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Camel Pulp

Cuentos escrito por EDWIN WALTER TOVAR CHUMPITAZ, que lo hicieron merecedor del primr y segundo puesto por primera vez en la historia del concurso Humbert Lassier edición 2022 y finalista del mismo edición 2023.
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Camel Pulp

Cuentos escrito por EDWIN WALTER TOVAR CHUMPITAZ, que lo hicieron merecedor del primr y segundo puesto por primera vez en la historia del concurso Humbert Lassier edición 2022 y finalista del mismo edición 2023.
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CAMEL - PULP

- Ya faltan días para irme cumpa, casi nada.

- ¿Cuántos exactamente, Camel?

- Ocho días, el diez de Julio, ni sabes lo que tengo planeado; primero,


voy a alquilar un depa cerca de la casa de mi hija, ¿Sabes?, su mamá a
veces no me la pone al fono, imagino me va a poner trabas para verla.
Lucharé para obtener el permiso, por la legal, ya verás. Compraré una
tele de setenta pulgadas, ya imagino la felicidad de mi gordita. No me
separaré nunca más de mi ratoncita, ya son trece años preso y ella va
por catorce, la dejé bebita, pero no le he hecho faltar nada, la perra de
su madre, apenas pudo, se consiguió a otro marido, le puso padrastro,
no la maté ¿Sabes por qué? por mi hijita, cumpa, por ella, sino ¿Quién
la iba a cuidar?, me tragué el orgullo, pero ganas no me faltaron…

- Ya… olvida eso Camel, ya fue mano, ya pasó. Tienes otra pareja y
ella también, déjala ir, ya fue, lo de tu niña entiendo, pero cuando
comienzas con lo de tu ex-mujer, ya jode. No hay cuando acabes.

- Ya pe’ cumpa…

- Nada, hablamos más tarde.

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Le llamaban “Camel”, camello, por sediento, tenía una “sed”, y no de
agua, gaseosa, café, comida o droga, no, él tenía sed de dinero.
Algunos vagos habían extendido su chaplin a “Pulp”, de pulpo. Le
encantaba pulpear, estar en todos los negocios, incluso aquellos que le
podían causar problemas, era como la mayonesa, está en todas las
ensaladas. Y le decían “Camel-Pulp”, él feliz, lo aceptó alegremente,
le agradaba el mote, con una amplia sonrisa hinchaba el pecho,
orgulloso, “ese soy yo”, decía, “soy recursero al mango”, hacía de
todo y en todo se metía, en lo lícito e ilícito, lo bueno y lo malo;
rasguñaba sus monedas en aquello permitido y en aquello que no
estaba autorizado, donde había dinero de por medio de seguro estaba
ahí, husmeando o actuando, como la abeja a la miel.

La vida nos pone almas en el camino sin saber que saldrá de aquella
confrontación. Vida o muerte. Amigo o enemigo. La guerra o la paz.
Cuando lo conocí, chocamos, me incomodó su angurria y el que no
respetara los espacios ganados. Yo trabajaba en el penal, estaba a
cargo de la panadería, turno tarde. Me cachueleaba haciendo queques,
empanadas, enrollados, galletas, pizzas y otras cosas más, vendía al
por mayor y con un precio prudente, con esto me aseguraba dos cosas:
primero, el margen de ganancia es menor pero tienes tu capital y
utilidad en el día, te evitas estar “pezuñeando”, ofreciendo tus
productos con el peligro que no todo es “al contento”, muchas veces
tienes que dar “a floro”, la venta al por menor implica cobrar después
de unos días, y eso es tiempo y problemas ya que hay compañeros que
no les gusta pagar. Y segundo, tienes todo el tiempo del mundo para
hacer otras cosas, no pierdes horas en ofrecer y luego cobrar.

Era un buen recurso. “Recurso” en el argot canero, es un trabajo,


labor o emprendimiento, legal o ilegal que permite un ingreso al
recluso. Y el recurso se respeta. Es conocida la frase “la habilidad se
respeta” y es acatada tanto por los internos como por la autoridad.
Camel se entrometió en mi recurso, él estaba a cargo de la panadería

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en la mañana y también quiso la tarde. Tenía lo suyo, y quiso lo mío.
El choque fue inevitable.

Este hecho me permitió conocer de él, no éramos del mismo pabellón,


pero uno tiene amigos, y a ellos acudí. Fue así que supe a qué se
dedicaba. No solo producía en la panadería para vender al por menor,
además tenía inversiones en el rubro de la gastronomía: menú, platos
a la carta, mazamorras, gelatinas; Bodega: chupetines y cigarros; todo
por unidad. Había invertido en telecomunicaciones: Tenía dos
“huacos” en el que vendía las llamadas dos minutos por un sol.
Ferretería: con la venta de resistencias para hacer cocinas; y en
Farmacia: expendía “pepas”. Tenía un pequeño ejército de
vendedores. Toda una joyita. Y quería más, supe a quién me
enfrentaba. “Es un sediento de mierda”, concluyó el informante.

Y su sed lo perdió, todo ser tiene su talón de Aquiles, sólo es


necesario saber cuál es. Le hice “pisar palito”, y pronto lo tuve entre
mis manos. no le quedó más que pedir disculpas, agachar la cabeza, y
quedar en deuda conmigo. No volvió a incomodarme, de todas
maneras, no le quité el ojo de encima hasta que partí a otro penal.

Pasaron los años. Estando en un penal ordinario, lo vi ingresar al


pabellón, yo estaba en nada, y él como recién llegado, estudiaba “la
pampa”, no quería ganarse problemas por buscar un espacio, con
cautela analizaba las oportunidades de negocios. Cerrado el capítulo
anterior de la panadería, y estando en otro penal, terminamos trabando
amistad. Cargaba con él una banca de madera peculiar, no era la
banca lo que llamaba la atención, era el dibujo en la base: un pulpo
morado sentado sobre un camello, ambos sonrientes, encima las letras
CAMEL-PULP. ¡Me alegró el día!, me dijo que ese sería el logo de su
empresa, sin dejar de reírme lo felicité. Este segundo momento con él,
libre de intereses mezquinos hizo florecer una amistad.

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Sin duda fue su sentido irónico del humor, había cogido las burlas y la
chacota para construir una marca. Está de más decirlo, era un tipo
peculiar.

- Verás cumpa, me compraré dos mototaxis apenas salga, uno lo


manejo yo, otra la alquilo, mientras formalizo la empresa. Serán de
esas que llama, “toritos”, los Bajaj. Se verán bacán con mi logo en la
parte de atrás. ¡De puta madre! ya verás lo bien que me va a ir.
Comenzaré con dos, poco a poco compraré más, ya oirás de mí,
¡Tendré cien “toritos”! Saldré en el Trome, el Ojo, el Extra, seré
famoso. Mi hija estará orgullosa de mí y para que la muy puta de su
madre sienta rabia y cólera por el hombre que perdió, y sufra como
me hizo sufrir a mí…

- ¡Carajo, Camel! ¿Ya empiezas? siempre la misma huevada, ya


causa, quítate esa obsesión, desahuevate cumpa, la vas a cagar si
sigues pensando así…

Tenía ese lamentable problema, al conversar, iniciaba con lo de sus


proyectos empresariales, luego su niña, para derivar en soltar el rencor
que tenía con su ex-pareja. Al llegar a ese punto, lo dejaba con la
palabra en la boca y me iba. Cansaba con el tema, no reconocía lo que
sentía por ella, no era amor, era rencor. Sin duda debió haber sufrido
mucho cuando ella se fue.

Había “perdido” en Ica, de donde era natal, habíase juntado con unos
bandidos y perpetrado un robo a una agencia minera. La policía los
estaba esperando. Cumplió condena allí, debido a su sed, despertó
envidias, y un día cualquiera amaneció trasladado a un penal de alta
seguridad en Lima. Fue en ese lugar que lo conocí. Tenía pareja y una
hija pequeña; en el penal de Ica le fue bien, desplegó sus artes y
prosperaba, pudo construir una casita en Nazca para su familia y
brindarles algunas comodidades. Ya en Lima le costó levantarse, y lo

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que es peor, la casi nula comunicación telefónica contribuyó a que su
relación terminara. Lloró, suplicó hasta amenazó, nada pudo cambiar
la decisión de la señora. No lo aceptó nunca a pesar que tuvo otra
pareja tiempo después, recordaba con mucho sufrimiento a la madre
de su hija.

En prisión uno se apega mucho. Cuando estás en libertad tienes


opciones y otro campo de acción. Preso, te aferras a tu pareja, dejas de
hacer lo que siempre haces para que ella lo haga, lo que tú
coordinabas ahora lo hace ella, dejas de ser tú para ver las cosas a
través de otra persona. Eres como un pez en una pecera mirando el
mundo a través del cristal de ella. Renuncias a ti, de alguna manera.
Dejas todo en manos ajenas, convirtiéndose en la tiranía de la mujer.
Te aferras a ella, y cuando ella se va, piensas morir. Eso le pasó a
Camel, se derrumbó el castillo de arena que habìa construido, se le
apagó la luz. Vivía con el dolor atravesado en el corazón, un dolor
que no lo dejaba ser feliz, un dolor que no lo dejaba existir. Nunca
aceptó el fin de la relación, y lo que es peor, no perdonó.

Las promesas de amor eterno son válidas por el tiempo que dure ese
amor.

Le cogí aprecio al “negro”, su primera chapa antes de “Camel”, chato,


barrigón como todo sureño que se respete, derramaba un carácter
alegre, salvo cuando hablaba de su ex-pareja, le decían “negro” sin
embargo no tenía rasgos afro, era más bien trinchudo, piel cetrina
oscura, ojos negro noche, vivaces, y una risa contagiante.

Me lo alucinaba con su flota de mototaxis, todo un señor empresario,


se tenía mucha fe y eso es fundamental para el éxito. Si en cana
generaba riqueza ¿Por qué no en la calle? de seguro le iría bien. Quien
conoce el éxito, sabrá ver la eternidad. Y él transitaba por esa ruta.

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El día que se fue en libertad, se acercó a despedirse, nos dimos un
largo abrazo, no recuerdo las palabras exactas, lo que sí recuerdo es
que muy dentro de mí, pedí que sea feliz y que cumpla sus sueños.
Me sonrió y me entregó su preciada banquita. Me dejó un número
fijo, casa de su madre, “llámame en dos semanas para mandarte un
centro”. No llamé ni hubo giro, ni volví a oír su voz, no llegamos a
ese momento. No supe de él hasta que un domingo, “pellejo”
Ramírez, entró jadeante a mi celda, me señaló con el dedo una noticia,
lucía pálido y sus labios temblaban. Sobresaltado cogí el diario,
página siete, policiales y leí:

FEMINICIDIO EN NAZCA

Roberto Carlos Paucar Jiménez (45) asesinó el día sábado por la


mañana a su ex-conviviente Rosalinda Villalba Flores (39) de tres
certeros disparos en la cabeza, luego del cual se quitó la vida con un
tiro en el corazón.

El feminicida, ex-reo, conocido con el alias de “Camel” había sido


puesto en libertad hace unos días del Penal Castro…

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LOS COBARDES NO VAN AL CIELO

- Es la próstata, está inflamada, la llaman Prostatitis -Me dice el


doctor-, la próstata es una glándula pequeña ubicada debajo de la
vejiga, al inflamarse no permite actuar a este último, es por eso que
tiene dificultades para orinar.

- Y… ahora ¿Cómo me curo, Doctor?

- Le estoy recetando Tansilucina, por quince días, en ese periodo y


siguiendo el tratamiento la próstata volverá a su tamaño natural

¿La próstata? ¿Cómo así me fue a dar?, hace meses empecé a tener
dificultades para orinar, no le di importancia, pensé que sería una
infección pasajera. De un momento a otro se ha complicado, me
cuesta hacerlo, es sumamente incómodo, espero, que con el
tratamiento acabe pronto.

Seguí el tratamiento al pie de la letra, nada de esfuerzos, ni deportes,


la dieta consistía en alimentos sin grasa ni guisos. Mejoré por unas
semanas, me sentí feliz y revitalizado, sin embargo, no duró mucho
esa felicidad, volvieron los inconvenientes para orinar, unas cuantas
gotas lagrimeaba mi pene, y luego nada, se secó, como un maldito
dique seco. Es doloroso retener los orines en tu interior. Sientes que
vas a explotar. No hubo de otra, me llevaron de emergencia al

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hospital, el diagnóstico: necesitaba operarme -extirparme en realidad-
la próstata, mientras eso ocurría me colocaron una sonda para
descargar la urea de mi vejiga, la usaré hasta que me operen.

La sonda termina en una bolsa al que llegan los orines y que hay que
estar vaciando constantemente, esta bolsa cuelga de mi lado derecho,
siendo visible externamente. Regreso al penal en una “ambulancia”
que no es ambulancia, es un vehículo para el traslado de internos al
que llaman así, antiguamente se le conocía como “perrera”. Mientras
voy devorando kilómetros y nos alejábamos de la ciudad rumbo al
penal, pienso en lo que me toca vivir, no basta con la sentencia, ni
estar privado de libertad, ni estar lejos de tu familia, ni tener un
recurso con que subsistir, no basta todo eso, ¿Hasta cuándo Dios?, no
existe sosiego, no ha concluido, aún hay más: la enfermedad.

De vuelta al pabellón con mi bolsita colgando de mí, siento las


miradas de los demás internos, mientras recorro mis pasos, me
regalan miradas de pena o compasión, veo algo más profundo en
aquellas miradas, puedo leer, hasta incluso, oler el miedo, miedo a
enfermarse, miedo a estar en mi lugar. Y me compadecen porque
saben que nadie está libre de eso. Me compadecen en agradecimiento
de no estar en mi lugar,

Debo acostumbrarme a mi nuevo estilo de vida, sigo con la dieta,


ahora ha sido extremado, nada de arroz ni fideos, incluso la sal,
bastantes verduras, de preferencia tomate y espinaca, en carnes, solo
pescado y que sea oscuro, por el Omega 3. Duermo del lado derecho
pendiente de la bolsa que la colocó en un balde por si se rebalsa,
tengo los ojos muy abiertos con la sonda, me ha ocurrido si está mal
colocada, la sangre se filtra en la orina, debo tener cuidado. El reposo
en este estadío es absoluto. Y queda rezar bastante. Seas creyente o no
debes hacerlo.

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A rezar, si te da una emergencia, ¡Dios me libre!, eres casi hombre
muerto, en el tópico pastillas casi no hay, calculo que es el
presupuesto del estado para ello, ¿te duele la cabeza?, Paracetamol,
¿Tienes fiebre?, Paracetamol, ¿Alguna infección?, Paracetamol,
¿Algún músculo estirado?, Paracetamol, hasta para la diarrea te dan
Paracetamol. Es el santo grial de la medicina canera, o simplemente
es lo que hay. El paracetamol lo cura todo. Así que, a rezar, rezar para
que nada malo te pase. Más aún si no tienes plata.

Comienzan los chequeos previos a la operación, un ir y volver del


hospital, severamente enmarrocado soy trasladado por aquella
incómoda “ambulancia”. Es una ruleta rusa, llego y no me atienden, a
pesar de la cita y cómo me encuentro, “vuelva otro día”, nueva cita.
Regresamos otro día, lo mismo. Es una rueda y yo soy “el hámster”
corriendo por mi vida. El sistema médico peruano es de lo peor, se
dice que el Perú ha avanzado bastante económicamente, no sé para
quién, lo único que compruebo es que el ministerio de salud está
hecho una mierda. Si a cualquier hijo de vecino le cuesta ser atendido,
imagínate a un preso, le cuesta el doble, o el triple, o quizá esperar un
milagro. No importa el delito, soy un preso, llamado por los hombres
libres “lo peor de la sociedad”, y como tal se nos trata. A la sociedad
no les bastó la sentencia y la cana, no, “¡debes morir allí maldito
bastardo!”. Así es este país de hipócritas, falsos devotos y de doble
moral.

Mientras me paseo por los hospitales, un novel virus de China hace


estragos en los países donde se ha instalado, los médicos no saben
cómo tratarlo, y los científicos no saben cómo referirlo. Hasta la
prensa farandulera da cámara a curanderos con recetas mágicas para
curar este mal. Hasta que llegó el virus al Perú, todos presos de miedo
-sin ofender a nadie-, y el más miedoso sin duda el presidente “fiu-
fiu”, dispone la inmovilización nacional y confinamiento general.
Todos presos. La cana perfecta: en casa, los hijos y la esposa. ¿Irónico

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no? Como todo se cierra, se cortan mis chequeos y exámenes. ¿Hasta
cuándo madre mía?

Muchos compañeros decían un mes, dos, o tres. Yo era más realista,


intuía que esto iba para lejos. Pese a los cuidados extremos, el virus
entró al penal, ¿Cómo?, por los mismos técnicos. De una población de
dos mil y pico, murieron veintiocho, catorce por mil, un índice alto.
Mucho más que la media nacional. Se fueron “el viejo” Hernández,
“burrito” Rodríguez, “el ñato” Flores, “el cholo” Quispe y mi gran
amigo Cirilo “el rocoto” Huallpa. La mayoría eran pacientes
diabéticos o hipertensos, los más débiles, los llamados “vulnerables”.

El presidente del Perú nos floreaba con la “comba”, la curva y tantas


huevadas más, puro floro. Los que no murieron, igual la pasaron mal,
se cerró la visita por algo más de dos años, ¡dos añazos! sin ver a tu
familia, sin un beso o un abrazo de los tuyos. Mientras, los padres,
hermanos, esposas, hasta hijos morían. Y no solo eso, muchas
relaciones se rompieron, ya sea por enfermedad, necesidad o lo que
fuera. Los primeros cuatro meses no hubo paquetes. Los que
estábamos enfermos nos tocó pujar, particularmente, necesitaba
sondas y sus accesorios, tuve algunas en stock para los primeros
meses, luego, un técnico caritativo, de esas almas limpias que siempre
encuentra uno en el camino, me hizo el favor de comprarlas y
traérmelas, eso sí, mi esposa y mi hija me apoyaron económicamente
con mis medicinas, mil gracias a ellas y bendiciones. ¿Y los que no
tenían cómo comprar sus medicamentos? Sin duda fue un tiempo
terrible.

Y no solo para nosotros; el miedo a la enfermedad desconocida y su


consecuencia, la muerte, también hizo mella en nuestros custodios,
varios técnicos murieron, otros se aislaron y algunos renunciaron. Era
el Armagedón, ya ni entraban a los pabellones, echaban llave a la
puerta principal, se sentaban fuera y ahí se quedaban. Con la paila era

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igual, venían con sus trajes de astronautas, abrían el candado y
lanzaban la carreta con las ollas y baldes que contenían la comida, ver
esos carritos entrando sólos como empujados por fantasmas daba risa
y miedo a la vez, los trabajadores del consorcio se cagan -
literalmente- de miedo, nosotros repartimos la paila y devolvíamos las
ollas y baldes vacíos de la misma forma que nos lo enviaban. Toda
una locura.

Sobre todos los miedos, el ser humano teme más a la muerte. Si


entendieran que la muerte nos ronda desde que comenzamos a vivir,
podríamos aceptarla tal cual es: una cita al que inevitablemente
tenemos que asistir.

Y esa muerte se ensañó con mi familia, antes del COVID, había


muerto mi hermana Fanny, luego Eva, dos años después se fue mamá,
y fue el dolor más profundo. Ya con el virus, le tocó a mi hermano
mayor, Flaviano, luego a Fredy, y finalmente a mi hermana más
querida, Camila. Y no sé por qué he dicho “finalmente”, faltaba
alguien más, cuando ya tenía dos vacunas anticovid, y pensé el dolor
concluido, mi viejo, se enfermó de pulmonía y a los noventa y dos
años, tres meses y once días más sus noches, dejó este valle de
lágrimas. Me quedé con las lágrimas y el adiós en las manos, tenía la
ilusión de verlo cuando recuperara la libertad, no se pudo. Arrastro
una maldición: no he podido enterrar a ninguno de mis muertos, en
siete años de prisión mi familia fue asolada y a nadie pude despedir.
Felizmente aún tengo a mi esposa e hija sanas, es el único arraigo en
esta madre tierra, todo lo demás fue arrasado.

Hace dos meses han vuelto a llevar internos al hospital, debo


comenzar todo desde el principio, unos días antes me he estado
sintiendo bastante mal, un dolor en todo el cuerpo, un abatimiento ha
caído sobre mí, mi ánimo está por los suelos. El dolor es más fuerte
en la ingle, y la zona pélvica. Me hacen los chequeos respectivos, me

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piden uno adicional en el INEN, ¿Perdón? ¿Dijeron INEN?, si no me
equivoco es un hospital especializado en cáncer, me calman indicando
que sólo es un examen de descarte. Lo realizo, le pido a Dios que no
sea nada malo, los dolores persisten y tengo mucho cansancio,
duermo a toda hora y no tengo ganas de levantarme.

Al cabo de unos días, me llaman del tópico, han llegado todos los
exámenes. Camino custodiado por un técnico, esposado, desciendo
por una rampa larga, recorro las estructuras de cemento, concreto y
más concreto, rejas, concertinas y cerros pelados, es el paisaje canero,
monótono, frío, y desesperado, como el cielo de Lima; está gris como
siempre, gris como mi alma, es Julio, y hace frío, ese frío anconero
que muerde los huesos. Y que cala el espíritu.

Me espera el Dr. Becerra, médico del penal, veo los resultados en el


escritorio, me invita a sentarme, inicia un monólogo de varios
minutos, hace un intervalo para que pueda realizarle preguntas que
considero necesarias. Me deja con mi soledad un tanto, y luego
conversamos un rato más. Conclusión: No habrá operación, y se
suspende el tratamiento.

Ensimismado, vuelvo tras mis pasos andados, ya no llevo marrocas


como al bajar, el custodio se ha relajado, se inicia una débil y cobarde
garúa, aquella salpicadura del cielo, medio rosquete, sin llegar a
lluvia, característica de esta ciudad; el pensar me ha llevado al
recuerdo de mi madre, Esperanza, y lo que me decía de niño, “Tienes
que ser valiente, no llores, levanta la cabeza, los cobardes no van al
cielo”, asumiendo el consejo, reprimo unas gotas que desean brotar de
mis ojos, “valiente”, ¡carajo!, ella tendría las palabras exactas en este
momento aunque eso le lacere el corazón, pero no está, hace mucho
su sombra dejó de reflejarse en el sol. Pienso en mi mujer y mi hija,
las extraño, daría la vida por un abrazo, un beso y un “te quiero”, no
va a poder ser, ¿Cómo mierda les digo?

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- ¿Todo bien? -una voz chillosa me saca de mi encierro mental, es mi
custodio quien pregunta.

- Nada en realidad -medito mis palabras-, pronto dejaré este penal.

- ¿Ya está tu libertad?

Dudo, al final contesto:

- Sí, mi libertad.

Suena la radio del técnico, “Leo, Leo”, “Leo aquí responde”, “tienes
que ir a base a recoger un “indio” más”, “copiado, bajo”.

- Debo ir a recoger un interno, espérame acá. ¡No te vayas a ir, eh!

- ¿A dónde?, no hay forma de fugarse- le contestó encogiendo los


hombros y poniendo una cara de interrogación.

Mi respuesta le hace sonreír, lo veo volverse, estoy agotado, bastante


diría yo. Busco donde apoyarme, veo un parapeto, me siento, levanto
la mirada al cielo, me hundo en mis pensamientos, no aguanto más,
pronuncio un débil “discúlpame mamá” y me pongo a llorar.

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UNA CUESTIÓN DE HONOR

No lo vio venir, aunque lo esperaba, pensó no llegaría a ocurrir, y


estaba sucediendo; sintió los golpes en la espalda, el afilado acero
penetrando sus pulmones, oyó la voz que no necesitó reconocer, sabía
quién era, pensó no se atrevería, y estaba sucediendo, “¡Para que no te
huevees conmigo, y no subestimes a nadie, reconchatumare!”. Sintió
lo tibio de su sangre recorriendo su espalda, bajando hasta las piernas,
caminó unos pasos sin volver la vista atrás ni decir una palabra, salió
del patio, cruzó el área recreativa, dejando una estela bermellón tras
sí, llegó a la puerta del pabellón, la debilidad hacía presa de su cuerpo,
alcanzó a decir al técnico de guardia el nombre de su agresor, y cayó
desplomado.

Eran las seis de la tarde, hora de “la cuenta”, todos salen al patio,
tenía en sus bolsillos, jugueteando, un par de puntas, se pegó a la
pared, esperando por él. Y él apareció, distraído, abstraído en sus
pensamientos; como el chacal acecha a su víctima, lo siguió con la
mirada, esperando el momento para actuar, pasó por su lado y ¡oh,
sorpresa! no se percató de su presencia. Estaba regalado, antes de
actuar esperó una señal, un pretexto o alguien que lo haga tirarse para

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atrás, el mundo no se manifestó, los dioses distraídos estaban jugando
parqués. Ambos eran unos fantasmas, estaban los dos y su calvario.
Aceptó su destino, seguía a espaldas de él. apretó cada punta con
fuerza, se acercó sigilosamente y con un movimiento rápido se las
clavó a la altura de los pulmones, le dijo unas palabras al oído y retiró
las armas. Se detuvo por un momento, luego llegó el dolor paralizante
en la columna vertebral y la cintura, la adrenalina actuaba en su
cuerpo. Cuando reaccionó, Diche ya no estaba, tenía en sus manos las
puntas goteando sangre, le vino el pavor, la gente comenzó a rodearlo,
él seguía estático sin atinar a nada, se le acercaron dos paisanos de su
natal Trujillo, “Tranquilo TJ, ya pasó”, le quitaron las puntas,
suavemente, para desaparecerlas, literalmente; lo llevaron a lavarse
las manos, se dejó hacer. El agua le dio lucidez, reaccionó, giró, se
encaminó al pabellón, ya había proyectado en su mente este
momento, esta ruta, siguió el mismo camino que Diche, guiándose por
la línea de sangre de su víctima, lo vio siendo atendido, se colocó de
rodillas, las manos sobre la cabeza, en la espera de los golpes, palos y
patadas que vendrían, estaba preparado mentalmente, “He sido yo”,
sentenció.

Esto no fue más que el corolario de una “guerrita” que hubiese


iniciado hace unas semanas. TJ, trujillano, diez años de reclusión; y
Diche, dieciocho años preso y de procedencia tacneño. Ambos tenían
para un rato más en prisión, el primero por Tráfico Ilícito de Drogas -
TID, el segundo por secuestro. Todo había comenzado una tarde de
enero, aquel día, TJ regresó temprano de talleres, él vivía con Diche y
seis internos más. La celda estaba cerrada, empujó, no cedió, insistió,
le agregó más fuerza y la puerta cedió. La vista lo impactó, estaba
Diche desnudo, un joven le hacía sexo oral, y otro, le acariciaba el
cabello, se turbó, antes de salir, observó a los muchachos, estaban en
“vacilón”, “duros” como una piedra. Cerró la puerta.

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Diche vendía droga, algo normal en cana, tampoco llamaba la
atención el que tenga sexo con homosexuales muchos lo hacían, pero
los jóvenes que TJ había visto en la celda no eran conocidos como tal,
sí eran consumidores de droga, la famosa, muy usada y adictiva
“piedra”, crac, pero no como cabros. Eran chicos que no llegaban a
los veinte años, y por satisfacer su vicio son capaces de todo, incluso
entregar el culo. Utilizar poder sobre alguna persona con vicio, no es
bien visto en la prisión, se le llama “ventaja”, y eso fue lo que reclamó
TJ a Diche a la hora del encierro.

-Pueden ser tus hijos, ¿Por qué los cagas? Una cosa es vender droga,
pero otra malograr a los muchachos, eso no se hace, lo sabes.

-No te metas cholo, contigo no es. Si no soy yo, otros lo harán, esos
son lacras, y por último… ¿A ti qué chucha te importa?

- ¿Cómo que “qué chucha te importa”? No seas abusivo, no dañes a


los chicos, no apliques tus abusos.

-O ‘e TJ, no te metas en asuntos que no son tuyos, cholo de mierda,


¿Qué hay? ¡Ahora eres la madre Teresa! Si te pica, ¡Avanza!, no te
tengo miedo.

Sus cuerpos chocaron y se trenzaron a golpes. Los demás compañeros


de celda intervinieron separándolos. Aparentemente, todo quedó ahí,
pero como todo canero sabe nada queda “ahí”.

Diche entendió que TJ era un problema, y ese problema persistirá


hasta que se vaya de la celda, incluso del pabellón, no deseaba cargar
con la fama de “ventajista” ni de “cacano” menos aún de
aprovechador. ¿Cómo lograr que TJ desapareciera del pabellón?
Pensó toda la noche, al amanecer sabía lo que tenía que hacer.

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El destino, a veces, juega con nosotros, y no es nuestro destino,
aunque quiso serlo. TJ iba al baño y alguien en el segundo piso le
gritaba,” ¡Mamacita!”, estaba en la cola de la paila y susurraban,
“Muñeca”, estaba viendo una película en la zona recreativa y sonaban
besos volados o silbidos, los rumores comenzaron a correr con la
consigna: “TJ es cabro”. Rodeado de gente adicta y con droga para
regalar, Diche empezó a ejercer presión sobre su rival, acosándolo en
todos lados, la idea: “ajermarlo” y que, por vergüenza y cansancio, se
vaya.

La jerga “ajermar”, deriva de “jerma”, mujer, palabra que utiliza la


gente lumpen para designar a su esposa o pareja. Cuando a un varón
le dan ese título, lo están llamando maricón o cabro, es la
degradación, la pérdida total del respeto, y macho que se respeta no lo
permite, debe lavar su honor, más un preso, salvo que lo sea. Esta
categoría es lo más bajo a lo que se puede llegar, solo por encima de
los “ñatos”, “tapaollas”, “sin zapatos” y las “lacras”. “Será pan
comido este cholo, con tremendo compañón, se cae solito y rápido, en
cualquier momento pide cambio de pabellón, no sabe con quién se ha
metido, chistoso de mierda, yo soy un delincuente no un traficante
mongol”, se dijo Diche.

Siempre hay susurros en nuestra mente que nos dicen “alerta”, TJ


pensó que todo concluiría aquella noche, al paso de los días escuchó
los primeros “tiros”; imaginó que la joda era con otra persona, luego
entendió que era con él, y además era sistemática, aquí, allá y acullá.
No le hizo nada de gracia voltear y no detectar al agresor escondido
en la multitud o en las sombras. Sabía estaban jugando con su mente
para desesperarlo.

Por momento no actuó, debía moverse con cuidado, la que sí actuó


fue su mente, en algún rincón, lleno de telarañas, bajo capas de
olvido, su psique guardaba historias. En ese caldo espeso del pasado

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algo comenzó a moverse. Hechos que no quiso recordar, era su
historia, esa historia que nadie conocía. Se vio junto al lecho de su
padre y sus palabras, “No permitas que nadie te falte el respeto, ni a ti,
ni a tus hermanas, cuida de ellas y recuerda siempre, un hombre sin
honor, no es un hombre”.

Tenía diecisiete años cuando halló a su hermana golpeada y llorosa, el


padre de su hija le había pegado por reclamar dinero para los
alimentos, dinero que él gastaba a manos llenas en borracheras.
Cuando ella amenazó con contarle a su hermano, el beodo, le dijo,
“dile que aquí lo espero al mocoso ese, a ver si se atreve, le voy a dar
el doble que a ti”, y la volvió a pegar. TJ lo buscó de bar en bar,
recorrió toda la provincia hasta encontrarlo en un antro, se acercó sin
decirle una sola palabra, le cogió del cabello y le cortó la yugular.
Adiós cuñado, adiós Ciudad de la Primavera, se escondió tres años en
Huánuco. Peor suerte tuvo el tipo que osó usar el ano de su pequeño
sobrino, no lo denunció, descargó toda la furia del mundo con el
machete que cargaba con él. El violador no apareció más. Eso era el
pasado que había enterrado y que hoy había resucitado.

Cara vemos, corazones no sabemos ni razones tenemos. Aunque de


apariencia tranquila, campechano, buen amigo y risa sonora, TJ no
rehuía actuar, detrás esa apariencia calmada se encontraba alguien
extremadamente violento. Al sentirse atacado o a los suyos, era un
depredador, así de simple, y nadie en prisión lo sabía, menos Diche, y
esa fue su perdición.

El peor momento de un animal herido es cuando ya no tiene más que


pelear que por su propia vida. Sintiéndose acorralado y atacado en su
honor, TJ no dudó. Cogió una tijera de cortar tela, rompió el eje,
transformándola en dos puntas con orejas, comenzó a sacarle filo; en
toda una mañana y parte de la tarde, convirtió una herramienta de
trabajo en un arma mortal. Era verano y al concluir su labor, vio el

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brillo solar en cada punta, desde ahí, serían parte de su cuerpo, una
extensión letal de sus manos.

Diche no era una perita en dulce, los años de cana lo habían


endurecido. También, se “cargó” con dos chavetas, “por si acaso”, se
dijo, además, por precaución, colgó una toalla sobre su cuello que
usaba como protección para evitar futuros cortes.

Mientras, la presión iba en aumento sobre TJ, tomó la decisión de


actuar. ¿A qué hora y en qué momento? ¿en el encierro?, no, a puertas
cerradas y en un espacio corto seria reducido y muerto, ¿En la
pantalla?, no, Diche no se regalaba ahí, ¿Cuándo y dónde?, ¡el patio!,
no hay de otra, un sitio amplio, y a la hora de la cuenta, delante de
todos, ese es el momento y lugar. Cabía esperar el día propicio.

El principio de un hombre es el fin de otro. Ambos, se toreaban,


cuidaban de no regalarse, no se exponían, dormían con las armas bajo
las almohadas, si es que llegaban a dormir, simultáneamente al
acecho, era una guerrilla de desgaste emocional, ambos esperaban
mutuamente la “laguneada”, y el momento llegó.

Diche tenía deuda acumulada con su proveedor, la campaña de


desprestigio había menguado sus bolsillos, lo sacaron del pabellón
para conversar, “no habrá ni una onza ni un gramo más, si no cancelas
la deuda”, “dame un sajiro, un tanto de tiempo más, te pagaré”, “No,
paga y sino, ya sabes, atente a las consecuencias”. “Atente a las
consecuencias…” resonaba en los oídos de Diche al ingresar al
pabellón, ¿Consecuencias?, la vida propia, la de la familia, “estoy en
un jodido problema, carajo, debo hacer algo”, meditaba, en tanto,
subía las escaleras al segundo piso, eran las seis de la tarde, llamaron
“a la cuenta”, taciturno, mecánicamente, bajó las escaleras, absorto en
su dilema, se dirigió al patio, por última vez.

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Estábamos cumpliendo castigo en “el hueco”, ya eran más de las seis,
la tarde veraniega se despedía regalándonos sus últimos rayos de luz
que ingresaban por la pequeña rendija de la ventana, en un claro-
oscuro que se resistía a la penumbra de la celda, aunado al silencio del
encierro convertía ese espacio en algo tenebroso. El silencio pétreo de
aquel recinto fue violado por el sonido de pasos acercándose, traían a
alguien a rastras, abrieron la puerta y lo tiraron cuán largo era. Al
cerrar la puerta e irse los técnicos, me acerqué, lo cogí con los brazos,
y con cuidado lo giré, me costó reconocerlo ya que se encontraba
bastante golpeado, afilé la mirada y supe quién era. “Cholito, ¿Qué
pasó?”, entreabrió los ojos, intentó decir algo, pero se ahogaba en su
abecedario, hizo un segundo esfuerzo, despacio y dolorosamente,
alcanzó a decir, “Nada, fue una cuestión de honor”, cerró sus ojos y
quedó profundamente dormido.

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PARA LA PRÓXIMA VEZ SERÁ *

Te espero el domingo, entonces. Claro mi rey, espérame con ganas,


iré con un hilito rojo, una sexy lencería, te voy a hacer cochinadas
ricas que nadie te ha hecho, amorcito. Por si acaso, ya te deposité los
trescientos soles, toma nota por favor, BCP número de operación
1658, cuatro y seis de la tarde. Ahí estaré bebé, cielo, besos.

Colgó el teléfono y se frotó las manos, era viernes, hace tanto que no
tenía una mujer en sus brazos, había olvidado las caricias, fragancias,
formas y olores al hacer el amor. Esa noche casi no durmió de tanta
ansiedad, el sábado por la mañana buscó una celda de alquiler, no fue
tan fácil encontrarlo, al fin pudo hacerlo; fue a la peluquería de
Yapias, el gordito bonachón y tan buena gente que regentaba la única

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barbería del penal, se hizo un corte “alaraco” que lo rejuveneció unos
años, se vio al espejo y quedo contento con el resultado; por donde
iba comentaba que el domingo venía su “jebita”, y que le había
pintado la virgen y ahora tendría alguien con quien pasar sus días, y
claro, gozar su visita íntima. Por la tarde cayó en la cuenta que
olvidaba algo, por supuesto, su “pitufo”, sildenafilo, para potenciar y
no quedar mal, ¡Tengo que dejar buena impresión! Sino seré el
hazmerreir del pabellón. Ni cagando. Compró una de cien
miligramos, no vaya a ser que el de cincuenta quede corto.

Confirmó por la noche la visita del día siguiente, si bien vivía sin
problemas, gracias a su labor de lavar ropa, tampoco era que le
sobraba el dinero, sol a sol, trapo a trapo, juntaba sus monedas, un
tanto le enviaba a su única hija, y el resto lo guardaba. Fue Rosendo
Rodríguez quien le presentó a una amiga por teléfono, metió “floro”,
y a los ocho días la convenció de visitarlo, ella le pidió “como
cuatrocientos, para el pasaje y llevarte algunas cosas que tú sabes,
siempre hacen falta”, esta cantidad dolía, así que, consultando con su
almohada, le envió trescientos soles, gran cantidad para él, volver a
tocar a una mujer bien valía la pena.

El domingo por la mañana apenas abrieron las celdas cargó su


colchón al aposento alquilado, supervisó que la limpieza esté
impecable, se bañó, se vistió bien “charlie”, tomó su “pitufo” y salió
al patio sin siquiera percatarse que no había tomado desayuno.
Recordó no haber pedido nada para comer, llamó al vendedor del
restaurante y pidió un chicharrón de pollo, para ella, un lomo saltado
para él, y una jarra de chicha morada bien helada, eso sí para las doce
y media del día.

Comenzaron las primeras visitas, caminaba impacientemente de un


lado a otro esperando escuchar su nombre en boca del “voceador”, a
eso de las once de la mañana lucía demasiado ansioso, tenía los ojos

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rojos debido al Sildenafilo, y bastante acelerado sin contar la nariz
tupida. Tranquilo, cholo, ya llegará, le daban ánimos los pocos
amigos que tenía.

A las doce y media, el vendedor del restaurante le preguntó si le traía


el pedido, le dijo que en una hora más, por favor; se acercó a la mesa
del póker y contempló el juego por un rato, pasó a la mesa de ciento
uno, para distraerse, jugó un par de veces, perdió, no tenía cabeza para
juegos. Se levantó y fue a la mesa de parqués. Bastante nervioso se
acercó a un” disciplina” y le pidió permiso para llamar por teléfono,
usted sabe amigo, mi visita no ha llegado algo puede haber pasado,
por favor quisiera llamar a mi pareja, cogió el “azulito” y marcó el
número al que había llamado más las últimas semanas, insistió una y
otra vez, a la décima llamada sin respuesta, dio un suspiro y colgó.

Al volver al patio se encontró con el mismo vendedor, habla “Perico”,


¿te traigo tu pedido?, no causa, gracias, para la próxima vez será.
Agachó la cabeza, pateó un chapita de gaseosa que estaba en su
camino y se dirigió al patio.

 Publicado en DIARIO UNO en agosto del 2024

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DOMINGO DE FIN DE MES *

Se levantó muy temprano, aún era de madrugada, eran las 4 de la


mañana. Prendió las luces del baño, se miró en el espejo y no
reconoció al hombre que reflejaba, suspiro y abrió el grifo, el agua se
encontraba bastante helada, tanto que casi se desanima de lavarse la
cara, volvió a suspirar como si en ese suspiro estuviese la fuerza y
energía que le hacía falta, cogió el jabón y procedió a asearse, se
afeitó y peinó los escasos cabellos canos que cubrían su cabeza.
Caminó lentamente hacia la cocina, revisó la bolsa que llevaría con él,
se tomó un segundo para verificar que nada faltara. Abrió su billetera,
verificó los billetes, monedas, y claro, ¿cómo no?, el DNI. Arrastró
sus pasos, qué más podría hacer sino a los 75 años, arrastrar los pasos,
abrió una bolsa de comida para gatos, echó una buena ración para
Luces, su querido gato, además dejó líquido en otro recipiente,
desconectó el gas, cargó con las llaves y se dispuso a bajar los tres
pisos bajo el.

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Ya en la calle enrumbó a Enrique Anaya, cruzó el parque
Constitución, algunos borrachos seguían bebiendo en las bancas y
otros agazapados se “prendían”. Era su barrio de siempre, todos lo
conocían, qué le iban a robar, ni cagando. En estas calles y en ese
parque jugaba con su único hijo, Wilmer, en esta canchita de fulbito
le vio jugar sus primeros partidos. era bueno el palomilla, pintaba para
jugador, con un físico increíble hasta que no quiso saber más de la
pelota, tenía un gran futuro, ¡a mi niño no le gustaba estudiar!, pero
en el deporte nadie como él, una lástima, en fin, cada quien toma sus
decisiones y asume las consecuencias, y él las tomó. Una leve garúa
comenzó a acariciar su rostro, esto no me va a detener, ni de vainas.

Entró a la avenida los Eucaliptos, camino pegado al parque Triangulo,


cruzó una caseta de serenazgo, para variar, con el sereno cabeceando,
subió una pequeña cuesta para llegar a la Vía de Evitamiento, esperó
por la llamada “VIPUSA”, los buses verdes, tanto o más peligrosos
que los “Chosicanos”, al cabo de unos minutos apareció el primer bus,
subió, había varios asientos vacíos, eligió uno del lado derecho a la
ventana. Cogió fuertemente su bolsa y analizó fuertemente el
panorama: una pareja de ebrios, un tipo con uniforme de guachimán y
varios con pinta de trabajadores trasnochados, no reconoció a ningún
“travieso” que pueda robarle. La mayoría dormitaba, amanecía el
domingo de fin de mes. Miró por las ventanas y notó que se
encontraba por Acho, intentó cabecear unos minutos, se durmió.

Se levantó al escuchar gritos, era la pareja ebria que estaba


discutiendo, no supo identificar porque ya que decían frases
ininteligibles. !Caray!, ya estoy por el óvalo de Puente Piedra, falta
poco. ¿Cuántos domingos de fin de mes había hecho Santiago este
corrido?, ya van varios años y lo seguiré haciendo hasta que el cuerpo
aguante, se dijo, no imaginaba que esta sería la última vez, el fin
estaba cerca, el bus entró a Ancón, se levantó, avanzó hasta la puerta,

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otros hombres con bolsas similares a la suya se colocaron tras él,
padres, hermanos e hijos que compartían el mismo destino y sentir,
cruzaron miradas cómplices y solidaridad así no se conocieran. Giró
hacia el conductor y ordenó:

- Bajamos paradero Penal.

* Publicado en DIARIO UNO en enero del 2024

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