DOCE AÑOS
FUGA Y ASCO
Un hermano de penalidades me dijo una noche, mientras
soñábamos con fugas y aventuras, con libramos de una
buena en nuestro dormitorio del correccional, que París es
inmenso y que es un sitio en el que uno puede esconderse.
No lo he olvidado.
Me encamino hacia allí. Ando, dirigiéndome hacia la
capital, desde el Charente Marítimo. Avanzo sobre todo por
la noche, para que la policía no me localice, andando junto a
las vías del tren. Me dije: «Los polis no suelen parar los
trenes. Sigue las vías». Cada vez que crece un zumbido a lo
lejos, me tiro a la cuneta. Mi corazón baila el charleston.
Dejo pasar el convoy rugiente mientras recupero el aliento.
Me alimento de frutas, de bayas, de setas, ignorando por
otra parte que las hay mortales, de semillas de saúco y, por
error, de una especie de pimiento silvestre… Recupero poco
a poco, sin sospecharlo, los gestos ancestrales de
supervivencia que me ha transmitido mi sangre, gestos que
la moderna vida de ciudad no ha apagado por completo.
Como no tengo mapa ni conozco ninguna indicación
topográfica me guío por el instinto. Mi única preocupación
es encontrar agua. Chupar las raíces y las hierbas no basta
para calmar mi sed. Padezco deshidratación, pero no puedo
permitirme el lujo de llamar a una puerta y pedir un vaso de
agua. Aparento más de doce años, y sin embargo aún no
tengo pelos en la barbilla. Mi petición podría parecerle
extraña a un adulto espabilado.
En Tours desfallezco, me muero de sed. Estoy dispuesto a
beberme el Loira. Pegado al muro del zoo, encuentro un
grifo. Bebo a lengüetazos, como un animal. ¡Quién bebe
mierda se gana un cólico! Durante varias horas me retuerzo
de dolor. Consigo sobrevivir al agua del zoo… Y después
hago autostop para acelerar mi aproximación al Gran
Escondite.
Llego a las puertas de la inmensa ciudad tras dos semanas
de fuga. Reconozco París, como todos los turistas, por la
torre Eiffel que sobresale, noble y altanera, por encima de la
gigantesca aglomeración. Me enamoro de ella
inmediatamente. La Señora Jirafa me atrae de forma
irresistible. Me dirijo hacia ella recorriendo al azar las calles.
Llegado a sus pies, la mido con los ojos, de abajo arriba,
de arriba abajo, incrédulo, hasta quedar mareado.
Alucinado, le doy varias veces la vuelta. Me descubro
hablándole, murmurándole palabras de amor. Voy andando
hacia atrás, con la cabeza vuelta y los ojos clavados en esa
masa altiva y en su armazón almocárabe que forma un
sorprendente caleidoscopio, cuando, de pronto, tropiezo con
una pareja de alemanes tan perdidos como yo en su soñador
abandono bajo este rosetón creado por el cielo y las
viguetas. No sé por qué —no he pedido nada—, el señor me
ofrece dinero. ¡Qué potra! Hace tiempo que me he fundido
los cincuenta francos que me dio un hombre en la isla de
Oléron, cosa que me permitió darme un garbeo turístico,
«en recuerdo de mi hijo, me explicó, con cierta melancolía,
porque también él corría mundo».
En uno de los pies de la torre, una señora vende unos
billetes para subir al cuello de la Señora Jirafa. Compro un
billete y empiezo la ascensión con el júbilo de un
pretendiente que se reúne con su amada. Cada piso me
ofrece nueva ocasión para la maravilla. Descubro el mundo y
me dejo achispar por esta libertad recién estrenada, lejos,
muy lejos de la infancia manchada. Tomo distancia respecto
de mi vida. Me siento exultante al descubrir el Campo de
Marte, la Escuela militar y, al otro lado del Sena, el palacio
de Chaillot y sus surtidores de agua.
En el segundo piso, echo a volar, como una gaviota, y
sobrevuelo el río, de plomo fundido, sus puentes, las
minúsculas calles, las mil casas del bello París. En lo alto, el
fascinante descubrimiento de un mundo de hormigas y la
impresión embriagadora de dominar, de reinar, de planear,
de escapar a mi infierno.
No quiero dejar a mi Señora. Cuando me veo obligado a
bajar, al llegar la hora del cierre, decido hacer guardia junto
a ella. La noche invade los jardines. Me acuesto detrás de
unos matorrales, apoyado contra el segundo pilar derecho,
en frente del Trocadero. El aire es templado. Duermo como
un bendito bajo las ventanas de los inmuebles más caros de
París.
Me despierto temprano y ando, sin rumbo, hacia la
Escuela militar, Latour Maubourg y los Inválidos, explorando
cada calle, cada pasadizo, con el fin de grabarme en la
memoria lo que va a convertirse en los meandros de mi
territorio.
Durante varios días arrastro mis zapatones por el barrio.
Las noches se vuelven más frescas, más húmedas. No
llevo más que una camiseta roja de nailon y tirito. Me lleva
cinco días encontrar ese gesto que un animal conoce por
instinto y que aprendí de Simia cuando me dormía pegado a
ella en su cubil: colocar la cabeza lo más cerca posible de
los cataplines y resollar en ellos, como un recuperador de
calor.
Después de unas cuantas noches, empiezo a serle infiel
a la Señora Jirafa. Tengo demasiado frío. ¿Dónde encontrar
un techo? Al caer la noche me meto en un garaje de
bicicletas de la avenida Rapp. Me duermo unas horas
hecho un acordeón entre las ruedas de las bicicletas. Ya no
me tengo en pie. En la calle no se tiene derecho a dormir
cuando se tiene sueño, sobre todo cuando se es un
macarra de doce tacos.
En varias ocasiones, algunos de los dueños de las bicis
me echan cuando vienen a recogerlas. «¿Pero qué haces ahí,
chaval?», dicen los más amables. «¿Qué coño pintas aquí,
gamberrete?», protestan los mal hablados. No les voy a
responder ni a arrearles un cabezazo… Me piro, con los
ojos medio cerrados, y parto en busca de otra habitación. Al
final doy con otro garaje de bicicletas, en la calle del
general Camou. No existe ninguna guía del Trotamundos
para vivir gratis en la calle.
Al ir adquiriendo experiencia, al cabo de varias semanas,
me doy cuenta de que la gente termina de guardar su
motocicleta o su bici hacia la medianoche, y que el
movimiento vuelve a empezar a las cinco de la mañana. Eso
me deja cinco horas de tranquilidad para echar un
sueñecito.
Todas las noches, al dormirme, me hago la solemne
promesa de que, si algún día tengo una casa, tendrá
habitaciones para quien no las tenga.
Me muero de hambre. No puedo ponerme a pedir a mi
edad. Aprendo a robar, por necesidad. La primera vez, me
propongo coger una botella de leche que acaba de ser
entregada delante de la puerta de unos ultramarinos en la
avenida de Grenelle. Son las seis de la mañana. No consigo
decidirme. Como un gato joven, doy vueltas alrededor de mi
presa sin atreverme a ponerle las zarpas encima. Tengo
demasiada hambre. De repente, me decido y echo a
correr. Birlo la botella. Una vez que la tengo en la mano,
me da la impresión de que todos los reflectores de París me
enfocan a mí. Pongo pies en polvorosa, mis tripas tocan las
castañuelas. Unos minutos más tarde, en el pueblo suizo —
su laberinto de calles peatonales es ideal para escapar de
las persecuciones—, destapo el fruto de mi hurto y me lo
bebo, con la frente bañada en sudor y disfrutando de una
alegría desconocida, la del miedo superado. Me siento como
si flotara en una nube.
A partir de ese día me convierto en un ratero. Robo a
horas fijas para experimentar de manera regular esa curiosa
sensación del canguelo en las tripas que da aliciente a mi
vida. Me vuelvo un adicto a la adrenalina. El miedo es un
fraternal enemigo. Me enfrento a él a las ocho y media de la
mañana, y luego a las dos de la tarde, del mismo modo que
otros niños van al colegio. Organizo mi horario de golfillo.
Los que tienen la suerte de tener padres pueden darles
los buenos días, por las mañanas. Cuando vuelven por la
tarde, al regresar del colegio, encuentran acogida, aunque
sea la de una nodriza. Según parece, hay incluso algunos
que tienen padres que se acercan a darles un beso a la
cama antes de que se duerman. Durante mi extraña
infancia, el miedo va a sustituir a mi madre. Me es fiel, y
está disponible cuando lo llamo, como una madre en una
casa. El miedo me espera, vuelvo a encontrarlo siempre que
decido hacerlo. Me enseña a observar y ejercita mi memoria.
Sin esta droga, mi vida sería oscura, sosa, repetitiva. Cuando
está falta de sentido, la vida necesita sal.
La libertad cuesta cara.
Al principio, te marcas mentalmente algunas películas,
descubres un mundo desconocido, juegas con lo prohibido y
con el miedo, te parece excitante no vivir como los demás.
Después los días pasan. El sueño se convierte en realidad. Y
la realidad no todos los días es de color de rosa. Tienes
hambre, tienes sed, tienes sueño. Andas durante horas,
exhausto, atiborrado de promesas inaccesibles, cebado por
las tentaciones de los incitantes escaparates. La amargura
te traspasa, imperceptiblemente, al ver todo lo que te
resulta imposible vivir y todo lo que te está vedado poseer.
Estás constantemente a la que salta para escapar de las
rondas de la policía. Desconfías de todos. Te mosqueas con
todo. Te acostumbras al robo, e incluso tus rapiñas se
vuelven insípidas. Tu amigo el miedo ya no te pone tan a
tono como antes.
El cuento de hadas se convierte entonces en una
pesadilla, es demasiado tarde: no quieres admitirlo, porque
haría falta tener valor. Sobre todo, eres incapaz de detener
ese desfile de días, esa sucesión de horas sin objeto, ese
vagabundeo que te aleja cada vez más del mundo real y que
sólo prosigues por una razón última: mejor el infierno de
esta jungla que volver al correccional.
Ando una burrada. Las piernas me responden. Uno de mis
circuitos preferidos es el de «Latour Maubourg - plaza de la
República, ida y vuelta». Al caer la noche, vuelvo a mis
bellos barrios de joven vagabundo, imaginándome, frente a
los lujosos hoteles, que un rico va a bajar la escalinata,
cruzarse con mi mirada, encariñarse conmigo y ofrecerme
las delicias de su suite. Los días pasan. Las noches también.
Los ricos siguen corriéndose juergas en sus iluminados
palacios, mientras yo vuelvo a mi garaje de bicicletas,
agotado, al límite de mis fuerzas, en las últimas…
¿Podría realizarse mi sueño? En un banco del Campo de
Marte, un hombre elegante se me acerca, se sienta a mi
lado. Va vestido con gusto, tiene aires distinguidos,
representa unos sesenta años bien llevados. Inspira
confianza. Le hablo con el corazón en la mano, no le oculto
que me he fugado, que no tengo dinero, que busco algún
trabajillo. Me dice:
—Jovencito, tengo lo que necesitas. ¿Quieres ganar
cincuenta francos?
Yo contesto que sí embalado.
—Sígueme.
Llegamos a la calle del Comercio y entramos en un viejo
edificio. Su vetusto aspecto me hace pensar que mi
protector va a proponerme algún trabajo de pintura.
Entramos en un apartamento oscuro. Una vez allí, el señor
tan distinguido me pide que me desnude. Me niego. Me
apunta a la cabeza con un arma.
Paralizado, aguanto su violencia innoble, incomprensible.
Ya estoy de vuelta en la calle con cincuenta francos en la
mano y un asco inmenso. Estoy helado hasta los huesos.
Me duele todo. Quisiera lavarme, purificarme después de
esta ignominia. ¿Dónde refugiarme? Mi corazón vomita
algunas lágrimas. La desesperación penetra en mí como
una bruma glacial. No consigo ver las cosas con claridad.
La desgracia me hace tiritar.
Voy andando hacia Passy. En la plaza, un espectáculo de
guiñol congrega a su público. Me siento frente al tenderete
verde, como un extraño, ausente, en medio de los demás
niños y sus madres. Uno de los títeres me suelta:
—¡Tú estás tan triste como yo!
Me escapo corriendo.
Tengo doce años y algunos meses. Acabo de descubrir
la perversidad del hombre, lo que es capaz de imaginar
para ensuciarse a sí mismo y degradar a sus semejantes.
Sentí cómo me taladraba la garra del mal, cómo hurgaba
en mi interior. Traspasó mi cuerpo, hirió el alma, un jardín
secreto
que existía en mí, y que aún era puro. Sobrecogido,
paralizado, fui incapaz de pedir socorro. Sin embargo, en mi
interior, en lo más profundo, allí donde ya no hay palabras,
sí que pedí ayuda. Grité hacia un ser todopoderoso, para
que viniese a librarme del horror.
No vino.
Nadie vino.
TRECE AÑOS
CHULO DE PUTAS
La violación me ha herido profundamente. También ha
conmocionado mis ideas sobre el mundo e introducido
desconfianza allí donde aún podía quedar algo de
ingenuidad. Mi confianza se ha vuelto frágil, ha sido
quebrantada. Ya no soy más que un rosal silvestre, sin podar,
cubierto de espinas. Me gustaría encontrar un adulto, un
tutor junto al cual poder crecer. De ahora en adelante tengo
miedo de que todos los hombres sean como mi padre, como
los educadores sádicos o como los elegantes violadores de
los barrios distinguidos. El mundo de los adultos se me
aparece como un suelo sobre el que uno cree poder andar,
pero que revela estar podrido, carcomido por las termitas de
la mentira y el vicio.
Sigo mi camino errante. No tengo elección.
Varias semanas después del «accidente», dos hombres
jóvenes, bien maqueados, me abordan en la avenida Rapp.
Me invitan a cenar en un restaurante de la calle Saint-
Dominique. Gato escaldado del agua fría huye. Sin embargo,
acepto su propuesta. No se viola a un niño sobre la mesa de
un restaurante. Y tampoco se rechaza una comida cuando el
hambre te retuerce las tripas.
Desde luego, estos tipos no acaban de recibir la Legión
de Honor. Les cuento un poco mis penalidades. Me dicen:
—Hermanito, ya no estás solo, ven con nosotros, vamos a
ocupamos de ti.
Desconfío, dudo, les sondeo. Uno de ellos no miente, me da
en la nariz que es recto y honrado. El otro… Me voy con
ellos.
Alquilan un apartamento en el bulevar de Latour
Maubourg. Me señalan mi habitación y me dan las buenas
noches. Ellos se acuestan en la misma habitación, lo que me
tranquiliza. De todos modos, me atrinchero, pero no es mi
cuerpo lo que parece interesarles. ¡Uf! Dormir en una
auténtica cama, con sábanas que huelen bien… ¡Qué placer
poder estirar las piernas cuando desde hace casi un año
duermo acurrucado en el garaje de las bicicletas!
Al día siguiente por la mañana, mis dos ángeles
guardianes llaman a la puerta y me despiertan con
amabilidad:
—¡En pie, hermanito!
Dejo con desgana este confortable nido y me doy una
larga ducha abrasadora. El desayuno es abundante.
¡Bizancio en Latour Maubourg! ¿Qué me ha reservado este
día, y qué mis dos mentores, que no tienen un físico de
niños de María?
—¡Ven hermanito, vamos a vestirte adecuadamente!
Me llevan a un sastre muy selecto del barrio. El tipo,
superdistinguido, me toma las medidas con un metro que
brota de su mano como por arte de magia, y después trae
un temo gris con finas rayas blancas, nuevecito, una camisa
inmaculada, unos gemelos, una corbata y un abrigo de
cachemira de sedoso tacto. Dejo mi polo que apesta a sudor,
mi pantalón guarro, y me transformo en un señorito.
Terminan su juego de birlibirloque ofreciéndome unos
hermosos zapatos embetunados y un corte de mucha
categoría en un gran peluquero. Nunca me habían
acariciado la cabeza con tanta delicadeza.
Mis nuevos colegas, Jacquot y Pierrot, pagan todo en
metálico, ya no me causa extrañeza. Este día mágico se
desarrolla a toda velocidad, como por ensalmo. ¡Casi no
me reconozco! Me miro en los escaparates y no doy
crédito a mis ojos. Parezco un inglés. Ando en zigzag para
sortear los charcos. ¡Lo más importante es no manchar mis
zapatos de ricachón!
«¡Venga, hermanito, ahora un poco de turismo!». Un
taxi nos lleva hasta la plaza Blanche. ¿Me van a pagar una
velada en el Folies-Bergére? El Moulin-Rouge agita sus
aspas en la noche, y el barrio cachondo, iluminado, es un
hervidero de gente. Vamos andando hasta un gran café, en
la avenida Jules Joffrin. La penumbra de la sala repleta
de humo está perforada por las dagas de luz de los focos.
Mis dos hermanos mayores me invitan a una limonada en el
bar.
—Espéranos aquí, tenemos una cita.
Se van a charlar con varios tipos. Desde donde estoy
puedo ver unos caretos no demasiado prometedores.
Una hora más tarde, terminados los conciliábulos,
volvemos a «casa». No consigo adivinar cuál puede ser su
actividad profesional ni, sobre todo, con qué salsa piensan
devorarme. Una cosa me tranquiliza: no son violadores de
niños. Duermo a pierna suelta.
Al día siguiente, por la tarde, cuando Jacquot me tiende
mi primera arma, un revólver del calibre 7,65 y me explica
con paciencia la forma de montarlo, de desmontarlo y su
manejo, tengo la confirmación de que no son representantes
de comercio. Sólo al anochecer pillo el modo de empleo de
mi nueva vida.
Hacia las diez de la noche, volvemos a la plaza Blanche.
Me dan instrucciones en la acera:
—Hermanito, espéranos aquí. Nosotros subimos a un piso
a hacer nuestra movida. No deberíamos tardar más de
cinco o diez minutos. Si ves que sale alguien corriendo, ¡le
pegas un tiro!
Contesto «sí» de forma maquinal, apretando la cacharra
en mi abrigo de cachemira.
Jacquot y Pierrot, apodado el Belga, entran en un viejo
edificio. Espero delante de un cine próximo mientras vigilo
la entrada. Un tío, que no es trigo limpio, me aborda:
—Ven conmigo, te pago la entrada.
—No, no puedo, espero a alguien.
No me deja en paz, el muy vicioso. Repito que «no»
mirando a otra parte. El viejo marica pierde entonces la
chaveta:
—¡Lárgate, jilipollas!, me abronca. ¡Aquí no pintas nada,
o si no te vienes conmigo al cine!
Me coge del brazo, quiere arrastrarme hasta la entrada
iluminada. Meto la mano en el bolsillo y estoy ya a punto de
meterle mi juguetito en la nariz cuando Jacquot y Pierrot
ruedan escaleras abajo.
—¡Corre, hermanito, síguenos, muévete!, me espetan.
Echo a correr sin comprender, dejando al sarasa
pasmado.
Huimos hasta la estación del metro. Cogemos el tren al
vuelo y allí nos vemos recuperando el aliento en el
traqueteante vagón. De pie en un rincón, Pierrot me
sonríe y, con el índice, me pide que me acerque. Abre su
abrigo con una risa socarrona y me enseña la culata de su
herramienta. Está ensangrentada.
—Mira aquí, hermanito, murmura dándose palmaditas en
la pierna.
Abro ligeramente el amplio bolsillo y veo unos fajos de
billetes, mucho dinero.
—Lo ves, es rápido, me dice con un guiño.
Me agarro a la barra del vagón para no caerme. Me fallan
las fuerzas, todo me da vueltas como un tiovivo, las
piernas se me doblan.
Adivino de dónde viene el dinero y cuál es la movida de
mis colegas. Son chulos de putas. Los billetes del Belga
son las ganancias de una mujer de Pigalle y el jugo negro
de la culata, su sangre. Me imagino cómo le ha quedado la
cabeza y compadezco a la chica a la que le han dado una
tunda.
A veces me digo, mientras vagabundeo por ahí, cuando
me cruzo con esas hermanas noctámbulas, que más tarde
me casaré con una virgen o con una puta. No me gusta lo
que está en el medio. Me acerco a menudo a estas
mujeres que venden sus encantos. Tenemos algo en
común: que recorremos las aceras. Parloteamos sobre el
macadán, y siento que se despierta su corazón maternal
cuando les cuento mis penas. Estas chicas de la calle son
cariñosas y comprensivas conmigo. Algunas me dan dinero,
e incluso alojamiento. Les he cogido cariño a estos pájaros
nocturnos, presos en negras mallas, entre las cuales hay
muchas que tienen corazón de princesa.
La mayoría son chicas del campo que se acercaron a la
capital soñando con un príncipe azul. Estas pobres
crédulas pronto descienden a los infiernos, sometidas a un
esclavista sin escrúpulos. Algunas tienen uno o dos hijos,
que se quedan en el campo, confiados a los abuelos. Sólo
van a verles una vez al mes. Esos niños son rehenes de sus
macarras.
—Si no vuelves, mato a tiros a tu crío, dice el muy cabrón.
¡O si no le contaré, y también a toda tu familia, tus
bonitas andanzas parisinas!
Presa de su reputación, la pobre chica va a dar un beso a
su hijo de prisa y corriendo, se inventa una historia para
explicar sus ausencias, o se parapeta en el silencio, y
después vuelve a la acera, con el corazón hecho pedazos.
Las rebeldes y las que se fugan acaban en el norte de
Barbes, en unos puticlubs para trabajadores inmigrantes
donde los precios están tirados. Un centenar de servicios
al día terminan de desfondarles el cuerpo y el alma.
¡Y mira por dónde, me veo convertido en cómplice de
unos chulos de putas!
Me doy cuenta también de que he estado a punto de freír
al marica. Si Jacquot y el Belga hubieran salido un poco
más tarde, ¿habría disparado? Quizá… Unos segundos más y
mi vida hubiera dado un vuelco.
Jacquot, en cambio, está callado. Sentado en uno de los
asientos plegables, ¿puede imaginar mi estado de ánimo?
Me mira, tranquilo y pensativo, y me coge por el hombro:
—Oye, hermanito, vamos a reponemos al Mario después
de todas estas emociones, nos lo hemos ganado.
En el Mario, un restaurante italiano del distrito 18, hay
muchos hombres a las mesas, de aspecto latino, de punta
en blanco, con el pelo engominado y cadenas de oro al
cuello. Tipos a quienes no dan ganas de buscarles las
cosquillas. Hablan de «negocios». Si me dijeran que es la
tasca de la mafia no apostaría un duro en contra. Mario, el
patrón, un forzudo bien rellenito y jovial, me da un apretón
de manos y me dice:
—Siéntate ahí, chaval.
Muy paternal, este Mario. Estamos en un salón interior
lleno de humo y oscuro. Una luz baja ilumina un billar en
torno del cual hay distribuidas cinco mesas de bar. Al fondo,
una pared sin ventana en la que cuelga un inmenso espejo,
una banqueta de cuero color habano, una gran mesa y
algunas sillas de madera marrón.
Mario se inclina para acercarse a Jacquot mientras me
señala:
—¿Es tu colega?
Jacquot me tira de la corbata y responde que sí con
una mirada.
—Pronto le pones a sacar pasta, ¿no te parece?,
pregunta el patrón.
Silencio. Pierrot juguetea con su navaja, una gran
automática. Se mueve sin parar, extremadamente nervioso.
Sus reacciones son imprevisibles. Mario sigue hablando con
Jacquot, no con Pierrot.
El patrón rompe el silencio y retoma la palabra, como si
no pasara nada:
—Tengo un asunto en la Sarthe, un buen golpe, fácil,
jugosas ganancias garantizadas. Podríamos sacar mucha
pasta.
Hace el ademán de frotarse las manos y se levanta,
invitando a Jacquot a que le siga. Pierrot se dispone a
acompañarles, Mario le hace seña de que vuelva a sentarse.
—¡Eh, Belga, quédate sentado, no dejes que se enfríen
mis espaguetis!
Pierrot aprieta los dientes, visiblemente furioso. La
presión aumenta. Un camarero con aspecto de patibulario le
llena el plato sin perderle de vista. Pierrot clava también su
mirada en él. En un instante se vuelve irreconocible, se
transforma en fiera, se abalanza sobre el camarero.
Instalados en una mesa vecina, Jacquot y Mario llegan a
toda prisa y separan a los dos hombres que ruedan por el
suelo. Pierrot vomita insultos. Jacquot alza la voz:
—¡Basta, siéntate, come y calla!
Pierrot obedece. Se atrinchera en un silencio
encolerizado.
Mario cena con nosotros, lleno de atenciones hacia
Jacquot y hacia mí. Su mirada cambia inmediatamente
cuando se cruza con la de Pierrot. Percibo desconfianza y
una secreta animadversión hacia él.
Las pastas están suculentas, y Mario me invita a un
segundo postre. En el momento de marchamos, me da
afectuosas palmaditas en la cabeza y me susurra al oído:
—¡Lo más importante, chaval, es que no escuches más
que a Jacquot, no debes confiar más que en Jacquot!
Cruzamos el salón principal. El camarero, detrás del
mostrador del bar, sigue nuestra partida con una mirada
sombría, el rostro hermético. Jacquot lleva a Pierrot
agarrado del brazo. Se palpa en el aire una atmósfera
tormentosa. En la calle, Pierrot estalla. Me abofetea
violentamente preguntando:
—Mocoso, ¿qué te ha dicho el macarroni antes de salir?
¿Eh, qué te ha dicho?
Jacquot le agarra por las solapas y le escupe, a dos dedos
de la cara:
—¡No toques al crío, si no, te mato! ¡No vuelvas a hacerlo
nunca!
Hacemos el camino de vuelta envueltos en un silencio
que pesa tres toneladas. Pierrot me da miedo. Respira
violencia y maldad. Jacquot, en cambio, es amable conmigo,
casi fraternal. Es un hombre con corazón.
Mientras Jacquot se da una ducha, Pierrot me dice que
vaya a su lado. Saca su cacharra y me pone el cañón en la
cabeza.
—¡Mierdecilla, te voy a hacer papilla el cráneo!
Cierro los ojos, va a disparar, la bala va a perforarme el
cerebro y a darme el pasaporte. Este tío está loco, es capaz
de todo. Aprieta el gatillo. Es el fin. Clic. Suelta una
risotada:
—¡Ja, ja, te he engañado, jilipollas! Has pasado
miedo,
¿eh?
Se vuelve a poner serio, me clava la mirada:
—Mira, si haces el chorra, te reviento. ¡La próxima vez
habrá una bala!
Se pira.
Hay nubarrones en el ambiente, la tensión se acumula.
Jacquot vuelve y me pregunta:
—¿Te ha gustado la velada,
hermanito? Contesto con un discreto
sí.
—Mario tiene debilidad por ti, ¿sabes? Dice que tienes
mirada y planta de jefe. Aún tienes que aprender muchas
cosas: a obedecer sin hacer preguntas y a no fiarte más
que de un solo hombre. ¿Qué es lo que te ha dicho Mario,
por cierto?
—Que sólo te siga y te escuche a ti.
—No le hagas caso a Pierrot. Está a la que salta, se ha
fugado de la Legión extranjera. Es un buen soldado, un poco
pirado.
Me acuesto, no demasiado tranquilo. Jacquot me ha
calmado, y sin embargo mi sueño tiene la misma paz que
un lago en noche de tormenta. Las imágenes de la sangre,
de los billetes, las peleas, la huida, la carrera desenfrenada,
el cráneo partido, todo se mezcla en mi sueño con la mirada
afectuosa de Mario, las pastas con albahaca y el postre con
chantillí.
A la mañana siguiente, voy paseando por el barrio
cuando, de pronto, me tocan el hombro. Es Pierrot. Me mira
de arriba abajo con una mueca llena de desprecio y de
rabia. Mira a su alrededor, abre su chaqueta, saca un
revólver con silenciador y apunta a una farola situada a unos
treinta metros. ¡Paf! La bombilla explota. El Belga vuelve el
material a su funda y me suelta:
—¡Te mataré, jilipollas!
Da media vuelta y se va lanzando un escupitajo. La
tensión sube un punto.
CATORCE AÑOS
GIGOLÓ EN MONTPARNASSE
Una tarde, a primera hora, Jacquot me lleva a La Coupole, el
famoso café del barrio de Montparnasse. Estoy sólo con él,
no sé dónde se ha metido el Belga, y eso me tranquiliza. Por
la mañana, Jacquot me ha regalado un traje nuevo, muy
elegante, y unos zapatos de charol. Nos sentamos en uno de
los bancos de la inmensa sala, pedimos una naranjada.
Jacquot me dice:
—Escucha bien el plan. Vendrás aquí, tomarás un té y te
pondrás a leer el periódico. Harás exactamente lo que te
digo. Pedirás un segundo té, y después la cuenta. Si el
camarero te contesta que la cuenta está pagada, le
preguntarás discretamente quién la ha pagado. Doblarás el
periódico e irás hacia la señora que te haya señalado,
dándole las gracias con un ademán de cabeza. Después irás
andando lentamente hasta la salida, mantendrás la puerta
abierta para que pase la señora, te apartarás cuando se
acerque, con una sonrisa, para dejarla pasar. La
acompañarás hasta su coche y te montarás con ella. ¿Lo
pillas?
Contesto que sí, repito las diferentes etapas de la
operación. A decir verdad no comprendo nada. ¿Qué se
pretende con todo ese tejemaneje? Tengo la impresión de
representar el papel de un agente secreto que no ha
comprendido su misión.
¿Por qué quiere Jacquot que me suba con ella al coche?
No entiendo bien el resto de su folletín y no me atrevo a
hacerle preguntas.
Al día siguiente, un viernes por la tarde, voy a La Coupole,
con un nudo en el estómago. Allí, al ver el gran número de
mujeres que hay en las mesas, pillo rápidamente que no soy
un agente secreto. Jacquot está sentado a unos veinte
metros. Hace como que no me conoce. Pido un té. Abro mi
periódico. Las hojas resbalan, caen, se chafan. Trato de
recoger las inmensas hojas y de volverlas a poner en orden.
Es un ejercicio difícil de hacer en vertical. Este Fígaro se
burla de mí. Debería haberme entrenado en mi habitación,
en casa. Debo estar ridículo, y me imagino que todo el
mundo me mira mientras revienta de risa. Estoy colorado
como un vaso de vino tinto. Me olvido de mirar a las señoras.
Me bebo un té, un segundo té, un tercero, un cuarto, y sigo
sin atreverme a preguntar quién paga. Tengo unas ganas
locas de mear, pero no me decido a levantarme. Aprieto las
piernas cada vez con más fuerza. Después del quinto té,
ante la amenaza de explosión, me voy al fondo del pasillo, a
la izquierda.
Jacquot se reúne conmigo en los servicios. Está que echa
chispas.
—¿Pero qué coño haces?
—Éste, pues, ya lo ves, hago pis…
—¿Sí, ya lo veo, pero además de eso?
Está furioso. No me atrevo a decirle que estoy azorado.
—Éste, pues, es por el periódico… ¡La verdad es que no lo
domino! Debería haber cogido un formato más pequeño.
—¡Me importa un bledo el periódico! Bueno, vuelves a
sentarte y pides la cuenta. ¡Ya basta de cuentos!
Avergonzado, vuelo a mi sitio. El camarero me trae un
sexto té. No he pedido nada y empiezo a no poder
soportar este agua caliente y sosa, a pesar de parecerme a
un inglés con mi vestido nuevo. El camarero me apunta:
—Aquélla es la señora —allí— que le invita.
Sonrío al camarero, sonrío a la señora. Sorpresa
agradable, es una hermosa mujer de unos cincuenta años
aproximadamente, rubia y bastante bien conservada. Tengo
potra. Podría haberme tocado una vieja pelleja, y además
fea.
Me levanto dignamente, me acerco hasta ella, la saludo.
Me sonríe. Voy directo hacia la puerta y la sostengo, después
voy hasta su coche, un Cadillac. Me siento a su lado,
empezando a verle atractivo a esta ceremonia.
—¡A casa, Roger!, le dice al chófer.
Vamos en coche unos veinte minutos, en silencio, hasta
una magnífica casa situada en el extrarradio oeste de París.
Una vez allí, me dejo hacer…
El fin de semana me parece muy agradable. Esta
señora, que va en busca de ternura, me inicia a unas
caricias desconocidas, mimándome como a un niño, como
a un amante.
Al lunes siguiente, su chófer me deja en París, después de
haberme dado 2000 francos. Esta cantidad corresponde
aproximadamente a dos meses de sueldo. El salario
mínimo interprofesional de esa época es de 800 francos.
A decir verdad, no encuentro desagradables mis primeros
pasos en la prostitución. Doy el dinero a Jacquot. Me
alarga
200 francos con un guiño: «¡Lo ves, está tirado!».
Efectivamente, es fácil, da jugosos beneficios y prefiero con
mucho dar amor a las mujeres abandonadas que ir a
extorsionar a mis amigas las prostitutas.
Por desgracia, lo uno no impide lo otro.
Durante un año voy a vivir con este ritmo de tres
tiempos: entre semana, chantaje por las tardes; el fin de
semana, galanteo con cuatro dientas regulares; y unos días
terriblemente vacíos. El dinero corre a borbotones, y sin
embargo no me da la felicidad. Los días me parecen largos,
y envidio a los niños que van al colegio mientras yo me
entreno en desmontar y montar mi 7,65 con los ojos
cerrados, y a desenfundar lo más rápido posible. Jacquot
tiene un montón de detalles conmigo. Es un hermano
adoptivo, no un padre.
Desenfundo, y a veces veo la silueta de mi padre en el
punto de mira. ¿Tiro o no tiro? Creo que me gustaría que
sufriera un poco antes de disparar.
Mis recreos los paso en la calle, espiando la salida de los
colegios y todos los gestos de afecto que prodigan los
padres a sus hijos: las manos que se entrelazan, los mimos
en la mejilla, los besos en el cuello, las frentes y las narices
que se frotan… Estos signos de ternura se clavan como
astillas en mi corazón. Los imito, los reproduzco con mis
dientas, con esas señoras maduras a las que aprendo a
comprender, a compadecer y a querer. Están solas,
dramáticamente solas, en su palacio dorado, en su jaula de
lujo, mantenidas por unos maridos de bragueta tan ágil
como su cartera. Las abandonan por unas pollitas jóvenes a
las que mantienen en sus picaderos y a las que, durante el
fin de semana, llevan a Saint-Tropez o a Megéve.
Con mi sed de ternura, me gusta recibirla y me aficiono a
darla. Los fines de semana representan una especie de
burbuja de dulzura que me permite olvidar mi soledad y ese
trabajo de extorsión que cada vez me cuesta más hacer.
Jacquot y Pierrot me conceden un ascenso, cosa de la que
preferiría pasar. Ya no soy su vigilante, me convierto en
un miembro activo de la banda. En la acera, les pregunto
a las chicas qué tarifa tienen y regateo, como si fuera un
joven desplumado que quisiera ir con una gachí. Subimos,
la chica
no sospecha nada. Jacquot me sigue sin dejarse ver.
Interviene antes de que comience el espectáculo, mientras
Pierrot vigila en el rellano, o al revés.
Es un juego peligroso. Los macarras nunca andan lejos.
Las reacciones de las chicas son imprevisibles. Algunas
están desesperadas, les importa un bledo que las
amenacen con una pipa y chillan. Otras, borrachas,
intentan golpearnos. Ya hemos tenido problemas, tiros,
sangre, y me da la impresión de que mis dos colegas van
demasiado lejos. Por mucho que cambiemos de barrio, a
estas alturas nuestro chantaje ya es conocido. Tanto los
macarras como las chicas están a la que salta. Hemos
invertido los papeles para variar… Presiento que algo va a
salir mal. Varias veces, las balas nos silban en los oídos. El
incentivo de la pasta, la espiral de querer siempre más, y
la ebriedad de la adrenalina adormecen el sentido común y
la prudencia.
A veces, como un rayo, me atraviesan las ganas de
morir.
Es un destello de desesperación. Espero una bala perdida.
Esta vida no conduce a nada. Es un callejón sin salida. No
puedo seguir participando en el sufrimiento de esas chicas.
Con gusto le cantaría las cuarenta a los chulos. Sobre todo,
no soporto la violencia gratuita de Pierrot. No puede
refrenarse y no pegar, incluso cuando la chica se somete y
nos larga la pasta sin decir ni pío. El muy mierdoso disfruta
con eso, y me gustaría hacerle pagar su sadismo.
Extorsionamos preferentemente a las chicas cuyo
macarra ha sido enviado al hospital, estableciendo un
circuito paralelo más rentable para la prostituta: la mitad
para nosotros, la mitad para ella. Cuando su macarra vuelve,
ha hecho unos ahorrillos.
¿Presentimiento, intuición? Me parece que Jacquot
también está harto. Ya no soporta al Belga, de quien se fía
cada vez menos, y siente lástima por la mayoría de nuestras
víctimas. Además, ha adelantado la hora de nuestras visitas
—empezamos hacia las diez— para que las chicas tengan
tiempo de volver a ganar dinero antes de la madrugada.
Nuestro volumen de negocio baja —las cajas nunca están
llenas a esa hora—, y eso saca de quicio a Pierrot.
Para calmar su furia, nos vamos a extorsionar a los
maricas del Trocadero o a los de las Tullerías. Jacquot se
muestra bastante menos tierno que con las chicas. Nuestra
técnica funciona bien: yo me subo al coche, fingiendo ser un
tío salido. Una vez que el marica coge confianza, agarro las
llaves de contacto. Entonces Jacquot y Pierrot se abalanzan
sobre él a través de la ventana y le hacen unas carantoñas a
su estilo. Les zurro la badana con mucho entusiasmo. Me
sirve un poco para vengarme de mi humillación.
Es algo que me alivia la memoria.
… Todos los días el mismo circo, excepto los fines de
semana, en los que soy yo el que se prostituye con las
mujeres ricas de La Coupole.
—Ya es hora de ir a atender tus deberes con esas
señoras, dice Jacquot riendo el viernes por la tarde.
Yo, que no conozco de la mujer más que la herida del
abandono materno y la dureza de ciertas educadoras,
descubro, gracias a las atenciones de estas damas, un poco
de dulzura y de delicadeza.
Una de ellas me estrecha un día entre sus brazos, me
acaricia la mejilla y susurra la famosa frase: «¡Tienes unos
ojos preciosos, sabes!». Lo dice de corazón. Es la primera
vez que una mujer me dedica un piropo tan bonito.
Tengo catorce años, y no es mi madre…
ANDÉN DE PARTIDA,
MI HERMANO MAYOR SE LAS PIRA
Un lunes por la mañana del mes de noviembre, vuelvo a
Latour Maubourg después de un fin de semana en buena y
dulce compañía, con mis 2500 francos en el bolsillo. Estoy
contento porque voy a volver a ver a Jacquot. Toco el timbre
en el apartamento, nadie abre. Llamo a la puerta sin éxito.
Aporreo, doy voces. No hay respuesta. Espero hasta el
mediodía, sentado en la escalera. Nadie viene, ni Jacquot ni
Pierrot. Voy a casa Lucien, un restaurante que frecuentamos
por las tardes. Nadie les ha visto. Me parece sospechoso, me
empieza a entrar el pánico.
Por la tarde, me voy volando al restaurante de Mario. Ha
salido. Esto es cada vez más raro. Ando desde Jules Joffrin
a Latour Maubourg, sintiendo de pronto el manto de soledad
de mis primeras semanas en París, soledad a la que ahora
añado la preocupación. El apartamento sigue vacío. Vuelvo
al restaurante de Mario. Uf, ahí está. Se acerca con una
sonrisa, aliviado.
—¡Ah, estás aquí, pequeño! Me alegro de verte. Me han
dicho que has venido a buscarme esta tarde. Ven, vamos a
sentamos, tú y yo tenemos que hablar.
Nos instalamos en la sala de billar, y él hace una seña a
los demás para que nos dejen solos.
—¿Qué quieres beber, limonada con jarabe o un anisete?
—Una limonada con jarabe, gracias, señor.
Me da unos amables cachetitos en la mejilla.
—¿Cuándo vas a decidirte a llamarme Mario?
Mientras vacío mi vaso, me dice:
—¿Buscas a tu colega Jacquot y al otro loco, no? Se han
pasado de rosca con sus movidas… Y todo por culpa del
Belga. Ya le había dicho a tu hermano que no se asociase
con ese desertor. Un mal soldado nunca deja de ser malo…
No me escuchó.
Mario se calla, con la frente arrugada, preocupado. No me
atrevo a pedirle noticias de Jacquot, y sin embargo, la
pregunta me quema los labios. ¿Sigue vivo? ¿Le han
pescado?
Como si adivinase mis mudos interrogantes, Mario
continúa:
—No te preocupes, tu colega está sano y salvo. Vendrá
enseguida. Está vivo. Va a tener que irse a descansar al
campo durante un tiempo para que le olviden. Y en cuanto a
ti, chaval, tienes toda la vida por delante para triunfar en los
negocios, aprovecha este accidente para cambiar de rumbo.
Eres demasiado joven para este tipo de historias, terminará
mal. No eches a perder tus mejores años. Mira a mi hijo:
tiene tu edad y vive tranquilamente con su madre y sus
hermanas. Vuelve con tus padres, ¡disfruta de la vida!
Mario habla de descansar, de irme al campo, de hacer
como su hijo… ¡Qué más quisiera yo que vivir con mi padre
o con mi madre, o por qué no con los dos juntos, ya que
estamos! Se me hace un nudo en la garganta. No soy hijo de
nadie. Mi vida es una constante huida. ¿Cambiar de rumbo?
¿Para ir a dónde? Nunca hay descanso cuando se huye,
sobre todo a los catorce años.
He soñado con la libertad en mi prisión infantil, y no he
descubierto en la calle más que la inquietud y la soledad,
una innoble violencia oculta bajo la hipocresía de una mano
tendida, la ley de la selva. El buen Mario me devuelve, sin
quererlo, sin saberlo, a mi herida original. Sus palabras
desgarran la cicatriz de mi memoria. La llaga se abre de un
golpe. Destila el pus de la rebeldía. ¡No, no quiero ser un
niño abandonado!
Bastante me han dicho ya que soy una «mala simiente»
en el correccional. Los hijos de los hombres se parecen a los
granos de la mostaza o a las semillas del maíz. Si crecen
mal o sin abundancia, es porque no se los ha cuidado lo
suficiente. No se les puede pedir que amen lo bello, lo
verdadero, el bien, cuando no se les ha guiado hacia lo
bello, lo verdadero y el bien. No se les puede pedir que
crean en el hombre cuando no han sido ni esperados ni
escuchados. Para que el grano fructifique hay que ocuparse
de la tierra con amor, estar atento al crecimiento, cortar a
veces, escardar a menudo, y respetar los tempos.
Dejo a Mario después de cenar, con todas estas ideas
arremolinándose en mi cabeza, sin decir ni pío. Me
acompaña hasta los Inválidos. Antes de separamos,
murmura:
—Chaval, no le hagas demasiadas preguntas a tu colega.
Dile que le veré donde Lucien mañana al mediodía.
Corro hasta Latour Maubourg, subo los peldaños de
cuatro en cuatro. Llego al segundo piso, doy golpes, toco el
timbre. Jacquot me abre la puerta.
—Entra, hombre, ¿dónde estabas?
Me dan ganas de abrazar a mi hermano mayor. ¡He
estado tan preocupado! Contesto, más sofocado por la
emoción que por la carrera:
—Donde Mario… me ha dicho… que te diga… mañana a
mediodía… en casa Lucien.
—Vale, Mario está bien, mejor que mejor. Tú estás bien,
estupendo. Pues ya ves, yo no estoy bien, hermanito.
Me callo. Me da miedo escuchar lo que sigue. Me hago
una bola en un rincón frente a este paladín caído.
—Ya ves, hermanito, lo dejo. Ya he ganado suficiente
guita, no tengo ganas de pasarme el resto de mi vida a la
sombra. Al otro cabrón no volverás a verlo, ya no volverás a
tener miedo, no te matará… Ha hecho el imbécil, no me ha
obedecido, y se ha quedado en el sitio.
Jacquot se lleva las manos a la cabeza, pálido como un
muerto, lívido y triste. Nunca le he visto tan
descompuesto. De repente, se levanta, recoge sus tres
pipas, y alarga la mano.
—Pásame la tuya.
Le doy mi revólver. Envuelve las armas en papel de
periódico, en trapos, y empaqueta el bulto con esparadrapo.
—Lo dejo todo. Voy a largarme con la chica que viste el
otro día. Estoy colgado por ella. Quiere casarse. Es guapa y
está forrada, nunca viene mal. Lo siento, hermanito,
nuestros caminos van a separarse. Te devuelvo tu libertad.
Mañana tendrás que arreglártelas. Deja los negocios,
encuentra un trabajo razonable. Eres espabilado, tienes
ganas, saldrás adelante.
Nos vamos a la cama con estas terribles palabras.
Imposible conciliar el sueño. No quiero dejar a Jacquot. Es
mi hermano mayor. Él me protege, yo le cubro.
Compartimos los riesgos y el botín. Desde luego, él saca
más. No se lo reprocho, él es el mayor.
Cuando abro los ojos, a la mañana siguiente, Jacquot va
de punta en blanco, como un señor. Su nueva vida comienza
a lo grande, la mía con una depre. Cada uno coge en la
mano su maleta y damos portazo a este apartamento en el
que hemos compartido un año de vida y muchas emociones.
Le acompaño en metro hasta la estación del Norte.
En el andén de salida, se para, me mira durante un buen
rato y me abraza diciendo:
—Gracias hermanito. Has sido mi primer hermanito, el
que siempre soñé tener.
En sus ojos brillan unas perlas. Sube en el tren que le
lleva a Bruselas. Salgo pitando para no llorar delante de él.
Las piernas me flaquean, mi corazón y mi garganta se
atenazan, la pena me ahoga. En mi interior es el diluvio, la
gran avenida, un Niágara de tristeza.
Voy errante, con mi maleta en la mano. Doy vueltas en
redondo. Vuelvo a la estación, imantado por este andén de
salidas, por la loca esperanza de que mi hermano de
corazón haya bajado de su tren, cambiando súbitamente de
decisión. No, el andén está vacío, el tren se ha ido,
llevándose a Jacquot. Ha salido de mi vida, y yo debo
expulsarle de la mía si no quiero sentir demasiada pena.
Acabo de dejar mi maleta en consigna cuando dos
policías de guardia me piden los papeles. Mi vigilancia ha
quedado embotada por la emoción, me había olvidado de
éstos… Hurgo en mis bolsillos, pensando en la mejor táctica
para salir del apuro. Un grupo de turistas holandeses sale de
un andén por detrás de los polis; eso los distrae un instante.
Aprovecho la ocasión. Empujo a uno de ellos, ruedo por el
suelo, me levanto en medio de los pasmados turistas que
retrasan la caza de los policías. Salgo zumbando a toda
pastilla por el vestíbulo de salidas. Ya estoy fuera, en la
calle, corro como un loco, con la nariz aterida de frío. No
oigo ni los silbatos ni las carreras a mi espalda. Uf, les he
dado esquinazo. ¿A dónde ir? Jacquot me ha dicho que no
vuelva nunca al apartamento, ni a los sitios que
frecuentábamos juntos.
A los catorce años, ¿cómo sobrevivir en la ciudad de la
gran soledad cuando ya empieza a asomar el invierno?
QUINCE AÑOS
LA VUELTA AL MUNDO CON EL SEÑOR LEÓN
Otra vez solo.
Vuelvo a mis viejos hábitos, de mala gana, y a un garaje
de bicis para dormir, cerca de Bir-Hakeim, en la calle
Alexandre Cabanel. Me cuesta una barbaridad conciliar el
sueño. Mis costumbres de ricacho en el mullido
apartamento de Jacquot me han vuelto delicado y friolero.
Tirito de frío y de tristeza en este cuchitril de dos metros por
tres, atestado de bicicletas, en el que el cuerpo no logra
estirarse nunca por completo.
Al día siguiente, paso a la acción. Hace cada vez más frío.
Jacquot me ha dejado un poco de dinero, pero estos ahorros
no alcanzan para pasar el invierno. Tengo que encontrar un
currelo, en primer lugar para tener la cabeza ocupada. Estoy
cavilando demasiado desde que se fue mi hermano mayor.
Abordo a un señor cerca del Campo de Marte, con la
mayor amabilidad del mundo gracias a las fórmulas
aprendidas con mis dientas de La Coupole. Eso reaviva un
horrible recuerdo. No tengo elección. Este señor parece muy
correcto. Le confío mis cuitas, mi búsqueda de trabajo.
Me escucha con atención y después me pide que le siga,
tranquilizándome.
—Hijo, te voy a presentar a un conocido. Tal vez tenga un
empleo para ti.
Hete aquí que llegamos ante el Félix Potin[1] de la calle
Saint-Dominique. Mi mentor parece sentirse como en casa:
el patrón del supermercado lo saluda con una reverencia.
Me presenta como a un joven de confianza, un tío con
ganas. Me hace tan bien la recomendación que el patrón me
contrata en el acto como almacenero. Me pide mis papeles
de identidad, y le contesto:
—No hay problema, tengo 16 años, se los traigo mañana
sin falta.
Al día siguiente, claro está, me olvido de unos papeles
que no tengo y empiezo a trabajar. Es duro. Tengo que
descargar grandes cajas de madera llenas de botellas de
vino o de limonada. Son pesadas, muy pesadas. Un tío de la
Martinica, cuadrado, me lanza las cajas. Yo tengo que
atraparlas al vuelo. Se ríe, el muy armario:
—Tus brazos son muy debiluchos, como espaguetis.
No le contesto, me contengo para no darle con mis
espaguetis en la jeta. Me peleo con esas cajas que me
parten los brazos, con todas esas litronas de tintorro que hay
que almacenar en el sótano. Necesito este trabajo y no
quiero decepcionar al tío que me ha enchufado aquí, es una
cuestión de honor. Por la tarde de este primer día, molido,
con los brazos hechos puré, me siento orgulloso de mí
mismo. Me he ganado a pulso mi salario, a pesar de que sea
una miseria al lado de mis honorarios de los fines de
semana.
Me regalo un pequeño extra. No es muy legal que
digamos. En fin, es menos deshonesto que atracar a unas
prostitutas. Birlo unos filetes de pavo y un poco de café, y
deslizo el paquete por el borde del tragaluz del almacén.
Da a una bocacalle adyacente. Al salir del trabajo, rodeo
la tienda, me agacho delante del tragaluz para atarme los
cordones del zapato y recojo mi cena de esa noche. Lo
saboreo en un banco de la plaza Lowendal, desgarrando la
carne cruda a dentelladas, como el león que ruge sobre su
roca en medio del jardincillo. A modo de postre, chupeteo
los granos de café.
Al día siguiente, el patrón me confía la venta de frutas y
verduras. Aprendo a pesar, a empaquetar, a encontrar la
palabrita justa para las dientas, ese comentario amable que
alegra el día, con una sonrisa de oreja a oreja. Siempre
añado un poco en la bolsa de la compra, después de haber
pesado el producto, la gente es sensible a estos detalles. Los
días pasan, se instala el invierno, sin demasiados tonos
grises ni demasiada tristeza. Los clientes habituales me
hablan con amabilidad. Estas buenas gentes no sospechan
que soy un prófugo que duerme en sus sótanos y que no se
lava más que una vez a la semana, en la piscina municipal.
Un día, entrego una bolsa en casa de una señora que me
da una regia propina. Su sonrisa de princesa me ilumina.
Tiene encanto, elegancia, aplomo, una voz acariciadora.
Quedo hechizado. Le pregunto al portero en qué trabaja. Me
mira como si fuera un retrasado:
—¡Pero si es Jeanne Moreau!
—¿…? ¿Y quién es, Jeanne… Boreau?
—¡Pues, la actriz!
No tengo ni idea de quién es esta Jeanne Moreau, pero su
propina me ha dado ideas. Empiezo a hacer horas extra, a
entregar pedidos durante la pausa del mediodía y por la
tarde, después del trabajo. Ahorro. El patrón me tiene en
palmitas:
—A los veintiún años, si sigues así, tendrás tu propia
tienda. No te olvides de traerme mañana tus papeles. Llevas
seis meses prometiéndomelos…
Evito la confrontación gracias a un cambio de gerente. Le
aseguro al nuevo que se los he enseñado al de antes.
Jugada perfecta.
El sábado por la tarde y el domingo sigo haciendo pasar
buenos ratos a algunas de mis dientas predilectas de La
Coupole. Corro el peligro de acabar agotado.
Al cabo de algunos meses, un cliente observador adivina
que no tengo casa. ¿Quizá por el olor? Y sin embargo, me
rocío con desodorante… Es un hombre de edad indefinida, y
tampoco va muy aseado. Me propone un techo. Es un chollo.
Me siento exhausto por la fórmula del escondite y la piltra
en el sótano de las bicis. He juntado el suficiente dinero para
ir a un hotel o para alquilar una buhardilla, pero soy
demasiado joven, sólo conseguiría que me detuvieran
inmediatamente.
Este hombre es el portero de una gran biblioteca en el
bulevar de Latour Maubourg. Lo encuentro raro. Su
conserjería es pequeña, húmeda y ruidosa. Mi
presentimiento se confirma. Desde la primera noche, este
homosexual me propone «cosas»: rechazo con firmeza sus
avances y me dispongo a marcharme cuando me invita a
quedarme a pesar de todo. Aunque me respeta, su
inquietante presencia altera mis noches.
Duermo durante varios meses en el cubil de este
individuo, en este cuartucho que apesta a vicio, vigilando
mis entradas y salidas para que nadie me vea en el
edificio. Mi empleo me ha integrado en la vida del barrio.
Saludo a los viandantes como a viejos conocidos y los polis
de la zona piensan que soy un chaval de por aquí.
Nunca se sabe… La obsesión de una vuelta al
correccional me incita a seguir alerta.
Tomo mis precauciones. Por ejemplo, teniendo el reflejo
de fijarme, al principio de cada calle que cojo, en el nombre
que hay escrito en la placa de una de las casas. Si me para
la poli, contesto que vivo aquí al lado, en el número tal de la
calle cual, con mi abuela o con mi madre, la señora equis.
Cito el nombre y el portal que me he aprendido de memoria.
El truco funciona, los polis me creen. Pero no me llega la
camisa al cuerpo. Cuando sospechan de mí y quieren
llevarme a casa para comprobar lo que digo, sólo me queda
una solución: darles esquinazo y largarme rápido, como
alma que lleva el diablo.
¡Pegársela a unos perseguidores, qué satisfacción!
Como salir de las catacumbas después de haberse
escondido durante horas en el enrevesado laberinto
subterráneo de la noche. Es lo que da chispa a mi vida, el
condimento de mi arroz. Aprendo a dominar mi aliento
cuando me pongo a cubierto detrás de una puerta de
garaje o debajo de un coche y una patrulla me pisa los
talones. ¿Me traicionará el tam-tam de mi corazón…? Mi
amigo el miedo me sigue siendo fiel.
Las veladas las paso vagabundeando por las calles de la
capital, robando con los ojos la alegría de los enamorados,
de los niños y de sus padres, en una palabra, la alegría de
todos los que se quieren y no lo ocultan. Como un águila
solitaria, observo, escudriño, elijo una presa y ya no la
suelto. Sin embargo, no puedo robar ni un padre ni una
madre, ni la alegría ni el amor… Sólo imágenes que duelen.
Todas las tardes, en el palco del teatro de la vida,
observo intensamente a la gente en las terrazas de los bares,
en las colas de los cines, tras los cristales de los
restaurantes. Todas las tardes, los actores cambian. El
escenario de la obra se repite siempre, sobre un fondo de
risas, de alegría, de miradas cómplices, de manos
entrelazadas, de bocas que se unen. Todas las tardes, mi
soledad se hace más profunda.
Algunas noches, en el barrio latino, sigo a estos peatones
de la felicidad en su tierno paseo y se me hace insoportable.
Entonces, me dirijo hacia los enamorados que se dan la
mano y paso entre los dos, provocador, para romper la
cadena simbólica de su amor. Trastocan mi clima interior y
provocan una tempestad incontrolable cuyos rayos se
dirigen inmediatamente hacia mi padre. Las oleadas de odio
me sumergen. Aprieto los puños en los bolsillos.
Vuelvo a hurtadillas hasta mi conserjería y a veces me
cruzo con un chico que ha cedido a los avances del portero.
Me entran ganas de vomitar y de partirle la cara a este
obseso. Prefiero huir. Agotado por mis salidas nocturnas,
vuelvo a mis garajes de bicicletas para tratar de dormir un
poco. Unas imágenes asquerosas me invaden.
Por la mañana, mi forma física para volver al trabajo no
es precisamente olímpica. Trato de enmascarar la fatiga.
—¿Qué pasa Philippe, hemos estado de juerga?, me
pregunta riendo el gerente.
Si supiera… Me insulto interiormente para ayudarme a
seguir en pie:
—¡Aguanta, desinflao, no eres más que un debilucho,
venga, ten más agallas!
Un día el patrón me grita desde lejos:
—Una entrega rápida para la Casa de la Radio, estudios
Jacques Picard.
Guénard garantiza un servicio sin par, es como si ya
estuviera hecho.
En los estudios Jacques Picard por poco dejo caer el
paquete al suelo. Mis clientes son cuatro bigotudos
cantantes. ¡Son los Hermanos Jacques en persona!
Están ensayando. Les sirvo las bebidas y me quedo allí
plantado, escuchándoles, fascinado por la amabilidad, el
talento y el profesionalismo de estos generosos artistas. Yo
que busco historias para meterme marcha, encuentro una
enorme al verles retomar siete veces su canción «He hecho
mermelada…» y todas las muecas cachondas que la
acompañan porque no están contentos con el resultado. ¡Un
auténtico latigazo! Mi fatiga se esfuma.
Vuelvo a la tienda feliz y halagado.
—¡Vaya, Guénard, ya te vale! ¿Has dado de beber a todo
el personal de la Casa de la Radio?
El patrón está de coña. No se lo toma a mal. Le cuento mi
encuentro. Con complicidad, me envía a menudo a llevar
pedidos a los estudios. Allí me encuentro con diferentes
artistas. De este modo, consigo quedarme con las camisas
con las que han ensayado Johnny Hallyday y Dick Rivers.
Vuelvo de estos garbeos como en una nube. Yo que no soy
hijo de nadie, atiendo a las estrellas…
Cuando, tras estos claros en mi vida gris, llega la
noche, sueño en mi garaje de bicis, o en la sórdida
conserjería del viejo obseso, que uno de esos artistas va a
terminar mirándome, fijándose en mí, tomándome afecto
para luego invitarme a su casa, a compartir su vida
dorada. Cada uno sueña como puede. El sueño gana
terreno a la miseria, al sufrimiento y a la angustia. Es un
viaje que no sale caro y que no molesta a nadie. Y no hay
huelgas en el tren de los sueños…
Me encantan estos artistas. No por su popularidad, sino
por lo que son, fuertes y frágiles al mismo tiempo. Al
observarlos, tengo la impresión de poder traspasar el
escaparate de los famosos y deslizarme entre los bastidores
de su corazón, adivinar cómo son en la intimidad, en su
secreto camerino.
Les pongo de beber, sin decir nada, sin importunarles con
peticiones de autógrafos, totalmente a su servicio. En la
mayoría de los casos, estos ensayos son trabajosos. Vuelven
a empezar una canción desde el principio debido a un
defecto inaudible para el profano. Sufro al ver que tienen
que interrumpir su esfuerzo. Algunos obedecen sin decir
una palabra. Otros echan pestes y protestan. Otros se lo
toman a broma. Y otros al fin, extremadamente sensibles,
viven estas pausas como un fracaso y una ofensa. Siento
que están a punto de venirse abajo. Les admiro con locura.
Todo este trabajo, todo este esfuerzo, para llegar a la
noche de la Gran Noche, a ese momento mágico y sagrado
en que el artista entra en escena, con los nervios
atenazándole el vientre, cegado por los focos, enfrentándose
a un público ávido y difícil. Dispuesto a darlo todo,
espléndido y solitario como la estrella que asciende al
ponerse el sol.
Estas ensoñaciones me acompañan durante mis caóticas
noches en mi palacio de las bicis. He preferido dejar la
conserjería del portero marica antes de convertirlo en
papilla para gatos, asqueado de verle llevar a ese antro
fétido a jóvenes presas para pervertirlas.
Una noche de melancolía, en el barrio de Auteuil —
prefiero los barrios bonitos: como su propio nombre
indica, son bonitos, y eso me ayuda a soportar la fealdad
de la soledad—, me cruzo con un tipo extraño. Dice
llamarse León y se sienta en su banco de la acera como en
un trono. Me llama:
—¿Jovencito, sabe usted dónde se encuentra Honduras?
Me parece haber entendido mal. ¿Me está preguntando
una dirección?
—¿Dónde se encuentra qué?
—Honduras, joven.
—¿Es una estación de metro?
—No, joven, no es ni una estación de metro ni el nombre
del próximo caballo ganador en la triple gemela de Auteuil.
—¿Es un país, su Ho… di… ras?
—Bravo, jovencito, Honduras es, en efecto, un país.
Vamos progresando…
Un tipo sorprendente. Su porte es digno, incluso noble, y
contrasta con lo raído de sus ropas. Lleva un abrigo de
cachemira tan gastado que ya no tiene color, unos zapatos
ingleses con el tacón carcomido y una chaqueta ajada. Todo
en este hombre parece estar reducido a harapos. Incluso sus
rasgos finos y distinguidos se desdibujan. El señor León es
un mendigo y lee Le Monde. Muchas veces no es el ejemplar
del día. Le importa menos recibir las noticias con retraso
que quedarse sin ellas:
—Siempre tienen, inevitablemente, algún retraso. Así
que, un poco más o un poco menos, con unos pocos días de
diferencia… ¡Y además, siempre viene bien tener
perspectiva sobre el acontecimiento!
En muy poco tiempo tomo afecto a León el mendigo, este
gran señor que oculta bajo su porte fatigado una profunda
nobleza de alma y el inmenso desamparo de su corazón.
Este hombre herido por la vida perdió a su mujer y a su
único hijo en un accidente de coche del que siempre se ha
considerado responsable. Toda su vida se vino abajo con la
desaparición de sus únicos amores. Privado de su alma, se
desinteresó poco a poco de su vida de hombre honesto.
Abandonó su puesto en la Bolsa de París, se desentendió de
los brillos mundanales, de los círculos de influencias e
incluso de ciertas relaciones familiares que le parecía no se
sostenían más que por interés. ¿Qué le importaba ganarse la
vida, si ya no tenía sentido? El señor León se dejó arrastrar
poco a poco a una marginación pacífica. Este proceso de
caída en la mendicidad rompió los últimos lazos que le
unían a los suyos.
El señor León me intriga. Le voy a visitar casi todos los
días. Habla un francés notable, y su cultura es inmensa. La
comparte con elocuencia, feliz de encontrar un oído atento y
una mirada afectuosa. Es un mendigo de cinco estrellas.
Afirma dormir en un palacio en la Porte d’Auteuil. Un día,
acepta satisfacer mi curiosidad:
—¿Quiere usted ver mi palacio, joven? ¡Pues vamos allá!
Me lleva a visitar su Hilton: un vagón abandonado de la
estación de Auteuil.
Todas las noches, el señor León me propone una síntesis
de la actualidad, con una pizca de humor y con sus
comentarios críticos. Damos la vuelta al mundo, de Singapur
a Honduras.
Con él no trato de fingir, confieso sin vergüenza mi
inmensa ignorancia. Se ríe y dice:
—Joven, déjeme que perfeccione su educación
geográfica.
Saca de su bolsillo interior un viejo cuadernillo de
páginas desmayadas y saca un mapa del mundo que
despliega como un mapa del tesoro y señala con el dedo
un minúsculo punto entre América del Norte y América del
Sur:
—¡Joven, esto es Honduras, no lo olvide nunca!
El antiguo financiero me inicia en un cursillo de bolsa. Mi
tutor y yo, chico sin estudios, invertimos fortunas
imaginarias en acciones que de verdad cotizan. El señor
León evalúa su marcha, y aprovecha para darme lecciones
de geopolítica, clases sobre el pasado colonial de Uganda,
sobre las riquezas mineras del Zaire, o sobre la crisis
financiera de tal o cual país.
—¡Ya lo verás, te apuesto a que esta acción va a subir,
y que podremos venderla al doble de su valor en un mes.
Nos vamos a hacer ricos, hijito!
Nos echamos a reír los dos, mendigos de alcurnia que
preferimos las estrellas del cielo a las del Palacio
Brongniard. Lo que no impide, un mes más tarde, que
León el vagabundo sea un hombre virtualmente millonario.
Su apuesta era buena. Impresionado le pregunto:
—¿Por qué no ha comprado usted esas acciones si han
doblado efectivamente su valor y está usted tan seguro de sí
mismo?
—¿Con qué dinero, hijo mío?
—Ya habría encontrado usted algún viejo conocido o un
sobrino segundo dispuesto a prestarle un kilo. Sobre todo si
le prometiera usted unos intereses.
—Sin duda, hijo mío, pero la cuestión de fondo es
ésta:
¿qué habría hecho con todo ese dinero?
—Lo hubiera invertido, o reinvertido…
—¿Para qué?
—Para comprarse una casa, ropa…, este…, qué sé
yo…
—Ya he tenido todo eso, jovencito. He tenido una
casa, un coche potente, he poseído todo lo que un
hombre puede soñar poseer. ¿Y qué? Todo eso no es
más que aire, mi joven amigo. ¡Sólo aire! ¡Vanidad!
Soy mucho más feliz en mi vagón de cinco estrellas,
vestido con mi abrigo de cachemira con ventilación
incorporada. ¿Qué es lo que hoy necesito? Un poco de
amistad… ¡Eso no lo compra el dinero!
No tengo nada que contestar, yo, que sé muy bien que
el amor no se vende en las grandes superficies.
Paso unas veladas exquisitas con mi amigo, este
tipo estrafalario que se ha apartado de la sociedad
enferma de los hombres. Consigue que me gusten la
historia y la geografía, me transmite su humildad ante
el conocimiento, me invita a recibir de cada persona la
parcela de luz que encierra, y a no olvidarme de
tomarle el pulso al mundo, sobre todo a Honduras.