Embajadores de EE. UU. en México: Impacto Diplomático
Embajadores de EE. UU. en México: Impacto Diplomático
Leonardo Curzio
Centro de Investigaciones sobre América del Norte-UNAM
Hace unos meses visité a Ken Salazar (embajador de Estados Unidos) para
entrevistarlo. En la mesa del salón donde me recibió pude ver el libro ob-
jeto de esta reseña. Hablamos algunos minutos del texto antes de iniciar
la conversación televisiva, y le conté que, en mi experiencia, como obser-
vador de las relaciones bilaterales, había tenido la fortuna de entrevistar
y dialogar con varios de sus predecesores. Sin entrar en detalles, que no
tienen importancia para el propósito central de este texto, recordaba que la
interacción con John D. Negroponte en la Trilateral y en varias reuniones
sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte; con Jeffrey Da-
vidow en múltiples ocasiones en México y San Diego; con Tony Garza,
de quien aprendí los alcances y límites que un embajador cercano al pre-
sidente tiene. Quedé siempre deslumbrado por la inteligencia de Pascual
y el profundo conocimiento de la técnica diplomática de Wayne. Disfruté
del talento y carisma político de Roberta Jacobson. El destino quiso que a
Christopher Landau no lo tratara directamente, pues la cita que teníamos
prevista coincidió fatalmente con el inicio de la pandemia, estuve un par
de veces con él en reuniones en Zoom y poco más.
La conversación informal y breve con Salazar antes de la entrevista1
se centró en Josephus Daniels, con quien (le decía) encontraba algunos
1
Está disponible en adn40mx, “Embajador Ken Salazar en Así Amanece”, en YouTube, 21 sep-
tiembre 2022, en [Link] (fecha de consulta: 3 de octubre de 2022).
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Gavin. Hubo embajadores que lograron atemperar, en momentos de gran
tensión, el clima y asegurar canales de comunicación; otros consiguieron
dar una mayor autonomía a su gestión respecto a los intereses empresa-
riales o políticos, que intentaban influir en la toma de decisiones; muchos
apostaron, hasta su propio pecunio, para desescalar la crisis y garantizar
la continuidad de la relación con México.
Cada uno de los capítulos tiene su mérito, pero la visión de conjunto les da
un alcance muy valioso para entender mejor estos dos siglos de historia.
El libro se integra por 14 estudios de caso de 17 embajadores. Sus encar-
gos se dan en momentos determinantes de la historia bilateral y la pericia
o impericia política, las restricciones ideológicas o la apertura de miras para
ampliar el entendimiento entre los dos países, dependía en gran medida
del estilo personal del embajador.
Es importante señalar que, durante gran parte del siglo XIX, la política
de Estados Unidos fue no enviar embajadores, puesto que, en la tradición
diplomática del “antiguo régimen”, éstos eran representantes del rey, condi-
ción que se le negaba al presidente de Estados Unidos. Por tanto, deja de tener
relevancia la polémica sobre si la generación de embajadores que va de Joel R.
Poinsett hasta los acreditados a finales del siglo XIX eran sólo “representantes”
y no embajadores. Esa política, nos recuerdan los coordinadores, se aplicaba
también en Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia, y México iba a ser el pri-
mer país americano en recibir una embajada estadounidense en 1898.
Un viejo principio, elaborado por Thomas Jefferson a finales del siglo XVIII,
establece que el máximo interés de la potencia era mantener estabilidad
en las repúblicas americanas nacientes antes que apostar por transforma-
ciones inciertas.2 Es verdad que el postulado de Jefferson se refería a la
relación de Estados Unidos con el Imperio español (relación clave para
conseguir su independencia, como lo ha demostrado Thomas E. Chávez),3
pero después se ha convertido en una “constante diplomática” en la rela-
ción con el vecino del sur, que es privilegiar la estabilidad sobre cualquier
otra consideración.
2
José Fuentes Mares, Poinsett. Historia de una gran intriga, México, Jus, 1958.
3
Thomas E. Chávez, España y la independencia de Estados Unidos, Madrid, Taurus, 2005.
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4
Alejandro Sobarzo, Deber y conciencia. Nicolás Trist, el negociador norteamericano en la Guerra del 47,
México, Fondo de Cultura Económica, 2000.
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Según la interpretación de la autora, la negativa de México a atender esa pro-
puesta reforzó la convicción guerrera de Polk. En 1846 se asumía en muchos
sectores que la guerra sería breve y se concentró en obtener una cesión terri-
torial después de las victorias y controlar California y Nuevo México. Trist
fue nombrado representante para consolidar y formalizar esas conquistas.
La toma de la Ciudad de México por el ejército estadounidense y el aban-
dono del inestable Santa Anna propulsó aún más la decisión de ocupar todo
México, pero nuevamente la percepción negativa de los estadounidenses
sobre México desempeñó un papel crucial.
El postulado de Trist era que la paz debería conseguirse exigiendo
lo menos posible a México, consideración que no tenía precedente en la
tradición estadounidense, y además en un inusual gesto se negó a ser reti-
rado. Se consideraba el único que podía concluir un tratado y tenía la con-
vicción de que prolongar la ocupación era imprudente y la anexión de todo
el país contraproducente; convertir a México en una provincia conquistada
acabaría por corromper y destruir a Estados Unidos.
La oposición de Trist no era hija de la magnanimidad, sino del pragma-
tismo y, en el fondo, del racismo. Alguna ocasión el general Winfield Scott
escribió: “Los indios y la gente de raza mixta constituyen siete millones.
Son excesivamente inferiores a los nuestros”. “Como amante de mi país
me opuse a la mezcla de esa raza con la nuestra”. Pero su sentido moral tam-
bién estimuló su deseo por alcanzar la paz en condiciones menos inicuas.
Al regresar a Estados Unidos, Trist tuvo la animadversión de Polk y sufrió
como represalia que le retuvieran por muchos años sus emolumentos.
Marcela Terrazas se ocupa de James Gadsden y diserta sobre los espa-
cios para una diplomacia de la anexión. Gadsden era también sureño
y, al igual que Poinsett, originario de Charleston; había acompañado
a Andrew Jackson en la inspección de las fortificaciones del Golfo
de México, cuya importancia ya la subrayábamos. La misión de Gadsden
tenía cinco prioridades: mejorar la relación comercial; obtener solución
a las reclamaciones; proponer la modificación de la frontera, fijándola
sobre el paralelo 30; negociar la adquisición del territorio indispensable
para la ruta del ferrocarril, y derogar el artículo 11 del Tratado de Guada-
lupe Hidalgo, que obligaba al Gobierno de Estados Unidos a no perseguir
indios nómadas en suelo mexicano.
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gran presencia británica, y garantizar el paso por el Istmo de Tehuantepec.
En medio de la disputa entre conservadores y liberales, Buchanan decidió
enviar a Robert McLane como su representante. El designado había negociado
cuestiones comerciales con China y era egresado de West Point. Sus objeti-
vos eran, en esencia, los mismos que los de su predecesor: insistir en el paso
por Tehuantepec, la venta de Baja California y las reclamaciones. De ahí
que se concertará McLane con el ministro de Relaciones Exteriores Mel-
chor Ocampo para construir el tratado que lleva por nombre sus apellidos
(McLane-Ocampo) y considerado como el arquetipo del arreglo diplomático
vejatorio. El instrumento en cuestión reconoció el derecho de tránsito por el
Istmo de Tehuantepec y la protección militar de la ruta; se reconocía también
el derecho de paso de tropas estadounidenses entre Nogales y Guaymas,
y en cualquier punto del Río Bravo a Mazatlán. El Gobierno mexicano reci-
biría cuatro millones de dólares para atender las reclamaciones de ciudada-
nos estadounidenses y el Congreso estadounidense se arrogaba la facultad
de determinar los artículos que entrarían sin aranceles y fijar cuotas sobre
otros. Las concesiones a los estadounidenses generaron escándalo y el tra-
tado fue rechazado por el propio Senado de Estados Unidos. McLane con-
sideraba que su tratado abría el camino de la admisión de todos los estados
mexicanos a la Unión, como había ocurrido con Texas.
El nombramiento de Corwin, por parte del presidente Lincoln, fue pre-
sentado como un vuelco en la actitud del coloso hacia México. Se buscaba
establecer una relación diferente a pesar de que seguía mediada por los
intereses de inversionistas, especuladores e incluso filibusteros. El represen-
tante estadounidense vio cómo a finales de 1861 desembarcaron en Vera-
cruz las tropas de la alianza tripartita y firmó varios tratados que preveían
la extensión de un crédito para que México pudiera cubrir, una de sus debi-
lidades estadounidenses: el servicio de su deuda externa.5
Finalmente, a pesar de la fragilidad de la posición mexicana, la adquisi-
ción de territorio se frustró por la tenacidad de los dos bandos enfrentados
en México y también por las crecientes contradicciones entre el norte y el
sur de Estados Unidos en su modelo de organización social: los estados
del sur defendían el esclavismo.
5
Carlos Marichal, Historia de la deuda externa en América Latina, Madrid, Alianza, 1988.
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Díaz en 1876. Foster, quien había hecho su carrera política de la mano de Ulys-
ses Grant, permaneció siete años en México y su prioridad fue la pacificación
de la frontera, la lucha contra el contrabando y los ataques de los llamados
“indios belicosos”, filibusteros y ladrones de ganado. El tema de la conflicti-
vidad de la frontera era tan importante que, en 1872, el Congreso de Estados
Unidos había designado una comisión especial para investigar las depreda-
ciones cometidas en Texas; la comisión mexicana respondió en 1873. Fos-
ter se encuentra, pues, con una violencia creciente y una presión texana
que buscaba, ya desde entonces, una política de mano dura contra México.
Grant fue reconocido como uno de los “mejores amigos” de México y,
a diferencia de gran parte de los sureños, trató las cuestiones mexicanas
con más equilibrio. El cambio de presidente a Rutherford Hayes implicó
una variación en la política de la frontera, pues los vecinos optaron nue-
vamente por aplicar una política de mano dura. El endurecimiento vol-
vió a levantar el fantasma de otra guerra y Foster presionaba al Gobierno
de Porfirio Díaz por una solución hasta que a finales de 1877 el oaxa-
queño, al mismo tiempo que atendía la frontera con el envío de tropas,
impulsó una campaña de promoción pública en Estados Unidos en favor
de su Gobierno, la cual, al parecer, tuvo efecto. Foster reabrió la instruc-
ción de reconocer al Gobierno de Díaz, porque Estados Unidos no podía
recibir pagos de un Gobierno que no reconocía.
El capítulo de Luis Barrón aborda la coyuntura de la Primera Guerra Mun-
dial y la embajada de Henry P. Fletcher. Mucho se ha comentado del telegrama
Zimmermann de 1917 y la posibilidad de que México abriera un frente ale-
mán para atacar Estados Unidos,6 pero como recuerda Barrón, gracias a las
personalidades de Woodrow Wilson y Venustiano Carranza, así como a sus
embajadores, el conflicto pudo conjurarse. Si Wilson ha pasado a la historia,
con todo mérito, como uno de los grandes internacionalistas, debemos a Javier
Garciadiego una lectura muy acuciosa de la política exterior de Carranza,7
quien demostró tener dotes para entender la coyuntura internacional y el
interés nacional en tiempos tan revueltos.
6
Friedrich Katz, La guerra secreta de México, México, Era, 2020.
7
Javier Garciadiego, La Revolución mexicana. Crónicas, documentos, planes y Testimonios, México,
UNAM, 2018.
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jadores norteños que, por lo menos desde Corwin habían venido ocupando
esa oficina, desplazando a los sureños, que desde Poinsett hasta Forsyth
habían ocupado la representación. Fletcher tenía conexiones con J. P. Mor-
gan y Thomas Lamont; fue embajador en Bélgica y subsecretario del Depar-
tamento de Estado. Sin conseguir una declaración pública de Carranza
de que no estaría del lado alemán en caso de una confrontación con los
americanos, Fletcher quedó convencido que México se mantendría neutral.
Hizo un trabajo importante para convencer a su Gobierno de que era fun-
damental estabilizar el Gobierno de Carranza, en especial tras el ataque
de Francisco Villa a Columbus.
A los nuevos problemas se sumaban los viejos. Los intereses de los
petroleros presionaban para que Carranza modificara la Constitución. Final-
mente, aunque Alemania tenía todos los incentivos para acercarse a México,
Carranza no cayó en la tentación de rivalizar directamente con Estados
Unidos. La prioridad de Fletcher fue mantener en paz a México durante
el conflicto bélico. Lo importante para Wilson era tener las manos libres
en Europa, sin preocuparse que los alemanes estuvieran en su frontera sur.
Cuando Wilson cae enfermo, a partir de 1919, la política exterior hacia
México queda a cargo de Fletcher y Robert F. Lansing, y desde esa posición
recomendó no reconocer al nuevo Gobierno de Obregón hasta que acep-
tara las condiciones que Carranza siempre había rechazado.
A María del Carmen Collado le debemos un capítulo que estudia una de las
etapas más interesantes: el viraje a la negociación. Cuanto más se deterio-
raba la relación entre Plutarco Elías Calles y Calvin Coolidge, el presidente
estadounidense le pidió a Dwight W. Morrow (que era socio de J. P. Mor-
gan) que asumiera las funciones de embajador en México. Eran tiempos
en los que se empezaba a acusar al país de ser la punta de lanza o la quinta
columna de la Unión Soviética en contra de los intereses de Estados Unidos.
Las empresas impulsaban ese relato, peros sus abusos, descrédito y corrup-
ción llevaron a Morrow a realizar un recuento del fracaso de la diplomacia
de mano dura y recomendara una política que estuviera más allá de los
intereses corporativos.
La ley petrolera en 1925 era un tema central de confrontación. El esta-
blishment en Estados Unidos tenía la convicción de que los intereses de sus
empresas formaban parte del dominio general de su nación y debían
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en la Secretaría de Marina. El interés central de su embajada fue el apego a “la
política de la buena vecindad”. La estrecha amistad de Daniels con Roosevelt
permitió que, en conjunto con Henry Morgenthau Jr., secretario del Tesoro,
se creará un ambiente más favorable para México, que permitió ejercer
un contrapeso a la actitud tradicional del Departamento de Estado y las
compañías petroleras.
Daniels, a pesar de su empatía con la realidad mexicana, no hablaba
español y tuvo que recurrir siempre a intérpretes. Los acuerdos de Bucareli
de 1923 seguían generando fricciones y le correspondió a él (en 1934) nego-
ciar un finiquito. Siempre encontró un argumento favorable para justificar
la postura mexicana, desde la penuria fiscal hasta conflictos burocráticos.
Es interesante ver cómo el proceso de radicalización política de México
también afectó a Daniels quien, a comienzos de 1938, manifestó a Roose-
velt que mientras más viejo se hacía, más radical se volvía. Daniels era un
embajador dual. Representaba a Estados Unidos, pero también era intérprete
personal de una política de buena vecindad, cuya defensa asumió como
una misión. Aunque tuvo el respaldo de Roosevelt, esta dualidad ence-
rraba una contradicción inherente que se fue agudizando conforme crecía
la radicalización de las medidas cardenistas en materia de derechos de pro-
piedad. La expropiación petrolera, que como sabemos fue la más impor-
tante de las decisiones políticas de ese Gobierno, no afectaba directamente
los grandes intereses económicos de Estados Unidos; el recuerdo de un
escándalo por la asignación ilegal de permisos de asignación de terrenos
con reservas petroleras federales a cambio de sobornos aún estaba fresca
y era una referencia en la discusión política. La reacción de Washington,
por tanto, fue moderada al no impugnar la decisión de expropiar y no res-
paldar la postura de Londres en contra de esa medida cardenista que ha
explorado con detalle Lorenzo Meyer.8
La buena vecindad no debía ser afectada por una disputa económica
provocada por la prepotencia de los intereses petroleros. La desconfianza
de Daniels hacia el Departamento de Estado y viceversa incrementó la dis-
tancia y la prevención que primó a partir de 1938, no sólo sobre su actuación,
8
Lorenzo Meyer, Su majestad británica contra la revolución mexicana, 1900-1950: el fin de un imperio
informal, México, El Colegio de México, 1991.
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9
José Luis Ortiz Garza, Ideas en tormenta. La opinión pública en México en la Segunda Guerra Mundial,
México, Ediciones Ruiz, 2007.
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luego el acercamiento estrecho entre Messerschmitt y Ávila Camacho faci-
litó la comparación e intensificó las relaciones económicas.
El capítulo de Soledad Loaeza versa sobre Francis B. White. Era como
alguno de sus predecesores, un miembro distinguido del servicio exterior;
fue dos veces subsecretario para América Latina. Tuvo una experiencia
muy importante como vicepresidente de la agencia para apoyar a los tene-
dores de bonos para países en suspensión de pagos. Consolidó en México
y Estados Unidos un entendimiento tácito de orden político o estratégico
con un argumento compartido: el anticomunismo. En 1954 la relación bila-
teral dio un giro cuando Estados Unidos inauguró su funesta política de des-
fondar las frágiles democracias latinoamericanas. El embajador White, afirma
Loaeza, se desempeñó como ejecutor del intervencionismo característico
de Dwight D. Eisenhower, que se basaba en arrebatar la iniciativa a los
comunistas para darle seguridad al “mundo libre” e instauró la idea de que
había que desestabilizar las posiciones que la URSS había venido ocupando.
No era el caso de Guatemala, pero ese país se constituyó en el primer esla-
bón de esa política exterior interamericana que favorecería en los años sub-
secuentes los “regímenes de seguridad nacional”. La bendición americana
para derrocar a Jacobo Árbenz en Guatemala dejó a Adolfo Ruiz Cortines
en un dilema. White consiguió que Ruiz Cortines apoyara sus postulados
sobre Guatemala, salvo el de una intervención armada.
Durante su misión quedó claro que México formaba parte del conjunto
latinoamericano y, por tanto, de la política hemisférica, pero su posición
geográfica le confería ciertas ventajas al país, porque algunos temas reque-
rían de una combinación de enfoque internos y otros externos. Es una rela-
ción especial, como la terminó bautizando Mario Ojeda. Con el tiempo,
ese traslape entre temas internos y externos acabaría llamándose la esfera
interméstica.
En esa etapa, pues, se consolida todavía más la “constante diplomá-
tica” que preconiza que la prioridad estadounidense es que México debe
ser un país estable, seguro y colaborador en el ámbito internacional, pues
se le ubicaba como uno de los centros más importantes de administración
y propaganda del comunismo internacional.
A Ana Covarrubias le debemos el estudio de Thomas C. Mann, Mister
Latin America, que llegó a México cuando se recrudecían las tendencias
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los terrenos de confrontación fue Chihuahua con las elecciones de 1986 y el
famoso “fraude patriótico”. La actitud de “procónsul” irritaba cada vez más
a México. Se generó también una presión muy fuerte para que Tlatelolco
se alineara con la política centroamericana de Reagan, crecientemente agre-
siva. Además, estaba el tema de las drogas y el famoso incidente de Enrique
Camarena en Guadalajara, que envenenó el ambiente. Fue un sexenio
particularmente tenso.
Roberta Lajous es autora del texto sobre John D. Negroponte, que aborda
el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), probablemente
la más grande de las transformaciones que ha tenido la relación en los
últimos años. Negroponte había trabajado en la Casa Blanca en el Consejo
Nacional de Seguridad y era cercano al presidente George H. W. Bush. Algu-
nos anticipaban una tormenta, pero en ese frente fue una gestión discreta,
en claro contraste con la de Gavin. No respondía públicamente a críticas muy
frecuentes sobre su gestión en Honduras, las cuales reflejaban la sensa-
ción de agravio que la gestión de Gavin había dejado en México. Fue un
embajador importante ya que coadyuvó a acercar a los dos países en el
tema comercial que en décadas anteriores había sido francamente divisivo.
México percibía que la integración comercial era contraria a sus intereses,
de hecho, había denunciado el marco negociado durante la Segunda Guerra
Mundial, mientras Negroponte afirmaba que la aprobación TLCAN institucio-
nalizaría la aceptación de una orientación proestadounidense de la política
exterior mexicana, es decir, una relación económica cercana con México
traería beneficios políticos a los vecinos.
Al embajador Jones le tocó la ratificación del TLCAN, que tuvo en su
momento algunas turbulencias, por las dudas de último minuto, formula-
das por el presidente entrante William Clinton.
El último de los embajadores estudiados es Carlos Pascual. Fue el enviado
de Barack Obama y llegó a México el día en que se celebraba la Cumbre de
Líderes de América del Norte en Guadalajara. Era un diplomático y aca-
démico que dominaba los temas de seguridad. Su prioridad era aterrizar
el impulso inicial que habían pactado Felipe Calderón y George W. Bush
con su predecesor, Antonio Garza, un embajador interesante que merece-
ría a mi juicio un capítulo en ediciones futuras del libro, pues fue el primer
embajador en tiempos del México de la alternancia política.
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Felipe Calderón, Decisiones difíciles, México, Debate, 2020.
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