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Pablo Palacio - Senora

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¡Señora!

Pablo Palacio

[Link]
biblioteca digital abierta

1
Texto núm. 8208

Título: ¡Señora!
Autor: Pablo Palacio
Etiquetas: Cuento

Editor: Edu Robsy


Fecha de creación: 29 de febrero de 2024
Fecha de modificación: 29 de febrero de 2024

Edita [Link]

Maison Carrée
c/ des Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España

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2
¡Señora!
—Usted fue, sí, usted fue.

—¿Señora…?

—Le digo que fue usted; no sea sinvergüenza.

—Pero… ¡señora!… perdone: no sé de lo que se trata.

—¡Ah!, cínico… Devuélvame enseguida lo que ha cogido.

El hombre sintió un crujido en el armatoste de su buen juicio y se quedó


viendo la cara de la rabiosa con ojos desencajados.

—¿Fue usted quien estuvo sentado junto a mí en el Teatro?

—… Sí, señora; así me parece…

—Entonces, ¿qué hizo de mi saquito de joyas?

—Pero ¿qué saquito de joyas?

—¡Oh! Esto es demasiado. Y ¡claro!, no podía ser de otra manera. ¡A lo


que hemos llegado! Usted se va conmigo, jovencito, y no diga nada porque
no quiero hacerle tomar un chasco. ¡Se ha de creer que sea yo quien
sienta vergüenza antes que él!

En la comedia moderna, el automóvil es un personaje interesantísimo; así


es que se acercó un automóvil.

—A la Policía.

Anonadamiento. «¿Estoy yo loco o está ella loca? ¿Sueño o no sueño?


¿Qué es lo que me pasa? ¿Soy ladrón o no soy ladrón? ¿Existo o no
existo?». Alto grado de estupidez.

3
—¡Pero, señora!

—¡Vuelve usted con lo mismo! No me va a ser posible entenderme con


usted. Ya se lo he dicho. Lo que tiene que hacer es devolverme lo que ha
cogido y no venirme con lamentaciones. Nada de esto hubiera pasado si
usted me habría devuelto eso enseguida. ¿A qué vienen sus fingimientos?

—Se lo juro, señora: no sé qué es lo que usted me reclama.

—¡Cállese! ¡Cállese! Me va a hacer encolerizar. Tengo convencimiento de


que fue usted y por eso hago lo que hago. Y no sé bien por qué procedo
así. A pesar de la monstruosidad que acaba de cometer, me ha
simpatizado; si no, estuviera ya en la Policía y vergonzosamente. Pero por
algo noto que es una persona decente y estoy segura de que no sufrirá el
bochorno de las investigaciones.

Policía.

—Vea, joven, por Dios, devuélvame el saquito. Son joyas valiosísimas y es


lo único que tengo. Figúrese usted lo que me va a decir mi marido cuando
venga. ¡Ah!, y todo por la ausencia de él… Lo que me va a decir cuando
venga. Vea, joven, compadézcame…

—Bueno, diablos, ¿qué es lo que pasa? Le he dicho que no tengo nada


suyo. ¿Entiende usted?: No ten-go na-da su-yo. Ya estamos en la Policía.
Siga, señora.

—No, no baje; no se moleste. Yo no quiero hacerle quedar mal. Caramba,


caramba. Calle usted. No, no; esto no puede ser. Yo sé que usted se
compadecerá de mí. Adolfo, siga a casa.

—¡Maldición!

Y estupidez definitiva: «¿La mato o no la mato? ¿Estoy loco o está loca?


¿Qué hora es? ¿A dónde voy? ¿Hay un amigo tras la noche o un
enemigo? ¿Quién es esta mujer? ¿He robado o no he robado?».

—No intente arrojarse… Se estrellaría. Vaya más ligero, Adolfo; más ligero.

Y como el viaje fuera largo, el hombre tuvo miedo.

Brillaban dos ojos de gata.

4
Naturalmente, empezó a llover fuerte.

—No recele de nada. ¿Cree usted peligrosa a una mujer sola, en la


noche? Oh, qué niño… No nos lo comeremos a usted. Pero, hable. ¿Por
qué no habla? ¿Se le ha secado la boca?

Silencio empedernido. Desfile, ante la imaginación, de todos los gestos,


actitudes y aptitudes de lo absurdo.

—Ya hemos llegado. Tenga la bondad de bajar, joven. No: por acá. No
tenga ningún recelo. Fíjese usted en el peligro que le ofrece una mujer
sola. Entre. Suba. Caramba, el susto que me ha dado. Yo creí no volver a
ver más aquello, que es lo único que tengo. Ay, pero hace un frío terrible.
Entre, siéntese. (Silencio). Ahora lo que necesito son las joyas. Hágame el
favor, joven.

—Pero, señora, ¿qué es lo que le pasa? Se lo he repetido hasta la


saciedad: yo no tengo sus joyas.

—Bueno, primeramente dígame por qué me dice señora…

—… Porque así lo parece.

Y la señora rió.

—Caramba, caramba… Perdóneme usted que sea tan molestosa; pero, ya


comprenderá… mi situación es de las más difíciles… Ya sabe usted que
mi marido está ausente, y puede caerme aquí de sorpresa después de
dos, tres, cuatro días… ¿Y qué le diré yo de esas joyas? Como él es un
poco celoso, quién sabe qué cosas va a figurarse… ¡Ay, no, Dios mío, si
cuando yo pienso en lo que él puede pensar de mí, soy capaz de
enterrarme viva…! Perdóneme; yo sé que estoy obrando muy
indiscretamente, pero es que ahora no puedo hacer nada bien…
Permítame que le exija su abrigo…

La señora buscó inútilmente en todos los bolsillos y lo colocó sobre una


silla.

—¡Oh! Pero no vuelva a ponérselo. Aguarde usted. Caramba; pero qué


frías tiene las manos. ¿Quiere tomar una copita? ¿Ron? ¿Cognac?
¿Whisky?

5
—No bebo nada, señora.

—Uff, que seriedad… Es de ver al chiquillo. ¿Me perdona un momento?


Yo misma voy a traer, porque no quiero despertar a los criados, y ya
veremos si rehusa. De paso traeré también un pequeño utensilio para que
arreglemos lo de las joyas.

Por fuerza, había dejado de llover.

Miradas rápidas y alocadas. Una ventana baja fue el milagro. Puesto que
no había peligro de que se rompiera la osamenta, por allí debía salvarse el
hombre —y también el cuentista—, para luego, azorado, hundirse en el
camino.

Al ruido de la ventana, es evidente que la señora debió regresar a la sala:


y al no encontrar a la víctima, salir a ver presurosamente, hostil, rabiosa,
dada a los mil diablos.

Se mesaría los cabellos. Echaría en el lago quieto de la noche, atado al


final de su larga mirada exploradora, este volumen:

—¡Zoquete!

Una honda golpeará el estupor del hombre.

6
Pablo Palacio

Pablo Arturo Palacio Suárez (Loja, 25 de enero de 1906-Guayaquil, 7 de


enero de 1947) fue escritor y abogado ecuatoriano. Fue uno de los
fundadores de la vanguardia en el Ecuador e Hispanoamérica, un
adelantado en lo que respecta a estructuras y contenidos narrativos, con
una obra muy diferente a la de los escritores del costumbrismo de su
época.

Su producción literaria se condensa en tres libros: la colección de cuentos

7
Un hombre muerto a puntapiés (1927), y las novelas Débora (1927) y Vida
del ahorcado (1932).

En 1927 publica la colección de cuentos Un hombre muerto a puntapiés y


la novela corta Débora. Después, en 1931, comienza a publicar algunos
fragmentos de la novela subjetiva Vida del ahorcado.1? Sus dos primeros
libros se ubican como obras características del movimiento vanguardista
latinoamericano.

Luego de la Guerra de los cuatro días (1932) que se libró en las calles de
Quito, Manuel Benjamín Carrión Mora nombra a Pablo Palacio como
subsecretario de Educación. Por entonces también hacía periodismo en el
diario socialista La Tierra. En 1936 fue nombrado profesor de la Facultad
de Filosofía de la Universidad Central y publicó su cuento Sierra.

Palacio es un antirromántico y en sus textos combate el romanticismo que


se había convertido en un cliché. En su manera de parodiar los tópicos de
estas tendencias literarias Palacio multiplica los efectos de la ironía.

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