Cuentos policiales
«El papel quemado. Memorias de John Rambet»,
— No puede negarse—me dijo Sherlock Holmes mientras pasaban los bomberos a todo
escape—que el Cuerpo de Bomberos de Buenos Aires está admirablemente organizado.
— Tiene usted razón.
— Claro está que adolece de ciertas deficiencias; pero puedo asegurarle que es infinitamente
superior al de muchísimas ciudades europeas.
— ¿Lo ha visto usted en el trabajo?
— Sí y no. El otro día vi a bomberos ocupados en extinguir un incendio sin importancia…
— ¿Quiere que vayamos a verlos trabajar?
— Bueno.
Desde la confitería de donde acabábamos de salir, hablé por teléfono al cuartel de bomberos
preguntando dónde era el incendio. Me lo dijeron.
Tomamos un coche y diez minutos después nos hallábamos en el lugar del siniestro, como dicen lo
repórters policiales.
Los bomberos acababan de llegar y estaban tendiendo varias líneas de mangueras, mientras sus
jefes examinaban aquella enorme hoguera y tomaban las disposiciones necesarias para atacarla.
Con nuestro carnet de periodistas, yo le había conseguido uno a Sherlock Holmes —pudimos llegar
hasta el edificio que estaba ardiendo y nos unimos a un grupo de repórters y empleados de policía
que acababan de llegar.
Lo que ardía era un aserradero de maderas compuesto de un edificio de material al frente y un gran
galpón al fondo donde se hallaban las maderas y las maquinarias. En el edificio de material, al que
se penetraba por un gran portón que servía de entrada a los carros, se hallaba el escritorio y
encima de éste las habitaciones de uno de los dueños del aserradero, a quien llamaremos Eduardo
Ramírez, pues consideraciones que no escaparán a nuestros lectores nos impiden darle su
verdadero nombre.
A simple vista se veía fácilmente que el fuego se había iniciado en el edificio de material, que en
aquel momento no era más que una espantosa hoguera. Tal vez por eso los esfuerzos de los
bomberos se redujeron a aislar aquella hoguera, impidiendo que el fuego se propagara a las casas
vecinas y al galpón del fondo, que ya había empezado a arder.
Sherlock Holmes miraba trabajar a los bomberos y observaba las enormes llamas que, impulsadas
por un fuerte viento, lamían furiosas la alta pared de un edificio de tres pisos que estaba a la
derecha del aserradero.
— ¡Qué hermoso espectáculo!—exclamé.
— Hermoso y terrible —dijo Sherlock.
En aquel momento se derrumbó el techo; cayeron las paredes casi encima nuestro y un humo
espeso, mezclado con enorme cantidad de chispas, nos envolvió por completo, al mismo tiempo
que una gran cantidad de papeles, encendidos unos y a medio quemar otros, se elevaban en el
espacio, cayendo luego en diversas direcciones.
Retrocedí apresuradamente, y cuando se disipó la humareda busqué a Sherlock Holmes con la vista,
sin poderlo encontrar en el primer momento. Lo busqué por todas partes. El grupo de periodistas y
empleados de policía se había dispersado y los que lo formaban se encontraban en distintos sitios,
separados unos de otros y ocupados, la mayor parte, en recoger los papeles que caían a su
alrededor.
También yo recogí algunos, mientras buscaba a mi amigo, y cuando me dirigía a entregar los
papeles a un oficial de bomberos, vi a Sherlock hablando con un joven. También él me vio, se
adelantó inmediatamente hacia mí, y poniendo en mis manos los papeles que había recogido, me
dijo rápidamente:
— Finja no conocerme; entregue estos papeles, y después no pierda de vista a ese joven que estaba
conmigo. Sígalo, y venga luego a casa.
Y con el aire más natural del mundo, volvió al lado del joven, mientras yo iba a entregar al oficial los
papeles recogidos por mí y los que me acababa de entregar Holmes. Luego, siguiendo las
instrucciones que acababa de darme, me coloqué en sitio donde no pudiera perder de vista a aquel
joven. Confieso que me sorprendieron sobremanera las instrucciones de Sherlock, pero como
estaba ya acostumbrado a su manera de ser, me limité a cumplirlas y a tratar de explicarme las
razones que podría tener mi amigo para habérmelas dado.
El joven se separó de Sherlock Holmes algunos pasos y se dirigió a otro sitio. Yo lo seguí a distancia
viniendo, por ese movimiento, a pasar al lado de mi amigo, quien me detuvo y me dijo:
— No lo siga más. Cuando se retire de aquí, lo seguiremos los dos. Sólo se trata de no perderlo
ahora de vista para saber luego su domicilio; pero aún no se irá.
— ¿Ocurre algo de particular?
— Poca cosa. El incendio que estamos presenciando es obra de una mano criminal…
— ¿Y cree usted que ese joven es el incendiario?
Hace poco lo sospechaba; ahora estoy seguro de ello.
— No dudo que sea así; pero me extraña que siendo él el incendiario permanezca por aquí. ¿No
teme que se descubra algún indicio y…?
— Sí; lo teme mucho; pero aún no se irá.
— ¿Qué quiere usted decir con eso?
— Que no se irá, hasta que aparezca el cadáver del otro.
— ¿Un cadáver?
— Sí. Entre esos escombros hay un hombre carbonizado.
Nunca como entonces admiré la sagacidad, la clarividencia, la observación, el talento y, sobre todo,
aquella sublime intuición de Sherlock Holmes. Porque aún no había vuelto de mi sorpresa cuando
algunos bomberos sacaban el cadáver de un hombre completamente carbonizado. Nos
aproximamos a contemplar aquel fúnebre hallazgo, y vimos que también se acercaba el joven.
— Ahora se irá —me dijo Sherlock—Sigámoslo separadamente. Nos reuniremos en casa.
Efectivamente; después de contemplar un momento el cadáver, el joven se alejó y le seguimos sin
dificultad, aunque tomando muchas precauciones, pues a cada momento se volvía a mirar hacia
atrás. Media hora después me hallaba en casa de Sherlock Holmes.
— ¿Cómo ha podido usted —le dije— tener en tan poco tiempo la seguridad de que el incendio ha
sido intencional y que el incendiario es ese joven a quien acabamos de seguir?
— Pues eso no es nada, amigo Rambet. También sé que la víctima ha muerto de dos tiros poco
antes de declararse el incendio.
— ¿Cómo?...—exclamé, en el colmo del asombro—¿Se lo ha dicho el asesino?
— Con aquel joven no he hablado más que de cosas indiferentes.
— Pues no comprendo.
— Y tal vez pueda decirle algo más dentro de un momento.
Y sacando del bolsillo uno de los papeles medio quemados que había recogido, me lo tendió
diciendo:
— ¿No le dice a usted nada este papel?
Lo examiné. Era un pedazo de papel de carta de color rosado. La parte izquierda se había quemado
casi toda, y en lo que quedaba se leían solamente estas palabras:
tima vez
ases conmigo.
Onor
la memoria
rdarás de mí.
— No comprendo qué puede significar esto.
— Pues vamos a ver si reconstruimos la carta.
Tomó una hoja de papel, y después de cerca de una hora empleada en escribir, borrar y volver a
escribir, me dijo:
— ¿Se compromete usted a encontrar mañana al joven a quien acabamos de seguir?
— Ya lo creo. Sabiendo donde vive.
— ¿Le ha visto bien la cara?
— No mucho.
— Pues no dará usted con él, aunque lo tenga a dos pasos de distancia.
— Sin embargo…
— El incendiario no es incendiario; es incendiaria.
— ¿Cómo?
— Ese joven…es una mujer.
— ¿Está usted seguro?
— Como de todo lo demás. Cuando se desplomó el techo y nos vimos envueltos en aquella nube de
humo y de chispas, corrí hacia atrás y tropecé en el cuerpo de aquel joven, o, mejor dicho, de
aquella joven que, corriendo también, acababa de caer. Creyendo que se hubiera lastimado,la
levanté del suelo, y entonces tuve la primera sospecha, pues vi que el chambergo lo llevaba
atravesado por un pincho de los que usan las señoras en los sombreros, pero más corto y sin
cabeza. Además, al levantarlo, recogí del suelo un revólver que había a su lado y que
probablemente se le cayó al caer ella. Me dio las gracias y hablamos un momento de cosas sin
interés. Durante nuestra conversación observé que se hallaba muy agitada y que su voz no era de
hombre. También noté que buscaba algo en los bolsillos y supuse que buscaría el revólver. Le
pregunté si había perdido algo, y, para disimular, me dijo que creía se le había extraviado un papel;
luego sacando uno de un bolsillo exclamó: “No; aquí lo tengo”. Pero todo aquello no era más que
una comedia, muy ingenua por cierto, y muy mal representada, para no decir que había perdido el
revólver. Cayeron papeles a nuestro alrededor; recogí algunos, entre los cuales me llamó uno la
atención, por ser igual al que sacó la joven del bolsillo.
— Y ese papel ¿es éste?
— El mismo. Como usted ha visto, he tratado de reconstruir la carta y creo haberlo conseguido.
Oiga usted. Y leyó:
“Por última vez, te escribo para suplicarte que te cases conmigo. Yo no amo ni puedo amar a un
miserable como tú; pero si te niegas a devolverme el honor que me robaste, te juro por la memoria
de mi madre que te acordarás de mí”.
— No está mal; pero convendrá usted conmigo en que, con las pocas palabras que han quedado
intactas en el papel, se pueden reconstruir muchas cartas de diversos sentidos.
— Sí. Pero ninguna será tan sencilla, tan menos rebuscada, tan natural como ésta. Y, sobre todo,
teniendo en cuenta el carácter de letra, que es muy igual y muy diminuta, ninguna dará la medida
exacta de las líneas en una hoja de papel de esquela. En cuanto a la letra, no hay más que verla
para conocer que es femenina.
— Eso sí.
— El revólver es éste, y, como usted ve, hay dos cápsulas vacías. El asunto resulta vulgar. Una
histérica se deja seducir por un hombre que luego la abandona. Ella se desespera, se trastorna,
consigue una entrevista con él, le tira dos tiros, y luego, enloquecida, prende fuego a la casa. Todo
eso es muy vulgar y no vale la pena de que nos ocupemos más del asunto. ¿Quiere usted una taza
de té?
Creo inútil decir a mis lectores que todo drama se había desarrollado en la forma descripta por mi
amigo. La incendiaria se denunció ella misma dos días después y lo confesó todo.
Julián J. Bernat, Revista Sherlock Holmes, Año I, N.°. 15 (pp. 51-54), 10 de octubre
de 1911. Sección «Sherlock Holmes en Buenos Aires».