niño. Salvador: Ágalma, 2014.

LASNIK, MC La hora y el turno del bebé. São Paulo: Instituto Langage, 2013.

MORAES, MH La clínica de maternidad: los significados psicológicos de la depresión posparto.


2010. Tesis (Doctorado en Psicología del desarrollo humano, la salud y la comunidad) – Facultad
de Psicología, Universidad Federal de Santa Catarina, Florianópolis, 2010.

PARLATTO, E. El conocimiento del bebé. São Paulo: Instituto Langage, 2020.

RIBEIRO, FS; SANTOS, NTG; ZORNIG, SNAJ ¿Divididos en dos? La experiencia materna en
casos de gemelos. 2016. Disponible en: [Link]
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SPITZ, R. El primer año de vida. São Paulo: Ed. Martins Fontes, 2004.

SZEJER, M. Si los bebés pudieran hablar. São Paulo: Instituto Langage, 2016.

WINNICOTT, DW Textos seleccionados: de la pediatría al psicoanálisis. Traducido por


Jane Russo. Río de Janeiro: Francisco Alves Editora, 1978.

WINNICOTT, DW Los bebés y sus madres. São Paulo: Martins Fontes, 2002.

ZIMERMAN, D. Manual de técnicas psicoanalíticas: una revisión. Porto Alegre:


Artmed Editora, 2004.
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CAPÍTULO 3

EL PROCESO DE CRIANZA – EL BEBÉ EN LA MENTE


DE LOS PADRES

Como se mencionó en capítulos anteriores, nadie nace padre o madre, las personas
se convierten en padres y madres (DELASSUS, 2003). Los estudios psicoanalíticos
actuales, basados en eminentes psicoanalistas posfreudianos, como Mahler,
Bion, Winnicott, Françoise Dolto, Lebovici y otros, han enfatizado la dimensión
interactiva e intersubjetiva en la formación de la psique infantil. Por este motivo, es
importante estudiar la psique de los padres.

Crianza es un término que define los procesos psíquicos y cambios subjetivos


producidos en los padres a partir del deseo de tener un hijo, que permean el factor
biológico, dependiendo de la estructura de la personalidad (intrapsiquismo), el grupo
familiar (intersubjetividad) y la transmisión transgeneracional (. LEBOVICI apud SILVA;
SOLIS­PONTON 2004). Es un proceso complejo que presenta características
paradójicas al fenómeno natural del parentesco.

Según Iaconelli (2015), la familia moderna (hasta el siglo XX) se fundamentaba en


el amor romántico, en el que el hijo era responsabilidad de los padres. Aunque
la familia posmoderna ha sufrido grandes transformaciones (parejas homosexuales,
familias monoparentales, técnicas de reproducción asistida), disociando
conyugalidad y paternidad, aún persiste el deseo de ser padre y convertirse en madre.
Tal deseo depende entonces mucho más de la historia individual de cada padre y
de una lógica del deseo, un largo viaje que comienza mucho antes del nacimiento
del niño y produce un cambio irreversible en la psique parental (ZORNIG, 2012).
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Así, es con el bagaje psíquico individual, con las representaciones de su propio nacimiento,
de su infancia y de la relación con sus propios padres, que el hombre y la mujer se
relacionarán con su hijo. Muchas veces, lo que la pareja quiere con y para su hijo es
compartido y similar, uniéndolos aún más; pero, en otras circunstancias, las parejas pueden
incluso separarse después de convivir con el hijo, en esta transición hacia la paternidad, más
allá de la conyugalidad.

Las circunstancias reales en las que se produjo el embarazo pueden contribuir a


facilitar o dificultar el sentimiento de vínculo experimentado con el niño: ¿este niño fue
planeado? ¿Existe un lugar emocional para este niño? ¿Es fruto del deseo de ambos
miembros de la pareja? ¿Es ella producto de abuso o incesto? ¿Vino a animar a una
abuela viuda? ¿Vino a proporcionar células madre a un hermano enfermo? ¿Vino a reemplazar
a un hermano muerto? ¿Estaba destinada a ser lo que sus padres no pudieron ser? ¿Vino
a demostrar que sus padres nunca serán superados? ¿O llegó a poder ser ella misma en
todo su potencial?

Como se mencionó, psíquicamente, hombres y mujeres reviven y reproducen sus propios


vínculos tempranos, proyectando fantasías y deseos narcisistas y edípicos, que tiñen y califican
la interacción con el niño. Freud, ya en 1914, afirmaba que los padres se sienten gratificados en
su narcisismo cuando nace su hijo, viéndose en el bebé hermoso, perfecto y súper amado que
los replica como bebés ideales. Por otro lado, si los padres tienen experiencias sumamente
frustrantes a partir de este período o si el niño representa una herida narcisista, presentando
deficiencias, malformaciones o características no deseadas, se pueden establecer vínculos sin
seguridad y confianza para el niño y los padres (KLAUS; KENNEL ; Klaus, 2000).

Melanie Klein (1974), en sus estudios con niños y psicóticos, ofreció la


Psicoanálisis con el descubrimiento de las fantasías inconscientes de los niños en relación con
sus padres y, en particular, con el cuerpo materno, que despierta curiosidad, envidia,
competitividad e ira, por la capacidad de albergar el pene del padre y los bebés que éste
produce, así como miedo a sufrir daños en su propio cuerpo y genitales
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represalias. Como adultos, la posibilidad de quedar embarazadas, o de tener un hijo,


puede representar la reparación del daño causado en la fantasía o, en caso de
fracaso, confirmar la fantasía de venganza materna.

Asimismo, la elaboración del Complejo de Edipo y su inscripción


inconsciente puede facilitar, o dificultar, la interacción con el bebé.

El niño, hablando de manera simplista y generalizada, puede representar


inconscientemente, para uno o ambos padres, el hijo prohibido del incesto, por
tanto un triunfo deseado y reprimido al mismo tiempo. Si la prohibición es demasiado
intensa, existen varias posibilidades psicodinámicas en este período perinatal,
desde la infertilidad hasta la representación del bebé como parte del rígido
superyó de los padres, dificultando la relación y la percepción del niño contaminado
por las proyecciones parentales.

Para complementar la complejidad psíquica de esta relación, Lebovici (2004)


distingue cinco tipos de representaciones que la madre (y el padre) tienen de su bebé
antes y después del nacimiento:

­ el bebé imaginario: es el bebé de las fantasías conscientes y preconscientes de la


madre (producto del deseo del niño);

­ el bebé fantasma: es el bebé fruto de las fantasías inconscientes de la


madre, heredero del complejo de Edipo (objeto del amor incestuoso
prohibido y reprimido);

­ el bebé narcisista: es el bebé del narcisismo de la madre (es decir, lo mejor de la


madre);
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­ el bebé cultural: que sigue las expectativas de la cultura; Es

­ el bebé real: el bebé en su corporalidad concreta y real.

Estas representaciones pueden resultar en interacciones/expresión de conflictos


inconscientes, productos de proyección inconsciente. En la práctica clínica, me encuentro
frecuentemente con madres “recién nacidas” atormentadas por tales proyecciones,
escuchando, por ejemplo, en cada llanto del bebé, las recriminaciones de su propia madre,
percibida como exigente y crítica, o viendo en la fragilidad del bebé su incapacidad,
llevándolos a confirmar sus propias vulnerabilidades narcisistas.
Estos ejemplos reales ilustran algunas de las posibles dificultades en la relación con el bebé
real, que no es visto ni comprendido en términos de sus necesidades y
potencialidades.

Otra cuestión importante que interfiere decisivamente en la interacción entre padres e hijos
y en la formación de la paternidad es la transmisión intergeneracional y
transgeneracional. Como atestigua Granjon (2000, p. 24), los procesos de
transmisión intergeneracional de pensamientos, afectos e historia implican

[...] conexiones con y entre diferentes niveles intrapsíquicos e intersubjetivos


mediados por el grupo, favoreciendo transformaciones y llevando a una diferenciación
entre lo que se transmite y lo que se hereda y luego se adquiere.
Esta obra permite que cada generación se sitúe en relación con las demás, inscribe a
cada sujeto en una cadena y un grupo o grupos fundan su propia subjetividad,
constituyendo su historia y haciéndolo dueño de su patrimonio.

Sin embargo, este trabajo puede fracasar, y la transmisión psíquica puede volverse
alienante, violenta, impuesta, sin espacio para la recuperación y la transformación,
creando vacíos, secretos, enigmas. A diferencia de la transmisión intergeneracional, la
función de la transmisión transgeneracional es “contener y mantener fuera del alcance ciertos
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cuestiones de transmisión psíquica” (GRANJON, 2000, p. 28). El niño heredero de estos


secretos y patologías termina atrapado en este tipo de transmisiones sin permiso para
convertirse en él mismo, repitiendo “la tía loca tal y tal, el ciclo violento que renace en cada
generación de la familia, el molesto Beltrán”. abuelo”, u otros roles no explícitos ni
verbalizados, pero esperados y adorados, aunque sea inconscientemente. En este sentido, la
cuestión transgeneracional puede no ser algo elegido como modelo de identificación, sino
un fantasma impuesto y alienante. Por eso, se dice que, para comprender a una persona, es
necesario conocer la historia de sus abuelos.

Considerar todos estos aspectos –intrapsíquicos, intersubjetivos e


intergeneracionales– es esencial para comprender la interacción normal o
patológica entre padres y bebés.

Reconocer la complejidad de los elementos que componen su herencia psíquica


permitirá al individuo pasar de una situación pasiva que consiste en sufrir
exigencias superegoicas a una posición activa. Un proceso que presupone la
filiación al linaje y tiene un segundo momento: el de tomar una distancia marcada
por la construcción creativa de una narrativa de la propia historia (SOLIS­PONTON,
2004 p. 40).

REFERENCIAS

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Franco. São Paulo: Edições Paulinas, 2003.

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São Paulo: Annablume Editora, 2015.

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crianza en diferentes contextos. São Paulo: Casa del Psicólogo, 2012.
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CAPÍTULO 4

LA PSICOLOGÍA DEL EMBARAZO – EL BEBÉ EN EL CUERPO


MADRE

El cuerpo humano no es un organismo biológico de la especie humana,

es un cuerpo atravesado por su biografía.

(Françoise Dolto)

Al reflexionar sobre el tema de este capítulo, tuve dudas sobre su título: si debería
llamarse Psicología del Embarazo o Psicología de la Maternidad, tal es la
superposición entre los dos temas. Elegí discutir los aspectos emocionales relacionados
con las experiencias físicas y psicológicas del desarrollo del feto en el cuerpo de la
mujer, aunque el tema de la maternidad está asociado.

Por ello, definí los siguientes objetivos: (1) reafirmar que el embarazo no es un
proceso exclusivamente biológico, como ya lo han hecho Videla, Maldonado,
Szejer, Bydlowski y otros autores. Como resultado, (2) comprender los factores
psicológicos y absolutamente subjetivos que intervienen en el embarazo y (3)
aclarar por qué “no se nace madre, se llega a ser madre” (DELASSUS,
2003), es decir, identificar la maternidad como un proceso .

Para comprender el embarazo como un fenómeno psíquico es necesario, aunque


sea de manera simplificada, incluirlo en un contexto histórico­cultural. Desde
la antigüedad, la mujer ha tenido su identidad ligada a
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capacidad reproductiva: procrear como única forma de ser reconocida, hasta el punto de que las
mujeres estériles son asimiladas a grupos de hombres en tribus más primitivas, siendo
“celebrada” la menarquia en ritos de paso, pasando la mujer a un lugar de descrédito
después del nacimiento. , o ser discriminadas y excluidas si tenían dificultades
para quedar embarazadas o mantener un embarazo.

Aunque algunos de estos elementos culturales todavía permanecen hoy en una forma menos
explícita, las experiencias sociales y psicológicas de la maternidad se han ido modificando
gradualmente con la llegada de los avances tecnológicos y los cambios en la vida profesional
de las mujeres. Los avances de la Medicina, que sin duda redujeron las tasas de

La mortalidad materna e infantil, trajo consigo importantes cambios sociales y psicológicos en


la maternidad, entre ellos, la transformación de la experiencia esencialmente “femenina”
y doméstica, a una experiencia eminentemente medicalizada y hospitalaria.

Según un detallado estudio de Vera Iaconelli (2015), a lo largo del tiempo en nuestra cultura, a
pesar de la transformación del rol social de las mujeres, las expectativas sobre ellas aún
incluyen la procreación, hecho relacionado no solo con la perpetuación de la especie, sino
también con una importancia creciente. atribuidos a la atención primaria y a la lactancia
materna en la reducción de la mortalidad infantil.

El psicoanálisis también ha demostrado, con evidencia científica, que las primeras


relaciones con las figuras parentales son vitales para la constitución psíquica del niño,
lo que facilita la comprensión de la relevancia del vínculo, pero termina sobrecargando y
añadiendo exigencias en relación al rol y al rol materno. y funciones paternas.

La creciente inclusión de la mujer en el mundo laboral, así como las técnicas de reproducción
asistida, han generado ambivalencia y mayores dudas respecto a
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a la maternidad, lo que se traduce en el aplazamiento de la decisión de quedar


embarazada y en un aumento del miedo a tener que elegir entre la maternidad y una carrera
profesional, así como en un aumento de las ansiedades sobre la capacidad de conciliar los
roles maternos y profesionales. Pese a ello, persisten cuestionamientos, demandas y críticas
familiares y sociales, especialmente, si la mujer opta por no tener hijos.

Desde la aparición de los métodos anticonceptivos, la concepción puede ocurrir a través


de una decisión consciente, racional y gratificante, constituyendo una oportunidad de
crecimiento y desarrollo, lo que Lebovici (2004) denominó maternidad creativa. Para esta
autora, la maternidad puede incluso brindar un efecto terapéutico a las mujeres y a las
parejas, con la posibilidad de reparar y trabajar los conflictos primordiales a través de la nueva
relación que se establece con el hijo.

El hecho es que, inevitablemente, durante el período de embarazo, la mujer tiene que


afrontar muchas transformaciones relacionales, como el paso del rol de hija al de madre, el
cambio de una relación diádica con su pareja a una triádica que incluye el niño, además
de la convivencia con otro ser dentro de su cuerpo. En el capítulo anterior abordé los
factores que interfieren en la construcción de la crianza y el vínculo con el niño. Como
señala Szejer (1997), existe una prehistoria de cada embarazo, que incluye el deseo de tener
un hijo (¿Deseo consciente o inconsciente? ¿Deseo de qué? ¿Deseo de quién?), la
historia de la familia, de la pareja y de cada uno de sus miembros.

Además, concebir y tener un hijo puede traer a la mujer recuerdos, fantasías y


ansiedades inconscientes relacionadas con los conflictos vividos como hija, la
mayoría de los cuales son reprimidos. Toda madre nace de un hijo en relación con su
propia madre, y todo hijo nace de una madre en formación (ROSFELTER, 1994).

Según Raphael­Leff (1997), la implantación del óvulo fecundado lleva a la mujer a lo


más profundo de su espacio psíquico, la placenta psíquica de la que
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los significados y elaboración de la concepción, el embarazo y el parto emanan,


incrustados en las circunstancias de la realidad social, interfiriendo en el puerperio y la
relación con el bebé. Cuando los conflictos inconscientes son más fuertes que el deseo
consciente se puede detectar un aumento de la ansiedad, el desarrollo de síntomas
psicosomáticos y la aparición de sueños o pesadillas que ayudan a identificar qué conflicto
se está manifestando.

Las vicisitudes de un embarazo pueden ser diversas: motivaciones


inconscientes pueden facilitar la concepción o impedirla; No podrán “autorizar” la continuación
de este embarazo ni desarrollar síntomas que revelen conflictos emocionales, desde los más
leves hasta los más graves, interfiriendo en la salud física y mental de la mujer durante el
embarazo, presagiando posibles dificultades en la relación con su bebé.

Algunos psicoanalistas atentos, como Maldonado, Videla y Szejer, dan algunas indicaciones
sobre cómo reconocer las expresiones del inconsciente en las mujeres embarazadas.
Todos los seres humanos han pasado por un vientre (útero materno) y tienen inscritos
en su inconsciente recuerdos reales y fantaseados de su propio embarazo, parto y
relación con su madre y su padre. Entre los fenómenos psíquicos que ocurren durante
el embarazo, Monique Bydlowski (2009) definió como “transparencia psíquica” el estado
mental de la mujer embarazada que presenta un cierto nivel de regresión psíquica y un
ablandamiento de las defensas represivas, permitiendo a un oyente atento
comprender los principales conflictos. revivido durante este período.

La transparencia psíquica se extiende desde el embarazo hasta el puerperio, un estado


relacional particular, como una petición de ayuda, ambivalente y permanente; una
autenticidad de la psique, denotando una correlación evidente entre la situación del embarazo
actual y los recuerdos del pasado que escapan libremente del inconsciente sin ser
reprimidos. (BYDLOWSKI, 2009). Imagino que tal estado emocional está directamente
relacionado con el espectáculo mágico y misterioso que se desarrolla dentro del cuerpo
de la mujer que es, al fin y al cabo, nada menos que “preparar a otra persona”, como dice
Caetano Veloso.
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Durante este período perinatal, cuenta mucho la constitución de la autoimagen femenina,


que depende de la forma en que fue recibida y valorada narcisistamente por sus padres
cuando era niña, de cómo vivió sus etapas de desarrollo psicosexual (oral, anal,
fálico) y el complejo de Edipo, qué tipo de identificación desarrolló con su madre y su padre y
cómo vivió su adolescencia. Además, dependiendo del lugar que represente cada embarazo en
el orden de nacimiento de ella y sus hermanos, una misma mujer puede vivir cada embarazo
de manera diferente. Por ejemplo, si tuviera una hermana menor discapacitada, con
quien se enojara por la atención robada, es posible que tema tener un segundo hijo.

Entre los fenómenos psíquicos más comunes detectados en los tratamientos


psicoanalíticos se encuentran: la doble identificación de la mujer, con su propia madre y con el
feto, que se constituye en buena y mala, tal como lo enseñó Melanie Klein (1975), cuando
describió la posición esquizoparanoide. , que no desaparece en el inconsciente,
simplemente permanece reprimido. Así, pueden existir identificaciones con la propia madre
simultáneamente de dos tipos: “buenas” y solidarias y “malas”, críticas, exigentes,
asesinas, represalias, ladrones de bebés.

Fantasías flotantes, imágenes inconscientes, versiones de relaciones internalizadas,


voces que amenazan y apoyan, percepciones que pueden manifestarse proyectivamente
a través de ideas y sentimientos diferentes y/o concomitantes en relación con el bebé de
tipo simbiótico o paranoico, entre otros (RAPHAEL­LEFF , 1997). En otras palabras, la mujer
puede, por ejemplo, experimentar al bebé como parte de ella misma, o como un invasor,
parásito y amenaza que actúa desde el interior de su cuerpo. Las dos situaciones
mencionadas se sitúan en los extremos del amplio espectro en el que se puede encontrar
emocionalmente la mujer embarazada.

La mujer embarazada se adapta al desarrollo del feto, su cuerpo se expande y crece para dejar
espacio al bebé. En cualquier caso, “cuando el embarazo avanza, ha habido un 'acuerdo' entre
el feto, la placenta y la madre que, a su vez, confirma una capacidad de acoger y tolerar
esta diferencia en sí misma” (DONELLI;
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CARÓN; LOPES, 2012, pág. 398). La mujer tiene entonces un tiempo determinado para crear
espacio y reconocimiento psíquico para su bebé, es decir, necesita comprender que ese
ser, visceralmente vinculado a ella, es otro ser, con su propia historia.

Aunque cuestionados por algunos autores, los estudios psicoanalíticos basados en la


observación y en tratamientos psicoterapéuticos, entre los que Videla (1997),
Maldonado (2005), Langer (1986), demuestran la existencia de características psíquicas,
más o menos “universales”, que emergen durante la Ciclo de embarazo, según el trimestre en
el que se encuentre el embarazo. Estas fantasías relacionadas con el desarrollo psicosexual,
presentadas por Freud, son fácilmente reconocibles en los síntomas que desarrollan
las mujeres embarazadas, aunque algunos de ellos, así como sentimientos y sensaciones,
pueden superponerse o repetirse durante los nueve meses.

El primer trimestre suele caracterizarse por la percepción de cambios corporales, a veces


con euforia, a veces con pánico, o con ambos sentimientos simultáneamente, la llamada
ambivalencia. Por muy deseada que haya sido, la noticia de un embarazo siempre despierta
dudas, incertidumbre y miedo respecto a los cambios de vida y de rol que vendrán.
Asimismo, aunque sea una “sorpresa”, muchas mujeres pueden sentirse estimuladas
por la oportunidad de crecimiento y madurez.

La experiencia de ambivalencia no se fundamenta sólo en las circunstancias reales de la


gestante que lleva adelante este embarazo, o las circunstancias no siempre ideales de la
fecundación, sino también, como se destacó anteriormente, en sus características
psíquicas e histórico­familiares. Si bien muchos síntomas pueden explicarse por los cambios
hormonales durante el embarazo, lo cierto es que las reacciones son individuales y
específicas de cada mujer, demostrando la influencia psíquica en el desarrollo de
estos malestares.

En este primer trimestre la gestante puede identificarse con el bebé, lo que


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se manifiesta a través de hipersomnia, aumento del apetito, antojos o náuseas.


Como señala Maldonado (2005), el significado psicológico de estos síntomas no se
puede generalizar, atribuyendo, por ejemplo, las náuseas y los vómitos al rechazo
del bebé. A veces se trata de rechazo o de una fuerte ambivalencia hacia la situación y no
necesariamente hacia el niño. Por otro lado, el aumento del apetito puede demostrar
cuidado en la alimentación del niño, fortalecimiento, represión del lado negativo de la
ambivalencia, entre muchos otros significados probables.

Sobre todo porque, como señala Raphael­Leff (1997), la motivación inconsciente de las
mujeres respecto al embarazo puede variar mucho. Algunas realmente desean tener un
hijo, pero no pueden soportar el embarazo; otras desean realmente el embarazo, sin
pensar en el futuro hijo, lo que demuestra, una vez más, la necesidad de comprender la
subjetividad de cada mujer en particular. Además, la experiencia corporal del embarazo
puede traer muchas ganancias secundarias, que hacen tolerables posibles
malestares físicos, totalmente intolerables para otras mujeres, debido al sentimiento
de ser consumidas o destruidas desde dentro.

Todos estos síntomas orales pueden entenderse a través de la proyección de la


oralidad inconsciente y reprimida de la mujer. Cuanto mayores eran sus conflictos
voraces en relación con su propia madre –envidia del cuerpo que alberga el pene del
padre y de otros bebés, envidia de la capacidad productiva de la madre, como
muestra Melanie Klein (1974)–, más intensos eran los síntomas de la mujer embarazada.
será, lo que puede incluso ponerlo en riesgo, como en el caso de la hiperemesis, tema
a tratar en el capítulo de embarazos de alto riesgo.

Otros síntomas comunes en este período inicial son la diarrea y el estreñimiento, que se
relacionan con recuerdos de fantasías anales de concepción infantil, como demostró
Freud (1905) en los Tres ensayos sobre la sexualidad infantil. La diarrea sería el miedo, o el
deseo, de perder al bebé; y el estreñimiento, la defensa contra esta pérdida. Recordando siempre
que estas son algunas interpretaciones posibles dentro de la inmensidad simbólica que trae
consigo cada síntoma.
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Sin embargo, es sin duda el conflicto edípico femenino, desencadenado por el complejo
de castración, el que puede presentarse en multiplicidad de significados y síntomas durante el
embarazo, consecuencia directa y “prueba” de una vida sexual activa.
Recordando a los lectores que existe una diferencia importante entre los conflictos
masculinos y femeninos. De maneira simplificada, no que se refere ao conflito edípico
masculino, o menino, após entender que é insuficiente para seu amor – a mãe –, e por medo de
ser castrado pelo pai, identifica­se com esse para no futuro ter uma mulher igual la madre. La niña,
cuando se da cuenta de que ya está castrada, se aleja con resentimiento de su primer objeto de
amor, su madre, y se vuelve afectuosamente hacia su padre, con la esperanza de tener un pene
y más tarde un hijo con él. Sólo después de una nueva decepción y shock de la realidad
vuelve a identificarse con su madre para, en el futuro, poder tener un hombre como su padre y
ser madre como su madre (RAPHAEL­LEFF, 1997).

Esta narrativa sintetizada sería la solución ideal al conflicto edípico. Se sabe, sin embargo, que,
dependiendo de las respuestas del entorno –seducción, represión, rechazo o indiferencia–,
de la posibilidad de represión y de otras funciones conscientes e inconscientes de cada niño,
hay muchos intentos y fracasos en el proceso. de resolver este problema. Lo que Lebovici (2004)
llamó el “desbordamiento psíquico” del período perinatal es que el complejo de Edipo,
acompañado de sus ansiedades típicas, se revive y recuerda inconscientemente y se
manifiesta mediante síntomas físicos y psíquicos, así como sueños durante el
embarazo.

El segundo cuarto parece un poco más tranquilo. La mujer ya ha tenido tiempo de superar su
ambivalencia y empieza a disfrutar de este momento creativo. El vínculo con el bebé se va
construyendo porque los movimientos fetales y la prominencia del abdomen se hacen
más evidentes. Según Soifer (1984), la mujer está muy atenta a los movimientos y cambios
de posición del bebé y puede atribuirles diferentes significados, a través de fantasías proyectivas
sobre él.

Actualmente, el examen de ultrasonido es parte del cuidado prenatal de la mujer.


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y el bebe. No sólo proporciona información sobre el género y si la mujer embarazada está


esperando uno o más bebés, sino que también informa sobre las condiciones de
salud e incluso puede indicar la necesidad de intervenciones tempranas. Aunque es una
realidad, todavía hay quienes critican la ecografía por esta ruptura con la fantasía y el
“encuentro” con el bebé real. Hay madres que todavía prefieren no saber el sexo del bebé y
mantener el factor sorpresa para el nacimiento. En cualquier caso, ya sean buenas o
malas noticias, los resultados de este examen acaban interfiriendo en el vínculo con el
bebé y pueden revelar comportamientos específicos de la madre, el padre, los abuelos o los hermanos prese

Nara Caron (2000) y su equipo, investigando el vínculo mediante ultrasonido utilizando


el Método Esther Bick de Observación de la Relación Madre­Bebé, tuvieron la
oportunidad de observar factores sorprendentes, positivos y a veces muy tristes, cuando
la fantasía se confirma o cuando se desmorona. ¿Él está bien? ¿A quién se parece? ¿Es
perfecto? ¿Cuál es el sexo? Expectativas y miedos que resaltan no sólo cómo se sienten
madre y padre durante el proceso físico y emocional del embarazo, sino también posiblemente
cómo será el vínculo con el bebé. A modo de ilustración, el Dr. Nara relató, en una reunión
científica en Florianópolis, la desesperación de un padre al escuchar al médico decir
que era una niña. El padre negó rotundamente la afirmación del médico y le dijo que,
en la próxima cita, nacería el pene.

Yo mismo, mientras esperaba de vez en cuando el ascensor, escuché el diálogo de una


pareja que acababa de salir de la clínica de ecografía. El padre comentó cómo “ella” tardó
un poco en volver el rostro hacia ellos, a lo que la madre respondió: “Debe ser porque
sabía que estabas ahí”. Evidentemente me conmovió este pequeño fragmento de diálogo
y pensé en todas las posibles causas y consecuencias de esta actitud materna hacia el
padre.

El tercer trimestre, por lo general, suele estar ocupado por pensamientos y miedos sobre
el parto. Recuerdos de historias familiares, historias de amigos, consuelos, mucho
terrorismo por parte de otras mujeres, que demuestran así envidia, crítica,
competencia, que en nada ayuda a la embarazada. La mujer sabe que, inevitablemente,
tendrá que pasar por el parto. Algunas mujeres
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Prueban alternativas para controlar la fecha y forma del nacimiento, que no siempre
funcionan, incluso a través de sueños anticipados. Pasa por estados de ansiedad y depresión,
sufre trastornos del sueño. Puedes sufrir fobias, como miedo a que tu cuerpo no vuelva a
su forma anterior –igual que la tuya–, o miedos respecto al bebé, como miedo a
excesivos o malformaciones, posición de identidad dentro del útero, movimientos
insuficientes, que muchas veces corresponden. al bebé desconocido, a la culpa por la
ambivalencia (SZEJER, 1997).

Es un período de contradicciones porque, al mismo tiempo que la mujer quiere ver a su bebé
y tenerlo en brazos, también extraña con anticipación su vientre. Se extraña esa convivencia
diaria visceral, y algunos incluso dicen que “ahora el bebé siempre va conmigo”, “sé que aquí
tiene todo lo que necesita”, “aquí afuera el mundo es tan duro”, “nunca me he sentido sola”. de
nuevo ".

Dependiendo de los antecedentes familiares, del nivel de información o de la falta de ella,


incluso las mujeres muy bien informadas temen el momento de dar a luz. Algunos expresan
miedo a morir o a que el bebé muera. Comienza un gran viaje en busca de la decisión:
¿parto natural o cesárea? ¿Con qué médico? ¿En casa o en la sala de maternidad? ¿Qué
pasa si no hay tiempo para llegar al hospital? ¿Qué pasa si todavía no tengo todo lo que
necesito? Todas estas dudas pueden reflejar otras dudas subjetivas sobre tu capacidad para
dar a luz, miedo a hacerle daño al bebé, miedo a que el bebé te haga daño, miedo a entregarte
a alguien que no conoces (equipos médicos), miedo a ser maltratado, entre otros. Temas a
tratar en el capítulo específico del parto.

Por lo tanto, en términos psíquicos, las mujeres embarazadas oscilan entre alegría, un
sentimiento de poder y esperanza por la renovación de la vida con y a través de su bebé,
e inseguridades e incertidumbres sobre su nuevo papel, culpa por el “triunfo edípico”,
reexperiencias de sus debilidades. Como advierten Donelli, Caron y Lopes (2012), las
mujeres embarazadas dependen de sus estructuras de personalidad, de sus
defensas y de sus potencialidades, para superar ansiedades de causa inconsciente y
realidades adversas, si las hubiera.
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Una de las mayores preocupaciones de las mujeres embarazadas que experimentan


depresión, o cualquier otro síntoma de malestar psicológico, por casual y temporal que sea,
es saber cómo el bebé lo vive con ellas. ¿El siente? ¿Le estás pasando esto a él? Como mi
experiencia clínica con mujeres embarazadas y en posparto ha demostrado que el vínculo
madre/bebé depende de muchos factores diferentes y que, sí, el bebé reacciona a las
reacciones emocionales de la madre, busqué estas respuestas con la intención
empática de ayudarles a construir un vínculo efectivo y saludable para ambos.

Hay muchos estudiosos que estudian la vida mental de los bebés antes del nacimiento en
todo el mundo. Me basaré en estudios fisiológicos, neurológicos, bioquímicos y psicológicos,
así como en investigaciones internacionales compiladas por el Dr.
Thomas Verny y John Kelly (1988) para presentar lo que ya se sabe sobre
el tema.

El bebé intrauterino, a partir del sexto mes de embarazo, es capaz de ver, oír, saborear y
aprender, incluso de forma primitiva. Y lo más importante, podrás sentir y tener una vida
emocional activa. Las emociones del bebé dependen en parte de los mensajes
que recibe sobre él, así como de los sentimientos maternos que lo inundan dentro del útero.
La alegría, el placer y las buenas expectativas pueden contribuir significativamente al
desarrollo físico y emocional saludable del bebé.

Las ansiedades y preocupaciones temporales de la madre no son significativas para el bebé.


Estas son experiencias de aprendizaje. Sin embargo, patrones de sentimientos profundos y
constantes quedan intensamente inscritos en tu psique, dejando marcas en tu
personalidad. El bebé intrauterino puede sentir y reaccionar ante emociones amplias, como el
amor y el odio, pero también ante “estados afectivos complejos y más matizados, como la
ambivalencia y la ambigüedad” (VERNY; KELLY, 1988, p. 16).

El bebé necesita, al igual que después del nacimiento, sentirse amado y querido. Él
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Necesita que su madre y su padre hablen con él, que piensen en él. Si te sientes
ignorado emocionalmente, tu cuerpo comenzará a debilitarse. Lo increíble es que los
estudios comprueban esta reacción depresiva en los bebés, como si no tuvieran
motivos para crecer. Un ejemplo de este tipo de conexión de abandono es el bebé, el
hijo de una madre que niega la percepción de embarazo, que normalmente
no se coloca ostensiblemente en el útero de la madre, sino que crece erguido a lo
largo de la columna vertebral de la madre, casi como en connivencia con ella.

Recientemente, las mujeres embarazadas han comenzado a comunicarse más con sus
bebés: hablan, cantan, tocan música, organizan la hora de dormir, lo que representa
un avance muy importante. Siempre recomiendo a las mujeres embarazadas, cuando
sientan tristeza, enfado o ansiedad, que se lo cuenten a su bebé. Él comprende y
puede referirse al malestar físico y emocional que le transmiten las hormonas, como
la adrenalina y el cortisol, o los latidos modificados del corazón de la madre.

El bebé también es capaz de identificar el tono de voz de la madre, cariñoso, triste,


llorando. Tuve la experiencia de acompañar a una mujer embarazada que descubrió
que su bebé tenía Síndrome de Down. Estaba triste y enojada y sentía que su bebé
se movía mucho en su vientre. Esta es una reacción común en los bebés ansiosos
que no entienden lo que está pasando. La animé a hablar con él. Pudo reconectarse con
él y calmarse, aunque persistieron los sentimientos de duelo por su bebé ideal.

Otro ejemplo fue una mujer embarazada que chocó su auto, se asustó mucho y su
bebé se movía mucho, hasta el punto de sentir dolor. Su marido se acordó de contarle
al bebé lo sucedido y hacerle saber que todo estaba bien entre él y su madre, y pudo
calmarse, reduciendo también el dolor de su madre.

En situaciones tan drásticas y obvias como estas, es más fácil detectar la


necesidad de hablar con el bebé. Sin embargo, hay madres que guardan silencio, o
que les da vergüenza hablarle a su barriga y parecen locas; hay quienes no
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creen que el bebé puede comprender, madres psicóticas y muchas otras con
fuertes sentimientos ambivalentes. Evidentemente, no se puede decir que toda la
formación de la personalidad del bebé dependa del habla de la madre. Sin embargo,
cuando el lenguaje verbal se inserta desde el útero, el bebé se introduce en el mundo.
Las mujeres embarazadas que reciben atención psicológica prenatal tienen la
oportunidad de ser ayudadas en su angustia y ambivalencia y de fortalecer su
vínculo con su hijo, también a través del habla.

REFERENCIAS

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CAPÍTULO 5

EMBARAZO DE RIESGO

Los embarazos llamados de riesgo, según el Manual Técnico del Ministerio de Salud (2010), son
situaciones límite que pueden implicar riesgos tanto para la madre como para el feto, durante el
transcurso del embarazo o el parto.

Los factores de riesgo son diferentes:

a) según características individuales y condiciones sociodemográficas desfavorables: edad


mayor de 35 años; edad menor de 15 años o menarquia hace menos de dos años; altura inferior a
1,45 m; peso gestacional inferior a 45 kg y superior a 75 kg; anomalías estructurales en los órganos
reproductivos; situación matrimonial insegura; conflictos familiares; bajo nivel educativo;
condiciones ambientales desfavorables; dependencia de drogas legales e ilícitas; exposición a riesgos
laborales: esfuerzo físico, exposición a agentes físicos, químicos y biológicos nocivos, estrés;

b) Cuando ya existan enfermedades o antecedentes históricos que predispongan al riesgo, según lo


siguiente:

1) en antecedentes reproductivos previos: aborto habitual; muerte perinatal explicada o


inexplicada; antecedentes de un recién nacido con crecimiento restringido o malformado; parto
prematuro previo; intervalo entre partos inferior a dos años o superior a cinco años; nuliparidad o
gran multiparidad; síndrome hemorrágico o hipertensivo; Diabetes gestacional; cirugía uterina
previa
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(incluidas dos o más cesáreas previas); deficiencias o malformaciones en embarazos


anteriores; intentos fallidos previos de Reproducción Asistida;

2) condiciones clínicas preexistentes: hipertensión arterial; cardiopatía;


neumopatías; nefropatías; endocrinopatías; epilepsia; enfermedades infecciosas;
Enfermedades autoinmunes; ginecopatías; neoplasias; diabetes; trombofilia; SIDA.

c) factores de riesgo desarrollados durante el embarazo: desviaciones en el


crecimiento uterino, número de fetos, cantidad y calidad del líquido amniótico;
parto prematuro y embarazo prolongado; aumento de peso inadecuado; preeclampsia
(aumento de la presión arterial y proteinuria); eclampsia (convulsiones no generadas por
epilepsia); Diabetes gestacional; amniorrexis prematura; hemorragias del
embarazo: abortos (en curso, retenidos, infectados), desplazamiento placentario;
síndrome de Hellp; hiperemesis; pseudociesis; Mola hidatidiforme; cirugía
uterina previa (incluidas dos o más cesáreas previas); deficiencias o malformaciones en
embarazos anteriores; intentos fallidos previos de Reproducción Asistida;

d) embarazos que se desarrollan en mujeres con trastornos emocionales previos,


como psicosis, pánico, dependencia química, trastornos alimentarios y
otros.

Una mujer que presenta algún trastorno psiquiátrico durante el embarazo debe
ser considerada una gestante de alto riesgo, para que pueda ser tratada con la
especial atención que merecen estas patologías, por el gran daño que pueden causar
a la madre, al embarazo, al feto y, posteriormente, al niño (CAMACHO;
CANTINELLI; RENNÓ JR, 2010, p. 151).

En estos casos, al igual que en los riesgos físicos, existe una sobrecarga
emocional por los avatares del proceso del embarazo y la patología ya presente.
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existente. Es importante diagnosticar claramente, por ejemplo, si ya existía un trastorno


de ansiedad o si fue desencadenado por el embarazo.
Como se describió en el capítulo anterior, en un embarazo que transcurre según lo esperado,
los posibles miedos o fantasías (1) pueden permanecer reprimidos e inconscientes, (2)
pueden manifestarse a través de síntomas leves y superables o (3) pueden manifestarse a
través de síntomas más graves. . Grave y perjudicial tanto para la madre como para el bebé.

Psicológicamente, un embarazo diagnosticado como de alto riesgo, durante un


seguimiento médico imprescindible, tiende a aumentar las dificultades de un embarazo
normal, ya que añade preocupaciones reales sobre la salud de la gestante y de su bebé.
Las mujeres embarazadas tienden a sentirse más frágiles, aprensivas e impotentes, ya
que el riesgo está presente y vivo en su cuerpo. Hay una superposición de preocupaciones:
con el embarazo en sí y con el riesgo.

Los sentimientos predominantes son impotencia, baja autoestima, sentimiento de incapacidad


para tener un hijo, miedo a lo que pasará con el cuerpo y el bebé (TACHIBONA et al., 2006).
A su vez, niveles intensos de ansiedad y miedo pueden interferir en la calidad del embarazo,
la contractilidad uterina en el momento del nacimiento y la posterior relación con el
bebé, recuerda Maldonado (2005).
Además, el estrés, la ansiedad y la depresión aumentan el riesgo de parto prematuro y
promueven problemas de salud mental en el posparto.

En mi práctica clínica he observado que la mayoría de los pacientes que ya están recibiendo
tratamiento psiquiátrico y/o psicológico continúan con sus tratamientos, aunque hay otros que
tienden a interrumpir sus tratamientos psicológicos, negando dificultades en un momento tan
idealizado. Otros se asustan por sus intensos sentimientos depresivos y ansiedades y,
incluso si nunca han sido tratados, buscan atención especializada por iniciativa propia o
mediante derivación.

En embarazos en los que existe riesgo, por tanto, es muy importante detectar
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cita por un obstetra u otro profesional de la salud, para que la mujer embarazada, en
cualquiera de las condiciones antes mencionadas, tenga la oportunidad de someterse a
un tratamiento psicológico preventivo, evitando mayores complicaciones para
ella, el bebé y sus familias. Por eso es tan importante el apoyo psicológico individual o grupal
a estas mujeres embarazadas, para que se sientan acogidas en sus miedos y animadas a
cuidarse y superar sus debilidades físicas y emocionales.

A continuación describo circunstancias especiales del embarazo de alto riesgo que,


cuando se presentan, sorprenden a las gestantes y a los equipos y, por tanto, efectivamente
requieren atención psicológica:

Hiperemesis

La hiperemesis es una condición de náuseas y vómitos intermitentes durante todo el


embarazo, que continúa más allá de la duodécima semana, cuando normalmente
disminuye hasta desaparecer. Estos vómitos afectan el equilibrio hidroelectrolítico y
nutricional, lo que puede afectar el desarrollo fetal y provocar pérdida de peso, deshidratación,
desnutrición y otros trastornos metabólicos maternos más graves. Existe riesgo de
parto prematuro y bajo peso al nacer (CABRAL et al., 2018).

La incidencia de esta afección es de 1 a 5 por cada 1000 embarazos.

Lo que informan los equipos de los hospitales de maternidad es que estas pacientes
tienden a ser hospitalizadas varias veces durante el embarazo. Algunos tienen antecedentes
de regresar en la misma semana o incluso el mismo día del alta hospitalaria. El
tratamiento farmacológico consiste básicamente en sueros, antihistamínicos, antieméticos y
otros medicamentos indicados, caso por caso.
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Dependiendo del grado de gravedad, el tratamiento puede realizarse mediante procedimientos


no farmacológicos, como medidas dietéticas y cambios nutricionales, acupuntura y el
uso de vitaminas. Algunos profesionales creen que simplemente sacar a la mujer
embarazada de su entorno puede tener un efecto terapéutico. Los pacientes informan que
se sienten mejor y más protegidos cuando están hospitalizados: observaciones y
verbalizaciones que noté durante mi investigación en las salas de maternidad.

Las valoraciones apresuradas y estereotipadas pueden indicar hiperemesis como rechazo del
bebé. Sin embargo, “este rechazo por parte del niño muchas veces puede deberse a
circunstancias económicas adversas, dificultades sociales, falta de amor del marido, etc.”
(LANGER, 1986, pág. 193). Asimismo, la hiperemesis puede representar un grito de
auxilio, una forma de llamar la atención sobre su sufrimiento psicológico. Existe, por ejemplo,
la culpa por no alimentar al bebé, el miedo a destruir el feto o a tener un hijo deforme.

La dependencia emocional que desarrollan las mujeres embarazadas en relación al


hospital parece estar relacionada con fenómenos transferenciales de dependencia, en
los que las mujeres encuentran seguridad y aceptación en el equipo (holding). En otros
casos, el hospital sirve como refugio del hambre y la violencia doméstica.

Psicoanalíticamente, la hiperemesis puede estar asociada a una fuerte ambivalencia, con


predominio del rostro hostil, en el que se manifiestan impulsos agresivos contra la situación del
embarazo y predominan las fantasías infantiles de fertilización oral (SOIFER, 1984).
También existe una posible interpretación, según las libres asociaciones de los
pacientes, de que vomitan lo que es “malo” en ellos mismos, para salvar al bebé.

El estado de hiperemesis se presenta en mujeres con una fuerte tendencia a una dependencia
exagerada de la propia madre que no está adecuadamente elaborada, o con proyecciones
hostiles sobre la figura del feto, que se presenta en el inconsciente materno como un
representante psíquico de la propia madre. interiorizado tan poco
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proveedora y responsable de frustraciones orales primitivas o, incluso, que desarrolló


“identificación con el agresor”, si su madre también presentaba hiperemesis
(TACHIBONA et al., 2006).

Durante el tratamiento psicoterapéutico, la embarazada puede entender que frases como “se
le pasará”, “esto es señal de que realmente estás embarazada”, “en nuestra familia todas las
mujeres vomitan así”, no incluyen la recepción y comprensión de que necesitan en el momento.
La psicoterapia puede ayudarte a reconocer las fuentes de agresión en relación
con el embarazo y a dejar de proyectarlas sobre tu marido, tu bebé o tu equipo, experimentando
tu duelo sin tener que recurrir a somatizaciones y actuaciones.

Al profundizar en su duelo temprano, actualizarse en psicoterapia, además de sentirse acogida


por el equipo de maternidad dispuesto a no criticar, no ironizar y no ridiculizar, la mujer se
fortalece y pasa a actuar de manera auténtica y espontánea hacia el niño, lo que es el que
ambos necesitan.

pseudociesis

Etimológicamente, pseudociesis significa embarazo falso (pseudo=falso, kyesis=embarazo),


también llamado pseudogestación o embarazo psicológico.
Se trata de una situación en la que la mujer simula, de forma no consciente, un embarazo,
presentando varios síntomas de embarazo, con el útero vacío. Puede ocurrir en mujeres,
hombres (más raramente) y en animales, más comúnmente en perros.

Biológicamente, parece afectar al hipotálamo y la región límbica, alterando los niveles de


hormonas en la sangre y la orina. Aquí nos encontramos ante el campo de la psicosomática, en
el que existe una fuerte correlación entre los sentimientos y la
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cuerpo, el estado emocional interfiere con el estado de ánimo y las hormonas y viceversa.

En términos psicológicos, este embarazo, que en realidad no existe, es creado


inconscientemente por mujeres que desean o temen mucho el embarazo.
Éste es nuevamente el conflicto entre deseo e interdicción, ambivalencia. Entre las posibles
reacciones subjetivas, la pseudociesis puede ser provocada por un miedo inconsciente a la
responsabilidad del niño, la presión de la familia, la escasa capacidad para tolerar
frustraciones e inseguridades, o los intentos de salvar una relación. También puede
ocurrir tras varios intentos fallidos de Reproducción Asistida.

Los síntomas son similares a los de un embarazo real. En publicación del 17 de julio de 2018,
en el sitio web Espaço Winnicott, se enumeran náuseas, ausencia de menstruación,
aumento del volumen abdominal, inicio de la lactancia, pudiendo la mujer sentir el bebé
moverse en su vientre y presentar cambios en la marcha. como las mujeres embarazadas,
a menudo lo desarrollan. Investigaciones realizadas por Bianchi, Garbelini, Basílio,
Lopes y Jorge (2008) revelan que la incidencia de estos casos es de 1 en 5000 mujeres, que
se encuentran en diferentes grupos de edad y niveles socioeconómicos, que no tienen hijos,
que son solteras o casadas. infértil, con tendencias neuróticas.

El descubrimiento de la inexistencia del bebé suele ir acompañado de ataques de ansiedad


y depresión, y puede estar asociado con algunas compulsiones, dificultad para aceptar la no
gestación y decepción. El tratamiento debe ser interdisciplinario e incluir a un obstetra,
un endocrinólogo y un psicólogo. Biológicamente se aplican hormonas y, en ocasiones, es
necesaria medicación psiquiátrica.

Los autores mencionados anteriormente recomiendan el apoyo familiar y


psicoterapéutico. El desorden emocional debe resolverse, la mujer debe sentirse querida,
aunque no sea madre. Es de suma importancia establecer el diagnóstico diferencial
entre pseudociesis ­en la que la mujer continúa su vida como antes, a pesar de creer que
está embarazada debido a un delirio psicótico­, en la que
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El embarazo provoca alucinaciones corporales y la paciente está fuera de la realidad, con


comportamientos confusos y desconectados.

Mola hidatidiforme

También llamada embarazo molar, la mola hidatidiforme ocurre cuando un feto no viable se
convierte en un tumor benigno (tumor trofoblástico gestacional). Al analizar el
tumor se puede encontrar la presencia residual de un embrión o tejido placentario. El síntoma
principal es el sangrado. La incidencia es de 1 caso por cada 2000 embarazos. El tratamiento
se produce mediante el vaciado del útero. Es necesario un mayor control, mediante
ecografías, para controlar la involución de los quistes ováricos, y exámenes radiológicos
para detectar posibles metástasis asintomáticas (MINISTÉRIO DA SAÚDE, 2010).

En caso de complicación o persistencia del tumor celular que se vuelve maligno, el tratamiento
pasa a ser quimioterapia (ANDRADE, 2009). En la dimensión psicológica, el sufrimiento
es inevitable, porque, además de descubrir que ya no está embarazada, la mujer tiene que
afrontar y controlar una enfermedad compleja, con potencial maligno. Exactamente como
en las situaciones anteriores, en la mujer conviven sentimientos de decepción, ansiedad
y duelo. Psicodinámicamente, la historia de la mujer señalará las causas, y en
psicoterapia se pueden elaborar las consecuencias de esta situación.

gemelo

El embarazo gemelar se caracteriza por la presencia de dos o más fetos en la cavidad


uterina. Si bien se ha producido de forma sistemática en la historia de la humanidad,
en la actualidad su frecuencia ha aumentado debido a los procedimientos de Reproducción
Asistida. Fisiológicamente, los embarazos múltiples se consideran riesgosos, ya que
se asocian con un aumento
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morbilidad fetal, prematuridad y bajo peso, mayor frecuencia de malformaciones,


cambios en la vascularización y la cantidad de líquido amniótico. Puede producirse un
aumento de la morbilidad materna: preeclampsia, eclampsia y hemorragias puerperales
(DAVID et al., 2000). De ahí la necesidad de consultas prenatales más frecuentes.

La vía del parto se decide vigilando las condiciones respiratorias y la posición de los fetos,
aunque la mayor incidencia de partos gemelares es por cesárea.
Son pocos los estudios publicados sobre la situación emocional de las madres de gemelos.
Teniendo en cuenta los temas discutidos hasta ahora, se puede asumir el riesgo psicológico
en el sentido de sobrecarga física y exigencias reales y fantasiosas en relación con los bebés.

Se imagina que, a menos que el embarazo múltiple sea un deseo consciente como forma
de continuar la tradición familiar, por ejemplo, la noticia de gemelos siempre es una sorpresa,
y los miedos y ansiedades comunes a cualquier embarazo se multiplican. Además, existe la
posibilidad de que uno de ellos no sobreviva o enferme.

Otro temor frecuente es que, ante la posibilidad de prematuridad, que llevaría a uno o
todos los gemelos a la UCI neonatal, la madre y los niños tendrán que ser retirados
inmediatamente después del nacimiento. A esto se suman ciertos mitos sociales respecto a los
gemelos que pueden asustar a los padres, como por ejemplo: 1) las madres no pueden amamantar
a sus gemelos; 2) la madre necesita una amplia red de apoyo (yo, personalmente, considero
que este punto es un hecho, no un mito) y 3) siempre hay un gemelo bueno y uno malo (DAVID
et al., 2000).

Caron (2000), en sus investigaciones sobre la relación madre­bebé, detectó, a través de


ecografía, que durante el embarazo ya existe un vínculo establecido con los bebés, e incluso
puede haber preferencias claras, como en el caso de que la madre se unió más al bebé más
grande y activo al que describió como “divertido”.
Durante el embarazo, este bebé murió. La madre estaba tan molesta que encontró una
solución a su dolor cambiando los nombres de los bebés. Qué
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sobrevivió, más pequeño y más tranquilo, llamado así en honor al hermano favorito de su madre.
Este y muchos otros ejemplos prácticos demuestran que el apego, el vínculo, ocurre con los
gemelos, pero puede manifestarse de diferentes maneras, dependiendo de las proyecciones
de la madre y del padre desde el embarazo.

La mayoría de los artículos investigados hablan de la relación de la mujer con los gemelos
durante la formación del apego después del nacimiento. Aunque no forma parte del objetivo de
este libro, es importante resaltar algunas peculiaridades: los gemelos tienden a complementarse,
incluso turnándose en sus necesidades de caricia y lactancia, y tienden a establecer sus
propios códigos de lenguaje y comunicación. Es muy importante que los padres los
diferencien lo más rápido posible, es decir, que no sean tratados como uno solo, lo que
les llevaría a desarrollar una dependencia patológica entre sí y con la madre.

Sin embargo, creo que, para dar continuidad al devenir, recomendado por Winnicott
(2011), la separación de los hermanos debe ser gradual. Es evidente lo cómodos que se sienten
los gemelos recién nacidos cuando duermen uno cerca del otro o cuando su madre los sostiene
a ambos en brazos. Una red de apoyo es fundamental para evitar el estrés materno.

Las exigencias y sobrecargas físicas y emocionales naturales, la falta de colaboración o


comprensión del agotamiento materno y la dificultad para empatizar con las necesidades
físicas y psicológicas de más de un bebé al mismo tiempo pueden hacer necesario el apoyo
psicológico pre y postnatal. como la oportunidad de reflexionar sobre la situación,
proporcionando condiciones para la elaboración de miedos y proyecciones esquizoides
paranoicas masivas (buenas y malas) sobre los bebés desde el embarazo.

Embarazo en la adolescencia
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El embarazo adolescente es un hecho creciente en la sociedad occidental.


Históricamente ha existido siempre, pero ha sido significado de diferentes maneras
según la época en la que se produce. Hace algún tiempo, era común que los
adolescentes se casaran, muchas veces con hombres mayores, y los embarazos
en esas condiciones parecían normales.

En las décadas cercanas a 1960 o anteriores, bajo la égida religiosa, el embarazo


adolescente era motivo de vergüenza para las familias y las escuelas, siendo
retiradas de casa las niñas solteras para tener al bebé lejos de su comunidad,
teniendo que renunciar a sus hijos, con estos. situaciones que se convierten en
secretos familiares, o adolescentes que se ven obligados a casarse con el padre del niño.
Según Videla (1993), en términos generales, el destino de estas adolescentes era
el convento o la prostitución.

Aún hoy, el embarazo precoz, entre los 13 y los 18 años, es visto como resultado
de la ignorancia y la promiscuidad, aunque ocurre en todos los niveles socioeconómicos,
afectando significativamente a las familias. El tema preocupante en materia de
salud materno­fetal es que muchas adolescentes ocultan, o niegan, su realidad,
imposibilitando la detección temprana de dificultades y patologías. En las clases
bajas, Videla (1993) señala la relación directa entre el alto riesgo de embarazo
adolescente y la pobreza, la desnutrición y la fragilidad de la salud.

Biológicamente, los adolescentes bien atendidos sufren más problemas


inconscientes, cuya autonomía y madurez aún no han sido alcanzadas,
poniéndolos en riesgo psicosomático, como expresión de conflictos emocionales.
Incredulidad, miedo y duda sobre cómo decirle a la familia, qué acción tomar, son
los primeros sentimientos.

El entorno tiende a “compadecerse” o “enojar” a los adolescentes por


todas las transformaciones que vendrán. Asimismo, existen preconceptos de “fin de
vida” para el adolescente y de “mal cuidado y abandono” para el bebé. Desde el punto
de vista de los adolescentes, varios autores investigados por Levandowski y
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Flores (2012) demuestran que existe conflicto entre el amor y el arrepentimiento, se sienten
presionadas a demostrar que pueden ser buenas madres.

Los autores citados también plantean la cuestión social de los adolescentes que ven perdidas
o pospuestas oportunidades de trabajo y estudio, a pesar de demostrar
madurez después del nacimiento de sus hijos.

Si bien el embarazo estuvo permeado por culpas, miedos y sentimientos de tristeza,


abandono y alejamiento en relación con el propio cuerpo, con la llegada del bebé se
reportaron sentimientos como alegría, satisfacción, gratificación y recompensa
(LEVANDOWSKI; FLORES, 2012, p. 371).
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No es raro que familiares y amigos se sorprendan por la facilidad y conexión entre los
adolescentes y sus bebés.

Psicológicamente, existen muchas motivaciones inconscientes para el embarazo


adolescente. Las repeticiones familiares, el revivir el Complejo de Edipo durante este
período, el deseo de devolver un hermano muerto a su madre, el deseo de sentirse menos
controlado y vigilado por la madre, darle un bebé que cuidar y tantos otros como sea
posible, como tantas historias y significados personales como pueda haber. A esto se suma el
daño causado por la desinformación que aún existe, la característica omnipotente de la
adolescencia que les hace sentirse inmunes a las consecuencias de sus actos, la presión de
los novios para que no utilicen preservativo ­si la chica es muy dependiente
emocionalmente­, sin Hablamos de la cantidad de situaciones de abuso, violencia e
incesto a las que son sometidos muchos adolescentes.

La adolescencia también se considera riesgosa, pues conlleva, además de cuestiones


familiares y sociales, una sobrecarga psicológica provocada por la vivencia de dos periodos
de grandes transformaciones físicas y emocionales, que son la propia adolescencia y el
embarazo, casi un “atropello” de momentos. considerado crítico en la vida de la
mujer, debido al gran desequilibrio hormonal y todos los cambios que requiere.

Esta situación, como todas las demás situaciones que implican riesgos físicos y
emocionales, debe ser el foco de atención de la salud, con un adecuado seguimiento médico
y apoyo psicológico a las adolescentes embarazadas, sus parejas y familiares, para disolver
mitos y creencias, trabajar ambivalencias y desarrollar el potencial de la adolescente para
poder cuidar a su hijo de la forma más completa posible.

Embarazo tardío
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Actualmente, es evidente que hay un aumento en el número de mujeres que deciden


quedar embarazadas después de los 35 años, edad que hasta hace poco era considerada
un límite por los médicos para una concepción saludable. Se sabe que las mujeres nacen
con óvulos que envejecen y pierden “calidad”.

En términos generales, los llamados embarazos tardíos, avanzados o retrasados se


producen debido a la amplia disponibilidad de métodos anticonceptivos, el
aplazamiento del matrimonio en favor de los estudios y carreras profesionales, la mayor
incidencia de divorcios y segundas nupcias, así como la difusión y mejora de
la fertilización artificial (GOMES et al., 2008).

Supuestamente, la experiencia vital y una identidad consolidada hacen que estas mujeres
se sientan mejor preparadas para aceptar al bebé y sus exigencias, reconociéndolo
como un individuo único y separado de ella, lo que proporciona un desarrollo emocional
más exitoso. Por otro lado, las investigaciones indican mayor dificultad en relación a la
disposición física y más ansiedad en el posparto.

Los riesgos físicos son la posibilidad de abortos espontáneos, anomalías fetales, diabetes,
hipertensión, hemorragias, partos prematuros, partos disfuncionales, cesáreas, bajo
peso al nacer, mayores índices de sufrimiento fetal y menores índices en las
pruebas de Apgar del bebé en el quinto minuto de vida. (GOMES et al., 2008).

Si bien las mujeres actuales quedan embarazadas hasta los 45 años, la clasificación
automática de “embarazo de riesgo” en los embarazos posteriores a los 35 años tiende a
incrementar las dificultades psicológicas del embarazo normal, ya que introduce una
preocupación real tanto sobre sus condiciones de salud como sobre sus condiciones de salud. los de tu bebe
Como cualquier mujer embarazada incluida en este grupo, puede sentirse más
frágil, aprensiva e impotente, lo que acaba aumentando sus niveles de ansiedad.
Como repercusiones, dichas ansiedades se relacionan con problemas con el progreso del
embarazo, el parto y la posterior relación con el bebé. Investigaciones
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Estudios recientes (GOMES et al., 2008) concluyen generalmente de lo que he venido


enfatizando a lo largo de este libro, es decir, que, como en todas las vicisitudes del
período perinatal, lo más relevante es la subjetividad y especificidad de cada
mujer. No parece haber consenso entre los autores en que la edad por sí sola sea
un determinante de los problemas en el período embarazo/puerperal.

Una vez más, resalto que el abordaje del equipo de salud trasciende el criterio de
edad y observa la historia de vida y las condiciones psicosociales de la gestante. Sin
negar la reconocida necesidad de atención médica, también es importante en estos
casos incluir la dimensión psicológica en los tratamientos, promoviendo una mayor
tranquilidad para la pareja madre­bebé.

Negación no psicótica del embarazo

Como no tengo experiencia clínica con esta situación, compartiré las ideas de
Gonçalves (2014), quien me pareció bastante minucioso en su estudio sobre el
tema. La negación del embarazo consiste en que una mujer pasa mucho tiempo
durante el embarazo, o hasta el momento del parto, sin saber que está esperando un
hijo. El interés científico por este suceso es bastante antiguo, habiéndose
desarrollado varias teorías sobre causas sociales y emocionales, así como la
posibilidad de errores médicos y diferentes clasificaciones nosológicas. Sin
embargo, el consenso en todas las investigaciones es que este fenómeno
implica patología mental.

En este sentido, el diagnóstico diferencial es fundamental para distinguir la negación


del embarazo como síntoma de una patología psicótica, un disimulo consciente o
una situación especial que se detallará más a lo largo de este capítulo, que es la
negación del embarazo en mujeres no psicóticas. “Una característica de
los estados de embarazo que la propia mujer desconoce es el pequeño cambio
morfológico y fisiológico” (GONÇALVES, 2014, p. 1008). Un síntoma típico es la
dilatación casi inexistente del vientre. En esta condición, el útero se desarrolla hacia
atrás, lo que hace que el bebé se desarrolle a lo largo de la
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columna vertebral. Lo curioso es que, si una mujer “descubre” su embarazo, a los pocos
días, su vientre empieza a sobresalir y comienza a sentir movimientos fetales.

Una característica que confunde a todos los involucrados es la permanencia del ciclo
menstrual. Otra situación intrigante es que el entorno familiar y médico muchas veces coincide
con la negación, reforzando racionalmente la idea de que algunos síntomas detectados no
se deben a un posible embarazo. Las consecuencias, en términos biológicos, son un
aumento estadísticamente significativo del riesgo neonatal: nacimiento de bebés que
pesan menos de 2.500 kg, presencia de retraso mental, elevada mortalidad, mayor frecuencia
de nacimientos prematuros, uso continuado de drogas, tabaco y alcohol, conductas de
riesgo y posturas, exposición a procedimientos nocivos, como los rayos X.

La exploración psicológica de la negación del embarazo no psicótico resalta posibles etiologías:


(1) la negación del embarazo como factor protector y adaptativo, cuando la mujer
inconscientemente realmente quiere tener un hijo, pero no quiere afrontar las
consecuencias sociales y profesionales del embarazo. el embarazo; (2) cooperación
inconsciente forzada entre el feto y la madre, cuando ambos están sometidos a un
ambiente estresante y amenazante, permitiendo la supervivencia de la madre y el bebé hasta
el nacimiento; (3) la forma en que las mujeres anulan e invalidan la ambivalencia respecto
del deseo de tener un hijo, evitando fantasías infanticidas; (4) cuestiones transgeneracionales,
que conducen a intentos de extinguir líneas de descendencia con comportamientos y eventos
traumáticos de generaciones anteriores; (5) representaciones del embarazo
como consecuencia de una sexualidad traumática o reprimida; (6) negación por el origen
del embarazo: relaciones sexuales marcadas por incesto, violación, abuso o relación
extramatrimonial.

En cuanto a la relación madre­bebé, Gonçalves (2014) destaca ciertos riesgos, como la


falta de apertura mental de la madre hacia su hijo, empezando por la imposibilidad
de ponerle nombre al bebé incluso después del nacimiento. La relación entre madre e hijo, en
el posparto inmediato, puede volverse difícil. El riesgo más grave y radical en esta situación
de negación del embarazo es el neonaticidio, cuando la madre mata a su bebé.
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bebé en las primeras 24 horas de vida del recién nacido. Lo que sucede es que algunas
mujeres, al escuchar el llanto de su bebé y visualizar su materialidad, entran en pánico y
desesperación y tratan de guardar silencio ante la prueba de que han dado a luz a un bebé.

Bebés en riesgo

También hay casos en los que la mujer embarazada necesita someterse a exámenes
y/o procedimientos intrauterinos riesgosos y dolorosos para salvar al bebé, como la
cirugía cardíaca del feto. Situaciones que exigen valentía y que traen miedo a ambos: madre e
hijo. También existen casos de malformaciones y discapacidades físicas, como falta de
cerebro (anencefalia), riñones, patologías pulmonares graves o síndromes raros,
cuando la mujer embarazada tiene derecho por jurisprudencia a interrumpir el
embarazo. En todos estos casos, el sufrimiento de los padres es grande, traduciéndose en
gran tensión, ansiedad o depresión, al tener que vivir con realidades difíciles y no tener a su
hijo en brazos, a pesar de costosos intentos en términos de inversiones, tanto físicas como
emocionales. y, a menudo, financiera.

Trastornos psiquiátricos preexistentes

1. Adicción al alcohol y otras drogas

Aunque el consumo de drogas tiene un impacto negativo, empeorando


preocupantemente el pronóstico de la madre y del bebé, los estudios muestran que entre
el 24 y el 63% de las madres dependientes niegan este hecho (MITSUHIRO, 2010).
Precisamente por esta razón, se considera subestimada la prevalencia de esta afección.
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La permeabilidad placentaria a las distintas sustancias de abuso varía según la droga


consumida y provoca problemas de desarrollo y bajo peso fetal, así como una reducción de la
producción de leche materna. En general, el bebé tiene dificultades para dormir, está
irritable y llora con facilidad. El recién nacido puede incluso experimentar crisis de
abstinencia poco después del nacimiento, con convulsiones.

Además, un elevado número de mujeres embarazadas presentan comorbilidades entre el


abuso o dependencia de drogas y otros trastornos psiquiátricos. Al constituir un fenómeno
biopsicosocial, con importantes consecuencias para la salud pública, esta condición requiere
medidas de detección y tratamiento especializado.

2. Trastornos alimentarios

Según Camacho, Cantinelli y Rennó JR (2010), la prevalencia de estos trastornos


en mujeres es del 1 al 6%, con diferencia entre anoréxicas y bulímicas. En la
anorexia nerviosa, los embarazos son raros, ya que las pacientes padecen amenorrea, un
efecto de la desnutrición. En las bulímicas el embarazo ocurre con mayor frecuencia.

Los principales problemas en estos casos se refieren a la pérdida nutricional del feto y los
cambios corporales durante el embarazo, interfiriendo con la imagen corporal patológica de
estas pacientes que no soportan sentirse gordas. Debido al bajo peso del feto y la posible
prematuridad, la cesárea es la indicación frecuente para el parto, y se debe controlar la
capacidad y fuerza del bebé para amamantar. La recomendación es un seguimiento
constante por parte de un equipo interdisciplinario, que incluya nutricionista, endocrinólogo,
pediatra y ginecólogo.

3. Trastorno de estrés postraumático (TEPT)


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El Trastorno de Estrés Postraumático puede desarrollarse a partir del embarazo,


desencadenando miedo al parto, alto riesgo de sufrir trastornos obstétricos, como
embarazo ectópico (fuera del útero), aborto espontáneo, hiperemesis gravídica,
parto prematuro y crecimiento fetal excesivo. Durante el embarazo y el período
posparto, los síntomas de PTSD están relacionados con una historia de eventos traumáticos
de la vida, incluido el abuso sexual.

En el posparto, los síntomas pueden comenzar en las primeras 48 horas y durar hasta
un año, incluyendo miedo excesivo, flashbacks relacionados con el parto, confusión,
ansiedad, ira y sentimientos negativos relacionados con la maternidad (MITSUHIRO, 2010).

4. Depresión

Muchas mujeres embarazadas con antecedentes familiares de depresión desarrollan esta


enfermedad debido a sus dificultades con la maternidad. Otras pasan por una depresión
reactiva a las pérdidas y al duelo, lo que ciertamente interfiere en el siguiente embarazo
y posteriormente en la relación con el bebé que, como hemos visto, experimenta el duelo
de la madre en el útero. La depresión durante el embarazo debe tratarse, ya que es una
predisposición a la depresión posparto, que se tratará con más detalle en el Capítulo 8.

Como recomendaciones de atención psicológica a estas mujeres, vuelvo a la


necesidad de apoyo emocional individual, de pareja o familiar, a partir del descubrimiento
consciente de un embarazo de alto riesgo o inmediatamente después del parto, si no se
ha identificado depresión durante el embarazo.

Como en toda situación inesperada, es importante comprender las primeras relaciones de


esta mujer, su dinámica familiar y conyugal.
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Es muy importante la posibilidad de expresar sentimientos y crear fantasías, hablar


de miedos y de la autopercepción como mujer embarazada de alto riesgo. De la misma
manera que “explicar” con palabras al bebé todo lo que le está pasando, de manera que
el bebé se coloque en el mar de emociones de la madre.

Existen muchas otras situaciones de riesgo emocional o físico con repercusiones


emocionales que no se describen aquí. La práctica clínica durante el embarazo
y las terapias madre/padre­hijo ciertamente ofrecen mucho apoyo para la
comprensión, caso por caso.

Coincido con Gonçalves (2014) cuando recomienda una investigación profunda y


un apoyo emocional para estos casos a través del Método Esther Bick de Observación
de la Relación Madre­Bebé. Este método ha demostrado ser muy eficaz para
comprender las relaciones madre­bebé desde el nacimiento hasta que el niño cumple
dos años. Consta de visitas domiciliarias semanales, en el primer año de vida, y
quincenales, en el segundo año, siempre con supervisión psicoanalítica grupal, lo
que facilita la comprensión clínica tanto de lo que sucede con la díada como de la
teoría psicoanalítica relacional del desarrollo. También fortalece la seguridad
de los profesionales de la salud para poder realizar diagnósticos tempranos basados
en estos comportamientos relacionales, identificando síntomas en las madres y
reacciones emocionales en los bebés.

REFERENCIAS

ANDRADE, JM Mola hidatidiforme y enfermedad trofoblástica gestacional. Revista


Brasileña de Ginecología y Obstetricia, São Paulo, v. 31, núm. 2, pág. 94­101, 2009.

BIANCHI, AC et al. Pseudociesis humana. Boletín Científico del Área Biológica –


Faculdade Adomantinenses Integradas, São Paulo, año I, n. 1, marzo/abril de 2008.
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CAPÍTULO 6

INFERTILIDAD Y REPRODUCCIÓN ASISTIDA

María Gabriela Pinho Peixe

Hasta hace muy poco, quienes experimentaban frustración por un embarazo que no se
produjo después de haber sido planificado, deseado y esperado, tenían dos opciones:
adoptar un niño o resignarse a una vida sin experimentar la paternidad. Sin embargo, en
1978, un hecho causó revuelo y grandes expectativas en el mundo científico:
el nacimiento del primer “bebé probeta” del mundo, un acontecimiento
que cambiaría para siempre la ciencia y la vida de quienes no habían podido tenerlo.
niños hasta entonces (PETRACCO et al., 2018). La bebé en cuestión, llamada
Louise Brown, llegó al mundo y trajo a muchos la esperanza de nuevas posibilidades
para construir proyectos parentales.

Aunque las técnicas de reproducción asistida y los grandes avances tecnológicos en


este ámbito son recientes, la infertilidad no lo es. Hay registros, que se remontan a
tiempos bíblicos, que nos cuentan cómo esta desgracia marca la vida de las parejas de
forma estigmatizante, devastadora, desmoralizadora, y es vista por muchos como
un castigo divino o como falta de fe.

Por mucho que la infertilidad afecte a ambos géneros, “tradicionalmente se ha


atribuido a la mujer, como si ser madre fuera una condición de toda mujer, como un
mandato de la naturaleza y la cultura, como un destino fundamental de la sexualidad
femenina” (ARAUJO et al. , 2019, pág. Sin embargo, el shock de no poder tener hijos de
forma natural sigue provocando un enorme sufrimiento e influye profundamente en varios
ámbitos de la vida más allá del ámbito personal: incluye
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matrimonial, profesional, familiar, financiero, social y muchos más.

Datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) de 2018 estiman que
en Brasil entre seis y ocho millones de parejas enfrentan dificultades para quedar
embarazadas de forma espontánea (KOTECKI, 2018). Para alrededor del 10 al 14%
de la población mundial en edad reproductiva, la llegada del bebé no se produce
de inmediato ni según sus planes. Quizás sólo pueda superarse con la ayuda de un
tratamiento médico especializado y no dependa única y exclusivamente de
una planificación, de intentos incesantes, ni de una infinidad de factores.
emociones conscientes e inconscientes.

Cuando la pareja decide tener hijos se inician una serie de procesos psicológicos y
cambios subjetivos en la psique de los futuros padres, identificados por Zornig (2010)
como la transición a la paternidad. Houzel (2004) define la “práctica de
crianza” como el cuidado parental, tanto desde el punto de vista físico como
psicológico. Sin embargo, aquellas que quedarán embarazadas mediante alguna
intervención médica asistida necesitarán un trabajo psicológico y emocional adicional
durante esta transición (ALKOLOMBRE, 2008).

En este sentido, ante una imposibilidad o dificultad, los individuos necesitan lidiar
con una herida narcisista que se abre y con la frustración que rodea a la
pérdida de su capacidad reproductiva natural, así como con todas las
repercusiones emocionales que de ello se derivan. La búsqueda de profesionales
especializados en medicina reproductiva renueva esperanzas y expectativas, al
mismo tiempo que éstas pueden ir acompañadas de nuevas pérdidas y frustraciones,
ya que la experiencia única de la infertilidad y la concepción de un hijo, en este
contexto, involucrará relaciones íntimas, conscientes y inconsciente, sobre el
proyecto parental (ARAUJO et al., 2019).

El proceso de reproducción asistida y sus técnicas.


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La infertilidad conyugal es el término que se utiliza para identificar a una pareja que
intenta quedar embarazada mediante relaciones sexuales constantes y sin
protección y no logra hacerlo en el plazo de un año, periodo considerado normal para que
se produzca el embarazo, según la Sociedad Estadounidense de Medicina Reproductiva
(ASRM). ). Las tecnologías de reproducción asistida (TRA) aparecen como una luz
en medio de la gran oscuridad que puede ser el universo de la infertilidad. Para Corrêa
(2001 apud TAMANINI, 2009, p. 26), “la reproducción asistida es el término que define
un conjunto de técnicas de tratamiento médico­paliativo, en condiciones de
hipo/infertilidad humana, con vistas a la fecundación”.

Este tipo de técnicas que sustituyen a las relaciones sexuales en la reproducción biológica
implican la intervención en el acto de fecundación de más sujetos que la pareja: el
médico y su equipo. Con la ayuda de alta tecnología, se facilita el encuentro del
óvulo maduro con el espermatozoide en condiciones ambientales controladas en
el laboratorio. Las ART incluyen la fertilización in vitro (FIV) clásica, la
inyección intracitoplasmática de espermatozoides (ICSI), la biopsia de embriones para
detectar enfermedades genéticas, la criopreservación de células reproductivas y
embriones, además de la transferencia de embriones al útero materno (BADALOTTI et al., 2019 ).
En términos más generales, la inseminación intrauterina (IIU) también se
considera una técnica de reproducción asistida, aunque menos compleja (LEMOS
et al., 2008).

Para algunas parejas, hay un capítulo extra en las historias de cómo hicieron realidad
su hermoso sueño de tener un bebé en brazos, y esto pasa por descubrir la infertilidad,
exámenes, búsqueda de clínicas especializadas y técnicas de reproducción asistida.
Un dicho común es: todos saben cómo llegar allí, pero lo que les espera es incierto.

Este capítulo extra muchas veces comienza con un tratamiento sencillo desde el punto
de vista médico, pero que suele provocar una gran angustia y estrés. Se trata de controles
ovulatorios, que se producen a través de ecografías seriadas, con el objetivo de
monitorizar el crecimiento y desarrollo de los folículos –es dentro de ellos donde
crecen los óvulos–.
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hasta la identificación de la posible ovulación y la indicación médica de cuándo se deben


realizar las relaciones sexuales, para luego esperar el retraso menstrual al final del ciclo.

Una hermosa viñeta ilustra la experiencia de muchos pacientes que pasan por esto
tratamiento:

Parece una gincana dirigida por el médico... dice: “hoy ovularás al final del día”. Entonces
necesito salir corriendo de la clínica, ir a la farmacia a ponerme otra dolorosa y costosa inyección
en el estómago, volver al trabajo sin que nadie sospeche lo que pasa e irme a casa a
prepararme para seducir a mi marido para que no lo haga. Date cuenta de que hoy es el día
D. Si se entera, sentirá mucha presión y luego se acabará, no habrá ninguna cita.

Acordamos que esto sería mejor, déjame encargarme de esa parte (Informe del paciente A).

Muchas veces resulta demasiado agotador experimentar este tratamiento, y la búsqueda de una
mayor probabilidad de éxito se convierte rápidamente en una opción más atractiva y llena de
expectativas positivas. Es importante resaltar que técnicas de alta complejidad suelen ser el
siguiente paso o incluso, en la mayoría de los casos, la primera opción de tratamiento elegida.
Son el último recurso y el más especializado, pero también el que mayores posibilidades
ofrece de obtener el resultado positivo que sueñas.

La inseminación intrauterina (IIU) tiene como objetivo facilitar el encuentro del óvulo con el
espermatozoide en el interior del cuerpo de la mujer: consiste en inyectar en el útero
espermatozoides previamente seleccionados en el laboratorio. La fertilización se
producirá de forma natural en las trompas uterinas y el embrión migrará espontáneamente
al útero y se implantará allí (LEMOS et al., 2008). La IIU sólo está indicada en algunos casos, ya
que tiene tasas de éxito relativamente bajas, muy cercanas a las del embarazo en ciclos
naturales. La FIV e ICSI clásicas, que se describen a continuación, prometen tasas altas
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más alto, alrededor del 40­50% de resultado positivo en cada intento.

El tratamiento de la infertilidad conyugal mediante FIV/ICSI consta de los


siguientes pasos: 1­ estimulación ovárica; 2­ aspiración folicular para recolectar
ovocitos; 3­ elección de esperma; 4­ fertilización en laboratorio y seguimiento
del desarrollo embrionario; y finalmente 5­ transferencia de estos al útero
materno previamente preparado con hormonas específicas (CAVAGNA, 2009).

La estimulación farmacológica de la ovulación juega un papel fundamental y


se lleva a cabo para promover el reclutamiento, el crecimiento y la posterior
maduración de múltiples folículos: es dentro de los folículos donde crecen los
óvulos. La siguiente fase es la recolección de óvulos mediante un procedimiento que
elimina el líquido folicular de los folículos ováricos, que se realiza
unas horas después de desencadenarse la maduración folicular. Este procedimiento
se realiza en un centro quirúrgico bajo sedación, mediante ecografía transvaginal.
El material recolectado se envía al embriólogo, quien lo examina en busca de ovocitos
viables (BADALOTT et al., 2018).

En la fecundación in vitro (FIV) clásica, el óvulo se fecunda en el laboratorio de


forma convencional, es decir, se pone en contacto con espermatozoides que han
sido procesados previamente, en una placa adecuada con medio de cultivo y luego
se lleva a una incubadora. . En la inyección intracitoplasmática de
espermatozoides (ICSI), que es actualmente el procedimiento de fecundación in vitro
más sofisticado, se utilizan técnicas de micromanipulación,
inyectando un único espermatozoide en el citoplasma del óvulo para conseguir la
fecundación. En ambas técnicas la fecundación del óvulo es verificada por el embriólogo
al día siguiente (BATISTA et al., 2018).

La última etapa del tratamiento es la transferencia de los embriones, realizada en un


centro quirúrgico sin necesidad de sedación de la paciente. El médico introduce
un fino catéter en el útero de la mujer y deposita allí los embriones, tras cultivarlos en el
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laboratorio por hasta cinco días, hasta la etapa de blastocisto. Los embriones sobrantes, si son
viables, se criopreservarán mediante vitrificación, una técnica de congelación en nitrógeno
líquido a ­196 grados (BADALOTTI et al., 2018).

Las técnicas mencionadas no sólo son utilizadas por parejas que quedarán embarazadas a partir
de sus células reproductivas. Existe una demanda grande y creciente por parte de los pacientes
que necesitan gametos donados: óvulos y esperma. Este hecho se da en casos de
monoparentalidad, o producción independiente, en relaciones entre personas del
mismo sexo y también cuando uno de los miembros de la pareja no posee células
reproductivas viables. También hay un enorme aumento de casos en los que las parejas
deciden quedarse embarazadas cuando la edad reproductiva de la mujer ya no les
favorece quedar embarazada sin un óvulo donado.

En esta situación especial se encuentra, por un lado, la mujer que está dispuesta a donar
óvulos de forma anónima a otra que no los tiene y no puede ser madre. Por otro lado, una
mujer que necesita darse cuenta de lo que significa para ella ya no tiene esa posibilidad,
sin importar lo que haga para conseguirla y cuánto la desee. Para muchas, escuchar del médico
que el bebé de sus sueños no nacerá si no aceptan un óvulo donado es demasiado devastador.
Para otros, es la luz al final del túnel.

Algunas parejas se enfrentan a una situación aún más compleja: la gestación subrogada. Por
diversos motivos, algunas pacientes no tienen útero viable, o no lo tienen, y necesitan pedir
un favor muy especial a un familiar de hasta cuarto grado: prestarles su útero para que puedan
convertirse en padres. Esta posibilidad de paternidad involucra a un gran número de
personas: el padre y la madre biológicos, la mujer que se someterá a una transferencia uterina
temporal, su pareja, hijos, familiares cercanos y otros. Todas estas personas necesitan
comprender, aceptar y afrontar bien lo que sucederá durante los meses de embarazo.

Para aquellos que aún no han llegado al punto en el que les gustaría tener su
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niños, pero que quizás quieran hacerlo en el futuro, recientemente los ginecólogos han
comenzado a recomendar congelar sus óvulos para quedar embarazadas más tarde. Las
mujeres que priorizan varias opciones antes de la maternidad, o que no mantienen una relación
sentimental, y otras que aún no están seguras se sienten aliviadas de poder preservar su
fertilidad. Esta también es una posibilidad para los pacientes que necesitan someterse a un
tratamiento contra el cáncer y pueden congelar sus óvulos para usarlos en el futuro.

El impacto emocional de la infertilidad

La infertilidad se presenta como un obstáculo para la llegada de los hijos y está


intrínsecamente asociada a sentimientos y experiencias devastadoras incluso
imaginadas por la pareja, cuando, en un determinado momento de sus vidas, decidieron
ser padres. No es raro escuchar cómo el proyecto de los padres se desmorona cuando ven
que sus intentos se prolongan de mes en mes y cómo los malos diagnósticos llegan como
tsunamis y dejan estelas de destrucción en las relaciones conyugales, en la vida
financiera, en la visión de una vida sana. y normal del cuerpo y en la salud emocional de
cada persona.

La barrera que impone este diagnóstico representa una crisis imprevista en el ciclo vital, que
llega de forma aguda y permanece por un período de tiempo indefinido.
Este descubrimiento está marcado por varias pérdidas, como la experiencia y alegría de
concebir de manera fácil y privada, ya que esta experiencia pertenecía únicamente a la pareja,
la pérdida de la esperanza de continuar con el linaje familiar caracterizado por el
origen biológico, entre muchas más. Ante esto, resulta difícil distinguir qué causa más
dolor y sufrimiento: la ausencia del hijo tan deseado que no fue concebido, la herida narcisista o
los sentimientos de impotencia, fracaso, pérdida e inseguridad respecto de lo que está por
venir y sucederá. .

No ser como los demás parece ser uno de los mayores factores que generan angustia y
sufrimiento. Por qué me ha ocurrido esto a mi? tal vez sea el
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pregunta que se escucha con mayor frecuencia en este contexto, seguida de informes dolorosos como:

¿Por qué Dios me hizo esto? ¿Qué castigo cometí para merecer tal cosa? Todas mis amigas
están embarazadas, tienen hijos pequeños o ya van por el segundo. Y lo peor es la mirada de lástima
que me miran, por eso preferimos no decirle a nadie que lo estamos intentando, porque nadie entiende
lo que sentimos y ya están diciendo que estamos llenos de niños necesitados. ser adoptado o que es
vanidad. Queremos esto más, que nuestra vida ya es lo suficientemente buena (Informe del paciente
B).

En esta experiencia emocionalmente compleja, en algún momento se siente impotencia; y, con un


sufrimiento inevitable, las parejas ven sus vidas cambiadas por la barrera que se interpone entre su
deseo y la realización de su sueño.
Según Farinati (2009), la infertilidad es sentida y vivida como un evento traumático, siendo vivida
como uno de los eventos más estresantes de sus vidas.
Esta afirmación se puede ilustrar con declaraciones recurrentes como: “Hubo momentos de dolor,
tristeza, ira e impotencia. Sentí que me arrancaban el sueño, me interrumpían, me cuestionaban
mis planes de vida, pareciera que estoy al final del camino” (sic).

Los síntomas psicológicos que surgen de este diagnóstico pueden verse influenciados por varios
factores, como las diferencias de género, las causas y la duración de la infertilidad, la
etapa específica de la investigación y la etapa del tratamiento, además de las capacidades
individuales para adaptarse al problema, la motivación para tener hijos y de una serie de
motivaciones inconscientes.

Antiguas inscripciones psíquicas marcan el deseo de tener un hijo y el significado de la


concepción de un nuevo ser. Este deseo “encuentra sus raíces en tres núcleos inconscientes: en el
deseo narcisista de inmortalidad del Yo, en la identificación primaria con la madre y en la constelación
de Edipo y la identidad de género” (FARINATI, 2018, p. 41). En este sentido, se basa en muchos y
diversos motivos, propios de cada tema, con diferentes resonancias, formas
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procesamiento y resultados (ALKOLOMBRE, 2019).

Para muchas mujeres, la infertilidad se caracteriza como un estigma secreto,


distinto de los ejemplos más evidentes de estigmatización, ya que es invisible y sólo
el conocimiento de su condición distingue a las parejas infértiles de las demás. Sin
embargo, a pesar de ello, la invisibilidad externa de este diagnóstico genera
experiencias dolorosas, y darse cuenta de ello es realizarse como parte de una
minoría (SEGER, 2004). Tienen una visión de sí mismas de menor valor e
incapacidad, además de sentirse diferentes e inferiores a quienes pueden quedar
embarazadas de forma natural: “Me siento tremendamente incompetente como
mujer, fisiológicamente hablando”; “parece que vine con el cuerpo defectuoso y roto”
(sic).

Cuando hablamos de cómo impacta este diagnóstico en los hombres, Sonego


(2015) destaca la falta de estudios específicos, pero afirma que muchos
tienen más dificultades para aceptar el diagnóstico que las mujeres y tienden a
culparlas, incluso cuando la causa de la infertilidad es masculina. Algunos hombres
asocian la fertilidad con ser masculino y viril, y este modelo social es
incompatible con el diagnóstico de no poder tener hijos sin ayuda médica. Para
Straube (2019), los sentimientos de deuda social, por no procrear de forma natural,
generan angustia, altos niveles de ansiedad, pérdida de sentido en su proyecto
de vida y baja autoestima, aunque parezcan no haber sido tan impactados. como
sus socios.

En este informe es posible observar lo poco importantes que se sienten


algunos hombres durante el tratamiento:

[...] Vengo aquí y veo al médico examinar a mi esposa y no entiendo nada de lo que
está haciendo, sólo sé que aquí no sirvo para nada, sólo tengo que ir allí y recoger
el semen. Todavía no sé si podré verlo ponerse ese aparato y embarazar a mi esposa,
es demasiado vergonzoso (sic).
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Es importante resaltar el efecto desmoralizador perpetrado por el diagnóstico de


infertilidad en la persona infértil, pero esto va más allá y también socava
profundamente la visión que la pareja tiene de sí misma como una unidad
sana (SHARF; WEINSHEL, 2002, p. 123).

La vida conyugal pasa a girar en torno a poder tener un hijo, y la vida sexual se vuelve
mecánica, escasa y sin placer, ya que la escisión entre el cuerpo erógeno y
procreador provoca un enorme sufrimiento.

Quienes recurren a la reproducción asistida, lo antes posible, quieren someterse a


un tratamiento con altas tasas de éxito para superar la dificultad de quedarse
embarazada y, quién sabe, poder seguir adelante. En el camino, algunas
parejas se distancian o afrontan momentos llenos de discusiones y
desacuerdos: “¡me duele mucho que no preste atención a lo que siento!” se dice
de un lado, mientras que del otro se escucha comúnmente: “Prefiero callar, porque si
digo algo se pone triste y se pone a llorar o nos ponemos a pelear y la cosa se pone
fea”.

Evidentemente, por diferentes motivos, no todo el mundo elige este camino, pero la
decisión por la reproducción asistida no es un proceso fácil, directo y lineal, ya que
va mucho más allá de la elección de pareja sentimental, la interacción sexual, el
embarazo y el parto (FARINATI; RIGONI; MULLER , 2006). Las parejas pasan de la
esperanza, con la posibilidad de un embarazo, a la incredulidad y el desconcierto, ante
la noticia de la situación de infertilidad, hasta llegar al reconocimiento de sus
limitaciones, para que el embarazo pueda producirse sin intervención médica.

Si bien parece correcto decir que la infertilidad y su tratamiento médico son


experiencias estresantes en sí mismas, no se puede olvidar que las
condiciones psicosociales asociadas con las características individuales
pueden aumentar o disminuir las capacidades individuales para afrontar los efectos de la infertilidad.
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El estrés y su impacto en la vida de cada persona.

En este sentido, cada uno encuentra una manera muy particular de entender, trabajar y vivir
la infertilidad. Quizás este diagnóstico y experiencia, o no, de un tratamiento de reproducción
asistida proporcione, para algunas personas y parejas, una experiencia reparadora y
positiva, independientemente del resultado.

Experimentando un tratamiento

reproducción asistida

La experiencia de concebir un hijo mediante un tratamiento de reproducción asistida es


única, ya que se conoce en detalle todo el proceso y también la evolución de los embriones
y todo el proceso paso a paso antes de su colocación en el útero materno. Para Szejer (1997),
al estar medicalizado desde el principio el proyecto parental, la mujer pierde su autonomía e
intimidad, ya que todo está predicho por el médico, y el posible embarazo es resultado de la
colaboración de cuatro socios: la mujer , el hombre, el equipo médico y el bebé.

No es raro escuchar cómo los intentos mensuales de quedar embarazada, ya sea con
asistencia médica o no, generan una gran presión y aumentan el nivel de ansiedad y
sentimientos de responsabilidad por el fracaso, es decir: no quedar embarazada.
Cada mes es una nueva oportunidad para “alcanzar la meta”, y cada menstruación es una
prueba de una derrota y una (re)vivencia más de la pérdida y un momento de duelo.

Superado el impacto del duelo –aunque no del todo elaborado– provocado por el
embarazo que no se produjo, un camino más o menos común para todos es: la
búsqueda de un profesional especializado, seguido de un
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una anamnesis detallada y un sinfín de pruebas clínicas y de laboratorio, la


búsqueda de otra opinión, la elección del profesional, la técnica y, a partir de ahí, muchas
novedades... ya que no todo el mundo quedará embarazada ni siquiera en el primer,
segundo, quinto o décimo tratamiento; Algunos cambiarán de clínica, se verán afectados
financieramente, quedarán paralizados emocionalmente y muchas más experiencias.

Para Seger (2009), el rápido desarrollo de las nuevas tecnologías de reproducción


asistida puede crear expectativas poco realistas, haciendo que las parejas crean sólo en altas
estadísticas de embarazo, sin considerar ­o considerando muy poco­ la posibilidad de
fracaso, o las características específicas que justifican su caso. particularmente difícil de
superar.

Para sentirse partícipes activos del proceso de reproducción asistida que se está llevando
a cabo, algunos pacientes estudian mucho y apropian términos y lenguaje técnico y
científico, convirtiéndose en “expertos en su tratamiento” y en el tema. Para ellas, la
racionalización se convierte en un mecanismo de defensa indispensable en la vivencia de
cada etapa, ya que las aleja emocionalmente de su vacío y dolor al darse cuenta de que su
útero continúa sin un bebé.

En ocasiones, otras crean una relación muy estrecha con sus médicos y extienden a
los equipos de los centros de reproducción asistida sus expectativas y necesidad de ser
atendidas y atendidas, ya que están psíquicamente involucionadas, sintiéndose impotentes
y demasiado frágiles tras el sufrimiento perpetrado por la infertilidad. y por repetidos
resultados negativos y frustraciones.

Estar apegado emocionalmente y crear una relación maternal con los embriones que aún
se están desarrollando en el laboratorio parece fortalecer y animar a las pacientes a
enfrentar sus miedos y seguir adelante, como se puede ver en la declaración de una
paciente: “Consideraba a los embriones como hijos nuestros desde Desde el principio...
hablaba con ellos todos los días”. Los embriones representan, para muchas pacientes, la
posibilidad de realizar su sueño de maternidad, la
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oportunidad de tener sus hijos, es decir, la transición a la paternidad, y luego


comenzar, a través de ellos, a construir el lugar del niño en su psique.

EL PAPEL DEL PSICÓLOGO EN LA REPRODUCCIÓN ASISTIDA

Es importante destacar que actualmente sólo unas pocas clínicas de


reproducción asistida cuentan con un servicio de psicología establecido. En este
contexto, el trabajo del psicólogo es breve y focalizado, independientemente
del enfoque teórico utilizado. Casi siempre se da prioridad a ofrecer apoyo, apoyo
y escucha cualificada y respetuosa en un momento difícil, convulso y confuso para
tantos pacientes, independientemente de la fase del tratamiento que estén atravesando.

Generalmente llegan con la necesidad de compartir su historia.

que pueden ser recientes o años de intentos fallidos, sin ser juzgados, señalados o
incomprendidos. Los pacientes claramente se benefician de un espacio que parece
ser el lugar donde encuentran la oportunidad de mostrar sus miedos y debilidades,
su dolor y su desesperación. Además de compartir sentimientos con un profesional
que acaba de conocer, muchas emociones se verbalizan frente a una pareja que
no tenía idea de que las sentía y pensaba. En otras ocasiones descubren juntos
cómo se sienten y que pueden contar el uno con el otro. Darse cuenta de esto les
brinda alivio y consuelo, ya que logran romper una barrera silenciosa que separaba
dos bandos asustados y frágiles.

Poder hablar de fantasías y dudas, de las consecuencias del tratamiento, del duelo
por tu bebé idealizado que no será concebido mediante un acto de amor en la
intimidad de tu hogar, sino mediante la intervención de un equipo médico, la El
shock financiero tras una Fertilización In Vitro calma y alivia enormemente
la angustia que sienten. Es como si le dieran a alguien en quien confiar todo el
sufrimiento que no pueden manejar por sí solos. Sin embargo, muchos pacientes
prefieren no tener contacto con el servicio de psicología. Es como si el psicólogo
tuviera el poder de develar los misterios y deseos inconscientes.
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que bloquean la llegada de su bebé o quizás tienen mucho miedo de decir y escuchar
cosas que creen que no tienen fuerzas para soportar, ya que están completamente
expuestas y se sienten impotentes mientras hacen lo suyo.
tratamiento.

De forma general y objetiva, estas son algunas actuaciones que pueden orientar y
ayudar en la labor de los psicólogos en los servicios de reproducción asistida:

tener conocimiento profundo y actualizado sobre tratamientos, tasas de éxito y eficiencia,


causas de infertilidad, entre otros;

al atender a los pacientes, considerar las defensas, fortalezas y dificultades,


las características individuales de los pacientes y su historia de vida, para ayudarlos de
manera más asertiva;

brindar espacio para la reflexión sobre lo que está pasando, sobre el miedo al tratamiento,
el miedo a no poder tener hijos, al fracaso y todo aquello que sea importante para
cada paciente;

minimizar el estrés provocado por las elecciones a tomar y las dudas que surgen a lo largo
del tratamiento, estando presente siempre que el paciente lo necesite;

investigar, estimular y fortalecer la importancia de la red de apoyo al paciente;

mantener una relación cercana con el equipo.


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En una terapia breve y focalizada no siempre aparecen cuestiones psicodinámicas


importantes, que pueden o no ser obstáculo para que la mujer revele ambivalencias y
se “autorice” a ser madre; evidentemente, cuando no existen impedimentos físicos
limitantes para que esto suceda. Sin embargo, en un cuidadoso trabajo de
psicoterapia, es importante que el terapeuta pueda identificar y ayudar al paciente
a reconocer cuestiones como: fantasías inconscientes de castración y castigo por haber
odiado y envidiado el embarazo de la madre, rivalidad y celos entre hermanos, críticas
escuchadas por la propia madre de la mujer, relaciones negativas con la madre, o con
ambos padres, entre otras.

Tanto en clínicas especializadas como en consultorios, no sólo acuden a buscar ayuda


psicológica las parejas infértiles en tratamiento, a punto de iniciarlo o tras un resultado
negativo. Existen varias demandas dentro del ámbito de la reproducción asistida, como por
ejemplo personas que no están seguras de querer tener hijos o no.

Una paciente en edad reproductiva llegó una vez al consultorio, con antecedentes de más
de una cirugía para extirpar innumerables fibromas de su útero.
Fue enviada por un médico para prepararse emocionalmente para quedar embarazada o,
por el contrario, necesitaría someterse a otra cirugía dolorosa e invasiva en poco tiempo.
Esas eran sus únicas dos posibilidades.
Después de algunas sesiones, se dio cuenta de lo seguro que era mantener su útero ocupado
en todo momento para evitar tener hijos a toda costa. Ella llamó a su útero "mi bolsa de
piedras". En ciertos momentos, se refirió al útero de manera afectuosa, pero, poco
después, comenzó a reportar crecientes malestares, dolores y daños en su vida sexual,
imagen corporal y malestar físico. Obviamente en su familia era una idea inaceptable
que ella no completara este importante paso en su ciclo vital, ya que siempre fue una mujer
que hacía todo lo posible para estar a la altura de las expectativas de todos y
le parecía imposible aceptarlo. principalmente por ella misma, que tener hijos no
era su deseo.
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Actualmente muchas personas se han permitido descubrir que no quieren tener hijos,
pero tomar esta decisión no siempre es tarea fácil. La ayuda de la psicoterapia es
fundamental para que movilicen sus fuerzas para afrontar la sociedad, sus familias,
sus amigos y, principalmente, sus propias creencias, sus miedos y sus fantasías de las que
no hay salida, encontrando así sus verdades.

Teniendo en cuenta el elevado número de personas que recurren a técnicas de


reproducción asistida y las exigencias que en este contexto suponen la infertilidad
y la paternidad, es seguro que cada vez son más las personas que buscan
ayuda psicológica, por lo que los psicólogos necesitan formarse y

equípate con conocimientos específicos y actualizados para recibir casos como los
mencionados a lo largo de este capítulo u otros.

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CAPÍTULO 7

LA PSICOLOGÍA DEL NACIMIENTO –

EL NACIMIENTO DEL BEBÉ

Toda mujer que está de parto está dando a luz a sí misma.

(Myrian Szejer)

En este capítulo abordo, con más énfasis, el parto “normal”, “natural”, que se produce por
vía baja, vaginal, y que fue objeto de mi investigación de maestría. Debido a que tiene
características distintas, el parto por cesárea se analizará más adelante, así como la
experiencia de los bebés al nacer. Empiezo con una descripción breve y simplificada de
la fisiología del parto para luego centrarme en los fenómenos psíquicos involucrados en
este proceso.

Fisiológicamente se evidencia el preparto, el descenso del fondo uterino, el ablandamiento


del cuello uterino y el borramiento (adelgazamiento) del cuello uterino. Luego siguen tres fases:

dilatación: contracciones uterinas hasta que el cuello uterino –parte inferior del útero–
alcance los 10 cm; período de duración variable, al final del cual el mercado de valores
puede quebrar;
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expulsión: metrosístoles –contracciones uterinas–, contracción del diafragma y pared abdominal


que impulsa al bebé a través del canal del parto. Compresión de las paredes vaginales,
contracciones voluntarias de la prensa abdominal (tirones), similares al movimiento
de evacuación hasta la salida del bebé;

adscripción o desguace: expulsión de la placenta después del nacimiento del bebé.

Los principales signos que denotan el inicio del parto son: desprendimiento del
tapón mucoso, contracciones (notables o no), rotura de la bolsa de agua, dolor,
posible sangrado.

Los nacimientos pueden ser: (1) espontáneos, cuando comienzan sin intervención de
atención activa; (2) inducida, cuando se utilizan medicamentos o maniobras especiales,
como la ruptura mecánica de agua; (3) dirigida, cuando hay intervención activa del obstetra –
uso de oxitocina, episiotomía–; (4) operativa, cuando se trata de un procedimiento
quirúrgico; (5) normal o eutócica, cuando no hay complicaciones; (6) distócica, cuando ocurren
anomalías e imprevistos durante el proceso del parto.

En términos físicos, el parto pertenece a la mujer y el nacimiento pertenece al niño.


Psíquicamente, sin embargo, todo se mezcla. Según Donelli, Caron y Lopes (2012, p. 395), el
parto puede ser uno de los “momentos de mayor impotencia, experimentado no sólo por el
bebé humano, en total dependencia, sino también por la madre que es ella misma regresiva,
dependiente sobre el bebé”. Yo agregaría que el equipo que atiende los partos también pasa por
momentos de tensión y estrés.

En términos emocionales, para las mujeres, la experiencia extremadamente visceral del


parto “normal” es la que más ansiedades despierta, por ser impredecible e incontrolable
(MALDONADO, 2005). Colocar comillas alrededor de la palabra normal.
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pretende denunciar las infinitas posibilidades de complicaciones que se producen en


función de contextos significativos: histórico, biológico, psicológico e institucional.

Desde la Biblia, la temible frase “¡Con dolor darás a luz!” Se interioriza en el inconsciente
femenino, despertando aprensiones, ansiedades y dudas hasta el día de hoy. Desde el
Renacimiento y, más especialmente, desde el siglo XIX, el desarrollo científico ha
aportado numerosos beneficios a la salud de la mujer.

La mujer de hoy se ha liberado de prácticas irracionales comunes y frecuentes en épocas


pasadas: flagelaciones que complicaban el parto y desgarraban sus genitales;
infecciones de ella y del feto, así como riesgos de mortalidad para ambos.
Los exámenes y consultas prenatales están establecidos y disponibles al menos para la
población urbana. Sin embargo, al igual que el embarazo, el parto pasó de ser un evento
íntimo y doméstico entre mujeres –en el que era acompañado y atendido por la madre de la
madre, una conocida partera u otras mujeres experimentadas de la familia– a un
evento médico y hospitalario. en el que la mujer tiene poca o ninguna influencia en el proceso
del parto.

Actualmente, además de toda la información disponible en los medios de comunicación,


cada vez crecen más los movimientos de preparación al parto, ya sean grupales,
información a través de charlas o seguimiento con doulas. Toda información es bienvenida
y tiene la función consciente de tranquilizar a la parturienta y desmitificar fantasías y falsas
creencias. Sin embargo, hay que tener cuidado para que los ideales de liberación y estímulo
de la mujer no se vuelvan tan dogmáticos a favor de ideologías como los principios del “orden
médico” (CLAVREUL, 1983) que siguen protocolos impersonales, a favor de la ciencia.

Además de los factores relativos a la historia de la pareja, un hecho ya comentado en


otros capítulos, para cada mujer, el parto y lo que forma parte de él, tiene un significado
subjetivo que, preferentemente, debe ser comprendido, aclarado y elaborado
psicológicamente previamente, en la atención psicológica prenatal y/o durante el parto. oh
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Es importante que una mujer pueda vivir el nacimiento de su hijo de forma activa y consciente.
Lo que se advierte, la mayoría de las veces, sin embargo, son reacciones emocionales,
verbalizaciones y somatizaciones que sólo quien detecta las razones psicológicas de la
parturienta puede ayudar.

Cada mujer es única en su manera de soportar el dolor, dependiendo por ejemplo de sus
características personales, nivel de dependencia, necesidad subjetiva de ser cuidada,
confianza o falta de confianza en sus propias capacidades y experiencias históricas
desde su propia vida intrauterina. Psicológicamente, entonces, los significados y
experiencias de las mujeres pueden ser diferentes según su historia personal y familiar. “Es la
futura madre la que está ahí, pero según su relato, todas las madres y todas las hijas que ha
sido a lo largo de su vida”
(SZEJER, 1997, pág. 244). Está la niña identificada con su madre frente a la feminidad, que
soñaba con ofrecer un hijo a su propio padre, la adolescente que vibra con sus
experiencias sexuales y la adulta que vive este inusitado dolor en sus entrañas.

Marie Langer (1986) refuerza que, durante el parto, las mujeres experimentan ansiedades que
condensan la infancia y situaciones y fantasías actuales, conscientes e inconscientes.
Inconscientemente, puedes revivir tu propio nacimiento y tu primera relación con tu madre,
mezclado con dependencia, ira, miedo, sentimientos de culpa, abandono, gratificación y
aprecio. Debido a la experiencia de dolor e incontrolabilidad dentro del cuerpo y la regresión
emocional a la que está sometida, es bastante común evocar el recuerdo de la madre, tanto
en sus características de cuidado y acogida, como en aspectos conflictivos. Si los
sentimientos de culpa y los conflictos son intensos, las fantasías de castigo pueden
materializarse en el temor a represalias superegoicas (ansiedad de castración), en forma
de preocupaciones por daños al cuerpo, órganos internos y vagina, laceraciones y marcas
irreversibles, así como efectos negativos. sobre tu sexualidad.

Por todos estos factores, “vivir la regresión física y emocional que se produce durante el parto
es verdaderamente un desafío máximo para la mujer en sus límites y en su flexibilidad
para transitar por los diferentes niveles de su estructura psíquica”
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(DONELLI; CARON; LOPES, 2012). Durante el trabajo de parto, Klaus y Kennel (1993)
afirman que, a medida que las contracciones aumentan en duración, intensidad y
frecuencia, las emociones de la mujer también se intensifican y disminuyen, llegando a
un pánico o furia momentáneos en el momento álgido de una contracción, seguidos
de intervalos de relajación y calma en el medio. . Sus sentimientos van desde la rendición
hasta la ansiedad, la irritación, el lamento y la desesperación.

Durante las contracciones,

[...] es cuando aparecen recuerdos de situaciones extremas en las que también se


sintieron 'abandonadas' o 'indefensas', sin que se conozca ninguna representación
a través de la cual se pueda asegurar si [...] el nacimiento en sí es una situación extrema
que puede presentar momentos catastróficos” (ROSFELTER, 1992, p. 66).

Otra posibilidad es revivir la violencia y los abusos sufridos, trayendo consigo fantasías
de castración, daños irreversibles en sus órganos, delirios persecutorios e incluso
miedo a la muerte.

Durante mi investigación de maestría, en la que observé a mujeres embarazadas en trabajo


de parto, tuve la oportunidad de observar estas diferencias individuales y cuánto el
inconsciente puede dominar este momento. Una de las noches que estaba en el Centro
Obstétrico, entró una mujer hermosa y educada y estaba visiblemente asustada, muy asustada
por su dolor. Gritaba mucho, poco a poco fue perdiendo el control, caminaba mucho,
entraba a habitaciones no autorizadas, se quitaba la ropa, no podía quedarse en la cama,
como les indicaban a otras parturientas. Ella eructaba y expulsaba gases, como si
quisiera deshacerse de algo que la asfixiaba. No escuché al médico, apenas respondí
preguntas.

Su parto fue fisiológicamente como se esperaba, pero ella


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Ella se quejó fuertemente del dolor y comenzó a pedir que alguien la matara,
para acabar con el dolor y gritando: “¡Mátenme!”, “¡Alguien mátenme!”, lo que dejó
perplejos a todo el equipo. Por suerte, una empleada de la maternidad, amiga
de la paciente, fue a verla y nos dijo a mí y al médico residente que la madre de
esta mujer había muerto durante el parto. A partir de entonces, la doctora se dedicó
casi en exclusiva a ella, asignando otros pacientes a su colega. La llevó a la ducha
y luego le explicó que todo estaba bien para ella. Una vez en la sala de partos, la
paciente seguía descontrolada y fue entonces cuando el médico la devolvió a
la realidad, pidiéndole que la ayudara con el parto, ya que su hija no podía
permanecer allí mucho más tiempo.

Luego se concentró y, en la segunda fuerza, dio a luz a su hija, a quien


inmediatamente se disculpó. Se calmó, miró, tomó a su hija y la besó.
Luego me miró y dijo “¡mi madre murió cuando yo nací!”, con los ojos llenos de
lágrimas.

El nacimiento de la hija de esta paciente le hacía recordar su propio nacimiento.


Parecía haber miedo o deseo, tal vez por culpa, de que ella también muriera. Su
actitud fue como un grito de auxilio a su defensa contrafóbica: ya que debo morir,
¡que sea pronto! Incluso pidió una inyección para terminar todo de una vez. Aunque
le informaron objetivamente que todo estaba bien para ella, gritó de desesperación,
dominada por los sentimientos del comienzo de su vida.

Otro proceso biológico del parto es “la separación de dos organismos que
vivían juntos, uno dentro del otro, en una relación de total dependencia y
contacto íntimo permanente” (SOIFER, 1984, p. 51), en el que la mujer revive la
separación de su madre. La propia madre, identificada con el desamparo del
bebé, revive su propio paso por el canal vaginal materno. Según Soifer (1984),
éste es uno de los mayores dolores humanos: la separación de la madre. Es
por esto que algunas personalidades más regresivas viven buscando un regreso
al “paraíso perdido”, a través de relaciones fusionales y simbióticas.
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Durante el parto, en algunas parturientas se puede notar un estado alterado de conciencia,


reacciones de retraimiento, una especie de ensimismamiento o alienación, una “huida a
las cuevas”. Esto es lo que algunas doulas llaman “tierra de nacimiento”. Klaus y Kennel
(1993, p. 51) afirman que: “quedarse sola durante el parto no sólo es aterrador, sino que
representa una grave amenaza para el concepto de sí misma de una mujer. Ser protegido
es ser valorado, en un momento de intenso egocentrismo y miedo”. Y añadiría que ser
respetada en este momento significa sentirse autorizada para ser madre y mujer.

Dependiendo de las emociones y recuerdos conscientes e inconscientes, una de las


posibles eventualidades es la detención real o aparente de las contracciones, la detención del
proceso de nacimiento. La detención real se atribuye a ataques de ansiedad. En
aparente detención, las contracciones continúan pero no se sienten, lo que se acerca a
un mecanismo de negación. Además, la situación trae consigo miedo a morir y a la muerte del
bebé. La mujer experimenta una fuerte ambivalencia, porque al mismo tiempo que el dolor
(y a veces el entorno) la hace sentir asustada y retrocedida, se siente profundamente
responsable de la vida del bebé.

El miedo al tiempo que puede tardar un parto natural, la impotencia, el sentimiento de


fragilidad e incompetencia es lo que muchas veces hace que, pasado cierto momento, se
puedan instalar contracturas que desembocan en distocia e inercia uterina, dando lugar a
la solicitud o recomendación de un parto natural. cesárea, como forma de agilizar el proceso
y traspasar responsabilidad al equipo. Cuando cuentan con el apoyo del equipo, las
mujeres consiguen calmarse, tienden a recuperar el control, se concentran y colaboran
activamente.

En estos casos, parece que los bloqueos psíquicos asociados a la detención del parto,

[...] más que el síntoma manifiesto del sentimiento de cansancio, soledad, desintegración [...]
las ansiedades son tan fuertes que dificultan a la madre reconstituirse y reconocer a su
bebé, así como a la Ley Traje
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de entrada grave en psicosis (ROSFELTER, 1992, p. 68­69).

Aunque algunos psiquiatras aún no conocen, ni reconocen, la


psicodinámica del parto por la falta de investigaciones en el área, la nueva especialidad
en Psiquiatría Perinatal ha introducido la Tocofobia entre los trastornos psicológicos
durante el embarazo y el parto.

La tocofobia se define como el “terror que sienten algunas mujeres, excesivo e incluso
ilógico, en relación al parto, a pesar de desear mucho el hijo” (CAMACHO;
CANTINELLI; RENNÓ JR, 2010, p. 137). Este miedo exacerbado al parto se clasifica
en: (1) primario: cuando las mujeres no tienen antecedentes obstétricos, aparentemente
se protegen del embarazo y sólo aceptan quedar embarazadas si se les garantiza
que tendrán una cesárea; (2) secundaria – que ocurre después de una historia traumática
de uno o más nacimientos anteriores, a veces seguida de muerte fetal,
desencadenando síntomas muy similares a los del Trastorno de Estrés
Postraumático (TEPT); (3) terciario: como síntoma de depresión durante el embarazo.

Las mujeres que han tenido experiencias frustrantes en embarazos anteriores, como
abortos y pérdidas intraparto, o al poco tiempo de nacer, procedimientos fallidos de
Reproducción Asistida, fetos malformados y otros, pueden traer consigo cierto
trauma y miedo a “fallar” o a que “caiga un rayo”. nuevamente en el mismo lugar”,
demostrando su incapacidad ante el “destino cruel”. En otras palabras, si algo sale
mal con ella o el bebé, podría probar sus fantasías de culpa, falta de merecimiento,
castigo (castración) y/o impotencia como mujer. Por lo que se recomienda atención
psicológica especializada, ya que estas mujeres pueden ser consideradas mujeres
embarazadas, parturientas y puérperas en riesgo emocional.

Sin embargo, todas las fantasías y estados de confusión pueden ser superados por
el deseo de dar a luz, con la ayuda de quienes asisten a la parturienta y,
sobre todo, a través del contacto con el niño. “Ver a tu hijo recién nacido y tenerlo en
brazos es la única manera de entrar en razón, de recuperar la identidad perdida [...]
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El hijo denota la especificidad del acto, eliminando así la confusión”.


(SOIFER, 1984, p. 59).

Además, las experiencias físicas y emocionales durante el preparto y el propio


nacimiento, hasta el momento del encuentro entre madre y bebé, son de vital
importancia y pueden marcar el vínculo inicial entre madre e hijo. En las psicoterapias
de adultos no son infrecuentes los recuerdos de relatos y comentarios escuchados
sobre cuánto hicieron sufrir a la madre desde que dio a luz. Maldonado (2005) agrega
que, de la misma manera que las características personales interfieren en la conducta
durante el parto, los diferentes tipos de parto tienen diferentes impactos y son
vividos e integrados en la personalidad de diferentes maneras.

A partir de ahí, se hace evidente la relevancia del contexto institucional y el desempeño


de los equipos. Klaus, Kennel y Klaus (1993) señalan que, a pesar de centrarse en lo
que sucede dentro de su cuerpo, la parturienta tiene una sensibilidad
intensificada a los mensajes no verbales, captando vibraciones de ternura,
aceptación o desaprobación y crítica de quienes la rodean. alrededor. La mujer que no
es “cuidada” y bienvenida durante el parto tiende a repetir este
comportamiento con su bebé.

Yo mismo fui testigo de este hecho durante mi investigación de maestría en el Centro


Obstétrico de una Maternidad. La mayoría de las parturientas recibían a sus bebés
con cariño y curiosidad; otros, un poco cansados, se relajaron al ver que su hijo
estaba bien y pospusieron un contacto más prolongado; otra que tuvo un gran
desacuerdo con la residente, una incomunicación total entre ellos con insultos y
amenazas mutuas, entró a la sala de parto luciendo en estado de shock, mirando
al techo, habiendo dado a luz a su hija por completo.

muda –después de muchos gritos durante el preparto– y sin querer mirar a su bebé, ni
abrazarla, a pesar del estímulo de las enfermeras.
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Traigo ahora otro caso que ilustra la posibilidad de una parada psíquica de las
contracciones uterinas durante el parto. Se trata de una paciente de 42 años, en trabajo de parto
relativamente tranquilo y silencioso. La paciente pasó la mayor parte del tiempo respirando, con
los ojos cerrados y rezando un rosario que mantenía entre los dedos. Me atendió un
residente muy amable y acogedor.

Cuando alcanzó los 8 cm de dilatación, la residente se acercó y le anunció que tendría que
salir un rato para participar en una reunión y que sería atendida por un colega. La escuché
decir: “Te espero”. Dijo que le resultó difícil, ya que su proceso avanzaba bien y que tal vez
no hubiera suficiente tiempo y que cualquiera de los residentes la cuidaría bien. Luego
reafirmó que quería tener a su bebé con él.

Después de una hora y media, cuando finalmente regresó, encontró al paciente que le sonrió,
con la misma dilatación de 8 cm. A los pocos minutos comenzó su parto y la residente
le dio un parto completamente diferente a los estándares de ese Centro Obstétrico, con
música, sombras y silencio. Médico residente y paciente se despidieron con mucho cariño y
agradecimiento mutuo tras el nacimiento. Finalmente, fui testigo en vivo y en color de la
posibilidad de “detener” las dilataciones y las contracciones para garantizar
una atención confiable durante el parto, despertando asombro en todo el equipo.

Após o parto, evidências mostram os benefícios do contato pele a pele e olhar entre mãe e
bebê na primeira hora, a chamada Golden Hour – Hora Dourada, em que a natureza instintual
da mãe e do bebê está propícia a construir a relação de apego entre los dos. Esto no significa
que el vínculo no pueda construirse a lo largo de la relación madre/padre­bebé, ya que el
nacimiento de un hijo puede tener profundos efectos terapéuticos, que permiten a la mujer,
a través de la reparación y la identificación con su hijo, recuperarse de frustraciones
tempranas. experiencias emocionales.
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De ahí la cita de Szejer (1997, p. 244) al comienzo del capítulo: “Cada mujer que
está de parto está dando a luz a sí misma”, reviviendo su propio nacimiento y
renaciendo en una nueva identidad. Pacientes posparto sometidas a
psicoterapia expresaron lo fuertes y poderosas que comenzaron a sentirse después
de dar a luz. “¡¡Si pude pasar el parto y que todo saliera bien, puedo hacer cualquier cosa!!”.

Actualmente, los movimientos de humanización social han buscado el retorno


del parto lo más natural posible, sin excesivas interferencias médicas, muchas
veces en el domicilio de la mujer. Aunque me parece un nombre un tanto
contradictorio, ya que nunca dejamos de ser humanos –¿o nos hemos perdido –,
en el camino? Por “parto humanizado” y “buenas prácticas” entendemos un
parto liderado por mujeres, que organizan un plan de parto, que pueden tener a
sus hijos en la posición que mejor les sienta, donde quieran: cama, bañera, –,
etc. que tienen derecho a ambientes tranquilos y a respuestas claras y objetivas a
sus preguntas, que reciben masajes u otros procedimientos atenuantes durante
el parto, que sostienen a su hijo apenas nace.

Da mesma forma, um parto cesáreo pode ser humanizado, quando é elucidado,


para as mães e seus bebês, por quais procedimentos vão passar, pelo ambiente
calmo e acolhedor, com a presença do pai, com o bebê no colo da mãe após o
nascimento siempre que posible. La participación de la pareja, tanto en los
partos domiciliarios como en las maternidades en los partos normales y por
cesárea, ya prevista por la Ley 11.108/2005, se ha revelado ventajosa en
relación a la valorización de la mujer y a un vínculo más eficaz con el bebé.

Sin embargo, todas las reglas de la actual “humanización del parto”, ya sea
hospitalario o domiciliario, en mi opinión, siempre deben discutirse y aplicarse
según la subjetividad de la parturienta. Evidentemente, salvo posibles
complicaciones que requieran una intervención urgente.

El movimiento a favor del parto en casa, que muchos profesionales sanitarios


califican de radical y arriesgado y con el que no están de acuerdo, parece
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demostrar una respuesta social y feminista a la llamada “violencia obstétrica”. El caso


es que, al estar dentro de un hospital, en estado de regresión emocional y asustada,
preocupada por su bebé y por ella misma, en ocasiones las mujeres no ven otra
alternativa que someterse a protocolos de atención previamente establecidos,
principalmente porque diseñan en el equipo idealizaciones y espera que esto pueda
“salvar” a su bebé y a ella misma, pase lo que pase.

No tengo una posición política ni quiero debatir los partos domiciliarios que, en mi opinión,
deben ser opción y responsabilidad de quienes los eligen. En este sentido, vale la
pena caracterizar qué constituye “violencia obstétrica” y por qué ha sido discutida
y resaltada hoy. Videla (1997) destaca como tales las siguientes actitudes: (1) la
denigración verbal y corporal de las mujeres, especialmente de las de bajos
ingresos, en todo el mundo; (2) la atención mecanizada, técnica, impersonal y masiva
del parto; (3) dolores a los que son sometidas por el equipo, a veces sin previo aviso,
como inducción del parto mediante oxitocina, exámenes vaginales, episiotomías y
maniobras de Kristeller.

Además, en los resultados de mi investigación de maestría, que tuvo como


objetivo observar y describir los fenómenos psicológicos involucrados en la relación
médico residente/parturienta, los principales factores dañinos y ansiogénicos
de esta relación surgieron como una comunicación truncada o inexistente entre
los involucrados y la madre. Falta de preparación psicológica del equipo para
satisfacer las necesidades emocionales de las mujeres en trabajo de parto.

Otro factor importante en las instituciones hospitalarias “conservadoras” es la


concepción de que el médico es quien tiene control y poder sobre el parto. A veces
escuché a los residentes bromear entre ellos, amenazar al colega que lo reemplazaría
en el servicio con dejar la sala (preparto) llena o alardear de haber dejado la
sala “limpia”, ya que había acelerado los partos para restablecer el número. de pacientes
esperando a su colega en el siguiente turno. El uso más frecuente fue la
aplicación de oxitocina como forma de “ayudar a la mujer en el parto”.
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Sin embargo, los equipos, a su vez, también están sujetos a muchos tipos de mecanismos
de transferencia y defensivos, como los persecutorios y agresivos por parte de las
parturientas. Evidentemente, médicos más sensibles y dedicados se han actualizado y
humanizado, pero, lamentablemente, persiste mucha violencia, ya sea por ideologías y
condiciones institucionales, ya sea por impotencia o falta de preparación psicológica y
capacitación de los equipos de salud.

Al igual que los partos “normales”, las cesáreas no son todas iguales. Se definen por la
extracción quirúrgica del bebé, pero equipo y paciente están sujetos a vicisitudes diferentes.
Una cesárea a petición, con fecha prevista, “parece” más tranquila. La solicitud del parto
quirúrgico por parte de las mujeres embarazadas proviene de diferentes
motivaciones, como la vanidad, el miedo a dañar los genitales (agrandamiento) y las
características psicológicas pasivo­dependientes exacerbadas, la falta de confianza en sí
mismas para afrontar el parto y los fantasmas provocados por la desinformación o
los mitos familiares. Ejemplo: “no sirve de nada soñar, en nuestra familia todas las mujeres
tienen cesárea”.

Muchas veces los propios médicos, al desconocer las características emocionales de


la mujer embarazada, pueden sembrar el pánico en la mujer embarazada con observaciones
como: “tienes las caderas estrechas”, “tu bebé es muy grande”, “en la probable semana
de tu nacimiento yo Estará viajando”, etc. El resultado de esto es la idea que construyen las
mujeres de que sólo pueden tener a su hijo por cesárea.

Si bien muchas mujeres optan por esperar al inicio del parto para operarse, permitiendo
que el bebé disfrute de los beneficios del parto natural, como “saber” que va a nacer,
pueden surgir circunstancias inesperadas, como tener un parto rápido. el parto y el
nacimiento del niño Antes de que se realice la cirugía, los latidos del corazón del bebé
comienzan a fallar, la presión arterial de la mujer aumenta y muchas otras posibilidades, lo que
ciertamente genera tensión y ansiedad hasta que se determina que ella y el bebé no se
encuentran en ninguna situación. peligro.
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Generalmente la cesárea está indicada porque ha habido algún obstáculo para el


proceso normal. Por tanto, existe un fantasma asociado a las cesáreas que nos recuerda
la urgencia y el peligro. Sin embargo, para algunas mujeres, también puede significar
incompetencia: “¿no voy a poder dar a luz a mi hijo?” –, dados los requisitos y
idealizaciones en relación con el parto normal al que están sometidas. Algunas
incluso desarrollan depresión posparto provocada por no poder realizar este
sueño consciente.

Sin embargo, pueden ocurrir acontecimientos imprevistos. Las campañas a favor


del parto natural incluyen contraindicaciones para la cesárea, provocando pánico, y
tienen consecuencias tanto en el estado emocional de la mujer como en el tiempo y
calidad de la recuperación de la madre, lo que puede interferir en el vínculo con el bebé.
Se puede observar que las mujeres participan más activamente en los partos por
cesárea, ya que la anestesia es sólo local; la pareja suele estar junta y, si todo va
bien, los médicos pueden informar de lo que está pasando. Algunos médicos ya
proponen realizar cesáreas humanizadas, con luz tenue, música clásica,
esperando a que el cordón umbilical deje de latir e indicando al padre que lo corte.
Actitudes que puedan minimizar las ansiedades, reducir la culpa y favorecer un
encuentro con el bebé lo más cercano posible a un parto normal humanizado.

¿Y el bebé? ¿Cómo vive todo esto?

Winnicott (1978), en su teoría, defiende la importancia de que el bebé pueda


experimentar continuidad desde el período intrauterino hasta después del nacimiento.
El sentimiento de discontinuidad provocado por la separación abrupta de la
madre, sensaciones físicas previamente desconocidas, así como la privación, provocan
angustia y confusión catastróficas. Al vincularse con la madre, el bebé puede
recuperarse de estos traumas que, en realidad, después de enseñar
sobre el parto humanizado, son innecesarios y dañinos.

Para evitar esta discontinuidad traumática, el citado autor sugirió un tipo de parto
más suave, con menos agresión sensorial, como menos luces.
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fuerte, silencio en la habitación y menos procedimientos invasivos. Si bien Freud (1926)


consideró la posibilidad de ansiedades provocadas por el nacimiento, Winnicott (1978) marca
la diferencia y considera que, si el bebé tuvo un embarazo tranquilo, pudo afrontar el
nacimiento. A estos casos los denomina “experiencia de nacimiento”, que constituye una
muestra exagerada de algo que el bebé ya sabe. En este sentido, lo que el bebé siente
no es más que una reacción, y el entorno debe proporcionarle la sensación de volver a la
continuidad.

Sin embargo, si la madre estuvo muy ansiosa o deprimida durante el embarazo y/o durante el
parto, el bebé se “contamina” con los sentimientos de la madre; y, si el entorno es
demasiado intrusivo, el parto puede volverse traumático. “La continuidad personal del
individuo se ve interrumpida por reacciones a invasiones prolongadas” (WINNICOTT,
1978, p. 326). Si el trauma es significativo, queda grabado en la memoria y puede
reactivarse en situaciones similares hasta la edad adulta.

Hay autores que creen que la forma de nacer, dolorosa o fácil, pacífica o violenta, determina,
en gran medida, la futura personalidad y visión del mundo que tendrá el bebé. De ahí la
importancia de un contexto facilitador y acogedor, tanto para la madre como para el
bebé, durante el parto e inmediatamente después del mismo. La tranquilidad y minimización de
miedos y ansiedades, mediante la reducción de procedimientos invasivos o violentos, es lo
que constituye el objetivo del llamado parto humanizado.

Además, para quienes estudian a los bebés, a pesar de ser muchas veces indicada, necesaria
y urgente para la supervivencia del bebé y de la madre, una cesárea puede representar
emocionalmente una verdadera violencia para el bebé. Sin embargo, a pesar de la evolución
de la medicina y de todas las posibilidades para preparar a las madres para el parto, a través de
técnicas de yoga, fisioterapia pélvica, pilates, grupos para embarazadas, sugeridas en
blogs, sitios de internet y revistas especializadas, Myriam Szejer (2016, p. 137) afirma que “el
nacimiento sigue siendo un momento crítico en el que siempre puede producirse una
emergencia”.
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Entonces, ¿cómo podemos ayudar a las madres y a los bebés en estas circunstancias? Szejer responde:

[...] la emergencia no impide las palabras [...]. Las palabras dichas al niño,
incluso a uno muy pequeño, quedarán almacenadas en su inconsciente y le
permitirán construir su historia, sin romper con la vida que memorizaron antes
de nacer (2016, p. 144).

Independientemente de las condiciones del nacimiento, es muy importante,


para la salud mental del bebé, hablar con él, explicarle lo que está pasando, hacerle
saber que nacerá y cómo nacerá. La madre puede incluso aclarar lo que
siente para que él pueda contextualizar, obviamente no racionalmente, sino afectiva
y sensorialmente, lo que sucede con ella y con la madre durante el parto, en
preparación para la cesárea, o parto normal, y después del parto.

Una mujer embarazada en psicoterapia conmigo mostró mucha angustia porque


había escuchado que los bebés nacen en la noche o temprano en la mañana; y
su marido trabajaba de noche. Quería ponerme de parto durante el día, ya que
contaría con su presencia y apoyo. Le sugerí que “arreglara”, de palabra con el
bebé, la hora de su nacimiento. Y así sucedió, el bebé nació durante el día y todo salió bien.
Quedó muy feliz e impresionada cuando regresó al proceso de psicoterapia.

Todavía existe controversia sobre quién inicia el parto: la madre o el bebé.


En cualquier caso, lo más evidente es esta posibilidad de comunicación inconsciente
madre­bebé y el uso de palabras para localizar al bebé dentro del contexto
real externo o afectivo de la madre (deseo).
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REFERENCIAS

BRASIL. Decreto­Ley nº 11.108/2005, de 7 de abril de 2005. Decreto y seguimiento de


sanciones durante el trabajo, Brasilia, 2005.

CAMACHO, RS; CANTINELLI, FS; RENNÓ JR, J. Otros trastornos psiquiátricos durante
el embarazo y el puerperio. En: VASCONCELOS, AAJ; TENG, CT (org.) Psiquiatría perinatal:
diagnóstico y tratamiento. São Paulo: Editora Atheneu, 2010.

CLAVREUL, J. El orden médico: poder e impotencia del discurso médico.


Traducido por Marco Antonio Coutinho Jorge, Jorge Gabriel Noujaim y Potiguara Mendes da
Silveira Junior. São Paulo: Editora Brasiliense, 1983.

DONELI, TS; CARÓN, N.; LOPES, RCS La experiencia materna del parto: enfrentamiento al
desamparo. Revista de Psicoanálisis SPPA, Porto Alegre, v. 19, núm. 2, pág. 295­314, agosto.
2012.

FREUD, S. (1926). Inhibición, síntoma y angustia. Traducido por J. Salomão. En: FREUD,
S. Obras Completas, Río de Janeiro: Imago Editora, 1976.

KLAUS, MH; KENNEL, J. Padres/Bebés: la formación del apego. Traducción de D.


Bautista. Porto Alegre: Editora Artes Médicas, 1993.

LANGER, M. Maternidad y Sexo. Porto Alegre: Editora Artes Médicas, 1986.


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MALDONADO, MT Psicología del Embarazo. 17. ed. São Paulo: Editora Saraiva,
2005.

MORAES, MH Los fenómenos emocionales involucrados en la práctica médica: un


estudio de la interacción médico residente­partera. 2001. Disertación (Maestría en
Psicología del Desarrollo, de la Salud y Comunitaria) – Facultad de Psicología,
Universidad Federal de Santa Catarina, Florianópolis, 2001.

ROSFELTER, P. El nacimiento de una madre: bebe blues. Buenos Aires: Editora Nueva
Visión, 1992.

SOIFER, R. Psicología del embarazo, parto y puerperio. Traducido por Ilka Valle de
Carvalho. Porto Alegre: Editora Artes Médicas, 1984.

SZEJER, M.; STEWARD, R. Nueve meses en la vida de una mujer: una


aproximación psicoanalítica al embarazo y al parto. São Paulo: Casa do Psicólogo,
1997.

SZEJER, M. Si los bebés pudieran hablar. São Paulo: Instituto Langage, 2016.

VIDELA, M. Maternidad: mito y realidade (Maternidad: mito y realidad).


Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 1997.

WINNICOTT, DW Textos seleccionados: de la pediatría al psicoanálisis. Río de


Janeiro: Librería Francisco Alves Editora, 1978.
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CAPÍTULO 8

PSICODINÁMICA Y TRASTORNOS MENTALES DE


PUERPERIO – EL BEBÉ EN BRAZOS

El período posparto es un viaje increíble. Si permites silencios, espacios de brecha con


el mundo exterior y te dedicas a fusionarte con tu bebé redescubrirás muchas
cosas sobre ti.

(Alexandre Coimbra Amaral)

El posparto, también llamado puerperio, es el período que comienza inmediatamente


después del nacimiento del bebé y puede durar hasta dos años. Las mujeres posparto,
madres primerizas, se caracterizan generalmente por la ambivalencia, mostrándose
poderosas y valientes porque sienten el poder y la plenitud de dar vida a su hijo y, al mismo
tiempo, asustadas por todo lo nuevo que tienen que afrontar. Es el momento del encuentro
con ellos mismos y con su bebé, materializado en sus brazos.

Emocionalmente, para llegar al lugar y tiempo donde ya existe una rutina, se establecen
códigos y ritmos entre madre y bebé, entre madre y padre, entre padre y bebé y entre la tríada
familiar. Las mujeres, especialmente, tienen que pasar por algo que compararé con un puente.
Este puente, que será más largo o más corto, más ancho o más estrecho, más firme o más
oscilante como si de una suspensión se tratase, es el posparto inmediato.
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Al igual que el embarazo y el parto, este período no es uniforme ni estándar para todos.
Por el contrario, es en la experiencia concreta de la maternidad donde emergerán
particularidades, estilos maternales, facilidades y dificultades, teniendo siempre como
referencia básica la historia de la madre como hija y como mujer.

El puerperio inmediato (el puente imaginario) ocurre dentro de los dos primeros meses
después del nacimiento del bebé. Las mujeres tienen que atravesarlo, enfrentando ajustes
biológicos, como el cambio hormonal, la recuperación del parto, con algunas molestias
físicas, el dolor causado por una episiotomía ­si la practicaron­ o por una cesárea, sangrados,
las vicisitudes del inicio de la lactancia, concomitantes. a la emoción por el nacimiento
del niño.

Por todas estas características adaptativas y transaccionales, biológica y


emocionalmente hablando, Maldonado (2005, p. 89) llama a este momento el “cuarto
trimestre del embarazo”, en el que la mujer está empapada de sangre, sudor, leche
y lágrimas, con ganas de hacerlo. llegan al terreno seguro de la maternidad –aún sin saber
muy bien cómo– en busca de su nueva identidad (LIMA, 2020).

Narcisistamente, el posparto puede ser un momento difícil, ya que la mujer que durante
el embarazo vivió sus derechos privilegiados en autobuses, colas y otras situaciones, que
era exaltada por la belleza y exuberancia de su vientre, pasa a quedar en un segundo plano,
porque ahora las miradas y el interés de las personas que les rodean se dirigen al bebé
que se convierte en el protagonista del momento. Otra “tarea” de la puérpera es lidiar con
el entorno que la rodea, como visitas, intromisiones, opiniones no solicitadas y, al
mismo tiempo, con un sentimiento de “soledad acompañada”, al no sentir espacio para
hablar. ella misma, a pesar de necesitarlo mucho.

Durante este período, las mujeres suelen volver al obstetra y visitar al pediatra varias
veces. Cuando pueden, llaman a asesoras en lactancia materna, o buscan opiniones
de amigas que ya son madres, así como de grupos en internet, tratando de encontrar a
alguien que las entienda y escuche sus dudas.
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Laura Gutman (2007, p. 63) describe el posparto como “un viaje de ida, el inicio
de un estilo de comunicación con el propio ego”. La inestabilidad y la
fluctuación emocional de las mujeres son parte de este período, ya que representan
una situación desconocida –especialmente para las madres de primeros hijos–,
que implica ajustes y provoca cambios intra e interpersonales.

Psicológicamente, el nacimiento de un niño constituye el final de un viaje y el


comienzo de otro, en el que la mujer embarazada debe convertirse en madre y el
feto en un niño real. Raquel Soifer (1984) considera el puerperio una situación
de delimitación entre lo perdido, el embarazo con todo lo que significó para la
mujer y lo adquirido, representado por el niño, así como una delimitación entre
períodos caracterizados por las fantasías inconscientes y la realidad. En este
sentido, para Raphael­Leff (1997, p. 127­128),

[...] as primeiras semanas após o nascimento não são meramente período de


aprender a lidar com um novo bebê, mas um apaixonado confronto com um ser
que esteve no seu interior e [...] incita antigos resíduos da infância em ambos,
madre y padre.

Como se mencionó en capítulos anteriores, durante el embarazo, el parto y los


primeros años de vida del bebé, se revive inconscientemente el vínculo temprano
con la propia madre. Se revive el embarazo mismo, el parto, la lactancia,
gratificaciones, privaciones, sentimientos de abandono, estados emocionales
sanos y patológicos en la relación con la madre.

Algunos conflictos intrapsíquicos que se notan en este momento emocional


pueden ser expresión de algo profundo y latente dentro de la familia, que gana
fuerza y recursos de comunicación (FELICIANO; SOUZA, 2011). Si, por ejemplo,
una mujer presenta características de personalidad dependiente y simbiótica,
puede vivir este periodo como un tiempo de separación física y emocional.
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sentimiento emocional doloroso, en el que el útero vacío le hace sentir que ha perdido una
parte de sí misma y le hace recordar, según Soifer (1984), una de las ansiedades más
arcaicas, que es la separación de su propia madre.

La relevancia del estudio, comprensión y seguimiento psicológico de las madres recién


nacidas es que, además de algunas que padecen ansiedades de diferente origen,
existe un bebé real al que cuidar e incluir en su universo psíquico, con todas las
exigencias y necesidades. . Como se explica en el Capítulo 2 de este libro. Palacio­Espasa
y Cramer (1993) denominan “neoformación” al dúo madre/bebé, que está formado
por dos personas, pero que se comunican mediante identificaciones proyectivas e
introyectivas, sensorial e intuitivamente, con una conexión muy primitiva.

La conexión y el amor de la madre por su hijo pueden no ser inmediatos, pero se desarrollan
naturalmente a medida que la pareja se conoce y está dispuesta a decodificar formas de
comunicación no verbal. La madre, “dedicada” a su hijo, como decía Winnicott (1978), se
siente cansada por las noches de insomnio, pero al mismo tiempo, muy gratificada de ver
a su bebé mirarla insistentemente, crecer, empezar a sonreír, calmarse cuando está.
en tu regazo. A veces se siente agotada, pero se siente muy bien al sentirse importante y
necesaria.

El sentimiento de gratitud hacia el niño, que ofrece a la madre el placer de poder amarlo,
puede llevar a una actitud en la que la máxima preocupación de la madre se dirija hacia
el bienestar del bebé, asociado a su propia gratificación y a su propio bienestar.
­ser. Klein y Rivière (1975, p. 110) destacan que

[...] estimular el desarrollo del niño le proporcionará plena satisfacción. La satisfacción


se intensifica con las fantasías de hacer por el niño lo que su propia madre hizo por él o lo
que le gustaría que hiciera su madre. Al lograr este objetivo, paga lo que le debe a su
madre y repara el daño causado, en la fantasía, a los hijos de su madre, lo que también
reduce los sentimientos de culpa.
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La disposición para esta relación se basa en la capacidad materna de


desarrollar la “casi” enfermedad que Winnicott (1978, p. 493) llamó
“preocupación materna primaria”, una sensibilidad aumentada que provoca una regresión
y permite identificaciones complejas: entre la madre y el bebé, del bebé con el bebé
que ella misma fue, de la madre con su propia madre, del bebé con la madre de la
madre, entre otras variaciones que incluyen hermanos, abuelos y otros familiares,
amigos, vecinos.

La primera, la identificación de la madre con el bebé, ya fue mencionada en el


capítulo 2 cuando describí la función contenedora de Bion y la de retención de
Winnicott, como factores esenciales de la función materna, que facilita la detección
de las necesidades físicas y emocionales del bebé y la satisfacción de sus
necesidades. estas demandas. La segunda, la identificación del bebé con el bebé
que fue, también puede facilitar el acercamiento y la aceptación del niño.
Sin embargo, en mi práctica como psicoterapeuta para mujeres en posparto, me
encontré con madres que tenían fuertes sentimientos de culpa hacia sus madres y
veían su propia “maldad” proyectada en sus bebés. Por ejemplo, una madre con un
bebé recién nacido, al encontrarle muy difícil amamantarlo, calmarlo, hacerlo dormir,
comenzó a expresar miedo de deprimirse, como siempre lo había sido su madre, y a
preguntarse si la causa de esta depresión no había sido el trabajo que ella de bebé
le hubiera dado a su madre, hasta el punto de enfermarla y morir.

En la tercera forma de identificación, a su vez, el bebé saca a la luz características de


la madre introyectada (su superyó), que escucha el llanto de su hijo, por ejemplo,
como una acusación o crítica hacia ella, lo que dificulta el establecimiento de
una relación. intercambios gratificantes. Es necesario resaltar que estos y otros tipos
de identificación no son excluyentes y dependen considerablemente de las
estructuras de personalidad e historia de cada madre, quien luego vive esta
paradoja de tener que cuidar al bebé cuando ella está inmersa en sus recuerdos de
infancia de manera consciente. y/o inconscientemente. De ahí el sentimiento
de muchos de los que afirman sentirse perdidos y confundidos.
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Es importante poder “maternizar” a esta madre momentáneamente regresiva, escuchar


sus fantasías y sufrimientos para ayudarla a liberarse de la

obstáculos ante la maternidad real sin la interferencia de sus fantasmas, como


recuerdan Fraiberg, Adelson y Shapiro (1994). Se trata de fantasmas que pueden pasar
desapercibidos o exigir una atención intensa.

Por otra parte, ya no se puede considerar que la relación a establecer con el bebé esté
eminentemente determinada por la madre. Estudios relevantes sobre bebés,
como los de Lasnik (2013) y Parlatto (2020), del Instituto Langage, además de
Jerusalinski (2002; 2014) y otros en Brasil, han demostrado que las características que
acompañan al bebé, como como características corporales – genéticas,
neuromotoras, sensoriales, experiencias
–, intrauterinas y otras – también pueden definir
y dirigir la relación madre/padre­hijo.

Hay situaciones muy concretas y obvias que se destacarán en el Capítulo 12, como
casos de prematuridad, deficiencias y malformaciones. Sin embargo, actualmente
también se han podido detectar otras situaciones, antes invisibles al inicio de la vida
del bebé, que aparecen más tarde con diagnósticos dramáticos, como la
psicosis infantil y el autismo.

Son características de inconsolabilidad, dificultad para mirar a la madre, apariencia


apática, parecer no sentirse bien en el regazo y que asustan, desencantan y
“enloquecen” a las madres. Como mencioné anteriormente, el dúo, esta “neoformación”
a la que se refieren Cramer y Palacio­Espasa (1993), necesita ser
retroalimentada. La madre también necesita gratificación para desarrollar confianza y
un sentido de capacidad.

Aquí estoy recordando lo que dicen varios autores sobre la diferencia entre el bebé real
y el bebé ideal, soñado por madres y padres. Y esa es una realidad. En casos
extremos, a veces el bebé puede haber sido muy idealizado por los padres –el
niño como resultado del narcisismo de los padres– hasta el punto de negar las dificultades de
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tratar con un recién nacido, por ejemplo; pero en otros, el bebé real trae consigo
sufrimientos y dificultades nunca imaginadas.

Son muchas las mujeres que afrontan las vicisitudes puerperales con
predominio de la empatía hacia su hijo; otras afrontan el posparto con mayor
ambivalencia y conflicto, pudiendo la madre o el bebé desarrollar síntomas
temporales, como depresión y ansiedad, y el bebé teniendo dificultades para
dormir y amamantar (Cramer; Palácio Espasa, 1993). De ahí la necesidad de
intervenir en la relación madre­bebé para comprender estos síntomas y evitar
sufrimientos y patologías futuras. Algunos, sin embargo, con estructuras más
frágiles, pueden desarrollar trastornos mentales, como los que se describen a continuación.

Trastornos mentales posparto

El posparto ha sido considerado durante mucho tiempo un momento crítico, de


alto riesgo emocional, riesgo que se relaciona con diferentes factores psicosociales.
Como se señaló en el Capítulo 5, hay mujeres que quedan embarazadas
cuando ya padecen trastornos, como el Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG),
depresión, drogadicción, trastornos alimentarios, entre otros. Estas requieren un
seguimiento especializado, desde la atención prenatal hasta el posparto, debido a la
posibilidad de continuación o empeoramiento de estas condiciones en el posparto.

Además de las condiciones clínicas preexistentes, es necesario identificar y distinguir


estados de depresión y ansiedad que reaccionan a circunstancias reales vividas por las
mujeres, como pérdidas importantes de seres queridos durante el embarazo,
experiencias previas de abortos espontáneos, pérdidas perinatales, pérdidas
traumáticas. los nacimientos, que en sí mismos ponen a las mujeres en riesgo
emocional en el período posparto; a veces por el hecho de que la mujer está
deprimida, afligida, con miedo de apegarse al bebé y otras posibilidades psicodinámicas.
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En los primeros días después del parto, en situaciones “normales”, entre el 80


y el 90% de las mujeres experimentan una condición llamada baby blues,
melancolía posparto o tristeza puerperal. Este estado emocional se caracteriza
por ser un período esperado y transitorio de inestabilidad emocional, llanto
desmotivado, tristeza repentina, introversión, irritabilidad y cansancio. Ocurre entre
el segundo y quinto día después del nacimiento – por lo que también se le llama
“síndrome del tercer día” o “depresión transitoria” (BYDLOWSKI, 1997; 2000) – y
debería desaparecer al final del primer mes.

Las causas de la tristeza posparto son complejas, implican el fin del estrés
del embarazo y el parto, nuevas condiciones hormonales, pero, principalmente,
una desorganización del ego materno, como se describió anteriormente. El blues
es parte de la preparación de la madre para la aprehensión y comprensión de las
necesidades del bebé, de la reorganización de la identidad materna, lo que, de
alguna manera, explica su universalidad (MORAES, 2010). Algunas mujeres se
asustan ante la intensidad de estas sensaciones en los primeros días y semanas,
imaginándose con depresión posparto.

Sin embargo, sólo cuando la tristeza no desaparece y, por el contrario, empeora


en intensidad y número de síntomas, se convierte en precursora de la depresión
posparto (DPP). Esto constituye un importante problema de salud pública, ya que
ocurre en un momento crucial del ciclo de vida familiar, en la realización
del significado de la paternidad y del nacimiento psíquico del niño, afectando tanto
la salud de la madre como el desarrollo del bebé.

“La DPP es limitante y puede durar meses sin mejoría espontánea y sin ayuda, se
convierte en un calvario doloroso en el primer año de vida del bebé” (BYDLOWSKI,
1997, p. 193). Su prevalencia ronda el 25% en investigaciones con mujeres en
posparto, pero existen sospechas de subregistro por dos razones principales.
Primero, porque las mujeres tienden a silenciar sus sentimientos y malestares,
por vergüenza y sentimiento de insuficiencia ante el “mito del amor maternal”
característico de la cultura occidental (BADINTER, 1985). En segundo lugar,
por la invisibilidad de la Fiscalía por desconocimiento o falta de condiciones técnicas.
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de diagnosticar este fenómeno psicológico en su totalidad por parte de los equipos de


salud. Los síntomas de la DPP pueden confundirse con reacciones al agotamiento
provocado por la falta de sueño y otras exigencias del bebé (MORAES, 2010; 2011).

El DPP tiende a ser más intenso cuando hay una ruptura de las expectativas respecto del
bebé, de sí misma como madre y del tipo de vida que se establece con la
presencia del niño, lo que resulta en postración, desilusión, impresión de no ser capaz
de afrontarlo. situación. La mujer, en su identificación regresiva con el bebé, pasa a
solicitar cuidados y atención para sí misma, movilizando preocupación en los
familiares (MALDONADO, 2005).

Los principales síntomas del PPD pueden presentar: desánimo profundo, cese del interés
por el mundo exterior, pérdida de la capacidad de amar, inhibición de toda actividad,
baja autoestima, estado de ánimo deprimido, irritabilidad, llanto frecuente, falta
de energía, agitación o retraso psicomotor, disminución de la capacidad de
pensar y concentrarse, falta de apetito o su contrario, insomnio o somnolencia,
sentimientos de impotencia y desesperanza, sensación de no poder cuidar al bebé,
sentimientos de inutilidad y culpa, pensamientos recurrentes de muerte, como así como
diversas manifestaciones psicosomáticas, entre ellas, cefalea, hemorragias,
infecciones, fisuras mamarias, dificultades en la lactancia (SOIFER, 1984;
MALDONADO, 2005; RUSCHI et al., 2007).

Se describen otras peculiaridades clínicas en la DPP, como comportamiento ansioso y


síntomas obsesivo­compulsivos, en un intento de controlar fuertes sentimientos
ambivalentes, como: pensamientos recurrentes de causar daño al bebé, imágenes
que implican la muerte o que algo terrible le sucede al bebé, que refuerzan
conductas de hipervigilancia y vigilia, comprobando si el bebé respira o lavando
al bebé constantemente (MORAES, 2010).

Además, según investigaciones de Moraes (2010), existen factores psicosociales


que predisponen al PPD:
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­ relacionados con la familia: presencia de trastorno psiquiátrico familiar, antecedentes


familiares de depresión posparto, condiciones socioeconómicas y ambientales
desfavorables, conflictos familiares y apoyo social reducido;

­ relativos a la propia mujer: antecedentes de trastorno del estado de ánimo o de


ansiedad previos, o durante el embarazo, antecedentes de trastorno disfórico
premenstrual, abuso sexual en la infancia, embarazo temprano, no planificado o
no aceptado, experiencia negativa de embarazos anteriores, forma en que fue asistida
durante el parto. , madres solteras, muchos hijos, abortos repetidos, bajo
nivel educativo, abuso de sustancias, eventos estresantes en los últimos 12 meses,
desempleo o regreso temprano al trabajo;

­ relativos a la vida conyugal: actitud negativa del padre del niño hacia el embarazo,
ausencia de pareja, conflictos conyugales, violencia doméstica, desempleo de la pareja.

Los síntomas y la psicodinámica del PPD son similares a cualquier trastorno del
estado de ánimo, diferenciándose de ellos porque es desencadenado por la
corporalidad del bebé, que saca a relucir la psique previamente reprimida de la madre.
Delassus (2002) caracteriza y define la DPP como una “enfermedad de la maternidad”.
De ahí que, entre otros rasgos, destaquen los sentimientos de culpa en relación al bebé
o las dudas sobre la capacidad para ser madre.

Considerando la subjetividad de cada mujer, queda claro que no existe un cuadro


general y único del DPP, como lo describe la psiquiatría.

Lo que tenemos son madres deprimidas que presentan lo que Cramer y Palacio­Espasa
(1993) denominaron “preocupación materna patológica”. Las dificultades recaen en el
ejercicio de las funciones maternas y en la construcción de un espacio psíquico y real para
el bebé. La patología se establece básicamente en las interacciones con el niño.
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más consciente o inconscientemente, presentando diferentes grados de implicación en la


vida intra e interpsíquica y, en consecuencia, en la díada madre­bebé y la tríada madre­padre­
bebé (FRIZZO; PICCININI, 2007).

Al ejercer el rol maternal, la mujer deprimida puede percibir que el niño agota a la madre,
quitándole cosas. Al mismo tiempo, existe un sentimiento de incompetencia a la hora de
proporcionar lo que el niño necesita, ya que no puede dar lo que él mismo no recibió cuando
era bebé. En este sentido, el PPD destaca una carencia original, un sentimiento de no
tener fuerzas para afrontar las exigencias de la maternidad, al no elaborarse el duelo por
los propios deseos de amor frustrados, debido a dificultades tempranas en la relación con
la propia madre.

Por otro lado, para Delassus (2003), no hay mayor dolor en el mundo que una
maternidad imposible o con graves problemas. Un niño muerto trae un gran dolor, pero un
niño que nace sin vida, al mismo tiempo que la madre se siente morir, es un dolor aún mayor.
En situaciones extremas de proyecciones masivas de desapego, abandono, invasión,
violencia sutil, como dejar que el niño enferme por negligencia, o violencia abierta –maltrato,
abuso, agresión– lo que se ve es la incapacidad total de las madres que generalmente
no lo eran. abrazado por sus propias necesidades y miedos proyectados sobre el bebé.

En estos casos, los niños tienen que lidiar solos con su angustia, reflejando en sus
personalidades el vacío de sus primeras interacciones, repitiendo
transgeneracionalmente la historia de abandono psíquico. Además, cuando una mujer
presenta PPD, puede mencionar el deseo de suicidarse o matar al bebé. Desafortunadamente,
la tasa de mortalidad materna más alta en el primer año de vida de un bebé se debe a la
depresión posparto, que culmina en suicidio.

Una condición patológica similar es lo que André Green (2012) llamó “la madre muerta”, en
la que la madre “no existe”, o existe como no­muerta, lo que resulta en una profunda
identificación del niño con este “no ser”, que es una madre
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deprimidas, introspectivas y narcisistamente retraídas, con imposibilidad de entrega: madres


con dificultades para ejercer la maternidad y alcanzar la realización femenina a través
de ella. “La madre muerta es, por tanto, contrariamente a lo que se podría creer, una madre que
permanece viva, pero, por así decirlo, está psíquicamente muerta a los ojos del pequeño
niño que cuida” (GREEN, 2012, p. 249) .

Además, “las mujeres que tienen malos resultados en la maternidad son rechazadas [...] No es
bueno ser madre cuando es difícil ser madre [...] es una vergüenza y un ultraje al orden
establecido [. ..]” ( DELASSUS, 2003, p. 244). Sin embargo, a pesar del sufrimiento,
muchas mujeres no quieren saber y no quieren hacer públicas sus dificultades, ya que
esto va en contra de la idealización visceral asociada a la maternidad.

En conclusión, el DPP, como manifestación sintomática del conflicto de las mujeres respecto de
la maternidad, tiene su origen intrapsíquico y puede verse agravado por
circunstancias externas; pero, sin duda, perturba, complica y en ocasiones imposibilita la
relación con el bebé. Al bebé, a su vez, le quedan dos alternativas: esforzarse en
hacerse ver por esta madre y conseguir sacarla de la depresión, o renunciar a sí mismo para
cuidarla, desarrollando lo que se llama un “falso yo”, teniendo en cuenta los deseos de la
Madre de mantenerla viva y dejarla para nunca más ser.

La técnica psicoterapéutica a aplicar en las DPP es la Psicoterapia Psicoanalítica de larga


duración, iniciando de manera muy focalizada, considerando los síntomas, los conflictos
subyacentes y la relación con el bebé, relacionando siempre el sufrimiento actual con la historia
de vida psíquica de la mujer.

A veces, es necesaria una combinación de medicamentos y seguimiento psiquiátrico. En mi


experiencia clínica, el uso exclusivo de medicamentos, sin psicoterapia, alivia los síntomas,
pero no recupera completamente la depresión porque los significados psicológicos inherentes a
la enfermedad no están identificados ni elaborados.
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Otro trastorno psicológico importante del puerperio es la Psicosis Puerperal, que se presenta
entre el 0,1 y el 0,4% de los nacimientos, más común en primíparas (RENNÓ JR;
RIBEIRO; RIBEIRO, 2010). La psicosis aguda ocurre en madres jóvenes primíparas, con un
alto grado de recurrencia en embarazos posteriores. El cuarenta por ciento de las mujeres
hospitalizadas prenatalmente por trastorno bipolar o psicosis son hospitalizadas
nuevamente después del parto.

El cuadro clínico aparece repentinamente y su duración es relativamente corta, de horas a


semanas. Ocurre entre el segundo y el tercer mes después del nacimiento y puede
requerir intervención farmacológica y/o ingreso hospitalario (BYDLOWSKI, 2000).

En la psicosis puerperal se produce un grave deterioro de la capacidad funcional de la mujer,


que puede provocar confusión mental, agitación psicomotriz, insomnio, angustia, deterioro
de la memoria e irritabilidad. Esta condición se caracteriza por conductas
maternas que denotan rechazo total hacia el bebé, apatía, deterioro del juicio de
la realidad, delirios y alucinaciones, generalmente relacionadas con el niño, con riesgo
de suicidio e infanticidio.

En la forma paranoide, los delirios pueden estar relacionados con el robo del bebé o con
que el bebé es un representante del diablo, por ejemplo, y por lo tanto deben ser eliminados,
asociados con órdenes de matar al bebé. En la forma esquizofrénica, hay dificultad
para percibir al bebé como separado de uno mismo, permaneciendo en un vínculo simbiótico,
negando en ocasiones que el niño haya nacido (MARQUES, 2003).

La psicosis puerperal siempre debe ser tratada como una emergencia psiquiátrica y recibir
tratamiento inmediato, necesariamente mediante el uso de psicofármacos.
Actualmente, la psiquiatría perinatal ya cuenta con medicamentos que no requieren abandonar
la lactancia materna. Otra medida de protección que en ocasiones es necesaria es la
hospitalización psiquiátrica, aunque requiera la separación madre­bebé. Se debe establecer
una sólida alianza terapéutica entre el médico, el paciente y sus familiares, para que el
tratamiento pueda iniciarse lo más rápido posible. Cuando existe la posibilidad de encuentros
supervisados entre la madre hospitalizada y su hijo, el fortalecimiento del vínculo emocional
entre madre e hijo aumenta y la
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Adaptación de la madre a la realidad.

En cualquiera de las situaciones –puerperio “común” o con trastornos psiquiátricos–, el


papel del psicólogo perinatal y la psicoterapia individual, de pareja o familiar, en el domicilio, en
el consultorio, en los ambulatorios hospitalarios, en los centros de salud o en los hospitales
psiquiátricos. es esencial. El objetivo es aliviar la sobrecarga emocional y el sufrimiento de
estas madres que experimentan una mezcla de culpa en relación con sus hijos, al mismo tiempo
que quieren deshacerse de ellos, “desaparecer”.

Ser capaz de admitir que el posparto realmente no es simple ni fácil, que la


ambivalencia es parte del mismo y “desatar” los nudos de la maternidad, identificando conflictos
y haciendo el vínculo con tu historia de vida y características de personalidad, reduce los
síntomas y el sufrimiento, así como pues cómo ayuda a que la función materna “florezca”.

La relación con el bebé, tan confusa y confusa, comienza a aclararse, sobre todo cuando
las madres identifican que sus sentimientos y rasgos, o los de objetos importantes (madre, padre,
abuelos), están siendo proyectados en el niño, como se verá más adelante. discutido en el
Capítulo 14.

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CAPÍTULO 9

LA PSICOLOGÍA DE LA LACTANCIA MATERNA

Al igual que otros fenómenos biológicos incluidos en la Perinatalidad, la


lactancia materna, en general, se considera un fenómeno natural e instintivo en la
mujer que ha tenido un bebé. De hecho, en la realidad biológica, a menos que tenga
una enfermedad, cada mujer tiene un “aparato” fisiológico que promueve la
lactancia materna. Sin embargo, se sabe que la lactancia materna es un
fenómeno psicosociocultural, influenciado por una serie de factores y que no puede
reducirse a la “naturaleza” femenina (GOMEZ; MAIA, 2013).

En términos generales, la forma de ver la lactancia materna varía según el momento


histórico y cultural, es decir, la historia de la lactancia materna sigue la de las mujeres
y la evolución de sus roles sociales. Como ejemplo de las diferencias culturales, traigo
la investigación citada por de Langer (1981), que afirma que, incluso entre los llamados
pueblos primitivos, había, y tal vez todavía haya, diferentes actitudes hacia la
lactancia materna. En algunos pueblos las mujeres ofrecen el pecho en abundancia
y en otros no ofrecen esta posibilidad a los niños, resultando en comportamientos
relevantes muy diferentes en cada tribu.
En aquellas donde se ofrece el pecho parece haber más actitudes que denotan
amor por la vida y las personas. En aquellos que no ofrecen contacto con el pecho
materno son habituales el suicidio y el canibalismo. Evidentemente, la lactancia
materna o la falta de ella no pueden verse como causas únicas y lineales de estas
conductas, pero estos datos llaman la atención en las investigaciones realizadas.

En la Edad Media, en los países europeos, era costumbre asignar la lactancia


materna a nodrizas. Luego, debido a la alta tasa de mortalidad infantil y otras razones
relacionadas con el papel familiar de la mujer, en el siglo XVIII, las mujeres
retomaron la lactancia materna a sus hijos. En el siglo XX, el
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La lactancia materna pasó a ser considerada un bien social compartido,


eminentemente atribuido a las madres. En los años 60 y 70 del siglo pasado, las
mujeres consolidaron la importancia de sus roles profesionales en la sociedad, y,
paralelamente, la alimentación artificial fue difundida y propagada por las industrias de
la leche en polvo, los biberones y otros complementos como lo mejor para el la
salud del bebé. Recuerdo que en aquellas décadas era común que las familias tuvieran
fotos de bebés con todos los botes de leche consumidos en los dos primeros años
de sus hijos, que los padres se empeñaban en conservar y lucir.

En la época contemporánea, las madres viven una dicotomía: al mismo tiempo que se
preparan, desde el embarazo, para amamantar y son conducidas socialmente a
hacerlo debido a fuertes campañas a favor de la lactancia materna, junto con
su función modificada con la necesaria y exitosa inserción. En el mercado laboral
suelen surgir dudas e incertidumbres sobre poder afrontar ambas situaciones
simultáneamente.

En los últimos años, además de la filosofía e ideología de grupos naturalistas que


promueven la lactancia materna exclusiva durante al menos seis meses y,
preferentemente, hasta los dos años de edad, a libre demanda del niño,

[...] las acciones gubernamentales y de la Organización Mundial de la Salud (OMS)


han sido decisivas para erradicar la mortalidad infantil [...] fomentando la
lactancia materna [...] desaprobando con vehemencia el ofrecimiento de agua,
tés y chupetes y [ ...] se aconseja ofrecer el pecho ante cualquier manifestación de
malestar en el bebé (FERRARI; CHERER; PICCININI, 2017, p. 2­9).

Hay mucha información detallada sobre el proceso biológico de la lactancia


materna disponible y de fácil acceso en los medios de comunicación. Se creó una
nueva industria para ayudar a las madres, como tetinas de silicona, sondas para
alimentar al niño y, al mismo tiempo, estimular los pechos que aún producen y
expulsan poca leche, biberones con cucharas de silicona para que la niña no quede embarazada.
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Acostúmbrese a la facilidad de la tetina de goma en los biberones, tazas especiales,


así como a diversas formas y tipos de instrumentos para extraer la leche materna. Todo
en nombre de garantizar la lactancia natural. Sin embargo, las imágenes tan difundidas
que idealizan y demuestran cierta tranquilidad y naturalidad no siempre son ciertas.

Lo que se puede comprobar, en la realidad de las madres actuales, es que algunas pasan por
todos los procedimientos existentes en busca de la ansiada y ansiada lactancia
materna. Algunas tienen éxito solas o con la ayuda de otras mujeres, enfermeras, doulas y/
o asesores en lactancia con experiencia. Otros desisten y se entregan a las fórmulas y
mantienen la calma; Otras sienten mucha culpa por no amamantar.

Según Feliciano y Souza (2011), los profesionales de la salud mental reconocen la riqueza
que el encuentro proporcionado por la lactancia materna puede ofrecer para el desarrollo
psicológico del niño, además de facilitar un vínculo de intimidad y satisfacción mutua. Por
otro lado, los episodios de desacuerdo y sufrimiento que establecen algunas dinámicas
pueden complicar mucho la relación madre­bebé, creando un clima de tensión familiar con
gran sufrimiento para todos.

Si la posibilidad biológica materna y el correcto “enganche” del bebé no son suficientes para
facilitar el proceso, a menudo ansiogénico, de la lactancia materna, se vuelve a evidenciar la
probabilidad de la existencia de significados emocionales particulares y de un
funcionamiento psíquico absolutamente individual para cada mujer. . La calma, la confianza
y la tranquilidad favorecen una buena lactancia materna. Por el contrario, el miedo,
la depresión, la ansiedad tienden a provocar dificultades y “sacrificios”.

Por tanto, los trastornos de la lactancia materna y el destete precoz pueden entenderse
como síntomas resultantes de un conjunto de factores intrínsecos a la madre, su bebé, el
padre y su entorno. En este sentido, según Feliciano y Souza
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(2011), la posibilidad de la lactancia materna va mucho más allá de las campañas


de información y sensibilización sobre el valor de la lactancia materna. En palabras
de Maldonado (2005, p. 102), “cuando la madre elige la forma en que alimentará a su bebé,
expresa, en esta decisión, influencias de su estilo de vida, su historia personal, su personalidad
y la sociedad en la que vive. pregunta que vive".

Psicoanalíticamente el pecho es visto como sinónimo de madre (VIDELA, 1993); y la lactancia


materna, una de las principales formas de interacción e integración cuerpo­psiquis, tanto para
la madre como para el bebé, un espacio de transición, entre la desdiferenciación y la separación
madre­bebé. Algunos otros autores atribuyen a esta relación el prototipo de los
futuros modelos de relación del sujeto. Se destaca la importancia de este primer vínculo madre­
bebé por proporcionar continuidad entre la vida intra y extrauterina; la mama como sustituto
simbólico del cordón umbilical y la placenta.

Como el bebé se relaciona principalmente a través de su cuerpo, al ser amamantado


es como si regresara al cuerpo de la madre, a través del contacto epidérmico y la
transmisión recíproca de afecto a través de la mirada y movimientos rítmicos, lo que le
proporciona seguridad y cierta omnipotencia subjetiva. La lactancia materna se
convierte en el escenario fundacional del sujeto, ya que crea un punto de confluencia entre
el desarrollo del cuerpo y la estructura.

subjetivo a través del vínculo que se establece, aliviando el posible trauma de la separación
al nacer, como se explica en el Capítulo 2.

Para la madre, dar a luz a su hijo mediante la lactancia materna puede aliviar la ansiedad
por separación del niño que lleva en el vientre; la madre comienza a vincularse con su bebé
real y se siente gratificada por el desarrollo saludable del niño, lo que puede hacerla sentir
narcisistamente competente y gratificada. Para las mujeres, además de los beneficios
orgánicos, como la vuelta del útero a su tamaño normal ­resultado de la estimulación
hormonal que implica la lactancia materna­ y los beneficios económicos de tener siempre
disponible la comida del bebé, la lactancia materna se está convirtiendo casi en un
sinónimo. de la maternidad, dedicación materna en un momento fundamental para la
supervivencia del bebé
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dependiente. Además, a través de su hijo, puede recuperar su satisfacción oral frustrada, o no,
de cuando ella misma era un bebé (MALDONADO, 2005).

Recordando que la experiencia de amamantar ocurre en un momento en que la madre está


retrocediendo debido al proceso de “transparencia psíquica”
(BYDLOWSKI, 2000). Entre las intensas experiencias psicológicas y corporales, se pueden
relacionar los procesos primarios de subjetivación del bebé y los procesos psíquicos vividos
por la mujer después del parto. Por tanto, se puede decir que el proceso de lactancia materna
es un período de repercusiones y efectos estructurantes en la psique infantil y materna.

En el capítulo anterior describí los conceptos de “locura materna” inherentes a la tristeza


posparto y “preocupación materna primaria”, condiciones de regresión necesarias para el
propio embarazo, el nacimiento y la primera relación con el niño, para que exista la posibilidad de
comunicación e identificación de las necesidades del bebé. Según Maldonado (2005), es
precisamente debido a la oportunidad de esta mayor participación y profundización del afecto que
muchas mujeres pueden experimentar la lactancia materna como difícil y aterradora. Algunas
mujeres, por ejemplo, tienen miedo del placer erógeno de la lactancia materna, que puede despertar
fantasías y miedos incestuosos.

Las investigaciones actuales y los tratamientos psicoanalíticos de las mujeres revelan que
esta dificultad y los verdaderos desacuerdos se producen por condiciones psicológicas de las
mujeres, como he podido comprobar en mi práctica psicoterapéutica, o por características
especiales de los bebés, como síndromes, deficiencias o dificultades neuromotoras.

Más conscientemente, la vanidad en relación con el cuerpo, especialmente el pecho, y el intenso


deseo de volver al trabajo – “no quedarse atrás en el mercado profesional” – pueden
impedir la lactancia materna. Estas y otras razones pueden estar encubriendo otras posibles
razones inconscientes de problemas de lactancia producto de fantasías y conflictos, como por
ejemplo:
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­ trastornos provocados por el rechazo consciente o inconsciente de la maternidad por el


deseo de seguir siendo hija, perpetuando una actitud receptiva e infantil;

­ trastornos resultantes de las tendencias agresivas de los niños dirigidas a su propia


madre, resultantes de frustraciones más que de gratificaciones orales;

­ envidia del niño por tener lo que no tenía, negándose inconscientemente


a amamantar, identificado con la “mala madre”;

­ si la mujer era un bebé muy voraz, puede temer represalias (por parte de su superyó) y ser
“devorada” y consumida por su bebé, sobre el cual proyecta su propia oralidad agresiva
(LANGER, 1981);

­ por miedo a sentirse “atrapada” y a cambiar sustancialmente su estilo de vida a causa de la


lactancia materna, la mujer puede expresar miedo de apegarse intensamente al bebé, de
fusionarse y perder su propia identidad;

­ los temores sobre la leche débil o demasiado fuerte, que se cree que causan cólicos y
reflujo, pueden reflejar sentimientos de insuficiencia en relación con la maternidad;

­ la disociación represiva entre maternidad y sexualidad también puede causar problemas


en la lactancia si la mujer toma conciencia del placer (prohibido para ella) que le
proporciona la lactancia (MALDONADO, 2005).

Para defenderse de la culpa inconsciente subyacente a cualquiera de estas razones y


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otros derivados de la historia relacional de la mujer que amamanta con su propia madre,
pueden surgir síntomas psicosomáticos, como ingurgitación de los senos que dificultan el
agarre del bebé, mastitis y fisuras que hacen que la lactancia sea con mucho dolor ­como
"castigo" por sus fantasías o falta de deseo consciente de la lactancia materna, o como
justificación para “tener” que evitar la lactancia materna, o incluso para repetir lo que la propia
madre pasó con ella.

La mujer puede permitir un tiempo excesivo de succión, no colocar al bebé en la posición


correcta o no tratar a tiempo una lesión inicial en los pezones. Maldonado (2005) denomina
a estas conductas “mecanismos mecánicos saboteadores inconscientes”. Evidentemente,
estos problemas no pueden interpretarse de la misma manera, ya que muchas mujeres
apoyadas y bien guiadas superan esta crisis y confusión inicial y continúan amamantando
con facilidad y placer. Desde mi punto de vista, en estos casos la lactancia materna se da
por la transferencia positiva de la mujer en relación con enfermeras, doulas y
psicoterapeutas, por quienes se sienten mimadas y autorizadas a vivir plenamente su
maternidad.

En mi práctica clínica, cuando las madres comprenden sus miedos y repeticiones


inconscientes, pueden decidir con mayor calma y claridad cómo quieren alimentar a su hijo.
Hay mujeres “obedientes” que amamantan a sus hijos con relativa facilidad, pero lo hacen de
forma fría y distante, al igual que otras que utilizan el biberón lo hacen de forma acogedora y
amorosa. ¿Qué es preferible?

Videla (1993) señala que lo relevante es el deseo de la mujer. Winnicott (2002, p. 23) afirma
que “en los casos en que la madre tenga dificultades para amamantar, será un error intentar
forzar una situación que debe, en cierta medida, fracasar, e incluso podría convertirse en un
desastre”.

Estos factores emocionales muchas veces son desconocidos e ignorados por los
profesionales de la salud que, en su afán de obedecer los protocolos institucionales,
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Incluso pueden perjudicar el progreso y el calendario del proceso, que de otro modo sería
natural. Há situações, como eu mesma já testemunhei, em que as profissionais
encarregadas de “ensinar” as mães a amamentar demonstram raiva explícita, criando
teorias e julgando a mãe como “dengosa”, “preguiçosa”, ou que não gosta ou não
deve ter planejado el bebé.

En una de las prácticas voluntarias que realicé en una maternidad, enfermeras


sensibles me pidieron que hablara con una de las puérperas, pues se dieron
cuenta de que tenía “todo para amamantar”, pero la leche no “bajaba”, como ya
llevaba dos días lista para el alta, no es porque aún no haya empezado a amamantar.
Conocí a esta mujer en una reunión de puérperas con la enfermera, donde habló
sobre la importancia y las ventajas de la lactancia natural, el riesgo de enfermedades e
incluso la muerte si el bebé no recibe anticuerpos de la leche materna. Dicha paciente
sacudía ansiosamente a su hija dormida, paseándose de un lado a otro por el fondo de la
habitación.

Al final de la reunión, fui a la habitación de esta madre y comenzamos a hablar.


Cuando hablé con la madre, ella logró darse cuenta de que estaba muy ansiosa, lo que
estaba afectando la lactancia materna, haciéndola más ansiosa.
En resumen: antes de dar a luz a esta niña, la madre tuvo otro hijo, cuyo parto había sido
muy difícil. Cuando terminó, le preguntaron si quería amamantar en ese momento y
ella pidió hacerlo más tarde, ya que estaba muy cansada. El problema es que su hijo falleció
poco después, lo que la hizo sentir muy culpable. Cuanto más anhelaba la leche,
menos le parecía a esta chica.
También pensé que tal vez imaginabas que cuanto más tiempo permanecieras en
la sala de maternidad, menor riesgo correría tu hija. Afortunadamente, se sintió aliviada
al comprender lo que estaba pasando y la leche fluyó hacia su hija.

Ya escuché a una mujer posparto decir durante una psicoterapia que había salvado a
su hijo al no amamantarlo, porque se sentía tan mal que temía envenenarlo con su
leche. Estos y otros ejemplos pueden aclarar las diferencias subjetivas en los trastornos de
la lactancia materna.
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Además de los motivos conscientes e inconscientes, las actitudes del entorno que rodea
a la mujer también tienen relevancia en la facilidad, o dificultad, de la lactancia materna.
Las expectativas familiares y las “opiniones” no solicitadas de otras mujeres, incluidas la madre
y la suegra, a menudo obstaculizan la espontaneidad del proceso de lactancia.

Winnicott y otros autores abordan la necesidad de que la mujer se sienta apoyada por su
marido o pareja, no sólo como padre del niño, sino como pareja.
Esto puede estimular tu confianza en la no tan simple “misión paterna”, brindándote
privacidad y descanso, entendiendo la importancia de estos primeros meses de
simbiosis entre madre e hijo, aunque a veces puedas sentirte excluido, respetando el
tiempo de la madre. ­dúo de bebés, observando sus reacciones, compartiendo cuidados
con el bebé.

Actualmente los hombres se involucran mucho más desde el embarazo, construyendo


un vínculo con el bebé, participando en consultas y exámenes prenatales, hablando con el
bebé estando aún en el útero, asistiendo al parto. En la clínica, sin embargo, observé que, en
algunos casos que tuve la oportunidad de tratar, había importantes desacuerdos entre la pareja
en cuanto a la lactancia materna.

Algunas parejas incluso se separaron por distintos motivos, como celos exagerados por
parte del marido, no dejar espacio para el bebé y la lactancia materna o, por el
contrario, por constantes acusaciones y descalificaciones por parte de la mujer ante su
indisponibilidad para amamantar. En uno de estos casos, el relato del padre explicaba la
proyección sobre la esposa de su madre que lo había abandonado; no lo amamantó
–lo que provocó que muriera de hambre– y, a los seis meses, lo donó a su abuela. Aunque
su hijo estaba sobrealimentado, con reflujo por el exceso de ingesta de leche, el padre no pudo
darse cuenta de ello, limitándose a acusar a su esposa de ser una mala y negligente madre.
Así, tanto mujeres como hombres están sujetos a una regresión psíquica cuando tienen hijos,
reviviendo sus historias a través de sus hijos.
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Además, en algunas situaciones, los conflictos con los abuelos se hacen notorios.
Algunas mujeres compiten con sus hijas o nueras, envidian sus posibilidades
creativas, cuando, casualmente, se encuentran en decadencia reproductiva debido a
la transformación hormonal de la menopausia y muchas otras situaciones que las distancian.
La competencia aparece a través de la crítica y la descalificación de las nuevas madres.
También ocurre lo contrario, cuando las nuevas madres proyectan a sus malas madres en sus
suegras, cuñadas u otras figuras femeninas.

Una vez vi a una amorosa madre adoptiva sugerirle a su hija, que acababa de tener un bebé,
que se la diera a una amiga para que la amamantara, ya que ella no podía hacerlo. Era el
primer día de vida del bebé. La hija tomó posición diciendo que era natural y que esperaría,
ya que quería amamantar. No pude evitar notar la preocupación de la abuela por su
nieto que aún no se había alimentado ese día, pero pensé en la posibilidad de que esta
abuela estuviera inconscientemente celosa, porque su hija podía hacer algo que
ella no podía. Afortunadamente, con los recursos actuales, incluso las madres adoptivas
pueden satisfacer su inmenso deseo de amamantar, lo que confirma la influencia y el peso
del deseo materno sobre la lactancia materna.

De la misma manera que la entrega y el deseo materno facilitan la lactancia materna,


o los conflictos emocionales conducen a trastornos y somatizaciones, dificultando la
lactancia materna, el destete también es vivido subjetivamente, según la historia constitutiva
de los padres y reactualizado en el contexto de la lactancia materna. destete. El destete
puede producirse precozmente por dificultades de todo tipo: económicas (cuando la madre
necesita trabajar al poco tiempo de nacer el hijo); familia (cuando no existe tradición de
lactancia materna en la familia y la mujer se somete al mandato transgeneracional);
conyugal (cuando los hombres ponen impedimentos por celos u otras situaciones);
psicológico (cuando la mujer se pone ansiosa por significados subjetivos ya
mencionados).

A menos que la mujer se sienta absoluta y racionalmente justificada, cualquiera que sea
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Cualquiera que sea el motivo del destete prematuro, casi siempre implica un
sentimiento de culpa. Y, cuando la lactancia materna se establece como parte integral de la
placentera relación madre­bebé, la madre y el niño pueden sentir el destete como una pérdida.
Algunas mujeres necesitan ayuda para poder vivir esta separación “obligatoria”.

Esta separación se puede vivir de una manera más gradual y menos traumática, cuando
madre y bebé se preparan para ella (MALDONADO, 2005). Esta separación es muy importante
para el desarrollo del bebé, significando una castración simbólica renunciando a la
posesión del cuerpo de la madre y para la madre, renunciando a su hijo como falo. Es una
limitación de separación y organización para la independencia y la individuación, un fin necesario
del período simbiótico (FERRARI; CHERER; PICCININI, 2017).

Situaciones especiales en la lactancia materna

1. Lactancia materna en la depresión posparto

Las madres deprimidas pueden amamantar, pero este proceso tiene algunas características
específicas, como: pasar menos tiempo mirando, tocando y hablando con sus bebés,
presentando más expresiones negativas que positivas, siendo menos espontáneo, menos
receptivo. O por el contrario, presentar conductas intrusivas, sin reconocer los ritmos y
necesidades del bebé (FRIZZO; PICCININI, 2007). Las madres deprimidas tienden a amamantar
con menos frecuencia, interrumpen la lactancia antes y se sienten menos seguras de su
capacidad para amamantar (VITOLO et al., 2007).

En relación con el bebé, las investigaciones muestran que la lactancia materna puede
proteger al bebé del impacto negativo de la DPP, favoreciendo la relación afectiva
(DOSSIER de L'ALLAITEMENT, n. 74). Otra posibilidad es el bebe.
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intentando asumir el papel de animar a la madre, intentando devolverla a la vida (STERN, 1991).
Si no puede, recurre a otros objetos, como su padre. Si no encuentras otro objeto, puedes empezar a
experimentar síntomas depresivos, anorexia, vómitos y otros síntomas, como alteraciones del
sueño o enfermedades recurrentes.

Múltiples, diversos, subjetivos e inagotables son los significados psicológicos de la lactancia materna
en el DPP, como lo demuestran los tratamientos psicoterapéuticos de las mujeres afectadas
por este trastorno:

1­ la lactancia materna como factor de prevención de la DPP por su poder reconstituyente;

2­ lactancia materna ofrecida como elemento compensador de fuerte ambivalencia u odio explícito
hacia el bebé;

3­ descalificación de la leche como símbolo de la propia descalificación y baja autoestima;

4­ dificultades en la lactancia materna por falta de disponibilidad emocional, falta de inversión


libidinal;

5­ lactancia materna sentida como sumisión a un bebé exigente y voraz (proyección de las exigencias
de su superyó o madre rígida);

6­ dificultades para amamantar por envidia, porque no fue amamantada;


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7­ negativa a amamantar por enfado del niño, miedo a ser tragado, utilizado, abusado por
proyección de la propia voracidad;

8­ inversión de la dependencia: la madre sobreestimula la lactancia materna como forma de


beneficiarse proyectivamente de la dependencia del bebé;

9­ la lactancia materna como placer erótico prohibido;

10­ Transgeneracionalidad: “En nuestra familia nadie puede amamantar” o “Si no puedes
amamantar, pide ayuda a tu prima”. Las abuelas boicotean la lactancia materna,
ofrecen tés, descalifican la leche: “este niño todavía tiene hambre, ¿tiene suficiente leche?”

2. Niños con problemas

Incluso cuando la madre está disponible y bien equipada para ofrecerle el pecho al bebé,
algunos niños tienen características que dificultan la lactancia. Es el caso de
los niños con rasgos autistas, que se niegan a mamar, que se muestran lentos, débiles o
inertes a consecuencia de trastornos fisiológicos o neurológicos.

Además, los bebés demasiado agitados, difíciles de manejar, “inconsolables”, acaban


trayendo inseguridad e impotencia a las madres que acaban amamantando a sus hijos de
forma más escasa o con mucha insistencia, lo que no contribuye al éxito de la pareja.
Niños con características como estas requieren que las madres tengan más paciencia y
disponibilidad y encuentren formas de acercarse y minimizar los estados emocionales
del niño.
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Dependiendo de las condiciones psicológicas de la madre para afrontar estos


bebés “difíciles” y del vínculo que se establezca, la pareja necesita ser pensada
y respetada como tal. Así, considerando la diversidad de factores psicológicos, la
inexperiencia de los padres y las características del bebé, Feliciano y Souza (2011)
recomiendan una acción multidisciplinar, que incluya psicoterapeutas (y yo
precisaría, perinatales) y pediatras, que puedan contribuir a un vínculo placentero
con lactancia materna o no.

Como vengo enfatizando, existen varias maneras para que los bebés se
sientan amados e importantes. Al igual que Winnicott (2002), creo que la lactancia
materna es una oportunidad única en la vida de las madres y de los bebés, pero, si
no es posible, el cariño, el regazo, la mirada, la voz y la inclusión del bebé en los padres
' espacio psíquico ya garantizan el respeto a la subjetividad del bebé. Y, según las ideas
de Szejer (1997), no hay circunstancia entre madre e hijo que no pueda expresarse
con palabras para que el bebé las entienda.

REFERENCIAS

BYDLOWSKI, M. Je rêve um enfant. (Sueño con un niño). París: Éditions Odile Jacob, 2000.

FELICIANO, DS; SOUZA, ASL Más allá del pecho materno: una propuesta de intervención
psicoanalítica padre­bebé basada en las dificultades de la lactancia materna.
Revista de Psicoanálisis, São Paulo, v. 44, núm. 81, 2011.

FERRARI, AG; CHEER, EQ; PICCININI, CA Aspectos subjetivos de la lactancia materna


y el destete: evidencia y tres casos. Revista de Psicología: Teoría e Investigación, Brasilia,
v. 33, 2017.
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FRIZZO, GB; PICCIINI, CA Depresión materna e interacción triádica padre­madre­hijo.


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LANGER, M. Maternidad y Sexo. Porto Alegre: Editora Artes Médicas, 1981.

MALDONADO, MT Psicología del Embarazo. 17. ed. São Paulo: Editora Saraiva, 2005.

STERN, D. El diario de un bebé. Porto Alegre: Editora Artes Médicas, 1991.

SZEJER, M. Nueve meses en la vida de una mujer: una aproximación psicoanalítica al embarazo
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Revista de Psiquiatria do Rio Grande do Sul, Porto Alegre, v. 29, n. 1. enero/abril. 2007.
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WINNICOTT, DW Los bebés y sus madres. Traducido por Jeferson Luiz


Camargo. São Paulo: Librería Martins Fontes Editora, 2002.
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CAPÍTULO 10

PÉRDIDAS PERINATALES – LA CUNA VACÍA

Entre las vicisitudes del período perinatal, sin duda, las pérdidas de fetos y bebés son las
más insólitas y difíciles de afrontar, tanto para los padres como para los equipos que los
asisten, ya que van en contra del “orden natural” de la vida. ciclo, manifestando la implicación
paradójica entre la vida y la muerte en una misma situación.

El Ministerio de Salud (2010) define muerte fetal como la muerte del feto entre las 20­22
semanas de gestación, antes de su expulsión o extracción, considerándose muerte temprana
entre las 20 y 28 semanas y tardía después de las 28 semanas completas de
gestación. . Antes de las 20 semanas, la muerte del feto se considera aborto.

Las pérdidas perinatales pueden ocurrir de varias maneras: 1) aborto inducido; 2) aborto
espontáneo; 3) muerte anunciada por malformación o deficiencias congénitas; 4)
procedimientos fallidos de Reproducción Asistida; 5) prematuridad extrema; 6) muerte
del feto por dificultades, como reducción de líquido amniótico, insuficiencia placentaria,
complicaciones uterinas, enfermedades maternas, entre otras; 7) muerte del bebé durante
el parto; 8) muerte del bebé a las pocas horas o días de nacer por diversas causas, definidas
o no.

Si bien la ambivalencia es un sentimiento que siempre está presente en cualquier


embarazo, cuando la mayoría de las mujeres se encuentran embarazadas terminan
desarrollando expectativas de vida continua y gratificación narcisista, comenzando a invertir
emocionalmente en este nuevo ser dentro de ellas. Segundo
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Iaconelli (2007), las mujeres embarazadas pueden sentirse frágiles y ansiosas y, por
otro lado, plenas y poderosas. La pérdida de un bebé puede desencadenar un trauma,
que requiere un intenso trabajo psíquico.

Además, cuando un niño muere, en estado embrionario o fetal, toda la estructura familiar se
ve afectada (DEFEY et al., 1997), pudiendo haber separaciones, cambios de roles
y/u otras disfunciones familiares.
Se pierde la continuidad y la descendencia, un proyecto de vida, los ideales
parentales, la posibilidad de retribuir la vida recibida, pagar una “deuda de vida”
(BYDLOWSKI, 1997), además de comprobar la madurez sexual.

La interrupción de la vida de un bebé trae consigo sentimientos intensos, absolutamente


variables, con significados muy diferentes para cada mujer y/o pareja.
Ejemplos observados en mi práctica clínica atestiguan que las pérdidas pueden ser
interpretadas por las madres como castigo por la sexualidad (castración), por haber
roto relaciones con la familia, por no haber aceptado el embarazo al principio, por haber
esperado demasiado para quedar embarazada, por haber quedado embarazada
contra la voluntad de la pareja, por haber tenido una relación de odio con su propia madre y
muchas otras situaciones posibles.

PÉRDIDAS DURANTE EL EMBARAZO

La muerte fetal se vive como si fuera un no niño, una nada. No hay recuerdos, el vínculo con
el niño quedó en estado embrionario, las personas de la familia tampoco desarrollaron
una relación con el niño, lo que puede dificultar que familiares, amigos y el equipo de salud
comprendan que, para el padres, este hijo era real (DEFEY et al., 1997).

Desde el inicio del embarazo, los padres comienzan a proyectar características en este
niño, iniciando un vínculo imaginario con él. Cuando el bebé muere, la madre,
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principalmente, hay un doble duelo: el vacío interno y externo. Un poco de ella muere, lo que
dificulta seguir sintiéndose viva como mujer y como madre. Surgen dudas sobre la identidad
y capacidad materna y un sentimiento de inutilidad social.

En la medida en que la identidad de la mujer se asocia culturalmente con la maternidad,


en la pérdida fetal se establece una herida narcisista, pues la muerte del niño se vive como un
fracaso. ¿Quien murió? ¿El bebé o la madre en tu autoestima? “¿Por qué no pude
sustentar la vida del bebé?”; "¿Qué es mi culpa?" – preguntas planteadas por pacientes que
seguí.

Ante la noticia, durante una ecografía o la percepción de la falta de movimiento del bebé, pueden
haber varias reacciones: resistencia a confirmar que hay que "sacar" al bebé, miedo a enfrentarse
al muerto y a sus características desconocidas, resistencia a separarse de él. Otras mujeres
querrán “deshacerse” de él, relacionándolo con objetos mortales que pueden causar destrucción
en su cuerpo.

Todas estas reacciones están relacionadas con el impacto de la noticia y el significado


atribuido a esta pérdida. Algunas mujeres viven esta muerte como una amputación de
una parte de sí mismas. Otros sienten que queda algo muerto en su interior y temen o desean
morir también. Otros más pueden tener reacciones muy subjetivas, como quedarse en silencio,
desesperarse, gritar, no querer ver ni abrazar al bebé, buscar algún responsable de la
pérdida, arrepentirse, etc.

Del mismo modo, las mujeres sometidas a Reproducción Asistida pasan por un duelo y un
sentimiento de fracaso, teniendo que empezar de nuevo todo el proceso para intentar cumplir
su sueño de ser padres.

PÉRDIDAS DENTRO DEL PARTIDO


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Las pérdidas durante el proceso del parto generalmente se caracterizan por un trauma, ya que
siempre involucran factores impredecibles, como cambios fisiológicos importantes
(hipertensión, por ejemplo), manifestaciones de enfermedades no detectadas o no
controladas, como eclampsia y Hellp, situaciones inusuales con el bebé, como así
como intervenciones médicas inapropiadas por diversos motivos.

Además de la situación traumática en sí, los padres tienen que afrontar la pérdida de su bebé.
En mi investigación de maestría fui testigo de una situación muy notable, en la que el bebé
murió durante el parto, y la paciente incluso perdió el útero, desencadenando un
ambiente de desesperación, incredulidad y luto entre los familiares y todo el equipo.

Algunas madres ya tienen conocimiento previo de la inviabilidad de la vida de sus bebés


tras el nacimiento, e incluso tienen la posibilidad de interrumpir el embarazo al momento
de esta noticia. Ya sea que elijas interrumpir o no, el proceso de duelo también ocurre
subjetivamente, como todos los fenómenos parentales. Una paciente que atendí decidió
quedarse con el bebé “todo el tiempo que quiera y pueda” (sic), y a esto se le dio un nuevo
significado en psicoterapia, resultando en un efecto muy terapéutico en su vida, a pesar de
que perdió su condición anencefálica. bebé.

Otras mujeres, en cambio, son sorprendidas por problemas detectados en su bebé o, en


ocasiones, “perdidas”, sin entender mucho de lo sucedido, sin que se les dé tiempo para decidir
conscientemente. Así, la muerte de un bebé durante el parto, o el nacimiento de un bebé que
ya ha fallecido, es muy doloroso psíquicamente.

Defey et al. (1997) informan sentimientos de impotencia, confusión e impotencia entre los
padres. El parto comienza a vivirse como algo sin sentido. El dolor físico es a menudo
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más intenso, amalgamado con dolor psíquico. Además, las mujeres pueden
experimentar su propio cuerpo como mortal, un lugar que genera muerte. Un
paciente dijo: "Estaba en mi vientre y mi vientre no podía mantenerlo con vida".

Tras confirmarse la muerte del bebé, el parto, a veces inducido, a veces espontáneo,
pierde sentido y suele ser muy doloroso emocionalmente, con
sentimientos de desesperación y terror. Algunas mujeres expresan temor a sufrir
daños en los órganos internos e incertidumbre sobre su capacidad para
reproducirse en el futuro. La pérdida perinatal es un fenómeno complejo, una
experiencia marcada por el dolor y la ausencia de una figura que llorar.

Como he acompañado a madres en las más diversas circunstancias, no puedo decir


qué momento o qué forma de pérdida puede ser más difícil. Como se ha
destacado a lo largo de este libro, las reacciones son muy singulares, aunque el dolor
es el punto en común. Incluso cuando una mujer decide conscientemente interrumpir
un embarazo por diversas razones, la experiencia de duelo es inevitable. Una
madre que decidió interrumpir su embarazo de un tercer hijo debido a dificultades
en su matrimonio y la decisión de separarse de su marido parecía bastante
decidida y racional antes de abortar, pero sufrió mucho y lloró durante mucho tiempo
después del incidente. . Recordó, en su estado de sedación, haber escuchado el
sonido de la cisterna del inodoro, lo que le hizo pensar que ese había sido el
destino de su hijo, provocándole mucha culpa y arrepentimiento.

A continuación seleccioné algunas frases de pacientes que habían perdido a sus


bebés, que demuestran la singularidad y variedad de reacciones:

¡Yo era el bebé que debería haber muerto! [Refiriéndose a que ella siempre se
sintió rechazada].
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Ya no quiero quedar embarazada ni adoptar. Tengo 42 años y ya tuve la experiencia de tener


a mi hija dentro de mí.

Siempre supe que ella era inviable, pero esperaba que naciera viva y se quedara conmigo por
un tiempo. ¡Así que ya había elegido mi ropa de Navidad y Nochevieja! [El bebé murió en
noviembre].

Sabía que mi hija no iba a vivir, pero decidí mantener el embarazo de todos modos,
porque mientras ella estuviera aquí, estaría viva. [Madre de un bebé anencefálico].

¡Es un dolor absurdo! No tener una razón, un motivo, demuestra que hicimos todo bien, pero
al mismo tiempo queda la pregunta: ¿Por qué?

¡Solo puedo pensar que fue Dios quien así lo quiso! ¡Que Dios lo necesitaba en el cielo!

¡Me lo quitaron!

En todo tipo de pérdida el duelo siempre está presente, y su elaboración es difícil y


necesaria. El duelo es una respuesta, un proceso emocional ante una pérdida importante.
Desencadenada por un desequilibrio psíquico, requiere la activación de nuevas defensas
para “asimilar la presencia de una ausencia” (DEFEY et al., 1997, p. 20). Puede constituir un
dolor intenso que invade a los supervivientes, que sólo cede muy lentamente y se manifiesta
a través de una serie de componentes cognitivos, emocionales y conductuales
(WORDEN, 1991).
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Las manifestaciones sintomáticas del duelo pueden ser somáticas: taquicardia,


temblores, cefaleas y dolores corporales, cansancio, insomnio, falta de apetito, entre otras.
Las reacciones emocionales involucran aspectos conscientes e inconscientes e involucran:
dolor y tristeza, falta de interés en el mundo externo, conflictos interpersonales,
culpa, ira, impotencia, desesperación, vergüenza, soledad, pesadillas, irritabilidad, inquietud,
introversión, llanto y pérdida de motivación. para las actividades cotidianas.

El duelo puede ocurrir de forma esperada, también llamada “normal”, dependiendo de las
posibilidades egoicas de integrar la pérdida, siguiendo una trayectoria que va desde el impacto
dramático en el momento de la noticia, pasando por etapas de negación, shock
(aturdimiento sin la posibilidad de simbolización), negociación (promesas), renuncia y,
finalmente, aceptación en un plazo promedio de hasta 24 meses (WORDEN, 1991).
Defey et al. (1997) añaden, entre las fases mencionadas, una de ira y otra de depresión
antes de la aceptación. Estas fases no siguen un orden fijo y pueden repetirse durante el
proceso de duelo.

En el período perinatal, las mujeres en particular tienen que afrontar pérdidas que se esperan
incluso si el embarazo transcurre normalmente, como el vaciado del vientre debido a la
separación del cuerpo del bebé. Hasta el momento del nacimiento, el feto formaba parte del
cuerpo de la madre, y después de ello la mujer tiene que lidiar con un cuerpo que no se
parece al suyo, debido al útero fláccido y vacío, la sutura de la episiotomía o la cesárea.

Además, la mujer, que suele ser el centro de atención, queda en un segundo plano, ya que
la gente tiende a identificarse y preocuparse por el bebé. Generalmente se olvida al padre. La
diferencia, sin embargo, es que, cuando el bebé está presente en su materialidad viva, la
madre puede compensar estas pérdidas con los cuidados corporales y psicológicos que
constituyen el vínculo con el bebé (SOIFER, 1984). Sin embargo, cuando muere, no hay
posibilidad de compensación y gratificación, a través del vínculo con el bebé
real. Sólo hay vacío en la cuna, en la habitación del bebé, y la madre y el padre se sienten
vacíos.
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DUELO PATOLÓGICO

En cualquiera de las circunstancias de pérdida de bebé antes mencionadas, puede ocurrir que
algunas de las fases esperadas en el proceso de duelo se prolonguen y/o los síntomas
descritos se intensifiquen, y los padres (madre y/o padre) presenten ideas o conductas
autodestructivas. , dificultades para continuar la vida en términos de trabajo, estudios y relaciones
interpersonales. También pueden presentarse ansiedad exacerbada, depresión y
manifestaciones de estrés postraumático, caracterizando un duelo patológico de
difícil resolución.

Además de la valoración afectiva, consciente o inconscientemente, atribuida al objeto perdido


(FREUD, 1914), los factores que pueden determinar el desarrollo del duelo patológico son:

factores psicológicos: personalidad de los padres, capacidad de establecer vínculos,


experiencia de duelo previo en otras pérdidas sufridas, intento de suicidio durante el embarazo;

historia familiar: existencia o no de mitos familiares sobre la muerte de los bebés;

rechazo inicial del embarazo;

circunstancia en que se produjo la pérdida: repentina o anunciada;

antecedentes de otras pérdidas perinatales;


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momento del ciclo vital: edad de la mujer (con mayor riesgo en la adolescencia y
embarazo avanzado);

Falta de apoyo conyugal y familiar.

Después del nacimiento, los padres generalmente dudan sobre si ver o tocar a su hijo
muerto o no, temen una imagen aterradora.

Poder ver y tocar a su hijo permite a la madre situarse como alguien que ha perdido a un
hijo real y ver al niño muerto como un bebé inofensivo por el que siente dolor, pero
también amor. Ya no es un fantasma, es un hijo y percibirlo como tal será
fundamental (DEFEY et al., 1997, p. 53).

No ver al bebé lleva a los padres a la necesidad de saber cómo fue, lo que se combina
con la curiosidad natural por conocer las causas de la muerte, así como la búsqueda
de culpables.

También según Defey et al. (1997), la muerte fetal es una herida narcisista, ya que la
madre puede sentir la pérdida de su hijo como un fracaso que afecta su imagen como
mujer. Dependiendo de la historia psíquica de la mujer, este evento inesperado
e irreversible confirma discapacidades autoatribuidas y/o relatadas por los
familiares. Una paciente, por ejemplo, siempre escuchó que no podía lograr nada en la
vida precisamente por ser mujer. Única niña entre cinco hermanos, nunca se sintió
valorada como tal. Intentó quedar embarazada de forma natural durante
cuatro años. Cuando perdió a su bebé, después de 10 semanas de fertilización in vitro,
entró en depresión, pues sentía que no tener un hijo era una prueba de la profecía
familiar.
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Freud, en Luto y melancolía (1914), dice que el duelo requiere un trabajo psíquico, en el
que el paso del tiempo sería un consuelo, pero no una solución. La principal tarea
del duelo sería la retirada de la libido del objeto (bebé) al propio ego. La madre y
el padre recurriendo mutuamente para trabajar sobre la pérdida del embarazo, las
fantasías sobre el hijo perdido, el papel identitario de los padres, lo inesperado que
provoca la muerte en el lugar de la vida. El vínculo que ya existe con el niño no se puede
realizar.

La ausencia se siente profundamente, pudiendo haber una inmensa sensación de vacío


o de que el bebé nunca existió.

En mi experiencia clínica, fui testigo de la necesidad de momentos de transición


en los que una madre afligida, antes de aceptar la muerte de su bebé,
simbolizaba el nacimiento de una flor que crecía en el macizo de flores cerca de la
ventana de su dormitorio como un “mensaje” del bebé perdido. para animarla o para
hacerle saber que estaba bien. Hasta que la planta dejó de florecer, su madre
le dijo que podía dejarlo ir.

La forma en la que se comunica la muerte del bebé es muy importante.

El profesional ético, sin juicios morales, necesita mirar, observar, escuchar la historia y
el sufrimiento de los padres en duelo, pues no siempre es posible evaluar lo que el
bebé representa para una pareja o para uno de los padres. “En este ámbito, la palabra
requiere mucho cuidado” (MERCER, 2002, p. 209), ya que se trata de la salud mental de
la madre, así como de la pareja, y por tanto de la salud familiar y social. Antes
de anunciar “Muerte Fetal”, o decir “Vete a casa y desmantela el cuarto del bebé”, es
necesario permitir el contacto con la dolorosa realidad, para que ambos padres
expresen su dolor, su confusión e incredulidad.

Sólo después de haber sido acogidos en sus sentimientos profundos, los padres
podrán tomar decisiones y elecciones de acuerdo con sus límites y potencialidades.
Ver o no ver al bebé muerto, tomar fotografías para guardarlas como recuerdo,
enterrarlo o cremarlo, enviar el cuerpo a pruebas genéticas, etc.
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Si bien existe unanimidad en relación a despedirse del niño, darle un nombre, si aún no lo
tiene, hablar con el bebé, como factores que facilitan el proceso de duelo, es necesario
tener cuidado al preguntar a los padres. y apoyarles en sus decisiones, sin imponerles nada.
Los equipos no preparados cometen errores graves, que van desde no reconocer el duelo
perinatal hasta imponer rituales de despedida sin que uno o ambos padres se sientan preparados.
O incluso no mostrar al bebé muerto. Es necesario ayudarlos a apropiarse y tomar conciencia
de la situación.
Defensivamente, es posible que los equipos no dejen espacio para que estos padres y familiares
afligidos hablen.

Cuando la madre no ve al bebé suele arrepentirse y fantasear con cómo era él. Cuando no
participan en las decisiones y rituales funerarios, fantasean con lo que se hizo con el cuerpo
del bebé, desencadenando ansiedades persecutorias, fantasías inconscientes de
robo del bebé relacionadas con el Complejo de Edipo, entre otras. En este contexto, las
fantasías de culpa proyectadas pueden llevar a la pareja a la separación o a una mayor unión.

De ahí la importancia de capacitar a los equipos de salud en el seguimiento familiar.


Recuerdo a una paciente que perdió a su bebé a las 38 semanas y no le permitieron llorar.
Los familiares no guiados dijeron: “¡Ya está, se acabó, ya es suficiente!” Y, al finalizar la
primera sesión de psicoterapia, dijo llorando: “¡Muchas gracias por escucharme, muchas
gracias por reconocer mi dolor!”.

Otro momento difícil para los padres, y especialmente para las madres, es el regreso a
casa. El descubrimiento de una cuna vacía, la duda sobre si deshacerse o no de las
pertenencias del bebé, son situaciones dolorosas que forman parte del proceso de duelo y
necesitan tiempo para ser trabajadas. “Volver a casa sin mi hijo en brazos fue lo peor que me
pasó en la vida”, dijo un paciente. Este proceso, la necesidad de hablar y recordar a tu
hijo, puede durar meses e incluso años. Defey et al. (1997) afirman que, al no tener al niño en
brazos para brindarle cuidados, la mujer no se siente madre del niño,
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prevalece un sentimiento de despersonalización, una cierta dilución temporal de su identidad.

Durante los primeros días, la impresión es la de estar viviendo un sueño, retrocediendo


mentalmente en el tiempo, reviviendo los detalles de todo lo sucedido, como si mágicamente
pudieran retroceder y cambiar el desenlace. La madre, que ya no tiene al bebé en su
vientre, lo mantiene en sus pensamientos.

Una reflexión constante de los pacientes de psicoterapia es: “¿Por qué yo?”
Además, suelen realizar un estudio exhaustivo de las posibles causas,
responsabilidades y culpas, así como de los sentimientos de insuficiencia,
impotencia y tristeza.

Otra posible reacción ante un duelo mal preparado es que algunas mujeres acaben
quedando embarazadas nuevamente en los meses siguientes a la muerte prematura del bebé,
lo que convierte al nuevo embarazo en un “amortiguador” de la pérdida. Según una
investigación presentada en el I Ciclo de Jornadas de Psicología Perinatal en España (2016),
existe poca atención por parte de las comunidades médicas al duelo perinatal y el impacto
que suele provocar en el siguiente embarazo.

Un nuevo embarazo, tras una pérdida, suele despertar incertidumbre, inseguridad,


desconfianza en relación al propio cuerpo, represión de emociones, lealtad al bebé anterior,
culpa por la alegría, comparación entre embarazos, resistencia al vínculo con el nuevo bebé,
desconfianza en relación con los médicos, miedo a las malas noticias, preocupaciones
excesivas, miedo a los movimientos o no movimientos del bebé, miedo en relación
a fechas clave (por ejemplo, la semana en la que se perdió el bebé), búsquedas más
frecuentes de médicos, no discriminación de bebé perdido y actual, síntomas depresivos,
enfermedades repetitivas (CUADRELLI, 2016). Todas estas posibilidades,
entonces, llevan a que el embarazo, tras una pérdida, sea considerado un embarazo de riesgo
emocional.
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A estas reacciones se suma el síndrome del bebé vulnerable. Una distorsión en la


percepción del niño nacido tras la muerte del otro niño, como enfermo y frágil a largo
plazo, provocando sobreprotección e impedimento del crecimiento psíquico del
niño, debido al miedo constante a una nueva pérdida.

Actualmente, ha surgido el concepto de “bebé arcoíris” para alguien que nace tras la
muerte de un hermano. Este concepto trae mucha esperanza y nos recuerda
la posibilidad de un nuevo comienzo y de reparación, pero conlleva una cierta
idealización en relación con el niño que, si es excesiva, puede provocar
dificultades en el vínculo o una sobrecarga de confianza. expectativas para el bebé. En
mi opinión, ninguna “clasificación” es saludable.

Por tanto, se concluye que es evidente la necesidad de mejorar el seguimiento perinatal,


con el establecimiento de asistencia psicológica a las mujeres y a las parejas y, en
particular, a aquellas que han tenido una pérdida previa. El apoyo psicoterapéutico
es el tratamiento indicado para ayudar en el proceso de duelo y prevenir la
descompensación emocional en el siguiente embarazo.

La Dra. Sílvia Saharrea Cuadrelli, de la Asociación Española de Psicología


Perinatal (2016), destaca las siguientes tareas elaborativas que se deberían
facilitar a los padres:

aceptar la realidad de la pérdida del bebé como real e irreversible;

Evite la “momificación del bebé” viéndolo, tocándolo, participando en el funeral.


Si esto no sucede, es posible que la pérdida temprana no se registre en el inconsciente,
dejando al bebé muerto vivo en la mente de los padres. Por ejemplo, padres que no
pueden desempacar su habitación, o que guardan en casa “altares” con la foto de su
bebé rodeada de flores y velas. Otro ejemplo es darle el mismo nombre al siguiente
niño;
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aceptar la vida sin el bebé;

Dar sentido, sentido a la pérdida.

Lo importante es comprobar cómo se desarrolla el duelo, valorar la necesidad


de medicación o no. Que los padres puedan comprender el significado que se
atribuye a esta pérdida para cada persona, para la pareja y para la familia.
Resucita fantasmas y mandatos transgeneracionales y desmitifícalos. Si hay
otros niños, deben saberlo todo o serán víctimas del secretismo y el silencio. Desde
mi experiencia clínica, ambos padres, o madres, permanecen en terapia hasta el
final exitoso del siguiente embarazo, otros finalizan el seguimiento cuando el
duelo ha sido elaborado y transformado en anhelo. Las consecuencias de una
muerte perinatal pueden llegar hasta la tercera generación y, en algunas mujeres,
pueden inhibir o posponer otro embarazo.

REFERENCIAS

BRASIL. Ordenanza nº 72/GM/MS, de 11 de enero de 2010. Ministerio de Salud,


Brasilia, 2010.

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deuda de la vida: itinerario psicoanalítico de la maternidad). París:
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CUADRELLI, SS Vergüenza tras una pérdida perinatal. XI Ciclo


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Conferencias sobre Psicología Perinatal en España, impartidas por el


Colegio Oficial de Psicología de Madrid, Madrid, 19 oct. 2016.

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Montevideo: Prensa Latinoamericana, 1997.

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FREUD, S. Obras Completas. Río de Janeiro: Imago Editora, 1976.

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CAPÍTULO 11

EL LADO B DE LA MATERNIDAD – SOBRE EL ODIO MATERNO

Después de todo, nuestros mundos internos no están poblados predominantemente


por brujas o hadas, sino más bien ocupados predominantemente por madres.

(KAUFFMANN, 1999)

¡Toda madre tiene derecho a estar enojada! Y no siempre es del bebé. La ira suele
ser una manifestación defensiva ante una situación nueva y desconocida, la falta de una
red de apoyo o la incomprensión por parte de las personas más cercanas, las
innumerables interferencias sobre cómo actuar con el bebé, la pareja que
“desaparece”. dejándola sola, del bebé que no se parece al niño idealizado.
Sin embargo, en mi práctica clínica, lo que más hace sufrir a una nueva madre es el
enfado contra sí misma, la descalificación y la exigencia de más competencia.

Sin embargo, en este capítulo me centraré en los sentimientos de la madre hacia el bebé.
A lo largo de casi todo el libro, mencioné la conocida ambivalencia –amor y odio
concomitantes hacia el niño– como sentimiento constitutivo de la maternidad.
Aunque el título de este capítulo pueda sorprender, o parecer inaceptable para algunas
personas, mucho se ha estudiado sobre este tema y sus repercusiones en la relación
madre­bebé y la formación de la psique del niño.

Opté por una trayectoria demostrativa de diagnósticos diferenciales en calidad


e intensidad, desde lo natural hasta lo patológico. Así, para tejer el
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Para las consideraciones de este capítulo, comencé escribiendo sobre el odio


contenido en la ambivalencia, llamado estructurante –y necesario–, seguido del odio
relacional hecho explícito a través del humor (burla), pasando por las diferentes
manifestaciones implícitas y explícitas del odio en las actitudes de la madre. hacia el bebé,
describiendo la modalidad perversa en estas relaciones, hasta llegar finalmente al neonaticidio
y al filicidio.

El posible asombro ante el término odio materno probablemente provenga del


conocido mito del amor materno no ambivalente, enteramente dedicado al bebé,
descrito por Badinter (1985), o el “mito de la maternidad glorificada”, discutido por Welldon
(2008). ), que son implícitos y esperados, tomados como obvios en la relación de la madre
con su hijo. Estos mitos probablemente nacen del deseo humano universal de
sentirse amado y deseado, incondicionalmente, por la primera y más significativa
figura objetal, la madre, hasta el punto de hacer que las personas se vuelvan ciegas y
silenciosas sobre el tema.

Los principales teóricos del Psicoanálisis presentan el odio como algo natural en el ser
humano. Todavía existe controversia sobre si es innato, como propone Melanie Klein (1975),
o una reacción a grandes frustraciones y privaciones. Freud, en 1915, en su obra
sobre Metapsicología, señaló este sentimiento como esencial para estructurar la mente,
actuar para preservar la vida y combatir el disgusto.

Winnicott (1978) y Bion (apud ZIMERMAN, 2004), máximos representantes de la teoría


intersubjetiva en la construcción de la psique, consideran al bebé absolutamente
dependiente del objeto que realiza la función materna, idealmente a través de la continencia,
la reverencia, el abrazo, el narcisismo. inversión, satisfaciendo necesidades físicas y
emocionales. Destacan la importancia de la madre intersubjetiva, es decir, la
madre del encuentro real, “suficientemente buena”, sin excesos ni carencias, que
interactúa con la imaginación del bebé (madre percibida).

Winnicott (1978, p. 350­351), de hecho, cree que la madre odia a su bebé desde el principio,
aunque lo ama, y da una lista de razones por las que esto es así, de las cuales
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Seleccioné algunos de ellos:

­ el bebé no es tu propia concepción (mental);

­ el bebé no pertenece a los juegos infantiles, ni al hijo de su padre, ni al hijo de su hermano, etc.;

­ el bebé representa un peligro para su cuerpo durante el embarazo y el parto;

­ el bebé es una intromisión en la vida privada, un motivo de preocupación;

­ el bebé es grosero, la trata como a una esclava;

­ al principio no tiene idea de lo que ella hace o se sacrifica por él y no admite su odio.

Los autores citados luego enfatizan la importancia de los factores ambientales y, principalmente,
la calidad del vínculo madre­bebé, las expresiones faciales de la madre, su mirada, la forma en
que la madre amamanta, el tono de su voz, la forma en que sostiene al bebé. que funciona
como un “termómetro” para el bebé, haciéndolo sentir amado u odiado.

ODIO ESTRUCTURANTE
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En la mayoría de los casos, las madres logran cambiar su constitución psíquica, incluyendo
transformaciones en su identidad como madres, y, desde el nacimiento de su hijo, comienzan
a libidinizar su cuerpo, a reconocer las especificidades de ese vínculo social y finalmente,
después del período de necesaria simbiosis inicial, admitiendo y permitiendo la alteridad de
su bebé, asociando registros sexuales y maternos en relación con el niño (BENHAÏM, 2007).

En relación con el bebé, la ambivalencia materna es parte integral de la relación y, como


ya se ha informado en este libro, es causada por miedos e incertidumbres, cuanto más
difíciles han sido las experiencias de la infancia y las dificultades reales actuales.
Según Benhaïm (2007), la ambivalencia no necesita ser suprimida, sino reconocida,
comprendida y elaborada, ya que, según Freud (1915) y Iaconelli (2015), el odio hacia el
objeto investido se inserta dialécticamente en el amor. La ambivalencia puede ser positiva,
cuando el odio se vuelve vital y estructurante, simbolizado como parte del amor
maternal, o negativa, cuando el odio se vuelve destructivo, mortal y evoluciona hacia el
abandono y otras conductas destructivas y patológicas.

Por estructuración entendemos todo aquello que ayuda a estructurar la personalidad del
individuo, como sujeto independiente y separado de sus objetos primeros y
fusionados. Es entonces cuando se produce la individuación del individuo, elaborando
la separación psíquica de la madre.

En este sentido, la llamada ambivalencia positiva se produce cuando la madre no está


excesivamente inmersa en su ansiedad y odio y es capaz de conectar y atender a su bebé sin
falta y sin intrusiones; cuando permite que el bebé sea otro, sea él mismo, y no una
continuidad o proyección suya, una posesión suya: un objeto narcisista de la madre, como
hacen las madres de los psicóticos. Para que haya una relación de objeto –entre dos sujetos
diferentes debe haber un “espacio de amor y –, odio vital, necesario y estructurante, que, sólo
cuando se inscribe en esta ambivalencia, puede reconocer la diferenciación como
esencial” (BENHAÏM, 2007, p. dieciséis ).
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Este mismo autor retrata el simbólico “odio suficientemente bueno”, que trae la posibilidad
de que el niño se desvincule de la madre y la madre regrese al padre, impidiendo incluso
fantasías incestuosas en relación con el bebé.

(perversión materna). La entrada del padre, como ruptura de la relación simbiótica, es aquí
esencial.

“Suficientemente” implica que el odio es necesario para toda separación, pero se basa en el
hecho de que también hubo, y todavía hay, amor. Repito, se trata de una madre que no es ni
excesiva ni fallida. Winnicott (1978) también recuerda que el odio se presenta como
estructurante, cuando la madre es capaz de presentar límites, tiempos de espera,
pensamiento y creación diferentes y adecuados a cada etapa del desarrollo. Por tanto, el odio
es estructurante cuando permite la separación de madre e hijo, quienes pueden continuar su
desarrollo hacia la individuación.

BROMA

Como se ha visto hasta ahora, el bebé será fuente de sensaciones tanto placenteras
como desagradables para la madre. Y la mezcla de estos “ingredientes” es bastante
compleja, lo que hace necesario encontrar formas de abordar el amor y el odio de manera
discriminada y, preferiblemente, de manera integrada con uno mismo, elaborándolos e
incluyéndolos en la personalidad.

Según los estudios citados por Kauffmann, la “burla” se describe como un comportamiento
que se encuentra en una zona intermedia entre las bipolaridades dolor­placer, comportamiento
hostil­amistoso, seriedad­broma, destructividad­constructividad, antagonismo­cooperación y
deseo­aversión. . “Las burlas parecen estar en algún lugar entre el amor y el odio”
(KAUFFMANN, 1999, p. 291).

Las burlas consisten en comportamientos provocativos, actitudes interpersonales.


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entre madre y bebé, que, como los chistes, a través del humor, permite al ego
liberar impulsos agresivos o sexuales prohibidos. Para algunos autores, bien
dosificadas, sin sobrepasar los límites del bebé, las burlas pueden ser
estructurantes y benignas, cuando favorecen movimientos e iniciativas y en el
“simulación” del juego, favorecen el aprendizaje de lo inesperado (KAUFFMANN,
1999).

La posibilidad de ejercer la agresión a través del “fingir porque es solo una


broma” es una representación plástica de la convivencia del amor y el odio
maternos, aceptados inconscientemente por la madre, protegiéndola del miedo
en relación a sus propios sentimientos destructivos. Creo que, para los bebés,
las burlas son un poco como los cuentos de hadas llenos de brujas y figuras
filicidas, pero que a los niños les gusta escuchar repetidamente,

contado principalmente por la madre. Sin embargo, las burlas no


pueden ser excesivamente duras ni prolongadas. Cuando es demasiado,
puede dañar la autoimagen y el narcisismo del bebé, o ambos, provocando
culpa y vergüenza.

DISTRUCTURANTE EL ODIO MATERNO

Nunca antes la maternidad había sido tan contradictoria, ya que las mujeres de
hoy viven con exigencias opuestas, como la importancia de ser madre, rivalizando
con la importancia de ser profesional, mantenerse joven, felizmente casada
y un imperativo social de no perder nada y tener éxito en todo lo que haces. El
hijo ya no es la única forma de recuperar el falo, como sugería la teoría de Freud
(1905), siendo sustituido por posiciones y oportunidades de igualdad social con
los hombres. Quizás, como consecuencia y compensación, surjan idealizaciones
de la paternidad, especialmente del amor maternal, como forma de negar la
ambivalencia. Como resultado, los bebés, más que nunca, han sido elogiados y,
al mismo tiempo, maltratados.
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La fuerte ambivalencia de las mujeres hacia la maternidad puede manifestarse


psicosomáticamente, como mencioné en otros capítulos, a través de infertilidad
psicógena, síntomas severos que ponen en riesgo el embarazo, partos distócicos,
dificultades para amamantar y, finalmente, dificultad explícita para “entregar” al bebé,
por ejemplo. innumerables y subjetivas razones. Estas situaciones se pueden superar
de forma natural o mediante psicoterapia perinatal. Cuando no se elaboran,
pueden verse como señales de advertencia sobre la futura relación padre/
bebé, pero eminentemente madre/bebé.

Además, las condiciones maternas y ambientales están sujetas a transgresiones y


divergencias entre ellas. El lugar del bebé no se indica con antelación y es posible
que no se reconozca tal como es. Puede ser producto de proyecciones, de
una convención de familia y de discurso transgeneracional que la precede y la
supera, adquiriendo diferentes significados para los padres.

La materialización del bebé puede sacar a la luz mucho odio mal concebido y el
mecanismo llamado “identificación con el agresor”, ya que los padres que maltratan
y odian a sus hijos, por regla general, también han sufrido violencia de todo tipo.
Es como si, inconscientemente, sintiera que ahora le toca vengarse, ya que no es la
persona más vulnerable de la relación.

Las manifestaciones de este odio destructivo, que ataca al bebé, pueden ser, en
cierto modo, ocasionales, implícitas o explícitas, según la frecuencia e intensidad.
Esto incluye “olvidar” a los bebés en diferentes lugares, como guarderías, escuelas,
autos, casas de amigos, áreas de juego en tiendas y supermercados, entre otros;
diversas formas de negligencia, como la falta de atención a la salud, la higiene,
la nutrición, por hablar de lo básico, independientemente de la clase
social; “Subcontratar” los cuidados, delegar los bebés a otras personas desde una
edad muy temprana, como una madre de gemelos que volvió a trabajar una semana
después del nacimiento de sus hijos. En casos más graves y explícitos, abandono
físico o psíquico del niño, negativa consciente a satisfacer sus necesidades;
ataques físicos explícitos; “juegos” que ponen en riesgo la salud y la vida
del niño; "encarcelamiento",
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en el que el niño es encerrado en ambientes inhóspitos, a veces atrapado por


cadenas; la desprotección en caso de abuso y violencia sexual; humillaciones y
descalificaciones.

Los hospitales infantiles son testigos diarios de niños que llegan con huesos rotos, edemas
en todo el cuerpo, quemaduras y otras lesiones provocadas por los golpes recibidos
desde temprana edad. Situaciones que generalmente van acompañadas de negación de
responsabilidad por parte de los padres, pero que en ocasiones se convierten en “casos
policiales”, denunciados por vecinos o conocidos de la familia.

En estos casos se produce un desplazamiento, proyección o transferencia del odio


hacia objetos significativos desde la madre, el padre o ambos hacia el niño.
Si las frustraciones y privaciones son demasiado para el bebé, el riesgo de que el
niño desarrolle psicosis y psicopatía es una posibilidad real (ZIMERMAN, 2001).

ODIO MATERNAL ALIENANTE (MADRES QUE “AMAN” DEMASIADO)

A diferencia de las madres llamadas abandonadas y agresivas, una madre


“demasiado buena”, que dedica “todo el amor” al niño, sin matices agresivos,
revela una cara mortal de odio disfrazado. Si el odio materno es básicamente
narcisista, confunde y destruye al bebé como individuo, ya que la madre puede
utilizarlo como su objeto, sin respetar sus necesidades y exigir que el bebé se
adapte a las suyas, sin darse cuenta ni considerar las suyas.

La dificultad en estos casos consiste en que la madre toma al bebé como objeto
parcial, como parte y posesión de ella; hay una “engullimiento” o “devoración”
(típica de la fase oral), o una “toma” (típica de la fase anal) de la madre sobre el
bebé. Se siente esclava de este niño, siempre a su disposición, al mismo tiempo.
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lo que impide que el hijo pueda separarse de ella.

El niño tiene la alternativa de desarrollar síntomas, intentar denunciar la patología


de la relación, o desarrollar lo que Winnicott (1983) llamó falso self, que es un recurso
inconsciente de adivinar lo que quiere la madre, como forma única de adaptación
y realización de sus deseos. expectativas narcisistas y, así, garantizar su
reconocimiento y amor. El niño y, posteriormente, el adulto empiezan a no
discriminar más entre lo que es su rostro y lo que es una máscara (ZIMERMAN,
2001). Esto es lo que se llama “asesinato del alma” y que da lugar a la actual
“clínica del vacío”, en la que las personas no se reconocen a sí mismas ni a sus
deseos.

El odio alienante perpetúa al niño como dependiente de la madre; y, muy


comúnmente, con el tiempo se puede observar una evidente inversión de roles, en
la que el hijo necesita vivir para cuidar de su madre. O ódio alienante é
destruidor, pois essas crianças, identificadas como objeto do fantasma materno,
acatam a missão de reparar as feridas narcísicas da mãe, mediante uma eterna
fusão e, segundo Benhaïm (2007, p. 51), “o preenchimento da fusão é muerte".
Esta muerte puede ser psíquica o física. Los niños que no encuentran su espacio
para “ser” y vivir terminan por rendirse, enfermando gravemente y/o muriendo,
muchas veces sin una causa determinada, a veces incluso antes de nacer.

LA VISIÓN PSICOANALÍTICA DEL ODIO MATERNO

Kauffmann (1999) llevó a cabo un estudio de teorías y autores psicoanalíticos que


reconocen el odio materno y sus manifestaciones, que analizo
específicamente a continuación. El primer autor citado por el autor fue Freud
(1905), con su teoría sobre la seducción del niño por parte del adulto, inicialmente
vista por él como un hecho real y luego como un hecho fantaseado. Se
trata de insinuaciones, a través de palabras o gestos, sobre el niño pasivo,
que pueden constituir agresión, intrusión y violencia desde el punto de vista
psíquico del niño. Actualmente sabemos que la seducción muchas veces es real y tiene su origen e
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Perversión materna y paterna.

Para Klein y Rivière (1975), el origen de los sentimientos hostiles maternos reside
en la envidia primaria hacia el pecho materno. Si no fuiste amamantada, por
ejemplo, es posible que lo odies porque envidias la posibilidad de que tu bebé
tenga tu propio pecho. De una de mis pacientes pude notar claramente que
estaba celosa de la madre que tenía su hijo, lo cual admitió con una amplia sonrisa.
En este sentido, al proyectar su propia oralidad agresiva, la madre puede tener
miedo de ser atacada y devorada por su hijo.

Como ya se presentó en este libro, Lebovici (2004) y otros autores señalan factores
transgeneracionales que interfieren en la relación con el bebé. Esto ocurre
cuando la madre recuerda y proyecta parte de sus antiguas relaciones, con el niño
amenazado de identificarse con otros objetos hostiles del mundo interno y con partes
inconscientes de sí misma, su propia agresividad. La clínica analítica demuestra
que lo que lleva a la madre a rechazar a su hijo y a frustrarlo, a menudo
cruelmente, proviene tanto de su identificación inconsciente con la imagen que la
madre tiene de su propia mala madre como de sus propios impulsos
infantiles (sádicos y antropofágicos) vinculados a esta imagen. .

MATERNIDAD PERVERSA

Antes de discutir las repercusiones de la perversión materna en la psique del bebé,


utilizaré el concepto de perversión femenina de Estela Welldon (2008), poco admitido
y conocido, ya que la perversión ha sido considerada un diagnóstico
eminentemente masculino. El concepto de perversión, en general, se refiere a
algún tipo de “aberración”, o desviación de la sexualidad, en la que una pulsión
parcial predomina en la conducta sexual y reemplaza la primacía sexual genital.
Se trata de una conducta compulsiva que tiene una forma restringida,
prácticamente única, de experimentar la descarga sexual. Según Welldon (2008), la
perversión es vista como inexplicable y extraña por los sujetos y caracterizada por
un deseo inconsciente de dañar a otros. Por tanto, los malvados, cuando
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Se relaciona sexualmente, no hace el amor, hace odio. La angustia sexual en el perverso se


mezcla con la agresividad, y todo acto perverso está vinculado a un trauma temprano.

En relación con las niñas, Welldon (2008) afirma que la motivación subyacente de
la perversión es hostil y sádica, ya que se habrían sentido muy vulnerables al no
poder sentirse “salvadas” por su madre. Mientras que los hombres utilizan su pene
para sus actividades perversas, las mujeres utilizan todo su cuerpo, ya que sus
órganos reproductores sexuales están más distribuidos.

Para Welldon (2008, p. 4)

[...] capacidad de la mujer para procrear, quedar embarazada y llevar al bebé


dentro de su propio cuerpo, le confiere algunas características emocionales en su
relación de objeto, que no sólo son exageradas, sino también distorsionadas
en los casos de relaciones perversas, en las que se suma la necesidad de
dominar totalmente a la otra persona, deshumanizar el objeto, inmiscuirse, invadir,
tener control total de la situación, fundirse con el otro [...] En el caso de las mujeres,
el acto suele estar dirigido contra ellas mismas, es decir, contra sus cuerpos o
contra objetos que entienden como sus propias creaciones, es decir, sus bebés [...]
Las historias de estas mujeres se caracterizan por la exposición a incidentes
traumáticos tempranos, repetidos y graves, de consecuencias emocionales y
maltrato físico perpetrado por sus padres o sus sustitutos.

La perversión materna es un exceso prematuro del amor erotizado de la madre por


el niño. Según Welldon (apud MILAGRE, 2015, p. 89), “la perversión materna es
producto tanto de la inestabilidad emocional de la madre como de una
individuación inadecuada”, ocurriendo a través de una ruptura de los estados mentales
ante la parálisis emocional provocada por las demandas del bebé y con el fuerte
aporte de la transgeneracionalidad, compuesta por abuso infantil crónico y abandono
por hasta tres generaciones. Otra motivación
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La inconsciencia implícita de la perversión femenina sería una venganza contra la propia madre
punitiva y abusiva.

También según Welldon (2008), en el caso de la maternidad perversa, el nacimiento del bebé
se convierte en un desafío, derivando en la necesidad de apegarse a su cuerpo y poseerlo.
Las madres perversas utilizan a sus hijos como objetos parciales para manipular, destruir,
abusar, despojar al bebé de toda vida propia. A través de actitudes de seducción,
complicidad o incluso manipulación sexual, crean con el niño un circuito cerrado de intensos
intercambios, en el que el padre queda excluido.

La observación de la relación madre­bebé es de fundamental importancia para


comprender la génesis de la perversión, que, por lo general, no es reconocida por la
propia madre, aunque, en algunos casos, los deseos sexuales hacia el niño son
admitidos por algunas mujeres que buscan tratamiento. para esto. . Freud (1923) señaló el
carácter pasivo del niño pequeño, aún dependiente de la madre, que disfruta de todos los
cuidados y estimulación corporal de forma sexualizada, aunque diferente a la sexualidad adulta.

Sin embargo, la madre perversa contempla a su hijo según su propia vida sexual, tratándolo
como un objeto sexual, un amor no sublimado que puede conducir a la enfermedad mental del
niño, ya que acelera la madurez sexual. El ataque libidinoso de la madre perversa, es
decir, la manipulación del bebé por parte de la madre con objetivos eróticos, se experimenta
como una invasión, en la que el niño se siente vulnerable e impotente. Este ataque se vuelve
perturbador y confuso para la psique del niño debido a la insuficiencia de la capacidad egoica
para afrontar esta invasión.

A continuación se presentan algunos relatos de situaciones en la relación madre­bebé que


materializan las acciones perversas que existen, aunque para muchos pueda parecer
absurdo: (1) madres que se masturban mientras amamantan; (2) madres que masturban
a sus bebés mientras amamantan; (3) madres que masturban a sus hijos en cualquier
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envejecer con el pretexto de calmarlos cuando están agitados; (4) madres que
practican sexo oral a sus bebés; (5) madres y padres que incluyen a sus hijos en
orgías sexuales con otros adultos; (6) padres que mantienen relaciones sexuales en
presencia del niño de manera exhibicionista.

También hay quienes se defienden claramente de sus impulsos o experiencias


traumáticas, evitando cambiar pañales o bañar a sus bebés para no tocar los genitales
de sus hijos y sentirse excitados y pedófilos. Estas son sólo algunas de las situaciones
que aprendí.

La experiencia sexual temprana también puede dar al niño la ilusión omnipotente de


que es suficiente como objeto amoroso y sexual, independientemente de las diferencias
generacionales y de género, contribuyendo así al desarrollo de un nuevo individuo con
una personalidad perversa que no reconoce límites y no considera al otro, idealizando
zonas erógenas y objetos pregenitales en busca de la plenitud narcisista,
exactamente como sucedió entre su madre y él (ZIMERMAN, 2004).

La maternidad perversa, por tanto, tiene un potencial traumático, trastorna el curso del
desarrollo infantil y la subjetivación del niño, siendo etiología de psicosis y perversiones.
En estos casos, la interdicción paterna se vuelve imprescindible, si no
por el propio padre, por una figura sustituta o por un psicoterapeuta.

NEONATICIDA

Para contextualizar este ítem es necesario distinguir entre los conceptos: filicidio,
infanticidio y neonaticidio. El filicidio, por definición, es el conjunto de prácticas
abiertas o encubiertas de violencia y abandono, desde las formas más sutiles hasta
las más extremas, como mutilaciones, mortificaciones, abandonos,
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denigración, hasta el asesinato de niños mayores de un año (GONÇALVES;


MACEDO, 2011). Existen registros de filicidio desde la prehistoria hasta nuestros días bajo
diferentes pretextos según la época y las culturas, como control poblacional, eugenesia,
castigo por casos de infidelidad, como sacrificios religiosos, en casos de gemelos o
niños discapacitados, cuando la madre Murió durante el parto y muchas otras
situaciones.

Rascovsky (1975) fue uno de los investigadores que se dedicó al estudio de la violencia
parental contra sus hijos quienes se convierten en depositarios de la agresión
descontrolada del adulto debido a su proximidad, fragilidad, dependencia y los múltiples
significados conscientes e inconscientes que el niño adquiere en los padres. ' mente. Para él, el
filicidio es una característica de la especie humana, formando parte del proceso
psicosociocultural. Uno de los mayores ejemplos de filicidio, como inherente a la humanidad,
son las guerras eternas que, bajo distintos pretextos, terminan matando constantemente a
miles de jóvenes en todo el mundo.

El infanticidio se caracteriza por la muerte de un niño de hasta un año de edad por uno o
ambos padres, por motivos que sólo pueden entenderse por las patologías de la crianza
(GONÇALVES; MACEDO, 2011). Puede darse, por ejemplo, en casos de depresión o psicosis
puerperal y otras patologías, incluida la psicopatía. En casos de depresión posparto o
psicosis, algunas madres son acusadas legalmente de homicidio involuntario en lugar de
asesinato.

Aún más desconcertantes son los neonaticidas, ya que son, en su mayoría, realizados
por madres que no presentan ninguna condición psicopatológica evidente. El neonaticidio,
según Gonçalves y Macedo (2011), es la muerte de un recién nacido en las primeras 24
horas de vida. La idea de que unos padres maten a su propio hijo siempre resulta dolorosa.

Existen dos tipos de neonaticidio: (1) pasivo, caracterizado por el descuido del bebé poco
después de su nacimiento, como abandono en las calles, basura y otros y (2)
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activo, caracterizado por la muerte del bebé por asfixia, ahogamiento y otros.

El bebé, en su desamparo constitucional, está sujeto a la violencia directa y mortal


de su madre cuando

[...] el bebé está condenado a vivir una paradoja: al nacer, condición que
naturalmente hace presente la necesidad de ser tomado como objeto de deseo y
cuidado por otro, encuentra el silencio y el vacío irreparable de la muerte. En una
situación extraña y paradójica, el bebé nace y muere (GONÇALVES; MACEDO, 2011,
p. 72).

Los autores antes mencionados también señalan que es difícil determinar


estadísticamente datos sobre neonaticidas, ya que muchos casos no se reportan. Lo
que afirman es que algunas investigaciones ya realizadas muestran que el motivo
más común de neonaticidio es el de tener un hijo no deseado, y la mayoría de ellos son
cometidos por mujeres sin hijos, jóvenes y solteras.

El neonaticida está psicodinámicamente relacionado con la negación no psicótica del


embarazo, que se describió en el capítulo 5 de este libro. Si bien algunas mujeres,
tras superar el efecto sorpresa del embarazo y el parto inesperado, logran vincularse
con su bebé, en otras prevalece el pánico y la desesperación ante una situación
insólita, que podría llevarles a matar a su propio hijo. El neonaticidio no es, por tanto,
un acto planeado, sino más bien una respuesta impulsiva que produce culpa,
miedo y shock.

Así, una vez más, se hace evidente la necesidad imperiosa de atención a las madres
desde el embarazo negado –a veces incluso por los médicos, que observan sólo
evidencias físicas–, al estado emocional de la parturienta sorprendida y
conmocionada y en las primeras relaciones de las madres. con sus bebés, ya que
todos estos temas son hechos relevantes en materia de salud psicológica materna y materna.
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niños y salud pública.

REFERENCIAS

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1985.

BENHAIM, M. Amor y odio: la ambivalencia de la madre. Río de Janeiro: Compañía


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Trabajos completos. Traducido por Jayme Salomão. Río de Janeiro: Editora Imago, 1976. v. 7.

FREUD, S. [1915]. El instinto y sus vicisitudes. Traducido por Jayme Salomão.


En: FREUD, S. Obras completas. Río de Janeiro: Editora Imago, 1976. v. 14.

FREUD, S. [1923]. El EGO y la identificación. Traducción de J. Salomão. En: FREUD, S.


Obras completas. Río de Janeiro: Editora Imago, 1976. v. dieciséis.

GONÇALVES, TG; MACEDO, MMK Neonaticida: la paradoja del nacimiento y la muerte.


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São Paulo: Annablume Editora, 2015.
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KAUFFMANN, AL Sobre el reconocimiento del odio maternal. Revista de


Psicoanálisis, São Paulo, v. VI, núm. 2 de agosto. 1999.

KLEIN, M.; RIVIÈRE, J. Amor, odio y reparación. Río de Janeiro: Editora Imago;
São Paulo: Ed. de la Universidad de São Paulo, 1975.

LEBOVICI, S.; SOLIS­PONTON, L. Diálogo Leticia Solis­Ponton y Serge Lebovici:


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Psicólogo, 2004. p. 21­27.

MILAGRE, PK La maternidad perversa y sus repercusiones en el sistema psíquico


del niño. Publicación Ceapia, Porto Alegre, n. 24, 2015.

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Kargieman, 1975.

WELLDON, EV Madre, Virgen, Puta: perversiones femeninas. (Madre, virgen y


puta: perversiones femeninas). Buenos Aires: Temas de Hoy, 2008.

WELLDON, E, V. El mito de la maternidad glorificada: “Maternidad pervertida” o “La


perversión del instinto maternal”. Revista Brasileña de Psicoanálisis, São Paulo, v.
42, núm. 4 de diciembre. 2008.

WINNICOTT, DW El ambiente y los procesos de maduración: estudios sobre la


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Teoría del desarrollo emocional. Porto Alegre: Artes Médicas, 1983.

ZIMERMAN, DE Vocabulario Contemporáneo del Psicoanálisis. Porto Alegre:


Editora Artes Médicas, 2001.

ZIMERMAN, DE Manual de Técnica Psicoanalítica. Porto Alegre: Editora


Artes Médicas, 2004.
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CAPITULO 12

EL VÍNCULO PADRES­BEBÉ EN SITUACIONES ESPECIALES –


PREMATURIDAD, DISCAPACIDADES

Y MALFORMACIONES

En este capítulo me ocuparé de circunstancias especiales en las que la realidad


de los bebés impone desviaciones del plan diseñado y deseado por los padres. Estas
desviaciones se producen en casos de prematuridad y/o cuando los bebés presentan
deficiencias o malformaciones diagnosticadas durante el embarazo, al nacer o
posteriormente.

Cuando el bebé llega antes de lo esperado – prematuridad

La definición de prematuridad de un bebé sigue parámetros provenientes de los


exámenes médicos –datos clínicos y ecográficos– y de la valoración anatómica del
niño –peso, talla, etc. Según la edad, la CIE 10 identifica a un niño como
prematuro cuando nace con menos de 37 semanas. Hasta las 35 semanas
se considera “riesgo” y antes de las 32 semanas, “alto riesgo”. Otro criterio de
definición es el peso inferior a 2500 g. El peso y la edad gestacional asociados definen
la gravedad del estado de salud del bebé y delinean su pronóstico (PINTO, 2004).

Debido a este conjunto de criterios y posibles comorbilidades cardíacas, respiratorias


y digestivas, por ejemplo, no se puede hablar de bebés prematuros como si
fueran homogéneos. Cada uno es diferente en sus características físicas,
constitucionales y relacionales, como veremos más adelante. Además de estas particularidades, la
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características de personalidad de los padres, sus reacciones emocionales, así como las condiciones
de hospitalización y la preparación del equipo que los recibe.

Las investigaciones y los tratamientos psicoterapéuticos intentan comprender las causas


de las amenazas de aborto espontáneo y/o nacimientos prematuros sin una causa orgánica.
Los autores mencionados en el primer párrafo traen estudios en los que destacaron

ansiedades relacionadas con el propio cuerpo, el paso de niña a madre y el vínculo simbiótico
con la propia madre en la psicogénesis de estas situaciones.

En los pacientes a los que seguí en psicoterapia se evidenciaron las más diversas tensiones y
perturbaciones emocionales. Los orígenes de estas tensiones, como ya he comentado en
capítulos anteriores, son subjetivos, el recorrido consciente e inconsciente del
embarazo, las cuestiones familiares y sociales, así como el contexto médico y sus “profecías”.

Si una madre perdió un hijo antes del embarazo actual, es muy probable que, debido a la ansiedad,
quiera ver si éste nacerá y seguirá con vida, no pudiendo en ocasiones esperar hasta la
cuadragésima semana. En una situación que seguí, el médico ecografista había diagnosticado
embarazo tubárico, en un primer examen, y luego retraso mental del bebé en las primeras
semanas. Aunque visitó a otro médico y se sometió a otras pruebas, la ansiedad persecutoria
persistió y la mujer embarazada tuvo su hijo en la semana veintiocho, como para comprobar si
la profecía del primer médico se cumpliría o no; ansiedad que persistió durante mucho tiempo hasta
que la madre confirmó que el desarrollo de su hijo era normal.

Además, las investigaciones sobre la psique del bebé en la vida intrauterina han presentado
a la Psicología Perinatal las reacciones orgánicas y motoras del bebé, que funcionan como pactos
­como la negación del embarazo por parte de la madre, cuando el bebé se coloca verticalmente
a lo largo de la columna vertebral para no­, o formas de comunicarse con la madre; por aparecer
en el vientre de la madre
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Por ejemplo, expresar el sentimiento de no sentirse bien querido en ese primer


hogar: amenazas de aborto espontáneo o parto prematuro.

Psíquicamente, por grande que sea la ambivalencia consciente o inconsciente, el


nacimiento prematuro representa, para la madre en particular, una ruptura de la
organización narcisista y fusional con el bebé, constituyendo una situación
potencialmente patógena debido a la identificación materna con la debilidad del
niño. Los padres de bebés prematuros también lo son.

El embarazo psíquico del padre y de la madre se interrumpe, a veces de forma


traumática. Por mucho que se puedan identificar orígenes orgánicos, sociales y
psicodinámicos en los nacimientos tempranos, los padres son conscientemente
sorprendidos; Están abrumados por la inestabilidad y la imprevisibilidad, y tienen que
enfrentar factores de vulnerabilidad, como una salud frágil, un desarrollo incompleto y la
posibilidad de la muerte del bebé, además de preocupaciones sobre sus condiciones
futuras. La muerte y la enfermedad son fantasmas siempre presentes.

Algunas madres y padres se distancian por miedo a apegarse y que el bebé muera, lo
que, contradictoriamente, acaba dificultando su desarrollo. Experimentan la muerte
de otros bebés, y en ocasiones el sufrimiento de los padres es tal que la muerte parece
ser una opción deseada, ya que es un medio para poner fin al sufrimiento
tanto de los padres como de los bebés prematuros (SHERMAN; BRUM, 2012). . ¿Y si
sobrevive con muchas limitaciones?

Brazelton (1998) añade a la dificultad de mantener un vínculo con el bebé, intensos


sentimientos de culpa, conscientes e inconscientes, justificados o no, por
haber llevado a su hijo a esta peligrosa situación. Los padres temen haber hecho, o
dejado de hacer, algo durante el embarazo que haya afectado al bebé, contribuyendo,
de alguna manera, a la prematuridad.
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Algunas madres quieren huir, esconderse, protegerse de la depresión, omitiendo a


veces cuidar al bebé, y delegar esta responsabilidad en los “especialistas” de las
UCI neonatales. La ansiedad aumenta cuando no pueden nombrar lo que sienten. Según
Klaus, Kennel y Klaus (2000), las madres ansiosas temen ser criticadas por haber dado a
luz a un bebé incompleto o imperfecto.

Después de la crisis del parto, sin embargo, persiste la simbiosis psíquica de la pareja
madre­bebé que, a pesar de los miedos y las defensas, facilita el desarrollo del bebé.
La madre se adapta progresivamente a las necesidades del bebé. En su larga experiencia
de seguimiento de padres de bebés prematuros, Brazelton (1998) observó cinco
etapas en la construcción del apego con el bebé, incluso mientras todavía procesa su
duelo por el niño “perfecto”:

los padres se relacionan con el bebé a través de información médica y de laboratorio;

los padres se animan cuando ven que los profesionales de la UCI se acercan al bebé y
este reacciona de alguna manera;

los movimientos de respuesta del bebé, observados por los padres, lo transforman en una
persona; pero todavía no se animan a manejarlo;

los padres intentan estimular movimientos de respuesta en el bebé, empezando a sentirse


padres de ese bebé;

los padres se atreven a levantar, sostener, mecer y alimentar a su hijo, dejando de verlo
como “un objeto aterrador y frágil y a ellos mismos como peligrosos [...]”
(BRAZELTON, 1998, pág. 81).
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En este sentido, es muy relevante el papel del equipo, cuando es capaz de reconocer a
estos padres, empatizar con ellos, validar lo que sienten y lo que necesitan, darles
información veraz sobre el bebé, hablar con ellos.

INTERVENCIONES CON PADRES

Existen diferencias en la interacción entre padres e hijos entre bebés prematuros y nacidos a
término. Sherman y Brum (2012) señalan que el proceso de mutualidad comunicativa entre
padres y bebés se ve afectado por el comportamiento particular del bebé prematuro, su estado
de salud, los ajustes psicológicos de los padres y el entorno de la UCI. Destacan la
importancia de la unidad de la pareja: cuando hay pareja, apoyo del–, equipo interdisciplinario
y de la familia, una red de apoyo a la maternidad y la carga, especialmente a la madre,
desarrollando estrategias para ayudar a afrontar el verdadero bebé.

Psicológicamente es necesario considerar fantasmas relacionados con la


competencia, el ideal del yo, las exigencias del superyó, el narcisismo y los mandatos
transgeneracionales de los padres, además de trabajar recuerdos reactivados en su
biografía, experiencias de separación.

La intervención temprana en la relación diádica (madre­bebé) y triádica (padres­bebé)


es muy importante, de forma preventiva y terapéutica. Sólo el profundo deseo por el
niño y el “regazo” de las personas con las que interactúa puede ayudar a la madre a
restaurar su placenta protectora simbólica. Según Winnicott (1978), el estado de
preocupación materna primaria es fundamental para que las madres y los bebés
prematuros puedan continuar su gestación psíquica y, finalmente, su
nacimiento psicológico.

Pensando en el papel de los profesionales de la salud mental en la UCI neonatal, Krodi


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(2008, p. 123) afirma que, en relación con los sentimientos, incluidos los más mortíferos
y ambivalentes:

[...] el psicoanalista es quien se ocupa de lo que es capaz de dar sentido a la vida del bebé
en la UCI, mientras que los médicos y enfermeras se encargan de la tarea fundamental de
apoyo orgánico al recién nacido [...] Cuando tiene lugar a la palabra, lo que acaba surgiendo
es insoportable y que, al mismo tiempo, permea todos los vínculos que se establecen.

EL BEBÉ PREMATURO

El bebé, a su vez, también sufre una separación abrupta de la madre, sin oportunidad
de establecer impronta –los primeros intercambios de miradas entre madre y bebé–, sin tiempo
para estar con ella, siendo colocado en una incubadora con estímulos distintos a los tenía en
el útero. Por ello, Brazelton (1998, p. 84) señala que los bebés prematuros pueden agotarse,
ya que sus umbrales de asimilación de estímulos se superan fácilmente: “se asustan o
parpadean ante cada sonido, se retiran ante cada contacto. Necesitan dormir para mantener
alejadas las luces fuertes [...] apoyan un estímulo a la vez y sólo en una esfera: el oído, la visión
o el tacto”.

Esta ruptura temprana del vínculo madre­feto y del desarrollo intrauterino, que constituyen
la prematuridad, puede resultar en un impacto en el desarrollo del niño y en sus capacidades
cognitivas y sociales; Trastornos psicofuncionales en el primer año de vida: trastornos digestivos,
respiratorios, del sueño y del comportamiento ­más lentos en relación con la adquisición
de percepciones visuales y auditivas, habilidades motoras, posturales, motricidad fina y
cognición­ que requieren condiciones ambientales adaptadas para minimizarlas o eliminado.

Para Krodi (2008), la ansiedad en los niños puede surgir como producto de
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impotencia mental, que es un símil de su impotencia biológica. La


consecuencia de esto es que la necesidad de ser amado acompañará al niño por
el resto de su vida.

EXPERIENCIAS EN LA UCI NEONATAL

Según Krodi (2008, p. 124­125), la UCI neonatal es un lugar de impotencia, donde

[...] cada uno se enfrenta a las dificultades de la vida, a la falta absoluta de garantías
y a la certeza de su propia finitud: la muerte. Es la amenaza sin nombre que rodea a
todos en la unidad y que mantiene un ambiente de expectación ansiosa, de preparación
para lo peor [...] el inicio de una situación traumática [...]. Peligro que puede ser de
muerte, de vida, de dolor, de confirmación de un diagnóstico, de secuelas, de
daños y marcas en el cuerpo y de la psiquis, de peligro de no saber.

El bebé puede ser un colaborador activo, capaz de relacionarse con su entorno,


orientación e interés social, con gestos faciales, aperturas de boca y movimientos
de lengua. Aun así, los bebés prematuros necesitan la ayuda de sus padres, su
contacto físico y emocional; las primeras horas y días son períodos sensibles;
cuanta más protección y estímulos suaves, mayores serán las posibilidades de
un desarrollo neurobiológico y psicológico significativo.

Según Sherman y Brum (2012), existen algunos procedimientos que ayudan a los
padres y familiares a afrontar el duelo y a concienciar sobre el encuentro con este
bebé impensado y desconocido:
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permiso para que los padres ingresen a la UCI;

Aplicación del Método Madre Canguro – método creado en Colombia, como solución a la
sobrepoblación de bebés prematuros en salas de prematuros y al alto índice de muertes. Se
trata de un contacto piel con piel con el bebé, preferentemente con la madre, pero también se
puede realizar con el padre y, en su ausencia, o cuando el bebé esté más fuerte, con hermanos
y abuelos, por ejemplo. El bebé se coloca verticalmente entre los senos de la madre para
minimizar el shock y los problemas de aspiración. La temperatura corporal se mantiene
con el calor de la madre o del padre, además de permitir que el bebé fortalezca el vínculo
recuperando el olor de la madre y el sonido de su voz, lo que resulta muy reconfortante. La
madre comienza a experimentar afecto, a desarrollar su sentido maternal, aumentando su confianza
en sí misma al poder mirar a su hijo y tocarlo; y la producción de leche puede aumentar
significativamente;

presencia e implicación de los padres en el cuidado del recién nacido, lo que se traduce en
una mejora del sueño, una menor actividad psicomotora y una menor conducta estresante;
menos fallos respiratorios, más aumento de peso y progreso en algunas áreas de la función
cerebral mediante estimulación táctil­cinestésica y planificación de cuidados individualizados,
que pueden incluso reducir el tiempo de hospitalización;

el profesional de la salud, a partir del Método de observación Bick, puede prestar atención al
comportamiento corporal del bebé e intentar poner en palabras lo que ve, además de tomar el
lugar del contenedor de la angustia y

ansiedades primitivas, ayudando a la comunicación entre padres y bebés, demostrando que el bebé
tiene el potencial de desarrollar vínculos. También puedes prestar atención y demostrar
a los padres las señales del bebé que indican que está reaccionando a su presencia, a su voz,
por ejemplo, con la aceleración de los latidos de su corazón o de los movimientos
corporales;
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apoyo psicológico a los padres de forma individual o grupal, tratando de responder a las
necesidades específicas de cada díada o tríada (madre­padre/bebé);

formación a los padres, proporcionando información sobre el desarrollo,


orientación sobre los cuidados, que mejoren la evolución del niño, así como las
habilidades de los padres “para ejercitar la crianza ante la prematuridad y en
el tránsito del hospital al hogar” y “estimular el tacto afectuoso, el habla al bebé, poniendo
en palabras lo que el bebé intenta comunicar, estimulando la estimulación
contingente” (SHERMAN; BRUM, 2012, p. 46 y 51);

Seguimiento de las familias durante las visitas domiciliarias.

Otras técnicas, como colocar una prenda de vestir de la madre o un pañal con el olor de su
pecho en la incubadora, cerca del bebé, permiten que éste sienta a la madre y reviva el
ambiente intrauterino, dándole una sensación de continuidad. Del mismo modo, si la
madre tiene algo que huele a su bebé, puede hacer que la leche “baje” más
fácilmente.

PUNTOS DE VISTA DEL EQUIPO

¡La presencia de padres y otros profesionales distintos a los exclusivamente


del equipo no siempre es bienvenida! Aunque muchos procedimientos se están
actualizando y agilizando, todavía persisten temores, por parte de los equipos, de
ser evaluados y monitoreados, obstaculizados en su dinámica de funcionamiento por la
presencia de los padres. Más recientemente, los equipos han reconocido la
importancia de los padres en la promoción de la estabilidad clínica de los bebés
prematuros, así como de su desarrollo y crecimiento. Los profesionales de la UCI notan
las reacciones fisiológicas de los bebés ante sus padres, como los cambios en los latidos del corazón
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frecuencia cardíaca o frecuencia respiratoria, lo que demuestra su percepción en relación con sus
padres, especialmente sus madres.

A menudo, incluso los padres ayudan al equipo en momentos de emergencia y urgencia.


Tampoco es raro que padres y profesionales desarrollen verdaderas amistades y que
los bebés, una vez hospitalizados, visiten la UCI para mostrarle al equipo lo bien que se
encuentran. Siempre que el trabajo involucra bebés, es necesario un seguimiento
psicológico eficiente del equipo para que no haya proyecciones y transferencias de los
profesionales del equipo en relación a las madres o padres de los bebés. Muy fácilmente,
estos profesionales se identifican con los bebés y pueden no comprender las ansiedades
y posibles dificultades de los padres al “adoptar” determinados bebés. Según Brazelton
(1998), las enfermeras y los técnicos de enfermería también se muestran ambivalentes en
cuanto al apego a los bebés, pero a medida que los bebés comienzan a responder,
sienten que la inversión valió la pena. “No es de extrañar que se sientan tan competitivos
cuando los padres aparecen para llevarse a sus bebés o simplemente para verlos” (1998, p. 79).

El equipo también necesita “aprender” a lidiar con las ansiedades de los padres que surgen
en términos de quejas por no sentirse respetados, considerados y no participando en las
decisiones sobre el tratamiento de su hijo. Los profesionales no sólo deben ayudar a
sobrevivir al bebé de alto riesgo, sino también ayudar a los padres a establecer vínculos con sus
hijos.

La fragilidad de los bebés prematuros también genera angustia entre los médicos, aunque hayan
elegido esta especialidad por motivos personales, conscientes o inconscientes. Entrenados para
diagnosticar y curar, a veces se encuentran impotentes ante la posibilidad de la muerte, como se
presentará en el capítulo 15 de este libro.

VOLVER A CASA CON UN BEBÉ PREMATURO


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Para Brazelton (1998), los equipos de salud de la UCI deben orientar a los
padres antes de regresar a casa, resaltando primero los comportamientos y
reacciones positivas del bebé, fortaleciéndolos para resistir escuchar
informaciones sobre problemas y posibles deficiencias de los bebés a
tratar. En realidad, los bebés prematuros son frágiles y esfuerzos como llorar,
alimentarse o defecar pueden provocar estrés y la posibilidad de sufrir apnea.

Los padres deben estar preparados para una cierta lentitud en la comprensión
y el desarrollo de habilidades del bebé. Después de recuperarse, los bebés
prematuros suelen comenzar a ganar peso y las primeras sonrisas animan a los
padres, aunque es inevitable comparar el progreso más lento de su hijo con
el de otros. Por tanto, los grupos de madres son muy útiles para la inclusión
en mundos similares y para reducir el sentimiento de fracaso e incapacidad.

Por otro lado, la relación simbiótica de sobreprotección de los padres puede


durar y el niño puede no tener la oportunidad de desarrollar todo su potencial. A
veces, los padres no pueden tolerar las frustraciones y/o no quieren frustrar
a sus hijos y continúan haciendo todo por ellos, durante toda su vida,
empobreciendo sus posibilidades de desarrollar habilidades, limitando
y asfixiando la espontaneidad del bebé.

Brazelton (1998) reporta la importancia de cuidar la sobreestimulación temprana


del bebé y darle tiempo para que se exprese espontáneamente. Cuando la
madre del bebé prematuro permanece inmóvil frente a él, puede ver a su hijo
“cobrar vida [...] él comienza a animarla a obtener respuestas, de la
manera más creativa” (1998, p. 174) . Asimismo, advierte de la necesidad de
buscar ayuda lo antes posible, tanto para el bebé como para los padres, para
que no se perpetúe el sentimiento de fracaso de todos.

CUANDO NACE UN BEBÉ CON MALFORMACIONES


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O DEFICIENCIAS

Como he señalado hasta ahora, la paternidad se considera una época de crisis y


transformación; y, al igual que las pérdidas y la prematuridad de los bebés, a las
deficiencias o malformaciones se les superpone otra crisis, la de la herida narcisista
de los padres.

Freud, en Introducción al narcisismo (1914), describió las expectativas de los padres en


relación con sus hijos: deben satisfacer los deseos insatisfechos de sus padres y
convertirse en un gran hombre, o un héroe, en lugar de su padre o, si es una niña. , una
princesa como soñaba su madre. También deberían traer la ilusión de la inmortalidad,
revelando la resurrección de la infancia de los padres y los sueños omnipotentes. Los
padres tienden a proyectar en sus hijos una imagen de perfección y el deseo de que
sean tan amados como ellos fueron o les gustaría ser.

Incluso en el caso de los niños típicos, algunas de estas expectativas y sueños no se


cumplirán; pero, cuando los niños nacen con ciertos síndromes o limitaciones orgánicas,
pueden volver a actualizar “la deficiencia en la historia de sus padres, lo que faltaba, en
lugar de representar la posibilidad de reparación [...]”
(OIBERMAN; GRISOLIA; SANTOS, 2005, p. 194). Así, los niños “que no son objeto
de idealización corren grave riesgo de abandono, de no tener un espacio para nacer
y crecer, de sufrir abandono emocional, maltrato, etc.”
(FRANCO, 2015, p. 58).

Del mismo modo que, con los niños prematuros, los padres deben pasar
inicialmente por un proceso de duelo para poder aceptar a ese niño tal como es,
muchas veces sin darse cuenta de él, rechazándolo y sintiéndolo no “su hijo”, casi un
extraño. . Ya he mencionado las fases constitutivas del duelo en el capítulo 10; pero,
en la situación de los niños con discapacidad, existen algunas especificidades, como
señalan Oiberman y Grisolia (2005):
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1­ fase de shock: conmoción e incredulidad: los padres hablan del niño como si no
fuera su hijo y pueden mostrar cierto desapego, como si estuvieran viviendo
una pesadilla. Es el sentimiento de muerte del niño idealizado, y no es raro
escuchar testimonios de madres y padres que revelan que lloraron durante horas y
días seguidos, tras la noticia;

2­ fase de negación: incredulidad ante el diagnóstico, búsqueda del rescate del niño
normal, peregrinación a diversos especialistas. Un comportamiento de los padres
de hoy es la búsqueda de información en internet, la defensa ante el
desconocimiento sobre la discapacidad y su hijo “intruso” y la búsqueda de “soluciones”;

3­ fase de desesperanza: lento reconocimiento de la realidad, frustración y cierta


desorganización y confusión;

4­ fase de reorganización: elaboración del duelo, lento proceso de afrontamiento de la


realidad y abandono paulatino de la ilusión de la reversibilidad del diagnóstico
y pronóstico de su hijo.

Son varias las emociones vividas por los padres en el momento del diagnóstico,
que pueden persistir a lo largo de la vida: tristeza, ansiedad, fuerte
ambivalencia, ira, soledad e impotencia. Algunos padres oscilan y, en
ocasiones, alternan entre conductas sobreprotectoras y de distanciamiento emocional,
por miedo a que sus hijos mueran o porque no quieren verlos sufrir.

Como las carencias y malformaciones no son enfermedades pasajeras, sino una


forma de ser del niño, afectan no sólo a los padres, sino también a toda la familia.
Hay padres que se preocupan y temen ser descalificados o rechazados a través de
su hijo; que el niño discapacitado no encuentra un lugar en la familia más amplia
(abuelos, tíos, primos), ni en la escuela, ni en la sociedad. A modo de ejemplo,
veo una mujer embarazada cuyo bebé no tiene todos los dedos de una mano. Ella es muy
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ansioso por verlo y saber si ésta es la única discapacidad, o si hay otras, y ya está
ansioso pensando que su hijo podría ser acosado por amigos, vecinos y
compañeros de escuela. Ella alguna vez dijo que estas cosas sólo le pasan a ella,
porque está “toda mal”, lo que nos dio la oportunidad de trabajar esa autoimagen,
las proyecciones e identificaciones inconscientes con el bebé.

Las reacciones emocionales de los padres son subjetivas, según la historia personal de
cada uno, los valores familiares y las expectativas. Por ejemplo, conocí a una pareja
que tenía un hijo con síndrome de Down. Ambos padres pasaron por todos los
momentos descritos anteriormente y más, pero, con el tiempo, las reacciones
individuales del padre y la madre se volvieron diferentes. La madre, una mujer culta e
intelectual, cuyo mayor valor familiar era la inteligencia, sufrió mucho y se sintió un
fracaso. Sin embargo, recibió gran ayuda y consuelo de su marido, que tenía un
hermano menor con discapacidad auditiva que necesitaba adaptaciones y ayuda
de la familia para llevar una vida tranquila.

Cuando la relación de pareja es sólida, cuando existe un vínculo y una asociación


fuertes, se vuelve más fácil afrontar las transformaciones que requiere un niño con
discapacidad. De lo contrario, no es raro que la pareja se desestabilice, lo que a veces
resulta en culpas y exigencias mutuas, tanto conscientes como inconscientes. También
se requiere atención y explicación de lo que está sucediendo en relación con los
hermanos de niños con discapacidad. Algunos hermanos se sienten culpables o
tienen miedo de volverse como el niño discapacitado cuando no tienen la información
correcta sobre lo que afecta a su hermano.

Hay estudios que demuestran diferencias en las reacciones emocionales cuando la


discapacidad de los niños es visible o no. Durante mucho tiempo, los niños con
Síndrome de Down y otros problemas físicos visibles, como dificultades de movilidad
o motrices en general, por ejemplo, estuvieron escondidos en casa sin interactuar entre
ellos, ni estar expuestos a visitas e incluso familiares. Estas actitudes son mucho más
raras hoy en día, pero todavía existen.
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INTERVENCIONES

El momento de la noticia suele ser impactante, ya sea durante una ecografía o


después del nacimiento del bebé. Aunque las reacciones son muy subjetivas, la
noticia suele ser un momento delicado y en ocasiones dramático.
Puede haber llantos, gritos, malas palabras, explosiones o silencios pesados e
interminables. En esta ocasión, la actitud de quienes dan la noticia debe ser firme
y clara, pero respetuosa y sin juicios, opiniones personales y mucho menos
comparaciones o ejemplos.

Dentro de los equipos no capacitados para esto existe el miedo a hablar, a cómo
hablar y el miedo a no saber afrontar las reacciones. He oído historias en las que
el médico lloró en silencio con sus padres y abrazó a su madre. ¡Y eso está bien! Los
médicos son personas capaces de tener empatía, como cualquier ser humano. Sin
embargo, hay quienes no están preparados y se defienden detrás de
una aparente frialdad y neutralidad. No digo que los profesionales responsables
de las noticias deban llorar siempre, pero sí deben respetar sus sentimientos y
los de sus padres, sin intrusiones. Responder a lo que se pide, sin fomentar
el pánico ni minimizar el sufrimiento de la pareja y la familia. Una postura humana y ética.

Cuando la lucha interna es demasiado grande, no es raro que uno o ambos


padres comiencen a presentar síntomas psíquicos o somáticos. De ahí la necesidad
de una fuerte red de apoyo y apoyo psicológico.

El seguimiento del duelo de los padres y de los primeros meses del bebé es un momento
imprescindible para la intervención psicológica. La importancia de este espacio de habla y
escucha cualificada, libre de juicios e intrusiones, ayuda a los padres, o a cada uno
individualmente, a dar un nuevo significado a sus roles de padre y madre, a abrazar su
sufrimiento psicológico, a aliviar y aclarar los sentimientos de culpa. (si existen), para desafiar
tabúes y prejuicios, animarlos a asumir responsabilidades adicionales y adaptarse a los
límites impuestos por la realidad de vivir con su hijo. Y, como resultado, aumentar el apego al
niño, pudiendo relacionarse con el niño real.
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Apoyar a los padres es fundamental para que puedan apoyar a sus hijos, pues, a
pesar de presentar dificultades y limitaciones, como cambios cognitivos,
desarrollo motor más lento, dificultades del lenguaje, a veces asociadas a otras
dificultades (respiratorias, cardíacas gástricas, etc.), los niños con síndromes y las
discapacidades también necesitan ser “narcisizadas”, amadas y aceptadas tal
como son. Cada niño se ve a sí mismo y desarrolla una identidad dependiendo de
cómo lo ven los demás, especialmente su familia.

La autoimagen del niño puede hacerlo más retraído y/o tener más dificultades de
desarrollo. Por eso, es importante valorar su potencial y aceptar sus límites, para
relacionarse con el niño y no con la discapacidad. Oiberman, Grisolia y Santos (2005)
afirman que la evolución y desarrollo de los niños con diferentes tipos y niveles
de discapacidad depende de cada uno, de su historia y de la atención médica,
psicológica y de rehabilitación recibida.

Los autores citados cuestionan la atención exclusiva a lo que no funciona,


confrontando a los niños con sus imposibilidades, cuando la mirada se reduce a lo
puramente orgánico. En este sentido, al igual que Franco (2015), recomiendan brindar
intervenciones en las que se garantice la subjetividad, incentivando también a los
padres a afrontar sus dificultades como padres.

Franco (2015) desarrolló una modalidad de Intervención Temprana, en la que se ve a


la familia como un todo inseparable, principal promotor del desarrollo, más
que cualquier contexto o factor. Para este autor, los equipos olvidan que el mejor
“tratamiento” para los niños con algún tipo de dificultad es la capacidad de los padres
para interactuar de manera receptiva, involucrada y comprometida con las
situaciones.

En un modelo de servicio centrado en la familia, los padres juegan un papel fundamental


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y, por tanto, en primer lugar tenemos que cuidar de su bienestar y, en segundo lugar,
tenemos que crear las condiciones para que, a través de las interacciones con sus
hijos, puedan promover en ellos el máximo desarrollo (FRANCO, 20015, p. 53­54). ).

En este tipo de servicio sugerido por Franco, la “estimulación” pasa a ser secundaria
a la interacción, la atención, las comunicaciones del niño y la demostración de afecto.

REFERENCIAS

BRAZELTON, TB El desarrollo del apego: una familia en formación.


Traducido por Dayse Batista. Porto Alegre: Editora Artes Médicas, 1998.

FRANCO, V. Introducción a la Intervención Temprana en el desarrollo infantil.


Lisboa: Edições Aloendro, 2015.

FREUD, S. (1914). Una introducción al narcisismo. Traducido por Jayme Salomão.


En: FREUD, S. Obras Completas. Río de Janeiro: Imago Editora, 1976.

KRODI, P. Cuidados paliativos en neonatología: escuchando lo indecible. En: KUPFER,


MCM; TEPERMAN, D. (org.). Lo que provocan los bebés en los psicoanalistas. São
Paulo: Editora Escuta, 2008.

OIBEMÁN, A.; GRISOLIA, E.; SANTOS, MS El lado oscuro de la maternidad. En:


OIBEMAN, A. (org.) Nacido y después... Aportes desde allí
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Psicología Perinatal (Nacimiento y después... Conceptos de Psicología Perinatal).


Buenos Aires: JCE Ediciones, 2005.

PINTO, EB El niño prematuro: implicaciones para la crianza. En: SILVA, M.


CP; SOLIS­PONTON, L. Ser padre, ser madre, ser padre: un desafío para el tercer
milenio. São Paulo: Casa do Psicólogo, 2004.

SHERMAN, LB; BRUM, EHM Crianza de los hijos en el contexto del parto prematuro.
En: PICCININI, CA; Alvarenga, P. Maternidad y Paternidad: crianza en diferentes
contextos. São Paulo: Casa del Psicólogo, 2012.
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CAPITULO 13

EL LUGAR DEL PADRE

¡El amor de padre es una estrella guía!

(Autor desconocido)

En capítulos anteriores ya había mencionado al padre en diferentes contextos. Aunque la


figura paterna pueda parecer secundaria, en realidad tiene un lugar sumamente
relevante, pues el hombre también ve modificada su personalidad por la
paternidad, participa de los cambios en la dinámica conyugal y es parte significativa en
la formación de la psique del bebé. En este capítulo abordaré algunos aspectos históricos
y culturales que involucran el rol del padre, desde el embarazo hasta el puerperio,
la relevancia del contexto conyugal y familiar, lo que sucede psíquicamente cuando
un hombre se convierte en padre, la psicodinámica del proceso emocional paterno.
reacciones y, por tanto, finalmente, la función paterna desde un punto de vista
psicoanalítico que justifica la frase inicial.

ALGUNOS ASPECTOS HISTÓRICOS Y CULTURALES

En los inicios de la humanidad, según estudios antropológicos, los hombres


desconocían su participación en la procreación, siendo considerada la maternidad un
poder especial perteneciente a la mujer. Tras el descubrimiento de que las mujeres
biológicamente necesitaban de los hombres para tener hijos, la organización de los
grupos humanos empezó a rehacerse, ejerciendo los hombres un mayor control sobre
“sus” mujeres, también como forma de asegurar que “sus” descendencia
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ayudar en la producción agrícola.

Momentos históricos, creencias y diferentes representaciones sociales, en diferentes


culturas, determinan el papel del padre y quién lo desempeñará. En este inmenso
abanico de culturas investigadas, según Parseval (1986), se pueden considerar padres:
el padre biológico, los abuelos maternos, los tíos maternos, los tíos paternos, el
marido actual de la madre, varios hombres que contribuyen al crecimiento del niño
a través del semen. , el padre adoptivo, quien reconoce legal y ritualmente al niño, una
persona mayor considerada impotente, una mujer estéril, Dios, entre otros o cualquier
figura masculina o femenina que desempeñe la función paterna.

En el norte de Brasil, según la leyenda, incluso al delfín rosado se le puede atribuir la


paternidad de un niño. En la sociedad occidental, antes de las pruebas de ADN,
existía el dogma citado en los litigios, o en situaciones jocosas e irónicas, de que todos
sabían, sin lugar a dudas, quién era la madre del niño; En cuanto a su padre, siempre hubo
dudas.

El modelo de familia de principios del siglo XX era nuclear, formado por madre, padre e
hijos, siendo el padre generalmente el responsable de un trabajo rentable para sustentar a la
familia y la madre el cuidado de la casa y los hijos. También se observaron ciertos
estereotipos, como la presencia constante de la madre (al menos físicamente) y ausencia
del padre, los hijos como asunto de las mujeres, además de la idea de que la única parte
referida al padre era la concepción. Durante el embarazo, el parto y el puerperio, tenía
derecho a participar en una “cantidad insignificante” (PARSEVAL, 1986). La
mujer se definía por su rol procreador y maternal, mientras que el hombre buscaba
identidades masculinas, en contraposición a la maternidad femenina, e incluso podía sentirse
un intruso entre las mujeres en cuestiones relativas al feto o recién nacido.

En la época contemporánea, la mayor presencia de la mujer en el ámbito laboral, de estudios


y universitario ha cambiado el escenario doméstico, requiriendo una
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Reestructuración familiar, reorganización de las funciones tradicionales. “Este cambio


en la dinámica familiar ha hecho que los hombres repiensen su papel como padres, analicen la
forma en que fueron criados por sus propios padres y mantengan o refuten valores y
conductas” (BOLZE; CREPALDI, 2015, p. 34). Según Raphael­Leff (1997, p. 56), “los padres
tienen que comprometerse con actividades maternas para obtener la posición paterna. Actuar
como padre y como madre se está convirtiendo en una actividad continua”.

CONTEXTO FAMILIAR Y MARITAL

En la época contemporánea, la pareja es vista como una figura fundamental para la mujer
en términos de apoyo emocional durante la vida perinatal. La participación activa de los hombres
en las relaciones paterno­filiales permite a los padres y a las madres desempeñar sus
deberes de manera más plena y con menos angustia. De lo contrario, pueden surgir
conflictos, identificándose la ausencia paterna o el distanciamiento emocional como
uno de los principales motivos de la depresión posparto materna (MORAES, 2010), que
tiene consecuencias nocivas en la relación de la madre con el bebé.

Además de este rol de asistencia a la madre, Bolze y Crepaldi (2015) describen que, en
términos familiares, las funciones del padre, que tradicionalmente eran las de proveedor y
ejecutor de la disciplina, ahora se suman a la educación y el cuidado de los hijos. , provocando
discontinuidades generacionales.

A pesar del cambio en las expectativas funcionales en relación al padre, los autores antes
mencionados también enfatizan que el contexto familiar es fundamental para
determinar el compromiso paterno, dependiendo de las características de las madres, del niño
y de la relación conyugal. Las investigaciones y las declaraciones de los padres indican que el
comportamiento de las madres puede promover o impedir una mayor participación de los padres
en la vida de sus hijos. Hay madres que por sus relaciones familiares, recuerdos y sentimientos
infantiles conscientes e inconscientes, no creen en las capacidades de sus padres,
descalificando sus iniciativas, compitiendo con ellos y, por tanto,
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desmotivarlos.

Al contrario de lo que señalan algunos estudios feministas que denuncian la evasión


intencionada de los hombres de sus responsabilidades durante este período, Parseval
(1986) cuestiona e intenta comprender una cierta exclusión de los hombres en las
experiencias o participaciones parentales sólo ocasionales y ritualistas en diferentes culturas.
Por ejemplo, lingüísticamente, a diferencia de lo que ocurre con las mujeres, lo que todavía
llama la atención del citado autor es que no existe una palabra para designar a un
hombre embarazado, ni a los padres de uno o más hijos en la mayoría de los idiomas, ni
tampoco en el lenguaje médico.

La decisión de tener un hijo no siempre es consciente y consensuada en la pareja, como


vimos en el capítulo 2. A partir de la decisión de tener un hijo interfiere la dinámica de la pareja
y, según Roig (1993), la actitud adoptada por el hombre. en ese momento puede ser un
presagio de cómo practicará la paternidad. Este autor cita dos posiciones masculinas
diametralmente opuestas: en la primera, el hombre muestra mucho respeto por la decisión
de la mujer de quedarse embarazada, pero poca implicación ­“si quieres, ya sabes lo que te
espera…”­.

y, en el extremo opuesto, una actitud tajante y sexista que puede manifestarse más
sutil o abiertamente como una exigencia y expectativa de que la mujer “le dé un hijo”.

Roig (1993) defiende las capacidades afectivas y vinculares del hombre que desea una
experiencia libre y, al mismo tiempo, comprometida, no como una obligación o como una
forma de complacer a su pareja, sino como “una forma de rescatar al hombre de ferocidad
productiva, desde redescubrir tu capacidad de ternura, de comunicación simbólica y de
encontrar el lado específicamente humano de tu realidad personal. Más un privilegio que un
deber” (1993, p. 240). El ejercicio de la paternidad, entonces, puede redundar en beneficios
para el hombre, la pareja y los hijos, ya que la paternidad tiene características específicas,
diferentes a la maternidad y en momentos diferentes.
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La madre vive visceralmente a su hijo desde los primeros síntomas del embarazo, y el padre
permanece en un plano diferente. El embarazo de un hombre ocurre en su cabeza (en
hipótesis, ilusiones y fantasías). Sin embargo, el hombre puede participar y acercarse al niño
desde el embarazo, deseándolo, idealizándolo, conociéndolo a través de la madre, percibiendo
e incluso provocando sus movimientos al hablar con él.

Durante el parto, el hombre generalmente funciona “como espectador; a pesar de participar


con su presencia y su apoyo emocional, no interviene en el proceso de desarrollo
de vidas que supone el nacimiento” (ROIG, 1993, p. 242). Algunos hombres encontrarán
emocionante, otros angustiante, “tener” que asistir al parto.
Otros más se arrepentirán de no haber participado. Es un momento que puede despertar
miedo, por sentirse secundario en la vida de la mujer, culpa, por haberla hecho pasar por esta
dolorosa experiencia, impotencia, miedo a no poder manejarlo y fracasar en su papel de
protector de la mujer.

Según Raphael­Leff (1997), cuando el marido solicita no participar en el parto, debe ser
respetado si ésta fue una decisión consciente o basada en su historia personal. Los desmayos
de los hombres en las salas de parto, a menudo ridiculizados, son una manifestación
represiva de ansiedades insoportables.
Por otro lado, se sabe que el vínculo con el bebé puede intensificarse tras asistir al parto, ya sea
natural o por cesárea.

Al comienzo de su vida, el niño necesita más a su madre, pero el padre puede encontrar un
gran placer en cuidarlo, incluso si su relación todavía está mediada por la madre, como en
el embarazo. Hay hombres que expresan conscientemente envidia de que las mujeres puedan
amamantar, por ejemplo. Otros experimentan este proceso de forma más inconsciente. Hay
hombres que valoran el esfuerzo de sus parejas por acostumbrarse a este pequeño
desconocido, y hay otros que adoptan actitudes evitativas o competitivas, dependiendo de su
historia de vida, como veremos más adelante. En cualquier caso, la forma en que ella
cuida, juega y se relaciona con su hijo adquiere una forma diferente a la de su madre y ocupa
su lugar en la psique del bebé.
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EL PSIQUISMO PATERNAL

Al igual que la maternidad, la paternidad no es un fenómeno natural. Al igual que una


mujer que se convierte en madre, el hombre vive su paternidad según su historia de hijo, con
las relaciones objetales tempranas establecidas con sus padres, con el desarrollo de una
personalidad neurótica, narcisista, psicótica o perversa, con el bien y el mal. modelos
de identificación que internalizó a lo largo de su vida, con traumas vividos, como
abandono, abuso y violencia sexual y con transmisión transgeneracional en su familia.

En términos de dinámica familiar, está la cuestión del cambio de roles en el sistema, que
anteriormente era sólo un subsistema conyugal, superponiendo funciones parentales.
Entonces llega el primer niño. Incluso después del segundo, siempre hay un cambio en el
sistema, ya que hay un “elemento nuevo”, constituyendo el subsistema “fraternal”.

Aunque muchas fantasías y sentimientos son inconscientes, como la experiencia del complejo
de Edipo, algunos remanentes se vuelven conscientes a través de lo que Lebovici (2004)
llamó el “desbordamiento psíquico” del bebé que alguna vez fue. Debido a este
desbordamiento, suele haber proyecciones de la madre sobre la esposa que se convirtió
en madre y de él mismo sobre el hijo, provocando conflictos y posibles separaciones
entre las parejas, o favoreciendo la relación padre­madre­bebé.

Intrapsíquicamente, esperar y tener un hijo activa en el hombre la reevaluación de su


pasado de niño, de sus fantasías edípicas y frustraciones de darle un hijo a su propia madre,
mezcladas con sentimientos de rivalidad con el padre y miedo a represalias
superegoicas. También se reviven los dolores por cómo se sintió recibido y cuidado por
su madre al inicio de su vida, así como los intensos celos hacia los hermanos que nacieron
después de él. Además, Raphael­Leff (1997) cita una investigación realizada en el Instituto
de Psiquiatría de Londres, que confirmó la
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La relación del padre con su propio padre como un factor muy importante en el desarrollo
de enfermedades mentales en los hombres después del nacimiento de su hijo.

Así, la paternidad está fuertemente marcada por conflictos intrapsíquicos y fantasmas


parentales, y puede ejercerse de forma creativa o sintomática, con la función de transmitir
la historia transgeneracional a las generaciones futuras, o repetir sintomáticamente secretos
y conflictos pasados (LEBOVICI, 2004).
Para algunos padres, comenta Raphael­Leff (1997, p. 60),

[...] la prueba pública de virilidad afecta los hábitos de toda la vida hacia la figura paterna,
liberando una creatividad bloqueada que ha sido reprimida en deferencia a la autoridad,
o poniendo fin a patrones de rebelión arrogante, a medida que el hombre se vuelve
capaz de tolerar la incertidumbre y la ambivalencia.

El vínculo con el niño, en este sentido, puede ser terapéutico para el padre, que
puede comprender y superar sus dificultades. Otros no tienen esa capacidad de
lograr una reconciliación fructífera con la imagen prohibitiva del padre y comienzan a
desarrollar síntomas, como se verá más adelante. Si esto no sucede, es importante
buscar ayuda terapéutica para vivir plenamente la paternidad.

A modo de ejemplo, presento un caso de mi práctica clínica en el Instituto Pais­Bebês.


Trabajé con una pareja que comenzó a tener intensos desacuerdos después del
nacimiento del hijo deseado y planeado. En ese momento el niño tenía 5 meses y a la sesión
acudieron el bebé, su madre y su padre. La queja de la madre fue que se sentía
constantemente observada y criticada por su marido respecto al cuidado de su hijo. Si se
olvidara la guarida del bebé en casa un día que “podría” hacer mucho viento, por ejemplo,
comenzarían una serie de críticas y juicios. El bebé estaba físicamente bien, aunque parecía
ansioso e inquieto. El padre se volvió cada vez más controlador y la madre se sintió cada
vez más descalificada, llegando incluso a golpearse en la cara por ansiedad e
infelicidad.
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En la tercera sesión les pedí que contaran la historia de sus vidas y las proyecciones
recíprocas quedaron muy claras: ella percibía en él las críticas y exigencias que su
madre siempre le había hecho. Él, a su vez, veía en ella una negligencia inexistente,
pero que resaltaba en cada pequeña falta de su esposa.
Cuando el padre empezó a relatar que es hijo de un encuentro casual entre su madre y
su padre, que era sumamente rechazado, que el padre nunca lo aceptó como hijo, ni le
habló, aunque vivían muy cerca y cada uno se conocía sobre el otro, y luego de que su
madre lo entregara a su abuela materna, comenzó a llorar
compulsivamente durante la sesión. Pude mostrarles tanto las proyecciones recíprocas
que dañaban el juicio real como la pérdida de una relación previamente existente
entre la pareja que comenzó a observarse mejor.

Lo más hermoso de este caso fue la reacción del bebé que, casi siempre tranquilo,
pero muy atento durante las sesiones, comenzó a gritar al ver llorar a su padre,
emitiendo un inusual e insistente “ay”, pareciendo llamar “padre”. y eso sólo se detuvo
cuando su padre le ofreció su mano, la cual tomó con sus dos manitas.
Le expliqué a él y a sus padres que entendía lo que estaba pasando. De alguna manera,
estaba pagando la preocupación de su padre por él, después de que su padre dijera que
no quería que su hijo pasara por lo que él pasó.

PSICODINÁMICA DE LAS REACCIONES EMOCIONALES DE LOS PADRES

Como se explica a lo largo de este capítulo, el nacimiento de un niño puede


desencadenar emociones y comportamientos reactivos a traumas, inseguridades y
conflictos infantiles. Las reacciones pueden entenderse como intentos de
acomodarse y adaptarse a la nueva realidad, teniendo un carácter único debido
a la subjetividad de cada progenitor.

A esta disposición defensiva por parte de los hombres, algunos autores, entre ellos
Maldonado (2005), Parseval (1986) y Raphael­Leff (1997), llaman
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“guardia ritual” o “síndrome de couvade”, que recuerda la conducta de los hombres en los
pueblos más primitivos. En estos, las parejas de las madres que dieron a luz descansaron en
hamacas, recibieron visitas, cuidados y regalos y, eventualmente, cuidaron a los bebés, mientras
las mujeres retornaban a las actividades productivas.
Considerada un rito de paso, la protección ritual consiste en la sustitución simbólica de la
madre por el padre, en la búsqueda de la legitimación por parte del padre de sus derechos
de paternidad, cuyas formas pueden variar según las creencias religiosas y las diferencias
culturales.

Además de proporcionar una salida emocional para los sentimientos confusos de los hombres,
en un nivel intrapsíquico, el blindaje ritual es también una forma de identificación inconsciente
tanto con la mujer como con el feto, lo que permite a los hombres desviar su rivalidad hacia la
ambivalencia a través de la creatividad y ganar simpatía, atrayendo al público. atención
(RAPHAEL­LEFF, 1997, p. 57).

Esta protección tiende a ser más frecuente e intensa entre los padres del primer hijo. El
hombre puede negarlo o no notarlo.

Existen varias hipótesis sobre la etiógeno de estas reacciones emocionales:

conflictos en relación con la esposa­madre: envidia de su capacidad para quedar embarazada,


dar a luz y amamantar; los celos ante la capacidad creativa, el placer y el misterio de la
maternidad (el cuerpo de la madre es siempre un misterio);

conflictos en relación con el niño nacido o por nacer: ambivalencia; revivir inconscientemente
conflictos con hermanos; “choque generacional”, es decir, el padre a veces se ve a sí mismo
como padre, a veces como hijo; unas veces trata al niño como a un hijo, otras como a un
hermano; A veces trata a su esposa como a una esposa, a veces como a una madre. No
es raro que las parejas que han tenido un hijo empiecen a llamarse padre, padre, madre,
madre, confirmando esta confusión de roles;
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conflictos con su propio padre: a través de la transgresión edípica, desafiando la autoridad


paterna, el hombre se convierte en padre como su padre, el hombre comienza a sentir
miedo a las represalias. Los sentimientos inconscientes de culpa pueden provocar
lesiones y accidentes, como la castración autoinfligida inconscientemente;

conflictos en relación con el obstetra y/o pediatra: repetición de la situación


triangular; celos. Muy común hoy en día, por ejemplo, en situaciones de Reproducción
Asistida, en las que el médico tiene una participación activa en la fecundación, algunos
padres se sienten excluidos del triángulo, repitiéndose la situación edípica, en la que el
niño tiene que explicar su falta de importancia para el niño. pareja que “hace” al hijo,
permaneciendo separados (en la fantasía, obviamente);

conflictos en relación consigo mismos: resultantes de la regresión a su historia,


conflictos familiares, puntos de fijación e identificaciones; baja autoestima.

MANIFESTACIONES PATERNALES DE LOS CONFLICTOS

Según su estructura de personalidad, los hombres pueden manifestar sus conflictos de


forma más leve y temporal o de forma más intensa y patológica, de la siguiente manera:

Síntomas psicosomáticos: desde el embarazo, y también después del nacimiento del bebé,
los hombres pueden experimentar trastornos digestivos (náuseas, vómitos, diarrea),
aumento de peso y dolor abdominal, dolores de cabeza y de espalda, extracciones
de dientes (que a menudo simbolizan el parto), trastornos otorrinolaringológicos.
Por ejemplo, conocí a un padre que estaba muy preocupado y atento por el
embarazo de su esposa –que ya había decidido que sería el
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único – que no quería ir a un baile al que habían sido invitados. Su esposa se


sentía bien e insistió en ir a encontrarse con amigos, con quienes se divertía y bailaba
con naturalidad. Le pidió que se sentara y descansara. Tiempo después
tuvieron que irse, ya que estaba muy pálido, con fuertes dolores en la espalda que le
imposibilitaban prácticamente moverse. Logró, inconscientemente, que su esposa
regresara a casa a descansar y que su bebé se mantuviera bien. No se puede
saber si hubo otras motivaciones para esta reacción; Acabo de notar el comportamiento
abierto. En estas situaciones más comunes y leves, el hombre parece estar tratando de
comunicarse, o demostrando algo que no puede hablar, expresando a través de su
cuerpo sus dificultades y temores con la nueva situación;

Actuaciones paternas: las actuaciones son acciones que reemplazan las emociones
y las palabras. Los hombres pueden actuar según su personalidad y la calidad
de la relación de pareja. Estos comportamientos pueden variar desde lo común hasta lo
aberrante, por ejemplo, desde una caída que rompe un brazo o una pierna hasta un
accidente automovilístico grave. Los hombres pueden comenzar a consumir
alcohol en exceso (volver a casa “amamantando”); Pueden “desaparecer”, entregándose
a la hiperactividad deportiva, al trabajo frenético, a cursos fuera de la ciudad, a
relaciones extramatrimoniales. En la sexualidad pueden presentar inhibición sexual
por la disociación de la figura madre­mujer o presentar acciones sexuales
desviadas, presentando una personalidad más regresiva. Todas estas situaciones
revelan serias dificultades emocionales y una falta de condiciones egoicas para
afrontar las pérdidas y ganancias de convertirse en padre. En estas situaciones, el
hombre demuestra una personalidad dependiente y regresiva, pero también
narcisista, incapaz de soportar ser “suplantado” por el bebé y su pareja en la búsqueda
de la atención de los demás;

Depresión posparto y psicosis: pueden desencadenarse, en la mayoría de los casos,


cerca del nacimiento o poco después del nacimiento por la reexperimentación
de conflictos y fantasmas infantiles o tendencias históricas familiares. En la depresión
destacan en los más diversos grados los sentimientos de impotencia, rechazo,
exclusión, dolor reprimido e ira, como puede ocurrir en la psicodinámica de los
estados depresivos. En las psicosis, como ocurre con las mujeres, los delirios y
alucinaciones hacen referencia al nacimiento del bebé, como por ejemplo: el hombre que niega su
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paternidad, acusando a la mujer de traición por el pecado de haber concebido un


hijo, puede no ser consciente de que tiene un hijo, desarrollar síntomas graves,
requiriendo hospitalización, puede presentar delirios de que él mismo está embarazada,
exacerbación del estado emocional de dependencia de la mujer, hasta el punto
de vivir al bebé como un rival y muchas otras posibles manifestaciones paranoicas.

FUNCIÓN PATERNA PSICOANALÍTICA

Hasta ahora he descrito el contexto familiar y conyugal, la psique y las reacciones


patológicas de los hombres. El padre es mucho más que el asistente de la madre.
Tiene funciones fundamentales idealmente determinadas.

Garantizar estabilidad y seguridad a la madre en las arduas y agotadoras tareas


de promover el desarrollo de sus hijos. Por tanto, dentro del concepto de
transgeneracionalidad, es importante saber qué puede estar repitiendo, o innovando,
el padre en relación al vínculo con su propio padre y madre.
Según Mahler (1982), la presencia física y emocional del padre es de fundamental
importancia en el proceso de separación­individuación respecto de la díada madre­bebé.

Los estudios de Winnicott, citados por Ferreira y Vaisberg (2006), confirman que la
presencia y participación del padre en el cuidado del bebé depende de cómo lo vive la
madre. En este sentido, “es fundamental que el padre sea verdaderamente importante
para la madre, en un sentido dramático y existencial, permitiendo un sano
establecimiento madre­hijo. El padre no 'duplica' el rol materno, sino que aparece
inscrito en un proceso de diferenciación de la alteridad” (FERRERIRA; AIELLO­
VAISBERG, 2006, p. 138). En otras palabras, el padre tiene que tener un lugar en
el deseo de la madre.

Sólo así el padre podrá ser una “estrella guía” para su hijo, ganándolo con
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su cariño, interactuando afectivamente con él, jugando de una manera específica,


diferente a los juegos de su madre. En general, la madre es más protectora, y el padre
tiende a brindar juegos que involucran contacto físico, como lanzar, correr, competir, que
contribuyen a la educación y la enseñanza de valores a los niños, presentando desafíos y
cosas nuevas en el mundo exterior. , “lo que favorece que el niño, ante lo desconocido, se
desarrolle mejor cognitivamente” (BOLZE; CREPALDI, 2015).

El padre lleva al hijo al extranjero, le presenta el mundo de forma diferente a la madre.

Como lo define ampliamente el psicoanálisis, el padre tiene una participación


esencial en la resolución exitosa o patológica del Complejo de Edipo, en el que debe
entrar como un tercero, rompiendo la simbiosis madre­hijo, frustrando las fantasías
sexuales de los niños en relación con la madre. , trayendo el límite y el orden cultural
contra el incesto, proporcionando la formación del Superyó. Dependiendo de su participación
activa u omitida, se estructurarán las diferentes personalidades de los niños, que se
confirmarán en la adolescencia, tras la reexperiencia del complejo de Edipo.

Aunque tiene su propia interpretación de la función paterna, Lacan (apud ZIMERMAN,


2001) confirma que el padre, como tercero, impone un carácter normativo y delimitador
entre madre e hijo, facilitando el paso de Narciso a Edipo, del placer ­principio del disgusto al
principio de realidad, es decir, el paso de los niveles real e imaginario a lo simbólico. En
otras palabras, “Lacan demostró que el Edipo freudiano podía ser pensado como un paso
de la naturaleza a la cultura” (ZIMERMAN, 2001, p. 291), ejerciendo una función simbólica,
es decir, encarna la ley (Ley del ­Padre). ), esencialmente a través del lenguaje. “De esta
manera, el hijo incorpora al padre como significante de la ley, también llamada por Lacan
función del padre, función del padre simbólico, metáfora paterna y finalmente Nombre­
del­Padre” (ZIMERMAN, 2001). , págs. 291­292). En este sentido, esta función paterna puede
ser desempeñada por cualquier persona, no necesariamente el padre biológico.
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Como otros autores dedicados a comprender la posición familiar actual del padre, Ferreira y
Aiello­Vaisberg (2006), Parseval (1986) y Roig (1993) cuestionan el modelo de
devoción a los hijos, como exclusivo de las mujeres y de las madres biológicas,
recordando, entre otros, la cuestión del mito del amor maternal descrito por Badinter (1985). A
pesar de reconocer la relevancia del primer vínculo con la madre, creen en un ambiente
dedicado y facilitador, basado en el cuidado espontáneo, una devoción no basada en exigencias
y deberes, sino en la disponibilidad humana para el cuidado, sin duda, incluidos los hombres.

En conclusión, un bebé que tiene un padre consciente de sus dificultades y ventajas


y que desempeña su importante papel tiene mayores posibilidades de desarrollar una
personalidad más sana. Además de los beneficios obvios para los niños, los hombres que se
convierten en padres tienen la posibilidad de superar los conflictos infantiles, la
oportunidad de rehacer y reparar viejas relaciones, la oportunidad de desarrollar
identificaciones positivas con sus propios padres, la oportunidad de madurar y
crecer emocionalmente. además de enriquecer la vida de la pareja.

REFERENCIAS

BADINTER, E. Un amor conquistado: el mito del amor maternal. Río de Janeiro: Nueva Frontera,
1985.

BOLZE, SDA; CREPALDI, MA El padre y sus relaciones familiares: una perspectiva


intergeneracional. En: GOETZ, ER; VIEIRA, ML (org.) El nuevo padre. Curitiba: Editorial
Juruá, 2015.

FERREIRA, MC; AIELLO­VAISBERG, TMJ El padre suficientemente bueno: algunas


consideraciones sobre el cuidado en el psicoanálisis winnicottiano. Cambios ­
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Psicología de la Salud, [sl], v. 14, núm. 2, pág. 136­142, julio/diciembre. 2006.

KLAUS, MH; KENNEL, J.; KLAUS, PH Vinculación: construyendo las bases para un apego seguro y
la independencia. Porto Alegre: Editora Artes Médicas, 2000.

LEBOVICI, S.; SOLIS­PONTON, L. Diálogo Leticia Solis­Ponton y Serge Lebovici: La


construcción de la parentalidad. En: SILVA, MCP; SOLIS­PONTON, L. (org.). Ser padre, ser
madre, ser padre: un desafío para el tercer milenio. São Paulo: Casa do Psicólogo, 2004. p.
21­27.

MALDONADO, MT Psicología del Embarazo. 17. ed. São Paulo: Editora Saraiva, 2005.

MAHLER, M. El proceso de separación­individuación. Porto Alegre: Artes Médicas, 1982.

MORAES, MH La clínica de maternidad: los significados de la depresión posparto. 2010.


Tesis (Doctorado en Psicología del Desarrollo, de la Salud y Comunitaria) – Universidad
Federal de Santa Catarina, Florianópolis, 2010.

PARSEVAL, GD La parte del padre. Traducido por TC Stummer. Porto Alegre: L&PM, 1986.

RAPHAEL­LEFF, J. Embarazo: la historia de fondo. Traducido por Rui Días Pereira.


Porto Alegre: Artes Médicas Editora, 1997.
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ROIG, JC Padres e Hijos: una relación. Barcelona: Ediciones Folio SA, 1993.

WINNICOTT, DW Textos seleccionados: de la pediatría al psicoanálisis. Río


de Janeiro: Librería Francisco Alves Editora, 1978.

ZIMERMAN, DE Vocabulario Contemporáneo del Psicoanálisis. Porto Alegre:


Artmed Editora, 2001.
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CAPITULO 14

TÉCNICAS DE ATENCIÓN PSICOLÓGICA PARA PADRES Y BEBÉS

Las técnicas de atención psicológica no se limitan a la psicoterapia. Saber escuchar,


aceptar las ansiedades, responder con claridad a las preguntas de los pacientes y
familiares, entre otras cosas, es parte del apoyo emocional que los profesionales de la
salud, buscados durante el período perinatal, deben estar preparados para brindar.

MODALIDADES TÉCNICAS DE ATENCIÓN PSICOLÓGICA

Durante el embarazo existen algunas técnicas que se aplican con el objetivo de


brindar apoyo emocional, como los intentos de prevenir trastornos y sufrimiento
psicológicos a las mujeres embarazadas y a las parejas embarazadas, que no
necesariamente son psicoterapéuticas.

Durante el embarazo

1) Las consultas obstétricas prenatales pueden, o podrían ser, oportunidades de


orientación anticipativa, que consiste en “[...] básicamente describir a la clienta el
panorama general de una situación a afrontar [...].
Destacan dos puntos fundamentales: proporcionar información y afrontar el impacto
emocional que provoca” (CANELLA; MALDONADO, 1988, p. 107). Sin embargo, muchos
profesionales aún no se sienten lo suficientemente animados para asumir la segunda parte
de las recomendaciones de los autores antes mencionados, precisamente por
la falta de conocimiento y falta de preparación de los profesionales para abordar los aspectos
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aspectos psicológicos de sus pacientes, ya sea en el consultorio o durante la hospitalización en


salas de maternidad. En cualquier caso, lo importante aquí es resaltar que las omisiones, opiniones e
imposiciones de médicos y otros profesionales terminan desarrollando efectos iatrogénicos y
más ansiolíticos en las mujeres embarazadas, en trabajo de parto y en las que han dado a luz recientemente.

2) El momento de la ecografía es una circunstancia que provoca mucha ansiedad, ya que se


caracteriza por la curiosidad, la expectativa y la imprevisibilidad, al igual que el parto. Además del
“desnudo” del interior del cuerpo de la mujer y todo lo que esto puede significar para ella, su pareja,
sus hijos y el propio médico, el examen ecográfico revela la realidad del estado de desarrollo y salud de
la(s) mujer(s). ) bebé(s). La realización de esta realidad, que puede ser buena o mala, así
como la realización de la imagen del bebé, no impide las manifestaciones fantasiosas y proyectivas
de los padres, que pueden interferir en el vínculo con el niño. Por ello, es necesario capacitarse
al médico o consultar al psicólogo en el momento para contener ansiedades y aclarar fantasías.
Esto ocurre principalmente cuando existe la necesidad de dar “malas noticias”, como feto muerto,
deficiencias, malformaciones y síndromes. Incluso el anuncio del sexo del bebé – que debe
hacerse con el consentimiento de los padres – suele desencadenar conflictos entre la pareja o
uno de los padres, en relación con el bebé, y requiere intervenciones cualificadas.

3) Son muy conocidos los “Cursos para embarazadas”, con un número limitado de reuniones, siguiendo
un programa previo, en los que los profesionales de la salud informan sobre el embarazo, cuándo
acudir a la maternidad, qué empacar, alimentación y actividades físicas adecuadas. procedimientos, la
importancia de las consultas prenatales y ecografías, tipos de parto, cómo bañar al bebé, etc. A veces
existe la posibilidad de hacer preguntas e intercambiar experiencias en estos grupos, en otras no.
Cuando los hay, algunas mujeres muy ansiosas o deprimidas no se atreven a exponerse, como he
oído: “No quería arruinar el ambiente del grupo con mi tristeza”. Creo que la información siempre es
importante para desmitificar fantasías y creencias. Un recurso valioso, especialmente para las
primíparas de este tipo de grupos, es poder visitar la sala de partos del hospital y la
UCI Neonatal (en el caso de embarazadas de alto riesgo). Es lo que denominan “Prenatal Psicológico”
(ARRAIS, 2016) o “Canastilla Emocional”, que ha sido evaluado como muy positivo por las gestantes
que participan en el mismo.
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Otro punto a destacar de estos cursos es la participación de padres o abuelos. En la maternidad


del Hospital Universitario (HU/UFSC), en Florianópolis, existe una práctica establecida de
que madres y parejas permanezcan juntas a través de un grupo de WhatsApp durante el tiempo
que deseen, incluso después de que los bebés ya hayan nacido, funcionando como una
red de apoyo. Sin ser psicoterapéuticos, todas las modalidades de apoyo
mencionadas acaban teniendo un efecto o resultado terapéutico e incluso preventivo
en madres y parejas más estructuradas y maduras.

4) En cambio, los “grupos de gestantes” de larga duración, coordinados por psicólogos con la
participación de obstetricia, enfermería y pediatría, tienen como objetivo no sólo brindar
información técnica, sino también compartir las experiencias de los participantes,
abriendo un espacio fundamental. espacio para discutir sentimientos y ansiedades respecto a
la situación del embarazo, tipos de parto, lactancia materna, cuidados del bebé y otros temas.

Mujeres embarazadas,

[...] cuando se escuchan relatando sus experiencias e inquietudes, toman conciencia de los
hechos que les suceden a ellos mismos y a su alrededor [...] La combinación de hablar,
reflexionar y recibir información científica contribuye a reducir el miedo a la desconocido y,
en consecuencia, aliviar ansiedades (VIÇOSA, 1997, p. 307).

Así, el grupo terapéutico empieza a funcionar como una buena madre.

La diferencia entre cursos y grupos terapéuticos es que en estos últimos hay


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prestar atención a lo subliminal, ansiedades, conductas no verbales y fantasías


manifestadas a través de preguntas objetivas. Por ejemplo: ¿cómo sé que mi bebé pasará por
mi canal? ¿Y si es grande? Si el atento profesional, antes de responder objetivamente,
pregunta por qué existe esa duda, pueden surgir fantasías o historias familiares en las
que el bebé, o la madre, falleció por una incompatibilidad entre el tamaño de la pelvis y la
cabeza del bebé. Si el interrogatorio continúa, surgirán otros miedos y otras
sensaciones de incapacidad para soportar un parto vaginal, o muchos otros sentimientos
paranoicos. Otras mujeres embarazadas pueden identificar y compartir miedos y
fantasías similares. Ser capaz de poner en palabras tus miedos inconscientes y subjetivos
puede aportar una sensación de bienestar y mayor confianza en el momento del
nacimiento de tu hijo.

Cuanto mayor sea la oportunidad de hablar de cambios físicos y anímicos en la relación


conyugal y/o familiar, mayores serán las posibilidades de adaptación e integración psicocorporal.
Otra ventaja de trabajar con cursos y grupos homogéneos –mujeres embarazadas que
se encuentran en el mismo trimestre de gestación o que atraviesan embarazos de alto
riesgo– es la posibilidad de que las mujeres comprueben que no son la única embarazada que
tiene dudas y miedos. , compartir experiencias, etc., sintiéndose menos “locos” como suelen
llamarse.

Viçosa (1997) considera que el grupo heterogéneo con participación de gestantes en


diferentes momentos del embarazo es más rico y da una idea de la evolución. El papel del
profesional de la salud mental es mostrar que las preocupaciones de las madres realmente
forman parte de esta fase tan concreta de sus vidas:

[...] posicionarse como persona interesada, hacer preguntas aclaratorias, hacer


comentarios aprobatorios, 'alinear' cuestiones, orientar a la mujer embarazada con el objetivo
de ampliar o crear el espacio psicológico necesario para la interacción con el niño o la
madre. (VIÇOSA, 1997, p. 309).
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Añadiría también la búsqueda de motivaciones para dudas, miedos y ansiedades. Es


necesario observar la necesidad de apoyo psicológico individual en los casos en que la
ansiedad aumenta durante la discusión grupal o cuando la mujer embarazada
no puede posicionarse.

5) Cuando las técnicas de acogida mencionadas resultan insuficientes, la opción


recomendada es la psicoterapia individual para mujeres embarazadas que acuden al
psicólogo o psiquiatra por conflictos emocionales intensos, presentando síntomas
psicológicos, como depresión, ansiedad, irritabilidad, incumplimiento de las
normas. embarazo, tocofobia (fobia al parto), inseguridad respecto de las
capacidades para llevar a cabo la maternidad, así como síntomas
psicosomáticos que pueden transformar el embarazo en embarazos de alto riesgo y riesgo.

La técnica recomendada en estos casos, debido al corto periodo de tratamiento y la


inminente llegada del bebé, es la Psicoterapia de Apoyo Focal, que se diferencia
de la Psicoterapia Psicoanalítica de larga duración por dos características principales:
los objetivos y el papel del psicoterapeuta.

Las consultas ocurren en situaciones específicas, tienen como objetivo aliviar los
síntomas, fortalecer las defensas saludables del ego, recordar a las personas que
enfrentan situaciones similares, además de buscar soluciones potenciales y creativas.

El papel del psicoterapeuta es más activo y directivo, ayudando a los pacientes, o


pacientes –recordando que a veces es el hombre quien busca ayuda– a mantener el
foco de la terapia. La Psicoterapia de Apoyo Focal se caracteriza por la escucha
especializada y atenta de las fantasías y miedos de las mujeres embarazadas y
posparto. A través del desarrollo de una sólida alianza terapéutica, se brinda al
paciente un espacio libre, sin críticas, juicios u opiniones personales. Una posición
neutral, de buena y acogedora “maternidad” que facilita y conecta la comprensión
de situaciones pasadas, conscientes e inconscientes, que pueden estar interfiriendo
en la situación actual, desencadenando conflictos en relación con el bebé, la
maternidad (paternidad) o con ellas mismas.
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La comprensión teórica de los fenómenos psicológicos de la Perinatalidad


siempre se fundamenta en el Psicoanálisis, pero la técnica de abordaje se
diferencia por la interpretación no sistemática de la transferencia como recurso
técnico, aunque es detectado por el psicoterapeuta, y puede ser instrumentado y
asistido. en el diagnóstico del paciente. Debido al menor período de tiempo, las
intervenciones están más enfocadas a la maternidad, y pueden incluir
interpretación, aclaración, confrontación, indicaciones, aseguramientos,
sugerencias, preguntas y otras modalidades de reflexión de terapias breves, que
nunca deben confundirse con inducción a decisiones. Por ejemplo.

Aunque la técnica es diferente a la Psicoterapia Psicoanalítica de larga duración,


para ser eficaz el psicoterapeuta necesita datos de la historia familiar y debe
estar atento a las manifestaciones del inconsciente, como los sueños, que siempre
son muy esclarecedores, los actos fallidos, las asociaciones libres. y los
significados de los síntomas. El apoyo se caracteriza por alentar
asociaciones y recuerdos que ayudan a aclarar los malestares presentes durante el embarazo.

La postura del psicoterapeuta sigue las mismas reglas que otros tipos de
psicoterapia, es decir, la neutralidad –sin memoria y sin deseo, según Bion (apud
ZIMERMAN, 2004)– y la ética primero. La participación del terapeuta puede ser más
activa y directiva debido al tiempo limitado, como se mencionó anteriormente, pero
nunca invasiva o intrusiva. Debe prevalecer el respeto por los tiempos y la
subjetividad de los pacientes.

Como ejemplo, hablaré de una paciente que atendí hace algún tiempo, que tenía un
miedo intenso al parto natural, diciendo que tenía miedo de morir o de que algo
malo le pasaría a su bebé, y que el médico no le daría su consentimiento. una
cesárea así lo deseaba, viéndose obligada a sufrir un parto natural. Consultando
su historia, me llamó la atención que tenía una hermana a menos de un año de
haber nacido. Esta hermana, al igual que ella, nació por vía vaginal, pero tuvo
dificultades para oxigenar su cerebro y tiene una grave lesión cerebral que interfiere
con sus actividades motoras e intelectuales hasta el día de hoy. Dijo que amaba
a su hermana, pero que lamentaba tener que crecer compartiendo a su madre con ella y, en
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muchos momentos, perdiendo a su madre por ella. La paciente creció cuidando a esta
hermana y dijo que era una gran amiga suya.

Una vez me contó un sueño en el que tenía en brazos a su hija, que acababa de nacer, y
estaba muy asustada porque la niña tenía el pelo largo y la miraba con una mezcla de sonrisa
y enfado. Al hablar del sueño y del aspecto del bebé, tomó conciencia de todos sus
sentimientos extremadamente ambivalentes hacia su hermana, su madre y su
hija, que le trajeron intensos sentimientos de culpa, imponiendo, en su fantasía, el castigo
de tener a su hija. parecerse a su hermana y pasar por el mismo sufrimiento que su madre.
Parecía muy aliviada por estos descubrimientos. Días después tuvo a su hija por cesárea
y estaba muy tranquila cuando la vi por última vez en la maternidad.

Un año después supe que había tenido una segunda hija, exactamente igual a su madre,
pero por cesárea y que nació bien y sin consecuencias, como ella temía. Me di cuenta de
que el miedo a la repetición persistía hasta comprobar si la historia se repetiría o no.
Tendría la misma suerte que su madre (dos bebés en dos años), pero no tendría el “castigo”,
ya que su hija no era atípica (“el menor de los males”).

durante el parto

Aunque no es una regla general, algunas mujeres pueden estar acompañadas por doulas
que brindan asistencia exclusiva durante el parto, minimizando las molestias físicas y
emocionales del parto. Cuando no hay doulas, los profesionales de enfermería y fisioterapia
suelen acercarse y aliviar las molestias del periodo previo al parto. Además, las
parturientas cuentan con la presencia de un acompañante que puede ser su pareja
u otro familiar elegido por ellas, lo que idealmente les da la sensación de no estar solas y
sentirse cuidadas, según lo decretado por la Ley 11.1108, de 7 de abril de 2005. .
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Al ingresar en la sala o sala de preparto, la información que constituye la técnica de


orientación anticipatoria, descrita en las consultas prenatales, puede salvar muchas
ansiedades, independientemente del nivel socioeconómico y cultural de la
parturienta, activando

mecanismos adaptativos para que puedan afrontar la tensión del parto y los momentos
que lo preceden. Esta técnica no funciona como un tranquilizante, eliminando
la ansiedad, sino como un mecanismo de motivación, que permite a la mujer en trabajo
de parto realizar las acciones necesarias y reducir la parálisis de pánico.

Al revelar paso a paso a las mujeres embarazadas lo que está por venir,
advirtiendo y aclarando los procedimientos utilizados –toques vaginales,
aplicación de medicamentos u hormonas, episiotomía y otros–, las mujeres se
sienten respetadas y menos invadidas (MORAES, 2001). Cuando se produce esta
tranquilidad, las mujeres se sienten más libres y menos obligadas a expresar sus
sentimientos, sintiéndose comprendidas y pudiendo pedir nueva información
esclarecedora (CANELLA; MALDONADO, 1988).

En mi tesis de maestría sugerí algunas medidas de humanización, de acuerdo con lo que


observé en la relación médico residente­parturienta en aquella época y en aquella
maternidad. En algunas maternidades ya se aplican directrices explícitas emitidas por
el Ministerio de Salud (2010), pero aún no en otras, dependiendo de las situaciones
y los profesionales involucrados. Entre las pautas se encuentran:

­ presentación de los profesionales que los acompañarán;

­ llamar siempre al paciente por su nombre;


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­ hablar con los pacientes para detectar cualquier miedo o duda particular;

­ en las maternidades públicas, tratar de mantener el seguimiento por parte del mismo médico
durante el preparto y el parto, permitiendo mayor vínculo y confianza;

­ En las maternidades universitarias, la privacidad de los pacientes suele ser nula. El aprendizaje es
necesario, pero la información y el consentimiento de las mujeres embarazadas hace mucha diferencia para
ellas en un momento tan íntimo y expuesto;

­ seguimiento del contacto con los pacientes después del nacimiento, ya sean eufóricos, tranquilos o tristes
por la separación del bebé, o muy conmovidos por alguna complicación. Este contacto constante
proporciona una solución para la continuidad en la atención recibida;

­ después del nacimiento, permanecer con el bebé facilita el vínculo y, como dice Szejer (1997), le da a la
madre significado por todo lo que ha pasado.

En los casos en que se presente una complicación grave, como muerte del bebé, riesgo para la vida de la
madre y/o del bebé, detección de deficiencias, síndromes o malformaciones, siempre es importante que las
parturientas y sus familiares reciban el apoyo de un psicólogo que Puede facilitar la expresión de sentimientos
o acompañar los silencios necesarios. Aún hoy, es muy común observar que los equipos de salud
evitan el contacto con las parturientas en estos casos, generalmente porque no saben cómo actuar.

Durante el período posparto


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Como mencioné en el Capítulo 8 de este libro, el posparto inmediato suele presentar


cambios drásticos de humor debido a la tristeza posparto y las dificultades para iniciar y
mantener la lactancia materna. Este período suele ser un tanto convulso, especialmente en
el caso de los primeros hijos, debido a varias situaciones, entre ellas:

­ agotamiento del parto, independientemente del tipo;

­ desconocimiento del bebé que inicialmente es un extraño;

­ presencia o ausencia de un socio o red de apoyo;

­ inseguridades respecto de las tareas de la maternidad.

Todas estas situaciones se viven subjetivamente, con diferentes reacciones y manifestaciones,


incluida la formación de síntomas físicos y psicológicos.
Entre las técnicas de atención a la parturienta se encuentran las que se enumeran a continuación.

1) El apoyo psicológico inicial consiste en:

­ presencia constante y solidaria del socio, cuando éste existe;

­ red de apoyo para situaciones domésticas o con el bebé;


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­ grupos de puérperas vía WhatsApp, en los que las madres intercambian experiencias
e información;

­ “Doctor Google”, que les ayuda y les aclara, a veces les confunde;

­ el apoyo del pediatra, frecuentemente solicitado y a veces intercambiado por la


insatisfacción de las madres o los padres con el retraso, o con las respuestas dadas a
sus inquietudes, o por la ansiedad de las madres que necesitan una segunda y tercera
opinión.

­ si pasan los días, y no hay cambios aparentes, se llama a asesoras de


lactancia, a veces más de una, tengan o no éxito en sus tareas, hasta que algunas madres
llegan a la consulta de Psicología, buscando psicoterapia.

2) De la misma manera que trabaja el psicoterapeuta durante el embarazo, trabaja


en el puerperio, pero teniendo un objetivo adicional importante que es el vínculo con el
bebé. La mayoría de las veces las madres no traen a sus bebés.
En este caso, la técnica a aplicar puede ser la Psicoterapia de Apoyo Focal, hasta darle
sentido y transformar los síntomas. Muchas veces, una vez resuelta la “crisis” del
puerperio, estas mujeres permanecen en psicoterapia, que luego tiene otros objetivos y
modifica su técnica y sus temas.

Otras situaciones que acercan a las mujeres posparto a la psicoterapia individual son:
depresión posparto; la muerte del bebé; noticias sobre discapacidades y síndromes del
niño; dificultades en la relación con el bebé (rechazo, ansiedad, miedo); síntomas que
presenta el bebé, como dificultades para alimentarse, trastornos del sueño, llanto
inconsolable, enfermedades recurrentes, problemas de crecimiento y
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desarrollo. En cada uno de ellos el enfoque cambia, pero la escucha y la


comprensión psicoanalítica son las mismas.

3) Los grupos de apoyo para puérperas con bebés en el primer año de vida han demostrado
ser eficientes, al igual que durante el embarazo, a través del intercambio de experiencias
y la comprensión de que cada una tiene una dificultad emocional que superar y puede ser ayudada
por la otros participantes, a través de psicoterapeuta y otros profesionales invitados
como pediatra, logopeda, nutricionista.

4) En mi práctica clínica, las mujeres pueden buscar terapia con su marido, pero es más raro. En
estas ocasiones se observan dos situaciones extremas dependiendo de la relación de pareja:
1) proyecciones mutuas, expectativas respecto de los roles maternos y paternos y 2) el
significado del hijo para cada uno y para ambos.

En la primera situación, el marido se muestra muy participativo y preocupado por su


pareja y el bebé, queriendo colaborar con las dificultades afrontadas. Él mismo puede estar
perdido y necesitar comprender lo que está pasando. La atención incluye tanto sus sentimientos
como los de la mujer, ya que buscaron atención psicológica juntos.

La situación contraria es cuando la pareja, que ya no estaba bien, comienza a estar


en desacuerdo aún más con la llegada del bebé, y surgen críticas y otras reacciones
negativas por parte de una o ambas partes, con muchas proyecciones negativas de los objetos
parentales de uno. o ambas partes. En estos casos,

intentan centrarse en el significado que tiene para ellos el embarazo y el hijo y los cambios en la
pareja.

En términos generales, el resultado es la conciliación, con esclarecedores y


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proyecto común de cómo iniciar esta nueva familia más libre de fantasmas y pesos actuales
y transgeneracionales. Otra solución es la separación, dependiendo de la dinámica de
cada pareja y de su incapacidad de transformarse. La forma de vivir la paternidad por separado
debe ser objeto de discusión para que el niño no pierda ninguna de las figuras
fundamentales en su constitución como sujeto.

5) Cuando se trata de Perinatalidad, donde los “clientes” son todos los miembros de un
determinado contexto familiar: el niño, su madre, su padre y, en ocasiones, los abuelos y
otros, es muy importante buscar una atención global y no segmentada, disociados
artificialmente, a través de la Terapia Familiar.

PSICOTERAPIA CONJUNTA MADRES/PADRES­BEBÉ

Este es un nuevo tipo de psicoterapia. También llamado psicoanálisis de bebés o, como


prefiero llamarlo, “clínica de comienzos” –aunque el término no fue acuñado por mí. Se
diferencia de la psicoterapia psicoanalítica de madres o padres, por la inclusión
total del bebé en el ámbito analítico con la madre o los padres: su presencia. Las
manifestaciones corporales, las miradas, los llantos, los balbuceos, las ganas de mamar y,
según la edad, los juegos y movimientos en la habitación –espontáneos y reaccionales–
convierten al bebé en un interlocutor, y su materialidad exige que el trabajo analítico esté
más centrado en la experiencia de maternidad y paternidad en su dimensión relacional.

En la realidad clínica lo más común es que la madre busque ayuda para afrontar sus
dificultades o los síntomas del bebé. Así, en lo que respecta al enfoque específicamente
materno, y recordando algunos conceptos ya descritos en este libro, se sabe que la
maternidad es un proceso esencialmente inconsciente y está intrínsecamente relacionado
con lo “extraño” que habita en la madre y con una recreación vinculada con el bebe. Es un
proceso complejo, físico y psíquico, en el que emerge lo arcaico de la madre.
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Es notorio que cuando nace un niño, la madre tarda un tiempo en percibir al bebé como real,
pues lo percibe según sus necesidades narcisistas y, ante esto, tiende a proyectar en él
su historia, sus experiencias relacionales y emocionales y sus fantasías. La madre no
siempre siente amor, cuidado, cariño y esto se relaciona con el extraño que no reconoce,
lo que concierne a todas sus experiencias desencadenadas por la maternidad [...].

Estos determinantes incluyen la historia individual de esta mujer, antes de nacer, intraútero y
después del nacimiento: el bebé que fue, su primera relación con su madre y su padre,
su desarrollo psíquico, fantasmas y mandatos transgeneracionales. Estas
transformaciones son particulares y únicas, y también pueden cambiar con cada nuevo
embarazo o puerperio de una misma mujer (MARTINS; MORAES, 2019, p. 2­3).

Cuanto mayor sea la vulnerabilidad psíquica, ante contingencias adversas o imprevistas en


la idealización de la maternidad, el desamparo, la frustración, la alienación y los
sentimientos de impotencia pueden llevar a la mujer a la depresión después del parto.
Según Moraes (2011), se produce una ruptura, una ruptura emocional que requiere
elaboración psíquica. Las mujeres ya no se sienten dueñas de sus decisiones; Puede
confundirse en su transición del papel de hija al de madre y en el reconocimiento de
sentimientos diferentes a los que esperaba sentir.
Se necesita tiempo para reconocer al bebé real, diferente del bebé idealizado, y darse cuenta
de que el bebé no es pasivo, sino activo en su comportamiento y reacciones.

Cramer y Palacio­Espasa (1993) afirman que la materialización del bebé crea una “neoformación”,
caracterizada por una forma particular de funcionamiento psíquico y su correspondiente
psicopatología, que no es reducible a la suma de los antecedentes.

Toda una serie de inversiones narcisistas e instintivas de la madre, hasta entonces


conservadas en su espacio intrapsíquico, se distribuirán en el espacio interpersonal de la
relación con el niño real y fantástico. El niño se convierte en vínculo y depositario de inversiones
que hasta entonces estaban ligadas a objetos internos o
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a aspectos del self de la madre (CRAMER; PALACIO­ESPASA, 1993, p. 27).

El bebé es percibido con inquietante extrañeza, o considerado un enigma,


debido a la proyección de algún fantasma interno.

En palabras de Fraiberg, Adelson y Shapiro (1994), los fantasmas del pasado


no invaden la habitación del bebé, repitiendo intensamente el pasado en el
presente. Cuando en psicoterapia, la madre recuerda y revive “la ansiedad y
el sufrimiento de su infancia, los fantasmas desaparecen y la experiencia de angustia
[...] se convierte en la capacidad de proteger a sus hijos contra la repetición de
su propio pasado conflictivo” (FRAIBERG; ADELSON ; SHAPIRO, 1994, pág.

En relación al bebé, los estudios transdisciplinarios actuales denotan


sus habilidades y posibilidades, pero reconocen que, con el cuerpo, a través del
cuerpo y más allá del cuerpo, el bebé necesita un otro primordial que lo acoja, lo
reconozca y lo afilia.

La transición que todo bebé debe realizar –de organismo a sujeto– presupone
una serie de operaciones de existencia simbólica que deben realizarse dentro de
una relación, apoyada por otros padres transmisores de la estructura simbólica
(BERNARDINO, 2008, p. 17).

Es decir, el bebé tiene que convertirse en sujeto, reconocido y aceptado en sus


necesidades, deseos y demandas. Si esto no sucede, se “expresa” a través de sus
síntomas, desarrollándose una patología temprana.

Además, según Bernardino (2008), desde un punto de vista psicoanalítico, es


posible escuchar al bebé a través de sus vómitos, sus diarreas y resfriados, sus
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anorexia, sus trastornos del desarrollo, su sueño excesivo o insomnio, su apatía, su llanto
excesivo, síntomas que requieren interpretación “a tiempo”, expresión del autor. El
bebé necesita esta decodificación de sus comunicaciones y, aunque aún no
hable, está inmerso en un mundo de lenguaje desde antes de nacer.

El psicoterapeuta perinatal especialista tiene la función de mediar entre los padres, o madre,
y el bebé; hablar con la madre, tomando al bebé como alguien que habla sin palabras. El
psicoterapeuta le cuenta al bebé, en palabras accesibles, lo que le sucede a la madre o a
los padres y transforma las reacciones del bebé en palabras para los padres, buscando siempre
significados y conexiones con la historia pasada de la familia, disociando la representación
del bebé de los fantasmas transgeneracionales. para que se pueda ver tal cual es. Para ello,
uno se identifica ya sea con la madre o los padres, o con el bebé.

La interpretación en esta clínica se refiere a todas las funciones de la palabra: mediación,


recepción, absorción y separación, utilizando la mirada, la sorpresa, el
encantamiento como posibles reacciones para localizar al bebé en un lugar fálico,
potencialmente

esperando ser investido narcisistamente por sus otros padres.


(BERNARDINO, 2008, p. 24).

El papel del psicoterapeuta no es ofrecerse como un parche en lugar de la ausencia


emocional de la madre hacia el bebé, sino, después de comprender las dificultades de la
madre, poder presentarse como modelo de interacción con el niño, reconociéndolo
como alguien que se expresa, que tiene necesidades y comprende las palabras,
sobre todo cuando provienen de la conocida voz de su madre.

Un dato muy importante a mencionar es que los bebés reconocen el malestar de su


madre o su padre y tratan de ayudarlos, como el ejemplo que puse
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Capítulo 13. Otras veces, el bebé se identifica con la depresión materna,


deprimiéndose o renunciando a la vida, o incluso asumiendo un yo falso que imagina
que hará más feliz a la madre.

Los efectos esperados de esta modalidad psicoterapéutica son que los padres resuelvan
sus conflictos con las figuras parentales proyectadas sobre el niño, que sean
capaces de abrir canales de percepción y comunicación con ellos mismos y con
el niño, que puedan verlos y aceptarlos tal como son. situación un poco más difícil en
los casos de discapacidades y síndromes infantiles ­ y que puedan iniciar una
relación nueva y creativa con su hijo, que se sentirá único, existente y valioso para
sus padres, aventurándose con ellos en la constitución de su vida psíquica. .

El VI Congreso Internacional del Bebé (2020), impulsado por el Instituto Langage y


representado por profesionales de diferentes áreas de la salud, aportó un aspecto
innovador y revolucionario al afirmar que, de la misma manera que una madre deprimida
no puede personificar a su bebé, los niños que tienen dificultades reaccionar e interactuar
con sus madres puede deprimirlos y alejarlos, debido al sentimiento regresivo de no ser
vistos y reconocidos por ellas, sintiéndose rechazados y deprimidos.

Una observación final es que los psicoterapeutas que atienden a padres y bebés desde
las primeras semanas en adelante recomiendan trabajar en conjunto con equipos inter
o transdisciplinarios con niños que presentan disfunciones neurológicas, motoras,
cognitivas y funcionales. Como nos recuerdan los estudios de Vítor Franco (2016),
los fallos ambientales derivan en alteraciones emocionales que pueden influir en la
forma de ser y funcionar del niño. Además, una intervención transdisciplinaria
oportuna puede contribuir significativamente, teniendo en cuenta la noción de plasticidad
neuronal, evitando mayores deficiencias y estableciendo estructuras
necesarias para el proceso de pensamiento.

En conclusión, esta nueva técnica ha demostrado ser muy importante en la formación


del vínculo inicial que constituye la base de la relación tan necesaria en la constitución de la
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sujeto, que necesita sentirse importante, perteneciente, narcisista, para luego separarse y
convertirse en un sujeto independiente. También para que las madres y los padres puedan afianzarse
en sus roles parentales con más eficacia, libertad y espontaneidad.

REFERENCIAS

ARRAIS, AR; ARAÚJO, TCCF Atención psicológica prenatal: perspectivas para el papel de los
psicólogos en Salud Materna en Brasil. Revista SBPH, Belo Horizonte, v. 19, núm. 1, pág.
103­11, 2016. Disponible en: [Link].
Consultado el: 5 de abril. 2017.

BERNARDINO, LMF ¿Es posible una clínica psicoanalítica con bebés? En: KUPFER, MCM;
TEPERMAN, D. Lo que provocan los bebés en los psicoanalistas. São Paulo: Editora
Escura, 2008.

CANELLA, P.; MALDONADO, MT La relación médico­paciente en ginecología y obstetricia.


2da ed. São Paulo: Librería Editora Roca, 1988.

CRAMER, B.; PALACIO­ESPASA, F. Técnicas psicoterapéuticas materno­infantiles. Porto Alegre: Editora


Artes Médicas, 1993.

FRAIBERG, S.; ADELSON, E.; SHAPIROV. Fantasmas en la habitación del bebé: una aproximación
psicoanalítica a los problemas que dificultan la relación madre­bebé.
Publicación Ceapia, Porto Alegre, v. VII, núm. 7, pág. 12­34, 1994.
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MARTÍN, JC; MORAES, MH Cuando el bebé es el extraño. En: CONGRESO


de la FEDERACIÓN NACIONAL DE PSICOANÁLISIS, Belo Horizonte, jul. 2019.

MORAES, MH Los fenómenos emocionales involucrados en la práctica médica: un estudio


de la interacción médico residente­partera. Disertación (Maestría en Psicología del
Desarrollo, de la Salud y Comunitaria) – Facultad de Psicología, Universidad Federal de Santa
Catarina, Florianópolis, 2001.

MORAES, MH La clínica de depresión posparto. Revista Cambios, São Bernardo do


Campo, v. 9, núm. 1­2, pág. 61­67, enero/diciembre. 2011.

SZEJER, M.; STEWARD, R. Nueve meses en la vida de una mujer: una


aproximación psicoanalítica al embarazo y al parto. São Paulo: Casa do Psicólogo,
1997.

VIÇOSA, G. Grupo de mujeres embarazadas. En: OSÓRIO, LC; ZIMERMAN, DE (org.).


Cómo trabajamos con grupos. Porto Alegre: Editora Artes Médicas, 1997.

ZIMERMAN, DE Manual de Técnica Psicoanalítica: una revisión. Porto Alegre: Editora


Artmed, 2004.
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CAPITULO 15

ATENCIÓN PSICOLÓGICA A LA MEDIDA DE LOS EQUIPOS DE CUIDADO


SALUD PERINATAL

Lo que hacemos y cómo lo hacemos no es sólo una actividad, sino que forma parte de nuestra
personalidad y un cambio de conocimientos y técnicas, así como un cambio en la gestión de
nuestros recursos, supone una crisis en la estructura de nuestra personalidad.

(VIDELA, 1998).

¿POR QUÉ CUIDAR DE LOS EQUIPOS?

Por último, pero no menos importante, este capítulo está dedicado a los cuidados
necesarios para los equipos de salud perinatal que trabajan en maternidades tanto públicas
como privadas, así como en clínicas multidisciplinarias.

Los profesionales que eligen esta profesión y trabajan en un hospital o clínica encuentran un
campo de práctica determinado por influencias sociohistórico­políticas externas y
socioculturales e intrapsíquicas internas. Además de los conflictos esperados entre ideas, ideales
e individualidades en la convivencia grupal humana, los profesionales tienen que lidiar con
reacciones individuales y posibles sufrimientos psicológicos experimentados en el desempeño de
diferentes tareas.
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Es necesario comprender el funcionamiento psíquico del profesional como sujeto dentro


de la institución donde actúa y las reacciones emocionales como miembros de sistemas
sociales específicos que conducen al desarrollo de defensas grupales como protección
contra la intensa angustia desencadenada por el trabajo en una institución. El estrés físico,
psicológico o social es un término que define el estado dinámico de un individuo, resultante de
su interacción con estímulos y circunstancias nocivas, que terminan dejando marcas en
la vida del trabajador de la salud (PITTA apud MORAES, 2001).

A las dificultades inherentes al trabajo específico en instituciones, que van más allá del
objetivo de este capítulo, se suma una gran carga de trabajo caracterizada por la
urgencia, el contacto íntimo con el dolor y el sufrimiento, la perspectiva de nacer y morir, las
constantes y estresantes exposiciones psicológicas. a las debilidades humanas, las
demandas y expectativas de pacientes a veces difíciles, hostiles y quejosos, las
reacciones psicológicas de los pacientes y sus familias ante las personas del equipo y las
vicisitudes vividas en la perinatalidad. Todo ello obliga a los profesionales sanitarios, tanto
hombres como mujeres, a realizar un esfuerzo adaptativo diario y muy intenso, que puede
situar a quienes trabajan en el ámbito sanitario en un grupo de riesgo emocional.

La psicóloga perinatal argentina Mirta Videla, que trabaja en maternidades desde hace más
de 40 años, denuncia que una defensa común y patológica en instituciones y colectivos
profesionales es el silencio de las emociones, que niega y disocia
permanentemente los sentimientos de los profesionales, apegados a una omnipotencia mítica
de la educación universitaria a la ritualización de las normas. Este ritual de protocolización de
conductas no sólo tiene la función directiva, organizativa o funcional del trabajo, sino que,
inconscientemente, protege a los profesionales de la salud de las exigencias brutas,
impredecibles y a veces traumáticas en el desempeño de su trabajo y tiene la función
de reducir aparentemente las ansiedades. .

Antes de abordar la especificidad de la atención profesional a las mujeres


embarazadas, en trabajo de parto y que han dado a luz recientemente, analizo las
motivaciones, conscientes e inconscientes, que llevan a las personas a elegir su profesión. En términos
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En general, se puede pensar que las profesiones de la salud, que son el tema central de
este libro, tienen en común el deseo de atención, pero puede ser una “herencia familiar”, una
búsqueda de estatus, poder, una situación económica razonable. entre muchos
otros.

Inconscientemente, las elecciones parecen estar relacionadas con las historias familiares y
psíquicas de cada profesional. El deseo de cuidado, por ejemplo, puede estar relacionado
con el mecanismo de reparación, en el que se busca remediar daños reales o imaginarios
causados a objetos importantes de la infancia, cuidando de los demás. Pero ¿qué explica la
elección de especialidades como obstetricia, pediatría, cirugía, medicina fetal, enfermería
obstétrica o neonatal, psicología perinatal, doulage, además del útil mecanismo de la
sublimación?

Mi experiencia como psicoterapeuta de adultos me permitió comprender que la elección de


profesiones, así como la tesis y

disertaciones, suele tener una íntima conexión no sólo con el momento actual de la vida,
sino, en gran medida, con la constitución de las personas como sujetos psíquicos.

Para simplificar, traigo un ejemplo que me parece apasionante. Al finalizar mi maestría,


cuando hube completado mis observaciones de las relaciones entre residente y médico
parturiento, decidí aplicar individualmente a los 12 residentes de obstetricia un
cuestionario simple con sólo cinco preguntas verbales:

¿Por qué elegiste Medicina?

¿Por qué elegiste Obstetricia?


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¿Qué pacientes son los más difíciles de cuidar?

¿Qué pacientes son los más fáciles de cuidar?

¿Qué sabes sobre tu nacimiento?

Las primeras cuatro preguntas fueron respondidas con respuestas vagas, políticamente
correctas y generalistas. La última pregunta tuvo un impacto emocional en todos. Algunos
lo disfrazaron, otros no. Algunos incluso dijeron: “¿Por eso elegí la obstetricia?” De los
12 médicos residentes, uno respondió que su madre siempre se refirió a la maternidad y al parto
como momentos hermosos de su vida, incluido el nacimiento de la propia residente, y decidió
intentar que otras mujeres vivieran esto también. Otro dijo que su parto fue normal, pero
que su madre casi había muerto al dar a luz a su hermano menor, los otros 10 participantes
relataron que sus madres estuvieron muy enfermas durante sus partos, y cada uno contó los
detalles privados de lo sucedido –post­ hemorragia mortem ­nacimiento, uso de fórceps,
sufrimiento del parto prolongado­, en una mezcla de asombro, emoción y perspicacia.

Siempre que empiezo un curso de Psicología Perinatal intento buscar las motivaciones
de los alumnos. Lo importante es que sean conscientes de sus motivos conscientes y
descubran los inconscientes, relacionados con sus propias experiencias perinatales,
que incluyen su embarazo, su parto, su lactancia, su relación con su padre y su madre y con la
maternidad.

El objetivo de esto es facilitar a los profesionales de la salud trabajar objetivamente con los
pacientes y sus familias sin mezclarse, sin proyectar conflictos y
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dificultades, sin identificarse con el padre, con la madre o, lo que es más común,
identificarse con el bebé, perdiendo así la imprescindible neutralidad y
empatía.

Como ya he mencionado en otra parte del libro, todos pasamos por un vientre –el
“planeta útero”, como lo recordó un profesional en un estudio de caso­ y tenemos
inscritos, en nuestra memoria, nuestros defectos, nuestros traumas. o nuestras
gratificaciones más primitivas. Y es a través del fenómeno inconsciente llamado
Transferencia, descrito por Freud (1912), que existe la posibilidad de que se repitan
deseos, sentimientos, impresiones y fantasías reprimidas relativas a los primeros
objetos (padre y madre) desplazados a las personas en la actual sociedad. entorno,
incluidos pacientes y colegas.

Como ya se informó, la relación de los pacientes y familiares con el equipo de


salud está sujeta a estos fenómenos de transferencia, lo que explica múltiples
formas de relación con un mismo médico, por ejemplo. ¿Cómo lo ve el paciente?
¿Como un buen padre, un padre amenazador, una madre tranquilizadora o
castradora, con envidia, con idealización? Conocer estos fenómenos no
significa que deban ser trabajados o elaborados en la relación del profesional de la
salud con sus pacientes y familiares, como sucede en los procesos
psicoterapéuticos, pero, ciertamente, esta comprensión mitiga reacciones
ciegas, muchas veces inadecuadas.

Cláudio Eizirick (1994), profesor de la Universidad de Medicina de Rio Grande do


Sul durante muchos años, afirma que esta dimensión inconsciente es a
menudo blanco de resistencias. Los miedos a develar, reconocer, estudiar y
discutir el mundo interno llevan a descuidar la necesidad de trabajar las
reacciones emocionales del paciente, del médico, del equipo y de su
interacción.

Zimerman (1992) y Videla (1993; 1997; 1998) advierten de la importancia del


autoconocimiento del médico para que pueda sublimar las fantasías primitivas de
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agresividad o reparación, que pueden interferir negativamente en las interacciones


con los pacientes. Yo añadiría que esta necesidad se aplica a todos los profesionales de
la salud, especialmente a los psicólogos.

Aquí surge un impasse técnico. Muchos cursos de formación universitaria en el área de


la salud no ofrecen, como parte de su formación, la inclusión de la psique en la
comprensión de síntomas y/o reacciones emocionales durante la Perinatalidad.
Esta capacidad de actitud clínica, sugerida por Bleger (1984), Canella y
Maldonado (1988) y Crepaldi (1999), sin embargo, puede adquirirse mediante una
formación especializada, dirigida no sólo al tratamiento de la patología, sino principalmente
a la promoción y prevención de la misma. la salud mental de quienes asisten y de quienes
son asistidos, en un intento de integrar las dimensiones física y psíquica, el consciente y
el inconsciente, el paciente y el profesional de la salud como figuras humanas sujetas
a los avatares de esta condición.

Según Zimerman (2004), y creo que al igual que en la formación de psicoterapeutas,


es muy importante que los profesionales de la salud se apoyen en el trípode:
psicoterapia, conocimiento y práctica, para el desarrollo más ético y adecuado posible
de su ejercicio profesional, sin esto se convierte en estrés y agotamiento emocional.

Psicoterapia: una de las mayores formas de autocuidado, de hecho, es el


tratamiento psicoterapéutico de profesionales que trabajan con la psique, directa o
indirectamente, como ocurre en la Perinatalidad, ya que este es un período en el
que pacientes y profesionales se enfrentan a la La más primitiva de todas las
experiencias: la experiencia intrauterina, el parto, la lactancia y la primera infancia. Es
muy importante que los profesionales –sean o no de salud mental– puedan identificar,
por ejemplo, si les afecta y por qué una determinada situación o reacción de un paciente,
si perciben alguna identificación del paciente con su propia madre. , o si la necesaria
neutralidad en las terapias conjuntas entre madres/padres y bebés por parte de
psicólogos y psiquiatras puede verse perjudicada por la identificación inconsciente y
regresiva con el bebé. Es fundamental que los profesionales cuenten con este espacio
psicoterapéutico para entenderse a sí mismos.
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ellos mismos, incluso en el ejercicio de su profesión.

Conocimientos: el conocimiento de la Psicología Perinatal por parte de todos


los profesionales que intervienen en la asistencia a las mujeres embarazadas, parturientas
y que han dado a luz recientemente es de suma importancia para la acogida de la mujer
y de sus familias en todas las circunstancias, especialmente aquellas que sean
adversas, permitiendo la adecuada derivación al Técnicas más habituales y específicas,
como la psicoterapia, que están restringidas a psicólogos y psiquiatras.

Como ya había destacado al principio del libro, considero fundamental y, sobre todo, ético
que los profesionales de la salud mental (psicólogos, psiquiatras) y aquellos a los que
sistemáticamente se consulta y solicita (pediatras, obstetras, enfermeras,
fisioterapeutas, nutricionistas) quienes dedicados a asistir a la mujer, pareja y familia en el
período perinatal, proponen un desarrollo profesional serio y constante en el área de
la Perinatalidad Psíquica. El conocimiento proporciona mayor claridad en la
comprensión de la mujer embarazada, parturienta o puérpera, desarrollo de
mayor tranquilidad, menor pánico ante lo desconocido, desarrollo de técnicas de atención
psicológica que ayudan tanto: al profesional como al paciente.

El conocimiento en general está ampliamente disponible a través de Internet, bibliografía


cada vez más amplia y especializada, así como cursos ofrecidos por profesionales
experimentados y entidades especializadas, como el Instituto Pais­Bebês, en Florianópolis.
Afortunadamente, los cursos de maestría y doctorado en universidades de Brasil han
producido muchas investigaciones enriquecedoras en el campo del
conocimiento sobre Maternidad, Paternidad, Crianza y Coparentalidad. También dije, al
comienzo de este libro, que la Perinatalidad Psíquica y la Crianza de los Hijos son un
mundo, tal es su intensidad y variedad de experiencias subjetivas. Por tanto, a nivel
internacional lo que vemos es el crecimiento de especialidades profesionales que
profundizan en temas acotados, como el duelo, los embarazos de alto riesgo, la
prematuridad, las discapacidades, los partos, la lactancia materna, etc.
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Práctica: la práctica es el área más dinámica en la atención en equipo, ya que presenta


varias posibilidades:

reuniones transdisciplinarias de estudios de casos, en las que los profesionales de la


salud asimilan conceptos y comprensiones psicológicas;

interconsulta, un encuentro más específico entre un psicólogo y otro profesional


de la salud para comprender una situación determinada;

capacitaciones y talleres, por ejemplo, “cómo abrazar el duelo perinatal”, que combinan
teoría y discusión de casos, y pueden incluir dramatizaciones de las llamadas
“escenas temidas” o ya vividas de manera dramática en el ejercicio de la profesión;

supervisión de la práctica individual o en equipo por parte de psicólogos perinatales,


teniendo en cuenta la observancia del establecimiento de los fundamentos de la técnica
aplicada en el cuidado de las mujeres embarazadas, parturientas, puérperas y sus
familias. La integración de la teoría con la práctica clínica, el desarrollo de habilidades clínicas,
como la escucha, la empatía, la comunicación y la percepción de cosas no verbales. Desde mi
experiencia como supervisor clínico, además de ser un instrumento de aprendizaje, la
supervisión funciona como un “desatar nudos”, cuando, por alguna razón, el
profesional de la salud, o psicoterapeuta, se encuentra atado por la transferencia o la
contratransferencia;

Perspectiva transdisciplinaria, que abarca la multidisciplinariedad, ya que el equipo está


formado por profesionales de diferentes procedencias y también es interdisciplinario
en la interacción y comunicación que se espera en este tipo de trabajo. Implica cooperación,
corresponsabilidad, compartir
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conceptos y conocimientos, buscando un lenguaje común y una

[...] posicionamiento de aceptación, receptividad y aprecio hacia el conocimiento de los demás.


La transdisciplinariedad requiere una actitud de formación permanente desde dentro del propio
equipo y desde fuera, funcionando cada técnico como forma de formación de todo
el equipo y haciendo hincapié en las relaciones humanas, interpersonales, dentro del
propio grupo, como soporte emocional del trabajo. (FRANCO, 2015, p. 147­148).

La perspectiva transdisciplinar no significa que todos los miembros del equipo deban
saberlo todo, perdiendo su identidad profesional. Significa la búsqueda de una comprensión
global, para que cada persona, dentro de su estilo y posibilidades personales, pueda escucharse
a sí misma, a sus compañeros y a sus pacientes. Una de las formas de lograr este
objetivo es la siguiente técnica de apoyo al equipo.

Grupos de Educación Continua –originalmente llamados Medical Education Group, ahora


extendidos a todas las profesiones–, como sugiere el psicoanalista David Zimerman
(1997, s.p.). Se trata de grupos operativos, también llamados de “reflexión sobre la práctica
clínica”, que acaban ejerciendo una acción terapéutica sobre sus componentes, aunque
ese no sea el objetivo principal. Es una modalidad grupal que tiene como objetivo

[...] desarrollar la capacidad de reflexión, es decir, la capacidad de pensar de forma no


intelectualizada sobre las experiencias emocionales vividas de la forma más libre posible,
desarrollando idealizaciones y desconfianzas y posibles resistencias iniciales en
relación al psicólogo o psiquiatra. coordinador.
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En este tipo de trabajos, el coordinador no da respuestas directas a las preguntas


planteadas, sino que fomenta el desarrollo de la empatía en cada uno de los participantes,
es decir, la capacidad de ponerse en el lugar del otro así como de respetar y ser respetado.
percibir, conocer y comunicar, evitando malentendidos o suposiciones vacías basadas en
las propias creencias y valores del profesional. En estos grupos no sólo es posible
discutir casos difíciles de pacientes, sino también la interacción entre colegas.

En este tipo de trabajo grupal con equipos ocurre lo siguiente:

­ una recomposición del grupo familiar (padres y hermanos), que permita a cada persona
comprender y respetar mejor las dificultades e inhibiciones de los demás y respetarse a sí mismo;

­ la posibilidad de realizar nuevas identificaciones y compartir un nuevo código de valores;

­ la percepción de las cargas proyectivas que realizan y sufren les permite reconocerse mejor
en los demás, diferenciarse de los demás y ponerse en su lugar;

­ el desarrollo de un sentido de identidad profesional y de algunos atributos inherentes a la


profesión, que no se refieren sólo a conocimientos teóricos y tecnológicos, como la empatía,
el respeto, el coraje, la veracidad y otros (ZIMERMAN, 1997).

Zimerman (1997) todavía recuerda, y estoy completamente de acuerdo con él, que escuchar
es diferente de oír, así como ver es diferente de mirar, que decir es diferente.
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A diferencia de hablar, no es lo mismo comprender que entender, no es lo mismo ser


empático que ser comprensivo, entre otros recursos y requisitos para el ejercicio
sensible de la profesión en el área de la salud, especialmente en la atención a las mujeres
embarazadas, parturientas y mujeres posparto con sus hijos y familiares.

Aunque soy consciente de que en este libro se encontrarán muchos vacíos, espero haber
logrado acercar a los lectores reflexiones sobre la Psicología Perinatal y su importantísimo
papel en la búsqueda de una atención más integral a las familias, desde la salud mental
materno­paterna e infantil. salud, intentando mejorar el mundo del mañana.

REFERENCIAS

BLEGER, J. Psico­Higiene y Psicología Institucional. Porto Alegre: Editora Artes Médicas,


1984.

CANELLA, P.; MALDONADO, MT La relación médico­paciente en ginecología y


obstetricia. 2da ed. São Paulo: Librería Editora Roca, 1998.

CREPALI, MA Bioética: derechos de pacientes y acompañantes en la


hospitalización e interdisciplinariedad. Cadernos de Psicologia e Educação Paidéia,
Ribeirão Preto, v. 9, núm. 16, pág. 89­94, 1999.

EIZIRIK, C. Enseñar una profesión imposible. Revista de la Asociación Brasileña de Psiquiatría


– Asociación Psiquiátrica de la América Latina, São Paulo, v. 16, núm. 4, pág. 133­135, 1994.
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FRANCO, V. Introducción a la Intervención Temprana en el desarrollo infantil.


Lisboa: Edições Aloendro, 2015.

FREUD, S. (1912). La dinámica de la transferencia. Traducido por Jayme Salomão.


En: FREUD, S. Obras Completas. Río de Janeiro: Imago Editora, 1976.

MORAES, MH Los fenómenos involucrados en la práctica médica: un estudio de la


interacción médico residente­paciente parturienta. 2001. Disertación (Maestría en
Psicología) – Universidad Federal de Santa Catarina, Florianópolis, 2001.

VIDELA, M. El parto en el hospital. (Dar a luz y nacer en el hospital). 1ª edición.


Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 1993.

VIDELA, M. Maternidad: mito y realidad. 2da ed. Buenos Aires: Ediciones Nueva
Visión, 1997.

VIDELA, M. Prevención. 4ª edición. Buenos Aires; Ediciones Cinco, 1998.

ZIMERMAN, DE La formación psicológica del médico. En: MELLO FILHO (org.). Psicosomática
Hoje, Porto Alegre: Editora Artes Médicas, 1992. p. 64­69.

ZIMERMAN, DE Grupos de Educación Continua. En: OSÓRIO, LC; ZIMERMAN, DE


(org.). Cómo trabajamos con grupos. Porta Alegre: Editora Artes Médicas, 1997.
cap. 32.
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ZIMERMAN, DE Manual de Técnica Psicoanalítica ­ una revisión. Porto


Alegre: Artmed Editora, 2004.
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SOBRE EL AUTOR INVITADO

María Gabriela Pinho Peixe

Psicóloga graduada por la Universidad de Vale do Itajaí – Univali (2006). Tiene formación
en Psicología Hospitalaria − Interhealth: Curso de Psicología de la Salud (2006) – y es
especialista en Terapia Sistémica Relacional en Familiare: Instituto Sistéticos (2010). Completó
su formación en Reproducción Asistida en la Sociedad Brasileña de Reproducción
Asistida en 2016. También es especialista en Psicología Perinatal del Instituto Pais/Bebês y
miembro del mismo Instituto en Florianópolis, SC. Trabaja como psicóloga en Clínica Fecondare
desde 2009 y brinda atención a adultos y parejas infértiles y en tratamiento de reproducción
asistida.

Orquídea: 0000­0002­1830­0488.

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