UNIDAD TEMÁTICA II y IV
MOMENTO BÍBLICO – SISTEMÁTICO
«El sol es como un símbolo de Dios».
Porque el Señor Dios es sol ...
Brillará el Sol de justicia que trae la salvación en sus rayos»: Malaquías,
3,20
Afirma el Papa emérito BENEDICTO XVI:
Sólo Dios es absoluto, fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás
de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo,
admirables pero insuficientes para el corazón del hombre (...). Los hombres
no podemos vivir a oscuras, sin ver la luz del sol y, entonces, ¿cómo es
posible que se le niegue a Dios, sol de las inteligencias, fuerza de las
voluntades e imán de nuestros corazones, el derecho de proponer esa luz
que disipa toda tiniebla? (... ). Esto es lo que la Iglesia desea aportar: velar
por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos
ofrece en Jesucristo».
Año Académico 2023
CURSO DE ESCATOLOGÍA
La esperanza existe únicamente donde se da amor.
«La evangelización no puede por menos de incluir el anuncio profético de un más allá,
vocación profunda y definitiva del hombre, en continuidad y discontinuidad a la vez con la
situación presente: más allá del tiempo y de la historia, más allá de la realidad de este mundo,
cuya imagen pasa, y de las cosas de este mundo, cuya dimensión oculta se manifestará un día
más allá del hombre mismo, cuyo verdadero destino no se agota en su dimensión temporal
sino que nos será revelado en la vida futura». ·
«Nuestra gran esperanza como creyentes es la Vida eterna en la comunión con Cristo y de
toda la familia de Dios. Esta gran esperanza nos da la fuerza para afrontar y superar las
dificultades de la vida en este mundo (...) Dios no nos abandona nunca si nos entregamos a
Él y seguimos sus enseñanzas».
«Dios es el único juez y el único que conoce los corazones: de ahí que nos prohíba juzgar la
culpabilidad interna de nadie».
«El Señor me librará de todo mal y me preservará h a s t a que entre en su Reino celestial»
En la luz de la Trinidad cobra sentido también las 'últimas realidades', y es posible captar más
profundamente el itinerario del hombre y de la historia hacia la meta definitiva: el regreso del
mundo a Dios Padre, hacia el cual nos guía Cristo, Hijo de Dios y Señor de la Historia,
mediante el Don vivificante del Espíritu Santo».
«Dios, ¡Padre y guía de los hombres que creaste!
¡Arbitro de la vida y de la muerte!
Dígnate, Señor, velar por nuestra vida, mientras oramos en este mundo,
y cuando nos llegue el momento de dejarlo, haz que lleguemos a Ti
preparados (...).
No permitas, Señor, que, en la hora de nuestra muerte,
nos sintamos como arrancados de este mundo (…) sino que, por el
contrario,
alegres y bien dispuestos, lleguemos a la vida eterna y feliz
en Cristo Jesús Señor nuestro».
PROGRAMA
A) ESCATOLOGÍA UNIVERSAL
2. Lo escatológico-cristiano en Cristo.
2. l. La Parusía o 'la Venida Gloriosa' de Nuestro Señor Jesucristo.
2. 2. Reflexión teológica: «Yo vi un cielo nuevo y una tierra nueva».
3. El Misterio de la Parusía de Cristo como 'Juicio': «el que no
ame al Señor sea anatema».
4. Lo escatológico-cristiano en el hombre: el hombre en la Parusía
de Cristo es un Resucitado.
B) ESCATOLOGÍA-INDIVIDUAL
5. La bienaventuranza eterna del hombre como cumplimiento del
Proyecto Divino: «estar con el Señor para siempre».
6. El infierno o la posibilidad real de la condenación eterna: el
drama de la libertad fracasada.
7. Lo escatológico-cristiano y el morir del hombre.
7.1. La muerte, término del tiempo de prueba.
7.2. La muerte, comienzo de la retribución definitiva.
8. El purgatorio o la purificación ultraterrena como 'acontecimiento
de amor': «hacia la comunión plena y definitiva con Dios».
Reconoce Papa Francisco que: «Al mundo «no le gusta pensar» en las
últimas realidades, pero también estas forman parte de la existencia
humana».
A) Nota teológica previa.
Los siguientes contenidos a desarrollar en el curso no son simples
'bolillas' a estudiar en vista del examen, ya que «no aprendemos para la
escuela, sino para la vida», sino se trata de ocho Verdades de Fe, que la
Iglesia católica profesa con la misión de «llegar a los hombres donde se
hallan, con sus preocupaciones e interrogantes, para permitirles
descubrir los puntos de referencia morales y espirituales necesarios para
toda existencia conforme a nuestra vocación especifica, y encontrar en
la llamada de Cristo la esperanza que no defrauda jamás, consciente que
«es en particular la investigación teológica la que debe 'profundizar en el
conocimiento de la Verdad revelada» . Cuando la verdad dogmática se
'impone' a la comprensión de la inteligencia, «si el cristiano puede
comprender lo que la Iglesia cree, que dé gracias a Dios.
En efecto, como afirma Santo Tomás «la fe se refiere a aquellas
realidades que están por encima de la razón. Allí donde comienza el
artículo de la Fe, allí desfallece la razón», pero «la fe no destruye la
razón, sino que la trasciende y la lleva a perfección».
En el clima de esta «nueva etapa evangelizadora marcada por esa
alegría (de Jesucristo)», propia de una «una Iglesia en salida
misionera», recordamos que «quien actúa irracionalmente no puede
llegar a ser discípulo de Jesús. Fe y razón son necesarias y
complementarias en la búsqueda de la verdad. Dios creó al hombre
con una innata vocación a la verdad y para esto lo dotó de razón».
B) Nota bíblica previa.
Considerando los temas del tratado, que conciernen la fides quae o el
contenido de nuestra fe católica, por su 'origen' y 'desarrollo' en la
Palabra de Dios, conviene tener presente que los protestantes o
reformadores consideran como inspirados sólo los llamados libros
protocanónicos, mientras que los católicos y los, ortodoxos consideran
como inspirados también los deuterocanónicos. Dicha diversidad con
referencia a la Biblia i m p l i c a también una divergencia confesional
sobre las cuestiones escatológicas, porque la mayor parte de las
afirmaciones escatológicas se encuentra en los escritos
deuterocanónicos. Por tanto, debemos mantener bien claro, también a
los 500 años de la reforma d e la Iglesia, profesa la «Mutua relación entre
Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura» conforme a lo declarado por
la Deí Verbum 9: «Así, pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura
están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de
la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo
fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se
consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada
Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la
palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo
para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la
expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la
Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca
de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar
ambas con un mismo espíritu de piedad».
Se trata de una visión dinámica de Tradición, que el Catecismo destaca:
«aunque la Revelación esté acabada, no está completamente
explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente
todo su contenido en el transcurso de los siglos».
En esta perspectiva se habla de «El crecimiento en la inteligencia de la fe.
Gracias a la asistencia del Espíritu Santo, la inteligencia tanto de las
realidades como de las palabras del depósito de la fe puede crecer en la
vida de la Iglesia (...)
.
Cuando los fieles «comprenden internamente los misterios que viven»
«la comprensión de las palabras divinas crece con su reiterada lectura».
«La santa Tradición, la sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia,
según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo que
ninguno puede subsistir sin los otros».
«... abrir el corazón y la mente de
muchos al deseo de Dios
y de la vida verdadera,
ésa que no tiene fin».
Meditaba el Papa Emérito BENEDICTO XVI:
«Dios Padre ha exaltado a Cristo a su derecha como jefe y Salvador» es
aquel que muestra el camino, que precede. Es importante que se nos diga a
dónde llega Cristo y a dónde tenemos que llegar también nosotros (...).
-
Seguir a Cristo
- no es sólo imitar sus virtudes,
- no es sólo vivir en este mundo de modo semejante a Cristo, en la medida
de lo posible, según su palabra, sino que
- es un camino que tiene una meta: la derecha del Padre. Este
seguimiento de Jesús acaba a la derecha del Padre. En el horizonte de
este seguimiento está todo el camino de Jesús (...). En este sentido, la
meta de este camino es la vida eterna a la derecha del Padre en
comunión con Cristo.
Nosotros hoy con frecuencia tenemos un poco de miedo a hablar de la
vida eterna. Hablamos de las cosas que son útiles para el mundo,
mostramos que el cristianismo ayuda también a mejorar el mundo, pero no
nos atrevemos a decir que su meta es la vida eterna y que de esa meta
vienen luego los criterios de la vida.
- Debemos entender de nuevo que el cristianismo sería un «fragmento» si no
pensamos en esta meta, que queremos seguir al Archegós a la altura de Dios, a
la gloria del Hijo que nos hace hijos en el Hijo y
- debemos reconocer de nuevo que sólo en la gran perspectiva de la vida
eterna el cristianismo revela todo su sentido.
- Debemos tener la valentía, la alegría, la gran esperanza de que la vida
eterna existe, es la verdadera vida, y de esta verdadera vida viene la luz que
ilumina también a este mundo. (...)
La voluntad de vivir según la verdad y según el amor también debe abrir
1
- a toda la amplitud del proyecto de Dios para nosotros,
- a la valentía de tener ya la alegría en la espera de la vida eterna.
- Salvador: Soler es el Salvador, que nos salva de la ignorancia(...) nos salva de
la soledad, nos salva de un vacío que permanece en la vida sin la eternidad, nos
salva dándonos el amor en su plenitud. Él es el guía. Cristo, el archegós,
nos salva dándonos la luz, dándonos la verdad, dándonos el amor de Dios».
El mismo Papa Emérito Benedicto XVI ante «un analfabetismo religioso que
se difunde en medio de nuestra sociedad tan inteligente» - denunciaba que -
«Los elementos fundamentales de la fe cada vez menos conocidos». E
insistía: «Pero para poder vivir y amar nuestra fe, para poder amar a Dios y
llegar por tanto a ser capaces de escucharlo del modo justo, debemos saber
qué es lo que Dios nos h a dicho; nuestra razón y nuestro corazón han de
ser interpelados por su palabra». Para eso, se trata de «avanzar en el camino
de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como
están, comprometidos todos con «La Nueva Evangelización (que)
inició precisamente con el Concilio, que el beato JUAN XXIII
veía como un nuevo Pentecostés que haría florecer a la Iglesia
en su riqueza interior y extenderse maternalmente hacia todos
los campos de la actividad humana».
Es así que «se necesitan sacerdotes y religiosos preparados, formados,
apasionados por el Evangelio. Se ha puesto un don en nuestras manos y, de
nuestra parte, sería presuntuoso pensar que podemos vivir la misión a la
que Dios nos ha llamado (...) sin formarnos deforma adecuada, tanto en la
vida espiritual como en la preparación teológica (...).
Estamos obligados a entrar en el corazón del misterio cristiano, a
profundizar la doctrina, a estudiar y meditar la Palabra de Dios; y al
mismo tiempo a permanecer abiertos a las inquietudes de nuestro tiempo, a
las preguntas cada vez más complejas de nuestra época, para poder
comprender la vida y las exigencias de las personas; para entender de
qué manera tomarlas de la mano y acompañarlas».
DESARROLLO DEL CURSO O INTERVENCIONES
MAGISTERIALES- QUE MERECE «OBEDIENCIA
R E L I G I O S A D E V O L U N T A D Y DE
INTELIGENCIA»
Con todo realismo, reconocía el mismo Papa FRANCISCO «no ignoro
l .
que hoy los documentos no despiertan el mismo interés que en otras
épocas, y son rápidamente olvidados». En efecto, « Hoy olvidamos
todo con demasiada rapidez, incluso e l Magisterio de la Iglesia. En
parte es inevitable, pero los grandes contenidos, las grandes
intuiciones y lo legados dejados al Pueblo de Dios no podemos
olvidarlos», si bien, somos consciente que «De cualquier modo,
nunca podremos convertir las enseñanzas de la 1glesia en algo
fácilmente comprendido y felizmente valorado por todos».
Para revertir dicha situación eclesial también «El recuerdo de la
apertura del Concilio Vaticano 11 hace 50 años, debe ser para
nosotros una ocasión para anunciar el mensaje de la fe con un
nuevo celo y con una nueva alegría. Naturalmente, este mensaje
lo encontramos primaria y fundamentalmente en la Sagrada Escritura,
que nunca leeremos meditaremos suficientemente. Pero todos tenemos
experiencia de que necesitamos ayuda para transmitirla rectamente
en el presente, de manera que mueva verdaderamente nuestro corazón.
Esta ayuda la encontramos en primer lugar en la palabra de la Iglesia
docente: los textos del Concilio Vaticano II y el Catecismo- de la
Iglesia Católica son los instrumentos esenciales que nos indican de
modo auténtico lo que la Iglesia cree a partir de la Palabra de Dios. Y,
naturalmente, también forma parte de ellos todo el tesoro de
documentos que el Papa Juan Pablo II nos ha dejado y que todavía
están lejos de ser aprovechados plenamente.
Todo anuncio nuestro debe confrontarse con la palabra de Jesucristo:
«Mi doctrina no es mía». No anunciamos teorías y opiniones privadas,
sino la fe de la Iglesia, de la cual somos servidores. Pero esto,
naturalmente, en modo alguno significa que yo no sostenga esta
doctrina con todo mi ser y no esté firmemente anclado en ella».
0.1 SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA
FE
Recentiores Episcoporum Synodi. Carta sobre algunas cuestiones referentes
a la escatología a todos los Obispos miembros de la Conferencias
Episcopales.
Los recientes Sínodos de los Obispos, dedicados respectivamente a la
evangelización y a la catequesis, han conseguido crear una conciencia más
viva de la necesidad de una perfecta fidelidad a las verdades
fundamentales de la fe, de manera especial hoy, cuando los profundos
cambios de la comunidad humana y el deseo de insertar la fe en los diversos
ambientes culturales de los pueblos imponen un esfuerzo mayor que antaño,
para hacer la fe accesible y comunicable. Esta última exigencia, tan urgente
actualmente, requiere la máxima atención para asegurar la autenticidad y la
integridad de la fe. Por lo tanto, los responsables deben mostrarse
extremadamente atento a todo lo que pueda ocasionar en la conciencia común
de los fieles una lenta degradación y una pérdida progresiva de cualquier
elemento del símbolo bautismal, indispensable para la coherencia de la fe y
unido inseparablemente a unas costumbres importantes en la vida de la
Iglesia.
Precisamente sobre uno de estos puntos ha parecido oportuno y urgente
llamar la atención de aquellos a quienes Dios ha confiado el cuidado de
promover y defender la fe, a fin de que prevengan los peligros que
podrían comprometer esta misma fe en la vida de los fieles.
Se trata del artículo del Credo concerniente a la vida eterna y, por
consiguiente, en general, al más allá. Al proponer esta doctrina no
pueden permitirse concesiones; ni tampoco adoptar en la práctica un
criterio imperfecto o incierto, sin poner en peligro la fe y la salvación
de los fieles.
A nadie se le oculta la importancia de este último artículo del Símbolo
bautismal: expresa el término y el fin del designio de Dios, cuyo
camino se describe en el Símbolo. Si no existe la resurrección, todo
edificio de la fe se derrumba, como afirma vigorosamente San Pablo.
Si el cristiano no está seguro del contenido de las palabras «vida
eterna», las promesas del Evangelio, el sentido de la creación y de la
redención desaparecen, e incluso la misma vida terrena queda
desposeída de toda esperanza. -
Ahora bien:
¿Cómo ignorar, en este punto, la angustia y la inquietud de tantos?
¿Cómo no ver que la duda se insinúa con sutileza en lo más
profundo de los espíritus? Aunque felizmente, en la mayoría de los
casos, el cristiano no ha llegado todavía a la duda positiva, a menudo
deja de pensar en lo que sigue a la muerte, ya que comienza a sentir que
surgen en su interior interrogantes a las que teme responder:
¿Existe algo después de la muerte?
¿Permanece algo de nosotros mismos después de la muerte?
¿Nos espera tal vez la nada?
Hay que ver en ello, en parte, la repercusión que involuntariamente
tienen en los ánimos las controversias teológicas largamente
difundidas en la opinión pública y de las que la mayor parte de
los fieles no está en condición de discernir ni el objeto ni el alcance.
Se oye discutir sobre la existencia del alma, sobre el significado
de la supervivencia; asimismo, se pregunta qué relación hay entre
la muerte del cristiano y la resurrección universal. Todo ello
desorienta al pueblo cristiano, al no reconocer ya su vocabulario y
sus nociones familiares.
No se trata ciertamente de limitar, ni menos aún de coartar la
investigación teológica de la que tiene necesidad la fe de la Iglesia, y
de la que ésta se beneficia. Sin embargo, esto no exime de la
obligación de salvaguardar a tiempo (' tempestivo tempore') la fe del
cristiano sobre los puntos puestos en duda. De este doble y difícil deber
queremos recordar sumariamente la naturaleza y los diversos
aspectos en la delicada situación actual.
Ante todo, es necesario que, todos los que enseñan, sepan discernir
bien lo que la Iglesia considera esencial en materia de fe; la misma
investigación teológica no puede tener otras finalidades que la de
profundizarlo y explicarlo.
Esta Congregación, que tiene la responsabilidad de promover y de
salvaguardar la doctrina de la fe, se propone recoger aquí lo que, en
nombre de Cristo, enseña la Iglesia, especialmente sobre lo que
acaece entre la muerte del cristiano y la resurrección universal.
1) La Iglesia cree en la resurrección de los muertos.
2) La Iglesia entiende que la resurrección se refiere a todo el hombre;
para los elegidos no es sino la extensión de la misma Resurrección de
Cristo a los hombres.
La Iglesia afirma la supervivencia y la subsistencia, después de la
muerte, de un elemento espiritual que está dotado de conciencia y de
voluntad, de manera que subsiste el mismo «yo» humano (aunque
mientras tanto le falte el complemento de su cuerpo). Para designar
este elemento, la Iglesia emplea la palabra «alma», consagrada por el
uso de la Sagrada Escritura y de la Tradición. Aunque ella no ignora
que este término tiene en la Biblia diversas acepciones, opina, sin
embargo, que no hay razón alguna válida para rechazarlo, y
considera al mismo tiempo que un término verbal
El Credo: se trata de una profesión de fe, donde, al final, el cristiano confiesa su fe en
la resurrección de los muertos. (El Papa habla de 'la resurrección futura de los
cuerpos' y de 'el estado de los cuerpos de los hombres resucitados'. Recordamos que
lo específico de la fe católica - aquí entendida, no tanto en el sentido de la 'fides qua'
(o el hecho subjetivo con que se profesa la fe: = «yo creo»), sino de la 'fides quae' (o
el contenido objetivo del acto de fe) que es 'dada'; no es fruto de la propia búsqueda
espiritual, del propio esfuerzo intelectual, sino que es fruto de una 'aceptación', de una
'acogida'. El católico es quien la recibe, con espíritu de humilde adhesión, es más
«ciertamente no somos nosotros quienes poseemos la verdad, es ella la que nos posee
a nosotros: Cristo, que es la Verdad, nos ha tomado de la mano, y sabemos que nos
tiene firmemente de su mano en el camino de nuestra búsqueda apasionada de
conocimiento (...) Él no nos abandona, a no ser que nosotros mismos nos separemos
de Él. Unidos a Él, estamos en la luz de la verdad».
BENEDICTO XVI, Discurso a la Curia Romana, del 21 de diciembre de 2012. El
Símbolo de Constantinopla iniciando con el plural 'Creemos', destaca que es 'dentro'
de la comunidad cristiana q u e cada cristiano profesa su fe personal. Dicha
profesión de fe en la Resurrección es expresada al final. Toda la estructura del Credo
aparece bastante elaborada y se nota el esfuerzo de expresar el misterio trinitario del
Dios de nuestra fe, como Principio y Fin de todas las cosas, en formulas precisas - se
podría decir 'técnicas' - que no den lugar a error o a diversidad de interpretaciones.
Si se compara la actual profesión de fe de la Iglesia con las contenidas en el Nuevo
Testamento, se puede notar que, mientras estas son bastante más breves y sencillas, el
Credo actualmente rezado es más largo y complejo. Podemos preguntarnos cómo y por
qué de una profesión de fe tan sencilla se haya llegado a un Credo tan complejo, y
cómo se puede hablar de 'continuidad' entre la fe del NT y la fe de la Iglesia de hoy.
En efecto, La Iglesia afirma que la fe que profesa es la fe del NT, y que el
'desarrollo', que se nota entre la fe de los primeros cristianos y la fe de los cristianos
de hoy es 'homogéneo': es decir, es el que se nota entre la semilla y el árbol o entre
el niño y el adulto. En otras palabras, la fe cristiana ha 'crecido', pero no ha
'cambiado'. Sabemos que el cristiano, rezando el Símbolo de la fe que tiene, como
todos los Símbolos, testimonios autorizados de la fe cristiana, una intrínseca estructura
trinitaria, toma conciencia de su propia identidad, ya que el cristiano se define por su
fe. En efecto el Símbolo, en cuanto condensa en breves frases lo esencial de la
Tradición Apostólica, es (una expresión privilegiada de la 'regla de la fe o de la 'regla
de verdad'. (...) La totalidad de la fe se encuentra allí reunida en una unidad simple
(...) Por otra parte, el Símbolo se presenta como un punto de partida, como la 'célula
madre' de la tradición eclesial (...). El Símbolo será el punto de partida del
discurso dogmático, ya que las primeras definiciones tomarán la forma de añadidos
al Símbolo. Servirá además de referencia fundamental para el comentario y la
interpretación de las Escrituras, así como para la elaboración de las teologías. Por
consiguiente, está en el corazón de la tradición viva de la fe».
4) La Iglesia excluye toda forma de pensamiento o de expresión que
haga absurda e ininteligible su oración, sus ritos fúnebres, su culto a los
muertos; realidades que constituyen substancialmente verdaderos lugares
teológicos.
5) La Iglesia, en conformidad con la Sagrada Escritura, espera «la
gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor», considerada, por lo
demás, como distinta aplazada con respecto a la condición de los hombres
inmediatamente después de la muerte.
6) La Iglesia, en su enseñanza sobre la condición del hombre después de
la muerte, excluye toda explicación que quite sentido a la Asunción de la
Virgen María en lo que tiene de único, o sea, el hecho de que la
g l o r i f i c a c i ó n corpórea de la Virgen es la anticipación de la
glorificación reservada a todos los elegidos. ·
7) La Iglesia, en una línea de fidelidad al Nuevo Testamento y a la
Tradición, cree en la felicidad de los justos que estarán un día con Cristo.
Ella cree en el castigo eterno que espera al pecador, que será privado de la
visión de Dios, y en la repercusión de esta pena en todo su ser. Cree, por
último, para los elegidos en una eventual purificación, previa a la visión
divina; del todo diversa, sin embargo, del castigo de los condenados. Esto
es lo que entiende la Iglesia, cuando habla del infierno y del purgatorio.
En lo que concierne a la condición del hombre después de la muerte,
hay que temer de modo particular el peligro de representaciones
imaginativas y arbitrarias, pues sus excesos forman parte importante de
las dificultades que menudo encuentra-la fe cristiana. Sin embargo, las
imágenes usadas por la Sagrada Escritura merecen respeto. Es
necesario comprender el significado profundo de las mismas, evitando el
peligro de atenuarlas demasiado, ya que ello equivale muchas veces a
vaciar de su contenido las realidades que aquéllas representan. Ni la
Sagrada Escritura ni los teólogos nos dan la luz suficiente para una
adecuada descripción de la vida futura después de la muerte.
El cristiano debe mantener firmemente estos dos puntos esenciales:
* debe creer, por una parte, en la continuidad fundamental existente, en
virtud del Espíritu Santo, entre la vida presente en Cristo y la vida futura
- en efecto la caridad es la ley del Reino de Dios y por nuestra misma
caridad en la tierra se medirá nuestra participación en la gloria divina en el
cielo;
* pero, por otra parte, el cristiano debe ser consciente de la ruptura
radical que hay entre la vida presente y la futura, ya que la economía de
la fe es sustituida por la de la plena luz: nosotros estaremos con Cristo y
«veremos a Dios»; promesa y misterio admirables en los que consiste
esencialmente nuestra esperanza. Si la imaginación no puede llegar allí,
el corazón llega instintiva y profundamente.
Después de haber recordado estos puntos doctrinales, séanos permitido
ilustrar los aspectos principales de la responsabilidad pastoral, tal como
lo exigen las circunstancias actuales y a la luz de la prudencia cristiana.
Las dificultades inherentes a estos problemas crean graves deberes a los
teólogos, cuya misión es indispensable. Tienen ellos también derecho a
nuestro estímulo y al justo espacio de la libertad que exigen
legítimamente sus métodos.
Por nuestra parte, es necesario recordar incesantemente a los
cristianos la doctrina de la Iglesia que constituye la base, tanto de la
vida cristiana como de la investigación de los expertos. Es necesario
además hacer partícipes a los teólogos de nuestras inquietudes
pastorales con el fin de que sus estudios e investigaciones no
sean difundido temerariamente entre los fieles, cuya fe está en peligro
hoy más que nunca.
El último Sínodo ha manifestado la preocupación que el Episcopado
presta al contenido esencial de la catequesis, en función del bien de los
fieles.
Es necesario que todos los que están encargados de transmitirla posean
una idea más clara de la misma. Debemos también darles los medios
para ser a la vez seguros en lo esencial de la doctrina y estar atentos a
no dejar que representaciones infantiles o arbitrarias se confundan con la
verdad de la fe.
Una vigilancia constante y valiente debe ejercerse a través de una
comisión doctrinal diocesana o nacional, acerca de la producción literaria,
no sólo para prevenir a los fieles a tiempo de las obras doctrinales poco
seguras, sino sobre todo para darles a conocer las que son capaces de
alimentar y sostener su fe.
Es ésta una obligación grave e importante que se hace urgente por
la amplia difusión de la prensa y por una descentralización de las
responsabilidades que las circunstancias hacen necesaria y que ha sido
querida por los padres del Concilio Ecuménico.
'
El Sumo Pontífice Juan Pablo II, durante la audiencia concedida al
infrascrito Prefecto, ha aprobado esta Carta, cuya preparación fue
decidida en la asamblea ordinaria de esta Sagrada Congregación, y ha
ordenado que sea publicada.
Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el
17 de mayo de 1979.
El género literario del Documento 'Recentiones'.
Se trata de propiamente de una Epístola, es decir, una Carta, que no enseña
doctrinas nuevas, sino que reafirma y resume la doctrina de la fe
católica definida o enseñada en Documentos anteriores del Magisterio
de la Iglesia, recordando los 'puntos doctrinales del «artículo del Credo
concerniente a la vida eterna y, por consiguiente, en general, al más
allá» indicando su correcta interpretación, frente a errores y ambigüedades
doctrinales difundidos en el ambiente teológico y eclesial contemporáneo.
También se propone «ilustrar los aspectos· principales de la.
responsabilidad pastoral, tal como lo exigen las circunstancias actuales
y a la luz de la prudencia cristiana».
Sabemos que los Documentos de la Congregación para la Doctrina de la
Fe, expresamente aprobados por el Papa, participan del Magisterio
ordinario del Sumo Pontífice. En el caso específico de la Carta en
examen, debemos recordar que «al tener como objeto la reafirmación de
algunas verdades de la fe católica, es de naturaleza magisterial, y no
simplemente disciplinar (...) El Documento considera como dogmática y
no sujeta a revisión la sustancia de la enseñanza contenida en los siete
puntos y que forman parte de la fe de la Iglesia».
,
- El grado de autoridad o el llamado 'Valor Dogmaticus', que
involucra el ejercicio del Magisterio. - -·
No podemos olvidar que
«en cuanto al significado mismo de las fórmulas dogmáticas, éste es
siempre verdadero y coherente en la Iglesia, incluso cuando es
principalmente aclarado y comprendido mejor. Por tanto, «los fieles
deben evitar la opinión que considera que las fórmulas dogmáticas (o
cualquier tipo de ellas) no pueden manifestar la verdad de manera
determinada, sino sólo sus aproximaciones cambiantes que son, en
cierto modo, deformaciones y alteraciones de la misma».
«nadie, pues, puede hacer de la teología una especie de colección de
los propios conceptos personales; sino que cada uno debe ser
consciente de permanecer en estrecha unión con esta misión de
enseñar la verdad, de la que es responsable la Iglesia».
«la fe precede a la teología; esta última es. la búsqueda de la
inteligencia en una Palabra que nosotros no hemos pensado, que reta
nuestro pensamiento, pero que no se reduce nunca a él solo. Esta
Palabra que precede a la búsqueda teológica es la medida de la
teología y necesita de su órgano específico, el Magisterio, que Cristo
confió a los apóstoles y, a través de ellos, a sus sucesores».
«Sí, es verdad que, para ser científica, la teología debe argumentar
de modo racional, pero también debe ser fiel a la naturaleza de la fe
eclesial: centrada en Dios, arraigada en la oración, en una comunión
con los demás discípulos del Señor garantizada por la comunión con
el Sucesor de Pedro y todo el Colegio episcopal».
En esta perspectiva sólo quien permanece fiel a la verdad la interpreta
correctamente: una interpretación que no es fiel no es exposición, sino
falsificación. De ahí que la insistencia en la fidelidad resulta ser la más
decisiva aspiración a la correcta interpretación.
Podemos orientarnos, para el reconocimiento del 'Valor dogmaticus' de
muchos pronunciamientos contemporáneos del Magisterio con relación a
verdades escatológicas, destacando la opción preferencial del Magisterio
Pontificio actual de intervenir mediante la audiencia general o las homilías
litúrgicas. Esta modalidad de ejercicio del 'munus docendi', dice con
claridad la finalidad pastoral de quien, lejos de definir doctrinas
irrevocables, entiende contribuir con claridad a la búsqueda de la
verdad. En este sentido, comprendemos, por ejemplo, el pronunciamiento
del Santo Papa JUAN PABLO II acerca de la llamada 'escatología
intermedia', manifestando su persuasión (hasta entonces la
considerábamos una postura teológica) de que la doble fase escatológica es
un dato objetivamente irrenunciable para la teología católica, dentro del
contexto de la audiencia general de los miércoles, intencionalmente
enmarcada en una finalidad pastoral y catequética: «no debemos pensar
que la vida más allá de la muerte comienza sólo con la resurrección final,
pues ésta se halla precedida por la condición especial en que se
encuentra, desde el momento de la muerte física, cada ser humano. Se
trata de una fase intermedia, en la que a la descomposición del cuerpo
corresponde 'la supervivencia y la subsistencia, después de la muerte, de
un elemento espiritual, que está dotado de conciencia y de voluntad, de
manera que subsiste el mismo 'yo' humano, aunque mientras tanto le falte
el complemento de su cuerpo'».
Se trata del llamado Magisterio Pontificio 'pastoral', que, teniendo que
mantener la continuidad doctrinal con el pasado, no renuncia, como en
este caso, a mantener también la continuidad lingüística terminológica,
como en el caso del Catecismo de la Iglesia Católica. En cuanto
Magisterio 'pastoral', se ocupa más por exponer la actitud de la Iglesia
acerca de las distintas cuestiones que ocupan el centro del debate público
contemporáneo, que de exponer inmediatamente la doctrina de la Iglesia.
Las nuevas intervenciones (modalidad y contenido) del Magisterio
reflejan las características más generales de la presente época del
catolicismo: cuya actitud programáticamente se expresa en
aggiornamento y 'diálogo'. Pero dicha actitud de aggiornamento exige que
se proceda a un renovado tratamiento de paradigmas · teóricos que están
profundamente radicados en la tradición doctrinal del catolicismo;
justamente porque tales, aquellos paradigmas teóricos difusamente
impregnan todas las formas de la comunicacíón-pástoral.
Se reconoce que «la investigación teológica se ha volcado en el
programa de aggiornamento de manera bastante apresurada y también
confusa. El efecto sintético de todo esto ha sido el de una llamativa
perdida de univocidad de la teología. Correlativamente, el Magisterio
con frecuencia creciente ha renunciado a la posibilidad de
encomendarse a la teología para instrumentar las distintas y urgentes
cuestiones de la reforma pastoral y del mismo aggiornamento doctrinal
Se reconoce también que una posible razón de las posturas teológicas a
veces tan distintas y distantes de la fe de la Iglesia, se puede avizorar en
eventuales comprensiones problemáticas del Magisterio de la Iglesia,
precisamente en orden al reconocimiento del «valor dogmaticus» que
corresponda a sus distintos pronunciamientos en todas sus facetas o
expresiones, sobre todo contemporáneas.
Acerca de esto nos parece pertinente remitirnos a unas precisiones
acerca de las relaciones «contemporáneas» entre el Magisterio y los
teólogos: «... conviene no olvidar que, aunque la autoridad de las
enseñanzas del Magisterio admite grados diversos entre sí, eso no
implica que la autoridad de un grado menor se pueda considerar como
una opinión teológica, o que: fuera del ámbito de la infalibilidad, sólo
cuenten las argumentaciones y resulte imposible una certeza común de la
Iglesia en materia de doctrina»
En efecto, la función del Magisterio no es algo extrínseco a la verdad
cristiana y a la fe, sino un elemento constitutivo de la misma misión
profética de la Iglesia.
En el caso específico del Magisterio Pontificio se recuerda que: «Los
mismos textos conciliares nos muestran también cuán grave es la
responsabilidad del Romano Pontífice en el ejercicio de su magisterio,
tanto extraordinario como ordinario. Por eso, siente la necesidad, más
aún, podríamos decir el deber, de investigar el «sensus Ecclesiae» antes
de definir una verdad de fe, plenamente consciente de que su definición
'expone o defiende la doctrina de la fe católica'».
En conclusión, la Carta 'Recentiores' se propone como un documento
ciertamente no infalible, pero de cualquiera manera vinculante, que quiere
señalar autorizadamente los caminos hoy más seguros y la peligrosidad de
caminos alternativos. Se trata sobre todo de un llamado a las cuestiones de
la escatología intermedia, precisamente «recoge aquí lo que, en nombre de
Cristo, enseña la Iglesia, especialmente lo que acaece entre la muerte del
cristiano y la resurrección universal ('quae ínter christiani hominis
mortem et resurrectionem universalem intercedunt')».
Se entiende que «el modelo antropológico 'alma-cuerpo', asumido en la
reflexión escatológica (...) cumplía la función de salvaguardar la visión
soteriológica que quería afirmar la continuidad entre la condición
histórica y ultra-histórica del hombre».
En todo caso la denominación 'yo humano' se pone como hermenéutica
de 'alma'. Sabemos que: «el concepto de alma tal como lo hemos utilizado
en la liturgia y la teología hasta el Vaticano I I tiene tan poco que ver
con la Antigüedad como la idea de resurrección. Se trata de un
concepto estrictamente cristiano, y sólo ha podido formularse de ese
modo sobre el terreno de la fe cristiana, cuya visión de Dios, del mundo
y del hombre es expresada por dicho concepto en el ámbito de la
antropología».
El Papa Emerito BENEDICTO XVI, reconocía que:
«En algunos ambientes la palabra alma es considerada incluso un
término prohibido, porque - se dice - expresaría un dualismo entre
cuerpo y alma, dividendo falsamente al hombre. Evidentemente, el
1
hombre es una unidad, destinada a la eternidad en cuerpo y alma. Pero
esto no pude significar que ya no tengamos alma, un principio constitutivo
que garantiza la unidad del hombre en su vida y más allá de su muerte
terrena».
También reconocía: «Sin duda, un teólogo que defienda hoy en día en el
sentido de la tradición cristiana la existencia de la inmortalidad del alma
se encontrará con oposición desde muchos flancos», pero aseguraba:
«(ese teólogo) aboga por un pensamiento más preciso y univesal y puede
estar seguro de que no está solo en ello».
La carta 'Recentiores' pero no usa el término 'cree' sino 'afirma',
como para ubicarse a un nivel distinto, se trata de una explicación de
la fe en la continuidad de la existencia humana personal. En efecto, es
esta continuidad que los fieles tienen que creer y la misma es garantizada
por el Espíritu Santo ya que el destino del hombre es la conformación
a Cristo resucitado. Se reconoce que «la afirmación, de carácter
antropológico, de la inmortalidad del alma es asumida en escatología
para mantener la identidad de la persona individual en su paso de la
condición terrena a la definitiva en la resurrección».
En esta dirección va la Comisión Teológica Internacional que afirma en su
documento «se puede y se debe decir que en e l alma separada subsiste
'el mismo 'yo' humano', en cuanto que al ser el elemento consciente y
subsistente del hombre, podemos sostener, gracias a ella una verdadera
continuidad entre el hombre que vivió en la tierra y el hombre
que resucitará». .
«Lo que ni ojo vio, ni oído oyó, ni al corazón
del hombre llegó, eso es lo que Dios tiene
preparado para quienes le aman».
«... mi único mérito es la misericordia del Señor ...».
INTRODUCCIÓN A LA ESCATOLOGÍA EN EL CATECISMO
DE LA IGLESIA CATÓLICA
l. UN LLAMADO APREMIANTE del Papa emérito Benedicto XVI
en orden a la Verdad escatológica:
«Nosotros hoy con frecuencia tenemos un poco de miedo a
hablar de la vida eterna. Hablamos de las cosas que son útiles
para el mundo, mostramos que el cristianismo ayuda también a
mejorar el mundo, pero no nos atrevemos a decir que su meta
es la vida eterna y que de esa meta vienen luego los criterios
de la vida, debemos reconocer de nuevo que sólo en la gran
perspectiva de la vida eterna el cristianismo revela todo su
sentido».
Debemos tener la valentía, la alegría, la gran esperanza de que
la vida eterna existe, es la verdadera vida, y de esta verdadera
vida viene la luz que ilumina también a este mundo. (...) La
voluntad de vivir según la verdad y según el amor también debe
abrir a toda la amplitud del proyecto de Dios para nosotros, a
la valentía de tener ya la alegría en la espera de la vida
eterna».
Es más, hoy se tiende no sólo a callar la fe en la Vida eterna, sino que
peligra la fe misma, según reconocía Papa Benedicto XVI en distintas
oportunidades: «En nuestro tiempo, cuando en vastas regiones de la
tierra la fe corre el riesgo de apagarse como una llama que se extingue,
la prioridad más importante de todas es hacer presente a Dios en este
mundo y facilitar a los hombres el acceso a Dios».
En esta perspectiva, el Papa emérito Benedicto XVI, con la
lucidez característica de todo su pontificado proclama con total
claridad la celebración de un Año de la fe con el «Deseo que
el Año de la fe contribuya (...) a abrir a los hombres el
acceso a la fe». Afirmaba en la Carta Apostólica Porta Fidei
de 2011:
«Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a
confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y
esperanza. Será también una ocasión propicia
- para (...) Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada,
vivida y rezada (...)
- para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe
sino, Juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de
entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una
unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los
que prestamos nuestro asentimiento (...).
Reafirmando que: «el conocimiento-de los contenidos de la fe es
esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse
plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia.
(...)· y sin «olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural,
aun no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el
sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo (... ),
manifestaba que:
«Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe,
todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un
subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes
del Concilio Vaticano II: (...) regla segura para la enseñanza de la fe y
como instrumento válido y legitimo al servicio de la comunión eclesial».
«El A ñ o de la fe deberá expresar un compromiso unánime para
redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados
sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En
efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia
ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la
Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología
a los Santos de todos los siglos (...) el Catecismo ofrece una memoria
permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre
la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su
vida de fe.
En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el
desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana.
A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una
teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. (....) la
enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido
cuando se pone en relación con la fe; la liturgia y la oración».
Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un
verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se
preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro
contexto cultural».
Lo reafirma Papa Francisco declarando que:
«La Iglesia nunca presupone la fe como algo descontado, sino que sabe
que este don de Dios tiene que ser alimentado y robustecido para que
siga guiando su camino». Con este fin propone «los cuatro elementos
que contienen el tesoro de memoria que la Iglesia transmite: la
confesión de fe, la celebración de los sacramentos, el camino del decálogo,
la oración.
La catequesis de la Iglesia se ha organizado en torno a ellos, incluido
el Catecismo de la Iglesia Católica, instrumento fundamental para
aquel acto unitario con el que la Iglesia comunica el contenido
completo de la fe, 'todo lo que ella es, todo lo que cree'».
'
1.1. Las dos dimensiones de la FE.
El Papa BENEDICTO XVI en la Porta Fidei remite implícitamente a San
Agustín quien ha operado, a propósito de la fe, una distinción que
permanece clásica: la distinción entre las verdades creídas y el acto de
creerlas:
«Aliud sunt ea quae creduntur, aliudjides qua creduntur.('una cosa es
lo que se cree, y otra la fe por la cual se cree)», la f i des quae y la
fides qua, como se dice en teología. La primera se dice también fe
objetiva, la segunda fe subjetiva. Toda la reflexión cristiana sobre la fe
se desarrolla entre estos dos polos. Se perfilan así dos orientaciones.
- Por una parte, están los que acentúan la importancia del intelecto en el
creer y por tanto la fe objetiva, como asentimiento a las verdades
reveladas,
- por otra parte, están los que acentúan la importancia de la voluntad y del
afecto, por ende, la fe subjetiva, el creer en alguien (' credere in'), más que
creer algo (' credere aliquid'); en fin,
- por una parte, los que acentúan las razones de la mente y,
- por otra parte, los que, como Pascal, acentúan 'las razones del corazón'.
En formas diversas estas oscilaciones reaparecen a menudo en la historia
de la teología:
- en la Edad Media, en la distinta acentuación entre la teología de santo
Tomás y la de san Buenaventura;
- en el tiempo de la reforma entre la fe fiducial (análoga a la mano que
tiende el mendigo para recibir la limosna) de Lutero en Dios Salvador,
que es fiel a sus promesas) y la fe católica unida a la caridad (fe y
obras), en efecto, «La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe
sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el
amor se necesitan mutuamente...»
- más tarde entre la fe en los límites de la simple razón de Kant y la
fe fundada en el sentimiento de Schleiermacher y del romanticismo en
general;
- más cerca de nosotros entre la fe de la teología liberal y la
existencial de Bultmann, prácticamente privada de todo contenido
objetivo.
La teología católica contemporánea se esfuerza, como otras veces en el
pasado, por encontrar el justo equilibrio entre las dos dimensiones de la
fe. Si ha superado la fase en la que, por razones polémicas contingentes,
toda la atención en los manuales de teología terminaba por concentrarse en
la fe objetiva ('fides quae'), es decir en el conjunto de las verdades a creer.
«El acto de fe - se lee en un autorizado diccionario critico de teología -
en la corriente dominante de todas las confesiones cristianas, aparece
hoy como el descubrirse de un Tu divino. La apologética de la prueba
tiende así a colocarse detrás de una pedagogía de la experiencia
espiritual que tiende a iniciar a una experiencia cristiana, de la que se
reconoce la posibilidad inscripta a priori en todo ser humano».
El Magisterio contemporáneo nos invita a pensar
- «en la mujer que toca sus vestiduras son la esperanza de ser salvada;
confía totalmente en él y el Señor dice: «Tu fe te ha salvado».
También a los leprosos, al único que vuelve, Jesús le dice: «Tu fe te ha
salvado».
Así pues, la fe inicialmente es sobre todo un encuentro personal, estar en
contacto con Cristo, confiar en el Señor, encontrar el amor de Cristo y,
en el amor de Cristo, encontrar también la llave de la verdad. Pero
precisamente por esto, esa fe no es sólo un acto personal de confianza,
sino también un acto que tiene un contenido.
,
La 'fides qua' exige la 'fides quae', el contenido de la fe, y el Bautismo
expresa este contenido: la fórmula trinitaria es el elemento sustancial
del credo de los cristianos. Es un «sí» a Cristo, y de este modo al Dios
Trinitario, con esta realidad, con este contenido que me une a este Señor,
a este Dios, que tiene este Rostro: vive cómo Hijo del Padre en la unidad
del Espíritu Santo y en la comunión del Cuerpo de Cristo». ·
En otras palabras, más que apoyarse sobre la fuerza de argumentaciones
externas a la persona, se busca de ayudarla a encontrar en sí misma la
confirmación de la fe, buscando despertar aquella chispa que hay en el
'corazón inquieto' de cada hombre por el hecho de ser creado 'a imagen
de Dios'.
Los Padres de la Iglesia son modelos insuperados de una fe que es objetiva
y subjetiva a la vez, preocupada del contenido de la fe, es decir la
ortodoxia, pero al mismo tiempo creída y vivida con todo el ardor del
corazón ...
El Apóstol había proclamado: 'corde creditur', con el corazón se
cree, y sabemos que con la palabra corazón, la Biblia entiende ambas
dimensiones espirituales del hombre, su inteligencia y su voluntad, el
lugar simbólico del conocimiento y del amor. En este sentido, los Padres
son indispensables para reencontrar la fe como la entiende la Escritura.
l. 2. Una catequesis que ilumine con la certeza de la fe el más allá de la
vida presente.
La verdad sobre el destino último del cosmos, de la historia, de la Iglesia y
de la persona humana se considera parte no sólo integrante sino esencial de
la 'fides quae'. En orden al contenido de la catequesis, el Papa San JUAN
PABLO II proclamaba:
«La Iglesia no puede omitir, sin grave mutilación de su mensaje esencial,
una catequesis constante sobre lo que el lenguaje cristiano señala como
las cuatro postrimerías del hombre: muerte, juicio (particular y
universal), infierno y gloria.
En una cultura, que tiende a encerrar el hombre en su vicisitud t errena
más o menos lograda, se pide a los pastores de la Iglesia una catequesis
que abra e ilumine con la certeza de la fe el más allá de la vida
presente; más allá de las misteriosas puertas de la muerte se perfila
una eternidad - de gozo en la comunión con Dios o de pena lejos de Él.
Solamente en esta visión escatológica se puede tener una medida
exacta del pecado sentirse impulsados decididamente a la penitencia y a
la reconciliación».
Se trata de realidades que se comprenden como pertenecientes al
patrimonio de la fides quae (es decir, al contenido mismo de la fe
católica), y por tanto, no sólo vinculan el consentimiento de fe, sino que
animan la esperanza hasta llegar a proclamar:
«Alabado seas, mi Señor,
por nuestra hermana la muerte
corporal,
de la cual ningún hombre viviente
puede escapar ...».
2. El CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA.
Con el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 se cumple la sentida
necesidad de llegar a un catecismo único y normativo para toda la Iglesia
que «sirva de texto de referencia seguro y auténtico para la enseñanza
de la doctrina católica, y muy particularmente para la composición de
los catecismos locales (...) que tengan en cuenta las diversas situaciones
y culturas, pero que guarden cuidadosamente la unidad de la fe y la
fidelidad a la doctrina católica».
El Papa Juan Pablo II afirma que el Catecismo:
«...en cuanto exposición completa e integra de la verdad católica, de l a
doctrina «tam de fide quam de moribus» válida siempre y para todos,
1
con" sus contenidos esenciales fundamentales permite conocer y
profundizar de modo positivo y sereno, lo que la Iglesia católica cree,
celebra, vive y ora. El Catecismo, al presentar la doctrina católica de
modo auténtico y sistemático, a pesar de su carácter sintético ('non
omnia·sed totum'), remite todo el contenido de la catequesis a su centro
vital, que es la persona de nuestro Señor Jesucristo. (...) No conviene
olvidar tampoco su índole de texto magisterial colegial (...) destinado a
convertirse cada vez más en un instrumento válido y legítimo al servicio
de la comunión eclesial, con el grado de autoridad, autenticidad y
veracidad propio del Magisterio ordinario pontificio».
-
-
El 2 de febrero de 2003, el Santo Papa reconocía «cuán amplia y
profunda es la exigencia de un compendio breve, que contenga todos los
elementos fundamentales de la fe y de la moral católica, formulados de
manera sencilla y clara. Sin embargo, la experiencia demuestra que no
es fácil, en estas síntesis, salvaguardar siempre y plenamente la totalidad
y la integridad del contenido de la fe católica».
Benedicto XVI insiste en la importancia del Catecismo:
<<No es casualidad que el beato Juan Pablo II quisiera que el
Catecismo de la Iglesia católica, norma segura para la enseñanza de la fe
y fuente cierta para una catequesis renovada, se asentara sobre el
Credo. Se trató de confirmar y custodiar este núcleo central de las
verdades de la fe, expresándolo en un lenguaje más inteligible a los
hombres de nuestro tiempo (...)
También hoy necesitamos que el Credo sea mejor conocido,
comprendido y orado. Sobre todo, es importante que el Credo sea, por
así decirlo, 'reconocido'».
El Papa Francisco reafirma:
«Este Catecismo, por tanto, constituye un instrumento importante, no sólo
porque presenta a los creyentes las enseñanzas de siempre, para crecer
en la comprensión de la fe, sino también y sobre todo porque pretende
que los hombres de nuestro tiempo, con sus nuevas y diversas
problemáticas, se acerquen a la Iglesia, que se esfuerza por presentar la
fe como la respuesta verdaderamente significativa para la existencia
humana en este momento histórico particular.
No basta, por tanto, con encontrar un lenguaje nuevo para proclamar la
fe de siempre; es necesario y urgente que, ante los nuevos retos y
perspectivas que se abren para la humanidad, la Iglesia pueda expresar
esas novedades del Evangelio de Cristo que se encuentran contenidas en
la Palabra de Dios, pero aún no han visto la luz.
Este es el tesoro de las «cosas nuevas y antiguas» del que hablaba Jesús
cuando invitaba a sus discípulos a que enseñaran lo nuevo que él había
instaurado sin descuidar lo antiguo».
3. LAS VERDADES ESCATOLÓGICAS.
El Símbolo de los Apóstoles, presentado por el CEC en la primera parte,
«culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al final
de los tiempos y en la vida eterna». Por consiguiente, el Catecismo
presenta la doctrina acerca del destino último del hombre en dos artículos:
* el undécimo: «Creo en la Resurrección de la carne» considera la
muerte y la resurrección;
* el duodécimo: «Creo en la Vida eterna»; presenta el juicio particular, el
cielo, el purgatorio, el infierno, el juicio final, y la esperanza de los cielos
nuevos y en la tierra nueva.
Artículo 11 «Creo en la resurrección de la carne»
··-
El Catecismo ubica la fe en la resurrección de los muertos como
elemento esencial del credo cristiano desde sus comienzos ya que «si no
resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe
(... ) ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los
que durmieron».
Podemos sintetizar aquí la doctrina acerca de la resurrección de la
carne, en dos partes fundamentales:
A) La relación entre resurrección de Cristo y nuestra resurrección.
B) El misterio de la muerte como «separación del alma y el cuerpo»,
en la espera de reunificación en el día de resurrección de los muertos.
Se trata de dos elementos esenciales de la doctrina de la Iglesia
acerca de la 'carne' en perspectiva de Tertuliano.
A) La relación entre la resurrección de Cristo y nuestra
resurrección encuentra su fundamento bíblico, sobre todo en la
teología de Juan «nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él».
Acerca de la resurrección, se ofrecen unas clarificaciones que el CEC
expresa en estos puntos:
El hecho de la resurrección: es la restitución de la vida incorruptible a
nuestros cuerpos: reuniéndolos a nuestras almas por la virtud de la
resurrección de Jesús. Todo hombre resucitará para la vida si sus obras fueron
buenas, para la condenación si sus obras fueron malas.
* el cómo de la resurrección «sobrepasa nuestra imaginación y nuestro
entendimiento, no es accesible más que por la fe», la única descripción
atendible consiste en el proponer las comparaciones bíblicas de la
siembra en el cuerpo corruptible y de la resurrección en un cuerpo
incorruptible;
* el cuándo de la resurrección es un misterio íntimamente asociado a la
venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos; la vida cristiana en la
Tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la resurrección
de Cristo por medio de las obras con que dejando el hombre viejo, se
vive como resucitados.
B) El segundo aspecto que el CEC trata es el misterio de la muerte
Los aspectos que el CEC presenta con respecto a la muerte son,
fundamentalmente, los siguientes:
- la muerte es «Separación del alma y el cuerpo». En este sentido hay que
precisar que la Iglesia, hablando de alma y cuerpo, no pretende presentar
una antropología dualista de tipo platónico. Basta pensar en la carta
Recentiores de la Congregación para la que ya hemos presentado.
La muerte está considerada antropológicamente como el fin del hombre
«entero», quedando a salvo el hecho que el 'yo humano' (o alma) subsiste
más allá de la muerte, en espera de reunirse con su cuerpo
transfigurado al final de los tiempos.
* la muerte es el final de la vida terrena: es decir que está cargada de un
significado antropológico de limitación y de finitud del hombre, que se
abre a una necesidad de eternidad, a la que sólo Dios puede dar respuesta
en Cristo Jesús.
* la muerte entró en el mundo a causa del pecado. .
Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no
morir. La naturaleza humana cayó en la mortalidad a causa del pecado.
Sólo la victoria de Cristo ha transformado la condición de miseria en la
que el hombre había caído. Además es importante la 'Lex orandi'; es decir,
la LITURGIA: «Las exequias cristianas».
/
* Sólo en y por Cristo la dramaticidad antropológica de la muerte se
transforma en «una ganancia». Por el bautismo, el cristiano está ya
sacramentalmente «muerto con Cristo», se une plenamente la Pascua
del Señor con la muerte física. El Catecismo reafirma «el respeto de
los muertos», más precisamente, que «los cuerpos de los difuntos
deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y esperanza de la
resurrección» y aclara que «la Iglesia permite la incineración cuando con
ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo».
La experiencia de la muerte corporal es para el creyente un llamado de
Dios, ya que, en la muerte, Dios llama al hombre hacia sí, es el fin de
la peregrinación terrena, en el que la vida «no termina, se transforma»,
al que hay que prepararse espiritualmente con la oración y una vida santa.
Coherentemente a la antropología utilizada, el Catecismo explica
nuestra resurrección como la reunión de nuestros cuerpos con las almas
'por la virtud de la resurrección de Jesús'. Resucitar es llegar a la
forma definitiva de vida que en Cristo nos ha sido indicada: su presente
es nuestro futuro.
Podemos resumir así la doctrina de la resurrección de la carne según el
Catecismo: la resurrección de la carne es una restitución de la vida al
hombre entero, alma y cuerpo, o también 'espíritu encarnado'
(dimensión antropológica); los hombres resucitan, a imagen y como
miembro de Cristo resucitado (dimensión cristológica); todo hombre en
la resurrección de la carne tendrá su cuerpo, resucitando con su
identidad y reunificando alma y cuerpo (identidad corpórea).
Podemos destacar el rechazo de toda postura rencarnacionista: «La
muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de
gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida
terrena según el designio divino y para decidir su último destino.
Cuando ha tenido fin 'el único curso de nuestra vida terrena', ya no
volveremos a otras vidas terrenas. 'Está establecido que los hombres
mueran una sola vez'. No hay reencarnación después de la muerte».
Retoma la enseñanza el Santo Papa JUAN PABLO II:
«La revelación cristiana excluye la reencarnación, y habla de un
cumplimiento que el hombre está llamado a realizar en el curso de una
única existencia sobre la tierra (...) Por tanto, el hombre halla en Dios
. la plena realización de sí: esta es la verdad revelada por Cristo».
También: «Podemos admitir que la idea de una reencarnación b rota del
intenso deseo de inmortalidad y de la percepción de la existencia humana
como 'prueba' con miras a un fin último, así como de la necesidad de una
purificación completa para llegar a la comunión con Dios.
Sin embargo, la reencarnación no garantiza la identidad única y
singular de cada criatura humana como objeto del amor personal de
Dios, ni la integridad del ser humano como espíritu encarnado'». ·
La reflexión del Catecismo acerca de la muerte y de la resurrección de
la carne se abre hacia el 'puerto final' donde todos son llamados (por
parte de Dios) a desembarcar para la vida eterna, como gozosa y
agradecida celebración del triunfo de la Vida.
Artículo 12 «creo en la vida eterna».
«El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como
una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna». Llegarnos al último
capítulo de la reflexión de la Iglesia sobre 'si misma': la meta final, la vida
eterna.
Se trata del artículo del Credo que-concierne el estado final de los creyentes,
las realidades últimas.
Se habla, por tanto, del «Juicio particular», del «Cielo», de «la
Purificación final o Purgatorio», del «Infierno» y, finalmente, del «El
Juicio final» con los «Cielos nuevos y la tierra nueva».
Vamos a presentar cada uno de los 'novísimos' para destacar la perspectiva
emergente del CEC, que retoma algunas líneas de fondo de la Tradición
viva de la Iglesia, intentando una expresión renovada con un lenguaje
bíblico y esencial.
El Juicio Particular
«Todos, en efecto, tendremos que comparecer ante el tribunal de Dios
(...) Por lo tanto, cada uno de nosotros tendrá que rendir cuenta de sí
mismo a Dios».
El Nuevo Testamento habla del Juicio principalmente en la perspectiva del
«encuentro final con Cristo en su segunda venida»: dicho encuentro es
también una «retribución inmediata después de la muerte de cada uno
como consecuencia de sus obras y de su fe».
Notamos que el Catecismo supone la antropología 'dual', ya que
vuelve a hablar del alma separada a propósito del juicio particular:
«Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su
retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo,
- bien a través de una purificación,
- bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo,
- bien para condenarse inmediatamente para siempre
* El Cielo
El Catesismo habla del premio eterno, en los términos de un «estar con
Cristo», donde «los elegidos viven 'en Él', aún más, tienen allí, o mejor,
encuentran allí, su verdadera identidad; su propio nombre»; 'el cielo es la
comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente
incorporados a Él (el Cristo).
La perspectiva cristológica del. Catecismo tiende a subrayar la relación de
los bienaventurados con Cristo, evitando formas de despersonalización, de
confusión o de pérdida de identidad. La visión beatifica de los elegidos es
también ella un don de Dios, posible sólo cuándo y porqué «Él mismo
abre su misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la
capacidad para ello» como manifestación gratuita de su misterio
trascendente e infinito.
«Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de
amor con Ella, con la Virgen María, los Ángeles y todos los
bienaventurados se llama 'el cielo'». En este sentido «Por cielo se entiende
el estado de felicidad suprema y definitiva».
El Purgatorio.
Los hombres «que mueren en la gracia y en la amistad con Dios, pero
imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación
sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad
necesaria para entrar en la alegría del Cielo. Esta purificación es
llamada por la Iglesia Purgatorio o 'fuego purificador' todo centrado en
el amor - caridad y es algo completamente distinto, ya que no tiene
nada que ver, con el castigo de los condenados.
La 'verdad' y doctrina del Purgatorio, que tiene sus raíces en algunos
textos de la Escritura, en la Tradición y en la práctica de las oraciones de
sufragio por los difuntos, tiene su definición magisterial en los Concilios
de Florencia y de Trento. El 'fuego purificador' es justamente el fuego del
amor. Es un sufrimiento amoroso unido a la certeza de que se llegará a la
posesión plena y eterna del Amor que es Dios.
El Infierno
«No podemos estar unidos con Dios» salvo que elijamos libremente
amarlo. También en este caso la perspectiva con que el CEC toma en
consideración el estado de los condenados es la de una relación con
Cristo, en este caso de rechazo. El Catecismo reafirma decididamente la fe
de la Iglesia en la existencia del infierno y de su eternidad, que encuentran
su motivación en los reiterados discursos de Jesús acerca de la
posibilidad real de condenación. Supone la verdad de «la posibilidad
real de la salvación en Cristo para todos los hombres»; mientras que la
condenación eterna es una posibilidad real basada en la libertad humana
de optar por el bien o por el mal.
Por tanto, Reafirmará el Papa San Juan Pablo II:
«La condenación sigue siendo una posibilidad 'real, pero no nos es dado
conocer, sin especial revelación divina, si los seres humanos, y cuáles,
han quedado implicados efectivamente en ella (...) El pensamiento del
infierno (...) representa una exhortación necesaria y saludable a la
libertad, dentro del anuncio de que Jesús Resucitado ha vencido a
Satanás, dándonos el Espíritu de Dios, que nos hace invocar 'Abbá,
Padre'».
La existencia del infierno quiere ser también un llamado a la
responsabilidad, a la conversión y a las obras de justicia y caridad. Apela a
la total y libre responsabilidad del hombre para evitar una eventual
condenación, como consecuencia del pecado mortal, en el cual el hombre
quiera persistir hasta el final.
BENEDICTO XVI nos recuerda: «Jesús vino para decirnos que quiere que
todos vayamos al paraíso, y que el infierno, del que se habla poco en
nuestro tiempo, existe y es eterno para los que cierran el corazón a su
amor».
La voluntad misericordiosa de Dios, en efecto, no q uiere «que nadie
perezca, sino que todos lleguen a la conversión».
El mismo Papa Francisco se ha pronunciado en reiteradas oportunidades
confirmando la existencia del infierno. Aquí queremos hacer referencia a
algunas de sus i n t e r v e n c i o n e s : «Dirige a nosotros tu mirada
piadosa, que nace de la ternura de tu corazón, y ayúdanos a caminar por
la senda de una completa purificación. Que no se pierda ninguno de tus
hijos en el fuego eterno del infierno en donde no puede haber
arrepentimiento (...)
Que nadie tema encontrarse contigo después de la peregrinación terrena,
con la esperanza de ser acogido en los brazos de tu infinita misericordia.
Que la hermana muerte corporal nos encuentre vigilantes en la oración y
cargados con todo el bien que hicimos durante nuestra breve o larga
existencia. Señor, que nada nos aleje de ti en esta tierra, sino que todo y
todos nos sostengan en el ardiente deseo de descansar serena y
eternamente en ti. Amén».
La verdad del infierno eterno sobre la existencia y la acción del maligno:
«El maligno intenta siempre arruinar la obra de Dios, sembrando
división en el corazón humano, entre cuerpo y alma, entre el hombre y
Dios, en las relaciones interpersonales, sociales, internacionales, y
también entre el hombre y la creación. El maligno siembra guerra;
Dios crea paz».
El Juicio Final y el cosmos renovado.
El Juicio Final es, según la doctrina católica, la manifestación del «bien
que cada uno haya hecho o haya dejado de hacer durante su vida
terrena». Dicho juicio acontecerá en coincidencia con la venida gloriosa
de Nuestro Señor Jesucristo. Siempre en esta perspectiva, se trata esta
verdad de fe en la parte cristológica del Catecismo: « Desde allí ha de
Venir a juzgar a vivos y a muertos».
Es un misterio cuándo sucederá, pero hará comprender el sentido de
toda la historia y los caminos admirables por los que la Providencia habrá
conducido los acontecimientos; será el triunfo de la justicia de Dios
sobre todas las injusticias cometidas por sus criaturas. Esto llama a los
hombres a la conversión cotidiana, al santo temor de Dios, a las obras de
justicia de caridad. Después del Juicio final, los justos reinarán para
siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma y el mismo universo
será renovado. Se realizará plenamente la comunión de todos los
hombres en unidad, sin las heridas del egoísmo, del pecado y de las
pasiones. El cosmos, el universo visible será transformado, participando en
la glorificación de Jesucristo resucitado.
Podemos así resumir la doctrina de la Iglesia concerniente a la Vida
eterna.
La escatología es vista como una relación del hombre con Cristo. Cada
'novísimo' es presentado por el Catecismo como una particular relación
del hombre con Cristo, quien juzga, purifica, salva a quien 'se deja' salvar,
en efecto «si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos
quienes nos condenamos. La salvación es abrirse a Jesús, y Él nos
salva».
Los 'novísimos' tienen un carácter cósmico-comunitario, por lo cual la
salvación, la purificación o la condenación no van consideradas como
experiencias individuales, sino como dimensiones que involucran todos
los hombres y el entero universo, llamado a transfigurarse en una 'nueva
creación'. Se puede notar que, de acuerdo con el Vaticano II, la verdad
escatológica viene asumida por el Catecismo como horizonte esencial del
hecho cristiano, superando la ubicación sectorial de la escatología, a
menudo marginada en apéndice de los distintos tratados de la teología
preconciliar.
Eligiendo el misterio pascual como núcleo generador de la propia
escatología, el Catecismo dice:
- por un lado, abre al horizonte escatológico todos los contenidos
dogmáticos (escatologización de la teología),
- por el otro vuelve a centrar cristológicamente todos los datos de lo
escatológico cristiano (cristologización de la escatología).
En el CEC no se habla del «limbo», mientras se afirma explícitamente
que «la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se
salven y la ternura de Jesús con los niños nos permiten confiar en que
haya un camino de salvación para los niños que mueren sin-bautismo».
Afirmaciones liberadoras se leen con relación al «fin del mundo»: se
habla no de aniquilación, sino de transformación del universo visible.
La consumación de la Tierra y de la humanidad, donde el verbo latino
consummare significa no, terminar o tener fin, consumir (en latín el
verbo sería consumere), sino «llevar ad summum», es decir llevar a
plenitud, a la máxima perfección.
Por lo demás, en los textos principales del Concilio Vaticano II:
* presta más atención a la META trascendente y definitiva de la vida
personal y de la historia humana misma, tal como Dios nos la ha
revelado: la Iglesia del Cielo; para la Iglesia y la humanidad peregrina se
trata de la plenitud «todavía no» alcanzada. -
* Nos presenta el camino de la humanidad por el mundo y la historia.
Parece acentuar más el «ya», el camino, con la recuperación de la
continuidad en la discontinuidad entre el compromiso por el progreso
humano temporal y el Reino de Dios.
Como CONCLUSIÓN del presente aporte hacemos referencia
a) A nivel de Iglesia universal
b) A nivel de Iglesia en América Latina
a) A nivel de Iglesia universal
- al Papa BENEDICTO XVI quien reafirma en muchas
oportunidades el patrimonio d e fe 'escatológica' del C a t e c i s m o
d e la Iglesia Católica, remitiendo en su Encíclica Spe salvi,
a los numerales del mismo Catecismo. Además, nos ha hecho
muy familiar el esperanzador mensaje de la Iglesia acerca de la
escatología, con sus recurrentes intervenciones; nos limitamos a las
siguientes:
a) «Así como en primavera los rayos del sol hacen brotar y abrir las
yemas en las ramas de los árboles, así también la irradiación que surge
de la resurrección de Cristo da fuerza y significado a toda esperanza
humana, a toda expectativa, deseo, proyecto. Por eso, todo el universo se
alegra hoy, al estar incluido en la primavera de la humanidad, que se
hace intérprete del callado himno de alabanza de la creación.
El aleluya pascual, que resuena en la Iglesia peregrina en el mundo,
expresa la exultación silenciosa del universo y, sobre todo, el anhelo
de toda alma humana sinceramente abierta a Dios, más aún,
agradecida por su infinita bondad, belleza y verdad «En tu resurrección,
Señor, se alegren los cielos y la tierra».
b) «La 'comunión de los Santos' que profesamos en el Credo, es una
realidad que se construye aquí en la tierra, pero que se manifestará
plenamente cuando veamos a Dios 'tal cual es'. Es la realidad de una
familia unida por vínculos de solidaridad espiritual, que une a los fieles
difuntos a cuantos son peregrinos en el mundo.
Un vínculo misterioso pero real, alimentado por la oración y
participación en el sacramento de la Eucaristía. En el Cuerpo Místico de
Cristo las almas de los fieles se encuentran, superando la barrera de la
muerte, oran unas por otras y realizan en la caridad un íntimo
intercambio de dones. En esta dimensión de fe se comprende también la
práctica de ofrecer por los difuntos oraciones de sufragio, de modo
especial el sacrificio eucarístico, memorial
c) «El descubrimiento del 'rostro de Dios' nos agota jamás. Cuanto más
entramos en el esplendor del amor divino, tanto más hermoso es avanzar
en la búsqueda, de modo que (...) en la medida en que crece el Amor,
crece la búsqueda de Aquel que ha sido encontrado».
Es así que:
«Incluso en la eternidad proseguirá nuestra búsqueda, será una aventura
eterna descubrir nuevas grandezas, nuevas bellezas. Al interpretar las
palabras del salmo: 'buscad siempre su rostro', (San Agustín) dijo: esto
vale para la eternidad: y la belleza de la eternidad consiste en que no
es una realidad estática, sino un progreso inmenso en la inmensa
belleza de Dios».
c) «Cuando se apaga una vida en edad avanzada, en la aurora de la
existencia terrena o en la plenitud de la edad, por causas imprevistas, no
se ha de ver en ello un simple hecho biológico que se agota o una
biografía que se concluye, sino más bien un nuevo nacimiento y una
existencia renovada, ofrecida por el Resucitado a quien no se ha
opuesto voluntariamente a su amor. Con la muerte se concluye la
experiencia terrena pero a través de la muerte se abre también, para
cada uno de nosotros, más allá del tiempo, la vida plena y definitiva. El
Señor de la vida está presente al lado del enfermo como quien vive y da
la vida (...) En ese momento solemne y sagrado todos los esfuerzos
realizados en la esperanza cristiana para mejorarnos a nosotros mismos
y mejorar el mundo que se nos ha encomendado, purificados por la
Gracia, encuentran su sentido y se enriquecen gracias al amor de Dios
Creador y Padre. Cuando, en el momento de la muerte, la relación con
Dios se realiza plenamente en el encuentro con Aquel que no muere, que
es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida, entonces
'vivimos'. Para la comunidad de los creyentes, este encuentro del
moribundo con la Fuente de la Vida y del Amor constituye un don que
tiene valor para todos. Como tal, debe suscitar el interés y la
participación de la comunidad, no sólo de la familia...».
- al Papa FRANCISCO:
a) Nos «habla del deseo del encuentro definitivo con Cristo, un deseo
que nos hace estar siempre preparados, con el espíritu en vela, porque
esperamos este encuentro con todo el corazón, con todo nosotros
mismos. Este es un aspecto fundamental de la vida. Existe uno que
todos nosotros, sea explícito u oculto, tenemos en el corazón. Todos
nosotros tenemos este deseo en el corazón. (...) Para nosotros es la
espera de Cristo mismo, que
vendrá a buscarnos para llevarnos a la fiesta sin fin, como ya hizo con su
Madre María amantísima: la llevó al Cielo con Él. El cristiano es alguien
que lleva dentro de sí un deseo grande, un deseo profundo: el
encontrarse con su Señor junto a los hermanos, a los compañeros de
camino. Y todo esto que Jesús nos dice se resume en un famoso dicho de
Jesús: «Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón».
El corazón que desea. Pero todos nosotros tenemos un deseo. (...) El deseo
de seguir adelante, hacia el horizonte; y para nosotros cristianos este
horizonte es el encuentro con Jesús, el encuentro precisamente con Él,
que es nuestra vida, nuestra alegría, lo que nos hace felices. (...) Este es
el verdadero tesoro del hombre. Seguir delante en la vida con amor, con
ese amor que el Señor sembró en el corazón, con el amor de Dios. Este es
el verdadero tesoro. Pero el amor de Dios, ¿qué es? ( ... ).
El amor de Dios tiene un nombre y un rostro: Jesucristo.
El amor de Dios se manifiesta en Jesús. (...) la persona que nosotros
amamos es Jesús, el regalo del Padre entre nosotros. Es un amor que
da valor y belleza a todo lo demás; un amor que da fuerza a la
familia, al trabajo, al estudio, a la amistad, al arte, a toda actividad
humana.
Y da sentido también a las experiencias negativas, porque este amor
nos permite ir más allá de estas experiencias, ir más allá, no
permanecer prisioneros del mal, sino que nos hace ir más allá, nos
abre siempre a la esperanza. He aquí que el amor de Dios en Jesús
siempre nos abre a la esperanza, al horizonte de esperanza, al
horizonte final de nuestra peregrinación».
b) También meditaba: «...ser-cristianos significa creer que Cristo ha
resucitado verdaderamente de entre los muertos. Toda nuestra fe se
basa en esta verdad fundamental, que no es una idea sino un
acontecimiento. También el misterio de la Asunción de María e n·
cuerpo y alma se inscribe completamente en la resurrección de
Cristo.
La humanidad de la Madre ha sido «atraída» por el Hijo en su paso
a través de la muerte. Jesús entró definitivamente en la vida eterna
con toda su humanidad, la que había tomado de María; así ella; la
Madre, que lo ha seguido fielmente durante toda su vida, lo ha
seguido con el corazón, ha entrado con él en La vida eterna, que
llamamos también Cielo, Paraíso, Casa del Padre».
b) A nivel de Iglesia en América Latina a algunas pautas
eclesiológicas ofrecidas por el Papa FRANCISCO al CELAM el 9
de julio de 2013 en Rio de Janeiro:
«El discipulado-misionero que Aparecida propuso a las
Iglesias de América Latina y el Caribe es el camino que Dios
quiere para este 'Hoy'. (...) Dios es real y se manifiesta en el
'hoy'.
Hacia el pasado su presencia se nos da como 'memoria' de la
gesta de salvación sea en su pueblo sea en cada uno de
nosotros;
- hacia el futuro se nos da como 'promesa' y esperanza.
- El 'hoy' es lo más parecido a la eternidad; más aún: el 'hoy' es
chispa de eternidad. En el 'hoy' se juega la vida eterna (...)
el discípulo - misionero vive tensionado hacia las periferias (...)
y la eternidad en el encuentro con Jesucristo».
Como testimonio de «la fe, que recibimos de Dios como don
sobrenatural» y que «se presenta (...) como luz en el sendero, que orienta
nuestro camino en el tiempo (...) luz que viene del futuro», compartimos
las siguientes expresiones de San CIPRIANO obispo y mártir:
«Rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad
que la sigue. Demostremos que somos lo que creemos (...) Para nosotros,
nuestra patria es el Paraíso; allí nos espera un gran número de seres
queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres,
hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra.
Tanto para ellos como para nosotros significará una gran alegría el
llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término
hallaremos en el Reino Celestial, donde no existirá ya temor a la muerte,
sino la vida sin fin (...)
Allí la multitud exultante de los apóstoles, profetas, mártires, vírgenes
triunfantes, allí los que han obtenido el premio de su misericordia, a los
que practicaron el bien, socorriendo a los necesitados con sus bienes, los
que, obedeciendo el consejo del Señor, trasladaron su patrimonio terreno
a los tesoros celestiales.
Deseemos ávidamente la compañía de todos ellos (...) que Cristo contemple
este deseo de nuestra mente y de nuestra fe, ya que tanto mayor será el
premio de su amor, cuanto mayor sea nuestro deseo de Él.
La escatología católica parece oscilar entre la simbología tradicional y la
visón gozosa «de la tierra nueva y de los cielos nuevos» en los que los
anhelos de la humanidad serán perfectamente saciados y el designio paterno
de Dios tendrá su cumplimento. Mientras tanto, alentando nuestra esperanza,
la Iglesia nos hace rezar:
«Te pedimos, o Señor Dios nuestro, prepara nuestros corazones con tu
poder divino, para que cuando venga Jesucristo tu Hijo, seamos
encontrados dignos de la Vida eterna y merezcamos, sirviéndonos Él
mismo, recibir el alimento celestial».
«En la visión del Apocalipsis esta oración de petición está representada
por un detalle importante: «los veinticuatro ancianos» y «los cuatro seres
vivientes» tienen en la mano, junto a la cítara que acompaña su; canto,
«copas de oro llenas de perfume» que, como se explica, «son las
oraciones de los santos», es decir, de aquellos que ya han llegado a
Dios, pero también de todos nosotros que nos encontramos en camino.
Y vemos que un ángel, delante del trono de Dios, tiene en la mano un
incensario de oro en el que pone continuamente los granos de incienso, es
decir nuestras oraciones, cuyo suave olor se ofrece juntamente con las
oraciones que suben hasta Dios.
Es un simbolismo que nos indica cómo
todas nuestras oraciones con todos sus límites, el
cansancio, la pobreza, la aridez, las imperfecciones
que podemos tener son casi purificadas y llegan al
corazón de Dios.
Debemos estar seguros de que no existen oraciones
superfluas, inútiles; ninguna se pierde.
Las oraciones encuentran respuesta, aunque a
veces misteriosa, porque Dios es Amor y
Misericordia infinita».
REDESCUBRIMIENTO ECLESIAL (TEOLÓGICO -
PASTORAL) DE LA ESCATOLOGÍA
En diálogo con los distintos humanismos, la Iglesia propone hoy una
escatología que es reinterpretación y reformulación del Mensaje
centrado en Cristo Jesús Resucitado Vivo y Presente en la historia.
Descripción terminológica de Escatología:
El nombre 'escatología' deriva de « » = lo último, en el sentido de lo
definitivo (en latín 'novissimum', superlativo 'novísimo', de 'novum' =
lo nuevo) y «Logo» = discurso, tratado. De aquí el nombre de
<<novísimos» o «postrimerías» dado al tratado en otros tiempos.
* Descripción conceptual de Escatología:
Es el tratado teológico que estudia, a la luz de la fe, bajo la guía del
Magisterio de la Iglesia, la verdad acerca del destino no sólo último sino
definitivo de la persona humana, de la historia y del cosmos, recogiendo
todos los datos de 'la Palabra de Dios escrita y transmitida', cuya
interpretación auténtica ha sido encomendada al solo Magisterio vivo de
la Iglesia.
l. l. EL CONTEXTO ANTROPOLÓGICO
l. l. l. EL PROBLEMA ESCATOLÓGICO COMO PROBLEMA
HUMANO SIN RESPUESTA «HUMANA».
«No podemos asomarnos a lo que hay más allá de la muerte ni tenemos
experiencia alguna de ello».
Sin embardo, se quiere saber qué hay después de la barrera de la muerte;
se quiere saber cuál es nuestro destino: nuestro destino personal y - si
nos es consentido - el destino de la familia humana, se quiere saber
hacia dónde y hacia qué estamos andando. Se trata del recorrido de la
mente y del corazón desde la pregunta radical de la 'razón' a la
respuesta definitiva de la 'Fe'. «La verdad se presenta inicialmente al
hombre como un interrogante: ¿qué sentido tiene la vida?, ¿hacia
dónde se dirige? ( ... ) Cada uno quiere - y debe - conocer la verdad
sobre el propio fin. Quiere saber si la muerte será el término definitivo
de su existencia o si hay algo que sobrepasa la muerte: si le está
permitido esperar en una vida posterior o no» (Fides et Ratio, 26). En
todo caso se reconoce que «ante la muerte es inevitable preguntarse
por el sentido de la vida». En efecto también hoy se habla de:
- elementariedad del problema: no se trata de un problema reservado a
especialistas, sino que el mismo hombre común se pregunta: ¿hay algo
después de la muerte o no hay nada? Si hay algo ¿es posible saber qué
hay? Si o hay nada ¿es posible llegar a convencerse más allá de cualquier
razonable duda? Nadie puede impedir que se ponga el interrogante,
inquietante, por cierto: ¿después de mi muerte, que será de mí?
- inevitabilidad del problema: no es fácil evitar dicha pregunta, se podrá
eludirla, se podrá ahogarla, se podrá rechazar como un pensamiento
molesto, pero luego aflora con toda su inevitabilidad. Pero no se trata sólo
de preguntarse, sino que es necesario encontrar la respuesta, porque de la
respuesta a esta pregw1ta elemental e inevitable depende la comprensión
de nuestra 1nisma vida presente: no tiene el mismo sentido para mi
existencia cotidiana pensar que mi destino es la nada o es «salir de este
cuerpo para vivir con el Señor».
- legitimidad del problema: nadie puede escaparse del planteo
escatológico, en la n1edida que coincide con el problema del significado
último y verdadero de la existencia mía y del mundo, sin terminar en una
especie de suicidio espiritual. Es la sola pregunta a la cual es absolutamente
necesario dar una respuesta.
La sola idea de sobrevivencia no basta para dar consistencia a una
respuesta verdaderamente pacificadora, porque en este campo es necesario
alcanzar no hipótesis más o menos probables, sino certezas en grado de
sostener el peso de un compromiso existencial. Es trágicamente llamativo
que el hombre llega a dar respuesta a unas interrogantes y aparece
desprovisto frente al único interrogante que importa, se llega a conocerlo
todo, menos el significado, la finalidad y el fin del todo. En el cuidado de
los difuntos encontramos uno de los elementos originales de la
humanización. En efecto, la sepultura de los difuntos y el honor rendido a
los muertos se remonta a las primeras épocas de la humanidad. Se
conocen vestigios de veneración a los antepasados con más de 100.000
años de antigüedad.
En todas las grandes religiones el culto a los muertos ha formado parte
de los actos religiosos. Las formas de dar sepultura han sido diversas. Ya
desde la media edad de la piedra o mesolítico (70 - 50 mil años antes de
Cristo) se puede hablar con certeza de verdaderas sepulturas.
CORRIENTES DE LA CONCIENCIA ANTROPOLÓGICA
ACTUAL Y LAS ESCATOLOGÍAS SECULARES: el hombre es desde
siempre creador y víctima de sus mitos
' ' .
La crítica de la religión y la cuestión acerca del futuro de la
humanidad: entre esperanzas y temores:
El amor a la humanidad, a su bienestar material y espiritual a un
progreso auténtico, debe animar a todos los creyentes. Cada acto
realizado para crear un futuro mejor, una tierra más habitable y una
sociedad más fraterna.
Por este camino estamos llamados ante todo a desterrar el miedo al
futuro, que con frecuencia atenaza a las generaciones jóvenes,
llevándolas por reacción a la indiferencia, a la dimisión frente a los
compromisos de la vida, al embrutecimiento por la droga, la violencia y la
apatía (...) 'Podemos pensar, con razón que la suerte futura de la
humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a
las generaciones venideras razones para vivir y para esperar». --
También Papa FRANCISCO: «la tarea evangelizadora implica y exige
una promoción integral de cada ser humano. Ya no se puede decir que la
religión debe recluirse en el ámbito privado y que está sólo para
preparar las almas para el cielo. Sabemos que Dios quiere la felicidad
de sus hijos también en esta tierra, aunque estén llamados a la plenitud
eterna, porque Él creó todas las cosas «para que las disfrutemos», para
que todos puedan disfrutarlas».
El gran interrogante acerca del 'más allá' censurado por la cultura dominante:
entre negación, remoción y olvido: «¡Comamos y bebamos, que mañana
moriremos!».
En nuestro medio también se refleja esta postura, por ejemplo, en un grupo de
rock uruguayo que canta:
«Hay que reírse un poco que la
muerte siempre está.
Vamos a hablar de algo que
nos haga divertir, que de
tanta sonrisa la muerte se va
a inhibir (...) O nos
compramos un vino y nos
ponemos a festejar,
O me llevan al nicho y como
un bicho terminar».
Lamentablemente también en nuestro medio crece la 'banalización' de
la muerte, por ejemplo, con la 'celebración' de Halloween de antiguo
origen celta los 31 de octubre y con la saga 'crepúsculo' que motivó en
Estados Unidos la aparición de comunidades de 'vampiros' compuestas
principalmente por chicas adolescentes mientras que antes a ocuparse de
vampiros eran sobre todo los adolescentes varones.
l. 3. Las respuestas humanas de las grandes tradiciones religiosas.
Los libros egipcio y Tibetano de los muertos. ·
Un texto emblemático de la filosofía griega antigua: «Repuso Simmias
¡oh Sócrates! sobre , las cuestiones de esta índole (al abandonar la vida
prever los bienes del Hades) me parece que un conocimiento exacto de
ellas es imposible o sumamente difícil de adquirir en esta vida, pero que
el no examinar por todos los medios posibles lo que se dice sobre ellas, o
el desistir de hacerlo, antes de haberse cansado de considerarlas desde
todos los punto de vista, es propio del hombre cobarde.
Porque lo que se debe conseguir con respecto a dichas cuestiones es una
de estas cosas;
- aprender o descubrir por uno mismo qué es lo que hay de ellas,
- o bien, si esto es imposible, tomar al menos la tradición humana mejor
y más difícil de rebatir y, embarcándose en ella como en una balsa,
arriesgarse a realizar la travesía de la vida,
- si es que no se puede hacer con mayor seguridad y menor peligro en
un navío más firme, como, por ejemplo, una revelación de La divinidad».
En todo caso debemos afirmar que la Revelación Bíblica en orden al
más allá es muy discreta si la comparamos con el circundante
ambiente tan fantasioso y no da entrada a la mitología de ultratumba
como otras culturas.
EL CONTEXTO ECLESIOLÓGICO: FUTURO INTRAMUNDANO
Y ESPERANZA ESCATOLÓGICA HOY.
<<... aparece también como elemento distintivo de los cristianos el hecho
de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo
que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba a en el
vacío».
«(Jesucristo) El verdadero pastor es Aquel que conoce también el camino
que pasa por el valle de la muerte; Aquel que incluso por el camino de la
última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo
guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha
bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para
acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra
siempre un paso abierto». Recordamos la distinción entre
* <ifuturum» (futuro), que significa «lo que será. Lo que·resulta del
devenir del ser», corresponde al futuro calculable. Proviene del griego
cp:úw= hacer nacer o crecer, del cual cp'Úoti; (potencia original,
originante). «Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se
hace llevadero también el presente (...) La puerta oscura del tiempo, del
futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra
manera».
* «Adventus» (advenimiento), puede sólo anticiparse: es Dios mismo
como «Él que viene», no está en las manos del hombre. Es Dios como
«tcrxa1:oc;», como «Él último», Él que es Él Definitivo; no es sólo el
final sino «El Fin» hacia el cual todo tiende. Nos recuerda Papa Benedicto
XVI:
«La fe no es solamente un tender de la persona hacia lo que ha de venir,
y que está todavía totalmente ausente; la fe nos da algo. Nos da ya ahora
algo de la realidad esperada, y esta realidad presente constituye para
nosotros una 'prueba' de lo que aún no se ve. Ésta atrae al futuro dentro
del presente, de modo que el futuro ya no es el puro 'todavía-no'.
El hecho de que este futuro exista cambia el presente; el presente está
marcado por la realidad futura, y así las realidades futuras repercuten
en las presentes y las presentes en las futuras (...)
Se esperan las realidades futuras a partir de un presente ya entregado. Es
la espera, ante la presencia de Cristo, con Cristo presente, de que su
Cuerpo se complete con vistas a su llegada definitiva ('donec extremus
eius venial adeventus')».
Nota histórica previa
Desde el tratado teológico 'De novissimis' ('acerca de las Postrimerías') a
la 'Escatología': hacia la noción actual de Escatología. Se trata de
la renovada comprensión de los ('novísimos del hombre' o
'novissima hominis' es decir la escatología individual) dentro de los
('novísimos del mundo' o 'novissima mundi' es decir la escatología
colectiva).
Se tiende a modificar la presentación tradicional de los 'Novísimos',
que mantenía la siguiente sucesión:
1) Muerte; 2) Juicio Particular; 3) Mansiones de ultratumba; 4) Infierno;
5) Limbo; 6) Purgatorio; 7) Cielo; 8) Fin del mundo; 9) Resurrección de la
carne; 1O) Juicio Final.
- El mensaje cristiano
Anuncia la verdad sobre el futuro de la persona humana, de la historia y
del cosmos en el horizonte de la Revelación Bíblica, la Tradición y el
Magisterio de la Iglesia.
A) - LAS POSICIONES TEOLÓGICAS «CONTEMPORÁNEAS» y
el problema de la correcta des-cosmologización y des-cronologización
de la Escatología, sin olvidar que una interpretación que no es fiel no es
exposición, sino falsificación.
A 1) - LA ESCATOLOGÍA CONTEMPORÁNEA ENTRE
«ENCARNACIONISMO Y ESCATOLOGISMO».
Ambas posturas, por ejemplo, aparecen reflejadas en el
Magisterio de Papa Francisco:
«En la Eucaristía lo creado encuentra su mayor elevación. La gracia,
que tiende a manifestarse de modo sensible, logra una expresión
asombrosa cuando Dios mismo, hecho hombre, llega a hacerse carne
por su criatura. El Señor, en el colmo del misterio de la Encarnación,
quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia.
No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro propio mundo
pudiéramos encontrarlo a él. En la Eucaristía ya está realizada la
plenitud, y es el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y
de vida inagotable. Unido al Hijo encarnado, presente en la Eucaristía,
todo el cosmos da gracias a Dios».
«Al final nos encontraremos cara a cara frente a la infinita belleza de
Dios) y podremos leer con feliz admiración el misterio del universo, que
participará con nosotros de la plenitud sin fin. Sí, estamos viajando
hacia el sábado de la eternidad, hacia la nueva Jerusalén, hacia la casa
común del cielo. Jesús nos dice: «Yo hago nuevas todas las cosas»
La vida eterna será un asombro compartido, donde cada criatura,
,
luminosamente transformada,
,
ocupará su lugar ...».
El Escatologismo
En su postura radical, considera que toda obra humana no es más que
'combustible' del futuro incendio del cosmos, en ningún caso material
deconstrucción del mundo futuro prometido por Dios: «señala la nueva
creación casi como una flor que brota de las cenizas de la historia y
del mundo».
La historia profana es irrelevante en orden al Reino. Espera solamente
para el día de la Parusía la victoria de Cristo en el mundo, insiste en la
caducidad de todo lo que es temporal sobre la discontinuidad con el
Reino de los Cielos y sobre los peligros que las "riquezas", es decir el
bienestar terrestre, traen a la vida cristiana.
La investigación teológica de la relación entre la actividad humana terrestre
y el estadio final del Universo: busca si las obras construidas por el
trabajo humano pertenecen a la categoría de las cosas que "pasan" o
forman parte de las realidades. construidas en Cristo "que quedan".
El Encarnacionismo
«Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación
de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro reino del
hombre sobre la tierra saciará plenamente todos sus deseos ('omnia
vota cordis eius')». Su expresión radical es criticada por Papa Benedicto
XVI en los siguientes términos: «no cabe duda de que 'un reino de
Dios' instaurado sin Dios - un reino, pues, sólo del hombre - desemboca
inevitablemente en 'el final perverso' de todas las cosas descrito por
Kant...».
Su expresión moderada, subraya que el progreso biológico, social,
económico, técnico y cultural tiene un valor extremadamente positivo y
constituye una preparación a la instauración final del Reino de Dios, a la
'Jerusalén celestial' «esperanza y apresurando-preparando la Parusía»).
Supone el principio de la autonomía de las realidades terrenas. Tiene una
visión progresiva de la historia que lleva a descubrir en ella una gradual
aproximación al Reino y por consiguiente una relación de continuidad
fundamental entre lo temporal y lo eterno.
En efecto no «cabe duda de que Dios entra realmente en las cosas
humanas a condición de que no sólo lo pensemos nosotros, sino que Él
mismo salga a nuestro encuentro y nos hable». « El amor a la
humanidad, a su bienestar material y espiritual, a un progreso auténtico,
debe animar a todos los creyentes. Cada acto realizado para crear un
futuro mejor, una tierra más habitable y una sociedad más fraterna
contribuye, aunque sea de modo indirecto, a la edificación del Reino
de Dios (...) Por este camino estamos llamados ante todo a desterrar el
miedo al futuro, que con frecuencia atenaza a las generaciones jóvenes,
llevándolas por reacción a la indiferencia, a la dimisión frente a los
compromisos de la vida, al embrutecimiento por la droga, la violencia y la
apatía (...) 'Podemos pensar, con razón que la suerte futura de la
humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las
generaciones venideras razones para vivir y para esperar».
Distinguiendo progreso humano temporal y desarrollo del Reino de Dios
el Concilio rechaza sea el encarnacionismo extremo como el
escatologismo extremo.
A 2) La eco-teología o la ecología teológica: Se destaca
progresivamente la necesidad de parte de una actitud d ecología (hablar
del medio ambiente) a un compromiso de eco-filia (amar al medio
ambiente). En orden a Ecología - Eco filia en las perspectivas teológicas
contemporáneas, recordamos:
Asamblea Ecuménica Europea de Basilea.
Asamblea de Seúl: Reflexión acerca de la justicia y paz dentro del más
amplio contexto de una plena fidelidad del hombre a la Creación:
Estamos todos en el Arca de Noé, que hace agua por todos lados, en
un posible naufragio universal no hay isla de sobrevivencia, la fe
cristiana con su compartir específico la 'passio humana' tiene que
ofrecer su aporte desde lo específico cristológico-antropológico.
Espiritualidad de la compasión para la creación-obra de Dios. Evocación
de la historia de la Alianza entre Dios y los hombres con atención a las
respuestas que los cristianos deben dar a la Alianza de Dios.
La Convergencia teológica - magisterial de tantos aportes también
ecuménicos fragua en el aporte de Papa FRANCISCO, Laudato Si'.
Carta encíclica sobre el cuidado de la casa común. La misma aclara:
- los destinatarios de la encíclica: se habla de un llamado a «toda la
familia humana» y de «documento dirigido a todas las personas de
buena voluntad» y se aclara:
- la motivación del mismo pronunciamiento pontificio:
«Esta Carta encíclica (...) se agrega al Magisterio social de· la Iglesia de
la actual crisis ecológica intentando llegar a las raíces de la actual
situación (de la actual crisis ecológica), de manera que no miremos sólo
los síntomas sino también las causas más profundas».
En esta perspectiva hacemos referencia a ALGUNAS RAÍCES DE LA
CRISIS ACTUAL. La mentalidad economicista y la ecuación entre
bienestar material y crecimiento humano. Ecología y peligro de una
reducción antropológica. Lógicas utilitaristas y de pura funcionalidad. La
ideología del crecimiento constante, sin referencia a valores éticos. El
fenómeno de la secularización que marca el paso de una percepción del
mundo como 'creación' a una percepción del mundo como simple
naturaleza', ya que las secularización se adueña no sólo del hombre y de
la sociedad sino también de la misma naturaleza, que en la conciencia
del hombre ha asumido una existencia 'independiente', sin alguna
relación o vínculo con Dios. Alejando de Dios la naturaleza y
'secularizándola', la humanidad ha ido cambiando también las
condiciones de su relación con ella. En efecto,
«La relación entre personas o comunidades y el medio ambiente deriva,
en último término, de su relación con Dios. Cuando el hombre se aleja
del designo de Dios Creador, provoca un desorden que repercute
inevitablemente en el resto de la creación».
El mundo como Creación como signo de la Alianza: de la Ecología a la
Eco filia cristiana. El acento en la creación que nos hace encontrar con
todos los credos cristianos y religiosos que dan importancia a la vida,
descentra la teología cristiana de los temas y de las controversias
tradicionales intracristianas hacia fronteras de confrontación y de diálogo
con otras mentalidades y otras urgencias.
Se perfila un desafío a la eco-teología de ir más. allá del antropocentrismo
hacia la recuperación de la naturaleza como 'Creación', ya que los
actuales problemas ecológicos no son el único estímulo para una
renovada valoración de la naturaleza, frente al desafío cultural que
tiende a llevar a la ecología, desde el antropocentrismo, hacia un
biocentrismo. Se reconoce que la «fuerte acentuación del biocentrismo
niega la visión antropológica de la Biblia, según la cual el hombre es
el centro del mundo por ser cualitativamente superior a las demás
formas de vida natural».
La 'receptio' de la cuestión ecológica por parte del Magisterio,
especialmente de San Juan Pablo II, al comienzo del milenio, la
encontramos entre los 'retos actuales' en el primer lugar:
«¿Podemos quedar al margen ante las perspectivas de un desequilibrio
ecológico, que hace inhabitables y enemigas del hombre vastas áreas del
planeta?».
Por las referencias al Magisterio reciente acerca del tema eco-teológico,
podemos recordar:
- BENEDICTO XVI, entre los tres desafíos del actual mundo globalizado,
ubica en el primer lugar él del 'Medio ambiente y desarrollo sostenible'.
Al ilustrar el desafío del respeto del medio ambiente para garantizar un
desarrollo sostenible, el Papa explica que:
«La comunidad internacional reconoce que los recursos del mundo son
limitados y que todo pueblo tiene el deber de poner en práctica políticas
encaminadas a la protección del medio ambiente con el fin de prevenir
la destrucción del patrimonio natural cuyos frutos son necesarios
para el bienestar de la humanidad. ''
Para afrontar este desafío, se
requiere un enfoque interdisciplinar (...)» y «una capacidad de valorar y
prever, de vigilar la dinámica del cambio ambiental y del desarrollo
sostenible, de elaborar y aplicar soluciones a nivel internacional. Es
preciso prestar atención particular al hecho de que los países más
pobres son los que suelen pagar el precio más alto por el deterioro
ecológico (...).
La destrucción del medio ambiente, su uso impropio o egoísta y el
acaparamiento violento de los recursos de la tierra, generan fricciones,
conflictos y guerras, precisamente porque son fruto de un concepto
inhumano de desarrollo».
Por eso, advierte, «un desarrollo que se limitara al aspecto técnico y
económico, descuidando la dimensión moral y religiosa, no sería un
desarrollo humano integral y, al ser unilateral, terminaría fomentando
la capacidad destructiva del hombre».
Para responder a las exigencias de la protección del medio ambiente y del
desarrollo sostenible, el Papa hace un llamamiento a promover y a
«salvaguardar las condiciones morales de una auténtica 'ecología
humana'». Afirmando que «Esto exige una relación responsable no sólo
con la creación sino también con nuestro prójimo, cercano y lejano, en
el espacio y en el tiempo, y con el Creador». Afrontar estos tres
desafíos, concluye el Papa, exige «amor al prójimo», sólo éste « puede
asegurar esa solidaridad intergeneracional que transmite amor y
justicia a las generaciones futuras».
«Cambio climático y desarrollo», con la reafirmada importancia del principio de la
doctrina social del destino universal de los bienes, y la necesidad de adoptar estilos de
vida y formas de producción y consumo que respeten la creación y el desarrollo
sostenible. El propósito del seminario era sobre todo un ejercicio de escucha para reunir
información, de forma que se ayude a la Iglesia a la hora de formular una respuesta
ética y pastoral al tema del cambio climático. En referencia a algunos de los temas
teológicos implicados se hizo referencia a los primeros capítulos de la Biblia
demuestran que la realidad creada por Dios existe para el uso de la humanidad. «El
dominio del hombre sobre la creación, no obstante, no tiene que ser un dominio y
dominación despóticos, por el contrario, tiene que 'cultivar y cuidar' de los bienes
creados por Dios». Acerca de Teología y ecología se planteó la necesidad de hablar de
creación más que de medio ambiente. La creación incorpora valor y nos recuerda a
Dios. «Sin una creencia en la creación de Dios, existe el peligro de que la naturaleza o
la tierra se conviertan en dios», urgiendo así a una mayor responsabilidad en el cuidado
de la creación. Es necesario recordar la maravilla y belleza de la creación de Dios.
Además, las actuaciones en el área del clima deben acompañarse de una profunda
contemplación y conciencia de la presencia divina y de la riqueza de las enseñanzas de
la Iglesia. Nuestra vocación de guardianes de la creación no es sólo algo accidental,
sino que dimana «de la realidad de Dios y de la verdad sobre nosotros mismos». «La
naturaleza es para el hombre, y el hombre es para Dios». Por ello, debemos evitar tanto
el error de hacer de la naturaleza un absoluto, como el de reducirla a un mero
instrumento. En efecto, la naturaleza no es un absoluto sino una riqueza
depositada en las manos responsables y prudentes del hombre» y esto significa
también que «el hombre tiene una indiscutida superioridad sobre la creación y, en virtud
de ser persona dotada de un alma, no puede ser equiparado a los demás seres vivos, ni
mucho. menos considerado elemento de perturbación del equilibrio ecológico
naturalista». Ahora bien, en este contexto «el hombre no tiene un derecho absoluto
sobre ella, aunque sí un mandato de conservación y desarrollo en una lógica de
destino universal de los bienes de la tierra, que es uno de los principios fundamentales
de la Doctrina Social de la Iglesia, principio que hay que compaginar sobre todo con la
opción preferencial por los pobres y por el desarrollo de los países pobres». En la
consideración de los problemas relativos al cambio climático, «la Doctrina Social de la
Iglesia debe afrontar muchas formas de idolatría de la naturaleza actuales que pierden
de vista al hombre». «Semejantes ecologismos surgen a menudo en el debate sobre los
problemas demográficos y sobre la relación entre población, medio ambiente y
desarrollo».
La persona humana tiene una «superioridad incuestionable» sobre la creación y, por
poseer un alma inmortal, no-puede ponerse al mismo nivel que otros seres vivientes.
Es un error considerar también la presencia humana como algo ·que -disturba el
equilibrio ecológico natural. Al mismo tiempo tenemos la responsabilidad de
conservar y desarrollar. la naturaleza en el marco del principio del destino universal
de los bienes, y de la preocupación por el bienestar de los pobres. Se advirtió del
peligro de «las formas modernas de idolatría de la naturaleza que pierden de vista al
hombre», es decir el peligro de las políticas que buscan limitar la población, con la
vista en la conservación del medio ambiente, por medio del aborto y la esterilización.
El tema de la ecología es sobre todo un tema 'ético. En sus raíces el problema
ecológico es tanto antropológico como teológico, pues la forma en que nos
relacionamos con la naturaleza depende de cómo nos relacionamos con las demás
personas, y de cómo nos relacionamos con Dios.
En esta perspectiva comprometida de la Encíclica, Francisco crea una octava
obra de misericordia, precisamente afinando: «me permito proponer
un complemento a las dos listas tradicionales de siete obras de
misericordia, añadiendo a cada una el cuidado de la casa común.
- Como obra de misericordia espiritual, el cuidado de la casa
común precisa de la contemplación agradecida del mundo» que «nos
permite descubrir a través de cada cosa alguna enseñanza que Dios nos
quiere transmitir».
- Como obra de misericordia corporal, el cuidado de la casa común
necesita «simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la
violencia, del aprovechamiento, de egoísmo [...] y se manifiesta en todas
las acciones que procuran construir un mundo mejor». :
a) El significado teológico de la ecología: Teología y Ecología
Se destaca dos principios fundamentales de la fe cristiana.
- Uno de ellos es la fe en la Encarnación de Cristo.
Al asumir la naturaleza humana, el Hijo de Dios se hizo cargo de la
creación material en su totalidad. Cristo vino para salvar a toda la
creación a través de la Encarnación, no sólo la humanidad; de acuerdo
con San Pablo «toda la creación gime con dolores de parto y está
sufriendo» en espera de su salvación a través de la humanidad. Se trata
de afirmar y desarrollar la verdad de la encarnación del Hijo de Dios.
Y con ella, de manera inseparable, valorar la creación toda, nacida del
amor de Dios y asumida por El. La encíclica refiere, de modo
inesperado, al pensamiento d e l por tanto tiempo condenado TEILHARD
DE CHARDIN, para quien Cristo es el 'punto omega' de la evolución
de todo lo que existe, «eje de la maduración universal». Laudato si'
retoma con fuerza el concepto de creación, en lugar del de naturaleza,
«porque decir 'creación' es más que decir naturaleza, porque tiene que
ver con un proyecto del amor de Dios donde cada criatura tiene un
valor y un significado». « La creación es del orden del amor. El amor
de Dios es el móvil fundamental de todo lo creado (...) hasta la vida
efímera del ser más insignificante...». «Todo el universo material es
un lenguaje del amor de Dios [...] el suelo, el agua, las montañas, todo es
caricia de Dios». Ese proyecto nos instala en el tiempo y «da lugar a la
apasionante y dramática historia humana», en la que se ejercita nuestra
libertad. Esta dimensión, esencial a lo creado, es asumida entonces por el
Hijo de Dios que en Jesús «iba creciendo en sabiduría, en estatura y
en gracia ...».
Todo lo creado, asumido por el Hijo de Dios en su naturaleza humana,
tiene una dignidad que nadie puede ignorar y todos han de
respetar, cuidar y cultivar. Asimismo, el ser creatura, el no ser Dios «No
somos Dios», «el pensamiento judío-cristiano desmitificó la naturaleza»,
ubica al ser humano y a la entera creación en su lugar propio. En nuestro
tiempo y en especial en nuestras tierras, hemos retomado la conciencia de
que el Hijo de Dios no solo se hizo hombre, sino que se hizo pobre.
«Él, que era de condición divina (...) se anonadó a sí mismo y tomó la
condición de esclavo». Uno de los aportes más señalados en la encíclica de
Francisco es el de unir de manera indisoluble «el clamor de la tierra» con
el «clamor de los pobres». «Lejos de ese modelo [el de san Francisco],
hoy el pecado se manifiesta con toda su fuerza de destrucción en las
guerras, las diversas formas de violencia y maltrato, el abandono de los
más frágiles, los ataques a la naturaleza».
- El otro principio fundamental de la fe cristiana que tiene importantes
implicaciones ecológicas se relaciona con el corazón mismo de la Iglesia,
que es la Sagrada Eucaristía. Todo manifiesta la gloria de Dios, como
dice el salmista, y el ser humano lidera este coro cósmico de glorificación
al Creador como el sacerdote de la creación.
Esta forma de entender el lugar y la misión de la humanidad en la
creación es común tanto a la tradición cristiana oriental como occidental,
1
y es de particular importancia para el cultivo de una ética ecológica, que
muestra- la dimensión erística de todo compromiso social y ecológico.
OTRAS ORIENTACIONES DEL MAGISTERIO DE LA IGLESIA.
Algunos textos del Magisterio Conciliar y Postconciliar del Vaticano II
acerca de «que los propósitos generosos con los que la familia humana
intenta hacer más humana su propia vida y someter toda la tierra a
este fin».
1) Damos por estudiados los textos del Magisterio Conciliar del
Vaticano II:
* Lumen Gentium VII, presta más atención a la META trascendente y
definitiva de la vida personal y de la historia humana misma, tal como
Dios nos la ha revelado: la Iglesia del Cielo; para la Iglesia y la
humanidad peregrina se trata de la plenitud «todavía no» alcanzada.
* Gaudium et Spes: que nos presenta el camino de la humanidad por
el mundo y la historia. Parece acentuar más el «ya», el camino, con la
recuperación de la continuidad en la discontinuidad entre el compromiso
por el progreso humano temporal y el Reino de Dios. Este capítulo III trata
del sentido de la actividad del hombre en el universo como respuesta al
interrogante planteado anteriormente: «¿Qué sentido último tiene la
acción humana en el universo»?
Recordamos sintéticamente que sea el Magisterio Conciliar que
Postconciliar manifiestan una convergencia dinámica y abierta hacia dos
tesis, fundamentales:
El progreso humano es un gran bien para el hombre y corresponde al
designio de Dios Creador.
Reino de Dios y progreso humano temporal son considerados como
no idénticos, ni independientes entre sí, sino interdependientes (analogía
sacramental).
1) Magisterio Conciliar:
La actividad humana en el universo: El problema.
El valor de la actividad humana.
Antropocentrismo de la actividad humana.
"Autonomía" de la actividad humana.
La actividad humana en la Historia de la Salvación:
La actividad humana corrompida por el pecado.
Destacamos la 'la inclusión entre la encarnación (al comienzo) y la
eucaristía (al final), es decir, cristológica y eucarística' del aporte de GS 38:
Perfección de la actividad humana en el misterio pascual
38. El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho El mismo carne y
habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia del mundo,
asumiéndola y recapitulándola en sí mismo. El es quien nos revela que Dios es amor, a
la vez que nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, es el
mandamiento nuevo del amor. Así, pues, a los que creen en la caridad divina les da la
certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por
instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles. Al mismo tiempo advierte que
esta caridad no hay que buscarla únicamente en los acontecimientos importantes, sino,
ante todo, en la vida ordinaria. El, sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores,
nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los
hombros de los que buscan la paz y la justicia. Constituido Señor por su resurrección,
Cristo, al que le ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra, obra ya por la
virtud de su Espíritu en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo del siglo
futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo también con ese deseo aquellos
generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su
propia vida y someter la tierra a este fin. Mas los dones del Espíritu Santo son diversos:
si a unos llama a dar testimonio manifiesto con el anhelo de la morada celestial y a
mantenerlo vivo en la familia humana, a otros los llama para que se entreguen al
servicio temporal de los hombres, y así preparen la materia del reino de los cielos. Pero
a todos les libera, para que, con la abnegación propia y el empleo de todas las energías
terrenas en pro de la vida, se proyecten hacia las realidades futuras, cuando la propia
humanidad se convertirá en oblación acepta a Dios.
El Señor dejó a los suyos prenda de tal esperanza y alimento para el camino en aquel
sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre,
se convierten en el cuerpo y sangre gloriosos con la cena de la comunión fraterna y la
degustación del banquete celestial.
GS 39: La actividad humana y «el mundo que vendrá». La consumación
de la humanidad y la transformación del universo son comprendidos y
presentados 'dentro' del misterio cristológico del Reino de Dios «ya
presente en esta tierra misteriosamente (' in mysterio')» que «llegará a su
consumación» en la Parusía ('adveniente Domino').
Es interesante la conclusión de la GS:
«93. Los cristianos recordando la, palabra del Señor: En esto conocerán
todos que sois mis discípulos, en el amor mutuo que os tengáis, no pueden
tener otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con
suma eficacia a los hombres de hoy. Por consiguiente, con la fiel adhesión
al Evangelio y con el uso de las energías propias de éste, unidos a todos
los que aman y practican la justicia, han tomado sobre si una tarea
ingente que han de cumplir en la tierra, y de la cual deberán responder
ante Aquel que juzgará a todos en el último día. No todos los que dicen:
'¡Señor, Señor'!, entrarán en el reino de los cielos, sino aquellos que hacen
la voluntad del Padre y ponen manos a la obra. Quiere el Padre
- que reconozcamos y amemos efectivamente a Cristo, nuestro hermano,
en todos los hombres, con la palabra y con las obras, dando así testimonio
de la Verdad, y
- que comuniquemos con los demás el misterio del amor del Padre
celestial.
Por esta vía, en todo el mundo los hombres se sentirán despertados a una
viva esperanza, que es don del Espíritu Santo, para que, por fin, llegada
la hora, sean recibidos en la paz y en la suma bienaventuranza en la
patria que brillará con la gloria del Señor".
2) Magisterio Postconciliar
* Pontificio:
* San PABLO VI: «Mundo puede significar el cosmos: es este el inmenso
universo de la creación (...). El mundo es una grande, estupenda,
misteriosa palabra de Dios».
* San PABLO VI: «La Iglesia navega en el océano de la humanidad (...)
orientada como está siempre hacia un puerto, hacia un 'reino que no es
de este mundo'. Hay otra mirada que se proyecta hacia el futuro (...)
observa a lo lejos y su horizonte está encubierto por una niebla luminosa
que no deja ver en sus particulares, pero que permite adivinarlo en
imágenes, señales y presagios, que son suficientes para (...)
saberse conducidos hacia un reino magnifico, hacia un puerto espléndido:
es decir, hacia una plenitud de vida y de felicidad que nos hace
comprender cuán grande es nuestra dicha de ser hijos de la santa Iglesia.
Será preciso vigilar mucho, sí, para no perder la esperanza cristiana, la
verdadera, la escatológica, la que debe orientar la vida de la Iglesia y de
todo fiel cristiano hacia el reino de Dios. ¡Ante todo y sobre todo el
reino de Dios! (...) La esperanza cristiana puede sostener también las
esperanzas humanas buenas y nobles».
*San PABLO VI, Populorum Progressio, donde el Papa trazaba la
imagen de una humanidad solidaria con el futuro:
' '
«no se trata únicamente de superar el hambre y hacer cesar la pobreza.
La lucha contra la miseria, por necesaria que sea, no es suficiente. Se trata
de construir un mundo, donde todo hombre, sin distinción de raza,
religión, origen, pueda llevar una vida plenamente humana, libre de la
esclavitud por parte de· otros hombres, y libre de una naturaleza no
suficientemente dominada, un mundo donde la libertad no sea una
palabra sin contenido, donde el pobre Lázaro pueda sentarse a la misma
mesa del rico».
La Encíclica exige una nueva mentalidad precisamente de los países más
desarrollados y así mismo unas medidas políticas concretas. A los
escépticos, el Santo Padre responde:
«Muchos quisieran tener tales esperanzas por utópicas. Pero podría ser
que su realismo se demuestre equivocado, que no hayan reconocido la
dinámica de un mundo que quiere vivir más fraternalmente, de un mundo
que, a pesar de su ignorancia, sus errores, sus recaídas en la barbarie, su
apartamiento del camino de la salvación, sin tener conciencia clara de
ello, se va acercando a su Creador. Este camino hacia una mayor
humanidad exige esfuerzos y sacrificios. También las contrariedades
aceptadas por amor a nuestros hermanos contribuyen al progreso de
toda la familia de los hombres».
Con las debidas reservas, pero sin lugar a dudas, aquí se da una
interpretación teológica a la dinámica del desarrollo histórico actual.
* San PABLO VI, En el Credo del Pueblo de Dios dice:
«Confesamos igualmente que el Reino de Dios, que ha tenido en la Iglesia
de Cristo sus comienzos aquí en la tierra, no es de este mundo, cuya
figura pasa, y también que sus crecimientos propios no pueden juzgarse
idénticos al progreso de la cultura de la humanidad o de las ciencias o de
las artes técnicas, sino que consiste en que se conozcan cada vez más
profundamente las riquezas insondables de Cristo, en que se ponga cada
vez con mayor constancia la esperanza en los bienes eternos, en que cada
vez más ardientemente se responda al amor de Dios; finalmente, en que
la gracia y la santidad se difundan cada vez más abundantemente entre
los hombres.
Pero con el mismo amor es impulsada la Iglesia para interesarse
continuamente también por el verdadero bien temporal de los hombres.
Porque, mientras no cesa de amonestar a todos sus hijos que tienen aquí
en la tierra ciudad permanente, los estimula también, a cada uno según
su condición de vida y sus recursos, a que fomenten el desarrollo de la
propia ciudad humana, promuevan la justicia, la paz y la concordia
fraterna entre los hombres y presten ayuda a sus hermanos, sobre todo a
los más pobres y a los más desgraciados.
Por lo cual, la gran solicitud con que la Iglesia, Esposa de Cristo, sigue de
cerca las necesidades de los hombres, es decir, sus alegrías y esperanzas,
dolores y trabajos, no es otra cosa sino el deseo que la impele
vehementemente a estar presente a ellos, ciertamente con la voluntad de
iluminar a los hombres con la luz de Cristo, y de congregar y unir a
todos en Aquel que es su único Salvador.
Pero jamás debe interpretarse esta solicitud como si la Iglesia se
acomodase a las cosas de este mundo, o se resfriase el ardor con que ella
espera a su Señor y el Reino eterno».
* San JUAN PABLO II:
La relación entre la 'Jerusalén Celestial' y la 'Tecnópolis' determina la
actitud que la Iglesia debe tomar acerca del fenómeno del desarrollo que hoy
día ocupa las fuerzas de la humanidad. Se trata de «El Evangelio de la
liberación radical e integral, de la liberación soteriológica». En esta
perspectiva, el Santo Papa Juan Pablo II, destacando «los rasgos
fundamentales de la verdadera Iglesia de Jesucristo» escribía a los obispos
de Brasil:
«La Iglesia es, ante todo, -un misterio - éste es el primer rasgo - respuesta a
un designio amoroso y salvífica del Padre, prolongación de la Misión del
Verbo Encarnado, fruto de la acción creadora del Espíritu Santo. Por
ello, la Iglesia no se puede definir e interpretar partiendo de categorías
puramente racionales (sociopolíticas u otras), producto de un saber
meramente humano. Forma parte de su misterio ser:
'
- santa, aunque hecha de pecadores;
- peregrina, .
- contemplativa en la acción y activa en la contemplación;
- escatológica, primicias del Reino, aunque no su plenitud y consumación;
- mudable en sus accidentes e inmutable en su ser y en su misión.
Dicha misión - y constituye el segundo rasgo a señalar - es la de
evangelizar, es decir, prestar al mundo el ministerio de la salvación,
mediante el 'dialogus salutis' instaurado con él. Esencialmente religioso,
porque nace de una iniciativa de Dios y tiene como término el Absoluto de
Dios, el misteteriuim salutis es, al mismo tiempo servicio al hombre -
persona y sociedad – a sus necesidades espirituales y temporales, a sus
derechos fundamentales, a su convivencia humana y civil».
JUAN PABLO II: «'La teología de la liberación' viene frecuentemente
vinculada (alguna vez demasiado exclusivamente) a América Latina; pero
es preciso dar la razón a uno de los grandes teólogos contemporáneos, que
exige justamente una teología de la liberación de alcance universal. Sólo
los contextos son diversos, pero es universal la realidad misma de la
libertad 'con la que Cristo nos ha hecho libres'.
Tarea de la teología es encontrar su verdadero significado en los diversos y
concretos contextos históricos y contemporáneos. Cristo mismo vincula de
modo particular la liberación con el conocimiento de la verdad:
'Conoceréis la verdad, y la verdad os liberará'. Esta frase atestigua sobre
todo el significado íntimo de la libertad por la que Cristo nos libera.
Liberación significa transformación interior del hombre, que es
consecuencia del conocimiento de la verdad. La transformación es, pues,
un proceso espiritual en el que el hombre madura 'en justicia y santidad
verdaderas' La liberación, también en el sentido social, comienza por el
conocimiento de la verdad (...) La teología de la liberación debe ser sobre
todo fiel a toda la verdad sobre el hombre, para poner en evidencia, no
sólo en el contexto latinoamericano, sino también en todos los contextos
contemporáneos qué realidad es esta libertad 'con la que Cristo nos ha
liberado'.
¡Cristo! Es necesario hablar de nuestra liberación en Cristo, es
necesario anunciar esta liberación. Es necesario insertarla en toda la
realidad contemporánea de la vida humana. (...) precisamente en estos
tiempos debe llegar a ser cada vez más evidente y cada vez más plena para
todos nosotros la realidad de nuestra liberación en Cristo».
San JUAN PABLO II: recordamos las notables expresiones al respecto en
la catequesis del 17 de enero de 2001 alertando contra el peligro de una
eco-catástrofe:
«el señorío del hombre no es 'absoluto, sino ministerial, reflejo real del
señorío único e infinito de Dios' (...) es la misión no de un dueño absoluto
e incensurable, sino de un administrador del Reino de Dios, llamado a
continuar la obra del Creador, una obra de vida y de paz (...)
Por desgracia, si la mirada recorre las regiones de nuestro planeta,
enseguida nos damos cuenta de que la humanidad ha defraudado las
expectativas divinas.
Sobre todo, en nuestro tiempo, el hombre ha devastado sin vacilación
llanuras y valles boscosos, ha contaminado las aguas, ha deformado el
hábitat de la tierra, ha hecho irrespirable el aire, ha alterado los sistemas
hidro-geológicos y atmosféricos, ha desertizado espacios verdes, ha
realizado formas de industrialización salvaje (...).
Es preciso, pues, estimular y sostener la 'conversión ecológica', que en
estos últimos decenios ha hecho a la humanidad más sensible respecto a la
catástrofe hacia la cual se estaba encaminando. El hombre no es ya
'ministro' del Creador.
Pero, autónomo déspota, está comprendiendo que debe finalmente
detenerse ante el abismo (...) Por consiguiente, no está en juego sólo una
ecología 'física', atenta a tutelar el hábitat de los diversos seres vivos,
sino también una ecología 'humana', que haga más digna la existencia
de las criaturas, protegiendo
i i el bien radical de la vida en todas sus
manifestaciones y preparando a las futuras generaciones un ambiente que
se acerque más al proyecto del Creador (…) tratando de hacer que los
bienes de la tierra estén disponibles para todos y no sólo para algunos
privilegiados, precisamente como sugería el jubileo bíblico.
Papa Benedicto XVI insistía desde la fe:
«En la fe sobre la creación está el fundamento último de nuestra
responsabilidad con respecto a la tierra, la cual no es simplemente
propiedad nuestra (...) Más bien, es don del Creador que trazó sus
ordenamientos intrínsecos y de ese modo nos dio las señales de
orientación a las que debemos atenernos como administradores de su
creación (...) (La Iglesia) no sólo debe defender la tierra, el agua, el aire
como dones de la creación que pertenecen a todos.
También debe proteger al hombre 'contra la destrucción de sí mismo.
Es necesario que haya algo como una ecología del hombre, entendida
correctamente (...) Ciertamente, los bosques tropicales merecen nuestra
protección, pero también la merece el hombre como criatura, en la
que está inscrito un mensaje que no significa contradicción de
nuestra libertad.
Se trata de tener presente la invitación de Cristo a reconocer los rasgos
paternos de Dios dentro de la creación. La creación contemplada por
Jesús revela al Padre porque Él sabe ver la trascendencia del Padre en la
inmanencia insuperable del fenómeno creatural.
El vínculo entre la fe en Dios y el respeto por la creación es
explicitado reiteradamente por el Papa Benedicto XVI:
«Es necesario poner nuevamente de relieve este vínculo inseparable
entre la Creación y la Redención. El Redentor es el Creador, y si
nosotros no anunciamos a Dios en toda su grandeza, de Creador y de
Redentor, quitamos valor también a la Redención. En efecto, si Dios no
tiene nada que decir en la creación; si es relegado sólo a un ámbito de
la historia, ¿cómo puede comprender realmente toda nuestra vida?
¿Cómo podrá traer verdaderamente la salvación para el hombre en su
integridad y para el mundo en su totalidad?
Por eso (...) la renovación de la doctrina de la Creación y una nueva
comprensión de la inseparabilidad de la Creación y la Redención
reviste una grandísima importancia. Debemos reconocer de nuevo que
él es el creator Spiritus, la Razón que es el principio y de la que todo
nace y de la que nuestra razón no es más que una chispa. Y es Él, el
Creador mismo, quien también entró en la historia y puede entrar y
actuar en ella precisamente porque Él es el Dios del conjunto y no sólo
de una parte.
Si reconocemos esto, se seguirá obviamente que la Redención, el ser
cristianos, es decir, sencillamente la fe cristiana, implican siempre y de
cualquier forma también responsabilidad con respecto a la creación.
Hace veinte o treinta años se acusaba a los cristianos de que eran los
verdaderos responsables de la destrucción de la creación, porque las
palabras del Génesis - 'someted la tierra' - habrían llevado a una
arrogancia con respecto a la creación, cuyas consecuencias nosotros
sufrimos hoy.
Debemos esforzarnos de nuevo por ver toda la falsedad que encierra esa
acusación: a la vez que la tierra se consideraba creación de Dios, la tarea
de 'someterla' nunca se entendió como una orden de hacerla esclava,
sino más bien como la tarea de ser custodios de la creación y de
desarrollar sus dones, de colaborar nosotros mismos activamente en la
obra de Dios, en la evolución que él ha puesto en el mundo, de forma que
los dones de la creación sean valorados y no pisoteados y destruidos.
Donde la palabra del Creador se ha entendido de modo correcto, donde
ha habido vida con el Creador redentor, allí las personas se han
comprometido en la tutela de la creación y no en su destrucción. ·
En este contexto se puede citar el capítulo 8 de la carta a los Romanos,
donde se dice que la creación sufre y gime por la sumisión en que se
encuentra y que espera la revelación de los hijos de Dios (...) la creación
gime y espera personas humanas que la miren desde Dios.
El consumo brutal de la creación comienza donde no está Dios, donde la
materia es sólo material para nosotros, donde nosotros mismos somos las
últimas instancias, donde el conjunto es simplemente una propiedad
nuestras y el consumo es sólo para nosotros mismos.
El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna
instancia por encima de nosotros, sino que sólo nos vemos a nosotros
mismos; comienza donde no existe ya ninguna dimensión de la vida más
allá de la muerte, donde en esta vida debemos acapararlo todo y poseer la
vida de la forma más intensa posible, donde debemos poseer todo lo que
es posible poseer.
Por tanto (...) sólo se pueden realizar y desarrollar, comprender y vivir,
instancias verdaderas y eficaces contra el derroche y la destrucción de la
creación donde la creación se considera desde Dios, donde la vida se
considera desde Dios y tiene dimensiones mayores, en la responsabilidad
….de Dios. Un día Dios nos dará la vida en plenitud, y ya no nos será
quitada: al dar la vida, nosotros la recibimos.
La sensación de que el mundo se nos está escapando - porque somos
nosotros mismos los que lo estamos expulsando - y el sentirnos agobiados
por los problemas de la creación, precisamente esto nos brinda una
ocasión propicia para hablar públicamente de nuestra fe y hacer que se la
considere como una instancia que propone. En efecto, no se trata sólo de
encontrar técnica que prevengan los daños, aunque es importante
descubrir energías alternativas y otras cosas.
Todo eso no bastará si nosotros mismos no asumimos un nuevo
estilo de vida, una disciplina, hecha también de renuncias; una
disciplina que nos obligue a reconocer a los demás, a los que pertenece la
creación tanto como a nosotros; una disciplina de la responsabilidad con
respecto al futuro de los demás y a nuestro mismo futuro, porque es
responsabilidad ante Aquel que es verdaderamente nuestro Juez y, en cuanto
Juez, también nuestro Redentor (...) es necesario poner siempre juntas
las dos dimensiones - la Creación y la Redención, la vida terrena y la
vida eterna, la responsabilidad con respecto a la creación y la
responsabilidad con respecto a los demás y con respecto al futuro y que
tenemos la tarea de intervenir así, de manera clara y decidida, en la
opinión pública. Para que se nos escuche, al mismo tiempo debemos
demostrar con nuestro ejemplo, con-nuestro propio estilo de vida, que
estamos hablando de un mensaje en el que nosotros mismos creemos y
según el cual se puede vivir». .
También la relación entre ecología y paz aparece como tema central en el
Mensaje para la Jornada mundial de la Paz. Hablando de «la crueldad
del hombre con· el hombre» reafirma que la «crisis ecológica tiene un
carácter predominantemente ético» así que «el compromiso de tutelar la
creación» reclama «la estrecha interrelación que hay entre la lucha
contra el deterioro ambiental y la promoción del desarrollo humano
integral» manifestando las reservas del Magisterio de la Iglesia hacia «el
ecocentrismo y el biocentrismo, porque dicha concepción elimina la
diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana y los otros
seres vivientes».
Nos encontramos como creyentes en el contexto de este momento crítico
de la historia de la humanidad: nos comprometemos con el cuidado de
la creación no por miedo sino por amor.
Es así que se reconoce que: «La imagen de la naturaleza como un libro tiene
sus raíces en el cristianismo y ha sido apreciada por muchos científicos.
Galileo veía la naturaleza como un libro cuyo autor es Dios, del mismo
modo que lo es de la Escritura».
Nos parecen importantes las siguientes expresiones de nuestro Papa
Benedicto XVI indicando la llamada «via pulcritudinis: un camino de
la belleza que constituye al mismo tiempo un recorrido artístico, y un
itinerario deje, de búsqueda teológica (...) El arte, en todas sus
expresiones, cuando se confronta con los grandes interrogantes de la
existencia, con los temas fundamentales de los que deriva el sentido de la
vida, puede asumir un valor religioso y transformarse en un camino de
profunda reflexión interior y de espiritualidad... ».
En efecto: «La fe alienta a contemplar con mirada fascinada y conmovida
la meta última y definitiva, el sol sin ocaso que ilumina y embellece el
presente. San Agustín, cantor enamorado de la belleza, reflexionando
sobre el destino último del hombre (...) escribía:
'Gozaremos, por tanto, hermanos; de una visión que los ojos nunca
contemplaron, que los oídos nunca oyeron, que la fantasía nunca
imaginó: una visión que supera todas las bellezas terrenas, la del oro,
la de la plata, la de los bosques y de los campos, la del mar y
del cielo, la del sol y de la luna, la de las estrellas y los ángeles:
la razón es la siguiente: que esta es la fuente de todas las demás bellezas».
CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta
Recentiores Episcoporum Synodi:
«El cristiano debe mantener firmemente estos dos puntos esenciales:
* debe creer, por una parte, en la continuidad fundamental existente, en
virtud del Espíritu Santo, entre la vida presente en Cristo y la vida
futura - en efecto la caridad es la ley del Reino de Dios y por nuestra
misma caridad en la tierra se medirá nuestra participación en la gloria
divina en el cielo -;
* pero, por otra parte, el cristiano debe ser consciente de la ruptura
radical que hay entre la vida presente y la futura, ya que la economía de la
fe es sustituida por la de la plena luz: nosotros estaremos con Cristo y
«veremos a Dios»». ·
El mismo Santo Papa Juan Pablo II, en los comienzos de su pontificado
afirmaba: «todo compromiso, también de tipo social y caritativo, no debe
jamás olvidar que lo esencial en el cristianismo es la Redención, es
decir, que Cristo sea conocido, amado, seguido».
Como conclusión de esta unidad podemos recordar que «Si (la tensión
escatológica del cristianismo) nos hace conscientes del carácter relativo
de la historia, no nos exime en ningún modo del deber de construirla».
En efecto, «la frágil bondad, belleza y vida que contemplamos en el
universo se encamina hacia una perfección y plenificación que no serán
aplastadas por las fuerzas de la disolución y la muerte».
* FRANCISCO, Laudato si'.
Afirma claramente que « No hay ecología sin una· adecuada
antropología. Cuando la persona humana es considerada sólo un ser más
entre otros, que procede de los juegos del azar o de un determinismo
físico, «se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia
de la responsabilidad».
Recordamos que, en general, cuando se remite a la Biblia para hablar del
cuidado de la creación se acostumbra a hablar de 'jardín'. El hombre es
colocado en el 'jardín' para que lo trabaje y lo cuide. En hebreo ambos
verbos (avad) y (shamar) remiten a la relación con Dios,
respectivamente en el culto y en el cumplimento de su voluntad y de su
alianza.
Papa Francisco opta, pero por otra imagen. Se trata no de plantas, sino de
morada. «Casa común»: en Laudato si' la expresión evoca más bien la
palabra griega « » que es común de dos términos clave para comprender
toda la encíclica: «ecología» y «economía». La opción de la casa en
lugar del jardín se comprende sobre este trasfondo.
La encíclica también ofrece algunos bellos ejemplos de cómo orar por la
protección de la creación de Dios. De las oraciones citadas al final de la
encíclica:
Se afirma que la llamada 'cuestión ecológica', es en realidad parte de
una cuestión social, la de la repartición mundial del bienestar y del
trabajo, es más, se trata de una cuestión espiritual; la de volver
aprender a contemplar y preservar la naturaleza en lugar de despreciarla y
destruirla. Ninguna de estas cuestiones puede resolverse separadamente.
Concluyendo este apartado nos remitimos a FRANCISCO:
«El relato bíblico de los orígenes del mundo y de la humanidad . Nos dice
que Dios mira la creación, casi como contemplándola, y dice una y otra
vez: Es buena. (...) esto nos introduce en el corazón de Dios.
Podemos preguntarnos:
¿Qué significado tienen estas palabras? ¿Qué nos dicen a ti, a mí, a todos
nosotros?
Nos dicen simplemente que nuestro mundo, en el corazón y en la mente
de Dios, es 'casa de armonía y de paz' y un lugar en el que todos pueden
encontrar su puesto y sentirse 'en casa', porque 'es bueno'.
Toda la creación forma un conjunto armonioso, bueno, pero sobre todo
los seres humanos, hechos a imagen y semejanza de Dios, forman una
sola familia, en la que las relaciones están marcadas por una
fraternidad real y no sólo de palabra: el otro y la otra son el hermano y
la hermana que hemos de amar, y la relación con Dios, que es amor,
fidelidad, bondad, se refleja en todas las relaciones humanas y confiere
armonía a toda la creación.
El mundo de Dios es un mundo en el que todos se sienten responsables
de todos, del bien de todos».
En fin, «Todo lo que Dios ha creado es bueno»: 1 Tim 4,4, pero como
afirma el filósofo francés ROUSSEAU, al comienzo de su conocida
obra 'Emilio':
«Todo sale perfecto de manos del autor de la naturaleza: en las manos
del hombre todo degenera».
l. 3. El contexto de la Nueva Evangelización propia de «una Iglesia en
salida misionera» «HACIA UN CAMBIO RADICAL DE
PARADIGMA, MÁS AÚN, HACIA UNA VALIENTE REVOLUCIÓN
CULTURAL».
También para los discípulos misioneros, comprometido en «una
conversión pastoral y misionera» de las distintas Iglesias particulares en
América Latina y el Caribe impulsadas por el Espíritu Santo «a pregonar
la buena noticia de la salvación a cada persona (...) proclamando que
Cristo es el Hijo de Dios, el Redentor del hombre y la roca firme donde
cimentar nuestra existencia», nos resulta muy motivador el llamado del
Papa emérito BENEDICTO XVI:
«Es muy importante que los cristianos vivamos la relación con los
difuntos en la verdad de la fe, y miremos la muerte y el más allá a la luz
de la Revelación (...) También hoy es necesario evangelizar la realidad
de la muerte y de la vida eterna, realidades particularmente sujetas a
creencias supersticiosas y sincretismos, para que la verdad cristiana no
corra el riesgo de mezclarse con mitologías de diferentes tipos».
En efecto, el secularismo exclusivista tiende a hacerse cada vez más
como una 'religión' general que margina el discurso auténticamente
religioso.
«Tal parece ser el punto de encuentro del excomunismo y del
capitalismo: el hedonismo, el bienestar generalizado, por virtud-del
mercado, y de la ideología que ha vencido y que domina al mundo a
través del influjo del espectáculo y la propaganda de alcance satelital.
(...) Frente al 'nuevo' totalitarismo de la inmanencia el enemigo será
el hombre de la trascendencia, es decir todos aquellos que piensan que
este mundo no es el definitivo». Considerando que, como reconocía
«surgen nuevas cuestiones y se difunden gravísimos errores que
intentan destruir, desde los cimientos, la religión, el orden moral y la
misma sociedad humana»; alerta que «nuestra época, más que los siglos
pasados, necesita esa sabiduría (que atrae con suavidad la mente del
hombre a la búsqueda y al amor de la verdad y el bien) para que se
humanicen todos los nuevos descubrimientos realizados por el hombre. El
destino del mundo está en peligro si no se forman hombres más sabios».
La Iglesia posee y enseña una esperanza más allá de los problemas y los
temores que son en definitiva iluminada y confortada por la fe
escatológica: «Mientras la Iglesia peregrina en este mundo (...) busca y
medita las cosa de arriba (...) allí está escondida la vida dé la Iglesia junto
con Cristo en Dios hasta que se manifieste llena de gloria en compañía de
su esposo
«La Iglesia (...) sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo.
Tendrá esto lugar cuando llegue el tiempo r
de la restauración universal y
cuando, con la humanidad, también el universo entero (...) quede
perfectamente renovado en Cristo...».
Resuena en estas palabras la solemne profesión del Vaticano II: «La.
Iglesia cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana
se encuentra en su Señor y Maestro».
Por esto, reafirma Papa Benedicto XVI: «Si no conocemos a Dios en
Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma
indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni
verdad(..) En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay
esperanza, no hay amor, no hay futuro».
En todo tiempo el hombre se para frente al futuro, entre desesperación,
presunción y fatalismo. Pero hoy los progresos alcanzados por la
civilización contemporánea pueden empujarlo hacia una voluntad de
seguridad que trasciende los límites impuestos por la problematicidad de
lo real. Es la perversa seguridad ('perversa securitas') de la que hablaba
San Agustín.
BENEDICTO XVI considera que
«Es necesaria una autocrítica de la edad moderna en diálogo con el
cristianismo y con su concepción de la esperanza. En este diálogo, los
cristianos, en el contexto de sus conocimientos y experiencias, tienen
también que aprender de nuevo en qué consiste realmente su esperanza,
qué tienen que ofrecer al mundo y qué es, por el contrario, lo que no
pueden ofrecerle. Es necesario que en la autocrítica de la edad moderna
confluya también una autocrítica del cristianismo moderno, que debe
aprender siempre a comprenderse a sí mismo a partir de sus propias
raíces.
Sobre esto sólo se puede intentar hacer aquí alguna observación. Ante
todo hay que preguntarse: ¿Qué significa realmente «progreso» qué es
lo que promete y qué es lo que no promete? (...) Dicho de otro modo: la
ambigüedad del progreso resulta evidente. Indudablemente, ofrece nuevas
posibilidades para el bien, pero también abre posibilidades abismales
para el mal, posibilidades que antes no existían. Todos nosotros hemos
sido testigos de cómo el progreso, en manos equivocadas, puede
convertirse, y se ha convertido de hecho, en un progreso terrible en el
mal. Si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la
formación ética del hombre, con el crecimiento del hombre interior, no
es un progreso sino una amenaza para el hombre y para el mundo».
«La ciencia puede contribuir mucho a la humanización del mundo y de la
humanidad, Pero también puede destruir al hombre y al mundo (...) Por
otra parte, debemos constatar también que el cristianismo moderno, ante
los éxitos de la ciencia en la progresiva estructuración del mundo, se ha
concentrado en gran parte sólo sobre el individuo y su salvación. Con
esto ha reducido el horizonte de su esperanza y no ha reconocido
tampoco suficientemente la grandeza de su cometido, si bien es
importante lo que ha seguido haciendo para la formación del hombre y la
atención de los débiles y de los que sufren».
El mensaje cristiano concerniente a la Escatología cristiana como anuncio
de la verdad sobre el futuro de la persona humana, de la historia y del
Cosmos, supone la fe en Cristo como «el Primero y el Último». En esta
perspectiva, podemos recordar
- San JUAN PABLO II, Redemptoris Missio: «la evangelización (..)
constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre
y a la humanidad entera en el mundo actual, el cual(..) parece haber
perdido el sentido de las realidades últimas...».
- El Papa Benedicto XVI alertaba a su tiempo:
«Nosotros hoy con frecuencia tenemos un poco de miedo a hablar de la
vida eterna. Hablamos de las cosas que son útiles para el mundo,
mostramos que el cristianismo ayuda también a mejorar el mundo, pero
no nos atrevemos a decir que su meta es la vida eterna y que de esa
meta vienen luego los criterios de la vida. Debemos reconocer de nuevo
que sólo en la gran perspectiva de la vida eterna el cristianismo revela
todo su sentido. Debemos tener la valentía, la alegría, la gran esperanza
de que la vida eterna exista, es la verdadera vida, y de esta verdadera vida
viene la luz que ilumina también a este mundo. (...) La voluntad de vivir
según la verdad y según el amor también debe abrir a toda la amplitud del
proyecto de Dios para nosotros, a la valentía de tener ya la alegría en la
espera de la vida eterna».
No se trata de un problema nuevo: ya San GREGORIO MAGNO,
reconoce las dificultades del discurso escatológico, pero también la
posibilidad, más aún, la necesidad del mismo para no perder de vista la
meta trascendente y bienaventurada que Dios quiere para todos los
hombres.
Lo eterno y lo espiritual no es aceptado por los hombres carnales,
porque no conocen por experiencia lo que se les dice respecto de
estas realidades.
- . .
Cuando el primer padre del género humano fue expulsado de las alegrías
del paraíso en razón de su culpa, vino a la tristeza de este exilio y de esta
ceguera que soportamos, porque echado fuera de sí mismo por el pecado,
ya no pudo ver aquellas alegrías de la patria celestial que antes
contemplaba. En el paraíso, el hombre se había habituado a s aborear
las palabras de Dios y a comunicarse, en virtud de su pureza de corazón y
de la elevación de su mirada, con los espíritus de los ángeles
bienaventurados. Pero después de haber caído aquí abajo, se apartó de
aquella luz espiritual que lo llenaba.
2. Nosotros, nacidos de su carne en la ceguera de este exilio,
ciertamente oímos que hay una patria celestial, que sus ciudadanos
son los ángeles de Dios, y que los compañeros de los ángeles son los
espíritus de los justos llegados a la perfección. Pero todos los que son
carnales, como no pueden conocer por experiencia estas realidades
invisibles, dudan de la existencia de lo que no ven con sus ojos
corporales. Esta duda, evidentemente, no pudo existir para nuestro
primer padre porque, aunque excluido de las alegrías del paraíso, se
acordaba de lo que había perdido puesto que él lo había visto. Pero los
demás no pueden pensar ni recordar lo que han oído, porque ninguno
tiene como aquél experiencia alguna ni siquiera de tiempos pasados.
3. Es como si una mujer embarazada fuera llevada a la cárcel y allí
diera a luz un niño.
Después de su nacimiento, el niño es alimentado y crece en esa cárcel.
Si su madre acaso llega a hablarle del sol, de la luna, de las estrellas,
de las montañas y los campos, de los pájaros que vuelan, de los
caballos que corren, él; como nació y creció en la cárcel, no conoce
sino sus tinieblas. Oye decir que estas cosas existen, pero como no las
conoce por experiencia, desconfía de que existan en realidad. Así los
hombres nacidos en la ceguera de su destierro, cuando oyen decir que
existen bienes de suma perfección e invisibles, desconfían de que
existan de verdad, porque conocen sólo estas ínfimas realidades visibles
entre las que han nacido.
4. De aquí que el Creador de los bienes invisibles y visibles, el Hijo
único del Padre, uniera para redimir al género humano y para enviar al
Espíritu Santo a nuestros corazones. Así vivificados por El, creemos lo
que todavía no podemos saber por experiencia. Por consiguiente, todos
los que hemos, recibido ese Espíritu, prenda de nuestra herencia, no
dudamos de la vida de los seres invisibles.
5. Pero quienquiera que aún no se sienta firme en esta creencia, sin duda
debe dar fe a las palabras de los mayores y creer a los que, gracias al
Espíritu Santo, ya tienen la experiencia de lo invisible. Pues insensato es
el niño si cree que su madre le miente cuando le habla de la luz, por el
hecho de que él no conoce sino las tinieblas de la cárcel.
6. PEDRO: Me agrada mucho lo que dices. Pero quien no cree en las cosas
invisibles es evidentemente un no creyente. Y este hombre sin fe, en razón
de que duda, no busca la fe, sino el entendimiento.
11. Sin f e , n i aun e l n o creyente puede vivir.
Gregorio: Me atrevo a decir que sin fe ni aun un no creyente puede vivir.
Porque Si preguntara a un no creyente quién es s u padre o quién es su
madre, en seguida me respondería: 'Tal hombre y tal mujer'. Si de
inmediato le preguntara si conoció el momento de su concepción o si vio
cuando nacía, confesará que no supo ni vio nada de todo eso, y sin embargo
cree lo que no vio. En efecto, afirma sin titubear que tuvo como padre a tal
hombre y como madre a tal mujer.
2. PEDRO: Confieso que hasta ahora ignoraba que también los no
creyentes tuvieran fe.
GREGORIO: ¡También los no creyentes tienen fe!¡Pero sería de desear
que la tuvieran en Dios! Porque si la tuvieran; ya no serían no creyentes. Por
esta razón hay que refutarles su falta de fe, y por esta razón hay que
llamarlos a la gracia de la fe, porque si respecto a su cuerpo visible creen
lo que no han visto, ¿por qué no creen en las cosas invisibles que
corporalmente no pueden ser vistas?
3. En efecto, que después de la muerte de la carne el alma vive, lo hace
patente la razón, pero siempre que se recurra a la fe».
También San AGUSTÍN reconocía que: «Hacer conjeturas sobre
cuál y cuán grande sea la gracia del cuerpo espiritual (quae sit et
quam magna spiritalis corporis gratia), como no tenemos
experiencia, me parece siempre una temeridad. Sin embargo, como
para dar gloria a Dios no debe pasarse en silencio (propter Dei
laudem non est tacendum) el gozo de nuestra esperanza (...) por
los beneficios que en esta vida miserable ( aerumnosis ima) otorga a
los buenos y a los malos, hemos de conjeturar, con su gracia y
según nuestros alcances, cuán grande será aquello que, por no
haberlo experimentado aún, no podemos expresar dignamente
(... ) y por permisión especial de Dios quede bien clara la
lamentable calamidad de esta vida y la felicidad anhelable de la
otra «(... ) De esta vida 'tan miserable, sólo puede librarnos la gracia
de Cristo Salvador, Dios y Señor nuestro (...) con vistas a que,
después de ésta, sea la vida la que nos reciba, y no una muerte más
miserable y eterna». «Entonces ya no habrá necesidad alguna, sino
una felicidad plena, cierta, segura y eterna (...) allí habrá
verdadera paz- ('vera pax'), donde nadie sufrirá contrariedad
alguna, ·ni1de sí mismo, ni de otro (...) El mismo Dios será el fin de
nuestros».
Oratio ad Deum.
«Aquí tienes mi corazón ansioso ensanchado por el inmenso deseo de
las realidades futuras, que desde hace mucho tiempo está suspirando por
ti, por el regreso a la patria:
- desea, antes que amanezca, contemplar ya aquí en la tierra los
gozos de la felicidad futura.
- Desea saber qué gozos esperan a las almas de los difuntos después
de la muerte del cuerpo, y qué glorificación se les añade después de
recibir sus cuerpos.
Según la medida de mis fuerzas, a partir de lo que pude seleccionar de
las discusiones de los padres, en esta obra reuní algunos documentos
sobre estos asuntos. Pero, ciertamente, lo que los mortales pudieron
decir sobre esto ya fue dicho. Ahora bien, no pudieron decir todo lo
que inevitablemente va a suceder, porque las sendas de tus juicios
son inescrutables.
Yo, queriendo volar al interior de aquella patria, de la que se dicen tantas
cosas, te pido subir por Ti, que eres el camino; que no te ofenda a Ti, que
eres la verdad; que llegue a Ti que eres la vida.
Que de ninguna manera me separe de Ti, que eres el camino de la
felicidad plena; que de ningún modo desista por la dificultad de estas
cosas, sino que, subiendo por Ti, al morir no sufra (...). Mientras muero,
protégeme con guardias angélicas y, cuando me llames a Ti, consuélame
con el dilatado manto de tu piedad, para que llegando a Tí con paz vea
los bienes que hay en Jerusalén. (... )
Aquí m e t i e n e s , Señor, a tu pobre, mendigando y tocando la
puerta, deseando humildemente conocer las realidades que deben ser
conocidas y no disertando con soberbia sobre realidades que son
desconocidas. Aliméntame, pues, de todas las promesas de tu gracia, las
que aquí, aunque no pueden ser tocadas con los sentidos, se cree con
una fe firme que nos perfeccionan. Para que así, mísero como soy, me
regales aquel gozo que no puede ser comprendido por ninguna pluma
de hombre, ni ningún ojo vio, ni llegó al corazón del hombre, y aquí
pueda felizmente disfrutar y allí observar con más plenitud por la
evidencia de las cosas»
2 LO ESCATOLÓGICO - CRISTIANO EN CRISTO
Ustedes necesitan constancia para cumplir la voluntad de Dios y entrar
en posesión de la promesa. Porque todavía falta un poco, muy poco
tiempo, y El que debe venir vendrá sin tardar».
2. l. La Parusía ,o 'la Venida Gloriosa' de Nuestro Señor
Jesucristo (1tapouoí.a; en latín 'Adventus': Adviento). ·
'
La Iglesia en conformidad con la Sagrada Escritura, espera «La gloriosa
manifestación de Jesucristo nuestro Señor, considerada por lo demás,
como distinta y aplazada con respecto a la condición de los hombres
inmediatamente después de la muerte». Se trata de la respuesta específica
de la Palabra de Dios al interrogante: ¿Cuál es el destino y la meta final de
la humanidad? ¿La meta final de la historia humana? « El creyente
permanece despierto y vigilante a fin de estar preparado para acoger a
Jesús cuando venga en su gloria». «Por tanto, de esta manera, viviendo ante
los ojos del Dios - Juez, podemos preparar al mundo para la venida de su
Hijo, disponer el corazón para acoger 'al Señor que viene».
,
2. l. l. La Parusía de Cristo Glorioso (aproximación terminológica)
Notamos que en el Nuevo Testamento nunca habla de 'retorno' de Cristo,
sino que habla de su 'venida gloriosa', de su hacerse presente' con
distintos vocablos:
Recordamos que «Cristo es al mismo tiempo de la historia (...) la plenitud
de todo lo real, representando igualmente el final cronológico del curso
temporal del mundo y la historia».
2. l. 2. La Parusía del Cristo glorioso (aproximación conceptual)
El trasfondo helenístico. Desde el siglo III a. C. comienza a utilizarse
para hablar de la visita pública y solemne de un príncipe o del mismo
emperador a una provincia.
El trasfondo bíblico del AT: la parusía reviste las notas que los profetas
atribuyen al «día de Yahvé».
En el NT Jesús se apropia el 'día de Yahvé' que se vuelve 'su día', así
que el 'día del Señor' es casi siempre 'Su' Día o el 'día del Hijo del-
Hombre': 'día de la revelación y de su gloria': 'el día de la salvación': 'el
día de la redención'. La parusía como perfecto cumplimiento del
designio divino.
2. l. 3. La Parusía del Cristo glorioso (aproximación teológica).
La Parusía como misterio de Cristo: «el que viene»; Los cristianos no
invocamos el 'retorno' de Jesucristo, como se invoca el retorno de una
persona actualmente ausente, ya que la resurrección no ha inaugurado un
vació cristológico en la historia.
La afirmación de fe en la Parusía es la manifestación del Cristo Pascual,
quiere expresar el cumplimiento definitivo de la resurrección de Cristo
en nosotros o -correlativamente- de nuestra participación en la situación
del Resucitado.
Es el Espíritu Santo, quien anima a la Iglesia, orienta progresivamente al
hombre, la historia y el universo a la recapitulación definitiva de Cristo al
Padre. Esto lleva a pensar el fin del mundo en términos cristológicos; fin
del mundo y parusía coinciden, asumiendo que el fin del mundo,
entendido cristológicamente, no sea adecuadamente pensable: supera
nuestra capacidad de comprensión. La excedencia cristológica del fin del
mundo compromete a movilizarse por todo lo que va en la dirección del
amor. El acontecimiento central, definitivo, escatológico de la vida de
Cristo y de su 'venida' entre nosotros es su resurrección, que inaugura su
parusía. Desde Cristo (' Quoad Christus') la Parusía no es un
acontecimiento nuevo, que se agrega a su resurrección, sino el
manifestarse en plenitud de la resurrección, el realizarse plenamente de la
resurrección de Jesucristo en nosotros, en la humanidad y en el cosmos
entero. La Parusía como pleno y definitivo revelarse en el mundo del
Señorío del Resucitado operado por El en nosotros y en toda la realidad
creada a través de la potencia de su Espíritu, el verdadero 'signo' de los
tiempos escatológicos.
La Resurrección de Jesús inaugura su Parusía en el sentido que el día
de la resurrección de Cristo y el día de la consumación de este mundo son
como un único día, en el cual el Universo entra progresivamente hasta que
nada quede afuera del Señorío de Cristo. Considerado en sí mismo, en su
riqueza y en su potencia renovadora, el día del Señor ya aconteció. Es el
día que empezó en la mañana de Pascua, con la resurrección de Cristo, y
no ha tenido ocaso. La resurrección de Cristo que sigue a su muerte es
promesa y anticipo de la 'transfiguración' de la historia y del cosmos.
Se trata de extender dentro de nosotros la participación en el 'Día del
Señor', avanzando hacia aquella realidad que en parte ya es posesión,
pero en parte es todavía una meta. Podemos decir que el 'presente'-
«Cristo, transfigurado en su realidad material-humana que llevó hasta el
seno de la Trinidad con el misterio de su Ascensión, es nuestro futuro.
Esta nueva creación, humana y cósmica, se inaugura con la
resurrección de Cristo, resucitó de entre los muertos: esa humanidad es la
nuestra, transfigurada, divinizada, hecha eterna. Por tanto, la Ascensión revela 'la
grandeza de la vocación' de toda persona humana, llamada a la vida eterna en el
Reino de Dios, reino de amor, de luz y de paz».
+ La Parusía como cumplimiento definitivo del Reino de Dios,
mediante Cristo Jesús, con la total destrucción de la muerte y c on
nuestra transformación a imagen del Cristo resucitado plenamente
cumplida. La Parusía como 'tiempo' de la definitiva presencia del Señor
Resucitado destinada a recibir la creación entera en el seno de la Vida
divina.
+ La Parusía como pleno y definitivo revelarse de la persona, en
la historia y en el cosmos del 'Señorío' de Cristo Jesús Resucitado,
operado por El a través de la potencia de Su Espíritu, el verdadero
'signo' de los tiempos escatológicos.
Del Magisterio del Papa emérito BENEDICTO XVI: presentamos tres
textos:
1) «preparémonos para la venida del Señor».
En la primera carta a los Tesalonicenses, el apóstol san Pablo usa
precisamente esta palabra: 'venida', que en griego se dice parusia y en
latín adventus. San Pablo exhorta a los cristianos de Tesalónica a ser
irreprensibles 'hasta la venida' del Señor: el texto original dice: 'en la
venida', como si la venida del Señor no fuera un punto futuro del
tiempo, sino un lugar espiritual en el que debemos caminar en el
presente, durante la espera, y dentro del cual precisamente debemos
conservarnos irreprensibles en todas las dimensiones personales.
En efecto, al celebrar el tiempo litúrgico, actualizamos de tal modo el
misterio de la venida del Señor que, por decirlo así, podemos 'caminar en
ella' hacia su plena realización, hasta el fin de los tiempos, pero
aprovechando ya su virtud santificadora, dado que los últimos tiempos
ya han comenzado con la muerte y la resurrección de Cristo. La palabra
que resume este estado particular, en el que se espera algo que debe
manifestarse, pero que al mismo tiempo se vislumbra y se gusta por
anticipado, es 'esperanza'.
El Adviento es, por excelencia, el tiempo espiritual de la esperanza, y
en él la Iglesia entera está llamada a convertirse en esperanza para ella
y para el mundo. Todo el organismo espiritual del Cuerpo místico
asume, por decirlo así, el 'color' de la esperanza. Todo el pueblo
de Dios se pone de nuevo en camino atraído por este misterio:
nuestro Dios es 'el Dios que viene' y nos invita a salir a su encuentro.
¿De qué modo? Ante todo, en la forma universal de la esperanza y la
espera que es la oración, la cual encuentra su expresión eminente en los
Salmos, palabras humanas en las que Dios mismo puso y pone
continuamente la invocación de su venida en los labios y en el corazón de
los creyentes.
«Señor, (...) ven de prisa». Es el grito de una persona que se siente en
grave peligro, pero también es el grito, de la Iglesia en medio de las
múltiples asechanzas que la rodean, que amenazan su santidad, la
integridad irreprensible de la que habla el apóstol san Pablo y que, en
cambio, debe conservarse hasta la venida del Señor. Y en esta invocación
resuena también el grito de todos los justos, de todos los que quieren
resistir al mal, a las seducciones de un bienestar inicuo, que placeres que
ofenden la dignidad humana y la condición de los pobres (...).
Así, el grito de esperanza del Adviento expresa, desde el inicio y del modo
más fuerte, toda la gravedad de nuestro estado, nuestra extrema necesidad
de salvación. Es como decir esperamos al Señor no como una hermosa
decoración para un mundo ya salvado, sino como único camino de
liberación de un peligro mortal. Y nosotros sabemos que él mismo, el
Liberador, tuvo que sufrir y morir para hacernos salir de esta prisión.
Estos dos Salmos nos preservan de una falsa esperanza: entrar en el
Adviento e ir hacia la Navidad olvidando nuestra dramática existencia
personal y colectiva. En efecto, una esperanza fiable, no engañosa, no
puede menos de ser una esperanza 'pascual', como nos recuerda cada
sábado por la tarde el cántico de la carta a los Filipenses, con el que
alabamos a Cristo encarnado, crucificado, resucitado y Señor universal».
2) «El pensamiento de la presencia de Cristo y de su venida cierta al final
de los tiempos».
«El mensaje espiritual de Adviento es más profundo y ya nos proyecta
hacia la vuelta gloriosa del Señor, al final de nuestra historia. Adventus es
palabra latina que podría traducirse por 'llegada', 'venida', 'presencia'.
En el lenguaje del mundo antiguo era un término técnico que indicaba la
llegada de un funcionario, en particular la visita de reyes o emperadores a
las provincias, pero también podía utilizarse para la aparición de una
divinidad, que salía de su morada oculta y se manifestaba su poder divino:
su presencia se celebraba solemnemente en el culto.
Los cristianos, al adoptar el término 'Adviento', quisieron expresar la
relación especial que los unía a Cristo c r ucificado y resucitado. Él es el
Rey que, al entrar en esta pobre provincia llamada tierra, nos ha hecho el
don de su visita y, después de su resurrección y ascensión al cielo, ha
querido permanecer siempre con nosotros: percibimos su misteriosa
presencia en la asamblea litúrgica.
En efecto, al celebrar la Eucaristía, proclamamos que Él no se ha retirado
del mundo y no nos ha dejado solos, y, aunque no lo podamos ver y tocar
como sucede con las realidades materiales y sensibles, siempre está con
nosotros y entre nosotros; más aún, está en nosotros porque puede atraer a
sí y comunicar su vida a todo creyente que le abra el corazón.
Por tanto, Adviento significa hacer memoria de la primera venida del
Señor en la carne, pensando ya en su vuelta definitiva; y, al mismo tiempo,
significa reconocer que Cristo presente en medio de nosotros se hace
nuestro compañero de Viaje en la vida de la Iglesia, que celebra su
misterio.
(...) Resucitará a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin, como
profesamos en el Credo. En esta perspectiva, el Adviento es para todos los
cristianos un tiempo de espera y de esperanza, guiados por la liturgia, que;
invita a salir al encuentro del Señor que viene. ‘¡Ven, Señor Jesús!': esta
ferviente invocación de la comunidad cristiana de los orígenes debe ser
también, la aspiración de la Iglesia: de todas las épocas, que anhela y se
prepara para el encuentro con su Señor. ‘¡Ven hoy, Señor!'; «Tú, Señor, eres
nuestro padre, tu nombre de siempre es 'Nuestro redentor'».
(...) El pensamiento de la presencia de Cristo y de su venida cierta al final
de los tiempos es muy significativo (...): el salir al encuentro de Cristo
que viene continuamente a visitarnos, no pasa de moda; más aún, con
el paso del tiempo resplandece de modo luminoso y manifiesta la
perenne tensión del hombre h a cia Dios.
3) La Parusía en la predicación de san Pablo.
El tema de la espera de la vuelta del Señor nos lleva a reflexionar sobre
la relación entre el tiempo presente, tiempo de la Iglesia y del reino de
Cristo, y el futuro que nos espera, cuando Cristo entregará el Reino al
Padre. Todo discurso cristiano sobre las realidades últimas, llamado
escatología, parte siempre del acontecimiento de la Resurrección: en este
acontecimiento las realidades últimas ya han comenzado y, en cierto
sentido, ya están presentes. Probablemente en el año 52 san Pablo
escribió la primera de sus cartas:
a) primera carta a los Tesalonicenses, donde habla de esta vuelta de
Jesús, llamada parusía, adviento, nueva, definitiva y manifiesta
presencia. A los Tesalonicenses, que tienen sus dudas y problemas, el
Apóstol escribe así: «Si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la
misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús». Y
continúa: «Los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar.
Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos
arrebatados en nubes junto con ellos, al encuentro del Señor en los
aires, y así estaremos siempre con el Señor». San Pablo describe la
parusía de Cristo con acentos muy vivos y con imágenes simbólicas, pero
que transmiten un mensaje sencillo y profundo: al final estaremos
siempre con el Señor. Este es, más allá de las imágenes, el mensaje
esencial: nuestro futuro es 'estar con el Señor'; en cuanto creyentes, en
nuestra vida ya estamos con el Señor; nuestro futuro, la vida eterna, ya ha
comenzado.
b) En la segunda carta a los Tesalonicenses, san Pablo cambia la
perspectiva; habla de acontecimientos negativos, que deberán suceder
antes del final y conclusivo. No hay que dejarse engañar - dice - como si él
día del Señor fuera verdaderamente inminente, según un cálculo
cronológico: «Por lo que respecta a la venida de nuestro Señor Jesucristo
y a nuestra reunión con Él, os rogamos, hermanos, que no os dejéis
alterar tan fácilmente en vuestros ánimos, ni os alarméis por alguna
manifestación del Espíritu, por algunas palabras o por alguna carta
presentada como nuestra, que os haga suponer que está inminente el día
del Señor. Que nadie os engañe de ninguna manera». La continuación de
este texto anuncia que antes de la venida del Señor tiene que llegar la
apostasía y se revelará un no bien identificado 'hombre impío', el 'hijo de
la perdición', que la tradición llamará después el Anticristo.
Pero la intención de esta carta de san· Pablo es ante todo práctica; escribe:
«Cuando estábamos entre vosotros os mandábamos esto: si alguno no
quiere trabajar, que tampoco coma. Porque nos hemos enterado de que
hay entre vosotros algunos que viven desordenadamente, sin trabajar
nada, pero metiéndose en todo. A esos les mandamos y les exhortamos en
el Señor Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio
pan». En otras palabras, la espera de la parusía de Jesús no dispensa del
trabajo en este mundo; al contrario, crea responsabilidad ante el Juez
divino sobre nuestro obrar en este mundo. Precisamente así crece nuestra
responsabilidad de trabajar en y para este mundo. Vemos el pasaje
evangélico de los talentos, donde el Señor nos dice que ha confiado
talentos a todos y el Juez nos pedirá cuentas de ellos diciendo: ¿Habéis
dado fruto? Por tanto, la espera de su venida implica responsabilidad con
respecto a este mundo.
c) En la carta a los Filipenses, en otro contexto y con aspectos nuevos,
aparece esa misma verdad y el mismo nexo entre parusía - vuelta del
Juez-Salvador - y nuestro compromiso en la vida. San Pablo está en la
cárcel esperando la sentencia, que puede ser de condena a muerte. En
esta situación piensa en su futuro 'estar con el Señor', pero piensa
también en la comunidad de Filipos, que necesita y escribe: «Para mí la
vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el vivir en la carne
significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger. Me siento
apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con
Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; más, por otra parte,
quedarme en la carne es más necesario para vosotros. Y, persuadido de
esto, sé que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para
progreso y gozo de vuestra fe, a fin de que tengáis por mi causa un
nuevo motivo de orgullo en Cristo Jesús, cuando yo vuelva a estar entre
vosotros». San Pablo no tiene miedo a la muerte; al contrario: de hecho,
la muerte indica el completo estar con Cristo. Pero san Pablo participa
también los sentimientos de Cristo, el cual no vivió para sí mismo, sino
para nosotros. Vivir para los demás se convierte en el programa de su
vida y por ello muestra su perfecta disponibilidad a la voluntad de Dios,
a lo que Dios decida. Sobre todo, está disponible, también en el futuro,
a vivir en esta tierra para los demás, a vivir para Cristo, a vivir para su
presencia viva y así para la renovación del mundo. Vemos que este estar
con Cristo crea a san Pablo una gran libertad interior: libertad ante la
amenaza de la muerte, pero también libertad a todas las tareas y los
sufrimientos de la vida. Está sencillamente disponible para Dios y es
realmente libre.
Y ahora, después de haber examinado los diversos aspectos-de la espera
de la parusía de Cristo, pasamos a preguntarnos: ¿Cuáles son las
actitudes fundamentales del cristiano ante las realidades últimas: la
muerte, el fin del mundo?
- La primera actitud es la certeza de que Jesús ha resucitado, está
con el Padre y, por eso, está con nosotros para siempre. Y nadie, es
más-fuerte que Cristo, porque está con el Padre, está con nosotros. Por
eso estamos seguros y no tenemos miedo. Este era un efecto esencial de
la predicación cristiana. El miedo a los espíritus, a los dioses, era muy
común en todo el mundo antiguo (...) Cristo vive, ha vencido a la muerte y
ha vencido a todos estos poderes. Con esta certeza, con esta libertad, con
esta alegría vivimos. Este es el primer aspecto de nuestro vivir con
respecto al futuro.
* - En segundo lugar, la certeza de que Cristo está conmigo, de que en
Cristo el mundo futuro ya ha comenzado, también da certeza de la
esperanza. El futuro no es una oscuridad en la que nadie se orienta. No
es así. Sin Cristo, también hoy el futuro es oscuro para el mundo, hay
mucho miedo al futuro. El cristiano sabe que la luz de Cristo es más
fuerte y por eso vive en una esperanza que no es vaga, en una esperanza que
da certeza y valor para afrontar el futuro.
* - Por último, la tercera actitud. El Juez que vuelve - es Juez y
Salvador a la vez - nos ha confiado la tarea de vivir en este mundo según
su modo de vivir. Nos ha entregado sus talentos. Por eso nuestra tercera
actitud es: responsabilidad con respecto al mundo, a los hermanos, ante
Cristo y, al mismo tiempo, también certeza de su misericordia. Ambas
cosas son importantes. No vivimos como si el bien y el mal fueran iguales,
porque Dios sólo puede ser misericordioso. Esto sería un
engaño. En realidad, vivimos en una gran responsabilidad.
Tenemos los talentos, tenemos que trabajar para que este mundo se abra
a Cristo, para que se renueve. Pero incluso trabajando y sabiendo que
nuestra responsabilidad que Dios es verdadero juez, también estamos
seguros de que este juez es bueno, conocemos su rostro, el rostro de
Cristo resucitado, de Cristo crucificado por nosotros. Por eso podemos
estar seguros de su bondad y seguir adelante con gran valor.
* - Un dato ulterior de la enseñanza paulina sobre la escatología es el
de la universalidad de la llamada a la fe, que reúne a los judíos y a los
gentiles, es decir, a los paganos, como signo y anticipación de la realidad
futura, por lo que podemos decir que ya estamos sentados en el cielo con
Jesucristo, pero para mostrar en los siglos futuros la riqueza de la gracia:
el después se convierte en un antes para hacer evidente el estado de
realización incipiente en que vivimos. Esto hace tolerables los
sufrimientos del momento presente, que no son comparables a la gloria
futura.
Se camina en la fe y no en la visión, y aunque sería preferible salir del
destierro del cuerpo y estar con el Señor, lo que cuenta en definitiva,
habitando en el cuerpo o saliendo de él, es ser agradables a Dios.
* - Finalmente, un último punto que quizás parezca un poco difícil para
nosotros. En la conclusión de su primera carta a los Corintios, san Pablo
repite y pone también en labios de los Corintios una oración surgida: en las
primeras comunidades cristianas del área de Palestina: - Maranatha! que
literalmente significa «Señor nuestro ¡ven!».
Era la oración de la primera comunidad cristiana; y también el último
libro del Nuevo testamento, el Apocalipsis: concluye con esta oración:
¡Ven Señor Jesús!
(...) Me parece que para nosotros hoy, en nuestra vida, en nuestro mundo,
es difícil rezar sinceramente para que acabe este mundo, para que venga la
nueva Jerusalén, para que venga el juicio último y el Juez, Cristo. Creo
que aunque, por muchos motivos no nos atrevamos a rezar sinceramente
así, sin embargo de una forma justa y correcta podemos decir también
con los primeros cristianos: «¡Ven, Señor Jesús!».
Ciertamente, no queremos que venga ahora el fin del mundo. Pero,
por otra parte, queremos que acá e este mundo injusto. También
nosotros queremos que el mundo cambie profundamente, que comience
la civilización del amor, que llegue un mundo de justicia y de paz, sin
violencia, sin hambre. Queremos todo esto. Pero ¿cómo podría' suceder
esto sin la presencia de Cristo? Sin la presencia de Cristo nunca llegará
un mundo realmente justo y renovado. Y, aunque sea de otra manera,
totalmente y en profundidad, podemos y debemos decir también
nosotros, con gran urgencia y en las circunstancias de nuestro tiempo:
¡Ven, Señor! Ven a tu modo, del modo que tú sabes. Ven a tu modo y
renueva el mundo de hoy».
2. l. 4. (Aproximación bíblico-teológica).
- <<Regnum manifestatur in ipsa Persona Christi» (LG 5), cf Redemptoris
Missio, II, 12-20.
- El 'apocalipsis sinóptico': la fuente del discurso escatológico de Jesús
de Me 13,1-31 es reelaborada por Mt 24,1-44 y por Lc 21,5-36.
Cf Mt 26, 64: «Yo os declaro que a partir de ahora veréis al Hijo del
Hombre sentado a la derecha de Dios y venir sobre las nubes del cielo».
Podemos recordar que: «las palabras apocalípticas que Jesús nada tienen
que ver con la adivinación. Quieren precisamente apartarnos de la
curiosidad superficial por las cosas visibles y llevarnos a lo esencial: a la
vida que tiene su fundamento en la Palabra de Dios que Jesús nos ha
dado: al encuentro con Él, la palabra viva; a la responsabilidad ante el
Juez de vivos y muertos».
Confrontando estas palabras con las del discurso apocalíptico, se aprecia el
sentido dinámico de la escatología cristiana, como un proceso histórico ya
iniciado y en camino hacia su plenitud. Las imágenes apocalípticas del
discurso escatológico, a propósito del final de todas las cosas expresan la
precariedad del mundo y el poder soberano de Cristo en cuyas manos está
el destino de la humanidad.
San Pablo afirmó que la finalidad de la historia es el Plan del Padre de
«recapitular todas las cosas en Cristo, las del cielo y las, de la tierra».
Cristo es el centro del universo, que atrae hacia sí a todos para comunicarles
la abundancia de las gracias y la vida eterna.
Los problemas de la 'proximidad cronológica de la parusía' y
proximidad 'teológica' del Cristo como 'Emmanuel', la Parusía en las
cartas de San Pablo. La comprensión de los signos premonitores:
- 1) el anticristo; notamos que el anticristo es presente siempre en la
historia, donde alguien o algo se pone, tal vez con actitud aparentemente
inocua, como salvación o salvador alternativo al único, universal y
necesario Salvador, atribuía al Anticristo los calificativos de pacifista,
- 2 la gran apostasía;
- 3) muchos falsos cristos y profetas
- 4) una alarmante extensión de la iniquidad con el enfriamiento de
la caridad de muchos y un apagarse de la fe;
- 5) desastrosas conmociones cósmicas:
- Se nota que:
«todas las generaciones fueron capaces de sentirse interpeladas por
estos signos, aplicándolos precisamente· a su propia época. Por eso
pudo hablar, por citar un ejemplo Gregorio Magno de un mundo
envejecido ('senescentem mundum'), 'pues el que se levante pueblo
contra pueblo y el que su angustia se abata sobre los países, lo estamos
viendo en nuestro tiempo con más profusión de lo que leemos en los
libros. También sabéis con cuanta frecuencia hemos oído que en
otras partes del mundo ha habido terremotos que han
devastado innumerables ciudades. Sobre nosotros se abate peste
sobre peste. Es cierto que todavía no vemos claramente signos en el
sol, luna y estrellas, pero el hecho de que no estamos lejos de eso,
podemos deducirlo del cambio climático que ya experimentamos.
- 6) la predicación del evangelio en todo el mundo;
- 7) la conversión del pueblo hebreo.
¿Cuándo? La parábola de Mateo 25 quiere describir el encanto de
aquel evento: «Mas a medianoche se oyó un grito: ¡ya está aquí el
novio! ¡Salid a su encuentro!» La media noche es como la hora
simbólica de Dios, la hora de la primera y de la segunda venida
ya que Dios se hace sentir «mientras un sosegado silencio todo lo
envolvía y la noche se encontraba en la mitad de su carrera...»
Nos recuerda el Santo Papa:
«En las manos de Cristo está el destino de la humanidad. La
historia camina hacia su meta, pero Cristo no señaló ninguna
fecha concreta. Por tanto, son falsos y engañosos los intentos de
prever el final del mundo. No se nos ha informado de la fecha de
este acontecimiento final. Es preciso tener paciencia, a la espera de
Jesús resucitado (...).
Con Cristo vencedor (...) también nosotros participaremos en la
nueva creación, la cual consistirá en una vuelta definitiva de todo
a Aquel del que todo procede para que Dios sea todo en todos».
«Cristo nos aseguró solamente que el final no vendrá antes de que
su obra de salvación haya alcanzado una dimensión universal por
el anuncio del Evangelio. Jesús dice estas palabras a los discípulos
interesados en conocer la fecha de fin del mundo. Tienen la
tentación de pensar en una fecha cercana ...».
El 'Final' empírico y 'Consumación' teológica del Cosmos.
Destacamos la metáfora del parto, evento en que se unen dolor y
gozo, imagen bíblica tradicional para significar el esperado
'nacimiento' del mundo nuevo, usada en el NT:
* con referencia a la actitud de los discípulos frente al misterio
pascual de Jesús:
«la mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado
su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del
aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo»;
también
* con referencia
-a los últimos días de la humanidad: «todo esto será el comienzo
de los dolores de alumbramiento») y
- a la salvación de todo el creado: «la creación entera gime hasta el
presente y sufre dolores de parto»; «En lo que se refiere al tiempo y
al momento hermanos (...) el día del Señor ha de venir como un
ladrón en la noche, de repente, vendrá (...) como los dolores del
parto a la que está encinta ...».
Notable, al final del discurso escatológico, la comparación que
Jesús hace de su parusía con el verano que se acerca a través de los
brotes y de las hojas que van apareciendo en las ramas de la higuera.
El problema teológico del milenarismo. El término 'milenarismo',
palabra de acuñación latina que traduce el término griego de
'quiliasmo', hace referencia al texto de Apocalipsis 20.·
Con él se quiere designar un tipo de esperanza; se trata de mi reino
intermedio, es decir, no es la cima última de la historia salvífica,
sino su etapa terrena previa. El reino milenario tiene lugar aquí en la
tierra, durante una época en la que Satanás permanece encadenado;
el tiempo final de la salvación eterna vendrá después. La esperanza
milenarista, durante mucho tiempo mantuvo la impregnación
religiosa de su origen; pero esa esperanza se prolongó también en
las versiones secularizadas de los distintos proyectos utópicos
y de las ideologías del progreso que llegan hasta nuestros días.
Reconocía el Papa emérito Benedicto XVI: «al cambiar la
situación política, también ha cambiado profundamente la
situación de la teología de la liberación, y ahora es evidente que
estaban equivocados esos milenarismos fáciles, que prometían
inmediatamente, como consecuencia de la revolución, las
condiciones completas de una vida justa. Esto hoy lo saben
todos. Ahora la cuestión es cómo la Iglesia debe estar presente
en la lucha por las reformas necesarias, en la lucha por
condiciones' de vida más justas».
También hay quien afirma que:
«las esperanzas esotéricas de la 'New Age' pueden considerarse
como una reactualización utópica del anuncio de 'mundos
nuevos'. En el proceso de transformación planetaria, que ya
habría irrumpido, la 'New Age' (hoy ya se prefiere hablar de
'Next Age') representa el anhelo de integrar todas las
esperanzas positivas de salvación en una nueva configuración
donde quedan disueltas las distintas 'fronteras' confesionales de
las religiones históricas».
CONCILIO VATICANO II
Utiliza preferentemente el verbo 'consumar'. El Concilio parece
insistir sobre el misterio de la recapitulación universal en Cristo.
Reiteramos aquí como GS 39 ofrece como una inclusión hablando
del 'tiempo' de la 'consumación' de la tierra y de la humanidad y del
'cómo' de la transformación del universo y al final habla de la
consumación del Reino, es decir hace coincidir el 'fin del mundo y
de la historia' con la Parusía es decir «la Gloriosa Venida de
Nuestro Señor Jesucristo».
En el COMPENDIO l eemos: «¿Cómo se realiza la venida del Señor
en la gloria? Después del último estremecimiento cósmico de este
mundo que pasa, la venida gloriosa de Cristo acontecerá con el
triunfo definitivo de Dios en la Parusía y con el Juicio final. Así se
consumará el Reino de Dios».
Nos exhorta San Agustín: «No pongamos resistencia a su primera
venida, y no temeremos la segunda. ¿Qué debe hacer el cristiano por
tanto? Servirse de este mundo y no servirlo a él (...) ¿Qué clase de
amor a Cristo es-el de aquel que teme su venida? ¿No nos da
vergüenza hermanos? Lo amamos y, sin embargo, tememos su
venida. ¿De verdad lo amamos?».
Reflexión Teológica: «yo vi un cielo y una tierra nueva»
No nos detenemos en nuestro curso, a considerar la problemática de la
relación tiempo - eternidad. En esta perspectiva, aquí nos baste recordar
que análogamente, si la Parusía (como cumplimiento del Reino) no
significa fin, sino cumplimiento del 'cosmos', también significa
cumplimiento y plenitud del tiempo. Como el cosmos fue creado junto
al tiempo, así, en la nueva creación, el cosmos 'terminará' junto al
tiempo.
El Santo Papa Juan Pablo II meditaba: « Los cristianos saben qué el
tiempo" no es una mera sucesión de días, meses y años, ni tampoco un
ciclo cósmico de eterno retorno. El tiempo es un gran drama, con un
comienzo y un fin, escrito y dirigida por la Providencia amorosa de
Dios. La vigilia pascual nos recuerda que la resurrección constituye
'el eje central de la historia, con el cual se relacionan el misterio del
principio y del destino final del mundo'.
Sólo a la luz de Cristo resucitado llegamos a comprender el verdadero
significado de nuestra peregrinación personal en el tiempo hacia
nuestro destino eterno (...) dialogando con la profunda aspiración
del corazón humano a algo divino y eterno...».
La Parusía, en efecto, no es un 'nuevo' ingreso de Cristo en el
tiempo, sino el cumplimiento del tiempo en la gloria. Dicho
evento que 'cumple' todo el tiempo permanece un secreto: En
efecto, en la concepción cristiana Dios ha creado el tiempo junto
al mundo:
Peregrinos por los caminos del tiempo se nos hace normal levantar la mirada
hacia la meta de la vida: en la solemnidad de la gloriosa Asunción de la Virgen,
esa meta, se nos presenta como un futuro feliz, que soñamos, que esperamos.
¡Cuánto consuelo nos da esta mirada de fe que contempla a María que ya ha
llegado y goza de la comunión bienaventurada con Dios! No es una ilusión: nos
reafirma Juan: «yo vi»; misterio que nos trasciende y supera pero que nos
ilumina. ¿Es un sueño de los cristianos? No, es un sueño de Dios, Ella participa
de la fiesta de la Victoria de su Hijo, nosotros esperamos también el día de
nuestra fiesta en Dios. Hoy día se padece como una amnesia de eternidad;
pero sabemos que, aunque aumente el número de los ciegos no deja el sol de
iluminar. Consecuencias: cuando el hombre cesa de creer en el Paraíso
transforma la tierra en un infierno. CAMUS decía que la hipótesis más razonable,
ante el problema del final de la vida, es el suicidio. El Paraíso como el infierno
empieza aquí. María confía, se entrega a Dios, se da a Dios. El Paraíso es Dios
acogido en el corazón, como María, y siente la necesidad de amor como Dios,
saliendo de sí a servir: la esperanza en el paraíso motiva el sí a Dios, como el sí
de María a Dios. ·
El crear el universo, Dios creó el tiempo. De Él viene el inicio del
tiempo, así como todo su desarrollo sucesivo (...) Así pues el tiempo
es don de Dios, creado continuamente por Dios, está en sus manos. Él
dirige su desarrollo según sus designios. Cada día es para nosotros un
don del amor divino (...) Dios es: Señor del tiempo no sólo como
creador del mundo, sino también como autor de la nueva creación en
Cristo (...) También los años futuros están en las manos de Dios: El
porvenir del hombre es, ante todo, futuro de Dios, en el sentido de que
sólo Él lo conoce, lo prepara y lo realiza.
Ciertamente, Él exige y solicita la cooperación humana, pero no por
ello deja de ser el director trascendente de la historia (...) Solo Dios
conoce como será el futuro. Pero nosotros sabemos que, en cualquier
caso, será un futuro de gracia; será la realización de un designio
divino de amor para toda la humanidad y para cada uno de
nosotros. Por eso, al mirar hacia el futuro, tenemos plena confianza y
no permitimos que se apodere de nosotros el miedo...».
Acerca del misterio del tiempo se pregunta: « Este amplio
horizonte de la historia en movimiento sugiere algunas preguntas
fundamentales: ¿Qué es el tiempo? ¿Cuál es su origen? ¿Cuál es
su meta? (...) La ciencia contemporánea se esfuerza por formular
hipótesis sobre el inicio y el desarrollo del universo. Ahora bien, lo
que se puede captar con los instrumentos y los criterios científicos
no es todo, y tanto la fe como la razón, por encima de los datos
verificables, remiten a la perspectiva del misterio (...) Todo fue
creado por Dios. Por consiguiente; antes de la creación no existía
nada, excepto Dios.
Se trata de un Dios trascendente, que creó todas las cosas con su
omnipotencia, y sin estar condicionado por ninguna necesidad, con
un acto absolutamente libre y gratuito, dictado sólo por el amor. Es
el Dios Trinidad, que se revelará como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Al
crear el universo, Dios creó el tiempo. De él viene el inicio del
tiempo, así como todo su desarrollo sucesivo. La Biblia subraya que
los seres vivos dependen en cada momento de la acción divina. .
San JUAN PABLO II, El ·tiempo don de Dios, Catequesis del 19 de
noviembre de 1997: «La Biblia misma nos habla del origen del universo y de su
constitución, no para ofrecernos un tratado científico, sino para señalar las
justas relaciones del hombre con Dios y con el universo. La Sagrada Escritura
quiere decir sencillamente que el mundo ha sido creado por Dios y, para
enseñar esta verdad, se expresa con los términos de la cosmología usual en
tiempos del que escribe. Por otra parte, el libro sagrado quiere hacer saber a los
hombres que el mundo ha sido creado al servicio del hombre y para gloría de
Dios. Cualquier otra enseñanza sobre el origen y la formación del universo es
ajena a las intenciones de la Biblia, la cual no quiere enseñar cómo ha sido
hecho el cielo, sino cómo se va al cielo. Toda hipótesis científica sobre el
origen del mundo, como la de un átomo primitivo del que procedería el conjunto
del universo físico, deja abierto el problema referente al comienzo del universo.
La ciencia no puede por sí misma resolver dicha cuestión: hace falta ese saber
del hombre que se eleva por encima de la física y de la astrofísica y que recibe el
nombre de metafísica; hace falta, sobre todo, el saber que viene de la
revelación de Dios (...) 'Sería inútil esperar una respuesta de las ciencias de la
naturaleza, las cuales por el contrario declaran con lealtad hallarse ante un
enigma insoluble (...) No se puede negar que una mente iluminada y
enriquecida con la eternidad. Es una transformación que afecta al
destino de toda la humanidad, ya que el Hijo de Dios, con su
encarnación (...) Vino a ofrecer a todos la participación en su vida
divina. El don de esta vida conlleva una participación en su
eternidad. La vida de la gracia revela, así, una dimensión de
eternidad que eleva la existencia terrena y la orienta, en una-línea de
verdadera continuidad, al ingreso en la vida celestial. (...)
La entrada de la eternidad en el tiempo es el ingreso, en la vida
terrena de Jesús, del amor eterno que une al Hijo con el Padre (...) La
eternidad que entra en nosotros es un sumo poder de amor, que
quiere guiar toda nuestra vida hasta su última meta, escondida en el
misterio del Padre. Jesús mismo· unió de forma indisoluble los dos
movimientos, el descendente y el ascendente, que definen la
Encarnación: «Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra
vez el mundo y voy al Padre».
La eternidad ha entrado en la vida humana. Ahora la vida
humana está llamada a hacer con Cristo el viaje desde el tiempo
hasta la eternidad. El hecho de que en Cristo el tiempo haya sido
elevado a un nivel superior, recibiendo acceso a la eternidad,
implica que también el milenio que se aproxima no debe
considerarse simplemente como un paso sucesivo en el curso del
tiempo, sino como una etapa del camino de la humanidad hacia su
destino definitivo.
Los años son también la puerta de la eternidad que, en Cristo,
sigue abriéndose sobre el tiempo, para conferirle su verdadera
dirección y su auténtico sentido (...) Si la eternidad ha entrado en el
tiempo, entonces al tiempo mismo se le debe reconocer un gran valor.
Su continuo fluir no es un viaje hacia la nada, sino un camino
hacia la eternidad.
El verdadero peligro no es el pasar del tiempo, sino el desperdiciarlo,
rechazando la vida eterna que Cristo nos ofrece. Se debe despertar-
incesantemente en el corazón humano el deseo de la vida y de
la felicidad eterna (...) ayudando a los creyentes y a los hombres
de nuestro tiempo.
San AGUSTÍN afirma: «en sentido propio podría decirse que hay
tres tiempos: el presente del pasado, el presente del presente y el
presente del futuro. Hay, en efecto, en el alma en cierta manera estos
tres tiempos y no l o s veo en otro lado (...) El presente del pasado
es la memoria, el presente del presente es la visión y el presente del
futuro es la expectativa».
La temporalidad humana es imagen y semejanza de la eternidad de
Dios, que es puro presente, y 'nostalgia' de la eternidad, y como ya
decía PLATON, el tiempo es una copia móvil de la eternidad.
La eternidad ya entró en el tiempo por la gratuita
autocomunicación de Dios a la crea tura, cumbre de lo creado,
pero el tiempo no ha entrado todavía plenamente en la eternidad,
como está destinado a hacerlo conforme a la promesa ya realizada
prolépticamente en la resurrección de Cristo y todavía no cumplida
hasta la Parusía.
En efecto, desde la Cristología aprendemos que la vida y la
muerte finitas de Jesús no se cumplen sobre la base de una
interrupción de su 'tiempo' eterno ni fuera de él, sino solamente dentro
del mismo 'tiempo' eterno. La noción de 'presente eterno' es un
atributo exclusivo de Dios. La diferencia entre presente, pasado y
futuro, así como la diferencia entre el tiempo la eternidad constituye
la noción de Providencia en Santo Tomás, que señala que la misma
razón de orientación a un fin, en Dios se llama Providencia:
«y esta razón de orden a fin, propiamente es la providencia. Ya que
es la parte principal de la providencia a la que están subordinadas
las otras partes, que son la memoria de lo pasado y la comprensión
de lo presente; en cuanto que del pasado recordado y del presente
comprendido extraemos la previsión del futuro». ·
La eternidad aparece no tanto como fin sino como cumplimiento
del tiempo. Para una comprensión de las relaciones entre tiempo
'terreno' y tiempo 'cumplido' hay que reconocer con KASPER que la
temporalidad pertenece constitutivamente al hombre. En la eternidad
el hombre 'inmortal' no se vuelve 'eterno' como Dios, ni ángel,
sino que, mediante su participación en la eternidad de Dios, en su
temporalidad deviene 'cumplido' más allá de todas las medidas
temporales puramente terrenas. Así quien ha muerto espera y reza
fuertemente unido a nosotros, en la espera del definitivo
cumplimiento del cosmos y del tiempo. El concepto análogo al
tiempo terrestre que haya que colocar entre tiempo y eternidad (es
decir intermedio) es lo que la tradición teológica intenta expresar con la
noción de 'aevum'.
En efecto, se hace necesaria la elaboración de una noción que sin ser
unívoca con la de 'tiempo terrestre', sea distinta de la de 'eternidad',
no aplicable a los seres creados. En lo bienaventurados hay una
cierta participación de la eternidad de Dios. Pero, porque
participación no es igualdad, la situación de los bienaventurados
no pierde toda relación temporal; no se trata, ni podría tratarse, de un
tiempo unívoco con el nuestro, pero tampoco se puede suprimir toda
noción de temporalidad, pues ello equivaldría a la confusión
entre eternidad divina y el 'aevum', única participación de la eternidad
de la que la criatura es capaz.
Descartando ambos extremismos del escatologismo radical y
encarnacionismo radical: dos teorías.
Estrechamente relacionada al tema de la escatología, está la reflexión
teológica acerca del tiempo. El hecho del intento de identificar -
discernir los 'signos de los tiempos' no sustituye la reflexión sobre lo
que es el tiempo- y lo que limita el tiempo en el horizonte de la fe
cristiana. En la teología católica es pacífico creer que el marco del
hombre resucitado sea cósmico (que corresponde a su realidad
'material' de resucitado a la manera del cuerpo de Cristo Resucitado) y
que la relación entre el cosmos actual y futuro deba definirse por una
dialéctica de continuidad y discontinuidad.
Dichos elementos son comunes a las dos posturas: encarnacionistas y
escatologistas, y tienen tras sí una excelente tradición patrística. En
efecto, los Santos Padres concebían esta continuidad-discontinuidad de
modo paralelo a la que se da entre nuestro cuerpo mortal y nuestro
cuerpo resucitado; así el nuevo 'cosmos' correspondería a los cuerpos
gloriosos.
Los supuestos cristológico y antropológico de la nueva creación,
contenidos en la Escritura y la fe de la Iglesia, postulan una identidad
básica entre el cosmos actual y los 'cielos y tierra nuevos'. El h01nbre
en efecto es solidario de este cosmos, no de otro; Cristo es Creador,
Salvador, Cabeza de este cosmos, no de otro; su humanidad gloriosa,
principio renovador de toda la materia, está biológicamente
emparentada con este mundo, no con otro. Supuesta, por
consiguiente, una continuidad de base entre el mundo presente y el
mundo futuro, la cuestión a solventar es la que versa sobre el alcance
escatológico de la actividad humana. Descartando el Concilio ambos
extremismos del escatologismo radical y encarnacionismo radical, se
dan dos posturas, que analizan1os en su versión postconciliar:
A) La teoría del influjo directo de] progreso humano temporal sobre
la nueva creación en el Reino de Dios consumado ( encarnacionismo
moderado): referencia a la analogía de la justificación.
Dado que la doctrina católica de la justificación sostiene la necesidad
de que el hombre coopere activamente en la recepción de la gracia,
hasta el punto de que tal actividad es 'conditio sine qua non' de la
justificación, no se ve porqué la consumación del mundo (don
trascendente, es decir, gracia) no ·haya de requerir ese cierto grado
de preparación intramundana. Y si las disposiciones que en el
individuo preceden a la gracia son después asumidas y perfeccionadas
por ésta, es lícito suponer, a pari, - afirma RUIZ DE LA PEÑA - que
lo mismo ocurrirá con el dispositivo intramundano de la nueva
Creación. ·
El Concilio, que notoriamente rechaza un escatologismo radical,
una heterogeneidad absoluta entre progreso humano y Reino
afirma que es este mundo que será transfigurado, así como a ser
revestido de la incorruptibilidad del Resucitado es justo este
hombre corruptible. La 'nueva tierra' no será por ende
totalmente ora respecto del mundo construido por el
compromiso histórico del hombre, es más la LG 48 lee aquel
adjetivo 'nuevo' como sinónimo de renovatio mundi.
También GS 39 usa, a propósito, términos elocuentes, como
'consummatio', 'transformatio', 'transfiguratio', sin nunca aludir
a una destrucción del mundo o de la obra del hombre en el mundo,
manteniéndose la fórmula 'nova terra', 'ad innuendam
continuitatem'.
* El aporte del Padre Mauricio FLICK
El Concilio evita determinar 'de qué modo' todos los buenos
frutos de la naturaleza y de la actividad humana permanecen en
el más allá , pero parece insinuar que un cierto progreso
humano sea como un sustrato del Reino escatológico, así que,
como nadie puede ser regenerado en Cristo, hasta que no sea
generado por hombres, así también el paso de la humanidad a la
consumación escatológica presupone como su condición, o como
su 'materia', un desarrollo colectivo, fruto de la actividad humana en
el Universo. El Padre FLICK plantea y ubica su hipótesis dentro de
la tradicional 'doctrina probable', según la cual ciertas
cualidades intelectuales quedarán en los beatos en el allá y
tendrán algún influjo en su bienaventuranza (felicidad accidental),
extendiendo dicha doctrina a otros frutos de la actividad humana,
afirmando que el desarrollo biológico, cultural, social, de la
humanidad, transfigurado en el Paraíso, pertenecerá al estadio
escatológico del Universo.
Claro está que los valores humanos así producidos, serían siempre
subordinados y cualitativamente diferentes de los sobrenaturales,
al punto que, aun aumentando indefinidamente, no podrían
nunca ser comparados con el mínimo grado de gracia. En todo
caso, si los frutos de la actividad humana permanecieran también
en el orden escatológico, ellos constituirían para toda la eternidad
objeto de complacencia divina. En dicha hipótesis, toda actividad
dirigida a humanizar el mundo formaría parte del misterio
cristiano, y esto acontecería porque en dicha hipótesis, la actividad
humana anticiparía de alguna manera la glorificación escatológica
del cosmos, aplicando así los frutos de la Redención.
En esta perspectiva cristológica y teocéntrica: «todo es vuestro, y
vosotros de Cristo, y Cristo de Dios») la actividad humana no es
disminuida sino, siendo 'reconducida a su divina fuente', es
perfeccionada y sublimada. En síntesis, la tierra no es tan sólo el
escenario indiferente e inmutable de la historia humana. Como ha
participado en la gestión, nacimiento y desarrollo del ser humano,
participará asimismo en su consumación. En efecto, la solidaridad
hombre-cosmos, es una de las grandes constantes de la
antropología bíblica.
En esta perspectiva, la consumación escatológica importa una
dimensión cosmológica plasmada en la promesa del cielo y
tierra nuevos, considerados indicios de una sustancial
permanencia de nuestro cosmos. El «nuevo cielo y la nueva
tierra»; el mundo de la nueva creación, ¿será este mismo
transformado, o bien se tratará de otro mundo que reemplace a
éste?
Particular trascendencia para nuestro te1na reviste el texto de la
redención del universo no consiste simplemente en la
resurrección de los muertos, sino que atañe al universo mismo,
que será 'liberado'. La postura\ encarnacionista ve en el texto, al
cosmos como un inmenso seno materno, en que se precontendria
ya en sus principios, el 'cosmos' futuro, el cual habría de ser
alumbrado de él.
La misma postura además relativiza la postura escatologista
indudablemente muy acentuada en todo el pasaje de 2 Pt 3, 5-
13, por la referencia al diluvio que se da en el mismo texto. En
dicha perspectiva, sostienen que como la creación
postdiluviana no ha sido una 'creatio ex nihilo' sino una
restauración de la primera creación, «los cielos y la tierra
nuevos» serán, de forma análoga, los cielos y tierra actuales
restaurados.
* Una reafirmación del Magisterio Conciliar (GS 39)
«La Iglesia sabe bien que ninguna realización temporal se
i dentifica con el Reino de Dios. pero que todas ellas no hacen
más que reflejar y en cierto modo anticipar la gloria de es
Reino, que esperamos al final de la historia, cuando el Señor
venga. Pero la espera no podrá ser nunca una excusa para
desentenderse de los hombres en su situación personal concreta y
en su vida social, nacional e internacional, en la medida en que
ésta - sobre todo ahora - condiciona a aquélla.
1
Aunque imperfecto y provisional, nada de lo que se puede y debe
realizar mediante el esfuerzo solidario de todos y la gracia divina
en un momento dado de la historia, para hacer 'más humana' la
vida de los hombres, se habrá perdido ni habrá sido vano. Esto
enseña el Concilio Vaticano II en un texto luminoso de la
Constitución Pastoral Gaudium et Spes:
'Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la
libertad, en una palabra, todos los frutos excelentes de la
naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado
por la tierra en el Espíritu del Señor, mandato, volveremos a
encontrarlos, limpios de toda mancha, iluminados y
transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el Reino eterno y
universal...; Reino que está ya misteriosamente presente en esta
tierra».
El Reino de Dios se hace, pues, presente ahora, sobre todo en la
celebración del sacramento de la eucaristía, que es el sacrificio
del Señor. En esta celebración los frutos de la tierra y del
trabajo humano - el pan y el vino - son transformados misteriosa,
aunque real y sustancialmente, por obra del Espíritu Santo y de
las palabras del ministro, en el cuerpo y sangre del Señor
Jesucristo, Hijo de Dios e hijo de María, por el cual el Reino del
Padre se hace presente en medio de nosotros. Los bienes de este
mundo y la obra de nuestras manos - el pan y el vino - sirven
para la venida del Reino definitivo, ya que el Señor, mediante su
Espíritu, los asume en sí mismo para ofrecerse al Padre y
ofrecernos a nosotros con él en la renovación de su único
sacrificio, con el cual se anticipa el Reino de Dios y anuncia su
venida final.
Quienes participamos de la eucaristía estamos llamados a descubrir,
mediante este sacramento, el sentido profundo de nuestra acción en el
mismo en favor del desarrollo y de la paz; y a recibir de él las energías
para empeñarnos en ello cada vez más generosamente, a ejemplo de
Cristo que, en este sacramento, da la vida por sus amigos Como la de
Cristo en cuanto unido a ella, nuestra entrega personal no será inútil
sino ciertamente
fecunda». ·
B) La postura teológica del influjo indirecto o escatologismo
moderado. Puede afirmarse que la actividad humana ejerce tan sólo un
influjo indirecto sobre la nueva creación en la consumación del
Reino.
* En particular: El aporte de Hans Urs VON BALTHASAR.
Cuestiona el encarnacionismo. Subraya el equívoco de haber
trasladado un esquema de evolución biológica al campo de la historia,
la cual no se rige por leyes biológicas sino es el fruto de un juego de
libertades.
Se opone a la confusión entre progreso técnico y progreso
humano. Es previsible, si no se interpone un holocausto nuclear, que
el progreso técnico tenga, también en el futuro, una línea ascendente.
Pero ¿será por ello necesariamente una línea ascendente de
humanización?
En todo caso, ¿un proceso de ascenso natural puede ser presentado
como preparación directa de una realidad sobrenatural? Según
BAL1HASAR, esto supone ya una continuidad excesiva, como si se
afirmara que el perfeccionamiento físico de nuestro cuerpo nos
preparara directamente para la resurrección gloriosa...
Frente al optimismo de la línea histórica ascendente de los
encarnacionistas, el escatologismo se limita a confesar su ignorancia
acerca del estado último de la humanidad. Convencido de que la
consumación del Reino escatológico es un evento gratuito y soberano
de Dios e intervención suya en la historia, rechaza absolutamente que
pueda tener condicionamientos terrestres.
En general, refleja la corriente teológica que se designa como
'escatologismo moderado', en cuanto la actividad humana en sí misma
es considerada irrelevante con relación al mundo futuro. Su valor
consiste en el ofrecer la ocasión para adquirir méritos de orden
sobrenatural. Para dicha postura el trabajo humano no prepara
directamente los nuevos cielos ni las nuevas tierras, porque «el cielo y
la tierra pasarán...» «pero mis palabras no pasarán»). Dicha
afirmación se extiende a todas las palabras de Jesús; que permanecen
verdaderas por toda la eternidad, no perdiendo su valor con 1a-
desaparición del 'cielo y de la tierra'. Dicha eternidad, Jesús no la
'comunica al cielo ni a la tierra, porque Él mismo pone en evidencia
el contraste entre el valor transitorio del mundo visible y el valor
permanente de sus palabras. Lo que volveremos a encontrar serán los
valores morales desplegados por cumplir ese deber cristiano de luchar
por hacer la vida más humana.
La fe, la esperanza, y sobre todo la caridad que se pone en la
empresa, es verdaderamente lo que cuenta delante de Dios. Se
profesa sí una permanencia en el Reino consumado de los valores
morales desarrollados por la caridad. El problema de la relación
entre historia y escaton coincide con la relación gracia/gloria, es
decir- entre la historia del hombre 'ya' graciado y ya partícipe de
la resurrección de Jesús y la gloria celestial 'no todavía'
alcanzada. La fe nos obliga a creer que el cumplimiento de la
historia humana y la transformación final del mundo son un don
absoluto de Dios, fruto de una intervención suya gratuita y
trascendente: es Él que crea «cielos nuevos y tierra nueva». Es
indiscutible en el texto conciliar esta acentuación acerca de la
imprevisible y gratuita novedad escatológica, que, si bien
realizando, superará infinitamente todas las expectativas del
hombre y cumplirá sus deseos de una forma del todo excedente.
En síntesis,
- la postura 'encarnacionista' piensa en una 'transformación'
que mantendría la sustancia del cielo actual y de la tierra
actual', siendo como una 'renovación' de la creación anterior,
. ;
mientras que
- la postura 'escatologista' piensa en una 'sustitución' del 'cielo
y de la tierra' actuales, que deben desaparecer, para dar
plenamente lugar al cielo nuevo y a la tierra nueva creados
directamente por Dios 'de la nada'.
-
* Reflexión teológica desde la 'Analogía Caritatis' (analogía de
la caridad): la caridad, signo del Reino de Dios que viene.
Desde la caridad 'económica', operante y manifestándose en
los acontecimientos de la historia de la Salvación, que tiene su
cumbre en el misterio pascual, a la caridad 'inmanente' de las
Personas divinas.
La afirmación conciliar GS 39: «Entonces (...) permaneciendo la caridad
y sus obras», a la luz de las citas bíblicas, que la apoyan, orienta a una
permanencia, en el Reino consumado, de los valores morales
desarrollados por la caridad. GS 39 afirma así que no quedará sólo el
amor y su valor moral, sino también sus obras (' opus') y también los
frutos de nuestra diligencia, los reencontraremos purificados de toda
mancha.
La carta Recentiores n 7 afirma que «el cristiano debe creer
(...) en la continuidad fundamental existente en virtud del
Espíritu Santo, entre la vida presente en Cristo y la vida futura -
en efecto la caridad es la L e y del reino de Dios y por nuestra
misma caridad en la tierra se medirá nuestra participación en
la gloria divina en el cielo».
Desde su consumación, el Reino es la participación cumplida en
la Comunión de la Trinidad ('Communio Trinitatis') del «gozo
ge una fraterna comunión». El Paraíso-Reino se contempla, así
como plenitud de toda humana convivencia como consecuencia
de la total apertura a la Comunión Trinitaria.
* El Reino de Dios como 'Reinado de Dios', como la
manifestación del ágape-1nisericordia de Dios. La elevación del
Reino de Dios al concepto más importante de la Salvación hay
que verla como acción original de Jesús. Él anuncia la voluntad
salvífica de Dios y su ·misericordia salvadora bajo la idea del
'Señorío real' de Dios.
El Santo Papa Juan Pablo II afirmaba:
<<El misterio Pascual de la muerte y la resurrección del Hijo de
Dios dio un nuevo curso a la historia humana. Aunque
observamos en ella los signos dolorosos de la acción del mal,
.
tenemos la certeza que, en definitiva, el mal no puede
regir el destino del mundo y del. hombre, no puede
vencer. Esta certeza brota de la fe en la misericordia del Padre
'que tanto amó al mundo'. Nuestra esperanza (...) tiene como
objeto las promesas divinas, que superan con mucho lo
temporal. Su objeto definitivo es la participación en los frutos
de la obra salvífica de Cristo.
Por esto «No se puede pensar en el límite puesto por Dios
mismo al mal en sus diferentes formas sin referirse al misterio de
la Redención (..)». Precisamente: «La Redención es el límite
divino impuesto al mal por la simple razón de que en ella el
mal es vencido radicalmente por el bien: el odio por el amor, la
muerte por la Resurrección».
Se nos recuerda: « La vida cristiana es una lucha continua por la
venida del reino de Dios, que entró en la historia humana y fue
realizado definitivamente por Cristo. Con todo, ese reino no es de
este mundo; es del Padre y sólo el Padre puede realizarlo entre
los hombres. A ellos está confiada la tarea de ser terreno fértil, en
el que el reino pueda desarrollarse y crecer...». . .
«En efecto, la historia no está en las manos de potencia-s
oscuras, de la casualidad o únicamente de las opciones humanas.
Sobre las energías malignas que se desencadenan, sobre la acción
vehemente de Satanás y sobre los numerosos azotes y males que
sobrevienen, se eleva el Señor, árbitro supremo de las vicisitudes
históricas. Él las lleva sabiamente hacia el alba del nuevo cielo y de la
nueva tierra».
Podemos recordar las reflexiones ofrecidas por el Santo Papa
JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia:
«19 (...) Es un aspecto de la Eucaristía que merece ser
resaltado: mientras nosotros celebramos el sacrificio del Cordero,
nos unimos a la liturgia celestial, asociándonos con la multitud
inmensa que grita: «La salvación es de nuestro Dios, que está
sentado en el trono, y del Cordero». La Eucaristía es
verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es
un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las
nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino.
20. Una consecuencia significativa de la tensión escatológica
propia de la Eucaristía es que da impulso a nuestro camino
histórico, poniendo una semilla de viva esperanza en la
dedicación cotidiana de cada uno a sus propias tareas. En efecto,
aunque la visión cristiana a su mirada en un «cielo nuevo» y una
«tierra nueva», eso no debilita, sino que más bien estimula
nuestro sentido de responsabilidad respecto a la tierra presente.
Deseo recalcarlo con fuerza al principio del nuevo milenio,
para que los cristianos se sientan más que nunca
comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadanía
terrenal. Es cometido suyo contribuir con la luz del
Evangelio a la edificación de un mundo habitable y
plenamente conforme al designio de Dios.
Muchos son los problemas que oscurecen el horizonte de
nuestro tiempo. Baste pensar en la urgencia de trabajar por la
paz, de poner premisas sólidas de justicia y solidaridad en las
relaciones entre los pueblos, de defender la vida humana desde
su concepción hasta su término natural.
Y ¿qué decir, además, de las tantas contradicciones de un
mundo «globalizado», donde los más débiles, los más pequeños
y los más pobres parecen tener bien poco que esperar? En este
mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana.
También por eso el Señor ha querido quedarse con nosotros en
la Eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y conviva
la promesa de una humanidad renovada por su amor.
Es significativo que el Evangelio de Juan, allí donde las
Sinópticos narran la institución de la Eucaristía, propone,
ilustrando así su sentido profundo, el relato del «lavatorio de
los pies», en el cual Jesús se /tace maestro de comunión y
servicio
El apóstol Pablo, por su parte, califica como «indigno» de
una comunidad cristiana que se participe en la Cena del
Señor, si se hace en un contexto de división e indiferencia
hacia los pobres.
Anunciar la muerte del Señor «hasta que venga», comporta para
los que participan en la Eucaristía el compromiso de
transformar su vida, para que toda ella llegue a ser en cierto
modo «eucarística».
Precisamente este fruto de transfiguración de la existencia y
el compromiso de transformar el mundo según el Evangelio,
hacen resplandecer la tensión escatológica de la celebración
eucarística y de toda la vida cristiana: «¡Ven, Señor Jesús!».
La Iglesia nos invita a rezar:
«Tú que todo lo renuevas y nos mandas esperar anhelantes la
llegada de tu Reino, haz que, cuanto más esperamos el cielo
nuevo y la tierra nueva que nos prometes, con tanto mayor
empeño trabajemos por la edificación del mundo presente».
Finalizamos con las palabras de San Efrén diácono:
«(Cristo) ocultó el tiempo de su venida para que estemos
prevenidos y para que cada uno de nosotros piense que ello
puede tener lugar en su propio tiempo. Pues si Cristo hubiera
revelado el día de su venida, ésta se hubiera tornado un
acontecimiento indiferente y ya no sería un objeto de
esperanza para los hombres de los distintos siglos.
Dijo que vendría, pero no dijo cuándo, y por eso todas las
generaciones y épocas lo esperan ansiosamente.
. - .
Aunque el Señor estableció las señales de su venida, sin
embargo, de modo alguno conocemos con exactitud su término
(...) Cristo no reveló el día de su venida (...) pero invitó a
considerar sus señales, para que, desde entonces y para
siempre, las generaciones de todos los siglos pensaran que su
venida podría acontecer en-su tiempo (...)
Por lo tanto, el Señor recomendó al hombre la vigilancia de
todo su ser: del cuerpo y del alma».
2. EL MISTERIO DE LA PARUSÍA DE CRISTO COMO
'JUICIO'.
r
«Jesucristo se hizo uno de nosotros, nuestro hermano. Esta
fraternidad con la raza humana y, al mismo tiempo, esta fraternidad
con cada persona individual le llevó a la cruz y resurrección. De modo
que juzga en nombre de su solidaridad con cada persona y también
en nombre de nuestra solidaridad con Él, nuestro hermano y .
Redentor, a quien descubrimos en cada ser humano: 'Tuve hambre...
sed... fui forastero... estuve desnudo... enfermo... en la cárcel...'.'
«...Ayudemos a que la miseria humana se encuentre con la
misericordia divina...», así
«Se encontrarán en un sol cara a cara, tu amor y mi pecado.
«Jesús. Él es la gracia que salva del pecado y de la muerte (...) Dios
no nos clava a nuestro pecado, no nos identifica con el mal que
hemos cometido. Tenemos un nombre y Dios no identifica este
nombre con el pecado que hemos cometido. Nos quiere liberar y
quiere que también lo queramos con Él. Quiere que nuestra libertad
se convierta del mal al bien y esto es posible con su gracia».
2. l. LÍNEAS DE TEOLOGÍA BÍBLICA
* Antiguo Testamento
Remitimos al tema de Yahvé Rey-Juez de Israel y de los
pueblos, en la perspectiva fundamental de la Alianza, en efecto
Dios es reconocido como Rey-Juez de Israel en cuanto es el Dios
de la Alianza. El juicio expresa fundamentalmente su acción o
intervención que lo demuestra y revela siempre 'justo', es decir
fiel a la alianza y a sus exigencias. Dentro de este marco
fundamental de la Alianza, el juicio de Dios manifiesta o
evidencia que su referencia primaria es siempre a la fidelidad,
compasión, misericordia, santidad de Yahvé y a la relación que
ella establece.
* Nuevo Testamento
La relectura cristológica del juicio: Jesucristo 'Juez de vivos y
muertos': 'Justo Juez'. Interpreta Papa Benedicto XVI: «ante Él
(Cristo), Juez supremo de todo ser vivo, debe poseerse cada uno,
consciente de que un día deberá rendirle cuenta de lo que ha hecho
u omitido por el gran bien de la unidad
º plena y visible de todos sus
discípulos».
Elementos descriptivos del juicio con 'referencias/dependencias',
'reelaboraciones' del Antiguo Testamento.
+ analogía de la cosecha:
+ analogía del pastor que separa:
+ analogía de la red:
+ analogía del 'crisol': ('¿dónde estamos parados?')
+ analogía 'forense' del tribunal:
3. 2. SÍNTESIS BÍBLICA
Juicio es característica de la acción salvífica divina: la que el Padre
da al Hijo enviándolo al mundo; la que el Espíritu recibe de
Jesucristo Hijo eterno del Padre, quien desde el Padre lo
su príncipe) como dimensión de libertad creada en cuanto se
opone a Dios. ' '
La Acción Divina (que en definitiva es la misión del Espíritu que
'crea' los hijos de Dios en la caridad) está dirigida a salvar al
mundo que “se deja” salvar, pero no puede salvar el mundo en
cuanto permanece 'mundo' es decir, libertad creada en cuanto
se opone a Dios. Así esta 'Acción' aunque no siendo en sí misma
ambivalente, es potencialmente discriminatoria. Jesús no vino al
mundo para juzgarlo y condenarlo, sino para salvarlo.
Como en el tiempo de la Iglesia es el Espíritu en los discípulos que
se hace realmente el acusador del mundo (mientras es abogado de
los que creen en Cristo) así al final, cuando los muertos oirán la
voz del hijo del hombre...; cuando seremos semejantes a Él.
El juicio será todavía en los discípulos, plenamente
conformados al Resucitado, en cuanto acusación permanente,
definitiva, de los que se harán querido excluir del designio
misericordioso de salvación. -
En sustancia el juicio coincide, o está en la situación de las
creaturas libres que rechazan o aceptan al Hijo de Dios. el doble
éxito del juicio final: «in die irae et revelatio nis iusti iudicii
Dei...», orienta en el sentido de la centralidad de la referencia
cristológica: es la relación con Cristo que decide. Hoy la
teología y el mismo Magisterio comprenden y presentan el
sentido del Juicio como 'auto'- juicio que está presente en:
San Juan: lo que decide s la fe o la incredulidad;
San Mateo: lo que decide es el amor o desamor;
En ambos casos el Juicio aparece como el 'Develamiento' de la
postura asumida durante la historia frente a Cristo (fe-
incredulidad) y frente al prójimo, 'sacramento' de Cristo
(amor-desamor).
* Universalidad del juicio
Notamos como Mateo coloca la parábola del juicio final
inmediatamente antes del relato de la Pasión del Señor: su
mensaje es la verdad sobre nuestro destino último y sobre el
criterio con el que seremos juzgados. Se nos recuerda que
«Dios es al mismo tiempo Pastor bueno y misericordioso y Juez
justo (...) Es decisivo el criterio del juicio. Este criterio es el
amor, la caridad concreta con el prójimo, en particular con los
'pequeños', con las personas que atraviesan más dificultades (...)
El Rey declara solemnemente a todos que lo que han hecho o no
han hecho a ellos, lo han hecho o no lo han hecho a Él mismo.
Es decir, Cristo se identifica con sus 'hermanos más pequeños
y en el juicio final se daría cuenta de lo que ya se realizó en
la vida terrena. Esto es lo que le interesa a Dios; lo que quiere
es reinar en el corazón de las personas y desde allí en el
mundo: Él es Rey de todo el universo, pero el punto crítico, la
zona donde su Reino corre peligro, es nuestro corazón,
porque en él Dios se encuentra con nuestra libertad.
Nosotros, y sólo nosotros, podemos impedirle reinar en
nosotros mismos y, por tanto, podemos poner obstáculos a su
realeza en el mundo: en la familia, en la sociedad y en la
historia (...) A nosotros corresponde la decisión de practicar
la justicia o la iniquidad, abrazar el amor y el perdón o la
venganza y el odio homicida: De esto depende n u estra
salvación personal, pero también la salvación del mundo(...)
Por eso Jesús (...) nos invita a colaborar en la venida de su
Reino de amor, de justicia y de paz. Debemos responderle, (...)
eligiendo el camino del amor operante y generoso al prójimo,
le permitimos extender su señorío en el tiempo y en el
espacio».
universalidad de las personas.
universalidad d e los hechos humanos.
Inminencia,
«Ciertamente es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante
que una espada de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el
alma y el espíritu, hasta las junturas y médul1:1s; y escruta los
sentimientos y pensamientos del corazón. No hay para ella
criatura invisible: todo está desnudo y patente a los ojos de
Aquel a quien hemos de dar cuenta».
* Una imagen patrística.
El Pastor de Hermas, comparación III:
«Me mostró muchos árboles que no tenían hojas, sino que me
parecían estar secos, pues eran todos iguales. Entonces me
dijo: «¿ves todos estos árboles?' 'los veo, Señor' - le dije - , y
que todos son iguales y están secos'. 'Estos árboles, que estás
viendo, representan a los habitantes de este siglo'. 'Entonces,
Señor, - le dije -, ¿por qué están como secos y son todos
iguales?'
'Porque - me contestó - ni los justos ni los pecadores se
manifiestan lo que son en este siglo, sino que todos aparecen
iguales. El siglo presente es invierno para los justos, y no se
manifiestan, habitando como habitan entre pecadores. Porque
a la manera que, en el invierno, una vez que han arrojado la
hoja, los árboles parecen todos iguales y no se ve cuáles están
secos y cuáles verdes, así tampoco en el presente siglo se ve
quienes son Justos y quiénes pecadores, sino que todos son
parecidos».
3. 4. El Magisterio de la Iglesia
<<La misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio
cuando revalida, promueve y extrae el bien de todas las formas del
mal existente en el mundo y en el hombre». Es dogma de fe que la
Parusía del Señor es definitivo juicio para todos los hombres y para
cada uno de ellos.
Esta afirmación, para un católico, debe complementarse con la
otra, de fe definida, -acerca de la inmediata retribución «post-
mortem» (DH 1000-1002: Constitución Dogmática,
Benedictus Deus). Es dogma de fe el carácter
potencialmente discriminatorio de la Parusía de Cristo como
'juicio'. Con el problema de esta complementariedad de las dos
afirmaciones se conecta la afirmación de un doble juicio. El
problema de la distinción entre juicio 'universal' y 'particular'.
- En las antiguas confesiones de fe: Énfasis sobre el juicio final en
conexión con la Parusía.
- En la Edad Media: Énfasis sobre el juicio particular.
- Catecismo Iglesia Católica: retoma algunas líneas de
fondo de la Tradición viva de la Iglesia, intentando una
expresión reprobada con un lenguaje bíblico y esencial.
* El Juicio Particular
.
.
Es presentado por el Nuevo Testamento como una
«retribución inmediata después de la muerte de cada uno
como consecuencia de sus obras y de su fe».
El CEC describe el juicio particular como una retribución final
del hombre. Notamos que el Catecismo supone la
antropología 'dual' ya que vuelve a hablar del alma
separada propósito del juicio particular: «Cada hombre,
después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución
eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo,
- bien a través de una purificación.
- bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del
cielo.
- bien para condenarse inmediatamente para siempre.
* El 'Juicio Final' es, según la doctrina católica, la
manifestación del «bien que cada uno haya hecho o haya
dejado de hace durante su vida terrena». Dicho juicio
acontecerá en coincidencia con la venida gloriosa de Nuestro
Señor- Jesucristo. Siempre en esta perspectiva, se trata esta
verdad de fe en la parte cristológ1ca del CEC: « Desde allí ha de
venir a juzgar a vivos y a muertos».
Es un misterio cuándo sucederá, pero hará comprender el
sentido de toda la historia y lo caminos admirables por los que la
Providencia habrá conducido los acontecimientos; será el triunfo
de la justicia de Dios sobre todas las injusticias cometidas por
sus criaturas. Esto llama a los hombres a la conversión
cotidiana, al santo temor de Dios, a las obras de justicia y de
caridad.
RATZINGER meditaba: «... 'os he destinado para que vayáis y
deis fruto y vuestro fruto permanezca' Pero ¿qué permanece? El
dinero, no. Tampoco los edificios; los libros tampoco.
Después de cierto tiempo, más o menos largo, todas estas
cosas desaparecen. Lo único que permanece eternamente es
el alma humana, el hombre creado por Dios para la
eternidad.
Por tanto, el fruto que permanece es todo lo que h' emos sembrado
en las almas humanas: el amor, el conocimiento; el gesto capaz de
tocar el corazón; la palabra que abre el alma a la alegría del Señor.
(El Señor) nos ayude a dar fruto, un fruto que permanezca. Sólo así
la tierra se transforma de valle de lágrimas en jardín de Dios».
-Papa Benedicto XVI explicaba: '
<<la visión de la fe abarca el cielo y la tierra: el pasado, el
presente, e/futuro, la eternidad (...) creemos en Dios, principio y
fin de la vida humana (...) así la fe es al mismo tiempo esperanza,
es la certeza de que tenemos un futuro y de que no creemos
e n el vacío (...). Sólo mirando a Jesucristo, nuestro gozo en
Dios alcanza su plenitud, se hace gozo redimido (...).
La segunda parte del Credo concluye con la perspectiva del
Juicio Final, y la tercera parte con la de la resurrección de
los muertos. -
Juicio: ¿se nos quiere infundir de nuevo el miedo con esta
palabra? Pero,
- ¿acaso no deseamos todos que un día se haga justicia a
todos los condenados injustamente, a cuantos han sufrido a lo
largo de la vida y han muerto después de una vida llena de
dolor?
- ¿Acaso no queremos todos que el exceso de injusticia y
sufrimiento, que vemos en la historia, al final desaparezca; que
todos en definitiva puedan gozar, que todo cobre sentido?
. ,
Este triunfo de la justicia, esta unión de tantos fragmentos de
historia que parecen carecer de sentido, integrándose en un todo en
el que dominen la verdad y el amor, es lo que se entiende con el
concepto de Juicio del mundo. La fe no quiere infundirnos miedo;
pero quiere llamarnos a la responsabilidad.
No debemos desperdiciar nuestra vida ni abusar de ella; tampoco
debemos conservarla sólo para nosotros mismos. Ante la
injusticia no debemos permanecer indiferentes, siendo
conniventes o incluso cómplices. Debemos percibir nuestra misión
en la historia y tratar de corresponder a ella.
No se trata de miedo, sino de responsabilidad; se necesita
responsabilidad y preocupación por nuestra salvación y por
la salvación de todo el mundo. Cada uno debe contribuir a
esto.
Pero cuando la responsabilidad y la preocupación tiendan a
convertirse en miedo, recordemos las palabras de san Juan:
«Hijos míos, os escribo ·esto para que no pequéis. Pero si
alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a
Jesucristo, el Justo».
«En caso de que nos condene nuestra conciencia, Dios es
mayor que nuestra conciencia y conoce todo».
El mismo Papa Emérito volvía a tratar esta verdad de nuestra
fe en Spe salvi:
El Juicio como lugar de aprendizaje y ejercicio de la
esperanza
La parte central del gran Credo de la Iglesia, que trata del misterio
de Cristo desde su nacimiento eterno del Padre y el nacimiento
temporal de la Virgen María, para seguir con la cruz y la
resurrección y llegar hasta su retomo, se concluye con las palabras:
«de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos».
Ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio
ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como
criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su
conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia
de Dios. La fe en Cristo nunca ha mirado sólo hacia atrás ni
sólo hacia arriba, sino siempre adelante, hacia la hora de la
justicia que el Señor había preanunciado repetidamente. Este
mirar hacia adelante ha dado la in1portancia que tiene el
presente para el cristianismo. En la configuración de los
edificios sagrados cristianos, que quería hacer visible la
amplitud histórica y cósmica de la fe en Cristo, se hizo
habitual representar en el lado oriental al Señor que
vuelve como rey - imagen de la esperanza-, mientras
- en el lado occidental estaba el Juicio final como imagen
de la responsabilidad respecto a nuestra vida, una
representación que miraba y acompañaba a los fieles
justamente en su retomo a lo cotidiano.
En el desarrollo de la iconografía, sin embargo, se ha dado
después cada vez más relieve al aspecto amenazador y lúgubre
del Juicio, que obviamente fascinaba a los artistas más que el
esplendor de la esperanza, el cual quedaba con frecuencia
excesivamente oculto bajo la amenaza.
42. En la época moderna, la idea del Juicio final se ha
desvaído: la fe cristiana se entiende y orienta sobre todo hacía la
salvación personal del alma; la reflexión sobre la historia
universal, en cambio, está dominada en gran parte por la idea
del progreso. Pero el contenido fundamental de la espera del
Juicio no es que haya simplemente desaparecido, sino que
ahora asume una forma totalmente diferente.
El ateísmo de los siglos XIX y XX, por sus raíces y
finalidad, es un moralismo, una protesta contra las injusticias
del mundo y de la historia universal. Un mundo en el que hay
tanta injusticia, tanto sufrimiento de los inocentes y tanto
cinismo del poder, no puede ser obra de un Dios bueno. El
Dios que tuviera la responsabilidad de un mundo así no sería
un Dios justo y menos aún un Dios bueno. Hay que
cuestionar este Dios precisamente en non1bre de la moral. Y
puesto que no hay un Dios que crea justicia, parece que ahora
es el hombre mismo quien está llamado a establecer·1a
justicia. Ahora bien, si ante el sufrimiento de este mundo es
comprensible la protesta contra Dios, la pretensión de que la
humanidad pueda y deba hacer lo que ningún Dios hace ni
es capaz de hacer, es presuntuosa e intrínsecamente falsa. Si
de esta premisa se han derivado las más grandes crueldades y
violaciones de la justicia no es fruto de la casualidad, sino que
se funda en la falsedad intrínseca de esta pretensión. Un
mundo que tiene que crear su justicia por sí mismo es u n
mundo sin esperanza. Nadie ni nada responde del
sufrimiento de los siglos. Nadie ni nada garantiza que el
cinismo del poder - bajo cualquier seductor revestimiento
ideológico que se presente - no siga mangoneando en el
mundo.
Así, los grandes pensadores de la escuela de Francfort, Max
Horkheimer y Theodor W. Adorno, han criticado tanto el ateísmo
como el teísmo. Horkheimer ha excluido radicalmente que pueda
encontrarse algún sucedáneo inmanente de Dios, pero rechazando
al mismo tiempo también la imagen del Dios bueno y justo." En
una radicalización extrema de la prohibición veterotestamentaria de
las imágenes, él habla de la «nostalgia del totalmente Otro», que
permanece inaccesible: un grito del deseo dirigido a la historia
universal.
También Adorno se ha ceñido decididamente a esta renuncia a
toda imagen y, por tanto, excluye también la «imagen» del Dios
que ama. No obstante, siempre ha subrayado también esta
dialéctica «negativa» y ha afirmado que la justicia, una
verdadera justicia, requeriría un mundo «en el cual no sólo
fuera suprimido el sufrimiento presente, sino también revocado
lo que es irrevocablemente pasado». Pero esto significaría -
expresado en símbolos positivos y, por tanto, para él
inapropiados - que no puede haber justicia sin resurrección de
los muertos. Pero una tal perspectiva comportaría «la
resurrección de la carne, algo que es totalmente ajeno al
idealismo, al reino del espíritu absoluto».
43, También el cristianismo puede y debe aprender siempre
de nuevo de la rigurosa renuncia a toda imagen; que es parte
del primer mandamiento de Dios. La verdad de la teología
negativa fue resaltada por el IV Concilio de Letrán, el cual
declaró explícitamente que, por grande que sea la semejanza que
aparece entre el Creador y la criatura, siempre es más grande la
desemejanza entre elfos.
Para el creyente, no obstante, la renuncia a toda •imagen no
puede llegar hasta el extremo de tener que detenerse, como
querrían Horkheimer y Adorno, en el «no» a ambas tesis, el
teísmo y el ateísmo. Dios mismo se ha dado una «imagen»: en el
Cristo que se ha hecho hombre. En Él, el Crucificado, se lleva
al extremo la negación de las falsas imágenes de Dios.
Ahora Dios revela su rostro precisamente en la figura del que sufre y
comparte la condición del hombre abandonado por Dios, tomándola
consigo. Este inocente que sufre se ha convertido en esperanza-
certeza: Dios existe, y Dios sabe crear la justicia de un modo que
nosotros no somos capaces de concebir y que, sin embargo, o,
podemos intuir en la fe. Sí, existe la resurrección de la carne. Existe
una justicia. Existe la «revocación» del sufrimiento pasado, la
reparación que restablece el derecho. Por eso la fe en el Juicio final
es ante todo y sobre todo esperanza, esa esperanza cuya necesidad
se ha hecho evidente precisamente en las convulsiones de los últimos
siglos. Estoy convencido de que la cuestión de la justicia es el
argumento esencial o, en todo caso, el argumento más fuerte en
favor de la fe en la vida eterna. La necesidad meramente individual
de una satisfacción plena que niega en esta vida, de la inmortalidad
del amor que esperamos, es ciertamente importante para creer que
el hombre esté hecho para la eternidad.
La protesta contra Dios en nombre de la justicia no vale. Un
mundo sin Dios es un mundo sin esperanza. Sólo Dios puede
crear justicia. Y la fe nos da esta certeza: Él lo hace. La imagen
del Juicio final no es en primer lugar una imagen terrorífica,
sino una imagen de esperanza; que la imagen decisiva para
nosotros de la esperanza.
Pero no es quizás también una imagen: que da pavor. Yo diría:
es una imagen que exige la responsabilidad. Una imagen,
por lo tanto, de ese pavor al q ue se refiere san Hilario cuando
dice que todo nuestro miedo está relacionado con el amor.
Dios es justicia y crea justicia. Éste es nuestro consuelo y
nuestra esperanza. Pero en su justicia está también la gracia.
Esto lo descubrimos dirigiendo la mirada hacia el Cristo
crucificado y resucitado. Ambas - justicia y gracia - han de ser
vistas en su justa relación interior. La gracia no excluye la
justicia. No convierte la injusticia en derecho. No es un
cepillo que borra todo, de modo que cuanto se ha hecho en la
tienda acabe por tener siempre igual valor.
Contra este tipo de cielo y de gracia ha protestado con razón,
por ejemplo, Dostoievski en su novela Los hermanos
Karamazov. Al final los malvados, en el banquete eterno,
no se sentarán indistintamente a la mesa junto a las
víctimas, como si no hubiera pasado nada.
A este respecto quisiera citar un texto de Platón que expresa
un presentimiento del juicio justo, que en gran parte es
verdadero y provechoso también para el cristiano. Aunque con
imágenes mitológicas, pero que expresan de modo inequívoco
la verdad, dice que al final las almas estarán desnudas ante
el juez. Al1ora ya no cuenta lo que fueron una vez en la
historia, sino sólo lo que son de verdad.
«Ahora [el juez] tiene quizás ante si el alma de un rey [ ...] o
algún otro rey o dominador, y no ve nada sano en ella. La
encuentra flagelada y llena de cicatrices causadas por el
perjurio y la injusticia [...] y todo es tortuoso, lleno de mentira
y soberbia, y nada es recto, porque h a crecido sin verdad. Y
ve cómo el alma, a causa de la arbitrariedad, el desenfreno,
la arrogancia y la desconsideración en el actuar, está cargada
de excesos e infamia. Ante semejante espectáculo, la manda
enseguida a la cárcel, donde padecerá los castigos merecidos
[...]. Pero a veces ve ante sí un alma diferente, una que ha
transcurrido una vida piadosa y sincera [...], se complace y la
manda a la isla de los bienaventurados. E n la parábola del
rico epulón y el pobre Lázaro, Jesús ha presentado como
advertencia la imagen de un alma similar, arruinada por la
arrogancia y la opulencia, que ha cavado ella misma un foso
infranqueable entre sí y el pobre: el foso de su cerrazón en los
placeres materiales, el foso del olvido del otro y de la
incapacidad de amar, que se transforma ahora en una sed
ardiente y ya irremediable.
Hemos de notar aquí que, en esta parábola, Jesús no habla del
destino definitivo después del Juicio universal, sino que se
refiere a una de las concepciones del judaísmo antiguo, es
decir, la de una condición intermedia entre muerte y
resurrección, un estado en el que falta aún la sentencia
última».
Más recientemente afirmaba:
«Hoy, en el presente, es cuando se juega nuestro destino futuro;
con el comportamiento concreto que tenemos en esta vida
decidimos nuestro destino eterno. En el ocaso de nuestros días
en la tierra, en el momento de la muerte, seremos juzgados según
nuestra semejanza o desemejanza con el Niño (Jesús) (...) puesto
que Él es "el criterio de medida que Dios h a dado a la
humanidad. El Padre celestial, que en el nacimiento de su
Hijo Unigénito nos manifestó su amor misericordioso, nos ama a
seguir sus pasos convirtiendo, como Él, nuestra existencia en un
don de amor y los frutos del amor son 'los frutos dignos e
conversión».
Papa Francisco destaca la reconfortante cercanía de los seres
queridos con ocasión del juicio: «en el momento del juicio no
estamos solos (...) podemos contar con la intercesión y
benevolencia de muchos hermanos y hermanas nuestros más
grandes que nos precedieron en el camino de la fe, que
ofrecieron su vida por nosotros y siguen amándonos de modo
indescriptible».
En todo caso, «siguiendo· a San Agustín, se ha de decir que
nuestros méritos son don de Dios y que cuando Dios corona
nuestros méritos no hace sino coronar sus dones».
Consideraciones de orden teológico:
Importante recordar la incidencia de algunas temáticas o
perspectivas culturales que afectan la comprensión de la
originalidad cristiana del discurso o de la verdad sobre el juicio
de forma di'1'ersamente importante. Por ejemplo:
1
El permanecer d e tendencias o p t i m i s t a s abiertas .a perspectivas
sustancialmente de Apocatástasis: postura teológica ya condenada por
el Magisterio en el Sínodo de Constantinopla en 543.
Dichas posturas prefieren pensar en una 'reconciliación
universal y definitiva' que en un 'juicio universal' al final de la
historia humana. En efecto, el 'juicio universal' no se
comprende en términos de retribución sino se basaría en la
misericordia, porque la miseria humana nunca podría
'competir' con la justicia divina.
2. El discurso cristiano sobre el juicio no es la conclusión en
línea recta del sentido de justicia presente en el hombre y en
la cultura en general. Es la implicación del misterio
'dialógico' entre una iniciativa salvífica perennemente fiel y
una libertad en la historia que se decide frente a esta iniciativa
Divina que es Jesucristo.
3. En las escatologías seculares no hay lugar para la
referencia a un juicio divino, es decir, a un Sujeto no
mundano que pueda 'juzgar la historia'.
4. Claramente incuestionable para un católico la existencia
del juicio escatológico, se plantea el problema de la
correcta comprensión de su naturaleza y en este sentido se
plantea la exigencia de superación a propósito de la
descripción del juicio.
5. Podemos recordar una línea de pensamiento que a partir de
Orígenes y pasando entre otros autores, por Agustín y Santo
Tomás, interpreta el juicio como proceso cognoscitivo, más
precisamente, de la conciencia: -
sería la evidencia, en el sujeto, del bien y del mal propio y
ajeno; es decir de la propia situación real individual y
comunitaria frente al Dios trinitario:
- al Padre, «que ve en lo secreto»: Mt 6,4.6.18;
- por Cristo, «que sabe lo que hay en el hombre»;
- en el Espíritu, «Luz de los corazones», «que todo lo
sondea».
En este sentido habría que entenderse la comparación o
'similitudo' forense del pronunciamiento y de la escucha de la
sentencia. Se trata de una relación personal (encuentro) que
por el valor de comparación con el tribunal no se puede no
pensar como consciente, en cuanto implica una toma de
conciencia de la proporción, situación, que alcanza y se mide
sobre una valoración absolutamente auténtica: la que el Padre
hace por Cristo en el Espíritu.
Sobre este aspecto teológico hay que integrar el aporte de
Magisterio Pontificio en la encíclica Dominum et Vivificantem:
«El Espíritu Santo convence de todo pecado cometido en
cualquier lugar y momento de la historia del hombre, pues
demuestra su relación con la cruz de Cristo...».
El juicio escatológico responde a la justicia de Dios, es decir a
la fidelidad - santidad del Dios de la Alianza en referencia al
cual solo debe comprenderse la respuesta de fidelidad del
h01nbre y por consiguiente su mérito; como también la
respuesta de infidelidad o demérito.
Objeto de fe: La voluntad divina de condenación del pecado para
la salvación del pecador. Justamente sobre la fe en el juicio es
fundada la esperanza del cristiano, que supera todo temor. -
«Por eso, el amor, que constituye la base de la actitud divina y
debe llegar a ser una virtud fundamental del creyente, nos
impulsa a tener confianza en el día del juicio, excluyendo
-
todo temor». -
Jesús se revela y se define como el 'Buen Pastor'. Esta
connotación de 'Bondad/Belleza' alude no sólo a su calidad
moral sino su capacidad de Pastor.
Importante: no hay que comprender a Jesús a partir del juicio,
sino al contrario hay que interpretar el juicio fu uro a partir
de Jesús; es decir, el juicio tendrá el 'estilo' y el procedimiento
típico de su Juez que es Jesucristo quien «me amó y se entregó
por mí».
Meditaba Von BALTHASAR:
«En el futuro, el juicio está en las manos del Redentor, del que
lo ha soportado todo de parte de los hombres y que, por ello,
una vez manifestado como el cordero de Dios, no se transforma
al final en un lobo devorador, que tome venganza de ellos
de todo lo que le hicieron en el Gólgota».
En la cruz, como momento culminante de su vida, Jesús, que
cuestionó fuertemente la 'justicia' punitiva de los fariseos, pidió
al Padre qué perdonara a sus verdugos; justamente la víctima
inocente de la injusticia humana no invoca justicia sino
perdón. También en este procedimiento notamos como «sus
pensamientos no son los nuestros», siendo verdaderamente un
Dios misterioso el Dios Salvado.
Sobre la base de la diversa posibilidad de la respuesta del
hombre, el juicio de Dios en Cristo comporta la posibilidad de
una discriminación.
Se nos recuerda también que:
«El juicio no es sólo un hecho personal: es también la respuesta de
Dios a los pedidos de justicia de los hombres. Al final de los tiempos
se revelará /ajusticia y la verdad del Señor y encontrarán respuestas
los tantos ¿por qué?, los tantos sufrimientos injustamente padecidos
por los hombres. El Reino de los Cielos es cumplimiento de la justicia
verdadera para todos los que en el mundo han padecido aflicción
y han esperado la epifanía del Señor; el encuentro y
reconciliación entre cada ser humano, y entre los hombres y el
Padre». :
Preparando la Iglesia al tercer milenio, San JUAN PABLO II,
afirmaba:
«Cristo es el centro del Universo, que atrae hacia sí a todos
para comunicarles l a abundancia de las gracias y la vida eterna.
(...) El juicio, aunque, como es obvio, incluye la posibilidad de
condena, está encomendado al 'Hijo del Hombre', es decir una
persona llena de comprensión y solidaria con la condición humana.
Cristo es un juez divino con un corazón humano, un juez que
desea dar la vida. Sólo e empecinamiento impenitente en el mal
puede impedirle hacer este don, por el cual él no dudó enfrentar la
muerte».
Es así que en la liturgia Eucarística del miércoles Santo se proclama:
«Salve, Rey nuestro solamente tú te has compadecido de nuestros
errores». Por tanto, «sólo quien haya rechazado la salvación, ofrecida
por Dios con una misericordia ilimitada, se encontrará condenado
porque se habrá condenado a sí mismo».
La cruz misma ha sido· el develarse de una verdad que es misericordia,
que abre a la esperanza invitando al hombre, hasta el último instante, a
la conversión.
El anuncio de la verdad del juicio tiene que ser 'Evangelio', 'Buena
Noticia', un llamado a la conversión, una palabra que abre un horizonte
de vida y de esperanza, que no cierra las puertas, sino que las abre.
A cada uno corresponde la opción de entrar o de quedar afuera,
mediante el uso de la libertad que Dios ha dado al hombre y que Cristo
nunca quiso contradecir, prefiriendo más bien el camino de la cruz.
«Yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí».
hombre tiene la posibilidad de rechazar a Dios y su amor, pero, los
brazos de Jesús permanecen siempre abiertos, prontos a recibir a quien
se deja atraer por Él».
En esta perspectiva: «La revelación de la propia verdad
acontece en el encuentro con quien es la verdad de Dios (éste
es el Hijo de Dios) y la verdad del hombre. El desvelamiento
de la propia verdad; en el ·encuentro con Cristo, tiene ya en sí
un aspecto liberador de las propias máscaras y opacidades, de
la falta de transparencia, del autoengaño y de la mentira, del
extrañamiento y de la propia alienación.
Es la liberación como evidencia. Pero dicho encuentro
encierra a la par un acto purificador de las faltas, de la
culpabilidad, del pecado, de la escoria largamente acumulada.
Es la liberación como perdón. Pues la justicia que sale a la
1
luz en el juicio de Dios incluye la justificación».
Sintetizando, con Papa Benedicto XVI:
«Realmente, el hombre es grandeza y miseria.
Es grandeza, porque lleva en sí la imagen de Dios y es objeto de
su amor; y es miseria, porque puede hacer mal uso de la
libertad, su gran privilegio, acabando por volverse con el
Creador.
Para evitar equívocos, conviene notar que la misericordia de
Jesús no se manifiesta poniendo entre paréntesis la ley
moral. Para Jesús el bien es bien y el mal es mal. La
misericordia no cambia la naturaleza del pecado, pero lo
quema en un fuego de amor.
Este efecto purificador y sanador se realiza si hay en el
hombre una correspondencia de amor, que implica el
reconocimiento de la ley de Dios, el arrepentimiento sincero,
el propósito de una vida nueva.
A la pecadora del Evangelio (Le 7, 36 ss) se le perdonó mucho
porque amó mucho. En Jesús Dios viene a darnos amor y a
pedirnos amor».
También: «Nunca hemos de confundir en nuestros juicios el
pecado, que es inaceptable, y el pecador, cuyo estado de
conciencia no podemos juzgar y que en todo caso, siempre tiene la
posibilidad de convertirse y ser perdonado».
4. LO ESCATOLÓGICO CRISTIANO EN EL
HOMBRE: EL HOMBRE EN LA
PARUSÍA DE CRISTO ES UN
RESUCITADO: la verdad
cristiana de la resurrección de la carne.
«Así como en primavera los rayos del sol hacen brotar y abrir
las yemas en las ramas de los árboles, así también la
irradiación que surge de la resurrección de Cristo da fuerza y
significado a toda esperanza humana, a toda expectativa,
deseo, proyecto.
Por eso, todo el universo se alegra hoy, al estar incluido en la
primavera de la humanidad, que se hace intérprete del
callado himno de alabanza de la creación. El aleluya
pascual, que resuena en la Iglesia peregrina en el mundo,
expresa la exultación silenciosa del universo y, sobre todo, el
anhelo de toda alma humana sinceramente abierta a Dios,
más aún, agradecida por su infinita bondad, belleza y verdad
'En tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la
tierra'».333
«La Iglesia cree en la resurrección de los muertos. La Iglesia
entiende que la resurrección se refiere a todo el hombre: para
los elegidos no es sino la extensión de la misma resurrección
de Cristo a los hombres».
* Evocación bíblica
- AT: Notamos un movimiento progresivo de
pensamiento acerca d e la fe en la resurrección. Elementos
de la preparación creyente a la verdad de la resurrección:
* El clima espiritual de los tres salmos llamados místicos:
Se va madurando, dentro del sentido de fe en el Dios de la
Alianza, la búsqueda de una solución al problema de la muerte:
la con1unión con Yahvé es tan fuerte que vence el temor a la
muerte.
* El salmo 49,16 dice así: «Pero Dios rescatará mi
alma del sheol, puesto que me recogerá». El término que
se utiliza es el de nefes, pero ahora nefes cobra un sentido de
mayor sustantividad e individualidad. Mientras que el término
rafaim hace referencia a un plural anónimo, aquí se habla de·
mi alma, acentuando la relación de intimidad con Dios.
Notamos el verbo laqaj, que describe la acción por la que
Dios asume a sus elegidos (Henoc y Elias), sustrayéndolos al
común desenlace de la existencia humana.
El padre Pozo ve en ello una evolución del término de. nefes
que, de ser usado en el mundo _de Ja antropología de los
vivos, pasa ahora a significar el alma que subsiste después de
la muerte y viene a ser equivalente de psiché. No obsta a ello el
que, a veces, al alma en el sheol se le apliquen propiedades
corpóreas, pues eso mismo ocurre en la primera reflexión
griega sobre el alma que es calificada de inmortal, aun cuando
no todavía claramente espiritual. La reflexión filosófica sobre
la espiritualidad del alma comienza fundamentalmente con
Platón. Esta mayor sustancialidad e individualidad del alma
permite frente al anonimato de los refaim, entender que la
suerte de los justos, de pues de la muerte, es diversa de la de
los impíos.
l •
* El salmo 73, 24: «me guiarás con tu consejo y tras la gloria me
llevarás». Se subraya también en el salmo 16,10: «pues no
abandonarás mi alma en el sheol, ni dejarás que tu siervo contemple
la corrupción», subrayando a continuación la felicidad del alma con
Dios. El justo es liberado ya del sheol y llevado junto a Dios, de
modo que el sheol queda reservado ya para los impíos (cuando, en un
primer momento, en el sheol habitaban unos y otros aunque a
diferente nivel). Se otorga a la vida con Dios una exigencia de
perennidad.
El salmo 16 introduce, pues, la esperanza en la resurrección
corporal. «Mi cuerpo descansa en seguridad» es una alusión a
la paz del sepulcro y la frase «no permitirás que tu siervo
contemple la corrupción» es una esperanza en la resurrección.
Es una esperanza aún imprecisa, confiesa la Biblia de
Jerusalén, pero que preludia la fe en la resurrección. Las
versiones traducen fosa por corrupción. Que aquí se refiera a
una resurrección del sepulcro parece incontrovertible por el
hecho de que no se puede hablar propiamente de corrupción
en el sheol. En el sheol hay una pervivencia, pero no sometida
a la corrupción. De nuevo, pqes, la esperanza en la
resurrección del sepulcro implica que en el sheol hay un alma
(identificable ahora con la psiché) con una mayor
sustancialidad e individualidad.
Esto es lo que vemos también en el libro de la Sabiduría.
De influjo helenístico, es testigo de la inmortalidad del alma.
Quiere ser un consuelo para los judíos piadosos, y sobre todo,
para los perseguidos a causa de la fe. El consuelo consiste en
que el piadoso, enseguida después de la muerte, no queda
destruido, pues entra en posesión de la inmortalidad.
El sujeto de esta inmortalidad es la psiché: «Pues las almas de
los justos están en manos de Dios y no les tocará tormento
alguno». Poco antes se ha hablado del juicio de las almas
puras. La suerte de los impíos es caer en el sheol y permanecer
en él. El hombre, hecho incorruptible por Dios, se ha hecho
corruptible por la muerte que ha entrado en el mundo por la
envidia del diablo; pero claramente se especifica que es el
cuerpo el sujeto de la corruptibilidad. ·
No todo el hombre muere, por lo tanto, y las almas de los
justos están en manos de Dios. Y este es el consuelo que
ofrece el libro; no hay una destrucción completa del justo
(como piensan los impíos), de modo que sus almas
gozan de Dios. Por ello, si se afirma claramente que la
muerte ha afectado al cuerpo (el cuerpo es lo corruptible) se
está hablando implícitamente de la muerte con la separación
de cuerpo y alma.
* Finalmente en Mateo encontramos las palabras de Cristo: «No
temáis a los que puede matar el cuerpo, pero no pueden matar
el alma (psiché); temed más bien al que puede echar cuerpo y
alma a la gehena».
G. DAUTZENBERG ha demostrado que aquí el término de
psiché hay que tomarlo como alma y no como vida. El cuerpo
puede ser matado, pero e1 alma, no; lo cual corresponde a la
dualidad cuerpo-alma Decir por ello que aquí alma significa la
persona entera es inaceptable, toda vez que va unida al cuerpo
como partes que se distinguen y contraponen. Este realismo de
la fe cristiana es el que hacía decir a San Ireneo:
«Que nos digan los que afirman lo contrario, es decir, los
que contradicen a su salvación.
¿en qué cuerpo resucitarán la hija muerta del gran sacerdote, y
el hijo de la viuda al que llevaban muerto cerca de la puerta de
la ciudad, y Lázaro que había estado ya en la tumba cuatro
días? Evidentemente, en aquellos mismos cuerpos en que
habían muerto; porque s no hubiera sido en aquellos mismos,
no habrían sido ya estos muertos los mismos que resucitaron». .
- las afirmaciones acerca del poder de Dios sobre el 'sheol'.
- la preparación literaria: la resurrección nacional.
- la resurrección personal:(el martirio de los siete hermanos y
► su madre, como una catequesis familiar sobre la resurrección)
Judas Macabeo y la colecta para el perdón de los pecados de
los difuntos.
-Nuevo Testamento.
Evocación cristológica.
Sabemos que el centro de la economía de la salvación es el
Misterio Pascual de Cristo. A comienzo se da, acontece la
experiencia del encuentro con Jesús que se 'deja ver', que
aparece vivo a los 'suyos'. Recordamos los 5 grupos de relatos
referidos a la Resurrección:
El Papa emérito BENEDETTO XVI, proclamaba:
«La resurrección de Cristo es un hecho acontecido en la
historia, de la que los Apóstoles fueron testigos y ciertamente
no creadores. Al mismo tiempo, no se· trata de un simple
regreso a nuestra vida terrena; al contrario, es la mayor
'mutación' acontecida en la historia, el 'salto' decisivo hacia
una dimensión de vida profundamente nueva, el ingreso en un
orden totalmente diverso, que atañe ante todo a Jesús de
Nazaret, pero con él también a nosotros, a toda la familia
humana, a la historia y di universo entero. Por eso la
resurrección de Cristo es el centro de la predicación y del
testimonio cristiano, desde el inicio y hasta el fin de los
tiempos.
Se trata, ciertamente, de un gran misterio, el misterio de nuestra
salvación, que encuentra en la resurrección del Verbo encarnado su
coronación y a la vez la anticipación y la prenda de nuestra
esperanza. Pero la clave de este misterio es el amor y sólo en la
lógica del amor se puede acceder a él y comprenderlo de algún
modo: Jesucristo resucita de entre los muertos porque todo su ser es
perfecta e íntima unión con Dios, que es el amor realmente más
fuerte que la muerte.
Él era uno con la Vida indestructible y, por tanto, podía dar su
vida dejándose matar, pero no podía sucumbir definitivamente a la
muerte: en concreto, en la última Cena anticipó y aceptó por
amor su propia muerte en la cruz, transformándola de este modo
en entrega de sí, en el don que nos da la vida, nos libera y nos
salva.
,
Así pues, su resurrección fue como una explosión de luz, una
explosión de amor que rompió las cadenas del pecado y de la
muerte. Su resurrección inauguró una nueva dimensión de la vida
y de la realidad, de la que brota un mundo nuevo, que penetra
continuamente en nuestro mundo, lo transforma y lo atrae a si».
Notamos que siempre nos encontramos con la iniciativa del
Resucitado, con el proceso de reconocimiento por parte de los
discípulos, «que había elegido», con la misión que los convierte en
testigos de los que «oyeron y vieron con sus propios ojos y
tocaron con sus propias manos». La experiencia pascual -
objetiva y subjetiva al mismo tiempo, por la fuerza del encuentro
entre el Viviente y los 'suyos', se presenta co1no experiencia
transformante:
«Jesús muestra a los discípulos las llagas de las manos y del
costado, signos de lo que sucedió y que nunca se borrará: su
humanidad gloriosa permanece «herid,1». Este gesto tiene como
finalidad confirmar la nueva realidad de la Resurrección: el
Cristo que ahora está entre los suyos es una persona real, el mismo
Jesús que tres días antes fue clavado en la cruz.
Y así, en la luz deslumbrante de la Pascua, en el encuentro con el
Resucitado, los discípulos captan el sentido salvífico de su pasión
y muerte. Entonces, de la tristeza y el miedo pasan a la alegría
plena. La tristeza y las llagas mismas se convierten en fuente de
alegría. La alegría que nace en su corazón deriva de «ver al
Señor».
Por tanto,
«La resurrección de Cristo no es fruto de una especulación, de
una experiencia mística. Es un acontecimiento() que sobrepasa
ciertamente la historia, pero que sucede en un momento preciso de
la historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que
deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de
Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente,
divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el
esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien».
En esta perspectiva, se reafirma que
«La Pascua de Cristo es el acto supremo ·e insuperable del
poder de Dios. Es un acontecimiento absolutamente
extraordinario, el fruto más hermoso y maduro del 'misterio de
Dios'. Es tan extraordinario, que resulta venerable en aquellas
dimensiones que escapan a nuestra capacidad humana de
conocimiento e investigación. Y, aun así, también es un hecho
'histórico', real, testimoniado y documentado. Es el
acontecimiento en el que se funda toda nuestra fe. Es el
contenido central en el que creemos y el motivo principal
por el que creemos».
«Así pues, para nuestra fe y para nuestro testimonio cristiano es
fundamental proclamar la resurrección de Jesús de Nazaret
como acontecimiento real, histórico, atestiguado por muchos y
autorizados testigos. Lo afirmamos con fuerza porque, también
en nuestro tiempo, no falta quien trata de negar su
historicidad reduciendo el relato evangélico a un mito, a una
'visión' de los Apóstoles, retomando o presentando antiguas
teorías, ya desgastadas, como nuevas y científicas.
Ciertamente, la resurrección no fue para Jesús un simple
retorno a la vida anterior, pues en ese caso se trataría de algo
del pasado: hace dos mil años uno resucitó, volvió a su vida
anterior, como por ejemplo Lázaro. La Resurrección se sitúa en
otra dimensión: es el paso a una dimensión de vida
profundamente nueva, que nos toca también a nosotros, que
afecta a toda la familia humana, a la historia y al universo.
Este acontecimiento, que introdujo una nueva dimensión de
vida, una apertura de nuestro mundo hacia la vida eterna
cambió la existencia de los testigos oculares, como lo
demuestran los relatos evangélicos y los demás escritos del
Nuevo Testamento. Es un anuncio que generaciones enteras de
hombres y mujeres a lo largo de los siglos han acogido
con fe y han testimoniado a menudo al precio de su sangre.
Implicaciones escatológicas.
«Ustedes sí me verán, porque yo vivo y también Ustedes
vivirán», dice Jesús en el Evangelio de San Juan a sus
discípulos, es decir, a nosotros. Viviremos mediante la
comunión existencial con Él, por estar insertos en Él, que es
la vida misma. La vida eterna, la inmortalidad beatifica, no la
tenemos por nosotros mismos ni en nosotros mismos, sino por
una relación, mediante la comunión existencial con Aquél que
es la Verdad y el Amor y, por tanto, es eterno, es Dios mismo.
La mera indestructibilidad del alma, por sí sola, no podría dar
un sentido a una vida eterna, no podría hacerla una vida
verdadera. La vida nos llega del ser amados por Aquél que es la
Vida; nos viene del vivir con Él y del amar con Él».
La resurrección 'de la carne' indica la situación o el destino
definitivo de los creyentes en Cristo en cuanto es solidaria con
la situación de Jesús Resucitado. 'Cristo Primicia', (referencia
a la primera gavilla de trigo cosechado del campo) y la
temática joánica sobre la resurrección - vida que viene de
Cristo en Juan 5.
La esperanza de la resurrección hace necesaria referencia a
Cristo: en El, resucitado de los muertos, los justos viven
eternamente: en una perspectiva de comunión verdaderamente
universal, resurrección universal de buenos y malos polémica
de Jesús con los saduceos.
San Pablo nos presenta a Cristo Resucitado como causa
eficiente y causa ejemplar de la resurrección del hombre;
meditaba FRANCISCO:
«según la fe cristiana, el Resucitado es el primogénito de
muchos hermanos y hermanas. El Señor resucitado es el que
fue primero, el que resucitó primero, luego iremos nosotros:
este es nuestro destino: resucitar. Él se fue para preparar un
lugar para todos nosotros, y habiendo preparado un lugar
vendrá. No sólo vendrá al final por todos, sino que vendrá cada
vez por cada uno de nosotros. Vendrá a buscarnos para
llevarnos a Él. En este. sentido, la muerte es un poco un
peldaño hacia el encuentro con Jesús que me está esperando
para llevarme a Él. El Resucitado vive en el mundo de Dios,
donde hay un lugar pura todos, donde se está formando una
nueva tierra y se está construyendo la ciudad celestial, la
morada definitiva del hombre. No podemos imaginar esta
transfiguración de nuestra corporeidad mortal, pero estamos
seguros de que mantendrá nuestros rostros reconocibles y nos
permitirá seguir siendo humanos en el cielo de Dios. Nos
permitirá participar, con sublime emoción, en la infinita y
dichosa exuberancia del acto creador de Dios, cuyas
interminables aventuras vzv1remos en primera persona.
Cuando Jesús habla del Reino de Dios, lo describe como una
comida de bodas, como una fiesta con amigos, como el trabajo·
que hace que la casa esté perfecta: es la sorpresa que hace
que la cosecha sea más rica que la siembra. Tomar en serio las
palabras evangélicas sobre el Reino permite que nuestra
sensibilidad disfrute del amor activo y creador de Dios, y nos
pone en sintonía con el destino inédito de la vida que
sembramos. (... )
Así como, en cuanto salimos del vientre de nuestra madre,
seguimos siendo nosotros, el mismo ser humano que estaba en el
vientre, así, después de la muerte, nacemos al cielo, al espacio
.de Dios, y seguimos siendo nosotros los que hemos caminado
por esta tierra. De la misma manera que le ocurrió a Jesús: el
Resucitado sigue siendo Jesús: no pierde su humanidad, su
experiencia vivida, ni siquiera su corporeidad, no, porque sin
ella ya no sería Él, no sería Jesús: es decir, con su humanidad,
con su experiencia vivida».
«Todos resucitaremos».
Énfasis en la tensión entre:
* continuidad real del cuerpo: la Resurrección como Epifanía
de lo que somos a imagen de la somaticidad gloriosa de Cristo
resucitado: «nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde
esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual
transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo
glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a
l
sí todas las cosas», «en efecto, es necesario que este ser
corruptible se revista de incorruptibilidad, y que este
ser mortal se revista de inmortalidad».
- Discontinuidad o la transformación gloriosa de este mismo
cuerpo: la analogía 'semilla - árbol': «¿con qué cuerpo los
muertos vuelven a la vida?» San Pablo responde usando la
imagen de la semilla que muere para abrirse a una nueva
vida.
- «cuerpo incorruptible, potente, glorioso». «Cuando aparezca
Cristo, vida vuestra, entonces tambi1n vosotros apareceréis
gloriosos con él».
Jesús insistiendo con los apóstoles que él no es un espíritu,
quiere convencerlos de que tiene verdaderamente un cuerpo:
«'mirad mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Palpadme y ved que
Un espíritu no tiene carne y hueso, como veis que yo tengo'. Y,
diciendo esto, les mostró las-manos y los pies».
«En Cristo resucitado la humanidad superó la muerte y
completó la última etapa de su crecimiento penetrando en los
cielos. Ahora Jesús puede libremente volver sobre sus pasos y
encontrarse con sus hermanos como, cuando y donde quiera
(...)».
En efecto, Jesús vendrá: «de manera totalmente nueva y por
encima de los límites del momento. Por su resurrección, Jesús
supera los límites del espacio y del tiempo. Como Resucitado,
recorre la inmensidad del mundo y de la historia (...) Puesto
que Jesús se entrega totalmente, como Resucitado puede
pertenecer a todos y hacerse presente a todos. En la sagrada
Eucaristía recibimos (...) la multiplicación de los panes que
continúa hasta el fin del mundo y en todos los tiempos».
·
* El pensamiento cristiano post-bíblico (el aporte Patrístico).
Confirmaba San Ignacio de Antioquía:
«(Jesucristo Hijo de Dios) se resucitó a sí mismo
verdaderamente. Yo sé y creo que después de su resurrección
tuvo un cuerpo verdadero, como sigue aun teniéndolo. Por
esto, cuando se apareció a Pedro y a sus compañeros (...) al
punto lo tocaron y creyeron, adhiriéndose a la realidad de su
carne y de su espíritu (...).
Después de su resurrección, el Señor comió y bebió con ellos
como cualquier otro hombre de carne y hueso, aunque
espiritualmente estaba unido al Padre
Énfasis en la tensión entre:
* continuidad real del cuerpo: la Resurrección como Epifanía
de lo que somos a imagen de la somaticidad gloriosa de Cristo
resucitado: «nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde
esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual
transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo
glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a
l
sí todas las cosas»): «en efecto, es necesario que este ser
corruptible se revista de incorruptibilidad, y que este
ser mortal se revista de inmortalidad>>.
* Discontinuidad o la transformación gloriosa de este
mismo cuerpo: Cf la analogía 'semilla - árbol': «¿con qué
cuerpo los muertos vuelven a la vida?» San Pablo responde
usando la imagen de la semilla que muere para abrirse a una
nueva vida.
- 44: «cuerpo incorruptible, potente, glorioso». «cuando aparezca
Cristo, vida vuestra, entonces tambi1n vosotros apareceréis
gloriosos con él».
Jesús insistiendo con los apóstoles que él no es un espíritu,
quiere convencerlos de que tiene verdaderamente un cuerpo:
«mirad mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Palpadme y ved que
Un espíritu no tiene carne y hueso, como veis que yo tengo'. Y,
diciendo esto, les mostró las-manos y los pies».
«En Cristo resucitado la humanidad superó la muerte y
completó la última etapa de su crecimiento penetrando en los
cielos. Ahora Jesús puede libremente volver sobre sus pasos y
encontrarse con sus hermanos como, cuando y donde quiera
(...)».
En efecto, Jesús vendrá: «de manera totalmente nueva y por
encima de los límites del momento. Por su resurrección, Jesús
supera los límites del espacio y del tiempo. Como Resucitado,
recorre la inmensidad del mundo y de la historia (...) Puesto
que Jesús se entrega totalmente, como Resucitado puede
pertenecer a todos y hacerse presente a todos. En la sagrada
Eucaristía recibimos (...) la multiplicación de los panes que
continúa hasta el fin del mundo y en todos los tiempos».
En efecto, Jesús vendrá: «de manera totalmente nueva y por
encima de los límites del momento. Por su resurrección, Jesús
supera los límites del espacio y del tiempo. Como Resucitado,
recorre la inmensidad del mundo y de la historia (...) Puesto
que Jesús se entrega totalmente, como Resucitado puede
pertenecer a todos y hacerse presente a todos. En la sagrada
Eucaristía recibimos (...) la multiplicación de los panes que
continúa hasta el fin del mundo y en todos los tiempos».
·
El pensamiento cristiano post-bíblico (el aporte Patrístico).
Confirmaba San Ignacio de Antioquía:
«(Jesucristo Hijo de Dios) se resucitó a sí mismo
verdaderamente. Yo sé y creo que después de su resurrección
tuvo un cuerpo verdadero, como sigue aun teniéndolo. Por
esto, cuando se apareció a Pedro y a sus compañeros (...) al
punto lo tocaron y creyeron, adhiriéndose a la realidad de su
carne y de su espíritu (…).
Después de su resurrección, el Señor comió y bebió con ellos
como cualquier otro hombre de carne y hueso, aunque
espiritualmente estaba unido al Padre
Énfasis en la tensión entre continuidad real del cuerpo: la
Resurrección como Epifanía de lo que somos a imagen de la
somaticidad gloriosa de Cristo resucitado «nosotros somos
ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al
Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo
nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del
poder que tiene de someter a sí todas las cosas»): «en efecto,
es necesario que este ser corruptible se revista de
incorruptibilidad,· y que este ser mortal se revista de
inmortalidad».
y creyeron, adhiriéndose a la realidad de su carne y de su
espíritu (...).
Después de su resurrección, el Señor comió y bebió con ellos
como cualquier otro hombre de carne y hueso, aunque
espiritualmente estaba unido al Padre
La conciencia de la Primitiva COMUNIDAD APOSTOLICA y
PRIMITIVA COMUNIDAD CRISTIANA de la novedad del
discurso cristiano de resurrección en relación a los ambientes
culturales judío - paganos acerca de la suerte del hombre 'post
mortem'.
«¿No es todo un mundo el que e s inaugurado para ti por este día
en que actuó el Señor? (...) Cristo dice: subo a mi Padre y a vuestro
Padre. ¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por
nosotros se hizo hombre, siendo el Hijo Único, quiere hacernos
hermanos suyos y, para ello, hace llegar hasta el Padre verdadero
su propia humanidad, llevando en ella consigo a todos los de su
misma raza».
«La Providencia de Dios se ocupó en demostrar, insinuándose en
los ojos y en el corazón de los suyos, que la resurrección del Señor
Jesucristo era tan real como su nacimiento, pasión y muerte (...).
Fue motivo de una inmensa e inefable alegría el hecho de que la
naturaleza humana, en presencia de una santa multitud,
ascendiera por encima de la dignidad de todas las criaturas
celestiales, para ser elevada más allá de todos los ángeles, por
encima de los mismos arcángeles (...) hasta ser recibida junto al
Padre, entronizada y asociada a la gloria de Aquel con cuya
naturaleza-divina se había unido en la persona del Hijo».
La fe cristiana en la resurrección de la carne ya desde sus inicios
encontró incomprensiones y oposiciones (...) Esa dificultad se
vuelve a presentar también en nuestro tiempo, no sólo 'ad extra',
sino 'ad intra' de la misma Iglesia, ya que se habla poco de esta
verdad fundamental de nuestra fe...
En efecto,
- por una parte, incluso quienes creen en alguna forma de
supervivencia más allá de la muerte, reaccionan con escepticismo
ante la verdad de fe que esclarece este supremo interrogante de la
existencia a la luz de la resurrección de Jesucristo.
- Por otra, hay también quienes sienten el atractivo de una creencia
como la de la reencarnación, arraigada en el humus religioso de
algunas. culturas orientales; la reencarnación no garantiza la
identidad única y singular de cada criatura humana como objeto del
amor personal de Dios, ni la integridad del ser humano como
'espíritu encarnado'.
- La concepción cristiana del hombre, según la cual de Dios Creador
viene también la materia y en particular la corporeidad del hombre
(que es por lo tanto un hecho originario, no un hecho derivado o
secundario) conduce a subrayar que el destino 'post mortem'
concierne al hombre en su totalidad. El acento se pone
espontáneamente sobre el cuerpo-carne: y la resurrección de los
muertos tenderá a formarse como resurrección del cuerpo y de la
carne.
- La defensa de la resurrección empeña por lo tanto polémicamente
sobre todo la primera Teología Cristiana en la dirección arriba
mencionada. También en contra de la reencarnación.
- La verdad de la resurrección en la tradición cristiana: los
cementerios, el culto de las reliquias, la liturgia o "lex orandi". En
síntesis, recordamos aquí:
a) La metáfora de la muerte como sueño: muy frecuente, tiene
una expresión feliz, en la obra de San Ireneo conocida como
Epideixis, «David trata así de la muerte y de la resurrección de
Cristo: 'Yo me acosté y dormí: me desperté, porque me tomó el
Señor' (...) Define la muerte 'sueño', porque resucitó». - Duermen
los que despiertan. Y como Cristo, «Sus muertos» están dormidos
porque resucitarán.
De aquí la palabras 'dormición' aplicada a los cadáveres
inhumados. Acerca del modo de sepultar recordamos que la
inhumación, frente a la cremación, fue ciertamente elegida en los
ambientes cristianos por respeto al cuerpo, que espera la
resurrección.
Quizás la preparación neotestamentaria más cercana del nuevo
sentido es la expresión de Jesús en Juan 11: «Lázaro, nuestro amigo,
-se ha dormido, pero voy a despertarle». (También «la niña no ha
muerto, está dormida»; en Mateo los encuentra 'dormidos'; 'y los
encontró 'dormidos'. Jesús habla así «expresando con la metáfora
del sueño el punto de vista de Dios sobre la muerte física: Dios la
considera precisamente como un sueño, del que se puede despertar
(...), en verdad, es precisamente así: la muerte del cuerpo es un
sueño del que Dios nos puede despertar en cualquier momento».
En los escritos del Nuevo Testamento, la expresión «los que
duermen» está tomada del ámbito popular, es sinónima de los
'muertos' y no tiene especial significación teológica. Tal
significación teológica la adquiere en el cristianismo primitivo
cuando comienza a aplicarse a los cadáveres que 'duermen'. «Los
que durmieron» indica la muerte, igualmente, la resurrección es
un «despertar». El cementerio (literalmente es el 'dormitorio').
* CONGREGACIÓN PARA E L C U L T O DIVINO Y LA
DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio sobre la
piedad popular y la liturgia,
«Las reliquias de los Santos.
El Concilio Vaticano II recuerda que 'de acuerdo con la tradición, la
Iglesia rinde culto a los santos y venera sus imágenes y sus reliquias
auténticas'. La expresión 'reliquias de los Santos' indica ante todo el
cuerpo - o partes notables del mismo - de aquellos que, viviendo ya en
la patria celestial, fueron en esta tierra, por la santidad heroica de su
vida, miembros insignes del Cuerpo místico de Cristo y templos vivos
del Espíritu Santo. En segundo lugar, objetos que pertenecieron a los
Santos: utensilios, vestidos, manuscritos y objetos que han estado en
contacto con sus cuerpos o con sus sepulcros, como estampas, telas de
lino, y también imágenes veneradas.
El Misal Romano, renovado, confirma la validez del 'uso de colocar
bajo el altar, que se va a dedicar, las reliquias de los Santos, aunque
no sean mártires'. Puestas bajo el altar, las reliquias indican que el
sacrificio de los miembros tiene su origen y sentido en el sacrificio de
la Cabeza, y son una expresión simbólica de fa comunión en el único
sacrificio de Cristo de toda la Iglesia, llamada a dar testimonio, incluso
con su sangre, de la propia fidelidad a su esposo y Señor.
A esta expresión cultual, eminentemente litúrgica, se unen otras
muchas de índole popular. A los fieles les gustan las reliquias. Pero
una pastoral correcta sobre la veneración que se les debe no
descuidará:
- asegurar su autenticidad; en el caso que ésta sea dudosa, las
reliquias, con la debida prudencia, se deberán retirar de la
veneración de los fieles;
- impedir el excesivo fraccionamiento de las reliquias, que no se
corresponde con el respeto debido al cuerpo; las normas litúrgicas
advierten que las reliquias deben ser de 'un tamaño tal que se puedan
reconocer como partes del cuerpo humano';
- advertir a los fieles para que no caigan en la manía de coleccionar
reliquias; esto en el pasado ha tenido consecuencias lamentables;
- vigilar para que se evite todo fraude, forma de comercio y
degeneración supersticiosa.
Las diversas formas de devoción popular a las reliquias de los Santos,
como el beso de las reliquias, adorno con luces y flores, bendición
impartida con las mismas, sacarlas en procesión, sin excluir la
costumbre de llevarlas a los enfermos para confortarles y dar más
valor a sus súplicas ·para obtener la curación, se deben realizar con gran
dignidad y por un auténtico impulso de fe. En cualquier caso, se
evitará exponer las reliquias de los Santos sobre la mesa del altar:
ésta se reserva al Cuerpo y Sangre del Rey de los mártires».
Acerca de la relación entre el progreso humano temporal y Reino de
Dios cumplido destacamos la recuperación contemporánea de la
continuidad en la discontinuidad, con énfasis en la transformación por obra
de Dios (analogía con la resurrección de Cristo, causa eficiente y ejemplar
de la resurrección de los hombres).
SANTO TOMAS DE AQUINO explica:
«Pudo Dios librarnos por otra vía que por la pasión y la
resurrección de Cristo; pero, una vez que decretó librarnos de ese
modo, es evidente que la resurrección de Cristo es causa de nuestra
resurrección»; «La resurrección no es propiamente hablando, causa
meritoria de nuestra resurrección, pero es causa eficiente y
ejemplar.
- Es causa eficiente, por cuanto la humanidad de Cristo, en la
cual resucitó, es, en cierto modo instrumento de la misma divinidad.
Obra por la virtud de ésta (...) De manera que, así como las otras cosas
que Cristo hizo o padeció en su humanidad nos fueron saludables por
la virtud de la divinidad misma, así también la resurrección es causa
eficiente de la resurrección nuestra por la virtud divina, quien es
propio dar vida a los muertos. Y esta virtud alcanza con su presencia
todos los lugares y tiempos, y este contacto virtual basta para la razón
de causa eficiente. Y porque la causa primordial de la resurrección
humana es la justicia divina, de la cual 'tiene Cristo el poder de juzgar
en cuanto es Hijo del hombre, su poder efectivo se extiende no sólo a
los buenos sino también a los malos, que están sometidos a juicio. Y
porque la resurrección del cuerpo de Cristo por cuanto este cuerpo
está unido personalmente al Verbo, es la 'primera en el tiempo', así lo
es en la dignidad y perfección (...) Además siempre lo que es más
perfecto es ejemplar que imitan a su modo las cosas menos perfectas.
- Por esto la resurrección de Cristo es ejemplar de la nuestra, lo
cual no es necesario por parte del Autor de la resurrección, que no
necesita de ejemplar, sino por parte de los resucitados, los cuales
deben conformarse a aquella resurrección, según las palabras de San
Pablo a los Filipenses: 'reformará el cuerpo de nuestra vileza
conforme a su cuerpo glorioso'. Y aunque la eficiencia de la
resurrección de Cristo se extienda tanto a la de los buenos como a la
de los malos, pero
- la ejemplaridad sólo se "extiende a los buenos propiamente, que han
sido conformes con su filiación, según dice el Apóstol a los Romanos 8.
* El Magisterio
- Concilios Toledano IV: Toledano XI tiene presente la
ejemplaridad ofrecida por Cristo nuestra cabeza); Toledano XVI:
Importante: insisten sobre la corporeidad real de los cuerpos
resucitados y sobre la continuidad entre cuerpo muerto y cuerpo
resucitado contra las tendencias dualistas, que preocupan a las
Iglesias españolas. También: Toledano I; Concilio de Braga y el
'Examen de fide' para la consagración episcopal de los «Estatutos
Ecclesiae Antiquae».
Recordamos la rica reflexión desde la 'analogía con la resurrección
de Cristo' en el Concilio Toledano XI del 675:
«Por este ejemplo de nuestra Cabeza, confesamos que se da
una verdadera resurrección de la carne de todos los muertos (...)
realizado el modelo de esta santa resurrección, el mismo Señor
y Salvador nuestro volvió en la Ascensión al trono paterno, del
que nunca se había apartado en razón de la divinidad...».
\
También recordamos como ya en el siglo IV, contra el modalismo
trinitario atribuido a MARCELO DE ANClRA, el Magisterio
afirma que el Verbo 'volviendo' al Padre, no cesa su relación con la
humanidad de Cristo, y, por consiguiente, con el Cosmos, porque
el cuerpo de Cristo está compuesto de los elementos de la
Creación. Con la Ascensión no termina la 'Encamación'.
Más aún, el presente de Cristo, glorioso en su humanidad
verdadera, que llevó al seno mismo de la Santísima Trinidad, en
cuanto se trata de lo humano verdadero del Hijo eterno del Padre,
es nuestro futuro, en continuidad-discontinuidad con su cuerpo.
(El Cordero degollado en medio del trono: también las llagas del
cuerpo de Cristo Resucitado: la insistencia en el «subió a los
cielos con su mismo cuerpo, y vendrá con gloria en su mismo
cuerpo a juzgar».
En la Edad Media la profesión de fe: la realidad de la carne de
los resucitados; profesión de fe del Concilio Lateranense IV.
también la Benedictus Deus: antes de reasumir sus cuerpos y del
juicio general».
CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, LG 48;
JUAN PABLO II, Catequesis de los Miércoles, 1981-1982:
«Resurrección significa restitución. a la verdadera vida de la
corporeidad humana que fue sometida a la muerte en su fase
temporal».
<<La resurrección de los muertos, esperada para el final de los
tiempos, recibe una primera y decisiva actuación ya ahora, en
la resurrección espiritual, objetivo principal de la obra de
salvación. Consiste en la nueva vida comunicada por Cristo
resucitado, como fruto de su obra redentora.
Es un misterio de renacimiento en el agua y en el Espíritu,
que marca profundamente el presente y el futuro de toda la
humanidad, aunque su eficacia se realiza ya desde ahora solo en los
que aceptan plenamente el don de Dios y lo irradian en el mundo».
«La esperanza cristiana nos asegura, además que nuestra felicidad
en compañía del Señor alcanzará su plenitud con la resurrección de
los cuerpos al fin del mundo. Jesús nos ofrece la certeza; la pone en
relación con la Eucaristía. Es una auténtica resurrección de los
cuerpos, con la plena reintegración de la persona en la nueva vida del
cielo, y no una reencarnación entendida como vuelta a la vida en la
misma tierra, en otros cuerpos(...) Si la Iglesia da testimonio de esta
esperanza - esperanza de la vida eterna, de la resurrección de los
cuerpos, de la felicidad eterna en Dios - lo hace como eco de la
enseñanza de los Apóstoles (...) La esperanza que deriva de Cristo,
aun teniendo un término último que está más allá de todo confín
temporal, al mismo tiempo penetra la vida del cristiano también el
tiempo». , · .
«Como el Espíritu Santo transfigura el cuerpo de Jesucristo cuando
el Padre lo resucitó de entre los muertos, así el mismo Espíritu
revestirá de la gloria de Cristo nuestros cuerpos».
San JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucaristia: «Quien se alimenta de
Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir
la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud
futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la
Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección
corporal al final del mundo: «El que come mi carne y bebe mi
sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Jn 6, 54).
Esta garantía de la resurrección futura proviene de que la carne del
Hijo del hombre, entregada como comida, es su cuerpo en el estado
glorioso del resucitado».
Otros pronunciamientos pontificios:
A) San JUAN PABLO II, El Espíritu 'Dador de vida' y la victoria
sobre la muerte.
«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el
que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». En estas
palabras del evangelio de san Juan el don de la vida eterna constituye
el fin último del plan de amor del Padre. Ese don nos permite tener
acceso, por gracia, a la inefable comunión de amor del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el
único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo».
La vida eterna, que brota del Padre, nos la transmite en plenitud
Jesús en su Pascua por el don del Espíritu Santo. Al recibirlo,
participamos en la victoria definitiva que Jesús resucitado obtuvo
sobre la muerte. «Lucharon vida y muerte - nos invita a
proclamar la liturgia - en singular batalla y, muerto el que es la
Vida, triunfante se levanta» (Secuencia del domingo de Pascua). En
ese evento decisivo de la salvación Jesús da a los hombres la vida
eterna en el Espíritu Santo. ·
Así, en la plenitud de los tiempos Cristo cumple, más allá de toda
expectativa, la promesa de vida eterna que, desde el origen del
mundo, había inscrito el Padre en la creación del hombre a su
imagen y semejanza.
Como canta el Salmo 104, el hombre experimenta que la vida en el
cosmos y, en particular, su propia vida tiene su principio en el
aliento que les comunica el Espíritu del Señor:
«Escondes tu rostro, y se espantan; les retiras el aliento y expiran, y
vuelven a ser polvo; envías tu Espíritu y los creas, y renuevas la faz de
la tierra». La comunión con Dios, don de su Espíritu, llega a ser
cada vez más para el pueblo elegido prenda de una vida que no se
limita a la existencia terrena, sino que misteriosamente la trasciende
y la prolonga hasta el infinito. En el duro período del destierro en
Babilonia, el Señor devolvió la esperanza a su pueblo, proclamando
una nueva y definitiva alianza que será sellada por una efusión
sobreabundante del Espíritu: «Así dice el Señor: Yo mismo abriré
vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo
mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros
sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy
el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis». Con estas palabras,
Dios anuncia la renovación mesiánica de Israel, después de los
sufrimientos del destierro. Los símbolos empleados evocan muy bien
el camino que la fe de Israel recorre lentamente, hasta intuir la
verdad de la resurrección de la carne, que realizará el Espíritu
al final de los tiempos.
Esta verdad se consolida en un tiempo ya próximo a la venida de
Jesucristo, el cual la confirma vigorosamente, reprochando a los que la
negaban: «¿No estáis en un error precisamente por no entender las
Escrituras ni el poder de Dios?». En efecto, según Jesús, la fe en la
resurrección se funda en la fe en Dios, que «no es un Dios de muertos,
sino de vivos».
Además, Jesús vincula la fe en la resurrección a su misma
persona: «Yo soy la resurrección y la vida», pues en él, gracias al
misterio de su muerte y resurrección, se cumple la promesa divina
del don de la vida eterna, que implica una victoria total sobre la
muerte: «Llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros
oirán su voz [del Hijo] y saldrán los que hayan hecho el bien para
una resurrección de vida...». «Porque ésta es la voluntad de mi
Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y
que yo le resucite el último día».
Esta promesa de Cristo se realizará, por tanto, misteriosamente al
final de los tiempos, cuando él vuelva glorioso «a juzgar a vivos y
muertos». Entonces nuestros cuerpos mortales revivirán por el poder
del Espíritu, que nos ha sido dado como «prenda de nuestra herencia,
para redención del pueblo». Con todo, no debemos pensar que la vida
más allá de la muerte comienza solo con la resurrección final, pues
ésta se halla precedida por la condición especial en que se
encuentra, desde el momento de la muerte física, cada ser
humano. Se trata de una fase intermedia, en la que a la
descomposición del cuerpo corresponde «la supervivencia y la
subsistencia, después de la muerte, de un elemento espiritual, que
está dotado de conciencia y de voluntad, de manera que subsiste el
mismo 'yo' humano, aunque mientras tanto le falte el
complemento de su cuerpo». ·
Los creyentes tienen, además, la certeza de que su relación
vivificante con Cristo no puede ser destruida por la muerte, sino que se
mantiene más allá. En efecto, Jesús declaró: «El que cree en mí,
aunque muera, vivirá». La Iglesia siempre ha profesado esta fe y la
ha expresado sobre todo en la oración de alabanza que dirige a Dios
en comunión con todos los santos y en la invocación en favor de los
difuntos que aún no se han purificado plenamente.
Por otra parte, la Iglesia inculca el respeto a los restos mortales de
todo ser humano,
- tanto por la dignidad de la persona a la que pertenecieron,
- como por el honor que se debe al cuerpo de los que, con el
bautismo, se convirtieron en templo del Espíritu Santo.
Lo atestigua de forma específica la liturgia:
- en el rito de las exequias y
- en la veneración de las reliquias de los santos, que se desarrolló
desde los primeros siglos A los huesos de estos últimos - dice san
Paulino de Nola - «nunca les falta la presencia de Espíritu Santo, el
cual concede una viva gracia a través de los sagrados sepulcros».
- Así, el Espíritu Santo se nos presenta como Espíritu de la vida
- no sólo en todas las fases de la existencia terrena,
- sino tan1bién en la etapa que, después de la muerte, precede a
la vida plena que el Señor ha prometido a sí mismo para
nuestros cuerpos mortales.
Con mayor razón, gracias a él realizaremos, en Cristo, nuestro
paso final al Padre. San Basilio Magno advierte:
«Y si se reflexiona con rigor, se podría hallar que incluso con ocasión
de la esperada aparición del Señor desde el cielo, no sería inútil el
Espíritu Santo, como creen algunos, sino que estará-presente con él
también el día de su revelación, cuando el único y bienaventurado
Soberano juzgue en justicia a todo el mundo» (
San Juan PABLO II, El Espíritu y el 'cuerpo espiritual' resucitado.
«Nosotros - enseña el apóstol san Pablo - 'somos ciudadanos del cielo,
de donde esperamos como salvador al Señor Jesucristo, el cual
transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso
como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las
cosas».
Como el Espíritu Santo transfiguró el cuerpo de Jesucristo cuando
el Padre lo resucitó de entre los muertos, sí el mismo Espíritu
revestirá de la gloria de Cristo nuestros cuerpos. San Pablo escribe: «Y
si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos
habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos
dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu
que habita en vosotros».
La fe cristiana en la resurrección de la carne ya desde sus inicios
encontró incomprensiones y oposiciones. Lo constata el mismo
apóstol san Pablo en el momento de anunciar el Evangelio en medio
del Areópago de Atenas: «Al oír hablar de resurrección de los
muertos, unos se burlaron y otros dijeron: 'Sobre esto ya te oiremos
otra vez'».
Esa dificultad se vuelve a presentar también en nuestro tiempo. En
efecto, por una parte, incluso quienes creen en alguna forma de
supervivencia más allá de la muerte, reaccionan con escepticismo
ante la verdad de fe que esclarece este supremo interrogante de la
existencia a la luz de la resurrección de Jesucristo. Por otra, hay
también quienes sienten el atractivo de una creencia como la de la
reencarnación, arraigada en el humus religioso de algunas culturas
orientales.
La revelación cristiana no se contenta con un vago sentimiento de
supervivencia, aun apreciando la intuición de inmortalidad que se
expresa en la doctrina de algunos grandes buscadores de Dios.
Además, podemos admitir q e la idea de una reencarnación brota
- del intenso deseo de inmortalidad y de la percepción de la
existencia humana como
«prueba» con miras a un fin último, así como
- de la necesidad de una purificación completa para llegar a la
comunión con Dios.
Sin embargo, la reencarnación no garantiza la identidad única y
singular de cada criatura humana como objeto del amor personal
de Dios, ni la integridad del ser humano como «espíritu encarnado».
C) El testimonio del Nuevo Testamento subraya, ante todo, el
realismo de la resurrección, también corporal, de Jesucristo. Los
Apóstoles atestiguan explícitamente, remitiéndose a la experiencia
que vivieron en las apariciones del Señor resucitado, que «Dios lo
resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse (...)
a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros
que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los
muertos». También el cuarto evangelio subraya este realismo,
por ejemplo, cuando nos narra el episodio del apóstol Tomás, a
quien Jesús invitó a meter el dedo en el lugar de los clavos y la
mano en el costado atravesado del Señor; y en la aparición que
tuvo lugar a orillas del lago de Tiberíades, cuando Jesús
resucitado «tomó el pan y se lo dio; y de igual modo el pez».
Ese realismo de las apariciones testimonia que Jesús resucitó
con su cuerpo y con ese mismo cuerpo vive ahora al lado del
Padre. Ahora bien, se trata de un cuerpo glorioso, a no sujeto a
las leyes del espacio y del tiempo, transfigurado en la gloria del
Padre. En Cristo resucitado se manifiesta el estadio escatológico
al que, un día, están llamados a llegar todos los que acogen su
redención, precedidos por la Virgen santísima, que «terminado el
curso de su vida terrena, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria
celeste»
Remitiéndose al relato de la creación, recogido en el libro del Génesis,
e interpretando la resurrección de Jesús como la «nueva creación», el
apóstol san Pablo puede, por consiguiente, afirmar: «El primer
hombre, Adán, fue hecho alma viviente; el último Adán, espíritu que
da vida». En efecto, la realidad glorificada de Cristo, por la efusión
del Espíritu Santo, es participada de modo misterioso pero real
también a todos los que creen en él.
Así, en Cristo, «todos resucitarán con los cuerpos de que ahora
están revestidos», pero nuestro cuerpo se transfigurará en cuerpo
glorioso, en «cuerpo espiritual». San Pablo, en la primera carta a
los Corintios, a los que le preguntan: «¿Cómo resucitan los
muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida?» responde usando
la imagen de la semilla que muere para abrirse a una nueva vida:
«Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras
no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano, de trigo
por ejemplo o de alguna otra planta. (...) Así también en la
resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita
incorrupción; se siembra vileza, resucita gloria; se siembra
debilidad, resucita fortaleza; se siembra un cuerpo natural,
resucita un cuerpo espiritual. (...) En efecto, es necesario que este
cuerpo corruptible se revista_ de incorruptibilidad; y que este
cuerpo mortal se revista de inmortalidad».
Ciertamente - explica el Catecismo de la Iglesia católica -,
el «cómo» sucederá eso «sobrepasa nuestra imaginación y
nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero
nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la
transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo».
En la Eucaristía Jesús nos da, bajo las especies del pan y del
vino, su carne vivificada por el Espíritu Santo y vivificadora de
nuestra can1e con el fin de hacemos participar con todo nuestro
ser, espíritu y cuerpo, en su resurrección y en su condición de
gloria. A este respecto,
san Ireneo de Lyon enseña: «Porque de la misma m a nera que el
pan, que proviene de la Eucaristía, constituida de dos cosas: una
celeste, otra terrestre, así nuestros cuerpos, al recibir la Eucaristía ya
no son corruptibles, Puesto que tienen la esperanza de la resurrección».
Todo lo que hemos dicho hasta aquí, sintetizando la enseñanza de la
sagrada Escritura y de la Tradición de la Iglesia, nos explica por qué
«el credo cristiano (...) culmina en la proclamación de la
resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida
eterna». Con la encarnación el Verbo de Dios asumió la carne
humana, haciéndola partícipe, por su muerte y resurrección, de su
misma gloria de Unigénito del Padre. Mediante los dones del
Espíritu y de la carne de Cristo glorificada en la Eucaristía, Dios
Padre infunde en todo el ser del hombre y, en cierto modo, en el
cosmos mismo el deseo de ese destino. Como dice san Pablo: «La
ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los
hijos de Dios (...), con la esperanza de ser también ella liberada de
la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la
gloria de los hijos de Dios».
San Juan PABLO II:
«Jesús quiso dar un signo y una profecía de su Resurrección
gloriosa, en la cual nosotros estamos llamados también a participar.
Lo que se ha realizado en Jesús, nuestra Cabeza, tiene que
completarse también en nosotros, que somos su Cuerpo.
Éste es un gran misterio para la vida de la Iglesia, pues no se ha de
pensar que la transfiguración se producirá solo en el más allá,
después de la muerte. La vida de los santos y el testimonio de los
mártires nos enseñan que, si la transfiguración del cuerpo
ocurrirá al final de los tiempos con la resurrección de a carne, la
del corazón tiene lugar ya ahora en esta tierra, con la ayuda de la
gracia.
Podemos preguntamos: ¿Cómo son los hombres y mujeres
'transfigurados'?(... ) Son los que siguen a Cristo en su vida y en su
muerte, se inspiran en Él y se dejan inundar por la gracia que Él nos
da; son aquéllos cuyo alimento es cumplir la voluntad del Padre; los
que se dejan llevar por el Espíritu; los que nada anteponen al Reino
de Cristo; los que aman a los demás hasta derramar su sangre por
ellos; los que están dispuestos a darlo todo sin exigir nada a cambio;
los que - en pocas palabras - viven amando y mueren
perdonando".
BENEDICTO XVI Homilía:
«Cuando Jesús habló por primera vez a los discípulos sobre la cruz
y la resurrección, éstos, mientras bajaban del monte de la
Transfiguración, se preguntaban qué querría decir eso de
«resucitar de entre los muertos». En Pascua Cristo no ha quedado
en el sepulcro, su cuerpo no ha conocido la corrupción; pertenece al
mundo de los vivos, no al de los muertos; Él es Alfa y al mismo
tiempo Omega; por tanto, existe no solo ayer, sino también hoy y
por la eternidad.
Pero, en cierto modo, vemos la resurrección tan fuera de nuestro
horizonte, tan fuera de todas nuestras experiencias, que, entrando
en nosotros mismos, continuamos con la discusión de los
discípulos: ¿En qué consiste propiamente eso de «resucitar»? ¿Qué
significa para nosotros? ¿Y para el mundo y la historia en su
conjunto? (...)
Pero precisamente la resurrección de Cristo es algo más, algo
distinto. Si podemos usar por una vez el lenguaje de la teoría de la
evolución, es la mayor «mutación», el salto absolutamente más
decisivo hacia una dimensión totalmente nueva, que jamás se
haya producido en la larga historia de la vida y de su desarrollo: un
salto a un orden completamente nuevo.
Por tanto, la discusión que comenzamos con los discípulos
comprendería las siguientes preguntas: ¿Qué ·es lo que sucedió
allí? ¿Qué significa eso para nosotros, para el mundo en su conjunto
y para mí personalmente?
En primer lugar: ¿Qué sucedió? Jesús ya no está en el sepulcro. Está
en una vida totalmente nueva. Pero, ¿cómo pudo ocurrir eso? ¿Qué
fuerzas intervinieron? Es decisivo que este hombre, Jesús, no fuera
él solo, que no fuera un Yo cerrado en sí mismo. Él era uno con el
Dios vivo; estaba de tal modo unido a Él que formaba con Él una
sola persona. Se encontraba, por así decir, en un abrazo con Aquél
que es la vida misma, un abrazo no solamente emotivo, sino que
abarcaba y penetraba su ser. Su misma vida no era solamente suya,
era una comunión existencial y esencial con Dios y un estar
insertado en Dios, y por eso, en realidad nadie se le podía quitar. Él
se dejó matar por amor, pero precisamente así destruyó el carácter
definitivo de la muerte, porque en Él estaba presente el carácter
definitivo de la vida. Él era una cosa sola con la vida indestructible,
de manera que ésta brotó de nuevo a través de la muerte.
Expresemos una vez más lo m i s m o desde otro punto de vista. Su
muerte fue un acto de amor, un don de sí mismo. En la última Cena,
Él anticipó la muerte y la transformó en el don de sí mismo. Su
comunión existencial con Dios-era concretamente una comunión
existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera
potencia contra la muerte, es más fuerte que la muerte.
La resurrección fue como un estallido de luz, una explosión del amor
que deshizo el vínculo hasta entonces indisoluble del «morir y
devenir». Inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que
también ha sido. Integrada la materia, de manera transformada, y a
través de la cual surge un mundo nuevo.
Está claro que este acontecimiento no es un milagro cualquiera del
pasado, cuya realización podría ser en el fondo indiferente para
nosotros. Es un salto cualitativo en la historia de la «evolución» y
de la vida en general hacia una nueva vida futura, hacia un mm1do
nuevo que, partiendo de Cristo, penetra ya continuamente en nuestro
mundo, lo transforma y lo atrae hacia sí. Pero ¿cómo ocurre esto?
¿Cómo puede llegar efectivamente este acontecimiento hasta mí y
atraer mi vida hacia Él y hacia lo alto?
La respuesta, en un prin1er momento quizás sorprendente pero
completamente real, es la siguiente: dicho acontecimiento me llega
mediante la fe y el bautismo. Por eso el Bautismo fom1a parte de la
Vigilia pascual, como se subraya también en esta celebración con la
administración de los sacramentos de la iniciación cristiana a
algunos adultos de diversos países.
El Bautismo significa precisan1ente que no se trata d -un
acontecimiento del pasado, sino de un salto cualitativo de la historia
universal que llega hasta nosotros, aferrándonos para atraerme.
El Bautismo es algo muy diverso de un acto de socialización·
eclesial, de un rito un poco pasado de moda y complicado para
acoger a las personas en la Iglesia. También es algo más que una
simple limpieza, una especie de purificación y embellecimiento
del alma. Es realmente muerte y resurrección, renacimiento,
transformación en una nueva vida.
¿Cómo podemos entender esto? Creo que lo que ocurre en el
Bautismo nos puede resultar más claro si nos fijamos en la parte
final de la pequeña autobiografía espiritual que san Pablo nos ha
dejado en su Carta a los Gálatas. Esta pequeña autobiografia
concluye con las palabras que contienen también el núcleo de
dicha biografía: «ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí». Vivo,
pero ya no soy yo. El yo mismo, la identidad esencial del hombre
-de este hombre, Pablo- ha cambiado. Él todavía existe y ya no
existe. Ha atravesado un «no» y sigue encontrándose en este
«no»: Yo, pero ya «no» yo. Con estas palabras, Pablo no describe
una experiencia mística cualquiera, que tal vez podía habérsele
concedido y que, si acaso, podría interesamos sólo desde el punto
de vista histórico. No, esta frase es la expresión de lo que ha
ocurrido en el Bautismo. Mi propio yo se me quita y es insertado
en un nuevo sujeto más grande.
San Pablo nos explica una vez más lo mismo bajo otro aspecto
cuando, en el tercer capítulo de la Carta a los Gálatas habla de
la «promesa» de Dios diciendo que ésta se dio en singular, a
uno solo: a Cristo. Solo él lleva en sí toda la «promesa». Pero
entonces ¿qué sucede con la humanidad, con nosotros? Vosotros
habéis llegado a ser uno en Cristo, responde san Pablo. No solo
una cosa, sino uno, un único, un único sujeto nuevo.
Esta liberación de nuestro yo de su aislamiento, este encontrarse
en un nuevo sujeto es un encontrarse en la inmensidad de Dios y
ser trasladados a una vida que ya ha salido del contexto del
«morir y devenir». El gran estallido de la resurrección nos ha
aferrado en el Bautismo para atraemos. Quedamos así asociados
a una nueva dimensión de la vida en la que, en medio de las
tribulaciones de nuestro tiempo, estamos ya inmersos de algún
modo.
Vivir la propia vida como un continuo entrar en este espacio
abierto: éste es el sentido del ser bautizado, del ser cristiano.
Ésta es la alegría de la Vigilia pascual.
La resurrección no ha pasado, la resurrección nos ha alcanzado y
aferrado. A ella, es decir, al Señor resucitado, nos agarramos, y
sabemos que él nos sostiene firmemente también cuando nuestras
manos se debilitan. Nos agarramos a su mano, y así. nos damos
la mano unos a otros, nos convertimos en un sujeto único y no
solamente en una sola cosa.
Yo, pero ya no yo: ésta es la fórmula de la existencia cristiana
fundada en el bautismo, la fórmula de la resurrección dentro del
tiempo,
Yo, pero ya no yo: si vivimos de este modo transformamos el
mundo. Es la fórmula de contraste con todas las ideologías de la
violencia y el programa que se opone a la corrupción y a la
aspiración al poder y al poseer. -.·
«Viviréis, porque yo sigo viviendo», dice Jesús en el Evangelio de
San Juan a sus discípulos, es decir, a nosotros.
-- iremos mediante la comunión existencial con Él, por estar
insertados en Él, que es la da misma. La vida eterna, Ja
inmortalidad beatífica, no la tenemos por nosotros mismos ni
nosotros mismos, sino por una relación, mediante la comunión
existencial con Aquél que
- la Verdad y el Amor y, por tanto, es eterno, es Dios mismo.
La mera indestructibilidad del alma, por sí sola, no podría dar
un sentido a una vida eterna, no podría hacerla una vida verdadera.
La vida nos viene del ser amados por Aquel que es la vida; nos
viene del vivir con Él y del amar con Él.
De este modo, llenos de gozo, podemos cantar con la Iglesia en el
Exultet: «Exulten los coros de los ángeles (...) Goce también la
tierra». La resurrección es un acontecimiento cósmico, que
comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra...».
D) BENEDICTO XVI, comentando las palabras de San Agustín «La
resurrección del Señor es nuestra esperanza» afirmaba:
«...para que nosotros, aunque estando destinados a la muerte, no
desesperáramos pensando que con la muerte se acaba totalmente la
vida, Cristo resucitó para darnos esperanza. En efecto, una de las
preguntas que más angustian la existencia del hombre es
precisamente esta: ¿Qué hay después de la muerte? (..) la muerte
no tiene la última palabra, porque al final es la Vida la que triunfa.
Nuestra certeza no se basa en simples razonamientos hun1anos,
sino en un dato histórico de fe: Jesucristo, crucificado y sepultado,
resucitó con su cuerpo glorioso. Jesús resucitó para que también
nosotros, creyendo en Él, podamos tener la vida eterna (...) Desde
el alba de la Pascua una nueva primavera de esperanza llena el
mundo; desde aquel día nuestra resurrección ya ha comenzado,
porque la Pascua (...) marca el inicio de una condición nueva: Jesús
resucitó no para que su recuerdo permanezca vivo en el corazón de
sus discípulos, sino para que Él mismo viva en nosotros y en Él
podamos gustar la alegría de la vida eterna.
Por tanto, la resurrección no es una teoría, sino una realidad
histórica revelada por el hombre Jesucristo mediante su ¡ascua',
su 'paso', que abrió un 'nuevo camino' entre la tierra y el cielo.
No es un mi o ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una
fábula, sino un acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret,
hijo de María, que en el crepúsculo del viernes fue bajado de la cruz
y sepultado, salió vencedor de la tumba (...) Más aún, hasta el reino
mismo de la muerte ha sido liberado, porque también al 'abismo'
ha llegado el Verbo de la Vida, impulsado por el soplo del
Espíritu (...) Si quitamos a Cristo y su resurrección, el hombre no
tiene salvación, y toda su esperanza sería ilusoria».
También:
«Por su resurrección Jesús supera los límites del espacio y del
tiempo. Como Resucitado, recorre la universalidad del mundo y de
la historia (...) El Señor sufre nuestras angustias junto con nosotros,
nos acompaña a través de la última angustia hasta la luz (...)
Vida, muerte y resurrección de Jesús son para nosotros la
garantía de que verdaderamente podemos fiarnos de Dios. De este
modo se realiza su reino».
«Ahora, Jesús ya no está encerrado en un espacio y tiempo
determinados, sino que su Espíritu, el Espíritu Santo brota de Él y
entra en nuestros corazones, uniéndonos así a Jesús mismo y, con Él
al Padre, al Dios uno y trino (..) Al subir al cielo y entrar en la
eternidad Jesucristo fue constituido Señor de todos los tiempos. Por
eso, se hace nuestro compañero en el presente (..) dejándonos
vislumbrar el alba más bella de toda nuestra vida que de Él
irradia, es decir, la resurrección en Dios. El futuro de la
humanidad nueva es Dios (...) El futuro es Dios.
«El Resucitado mismo es luz, la luz del mundo. Con la
resurrección el día de Dios entra en la noche de la historia (...) A
partir de la resurrección, la luz de Dios se difunde en el mundo y
en la historia (...) Cristo es la gran luz de la que proviene toda
vida (...)Eles el día de Dios que ahora, avanzando, se difunde por
toda la tierra».
Es fundamental proclamar «La resurrección de Jesús de Nazaret
como acontecimiento real, histórico, atestiguado por muchos y -
autorizados testigos (...). Ciertamente, la resurrección no fue para
Jesús un simple retorno a la vida anterior (...) como, por ejemplo,
Lázaro».
La Teología
El Magisterio de la Iglesia, que tan fuertemente ha insistido en la
identidad del cuerpo resucitado con nuestro cuerpo actual (cf la
Pides Damasi, «creemos que en el último día hemos de ser
resucitados por Él en esta carne en la que ahora vivimos (' in hac
carne, qua nunc vivimus')», no ha explicado el cómo, es decir, qué es
lo que se requiere para que el cuerpo resucitado sea el mismo que
ahora tenemos y numéricamente el mismo.
A nivel teológico se dan tres posturas fundamentales acerca de la
explicación del 'cómo':
En la línea de una identidad material (modelo histórico-
eclesiológico).
En la línea de una identidad formal (teoría hilemórfica),
En la línea de una identidad substancial (analogía eucarística).
Para un católico la discusión debe hacer referencia a distintos
parámetros:
l
La eventual relevancia teológica de la afirmación del sepulcro
vacío: siendo la resurrección de Jesucristo normativa de la
nuestra: ¿cuál es la implicación ontológica y antropológica del
'signo' del sepulcro vacío?
La definición dogmática de la Asunción de María Santísima:
«La Iglesia, en su enseñanza sobre la condición del hombre después
de la muerte, excluye toda explicación que quite sentido a la
Asunción de la Virgen María en lo que tiene de único, o sea, el
hecho de que la glorificación corpórea de la Virgen es la
anticipación de la glorificación reservada a todos los elegidos»
«La Asunción de María la Madre de Jesús es primicia de nuestra
ascensión a la gloria».
La relación de unidad y dependencia de la resurrección de los
hombres de la de Jesús, obliga a buscar los 'contenidos' de la
r
resurrección de los hombres en la resurrección de Jesús, que
manifiesta identidad, entre quien muere y quien resucita, en la
diferencia con insistencia en la transformación, ya que la
resurrección implica transformación en la continuidad, del cuerpo
'glorioso'. 380
La Comisión Teológica Internacional nos ofrece una nueva
reflexión desde la comprensión del hombre como 'imago Dei' e
'imago Christi'.
En los dogmas centrales de la fe cristiana está sobreentendido que el
cuerpo es parte intrínseca de la persona humana y que participa de
su creación a imagen de Dios. La doctrina cristiana de la creación
excluye completamente un dualismo metafísico o cósmico, puesto
que enseña que todo el universo, espiritual y material ha sido creado
por Dios y proviene del Bien perfecto.
-
En elcontexto de la doctrina de la Encamación también el
cuerpo aparece como parte intrínseca de la persona. El Evangelio de
san' Juan afirma que «el Verbo se hizo carne (sarx)», para subrayar,
en contraposición al docetismo, que Jesús tenía un cuerpo físico real
y no un cuerpo ilusivo. Además, Jesús nos redime a través de todo
acto realizado por él en su cuerpo.
Su cuerpo ofrecido por nosotros y su sangre derramada por
nosotros significan el don de su Persona para nuestra salvación.
La obra de redención de Cristo se realiza en la Iglesia, su cuerpo
místico, y se hace visible y tangible mediante los sacramentos. Los
efectos de los sacramentos, aunque son principalmente espirituales,
se actualizan mediante signos materiales perceptibles, que pueden
ser recibidos solo en o con el cuerpo. Esto demuestra que no solo
la mente del hombre ha sido redimida, sino también su cuerpo. El
cuerpo se convierte en templo del Espíritu Santo. Finalmente, que el
cuerpo sea parte esencial de la persona humana está incluido en la
doctrina de la resurrección del cuerpo al final de los tiempos, lo
que nos hace comprender cómo el hombre existirá en la
eternidad como persona física y espiritual completa.
Para mantener la unidad de cuerpo y alma enseñada en la
Revelación, el Magisterio adopta la definición del alma humana
como forma substantialis (cf. Concilio de Vienne y Quinto de
Letrán). Aquí el Magisterio se ha basado en la antropología tomista
que, recurriendo a la filosofía de Aristóteles, ve el cuerpo y el alma
como los principios materiales y espirituales de un único ser humano.
Podemos notar que este planteamiento no es incompatible con los
más recientes descubrimientos científicos.
La física moderna ha demostrado que la materia, en sus partículas más
elementales, es puramente potencial y no tiene tendencia alguna hacia la
organización. Pero el nivel de organización en el universo, en el que
hay formas altamente organizadas de entidades vivientes y no
vivientes, supone la presencia de una cierta «información». Un
razonamiento de este tipo hace pensar en una parcial analogía entre el
concepto aristotélico de forma sustancial y el concepto científico
moderno de «información». Así, por ejemplo, el ADN de los
cromosomas contiene las informaciones necesarias para que la materia
pueda organizarse según el esquema característico de una especie
dada o un individuo singular.
De manera análoga, la forma sustancial proporciona a la materia
prima las informaciones que necesita para organizarse de una manera
particular. Esta analogía se debe tomar con la debida cautela, por cuanto
no es posible tina comparación directa de conceptos espirituales y
metafísicos con datos materiales y biológicos.
30. Estas indicaciones bíblicas, doctrinales y filosóficas convergen
en la afirmación de que la corporeidad del hombre participa de
la imago Dei. Si el alma, creada a imagen de Dios, informa la materia
para constituir el cuerpo humano, entonces la persona humana en su
conjunto es portadora de la imagen divina en una dimensión
tanto espiritual como corporal. Esta conclusión queda
ulteriormente reforzada si se tienen plenamente en cuenta las
implicaciones cristológicas de la imagen de Dios. «En realidad solo en
el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio
del hombre … Cristo … desvela plenamente el hombre al hombre y
le hace conocer su altísima vocación».
Unido espiritual y físicamente al Verbo encarnado y glorificado,
sobre todo en el sacramento de la Eucaristía, el hombre llega a su
destino: la resurrección de su mismo cuerpo y la gloria eterna, de la
cual participa como --persona humana completa, cuerpo y
alma, en la comunión trinitaria compartida con todos los
bienaventurados en la compañía del cielo.
2. Hombre y mujer
..
En la Familiaris consortio, San Juan Pablo II afirmó: « En cuanto
e spíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo y
cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre está llamado
al amor en su totalidad unificada. El amor abraza también el cuerpo
humano y el cuerpo es hecho partícipe del amor espiritual». Creados
a in1agen de Dios, los seres humanos están llamados al amor y a la
comunión. Puesto que esta vocación se realiza de manera peculiar en
la unión procreadora entre marido y mujer, la diferencia entre el
hombre y la mujer es un elemento esencial en la constitución de los
seres humanos hechos a imagen de Dios.
«Dios creó el hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; macho y
hembra lo creó». Según la Escritura, la imago Dei se manifiesta,
desde el principio, en la diferencia entre los sexos. Podemos decir
que el ser humano existe solo como masculino o femenino, puesto
que la realidad de la condición humana aparece en la diferencia y
pluralidad de sexos. Así pues, lejos de tratarse de un aspecto accidental
o secundario de la personalidad, este e s un elemento constitutivo
de la identidad personal. Todos nosotros tenemos un modo propio de
existir en el mundo, de ver, de pensar, de sentir, de establecer
relaciones mutuas con otras personas, que también están definidas
por su identidad sexual.
Según el Catecismo de la Iglesia Católica: «La sexualidad abraza
todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo
y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la
capacidad de amar y de procrear y, d-e manera más general, a la
aptitud para establecer vínculos de comunión con otros». El papel
que se atribuye a uno y otro sexo puede variar en el tiempo y en el
espacio, pero la identidad sexual de la persona no es una
construcción cultural o social. Pertenece al modo específico en el
que existe la imago Dei.
Esta especificidad queda reforzada por la Encarnación del Verbo.
Ha asumido la condición humana en su totalidad, asumiendo un
sexo, pero convirtiéndose en un hombre en los dos sentidos del
término: como miembro de la comunidad humana y como ser de
sexo masculino. La relación entre cada uno de nosotros y Cristo está
determinada de dos maneras: depende de la propia identidad sexual
y de la de Cristo.
Además, la Encarnación y la Resurrección extienden también a
la eternidad la identidad sexual originaria de la imago Dei. El
Señor resucitado, sentado ahora a la derecha del Padre, continúa
siendo un hombre. También podemos notar que la persona
santificada y glorificada de la Madre de Dios, ahora después de su
Asunción corporal a los cielos, sigue siendo una mujer. Cuando
en Gálatas 3 san Pablo anuncia que en Cristo quedan anuladas todas
las diferencias, incluida la que hay entre el hombre y la mujer, está
diciendo que ninguna diferencia humana puede impedir nuestra
participación en el misterio de Cristo. La Iglesia no ha aceptado las
tesis de san Gregorio de Nisa y de algún otro Padre de la Iglesia que
sostenían que las diferencias sexuales en cuanto tales serían
anulados por la resurrección. Las diferencias sexuales entre
hombre y mujer, aunque se manifiestan ciertamente con atributos
físicos, de hecho, trascienden lo puramente físico y alcanzan el
misterio mismo de la persona.»
36. La Biblia no ofrece ningún apoyo al concepto de una
superioridad natural del sexo masculino respecto al femenino. A
pesar de sus diferencias, ambos sexos poseen una igualdad implícita.
Como ha escrito Juan Pablo II en la Familiaris consortio:
«Ante todo hay que destacar la igual dignidad y responsabilidad de
la mujer respecto al hombre. Esta igualdad encuentra una forma
singular de realización en la mutua donación de sí al otro y de
ambos a los hijos, propia del matrimonio y de la familia [...]
Creando al hombre macho y hembra, Dios da la dignidad personal
de igual manera al hombre y a la mujer, enriqueciéndolos con los
derechos inalienables y las responsabilidades propias de las
personas humanas».
Hombre y mujer están igualmente creados a imagen de Dios.
Ambos son personas, dotadas de entendimiento y voluntad, capaces
de orientar la propia vida mediante el ejercicio de la libertad. Pero
cada uno lo hace según la manera propia y peculiar de su identidad
sexual, de modo que la tradición cristiana puede hablar de
reciprocidad y complemcntaricdad. Estos términos, que en
tiempos recientes se han vuelto en cierto modo controvertidos, resultan
útiles en cualquier caso para afirmar que el hombre y la mujer
necesitan el uno de la otra para alcanzar una plenitud de vida».
Finalmente recordamos que «la vocación al amor es lo que hace que
el hombre sea la auténtica imagen de Dios.'. es semejante a Dios en
la medida en que ama. De esta conexión fundamental entre Dios y el
hombre deriva la conexión indisoluble entre espíritu y cuerpo; en
efecto, el hombre es alma que se expresa en el cuerpo y cuerpo
vivificado por un espíritu inmortal.
Así pues, también el cuerpo del hombre y de la mujer tiene, por decirlo
así, un carácter teológico; no es simplemente cuerpo, y lo que es
biológico en el hombre no es solamente biológico, sino también
expresión y realización de nuestra humanidad. Del mismo modo, la
sexualidad humana no es algo a11adido a nuestro ser persona, sino
que pertenece a él. Sólo cuando la sexualidad se h a integrado en la
persona, logra dar un sentido a sí misma».
Síntesis dogmática
Recordamos ·1a distinción entre- 'Dogma' y su explicación
teológica, pero una interpretación que no sea fiel no es
exposición sino falsificación. Resulta como dogma de fe que los
resucitados tienen una verdadera corporeidad humana, y que también
bajo este aspecto hay continuidad entre el hombre que muere y el
que resucita. Una definición adecuada no parece dada 'ex professo'
por ningún documento del magisterio eclesiástico.
BENEDICTO XVI, como hemos documentado anteriormente,
afirmaba:
«La resurrección fue como un estallido de luz, una explosión del
amor (...). Inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, eh
la que también ha sido integrada la materia, de manera transformada,
y a través de la cual surge un mundo nuevo. Está claro que este acontecimiento no
es un milagro cualquiera del pasado (...) Es un salto cualitativo en la historia
de la «evolución» y de la vida en general hacia una nueva vida futura,
hacia un mundo nuevo que, partiendo de Cristo, penetra ya
continuamente en nuestro mundo, lo transforma y lo atrae hacia sí.
En todo caso, la indicación de la continuidad, más aún de la identidad
entre el hombre que muere y el hombre que resucita parece bien
mostrar que tal indicación no puede suponer una verdadera
aniquilación del hombre y una verdadera suya re-creación por parte de
Dios, entendidas rigurosamente como «reductio ad nihil» o al 'no ser'
y como inicio radicalmente originario: «ex nihilo ad esse».
Osear CULLMANN teólogo luterano aflffi1a: «¿en qué momento
acontece la transformación del cuerpo? No pude haber duda alguna
al respecto. Todo el Nuevo Testamento contesta: al final de los
tiempos; y debemos verdaderamente entenderlo en sentido
temporal».
El Santo Papa Juan Pablo II meditaba:
«Su (del tiempo) continuo fluir no es un ir hacia la nada, sino un
camino hacia la eternidad. El verdadero peligro no es el pasar del
tiempo, sino el desperdiciarlo, rechazando la vida eterna que
Cristo nos ofrece. Se debe destratar incesantemente en el corazón
humano el deseo de la vida y de la felicidad eterna».
Y agregaba también:
«¿Cómo son los hombres y mujeres 'transfigurados'? La
respuesta es muy hermosa: son los que siguen a Cristo en su vida
y en su muerte (...) los que nada anteponen al Reino de Cristo
(...) los que están dispuestos a darlo todo sin exigir nada a
cambio; los que - en pocas palabras - viven amando y mueren
perdonando».
Nos exhortaba Papa Francisco: «Preguntémonos: ¿vivo lo que digo
en el Credo: «Espero la resurrección de los muertos y la vida del
mundo futuro»? ¿Y cómo va mi espera? ¿Soy capaz de ir a lo
esencial o me distraigo con tantas cosas superfluas? ¿Cultivo la
esperanza o voy adelante quejándome, porque le doy demasiado
valor a tantas cosas que no cuentan y
que luego pasarán?»
LA VERDAD DE la BIENAVENTURANZA
ETERNA DEL HOMBRE COMO CUMPLIMIENTO
DEL PROYECTO DIVINO:
·Dios es amor' quiere la felicidad de sus criaturas, de todos
sus h ijos». «Toda la misión de Cristo se resume en esto:
bautizarnos en el Espíritu Santo, para librarnos de la latitud de la
muerte y 'abrirnos el cielo', es decir, el acceso a la vida verdadera y
plena será 'sumergirse siempre de' nuevo en la inmensidad del
ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría'».
A Vida eterna ...meta de todos nuestros deseos, como se afirma
(Nuestro Señor Jesucristo) les preparó un descanso eterno y una
felicidad que supera toda imaginación humana. ¿Cómo
pagaremos, pues, al Señor todo el bien que nos ha hecho? Es tan
bueno que la única paga que exige es que lo amemos por todo lo
que nos ha dado».
<Cuando seré unido a Ti con todo mi ser, será verdadera vida la
mía, toda llena de Ti». «La vida eterna viene a ser una continuación
de este sacramento eucarístico, en cuanto Dios penetra con su
dulzura en los que gozan de la vida bienaventurada». «Es saciarse
del mismo Dios». «Gozo inefable de una contemplación eterna»,
«saciarse gozando en paz de la magnífica visión de Dios».
Sin bien «Dios nos ha creado con vistas al 'para siempre' (...) hoy
no es fácil hablar de vida eterna y de realidades eternas, porque la
mentalidad de nuestro tiempo nos dice que no existe nada inmortal».
La verdad de la Vida eterna como plenitud de vida y de felicidad
nos invita a
«Elevar la mirada hacia el cielo (...) no un cielo imaginario creado
por el arte, sino el cielo de la verdadera realidad, que es Dios
mismo: Dios es el cielo. Y Él es nuestra meta, la meta y la morada
eterna, de la que provenimos y a la que tendemos. (...) Todos tendemos
a la felicidad. Y la felicidad a la que todos tendemos es Dios, así
todos estamos en camino hacia esa felicidad que llamamos cielo, que
en realidad es Dios. (...).
Cristo es la primicia, pero su carne resucitada es inseparable de
la de su Madre terrena, María, y en ella toda la humanidad está
implicada en la Asunción hacia Dios, y con ella toda la creación
(...) Sólo el amor es omnipotente (...) Sí, ¡Sólo el amor hace
entrar en el reino de la vida! Y María entró allí manteniendo
abierto detrás de sí el camino a todos nosotros (...) Por eso la
invocamos 'Puerta del cielo'.
Ciertamente no son los razonamientos los que nos hacen
comprender estas realidades tan sublimes, sino s a l e sencilla (...)
la fe en la que sentimos íntimamente que nuestra vida está atraída
hacia el futuro, hacia Dios, allí donde Cristo nos ha
precedido y detrás de Él, María». ·
Se nos recuerda oportunamente que «Dios quiere santos
'normales', personas que vivan la santidad en la vida diaria». Se
trata de «familiarizarnos con nuestros Patronos celestiales. Su
experiencia humana y espiritual muestra que la santidad
no es un lujo, no es un privilegio de unos pocos, una meta
imposible para un hombre normal; en realidad es el destino
común de todos los hombres a ser hijos de Dios, la vocación
universal de todos los bautizados. La santidad se ofrece a
todos».
Recordamos, en efecto, que: «La Iglesia en una línea de fidelidad al
Nuevo Testamento y a la tradición, cree en la felicidad de los justos,
que estarán un día con Cristo».
«Sabemos que el cielo es cielo, lugar de la gloria y de la paz, porque
allí reina totalmente la voluntad de Dios. Y sabemos que la tierra no
e s cielo hasta que en ella se realice la voluntad de Dios».
Nos parece interesante el objetivo catequético manifestado por
BENEDICTO XVI:
«Hoy todos somos bien conscientes de que con el término «cielo»
no nos referimos a un lugar cualquiera del universo, a una estrella
o a algo parecido. No. Nos referimos a algo mucho mayor y
difícil de definir con nuestros limitados conceptos humanos. Con
este término «cielo» queremos afirmar que Dios, el Dios que se ha
hecho cercano a nosotros, no abandona ni siquiera en la muerte y
más allá de ella, sino que nos tiene reservado un lugar y nos da la
eternidad; queremos afirmar que en Dios hay un lugar para
nosotros.
Todos existimos en virtud de su amor.
- Existimos porque él nos ama, porque él nos ha pensado y nos ha
llamado a la vida.
- Existimos en los pensamientos y· e n el amor de Dios.
- Existimos en toda nuestra realidad, no sólo en nuestra «sombra».
nuestra serenidad, nuestra esperanza, nuestra paz se fundan
precisamente en esto: en Dios, en su pensamiento y en su amor; no
sobrevive sólo una «sombra» de nosotros mismos, sino que en él, en
su amor creador, somos conservados e introducidos con toda
nuestra vida, con todo nuestro ser, en la eternidad.
Es su amor lo que vence la muerte y nos da la eternidad, y es este
amor lo que llamamos «cielo»: Dios es tan grande que tiene sitio
también para nosotros. Y el hombre Jesús, que es al mismo tiempo
Dios, es para nosotros la garantía de que ser-hombre y ser-Dios
pueden existir y vivir eternamente uno en el otro: Esto quiere decir
que de cada uno de nosotros no seguirá existiendo sólo una parte
que, por así decirlo, nos es arrancada, mientras las de1nás se
corrompen; quiere decir, más bien, que Dios conoce y ama a todo el
hombre, lo que somos. Y Dios acoge en su: eternidad lo que ahora,
en nuestra vida, hecha de sufrimiento y amor, de esperanza, de
alegría y de tristeza, crece y se va transformando.
Todo el hombre, toda su vida es tomada por Dios y, purificada
en él, recibe la eternidad. (...) El cristianismo no anuncia sólo una
cierta salvación del alma en un impreciso más allá, en ·el que todo lo
que en este mundo nos fue precioso y querido sería borrado, sino que
promete la vida eterna, «la vida del mundo futuro»: nada de lo que para
nosotros es valioso y querido se corromperá, sino que encontrará
plenitud en Dios. Todos los cabellos de nuestra cabeza están contados,
dijo un día Jesús. El mundo definitivo será el cumplimiento también de
esta tierra, como afirma san Pablo: « La creación misma será liberada de
la esclavitud de la corrupción para entrar en la libertad gloriosa de lo.
hijos de Dios».
Se comprende, entonces, que el cristianismo dé una esperanza fuerte en
un futuro luminoso y abra el camino hacia la realización de este futuro.
Estan1os llamados, precisamente como cristianos, a edificar en este
mundo nuevo, a trabajar para que se convierta un día el mundo de
Dios», El mundo que sobre pasará todo lo que nosotros mismos
podríamos construir. En María elevada al cielo, plenamente
partícipe de la resurrección de su Hijo, contemplamos la
realización de la criatura humana según el «mundo de Dios».
Oremos al Señor para que nos haga comprender cuán preciosa es a
sus ojos toda nuestra vida, refuerce nuestra fe en la vida eterna y
nos haga hombres de la esperanza, que trabajan para construir un
mundo abierto a Dios, honmbres llenos de alegría que saben vislumbrar
la belleza del mundo futuro e n medio de los afanes de la vida cotidiana
y con esta certeza viven, creen y esperan».
Pero
«Incluso entre los cristianos, la fe en la resurrección y en. la vida
eterna con frecuencia va acompañada de muchas dudas y mucha
confusión, porque se trata de una realidad que rebasa los
límites de nuestra razón y exige un acto de fe».
En efecto, se tiende a considerar el Paraíso, como 'derecho'
humano, mi 'derecho a ser feliz' que Dios tendría que
reconocer y asegurarme. 'La Verdad del Paraíso' resulta así
ser «un tema de permanente actualidad: la aspiración del
hombre a la felicidad, desde las angustias e insatisfacciones»,
(reconociéndose también hoy que) «hay ruptura entre felicidad
y moralidad. Prima el interés por el cuerpo, su salud, su
belleza, su juventud».
Antiguo Testamento (evocación bíblica)
Aproximación terminológica: los vocablos de la 'Vida' y 'Dios
como dador de vida'. La vida como categoría moral.
La vida como categoría escatológica: 'Vida eterna' como
fórmula escatológica es existencia inacabable en plenitud (y la
plenitud es gozo) y en intimidad con Yahveh (Precisamente de
► esta cercanía viene la plenitud).
La Sabiduría habla de una vida eterna y de una protección
divina que dura para siempre y comprende la felicidad definitiva
del hombre justo en una relación privilegiada de conocimiento y
de amor con Dios.
El AT va progresivamente vislumbrando en la comunión con el
Dios de la Alianza la experiencia y el secreto de una felicidad
trascendente, indestructible hasta para la misma muerte.
Nuevo Testamento.
* En los sinópticos: en San Juan la vida eterna es presentada
como una realidad ya presente:
«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que
todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna':
En estas palabras del evangelio de san Juan el don de la vida
eterna constituye el fin último del plan de amor del Padre.
Ese don nos permite tener acceso, por gracia, a la inefable
comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».
«Ciertamente, no «podemos construir» el reino de Dios con
nuestras fuerzas, lo que construimos es siempre reino del hombre
con todos los límites propios de la naturaleza humana. El Reino
de Dios es un don, y precisamente por eso es grande y hermoso,
y constituye la respuesta a la esperanza. Y no podemos - por usar la
terminología clásica - merecer» el cielo con nuestras obras. Éste
es siempre más de lo que merecemos, del mismo modo que ser
amados nunca es algo «merecido», sino siempre un don».
La salvación es un regalo (el don de una conquista), no un
mérito. El primero que entra en el paraíso se ha agarrado al
Crucifico.
En San Pablo: la referencia a la vida orienta directamente al
Resucitado (mediante e Espíritu y el Bautismo). Elementos de la
'vida eterna' en el estadio desarrollado del Nuevo Testamento
'Intimidad con Dios'. Se destaca la relación entre 'bienaventuranza de
hombre y visión de Dios.
El amor de Dios. 'Gozo de vida eterna' y la metáfora del banquete:
«...las moradas eternas»: «...para que mi casa sea completamente
llena...»; «...has sido fiel en lo poco... entra en el gozo de tu
Señor...».
La Biblia, sea en el Antiguo testamento sea en el Nuevo Testamento,
conoce una problemática de la felicidad del hombre. Esta felicidad,
no sólo no es en alternativa con la referencia a Dios, sino que
supone propiamente la iniciativa salvífica de Dios.
El hombre alcanza la felicidad si y en cuanto Dios lo salva, es decir
porque y en cuanto participa del Reino de Dios en Cristo. Esta
participación esencialmente es resurrección y vida: es decir 'paso'
(pascua), a pesar de la experiencia de la muerte, al Padre, en
comunión con Cristo en el Espíritu Santo.
Es el cumplirse de una realidad ya dada con el don de la fe, la cual es
indisociable del bautismo y de la eucaristía. Si se puede hablar de un
'eudemonismo' bíblico es en el sentido que permite la perspectiva
bíblica; ésta, frente al problema de la felicidad del hombre, es y
permanece siempre la-de Dios y de su iniciativa de gracia en
relación con el hombre.
Antes está el 'ágape', o" la gracia o la 'predestinación divina', no el
hombre o su pretensión de alcanzar la felicidad. Por consiguiente, la
felicidad y el gozo cristiano es siempre profundamente eucarístico:
resonancia de un don libremente ofrecido y aceptado: vivir con Dios,
celebrando la fiesta de la Vida.
El Paraíso es revelado como relación con Dios en la plenamente
alcanzada comunión con El «pues éste es nuestro pleno gozo, no hay
otro mayor: gozar de Dios Trinidad a cuya imagen hemos sido
creados».
Indicaciones sobre el pensamiento cristiano post-bíblico.
ARNOBIO de Sicca nos transmite; una denominación muy
llamativa de Cristo como
«Sospitator» ('Dispensador de salvación, Dispensador de vida, El
que hace feliz').
San BASILIO: «Nuestro Señor Jesucristo (...) no se contentó con
volver a dar vida a los que estaban muertos, sino que los hizo
también partícipes de su divinidad les preparó un descanso eterno y
una felicidad que supera toda imaginación humana».
Santo TOMÁS: «La vida perdurable consiste primariamente en
nuestra unión con Dios, ya que el mismo Dios en persona es el
premio y el término de todas nuestras fatigas (...) esta unión
consiste en la visión perfecta (...) Consiste asimismo en la perfecta
satisfacción de nuestros deseos, ya que allí los bienaventurados
tendrán más de lo que deseaban o esperaban. La razón de ello es
porque en esta vida nadie puede satisfacer sus deseos, y ninguna
cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre: sólo Dios
puede saciarlo con creces, hasta el infinito...».
El Magisterio de la Iglesia sobre la vida eterna
CONCILIO DE LION: «'sus almas son recibidas enseguida en el
cielo'».
BENEDICTO XII (1334-1342), Benedictus Deus.
La constitución dogmática Benedictus Deus es ru10 de los
documentos más importantes en relación con la escatología. La
ocasión la dieron varios sermones de Juan XXII, inmediato
antecesor de Benedicto XII. En efecto, Juan XXII, a título personal
y como doctor privado, había predicado en la fiesta de Todos los
Santos de 1331 y en el domingo tercero de Adviento, que los
elegidos no gozaban de la visión de Dios sino después de la
resurrección. El 5 de enero de 1332 afirmó que los condenados no
padecen el suplicio completo sino después de la resurrección.
Las protestas fueron grandes, aun cuando el Papa no negaba que
tanto el cielo como el infierno eterno comenzaba para justos y
pecadores inmediatamente después de la muerte. Pero el papa se
apartaba de la doctrina tradicional, invocando la enseñanza de
algunos santos, en concreto, San Bernardo.
Hay que añadir que, en vista de las razones en contra, Juan XXII tuvo
la intención de definir la cuestión en el sentido tradicional, pero no
tuvo tiempo de ello, pues la muerte le sobrevino después de haber
sometido sus opiniones privadas al juicio de la Iglesia. Lo que no
pudo hacer Juan XXII, lo llevó a cabo Benedicto XIT, dos años después
de la muerte de su antecesor.
La constitución Benedictus Deus es un documento «ex cathedra», a
juzgar por las fórmulas definitorias que emplea. El objeto primario de
la constitución es definir cuál es el estado de las almas
inmediatamente después de morir. Pero también define en qué consiste
Ja bienaventuranza eterna, que es esencialmente la visión inmediata
de Dios. También se insiste en la eternidad, como duración sin fin. El
concilio de Florencia, y los documentos más recientes del magisterio
tienen en cuenta la constitución Benedictus Deus.
El estado del hombre después de la muerte.
a) La bienaventuranza·
Por la presente constitución, que ha de estar siempre en vigor,
definimos con la autoridad a p o s t ó l i c a : que, según l a
disposición general de Dios, las almas de todos los Santos que
han muerto antes de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, así como
- las de los santos apóstoles, mártires, confesores,' vírgenes y de los
demás fieles muertos después de recibir el sagrado bautismo de
Cristo en los que no había nada que purificar cuando murieron;
- o de los que mueran en adelante sin tener nada que purificar;
- o en caso de que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez
que estén purificadas después de la muerte; y que ·
-
- las almas de los· niños renacidos por el mismo bautismo de
Cristo, o de los que han de ser bautizados, una vez que lo sean si
vienen a morir antes del uso de razón.
[Todas esas almas] inmediatamente después de su muerte y de la
purificación de la que hemos hablado antes, para los que tienen
necesidad de ella, aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del
juicio general, -
- después de la ascensión al cielo del Salvador Jesucristo nuestro
Señor, estuvieron, están y estarán
- en el cielo,
- en el reino de los cielos y
- paraíso celestial
- con Cristo, admitidos en 1a compañía ('consortio') de los santos
ángeles. Y
- después de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo
- vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva y cara a
cara, sin n1ediación de ninguna creatura como objeto que haya de
ser visto, sino que
- la divina esencia se les manifiesta de un modo inmediato, sm
velos, clara y abiertamente y
- por esta visión gozan de la divina esencia; además, por esta visión
y este gozo, son verdaderamente bienaventuradas
- las almas de los que salieron de este mundo y tienen vida y descanso
eterno, y
- las almas de los que mueran después, también verán la esencia
divina y gozarán de ella antes del juicio universal.
Y esta visión y gozo de la divina esencia suprime en estas almas los
actos de fe y esperanza, en cuanto que estas virtudes son propiamente
teológicas. Además, una vez que se ha iniciado o se inicie en estas
almas la visión intuitiva y facial y el gozo, la misma visión y fruición
es continua sin intermisión alguna o supresión de dicha visión y
fruición; y se continuará hasta el juicio final y, desde entonces,
para toda la eternidad.
Condenación y Juicio final
Definimos además que, según la disposición general de Dios, las
almas que mueren en estado de pecado mortal actual bajan
inmediatamente después de la muerte al infierno, donde son
atormentadas con penas infernales; y que; no obstante, todos los
hombres comparecerán con sus cuerpos ante el tribunal de Cristo
en el día del juicio, para dar cuenta de sus propios actos, a fin de
que cada uno reciba conforme a lo que hizo, el bien o el mal,
mientras estaba en el cuerpo».
c) Comentario
Recordamos que: «la sustancia central de la afirmación
(dogmática) es la cristología, siendo en realidad una explicación de
lo que en el fondo significa la 'ascensión de Cristo', para desvelar,
al mismo tiempo, el sentido de la pasión de Cristo, manifestado en
la 'ascensión'.
La ascensión significa, en definitiva, que el cielo ya no está
cerrado. Cristo está en el cielo, lo que quiere decir: Dios es
accesible al hombre, y cuando éste en cuanto justificado, es decir
en cuanto perteneciente a Cristo y aceptado por él, entra, pasando
por la muerte, en Dios mismo».
Teología
Se destaca la 'ley' fundamental de la relación Dios-criatura: la
mayor unidad con Dios no suprime la peculiaridad e independencia
de la criatura, sino que la plenifica. Sin entrar en el mérito de la
comprensión de la inmortalidad según la antropología filosófica,
recordamos aquí que en la concepción bíblico-teológica se trata de
una inmortalidad "dialógica" que resulta de la acción salvífica del
Amante que tiene poder para hacer inmortal.
El hombre no puede por lo tanto perecer totalmente, porque es
conocido y amado por Dios. Si todo amor auténtico es
incondicionado e ilimitado, entraña una promesa de perennidad: el
amor quiere la «eternidad» de la persona amada.
Afirma Papa BENEDICTO XVI: «el amor engloba la existencia
entera y en todas sus dimensiones, incluso también el tiempo (...) su
promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad».
Recordamos la conclusión de un discurso de san Agustín sobre la
caridad: «¿Qué hay más fiel que el amor, no al servicio de la
vanidad, sino de la eternidad? En efecto, tolera todo en la vida
presente, porque cree todo lo referente a la vida futura, y sufre
todo lo que aquí le sobreviene, porque espera todo lo que allí se le
promete; con razón nunca desfallece. Así, pues, perseguid el amor
y, pensando devotamente en él, aportad frutos de justicia».
Si el amor humano quiere eternidad, el amor de Dios no solo quiere,
sino que opera y es inmortalidad. En esta perspectiva, la inn1ortalidad
no radica en el hombre mismo sino descansa en una relación, es más,
en su relación c o n Dios Trinidad. «Cogitar ergo sum aeternus (soy
pensado luego soy eterno)» o más precisamente con BALTHASAR
se puede decir «Amor ergo sum» (soy amado luego existo)».
En esta dirección orienta Benedicto XVI: «Cada uno es conocido
y querido por Dios; Dios tiene un proyecto para cada uno.
Debemos descubrirlo y corresponder a Él...».
«Para Él (Dios) cada persona es única, con su nombre y su
rostro». «Ya antes de la creación del mundo Dios nos había
elegido en Cristo. Él nos conoce y ama a cada uno desde la
eternidad ...».
Papa Francisco en 'Laudato si' afirma:
«¡Qué maravillosa certeza es que la vida de cada persona no se
pierde en un desesperante caos, en un mundo regido por la pura
casualidad o por ciclos que se repiten sin sentido! El Creador puede
decir a cada uno de nosotros: « Antes que te formaras en el
seno de tu madre, yo te conocía». Fuimos concebidos en el
corazón de Dios, y por eso «cada uno de nosotros es el fruto de
un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido,
cada uno es amado, cada uno es necesario».
«Nadie nos puede quitar el ser amados por Dios, que en Cristo nos
conoce y ama a cada uno...». «Cada uno de nosotros ha sido pensado,
querido y amado por Dios. Cada uno de nosotros tiene su papel en el
plan de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo». «Sabemos que nuestra
vida no existe por casualidad, no es una casualidad. Dios ha querido
mi vida desde la eternidad. Soy amado, soy necesario. Dios tiene un
proyecto para mí. Mi vida es importante y también necesaria. El
amor eterno me ha creado en profundidad y me espera».
En fin «la vida nos viene del ser amados por Aquel que es la
Vida...»: «La amistad divina es causa de inmortalidad para todos los
que entran en ella». Comentando el salmo 23 afirmaba Papa Benedicto
XVI: «Dios cuida personalmente de mí, de nosotros, de la
humanidad. No me ha dejado solo, extraviado en el universo y en una
sociedad ante la cual uno se siente cada vez más desorientado. Él
cuida de mí. No es un Dios lejano, para quien mi vida no cuenta casi
nada (...) Es bello y consolador saber que exista ese Dios que me
conoce, me quiere y se preocupa por mí».7
También comentando la auto teofanía de Jesús «'Yo soy Buen Pastor
(...) conozco mis ovejas y las mías me conocen a m i >', afirmaba
«en verdad Jesús 'nos conoce' más profundamente de lo que nos
conocemos a nosotros mismos, y tiene un plan para cada uno de
nosotros. También sabemos que donde Él nos llama encontraremos
felicidad y realización persona...».
«Dios ama a cada ser humano de manera única y profunda».
«Dios nos ama a cada uno con una profundidad y una intensidad
que no podemos ni siquiera imaginar. Él nos conoce íntimamente,
conoce cada una de nuestras capacidades y cada uno
de nuestros errores. Puesto que nos ama tanto, desea purificarnos
de nuestros errores y fortalecer nuestras virtudes de manera que
podamos tener vida en abundancia (..) Dios no rechaza a nadie (...)
más aun, en su gran amor, Dios nos reta a cada uno para
que cambiemos y seamos mejores».
En esta perspectiva el hombre no puede terminar de existir, aunque
pueda existir mal, si no quiere responder a Dios, pero según el plan
de Dios en el presente orden de la Providencia no puede no existir.
'
- En la visión beatífica se ve a TODO DIOS, pero no totalmente en
cuanto su inteligibilidad es incomprensible e inagotable. Se
comprende como un proceso de descubrimiento siempre nuevo
fundado sobre la 'inagotabilidad' de Dios, come medita San León
Magno:
«¡Qué gran dignidad y seguridad, salir contento de este mundo,
salir glorioso en medio de la aflicción y la angustia, cerrar en un
momento estos ojos con los que vemos a los hombres y al mundo
para volverlos a abrir en seguida y contemplar a Dios y a Cristo!
¡Cuán rápidamente se recorre este feliz camino! Se te arranca
repentinamente de la tierra para colocarte en el retiro celestial (...)
esto es lo que hay que meditar día y noche».
También para San León Magno en la bienaventuranza del cielo se
trata «de penetrar en el conocimiento de los misterios (...) hasta
saciare del mismo Dios (...)
¿Qué inteligencia puede llegar a concebir o qué palabras lograrán
explicar la grandeza de una felicidad que consiste en ver a Dios?
entonces 'lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del
hombre' lo alcanzaremos en el gozo inefable de una contemplación
eterna».
Pero para eso, San León Magno exhorta a que: «los ojos del alma
se purifiquen (...) para que así puedan saciarse gozando en paz de
la magnífica visión de Dios». Dicha contemplación se comprende
como un proceso de descubrimiento siempre nuevo fundado sobre
la 'inagotabilidad' de Dios. ·
En efecto, afirmaba San Agustín: «Si lo comprendes, entonces no es
Dios».
Un amor infinito no se deja comprender, pero cuanto más amor se
tiene, más se puede penetrar en lo incomprensible.
En el contexto de 'un dato fundamental para la evangelización'
afirmando que «es urgente llegar al hombre de hoy a 'descubrir' el
rostro auténtico de Dios, que se nos ha revelado en Jesucristo'», nos
recordaba el Papa Benedicto XVI que: «Buscar a Jesucristo debe
ser el anhelo incesante de todos los creyentes (...) Es preciso
impulsar, sostener y guiar esta búsqueda. La fe no es simplemente la
adhesión a un conjunto de dogmas, completo en sí mismo, que
apagaría la sed de Dios presente en el alma humana. Al contrario,
proyecta al hombre, en camino en el tiempo, Hacia un Dios siempre
nuevo en su infinitud. Por eso, el cristiano al mismo tiempo busca y
encuentra. San Agustín (...) sobre la invitación del salmo 104:
'buscad siempre su rostro', explica que esa invitación no vale
solamente para esta vida, sino también para la eternidad. El
descubrimiento del 'rostro de Dios' no se agota jamás. Cuanto más
entramos en el esplendor del amor divino, tanto más hermoso es
avanzar en la búsqueda, de modo que (...) 'en la medida en que crece
el amor, crece la búsqueda de Aquel que ha sido encontrado'».
Es así que:
«Incluso en la eternidad proseguirá nuestra búsqueda, será una
aventura eterna descubrir nuevas grandezas, nuevas bellezas. Al
interpretar las palabras del salmo: 'buscad siempre su rostro', (San
Agustín) dijo: esto vale para la eternidad; y la belleza de la
eternidad consiste en que no es una realidad estática, sino un
progreso inmenso en la inmensa belleza de Dios».
Aspectos para tener presentes:
- La necesidad del llamado «Lumen Gloriae»: se trata de condiciones
objetivas, ontológicas, en la criatura, que la pongan en condición de
actuar una relación sobrenatural con Dios Se trata como de un
'aumento' de fuerza que se le da a la criatura como don estable y
permanente.
La unión 'intelectual' con la divina 'esencia' no deja la mente en las
condiciones 'terrestres' sino que la 'transforma', la eleva,
comunicándole una nueva y superior potencia visiva, que los
teólogos llaman 'la luz de la gloria', directamente proporcionada al
estado de gracia propio de cada uno. Dicho 'lumen gloriae' dispone
a la inteligencia para esta unión haciéndola 'deiforme', esto es,
semejante a Dios, según aquello de San Juan.
- La problemática teológica de la 'visión de Dios' o visión beatífica:
las afirmaciones dogmáticas fundamentales para un católico acerca
de la 'Vida eterna' (además de la existencia y de la eternidad) son
dos:
- la inmediatez de la visión.
- la sobrenaturalidad de la visión. La "Visión" es deificación y
absolutamente sobrenatural.
Hay sí, en el ser intelectual un 'apetito' o deseo natural de ver a
Dios, pero la 'Visión' de Dios es un don gratuito y sobrenatural.
«Al final, cuando nos encontremos cara a cara con Dios, todos los
demás dones desaparecerán; el único que permanecerá para
siempre será la caridad porque Dios es amor y nosotros
seremos semejantes a Él, en comunión perfecta con Él(...) El
amor es la esencia de Dios mismo, es el sentido de la creación y de
la historia, es la luz que da bondad y belleza a la existencia de
cada hombre (...) Jesucristo es el Amor encarnado. Este Amor se
nos reveló plenamente en Cristo crucificado. Al contemplarlo,
podemos confesar con el Apóstol San Juan: 'Nosotros hemos
conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en Él'. .
En efecto, por Revelación sabemos que «Dios es amor. Este vértice
de la Revelación indica que Dios es don gratuito y total de Sí (...) la
capacidad de amar infinitamente, entregándose sin reservas y sin
medida, es propia de Dios. En virtud de su ser Amor, él, antes aún
de la libre creación del mundo, es Padre en la misma vida divina:
Padre amante que engendra al Hijo Amado y da origen con él al
Espíritu Santo, La Persona-Amor, vinculo reciproco de comunión
(...) por gracia se nos ha ofrecido la participación en la vida
trinitaria, a través de la encarnación redentora del Verbo y el don del
Espíritu Santo».
En efecto, la comunión inmediata con la Santísima Trinidad, en
Cristo no está en alternativa con la comunión entre los salvados, ella
no absorbe, sino que funda la perfección de la comunión fraterna
(agápica) y de las relaciones en que ésta se expresa. La felicidad
eterna se vislumbra como un amar "como" Dios ama, por haber
llegado a ser la persona totalmente y exclusivamente amor-en-
comunión "como" es Dios.
«Sí, el amor de Dios tiene este poder: de renovarlo todo, a partir
del corazón humano, que es Su obra maestra y donde el Espíritu
Santo realiza mejor su acción transformadora (...). La fuerza de la
caridad es irresistible: el amor es lo que verdaderamente hace
avanzar al mundo (...) Los Santos dan testimonio de esta fuerza
espiritual que transforma al hombre interiormente y lo capacita
para hacer grandes cosas según el designio de Dios».
Es cierto que la Virgen y los santos en el cielo ruegan por nosotros;
al recitar las letanías les pedimos que intercedan en nuestro favor. Y
a este propósito Santo Tomás señala: «Como la oración por los
demás proviene de la caridad, cuanto más perfecta es la caridad de
los santos que están en la patria, más oran por nosotros, para
ayudarnos en nuestro viaje; y cuanto más unidos están a Dios más
eficaz es su oración» a favor nuestro.
Los que Dios se ha llevado para que estén para siempre junto a Él
permanecen especialmente cerca de los que estaban cerca
durante la vida terrena, y de los que los misteriosos designios de
la Providencia Divina confían a su cuidado según la afinidad de las
misiones diversísimas a la que Dios llan1a en el seno del Cuerpo
oración con especial intensidad. Hay que recordar siempre que:
«Mirando la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, nuevos
motivos nos impulsan a buscar la ciudad futura y al mismo tiempo
aprendemos el camino más seguro por el que, entre las vicisitudes
mundanas, podremos llegar a la perfecta unión con Cristo o
santidad, según el estado y condición de cada uno (...)
Veneramos la memoria de los santos del cielo por su ejemplaridad,
pero más aún con el fin de que la unión de toda la Iglesia en el
Espíritu se vigorice por el ejercicio de la caridad fraterna. Porque,
así como la comunión cristiana entre los viadores nos acerca más a
Cristo, así el consorcio con los santos nos une a Cristo (...)
Es, por tanto, sumamente conveniente que amemos a estos amigos
y coherederos de Cristo, hermanos también y eximios bienhechores
nuestros (...) que 'los invoquemos humildemente y que, para impetrar
de Dios beneficios por medio de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor,
que es el único Redentor y Salvador nuestro, acudamos a sus oraciones,
protección y socorro' (...)
La más excelente manera de unirnos a la Iglesiacelestial
tiene lugar cuando especialmente en la sagrada liturgia,
(...) al celebrar el sacrificio eucarístico es cuando mejor nos
unimos al culto de la iglesia celestial, entrando en comunión y
venerando la memoria, primeramente, de la
gloriosa siempre Virgen María, mas también del
bienaventurado José, de los bienaventurados Apóstoles, de los
mártires y de todos los santos».
Más aún con la virtud de la caridad (ágape), se anticipa en la
historia, la realidad escatológica de la condición, donde nadie sufre
carencias. Acerca de la "progresividad" de la bienaventuranza.
El misterio del Paraíso como 'cumplimiento' del Reino de Dios
como Amor (ágape).
"•
'Resurrección de vida' significa la salvación del hombre en su
'totalidad', comprendidas sus dimensiones comunitaria y cósmica, la
perfección definitiva de la relación con el cosmos, ya que el hombre
y el mundo se pertenecen 'recíprocamente'. En Efecto, se nos habla
de «la esperanza de la - resurrección de f a carne y la posibilidad
de encontrar de nuevo, cara a cara, a quienes nos han precedido
en el signo de la fe».
En esta perspectiva, es decir, desde la consumación del Reino de
Dios, se comprende que el cumplimiento como expansión de la
pascua concierne a toda la realidad. En efecto, el Nuevo Testamento
propone 'toda una riqueza de imágenes y metáforas bíblicas que
valorizan:
1) no sólo la necesidad del amor, sino la centralidad de la persona
humana (el tema 'teológico' de la inmortalidad del alma,
inmortalidad que se apoya en una relación que se nos regala, y el de
la 'visión de Dios'. - -
Papa Benedicto XVI nos recuerda que: «El hombre ha sido creado
para la felicidad eterna y verdadera, que solo el amor de Dios puede
dar». En esta dirección notamos la metáfora del 'abrazo': «vida
eterna: una plenitud de vida y alegría 'el momento pleno de
satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos
la totalidad'. No una sucesión sin fin, sino una inmersión en el
océano del amor infinito en el que ya no existen el tiempo, el antes y
el después». -
Acerca de la necesidad del amor para llegar al cielo, cf Papa
INOCENCIO IV, Carta al Obispo de Frascati, del 6 de marzo de
1254:
«las almas de los niños que mueren después del bautismo y de los
adultos que mueren en estado de caridad, van inmediatamente a la
patria eterna. La expresión sintética de la felicidad comunitaria de
los justos en el cielo: «así estaremos siempre con el Señor».
En efecto, «Cuando ya contemples a Dios tal cual es, tendrás un
cuerpo inmortal e incorruptible, como el alma, y poseerás el reino de
los cielos, tú que, viviendo en la tierra, conociste al Rey celestial;
participarás de la felicidad de Dios, serás coheredero de Cristo y ya
no estarás sujeto a las pasiones ni a las enfermedades, porque
habrás sido hecho semejante a Dios. (...) Todo aquello que es propio
de Dios, Él prometió dártelo cuando seas divinizado v alcances la
inmortalidad (...) manifestándote, de este modo, el amor que tiene
por ti ». ·
Los místicos nos ayudan a contemplar aquella 'transformación'
total del alma en Dios.
«Cuando hay unión de amor (...) es verdad decir que el Amado vive
en el amante y el amante en el Amado (...) La razón es porque en la
unión y transformación de amor el uno da posesión de sí al otro, y
cada uno se deja y da y trueca por el otro, y así cada uno vive en el