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UNIVERSIDAD PONTIFICIA DE MÉXICO

VERANO ONLINE 2024

Nivel 2: La acción catequética en la vida de la Iglesia.


Módulo 1. Profetismo bíblico en la catequesis.
Tema 5. Implicaciones del estudio de los profetas
para el catequista de hoy.

Evidencia de Aprendizaje 2: Propuesta de formación

Profesor: Pbro. Lic. Víctor Murillo Beltrán

Alumno: Mario Alain García Canchola

Fecha de terminación y entrega: viernes, 26 de julio de 2024


D. Catequética. Nivel 2: La acción catequética en la vida de la Iglesia
Tema 5. El estudio de los profetas en la catequesis hoy Profesor: Pbro. Lic. Víctor Murillo Beltrán
Alumno: Mario Alain García Canchola EA2: Propuesta de formación catequética

Introducción
Este trabajo se inspira en quienes encarnaron el (in)genio mexicano para vivir el compromiso de no

adelantarse a nadie, de ser último y siervo de todos: los Santos. Juan Diego, Felipe de Jesús, Conchita, Joselito y

muchos más, una multitud anónima de verdaderos guadalupanos. ¿Cómo formar catequistas-profetas acordes al

(in)genio mexicano?, es la pregunta que guía la reflexión final de este módulo.

Identidad profética del catequista


La personalidad profética es producto de un momento de elección, el cual se extiende a lo largo de la vida y

en torno al sujeto elegido, marcando sus decisiones, anhelos y circunstancias de un carácter paradójico: Dios tiene

la iniciativa y el éxito en Su Mano, pero todo depende de la actitud y el esfuerzo personales. Dios elige su profeta

antes incluso de formar el núcleo de su persona (cfr. ); le aparta (consagra) para así devolverla al ‘barro’ de donde

la tomó, transformada en intermediaria: una persona liminar. Profético es quien acoge al Misterio, ese mismo

‘objeto’ que otras personas rechazan e incluso temen. Se necesitan, pues, ciertas disposiciones específicas para

encarnar la vocación. Los personajes bíblicos con don de profecía sorprenden por su fuerza dinámica, que los

sostiene en tensión sin estacionarse en seguridades. Su propia existencia es signo de contradicción y ambigüedad,

como lo es el Misterio a quien sirven. Las personas proféticas tienen propensión al cambio, no temen lo que no

conocen ni se enemistan por motivos personales. Para estas mujeres y hombres, la adversidad y lo desconocido

son lo que la tempestad para el ave: quizás el profeta imagina que ‘volaría’ más rápido sin viento en contra, pero

Dios es para ellos el huracán por el que remontan los obstáculos. Dejar a Dios la iniciativa, conciencia clara de

su propia pasividad, la visión sistémica, la escucha activa, la capacidad de respuesta (es decir, obedecer a su propia

razón [de ser]1) son características comunes de los profetas bíblicos.

Por su parte, el catequista es un laico (Christifideles laici) cuya función específica dentro de la Iglesia

inaugura tres perspectivas de la realidad diocesana: una de carácter personal y propio, como invitación a

encarnar el Espíritu de Comunión Fraterna; otra jurídico canónica, como misión (envío, cometido estable) de

hacer contrapeso al clericalismo; y, la tercera perspectiva, eclesiológica, como punto de aplicación de la fuerza

espiritual de la Iglesia (individuo concreto) para lograr “la penetración de los valores cristianos en el mundo
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social, político y económico ()”. Cada una de estas perspectivas se expuso en un trabajo anterior2 y no serán

elaboradas. Baste mencionar que el catequista profundiza su propia relación con Dios y con los habitantes de su

diócesis, mediante el ejercicio de su misión (ministerio) eminentemente profética, según el carácter profético

expuesto supra linea. No obstante, es necesario indicar que ninguna de las predisposiciones naturales resulta más

importante para esta Propuesta de Formación del Catequista que la Mentalidad profética. Si las disposiciones

corresponden, en mayor o menor grado al temperamento del profeta, sólo su mentalidad resulta deliberada. El

catequista profeta será aquella persona que ante cualquier circunstancia pregunta: ¿Qué dijo Dios al respecto? Es

decir, el catequista-profeta no consulta la Palabra de Dios, sino que dialoga con Jesucristo, a través de la Biblia.

Una práctica así concebida procura limitarse cada vez más a ser un mero testigo del diálogo entre catecúmeno y

Jesús Resucitado (cfr. ). Bajo ningún concepto se trata de leer la Biblia.

A continuación, algunas opiniones no académicas sobre la identidad profética del catequista, que no forman

parte medular de esta propuesta de formación–dudo que merezcan tratamiento aparte–, por lo que se recomienda

saltar a la siguiente sección (véase Retos del profetismo bíblico de Jonás). Sobre mi propia relación con Dios:

Según creencia popular, aprendemos el 95% de lo que enseñamos3; es decir, conocemos más a Dios cuando

enseñamos a otros cómo relacionarse con Él. Al desempeñarse dentro del ámbito de la educación religiosa, la/el

catequista es un estudiante más, un discípulo de la divinidad, de quien ha de tener una experiencia personal.

Transmitir a los demás mi propia experiencia de Dios es el núcleo de mi práctica catequética y, por eso, no suscribo

el modelo de catequesis escolarizada. Dios no es un tema para mí, sino una persona a quien conocer. Por eso no

abordo la catequesis como se abordaría la docencia. Respecto de los habitantes del territorio diocesano: En un

ambiente católico como México (con un 78% de la población profesa), los catequistas debieran ser apenas

suficientes para iniciar cristianamente a los hijos de sus hermanos en la fe. Así, dejar la Cura de Almas a ministros

ordenados y la predicación ad gentes a los misioneros. De esta manera podría concentrarse en celebrar y avivar

junto a otros laicos su propia fe y la de sus catecúmenos, pues corre el riesgo de pecar de soberbia al pretender

enseñar a quienes no están bajo su tutela religiosa. Sin embargo, las cosas no son como debieran y, por eso, la
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institución del ministerio de catequista resulta una adecuación a la realidad, más que una novedad de derecho

canónico. Es peligrosa la idea de que un catequista sabe más de religión que cualquier otro fiel, pues el mapa no

es el territorio. En este sentido, la ordenación ministerial es vista como un dispositivo para seleccionar y preparar

ministros adecuados a las necesidades específicas de una comunidad de fieles; no como un escapulario más. Ni

qué decir respecto de esos 97,864,218 católicos censados y sus prácticamente vacíos templos. Hay una

subutilización de la infraestructura, y grave. ¿Será que nos falta profetismo?, como el P. Víctor señala. Sobre la

Misión de la Iglesia: poco puedo agregar a lo señalado y no me parece poder decirlo mejor con menos palabras:

la/el catequista es punto de aplicación de la fuerza espiritual de la Iglesia para lograr “la penetración de los valores

cristianos en el mundo social, político y económico ().” Si los fieles laicos no somos ya ese punto concreto es

porque nuestro itinerario de Iniciación Cristiana apenas fue suficiente para sacramentar.

Retos del profetismo bíblico de Jonás


El canon hebreo y , colocan a Jonás, hijo de Amitay, en el s. VIII a.C., pero es imposible que este personaje

fuera el autor o redactor escriturario. Su estilo y vocabulario datan del s. V. Aun así, el folklor imbuido en la

historia sugiere un origen anterior (Harkins, 2010, p. 111). Böhme distingue un núcleo Yahvista (), al que se

añadió un escrito Elohísta () del que se tomaron sólo fragmentos (Böhme, 1887). La presencia de estas tradiciones

sugiere una línea especulativa cruzando el profetismo de Jonás hasta entroncar con cierta idea prehistórica sobre

el origen único de la humanidad. Así, la misión de Jonás presupone un Señor de todos los pueblos, sea que se

adhieran o no expresamente a su señorío. En especulación paralela, si el libro de Jonás implica cierta reacción en

contra de la xenofobia postexílica (Sicre, 2011, pág. 355), esto sugiere la valoración colectiva de que el miedo al

otro, al extraño, amenaza el proceso de integración identitaria. Si esto es así, la repulsión de quien ‘no es como

yo’, será un peligro contra el cual nos previene no sólo la Biblia, sino toda la historia del pueblo judío (más la

reciente). Si confrontamos ambas hipótesis, Dios es Señor de todos y el miedo es el enemigo, no los demás, Jonás

apunta a una actitud vital que el judaísmo enseña al mundo.

Para explorar la cuestión, a partir de dos profetas, se puede hacer uso de una larga cita, con la venia del lector:

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para el profeta no se trata de ofrecer más, sino de ofrecer algo distinto, que pasa desapercibido a la persona
obsesionada por el culto. (…) Lo que Dios desea no es que el hombre o el pueblo le ofrezcan cosas o seres queridos,
sino que se entregue a sí mismo. Y la forma de hacerlo es poniendo el derecho y la bondad como meta de las
relaciones con el prójimo. En esto coincide Miqueas con los profetas anteriores. Pero él añade una tercera
exigencia, la de ‘mostrarse atento con Dios’ o, como traducen otros, ‘caminar humildemente con tu Dios’. Antes
ha preguntado al pueblo cómo puede ‘acercarse’ al Dios Altísimo e ‘inclinarse’ ante él. El profeta sustituye estos
movimientos por otro distinto: ‘caminar’. No es un acto, sino una actitud, un comportamiento, lo que Dios
quiere del hombre. Y esta postura humilde y atenta la adopta el hombre cuando practica el derecho y ama la
bondad. De hecho, no se trata de tres exigencias distintas: cumpliendo las dos primeras es como se está en
contacto con Dios, no de forma ocasional, sino permanente. (…) La mención inicial de Sodoma y Gomorra subraya
el pecado de Jerusalén y deja clara la posibilidad de un castigo divino. Pero Isaías no ve la corrupción de la capital
en la línea sexual de aquellas dos ciudades (Gn 19). Si se hubiese expresado así habría encontrado la aprobación
de muchos de sus oyentes. Él se fija en algo distinto, desconcertante para un israelita piadoso. Jerusalén está
pervertida, no por sus desviaciones sexuales, sino por las desviaciones cultuales (Sicre, 2011, págs. 434-435)

Las negritas son propias. El planteamiento de Sicre es cuestionable. No se puede practicar el derecho y amar

la bondad si antes no se aprendió a ser humilde y atento. Dios se ofrece a sí mismo como el principal destinatario

de esta actitud, no por orgullo ni soberbia. Faltaría menos. Dios es el primero con quien debemos ser considerados

porque sólo así se aprende a ser considerado con los demás. La experiencia de los consagrados religiosos es la

prueba más obvia de esta aseveración, quizá arrebatada y poco elaborada en las secciones anteriores de este

trabajo. Pero no es tan importante para merecer un excurso. Baste decir que Dios habla aquí como lo haría

cualquier madre. No se puede mostrar solicitud para los demás si no sabemos cómo ser solícitos con nuestra

propia madre. Nuestra madre es la primera con quien podemos practicar y alimentar conductas altruistas. Aún si

no conocimos a nuestro padre, o si fue un rufián, la gran mayoría de los seres humanos ha convivido con su madre

y reconoce esta obligación moral, no parece justificable obviarla. Mostrar que la solicitud con Dios viene antes

incluso que la solicitud con nuestros seres queridos, ésta es la tarea del catequista y no podrá cumplirla si ella/el

no saben cómo ser atentos con Jesús Resucitado y con María Asunta al Cielo.

En conclusión, el pueblo judío a lo largo de su historia nos muestra la devaluación que puede llegar a sufrir

una identidad colectiva y personal, si su núcleo no es la consideración ajena. No suscribo el antisemitismo, sería

contradictorio. Tampoco justifico el reduccionismo que alimenta (incluso ahora) la opresión del pueblo judío bajo

la apariencia de una crítica al imperialismo. Mucho menos pretendo negar el daño que el sionismo ha infringido

en su pueblo y en toda Palestina para, acto seguido, apurar la carrera armamentista como suele suceder. Mi meta

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es aplicar esta supuesta lección en la formación de catequistas profetas según el (in)genio mexicano. De modo

que, descubro con fruición que precisamente se reconoce a los mexicanos en el mundo por su hospitalidad. Esto

supondría una afinidad electiva4 que, de verificarse, supondría un nada despreciable adelanto para la puesta en

marcha de la propuesta de formación aquí expuesta.

Una segunda conclusión se impone. Si el reto particular que Jonás parece atender es el universalismo bíblico,

según lo formulación de Marki (2023), hipotéticamente el profetismo judío sugiere la necesidad de que los

catequistas-profetas apliquen el (in)genio mexicano (en su vertiente hospitalaria) para resolver la tensión entre el

particularismo de la religiosidad popular mexicana y la apertura universalista que demanda la identidad católica.

En otras palabras, Jonás y los demás profetas nos enseñan cómo catequizar en la consideración. Se puede saltar

la siguiente sección para abordar de inmediato esta cuestión práctica de la Catequesis (véase Aplicación al

catequista ante los grandes peligros de la idolatría).

Fundamentación de la realidad que se vive a la luz del profetismo


Según mi experiencia, ¿cómo son los catequizandos? ¿Qué aspecto tiene la viña a la que se me envía a trabajar

(cfr. )? No les interesa Dios ni su propio espíritu; tienen una imagen de Dios, no experiencias espirituales. Lo

consideran un constructo social o un vestigio de la mentalidad mítica, lo imaginan atrapado en su cielo, un

producto del subconsciente. Es algo que conocen y no alguien a quien conocer, por eso no distinguen ni su propio

bien más allá de su propia animalidad (cfr. ). Como a Jonás, sus padres les ‘obligan a ir al Catecismo’ y, aun así,

se parecen al Pueblo Elegido en esto: convicciones superficiales, destierro existencial, cierta aprendida tendencia

a prorrogar el momento de tomar una opción personal. ¿Acaso no estuvimos todos en Egipto y sólo la fe de

Abrahán mereció crédito (cfr. )? También tuve sed de Dios, pero me traicionaba a mí mismo negándome a

escuchar La Palabra (cfr. ). Por experiencia sé que así se cierra quien teme ser interpelado, ejercer su voluntad

(amar) y esforzarse en razonar; pide una demostración (científica) que le libre de la responsabilidad de optar.

Ergo, sus objeciones no son de verdad, sino signo de dificultad espiritual, de timidez, de miedo a sufrir engaño

(cfr. ); toca catequizar desde (no a pesar de) su indiferencia, ir a Nínive–aceptar que Dios ya los perdonó. Cada

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profeta lo hizo, Dios nunca les timó (cfr. ), por eso sólo Jonás tuvo éxito. Catequizar sin escandalizarme “de su

mala conducta y de sus acciones violentas ()”, sin encapricharme porque su falta de tiempo me obliga a dedicar

más tiempo, sin desatender sus ‘gritos’5 ni dormir sobre mi ‘buena conciencia’ (cfr. ). Jesús murió por nosotros,

por nuestro mundo ‘artificial’, es decir, derivado del artificio humano y limitado a su materialidad (Simon, 1996).

Dios así lo quiso y sería apilar la idolatría catequética sobre la idolatría práctica de cuantos no conocen o no creen

en Jesucristo, como nos lo enseña Su Madre, la Santísima Virgen María a través de la Santa Iglesia Católica.

Aplicación al catequista ante los grandes peligros de la idolatría

Esta sección de la propuesta atiende la idolatría de las falsas identidades y comienza con una reflexión:

Una multitud sin número, hombres y mujeres anónimos, edifican la fe. Cargando al pecho bloques de burdo
granito (sus corazones) y, en su memoria (como los restos del naufragio de sus propias vidas), palabras, temas y
símbolos de las que hacen cemento, añadiendo el agua del Bautismo. Antes y después de cada cual hay un mar
de gente—todos hacen un único cuerpo, aún si parecen diferentes, incomunicados e incomprensibles—, forman
una cadena entre los dos extremos de la eternidad: antes y después del tiempo entre la concepción6 y la muerte.
La identidad no estriba ontológicamente en territorios, ni costumbres, ni siquiera en cuerpos; sino en la
identificación que surge de un acto de mutuo reconocimiento. Como Jonás, figura del hermano que se niega a
reconocer a su hermano, ¿llamo “hijo tuyo” a las criaturas e hijos del Padre que no acepto porque son diferentes
a mí? Negarse a ver que el otro tiene algo de mí, esa es la idolatría particular que tienta a los que nos decimos
‘Hijos de Dios’ y catequistas. La Iglesia vive en el exilio, sus Hijos Pródigos hemos nacido dentro de la Casa, pero
fuera del Matrimonio con Cristo. Ofrecemos Misas, rezos y ayunos que no reavivan nuestra propia capacidad de
identificarnos y superar la xenofobia, el escándalo ante la vida ajena y el orgullo por ‘una buena conciencia’.
Defendemos nuestra pureza por miedo a la contaminación del pecado, como si el pecado fuese superior a la gracia
(cfr. ). Es decir que no confiamos en el Resucitado. Por miedo, tratamos como extranjeros, como a extraños incluso
a nuestros propios parientes, y más grave aún cuando criticamos a los catecúmenos y su parentela, porque con
su ateísmo práctico cuestionan nuestra fe. Así de frágil es nuestra fe personal, no la fe la Iglesia que nos gloriamos
(¿!) de profesar. Nos aterran amenazas que vienen de fuera, no lo que nos sale de dentro del corazón y nos expone
al peligro de suplantar al Justo Juez (cfr. ). O quizás nos engañamos, creyéndonos llenos de santo celo contra los
que profanan a la Santísima Eucaristía comulgando en la mano, sin recordar que comulgamos sin hacernos la
debida autocrítica (cfr. ). ¿Es esto celo santo? Si lo fuera, hace tiempo que hubiéramos convertido a 30 o 60 o 100
de nuestros catequizandos (cfr. Mt 13,23). Nos escandaliza que vengan a mendigar7 Sacramentos unos que
malgastan la Gracia con su forma de vida y no saben del Catecismo del Padre Ripalda; pero lo cierto es que nos
enoja que pongan en duda nuestras tradiciones y exhiban nuestra tibia formación catequética. Imaginamos la
Iglesia como un museo de Santos y nos ofende la pestilencia de las llagas que el pecado ha abierto en sus almas.
Vemos la paja en el ojo ajeno, no la viga en el propio.

Esta reflexión prepara el planteamiento del proceso formativo del catequista, en analogía con el proceso de

formación de la identidad nacional de Israel en torno a las tradiciones bíblicas (contraseñas identitarias).

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Justificación

En 2005, participé en un modelo de Naciones Unidas, junto a otras 200 personas de 13 países. Como si

fuéramos electrones, al interactuar (colisionar) apareció el genio de nuestros respectivos pueblos. Para mí, la

experiencia mostró que, en aquel entorno pluricultural, socializar ponía en juego tanto la identidad personal como

la colectiva. Según la teoría del Espíritu nacional (Volkgeist) de Savigny, la voluntad o espíritu colectivo puede

‘observarse’ en el Derecho Positivo. Sin necesidad de teorías, describimos a otras personas a partir de enunciados

como ‘tienes aire de…’. Es decir, a partir de observaciones directas deducimos el arquetipo que la persona en

parte realiza o persigue, sea racial, vocacional, ideológico, etc. Nuestras deducciones, por supuesto, no son

infalibles. Hay un amplio margen para el error, sea perceptivo o deductivo; por no mencionar las particularidades

personales de cualquiera que se proponga la realización de un ideal. Estas particularidades no son de interés ahora.

Ese margen de error oculta escrúpulos contra la diversidad (y más generalmente, prejuicios) tan cortantes como

nuestro desconocimiento del fenómeno sicológico denominado sesgo de confirmación8. Por ello, la percepción

de arquetipos depende en gran medida de nuestra intención, sea consciente o inconsciente, así como del grado de

autoconocimiento de los propios escrúpulos. Dada una intención prosocial, individuos notablemente diversos

anticiparían patrones de comportamiento mutuamente gratificantes previo a su interacción; es decir, (más allá de

la cortesía, a veces hipócrita) un católico y un satanista podrían ‘adivinar’ la mejor manera de socializar, a partir

de un mínimo conocimiento de sus contextos culturales (mutuamente referidos), a buen recaudo de sus respectivas

convicciones religiosas, si renuncian a confirmar sus propios prejuicios. Por supuesto, los arquetipos también

pueden entrañar fines antisociales, como resulta obvio en frases del tipo “los negros son atléticos”, que es incluso

políticamente incorrecta, casi siempre. De interés para esta propuesta, son los arquetipos nacionales. El siguiente

es pertinente a nuestra propuesta: Israel, sin tierra ni gobierno, dio al mundo profetas (Papini, 1952). Mutatis

mutandis, se dice que México es La Tierra del Mariachi (de Anda, 1938) exagerando uno de los aspectos del

ingenio mexicano que sustenta memes como el MEX-I-CAN9. Este arquetipo social es fruto del fenómeno

migratorio y, bajo cierta luz, parece reclamar a quienes ‘se quedan atrás’, a los que no pueden o, supuestamente,
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no quieren progresar (¿!). Por supuesto, no todos los mexicanos son progresistas ni a todos nos gusta por igual la

música vernácula. Incluso hay quienes sólo la escuchan mientras ingieren alcohol, sin ningún aprecio por su valor

musical, sino como un sucedáneo a la inteligencia emocional. Tampoco es verdad que el Progresismo sea el ideal

de todos los mexicanos, ni siquiera de una mayoría. Los daños del neoliberalismo (un tipo de progresismo) en

Hispanoamérica son tan inexcusables, como innegables sus aciertos. El riesgo es, pues, idolatrar las propias ideas

y lastimar (a sí mismo y a otros) creyendo que son ‘Las correctas’. Si, este trabajo asume que se lastima a alguien

sólo por creer en algo, pues ese alguien en principio nosotros mismos. La facultad de creer se dirige propiamente

a Dios y su aplicación a cualquier otro sujeto u objeto sólo crea dependencias malsanas. En todo caso, ambos

arquetipos nacionales tienen sustento en la creatividad y suponen la perseverancia, pues no entramos al mariachi

después de nuestra primera lección de música, ni se cosechan éxitos al primer día, aunque estemos en los EUA.

Sin duda, los desafíos únicos de vivir en México engendraron un pueblo creativo, perseverante y paciente que,

hoy, parece tomar al mundo por asalto.

Apropósito he dejado la paciencia para el último. Pues no creo que haya mejor ejemplo de paciencia que los

Santos de la Iglesia Católica. En su versión mexicana, los Santos muestran una creatividad incuestionable. El

Nican mopohua, la redacción de la experiencia del vidente San Juan Diego destaca como obra poética. No es

lógico afirmar que el redactor es el único responsable de las virtudes artísticas de la obra. Por su parte, los textos

de la Beata Conchita Armida son a la vez profundos y accesibles, al par de las mejores obras de la literatura

universal. Su prosa habla al corazón de todos los hombres y, en particular, de las mujeres poseídas por una pasión

desbocada como no la supo imaginar Emilio Zola. Si hablamos de arrojo, San Joselito Sánchez del Río puede

inspirar escalofrío en cualquier mojado mexicano, de ahí su atractivo allende el Rio Bravo. Del Toro no ha

conocido un arrojo como el de aquel niño de 13 años, por muy aventado que se imagine a sí mismo. Afecto

particular siento por San Felipe de Jesús, pues mi hermana, su esposo y mis sobrinos viven Japón. Me atrevo a

pensar que toda escuela católica nipona tiene una deuda con este hombre de Dios. Estos son sólo unos ejemplos

de cuánta razón tiene San Pablo al afirmar que La Palabra de Dios no se ha frustrado (cfr. ).
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Pero las palabras del Apóstol me interpelan. Bien se pueden decir de nosotros, catequistas: “ellos disfrutaron

de la adopción filial, de la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas y los patriarcas (…)”. Entonces,

¿por qué la situación de la catequesis en México? ¿Cuál ha sido el mayor fracaso? ¿Cuándo produciremos fruto?

No puedo siquiera intentar responder la primera y la última cuestión. Desde una postura muy personal,

intentaré responder la segunda. Mi mayor fracaso es que mi practica catequética no me ha enseñado a “caminar

humildemente con [mi] Dios ().”

PROPUESTA DE FORMACIÓN

Esta subsección se basa en una experiencia personal de Dios que, por necesidad, ha creado un camino propio

de aproximación a la divinidad. Mi Dios puede ser distinto a tu Dios, no porque existan dos realidades que

adscriban el único referente posible10, sino porque Dios es el mismo siempre, pero no es igual con todos. Como

cualquier otra persona, Dios muestra un rostro diferente según la cara que yo le ponga a Él. Un Dios vivo es,

necesariamente, uno en relación dialéctica con la vida. Por eso he escrito aquí un diario de viaje que no presenta

novedad más que para quienes no han intentado el itinerario. Dicho de otra manera, la propuesta está construida

a base de lugares comunes. Su valor es enteramente personal y no pretende ser una guía de ninguna clase, sino

una mera reflexión particular. No ha sido mi intensión ofender ni herir susceptibilidades, si mi planteamiento

resulta escandaloso o incluso herético, bien puede ser debido a que vivimos una época plagada de herejías

criptógamas (Rahner, 1964). En todo caso, me someto a la autoridad de mis pastores para cualquier corrección.

En el hogar

La ruta formativa comienza por el hogar. De todas las posibilidades, me interesa solamente la cuestión de las

mascotas domésticas. Una mascota en casa es un excelente indicador de violencia doméstica, allá donde haya una

mascota maltratada hay una persona violenta. El maltrato a las mascotas no será abordado exhaustivamente, sólo

unas cuantas palabras. La violencia activa comprende gritos, golpes, lesiones, tortura y la muerte; la pasiva es

más sutil. Se considera violencia pasiva las alteraciones del cuidado: una mascota desnutrida, enferma, sin vacunar

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ni bañar, ni pasear; sufre lo mismo que una mascota sobrealimentada o excesivamente mimada. El hacinamiento

es tan nocivo entre las mascotas como entre los seres humanos. Hasta aquí la descripción de la violencia.

Se hace referencia a la violencia contra las mascotas domésticas porque los asesinos en serie declaran haber

desahogado sus tendencias sicópatas iniciales en contra de animales. Como quien dice, ensayaron sus métodos

antes de atreverse con una persona. Las mascotas los ‘invitaron’ a la agresión porque eran seres indefensos,

capaces de sentir dolor y manifestar sufrimiento sicológico. En el hogar es común que los niños maltratados,

maltraten a su mascota. Del mismo modo, los niños negligentes no han sido debidamente inducidos a la

responsabilidad del autocuidado y la solicitud con los indefensos. Un niño naturalmente comprende porque no

puede disfrutar de su propia comida mientras su mascota pasa hambre. Lo mismo aplica para paseos y premios.

Para nuestra propuesta nos interesa la violencia doméstica porque un catequista debiera estar plenamente

consciente de los hechos enunciados y diagnosticar el grado de violencia que experimentan sus tutelados en el

hogar. Así podrá ajustar su temario para atender primero este tema. Nunca es demasiado pronto para enseñar a los

niños que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que viva y se convierta. Tampoco es despreciable el servicio

que un catequista puede hacer para prevenir abusos domésticos. Una comunidad catequética más pacífica es,

obviamente, más receptiva a la voz del Príncipe de la Paz. Preguntar por el estado de sus mascotas y los cuidados

debidos a ellas, servirá como una excelente introducción a una lección sobre el Buen Samaritano. Además, es una

forma inocua de verificar por maltrato infantil. Los casos más extremos de crueldad en contra de los animales

ameritan tratamiento aparte y consulta con el Párroco. Una entrevista con los padres puede ser malinterpretada y

abordar a los papás sin la protección espiritual del ministro, equivale a una imprudencia. No se debe obviar las

precauciones propias de la Cura de Almas en casos de abuso infantil, pues suponen inquina demoníaca.

La música

La música es quizá el mayor aliado de un catequista. No en vano la armonía, el ejercicio físico y la lectura

comprendían la educación básica en la Antigüedad. Se dice que nuestro Señor Jesucristo aprendió a orar sólo con

los salmos, que son canciones populares. En nuestro tiempo, la música resulta tema de frecuentes disputas con
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niños y jóvenes, simplemente porque nos negamos a buscar en ella el mensaje divino. No toda la música es ‘mala’.

Un ejemplo de que la música puede emplearse para evangelizar lo tenemos en las letras de Juan Gabriel.

Por ejemplo, las canciones “Debo Hacerlo” y “Hasta que te Conocí” contienen sendos mensajes que pueden

reinterpretarse a partir de las figuras de Jesús y el pecado, respectivamente. El valor musical de estas piezas es

innegable y comparten armonías. Las canciones de Juan Gabriel fueron un éxito en México y, por eso, son un

medio accesible para mostrar cómo un simple cambio de enfoque nos comunica con Dios. Dice la letra de “Hasta”:

No sabía, de tristezas, ni de lágrimas, ni nada, que me hicieran llorar. Yo sabía de cariño, de ternura, porque a mí
desde pequeño eso me enseño mamá, eso me enseño mamá, eso y muchas cosas más. Yo jamás sufrí, yo jamás
lloré. Yo era muy feliz, yo vivía muy bien. Yo vivía tan distinto, algo hermoso. Algo divino, lleno de felicidad. Yo
sabía de alegrías, la belleza de la vida. Pero no de soledad, pero no de soledad. De eso y muchas cosas más. Yo
jamás sufrí, yo jamás lloré. Yo era muy feliz, o vivía muy bien.

Podemos atribuir todas estas realidades al Paraíso. Si es posible describirlo, estas estrofas se acercan bastante

tanto en letra como en música. En la enseñanza de idiomas extranjeros es costumbre utilizar canciones para educar

el oído. Tal es el caso aquí. Con un lenguaje extranjero, es la mente—no el oído—la que necesita sintonizarse. Lo

mismo ocurre con el alma humana. Como principio absoluto de la realidad, no es posible creer que algún objeto

real no pueda referirse a Dios. La buena vida, según este cantautor, se basa en la comunidad familiar y nada más.

Cualquier tiene al menos un buen recuerdo de su madre, una enseñanza valiosa de su padre. Sería verdaderamente

inusitado que alguien no haya tenido ni siquiera un solo momento de felicidad en familia. Fugaz, cierto; pero aun

así feliz. Lo importante es conectar con la memoria de aquel sentimiento, para educar nuestra emocionalidad a

partir de dicho recuerdo. Los momentos verdaderamente felices son simples, carecen de refinamientos. Una

comida en familia, una caricia, alguna anécdota jocosa son suficiente. Lo importante es mostrar cómo el momento

fue feliz por las personas que nos acompañaban, no por los bienes materiales disponibles. Seguramente, en el

ejercicio de recordar algo feliz surgirá en torno a él un reclamo, algún resentimiento. No debemos despreciar la

oportunidad, vale oro. Los momentos felices y tristes no pueden aislarse uno de otro. De hecho, están imbricados.

Si un recuerdo agradable deviene en una situación desagradable, debemos ser valientes y guiar a nuestro

catequizando a través de la experiencia de recordar, para permitirle un desahogo. Es lo que se llama un Momento
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Tema 5. El estudio de los profetas en la catequesis hoy Profesor: Pbro. Lic. Víctor Murillo Beltrán
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de Emocionalidad Fuerte. No hay anda qué resolver, no necesitamos consolar. Basta con acompañar. El regalo

más valioso no es el que viene dentro de una caja, sino la persona misma que dona. Al donar nuestro tiempo,

nuestra presencia, nos disponemos a ser utilizados por el Espíritu Santo para consolar, “para reconstruir y plantar

()”. ¿Qué se planta? La Palabra de Dios. ¿Quién es el Hortelano? El Espíritu Santo. No debemos preocuparnos

por saber qué debemos decir (cfr. ). De la mano con Dios, cualquier instante es tiempo Kairós. Proseguimos:

Hasta que te conocí, vi la vida con dolor. No te miento fui feliz, aunque con muy poco amor. Y muy tarde comprendí,
que no te debía amar. Porque ahora pienso en ti, más que ayer, mucho más. Hasta que te conocí, vi la vida con
dolor. No te miento fui feliz, aunque con muy poco amor. Y muy tarde comprendí, que no te debía amar, porque
ahora pienso en ti, más que ayer, mucho más. Yo jamás sufrí, yo jamás lloré. Yo era muy feliz. Pero te encontré.
Ahora quiero que me digas, si valía o no la pena haberte conocido porque no te creo más. Y es que tú fuiste muy
mala. Sí, muy mala conmigo. Por eso no te quiero. No te quiero ver jamás. Vete, vete, vete, vete. Vete de mí, pena.
Vete, no te quiero. No te quiero ver jamás. Vete

La pena a la que se refiere es evidentemente la soledad. El pecado causa la soledad, al aislarnos de Dios,

principio absoluto de unidad con todos los hombres y con todas las cosas. Principio ordenador. La infelicidad y

el sufrimiento son el resultado obvio cuando rompemos el orden querido por Dios. La felicidad fugaz y con poco

amor es claramente insuficiente. El pecado, la satisfacción de nuestros impulsos y la concupiscencia producen

precisamente dicho efecto: una felicidad pírrica. Además, se describe el pensamiento obsesivo, es decir, recordar

el bien perdido, pero también el mal cometido. Sobre todo, no tener control sobre lo que recordamos, sino sentir

la imposición de estas memorias es frustrante. Aniquila la confianza en el libre albedrío, pues si no somos dueños

de nuestros recuerdos, ¿de qué entonces? Si las estrofas anteriores se pueden referir a la vida en el Paraíso, estas

describen muy bien la consecuencia del Pecado Original. El final de la canción bien puede ser usado para una

renuncia de Satanás y todas sus obras, si es debidamente introducido.

Otra canción que analizaremos es “Debo Hacerlo”. El procedimiento será más breve. No citaremos toda la

letra, sólo algunas estrofas de interés para demostrar la aplicación del procedimiento para sintonizar nuestra alma

con Dios a través de la música popular. Reiteramos que esto no es una sacralización de la cultura profana, sino un

ejercicio para cultivar poderosos estados mentales en comunicación con el Poder de Dios. La música es tiempo,

como una ventana, nos permite asomarnos al tiempo Kairós. “Debo Hacerlo” narra un episodio de depresión

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mortal. Notablemente, el autor pretende huir de su depresión fugándose precisamente en lo que la causó: la noche,

un bar, una relación sentimental que comenzó en forma agradable y terminó muy mal. Su clamor es quizá más

acuciante porque la música que lo acompaña es festiva. El contraste sorprende: en medio de la fiesta, la tristeza

más negra y terrible. Demasiado frecuente hoy, la promesa de felicidad que el Mundo, la Carne y el Demonio nos

traen, encierran terribles males. El principal, la soledad, esto es, la imposibilidad real y concreta de relacionarse

significativamente con cualquiera. Si hemos cortado nuestra relación con Dios, no podremos entablar una relación

sincera con nadie más. Porque no es cuestión de compañía, sino de disposición anímica. No se puede conectar

con otra alma cuando la propia alma no está donde se la busca. Por esta indisposición anímica, se llega a sentir

que las sensaciones vitales son sólo eso, sensaciones superficiales sin conexión con el núcleo de identidad que es

el alma. Así podemos declarar amor por alguien, sin sentir que este amor nos compromete—por lo menos (!)—a

hacer acto de presencia. Sin actos de presencia, no podremos desarrollar la habilidad y luego la costumbre de

estar en el tiempo presente. Como cualquier otra cosa, se aprende a vivir en el aquí y ahora, haciendo. No se

aprende a nadar por correspondencia. Debemos sumergirnos en la experiencia vital mediante actos de presencia,

para convertir nuestra vida toda en un único momento de permanencia. Sea que vayamos al Cielo o al Infierno,

allí permaneceremos en sentido pleno. La eternidad es, precisamente, un eterno presente.

La Televisión

La televisión es una de las innovaciones tecnológicas más trascendentes de la modernidad, junto a otros

dispositivos que han cambiado nuestros patrones de vida como el automóvil, el avión, la electricidad y el internet.

En México, se consumen en promedio 2.5 horas diarias de TV abierta y 3 horas diarias en plataformas por internet

(IFT, 2023). A diferencia de los medios de transporte, el uso de las Tecnologías de la Información y la

Comunicación (TICs) inciden directamente en nuestra conciencia y, por ende, en el alma. El alma humana se

transforma en función de lo que contempla. Como ocurre con la Eucaristía, que al consumirla nos transforma en

Cristo y no al revés, la contemplación de la Verdad dispone nuestro ánimo al comportamiento coherente. La

contemplación es tan importante que produce una respuesta fisiológica concreta. Ver lo que nos agrada es ya
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disfrutarlo. Muchos catequizandos no le encuentran sentido a la catequesis (no la disfrutan), porque su atención

está acostumbrada a disociarse por lapsos extendidos de tiempo mientras las imágenes banales en la televisión se

suceden una tras otra. Pedirles que pongan atención es inútil. No están acostumbrados y no tienen nada en qué

fijar sus ojos más que en el piso, pues además temen el contacto ocular mutuo. Además, mucho del contenido de

la biblia es inaccesible a sus lectores modernos simplemente porque no logran hacerse una imagen coherente de

lo expresado verbalmente. Por tanto, hay que buscar imágenes concretas a partir de las cuáles mostrarles lo que

queremos decir. Por supuesto, no basta con presentar un crucifico o un ícono, pues estas imágenes no dicen nada

para la mayoría actualmente. Son imágenes de fondo, elementos decorativos intrascendentes para ellos porque no

han formado una relación experiencial con ninguna imagen religiosa. Comprender enunciados teológicos sólo

con la razón es imposible, porque Dios no puede ser aprehendido racionalmente. Para ‘entender’ el lenguaje de

Dios tenemos que ver las obras y prodigios por los que se ha revelado. En realidad, la predicación es muy posterior

en el camino de la fe. Se nos cuenta que Dios hizo a Abrahán la Promesa mientras contemplaba el firmamento.

La pedagogía divina trasluce, Abrahán necesitaba una imagen visual de su descendencia para poder hacerse una

idea del sentido real de la Promesa y, así, poder creer; es decir, prestar su asentimiento libre. Abrahán creyó en

Dios no cuando escuchó su llamado, sino cuando contempló la magnitud del prodigio que haría con él. Y esto es

así, porque la contemplación no supone ningún juicio ético ni práctico, es una operación fisiológica por la que se

integra una Perspectiva del Mundo. Esta perspectiva es, de hecho, la base sobre la que construimos el sentido.

Ver es, pues, algo más que enfocar nuestros ojos, por el ojo se hace la luz en el alma. Esta realidad fue explicitada

por Jesús (cfr. ). Si un catequista no puede ver los obstáculos que enfrentan sus catequizandos para creer o los

referentes visuales que requieren para asignar sentido a las proposiciones teológicas que enuncia, entonces no

podrá hacer de traductor entre Dios y ellos. De igual manera, a veces nos negamos a ver la necesidad ajena porque

nos incomoda la perspectiva. Así, recurrimos al prejuicio fácil y naturalmente, pues no hemos querido ver con

nuestros propios ojos la situación ajena, sino que nos contentamos con asumir que es obscena.

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Para ejemplificar el proceso de construcción de imágenes catequéticas, ahora expondré la reinterpretación de

dos de ellas. Es importante notar que una imagen no es coherente en sí misma, requiere cierta narrativa para ser

comprensible. El ejemplo obvio son los íconos religiosos, que encierran en sí mismo lecciones catequéticas

íntegras, accesibles sólo a través de la familiaridad con la historia detrás de los motivos visuales.

En la serie televisiva para niños mayores y adolescentes Miraculous: Tales of Ladybug & Cat Noir aparece

un villano que mantiene en suspensión a su esposa, la cual murió o enfermó gravemente. Su intención es descubrir

la manera de revertir aquel hecho y reanimar a la madre de su hijo, coprotagonista. La tensión dramática entre

padre e hijo sostiene buena parte del dinamismo narrativo. El personaje en suspensión es fundamental para el arco

narrativo, aún así, no hace nada propiamente durante toda la serie. Sólo es el vínculo entre el villano y uno de los

protagonistas (Cat Noir). Lo mismo pasa con María. Ahora, imaginemos a la Trinidad haciendo algo como el

dicho villano, pero sin motivos egoístas. Esta imagen nos permite explicar integralmente dos contenidos

doctrinales: la Dormición de María y su glorificación en el Cielo. Ciertamente el cuerpo de María nos espera en

el Cielo (como, de alguna manera, ‘espera’ el desenlace el personaje mantenido en suspensión); ciertamente probó

la muerte para poder acompañar como Madre a todos sus hijos, comenzando por Jesucristo (el estado de

suspensión tiene lógica narrativa, no da igual que haya ocurrido o no, es un hecho trascendente); ciertamente,

María espera la Resurrección de la carne, pues su cuerpo está ‘suspendido’ entre la Vida Eterna (localizada en su

propia carne [código genético], glorificada en Cristo) y el ‘lugar’ de los muertos, aunque glorificado (es decir a

resguardo de toda corrupción). El cuerpo de María pertenece al mundo de los ángeles, no al de los hombres,

mientras el mundo de los hombres no sea liberado de toda posible corrupción. María no desempeña un papel

activo como lo hace Su Hijo Resucitado, no es una diosa. La Tradición Apostólica no transmitió la Resurrección

de la Virgen, sólo su glorificación en el Cielo y dormición en la tierra. Dicho sea de paso, una mística narró

precisamente una visión de la entrada de María a la Comunión Trinitaria, Luisa Piccarreta. En el tiempo de Dios,

las cosas están presentes, pero aún no cumplidas o plenificadas.

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En la serie de anime (dibujos animados de estilo japones) My Hero Academia, la humanidad tuvo un cambio

cualitativo. 80% de la población mundial manifiesta algún tipo de habilidad sobrenatural, denominada ‘don’. Por

ello la profesión de superhéroe se ha convertido en una profesión como cualquier otra, en especial ante la presencia

de crimen y supervillanos, personas que deciden usar su don con fines egoístas. Sólo un 20% de las personas

permanece sin dones, pero la sociedad no eliminó a la minoría deshabilitada, sino que adecuó un estricto código

legal y ético para permitir la coexistencia de ambas poblaciones. Se podría decir que la distribución de dones

refleja la de riqueza y es como parodia, porque todo el sistema social de hecho se articula en torno a la protección

de la minoría ‘normal’, contra abusos de poder por parte de los héroes o crímenes, sean o no villanos. El

protagonista es un ser humano sin poderes sobrenaturales, un segregado, que recibe del héroe arquetípico de la

historia la misión de sucederlo. Obviamente, tal resolución es imposible, pues no tiene superpoderes. El

protagonista se llama Midorya y el héroe usa el seudónimo All-Might (Todo-Poder, no todopoderoso). El don del

héroe tiene un nombre particular, All-for-One, es decir que el poder mismo tiene un papel protagónico. Las

similitudes con Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo son más que obvias. Se podría decir que los directores

de la serie han recorrido el proceso contrario a la inculturación del Evangelio, si no fuera imposible demostrarlo.

Para mantener el planteamiento narrativo, All-Might ‘transfiere’ su don a Midorya (sin perderlo él mismo).

Cualquiera diría que ahora hay dos personas con exactamente el mismo don, pero esto contraviene el sistema de

premisas narrativas. 1) Los dones son particulares y únicos, pero se permiten similitudes para forzar ciertas

situaciones dramáticas y chuscas; 2) nadie nace con más de un solo don, pero hay dones que consisten

precisamente en replicar dones ajenos por un tiempo limitado; 3) All-for-One es el único don que de hecho se

transmite, de un portador al siguiente; pero la asunción plena del poder por parte del sucesor presupone la

desaparición del predecesor; 4) All-for-One tiene un némesis o poder opuesto, llamado One-for-All; de modo que

uno es intrínsecamente egoísta y el otro altruista (maniqueísmo que recuerda al Yin-Yan). Así que, narrativamente

el All-for-One es uno y el mismo en ambos personajes protagónicos, incluso sirve como vaso comunicante entre

los personajes que han detentado el don en el pasado. Por si fuera poco, la manifestación del don ‘destruye’ el
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cuerpo de Midorya al principio de la serie, la cual va progresando conforme el protagonista adquiere conciencia

y control del All-for-One. Esto mismo se podría decir que ocurría a los primeros mártires y santos (y sigue

ocurriendo a los santos más fervorosos). De modo que la imagen permite, además de explicar relaciones

trinitarias, la elaboración de especulaciones teológicas. Por ejemplo: La Santidad de Dios es demasiado para la

carne humana, por eso el proceso toma generaciones… todas las posibles generaciones, de hecho, pues la

humanidad nunca podrá agotar a Dios.

Semillas del Evangelio en todas las culturas y todas las circunstancias

La parábola del sembrado es explícita al identificar a Cristo con el sembrador, la semilla (la Palabra de Dios)

ha caído por todos lados de manera deliberada. Sería absurdo pensar que Jesús elaboró la parábola en torno a una

frivolidad como la de que su oficio era artesano (tekton) y, por tanto, su habilidad para sembrar deficiente. Hay

un mensaje teológico en el hecho de que la semilla cubra todos los tipos de terreno posibles. La semilla se

encuentra en todos y cada uno de los hombres y, por extensión lógica, en todas y cada una de las culturas. Esta es

quizás la lección central de esta propuesta, pues se relaciona directamente con el universalismo bíblico. De hecho,

sería su demostración lógica. La inculturación del evangelio se hace teóricamente posible si se asume el supuesto

implícito. Jesús, al ser arquetipo de la humanidad, está presente en cada persona y cada cultura. Los individuos y

los pueblos son, pues, realizaciones parciales de uno o varios aspectos de Cristo. Toda la creación ha sido creada

por La Palabra de Dios y, así, cada cosa dotada de existencia es como un reflejo de Su Gloria. Por tanto, es lógico

que la Creación entera aguarde expectante el advenimiento de los Hijos de Dios, cuando todos seamos realización

concreta de Jesucristo. Rechazar a cualquier ser humano equivale, en esta tesitura, a rechazar el germen de Cristo

que ‘duerme’ en cada persona o sarmiento, en cada terreno de la parábola del Sembrador, a la espera del agua

Bautismal, la predicación de la Palabra y el nacimiento según el Espíritu, en el vientre puro de una madre virgen

La Iglesia, imagen de María. Entonces seremos hijos con el Hijo por la acción del Espíritu Santo. Sólo así

obedeceremos (poner atención, ser atentos) al oráculo que nos ha llegado por Trito Isaías, con el cual cerramos

esta sección. El versículo es de especial interés pues contiene una instancia de contacto intercultural:
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“Éste es el ayuno que yo deseo: romper las cadenas injustas, soltar las coyundas del yugo, dejar libres a los
maltratados, y arrancar todo yugo; compartir tu pan con el hambriento, acoger en tu hogar a los sin techo; vestir
a los que veas desnudos y no abandonar a tus semejantes (Is 58, 6-7).”

Los manuscritos funerarios del Antiguo Egipto que se hayan reunidos bajo el nombre de Salida del alma a

la luz del día contienen una versión del juicio del alma. Cito de boca del maestro Enrique Dussel: “¿Qué hiciste

de bueno en la vida? Pregunta Osiris, el temible dios egipcio del más allá, al difunto. Este responde: di de comer

al hambriento, de beber al sediento y una barca al peregrino”. El v. 7 tiene una formulación parecida al Libro de

los Muertos egipcio, por tanto, hay una tradición que Tritoisaías ha recogido y discernido: el juicio final. No

obstante, en la formulación profética, el valor moral está directamente fundado en Dios, no en la acción en sí.

Mientras el egipcio hace la justicia para que se le reconozca su bondad y obtener así pasaje a la otra vida, el judío

reconoce que tal operación transaccional no tiene nada de divina ni de final. Practicar la justicia con miras a que

la divinidad reciproque, es propio de un dios de esclavos. Tal no puede ser el Dios de los hombres libres, libres

de todo afán de lucro, libres para hacer justicia por la justicia misma. El Faraón es esclavo de Yahvé, aún si no se

da cuenta. Precisamente porque ni se entera es que está por debajo de otras creaturas incluso, menos sofisticadas

pero más plenamente criaturas, más ellas mismas. El león no necesita que nadie le enseñe a ser león, en cambio

el ser humano no sabe ser él mismo sin una comunidad, sin interacción social. Lo propio del ser humano es

reconocerse creatura, ningún otro ente es capaz de este prodigio. El Faraón no hizo el territorio, ni la población

ni el oro que ostenta. Ni siquiera creó (inventó de la nada) la lengua que habla. Es una criatura y, para el caso, una

criatura inconsciente de su propia naturaleza, desconectado de la realidad más fundamental de todo su ser: no se

ha hecho a sí mismo. Pero sus actos son otra historia. Hay deliberación en el actuar, hay opciones, infinidad de

opciones, tantas como se busquen. La acción cultual es la más indeterminada de entre cualquier tipo de acción.

Ofrecer sacrificio por el pecado (hat-ta’t) y la reparación (‘asam) para expiar y propiciar, implica algo muy

diferente a la transacción. No hay mérito propio, ni cuenta pendiente, ni qué ganar. Hay sólo un acto deliberado,

una manifestación de autodeterminación absoluta, para rendir culto al principio de todas las cosas, el criterio

ordenador de la existencia, a la fuente de toda cualidad posible. El Ser necesario es Dios y sólo Él, los demás

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somos entes accidentales. Ayunar en la línea de Isaías ni siquiera es una acción propiamente, es una actitud. Una

actitud es pues el acto más libre del que sean capaces de los seres humanos, porque no tiene nada de particular.

Es un modo de ser, una forma de estar en la existencia, un tipo de posesión absoluta de uno mismo. La actitud no

puede ser determinada desde fuera del sujeto que la asume, sino que es en sí misma indeterminación, docilidad a

la realidad asumida. Entre más dócil, de mayor orden es la realidad que puede ser abarcada por la actitud, más

dimensiones de la existencia se subsumen a la toma de postura.

Bibliografía
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Böhme, W. (1887). Die Composition des Buches Jona. ZAW 7, págs. 224-284.

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NOTAS AL FINAL DEL DOCUMENTO

1
Razón como capacidad intelectiva y razón de ser como fundamento ontológico.

2
UPM Diplomado de catequética 2023, módulo 3. El ministerio laical del catequista en la vida y misión de la Iglesia.

3
Sobre el mito seudocientífico de la pirámide del aprendizaje, ver [Link]
edgar-dale-mito-o-realidad?c=cl.

4
Sobre el concepto de afinidad electiva véase el capítulo de Löwy (Redención y utopía, 2018)

5
Gritos de ayuda son las conductas de riesgo en que se enfrascan los jóvenes para autodestruirse, aun si son inaudibles.

6
La concepción propia, en el momento de la unión entre un óvulo y un esperma humanos, es imagen del origen del Universo y se
conecta–por esto mismo–con aquel momento atemporal. Sólo en el tiempo se puede distinguir entre dos momentos únicos. Esto no niega
la unicidad de cada momento, sólo apunta a cómo carecen de sentido conceptos como anterior y posterior, fuera de la línea del tiempo.
Conceptos, dicho sea de paso, que apuntan más a una concepción antropomórfica del tiempo que a su realidad física, como sabemos
desde Newton.

7
Mendiga el Sacramento quien no vive en estado de Gracia, quien obedece su capricho y no su conciencia.

8
Para un estudio detallado del fenómeno de sesgo de confirmación, y sus implicaciones en la vida pública contemporánea, se
recomienda el libro de Cass R. Sunstein (Going to Extremes: How Like Minds Unite and Divide, 2009).

9
Javier Limas, MEX-I-CAN, en [Link], 10 de marzo 2018.

10
En la Teología Sistemática, el axioma de identidad enuncia: “Dios es Dios y sólo el Señor es Dios”. No hay dos Dioses porque
si así fueran no serían Dios. Lógicamente es imposible que cualquier otra cosa que no sea Dios pueda ocupar el lugar de Dios.
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