Trejo Martínez José Francisco
L13: Damián López, “La guerra cristera (México, 1926-1929) Una aproximación
historiográfica.”, Historiografías, núm. 1, primavera de 2011: pp. 35-52
EN MÉXICO, 1906-1929”, Estudios de historia moderna y contemporánea de Méxic
UAM-AZCAPOTZALCO - MÉXICO II: ECONOMÍA, POLÍTICA, SOCIEDAD (1917-1970) GRP
HBT18 20-P
Dr. Patrick Gun Cuninghame
La guerra cristera (México, 1926-1929)
Una aproximación historiográfica
Resumen (Introducción)
Este artículo pretende exponer las principales líneas y discusiones procedentes del estudio de la
denominada guerra cristera mexicana de 1926-1929. En tanto conflicto librado a lo ancho de una gran
extensión geográfica, esta guerra afectó a una variedad de grupos sociales como consecuencia del
creciente enfrentamiento entre la Iglesia y el naciente Estado revolucionario en México, por lo que se
intenta delimitar y analizar un conjunto de interpretaciones con objeto de avanzar en el conocimiento de
tan complejo acontecimiento.
I
La Revolución Mexicana, fenómeno que indudablemente desafía las categorías y tipologías con las que
habitualmente los historiadores intentan comprender el pasado, en torno a su interpretación se han
ceñido muy diversos enfoques historiográficos a su vez aplicados con determinados posicionamientos
teóricos y políticos que intervienen sobre un hecho de notable relevancia para la constitución de
identidades políticas de más largo plazo. Nos referimos a la denominada guerra cristera de 1926-1929,
conflicto armado de considerable extensión geográfica que involucró a un amplio conjunto de grupos
sociales como consecuencia de la escalada en el enfrentamiento entre la Iglesia y el Estado
revolucionario en formación.
Así, y como ya veremos con mayor detenimiento, en la guerra cristera se enfatizaba el grado de
autonomía de la movilización popular en contra del Estado, reconocimiento que ponía en crisis cualquier
interpretación de la revolución en términos de monolítica direccionalidad progresista basada en los
cambios sociales que habría producido.
En cuanto al debate público, se hizo cada vez más notorio el relativo éxito que obtenía el intento por
desacoplar la contradictora articulación entre la religiosidad católica popular y el mito nacionalista sobre
la Revolución en el imaginario colectivo.
Es así que el conflicto cristero ha venido suscitando calurosas polémicas que exceden largamente el
ámbito historiográfico, y es de esperar que en vínculo con esto se produzca un incremento de los relatos
e interpretaciones. De este modo, y siguiendo un criterio de selección basado en la originalidad y
profundidad (dentro de una extensa literatura que no siempre cumple con tales estándares) puede
delimitarse un corpus que muestra un sólido avance en el conocimiento de un fenómeno de enorme
complejidad.
La guerra cristera es efectivamente un acontecimiento al que se le observa desde memorias
encontradas, y al mismo tiempo un hecho sobre el cual se producen auspiciosas indagaciones. Estas
últimas componen por tanto una modalidad específica, aunque inserta dentro de un espacio más
amplio, contradictorio y tensionado, que es preciso tener presente en tantas disputas.
II
No resulta ocioso comenzar resaltando el hecho de que el relevante peso de la Iglesia católica en México
desde la época colonial condicionó una recurrente disputa en torno a sus atribuciones, provocando
agrios enfrentamientos durante el siglo XIX, fundamentalmente a partir del proceso de consolidación
estatal bajo auspicios liberales. Una década después, y muy interesante debido a que comparte
similitudes en cuanto a los alcances geográficos y sectores que se movilizan en contra del estado durante
la guerra cristera, se produce a partir del intento de aplicar esas mismas leyes liberales, ahora con rango
constitucional, el denominado levantamiento de los Religioneros (1873-1876) durante la presencia de
Sebastián Lerdo de Tejada.
En términos generales se señala al Porfiriato como un periodo de relativa convivencia pacífica entre el
Estado y la Iglesia. La revolución de 1910, en cambio, hizo emerger una creciente tirantez, sobre todo a
partir del ascenso del grupo constitucionalista que inculpa a la Iglesia por su apoyo al reaccionario
régimen de Huerta (1913-1914). Las tendencias anti eclesiásticas adquirieron así mayor protagonismo,
plasmándose en una serie de prácticas y medidas que indignaron a los medios católicos. Es célebre por
ejemplo la entrada de Obregón en Guadalajara, cuando se tomaron distintos edificios para uso militar o
administrativo, se cometieron irreverencias contra el culto y se encarcelaron sacerdotes. Mayor tensión
provocó aún la sanción de la Constitución de 1917, ya que la misma contenía artículos claramente anti
eclesiásticos, y que recortaban fuertemente atribuciones de la Iglesia a manos del Estado.
Si bien es cierto que éste era un movimiento que prevenía fundamentalmente de las ciudades y de las
élites, no tardó en extenderse también al campo y algunos sectores populares. El vínculo con la Iglesia
comienza así a constituirse en un terreno de serios enfrentamientos, politizando a la institución
eclesiástica y la religión, y tendiendo a conformar bandos enfrentados. Con la consolidación de la
hegemonía constitucionalista y el acceso de Obregón a la presidencia a principios de la década de 1920
el conflicto incluso pareció apaciguarse, no en poca medida debido a las señales de mayor pragmatismo
y predisposición a la conciliación por parte de este último. Sin embargo, a partir de la presidencia de
Elías Calles (1924-1928), representante del sector más tenazmente anticlerical del constitucionalismo, las
tensiones en torno a la cuestión religiosa llegarán a su clímax, produciéndose en aquel contexto de
exaltación la guerra cristera.
Especialmente relevantes para el estallido de la crisis fueron la competencia entre los sindicatos católicos
y los de la CROM (Confederación Regional Obrera Mexicana, aliada al gobierno y ferviente anticlerical), y
el proyecto de establecer una Iglesia Católica Apostólica Mexicana adicta al gobierno. Poe su parte, este
intento disperso convulsionó a los militantes católicos, quienes fundaron organizaciones de lucha como
la Unión Popular y la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR), las cuales mantendrían
una importante actuación durante la guerra cristera.
Por el contrario, Calles redobló su ataque decretando a mediados de ese año una serie de reformas al
Código Penal relativas a las sanciones por infringir la legislación sobre cultos. La ruptura definitiva se
produjo entonces cuando, a través de una pastoral colectiva, la iglesia anunció que suspendería los
cultos.
Pese a su radicalidad, tal decisión no implicaba más que una medida de protesta que explicitaba el
enfrentamiento institucional entre Iglesia y el Estado. Para inicios de 1927, en algunas regiones la
insurrección era amplísima, adquiriendo los rasgos de una verdadera guerra civil (aunque debe aclararse
que en ningún momento corrió riesgos la estabilidad del gobierno central). Sobre todo fue así en la zona
centro-occidental (Jalisco, Michoacán, Colima, Aguascalientes, Nayarit, Zacatecas y Guanajuato), donde
los cristeros se enfrentaron al ejército y auxiliares bajo la forma de guerrillas, llegando a controlar
intermitentemente algunos pueblos, y obteniendo importantes apoyos de buena parte de la población.
Luego de tres años el conflicto concluyó debido a un acuerdo entre el gobierno y las autoridades
eclesiásticas que puso fin a la suspensión de culto. En años posteriores, las tensiones por cuestiones
religiosas continuarían teniendo un peso significativo, especialmente a partir de las campañas de
“educación socialista” en el campo. Pese a todo, el gobierno de Lázaro Cárdenas marcaría el inicio de una
política conciliatoria que pondría fin al ciclo de enfrentamientos frontales entre Iglesia y Estado.
III
Desde muy temprano se produjeron una enorme cantidad de relatos a propósito de la guerra cristera en
forma de novela, de cuentos, en obras teatrales o en forma de corridos (un género musical muy popular
en México), que tematizaban diversos aspectos del conflicto.
En contraste con lo anterior, las obras de análisis histórico fueron escasas durante las primeras décadas
siguientes al conflicto, y en todo caso permanecieron dentro de una lógica interpretativa y poco
documentada en la que si se dejaba claro que la rebelión era una respuesta defensiva contra la alianza
anticatólica del gobierno revolucionario, la masonería y el protestantismo estadounidense.
Sin embargo, ya en la década de 1960 se publica un importante trabajo de Alicia Olvera Sedano que
evade las visiones maniqueas al estudiar ampliamente las distintas fracciones que se oponen en cada
uno de los bandos durante el conflicto. Así, diferencia con claridad a los grupos liderados por Obregón y
Calles dentro del conjunto gubernamental, y a la actuación del episcopado, la Liga (compuesta por
sectores medios urbanos), y los grupos rurales que se alzan desde el bando cristero. Por otra parte, este
estudio analiza por primera vez un amplio conjunto documental y de testimonios orales que permiten
fundamentar con mayor rigor la investigación y señalar con precisión que las luchas se dan en áreas
profundamente religiosas, lo cual se complementa con un descontento agrario por la defectuosa política
rural del gobierno.
Por otra parte, el historiador Jean Meyer (1973), se concentró en el estudio de los grupos que
participaron en el levantamiento rural, destacando su autonomía del episcopado y de las organizaciones
urbanas como la Liga. Meyer repite hasta el cansancio que la rebelión no fue organizada ni dirigida por
organizaciones confesionales, y que de hecho el supuesto papel de la Liga en ese sentido fue sumamente
deficitario. Según su punto de vista, la actuación de ésta fue más bien nociva, ya que incumplió sus
promesas, y se encargó de desmontar a importantes organizaciones de apoyo para los cristeros, como la
Unión Popular y las Brigadas Femeninas. En cuanto al clero, la jerarquía buscó desde un principio una
salida consensual, a la cual finalmente arribaría, tratando con recelo la lucha armada, y que si bien los
sacerdotes rurales tuvieron cierto protagonismo, fue siempre un vínculo con reacciones populares más
amplias, y no en el papel de cabecillas o instigadores principales.
Destaca el hecho de que los ejércitos cristeros se conformaron a partir de una coalición multiclasista
rural, de la cual solamente quedaron excluidos los hacendados y campesinos agraristas (aquellos que
obtuvieron tierras del gobierno y a cambio eran movilizados a su favor). Sin embargo, hay diferencias y
contradicciones dentro de esta coalición, tratando al movimiento como un conjunto monolítico que
representa al “pueblo católico rural”. Así a pesar de la centralidad del grupo que llevó adelante la guerra,
en rigor lo toma como un bloque sin fisuras que además representaría las tendencias profundas de todo
el ámbito rural no privilegiado, al menos de las regiones que se levantan en armas.
Dado que de todos modos se reconocen las diferencias socioeconómicas de los rebeldes. Meyer sostiene
que su motivación no respondía a causas en ese nivel, sino a su profunda y compartida religiosidad
“católica romana tradicional, fuertemente enraizada en la Edad Media hispánica” que defienden en
contra de la intrusión del Estado. En su opinión, el conflicto es vivenciado además como oportunidad
para la aventura mística y el martirismo como destino de entrega en nombre de Cristo Rey.
Mientras tanto, el Estado es presentado como ajeno y opresor frente a una Iglesia compenetrada con los
valores populares y que ha demostrado “su buen gobierno” en el ámbito rural. Las violentas acciones del
primero, entonces, terminan por enajenarle cualquier posible apoyo: concentraciones, exacciones,
robos, torturas, incendios, etc. De allí apoyos como los provistos por los agraristas movilizados solo
puedan responder a su uso como meras marionetas por parte del gobierno que les ha otorgado las
tierras. Al menos en las zonas cristeras, la mayor parte del campesinado es proclerical y contrario a la
reforma agraria llevada adelante por el Estado revolucionario.
La Cristiada fue un movimiento de reacción, de defensa contra lo que se ha convenido en llamar
la Revolución, o sea el desenlace acelerado del proceso de modernización iniciado a fines del
siglo XIX, la perfección y no la subversión del sistema porfirista.
Por otra parte, los cristeros como héroes, las fuerzas estatales como los enemigos, y el episcopado y la
Liga como los traidores a la causa. Tal simplificación, que vuelve tan atrayente al relato como
esquemática a la explicación histórica, es al menos un punto de partida explicitado y defendido con
claridad desde un punto de vista “100% favorable a los cristeros”.
Muchos investigadores coinciden en que el análisis del levantamiento cristero debía concentrarse sobre
los sectores rurales participantes. Sin embargo, tales análisis conllevaron en un principio a una búsqueda
de determinantes no religiosos que explican el levantamiento y las razones por las cuales se produjeron
una diversidad de respuestas ante el conflicto. En esta línea de indagación se inscriben las
investigaciones que entre fines de la década de 1970 y principios de la de 1980, realizaron los
antropólogos José Díaz y Román Rodríguez, y el historiador Ramón Jrade. Así, en El movimiento cristero…
los primeros autores intentaron reconstruir la adhesión cristera en los Altos de Jalisco. Jrade, en tanto,
realizó una mucho más amplia y fundamentada indagación en el estado de Jalisco, señalando por
primera vez la necesidad de realizar un estudio comparativo a fines de explicar las divergentes
respuestas locales durante la guerra cristera, para lo cual examinó los casos de Tepatitlán y Acatic en el
área de los Altos y de Ameca, San Martín Hidalgo y Cocula en el área del Valle de Ameca.
A partir del análisis comparativo de esos pueblos, Jrade sostenía que sus diversas lealtades se hallaban
vinculadas al diverso impacto producido por la consolidación del poder revolucionario sobre formas de
organización comunal específicas. Y que a su vez, tales formas de organización comunal dependieron en
buena medida del grado de penetración de las fuerzas del mercado en la etapa prerrevolucionaria.
Ahora bien, según Jrade esta diversidad de situaciones terminaron por configurarse en conexión con el
lugar de la parroquia local como centro de liderazgo religioso y marco organizativo autónomo en las
zonas finalmente cristeras, en contraste con su mucho menor peso y autoridad en las revolucionarias. Un
ejemplo de lo descrito es la narrativa siguiente:
…el intento sistemático del estado revolucionario de desligar el clero de los asuntos de la
comunidad tuvo un impacto diferente sobre las comunidades que finalmente se volvieron
cristeras y aquellas que apoyaron a las autoridades políticas establecidas. En las comunidades
cristeras la reglamentación civil de las parroquias llevó a un grado crítico más amplio las
drásticas dislocaciones en relaciones de clase y los arreglos del poder local, puestas ya en camino
por la expropiación de las haciendas y el apoderamiento de gobiernos municipales. Los esfuerzos
por aplicar las disposiciones constitucionales relacionadas con la Iglesia constituyeron una
ofensiva en masa contra las profundamente arraigadas de la organización comunitaria rural.
Como centros de la vida local, las parroquias de las comunidades que se unieron a la guerra
cristera se convirtieron en el foco principal de oposición al poder del Estado y proveyeron al
marco fundamental para la acción rural colectiva en defensa de intereses comunes y en contra
de las autoridades revolucionarias locales.
Así por ejemplo, Robert Shadow y María Rodríguez Shadow realizaron un estudio de caso en la misma
zona de los Altos, esto complementando más que contradiciendo los argumentos de Jrade, estos
autores destacaron la relevancia de las rivalidades e intereses encontrados entre pueblos que
emergieron a raíz del impacto diferencial de la expansión del Estado nacional de la zona: “Lo que se
disputaban eran ingresos y bienes materiales, autonomía político-administrativa e identidad
comunitaria.
Así, puede decirse que las últimas dos décadas se han caracterizado por una notable expansión de
investigaciones que, tal cual defendió Jrade en su momento, se encuentran en el análisis local y
comparativo.
La politóloga estadounidense Purnell realizó un minucioso trabajo etnográfico sobre las comunidades de
San Juan Parangaricutiro y Paricutín, localizadas en las áreas de los Altos michoacanos. Desde un
enfoque cercano a la historia cultural, la autora propuso una comparación que permitiera iluminar el
divergente partidismo político de ambas localidades, cristero es un caso, agrarista en el otro. Esto se
acerca a los argumentos de Jrade, encontrando la clave de la adhesión por uno u otro bando en un
cúmulo de determinantes que confluyeron en la centralidad o no en la parroquia como espacio de
autonomía y autoridad. De este modo, sostuvo, “La participación de la rebelión cristera fue más bien un
asunto local enraizado en historias y culturas específicas, sin corresponderse con exactitud con las
categorías de clase, etnicidad o niveles de religiosidad”. La adhesión a la causa cristera tuvo que ver, por
tanto, con la defensa de una particular cultura política basada en concepciones sobre la propiedad y la
autoridad ante las cuales el gobierno revolucionario aparecía como amenaza externa.
En un brillante artículo dedicado a discutir las disputas en torno a las identidades culturales y políticas
durante el periodo revolucionario e inmediatamente posterior, Alan Knight forja una metáfora pictórica
a fines de presentar los rasgos de un posible mapa de la geografía de la revolución.
El impacto regional de la rebelión cristera: aunque concentrada en la zona centro-occidental aquella
menos movilizada por la revolución, tampoco implicó una adhesión uniforme, ni dejaron de existir
importantes bases revolucionarias, agraristas y anticlericales en su seno. El resultado es una mucho más
compleja y matizada representación del fenómeno cristero.
El análisis de caso también ha incluido el intento por recomponer algunos intrincados itinerarios
biográficos de líderes militares cristeros y gubernamentales que muestran una compleja trama de
tensiones regionales, lazos clientelares y reconfiguración de oposiciones al calor de la guerra. Cabe
aclarar que si bien estos rasgos fueron señalados desde muy temprano como característicos de la
Revolución, las primeras interpretaciones sobre la guerra cristera suponían que, por el contrario, los
mismos no eran la regla de un conflicto determinado por posicionamientos religiosos rivales. Desde el
análisis del bando contrario, Alicia Salmerón Castro muestra la adhesión del antiguo zapatista Genovevo
de la O a las filas obregonistas, y su lucha contra los cristeros en Aguascalientes, apoyándose en sectores
agraristas, lo cual le granjearía enemigos dentro del propio bando gubernamental.
Investigaciones relativamente recientes han discutido también la supuestamente bien organizada y
coordinada acción militar de los rebeldes, así como sus éxitos bélicos. Especialmente revelador resulta la
toma del puerto de Manzanillo (Colima), Ya que se trató de una de las acciones cristeras de mayor
magnitud, tanto por el número de hombres involucrados como por la participación conjunta de grupos
de diversos estados. En contra de la versión heroica de los relatos cristeros, destaca el alto nivel de
disciplina, desorganización e incapacidad militar de los jefes, que redundó en una victoria efímera que
implicó un altísimo número de caídos.
Es preciso nombrar, antes de finalizar, la existencia de trabajos que han indagado dimensiones poco
exploradas. Así pueden citarse los textos sobre la participación femenina en la guerra cristera. Su interés
se ha concentrad, sin embargo, en el papel de organizaciones urbanas como la Unión de Damas
Católicas de México y las Brigadas Femeninas Juana de Arco, quedando aún mucho por saber a
propósito de las mujeres de las zonas rurales que participaron en el bando cristero, cumpliendo una
variedad de funciones. También pueden incluirse en este grupo de trabajos pioneros aquellos dedicados
al análisis de la “segunda” guerra cristera, que se desarrolló durante la década de 1930 en algunas
regiones.
Podemos entonces concluir destacando la amplitud de las investigaciones recientes que, en su mayor
parte desde el estudio de caso y el enfoque comparativo, han aportado nuevas miradas que van
conformando un cuadro más complejo y problemático del fenómeno cristero. La historiografía
revisionista sobre la revolución había tomado como bandera el énfasis en el carácter plural y
heterogéneo de México. Efectivamente hubo muchos Méxicos, y así muchas revoluciones. Lo mismo
parece detectarse ahora para el caso de la guerra cristera: que hubo muchas situaciones regionales y
locales disímiles, y que es preciso recomponer esas particularidades a fin de obtener una imagen más
fiel de lo acaecido. Y que el revisionismo, dados sus anhelos por desarmar una concepción simplista y
mitificadora de la Revolución, terminó en muchos casos por ofrecer un contrapunto unilateral que
paradójicamente volvía a presentar un relato épico de actores supuestamente opuestos en bloque al
sentido de aquel proceso.
Conclusión
Como se puede observar, este es un trabajo historiográfico en el que se pretende entender la guerra
cristera, sin embargo, esta lectura termina siendo un recorrido de investigadores extranjeros estudiosos
de los conflictos armados, lo cual da como resultado un resumen un tanto difícil de entender de nuestra
propia historia, ya que los investigadores utilizan términos o palabras que tornan la lectura que debería
ser explicativa en una lectura un tanto rebuscada y por lo tanto difícil de entender.
Sin embargo, como una reseña simplificada se puede decir que: la guerra cristera es un conflicto
religioso Iglesia-Estado como resultado de la implementación de la Constitución de 1917 ya que ésta
contenía al parecer de los católicos conservadores, artículos claramente anticlericales, es decir que no
beneficiaban en nada a la Iglesia y que por el contrario le restaban autoridad tanto en los temas
políticos como en la educación (declara a la educación laica y gratuita).