Michel-dctude Toudiard
LA ARQUEOLOGÍA
MISTERIOSA
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O t Po s 41/1/u n d o s
<?Hay otros mundos, pero
están en éste»
ELUARD
Michel-Claude Touchard
LA ARQUEOLOGÍA
MISTERIOSA
con la colaboración de
GUY BARTHELEMY
PLAZA & JANES, S. A
Editores
Título original:
L'ARCHEOLOGIE MYSTERIEUSE
Traducción de
JUAN GODO COSTA
Primera edición: Octubre, 1975
©Culture, Art, Loisirs, París, 1972
© 1975, rXAZA & JANES, S. A., Editores
Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Uobregat (Barcelona)
Este libro se na publicado originalmente en francés con el titulo de
L'AKCHEOLOGIE MYSTERIEUSE
Printed in Spain — Impreso en España
ISBN: 84-01-31075-X — Depósito Legal: B. ¿8.767 -1975
GRÁFICAS GUADA, S. A. - Virgen de Guadalupe, 33 - Esplugas de Uobregat (Barcelona)
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN 11
• • • •
¿QUÉ SE D E B E CREER? 13
ün bohemio de la Ciencia, 15. — Homero en mano, 16. —
La colina inspirada, 17. — Los museos imposibles, 19. — La
buena fama, 21. — Diferentes maneras de no ver claro, 24.
— Pirámides y superhombres, 28.
E N BUSCA DE LA HERENCIA 31
Malas costumbres de los paganos, 32. — Piedras algo me-
nos familiares, 33. — Perfección poco aparente de algunos
lugares turísticos, 34. — El asombro de Próspero Meri-
mée, 36. — El enigma de los aislados, 39. — La expansión
megalítica, 42. — Detalles insignificantes, 44.
STONEHENGE 46
Agujeros y coronas, 48. — Dibujo y propósito, 50. — Los
eclipses del año 2000, 51. — Instructores procedentes del
Norte... o del Sur, 53. — El saber disperso, 58. — El cam-
po Durathon, 59. — Unos sabios desprovistos de tabli-
llas, 60. — La escritura de los fadas, 63. — Las Eyzies del
alfabeto, 64. — Del Loira al Ohio, 68. — El cesto de los
Atlantes, 71. — Montones de guijarros, ¿para qué?, 73.
LA MONTAÑA DE LOS ATLANTES 76
La escuela de las pirámides, 77. — El tercer hombre, 80. —
Los románticos de Bagdad, 83.
LA ATLANTIDA SOLEADA 91
¿Antinea en la cámara del rey?, 92. — Tras las huellas de
la dama blanca, 94. — El hijo de Poseidón, 96 — La isla
de los tesoros, 99. — Las nubes de Santorín, 102. — Los pa-
lacios bajo las cenizas, 104. — Platón abandonado por el
autor, 108. — La Atlántida referida a una fecha ulterior, 109.
GENTE DEL NORTE 112
«El Norte más lejano», 113. — Ultima Thule, 115. — ¿An-
geles o demonios?, 117. — El frío del espanto, 120. — La
obsesión aria, 122. — La isla del Oricalco, 125.
E N T R E DOS MUNDOS 128
Los datos del problema, 130. — La lección del océano, 134.
— El muro de Bimini, 136. — Los técnicos del sueño,
138. — Codex Troano, 143.
H I P Ó T E S I S MU 146
Antes de Gondwana, 147. — Madame Blavatsky o la arqueo-
logía cervical, 149. — «La doctrina secreta», 151. — Los re-
negados de Lemuria, 152. — Todavía más tablillas, 155. —
De Hawai a la Isla de Pascua, 158.
EL OMBLIGO DEL MUNDO 161
El coronel ha hecho su servicio, 162. — Los americanos
procedentes del Oeste, 163. — ¿Obstrucción en el Estrecho
de Bering?, 166. — Luces sobre el Monte Shasta, 168. —
La Isla del Sacrificio, 169. — La guerra de las hipótesis,
172. — Los polinesios de Oslo, 174. — El promontorio de
Mu, 176. — El enigma Rongo-Rongo, 177.
LA TIERRA INMEMORIAL 180
una isla de cristal, 182. — La puerta del otro mundo, 184.
— ün desierto muy frecuentado, 186. — Acerca de algunas
islas célebres, 188. — Un turismo insólito, 190, — El re-
sorte secreto del pasado, 194. — El prodigio de Lascaux,
195. — una nueva visión de los sabios, 196.
EL TESORO DE LA JUNGLA 198
Los más grandes orfebres, 199. — Una técnica del siglo xxi,
200. — Sí, Eldorado ha existido, 201. — Una expedición que
aún no ha tenido éxito, 202. — El fin de un aventurero,
204. — El hombre de metal, 204. — Los triunfos del tiem-
po presente, 206. — El hermano Felipe, 207. — Los grafitos
del cielo, 209. — Los verdaderos misterios nos aguardan,
210. — Una ciudad de ciencia-ficción, 211. — ü n coronel
desaparecido, 212. — Las ciudades del sueño despierto, 213.
— ¿Un «underground» fantástico?, 214. — Un monumento
alucinante, 215. — Luces en la jungla, 216.
LA MESETA DE LOS ANTEPASADOS 218
El azar y la intención, 219. — Los dioses del lago, 223. —
Tiahuanaco, ciudad nueva, 225. — De los cretinos al dilu-
vio, 228. — Navios sobre el tejado, 231. — La puerta del
Sol, 234. — La prueba del calendario, 236. — El recuerdo
de los venusianos, 238.
LA CIUDAD MAS VIEJA DEL MUNDO 241
Baalbeck bajo el signo de Venus, 242. — Nada de extrate-
rrestres en ¿atal Hüyük, 244. — La ciudad de los incapa-
ces, 246. — Salomón en Rodesia, 249. — La sociedad de
los metalúrgicos, 251.
EL PLANETA DESCONOCIDO 254
Toda una mitología, 254. — Los habitantes de la sombra,
256. — Un subterráneo hecho añicos, 257. — Fantasías que
rozan el delirio, 258. — El enigma del rey del mundo, 260.
— Múltiples moradas, 261. — ¿Quién era el preste Juan?,
264. — Una carta muy certificada, 264. — Una leyenda
tenaz, 265. — La ruta más larga del mundo, 267. — Eter-
nos errantes, 268. — La apariencia de un sueño, 269. —
La deriva de los continentes, 271. — El viaje de los polos,
272. — La Tierra de antes de la Tierra, 274.
BIBLIOGRAFÍA 279
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INTRODUCCIÓN
Querer ver más intenciones ocultas en unas ruinas que en
un monumento intacto, es introducir romanticismo en la Aj>
queología.
La Arqueología, afanosa de enigmas, de hipótesis fabulosas
y que deben colocarse en el campo de la poesía, reconstruye el
monumento allí donde se encuentran vestigios, y con elocuencia
tanto mayor si estos vestigios se hallan en un lugar indebido.
Ante el conjunto megalítico de Stonehenge, esta arqueología
dedicada al misterio busca la emoción más intensa. Lo que era
esta obra monumental en la época de su realización, los medios
técnicos que implicó su construcción, los conocimientos astro-
nómicos de los hombres que la concibieron, son todos éstos
temas de meditación más ricos en sensaciones que el espectácui
lo de una puesta de sol en la llanura de Salisbury.
Que la Atlántida, tierra predilecta de la fantasía, haya estado
situada en el Mediterráneo o en el mar de los Sargazos, es algo
que importa poco a los ojos de la arqueología romántica. El
problema que parece esencial es que una civilización tan evolu-
cionada haya desaparecido sin dejar una tradición ni unos co-
nocimientos. Desde entonces, los constructores de Stonehenge,
al igual que los de las pirámides de Egipto, pudieron aprove-
charse de tales conocimientos.
Todos los grandes temas de la arqueología romántica coin-
ciden en esta preocupación: seguir el hilo conductor que, desde
los testimonios más estupendos hasta los detalles aislados y
enigmáticos, permite creer en la existencia de civilizaciones
desaparecidas pero no primitivas.
12 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
La lógica quiere que las figuras grabadas en la Puerta del
Sol, en Tiahuanaco, que tal vez evocan a unos cosmonautas,
sean realmente las de seres venidos de otro mundo: solamente
los contemporáneos de los primeros vuelos a la Luna tienen
derecho a aceptar la hipótesis. Lo que es, ha sido. Y lo que es,
quizá no sea en todas las partes de este mundo y en el mismo
instante.
Así, la ciudadela construida a elevada altura en Machu Pic-
chu pudo haber sido edificada en una época en la que, en una
Europa subdesarrollada, el ingenio humano apenas iba más
allá de la talla del sílex. Así, unos mapas aéreos, los de Piri
Reis, pudieron confeccionarse en un momento en que, en otras
partes del mundo, y algunos milenios más tarde, creerán ir ha-
cia las Indias navegando hacia el Oeste...
Toda mente racionalista puede decir: puesto que nuestros
antepasados próximos balbuceaban, los antepasados más remo-
tos seguramente ignoraban el lenguaje. Sin embargo, es asimis-
mo posible admitir que un cataclismo, de origen natural o hu-
mano, haya cortado la palabra a aquellos que poseían ya los
medios de expresión más completos. Tanto las técnicas de ur-
banismo comprobadas en fatal Hüyük, como el cobre encon-
trado en las fundiciones de Medzamor, son hitos que conducen
inevitablemente al movimiento cíclico del saber. La Prehistoria
data de ayer. Pero, ¿qué había anteayer? La arqueología román-
tica formula la pregunta a la que dará la respuesta un futuro
próximo, o quizás aún remoto.
Lo que hemos querido reunir y analizar en este libro es,
precisamente, los trabajos, los relatos, las hipótesis de esta ar-
queología que aboga por una historia abierta e infinita del hom-
bre y que, por consiguiente, se opone a la filosofía general de
nuestra civilización actual y a los datos del racionalismo (por
su parte, también partidista). Lo hemos hecho guardándonos
de la credulidad, si bien experimentando cierta simpatía...
¿QUÉ SE DEBE CREER?
Los venusíanos en Hiperbórea, los celtas huyendo del nau-
fragio de la Atlántida para fundar la civilización de los mega-
litos, la Puerta del Sol de Tiahuanaco perpetuando el recuerdo
de naves espaciales, los arquitectos incas y egipcios intercam-
biándose sus secretos, la ciudad de Machu Picchu, situada a
gran altura y emergiendo de un diluvio universal provocado por
un satélite en exceso premioso, ¿qué es lo que hemos de retener
de esta minuta-sugerencia que no tiene por fin saciar el ham-
bre, sino, por el contrario, estimular el apetito?
¿Y por qué cosa sustituirla, si no es por la receta conven-
cional del antropoide que habría pasado algunos cientos de
miles de años tratando de averiguar por qué extremo cogería el
sílex, antes de descubrir, anteayer por la mañana, el principio
de la fisión del átomo?
También podemos darnos por satisfechos de disponer, ac-
tualmente, de una cronología tan extensa. Entre aquellos con-
temporáneos nuestros que son propensos a la fantasía, hay ma-
yor libertad de acción que en la época heroica.
La época heroica no es la Prehistoria. Es aquella en la que el
concepto de Prehistoria ni siquiera existía. Bajo el reinado de
Luis Felipe, el discutir acerca de Adán constituía una franca
insolencia.
Afortunadamente, algunos francotiradores comenzaban a
mostrar el extremo de su locura. Ya iban aventurándose en el
mundo de lo irracional. Esta exploración abordaba unas regio-
nes fantásticas que, en nuestros días, ya sólo son arrabales
superpoblados. Así, en 1828, el hombre que se paseaba incansa-
14 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
blemente por los alrededores de Abbeville, no ponía en duda la
existencia de Dios. Tampoco se alejaba de una imaginería que
parecía demasiado simple a sus ojos.
Jacques Boucher de Crévecoeur de Perthes decíase a sí mis-
ino que el Diluvio bíblico no habría borrado del todo los ves-
tigios de una remota actividad humana y que los aluviones del
Somme debían de guardar algunos restos ricos en enseñanzas.
En cuanto a la enseñanza, la época de Boucher de Perthes
era aquella en la que todavía se precisaba, con gran desfachatez,
que el hombre había hecho su entrada en la escena terrestre
4.004 años antes de Jesucristo. En cuanto al Diluvio, era cosa
convenida situarlo poco después del sexcentésimo aniversario
de Noé. Había durado cuarenta días y lo había engullido todo.
Después, estos datos adquirieron una apreciable flexibili-
dad. ¿Es preciso sacar de esto la conclusión de que los pensa-
dores oficiales manifiestan menos severidad? ¡Nada de eso!
Cada vez que se corrigen los dogmas, ellos atestiguan el deseo
de atenerse a ellos. Grande es su desconfianza ante toda tenta-
tiva de modificar los cuadros sinópticos.
En realidad, ¿por qué perturbar nuestra comodidad, por qué
modificar las reglas del decoro? ¿Para cargar a cuenta de los
supervivientes de la Atlántida unas técnicas que han sido ol-
vidadas? ¿Para asegurar que el continente de Mu no es forzo-
samente imaginario y que toda construcción ciclópea no resulta
del hecho de que sus constructores tenían tiempo que perder?
¿Qué se debe creer? En su época, hombres como Boucher de
Perthes eran tenidos por unos extravagantes. Sin embargo, de
no haber sido por sus ideas fijas, no sería exagerado suponer
que las pinturas de Lascaux pasarían aún por ser el entreteni-
miento de un ermitaño de la Edad Media. Por otra parte, poco
faltó para que esto ocurriese, como vamos a ver.
«La ficción de hoy será la realidad de mañana», escribe
Andrew Tomas.1 Ciento cincuenta años antes, nuestro paseante
del Somme escribía, más humildemente:
«Nosotros sólo hablamos al futuro. La generación actual
dirá: es un insensato. La generación futura dirá: quizá.»
Estas reflexiones prohiben rechazar como especulaciones
gratuitas todo lo que se refiere al universo de la hipótesis. En
1. A. Thomas: Les Secrets de l'Atlantide, prefacio (París, «Robert
Laffont», 1969). Ed. española: Los secretos de la Atlántida (col. «Otros
Mundos» Plaza Janes, 1971).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA .15
una época en la que el radiotelescopio de Nancáy, departamento
del Cher, se pone de día y de noche a la escucha del cielo, sería
una actitud timorata la de no escuchar a los románticos de la
arqueología cuando captan en el pasado señales insólitas...
Un bohemio de la Ciencia
Así, sólo habría insensatos en la clase de arqueología no
conformista, cuyo programa vamos a recorrer de la forma más
completa posible.
«Yo no soy ningún sabio —escribía Boucher de Perthes—>,
soy un gitano de la Ciencia; digo la buenaventura y, si acierto,
hay en ello más suerte que mérito.»'
Acertó en 1836. Unos obreros, que trabajaban en el banco
de Menchecourt, le trajeron un saco de arena en el que había
una piedra tallada, un hacha que les valió a los jornaleros una
recompensa más sustanciosa que de ordinario.
Desde este hacha hasta las Antigüedades célticas y antedilu-
vianas, balance de diez años de investigaciones, la aventura de
Boucher de Perthes conocerá episodios inesperados. Esta aven-
tura, cuyo relato figura en Descubrimientos arqueológicos de
Francia, de Colin-Simard, es la de cualquier mente profética
a la que nadie toma en serio hasta el día en que...
A los ojos de la sociedad abbevillense, el investigador ilu-
minado era un personaje notable. Jefe de Aduanas, autor de
obras de metafísica y de innumerables comunicaciones a las
agrupaciones científicas, Boucher de Perthes consiguió que sus
puntos de vista fuesen compartidos por la Real Sociedad de
Londres. En 1859, unos expertos de gran fama atravesaron
el Canal de la Mancha para examinar los sílex recogidos en
los aluviones. Vieron en ellos el testimonio de una industria
«antediluviana», o sea, prehistórica, y la prueba de que en
aquellos parajes habían vivido personas en tiempos difíciles
de determinar. A su vez, la Academia de ciencias inclinóse tam-
bién. Pero no se puede forzar impunemente la mano de los pro-
fesionales de la certeza. Éstos se resarcieron en 1868, a la
muerte de Boucher de Perthes. Pretextando que se trataba de
1. Citado por Colin-Simard: Découverte archéologique de la France
(París, «Amiot-Dumont», 1955).
16 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
una decisión familiar, todas las obras del genial pionero fueron
retiradas del comercio..*
Homero en mano
Desconfíen los atlantistas distinguidos y los amigos de los
hiperbóreos: sus tesis, como las de Boucher de Perthes, po-
drían ser retiradas del comercio, en espera de las rehabilita-
ciones postumas provocadas, a veces, por un descubrimiento
sensacional... En realidad, el sueño es tolerado cuando se
apoya en una fortuna sólida. Tal es el caso de Schliemann, que
exhumó Troya o, más exactamente, la ciudad nueve veces re-
construida en el mismo sitio.
Esta vez, el soñador es inspirado por un poeta y su obra.
Schliemann confía en Homero: la Iliada hace las veces de re-
velador.
En su Mecklemburgo natal, en la Alemania del Norte, Hein-
rich Schliemann, cuando era niño, recibió un regalo navideño
que inflamó su imaginación. Era un libro para la juventud, en
el que se hablaba de la guerra de Troya. Y la guerra de Troya
convirtióse en el tema predilecto del niño, después del adoles-
cente, no como uno de esos sueños que borra la edad, sino
como el germen de una vocación. La realización de ésta no
es una cosa común. Entra en ella una determinación, la prose-
cución de un fin único que sería la esencia del genio si esta
palabra se admitiese en el terreno de la Arqueología.
Privado de su madre cuando sólo contaba nueve años de
edad, puesto en la imposibilidad de continuar sus estudios,
trabajando de aprendiz a los catorce años, este, podría decirse,
personaje de Dickens se convertirá en el hombre rico, en el
negociante que triunfa en sus empresas y cuyos viajes y ac-
tividades van acompañados de una sola presencia: la de Ho-
mero.
El destino ofreció a Heinrich, en la época en que era depen-
diente de una droguería, el encuentro con un estudiante im-
buido de helenismo, el cual declamaba como hubiera podido
hacerlo el propio Homero en persona. Tal fenómeno existía
en 1836. No puede decirse que la raza se haya perpetuado...
Veinte años después, Schliemann se puso a estudiar grie-
go. Como había hecho con el español, el inglés o el holandés,
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 17
unas semanas le bastaron para realizar esta tarea. Al mismo
tiempo, bruñía sus armas, hacía acopio de las municiones in-
dispensables, es decir, el dinero. Hacía fructificar su fortuna a
través del mundo entero. En 1866, la consideró lo suficiente-
mente sólida e importante como para ponerla al servicio de
una pasión intacta.
«Finalmente —escribirá—, podía realizar el sueño de mi
vida: visitar libremente los lugares en donde se habían desa-
rrollado los acontecimientos que siempre me habían apasiona-
do y la patria de los héroes cuyas aventuras me habían en-
tusiasmado y consolado en mi juventud.»
La colina inspirada
La litada ha suministrado tema para muchos comentarios,
pero menos que el Timeo de Platón. Ello es debido a que la
imaginación vaga con menos libertad en un terreno que exis-
te, y en el cual pueden darse golpes de piqueta, aunque fuese-sin
resultado. Aquiles, Héctor, Agamenón aparecen en un paisaje
cuyos contornos es posible encontrar. Entonces, ¿por qué no
lanzarse en pos de sus huellas? Otro es el caso de los atlantes,
cuya tierra originaria habría desaparecido, y cuya misma exis-
tencia se pone en tela de juicio. Buen tema de perplejidad
para los aficionados a la geografía irracional.
La única relación entre los lugares evocados por el poeta
y el filósofo es la extrema reserva de la ciencia oficial con res-
pecto a ello. En 1866, la Ilíada no era considerada como una
referencia seria. Para aquellos que querían admitir que Troya
se hallaba sepultada en alguna parte, la colina de Bunarbashi
recogía el máximo de sufragios. Para Heinrich Shliemann, era
preciso simplemente confiar en el «evangelio» según Homero
y esta confianza iba a orientar su acción hacia otros escon-
drijos.
Nuestra intención es demostrar el papel desempeñado por
algunos soñadores en la revelación de hechos tenidos por le-
gendarios o casi legendarios. Para la gloria de Schliemann, al-
gunos detalles del célebre poema tenían su correspondencia
en un lugar preciso: la colina de Hissarlik, a unos 4 km del
2 — 3321
18 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
mar. Con la litada en la mano, aquel negociante de cuarenta y
siete años de edad, obraba como si quisiera cerciorarse de que
la isla del tesoro que acababa de encontrar era la isla del te-
soro de sus lecturas infantiles.
Atento a las condiciones en que se había desarrollado la
persecución entre Aquiles y Héctor, el arqueólogo (aficionado,1
naturalmente) decíase a sí mismo que el pico de Balli Dag,
cerca de la aldea de Bunabarshi, presentaba un relieve dema-
siado torturado para que pudiera adaptarse a la anécdota.
Además, ese lugar estaba demasiado lejos del mar. En cam-
bio, dos fuentes manaban en los flancos de la colina de Hissar-
lik. La una era fría, la otra, caliente. Schliemann consiguió si-
tuarlas, y con ello se vio reforzada su convicción: Troya se
escondía debajo de Hissarlik.
En el mes de mayo de 1873, el descubrimiento de un ver-
dadero tesoro coronó la primera campaña de excavaciones. Li-
teralmente fascinado por el canto homérico, Schliemann lo
denominó el «Tesoro de Príamo». Poco a poco, las ruinas exhu-
madas volvían a ocupar su lugar en la Historia, y el templo
de Atenea, como el palacio de Príamo, muy discutido luego,
constituían otras tantas ilustraciones ingenuas a las que la pa-
sión del descubridor confería una realidad.
La misma fe en la veracidad de un poema impulsó a Schlie-
mann tras las huellas de Agamenón, o sea, en dirección a Mi-
cenas.2 Poco importa que las tumbas descubiertas no sean las
de los sitiadores de Troya. Desde el punto de vista arqueológi-
co, la empresa era fructuosa. El soñador se había rehabilitado
a sí mismo, ya que preciso es decir que sus primeros golpes
de piqueta fueron contemplados con burlona ironía. Había
gastado mucho dinero, si bien nadie podía reprochárselo, pues-
to que se trataba de dinero suyo. Finalmente, los vestigios sa-
cados a la luz representaban pruebas más tangibles que los
sílex anónimos de Boucher de Perthes. Por consiguiente, la
aventura Schliemann sería alentadora, y se inscribe en el ac-
1. Archéologue amateur, según la expresión que figura en el ar-
tículo «Troie», del Dictionnaire encyclopédique d'archéologie, de Léo-
nard Cottrell (París, 1962).
2. En diciembre de 1876, se encontraron en Micenas otras joyas
de oro y de plata. Su carácter particular llamó la atención de Schlie-
mann sobre una civilización «micénica».
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 19
tivo de los arqueólogos románticos. Con justicia, el vencedor
podía escribir: «Actualmente, como arqueólogo, soy el Punto
de mira de Europa y de América, porque soy yo quien ha des-
cubierto Troya, esa misma Troya que, desde hace dos mil anos,
los arqueólogos del mundo entero estuvieron buscando en
vano.»
Los museos Imposibles
Después de las ciudades, las obras de arte. Hay una, y pro-
bablemente la más gigantesca del mundo, llamada el Cande-
labro de los Andes o el Tridente de los Andes, por no haber
podido dilucidar el misterio de su origen y su significación.
Este grabado de tres ramas, la más larga de las cuales mide
500 m, se inscribe en la arena de una colina que se sumerge en
la bahía de Pisco, al sur de Lima. Aunque su orientación, como
observa Robert Charroux, lo ponga al abrigo de los vientos
dominantes, su conservación en un suelo móvil en el que los
surcos, lógicamente, habrían tenido que borrarse al cabo de
algunos años, plantea un problema tan extraño como la exis-
tencia misma del dibujo. Calculador de mareas, sismógrafo
gigante, señal para uso de marinos, de piratas o de navegan-
tes aéreos, muy temerario sería el que se atreviese a pronun-
ciarse en este caso y, por otra parte, nadie se arriesga a ello.
Las preguntas que suscita este fantástico candelabro son
tan desconcertantes como las que acudían a la mente de los
primeros descubridores del arte rupestre. Hace poco menos de
un siglo, el descubrimiento de una silueta de reno, grabada en
la pared de una caverna, planteaba la misma clase de enigma.
Que unos hombres hayan vivido en tiempos muy lejanos, a los
que la Biblia no alude siquiera, la hipótesis comenzaba a tole-
rarse. Que hayan tallado el sílex para obtener utensilios y ar-
mas, la cosa era plausible, bajo reserva de laboriosas compro-
baciones. Pero que estos trogloditas prognáticos hayan tenido
nociones de belleza gráfica, que hayan tenido el sentido de la
estilización, de la representación mágica o gratuita, esto reba-
3. Carta del 24 de junio de 1870 citada en l!Aventure de l'archéolo-
gie, de C. W. Ceram (París).
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20 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
saba toda comprensión.
No importa: la Prehistoria entraba en las costumbres, por
así decirlo. Entraba a tan fuertes dosis, que las personas razo-
nables pedían un respiro. Después de los sílex, la pintura im-
presionista: era demasiado.
Sin embargo, en 1879, cuando don Marcelino de Sautuola
descubrió las pinturas de Altamira,1 ya no cupo ninguna duda
en cuanto a su origen. Períodos y dataciones era algo que se
ignoraba en aquella época, y el mundo prehistórico aparecía
como una tierra desconocida, de límites imprecisos. Para Mar-
celino, unos artistas de talento, y no de los menores, habían
habitado aquella gruta de Altamira, que pronto habría de ser
considerada como el museo más antiguo y el más increíble.
Las primeras revelaciones del arte rupestre se refieren,
en realidad, a dos hombres. Ambos mal recompensados en su
confianza. Ni más ni menos soñadores que Boucher de Perthes
y Schliemann. Simplemente, unas mentes más abiertas que
otras a lo irracional, que sólo adquiere sus cartas de nobleza
en el momento en que la suerte favorece a los investigadores.
De pronto, Altamira fue considerada digna de admiración,
porque Alfonso XII la había visitado guiado por su descubri-
dor, lleno de esperanza. Pero, ¡ay! El Congreso internacional
de Antropología y de Arqueología prehistórica, celebrado en
Lisboa en 1880, sólo dedicó cuatro líneas al descubrimiento.
Después de una excursión a los lugares, el asunto fue relegado
a la categoría de una broma de mal gusto. Émile Cartailhac,
que representaba a Francia, prefirió irse a tomar el aire en lu-
gar de participar en la discusión.
Transcurrieron diez años. A partir de 1890, Émile Riviére,
arqueólogo meridional, emprendió excavaciones en una región
que comenzaba a dar que hablar de sí: el valle del Vézére.2
Cerca del villorrio de La Mouthe, observó una cueva de tipo
clásico, que reunía las condiciones de un habitat antiguo. Púso-
se en relación con el dueño y le rogó que lo avisara tan pronto
1. En Santularia del Mar, cerca de Santander.
2. Lartet y Christy habían emprendido unas excavaciones en las
Eyzies desde 1863.
iiMm
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 21
como se efectuase el primer hallazgo insólito.
En la primavera de 1895, se dio la voz de alerta. Al querer
nivelar el suelo de la gruta, que le servía de hórreo y bodega,
el propietario de La Mouthe había dado un golpe de azadón
en el vacío: ante él se abrió un pasadizo.
En este pasadizo, que Émile Riviére exploró pacientemente,
aparecían unos grabados, pero sólo a 92 m de la entrada. A par-
tir de ahí, se hacían cada vez más numerosos...
La buena fama
La abundancia de bienes puede resultar perjudicial tratán-
dose de Arqueología. Hasta el punto de que, en 1897, en el
congreso de la Asociación francesa para el fomento de las cien-
cias (sic), un participante, de bastante categoría, expresó su
satisfacción al enterarse de que la gruta acababa de ser cerra-
da. De lo contrario, sus grabados se habrían multiplicado has-
ta el infinito. No había más que cavar, para descubrir otras
nuevas. Parecían hechas a medida... Tales sospechas habían
gravitado sobre don Marcelino y el tesoro de Altamira.
Este modo de eludir la discusión confiriéndole un giro hu-
morístico... disipó toda molestia y embarazo. Sin embargo,
había que poner en guardia a los aventureros del sílex contra
futuras equivocaciones. Entonces se elevó una voz:
«¡Monsieur Émile Riviére, usted compromete la buena fama
de la Antropología prehistórica!»
Esta recriminación podría hacerse a muchos autores que,
en nuestros días, intentan hacernos comulgar con ruedas de
molino. A los defensores del arte rupestre, la razón oponía
argumentos perentorios. Por ejemplo: ¿cómo habrían podido
los trogloditas dibujar en la oscuridad, siendo así que nosotros
no somos capaces de hacerlo?
Pero, cuatro años después, se encontró un platillo de ma-
dera en La Mouthe. Según Émile Riviére, sólo podía ser una
lámpara. Si lo era, ello quería decir que nuestros remotos ante-
pasados habían podido ver en la oscuridad. Un análisis quími-
co confirmó la hipótesis: en el fondo del objeto, había adheri-
da una sustancia carbonosa, resultante de la combustión de
grasa animal.
Era, sin duda, la prueba decisiva, aunque modesta, que es-
• •'•*-;. > s • M..r>.i.:r.;f; s. •.;'..y': • ;•
22 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
peraban los prehistoriadores del momento para reconocer la
evidencia. Los descubrimientos se multiplicaban por doquier
en Francia, tierra privilegiada del paleolítico. Aprovechar la
ocasión de no perder el prestigio, so pena de ver puesta en
duda la competencia, tal era el problema. Ya se estaban pro-
duciendo fisuras en el seno de la mayoría. Individuos que
aún dudaban, prestaban oídos complacientes a unas reseñas
que, veinte años atrás, habrían sido arrojadas al cesto de los
papeles. Émile Cartailhac, cuya opinión era muy respetada,
fue aún más lejos. Publicó un artículo en el que reconsideraba
su postura y, de detractor, convirtióse en un ardiente defensor
del arte rupestre. Su Mea culpa de un escéptico, título sin am-
bigüedad, hace honor a un verdadero hombre de Ciencia.
Tales cambios de actitud son rarísimos. Con mayor motivo
cuando los detractores de una tesis, habiéndose convertido en
sus defensores por oportunismo primeramente, y luego por
conciencia profesional, van a efectuar una enmienda honorable
en presencia de sus colegas. ¡Ay!, don Marcelino de Sautuola
ya no podía beneficiarse de esta gloria tardía: la amargura
había abreviado sus días, y había muerto unos años antes.
Durante el verane de 1902, Cartailhac visitó La Mouthe,1
y aquellos museos imposibles que sucesivamente iban abrien-
do sus puertas: las Combarelles, Font-de-Gaume.
Estos relatos de los tiempos heroicos de la ciencia prehis-
tórica quizás induzcan a creer que los soñadores de hoy gozan
de mayor indulgencia. Por ejemplo, en Antropología, la apari-
ción del hombre en la Tierra es un hecho que retrocede en el
tiempo con la velocidad de un cohete. El oportunismo, o la
apertura de mente, consiste entonces en añadir algunos ceros
a unas evaluaciones polvorientas. Algo más fácil de decir que
de hacer. En realidad, la sospecha continúa, y la «buena fama»
de la Ciencia sigue salvaguardándose celosamente.
¿Qué le falta, pues, a la arqueología paralela para que se
la reconozca como de utilidad pública? Le falta cohesión. Los
hechos y los hallazgos insólitos no faltan, es verdad, pero su
catálogo puede leerse en un sentido o en el otro. Los raros in-
tentos de cronología, como los que encontramos en El Hom-
1. Descubierta el año anterior por Peyrony, Capitán y Brenil.
;•« n "•>.•-••;.'
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 23
bre eterno, de Louis Pauwels y Jacques Bergier, son califica-
dos de «románticos» por los autores mismos. 1 ¿Por qué tanta
reserva? Los lazos que podrían existir entre la cultura misma
de la meseta de Marcahuasi y la fundación del imperio megalí-
tico de Tiahuanaco no son más tenues que los que unen el che-
lense con el tardenoisiense, dos períodos de industria que dis-
tan 300.000 años uno de otro. Si el cuadro del paleolítico al me-
solítico no presenta ninguna fisura es porque así lo quieren los
prehistoriadores acreditados. Ya que si los sílex se ordenan
sin rechistar, en los estantes, los vestigios anónimos de civili-
zaciones desaparecidas no se colocan fácilmente unos al lado
de los otros como en una ristra de cebollas.
Así, la Arqueología abunda en números sensacionales, sin
que podamos ponernos de acuerdo en cuanto al orden del pro-
grama. ¿Acaso un cuadro cronológico es el mejor medio de
acercar una historia a la Historia desconocida? Por supuesto
que no, ya que cada período tiene su reflejo en tiempos ante-
riores, o más recientes, en tal o cual parte del mundo. ¿Acaso
una disposición geográfica no pondría de manifiesto las rela-
ciones entre ciertos continentes y ciertos pueblos? Esto sería
simplificar exageradamente la cuestión, ya que los vestigios de
estas relaciones suelen pertenecer a épocas diferentes, su des-
fase sigue siendo inexplicable, ¿y qué hacer con unos continen-
tes hipotéticos que sobrecargan peligrosamente todo nuestro
planisferio?
Y encontrarnos, con toda humildad, ante una enumeración
de enigmas que sufren, rigurosamente, una clasificación por ca-
tegorías. De estos capítulos del misterio se destacan ejemplos
que son como otros tantos fósforos para la imaginación. Fós-
foros maravillosos, que arden mucho tiempo sin consumirse.
Uno de ellos proyecta un fulgor deslumbrador desde hace mi-
lenios: la Gran Pirámide, sin hablar de sus satélites, es, por
excelencia, el gran tema de especulaciones intelectuales. El
otro es de fecha reciente: la ciudad inca de Machu Picchu no
fue descubierta hasta el año 1911.
1. L. Pauwels y J. Bergier: L'Homme éternel, pág. 205 (París, «Ga-
llimard», 1970).
24 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
Diferentes maneras de no ver claro
Ya tendremos ocasión de volver a ocuparnos de Machu
Picchu y de las pirámides, o de los incas y de los egipcios. Los
unos y los otros se encuentran en numerosas encrucijadas de
la carretera. Suposición. Sin embargo, estos dos lugares repre-
sentan una demostración de productos inflamables para la ima-
ginación. Los dos son igualmente objeto de explicaciones que
los americanistas y los egiptólogos hacen seguir de unos puntos
de interrogación.
A propósito, tendría que haber dos categorías de puntos de
interrogación. La primera sería utilizada por los especialistas
acreditados para concluir, como suelen hacerlo, suscitando al
final una cuestión que parece secundaria, tan escaso es su
peso, después de una brillante exposición. Es el punto de in-
terrogación accesorio, llamado de concesión.
La segunda categoría, de que hacemos uso constantemente
en esta obra, no es sino un síntoma de curiosidad. Este punto
de interrogación surge al abordar el problema, se acentúa en
el curso de un examen más minucioso y se multiplica en toda
explicación, si el autor es sincero e invita al lector a reflexio-
nar, en vez de imponer su punto de vista de un modo defini-
tivo y sin apelación.
La fortaleza de Machu Picchu fue descubierta el 24 de ju-
lio de 1911, por tres viajeros que no sabían exactamente lo
que andaban buscando. Un granjero indígena servía de guía
a sus dos compañeros, un militar peruano y un joven profesor
norteamericano. La pequeña expedición había subido al valle
del Urubamba. Se encontraba agotada, de tanto subir y bajar
montañas. El calor del verano, el espesor de la jungla hacían
penoso el avance. Era en aquella región desconocida, en la que
el Urubamba descendía rápidamente, convirtiéndose en torren-
te ensordecedor antes de llegar al encuentro del río Amazonas,
donde podía hallarse situado Víteos, refugio del último inca.
A condición de que esta ciudad legendaria existiese. Los espa-
ñoles, por más que se habían esforzado en descubrirla, porque
suponían que en ella se hallaba escondido el gran tesoro de los
incas, no habían encontrado el menor rastro.
Más allá, es decir, aproximándose a Cuzco, se extendía la
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 25
cadena impresionante de las ciudades-fortalezas pegadas a las
pendientes escarpadas del macizo rocoso. Loyamarca, Bota-
marca, Patallacta, Huamanmarca 1 habían sido edificadas por
los constructores incas a 500 m por encima de las gargantas del
río. Constituían la vanguardia de bastiones defensivos mucho
más importantes, ciudades como Ollantaytambo y Pisac, cons-
truidas sobre el curso superior del Urubamba.
Víteos, la «ciudad de la fidelidad», ¿no se escondería tal
vez en la vanguardia de aquella vanguardia, en aquella zona
misteriosa a la que acababan de llegar, aquella mañana de julio
de 1911, los viajeros extenuados que franquearon el Urubam-
ba espumeante por una frágil pasarela, antes de aventurarse
por un sendero de rápida pendiente, apenas visible a través
de la maleza? La altitud alcanzaba los 2.500 m y hacía difícil
la respiración. Una vez que hubo llegado a la cumbre, el pro-
fesor de la Universidad de Yale, llamado Hiram Bingham,2
creyó estar soñando: ante él se erguía un muro cubierto de lia-
nas y arbolillos. Los tres hombres recobraron su energía y,
tras haber escalado otros muros, descubrieron el espolón ro-
coso en el que se apretujaban, casi intactas, las construcciones
ciclópeas de la ciudad misteriosa. En cuanto al nombre de esta
ciudad, no es otro que el del más alto de los picos que dominan
el lugar, Machu (viejo) Picchu, que sobrepasa en 300 m a su
hermano menor Huayna (nuevo) Picchu.
Hiram Bingham hizo de Machu Picchu el asunto de su vida,
ya de por sí fértil en acontecimientos. Al año siguiente al del
descubrimiento, volvió a aquellos mismos lugares con medios
más amplios y más oficiales. La Primera Guerra Mundial in-
terrumpió sus investigaciones. Se hizo aviador a los cuarenta
y dos años, y luego, al llegar la paz, se dedicó a la política. De-
trás de estas ocupaciones absorbentes, la obsesión por Ma-
chu Picchu permaneció constante. Después de haber sido, du-
rante una cálida mañana, un explorador recompensado, Bing-
ham se convirtió en pionero de la arqueología irracional. Pre-
ciso es decir que un relato circunstanciado y algunos apuntes
históricos no podían bastar para agotar el tema.
¿Cuáles son los datos del problema, en estado bruto?
1 Unidas a Cuzco por una carretera pavimentada.
2. Nacido en 1875 en Hawai, muerto en 1956.
26 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
«Un dédalo de admirables casas de granito», en las que el
ajuste es de una perfección absoluta, unas escaleras de ciento
cincuenta peldaños, algunas de cuyas partes están talladas sin
interrupción en la roca, dos templos y una escalera de tres mil
peldaños que conduce a la cima de la montaña, donde, sobre
una plataforma superior, se eleva la piedra «que medía el
sol».
Lo que más particularmente llama la atención de Hiram
Bingham es una fachada en la que hay tres aberturas regulares.
Estas tres ventanas indican, según Manco Capac, la cuna de la
civilización inca.
¿Quién es Manco Capac? El último de los amautas, de los
que setenta y dos dinastías reinaron en los Andes hasta el año
800. Una invasión bárbara habría puesto fin a esta larga esta-
bilidad gubernamental. Algunos refugiados habrían llegado has-
ta aquel nido de águila, designado con el nombre de Tampu
Tocco. Esta supervivencia del Reino se habría prolongado
por espacio de cerca de cinco siglos. Después, su jefe, Manco
Capac, abandonó su refugio, se apoderó de Cuzco y fundó el
imperio inca.1
Se comprueba que, si Bingham había creído descubrir en
Machu Picchu el refugio del último inca, se había dejado se-
ducir por la idea de que la ciudad inaccesible era, en realidad,
la cuna del primero... De esta manera, entreabría una puerta
por la cual iban a deslizarse unos espíritus aún más aventu-
reros. ¿El genio de los incas no debía algo de su poder a civi-
lizaciones anteriores? Así, del Reino de Chimú, en la costa nor-
te del Perú, y de las ruinas de Chan-Chan, su capital. Más
antiguos aún, los nazcas, esos enigmáticos grabadores del de-
sierto, cuyas obras destinadas a ser contempladas desde el cie-
lo ofrecen posibilidades de interpretación que dan vértigo. El
detonador Machu Picchu nos lleva al extremo sudeste del lago
Titicaca, a Tiahuanaco y a su Puerta del Sol. Desde este mo-
mento, el Dios blanco precolombino, ya sea vikingo o venusia-
no, se perfila detrás de un conjunto de suposiciones que expon-
dremos más adelante y que, todas ellas, han conservado el
mérito altamente apreciable de incitar a la fantasía observan-
1. Epopeya descrita por Fernando Montesinos, historiador español,
muerto en 1562, en su Historia del Perú antes de la conquista.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 27
do, al propio tiempo, cierta lógica. Y, para no descartar ningu-
na de las hipótesis más desconcertantes, hemos de reservar un
lugar a la teoría de Hans Horbiger, doctor Fausto que decía
pestes de los matemáticos y se tenía a sí mismo por un astró-
nomo genial. Es sabido que el horbigerismo se convirtió en
una droga predilecta de los alucinados del nazismo, incluso
después de la muerte de este teórico de los hielos, en 1931. Dos
de sus discípulos, Hans Bellamy y Arthur Posnansky, darían a
Tiahuanaco la edad de 250.000 años, simplemente porque, hace
250.000 años, uno de los satélites que giraron alrededor de la
Tierra antes que la Luna que nosotros conocemos habría ejer-
cido su atracción sobre los océanos.
Entonces, ciudades como Tiahuanaco y Machu Picchu ha-
brían podido encontrarse a flor de agua. La caída del satélite,
o su desintegración, habría provocado una especie de desin-
flamiento seguido de un reflujo hacia los polos. Dicho de otro
modo, uno de los numerosos diluvios que ha registrado nues-
tra Historia habría dejado las ciudades en una situación geo-
gráfica apta para intrigar a más de un arqueólogo.
Sería preciso saber detenerse a tiempo en el sendero de las
hipótesis. En algunos lugares hay trampas. Evidentemente, vol-
veremos aún a encontrarnos con Horbiger, y un día volvere-
mos a Tiahuanaco, pero, por si acaso, ya estamos prevenidos.
Todavía tenemos tiempo de evitar los encantamientos y
adoptar, en compañía de honrados americanistas, la tesis se-
gún la cual Manco Capac, fundador del imperio, no sería más
que un héroe de leyenda. Machu Picchu no habría tenido nun-
ca el papel de precapital. No sería sino uno de los bastiones
edificados por los incas a comienzos del siglo xv para que sir-
viera de refugio a las poblaciones en la eventualidad de una
invasión. En cierto modo, el «punto terminal de una constela-
ción de ciudades suspendidas», según la fórmula de W. von
Hagen.
Esta arqueología sitúa hacia el siglo x de nuestra Era el im-
pulso de la civilización de Tiahuanaco, su influencia sobre los
nazca; luego, desde el siglo xm hasta la conquista española,
el desarrollo y la destrucción de la cultura incaica. Los mis-
• <• 7" wr ir-rnrprrír
28 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
mos americanistas, y ya hemos precisado que se trata de gente
honrada, reconocen la existencia de misterios, de «huecos» que
ninguna tradición escrita permite colmar. Llegan a la conclu-
sión, tanto en el caso de Machu Picchu como en el de Tiahua-
naco, de que es imposible disipar estas brumas en ausencia
de informaciones complementarias. Ya veremos, en el momen-
to conveniente, cómo los arqueólogos románticos, tan serios
como los precedentes, se esfuerzan en echar puentes sobre es-
tos abismos.
Pirámides y superhombres
Hacia el año 2500 a. de J. C, el segundo rey de la IV dinas-
tía ordenó la construcción de una pirámide, dentro de la más
pura tradición egipcia. Durante aproximadamente dos siglos,
los arquitectos de ese país perpetuaron las enseñanzas del ge-
nial Imhotep, a quien debemos un intento que es un golpe
maestro, la pirámide del rey Yeser, fundador de la III dinas-
tía. Desde entonces, son visibles las tentativas de perfecciona-
miento. En realidad, las técnicas han evolucionado poco. La
pirámide de Keops no superará menos a todas las otras no
sólo por la altura, sino también por sus cualidades excepcio-
nales.
La Gran Pirámide está orientada con un error mínimo de
3' y 6",1 precisión obtenida por el conocimiento de la estrella
que señalaba el Norte en la época de su construcción. Un muro
circular a modo de horizonte artificial, unas marcas que indi-
caban la salida y la puesta de la estrella, la bisectriz del ángu-
lo formado a partir del centro del recinto constituían un medio
tan simple como eficaz de definir la orientación.
Los 2.600.000 bloques (evaluación media) necesarios para
la construcción del monumento fueron extraídos de la meseta
misma de Gizeh y de las canteras de Turah, en la otra orilla
del Nilo. Unas pinazas de fondo plano trajeron de Asuán las
losas de granito destinadas al techo de las cámaras sepulcrales.
Para la elevación y la colocación de los materiales, el siste-
L _Las pirámides vecinas de Kefrén y de Micerino, curiosamente
desdeñadas por los esoteristas, están orientadas con una precisión casi
igualmente notable, 5' de diferencia para la primera, 14' para la se-
gunda.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 29
ima de las rampas ascendentes se admite generalmente como
el más plausible, aun cuando represente una empresa tan colo-
sal como la misma pirámide.
El abandono de la cámara subterránea, y después de la cá-
mara superior llamada «Cámara de la Reina», se explica por
un cambio de humor del soberano todopoderoso. La sepultura
definitivamente adoptada, situada aún más arriba, impuso al
arquitecto ciertas modificaciones en la inclinación de las gale-
rías.
Muchos otros detalles técnicos, relativos a las maravillas
contenidas en esta montaña de piedra, son explicados por una
ciencia egiptológica que no deja nada al azar y que efectúa
sus pruebas. El único verdadero misterio de la Gran Pirámide
reside en su gigantismo, en el increíble gasto de energía y de
tiempo, de hombres y de materiales, la fe y la disciplina de un
pueblo, la habilidad y la perseverancia de obreros que sólo
disponían de masas de diorita, clavijas de madera y tijeras de
cobre.
No obstante, unas teorías de otro género confieren a la
Gran Pirámide unas dimensiones mucho más impresionantes,
si cabe.
El célebre Imhotep desempeña un escaso papel en su con-
cepción. Melquisedec o Enoc, uno de los grandes inspirados
de la Biblia, habría trazado su plano. Su realización se remon-
taría a 4.800 años antes de nuestra Era, y Keops no habría
hecho sino pensar utilizar esta tumba enteramente preparada,
más impresionante que la de sus predecesores...
En la época de la construcción, ninguna estrella visible
servía como referencia al polo Norte.1 Por otra parte, el meri-
diano de la Gran Pirámide es el único que tiene una significa-
ción, ya que atraviesa el máximo de tierras emergidas y el mí-
nimo de mares. Implica, por consiguiente, un conocimiento
completo de nuestro planeta...
Bajo la meseta de Gizeh debía de existir una ciudad subte-
rránea. Ésta habría servido de refugio a un colegio de inicia-
dos, preocupados por preservar una herencia espiritual y cien-
1. A. Pochan: L'Enigme de la Grande Pyramide (París, «Robert
Laffont», 1971. Ed. española: El enigma de la gran pirámide, (col.
«Otros Mundos», Plaza Janes, 1973). El autor observa que el Alfa del
Dragón, que habría podido constituir una Polar aceptable, no es sino
una estrella de tercera magnitud, apenas visible a simple vista.
30 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
tífica amenazada por una catástrofe universal...
El material de construcción utilizado no proviene ni de
Asuán ni de Turah, sino de la América del Sur...
Hay derecho a exigir a los autores de estas proposiciones
algunas explicaciones tranquilizadoras. Pero, ¿en qué momen-
to hay que tomar la palabra? En el momento en que un viaje,
que tiene su punto de partida ante nuestros ojos, en Carnac y
en Stonehenge, nos llevará, infaliblemente, a la tierra prome-
tida: la Atlántida.
EN BUSCA DE LA HERENCIA
Las agencias de turismo evitan al hombre moderno todo
gasto físico superfluo, aunque fuese para ir al encuentro del
misterio. Los autocares se alinean en el aparcamiento céltico.
Sus ocupantes tienen poca distancia que recorrer para con-
templar las alineaciones de Carnac y poca energía que derro-
char para llevarse una prueba de su paso en forma de una
diapositiva.
No obstante, la emoción experimentada en las landas de
Bretaña raramente provoca demostraciones de lirismo ruidoso.
No se pueden comparar con la punta del Raz, las gargantas
del Tarn o los castillos del Loira.
Menhires, dólmenes y crómlechs no ofrecen una perfección
arquitectónica digna de un maravillado éxtasis espontáneo. Los
motivos de asombro que proponen no asumen, de buenas a
primeras, sus verdaderas dimensiones. Para que se animen
las piedras, es necesario que no se apague nuestra imagina-
ción. Pero la imaginación y el fervor planteaban, no hace mu-
cho tiempo, ciertos problemas de precedencia a las autoridades
locales.
32 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
Malas costumbres de los paganos
Tout fut soumis au Christ et, signe triomphant,
La croix sanctifia la pierre du peulvan.
(Todo fue sometido a Cristo y, señal triunfadora,
la cruz santificó la piedra del menhir.)
Esta comprobación de cristianización, puesta en verso por
el poeta Brizeux, atestigua lo reacio que se mostraba el clero
a relegar a un pasado sospechoso los vestigios de devoción de
que eran objeto los megalitos de Bretaña. Puesto que estas pie-
dras no se dejaban fácilmente enterrar o destrozar, se les aña-
día una cruz, como en Saint-Mériadec, cerca de Pontivy, o se
les colocaba una piadosa estatua, alojada en una hornacina,
como en Saint-Venec, en Finisterre. 1
De nada sirvió. Hasta finales del siglo xix, una fidelidad pa-
gana continuó rodeando los megalitos. Gran número de pere-
grinos se reunían en Pleslin, en las alineaciones del Champ-
des-Roches, cuando no eran las piedras mismas las que se
desplazaban para celebrar la fiesta de San Juan, el día de Na-
vidad (en el caso de las piedras convertidas), los solsticios de
verano y de invierno, o por razones fútiles, como el ir a beber
al río próximo, por ejemplo. Algunas jóvenes, siempre audaces
cuando se trata de encontrar un esposo, sentían afición (la
sienten todavía, según parece) por ciertos menhires con pro-
hibición de fijar carteles. Los símbolos fálicos inspiran igual
confianza a las mujeres estériles. Toques y frotaciones justifi-
can, en rigor, confesiones ortodoxas ante el señor rector, quien
ve cómo el soplo druídico hace vacilar la llama de los cirios.
«Los celtas se hallan entre nosotros», piensan los más eruditos.
El espíritu impregna las tierras del Oeste. Tal vez a causa
de él los visitantes del verano son poco demostrativos, si no
es para perderse en conjeturas acerca de los medios para co-
locar en su sitio guijarros de cien toneladas de peso. Afortu-
nadamente, allí están los druidas para explicarlo todo, supers-
ticiones y técnicas. Eran capaces de realizar números asombro-
sos, con una bonachonería folklórica que dispensa a los espí-
1. P.-Y. Sévillot cita también el menhir de Rungles, cerca de Daou-
las, en el que posteriormente fueron esculpidos Cristo y los apóstoles.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 33
ritus demasiado curiosos de remontarse hasta los atlantes. Los
druidas cogían el muérdago. El nombre de éstos puede prove-
nir del celta drew, que designa la encina. También puede te-
ner sus raíces en los vocablos celtas dru y vid, que, juntos, sig-
nificarían «el que posee el conocimiento completo». En cuan-
to a los sacrificios practicados en las mesas de los dólmenes,
se ha vuelto razonable relegarlos a la categoría de calum-
nias. En efecto, el mayor número de piedras horizontales y
de avenidas cubiertas se hallan en el origen de los túmulos. Re-
cubiertos con tierra, no podían servir de altares.
Añadamos finalmente que, para poner término a las espe-
culaciones peligrosas, algunas asocian los druidas a la erección
de los megalitos. Así, la protohistoria encuentra su sitio en
una cronología racional, y las famosas aventuras de Astérix
muestran aún a forzudos galos que manejan el menhir con
alegre facilidad.
Piedras algo menos familiares
En pos del pionero Fustel de Coulanges, los historiadores
concienzudos han llegado a discernir la realidad gala. En el
centro de esta realidad, se halla el mundo de los celtas. Pero,
ni Fustel de Coulanges ni Camille Jullian' se aventuran en te-
rreno dudoso en el que encontrarían un pueblo desconocido,
procedente de un continente hipotético y aportando unos co-
nocimientos en contradicción formal con el concepto de pre-
historia y de talladores de sílex. Sin embargo, no hay duda de
que los celtas se encontraban en la Galia mil años antes de
nuestra Era, «es decir, más de dos siglos antes del comienzo
del período histórico griego, y cuatro siglos antes de la funda-
ción de la futura Marsella por los focenses».2
La anterioridad de los celtas con respecto a las civilizacio-
nes mediterráneas, abre de par en par las puertas de un mun-
do maravilloso. Esta vez el espacio no se mide, y no tardare-
mos en respirar el aire marino: la Atlántida podría muy bien
encontrarse ahí. Pero ya tendremos otras ocasiones de volver
a ocuparnos de esto.
1. Véase C. Julián: Histoire de la Gaule (París, «Editions Culture
et Civilisation», 1963).
2. Artículo de G.-C. Honoré, en Allantis, n.° 240, 1967.
3 — 3321
34 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
Entretanto, ¿cuál es la función de los 50.000 monumentos
megalíticos esparcidos por la Europa occidental? La doctrina
druídica los utiliza, sin anexión arbitraria, porque la Tradición
aún no ha sido sofocada por una religión nueva. ¿Y el cono-
cimiento? Es posible que no haya sido alterado por el tiempo,
si la transmisión sólo se efectúa entre iniciados. Es posible
(a despecho de todas las cualidades espirituales de que han
sido depositarías la Galia y una minoría selecta filosófica, re-
presentada por los druidas) que esta herencia ya no esté in-
tacta. Sobre este respecto, podemos citar especialmente a Jean-
Louis Bernard: «Un pueblo prehistórico puede ser también un
pueblo posthistórico. ¿Existe una sola raza que haya evolucio-
nado hacia la perfección? ¡No! Las razas prehistóricas, por el
contrario, se extinguieron una tras otra. Tal vez no fuesen
sino los residuos de grandes razas degeneradas, que fueron
arrojadas de su habitat por un cataclismo.»»
^ No nos precipitemos en la decadencia: los druidas poseían
aún numerosos secretos, así como conocimientos astronómi-
cos y astrológicos muy precisos que les permitían ir al unísono
con el simbolismo de los conjuntos megalíticos dejados pro-
bablemente por los primeros ocupantes celtas.
Perfección poco aparente de algunos lugares turísticos
Cerca de Carnac, en Morbihan, 2.935 menhires se hallan
alineados en una longitud de 4 km.2 Sus batallones cuentan de
diez a trece hileras paralelas. En un extremo de la hilera, los
más pequeños tienen 50 cm de altura. En el otro, hay gigantes
que sobrepasan los 6 m. Todos ellos colocados en la proximi-
dad del océano, tanto en Bretaña como en España. Como es-
cribe Ivar Lissner: «El mar y la navegación han sido siempre
los maestros mejores de la Humanidad.» Estos emplazamien-
tos coincidirían con los cruzamientos de corrientes hidrote-
1. Alineaciones de Menee, Kermario y Kerlescan.
Col b l&¥Ti*í' L'Egypte et la
Sánese du surhomme (París, «Vieux
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 35
lúricas permitiendo así a los druidas, como a sus predecesores,
ponerse a la escucha del cosmos, haciendo los conjuntos mega-
líticos las veces de antenas.
Familiarizados con el cielo, los constructores desconocidos
lo estuvieron hasta el punto de confeccionar el mapa de la
constelación de las Pléyades, que se lee en las rocas de cúpu-
las de la isla de Yeu. La disposición de estas marcas tendría
en cuenta unas modificaciones producidas en el curso de un
período que va de 10.000 a 6.000 años antes de nuestra Era.
Esos cartógrafos estaban ahí demasiado pronto para ser cel-
tas. Tal vez acabaran de llegar a estas orillas, «arrojados de
su habitat por un cataclismo...».
En Carnac, es un calendario el que se anima a partir del
cromlech del golfo de Morbihan. Desde este punto, en los sols-
ticios y en los equinoccios, puede verse salir el sol por debajo
de los menhires erguidos a través de las alineaciones.
En Crucuno, cerca de Erdeven (Morbihan), un cromlech
que sólo cuenta veintidós menhires en pie, representa un rec-
tángulo perfecto. Sus lados y sus diagonales se hallan en la
relación 3, 4 y 5, exactamente orientados hacia los cuatro pun-
tos cardinales, y las diagonales sobre las salidas del sol en el
momento de los solsticios. Precisiones despojadas del elemen-
to pintoresco folklórico, de acuerdo. Pero, entonces, ¿por qué
pasarlas en silencio y reconocer un genio poco menos que so-
brenatural a los geómetras que trazaron las bases de la pirá-
mide de Keops? Esto es racismo arqueológico. Sería más sen-
cillo aceptar la discusión en torno a esta cuestión palpitante:
herencia común o intercambio de conocimientos o de ingenie^
ros, sin llegar a pronunciarse acerca de la anterioridad de los
unos con relación a los otros...
Asimismo, todo el que se interesa por los conjuntos mega-
líticos sabe que los crómlechs, grupos de menhires formados
en círculo, casi siempre se encuentran situados en el extremo
de las alineaciones. El hecho de que la misma figura exista en
Do-Ring, en el Tibet, abre perspectivas más vastas.
O bien los celtas vinieron de Asia, hipótesis ya oficial, o
bien fueron a Asia para regresar, más tarde, a sus orígenes
occidentales. La implantación de los megalitos se situaría an-
tes de este ir y volver y sería representativa de un pueblo pro-
cedente del Oeste, el oeste de nuestras orillas, es decir, el océa-
no Atlántico. Este pueblo de los dólmenes, en el curso de un
36 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
éxodo cuyas causas sería agradable evocar, tanto las menos
plausibles como las más aceptables, tocó tierra en diversos
puntos de la costa, desde Escandinavia hasta Marruecos.1 Lue-
go, la evolución y la demografía desempeñan su papel. El saber
de los refugiados se difunde, desaparece aquí, vuelve a surgir
allá, permanece inalterable para algunos iniciados o se modi-
fica conforme a las necesidades religiosas y políticas. Uno de
los testimonios más extraños de esta dispersión y uno de los
enigmas más fascinantes que se hayan revelado en el curso
de estos últimos años, debe ir a buscarse en Córcega,
Ef asombro de Próspero Merimée
«Cuando se descubra el primer lingote de oro debajo de
una capa de ceniza, deberéis apoderaros del primer ser huma-
no que pase cerca de allí y sacrificarlo inmediatamente para
conjurar a los espíritus. De lo contrario, el tesoro jamás os
pertenecerá.»
Estas instrucciones de magia negra, podrían creerse dicta-
das por algún sacerdote maya o algún otro partidario de una re-
ligión diabólica. En realidad, sólo se trata de una superstición
de los campesinos corsos, cuyos «pepes» transmitían en su
lecho de muerte los secretos que habían de enriquecer a sus
descendientes. Más exactamente, se trataba de la necrópolis de
Vascolaccio, donde, según decían, se hallaban escondidos unos
lingotes de oro debajo de una piedra azul. Sin duda nunca se
sabrá si un paseante pagó con la vida el descubrimiento de una
hucha cualquiera, pero en Córcega suelen contar que la ciu-
dadela de Bonifacio fue construida gracias al pillaje de esta
necrópolis.
En realidad, sólo se trataría de un ejemplo, entre otros mu-
chos, de una vocación casi universal de los hombres a destruir
las ruinas del pasado, con la esperanza de apoderarse de las
1. G. Poisson: «L'Atlantide et les mégalithes», en Atlantis, n.° 240,
marzo-abril 1967, escribe: «En África del Norte, las regiones en las que
se encuentran vestigios de poblaciones rubias son también aquellas
en las que los monumentos megalíticos son más numerosos.»
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 37
joyas o las armas que acompañaban a nuestros antepasados
en el gran viaje. Estos desmanes llenan de desesperación a los
verdaderos investigadores que llegan a los lugares de un des-
cubrimiento. Deporte nacional en Egipto y en Mesopotamia,
costumbre en la América del Sur, los asaltos de los ladrones
de cadáveres han asumido muchas formas y han devorado lo
mejor de la herencia funeraria de los «salvajes» de otros tiem-
pos. Al lado de estos saqueos organizados, lo que ha sucedido
en Córcega es sólo un trabajo de aficionados.
Y luego, en Córcega, unos guardianes indeseables han ale-
jado a los curiosos de ciertos lugares de excavaciones. Cuando
un reptil emergía de lo que los pastores llamaban «bancales»
(silos de trigo) y que no eran sino tumbas antiguas, podía uno
estar seguro de que nadie se atrevería a tocar los restos que
quizá se encontraban aún en el sarcófago de piedra: la ser-
piente representa el alma del muerto y se yergue para prohi-
bir el acceso a su tumba.
Así, al contrario de lo que sucedió en Vascolaccio, la ne-
crópolis de Tivolaggi-i y su Campo Guárdate (Campo tabú) han
permanecido intactos, entregando a los investigadores moder-
nos un mobiliario funerario compuesto de objetos de obsidia-
na, cuentas de piedra y objetos de barro, de la misma época
que las tumbas sardas de la isla vecina.
Pero, no son las tumbas, por muy interesantes que le re-
sulten al historiador, las que, en estos últimos años, han situa-
do a Córcega entre los primeros lugares de la arqueología in-
sólita. Lo que en la isla se encuentra no es sólo el vestigio de
una historia misteriosa en la que se indica la existencia de
unos invasores marinos que hicieron temblar hasta el reino de
Egipto, sino también un conjunto de estatuas monumentales
tan impresionantes como los famosos monolitos de la isla de
Pascua, y que suscitan otras tantas preguntas a quienes reali-
zan su inventario.
El asunto es reciente. No fue hasta 1966 cuando una obra
completa sobre estos descubrimientos reveló al público el mun-
do fantástico que dormía desde miles de años a las puertas
de la Costa Azul. El nombre de un investigador del C.N.R.S.,
Roger Grosjean, se asociaba a esta resurrección. En diez años,
había confeccionado el inventario definitivo de estos guerre-
""
38 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
ros y «paladines» de que se halla sembrado el maquis cor-
so, para la mayor perplejidad del mundo erudito.
Como en todas estas cosas, la información habría podido
oficializarse con un siglo de antelación. ¿Acaso el ilustre Prós-
pero Mérimée, que inmortalizó el alma corsa en sus relatos,
no había escrito 1 desde 1840 páginas turbadoras acerca de
grandes estatuas que ostentaban el «bosquejo de figuras hu-
manas»?
En calidad de inspector de los Monumentos históricos, el
autor de Colomba no escatimó esfuerzos, recorriendo el maki
en compañía de campesinos poco entusiastas, pero cuyas raras
confidencias sobre los menhires ocultos en la montaña no po-
dían por menos que excitar la curiosidad de un alma noveles-
ca. La tradición afirmaba que sólo podía tratarse de monjes,
soldados o muchachas petrificadas por un castigo eterno. Una
primera excursión lo condujo a la región de Sarténe, donde los
menhires alineados de Cauria y el dolmen de Fontanaccia le
recordaron, sin duda, unos vestigios mucho más espectacu-
lares, en los cuales se interesaban entonces en Bretaña, sino
que aún se tratase de darles el nombre de megalitos... Siem-
pre reminiscencias del paganismo galo, fin del final de toda ex-
plicación aunque poco remota de la Historia, en este medio
siglo que nos precede.
El asombro de nuestro oficial inspector de los Monumen-
tos históricos debió de subir de punto cuando, tras las huellas
de sus guías, descubrió en Paravo (Sollacaro) unos rasgos hu-
manos grabados en una parte de los once menhires alineados.
Después, cerca de Sagone, una escultura enteramente detallada
en un bloque de más de dos metros de largo... Mérimée efec-
tuó el informe correspondiente.
Hace cien años, lo sabemos desde el comienzo de nuestra
excursión insólita, los espíritus distinguidos no estaban lo su-
ficientemente maduros como para admitir representaciones
antropomórficas en una comarca tan próxima como Córcega,
y el informe de Mérimée fue relegado al olvido.
1. P. Mérimée: Voyage en Corte.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 39
Cincuenta años más tarde, le cupo la misma suerte a la re-
lación de los menhires corsos establecida por Adrien de Mor-
tillet, cuyas investigaciones sobre los cultos funerarios de la
protohistoria le habían dado, sin embargo, una autoridad in-
discutida. También aquí, las uvas estaban demasiado verdes
para aquellos señores de las academias.
Ha habido que aguardar hasta estos últimos años para que,
por instigación de algunos notables del lugar, intrigados por
una vecindad tan insólita, se tome en consideración un estudio
completo de los megalitos corsos.
Seguramente Mérimée habría pagado un alto precio para
hallarse en el lugar de Roger Grosjean, el día en que éste, al
azar de una conversación con un campesino, en cuya casa ha-
bía descubierto algunas estatuas, se abrió paso con el machete
hacia lo que el propietario llamaba las ruinas de un viejo con-
vento, cerca del campo de excavaciones. Lo que vio el investi-
gador, una vez apartada la espesura impenetrable de encinas
verdes y olivos silvestres, fue algo muy distinto de un refugio
para piadosas monjas: vio sencillamente la capital-santuario
de la civilización megalítica que había poblado el sur de Cór-
cega, con sus extraños caballeros de piedra y en la que una
estatua de paladín, con un puñal grabado en el costado, coro-
naba el túmulo central rodeado de enormes muros de roca le-
vantados al modo ciclópeo.
El enigma de los aislados
¿Qué novela no habría imaginado Próspero Mérimée, escri-
tor, basándose en estos enfrentamientos de razas, cuyas hue-
llas han quedado en los maquis de la isla? A través de la edi-
ficación de laberintos, de «torres» (de las que actualmente se
encuentran inventariadas más de un centenar) y de menhires
cubiertos de cascos y espadas, se desarrolla la lucha de los
pastores autóctonos contra los invasores venidos del mar, hace
de esto... tres o cuatro mil años. ¿De qué inspiración no ha-
bría podido aprovecharse, si hubiera podido contemplar las
fortalezas de los conquistadores, aún cubiertas con puntas de
flechas lanzadas por las poblaciones oprimidas, y las cuevas de
40 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
incineración de Filitosa, en las que los rudos guerreros «to-
rréanos» rendían un postrer homenaje a sus muertos?
Ante todo, ¿quiénes eran esos invasores cuyo recuerdo ha
dejado en el alma de los corsos un complejo tan bravio de per-
seguidos, que les ha hecho refugiarse en el maquis al primer
asunto grave que se produce en la isla? Y ¿por qué, según los
vestigios tan bien estudiados por Roger Grosjean, estos mis-
mos conquistadores abandonaron súbitamente sus fortines y
sus puertos hacia el año 800 de nuestra Era?
Todo cuanto se sabe es que las armas de bronce y los ves-
tigios de cascos adornados con cuernos de buey, que figuran
en las estatuas, son afines a otros indicios esparcidos por el
Mediterráneo: «No existe más que un pueblo —dice Roger Gros-
jean— que corresponda a las representaciones de estatuas-men-
hires de Córcega, y es uno de aquellos pueblos del mar que
hicieron temblar a Egipto entre los siglos xiv y x i n a. de J. C :
los shardanos. Las comparaciones entre las representantes de
las estatuas-menhires armados de Córcega y los magníficos ba-
jorrelieves de Medinet-Habu, que describen el combate naval
a las puertas de Egipto entre la flota egipcia y la coalición de
shardanos y filisteos, son tan turbadoras, que sugieren, natu-
ralmente, una identidad de origen.»
Tras la partida de los conquistadores, 1 los gigantes de pie-
dra continuaron montando guardia ante los misterios aún no
dilucidados de la isla. En particular, ningún elemento com-
plementario ha permitido, hasta ahora, esclarecer los ritos re-
ligiosos de estos neolíticos rezagados. Cabe suponer que, con-
trariamente a tantas otras culturas, las fuerzas sobrenaturales
que adoraban los autóctonos quedasen en estado abstracto.
No menos asombrosa es la ausencia de vestigios de una épo-
ca paleolítica. ¿Débese acaso a que la isla quedó grandemente
rezagada con respecto a la evolución del continente, encerra-
da, en cierto modo, en un aislamiento que, ni siquiera ahora,
se ha roto del todo?
Sea lo que fuere, allí florecía esplendorosa la Edad de Pie-
1. La mayoría se establecieron en una isla vecina que lleva su nom-
bre: Cerdeña.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 41
dra, mientras que, en tierra firme, los continentales comenza-
ban a vivir en la Edad del Bronce.
«La Córcega antigua —dice Grosjean—, se mostró siempre
hostil a toda forma de penetración extranjera, hoscamente in-
dependiente y aislacionista. Desde el III milenio antes de nues-
tra Era hasta la mitad del II milenio, los corsos permanecie-
ron en sus montañas, limitándose a comerciar con Cerdeña
para la importación de la obsidiana indispensable, a falta de
sílex, para la confección del pequeño utillaje y de las puntas
de flechas.»
Sin embargo, fueron estos mismos «primitivos» los que, en
una época muy remota, levantaron aquel ejército inmóvil cu-
yos rasgos se parecían singularmente a los de ciertas esculturas
modernas. Nos recuerdan las obras de Gauguin influidas por
el arte polinésico.
De las cuatro grandes épocas que diferencian estos men-
hires esculpidos, la más reciente es la de «la ocupación» o de
«la resistencia».1 Figuras francamente inspiradas en el arma-
mento y la indumentaria de los conquistadores torréanos, sin
que se pueda definir en nombre de qué complacencia los artis-
tas corsos se creían obligados a desempeñar el papel de los
Arno Breker de la época. En los caminos de la trashumancia,
en Sagone, Renno, Albertace, Nebbio, encontramos caras en
las que las orejas y el nacimiento del cuello aparecen visible-
mente elaborados, mientras que un collar que ostenta motivos
misteriosos adorna el pecho.
Remontando la corriente del tiempo, el comienzo del II mi-
lenio es testigo del auge que experimentaron los menhires en
forma de obelisco, o de trapecio, con un recio contorno que
los convierte en algo inquietante cuando se les encuentra en
filas compactas de un centenar o más. Pero, en su mayor par-
te, estos modelos se hallan aislados en la montaña, o bien uni-
dos de dos en dos, como la pareja U Frate et a Sora (el Her-
mano y la Hermana), en la región de Ajaccio-Solonzara. Parale-
lamente, los dólmenes decorados son numerosos en la región
de Sarténe, ya en superficie, ya ligeramente enterrados. Con
frecuencia, son las tapas de los «bancales», o cofres funerarios,
las que forman por sí mismas la parte superior del monumen-
to empotrado en un túmulo.
1. Las fortificaciones son obra de los invasores, lo mismo que las
«torres» y los laberintos que aún planean un enigma.
42 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
En la época anterior, 1 bordeamos el V milenio. Cofres pro-
fundamente enterrados, verdaderas cámaras funerarias com-
parables a las de Bretaña o a los cistos romanos. Las necrópo-
lis de Tivolaggio, Vascolaccio, Sarténe, Taravo y Alta-Roca, fue-
ron las que despertaron la codicia de los campesinos de los
siglos pasados.
Conjunto tanto más sorprendente cuanto que, digámoslo
de nuevo, estos artistas, profundamente religiosos, estaban muy
rezagados con respecto a las civilizaciones vecinas. En tanto
que las razas continentales conocían la metalurgia, la cerámi-
ca campaniforme, la cría del ganado y los vestidos de cuero,
los autóctonos de Córcega ignoraban el metal, las vasijas que
no fuesen de tierra grosera, y sólo criaban cabras y carneros.
Si se puede extraer una parábola de estos descubrimientos
es la de que los desprovistos no son, forzosamente, los más
tontos. Parábola que también se aplicaría al paralelismo en-
tre nuestra sociedad opulenta y los pobres partidarios de la
mentalidad prelógica tan cara a Lévy-Bruhl. «No podemos ne-
gar el don de la imaginación al hombre que puede concebir un
hueso con resorte para su perro, un portacepillos para dien-
tes musical e incluso la caja que-no-sirve-para-nada... Esta
fuerza de pensamiento, que llena con sus testimonios las vitri-
nas de los museos y los pisos de los grandes bazares, se queda
corta, como empobrecida de súbito ante unos hechos que pa-
recen discutibles al occidental del siglo xx y que el resto de la
Humanidad, de un extremo a otro del tiempo y del espacio,
considera como las únicas verdades esenciales.» 2
La expansión megalítica
Nuestros contemporáneos, frente al tesoro súbito descu-
bierto en Córcega, se emocionan menos ante los fortines y los
cascos decorados de los invasores sardos que ante las humil-
des representaciones humanas grabadas en centenares de es-
telas por pastores ignorantes, y que, tanto hoy como ayer, pa-
recen invocar alguna protección invisible sobre los pueblos
cuya custodia les había sido confiada. Condensadores de ener-
gía psíquica, antepasados tutelares o intermediarios con una
1. Denominada «Megalito I» por el equipo de Roger Grosjean.
2. J. Servier: L'Homme et Vinvisible (París, «Robert Laffont», 1964).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 43
divinidad abstracta, son esto o aquello, o quizá todo ello jun-
to, hermanos de las grandes sombras que velan sobre la isla
de Pascua en otro océano. Pero dan testimonio, en la aurora
de los tiempos, de una aventura del espíritu que no debía nada
ni al «azar» ni a la «necesidad», sino que refleja alguna dimen-
sión interior del hombre de quien la tierra entera sirve de es-
pejo.
La tradición megalítica de Córcega es, pues, enigmática
por más de un motivo. Aparte el asombro que suscita su reve-
lación reciente, en tanto que lugares más lejanos constituyeron
el objeto de estudios mucho más antiguos, nos preguntamos
a qué influencias estuvieron sometidos los insulares, o si es
que no sufrieron influencia alguna. ¿Por qué el estudio de los
otros monumentos de piedra dispersos por el mundo no ha-
bría de aportar alguna luz?
«La expansión megalítica fue superponiéndose en el tiem-
po», escribe Fernand Niel, quien establece una clara diferencia
de edad entre los conjuntos de Bretaña y de Inglaterra, por un
lado, y los del Sur de Francia, de España y de África del Nor-
te, por otro lado. Los primeros se habrían erigido entre —2500
y —1500. Los segundos tendrían una edad inferior a mil años.
Los de la India, casi únicamente dólmenes, serían modernos: \
dos o tres siglos a. de J. C, como quien dice ayer. El mismo
autor formula entonces una pregunta que no hace sino acen-
tuar el misterio: ¿menhires y dólmenes son contemporáneos
los unos de los otros? La paradoja quiere que las piedras ver-
ticales pertenezcan a un período más reciente que esas tablas
horizontales, cuya colocación supone soluciones técnicas más
complicadas.
El gigante de los menhires, el campeón de la Europa occi-
dental, yace hoy, roto en cuatro pedazos, en Locmariaquer. Es
el Mané er Groah, que tenía más de 23 m de altura. Los medios
utilizados para levantar esa mole de 300 toneladas confunden
la imaginación. Son, en todo caso, comparables a los que em-
pleaban los egipcios al construir las grandes pirámides, si es
que son realmente ellos los constructores... Ahora bien, si los
egiptólogos se detienen en el sistema de rampas, completado
con el empleo de andamios, palancas, cabrias y rodillos, nin-
1. En la India, en el Deccán, un conjunto de 2200 dólmenes.
44 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
guno se ha atrevido a pronunciarse de una manera formal. Lo
mismo puede decirse de la erección de los menhires. Una mano
de obra muy numerosa, es posible. El lento avance sobre tre-
nes de rodillos, es admisible. Pero la imposibilidad de encon-
trar vestigios de las calzadas que habían de ser anchas, lo más
rectilíneas posible y cuidadosamente aplanadas, es algo que
no viene a simplificar la cuestión.
Detalles insignificantes
Entonces, si los dólmenes son más antiguos, ¿qué debe pen-
sarse de Jos hombres que los edificaron? ¿Cómo se ha podido
levantar, a una altura de 3 m, la laja de 60 toneladas del dol-
men de Mettray, en Indre-et-Loire? 1 El empleo de palancas
puestas las unas junto a las otras no explica nada: los 24 m
del contorno de la piedra no permiten a más de cuarenta y
ocho manipuladores, colocados uno al lado del otro y apretan-
do los codos, mover esa masa enorme. Mover no es nada, po-
dríamos decir. Levantar y colocar suavemente, ahí está la proe-
za, y ahí reside el secreto, un secreto que, seguramente, per-
tenecía a un solo pueblo o a cierta minoría.
Esta cuestión de la delicadeza aportada a la colocación de
tales mastodontes tuvo intrigado a Aimé Michel, en el momen-
to en que la revista Planéte no había alcanzado su número
décimo. No son las piedras más grandes las que lo dejaron
perplejo, sino las más pequeñas, esas cuñas de ajuste de 10 a
15 cm de lado, con un grosor inferior a los 10 cm,2 que se ob-
servan entre la laja y sus soportes. El que éstos hubieran sido
enterrados previamente no eclipsa la presencia incongruente
de las pequeñas cuñas. Deseosos de obtener una estabilidad
duradera de su monumento, los constructores colocaron estas
piedras en el sitio adecuado, en el momento oportuno, «entre
el pulgar y el índice», escribe el autor del artículo. Al querer
compartir su curiosidad con un especialista, éste le respondió
que los sabios no tienen tiempo que perder ocupándose de tan
1. Fernand Niel cita como un caso aún más extraordinario el dolmen
de Pépiaux (Aude), de al menos 30 toneladas, erigido en lo alto de un
cerro aislado.
2. Estas dimensiones se aplican al dolmen de Kermané (Morbihan),
cuya tabla pesa unas siete toneladas.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 45
nimios detalles... Detalles minúsculos, nada más cierto, pero
que implican el manejo lento y precavido de un bloque de
varias decenas de toneladas, con la seguridad y la precisión
del martillo pilón que gravita sobre una nuez para abrirla sin
pulverizarla. Decididamente, en Bretaña, mucho más que en
Egipto, es imposible resolver las cuestiones prácticas por la
sola explicación de una mano de obra abundante. Seguramen-
te, diez mil obreros esforzándose juntos lograrían arreglárse-
las con algunas toneladas de granito. No obstante, si falta es-
pacio para que puedan caber más de cien, hay que encontrar
otro método.
¡Y los rodillos! Esos característicos rollos de madera que
los dibujantes nunca omiten en la representación de escenas
de este género, pueden relegarse a la categoría de la leña para
la calefacción: si ciertos menhires y lajas de dólmenes presen-
tan, al menos, una parte plana que autorizaría la hipótesis de
este modo de transporte, el mayor número de ellos ofrece
unas aristas y asperezas que no les habrían permitido un tra-
yecto de más de diez metros sin bascular o desmenuzar su
rústico vehículo.
Sean cuales fueren las creencias y los motivos ignorados
del pueblo de los dólmenes, sus conocimientos técnicos consti-
tuyen un enigma. Plantean, a decir verdad, la cuestión esen-
cial del origen del saber.
Existe un centro capital de la civilización megalítica que
reúne todas estas ecuaciones insolubles. Allí donde unos gi-
gantes de piedra no sólo fueron reunidos, sino también traídos
de muy lejos. Allí donde su disposición revela una avanzada
ciencia astronómica. Allí donde la voluntad de perpetuar los
símbolos se burla de las dificultades materiales. Ese lugar es
Stonehenge. ¿Es en ese punto de Inglaterra donde hay que ver
un museo de los archivos, una demostración del poder cuyos
secretos habrían conservado los sabios del pueblo celta, des-
pués de la destrucción de su foco original?
STONEHENGE
En el sur de Inglaterra, la cadena de los Downs, mesetas
más que colinas, a pesar de su nombre, extiende un paisaje
algo monótono sin llegar a ser desolado como fue en otro
tiempo, según dicen. Setos y bosquecillos realzan el horizonte.
La carretera de Londres a Bristol atraviesa esta marejada ver-
deante de la que se desprende un apacible encanto, poco com-
parable a la insidiosa melancolía que el viajero experimenta en
medio de las landas del Morbihan o de los montes de Arree.
Sin embargo, el misterio está allí, en la llanura de Salisbury,
donde se yerguen los gigantes de piedra de Stonehenge.
«Enigmático santuario céltico», «catedral derrumbada de
una Humanidad inimaginable», «monumento de una cultura su-
perior primordial», «el más bello, el más perfecto, el más emo-
cionante de todos los monumentos megalíticos».1 Otras citas
podrían seguir a las anteriores. La mayoría de los autores que
se interesaron por Stonehenge tradujeron mediante una fórmu-
la peculiar la fascinación y la perplejidad que habían experi-
mentado. En los años primerísimos de nuestra Era, Diodoro de
Sicilia (¡qué haríamos sin él, fuente inagotable de referencias!)
ya hablaba de un temple extraño de forma circular, que él si-
tuaba en una isla al menos tan grande como Sicilia, frente al
país de los celtas, a poca distancia hacia el Norte...
Este templo sólo tiene por techo el cielo. En nuestros días,
su majestad ha sido amputada en una tercera parte. Muchas
piedras han desaparecido, probablemente en pequeños frag-
1. En el orden de las citas: P. Hermann, D. Alert, L. Pauwels y
J. Bergier, P. Niel.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 47
mentos; de lo contrario, tales hurtos representarían una proe-
za al menos igual a la de los constructores. Lo que subsiste
del conjunto, formidable corona de un montículo, basta para
estimular la imaginación. Incluso los caracteres dotados, ante
todo, de sentido práctico convendrán, a ejemplo de Samuel
Pepys en el siglo xvn, en que estas piedras son «tan prodigio-
sas, que jamás las habría podido imaginar según los relatos»,
preguntándose al propio tiempo «para qué debían de servir».
Antes de que la fantasía misma fuese superada por las ob-
servaciones más metódicas, lo que intrigó a los primeros inves-
tigadores fue el plano de conjunto de Stonehenge. Al igual que
Diodoro de Sicilia, el arquitecto Iñigo Jones vio en ello un tem-
plo... Un templo romano, claro está: era el año 1620, bajo el
reinado de Jacobo I, en la época en que se atribuía al genio
romano todo lo que era grandioso, en lo que a «antigüedades»
se refería. Por consiguiente, Iñigo Jones hizo de Stonehenge
«la antigüedad más notable de la Gran Bretaña», sin sentir el
menor deseo de saber qué clase de gigantes, o de gnomos, me-
rodeaban aún alrededor de los monolitos. 1 Las leyendas popu-
lares inglesas asociaban a las enormes piedras seres sobrena-
turales de tamaño muy exiguo. La arqueología romántica no
había restablecido aún el contacto con los gigantes, más idó-
neos para manipular los grandes pesos.
Al parecer, este gusto por los gigantes sufrió un eclipse
entre la Edad Media y los tiempos modernos. Es preciso re-
montarnos al siglo xil para encontrar una historia de Stone-
henge vista por un autor inglés, Geraldus Cambrensis. Esta
interpretación, impregnada de elemento fantástico, situaba en
Irlanda un gigantesco círculo de bloques de piedra. Unos gi-
gantes los habrían traído de África para amontonarlos en la
llanura de Killarnel, en una disposición tan armoniosa que
suscitaba una gran admiración.
Geoffroy de Monmouth, contemporáneo de Geraldus Cam-
brensis, adopta la leyenda en su Historia de los reyes de Bre-
taña. Stonehenge tenía su puesto en la gesta del rey Arturo y
en los prodigios realizados por Merlín el Encantador. El so-
1. Como en Bretaña, donde los dólmenes eran considerados como
los lugares de habitación de pueblos enanos, poulpiquets y kérions.
48 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
berano de entonces, Aurelius Ambrosius, deseaba honrar la
memoria de un batallón de guerreros muertos en el combate.
Merlín le habría indicado un monumento ya construido, digno
de desafiar los siglos: el famoso Baile de los Gigantes. El pro-
blema del traslado se reveló insuperable, y tuvo que interve-
nir el mago, lo cual permitió a Salisbury robar a Killarney el
título de alcázar de la civilización megalítica.
Todavía en la actualidad se pregunta uno cómo pueden
levantarse masas de cincuenta toneladas sin recurrir a una
fórmula mágica. Por otra parte, la leyenda fue admitida du-
rante mucho tiempo, como ocurre con casi todas las leyendas.
En Inglaterra, como en el continente, a propósito de Stone-
henge como de muchos otros lugares extraños, lo sobrena-
tural sirvió de explicación hasta el siglo xvn. Después, los es-
píritus científicos se negaron a creer en ello, se refugiaron en
los romanos, antes de pronunciar un diagnóstico que dejaba
en la sombra lo esencial. Ha sido en nuestra época, después
del comienzo de la segunda mitad del siglo xx, cuando estos
cuentos han recobrado su vitalidad. Al menos se procura des-
cubrir las parcelas de verdad que dan origen a la fabulación.
Por lo que se refiere más especialmente a Stonehenge, la tra-
dición más antigua es rica en poesía, pero parece desprovista
de todo fundamento. Sin embargo, los gigantes, Irlanda y las
brumas nórdicas retornarán como otros tantos indicios pre-
ciosos en la elaboración de hipótesis audaces, y, hasta más
amplia información, se cerrará el ciclo de las interpretaciones.
Agujeros y coronas
Los espíritus curiosos del siglo xvil rechazaban la tradi-
ción popular, y se atrevían muy poco a aventurarse en la es-
peculación intelectual. Así, se limitaban a la descripción, con
una atención guiada por el deseo de desenterrar una hermosa
pieza. Esta carrera hacia el tesoro, que destruyó para siempre
lugares ricos en vestigios, viose compensada, aquí y allí, por
preciosas observaciones. John Aubrey, cronista literario y
amante de los objetos de cerámica, tuvo este privilegio.1 Exa-
1. John Aubrey (1626-1697), de la época de los Estuardos, coleccio-
nistas de pequeñas anécdotas sobre la vida privada de algunos escri-
tores, Shakespeare, en particular.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 49
minó Stonehenge con tanta atención, que realizó allí un des-
cubrimiento importante.
El recinto circular del monumento tiene 114 m de diáme-
tro. Está formado por un foso bordeado por dos taludes.
A unos diez metros hacia el interior, avanzando hacia los
megalitos, Aubrey advirtió la existencia de una serie de 56 agu-
jeros igualmente dispuestos en círculo. Durante mucho tiem-
po, estos agujeros de Aubrey fueron considerados como aloja-
mientos de andamios o de puntales. Después adquirieron sus
cartas de nobleza.
Este comienzo de descripción nos lleva a penetrar en el
centro del enigma. Después del foso circular y el puntillismo
de los agujeros de Aubrey, la ronda de los gigantes. Primera-
mente, los especímenes medianos, de 4 m de altura, de un
peso de 25 a 30 toneladas, en número de 30. Los dinteles que
los unían entre sí componían una corona continua. Después,
más hacia el centro, un círculo de piedras de menor tamaño,
que no sobrepasaban los 2 m.
Llamemos a la corona exterior E y D al círculo de piedras
más pequeñas. A continuación, respiremos hondo para disipar
nuestra perplejidad. ¿Cómo es que, entre los autores cuyos
libros tengo en estos momentos ante mis ojos, no haya dos de
ellos que suministren los mismos datos? Veo en esto el pecado
venial de los observadores ansiosos de descubrir lo que otros
ya comprobaron antes que ellos. Para deslizar una nota de ori-
ginalidad en su descripción, reducen o aumentan una piedra en
diez centímetros, concediéndose de este modo una pequeña
verdad personal que sólo se encontrará en su obra. Sería pre^
ciso leer un solo historiador para confiar en la fecha que él
indica. Apenas hay más que el 14 de julio de 1789 y algunos
otros momentos igualmente exactos de la Historia que no to-
leren ser manipulados.
Si el conjunto megalítico de Stonehenge yaciese a 30 m
bajo las aguas, resultarían comprensibles ligeras variantes en
su descripción. Pero Stonehenge se halla situado en un clima
sano. Allí son raros los espejismos...
Por ejemplo, indiquemos sin idea preconcebida que los mo-
nolitos de la corona exterior E se elevan a una altura de 4 m
por encima del suelo, o de 4,15 m o también de 4,50 m, según
4 — 3321
50 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
los diversos responsables de las fuentes de documentación a
las que nos referimos. Asimismo, el círculo D cuenta 59, ó 60
piedras, o incluso 49, pareciendo esta última cifra más próxi-
ma al error tipográfico que a la interpretación personal.
Dibujo y propósito
Afortunadamente, el centro del monumento se compone
de elementos menos numerosos y más impresionantes, en lo
que todo el mundo está de acuerdo: diez enormes bloques, de
45 toneladas cada uno, de una altura de 6,70 m a 7 m, se hallan
dispuestos en forma de herradura. Reunidos por pares, coro-
nados por un dintel, representan la parte más impresionante
de Stonehenge. De estos cinco trilitos, dos se derrumbaron,
uno en 1797, el otro en los últimos días de 1900. Encierran una
segunda herradura que cuenta 19 piezas de dimensiones aná-
logas a las del círculo D.1
Finalmente, considerado como punto central, pero un poco
alejado del centro de los círculos, un gran monolito horizontal,
llamado Losa de Altar por los que atribuyen a Stonehenge una
función religiosa, o piedra astronómica por los partidarios
de un extraordinario calendario lunar.
Ya que, después de John Aubrey, el descubridor de los agu-
jeros, vinieron otros arqueólogos, los cuales aportaron sor-
prendentes revelaciones. Hubo primeramente, en 1801, un tal
William Cunnington, más famoso por la botella de oporto que
escondió debajo de la piedra central a la intención de sus
futuros colegas, que por sus propias observaciones.
Un siglo más tarde, el profesor Gowland descubre una can-
tidad importante de utensilios de piedra. Se había hablado
tanto de los romanos, de los fenicios, de los daneses e incluso
de los atlantes, que los hombres de la Edad de Piedra, verda-
deros constructores de Stonehenge, aparecían como maestros
de obra algo insignificantes: primitivos, campesinos, incapaces,
en suma, de llegar a una realización tan compleja. En efecto,
1. Según F. Niel, Stonehenge debía de contar 125 piedras vertica-
les (no incluidos los dinteles).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 51
las cuestiones suscitadas por Stonehenge van complicándose
con los años.
En 1920, Hawley y Newhall descubrieron otras dos series
de agujeros, comprendidos entre la corona exterior y los agu-
jeros de Aubrey. Estas excavaciones, 30 para la serie Y y 29
para la serie Z, forman círculos concéntricos.
A pesar de la multiplicidad de los detalles que pasaron in-
advertidos hasta una época relativamente reciente, convenga-
mos, en unión de arqueólogos dignos de estima, que el diseño
de Stonehenge es sencillo. Un niño en una playa inventaría lo
mismo con piedras pequeñas y un mango de pala para hacer
agujeros en la arena. Sin buscar un sentido a todo ello.
Sin embargo, los constructores de la Edad de Piedra sabían
lo que hacían. El dibujo tiene un propósito.
La herradura de los trilitos se abre exactamente en el eje
de una avenida orientada hacia el Nordeste, con una longitud
de unos 2,5 km. En medio de esta avenida, al exterior del foso
circular, se levanta un menhir aislado, de forma fálica, llama-
do Heel Stone. Encontraremos esta misma piedra en las teo-
rías astronómicas (que plantean el verdadero problema Sto-
nehenge) bajo el nombre de Piedra Talón. En ella se basarán
todos los datos, observaciones y motivos de asombro.
Los sabios comenzaron a rascarse la cabeza en 1901, cuan-
do Sir Normal Lockyer, director del observatorio de Kensing-
ton, afirmó que, en el solsticio de verano, desde la losa de
altar, punto el más central del monumento, veíase salir el sol
por encima de la Piedra Talón. Más exactamente, debía verse,
en la época en que fueron erigidas las piedras. Teniendo en
cuenta las variaciones del ángulo formado por el plano ecua-
torial de la Tierra y su plano orbital, Lockyer calculó que el
reloj de piedra debió de construirse entre 1900 y 1500 a. de
J. C. Una prueba con el carbono 14 había de confirmar este
cálculo. Las sorpresas deparadas por el grandioso conjunto
megalítico no hacían más que comenzar.
Los eclipses del año 2000
Gerald S. Hawkins, profesor de Astronomía en la Univer-
sidad de Boston, dejó los Estados Unidos para regresar a In-
glaterra, de donde era oriundo. Acababa de ser destinado a
52 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
una base experimental de misiles. El destino lo colocó en el
sendero de Stonehenge, que sólo distaba un kilómetro y me-
dio de la base. En espera de que los misiles acabaran de echar
por los suelos lo que quedaba del complejo megalítico, Haw-
kins decidió ir a verlo de cerca. La peregrinación, un poco tu-
rística, de la salida del sol en el solsticio de verano le abrió
el apetito. Tenía grandes deseos de devorar la carta por entero,
pero el número de minutas resultantes de todas las combina-
ciones posibles (dicho de otro modo, un buen centenar de ali-
neaciones, algunas de las cuales debían de tener su significa-
ción), lo indujo a unirse a un colaborador seguro y rápido: un
ordenador.
Fue, pues, «Osear», inteligencia electrónica extraordinaria,
quien hizo hablar a los gigantes del neolítico. Primeramente
tragó los materiales básicos, alineaciones de las piedras y po-
siciones clave de los principales cuerpos celestes. Después,
«Osear» restituyó sus conclusiones, rechazando planetas y estre-
llas como cantidades desdeñables. Por el contrario el Sol y la
Luna fueron los protagonistas: salidas, puestas, variaciones
estacionales del uno y de la otra pueden leerse en las diversas
disposiciones de las piedras. Más aún, también están indica-
dos en ellas los eclipses. Y aún más todavía, si queremos dar
crédito a ello: «el año metónico» 1 está allí, que demuestra
que la luna llena aparece en la a mismas fechas del calendario,
al cabo de un ciclo de 18,61 años. Para obtener una media más
regular, se redondea unas veces a 19, y otras a 18. En el con-
junto de tres ciclos (19 [+] 19 + 18) nos atenemos más a la
realidad. Este total de 56 años se halla inscrito en Stonehenge:
es el círculo de los 56 agujeros de Aubrey.
A partir de^ este descubrimiento, era natural que Hawkins
se interesase por las otras series de agujeros, los 30 Y y los
29 Z: su total representa dos meses lunares. De combinación
en combinación, utilizando siempre la Piedra Talón como re-
ferencia básica, Hawkins calculó las fechas de los eclipses que
se produjeron durante una parte del II milenio antes de nues-
tra Era. Nadie, hasta este momento, ha podido demostrar que
1. Metón, astrónomo griego, descubrió en el siglo v a. de J. C. lo
que los arquitectos de Stonehenge conocían tal vez mil años antes
que él...
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 53
estuviese equivocado. Ningún arqueólogo privado de ordena-
dor se atreve a acusarle de abuso de confianza electrónico.
Existen todas las probabilidades de que el sabio inglés haya
descubierto las intenciones y los conocimientos astronómicos
de los constructores. A Samuel Pepys, que se preguntaba para
qué podían servir aquellas piedras, Gerald S. Hawkins puede
responder: el reloj astronómico de Stonehenge indicaba el
tiempo de las siembras, algunas condiciones meteorológicas
muy útiles, y, sin duda, muchos otros datos de carácter ini-
ciático que desconocemos en absoluto.
Instructores procedentes del Norte... o del Sur
En el umbral de las hipótesis románticas, ya sean de ten-
dencia atlantista o hiperbórea, nos es forzoso volver a las le-
yendas y textos antiguos. Ahora que los megalitos de la llanura
de Salisbury han revelado una parte de su significación, no nos
volveremos hacia Paul Le Cour' o Robert Charroux, sino hacia
Geoffroy de Monmouth y Diodoro de Sicilia. Este último, al
evocar el sur de Inglaterra y Stonehenge, como vimos al prin-
cipio de este capítulo, añadía que los habitantes de esa región
se llamaban hiperbóreos.
«Cada diecinueve años—escribía también— Apolo hace su
entrada en la isla... Los reyes de esta isla descienden de Bó-
reas y, por esta razón, ostentan el nombre de boréadas.»
Tero la Hiperbórea de los griegos no tenía nada de comar-
ca imaginaria. En busca de estaño, remontaban el Ródano,
como lo hicieron los fenicios y los cartagineses con el mismo
propósito de importar el metal precioso para la fabricación
del bronce. La parte fluvial del viaje veíase contrariada por el
mistral, que soplaba recio y frío. Por comparación, las orillas
de la Mancha parecían gozar de un clima más benigno. A los
ojos de los navegantes, los habitantes de la costa meridional de
Inglaterra vivían más allá del viento del Norte, y en esto en-
cuentra su justificación el nombre de hiperbóreos.
En realidad, la brumosa e incierta Hiperbórea se situaría
mucho más lejos que las mimosas de la isla de Wight, pero
esto es otra historia...
1. Paul Le Cour (1871-1954), fundador de la revista Atlantis, espe-
cializada en los estudios relativos a la tesis de la Atlántida atlántica.
54 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
Lo que nos interesa, es el retorno de Apolo a Stonehenge
cada diecinueve años. Este ciclo se halla inscrito en el círculo
de los agujeros de Aubrey. Las propiedades del monumento
eran conocidas, pues, en la Antigüedad.
Si volvemos al año 1140 para escuchar las bellas historias
de Geoffroy de Monmouth, vemos que Merlín enviaba a su so-
berano a pedir las piedras gigantes al demonio Vauvert. Aquí,
la ficción vuelve a unirse a la realidad, si es que alguna vez es-
tuvieron separadas.
El gres duro que suministró los mayores bloques de Stone-
henge se extraía de canteras situadas a 35 km de distancia.
Estos monolitos eran llamados sarsens, o piedras de los sarra-
cenos, por los campesinos ingleses de la Edad Media.
En cuanto a las piedras más pequeñas, que fácilmente pesan
sus cuatro toneladas, había sido necesario hacerlas recorrer
un camino inverosímil. Esos 79 monolitos (60 en el círculo D,
19 en la segunda herradura) son rocas volcánicas de color azu-
lado, las famosas «piedras azules» que tanto desconciertan a
los arqueólogos. En efecto, se las encuentra en los montes
Prescelly, al sur del País de Gales, a una distancia de 213 km
de Stonehenge en línea recta o a vuelo de pájaro. Como este
traslado no se parece nada a ningún vuelo de pájaro, hemos
de pensar en un transporte por mar: representa 609 km. Por
vía terrestre, ¡el acarreo habría tenido que efectuarse a lo largo
de 274 km!
Todos los especialistas, sin excepción, confiesan no enten-
der nada del viaje fabuloso de las piedras azules.1 Apostemos
a que el propio Merlín no les habría dado ninguna explicación
satisfactoria. Ello no impide que, por la interpretación de
Geoffroy de Monmouth, el Encantador hacía llegar esos gigan-
tes de una región apartada, y muy al norte de su actual em-
plazamiento...
¿Cómo se hace para transportar un monolito? En 1840, una
de las losas más grandes del dolmen de Bagneux, cerca de Sau-
mur, fue utilizada como apoyo de un puente sobre el Loira.
Se trataba de desplazar una masa de 86 toneladas a lo largo
de una pequeña distancia. El procedimiento adoptado fue de
lo más primitivo: unos troncos de árbol que servían de rodi-
llos y 36 bueyes tirando de ellos. Los contemporáneos de Sto-
1. El origen de las piedras azules fue precisado, en 1923, por el
geólogo inglés H. H. Thomas.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 55
nehenge, Carnac y Locmariaquer ¿habrían aprobado esta imi-
tación de su método supuesto, o habrían sonreído ante la ig-
norancia de los subditos de Luis Felipe?
El enigma de las piedras azules de Stonehenge permanece
insoluble. A nuestro modo de ver, el transporte de esos gui-
jarros de cuatro toneladas a lo largo de 274 km de caminos
de tierra, no es más desconcertante que el de los bloques de
cuarenta y cinco toneladas a lo largo de unos 30 km. Todos los
materiales utilizados en Stonehenge plantean, por consiguien-
te, el mismo problema de técnicas desconocidas. Finalmente,
la realización de tal prodigio debió de traer consigo el empleo
de un número considerable de obreros, el recurrir a una orga-
nización disciplinada y la necesidad de transmitir órdenes con
rapidez y precisión, condiciones todas ellas que trazan en el
aire un nuevo punto de interrogación.
Para Louis Pauwels y Jacques Bergier, Stonehenge, expre-
sión e instrumento de conocimientos matemáticos y cosmogó-
nicos, fue el testimonio de una cultura: «En este caso —se pre-
guntan— ¿cuál fue el lenguaje de esa cultura, y cabe suponer
que ésta careciese de escritura, sin correlación gráfica, en tan-
to que ella nos deja un vestigio tan evidente de correlación
arquitectónica?» Y hay que lamentar la ausencia de todo ras-
tro de esa escritura, de esos signos, de esos planos desvaneci-
dos, si es que existieron... 1
La amplitud de estas construcciones, la precisión de sus
detalles, precisión de relojero, por así decirlo, no podía pres-
cindir de cálculos complicados, de planos estudiados. ¿Acaso
estos proyectos pasaron de la concepción mental a la realiza-
ción material gracias a otros medios que ignoramos?
Si la disposición perfecta de las piedras de Stonehenge es
un tema de meditación, ¿qué habríamos pensado de los 650
monolitos que componían el conjunto de Avebury, a 22 km del
primero? Una aldea que se implantó en medio de las piedras
erguidas, un pillaje que continuó durante siglos en provecho
de otros edificios hicieron del más gigantesco de los crómlechs
un esqueleto desdentado que, en la actualidad, ya no soporta
la comparación con su ilustre vecino. Una cosa es segura: todo
era colosal en Avebury. Un diámetro de 365 m, un foso rectan-
1. El arqueólogo inglés Glyn Edmund Daniel admite que la idea
de planos trazados sobre pieles o tablillas de madera es improbable,
pero no imposible.
^^
56 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
guiar de 90 m de anchura, un cerro artificial de 500.000 m3...
Sí, fue bajo el cielo brumoso del condado de Wiltshire donde
los obreros anónimos realizaron sus obras maestras. Así, po-
demos preguntarnos si no fue allí donde los más grandes maes-
tros dejaron el testimonio de su saber antes de que éste se di-
fundiese por otras regiones de Europa. Hawkins habla de «mi-
sioneros» y de «propagandistas». Estos términos son insepara-
bles de la idea de doctrina, y ¿qué sabemos de ésta? Muchos
atlantístas pretenden estar en condiciones de responder a esta
pregunta, y nosotros no nos haremos rogar para navegar con
ellos por océanos ricos en recuerdos... Pero, en un plano es-
trictamente arqueológico, «el megalitismo no se inserta en la
corriente normal de la Prehistoria», ha escrito con razón Do-
minique Arlet. Unos instructores misteriosos vinieron del Nor-
te, quizás. O del Sur, si hemos de creer a Stuart Piggot, quien
declaraba en 1954:
«Stonehenge es la creación única e individual de un arqui-
tecto, cuyo saber en materia de planificación y de proporcio-
nes superaba con mucho a la ciencia de los hombres primitivos
del noroeste de Europa en esa época. Si queremos descubrir
algo equivalente, nos vemos obligados a inclinarnos sobre el
mundo del mar Egeo.»
Al leer esto, no puedo por menos que pensar en Iñigo Jo-
nes y en su diagnóstico romano. Diríase que cierta raza de sa-
bios, desde 1620 hasta nuestros días, se niega a reconocer talen-
to a los celtas o a sus antepasados. El noroeste de la Europa
neolítica sólo habría estado poblada por palurdos únicamen-
te capaces de colocar dos piedras una encima de otra, 1 pero
incapaces de trazar un mapa del cielo con la ayuda de mono-
litos.
Stuart Piggot no es tan desdeñoso. Si se volvía hacia el mar
Egeo, es porque acababan de realizarse, el año anterior, hallaz-
gos inesperados en Stonehenge. Se habían descubierto huellas
de hachas y de puñales de bronce, de factura micénica. Estos
indicios infundieron confianza a los arqueólogos que descu-
brían, no en el mar Egeo, sino en el Mediterráneo, en la isla
1. Ernest Renán, considerado como escritor audaz, dice, con la
mayor ingenuidad, en La Poésie des races ceítiques, que «la piedra ha
sido el fetiche de todos los pueblos niños».
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 57
de Malta, el punto de partida de la expansión megalítica. La co-
lección de santuarios reunidos en ese trozo de tierra es, sin
duda alguna, un hecho notable. Corredores tapizados de enor-
mes losas de piedra, monolitos transportados a lo largo de
varios kilómetros constituyen una especie de prólogo a las
grandes horas de Stonehenge, con dos mil años de anticipa-
ción. Y, al igual que en Bretaña o que en Inglaterra, los cons-
tructores malteses no dejaron ningún signo grabado, ninguna
pieza de identidad.
¿Cómo establecer un vínculo, cómo edificar hipótesis sobre
simples analogías? En Micenas, también, parece ser que los de-
tectives se equivocaron. El célebre templo circular ofrece se-
mejanzas con el plano de Stonehenge... Esto significa olvidar
que fue edificado cuatro siglos más tarde. Más bien sería que
los micénicos, después de una navegación improbable (pero
dentro de lo posible, dirán los románticos), habrían tenido co-
nocimiento del conjunto megalítico de los Downs, abandonan-
do descuidadamente, durante su visita, algunos de sus uten-
silios...
Otra sugerencia que reaparece como un estribillo al prin-
cipio de este libro: ni los malteses ni los micénicos serían los
verdaderos instigadores de una civilización megalítica común,
bajo diversos aspectos, en regiones de Europa muy alejadas
las unas de las otras. Este género de reflexión es apto para
volver a lanzar la idea de una inspiración más antigua y de ca-
rácter superior. Malta no se encuentra precisamente en los
arrabales micénicos, es cierto. Pero debajo podría haber un
Santorín, y los partidarios de la Atlántida cretense tienen en
reserva argumentos de peso. Antes que perder la cabeza en los
cuatro puntos cardinales, conviene terminar el inventario de
los otros enigmas que se relacionan, de cerca o de lejos, con
el fenómeno megalítico y con sus antecedentes, más misterio-
sos aún.
58 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
El saber disperso
No es indispensable tomar un avión en Orly para ir en bus-
ca del misterio en la cordillera de los Andes o en la isla de
Pascua. El departamento de Morbihan ofrece un universo fan-
tástico, y otros ochenta y dos departamentos franceses brin-
dan un muestrario más o menos generoso de estos megalitos,1
alrededor de los cuales abundan las hipótesis.
En el centro de Francia, un villorrio guarda un enigma tan
fascinante y de un alcance mayor aún que la inexplicable civi-
lización de Carnac y de Stonehenge.
Basta apartarse de la nacional 7 (si el esfuerzo se encuentra
aún al alcance de los modernos peregrinos) y aventurarse en la
campiña que rodea Vichy. Media hora por las carreteras sinuo-
sas que saltan de colinas a cañadas, y henos ya en el villorrio
de Glozel. Un camino hundido, dos granjas, un hórreo. En rea-
lidad, un gran centro de la historia humana.
No hay aparcamiento en Glozel: los arreglos turísticos se
reservan a los lugares consagrados... ¡Bendito sea el oprobio
de que fue objeto la granja de los Fradin en tiempos del «asun-
to»! Nos hallamos aquí en una «tierra de nadie» de la Ciencia,
donde los carneros no tienen empacho en colocarse ante vues-
tras piernas y donde el acceso al tesoro queda subordinado
a la hora del ordeño.
Los comentarios no indisponen al visitante. El mutismo de
la granjera atestigua una profunda experiencia en recibir des-
conocidos de los que nada permite saber, de buenas a prime-
ras, si son amigos o enemigos. Un movimiento de cabeza admi-
rativo no basta para disipar la desconfianza. ¡Han visto tan-
tas cosas los Fradin!
La casa es larga y baja. A la izquierda de las habitaciones,
una puerta que se abre directamente sobre el corral, es la del
museo. En el interior, no hay mucha luz. El tiempo necesario
para acostumbrarse a la penumbra, y se respira un olor de
tierra fría y de leña húmeda. Por la ventana vemos las tierras
rojizas de las que se extrajeron los objetos expuestos. El fa-
1. Si los departamentos bretones son los más ricos en menhires,
los del Aveyron (480) y del Ardéche (400) son los más importantes en
la distribución de los dólmenes.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 59
moso «campo Durathon» suministró lo esencial de los materia-
les que se alinean en unas estanterías y en las vitrinas. Renos
grabados rodeados de signos, tablillas enteramente cubiertas
de signos, siempre esos signos que hacen de Glozel un yaci-
miento fuera de serie, y por consiguiente, discutible a los ojos
de los sabios a quienes no agrada mucho esta especie de
anomalía colosal: Glozel es la biblioteca de los hombres que no
sabían leer ni escribir.
El campo Durathon
El 1 de marzo de 1924, Claude Fradin, agricultor en Glozel,
municipio de Ferriére (Allier) y su nieto Émile pasaron por
primera vez el arado sobre un terreno recién roturado. De
pronto, uno de los bueyes se hundió en el suelo. Se necesitaron
paciencia y suavidad para sacar de allí al animal. Cuando lo
hubieron conseguido, sólo quedó del incidente un hoyo profun-
do, de forma oval. Emile Fradin, muy ágil a sus dieciocho años,
bajó al interior del hoyo y sacó dos ladrillos con huequecitos
redondos.
En los días siguientes, de la misma cavidad se sacaron res-
tos de cerámica y una tablilla grabada con signos descono-
cidos.
Los descubrimientos se sucedieron. Durante el verano, el
presidente de la Sociedad de emulación del Borbonesado se di-
rigió al lugar, examinó los hallazgos y no se mostró nada im-
presionado. En cambio, un habitante de Vichy, el doctor Mor-
let, tuvo la intuición de que aquello era un acontecimieno de
la más alta importancia. En setiembre de 1925, publicaba un
primer folleto titulado Nueva Estación Neolítica y asociaba al
suyo el nombre de Émile Fradin. El asunto Dreyfus de la pro-
tohistoria acababa de empezar.
Hace de esto cincuenta años, o casi. Un silencio organizado
continúa observándose por parte de la escuela clásica. Todo
lo que se puede obtener de los detractores es un encogimiento
de hombros que invita al interlocutor a abordar temas menos
fútiles. En cuanto a los glozelianos convencidos, pronuncian el
nombre mágico como si estuviera exento de equívoco lo mis-
mo que el puente del Gard o el valle de los Reyes. De un modo
o de otro, Glozel es citado con desdén o con admiración, y cada
60 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
cual supone que el enunciado del problema es de todos cono-
cido.
Con objeto de mostrar hasta qué punto el conformismo es-
camotea las revelaciones demasiado insólitas, es conveniente
abrir el expediente, a pesar de los archivos poco brillantes que
contiene. En realidad, uno se pregunta qué es lo que impide
que un nuevo equipo de etnólogos y de prehistoriadores vuel-
va a encargarse de todo el asunto, a menos que tal atrevimien-
to perjudícase a su avance, lo cual sólo nos sorprendería a me-
dias.1 Por otra parte, Glozel ha estado a punto de alcanzar la
notoriedad universal. Si el doctor Morlet hubiese consentido
en no ocuparse más que de sus pacientes y abandonar a los
Fradin, y si los Fradin se hubieran contentado con ordeñar
sus vacas abandonando aquellos ladrillos malditos a los bue-
nos cuidados de algunos pontífices, el estudio de Glozel fi-
guraría en los programas escolares.
Unos sabios desprovistos de tablillas
Un miembro del Instituto, que seguía una cura en Vichy,
tuvo conocimiento de la relación de Morlet e hizo saber a los
«descubridores» que él estaba dispuesto a encargarse del yaci-
miento, su estudio, así como de las halagadoras repercusiones
de un descubrimiento tan sensacional.
Morlet y los Fradin rehusaron. Desde entonces, la forma-
ción de un clan antiglozeliano era inevitable. Siendo el arma
convencional de los especialistas la negación y la ignorancia
fingida ante toda competencia desleal, cabía esperar que se
produjese una calma chicha, ya muy desagradable. Por el con-
trario, se desencadenaron una serie de ataques contra el labra-
dor y sus hijos. ¿Cuál era, exactamente, el objeto de tan pía
indignación?
Las inscripciones, con toda seguridad. Se encuentran en
vestigios pertenecientes a épocas diferentes, separadas por va-
rios milenios. Tres categorías de signos, desde el final del mag-
daleniense hasta las primeras edades de los metales, es dema-
siado para un mismo yacimiento. Bastoncitos, signos alinea-
1. «No hay más que una cosa sorprendente en el asunto de Glozel:
la obstinación de los sabios franceses, adversarios del doctor Morlet
(Birger Nerman, profesor en la Universidad de Estocolmo).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 61
dos, pictogramas y huequecitos constituyen una «estratigrafía»
del alfabeto, del mismo modo que se conservó una estratigra-
fía ejemplar en Laugerie-Basse, a orillas del Vézére, y muestra
la sucesión de focos, por consiguiente, de hábitats, entre los
cuales se insertan trozos de tierra virgen. ¡Extraordinario pas-
tel prehistórico!
Esta colección glozeliana que se extiende, en suma, por casi
la totalidad de la Era mesolítica no tiene nada de sospechoso.1
La evolución alfabetiforme se distingue en ella claramente sin
culminar, no obstante, en un resultado tal que permita hablar
de escritura.
¿Y los materiales? Unos lingotes de tierra de color ocre,
que, al principio, se tomaron por ladrillos crudos. En este caso,
no debía excluirse la posibilidad de una mistificación. Después,
un análisis químico reveló que se trataba de tierra cocida im-
perfectamente, a unos centenares de grados, según un proce-
dimiento primitivo desconocido de los arqueólogos. En Meso-
potamia se encuentran ladrillos de la misma fabricación, de-
formados por la humedad.
No pudiendo ponerse en duda la autenticidad de los vesti-
gios, la idea de una preescritura, asociada a la idea, poco ha-
lagüeña, que entonces se tenía del antepasado magdaleniense,
se consideró inaceptable.
Por otra parte, todo lo que guardaba relación con la época
magdaleniense era asunto de algunos hombres a quienes la
ciencia prehistórica debe mucho: el doctor Capitán, el abate
Breuil y el profesor Peyrony. Reyes magos del arte rupestre,
merecen su corona. El glorioso trío penetró los secretos de ese
Valle de las maravillas que se convertirá, con el descubrimien-
to de Lascaux, quince años más tarde, en el más prestigioso
museo de prehistoria del mundo entero.
¿Por qué razón, siendo así que con tanta frecuencia se ha-
bía ensuciado los pantalones con la arcilla rosada de las cue-
vas del departamento de Dordoña, el abate Henri Breuil tuvo
miedo de mojarse tan pronto como se trasladó al Allier? Fue a
Glozel y se declaró convencido de la autenticidad de los obje-
tos, que situó en el neolítico. Poco tiempo después operó un
cambio que había de gravitar pesadamente sobre la reputación
de Glozel y de sus descubridores.
1. Uno de los ladrillos de Glozel ostenta la huella de una raíz fósil,
que no data ciertamente de 1925...
62 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
¿Había efectuado Breuil tal mudanza por solidaridad con
el amigo Capitán,1 después de que éste comenzó a enfurruñar-
se? ¿Se había sentido molesto por la perspectiva de tener que
revisar ciertos juicios sobre los pictogramas magdalenienses?
¿Acaso, buenamente, había llegado a una nueva opinión des-
pués de un examen más minucioso?
Lo cierto es que los clanes adversos fortificaron sus posi-
ciones. Al hacerse imposible el diálogo, se nombró una pri-
mera comisión investigadora para que decidiese sobre la cues-
tión de la autenticidad. Uno de sus miembros fue sorprendido
con las manos en la masa, es decir, en el momento en que es-
taba introduciendo yeso en el terreno de las excavaciones, sin
duda para demostrar que las tablillas salían del horno de la
granja. ¡Vaya granujas! Desautorizada esta comisión, fue pre-
ciso constituir una segunda, la cual declaró, el 11 de abril de
1928, que los hallazgos realizados en el campo llamado «de los
Durathon», se referían claramente «al comienzo de la edad neo-
lítica, sin mezcla de objetos posteriores». Debajo del informe
figuraban firmas honorables: las de Salomón Reinach,2 Dé-
péret, Loth, miembro del Instituto y profesor en el Collége de
France, Van Genep, Ancelin, todos ellos personas expertas que
no habrían confundido un asta de reno con una planta trepa-
dora. Sin embargo, los antiglozelianos continuaron hablando
de falsificación, a gritos, mientras se tapaban los oídos cuando
el profesor Dépéret afirmaba que «mucho antes de los fenicios,
hubo en Occidente una cultura primitiva que poseía rudimen-
tos de escritura».
La escritura de los fadas
En el siglo xvni, refiere Máxime Gorce en su estudio impar-
cial sobre las preescrituras de la Prehistoria, unas gentes ex-
trañas habitaban en los contrafuertes del cerro de Montoncel,
en los confines de los tres departamentos actuales del Loira,
1. Antes del descubrimiento de Glozel, el propio Capitán escribía:
«Se han podido buscar, a partir del magdaleniense, algunas de estas
asociaciones de signos que presentan todo el aspecto de inscripciones.»
2. La notoriedad de S. Reinach se había visto un poco devaluada
por su obstinación en mantener, en el Museo del Louvre, la famosa
tiara de Saitafernes... hasta la confesión del falsario que la había fa-
bricado.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 63
del Allier y de Puy-de-Dóme. Estos auverneses discutidos pasa*
ban por descender de los adeptos de la vieja religión druídica.
Las comadres insinuaban que su cristianismo olía a azufre.
Eran los fadas, algunos de los cuales vivían como trogloditas.
Por esto se comenzó a llamar piedras de los fadas a los mega-
litos de la región. Con el tiempo, los fadas habían dejado paso
a las poblaciones agrícolas más numerosas y organizadas. Se
habrían vuelto nómadas y se habrían confundido con cíngaros,
a menos que no lo hubieran sido ellos mismos desde siem-
pre.
Una filiación atlántida-precelta-cíngara prevalecerá así so-
bre la tesis de los «hindúes» desarraigados. Haría de estos eter-
nos errantes los parientes inestables de los guanches y de los
vascos. Resulta extraña la presencia de estos individuos ori-
ginales en medio de los auverneses de pura cepa. ¿Acaso vi-
vían, sin saberlo, en su territorio ancestral, donde, 4.000 a 5.000
años antes, un pueblo de los dólmenes habría enterrado las
tablillas portadoras de una preescritura? 1
¿Hay, en Glozel, un bosquejo de respuesta a la pregunta
formulada tanto en Stonehenge como en Avebury?
¿Acaso los maestros de obra de la formidable empresa me-
galítica disponían de un modo de comunicación tangible, del
que representaban uno de los innumerables intentos los signos
alineados en las tablillas del «campo Durathon»? ¿Es el mila-
gro de la escritura un legado de las gentes del Oeste, deposi-
tarías, a su vez, de secretos recogidos después del diluvio at-
lantidiano?
Entonces, ¿hay que considerar con una misma mirada las
tentativas dispares, dispersas a lo largo de los diez milenios
que preceden a nuestra Era, que aparecen en un asta de reno
de la gruta de Lacave (Lot), en los muros de Lascaux al lado
de una cabeza de toro, en la Petra Frisgida del centro de Cór-
cega, en los ladrillos de Glozel y en los megalitos del Morbi-
han?
Partiendo de este principio, nuestro planeta entero presen-
ta síntomas de investigaciones: rectas, puntos y marcas en los
bastones de los aborígenes de Australia, cordeles con nudos del
1. Extendiéndose el mesolítico a lo largo de un período más vasto
de lo que se cree, desde el final del magdaleniense, última fase del
paleolítico, hasta el comienzo del neolítico.
64 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
Perú (los quipos) y esvásticas que figuran en los guijarros de
Lauris (Vaucluse). ¿Halló cada uno la solución a su propio
modo?
«El problema era demasiado complejo para ser resuelto en
una sola operación. Es incluso verosímil pensar que no fue
planteado desde el principio de un modo preciso y que se re-
quirieron numerosas generaciones para comprender, a la vez,
su necesidad y su alcance... Los intentos que, según nos pare-
ce, se realizaron desde el paleolítico superior no representan,
sin duda, ningún intento serio en este sentido; pero son como
adarajas de un edificio que aún no ha sido concebido en la
mente del arquitecto, pero cuyos materiales se hallan acumu-
lados al pie de la obra y ya han sido desbastados.»1
Las Eyzíes del alfabeto
Humillados, aferrados a ideas preconcebidas, incapaces de
considerar con entusiasmo un hecho enteramente nuevo que
aportaba a la Prehistoria una luz insólita, los detractores de
Glozel intentaron ridiculizar al doctor Morlet y a los Fradin. No
habiéndoles satisfecho la relación del comité de estudios cons-
tituido en 1928, presentaron querella por estafa contra X, por
mediación de la Sociedad prehistórica francesa. Este contra-
ataque se saldó con un sobreseimiento. Con la esperanza de
una completa rehabilitación, Émile Fradin atacó por difama-
ción a un miembro del Instituto que se había mostrado muy
activo en el partido contrario. De esta manera, la gente se en-
teró de que el estimable pontífice había escrito al crítico cien-
tífico de un diario una cortés puesta en guardia contra toda
actitud favorable a Glozel... Este asunto, lleno de episodios
increíbles si nos atenemos a la personalidad de los actores,
demuestra que no se juega impunemente con los doctos uni-
versitarios. Incluso cuando no se trata de un conflicto de opi-
nión, sino de un descubrimiento. Un descubrimiento que no
representa ninguna responsabilidad para nadie. El que lo rea-
liza no cosecha solamente laureles. Con frecuencia, el tesoro
asume la forma de teja. Un tercero y último proceso, ganado
una vez más por los glozelianos, no ha borrado del todo los
1. P. Bergounioux: La Préhistoire et ses problémes (París, «Fayard»,
1958).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 65
efectos del odio. Las más peligrosas consecuencias de éste pro-
vienen de la excesiva prudencia que acompaña a las revelacio-
nes del mismo orden. Así, Louis-Claude Vincent, en su obra
magistral sobre el continente desaparecido de Mu, hace alu-
sión a unas piedras de cantería descubiertas en Auvernia por
un sacerdote enamorado de la Arqueología. Estas losas están
cubiertas de signos, algunos de los cuales se encuentran en las
tablillas de Glozel. Pero el nombre del descubridor y el lugar
del descubrimiento permanecen secretos «para evitar toda po-
lémica».1
En realidad, los signos incriminados no son únicos en su
género. Glozel debió de ser un lugar de magia, en el sentido
religioso de la palabra. La acumulación de investigaciones ten-
dentes a una preescritura es, ciertamente, de las más turba-
doras, si se encuentra reducida en un espacio restringido.
Ahora bien, no hay nada de ello, y esto es lo que continúa
ignorándose, por falta de información.
Pionsat (Puy-de-Dóme), los lugares llamados Palissard y
Le Cluzel, entre Vichy y Ferriéres-sur-Sichon, la gruta de Puy-
ravel, la granja Chez-Guerrier, el Moulin-Piat, tales son los nom-
bres que deberían ser inseparables de Glozel, porque se en-
cuentran en la misma región de la baja Auvernia y alto Bor-
bonesado.2 ¿Por qué permanecen en la sombra? ¡Demontre!,
los habitantes de estos villorrios han preferido la tranquilidad
a las acusaciones de falsificación, y se comprende. Glozel es el
centro privilegiado de este territorio, como el pueblo de las
Eyzies es la capital del dominio prehistórico del Périgord. En
un radio de 50 km alrededor de la granja de los Fradin se han
encontrado varios guijarros con la figura de un reno y signos
glozelianos. Y no fue la interpelación al Senado, provocada por
el caso, lo que despertó la codicia de los granjeros de los al-
rededores: desde 1873, ya se habían encontrado inscripciones
en el Puy-de-Dóme. El arte animalístico de Glozel, discutido
con violencia porque iba acompañado de signos grabados, en-
cuentra numerosas réplicas en la zona atlántica de Europa, des-
1. Valentía insolente la del profesor Loth al declarar en el Colegio
de Francia, en 1926: «El descubrimiento de Glozel es, quizás, el más im-
portante que se haya efectuado en Francia desde hace un siglo en el
campo de la arqueología.» Tremendo alboroto entre los estudiantes.
2. A la intención de los paseantes interesados, el territorio gloze-
liano se encuentra situado entre la N-106, de Saint-Yorre a Puy-Guillau-
me, y la D-7, de Mayet-de-Montagne a Saint-Priest-la-Prugne.
5 — 3321
66 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
de la península Ibérica hasta Bretaña. Y si no pasamos de la
latitud del Macizo central, nos vemos obligados a aceptar la
presencia del reno junto a los famosos signos, simbólicos o
fonéticos.
Cuando al doctor Morlet se fue ¡a París a ver al profesor
Marcelin Boule, figura prominente de la ciencia prehistórica,
llevaba en el bolsillo un guijarro explosivo.
«Afortunadamente —observó el profesor Boule—, el ani-
mal que usted dice en su folleto que es un reno, no lo es. Es
un ciervo. Ya que, sin esto, se trataría de una falsificación.
Usted no me hará admitir jamás que el reno viviese todavía
en Francia en la época neolítica.»
El visitante le muestra el guijarro:
«Sí, es evidentemente un reno —concluyó el eminente pro-
fesor—. Entonces, ya no sé qué decir.»
En tanto que el profesor Boule se refugiaba, para mayor
comodidad, entre los antiglozelianos, sir Arthur Evans, que
entonces contaba setenta y dos años de edad, pensaba «que una
escritura lineal muy antigua precedió a la importación de la
escritura minoica».1 Sir Evans no se aventuraba a la ligera: sus
trabajos en Chipre y en Creta conferían peso a la menor de
sus declaraciones. Pero, ¡ay! El ilustrísimo sabio fue a Glozel
y presintió que sus hipótesis relativas a una «escritura lineal
muy antigua» podían llevarlo tan lejos que era preferible ba-
tirse en retirada. Lo cual hizo valerosamente, escribiendo en
el Times, al día siguiente de su visita a la casa de los Fradin:
«En el caso de que se admitiera la autenticidad de los descu-
brimientos de Glozel, se destruiría todo el edificio de nuestros
conocimientos... Esto provocaría la subversión completa de
los resultados debidos a las investigaciones y a la actividad de
dos generaciones de científicos.» En todo tiempo, militares y
sabios han empleado el truco del repliegue estratégico.
¿Por qué este pánico generador de tanta mala fe? Diríase
se trataba de unos médicos que descubrían con angustia la
existencia de un virus introducido en una región por algún
misterioso y maligno viajero. Es que, escribe Louis-Claude
M ** P o r , l u p a r t e ' e l egiptólogo Flinders Petrie dice que «es imposi-
ble que el breve alfabeto fenicio, o cualquier otro parecido, haya sido
el punto de partida de todos los sistemas de escritura conocidos».
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 67
Vincent, las excavaciones de Glozel demuestran «no sólo la
existencia de un hombre de nivel intelectualmente elevado, a
tenor de la factura misma de los numerosos objetos exhuma-
dos, sino también su extrema antigüedad, cifrada (entonces) en
seis o siete milenios, y sobre todo que este hombre era alta-
mente civilizado, puesto que poseía una escritura lineal, de
un origen incomparablemente más antiguo que la de Creta y
de la que, por otra parte, casi todos los signos habían de verse
confirmados por descubrimientos ulteriores: Alvao, etc., en-
tonces ignorados».1
Entre los arqueólogos que pusieron definitivamente las ta-
blillas glozelianas en nuestro patrimonio histórico, aparecen,
pues, dos escuelas que muy bien podrían algún día declararse
la guerra, acusando la más racionalista de las dos de exacerba-
do romanticismo a la otra. Puesto que Glozel posee ya sus
adeptos clásicos: para ellos, las investigaciones de preescri-
tura son un fenómeno común a gran número de pueblos del
mesolítico. Sobre la duración de este período, las opiniones
discrepan. Pero una edad de transición no se inserta rigurosa-
mente entre otras dos. Comienza más pronto en tal región, más
tarde en tal otra. Aquí, invade el final del magdaleniense su-
perior. Allá, se prolonga paralelamente al neolítico avanzado.
De todas formas, es razonable este punto de vista científico
de la biblioteca glozeliana.
Igualmente razonable, dirán los románticos, es la hipóte-
sis de una escritura «reencontrada», y no incipiente. Entonces
es preciso ajustar la propia conducta a la de los tradiciona-
listas, de los tradicionalistas de un género particular. Las ta-
blillas del «campo Durathon» formarían parte de aquella he-
rencia dispersa que los supervivientes del diluvio atlantidiano
trajeron consigo. Forman parte del Conocimiento que permitió
la edificación de los conjuntos megalíticos, inexplicables de-
mostraciones de fuerza. Más allá de la Atlántida, isla y civili-
zación surgidas de un foco original aún más antiguo, vuelven
a surgir unos caracteres propios de la escritura madre, el len-
guaje de Mu, que no habría desaparecido forzosamente para
1. Error inesperado de L.-C. Vincent, tan escrupuloso: los tiestos
de Álvao, que llevan signos comparables a los de Glozel, habían sido
descubiertos en 1891, en Portugal.
68 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
siempre en el hundimiento catastrófico del gran continente pa-
cífico.
Por otra parte, algunas inscripciones glozelianas, asociadas
a figuraciones animales, han constituido el objeto de un inten-
to de descifre. Uno de estos guijarros, en el que se ve un reno
en la más pura tradición del arte rupestre del Périgord, va pre-
cedido de tres signos que se parecen a las letras J, T, X. El
conjunto significaría: «El hombre viviente parte hacia la pri-
mavera de la vida sumergida.»1
La búsqueda de mensajes posteriores al gran cataclismo, y
transmitido por mediación de los supervivientes atlantidianos,
nos conduce hacia otros vestigios no menos extraños.
Del Loira al Ohio
Veamos un monumento megalítico, uno más, como tantos
otros que existen en Bretaña. Éste se encuentra en Pornic,
Loira-Atlántico. Un túmulo, actualmente reducido a poca cosa,
cubría dos apogeos que llamaron la atención de Paul Le Cour
hacia el año 1925.
Estos caminos cubiertos eran conocidos de las gentes de la
región. Sin embargo, la mirada inquisidora del célebre atlan-
tista descubrió en ellos algo en que antes nadie había repara-
do. Lo cual demuestra la ignorancia en que nos encontramos
en cuanto a los tesoros más visibles y la cantidad de revelacio-
nes que podríamos sacar de la oscuridad con entusiasmo y
perspicacia, virtudes que el uso del metropolitano no tiende a
desarrollar, es un hecho comprobado.
Examinando la losa que formaba bóveda a la entrada del
subterráneo, Paul Le Cour observó que estaba enteramente
cubierta de esculturas erosionadas y que podían confundirse
con el resto de la piedra. Unas fotografías tomadas con luz es-
pecial permitieron identificar un corazón, un pulpo, dos ser-
pientes enlazadas y «una serpiente de 35 cm perfectamente
reconocible y que no se parecía en modo alguno a una línea si-
nuosa debida al azar...».
Estos símbolos confieren al monumento de Pornic un valor
1. Interpretación propuesta por el P. Mégret y citada por L.-C. Vin-
cent: Le Paradis perdu de Mu, t. II, p. 413 (Marsat [Puy-de-Dóme],
«Ed. la Source d'or», 1971).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 69
particular. La serpiente, emblema de la tradición primitiva,
se encuentra tanto en Creta como en México y el Perú. Tam-
bién se puede ver, ampliada en proporciones fantásticas, en un
lugar alejado del estuario del Loira: en el Estado de Ohio, en
los Estados Unidos
¿Qué civilización edificó el Great Serpent's Mound, que
mide 420 m de longitud? El plano y la vista aérea permiten
distinguir las fauces, dispuestas a tragarse una masa de for-
ma oval, que podría ser el huevo de la Creación, un huevo de
53 m por 20 m. Las espirales de la cola aparecen con igual
claridad. Otros cerros, ora aislados, ora agrupados, existen en
los Estados de Wisconsin, Iowa y Minnesota. Los mayores tie-
nen un volumen de 550.000 m3. Junto al Great Serpent y al
Alligator Mound (Mississippi), se observan representaciones de
hombres y de objetos. Por muy inesperado que esto pueda pa-
recer, estos objetos suelen ser pipas.
Sobre el origen de estos túmulos de la América del Norte,
el misterio es completo. La raza de los Mound builders se des-
conoce y no se ha establecido relación con los indios pieles
rojas. 1 Puede situarse, con prudencia, entre el —8000 y el
—4000; todavía este período brumoso, correspondiente al me-
solítico europeo, en que unos viajeros desconocidos, pero no
sin equipaje, habrían propagado una escritura (o rudimentos
de escritura), la práctica de las construcciones megalíticas,
asociada a la de los túmulos, el conocimiento de ciertos símbo-
los y un culto muy difícil de precisar, interpretado diversa-
mente según las zonas geográficas, pero en donde se encuen-
tran algunas constantes por todas partes. La Luna se halla pre-
sente en Stonehenge como en los mounds de la América del
Norte. ¿Y la Serpiente? Ésta nos lleva hacia nuevas considera-
ciones, que abordaremos a la sombra de las Pirámides, puesto
que un reptil hermano de la titanesca figuración de Ohio es
egipcio: se llama Kneph, y también él engulle el huevo univer-
sal.
La encrucijada más asombrosa de influencias alfabéticas
1. Véase P. Le Cour: A ta recherche d'un continent perdu, VAtlan-
tide (París «Dervy» 1950). El autor considera a los pieles rojas como
«los hijos degenerados de los atlantes» y observaba en ellos el culto
de la Serpiente,
•mam»,
70 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
resulta ser un disco de gres, procedente de un tnound de Ohio,
el de Grave Creek. Ostenta signos rupestres de las Canarias,
signos etruscos, egeos, fenicios, anglosajones, hebreos, númi-
das... Este disco es un manual de esperanto dejado por unos
innovadores desconocidos y, si lamentamos que no haya sido
objeto de una identificación segura, nos preguntamos qué sig-
nifica, en realidad, la identificación de un objeto en este cam-
po nebuloso de la Arqueología. Esta identificación es imposi
ble, preciso es confesarlo, de la misma manera que es imposi-
ble demostrar la existencia del continente de Mu o de los gi-
gantes de Tiahuanaco. Lo que más se aproxima a una prueba,
en arqueología romántica, es la ausencia de argumentos opues-
tos e irrefutables que reducen a nada una hipótesis. Partiendo
del mismo principio, la autenticidad de un objeto insólito es
formal cuando nadie puede afirmar que el carretero del pueblo
lo fabricó el año pasado para introducirlo maliciosamente en
un terreno de excavaciones. Cada vez más, los arqueólogos de
lo Desconocido cuentan entre sus filas a hombres que no con-
funden un buzo con un cosmonauta. Merecen confianza, y el
único punto flaco de sus trabajos es la falta de síntesis. Pero,
¿cómo podrían llegar a tal acrobacia, cuando la mayor parte
de los elementos de que disponen están dispersos, con frecuen-
cia representados en un solo ejemplar, susceptibles de ser da-
tados con tolerancias de tres o cinco mil años, ofreciendo al
mismo tiempo sorprendentes analogías e incomprensibles de-
semejanzas?
Este disco de Grave Creek, que nos llega después del des-
concertante misterio de Glozel, nos parece que hace un buen
papel en medio de los mounds, de los túmulos y de las alinea-
ciones megalíticas, inscribiéndose todo ello en los ocho mile-
nios de nuestra Era. Esta tentativa de hacer coherente lo que
no lo es se coloca, en verdad, bajo el patrocinio de algunos
autores experimentados. Ello no impide que otros autores, no
menos experimentados, deploren mi ligereza, y que más de un
lector avisado piense que estoy dando pruebas de una lamen-
table inconsciencia al alinear este disco a cien leguas del lu-
gar donde él desearía verlo. Por desgracia, una pieza tan rara,
tan insólita, no pone ningún freno a la imaginación. Provoca
un movimiento especulativo, y esto es todo. Aunque los adep-
tos de la Atlántida se apoderen de él en detrimento de los
miembros del Lemuri's Club, tal acto de piratería no disminu-
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 71
ye un ápice el valor de algunas hipótesis clave sobre las cua-
les los inconformistas deberían ponerse de acuerdo de una vez
por todas, lo cual daría origen a obras básicas capaces de con-
trapesar las de sus oponentes.1
En lugar de este esfuerzo de clasificación, a falta del de sín-
tesis, cunde la moda de la falsificación: una tumba inca en
el Ardéche, una inscripción fenicia en Oregón, jeroglíficos egip-
cios entre los pascuanos, una pila eléctrica del tiempo de san
Luis, un sarcófago de aluminio. A nuestro juicio, es menos ago-
tador seguir una misma dirección que andar dando vueltas.
Entonces, continuemos en el tren atlantidiano. Nos ocurrirá
que nos llamen la atención algunos jefes de estación que rei-
vindiquen el título de estación término, pero, con suficientes
provisiones para el viaje, llegaremos a puerto, dicho de otro
modo, al embarcadero para ir hacia Mu.
El cesto de los atlantes
«De todas formas —escribe Serge Hutin—>, hay que acabar
con la idea según la cual la Europa occidental formaba en la
Antigüedad un mundo aparte.» Así, habiéndonos enviado a los
Estados Unidos las tablillas grabadas de los alrededores de
Vichy, los mounds norteamericanos nos remiten a la Gran Bre-
taña. No a Stonehenge, esta vez, aun cuando las zonas de mis-
terio sigan siendo las del sudoeste. En el condado de Somerset
abundan unas colinas artificiales que afectan formas curiosas.
Cerca de Eastbourne, en la Mancha, el encuentro con el «Hom-
bre Grande de Wilmington» es impresionante: una silueta hu-
mana, delimitada sobre el suelo por un foso continuo, parece
haber sido dibujado con el buril (o con rayos láser) por un
artista instalado en un globo cautivo o en un helicóptero.
Ochenta metros de la cabeza a los pies: este croquis sólo pue-
de apreciarse desde cierta altura. ¿Y por quién, hace 3.000 ó
4.000 años? ¿Y quién podía leer también el mapa celeste repre-
sentado por los canales y las elevaciones de este pantano si-
tuado en el condado de los mounds ingleses, el Somerset?
¿El laberinto del Mig-Maze, en el Dorset, fue labrado por con-
temporáneos del Hombre Grande de Wilmington y de los hom-
1. En este sentido, la revista Atlantis es el mejor ejemplo de in-
vestigación perseverante y accesible.
72 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
bres grandes de Avebury? La pregunta más turbadora: cons-
trucciones, grafismos colosales, ¿son obra de los ingleses de
la época o de una gente aparte? Los megalitos de Morbihan,
¿fueron erigidos por bretones de vieja estirpe (los llamaremos
preceltas y también prealgo) o por la misma gente aparte, pe-
queño mundo de iniciados, de supervivientes dotados de una
herencia cultural que no tenía nada que ver con el grado de
evolución de los pueblos de aquellas comarcas, alrededor de
los años —4000?'
En este caso, esas personas instruidas se encuentran en to-
das partes, en medio de los pueblos de la Edad de Piedra. Lo
que ellos conservan de una herencia inestimable, lo distribu-
yeron o lo disimularon con la esperanza de que un futuro favo-
rable sacará provecho de ello. Son los «misioneros» tan caros
a Fernand Niel, esos «propagandistas» portadores de una idea
y de una técnica, salidos de un centro desconocido...
Es muy raro que, alrededor de estos monumentos o en los
parajes de un «campo Durathon», rico en vestigios, no haya
una leyenda que haga referencia a un ser sobrenatural. El ins-
tinto de lo fantástico es, evidentemente, de los más comu-
nes. Cuando uno habita en una gran ciudad, este instinto se
atrofia. La génesis de los mitos, los arquetipos de las civili-
zaciones primitivas, todo esto no es más que una extraña mez-
colanza cuando el azar lo lleva a uno, en una noche de invier-
no, a una campiña desierta. Ya sea en Berry, en Lozére o en la
meseta de Valensole, sentiréis indudablemente, cerca de aque-
lla gran peña más sombría que la oscuridad, una presencia que
no tiene nombre. No obstante, la firma de «supermán» en los
vestigios de la época mesolítica no debe clasificarse demasia-
do de prisa entre los accesorios del folklore. Hubo personas
aparte, hubo herederos. En su cesto, una ciencia y una sabi-
duría, las migajas de las bibliotecas engullidas, el recuerdo de
los Maestros que hicieron su tiempo, un penoso esfuerzo de
memoria para reunir los conocimientos de antes del gran acon-
tecimiento; ¿y cuál acontecimiento?
Ellos estaban allí, quizás en la linde de un bosque, con-
1. «...Esa fecha fatídica de 4.000 años antes de J. C, con la que tro-
pezamos sea cual fuere la civilización antigua que estudiemos» (P. Le
Cour, op. cit.).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 73
templando a los campesinos bonachones que serían unos bue-
nos administradores de Stonehenge, pero que, a fin de cuentas,
dejarían escapar la última lección de los iniciados. ¿Lección
perdida para todo el mundo y para siempre? Ya lo veremos.
Montones de guijarros, ¿para qué?
Dejemos a Robert Charroux la entera responsabilidad de la
Gran Pirámide de los Celtas, a unos 10 km al norte de Mor-
laix (Finisterre). Como quiera que mide 77 m de longitud por
17 m de anchura... no puede tratarse de una ilusión óptica.
Aun cuando su majestad se haya visto menoscabada por la in-
temperie y por los aficionados a los materiales de construc-
ción, el monumento es aún grandioso, y hay que agradecer a
Robert Charroux el que haya atraído hacia él la atención de
los curiosos. La guía «Michelin» no se toma esta molestia.
¿Acaso la pirámide de Plouézoch no tendría más interés que
una cantera abandonada? Dominando el mar, el enorme túmu-
lo de cuatro pisos cubre varias salas más o menos obstruidas.
La descripción de estos restos imponentes permite suponer
que se trata del mayor monumento megalítico de Francia. Su
comparación con las pirámides del antiguo México plantea un
problema de plagio. ¿El estilo pirámide fue tomado de los
mayas por nuestros misteriosos técnicos del mesolítico, o es-
tos últimos viajaron tanto que su influencia se ejerció desde
el norte al sur del continente americano? Siendo, al parecer,
el monumento de Plouézoch más antiguo que sus réplicas me-
xicanas («y quizá que las de Egipto», añade Robert Charroux),
la hipótesis que hay que retener es la de una penetración occi-
dental en América. Sobre este punto, los atlantistas no vacilan:
«La importancia y la belleza de las ruinas de Uxmal, de Palen-
que, su forma, su destino, sus símbolos hacen pensar inevita-
blemente en esa idea de relaciones estrechas y misteriosas que
enlazan la civilización de esta región con las de Egipto, Caldea,
de la India misma y que tienen un origen común todavía des
conocido, pero que quizá sea la Atlántida engullida, cuna y
foco de todas las civilizaciones.»'
1. Se observará el límite de las tesis atlantidianas, mientras que,
en toda lógica, conviene llevar la demostración más lejos en el tiempo
y hacia continentes más antiguos que la Atlántida.
74 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
De ahí a incluir en la misma categoría que Plouézoch las
pirámides de Couhard, cerca de Autun, y de Falicon, cerca de
Niza, hay un paso de gigante. Falicon, miniatura insólita, no
es un monumento megalítico. Es uno de esos montones de pie-
dras que fueron construidos para nada. Excepto para lo esen-
cial: la voluntad de perpetuar símbolos, un conocimiento tra-
dicional, en suma, el acto gratuito por excelencia, sin ninguna
idea de rentabilidad.
Maurice Guinguand, que estudió a fondo esta pirámide,
destaca su situación sobre una línea Gizeh-Stonehenge que
pasa por Chartres. Tres catedrales de piedra que proceden de
una misma iniciación. Y, entre los matorrales y las rocallas,
todavía protegido de la lepra invasora de la gran ciudad que
se extiende algunos kilómetros más abajo, el modesto «polie-
dro mediterráneo» atestigua el mismo culto solar que sus gran-
des hermanas.
El 21 de junio, a la hora del mediodía, el sol marca un án-
gulo de 51" 42' con relación al centro teórico de la Tierra.2 La
inclinación de las caras de la pirámide de Falicon forma con
el sol un ángulo idéntico. Es también la misma inclinación que
se encuentra en los lados de la pirámide madre, la de Keops...
Maurice Guinguand, que midió Falicon desde todos sus án-
gulos, en todos sus recovecos, piensa que la pirámide era, a la
Vez, un cuadrante solar y un amplificador de fuerzas telúricas.
A unos 300 m, en el emplazamiento del lugar llamado Chá-
teaurenard, unas ruinas de origen ligur habrían constituido
el receptor, el lugar que se beneficiase de los efluvios benéfi-
cos del monumento. Sin embargo, éste no se habría construido
hasta el siglo x m . Así, pues, aquí intervienen los templarios,
hallándose presentes en Falicon sus cruces, solar y lineal. El
simbolismo egipcio encuentra aquí también resonancias muy
extrañas. Maurice Guinguand nos ofrece un ejemplo de ello:
«El sarcófago vacío de la cámara del Rey se halla inclinado
con relación a las paredes de esta pieza. Según el ángulo me-
diano de esta Cámara y de la Pirámide, en sentido norte-sur,
su diagonal forma también un ángulo de 26°, mientras que la
2. Heródoto (siglo v a. de J. C.) indicaba 51° 49', inclinación con-
firmada por J.-P. Lauer: 51° 50', en Le Probléme des pyramides d'Egyp-
te (París, «Payot», 1962).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 75
arista de radiación del sarcófago con relación a esta diagonal
forma el mismo ángulo.1
»En Falicon, esta arista de radiación se dirige hacia el lu-
gar que, naturalmente, debía estar protegido y ser privilegiado,
es decir, Cháteaurenard, mientras que la radiación que emana
del cofre real y de la pirámide cruza, sobre un mapa, el Medi-
terráneo, pasa a Italia, llega a Falicon, después a Chartres y
de allí al yacimiento megalítico de Stonehenge, que no deja de
guardar relación con una u otra pirámide.»
Hay, pues, en este montón de guijarros que se calienta al
sol, una voluntad de mantener una tradición que toma sus raí-
ces en los monumentos perfectos de la Antigüedad. Monumen-
tos perfectos que no corresponden, según algunos, a! grado
de conocimienttos científicos de aquellos a quienes se les atri-
buyen. Siguiendo las huellas de los Maestros, la búsqueda cul-
mina en Egipto, pero no, como sería lícito suponer, entre los
egipcios.
1. Tomando la Gran Pirámide de Keops como base de compara-
ción, M. Guinguand observa asimismo que este ángulo de 26° inter-
viene en los frescos de Lascaux.
LA MONTAÑA DE LOS ATLANTES
El califa Al-Mamún era de naturaleza en exceso curiosa.
Llegó a Egipto en el año 820 y se le metió en la cabeza la idea
de demoler una de las tres pirámides de Gizeh para ver lo que
tenían dentro. Como quiera que le hicieron observar que la em-
presa costaría mucho tiempo y dinero, resignóse a penetrar
mediante fractura en la fúnebre morada de Keops. El agujero
puede verse todavía, a la altura de la quinta hilada. Diez pelda-
ños más arriba, habría dado con la verdadera entrada.
Al-Mamún supo también orientarse por los pasillos de la
Gran Pirámide, y llegó hasta una pequeña cámara que conte-
nía una estatua de hombre, de piedra verde como una esmeral-
da. Dicha estatua, probablemente un sarcófago, contenía un
cuerpo recubierto de oro, y la cabeza estaba adornada por un
rubí grande como un huevo de gallina...
Nadie sabrá jamás si el califa fue el primero en descubrir
los despojos del rey Keops y los tesoros que los acompaña-
ban. Ante todo, el relato de esta aventura roza en lo maravi-
lloso y describe unos hallazgos bastante fantásticos. En segun-
do lugar, queda por demostrar que la Gran Pirámide sirviera
de tumba, para Keops o para otra persone.. Finalmente, y era
preciso llegar a esto, se trata de saber si el más famoso monu-
mento del mundo guarda alguna relación con la civilización
egipcia tal como nos la han dado a conocer siempre los egip-
tólogos.
De todos los temas de fantasía acerca de los mundos del
pasado, la Gran Pirámide es el más vasto, y el más sólido, na-
turalmente. Tema de inacabables discusiones, muy peligroso
para los espíritus dados a la contradicción. En el enfrentarnien-
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 77
to de las hipótesis delirantes y de las explicaciones razonables,
uno no sabe nunca dónde se encuentra el romanticismo y lo ra-
cional. En la gran galería de Keops, los científicos ya no re-
conocen a sus hermanos. Tropiezan con estos «piramidologis-
tas», émulos de Piazzi Smith,1 y deben recurrir a comprobacio-
nes de identidad para informarse acerca de la seriedad de sus
trabajos. Astutamente, extraños personajes se mezclan entre
los invitados, sin haber recibido invitación de los unos ni de
los otros. ¿Son estos románticos los que prestan a los cons-
tructores de las pirámides una antigüedad y unos fines en los
que no habían pensado los místicos, los bíblicos, los seudo-
científicos y los científicos coronados? Los epítetos de ilumina-
dos y de ignorantes se intercambian a bulto, pero, en la penum-
bra, vaya usted a saber quién los lanza y a quién van dirigidos.
Entonces, conviene efectuar una criba de estos señores, y per-
manecer en el lugar en compañía de los que aceptan cooperar
en nuestra obra, aunque sin tenerlos por infalibles.
La escuela de las pirámides
Entre egiptólogos de profesión, aunque dignos de estima,
oiremos afirmaciones de este género:
«Se ha discutido mucho acerca del objeto de las pirámides,
y sin que se sepa demasiado la razón de ello, siempre es la pirá-
mide de Keops la que ha servido de base y de punto de par-
tida para las suposiciones. Haremos observar que, a priori, no
hay razón alguna para que la pirámide de Keops hubiese te-
nido un fin distinto al de las otras sesenta y pico pirámides
que hay en Egipto...» (Auguste Mariette.)
«La Pirámide, como hemos visto, no era solamente una
tumba colosal destinada a asegurar para la eternidad la con-
servación de la momia del faraón, necesaria para la superviven-
cia de éste. Era, en realidad, el centro de un culto y, por con-
siguiente, el elemento dominante de todo un vasto complejo
monumental...
»Esto se aplica a todas las pirámides, incluida la Grande.
Así, los autores, que pretenden tratar el problema de las pirá-
1. Piazzi Smith, astrónomo real de Escocia, autor de Our Inheri-
tance in the Great Pyramid (1864), inventor de la tan discutida «pul-
gada piramidal».
78 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
mides, y particularmente la de Keops, ignorando de forma
sistemática el complejo del que formaban parte y considerán-
dolas sólo como entidades independientes, cometen un error
comparable al que uno cometería si se obstinase en no consi-
derar en una iglesia más que su campanario, sin querer te-
ner en cuenta los otros elementos que la constituyen.»' (J.-P.
Lauer.)
Asimismo, la Gran Pirámide no es una obra maestra excep-
cional, producto de una inspiración repentina y de una enseñan-
za técnica acelerada. Representa la culminación de un modo
de construcción cuyas etapas se conocen. Sobre la antigua
mastaba de ladrillos, aparece por primera vez, según parece,
un edificio escalonado construido para el rey Zoser por su ar-
quitecto Imhotep. Los otros monarcas de la III dinastía imi-
tan a su predecesor, hasta que uno de ellos inaugura su revés
timiento liso que hace de la pirámide de Meidum la primera
del género clásico.
Snefru, fundador de la IV dinastía, se dedica a lo colosal
con una pirámide de 180 m de base y 100 m de altura.
Kefrén y Keops 2 se disputarán la palma, superando el
segundo sólo en 3 m al primero. En cuanto al tercer grande
de la meseta de Gizeh, Micerino, volverá a bajar a 66 m, aun-
que sin ser jamás superado ya por sus sucesores, de la V y la
XII dinastías. He aquí, pues, una cronología buena y tranqui-
lizadora, reconstituida por un gran número de individuos que
dedicaron su carrera ¡al estudio de Egipto, y a veces, al solo
problema de las pirámides. Gracias a ellos, sabemos que el rei-
nado de Keops y su gigantesca empresa se sitúan entre los
años 2700 y 2800 a. de J. C.
Sobre el utillaje y los métodos de construcción, las opinio-
nes discrepan. Las explicaciones están matizadas y dejan adi-
vinar el asombro: «Por sorprendente que esto pueda parecer
—escribe Jean-Philippe Lauer, miembro del Instituto de Egipto
y arquitecto del Servicio de antigüedades—, aun cuando la cons-
trucción de las grandes pirámides de Egipto tuviese lugar en
pleno marco histórico, pertenece en realidad, por su técnica y
su utillaje, al período llamado eneolítico y calcolítico, que
marca el final del neolítico y de la Edad de Piedra. En efecto,
1. J.-P. Lauer: Le Probléme des pyramides d'Egypte (París, «Payot»,
2. Keops: con sus 146 m de altura.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 79
allí sólo se encuentran, como metales, el oro y el cobre, con
exclusión del bronce, que no hará su aparición, según parece,
hasta hacia el final del Antiguo Imperio.»
En tanto que, en el otro lado del Mediterráneo, los grie-
gos levantaban los primeros templos dóricos con utensilios
que estaban a la altura de la tarea, los egipcios tallaban blo-
ques de 150 toneladas con ayuda de percutores de sílex y de
láminas de cobre frotadas sobre granos de cuarzo. Si se admi-
te que los griegos no fueron sino unos plagiarios y que practi-
caron sobre la ribera del Nilo un desvergonzado espionaje ar-
quitectónico,1 esta versión de la evolución de las técnicas tiene
que ponerse en cuarentena.
Pero, ¿y la ciencia, la famosa ciencia de la que la Gran Pi-
rámide constituiría el gran libro? ¿Es que los egiptólogos ha-
cen la vista gorda sobre este punto? Por supuesto que no.
Abren muy bien los ojos para ver mejor y descubren, de esta
manera, verdades que llenan el ánimo de consternación. Reco-
nocen que la orientación de las pirámides de Gizeh revela un
cuidado extremo, y no puede ser obra del azar. Diferencia me-
dia en Keops: 3 minutos y 6 segundos.2 En Kefrén y Mice-
rino, 5 minutos y medio y 14 segundos.
En cuanto a la relación pi, los egipcios la ignoraban. Si el
abate Moreux encontró 3,1416 al dividir el perímetro de la
base por el doble de la altura de la Gran Pirámide, es que sus
datos eran falsos o adaptados de antemano al resultado. En
realidad, no hay que calcular con metros, sino con codos egip-
cios. Nada más exacto. La relación obtenida por este procedi-
miento equivale a 22/7, es decir, a 3,1428 para pi. Los mismos
sabios comprueban que este valor es el de Arquímedes, y po-
dría ser que los griegos hubiesen estado huroneando en Menfis.
Ello no impide que, con dos decimales de diferencia, los egip-
cios hayan estado navegando en la niebla y que no habría que
extasiarse demasiado ante su pretendida superioridad.
Con ayuda de razonamientos idénticos, el egiptólogo avisa-
do decide que la sección áurea, aparente en el ángulo de in-
clinación de las pendientes de la Gran Pirámide, fue determi-
nada al elegir una relación simple y práctica, la más cómoda
1. Mucho antes de los griegos, la voluta jónica aparece en Nínive,
en el palacio de Sargón, ocho siglos antes de nuestra Era.
2. Se trata de la diferencia con el norte magnético, o sea, para
Keops, 1/20 de grado aproximadamente con relación al meridiano.
80 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
para todos los arquitectos, a quienes interesaba que su mon-
tón de piedras se mantuviese en pie: «En cuanto a las cuali-
dades geométricas inherentes a toda pirámide que posee esta
inclinación de 14/11, nos parece sumamente dudoso que hayan
podido ser descubiertas por los arquitectos de Keops, al me-
nos en lo que respecta a las que se refieren al número áureo y
a la relación pi, nociones que, según todas las apariencias, de-
bían serles en esa época completamente extrañas; solamente
la relación llamada de Heródoto podría ya haber sido descu-
bierta en tiempos de Keops, y esto todavía con todas las re-
servas.» (J.-P. Lauer.)
En resumen, con 3,1428, los egipcios son hombres empíri-
cos, pacientes y dotados para lo colosal.
Con 3,1416, la civilización egipcia guarda un pesado secre-
to, el de una tradición heredada de civilizaciones desconocidas
alrededor de las cuales nuestra imaginación va a bordar cuan-
to le plazca; sólo pedimos esto.
Por desgracia, unos aguafiestas vienen a llamar a la puerta
de la Cámara del Rey en el momento que íbamos a iniciar nues-
tra conferencia sobre los atlantes.
«¡Dejad vuestros razonamientos matemáticos, pobres ma-
terialistas, que esto es lo que sois! —exclaman los piramidolo-
gistas—. Cuadratura del círculo y sección áurea, esto importa
poco. Lo que cuenta son los símbolos, y vosotros no los veis...»
El tercer hombre
No vamos a desarrollar los argumentos de la escuela simbo-
lista; un volumen no bastaría para ello. Por otra parte, se trata
de un estado mental paralelo al de los románticos. Hasta una
mayor información, las paralelas no se encuentran, pero van a
poducirse interferencias...
El responsable de la crisis mística que ha transformado la
Gran Pirámide en objeto de culto se llama John Taylor. El
breviario que publicó en 1859 dictaba a sus adeptos la con-
ducta a observar.1 Como suele suceder en materia de religión,
luego se formaron iglesias disidentes. Todas ellas estaban liga-
das por la misma intensidad de devoción.
1. J. Taylor: The Great Pyramid: Why was It Buil and who Buüt
It?
La fortaleza edificada en el siglo XV de nuestra Era, o cuna de las más
remotas civilizaciones preincaicas, Machu Picchu (a 2 500 m de altitud),
constituye un impresionante ejemplo de esos enigmas que continúan en-
frentando a las mentes racionalistas con las mentes románticas de la
arqueología. (Foto Camera Press-Zardoya.)
•
El interés suscitado por los conjuntos megalíticos es de época reciente: antes,
sólo el carácter extraño de las piedras druídicas inspiró a poetas y dibujantes,
sin que estos últimos advirtieran a las jóvenes campesinas contra el peligro
de buscar en ellas refugio en tiempo borrascoso...
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 81
Así, pues, en aquellos tiempos... la Gran Pirámide fue edi-
ficada según datos totalmente extraños a los conocimientos
de la época. He ahí un punto sobre el cual científicos y místi-
cos estarían de acuerdo si quisieran frecuentarse entre sí. Sin
embargo, no es imposible que los egipcios tomasen parte en
la construcción del monumento. Eran guiados por la inspira-
ción divina. Como aquellas gentes no sabían nada de la Biblia,
los verdaderos maestros de obras eran de otra especie. ¡Toma!,
otro punto sobre el cual, esta vez, los místicos y los románti-
cos encontrarían un terreno de entendimiento, si no cesasen
de interrumpirse mutuamente... Pero los jefes de empresa in-
vocados por los primeros no serían otros que los elegidos de
Dios, dirigidos por Melquisedec.
En cuanto al gran sacerdote, el de la religión tayloriana fue
el famoso Piazzi Smith. Se esforzó en convertir todas las medi-
das de la pirámide de Keops en pulgadas de su invención,
aunque muy influidas por el sistema utilizado al otro lado
del Canal de la Mancha. Con esta salsa, la obra maestra geo-
métrica que es la más perfecta de las pirámides de Egipto,
tomó el aspecto de un calendario en el que se hallaban inscri-
tas las grandes fechas de la historia de la Humanidad.
A partir de la entrada, la inclinación de las galerías, la in-
tersección de los pasadizos y de las prolongaciones imaginarias
de todos los ejes posibles, la altura del techo de las unas y de
las otras, los diferentes planos de las cámaras y sus dimensio-
nes adoptaban la figura de marcas cronológicas. Unas distan-
cias cuidadosamente medidas, pero ilusorias por completo,
dado que se utiliza una unidad arbitraria, la pulgada pirami-
dal, representan otros tantos años que separan el éxodo de
Israel de la fecha de la Navidad, y ésta de la época de los pri-
meros ferrocarriles. De bíblico, el calendario piramidal se con-
vertía en profético, y así es como la entrada de la Cámara del
Rey indicaba el 16 de setiembre de 1936 como comienzo de la
Era de la claridad.
Sería demasiado fácil ironizar con las patochadas de estos
geómetras extralúcidos. Todas estas predicciones provienen de
una aritmética de complacencia que cada cual puede utilizar
para cualquier fin. Así, la milésima parte de- la distancia en-
tre la pirámide de Keops y Belén da el número de 2.138 co-
6 — 3321
82 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
dos sagrados,1 que corresponden al nacimiento de Cristo con
relación a la fecha de erección del monumento.
Aquí, un hombre se levanta. Procura guardar las distancias
con respecto a sus vecinos egiptólogos o simbolistas. Sin em-
bargo, nosotros sospechamos que tomó notas mientras escu-
chaba a sus colegas. No se parece ni a un astrónomo ni a un
pastor protestante. Este tercero en discordia encarna la cate-
goría de los románticos y se parece tanto a un inspector del
Servicio de las antigüedades que podría tomársele por uno de
ellos.
Dice así, textualmente:
«Con vuestros calendarios proféticos, no sois más que unos
carteros que llegan tarde. Poco importa que la entrevista del
zar Nicolás II y el rey de Inglaterra Eduardo VII, el 2 de agos-
to de 1909, sea revelada por vuestros rebajos murales entre el
final de la Gran Galería y el comienzo del primer pasadizo
bajo. Lo que cuenta es la civilización capaz de manipular
500.000 toneladas de rocas para erigir un monumento de más
de 140 m de altura, soberbiamente orientado como sabemos, y
cuya disposición interior supone misterios mucho más fasci-
nantes que vuestros horóscopos de barriada.»
Al oír estas palabras, un místico cita al abate Moreux:
«O bien los constructores del monumento único en el mun-
do poseían una ciencia tan avanzada como la nuestra, lo cual
es extraño y casi increíble; o bien, guardianes de una tradición
que se remonta a las primeras edades, habían querido fijar en
la piedra unos datos depositados por la revelación en el espí-
ritu del primer hombre.»
«¡Claro! —replica eí amateur de civilizaciones—. Vuestro
abate sabe nadar y guardar la ropa, conjugar la Biblia y la Tra-
dición, los racionalistas del siglo xrx, que tenían por extrava-
gante la idea de que los egipcios habían poseído una ciencia
tan adelantada como la nuestra, y los "datos depositados por
la revelación", que no son sino una furtiva ojeada al imprimá-
tur. ¿Acaso uno de los maestros que os enseñan a pensar,
Morton Edgar, no fijó la fecha del Diluvio en el año 2472 antes
de nuestra Era, y la construcción de la Gran Pirámide en el
1- Al igual que la pulgada piramidal, tampoco el codo sagrado
(625,6 mm) tiene carta de ciudadanía entre los egiptólogos. Para ellos,
se utilizó el codo real (524 mm) en la Gran Pirámide como en todos
los monumentos de Egipto.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 83
2140? Vamos, caballeros, haríais bien en afinar vuestros vio-
lines...»
Humillados, los piramidólogos abandonan la sala y vuelven
a bajar a la Gran Galería, con una cinta métrica en la mano.
Animados, los egiptólogos vienen en ayuda del valeroso ro-
mántico:
«Hay que ser indulgente con los seudocientíficos —dice
uno de ellos—. ¿Que les hace gracia colocar la construcción de
la Gran Pirámide después del Diluvio? Sea. Si hubo inunda-
ción universal o regional, poco me importa que se produjese
diez mil o cien mil años antes. Ello no perturba en modo algu-
no el orden de las dinastías egipcias. Como decía no sé quién:
"Antes de nosotros, el Diluvio..."»
Algunas risas corteses.
«Precisamente —repite el romántico—, no estoy más de
acuerdo con ustedes que con estos anglofilos.1 Porque es pro-
bable, caballeros, que la Gran Pirámide, llamada de Keops,
no fue construida después del Diluvio, sino antes.»
Contrariados, los egiptólogos abandonan la Cámara del
Rey, prometiéndose a sí mismos no volver nunca más a ella, y
nosotros quedamos entre amigos.
Los románticos de Bagdad
Ardemos en deseos de saber por qué medios llegaron esos
francotiradores de la egiptología a situar el origen, la cons-
trucción y la significación de las pirámides, sobre todo la de
Keops, fuera de las explicaciones comúnmente admitidas. El
punto de partida del razonamiento se encuentra de ordinario
en las primeras páginas de las obras llamadas serias, y quizá
lo son, después de todo.
En un capítulo que trata del aspecto histórico del proble-
ma, se encuentran los textos de autores árabes enamorados de
lo maravilloso. Presentados con una conciencia profesional
que bordea la ironía, apelan al sentido crítico del lector. Sin
embargo, cada uno supone que el lector avisado las tomará
1. _ Nuestro amable romántico subraya así la responsabilidad an-
glosajona en la propagación de la epidemia piramidal, con John Taylor
hacia 1860, Piazzi Smyth de 1864 a 1867, Cotsworth en 1902, Morton
Edgar hacia 1925, David Davidson en 1934, etc.
84 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
por paparruchas: antes de pasar a todo análisis positivista, un
paseo en alfombra mágica no compromete a nada.
Una actitud menos timorata considera tales textos con un
gran interés. El precedente Homero-Schliemann es invocado
como se debe. Hacer de ello un uso excesivo es irritante, ya lo
sé. Pero, después de todo, se trata de un famoso precedente.
Entonces, ¿por qué Homero y no Ibrahim Ibn Wasif Sháh?
Cuestión de notoriedad, tal vez. Yo veo también en ello el pro-
fundo desprecio con que la selecta minoría occidental consi-
deró, en el siglo xn, la cultura árabe, producto de un pensa-
miento herético que los matones del feudalismo barrieron en
la primera expedición punitiva. El resultado previsto no fue
alcanzado, pero los narradores árabes jamás se recuperaron
de la acusación de mitomanía. ¿Y si estos guasones, lo mismo
que los griegos y que los bufones de la Edad Media, habían
tomado su información de fuentes oscuras?
Ibrahim Ibn Wasif Sháh atribuía a las dos pirámides, las
de Keops y de Kefrén, un origen antediluviano: '
«Trescientos años antes del Diluvio —escribía—, Surid tuvo
un sueño en el cual le pareció que la tierra quedaba trastorna-
da; los hombres huían, las estrellas caían y chocaban las unas
con las otras con un terrible estrépito; Surid, aterrado, no ha-
bló a nadie de este sueño, pero quedó convencido de que un
grave acontecimiento iba a producirse en el mundo.»
El rey Surid convocó a sacerdotes, astrólogos y arquitec-
tos. Les dio la orden de construir las dos pirámides en cues-
tión y encerrar en ellas todos los preceptos de la ciencia del
momento, desde la Medicina hasta las Matemáticas, pasando
por la Cosmogonía y la Metalurgia. Estos conocimientos eran
tan extensos, que fue preciso escribir dondequiera que se en-
contrase espacio. Mapas del cielo, relatos históricos sobre los
acontecimientos del pasado ponían fin a este balance de una
época. Al igual que algunas naciones han creído conveniente
encerrar en un cilindro invulnerable el disco de un cantante
famoso, muestras de productos farmacéuticos y las medidas
de Miss Galápagos, Surid acumuló en unas salas interiores
armas, drogas, recipientes que contenían el agua mágica y
otras cosas semejantes...
' • . Versión adoptada por varios otros autores árabes, entre ellos
Maqnzi Masudi, y en L'Egypte de Murtadi, fus du Graphique, tradu-
cido en el siglo XVII por P. Wattier,
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 85
«A cada una de las pirámides se le asignó un guardián. La
pirámide occidental fue puesta bajo la custodia de una estatua
de mosaico de granito; la referida estatua estaba de pie, y te-
nía en la mano algo parecido a una jabalina, y se cubría la
cabeza con una víbora replegada sobre sí misma. Tan pronto
como alguien se acercaba a la estatua, la víbora se lanzaba
sobre él, se enroscaba en torno a su cuello, lo mataba y luego
volvía a su puesto. El guardián de la pirámide oriental era una
estatua de piedra negra, moteada de negro y de blanco, con
unos ojos abiertos y relucientes; estaba sentada y tenía en la
mano una jabalina. Si alguno la miraba, oía procedente de la
estatua una voz espantosa que le hacía caer de bruces, y mo-
ría allí sin poder volver a levantarse.»
¿Qué 5 papel ha representado la extrapolación en estos rela-
tos? ¿No hay algún indicio que confiera crédito a estos bri-
llantes narradores, ningún detalle material que sea señalado
por un sucesor de Ibrahim Ibn Wasif Sháh, concediendo así
cierto valor histórico al conjunto del relato?
Hecho, al menos, curioso, es un contemporáneo de Ibrahim
quien nos pone sobre la pista. Se llama Abd-Allatif y describe
las pirámides en términos de arqueología.1 Se extasía con la
precisión de las junturas, con la calidad del mortero y, lo más
natural del mundo, confirma uno de los puntos capitales de
la leyenda: las piedras están revestidas de escritura, en un ca-
rácter antiguo que nadie puede descifrar. Y si hubiera que vol-
verlas a copiar sobre papel, diez mil páginas, según sus cálcu-
los, no serían suficientes...
Así, el legado científico de los constructores fue mucho
tiempo visible <sobre las piedras calentadas al sol así como so-
bre las que quedaban sumidas en la oscuridad de las galerías.
Tan pronto como uno toma estos antiguos relatos como
base de estudio de una precivilización egipcia, las sorpresas se
multiplican. Recientemente, los egiptólogos soviéticos empren-
dieron excavaciones en unas grutas, en Heluan. Aun cuando
ningún objeto de los que figuran en las colecciones oficiales
de egiptología parece anterior a 5.000 años, los soviéticos afir-
man haber descubierto vestigios de 20.000 años de antigüedad.
1. Relación de Egipto, por Abd-Allatif, médico árabe de Bagdad
(1161-1231).
86 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
Entre estos vestigios, unas lentes cuya perfección no podría
alcanzarse, en nuestros días, sin recurrir a un abrasivo a base
de óxido de cerio. Quien dice óxido de cerio dice procedimien-
to electroquímico. Quien dice, procedimiento electroquímico
dice utilización de la electricidad.
De pronto, habría que pasar por la criba los escritos de to-
dos estos historiadores, médicos o viajeros árabes que no se
copian servilmente los unos a los otros. En el siglo ix, Ibn Abd
Hokm hablaba de Surid, también él, y de armas que no se oxi-
daban, y de objetos de vidrio que podían doblarse sin que se
rompieran...
Acero, plástico, estos nombres familiares acuden a nues-
tra mente, por la simple razón de que somos incapaces de ima-
ginar otros, por no haberlos inventado todavía, o porque la
ciencia del siglo xx progresa sobre vías diferentes. La explica-
ción de los misterios científicos atribuidos a una civilización
lejana no es sino un intento de adaptación a nuestras normas.
¿Qué podía ser, por ejemplo, el agua mágica que Surid man-
dó conservar en el interior de las dos pirámides? Varios rela-
tos hacen alusión a ella y pretenden que un repiciente lleno de
esa agua pesaba lo mismo que si hubiese estado vacío... 1
A partir de este momento, se hace imposible continuar la
comparación entre egiptología conformista y egiptología ro-
mántica. Tenemos que abandonar la idea de que la pirámide
de Zoser fue la primera del género. Abandonar, asimismo, la
idea de que la I dinastía apareció en el año 4241 a. de J. C. Y, a
mal tiempo buena cara, ya que fue un reportero demasiado
presuroso por entregar su original, volver a leer a Heródoto, y
observar las 341 estatuas que él decía haber visto en Tebas.
Estas efigies eran las de los grandes sacerdotes que se habían
sucedido desde hacía... once mil años. Una cronología tan am-
plia 2 deja sitio para una penetración atlante que aportó re-
pentinamente al antiguo Egipto conocimientos inesperados.
Deja sitio para el acontecimiento del Diluvio, en el cual la
1. Agua «magnetizada», cargada de fuerzas cósmicas condensadas
en el interior de la Gran Pirámide y administrada a los difuntos rea-
les en el curso del rito funerario de la «la abertura de la boca».
2. La cronología establecida por Manetón (siglo n i a. de J. C.) cita
a Menes (5619-5557) como fundador de la I dinastía, pero guarda si-
lencio acerca de la larga sucesión de las predinastías.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 87
Gran Pirámide se inscribe no sin lógica. De otro modo, ¿cómo
explicar la elección del meridiano de Gizeh? El cual atraviesa
y divide en dos partes iguales la mayor superficie de las tie-
rras emergidas. A menos que atribuyamos todo ello al azar,
debe reconocerse que los hombres que orientaron el monumen-
to tenían de nuestro planeta una visión bastante real. Esto no
quiere decir que los egipcios hubiesen navegado por todos los
océanos. Esto significa que se encontraban entre ellos unos
depositarios de una tradición que, probablemente, acababa de
difundirse más allá de un continente en peligro o que hacía
poco tiempo que había desaparecido.
En uno de los estudios más recientes publicados sobre este
tema, André Pochan da de la Gran Pirámide una fecha de
construcción precisa: 4800 a. de J. C. Si esta fecha está en
contradicción con la cronología clásica, no lo está menos con
la hipótesis de una Gran Pirámide antediluviana. En su Inten-
to de fijación en el tiempo del Diluvio universal, el mismo
autor piensa «que no es imposible que se la deba situar al co-
mienzo de la dinastía de los Espíritus de la Muerte, que Mane-
tón, según Eusebio, fija en 5.813 años antes de Menes, primer
rey de la I dinastía histórica egipcia, o sea, 11.432 a. de J. C.»
Diríase que Heródoto, los narradores de Bagdad, los ar-
queólogos rusos de 1960 y los egiptólogos no conformistas de
1972 se dan la mano para avanzar con paso tembloroso al en-
cuentro de verdades prohibidas.
No cesaré de repetir que el punto débil de los arqueólogos
llamados «románticos» es el ceder al gusto de la demostración
brillante, y no atenerse a síntesis que, necesariamente, apelan
a materiales acumulados por otros autores, dejando aparte a
Louis-Claude Vincent. Su estudio sobre Mu, continente ori-
ginal, cuenta hoy dos volúmenes de quinientas páginas cada
uno, y se anuncian otros tres. Quince mil documentos utiliza-
dos hacen suponer que la compilación, considerada como el
instrumento que permite elaborar una hipótesis sólida, no es
un género menor. Cuando presenta la fecha de 10.500 años
antes de nuestra Era, L.-C. Vincent no está jugando a cara o
cruz. En las cuatro esquinas del mundo, unos autores que no
habían tenido la posibilidad de reunirse en seminario para
confrontar su punto de vista, han situado el Diluvio entre los
/
88 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
años 15.000 y 9.564. La diferencia que separa las épocas pro-
puestas obedece a toda clase de razones: situaciones geográfi-
cas, estimaciones personales y diversidad de los sistemas de
apreciación del tiempo. Las verificaciones arqueológicas con-
firman el acontecimiento: unos estratos fosilíferos del Missis-
sippi, considerados como «diluvianos», habrían sido estimados
en 11.200 años, después del análisis con el carbono 14, análi-
sis cuyos resultados, es verdad, no inspiran confianza; asimis-
mo los aluviones de Australia se remontarían a 12.000 años...
Las informaciones no faltan, pero es inútil confeccionar su lis-
ta: reaparecen en todos los puntos calientes de la arqueología
no conformista, tanto en las orillas del Nilo como en las del
lago Titicaca.
Que el sueño del rey Surid fue una premonición útil, deci-
siva, y la fecha en la que se emprendió la erección de la Gran
Pirámide aparece en la trama complicada de las innumerables
opiniones: 10.500 H- 300 = 10.800.1
En esa época, el delta del Nilo no era sino una bahía del
Mediterráneo. La meseta de Gizeh constituía una península.
El nivel del mar era 36 m más alto. La Esfinge, otro testigo
antediluviano, se beneficiaba hasta el cuello de un baño pro-
longado. La antigua Menfis, la de los predinásticos, se exten-
día por encima de las pirámides, en una longitud de 20 km.
Homero hace alusión a estas cosas, en la Odisea, y nuestros
lectores saben que no es conveniente tenerlo por embustero.
En esta situación, ¿cuáles son los vestigios dejados por el
Diluvio? Según Abu'I-Aiban y Priruni, también escritores ára-
bes, «la altura alcanzada por sus aguas se observa aún a mitad
de la altura de las pirámides, límite que no pudieron rebasar».
Hace unos veinte años, parece ser que se descubrieron unos
micromariscos en las hiladas de Keops correspondientes a
esa altura. Esta clase de detalle, cuya importancia no pasa
inadvertida a nadie, exigiría investigaciones más minuciosas,
una confirmación formal, pero los egiptólogos no parecen que-
rer tenerlo en cuenta. Sin embargo, cuando las aguas se reti-
1. Recordemos que algunas fechas aún más fantásticas sitúan la em-
presa en —30.000 es decir, un ciclo de precisión, según Braghine (1939),
° f^-en e n — 5 0 - 0 0 0 ' s e S ú n E n e I (conversaciones con L. C. Vincent
l
en 1957).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 89
raron, la Esfinge inició su interminable baño de sol, y su
cuerpo conservó las marcas de una erosión marina cuya obser-
vación no se presta a discusión alguna.
Luego, el Nilo rechazó el mar, los aluviones trajeron la
riqueza, las dinastías egipcias se establecieron en un pasado
relativamente próximo, y un tal Keops se apropió de la mon-
taña mágica que había desafiado aquellas intemperies excep-
cionales. En el Gran Pasadizo son visibles rastros de martilleo,
destinado a hacer desaparecer viejos vestigios de varios mile-
nios. La cartela real no es una prueba absoluta de autentici-
dad, ya que la usurpación arquitectónica se ha practicado en
otros lugares, tanto en China como en Grecia.
Es lamentable que la búsqueda de cavidades subterráneas
bajo la Gran Pirámide no permita abrigar grandes esperanzas. 1
Sólo podrían emprenderse trabajos enormes y costosos, si se
produjera una revelación extraordinaria, la cual asestaría un
rudo golpe «al mundo erudito. La Cámara Baja, situada a unos
30 m por debajo del zócalo de la pirámide, sólo constituiría el
piso superior de una ciudad compuesta de salas y de galerías
cuyo contenido no ha sido mudado ciertamente de lugar des-
de los tiempos de Surid. Ya que no queda nada de los conoci-
mientos consignados en los muros exteriores de Keops y en
sus instalaciones accesibles. Frecuentemente, los edificios le-
vantados por lejanos antepasados han sido considerados por
los hombres como excelentes canteras. Las revoluciones sumi-
nistran astutos pretextos para estos desmantelamientos. Es
probable que los secretos de los templarios yazcan bajo los
fogones de nuestras cabanas y que los atlantes estén empare-
dados en los palacios de El Cairo.
Pero no es fácil llegar a las capillas subterráneas como a
las almenas de un torreón. Una Cámara Profunda, cuya existen-
cia le habría sido indicada a Heródoto, se hallaría a 60 m por
debajo de la base. Es la profundidad indicada por varios au-
tores árabes,2 que también hacen alusión a un dédalo de gale-
1. Desde 1966, las universidades de Berkeley y de El Cairo mandan
efectuar sondeos electrónicos a través de la pirámide de Kefrén, sin
descubrir, hasta ahora, la existencia de cavidades desconocidas.
2. «...Unas puertas bajo tierra, a 40 codos de profundidad, las cua-
les tenían su salida en unas casamatas abovedadas, construidas con
piedras, cuya situación era oculta, midiendo cada una 150 codos de
largo. «.(Murtadi, trad. Wattier, 1666).
90 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
rías cuya exploración traería consigo, tal vez, las más maravi-
llosas revelaciones de la historia de la Arqueología. Entretan-
to, los cronistas de las Mil y una noches nos dejan con nues-
tro afán de saber. Dan la razón a los que efectúan una discri-
minación entre las pirámides de Gizeh y las otras. Y la perfec-
ción de la de Keops autoriza una segunda selección, entre
ésta y sus dos vecinas. Ella representaría, realmente, una suma
de conocimientos, materializada hace trece mil años, con el
propósito de proteger la cultura atlantidiana, o sus restos, de
una sumersión diluviana. En este caso, la Gran Pirámide es
contemporánea de la Atlántida. Las ideas más extravagantes,
emitidas a propósito de los procedimientos empleados en su
construcción, se vuelven plausibles, si queremos admitir que
esta civilización misteriosa se había desarrollado en direccio-
nes diferentes de las nuestras.
En los innumerables trabajos que se asignan como objetivo
el situar geográficamente el continente desaparecido, los con-
ceptos atlantidianos pasan a segundo término. El fin último
consiste en escribir que se trataba de una raza «tecnológica-
mente avanzada». Esto quiere decirlo todo, y nada. No espere
el lector, en el viaje que vamos a emprender, desde el Sahara
hasta la isla de Heligoland, intentos de traducción, en térmi-
nos usuales, de lo que los atlantes sabían hacer y dejar de
hacer. Aun cuando bajo la Gran Pirámide encontrásemos la
llave de la ciudad subterránea, nada demuestra que hubiera
de sernos útil. Las fórmulas sepultadas no se traducen forzosa-
mente por la escritura tal como la concebimos. Además, no es
seguro, por desgracia, que seamos aptos para sacar partido de
los hallazgos. La búsqueda de la Atlántida es, pues, una empre-
sa gratuita y desinteresada, deja inevitablemente insatisfecha
la curiosidad y, con todo, ha servido de estímulo para la ener-
gía y la inteligencia de un número incalculable de personas.
Yo creo que es porque su localización actúa como un revela-
dor sobre la imagen insospechada de nuestro planeta, ponien-
do así en entredicho las raíces de nuestras creencias, la auten-
ticidad de los dogmas, las bases del humanismo y las tenebro-
sas filiaciones a las que aún nos encontramos sometidos. Pien-
so que quizá sería mejor que uno cultivase su huerto, pero,
cuando se levanta la brisa y se hinchan las velas, ¿quién se re-
siste al deseo de navegar?
LA ATLÁNTIDA SOLEADA
La Atlántida más próxima a las pirámides de Egipto se en-
cuentran en el Hoggar.
En esta dirección se orientaron, a fines del siglo pasado,
el teniente de Saint-Avit l y el capitán Morhange. Este último
había seguido, en la facultad de Letras de Lyon, los cursos
del profesor Berlioux, que publicó en 1874 una obra titulada
Los atlantes, en la que desarrollaba las ideas de Diodoro de
Sicilia sobre esta cuestión. Este reino, de dudosa existencia,
se habría extendido alrededor del Atlas, en una época en que
el África del Norte sólo era una gran isla separada del Sahara.
La destrucción tradicional no habría sido más que una con-
moción sísmica que sumergió el pie de las montañas. Esta cla-
se de cataclismo no deja muchas probabilidades de eventuales
supervivientes. Entonces, ¿cómo justificar que se prolongara
una civilización en un vasto y largo éxodo hacia Egipto, Creta
y el litoral de la Europa occidental?
Veinte años después, el alemán Knotel dio una versión per-
sonal de la tesis de Berlioux.2 Tomó él las concepciones geo-
gráficas e hizo de los atlantes un grupo de iniciados salidos de
un foco misterioso. Los atlantes de Knotel se parecen así a
1. Los hombres y los detalles que siguen se han tomado de la fa-
mosa obra de Pierre Benoit, L'Atlantide (París, «Albin Michel», y «Le
Livre de poche», n.° 151).
2. G. Poisson, en su historia de la tradición, señala también las
tesis de Borchardt, en 1926, y de Albert Hermann, en 1927-1931, quienes
sitúan la Atlántida en Túnez, Cf. G. Poisson: L'Atlantide devant la
science (París, Payot, 1953).
92 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
unos exiliados que huyeron de su país de origen, y volvemos
a partir de cero.
Influido por su antiguo profesor, el capitán Morhange tenía
en la mente una idea sahariana. El azar vino en su ayuda. Unos
extraños tuareg, surgidos del desierto, le evitaron una búsque-
da deshidratante y lo condujeron al encantador oasis en el que
reinaba Antinea, nieta de Neptuno, última descendiente de los
atlantes. Un tal Étienne Le Mesge, encarnación pintoresca de
Berlioux, ya mencionado, explica a los recién llegados el error
de sus colegas que se interesaron por la Atlántida. Al parecer,
no hubo engullimiento, sino emersión, y el macizo del Hoggar
sería el esqueleto desecado del Reino verdeante. El hombreci-
llo calvo, de grandes gafas verdes, recibió estas revelaciones
del texto completo del Critias de Platón, en tanto que el resto
del mundo sólo ha recibido en herencia una obra incompleta,
a la que falta la genealogía de la turbadora soberana. Tan tur-
badora, que ni las deliciosas sandías ni el «Hoggar 1880», una
pequeña, pero robusta cepa, impedirían a los imprudentes mi-
litares ceder al hechizo y olvidarse de lo esencial: familia, ho-
nor, patria. ¡Diablo de mujer!
Es la primera vez que, en nuestro trabajo, la intriga nove-
lesca viene a mezclarse con el razonamiento científico. Pero es
que también Pierre Benoit daba el ejemplo de una astuta mez-
cla de ficción y realidad, haciendo intervenir, con habilidad
consumada, las tesis de Berlioux, que él mismo había conoci-
do, las extrapolaciones eruditas de Le Mesge que prolonga a
Berlioux, esta vez en la novela, y el mito de la amazona irre-
sistible, curiosamente comprometida en una Atlántida que,
hasta entonces, pasaba por ser asunto de hombres.
¿Antinea en la cámara del rey?
Abandonemos novela y novelista para volver al profesor
Berlioux. Éste no era el descubridor de la Atlántida sahariana,
y no hacía sino utilizar las indicaciones de Heródoto. He aquí
el nombre que se impone para establecer un lazo coherente
entre el antiguo Egipto, las pirámides en busca de constructo-
res y los arquitectos misteriosos venidos de nadie sabe dónde.
Del país de los atlantes, afirmaba Heródoto. Como que repetía
todo cuanto oía, sin separar el buen trigo de la cizaña, hay que
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 93
andar con mucho cuidado con ese griego. Sin embargo, él pre-
cisa el itinerario a seguir para encontrar el reino legendario:
a veinte jornadas de camino del Fezzan vivían unos seres supe-
riores, vegetarianos poco dados a los sueños y que debían su
nombre a la montaña de Atlas, coronada de nubes.
En 1926, el conde Byron Kühn de Prorok descubrió en el
Hoggar una tumba que podía ser la de Tin Hiñan, también una
reina de leyenda, a la que los tuareg atribuían un remoto ori-
gen atlante. Entre los objetos exhumados, apareció una esta-
tuilla de factura auriñaciense. Por consiguiente, en medio de
este embrollo en el que se confunden la fantasía y las pruebas
materiales, un rastro tangible de civilización muy antigua se
inscribe en el cuadro cronológico en el lugar que nos conviene
perfectamente: quizá fue en la época auriñaciense cuando se
produjo el cataclismo que puso fin a la hegemonía de los atlan-
tes. Los tuareg serían los descendientes de los grandes civili-
zados que nos ocupan.1
Es una lástima que El Egipto de Murtadi no incluyo algu-
nas explicaciones suplementarias con relación a las estatuas
encontradas en la Cámara del Rey de la Gran Pirámide. Esta-
tuas en pie, armadas con una lanza y un arco, la primera em-
puñada por un hombre, el otro por una mujer. Esta pareja
presentaba un aspecto físico muy diferente del de los egipcios.
Detalle sorprendente, que invita a la digresión.
En efecto, como que conocemos a los exploradores, arqueó-
logos y cronistas, no vemos per qué los del siglo ix habrían
sido menos vanidosos y taimados que sus sucesores. Thor He-
yerdhal vio escandinavos en las canterías de la isla de Pas-
cua, Hermann Wieland veía alemanes detrás de cada piedra
aún en pie en la superficie del Globo... 2 Cabría, pues, esperar
que nuestros autores árabes hablasen de estatuas de tipo ára-
be, prueba de que los egipcios habrían tenido mucho que
1. Serge Hutin menciona, por otra parte, la teoría de Jean Gatte-
fossé, según la cual el «mar Atlántico» de Platón habría sido un mar
interior que ocupaba una gran parte del Sahara.
2. H. Wieland: La Atlántida, los Eddas y la Biblia, ó 200.000 años de
cultura mundial germánica (sic).
94 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
aprender de ellos. Pero no. O bien no conocen el oficio, o bien
son de una escrupulosa honradez: las estatuas no se parecen
más a los subditos del rey Keops que a los del califa Al-Ma-
mún. Para que se mencionase esta particularidad racial hacía
falta que fuese de todo punto evidente. ¿Cuáles eran aquellos
retratos de familia, los únicos que habrían llegado hasta noso-
tros, si el interior de las Pirámides no hubiera sido vaciado de
su contenido? La única imagen auténtica de los atlantes, tal
vez, ya que todo lo que luego será considerado como tal no
será más que una esquematización artística demasiado aleja-
da del retrato-robot ideal. Pienso en los frescos de Tassili, que
no dan de sus autores ninguna idea, de la misma manera que
la silueta que se encuentra en el fondo del pozo de Lascaux
tampoco permite imaginar cómo era el genial pintor.
Es verdad que la Arqueología no existiría sin la duda y la
imprecisión, prodigiosas fuentes de emulación que lanzan a
tantos aventureros del espíritu hacia pistas frágiles, al cabo de
las cuales se encuentra la confirmación inesperada, en el me-
jor de los casos y, en los otros, un poco de viento sobre un
guijarro.
Tras las huellas de la dama blanca
Esto fue lo que le sucedió a Leo Frobenius, quien tuvo que
dejar una gran parte de sus ilusiones sobre unos guijarros
de cierto precio, ya que se trataba de las joyas de Benin. En
1911, él no podía haber tenido conocimiento de los enigmáticos
personajes descubiertos por Henri Lhote, en la meseta del Ajjer
y en el Sahara, sobre todo la Dama BlancaJ del Hoggar, para
quien los partidarios de visitantes cósmicos guardan un lugar
en su corazón. Por otra parte, el etnólogo alemán veía más allá
de Antinea y de sus representaciones auriñacienses del país de
los tuareg. Descendió directamente al Sur, para fijar su teoría
en una civilización atlántica africana en la región de Benin.
Si examinamos un mapa de África, el delta del Níger es una
puerta abierta a una penetración hacia el centro, después ha-
cía el Sahara y el Hoggar. Con toda naturalidad los trabajos
considerables de Frobenius se extendieron a aquel sector de
1. Descubierta en 1956 por Henri Lhote, así como el Gran Dios de
los Marcianos, otros grafitos famosos del África sahariana.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 95
«civilización eritrea» que plantea problemas de civilizaciones
africanas mucho más vastos que el de Benin, y aborda otros
enigmas, los de las minas del rey Salomón, de las ruinas de
Zimbabwe y del reino de Ofir.
Las excavaciones emprendidas por el equipo Frobenius no
aportaron la prueba de una Atlántida africana. Hicieron apre-
ciar la sorprendente civilización del Benin, su apogeo artístico
alcanzado en el siglo XVII, antes de conocer la noche de los
traficantes de esclavos. En la ciudad santa de Ifé habrían vivi-
do los descendientes del pueblo desaparecido en el Oeste...
Hace solamente unos treinta años que se descubrieron en
Ifé unas esculturas sobre latón. Anteriormente, un gran número
de museos europeos se habían enriquecido con placas y esta-
tuas de bronce cuyas cualidades artísticas sobrepasan todo
cuanto se conoce del arte africano.
Tenemos, pues, derecho a formular dos pregunas: ¿Es un
fenómeno local el arte de las tribus de Nigeria? Sería injurio-
so suponer que, puesto que algunos artistas negros han dado
pruebas de un talento sin igual en toda la historia africana,
lo debían a influencias exteriores. Ya sabemos lo que estas in-
fluencias les han costado: la llegada de los europeos ahogó
su poder creador y arruinó su cultura.
Segunda pregunta, en honor de Leo Frobenius: ¿eran los
hombres de Benin herederos de una civilización más antigua?
Ello no disminuiría su mérito, pero obligaría a mirar hacia el
horizonte: «Por nuestra parte —escribe Serge Hutin—, pensa-
mos que el África occidental fue una de las áreas de coloniza-
ción atlante; el continente engullido había, en realidad, enjam-
brado y colonizado en todas direcciones, lo cual explica la exis-
tencia de vestigios más o menos directos de su prestigiosa civi-
lización por doquier en el contorno del Atlántico...»
Como vemos, el buscar la Atlántida al sol, desde Taman-
raset hasta Yaunde, no es más que un viaje preliminar que
culmina en las playas del desembarco. ¿No es esta misma idea
la que evoca la anécdota contada por Georges Barbarin en La
danza sobre el volcán?
Un oficial vio un día, en una tribu de África occidental in-
glesa, cómo el jefe, los hechiceros y todo el séquito se dirigían
hacia la orilla del mar para recibir a dos pasajeros de una pira-
gua. Éstos estaban pintados de blanco. A continuación se cele-
bró una pequeña ceremonia, en el curso de la cual se les pro-
._.
96 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
digaron muestras de sumisión a los navegantes, quienes vol-
vieron a embarcar antes de ir, sin duda, a lavarse la cara a una
caleta vecina. Al querer el testigo de esta escena informarse
acerca de su significado, se enteró de que se trataba de una
costumbre inmemorial, «destinada a perpetuar el recuerdo del
tiempo en que, partiendo de una isla hoy desaparecida, unos
blancos llegaban para administrar justicia y dictar leyes».1
En el sur de Tánger, ¿no tropezamos aún con lo inexpli-
cado, con vestigios de los que la mitología se adueñó a falta
de darles un origen histórico? Las ruinas de Lixus se identifi-
can con el Jardín de las Hespérides, otro oasis en el que rei-
naban tres Antineas: Eglé, Eritia y Hesperaretusa, nacidas sin
la ayuda de ningún jinete en dromedario...
No se diga que este género de fabulación no tiene aquí su
lugar adecuado: si bien no puede tomarse al pie de la letra,
la mitología puede suministrar indicaciones interesantes. Pues-
to que nos servimos de Platón (y vamos a ponerle a contribu-
ción, paciencia), ¿por qué hacer ascos al Jardín de las Hespé-
rides? Subiendo hacia el Norte, el litoral atlántico presenta un
número enorme de bases atlantidianas. Y, si Frobenius se aven-
turó tan lejos en las costas africanas, es, dicen hoy, porque
«en su tiempo, las investigaciones de Tartessos no se hallaban
tan adelantadas como en la actualidad» (Ivar Lissner). Esta
indulgencia insidiosa nos indica la dirección a seguir.
El hijo de Poseidón
Importa saber, pretendía Adolf Schulten en 1950, que Hú-
melos, el hijo de Poseidón, se llamaba también Gadeiros, y que
le fue atribuida la parte oriental de la Atlántida. Esta parte se
extendía hasta las inmediaciones de Gadir, o Gadiros en la len-
H
gua del país, es decir, Gades, que es Cádiz.
Si nos fiamos del texto de Platón, tanto del Timeo como
del Critias, la Atlántida no debe buscarse más que delante de
Cádiz. En virtud de la misma confianza en el mismo texto, es
verdad que todas las escuelas atlantistas pretenden que no hay
que buscarla en otra parte que no sea en América, en Suecia,
1. Anécdota tomada por S. Hutin de Las Civilizaciones desconoci-
das y referida luego por todos los que se inspiran en sus obras tan
bien documentadasi
¡:^^msJM0f"
<l
H H
Stonehenge: el más grandioso, el más perfecto de los monumentos megalí-
ticos. Más que la fotografía, la estampa romántica es lo que puede hacernos
sentir su impresionante misterio. (Foto J. Alian Cash.)
•-O;;,^^ .;•••'"' Sobre un meridiano ideal, que
i dividiría en dos el delta del
••-, . _ ^t 1^^ .*" • *«*«'*""** »• •• , ,-"»-•*»»'
Nilo y el conjunto de las tierras
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emergidas, el más famoso mo-
numento del mundo guarda gran
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— 7\^^~^k"" — "" -A- - -.- - | V - >s?-•*V- número de enigmas impenetra-
bles. (Croquis, según Piazzi
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LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 97
en África del Sur, en Spitzberg, en Palestina, en Islandia, en
Heligoland, en el Sahara y, naturalmente, en medio del océano
Pacífico.
Pero Tartessos no es una ciudad imaginaria. Es la Tarshih
bíblica, enriquecida por las minas de plata de las fuentes del
Betis y las reservas del granero andaluz. Se elevaba en una
isla, entre los brazos del Guadalquivir. La región pantanosa
de las Marismas atestigua la fragilidad de ese territorio. La
laguna de Tartessos ha desaparecido. Venecia se convertirá, tal
vez, en una ciudad legendaria. Los arqueólogos del año 3000
descubrirán en su emplazamiento vestigios de gran belleza. Será
otra Atlántida, a menos que revelaciones indiscutibles pongan
fin a todo equívoco...
La situación de Tartessos hacía de esta ciudad el bastión
más avanzado hacia el Atlántico. Los navios que venían del
Mediterráneo tocaban en ella tras una jornada de ronda más
allá de las Columnas de Hércules, esos famosos escollos del
problema atlantidiano. Dicho en otros términos, los marinos
franqueaban el estrecho de Gibraltar, pasaban por delante del
cabo Trafalgar antes de divisar el Templo de la Luna, símbolo
de Tartessos.
Si situamos la fundación, incluso el apogeo de Tartessos,
en la época neolítica, puede parecer sorprendente el relacionar
su prosperidad con el tráfico del estaño procedente de Ingla-
terra, del oro irlandés, del aceite de oliva y de los vinos de
Grecia, de los perfumes y aromas de Siria. Este movimiento de
mercancías iba acompañado de una amalgama humana en la
que celtas y cartagineses, iberos y fenicios hacían escapadas y
dejaban su soldada en las tabernas. Ciertamente, la historia de
la navegación es muchísimo más vieja de lo que se cree. Si los
relatos de marineros se adornaban, diez siglos antes de nuestra
Era, con los mismos colores imaginativos que han alimentado
las obras maestras de Melville y de Stevenson, no hay duda
de que su descripción de Tartessos debía de dejar boquiabier-
tos a los atenienses. Debían de trazar un cuadro deslumbrante
del palacio del rey Gerón, el dueño de la ciudad. Y no es menos
cierto que el Cridas hace una extensa alusión a un palacio, tes-
tigo del talento de los habitantes de la Atlántida... 1
Después, hacia el año 500 a. de J.C., fue borrada del mapa
1. Véase la argumentación minuciosa de Ivar Lisnner en Civilisa-
tions mystérieuses (París, «Robert Laffont», 1964 y 1971).
7 — 3321
98 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
una de las ciudades más ricas de la Antigüedad. Diversos auto-
res sugieren un terremoto, muy posible en esas regiones; una
destrucción total por los cartagineses, a quienes no agradaba
la competencia; el encenagamiento del puerto, completamente
conforme con las modificaciones sufridas por el estuario del
Guadalquivir. Estos partidarios de la Atlántida tartesa sólo
olvidan un detalle: el fin de la opulenta ciudad no concuerda
en absoluto con la fecha indicada por Platón. Contradicción
excusable en estas investigaciones complicadas: los sabios se
basan en la situación geográfica evocada en el famoso texto,
pero hacen caso omiso de los nueve mil años a los que el inter-
locutor de Solón hace remontar el intento de invasión de los
Atlantes y la destrucción de su patria.
Por consiguiente, no habría razón para seguir al pie de la
letra los escritos atlantidianos de Platón, para, con un péndulo
en la mano y una carta marítima en la otra, partir para la bús-
queda del continente sumergido. Convendría, ante todo, com-
prender los fines perseguidos por el filósofo, las circunstancias
que lo indujeron a componer esta obra extraña, 1 y saber si se
vio constreñido a consignar unas revelaciones que llegaron a
su conocimiento de un modo fortuito. Demasiadas condiciones
para equiparar el Timeo y el Cridas a guías turísticas. Pero,
tanto en una obra como en la otra, hay tal abundancia de in-
formaciones, que comprendemos que ahí hay gato encerrado.
Platón sabía algo acerca del pasado, algo que se nos escapa,
porque él adornó con símbolos una relación que no guarda co-
nexión alguna con el resto de su obra. Únicamente, si bien se
trata de un Platón insólito, es, sin embargo, Platón, con esa
afición por la dialéctica, que da lugar a un curso político y
disimula fácilmente ciertas verdades históricas. Siempre ignora-
remos las intenciones del autor, las razones que lo impulsaron
a escribir eso. No obstante, lo que es esencial en un pensador
son las segundas intenciones.
1.* Platón imagina la Atlántida para hacer pasar sus ideas
al terreno de los hechos: solución dudosa, para un hombre que
consideraba que los hechos tenían menos fuerza probatoria
que las ideas.
2.* Platón sufre una ligera depresión, y para hacer subir de
1. No obstante, «cabe considerar el episodio de la Atlántida como
la parte política de los conocimientos humanos que constituye el
Timeo» (G. Poisson).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 99
nuevo su moral, inserta en su testamento enciclopédico una no-
vela de H. P. Lovecraft.
3.* Platón es puesto al corriente de unos relatos más bien
apabullantes acerca del origen de las civilizaciones indoeu-
ropeas, y toma nota de esta confesión a la manera de Platón,1
por temor a que sus discípulos, en lo sucesivo, lo consideren un
hombre fantasioso. Quizá tenía el propósito de brindar un tema
a posteriores plumíferos. La competencia no tardó en hacer su
aparición, puesto que Aristóteles tomó la Atlántida por un mero
pasatiempo. Tres siglos más tarde, Diodoro de Sicilia convertía
el tema en un problema del más alto interés. ¿Es que los enig-
mas se hacen más valiosos con el paso del tiempo? Pero, ¿cuál
enigma? ¿La Atlántida, o lo que sabía Platón?
La isla de los tesoros
Observación desconcertante: de todos los investigadores
que se lanzaron a buscar la Atlántida, ninguno salió con el
rabo entre piernas. Timeo y Cridas no han constituido nunca
una lectura inútil, al menos para los que no se conforman con
permanecer sentados en una silla, meditando el sentido de las
palabras.
Así, después de lo que acabamos de saber acerca de Tartes-
sos, resulta edificante comprobar lo que fue de los arqueólogos
persuadidos de que se escondía una realidad detrás de aquellos
relatos antiguos. Adolf Schulten, entre otros, buscó sus vesti-
gios a dos o tres kilómetros en el interior de las tierras, en el
emplazamiento de un actual terreno de caza denominado Coto
de Doñana. Desde el año 1910, paseando por las dunas, tuvo la
intuición de que el sitio correspondía a los datos geográficos
contenidos en la obra de Platón. Entre 1922 y 1926, exploró la
misma región, sin éxito notable, ya que parecía imposible de
determinar el antiguo trazado de los brazos del Guadalquivir.
El único descubrimiento de importancia fue, bajo unas ruinas
romanas, el de un anillo de cobre que llevaba una inscripción
griega. El nivel de las grandes mareas llegaba hasta la cantería
de las excavaciones e impedía seguir excavando en profundidad.
1. Platón es también el autor del teorema según el cual la rela-
ción entre el hombre y el elefante es la del lado del cuadrado con res-
pecto a su diagonal...
_
100 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
Sin embargo, el anillo de Schulten alentó vocaciones, mucho
tiempo después de que el sabio, de edad avanzada, se hubiese
retirado de la competencia. En 1953, un pichel de bronce, unos
fragmentos de cerámica del siglo iv a. de J.C., resucitaron la
polémica, que dejó de ser polémica después del descubrimiento,
en 1959, del tesoro de El Carambolo:1 veintiuna pieza de oro,
un collar, dos brazaletes, dos corazas, placas de cinturón, coro-
nas y otras piezas cuyo estilo original daba fe de una civiliza-
ción particular al sudoeste de la península Ibérica, entre el 1000
y el 500 a. de J. C.
La Atlántida es, pues, una especie de isla del tesoro, a menos
que se la pueda comparar con la fábula de El labrador y sus
hijos. La aventura de Frobenius y la de Schulten ha conducido
a revelar antiguas civilizaciones, lo cual constituye la razón de
ser de la Arqueología. Esos antiguos pueblos con tradiciones
artísticas admirables, esas poderosas ciudades comerciales si-
guen siendo misteriosos. Misteriosos su origen y su desapari-
ción. Todas esas personas que tienen los pies en el agua poseen
muchos dones. Es posible que recibiesen de lejanos antepasa-
dos, o de inteligentes fugitivos, consejos útiles para el buen
gobierno de sus asuntos. Es posible que ellas mismas fuesen
inteligencias de primer orden, capaces de realizar grandes cosas
sin tener que recurrir en absoluto a ninguna herencia.
Si volvemos a la hipótesis de los fugitivos inteligentes, y no
vamos a detenernos en tan buen camino, también es posible
admitir que no todos pertenecían a la misma especialidad.
Aquí llegan unos artistas y, cuarenta o cincuenta siglos más
tarde, unos orfebres de talento sin igual se manifiestan en el
mismo lugar del Globo. Allí unos comerciantes avispados (todas
las civilizaciones cuentan con ellos, incluso las de la categoría
llamada «espiritual») surgen de la espuma y serán de gran tras-
cendencia para el destino de una futura metrópoli de la Anti-
güedad. Finalmente, los depositarios de una tradición religiosa
y de extensos conocimientos astronómicos inducirán a sus des-
cendientes a erigir grandes piedras en el páramo.
No es indispensable dotar estas afirmaciones de referencias
geográficas exactas. Tienden, en realidad, a preparar al lector
para la idea de que la Atlántida se encontraba en el centro del
océano Atlántico y que, fuera de esta verdad, no hay nada se-
1. Sin olvidar la Dama de Elche (Museo del Prado), busto de 53 cm,
encontrado en 1897 y que pertenece a la misma civilización tartesia.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 101
guro. O, más bien, no habría continuación posible para este
capítulo. De otro modo, las innumerables analogías entre las
creencias, los mitos, los estilos, los conocimientos de los pue-
blos que vivieron en el mundo entre los milenios xx y v antes
de nuestra Era no serían más que un conjunto de coincidencias.
No hay necesidad de esto, a menos de ir contra el buen sentido
de la Arqueología. La arqueología romántica no consiste en
hacer el inventario de las coincidencias. Las tiene en cuenta,
para intentar establecer una cronología coherente de la historia
del hombre, con todas las lagunas que comporta una recons-
trucción tan ambiciosa.
Ahora bien, lo hace en la parte del Atlántico, allí donde
precisamente no se encuentra nada, donde las especulaciones
parecen más honradas. En otras partes, como en Creta, adonde
no rehusamos dirigirnos, la investigación se siente incómoda.
«No caeremos en la trampa de las leyendas: Lemuria o Atlánti-
da —escribían, en 1960, Louis Pauwels y Jacques Bergier en El
retorno de los brujos—. Platón, en el Cridas, cantando las ma-
ravillas de la ciudad desaparecida, Homero, antes de él, en la
Odisea, evocando la fabulosa Esqueria, describen quizás a Tar-
tessos, la Tarshih bíblica de Jonás y final de su viaje.»
Unos diez años después, en El Hombre eterno, los mismos
autores tratarán de la Atlántida minoica con un lujo de refina-
mientos en las trampas tendidas a nuestra curiosidad: «En
cuanto al mito de Icaro, es, si seguimos la misma línea, un cuen-
to a partir de un intento técnico. Naturalmente, es lícito imagi-
nar que los cretenses y sus dédalos recibieron rudimentos de
ciencia y de tecnología de unos visitantes procedentes del exte-
rior, tipo Akpallus. También es lícito, con menor riesgo, consi-
derar a los cretenses como depositarios de civilizaciones ante-
riores, evolucionadas, habiendo sido confiado el depósito a la
sociedad de los Dédalos. Encontramos en los frescos de Cnosos
imágenes de una balanza para pesar las almas, y en los palacios
y talleres, vestigios de aparatos enigmáticos. ¿Acaso los déda-
los y sus vecinos, jugando a aprendices de brujos, intentaron
captar, por ambición, su mundo tan extrañamente logrado?»
No es nada amable circular de esta manera, en un cojín
de aire, sembrando tachuelas al mismo tiempo: ¡esos visitantes
procedentes del exterior, esas civilizaciones anteriores evolucio-
nadas, esos aparatos enigmáticos y esa energía volcánica] Un
verdadero campo de minas, que relega la Atlántida y la Lemuria
102 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
entre las trampas cómodamente acolchonadas. ¿Acaso el mo-
vido pasado de Creta, otra isla de tesoros, nos reservaría tantas
sorpresas que nos dispensaría de proseguir nuestro viaje?
Las nubes de Santorín
Ante todo, acordémonos del Krakatoa. Nobleza obliga. Cin-
cuenta kilómetros cúbicos arrancados de un solo golpe al pla-
neta por la más fantástica explosión natural que haya conocido
jamás el mundo contemporáneo. Toda Indonesia sumida, aquel
día, el 27 de agosto de 1883, en una noche de cenizas. Ondas de
choque que dieron varias veces la vuelta a la Tierra, una marea
que anegó poblaciones enteras, un velo de polvo que oscureció
el cielo de París un año después de la catástrofe...
No obstante, la Tierra había conocido otras más violentas,
y más destructoras. La explosión de Santorín, cuatro veces
mayor que la de Krakatoa, no se produjo en tiempos geológi-
cos en los que ningún ser viviente tuviera que pagar las conse-
cuencias de la formidable deflagración.
Fue como,quien dice ayer: entre 1550 y 1500 antes de nues-
tra Era. Al sur del mar Egeo, a 120 km de la isla de Creta y
a 200 km de Atenas, el archipiélago de Santorín había conocido
ya otros sobresaltos' que lo habían dislocado, esparciendo al-
rededor de las islas principales, Thera y Therasia, desolados
islotes de roca. Hace unos 25.000 años, una gran erupción debió
de proyectar cenizas sobre las costas del sur del Mediterráneo.
Habíase formado un nuevo cono. Varios miles de años antes,
seguramente no era más que una montaña prudente y bonda-
dosa, a la sombra de la cual un pueblo había vivido, había
construido, hasta el día en que...
Fenómeno en todo parecido al de Krakatoa: despertar brus-
co del volcán, flancos hendidos que dejan entrar en su interior
millones de toneladas de agua, transformación inmediata, al
contacto con el magma incandescente, en una masa de vapor
que hace saltar la montaña por entero. Unos especialistas atri-
buyen a la explosión una antigüedad de unos 3.370 años. ¿Es el
tiempo en que Moisés dirá que «el Eterno hizo llover el fuego
del cielo sobre la tierra?» ¿Fue por entonces cuando Egipto
1. Otras erupciones de Santorín, mucho más débiles, se produjeron
unos 200 años a. de J. C, luego en 1926 y en 1951.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 103
padeció sus plagas? El anuncio divino no se andaba con metá-
foras: «Pues sabe que mañana a esta hora haré llover una gra-
nizada tan fuerte como no la hubo jamás en Egipto desde el
día en que se fundó hasta hoy. Retira, pues, tus ganados y
cuanto tienes en el campo; cuantos hombres y animales haya en
el campo, y, si no se retiran, serán heridos por el granizo y
morirán» (Éxodo, IX, 18-19). La caída de las piedras... Los tres
días de oscuridad sobre el valle del Nilo... «Parece ser —escri-
be Paul Hermann— que el éxodo de los judíos de Egipto es-
tuvo en relación directa con esta manifestación de la ira de
Dios.»
Como una catástrofe nuclear,1 que metiese plomo en el
cerebro de los amos del mundo, parece que fue hacia esa época
cuando el faraón Amenofis III, fanfarrón insoportable, pasó por
una crisis de prudencia que le indujo a negociar con sus vecinos
y a ocuparse de los asuntos sociales de su país. El traumatismo
mediterráneo no enfrió solamente los ardores de los políticos.
Pasó al terreno de la leyenda. Expertos en la materia, los grie-
gos asociaron seguramente el gigante Talos al estrépito de la
erupción, y el Diluvio de Deucalión no sería sino la marea que
le sucedió.
Después de la catástrofe, la nada. Unas cenizas que han sido
estudiadas por los vulcanólogos y que datan de 1.500 años antes
de nuestra Era. Los fondos de la caldera de Santorín o su co-
rona de fragmentos de roca emergiendo de las aguas habían de
convertirse en un centro de interés prodigioso para la arqueo-
logía moderna. Ya que, hasta 1928, en que L. S. Berg evocaba
la Atlántida en el mar Egeo, la hipótesis se basaba en gran
parte en la intuición. Con toda seguridad, se habían encon-
trado en la isla de Thera vestigios muy antiguos. Descubrié-
ronse trazas de edificios bajo la espesa capa de cenizas. Estas
mismas capas de cenizas, procedentes sin duda alguna de San-
torín, fueron encontradas en 1947 por una expedición sueca
en el fondo del Mediterráneo oriental. Pero, dado que el pro-
blema es asunto, desde hace un decenio, que incumbe a los
eruditos griegos, conviene citar a Angelos Galanopoulos y a
Spyridon Marinatos como los fautores de la Atlántida cretense.
En 1960, el primero de ellos confirmó la fecha de la erup-
1. Más recientemente, Emmanuel Velikovsky, maestro en colisio-
nes, interpretaba los relatos egipcios y judíos como un recuerdo de un
draque entre la Tierra y un cometa.
104 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
ción volcánica que había destruido el archipiélago de Santorín
y asolado las tierras circundantes en un radio de 200 km.
A una distancia menor, se encontraba precisamente uno de los
más poderosos focos de civilización del mundo antiguo. Pero
no hay ciudad, por poderosa que sea, que resista los asaltos
de los elementos naturales, las ondas sísmicas que sacudie-
ron la isla de Creta, a 120 km de Santorín, y tampoco la
marejada alta que había de derribar sus palacios.
Angelos Galanopoulos representa un caso particular: fer-
viente atlantista, es, al propio tiempo, arqueólogo y sismólogo.
Imaginemos que sólo hubiera sido un científico: sus investiga-
ciones habrían culminado en el mismo éxito, en la misma ex-
plicación, irreprochable, de la súbita desaparición de la Creta
minoica, enigma ante el cual generaciones de arqueólogos han
permanecido silenciosos. Es preciso que tengamos presente
esta idea del científico descubriendo la Atlántida mientras bus-
caba otra cosa. Creemos que se trata de una idea con el más
brillante porvenir. Pero la realidad es otra: este sabio tiene a
Platón en la cabeza. Descartando las parábolas, de las que
desconfía de parte de un filósofo enamorado de lo absoluto,
conserva los elementos descriptivos que se ajustan perfecta-
mente a la civilización cretense de los años 2000: «Un reino
insular que precede a la civilización griega, una talasocracia
que irradia ampliamente sobre la cuenca mediterránea, una
arquitectura muy decorada pero de aspecto bárbaro, una reli-
gión del toro, 1 animal de Poseidón, una catástrofe final debida
a un terremoto o a una erupción volcánica.»
Quedaba por demostrar que la irradiación cretense se ex-
tendía, al mismo título que la de la supuesta Atlántida, a otras
islas del mar Egeo, Chipre, las Cicladas y el archipiélago cuyo
subsuelo en ebullición habría acarreado la desgracia a todo ese
mundo.
Los palacios bajo las cenizas
En la primavera de 1967, el arqueólogo griego Spyridon
Marinatos desembarcó en Akrotiri, pequeño puerto de la isla de
1. Los defensores de Tartessos, capital de la Atlántida, consideran
esta religión del toro como origen de la gran afición de los españoles
por la tauromaquia.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 105
Thera. Iba acompañado de un colega americano, James W. Ma-
vor, y de una colega, Emily Vermeule. Un campesino los con-
dujo en seguida hacia un boquete que se había abierto en su
viña: los labradores han aportado a la Arqueología más que
todas las escuelas de lenguas orientales...
El agujero descubierto accidentalmente desembocaba en
un laberinto de construcciones protegidas desde hacía treinta y
cinco siglos por una costra superficial. Una ciudad entera había
sido destruida, pero conservada. Al igual que Pompeya, reser-
vaba para futuros descubridores unos frescos que ilustraban
las peripecias de la navegación, ánforas con adornos florales,
objetos de uso cotidiano, pequeños e inestimables accesorios
de una ciudad de 30.000 habitantes que se había desarrollado
al pie del peligroso volcán.
Este descubrimiento de la ciudad minoica de la isla de
Thera (descubrimiento cuyas prolongaciones reservan deslum-
brantes sorpresas a medida que vayan prosiguiéndose las exca-
vaciones emprendidas) viene a confirmar las ideas de Galano-
poulos: «Los atlantes y la Creta de Minos se funden en lo suce-
sivo en una sola imagen: un Estado rico, poderoso, que es
teóricamente una teocracia antigua bajo un sacerdote-rey, pero,
en realidad, una alta burguesía, frivola e inteligente, amante de
los espectáculos extraños y los deportes, que llevaba unos
vestidos de sutil elegancia, que utilizaba cerámicas de gran be-
lleza y vivía en la igualdad de los sexos, tan rara en la Anti-
güedad; una civilización decadente, deliciosa y condenada...»
La predicción es grave. La sucesión de los amos del mundo
mediterráneo se efectuó por orden de decadencias, esto es un
hecho, y sabemos que estas decadencias pasaban por crisis de
alta cultura. Sin embargo, resulta aventurado ver la Creta mi-
noica prometida a la aniquilación en una forma que no sea bajo
las nubes de Santorín. Ciertamente, los fenicios acechaban la
plaza, deseando su conquista. Esta plaza no dejaba de ser sóli-
da, hasta el trágico amanecer en el que el muro líquido hizo su
aparición en el horizonte. Este muro líquido iba a destruir un
mundo de 7.000 años de antigüedad (en el instante del cataclis-
mo, es decir, en —1.500),1 surgido de los tiempos del mesolítico.
1. Lo cual nos induce a adoptar la proposición, ya citada, conte-
nida en El hombre eterno, de L. Pauwels y J. Bergier: «Es lícito con-
siderar a los cretenses como los depositarios de civilizaciones ante-
riores evolucionadas...»
106 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
Sus intercambios comerciales y culturales con Egipto han sido
demostrados. Unos mil años antes del día D, la dinastía mi-
noica estableció su supremacía sobre las otras tribus, o clanes,
y el esplendor de Cnosos no hizo sino aumentar, a pesar de un
tiempo de interrupción sobrevenido hacia el año —1700. Trata-
ríase de una primera catástrofe, o de una guerra, cuyos efectos
desastrosos dejarán el campo libre a los urbanistas, ya que la
reconstrucción de las ciudades damnificadas superará en refi-
namiento todo lo que antes constituía su orgullo.
Una jerarquía minuciosamente organizada hizo de Cnosos
el prototipo de la Ciudad-Estado, la metrópoli ejemplar cuyo
esquema tomaron los griegos de los cretenses. Sin estar influi-
dos por LouisjClaude Vincent, para quien los griegos son los
más hábiles plagiarios del mundo mediterráneo, podemos decir
que las estructuras helénicas se inspiraron en la antigua socie-
dad cretense.
Los arreglos urbanos alcanzaron en Cnosos, como en Fais-
tos y Hagia Tríada, que, por algún tiempo, le disputaron la
primacía, un grado de perfección sin equivalente antes del con-
fort burgués del siglo xrx europeo. El ejemplo de los romanos,
que deja boquiabiertos de admiración a los turistas de vacacio-
nes, no fue otra cosa más que imitaciones, con frecuencia bur-
das, de inventos antiguos como las calles de Cnosos, que esta-
ban provistas de aceras y desaguaderos. Las carreteras estaban
empedradas o asfaltadas. Finalmente, los palacios unían la ca-
lidad del ambiente a la disposición funcional mejor estudiada
(utilizo la fórmula que se encuentra en un prospecto que alaba
los encantos de una «residencia» en vías de realización). Mate-
riales aislantes, sistema de acondicionamiento de aire, canaliza-
ciones de agua, calefacción central son cosas que existen en
Cnosos en —1500. El arte del mosaico despierta admiración.
Los frescos fantásticos unen la preocupación por la verdad a
un gusto exquisito. Describen, con mayor eficacia que la más
escrupulosa de las descripciones, los gestos, los vestidos, las
costumbres de la vida de entonces. Faldas acampanadas, faldas
de crinolina, cinturas apretadas en un corsé, vestidos escotados
constituyen gran parte de la moda femenina sometida a las fan-
tasías de temporada como las que conocemos en nuestros días.1
_ 1. Ejemplo célebre del arte de la belleza femenina en Creta, en el
siglo xvi antes de nuestra Era: la Parisiense, fragmento de fresco así
llamado, no sabemos por qué...
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 107
Ni con grandes pliegues, ni sujetas con alfileres como más
tarde las de las griegas, las vestiduras, desde la época paleo-
cretense, están cosidas. Por otra parte, el artesanado abarca
toda la gama profesional de una civilización del bienestar que,
dicho sea de paso, practicaba la esclavitud. Las señoras de la
época minoica utilizaban perfumes y lociones, así como pinzas
de depilación igual que las descubiertas en Mochlos. Cuidaban
sus hermosos cabellos negros, protegían la blancura de su piel
y mostraban los senos. Algunas muchachas eran iniciadas en la
peligrosa danza del toro, especie de corrida de las Landas.
Los objetos usuales encontrados, tazas y copas de colores
resplandecientes, completan este museo de la vida cotidiana,
cada una de cuyas piezas es admirable. En esa vida cotidiana, la
mujer ocupaba un puesto considerable. Ella poseía los mismos
derechos que el hombre, asistía libremente a las ceremonias
religiosas y a las fiestas deportivas.
Si esta sociedad perfecta desapareció súbitamente en cues-
tión de unas horas, tras la explosión de la caldera Santorín,
su esplendor debió de dejar un vivo recuerdo en los pueblos
que iban a tomar su relevo. Ahora bien, si la isla prestigiosa
no podía desaparecer de la memoria de los hombres, desapa-
reció completamente de la memoria de los griegos. Sus histo-
riadores hablan de Egipto, de Siria, de la India y de África.
De Creta, jamás. Heródoto la ve ocupada enteramente por bár-
baros. «Estos bárbaros —escribe Michel de Grecia—, pueden
ser tanto los atlantes como los cretenses.»
Es preciso ver en esto una actitud común a los pueblos que
aprendieron mucho de antiguos colonizadores y se apresuran a
olvidar el nombre de estos últimos. Las condiciones de esta
aportación permanecen oscuras. Ivar Lissner pretende «acer-
carse un poco más a la verdad, suponiendo que la civilización
cretense penetró en Grecia, en tanto que este país se benefició
asimismo de las tradiciones importadas del Norte». En el mo-
mento en que se desvanecían las formas creadoras de la anti-
gua Creta, edificábanse los palacios imponentes del Peloponeso.
Las peripecias de esta penetración, si es que la hubo, no habían
de figurar, evidentemente, en los relatos de los historiadores
griegos. Es posible que, en realidad, la irradiación de la peque-
ña isla le sirviera de condenación. En este caso, la expresión
empleada por Angelos Galanopoulos se aplica a la envidia que
debieron experimentar aquellos indoeuropeos que llegaron a
108 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
las orillas mediterráneas tras un largo viaje. La Historia ha
demostrado que estos alumnos, muy bien dotados, supieron
utilizar las lecciones de sus maestros, sin olvidarse... de olvidar
sus nombres.
Platón abandonado por el autor
Todas las condiciones requeridas para un relato legendario
de una guerra entre los helenos y los atlantes quedan, pues, reu-
nidas para la mayor gloria de la escuela platónica. Vienen a
confirmar la hipótesis Galanopoulos, según la cual semejante
guerra sólo es posible entre naciones vecinas. La destrucción
causada por la erupción formidable de Santorín corresponde
al relato de Platón. En cuanto a todo lo que no «pega» entre
las extravagancias del Critias y lo que hoy se sabe de ese perío-
do de la historia egea, hay que ver en ello la intervención de
los sacerdotes egipcios que suministraron la materia del relato,
sujeto de todas las interpretaciones posibles: más de mil años
transcurrieron desde el acontecimiento del cual va a servirse
el filósofo griego para exponer su ideal político,1 sus puntos de
vista sobre la ciudad perfecta, su concepción de los ciclos his-
tóricos, en los que la decadencia y el castigo divino aparecen
aureolados por un edificante misticismo.
Cuando Estrabón fue a Egipto, pocos años antes del naci-
miento de Jesús de Nazaret, todavía pudo ver la escuela de
Heliópolis, donde, cuatro siglos antes, había residido Platón.
El autor de Las Leyes había vivido allí trece años. En esa época,
los 700.000 papiros de la biblioteca de Alejandría aún no habían
sido destruidos por un cretino. Los sacerdotes de Heliópolis no
eran muy comunicativos. A Platón le costó trabajo ganarse su
confianza. Y sólo consiguió arrancarles informaciones de se-
gunda mano...
En efecto, Solón, legislador de Atenas, se había instalado en
Egipto dos siglos antes. Él mismo escribió una obra, que, según
Plutarco, se trataba de una historia de la Atlántida, tal como
la habían recibido de los sabios de Sais. Él quiso ponerla en
1. «Y, ante todo, tengo que advertiros, con una palabra, antes de
dar comienzo a mi relato, con objeto de que no os quedéis sorprendi-
dos al oírme dar con frecuencia nombres griegos a unos bárbaros»
(Platón: Critias).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 109
verso. Pero la amplitud de la tarea se lo impidió.1
No cabe ninguna duda: si nos atenemos al método que
adoptó Platón para insertar sus alusiones a la Atlántida en el
Timeo y en el Critias, es a Egipto adonde hay que ir a buscar
las fuentes. Se equivocan los autores que ven en la Atlántida
una invención de la que Platón sería el único responsable.
En suma, ha llegado el momento de abandonar a Platón en-
tregado a su filosofía y confiar la Atlántida a los arqueólogos.
Al hacerlo, resulta evidente que, en el estado actual de nuestros
conocimientos y de nuestra curiosidad, la hipótesis de un con-
tinente desaparecido y de una remota civilización evolucionada
ha roto sus vínculos con un texto famoso que le sirvió de base
todo el tiempo necesario para que la Etnología, la Geología y
la Arqueología prehistórica pudieran volar con sus propias alas.
Cabe esperar, en un futuro quizá próximo, que los satélites o
las expediciones extraterrestres nos suministren revelaciones e
interrogaciones que conferirán a la Atlántida y a Mu su verda-
dero carácter de actualidad.
El lector observará que, aun cuando estamos firmemente re-
sueltos a abandonar los escritos superados de Platón, continua-
mos empleando el término Atlántida. Imaginar otro término
desorientaría a los lectores y desnaturalizaría las tesis de las
que extraemos la documentación de esta obra: concedamos a
Platón la paternidad del vocabulario, y nada más. Con veinti-
dós siglos de anticipación sobre Madame Blavatsky,2 nos hace
el favor de crear una terminología que sería presuntuoso que-
rer sustituir por otra, puesto que suena bien al oído. Pero, aun-
que tomemos en serio Lemuria y Mu, no debemos embarcarnos
con rumbo a las islas con los seis volúmenes de La doctrina
secreta bajo el brazo.
La Atlántida referida a una fecha ulterior
Nos gustaría llegar al punto en que ya no se formulan las
preguntas. Nos gustaría que el origen de las estatuas misterio-
1. Una parte de este poema, según A. de Humboldt (1769-1859), se
habría conservado en la familia de Platón bajo el título del Logos at-
lánticos.
2. En la segunda parte de este libro nos ocupamos de las fantasías
esotéricas de Madame Blavatsky.
110 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
sas de la Gran Pirámide se encontrase en Cnosos. Que los más
antiguos de los cretenses hubiesen prestado a los egipcios sus
conocimientos sobre los astros y 3,1428=pi. Demasiado bello
para ser verdad, y todavía hay que aguardar un poco antes de
que nos encontremos sobre la pista de los atlantes.
A los sabios griegos del siglo xx y a sus colaboradores debe-
mos uno de los grandes momentos de la Arqueología: el des-
cubrimiento de una prodigiosa civilización y la solución del
misterio que su desaparición planteaba. Sería prematuro decir
que con ello queda aclarado el enigma de un centro de influen-
cias más antiguo de diez o de veinte mil años. La Creta exhu-
mada lleva en sí misma sus interrogaciones legendarias. Se tra-
ta del mito de Dédalo, en el que Louis Pauwels y Jacques
Bergier descubren indicios científicos muy inquietantes.
Nacido en Atenas o personaje legendario, ingeniero deli-
rante o inseminador complaciente, este Dédalo es negado por
el Larousse y considerado por ciertos autores como el Leonar-
do da Vinci del siglo XIII antes de nuestra Era. Los que lo con-
sideran real dicen que debe mucho a Egipto. Habría visitado
el laberinto del lago Moeris, antes de construir, en Cnosos, el
del rey Minos. Pasemos en silencio aquel «toro de fuego»
que él habría fabricado para dar gusto a las exigencias de la
reina Pasifae. Algunos meses de cárcel con sobreseimiento por
libro licencioso, y nada más. Pero su papel de precursor de la
aviación, que provocó la muerte de su hijo Icaro, es más in-
teresante. ¿El laberinto, el primer aeroplano, Talos el autó-
mata gigante, son obra de un mismo hombre? Leamos, respec-
to a ello, lo que dice El hombre eterno:
«Y, por otra parte, ¿quién es Dédalo? De la misma manera
que hubo no un solo soberano llamado Minos, sino una serie
de dinastías que llevaban este nombre, ¿no deberíamos con-
siderar la existencia de un gremio de Dédalos? ¿Genera-
ciones de Dédalos, pertenecientes a alguna cofradía de inves-
tigadores y técnicos, cuyos trabajos revisten un aspecto má-
gico para los no iniciados?»
Y henos ya en camino sobre la pista de la misteriosa co-
fradía.
Estos saltos que se producen al final de capítulo no
son ningún truco. La arqueología romántica sólo pone ante
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 111
nosotros trampolines. 1 Habríamos preferido descansar al sol
de Creta. Pero es preciso saber esto:
Se han encontrado en Creta tres clases de escrituras dife-
rentes. La más antigua es figurativa, las otras dos se designan
con los nombres de escrituras lineales A y B. La escritura li-
neal A resulta de una adaptación de los antiguos jeroglíficos,
y la lineal B es el producto de una segunda adaptación, en la
que se deja sentir la influencia del griego. Si bien los sabios
ingleses Michael Ventris y John Chadwick consiguieron reali-
zar la proeza magistral de publicar la traducción de 300 tabli-
llas en lineal B, la oscuridad reina todavía sobre una gran
parte de las escrituras precedentes. Ahora bien, un problema
análogo de lenguaje indescifrable se ha planteado en otro lu-
gar: en las islas Canarias. Aparecían semejanzas entre signos
utilizados en este punto del Atlántico y en el del Mediterráneo.
Algunas comparaciones han permitido avanzar el desciframien-
to aquí y allí. Pero los signos más antiguos, y que siguen sien-
do intraducibies, son precisamente los que parecen comunes
a Creta y a las Canarias...
El papel primordial desempeñado por la mujer en Ir. Creta
minoica constituye un hecho excepcional en el mundo anti-
guo. No obstante, la civilización primitiva de las islas Cana-
rias presenta la misma particularidad...
Por consiguiente, en el océano Atlántico pasan cosas inte-
resantes. Franquear las Columnas de Hércules, dicho de otro
modo, el estrecho de Gibraltar, es, evidentemente, seguir las
directrices de Platón. Equivale, a buen seguro, a tener por
válida una indicación dada por los sabios de Sais... Equivale
también, más que a deplorar la desaparición de hipotéticas es-
tatuas que se hallaban en la Cámara del Rey, a tener en cuen-
ta ciertos bajorrelieves egipcios en los que se nos refieren las
peripecias de una batalla. Allí se ve a unos soldados del faraón
peleando con unos adversarios de otra raza. Unos enemigos de^
cididos, llegados de los países de más allá del viento del Nor-
te...
1. Camino «lógico» de la arqueología romántica, que consiste en
remontar el curso del tiempo para saber quiénes pudieron ser los
«Maestros de los Maestros»...
GENTE DEL NORTE
En las riberas del Nilo, el lugar de excavaciones de Medi-
net-Abu, en el emplazamiento de la antigua Tebas, entregó
hacia el año 1930 las ruinas monumentales del palacio de Ram-
sés III. Al mismo tiempo que las piedras, los arqueólogos de
la Universidad de Chicago, que procedieron a esa resurrección,
descubrieron 10.000 m2 de inscripciones jeroglíficas. Este gi-
gantesco libro de imágenes describe los hechos de armas del
rey. En el curso del siglo XIII antes de nuestra Era, los egip-
cios tuvieron que defenderse contra unos invasores proceden-
tes del Norte. Según algunos especialistas, ese norte en cues-
tión no estaba muy lejos de los campos de batalla. Precisemos
que se trataba de una batalla naval: un pueblo del mar ataca-
ba a los hombres de tierra, más duchos en edificar pirámides
y templos que en efectuar carenas. Pero era preciso enfren-
tarse con el adversario en el Mediterráneo, antes de que pu-
diera poner sus pies en la orilla.
En el capítulo II de esta obra, una cita de Roger Grosjean,
el hombre de las estatuas-menhires de Córcega, identifica a es-
tos invasores como «... uno de aquellos pueblos del mar que
aterrorizaron Egipto entre los siglos xiv y x n a. de J. C : los
shardanos». Y podemos ver en los bajorrelieves de Medinet-
Abu una extraordinaria banda dibujada que describe las peri-
pecias del combate naval entre la flota egipcia y los sharda-
nos, con los cuales se habían aliado los filisteos.
No dicen igual otros intérpretes de los mismos bajorrelie-
ves, de los mismos textos, de los mismos jeroglíficos. La inva-
sión habría partido de mucho más lejos. Los guerreros que
amenazaban el valle del Nilo pertenecían a aquel pueblo miste-
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 113
rioso que, desde el comienzo de este relato, se identifica en
nuestra mente con aquella vieja civilización procedente del Oes-
te: la de los atlantes, puesto que es preciso llamarlos por su
nombre.
¿Atlantes del Atlántico, atlantes del mar Egeo, atlantes del
oeste africano? No. Los guerreros de Medinet-Abu, salidos pro-
bablemente del tronco común oceánico, son gente del extremo
Norte, son hiperbóreos.
«El Norte más lejano»
«El verdadero enigma de la Atlántida —escribe el pastor
protestante Jürgen Spanuth—, es que, hasta ahora, ninguno de
los investigadores que se ocuparon del relato de Solón haya
realizado investigaciones sobre las antiguas inscripciones egip-
cias ni sobre los textos de los papiros que sirvieron de base
al relato de Solón.»
A los bajorrelieves de Medinet-Abu, Spanuth añade, en efec-
to, como documentos de los más reveladores, el Papyrus Ha-
rris, larga relación (¡mide 39 m!) acerca del gobierno de Ram-
sés III, y otros dos rollos de papiro que datan de los reinados
precedentes. 1 Estos textos contienen mucha información sobre
las calamidades naturales que se produjeron en esa época.
¿Qué es, pues, lo que se lee en los documentos de Medinet-
Abu? Unas fórmulas que dan la razón al pastor egiptólogo y
que lo conducirán, durante el verano de 1952, hacia una isla
brumosa del mar del Norte...
Las crónicas de Ramsés III dicen que los invasores venían
de las islas y de los países del borde del «gran círculo de
agua», es decir, de las regiones boreales tal como las conce-
bían los geógrafos egipcios. Estando para ellos dividido el
disco terrestre en nueve arcos o latitudes, la alusión al «no-
veno arco», patria de los atacantes, no deja ninguna duda acer-
ca de su origen escandinavo. Por otra parte, los papiros indi-
can que es en esas regiones donde se sitúa el «Norte más le-
1. Los de Meremptah (hacia 1230-1222) y Sethi II (hacia 1205-1200).
8 — 3321
114 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
jano» y que «el día más largo tiene diecisiete horas». 1 Según
esta concepción del mundo, el noveno arco corresponde a
una franja terrestre comprendida entre el 52 y el 58 grado de
latitud norte. Tras haber evocado los conocimientos sorpren-
dentes de una minoría selecta egipcia que estableció la base
de la pirámide de Keops en un meridiano ideal, esta geogra-
fía rudimentaria de los subditos de Ramsés III quizá resulte
decepcionante. No olvidemos que habían transcurrido 1.500
años desde la construcción de la Gran Pirámide, si recorda-
mos las fechas de la egiptología tradicional. La diferencia de
3.000 años según las fechas más audaces y de 9.000 a 12.000
según una egiptología más romántica (véase el capítulo La
montaña de los atlantes, p. 76). Sea lo que fuere, el intervalo
más corto bastaría para que cayesen en el olvido unos conoci-
mientos heredados de antepasados prestigiosos. Es, por consi-
guiente, a textos de una época decadente a los que se refiere
Jürgen Spanuth, y tiene razón, porque éstos relatan hechos
contemporáneos. Aquí, nada de leyendas, nada de intermedia-
rios. Y las figuraciones jeroglíficas van a enseñarnos todavía
más acerca de ello.
Espadas, puñales, escudos, cascos de cuernos, coronas de
rayos, dibujado todo ello en Medinet-Abu, se encuentran en la
Europa del Norte, lo mismo que en Dinamarca y en Pomera-
nia (espada de lengua de carpa: Germanisches Griffzungen-
schwert), en esa misma época de Ramsés III. Los conquista-
dores, tocados con la «corona de rayos», círculo frontal de
lana para los soldados, de bronce para los jefes, fueron re-
presentados en Medinet-Abu con la misma precisión que en
las rocas grabadas de Escandinavia.2 Más sorprendente aún es
la semejanza entre los navios de Medinet-Abu y los de los gra-
bados de la Europa septentrional de la Edad del Bronce: proa
y popa levantadas verticalmente, estraves adornados con una
cabeza de cisne, que anuncia los mascarones de proa, de as-
pecto aterrador, que los descendientes de los hiperbóreos uti-
1. Definición tomada literalmente por Plinio el Joven en su Historia
natural: «El noveno círculo atraviesa el país de los hiperbóreos y la
Bretaña; allí, el día más largo tiene una duración de diecisiete horas.»
2. Escudos redondos, representados en los bajorrelieves de Medi-
net-Abu, se han encontrado en Europa septentrional, entre vestigios de
la Edad del Bronce.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 115
lizaron veinte siglos después durante sus memorables razzias.
Los dibujos de Medinet-Abu indican que los marinos egipcios
salieron de apuros honorablemente. Lanzaban garfios al ve-
lamen de las embarcaciones enemigas y las hacían zozobrar.
En realidad, estos drakkars en su primera versión no trans-
portaban a unos bárbaros animados de las peores intenciones.
El pueblo del «noveno arco» no partía a la conquista del mun-
do mediterráneo. El hambre espantosa que entonces causaba
estragos en Escandinavia, sería la única causa de esa «Gran
Migración», de la que O. Paret dice que «sacudió a los pue-
blos de Europa y del Oriente Medio, hizo caer el viejo mun-
do y echó los cimientos de un nuevo mundo».1
Última Thule
¿Es esto todo lo que puede otorgar crédito a esa antigua
civilización nórdica emparentada con el mundo de los atlan-
tes? No. «Hiperbórea» es un nombre familiar en la Antigüe-
dad. En tanto que en ninguna parte se encuentran alusiones
a expediciones efectuadas a la Atlántida o a los habitantes de
esta comarca, son numerosos los detalles que permiten atri-
buir una realidad a Hiperbórea. Evidentemente, se refieren a
un territorio muy extenso. Para los acostumbrados al cielo
azul, la frontera de Hiperbórea es la de las brumas. Hemos
visto que Diodoro de Sicilia calificaba así la región de Sto-
nehenge, y las piedras azules del famoso conjunto megalítico
habrían sido traídas, según Geoffroy de Monmouth, por gigan-
tes venidos del Norte...
No obstante, si escuchamos a Jürgen Spanuth, cuando des-
cifra los papiros de Ramsés III, el día más largo, el de las die-
cisiete horas, indica el grado 54 de latitud. Aquí empieza Hi-
perbórea. Vinieron de más allá de la cortina de lluvia y de
niebla, en otro tiempo, los hombres tocados con la corona
de rayos. Pero, también en otro tiempo, ¿quién fue el audaz
que se aventuró por aquellos parajes?
Hacia el año 325 a. de J. C, al geógrafo Piteas,2 que ya se
1. O. Paret: Des neue Bild der Vorgeschichte (Stuttgart, 1948).
2. En el curso de un viaje, Piteas efectuó notables observaciones.
Dos siglos más tarde, Accio de Antioquía escribe aún: «Según Piteas,
la marea ascendente es debida a la influencia de la luna creciente, la
marea descendente, a la de la luna menguante.»
116 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
había arriesgado a surcar el océano, se le asignó una misión
de reconocimiento de la Europa septentrional, hasta los ma-
res, islas y continentes que quizá pudiera descubrir. Objetivo:
posibilidad de encontrar estaño, oro y ámbar. Los cartagine-
ses bloqueaban el estrecho de Gibraltar. Tuvo que remontar
el Ródano, franquear la barrera de aquellos vientos del Norte,
más allá de la cual los países «hiperbóreos» se aseguraban una
etimología razonable, en todo caso tranquilizadora con rela-
ción al misterio de que se hallaban rodeados, y a todas las hi-
pótesis románticas que todavía se asocian a su nombre.
Al lado de la aventura de Piteas, la travesía de Cristóbal
Colón no es más que una deriva monótona. Dirigirse de un país
cálido a otro país cálido, hacia las Indias o el África, no fue
más que enfrentarse a lo imprevisto. Pero hundirse en las bru-
mas, en las nubes que el estrave desgarra para revelar quién
sabe qué fantásticas apariciones, esto es salir al encuentro de
lo desconocido, de un mundo que ninguna imaginación latina
podía concebir. Y Piteas no se contentó con llegar a la Gran
Bretaña y a sus minas de estaño. Navegando soberbiamente en-
tre la gran isla e Irlanda, llegó a las Shetland. Siguió adelante
y se adentró en los mares fríos de la leyenda, extremo supues-
to del mundo; después llegó al país mitológico del «Norte más
lejano», aquella última Thule de la que todo podía esperarse:
atlantes, hiperbóreos, sacerdotisas embrujadoras, o ángeles ve-
nidos de un universo extraño al nuestro...
Thule... ¿era, como lo demuestra Fritjof Nansen, un punto
de Noruega situado en el paralelo 64, cerca de Trondhjem?
Piteas regresó a Massilia sin suministrar las coordenadas pre-
cisas sobre el lugar en que acababa el mundo. Pero regresó,
y apenas se conoce una expedición heroica moderna que pue-
da compararse a esa expedición realizada hace veintitrés si-
glos... 1 Allá arriba, unos fenómenos increíbles tenían con qué
hacer vacilar el ánimo: en tanto que el mar a veces se con-
fundía con el cielo, transformando el horizonte en un muro
líquido, ocurría que el sol se negaba a ponerse y, como escri-
bía Tácito, según las observaciones aún válidas de Piteas, «ese
mar rodea y circunda el disco terrestre, lo cual se deduce del
1. Aunque inspirado por consideraciones económicas, el viaje de
Piteas representa la primera expedición científica de la Historia, y,
como tal, no reportó mucha consideración al que la llevó a buen térmi-
no. Habrán de transcurrir doce siglos antes de que unos exploradores
puedan batir ese «récord».
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 117
hecho de que el último reflejo del sol poniente persiste hasta
la salida del sol, hasta el punto de hacer palidecer las estre-
llas... El universo se extiende solamente hasta la masa de
agua, no se prolonga más allá».
Era inevitable que esa extraña región ejerciese sobre la
imaginación una fascinación extraordinaria. El que un nave-
gante hubiese llegado hasta ella, no disminuía su misterio. ¿Es
que la atracción de la Atlántida habría palidecido si un viajero
hubiese afirmado haber llegado a sus orillas? Nadie sería ca-
paz de pronunciarse sobre este punto, pero es seguro que Hi-
perbórea continuó suscitando las hipótesis más audaces. Por
otra parte, el viaje del geógrafo marsellés se había efectuado
unos ochocientos años después de la «Gran Migración», y el
pasado de aquel lejano territorio seguía cargado de misterio.
¿Ángeles o demonios?
Entre el mito y la realidad, Hiperbórea se desplaza al modo
de una isla flotante. Hesíodo, Píndaro, Homero situaban los
Campos Elíseos, reino de las almas recompensadas, en un
extremo de la Tierra, pero, mientras que el último de estos
autores hacía alusión a las Canarias, describiendo la suavidad
«paradisíaca» del clima, los dos primeros veían el Paraíso terre>-
nal en las regiones hiperbóreas, en todo caso al noroeste del
continente europeo. 1 Sin hallarse en posesión de informaciones
particulares referentes a las cualidades de las hermosas dane-
sas, estos poetas helénicos imaginaban, sin embargo, un Jar-
dín de las Hespérides en el que reinaban las hijas de la Noche,
las ninfas del Occidente, o también aquella isla de los Biena-
venturados en la que todo era belleza, lo cual, en el plano de
una estética femenina escandinava, atestiguaba una irrepro-
chable intuición... Ya hemos visto que Apolo efectuaba visitas
periódicas a Stonehenge, y podemos preguntarnos si un re-
cuerdo muy remoto de las hiperbóreas que acompañaban a sus
maridos guerreros hasta las orillas del Nilo no influyó en esta
idealización de la belleza que existía en la región del Báltico.
1. E. Beauvois, en El Elíseo transatlántico y el Edén occidental
(1884), encuentra estas transposiciones inesperadas de parte de los grie-
gos. Esos paraísos nórdicos indicarían, más bien, una influencia cél-
tica.
118 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
Al relacionar los nombres diversos y los símbolos atribui-
dos a la antigua Thule, es posible admitir que esta irradiación
no dependió únicamente de una corriente poética. La Odisea
ha hecho célebre la isla de Ogigia, en la que reinaba Calipso,
y la identidad Thule-Ogigia no deja lugar a dudas. Lo mismo
puede decirse de la isla Aea, ya que varios símbolos poéticos
pueden derivarse del mismo terruño... Y en la isla de Aea se
encontraba la hechicera Circe, también una rubia noruega, si
se nos permite esta extrapolación.
En Ogigia, que Homero designa también por el nombre de
isla de Atlas (la etimología atlantidiana reaparece de forma
turbadora), el sol sería visible 23 horas en el día más largo.
Esta simple observación basta para desplazar el problema y
hacer que Thule se sitúe en Islandia. Permanecemos en el lí-
mite del círculo polar ártico y la idea de un gran continente
boreal va cobrando forma. Ciertamente, las alusiones mitológi-
cas,1 que se mantendrán hasta la Edad Media, son varias y
confusas. Pero estos hitos dibujan bastante bien los contor-
nos de la fabulosa Hiperbórea, de la que no hay que excluir
Groenlandia. En nuestros días, el clima de Islandia parece
muy alejado del paraíso fértil en donde, según Diodoro de
Sicilia, las cosechas de trigo se efectuaban dos veces al año.
«No obstante, incluso no amontándonos a la época pregla-
cial —comenta Serge Hutin, que adivina una realidad detrás
de la leyenda—, esta idea tan fantástica no presenta nada im-
posible: aún hoy Islandia posee un clima francamente privile-
giado, teniendo en cuenta su situación ártica; salvo en las re-
giones más montañosas, la temperatura es benigna (la media
de las temperaturas del mes de enero es, en Reykjavik, supe-
rior a la de París). Esta paradoja climática se debe en parte
a los fenómenos volcánicos, pero principalmente a la corriente
del Golfo, uno de cuyos brazos rodea la isla; de ahí la hipóte-
sis siguiente: en la Antigüedad, la intensidad calorífica de la
gran corriente marina pudo ser claramente más fuerte en esos
parajes, de donde la posibilidad de que Islandia gozase de un
1. Plutarco (50-125) hacía alusión a la isla de Jan-Mayen, donde rei-
naba una temible sacerdotisa, así como a una población dotada de po-
deres fabulosos, asimilable a una antiquísima civilización de Groenlan-
dia.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 119
clima parecido al de la Costa Azul (pero sin su sequedad).
Es, pues, imprudente rechazar como fábulas las indicacio-
nes contenidas en la leyenda, con el pretexto de que ya no
corresponden a las comprobaciones del momento presente.
De ahí a admitir la supervivencia de una civilización hiper-
bórea en Islandia en forma de un pueblo subterráneo compara-
ble al de Agartha,1 no hay más que un paso, y no dudó en dar
este paso H. Bulwer Lytton, autor de la novela Los últimos
días de Pompeya, al describir, en La raza que nos exterminará,
unos abismos islandeses que daban acceso al dominio caver-
nícola de los futuros Amos del Mundo, descendientes de los
hiperbóreos. Volviendo a la arqueología romántica no desna-
turalizada, observemos que en la Islandia de los ocultistas y
de los alquimistas se advierten ciertos efluvios de una ciencia
y de un nivel intelectual elevado.
Ciertas relaciones de otra índole dan crédito a la hipótesis
de una civilización hiperbórea, tanto si algunos la confunden
con la Atlántida como si sólo es para otros una de las nume-
rosas zonas de exilio del mundo sumergido. Así, la «Serpiente
emplumada de los aztecas», Quetzalcóatl, protectora de las
artes, inventora de la escritura y del calendario, es originaria
de la isla de Tula. Un paraíso terrenal, Ultraatlántico, y que
se aplica al mismo lugar: Thule.
Más abstractas, las fantasías de los teósofos parecían al
principio poco peligrosas. Los teósofos hicieron de los hiper-
bóreos una de las primeras razas de la Humanidad, una espe-
cie de andrógino que se remontaba a treinta millones de años,
dotado de un poder espiritual incomparable. Este tema es el
de la civilización madre, directamente ligado a la Atlántida y
más antiguamente aún, al del continente de Mu. El estudio
más racional (o menos esotérico) de estas hipótesis permite
comprobar que, en Noruega, un dialecto contiene términos afi-
nes a esa lengua de Mu, de la que, jugando un poco a arqueo-
logía romántica, no es imposible descubrir sus estructuras...
Si no se hubieran refugiado en las entrañas de Islandia,
los hiperbóreos habrían enjambrado en la India, en el desierto
1. Véase el cap. «El planeta desconocido».
120 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
de Gobi,1 en el Tibet, o también en México. Este éxodo se con-
fundiría entonces con la invasión aria procedente del Este.
Este recuerdo de la hegemonía aria, ligado a la alta civili-
zación hiperbórea, habría podido permanecer en los límites
de la arqueología romántica en el sentido en que nosotros la
entendemos. Jamás habría tenido consecuencias más graves
que despertar nuestra curiosidad en torno al problema de las
Pirámides, de los megalitos o de las estatuas de la isla de Pas-
cua. Para desgracia nuestra, unas mentes tortuosas y tortura-
das se adueñaron de los poderosos y perfectos hiperbóreos
para edificar una mística que, de la pureza del frío, condujo
a Occidente al infierno.
El frío del espanto
¡Cómo iría a creer uno en la interpretación de Robert Cha-
rroux, que hace de Hiperbórea... la tierra de los ángeles! De los
ángeles descendidos del cielo, es decir, de los visitantes ex-
traterrestres que habrían dado origen, por medios rudimen-
tarios y naturales que nunca han sido modificados con el tiem-
po, a esa raza superior de bebedores de leche.
El autor del Libro de los secretos revelados tiene el don
de construir leyendas inéditas a partir de los textos bíblicos,
que están sujetos a tantas interpretaciones, por poco anquilo-
sada que esté en el conformismo la imaginación del que los
lee. Así, el Libro de Enoc contiene esta revelación:
«Y, después de un tiempo, mi hijo Matusalén tomó para
su hijo Lamec una mujer y ella concibió de él y dio a luz un
hijo.
»Y su carne era blanca como la nieve y roja como la flor
de la rosa; y los pelos de su cabeza y su cabellera eran blan-
cos como la lana; y sus ojos eran bellos...»
«Es evidente —escribe Robert Charroux—, que el retrato
de Noé trazado por Lamec no responde en su espíritu a las
características de su raza y, para nosotros, evoca irresistible-
mente a los hiperbóreos de piel blanca como la nieve y cabe-
llos claros y dorados.»
1. La tesis del continente de Mu, expuesta en la segunda parte de
esta obra, menciona la existencia del imperio m u de Uigur, en el em-
plazamiento del desierto de Gobi.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 121
Como que, según la tradición bíblica, Noé sería el antepasa-
do de todos nosotros, habría que admitir que todos descende-
mos de los hiperbóreos, esas criaturas aladas, o desembarca-
das de una nave espacial que aterrizó en los alrededores de
Thule... La exégesis Charroux resulta muy sabrosa.
Habría sido deseable que, hacia el año 1920, Dietrich Ec-
kardt, hubiera sido tocado por la gracia de los ángeles hiper-
bóreos en vez de serlo por la mística aria que extrajo su furi-
bunda energía de la fascinación nórdica que acabamos de evo-
car. La «sociedad Thule» no esconde su fuente de inspiración:
en la brumosa isla en la que tan difícil es desembarcar, en las
costas de Noruega, en Dinamarca' o en Islandia, la civilización
desaparecida había dejado secretos que el mundo germánico
tenía la obligación de recoger. Un día, los arios rubios se ma-
nifestarían de un modo más realista que las apariciones wag-
nerianas ante los decorados. La magia despótica de Thule, re-
encarnada por los superhombres de una raza pura, fue, en re-
sumen, el programa espantoso que presidió la fundación del
nacionalsocialismo alemán. Este movimiento apareció enton-
ces como la fachada política de un ocultismo delirante. Ello
no impidió que Dietrich Eckardt se convirtiese en uno de los
siete miembros fundadores del partido. Sus acólitos, Alfred
Rosenberg y Karl Haushoffer, tomaron a Adolf Hitler bajo
su férula. Los magos de la sociedad Thule harían del dueño
de la Alemania nazi el ejecutor de voluntades secretas que, en
suma, tenían como origen un tema lírico, una hipótesis de tra-
bajo, como dicen los aficionados a la arqueología romántica.
Pero estas fórmulas amables no se compaginaban ya con las
aplicaciones prácticas, cuyo horror conocerían los pueblos
europeos. Si los iluminados del grupo Thule y del nazismo
no se refieren con precisión a los hiperbóreos o a una elevada
civilización atlantidiana, la justificación ilusoria de su esqui-
zofrenia se relaciona con estos temas. Así, unos Amos del Mun-
do de Agartha, los detentores del Conocimiento, que viven en
el laberinto subterráneo del Tibet, probablemente ligado a los
accesos tenebrosos de Islandia, esos magos divididos en dos
bandos, el del bien y el del mal, serían los supervivientes de un
cataclismo que habría aniquilado la civilización del desierto
de Gobi...
1. A propósito de Dinamarca, Behlioux situaba la capital de Hiper-
bórea al sudoeste de Roeskilde, en la isla de Zeeland.
122 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
La obsesión aria
Todo está a la misma altura y todo aparece confuso en esta
mística de carácter etnológico al principio y que, al final, se
volverá demoníaca. Ciertamente, pudo efectuarse un éxodo
hiperbóreo con dirección al desierto de Gobi. Explicaría el
mito germanonórdico del dios Thor. Asimismo, los exiliados
constituirían el tronco ario que algunas tradiciones árticas
sitúan de Alaska al Asia septentrional. Pero, ¿el desierto de
Gobi, en la época del imperio de Uigur, no dependía de la tie-
rra de Mu? La cruz gamada, de siniestro recuerdo, confirma-
ría las intenciones nebulosas de los miembros de la sociedad
Thule, aunque jamás hicieran alusión a esta hipótesis funda-
mental de los teósofos.
Si establecemos todas las comparaciones posibles entre esta
geografía hipotética y los designios guerreros de Hitler, la
Segunda Guerra Mundial asume el aspecto de una cruzada
mística. Sus peripecias militares sólo se aplican por super-
posición al horrible desbordamiento de la razón que se saldará
con millones de muertos, en los campos de batalla y en los
campos de concentración.1 En lo sucesivo, el vocabulario de
la realidad ya no se aplica al de los fantasmas. La alquimia
destructiva se desarrolla paralelamente a un conflicto que,
para todos aquellos que están animados por la voluntad de
sobrevivir, es aún un conflicto tradicional.
Sin embargo, un emblema, surgido del fondo de las edades,
habría debido dar la señal de alerta: la esvástica es un signo
de carácter mágico. No tiene nada que ver con las armas de
una nación ni con el símbolo heráldico de un pueblo. Habría
sido el signo sagrado de la civilización antediluviana de Mu y,
por consiguiente, se explica su difusión universal. Señalado
por Schliemann en las excavaciones de Troya, grabado en los
templos del Yucatán, pertenece a todos los antiguos pueblos,
1. La génesis del nazismo, a partir de las teorías de Horbiger, de
la sociedad del Vril y del grupo Thule, constituye la segunda parte, ti-
tulada «Algunos años en el más allá absoluto», de El retorno de los
brujos, de L. Pauwels y J. Bergier (publicado por esta editorial en su
colección «Otros Mundos»).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 123
indios y persas, asirios, etruscos, samnitas y celtas. Represen-
taba las cuatro fuerzas sagradas que rigen el Universo, las
leyes del Cosmos y de la Vida. Si bien es exacto que se convir-
tió en el signo de los arios, también fue el de los budistas: las
mil cabezas de la serpiente divina Cesha, indica el Vishnú Pu-
rana, están «embellecidas por el puro y visible signo místico
de la esvástica».
«La pretensión de atribuirle, como lo hicieron los nazis,
una significación de preponderancia "racial" cualquiera cons-
tituye una siniestra impostura científica», escribe L.-C. Vin-
cent. En Inglaterra, Kipling adivinó que la adopción de la
cruz gamada por los nazis ocultaba algo más que un progra-
ma político. ¿Pero, quién, ayer como hoy, se sentiría alarmado
ante la idea de que una religión luciferina amenazase al mun-
do? Desde hace algunos meses, estamos viendo el signo de
Acuario inscrito en algunas regiones del sur de Francia. Supo-
niendo (y, afortunadamente, esta suposición es gratuita) que,
en la proximidad de una Era nueva, una pandilla de histéricos
quisiera purificar el mundo suprimiendo a la mitad de sus
habitantes, ¿quién desconfiaría de los grafitos? Lo propio del
ocultismo es disimular estas artimañas.
Preciso es, sin embargo, comprobar que la obsesión aria,
la locura de los secretos perdidos y de las razas superiores
merodeaba en Alemania por diversos lados. Sabemos cómo el
novelista H. Bulwer Lytton traspuso el tema de los hiperbó-
reos en La raza que nos exterminará. De las cavernas islande-
sas, el mito de una civilización dominadora pasó a Berlín para
animar la «Sociedad del Vril», que tenía por objetivo el desen-
volvimiento de las fuerzas ocultas del ser humano. Sus víncu-
los con las sociedades teosóficas han sido demostradas, pero
no habría que buscar los responsables del nazismo hasta llegar
a Platón. No obstante, muchos esoteristas se enardecieron, a
principios de este siglo, con los temas que constituyen el ob-
jeto de este lbro, temas que nosotros consideramos tan apa-
sionantes como inofensivos. La espantosa desviación que duró
un cuarto de siglo nos obliga a creer que la arqueología román-
tica no es tan inocente como parece cuando justifica unas ob-
sesiones que, sin duda alguna, se hallaban latentes en algunos
üuminados de quienes nadie desconfiaba. Mientras se trata
124 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
de buscar los vestigios de antiguas civilizaciones evolucionadas
o de tierras desaparecidas, todas las gestiones son lícitas.
A partir del momento en que unos místicos pretenden rehacer
el mundo, 1 al modo de los atlantes o de los hiperbóreos, es
prudente gritar: «¡Al loco!»
Nadie se atrevió a gritar: «¡Al loco!» al escuchar a Hans
Horbiger, el cual también tiene una gran parte de responsa-
bilidad en la fermentación de las inteligencias alrededor de
aquellos años anunciadores de calamidades. Hacia 1925, este
profeta austríaco pretendió lanzarse a una cruzada contra la
astronomía y las matemáticas tradicionales. Su poder de con-
vicción no tardó en hallar en el hitlerismo una aprobación que
no toleraba contradicción alguna. Dotado de grandes medios,
impuso su doctrina a una masa de individuos que no podían
elegir más que entre la huida o la pasividad.2 Hubo, no obstan-
te, quienes se entusiasmaron con los dogmas horbigerianos, se-
gún los cuales el equilibrio universal no era sino una lucha en-
tre el frío y el fuego. Los ciclos cósmicos, de los cuales la
historia de la Humanidad era el reflejo, reproducían el mismo
fenómeno de alternancia entre el reinado del frío y el des-
quite del elemento opuesto. Un supersol da con un super-
globo de hielo. Un entreacto de varios centenares de miles de
años sucede al choque. Después, el calentamiento del vapor de
agua producido por la colisión culmina en una explosión cuyos
residuos formaron nuestro sistema planetario.
Según Horbiger, la lucha de los dos elementos contradic-
torios va acompañada de un mecanismo de gravitación que
reagrupa los planetas y crea peligrosas aproximaciones. La
parte mas conocida de esta doctrina se refiere a la caída, so-
bre la Tierra, de lunas sucesivas, de las que conocemos, en
la ra7a<<ETSnPPrn^°^P0nerse en
# ? a , r d i a a n t e esa idea de la mutación de
T a S n L f m f ^ T end Hitler, y hoy en día no se ha extinguido.
do£? S ? ¿ J n ^ n rJa K &
* ^d a el,alsa i d e a d e los «Superiores Desconoci-
cidéntef T P a ™ í T í° ? místicas negras de Oriente y de Oc-
S 2 " S fetS MunLs-»)Bergier: El momo de los bm
¡°s- PIa a & Ja
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opone a S d S 7 u a a ? ^ ^ t a que-»
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 125
el momento presente, el cuarto ejemplar. En el curso del pe-
ríodo que precede a la caída del satélite, su órbita, cada vez
más cercana, tiene como consecuencia una fuerza de atracción
cada vez mayor. Es el tiempo en el que los terrestres se vuel-
ven más ligeros y pasan por crisis de crecimiento. Es el tiem-
po de los gigantes, de las construcciones ciclópeas. Los océa-
nos se hinchan como un merengue y el último acto de esta
ronda astral es la apoteosis del Diluvio.
Lo que se debe recordar de estas teorías fantásticas es que
civilizaciones sucesivas pagaron las consecuencias de estas ca-
tástrofes.
Teorías fantásticas que dan respuestas satisfactorias, es
verdad, a las preguntas suscitadas por los más misteriosos ves-
tigios andinos, Tiahuanaco en primer lugar. Ciencia-ficción que
no está desprovista de lógica ni de poesía, y de la que sólo
querríamos recordar estas cualidades, si fuera posible olvidar
que el que las enunció se convirtió en el ídolo espiritual de una
ética pavorosa. 1
La isla del Oricalco
Si la cruz gamada ha quedado marcada con una tara inde-
leble, los hiperbóreos y atlantidianos nórdicos han salido bas-
tante airosos de la macabra aventura nazi, en la que, ni que de-
cir tiene, no tuvieron parte alguna. Siendo cosas comunes las
generalizaciones precipitadas y la confusión de los sentimien-
tos, habría sido posible que el anatema recayese sobre sus ma-
nes. Por el contrario, el interés por su hipotética patria no ha
hecho sino aumentar. Si los atlantistas atlánticos tienen el pri-
vilegio de la antigüedad y de la perseverancia, los atlantistas
cretenses y nórdicos son los más recientes, y actualmente sa-
bemos cómo le fue revelada ia verdad en Egipto al pastor pro-
testante Jürgen Spanuth.
Indicándole la gesta de Ramsés III la dirección a seguir,
Spanuth, en julio de 1952, se dirigió a la isla real de los atlan-
tes, la Basileya de Platón. Para Jürgen Spanuth, sólo existía
1. Cabe mencionar, como discípulos o adeptos de ciertas teorías
horbigerianas: U.S. Bellamy, Denis Saurat, E. Velikovsky.
126 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
un lugar que correspondiese a las coordenadas encontradas en
Medinet-Abu. Con otros dos compañeros, la pequeña expedi-
ción reunía, pues, a un egiptólogo, un etnólogo y un arqueólo-
go. Sin vacilar, el trío dirigióse hacia la isla de Heligoland.
Un buzo se sumergió a unas seis millas de distancia de la
roca que, «como cortada con cuchillo, se eleva muy por encima
del mar». Distinguió un muro, un foso, una segunda muralla:
la capital de los atlantes acababa de ser descubierta.
En las proximidades de un litoral que va hundiéndose des-
de hace miles de años, un descubrimiento así debe ponerse en
cuarentena. Otras ciudades más recientes que la prestigiosa
metrópoli han podido quedar sumergidas, desde Frisia hasta
Bretaña. Esta aplicación sería incluso más plausible que esas
fantasías de la naturaleza que los escépticos se apresuran a
invocar en semejante caso.
Para el equipo del pastor Spanuth, no era lícito ningún
equívoco: la bahía de Heligoland contenía los vestigios subma-
rinos de la Atlántida. Las particularidades geológicas de la
isla reforzaron la convicción de los tres sabios: en Heligoland
se encuentra mineral de cobre puro, y el relato de la Atlántida
alude a esta riqueza. Sobre todo, hizo gran caso del oricalco,
que poseía, «después del oro, el más alto valor para los hom-
bres de la época». Conforme a las descripciones contenidas en
el Timeo y el Critias, es el ámbar amarillo lo que constituía el
orgullo de los atlantes y despertaba la codicia de la Antigüe-
dad. La isla del ámbar amarillo, o la «sagrada isla de Elec-
tris», se identifica con Heligoland.
Prescindiendo de estos pasajes que apelan demasiado a
Platón y son del dominio de la exégesis, las murallas submari-
nas representaban un verdadero descubrimiento arqueológico.
Descubrimiento o visión, la conclusión resultaba difícil des-
pués de la segunda expedición de Spanuth, en junio de 1961.
Esta vez, cinco hombres-rana y doce buzos estuvieron operan-
do, pero en vano. ¿Acaso los fondos arenosos habían recubier-
to las ruinas de la antigua ciudad? ¿Los antiguos estuarios del
Weser, del Elba y del Eider dibujaban aún una geografía mó-
vil bajo algunos metros de agua?
Si Heligoland-Basileya no es más que una ilusión, los so-
fiadores de acción como Spanuth son dignos de simpatía. Los
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 127
mundos sumergidos se buscan en agua turbia. 1 A falta de una
ciudad sumergida, nada prohibe descubrir una ciudad hundida
en la arena movediza. La arqueología sacaría provecho de ello.
Las compilaciones más eruditas no valen una hora de inmer-
sión en los mares fabulosos. Pero, en medio del océano, donde
ya no tenemos más remedio que navegar en compañía de los
atlantistas más acérrimos, ¿hasta qué profundidad habría que
sumergirse para recoger un trozo de oricalco? ¿En qué islote
del Atlántico podemos confiar para recoger las fuentes auténti-
cas del mito? No obstante, las huellas de una civilización inex-
plicada se implantan con tanta obstinación a lo largo de las
costas oceánicas, que al hacernos a la mar podemos confiar
en llegar a la tierra que parece inalcanzable.
1 Apolo visitante ilustre de Hiperbórea, sería el fundador de Jo-
nia ' La relación entre este nombre y el de la isla de Ion, al oeste de la
isla de Mull en las Hébridas, suscitó una expedición arqueológica que,
en 1959 descubrió una calzada de granito rojo procedente de la isla
de Mull'.
ENTRE DOS MUNDOS
Un pequeño trozo de la Atlántida fue sacado a la luz del
día durante el año 1898 de nuestra Era, es decir, hace menos
de un siglo.
Al romperse un cable submarino entre Brest y el cabo de
Cod, fue preciso repescar un extremo a 500 millas al norte de
las Azores. En ese lugar, los abismos oceánicos hacían muy di-
fícil la labor. El cablero rascó y excavó a profundidades de
3.000 m. Sacó al aire libre la brizna de hilo perdida en la in-
mensidad del mar y todavía muchas otras cosas más: todas
las muestras posibles del fondo.1 Entre estas muestras, había
fragmentos de lava basáltica vitrificada, cuya denominación
mineralógica es taquilita. Esta taquilita se había enfriado bajo
una presión atmosférica normal, ya que, de otro modo, expul-
sada por un volcán submarino y enfriada en el lugar de donde
acababa de ser extraída, a 3.000 m bajo el agua, su estructura
habría sido cristalina.
La isla volcánica, o el volcán, que se encontraba en una tie-
rra desconocida, había sido sumergida hace menos de quince
mil años. En efecto, después de este tiempo, la taquilita sumer-
gida se habría descompuesto.
La revelación aportada por la misión del cablero de 1898
presenta dos defectos. Lo más irritante es que se la cite tan
pronto como se trata de la Atlántida atlántica. El otro, que no
parece definitivo, es el de ser discutido por geólogos que pre-
tenden que la taquilita no asume forzosamente una estructura
cristalina después de un baño de algunos millares de años.
1. Relación del geólogo francés Termier al Instituto oceanógrafico
de París en 1912 (los sabios no tienen prisa).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 129
Puede conservar su forma inicial, y nada prueba que hubiera
sido lanzada al mar antes de ser recogida por los garfios de los
marinos telegrafistas.
En cuanto a los fondos atormentados del océano Atlántico,
no encierran más misterios que los Alpes de la alta Provenza.1
En 1872, el Challenger efectuó 370 sondeos en un recorrido de
80.000 millas, y el Meteor le superó con 10.000 sondeos. En
1922, el mapa submarino del océano contó adicionalmente con
las cadenas transversales descubiertas entre Gibraltar y la
América del Norte. Desde entonces continuaron los estudios.
Cada pico, cada depresión lleva un nombre. Una cadena nor-
teatlántica y una cadena sudatlántica se hallan reunidas por
un macizo ecuatorial. La primera, que parte de Spitzberg, se
ensancha alrededor de las Azores formando la meseta del Del-
fín. Un sabio alemán, el mayor K. Bulan, ha confeccionado un
mapa de esta región submarina de las Azores. Dibuja en él un
surco en el que culmina el lecho de todos los ríos procedentes
de los Pirineos y del norte de España. Esta erosión no es nor-
mal. Debería cesar en el momento en que los ríos se precipi-
tan en el océano. Si el surco que trazaron desciende hasta
500 m por debajo del nivel del mar, quiere decir, afirma el ma-
yor K. Bulan, que éste se encontraba en otros tiempos 500 m
más alto. De todas formas, se produjeron grandes convulsio-
nes en esos parajes. Y el mapa reconstituido da, para su autor,
la clave del asunto.
«La Atlántida reposa ahora en las profundidades del océano,
y tan sólo son aún visibles sus más altas cimas: las Azores. Sus
fuentes calientes y frías, descritas por los autores de otros
tiempos, manan como manaban hace miles de años. Los lagos
de montaña se hallan ahora sumergidos. Si seguimos al pie
de la letra las indicaciones de Platón y buscamos el emplaza-
miento de Poseidonis entre los picos recubiertos por el mar,
lo localizaremos al sur de la isla de Dollabarata».
Y, como conclusión: «Es realmente extraño que los sabios,
que buscaron en todas partes el emplazamiento de la Atlántida,
no presten atención alguna a ese lugar que, sin embargo, es
claramente designado por Platón.»
1. Comienzo de los trabajos sobre los fondos oceánicos en 1860,
con la misión sueca del «Lightning».
9 — 3321
130 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
Platón señaló con tanta exactitud el emplazamiento de la
Atlántida, que se necesita estar muy ciego para no encontrar-
lo. Resultado: una quincena de localizaciones, frutos de estu-
dios concienzudos, y unos veinte mil volúmenes, cada uno de
los cuales tiene por finalidad demostrar la claridad del pro-
blema. No hay que sonreír: si la Atlántida existió, se encon-
traba en alguna parte, y muchos suelen confundir la tierra
con la civilización. La tierra se situaba, probablemente, en un
punto del océano Atlántico, y fue única. En cuanto a las múl-
tiples zonas en donde se fijaron los supervivientes de un cata-
clismo repentino, o progresivo, forman una geografía atlanti-
diana muy extensa. En algunas playas de desembarco, la in-
fluencia de la civilización atlantidiana fue tan profunda que
resulta comprensible una confusión entre la tierra de origen
y la del exilio.1 Si la localización atlántica es la más atractiva
de todas (aun cuando, en la práctica, no sea más que una vi-
sión encima de una extensión líquida), es que sus defensores
llegaron al cabo de su argumentación. Resumirla en unas pági-
nas es empresa temeraria. Apenas es posible enumerar las dis-
ciplinas más importantes en las que se acantonan los atlantis-
tas para analizar tal o cual aspecto del problema.
Los datos del problema
Un ejemplo: el coronel A. Braghine publicó, en 1952, una
obra dedicada a la Atlántida. Para él, no se trata de una isla,
sino de un continente que unía Portugal a México y a Yucatán!
Fuera de relaciones más dignas de consideración, digamos que
este sabio comprobó, en Madeira, en las Canarias y en las Azo-
res, la presencia de animales comunes a Europa y a América.
Escribe: «Las lombrices de tierra del género Oligochetes de'
las Canarias son las mismas que las del sur de Europa; los
crustáceos de los archipiélagos atlánticos son idénticos a los
del Mediterráneo, y se encuentra la mariposa Setomorpha dis-
cipunctei no sólo en las Canarias, sino también en América y
en África.»
Dará 1? ÁtlH^-J? U n d o uH l P e rvbeónr e a , cuya población es un pretexto
otros fe n t ^ l n ' y a qUf X P°s en ella un resurgir atlantidiano, y
Szaciones ""* a n t e n o n d a d absoluta con respecto a todas ías
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 131
Corales del golfo de Guinea encontrados en las Bermudas,
crustáceos que sólo viven en el litoral del Senegal y en el Ca-
ribe, moluscos representados únicamente en las Azores y en
las Antillas, tal es la forma de recurrir estos atlantólogos a la
Zoología. Ya sea en esta disciplina o en otras, proceden con la
extrema minuciosidad de los verdaderos científicos. ¿Por qué
estos últimos afectan un desdén irónico frente a semejantes
obras concienzudas? Es que, en arqueología romántica, el es-
tudio mejor realizado es la parte más exhaustiva de una hipó-
tesis y viene a dar en la misma hipótesis. Es una réplica del
procedimiento de los interrogantes abordados al principio de
este libro.
No obstante, después de la lectura de un número considera-
ble de obras, parece ser que en el Atlántico existió realmente
una tierra que corresponde a leyendas, a afinidades y a conoci-
mientos, inexplicables de otro modo. Precisamente en esa zona
de las Azores, porque no parece plausible que estuviese situada
en otro lugar. ¡Y ni siquiera rastros de una prueba para poder
escribir esto con letras mayúsculas! Semejantes paradojas pue-
den llegar a conducir a uno a un estado depresivo. Para evitar-
lo, es mejor ser perentorio.
Perentorios fueron, y temprano, ciertos autores, persuadi-
dos de que sabían mucho acerca de la cuestión. En 1665, el
padre Kircher dibujó el mapa de la Atlántida, entre África
y América. Sólo confiaba, naturalmente, en las vagas coorde-
nadas platónicas. Encargóse de la extrapolación cultural, en
1881, Ignatius Donelly,1 y lo más curioso es que esta atribu-
ción a los atlantes de tantos valores superiores no ha podido
utilizar los materiales recogidos gracias a un nuevo entusias-
mo suscitado por este enigma. Ahora bien, si la hipótesis ha
adquirido en nuestros días una innegable solidez es gracias a
los trabajos de Lewis Spence, R. Devigne, A. Braghine, Alexan-
dre Bessmertny, Georges Poisson y, sobre todo, Paul Le Cour,
quien, en 1927, fundó la revista Atlantis. Esta publicación se
esfuerza no sólo en reunir los documentos relativos al «vestigio
más remoto de nuestra civilización occidental», sino también
en perpetuar una tradición de la que seríamos acreedores.
El escollo con que tropieza la hipótesis atlántica proviene
1. I. Donelly: Atlantis, the Antediluvian World (Nueva York, 1881).
132 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
de la Etnología. Es la cuestión de los guanches.
Cuando los españoles desembarcaron en las Canarias, des-
cubrieron allí una población extraña cuyo nombre mismo sig-
nificaba «hombre». Los guanches se mostraron muy sorpren-
didos al ver a hombres blancos, ya que se creían los únicos su-
pervivientes de un cataclismo legendario que habría destruido
al resto de la Humanidad. Antes de su extinción, los guanches
tuvieron muy poco tiempo para revelar al mundo occidental
(y cristiano) unas costumbres que hacían suponer un pasado
enigmático. Aunque se encontraban aún en la Edad de Piedra,
poseían, no obstante, una escritura, 1 conocimientos de Astro-
nomía y una mente abierta al arte y a la poesía. Estos bárba-
ros tenían en gran consideración a la mujer, y, a propósito de
esto, recordaremos las semejanzas entre esta legislación ori-
ginal y la de la época minoica en Creta.
Pero, lo que los guanches sabían todavía en la época del
desembarco español no podía ser más que un pálido reflejo
de una cultura perdida. De la momificación, del refinamiento
artístico aportado a la confección de objetos, de una escritura
más sabia, de su culto misterioso a la Virgen negra, los pobres
insulares no poseían más que una práctica rudimentaria. Sólo
el tiempo parecía responsable de esta degeneración. Al con-
templar el pico del Teide, nada impedía creer que quizás había
sido el punto culminante de la tierra atlantidiana, la montaña
sagrada en la que se convirtió el monte Atlas.
Si la llama que en otro tiempo había animado al pueblo an-
cestral de las Canarias no era ya sino un fulgor vacilante, había
muy bien podido ser transportada oportunamente, con sus
promesas intactas, por los emigrados de la última oportuni-
dad. «Este período que se extiende de 11500 a 6500 antes de
nuestra Era —escribe Georges Poisson—, corresponde, preci-
samente, a la fecha legendaria de la Atlántida. Es importante,
pues, ver lo que era ese grupo del Homo sapiens del que los
atlantes debían de formar parte.»
Fijándose en las diferencias profundas que separan los ti-
pos de Cro-Magnon y de Combe-Capelle, el mismo autor deduce
1. En el capítulo «La Atlántida soleada», hemos evocado el mis-
terio relacionado con los signos indescifrables comunes, en apariencia,
a Creta y a las Canarias.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 133
de ello un origen distinto. De estatura más alta, dotado de
una mayor capacidad craneal que su contemporáneo, el hom-
bre de Cro-Magnon da pruebas de una superioridad más inte-
resante aun en sus aptitudes manuales e intelectuales. En el
momento en que el trabajo de la piedra ocupa a los habitan-
tes de una gran parte de Francia, se ve aparecer, repentina-
mente, podríamos decir, si esta palabra no estuviera muy en
consonancia con el ritmo de la Prehistoria, a unos especialis-
tas del trabajo del hueso, marcado por una inmediata perfec-
ción. Pero este renacimiento del auriñaciense se ilumina con
un acontecimiento importante: bisonte, caballo, rebeco, reno
ya no son únicamente presas codiciadas, sino que se convier-
ten en obras de arte. De la silueta finamente cincelada en el
trozo de esquisto a las paredes de las grutas de La Mouthe o
de Font-de-Gaume, un genio nuevo se manifiesta, una mentali-
dad se dibuja, una religión y una magia se abren paso, una ci-
vilización se impone.
Por otra parte, si seguimos viendo en el hombre de Cro-
Magnon un inquilino obstinado de las grutas de la Vézére y
de las cavernas del África del Norte, es porque la roca perma-
nece, mientras que la madera y la tela desaparecen. Antes de
la apoteosis del magdaleniense, este europeo, cuyo origen con-
traría a los creyentes en la sabia evolución, construía chozas
y sabía montar una tienda... 1 Una tienda cónica, precisamente,
como la de los pieles rojas, cuyos antepasados habrían podido
utilizar el «puente atlantidiano» para pasar al continente ame-
ricano.
Lo que permanece controlable es que la extensión de la raza
Cro-Magnon se superpone de un modo satisfactorio con el
mapa de la expansión atlante según la leyenda. Yo no digo
que, partiendo de los remotos antepasados de los guanches,
todas las hipótesis atlantistas a las que hemos pasado revis-
ta,2 se vuelvan tan claras como un álbum de familia. Digo sim-
plemente que, mirando hacia ese lado, la curiosidad obtiene
respuestas razonables, sin recurrir a extrapolaciones excesiva-
mente aventuradas.
1. En 1968, en el castillo de Corbiac (Dordoña), se identificaron unos
agujeros de espárragos de tienda de campaña, y datan del perigor-
diense superior evolucionado (unos 20.000 años).
2. Sin olvidar a los vascos, que serían, después de la desaparición
de los guanches, los últimos representantes de la raza pura de Cro-
Magnon y, por afinidad ancestral, de la raza atlante.
134 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
La lección del océano
Más de una vez, a lo largo de esta obra, hemos tenido oca-
sión de deplorar la incoherencia de la ambición humana, que
consiste en enviar a la Luna exploradores valerosos, encerra-
dos en un costoso «supositorio», a pesar de que el subsuelo
de nuestro planeta sigue estando lleno de misterios. Pero lo
que sucede bajo nuestros pies debe de ser poca cosa en com-
paración con las sorpresas que nos depararía el fondo de los
mares. Allí es donde estaría el verdadero campo de acción de
los arqueólogos románticos, el día en que tuvieran los me-
dios para llegar a él. El mundo animal indica la dirección a
seguir...
Aristóteles se preguntaba dónde desovaban las anguilas.
La respuesta se hizo esperar veintidós siglos. Descendiendo
por los ríos de Europa, las hembras se reúnen con los machos,
que las esperan en la linde del mundo marino, y comienzan en
su compañía un viaje prenupcial de ciento cuarenta días. A la
velocidad diaria de treinta kilómetros, este recorrido las lleva
al mar de los Sargazos,1 donde, a 300 m de profundidad, se
efectuará la reproducción. Para las hembras, la inmensa saba-
na oceánica es un cementerio. Solamente las crías y los machos
emprenderán el viaje de retorno.
¿Qué van a buscar las anguilas a los alrededores de las
Bermudas? ¿La temperatura de 17* C indispensable para la fe-
cundación de la especie, o el recuerdo del gigantesco río ante-
diluviano que cavaba su lecho en un continente desaparecido?
Otro ejemplo de animales que no andarían cortos de memo-
ria: las aves a las que la migración conduce por encima del
océano entre el Viejo y el Nuevo Mundo... A la altura del pa-
ralelo de las Azores, pero a veces muy lejos de este archipiéla-
go, describen círculos por encima del agua, hasta que el can-
sancio las obliga a reanudar su ruta, contrariadas por no ha-
ber encontrado aquella vieja tierra cuya presencia les venía
garantizada por un instinto inmemorial.
Con toda franqueza, ¿es concebible que una tierra de una
extensión tan importante, isla de dimensiones de un continen-
1. Seis veces la superficie de Francia.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 135
te o puente que enlazase Europa con las Américas, se sumer-
giera sin que el equilibrio y la configuración de la Tierra se
vieran por ello trastornados?
¿Es concebible que unos hombres fuesen testigos de tal
cataclismo y que unos supervivientes lograsen llegar a las ori-
llas más próximas, al Este y al Oeste?
La tradición céltica, más digna de fe que todos los relatos
de los autores griegos juntos, no hace mención de una catás-
trofe repentina, sino de seísmos y de hundimientos que se su-
cedieron a lo largo de varios milenios. Es la única indicación
que resulta preciso retener, la única que autoriza las hipótesis
de superviviencia y expansión. Fuera de esta verdad, nada de
crómlechs, nada de frescos perigordianos, nada de pirámides
orientadas, nada de palacios cretenses.
Ahora bien, esta sucesión de trastornos puede leerse en el
fondo del mar. El relieve submarino del Atlántico no se formó
un buen día a causa de un agujero en el piso. El continente
atlantidiano se habría hundido comenzando por el Norte, de-
jando intacta la región de las Azores, aún constituida por una
gran isla, pero abriendo paso a la Corriente del Golfo después
de la última fase glacial, la del Würmiense.1 Ahora estamos ya
en el cuaternario, y si el recuerdo del antiguo puente atlántico
entre el cabo San Vicente y el cabo Cod es lejano, la tierra
azoreana que subsiste ha podido ser la cuna de la gran civili-
zación tradicional.
¿Por qué esa corteza terrestre, que provoca tantas desgra-
cias cuando se estremece, no nos ofrece maravillosas sorpresas
sacudiéndose un poco en unos parajes en los que nuestros se-
mejantes no corriesen ningún riesgo?
Edgar Cayce,2 vidente y profeta americano, predijo que un
período de trastornos considerables afectaría al mundo de
1958 a 1998. El año sísmico de 1960 comenzó por darle la ra-
zón, y otras tragedias que se produjeron en el curso del pasa-
do decenio pueden inducirnos a considerar el futuro con apren-
sión. Cayce no veía solamente la agitación telúrica bajo una
forma negativa. Anunciaba la reaparición de tierras sumergi-
1. O sea, entre 11500 y 6500 antes de nuestra Era, según G. Poisson.
2. Nacido el 18 de marzo de 1877, muerto en 1945. Véase J. Millard:
L'Homme du mystére: Edgar Cayce (París, col. «J'ai lu», n.° 232).
136 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
das, siendo éstas vestigios de la Atlántida que surgiría de las
aguas. Otros videntes confirman la próxima emersión de islas
en la región de las Azores y, por consiguiente, la posibilidad de
tocar con el dedo las ruinas de las ciudades atlantidianas.
El muro de Bimini
Es posible que Mu, tierra original, se adelante a la Atlán-
tida. En efecto, es en el Pacífico donde un nuevo continente
estaría en vías de formación, y las islas Bagoslov, en plena
crisis de crecimiento, constituirían su vanguardia.
Sin aguardar a que se cumpliesen las predicciones de Ed-
gar Cayce, los buzos del equipo Rebikoff efectuaron, en la pri-
mavera de 1970, un descubrimiento sensacional.
En la costa de la isla de Bimini, en el archipiélago de las
Bahamas, existía, a unos seis metros de profundidad, un muro
o, si preferimos no ir demasiado de prisa, un conjunto de
grandes bloques que ofrecían el aspecto de un muro o de un
muelle.
Dimitri Rebikoff, si bien ha realizado su sueño de explorar
los fondos submarinos y, para ello, ha inventado toda clase
de ingeniosas máquinas, 1 no es hombre que se entusiasme con
lo fantástico cuando no se ve sostenido por comprobaciones
concretas. No toma los fuegos de San Telmo por manifesta-
ciones del más allá y, si se le presenta un enigma, quiere re-
solverlo con los medios perfeccionados que su pasión por el
mar le ha permitido elaborar. Especialista de la recuperación
de los tesoros que los galeones españoles engulleron al zozo-
brar con tanta frecuencia en esos mismos parajes de las Ba-
hamas, tiene la costumbre de examinar de cerca las aparicio-
nes insólitas con que a veces se tropieza en el mar de las An-
tillas.
El descubrimiento del muro de Bimini se remonta a dos
años. A petición de un profesor americano que suponía la exis-
tencia de vestigios arqueológicos en la proximidad del litoral,
Rebikoff realizó una serie de fotografías submarinas. Así fue
1. Inventor del «Pegaso», especie de torpedo pilotado manualmen-
te que, provisto de una cámara perfeccionada, permite exploraciones
submarinas de larga duración. La «Remora», teledirigida a partir de la
superficie, es una versión mejorada de este aparato.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 137
como el conjunto de losas, al que algo precipitadamente se dio
el nombre de «muro», fue percibido, y alrededor de esta pri-
mera revelación inicióse el combate entre racionalistas y ro-
mánticos. Para estos últimos, la obra había sido construida
por el hombre. Para los otros, se trataba de una obra de la
Naturaleza. La honorable revista británica Nature publicó,
bajo la pluma de un geólogo, Mr. Harrison, un mentís a las hi-
pótesis fantásticas que circulaban en torno a ese muro: obra
de los constructores atlantes, el testimonio más occidental de
la prestigiosa tierra atlántica, etc.
Después de los análisis de laboratorio (conforme a la fór-
mula consagrada), los atlantes no habían intervenido para
nada en la formación de aquellos bloques de basta piedra cal-
cárea, reunidos entre sí cuando se encontraron en agua dulce,
como consecuencia del retroceso del mar durante el pleisto-
ceno. Habíase formado un cimiento, que subsistía aún a pe-
sar del retorno del océano, favorecido por el hundimiento de
las Bahamas. Para los geólogos, la duda no era lícita. El lento
proceso que ellos evocaban se aplicaba perfectamente, preciso
es subrayarlo, al fenómeno de las beach rocks comunes en esas
regiones: la formación de losas de gres soldadas entre sí por
un cimiento natural. Tal podía ser el origen del «muro».
Cansado, sin duda, de estas discusiones entre especialistas
poco deseosos de molestarse y tomar un baño para examinar
el monstruo de visu, Dimitri Rebikoff emprendió nuevas in-
vestigaciones en el mes de mayo de 1971.
Aquí es donde el enigma adquiere sus verdaderas propor-
ciones. Los sesenta metros de muro que tanta tinta habían
hecho correr se prolongaban, en realidad, a distancias consi-
derables. Ante todo, había otro conjunto de losas, paralelo al
primero. Luego, los dos se unían a un alineamiento perpendi-
cular, que se extendía sobre 600 m de longitud. Esta geome-
tría y estas dimensiones evocan una instalación portuaria. En
todo caso, se alejan de las fantasías de la Naturaleza que tanto
agradaban a los sabios de laboratorio. Finalmente, un perio-
dista científico conocido, Pierre de Latil, consideró convenien-
te ir a escarbar las piedras naturales y las otras, con objeto de
formarse una idea del asunto. La materia de las beach rocks
es quebradiza: un golpe con el talón basta para desprender un
138 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
trozo de ellas. En cambio, la de los muros sumergidos, si bien
presenta una constitución comparable, requiere el uso de mar-
tillos y punzones si uno quiere tomar una muestra de ella.
Más convincente que estos dictámenes mineralógicos, se ha
obtenido un detalle de importancia: el muro de Bimini no se
asienta sobre el fondo submarino. Reposa, cuando no han sido
sepultados bajo la arena, sobre otros bloques que actúan como
pilares. En algunos sitios, un buzo puede deslizarse allí hasta
medio cuerpo.
El origen de estos diques resulta verdaderamente intri-
gante. Probablemente artificiales, edificados en tiempos re-
motos, pero, ¿por quién, y hacia qué época? ' Por el momento,
las estimaciones sólo pueden tener en cuenta la subida del ni-
vel del mar. De menos veinte metros hace diez mil años, pasó
a menos cinco metros hace 4.000 ó 5.000 años. Cronología que
deja a un lado, evidentemente, todo lo que no se sabe. ¿Con-
viene, entonces, dar rienda suelta a la imaginación? Si la At-
lántida no hubiera sido más que una gran isla situada en la
zona de las Azores, el puerto de Bimini habría sido concebido
por colonos atlantes instalados en las Antillas. A menos que
estos vestigios se remonten a la época del «puente atlántico»,
que obstruía el océano en los tiempos geológicos. Entonces,
la cuestión es saber si la existencia del hombre (incluso de ci-
vilizaciones evolucionadas) permanece inadmisible en esos
tiempos en los que los geólogos ven hundimientos, erupciones,
altas marejadas y glaciaciones, y nunca mundos organizados,
ciudades y sociedades destinadas, por desgracia, a la desapa-
rición y a la leyenda.
Los técnicos del sueño
Quizá se haya sido demasiado generoso con la Atlántida.
En la hipótesis de que los ingenieros de Bimini hubieran sido
capaces de realizar una colosal fábrica de albañilería, nada
demuestra que utilizasen máquinas voladoras para juzgar la
obra realizada. No es porque consideremos el helicóptero y, más
1. No se menciona ninguna construcción similar de la época pre-
colombina en la América central.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 139
aún, el cohete intersideral como excelentes manifestaciones de
la ingeniosidad humana, por lo que debamos negar a civiliza-
ciones desaparecidas el derecho de haber inventado otra cosa.
La asociación del saber oculto y las ambiciones científicas
debió de ofrecer a los atlantes posibilidades envidiables. No
perdamos de vista los problemas materiales suscitados por las
pirámides y los conjuntos megalíticos. No habiendo constitui-
do nunca una respuesta satisfactoria el recurso a una mano de
obra desmesurada, ¿qué es lo que proponen los atlantólogos?
La energía nuclear, ¿por qué no? «Una raza capaz de pro-
ceder a la transmutación de la materia —escribía el profesor
Frederick Soddy—, casi no tenía necesidad de ganar el pan con
el sudor de su frente. Una raza así podría transformar un con-
tinente desierto, hacer derretir los hielos del polo y convertir
el mundo entero en un risueño jardín de Edén.»*
Andrew Tomas, que en su libro The Treasures of the Sphinx
procede a un erudito inventario de esas cosas extrañas que
provocan corrientes de aire en el conformismo científico, se-
ñala que, en 1885, se descubrió un cubo de acero en el interior
de un bloque de carbón procedente de una mina austríaca.
Las caras opuestas eran redondeadas y las dimensiones del
objeto iban de 67 mm a 47 mm. Una incisión regular discu-
rría a su alrededor. Su composición era afín a la de un acero
duro, y no podía calificarse de pirita natural a causa de una
proporción de azufre anormalmente baja. El bloque de carbón,
en el cual se hallaba inserta esta especie de cubo de origen
artificial en apariencia, databa del terciario, a saber, entre 70
y 1 millón de años.
¡Vamos! No nos extraviemos: este millón de años se refiere,
si así lo queremos, a la remotísima civilización de Mu en el
Pacífico, y no, en modo alguno, a nuestros casi contemporá-
neos de la Atlántida. A menos que... Pero esto sólo interesaría
a unos ángeles hiperbóreos venidos de otro planeta.
En cambio, cierto surco descubierto en la isla de Malta me-
rece el sello de la confianza: un corredor trazado a lo largo
1. F. Soddy: The Interpretation of Radium (Londres, 1909), citado
por A. Tomas en Les Secrets de l'Atlantide (París, «Robert Laffont»,
1969. Ed. española Los secretos de la Atlántida, Plaza & Janes, col.
«Otros Mundos», 1972).
140 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
de la costa, que desciende bajo el mar en algunos sitios, flan-
queado por ramas adyacentes comparables a sistemas de agu-
jas ferroviarias, da la idea de una línea de ferrocarril, tan es-
trecha que ningún tiro de caballos podría pasar por allí, y
solamente practicable por un aparato mecánico, pilotado o te-
ledirigido. Fecha propuesta: unos nueve mil años.
Esta vez el prodigio técnico puede cargarse en la cuenta
de los atlantes. La cronología es razonable,1 y la isla de Malta
ofrece un contexto arqueológico en armonía con este artificio
insólito. Digo bien: un artificio. ¡Nada de extrapolación, por
favor! ¿Qué nombre, qué explicación podría darse, dentro de
diez mil años, al lío de varillas metálicas de un inmueble de
hormigón armado cuya construcción hubiera sido abandonada
a la altura del primer piso? ¿Receptor de rayos cósmicos, fábri-
ca de tarjetas perforadas para uso de los gigantes de la Era
de Piscis, plataforma de aterrizaje para platillos con agujeros?
Tanto en Egipto como en Malta se efectuaron hallazgos
sorprendentes que también se refieren a la época atlantidiana.
El egiptólogo Mariette descubrió bajo la Esfinge de Gizeh un
laberinto que contenía notables objetos de arte. El complejo
laberinto subterráneo se extendía bajo una capa de tierra com-
pacta. Era más antiguo que la Esfinge misma, y debía de ser
contemporáneo del período antediluviano en que se erigió la
Gran Pirámide. Las joyas exhumadas eran «joyas de oro que,
por la ligereza de su peso, podrían inducir a creer en el empleo
de la galvanoplastia en escultura en altorrelieve, ciencia in-
dustrial que entre nosotros apenas data de dos a tres años».
Este comentario lo encontró Robert Charroux en el Grand Dic-
tionnaire universel du XIXe siécle, obra que no es considerada
como favorable al delirio arqueológico.
El empleo de máquinas voladoras por los atlantes suminis-
tra una explicación coherente al éxodo que un cataclismo debió
de convertir tanto en imperativo como en precipitado. Los
representantes de una minoría espiritual y científica ocuparon
sus puestos a bordo de unos aparatos que los salvaron 2 de la
1. Véase el cap. «La Tierra inmemorial».
2. Una ilustración de la Enciclopedia de los viajes interplanetarios,
publicada en la URSS, representa a los grandes sacerdotes atlantes hu-
yendo en avión... ¿Ingenuidad o profesión de fe de los sabios soviéticos?
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 141
muerte y les depositaron en las costas de Europa y de África.
Ya se conoce la sucesión de los acontecimientos y cómo aque-
llos hombres se convirtieron (o se habrían convertido) en los
famosos «propagandistas» de que habla Gerald S. Hawkins, el
astrónomo caído en Stonehenge.
Los capítulos anteriores nos han permitido comprobar que
no hace falta coleccionar los clavos oxidados para interrogarse
acerca de las habilidades de la civilización atlantidiana. Los
que plantean el problema son los monumentos más famosos,
que cada uno puede contemplar sin salir de Europa. Junto a
estos testimonios colosales, significativos y verificables, ¿qué
vale la cajita metálica de la que todo el mundo ha oído hablar,
una cajita (en bastante mal estado) de 5.000 años de edad,
encontrada cerca de Bagdad y que no sería sino una pila eléc-
trica? ¿Qué vale la interpretación de Rudolf Steiner, hombre
notable en muchos respectos, cuando supone que los atlantes
sabían captar la energía desarrollada en la germinación de las
plantas, y que este poder utilizado para máquinas voladoras
permitía a éstas planear, silenciosamente, «a escasa altura so-
bre el nivel del suelo, menos alto que las montañas de la época
atlante. Pero poseían asimismo aparatos particulares que les
permitían pasar por encima de las cadenas de montañas»?
¿Debemos esbozar una sonrisa ante esta ciencia-ficción un
tanto infantil?
—Permítame usted... ¿Y Veinte mil leguas de viaje sub-
marino, no le dice a usted nada? ¿Julio Verne, el capitán Nemo,
el inverosímil cigarro evolucionando en el fondo de los mares?
¿Acaso estas visiones futuristas no han tomado forma real?
Y los primeros hombres en la Luna, etc.
—Lo recordamos, en efecto. Pero es más fácil prever la
marcha científica del futuro que describir los utensilios de
jardinería de un pueblo desaparecido para siempre.
—¿Y la intuición?
—Yo desconfío de la intuición sujeta a las deformaciones
subconscientes. Imaginar para el pasado lo que es imaginable
en el futuro, creo que es falta de imaginación.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 143
Codex Troano
Con objeto de establecer que la influencia de la Atlántida
atlántica no se ejerció únicamente hacia el Este, es lógico recu-
rrir al tema del dios blanco precolombino que acredita la hi-
pótesis de un tronco atlántico al otro lado del océano. Historia
de las más confusas: el Quetzalcóatl de los mixtecas y el Ku-
kulcán de los toltecas designan un mismo personaje, contem-
poráneo de Carlomagno. Son los americanistas quienes lo su-
ponen, y no deberíamos tomarlos a broma, sistemáticamente,
porque nosotros nos hemos complacido en vagar por la noche
de los tiempos.
Es posible que la Serpiente Emplumada tenga un valor
simbólico atribuido a prestigiosos soberanos de un origen más
misterioso. Esta vía romántica ofrece nuevas posibilidades.
Las piedras grabadas del traspaís brasileñol hacen al menos
en tres mil años más viejo otro dios blanco, el de los aymarás.
Asimismo, la traducción del Codex Troano, uno de los ma-
nuscritos ideográficos encontrados en México, es tema de dis-
cusiones en las que nadie puede pretender estar enteramente
equivocado o tener toda la razón. En 1864, un francés, el aba-
te Brasseur de Bourbourg, tuvo la suerte de descubrir en un
baratillo de México el manuscrito del diccionario maya-espa-
ñol que De Landa había reconstituido a duras penas y con una
gran parte de incertidumbre.2
Brasseur de Bourbourg sacó del Codex Troano la extraor-
dinaria descripción, hecha de llamaradas, trombas de agua
y terremotos, del cataclismo que habría puesto fin a la Atlán-
tida. Sin embargo, en esa parte del mundo situada en la char-
nela de dos campos de hipótesis, ¿cómo afirmar que el Codex
Troano evoca la Atlántida, en vez de otro continente,3 el del
1. Encontradas por Pierre Honoré (L'Enigme du dieu Mane préco-
lombien, París, «Plon», 1962), a partir de la ciudad de Manoa, a mil
kilómetros de la costa brasileña.
2. Lleno de remordimiento por haber trabajado demasiado para la
causa de los bien pensantes, Diego de Landa, obispo de Yucatán, salvó
in extremis algunos manuscritos precolombinos.
3. En el curso de su traducción, Brasseur de Bourbourg observó dos
símbolos parecidos a una M y a una U...
144 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
océano Pacífico: Mu?
El dios blanco de los precolombinos, los manuscritos ma-
yas, las civilizaciones megalíticas, la verdadera identidad del
hombre de Cro-Magnon, siguen siendo temas llenos de porve-
nir para futuros especialistas aún en la edad de las barricadas.
En suma, la Atlántida merece vocaciones jóvenes. Quizá tales
vocaciones se dediquen más a descubrir la verdad sobre la isla
Atzlán, tan cara a los indios de América, o sobre la isla de las
Siete Ciudades, igualmente cara a la gente de enfrente, más
bien que a determinar la parte de herencia espiritual de que
nosotros seríamos acreedores a la tierra sumergida.
Esta preocupación metafísica es causa inevitable de que
se prolongue el viaje. La antigua civilización atlantidiana
no habría sido más que una de las ramas del viejo tronco co-
mún que es preciso ir a buscar a Polinesia.
Con sus 2 millones de km2, la Atlántida era como un mo-
desto protectorado al lado de los 55 millones de km2 de la ma-
dre patria. Ciertamente, la doctrina atlantidiana enseñó la in-
mortalidad del alma y un monoteísmo sobre el cual se basan
las religiones actuales. Pero estos principios fueron tomados,
quizá, de una doctrina y de una cultura aún más lejana en el
tiempo.
Para no perder pie en la oscuridad de los milenios, vamos a
tomar algunas precauciones cronológicas. En la «horquilla»
11500-6500 antes de nuestra Era, propuesta por un especialis-
ta tan eminente como Georges Poisson, encuentra su sitio la
fecha de 10500 indicada por L.-C. Vincent como la de un ca-
taclismo diluviano.1 También se inserta ahí cómodamente la
fecha que los informadores egipcios dieron a Platón.
El continente pacífico sería muy anterior a la Atlántida.
Como consecuencia de ello, da lugar a especulaciones aún más
aventuradas. Asimismo, invita a un fantástico inventario de
vestigios que, por su parte, no tienen nada de abstracto.
Por encima de la isla de Pascua, en el dédalo de Nam-Ma-
tal, sobre las ruinas de Tiahuanaco, planea el equívoco de las
suertes contrarias y de los destinos interrumpidos. ¿El astro
de las noches merece aún nuestra confianza? ¿No habría obe-
1. No aceptaremos como información segura la fecha del 5 de ju-
nio de 8496 a. de J. C, sugerida por un autor.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 145
decido, en otros tiempos, a ciertas fantasías destructoras de las
que nosotros quizás aún estaríamos pagando las consecuen-
cias? La esperanza de obtener respuestas es exigua. Solamen-
te, en el corazón de las ciudades muertas, detrás de las más-
caras de piedra, entregada a nuestras incertidumbres, a nues-
tras reticencias o a nuestros ensueños, tenemos la presencia
de lo Invisible.
10-3321
HIPÓTESIS MU
Inmensa llanura azul en el flanco de la Tierra, el océano
Pacífico ha fascinado siempre a los hombres. Los adolescen-
tes sitúan en él islas desiertas en las que construirán una so-
ciedad a imagen de su fantasía. Los grandes veleros difuntos
hacen presa en la melancolía del burócrata. Cada uno de noso-
tros practica el cabotaje imaginario que, de laguna en laguna,
resucita el ingenuo maravillarse de la infancia. La isla del Te-
soro se encuentra en esa dirección. Echando allí el ancla, cree-
mos encontrar el entusiasmo de la aventura inaccesible.
Por los caminos de la arqueología romántica, el Pacífico
nos ofrece una aventura de otra índole. De los sueños a las rea-
lidades, la cosecha de vestigios insólitos es tan abundante, que
en ella se hacen plausibles las especulaciones más osadas.
Aunque no fuese más que por la cuestión de su origen, la
fosa de este inmenso océano ha suscitado un gran número de
hipótesis, de las cuales las más fantásticas no son las menos
eruditas. En particular, toda una escuela de geólogos explica
el cinturón de fragilidad de la corteza terrestre en el borde
del Pacífico por un acontecimiento que, en su época, debió de
tener alguna consecuencia sobre el equilibrio de nuestro plane-
ta: el arrancamiento de lo que después vino a constituir la
masa de nuestra Luna familiar.
Según John O'Keefe, jefe adjunto de la división teórica de
Goddard Space Flight Center, que es una de las instalaciones
americanas de investigaciones y de aplicaciones espaciales, no
se debe atribuir a otra causa las perturbaciones geológicas que
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 147
conocemos en esas regiones y que no serían sino efectos de
tales «cicatrices».
Si esta teoría de la formación de la Luna dista mucho de
haber sido establecida categóricamente, precisa John O'Keefe,
las medidas del achatamiento de la Tierra no concuerdan, en
todo caso, con los cálculos teóricos de la proporción en la
que las fuerzas rotatorias habrían debido provocar este acha-
tamiento. En cambio, esta diferencia puede explicarse si se ad-
mite que la Luna forme parte primeramente de la Tierra, en
una época en la que la rotación de ésta se efectuaba en 3 horas
y no en 24 horas como ahora. En tanto que la masa terrestre,
entonces en forma líquida, iba enfriándose, los metales se des-
plazaron al interior, provocando inestabilidad y, finalmente,
el desprendimiento de cierta cantidad de materia, que se ha-
bría alejado progresivamente de nuestro planeta describiendo
una órbita cada vez mayor.1
John O'Keefe añade que la Luna se formó probablemente
al mismo tiempo que el manto de la corteza terrestre, ya que
tiene la misma densidad que ésta. Es evidente que el examen
de las muestras de suelo lunar, traídas por los astronautas,
iluminarán muchas sombras con respecto a esta hipótesis que
se basa en puntos sumamente científicos.
Antes de Gondwana
En el extremo opuesto, encontramos, acerca del pasado del
océano Pacífico, unas teorías igualmente apasionantes que re-
curren decididamente a ideas irracionales, por no decir ima-
ginarias.
Entre estos extremos, unas explicaciones geológicas, que
no recurren ni a nuestro satélite ni a los videntes, para recons-
tituir la historia de los primeros tiempos en esa parte del mun-
do.
Sean cuales fueren las teorías, casi todas ellas hablan de
una tierra firme que en otro tiempo habría ocupado el lugar
del océano. Y los nombres de Gondwana, de Lemuria y de Mu
se han vuelto lo suficientemente familiares a los oídos de los
curiosos, para que al principio se efectúe una distinción en-
1. Horbiger, de famoso recuerdo, sostenía la tesis contraria, la de
las caídas sucesivas de varias Lunas sobre la Tierra.
148 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
tre ellos, ya que, en esta clase de tesis, la confusión suele cons-
tituir la regla. Para los geólogos todavía existe otro nombre:
Pangea, salido directamente de los trabajos del geofísico We-
gener, trabajos conocidos bajo el tema de la deriva de los con-
tinentes. Según él, habría existido un solo continente que se
habría dislocado como consecuencia de convulsiones internas.
Sobre la masa algo móvil del «sima» del interior de la tierra,
diferentes porciones de materia sólida habrían realizado su
navegación antes de formar nuestros continentes actuales.
Sea de ello lo que fuere, el conjunto de estos puntos de
vista han constituido el objeto de comunicaciones aceptadas
por el conjunto del mundo erudito como dignos de interés.
Bajo la pluma de Daniel Behrman, el muy serio Correo de la
Unescol efectuó su recapitulación. En resumen, la configura-
ción del Globo, según esta tesis, se presentaba así:
Hace 120 millones de años, la Pangea original se habría es-
cindido bajo la presión de las cadenas montañosas submarinas
que se elevaban del fondo del Atlántico y del Pacífico. Enton-
ces se habría iniciado un fantástico ballet, que separó el Bra-
sil de la Guinea y acercó la India al Asia y después el África
a Europa. Los plegamientos del Líbano, del Cáucaso y del Hi-
malaya habrían resultado de estas gigantescas colisiones, per-
teneciendo la continuación, por decirlo así, a la historia con-
temporánea. Naturalmente, la operación habría ido acompa-
ñada de desplazamientos muy importantes del polo magnético
y, llegado el caso, de cambios de clima que explicarían, entre
otras cosas, la presencia de restos fosilizados de heléchos gi-
gantes y otras vegetaciones ecuatoriales a la altura de Spitz-
berg y del Gran Norte, lo mismo que en el Antartico.
A partir de este esquema, el profesor Robert Diez, del En-
vironmental Science Service de los Estados Unidos, ha estu-
diado de un modo más particular las semejanzas de partes de
continentes hoy tan dispares como África, América del Sur,
Australia y la India, para sacar la conclusión de que formaban
parte, en un momento dado, de un continente único, al que se
ha dado el nombre de Gondwana, sin duda según el término
de Godwara utilizado por ciertos textos sánscritos. Por supues-
1. Correo de la Unesco, julio 1970.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 149
to, no se trata sino de una creación puramente geológica, sin
referencia a cualquier forma de vida.
Los otros dos continentes, salidos de esta primera idea,
serían la Lemuria y Mu, que no deben confundirse, aun cuan-
do algunos autores los tomen el uno por el otro. Para ver claro
el asunto, digamos que Lemuria suele situarse en el océano
Índico y que Mu constituye, en particular a los ojos de los
teósofos, un continente distinto que englobaba la parte orien-
tal del Pacífico.1 Más adelante volveremos sobre este punto.
Por lo que respecta a Lemuria, esta denominación evoca
románticamente los fantasmas que, entre los romanos, salían
de las tumbas para ir a atormentar a los vivientes, y esta rela-
ción produce un pequeño escalofrío en la espalda. No hay nada
de eso. En realidad, los geólogos se han servido del término
«lemúrico», que designa una especie de animales intermedios
entre los simios y los insectívoros. Su presencia, tanto en Ma-
dagascar como en Malasia, ha intrigado siempre a los investi-
gadores, lo mismo que su ausencia total en África, que, sin
embargo, está más próxima a Madagascar que a Asia. A causa
de que estos pequeños prosimios, de movimientos lentos, se-
rían incapaces de atravesar el océano a nado, puede suponerse
con fundamento que estas tierras, actualmente dispersas, an-
tes formaban un solo territorio. En éste, las especies podían
reproducirse, cruzarse y propagarse sin obstáculo, mientras
que el canal de Mozambique permanecía, como hoy, infran-
queable para su expansión. Es este continente el que habría
sido la cuna de diversas razas, en particular de la raza negra,
de la que encontraríamos ejemplares tanto entre los tamu-
les de la India como entre los africanos propiamente dichos.
Madame Blavatsky o la arqueología cervical
Al abordar ahora el problema de Mu, entramos en un do-
minio propio del esoterismo que debe su fortuna a una inter-
pretación muy precisa de la secta teosófica, reanudada, en
gran parte, por el actual movimiento Rosa-Cruz americano.
Quien dice teosofía, evoca obligatoriamente a la extraña
Madame Blavatsky y a su discípulo, el «coronel» Churchward.
1. En el plano geológico, la existencia de tales continentes se re-
montaría a 250 millones de años.
150 MICHEL-CLAUDE TOUCHAED
El desinterés evidente del segundo no constituyó tal vez la
preocupación de la primera en el momento de sus «revelacio-
nes». Sin embargo, los temas explotados en nombre de Mu 1
han excitado demasiado la curiosidad contemporánea para que
merezcan una exposición cuando menos somera.
«Helena P. Blavatsky —refiere L. Sprague de Camp— vivió
el final de su vida en Nueva York. Hace de eso unos cien años.
Separada de un general ruso, fue sucesivamente la amante de
un cantante esloveno, de un negociante británico, de un barón
ruso y de un comerciante del Cáucaso establecido en Filadel-
fia. Durante su juventud llena de miseria, se ganaba el pan
montando a pelo un caballo de circo. Después dio clases de
piano, se convirtió en mujer de negocios, trabajó en un taller
y se hizo pasar por médium.»
Evidentemente, teniendo en cuenta el carácter eslavo, esta
existencia fuera de serie sólo podía conducir a hazañas asi-
mismo fuera de serie. Sucesivamente virgen perseguida, confi-
dente de lamas tibetanos, Helena Blavatsky se asocia a un
abogado americano para ir a la India y regresar envuelta en
sombrías acusaciones de fraude. Murió en 1891. Pero lo que
podría no ser sino la novela de una aventurera enferma de exo-
tismo se ha convertido en la Biblia de un número bastante con-
siderable de aficionados al ocultismo, en forma de una «doctri-
na secreta» que nos revela precisamente lo que era el conti-
nente de Mu. Por este motivo reauiere nuestras investiga-
ciones.
De lo que precede, podemos seguir de buen grado a Spra-
gue de Camp cuando afirma que este texto no es sino una
compilación de documentos anteriores. Un antiguo estudian-
te californiano, William Emmette Coleman, ha venido disecan-
do La doctrina secreta desde su aparición. Demuestra que se
ha inspirado, sobre todo, en una traducción, por H. H. Wilson,
del viejo texto indio Vishnú Purana; en la Vida del mundo, de
Alexandre Winchell, o la Geología comparada; en La Atlántida,
de Donnely... Otras obras científicas, seudocientíficas o tra-
tados de ocultismo fueron saqueados de un modo desvergon-
zado. Así, la mayor parte de las Estancias de Dzyan, como lo
1. Ya veremos cómo las realidades arqueológicas dan consistencia al
problema y nos alejan de las abstracciones seudofilosóficas.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 151
demuestra en seguida la comparación de las dos obras, es
una compilación del Himno a la Creación, en sánscrito anti-
guo, del Rig-Veda.
Todo esto resultaría poco alentador si, a través de los vi-
cios de forma igualmente discutible, no se hubiera desatado en
torno a esta obra un entusiasmo cada vez más ardiente, ge-
nerador de una verdadera mitología en torno a la historia de
de Mu, entusiasmo cuyos adeptos se revelaron tan diferentes
como Edgar Rice Burroughs' (el creador de Tarzán) o Louis-
Claude Vincent, investigador francés cuyos descubrimientos
en Biología y en electromagnetismo son innumerables. Dicho
de otro modo, prescindiendo de la personalidad discutible
y de los procedimientos de documentación de Madame Blavats-
ky, es probable que ésta supo enlazar unos temas que afectan
en lo más profundo a los arquetipos de la imaginación hu-
mana y, por esta razón, la teoría teosófica merece algo más
que una ojeada divertida y tienen su origen en un fenómeno
inherente a los misterios arqueológicos que deseamos explorar.
«La doctrina secreta»
¿Qué es, pues, La doctrina secreta, publicada en 1888? Es
un historial completo de las civilizaciones, prehumanas y des-
pués humanas, que habrían precedido a las que la historia y
la arqueología científicas de nuestro tiempo nos revelan.
La Tierra habría estado habitada primero por razas hiper-
bóreas, asexuadas y vaporosas; después, por criaturas bisexua-
das originarias de Lemuria, a continuación, por atlantes mo-
nosexuados y, finalmente, por humanos tales como usted y
como yo. Esto compondría las cinco primeras razas que habi-
taron la Tierra, debiendo nacer las otras dos futuras 2 en Amé-
rica del Sur y del Norte.
Como quiera que no hay medio alguno de controlar estos
hechos, podemos relacionarlos con las antiguas leyendas que
llenan el esoterismo a escala planetaria. En todo caso, tienen
un punto común con ellas: la doctrina de una caída progresi-
1. En sus comienzos, numerosos escritores de comics tomaron sus
temas de los teósofos.
2. Importancia del número siete de esta cronología ocultista.
152 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
va de la Humanidad en cada ciclo. Cuando leemos: «Cierto nú-
mero de ellos adquirieron conocimientos divinos (incluso cono-
cimientos desleales) y siguieron la senda de la izquierda (ma-
gia negra)», podríamos suponer que se trata de la descrip-
ción de nuestra civilización hipertécnica... Pues, no: se trata
de las razones que ocasionaron la destrucción de los atlantes.
El mismo orgullo podría valemos muy bien una desgracia pa-
recida, mas, para eso, no tenemos necesidad de las revelaciones
de Madame Blavatsky.
Volvamos a Mu. A partir del tema central, expuesto en los
seis gruesos volúmenes de La doctrina secreta? teósofos y eso-
teristas han bordado variantes más o menos complicadas. A ve-
ces resulta muy difícil encontrar en todo ello un hilo conduc-
tor. Los unos desarrollan la importancia que tendrían ciertos
centros espirituales secretos para dirigir la marcha del mundo
(lo cual, en realidad, sería mejor que la publicidad); los otros
se afanan en demostrar la presencia de la teosofía en ciertos
hechos incomprensibles (fenómenos del monte Shasta, en Cali-
fornia, descubrimientos [?] en el Antartico, en la Luna, etc.).
Finalmente, hay aquellos cuya misión parece haber sido la de
revelar la existencia pasada de Mu y cuyo mascarón de proa si-
gue siendo James Churchward, antiguo militar del Ejército
de la India, el cual consagró su vida entera a este problema.
Los renegados de Lemuria
Un pelotón de soldados británicos patrullaba en el Nepal,
en los confines del Tibet. Un sargento irlandés tenía el mando
del mismo. Al atravesar una aldea, el sargento se detuvo de
pronto, prestó oído atento, y después, separándose de sus hom-
bres, se precipitó hacia un grupo de indígenas, exclamando:
—¡Caramba; esos individuos hablan la misma lengua
que yo!
Este género de anécdotas, aumentadas por múltiples re-
ferencias, ha alimentado la famosa tesis del coronel Church-
1. «Una novela histórico-cósmica», ha escrito D. Saurat
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 153
ward sobre la existencia del antiguo continente de Mu.1 Varias
veces, este libro tendrá la ocasión de evocar a este antiguo
oficial cuyas obras causaron sensación entre las dos guerras.
Hacia la misma época, otro coronel vino a interesarse por el
mismo asunto, el no menos famoso coronel Fawcett, empeña-
do también en descubrir cierta forma de arqueología insólita
y que debía pagar este empeño, si no con su vida, al menos
con una desaparición que ha continuado siendo misteriosa.
Sin embargo, el segundo no tenía ningún vínculo particu-
lar en el plano espiritual, mientras que James Churchward ha
dejado el recuerdo de un enamorado quizás algo excesivo de
las tesis teosóficas, ya muy «sublimadas» por la sorprendente
Madame Blavatsky.
Por esta razón, es conveniente recordar que si, como mo-
vimiento, la teosofía suscitó un enorme interés, conoció tam-
bién a los detractores más encarnizados de sus métodos, el
menor de los cuales no es Rene Guénon, bien conocido de los
ocultistas. En páginas memorables, la ha descrito como un
enorme montaje destinado a hacer creer a los ingenuos adep-
tos que se hallaban realmente en presencia de una transmi-
sión tradicional. Procedencia garantizada: santuarios hindúes
y lugares de retiro de los lamas del Himalaya. Luego sigue una
gran cantidad de teorías abstractas sobre los mundos y su
formación, pero algunas de las cuales nos interesan directa-
mente, porque en ellas se encuentran los hechos reales, o plau-
sibles, referentes a la existencia de Lemuria y, por consiguien-
te, del famoso continente del coronel Churchward.
En la teosofía de Madame Blavatsky, la idea de reencarna-
ción está groseramente ligada al concepto metafísico hindú del
karma, con objeto de demostrar los inverosímiles viajes de las
almas a través de los planetas y los espacios celestes, y Guénon
no tiene inconveniente en demostrar su carácter nocivo: los se-
res débiles y sensibles de nuestro Occidente andan siempre en
busca de los caminos fáciles de lo sensacional y de la evasión...
En cuanto a la gran expectación de un maestro espiritual,
especie de «mesías» que reunirá en sí todas las tradiciones y
confirmará, por supuesto, la clarividencia de las afirmaciones
1. Y de su colonia Uigur, que se habría extendido desde la China
hasta Europa.
154 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
teosóficas, ya sabemos lo que ocurrió con el fracaso cruel que
le deparó quien, para una espiritualidad de otro modo exigen-
te, ha llegado a ser Krishnamurti. 1
Otro renegado célebre de la Sociedad teosófica es Rudolf
Steiner. Hace casi medio siglo que, en un modesto taller de
escultor, escondido en las serenas montañas de Basilea, moría
el fundador de la Antroposofía. El hombre y la obra, conoci-
dos en el resto del mundo, 2 se ignoran en Francia. Es, no obs-
tante, el hombre de quien Albert Schweitzer dijo: «Me alegro
de todo lo que su gran personalidad y su profunda humanidad
han realizado en el mundo. Todo hombre debería seguir su
camino.»
Pero la Antroposofía es uno de los sincretismos más des-
concertantes del pensamiento humano, en los antípodas de
nuestro caro cartesianismo: entre el ocultismo más radical-
mente visionario y la lógica científica más rigurosa.
Es así como Steiner pudo describir la actividad de las je-
rarquías terrestres, la encarnación del Gran Ser Solar en el
Cristo, el mecanismo de la encarnación y, al propio tiempo,
la pedagogía a aplicar a los niños retrasados, 3 la composición
de los cometas, la química de los abonos o el remedio contra
el cáncer.
Pero también abordó un tema que afecta directamente a la
cuestión que nos ocupa, el de la historia de la Humanidad, de
la que una serie de visiones interiores le permitió trazar un
vasto cuadro. Para él, después del Paraíso, el período hiperbó-
reo y el período lemúrico iniciales, existió una gran civiliza-
ción en Mu, cuyo trágico fin debía de parecerse al Diluvio de
todas las tradiciones.
Después abordó el período de la Atlántida, decisivo para él.
Fue en la Atlántida, según él, donde se estableció definitiva-
mente la alternancia de vigilia y sueño.
La lucha entre las entidades espirituales y los espíritus
luciferinos constituye la verdadera historia de la Atlántida,
afirma Rudolf Steiner en unas imágenes que no dejan de re-
1. Nacido en 1895, cerca de Madras, Krishnamurti se separó de la
Sociedad teosófica el 3 de agosto de 1929.
2. Hay, por ejemplo, una cátedra de antroposofía en la Universidad
de Estocolmo.
3. Se han aprovechado de ella, sobre todo, ciertos métodos educa-
tivos y la cultura biodinámica.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 155
cordar el mundo fáustico.1 Unos iniciados fundaron cultos se-
cretos, dice, el principal de los cuales era el del Gran Ser So-
lar que debía encarnarse más tarde en Jesús bajo el nombre
de Cristo. Un mal uso del ocultismo provocó cataclismos que
engulleron la Atlántida. Algunos de sus habitantes pudieron
emigrar, y en especial, el jefe de los Iniciados crísticos y sus
discípulos, que llegaron hasta la India.
Después, la tradición pasó por el antiguo Irán y Zoroastro,
Caldea y Egipto con Hermes, la civilización greco-latina y los
misterios de Eleusis.
Es curioso comprobar, con Louis Pauwels y Jacques Ber-
gier, que, con tales conceptos metafísicos, entramos de lleno
en la política contemporánea. Pues, en la medida en que los
movimientos que debían dar origen al nazismo (Rosa-Cruz mo-
derna, Golden Dawn, Sociedad de Vril, grupo Thule) parecen
haber guardado desde el comienzo una estrecha relación con
la Sociedad teosófica, poderosa y bien organizada, en esta mis-
ma medida podemos darnos cuenta de que, por su parte, Ru-
dolf Steiner apareció en seguida como el enemigo número uno
de los primeros grupos nazis. Los esbirros de los camisas par-
das dispersaron por la violencia a sus discípulos, los obliga-
ron a huir a base de amenazas y, en 1924, pegaron fuego al
centro edificado por Steiner en Dornach, Suiza. Los archivos
fueron pasto de las llamas. No pudiendo Steiner proseguir su
obra, murió de tristeza un año más tarde.
Todavía más tablillas
Afortunadamente para él, las revelaciones del coronel
Churchward jamás lo colocaron en situaciones tan peligrosas.
Se conocen las circunstancias en las cuales descubrió los
secretos de Mu. Otra historia de tablillas... Desde lo de Glozel,
sabemos que la tablilla grabada constituye un accesorio indis-
pensable a la arqueología romántica.
Estando de guarnición cerca de un templo, del cual, por
1. Goethe es uno de los maestros espirituales de Steiner, y la sede
de la antroposofía, en Dornach, cerca de Basilea, contiene un «Goe-
theanum».
156 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
otra parte, no dice nada,1 trabó amistad con el guardián, mien-
tras se hallaba interesado en descifrar un bajorrelieve cubier-
to de escritura. Debido a esto se enteró en seguida de que una
serie de tablillas de arcilla, guardadas éh los archivos secretos
del templo, contenían muchos otros pasajes de escrituras re-
dactadas, según le dijeron, por los Naacals (Hermanos santos)
de una tierra desaparecida llamada Mu. Las tablillas se halla-
ban contenidas dentro de múltiples envolturas y jamás debían
ser leídas.
Con el pretexto de comprobar la buena conservación de las
envolturas, Churchward sacó dos tablillas y se dio cuenta de
que podía descifrarlas, ya que los caracteres eran los mismos
que los del bajorrelieve examinados por él anteriormente.
La historia terminó (en connivencia con el guardián, natu-
ralmente) con un descifre de todo el tesoro, que, en lo sucesi-
vo, había de orientar la vida de James Churchward2 hacia una
búsqueda de aquel nuevo Grial que fue para él la civilización
de Mu así descubierta.
Todo cuanto puede deducirse de ello, a falta de las tabli-
llas, que ninguna otra persona pudo ver, es el completo desin-
terés del hombre que consagró realmente todos sus recursos
y todas sus fuerzas a esta odisea. Pero, al igual que todos los
seres obsesionados por una gran idea fija, Churchward «aña-
dió» algunas cosas, lo cual más tarde le granjeó críticas justi-
ficadas, aptas para desprestigiar su obra tanto en lo verdadero
como en lo menos verdadero.
Lo verdadero es su inmenso periplo a partir de 1880, que lo
llevó de la India a las islas Carolinas y a todos los archipiéla-
gos del Pacífico sur, después al Tibet y al Asia central, a Bir-
mania, Egipto, Siberia, Australia y Nueva Zelanda, a Poline-
sia, a los Estados Unidos, a Yucatán y a la América Central.
Fue allí donde conoció al geólogo americano William Niven,
que había descubierto más de 2.600 tablillas en sus excavacio-
nes mexicanas y, de sus primeros descifres, había deducido
las mismas teorías que Churchward.
He aquí cómo el propio Niven, en sus Memorias, refiere
su descubrimiento:
1. Discreción que creemos se convirtió en el arma predilecta de
sus detractores.
2. El coronel había hecho carrera en los servicios de información
del Intelligence Service.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 157
«En 1910, al regresar de México, tras haber explorado las
ruinas de unas ciudades en una región desierta y desconocida
del Estado de Guerrero, recibí numerosas visitas de indios que
querían venderme figurillas de tierra cocida y otros objetos.
Pretendían haberlas encontrado cerca de las Pirámides del Sol
y de la Luna, en San Juan Teotihuacán, es decir, a unos 40
kilómetros de la capital. Al enterarme de que habían efectua-
do el trayecto de ida y vuelta de su tierra en algo más de una
hora, ofrecí darles cinco pesos si consentían en revelarme la
localidad en la que habían encontrado los "idolitos" que pro-
ponían venderme. Aceptaron llenos de alegría. Sin embargo,
no fue hasta 1921, en el curso de mis excavaciones en Santiago
Ahuizoctla, villorrio cercano a Amantla, cuando descubrí la
primera de las tablillas de piedra, actualmente famosas, a una
profundidad de cuatro metros. Este descubrimiento era a la
vez tan asombroso y singular, que fui presa del vehemente
deseo de encontrar otras tablillas, si es que las había. Efectué,
pues, una exploración sistemática de todas las canteras aban-
donadas, en un radio de 35 km,1 y mi labor se vio recompen-
sada, ya que, en menos de tres años, había desenterrado 975
de estas misteriosas tablillas. Las más importantes fueron ex-
humadas en Ahuizoctla y bajo un altar que ostentaba un dibujo
en trazos rojos y amarillos. Las pinturas empleadas estaban
hechas con óxido de hierro.»
Muchas de estas tablillas están trabajadas de un modo su-
mamente basto. Los dibujos son propios de principiantes.
Otras, en cambio, son perfectas, ciertamente obra de expertos.
No tienen una forma particular, como si hubieran cogido sim-
ples piedras gastadas por el tiempo, y los dibujos siguen los
contornos de la piedra. No obstante, los dibujos, incluso los
más bastos, indican una inteligencia profundamente cultivada.
Cada una de las tablillas, cuando Niven las descubrió, es-
taba recubierta por una capa de arcilla, sin duda para preser-
var los colores de los caracteres. Su emplazamiento cerca de
los altares, ¿no indica que se trata de reliquias de carácter sa-
grado, y mucho más antiguas que los pueblos que las poseían?
«Al examinar las tablillas —refiere Churchward—, encon-
tró signos que me eran familiares, y me di cuenta de que las
claves de las tablillas Naacals se aplicaban también a éstas.
1. «En un perímetro de 6.000 km2 —añade Niven—, existen miles
de fosos de arcilla.»
158 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
Estos escritos representan la primera lengua hablada del pa-
sado prehistórico de América.
»...Después de haberlas descifrado, comprendí que me ha-
llaba en presencia de extractos de los Escritos Inspirados y
Sagrados de Mu. Casi siempre se utilizaban caracteres esotéri-
cos que aumentaban el misterio.»
De Hawai a la Isla de Pascua
Quiérase o no, estas tablillas existen, y todavía hoy pue-
den consultarse. En 1924, fueron sometidas al examen del doc-
tor Morlay, del Instituto Carnegie, quien sólo pudo emitir un
veredicto: estaban cubiertas de una escritura que no tenía
nada en común con lo que existía en arqueología precolom-
bina. Para Churchward, se trataba de la misma lengua utiliza-
da en sus tablillas hindúes y que contaba las mismas peripe-
cias.
«Continuando mis investigaciones —escribe—, descubrí que
este continente perdido se había extendido desde un punto al
norte de Hawai hasta un punto al sur, tan lejano como las
islas Fiji y la isla de Pascua,1 y constituía, sin duda alguna, el
lugar original de habitación de la Humanidad. Me enteré de
que en esa hermosa región había vivido un pueblo que había
colonizado la Tierra por entero, y que el país había sido borra-
do del mapa del mundo por espantosos terremotos, seguidos
de una sumersión, hace doce mil años, y había desaparecido
en un torbellino de fuego y agua.»
El pueblo de Mu, que habría, pues, colonizado el mundo
entero, se llamaba Uigur. Su capital asiática habría estado
situada en el desierto de Gobi, más exactamente en Jara Jota,
yacimiento arqueológico en el que, por otra parte, un profe-
sor ruso ha descubierto, a gran profundidad, una tumba que
contenía, evidentemente, los despojos de dignatarios de rango
muy elevado. Sería allí, si debemos creer en la tradición teo-
sófica, donde se encontraría uno de los centros dependientes
de Agartha, ese mundo subterráneo y misterioso que prolon-
1. Superficie aproximada de Mu: 55 millones de km2, cien veces
la superficie de Francia.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 159
garía sus ramificaciones bajo todas las tierras y los océanos
y que serviría de refugio al famoso «Rey del Mundo» citado
por los ocultistas.
Churchward escribió dos gruesos volúmenes a partir de
estos datos,1 y lo menos asombroso no es la seguridad con que
llega incluso a trazar el detalle de costumbres, de técnicas, de
vías de comunicación propias del pueblo de Mu, con la misma
flema que le habría inducido a escribir una guía turística de
Londres o de Nueva York. La diferencia es que esas ciudades y
esos reinos, situados entre el año 1500 y el año 1200 antes de
nuestra Era, ya no tienen más existencia que en la memoria
del «coronel». Esto no quiere decir que todo sea sólo fruto de
su imaginación. Las tablillas de Niven existen, y cada día ve
surgir coincidencias más copiosas entre los vestigios de civili-
zaciones que hace tan sólo unos cuantos años a nadie se le ha-
bría ocurrido comparar unos con otros. La multiplicación de
las facilidades de comunicación ha contribuido mucho a ello.
Un día quizá veremos a unos sesudos arqueólogos, abrumados
por tantas coincidencias, obligados a reanudar el estudio de
las tablillas de Niven y compararlas (¡qué vergüenza!) con las
tablillas grabadas en Glozel, como sabe todo el mundo, por
un campesino ignorante del siglo xx.
Si Mu no existiese, habría que inventarlo. Ésta es la con-
secuencia que podríamos sacar de este bosquejo. Casi en todas
partes, a través del mundo de los descubrimientos insólitos, en-
contramos su huella. Ya sea para aportar una explicación a
todos estos monumentos que se yerguen en las menores islas
del Pacífico, para reunir, en una vasta unidad uigur, etnias
tan enigmáticas como los irlandeses, los vascos, los armenios
o los tibetanos, o cuando el experto más cualificado se siente
perplejo al encontrarse frente a las playas marinas, a los puer-
tos y a los canales que abundan en las montañas que rodean
el lago Titicaca (4.000 m de altitud).
El único elemento fantástico que no puede admitirse sería
el que quisiera hacernos creer que la existencia de los hombres
1. Dieciocho reediciones entre 1931 y 1955.
"
160 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
sólo ha sido un largo aburrimiento absurdo en un planeta siem-
pre inmutable. En realidad, las leyendas tienen algo mucho
más razonable. Sólo que para descubrir en ellas un núcleo
de verdad es preciso cavar aún más laboriosamente que para
encontrar los tesoros de Eldorado... Pero, decía Einstein, «el
que no posee el don de maravillarse ni de entusiasmarse, más
le valdría que estuviese muerto, porque sus ojos están cerra-
dos».
EL OMBLIGO DEL MUNDO
Si los jóvenes arqueólogos quieren realizar una obra rápida
y de provecho, nos dice Louis-Claude Vincent, es a Oceanía a
donde deben dirigirse. Y de prisa, añadiremos sin pesimismo
excesivo, pero sin forjarnos ilusiones acerca de la perennidad
de los vestigios que contribuyen a reforzar la hipótesis de un
gran continente pacífico.
Tales vestigios, y cada isla polinésica cuenta con algunos
de ellos más o menos significativos, han desafiado los milenios.
Pero la aceleración del progreso corre parejas con una acelera-
ción destructora. Por una parte, una atención cada vez más in-
teligente para con los testimonios de nuestros orígenes permi-
te esperar una preocupación por la conservación digna de per-
sonas civilizadas. Por otra parte, el afán de lucro o la torpeza
engendran daños irreparables. Un aeródromo indispensable a
las buenas relaciones entre las potencias económicas del mo-
mento, una base aeroespacial o un centro de pruebas atómi-
cas, y las piedras de la tradición van hundiéndose en la playa.
Si esto llega a ocurrir un día, y puede que ocurra, el concier-
to de las lamentaciones será soberbiamente orquestado. Ello
no impide que el mal llegue a hacerse y que los arqueólogos
sólo dispongan de imágenes para juzgar aquello que habrían
podido tocar con el dedo.
Ahora bien, si las fabulosas hipótesis sobre la existencia de
una civilización madre favorecen exaltadas fantasías, las prue-
bas materiales aptas para conferirles un derecho de ciudada-
nía en la historia de la Humanidad serían aún más convincen-
tes. Estas pruebas existen. Las separan distancias de 1.000 a
15.000 km. Estos pasos de gigante sólo son capaces de darlos
11 — 3321
162 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
los etnólogos y arqueólogos jóvenes, a condición de que se libe-
ren de los dogmas universitarios y de la fascinación del Viejo
Mundo, que, sin duda, es más joven de lo que se supone.
El coronel ha hecho su servicio
Durante dos siglos, los arqueólogos europeos han tenido
fácil el triunfo, con los innumerables descubrimientos que,
desde el Mediterráneo hasta los confines germánicos, han reve-
lado al mundo moderno la riqueza de su pasado. ¿Qué pensar
de este racismo a base de osamentas y de ruinas más o menos
antiguas? Nosotros tenemos tanto menos derecho a congratu-
larnos por ello, cuanto que, si bien somos descendientes, lo
somos también a título de bastardos que ya nada tenemos que
ver con los que fueron los primeros en fecundar nuestro suelo.
En la actualidad, las hazañas de nuestros antepasados ocu-
pan un lugar muy modesto con respecto a lo que los otros
continentes nos enseñan en cuanto a Prehistoria. Entre las
mandíbulas del profesor Leakey, con algunos millones de años
de antigüedad,1 y las ciudades sepultadas en el lago Titicaca y
descubiertas por un grupo de investigadores bolivianos, el
hombre de Cro-Magnon acaba asumiendo un aspecto de reza-
gado, por no decir de retrasado:
«Muy entusiasmados con el descubrimiento de algunas vie-
jas osamentas humanas —escribía James Churchward—, tales
como las de Neandertal, de Piltdown 2 y de Heilderberg, los
sabios de Europa han ignorado completamente los restos de
los primeros hombres en otros lugares. Es evidente que los res-
tos europeos son los de idiotas y degenerados, a juzgar por la
forma de su cráneo. Sin ninguna clase de duda, eran individuos
rechazados de las comunidades civilizadas. Valmiki, algunas
obras druídicas, el Popol Vuh y otros documentos antiguos nos
dicen que tal clase de individuos eran conducidos a las selvas
para que allí viviesen y muriesen como bestias.»
En suma, si esos degenerados decoraron Lascaux y Altami-
ra, debía de ser, sin duda, para curarse de su locura en lo que
en aquella época a lo mejor eran institutos psiquiátricos.
1. En el valle del Orno, en África Oriental.
2. El cráneo de Piltdown fue reconocido luego como una falsifica-
ción.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 163
«Los americanos del Norte —prosigue Churchward—, eran
altamente civilizados, conocían las artes y las ciencias decenas
de millares de años antes de que existiesen en Europa tribus
degeneradas. Se ha atribuido una gloria científica a Egipto,
para variar, afirmando que era la madre de las civilizaciones,
siendo así que existen numerosísimos documentos antiguos que
nos revelan que el suelo de Egipto fue hollado por vez primera
por colonos procedentes de América.» 1
Decididamente, después de haber seguido con atención al
coronel cuando éste señalaba con voz firme hacia el continente
Mu, se ha aconsejado no hacerle rabona en el momento en que
se adentra en el terreno arqueológico. Lo que es preciso recor-
dar son las coincidencias arqueológicas que, por su parte, no
son gratuitas y llevan agua al molino de aquellos que adopta-
ron la tesis de Mu con método y sin partidismos, aunque esto
sea mucho pedir.
Los americanos procedentes del Oeste
El territorio de los Estados Unidos encierra unos tesoros
que, ciertamente, no previeron ni Sutter ni Rockefeller. Toda-
vía podíamos sonreír cuando unos sabios yanquis lanzaban una
exclamación de sorpresa al descubrir junto a la entrada de una
gruta un par de zapatillas que se remontaban a ciento veinte
siglos,2 pero debemos admitir que la prehistoria americana
cuenta hoy con muchos títulos para imponerse.
Robert Charroux refiere, en Historia desconocida de los
hombres, los relatos de un hombre extraordinario, el coronel
W. Walker, quien, explorando en 1850 la región de América
situada entre el Gila y San Juan, conocida hoy bajo el nombre
del famoso Valle de la Muerte, descubrió allí los emplazamien-
tos de varias ciudades en ruinas.
«En ese lugar se ve —escribe el coronel— un imponente
edificio central, alrededor del cual se extienden los restos de
una ciudad que medía aproximadamente un kilómetro y medio
de longitud. Se encuentran vestigios de erupción volcánica con
bloques carbonizados o vitrificados que dan fe del paso de un
1. Mitchell Hedger, egiptólogo americano, piensa que la piedra uti-
lizada en la construcción de la Gran Pirámide proviene de América del
Sur.
2. Por datación con el carbono 14.
164 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
terrible azote. En el centro de esta ciudad, verdadera Pompeya
americana, se eleva una roca de 6 a 9 m de altura, que
todavía conserva los restos de construcciones ciclópeas. El ex-
tremo sur de este edificio parece salir de un horno; la roca que
lo sostenía ostenta a su vez huellas de fusión. Es curioso que
los indios no hayan conservado ninguna tradición relativa a
las sociedades en otro tiempo establecidas en esa región. Al con-
siderar estos lúgubres restos, se sienten presa de un temor reli-
gioso, pero no saben nada acerca de su historia.»
Robert Charroux no tiene inconveniente en concluir que, por
lo que respecta a un seísmo, lo que se sabe de las recientes
erupciones volcánicas' descarta la hipótesis de fusión de rocas
y vitrificación de arenas en un perímetro reducido; en cambio,
los efectos de las explosiones nucleares, evidentemente desco-
nocidas para el coronel Walker, autorizan hipótesis mucho más
plausibles.
Aparte estas ciudades vitrificadas, los Estados Unidos ofre-
cen otros lugares de una arqueología igualmente poco confor-
mista.
En Oregón, se han descubierto vestigios de una antiquísima
civilización, en un lugar denominado Fossil Lake, donde junto
a osamentas de mastodontes y otros animales del pleistoceno,
e incluso del secundario, se encontraron flechas y puntas de
lanza hechas de vidrio volcánico.
En Nevada, se descubrieron centenares de rocas y acantila-
dos con símbolos grabados, viñetas y letras hieráticas. Como
que no estamos en Glozel, los sabios americanos no han tenido
dificultad alguna en admitir que se hallaban en presencia de
una escritura arcaica de las primeras edades de la Humanidad, 2
en la que aparecen signos comunes a la cultura maya y a la
cultura egipcia.
De ahí, y en particular, de las inscripciones de Grapevine
Canyon, surgen extrapolaciones audaces, algunas de las cuales
pueden suministrar direcciones de investigaciones interesantes
en cuanto al origen de esos Cliff Dwellers, o trogloditas, que
fueron a poblar estas tierras.
Todas las regiones que bordean Colorado están llenas de
recuerdos de estos antiguos colonizadores. Se encuentran casas
1. Herculano, Pompeya, San Pedro de la Martinica.
2. Se observa en ella un sol rodeado de rayos, símbolo de Mu, y
su número simbólico, tres, en lo alto de un disco negro.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 165
talladas en la roca, pinturas rupestres, inscripciones y diversos
utensilios. Los mismos vestigios se han observado en Arizona,
y el profesor Walter Hough, del Smithsonian Institute, ha en-
contrado allí la huella de cuatro pueblos distintos.
Relacionando estos indicios con todo lo que la cultura de
los indios pueblo, en Nuevo México, y de los indios hopis ha
aportado a los investigadores, es difícil no admitir una ante-
rioridad fabulosa a esta página de la prehistoria americana.1
Antigüedad confirmada por las investigaciones del profesor
R. W. Gilder y de George W. Rank en Kentucky.
Gilder refiere lo siguiente:
«Los revolcaderos de bisonte, tan familiares del Far West,
no fueron hechos por bisontes. Esos agujeros son las entradas
de viviendas subterráneas en las que, hace miles de años, habi-
taba una raza que ha desaparecido de la superficie del Globo.
Nada permite saber cuál era esa raza ni cómo fue aniquilada.
»E1 suelo de estos revolcaderos subterráneos está cubierto
de bastones calcinados, hierbas secas, tallos de mimbre y ma-
zorcas de maíz. En el suelo de cada gruta se encuentra un es-
condrijo en el que se guardaban la mayor parte de los utensi-
lios y los objetos preciosos. A veces hay varios en una misma
gruta. Las aberturas de estos escondrijos están tapadas con
capas de arcilla cocida recubiertas con cenizas. Por debajo, la
cavidad se ensancha, como una botella después del gollete,
siendo con frecuencia el agujero tan grande como un barrica.»
En cuanto a George W. Rank, historiador de Kentucky, es-
cribe, en su Historia de Lexington:
«La ciudad está construida sobre el polvo de la metrópoli
muerta de una raza desaparecida, de la que no queda el menor
vestigio. El mero hecho de que tal ciudad y tal pueblo hayan
existido en el emplazamiento de Lexington no habría sido quizá
conocido jamás sin los vestigios que iban desmoronándose de
ruinas descubiertas por los primeros pioneros y los aventure-
ros del Elkhorn. Pero no cabe la menor duda de que existieron
una gran ciudad y un pueblo poderoso.» Después, las pruebas
se multiplicaron. En Blue Lake Spring, unos obreros que efec-
tuaban unas explanaciones desenterraron unas osamentas de
mastodontes. Más abajo, encontraron una capa de grava, y bajo
1. Reconozcamos que el propio Churchward llegaba a esta conclu-
sión: «Los primeros colonos de América del Norte se establecieron a
lo largo de la costa occidental de los Estados Unidos.»
166 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
la grava, un suelo de piedra, formado por losas cuadradas, de
superficie lisa.
Conclusión práctica: en la Era Terciaria existía una civili-
zación anterior al mastodonte, que data del pleistoceno, y ante-
rior a la aportación de grava provocada por algún cataclismo.
¿Obstrucción en el Estrecho de Bering?
La explicación no es más sorprendente que la que es preciso
encontrar a la presencia, en otro tiempo, en toda la extensión
del suelo americano, de una raza arcaica de caballos, comple-
tamente desaparecida luego del continente, hasta la llegada de
las primeras monturas de los primeros conquistadores espa-
ñoles. Un inmenso diluvio que habría barrido la mayor parte
de las formas de vida, he ahí la única explicación racional, ra-
zonable, válida igualmente para una forma desaparecida de
civilización.
«¿Quiénes eran, entonces, esos seres misteriosos?, pregunta
George W. Rank. ¿De dónde venían? ¿Cuáles eran su religión,
su gobierno? Estos enigmas, sin duda, no serán jamás resuel-
tos por los mortales, pero ¿quién puede dudar de que hayan
vivido y prosperado siglos antes de la aparición del indio? Eri-
gieron aquí sus templos ciclópeos, sus inmensas ciudades, sin
imaginar la existencia de los hombres rojos que iban a suce-
derles y a cazar el ciervo y el bisonte por encima de sus muros
derruidos, cubiertos de tierra y de hierba. Aquí vivieron, traba-
jaron y murieron antes de que Cristóbal Colón plantase el es-
tandarte de la vieja España en las orillas de un nuevo mundo,
en la época en que la Galia, Bretaña y Alemania estaban inva-
didas por hordas bárbaras y, quizá, mucho antes de que la
Roma imperial alcanzase el cénit de su gloria y de su grandeza.
Pero no poseían literatura y, una vez muertos, fueron comple-
tamente olvidados. Tal vez fuese un gran pueblo, pero nada
ha quedado de su grandeza. Confiaban en el trabajo de sus
manos y, hoy, están muertos y olvidados, son una raza per-
dida.» '
¿Nos aportarán los años futuros las precisiones necesarias
1. «Nuestros antepasados vinieron a América en sus barcos, de una
tierra situada más allá del océano, en dirección al sol poniente.» (Le-
yenda de los indios Pueblo).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 167
que nos permitan vislumbrar la epopeya de estos pueblos? De
momento, ni siquiera sabemos cómo llegaron a América sus
primeros habitantes conocidos. La teoría más aceptada supone
un continente virgen invadido por pueblos paleolíticos, cuyas
técnicas rudimentarias se limitaban a la talla del sílex, del hue-
so y del marfil. Es la de Claude Lévi-Strauss, que explica:
«En una fecha que no podría ser muy anterior al xx mile-
nio, el continente americano vio llegar al hombre, sin duda por
pequeños grupos de nómadas que pasó por el estrecho de
Bering aprovechando las últimas glaciaciones, y no es exage-
rado suponer que las culturas norteamericanas y sudamerica-
nas quedaron interceptadas de ^,asi todo contacto con el resto
del mundo durante un período cuya duración se sitúa entre
diez mil y veinte mil años.»'
Entre esta prudente estimación y los pisos de losas que
datan del terciario hay un cómodo margen para el historiador
romántico. Asimismo, ese famoso estrecho de Bering, que pa-
rece haber sido tan utilizado en los tiempos antiguos como la
calle del Havre a las seis de la tarde, no hay duda de que habría
que renunciar a esa hipótesis tan cómoda, aunque no fuese
más que preguntando al Gobierno americano si, alguna vez,
ciertos investigadores no habrían encontrado en la parte de
Alaska un corredor subterráneo que condujese a Siberia, idea
que el difunto almirante Byrd debía de ocultar en alguna parte
detrás de su gorra, pero que su alta graduación debía impedir-
le formular.2
Todo cuanto podemos decir es que nuestros arqueólogos no
han acabado con sus sorpresas. Y entre aquellos que, audaz-
mente, se lanzan a las hipótesis más atrevidas, encontramos,
adelantándose a sus colegas americanos, a cierto número de
sabios soviéticos muy oficiales. Así, el profesor Federov, doctor
en ciencias históricas, no vacila en escribir lo que podría servir
de prólogo a esta obra:
«Todas las deducciones son lícitas. El sabio tiene derecho a
construir hipótesis audaces y a correr riesgos. Sin embargo, no
hay que olvidar que la descripción de sucesos extraños, inexpli-
cables en una época determinada, no es necesariamente el re-
cuerdo de un pasado olvidado, sino que puede ser una resaca
1. C. Lévi-Strauss: Raza e Historia.
2. Zona subterránea de clima tropical. Descubierta por Byrd, fue
mantenida en secreto por el Departamento de Estado hasta 1964.
168 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
del futuro, una fantasía creadora. Tienen el mismo mérito tanto
el que soñaba con alfombras mágicas como el que constru-
yó el primer avión. Los dos constituyen etapas esenciales en el
camino de la razón humana.»
Los que construyeron la América antigua no fueron más
que los precursores de Edison y de Franklin, con algunos hiatos
en medio. Esta idea nueva es muy apta para inspirar a los
cantores del Nuevo Mundo. Con tal de que, simplemente, no
olvidasen que el mundo nuevo y el antiguo son muy viejos,
mucho más viejos de lo que jamás podrá decirnos el manual
de los sabios racionalistas que entretejen nuestra instrucción
general.
Luces sobre el Monte Shasta
Por otra parte, ¿quién es capaz de afirmar que en los Esta-
dos Unidos mismos, símbolo de un progreso agresivo, haya
desaparecido todo rastro viviente del pasado?
Hay regiones enteras en las que los «pioneros» todavía no
han puesto nunca los pies, y en donde se producen fenómenos
curiosos. Así, en el macizo montañoso de Sierra Nevada, en Ca-
lifornia septentrional, los picos de un acceso particularmente
difícil emiten a veces intensos fulgores parecidos a flashes de
fotografía. Ningún sabio ha podido explicarlos. Mucho antes
de la aparición de los hippies, algunos paseantes vieron allí a
unos hombres de largos cabellos rizados, vestidos de blanco,
mucho más altos que lo normal, quienes huían al verse descu-
biertos. Al no poder confundir su aspecto en ningún caso con
el de una tribu india cualquiera, forzoso es admitir que no se
trata de ningún olvido etnográfico.
Estos extraños individuos organizan a veces grandes reu-
niones alrededor de hogueras que se ven de lejos en la montaña.
Algunos periodistas, en busca de algo sensacional, han querido
acercarse: siempre se han visto rechazados por una barrera
invisible, que se parece bastante a los obstáculos electromag-
néticos que, según dicen, prohiben, en Asia, la entrada en
Agartha.
Como consecuencia de ello, los humos emitidos por el mon-
te Shasta, al norte de este macizo, podrían atribuirse, no a una
actividad volcánica, sino a una ciudad que estaría allí disimu-
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 169
lada. Las declaraciones de un eminente astrónomo, el profe-
sor Edgar Lucin Larkin, antiguo director del observatorio del
monte Lowe, en California meridional, refuerzan esta hipótesis.
Al parecer, este sabio distinguió con el telescopio, en lo alto
del monte Shasta, una cúpula resplandeciente rodeada de cons-
trucciones. Si a esto añadimos algunas leyendas, muy arraiga-
das entre los indios, que hablan de unos subterráneos que con-
ducirían a semejante ciudad, comprenderemos que toda una
parte de los ocultistas americanos sitúen allá un resurgimiento
de pueblos lemurianos, por no decir venusianos.
Pero, tal vez dirán ustedes, ¿cómo es que ese país de técni-
cas gigantescas, que manda hombres a la Luna, no es capaz
siquiera de montar una expedición algo seria a las puertas de
San Francisco, para ver lo que se oculta en lo alto de ese fa-
moso monte Shasta? Esto confiere muy poco crédito a estas
fábulas. Pero, ¿es que en todos los países del mundo no han
existido selecciones arbitrarias entre lo que parece interesante
o no a las autoridades?' La gente se va a cazar el yeti al Tibet,
pero no le gusta rascar demasiado debajo de los pies, para no
descubrir allí algo que podría turbar a las inteligencias y al
comercio.
California abunda tanto en ruinas desconcertantes, en cien-
cias inexplicadas entre las tribus indias que allí sobreviven,
que, de un modo perfectamente natural, podemos ver allí un
prolongamiento continental de las maravillas que nos aguardan
en el Pacífico. Sin ningún género de duda, para América, la
luz vino del Oeste. Obnubilados como estamos por las conse-
cuencias contemporáneas de la llegada del Mayflower, simple-
mente hemos olvidado la otra faceta de la historia americana.
Ella es, sin embargo, y ante todo, una parte integrante de una
civilización mucho más gigantesca, la que, en otro tiempo,
hacía del Pacífico el ombligo del mundo.
La Isla del Sacrificio
Al enigma de los monolitos esculpidos de Rapa-Nui, soña-
dores o arqueólogos de gran renombre oponen una gama de
explicaciones, ninguna de las cuales, a decir verdad, es capaz
1. Referencia obligatoria, pero significativa, al asunto Glozel.
170 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
de tranquilizar la mente. Estas controversias conducen a curio-
sos excesos. A título de ejemplo, Mr. Sprague du Camp, etnólo-
go americano, piensa que los gigantes de piedra, que llenan de
estupor a todos los visitantes, no son sino la consecuencia del
aburrimiento que abrumaba a los pascuanos. Si aceptásemos
tal posibilidad, sería posible entonces imaginar la escena me-
morable en el curso de la cual uno de los habitantes de la isla
de Pascua descubrió el mejor modo de pasar el tiempo. Adue-
ñándose de un pequeño trozo de roca, habríase puesto a hacer
con él una estatuilla. Uno de sus compañeros, estimulado por
la emulación, habría intentado una réplica de un formato más
ambicioso. Este concurso de artistas improvisados habría cul-
minado en la más extraña colección de obras maestras que nos
haya sido dado contemplar en esta tierra. Evidentemente, bas-
taba pensar en ello. ¿Lascaux? Aburrimiento, ¿Angkor Vat?
Spleen, un día que llovía.
Entonces, nosotros, los hombres modernos, no tendríamos
más remedio que dinamitarlo todo, para ahuyentar este funes-
to aburrimiento.
Ingenuidad por ingenuidad, preferimos interpretaciones
igualmente exageradas, sin duda, pero que se adornan con co-
lores fantásticos de un esoterismo seductor. A estas tristes
consideraciones, que reducen a una historia pueril, ya que no
es racional, muchos fenómenos que se salen de lo corriente,
nosotros oponemos otra explicación de las estatuas pascuanas.
Hela aquí, revelada por la «vidente» Beatrice Valvonesi, mé-
dium de Don Neroman:
«...Hace siete mil años, el pueblo más culto, el más instrui-
do en los secretos del Cosmos, era el del valle del Indo (India).
Sabía, en particular, que nuestro Globo se mueve en un campo
de ondas cósmicas, análogo a los campos magnéticos o eléc-
tricos que actualmente conocemos, y que es permeable a ellos.1
Sabía, además y sobre todo, que se puede polarizar el Globo,
por un dispositivo que crea en él dos polos idénticos a los que
crea el campo magnético en una bola de hierro, de suerte que
las ondas cósmicas entran por el polo positivo y atraviesan el
Globo para volver a salir en el polo negativo, diametralmente
opuesto, "antípoda", que trae los dones del cielo a la tierra y
los abandona "a la salida". Por último, sabía que dos polos
1. En Física, puede reproducirse este fenómeno intercalando una
bola de hierro en el entrehierro de un electroimán.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 171
opuestos están igualmente cargados de los contrarios, que, por
ejemplo, el grado de fertilidad del polo positivo es constante-
mente igual al grado de esterilidad del polo opuesto. Desde
entonces, deseando para su patria el máximo de ondas bené-
ficas que se tradujesen por la fertilidad del suelo, la salud de
la raza, el desarrollo de la vida, decidieron instalar en el polo
opuesto [de su valle] un "colector" de ondas maléficas, tradu-
cidas por la esterilidad vegetal, la decadencia de la raza, la ge-
neralización del estado mórbido que lleva hacia la muerte.»
Así, unos voluntarios se habrían consagrado de forma deli-
berada a la enfermedad, al hambre, a la sed y, finalmente, a la
muerte, y esto por pura caridad: a cada «hombre-esqueleto»
del «polo de la muerte» correspondía un hombre rebosante
de salud en el polo de la vida». ¿Hipótesis demente? Quizá.
Pero satisface a una especie de imaginación cósmica y se ajusta
a ciertos hechos turbadores.
Es exacto que cuando la isla de Pascua se hundía en una
ncche de esculturas aterradoras y de miseria sin fin, es decir,
ai principio de nuestra Era, la civilización del Indo conocía su
apogeo.
No es menos cierto que, después de la destrucción de la
mayor parte de los monolitos en fecha bastante reciente, los
conflictos no han cesado de empobrecer dramáticamente el nor-
te del continente índico, hasta los desgarramientos que asolaron
el Pakistán.
De aquí a sostener que la erección de torres Eiffel y de
rascacielos atraerá un día u otro una suerte nefasta sobre nues-
tras Babilonias actuales, no hay más que un paso, que algunos
darán alegremente. Nos limitaremos a señalar que los concep-
tos de intercambios electromagnéticos entre tierra y cielo, entre
corrientes aéreas positivas y corrientes telúricas negativas, han
llegado a ser explicaciones corrientes para justificar el equili-
brio de la Naturaleza,1 precisándose que los intercambios se
efectúan por todas las puntas de que está erizado el Globo (ár-
boles, pararrayos, plumas, pelos, etc.) y que los minerales, por
su parte, únicamente dan, sin recibir nada.
La hipótesis tendría el mérito de explicar por qué en Rapa-
Nui se han encontrado tantas estatuillas que representan seres
humanos estragados en el último grado por la enfermedad y
L Véase «La Misión Sagrada». Matteo Tavera. OCIA.
172 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
la consunción y que, sin embargo, tienen la mirada iluminada
por una alegría sobrehumana. ¿No sería la isla acaso un in-
menso campo de sacrificio para salvar a la tribu madre, idea,
dicho sea de paso, familiar a todas las mitologías polinésicas?
Esto tiene un aspecto diferente del de atribuir a los pobres pas-
cuanos, por única motivación, la de distraerse tallando la pie-
dra, por no haber inventado a tiempo la petanca. Naturalmente,
entre estos dos extremos se encuentra toda una serie de expli-
caciones variadas para integrar las estatuas en una historia
coherente.
La guerra de las hipótesis
La isla de Pascua es un tema que «se vende» bien. Es, pues,
normal, que cada «descubridor» procure asegurarse una especie
de exclusividad sobre una parte de esta gallina de los huevos
de oro. Una de sus principales tareas consiste en echar por el
suelo las hipótesis contrarias. Como, en realidad, el misterio de
Rapa-Nui sigue siendo fatal, todavía hay mucho tiempo para
las glosas.
Hay etnólogos para probar que estas construcciones son
completamente parecidas a las que se encuentran en todas par-
tes en el Pacífico y sólo difieren de ellas por los procedimientos
técnicos impuestos por las cualidades de las piedras locales.
Demostraciones que no hacen sino oscurecer el problema del
origen de los polinesios y que no aportan ninguna luz sobre
la razón de ser de las estatuas.
Otros admiten de buen grado el carácter extraordinario de
estos testigos de piedra, pero lo explican por una propensión
desmesurada a querer atraer el «mana», o fuerza vital, sobre
la tribu de los «orejas largas» o sobre la de los «orejas cortas»,
hasta el día en que los dos bandos, despechados, derribaron los
ídolos para fastidiarse mutuamente. Cuestión de «exageración»,
¿verdad? Pero, ¿de qué habríamos de extrañarnos, tratándose
de unos «niños grandes»?
Pasemos a las tesis de aquellos que, a falta de una explica-
ción local, amplían el problema a las dimensiones del mundo.
En particular, de la cercana América del Sur. Lo cual no nos
indica ninguna causa, pero nos lleva al apasionante descubri-
miento de las relaciones entre las civilizaciones peruana y poli-
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 173
nesia. Semejante proposición no representa hoy ninguna auda-
cia, puesto que los motivos de acercamiento se han multipli-
cado tanto, que no queda más remedio que aceptarlos.
A partir de 1931, el etnólogo Erland Nordenskjóld confec-
cionó una primera lista relativa a las armas, a los objetos uti-
litarios, a las formas culturales, etc., completamente parecidos.1
En el plano arquitectónico, las semejanzas son igualmente
numerosas. Es notoria la filiación entre el estilo de las mura-
llas de Vanapu (Pascua) y el de los monumentos de Machu-
Picchu y de Sacsahuamán (Perú). En cuanto a las estatuas mis-
mas, si bien son análogas a las que pueden encontrarse en las
Marquesas o en Raivavae, no es menos evidente que su fac-
tura posee estrechas semejanzas con las del lago Titicaca, en
particular por el aspecto de un mismo cinturón de toba volcá-
nica, detalle ignorado en las Marquesas.
Por lo que respecta a los signos grabados que se han encon-
trado en la isla de Pascua, muchas semejanzas han sido objeto
de estudios, ya en el pasado siglo, en particular por el obispo
Janssen. En sus notas se ve una piragua con un hombre, cuyos
cabellos o el adorno de plumas tienen una forma triangular.
Esta especie de peinado sólo se conoce en otras dos regiones
del Globo: en Amazonia, donde el barón P. von Martius, india-
nólogo, lo observó a principios de este siglo en la tribu de los
juris, y en el Perú, que abunda en representaciones parecidas,
entre otras en un mosaico de plumas que recubre la lámina de
plata llamada de Pachacamac.
«Hay que reconocer —observa el etnólogo Paul Hermann—
que es un caso muy curioso de "convergencia" o, para decirlo
más claramente, de coincidencia.»
Y esto no es todo. Hay otro argumento que también posee
mucha fuerza. Cuando los primeros europeos desembarcaron
en Polinesia, comprobaron con asombro que la patata que
ellos traían a los indígenas ya les era conocida desde hacía
mucho tiempo. En los trópicos, la llamaban patata dulce y era
muy corriente en la isla de Pascua. Ahora bien, en la América
del Sur se la cultiva desde la más remota antigüedad.
Presentemos, finalmente, otra identidad, la del lenguaje, y
comprobaremos que también aquí resulta sorprendente. He
1. Destaca, sobre todo, la invención de los famosos cordeles con
nudos, los quipos, utilizados tanto por los incas como por los poli-
nesios.
174 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
aquí, a modo de comparación, algunas palabras corrientes:1
Isla de Pascua Norte del Perú Significado
unu unu agua
apay apay llevar
kiri kiri piel
toki toki hacha
ariki awki jefe
tuu tunu poste
karu karoa lejos
poko-poko ponko pozo, hoyo
rarako raku claro
kimi kimi calabaza
Los polinesios de Oslo
Estas identidades de vocablos importantes no son, natural-
mente, obra del azar, y se pueden encontrar muchas otras.
¿Constituyen acaso estos hechos únicamente un conjunto de
«coincidencias», o, tal vez, inducen al buen sentido a admitir
relaciones estrechas entre la isla de Pascua, más exactamente,
la Polinesia entera, y el continente sudamericano? Cuestión
subsidiaria: ¿se trata de una colonización americana preco-
lombina en el Pacífico, o bien de un aflujo de navegantes de-
sembarcados en el Perú para propagar sus conocimientos?
En estos últimos años, la controversia ha adquirido un
cariz muy aventurado con la competición que opuso, en un
sentido, al equipo del noruego Thor Heyerdhal, ferviente par-
tidario del Perú, y al equipo igualmente deportivo de Eric
de Bisshop, que consiguió convencer de que la odisea antigua
también había podido desarrollarse en el otro sentido, utili-
zando asimismo una balsa de bambú o de maderos. En la aven-
tura, Eric de Bisshop perdió la vida. En cuanto a Heyerdhal,
que era el que había provocado la competición y había reali-
zado un bello sueño, aun cuando no hubiera estado tan soli-
tario como se dijo, habría podido, en el fondo, ahorrarse mu-
chas emociones violentas por amor a la Ciencia. Porque su
demostración ya se había hecho desde hacía mucho tiempo.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 175
Basta, por ejemplo, referirse a los recuerdos del capitán
español Bartolomé Ruiz, que participó en una de las expedi-
ciones preliminares de Pizarro. Contó con mucha elocuencia el
miedo que pasó, al encontrarse, en 1515, muy alejado de la
costa del Ecuador, con un gran navio a plenas velas. Creyó en-
contrarse frente a un barco español o de algunos conquista-
dores rivales que le habrían precedido en el camino de Eldora-
do. Lanzó un suspiro de alivio al comprobar que no se encon-
traba ante una carabela, sino solamente ante una barca india
de alta mar, que desplazaba unas treinta toneladas y llevaba
a unos veinte hombres...
Sin embargo, prescindiendo de su hazaña, que en realidad
sólo era una continuidad, Heyerdhal ha contribuido a propa-
gar, en «arqueología espectacular», un concepto que no dista
mucho de parecerse al racismo. Apoyándose en leyendas in-
teresantes en sí, y en el hecho de que los primeros navegantes
encontraron en la isla de Pascua unos indígenas con rasgos
un poco arios, lo mismo que en las efigies de algunas estatuas,
no vaciló en emitir una tesis que descarta deliberadamente
una civilización propia de los autóctonos. Puesto que éstos,
según el humor del momento, divagaban, sugiriendo que sus
antepasados venían tanto del Oeste como del Este, Thor He-
yerdhal decidió poner a todo el mundo de acuerdo proclaman-
do que la cultura pascuana sólo podía ser obra de «managers»
blancos. De origen lo más escandinavo posible... Y adelante
con Kon-Tiki, Viracocha y otros dioses venidos de nuestra que-
rida vieja Europa, que actualmente invaden todas las extrapo-
laciones arqueológicas y tienden a que nuestras minorías adu-
ladas se traguen la idea de que, ayer como hoy, si ellos no hu-
biesen estado allí en el momento oportuno, el mundo no exis-
tiría.
Como es natural, Thor Heyerdhal posee su teoría propia
sobre el modo como se las arreglaban los constructores de las
estatuas para transportarlas. El muy astuto, consiguió que un
equipo de indígenas asalariados, en cuestión de unos días, le-
vantasen del suelo un bloque de piedra, con largas pértigas y
con el apoyo de grandes piedras en los puntos necesarios...
Pero esto no nos dice por qué aquellos demonios de escultores
rubios y barbados, si éste era el caso, hacían levantar sus esta-
176 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
tuas. ¿Simplemente para hacer «sudar la gota gorda» a los po-
linesios?
A este cuadro hay que añadir la inevitable intervención de
los teósofos.
El promontorio de Mu
¿No es la isla de Pascua el último vestigio de un continen-
te sumergido? ¿No existieron en otro tiempo, en esa región,
ciudades populosas, aldeas prósperas, campos bien cultivados,
bosques umbrosos? ¿No se trata de los restos de una civiliza-
ción destruida por un cataclismo y cuyos escasos supervivien-
ees se habrían refugiado en la isla? Esto es lo que piensan al-
gunos investigadores como Churchward y L.-C Vincent, quie-
nes asignan al fenómeno una antigüedad de varios miles de
años. Los gigantes ídolos de Rapa-Nui, dicen, no fueron cons-
truidos por hombres de nuestra especie, sino por los gigantes
salidos primitivamente del antiquísimo continente llamado Le-
muria, o más exactamente Mu, y del que sólo subsistiría la
isla de Pascua. Por otra parte, se ven carreteras artificiales
que descienden de las colinas hasta los puntos de desembar-
co de la orilla, así como puertos perfectamente utilizables to-
davía en nuestros días y cuya estructura no se ha modificado.
Unos geólogos especializados han ido a la isla y han es-
tudiado minuciosamente cada piedra, por decirlo así. Por el
momento, la única conclusión formal procede de ellos: no
puede tratarse, dicen, de un cataclismo gigantesco. La isla de
Pascua no es el resto de un continente sumergido,1 su civiliza-
ción no fue autóctona, la isla fue ciertamente colonizada. Una
de las raras certezas de la Antigüedad es que los «salvajes»
viajaban al menos tanto como nosotros, y en todas direccio-
nes.
Entretanto, nadie ha dado todavía una explicación sobre
unos fenómenos tan curiosos como la presencia de musgo en .;;
algunas estatuas y en otras no; como la disposición de can-
terías que debían obligar a unas estatuas a ser transportadas
encima de muchas otras, siendo así que estas últimas no pre-
sentan ninguna marca de roce; o también, que nada indica, por
1. Recientes investigaciones hidrográficas americanas podrían al-
terar tal concepto.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 177
no haber rastro de terraplenes de aproximación, cómo se colo-
caron luego los sombreros de toba de un peso enorme.
Nada de explicaciones, o mejor dicho, las explicaciones di-
vergen de tal modo entre sí que no es posible retener ninguna.
Por otra parte, la incoherencia de los autores modernos se ob-
serva asimismo en hechos recientes, como, por ejemplo, a pro-
pósito de los estragos de los negreros que convirtieron Rapa-
Nui en un desierto durante el siglo xix.1 Seguramente sólo se
trata de detalles de interpretación, pero si se trasponen al nivel
de las especulaciones que pueden provocar los descubrimien-
tos actuales en Arqueología, se comprenderá mejor de qué in-
creíble batiburrillo se compone hoy la relación de los hechos
antehistóricos, cuando centenares de «expertos» meten sus na-
rices en ellos, armados de sus prejuicios, de su nacionalismo
y de su vanidad.
El enigma Rongo-Rongo
A fin de cuentas, si no nos tomamos alguna perspectiva con
relación a los exámenes efectuados a través de los anteojos
de los especialistas, nos quedamos totalmente con hambre
en lo que respecta al significado de los monolitos de Rapa-
Nui. Qué nos importa, en el fondo, que el distinguido William
Mulloy haya podido reconstruir un aparato ingenioso que «po-
dría» transportar las estatuas si hoy día hubiera necesidad
de hacerlo, o que fueran germanos, ya que no escandinavos,
quienes en otro tiempo hubieran conquistado los favores de
las primeras pascuanas que encontraron. Lo que nos interesa
es saber por qué fueron erigidas las estatuas. Entonces, es pre-
ciso ampliar el problema, plantearlo a la escala de la Tierra y
preguntarse por qué tantos «salvajes», en todas partes, han
erigido tantos monumentos locos. Nos vemos obligados, pues,
a confiar, siempre que ello nos sea posible, en las explicado*
nes de esos pobres «primitivos» mismos, cada vez, en todo
caso, que los beneficios de la civilización occidental no los
haya relegado a la categoría de especies desaparecidas.
1. Léanse las versiones Sprague de Camp: Les Enigmes de l'ar-
chéologie (París, «Encycl. Planéte», 1969) y Croce Spinelli: L'Ile aux
géants de pierre, de A. Michel (Le Nouveau Planéte, n.° 18, set. 1970).
12 — 3321
178 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
Cuando Francis Maziére, en su Fantástica isla de Pascua, *
formula la pregunta a uno de los viejos indígenas que se in-
teresan por sus investigaciones, la respuesta aparece rápida,
asombrosa:
«No, las estatuas no eran la proyección del mapa del cielo
(hipótesis que Maziére estaba estudiando).
«Todos los Moai del Rano-Raraku son sagrados y miran
hacia una parte del mundo sobre la cual cada uno tiene el po-
der y la responsabilidad, por esto fue llamada esta tierra el
Ombligo del Mundo.
»Todos los Moai que miran hacia el Sur son diferentes.
Guardan las fuerzas de los vientos del Antartico y transmiten
todos sus poderes a una enorme piedra volcánica roja que li-
mita el triángulo de las islas del Pacífico.»
Entonces, ¿magia? ¿Y no es magia, más enloquecedora que
todas las ciencias oficiales, la mera presencia, en una isla des-
provista de todo, en el otro extremo del mundo, de más de
quinientos gigantes de piedra, de pie, tumbados o enterrados,
y contemplando, con sus ojos vacíos, la inmensidad que los ro-
dea? ¿Por qué, en vez de tratarlos de obras incomprensibles,
no admitir, después de todo, que su papel estaba en la medida
de sus dimensiones, en un plano invisible que escapa a nues-
tros criterios materialistas?
En cuanto a las escrituras pascuanas, han dado lugar a
exégesis apasionantes. Allí, ningún indígena podía ofrecer una
indicación interesante sobre la naturaleza de esas tablillas.
Todo lo que se deducía de ello, para los misioneros, que des-
cubrieron todavía un buen número de tablillas en el siglo pa-
sado, es que, seguramente, se trataba de los testimonios de
alguna religión diabólica. Arrojaron al fuego todo lo que de
ello pudieron encontrar, ayudados por sus convertidos, afano-
sos por quemar lo que habían adorado. Lo cual hace que hoy
sólo queden diecinueve tablillas, salvadas por casualidad,1 y el
problema se haya vuelto casi insoluble.
Un poco después de 1920, el arqueólogo inglés John Mar-
shall descubrió, en las ruinas de dos ciudades que florecían
hace cinco mil años cerca del Indo, unas inscripciones cuyos
" Publicada por esta editorial en su colección «La vuelta al mun-
do en 80 libros». N. de los E.
1. Conservadas en Bruselas, Viena, Londres, Berlín, Leningrado y
Santiago de Chile.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 179
signos parecían corresponder a los de la lejana isla de Pascua.
Unos cuadros comparativos confeccionados entre las escritu-
ras de los «rongo-rongo» y las inscripciones de Mohenjo-Daro
(Penjab) hacen aparecer analogías que no pueden ser obra del
azar.
Sin embargo, en 1938, Alfred Métraux quiso relegar al ol-
vido esta fascinante hipótesis, precisando, después de un aná-
lisis, que las famosas tablillas pascuanas habían sido grabadas,
en general, sobre una madera que databa lo más pronto del
siglo XVIII. Ahora bien, por muy tontos que seamos, no nos
parece tan convincente afirmar que tales filiaciones hayan sido
imposibles, simplemente porque diecinueve tablillas grabadas
sean de época reciente. ¿Quién dice que no se trata de copias
de documentos más antiguos, 1 que desaparecieron por com-
pleto? Los hombres prehistóricos de Francia se transmitían
«cartones» de grabados que eran reproducidos durante miles
de años en las diferentes cavernas. Entonces, ¿por qué no ad-
mitir que la datación de algunos trozos de madera no puede
por sí sola regular todo el problema?
Sí, nos hallamos en un dominio en el que la razón no pue-
de explicarlo todo. La única cosa tristemente racional en esta
historia es la fealdad con que la civilización ha venido a lla-
mar a la puerta de la isla mágica: matanzas, deportaciones,
traída de enfermedades y de parásitos, extinción de los juegos
y las danzas que constituían el único testimonio de un pasado
original, trabajos forzados y ahora invasión por las manadas
de turistas llegados en avión. Hay algo de maldito en las rela-
ciones de Rapa-Nui con el mundo exterior.
Y luego, hay otra dimensión, la de los menhires gigantes-
cos, de sus leyendas, de su escritura, que hace de la isla de
Pascua una concentración de fuerzas cósmicas desconocidas,
pero cuya tensión algo angustiosa debería obligar a cierto si-
lencio, frente a lo que queda de un mundo que ya no es el
nuestro. Pero, ¿qué mundo? ¿Qué mundo, si no es el del Im-
perio del Sol, que desapareció hace unos 12.000 años, y del cual
subsisten miles de islas, testigos de la antigua civilización de
la que la isla de los gigantes de piedra constituía el bastión
oriental?
1. Por otra parte, Francis Maziére encontró u n ejemplar de escri-
turas mucho más antiguas trazadas sobre fibras vegetales.
LA TIERRA INMEMORIAL
Hay varias maneras de casarse con la hija de un rey: algu-
nos, como el sastrecillo de Grimm, aplastan siete moscas de un
golpe; otros sobornan al astrólogo influyente en la Corte o ha-
cen pasar un breve anuncio adecuado. Pero, probablemente,
no se había imaginado nadie que para tal cosa fuera suficiente
saber bailar la giga. Y, sin embargo, esto es lo que le sucedió,
hace siglo y medio, a un navegante llamado James O'Connel,
quien, además, acababa de sobrevivir milagrosamente de un
naufragio. Su éxito cabe el monarca que le acogió le valió, ade-
más de la señorita de catorce años de edad, el privilegio de
hacerse tatuar de la cabeza a los pies. Puede suponerse que,
como en todos los cuentos de hadas, vivieron felices y tuvieron
muchos hijos, pero la historia no dice si el marino enseñó a
sus retoños de sangre azul los pasos de giga escocesa que tan
franco éxito le habían valido.
Esto ocurría en Ponapé, pequeño archipiélago de las islas
Carolinas,1 a algunos grados al norte del ecuador. El lugar,
bastante malsano y perdido en la inmensidad del Pacífico, tal
vez no habría dejado a nuestro recuerdo más que esta curiosa
anécdota, si otros motivos de interés no hubiesen impulsado
a los viajeros a dirigirse hacia esas costas para descubrir en
ellas lo que las convierte en una estación arqueológica única.
O'Connel fue el primero en prestar atención a lo insólito que
descubrió en ese reino, y lo consignó en las páginas siguientes:
1. Archipiélago primeramente español y que luego pasó a Alema-
nia en 1899. Actualmente (desde 1947) bajo la tutela de los Estados
Unidos (30.000 habitantes).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 181
«Mí aventura más maravillosa (pero, ¿va a encontrar algo
más que incredulidad?) fue el descubrimiento, en una gran isla
inhabitada, de ruinas magníficas, de una arquitectura por com-
pleto distinta de las moradas de los habitantes del archipié-
lago y de una envergadura asombrosa. Los frutos nacen, ma-
duran y se pudren sin que ninguna mano los toque, ya que es
imposible persuadir a los indígenas para que los cojan o in-
cluso que los recojan del suelo. Cuando descubrí estas ruinas,
George 1 y un indígena me acompañaban. Este último había
llamado mi atención sobre esta isla. Nos prometía una f sorpre-
sa que, efectivamente, se reveló mayúscula.
«Vistas un poco de lejos, las ruinas presentaban el aspec-
to de esos amontonamientos que la Naturaleza construye; pero,
al aproximarnos, nos quedamos sorprendidos de hallar la hue-
lia evidente de la mano del hombre. La marea parecía alta,
nuestra canoa se adentró en una angosta caleta, tan angosta
en algunos sitios que a duras penas habríamos podido cruzar-
nos con otra canoa. Desde que entramos, fuimos bogando a lo
largo de dos muros tan cerca el uno del otro que habríamos
podido tocarlos con los remos. Medían unos 60 cm de altura;
a veces aparecían muy maltrechos, pero casi siempre bien con-
servados. Por encima de los muros, unos cocoteros y árboles
del pan extendían sus ramas, produciendo una sombra más
densa y más refrescante. Reinaba una profunda soledad. No se
discernía señal alguna de vida, salvo la presencia de algunos
pájaros. Habíamos llegado a un lugar en el que los muros se
separaban un poco de los rebordes de la caleta.
»E1 pobre indígena, al que el miedo había vuelto mudo,
se negó categóricamente >a abandonar la embarcación. Los mu-
ros rodeaban unos patios circulares; penetramos en el interior
de uno de ellos, pero no encontramos allí más que maleza o
árboles. Salvo el muro, no había nada que atestiguase el paso
del hombre. Examinamos la construcción. Los muros estaban
hechos de piedras cuyo tamaño variaba de uno a tres metros
de largo y de 30 cm a 2,5 cm de ancho. Los intersticios y las
fisuras estaban cuidadosamente tapados con ayuda de frag-
mentos más pequeños. Estaban hechos con la piedra azul que
se encuentra en abundancia en las islas del archipiélago. Evi-
dentemente, había sido tallada y adaptada al empleo para el
1. Uno de los campaneros de O'Connel, salvado con él del naufra-
gio.
182 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
cual estaba destinada. De regreso a nuestra canoa, llenamos
de preguntas a nuestro indígena. Su única respuesta fue:
¡Animam! No supo decirnos nada sobre el origen de aquellas
columnas, de su uso, de su edad. Bastábale saber que aquello
era el trabajo de Animam; no quería saber nada más, y no se
aventuró a inspeccionar los lugares en los que él creía que
residían espíritus.»
Lo que el marino escocés había descubierto eran las rui-
nas de Nan Matal,1 que iban a hacer correr mucha tinta y sus-
citar querellas casi comparables a las que provoca el muro de
Bimini en las Bahamas.
No es que los sabios, tras un instante de vacilación, hayan
negado el carácter humano de las construcciones. Demasiadas
pruebas lo proclaman. Pero, en tanto que ciertos exegetas co-
menzaban a aureolarlas con orígenes fantásticos, la mayoría
llegaron a negarles cualquier interés excepcional y, adrede,
hicieron caso omiso de ellas.
Una isla de cristal
En la actualidad, es difícil llegar a estas ruinas, ya que el
único medio que queda es el de unas barcas inestables nada
recomendables para el corazón del viajero. El trayecto se re-
corre con tanto mayor mérito cuanto que, a la llegada, los
cocodrilos y los tiburones infestan la boca de los canales.
El espectáculo aparece tan desierto como en la época en
que O'Connel descubrió sus decorados. En cuanto a los oríge-
nes de esta arquitectura, continúan igualmente oscuros. A lo
sumo ha podido determinarse que las piedras azules de que
hablaba el navegante están constituidas de basalto prismático
y que su transporte 2 debió de plantear problemas serios a los
constructores, a juzgar por los bloques diseminados en el fon-
do del agua, que dan fe de repetidos naufragios durante el viaje.
Estos bloques de basalto, en forma de grandes prismas de
seis lados y de un color azul tan particular, no dejan de evocar
un conjunto surgido de las mismas concreciones volcánicas:
la famosa calzada de los Gigantes, en Irlanda. Pero, en Nan
1. Véase la primera parte, capítulo «Entre dos mundos».
2. Procedente de la isla de Jokaz, junto a la costa norte de la isla
de Ponapé.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 183
Matal, no es la Naturaleza la que imita la mano del hombre,
sino que fueron unos constructores hábiles y numerosos quie-
nes utilizaron con conocimiento estos materiales, en época que
es difícil calcular.1
Los muros construidos con este curioso basalto se aseme-
jan a grandes pilas de gavillas, algo así como las ensambladu-
ras de vigas en las casitas de campo saboyanas, en hileras per-
pendiculares entre sí. No es cuestión de pedir a los indígenas
actuales que reconstituyan algunas de las técnicas que presi-
dieron estos trabajos gigantescos. Diezmados, embrutecidos
por el alcohol y las enfermedades, los que subsisten ya no tie-
nen nada que decir. ¿Degenerados? Probablemente, en la me-
dida en que serían incapaces de emprender la edificación de
un conjunto idéntico al de Nan Matal, que cubre más de 15 ki-
lómetros cuadrados.
Esta comprobación no es nueva y puede hacerse bajo todos
los cielos. Asimismo, puede afirmarse que ningún lacandón po-
dría volver a encontrar el secreto de las pirámides de los ma-
yas,2 de quienes la filiación sanguínea les hace herederos, y
también se sabía, antes de su desaparición, que los guanches
de las Canarias ya no tenían ninguna idea de las extraordina-
rias técnicas de embalsamamiento de las que se habían benefi-
ciado las momias encontradas en su suelo.
En todos estos casos, cabe suponer que el despertar de una
civilización sumamente avanzada ha producido una degenera-
ción tanto más intensa, una vez que se ha iniciado la decaden-
cia material. Es como si se hubiera dado vuelta a la página.
Es necesario añadir que lo que, en estos lugares testigos de
grandes cosas, ha transformado el crepúsculo en drama, ha
sido la intervención europea. En todas partes, el afán de lucro,
la codicia de los negreros y el excesivo celo de los misioneros
han producido estragos en poblaciones que se habían vuelto
frágiles. En ninguna parte del mundo, este fanatismo, esta fe-
rocidad han causado tantas catástrofes como en el Pacífico. La
imagen del Paraíso debía pagar caro los espejismos que pro-
vocaba. En Ponapé, como en Tahití o en Nueva Zelanda, fue
1. Hasta nueva orden, no ha podido establecerse ninguna datación
con el carbono 14, por falta de vestigios orgánicos.
2. Tribu primitiva del Yucatán.
184 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
la invasión de los comerciantes y de su alcohol, cuando no era
el tráfico de armas suscitado por discordias cuidadosamente
agravadas entre tribus; 1 fue la razzia despiadada de los merca-
deres de esclavos, esos temibles «pajarracos negros» que arre-
bataban a los habitantes de islas enteras para las necesidades
de las plantaciones australianas; fueron las prohibiciones de
los misioneros, su moral hipócrita, obligar a los indígenas que
se convirtieran en un triste remedo de los europeos; fue la en-
fermedad importada por los marineros, la decadencia y, a ve-
ces, la extinción pura y simple.2 Algunas poblaciones, como en
Nueva Zelanda, no escaparon al aniquilamiento, otras, como
en las Marquesas o en Ponapé, estuvieron al borde del mismo.
En el fondo, la historia de los «primitivos» desde su contacto
con los «beneficios» de la civilización no es sino un largo mar-
tirologio, frente al cual las ventajas de la alfabetización, del
transistor y del alcohol aparecen bien exiguas.
La puerta del otro mundo
El embrutecimiento de los pueblos locales no hizo sino
agravar el misterio de Nan Matal. Todavía hoy, circulan acer-
ca de ellos las suposiciones más fantásticas. Algunos ven en
ellos los vestigios de un imperio polinésico otrora muy pujan-
te (y completamente desconocido); otros ven allí la mano de
piratas españoles y, por consiguiente, claro, tesoros escondi-
dos. En cuanto al novelista americano Abraham Merrit,3 ha
colocado allí audazmente la entrada de un mundo subterrá-
neo en el que se libran combates sin fin. Esto nos lleva direc-
tamente a la hipótesis teosófica que quiere que Ponapé haya
constituido una ciudadela importante del mundo de Mu, en
oposición a la isla de Pascua, que formaba otro bastión.
En el fondo, el único estudio serio sigue siendo el de la
tradición indígena que, aunque confusa, permitió a un inves-
tigador alemán 4 publicar, en 1936, una reconstitución un poco
menos incoherente que las otras del pasado de Nan Matal. Se
1. Léase, sobre este tema, D.-L. Oliver, Les lies du Pacifique (París,
«Payot», 1952).
2. En 1910, una revuelta contra la presencia alemana provocó un
bombardeo de las islas y que los jefes indígenas fuesen ahorcados.
3. A. Merrit: The Moon Pol (El estanque de la Luna).
4. El doctor Paul Hambrüch.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 185
encuentran en ella relaciones tan curiosas como la de un dios,
Nan-Japuse, señor del trueno, que sedujo a la esposa del últi-
mo de los «salaturs» (monarcas) y, por este motivo, fue encar-
celado en Nan Matal; evadido, roció con zumo de limón a una
vieja, lo cual la dejó encinta de un hijo destinado a vengar
más tarde la afrenta infligida al dios. Se encuentran allí reyes
transformados en peces, asesinados, y la adoración a un dios-
tortuga llamado Manusunsap. Por otra parte, este dios no go-
zaba de un régimen privilegiado, que digamos, ya que, al final
de complicadas ceremonias, la tortuga era despedazada y de-
vorada, lo cual era causa, según la leyenda, de repartos y
disputas homéricas cuando uno de los grandes sacerdotes re-
cibía un trozo más pingüe que los otros.
Agregaremos asimismo el culto a un lagarto y a un dragón
gigante, quienes, tan afortunados como el escocés O'Connel,
pudieron casarse con hijas de rey, pero causaron tanto pavor
en el ánimo de su suegro, que de ello resultó un incendio en
el que todos perecieron.
Tantos relatos, tantos mitos cuyo significado se ha perdido
con los siglos, y que sólo alumbran con fulgor muy exiguo los
designios de un pueblo que en otro tiempo llegó a las islas
para despojarlas de sus piedras azules y erigir con ellas un
templo inmenso del que ahora sólo quedan los patios desier-
tos y silenciosos.
Actualmente no sabemos más del asunto que en tiempos
del alegre O'Connel, pero la alegría de las danzas y de los can-
tos que amenizaban su estancia involuntaria ya hace tiempo
que desapareció: el progreso pasó por allí. Solamente los mu-
ros de cristal arrullan todavía la imaginación, hasta el día en
que (¿y por qué no?) a un rico aficionado se le antoje desman-
telar la ciudad mágica para adornar con ella algún dominio
tropical. Aquel día, los tiburones y los cocodrilos serán los
únicos testigos de la epopeya de Nan Matal.
186 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
Un desierto muy frecuentado
Con la isla de Pascua, hemos inventariado una especie de
nueva «capilla Sixtina de la prehistoria», término aplicado en
su día a Lascaux.
Con las 3.000 Ha. de murallas de Ponapé, eran más bien
Tumuc Humac o Zimbabwe los que autorizaban la compara-
ción. Ciudades inmensas y desoladas, que no llegamos a ima-
ginar pobladas por grandes multitudes, rodeadas de tierras
fértiles. Sin embargo, así fue. El Pacífico nos depara muchas
otras sorpresas, pero éstas, por considerables que sean, ofrecen
a los exploradores obstáculos tan difíciles de superar, en su
género, como las inmensidades vegetales de la cuenca amazó-
nica o las olas de la arena egipcia.
El primer obstáculo, común a la mayor parte de las esta-
ciones arqueológicas, es la rapidez desconcertante con que tan-
tos monumentos pueden quedar sepultados bajo aportaciones
de tierra y de aluviones.1 No sólo las islas del Pacífico no se
hallan indemnes de tal fenómeno, sino que sufren particular-
mente a causa de él debido a vientos permanentes y frecuentes
marejadas altas.
Louis-Claude Vincent recordaba esto con insistencia: «Hace
menos de quince años, los arqueólogos chinos descubrieron,
bajo 20 m de tierra, y al cabo de 22 meses de trabajos, un
mausoleo de mármol de una superficie de más de 12.000 m2,
que guardaba los restos de uno de los últimos Ming, el empe-
rador Wang-Li, fallecido en 1620, es decir, desde hacía menos
de 350 años...
«Si ha bastado —explica el autor— una duración histórica
tan corta para recubrir un monumento tan grande bajo 20 m
de escombros, entonces cabe suponer bajo qué enorme can-
tidad de tierra pueden hallarse sepultados monumentos que se
remontan a miles de años.»
Esto debería hacernos reflexionar, tanto más cuanto que,
1. La erosión es asimismo uno de los fenómenos más graves de la
transformación de un país como Australia.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 187
en realidad, las excavaciones emprendidas hasta ahora en Ar-
queología lo han sido frecuentemente con medios irrisorios,
que sólo permiten raspar una finísima película de tierra.
La segunda dificultad con que tropiezan los arqueólogos
del Pacífico es la inmensidad.1 Cuesta trabajo imaginar las dis-
tancias que separan los principales focos culturales de este
océano. Con frecuencia son superiores a las que existen entre
Europa y el centro de Asia o el de África. Y, con todo, una
sola y misma civilización reina allí, aun cuando cierta deca-
dencia se haga cada vez más perceptible al contacto con el Oc-
cidente. ¿Puede decirse otro tanto de nuestros continentes, e
incluso de regiones tan minúsculas, proporcionalmente, como
son Europa o el Oriente Medio?
Esta inmensidad, ya lo hemos dicho, por desgracia no ha
protegido a los insulares contra los estragos del exterior. El
único consuelo es que, si unas quinientas islas del Pacífico han
sido exploradas ocasionalmente y apenas un centenar de ellas
han sido inventariadas, quedan aún más de diez mil que aguar-
dan aún a su arqueólogo. El punto común de todo lo que he-
mos descubierto hasta ahora es una cierta rusticidad, como
si solamente los monumentos más macizos hubieran podido
resistir algún violento cataclismo. Volveremos a hablar de ello.
Sin embargo, con la imaginación y una buena alfombra
mágica, se puede realizar en Oceanía un circuito de explora-
ción muchísimo más apasionante que todos los actuales folle-
tos turísticos. En vez del «Zizou Bar», de las tiendas de curio-
sidades o de las «danzas» hawaianas, pasto deprimente de los
viajeros enfermos de exotismo, ¿por qué no presentar como
objetivo el descubrir una civilización, tal como la percibieron
Cook o Bougainville, y que esta civilización sea reanimada en
sus vestigios más espectaculares por los descubrimientos re-
cientes?
Se caracteriza, ya lo hemos visto, por dimensiones enor-
mes en todo caso sin relación con la importancia y la vitali-
dad de los polinesios actuales. Recordemos las dimensiones
de Ponapé y de sus templos de 3.000 m2; de las plataformas
descubiertas en la isla de Pascua por la campaña 1969-1970 del
1. Superficie total del Pacífico: 165 millones de km2.
188 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
profesor Mulloy;' añadamos las amplias vías cubiertas de lo-
sas, que, en las Marquesas, y en Hawai, en Rarotongo, lo mis-
mo que en Rapa-Nui, llegan del mar y vuelven a él; agregue-
mos asimismo las «fortalezas» o «templos» de varios cente-
nares de metros de perímetro, que se encuentran en las Tubai
o en las islas Sandwich, y comenzaremos a formarnos una idea
bastante turbadora de lo que podía ser la actividad de estos
emplazamientos, la mayor parte de los cuales no tiene canteras
de piedra en su proximidad.
Acerca de algunas islas célebres
Tomemos, por ejemplo, el islote de Pitcairn, cuyos pocos
kilómetros cuadrados permanecerían ciertamente desconoci-
dos, si no hubieran ido a parar a ellos, un día de 1790, unos
piratas. Se hizo una película de El motín de la Bounty, pero,
¿quién nos resucitará al pueblo que, en otro tiempo, cubrió
esa roca perdida de numerosas viviendas, de templos (marae),
de estatuas de tres o cuatro metros de altura, así como nu-
merosos vestigios de hornos y de utensilios agrarios? ¿Quién
filmará, por ejemplo, cómo puede erigirse un templo impor-
tante, adornado con grandes estatuas, sobre un pico al que
hoy sólo puede tenerse acceso por abruptos senderos, su-
mamente angostos? He ahí lo que nos apasionaría mucho más
que las proezas de una estrella de cine muy «comercial».
Trasladémonos con raudo vuelo a los Gambiers, archipiéla-
go a 600 km al noroeste de Pitcairn.2 Si sólo pasáis allí vein-
ticuatro horas, no guardaréis del lugar más que un recuerdo
bastante deprimente, el de esas multitudes de iglesias cons-
truidas por el celo misionero y cuyas campanas regulan mili-
tarmente la vida de los isleños.
Pero, si os decidís a correr fuera de los caminos trillados,
entonces llevad con vosotros el Viaje a las islas del Gran Océa-
no, de Moerenhout, y descubrid las momias escondidas en la
1. ¡Con muros compuestos de piedras que pesan 25 toneladas cada
una!
2. Dependiente de la Polinesia francesa: un millar de habitantes,
aproximadamente.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 18?
isla de Elson, los templos de la isla Hood, los tiki de piedra
bastante bien ocultos para no ser objeto de la destrucción
apostólica. Y volveréis a partir siendo conscientes de que la
civilización más refinada no es forzosamente la que creemos.
Otro salto para ir, esta vez, a las islas Tonga, cerca de las
islas Samoa. Allí, en un lugar denominado Haamunga,1 pueden
verse dos enormes bloques de piedra, coronados por un ter-
cer bloque, que está ajustado a los otros por una muesca ta-
llada en la masa. El arco así formado mide unos 4 m de al-
tura y su peso total se aproxima al centenar de toneladas. Pre-
gunten, pues, a los amables papanatas indígenas que les acom-
pañan, si se sienten con ánimos para construir otro a su lado.
Se sentirán tanto más confusos cuanto que la cantera de pie-
dra más cercana se encuentra a una distancia de 400 km.
Siempre en las Samoa,2 el arqueólogo Golson descubrió
un gran número de muros y túmulos, de carácter prehistórico,
tantos, que tuvo que declarar: «Son como para desanimar a
uno o para que se prohiban las búsquedas.»
En cuanto al infatigable coronel Churchward, al parecer,
descubrió en una de las islas principales, en lo alto de una
colina de 500 m de altitud, al borde de un precipicio de 150 m
de profundidad, un terraplén de unas 20 Ha que sostenía un
fuerte hecho de piedras vitrificadas, al estilo Vauban.
No abandonemos este archipiélago sin señalar, en Fai-Toka,
unos cerros-pirámides señalados por Cook, así como unas cin-
cuenta tumbas de antiguos reyes (langis).
También hay pirámides en las islas Gilbert,3 en Swallow
y en Kingsmill, así como en el grupo de las Auckland, señala-
das por Raynal, en las islas Adam, después de su naufragio
en 1863.
Piramidales también, las columnas coronadas por piedras
en forma de semiesferas, que Dumont d'Urville descubrió en
1835 en la isla Tinian, archipiélago de las Carolinas. ¿Para
qué ceremonias? En la isla Rota, en el mismo archipiélago, hay
vastos recintos, probablemente cubiertos en otro tiempo, y que
1. Isla de Tongatabu.
2. Archipiélago bajo mandato desde 1920 y actualmente bajo la
tutela de Nueva Zelanda. Unos 100.000 habitantes.
3. Pequeño archipiélago inglés de 35.000 habitantes.
190 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
aún aparecen marcados por alineamientos de columnas enor-
mes.
Un turismo insólito
Podríamos indicar muchos otros lugares con pirámides, por
ejemplo, en las islas Kusai o Lele, del archipiélago de las Mar-
shall, donde unos recintos ciclópeos atestiguan que hace miles
de años, allí habitaron pueblos civilizados. En las islas de la
Reunión, son innumerables.
Y, luego, he aquí algunas distracciones menos áridas: si
desean, por ejemplo, tomar baños a temperatura variable, tie-
nen a su disposición el conjunto de piscinas de alabastro, eri-
gidas en escalera en una colina a partir de fuentes calientes,
en Nueva Zelanda.1 Construcción prehistórica, sin duda, pero
¡qué sensaciones!
Si prefieren observar un sistema de irrigación de los más
modernos, aun cuando data de algunos miles de años, descu-
bran esos conductos, esas canales, esas terrazas y carreteras
pavimentades que cubren 156 lugares, en una veintena de las
islas Palaos (archipiélago de las Carolinas).
Si es el arte gráfico lo que les chifla, entonces vayan a des-
cubrir los petroglifos de las Nuevas Hébridas y de Nueva Cale-
donia, primos de los que se están descifrando en la isla de
Pascua, así como en la América del Sur... ¡y en la cultura cél-
tica! Y, puesto que hacen alto por un momento en Noumea,
en vez de ir a husmear los olores salobres del níquel, vayan,
pues, más bien a preguntarle a Luc Chevalier, el amable con-
servador del museo, si conoce alguna explicación a la existen-
cia de los centenares de túmulos que, en la isla grande o en la
isla de los Pinos, contienen invariablemente gigantescos cilin-
dros verticales de yeso, puntuados en su pie por tres conchas
(troncas) igualmente inmutables en su disposición.
Si es el arte escultórico el que reclama vuestra atención,
desembarcad, pues, un día, en el mismo sitio que lo hizo el
portugués Quirós, en la bahía de Hanavave (Fatu-Hiva, islas
Marquesas). Él, hace cuatro siglos, descubrió allí, en las rocas
1. Monumento de Te-Ta-Rata, en la cuenca del río Waikato.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 191
sombrías, inmensas estatuas talladas en el mismo valle, que
parecían madonas o náyades.1
E incluso si no ven nada, vayan simplemente a las Mar-
quesas, como yo hice, con el entusiasmo de descubrir, tras las
huellas de Stevenson y de Gauguin, uno de los más bellos pai-
sajes del mundo, y uno de los que, en todo caso, encierran
aún ciertamente vestigios arqueológicos considerables. Si no,
¿cómo se explicarían los descubrimientos de Villaret y de Ma-
ziére, esas losas inmensas, esas estatuas de hombres de «lar-
gas orejas», hermanos de los de la isla de Pascua o de la Ama-
zonia, esas carreteras pavimentadas de 4 m de anchura, y tam-
bién esos vestigios más pequeños, pero tanto más raros, de
cerámica 2 y de armas de pesca, en cuanto a ellas rigurosa-
mente parecidas a las que se encuentran tanto en Nueva Ze-
landa... como entre los esquimales del Gran Norte pacífico?
Borren de su memoria esos tejados de chapa oxidada, esa
pacotilla china y esa abundancia de chismes. Aparten de su
mente la evidencia de que el «Queens» de Papeete y la base
atómica de Mururoa son lo que mejor se fabrica en materia
de civilización.
Recuerden que los «inmemoriales» han conocido una gran-
deza cuyos vestigios brillan aún en este periplo insólito que
juntos hemos esbozado. Nos falta espacio para evocar mu-
chos otros lugares, monolitos de las Fiji, minas de Kuki, pla-
taformas ciclópeas de la isla del Navegante, y tantos otros que
quedan por descubrir. Es allí, en la soledad y en la indiferen-
cia, donde les aguardan las mayores emociones de cierta ar-
queología no conformista.
Y si, buscando alguna isla señalada en los antiguos ma-
pas, dieran la vuelta en vano alrededor del océano, no se de-
sanimen demasiado. Muchas tierras aparecen y desaparecen
en esas regiones, y bastan algunos siglos para confundir las
certezas de los mejores navegantes. Archipiélagos enteros, de-
bidamente repertoriados, ya no existen en la actualidad, mien-
tras que otras islas emergen o vuelven a levantarse. ¿Sabían
1. ¿No hay aquí una turbadora relación con las efigies masma?
2. Idénticas en materia, forma y cocción a las de Chavin (Perú).
^L.
192 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
que Makatea o Niau, por ejemplo, se han elevado recientemen-
te cerca de un centenar de metros por encima del océano? ¿Sa-
bían que en el Gran Norte pacífico está surgiendo, de Borneo
a Alaska, una cadena de islas' a tal velocidad que los geólogos
le predicen una carrera de nuevo continente, y cuyo alumbra-
miento, sin ningún género de duda, irá acompañado de seís-
mos y de marejadas gigantescas?
¿Por qué no admitir, con Louis-Claude Vincent, que esa
parte del mundo pudo ser en otro tiempo el teatro de convul-
siones capaces de sumergir otros continentes entonces en seco,
y de dejar subsistir, en los raros picos indemnes, únicamente
los vestigios de lo que pudo resistir a las furiosas aguas? En
este caso, los polinesios no constituirían más que un residuo
de náufragos. Pero, ¿es que todas sus leyendas no giran pre-
cisamente en torno a esta hipótesis dramática?
¿Habría que considerar las islas del Pacífico como una es-
pecie de restos, de los que sólo flotaría un florón inexplicable,
esa alegría de vivir que no tiene igual en ningún otro lugar y
que evoca el paraíso en la Tierra?
¿Paraíso perdido? Seguramente, y más bien dos veces que
una, ofreciendo la segunda, muy actual, un carácter definitivo,
gracias al progreso y a nuestro desprecio hacia los «primiti-
vos».
No hace mucho tiempo, este espantoso salvajismo nos va-
lía el relato de alguna víctima inmolada a los Tikis, y de ma-
rineros europeos inexplicablemente muertos después de haber
hecho tan sólo algunos disparos de mosquete; y, sobre todo,
crimen inexpiable, la confesión de una holgazanería incurable,
totalmente extraña al rendimiento industrial. Por consiguiente,
había que eliminarla.
Se olvida que estos mismos pueblos, burlados, fusilados,
deportados y sujetados por nuestros buenos colonizadores,
eran también aquellos pueblos en los que las guerras se in-
terrumpían a la primera herida, en los que las víctimas ofre-
cidas a los dioses eran, en general, voluntarias, siendo el sa-
crificio voluntario una ética fundamental de la raza, y en los
que, todavía hoy, la hospitalidad sigue siendo sagrada para
L Las islas Andreanof, al oeste de las Aleutianas.
Dibujos del manuscrito maya Codex Troano, en los que algunos
ven representadas las peripecias de la destrucción de Mu, la
tierra original del océano Pacífico.
*
¿Qué contemplan estos gigantes de piedra de la isla de Pascua? En su ori-
gen, ¿qué propósitos, qué religión, qué pueblo? (Foto SEF.)
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 193
los Huéspedes de paso.
Estos indicios, si no son los de un pueblo constructor, son,
al menos, los de un pueblo bueno, sometido en otro tiempo
a una cultura de la que nosotros podríamos tomar ejemplo,
aun cuando no fuera perfecto. ¿Cuál lo ha sido?
Las ruinas velan sobre el océano. A nosotros corresponde
saber leer en ellas los signos de los hombres que allí crearon
un imperio.
Para esto es necesario que nos apartemos de los criterios
habituales.
«El hombre de las civilizaciones tradicionales —dice Jean
Servier—¡ tiene las mismas certezas básicas que el occidental,
nacidas de una misma adquisición humana o, quizá, de una
misma enseñanza de la que nadie conoce el origen. Por consi-
guiente, no puede haber irreductibilidad alguna de una forma
del pensamiento humano a otra: por ejemplo, del pensamiento
cristiano al pensamiento de las civilizaciones tradicionales, de
la misma manera que el espíritu no puede levantar barreras en-
tre los hombres.
«Durante demasiado tiempo, no hemos visto otra abertura
hacía el mundo más que los relatos de misioneros que ardían
en deseos de llevar unos valores supuestamente nuevos a unos
pueblos considerados como ignorantes de toda vida espiritual.
Ningún occidental ha querido ver a esos hombres, a esos "sal-
vajes", tal como eran, iluminados por una luz divina muy pa-
recida en su principio a aquella que el Occidente reivindicaba.
»...Cada civilización ha grabado en la materia su versión
del mensaje humano. Al igual que en los otros aspectos del
pensamiento humano, no percibimos ahí un aprendizaje del es-
píritu. Los únicos fracasos, las únicas imperfecciones parecen
provenir del tanteo que requiere el empleo de materiales nue-
vos, permaneciendo la concepción perfecta desde el origen,
como si el fin a alcanzar fuese conocido desde siempre.»'
1. J. Servier: L'Homme et l'invisible (París, «Robert Laffont», 1964).
13 — 3321
194 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
El resorte secreto del pasado
No serán los prehistoriadores modernos quienes digan lo
contrarío al afirmar nosotros, con fuerza, que ninguna arqueo-
logía puede tener sentido si se la estudia sin tener presente
el contexto del mundo invisible que subyacía a las actividades
del mundo llamado «primitivo». Cada vez que se han querido
reducir los vestigios o manifestaciones culturales de estos pue-
blos a vulgares conceptos de provecho o de utilitarismo, se ha
cometido un contrasentido tan craso como si se definiese el
automóvil como un simple medio de transporte, siendo así que
sirve de vehículo a inmensas fuerzas pasionales.
Gracias a Dios, los «salvajes» no poseían medios de desaho-
go tan groseros como nuestros monstruos de acero. Lo que
conocemos de sus expresiones artísticas o religiosas postula
una preocupación constante por superar la vida ruda que de-
bían de llevar, y una simbiosis cotidiana con un mundo má-
gico mucho más excitante que nuestra televisión.
«Una vez hemos llegado así, paso a paso, a la cima actual
y momentánea de la Historia humana, demos marcha atrás»,
pedía Teilhard de Chardin. Y podemos comprobar entonces
que las Venus de Lespugue y de Brassempouy, los numerosos
animales de Lascaux y de Altamira, los personajes fantásticos
de Tassili, los dioses enmascarados del Nilo, los reyes-sacerdo-
tes de Ur, los toros divinos de Asur, los pescadores de atún de
Filakopi, las diosas madres de Cnosos, los guerreros de Mice-
nas, todo lo que para nosotros se encuentra en los comienzos
del arte y de la inteligencia, sigue estando también en las fron-
teras de nuestro saber. Todo son interrogantes en esta epopeya
de la que no teníamos ni siquiera idea hace cien años. Todo
es misterio, y, a medida que aumentan nuestros conocimien-
tos, este misterio se oscurece, porque nos lleva cada vez más
lejos de la idea que nos forjamos de la Historia y del lugar
único que, a toda costa, queremos atribuir a nuestra civiliza-
ción técnica como criterio de todo valor. Por desgracia, los
hechos se multiplican en la otra dirección, y nos obligan a una
humildad muy molesta. No solamente los descubrimientos de
este siglo nos enseñan que la relatividad es una ley vigente
también en la prospección del pasado, sino que casi todo nues-
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 195
tro comportamiento actual está condicionado por lo que nues-
tros antepasados sabían tan bien y, a veces, mejor que noso-
tros.
El prodigio de Lascaux
«Cuando, después de un copioso almuerzo en algún restau-
rante de Montignac o de las Eyzies —cuenta con humor Stépha-
ne Arnaud—, el turista vuelve a montar en su automóvil para
dirigirse a Lascaux, generalmente sacrifica más al rito de las
"tres estrellas" que a la verdadera curiosidad. Nadie pasa por
Montignac sin visitar Lascaux.1 Es preciso ver Lascaux. Se
desembarca, pues, en la célebre pradera y se desciende, char-
lando, la breve escalera que desemboca en la rotonda.
»Y entonces, siempre, es la misma escena extraordinaria la
que se repite. Esos hombres, esas mujeres, esos hijos del si-
glo xx que, en su inmensa mayoría, lo ignoran todo de la Pre-
historia, para quienes las palabras "paleolítico", "magdalenien-
se", "rupestre" no tienen ningún sentido, todos sin excepción
se ven súbitamente presa de un estupor sagrado. Un gran si-
lencio desciende sobre ellos. La charla cesa instantáneamente,
como un televisor que se apaga, y esa multitud que aún se
encuentra bajo el dominio de la trufa y del foie-gras siente
gravitar sobre ella la formidable presencia de los hombres
que, hace 150 ó 200 siglos, vinieron aquí a expresar, por me-
dio de la pintura, las más altas aspiraciones de su mente y de
su corazón.»
El silencio durará aún mucho rato, una vez terminada la
visita. ¿Qué significan estas pinturas extraordinarias? ¿A qué
pensamientos obedecieron sus autores?
La primera explicación la dio la etnografía, ciencia enton-
ces aún balbuceante. Dado que se había visto a unos primitivos
del siglo xx practicar magias de caza, danzar ante representa-
ciones de venados con fines de hechizamiento, atravesar dibu-
jos de antílopes y de cebús con un trazo que figuraba una fle-
cha, se supuso que los paleolíticos habían hecho como ellos.
Y era tal la necesidad de una explicación, y de una explicación
lo más inofensiva posible, que esta suposición fue aceptada in-
1. Se estudia un proyecto de Lascaux bis, ya que la gruta está ce-
rrada al público desde 1960.
196 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
mediatamente. Se agregó a esto el hechizamiento de guerra,
aun cuando en las cavernas casi sólo se encuentran represen-
tados animales.1 Fue tanto lo que se hizo y tan bien, que, des-
pués de más de medio siglo, el tema del pobre salvaje bestial,
jamás ha cesado de ronronear en nuestros oídos y figura en
todos los libros de texto.
Una nueva visión de los sabios
El profesor Leroi-Gourhan, apoyándose en datos numéricos,
ha podido determinar unos temas mucho más profundos que
la simple magia de caza. Los dibujos y grabados rupestres re-
presentan signos masculinos y femeninos complejos y, muy
probablemente, todo un simbolismo que nos obliga a consi-
derar que todas las cavernas estaban organizadas en función
de una metafísica que desconocemos.2
Entonces, ¿qué se ha de creer? Sería preciso volver a inven-
tar la lámpara de Aladino. De pronto se nos aparecerían todos
los tesoros de la Tierra, y al propio tiempo, toda su historia.
Pero no es tal la situación. Hay que esperar; hay que tantear;
hay que hacer un balance de lo que se posee y admitir, simple-
mente, que sabemos lo que no sabemos. O, más bien, se impo-
ne otra evidencia: la que sabemos nos impone el respeto, cons-
cientes de nuestras facultades mezquinas y de nuestro modo
de vida artificial que nos impiden captar esta continuidad for-
midable de civilizaciones de las cuales dan fe los vestigios de la
Tierra entera. La noche de los tiempos sólo es noche para
nuestras miradas atrofiadas.
Recordemos la frase admirable de Jean Servier: 3 «El hom-
bre de todos los países y de todos los tiempos tiene en sí el
esquema de toda perfección posible de la Humanidad.»
Y, como conclusión, leamos una de sus páginas, muy adecuada
para referir el problema a sus justas dimensiones humanas:
«No es una imposibilidad material o intelectual la que res-
tringe en tal o cual civilización el dominio de la materia, sino
1. También ha querido verse en ello divinidades animales (Gruta
de los osos, en Suiza), hipótesis actualmente abandonada.
2. Los últimos trabajos del profesor Leroi-Gourhan aportarán una
nueva luz a este tema.
3. Profesor de etnología en la Universidad de Montpellier.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 197
la concepción que esta civilización transmite acerca del lugar
en el mundo y de la organización del Universo. El despojamien-
to técnico es una ascesis libremente consentida, una elección, y
no la consecuencia de alguna debilidad intelectual. Algunos
hombres han preferido vivir incluso en lo Invisible, y su civi-
lización ha resultado modelada por este ardiente deseo. Occi-
dente ha elegido el desarrollo ilimitado de las técnicas sin
tomarse el tiempo de preguntarse si, en esta elección, no se
había puesto en el peligro de perder el alma y la había perdido.
«...Parece ser que el plano inclinado, el contrapeso, la pa-
lanca han sido conocidos en todas las civilizaciones. Su em-
pleo sensato ha permitido a los hombres del pasado realizar
lo que nos parecen incomprensibles milagros, quizá porque ya
no tenemos en nosotros ese resorte secreto tendido por lo In-
visible, verdadera causa eficiente de las pirámides, de los mo-
nolitos de la isla de Pascua, de los dólmenes, de los menhires
gigantes o de las catedrales.
»...En ningún momento hemos comprendido que este obsti-
nado subdesarrollo de continentes enteros o incluso de regio-
nes europeas, era, en realidad, el pesado volante de seguridad
de la Humanidad, protegiendo a los únicos hombres capa-
ces de sobrevivir cuando los ascensores están bloqueados y las
panaderías cerradas.»
Tal es el camino de la mente, que permite admitir como
plausible la existencia de civilizaciones desaparecidas. Tal es
la lección de humildad que, después de volar sobre unos in-
comprensibles monumentos diseminados por las islas del Pa-
cífico, da crédito a la hipótesis de un vasto continente en el
que se habría desarrollado una cultura que es imposible juz-
gar en función de los criterios que nos son familiares.
Es muy posible que de la tierra de Mu se extendieran cier-
tas influencias a la América del Sur. Pero, al ir de las selvas
de la Amazonia hacia las ruinas de Tiahuanaco, guardémonos
de olvidar que, por no haber sabido preservar «este resorte
secreto ofrecido por lo Invisible», todo intento de explicación
no es sino especulación audaz, seductora, pero endeble.
EL TESORO DE LA JUNGLA
Si visitáis un día el museo del Louvre y admiráis allí algu-
nas obras de arte precolombino, miradlas bien. Han estado a
punto de perderse por dos veces. La primera, hace cinco siglos,
durante la conmoción que siguió a la conquista española. El
segundo peligro fue más solapado y persistente: la indiferen-
cia.
En 1903, el prestigioso adorno, compuesto de centenares
de plumas de quetzal,1 que hoy constituye el orgullo del mu-
seo de Viena, estaba aún relegado al fondo de un armario
donde los gusanos tenían todo el tiempo necesario para devo-
rarlo. Los objetos y manuscritos preciosos relativos a las civi-
lizaciones precolombinas que el Estado francés había recibido
de diversos Estados sudamericanos, yacían en el Louvre en un
cuartucho tan nauseabundo que un conservador, un poco más
compasivo que los otros, Monsieur De Longperrier, los hizo
trasladar a su propio despacho, donde no quiere decir que se
conservasen cuando él se hubo ido.
Sin embargo, la diadema de Viena era la propia corona que
el emperador Moctezuma había hecho llevar a la nave de Cor-
tés como uno de sus bienes más preciados. Y Carlos V mismo
no había desdeñado confiar este vestigio a su hermano, para
añadirlo a las colecciones del castillo de Ambras...
Lo que había llegado a Francia de obras incaicas ya no re-
presentaba más que unos restos, muy raros, de una civiliza-
ción cuyos florones se habían diseminado. La indiferencia, esta
1. Quetzal, ave trepadora muy rara en México.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 199
reina tiránica de los hombres cultos, iba a reinar en Europa,
hasta estos últimos años, para con todo lo que no se refiriese
a sus triunfales hazañas técnicas.
Los más grandes orfebres
Solamente hoy, el arte precolombino es reconocido por lo
que es: uno de los primerísimos del mundo. Raros artistas,
antes de nuestra época, habían tenido el privilegio de ver y ad-
mirar algunas muestras de este arte. Y habían quedado des-
lumhrados.
Después de una visita a Bruselas, Alberto Durero' anotaba,
el 27 de agosto de 1520: «He visto unas cosas que, procedentes
del reino del oro, han sido traídas al rey: un sol enteramente
de oro y una luna enteramente de plata, todo ello de una be-
lleza inimaginable. Son tan preciosos, que fácilmente se les
puede evaluar en cien mil guldens. Nada en mi vida había in-
fundido en mi corazón un gozo tan dulce como esos magníficos
objetos, y me quedé maravillado del talento sutil de esos ar-
tistas extranjeros.»
En cuanto a Benvenuto Cellini,2 que tuvo ocasión de exa-
minar un pez recubierto de escamas de plata y de oro, ofrecido
al Papa por Carlos V, quedóse perplejo ante las técnicas de
fabricación que ello suponía y confesóse incapaz de igualarlas
(lo mismo que Rodin, que, en una visita a México, quedó estu-
pefacto ante los bajorrelieves que entonces se estaba proce-
diendo a extraer del subsuelo).
¿Qué hay de asombroso, si pensamos que, a pesar de los
maravillosos progresos de nuestra ciencia, algunas de estas
técnicas se nos escapan todavía? Una de ellas, la granulación
del oro, no ha sido redescubierta más que recientemente por
una orfebre alemán, aunque partiendo de un procedimiento
probablemente diferente.
La América del Sur encierra, sin duda, los más grandes te-
soros arqueológicos que nuestra civilización puede aún des-
cubrir. La idea que de ellos ofrecen los monumentos ya arran-
1. El ilustre artista alemán nació en Nuremberg en 1471 y murió
en 1528.
2. Grabador, escultor y orfebre italiano, nacido en Florencia en
1500 y cuya existencia aventurera revive en sus famosas Memorias.
200 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
cados ahora a la jungla basta para suscitar la admiración más
profunda. Pero, ¿qué introducción más maravillosa a su estu-
dio que esa orfebrería única en el mundo, de la que subsisten
poquísimos ejemplares? Lo repetimos: admirad dos veces en
lugar de una todos aquellos que encontréis en los museos, ya
que provienen de lejos.
Una técnica del siglo XXI
Fernando Arbeláez, que en Colombia fue uno de los que
más se dedicaron a la resurrección del arte de Eldorado, ha
apoyado la expansión del Museo del oro en Bogotá.1
Este museo único reúne más de siete mil piezas inestima-
bles. Arbeláez ha anotado algunos de esos secretos que hacen
de la orfebrería precolombina el testimonio de un genio ini-
gualado.
Aquellos indígenas poseían la ciencia más refinada de la
joyería. Afinaban los metales fundiéndolos varias veces. Ob-
tenían hojas de oro tan finas que podían enrollarse sin temor
a que se rompieran. Utilizaban diferentes colores para matizar
los objetos y conocían las diversas aleaciones que hacen al
metal más duro o más maleable. Construían piezas enteras sin
ninguna soldadura; decoloraban el oro y trabajaban el plati-
no; 2 obtenían temperaturas de más de 2.000"; convertían el
metal en placas planas, curvas o cóncavas que cortaban en
tiras, las reducían a finas agujas, las desplegaban en forma
de plumas o les conferían movimientos aéreos, perfiles de ani-
males quiméricos de caras y pechos fantásticos.
Las obras que se han conservado no ostentan ninguna hue-
lla de martillo, de cincel o de lima; los indígenas no tenían
ni terrajas, ni laminadores, ni instrumentos de bronce que
permitieran cortar o modelar. Algunos de los objetos conser-
van aún las huellas digitales de los artistas, lo que prueba que,
en el curso del trabajo, las láminas tenían una consistencia
semifluida. ¿Cómo lo conseguían? Se supone que la presencia
de películas infinitesimales de oro en la tumbago (mezcla de
cobre y de cinc) proviene del procedimiento de la cera per-
1. Gracias a la iniciativa de la Banca de la República de Colombia
en 1936.
2. El platino fue reconocido como nuevo por Watson en 1750.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 201
dida, pero los artesanos contemporáneos son incapaces de pre-
cisar cómo.
En cuanto a Fernando Arbeláez, no vacila en citar viejos
textos que nos llevan resueltamente hacia la alquimia:
«Antonio Julián' refiere que los "sabios" de su tiempo ase-
guraban que los indios tayronas conocían una hierba de la
sierra Nevada que tenía la propiedad de ablandar el oro. Ovie-
do dice que los indios le mostraron una hierba gracias a la cual
practicaban la doradura. Es un secreto tan precioso que al-
gún orfebre de Europa o de otra parte que lo poseyese y lo
emplease sería considerado como un hombre muy rico o po-
dría llegar a serlo en muy poco tiempo gracias a esta manera
de dorar.»
Las técnicas de joyeros han continuado obsesionando la
imaginación de sus sucesores, sin haber sido nunca reinventa-
das. En su obra La metalurgia en la América precolombina,
Paul Rivet escribe que con los tumbagos de una proporción
más elevada fabricaban objetos que, si bien eran relativamen-
te pobres en oro, podían adquirir la apariencia y la inalterabili-
dad del oro casi puro, mediante el procedimiento de la colora-
ción.
Sí, Eldorado ha existido
La mera presencia de joyas tan maravillosas basta para de-
mostrarlo. Esto permite olvidar también que, hasta ahora, la
floración de expediciones 2 montadas para encontrar de nuevo
esta civilización, sea cual fuere la marca científica o humani-
taria bajo la que se oculten, ha obedecido casi siempre a la
misma motivación ancestral, la de continuar el pillaje opera-
do en otro tiempo por otros europeos.
No es el valor artístico del collar oculto del jefe inca Huay-
na Capac lo que atre a los buscadores, sino el hecho de que
sus anillos tenían, dice Zarate, el grosor de la muñeca de un
hombre y que, desenrollado, podía extenderse sobre dos de
1. Antonio Julián, historiador de la provincia de Santa María (1787).
2. Unas ciento veinte expediciones oficiales en los últimos dos si-
glos.
202 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
los lados de la plaza principal de Cuzco.
No es la cultura de las tribus chibchas lo que les emocio-
na, sino un fabuloso ciervo de oro que habría sido escondido
por sus antepasados.
Minas prodigiosas y tumbas desconocidas, esto es lo que
hace soñar todavía más que la admisión en el «Club de los ex-
ploradores». Sin embargo, sin esa belleza, con la que jugaban
los incas, sin su estética que transfiguraba las esculturas y los
adornos de sus monumentos, ¿qué quedaría de ellos?
Mañana, cuando nuestra propia civilización haya desapa-
recido, ¿evocará alguien a los europeos de África del Sur como
unos artistas, con el pretexto de que acumularon montones de
pepitas de oro gracias al trabajo de los bantúes? El oro no es
nada sin el modo de utilizarlo.
Una expedición que aún no ha tenido éxito
Explorador serio busca colaboradores en buena posición
para partir descubrimiento Eldorado,
Tal es el anuncio que yo inserto en esta obra, porque no
puedo resistir más a la tentación. De tanto leer decenas de
documentos, mi cabeza se inflama, mi imaginación corre alo-
cada; tanto peor para los editores, que se darán por muy di-
chosos de invitarme a comer, cuando regrese, lleno de duca-
dos, doblones y otras piezas contantes y sonantes, y en el bol-
sillo, el relato de mis asombrosas proezas, las cuales publicaré
por el placer de hacerlo.
Entonces, está decidido, vamos a emprender juntos el via-
je. Yo suministro gran cantidad de leyendas, mapas, confiden-
cias, de donde se desprende, indudablemente, que el tesoro
nos aguarda.
Sabed, ante todo, que el país de Eldorado todavía existe
hoy. Incluso existe en cierta demasía, en la medida en que va-
rios emplazamientos reivindican el lugar donde se levantaba,1
según la imaginación de los autores.
El asunto comienza con Marco Polo, quien evocó, antes que
1. Sin hablar de la «fiebre del oro» californiano, ilustrada por John
Sutter, en la que, con frecuencia, se evocó el nombre de Eldorado.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 203
sus colegas, una ciudad de Cipango que había de convertirse
en uno de los principales objetivos de la expedición de Cristó-
bal Colón. Un autor español, Juan Martínez, había de reanu-
dar el tema. Pero fue preciso esperar la audacia de un compa-
ñero de Pizarro para saber algo más del asunto. En realidad,
todos los lugartenientes del aventurero español no soñaban
más que en apoderarse de esa ciudad cubierta de oro, que uno
de los suyos, Orellana, decía haber vislumbrado con ocasión
de una incursión solitaria. Desgraciadamente, no había traído
nada de allá, zurrado, según él decía, por unas diablesas de
amazonas' que lo aguardaban en el camino.
No importa: un buen día, Belalcázar, segundo de Pizarro,
dejado en reserva durante la marcha sobre Cuzco, decidió no
aguardar más para conquistar en su provecho otra villa de la
cual le habían dicho que era aún más rica que la capital y que
se llamaba Quito. Allí, el último inca de Cuzco, Atahualpa, en-
terró sus tesoros antes de ser muerto por Pizarro. Belalcázar
asumió el mando de las tropas que le quedan, 200 hombres, de
los cuales 80 jinetes, y emprende el viaje de 600 leguas de sel-
vas y montañas que lo separan de su meta.
Cuando llegó a ella, las riquezas se habían evaporado. Se
encontró con las manos vacías. No obstante, llegó a sus oídos
una nueva información: un poco más al Norte, reside un se-
midiós cubierto de oro, en una ciudad maravillosa llamada
Bogotá. Helo aquí, finalmente, a Eldorado, el Dorado, el rey
de oro, soberano del fabuloso país de Manoa, donde todo está
hecho del precioso metal, desde los tejados hasta los pavimen-
tos de las calles.
Belalcázar se puso en camino inmediatamente, pero tampo-
co esta vez le sonrió la suerte. Bogotá se le ofreció, pero des-
nuda. Jamás encontraría al Hombre de oro, al Zipa, que allí
reinaba.
Después de este primer aventurero, los relatos de la con-
quista atrajeron a muchos otros: Quesada, Pedro de Orgaz,
Aguirre, Federmann, F. de Utre, etc. Según las circunstancias,
al encontrarse a las puertas de Colombia, se mataron entre sí
o se unieron para pelear contra los indígenas.
Más tarde, expediciones mejor equipadas comenzaron a
dragar y después a drenar el lago de Guatabita, cerca de Bo-
1. Ciertas pruebas serias corroboran en la actualidad la existencia
de esas tribus de mujeres guerreras.
204 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
gota. Siempre en vano. Fatigados, algunos buscaban al fabulo-
r
so Hombre de oro en los confines de la Guayana; después, en
Florida.
El fin de un aventurero
El 19 de agosto de 1618, sir Walter Raleigh,1 hombre de
Estado, poeta y familiar de la reina Isabel, era decapitado en
la torre de Londres. También a él le había abrumado la mala
suerte en su búsqueda de la misteriosa Manoa. Sin embargo,
había hecho bien las cosas: la primera vez había regresado de
una expedición con algunas pepitas de oro y tabaco, suficien-
te para convencer a sus lectores de que acababa de descubrir
efectivamente el «vasto, rico y magnífico imperio de Guaina,
así como su capital Manoa», cuyos esplendores iban a cubrir
de riquezas Inglaterra. En fe de lo cual, propuso efectuar
una vasta expedición «reservada a los amigos de los grandes
viajes y de los encuentros exóticos». Los gastos se cubrirían
con la conquista de ese territorio, en el que todas las estatuas
eran de oro puro y los sepulcros estaban llenos de joyas. Wal-
ter Raleigh embarcó, pues, a 250 compañeros, puso en marcha
la expedición y, poco tiempo después, se encontraba solo, lo
cual es grave, arruinado, que lo es menos, pero también deca-
pitado, que lo es mucho más. Habría hecho mejor, pensarán
los timoratos, permaneciendo tranquilo y contentándose con
vivir de su pluma. Sin embargo, esta suerte funesta no desa-
nimó a sus sucesores en aventuras, muchos de los cuales, toda-
vía hoy, parten en busca del reino embrujador.
Pero, dirán, hasta ahora, esos relatos no parecen muy con-
vincentes. Si existe Eldorado, ¿cómo tendríamos nosotros ma-
yores probabilidades de descubrirlo?
El hombre de metal
Algunos detalles reconfortantes: Eldorado era, efectivamen-
te, un semidiós, algo así como el dalai-lama de nuestros días.
Desde su tierna infancia, elegido por los sacerdotes, vivía en
1. Nacido en Hayes en 1552 y ya conocido como colonizador de Vir-
ginia y del valle del Orinoco.
r LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA
el aislamiento más completo, en una casa de oro cuyos cimien-
205
tos habían sido consagrados por el sacrificio de jóvenes de
ambos sexos.1 Allí fue creciendo, apartado de todo contacto
exterior. Ni siquiera los sacerdotes que se le acercaban podían
mirarlo a la cara. Una mordaza de oro le tapaba la boca. Él
era el Hijo del Sol, y con él se identificaba.
Ritualmente, el día de la consagración se ofrecía a la ado-
ración de sus subditos. Enteramente desnudo, recubierto por
un polvo de oro de los pies a la cabeza, engalanado con innu-
merables joyas, se acomodaba a bordo de una balsa de juncos,
cargado él mismo de ofrendas preciosas, y se dejaba guiar por
cuatro caciques cubiertos por el mismo «vestido» dorado. La
balsa se alejaba con gran ruido de caracolas y tambores, mien-
tras que, en la orilla, los miembros del clero encendían grandes
braseros perfumados.
Al llegar al centro del lago, el Hijo del Sol echaba todas las
ofrendas al agua, donde el demonio de las profundidades aguar-
daba este sacrificio. Entonces, la concurrencia profería ala-
ridos de alegría, mientras que el Zipa, agotado, tembloroso a
causa de las innumerables pruebas y ayunos que precedieron
a la ceremonia, volvía lentamente a su prisión, su tumba real,
donde jamás penetraba un rayo de luz... 2
Todo esto no es una leyenda. Se trata de los relatos inmu-
tables de todos los caciques interrogados por los exploradores.
¿Queda aún lugar para el escepticismo?
Analicemos mejor el problema. Dos evidencias se imponen:
1* Eldorado existe.
2.a Está situado en alguna parte de la América del Sur.
Descartemos resueltamente a los autores antiguos, pues,
¿de qué nos sirve saber, según el hermano Pedro Simón, cro-
nista español, que el país misterioso está «rodeado por las
aguas del mar del Norte, del mar de Etiopía, del estrecho de
Magallanes, del mar del Sur, de donde salía el famoso Orinoco
para ir a parar al del Norte»?
Más interesante es la persistente tradición de los indios
1. Efectivamente, se han encontrado esqueletos sepultados al pie
de monumentos de carácter religioso.
2. Un piloto de navio español, Pedro Corzo, recogió una parte de
estos detalles de boca de indígenas de los cuales se había hecho amigo.
206 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
del Caribe y del Perú, según la cual la fabulosa ciudad se en-
cuentra en una alta meseta en el corazón de los Andes, en el
centro mismo de la actual Colombia. Esto nos permite recha-
zar las suposiciones fantásticas que, en el transcurso del tiem-
po, situaron la región codiciada en Florida, en México, donde
se la confunde con las Siete Ciudades de Cíbola,1 en el Caribe,
donde se sitúa más bien el imperio mítico de Waipiti, o tam-
bién en los confines del Brasil y de Colombia, que esconde,
quizás, en el río Apura, las minas del misterioso Ofir, tan bus-
cadas en Arabia o en África.
Los triunfos del tiempo presente
En la época actual, queda una Iocalización más avanzada
que se limita a cuatro posibilidades:
— la parte inexplorada de la cordillera de los Andes, de la
que hablan las tradiciones indias;
— el macizo guayanés de los montes Tumuc-Humac, donde
desapareció hace algunos años el explorador Roger Maufrais; 2
— una parte del Paraguay, donde la existencia de las tres
«Ciudades de los Césares» sigue siendo invocada con insisten-
cia;
— finalmente, la impenetrable selva virgen que reina en
las regiones desconocidas del Matto Grosso brasileño.
Es preciso que tres hipótesis desaparezcan del expediente.
Primeramente, la versión paraguaya, que se refiere a una ciu-
dad diferente de la que nos interesa, sin que por ello carezca
de atractivo. Los montes Tumuc-Humac, donde viven cierta-
mente unas tribus de indios blancos que pueden retener prisio-
neros a los visitantes demasiado curiosos, pero donde no hay,
a decir verdad, indicios muy detallados con respecto a ciuda-
des que correspondan a Eldorado.
He aquí la última bifurcación, la elección entre dos direc-
ciones: altas cimas de la cordillera o cuenca amazónica.
No hay duda de que en los Andes no hay escondrijos ex-
1. Cíbola no es en la actualidad más que una pequeña aldea, situa-
da en el oeste del país, con viviendas de adobe.
2. Su padre, Edgar Maufrais partió infructuosamente en su busca.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 207
traordinarios, aunque sólo fuese por la necesidad perentoria
de los últimos incas de sustraer sus sagrados tesoros a la rapa-
cidad de los conquistadores. ¿Dónde situar esas riquezas?
«En galerías, más seguras que fortalezas —responde el ar-
queólogo inglés Harold Wilkins—. Estas galerías están cava-
das en el corazón de las montañas y selladas con misteriosos
jeroglíficos, verdaderos "ábrete, sésamo", cuyo significado, en
cada generación, era conocido por un solo inca. Fueron cons-
truidas hace milenios por una raza desaparecida que poseía
una civilización muy avanzada.»
Estas galerías subterráneas no son en modo alguno inven-
ciones. Se conocen ya de ellas impresionantes redes, entre
otras las que enlazan Lima con Cuzco' y se prolongan hasta la
frontera boliviana. Su desmonte plantea enormes problemas de
financiación, sin contar el terror supersticioso de los indíge-
nas hacia esos trabajos, persuadidos como están de la existen-
cia de trampas mortales para todo intruso que se aventurase
en su interior.
Estos mismos indígenas están tan convencidos de ello que
afirman conocer no sólo la situación de tales refugios, sino
también la presencia de ciudades edificadas en alturas inac-
cesibles, y habitadas por un pueblo desconocido de raza blanca.
Esto nos lleva a los testimonios contemporáneos. Uno de
los más curiosos ha sido redactado por un iniciado rosicrucia-
no, el hermano Felipe, de la orden de la Mano roja.
El hermano Felipe
«En junio de 1957 —refiere—, nuestro grupo expedicio-
nario exploró la meseta de Marcahuasi,2 en los Andes, donde se
encuentra la Selva sagrada o Jardín de los dioses.
»E1 grupo expedicionario se dirigió luego hacia el Este,
con dirección al legendario país de Paititi, y atravesó la región
salvaje del río Alto Madre de Dios, al este de Cuzco, tras haber
superado múltiples dificultades, ya que nadie en el grupo te-
nía fusil. Exploró un territorio desconocido cerca de las fuen-
1. Es decir, a distancias de 200 km a 300 km.
2. En la meseta de Marcahuasi se encuentran las esculturas rupes-
tres de la cultura masma, descubiertas por Daniel Ruzo (véase el ca-
pítulo siguiente).
208 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
tes del río Sinkibenia, después llegó a los últimos contrafuer-
tes de los Andes, que se le aparecieron como un mundo per-
dido con sus grandes montañas verdes rodeadas de niebla y
nubes, impresionantes de majestad y de misterio. Según las
leyendas de las tribus indias, habría allí una gran ciudad de
piedra de los antiguos, perdida.»
El autor se basa aquí en relatos indígenas, e incluso en su-
cesos contemporáneos: hace cosa de unos años, en ese sector,
un indio piro buscaba a su mujer, una machiguenga, que ha-
bía huido. Cerca de las fuentes de dos ríos desconocidos, en
una cadena de montañas poco elevadas, encontró una carre-
tera empedrada. La siguió hasta una ciudad magnífica, aban-
donada. Ni incas ni españoles habían visitado jamás aquellas
ruinas. ¿Por qué? Porque aquella ciudad era una de las nu-
merosas ciudades del Imperio de Paititi. Las leyendas del país
hablan de un Portal Perdido, que se abría a un mundo ante-
diluviano. A decir verdad, no es un portal, sino la fachada de
piedra de un enorme acantilado cubierto de inscripciones ex-
trañas...
«El 10 de julio de 1957 —continúa el hermano Felipe—,
descubrimos aquella Roca de las Escrituras en un lugar des-
conocido del río Sinkibenia. Allí habitaba una tribu salvaje
que jamás había sido visitada por hombres civilizados. Por
otra parte, ella tampoco deseaba este contacto. Tomamos fo-
tos e hicimos dibujos de estos petroglifos que cubren una su-
perficie de 26 m de largo por 2,50 m de altura. Los glifos son
en forma de rodillos y contienen, sin duda, la historia de la
Ciudad Perdida. Varios de ellos se parecen a las inscripciones
mayas y aztecas. Una de las figuras representa un hombre
joven cubierto con un casco que señala hacia el Oeste.»
¿Una fábula? No forzosamente. Hay cosas mucho más inex-
plicables en el corazón de los Andes, y que constituyen el ob-
jeto de documentos fotográficos indiscutibles. ¿Quién cons-
truyó la fortificación al estilo de la Gran Muralla de China,
que serpentea entre montes y valles a más de 4.000 m de alti-
tud? Y en las mismas alturas, ¿qué significan esos canales, tam-
bién debidamente fotografiados, medio demolidos por algún
seísmo, y que parecen anteriores al levantamiento de los An-
des? 1
1. Expedición Johnson, organizada con el concurso de varias uni-
versidades de los Estados Unidos.
Monolito antropomorfo de Tiahuanaco: Viracocha, ¿personaje histórico, dios
local o prestigioso fundador llegado de un reino desconocido?
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 209
Los grafitos del cielo
En cuanto a las gigantescas imágenes estudiadas por Ro-
bert Charroux en el desierto de Nazca, ¿son acaso más razo-
nables para nuestra mezquina mente lógica? Algunas líneas
bastarán para trazar de ellas un resumen apto para estimular
la imaginación.
Por otra parte, es toda una civilización lo que habría que
evocar a este respecto, ya que, aparte las figuras gigantescas
de las que vamos a hablar, existen también numerosos vesti-
gios de arquitectura y de arte funerario que nada tienen que
envidiar a los más famosos descubrimientos egipcios o su-
merios. ¡Cuan asombroso resulta, en esas regiones semidesér-
ticas, exclusivamente pobladas por indios hoy día embruteci-
dos por la cola, descubrir tumbas adornadas con las más pre-
ciosas telas, velos, brochados, tapicerías' o trabajos de irriga-
ción colosales, con fortalezas construidas a la misma escala y
de las que es casi imposible determinar el origen de sus cons-
tructores!
El misterio no hace sino volverse más denso, cuando lle-
gamos a la altiplanicie que se ha hecho famosa, cerca de la
aldea de Nazca. No solamente posee una red de canales dig-
nos, en todos los aspectos, de figurar al lado de los del pla-
neta Marte, sino también extraños dibujos cuyas proporciones
son tales que hay que verlos desde un avión para poder apre-
ciar los contornos. Ya se conocía una inmensa araña, un le-
gendario pájaro de fuego cuya envergadura era de unos 100 m.
Estudios más detallados han permitido descubrir algunas otras
figuras, entrelazadas con los misteriosos canales que parten
del desierto y sólo van a parar a éste, cruzado hoy por la línea
de la carretera panamericana.
Tales dibujos no dejan de recordar los de los Estados Uni-
dos y de la Gran Bretaña, en forma de túmulos (mounds) o de
fosos en los que el ojo del terrestre no adivina más que cier-
tas irregularidades del suelo.
1. En las que pueden distinguirse cerca de 200 tonos diferentes.
14 — 3321
210 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
En todas partes el enigma sigue siendo total. Podemos aña-
dir, también en el Perú, el del famoso candelabro de los An-
des. Trazado sobre una colina a la orilla del mar, sólo puede
verse desde alta mar y a cierta distancia. La misma desmesu-
ra, a calcular en centenares de metros, es común a ellos, para
no darlos a descifrar más que a las miradas situadas muy alto
en el cielo. Algo así como las formas luminosas de un aero-
puerto que se perfilan de forma característica en el momento
de un aterrizaje. ¿Quién podrá decirnos quiénes eran los pilo-
tos que podían surcar los cielos en las épocas prehistóricas?
Con esta civilización de lo gigantesco, henos aquí lejos de
las rapiñas de los conquistadores o del imperio igualmente
efímero de la «United Fruit»...
Los verdaderos misterios nos aguardan
Esa región del Globo, es cierto, dista mucho de haber
revelado todos sus secretos. Es más que probable que algunas
ciudades ciclópeas aguarden aún ser descubiertas, habitadas
o no. No se arguya que la Era de la aviación abre todas las
puertas de la exploración. Nada, o casi nada, de la inmensidad
sudamericana ha sido explorada con aviones ligeros. En cuan-
to a las líneas regulares, ninguna vuela sobre esas regiones
aparte los trayectos de ciudad en ciudad. Habrá que esperar
alguna foto afortunada de un satélite a gran altura para saber
algo más, a condición de que la luz rasante desgarre el velo
de la selva. Esos techos frondosos camuflan todo lo que se
encuentra debajo. ¿Habrá que recurrir a los procedimientos
de detección empleados por los norteamericanos en el Viet-
nam... menos el napalm y los defoliantes?
Un arqueólogo americano que figura entre los más clási-
cos, A. H. Verrill,1 no vacila, por lo que a él respecta, en afir-
mar que las extensiones similares de la América central ocul-
tan aún ciudades mayas completamente vivientes. Habla de
«tierras prohibidas» en las que no se debe jamás penetrar,
bajo pena de muerte.
Ya estamos, pues, avisados: una ciudad del Eldorado se
encuentra, casi con seguridad, en la cordillera de los Andes,
1. Muerto en 1964, a la edad de 93 años, tras haber escrito un cen-
tenar de obras sobre la América central y del Sur.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 211
pero está habitada y es muy poco propicia para los visitantes
animados de intenciones impuras.
Una ciudad de ciencia-ficción
Las vacilaciones serían, pues, legítimas, pero debemos pa-
sar ahora a la cuenca amazónica, y a la meseta del Matto Gros-
so que la flanquea. Es sin duda allá donde abundan las infor-
maciones más completas sobre el tema que nos ocupa.
Algunos investigadores no han cesado de pretender que en
las junglas inexploradas de la Amazonia existe aún una civili-
zación desconocida, depositaría de un fabuloso saber. Allí, los
detalles abundan, puesto que una de las regiones localizadas
se encuentra con gran exactitud en un triángulo formado por
el río Xingu, el río Tapajós y el Amazonas. Allí existiría «una
ciudad Z», determinada por las coordenadas siguientes: 19°
30' de latitud sur y 12* 30' de longitud oeste. Desde luego, no
puede pedirse más y basta, al parecer, con ponerse en camino,
con un sextante en la mano.
Otro sitio frecuentemente señalado es la sierra Parima, al
noroeste de la Amazonia. Según Hernando de Ribeira, basta
buscar un gran lago que posee una isla en su centro. Allí se
encuentran Manoa y un palacio que sobrepasa toda descrip-
ción:
«Sus paredes y sus tejados de oro se reflejan en un lago
pavimento de oro. Toda la vajilla es de oro puro y de plata
pura; para los utensilios más corrientes, se empleaba el cobre
y la plata. En medio de la isla, se levantaba un templo, dedi-
cado al Sol y, alrededor de él, había estatuas de oro que re-
presentaban gigantes. La estatua de un príncipe estaba entera-
mente recubierta de polvo de oro...» 1
¿Todavía otra localización? Al pie del monte Haves, cerca
del Amazonas, la isla de Marájó guarda ruinas monumentales
estudiadas por el arqueólogo aficionado Bernardo de Silva
1. Francisco López: Historia general de los incas.
212 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
Ramos. Descubrió allí inmensas salas subterráneas unidas en-
tre sí por galerías y que contenían muchos objetos insólitos:
vasos de estilo etrusco, dibujos de navios de cuatro mástiles
de una capacidad de al menos 800 pasajeros, piedras sumer-
gidas cubiertas de signos aparentemente fenicios, y dibujos de
toros, rinocerontes y otros animales desconocidos en América
del Sur antes de la «Conquista».
Si añadimos que el monte Havea mismo se presenta como
una inmensa cabeza esculpida, subrayada por inscripciones cu-
neiformes de 3 m de altura que domina una roca escarpada de
840 m, se comprenderá que la región sea, al menos, tan rica
en misterios como las precedentes.
Un coronel desaparecido
¿Qué debemos concluir de ello? Que la Amazonia entera
encierra innumerables vestigios todavía por descubrir y que al-
gunos lugares ofrecen un comienzo de pista más que prome-
tedor.
¿Por qué, desde hace tiempo, estas riquezas no han sido ya
diez veces inventariadas, examinadas, saqueadas? En épocas
recientes se han enviado a esas regiones más de un centenar
de expediciones oficiales, lo cual permite suponer un número
de ellas mucho mayor de un carácter más discreto. Ninguna
confirmación magistral ha levantado el velo sobre lo que pare-
ce ser una civilización gigantesca sepultada en la selva. ¿Es
preciso admitir que las expediciones oficiales no encontraron
nada y que las otras no dijeron nada de sus descubrimientos?
¿Enigmas como el de la desaparición del célebre coronel Faw-
cett podrían repetirse indefinidamente? Se sabe que, en 1925,
este explorador volvía a partir para una nueva expedición ha-
cia el «infierno verde», basándose en declaraciones de unos
indios que le habían hablado de una ciudad aún viviente, ha-
bitada, iluminada durante la noche. Y Fawcett, antes de esta
última expedición, declaraba: «La respuesta a la pregunta so-
bre el origen de los indios de América y sobre el mundo pre-
histórico se dará cuando las antiguas ciudades de la civiliza-
ción solar hayan sido encontradas y abiertas a la investigación
científica. Porque yo sé que esas ciudades existen [...]. No
dudo ni un instante de su existencia. ¿Cómo podría hacerlo?
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 213
Yo he visto con mis ojos los vestigios de una de ellas, y ésta
es la razón por la que me siento impelido a volver allá.
«Estos restos parecen ser como la avanzada de una de las
grandes ciudades que deben poder encontrarse, estoy conven-
cido, lo mismo que las otras, si se organizan búsquedas como
es debido. Por desgracia, yo no puedo permitirme llevar tan
lejos a unos sabios a base de la simple presunción de que en el
Brasil existen los vestigios de una antigua civilización.»
Tal fue, en suma, el testamento del coronel. Después, nin-
guna noticia de él. De vez en cuando, se dice que su existencia
ha sido señalada aquí o allí, en medio de unas tribus que lo
tenían prisionero. Han transcurrido más de cuarenta años, y
las ciudades que el explorador habría descubierto permanecen
igualmente secretas. Su nombre debe añadirse a la lista im-
presionante de los temerarios que pagaron con su vida una
curiosidad quizá demasiado viva con respecto a las terrae pro-
hibitae, o que, simplemente, tuvieron que renunciar próximos
a su meta: Otorongo llamado el Tigre, Gonzalo Ximénez (1539),
Bobadilla (1784), Schomburk (1840), Koch-Grünberg (1908)
Hamilton Rice (1925) y tantos otros que partieron más o me-
nos de incógnito.
Las ciudades del sueño despierto
¿Les parece demasiado tétrico el balance para intentar la
aventura? ¿Apagarán su entusiasmo todos esos fantasmas des-
vanecidos en alguna parte de la jungla, siendo así que tantas
precisiones han venido ya a engrosar nuestro expediente?
¿Acaso necesitan una mayor provisión de sueños? He aquí
el relato de un jefe indio, tal como lo recogió, muy reciente-
mente aún, el profesor Homet, explorando la sierra Parima:
«Frente a la peña, en la orilla derecha del valle, hay una
vieja aldea. Las casas eran antes de piedra; ahora están com-
pletamente en ruinas. Están dispuestas en largas filas separa-
das por anchas calles regulares. Si abandonas ese lugar para
ir directamente hacia donde el sol se pone cada día, llegarás,
al cabo de otros dos días pasados en la montaña, a una alta
muralla. No podrás atravesarla, y tendrás que buscar una puer-
ta de piedra bajo un gran arco que conduce al subsuelo. En-
214 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
tonces encontrarás una gran ciudad construida con piedras,
pero todas ellas caídas al suelo.»
Este relato se parece de una manera extraña al que, dos
siglos atrás, hacía el español Francisco Raposo, que partió en
busca de una mina de oro. También él penetró en una calle
bordeada de casas de piedra y adornada con estatuas y colum-
nas. En una gran plaza se erguía la silueta de un hombre, con
el brazo extendido hacia el Norte.1 En la proximidad de la
ciudad, Raposo encontró una estatuilla de oro: un hombre
puesto de rodillas y rodeado por un arco, una corona y un
instrumento de música; descubrió unos signos que más tarde
fueron autentificados como letras griegas arcaicas y, final-
mente, encontró a dos indios blancos que huyeron al acercar-
se él. La anécdota es casi demasiado bella para ser creída,
aunque, sin embargo, la existencia de indios blancos ha cons-
tituido el objeto de numerosísimos relatos de viajeros.
¿Un «underground» fantástico?
Otra cosa de la que ahora se está también seguro es que la
cuenca amazónica no fue siempre el desierto vegetal que tanto
desanima a los exploradores. Una relación reciente permite
afirmar que el subsuelo es allí casi más rico en vestigios que
la superficie sepultada bajo la vegetación, si hemos de dar
crédito a Serge Hutin. Uno de sus amigos,2 explotador fores-
tal, dice haber descubierto salas y laberintos subterráneos,
llenos de los vestigios de una vieja civilización:
«Bajo la jungla inexplorada del Brasil ecuatorial hay cata-
cumbas, grutas [...]. Se encuentran allí extraños ídolos de pie-
dra o de cerámica. Según lo que los indígenas me dijeron de
ellas, esas estatuas habrían sido esculpidas por artistas divinos
o satánicos, inmortales, llegados de lejos, del Este, para ir a
refugiarse en aquellos parajes después de un espantoso cata-
clismo.»
1. Estas estatuas que indican una dirección se encuentran en mu-
chos lugares supuestos de la Atlántida o de Mu.
2. P. Gregor, autor del Journal d'un sorcier (París, «Ed. Sebescen»,
1964).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 215
Henos, pues, en presencia de una dimensión suplementaria
de investigaciones.
¿Han señalado cuidadosamente en el mapa estas diferentes
localizaciones? Agreguen las inscripciones del Pianoro de Roo-
sevelt en la frontera de la Amazonia, al pie del Matto Grosso,
símbolos indescifrables grabados en gigantescos discos de pie-
dra, divididos en seis partes (¿tablas de cálculo astronómi-
cas?).
Observen que los buques de tres palos que suelen encon-
trarse dibujados en la jungla llevaban, en Creta, el nombre de
«caramequera»... El mismo nombre que los indios más igno-
rantes dan hoy a sus cisternas de agua. Subrayad que estas
coincidencias se encuentran en centenares de ejemplares entre
las escrituras mediterráneas y los grafitos de las murallas per-
didas de Amazonia.
Un monumento alucinante
Añaden a la lista la enorme Pedra Pintada, descubierta por
el profesor Humet cerca de Tárame, en una altiplanicie entre
la sierra Paracaima y el río Urari Coera: bajo una gigantesca
serpiente grabada en el frontón,1 se alinean millares de signos
y de letras que recuerdan las escrituras del antiguo Egipto,
las semíticas, las judías, las sumerias, las celtas, las irlande-
sas... ¡Confiesen que todo esto sobrepasa a los mayores exce-
sos de imaginación!
No es eso todo. Según se coloque uno en un rincón o en
otro de la Pedra Pintada, comienzan a resonar ecos impresio-
nantes, y un fenómeno increíble sorprende a los que penetran
en las grutas: una vez que uno ha llegado al lado del monu-
mento, lleno de osamentas humanas, se ve obligado a revivir
las escenas de los abominables sacrificios de otros tiempos.
He aquí, tal como la describe él mismo, la visión alucinante
que tuvo el profesor Homet cuando penetró en la caverna:
«Se puso en movimiento una gran muchedumbre, acompa-
ñada de tintineos de campanillas. Millares de hombres, muje-
res, niños avanzaban lenta y majestuosamente hacia la Pedra
Pintada para acabar deteniéndose ante la entrada principal. Re-
1. 100 m de largo, 80 m de ancho y 30 m de alto.
216 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
sonó una voz, alta, en el cielo, y pasó cinco o seis veces por
encima de la masa de fieles que se inclinaban respetuosamen-
te. Unos hombres de elevada estatura, con aire solemne, se se-
pararon de la multitud y se aproximaron a la piedra monumen-
tal.»
El profesor Homet recuerda con espanto las imágenes que
siguieron a esta evocación, aunque sin explicar por qué fenó-
meno quedó de ellas impregnada su mente. ¿Acaso la gruta
encierra emanaciones de gases alucinógenos o impregnaciones
aún más misteriosas? Quizá no lo sabremos nunca. Sin embar-
go, cada visitante es presa de las mismas apariciones: los
«sacerdotes» se instalan en dos plataformas desnudas, soste-
nidos por unos «servidores de la muerte» con aire de sonám-
bulos. Después se detienen en lo alto del dolmen, cuyo tono
rojo comienza a brillar bajo los rayos del sol levante. De nue-
vo se repiten las llamadas procedentes de lo alto, mientras que
unos asistentes de diferentes clases levantan unos cuchillos
sagrados,1 hechos de una hoja de piedra muy afilada, y los
hunden en el pecho de las víctimas, a las que arrancan el cora-
zón. Entonces, lanzando trozos de carne a los cuatro puntos
cardinales, los sacerdotes anuncian a los fieles el destino que
les aguarda en los años venideros...
Luces en la jungla
Pero el Amazonas no comporta únicamente antologías del
horror. Hay también allí montañas dedicadas al dios de la son-
risa y de la alegría, carreteras que no conducen a ninguna par-
te, signos en forma de poemas de amor en rocas perdidas en
la selva.
Recordaré sólo de paso esos extraños candelabros de luz
fría que parecen iluminar día y noche, en los relatos de los
que recorren la selva, las avenidas de esas misteriosas ciuda-
des que nos aguardan.
Estatuas de oro, subterráneos, grabados de la antigüedad
mediterránea, indios blancos, luminarias eternas, 2 he ahí con
1. Al parecer, los ritos de la Pedra Pintada guardan afinidad con
los del clero celtibérico.
2. ¿Acaso estas luminarias perpetuas contienen cucuyos, luciérna-
gas utilizadas por los incas y cuyo poder de iluminación se extendía
a 60 m?
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 217
qué organizar, al menos, una docena de expediciones, ¿no les
parece?
Mi relato toca a su fin. Pero, casi cada día, podría aumen-
tarlo, ya que, en nuestra época, no pasa una estación del año
sin que se ensanche el campo de los descubrimientos y, al pro-
pio tiempo, el misterio de lo que surge ante nuestras miradas
incrédulas.
Mañana, con la décima parte de los medios empleados para
la conquista de nuestro pálido astro lunar, el verdadero des-
cubrimiento de nuestra Tierra se revelará cien veces más fér-
til en sorpresas. Un día, el sueño del coronel Fawcett habitará
en la mente de multitudes, y Eldorado ofrecerá su último men-
saje. Tal vez ya no sea en forma de un vil metal, sino, como
el secreto del alquimista, a través del descubrimiento de las
fabulosas civilizaciones cuyo recuerdo guarda el continente
americano. La Amazonia será un faro más en el pasado de los
hombres.
¿Quieren adelantarse a esos descubrimientos inminentes?
¿Quieren formar parte de los pioneros? Los espero.
LA MESETA DE LOS ANTEPASADOS
Es preciso alejarse de Lima unos 50 km a lo largo del valle
del Rimac. Siempre en dirección a la cordillera, hay que hacer
otros 20 km, esta vez por el valle de Santa Eulalia. Debe re-
correrse, por espacio de 10 km, un tercer valle, el de Car-
huayamac, hasta la ciudad de San Pedro de Casta. A partir de
ahí, las carreteras empedradas dejan paso a ios senderos. Uno
de ellos llega hasta la meseta de Marcahuasi. No estamos le-
jos de los 4.000 m de altitud.
Tal es el itinerario que el arqueólogo peruano Daniel Ruzo
siguió en 1952. No iba guiado por el azar: las leyendas abun-
dan en el Perú, los especialistas de las civilizaciones andinas
tienen en cuenta las indicaciones que les ofrece su estudio y,
a veces, uno de estos indicios permite avanzar un paso en la
comprensión del pasado, por muy complejo y misterioso que
sea. También, a veces, el hilo de la tradición oral conduce a
un descubrimiento que promete tener gran repercusión. Éste
fue el caso.
En la alta meseta de Marcahuasi, 1 de una superficie de
3 km2, se encuentran reunidos los testimonios de piedra de
una civilización megalítica desconocida. En una época que se-
ría aventurado querer precisar, unos hombres aprovecharon
la disposición natural de las peñas para darles una forma de-
finitiva, particularidades identificables, de suerte que su cul-
to animalístico, sus símbolos antropomórficos y su magia se
1. Situación de la meseta: 11° 46' 40" de latitud Sur, por 76° 35' 26"
de longitud Oeste.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 219
integraron en el caos geológico para hacer de ello un inmenso
conjunto de esculturas.
«He dado el nombre de Masma a ese pueblo de escultores
—dirá Daniel Ruzo después de su descubrimiento—, porque,
desde un tiempo inmemorial, se designa por este nombre un
valle y una ciudad que se encuentran en la región central del
Perú, habitada por los huancas hasta la llegada de los espa-
ñoles.»
Con respecto a esta cultura masma, una sola cosa es se-
gura: es de las más antiguas del mundo. Puesto que en ella
hay megalitos, ¿se la puede creer contemporánea de Stonehen-
ge y de Carnac? ¿Puede establecerse, como resulta tentador
hacerlo, para asegurarse un poco de lógica en el pasado dislo-
cado de los pueblos desaparecidos, alguna relación con la isla
de Pascua? Una habilidad mayor que la mía daría una apa-
riencia de solidez a cualquier hipótesis. Pero la realidad ha-
bla. Aquí, los bloques no fueron traídos de una cantera le-
jana. Los materiales estaban allí, soldados al suelo por su
masa y sus inconmovibles raíces de piedra. Los hombres no
pudieron hacer otra cosa más que someterse a la inspiración
de la Naturaleza, 1 al capricho mineral que ellos traspusieron
con mano maestra. Sus intenciones siguen siendo impenetra-
bles. Lo que ellos veían en la época en la que la altiplanicie
les servía de lugar de habitación o, más probablemente, de lu-
gar sagrado, suscita preguntas sin respuesta. Debido a que una
de las peñas fue esculpida en forma de estegosaurio,2 ¿debe-
mos inferir de ello que los habitantes de la meseta de Marca-
huasi vivían en la Era terciaria?
El azar y la intención
«¡Alto ahí! —interrumpe el positivista—. Las fantasías geo-
lógicas son numerosas, y sorprendentes...»
Ni que decir tiene que en el reino de los espectros de pie-
dra no es un crimen de leso romanticismo el mirar las cosas
dos veces. Como en Bimini, si las olas del océano se avinie-
1. Aun cuando la técnica de las caras sin ojos, en las que la som-
bra de las cejas da la ilusión de la mirada, sea común a la cultura
masma y a la de la isla de Pascua.
2. Estegosaurio: reptil del final de la Era secundaria (cretáceo), de
7 m de largo y cuyo lomo estaba cubierto de anchas placas óseas.
220 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
sen a volver a efectuar una soberbia demostración de albañíle-
ría, la explicación «natural» cortaría por lo sano toda discu-
sión, y la cultura masma se desvanecería. Pero, en ese lugar
de la cordillera como en las costas de las Bermudas, la réplica
no es exigua: en Bimini, tiene 600 m de longitud y, en Marca-
huasi, se aferra a una voluntad de expresión que se traduce
por múltiples condiciones.
Estas condiciones de autenticidad las enumeró Daniel Ruzo
con ocasión de una conferencia que pronunció ante la Socie-
dad de etnografía de París, el 6 de diciembre de 1958: «El gran
número de esculturas antropomórficas y zoomórficas ejecuta-
das en espacios restringidos; la repetición de los mismos mo-
tivos; la reunión de varias figuras en una misma roca; el lugar
exacto en que uno debe colocarse para que el punto de vista
permita apreciar las obras en sus formas perfectas; el hecho
de que este emplazamiento esté señalado en el terreno por una
obra ejecutada con la misma técnica y la misma factura, lo
cual, de toda evidencia, implica a un escultor único para las
dos partes de una misma obra; la manera como ese escultor
supo aprovechar los juegos de luces y de sombras según las
horas del día y las estaciones del año para poner de manifies-
to las imágenes talladas; los alineamientos exactos de pun-
tos esenciales pertenecientes, al menos, a tres monumentos di-
ferentes: el arte indiscutible y el estilo oriental de las escul-
turas.»
Estas comprobacions inducen a Daniel Ruzo a rechazar
la idea de atribuir esos vestigios prehistóricos a la acción de la
Naturaleza. Pero los escépticos no se dan por vencidos, y, sin
duda, por esta razón la cultura masma suscita algunas sonri-
sas. El escepticismo, desde luego, es como la fe: tenaz, con
frecuencia inexplicable si no es por una íntima iluminación.
En materia de Arqueología, los incrédulos tienen excusas: aquí,
la revelación que se ofrece a su perspicacia requiere una as-
censión de 4.000 m. Allí, está tan fuertemente sujeta a caución,
que sirve para poner en guardia contra toda aventura peligro-
sa en la que el conformismo podría quedar resentido.
«¿Y la cultura bellifontiana? —puede objetar el más hon-
rado de los sabios—. Id a Fontainebleau y decid lo que pensáis
de ella.» El índice de frecuentación de un lugar no altera en
nada su poder de misterio. Generaciones de enamorados han
pasado cerca de las paredes de la gruta de Font-de-Gaume sin
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 221
hacer el menor caso de las pinturas que se encontraban allí
desde hacía más de veinte mil años. Cortejos de excursionis-
tas pueden infestar el macizo forestal de Fontainebleau sin
ver allí otra cosa más que el último jardín público de la región
parisiense. Ahora bien, si hay que dar crédito a Robert Ganzo,
unos ojos alerta detectarían allí cosas curiosas.
No se trata del Montero Mayor ni de su jauría diabólica
apareciéndose al paseante extraviado. El bosque, que durante
mucho tiempo continuó siendo una región salvaje en la que los
jinetes sólo se aventuraban cuando iban en grupo, debió de ser
el refugio de religiones antiguas, que encontraban allí el lugar
iniciático adecuado, bajo la protección de la inmensidad sil-
vestre y de sus fantasmagorías, que mantenían apartados a los
intrusos. Tampoco se trata de los descubrimientos de Villeneu-
ve-sur-Auvers y de la gruta del Sarraceno,1 que se relacionan,
indiscutiblemente, con el final del paleolítico y con el mesolí-
tico. Son las supervivencias de ritos célticos en el macizo de
Fontainebleau las que inducen a uno a interrogarse frente a
las rocas de formas extrañas. Un águila, una cabeza de león,
una tortuga con el caparazón cubierto de escamas, enormes
lagartos antediluvianos aparecen, efectivamente, cuando la sa-
gacidad de un fotógrafo capta el ángulo y Ja iluminación que
los ponen mejor de manifiesto. ¿Es que unos remotos adora-
dores «echaron una mano» a la Naturaleza? ¿Ese arte anima-
lístico está situado bajo el signo de la iniciación... o de la ero-
sión? ¿Fueron cinceladas por el tiempo las líneas que despier-
tan nuestro asombro? ¿Dónde se encuentra la frontera entre
el azar y la intención?
Cuando no se puede juzgar a base de otras pruebas que no
sean la fotografía, no son los signos manuales los que despier-
tan más interés, sino la mente que dictó su disposición. Tal vo-
luntad inteligente aparece en las reproducciones de las rocas
esculpidas de Marcahuasi. Sobre todo en lo que respecta a
unas figuras colosales en las que Daniel Ruzo descubre una
influencia inesperada: la de Egipto. En varios puntos, aparece
1. Ideogramas de la gruta del Sarraceno, cerca de La Ferté-Alais,
cuyo descubridor fue Rene de Saint-Perier, y necrópolis campiniense
de Villeneuve-sur-Auvers, descubierta por R. Ganzo en 1958
222 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
representada la diosa Thueris. 1 Símbolo de la fecundidad, es-
taba personificada por un hipopótamo hembra, erguida sobre
sus patas posteriores. Que este animal haya inspirado a los
escultores egipcios, nada más normal. Que haya sido «imagi-
nado» a 4.000 m de altitud, en la cordillera de los Andes, ya
resulta menos explicable.
En ese mismo lugar situado a tan grande altura, los hom-
bres de la prehistoria americana bosquejaron un curioso retra-
to de familia: una roca doble, de 25 m de altura hasta su cima,
comprende dos caras que miran hacia el Norte y hacia el Sur,
respectivamente. De perfil, aparecen catorce figuras, en las
que se ven razas diferentes, lo cual vendría a apoyar las afir-
maciones de Daniel Ruzo, según las cuales la cultura masma
no habría estado aislada, y sus relaciones con pueblos exte-
riores son evidentes.
Aun cuando no puede establecerse ninguna corresponden-
cia en las épocas pasadas, existen en Marcahuasi conocimien-
tos astronómicos, que hacen pensar en el calendario de Sto-
nehenge. Daniel Ruzo estudia sus detalles topográficos. Entre
los monumentos llamados el Altar de los Sapos, el León afri-
cano, la Cabeza del Inca y ciertas posiciones del Sol, las rela-
ciones son evidentes. La sombra de las rocas recorre una zona
delimitada entre los solsticios de invierno y de verano. Otros
momentos del año están indicados por sombras cuya dirección
y longitud fueron cuidadosamente calculadas.2 El estudio de
estas coordenadas nos pondrá, naturalmente, en presencia de
un conocimiento de los ciclos solares y lunares que tenía una
importancia tan grande en la vida de los pueblos andinos.
Pero, ¿qué es lo que se sabrá acerca de estos pueblos, de su
erigen y de los tiempos en los que les correspondió vivir?
¿Contemporáneos de los constructores de Stonehenge o de
Tiahuanaco? Esta pregunta es, precisamente, la que nos hace
pasar a través de las cronologías como el perro amaestrado
a través de un aro. La rarefacción del oxígeno en las cimas de
la cordillera haría peligroso tal salto. Pero, si de tan lejos, y
ante la audacia de las hipótesis propuestas, son lícitas unas
1. En Marcahuasi, también, un retrato de faraón, cuyo tocado se
inspira visiblemente en el estilo egipcio y en las cabezas negroides tí-
picas del Alto Egipto.
2. Inexplicables fenómenos fotográficos se han observado en Mar-
cahuasi: figuras esculpidas que resultan diferentes a simple vista y en
los positivos, aunque diferentes al proyectar el negativo...
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 223
acrobacias mucho más inconsideradas, con mayor razón cuan-
do, descendiendo un millar de kilómetros hacia el Sur, perma-
neciendo en la misma altitud, vemos el inmenso lago cuyas
largas hierbas acuáticas no son las únicas en tender trampas.
Los dioses del lago
Entre las dos cordilleras, la meseta se extiende como un
rellano, un pasadizo bordeado de cimas que pasan de los
7.000 m de altura. Al Norte, donde Marcahuasi ha fijado su
enigma, el espacio comprendido entre las cadenas de montañas
no llega a 200 km de anchura. Pero, en los confines del Perú
y de Bolivia, el desierto pedregoso se convierte en una gigan-
tesca terraza de un millar de kilómetros de anchura en donde
se halla situado el lago Titicaca inexplicable, inexplicado.
En la altiplanicie, el ritmo de la vida humana aparece mo-
dificado. El sol traslúcido, el aire avaro de oxígeno, los días
tórridos y las noches polares pueden hacer creer que ninguna
civilización, tal como la concebimos, ha podido desarrollarse
en estas condiciones. Sin embargo, los indios de las mesetas
viven allí, y viven hasta edad muy avanzada. Pero las casas
construidas por el hombre blanco se derrumban en La Paz o en
Lima cuando la tierra es sacudida, y las ruinas antiguas que se
elevan en las orillas del lago permanecen en pie. En el cielo
límpido, los cóndores describen círculos por encima de la ciu-
dad visible y sobre las que ya no lo son.
Si la Naturaleza ha intervenido en esos lugares, sólo ha
sido para aumentar las dificultades de vivir en ellos. Cierta-
mente, unos organismos adaptados a las exigencias de la alti-
tud no padecen los males que experimenta el europeo. Otros
dirán: unos organismos diferentes de los de los seres terres-
tres pudieron escoger esta plataforma desolada para establecer
en ella su domicilio, edificar monumentos cuya magnitud y
mensaje escapan a nuestra comprensión. Así, ante el espejo
infinito del lago, la imaginación soñadora puede llegar al paro-
xismo. Y los arqueólogos andinos, poco indulgentes para con
los aficionados a lo fantástico, tampoco pueden sustraerse a
ciertas interrogaciones peligrosamente irracionales. ¿Cómo po-
dría ser de otro modo? Entre los sabios y el pasado de Tiahua-
naco, los dioses sirven de intermediarios.
224 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
Entonces aparece un dios blanco precolombino (y la pala-
bra adquiere una elasticidad fabulosa) que no podía, en modo
alguno, realizar en aquellas orillas una travesía oceánica:
«Viracocha se inscribe a la cabeza del insólito y hormi-
gueante panteón andino», escribe Simone Waisbard. Y pode-
mos preguntar: «Pero, ¿se trata verdaderamente de un dios?
¿O bien de un apóstol de carne, blanco y barbado, y de dónde
vino?»
No fueron los indios interrogados por los oficiales de Pi-
zarro los que respondieron de un modo satisfactorio. Para
ellos, Viracocha no habitaba ni el cielo ni la tierra. ¿Habría
salido de una de las innumerables bocas del Agartha subterrá-
neo, semillero de maestros espirituales? Tampoco. Él es dios
y él crea. Él crea la pareja original: Manco Capac y Mama
Ocho. El lugar del prodigio, cuna de la Humanidad, resulta
ser un islote rocoso en medio del lago. Extrapolemos: el paraí-
so terrenal a 4.000 m de altitud, y una línea de descendientes
de quienes lo habríamos aprendido todo, si no hubiésemos par-
tido del principio contrario, de que el Viejo Mundo había in-
fluido tan profundamente en el Nuevo.
Un panteón «insólito y hormigueante». No podría encon-
trarse una fórmula más feliz. La génesis de las tradiciones
andinas se inspira, seguramente, en las profundidades del lago
Titicaca, pero sería demasiado simple creer que se despliega
sin confusión. El árbol genealógico de Manco Capac es tortuo-
so. ¿No lo hemos encontrado en una época reciente, hacia el
año 1300, refugiado en Machu Picchu con un puñado de fíeles?
¿Acaso el nombre fue atribuido a una estirpe de soberanos y
de héroes? ¿Seguirá siendo siempre incierto el origen del pri-
mero de los Manco Capac?
Otro personaje se halla presente en los alrededores del lago,
pero su realidad es igualmente discutible: Tonapa, un profeta,
que habría venido del mar, que curaría a los enfermos y acu-
mularía los prodigios. Desde hace mucho tiempo, su identidad
constituye el objeto de investigaciones y suposiciones inespe-
radas. Los misioneros españoles vieron en él a un pionero de
la predicación.1 En 1968, refiere Simone Waisbard, el sociólogo
Werley Craig, líder de la Iglesia de Jesucristo de los Últimos
1. «...El santo blanco predicó de viva voz durante mucho tiempo
antes de la llegada de los cristianos», escribía en 1621 el padre Ramos
Gavilán.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 225
Días, anunció que, «cien años después de su crucifixión, Jesu-
cristo recorrió las tierras americanas. El dios peruano Viraco-
cha y el dios mexicano Quetzalcóatl no fueron más que una
misma persona: Jesucristo, reencarnado en un anciano patriar-
ca de luenga barba y blancas vestiduras, dotado de majestuosa
presencia».
Cuando el misticismo abre sus puertas a la ciencia-ficción,
los controles de identidad resultan delicados. Pero Tonapa,
seguido en su pista por alguien tan perspicaz como Simone
Waisbard, no puede confundirse con Viracocha. No obstante, se
cruza en el camino de Manco Capac, quien habría heredado de
él un bastón de oro, varita mágica o cetro real. Este atributo
no sería extraño al nacimiento de una dinastía y del Imperio
de los Incas. La realidad de Manco Capac nos lleva, de antepa-
sado en antepasado, a ese «señor del mundo entero», Huyustus,
fundador de Winay-Marka, ciudad monumental que él habría
edificado sobre las ruinas de Chucara. Winay-Marka, más an-
tigua que Tiahuanaco... Chucara, mas antigua que Winay-Mar-
ka...
Este resumen genealógico de Manco Capac quizá no será
apreciado por los americanistas anquilosados. Yo solamente
me arriesgo a presentarlo para justificar el vértigo que se
adueña de nosotros al acercarnos a las ruinas.
Tiahuanaco, ciudad nueva
Ante todo, ¿cuál es esa ciudad antigua cuyas ruinas se ex-
tienden sobre 45 Ha, al sudeste del lago? En el kilómetro 21
de la línea férrea, el cartel de la estación que indica Tiahuana-
co 1 hace alusión, naturalmente, al lugar arqueológico que se
ofrece a la mirada del viajero. Pero, los vestigios accesibles
hoy día, ¿tienen algo en común con las ciudades desapareci-
das, habitadas por los héroes de la mitología lacustre?
Sin embargo, incluso si no existiera ninguna alusión a ciu-
dades más antiguas construidas en ese emplazamiento, los mo-
numentos de Tiahuanaco bastarían para suscitar insolubles
enigmas.
1. La parte del Altiplano en la que se extiende el complejo arqueo-
lógico de Tiahuanaco se encuentra en el territorio de Bolivia (La Paz,
a 80 km).
15 — 3321
226 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
A cuatro metros por encima del nivel medio del Altiplano,
la metrópoli fue orientada con precisión. Es difícil reconstruir
su plano, pero la fotografía aérea ha revelado la simetría de
los ejes principales. La diagonal que une el Kalasasaya, templo
grandioso que se elevaba sobre una plataforma artificial de
35.000 m3, con la pirámide de Puma Puncu marca un ángulo
de 45° con relación al norte geográfico. Todos los ejes fueron
trazados a partir del Akapana, pirámide de 200 m de lado por
25 m de altura, de restos impresionantes.
Pirámides dislocadas, templos y palacios desmantelados
sólo ofrecen a las investigaciones el tercio de la superficie
construida en otro tiempo. En esas 12 Ha, sabios americanis-
tas y teóricos de lo fantástico han interrogado las mismas pie-
dras, sin llegar a ninguna conclusión definitiva, a ninguna cla-
sificación racional, a ninguna solución histórica. La originali-
dad se halla por doquier presente en Tiahuanaco. Y la origina-
lidad, en materia arqueológica, es un defecto capital para cual-
quiera que es aficionado a referirse a los cuadros sinópticos.
¿Había en la plataforma superior de la pirámide sagrada de
Akapana un depósito de agua que permitía a los habitantes
resistir un asedio prolongado? ¿Fue cavado ese depósito por
los buscadores de tesoros? ¿Qué significarían, en este caso, las
canalizaciones que llegan hasta su cima?
Del Akapana, una vía majestuosa llega hasta el Kalasasaya.
La laguna del lago tocaba el pie de su amplia escalinata de gres
rojo. ¿Qué era ese edificio? El francés Alcide d'Orbigny (1844)
veía en él un templo, el atlantista Imbelloni (1956) imaginaba
un lugar de ceremonias, el suizo Tschudi hablaba de fortaleza
y Arthur Posnansky (1954) situaba allí un observatorio astro-
nómico...
Posnansky, al que sus trabajos considerables y rigurosos
no impiden que sea clasificado entre los amantes de lo fantás-
tico, subraya, por otra parte, uno de esos detalles que sirven
de trampolín para las mayores fantasías: unas embarcaciones
atracaban en el muro contiguo a la parte norte del templo.
Y que así: «...Un muelle y la entrada de este muelle, en el
que abordaban las grandes balsas cargadas de monolitos que
debían ir a buscar a las islas sagradas o más lejos, al otro lado
del lago.»
_ _ _
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 227
¿Puerto lacustre? La idea hace pegar un respingo a los ar-
queólogos. Pero esta idea, como veremos, será adoptada de
nuevo y adaptada a las dimensiones de un problema geológico
que autoriza suposiciones mucho más extraordinarias. Muy
cerca de Kalasasaya, donde se levanta la «Puerta del Sol»,
que deberá constituir el objeto de una meditación particular,
los vestigios de un pequeño templo en pendiente han puesto
de manifiesto los conocimientos hidráulicos de ese pueblo des-
conocido. Gárgolas, colectores, canalizaciones de pendiente per-
fecta ponían los monumentos al abrigo de las lluvias torrencia-
les. También protegían las setenta cabezas esculpidas que
guardan, testigos de secretos que permanecerán impenetrables,
los muros del Templete.1
A un kilómetro del Akapana, una pirámide bate el récord
de gigantismo. Se distinguen todavía sus cuatro gradas. Los
procedimientos empleados para su construcción nos remiten
a los poblemas planteados en Gizeh, en Stonehenge y en Po-
napé. Unas losas, de 2 m de grosor, largas de 8 y anchas de 4,
pueden alcanzar un peso de cien toneladas. Estas medidas ha-
rían superfluo todo comentario si no se descubriese en el ajus-
tado de estos mastodontes un afán de perfección sin equiva-
lente: unas muescas practicadas en los ángulos de los monoli-
tos servían de lecho al cobre y al plomo fundido que, al solidi-
ficarse, formaba unas espigas para uso de gigantes...
¿Esta pirámide de Puma Puncu no sería, más bien, el pala-
cio imperial de Tiahuanaco, en la época en que el Inca y sus
consejeros se sentaban en el trono y en los enormes bancos
de piedra empotrados en la plataforma? Este género de inter-
pretación rejuvenece el problema y despeja sus incógnitas, ya
que Tiahuanaco fue, con toda seguridad, «utilizada» por los
incas, de la misma manera que el rey Keops utilizó, según las
teorías expuestas anteriormente, la Gran Pirámide construida
mucho tiempo antes de su reinado. Todo el misterio de Tiahua-
naco estriba en ese período preincaico del que pocos elementos
permiten medir su extensión.2 De lo que subsiste del más anti-
guo imperio de Tiahuanaco, ¿qué es lo que podríamos adivi-
1. El Templete: descubierto en 1903 por Georges Courty y recons-
truido en 1964 por los arqueólogos bolivianos.
2. Víctor W. von Hagen, propenso a rejuvenecer el pasado preco-
lombino, data del siglo x i al x n i el dominio del imperio de Tiahuanaco
sobre el Perú y Bolivia.
228 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
nar? Las excavaciones más recientes permiten afirmar que cin-
co civilizaciones se sucedieron en ese lugar. La última crono-
lógicamente ha dejado los vestigios de una ciudad que puede
calificarse de nueva, teniendo en cuenta la antigüedad incon-
mensurable de las anteriores. ¿Cómo desaparecieron esas civi-
lizaciones? ¿Por cuál maldición fue entregada Tiahuanaco a la
destrucción? Si los cataclismos naturales se encuentran en
la base de hipótesis fascinantes, sería presuntuoso ignorar los
estragos de la imbecilidad...
De los cretinos al diluvio
El tema de este libro suscita frecuentes alusiones a civi-
lizaciones avanzadas, a conocimientos técnicos y espirituales
diferentes de los nuestros, a poderes que el tiempo alteró o
modificó conforme a una evolución, consciente o ciega según
las opiniones. Pero el lector habrá observado, junto a cada tes-
timonio digno de despertar nuestra curiosidad y de orientar
nuestras fantasías, la presencia histórica de la estupidez. Don-
dequiera que se manifiesta el genio de los milenios transcurri-
dos, el cretino de los tiempos modernos se manifiesta por una
consternante voluntad de destrucción.
Las hornacinas cavadas en los megalitos de Morbihan para
colocar en ellas estatuillas san-sulpicianas no son sino una ma-
nifestación benigna de la inconsciencia. En Tiahuanaco es po-
sible imaginar que los cataclismos horbigerianos no son sino
bagatelas al lado de las demoliciones organizadas por el hom-
bre. Ciertas reflexiones de intelectuales del siglo xix permiten
vislumbrar una actitud que sólo puede engendrar desastres.
Cuando Louis-Claude Vincent descubre una de ellas, no deja
de hacérnosla saborear. Juzgúese de ello por esta cita de Ro-
bertson, extraída de una reseña del Congreso internacional de
los americanistas celebrado en Nancy en 1875:
«En toda la extensión de ese vasto imperio no hay un solo
monumento o incluso los vestigios de una sola construcción
que sea anterior a la época que precedió a la Conquista.»
Y, más adelante: «...A la llegada de los españoles, los indíge-
nas no conocían ninguna de esas artes que constituyen el pri-
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 229
mer intento realizado por la ingeniosidad de los hombres.» *
Exactamente, la ingeniosidad de los conquistadores se ejer-
ció de un modo curioso. Al igual que el revestimiento de las
pirámides de Gizeh, utilizado por los habitantes de El Cairo,
las piedras de Tiahuanaco, al menos las más transportables,
sirvieron para la construcción de la aldea vecina. A veces, los
misioneros católicos, como el padre Bernabé Cobo, que escri-
bió a principios del siglo xvn una Historia del Nuevo Mundo,
adivinaban la prestigiosa antigüedad de los materiales dise-
minados.
En cuanto a los aficionados a las cosas bellas (aquellos
arqueólogos-coleccionistas que actuaron en los valles del Nilo
y del Vézére),2 tuvieron numerosos imitadores en las altas me-
setas andinas. Removieron tanto el subsuelo que, en nuestros
días, es imposible determinar las capas que corresponden a los
períodos sucesivos de habitación.
Entonces entró en escena un hombre al que este espec-
táculo llenó de amargura. Arthur Posnansky, ingeniero alemán
establecido en La Paz, tuvo la revelación de la arqueología en
medio de las ruinas de Tiahuanaco. Tocado por las presencias
invisibles que merodeaban aún en medio de las obras maestras
maltrechas, intentó un salvamento desesperado. Sus escritos
se escalonan de 1914 a 1956 y contribuyeron a llamar la aten-
ción de investigadores más respetuosos del pasado que sus
predecesores. Revelaron la importancia excepcional del patri-
monio, cuya salvaguarda debía, ante todo, asegurarse Bolivia.
Pero, ¡ay!, antes de que el cambio de actitud tan deseado hu-
biera dado sus frutos, Tiahuanaco continuó siendo víctima de
una avidez incontrolada. Entonces Posnansky dedicábase a fo-
tografiar sin descanso los vestigios destinados a la destruc-
ción. Tomando un sinfín de medidas, trazaba los planos de la
ciudad antes de que fuera arrasada. Después obtuvo de las
autoridades de La Paz la creación de un museo en el que se
reunirían las obras de arte y los materiales significativos de la
gran civilización desaparecida. Esto es lo que hoy se le repro-
cha: este género de trasplante es considerado hoy día como un
1. Adoptando el partido contrario, A. Alien declaraba en este mis-
mo congreso de Nancy: «En muchos respectos, el Nuevo Mundo resulta
más antiguo que el nuestro.»
2. Belzoni, Lepsius, Prisse d'Avennes en Egipto, Hauser en las
Eyzies, para no citar más que a éstos entre muchos otros.
230 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
absurdo. Parece ser que los arqueólogos olvidan las circunstan-
cias que colocaron a algunos pioneros ante un dilema patéti-
co: dejar unos vestigios en su sitio, con el riesgo de verlos de-
saparecer al cabo de algunos meses, o ponerlos a buen recaudo
separándolos de su contexto. Después de todo, equivale a optar
entre nada y algo.
Pero no se sabe si esta puesta en el índice no es la conse-
cuencia de motivos de queja más conformistas. Al entregarse
a estudios minuciosos del lugar, Arthur Posnansky cayó bajo
su hechizo. Las cronologías elaboradas por los americanistas
se le antojaron exageradas o demasiado tranquilizadoras. Éstas
distinguen en la historia de Tiahuanaco dos etapas de cultura
la más primitiva de las cuales se sitúa antes de la Era cristia-
na, aproximación que, dicho sea de paso, no es compromete-
dora. La más reciente se extendería de 500 a 1000 de nuestra
Era según los unos, de 1000 a 1300 según los otros. Habría co-
nocido su apogeo antes de la llegada de los incas.
La relativa actualidad de ese pasado excluye la antigüedad
fabulosa que se confunde con trastornos terrestres, de los que
las ruinas y el lago ostentan los estigmas. Sin embargo, cada
uno de los dos bandos remite a los mismos enigmas. «Nada
permite descubrir la historia perdida de Tiahuanaco —leemos
en Sprague de Camp—.' Los acontecimientos que no pudieron
consignarse por escrito quedan borrados para siempre, al mo-
rir aquellos que guardaban su recuerdo.»
En estas condiciones, cada cual tiene derecho a la discu-
sión. Posnansky propone la fecha de 40.000 años antes de J. C,
y los positivistas ironizan. Bellamy y Saurat irán más lejos
todavía. El punto común a estos audaces es la hipótesis según
la cual Tiahuanaco fue un puerto y que un cataclismo gigan-
tesco causó su pérdida. Mucho tiempo antes de que los funes-
tos demoledores que destruyeron, sin duda, inestimables fuen-
tes de información, el Diluvio puso fin a la poderosa civiliza-
ción del Altiplano. Un diluvio, esto es plausible, pero ¿cuál?
1. L. y C. Sprague de Camp relacionan la civilización de Tiahuanaco
con la de los Chavins, que se desarrolló en las altas mesetas del Norte
entre 1200 y 400 a. de J. C.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 231
Navios sobre el tejado
Un diluvio está allá, presente en la cordillera, tan presente
como las ruinas de la ciudad. Los vestigios más viejos del mun-
do, quizá. Pero, ¿cómo admitir que los hombres que edifica-
ron la primera de las ciudades de Tiahuanaco fueron víctimas
de un fenómeno natural en unos tiempos en que sólo se veían
animales monstruosos en la superficie de la Tierra? Sin embar-
go, en la meseta de Marcahuasi, unos escultores habrían repre-
sentado al estegosaurio... Y, entre los adornos esculpidos de
Tiahuanaco, figuran estilizaciones del toxodonte, animal del ter-
ciario.1
La acción del agua, a través de un período de duración in-
determinada, es visible alrededor de las ruinas que se encon-
traron así sobreelevadas con relación al nivel medio de la me-
seta. Si el lago Titicaca no se formó hasta la época cuaterna-
ria, si sólo fue el inmenso depósito de las aguas de fusión de
los glaciares, ninguna empresa humana puede desarrollarse a
aquella altura. Las terrazas de erosión alcanzan la altitud de
3.885 m. Debajo, no había nada, ni ciudad, ni puerto, ni habi-
tantes.
Pero los vestigios de sedimentación que intrigaron a Denis
Saurat no se deben a la fusión de los hielos... Esa línea discu-
rre a lo largo de 700 km del lago Umayo, en el Perú, al lago
Coipusa. En la región del Titicaca, pasa por encima del nivel
actual de las aguas y continúa, hacia el Sur, descendiendo
poco a poco. ¿Es que el mar bañaba esos parajes? ¿Llegaba a
la altura de las montañas o éstas se encontraban 4.000 m más
abajo? «Estando situada la línea de sedimentación entre los
100 m y los 30 m por encima del nivel del lago —observa Ro-
bert Charroux— el supuesto "puerto" de Tiahuanaco habría
sido, pues, el puerto de una ciudad sumergida a 87 m bajo las
aguas.»2
1. Se han descubierto osamentas de toxodonte en las ruinas de Tia-
huanaco.
2. Con relación a las terrazas de erosión, G. Terrazas Mogrovejo
(1970) sitúa el «área de las ruinas» a 43 m de profundidad.
232 MICHEL-CLAUDB TOUCHARD
Cojamos la pelota al vuelo: ¿y si el verdadero «puerto» de
Tiahuanaco se encontraba en el fondo del lago, con la ciudad
más antigua que habría sido reconstruida tres, cuatro y cinco
veces, hasta que la última réplica se encontrase a más de vein-
te kilómetros de la orilla? Unos geógrafos se han preguntado si
el lago no era un fragmento del océano Pacífico, abandonado
en la cima de las montañas después de un alzamiento prodigio-
so, cuya visión, en todo caso, no puede asociarse a la de seres
humanos viviendo en la misma época. Sin embargo, existe una
corriente de ideas que remite las cosas a su sitio, la cordillera
al suyo y los ribereños del lago al suyo también.
Al ir al encuentro de los hiperbóreos, en un capítulo ante-
rior, nos cruzamos con el austríaco Hans Horbiger, con sus
asombrosas teorías y con las consecuencias ocultas que éstas
tuvieron sobre algunas mentes germánicas hacia 1925. La lu-
cha perpetua entre el hielo y el fuego, los inevitables ciclos
cósmicos que determinan el destino de la Humanidad van
acompañados de un fenómeno de gravitación que acerca pe-
riódicamente un satélite a nuestro planeta. Durante el período
que precede a su caída a la tierra, su atracción se vuelve tan
poderosa, que los océanos son aspirados, su superficie es con-
vexa, su altura desmesurada. Los Andes llevan la marca de
este vientre oceánico: la famosa línea de sedimentos marinos
que se prolonga a lo largo de centenares de kilómetros no es
horizontal, sino que da la idea de un hinchamiento de las
aguas, anormal y momentáneo.1
La hipótesis de la cadena montañosa surgiendo del océano,
en un movimiento opuesto al que ocasionó la desaparición de
la Atlántida, no es sustentada por los horbigerianos. Por otra
parte, las épocas son diferentes (cien milenios, al menos, las
separan) y todo lo que hace referencia a la Atlántida se inte-
gra, junto a los enigmas andinos, en tiempos recientes y en un
diluvio de sólo once o doce mil años de antigüedad. La fantás-
tica marea lunar que afecta al Altiplano del Callao data de
250.000 a 300.000 años antes de nuestra Era. Tiahuanaco no se
halla al borde del lago: es un puerto de mar.
1. Denis Saurat precisa que, en la hipótesis de un alzamiento de los
Andes, la línea de sedimentos «se habría quebrado en miles de frag-
mentos no identificables».
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 233
Al tratar de sacar una lógica de estas teorías adoptadas por
Bellamy, Kiss, Posnansky, Saurat, etc., me doy cuenta de que
la más antigua de las ciudades de Tiahuanaco no fue ni an-
tediluviana ni posdiluviana, sino contemporánea de una ele-
vación de las aguas al aproximarse la espantosa colisión.1 En
espera de ésta, ¿qué es lo que queda de las tierras emergidas?
Los Andes, el alto México, la cima de Nueva Guinea, el Tibet
y las montañas de Abisinia. Los hombres de Tiahuanaco se
hallan en relación con estas regiones que permanecieron in-
cólumes. Sus naves surcan los océanos de forma de lupa hasta
el día en que la luna terciaria caerá, modificando radicalmen-
te las condiciones de supervivencia de esa remota Humanidad.
Los océanos «desinflados» descienden, descubriendo, aquí, al-
tas tierras, y allá, sumergiendo otras. El diluvio es el mismo
para todos, pero sus consecuencias varían según las latitudes.
Los habitantes del puerto de mar se encuentran ahora al borde
del lago más alto del mundo. El aire se ha enrarecido. Los
desarrollos insólitos del organismo bajo el efecto de una atrac-
ción cada vez más fuerte han quedado súbitamente interrum-
pidos. Es el final de una civilización y, tal vez, el final de un
reino cuyo gigantismo viene sugerido por los ídolos de Tiahua-
naco.
Todo esto sucede al final del terciario. Hay, pues, lugar para
la gran fusión de los hielos,2 que, al principio de la Era siguien-
te, sepulta a Tiahuanaco, cuyas ruinas se encontrarían, enton-
ces, a unos cincuenta metros bajo las aguas. Geógrafos y teóri-
cos de lo fantástico encontrarían aquí un acuerdo posible, de
no existir inagotables reservas de argumentos que los separan
para siempre.
En realidad, el agua de las cumbres nevadas no habrá sido
suficiente para desalar esa porción de océanos suspendida so-
bre uno de los tejados del mundo. El agua del lago Titicaca
es tan salada, que no sirve para regar las tierras incultas de las
altas mesetas.3 Tampoco ha hecho desaparecer los alucinantes
testigos de esa Era terciaria que haría de Tiahuanaco el lugar
1. Recordaremos que la Luna actual sería el cuarto satélite captado
por la Tierra.
2. Los geólogos estiman que las leyendas relativas al diluvio andino
se relacionan con los «períodos de glaciación y con inundaciones su-
cesivas que fueron el resultado de los mismos».
3. Relación de una misión francesa en junio de 1970, mencionada
por Simone Waisbard.
234 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
arqueológico más antiguo de la historia de la Humanidad. En
las profundidades del lago evolucionan unas criaturas que aún
no han terminado su mutación. Los queles, sapos gigantes de
60 cm de longitud, medio batracios, medio peces, habitan la
sabana submarina de las algas inmensas y jamás suben a la
superficie. Se han quedado en la Era terciaria, la de los toxo-
dontes esculpidos en las piedras...
Cuando consideramos unas edades tan remotas, nos resul-
ta difícil hablar de ciudades sepultadas que serían anteriores
a las ruinas actuales. Y, sin embargo, existen. A pesar de las
dificultades inhumanas a las que se enfrentan los buceadores
a 3.800 m de altitud, algunas expediciones han podido realizar
ciertos descubrimientos. En 1956, un americano, William Mar-
doff, percibió, a unos 30 m de profundidad, unos muros en los
que había aberturas. A menor profundidad, y visibles desde la
superficie, un arqueólogo inglés señaló la existencia de una
calzada y vestigios de edificios. Las revelaciones más apasio-
nantes han sido efectuadas por un argentino, diplomático y
campeón de pesca submarina, Román Avellaneda, quien descu-
brió y fotografió treinta muros paralelos, separados por inter-
valos regulares y unidos en su base por un conjunto de mono-
litos. «Las ruinas descubiertas por el diplomático argentino
—escribe Simone Waisbard— pertenecen, seguramente, a la
más antigua civilización megalítica del Altiplano del Collao.
Sin duda precedieron incluso a la famosa Tiahuanaco y a su
grandiosa Puerta del Sol, Pero, ¿a qué corresponden?»
La Puerta del Sol
Tallada en un solo bloque de andesita/ cuyo peso se es-
tima en 10 toneladas, mira hacia el sol levante. ¿Señalaba la
entrada de un conjunto de carácter religioso, de un recinto
sagrado que formaba parte del Kalasasaya? ¿No hubo nunca
nada detrás de esa especie de arco de triunfo cuyas dimensio-
nes (unos 3 m de alto por 4 de ancho) resultan modestas con
relación a la magnitud de los edificios que lo rodeaban? No
es, pues, su aspecto colosal, lo que hace de la Puerta del Sol
uno de los mayores enigmas de la arqueología, sino la obra
1. La andesita es típica de los relieves volcánicos y es común, en
Francia, en la cadena de los cerros.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 235
maestra artística o el mensaje, o las dos cosas juntas, que
ofrece a la meditación.
Hay pocos vestigios monumentales que sean objeto de teo-
rías tan audaces como la Puerta del Sol de Tiahuanaco. «Cin-
celada como un brazalete moro —escribe Robert Charroux—
está cubierta de petroglifos indescifrables, pero con suficien-
te abundancia de imágenes para exaltar la mente.» «Si pudié-
ramos descifrarla y leerla —decía el coronel Churchward—,
¡qué historia tan maravillosa podría contarnos acerca del re-
moto pasado!»
El examen de la figura central da la medida de esta com-
plejidad. Es una divinidad, de pie, con la cabeza circundada
por rayos terminados por un círculo, excepto en los ángulos
superiores, donde los rayos son sustituidos por dos cabezas
de leopardo. En cada mano tiene un bastón o un cetro ador-
nado con una cabeza de cóndor.
Ninguna de las identidades propuestas ha sido considerada
satisfactoria (¿por quién habría de serlo?) y todas tienen su
interés. ¿Es Viracocha? ¿Un príapo, personificando el poder
creador? ¿La representación del doble ritmo cósmico del Sol
y la Luna? ¿O un jaguar estilizado con los símbolos del relám-
pago y del trueno? ¿O bien una alusión al Imperio del Sol, en
la que Churchward distingue la repetición del número tres,
símbolo numérico de Mu: tres capas superpuestas formando
un escudete, tres plumas a modo de coronas, tres puntos' en
cada mejilla, etc.?
¿Y esos bastones, que tanto podrían ser cetros, como rayos
o serpientes?
Esfinge del Nuevo Mundo, el dios anónimo de Tiahuanaco
sería quizá claramente explicado por el libro de imágenes del
cual él ocupa el centro. Pero ese libro es una colección de re-
cetas mágicas. Impulsado por la teoría que él oye defender
1. Siendo las cabezas de aves el tótem de la reina Moo de Mayax,
el leopardo el del príncipe Coh, esposo y hermano de la reina Moo
(véase J. Churchward: Mu, el continente perdido, cap. IX).
236 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
y confirmar, el lector descifra allí una fabulosa historia, pero
ésta ofrece tantas facetas como él quiere ver allí. Y algunas
de estas facetas tienen reflejos tan deslumbrantes, que resulta
difícil resistir su brillo..»
La prueba del calendario
Es sabido que el calendario de los Incas contaba doce me-
ses de treinta días y cinco o seis días complementarios que
daban al año la extensión que nos es familiar.
Las tres hileras del bajorrelieve de la Puerta del Sol han
abierto a los románticos de la arqueología perspectivas in-
sospechadas. En la procesión de las siluetas aladas, como en
el trazado del friso en el que la greca escalar se desarrolla
alrededor de quince soles radiantes, Arthur Posnansky fue el
primero en descubrir un calendario. No es su precisión, con
perdón de los horbigerianos, lo que produce asombro. Son
las observaciones, cuyo balance representaría este calendario,
observaciones que, una vez más, coincidirían con las condi-
ciones astronómicas de la Era terciaria.
Naturalmente, estos estudios son obra de una escuela muy
particular, la misma que sitúa a Tiahuanaco al borde de los
océanos levantados por la atracción de un satélite cuya caída
es inminente...
Kiss, un alemán, propuso en 1937 el descifre de los moti-
vos del friso y, doce años después, el inglés Ashton perfeccionó
la interpretación del llamado calendario. Éste contaba, al pa-
recer, 290 días. Comenzaría en el equinoccio de otoño del he-
misferio sur, se dividiría en doce partes de 24 días, durante
las cuales la Luna de entonces efectuaba 37 revoluciones alre-
dedor de la Tierra. El movimiento aparente y el movimiento
real del satélite habían sido comprendidos y calculados por
los sabios de la época, de quienes dice Denis Saurat, que si
no eran forzosamente superiores a los nuestros,1 se dirigían
a un público intelectualmente más evolucionado que el del
siglo xx. Nuestro calendario se contenta con apariencias: so-
1. Tiempo de revolución calculado por los mayas: 365,242108 días.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 237
lución de facilidad. ¿Por qué conceder tanta importancia a
los 290 días del calendario de Tiahuanaco? Aquí interviene la
referencia a Horbiger. En 1927, él había calculado que, al fi-
nal del terciario, la Tierra giraba alrededor del Sol en 298
días. ¿Calculado? Él clamaba, a quien quería escucharlo, que
los cálculos eran algo estúpidos y que no servían para nada.
Sea lo que fuere, la Puerta del Sol le daba la razón en todos
los puntos y llevaba en sí misma la fecha de su erección. Ate-
rrados por una antigüedad que pone en entredicho la Prehis-
toria, la Antropología y las tribulaciones del Globo, algunos
románticos proceden a efectuar cortes en el pasado. Quizá,
para consolidar los lazos con civilizaciones vecinas y dar valor
a coincidencias dignas de interés entre los vestigios andinos
y los del Pacífico, tienen necesidad de cercenar ceros con ob-
jeto de que Mu conserve sus privilegios de cultura original.
«Esta piedra —concede James Churchward— lleva al lector
16.000 años lejos de nuestra época, al tiempo en que Mu, la
madre patria, reinaba aún en la Tierra, antes de que fuese
engullida en aquel abismo de fuego para ser llorada por la
Humanidad durante miles de años.»
Las páginas que acabamos de leer abundan en contradic-
ciones. Si la caída del satélite terciario se encuentra en el ori-
gen de la destrucción de Tiahuanaco, si la Puerta del Sol es
un calendario realizado antes del comienzo de nuestra Era, el
enigma del Altiplano es el más fantástico que pueda propo-
nerse a la mente humana.
Si Churchward no divaga al ver en la Puerta del Sol un
homenaje tributado a los símbolos y también a los soberanos
de Mu,1 la civilización de Tiahuanaco sería más próxima a
nosotros, entre 40.000 y 15.000 años antes de Jesucristo.
Lo que parece seguro es que desapareció después de un
formidable cataclismo. Leyendas y crónicas perpetúan su re-
cuerdo. ¿Acaso no ha suscitado muchas burlas la traducción
del Codex Troano por Brasseur de Bourbourg? Pero el Códice
mexicano de Chimalpopok reanima las mismas visiones:
«El cielo se aproximó a la Tierra y, en el espacio de un día,
todo quedó anegado. Las montañas mismas fueron cubiertas
1. Descubierta primeramente por Georges Courty en 1903, luego
exhumada por Wendell Bennett en 1932 y colocada en el Museo al aire
libre de La Paz, réplica, concebida por Posnansky, del Templete u «Oíd
Temple».
238 MICHEL-CLAUDB TOUCHARD
por las aguas. Se dice que las rocas que hoy podemos ver ro-
daron por toda la Tierra, arrastradas por olas de lava hirvien-
te y que, de pronto, surgieron montañas de color de fuego.»
Lo mejor sería todavía que nos alineásemos, por una vez,
entre los americanistas menos soñadores, los positivistas más
acérrimos: ellos confiesan su perplejidad, y hacen bien.
Templos esbozados, pirámides destruidas, embarcaderos
sumergidos no componen todo el misterio de Tiahuanaco. En
ninguna otra parte (en la América del Sur) se descubrió un
número tan grande de estatuas. Mirémoslas: son gigantes. Mi-
remos más de cerca algunas de ellas: sus manos sólo tienen
cuatro dedos.
El recuerdo de los venusianos
Entre los ídolos monumentales de Tiahuanaco, el más fa-
moso es el que se ^uede ver en La Paz, en la plaza del Estadio
de Miraflores.1 ¡Mide 7,30 m de altura! La cinta que ciñe la
frente, el cinturón que rodea el talle forman parte de los atri-
butos cuyo inventario se ha asignado al expediente de los ve-
nusianos.
Muchos otros antropolitos de Tiahuanaco presentan las
mismas singularidades: rostro hermético, autoritario, en todo
caso poco afable; brazo apretado a lo largo de los costados
y puños cerrados sobre el pecho, en una actitud crispada, gue-
rrera; y aquellas rodilleras claveteadas del great idol, que los
eruditos preferían comparar a las de los jugadores de béisbol
en lugar de...
Esos gigantes de piedra suscitan más inquietud que sere-
nidad. Las sensaciones caras a los aficionados a la ciencia-
ficción forman parte de esos placeres que rozan la pesadilla.
Algunos observadores han visto en la Puerta del Sol algo com-
pletamente distinto de un calendario. El personaje central sólo
tiene cuatro dedos en cada mano. Los 48 dibujos que ilustran
el friso quizá representan aves. Pero los detalles de la escul-
tura hacen aparecer unas máquinas extrañas que semejan mo-
tores a reacción. Lo que podrían pasar por ser plumas, o ra-
1. Hipótesis de M. Beltrán García, descendiente del historiador
Garcilaso de la Vega y citada por R. Charroux en Historia desconocida
de los hombres desde hace cien mil años, cap. III, o. c.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 239
yos, representaría una energía procedente «de la descomposi-
ción de los rayos solares, o de su desintegración en sus dos
polaridades, tal como se descomponen en los seis colores del
espectro».1 Con esta idea en mente volvemos a considerar la
alegoría central con otros ojos. Se convierte en un símbolo
astronáutico que concordaría con los documentos antiquísi-
mos en los que se habla de una astronave brillante como el
oro y que aterrizó en la isla sagrada del lago Titicaca.
Así, pues, dejamos a un lado a los horbigerianos y a sus
océanos montañeses, para asistir a la venida de extraterres-
tres a las altiplanicies de los Andes, donde la atmósfera habría
sido favorable a organismos diferentes de los nuestros. Lo cual
no implica que Tiahuanaco fuese fundada por esos visitantes.
Las civilizaciones habrían conservado el recuerdo del extraño
pueblo y de los gigantes bajados del cielo o, más lógicamente,
resultantes del cruce entre venusianos y terrícolas. ¿Acaso al-
gunos ejemplares de la raza gigantesca habrían podido vivir
aún en la época en la que se elevaban los templos y las pirá-
mides de Tiahuanaco? ¿Habríanse sentado en el Kalasasaya
o en el Templete? ¿Habrían ayudado a colocar las losas in-
mensas y las estatuas-retratos de diez toneladas?
La hipótesis de una población extraterrestre no se resume
en unas cuantas líneas. Propone una visión completamente di-
ferente de la arqueología romántica. De Stonehenge a los di-
bujos del desierto de Nazca, de las terrazas de Baalbek a las
escafandras autónomas sugeridas en la Puerta del Sol, de las
torres de Zimbabwee a los frescos de Tassili, la exploración de
los vestigios insólitos debe reanudarse bajo una nueva luz.
La pluralidad de los mundos habitados, la idea de que no so-
mos los primeros en querer abandonar el suelo natal provo-
can una revisión de las explicaciones y de las cronologías.
En un lugar tan hechizante como Tiahuanaco, encontra-
mos, inevitablemente, un indicio que se burla de las reaccio-
nes de una mente cartesiana.2 Podemos chancearnos cuanto
queramos de una civilización del terciario, rechazada hasta
1. Cita del profesor J. A. Masón: The Ancient Civilizations of Perú
(1961).
2. ¿Qué significa exactamente Tiahuanaco? Tiha Huana Cota: ¿lu-
gar donde el lago se secó? Tihuana: ¿piedra levantada? Tupa Guanaco:
¿precioso guanaco, la sagrada llama blanca que se salvó del diluvio!
1
240 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
ahora por los antropólogos, pero he aquí que una increíble
historia de dedos saldrá de la caja de las sorpresas, enterrada
bajo las ruinas. Una historia en la que ya no se trata de cua-
tro dedos, sino de cinco.
En 1920, el profesor peruano Julio C. Tello descubrió, du-
rante unas excavaciones emprendidas a lo largo de la costa,
unas piezas de cerámica adornadas con reproducciones de un
animal familiar de esas regiones: la llama. Estos animales
aparecían representados con cinco dedos. Tres de más para el
evolucionismo oficial, a menos que... ¡A menos que los alfa-
reros de la época hubieran podido contemplar a la llama en
el principio mismo de su evolución! Ya que se cree saber que
a su aparición en este mundo, llamas, caballos y bueyes an-
daban tan abundantemente provistos. Cuando la oscuridad
llegó a ser total fue en el momento en que bajo las ruinas de
Tiahuanaco se descubrieron esqueletos de llamas con cinco
dedos. ¿Animales sagrados conservados como fenómenos en
los templos andinos? ¿Anomalía suplementaria encontrada en
el teatro de operaciones de los visitantes anónimos?
Afortunadamente, todavía queda mucho trabajo por hacer
allá arriba. Después de los tiempos de la ciega destrucción,
las ruinas, estudiadas por arqueólogos respetuosos de las pie-
dras y un poco menos desdeñosos para con los teóricos del
sueño, tal vez entregarán algunas claves frágiles pero precio-
sas. Quizá se comprenderá entonces lo que los viejos indios
querían decir al evocar el secreto que permitiría ablandar el
granito por medio de esencias vegetales. Quizá se llegarán a
identificar esos dos personajes de la Puerta del Sol, duendes
musicales que a Simone Waisbard le recuerdan la extraña fra-
se: «Nuestros antepasados nos han dicho que estas piedras
fueron transportadas por el aire al son de una trompeta toca-
da por un hombre.» No habría que abrigar grandes esperan-
zas respecto a eso. Ciertamente, Tiahuanaco no es ni un
continente hipotético ni un lugar legendario. Pero, de esa ina-
gotable fuente de símbolos y de mensajes, de esa ciudad muer-
ta que estuvo muy viva, la majestuosa Puerta del Sol se abre
hacia una pregunta sin respuesta.
LA CIUDAD MÁS VIEJA DEL MUNDO
Ya no estamos en la época en que Alphonse de Lamartine
describía Baalbek sin formularse preguntas. Su entusiasmo
se despertaba a la vista de los bloques de «pórfido sanguíneo»
y de los «miembros palpitantes de las estatuas caídas con el
rostro contra el suelo». Confesaba que todo aquello era algo
«confuso, agrupado en diversos fragmentos»... y muy emocio-
nante, desde luego.
Actualmente, el lirismo desprovisto de informaciones ha
caído en desuso. Más próximo a nuestros tiempos, el escritor
americano Mark Twain se preguntaba quién había construido
la inmensa ciudad-santuario cuya historia, decía, es «un libro
sellado». Pasaba revista a los monumentos más majestuosos
de la antigua Heliópolis, las seis columnas, todavía en pie, del
templo del Sol y las del templo de Júpiter, de veintidós me-
tros de altura. Las dimensiones de las terrazasJ que sostienen
estos edificios religiosos intrigábanle aún más, como intriga-
ron a aquellos que más tarde rehusaron tanto a los romanos
como a los griegos la paternidad de la prodigiosa empresa.
Es verdad que los griegos y los romanos modificaron la fiso-
nomía de aquellos lugares. Por ejemplo, los pilares de Baalbek
tienen capiteles corintios. Pero «es posible —escribe James
Churchward— que existiera en Baalbek un estilo corintio, mi-
les de años antes de que esta arquitectura fuese conocida en
Grecia, y podemos ir aún más lejos, para afirmar sin temor
1. M. Twain, en The Innocents Abroad, escribe: «Esos templos es-
tán edificados sobre unos fundamentos macizos que podrían sostener
un mundo...»
16 — 3321
242 M1CHEL-CLAUDE TOUCHARD
que el estilo corintio no era sino un derivado del arte cara».1
Ciertamente, los monumentos sufrieron atribuciones religio-
sas diversas y, hasta la época de los romanos, los adeptos de los
antiguos cultos se reunieron en ellos. Las prácticas paganas per-
dieron entonces su verdadera significación. De la lujuria fueron
deslizándose hacia la bestialidad. No fue para luchar contra
estas creencias por lo que en el siglo n i de nuestra Era hizo
destruir Constantino los templos de los adoradores de Venus,
sino para poner fin a los horrores a los cuales éstos se entre-
gaban.
Baalbek bajo el signo de Venus
La célebre terraza de Baalbek es en realidad un zócalo. Su
longitud es de unos 100 m. Los bloques que la componen pesan
entre 750 y 1000 toneladas. ¿Cómo pudieron colocarse esas
piedras, las más pesadas y las más voluminosas que jamás ha-
yan sido utilizadas por seres humanos?
A cuatrocientos metros del conjunto monumental, en la
«Cantera», yace la piedra tallada más grande del mundo. Sus
21 m de longitud y su sección cuadrada de 4 m de lado permi-
ten estimar su masa en cerca de dos mil toneladas. Este trozo
único ha recibido un nombre: Hadjar el Quble, la Piedra del
Sur. Obreros, ingenieros, arquitectos, ¿tuvieron realmente la
intención de llevarla hacia una de las terrazas que sostienen
los templos?2 Pero, ¿es que esas superficies, calificadas a ve-
ces de «megalíticas», fueron concebidas para servir de funda-
mentos?
Si dudamos antes de precipitarnos, con la cabeza baja, ha-
cia lo fantástico, justo es admitir que esos «fundamentos ca-
paces de sostener un mundo», como escribía Mark Twain, cons-
tituían la mejor protección contra las sacudidas sísmicas fre-
cuentes en esa zona del Oriente Medio.3 Al mismo tiempo po-
1. Según el mismo autor, los caras o carianos emigraron de la
América central al Asia Menor por la Atlántida y fueron los antepasa-
dos de los primeros griegos.
2. Dícese también que este bloque único habría sido dejado en los
lugares de su extracción como prueba de la participación de los extra-
terrestres en la edificación de las terrazas.
3. Seísmos más recientes conocidos: 1158, 1203, 1664 y, el más des-
tructor, 1759.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 243
dían servir como terrazas en la época en que considerables mul-
titudes eran atraídas por el culto de Astarté y las prácticas dig-
nas de interés de la prostitución sagrada.
Estas justificaciones no aportan ninguna luz a los misterios
de la técnica. Cuando se haya calculado en 40.000 el número
de obreros necesarios para desplazar la Piedra del Sur, no se
habrá progresado gran cosa. Esta solución sólo se aplica a los
megalitos «medianos» de Carnac y, reconozcámoslo, a los ma-
teriales de las pirámides de Egipto. En Baalbek, este recurso
es imposible. Entonces, es preciso considerar otro género de
hipótesis.
Antes de ser una seductora criatura nacida de la espuma,
Venus es un planeta. Antes de refugiarse en la imaginería mi-
tológica, desempeñó su papel en la historia de la Humanidad
terrestre. Un acontecimiento importante va unido a su nom-
bre, al planeta diosa o a la diosa procedente de ese planeta:
la discusión permanece abierta. En todo caso, la sacralización
del amor físico se asocia a su recuerdo. Los templos de Baalbek,
dedicados a Venus-Astarté, ¿pueden considerarse como los tes-
timonios de un suceso que pasó al estado de religión?' El solo
fulgor de Venus por doquier presente en la Astronomía de los
cinco milenios que preceden a nuestra Era no puede explicar
los símbolos de sensualidad y de sexualidad que le acompañan.
Los siglos han conservado el valor del símbolo, pero nos han
hecho olvidar su razón. Astarté-Ishtar en Asia Menor, Orejona
en las cimas de la cordillera de los Andes, el mismo tema de la
intervención venusiana no carece de argumentos. Es preciso
observar que esta tesis jamás ha considerado a esos viajeros
del espacio como robots insensibles. Unas relaciones íntimas,
ai producirse hace tanto tiempo, modifican los caracteres de
las razas y confieren un fondo común a las innumerables le-
yendas que hacen referencia a nuestros orígenes.
¿Sería Baalbek la ciudad más antigua del mundo? ¿Serían
sus terrazas pistas de aterrizaje? ¿Disputaría el privilegio de
la ancianidad a Tiahuanaco o, si los hombres voladores de la
1. Unos símbolos, grabados en el templo de Baalbek, posteriormen-
te dedicado a Júpiter Heliopolitano, representan a la Luna, Mercurio,
Venus, Sol, Marte, Júpiter y Saturno, ordenados según su distancia con
respecto a la Tierra.
244 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
Puerta del Sol dan fe de la misma participación insólita en la
fundación de la ciudad andina, datan esas dos bases aeroespa-
ciales de la misma época?
Nada de extraterrestres en Qatal Hüyük
Junto a los enigmas que ceden la mejor parte a los instruc-
tores del espacio y íestringen desagradablemente nuestro de-
recho a la participación, resulta reconfortante encontrar ciu-
dades cuyos constructores fueron unos buenos terrestres des-
provistos de aparatos de reacción. La fantasía no está reservada
obligatoriamente a las pruebas de fuerza que recurrirían a la
levitación o a los gigantes. Una ciudad construida hace nueve
mil años sin intervención supraterrestre puede suscitar nuestra
admiración...
Esta ciudad fue descubierta, en 1958, por James Mellaart,
director adjunto del Instituto de Arqueología de Ankara. Des-
pués de sus trabajos realizados en los lugares arqueológicos
romanos, griegos e hititas de Turquía, el joven arqueólogo y
su esposa decidieron explorar los «tells» de la región de Ko-
nya.1 Más allá de la ciudad, hacia el Este, comienza el gran
desierto salado en el que asoman unas laderas volcánicas, Kara
Dagh, Karadja Dagh, Hassan Dagh. A 80 km de este último,
Mellaart descubrió unos objetos de obsidiana y de cerámica
al pie de uno de esos montículos que, con frecuencia, son de
origen artificial. Ese lugar se llama £atal Hüyük. Su importan-
cia excepcional se puso de manifiesto desde la primera cam-
paña de excavaciones.
James Mellaart refiere:
«Al día siguiente de nuestra llegada a Qatal Hüyük, un obre-
ro turco topó con un objeto insólito. Era una pared recubierta
de yeso y este yeso disimulaba una superficie pintada de rojo.
Yo estaba obsesionado por la idea de que los hombres del neo-
lítico antiguo hubieran podido pintar las paredes de aquella
manera. Debía de tratarse de una casa excepcional pertenecien-
te a una de las raras aldeas de la época. Al tercer día, la pared
quedó completamente desenterrada, y pude comprobar que la
pintura roja no cubría solamente una pared, sino que repre-
1. Konya, o Konieh, al pie de los montes Taurus, la antigua Ico-
im.
nium.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 245
sentaba el cuerpo de un animal plantado sobre un fondo rosado.
Habíamos descubierto un fresco mural prehistórico.»
Estos frescos murales, los más antiguos que se conocen,
datan de 6.000 años. Al undécimo nivel de la increíble estrati-
grafía que revela Qatal Hüyük, doce veces reconstruida en el
mismo emplazamiento, aparecieron otros frescos. El mayor de
todos mide 5 m por 1,80 m. Rojo, rosa, blanco, negro son los
colores predominantes. Fue preciso protegerlos a toda prisa
antes de que se desnaturalizasen al aire libre. Un inmenso toro
pintado nos habla de un culto difundido entre los egipcios,1
los persas, lo mismo que entre los hindúes y los japoneses. Unas
manos en negativo, también, como en Pech-Merle. Unos senos,
hacia los cuales se tienden esas manos, están ligados al culto
de la Diosa Madre, por doquier presente en los santuarios de
Qatal Hüyük.
He ahí, pues, unos símbolos que, en el marco de esta obra,
podrían dar materia para vastas extrapolaciones. Habría bas-
tado que el lugar no entregase ninguna otra cosa. Entonces,
la imaginación sería libre de prestar a esos fieles de la Diosa
Madre, a esos artistas del neolítico, unas técnicas y unas filia-
ciones asombrosas. La originalidad de £atal Hüyük estriba en
haber revelado todos los detalles de la vida cotidiana en una
época en que, en el litoral peruano, las civilizaciones preincai-
cas no nos conceden más que puntos de interrogación.
Los 139 lugares de habitación, en capas superpuestas, que
fueron desenterrados en 1968, dan una idea de la arquitectura
extraña de Qatal Hüyük. En esa ciudad, que debía contar hasta
10.000 habitantes, la circulación se efectuaba por los tejados.
El acceso a los interiores era un orificio que servía a la vez de
entrada y de chimenea. La pieza principal era vasta, rodeada
de bancos en los que dormían los hombres de la casa, mientras
que la mujer se beneficiaba de una cama colocada junto al
hogar.
El papel de la mujer en esa comunidad de montañeses con-
vertidos en agricultores fue predominante. Si él inventario de
1. Culto que, primitivamente, tenía un significado zodiacal y se-
gún L. C. Vincent, procedería del país de Mu.
246 MICHEL-CLAUDE TOUCHABD
los aperos de labranza puede satisfacer al etnólogo más exi-
gente, el de los objetos decorativos, joyas, accesorios de toca-
dor y de moda entusiasmaría a un sociólogo nostálgico.1 Y no-
sotros, que hemos provocado el asombro del lector con la ayuda
de gigantes de piedra o de continentes sumergidos, ¿cómo no
experimentar una sorpresa igual ante unos conocimientos que,
hace unos diez mil años, permitirían cultivar tres variedades
de trigo?
La ciudad de los incapaces
Todo conjunto monumental es una fuente de enriqueci-
miento de nuestro conocimiento del pasado. La formación
de las ciudades es un libro de recetas, un balance de la inge-
niosidad y de las ambiciones de un pueblo. Si, dentro de diez
mil años, el descubrimiento de metrópolis de las que nos sen-
timos orgullosos puede inducir a los arqueólogos a proferir jui-
cios poco halagüeños, podemos sentirnos satisfechos de que la
necesidad de poseer un techo haya impulsado en todo tiempo
a la raza humana. La Tierra entera está ahí para atestiguarlo.
La Tierra entera, o casi. Si queremos prescindir de los po-
los, provisionalmente incapaces de ofrecer condiciones sopor-
tables de habitación (pero cuyo subsuelo puede reservar mu-
chas sorpresas), y de los países asiáticos en los que la infor-
mación arqueológica brilla por su ausencia por razones polí-
ticas (Siberia, China), queda un continente extrañamente au-
sente a la llamada de las riquezas del pasado. Nos referimos
a África, y más exactamente, a toda la parte al sur del ecua-
dor.
En estas inmensas extensiones, cuyo clima suele ser repe-
lente (pero no más que en Amazonia) y que presenta el incon-
veniente de la falta de toda tradición escrita, no encontramos
prácticamente ningún monumento comparable a los que abun-
dan en otras tierras.
No se pretenda que el continente es de población reciente.
Cada vez que se han emprendido excavaciones, se han descu-
bierto yacimientos prehistóricos tan abundantes como en Euro-
pa, y algunos de ellos de una antigüedad muy superior.
1. Esta situación privilegiada concedida a la mujer hace pensar en
la sociedad cretense, 40 siglos más joven.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 247
¿Destrucciones sistemáticas? Pero es que siglos de guerra,
puesto que tal parece ser la constante de la Humanidad, no
han impedido la exhumación de las ruinas de Troya, de los
oppida galos y de las pirámides mayas.
¿Edificios frágiles? Pero si la piedra abunda por doquier
en el África negra, vale tanto como la de las islas del Pacífico
o de Irlanda, y las degradaciones debidas a la intemperie son
menores que las causadas por los hombres cuando se les da
ocasión para ello.
Ésta es la razón por la cual el descubrimiento de los ves-
tigios de Zimbabwe ha asumido unas proporciones tan sor-
prendentes, ya que ponía en entredicho la idea umversalmen-
te admitida de la incapacidad de los negros para el arte mo-
numental.1 Sin embargo, el eco casi mágico que produce este
nombre depende mucho más del contexto que de la importan-
cia misma de las construcciones.
Veinticinco hectáreas de edificios diseminados, ninguno de
los cuales pasa de diez metros de altura, esto es lo que pueden
permitirse muchos dominios de hidalgos de aldea europeos
sin llamar la atención mundial. Todo estriba en que no existe
ningún conjunto comparable a millares de kilómetros a la re-
donda, y esta misma rareza es la que produce el precio. Por
esto, a partir de este testimonio de una ambición aislada, se
formó una leyenda un tanto extravagante, en la que figuran
el rey Salomón, la reina de Saba, el reino de Ofir: sólo gente
de campanillas.2
Desde el siglo xvi, ciertos escritores portugueses transmi-
tieron los relatos de traficantes a quienes los comerciantes
árabes, que penetraban en el interior del África, confiaban
curiosos recuerdos acerca del rey de Benopotama, o de Mana-
matapa, y de sus grandes posesiones.3 En vista de lo cual, al
cabo de algunos decenios, los portugueses eliminaron por la
fuerza el comercio árabe, según L. Sprague de Camp, «con un
1. Excepciones reconocidas en lo que respecta al arte (no monu-
mental) de Benin, y de las ruinas interesantes, sin más, en el Senegal
y en Etiopía.
2. Una noche pasada en las ruinas de Zimbabwe inspiró a H. Ri-
der Haggard su novela She.
3. «En el centro del país se encuentra una fortaleza construida con
grandes y pesadas piedras; es un extraño monumento de forma maciza
y cuyo interior y exterior presentan el mismo aspecto», escribía el por-
tugués De Goes en 1501.
248 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
valor, una voluntad, una energía, una falta de honradez y una
crueldad ejemplares».
Fue preciso esperar a 1871 para que el lugar de Zimbabwe
fuese hollado metódicamente por europeos. Fue gracias al en-
cuentro rocambolesco de un explorador alemán, Karl Gottlieb
Mauch, y un cazador americano, Adam Renders, en el momen-
to en que el primero estaba a punto de acabar sus días en la
marmita de un rey negro y en que el segundo le rescató in ex-
tremis. Un tercero en discordia fue a reunirse con ellos, Geor-
ges Philips, para explorar Zimbabwe. El relato que Mauch
sacó de ello suscitó codicias parecidas a las de las multitudes
que corrían en pos del oro californiano. Hubo incluso una so-
ciedad comercial, la «Compañía de las Ruinas antiguas», que
fue creada con la bendición de los servicios de Sir Cecil Rhodes,
con el único propósito de devastar todos los vestigios del pa-
sado, para la búsqueda del precioso metal. Jameson, Wiíli y
Harry Pósselt, otros tantos nombres sinónimos de pillaje, y que
han sido prudentemente relegados al olvido por los arqueólo-
gos rodesianos actuales.
Pero resulta difícil imaginar la pasión y, para decirlo todo,
el odio que el caso suscitó cuando llegaron a exponerse las
hipótesis de sus orígenes.
En tanto que los intelectuales bantúes sostenían que sus
antepasados eran muy capaces de haber edificado aquellos
monumentos, la opinión pública sudafricana echaba rayos y
centellas, ayudada por unos «expertos» como el doctor Cari
Peters o R. N. Hall, primer conservador de Zimbabwe, que
prefería imaginar la aparición de semitas adoradores del Sol
antes que atribuir la paternidad de semejantes construcciones
a una pandilla de negros ignorantes y desnudos. Incluso la ar-
queóloga Gertrude Caton-Thomson, tan razonable, no pudo
hacer otra cosa, influida por su época, más que declarar:
si los bantúes construyeron Zimbabwe, es que, entonces, debe
considerarse ese monumento como el producto de «cerebros
infantiles y prelógicos», agravado por la infamia del caniba-
lismo...
El principal argumento de los racistas blancos se basaba
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 249
en lo siguiente: los bantúes son demasiado perezosos para po-
der realizar tal obra. Aberración: incluso si los indígenas ac-
tuales, corrompidos por la civilización, no parecen poseer, en
efecto, más que escasas dosis de inteligencia propia, ¿en qué
disminuye esto la posibilidad de que sus antepasados hubieran
realizado una arquitectura tan considerable?
Todo esto demuestra que, en ausencia de materiales com-
plementarios (y, en este caso particular, a causa de su disper-
sión y de su destrucción), las apreciaciones deben ponerse en
cuarentena. Después de rejuvenecer las ruinas hasta el siglo ix
de nuestra Era, actualmente se admite que datarían de 700
años a. de J. C, según Van S. Bruwer, de la Universidad de
Stellenbosch (provincia de El Cabo).
Por lo que se refiere a la identidad de los constructores,
se han librado verdaderas batallas en nombre de los egipcios,
de los fenicios e incluso de los peruanos, mientras que otros
clanes se aferraban tenazmente a los atlantes, caros a Leo
Frobenius, o la tribu negra de los lebedu o «hacedores de
lluvia»,1 gobernada aún, a comienzos del siglo xx, por una mis-
teriosa soberana de raza blanca...
Salomón en Rodesia
Muy restaurado, el Gran Recinto elíptico, durante mucho
tiempo designado con el nombre de «Templo», recibe cada año
un número considerable de visitantes procedentes, por una
buena carretera, de la cercana ciudad de Fort Victoria.
La gente va a comer a la sombra de la Torre cónica, extra-
ño pan de azúcar de 12 m de altura, de la que se ignora el papel
que representaba y su edad, y que es el punto de mira de los
soñadores ansiosos por descubrir bases aeroespaciales que
nada tienen que hacer aquí. Las familias se hacen fotografiar
al pie de la Acrópolis, especie de fortaleza reducida a un caos
de grandes piedras, encaramada en una eminencia rocosa.
Finalmente, los imaginativos se esfuerzan en volver a colo-
1. La superficie a considerar es asimismo elástica, desde unas dece-
nas de hectáreas, a un millón de km 2 , en los que ¡habría unos 500 edi-
ficios misteriosos.
250 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
car en lo alto de las murallas las aves de micaesquisto, de las
que se han encontrado nueve especímenes y que representan
al cálao' coronado, familiar de esos parajes.
La oscuridad que envuelve a los eventuales constructores y
a los ocupantes sucesivos, karanga, shona, lemba, hace que la
historia de Zimbabwe sea aún un «libro sellado». Habría po-
dido no serlo si el descubrimiento hubiese esperado la hora
de la honradez científica. Fue prematura, y debemos lamen-
tarlo. Sin embargo, las hipótesis avanzadas desde el punto de
vista antropológico hablan de esos karanga que fueron los pri-
meros en explotar los yacimientos auríferos de esa región...
¿Cuáles yacimientos auríferos? Los datos son tan subjeti-
vos en este asunto que, según algunos autores, Zimbabwe esta-
ría rodeada de minas de oro que justificarían su fundación o,
por el contrario, se situaría en una región completamente des-
provista del precioso metal. Vamos a ver cómo, desde los tiem-
po más remotos, Rodesia del Sur pasaba por guardar el objeto
de tantas codicias. Como quiera que, con frecuencia, se ha sus-
citado la pregunta acerca de cuál podía ser el país de Ofir en
el que el rey Salomón se proveía de oro, es natural que Zim-
babwe haya sido considerada por algunos investigadores como
el centro del reino misterioso. Hipótesis sólida: no es tomarse
demasiadas libertades el envejecer en dos siglos la datación,
poco formal, de las ruinas anónimas. Nos encontramos, enton-
ces, en la época en que el genial hijo de David y Betsabé, que
llevaba un gran tren de vida, confiaba a unos mercaderes fe-
nicios la misión de ir lejos, al reino de Ofir, a buscar oro. El
Antiguo Testamento precisa que el viaje comenzaba en Ezion-
geber, a orillas del mar Rojo, y duraba tres años, ida y vuelta.
Esta indicación de tiempo ha permitido contemplar el proble-
ma más de cerca. Dos de las tres zonas del océano Indico en
las que se encontraba oro deben eliminarse: Arabia, adonde
habría sido más sencillo dirigirse por tierra, y la India,2 que
1. Cálao: ave de gran tamaño, en el que la mandíbula superior del
pico, fuerte y curvo, se halla coronada por una protuberancia redon-
deada llamada casco, cuerno o corona. Este pájaro se ha convertido
en el emblema oficial de Rodesia.
2. Flavio Josefo situaba Ofir en la India, pero la expresión «oro de
Parwain», que figura en II Crónicas, III, 7, ha dado pie- para creer, con
escaso fundamento, que se trataba del Perú.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 251
tenía fama de consumir más oro del que producía. La larga
navegación de la flota fenicia la llevaba, más probablemente,
ante las costas de Mozambique.
Aquí se interrumpe la influencia fenicia sobre el origen de
Zimbabwe. Una vez en tierra, ¿convertíanse los marinos en ca-
ravaneros para recorrer 500 km en el interior de un territorio
desconocido? Nada hay menos seguro. Los que explotaban los
yacimientos auríferos debían de efectuar el desplazamiento, y
es muy posible que ningún fenicio viera la Acrópolis africana
y que ésta sirviera para proteger la fortaleza situada más aba-
jo. El Gran Recinto de Zimbabwe habría sido el «Fort Knox»
del Reino de Ofir, al mismo tiempo que la base de partida y de
aprovisionamiento indispensable para el transporte de los pre-
ciosos cargamentos. 1
Después, la flota ponía proa hacia el Norte y llegaba al
Ezion-geber de la Biblia, el puerto en donde Salomón tenía
unos astilleros y, sobre todo, unas fundiciones de cobre. En
1938 el yacimiento arqueológico fue revelado por las excava-
ciones de la «American School of Oriental Research» de Jeru-
salén, dirigidas por Nelson Glueck.
Con razón suscita admiración la técnica metalúrgica de
esas instalaciones, cuyos altos hornos estaban dispuestos de
manera que el viento, dirigido hacia unos canales, atizaba r&-
gularmente el fuego. También ha surgido la pregunta concer-
niente a quién habría enseñado a los hebreos aquellas técnicas
industriales, poco conformes con su tradición pastoril. No obs-
tante, un descubrimiento reciente permite suponer que, en el
campo de estas técnicas, los límites de la antigüedad son mu-
cho más remotos de lo que se venía admitiendo.
La sociedad de los metalúrgicos
En 1965, en la Armenia soviética, el doctor Koriun Me-
guerchian, del Servicio Geológico armenio, descubrió unas es-
corias de cobre mientras iba siguiendo el curso del río Medza-
1. Contrariamente a las suposiciones novelescas, la reina de Saba
no tiene nada que hacer en esta selva: su capital se encontraba en el
emplazamiento de Mareb, al este del Yemen.
252 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
mor, en dirección a sus fuentes. ¿Acaso había sido explotado
algún yacimiento muy antiguo en aquella región, dominada
por el monte Ararat, en los confines de la URSS, de Turquía
y del Irán? Para verificar esta hipótesis, había que encontrar,
ante todo, el lugar de habitación, que no podía hallarse lejos
de las minas.
Ahora bien, al cabo de dos años de trabajos, resultó que
ningún yacimiento había sido causa del nacimiento de la aglo-
meración exhumada, pero que Medzamor, ciudad industrial
cuya actividad se remonta a 3.000 años antes de nuestra Era,
había tratado minerales de importación. ¡Y qué ciudad, qué
fábrica provista de perfeccionamientos que permiten emplear
la fórmula de «complejo industrial»! No sólo los 23 hornos
que se han descubierto estaban dedicados a otras tantas pro-
ducciones diferentes, sino que incluso unos procedimientos de
enriquecimiento del mineral precedían a la fusión de éste. El
conjunto de estos procedimientos se conoce por el nombre de
mineralurgia. Permiten obtener una mayor concentración del
mineral e implican varias operaciones: trituración, prepara-
ción de la pulpa por adición de agua, decantaciones sucesivas
tras el paso de ésta a unas cubas en las que se depositan los
elementos más pesados. Esta ciencia es el patrimonio del mun-
do industrial moderno. También fue el de los ingenieros de
Medzamor,1 hace cincuenta siglos.
Oro, cobre, plomo, malaquita, estaño, antimonio eran im-
portados para ser tratados en el interior de aquel universo
cerrado, en el que el trabajo constituía la esencia de una reli-
gión que, actualmente, no sería sino una ideología obligatoria.
A la metalurgia va asociado el principio de la metamorfosis
por medio del fuego. Los aspectos prácticos de esta actividad,
cualidad y rendimiento, nos parecen incompatibles con una
elevación espiritual. Los constructores de esas catedrales rea-
lizaron tal síntesis. Y la concepción de Medzamor permite
creer que al fulgor de los altos hornos se asociaba una religión
del fuego cuyo clero estaba constituido por obreros, contra-
maestres, ingenieros y soberanos de derecho, y la jerarquía de
este clero se extendía desde el proletariado hasta la minoría
intelectual.
El que esta concepción de la fábrica-sociedad nos parezca
1. En Medzamor se descubrieron unas pinzas bruselas, de acero,
datadas del primer milenio.
i
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 253
primitiva o superiormente evolucionada no impide que ponga
en entredicho la antigüedad de las civilizaciones urbanas. La
ciudad más vieja del mundo o el complejo industrial más an-
tiguo del mundo, son temas que habrá que reconsiderar den-
tro de diez o veinte años si se continúa excavando la tierra con
la minuciosidad de la arqueología científica. Cada día nos pro-
curará las pruebas de que la fantasía irracional suele bordear
una realidad que sólo espera ser revelada. Estos mismos te-
mas plantean la viva cuestión concerniente al origen del saber
y a la identidad de sus poseedores. ¿Quiénes eran los sabios de
la Prehistoria y de dónde venían? ¿De Mu, de la Atlántida o de
Venus? Algunos pretenden que la luz venía, y brilla aún, en
mundos subterráneos en los que vamos a intentar una incur-
sión.
i
EL PLANETA DESCONOCIDO
Si hay un campo en el que el romanticismo sea de rigor es
el de la arqueología subterránea. No se trata de inventariar,
sino de imaginar. Ya que, en realidad, no sabemos nada, o muy
poca cosa, de lo que existe bajo nuestros pies. Con toda se-
guridad, para algunos, el oro y el petróleo extraídos de las
entrañas de la tierra constituyen la única caverna de Alí Baba
que les interesa, y no piden nada más.
En cuanto a los geólogos, ellos se baten a golpes de génesis
entrelazadas en curso de cocción como vulgares tortillas no-
ruegas, comparación culinaiia que se vuelve irresistible cuan-
do los manuales escolares dan de nuestro planeta la famosa
imagen de una patata arrugada. Pero es que nunca piensan
esos sabios de ella otra cosa.
Toda una mitología
Y, con todo, este mismo mundo subterráneo no ha cesado
de obsesionar a la Humanidad hasta el punto de que se reque-
riría un libro entero para referir lo que la mitología debe al
reino de las sombras. 1 Los más viejos textos de la literatura re-
ligiosa hablan de un mundo aparte, situado bajo la corteza
terrestre, y que sería la morada de los muertos y de los es-
píritus. Cuando Gilgamesh, héroe legendario de los antiguos
sumerios y de las epopeyas babilónicas, se va a visitar a su
antepasado Utnapishtim, desciende a las entrañas de la Tierra.
1. Sin contar todo cuanto la «cultura» hippy cuenta de under-
ground...
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 255
Es allí adonde va Orfeo a buscar el alma de Eurídice. Al llegar
a los límites del Occidente, Ulises ofrece un sacrificio con ob-
jeto de que los espíritus de los antiguos se eleven de las pro-
fundidades del Globo y vayan a aconsejarlo. Plutón reina, en
el fondo de la Tierra, sobre los espíritus de los muertos, y Vul-
cano, en cavernas retiradas, forja las armas de los dioses. Los
primeros cristianos se reúnen en las catacumbas y hacen de
los abismos subterráneos la mansión de las almas condena-
das; las leyendas germánicas exilian a Venus al fondo de la
Tierra. Dante sitúa el infierno en los círculos inferiores. Los
folklores europeos colocan bajo tierra a dragones, gnomos y
duendes, mientras que los japoneses imaginan en las profun-
didades de sus islas un monstruo cuyos erizamientos provocan
los terremotos.
¿Son todo eso paparruchas? ¿Por qué los etnólogos habrían
de precipitarse ávidamente, en nuestros días, hacia las leyen-
das que les conducen a resonantes descubrimientos en otros
campos 1 y habrían de rechazar otras como si se tratase de
cuentos de viejas?
No hay duda de que existen dominios subterráneos, cons-
truidos por la mano del hombre, y sin embargo, inaccesibles
a la mayoría de los mortales. Incluso en nuestros días, en todo
momento, en el Globo, se cavan inmensas metrópolis subte-
rráneas de las que no se habla, por estar cubiertas por el se-
creto militar. Podemos incluso indicar el lugar exacto de una
de ellas, abandonada desde hace treinta años, y que podéis ir
a explorar si así lo deseéis: la Wolfschanze, el «Cubil de los
lobos».
Es el historiador Tarade quien lo refiere en su Documenta-
ción de lo extraño:
«A 54° 5' de latitud norte y 19° de longitud oeste con re-
lación al meridiano de París, está situada una ciudad ultra-
secreta que jamás pudo ser violada ni por los rusos ni por los
polacos. Implantada en el seno de la antigua Prusia Oriental,
fue construida en 1938 por orden del Führer. Este formidable
refugio subterráneo, este "cubil de los lobos", está situada a
más de treinta metros de profundidad. Se hallaba defendida
por ochenta fortines y una aterradora red de minas y de ex-
plosivos.
1. Thompson en Chichén-Itzá, Schliemann en Troya...
256 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
»Treinta años después de terminada la guerra, nadie se
ha atrevido aún a aventurarse en esa red subterránea.»'
Entonces, ¿por qué lo que se ha realizado en nuestros días
no se pudo realizar en el curso de otras civilizaciones? Ya he-
mos hecho mención de las enormes galerías que surcan el
subsuelo desde el Perú hasta Bolivia, de los dédalos bajo las
acrópolis célticas. La mayor parte han sido víctimas de de-
rrumbamientos o de obturaciones voluntarias. En realidad,
¿puede decirse que la exploración de nuestro subsuelo sólo ha
comenzado?
Los habitantes de la sombra
Ya sea en California, ya sea en Nueva Guinea, en Islandia,
en Irlanda, en Asia, innumerables leyendas describen los mis-
mos reinos ocultos y, sobre todo, los mismos pueblos que en
ellos se habrían refugiado y que siguen viviendo allí. En algu-
nos casos, esos pueblos tomarían contactos prudentes con los
seres humanos,2 pero, casi siempre, eludirían toda aproxima-
ción, al modo de los misteriosos «yetis» del Himalaya o de los
seres rojos del monte Shasta a los que ninguna persecución
ha podido llevar a una existencia tangible a nuestros ojos.
Naturalmente, en estas leyendas hay que conceder una gran
parte al papel que ha podido desempeñar, y desempeña toda-
vía, la oscuridad de las cavernas en el momento de las inicia-
ciones rituales de casi todas las religiones. Dejemos la palabra
a un especialista, Pierre Gordon:
«Es en las cavernas adonde, durante milenios, se retiraron
los hombres para entregarse a las mortificaciones y a las me-
ditaciones transformantes; en el seno de las tinieblas, a ocho-
cientos o a novecientos metros a veces de la abertura de las
grutas, buscaban la luz del mundo dinámico y el poder que
ella confiere, de las profundidades de esta oscuridad; por la
oración y por la fusión íntima de su pensamiento con el Ser,
gobernaban la Naturaleza; la caverna era un microcosmos, en
el cual se concentraba para ellos la energía que mueve el con-
junto de la creación.»'
1. A diferencia de la línea Maginot, que fue vendida a unos aficio-
nados a las residencias secundarias.
2. Noche del «Samain» (31 de octubre), en la tradición céltica irlan-
desa, ceremonias polinésicas estudiadas por Lévy-Bruhl.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 257
Numerosas excavaciones arqueológicas permitirían sin
duda descubrir un gran número de esas grandes cavernas san-
tuarios donde se celebraban los antiguos misterios. Hemos
rozado algunos de ellos en las páginas de este libro (Lascaux,
Falicon, subterráneos de la Gran Pirámide), pero es evidente
que nuestro subsuelo es todavía más rico de lo que se supone.
He conocido un rincón de Francia en el que los subterráneos
parecían brotar como trufas (el Périgord), y creo firmemente
que, por doquier en el mundo, la indiferencia o el temor son
los únicos sentimientos que evoca esta clase de «monumentos».
Y no puedo dejar de pensar en la historia del subterráneo de
aquella aldehuela de Dordoña donde viví y que revela el mis-
mo estado de ánimo de que estoy hablando.
Un subterráneo hecho añicos
Se trataba simplemente de un subterráneo cavado por los
ingleses durante la guerra de los Cien Años, con el exclusivo
propósito militar, pero muy importante para ellos, de dispo-
ner en él de grandes reservas para sus bastidas del Sudoes-
te.2 Con el tiempo, ya no hubo nadie que se preocupase de
inventariar aquellas vastas galerías cuyas entradas se habían
derrumbado. Hasta se había perdido la memoria de su em-
plazamiento... Luego, un buen día, llegó un archivero de la
Torre de Londres, anunciando que acababa de encontrar unos
documentos muy interesantes sobre lo que aquel subterráneo
contenía.
«Esos papeles —explicó el visitante— dan una parte de las
indicaciones que permiten descubrir la salida, pero, para que
sean exactas, requieren que se las relacione con otras indica-
ciones que se encontrarían grabadas en una piedra, en la re-
gión. Señor alcalde, ¿conoce usted una piedra en la que estu-
vieran grabados signos o croquis incomprensibles?»
El alcalde no tiene necesidad de rascarse mucho rato la
cabeza:
1. P. Gordon: L'Image du monde dans l'Antiquité (París, P.Ü.F.,
2. Ciudades fuertes creadas tanto por los reyes de Francia como
por los de Inglaterra, en el sudoeste de Francia durante la guerra de
los Cien Años.
17 — 3321
258 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
T
«¿Una piedra con signos encima? Claro que sí, sólo puede
tratarse de la que está en el rincón de la granja de X... ¡Va-
mos allá!»
Muy emocionados, alcalde, adjunto y archivero corren ha-
cia la granja del tesoro. El uno piensa en los descubrimientos
que van a hacerlo famoso, los otros ya están viendo la multitud
de turistas que subirá a los collados para ir a ver las célebres
cuevas. ¡Algo mejor que Lascaux! Llegan al patio en el que X...
está revolviendo el estiércol. «¿La piedra? Ah, amigos míos, si
la quieren ustedes, pueden encontrarla ahí.»
Y, con un amplio gesto, abarca la pared que tiene enfrente.
«La semana pasada tuve necesidad de materiales para cons-
truir este hórreo.»
Completamente desmenuzados, los planos del subterráneo
yacerían en lo sucesivo en el mortero de una pared. De pron-
to, el subterráneo se quedó donde estaba, es decir, en la me-
moria de un archivero.
Fantasías que rozan el delirio
Pero es el silencio lo que cubre todo cuanto afecta a los
reinos subterráneos. Como si los hombres tuvieran miedo de
abordar el fondo del problema. Como si los «de abajo» tuvie-
ran miedo de que se les molestase. De ello sólo sobrenadan
algunas palabras mágicas: Thule, Hiperbórea, Agartha...
Mogolia y el Tibet, más que cualesquiera otros países, po-
seen leyendas muy curiosas al respecto. Estas leyendas han ali-
mentado los sueños de los ocultistas, entre los cuales encon-
tramos en primer lugar, por supuesto, a los teósofos que si-
guen las huellas de Madame Blavatsky, así como nombres tan
inesperados como los de Louis Jacolliot, Saint-Yves d'Alveydre,
Ferdinand Ossendowski, Rene Guénon,1 que no tienen de co-
mún con los teósofos más que una sola certeza: en alguna par-
te de Asia existe el reino del Amo del Mundo.
En ese universo subterráneo inmenso, cuyas ramificaciones
se prolongarían bajo todos los continentes y bajo todos los
océanos, se encontraría conservada la herencia técnica y espi-
ritual de las grandes civilizaciones desaparecidas, Lemuria, At-
1. Rene Guénon, nacido en Blois el 15 de noviembre de 1886, muerto
en El Cairo el 7 de enero de 1951.
T LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 259
lántida, etc.
En realidad, la credibilidad del Agartha y del Amo del
Mundo es casi universal y comienza a dar que pensar a cier-
tos medios sólidamente materialistas de Occidente. En todo
caso, ha influido indirectamente en los dramas más cruentos
de nuestro siglo xx, en la medida en que la aventura nazi se
basaba en un mito estrechamente relacionado con todo ello.
Por esto no es superfluo que volvamos a algunas fuentes. Una
obra particularmente interesante a este respecto es la de Saint-
Yves d'Alveydre, titulada Misión de la India en Europa,1 y que
actualmente es imposible encontrar.
«¿Dónde está el Agartha? —pregunta—. ¿En qué lugar
exacto se halla situada? ¿Por qué carreteras, a través de qué
pueblos hay que caminar para penetrar en ella? A esta pregun-
ta, que no dejarán de hacerme los diplomáticos y los militares,
no me conviene responder más que en la forma en que voy a
hacerlo, en tanto que no se haga el acuerdo sinárquico, o al
menos, no se firme. Pero, como quiera que yo sé que, en sus
mutuas competencias a través de toda el Asia, algunas poten-
cias rozan sin sospechar nada ese territorio sagrado, como
que sé que en el momento de un conflicto posible sus ejérci-
tos deberían forzosamente o bien pasar por él o bien pasar muy
cerca del mismo, es por amistad hacia esos pueblos europeos
así como hacia el Agartha misma, por lo que no temo efectuar
la divulgación que he comenzado.»
Y Saint-Yves d'Alveydre nos advierte: si se quisiera forzar
en su refugio a los «Templarios y a los Confederados del Agar-
tha», sus armas defensivas serían capaces de hacer saltar toda
una parte del planeta. Ya que no se trata de defender tesoros
materiales, sino la herencia de todas las fuerzas espirituales
y ocultas acumuladas por los sabios de la Humanidad a través
de las edades en una inmensa universidad del Saber a la que
él da el nombre de «Paradesa».
En cuanto a la localización de esa Agartha, a un siglo de
distancia, apenas es posible ver el asunto con mayor claridad.
Algunos autores tenderían a situar su centro en la isla de Cei-
lán. Otros la situarían en las extensiones desérticas de los con-
fines índicos. Una tradición muy bien arraigada pretende que
1. Publicada hacia 1885. El autor mandó destruir los ejemplares
tan pronto como salieron de la prensa. Se reimprimió a la muerte de
Saint-Yves d'Alveydre (París, Dorbon-Alné, 1909).
260 MICHE1>CLAUDE TOUCHARD
su localización se encuentra en el subsuelo de la ciudad santa
de Lhassa, en el Tibet. En realidad, parece ser que es el Asia
entera su base privilegiada.
El enigma del Rey del Mundo
Otro libro, en 1924, había de poner nuevamente de actuali-
dad este tema: Animales, hombres y dioses, de Ferdinand Os-
sendowski. Este geólogo, serio hombre de ciencia, prospector
de terrenos en Siberia, encontróse, de la noche a la mañana, y
debido a la revolución rusa, en la condición de fugitivo, cuya
sola oportunidad consistía en llegar hasta un puerto de la
China, es decir, en atravesar a pie toda Asia. Sus peripecias de
animal acorralado, sus palpitantes encuentros habían de verse
superados por los extraños capítulos en los que Ossendowski
evoca un personaje ' del que le hablaron los nómadas: el Rey
del Mundo.
Aquí, Agartha ya no es un centro sinárquico que opone sus
concepciones políticas a las de Europa. Es un reino fabuloso,
adornado con tortugas de dieciséis patas, aves con dientes
puntiagudos y hombres provistos de dos lenguas. Y el inge-
niero relata divertido estos detalles, hasta el momento en que
precisiones y profecías realizadas le hacen comprender que
hay allí un misterio que escapa a su comprensión. Entonces,
interroga a los lamas:
«La capital del Agartha está rodeada de ciudades en las
que habitan grandes sacerdotes y sabios. Recuerda a Lhassa,
donde el palacio del dalai-lama, el Pótala, se encuentra en la
cima de una montaña cubierta de templos y monasterios.
»E1 trono del Rey del Mundo está rodeado de dos millones
de dioses encarnados. Son los santos panditas. El palacio mis-
mo está rodeado de los palacios de los goros que poseen todas
las fuerzas visibles e invisibles de la tierra, del infierno y del
cielo, y que pueden hacerlo todo para la vida y la muerte de
los hombres. Si nuestra loca Humanidad iniciase contra ellos
la guerra, serían capaces de hacer saltar la superficie de nues-
tro planeta y convertirla en desiertos. Pueden desecar los ma-
res, mudar los continentes en océanos y esparcir las montañas
1. No confundir con el Bogdo Khan o Buda viviente, del que se
habla en otra parte.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 261
en medio de las arenas del desierto.»
Como buen científico, nuestro autor formuló entonces la
pregunta que se imponía:
—«¿Ha visto alguien al Rey del Mundo?
»—Sí, respondió el lama. Durante las fiestas solemnes del
antiguo budismo en Siam y en la India, el Rey del Mundo se
apareció cinco veces.1
»—¿Cuántas personas han ido al Agartha? —preguntó el in-
geniero.
»—Muchas, pero todas esas personas han mantenido en
secreto lo que vieron...»
Esta respuesta debe relacionarse con la afirmación de Saint-
Yves d'Alveydre: «Más de una vez, en este mismo siglo, algu-
nos iniciados bajaron a visitar las bibliotecas de piedra, y no
salieron de allí con las manos vacías.»
En cuanto a las profecías que Ossendowski refiere como
proferidas por el Rey del Mundo, no son muy alegres, que di-
gamos: «Cada vez más, los hombres se olvidarán de sus almas
y se ocuparán de sus cuerpos. La mayor corrupción reinará so-
bre la Tierra. Los hombres se volverán parecidos a animales
feroces, sedientos de la sangre de sus hermanos. La Media
Luna (el islamismo) desaparecerá y sus adeptos caerán en la
mendicidad y en la guerra perpetua...»
Desaparición de realezas, guerras, terremotos, éxodos, des-
trucciones de capitales, todo anuncia un fin de siglos terrible,
al que sucederá la llegada de pueblos aún desconocidos, que
fundarán una nueva vida, hasta que los pueblos del Agartha
salgan de la sombra y tomen posesión de la superficie de la
Tierra.
Múltiples moradas
Ossendowski no nos brinda más detalles acerca del empla-
zamiento del reino subterráneo: dice que un guía soyota de los
alrededores de Nogan Kul le mostró un día, apartando una
nube de humo, la puerta de entrada de las galerías de acceso.
También le contó un lama que un destacamento de olets, lla-
mados también calmucos, habiendo saqueado Lhassa, encon-
1. Hechos relatados por varias personalidades inglesas.
262 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
tro una de las entradas en las montañas al sudoeste de la ca-
pital y trajo de allá ciencias misteriosas, actualmente comparti-
das por las tribus bohemias. Todo esto es demasiado vago para
permitir una verdadera exploración. Otros relatos sitúan las
entradas en la región del monasterio de Chigatzé y de Kuen
Lun, o también cerca del dolmen de Do-King lo cual permite
suponer, al menos, numerosas ramificaciones.
En el fondo, el que en un período muy remoto unos inicia-
dos o unos hombres «diferentes», constituidos en sociedades
secretas, hubieran elegido las grutas del Kohistán, de Bamiyan
o de California para retirarse del mundo ignorante, no va con-
tra el buen sentido.
¿Acaso en la época de las cruzadas, los caballeros que más
tarde llegaron a ser los famosos templarios, no encontraron
bajo las losas del Templo de Jerusalén' vastos subterráneos que
contenían las enseñanzas que, más tarde, habían de conferir-
les el poder que se les conoce y el secreto de las catedrales?
Más cerca de nosotros, la amplitud de las ciudades subte-
rráneas y desiertas encontradas en los Estados Unidos (y cuya
exploración no ha hecho más que comenzar), ¿no permite su-
poner que, en tiempos remotos, estaban habitadas por millares
de seres humanos?
Todo queda por descubrir, en especial en ese Techo del
Mundo ocupado hoy por las tropas chinas. Allí donde unos
aviadores soviéticos descubrieron en otro tiempo inmensas
construcciones subterráneas que emergían en algunos sitios en
las dunas del desierto de Gobi, allí donde los lamas acumula-
ban tesoros en el fondo de los templos subterráneos, ¿algunas
investigaciones sistemáticas no irán a hacer caer en manos
del pueblo amarillo unas técnicas y unas fuerzas reservadas
exclusivamente a los sabios de antaño? Es lo que temen algu-
nos ocultistas, aunque, por otra parte, las defensas del Agartha,
constituidas sin duda por barreras magnéticas a un nivel vi-
bratorio diferente de nuestro plano existencial, parecen ser
capaces de rechazar las agresiones mal intencionadas. ¿Acaso
el viajero americano Baird T. Spalding, en su obra La Vida de
los maestros, redactada a su regreso de largas estancias en
1. Las investigaciones fueron reanudadas, al parecer, por las auto-
ridades de Israel.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 263
Asia central, no cuenta cómo todo un regimiento chino en-
viado, entre las dos guerras, a buscar la región misteriosa se-
ñalada tantas veces en el desierto de Gobi, dio vueltas duran-
te días y más días, sin poder encontrar nada, en definitiva?
El explorador Nicolás Roerich, que, por su parte, señaló
con precisión la existencia de la «isla Blanca» entre los montes
Tien-Chan y Kuen-Lu,1 que él designa como un centro de in-
tensa actividad que escapa a nuestro control, ¿no dice que
unas fuerzas invisibles impiden todo acceso allá?
Después de todo, la existencia de un Agartha, en alguna
parte debajo de nuestra Tierra, no parece más descabellada a
nuestra mente que todo cuanto nuestros astronautas están
descubriendo en la superficie de la Luna o de Marte. Y, puesto
que «todo es abajo como arriba», ¿por qué no admitir, con
Guénon, que, a falta de presencia en carne y hueso entre no-
sotros, el Rey del Mundo pueda constituir un símbolo, que
vive bajo una forma o bajo otra, de la alianza suprema reali-
zada entre el poder temporal y la autoridad espiritual?
«Este principio —nos dice— puede ser manifestado por un
centro espiritual establecido en el mundo terrestre por una
organización encargada de conservar íntegramente el depósito
de la tradición sagrada, de origen "no humano", por la cual la
sabiduría primordial es comunicada a través de las edades a
aquellos que son capaces de recibirla.»
En el fondo, la principal dificultad que imponen estas evo-
caciones de un mundo «diferente» no es la de creer o no en
ellas, sino el efectuar una discriminación entre lo que puede
ser verdad y lo que no lo es. No poseemos un proceso crítico
que se apoye en monumentos, aunque fuesen tan extraordina-
rios como los visitados en el decurso de esta obra; sólo pode-
mos referirnos a leyendas y relatos de los que, descartando
toda mala fe, apenas pueden aducirse pruebas materiales.
Por esto, aun cuando nos parece reconfortante y, después
de todo, normal, que puedan existir, fuera de la rapacidad
y de la estupidez humana, unas «bibliotecas» de sabiduría que
no hayan de conocer la suerte funesta de la de Alejandría o de
México, consideramos necesario mantenernos en guardia en
1. Al sur de la ciudad de Alma-Ata, en Kazajstán.
264 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
lo referente a unas tesis aptas para calentar las imaginaciones
más sospechosas. Por esta razón, el final del siglo no pasará
ciertamente sin que la gente se apasione por las turbas de
«magos» y de falsos sabios cuya floración inevitable no deja de
resultar inquietante.
Si pudiéramos tranquilizarnos, aunque sólo fuese un poco,
sería recordando que en todas las épocas, en todos los lugares,
una propensión natural induce a embellecer el producto de la
fantasía. Podríamos tomar como modelo de propaganda bien
hecha la operación «Reino del preste Juan», lanzada hace ocho
siglos y aún persistente en la imaginería popular.
¿Quién era el preste Juan?
Operación tanto más meritoria cuanto que resultó com-
pletamente gratuita, y uno se pregunta en vano, todavía hoy,
qué era lo que deseaba «vender» el autor, que ha permanecido
anónimo, de la famosa carta enviada a los poderosos de la
época.
Por lo que respecta a ese célebre sacerdote Juan, sólo cabe
añadir lo que los eruditos de la época consignaron sobre él,
admirando la excelente fórmula, notable detonador de la ima-
ginación, ese nombre fabuloso: Reino del preste Juan.
Si mañana procediésemos a efectuar un sondeo de opinión,
estamos seguros de que las respuestas dirían que este título es
tan popular, al menos, como el del presidente de una de las
innumerables repúblicas actuales... Así, el preste Juan fue asi-
milado con frecuencia al Negus de Etiopía. En la Edad Media,
la credulidad popular se dejó obsesionar por este personaje
que alimentaba su afición a los cuentos de hadas.
Una carta muy certificada
Para darnos cuenta de ello, volvamos a leer juntos esta carta
histórica, que llegó a las Cortes reales en 1177, y dio que hablar
a las gentes durante siglos. O, al menos, tomemos extractos
de ella, ya que el texto entero llenaría cerca de una veintena
de nuestras páginas:
«Maese Juan por la gracia de Dios, rey todopoderoso sobre
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 265
todos los reyes cristianos, saludamos al emperador de Roma y
al rey de Francia, mis amigos.1
»Nos hacemos saber acerca de nosotros y de nuestro es-
tado y del gobierno de nuestra tierra.
»Sabed que tenemos la más alta corona que haya en el mun-
do entero, así como oro y plata y piedras preciosas, y ciudades,
castillos y pueblos.
»ltem, sabed que tenemos también en nuestro poder a cua-
renta y dos reyes todopoderosos y buenos cristianos.
»...ltem, en nuestra tierra hay los elefantes y otra clase
de animales que se llaman dromedarios, y caballos blancos y
leones muy extraños de cuatro maneras, a saber, rojos, verdes,
negros y blancos. Y asnos salvajes que tienen dos pequeños
cuernos, y liebres salvajes que son grandes como carneros, y
caballos verdes que corren más que mil otros y tienen dos pe-
queños cuernos.
»... Ítem, sabed que en otra parte de nuestro país hay gen-
tes de extraña forma, a saber, que tienen cuerpo de hombre y
cabeza de perro, y no se puede entender su lenguaje, y son bue-
nos pescadores, porque entran en lo más hondo del mar y se
están allí todo un día sin salir afuera, y cogen todos los peces
que quieren, y llegan cargados de peces a su casa, que está bajo
tierra.»
Una leyenda tenaz
Podríamos ampliar la lista, citar todos los prodigios que
se acumulan en esta misiva, contar los centenares de millares
de clérigos, caballeros, soldados, y las centenas de castillos que
parecía poseer este curioso monarca que termina firmando:
«Aquí termina el Preste Juan. Laus Deo.» Una vez más, vaci-
lamos entre la tartarinada y la novela de mala ciencia-ficción,
sin atrevernos a decidir.
Ello no impide que, a partir de este solo texto, el Papa re-
dactara una respuesta solemne y la mandase llevar por uno de
sus emisarios, maese Felipe, quien, por falta de señas exactas,
sin duda, se perdió en algún lugar de Oriente y no regresó ja-
más, al menos oficialmente, de su misión. En cuanto al im-
1. Se trata, por supuesto, de la versión destinada tanto al Papa como
a Luis VII el Joven, de Francia.
266 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
pacto que este documento causó en el ánimo de las multitudes,
basta recordar que, cuarenta años después, cuando el preste
Juan ya no había dado señales de vida, la sola mención de su
nombre por uno de los jefes de los cruzados, Jacques de Vitry,
hizo creer en un cambio milagroso de la situación de las armas
francas en Levante, situación desesperada que se produjo poco
después de la caída de Jerusalén. En cuanto a ejército de so-
corro, las únicas tropas que se agitaban en Asia eran las del
célebre Gengis Khan, poco sospechoso de sentimientos cris-
tianos.
Con grandes refuerzos de evocaciones más o menos aventu-
radas, algunos historiadores atribuyen la paternidad del preste
Juan a alguno de los familiares de los grandes de la época, que,
por tortuosas razones cortesanas, deseaban quizá lograr con
ello una gran diversión. El Papa Alejandro III, que tenía gran
necesidad de reanimar la epopeya agonizante de las cruzadas,
habría lanzado así la maniobra, que se hizo clásica, llamada de
«intoxicación»...
Sucesivamente fueron puestos a contribución los cataros,
los templarios, los emperadores chinos, mas en vano, para en-
contrar una línea que se remontase hasta aquel misterioso
preste Juan. Su principal mérito sería, en realidad, el de ilus-
trar una de las más bellas páginas de la Historia imaginaria y
suscitar brillantes estudios como el de Frida Wion.1
Esta figura legendaria nos ha valido también la organiza-
ción de expediciones, la más conocida de las cuales sigue sien-
do la de Marco Polo. Otras, en el curso de los siglos, fueron para
ir obstinadamente en pos de las huellas del misterioso sobe-
rano a los confines de todas Jas Tartarias. Esto se convirtió en
tal manía, que los soberanos asiáticos, acosados por las mis-
mas preguntas, comenzaron a tomar parte en el juego. Por
esnobismo, pretendieron tener un poco de sangre de aquel gran
antepasado tan famoso en Occidente. Y, probablemente, su
nombre acomodado a diferentes salsas lingüísticas, figura en
un fondo impresionante de «tradiciones» más reales que las
verdaderas genealogías.
Todo esto a partir de algunas páginas delirantes escritas
por un chiflado que ni siquiera sabía geografía. Uno cree estar
soñando.
1. F. Wion: Le Royaume inconnu (París, «Courrier du livre», 1970).
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 267
La ruta más larga del mundo
Pero, si la historia del preste Juan nos conduce al extremo
de lo imaginario, también nos hace penetrar en la inmensidad
del Asia, tanto tiempo cerrada a las investigaciones occidenta-
les. Puesto que nuestra intención es confeccionar un mapa de
los vestigios románticos, ¿cómo no inscribiríamos, antes que
la Muralla de China, antes incluso que los templos de Angkor,
ese prodigioso fresco humano que, durante siglos, constituyó
la Ruta de la Seda? Imagínense 10.000 km de pistas, de etapas,
de peregrinaciones que, desde el océano Pacífico hasta el Medi-
terráneo, hacían cruzarse pueblos venidos de horizontes y de
edades a veces anacrónicos.
Escalando cimas de más de 4.000 m (puerto de Terek) para
volver a descender hasta por debajo del nivel del mar, se tra-
taba de un extraordinario corredor de migraciones o de inter-
cambios cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. Ira-
nios, indios o incluso europeos parece ser que se establecieron
allí muy pronto, dejando huellas lingüísticas innumerables y
complejas, puesto que los sabios no han encontrado allí los
vestigios de menos de diecisiete lenguas y de veinticuatro cla-
ses de escritura.
P. Kolosimo refiere a este respecto la existencia de una
serie de grutas de entre las más notables que se hallan dise-
minadas por toda la Ruta de la Seda. Cerca de la ciudad de
Tuen-Huang, se las designa con el nombre de grutas de los
Mil Budas. A través de un gran número de salas, se hunden
hacia el interior de las colinas, descubriendo toda suerte de
estatuas de arcilla y de maravillosas pinturas mitológicas.
«Con respecto a Tuen-Huang —escribe—, circulan asimismo
historias fantásticas, pero, naturalmente, incontrolables. Se
dice, por ejemplo, que las primeras grutas no fueron cavadas
por los monjes, sino por "alguien" que les precedió en miles de
años.
»Dícese también que ocultan la entrada de un dédalo de
galerías (o de una parte de este dédalo) que se extiende por
el subsuelo del Asia central. Para decirlo todo de una vez, se
268 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
trataría de las galerías de los fabulosos reinos de Shambhala y
de Agartha, que conservarían los grandes secretos de una raza
extraterrestre, quizá la raza que confió a Mu la ciencia que la
condujo a su prodigiosa civilización. También se murmura que
los sacerdotes habrían provocado el derrumbamiento de la en-
trada de las galerías para que nadie pudiera apoderarse de los
tesoros escondidos.»
Eternos errantes
Henos, pues, de nuevo en este reino del Agartha tan inapre-
sable como el del preste Juan y que induce a soñar todavía con
más fuerza. Nadie sabe si la entrada de ese dominio, prohibido
para los vulgares mortales, reside en las grutas de Túen-Huang.
Basta saber, para sentir el escalofrío del misterio, que las ra-
ras expediciones1 que penetraron en esas grutas trajeron de
ellas antiguos documentos sobre seda en los que se encuentran
pintados mapas de los cielos y de continentes desconocidos.
Entre las figurillas que,ise apretujan en una sala alrededor de
un buda dormido, ¿no reconocemos acaso con estupor unas si-
luetas de dieciséis siglos de antigüedad, perfectamente carac-
terísticas, de indios de América?
Vamos, que el continente asiático no ha acabado de deparar-
nos sorpresas. Sin ninguna duda allí se desarrolló una antiquí-
sima historia, directamente relacionada con nuestra búsqueda
de lo insólito. De esta historia sepultada bajo tantos escombros,
surgen aún entre nosotros algunas figuras extrañas, que Louis-
Claude Vincent considera como descendientes directos de aque-
líos constructores que poblaron Mu: los gitanos. Es innegable
que la mayoría de los bohemios conocen muy bien la leyenda
del Agartha. Incluso se pretende que, si se hallan vagando cons-
tantemente, tanto en las rutas heladas de Laponia como en las
altas sierras desoladas del Brasil, es que cada uno de los pri-
vilegiados que conoce este secreto tiene como única misión el
encontrar los caminos perdidos del Agartha y sus entradas se-
pultadas bajo las convulsiones de la Tierra.
1. Sir Aurel Stein en 1907, Paul Pelliot en 1908.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 269
Algunos andan errantes por el Tibet, otros andan buscando
alrededor de Ponapé o de las islas Fénix, en el Pacífico, o en las
ruinas peruanas, cuando no es hacia las brumas de Thule. Es
la gran búsqueda, más universal que la del Grial, de un reino
más poderoso que todos los de los «supergrandes» de este mun-
do: el reino oscuro de las entrañas de la Tierra, donde biblio-
tecas subterráneas guardan, en contra de todas las locuras, la
semilla de sabiduría que sobrevive a las peores catástrofes.
La apariencia de un sueño
Ríos y arroyos abundaban en aquella tierra fértil, su collar
de nubes y de agua brillaba alrededor de las colinas verdeantes
y a lo largo de las llanuras, cuyas generosas cosechas asegura-
ban el bienestar de los habitantes. Altos heléchos se inclinaban
sobre sus orillas. Dispensaban el frescor y la sombra iluminada
a veces por el oro inapresable de una hermosa mariposa. Flores
innumerables se abrían en el interior del país. Unas carreteras,
perfectamente conservadas, conducían a la capital, donde unos
potentados inteligentes y sensibles administraban la suerte feliz
de sus sesenta y cuatro millones de subditos.
Después, en cuestión de unas horas, aquel continente que se
extendía unos 10.000 km de Este a Oeste y 5.000 km de Norte
a Sur, fue engullido bajo las aguas del océano Pacífico.1 Es que
debajo del zócalo de aquella tierra condenada se escondían
peligrosas bolsas de gases. Algunas de ellas, excesivamente com-
primidas por las emanaciones procedentes del nivel geológico
subyacente, se hundieron y cedieron bajo el peso de la tierra
y del océano. Así terminó Mu, como «arrancada y desgarrada».
Una flotilla de restos quedaron flotando en el lugar del nau-
fragio. En estos archipiélagos-testigos se refugiaron los más pre-
visores y los más rápidos. Transmitieron sus conocimientos y
su sabiduría a los otros pueblos del planeta. Es verdad, sin
embargo, que esta influencia se ejercía ya desde hacía tiempo
en América y en Asia, donde el imperio de Uigur, la inmensa
colonia occidental de Mu, se extendía en el lugar donde ahora
se encuentra la Siberia oriental. Su capital se llamaba Khara-
1. Los elementos de esta descripción se han tomado de los textos
de J. Churchward en: Mu, le continent perdu, cap. II, y L'Univers se-
cret de Mu, cap. I (París, col. «J'ai lu» núms. 223 y 241).
270 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
Kota. Al parecer, descubriéronse vestigios de ella a fines del
siglo pasado, a 20 m de profundidad.1 En derredor, el desierto
de Gobi ha revelado vitrificaciones del suelo, tal como podría
producirlas una explosión atómica. ¿Culminó en una enorme
torpeza la ciencia de los fugitivos de Mu? ¿Cómo saberlo,
puesto que el diluvio más reciente, que sobrevino 10.500 años
antes de J. C, cubrió de aluviones aquel inmenso territorio,
en el que los excesos climáticos no facilitan la labor del ar-
queólogo?
Los capítulos anteriores han enumerado enigmas a los que
la civilización de Mu aporta explicaciones plausibles. Más re-
ciente, más familiar también a causa de los vestigios que apa-
recen en el decorado de nuestras vacaciones, la filial Atlántida
forma parte del mismo problema. Sin embargo, alrededor de
los megalitos, alrededor de Stonehenge, de la Gran Pirámide,
de Nan Matal y de Tiahuanaco, todas las fantasías son lícitas,
y nosotros nos complacemos en ellas. Ahora bien, al final del
viaje, el tema fundamental adquiere la apariencia de un sueño.
Queremos creer que la tierra perdida se extendía allí donde
las aguas del océano no ofrecen ya ninguna señal. Queremos
creer que las maravillas de lo insólito vinieron de esa tierra y
que fueron esparcidas, transfiguradas por el tiempo y la di-
versidad de las razas. Entonces surge una interrogación nega-
tiva: si la existencia de la tierra original es admisible, ¿no
contradice al buen sentido su desaparición repentina? Y es al
buen sentido, a la lógica, a lo que apelan los más audaces so-
ñadores, sometiendo a nuestro perspicacia un número tan eleva-
do de indicios turbadores.
¿A quién pedir una respuesta, si no es a los geólogos? Si el
lunazo de Horbiger o las bolsas de gas de Churchward no dan
una satisfacción completa, ¿no podemos encontrar alguna in-
dicación útil en los verdaderos científicos?
1. En las estepas siberianas, convertidas en una de las regiones más
frías de la Tierra, la existencia de túmulos-tumbas, llamados «kurga-
nes», suscita el problema de un vasto poblamiento antediluviano.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 271
La deriva de los continentes
Cuando, en 1915, Wegener' publicó sus teorías sobre la de-
riva de los continentes, los no conformistas pusieron el grito
en el cielo y los honorables colegas no permanecieron indife-
rentes. Algunos años más tarde, los continentes vagabundos
estaban siendo tomados en serio. Luego, después de la Segun-
da Guerra Mundial, la tesis de Wegener volvió a encontrar cré-
dito. Era preciso, en efecto, considerarla de cerca, ya que
aportan una explicación a las singularidades del magnetismo
mineral que indica, o debería indicar, una misma orientación
polar. No es éste el caso. Unas rocas muy antiguas (se trata de
decenas, incluso de centenas de millones de años) parecen ha-
ber sido gobernadas por campos magnéticos situados en re-
giones inesperadas, por ejemplo, en el ecuador.
¿Quiénes eran los que tenían la manía de cambiar de sitio,
los polos o los continentes? 2 Los segundos, pretendía Wege-
ner. Formados por rocas ligeras, granito y sedimentos, deri-
van, alejándose o acercándose a los polos, se disocian y se
dividen para formar el mapa de la Tierra tal como lo conoce-
mos. Así, durante la última glaciación, Europa y América ha-
bríanse encontrado situadas la una al lado de la otra, antes de
divorciarse y perderse de vista. Sus contornos coinciden curio-
samente en muchos puntos, como es sabido. Entonces, si We-
gener ha visto bien las cosas, ¿qué viene a hacer la Atlántida en
ese intervalo que no existía antes del período glacial?
Habría tenido su sitio. Los dos continentes no se alejaron
paralelamente, sino como se despliega un abanico. Entre la
punta sur del África y la cordillera de los Andes, un largo ple-
gamiento sería el testimonio de una vieja unión. En cambio,
la cadena del Atlas no tiene prolongación ultraatlántica y, fren-
1. Alfred Wegener, nacido en Berlín el 1 de noviembre de 1880. Par-
ticipa en una expedición danesa a Groenlandia en 1906. Encargado de
curso de Termodinámica de la atmósfera. Segunda expedición a Groen-
landia en 1912. Publica en 1915: Die Entstehung der Kontinente und
Ozeane. Muerto en 1930, en Groenlandia.
2. Entre 1922 y 1927, la Oficina danesa de medida del grado des-
cubrió un alejamiento de 36 m al año entre Groenlandia y el bloque con-
tinental europeo.
272 MICHEL-CLAUDE TOUCHAED
te a España, el macizo submarino de las Azores conserva su
misterio.1
En la parte del océano Pacífico, ¿qué habría sucedido? La
deriva de los continentes, tal como la concibe Wegener, pro-
voca estiramientos, desgarraduras y hundimientos.
Apenas nos encontramos en condiciones de imaginar las
consecuencias desastrosas de su inestabilidad, cuando, de pron-
to, los continentes incriminados se inmovilizan, al mandato
del silbido de Charles H. Hapgood. Nada de vagabundeo indi-
vidual, dice, o todos juntos, o nada. Estos desplazamientos de-
sordenados suponen un terreno de evolución lo más llano po-
sible y que ofrezca escasa resistencia. Todo lo contrario del
fondo de los mares. Una capa de rocas rígidas, de unas 30 km
de grosor, no posee la flexibilidad favorable para el desliza-
miento de estas pesadas balsas que serían los bloques conti-
nentales. El relieve submarino, surcado de abismos y erizado
de Himalayas, presenta demasiado obstáculos. Finalmente, en
la época en que Wegener enunciaba su teoría, creíase que el
final de la última glaciación se perdía en la noche de los tiem-
pos. En la actualidad, se le reconoce una juventud histórica:
unos diez mil años es, precisamente, el espacio cronológico en
el que se acumulan tantos enigmas, anegados en las aguas del
diluvio y dislocados por los cataclismos. Y no puede ser en
diez o incluso en veinte mil años que los continentes america-
nos y europeos hayan creado entre ambos un foso de 4.800 km2
de anchura.
El viaje de los polos
Es preciso, pues, que volvamos a coger la naranja que tan-
tas veces ha servido para explicar la rotación de la Tierra.
Guardémonos de tirar el envoltorio de ligero papel que a veces
la protege. Es esta envoltura la que va a dar una realidad a
las concepciones de Hapgood. Es ella la que puede desplazar-
se, por entero, en la superficie del fruto. La imagen y las le-
tras que quizá se encuentren impresas en ella pueden muy
1. Véase el cap. «Entre dos mundos».
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 273
bien pasar por el ecuador o deslizarse hacia los extremos de
su eje. Tales desplazamientos han sido descubiertos entre el
mioceno y el plioceno y, según el profesor Hermann Reich, de
la Universidad de Gotinga, «se produjo un cambio de este
género probablemente al menos cuatro veces en nuestro pa-
sado geológico, a intervalos de 500.000 años».
¿Y las causas de este patinazo inquietante? Las teorías de
Hapgood forman un libro denso. Resulta difícil resumirlas en
unas líneas. Puede decirse que esa cubierta mal sujeta en su
soporte cede a una presión constante, en la que participan los
diez millones de kilómetros cúbicos de hielo del continente an-
tartico, la inclinación del eje terrestre y la oscilación regular
de éste.
¿Y el punto de vista de los terrícolas en todo ello? Tanto
si tiene razón Wegener como Hapgood, conviene saber si estas
lentitudes geológicas pueden compaginarse con el repentino
hundimiento que señala la desaparición de Mu y de la Atlánti-
da. Después de todo, estos estiramientos insensibles pueden
culminar en un punto de ruptura. Es la gota que hace desbor-
dar el vaso. Al cabo de un interminable trabajo de zapa, ha-
bría habido el apocalipsis de una sola noche... En África, las
altas escarpaduras del Rift Valley marcan el límite de un an-
tiguo litoral. «Por algún gran movimiento —escribe Hapgood—
esta parte del continente se encontró prodigiosamente levan-
tada y los fondos submarinos fueron al mismo tiempo levan-
tados hasta 1.600 m de altitud y se convirtieron en tierra fir-
me.» *
Quedan las fechas, cuya enorme antigüedad vuelve a su-
mirnos en la más completa incertidumbre: entre el mioceno y
el plioceno... ¿Acaso los geólogos no quieren tranquilizarnos
haciendo remontar el trajín de los polos y de los continentes
en una época desprovista de habitantes? ¿Habrían podido pro-
ducirse trastornos de importancia más recientemente de lo
que ellos afirman?2
1. Siempre según Hapgood, las masas sedimentarias del norte de
los Estados Unidos, de Spitzberg y de Escocia indicarían la antigua
presencia de una masa continental en el Atlántico norte.
2. Suele citarse, como testimonio de trastornos importantes acae-
cidos durante el período histórico, la formación del Zuyderzee en 1215,
en el lugar de lo que no era sino el lago Flevo.
18 — 3321
274 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
Peter Kolosimo nos comunica un hecho turbador en grado
extraordinario: en 1895, el profesor Folgereiter efectuó estu-
dios sobre el magnetismo fósil. El óxido de hierro contenido
en unos objetos de cerámica etruscos permitía determinar el
campo magnético que ejercía su influencia en la época en que
tales objetos habían sido modelados. En otros objetos de ce-
rámica, de 2.000 años de antigüedad, la orientación era precisa.
En los objetos del profesor Folgereiter, difería sensiblemente.
Entonces se admitió que aquellos objetos tenían más de veinte
siglos de existencia. Centenares, quizá. Pero, ¡cómo! ¿En un
período de unos diez mil años, en los albores de la Era cua-
ternaria que es la nuestra, habían podido vivir unos alfareros
en un planeta que, aunque tenía el mismo aspecto, miraba ha-
cia otra dirección? ¿Habían podido conocer un Egipto frío,
una Antártida templada, un Canadá ardiente? ¿Han existido
civilizaciones del terciario? ¿Es que a todos los enigmas plan-
teados por las civilizaciones desaparecidas, tanto en las ciuda-
des anónimas de la cordillera de los Andes como en los mo-
numentos incomprensibles de las islas del Pacífico, viene la
geología a aportar si no confirmaciones, al menos, probabili-
dades? ¿Qué mirada humana pudo posarse en aquellos paisa-
jes inverosímiles? Ningún elemento concreto permite respon-
der a tal pregunta. Y, sin embargo...
La Tierra de antes de la Tierra
En tanto que los arqueólogos, sean románticos o no, discu-
tirán aún mucho tiempo acerca de símbolos, leyendas y edifi-
cios insólitos, en tanto que cada uno expondrá sus teorías en
virtud de una lógica con frecuencia adaptada a las conviccio-
nes que quiere defender, el documento más extraño del mundo
podría poner de acuerdo a todas esas personas. Se trata de los
famosos mapas del almirante turco Piri Reis.
Estos mapas dan al litoral antartico un aspecto como sólo
podía presentarlo antes del último período glacial.
Muestran Groenlandia bajo un aspecto que supone las mis-
mas condiciones de observación.
Indican, para el Canadá septentrional y Alaska, unas ca-
denas montañosas cuyo trazado exacto sólo ha sido estableci-
do recientemente.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 275
Indican unas longitudes con una precisión que no pudo al-
canzarse hasta el siglo xvm, 1 y, al decir de los especialistas que
los han estudiado, es difícil creer que estos mapas hayan po-
dido realizarse sin el auxilio de procedimientos aéreos.
En suma, semejante documento escapa a la interpretación
subjetiva. Constituye el testimonio de un pensamiento orga-
nizado y de una técnica profundizada antes de aquel grave en-
friamiento que, según se dice, sólo habría afectado a unos ta-
lladores de sílex. Las hipótesis que nuestro libro ha evocado
no se verían confirmadas por ese documento (¿cómo sería po-
sible, dado que varias de ellas son contradictorias?), pero se
vuelven lícitas, sin excepción. Piri Reis no aporta ninguna
prueba, pero sí el permiso para extrapolar hasta el infinito.
Estos mapas fueron encontrados, el 9 de noviembre de 1929,
en el museo Topkapi de Estambul, con ocasión de un inven-
tario. Su autor había sido un personaje importante de la gran
época otomana. Durante la primera mitad del siglo xvi, Piri
Reis surcó el Mediterráneo dando varias veces la victoria a los
navios que él mandaba. Pero este Nelson turco era un Cook al
propio tiempo. Poligloto, cartógrafo, observador perspicaz y,
cosa que no hay que olvidar, provisto de abundantes archivos
marítimos, el almirante era un hombre culto. El conocimiento,
en aquella época, comportaba su parte de secretos. Quizás hoy
suceda todavía lo mismo. Piri Reis escribió el Bahriye, especie
de relación de viaje y de descripciones de los puertos medite-
rráneos, con el complemento de más de doscientos mapas.
Respecto a esto, él dice haber compulsado documentos secre-
tos, muy antiguos, que únicamente él poseía. Uno de estos do-
cumentos, que no era particularmente misterioso, fue un mapa
establecido por Cristóbal Colón en 1498,2 mapa en el que, na-
turalmente, no figuran las costas de la América del Norte.
Luego, en 1554, Solimán II, llamado el Magnífico, hizo matar
al valeroso marino, porque éste habría aceptado levantar el
sitio de Gibraltar a cambio de moneda contante y sonante.
¿Sanción militar o pretexto? Al revelar unos datos geográficos
que podían perjudicar a la supremacía naval del Imperio, el
1. Conclusiones presentadas en 1956 por I. Walters, después de un
fórum radiodifundido de la Universidad de Georgetown.
2. Cristóbal Colón, de quien dice Piri Reis que habría consultado un
libro de la época de Alejandro Magno y que mencionaba la existencia
de tierras al otro lado del «Mar occidental».
276 MICHEL-CLAUDE TOUCHARD
cartógrafo se habría mostrado más temerario que el almiran-
te. La idea de que esas informaciones eran el privilegio de ini-
ciados y que su divulgación se castigaba con la muerte no tie-
ne nada de extravagante: el curso de la historia universal de-
sarrolla sus meandros en la sombra de los subterráneos. Sin
embargo, si afirmaba que «el más pequeño error hace inutili-
zable una carta marina», Piri Reis no puso los suyos al alcance
de los lectores del siglo xx. Al menos puede decirse esto de su
mapa del mundo confeccionado en 1513/ y es este último el
que nos interesa.
Cuando se descubrieron fragmentos de este mapa en 1929,
unos sabios turcos los estudiaron, y luego enviaron reproduc-
ciones de los mismos a todas las partes del mundo. Por fin,
en 1953, un americano, Arlington H. Mallery, tuvo la revelación
del carácter extraordinario de los mapas de Piri Reis. En ade-
lante, fue Arlington H. Mallery el que entregaría a los sabios
estupefactos las maravillas del viejo pergamino. Ingeniero,
también marino, arqueólogo e historiador, Mallery se dedicó
mucho tiempo al estudio de las expediciones de los norman-
dos a través del Atlántico Norte. Los portulanos no tienen se-
cretos para él y, de todas formas, se rodea de colaboradores
expertos. Charles Hapgood, sobre todo, dirige el equipo en-
cargado del descifre, el cual se ha hecho indispensable a causa
de la diversidad de las fuentes utilizadas por Piri Reis.
Cuando un «invento» arqueológico es asunto de un solo
hombre, todas las discusiones están permitidas, incluso si, al
final, resultan injustificadas. En cambio, cuando un equipo
de sabios se hace cargo del mismo problema, las dudas relati-
vas a la autenticidad del descubrimiento, a la calidad de los
medios empleados, a la sinceridad de las deducciones propues-
tas, quedan reducidas al mínimo. Ahora bien, cuando llegó a
ser posible «leer» los famosos mapas, se vio que:
1) mencionaba particularidades geográficas ignoradas en
nuestros días;
2) efectuada la comprobación, estas particularidades exis-
ten, pero son invisibles.
Una de estas anomalías, y ella sola bastaría para aportar
1. Un segundo m a p a del m u n d o fue trazado por Piri Reis en 1528.
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA 277
las dimensiones del misterio, se refiere a dos bahías señaladas
por Piri Reis en una parte del litoral antartico, la Queen Maud
Land. El mapa de esa región, establecido en 1954, indica la
tierra en ese sitio. Todo el resto es de una exactitud desconcer-
tante. Sin embargo, se han emprendido unos sondeos comple-
mentarios. La carta moderna resulta errónea: las bahías exis-
ten y Piri Reis no se equivocó.
En cuanto al relieve de Groenlandia, tal como fue dibujado
en el siglo xvi en esas cartas increíbles, las expediciones pola-
res francesas lo descubrirán idéntico, pero cuatro siglos más
tarde.1
Cuando se sabe que las tierras en cuestión están cubiertas
de 3.000 m de hielo en Groenlandia y de 4.000 y más en la An-
tártida, el enigma puede parecer relativamente simple para
nuestros lectores: Piri Reis tuvo en su poder indicaciones re-
cogidas antes de la formación de los casquetes glaciares, es
decir, hace diez mil años.
El planeta que habitamos está sembrado de un número tan
grande de vestigios anteriores a ese período, que nuestro asom-
bro no es excesivo. Unos hombres recorrieron esas tierras hoy
cubiertas por los hielos. Falta saber cómo tuvieron conoci-
miento de su configuración y por qué medios pudieron darle
una realidad gráfica...
Al recurrir, al final de esta obra, a disciplinas científicas
tales como la geología, o la trigonometría, que desempeñó su
papel en el desciframiento de los mapas de Piri Reis, resulta
emocionante comprobar la amplitud de las posibilidades que
aportan a la arqueología irracional. No es imposible que, ma-
ñana, los especialistas más intransigentes reduzcan al silencio
a los soñadores...
De todas las hipótesis que encontramos a lo largo de nues-
tra ruta, ésta es la más aventurada: ¿llegará mañana algún or-
denador a demostrar que, desde hace mucho tiempo, los poe-
tas de la arqueología se mueven a sus anchas a través de los
milenios transcurridos? ¿Algún nuevo procedimiento de inves-
tigación habría de convertir en realidad los sueños más extra-
vagantes? Bien, deseémoslo, sin sentir la menor nostalgia.
Si llega un día en que la Atlántida, Mu e incluso los visi-
tantes extranjeros de Tiahuanaco ya no sean puestos en duda,
1. Documentación extraída del estudio que Paul-Émile Víctor dedicó
a los mapas de Piri Reis.
278 MICHEL-CLAUDE T0UCHARD
entonces la realidad aparecerá más maravillosa que el mundo
de las hipótesis.
En ese día, deberemos estar preparados para otras trave-
sías No hay revelación formal que pueda poner término a los
vagabundeos de la mente, y el pasado del planeta desconocido
ofrece espacio suficiente para que su exploración no conozca
fin alguno.
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¿Desaparecieron civilizaciones técnicas en épo- Del oro de Delfos a las ruinas de Montségur;
cas inmemoriales? ¿Será la sociedad secreta la sangrienta cruzada contra una herejía que
el sistema de gobierno del futuro? ¿Existen aún subsiste. ¿Por qué cantaban en «lengua se-
puertas abiertas a universos paralelos? ¿De- creta» los trovadores medievales? Edición ilus-
rivamos hacia una suprahumanidad? Una visión trada.
fantástica de la realidad pasada y futura. Edi-
ción Ilustrada.
Hades
Fulcanelli ¿QUÉ OCURRIRÁ MAÑANA?
EL MISTERIO DE LAS Europa, el mundo, nuestro destino vistos por la
astrología. Retrato astrológico de los jefes na-
CATEDRALES zis. La trágica muerte de Kennedy. El fin de
la Monarquía inglesa. La revolución en Italia.
«Un libro extraño y admirable. Manifiesta una
sabiduría extraordinaria y conocemos a más de
un hombre de elevado espíritu que venera el
nombre legendario de Fulcanelli.» (Pauweis y Peter Kolosimo
J. Bergier en El retorno de ios brujos.) «La SOMBRAS EN LAS ESTRELLAS
persona que se ocultó, o se oculta aún, tras
el nombre de Fulcanelli, es el más célebre y
único alquimista verdadero de este siglo en Los misterios del Cosmos. Los secretos espa-
que el átomo es rey.» (Initiation et Science.) ciales alemanes. Las Intrigas de la astronáuti-
Edición ilustrada. ca soviética y americana. ¿Están habitados los
otros mundos? Toda la verdad sobre el enigma
de los platillos valantes.
Jacques1 A. Mauduit
EN LAS FRONTERAS Hans Herlin
DE LO IRRACIONAL EL MUNDO DE LO
ULTRASENSORIAL
Tradiciones milenarias han aportado el eco —de-
formado y a veces ridiculo— de ciertos pode- Un estudio cauteloso de los poderes ocultos
res, que la ciencia actual, más libre, empieza del ser humano: hipnosis, espiritismo, teleci-
a considerar sin prevenciones. nesis
Ciencias que por fin empiezan a encontrar su
ubicación en el pensamiento actual. Telepatía,
clarividencia, quiromancia y cartomancia, alu-
cinaciones, yoga... Louís Charpentier
EL ENIGMA DE LA CATEDRAL
John G. Fuller DE CHARTRES
EL VIAJE INTERRUMPIDO Un hombre Interroga a una ratedral. Y la ca-
tedral responde. Y todo el misterio de un saber
¿Dos horas a bordo de un platillo volante? El perdido se desvela poco a poco. Un libro que
Increíble relato, que la Prensa mundial ha di- lleva al lector a las fuentes profundas de un
vulgado, de un matrimonio americano sometido saber «divino» y desemboca en unas conclusio-
a sueño hipnótico y que explica sus experien- nes sorprendentes desde el punto de vista his-
cias. Edición ilustrada. tórico y hermético. Edición Ilustrada.