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ARTÍCULO 12

“CREO EN LA VIDA ETERNA”

El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y
la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón
de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una
unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla
entonces con una dulce seguridad:

«Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre


Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió
por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la
paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen,
Madre de Dios, con san José y todos los ángeles y santos [...] Te entrego a Dios, y,
como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo
de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los
ángeles y santos [...] Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor» (Rito de la
Unción de Enfermos y de su cuidado pastoral, Orden de recomendación de
moribundos).

I. El juicio particular

La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo
de la gracia divina manifestada en Cristo. El Nuevo Testamento habla del juicio
principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida;
pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después
de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del
pobre Lázaro y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón, así como otros textos del
Nuevo Testamento hablan de un último destino del alma que puede ser diferente para
unos y para otros.

Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un


juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (Concilio
de Lyon II: Concilio de Florencia: Concilio de Trento), bien para entrar
inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (Concilio de Lyon II: Juan XXII), bien
para condenarse inmediatamente para siempre (Concilio de Lyon II; Benedicto XII).

«A la tarde te examinarán en el amor» (San Juan de la Cruz).

II. El cielo

Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados,


viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal
cual es", cara a cara:

«Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general de Dios, las
almas de todos los santos [...] y de todos los demás fieles muertos después de recibir el
Bautismo de Cristo en los que no había nada que purificar cuando murieron [...]; o en
caso de que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas después
de la muerte [...] aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final, después de
la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán
en el cielo, en el Reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en la
compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo
vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de
ninguna criatura».

Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella,
con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo”. El
cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el
estado supremo y definitivo de dicha.

Vivir en el cielo es "estar con Cristo". Los elegidos viven "en Él", aún más, tienen allí, o
mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre:

«Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino»
(San Ambrosio).

Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha "abierto" el cielo. La vida de los


bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por
Cristo, quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en Él y que
han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos
los que están perfectamente incorporados a Él.

Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo,
sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en
imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén
celeste, paraíso: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo
que Dios preparó para los que le aman".

A causa de su transcendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando Él
mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad
para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia "la
visión beatífica":

«¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser admitido a ver a Dios, tener el honor de
participar en las alegrías de la salvación y de la luz eterna en compañía de Cristo, el
Señor tu Dios [...], gozar en el Reino de los cielos en compañía de los justos y de los
amigos de Dios, las alegrías de la inmortalidad alcanzada» (San Cipriano de Cartago).

En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con alegría la voluntad
de Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo;
con Él "ellos reinarán por los siglos de los siglos".

III. La purificación final o purgatorio

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados,


aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una
purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.
La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es
completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la
doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia y de
Trento. La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura
habla de un fuego purificador:

«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un
fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha
pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este
siglo, ni en el futuro. En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser
perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno).

Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que
ya habla la Escritura: "Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio
en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado". Desde los primeros
tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su
favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar
a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las
indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos:

«Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron


purificados por el sacrificio de su padre, ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras
ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? [...] No dudemos, pues, en
socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan
Crisóstomo).

IV. El infierno

Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no
podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra
nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su
hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él".
Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si omitimos socorrer las
necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos. Morir en
pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa
permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este
estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados
es lo que se designa con la palabra "infierno".

Jesús habla con frecuencia de la "gehenna" y del "fuego que nunca se apaga" reservado
a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a
la vez el alma y el cuerpo. Jesús anuncia en términos graves que "enviará a sus ángeles
[...] que recogerán a todos los autores de iniquidad, y los arrojarán al horno ardiendo", y
que pronunciará la condenación:" ¡Alejaos de mí malditos al fuego eterno!".

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de


los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente
después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno"(Credo del
Pueblo de Dios). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios
en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido
creado y a las que aspira.

Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno


son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad
en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento
apremiante a la conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y
espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas
¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que
la encuentran":

«Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar
continuamente en vela. Para que así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la
tierra mereceremos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos
manden ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores,
donde "habrá llanto y rechinar de dientes"» (Lumen Gentium).

Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que eso suceda es necesaria una aversión
voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia
eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de
Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión":

«Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa,
ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus
elegidos (Plegaria eucarística I o Canon Romano)

V. El Juicio final

La resurrección de todos los muertos, "de los justos y de los pecadores", precederá al
Juicio final. Esta será "la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz
[...] y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal,
para la condenación". Entonces, Cristo vendrá "en su gloria acompañado de todos sus
ángeles [...] Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos
de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su
derecha, y las cabras a su izquierda [...] E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a
una vida eterna.".

Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la


relación de cada hombre con Dios. El Juicio final revelará hasta sus últimas
consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su
vida terrena:

«Todo el mal que hacen los malos se registra y ellos no lo saben. El día en que "Dios no
se callará" [...] Se volverá hacia los malos: "Yo había colocado sobre la tierra —dirá Él
—, a mis pobrecitos para vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de
mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado a mis
miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos
en la tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras buenas obras a mi
tesoro: como no habéis depositado nada en sus manos, no poseéis nada en Mí"» (San
Agustín).
El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la
hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces Él pronunciará por
medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros
conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la
salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá
conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios
triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte
que la muerte.

El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía
"el tiempo favorable, el tiempo de salvación". Inspira el santo temor de Dios.
Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la "bienaventurada esperanza"
de la vuelta del Señor que "vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en
todos los que hayan creído".

VI. La esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva

Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los
justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo
universo será renovado:

La Iglesia [...] «sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo [...] cuando llegue el
tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo
entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del
hombre, quede perfectamente renovado en Cristo» (lumen Gentium).

La sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a esta renovación misteriosa
que trasformará la humanidad y el mundo. Esta será la realización definitiva del
designio de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos
y lo que está en la tierra".

En este "universo nuevo", la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los
hombres. "Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni
gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado".

Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género
humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era "como el
sacramento" (Lumen gentium). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de
los rescatados, la Ciudad Santa de Dios, "la Esposa del Cordero". Ya no será herida por
el pecado, las manchas, el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de
los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los
elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del


mundo material y del hombre:

«Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de


Dios [...] en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción [...] Pues
sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no
sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos
gemimos en nuestro interior [...] anhelando el rescate de nuestro cuerpo».

Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, "a fin de que el
mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio
de los justos", participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo de
Lyon).

"Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no


sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo,
deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva
morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y
superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los
hombres"(Gaudium et Sepes).

"No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la
preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia
humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay
que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo,
sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la
sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios" (gaudium et spes).

"Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos
propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontraremos
después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo
entregue al Padre el reino eterno y universal" (Gaudium et Spes). Dios será entonces
"todo en todos", en la vida eterna:

«La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo,
derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia,
nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna»
(San Cirilo de Jerusalén).

Resumen

Al morir cada hombre recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio


particular por Cristo, juez de vivos y de muertos.

"Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de


Cristo [...] constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida
totalmente el día de la Resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos"
(Credo del Pueblo de Dios).

"Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el
paraíso, forma la Iglesia celestial, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna,
ven a Dios como Él es, y participan también, ciertamente en grado y modo diverso,
juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo
glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud
ayudan grandemente a nuestra flaqueza" (Credo del Pueblo de Dios).
Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados,
aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una purificación después de su
muerte, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios.

En virtud de la "comunión de los santos", la Iglesia encomienda los difuntos a la


misericordia de Dios y ofrece sufragios en su favor, en particular el santo sacrificio
eucarístico.

Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles de la "triste y


lamentable realidad de la muerte eterna", llamada también "infierno".

La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien


solamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las cuales ha sido creado y
a las cuales aspira.

La Iglesia ruega para que nadie se pierda: "Jamás permitas [...] Señor, que me separe
de ti" (Oración antes de la Comunión). Si bien es verdad que nadie puede salvarse a sí
mismo, también es cierto que "Dios quiere que todos los hombres se salven" y que para
Él "todo es posible".

"La misma santa Iglesia romana cree y firmemente confiesa que [...] todos los hombres
comparecerán con sus cuerpos en el día del juicio ante el tribunal de Cristo, para dar
cuenta de sus propias acciones.

Al fin de los tiempos, el Reino de Dios llegará a su plenitud. Entonces, los justos
reinarán con Cristo para siempre, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo
material será transformado. Dios será entonces "todo en todos"), en la vida eterna.

“AMEN”

El Credo, como el último libro de la Sagrada Escritura, se termina con la palabra


hebrea Amen. Se encuentra también frecuentemente al final de las oraciones del Nuevo
Testamento. Igualmente, la Iglesia termina sus oraciones con un Amén.

En hebreo, Amen pertenece a la misma raíz que la palabra "creer". Esta raíz expresa la
solidez, la fiabilidad, la fidelidad. Así se comprende por qué el "Amén" puede expresar
tanto la fidelidad de Dios hacia nosotros como nuestra confianza en Él.

En el profeta Isaías se encuentra la expresión "Dios de verdad", literalmente "Dios del


Amén", es decir, el Dios fiel a sus promesas: "Quien desee ser bendecido en la tierra,
deseará serlo en el Dios del Amén". Nuestro Señor emplea con frecuencia el término
"Amén", a veces en forma duplicada, para subrayar la fiabilidad de su enseñanza, su
Autoridad fundada en la Verdad de Dios.

Así pues, el "Amén" final del Credo recoge y confirma su primera palabra: "Creo".
Creer es decir "Amén" a las palabras, a las promesas, a los mandamientos de Dios, es
fiarse totalmente de Él, que es el Amén de amor infinito y de perfecta fidelidad. La
vida cristiana de cada día será también el "Amén" al "Creo" de la Profesión de fe de
nuestro Bautismo:
«Que tu símbolo sea para ti como un espejo. Mírate en él: para ver si crees todo lo que
declaras creer. Y regocíjate todos los días en tu fe» (San Agustín).

Jesucristo mismo es el "Amén", Es el "Amén" definitivo del amor del Padre hacia
nosotros; asume y completa nuestro "Amén" al Padre: «Todas las promesas hechas por
Dios han tenido su "sí" en él; y por eso decimos por él "Amén" a la gloria de Dios»:

«Por Él, con Él y en Él,

a ti, Dios Padre omnipotente,

en la unidad del Espíritu Santo,

todo honor y toda gloria,

por los siglos de los siglos.

AMÉN»

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