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Lie Pueblo

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Temas abordados

  • poesía,
  • influencia,
  • estilo,
  • ciencia ficción,
  • crítica política,
  • influencia cultural,
  • jazz,
  • tradición literaria,
  • contexto histórico,
  • censura
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  • tradición literaria,
  • contexto histórico,
  • censura

Colección Continentes

Pueblo
Miguel Ángel Pérez Pirela

Pueblo
1a. edición en Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2010
2a. edición en ediciones cubanas Sed de Belleza, 2020
3a. edición en Fundación para la Cultura y las Artes Fundarte, 2020
4a. edición en La Iguana Ediciones y Monte Ávila Editores
Latinoamericana, 2024

Pueblo
© Miguel Ángel Pérez Pirela

Edición: Miguel Ángel Pérez Pirela


Diagramación: Fabiola Emperatriz Arneaud
Portada: Rita Soteldo

© [Link]
Presidente: Miguel Ángel Pérez Pirela
La Iguana Ediciones
Directora: Ximena González Broquen
Caracas, Plaza Venezuela ,Torre Phelps, piso 20
Email: mercadeolaiguana@[Link]
[Link]
Instagram/laiguanatv
Facebook/[Link]
x/la_iguanatv

© Monte Ávila Editores Latinoamericana C. A., 2024


Centro Simón Bolívar, Torre Norte, piso 22, urbanización El Silencio,
municipio Libertador, Caracas 1010, Venezuela.
Teléfono: (58 212) 485.0444
[Link]

Hecho el Depósito de Ley


Depósito legal: DC2024000987
ISBN: 978-980-01-2449-9
Para Ximena, porque antes de ser leídas estas líneas por ustedes,
fueron escuchadas por ella.
Una novela de vanguardia
(Prólogo a la edición cubana)

Mientras me dejaba conquistar por las páginas de esta novela


insólita, este libro cuya clasificación expande, a la vez que elude, toda
definición o encasillamiento; mientras me dejaba conducir (y
no se trata en absoluto de una metáfora), inconscientemente,
por la música delirante e imaginativa de las palabras que hilan
esta, llamémosle, sí, novela, pues, ciertamente, es posible, como
en la lectura de cualquier novela, seguir una trama, y, como en
toda novela, su orden responde a la narración, más o menos
lógica, de un argumento, al desarrollo de un conflicto y, como
en algunas de las mejores novelas del Boom o del Posboom,
en esta se entrecruzan tramas y florece, caprichosamente, un
dictador, figura patrimonial, si fuera esto posible, de nuestras
literaturas; en fin, mientras me entregaba a las páginas de
Pueblo comprobaba cuánta razón cabía a Evgueni Evtushenko
cuando, en las palabras finales de su paradigmático Elogio
para la poesía, confiesa:

No puedo creer cuando alguien dice: «Soy admirador de la


poesía, pero me gustan las novelas y no entiendo la poesía».

9
Estoy seguro de que este alguien tampoco entiende la prosa,
sigue solamente el contenido, perdiendo el orden mágico de
las palabras que también es natural de la gran prosa. La música
1
es fundamental al contenido del poema o de la novela.

¿Cómo no coincidir con el gran poeta ruso? A mí, que en


el fondo quizás no soy otra cosa que un perenne lector de
poesía, siempre me han parecido más logradas aquellas obras
cuya música es ineludible. Son ellas las que nos guían me-
diante los sentidos más que con la razón. Argumento, tramas,
conflicto, si bien imprescindibles para sostener una arquitec-
tura narrativa de determinada envergadura, se enriquecen y
pasan a un segundo plano cuando el lenguaje es capaz de
entrar en nuestra mente y hacer que sigamos un determinado
ritmo. Si la obra puede lograr este efecto alucinante (quizá
también alucinógeno, como ciertas yerbas o arbustos de la
América aquí encarnada), probablemente todo lo demás co-
mience a ser secundario.
Un buen ejemplo de lo que tratamos de argumentar sería
la obra maestra de Gabriel García Márquez, Cien años de
soledad, donde una vez que se ha entrado en su mundo onírico
descubrimos que el lenguaje es parte esencial de ese universo.
García Márquez se apoya en la adjetivación, sin embargo, si
quitáramos ciertos adjetivos el ritmo de la obra se vendría
abajo y, con ello, todo el universo narrativo. En Cien años… el
lenguaje forma parte del cuerpo mismo de la narración, no en una
búsqueda frívola, sino de una manera sustancial que responde a
la propia construcción circular del argumento.
Si me he referido a este aspecto de la gran novela latinoameri-
cana no es para hacer una comparación tácita, sino porque creo
que esta breve —si la comparáramos con las grandes novelas del

1 Evgueni Evtushenko: El viento de la mañana, Colección Sur/Editores, Proyecto


Cultural Sur, La Habana, Cuba, 2010.

10
Boom, pero ambiciosa aun comparándola con ellas— novela de
Miguel Ángel Pérez Pirela, logra sintetizar dos de las mejores
herencias del Boom latinoamericano: una escritura musical capaz
de sugestionar y conducir al lector mediante su oído, y un manejo
paradigmático de los procedimientos narrativos, ambas heren-
cias descienden de dos de los más reconocidos paradigmas de la
nueva novela latinoamericana: García Márquez y Vargas Llosa.
Si Vargas Llosa exhibió un despliegue técnico incomparable y ja-
más visto en la novela moderna, García Márquez marcó el rit-
mo de la novela como si se tratara de un músico superdotado.
Miguel Ángel Pérez Pirela, como García Márquez, no es
2
músico, pero sabe marcar el ritmo de una manera que algu-
nos músicos envidiarían, y me atrevería a asegurar que como
muy pocos de los escritores del Posboom, especialmente de
los grupos Crack y McHondo, para nombrar solo a los más
estudiados, leídos y difundidos de la nueva narrativa latinoa-
3
mericana. Mientras que los escritores del Crack y McHon-
do apuestan por una novela fundamentalmente de anécdota,
enfocada en la trama y en el cambio de voces y puntos de
vista, aspectos técnicos que están en la superficie y que, por

2 Cuando afirmamos que Miguel Ángel Pérez Pirela no es músico, lo hacemos en


el sentido profesional. Su participación como cantante polifónico en un coro,
desde los 10 años y hasta los 20, y además, como violinista en una orquesta,
pone en crisis dicha opinión. Este temprano ejercicio debió dejar una raíz
musical nada desdeñable, y, del mismo modo, quizás también impulsar las
preocupaciones musicales que apoyan la estructura y el tema de Pueblo.
3 Es necesario acotar que, autores como Roberto Bolaño o Andrés Neuman no
están exentos de este don maravilloso. Los detectives salvajes, es sin lugar
a duda, una de esas novelas en las que el ritmo permite una lectura pura-
mente rítmica, lo mismo puede decirse de El viajero del siglo, de Neuman.
Sin embargo, aunque es evidente que Miguel Ángel Pérez Pirela conoce
suficientemente la obra del chileno, y probablemente la del argentino-e-
spañol, sus antecedentes no me parece encontrarlos en escritores de esta
generación, sino en cuatro o cinco autores que marcaron una etapa difusa
entre el Boom y el Posboom: Augusto Roa Basto, Guillermo Cabrera
Infante, Reinaldo Arenas, Severo Sarduy, y el argentino Manuel Puig.

11
ende, resultan mucho más fáciles de asimilar, bastaría con
echar una mirada ligeramente crítica la narrativa latinoame-
ricana para encontrarse con una saturación de novelas escritas
con dichos procedimientos, algunas obras importantes; pues
bien, mientras que estos autores apuestan por una escritura
hegemónica (creo que podemos llamarla así, dado su predo-
minio estilístico y su imposición por parte de las editoriales
que dominan el mercado del libro, al que no se han resisti-
do incluso autores de reconocido prestigio de nuestro país),
Miguel Ángel Pérez Pirela desarrolla una escritura contrahe-
gemónica, difícil, pulcra, que no se asienta en la trama ni en
procedimientos técnicos prototípicos, sino en una prosa de
un altísimo vuelo, una escritura que, si bien asume una voz
denunciante, no se centra en la denuncia, sino en su propio
valor artístico, su despliegue técnico se complejiza evadiendo
facilismos técnicos (mudas pactadas, cambio de voces marca-
dos, etc.), y florece en cambios de voces repentinos, rítmicos,
delirantes, oníricos, musicales, en una imaginación creadora
que hace estallar la escritura lógica, abusada en la nueva no-
vela, y deviene una especie de alucinación narrativo-musical,
donde abundan los neologismos, las escrituras desesperadas,
desestructuradas, monólogos-cánticos.
A golpe de jazz se ha escrito este libro.
Traigo a colación el jazz porque podría ser ese el título de
esta obra, podría llamarse Jazz en lugar de Pueblo, pues no
resulta nada casual que en uno de esos diálogos alucinantes
a que asistimos en Pueblo, Gobernador pregunte «qué rayos
es ese ruido», y Secretario conteste simplemente, «Es jazz, el
pueblo se ha llenado de jazz». Y ese jazz, que escuchamos y
que inunda y desborda toda la obra, es el ritmo que Miguel
Ángel Pérez Pirela logra imponer a lo largo de la novela. No
es casual, decía, que se trate precisamente del jazz, género

12
que, como se conoce (aunque no es impropio recordar) surge
en los [Link]. a finales del siglo XIX, producto de la con-
frontación de los negros con la música europea, y que, según
afirma Joachim-Ernst Berendt, en su ya clásico El jazz: de
Nueva Orleans al jazz rock:
La instrumentación, melodía y armonía del jazz se derivan
principalmente de la tradición musical de Occidente. El
ritmo, el fraseo y la producción de sonido, y los elementos
de armonía de blues se derivan de la música africana y del
4
concepto musical de los afroamericanos.
De estas palabras del célebre productor discográfico nor-
teamericano podemos inferir que, al enfrentarse a la narra-
ción partiendo de un referente como el jazz, Miguel Ángel
Pérez Pirela se propone precisamente eso, recrear ritmos,
fraseos, y sonidos, que pueden ser constatados mediante la
lectura (en este trabajo no me propongo citarlos porque el
lector podrá consultar la obra), y que tanto el jazz como la
novela tienen entre sus signos más característicos la sensi-
bilidad popular.
La imbricación de la música y el lenguaje es aquí una
constante, ambos son obsesiones, ambos se nos presentan
como motores, generadores tanto de sentido como de geo-
grafía. La propia novela se origina a partir de la obsesión por
las palabras de uno de sus personajes; nace de un acto creativo
de improvisación y juego, como el jazz.
De un modo similar ocurre con la búsqueda constante
de sonoridades, palabras que juegan en un plano fonético
con otras palabras, repeticiones, secuencias rítmicas creadas
a partir de la anáfora o de la repetición de un período o una
palabra dada: «manchado espejo manchado», «eso que todos

4 Joachim-Ernst Berendt: El jazz: de Nueva Orleans al jazz rock, 1994, (pp. 695)
Edición digital, archivo personal del autor.

13
fichaban como ese ruidito ese», «de su intuición triste, de su
triste intuición», «en la misma pequeña puerta pequeña», «a
pesar del pasar de las estaciones», «el mago de nuestra ilustre
burocracia tan nuestra», sobran ejemplos.
Otro de los elementos que destacan en Pueblo, y que es un
5
rasgo típico de su espíritu moderno, es decir, contemporáneo,
es su autoconciencia irónica, su conciencia de creación en tanto
novela, reflexión de sí misma: Pueblo como el producto de la
imaginación de un ente imaginado.
Como señalé, una improvisación:

A partir de la palabra «pueblo» Prisionero hacía entonces flo-


recer un sistema de otras palabras que, por siempre, acom-
pañarían a esa palabra convertida ahora en una novela. Esa
palabra mutaba por siempre su significado y, a partir de ese
momento, según la definición de ese diccionario, Pueblo no
quería decir Pueblo, sino la novela apenas escrita.

Uno de los hallazgos indiscutibles de Pueblo es Gobernador.


Un tirano transido por el amor, por su origen y por su incapacidad
para conquistar a una mujer. Pero también un símbolo del
poder. Gobernador posee un grupo de caracteres que lo
señalan como un empoderado, y como tal actúa, es un tirano,

5 Cuando nos referimos a «espíritu moderno» no obviamos que obras como El


ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha o Jaques el fatalista, partici-
paban de un espíritu equivalente. [Tanto en una como en la otra la autocon-
ciencia literaria, es decir, la conciencia que la obra en sí, deja saber al lector
de su naturaleza en tanto literatura, o más específicamente, en tanto ficción].
Lo mismo es posible encontrarlo en libros como Cien años de soledad. Sin
embargo, con la posmodernidad, la literatura dejó de intentar convencer a
los lectores de su realidad, más bien prefiere dejar signos que delataran su
naturaleza literaria. No faltan ejemplos, pero algunas novelas que me parecen
pioneras son La saga / fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester, Entre
Marx y una mujer desnuda, de Jorge Enrique Adoum, La verdad sobre el
caso Savolta, de Eduardo Mendoza y El nombre de la rosa, de Umberto Eco.

14
de eso no quedan dudas, él mismo se encarga de ir dejando
señales por donde pasa. Es un personaje lleno de caprichos, cuya
obstinación y egocentrismo lo llevan a igualarse a Dios, como en
este pasaje antológico:

Ya sin paciencia, el joven posado ahora de frente a él, afirmó,


dígale que estoy aquí. Sin entender nada el sacerdote utilizó
la última pregunta que le quedaba encima, ¿a quién? Vine a
hablar con dios, dijo Gobernador.

En una magistral descripción, Miguel Ángel Pérez Pirela


nos da un signo claro:

Gobernador era sólido, físico, compacto, coherente con ese


cuerpo único que, a lo sumo, era un depósito de su poder.
Cuerpo de caoba antigua cuyo único elemento parecido al
alma era precisamente ese poder, su poder tan suyo, lo úni-
co comparable con algo de metafísico en él. Todo lo otro
era simplemente Gobernador, es decir, su yo o, lo que es lo
mismo, su voluntad. Hasta las pesadillas eran suyas, deter-
minaciones suyas. Los monstruos que aparecían en ellas, las
oscuridades, los martirios, era él mismo que los escogía antes
de dormir, a partir del tamaño de su deseo. La improvisación
era algo limitado a los otros: para él era un mero sinsentido. Por
eso, cuando esa melodía de saxo resonó en los laberintos de sus
oídos, Gobernador se vio obligado a palpar los escaparates de
su propia majestad para encontrarse a sí mismo, allá adentro,
creyéndose la causa inefable de esa melodía.

Con los ingredientes que se entretejen en Pueblo, su autor


tenía tres posibilidades claras, dar rienda suelta a los tópicos
mercantiles de la novela de amor moderna, y crear una obra que
le hubiese procurado, tal vez no un premio importante, pero
sí un mercado amplio tanto en su país como en toda nuestra

15
América, incluso en la vieja España, donde pululan los libros
de esa índole. O podría haber entregado una novela puramente
política. Sin embargo, Miguel Ángel Pérez Pirela opta por la
más difícil de las tres posibilidades, la de entregar una obra de
arte profundamente lúdica, en la cual la experiencia estética es
superior a todos los demás elementos que forman parte del
texto. Con ello garantiza la sobrevida de la obra, que de otra
manera se habría agotado con el paso de las primeras lluvias.
Me gustaría valerme de cinco criterios que el reconocido
crítico Roberto González Echevarría utiliza para valorar una
obra nueva.
Según González Echevarría, «la obra debe tener elevación,
altura, en el sentido que le da Longino al término, por los temas
de que se ocupa (…) El amor, la culpa, la muerte, la injusticia,
el deseo de trascendencia». González Echevarría apuesta por
«obras que revelen su urdimbre literaria, pero con cierto recato».
Porque «es aquí donde se aloja la ironía, donde la obra y su
autor le hacen un guiño al lector para recordarle que se trata
de una ficción…» Estas obras «se reservan siempre un secreto
que no podemos descifrar aunque nos provoca instándonos a
interpretarlo, pero a la postre nos elude». «Las obras importantes
reciclan la tradición recibida, pero no únicamente la nacional
o local, sino la universal». Y para González Echevarría, como
para Evtushenko «la obra debe tener prosa, o poesía (…) estilo
6
propio ». Lo que implica que la obra debe ser reconocible de
principio a fin, tomar distancia respecto a sus contemporáneos.
Pueblo pertenece a ese linaje.
Miguel Ángel evade cualquier signo de oportunismo lite-
rario. Entrega una obra vanguardista, que sintetiza los cami-
nos y logros fundamentales de la herencia latinoamericana,

6 Roberto González Echevarría: Lecturas y relecturas. Estudios sobre literatura y


cultura, Editorial Capiro, Santa Clara, Cuba, 2013, pp. 468-469.

16
como la novela de dictadores o el melodrama, los reescribe,
haciendo de ellos un asunto nuevo. Lo que se encuentra en el
fondo narrativo argumental de Pueblo no es otra cosa que una
historia de amor típica, tanto de la novela folletinesca como
de otra de las grandes aristas de la cultura latina, el melodra-
ma cultivado de manera exacerbada por el cine, la televisión y
la radio latinoamericanas.
Hombre rico ama a mujer bella.
Mujer bella ama a joven pobre (y engaña a hombre rico).
Intelectual es víctima de hombre rico.
Toda una auténtica fórmula. Pero cuando se trata de
imaginación creativa, etiquetas y fórmulas están de más. Si
bien en Pueblo se cuenta esa historia a la que hemos aludido,
como en los grandes artistas, lo que marca la diferencia no
es el «qué» sino el «cómo». En Pueblo el «cómo» se resuelve
de forma radical, revolucionaria, con imaginación a prueba
de tópicos.
Leídas algunas páginas, la historia pasará a un segundo
plano, y en el primer plano de nuestra conciencia se instalará
el embrujo de la música de las palabras. Música alucinante,
rítmica, que satisface el universo onírico narrado y que es
parte inalienable de la composición narrativa. Profusa en
ritmos, Pueblo, más que escrita parece dibujada; para usar una
expresión que una vez le escuché decir a mi amigo Eugenio
Marrón, «se trata de una novela bordada». Lo que nos lleva a
pensar que quizás el autor nos haya engañado soberbiamente,
y Pueblo no sea una obra suya, sino de la autoría de una
de esas costureras miniaturistas que ya no nos es posible
encontrar en el mundo contemporáneo. O todavía más
raro, quizás no se trate de una novela, sino de una partitura
o de un concierto. En cualquier caso, no estamos ante un
libro habitual, y eso lo coloca en un lugar prominente de la
literatura latinoamericana.
17
Por un lado, el poder que representa Gobernador; por otro,
la libertad del jazz. El vínculo entre ambos es el amor, pero
también su contrario. He aquí la corriente secreta que mueve
y sostiene los motores de Pueblo, esta novela compuesta
bajo el lente de un potente microscopio, que le permite a su
autor mirar mucho más allá de argumento y personajes, para
revelarle al lector, no un raro espécimen de la mejor literatura, cosa
que también es, sino un invaluable torrente de pensamiento, sin
renunciar a la noción de juego y a la reflexión sobre la propia
escritura que rige todo el conjunto, y que encarna Prisionero,
uno de sus personajes más entrañables, en cuya imaginación
tienen lugar las historias de Pueblo.
Miguel Ángel Pérez Pirela ha logrado un libro hermoso
y verdadero. Solo por eso, ya tendría garantizada una parcela
de posteridad.
Quizás deberíamos añadir que no se trata de una novela
histórica, aunque se nutre y nace de la historia, tampoco
pudiéramos calificarla de fantástica, aunque una de sus tramas
ponga a prueba nuestra fantasía, no es una obra policial ni
paródica ni un melodrama ni humorística ni de ciencia ficción.
Si algún obstinado todavía se preguntara, ¿qué clase de novela
es?, le respondería con otra pregunta, ¿y qué importa? Lo que
sí importa es su calidad y no su género. Su calidad está más que
probada. Su género, eso que lo digan otros. A mí me basta con
saber que está ahí, y que tal vez esta noche, o mañana, o dentro
de un mes, o dentro de un año, o dentro de una década, o…, en
fin, en cualquier momento, podré regresar a sus páginas y leer,
es decir, volar, bailar al ritmo trepidante, alucinado, ilusorio y
real, de su poderosa escritura.

Idiel García. La Criolla. Abril 2019

18
Pueblo. Invenciones e ideas

Hace tiempo trabajo en el tema de las relaciones entre las ramas


de la cultura de una misma época, y de las conexiones entre
las obras de sus creadores. Para ello es clave el análisis del caso
de los polígrafos, a fin de determinar si quienes cursan varios
géneros aplican en ellos estrategias estilísticas similares. Por la
elección del tema, por la elegancia del estilo, por la sensorialidad
y la recurrencia de sonoridades, nada hay más parecido a los
poemas de Rubén Darío que sus ensayos y relatos. La narrativa
y las obras históricas de Enrique Bernardo Núñez son concisas,
aforísticas, fulminantes, plenas de una denuncia contenida por
la aparente impasibilidad del autor. Las novelas de Rómulo
Gallegos pretenden probar sus tesis positivistas de La Alborada. Se
comprenderá así el redoblado interés que para mí reviste la novela
Pueblo, de Miguel Ángel Pérez Pirela. El autor es académico y
perspicaz analista político, fascinado por los sistemas implacables
de Nicolás Maquiavelo y de Tomás Hobbes, y autor de ensayos
de impecable construcción racional sobre temas tan actuales
como El Estado posible o tan alarmantes como

19
«El paraestado venezolano». Una aplicación simplista de la hipótesis
sobre la unidad esencial entre las estrategias aplicadas a géneros
diferentes haría esperar de él quizá una novela de tesis sociopolítica
que funcionara, al modo de las narrativas de Voltaire, como
elegante demostración de una posición teórica.

Amor y poder
En lugar de ello, Pérez Pirela nos entrega una novela de amor.
Hacia el último tercio del siglo pasado, Juan Liscano sentenció,
con razón para su época, que la literatura venezolana había
sido preponderantemente testimonial y realista, y casi nunca
onírica o fantástica. Tampoco, añadiríamos, ha sido erótica ni
amorosa. Fuera de la fulgurante Peonía, de Manuel Vicente
Romerogarcía, que de una vez pone en pie nuestra vacilante
narrativa decimonónica y la echa a andar por sendero propio,
las tramas sentimentales sirven invariablemente para ilustración
de tesis positivistas, como en Gallegos, o como tenue tejido a ser
desgarrado por las amarguras de la lucha armada, como ocurre en
las narrativas de Argenis Rodríguez. Apenas una poco divulgada
novela de Alfredo Armas Alfonzo, Este resto de llanto que me queda,
hurga a plenitud en la herida que ningún aquejado quiere ver
curada. A pesar de su título sociopolítico, Pueblo es una historia
sentimental. Miles de trabajosos intercambios de abusos y dislates
ocurren entre sus personajes. El principal es la omnipresente pasión
contrariada, que crea un ambiente tan obsesivo como el del calor.
Su opaca frustración redime todo. Dentro de este sentimiento
que es como un clima, toda trivialidad tiene su sitio y todo
fracaso su redención.

Personajes y funciones
En su lacerante película Dogville, Lars von Triers sustituye los
decorados de un villorrio por un plano pintado en el suelo
donde dice: Calle, Abasto,Telégrafo,Taller. Una silueta canina
20
trazada en la vía luce el rótulo Perro. De forma similar, Miguel
Ángel bautiza a sus personajes según las funciones que cumplen
en el relato: Gobernador, Secretario, Esaaquellalaausente,
Fantasma, Maríadelosángeles, Prisionero, Marinero. Para
completar el sistema, la misma aldea no tiene otro apelativo
que Pueblo. Pero se trata de un esquema de los personajes
y no de personajes esquemáticos. Si bien el nombre es un
destino, los nombrados justamente se debaten dentro de él
y contra él y por momentos lo exceden. Gobernador, por
ejemplo, recipiente propicio para acumular todos los lugares
comunes sobre la autoridad despótica, ignorante o inflexible,
es un ser que recibe su investidura jerárquica como sin pensar
en ella, obsesionado por el más poético de los sinos que puede
afligir a un alma antipoética: el amor no correspondido. Una
frase magistral lo presenta de entrada: «Era una simple
prolongación de ella, un enamorado». Como en los retablos
medievales de Patinir o del Bosco, en Pueblo cada ser tiene
un lugar predestinado dentro de la composición, pero la
ejecución crea una perpetua disyuntiva entre resignación y
maravilla, cotidianidad y milagro, predestinación y albedrío.

Forma y fondo
Una obra se logra en la medida en que armoniza forma y
fondo. A este enfrentamiento entre predestinación y libertad
corresponde la tensión entre un estilo descriptivo riguroso y
nítido que sin embargo entrecortadamente admite las técni-
cas del monólogo interior. No nos extrañe entonces que por
momentos una oración empiece con la impersonal tercera
persona del narrador, para saltar repentinamente a la prime-
ra persona de algún personaje, continuar con el pensamiento
de este y luego con la respuesta de otra voz. Este ejercicio no
genera indescifrabilidad sino frescura coloquial. Por momentos
las oraciones se hacen largas y densas, quizá para sugerir el en-
21
volvente calor, pero siempre cuentan cosas apasionantes. A veces
son chismes sobre la gente de Pueblo. A veces tejen paradojas
metafísicas, como cuando Gobernador envía a sus matones a
poner etiquetas con su precio a todos los seres de Pueblo, y así
se sabe que «3000 moscas valen cuanto un grillo y 800 grillos
valen cuanto un sapo y tres sapos valen cuanto una rata y 200
ratas valen cuanto una iguana y 10 iguanas cuanto un conejo
y cinco conejos cuanto un gato», hasta que tienen precio todos
los hombres y las mujeres, y aun lo inapreciable.

Acercar esa línea del horizonte


Estas sorpresas narrativas están contadas con frases no menos
sorpresivas. Se afirma de repente que «las mujeres son como los
gatos, ven cosas que nadie ve». Se explica que «Gobernador nunca
pensó de forma concreta en el final, por eso era Gobernador».
Se verifica que «Los verbos en pasado son los progenitores de la
melancolía». En algún lugar se establece que «Hay que acercar
esa línea del horizonte porque, carajo, está muy lejos de Pueblo».
Acercar el horizonte, hacer próxima la distancia, es el imposible
que toda narrativa se propone. O bien: «Secretario, imagínate el
aburrimiento de un mundo solo de ricos». Son frases que bien
valen por su vistosidad, como el traje de novia que la prostituta
Rosita anhela, no para casarse, sino para lucirlo los domingos.

El matrimonio de la imaginación y la lógica


Cerremos con una aproximación forzada o forzosa al enigma
que nos ocupa. Siempre han sido evidentes pero inexplicables
las relaciones entre el discurso fantasioso de la imaginación y
el riguroso de la lógica. William Blake concertó un Matrimonio
del Cielo y del Infierno; bien podemos proponer otro entre el
Sentimiento y la Razón. Se puede articular El Estado posible como
proyecto mientras se verifica la ingobernabilidad de «El paraestado
venezolano». Todo ensayo es el frustrado intento de organizar el
22
caos que brota de la realidad o del imaginario. Trabajar en
ambos mundos es la pasión, única vía para comprenderlos y
quizá sobrevivirlos.

Luis Britto García

23
Preámbulo

Entonces Gobernador era adolescente y no poseía una ver-


dadera identidad. Él, para él mismo, hacía parte de Esaaque-
llalaausente.
Era una simple prolongación de ella, un enamorado. Sus
ojos, los de él, poseían la cadencia de los pasos de ella. Él era
un minúsculo monumento en la apoteósica plaza del cuerpo
de esa mujer y, antes de que pudiera pasearse a su lado por las
estrechas calles de Pueblo, fue mucho lo que ocurrió. Gobernador,
todavía joven, comenzó por entrometerse en los secretos de
ella. Era un observador que presenciaba los ambientes que esa
mujer recorría con su cuerpo, su espíritu y su memoria. Cada
vez que ella se escapaba de sus cosas cotidianas, perdiéndose
en recuerdos inauditos, ambientes fantásticos o añoranzas
desesperadas, lo encontraba a él, ahí cerca, vigilándola, silbando
una balada mientras esperaba por ella, que ya había perdido
las esperanzas de una tregua o un minuto de intimidad.
Todos los tiempos de la existencia de ella estaban contados
por el amor impaciente de ese joven: el control que él habría de

25
tener en Pueblo comenzó por el cuerpo y el espíritu de ella.
El despotismo fue al inicio silencioso, cabizbajo, erótico. Él se
perdió, antes que todo, en los meandros suaves de ella joven,
bella, perseguida. Un día, era la hora del almuerzo. Ella, sentada
en un balde de agua tibia, desnuda en su baño cotidiano, se
descubrió así como era y estaba: desnuda y en un balde de
agua erótica. Entonces, no tuvo más remedio, se gustó. Fue la
primera vez que se daba cuenta de ser ella, del sexo y todo lo
demás. Como si nada fuese sintió algo que, al inicio, pensó que
era vergüenza, pues una burbuja perdida se explotó justo en la
punta de su seno tierno, rojo, esencial y, como la burbuja se
había explotado y, como las otras no querían explotarse en ella,
se explotó ella misma con las burbujas leves que eran sus dedos.
No pensó en nada. Ritmo. Fue rítmico, lento.
Ella no se estaba dando cuenta de nada porque se había
perdido en el goce. Para ella fue un instante, aunque no para
el agua y el tiempo, visto que se encontró en un balde de agua
fría a medianoche. Se había perdido en sus dedos, la punta
de sus dedos, rozando las partes divinas, rosadas, tiernas de
su cuerpo-retoño.
Tantos hombres pasaron entonces por su mente. Tantos
cuerpos, rostros, situaciones con las que nunca había conta-
do antes. Todo eso que la excitaba se le presentaba en forma
de estremecimientos, de maravillas exageradas. Ya no podía
más. Estaba llegando a un punto máximo cuyo después le
era desconocido. Jamás hubiera imaginado que el máximo
absoluto al que habría llegado dentro de poco, se le presen-
taría como lo que realmente era, el viaje más sabroso del
mundo: su primer orgasmo.
Apenas estaba por llegar a su destino, cuando se sintió
acompañada por una compañía verdadera, empírica, presente,
ahí. Se sintió observada, medida y, sin abrir los ojos, lo vio ahí
con ella, dentro de ella, allí. A pesar de que su cuerpo, el de
26
Gobernador, se encontrara a algunos kilómetros de distancia,
en su alcoba, dentro del túnel oscuro que él se construía con
sus sábanas para improvisar su vigilancia erótica a esa mujer.
Por la fuerza de su espíritu dictatorial ella se encontraba ahí, sin
quererlo, raptada y observada por el deseo implacable de ese
que todo lo veía.
A Gobernador le bastaba con cerrar los ojos y pensarla con
un deseo inmenso para que el espíritu de ella volara por entre las
nubes de Pueblo y se postrara ahí, donde él quería. Le bastaba
con pensarla intensamente para aparecer allá, donde ella
estaba, en medio, justo en medio, de sus pensamientos. Él
aparecía sin más y la esperaba en uno de los rincones silbando,
como siempre lo hacía, una balada ronca y desafinada, capaz de
describirle a ella la triste esclavitud de su espíritu, sometido al
amor sin límites de ese joven apuesto y prepotente que todos
habrían de llamar en coro ¡Gobernador, que viva Gobernador!
En el fondo ella, todavía en ese balde desnuda, deseaba
que Fantasma apareciera. Según sus cálculos desesperados él
era el único que habría podido hacer algo contra la dictadura de
sentimientos que estaba llevando a cabo el joven Gobernador.
Fue por ese motivo que, en el momento más alto de ese deseo,
cuando todo el batallón de fantasmas sexuales la acariciaba
a través de los tenues dedos de ella, decidió prepotentemente
desaparecerlos y dejar a un único fantasma más negro, fuerte
y robusto que todos los otros. Fue así que, en medio del delirio
de ella, se hizo más fuerte el joven Fantasma, que apenas era
una promesa de lo que sería: un tímido espejismo de audacia
y sensualidad. Él apareció y, delante de su potente presencia, la
entidad omnipresente que era Gobernador tiritó un poco,
antes de debilitarse y desaparecer. Era la primera vez que el
joven Fantasma se acercaba tanto al cuerpo de ella.
La joven terminó su delirio, su goce. Abrió los ojos y su
vista se encontró ofuscada por los cabellos negros y gruesos de
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Fantasma quien no perdió tiempo y le recitó un poema de su
amigo, el escritor Prisionero, como si fuera suyo. Era la primera
de las muchas veces que habría de hacerlo. La vergüenza que
ella sintió al verlo ahí delante fue tal, que lo hizo desaparecer de
inmediato como a un espectro.
Ella observó su cuerpo, algo cambiado, y se percató de inme-
diato de sus senos, que ahora sentía más suyos, y de esa agua
exquisita que de su fuente había salido, bañándola más que su
baño mismo. Se percató también de su cuerpo, más salvaje que
hacía unas horas, de sus cabellos como Medusa, de su cuello rojo
por el roce de las barbas ásperas de su Fantasma, de sus pies
anclados en el fondo del océano de ese balde, de sus manos
arrugadas por la humedad y con olor a ella, de su sien marcada
por el sonrojo de la vergüenza, de lo desaparecido y lo nítido
que había quedado el ambiente, porque ese joven Fantasma no
estaba y porque, en el fondo, extrañaba la impertinencia asom-
brosa del joven Gobernador quien, a pesar de su seriedad y pre-
potencia, poseía rastros de un cariño, una dignidad y un rigor
sentimental que a ella le estaban más que bien.
Se encontró vestida, peinada y arreglada de frente a un
espejo de sonrisa tramposa que le recordaba, a través de su
reflejo de sepia, todo lo que había pasado durante ese baño
que se le quedó plasmado en su memoria como el más hú-
medo de su vida.
Escrutó el mundo convencida de que éste había cambiado
completamente, que nada habría de ser igual después de aquel
milagro. Prisionero, ese escritor encerrado en un bote-cárcel en
la bahía de frente a Pueblo, trató de describir todo lo ocurrido
en ese balde de agua con olas eróticas. Primero a través de
un poema. Después con un cuento fantástico. Más tarde con
una obra de teatro y, de frente a la derrota inminente de su
intención de hacer literatura el primer incidente amoroso y
sexual de Esaaquellalaausente, y el primer desencuentro entre
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Gobernador y Fantasma en el territorio del desamor, decidió
escribir una novela, y almacenarla en su recuerdo como una
más de esas sensaciones sabrosas que guardan los escritores en la
gaveta de lo inefable.

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Gobernador, Esaaquellalaausente,
Fantasma

El joven Gobernador podía realizar esas visitas premeditadas


cada vez que le viniera en mente porque tenía la bendición del
padre de ella y, sobre todo, porque esa joven, como era de
esperarse de una muchacha de su clase, además de sus cursos de
música y francés a domicilio, no tenía tan ocupada su jornada,
pues ni siquiera le era permitido salir, ya que su padre sostenía
que una niña de su altura no debe curtirse al sol antes del
[Link] ello él llegaba a horas desesperadas inventándose
cualquier excusa para que le dijeran la niña está en su recámara,
ya se la llamo, y yo escuchaba como la llamaban y momentos
después la veía llegar nítida, como solo sus ojos la veían. Buenos
días, señorita. En realidad son las ocho de la noche, señor.
Señorita, quería simplemente confirmar nuestro paseo
cotidiano del día venidero. Pero como usted dice, señor, es
cotidiano: lo hacemos cada día. No se sabe nunca, señorita.
Buenas noches, señor. Buenas noches, noche. Y salía triste,
soñando con las cinco de la tarde del día siguiente, o en otra de
las posibles visitas que haría quizá dos horas después, pues el

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padre de ella se la mantenía ocupado en ese bendito trabajo de
armas que te quita tanto tiempo papá, y su madre había muerto
tiempo hace, por lo cual se puede decir que su tutela no cumplía
con los requisitos de una señorita de su estatura y el joven
Gobernador se aprovechaba de ello con una cautela y un
respeto papal digno de su nombre, por ello su padre, ese duro
militar, le daba luz verde para que él cumpliera debidamente con
todos sus proyectos de amores futuros con esa hija mía que
espero que se me case con un hombre de bien como usted, las
puertas de mi casa están abiertas, venga cuando quiera y cuando
yo quería iba a contentar mi existencia contigo, amor adorado
que te me escondes hasta mañana a las cinco, y juego dominó
con los viejos de la plaza y el tiempo no pasa, y cuento los barcos
del puerto, las papas del mercado, los guacamayos gritones
subidos en las matas de níspero y el tiempo impávido que no
me dice que ya son las cinco porque apenas son las nueve de la
noche, y me fui a acostar y figúrate que no cerré los ojos por estar
pensando en ti y fui a ver si se me había quedado un guante en
tu casa pero la niña está durmiendo, señor, pase mañana por si lo
tiene en su cuarto, pero cómo lo va a tener, si el bendito guante
no se me ha quedado en ninguna parte, tome esta propina y
por nada del mundo le diga que pasé por aquí, se lo juro señor,
hasta luego joven Gobernador, hasta luego, qué le dijo ese señor
necio, que se le había quedado aquí un guante y me dio esta
propina, señorita, quédatela y si tienes sueño ve a dormir, gracias
señorita, y cuando la ama de llaves se iba a dormir, reventaban
cerca del rosal de atrás los líricos poemas de amor de ese tal
Fantasma que está más loco que una cabra y un perro y un
burro si tú así lo deseas, amada mía, mi amor de mi vida alma mía
mía, que no voy a bajar la voz al menos que te asomes así que
asómate, que no, que sí, que no, y ella terminaba por asomarse,
como cada noche, es la última vez que lo hago, por qué, porque
tengo novio, a que no, a que sí, y por qué no te escribe poemas
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como a ti te gusta, sabes bien que él no quiso nunca aprender a
leer y a escribir, entonces no es tu novio, solo por llevarte la
contraria te digo que sí, y así pasaban toda la noche,
contradiciéndose el uno al otro únicamente por el gusto de
llevarse la contraria, y de vez en cuando un poema y de vez en
cuando ella asomaba su lindo rostro, aunque no fuese necesario,
visto que la mayoría de las veces solo con las voces se tocaban o se
alejaban, pues de cuando en cuando el padre le hablaba dormido
a su hija para que lo perdonara por la soledad y todo lo demás,
y que en esta mierda falta un líder político y militar que pronto
va a llegar, hija mía, para tomar las riendas, vas a ver hija linda, y
roncaba y Fantasma aprovechaba para improvisar un poema de
Prisionero y ella se asomaba un poco para verlo explotar de
alegría dando vueltas en el aire, saltando de techo en techo,
pasándose de una estrella a la otra en esa noche tan pero tan
feliz porque tú estás conmigo, y doy vueltas al rinquín, camino
con las manos, hago malabares con los duendes de cerámica de
este jardín donde te vine a ver para demostrarte que era cierto,
y ella se asomaba de nuevo y, sí, era cierto, amor de mi vida, no
te vayas que contra el sol lucho yo y solo yo, pero nadie podía
contra él y a las seis y tres minutos de la mañana salía y no era
hasta la siete y ocho minutos de la tarde que dejaba de brillar, y
durante todo ese tiempo Fantasma esperaba para posarse
nuevamente debajo del árbol donde recitaba los poemas de su
amigo Prisionero, en medio de iguanas rojas y duendes de
medianoche, mientras Gobernador, del otro lado de la ciudad,
daba gracias al cielo de que por fin es de día, afeitándose,
peinándose, hablando de ella con el espejo, probando el otro
traje porque el de rayas ya me lo vio una vez, cambiándose de
perfume porque el de anteayer la hizo estornudar, recordando el
pecado de las nalgas que vio sin ver y que pagó con el precio de
su sueño, tomando el desayuno ligero para que no me vea gordo,
ni tampoco flaco, pues es una detallista el amor mío y, no había
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terminado, cuando una de las sirvientas le traía, como todos los
días, una roja rosa roja que solemnemente se colocaba en su
pecho apretado para que ella pudiera oler este rojo tan intenso
que se parece a tus cachetes en pleno paseo por el caluroso
mercado principal a las cinco, y antes de salir reunía a toda la
servidumbre de la casa y les hacía reflexionar sobre los platos
más propicios para que su digestión fuera justa y terminara
mucho antes de las tres y media por miedo a que gases o efectos
indeseados de una digestión tardía acabaran con el equilibrio
milimétrico que él esperaba para sus citas con ella, sopa de
garbanzos, no, iguana en coco, no, arroz con leche me quiero
casar, no, mondongo, no, plátano verde cocido, y qué más, y
queso de año, ¿usted piensa que eso hace digerir bien?, sí, ¿que
no engorda la barriga?, sí, ¿qué no achica el estómago ni
enflaquece?, sí, entonces va por el plátano verde cocido y
estripado con mantequilla y queso de año, está bien joven, repetía
cada día la matrona de la casa pues cada día el niño pedía lo
mismo para el almuerzo y la cena, incluso cuando llegaría a ser
lo que habría de ser, el gran Gobernador, por eso me encargué de
sembrarle yo misma matas de plátano ahí donde años después los
arquitectos de jardines querían sembrar lirios y girasoles en círculos,
rectángulos y cubos que habían traído desde los castillos del
nordeste de la península itálica, pero me quitan todo eso de ahí
que mi jardín no es un circo y me siembran matas de níspero,
mango, tapara,cují, plátano, uvitas playeras y coco, para que den
sombra y viento que para eso sirven las matas y salía después de
haber acordado lo que almorzaría y cenaría a dar una vuelta que
en realidad era a darle vueltas a la casa tuya para ver si por
casualidad estás asomada en el balcón o regando las rosas o
leyendo entre los pasadizos de cayenas de tu jardín predilecto
donde algunos afirman ver fantasmas rondar durante las noches
desérticas pues el viento trae toda la arena de ese Caribe nuestro,
tuyo y mío, y no puedo creer que todavía estés durmiendo mi
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bella durmiente, ¡despierta! ¡despierta, la virgen está en la cueva…!
pero no te despiertas, duermes un sueño profundo, de día y de
noche duermes, ángel dormilón, ya son las nueve y treinta y
uno, treinta y dos, treinta y tres, la joven está durmiendo, señor,
entonces paso más tarde y no le diga que estuve por aquí,
entendido, tome esta propinita para los refrescos, gracias y le
cerré la puerta, señorita, pero ya es la quinta vuelta que da por la
casa y cuando llega a su ventana canta como el pajarito, hace
como la lluvia, lanza piedritas para que usted crea que son los de
la escuela pero tú no te despiertas, bella durmiente y hago como
la sirena de los bomberos, como la campana de la iglesia, como
el vendedor de periódicos y tú impávida, soñando conmigo,
jugando al escondido en el limbo de tus sueños y, aunque no lo
crea señorita, ese muchacho paró el tráfico de la calle que da a
su ventana para que nadie disturbara su sueño, pero nadie
quería hacerle caso porque tú eres un loco de carretera, así que
te quitas de ahí o te pego un tiro, pero Gobernador no se
quitaba y, es más, se recogía las mangas de la camisa de primavera
europea y se ponía en posición de boxeador dando saltitos para
atrás y para adelante y los muchachos del Barrio lo retaban a que
no pasas esta línea, y él la pasaba, a que no le quitas este billete
de diez del hombro a tu adversario, y él se lo quitaba, entonces
se prendía la buena, señorita, y yo por mi amor por ti los
mandaba a todos a sus casas con un ojo morado, a todos, para
que te dejen dormir por las buenas o por las malas, señorita, y
sus buenos modales, su fina manera de caminar y su voz grave
y calma se iban al carajo, discúlpeme por la expresión señorita, y
entonces él no era más él, pues se le abarrotaba el alma de un
salvajismo inédito y un poder de convencer a los habitantes y
arreglar las cosas como él quería y sembrar un orden que nunca
nadie había visto en el pueblo y que no tardó en despertar el
interés de la gente de por aquí que se le iba acercando para verle
bien la cara, para ver quién era ese macho, aplaudirlo, ¡Hurra!
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¡Hurra, nojoda! ¡Que viva el macho, no joda! ¡Que viva el orden!,
y él más puños pegaba y la gente más lo aplaudía y tanto eran los
aplausos, que los niños jugaban a que yo soy ese señor tan bravo,
no yo, no soy yo, no yo, y el que por fin lograba ser él, ganaba el
juego porque daba más golpes y pronunciaba más amenazas
que cualquier otro, por eso las madres de los barrios más pobres
comenzaron, por petición de los padres y los hijos, a vestir a sus
crías como ese señor tan buenmozo y tan peligroso a quien todo
el mundo saluda con complacencia cuando se pasea por el
mercado del domingo para ver si quiere usted una arepita, no,
una sopa de cabeza de pescado, no, un ramillete de flores
frescas, bueno, dámelo para ella, y el vendedor se lo regalaba y
a partir de ese momento su negocio prosperaba por siempre y
los hijos de los hijos eran conocidos por todos como los hijos del
que le regaló las flores a Gobernador para que se las llevara a
aquella muchacha preciosa que solía caminar de su mano tantos
años hace que el sol todavía no era sol, ni la arena arena, ni nada
nada, pues entonces solo el caos reinaba en esa zona tropical
ancestral y rudimentaria donde poco a poco los recién nacidos
comenzaron a llamarse como él, nojoda, porque como él va a ser
este hijo mío, pero a lo sumo ese hijo mediocre y sumiso llegaba
a servirle con una devoción tan intensa que lo envejecía a los
veinte años, mientras Gobernador lucía siempre con esa edad
eterna que todos recordaban con rabia, pues los nietos decían
que no es verdad, abuelo, usted está delirando, no puede ser
que usted tenga la edad de Gobernador y los padres que
tampoco, que Gobernador es de mi edad, y por fin nadie se
ponía de acuerdo para que llegara él y con una sola ley pusiera
de acuerdo a medio mundo porque aquí solo yo tengo razón, y
tengo cuantos años me dé la gana de tener y la gente, por quitarse
de encima el vestido verde de la indecisión, se lo dejaban puesto a
él, que se había convertido en la única decisión realmente
existente en Pueblo, por eso es que en esta verga no hay machos,
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se escuchaba gritar en las madrugadas de los barrios, porque tú
no eres como él, y el marido respondía que te calles, mujer, que
nos está escuchando toda la calle, y qué, le respondía ella, que al
otro día Gobernador enviaba un ramo de rosas a la mujer
enervada y ves cómo te quedas callado, marico, que aceptas que a
tu mujer un desconocido le envíe rosas, cabrón, cabrón, cabrón,
gritaba por cada una de las tres ventanas de la casa una vecina
diferente para darse fuerzas entre ellas, porque todas estaban de
acuerdo en que mi marido no se caería a golpes con nadie para
hacer respetar el milagro de mi sueño, y todas decían el mío
tampoco, el mío tampoco, el mío tampoco, poniéndose de
acuerdo entre ellas para confirmar la intuición táctica de
Gobernador según la cual el poder se consolida con las armas y
las mujeres, las armas contra los hombres y las mujeres para que
sean la mayoría que convenza en la cama y, claro está, para que
críen a los hijos en mi ley, nojoda, pero las mujeres iban más allá
de lo pedido, y preparaban a sus hijas para que fueran mujer
de gobierno, primera dama de la República, y no te quedes como
tu madre del alma que solo vino a sufrir en este mundo, tú
necesitas un muchacho como ese que me dijeron que se pone
día tras día a parar el tráfico, a organizar los cauces del destino,
a poner orden si orden es necesario para que esa putita dormilona
que no te llega ni por las patas durmiera y, más esas mujeres se
iban enamorando de un amor unísono por ese héroe del amor
popular, más poder iba coleccionando en sus manos ese joven
que hasta ese momento no había echado ni siquiera un vistazo
a las aguas turbias del poder, pero era tanto el fundamento
que ponía para que su mujer amada descansara que las familias
pudientes del Barrio comenzaron a mirar de reojo a ese joven
que todos creíamos de buenos modales, pero que se divierte con
los aplausos de los tropeles de bárbaros que vienen a apoyarlo en
sus fechorías y salvajismos.

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***

Era tanto el fundamento que ponía para que su mujer amada


descansara, que las familias pudientes del Barrio comenzaron
a mirar de reojo a ese joven que todos creíamos de buenos
modales, pero que se divierte con los aplausos de los tropeles de
bárbaros que vienen a apoyarlo en sus fechorías y salvajismos. Él
no tardó en darse cuenta de esos comentarios contra su persona,
mas los interpretó como tácticas de madres ricas que querían
reservarte, amor mío, para sus hijos mayores, sin imaginar que
los próximos serían ellos, dicho y hecho, más nadie se atrevió
a pasar por esa calle durante el alba de su sueño así que no tuvo
nadie más con quien pelear y, para llenar sus aburridas mañanas
de espera a que fueran las cinco de la tarde y para poner en alto
tu nombre, me fui a esas grandes mansiones, de puerta en puerta,
para ver cómo era la cosa, para que me explicaran quién era ese
que rompía el orden de las mañanas de por aquí, no sabemos
señor, para que me dijeran quién era el que te había dicho que
estabas recibiendo visitas de un salvaje, no sabemos señor, para
arreglar eso que afirman por aquí de que dizque estoy trayendo
ladrones de los barrios pobres cerca del cañaveral, no sabemos
señor, y como no sabían, amada mía, pedí que me pusieran a
hablar con el hijo mayor para resolver de hombre a hombre el
malentendido, pero antes me trajeron a unos tipos robustos
que, así me dijeron, no tenían ganas de hablar, y yo ahí, y más
tarde me soltaron unos perros gigantes que parecían más bien
burros, y yo ahí, y como ya se les había acabado la imaginación
me ofrecieron unas galletitas inglesas con té, pero esas galletas
nunca han ayudado mi digestión, así que le di una buena patada
a la mesita con todo y galletas y eso no lo soporto, mamá, le
escuché decir al hijo mayor, así que salgo, y salió con el fusil de
perdigones de cazar loros y me gritó que fuera a joder al coño de

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mi madre, ángel bello, y esa falta de respeto yo no se la acepto a
nadie, por eso y solo por eso me vi en la necesidad de coser a tiros
a ese primogénito recién bañado, ángel hermoso, para que nos
respetara, y así fui haciendo de casa en casa, hasta que ya ninguno
habló nunca más mal de ti ni de mí que soy tu enamorado,
pues todos se fueron un domingo de julio en sus yates de lujo
con sus cerámicas japonesas, sus valijas de Versalles y sus certificados
de propiedad, por si a alguien se le ocurría venir a vivir en sus
terrenos, dormir en sus camas y orinar en sus baños, y hasta razón
tenían, porque la gente más pobre del pueblo no tardó en venir
a instalarse, y donde antes vivía una familia de cinco personas
ahora viven trece familias, y todavía queda espacio en el jardín
para sembrar, en lugar de esos frutos sin sabor ni color traídos
del norte, hortalizas, matas de mamones, guayabas y limones, y
por eso todo el mundo comenzó ahora a hablar bien de ti y de
mí, que soy tu enamorado, y a regalarte esos frutos dulces
que encuentras cada mañana en tu puerta, y a soñar con este
amor que te tengo y por el cual hago todo lo que hago, amor,
porque nadie tiene que estar diciendo que tú no duermes por
las noches porque yo era su vecina, antes de que ese matara a
mi hijo, y la vi con mis propios ojos retozar toda la noche con ese
Fantasma que no logré ver bien por su piel oscura como la noche,
pero que le puedo asegurar que recitaba poemas casi gritando y
cuando esa se asomaba, se ponía como un mono a saltar de techo
en techo, a hacer malabares con los mangos, a esconderse para que
ella se volviera a asomar, y cuando ella se asomaba nuevamente,
él le tiraba piedras a las estrellas de la emoción y entonces nos
quedábamos sin luz aquí abajo y todito eso, señor, cada noche,
pero ahora no tengo miedo de contarlo y que me venga a matar
si quiere, como mató a todos los hombres de esta familia de alta
alcurnia y míticos militares de carrera que no tienen nada que
ver con ese poco de Gorilas que ese matón vistió de verde y
condecoró con estrellas de mentira en el pecho para que solo
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me sirvieran a mí, porque el único modo de poseer autoridad
en esta mierda es quitándole autoridad al que la tiene, para
dársela al que nunca la tuvo ni la tendrá, pues la autoridad es
cuestión de hombres y eso es lo que más falta en este lugar
donde la gente cree que llevando pistolas llevan también el
valor, por eso los dejé que se armaran todos, para que se cagaran
de miedo en manada antes de sacar las respectivas pistolas al
imaginar que, también el otro, se les estaba cagando de frente
y, en un momento de nerviosismo a cualquiera se le escapa un
tiro, señor, y ellos mismos me pidieron, poco tiempo después,
que los defendiera de los otros ricos porque nosotros somos
la familia más antigua de este pueblo, y me bastó matar a los
primeros de esa raza de privilegiados, para que los restantes
se mataran solitos entre ellos, familia por familia, calle por
calle, hasta que, entre los que se fueron en yate y los que se
acribillaron para demostrarme su apoyo, me dejaron el camino
limpio para poner orden aquí, y a los únicos que dejé vivos fue a
los pobres, porque a esos basta que uno les dé comida para que
te digan que sí a todo, y si después le mueves la cabeza de derecha
a izquierda te dicen que no, señor, y si más tarde le levantas los
hombros te dicen que no saben, que es como usted diga, señor,
no se preocupe que si alguien le despierta a su bella durmiente
yo mismo le meto un tiro que para eso estamos, y aquí le envía
una sopa mi mujer, y mire qué grande está este hijo mío que
quiere ser militar como usted, y si lo viera, se arrastra igualito
que un soldado y la puntería que tiene con esa honda, pajarito
que mira pajarito que tumba de una sola pedrada, y todo
el mundo dice que se parece a usted y, con mucho respeto, a
mí también me parece, si usted lo desea, se lo traigo un día
de estos para que le vea esos dientes tan blancos que ni uno
le falta, esas piernas tan largas como vara de tumbar mangos,
esos cabellos de potro negro y esa maldad de zamuro que ni se
imagina, pero Gobernador ya se había ido desde hacía tiempo y
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el señor conversador se daba cuenta de que estaba hablando solo
desde hacía ya un rato y que ese joven tan importante se había
marchado detrás de la única ocupación que tenía, el olor de esa
muchacha que se me acaba por fin de despertar, y que si está
despierta dígale, por favor, que estoy aquí porque dejé olvidado
los guantes de cuero marrones ayer, y detrás de él estaba un
grupo de aduladores sin oficio que repetían como loros cada
cosa que él decía, dígale por favor que él está aquí porque dejó
olvidado los guantes de cuero marrones ayer, y la ama de llaves
le respondía, como si fuera la primera vez que a él se le olvidaba
algo, que ya regreso para ver si por casualidad la señorita recogió
los guantes marrones porque yo arreglé todo y no encontré
nada, Gobernador sentía entonces los pasos de la ama de llaves
subiendo las escaleras, pero no alcanzaba a escuchar la frase a
través de la cual la joven le decía, señorita, allá está de nuevo ese
señor preguntando por, dígale que me comió el tigre, le respondía
ella ya sin paciencia, entonces la joven ama de llaves con una
calma de hierro bajaba las escaleras, y él lo sabía por su olor suyo
que lo obligó a frotarse las manos y afrontar la respuesta de esa
muchacha, que con la vista en otra parte le dijo, dice la señorita
que se la comió el tigre, dígale entonces que regreso a las cinco
en punto y tome esta propinita, y el rabo de aduladores le abría
el paso aplaudiéndolo, como siempre lo hacían, y él se dirigía,
como cada día antes del almuerzo, hacia la peluquería de su
peluquero de confianza quien desde hacía tiempo no sabía más
qué artificio inventar para contentar su petición cotidiana.

***

Él se dirigió, como cada día antes del almuerzo, hacia la


peluquería de su peluquero de confianza, quien desde hacía
tiempo no sabía más qué artificio inventar para contentar su

41
petición cotidiana de que me corte el pelo, por favor, que la luna
me lo hace crecer con una velocidad espantosa y, creo que ella está
comenzando a darse cuenta, pues frunce la frente cuando me ve,
pero señor, con mucho respeto le puedo asegurar que, usted, el
cabello lo tiene de una perfección milimétrica, cállese, que
usted habla así porque no es mujer, y las mujeres son como los
gatos, ven cosas que nadie ve, el peluquero, avergonzado, lo
interrogaba entonces con la pregunta que su profesión le obligaba
a hacer cada vez que comenzaba un nuevo corte de cabello,
¿cómo lo quiere señor?, como siempre, respondía él mirándolo
a través del espejo con una seriedad muy parecida al sarcasmo, y
después de esa respuesta cotidiana por parte de Gobernador, el
peluquero comenzaba su sesión mágica del día que, incluso el
director de un circo de paso por el pueblo había notado desde
hacía tiempo, sugiriéndole a ese peluquero de cambiar a la
mujer que se tragaba los conejos blancos del mago con su
vagina sideral, por usted, que es el mejor mago que he visto por
estos lares, no gracias soy peluquero no payaso, respondía el
peluquero mientras sacaba del bolsillo izquierdo de su
pantalón, cabellos de Gobernador que remontaban a la primera
vez que lo había visitado tantos años atrás y, sin que él lo viera,
se los acomodaba entre cada dedo para después dejarlos caer
uno a uno mientras hacía movimientos espectaculares con su
tijera de plata cuyos sonidos eran tan impresionantes, secos y
metálicos que hacían más placer y efecto a los ojos que a los
oídos, por ese motivo todos los presentes, e incluso el joven
testarudo que quería que le cortaran el cabello todos los días, se
quedaban atónitos delante de los artificios exuberantes de ese
maestro ingenioso de las tijeras cuyo secreto se llevó a la tumba,
pues revelarlo presuponía una muerte segura por haber
traicionado y engañado como a un niño a Gobernador que, al
final de la sesión, se observaba complacido a través de un espejo
que ese peluquero le sostenía detrás de su cabeza, moviéndolo
42
con movimientos también mágicos para que él viera menos
cabellos ahí donde simplemente estaban los mismos pero un
poco más ordenados que antes, gracias al agua tibia con
ungüento de raíces del Amazonas que le emparejaban la
superficie del cabello, dejándolo inmóvil contra ese viento de las
cinco que me despeina cuando camino contigo y, no te lo quería
decir, pero me está comenzando a parecer que hasta el viento
está celoso de estas salidas tempestuosas de nosotros dos,
pasajera de mis sueños y, como contra el viento por ahora no
puedo luchar, me fui para que el peluquero que me cortó el
cabello de manera que pueda pasear contigo honrándote con
cabellos ordenados y limpios que se quedan inmóviles incluso
delante del desastre de esta arena y este viento decembrino que
ensucia los porches de las casas, desviste las matas de los patios
y carga a los habitantes con caras de loco de lo desarreglado que
los deja, por lo que me parece que le voy a enviar a ese peluquero
tan buena gente a todos los hombres de Pueblo para que les
eche una arregladita y tú no tengas que pasearte delante de
tanto feo,así que me fui a hablar con el peluquero personalmente
y, al inicio no quería, porque usted sabe, trabajo en esto desde
hace tiempo y tengo ya mi clientela fija, y yo le respondí que no
es un problema, te podemos poner un salón más grande, pero él
respondía que ya con el trabajo que tenía llegaba cada noche
extenuado a su casa, y yo insistía con lo de un salón más grande
y si quiere le pago una bella ayudante, pero mire, a mi esposa
no le gusta eso de ayudantes mujeres, entonces un ayudante
hombre,le decía yo,el único hombre que trabaja en mi peluquería
soy yo, respondía él, imagínese todo el dinero que va a ganar,
que a mí el dinero no me importa, señor, le regalo una casa,
insistía yo, ya tengo, decía él de inmediato, le pago un curso de
peluquería en París, los franceses se peinan como locos, me
decía, y aunque el peluquero, amada mía, me estuviera tan
simpático y fuera tan bueno en su trabajo, me vi apuntándole en
43
la sien una pistola de doble cañón porque no vas a ser tú,
peluquero de mierda, que vas a hacer que a mi amada le duelan
los ojos por estar viendo gente fea por todas partes, y el peluquero
tuvo que decir agobiado por el pánico, que por qué no, que
con mucho gusto seré el peluquero de medio mundo si usted así
lo desea, Gobernador, y su respuesta eliminó como por arte de
magia a todos los otros peluqueros de Pueblo, muertos uno a uno
en accidentes improvisados que nunca nadie se interesó en
averiguar porque al fin y al cabo todos salían ganando: las
viudas que heredaban propiedades y burros de carga que sus
maridos nunca tuvieron, los policías que no fueron a ver lo
que pasaba porque alguien nos dejó pagas las cervezas en El
faquir hasta el otro día, y el Padrecito que recibe una prima por
cada oficio de difunto celebrado, y yo me sentí tan triste porque
todos esos peluqueros muertos eran primos míos y la gente sin
compasión me dice que soy yo el único peluquero que les queda,
así que tiene que trabajar hasta los días de luto, señor, imagínese
usted que le maten a media familia y que además tenga uno que
trabajar como un loco para suplantarlos porque, como usted
sabe señor, nuestra familia es estirpe de peluqueros, éramos,
quería decir, porque ahora soy el único que queda y mi mujer no
quiere tener hijos por miedo que se los maten en un accidente
y, para qué hijos, teniendo veinticinco perros en la casa y,
como es ella la que manda, pues qué le puedo hacer, hay que
esperar que los huérfanos de mis primos tengan la vocación de
peluquero, pero sinceramente no creo, señor, porque ellos andan
alborotados con ese bendito Gobernador que con eso del orden
en Pueblo para que no le despierten a la novia, los vistió a
todos de verde y ahora ellos andan con fusil en mano
diciéndole a las señoritas de por aquí que te cases conmigo,
mujer, que voy a ser general, por lo que no sé quién me va a
ayudar a cortarle el cabello a esa cola cotidiana de jóvenes que le
da dos veces la vuelta a la plaza principal y que entran sudados de
44
un sudor polvoroso pidiéndome con voces de seudomilitares que
me corte el pelo como Gobernador, y eso se repite cada día,
amigo mío, así que el truquito del pelo en el bolsillo lo tengo
que hacer con cada uno para que mi novia no me vea despeinado,
repiten todos como loros, para que mi amada no tenga que ver
tanto cara de loco mientras paseamos, me dicen todos, aunque
en realidad no paseen un carajo, porque el único que pasea en
este pueblo es Gobernador al cual todo el mundo se quiere
parecer, por eso me piden que les eche ese bendito ungüento de
raíces amazónicas que deja parejito el cabello, y ya los indios
Yanomamis, que eran los que me lo traían, no lo quieren traer
más porque tal era el pedido que acabaron con media selva y, así
me dijeron, si seguimos en ese plan no va a quedar nada por
aquellas partes, pues los guacamayos no tienen ya ramas
donde descansarse y andan volando todo el tiempo,
convirtiendo el cielo en un arcoíris constante, los cocodrilos se
quedaron sin dientes porque ya no hay más nada que comer en
el Orinoco y todo ese poco de verde se está convirtiendo en un
peladero por el bendito ungüento de raíces para tener el
cabello bonito e inmóvil, pero ya todo se está resolviendo,
señor, y el producto me está llegando otra vez, desde el día en que
le expliqué a Gobernador lo que ahora le estoy explicando a
usted, y él me preguntó, dígame la verdad señor peluquero, qué
es más importante para usted y para la salud del pueblo, los
guacamayos, los cocodrilos, los ríos y las matas de por allá, o este
humilde servidor que es su más devoto cliente, pero antes de
que yo le respondiera que eran dos cosas diferentes, señor
Gobernador, él me cerró el paso con una orden inapelable que
dio a dos de sus Gorilas más cercanos: se me van para allá y me
traen todo el ungüento que encuentren y no se me paren en
guacamayos, toros, gallos o indios, y desde ese día hay
ungüento para todo Pueblo e incluso para exportar, amigo mío,
por eso, usted los puede ver, todos andan contentos con sus
45
cabellos iguales y cortos, bien cortos, que Gobernador puso de
moda desde aquel día en que le parecieron tan lindos los
cabellos de una muchacha que pasaba y no se aguantó las ganas
de hacerle un piropo, cosa rara en él, pues solo tiene ojos para su
amada, qué lindo pelo negro, princesa, le dijo, y la princesa se
volteó y con voz ronca le contestó sin verlo, más princesa será el
coño de tu madre, marico, solo después de esa frase los dos
jóvenes se quedaron como petrificados porque, Gobernador se
dio cuenta de que la del pelo largo era un hombre, y porque el
otro sintió el escalofrío súbito de la muerte al corroborar que
le acababa de mentar la madre nada más y nada menos que al
joven Gobernador que estaba aumentando de más en más, no
solo su popularidad, sino también la sumisión de todos hacia
su persona, pero nada de eso intimidó a ese muchacho de pelo
largo, pues cuando Gobernador le gritó en la cara con su
aliento caliente y su saliva fría que el pelo largo es para las
niñas, él, con la muerte en los ojos, le replicó que más niña será
el coño de tu madre. Más nunca nadie lo vio. Se desapareció al
instante con su pelo largo y el de todos los otros, pues no hacía
falta ninguna ley para que Pueblo entendiera que no quiero a
nadie con el pelo largo aquí, porque solo tú puedes tenerlo
largo, mi amor, y eso valía para mujeres y hombres y, después
de poco, ya no había ningún hombre de pelo largo, y las
mujeres que quisieran dejárselo crecer tenían que llevarlo
cuatro dedos más corto que el tuyo, pues tú las superas en
todo, y por ello cuando a mi princesa le daba por tener el
cabello un poco más largo, todas debían adecuarse a su
voluntad, aprovechando para dejarse un poco más largo el
moño, o eliminarlo del todo cuando al amor mío le diera por
imitar el pelo corto a la garçonne que se usaba en París por
esos años y que te queda tan bien.

46
***

Cuando a ella le daba por tener el cabello un poco más


largo, todas debían adecuarse a su voluntad, aprovechando
para dejarse un poco más largo el moño, o eliminarlo del
todo cuando al amor mío le diera por imitar el pelo corto
a la garçonne que se usaba en París por esos años, y que te
queda tan bien que no hay que detenerse ahí, hay que seguir
cambiando el rumbo de las cosas para que te sientas todavía
mejor en este infierno, en este pueblo ingrato de tu existencia
que ahora mismo va a saber cuánto vale su mujer amada y
cuán poco todas las otras personas y cosas que lo pueblan, por
eso cargó a esos Gorilas de un sinfín de etiquetas con el precio
que todos los seres en Pueblo debían tener, y en eso estuvieron
durante semanas, cada objeto, por pequeño o grande que fuese,
había sido etiquetado con el precio que le correspondía, porque
aquí de una vez por todas los habitantes tienen que saber el precio
de las cosas que, sin pudor alguno, tocan, huelen y comen y, ni
siquiera los mangos que naturalmente caían de los árboles, ni los
peces del Caribe, ni siquiera los machorros, ni el cacao que los
niños chupaban por las calles, ni los guacamayos descansando
en las matas, ni los buchones atragantados de peces, nada que
estuviera en aire tierra o mar, se había salvado de ese inventario
universal, de ese supermercado al aire libre en el que se había
convertido Pueblo y, cuando se había acabado de ponerle precio
a las cosas, comenzaron esos Gorilas a etiquetar a los animales y,
más tarde, a las personas, porque en esta vaina todo tiene que
valer algo, menos tú, que nadie te colocó precio para que todos
sepan cuánto vales y, cuando llegó la hora de nuestro paseo por el
mercado, no lo pudiste creer, hasta las moscas que bailan arriba
de las carnes y los pescados poseían etiquetas minúsculas en sus
patitas traseras, claro mujer, 3000 moscas valen cuanto un grillo

47
y 800 grillos valen cuanto un sapo y tres sapos valen cuanto una
rata y 200 ratas valen cuanto una iguana y 10 iguanas cuanto un
conejo y cinco conejos cuanto un gato y, al terminar el paseo,
el amor de Gobernador sabía cuánto valía una vendedora de
arepas, un frutero y hasta un Padrecito, Gobernador, no puedo
creer en lo que veo, hasta a las nubes allá arriba le pusiste
precio y a las gotas de lluvia que caen los sábados al mediodía
y a todo y a todos, que me miraban como a un espectro por
no imaginarse ellos cuánto podía valer yo que no tenía precio y
que, por eso mismo, en realidad no valía nada, contrariamente a
su ama de llaves que, por haberse encontrado un precio pegado
en la nalga izquierda, no tardó en irse al puerto a venderse y,
por ser tan pobre la gente ahí, tuvo que venderse a crédito a
panaderos, pescadores y hasta borrachos que le cambiaban
botellas vacías de ron por besitos suyos y, mientras tanto esa
mujer se buscaba y buscaba por entre sus senos, axilas, por
entre su cabello y sus piernas, sin encontrarse ningún precio,
por eso, llorando, le dijo a su ama de llaves, qué aburrido es
esto de no tener precio, qué triste es esto de no valer nada y,
para vengarse de ese tal Gobernador, persiguió por toda la casa
a una banda de esos conejos que se la mantienen chamuscando
todo en el patio y atrapó cinco entre sus manos de reina, y no
dudó en robarles sus precios y pegárselos uno a uno ahí donde
solo él sabía y vaya si supo ese Fantasma que, a medianoche, se
le presentó con un gato negro entre sus manos que te cambio
ahorita mismo por tu cuerpo. Aquí está. Una a una Fantasma
le despegó esas etiquetas de conejos, que eran lo que esos dos
amantes parecían, cuando por fin él encontró, ahí donde solo
ella hubiera imaginado pegarse, esa etiqueta, ¿ahí?, no más
abajo, ¿ahí?, un poquito más arriba, ¿ahí?, a la izquierda, ¿ahí?,
con cuidado que me duele, Fantasma.

48
***

Una a una Fantasma le despegó esas etiquetas de conejos,


que eran lo que esos dos amantes parecían, cuando por fin él
encontró, ahí donde solo ella hubiera imaginado pegarse, esa
etiqueta, ¿ahí?, no más abajo, ¿ahí?, un poquito más arriba, ¿ahí?, a
la izquierda, ¿ahí?, con cuidado que me duele, Fantasma, que
cada noche se frotaba en las nuevas coqueterías que esa mujer
lunar le preparaba en la frescura de esas madrugadas en las cuales
se veían descansadamente y, a la misma hora, las doce del día,
se despertaban a la mañana siguiente, como si los dos se
hubieran puesto de acuerdo, abrían los ojos en el mismo
instante, recordando la noche pasada como si fuera un sueño
que nunca jamás habría de repetirse, por ello él cada día, a esa
hora precisa, se revolcaba en el ansia de la espera para que la luna
saliera y, al inicio, tiraba piedras y piedras al sol para que te vayas
a joder a otra parte catire bello, pero acaso a los nísperos llegaba
en su afán por botar a ese objeto luminoso que me separa de ti
que, como yo, te acabas de despertar y, como yo, estás
concentrada en mi ausencia y en la hora precisa de nuestro
encuentro, pero ella, también apenas despertada, estaba más
bien sumergida en los pensamientos de ese otro joven
Gobernador que me dejó dormir hasta tarde, deteniendo el
tráfico, tan bello él, y un calorcito le abrazaba a ella el corazón,
monopolizando todo su sentimiento en ese que se me presenta
a cada momento con una excusa tonta, ese que me reparó de las
lenguas malas de mis vecinas, ese que se la mantiene presentable
y mantiene al cosmos mismo presentable para que yo me obstine
por encontrar detalles imperceptibles en este mundo para que
él venga al otro día y lo corrija, y más repetía ella ese ese ese, más
el calor asfixiante de la envidia acaparaba el cuerpo de ese otro
fantasma nocturno, al cual esa moza tan bella está volviendo

49
loco, mírenlo cómo cada mediodía va sin rumbo por las esquinas
de Pueblo, tirando piedras al sol y cubierto de abrigos como si
estuviéramos en el páramo, cuando aquí el calor está que rompe
piedra, pero entonces se acercaba la hora del almuerzo y, esa
muchacha, previniendo las visitas que dentro de poco le haría
Gobernador con cualquier excusa, dejaba de pensar en él,
convirtiendo sus pensamientos amorosos en chismes que
repartía entre los trabajadores que mantenían su casa pulcra,
qué raro que no ha pasado por aquí ese testarudo muchacho
que viene diez veces al día para confirmar si los pajaritos siguen
cantando, si en el horno los plátanos están listos, o si el cielo
está bien así o prefieres que llueva, y el joven Fantasma reconocía
la voz de ella, lejos de ahí, dándose cuenta de que su amada no
estaba más pensando de forma idílica en el maldito Gobernador,
y su negro cuerpo iba tomando entonces a retazos una
temperatura normal, y ahora sí me puedo ir a almorzar en paz
como Dios manda, decía Fantasma, consciente de que ahora le
tocaba a Gobernador el suplicio de la espera, visto que la hora del
almuerzo para ese joven déspota era la recta final de su espera
por nuestro paseo de las cinco y media, y como le daba mucha
pena de continuar molestando con la cantaleta de que se me
olvidó algo en tu casa, tomó la decisión más infeliz de su vida:
escuchar los movimientos de su amada para saber qué estás
haciendo a esta hora del burro, en qué parte de la casa te
encuentras y quién está cerca de ti en este instante preciso, y para
ello obligó a callar a todo el pueblo porque no serán ustedes los
que me van a impedir que yo sepa qué está haciendo mi amada
y por qué, cómo no, gritó un grupo de Gorilas que ejecutaban
sus órdenes cuales dogmas, y entonces los viejitos que jugaban
dominó en la plaza después del almuerzo no pudieron gritar
más que tú hiciste trampa, no, fuiste tú, no, tú, y, lo que era
todavía más grave, no pudieron continuar a golpear el dominó
contra la mesita descolorida, gesto que los mantenía jóvenes a
50
pesar de sus edades que pasaban de los cien, y las ancianas que,
debajo de las matas de tapara, brindaban con sus tazas de
tapara seca, imaginando que eran largas copas de champaña y
llamando con nombres largos y suntuosos a sus amigas muertas,
ahora, obligadas por Gobernador, tenían que hacer lugar a un
silencio de consagración de esos que el Padrecito exigía
únicamente en sus misas con asistencia plenaria de gallinas,
burros y chivos que él pretendía catequizar, e incluso los niños
que retozaban a esa hora en los salones de la escuela, debajo de
los hirvientes techos de zinc, por orden de ese que debía escuchar
los latidos bellos del corazón de mi amada, estaban obligados a
jugar a los muertos el tiempo que fuera necesario, quedándose
impertérritos, sin expresión alguna, aguantando las gotas
ácidas de sudor que les bajaban en cámara lenta por todo el
cuerpo, metiéndoseles en sus ojitos entrecerrados, que debían
dejar todavía más cerrados porque el que los abra pierde y se
muere de verdad verdad, susurraba esa maestra de tercer grado
que era conocida por ser una de las más fervientes seguidoras
de Gobernador y por haber educado a su hija, no en el arte de
la enseñanza, como la habían educado a ella, a su madre y a su
abuela, sino en saberes extraídos de libros ociosos con cuerpos
desnudos y técnicas y posiciones de circo, por si lo llegas a
conocer, hija mía, te ganes el amor que tu padre nunca me dio,
sin imaginarse, claro está, que en ese mismo instante su hija
virgen, pero con todos los conocimientos de un harem, se
encontraba debajo del sopor de la hora del burro con tres tristes
griegos provenientes de un barco sin nombre ni bandera, que se
ahogaban en sus zonas temerarias en medio del silencio más
sordo de la tierra, sintiendo como si luchasen con un pulpo
sudoroso que no se dejaba agarrar, al mismo tiempo que
agarraba todo a su paso con una sola mano, porque con la otra
se traspasaba la boca con el dedo índice en señal de una
amenaza que esos griegos ya conocían desde el inicio, el que hable
51
pierde, pero ninguno chitó, y el silencio fue respetado a tal
punto que el joven Gobernador pudo, en plena hora del burro,
percibir, como en una clarividencia, el susurro del espíritu de su
amada pensando en otro que no era él, y el suspiro que se le
escapó fue tan sincero y melancólico que, a causa de su orden de
que nadie hablara, todos lo percibieron tan nítidamente que,
todo Pueblo quedó sin aire mientras él lo aspiraba todo, para
después recobrarlo con su espiración tenue y profunda, pero no
quiso que nadie supiera eso que él ahora sabía, pues solo
quedaban dos largas horas para poder pasearme contigo por
los altiplanos del pueblo y su única preocupación, entonces, fue
de encontrar una acción que lo pudiera sacar del manicomio de
su intuición triste, de su triste intuición y, por qué no, se dijo a sí
mismo al percatarse que era la iglesia el lugar donde quería
realmente ir, entonces cambió súbitamente su rumbo y se
encontró de frente a esta, pero no entró por la puerta principal
como todos los cristianos, sino que bordeó esa iglesia, pequeña
y vacía como estaba, y tocó tres veces la puertecita de la casa
parroquial donde el Padrecito en manga corta se esforzaba por
catequizar a una gallina que lo miraba diciendo que sí todo el
tiempo. El sonido triple de la puerta a esa hora asustó al
sacerdote, pues rompía con la inmovilidad de la hora del burro
en donde, según órdenes expresas de Gobernador, nadie tenía
que hablar así que venga más tarde. Soy yo, escuchó desde detrás
de la puerta, y de inmediato se levantó el Padrecito sudando frío.
Adelante. El olor a plumas de gallina mezclado con incienso le
perturbó la garganta al joven visitador. ¿Qué lo trae por aquí?,
dijo el sacerdote sin voz. No es con usted que quiero hablar, le
replicó Gobernador. Tome asiento, le propuso el Padrecito
señalándole su cama de soldado. Pero el joven, taciturno, le
repitió con una voz como cansada, si quiere se lo digo en latín,
con usted no quiero hablar. El padre le repuso, esta vez con
seguridad y sin respirar, viene a mi casa toca la puerta se sienta
52
en mi cama y después me dice que no es conmigo que quiere
hablar. Ya sin paciencia, el joven posado ahora de frente a él,
afirmó, dígale que estoy aquí. Sin entender nada el sacerdote
utilizó la última pregunta que le quedaba encima, ¿a quién?
Vine a hablar con dios, dijo Gobernador.

53
Prisionero

Milagro! Se dijo a sí mismo. Prisionero estaba viendo, justo de


frente a su bote-cárcel, una lata corroída por el sol en la cual
lograba apenas leer la palabra «jugo».
Comprendió por ello que Gobernador, que lo había
encerrado en ese mundo sin libros materiales, conocía su
cruel miopía por lo que, antes de meterlo ahí, rompió sus
míticos anteojos de pasta negra. Para Prisionero esos anteojos
eran una prolongación de su cuerpo y, antes de ese encierro
forzado, nunca nadie, ni con caricias ni con golpes, había
logrado quitárselos. En realidad, tampoco en esa ocasión se
los habían logrado sacar y lo único que pudieron los Gorilas
fue romperles los vidrios, dejando a Prisionero durante ese
primer día de su encierro, así, como él mismo se recuerda:
sentado con sus manos apoyadas en las rodillas y quietecito
como un niño obediente, tratando de leer a través de sus
anteojos sin vidrio los carteles y anuncios allá en tierra firme.
Pero Prisionero ahora no lograba leer nada. La distancia que
lo separaba de Pueblo era la exacta para que él no se pudiera

55
extasiar en la lectura de Café El faquir, Gallera las tres cruces
o Prohibido bañarse. Su vista se limitaba a puntos que se
movían de aquí para allá en Pueblo y a los cuales él, víctima de
su deformación profesional, le inventaba nombres y destinos
para pasar el tiempo. Esa lata ahí flotando era por eso un
milagro, o acaso un error de Gobernador, que le proporcionó
a Prisionero un placer que ya ni siquiera se atrevía a soñar.
El sentido de la pena carcelaria de Prisionero, no estaba
en la ausencia de libertad de su cuerpo, ni mucho menos en la
soledad de su persona, visto que su creación literaria lo hacía
estar acompañado por centenares de personajes en los lugares y
tiempos más diversos.
Su castigo consistía más bien en colocarlo en la imposibilidad
de ejercer la escritura y qué mejor manera que impedirle la
lectura. Prisionero gracias a esa palabra «jugo», ahí de frente,
tuvo la intuición suicida de que, sin la lectura, su escritura estaba
destinada a mutar lentamente, hasta convertirse en una actividad
que nada tenía que ver con esos libros que, antes de su cautiverio,
sus compañeros le enviaban por barco en cajas en las cuales se podía
leer, no abrir son solo libros, para evitarle a los ladrones aduaneros
de perder su tiempo en un delito tan poco rentable en Pueblo.
Pensó con nostalgia en todos esos clásicos de la literatura,
leídos hace ya tanto tiempo. Su encierro había sido tan largo
que ahora Prisionero recordaba a todos los personajes, los
lugares y las historias de esos libros bajo la estructura de una
trama única e inseparable. Su prisión le hacía recordar la
historia de la literatura universal como una única gran novela
para su uso personal.
Pero al cesar de evocar esa gran trama siempre se quedaba
con el mismo resultado: gotas saladas, sol radiante y ausencia de
libros. Qué otra cosa podía hacer en medio de tanta desolación
aparte de fijar nuevamente su mirada en esa lata flotando a su
lado con un vaivén vertiginoso y la palabra jugo escrita. Tantas
56
eran las ganas de explotar hasta el máximo el milagro de esa
palabra escrita, que decidió, llevado por el placer de la lectura,
leerla y releerla hasta el cansancio, jugojugojugo.
Leía esa palabra como si fuese el último ser al cual aferrarse
para no morir de canícula literaria. La leía en tiempos diversos,
algunas veces con una velocidad de loco, otras con una muy
lenta pronunciación que le hacía estirar la palabra hasta por
dos días. En ocasiones la leía incluso con sonoridades, acentos y
melodías diferentes. La simple lectura de esa palabra le sobraba
para elevarse sobre todos los otros elementos naturales con los
que en su cautiverio vivía. Jugo. Era lo único que lograba leer en
esa lata porque cuando trataba de leer otras palabras escritas se
daba cuenta de que ya el sol las había leído por él y, de paso, las
había desaparecido. Pero ese percance lejos de molestarlo, era
el punto de partida de otros de los viajes de su imaginación que
se empecinaba en interpretar eso que la vista no lograba, y que lo
hacía saborear sabrosos jugos en todas las latitudes del planeta.
Para Prisionero interpretar no era otra cosa que crear.
Pero después de cada viaje de la imaginación Prisionero
volvía irremediablemente a su cuerpo bronceado de náufra-
go y a esa lata, todavía más desteñida por el sol, que desde
hacía tiempo se había sumado a los objetos que lo acompa-
ñaban en su cautiverio: una columna vertebral de pescado
que hacía las veces de una pluma sin tinta, un sombrero de
caracol que protegía su imaginación del sol y un pañuelo
blanco que aquella mujer subida en el lomo de su amado le
lanzó desde el cielo.
Las ganas de la lectura de esa palabra no habían cesado,
aunque ya hacía tanto tiempo que estaba tan concentrado
en ella que, incluso, la conocía de memoria, él que tenía una
memoria tan rara.
Ese día lo pasó fijado en esa palabra con una abstracción
tal que ni siquiera el sol lograba distraer. Fue entonces que ese
57
jugo que observaba comenzó a desfigurarse delante de él y a
descomponerse en otras palabras derivadas de sus letras. En ellas
pasó otros muchos años: jugo, ujgo, juog, ujog, oguj, ogju, gouj,
goju, gujo, guoj, ugjo, ugoj, jogu, joug, ojgu, joug, uogj, ougj,
uojg, oujg, gjou, gjuo, jgou, jgou… y después de leer miles de
veces las derivaciones que esa palabra tenía y de familiarizarse
con ellas, optó por dar a cada una de esas palabras, sin sentido
ni definición, el estatuto mágico de ser un personaje, nombre
de ciudad o animal exótico dentro de una narración literaria.
Gujo sería entonces el macho de la Goju, cuya reproducción
extraordinaria de millones de crías se realizaba en la selva Jogu
en donde vivían los seres Ugjo, los más temibles que conociera
el planeta Gjuo, cuya capital es Uojg y se encuentra en. Pero
irremediablemente Prisionero estaba desilusionado de su
creación y recomenzaba de nuevo. Se sentía frustrado por tratar
de hacer literatura a partir de una mezcla matemática de la
palabra jugo. Esas derivaciones de las letras que componen esa
palabra no eran más que creaciones racionales que nada tienen
que ver con el sueño guiado que es la literatura.
Recomenzó entonces con todo el placer del mundo la
relectura de la palabra jugo por otros incontables años y, sin
que se lo propusiera, puso en práctica otro artificio para calmar
las exigencias desaforadas de su vocación. Consistía en asociar
cada letra de esa palabra a nombres y apellidos, formando así el
nombre completo de un potencial personaje.
Se vio de este modo delante del señor Juan Umberto García
Otero, que no tardaría en convertirse en el niño Juancito, el
pintor Umberto, el cardenal García y la viuda de Otero, quienes,
por una extraña convergencia de casualidades que Prisionero
habría de contar, cruzarían sus destinos en una ciudad, café
o plaza pública para dar vida, después de dos generaciones, a
ese Juan Umberto García Otero, protagonista de la novela
que acababa, justo en ese instante, de comenzar a escribir en
58
el piso de ese bote con su columna vertebral de pescado que
hacía las veces de una pluma. Prisionero corroboró entonces
esa intuición suya de que una palabra, frase, olor o sabor es más
que suficiente para pasar toda la vida escribiendo. Jugo, volvió a
leer la palabra, jugo, José Ugarte Gaviria Otaiza, jugo, Juventud
de Unión Gremial Organizada, jugo.

59
Maríadelosángeles, Pabloelmarinero

Bastaba acercársele brevemente, tocar sus olvidos, olvidar sus


vestidos, para darse cuenta de que Maríadelosángeles solo
buscaba que un hombre, un hombre cualquiera, la tranquilizase
con la frase que aquel le había dicho una vez, eres bella, sí, eres
bella. Esa frase que ella le había robado de sus labios, los de él,
durante una noche lejana que todavía hoy la hacía vivir.
Ese marinero que en lugar de dejar en cada puerto un
amor depositado en lo más profundo de una mujer, dejaba el
amor de ella, el único posible. En cada puerto se quedaba el
amor de María como abandonado, quién sabe si olvidado por
él como una maleta.
Ella le había robado esa frase a ese marinero alto y, con ella,
él se había quedado ahí, también ahí con ella, como ella.
Sus cuerpos apenas eran perceptibles, sobre todo el de esa
mujer. Un cuerpo frío, blancuzco, sin rastros de nada ni huellas
aparentes. Él la miraba recordando o al menos tratando de
recordar cómo había terminado ahí. Ella susurraba algo y lo
miraba. Ya llevaban varias cervezas y el tiempo había pasado,

61
aunque todavía no fuera tarde: siempre llegaba ese momento
extraño que no era día o noche, temprano o tarde, hoy,
mañana. Él lo había agarrado infraganti, a él, al tiempo extraño, y
ahora pensaba en sus olores, sus posibilidades, en el momento
preciso en el que había llegado a ese cuarto.
Sus labios se acariciaban y se alejaban y después se volvían
a tocar. Era jueves, pensó ella, y un miedo le recorrió el cuerpo,
una sensación caliente que solía presentársele cuando pensaba
en cosas del mundo, simples y humanas. Ellos ahí tirados y
juntos parecían lo que eran, seres humanos enredados en ríos
y sábanas en medio de ese tiempo tan espeso que casi podía ser
tocado, arañado, tirado por la ventana.
Maríadelosángeles ya casi estaba por llegar a lo máximo
de su entrega cuando utilizando las pocas -y quién sabe las
últimaspalabras de su noche le susurró al oído:
¿Soy bella?
Él tal vez no escuchó el clamor sudoroso de su compañera
de madrugada.
Ella repitió sin arrepentimientos:
¿Soy bella, dime, soy bella?
Él, Pablo, hubiera querido no escucharla. Habría deseado
decirle que no, no eres bella, disculpa, pero para mí no eres bella,
eres apasionante, calurosa, tierna, pero no bella, disculpa. Pero ni
una sola de esas palabras se le insinuó en su boca. Calló. Ella se
quedó inmóvil como quien espera un racimo de rosas rojas. Él
la miró toda: sus senos marchitos pero jóvenes, su tez más bien
reseca, los labios sutiles, los ojos marrones, sus hermosos pies y
hasta la geometría de sus zonas íntimas, salvajes.
Eres bella.
Esa frase salió golpeando su garganta, la punta de su lengua,
el cerebro apagado que la pensó. Él se sintió raro, como aislado
sí mismo.

62
María se susurró a sí misma:
¿Realmente lo piensas?
Pero la frase se le reventó en el instante, terminando en
un chillido fuerte de oídos y en una gota fría recorriendo los
altiplanos de su espalda.
Sí, realmente lo pienso.
Respondió Pablo al opaco silencio del cuarto. Él no quiso
decir eso, que sí, que era bella. Y tal vez fue precisamente esa
falta de sinceridad la razón por la que esa respuesta se quedaría
en ella como lo que era: tu respuesta tuya, Marinero.
Él se sintió triste, como desposeído. Una parte de sí mismo
se le había escapado con esa pregunta de ella, se le había ido
con ella que miraba contenta a ese mentiroso bello.
Aunque le costara reconocerlo, era la primera vez que un
hombre, alguien como él, le regalaba un ramo de flores tan
alto y tan rojo. Ese eres bella fue el triunfo de su espera por un
marinero. Muchos hombres habían pisado el césped salvaje de
su sexo, pero ninguno lo había olido, se había acostado en su
verde superficie. Muchas noches habían pasado por su espalda,
sus sostenes, por sus pequeños pies de cenicienta, pero ninguna
de ellas habían sido día, como esa noche que fue noche y fue
día, visto el sol enorme que Pablo le hizo ver a las tres y cinco
minutos hora local, en medio, justo en la mitad de ese orgasmo
onomatopéyico que él presenció cual invitado de honor.
Pabloelmarinero se colocó su uniforme sin ruido aparente.
Como un gato viejo y torpe se escabulló por la oscuridad de
esa mañana con todas las cortinas cerradas. María, en medio
de un sueño aparente, olió cada movimiento de ese marinero
a través de su ropa: la hebilla de ruido metálico, sus zapatos
de héroe, su camisa salada, el llavero en forma de ancla de
otrora, su sombrero blanco abrazado por una banda azul. Por
entre el espejo Maríadelosángeles lo pudo observar a través

63
de una imagen robada y nublada pero nítida: era el hombre
más hermoso de los océanos, un capitán de mil batallas, mi
héroe tan lindo.
Eres realmente bello. ¿Lo sabes?
Él no entendió de inmediato que, también para ella, era la
primera vez. Nunca antes ella le había dicho eso a nadie: se
sintió, ahora sí, desvirgada.
Ese hombre vestido de un blanco resplandeciente se limitó
a mirarla con una mirada a la vez satisfecha y paternal. María
sintió frío y se cubrió con la almohada.
¿Dónde vas?
Hoy salgo a las tres del Puerto Sur para…
No lo digas, por favor.
Y antes de que él pudiera preguntarle el porqué, ya ella
cogitaba su respuesta más sincera, más suya.
Porque odiaría por siempre ese lugar sombrío; porque la Repú-
blica de mi cuerpo le declararía la guerra más afanada del mun-
do; porque recorrería sus calles y sus ríos para buscarte debajo de
cada sombra, detrás de cada ventana, en el fragor matutino de sus
patios, en sus puentes; porque me convertiría en el hazmerreír
de sus habitantes de tanto buscarte, en la loca del Barrio, en la
dictadora sin esperanzas que te busca detrás de cada ley, cada
discurso, cada oprimido; porque mi vida se perdería en un estudio
desenfrenado de su geografía, su historia y sus dioses para ver en
cuál de sus detalles te esconde, porque…
Pero Pablo no agregó más nada. Se limitó a callarla con un
beso suave como un pañuelo, al mismo tiempo que le susurró con
una voz quebrada de llanto un mensaje que Maríadelosángeles
no pudo descifrar.
Ella le cerró el paso:
¿No te da vergüenza dejarnos en esta mierda, marinero?

64
Pablo trató de responderle de la forma más precisa posible,
como solía hacerlo en esas ocasiones. Alguien como él estaba
más que acostumbrado a los ataques de histeria de las mujeres
que dejaba abrigadas debajo de las sábanas de los hoteles de
mala muerte del mundo entero. Conocía tan bien la situación,
que ya había renunciado a las frases que, al inicio de su carrera
de marinero, utilizaba espérame, volveré, fue una noche única,
Patricia, que me llamo Eleonora, marinero maldito.
Ahora no. Su actitud era vehemente, austera, fue lo que fue,
belleza, quizás nos volvamos a ver, cariño.
En una frase del género estaba pensando para hacerle
frente a la violencia de esa mujer que pocas horas antes simple-
mente le había parecido otra cosa. Mas no había traducido sus
pensamientos en palabras cuando ya se había sentido atropella-
do por la voz ronca de Maríadelosángeles:
No te preocupes, marinero. No me malinterpretes. Cuando
hablo de mierda no me refiero a esta situación de mierda tuya
y mía, al hecho que tienes que irte, a todo esto. Estoy segura de
que sabes muy bien de qué te estoy hablando.
Él entendió.
No era la primera vez que alguien le hablaba de eso,
acusándolo de endosar su lindo uniforme y salir a recorrer
mundos, dejando intacto a un Gobernador cada vez más
Gobernador. Sobre todo, las mujeres con las que compartía
sus noches en Pueblo, las únicas que conocía, eran sensibles al
tema. Pero Pablo las toreaba con argumentos de oficio para pasar
súbitamente a caricias y besos de circunstancia, actividades en las
que era tan bueno que siempre lograba cambiar el tema.
¿Qué quieres que haga? —dijo sinceramente él—. Para mí
un marinero de guerra no es un marinero. El mar para mí es
antónimo de política.
Tan lindo y tan cobarde.

65
Entonces míralo desde este punto de vista: eso que tú llamas
miedo es el precio para salvaguardar mi belleza.

***

¿Qué prefieres tú: un hombre lindo o uno muerto?


Ella lo deseó en ese momento. Sentía rabia y lástima por ese
mismo hombre que ahora le humedecía el cuerpo.
Pablo pareció oler el lamento sordo del cuerpo de ella y se
le acercó como para estar seguro. Le dio un segundo beso de
despedida que de ser tan largo le hizo olvidar el Puerto Sur de
donde ese día no saldría y el destino, nunca dicho a María, en
donde seguramente otra mujer se había quedado esperándolo.
Dieron las tres en el reloj de la iglesia del Padrecito y el beso
de despedida todavía duraba. Las seis, las ocho y las diez y quince
y las tres y solo la luz de la mañana siguiente logró separarlos de
aquella despedida que terminó en cita:
Nos vemos en el espejo.
Le dijo con voz tenue Pabloelmarinero mientras se vestía.
Esta vez no había caído en la trampa. Sabía que ella estaba
con sus ojos bien abiertos debajo de la sábana.

***

Muchas veces en sus innumerables viajes le habían hecho


esa pregunta. Pabloelmarinero tenía siempre en sus labios la
respuesta segura. Por ello cada vez la extraía como de un bolsillo
y la gente se quedaba, en la mayoría de los casos, convencida,
pero sin entender:

66
38 grados, Oeste.
Siempre había uno que riendo le respondía inmediatamente:
Así te gustan las mujeres, Pablo ¿38 grados, Oeste?
Él ponía cara de viejo patagón y contestaba simplemente:
Sí.
Pocas veces entraba en los detalles de su respuesta. Pero
cuando lo hacía podía pasar una noche entera hablando de
ello delante de una buena botella de ron añejo.
En el cuerpo de ellas hay signos y letreros, parques y
esteros, horizontes, lares preciosos, fuentes desbordadas, que
ellas conocen bien con una memoria que recuerda todo eso
como a objetos sacros.
Ellas llevan en sus ojos como un reflejo aquel maremoto,
emoción primera, que las dejó perplejas delante de esa lava ca-
liente y roja que comenzó de pronto a brotar de sus entrañas
para demostrarles que la vida depende de ellas y solo de ellas.
Después vinieron los terremotos del amor en la cama que ellas
viven como nadie. Esos incontables movimientos sísmicos que
se explotan durante noches sin noche, en los lugares más per-
didos de esa tierra y este mar. Cómo reaccionar delante del des-
caro del cuerpo de una mujer, ciempiés cuesta arriba, tocando
y tomando a la vez en un solo acto de posesión múltiple y
certera, promoviendo toda suerte de cosquillas, calores y do-
lores en un mismo quejido. Es fácil perderse en el templo de lo
femenino. 38 grados, Oeste. Ahí se encuentra el lugar.
Aunque Maríadelosángeles no lo sabía, o acaso se lo negase,
a Pablo le bastaba decirle, 38 grados Oeste, para que entonces
se buscara a sí misma con la ayuda de las manos de él por entre
la foresta hermosa de su pubis, en el cañón suave de su barriga,
en el barro tibio de su boca y, sí, aquí estoy encontrada, amor
mío. Se hallaba, ella. Estaba ahí, en el mismo cuerpo que su
madre le había pasado como una maldición o una herencia.

67
Ahí donde nunca se buscó. Se reconocía de pronto y sentía
una felicidad como de chocolate, gracias marinero. Por fin sabía
ubicarse en ese grado 38, en el Oeste de sus placeres, amor mío,
repetía sin cesar, amor, amor mío.
Pero ya era demasiado tarde porque Pabloelmarinero ya
no estaba ahí ni en ninguna otra parte del mundo de esas
mujeres. Se acababa de ir en busca de sus coordenadas propias,
es decir en busca de Maríadelosángeles, dejándolas en el fragor
de una belleza reencontrada que mostrarían lo antes posible
a otro hombre bello de mi vida, mira esto, 38 grados Oeste,
mírame esto, papito rico, y le enseñaban esa cosa que era de ellas
y solo de ellas, te lo presto, pero este tesorito es mío, belleza.
Ya el marinero estaba lejos y apenas podía escuchar las sirenas
sordas de los amores entre esas mujeres, que él acababa de dejar, y
los machos que las encontraban admirando sus 38 grados, Oeste.
El marinero sonreía y, a partir de ese instante, no las extrañaba
más. La silueta de esas mujeres se esfumaba con un humo que
llenaba de olores los puertos sur de su partida. Entonces pasaba
lo mismo de siempre: la imagen implacable de María se le
desbordaba por los ojos, las manos, por la culebra inquieta de
su pene. No le quedaba otra, se colocaba sus zapatos de héroe,
amarraba los cordones desmayados, la hebilla de ruido metálico,
su camisa salada, el llavero en forma de ancla de otrora, su
sombrero blanco abrazado por una banda azul.
Veía el resultado de sí mismo vestido en el manchado espejo
de ese hotel de puerto que podía ser cualquier otro y se iba,
otra vez, a todas partes, en busca de María de su corazón que
te busco por todas las islas del Caribe, en los archipiélagos del
cuerpo de otra, en las cuevas mediterráneas de mi recuerdo, en
el frío atlántico de mis noches sin ti, en el verano más lento del
mundo, el del trópico, y ni aquí, ni ahí, ni allá, tú estás, y no
me vengas con esa respuesta que ya sé, esa que me comunicas
a través de todos los espejos de todos los hoteles del mundo, la
68
vil respuesta que me dice que simplemente tú estás donde te
dejé, en el mismísimo lugar donde nos dijimos, nos vemos en el
espejo, en ese mismo espejo estás, reflejándote en este momento
preciso que te busco y no te hallo, en este instante en el que
trato de intuir tu imagen a través de la mía y es que no lo logro
ni lo lograré, amada, porque yo estoy aquí, es decir lejos de ti:
¿Y por qué no vienes, Pablo?
Porque no, Maríadelosángeles.
¿Y por qué me buscas donde sabes que no estoy, marinero?
Porque sí, María.
Le respondía con tono triste Pablo a ese manchado espejo
manchado. Porque es más difícil recordar cuando uno está
vivo, María, porque es una muerte lenta no recibir por fin la
muerte, el único regalo que el hijoeputa de Gobernador le tiene
reservado a cada uno de nosotros, por ello no me supliques más,
dile a tu recuerdo de callar y esperar que se muera ese viejo ese
inmortal ese cabrón ese, ángel bello, y no te preocupes que yo
esperaré, no es verdad lo que se dice, él no es inmortal, mierda, ese
bicho terminará por morirse se morirá va a morirse, y aunque
cuando eso pase tenga yo noventa años, y aunque las arrugas
no te dejen reconocerme, serán mis ojos quienes te reconocerán,
joven como te vi aquella última vez en el calabozo, porque estaré
vivo, María, ese será mi premio por no escoger el camino fácil
de la muerte, ese que tú no pudiste ni siquiera escoger, pues ni
viva ni muerta estás, ese tal Gobernador no logrará matarme,
María de mi vida, estoy vivo y buscándote por donde quiera
que no estés como método para no olvidarte, déjame hacerlo,
no me atropelles en plena noche con el monumento colosal
de tu cuerpo agitado pero sin carne y hueso, no te transformes
en mar enojado, no despiertes a toda la tripulación en plena
madrugada con olas más grandes que dios, no te me vuelvas
viento recio, no quieras voltear el barco de mi lejanía, no seas
esas nubes peligrosas que amenazan, tampoco tempestad,
69
no seas tiburón, María de mi memoria, no castigo, no muerte,
quédate así como eres, esperanza, sé vida, vida mía, espera,
recompensa, llegada, tierra firme, alba, libertad, que el tiempo
vendrá, y mañana será otro día, y bailaremos su muerte enfrente
de su cuerpo vencido, arriba de su pena, juntos soplaremos
tu saxofón invencible con el que ahuyentas el silencio de la
opresión, ese saxo alto, tan alto como un libro, un puño, podrás
tocar donde quieras sin que nadie te pregunte qué música
es esa, señorita, Gobernador no la quiere, así que páseme ese
instrumento por las buenas, que usted sabe que no le podemos
hacer nada pues su cuerpo está protegido por su sangre, sangre
de familia militar de alta alcurnia, pero no se pase que hasta él, el
padre de la patria, el bondadoso, el que todo lo perdona, tiene
límites, y usted ya lleva demasiados perdones encima, señorita,
así que, insisto, deme ese saxofón, ese instrumento maléfico,
ese nido de idolatrías que le hace ver a la gente la libertad por
todas partes, alejándolos de la verdadera libertad, esa que
consiste en hacer lo que se debe hacer y no lo que se quiere, eso
es libertinaje, señorita, y con eso no se va muy lejos, mírese a su
alrededor, observe cómo aquí todo es orden y progreso, cómo lo
que antes era un pueblo desesperado con gente que cagaba en las
esquinas y fornicaba arriba de los árboles de mango, ahora es un
lugar urbanizado, limpio, protegido, donde ya nadie tiene que
estar bailando en día de trabajo, ni escuchando música, aquí
ya nadie grita como otrora, nadie dice lo que no es, acaso no ve
cómo el pedagogo Gobernador nos enseñó a ser gente, ejemplo
del mundo civilizado, ideal de virtud, vaya, salga, paséese y
demuéstrele a su incredulidad cómo de tantos ladroncitos que
había en otrora, ni uno quedó, señorita, ahora usted puede salir
tranquila, vivir tranquila, eso es libertad, señorita, se es libre
cuando se hace el bien y el que no lo quiera hacer pues que
aprenda, no sé si me explico, un ladrón sin manos no puede
robar, deme ese instrumento, sea libre como libre es la gente de
70
Pueblo, no sea terca, que si sigue, ni su ilustre árbol genealógico
de grandes hombres de armas podrán sustraerla del castigo
por sus infelices decisiones, que ni siquiera yo podré salvarte,
Maríadelosángeles, escucha al Gorila aunque no tenga razón,
que te va a perder y ya más nadie te encontrará, recuérdate
que ellos saben perder a la gente escondiéndola en el limbo de
la transparencia, amor mío, pero qué estoy diciendo, por nada del
mundo le des ese saxo, María, que si lo haces te me mueres en
vida, libertad mía, continúa desbaratando al magnífico con
notas, silencios y ritmos, sigue, no te detengas que estoy mar
adentro pero ya estoy llegando, más agudo, eso es, un lamento
más agudo que le duela a todos ellos, que llegue hasta aquí con
el viento de la aurora, que termine por demostrarle a todo
Pueblo lo que murmuran, que aquí hay una bruja, una bruja
lánguida que libera a la gente con sus notas, a través de hazañas
musicales que realiza en los infiernos mismos de Pueblo, en los
sótanos oscuros, ahí donde ni siquiera la opaca noche entra con
su azul petróleo y sus Gorilas, allá donde solo viven Las Ratas,
como llaman todos a ese grupo de jóvenes músicos que, según
cuentan, noche tras noche apuestan sus vidas por unas cuantas
notas salidas de la boca del saxo de María, la que sopla y libera,
el que la oye muere y renace, Lázaro, el del número quince, es
la prueba, mírenlo ahora, sus ojos poseen el brillo de quien. Esa
chica lo agarró por los cabellos y en un sí menor lo arrancó de.
Aprovecha María, sopla ángel bueno, libéralo, y ella soplaba más
fuerte de frente a un mar de ratas que la observaban liberados
por el milagro de un pulmón que emite aire controlado por
dedos, amparado por ese saxo, e inspirado por un alma grande
grande que no cabe en ese sótano de Rue de Paradis.

***

71
A los oídos de Gobernador había llegado la noticia increíble e
insensata de las facultades sobrehumanas de esa niña malcriada a
la que ya le he soportado mucho.
Un coro de seguidores repetía entonces: Alaqueleheso-
portadomucho, Señor Gobernador. Esa tal saxofonista que
ya me tiene cansado.
Y todos que sí, Gobernador, yalotienecansado.
¿Cómo se llama la pendeja?
Los presentes se mataban por responder antes que los
demás a la pregunta:
MarMaríaDeMaríLosMaríadelosángeles, Señor.
¿Y con qué derecho hace todo eso?
Esoquisiéramosabernosotros, Gobernador.
Dizque sobrehumana… Pero si es que en este pueblo de
mierda no hay ni siquiera humanos, aquí solo existo yo soy, tú soy,
él soy, nosotros soy, vosotros soy, ellos soy, yo soy Pueblo. Lo otro es
monte y culebra, nada, negros sucios como ustedes, servidores
míos. Con qué derecho entonces esa anda por ahí soplando
y haciendo botellas con ese saxo, con qué derecho se atreve a
pensar que en este zoológico la gente quiere ser libre, quién le
metió esa idea en la cabeza. Ciertamente no mi compadre, el
general, pobre hombre, tan cabal, y semejante hija, que ahora se
la pasa dizque de profeta, de iluminada, de liberadora musical
de los oprimidos. ¿Qué quiere, Secretario? ¿No ve que estoy
hablando?
Hay un particular que pienso que usted debería saber. Al
parecer la niña tiene un hombre en su vida. Un tal Pablo,
marinero, según cuentan. A quien ella espera cada día en el
café del hotel El Faquir con la vista fija en el horizonte. La
información viene de uno de nuestros informantes presentes
en el café mismo.
Pues agárrensela también con ese pescador maricón. No es
pescador, jefe. Marinero.
72
¿Qué cosa, Secretario? Nada señor, nada.
Como le estaba diciendo, a ese tal Pablo lo quiero aquí de
inmediato. Ese es el problema, jefe. A eso iba.
Pues hable rápido, Secretario, y deje de tartamudear que
para eso no le pago.
Como le estaba diciendo, ese tal Pablo navega para una
bandera que no es la nuestra. Estuvimos buscando su paradero
y supimos que.
Secretario, mande ahora mismo una flota de guerra a
bombardear ese barco, de la bandera que sea, porque aquí nadie
va a estar robándole pescadores a la patria.
Pero excelencia, ese barco es de bandera.
Que no importa, Secretario, que lo quiero muerto a ese
pescador traicionero de la patria.
Como usted diga excelencia. Pero antes de retirarme quisiera
decirle que, según las informaciones de la gente del puerto,
mañana el barco en cuestión debería anclar en el puerto principal
para cargar plátanos y café.
Espere, Secretario, déjeme pensar.
Tómese su tiempo, jefe.
Bueno, por ahora encárguese de la putica. Pero por nada del
mundo dejen zarpar al pescador.
Entendido, excelencia. Permiso para retirarme.
Eran las cinco y treinta cuando el barco echó anclas en el puerto
principal. Fue una maniobra dura. El capitán quedó extenuado.
Más tarde le diría a su prostituta predilecta en la tranquilidad
del café El Faquir, te parecerá una pendejada pero algo o alguien
no me quería dejar llegar a puerto seguro.
Todos bajaban del barco en medio de una gritería. Todos
excepto Pablo, que la esperaba sin razón. Miró a un lado. Miró al
otro. Miró el reloj. Miróaunladomiróalotrovolvióamirarelreloj.
Ella no estaba, a pesar de que su identidad se le encarnaba en
todas las pasantes.
73
Maríadelosángeles no lo estaba esperando. Pero en su lugar
estaban ellos. Eran tres y vestían como gente común y corriente.
Esa fue la razón por la que a Pablo no le costó descubrir
quiénes eran.
¿Qué carajo querrán esos Gorilas?
Decidió moverse con un paso tranquilo pero con una
dirección caótica para corroborar su intuición. En efecto, esos
maricones son Gorilas, Pablo.
Entró en El Faquir donde se encontraba otro de la
tripulación con una bella prostituta al que apenas saludó. Te
parecerá una pendejada pero algo o alguien no me quería
dejar llegar a puerto seguro. En las mesas de atrás los percibió
ordenando unas cervezas que nunca pagarían. También él
deseaba una cerveza bien fría. Pero para llevarles la contraria
se limitó a pedir un ron seco. Se lo bebió de un solo trago y
sintió esa sensación que tanto amaba: un delirio en la punta de
la lengua, un fuego que doraba su garganta e, inmediatamente
después, un arañazo en el fondo de su estómago.
Pablo era un amante del buen ron añejo. Aunque sus
incontables viajes a Europa le habían hecho nacer una
adicción escondida por el vino mediterráneo, el ron era sin
duda su bebida preferida. La única que en los tiempos difíciles
que vendrían le calmaría la ausencia de ti.
Ahora sí, después de un buen trago podía comenzar a pensar.
Al fin y al cabo, si nadie puede salir y entrar de Pueblo como le
dé la gana, ¿por qué yo podría continuar haciéndolo? Yo no soy
nadie. Más allá de mi certificado de marinero y mi piel curtida,
qué me haría ser diferente de todo este mar de gente prisionera
de las hermosas playas de Pueblo. Tenía que pasar. De todas
maneras, pasó justo cuando ya no me interesaba más partir.
Podría decir que pasó más bien después que antes.
¿Dónde estarás, Maríademisueños? Al final tuve suerte. Tantos
años de libertad y ahora, que yo mismo me quiero esclavizar, ellos
74
también lo deciden. ¿Dónde podré vivir? Seguramente alquilaré
algo cerca del puerto. De todas maneras, tengo que estar cerca
del mar y los barcos. Ojalá que haya terremotos en terremotos
en Pueblo: con el mar enfrente y el suelo moviéndoseme me
sentiré en altamar. Otro ron sequito, por favor, Facundo.
Delirio en la punta de la lengua, fuego que dora la garganta,
arañazo en el fondo del estómago. Ahí están todavía, qué
hago. ¿Por qué no habrá venido a buscarme, ella? En el fondo
sabía muy bien el día de mi regreso. ¿Se habrá casado? Es posible.
Estas mujeres me tienen mal acostumbrado. Yo pienso que me
van a esperar toda la vida. ¿Se acostarán con otros mientras yo
viajo? Solo a mí se me ocurren tales estupideces: claro que sí.
¿Desde cuándo uno cree en las mujeres? Al final, qué soy yo:
uno cualquiera. La demostración son esos tres tipos ahí vestidos
como gente normal. No voy a poder navegar más. No se puede
negar que yo era uno de los pocos que quedaban. A casi todos
los otros marineros civiles los habían hecho renunciar al mar o
convertirse en marinerosgorilas. Menos mal que fue ahora y no
hace unos meses atrás. Entonces no habría soportado la tierra
firme. Maríadelosángeles. Viste, no soy tan cobarde: me quedo
en esta mierda, como tú la llamas, contigo. Hoy me permitiré
el lujo de mi vida. Dormir en el hotel El Faquir. Aunque eso
sea cosa para el capitán, y porque es allegado de Gobernador.
Pero, ¿quién sale a la calle con esos tres, allá, esperándome? El
último trago y a la cama. Pour la route. Otro, por favor. ¿Por qué
tanto teatro? Estos del gobierno aman armar tragedias. No era
más fácil agarrarme de una buena vez, darme dos cachetadas,
y decirme lo que me tienen que decir, o tal vez enviarme una
carta, como dios manda, en la cual, con una fórmula burocrática,
me confirman que estoy despedido. Otro trago, por favor. No,
tienen que enviarme tres Gorilas a intimidarme. Es que es más
fuerte que ellos. Este trago me regañó, Facundo.
Si quieres te preparo otro, marinero.
75
No, Facundo, tú lo sabes mejor que yo, el primero y el último
trago son los que pegan más duro. Ya que estamos, me puedes
reservar un cuarto. Pequeño. Hoy me doy ese lujo.
Hace bien, marinero -le dijo Facundo mirando a los Gorilas
allá en el fondo.
Facundo, el cuarto que sea con vista al mar, por favor, y que
me dejen dormir hasta tarde.
Ahora le quedaba solo un problema por afrontar. Cómo
salir de esa sala sin ser notado. Pero no tardó en darse cuenta
de que estaba demasiado feliz con eso de los tragos como para
medir la gravedad de la situación. Pensó en Maríadelosángeles y
un coraje más bien infantil le iluminó los ojos, uniéndosele a la
efímera felicidad del ron.
Se levantó de su silla alta, le picó el ojo a Facundo y se dirigió
hacia su recámara pequeña, como la había pedido, con vista
al puerto. El golpe en el hombro fue seco. La mano que lo
perpetraba helada y de dedos gruesos.
¿Qué quieren?
Usted lo sabe mejor que yo.
Pero apenas los Gorilas tomaron aire para explicarle la
importancia de que él les dijera algo sobre la saxofonista
histérica, Pablo los interrumpió con una seguridad de loco o
de jefe:
No se preocupen. Díganle a ese tal Gobernador que no
pierda su tiempo. No tengo la intención de irme de Pueblo.
El más delgado de los Gorilas sonrió: Huele a muerto este
pescador.

***

Créame, las plantas se pusieron a cantar. Las plantaciones


están cantando, Gobernador. Dicen que es un espanto.

76
Al parecer un espanto bueno por el efecto que ya usted sabe,
excelencia. Aunque hay gente que no quiere ir a trabajar por
miedo a una brujería barata de esas típicas de Barrio.
Pero eso no quita que muchos otros hagan grandes filas para
ver si lo que se dice de los efectos de esa melodía es cierto.
Yo le digo las cosas como están, sin entrar en juicios subje-
tivos, Gobernador: en todo eso hay algo de cierto. La cárcel El
Castillo está abarrotada de prisioneros que están empeñados
en afirmar que son libres. Aunque las rejas, las gruesas paredes
y los golpes de los Gorilas le demuestren lo contrario. Más uno
les pega, más contentos están. Más se les escupe, más dan gra-
cias a la vida que les ha dado tanto. Menos comida les damos,
más gordos y saludables se ponen.
¡Poseídos! –respondió Gobernador.
Tal vez Excelencia…
Otra vez con la bobería de la virgen –gritó el benefactor de
Pueblo. No, mi general. Los maricones con sotana no tienen
nada que ver, se lo aseguro.
¿Entonces?
Entonces se trata de una melodía que, al parecer, sale de esas
plantas gramíneas con tallo leñoso de uno o dos metros de altu-
ra, hojas largas, cumpiñas y flores purpúreas en panoja piramidal
cuyo tallo está lleno de un tejido esponjoso y dulce, del que se
extrae azúcar. Plantas a las cuales el vulgo se empeña en llamar
caña de azúcar –respondió Secretario con tono intelectual.
¿Y desde cuándo las cañas de azúcar cantan? –afirmó sin
cambiar de tono Gobernador.
Es lo que manifiesta la gente, jefe, que los cañaverales se
pusieron a cantar –dijo con media voz Secretario.
¿Y quién le dijo a usted que aquí la gente tiene derecho a
hablar?
Mande una comisión de Gorilas…

77
Ya la envié, jefe.
Que disparen hasta más no poder contra los cañaverales,
para ver si esa voz tiene cuerpo. Y si cuerpo tiene que se pudra
en la cárcel, que se vuelva transparente.
Todo eso está más que hecho, señor. Pero el bendito ruidito
continúa.
¿Y a qué se parece el ruidito ese?
¿Quiere que le sea sincero, jefe?

***

A jazz.

¿Y con qué se come eso? Ya le he dicho que a mí las cosas


se me explican de pie a cabeza. No se me nombran. Conmigo
no se me la venga a tirar de inteligente, que para eso no le pago.
Recuérdese bien: yo quiero explicaciones y, más que ex-
plicaciones, soluciones. Si no fuera así, lo cambiaría a usted
por un libro.
El jazz es un género de música derivado de ritmos y
melodías. Secretario calló. No supo responder, Gobernador se
quedó sin palabras, tal vez a causa de su rabia.
Salga de aquí y no vuelva más —le dijo Gobernador a Se-
cretario con un tono suave mientras le daba violentos puñe-
tazos a su escritorio. Secretario salió con la conciencia de que
volvería dentro de cinco horas y Gobernador lo trataría como
si nada hubiera pasado. Era el tiempo que el padre de la patria
requería para olvidar una buena rabieta. Ese tal Secretario era
la única persona que se permitía hacerle sugerencias y, sobre
todo, era el único ser humano a quien él botaba con el más
colérico de los arrebatos, para recogerlo poco tiempo después
como a una moneda en el suelo. Sin rastros de rencores.

78
Mientras Secretario salía de la oficina de su jefe oyó el taco-
neo y el saludo militar de esos que, para él, eran simples Gorilas
con ganas de disparar y hacer crecer el número de transparentes,
mientras que, para Gobernador, eran el mejor instrumento ja-
más inventado para mantener el poder. Secretario oyó también
la orden dogmática de Gobernador de quemar el cañaveral, aun-
que Secretario mismo había sugerido que dicha decisión era un
golpe bajo a la economía de Pueblo. De todas maneras, nadie
contradiría nunca esa orden y menos que todos Secretario, que
conocía el método infalible de la política de su jefe y la respuesta
que Gobernador le hubiera dado para contradecir su sugerencia:
Es preferible que la gente se muera de hambre que de li-
bertad: la gente que se muere de libertad nos cuesta demasia-
das balas.
Secretario salió con un sabor amargo en la boca y una pe-
santez poco habitual, visto que su pequeña estatura lo hacía
más bien un tipo ágil. Mientras caminaba se autoflagelaba
por no haber tenido la respuesta certera, como siempre la te-
nía. Antes de que Gobernador le hiciera una pregunta ya la
respuesta de Secretario estaba en la punta de su lengua. Pero
es que esta vez se trataba del jazz, su gran pasión escondida.
Siempre sucedía lo mismo. Él sabía muy bien qué era el jazz,
pero cuando alguien se lo preguntaba ya no lo sabía más. Eso
que sabía se le transformaba, delante de la curiosidad de los
otros, en un humo hecho de acordes y ritmos que él mismo
veía desaparecer, robado por su miedo de que alguien descu-
briera su secreto. Él respiraba entonces hasta más no poder
ese humo, lo hacía suyo y solo suyo. La respuesta sobre qué
era el jazz se le desaparecía sin más en los suburbios de sus
entrañas, sus intuiciones, sus interdicciones, en esos lugares
que ni siquiera la policía de inteligencia del régimen imagi-
naba pues, para esta, el secretario de Gobernador no poseía
secretos ni cuentas bancarias ni amantes ni vida privada.
79
Fue en ese momento, a pocos pasos de la oficina apenas
visitada y del taconeo y del saludo militar, que Secretario
recordó aquella noche de abril. El calor era insoportable. Tanto
que él, el trabajador incansable del régimen, salió despavorido
de su oficina del Palacio de gobierno sin destino alguno. Pasó
de largo por entre las prostitutas tristes, por entre los cafés
poblados por policías e informadores del gobierno, evitó el
casino y la rambla iluminada y, como llevado por una pulsación
íntima, rítmica, rebelde, que su corazón imitaba con un latido
inusual, llegó hasta una callecita como de mentira, húmeda, y
más bien oscura con un nombre casi ilegible, Rue de Paradis,
donde gente sin edad ni color se perdía en el horizonte como
tragada por la tierra. Todos, allá, al final de la calle, entraban,
bajaban y desaparecían en la misma pequeña puerta pequeña.
No lo pensó dos veces. Antes de entrar en el lugar se persignó.
Regresó a su cuerpo, se alejó de su recuerdo y sonrió ante la
imagen de sí mismo colgado en plena plaza pública por haberle
respondido a Gobernador, sí jefe, para explicarle qué es el jazz
comenzaré por contarle el calor insoportable de aquella noche
de abril cuando, por primera vez en mi vida, en Rue de Paradis,
escuché el jazz.

***

Secretario no sentía casi calor. La temperatura en un sótano


se mantiene estable, pensó. El ruidito que ahora escuchaba se
asemejaba mucho al que salía del cañaveral. A ese que nadie
lograba controlar y que convertía a la gente en libres.
Si los Gorilas un día descubren este sitio se van a dar
un banquetazo. La gente sonreía y el miedo y la malsana
normalidad de allá arriba aquí, en el sótano de Rue de Paradis,
desaparecía sin más. Ahí todo era diferente. Los rostros eran
rostros de vivos, sudaban. Los sudores eran palpables y no
80
vergonzosos como lo había decretado Gobernador. Quien sude
será castigado. Sus ojos reflejaban otros ojos. Las bocas tenían
alientos de tantos gustos diferentes. Además, a Secretario todas
esas percepciones de la realidad le parecían mil veces más reales,
visto que la única realidad que él conocía era la del Palacio de
gobierno en donde, hasta ese momento, había pasado la mayor
parte de sus días.
Estaba extasiado.
Una trompeta acariciaba el aire húmedo de ahí abajo
con un tono más bien barítono. La batería lo acompañaba
susurrando algo tímido con sus platillos delgados. Una mujer
se disponía a cantar: era más bien doble, de huesos espesos y
cachetes algodonados. La luz la hacía roja, aunque no cabía
ninguna duda de que su piel era negra, casi azul. Su rostro era
tan suave que ahora hacía dúo con la trompeta. Su silencio era
swing, jazzeaba al ritmo de una respiración de bajo.
La conozco, se dijo, y en un esfuerzo por recordarla supo de
dónde la conocía. La primera vez que la había visto había
sido en una foto de esas que los del servicio secreto extraían
espectacularmente de sus maletines de cuero marrón durante las
reuniones con Gobernador para impresionarlo. No le quedaba
más dudas, era ella: la negra Ella. Fue como una iluminación
que le hizo nacer un miedo placentero. Estaba excitado y sintió
que se tenía que tocar para corroborarlo:
Sí, estoy excitado. Qué de años.
Su verga estaba dura y eso, desde un cierto punto de vista, lo
aterrorizaba. Su órgano genital erecto era más apátrida que el
hecho mismo de estar ahí con esos enemigos del régimen. Él,
en cuanto mano derecha del Estado, no podía permitirse esos
anarquismos en los que estaba cayendo y, no porque alguien se
lo hubiera exigido, sino porque Secretario mismo se lo había
impuesto por amor a la patria. Todos sabían que su única
pasión era el servicio a Gobernador, su jefe.
81
Se apretó ese animal furioso y, sintiéndose como abrasado, la
frase se le salió de ahí abajo:
Ahora sí que me jodí.
Otra vez guio su mirada hacia esa que todavía no había ni
siquiera comenzado a cantar y no pudo evitar el deseo por esa
negra esa más fuerte que él. Ahora, sin apretarse ese bicho
erecto, sintió lo mismo que un instante atrás había sentido:
se sintió abrasado. La negra Ella se desprendió entonces de
sí misma con un boggie-boggie veloz pero bien pronunciado.
Esa tal Ella se movía como una pluma. Sus gruesas piernas, sus
tetas obesas, sus cachetes circulares, se mantenían inmóviles a
pesar de todo su movimiento. Era maciza, entera, ovalada.
Cada kilo que esa mujer llevaba consigo poseía un sentido, una
razón estética.
Te reconozco Ella, vaya si te reconozco.
Ella lo observó justo en medio de un agudo, como si lo
hubiera escuchado, y con una mirada, tan intensa como la de
él, le respondió:
También yo te reconozco, secretario de la patria.
Solo entonces Secretario volvió en sí, y se recordó que con él
estaba también su cuerpo y que, acaso, muchos de los presentes
sabrían sin duda alguna quién era él. Se sintió descubierto, al
mismo tiempo que descubrió otros rostros conocidos gracias a las
fotos de los enemigos de la patria que los Gorilas le mostraban
a su jefe. Ese sótano parecía el archivo de gente buscada por
el gobierno. Cada rostro encontrado allí abajo le hablaba de
una historia, un plan, un grito furtivo del jefe: lo quiero aquí,
difunto, mañana a esta misma hora.
Los otros estaban pensando lo mismo que él. Tal vez fue este
el motivo por el que Secretario comenzó a sudar frío. No tardó
en notar cómo sus piernas lo dejaban solo en medio de esos
resistentes del gobierno y cómo su boca se había quedado

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sin saliva. Pero apenas su racional voluntad decidió tomar las
riendas de la situación para escapar, correr, saltar, salir de ahí,
percibió un saxo alto, tan alto, que lo dejó petrificado y contento,
lo calmó, lo elevó, lo existió, así como él era, sin todo lo otro
que no era él.
Era una melodía que le recordaba que en ese sótano de Rue
de Paradis él no era eso por lo que tanto había trabajado, sino
más bien eso de lo cual quiso escapar trabajando tanto. Su
cuerpo tomó entonces una temperatura normal. Sus piernas
regresaron avergonzadas bajo el dominio de su cuerpo y su
saliva, fresca, jugaba en su lengua. Recobró su vista y la levantó
para individuar a la persona que soplaba ese saxo que con tanto
encanto le había quitado el monopolio de la noche a Ella. Y
por fin logró ver eso, la causa de todo ese sonido, eso que ahora
lo elevaba del suelo, que hacía que el saxo botara colores tan vivos
y brillantes de su boca redonda. La vio. Era Maríadelosángeles.
Quiso aplaudirla, cargarla en un hurra sin tiempo, decirle
todo lo que ese gobierno de mierda. Pero ella se le adelantó,
haciendo realidad todas las intenciones de Secretario con su
melodía tan bella.
Todos los temores de Secretario se disiparon entonces. Miró
a diestra y siniestra y se dio cuenta de que él, ahora, era como
ellos.
Nadie nunca le demostró que lo habían notado como lo que
era, el secretario y la mano derecha de Gobernador.

***

Días después Secretario notaría en su sótano adorado a


un hombre vestido de marinero que dejó boquiabierta a toda
Rue de Paradis, incluso a su negra azul, esa que le cantaba
onomatopéyicos blues, esa que en el sexo lo podía hacer venir

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diez veces si eso era necesario para hacerle olvidar al jefe, la
negra azul más buena, gorda y rica, según el poema breve que
aquella noche Secretario le había metido justo en medio de sus
despampanantes pechos.
Ese hombre alto bajaba las escaleras lentamente con una
elegancia extraña. Más tarde en el cuarto del hotel ese mari-
nero le confesaría a Maríadelosángeles que llevaba varios ro-
nes encima al momento de bajar aquella escalera. Todo el lugar,
de una manera u otra, prestó atención a la presencia vertiginosa
de ese que, a medida que se acercaba al centro de Rue de Para-
dis iba delatando su identidad: la hebilla de ruido metálico, sus
zapatos de héroe, su camisa salada, el llavero en forma de ancla
de otrora, su sombrero blanco abrazado por una banda azul y su
tez curtida por el sol que lo descubría delante de esa saxofonista
impertérrita como el marinero más hermoso del mar.
Nunca nadie la vio tocar así.
Hizo y deshizo sus dedos en el saxo. Sus notas graves hicieron
temblar la tierra, explotar copas con sus agudos. La gente bailó
con un ritmo tan endemoniado que cayeron a tropeles en el
piso. La banda quedó sin música porque toda la música era de
ella. Sin darse cuenta acababa de inventar un nuevo estilo que
más tarde todos llamarían bipbop, y todo para que él se dignara
a dirigir su mirada hacia ella mientras terminaba de bajar esos
escalones que a todos los presentes le parecieron infinitos.
Maríadelosángeles se sintió por primera vez en su vida acom-
pañada gracias a ese marinero un poco tomado que, nostálgico, se
había separado horas antes del grupo de marineros borrachos y
tristes diciendo que debía tomar un poco de aire fresco. Cami-
nó por horas como siguiendo su sombra larga y nítida, visto
que las estrellas estaban tan bajas que casi se podían tocar con
la punta de los dedos. En medio de su paseo improvisado, y
quizás a causa del ron añejo, pensó de nuevo en uno de los

84
proyectos de su existencia: seguir la pista de ese tal Fantasma del
cual todos decían que era familia suya. En esos pensamientos se
perdía siempre que se pasaba de tragos. Se decía que, por qué
no, cuando por fin se decidiera a abandonar el mar, aquel per-
sonaje mítico tal vez lo habría podido ayudar a cumplir con su
sueño escondido de mandar al déspota inmortal al carajo. Si
alguien por casualidad hubiera entrado en ese momento en
su fuero interior no lo hubiera creído, tú, Pablo, pensando en
revoluciones, tú, marinero errante que delante de todos eres a-
político, a-religioso, a-mante inconsolable, solo nos falta que se
te metan en la cabeza barbaridades como esas, camina marinero,
camina y déjate de esas ideas extrañas.
Un saxo sonó.
Él pensó que se trataba de ese sentimiento intenso que en
ocasiones como esa se le reventaba en la boca del estómago:
la tristeza por la esclavitud de todo Pueblo. Pero el sonido
continuaba, lo atraía. No era su alma. No soy yo. El sonido lo
atrajo y le hizo olvidar su proyecto delirante de unírsele a ese
tal Fantasma. Llegó a una callecita peatonal más bien oscura no
obstante las estrellas de allá arriba. Veía gente que se desaparecía
en el horizonte, como tragados por algo. Sintió vértigo. Se juró,
como siempre, no tomar más una sola gota de ron y no había
terminado su juramento cuando se vio en el tercer peldaño de
un sótano fresco repleto de rostros que lo observaban como a
un reloj. Desde un cierto punto de vista corroboró la belleza que
lo caracterizaba en los ojos de los otros. Se sintió bello justo en
el momento en el que la belleza reventó y ahora él, el marinero
bello, parecía una diminuta aproximación de la belleza: era una
melodía irreal, liviana pero de un peso abrumador, típico de
los milagros o los entes importantes, únicos. Un hilo musical
dorado, azul, brillante que en su andar llevaba impregnado todas
las estrellas bajas de esa noche, salía de una boca sacra, redonda,
de un aparato mecánico, con orificios y caminos desconocidos.
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Ese saxo era un mapa de metal con plazas públicas y decoros y
autopistas. Era un cuello de algo, un tobogán de curvas, una
escalada hacia su boca abierta, un soplar y hacer botellas, una
sabana inmensa donde los dedos de Maríadelosángeles se
traqueaban como subidos en una bestia, un gran caballo de
piezas mecánicas, doradas, polvorientas. El sonido parecía salir
de esos dedos o arcoíris móviles que se desaparecían frente a la vista
terca de la gente ahí presente gracias a su velocidad de amante,
de te quiero, de mira cómo te quiero, así te quiero, marinero
mío, Pablo hermoso. Era una voz silenciosa, solo viento, una
fragancia de orquídeas que brotaba de los pulmones de ella, un
huracán de notas que le movieron el sombrero a Pablo hasta
hacérselo caer, un viento nítido que lo hizo mirarla mientras
ella maltrataba alegremente a ese saxo, instrumento de justicia,
esa rebelión abundante que no necesitaba de orquestas pues ella
lo tocaba de tal modo que lo convertía en un dúo de batería y
saxo: saxo que todos percibían y batería escondida detrás de sus
dedos cerrando y abriendo hoyos con un ritmo que hacía tambor
a ese saxo, swing. Cada nota era nota y ritmo, percusión,
acompañamiento y ello solo gracias a la fuerza de los dedos
tenues de esa joven que solo quería que la viesen y la vieron;
cómo no hacerlo. Delante del mecanismo poroso del saxofón
y de la hermosa agilidad de los dedos largos, ese muchacho se
dijo que tenía que saber quién era esa saxofonista, aventurarse
como un escalador lunar hasta llegar a la cima de su identidad,
su rostro suyo, solo suyo.
Sus ojos se cruzaron.
El saxo emitió un si bemol hondo y tierno. Ella sonrió, pues
solo en su imaginación los saxos tenían vida propia.

***

86
Secretario trató de evitarlo de todos los modos posibles.
Pero el jefe estaba furibundo y quería quemar el cañaveral.
Él no sabía cómo evitarlo, cómo convencer a Gobernador
de que eran los pajaritos que cantaban, jefe, y no Maríade-
losángeles escondida detrás de la naturaleza. La gente seguía
diciéndose liberada, las cárceles estaban llenas a más no poder
porque ninguno podía hacer callar a todas esas personas de
mi libertad solo mía, Gorila de mierda.
Gobernador había tenido demasiada paciencia.
El padre de Maríadelosángeles, general de la patria, estaba
bajo vigilancia personalizada, no fuera a tratar de salvar a la hija
con algún artificio militar. No se sabe nunca. Un orden como el
de Pueblo se mantiene gracias a una cautela implacable.
Los Gorilas ya se frotaban las manos imaginando la esce-
na del cañaveral en fuego. Secretario había ganado un poco
de tiempo, pero no había servido de mucho. Bien sabía que,
en el poco tiempo que le quedaba, debía concebir un plan
para salvar del fuego en el que dentro de poco se convertiría
el cañaveral y con él Maríadelosángeles.
La policía de inteligencia, con la ineficacia que siempre la
había caracterizado, ni siquiera imaginaba que mataría a dos
pájaros de un solo tiro: a Maríadelosángeles y al marinero in-
tentando salvarla. Al fin y al cabo, los triunfos tácticos que todo
el mundo le celebraba se debían más a la barbarie de sus actos
que a la utilidad que le aportaba al régimen. Eso lo sabía de
sobra Gobernador. Para eso estaban los Gorilas ahí, para me-
ter miedo: los monos no piensan, repetía él en ocasiones para
dejar en claro que el único cerebro del gobierno era él, aunque
lo fuera Secretario, por lo que cualquier conspiración interna
al gobierno estaba destinada a fallar debido a la falta de inteli-
gencia de sus protagonistas. El mensaje era claro. Los Gorilas
tenían un cierto margen de libertad haciendo de esta manera
respetar intereses minúsculos que al jefe de la patria en realidad
87
no interesaban. Gobernador se encargaba del resto, de lo que
solo a él le pertenecía: la parafernalia kitsch del poder, ese ins-
trumento eficaz para mantener distraídos los ojos de su amada,
el único fin que alimentaban todas sus acciones.
Era así como los Gorilas, sus familiares y amigos gozaban
de una tranquilidad económica y social hecha de pequeños y
vulgares placeres: residencias lujosas, automóviles brillantes y
vestidos de botones dorados que alimentaban hasta el hastío sus
más altos fines y le aseguraban a Gobernador una tranquilidad
relativa, fundada en el miedo de los habitantes de Pueblo.
Dicho miedo se hacía realidad a través de los artificios
barrocos que salían de las imaginaciones inimaginables de esos
Gorilas que concibieron, por ejemplo, el televisor, ese fino
método teatral que consistía en matar al tipo, arrancarle la
cabeza, perforarle un cuadrado en la barriga y exponerlo a la
luz pública con su cabeza dentro de su panza para que los
espectadores lo vieran en el canal de sus pesadillas, a él, a ese
culpable de quizás qué tontería con su cerebro como rey y señor
de sus intestinos.
Por su parte Gobernador se mantenía lejos de los artificios
empíricos del poder. Eso fue cosa del inicio de los tiempos
cuando él se preocupaba por ganar terreno en el alma y las
propiedades de los habitantes. Después de tantos años la
realidad, que antes era rebelde, poco a poco había convergido
en su persona, volviéndose una masa maleable que él formaba
y deformaba sin el asombro del inicio, pues todo ahí, en
Pueblo, le pertenecía.
En eso consistía su reino omnipotente, en el orden y la
constancia con la que los espíritus se le postraban. Esa era la úni-
ca forma para él de honrar a su amor, de hacerlo respetar. En oca-
siones Gobernador se quería engañar a sí mismo examinando
obstinadamente cada centímetro de su poderío, cada bolsillo
de cada habitante, cada documento de esa pobre gente pobre,
88
para encontrar la verdadera identidad de esa mujer. Pero bien
sabía él que a ella solo habría de encontrarla en los meandros
sentimentales de Pueblo, en el olor de sus mangos regados por
doquier o en el rubor de sus señoritas, pues solo en rincones
como esos podría estar ella aislada del mundo, contemplándose
a sí misma como quien se mide de frente a un espejo de anta-
ño, perdida en una belleza ontológica que más bien parecía una
alucinación, que resistía a la barbarie porque hasta en lo feo, lo
violento, lo cruel, podía ser vista su belleza. Ahí se encontraba
uno de los pilares romanos del poder de Gobernador: en la jus-
tificación ciega de lo material en vista de lo intemporal, de ella.
Fue por ello que poco a poco él se fue despojando de todo
rastro material de poder llegando hasta los límites impensados
de un magnate absoluto cuya representación más elocuente
era la precariedad de sus atuendos, la sencillez de su caminar
y la prosa breve de sus frases. De una forma contradictoria su
personalidad franciscana lo hacía todavía más potente a los
ojos de sus vasallos del gobierno, seres planos cuya actividad
prioritaria era un constante ahorro de todo lo que le pudieran
robar a los transparentes, de lo que sobrara de los elevados
impuestos y las ayudas humanitarias que, cuando llegaban del
exterior, ellos celebraban con grandes festines, comiéndose
hasta el último grano de arroz, si era arroz lo que llegaba,
drogándose con las medicinas, si era eso lo donado, o incluso
improvisando carnavales con atuendos infantiles, si los
organismos internacionales de ayuda habían optado por enviar
ropa para los niños descamisados de los barrios pobres. Céntimo
a céntimo iban llenando sus cuentas privadas delante de la
mirada aparentemente ciega de un Gobernador impertérrito
que no se daba por enterado porque, al fin y al cabo, los bancos
le pertenecían. Los Gorilas se mordían de esa manera la cola
en un círculo, controlado por Gobernador, que aceleraba
a medida que pasaba el tiempo, delante de la vista pasiva y
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tranquila del padre de la patria y de la esclavitud delirante de todo
Pueblo que, sabía de sobra, que la velocidad con que los Gorilas se
mordían la cola era directamente proporcional a la represión que
ellos sufrirían. Los Gorilas estaban impacientes, frotándose
sus manos, pues sabían que Gobernador no soportaba más el
escándalo de que la gente estuviera sintiéndose libre. Estaba por
tomar la decisión de acabar definitivamente con el ruidito ese.

***

Cuando esa melodía entró en los rincones vacíos del apo-


sento de Gobernador su ímpetu resonó en forma de eco por
todo el Palacio. Gobernador guardó la calma porque sabía
que ningún ser que él no penetrara con su poder podía, a su
vez, penetrar los instantes pedregosos de su morada. Él pensó
que se trataba de un sueño, que fuese un sueño más osado que
los otros. ¿Qué otra cosa podía ser? Solo Gobernador existía
en esa alcoba enorme. Sus sueños, su memoria, deseos, incer-
tidumbres y, hasta su conciencia, eran él, solo él. No era como
en todos los otros. Su personalidad no era un juego de espe-
jos en donde los propios sueños, los miedos y las esperanzas
aparecen y desaparecen sin control alguno. Gobernador era
sólido, físico, compacto, coherente con ese cuerpo único que,
a lo sumo, era un depósito de su poder. Cuerpo de caoba an-
tigua cuyo único elemento parecido al alma era precisamente
ese poder, su poder tan suyo, lo único comparable con algo de
metafísico en él. Todo lo otro era simplemente Gobernador,
es decir, su yo o, lo que es lo mismo, su voluntad. Hasta las
pesadillas eran suyas, determinaciones suyas. Los monstruos
que aparecían en ellas, las oscuridades, los martirios, era él
mismo que los escogía antes de dormir, a partir del tamaño
de su deseo. La improvisación era algo limitado a los otros:

90
para él era un mero sinsentido. Por eso, cuando esa melodía
de saxo resonó en los laberintos de sus oídos, Gobernador se
vio obligado a palpar los escaparates de su propia majestad
para encontrarse a sí mismo, allá adentro, creyéndose la causa
inefable de esa melodía. Aunque no lo fuese.
Él dormía y fue su mismo sueño quien, al fin y al cabo, lo
despertó. Ese sueño que se permitía el lujo de escuchar un
sonido de saxo que no salía de su voluntad. Ese maldito sueño
que percibía el aliento dulce de un sonido más fónico que los
otros, que admiraba, a pesar de él, el efecto carnívoro que esa
melodía causaba. No supo qué hacer. Pensó acaso en la muerte
como amparo o justificación última, pero cómo habría de morir
sin su permiso. El suicidio para él era solo una hipótesis. Trató
de pensar en otra cosa que no fuese él, pero desistió a esa acción
irónica al suponer que, del otro lado de sí mismo, se encontraba
la malacrianza de Esaaquellalaausente. Hubo un silencio de
dos tiempos. Cierto, ni siquiera trató de abrir los ojos, para qué.
Quizá estaba imaginando todo eso. Pero bien sabía que para él
la imaginación era ya la realidad: gajes del oficio. Su poder, que
no era un atributo suyo, sino él mismo, hacía realidad el mito,
garantía lo incierto, verdad la duda. Intención y acción en la vida
de Gobernador eran la misma cosa.
¿Qué podrá ser esa melodía?
Se escuchó decir y, ni siquiera él mismo podía aceptar la
intromisión humillante de una palabra suya en medio de su
magnificencia, sin el sello indeleble de su permisión. Por ello
no tardó en responderse a sí mismo:
¿Quién está ahí?
¿Quién dijo eso? —se respondió de inmediato.
Era la primera vez que algo similar le ocurría. Hasta ese
momento una pregunta no era otra cosa que una exuberante
respuesta. Hasta ese momento, visto que esa melodía divina,
aguda, suave y oscura, continuaba el plácido camino del irres-
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peto por el Ser sin divisiones que era Gobernador. Tuvo mie-
do. Nunca nadie habría de saberlo. Silencio total, esta vez de
cuatro tiempos y medio. Gobernador vivió dicho silencio con
sus ojos bien cerrados, convencido, poco antes que la melodía
recomenzara, de que el mismo había durado una eternidad y
de que, ahora, estaba libre de ese ruidito que no podía vivir
eternamente, pues solo yo soy inmortal aquí. Pero otra vez per-
cibió la melodía: era real. Aumentaba en notas altas y bajas y
eso la hacía todavía más material. Gobernador la sentía rozar
su piel milenaria. Sobre todo las notas graves y blancas.
Esa lentitud y esa profundidad donaban a la melodía una
materialidad pesada, consistente. Le parecía un ser sin límites
y fino que se escapaba por entre los orificios imperceptibles
del enorme Palacio de Gobernador que dejaba salir ese viento
musical como suspiros de sí mismo. Ese conjunto de notas era
algo cuya intensidad desproporcionaba todo lo que hasta ese
momento había sido considerado como intenso, venciendo sin
vencer a Gobernador, que la interpretó en un primer momento
como el primer signo de su vejez.
De pronto se sintió pequeño, ínfimo, y no por su altura,
visto que Gobernador no llegaba al metro y medio de estatura,
aunque nadie lo imaginaba en Pueblo a causa de su mirada
canicular que achicaba la estatura del que tuviera delante.
Gobernador pensaba que esa voz era de estatura enorme,
aunque en realidad se limitaba a un hilo vago de sonidos que,
por ser música, bastaba para llenar millones de veces el hilo,
todavía más sutil, del alma de un hombre.
Esa melodía canceló todas las amañadas percepciones que
Gobernador había impuesto en los habitantes de Pueblo, e
hizo ver cada cosa según el peso, la medida y el color que le
eran propios.
Carajo, me volví enano —afirmó Gobernador, viéndose
acaso por primera vez sin los ojos de nadie que no fuera él.
92
Esa melodía había llegado a colmar el aire de ese pueblo, y
lo colmó de tal manera que, en un solo momento, el tiempo se
convirtió en décadas, años, segundos y, todos los relojes dieron
la hora que tenían que dar, sin esperar que Gobernador bostezara,
para decir que era tarde. Gobernador sintió de nuevo el calor
sofocante de la incertidumbre y repitió la fatídica pregunta:
¿Qué podrá ser esa melodía?
De toda su labia asombrosa que hacía caer el vestido de
cualquier mujer sin que ella se diera cuenta, convenciendo
no solo a la mujer sino también al vestido, solo quedaba esa
pregunta débil botada en el medio de la enorme recámara.
Era lo único que Gobernador pudo decir sin la certeza ni la
conciencia de ser Gobernador. Entonces se dijo a sí mismo,
como último recurso de su mala fe, que no era él quien en
realidad pronunció esa pregunta. Habría también de conven-
cerse de que no era ningún saxofón el que había escuchado,
sino la voz de una soprano que él mismo colocó, justo detrás
de su puerta, para dormirse con un aire de esos que él había
tenido la oportunidad de escuchar en Verona.
Pero, a pesar de todo, habría de recordar que, durante esa
noche, le dijo a su memoria de no recordar todo lo que esa
noche sucedió. Más aún aquel extraño momento en el que
todo se desbordó en su interior. Ese instante en el que la
melodía sopló aún con más fuerza, transformándose ella
misma en soplido que sopló y creó un saxo resplandeciente
flotando en ráfagas y chispas sobre la cabeza de Gobernador.
De la boca de ese instrumento salía un viento metálico que, a
su vez soplaba, y creaba una trompeta de escalas mortíferas y
medios tiempos infernales que, alborotada, daba existencia a un
bajo desafinando intencionalmente la voluntad de Gobernador,
en medio de acordes arrastrados de un piano que salía flotando
del orificio vertiginoso de esa melodía.

93
Gobernador observaba sin aliento esa llama circular y roja y
amarilla y anaranjada que daba vueltas y todavía más vueltas
sobre sí misma, esperando acaso el momento ese en el que el
tiempo, la distancia y todo lo demás se sacudiría como en un
escalofrío cósmico para mostrar a una Big band, una entera Big
band que resonó enorme, brutal, inmediata, con clarinetes, bajo,
batería, saxofones, trompetas, que mezclaban entre sí sus partes,
teclas, cuerdas, orificios, cueros, notas y metales, formando
instrumentos con sonidos de una profundidad cubista y unas
formas de bichos en cuatro patas que caminaban de un lado
al otro, seguidos por todos esos músicos con sus pantalones
anchos y sus trajes elegantes, con sus bocas enormes y sus manos
y sus ojos desproporcionados, inmensos, todos dando vueltas
sobre Gobernador, coronándolo como a un rey de pacotilla con
los aromas de sus melodías, pero sobre todo con sus presencias,
pues eran ellos en cuerpo y alma y música que existían delante
de Gobernador, con sus colores opacos, sus cabellos blancos, sus
fusiones, con sus oscuridades y sus confusiones. Era la presencia
de todo lo existente en Pueblo, pero ahora desposeído del temor
por ese Gobernador que decidía los cauces de los ríos y las
formas de las nubes. Era una música, un sonido majestuoso, una
Big band repleta de espacio-tiempos diferentes que tocaban al
unísono, convirtiendo en calvario el espíritu de Gobernador.
Era la alucinación del que todo lo podía y que, ahora, por
primera vez, escuchaba el jazz en una sola noche y a una sola
voz. Ese extraño swing que le hacía apreciar su gran Palacio
como lo que en verdad era: olor a viejo, calles desiertas, espejos
que se reflejaban entre sí. Hasta ese momento solo él podía
existir bajo el engaño universal de sí mismo como medida
del todo, pero ahora había tenido la oportunidad de escuchar
el motivo simple de un jazz, argumento inconfundible que le
había demostrado lo que ya él presentía desde décadas enteras:
que ese poderío que superaba las cercas de alambres de púa
94
más lejanas que, jamás ninguna gallina había logrado saltar,
era solo un cuento de camino, un periódico de ayer noticia que
nadie quiere leer, polvo arrastrado por el huracán sin palabras
de una Big band enojada, enojada.
Tuvo de nuevo miedo, pero ahora de la certeza de que
esa melodía podía, de un cierto modo, ser una prolongación
de Esaaquellalaausente. Qué otra cosa habría sido capaz de
relativizar su idea de que con él la historia de los hombres habría
terminado. Pero cómo habría de ser ella si, según sus previsiones,
esa mujer se le presentaría, por fin de noche, con aquel vestido
largo que ya no recordaba más, sus labios pintados y la buena
nueva de que por fin llegué. Ella no podía ser esa melodía
inquisidora cuya libertad, más libre que cualquier otra cosa,
exigía libertad a quien no se la podía conceder. Sintió cómo
lentamente entraba en sí mismo.
Una intuición muy suya lo sorprendió: apoderarse de esa
melodía. Hacerla entrar en los límites de su cerca de alambre
de púa. Fue como una ráfaga que le traspasó el miedo y, de
cierto modo, lo hizo sentirse de nuevo Gobernador. Pero no
había terminado el plan maestro para materializar su intuición
cuando, eso que había hasta ahora sonado como una Big band,
se transformó sin más en un quinteto, cuarteto, trío y, ya sin
la fuerza, o al menos, sin el volumen de otrora, se transfiguró
de nuevo en la suave melodía de saxo del inicio, interpretando,
ahora, un tenue blues de despedida. Era el final y extrañamente
se sintió culpable. No habría de quitarse jamás el recuerdo que
ese solo de saxo le hizo recordar. Él interpretó a esa melodía
como el recuerdo del recuerdo de Esaaquellalaausente, que vino
durante la noche a recordarle al recuerdo mismo «el porqué»
ella vino y se fue. Aunque fuera y no fuera cierto. Esa voz se
extinguió en un estremecimiento de vela apagándose que
era voz y era viento. Él se dio cuenta de que había confundido
una vez más el amor con la política, el poder. Se sintió solo
95
pero soberano en su mundo de calles desiertas, espejos que se
reflejaban entre sí y olor a polvo.

***

Aquella tarde fue desastrosa, sobre todo para los traba-


jadores del cañaveral. La orden era terminante: acabar con
el ruidito. El febril Secretario no tenía más opciones, debía
jugarse la última carta, esa que solo él podía haber imaginado
y, aún más, puesto en práctica.
El bendito ruidito ese había durado mucho.
Secretario entró en la oficina del jefe con el paso de un
gato. Muy despacio, cuidadosamente. Apoyando primero el
talón para amortiguar su movimiento hasta llegar a la pun-
ta del pie. Visto desde lejos, Gobernador parecía un camello
adormecido. Claro está, él percibía todo, como lo hacía con
todas las cosas del mundo. Cuando sintió que Secretario es-
taba más concentrado en su cabalgata hacia su escritorio lo
sorprendió con su voz súbita:
¿Qué carajo quiere?
Sé qué pasa —respondió Secretario con seguridad.
No fue necesario que trajera a colación el sujeto. Era el
mismo de todas las semanas anteriores. Gobernador levantó
apenas su vista inquisidora, pero a la vez curiosa, pues lo que
pasaba en el cañaveral él lo sabía de sobra y no le preocupaba.
El millar de Gorilas de la inteligencia militar enviado al
cañaveral era una escaramuza para divertirse al mismo tiempo
que creaba un poco de orden, que mal no le hacía a Pueblo
en ese momento.
Entonces termine de entrar, dígame y déjese el drama que
no estamos en un teatro.

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A Secretario la última frase lo había dejado sin aliento, al
punto de que la idea de decirle a Gobernador lo que pensaba
le parecía una grandísima bufonada. Pero sabía muy bien que
ya era demasiado tarde, y quién sabe si los penetrantes ojos
de Gobernador ya sabían lo que él venía a decirle, como solía
sucederle. Entonces Secretario tomó aire e impulso, como si
fuera a lanzarse a un acantilado de esos donde los Gorilas
amaban tirar a sus cadáveres.
Son los pajaritos, jefe.
¿De qué habla Señor Secretario? Explíquese.
Estoy casi seguro de que el susodicho ruidito es causado
por las aves emigrantes del Norte, así creo.
Se sintió ridículo. Tal era su sonrojo que sintió que en
cualquier momento su cabeza explotaría llenando de rojo, ese
color que tanto odiaba Gobernador, toda la oficina.
Explíquese, Secretario.
Simplemente eso, Jefe. Por lo cual pienso que la acción
más propicia es que mande a la policía militar a cazar a todos
los pájaros de Pueblo. Llamó a uno de los líderes de la poli-
cía militar, sin retirar los ojos de Secretario, y con la mirada
apuntándolo le ordenó al Gorila que colgara en la plaza pú-
blica a todos los pajaritos que encontrara en el cañaveral.
Pero antes de terminar con el militar le dirigió de forma
intempestiva la palabra a Secretario:
¿Está usted seguro de lo que dice?
Sí —afirmó Secretario con una voz vacía y llena de viento.
Sobre usted cae la responsabilidad de esos pobres bichos.
¿Sabe usted eso?
Pero antes de que Secretario pudiera responder, Gober-
nador le susurró sin ganas al militar ahí presente:
Retírese.
El militar sonó los tacones, dio media vuelta marcialmente
y cerró la puerta con cautela.
97
El ruido de la puerta cerrándose despertó a Secretario de
su miedo y lo hizo pensar en voz baja, para que el jefe no
lo oyera, que había ganado un poco de tiempo. Tal vez el
necesario para convencer a esa muchacha que guardara su
saxofón y se fuera de ese cañaveral.
El tiempo es del que se lo merece —le dijo a nadie
Gobernador mirando a ninguna parte.

***

El murmullo que venía de la plaza principal, tres cuadras


más abajo, llegó hasta el cuartito de hotel de Pabloelmarinero
y lo despertó de ese sueño de gatos negros. Los comentarios
llegaban a sus oídos como un oleaje de moscas o una colmena
en efervescencia.
Supo que algo había pasado allá, así que no dudó en aso-
marse, descalzo y sin camisa, para ver de qué se trataba.
La insistencia de los rumores sobre lo que ocurría en el
cañaveral lo hizo dudar. Un pensamiento negro le manchó la
frente. Acababa de entender que lo que estaba pasando tenía
que ver, también, con él. Cayó en cuenta de que podía ser ella.
Fue a sacar a Maríadelosángeles de ahí como fuese y se
encontró con una barrera implacable de Gorilas nerviosos
que eran sistemáticamente gritados por un comandante su-
dado y obeso con cara de perdido y un ansia ácida que llegó
hasta el olfato de Pablo. Pudo percibir entonces eso que todos
fichaban como ese ruidito ese: era jazz.
No le cabía ahora la menor duda de que esa loca suya esta-
ba ahí, sal, apresúrate, no ves que te van a matar, le dijo Pablo
en silencio. María lo escuchó desde adentro del cañaveral, a
muchos metros de ahí, y no dudó en responderle que la dejara
tranquila, que alguien tenía que hacer algo.

98
Un gorila lo detuvo al instante pidiéndole su identifica-
ción.
Se me va de aquí ahorita mismo que a partir de este mo-
mento esto es zona militar.
Una esperanza le pobló el espíritu. Pensó que, desde algún
lugar, cerca de ahí, Fantasmaelrevolucionario estaba viendo
todo y que, en cualquier momento, una detonación haría vo-
lar por los aires a esos Gorilas. Era su miedo disfrazado de
imaginación.
La situación se hacía de más en más grave y se podía ver en los
rostros funerales de la gente de Pueblo. Todo el mundo temía
ser liberado por aquella melodía que venía del cañaveral y por
lo tanto ser acribillados como bestias o ser convertidos en es-
pectros de semblante transparente. El círculo de la historia se
iba cerrando y la tranquilidad y el silencio de los últimos días
hacían todavía más incierto el desenlace del célebre ruidito.
El murmullo de la gente que discutía sobre el tema y la cons-
tante melodía de jazz que perfumaba a Pueblo mantenían
viva la respiración de Pablo: lo hacían pensar que ella seguía
viva. Pero al despertarse durante aquella mañana el murmullo
de la gente se había amplificado. Pablo pensó que el día había
llegado y, aunque se lo había imaginado cientos de veces, en nada
este se parecía a sus fantasías. Salió despavorido hacia aquella
plaza de donde venía el murmullo.
Ya le faltaba solo una cuadra para llegar al lugar y las pie-
dras incrustadas en sus pies descalzos y el gran número de
observadores ahí presentes lo dejaban casi sin esperanzas
para continuar. Continuó de todas maneras, pero disminuyó
su velocidad. Se abrió paso entre la jauría de miradas intensas
e incrédulas y los comentarios sin identidad que le llegaban
en ráfagas a sus oídos.

99
Sin que se lo esperara se le apareció, espléndida, la imagen
más bella que guardaría de Maríadelosángeles. La contempló
sin prisa como alejado de todo ese gentío, los Gorilas y el
calor. Así haz de quedarte por siempre en mi memoria, se
escuchó decir a sí mismo cual vidente. No tardó en percatarse
de que se trataba de una alucinación. Se encontró sumergido
en la marea humana y solo en ese momento sintió la soledad
que comunicaba la imagen de la mujer de su vida que su alu-
cinación le había regalado.
Afortunadamente la gente no estaba reunida en esa plaza
para ver a Maríadelosángeles apresada, como al inicio había
pensado.
El espectáculo con el que se encontró era tan inverosímil
que no le quedó más remedio que levantar su vista y observar
eso que todos observaban como mareados: millares de lindos
pajaritos tropicales de todos los colores ahorcados y dispues-
tos en filas paralelas por el Estado. No tiene nombre. Si solo
pudiera dar con el paradero del autor del bendito ruidito ese,
yo misma lo mataría con estas manos: esos pobres bichos son
inocentes —le sugirió una vieja enervada a Pablo.
Él la miró como si ella no estuviera ahí y se sintió abrazado
por una frescura que solo más tarde descubrió como esperan-
za. Pensó con intensidad en ese secretario bajo y apretado en
su ropa. Solo él había podido concebir un disparate tal para
hacerle ganar tiempo a Maríadelosángeles y, más aún, con-
vencer a Gobernador de ponerlo en práctica. Su memoria lo
recordó entonces con agradecimiento en ese sótano sombrío
lleno de gente libre. Ahí estaba él como olvidado de su iden-
tidad diurna, subido sobre los anchos hombros de su negra
azul, jugando al caballito con esa mujer imponente que con
su voz lo había liberado de lo que él quería ser, extrayéndolo
en un gesto mágico de la oscura oficina donde él organizaba
impecablemente la burocracia que Gobernador odiaba e ido-
100
latraba tanto. Por eso lo tengo conmigo señor Secretario, no
se cansaba de repetir Gobernador: porque todo lo que yo no
hago lo hace usted, todo lo que yo pienso lo hace ley, todo lo
que los Gorilas destruyen usted lo ajusta de tal manera que
ha llegado incluso a convencer a ciertos organismos inter-
nacionales de que esto, a su modo, es una democracia. Y es
que tan efectivo es ese secretario que, en algunas noches de
insomnio implacable, Gobernador decidía abrirle su corazón,
seguro de que él le encontraría en un instante el amor de esa
mujer perdida, de aquella amante huida, de la ausente de su
tristeza, gracias a una de sus ficciones burocráticas. Secretario
acomodaba entonces el mundo a la medida del insomnio de
su jefe. Y Pueblo se despertaba al día siguiente con un pa-
quete de nuevas medidas y leyes que acercaban más aquella
mujer de Gobernador, al mismo tiempo que alejaban a los
habitantes del poder.
Haberse detenido a pensar en la peligrosa situación del se-
cretario de la patria le había hecho reconocer a Pablo, de una
vez por todas, la envergadura de su persona y la real medida
de su estatura.
Delante de la visión de esos pajaritos muertos Pabloelma-
rinero tuvo la intuición de que si algo habría de cambiar al-
gún día en Pueblo no sería ciertamente a causa de Fantasma,
sino más bien de ese tal Secretario.

***

El ambiente quedó agobiado por un silencio de locos. Ni


siquiera el viento, tan acostumbrado a silbar para despertar a
los ciudadanos quiso emitir ningún sonido por la nostalgia
que le causaba no poder hacer dúo con los pajaritos muer-
tos. Gobernador se despertó malhumorado de su insomnio y,

101
desconcertado, preguntó que por qué no cantan los pajaritos
esta mañana.
Usted dio la orden de colgarlos en medio de un evento
público —se aprestó inmediata la voz de uno de sus vasallos
predilectos que dormía con una oreja pegada a la puerta para
que nada le falte al padre de la patria mía.
¡Pues que los resuciten! —exclamó indignado Gober-
nador.
Pero hasta él mismo, en el limbo de su omnipotencia, se
dio cuenta de que resucitarlos no era posible. Así que, ener-
vado con el cosmos entero, decidió dar por terminada la his-
toria del ruidito ese.
¡Llámenme a Secretario!
Y no apenas había terminado su frase, Secretario se levan-
tó de un salto, allá en su casa, por haber escuchado la orden
de mi jefe del alma. Al llegar a la oficina se encontró con un
grupo de militares de alto rango que habían sido llamados al
mismo tiempo: se mojó lo que estaba seco, pensó Secretario.
Y se apresuró a ejecutar un recurso de último momento:
¿Puedo hablar con usted, en privado, Excelencia?
Pero Gobernador le cerró el paso con un tono odioso y
fulgurante: Se acabaron las palabras, señor Secretario. Ahora
se me van al cañaveral y se me regresan con la buena nueva de
que el ruidito se terminó. Y no se me paren en detalles.
Y tomando un poco de aire:
Me incendian la mierda esa con todo y ruidito.
Secretario contuvo el llanto. Gobernador esperó que sa-
lieran los Gorilas para decirle lo que pensaba con tono de
padre bruto:
Llore si quiere. Basta que no me diga por qué.
Los hombres no lloran, jefe —le respondió recordando un
viejo consejo de infancia de su tío Pedro, un hombre alto y

102
andino que él llevaba en su memoria como una tabla de man-
damientos.
Del cuartel diagonal al Palacio presidencial salió un bata-
llón dispuesto para la guerra en medio de calles vacías que los
Gorilas justificaron como pudieron: es la hora de la telenove-
la, por eso nadie mira para afuera.
Los soldados marchaban sonrientes por entre las calles de
Pueblo, alucinados todavía por las extrañas pastillas que les
habían metido en el hervido para que fueran más efectivos
a la hora de ejecutar las órdenes. Se sentían fuertes y vigo-
rosos dispuestos a hacer cualquier acción con tal de vencer
a eso que el comandante les dijera que era el enemigo. Sin
quererlo, recordaban esos videos que en el cuartel les mostra-
ban después de cada comida para fortalecer su furia. Estaban
dispuestos a imitarlos en todos sus detalles y, si era necesa-
rio, a superarlos. Caminaban al unísono y ese ruido marcial y
exacto les espantaba cualquier rastro de autonomía o libertad
que hubiera podido resistir al feliz desespero de esas pastillas
amarillas que les hacía temblar las mandíbulas.
Ya habían superado el célebre café El Faquir, la plaza don-
de los pajaritos se habían ya disecado al sol y hasta el Ce-
menterio que ni siquiera miraban a causa del temor por esos
muertos que se aparecían de tanto en tanto ahí.
El olor a sal del puerto y de la bahía de frente a Pueblo
se hacía tenue, pues andaban ellos en dirección contraria
al Caribe. Las primeras plantas gramíneas se divisaban al
horizonte: el cañaveral se hacía cada vez más visible, apa-
reciéndoseles como un enorme monstruo verde con el que
tenían que luchar.
Los pocos entre ellos que no habían tenido la oportunidad
de hacer guardias ahí los días anteriores sintieron sus vellos
erizarse cuando, por fin, pudieron escuchar más de cerca la
famosa melodía de la que tanto habían oído hablar. Si no
103
hubiera sido por la efectividad de las pastillas esos soldados
se hubieran sentido liberados por la frescura de ese swing.
El comandante llevaba consigo un altoparlante y, en teoría,
habría debido advertir a quienquiera que sea, por última vez,
en nombre del Excelentísimo Gobernador y, por supuesto,
de este pueblo libre, detenga esa melodía ilegal y apátrida. Pero,
¿desde cuándo aquí se avisa nada? Solo se limitó a decir:
¡Ahora!
Y, en medio de una jauría de empastillados que corrían
con baldes de queroseno y gritos y baba, completó su orden
con otra frase casi ladrada:
Y cualquier cosa que encuentren, ya saben.
Los Gorilas prendieron fuego al cañaveral. María, dentro
de este, no tardó en sentir un calor infernal.

104
Prisionero

Prisionero había encontrado por fin el mecanismo para seguir


en vida en medio de tanto encierro. Cada vez que una gota
chocaba contra su bote-cárcel, él concebía una nueva novela,
inspirada por el instante inigualable de su sonido húmedo.
El breve espacio temporal que invertía esa gota en chocar
contra el bote era la ocasión para el nacimiento de una his-
toria que comenzaba y se desarrollaba, sin dejar rastro algu-
no de temporalidad. En el mismo instante en que la historia
tomaba vida se le podía percibir en la lengua rápida de Pri-
sionero pronunciando con una velocidad alarmante susurros
onomatopéyicos, multitud inigualable de verbos, sustantivos,
artículos, puntos y comas que juntos construían el cuerpo de
una novela inédita. Todo ello perdido en ráfagas de jamases
que nunca reposarán, frondosas, en el blancor de las páginas
de ningún libro imaginable.
Ese mecanismo que Prisionero ponía en práctica para so-
brevivir literariamente era la prueba de que a él le sobraba
dignidad para seguir soportando el sonido de su imaginación

105
que no se detenía por nada del mundo, pues era una melodía
que él mismo orquestaba con la trompeta de su cerebro y la
batería de su corazón. Esas gotas del mundo exterior que, al
tocar su bote creaban historias en su interior, eran una buena
mediación entre ese mundo espacio temporal de afuera y sus
indomables ganas de escribir. Ese mecanismo lo conservaba
aquí y allá, allá y aquí.
Aunque era realmente difícil mantenerse en esa cuerda
floja. A medida que pasaba el tiempo la ficción le ganaba a la
realidad y la imagen mental a lo observado. Prisionero se fue
trampeando a sí mismo muy paulatinamente a través de los
mecanismos engañosos de su imaginación, improvisándose
una especie de inmensa fortaleza de terciopelo donde, lejos
de ese bote, él residía sin reconcomios, esperando que el vien-
to de la realidad no soplara muy fuerte.
A pesar del pasar de las estaciones esa Fortaleza se man-
tenía en pie y de más en más decorada con el gusto ex-
travagante de la imaginación de ese escritor. A su interior
comenzaron a surgir fuentes barrocas de aguas altas, pájaros
exagerados salvaguardados en jaulas que parecían catedrales
medievales, racimos colgantes de uvas turquesas y redondas
como planetas, pasadizos secretos que lo hacían deslizarse
de una historia a la otra, pisos hechos de mosaicos arcaicos,
acuarios que mantenían descansadas a ballenas cuyas respi-
raciones se escuchaban en todos los ámbitos de la fortale-
za y mantenían el aire fresco, altos salones con muebles de
caoba en cuyas bibliotecas se albergaban ejércitos de libros
apenas leídos y sin rastro de polvo que respondían al nom-
bre de Diccionario de todas las cosas.
Esa biblioteca parecía habitada por una respiración pro-
pia. Sus libros eran marrones y densos, de tapas hechas de
gruesas maderas centenarias. Parecían musculosos atletas
mientras, al improviso, salían de sus estantes, se abrían en
106
una página específica y entraban de nuevo en su orden si-
lencioso sin dejar rastro ninguno de humanidad que les pu-
diera quitar su ímpetu de cosa.
Ese Diccionario almacenaba todas las palabras que Pri-
sionero había utilizado durante todo el tiempo de su cauti-
verio y la biblioteca en la cual se encontraban una máquina
de imaginar que, con cada gota que tocaba el bote-cárcel de
Prisionero, se ponía en función. Apenas la gota tocaba el
bote, Prisionero se perdía en los corredores laberínticos de
su fortaleza de terciopelo, buscando con una tranquilidad
de demente uno de los tomos de ese Diccionario de todas
las cosas, el cual se abría, por ejemplo, en la palabra Pueblo,
sumergiendo a Prisionero una vez más en el malabarismo
de su creación literaria.
A partir de la palabra Pueblo Prisionero hacía entonces
florecer un sistema de otras palabras que, por siempre, acom-
pañarían a esa palabra convertida ahora en una novela. Esa
palabra mutaba por siempre su significado y, a partir de ese
momento, según la definición de ese diccionario, Pueblo no
quería decir Pueblo, sino la novela apenas escrita.
Otra gota arremetía contra la barca de Prisionero y allá,
en la fortaleza de su imaginación, otro libro salía del estante
y flotaba de frente a su mente señalando otra palabra cual-
quiera, en este caso la palabra Rosita, a partir de la cual se
creaba otra nueva novela y dicha novela, y todas las palabras
ahí utilizadas, entraban sin más en la definición de la pa-
labra Rosita. Entonces, a la antigua historia de la palabra
Pueblo, se le uniría la historia de la palabra Rosita por el
simple hecho de que, en la novela de la palabra Pueblo, la
palabra Rosita había sido utilizada. Pero también era cierto
lo contrario, pues en la novela de la palabra Rosita había
sido utilizada la palabra Pueblo, por lo que, a la historia de
la palabra Rosita, se sumaba la novela de la palabra Pueblo.
107
Ello quería decir que las definiciones de las palabras presen-
tes en el Diccionario de todas las cosas se iban adicionando
entre sí, pues cada palabra presente en una novela era, a su
vez, otra novela y, las palabras que se encontraban en esta
segunda novela, eran otra novela más.
Todo eso sucedía con el ritmo y la velocidad de esas gotas
chocando y volviendo a chocar contra ese bote, despertando
así el milagro de la imaginación, esa telaraña de tantas di-
mensiones que entrelazaba un sinfín de palabras que detrás
de sí poseían un sinfín de historias existentes y coexistentes
con otras historias que se multiplicaban a medida que sus
palabras eran utilizadas en otras historias más.
Era un salón infinito de espejos en el cual personajes
de todos los tiempos se unían en novelas inverosímiles que
albergaban en sí a monjes franciscanos de la Italia del Re-
nacimiento en un edificio del centro de Siena, dialogando
amenamente en lunfardo con hombres desnudos de la edad
de piedra, mientras en el salón contiguo una aborigen del
Amazonas bailaba la danza del vientre, vestida con atuendos
chinos bordados en oro, botones cubiertos de seda y cuello
alto. Las épocas, acontecimientos y diálogos se mezclaban
ente sí, creando mundos paralelos en los cuales los idiomas
no poseían más sentido, visto que novelas de diferentes la-
titudes y épocas se habían enredado cual nudos de gruesas
cadenas de millones de kilómetros jaladas por la imaginación
de Prisionero.
Pero pasado el tiempo, el cuerpo de Prisionero embruja-
do como estaba por tantas novelas y gotas, trató de desper-
tarse de su imaginación, dejarla ahí tirada, pues ya solamen-
te le permitía estar allá, y el aquí se le estaba muriendo. Fue
así que, en un arrebato de racionalidad, arremetió contra la
superficie de ese bote-cárcel, intentando romper sus rejas de
madera convertidas en roca. Pero irremediablemente otra
108
gota golpeó su barca y lo alejó de su intención de parar todo,
ahí adentro. El huracán de su vocación literaria lo empujó
nuevamente al abismo incierto de otra palabra saliendo de
los libros marrones de su imaginación de caoba, para unirse
a otras definiciones que reenviaban a otra novela que dentro
de poco sería sigilada por ese importante, y a la vez impo-
tente, punto y fin.
Prisionero no lograba detener la fortaleza de su imagina-
ción, y de esas gotas golpeando su prisión. Aunque en oca-
siones así lo desease, él simplemente no podía detener el mar.

109
Rosita, Secretario, Ella

Pocos conocían los orígenes de Ella, hija de nadie, pues su


padre y su madre nunca fueron vistos en Pueblo. Todos la
recuerdan desde siempre mujer y cantante. Ella creció como
pudo, primero cantando en la calle, después en el coro de la
iglesia y, cuando ya el coro no daba para comer, en los boti-
quines de mala muerte de Barrio. Siempre cantó por comida
para su hermana menor, una flaca que nada tenía que ver físi-
camente con Ella. La hermana menor siempre se aprovechó
del trabajo de la primogénita quien la mantuvo con todas
las comodidades hasta un día de lluvia tropical en el que la
cantante llegó ronca a causa de una gripe de prostíbulo que
no la dejaba cantar desde hacía días y que hizo decirle a su
hermana con voz de ballena: Princesa, ahora te toca a ti.
La menor supo que su hora había llegado. Siempre intuyó
que tarde o temprano Ella le pediría que trabajara y por ello
siempre le dio largas al asunto, prolongando al máximo su
niñez y su lejanía del mundo laboral de Pueblo. La pequeña,
para alargar su situación, jugaba sobre todo con el argumento

111
de su ingenuidad de frente al afán y la vulgaridad de los hom-
bres de Pueblo. Bien sabía ella que para su hermana mayor
este era un argumento contundente, vista la mala suerte que
Ella había tenido siempre con los hombres. La idea de que
la pequeña de la casa tuviera un día que salir y enfrentarse al
machismo y a la degradación generalizada de Pueblo, al sexo
en las matas de mango y todo lo demás, aterrorizaba a Ella.
Claro está, Rosita nunca le había confesado a su hermana
mayor la lista interminable de machos que habían entrado
en su cuerpo y su pubertad. A pesar de que Pueblo conociera
todas sus andanzas, sus secretos nunca los dividió con nadie y
los únicos que los guardaban, como si fueran monedas de oro,
eran los hombres con quienes comía esos deliciosos mangos.
Todos evidentemente casados.
Dicha situación civil era condición indispensable para
Rosita, pues en todo ayudaba a su causa:
Si tú hablas, yo hablo.
Esta amenaza, aunque ni ella misma se la creyera, fun-
cionaba de maravilla. Esos hombres, contradiciendo sus
espíritus machistas, según los cuales Rosita era un codicia-
do trofeo, ni siquiera después de muchos rones abrían sus
bocas para festejar delante de todo El Faquir que la her-
mana menor de Ella pasó por aquí. Además, esa amenaza
preservaba el honor de esos hombres a los cuales Rosita
imaginaba gritando al unísono en El Faquir, yo soy el úni-
co que ha tenido las bolas de comerme más de un mango
con Rosita, la hermana de Ella. Por ello en Pueblo todos
hablaban tan bien de ese pobre ángel flaco que tiene la
desdicha de tener como hermana a esa elefanta que ahora
le repetía con voz ronca:
Ahorita mismo sales a buscar trabajo.
Rosita, una vez más, bajó la mirada y le dio largas al asun-
to, todavía por algunas semanas, con la nueva excusa de que
112
este régimen nos dejó sin fuentes de trabajo, hermana. Pero
pasadas unas semanas la respuesta de Ella fue contundente:
Si quieres le das un golpe de Estado a Gobernador, pero
ahora mismo te quiero ver trabajando.
Como usted diga, generala —le dijo Rosita cagada de
la risa.
Pero las cosas seguían igual. La hermana menor salía tem-
prano en la mañana y llegaba tarde en la noche cansada, de
tanto mango comido en tantos árboles diferentes, con la mala
noticia de que tampoco hoy, hermana, pues este régimen nos
dejó sin fuentes de trabajo.
Pero al día siguiente fui yo la que salí a buscarle trabajo. Y,
sin quererlo, fue en el mercado de las cinco que le encontré el
bendito oficio a la vaga esa. Esaaquellalaausente estaba ahí,
en su paseo cotidiano con ese tal Gobernador y, muy a pesar
de él, se le separó unos minutos de su brazo y se dirigió hacia
uno de los fruteros con una pregunta furtiva en su boca:
Disculpe usted que conoce a tanta gente. ¿No sabrá por
casualidad dónde puedo encontrar a una buena mentirosa?
Mentirosos conozco muchos, pero buenos sinceramente
no creo que conozca.
Disculpe, señorita. Sin querer escuché la conversación
y le puedo asegurar que conozco a la persona que usted
busca —le dijo la negra Ella sudando gotas de carbón.
Esaaquellalaausente se hizo la desentendida pensando que
Ella era una de esas Gorilas de Gobernador, y la miró como
si nunca hubiera mirado a nadie en su vida. Ella le repitió
su frase con una nota más aguda. Esaaquellalaausente se vio
obligada a responderle con un tono seco:
No hablo con desconocidos.
No me venga usted, niñita, a hablarme con ese tono por-
que bien sé que usted está desesperada —le dijo Ella sin saber
cómo.
113
¿Cuál tono?
No me vas a cortar con ese cuchillo de cartón, muchachita.
¿Cuál cuchillo?
Sin querer Esaaquellalaausente había entrado en el cuarto
oscuro de la conversación de esa negra pícara y, lo peor, es que
la niña, de tan educada y tan de su casa que era, no se había
dado cuenta. Su última frase seudoingenua le hizo entender
la inminencia de la conversación que ahora tendrían. Ya esta-
ba adentro de esa conversación y lo único que le quedaba era
prender una lucecita con su frase sincera:
Bueno, es mi padre el que me dice siempre que no tengo
que hablar con desconocidos, y mi padre ahora no está aquí.
Y, ¿dónde está, niña? Trabajando, como siempre.
¿Y qué trabajo hace? Me busca novio.
¿Cómo es eso?
Bueno, muy sencillo. Se la pasa trabajando como general,
fuera de la casa, para darle la oportunidad a ese tal Goberna-
dor de visitarme cuantas veces le plazca.
Ah.
Y eso dura desde hace mucho, mucho tiempo. Lo siento,
niña.
Más lo siento yo, señora. Me llamo Ella, no señora.
Bueno, Ella. ¿De verdad puedes ayudarme?

***

Necesito una mentirosa.


Tú lo que necesitas es una madre.
Más de una, Ella. Pero eso es otro tema. Por ahora lo que
realmente necesito es una mentirosa. Tengo cocineras, jardi-
neros, choferes y un ejército de otros ayudantes que me hacen
mantener la casa impecable para las visitas de Gobernador. Pero
lo que yo realmente necesito es una mentirosa de las buenas.
114
Y eso para qué, niña.
Para espantar al necio de Gobernador, allá atrás.
¿Eso es Gobernador? Ese mismito.

***

¿Y qué te hace pensar que un mentiroso podrá con la vo-


luntad de Gobernador?
Yo lo conozco más que nadie.
No más que nosotros que lo odiamos. Y quiénes son ustedes.
Un día te contaré, niña.
¿Bueno, me vas a ayudar o no?
Pero todavía no me has explicado bien qué tiene que hacer
el mentiroso que necesitas.
Y qué más, decir mentiras. Pero de las buenas. Es por eso
que necesito a alguien de naturaleza mentirosa, que mienta
como respira.
Creo que conozco a la persona que buscas.
Si la persona que tú conoces es la persona justa, lo único
que tiene que hacer es presentarse como mi ama de llaves.
Bajo ese rol le abrirá la puerta a Gobernador varias veces por
día y le dirá que estoy, que no estoy, que salí, que me mudé,
en fin, quiero a alguien que me quite esa mosca gigante de
encima con el arte sin igual de una mentira bien dicha.
Pero, una preguntita, entre las dos. ¿No es peligroso el tra-
bajito ese? Y, ¿cómo va a serlo?
Sabes, Gobernador…
Ese lo que es es un enamorado sin causa, un alma de Dios,
un pan dulce.
Buenos días señorita, soy Rosita y vengo de parte de mi
hermana mayor, Ella. Me dijo que le dijera simplemente, de
parte de Ella, la del mercado.
Pasa adelante.

115
***

El trabajo le cayó a Rosita como anillo al dedo porque


era trabajo y placer a la vez. Trabajando tenía la oportunidad
de mentir cuanto quisiera, mirando fijo a los ojos de Go-
bernador, diciéndole con ironía, la niña está por el momento
ausente o indispuesta o, incluso una vez llegó a decirle que la
niña está muerta hasta las cuatro en punto, señor, palpando
centímetro a centímetro la agonía de ese niño grande que
mil veces al día llegaba con la misma excusa de que dejé ol-
vidados mis guantes, señorita Rosita, pero es que la niña me
mandó a decirle que no puede pues se la comió el tigre.
Y cuando no le abría la puerta a Gobernador, Rosita se re-
volcaba por los pasillos interminables de esa casa de dos pisos,
por su escalera de madera brillante, por sus cuartos de techos
altos, encima de la cocina último modelo y dentro del armario
de la vajilla, con el jardinero, el chofer, el lechero, el vendedor
de periódicos, el cartero, el obrero que estaba construyendo la
torrecita del jardín, el carnicero que vino a traerle el kilo de
costilla a la señorita y con todo macho que se atreviera a tocar
esa bendita puerta, menos, claro está, con ese tal Gobernador
que solo tenía ojos para ver a la niña que, lo siento mucho, no
está en estos momentos en casa, decía Rosita arreglándose la
ropa interior que, por todo el bochinche anterior, se le salía
por una parte y le entraba por otra. En ocasiones Gobernador
la miraba con incertidumbre cuando ella le respondía, voy a
ver si está la señorita, y subía las escaleras cojeando pues en el
sobresalto del timbre sonando había metido las dos piernas
en uno solo de los orificios de su bikini en un intento inútil
porque Gobernador no se diera cuenta de que, justo detrás
de la puerta a la que él estaba llamando, se encontraba ella

116
encaramada como un mono en la lámpara de la sala, agarrada
de una sola mano porque con la otra le arrancaba el cabello
de placer a ese pobre cartero que apenas podía respirar, es-
trangulado por las piernas de ella, más fuertes que un alicate
de presión. Dos toques más y me voy, pensó Gobernador, y
no había terminado el primero de ellos cuando Rosita abrió
la puerta de forma caótica despidiendo a ese cartero, ahora
calvo, cuyas ganas de comerse un manguito con esa tal Rosita
estaban íntegras por culpa del necio de Gobernador a quien,
bajando la cabeza cual vasallo, ese cartero saludó con una voz
sudada de sexo, buenos días Gobernador, permiso, hasta lue-
go. Gobernador ni siquiera lo miró en su afán por tratar de
ver a través de la puerta semiabierta si Esaaquellalaausente
estaba por casualidad en las inmediaciones del salón.
Disculpe, señorita Rosita. Quería saber si por casualidad
había dejado aquí mis guantes marrones de cuero.
¿Los que había olvidado ayer y anteayer? —le respondió
Rosita sin compasión.
Esos mismos —dijo Gobernador avergonzado. Pues ayer
mismo se los entregué.
Pues creo que uno de ellos se cayó precisamente en el mo-
mento de la entrega.
***

¿Puede ver si, por casualidad la señorita los habrá visto?


Cómo no, señor.
Rosita subió las escaleras cojeando pues en el sobresalto
del timbre sonando había metido las dos piernas en uno
solo de los orificios de su bikini. Gobernador aprovechó
para sacar de su bolsillo un par de guantes de cuero marrón
que el alcahuete de Secretario le acababa de comprar para
poder poner en práctica su excusa cotidiana. Rosita ya casi
estaba por bajar las escaleras con su respuesta de que la señorita
117
dice que. Gobernador aprovechó el poco tiempo que le que-
daba y sacó uno de los guantes y lo dejó caer como si nada,
cerca del mueble más grande y vistoso, para poder regresar
sin problemas al día siguiente.
Instantes más tarde Rosita bajó las escaleras con un paso
normal, pues tuvo el tiempo de arreglar sus vestidos, peinarse
y hasta de echarse ese polvito rojo en las mejillas que tan bien
le quedaba. Pero antes pasó por el cuarto de los chécheres y
tomó uno de los miles de guantes marrones que Gobernador
había desparramado por toda la casa.
La señorita dice que está indispuesta —le dijo Rosita con
cara de fastidio y el guante en la mano derecha.
Después de dicha respuesta Gobernador no le prestó más
atención a ese bendito guante del cual nada quería saber y, sin
encontrar las palabras, a causa de su desolación de niño sin
madre, respondió:
Entonces dígale que paso más tarde. Así será.
¿Qué te dijo ese necio, Rosita? —se oyó desde arriba de las
escaleras apenas la puerta se cerró.
Que regresaba más tarde, señorita.

***

La negra Ella apenas había terminado el segundo set de


la noche. Rue de Paradis estaba lleno. Adentro los rostros
se cruzaban casi rozándose por la estreches del lugar. Casi
todos los ahí presentes tenían labios de quien ejercita un
instrumento de viento o dedos de bajista o violinista. Pero
también había sus excepciones y la más espectacular era
la de ese hombre, Secretario, que de ser tan bajo no po-
día pasar desapercibido en ese lugar sombrío. Ahí estaba él
frotándose sus diminutas manos, esperando la inminente
llegada de la monumental negra Ella. Los labios de esa can-
118
tante todavía estaban húmedos, a pesar de ese largo set que
apenas terminaba.
Secretario se dio cuenta de sus manos frías, sudadas. Él es-
taba nervioso, pensando en las preguntas que, horas antes, se
había obligado a sí mismo a hacerle a su negra. A Secretario
nunca se le hubiera pasado por la mente de interrogar de ese
modo a Ella si no fuera por la insistencia de su madre que,
cada vez que su hijo salía a trabajar, le decía:
Cuando vuelvas, hijo, no te olvides de traerme el árbol
genealógico de esa.
Su nombre es Ella y es cantante de ópera.
¿Cantante de qué? De blues, madre.
Delante de semejante barbaridad la madre de Secretario
siempre respondía de la misma forma:
Entonces esa no es ninguna cantante. Esa lo que es es
una negra.
Pero Secretario, por temor de confiarle la verdad en bandeja
de plata a esa madre suya que lo conocía tanto, prefería irse de
inmediato con el secreto del color negro azulado de Ella, el
amor de su vida. Prefería cerrar la puerta con cautela y bajar las
escaleras en puntas de pie. Pero el camino hacia su oficina era
la irremediable ocasión para desarrollar su triste reflexión co-
tidiana sobre ese bendito demostrativo que su madre utilizaba
para hablar de Ella: siempre la llamaba Esa. Él, tolerante como
era, hubiera preferido Esta o incluso Aquella, pero ese Esa le
resultaba insoportable y le arruinaba irremediablemente el día.
No era una casualidad que su vieja se obstinara en utilizar
ese demostrativo. Bien sabía ella, que lo había parido, que su
hijo nunca se divirtió de niño con los juguetes, ni con el juego
infantil entre compañeritos. Nada de eso nunca lo interesó.
Su interés estaba en otra parte, en los laberintos del idioma.
Por ello, la única forma de castigarlo siempre fue la misma:
utilizar de forma impropia o errónea el castellano.
119
Secretario, todavía bebé, sin poseer aún el don de la pala-
bra, ya albergaba en su espíritu todas las reglas gramaticales
necesarias para un uso perfecto del castellano. Le bastaba en-
tonces a su madre utilizar indebidamente un tiempo verbal
para que el pequeño se tomará todo el tetero, porque si no
lo haces verás cómo diré, Hubieron muchos que, al lugar de,
Hubo muchos que; o utilizar el Deber al lugar del Deber de,
error que bastaba para que, a seis meses de nacido, Secreta-
rio tomara conciencia de sus faltas de infante. Detalles como
esos le estaba contando Secretario a su negra Ella justo antes
del concierto, cuando de pronto le vino a la mente la orden de
su madre y le preguntó sin más, y tú, Ella, háblame un poco
de tu familia:
Como en tu caso, también mi familia se reduce a una per-
sona, enano querido.
¿Y quién es esa persona? Mi hermanita.
Ajá.
Es la menor. Se llama Rosita.

Ella tomó un trago de ron para aclarar la voz y las ideas,
y saber por dónde comenzar la descripción de esa tal Rosita:
Es una morenita, tirando a negro, delgada, sutil y de una
inocencia y una desconcentración grande como un burro.
Rosita —repitió Secretario como si el nombre le dijera
algo.

***

Secretario recordó de pronto el caso de esos tres cochinos


locos. Fue él mismo, contra su voluntad, que tuvo que firmar
la cadena perpetua de un inocente bajo la culpa de antihi-
giénico. En ese caso que ahora todos llamaban «Los tres co-

120
chinitos» más de uno tenía responsabilidades, pero solo uno
pagó y no por lo que debía. El hecho ocurrió, como siempre
ocurren hechos como esos, durante la hora del burro. Todo
Pueblo se encontraba inmóvil y silencioso, dejando a Gober-
nador la posibilidad de escuchar los pasos de su amada. Pero
en lugar de esos pasos, Gobernador escuchó lo mismo que
todo Pueblo: un sinfín de ronquidos de cochinos y pasos de
barro y mierda de tres animales por las calles de Pueblo que,
por estar tan perdidos, parecían quinientos.
Lo primero que pensó Gobernador de todo ese bululú fue
que, una vez más, se trataba de sus alucinaciones porque, ca-
rajo, yo no le he dado permiso a ningún cochino para pasear-
se a esta hora, que más bien es la hora de los burros.
¡Secretario! —gritó entonces Gobernador con mucha ra-
bia y desconcierto.
Dígame, señor —respondió inmediatamente detrás de la
puerta Secretario.
¿Qué está pasando?
Se lo digo ahora mismo.
Secretario salió despavorido a resolverle el problema a su
jefe como si fuera yo el que, ahora, le tiene que impedir a los
animales que paseen libremente por Pueblo.
A esos cochinos, Secretario los encontró como perros por
su casa, corriendo caóticamente por las estrechas calles de
la parte alta de Pueblo, oliendo y mascando viejas a su paso,
pasando por encima de todo, cagando estatuas, entrando por
una casa y saliendo por otra, chamuscando flores del Cemen-
terio y, por tratar de detener ese caos, Secretario se encontró
enchastrado de un sudor que olía a mierda e impotencia, pues
nada podía hacer para aplacar el cataclismo de esos cochinos
que eran más rápidos e inteligentes que todos esos Gorilas
que el régimen puso detrás de ellos.

121
Secretario no tuvo más remedio. Decretó una especie de
edicto improvisado, firmado de emergencia por Gobernador,
en el cual obligaba a todo Pueblo, bajo amenaza de cárcel
de detener toda actividad en curso, por más importante que
fuese, para participar en la captura de esos tres cochinos co-
munistas. Grave error, pues Secretario no pudo ver, a causa de
la rapidez de los cochinos y de la brillantez del sol, que cada
uno de ellos tenía en sus lomos un mensaje mal escrito con
una brocha gruesa. En el primer cochino estaba escrito, Go-
bernador cabrón, ella quiere a otro. En el segundo, El que me
agarre le cae la madre. Y en el lomo del tercer cochino nada
se podía leer, pues solo estaban escritos garabatos, fruto del
temor de su escribidor. Todo Pueblo leyó esas injurias contra
el padre de la patria.
Secretario no tuvo el coraje de avisarle a Gobernador que
el problema era más grave de lo que se pensaba porque los
cochinos, no solo habían irrespetado el silencio impuesto por
Gobernador durante la hora del burro, sino que también po-
nían en práctica una acción que bien podría ser catalogada de
traición a la patria.
Súbitamente Secretario dio la orden de que por ningún
motivo esos animales entraran en el recinto del jefe. Y, no
apenas la orden estaba por ser aplicada, Gobernador, muerto
de rabia, mandó al mismo tiempo, a proteger con todas las
fuerzas de la patria, la residencia de Esaaquellalaausente que,
por nada del mundo, debe presenciar la injuria a la que hoy
está sometida su limpia belleza, nojoda, y a pesar de todos los
peros que supo encontrar Secretario para proponerle a Go-
bernador que todos los Gorilas se debían quedar protegiendo
su Palacio, jefe, no hubo poder humano que lograra modificar
mi orden, Secretario, porque de no cumplirse, iré yo mismo a
proteger la casa de mi amor mío que, bien lo sabe usted, es el
verdadero recinto patrio.
122
Ajá —respondió con voz de esclavo Secretario.
Ese ajá pareció servir de llamado a los tres cochinos por-
que, apenas fue dicho, los tres bichos, algunas calles más allá,
cambiaron de rumbo y se dirigieron allá, donde, a los ojos de
Secretario, no tenían que llegar. Los cochinos pasaron por
encima de las gallinas y los mangos caídos que daban la bien-
venida a los ilustres visitantes del recinto de Gobernador y, ni
siquiera el pelotón de fusilamiento que era el único presente,
pudo hacer algo contra esos animales, ni la cocinera de Go-
bernador, acostumbrada a matar cochinos para el almuerzo
del domingo. Nadie, ni siquiera Secretario con su poder de
arreglar todo, pudo contrarrestar la impaciencia de esos co-
chinos subiendo por las escaleras del Palacio hacia el segundo
piso donde estaba Gobernador.
Contra las órdenes del jefe, Secretario mandó a su ejército
de pacotilla, mal vestido como estaba, a abandonar la casa de
esa muchacha y atrincherarse en la residencia de Gobernador.
Pero la orden había sido recibida demasiado tarde y, al llegar
esos Gorilas al lugar de los hechos, solo pudieron medir los
daños irreparables de esos quinientos cochinos, señor Secre-
tario, que no nos dio el tiempo de capturar porque en este
gobierno todo el mundo tiene poder, menos nosotros, los que
deberíamos, los que defendemos el orden y el progreso de
este pueblo en el que, por falta de autoridad militar, cualquier
cochino puede entrar en el recinto patrio. Pero ese Gorila
estaba hablando solo, pues ya Secretario se había marchado
detrás de la catástrofe de esos cerdos, había subido las escale-
ras embarradas de todo, y había visto, con todo el miedo que
tenía, la puerta de Gobernador abierta, la cerradura mascada
y la alfombra persa rasgada y sucia cual trapo de cocina. Lo
pensó dos veces antes de entrar, pronosticando el caótico es-
tado en el cual encontraría a Gobernador y a su sobria alcoba.
Entró con paso de asustado, él, que estaba acostumbrado al
123
peligro de tener siempre a su lado a alguien como Goberna-
dor. Por fin lo vio ahí, a Gobernador y a esos tres cochinos, en
una actitud que jamás hubiera podido prever.
Gobernador estaba sentado en el suelo, calmado y son-
riente y, de frente a él, también sentados cual perros de raza,
esos puercos que no resistieron al encanto del poder ultrate-
rreno de ese hombre, a su carisma despótico, a sus promesas
de oropel. Ahí estaban esos cochinos, dejándose limpiar con
su pañuelo personal de Lyón este sucio incrustado en sus lo-
mos, Secretario, porque en mi territorio nadie tiene que estar
sucio, Secretario, imagínate si mi amor mío los viese en tal
estado, Secretario, y ahora mismo me traes al dueño de estos
bichos, y me lo haces pudrir en El Castillo, no joda, por irres-
peto a la hora del burro, pero sobre todo por sucio.
El secretario de la patria no entendió más nada. Salió sin
rumbo a dizque capturar al culpable de la falta de higiene de
unos cochinos. Se sintió de todo corazón ridículo y, no fue
hasta el final del día, que cayó por fin en cuenta de la natu-
raleza del sucio que Gobernador había visto en los lomos de
esos animales.
Claro, el jefe no sabe leer.

***

Secretario se sintió tan ridículo de seguirle la pista a una


persona por la culpa de no bañar a sus cochinos que decidió
hacer algo que usualmente no hacía y dejó el caso en manos
de esos Gorilas que adoraban perseguir gente.
Los Gorilas tomaron las investigaciones en mano y, de in-
terrogatorio en interrogatorio, llegaron hasta Rosita. Ella, de
frente a las amenazas de los Gorilas, a sus cuartos con olor
a humano y a toda la parafernalia de su podercito de nada,
terminó por preguntarles qué quieren de mí y ellos, contentos
124
de la vida que una mulatica tan linda los tomara en serio, le
dijeron con voces de militares, queremos que hables.
Haberlo dicho antes, tu problema es entonces la soledad. Si
quieres que hable, yo hablo con mucho gusto. Pero, ¿de qué?
¿Y de qué más? Del culpable.
¿Qué culpable, mi amorcito?
No te hagas la que no sabes. Te vieron en una mata de
mango con él.
¿Mango?
Háblame de «Los tres cochinitos» —le dijo un militar que
estaba casi por tocarla.
En su ingenuidad en relación al peligro del poder y a todo
lo que con él tiene que ver, Rosita se le adelantó a ese militar
y, antes de que él la tocara, le dio un manotón:
No toques si no vas a comprar.
¿Vas a hablar o no?
¿Y qué estoy haciendo?
Háblame de «Los tres cochinitos» que ya estoy perdiendo la
paciencia.
¿Pero qué quieres saber?
El culpable.
Ah, eso.
¿De quién son los cochinos?
Si me das un besito aquí te digo.

***

Aquí.
Y el soldado, completamente desorientado, le dio un beso
viscoso con sus verdes labios duros.
Y Aquí.
Le dijo Rosita señalándose una zona escondida debajo de
la oreja.
125
Y Aquí.
Señalándose el límite entre sus labios y el cachete derecho.
Y Aquí.
Y Aquí.
Y Aquí.
La situación en pocos minutos degradó y Rosita estaba
consiguiendo todo lo que quería de ese Gorila desarmado por
el savoir faire de su prisionera. Después de pocos minutos la
situación se había dado vuelta y, ahora, ese Gorila la perseguía
sin pantalones por todo el cuartito con su verga señalando el
norte. Ella, por el contrario, estaba tan vestida como había
llegado, aunque, no se lo podía negar, también con ganas de
medir el poder del ejército de la patria. Fue así que, sin que
él se lo esperara, Rosita se le montó cual vaquera como si lo
fuera a hacer cabalgar y, con solo dos movimientos de cadera,
le quitó todo su fervor de macho de mierda, dejándolo ahí
embarrado y con ese semblante que el uniforme escondía.
Mucha pistola y resultaste un güevón.
Rosita se echó aire con el abanico de su mano y le dijo a
ese Gorila sentado en el suelo:
El señor Mata. El dueño de los cochinos es el señor Mata.
¿Pero cómo denunciaste a ese muchacho, Rosita? —le
preguntó Ella al límite del llanto.
Yo no denuncié a nadie. Te lo juro por nuestro padre.
Es fácil jurar por alguien que nunca existió.
Fácil o no, te lo juré.
Y todas las conversaciones que tengo con ella son así, ena-
no querido —le dijo Ella con tono de confesión y lágrimas
en los ojos a ese Secretario justo antes de su concierto en Rue
de Paradis.
Pero Secretario no tuvo nada para decirle. Esa tal Rosita
atentaba, como nadie lo había hecho antes, contra los esque-
mas morales de ese hombre tan rígido. A medida que escu-
126
chaba a Ella hablar de su hermana y que investigaba por su
cuenta sobre esa muchachita, la dificultad de encasillarla en
una categoría moral aumentaba. No sabía en cuál de sus or-
denadas gavetas meter a Rosita. No la terminaba de descifrar
y, en lugar de optar por uno de sus dogmáticos juicios, pre-
fería guardar un silencio de tres puntos suspensivos para no
herir a su negra Ella. En el fondo Secretario tenía miedo de
destruir a Ella con un juicio definitivo sobre su hermana. So-
bre todo, ahora que esa negra tan linda comenzaba a hablar
de sí, a decir algo más que no fuera blues. Además, Ella era
la única en poseer realmente la llave para penetrar en la con-
versación de ese hombre diminuto y cerrado en sus responsa-
bilidades estatales, ese tal Secretario que nadie veía pasar por
ninguna calle ni asomarse por ninguna ventana ni respirar ni
vivir. De Secretario todos oían solo órdenes que, ni siquiera
eran las suyas, sino las de Gobernador. Para todo el mundo
él era las órdenes de las órdenes. Una especie de espíritu que
ordenaba los destinos burocráticos de Pueblo sin ser visto,
ni oído, sin ser percibido. Por ello representaba un instru-
mento inigualable en la lógica de Gobernador, pues traducía
en actos sus designios de amor. Todo aquello que Goberna-
dor pensaba que era necesario para perennizar su idilio con
Esaaquellalaausente, Secretario sin ninguna huella humana
lo realizaba en el mundo cotidiano de Pueblo con la varita
mágica de su talento burocrático. Todo eso lo lograba gracias
a una personalidad entera, sólida, concisa, sin aparentes fisu-
ras, incorruptible, eterna, que nadie, ni siquiera Gobernador
se atrevía a relativizar o poner en dudas, por miedo a dañar
ese mecanismo exacto que hacía que los destinos de Pueblo
fueran acomodados a su merced. Pero ahora esa mocosa de
Rosita con su personalidad sin par se insinuaba, directa o in-
directamente, como una vara que se metía entre las ruedas de
esa máquina perfecta que era Secretario.
127
Es un ser inaudito —se le escapó de la boca a Secretario
delante de los cuentos que cada día Ella le echaba a propósito
de su hermana menor.
Y al decirlo sonrió con una sonrisa fea al pensar que Go-
bernador siempre se expresaba de la misma manera hablando
de los libros.
Ella ya había comenzado el tercer set de la noche. Entonó
uno de sus blues enamorados para su enano querido. Cla-
ro, pensando siempre en su hermanita y pidiéndole a diosito
para que, por favor, le consiga un novio y siente cabeza.

***

En los días que siguieron Ella continuó, concierto tras


concierto, llenando de informaciones sobre Rosita el espíritu
de Secretario. El hablar constantemente de su hermana co-
rrespondía a una necesidad extraña, sin verdaderas razones.
Durante todas esas noches furtivas en Rue de Paradis Ella
abordaba innumerables argumentos que como ríos, riachue-
los y cascadas confluían, todos, en el mismo mar revuelto de
Rosita, el ser más extraordinario de Pueblo, para su hermana
que tanto la quería, y el más misterioso y estrafalario, para ese
tal Secretario. Él escuchaba a su negra como quien mira un
cuadro sin aparente forma, tratando de encontrar el mínimo
detalle a partir del cual lograr intuir una identidad que, sin
embargo, no lograba adivinar. Rosita, a través de la voz de Ella,
de sus pausas y sus respiraciones, se convertía cada vez más en un
ser abstracto o manual del desorden.
Fue así que Secretario, ya aturdido por tanto cuento, se
armó de valor y desafió a esa Rosita que salía de la boca de
Ella, diciéndole, por qué no hablas de otra cosa, negra. Pero
sin darse cuenta ya estaba sumergido en otro de esos riachue-

128
los de aguas con olor a Rosa. No le quedó más remedio a ese
hombre que ponerse a chapalear en un intento desesperado
por nadar, él, que jamás en su vida había nadado en ninguna
mujer, y que ahora se veía obligado a hacerlo a partir de los
cuentos de otra.
Por mucho tiempo Rosita pobló, primero las madrugadas,
y más tarde los días, de ese tal Secretario quien salía aturdido
cada noche de Rue de Paradis por las narraciones detalladas
de la loca vida loca de Rosita. Salía de ese sótano tropezando
con mesas, postes de luz, Gorilas, borracho de tanta barba-
ridad y tanto no puede ser, hasta llegar a su casa sin tocar el
suelo, besar a su madre y acostarse con sus ojos bien abiertos
para seguir, y cómo no, pensando en ti, ¿en quién?, se pre-
guntó asustado, en ti, Rosita, se dijo cerrando los ojos, por fin
cerrándolos, para soñarte, para revivir los cuentos de su negra
Ella, ahora con toques personales del mismísimo Secretario
de la patria, el hombre de letras, el mago de nuestra ilustre
burocracia tan nuestra.
Pero eso no es nada —le dijo Ella tomando respiración
para pasar de forma ingenua y natural a otra de las historias
de su hermanita.
Secretario tomó entonces respiración y se preparó para
lo peor.
Mi comadre me contó, porque a Rosita uno no le saca
ni pío, que mi hermanita estuvo retozando en la corrida de
toros y que, cuando todos se fueron, la Rosita se quedó ahí
acariciando caballos hasta llegar al lomo del torero que, en
realidad, terminó siendo el que le daba de comer a los ani-
males. Y entre caricia y caricia convenció al muchacho, como
siempre Rosita convenciendo de todo a todo el mundo, de
que me prestes ese caballo negro, y así fue. Pero como para
convencerlo se había quitado la ropa y, como la ropa estaba
tan lejos, subió al potro así como estaba y, para que no le do-
129
liera el roce del lomo contra su tibio cuerpo, entre el caballo
y Rosita se sentó el caballero, y así cabalgaron por toda la
arena de Pueblo. ¿Te imaginas, enano querido? Y ni contarte
el calorón que había, y ni hablarte de la cara de ella al galope
de esas dos bestias. Eso te lo puedes imaginar tú solito.
Y solito se lo imaginaba Secretario con los ojos cerrados
en esa cama suya en la cual las imágenes parecían más reales:
la piel de Rosita estirada como cuero de tambores, temblan-
do a cada brinco del caballo; las manos gruesas del caballero
apretando sus caderas para que no se le fuera a ir de un lado;
y sobre todo, y más que todo, el rostro fruncido y elevado al
cielo de ella, la más feliz de las mujeres, mirando a retazos las
nubes en forma de tus tetas, mi vida, cosita rica de papi, cosita
bella, que mira cómo lo tengo por ti.
Pero, sinceramente, Ella, ¿tú aceptas esas barbaridades de
parte de tu hermana menor? —le dijo Secretario a su negra
suya como conclusión del desastre moral que le acababa de
contar.
Pero Ella, al final de cada cuento, le daba siempre la mis-
ma anestésica respuesta:
El culo es suyo.
Respuesta, grosería, insensatez, contra la cual Secretario
no tenía armas, visto lo púdico y elegante de su calibre.

***

Esos diálogos con Secretario, ese sinfín de historias sobre


Rosita, ella los sacaba como de baúl familiar cuyo contenido,
incluso para ella misma, era desconocido. Contando todo eso,
Ella se descubría portadora de informaciones que no creía
conocer. Al inicio las interpretó como historias inventadas,
que no sabía por qué, le inventaba a su enano querido. Pero

130
cuento tras cuento, no tardó en percatarse que de mentira,
todo eso, no tenía nada.
Pero su problema ahora era otro. Un sentimiento enfer-
mizo había llegado a su corazón y se dio cuenta demasiado
tarde: Ella estaba celosa de Rosita reflejada en los ojos de
Secretario mientras le contaba todo eso. Aunque bien sabía
que se trataba de un sentimiento irracional, porque en su vida
su hermanita y Secretario se habían encontrado.
También para Secretario era tarde, pues ya no podía qui-
tarse esos pensamientos esos de su cabeza. Las noches eran
para él una fábrica de imágenes y de muy personales remem-
branzas de los cuentos de Ella. Algo tenía que hacer.
Entró aterrorizado a Rue de Paradis prometiéndose que
esta vez sería él quien hablaría, quitándole de ese modo la
posibilidad a su negra bella de seguir llenando su espíritu de
anécdotas que ya no le permitían dormir. Pero en el fondo de
sí mismo bien sabía que nada podía hacer. Él era un animal
silencioso y, apenas veía a Ella acercarse, después de uno de
sus sets, todo el valor economizado durante el día se le desa-
parecía, y se quedaba sin armas.
La noche anterior, también la noche anterior, había sido
desastrosa. Sus ojos habían permanecido abiertos viendo pa-
sar imágenes exageradas del cuerpo de Rosita. Ahí estaba
ella, tal como pocas horas antes su hermana la había descrito:
arriba de uno de los techos planos de las casas altas y cua-
dradas de Pueblo, bañándose desnuda para contrarrestar el
calorón de las once y media de la mañana de ese domingo
lento y seco. La jovencita aprovechaba la ausencia propia de
los domingos para contradecir al Padrecito y su misa plenaria,
a las lavanderas de agua dulce, a los recogedores de cartón y a
los futbolistas, e instaurar su baño como nuevo rito a esa hora
dominical que, hasta ahora, pertenecía a todos esos persona-
jes. Secretario podía ver, a través de la voz de Ella, a Rosita y
131
su triángulo de vellos apenas bañado y las gotas bajando por
el tobogán de cristal de sus caderas de vértigo:
Imagínate, enano querido que, al parecer, todo Pueblo
sabe este cuento menos nosotros. Figúrate que la señora de la
casa de al lado cobra entrada porque desde su casa se obtiene
la mejor vista.
Al final de eso que todos interpretaban como el baño es-
pontáneo de un mujerón que todavía se consideraba niña, de
un cuerpazo que cree que nadie la está mirando, de un culo
que ni siquiera el régimen silenciaba, Rosita se vestía con una
lentitud desesperante, secando su cuerpo con el vestidito de
tela fina que, justo después se colocaba, húmedo como esta-
ba, para luego desaparecer con cinco pasos calculados de ese
techo o palco o cielo que todos esos hombres miraban desde
el infierno del deseo. Rosita bajaba del techo por las ramas
gruesas de un árbol de níspero y, no apenas había tocado el
suelo, se dirigía a la casa de la vecina, apenas vaciada de todos
esos machos, entraba sin tocar la puerta, pues no había, y con
un tono de cotidianidad monótona le decía:
Fisti y fisti.
La vecina sin mirarla y con la cara fruncida le entregaba la
mitad de las ganancias, no sin antes recordarle:
Rosita, no te olvides que el pago de los militares sale de
mi mitad.
Fisti y fisti —le repetía impertérrita la Rosa, tomaba sin
expresión alguna un sorbo de café y se marchaba sin cerrar la
puerta inexistente.
Instantes después entraba una manada de muchachos y
viejos que, al unísono, le preguntaban a la vecina:
¿Y entonces?
La vecina tomaba respiración y comenzaba con la descrip-
ción de eso que ella vendía, como los sueños eróticos y expe-
riencias de amor que Rosita, dizque su mejor amiga, le contaba
132
rapidito rapidito justo después de su baño dominical. Pero no
sin antes, caballeros, darle al César lo que es del César. Los
presentes vaciaban sus ahorros de la semana y ella, como lo
prometido es deuda, comenzaba a darle rienda suelta a su ima-
ginación que, a los quince minutos exactos, se detenía sin más.
Esa vecina siempre le temió a un tipo que tomaba nota de
cada uno de los particulares de su cuento. Pero nunca hubiera
sido capaz de pedirle a un gorila que dejara de tomar notas de
lo que en mi casa se dice, nojoda, porque esto no es escuela.
El lunes por la mañana, a primera hora, en las oficinas del
gobierno, el gorila vestido de civil recitaba con puntos, comas
y señales los cuentos de la vecina a Secretario, quien escucha-
ba todo eso con las piernas cruzadas y mirando el paraíso con
sus ojos cerrados.
Gracias, comandante. Se puede retirar.
Secretario se quedaba entonces solo, pensando. Bien sabía
que el bañito ese no era cierto. Sabía que eran artificios de
bruja, que los sortilegios de Rosita consistían en andar ron-
dando en el momento justo ahí donde nadie ronda, haciendo
eso que nadie cree que puede ser hecho, hablando con quien
no se debe. Secretario, racional como era, en el fondo de sí
mismo comprendía todo eso. Pero ya era demasiado tarde. Él
era ya víctima del mar agitado de Rosita.
Cada gaveta que abría Secretario, documento que inspec-
cionaba o paseo que realizaba, estaba marcado por un acon-
tecimiento que, más temprano que tarde, lo llevaba al cuerpo
de Rosita. Él sabía mejor que nadie que, llegado hasta donde él
había llegado en el deseo por esa energúmena moral, ya era muy
tarde para dar marcha atrás. Por ello ahora aprovechaba cada
ocasión que el destino le regalaba para pasearse con la imagi-
nación en ese cuerpo de ella. Secretario comenzó irremediable-
mente a medir su existencia, tiempo y responsabilidades a partir
de ese ser que, ni siquiera una vez, había visto en su vida.
133
Gobernador, desde el más allá de su amor y su poder, no
tardó en percibir algunos cambios en el cotidiano de Pueblo.
Intuía que esos cambios tenían que ver con Secretario, y el he-
cho que terminó por corroborar sus intuiciones, fue el caso de
esos dos turistas desaparecidos que, él mismo, había ordenado
a Secretario encontrar a toda costa, pues la embajada del Norte
comenzaba a amenazar con medidas económicas desfavorables
para Pueblo, si nuestros ciudadanos no aparecen.
Gobernador jamás hubiera podido imaginar que la inédita
ineficacia de Secretario en ese, y otros casos, obedecía a un
problema de faldas. El padre de la patria confiaba demasiado
en la metodología cartesiana que regía la vida de su mano
derecha como para intuir que, ese frío y miope ser, podía
percibir las llamas desaforadas del amor. Además, a través
de un nuevo artículo que Gobernador había agregado a la
constitución, se nombraba a sí mismo como el único posible
propietario y beneficiario del amor dentro de las fronteras de
la nación y, qué ser más propicio para hacer respetar dicho
artículo que Secretario, su primer infractor.
Era lunes de mañana cuando Secretario comenzó, descon-
centrado como estaba, a revisar la agenda del día. Como pri-
mer problema a resolver estaba el caso de los dos extranjeros
desaparecidos. Las excusas que él mismo había redactado y
enviado a la embajada del Norte no sirvieron de nada. Ellos
querían saber de forma precisa qué había pasado con esos
compatriotas suyos. Secretario había pedido entonces a los
Gorilas informaciones detalladas y, por fin, las tenía ahí en
su escritorio. Abrió el documento y pudo constatar, primero
que todo, que los cuerpos habían fallecido en aguas territo-
riales. El único consuelo que le quedaba era el de saber cómo
habían fallecido. Al menos con dichas explicaciones la em-
bajada habría aflojado esa mano dura que ya estaba durando
demasiado.
134
La operación por medio de la cual los cuerpos habían
sido desaparecidos Secretario la conoció a través del título
del documento subrayado y escrito en negrita: Operación
corales. Secretario leyó el texto con una extraña certidum-
bre en la cabeza que más tarde, al final de la lectura, le sería
confirmada.
Leyó el documento de cabo a rabo con una atención que
se reflejaba en el modo particular de colocarse sus anteojos y
de fruncir la frente. Apenas terminaba el documento, reco-
menzaba su lectura, como si no lo hubiera leído antes. Solo
a la hora del almuerzo detuvo su lectura y dio lugar a las
conclusiones.
El documento estaba redactado con un lenguaje sobrio y
policial. La utilización de los puntos y las comas era desme-
dido, y las descripciones de situaciones y lugares exagerada-
mente detallistas. No había en el texto espacio para inter-
pretaciones o puntos de vista. Se trataba de una narración
precisa, estructurada en párrafos de, a lo sumo, tres líneas.
El hecho había ocurrido algunos años hace e implicaba a
dos ciudadanos extranjeros con visas de turistas. Ellos consti-
tuían una piedra en el zapato para la política de Gobernador.
Por ello, él mismo, había ordenado medidas rotundas contra
esos turistas que fueron acatadas al pie de la letra por los Go-
rilas. Pero como siempre ocurría, Gobernador había olvidado
por completo eso que, apenas un día antes, había dictado como
la orden más importante de Pueblo, por andar pensando en los
benditos guantes de cuero que habría de dejar olvidados en la
casa de su amada.
Lo cierto fue que esos dos jóvenes habían sido escarmen-
tados con el castigo máximo y era demasiado tarde para dar
vuelta atrás. Según cuanto Secretario había leído en el infor-
me, ellos habían sido ultimados en la playa de los corales y
arrecifes de una forma que era común en Pueblo. El régimen,
135
para no dejar huellas de sus infamias, especialista como era en
esas cosas, hacía morir, a cierta gente, de belleza y, para ello,
utilizaba sus magníficos corales. Varias veces había ocurrido
que, llevados por la belleza de esos corales, incluso profesio-
nales del buceo, perdían la noción del tiempo y se ahogaban
en medio de un delirio estético. Se trataba sin duda en la
mayoría de los casos de una muerte política cuyos únicos res-
ponsables jurídicos eran los corales.
Esos dos turistas habían sido emboscados gracias a una
inscripción gratuita a la cual ellos se habían negado en más
de una ocasión. Pero al final, por una razón que hasta hoy se
desconoce, habían terminado por consentir. La veracidad de
esta libre decisión se encontraba en un documento de res-
ponsabilidad personal que ellos firmaron, antes del presunto
accidente, y que ahora Secretario tenía delante de sus ojos
como documento anexo.
De pronto, un pasaje del documento desestabilizó a Se-
cretario quien, víctima de su incredulidad, se disponía a leer
de nuevo. Ni él mismo creía en lo que estaba viendo: Rosita,
ahí, en el silencio de esas líneas.
Según la descripción que ahora Secretario leía o creía leer,
una joven desnuda había sido pagada para nadar por entre
las aguas claras, cerca de los corales. Rosita había aceptado el
pago de los Gorilas y, ahí apareció sin nada puesto sobre sus
partes extravagantes, pero con dos chapaletas de rana que la
hacían moverse lentamente, confundiéndose con los colores
vivos de los corales.
Secretario se frotó una vez más los ojos y vio que en reali-
dad no era así, que un comando de Gorilas, ahí presente, había
visto cómo fue la belleza de los corales lo que hizo que esos dos
muchachos se desconcentraran, incluso de la respiración suave,
dulce, tierna, de esa Rosita debajo del agua que, de pronto, apa-
recía nuevamente delante de los ojos de Secretario convertida
136
en palabras y párrafos y, cerca de ella, se podían ver a esos dos
jóvenes atónitos delante de semejante mujerón, boy, ahí delan-
te de nosotros y, esos muchachos en vez de observar el amarillo
rojo verde de los corales, andaban detrás de ti, Rosita, tú que
eras como uno de esos reflejos de luz de este mar claro, que te
desaparecías en un lado para aparecerte en otro, y ellos que no
entendían nada, porque ahora, más que su belleza, era la falta
de aire la que les estaba faltando, pero qué se van a dar cuenta
si, allá está, boy, ahí apareció otra vez, man, y, tratando de tocar
la belleza diabólica de estos corales, se les fue el tiempo, se les
iba, se les estaba yendo la respiración, sin más esperanza que
morir ahogados de belleza, víctimas de esa efímera felicidad
causada por el aire que les faltaba y que los puso a ver Rositas
por todas partes, boy, mírala ahí, mira ese lunar, boy, y aquel
pezón rojo verde amarillo, man.
Los encontraron flotando sin ojos, pues se los habían co-
mido los peces de tan felices que los tenían, pero con una
sonrisa de oreja a oreja de quien ve la cosa más bella de este
mundo justo antes de morir.
Secretario no supo más separar la verdad de la mentira y,
como nunca lo había hecho, mandó todo ese importante caso
al carajo. Trató de frotarse una vez más los ojos para ver si lo
que estaba leyendo era lo que estaba leyendo, pero la hincha-
zón de tanto frotárselos no lo dejó.
Pensó que ahora o nunca tenía que terminar con esta can-
taleta de que no te he visto nunca, Rosita. Entonces resolvió,
él que resolvía todo, que a la mañana siguiente, sin falta, iría
a la casa de Esaaquellalaausente, tocaría a la puerta y se en-
frentaría a esa tal Rosita, con la certidumbre, fundada en su
racionalismo, de que esa niña terminará por decepcionarme.
Tan bella no puede ser, nojoda.
En el fondo de su oreja el regaño sordo de su madre, allá
en su casa, a varias cuadras de ahí, lo llamó a la realidad:
137
Cuántas veces te he dicho que no quiero malas palabras
en tu boca.
Disculpe, madre.
¿Qué dijiste, enano bello? —le preguntó Ella entre un set
y otro.

***

Hasta hoy me dura esta incertidumbre —se dijo Secreta-


rio bien temprano, después de una noche de total confusión
de recuerdos, cuentos de Ella y realidad.
Se miró en el espejo y, como hacía siempre en las mañanas,
se afeitó la barba que no tenía, pues era un hombre lampiño.
Esa actividad aparentemente infructífera era una buena ex-
cusa para pensar en lo que haría durante el día.
Rosita, hoy te toca a ti —le dijo al espejo en forma de
amenaza, y el espejo también lo amenazó con las mismas pa-
labras y hasta los mismos gestos.
Estaba seguro de sí. La noche le había servido para saber
que, al fin y al cabo, todo se resolvería de la mejor forma
posible, es decir, en desilusión. Además, nada podía salir mal
pues había calculado cada movimiento suyo, hola cuñada, soy
Secretario del cual tanto te habrá hablado Ella.
Terminó de acomodarse su corbata delgada y corta, ópti-
ma representación del mal gusto propio de su persona.
Buenos días, madre.
Buenos días, Secretario. ¿Por qué hoy no vas a tu oficina?
¿Y cómo lo sabes?
Porque te parí —ella siempre le daba la misma respuesta.
Secretario le contó a su madre una historia que estaba en-
tre la verdad y la mentira. Le dijo dónde iba, dejando el por-
qué en una vaga frase que su madre no tardó en interpretar

138
como omisión. Además, bien sabía ella el lugar donde tenía
pensado ir, pues la noche anterior se lo había confesado. De
hecho, todas las noches ella escuchaba hablar solo a su hijo
mientras dormía, de la misma forma que Secretario escucha-
ba a su madre. A través de este mecanismo, ellos siempre se
dijeron lo que nunca se hubieran atrevido a decirse despier-
tos. Por ello, cuando había rencillas en la casa que la razón
no lograba contener, la noche de esos dos se volvía un dic-
cionario de malas palabras: vieja sucia, hijo hijoeputa, perra
obstinada, enano zorro.
Ya listo para salir, Secretario cerró la puerta de la casa con
una cierta timidez y saludó a su madre mientras bajaba las es-
caleras. Su madre le respondió, también en voz baja, mientras
terminaba de lavarse los dientes.
En sus planes él había previsto ir directamente a la casa
de Esaaquellalaausente donde sin dudas encontraría a Ro-
sita. Pero su miedo era de tal envergadura que no tardó en
descubrirse a sí mismo dando vueltas y vueltas alrededor del
recinto de esa mujer que Gobernador tanto amaba.
Antes de tocar a la puerta se dijo que sería mejor observar
desde lejos el movimiento cotidiano, típico de toda casa. Se
encontró con un primer detalle importante: la dueña de la
casa, acaso llevada por la sobreprotección de Gobernador, no
salía a hacer las compras ni enviaba a nadie. Esaaquellalaau-
sente se hacía traer todo a su hogar directamente. Por esta
razón, lo primero que le llamó la atención a Secretario fue el
desfile de personas, todos hombres, que tocaban a la puerta
teniendo en sus manos los objetos más variados y que, al en-
contrar la sonrisa de Rosita abriéndoles, le decían:
Aquí está lo que ordenó la señora.
No soy la señora, pero pase y póngase cómodo.
Secretario no sabía cuán cómodos se ponían esos machos,
pero intuyó que seguramente muy muy, porque todos salían
139
de esa casa con una sonrisa y una satisfacción que Secretario
entendería tiempo después.
Al inicio eran hombres y mujeres los que llevaban los pro-
ductos a esa casa, pero estas últimas no tardaron en quejarse
por el maltrato del cual eran víctimas, protagonizado por esa
flaquita fea que nos abre la puerta. Pero Esaaquellalaausente
no quiso saber de críticas contra su Rosita y simplemente res-
pondió, que sean entonces hombres los que me traigan de co-
mer y beber. Los dueños de los negocios no tuvieron más re-
medio que echar a las mujeres y contratar a hombres de toda
índole y credo. Muchas de las mujeres botadas de sus trabajos
trataron de protestar contra la injusticia y el machismo de
Esaaquellalaausente, delante del mismísimo Gobernador si
es preciso. Su respuesta no pudo ser más clara, Esaaquella-
laausente no es machista, sino el mismísimo macho de este
pueblo e, incluso, llegó a preguntarle a su amada, ese mismo
día, si quería el doble sexo por decreto. Ella lo miró a los ojos
y, sin ánimos de humillarlo, le dijo con toda la sinceridad que
le quedaba, lo único que quiero es que me dejes tranquila.
Secretario ya había cumplido su cuarta hora de vigilan-
cia alrededor de esa casa. Sinceramente se sentía ridículo
y uno y dos y tres y ahí voy, y su espíritu iba hacia allá,
aunque su cuerpo se había quedado como botado detrás de
los árboles donde se había mantenido escondido. Entonces
recomenzaba de nuevo la cuenta y uno y dos y tres y, de
repente, la puerta se abrió cual milagro. Tres golpes netos
a esa puerta y esta se abrió. Sus pasos casi llegaban a esa
bendita puerta y uno y dos y tres toques, aunque después
del segundo ya se había arrepentido. El tercero cayó contra
su voluntad. La puerta se abrió:
¿Qué desea?
Rosita estaba ahí esperando que Secretario le dijera, aquí
está lo que ordenó la señora, pero la señora no había orde-
140
nado nada, ella no era la señora y, además, Secretario estaba
con las manos vacías, no traía nada más que estas ganas de
conocerte a ti, Rosita, que te pareces más a ti de lo que tú y yo
creemos, Rositarositarositarosita.
¿Disculpe? —dijo Rosita sin entender a ese loco.
Y uno y dos y tres, y ahora me lanzo a decirle algo que,
apenas había caído en cuenta, no había preparado de ante-
mano. Secretario había preparado toda la escena, estudian-
do punto por punto cada paso hasta llegar ahí. Pero ahora
que tenía de frente a Rosita, y que se percató de que ella era
exactamente lo que era, es decir una buena tautología de sí
misma, no le quedó otra que improvisar. Mas no apenas trató
de decir algo, sintió detrás de su cuerpo el calorcito helado del
poder. No lo podía creer.
¿Qué lo trae por aquí, Secretario? —preguntó Goberna-
dor con una voz fuerte que le sopló el cuello a ese secretario.
Fue tan seguro el tono de Gobernador que cualquiera hu-
biese pensado que se trataba del dueño de la casa. Aunque Go-
bernador fuera el dueño de todo Pueblo, pero no de esa casa.
Secretario se sintió perdido y ese sonrojo más bien marrón
lo probaba. Pero la superioridad psicológica de Gobernador
fue hecha añicos por la irónica pregunta de Rosita:
¿Esos son los benditos guantes que dizque había dejado
perdidos aquí ayer?
Esa pregunta, que para Gobernador duró una eternidad,
fue acompañada por la punta de los labios de Rosita señalan-
do los guantes en cuestión. Gobernador escondió estúpida-
mente sus manos enguantadas en los bolsillos de su pantalón
y, al hacerlo, sintió en el fondo de ellos el otro par de guantes
de repuesto que habría de dejar tirados ahí más tarde.
Gobernador se defendió con la única arma que le queda-
ba: su voz de general en jefe:
¿La señorita está en casa? Voy a ver.
141
Mientras tanto Secretario se quedó inmóvil, logrando el
milagro de desaparecerse por algunos instantes, cosa que
no era fácil pues, a los ojos de Gobernador, su visita a esa
casa era totalmente injustificada. En realidad Gobernador
estaba tan desconcentrado en su desesperación por ver a esa
mujer que había olvidado completamente la presencia de su
secretario. Por su parte, Secretario temía que después de la
humillación que acababa de sufrir Gobernador, el próximo
fuera él.
La señorita está durmiendo, señor. Pase mañana.
Tome esta propina, señorita, y por nada del mundo le diga
cuántas veces pasé hoy.
Se lo juro, señor —le dijo Rosita con todo su histrionismo
Hasta luego.
Hasta luego.
Secretario se sintió un tanto humillado por no haber sido
saludado por Gobernador en su despedida. Les echó un breve
vistazo desesperado a esos dos saludándose y, de nuevo, se
vio solo con Rosita y uno y dos y tres. Rosita lo miró como
diciéndose a sí misma qué venderá este enano.
Secretario analizó rápidamente la situación. Si se quedaba
un segundo más, debía descubrirle todas sus cartas a Rosita.
Si se iba detrás de Gobernador, que era lo que pensaba que
debía hacer, tendría que darle explicaciones que no tenía a su
jefe. Aunque eso no hubiera sido un problema porque, eran
tantas las personas que daban vueltas por esa casa, que bien
hubiera podido decir que tenía que hacer unos interrogato-
rios. Lo que más le hubiera dolido en ese caso sería haber
perdido la oportunidad de conocer a esa flaquita rica a través
de un intercambio breve de palabras con ella, ahora que se
sentía un poco más tranquilo.
Hasta luego.
Hasta luego.
142
Volvió a escuchar la despedida de esos dos, como si sus
reflexiones sobre el qué hacer hubieran detenido el tiempo y
la escena.
Hasta luego —repitió Secretario cual eco de los dos pri-
meros apenas escuchados y salió detrás de los pasos de un
Gobernador contento porque, al menos, había logrado per-
cibir el olor de su bella durmiente. Secretario se marchó con
el corazón a punto de explotar de lo rápido que iba y con la
mirada de Rosita que se reproducía cual juego de espejos en
su memoria.
Rosita, como pocas veces, se quedó pensativa, cerrando esa
puerta. Un pensamiento le atravesó el espíritu y se le reventó
en su voz: aeseenanolapróximavezmelocomovivo.
¿Qué dijo Gobernador? —escuchó Rosita arriba de las
escaleras. Me dio una propina para que no le dijera cuántas
veces había. Quédatela —respondió la jefa de Rosita sin de-
jarla terminar su frase.

143
Prisionero

Prisionero no podía creerlo. Algunos de los frutos de su es-


critura mental en ese bote parecían traducirse inmediatamen-
te en la realidad cotidiana de Pueblo. La prueba irrefutable
de ese extraño fenómeno literario, era ese descontrol de la
imaginación que, desde hace días lo asechaba, y que lo hacía
concebir las cosas más dementes. Ese descontrol, entre otras
muchas cosas, lo llevaba a confundir las campanas con el sol,
los idiomas entre sí; lo hacía relativizar la exactitud del tiem-
po, la distancia entre las cosas; y lo inducía a alucinaciones,
a partir de las cuales imaginaba, por ejemplo, a niños con un
tercer ojo en la nuca.
Ese día Pueblo se despertó más temprano que de costum-
bre a causa de ese raro repicar de la campana de la iglesia
que, por ser tan amarillo, no dejó dormir a nadie. Antes de
que salieran los primeros rayos de sol ya las madres andaban
como locas corriendo de aquí para allá, porque las materni-
dades estaban llenas de recién nacidos con un ojo detrás de la
nuca y, a pesar de que muchos quisieran acomodar todo ese

145
disparate con reuniones improvisadas, no podían pues cada
habitante hablaba un idioma diferente y ya nadie se entendía.
Hasta Gobernador estaba extraño ese día, mirando des-
de muy temprano hacia la bahía donde se encontraba ese tal
Prisionero.
¿Qué me miras, dictador de mierda?
Me está pareciendo que aquí el único dictador eres tú, Pri-
sionero.
Gobernador se quedó ahí por muchas horas y todo Pueblo
pensó que estaba mirando el horizonte y que, acaso, ahora
a él le había dado por acercar esa línea del horizonte por-
que, carajo, está muy lejos de Pueblo, caput mundi, centro del
mundo.
A Prisionero le molestaba esa mirada penetrante y se la
quiso sacar de encima con una pregunta:
¿Y ahora qué te pasa, autócrata?
¿Qué me va a pasar? Que las mujeres nos están pariendo
los muchachos con tres ojos.
Ah —respondió Prisionero como si no fuera su problema.
¿Cómo hacemos? —le preguntó Gobernador, amenazante
Qué sé yo —dijo Prisionero sin remordimientos.

Gobernador le respondió algo que Prisionero no logró es-
cuchar y que lo puso muy feliz porque, en el fondo, esa frase
no escuchada era la prueba de que no era él quien escribía los
diálogos de Pueblo.
A causa del problema de ese tercer ojo en las nucas de
los niños, las mujeres de Pueblo que debían dar a luz en los
próximos días, realizaron un paro general de partos. Querían
una explicación plausible de Gobernador, pues nada habían
hecho ellas contra el gobierno para merecer tal castigo. No
era la primera vez que eso de los paros indefinidos de parto
se realizaba en Pueblo. Durante la época aquella en la que
146
gran parte de la población comenzó a volverse transparente,
muchas mujeres se negaron a tener sus hijos e, incluso, hasta
el día de hoy, numerosas entre ellas, con todo y sus ochenta
años, conservan a sus hijos cincuentones en sus vientres. Esas
mujeres siguen tragándose todo lo necesario para que sus hi-
jos, en la protección de sus barrigas, puedan vivir una vida
normal, acorde con sus edades y personalidades. Las madres
de los burgueses desayunan cachitos de relojes suizos con
café con anillos de oro; las de las coquetas almuerzan crema
desmaquilladora, y ensalada de zapatos de tacones altos con
jugo de maquillaje; y las de los deportistas cenan albóndigas
de pelotas de béisbol con arroz de raquetas de pinpón.
Prisionero estaba más que preocupado por el problema de
esos pobres niños con tres ojos, aunque seguía negándose a que
su escritura tuviera algo que ver. Por el momento, lo importan-
te para él era lograr arreglar ese descontrol de su imaginación.
Miró entonces al cielo como para percatarse del mundo exterior
y tratar de tantear el peso de la realidad, sus colores, movimien-
tos y dimensiones. A través de la cordura de la realidad mediría
el desvarío de su imaginación y le pondría fin. Pero el resulta-
do fue desastroso. Vio sobre su cabeza miles de soles y lunas
cubriendo el cielo claroscuro. Era de noche y de día al mismo
tiempo. De frente a la mirada de Prisionero los pájaros diurnos
volaban hacia sus escondites nocturnos, los peces que de noche
se alimentaban lo hacían durante el mediodía, se encendían las
lámparas barrocas de la rambla de Pueblo en plena hora del
burro, algunas personas iban a dormir mientras otras se des-
pertaban, los restaurantes se llenaban de gente que pedían para
desayunar y cenar al mismo tiempo y los meseros se dormían
con el menú en las manos. En Pueblo estaba lloviendo granizo
con todo y sus cuarenta grados y soplaba un viento helado y
tibio a la vez. Prisionero, que veía todo eso, trató de realizar un
gesto cotidiano cualquiera que le pudiera regalar una migaja de
147
realidad. Intentó bostezar, suspirar, rascarse. Pero al tratar de
bostezar, se rascó y, al rascarse, suspiró. Trató entonces de me-
dir la distancia entre su pecho y sus pies, saber de qué material
estaba hecha su barca, intuir la hora. Nada de eso le fue posible.
No lograba ni siquiera acercarse o alejarse de algo, subir o bajar
un objeto. Además, las gotas seguían golpeando su barca y, allá
adentro, el Diccionario de todas las cosas seguía funcionando,
aunque las historias creadas eran cada vez más inauditas. Se
dijo que ya estaba bien así, que pondría punto y fin a todo esto.
Pero el miedo de acabar con todo Pueblo, por medio de ese
punto y fin, lo laceró. Ni siquiera el suicidio era plausible ahora
porque, al fin y al cabo, qué derecho tenía él de matar con su
muerte a Pueblo. Si era verdad que ese pueblo era el fruto de
su escritura, el suicidio de Prisionero se convertiría a la vez en
suicidio colectivo y asesinato en masa. Su suicidio lo conver-
tiría sin más en un serial killer. Pero, a pesar de todo, la idea
del suicidio resistió a todos esos miedos. ¿Qué mejor método
podía encontrar para saber si eso que imaginaba se convertía
en la realidad de Pueblo? Sí, ahora mismo pondría un punto y
fin a todo. Mas apenas estuvo por hacerlo, vio a su lado derecho
a otro él. Un Prisionero idéntico, perfecto, verosímil, que lo
miraba cada vez que él lo miraba, en un gesto de espejo. Cada
movimiento que realizaba el verdadero Prisionero, también su
doble lo hacía. Pero el hechizo de la sorpresa se rompió cuando
el segundo Prisionero, con la punta de su dedo índice, le señaló
algo. Prisionero asustado miró detrás de él. Vio, idéntico, a otro
Prisionero más que le sonrió con una sonrisa fácil. El verdade-
ro Prisionero pensó entonces en preguntarles algo, cualquier
cosa, para verificar que eran otros, que no eran él. Pero apenas
estuvo por hacerlo los dos nuevos Prisioneros se pusieron a
hablar entre ellos:
¿Qué me miras, dictador de mierda? —afirmó el segundo
Prisionero.
148
Me está pareciendo que aquí el único dictador eres tú —
dijo irónico el tercer Prisionero.
¿Y ahora qué te pasa, autócrata? —preguntó casi con ter-
nura el segundo Prisionero.
¿Qué me va a pasar? Que las mujeres nos están pariendo
los muchachos con tres ojos.
Ah —respondió el segundo Prisionero como si no fuera
su problema.
¿Cómo hacemos? —le preguntó el tercer Prisionero, ame-
nazante. Qué sé yo —dijo el segundo de los Prisioneros sin
remordimientos.

***
El tercer Prisionero le respondió algo al segundo que, el
verdadero Prisionero, no logró escuchar y que lo puso muy
feliz porque, en el fondo, esa frase no escuchada era la prue-
ba de que no era él quien había escrito ese diálogo. Pero su
memoria de escritor se le reventó en las manos y le mencionó
eso que él pensaba no haber escuchado.
Hay que acercar esa línea del horizonte porque, carajo,
está muy lejos de Pueblo, caput mundi, centro del mundo
—había dicho Gobernador cambiándole, como siempre, el
tema a su interlocutor.
Prisionero no supo más si esa última frase él la había es-
cuchado, recordado, imaginado o escrito en una de sus nove-
las. Seguía repitiéndose que no podía existir una relación de
causa y efecto entre su escritura mental en ese bote-cárcel y
la realidad cotidiana de Pueblo. A quién se le ocurre que mis
escritos puedan modificar los destinos de esa gente. Al fin y
al cabo soy escritor, no brujo. Pero sus razones no lo conven-
cieron del todo y una duda, aunque pequeña, se le quedó ahí
en ese bote, al lado de su columna vertebral de pescado, su
sombrero de caracol y su pañuelo blanco.

149
Gobernador, Esaaquellalaausente,
Fantasma

El padre le repuso a Gobernador, esta vez con seguridad y sin


respirar, viene a mi casa toca la puerta se sienta en mi cama y
después me dice que no es conmigo que quiere hablar. Ya sin
paciencia, Gobernador posado ahora de frente a él, afirmó,
dígale que estoy aquí. Sin entender nada el sacerdote utilizó
la última pregunta que le quedaba encima, ¿a quién? Vine
a hablar con Dios, dijo Gobernador. Eran casi las tres de la
tarde cuando el joven Gobernador salió de la casa parroquial:
fue la última vez que alguien lo oyó pronunciar el nombre
de Dios. A partir de ese momento Gobernador había per-
dido la fe en todo lo que fuera divino, metafísico, trascen-
dental. El más allá te lo inventaste tú, Padrecito de pacotilla,
para que no fuéramos al bar de las putas y, con tus creencias,
nos llenaste este pueblo de fantasmas, vírgenes de semblante
lánguido mirando al cielo, olores a incienso, mulas poseídas,
carreteras desoladas con apariciones, y espejos que reflejaban
a otro diferente del que se miraba, fuiste tú, Padrecito, quien
nos trajo al Silbón que silba y silba, y si te das vuelta para ver-

151
lo él está atrás de ti, y si te vuelves a dar vuelta él está todavía
más cerca, y si insistes en una última mirada ya está a tu lado,
y contigo se desaparece o, en el mejor de los casos, te perdo-
na la vida pero te deja bobo por siempre, como bobo quedó
Alonso a quien la Llorona se le apareció en media carretera
con un llanto de gata poseída, y él se detuvo a ver qué pasaba
y, ¡zas!, te mato porque fuiste tú quien me mató al muchacho
tantos siglos hace, pero todos saben que no lo mató, sino que
lo dejó asustado para toda la vida, tú trajiste a todos esos espí-
ritus desde los meandros de mármol de tu Vaticano querido,
y ese dios que no quieres hacer hablar conmigo, Padrecito, lo
han visto por ahí entrando en la belleza de esa niña de mis
ojos que anda delirando en esperanto frases incomprensibles
sobre amores improbables que ella tiene albergados en los re-
cónditos parajes de su corazón que solo late por mí, que solo
tiene que latir por mí, carajo, pero qué le puedo decir, Go-
bernador, si es que Dios no tiene nada que ver en los asuntos
de amor entre hombre y mujer, por eso es mejor que usted se
confiese conmigo, a través de mí Dios lo va a escuchar, pero
Gobernador estaba ya pensando en otra frase lapidaria de
esas suyas y no lo escuchó, por ello el sacerdote, más asustado
que todos los habitantes de ese pueblo, siguió hablando sin
decir nada para no dejar que un silencio reflexivo le permitie-
ra a Gobernador darse cuenta de las enormes ganas que tenía
de meterle un tiro en la cabeza a ese sacerdote conversador
para que pudiera hablar más tranquilamente con ese dios que
se cree más importante que yo, carajo, que piensa tener cosas
más importantes que resolver que este amor mío y de ella,
así que usted se me va a callar ahorita mismo porque yo no
creo en las brujas pero de que vuelan vuelan, además, todo
ese montón de fantasmas fue usted el que los trajo y la gente,
para no morirse de hambre, se creyó el cuentico, pero no van
a ser ustedes los que me van a venir a joder, ni ustedes ni sus
152
fantasmas anárquicos que no respetan la única religión exis-
tente aquí, la de este amor delante del cual todos se deberían
postrar, y tomó la gallina que picoteaba desconcertada una
piedra suave como el pecho de un pajarito y le dio un buen
beso en la boca, porque todos sabemos que ella es la puta Al-
tagracia que tú convertiste en gallina por pecadora, Padrecito,
y que ahora tienes viviendo aquí contigo, así que te me vie-
nes conmigo porque hay que practicarle un exorcismo a mi
amada que está poseída por un fantasma de esos tuyos, pero
es que usted está confundiendo, joven Gobernador, los santos
y milenarios ritos de la iglesia con improvisados sacrilegios
febriles de los negros e indios del Caribe, pero no había ni
siquiera terminado la última palabra de su discurso reivindi-
cativo, cuando se sintió hablando como con una papa en la
boca que reconoció por su sabor metálico como lo que era,
un rifle de dos cañones, dónde está la muchacha, se escuchó
decir a sí mismo el sacerdote, no se preocupe Padrecito, que
lo arrastro yo inmediatamente hacia su casa, y todo el pueblo
no tardó en aunarse a ellos, como quien sigue en un vía crucis
desordenado a lo último de estable que quedaba en Pueblo
después de esa jornada protagonizada por los designios de
Gobernador. A las tres y cuarto ese sacerdote pasó limpiando,
con su sotana de estar en la casa, el arenero de la plaza prin-
cipal, minutos después lo vimos tomarse, obligado por el fusil
de Gobernador, un vaso de cerveza lleno de ron, más tarde,
lo hicieron bañarse con todo y cuello blanco en las arenosas
playas de la bahía al lado del Castillo colonial y, como a las
cuatro, lo encerraron en el hotel El Faquir con dos gallinas
viejas antes de que, por fin, llegara sin acompañamiento al-
guno a la casa de aquella muchacha, diciendo que vine para
hablar con usted en nombre de Dios, Satanás, porque si no
le dices eso te mato, Padrecito, cómo está usted, buenos días,
Señorita, qué lo trae por estos lares.
153
***

Como a las cuatro, lo encerraron en el hotel El Faquir con


dos gallinas viejas antes de que, por fin, llegara sin acom-
pañamiento alguno a la casa de aquella muchacha, diciendo
que vine para hablar con usted en nombre de Dios, Satanás,
porque si no le dices eso te mato, Padrecito, cómo está usted,
buenos días, qué lo trae por estos lares, bien y usted, dulce
doncella, el viento me trae por aquí, señorita, el viento, pues
pase y póngase cómodo, pero cómo habría de ponerse cómo-
do si allá afuera, en el café de la esquina, estaba con cara de
pelirrojo Gobernador, esperando asustado y con ansias que
ese brujo canónico salga de ahí con el fantasma que ocupa a
mi amada en sus manos, porque si no soy yo el que lo va a sa-
car de ahí a tiros, y en el fuero interior de ese Gobernador las
horas pasaban lentas, casi arrastrándose, porque como usted
sabe, padre, tengo tiempo que no me confieso y aprovecho
que usted vino a verme para tomarme un cafecito y contarle
mis pecados, pero qué pecados me puedes contar tú, angelita,
aunque usted no lo crea todos tenemos secretos, pues aunque
tú no lo creas, los tuyos no quiero saberlos, por qué padre,
porque no, y para cambiarle el tema le preguntó cómo está tu
padre, pero ella no perdió tiempo en responderme, y me dijo
que él está, como siempre, esperando a un mesías político,
pero yo no estoy para hablar de mi padre, quiero confesarme
con usted, Padrecito, o mejor, tengo que confesarle algo que
solo él y yo sabemos, y al Padrecito no le quedó más remedio
que preguntarle quién es él, pero pensé y de inmediato agre-
gué que no era importante, señorita, porque me di cuenta de
mi error, pero ella no perdió tiempo, cómo que no es impor-
tante, es la cosa más importante de este pueblo, y yo lo dije

154
antes que ella lo dijera, estoy enamorada, y pocos instantes
después escuché salir de su boca la misma frase por lo que
tuve que hacer una jugada pensada con alevosía al respon-
derle que ese joven es un buen muchacho, y ella con tono de
mujer parida me dejó sin más dudas al completar mi frase
con su verdad peligrosa, sí Padrecito, ese joven es un buen
muchacho y el otro también, porque son dos, padre, cómo así,
le dije sin saliva del miedo, es un amor en dos personas dis-
tintas, y antes de que yo afirmara que eso no tenía sentido, me
tapó definitivamente mi bocota al agregar que era algo así,
Padrecito, como el dios del que usted tanto habla, un dios en
tres personas distintas, pero eso no es posible, hija, cómo que
no, padre, y comenzó a hablar de ángeles que caían del cielo
con relojes en las manos, de burros dorados y pueblos con
dos lunas, de amantes que en las noches vuelan por los techos
rojos y amarillos y de otras muchas cosas que uno ve y siente
cuando está enamorada, pero antes de que terminara su frase
la interrumpí con una pregunta, hija mía, por ahí se anda
diciendo que usted dizque está poseída por un fantasma, es
una buena metáfora, padre, me dijo sonrojada, de qué, le dije
yo temiendo su respuesta, una buena metáfora del, ¡PUM!,
se oyó una descarga de rifle cañón doble allá en el café de
la esquina, aquel joven acababa de matar a uno que estaba
hablando mal de ti, se escuchó decir ella en los oídos, pero
no cambió ni un milímetro la conversación que sostenía con
Padrecito y la prueba fue su respuesta que él trató de evitar
sin éxito, buena metáfora del amor, Padrecito, de qué estába-
mos hablando, hija, le dije yo con una ingenuidad que ni yo
mismo me creía y con mi sotana empapada de tanto calor, del
amor, respondió ella con una voz de virgenmaría, no, ya me
acuerdo, hija, de poseídos, estábamos hablando de poseídos,
le dije yo como quien la contradice, ella insistió creando un
sí con el movimiento de su cabeza, por eso, padre, de amor.
155
Una lágrima brotó suave de su ojo izquierdo, cayendo suave-
mente por varias horas, y por varias horas yo estuve frente a
ella, percatándome de su descenso suave por cada poro de su
rostro suave.

***

Una lágrima brotó suave de su ojo izquierdo, cayendo


suavemente por varias horas, y por varias horas yo estuve de
frente a ella, percatándome de su descenso suave por cada
poro de su rostro suave: cada milímetro recorrido por esa gota
me mostraba los deseos de esa mujer solitaria, víctima y dés-
pota de dos amores que la desbordaban, a tal punto que eso
que parecía ser el egoísmo que siempre acompaña a la per-
sona amada, no era más que una pesada indecisión por parte
de quien se siente sofocada por un sentimiento que nunca le
había pedido a nadie, y no necesitaba de palabras para que
yo lo entendiera, su única lágrima se confesaba ante Dios en
lugar de ella, al pasar por su rostro fruncido, sus ojeras apenas
perceptibles, las grietas que comenzaban a nacer en su tez
de joven, sus sudores dulces, su modo de morderse el labio
inferior, era una cabalgata sobria la de esa lágrima suya, y ese
sacerdote con el estupor de su cuello blanco cual nudo en la
garganta, estaba ahí para presenciar la primera confesión sin
palabras de su oficio, que habría de dejarlo atónito sin saber
qué decirle, y la demostración fue su pregunta estúpida, hija
mía, usted cree en Dios y, cómo voy a creer, padre, si el uno se
vuelve loco en las noches y el otro está convirtiendo a Pueblo
en un manicomio, ¿qué hora es?, le pregunté por no encontrar
otra cosa que decirle, si no lo sabe usted, me respondió, así
que no me quedó más remedio que mirar mi reloj atrasado
para poder decirle ya es la hora, de qué Padrecito, de que
ese Gobernador tan respetuoso me meta un tiro, gajes del
156
oficio, quise decirle, pero ella fue más rápida y me paró en
seco con su solución, dígale la verdad, padre, no tengo otra, le
dije, y comenzó a echarme todo pa’ fuera ese viejo sacerdote
de mierda, convencido de que su verdad lo iba a amparar del
doble balazo que le tenía preparado en ese café por brollero,
porque una cosa es el exorcismo y otra la confesión, así me
dijo, Gobernador, y agregó que yo no te arrastré amenazado
hasta la casa de mi amor para que se pusieran a hablar como
dos peluqueras y, en ese momento, tomó caóticamente el es-
tante de libros de ese café que todos llamaban El Literario y
hasta el piano mecánico dejó de sonar para ver a Gobernador
devorar una a una esas ediciones empastadas de Edipo Rey, El
banquete, Así habló Zaratustra, con mordiscos tan grandes que las
frases de párrafos y capítulos y libros diferentes se le mezclaban
en la boca para terminar como una sola historia inédita en
su barriga que habría de estar días digiriendo esos alimen-
tos contraproducentes que tú, amor mío, me ordenaste no
comer nunca más, pero, créeme, es más fuerte que yo, pero
Gobernador, quién te dijo que los libros son para comérselos
o, al menos, para comérselos de ese modo, y yo le cambiaba el
tema por miedo de contradecirla, porque todo lo ve lo siente
y lo sabe el amor mío, mas ella insistía con lo de los benditos
libros que tú te sigues comiendo por todo Pueblo y acaparan-
do para tu uso personal, y para quién más, muchacha de mis
ojos, si siendo los libros tan sabrosos, salados y olorosos, la
gente los expone en salones abarrotados donde parecen más
bien vírgenes, pero ella se me ponía a pensar, como siempre,
en otra cosa que no era yo matándome en vida a causa de
su frase de siempre, contigo no se puede hablar, Goberna-
dor, esa frase que me dejaba ahí, solo, conmigo mismo y con
este mundo que te tengo que arreglar porque está demasiado
jorobado para que tú vivas en él y por eso, Padrecito, usted
mismo me está obligando a matarle, me dijo Gobernador, y
157
yo tuve ojos solo para ese montón de libros tirados en el suelo,
mordidos y en un reguero literario tan delirante que pedazos
de unos se mezclaban con pedazos de otros de forma exacta
como en un rompecabezas predestinado que se ensamblaba
justo antes de mi muerte, concebido por los dientes de ese
energúmeno enamorado para que yo lo leyera cual libro úni-
co, entero, indivisible, que me exoneraría por siempre jamás
de la degradante censura que él me imponía para velar por
la moralidad de las lecturas, aquí donde la gente se intere-
sa solo por las peleas de gallos, los juegos de dominó y los
chistes groseros pero, claro, hay que preocuparse por los que
leen, por esos tres tristes tigres rojos que creían que el mundo
dentro de poco se regiría por reglas más humanas y honestas
porque la revolución es casi una realidad, Padrecito, pero qué
querías que les dijera a esos pobres muchachos rojos, si hasta
olían a muerto, porque en este lugar no queremos desestabi-
lizadores del orden público, pues cualquier cambio súbito del
justo camino de las cosas puede desestabilizarte, lucero mío,
que te siento extraviada y sé que es por esos tres tristes tigres
gritones que no te dejan tomar el té por estar con sus gritos
de vivalalibertadabajoelviejorégimen y esa bandera de un rojo
tan chillón que te hace cerrar los ojos de dolor, aquí te traigo
colirio, échatelo por favor, y mientras me lo echaba escuchaba
el batallón de doscientos hombres que disparaban al unísono
contra ese paredón donde esos tres tristes tigres morían con
el puño levantado y, así los exhibí por tres días y tres noches,
amor mío, para que los desordenados que quedaban no te
dieran miedo con esos discursos de mierda que ese Padrecito
apoyaba escondidamente, pero no te preocupes que también
ese se está muriendo, a pesar de los gritos desesperados de las
viejas de la iglesia de no lo mate, Gobernador, no nos lo mate,
que él es un hombre de Dios, padrenuestroqueestásenelcielo-
santificadoseatunombre y, aunque quisiera seguir en mi inte-
158
rior la oración junto con esas señoras, la lengua se me enreda-
ba y el espíritu y todo, pues el miedo era tanto que ese último
recurso de salvación era una actividad demasiado laboriosa
como para soportar la humillación hedionda que comenzaba
a gotear por los ruedos de mi pantalón, humillación delante
de la cual las doñas se persignaban para mayor vergüenza mía
pues, quién iba a decirlo que así terminaban los hombres de
Dios, padrenuestroqueestásenelcielosantificadoseatunombre,
les escuché decir, y hasta, yo Gobernador, le quise decir algo
que lo hiciera sentir mejor antes de matarlo, pero no pro-
nuncié palabra porque su muerte era una humillación que no
requería ulteriores humillaciones y, créeme, amor mío, que
pensé en decirle, antes de enviarlo al más allá, que me hiciera
el favor de interceder por mí delante de la virgen para que tú
me termines de querer de una buena vez, pero el espectáculo
de sus heces fue decisivo para corroborar mi decisión de que
Pueblo necesitaba otro párroco que no se cague delante de
todos como este, una persona de armas que interprete la Bi-
blia como se debe, que cambie las líneas del Apocalipsis y que
escriba en su lugar que el final de los tiempos está destinado
a ser la conclusión cósmica de tu amor y el mío en medio de
seres angelicales dignos del sacramento único de tu existencia
y la mía, que son en realidad una, porque el amor no permite
divisiones entre la sustancia y la forma, los accidentes y el ser,
así que llámenme a un sacristán de cuartel, vestido de hom-
bre, de verde y con estrellas en los hombros, como Dios man-
da, nojoda, para que tome las riendas espirituales de Pueblo
y, al ver aparecer al nuevo párroco con los libros sacros en una
mano y el sable en la otra, ahora sí que sentí el frío árido de
mi muerte, me morí, me dije, pero no fue hasta cuando me
quedé inmóvil en una posición estúpida, sin poder desha-
cerme de ella, que tomé conciencia de mi muerte que llegó
sin más preámbulos con esa frase última que escuché antes
159
de morir dicha por uno de los niños, que tuve que espantar
a nalgadas para que no jugara con ese muerto que parecía
más bien un títere y que tuve que enterrar en ese Cementerio
que todos temen, para que nadie lo visitara, con funerales de
héroe pues héroe es toda persona que, delante de tus ojos, es
bienvenida y bien vista.

***

Ese muerto que parecía más bien un títere lo hice enterrar


en ese Cementerio que todos temen, para que nadie lo visita-
ra, con funerales de héroe pues héroe es toda persona que, de-
lante de tus ojos, es bienvenida y bien vista y, cómo no habría
de serlo, si era el único depositario de esas historias que son
solamente mías, porque quién podría escuchar los cuentos de
Fantasma y yo y seguir vivo, quién podría soportar en vida
el relato de eso que ese fantasma ingenioso me mostraba en
las noches sin tregua de este pueblo bello durmiente que no
aceptaría jamás mis confesiones porque usted, señorita, es la
novia de Gobernador y yo, como todo Pueblo, soy los ojos
de ese muchacho los oídos y las manos si de matar se trata
y, además, cómo va a estar usted pensando en otro con se-
mejante papacito, señorita, todas nosotras quisiéramos estar
en su lugar, aunque no supieran en detalle lo que eso quería
decir y, por eso, me aproveché de usted, Padrecito, que se me
presentó aquí más muerto que vivo y, aunque usted insistiera
en que fue el viento el que lo trajo por aquí, bien sabía yo
que a usted se lo trajeron a rastras por su aliento a cerveza
caliente y sus plumas de gallina que se le caían cual si fuesen
su dignidad, y yo que no veía la hora, y yo que de inmediato
decidí ahora se lo digo todo, por ello aquí donde usted vino a
realizar un exorcismo, encontró solo una confesión que, más

160
que eso, era la última oportunidad que esta mujer tenía de
contarle el gusto inimaginable de los detalles del amor que
le hacen a uno, Padrecito, revivir otra vez lo que ya fue, pero
usted insistió en que no quería saberlo aunque pusiera cara de
confesor y manos y hasta me absolviera, aunque no debiera
porque, señorita, más que crearle arrepentimiento, todo este
cuento la pone con olor a mango, le hace mover los ojos como
un colibrí y hasta mirar como un ternero sin madre estos ojos
míos que se me iban muriendo cada vez más, a medida que
ella avanzaba en los pormenores de sus noches con ese Fan-
tasma que resultó ser de carne y hueso, señorita, pero cómo se
le metió en la cabeza de que estoy poseída, sí, poseída estás,
hija mía, por así decirlo, Padrecito, dejó en claro ella, más
contenta que nunca, al ver en mi ojo derecho el juicio religio-
so contra sus noches sudorosas y en el izquierdo la mirada de
un amigo que espera suspendido de la curiosidad, pensando
en lo más profundo de sí, qué más te hizo ese degenerado que
tan serio y revolucionario parecía.

***

Pero cómo se le metió en la cabeza de que estoy poseída


sí, poseída estás, hija mía, poseída por así decirlo, Padrecito,
dejó en claro ella, más contenta que nunca, al ver en mi ojo
derecho el juicio religioso contra sus noches sudorosas y en el
izquierdo la mirada de un amigo que espera, suspendido de
la curiosidad, pensando en lo más profundo de sí qué más te
hizo ese degenerado que tan serio y revolucionario parecía,
me mordió por ahí, y qué más, me levantó y me colocó donde
usted sabe y luego me puso en su lugar, me miró con unos
ojos de espada matándome sin más para después resucitarme
con la punta de su lengua, más filosa que sus ojos asesinos, y

161
qué más, después me acostó en una nube, me volteó contra
la luna y terminé bocabajo en una estrella inmóvil viendo
todo al revés, y al detenerme, porque ya pensé que había di-
cho mucho, vi al Padrecito frente a mí con ojitos de quie-
ro más, está seguro Padrecito, siga siga hija mía, sus manos
son plastilinas, padre, explíquese, le dije a esa niña y escuché
en mi voz un tono más humano que divino, imagínese que
él estaba ahí en el jardín y yo allá en el balcón, la distancia
era grande, padre, sí hija era grande, pues tan grande no era
amigo mío porque, tal vez a causa de mi deseo, vi esa mano
alargarse y alargarse y alargarse hasta posarse con una textura
de flor turquesa por entre mis entrepiernas que temblaban
de felicidad, quizá de miedo, dijo él, créame Padrecito, de fe-
licidad, pues tal era mi deseo, que me sentí, primero elevada
casi sobre el techo y, momentos después, me vi volando por
todo Barrio, apoyándome en esa mano flexible que me hacía
gozar incluso del viento de la noche al jugar a que te subo y
te bajo, amor mío, metiéndome por entre las casitas de los
niños en los árboles, me hacía competir con los buchones del
puerto, me hizo volar al ras del agua sin mojar mi dormilona
de humedades de este cuerpo que por fin era mío, y cuando
pensé que todo había terminado y que su mano, que al fin y al
cabo era humana, se había cansado, me elevó más alto y me vi
entonces fuera de Barrio contemplando en un gozo, que era
como de cosquillita roja, ese Cementerio tan bello en donde
siempre he creído encontrar vivos felices en lugar de muertos,
era redondo aunque no podría dar seguridad pues todo lo
veía de otro modo más intenso y colorido a causa de su mano
larga y sin fronteras sosteniéndome con el equilibrio exacto
de este deseo suyo y mío que ahora me mostraba las esquinas
calientes de este pueblo que no acabo de conocer, el olor de
las amapolas allá atrás, escondidas entre las ramas largas de
las plantaciones donde se la mantiene el fantasma de mis sue-
162
ños revolucionando el terreno inmenso y vacío pero lleno de
monte y machorros y jagüeyes de barro y aguas marrones de
una textura ambigua donde jóvenes, todavía más ambiguos,
se bañan con otros jóvenes dizque peleando, dizque jugando,
haciendo barro ahí donde solo había agua y arena y ahora
barro del bueno, pero apenas si pasé por encima sin siquiera
tocarlos porque él me elevó, me volvió a elevar, y otra vez
en las nubes pude contemplar los techos tristes de Pueblo,
los de tejas rojas importadas, los de lata, los de barro, los de
paja, y los de cartón en donde triste oyen la lluvia los niños
que a esta hora están durmiendo en medio de sueños de te-
chos rojos traídos de allá, donde termina el mar, por donde
ahora yo estaba pasando, el Caribe de noche, buenas noches
su majestad, buenas noches, me respondió ese mar lumino-
so, caliente, perfecto, con voz grave de esclavo negro, pude
ver sus tiburones y sus rayas y sus sapos, que explotados en
la orilla parecían pollos desmayados, observé sus corrientes
íntimas e incluso sus huecos, allá en el fondo, donde los ojos
de los ahogados de otras épocas me observaban atónitos con
sus miradas bien abiertas tan abiertas que me asustaron y mi
amado tuvo que elevarme haciéndome sentir un gusto verda-
dero, Padrecito, que me obligó a decirle sin intención alguna
así así así papacito bello cosita rica de mami y él se sintió
más fuerte que antes y lo pude notar por su mano larga que
de inmediato tomó ímpetu y decidió enseñarme, a través del
placer, otros mundos fuera de este mundo que era Pueblo, y vi
cómo el gran Caribe, el infinito Caribe, terminaba y se volvía
un círculo protegido por el norte del sur del continente y las
Antillas y fue entonces que vi las casas altas que rascaban el
cielo allá en el Norte, Padrecito, y me parecieron tan mezqui-
nas con sus espejos azulados y sus letreros de neón brillante
que iluminaban la noche y borraban las estrellas, Padrecito, y
todo parecía un juguete en ese Norte tan iluminado, era como
163
un gran lego, Padre, pero ese Fantasma bello se dio cuenta de
mi estupor, del placer y la tristeza que estaba probando, y no
tardó en multiplicar mi placer por el número desconocido de
su amor y, hasta yo desde mi parroquia de barro, la vi tan pero
tan lejos a esa muchacha que me persigné y me dije, protégela
Señor, pero ni siquiera él pudo hacer nada pues la efectividad
de las manos de ese tal Fantasma en sus entrepiernas era tan
exquisita que ella continuó elevándose y, cuando mi altura
había tomado dimensiones asombrosas y sus dedos jugaban
dentro de mí, devolviéndose de allá donde ni yo misma sabía
que llegaba mi cuerpo, la imagen de mi abuela se me des-
prendió como un aullido sordo pero afinado, y la vi exacta
como era, escondiéndome ese pedazo de pan para que solo tú
te lo comas porque eres la elegida, pero tanto era su amor que
el escondite elegido era el más hondo, oscuro e imperceptible
de los lugares posibles así que, como siempre, me encontraba,
tres meses después, obligada a comerme ese pan duro porque
es para ti que lo guardé, hija mía, y buscábamos ese bendi-
to amor duro por todos lados, escaparates, gavetas, entre las
arenas lunares del jardín, las almohadas árabes y hasta sus
sostenes gigantes, pero ningún esfuerzo era más grande que
ese pan que estaba dentro de la tortuga que aparecía cada
veinticinco años o en las cenizas del abuelo o, acaso, en el
horno que tiene días oliendo a quemado, hija mía, y yo le
decía que no era grave, papá, porque ese dinero que ahorraste
por años y años y que ahora no encuentras, un día lo vas a
encontrar, y él se me ponía a llorar porque, coño, tanto es-
fuerzo para que tú vivieras bien y resulta que la plata no está
donde tenía que estar, donde yo la puse, donde nadie la podía
agarrar, aunque la hayan agarrado, porque este pueblo es un
nido de ladrones, pero no te preocupes que cuando llegue ese
que tiene que venir este mierdero va a convertirse en orden
y progreso, pero tú no eres así, le decía yo con apenas media
164
voz a ese fantasma que sin entender me decía, como quién,
mientras su mano esquivaba una estrella roja para que yo no
tropezara con ella, como quién, repetía concentrado en sus
manos que me tocaban como a un piano de cola, como nadie
negro bello, como nadie papi rico, como ese poco de gente
que me amó tanto y de un amor tan grande que nunca tuve
el derecho ni la oportunidad de morderlo, olerlo, saborearlo
así como Dios manda, porque es para luego, hija mía, cuando
usted crezca y yo crecía y ellos se iban muriendo, uno a uno,
con sus amores intactos y vírgenes, pues ni ellos mismos ha-
bían tenido la osadía de tocarlo ni con el pétalo de una rosa,
hija mía, y ahí tengo, Padrecito, a ese papá mío buscando por
toda la casa, por el Barrio y todo Pueblo, ese amor mío que no
encuentra, y yo aquí pudriéndome en la soledad más sola que
existe, la de dos hombres empeñados en ganarme aunque, en
el fondo, tú no eres así, negro sabroso, y la prueba, Padrecito,
es que aquí lo tiene concentrado en un amor que sabe a sal y
a su sudor, a dedos, a coco y cenizas estelares, como esta que
tengo en la palma de mi mano, mírela con sus propios ojos,
esta que guardé en este cofrecito para que usted, Padrecito,
me creyera y no me dijera que es cuento eso de que me fui a la
luna en una noche de dos lunas con el único pasaje admisible
para un viaje tal, sus dedos.

***

Aunque en el fondo tú no eres así, negro sabroso, y la


prueba, Padrecito, es que aquí lo tiene concentrado en un
amor que sabe a sal y a su sudor, a dedos, a coco y cenizas es-
telares, como esta que tengo en la palma de mi mano, mírela
con sus propios ojos, esta que guardé en este cofrecito para
que usted, Padrecito, me creyera y no me dijera que es cuento
eso de que me fui a la luna en una noche de dos lunas con
165
el único pasaje admisible para un viaje tal, sus dedos, pero,
hija mía, ya tú has hablado demasiado, le dijo el Padrecito
temblando de pavor, y ella me dijo que no me preocupara que
saldría a hablar con Gobernador para explicarle todo lo que
pasó aunque, de todas maneras no serviría de nada, hija mía,
ya yo estoy muerto desde el momento en que Gobernador
se convenció de que tú estabas poseída, o muero yo, o muere
un poco de gente inocente de esa que él suele sacrificar en
nombre del amor que te tiene pero, Padrecito, estoy segura
de que algo se puede hacer porque ese hombre es malo pero
no tanto, y esa muchacha milenaria me trató de convencer de
las virtudes de Gobernador y, para hacerlo, me recordó la vez
aquella en que Gobernador hizo una votación para ver si la
gente estaba o no de acuerdo con la música en Pueblo, Pa-
drecito, y llamó al mejor trompetista que se conoce y lo hizo
tocar, en medio de una plaza repleta de gente, sus mejores te-
mas e improvisaciones y cantar con su voz ronca y bailar con
sus lentes oscuros, para ver si la gente aceptaba, a través de ese
artista, la música, Padrecito, y la prueba de su buena fe, fue ese
lindo y eficaz método que utilizó para medir la decisión po-
pular, en lugar de una votación clásica, sometió al trompetista
al voto implacable de los aplausos, dejando a Pueblo decidir
autónomamente sobre su destino musical ¿Se recuerda, Pa-
dre, se recuerda? Sí, hija mía, y además me recuerdo cómo esa
gran plaza se llenó hasta más no poder de gente que se creyó
ese cuentito de Gobernador que no es tan déspota como se
dice y, tanto confiaron en él, que hasta colocaron las huellas
digitales de las dos manos en esos cuadernos, recuerdo del
concierto, que él había puesto en el ingreso de la plaza y todos
entraron, así como estaban, con sus manos gelatinosas a causa
de esa sustancia extraña que se encontraba en las páginas de
los cuadernos, pero qué importa, si al fin y al cabo este con-
cierto es gratuito. El concierto comenzó y fueron dos horas
166
de buena música, de excelente música, que dejó a la gente tan
transportada que nadie dudó en responder que sí a la música
en Pueblo a través de sus aplausos rotundos y mayoritarios,
pero el famoso trompetista se fue triste de este pueblo cari-
beño en donde yo esperaba encontrar calor y solo encontré
personas de hielo que ni siquiera me aplaudieron al final del
concierto, señorita, el mensaje fue claro, nunca más música
en Pueblo y la prueba son todas esas señalizaciones con la
imagen de una clave de sol tachada porque aquí está termi-
nantemente prohibida la música, Padrecito, pero lo único que
hizo Gobernador fue respetar la decisión popular, usted bien
lo sabe, nadie aplaudió. No se haga la boba, me respondió el
Padrecito enojado, que usted sabe mejor que nadie que esa
sustancia gelatinosa que se encontraba en la superficie del
cuaderno que todo el mundo inmortalizó con la palma de su
mano, no era más que vulgar pega de zapato mezclada con
leche de cabra para que no oliera, y que solo le permitió a la
gente dar un único aplauso al unísono, porque ya no pudie-
ron separar las manos pegadas, aplauso que además era la
señal que Gobernador había acordado con los Gorilas para
que estos salieran en manada a dispersar a la gente ya que, a
partir de ese instante estaban incurriendo en la acción ilegal
de escuchar música. Una vez más nos jodió, señorita.

***

Una vez más nos jodió, señorita, y al decir esa frase el Pa-
drecito cayó en cuenta de todo el tiempo que estuvo hablan-
do con esa muchacha por eso, cuando por fin salió de esa casa,
tenía los ojos como dos monedas rojas y apenas pudo percibir,
allá en la esquina, el café donde Gobernador lo esperaba con
todas sus uñas podadas de tanto nerviosismo porque eran casi
las cuatro de la tarde. Al entrar en el café, el Padrecito se
167
sorprendió al ver a todos ahí adentro comiendo libros, pero
de inmediato esa escena se esfumó delante de la visión de ese
Gobernador enervado que, cuando vio entrar a ese sacerdote
con paso lento y saltado, se paró sin quererlo del asiento y le
señaló una silla justo a su lado con un gesto tierno y amena-
zante a la vez, si pudiera conocer el precio de mi curiosidad
se volvería rico, se dijo Gobernador a sí mismo antes de diri-
girse al Padrecito con tono de abuelo, dígame todo, hablé con
ella, dijo el sacerdote sin darse cuenta de lo estúpido de esa
frase, o se apura o lo mato ahora mismo, le dije a ese Padre-
cito mientras lo veía tomar aire como quien carga un arma,
ahí me viene la verdad, pensé, pero mi pensamiento fue inte-
rrumpido por su frase, Gobernador, si quiere me pega un tiro
aquí mismo pero tengo que decirle que esa mujer no está para
nada poseída, ella lo que está es enamorada, a Gobernador no
le quedó más opción que guardar la calma y verificar la infor-
mación de ese sacerdote a través de algunas preguntas: ¿Esa
mujer huele a mango?, le preguntó entonces Gobernador. Sí,
le respondió el Padrecito. ¿Mueve los ojos como un colibrí
cuando habla de su amante? Sí. ¿Mira las cosas del mundo
como ternero sin madre? Sí. Y con esa última respuesta me
lo dijo todo el Padrecito ese, entonces sin más Gobernador
le respondió, hijoeputa, también usted está poseído, y el sa-
cerdote cayó muerto de un tiro en medio de una montaña de
libros mordidos que Gobernador había degustado durante la
interminable espera por ese hombre de Dios, y que además
había obligado a comer a todos aquí, porque para eso son los
libros, nojoda, para comérselos y, aunque al inicio hubo resis-
tencia, bastó que Gobernador dijera que se llamaba Gober-
nador, para que los pocos machitos que se resistían, saborea-
ran los clásicos de la literatura con un gusto que solo el miedo
podía dar, por eso cuando el Padrecito entró en el café se
sorprendió al ver a todos esos pobres tipos comiendo libros y
168
a ese Gobernador que, mirándome con unos ojos de loco, me
señaló una silla con una expresión tierna y amenazante a la
vez, mientras a mi lado los otros clientes seguían masticando
libros con la expresión de niños obligados a comer y, aunque
no estaba totalmente seguro de decirle todo lo que me había
dicho esa muchacha con la excusa de que, Gobernador, eso
es secreto de confesión, esa cruel escena me hizo compren-
der que alguien tenía que decirle la verdad a ese hombre, fue
así que bajé la velocidad de mi paso, para pensar bien en la
frase que habría de decirle y, sin darme cuenta, llevado por
el nerviosismo comencé a caminar con saltitos, hasta tenerlo
de frente, tan de frente, que me escuché a mí mismo decirle,
Gobernador, si quiere me pega un tiro aquí mismo pero ten-
go que decirle que esa mujer no está para nada poseída, ella
lo que está es enamorada, y esa frase fue dicha de manera
tan rápida y sintética, que ya no tuve tiempo de detenerme
aunque, justo antes de terminarla, era eso lo que en realidad
quise hacer, pero ya era muy tarde y el sacerdote cayó muerto
de un tiro en medio de una montaña de libros mordidos que
Gobernador había degustado durante la interminable espera
por ese hombre de Dios, que en paz descanse, ese santo que
yo mismo, en nombre de la patria, mandé a enterrar con fu-
nerales nacionales en ese Cementerio lleno de espantos don-
de solo a él no le daba miedo entrar.

***

Ese hombre de Dios, que en paz descanse, ese santo que


yo mismo, Gobernador, en nombre de la patria, mandé a en-
terrar con funerales nacionales en ese Cementerio lleno de
espantos donde solo a él no le daba miedo entrar y, por eso,
solo por esa muerte de mierda, me castigaste con el desastre

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de tu ausencia y, al marcharte, una banda de flamencos, ga-
viotas y peces de distintos tamaños y colores volaron como
ahuyentados por un tiro de rifle y los ríos, de tanto dar mar-
cha atrás en sus rumbos, me hicieron sentir que Pueblo se ha-
bía quedado sin alma y, aunque todos mis seguidores sabían
que esos fenómenos extraordinarios obedecían a tu partida,
ninguno se atrevió a confesármelo y tuve que verificarlo con
mis propios ojos, con los que te comencé a buscar por do-
quier y, con la migaja de poder que todavía me quedaba, puse
a todos los hombres del trópico al servicio de tu espera y tu
búsqueda, cada nacimiento de una hembra era inspeccionado
hasta en sus más íntimos detalles, color de piel, aliento, hu-
mor, facciones, cada mujer nacida pasaba por el mismo pro-
ceso inquisidor, todos los nacimientos eran controlados, pues
él sospechaba que ella podía estar incluso en la respiración
de una bestia, y todo por no saber dónde estás, por no poder
conocer con exactitud la magnitud de mi soledad, por eso,
despechado como estaba, mandé a buscar a todas las mujeres
que en algo se te parecían y formé un harem, su número ex-
presaría mi inefable soledad, la suma de todas esas mujeres de
talantes y olores diversos me daría el resultado de tu ser, la es-
clavitud de ellas pagaría la injusticia de tu ausencia y, para eso,
las obligué a beber cada noche sus líquidos vaginales en or-
namentadas copas de cristal hasta que, por casualidad y de no
se sabe dónde, tú aparezcas, caprichosa, como seguramente
habrás de aparecer, mientras tanto, todas seguirán esperando
ciegas y sordas, perdidas en el tiempo sin tiempo de mi poder,
entre sollozos todas ellas seguirán sufriendo por tu ausencia
en ese harem, entre respiraciones, gritos y lamentos polifóni-
cos, en medio de esas orgías cotidianas con las que les robo
discretamente sus almas al someterlas al descaro y la desdicha
del sexo obligado, por eso Pueblo las llama Las Desalmadas
y con razón, todos saben de su calvario, de esa punición des-
170
medida con la que se les castiga por el pecado y la desfachatez
de estar, simplemente eso, estar, ese estado espacio temporal
que irremediablemente hace salir a flote todas las imperfec-
ciones de alguien, ellas estaban y por el simple hecho de estar,
destrozaban la perfección con cada uno de esos gestos que,
para Gobernador, eran de una imperfección nauseabunda
por existir aquí y ahora, para él ellas eran el antónimo de
Esaaquellalaausente, ese museo inigualable de perfección en
donde cada pieza existe en relación directa con el no estar, no,
a él no le quedaban dudas, la evocación perfecciona al ser, todo
lo que no sea evocación es entonces imperfecto, bajo, terreno,
está destinado a ser odiado, a repugnar, esa era la gran excusa
de Gobernador, la razón que inspiraba la punición que esas
mujeres estaban pagando, ese pase de cuentas con el injusto
destino que le hizo aparecer a esa mujer por un instante solo,
para después desaparecerla por siempre jamás, Esaaquellalaausente
vino y se fue, todo al mismo tiempo y en el mismo espacio, fue
un único movimiento exacto, la desaparición de esa mujer fue
magistral, como magistral fue el recuerdo que dejó incrusta-
do, ardiendo en una llama inapagable, por eso y en su honor,
todo un harem habría de estar, habría de presenciar quién
sabe hasta cuándo el espectáculo, el escalofrío de la soledad,
esa soledad que de ninguna manera Gobernador quería vi-
vir solo, esa soledad que él había compartido con esas tristes
mujeres, vaya milagro ese de una soledad compartida, no so-
lamente con su harem, sino también con todo Pueblo, hasta
cuando fuese, hasta cuando Esaaquellalaausente apareciera ya
cansada de tanta ausencia, de tanto silencio, pidiendo con su
boca-beso-carnosa el beso de los besos, el único, el esperado,
ese con el que el ciclo de todos los tiempos y las esperas se ce-
rraría con el sonido seco de ese beso único, ese beso-beso, que
no terminaba de llegar y que él rememoraba con la tristeza de
su sexo callado, esa farsa cósmica, aburrida, cuyo único sen-
171
tido era recordarle a la esclava que estaba con él la razón de
las razones, la noticia vertiginosa que tampoco hoy la ausente
había aparecido, que el sufrimiento apenas comenzaba y que,
por eso, hay que seguir escudriñando el mundo, revisen a esa
mula que acaba de nacer, quizás es ella, y al escuchar la orden
de Gobernador, sus oprimidos servidores salían a visitar a la
mula, ahora denle un beso para ver si besa como una mujer y,
filas de hombres trataban de ponerle el hocico derecho, para
que uno de ellos la besase, pero no, tampoco ese animal era
una encarnación de ti, vayan a ver entonces a la vieja aquella
que se le está muriendo la lora, y los Gorilas entraban en la
casa de la señora, verificando si la lora había alguna vez en su
vida utilizado talcos de lujo, collares de perlas, ropa interior, o
si en esa lora alguno había olido aromas de mujer o si algún
rastro femenino alguien había notado, pero no, la dueña afir-
maba temblorosa que, a lo sumo, la pobre lora había aprendi-
do una mala palabra que repetía siempre y que nada tenía que
ver con el gobierno, pues que la besen, ordenaba Gobernador
desde el más allá de su tristeza y, el mismo gorila de siem-
pre, tenía que someterse al beso de esa lora, pero tampoco es
ella, Gobernador, se quedaba entonces desdichado pero aler-
ta, pues sabía que ella podía estar en cualquier lugar, incluso
en el nacimiento o la muerte de una flor, una bestia, un ser
humano y que, con el último suspiro de una muerte, ella se
podría acaso ir, ahora sí, para siempre.

***

Gobernador, estaba desdichado pero alerta, pues sabía que


ella podía estar en cualquier lugar, incluso en el nacimiento
o la muerte de una flor, una bestia, un ser humano y que, con
el último suspiro de una muerte, ella se podría ir acaso para

172
siempre, dejando a Gobernador solo con esa desdicha que en
realidad no era solo suya, pues en Pueblo había otro Fantasma
desgraciado que, buscando a la misma ausente, entonaba las
melodías más tristes jamás imaginadas, ritmaba con la batería
de su tormento los latidos de todos los corazones, inflaba los
pulmones de nostalgia con el saxo alto de su desconsuelo,
tocaba cuales pianos a todos los cuerpos existentes para ver si
eran el de aquella, acariciaba las cabelleras de esas que él creía
la ausente, extrayéndoles un sonido grave y denso como el
de un buen contrabajo, iba de casa en casa, de balcón en bal-
cón, con un quinteto, un cuarteto, acaso un trío, despertando
doncellas dormilonas que asomaban en medio de esa fresca
madrugada sus rostros, todavía cálidos por el oleaje sin for-
ma de sus sábanas, las extraía de sus aburridos sueños, de sus
amaneceres monótonos, de sus arduas vidas en el cañaveral,
para abandonarlas, instantes más tarde, apenas se daba cuenta
de que no, se había equivocado, no era esa la que él buscaba,
y ellas se quedaban ahí, en ese balcón de flores amarillas, sus-
pirando por ese Fantasma delicado, ese papito rico, ese bue-
nazo que con su búsqueda animaba la vida de las hembras de
Pueblo, sus dulces lenguas, sus muslos sudados, sus picantes
conversaciones, ese negro bello que las llevaba al territorio de
ellas, allá donde los ojos y oídos de Gobernador no podían
penetrar porque simplemente nunca había entendido la ha-
zaña inestimable de ser mujer, por ello en el fondo todas se
sentían protegidas pues el poder de Gobernador se detenía,
ahí, en el fuero interior de una hembra, contrariamente a ese
Fantasma que vivía en ellas, con sus serenatas, sus entradas
furtivas en los matrimonios, sus luchas sin tregua contra todo
lo que no fuera esa ausente, la que él buscaba en las esquinas
asoleadas donde la viejas se sentaban a esperar la muerte, ro-
gándole a Dios poder casarse un día con el negro más bello
del mundo, ese del que oían hablar desde que eran chicas, el
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mismo que había hechizado a sus madres y a las madres de
sus madres quienes, cada vez que les nacía una niña, decían
esta es, es esta la que busca Fantasma, el hombre más coraju-
do de todos los tiempos, el poeta desolado, el amante sideral,
ese que escogerá a mi muchacha por siempre, ese que la reco-
nocerá, y en esa hija mía se realizarán los sueños de todas la
matronas sudadas de Pueblo que alguna vez creímos ser esco-
gidas por ese fantasma, ser sacadas del laberinto sin salida del
cañaveral que no conoce descansos ni días del señor, porque
todos los días aquí son del señor, el único existente, nues-
tro señor gobernador de todos los santos, por eso apostamos
todo en Fantasma y, aquí nos tienes, con las manos vacías, yo,
mi hija y mi nieta, solas, pobres y sin él, sin ese Fantasma que
en más de una ocasión vino a despertarnos con serenatas, y
todo para qué, para decirnos que no éramos nosotras la que
él buscaba, y de nada sirvió que mi nieta, la menor, la más
sabrosa de todas, le saliera como Dios la trajo al mundo para
ver qué es lo que es, Fantasma, para que veas a una mujer de
carne y hueso, una hembra de verdad, aquí te estoy esperando,
Fantasma, deja de buscar ausentes y vente al lado de estas te-
tas bien negras y macizas y estas piernas largas que terminan
donde no tienen que terminar, en el lugar más oloroso de
Pueblo, más tuyo, aquí me tienes, enamorado bello, ven aquí
que esta cosita rica es la que tú buscas, negro lindo, te lo voy
a demostrar, que no te vayas, nojoda, que ni mis lágrimas te
detienen, coño, y cómo voy a hacer mañana ahora que todos
me vieron desnuda detrás de ti, negro, con qué cara salgo,
cobarde, ven aquí, que te vengas, y la gente tuvo que agarrarla
para que no se tirara del balcón de flores amarillas, y cubrirla,
y decirle que no importa, que ese no es tan hombre como el
padre de la patria, que Gobernador es un macho en todo el
sentido de la palabra, silencioso, vehemente, sobrio, que él no
anda por ahí haciendo el ridículo delante de las mujeres, que
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ese sí es el que es, que por eso no hay mujer que se le resista,
ni a él ni a sus suntuosos regalos, que vaya a visitarlo, mucha-
cha, que él la va a perdonar, que le cuente lo que hizo ese rojo
de Fantasma con usted y él sabrá entenderla, calladamente,
sin tanto poemita o musiquita de pacotilla, vaya mija vaya, y
la despechada iba con su vestido más elegante, el que no se
ponía para el cañaveral y, respetando el consejo de la gente, el
vestido se lo colocaba sin nada abajo, para que cuando tocara
la puerta de Gobernador, él pudiera conocer de inmediato
la causa de su visita, y ella tocaba entonces esa puerta, y era
él en carne y hueso quien le abría, encontrándose delante de
la belleza de esa joven que tuvo el descaro de desnudársele a
Fantasma, pero Gobernador la redimió de un solo trancazo,
tomándola entre sus brazos centenarios y oliéndola como lo
hubiera hecho un ciego, para calcular la medida exacta de sus
caprichos corpóreos, lo espeso de sus líquidos, sus medidas
profundas, el ritmo de su cintura y, ni ella misma se dio cuen-
ta de todo lo que él le hizo por aquí, en la esquina, debajo
y arriba, encaramados, arrinconados, escondidos, boca abajo,
comiendo y hasta orinando, y fue tan rápido lo que ahí pasó
que la pobre despechada esa ni siquiera se dio cuenta del pre-
ciso momento aquel en el que Gobernador supo que no era
esa escuálida mujer la que él quería ahí, ni en ninguna parte,
por lo que colocándose su pantalón caqui y amarrándose su
correa de hebilla patria ordenó, métanla en el harem.

***

Gobernador supo que no era esa escuálida mujer la que


él quería ahí, ni en ninguna parte, por lo que, colocándose
su pantalón caqui y amarrándose su correa de hebilla patria,
ordenó, métanla en el harem y, al escuchar su propia orden,

175
se dio cuenta de que hasta su voz se había quedado sin poder,
pues todo el poder de mi alma te lo llevaste tú y, para tratar
de olvidarte, ahora sí definitivamente, se obligó a enamorarse
de esa reina de belleza que todo el mundo amaba, menos él,
y por años esa reina le pagó impuestos a la patria con el don
de su belleza, lo único que en realidad poseía, haciéndose la
venerable amante de Gobernador, todos supieron entonces
que el gobierno se estaba yendo a la mierda pues, a quién se le
ocurre que la reinita de pacotilla sea nombrada gobernadora
de Pueblo, y que ande por ahí visitando hospitales o inaugu-
rando plazas, acciones secundarias que nada tenían que ver
con su responsabilidad principal, hacer sudar a Gobernador
en su hamaca de lujo, durante la hora del burro, esos dos se
encerraban en la alcoba de Gobernador a jugar al escondite
entre penetraciones constitucionales y mordiscos que, mo-
mentos más tardes, se traducían en realidades que Gober-
nador le había prometido a su amante, pues cada amor que
esa reina de belleza le regalaba se transformaba en un nuevo
par de zapatos, un perfume, una ostentosa cena o un pedazo
de algo del mundo, y nadie podía disturbar esos amores, a la
hora del burro todos esperaban en silencio que el intercam-
bio sexual entre la belleza y el poder de Pueblo cesara, nadie
respiraba, todos se cerraban en sus miedos bien educados, es-
perando que Gobernador terminara de pasearse por los am-
bientes montañosos de esa reina que apenas comenzaba con
sus peticiones en medio del amor, hoy quiero un anillo cua-
drado, y en las fábricas la velocidad de cada obrero se elevaba
al cuadrado para que la patria pudiera ofrecerle a esa reina de
belleza ese anillo que tanto merecía después de haberle hecho
lo que le hizo en la cama a Gobernador, ahora un elefante pe-
ludo, quiero un elefante siamés y peludo, y hasta Gobernador
tenía que levantarse de su lecho, todavía cálido de hormonas,
para preguntar en dónde está ese elefante, que se apuren, y la
176
gente salía como loca a cazar elefantes siameses y peludos en
este Pueblo donde ni siquiera hay elefantes, y todo el mundo
comentaba que esas peticiones terminarían por joderla, a la
reinita esa, y así fue, ella misma se había suicidado paulatina-
mente con ese pedir desenfrenado que no tardó en destruir su
belleza, lo único que acaso la hacía visible a los ojos de Go-
bernador, que nunca dijo que no a todos esos regalos que ella
se echó, se untó, comió, llevó puestos, y que terminaron por
volverla un garabato disfrazado de brujería, que Goberna-
dor dejó de admirar lentamente, pues no solo su belleza sino
también su existencia, se iba volviendo cada vez más tenue
de frente a la mirada de Gobernador quien se fue olvidando
de ella como un niño que, creciendo, se olvida de la utilidad
última de sus juguetes, de ese mismo modo ella se fue con-
virtiendo en lo que realmente siempre fue, un objeto de más
en la vida de Gobernador, objeto que ya nadie sabía dónde
acomodar durante las horas del burro de Pueblo pues ya Go-
bernador no la quería en su alcoba, y no dudó en acomodarla
fuera de su morada, porque un objeto tan rojo, amarillo y ver-
de no podía ser soportado por el rigor del aposento del poder,
además, esa reina de belleza, llevada por su apetito sin límites
y por los platos exquisitos que Gobernador no le supo negar,
pasó en muy poco tiempo de cincuenta y seis kilos a trescien-
tos cuarenta y siete y, tan poco la observaba ya Gobernador,
que apenas si se dio cuenta en medio de su sexo endémico,
mientras abría los ojos para bostezar, que ahí, encima de él,
estaba una reina de belleza irremediablemente idéntica a ese
elefante siamés y peludo que ahora se paseaba por Pueblo, no
me gustas más, vete, le dijo sin compasión Gobernador, ella
fue más bien realista y, delante del rechazo definitivo de ese
hombre, respondió, ya me había ido después de la segunda
vez, el primer polvo me gustó, los demás me interesaron, Go-
bernador sinceramente no entendió la respuesta, por eso no
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la castigó, únicamente le dijo con su tono suyo que, o devolvía
todos los regalos ofrecidos por la patria, o, pero esa reina de
belleza no lo dejó amenazarla, y consintió con una levantada
de hombros mientras respondía, mucho me había durado la
fiesta, Gobernador la vio irse con un paso de elefanta y no,
eso no es una reina, esa no es mi reina y, de nuevo, Esaaque-
llalaausente se le asomó en el recuerdo, esa mujer que él creía
haber alejado con el pago de anillos cuadrados y elefantes
siameses y peludos a pueblerinas reinas de belleza, mas no,
eres tú la reina, tú eres mi única reina, yo te he nombrado
reina, hay más altas que tú, hay más puras que tú, hay más
bellas que tú, pero tú eres la reina, esa reina que Gobernador
siguió irremediablemente extrañando, sobre todo durante esa
implacable hora del burro en la cual, ni siquiera el obligado
silencio de Pueblo, le permitió escuchar nunca más los her-
mosos latidos de su corazón.

178
Prisionero

Prisionero se despertó ese día con la terrible intuición de que


su escritura en ese bote-cárcel incidía en la realidad cotidiana
de Pueblo. Logró ver, allá en tierra firme, a dos puntos que se
acercaban y pensó que quizás esa era una buena ocasión para
corroborar esa intuición insensata.
Uno de los puntos que ahora veía era una hermosa mulata
muy tímida y de senos pequeños. El otro era un joven obrero
del puerto. Mírense, murmuró Prisionero. Y los jóvenes, des-
de la distancia que todavía los separaba, cruzaron sus miradas.
El muchacho sintió un escalofrío. Ella se arregló sus cabellos y
recordó que iba en retraso. Apenas los dos habían separado sus
miradas, Prisionero se dijo a sí mismo con una voz de secreto,
rócense. Y esos jóvenes ya muy cerca se rozaron. Esa orden
de Prisionero, ellos la vivieron cual viento celeste y muy leve
que los empujaba apenas. Sintieron un minúsculo miedo. El
muchacho quiso decirle algo, pero su voluntad se hincó en el
momento preciso. Ella pensó en sonreírle, pero el recuerdo
de su retraso le robó el gesto. El encuentro ese se le estaba

179
estropeando a Prisionero y tuvo que imaginar algo más con-
ciso. Háblense. El joven expresó entonces su emoción por la
mirada de esa muchacha, y ella le confesó el calor que la em-
bargaba. Ella insistió en la belleza de los ojos de él, mientras
pensaba en rozarlo de nuevo. Él dijo simplemente el propio
nombre y ella, sin pudor, hasta el apellido. A él la timidez le
había robado la imaginación y no tuvo más qué decir. En ese
preciso instante Prisionero decidió que no se entenderían y,
aunque toda su atención estuviera fijada en él, ella no logró
comprender lo que ese joven le decía. Hablaba un extraño
idioma. Ella le dijo, me gustas, pero tampoco él entendió esos
raros sonidos que salían de su boca. Desesperadamente el
muchacho sacó fuerzas de donde no tenía para decirle, tam-
bién él, me gustas. Pero tanta fue la fuerza de su frase que, a
los oídos de ella, llegó bajo el semblante de un regaño. Ella,
guiada por la incomprensión, levantó los hombros y le dijo
adiós. Él, desilusionado, levantó también los hombros. Ella
dio media vuelta y se marchó. Él se marchó a su vez, pero
después de algunos pasos, inspirado por la esperanza, se dio
vuelta para ver si ella lo miraba. ¿Qué idioma hablará? Se dijo
ella repensando en las entonaciones y la dicción del mucha-
cho: acaso es mudo. Pero sus pensamientos fueron disipados
por el sonar de una campana que ella no tardó en mirar. Esa
campana parece un sol, pensó. Él, algunas calles más abajo,
perdido en los rulos de esa mujer, escuchó también esa cam-
pana y no pudo dejar de decirse, qué sonido tan amarillo.
Prisionero se quedó sorprendido delante de ese encuentro
que al parecer, él había creado con el milagro de su escritura.
Su miedo parecía fundado, pero no se detuvo ahí. Trató de
ver si realmente la verdadera causa era su escritura. Logró ver,
allá en tierra firme, a dos puntos que se acercaban. Uno era
una hermosa mulata muy tímida y de senos pequeños. El otro
era un joven obrero del puerto. Mírense, murmuró Prisionero.
180
Y los jóvenes, desde la distancia que todavía los separaba, se
miraron. El muchacho sintió un escalofrío. Ella se arregló
sus cabellos y recordó que iba en retraso. Rócense, se dijo a sí
mismo Prisionero, apenas los dos habían separado sus mira-
das. Y esos jóvenes se rozaron. Sintieron cómo el viento ce-
leste y muy leve del destino los empujaba. El muchacho quiso
decirle algo, pero en el momento preciso se distrajo. Ella notó
esa distracción en su mirada fija en otra cosa que no era ella.
Pensó en sonreírle, pero el recuerdo de su retraso le robó el
gesto. Además, el joven seguía concentrado en ese hermoso
encuentro que, a quinientos metros de él, se estaba gestando
entre una hermosa mulata muy tímida y de senos pequeños y
un obrero del puerto. El joven distraído veía cómo, a lo lejos,
esos dos caminantes cruzaron sus miradas. El obrero se estre-
meció de escalofrío. La mulata se arregló sus cabellos y recordó que
estaba retrasada sin detener el paso. Apenas los dos habían
separado sus miradas, ella escuchó sin querer el diálogo de,
eso que prometía ser, un hermoso encuentro de amor. Un
obrero del puerto le expresaba a una hermosa mulata muy
tímida y de senos pequeños la emoción que su mirada le cau-
saba. También ella le confesó el calorcito que la embargaba.
Ella insistió en la belleza de los ojos de él mientras pensaba
en rozarlo de nuevo. Él dijo simplemente el propio nombre
y ella, sin pudor, hasta el apellido. La mulata le confesó, me
gustas. Desesperadamente el obrero sacó fuerzas de donde no
tenía para decirle, a su vez, me gustas. Pero tanta fue la fuerza
de su frase que a los oídos de ella llegó bajo el semblante de
un repruebo. La muchacha se separó de la conversación entre
esos dos desconocidos y, aunque así lo quisiera, no lograba
extraer a ese joven, delante de ella, de su mirada concentrada
en otra cosa. Pensó en sonreírle, pero el recuerdo de su re-
traso le robó el gesto. Además, el joven seguía concentrado
en ese hermoso encuentro que, a quinientos metros de ahí,
181
se estaba gestando entre una mulata y un obrero. Encuen-
tro que por lo visto no había funcionado pues, ahora veía a
esa joven levantar los hombros con rostro de incomprensión.
Su acompañante, también desilusionado, levantó a su vez los
hombros. Ella dio media vuelta y se marchó. También él se
retiró, pero después de algunos pasos se volteó inspirado por
la esperanza. De pronto una campana sonó.
Prisionero se quedó sorprendido delante de ese encuentro
que, él lograba multiplicar con su imaginación cual espejos
que se reflejan gracias al milagro de su escritura. Su miedo
parecía fundado. Aunque, no. A quién se le ocurre que mis
escritos puedan modificar los destinos de Pueblo. Al fin y al
cabo soy escritor, no brujo.

182
Maríadelosángeles, Pabloelmarinero

En pocos instantes el fuego se propagó convirtiéndose en el


signo más importante de lo que sería ese jueves. El humo ne-
gro viajó por todo Pueblo, pasando de puerta en puerta para
ver quiénes eran los escondidos promotores de ese ruidito en
el cañaveral que pronto cesaría, y quiénes no.
Gobernador miraba atento la humazón, pensando, soñan-
do, que la misma podría convertirse acaso en lo que para él
ya era: un mensaje cifrado que tarde o temprano llegaría a
la residencia de Esaaquellalaausente para hacerla pensar, lo
quisiera o no, en que yo existo, carajo. Y así fue. La humazón
llegó hasta la puerta de esa mujer, pero por no ser ella la cul-
pable de aquel jazz, ese humo no tardó en visitar la puerta
siguiente.
Lo que Esaaquellalaausente pensó fue tan profundo y ver-
dadero que se le salió de los labios: maldito seas, bicho. Sintió
una tristeza que de ser tan física y real parecía una piedrita, ahí,
en medio de su salón. Sonrió desoladamente mientras alrede-
dor de su casa Gorilas corrían sin tregua, excitados por la opor-

183
tunidad que les ofrecía Gobernador de acabar con todo lo que
les diera la gana, amparados por la quimérica excusa esa de que
nosotros los militares somos neutrales y, en ese momento solo
seguimos órdenes, señor juez. El toque de queda había sido
improvisado y amparado por la orden de disparar sobre todo
lo que se mueva. Pablo se mantenía asomado a la ventana en
medio de ataques de ira y ansia que tuvo que aplacar al sentir
el humo detenerse delante de su puerta como quien reflexiona.
Le vino a la mente la verídica frase que en esa misma recámara
de hotel él le había dado como respuesta a Maríadelosángeles:
más vale un marinero bello, que uno muerto. Pero ahora vivió
esa misma frase de otra manera. Ahora no era cierta. Tenía por
ello que hacer algo, cualquier cosa, para contrarrestar esas lla-
mas que ya casi se habían comido todo el cañaveral pero que, a
pasar de ello, no lograban todavía silenciar el ruidito aquel que
más bien se hacía más agudo y rítmico.
Por el momento los soldados alucinados no podían hacer
nada. Debían esperar simplemente que las llamas termina-
ran por convertir todo en nada, para así hallar en un segun-
do momento la causa del ruidito, viva o muerta. Pero eran
tantas las ganas de actuar de esos Gorilas que se les veía
delante de esas llamas rojas y anaranjadas, mordiéndose los
puños de la impaciencia.
El fuego se propagó durante todo el día. Una negra que
había nacido y crecido ahí sintió un sentimiento paradójico
del cual era difícil diferenciar la alegría infinita —al ver el
instrumento mayor de su opresión desaparecer en humo—
de la tristeza que le causaba el incendio de la única casa que
tenía, el cañaveral. Esos laberintos verdes no eran solo para
ella fuente de trabajo extenuante, sino también de siestas, be-
sos dementes, partos extravagantes y pasiones escondidas de
viejos que no tenían más fuerzas para trabajar, pero que eran
obligados por el régimen y salvados por mulatas jóvenes que
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los escondían entre ramos, y los ponían a jugar dominó todo
el día, ejecutando ellas mismas el doble del trabajo que les
correspondía sin que nadie se diera cuenta, asegurándose de
este modo, también ellas, tener en el futuro el mismo trato.
Y cuando los viejitos se ponían mañosos y querían trabajar
porque sí, esas mulatas adoradas no tenían más remedio que
llevárselos allá en el fondo del cañaveral, acostarlos, y darles
el don de tres buenas batidas de caderas que dejaban a esos
señores como bellos durmientes hasta el final de la jornada.
Los ojos de los soldados observaban los últimos vestigios
de llamas casi por apagarse y, a pesar de ellos mismos, perci-
bían todo eso como una más de sus alucinaciones. Detrás del
sonido de cosas quemándose a mitad, que era como de pe-
queñas explosiones u objetos triturados, permanecía intacta
la melodía de jazz, causa de toda esa quemazón centenaria.
Esos soldados no pudieron esconder el asombro que ex-
perimentaron al presenciar delante de ellos a una doncella
relajada y tersa que tocaba tenuemente un saxo brillante de-
bajo del sol.
Era, más allá de todo, una imagen. Rara, tranquila.
El fuego terminaba de comerse ávidamente sus vestidos,
dejando a esa mujer intacta y agarrada de su saxo como para
no hundirse. Las llamas iban desgarrando en cámara lenta
los bordes de su falda que se iba deshaciendo por entre sus
rodillas de duende. Más rápidas eran las llamas traseras que
mostraban a retazos los caminos blancos de sus nalgas re-
dondas y suaves como cachetes jóvenes. Su hondo ombligo,
ya casi descubierto por el fuego, se encontraba a salvo, es-
condido detrás del instrumento musical; pero no era lo mis-
mo para sus dos senos marchitos y calurosos que aparecían y
desaparecían entre llamitas amarillas que ponían en resalto
la veracidad de sus pezones y la línea circular que servía de
frontera entre su pecho suave y sus senos básicos.
185
El cuerpo seguía descubriéndose en ráfagas de vientos que
venían del puerto. Pero el único efecto que todo eso causaba
en ella se reflejaba más bien en las variaciones del tempo,
pues la melodía y el tema permanecían inmóviles, incluso
ahora, que su tierno pubis salía a la luz pública entre un do y
un la que terminó de despertar la curiosidad de los soldados
guiados por ese gorila con más estrellas que los otros, quien se
le iba acercando, lentamente, como para aumentarle el miedo
a Maríadelosángeles por todo lo que habría de pasar.
Más los cuerpos vestidos de verde de esos Gorilas se le
acercaban, más sus oídos percibían la lucidez de la melodía, el
cuerpo blanco de ella, su rostro de otra parte.
Está como poseída, murmuró uno de ellos con una voz
temblorosa pero ávida. Ellos avanzaban como quien caza
una bestia peligrosa. Marchaban con pasos lentos, piernas
abiertas, espaldas curvadas y con brazos de quien va a apresar
algo ancho, enorme. Uno de ellos percibió en los ojos de ella
rastros de los ojos de Fantasma, pero se llevó el secreto a la
tumba para no malograr la importante misión. La visión de
ese soldado le duró un instante pues un viento fuerte removió
las cenizas y algo salió del cuerpo de ella dejándola despo-
seída, sin ese fervor revolucionario de pocos instantes antes,
pero con algo mucho más importante y verdadero: su fe por
la libertad. Fue en ese instante que Maríadelosángeles sintió
por fin el calor de ese fuego y, sobre todo, se sintió desnuda
delante de esos energúmenos que ya casi la rozaban.
Maldito seas. Maldito seas —susurró.
Estaba sola. Pensó en Pablo, y ese pensamiento la cubrió
de pronto de su desnudez.
Hagan lo que les dé la gana. Ya yo no estoy aquí —dijo con
los ojos cerrados.

186
El saxo se despertó de nuevo de la anterior melodía más
bien grave y monótona. Se descubrió un instrumento apto para
alejar en pocos instantes a esas bestias cuyo fin era comer su
cuerpo, comérsela sin matarla, pues viva habría de encontrar
la muerte en los calabozos de Pueblo. Todos pudieron notar
en ese momento cómo sus ojos, por alguna causa extraña, se
aislaron de su cuerpo y su música. Ella acababa apenas de emi-
grar de sí misma, dejando solo en ese lugar a ese saxo suyo que,
como es bien sabido, suena cuando le da la gana de sonar.
El saxo cayó entonces en el suelo sin dejar de escucharse
fuerte, bien fuerte, liberando gente por doquier y tratando de
no observar eso que todos esos Gorilas hacían con el cuerpo
de ella sobre esa silla, debajo de la silla, revolcándola entre las
cenizas y haciéndola también ceniza, tierra, polvo.
Pero ese no era más el cuerpo de Maríadelosángeles pues ella se
había apagado automáticamente, rescatada en el último ins-
tante por algo natural, orgánico, acaso espiritual, que en esos
momentos coincidía con la fortuna para salvar a gente como
ella de convertirse en carne triturada. Maríadelosángeles, ele-
vada apenas algunos centímetros de su cuerpo pudo observar
su saxo liberando gente, a los soldados encarnizados contra su
cuerpo y, más allá tirado, a su padre, fusilado por otros solda-
dos que apenas escucharon su último grito dirigiéndose a ella.
Ella intentó llorar, pero con estupor vio que las lágrimas
no le brotaban a ella, sino a su cuerpo manoseado allá abajo.
Supo entonces que ella ahora no era más que un sutil y amar-
go espejismo de sí misma.
Antes de caer en un cansancio lleno de morados y de des-
pertarse tiempo después en un calabozo hediondo, pudo es-
cuchar una voz familiar que no tuvo el tiempo de reconocer,
pues fue desconcentrada por las risas y la furia de aquellos
soldados que iban hacia esa voz para callarla.

187
***

Maríadelosángeles no tuvo el tiempo de recoger su saxo


y en él pensaba al despertarse de un sueño que nunca supo
cuánto duró. De frente a ella encontró a un joven con la voz
rota y desfigurada cuya identidad descubrió únicamente ter-
minada la historia que él, durante toda la noche, le contó.
Ella la escuchó en zozobra, no tanto por la crueldad del
cuento, sino más bien por estas francas palabras que yo, a
pesar de mí mismo, tengo ahora la obligación de expresarte,
Maríademidesespero, que te vi ahí tirada desde la lejanía de
mi recámara de hotel y, aunque no me dejaran salir de allí y,
aunque un humo negro rondaba de puerta en puerta, yo me
escapé armado hasta los dientes de valor y cuchillos viejos
para salvarte y, ahora, dizque maté a cinco mil soldados antes
de llegar al cañaveral de donde apenas te estaban sacando
cuando por fin lograron apresarme, Maríademidesgracia, es
que eran muchos esos desgraciados y echaban baba por sus
hocicos y tenían los ojos rojos y me decían que alto o dispa-
ramos, perro, pero cómo habría de detenerme si un montón
de ellos estaba llevando, inconsciente, hacia aquella patrulla
negra que usan los de la inteligencia y, figúrate, que fue en ese
instante cuando más bichos de esos maté, porque la visión
que tuve de tu sufrimiento me hizo ver todo borroso, amari-
llo, y en ese instante no pude dejar de oír claramente esa voz
que dijo lo quiero vivo y, entonces, esos se dejaban matar por
mí, María mía, solo para no caer en la tentación de matarme
porque yo tenía que estar vivo quizás para que ellos, ahora, se
den el placer de presenciar, escondidos, mi historia, sin dejar-
me ni siquiera ver tu rostro porque, como te podrás dar cuen-
ta, nos dejaron juntos pero en penumbras y, claro, es peor,

188
porque tus lívidos pechos los puedo sentir con la punta de los
dedos, la sangre seca en tus entrepiernas la huelo y me duele,
y tú que continúas besando esta boca mía desfigurada, enten-
diéndome apenas, palpándome en la oscuridad, imaginándo-
me como ya no soy, pues lo que ellos hicieron de mí tú no lo
conoces, tu amor no lo imagina, por eso lo siento caminando
por este sótano con pasos lentos y brazos hacia adelante para
no tropezarse con ese odio agrio que envuelve este ambiente
al que nos fueron empujando lentamente, primero quitán-
donos las palabras, los gritos, después haciéndonos esconder
en aquel sótano de Rue de Paradis por las noches, más tarde
volviendo transparentes a los otros y ahora a nosotros que nos
vemos sin vernos en este lugar sin sombras, este cubículo sin
luz para que imaginemos, palpemos, intuyamos las cosas sin
saberlas verdaderamente.
No soportó más su propio monólogo. Entonces tocó a
Maríadelosángeles, la besó, humillándose a sí mismo al pen-
sar que ella reconocería su brazo hecho trizas, sus testículos
electrocutados, y su fina mano de pianista sin uñas:
Y todavía nos falta tanto, María de mi tortura —le dijo
Pablo entre sollozos.
Nos van a humillar, Marinero bello, hasta que ellos mis-
mos se sientan humillados. Ese es el principio de todo buen
déspota.
Pero él no la escuchó porque estaba perdido en el dolor
que le causaba la voz de ella, la forma de sus palabras: esa voz
quebrada que vestía sus frases. Era rancia esa voz, llena de
aire, como si su fuerza se apartara de ella mientras hablaba
y, en lugar de comprensibles palabras, saliera de su boca una
mezcla de aire y letras. Ella estaba cansada. No podía más
con el peso de su cuerpo.
Él, como hechizado, con sus ojos bien abiertos cual ciego,
le dijo que se acercara y ella no esperó que Pablo terminara su
189
frase para acurrucarse en su cuerpo, tomando su brazo como
almohada y su aliento como el salvavidas que no la dejaría
hundirse en los fondos oscuros del despecho político, acaso
el peor que exista.
Ya en el sueño pudieron comunicarse sin los límites exi-
gidos por lo empírico: Fantasma no existe —dijo ella, ahora
con una voz neta, segura—. Él estuvo conmigo, con todos
nosotros, dándonos fuerza, apoyándonos. Pero en el momen-
to propicio, se esfumó. Me dejó allá en el cañaveral tirada. En
ese momento, el más duro, no estuvo. Partió a otra parte con
su búsqueda y por ello tuviste que ser tú el que llegara, ma-
tando gente, para liberarme. Mientras esos hacían todo eso
con mi cuerpo, era yo conmigo misma, yo con ellos, yo contra
ellos, lo único que quedaba de todo aquello. En ese momento
todo fue más real, Fantasma no estaba, seguía siendo solo
mito, recuerdo, esperanza, llamado a. Pablo Pablito Pablo,
Fantasma nos hace morir como quien escribe un poema, con
esa pasión y esa ingenuidad, con esa locura, como locos.
Las luces se prendieron de repente y no supieron ellos
calcular por cuánto tiempo. Se despertaron de pronto y ella
guardó silencio. Se miraron a los ojos. Inmediatamente des-
pués fue de nuevo oscuridad en ese sótano.

***

Casi no se recordaba de ella misma, los dolores del cuerpo


le hacían recordar todo lo otro. No era entonces necesaria la
utilización implacable de la memoria que, además de todo,
estaba acechada por los recuerdos de su padre, orgullo de
toda la familia, por haberse convertido en general y miembro
del estrecho círculo de Gobernador, y todo para morir como
un perro, pobre padre mío, una mezcla extraña de poder e

190
ingenuidad. Se metió en la cueva del lobo queriéndolo y no,
y el lobo se lo comió y la cueva también. Esa cueva que lo
dejó sin familia, sin esposa, sin hija, pues todo el trabajo que
hacía para conservar las coordenadas de la patria lo dejaban
cansado y solo tres horas podía reposar por noche y, pensar
que todo eso no lo hacía ni siquiera por dinero, pues suyo no
tenía realmente nada. Todo era de la patria grande, es decir
de Gobernador o de los pocos que tenían al menos la lucidez
de aprovechar ese dinero que no tenían el tiempo de gastar
por andar ocupados en hacer pensar a la gente como ellos.
Cuánto te odié padre muerto, pero es ahora cuando te odio
más por haberte suicidado por mí en ese cañaveral. Y pensar
que no tuviste el tiempo de que María te presentara a ese tal
marinero bello que la sigue. Siempre viste las cosas como las
quisiste ver, padre, consciente de que era así, aunque no lo
fuera. Y así era. Ojalá te pueda llegar allá donde ahora es-
tás esta carta que, aunque breve, sin hoja ni papel, es sincera,
pues en ella te confieso que hubiera soñado verlos caminando
juntos por el puerto un domingo de esos de estas partes. Los
dos con esos extraños uniformes que los unen y los separan:
uno de marinero, el otro de militar. Pablo ama la pesca como
tú y, como tú, me ama tal como no soy. Aquí está conmigo,
si quieres te lo paso. Lo sé, a él tampoco le gusta hablar por
teléfono, como tú. Pero es que tan diferentes son, que termi-
nan por parecerse. Aquí está, te lo paso. María, no hay nin-
gún teléfono, amor mío, no sigas, prendan esa luz de mierda
que ella está sudando frío. Ya te habla, papá, Pablo es tímido
como tú, te lo paso, besos a mamá allá arriba, dile que voy
a rezar por su alma ávida que te empujó hasta el final de tu
carrera de general de Gobernador para después morirse y no
aprovechar las ventajas del régimen que tanto soñó, dile que
se muera, dile que se vaya, Pablo, que no quiero hablar con
ella, y Pablo le suplicaba a su suegra, para calmar a Maríade-
191
losángeles, señora, que no quiere hablar con usted, mientras,
al mismo tiempo, enviaba saludos caluroso al padre de María
a través de ese teléfono que solo ella veía en su mano, sí, Ma-
ría, le repetía él entre caricias nerviosas, pasaremos a dejar la
carta en el correo, sigue tocando ese saxo que te quitaron, que
todos te oigan, y ella imitaba todavía más fuerte, gritando, el
sonido de aquel saxo suyo, pa-ra-ra, pa-pa-pa-ra, pa-a-a.
En ocasiones como esas las luces se prendían de repente
y la realidad la golpeaba. Pero instantes después se volvían a
apagar y el saxo y todo lo otro resucitaba.

***

Un nuevo día había comenzado. Mucho más tranquilo


que todos los anteriores. Los pajaritos colgados y la humazón
de los días que siguieron se volvieron recuerdo a causa de ese
sol brillante que amanecía puntual. La gente salía entonces
a la calle y quien no conociese a ese pueblo hubiera podido
pensar que era el lugar más tranquilo de la tierra. Todo estaba
en su lugar.
De hecho, la tranquilidad había sido el mandamiento ma-
yor de Gobernador después de todo lo ocurrido. Los pajaritos
disecados fueron entonces quitados de la plaza y el montón
de cuerditas de donde se colgaron fueron vueltas, también
ellas, transparentes, y nadie, nunca más, las vio.
Los escombros, las cenizas e incluso el saxo que quedó ahí
tirado fueron sepultados en el fondo del Caribe. El resulta-
do fue un movimiento de olas mucho más intenso durante
varios meses que dio ganas de vomitar a Prisionero. El saxo
de Maríadelosángeles había convertido ese mar en un swing
constante que los peces y los cangrejos y caracoles no tarda-
ron en aprender a bailar.

192
Gobernador, como siempre, encontró el lado útil de la si-
tuación y turistas de todo el mundo llegaron, gracias a una
publicidad mundial de Pueblo, para fotografiar aquel mar que
bailaba como si desde sus entrañas un extraño saxo lo inspi-
rara. Gracias a esa nueva entrada económica se construyeron
siete nuevos castillos dizque coloniales que en sus sótanos al-
bergaban a todos los presos de eso que ahora todos llamaban
el día de la humazón.
Los turistas preguntaban qué era ese ruido extraño que
venía desde el fondo de ese mar, y las lindas acompañantes
que el gobierno había puesto a disposición de ellos respon-
dían que era el silbido del mar de por estas partes, damas y
caballeros. Contentos con la respuesta los turistas continua-
ban tomando fotos para, más tarde, enseñárselas a sus amigos
del Norte, después de una cena invernal. Durante la cena to-
dos atónitos y aburridos mirarían a esos actores en los cuales
se habían convertido muchos de los habitantes de Pueblo,
pues quien no fuera fotogénico no tenía derecho a caminar
por ciertas calles, playas y plazas, reservadas a los turistas que
preguntaban si era verdad o mentira lo del mito de aquella
saxofonista que sola se enfrentó al gobierno y de aquel mari-
nero que nunca más nadie vio y de los pajaritos que, aunque
parezcan de plástico, ustedes, señores turistas, pueden ver en
todos los árboles de Pueblo, pues a quién se le ocurre andar
ahorcando pajaritos, como de hecho los apátridas denuncian.
Miren a su alrededor a todas esas personas que caminan tran-
quilas por las calles sin ningún presentimiento o preocupa-
ción, mírenlas con sus propios ojos y con sus propios ojos los
turistas las miraban y, en efecto, todo era normal, aunque,
comadre, yo vi gente que se miraba de reojo como quien se da
una cita en Rue de Paradis, que no, que son ideas suyas coma-
dre, ¿es que acaso no ve todo a su alrededor? y la comadre veía
todo con más detenimiento y sí, comadre, ese poco de gente
193
se está dando una cita secreta. Pero apenas un turista se con-
centraba en Pueblo un grupo de música tradicional enviado
por Gobernador llegaba para, con sus melodías mediocres,
desconcentrar las miradas de esos turistas ricos turistas. Mas
aquella vez ni siquiera el cantante aburrido de ese grupo lo-
gró desaparecer la intuición veraz de esa turista que veía por
todas partes gente que se miraba con un odio comprimido
y se decía sin decirse, hasta más tarde, hasta esta noche, allá
abajo. Usted está loca, comadre, está viendo lo que no es, o
quizá lo que es, pues esa noche uno a uno llegó a ese sótano
con una puntualidad impecable.

***

Uno a uno iban entrando en ese lugar húmedo y subterrá-


neo. En un primer momento la gente se acercaba a esa pe-
queña y oscura calle de Rue de Paradis como por casualidad
y poco tiempo después se desaparecía al final de esta como
tragada. Esos ciudadanos que de día posaban con sus nor-
malidades a cuestas en las noches se convertían en simples
ratas, como se llamaban entre ellos. Todos sin falta, bajaban
cada noche por entre las escaleras oscuras hasta llegar al salón
principal de ese sótano.
Pero esa noche sus rostros no eran solares como de cos-
tumbre. Una taciturna tristeza se les reflejaba en sus ojos per-
didos y sus frentes fruncidas. Y era de esperarse: el saxo prin-
cipal de sus noches simplemente no estaba y, aunque todos
tocasen sus solos, la ausencia de ese instrumento mágico y esa
mujer fuerte creaba un hondo, una ausencia.
Habían pasado todo el día mirándose y diciéndose con esa
mirada lo que habrían de hacer esa noche y así lo hicieron.
Todos habían llegado con sus instrumentos debajo del brazo

194
como quien lleva un periódico. Todos, a través de calles y
rutas diferentes, se encontraron a la hora exacta en ese sótano
sin que nadie hubiera tenido la necesidad de pronunciar una
sola palabra.
La hora precisa había llegado y todos hicieron el mismo
gesto de quien carga un arma. Alguien en ese sótano golpeó
tres veces el suelo y uno y dos y tres y no había golpeado por
tercera vez cuando una Big band reventó celestial con un so-
nido de elefante, avión, océano, y era tan lenta y portentosa la
interpretación que todos hacían de ese lento blues, que bien
se podía ver ahí, de frente a todos ellos, como lo que era, un
gran trasatlántico.
Todavía más fuerte continuaron a tocar y ahora los objetos
de ese mundo subterráneo comenzaron a vibrar, sillas, vasos,
cigarros, paredes, piso y, cuando el volumen fue más fuerte to-
davía más, el mismo techo se puso a bailar con su única lampa-
rita que no dejaba de marcar el tiempo, uno dos uno dos.
Todos tocaban, cada uno con su instrumento, pensando
en Maríadelosángeles que se despertó de sus heridas al sentir
que la tierra debajo de ella temblaba. Pensó que era el vértigo
de su tristeza. Pero un instante después escuchó la alarma
de la cárcel sonar al mismo tiempo que, allá en el hotel El
Faquir, la turista y su comadre se despertaban despavoridas
porque, comadre, me siento como mareada y, qué coño hace
esa nevera ahí bailando, comadre, qué es esto, mire ese mar
enojado, que acaba de despertar a Gobernador de su insom-
nio cotidiano preguntándose a sí mismo qué coño es esta
tembladera, Secretario, que se encontraba ya despierto allá
en su casa mirando a su madre que trataba de comprender
por qué las ollas de su cocina bailaban de aquí para allá como
poseídas, aló, dígale a Gobernador que ya salgo para allá, y
apenas trató de tranquilizar a su madre con un abrazo, ella
comenzó a bailar sin voluntad propia un blues, llevada por la
195
nueva respiración que habían tomado todos esos instrumen-
tos allá abajo, en Rue de Paradis.
Secretario llegó desabotonado y despeinado y con la cara
triste y sin lavar a causa de un sueño sin tiempo en el cual él
traicionaba a Gobernador y, al vérselo ahí de frente, en esa
oficina abarrotada de libros mordidos, le pareció que su sueño
continuase. No tuvo más remedio que decirle a Gobernador,
disculpe jefe, pero apenas había terminado de decir la frase,
Gobernador le dijo que no importaba, que la traición no es
un mandamiento, pero que lo que sí importaba es que usted,
el sabelotodo de este gobierno de mierda, me diga que es toda
esta tembladera en Pueblo. No sé, dijo Secretario a media
voz con su fría sinceridad. Bueno, entonces mejor, porque lo
que ahora le voy a pedir es que, sea lo que sea, me lo detenga
ahora mismo.
Secretario salió sin destino a resolver ese problema del
cual no llegaba ni siquiera a intuir la causa. Antes de salir del
Palacio de Gobernador, Secretario pensó en voz baja, cómo
coño quiere que haga ahora para impedirle a la naturaleza
que tiemble. No diga groserías que lo estoy escuchando, oyó
Secretario decir a su madre, todavía subida en la cocina, a va-
rios kilómetros de allí. Mis disculpas, vieja, se dijo a sí mismo
mientras seguía caminando como perdido por las calles de
ese pueblo convertido en un vibrato que ya llevaba más de
una hora. Se sentía cansado y perseguido.
No tardó en encontrarse sin rumbo cerca de una callecita
oscura a la cual no había querido regresar después de lo que
le había pasado a María y Pablo. Leyó sin querer en la esqui-
na, Rue de Paradis. Bajó las escaleras con paso torpe y vio,
cual aparición, a su negra del alma, negra linda, negra bella,
cantando un blues lento y triste con otras cincuenta personas,
todas con instrumentos musicales y rencores. Supo el origen
de todo lo ocurrido, vio el trasatlántico y lo demás. No perdió
196
tiempo. Regresó a su casa y redactó un proyecto de ley a par-
tir del cual, solo un día más tarde, Gobernador declaraba, en
medio de una muchedumbre sudada, al día anterior como día
de duelo nacional por las víctimas del terremoto que sacudió
a nuestro respetable Pueblo. El terremoto más grande de su
historia.

***

Escuchó después de mucho tiempo aquellas voces que él


ahora confundía con sus peores pesadillas en ese calabozo.
De Maríadelosángeles solo conservaba un recuerdo borroso
que tenía que ver sobre todo con su salida improvisada de
esa celda: sus ojos eran bellos antes de que esos Gorilas la
agarraran por la fuerza y se la llevaran. Él prefería pensar que,
ahora, ella estaba en libertad, aunque no fuese así. Bien sabía
él que de toda esta historia él era solo un cómplice enamo-
rado, mientras que ella para el gobierno era simplemente la
culpable. Pero en ocasiones era tanta la voluntad que ponía
en sus tristes monólogos que no sentía vergüenza de repetirse
durante horas que, acaso, los Gorilas de Gobernador habían
escuchado sus mentiras de que era él el autor intelectual de
todo lo ocurrido y que, hasta el saxofón que ella soplaba, ha-
bía sido comprado por él en un mercado de puerto.
Aquellas voces se iban acercando y, a medida que él escu-
chaba el volumen de sus inminencias, se iba sintiendo más
apagado. Todo eso que sentía e intuía no era entonces una
pesadilla. Lo que más lo angustiaba, aunque ahora su angus-
tia era más resignación que otra cosa, fue el tiempo que los
Gorilas invirtieron antes de entrar. Quizá de forma premedi-
tada hablaron de temas superfluos y sin ningún aparente sen-
tido durante más de una hora, antes de penetrar finalmente

197
en su celda. La arquitectura de esos cubículos estaba hecha
de tal modo que los reclusos escucharan hasta los suspiros de
los guardianes. La técnica era efectiva visto que ese detalle
creaba en los cautivos un efecto de acecho constante que muy
pocos lograban controlar. Pablo no era una excepción.
Cuando por fin los Gorilas decidieron entrar, la magnitud
de la agonía de Pabloelmarinero era tal, que ellos lo encon-
traron en una especie de sueño momentáneo, aunque sus ojos
estuvieran abiertos como los de un muerto.
En esa ocasión a ellos no les bastó con los gritos despre-
ciativos con los que solían interrumpir la soledad del cauti-
verio. Para lograr despertarlo de su agonía utilizaron insultos
todavía más radicales. Pero los ojos de Pablo se mantuvieron
lelos, sin vida, inmóviles, como si miraran, más allá de las
espesas paredes de ese Castillo, la hermosa rambla de Pueblo.
El más bruto de los cinco Gorilas optó entonces por darle
una de sus cachetadas, célebres entre guardianes y reclusos
porque muchos de estos últimos preferían los tubazos y la
electricidad en lugar de esas detonaciones, de las cuales va-
rios no se habían recuperado todavía. Después de la tercera
cachetada todos quedaron atónitos delante del rostro de Pa-
blo ensangrentado y de su vista todavía fija en la pared. Si
esos golpes no lo habían hecho salir de su letargo, no había
nada que hacer. No tuvieron más remedio que tomarlo por
los brazos y arrastrarlo por los corredores oscuros del sótano
de ese Castillo en donde se encontraban los presos políticos
y sus allegados.
Apenas si sintió las vibraciones de su cuerpo arrastrado
por los Gorilas por entre las escaleras de piedra que se elevan
hasta la planta baja de la cárcel. Salidos del sótano, llegaron
a esa planta baja cuya apariencia, olor y limpieza superaba en
gran medida la del hueco donde Pablo había estado enterra-
do desde hacía tanto tiempo. Sus ojos le dolieron al sentir
198
la luz natural que entraba por entre las ventanas del recinto.
Pero al mismo tiempo el calor natural del trópico le procuró
una sensación más bien placentera que no tenía nada que ver
con la fría temperatura de aquel sótano y la humedad que
creaba su cercanía con el mar.
Una vez que Pablo superó, todavía ensangrentado, la puer-
ta que lo liberaba del sótano de sus pesadillas las cosas suce-
dieron tempestivamente. Lo hicieron entrar en varias salas.
Tres, acaso cuatro. Los Gorilas se comportaban de forma
extraña. Ellos estaban distendidos y como orgullosos de él.
Hacían sentir a Pablo como un niño que satisface a sus pa-
dres. Fue en ese instante cuando él presintió que, por fin, los
Gorilas le donarían la oportunidad de regalarles su muerte.
Mientras alguien sin rostro lo curaba de sus heridas en
el ambulatorio de la cárcel, una militar quemada por el sol y
con un uniforme que vestía con una coquetería sin par, le pre-
guntó si tenía alguien a quién avisar de su paradero. Él pensó
en Maríadelosángeles, pero la militar se negó objetando que
tenía que ser una persona que no tuviera nada que ver con sus
antecedentes políticos. Él terminó entonces por responder
que no tenía a nadie, que lo dejara así.
La joven lo tomó de la mano y lo condujo hacia otra sala
que él confundió con una oficina de banco. Un oficial lo invi-
tó a sentarse con una educación que desde antes de la cárcel
no veía. Le preguntó sus datos personales, profesión, color de
ojos, edad, y después le entregó una especie de ficha rectan-
gular que olía a militar. Afuera lo esperaba, otra vez, la mu-
chacha del uniforme que lo recibió con una frase inesperada:
Alguien te quiere ver.
Él pensó de nuevo en Maríadelosángeles y una alegría sú-
bita le quemó la piel. En un solo instante cientos de frases,
a través de las cuales él le explicaría a ella todo lo que había
pasado en ese sótano después de su partida, sus proyectos
199
futuros y el destierro inminente de Pueblo, le pasaron por
la cabeza. Pero el roce de esa militar que, con la punta de un
dedo, le tocó el codo, lo extrajo de su breve viaje.
Pase por aquí.
Al interior de otras de las salas lo esperaba una persona
que Pablo nunca había visto en su vida, pero que lo recibió
con un caluroso saludo de viejos amigos. Al escuchar su voz
supo de inmediato quién era. Pabloelmarinero había logrado
con el pasar del tiempo crear una lista exacta de las entona-
ciones, volúmenes y acentos de las voces de todas las personas
que rondaban por su celda: médicos, personal de limpieza,
guardias, altos funcionarios del gobierno. Fue por ello que, al
contacto con esa voz de barítono, no tardó en reconocer que
ese era uno de los que se aferraba más a la debilidad de su
cuerpo. Se recordaba muy bien de ese hombre que utilizaba
como excusa elucidaciones teóricas, históricas y políticas para
hacer lo que hacía con el cuerpo de Pablo.
Él no solamente se limitaba a hacer hablar a los presos,
como tantos otros Gorilas, sino que se las arreglaba para ha-
cer cambiar de ideología a sus víctimas a partir de argumen-
tos intelectuales de altísimo nivel.
Hoy es un día importante para ti y para mí, Pablo —le dijo
ese gorila regordete casi abrazándolo.
Espero que no existan rencores entre tú y yo. Tú siem-
pre fuiste uno de mis preferidos. Tu sobriedad a la hora de
afrontar esas experiencias antropológicas que la Historia nos
obligó a protagonizar siempre me llamó la atención.
Pablo no respondía.
Siempre estuve convencido de que tú eras uno de los pocos
que, como yo, estaba más allá de estos odios cursis; y de que
tanto tú como yo, no hacíamos otra cosa que asumir cabal-
mente el rol que la Historia nos llamó a afrontar. ¿No es así?

200
Pero antes de que Pablo pudiera contestar, el gorila ya se
había contestado a sí mismo.
Es por ello que hoy no te pido un gran abrazo, no, por-
que sé que solo el tiempo te permitirá comprender el Sentido
último de eso que vivimos en este lugar. Pero al menos me
permito la osadía de invitarte a la reflexión sobre la Verdad
trascendental que esta experiencia malsana esconde. Yo no
soy de esos que, antes de dar el saludo final, me consuelo con
decir que solo seguí órdenes. Aquí nadie sigue órdenes. Si
llegaste hasta aquí fue porque seguiste un camino muy pre-
ciso. Qué te puedo decir, cada uno tira el molino para donde
le conviene: aquí el viento no tiene nada que ver. Al menos
en eso tú y yo estamos de acuerdo. Tanto tú como yo siem-
pre hemos luchado por nuestras convicciones personales. La
prueba es que estamos hoy día en esta sala hablando de esto
como dos seres humanos, como dos Conciencias.
Pablo pensó, acaso, en darle un golpe. Pero en el fondo de
sí mismo le quedaba todavía un poco de lucidez para darse
cuenta de la inutilidad de ese gesto. Además, después de todo
lo vivido un golpe había perdido para él toda connotación
violenta. La violencia ahora para Pablo se encontraba en otro
lugar que nada tenía que ver con lo físico.
El policía, viejo y rechoncho como era, se sintió defrau-
dado de la mirada vacía de Pablo, de su falta de interés y
competitividad intelectual. Pero soportó su sentimiento de
decepción y le dio dos palmaditas cariñosas en la espalda a
ese marinero.
Vamos, muchacho. Asume ahora tu destino.
Esas palabras fueron en realidad una invitación a salir de
la sala. Afuera estaba la joven uniformada esperándolo.
El gorila rechoncho asomó apenas la cabeza por la puerta
que daba al corredor y agradeció a la muchacha por haberle
concedido unos instantes con ese detenido que ya no vería
201
más. Ella le respondió que para eso estamos, y siguió cami-
nando junto a Pablo que, después de ese último encuentro,
estaba dispuesto a dejarse llevar a cualquier lugar con tal de
terminar todo rápidamente.
La joven lo condujo hacia la última de las salas que vi-
sitaría ese día. Estaba llena de ropa colgada por doquier en
ganchos de metal. Adentro lo recibió una especie de sastre
militar. Pablo, al encontrarse en contacto con toda esa ropa,
observó por primera vez en meses, la ropa que él mismo lle-
vaba puesta. Una vergüenza se le reflejó en sus cachetes de-
macrados al darse cuenta de la piltrafa humana en la que lo
habían convertido. Sus vestidos no solamente estaban rotos,
sino que además estaban manchados de todo líquido huma-
no imaginable y con olor nauseabundo. El recuerdo de lo que
fue le llegó en forma de corazonada: la hebilla de ruido me-
tálico, sus zapatos de héroe, su camisa salada, el llavero en
forma de ancla de otrora, su sombrero blanco abrazado por
una banda azul.
Pase adelante, recluso —le propuso el sastre militar.
Siempre he creído que hay ocasiones en la vida que es
mejor afrontarlas bien vestido —le dijo el sastre mirando a
otra parte.
Y esta es una de ellas.
Dicho esto se puso a ojear las etiquetas de algunas camisas
manga corta, y de unos jeans sin bolsillos que él mismo había
cosido a mano.
Aquí está —afirmó como si hubiera encontrado un tesoro.
Talla L. ¿No es cierto?
Pablo lo observó con ojos aburridos.
Vamos, chico, ponte esto.
Pablo tomó la ropa y se la puso con gestos de dormido.

202
El sastre lo observó cual enamorado feliz y con un tono
más femenino que segundos antes le dijo:
Sabía que te quedarían perfectos esos jeans.
Y se fue corriendo a buscar un espejo al otro lado de la
sala. Pablo no podía creer en sus ojos. Cada gesto de ese
hombre le parecía asombrosoy fuera de lugar. El sastre se
le colocó de frente con un espejo largo, casi del tamaño del
marinero, en sus manos.
¿Cómo te ves?
Pero antes de que Pablo pudiera contestar, el sastre ya se
había contestado a sí mismo.
Bien, ¿verdad?
Pablo se sintió uno de ellos con esa ropa puesta y ese olor
a limpieza. Pero pensó que haberse negado a colocársela no
hubiera servido de nada. A lo sumo se hubiera ganado una de
esas estúpidas cachetadas que ya ni siquiera le dolían. Se hu-
biera quedado cacheteado y vestido, así como estaba, de escolar.
¿Cuándo se acaba todo este jueguito? —le preguntó Pablo
al sastre militar sin esperar respuesta.
Eso no es conmigo, querido. Ya estás vestido. Aquí se de-
tiene mi responsabilidad. Eso se lo preguntas a los de afuera.
El sastre terminó su frase señalando con la punta de sus
labios, a través de un gesto que denotaba celos, a la joven
militar que esperaba a Pablo al otro lado de la puerta. Ella, al
verlo sin sus vestidos de mendigo, levantó las cejas en señal
de estupor por el cambio repentino.
Pablo repitió su pregunta ahora a la enfermera:
¿Cuándo termina toda esta farsa?
¿Qué farsa?
No tardó en preguntarle, a su vez, la militar. Pero Pablo no
dio ninguna señal de vida. Parecía que de pronto se hubiera
apagado. Ella tomó entonces las riendas de la conversación.
Lo único que falta es que tú firmes aquí.
203
Pablo pensó en preguntar de qué se trataba, pero las ga-
nas de morir eran más fuertes, por lo que firmó de golpe. Lo
que él en realidad ahora esperaba era, lo más rápido posible,
el final.
Estás libre —afirmó la militar, esperando la reacción de
Pabloelmarinero.
Él bajó la mirada.

***

No se sabe por qué, Pabloelmarinero siempre había imagi-


nado la salida de ese Castillo colonial como un hecho impor-
tante. Según sus pronósticos habría de salir por una puerta
grande, la que da al mercado principal. El sol sería radiante y
todos habrían de quedarse silenciosos y emocionados al verlo,
por fin, libre. Sobre todo Maríadelosángeles que, según él,
lo esperaría entre los vendedores de pescado y los fruteros.
Pero lo cierto fue que el día de su liberación esos Gorilas lo
lanzaron por un barranco del Castillo que daba a una playa
desolada, justo debajo del inicio de la rambla.
Era más o menos la hora del burro y, como siempre, a esa
hora en Pueblo el sol era deslumbrante y el silencio atroz.
Pablo se estremeció al darse cuenta de que delante de una si-
tuación tan importante su reacción fuera esa: una neutralidad
sin par. La libertad que ellos le habían dado así, de pronto,
no había hecho ningún efecto en él. Solo se sintió libre al
percatarse de que podía pensar en Maríadelosángeles sin el
miedo que esa acción le producía en la cárcel, pues intuía que
los Gorilas podían en cualquier momento apoderarse de su
pensamiento. En estas circunstancias sí podía pensar en ella
y así lo hizo: no tardó mucho en darse cuenta de la falta que
le hacía esa mujer. Pero su recuerdo, ahora que estaba libre,

204
era de otra naturaleza y nada tenía que ver con la imagen de
ella que conservaba en ese sótano inmundo. Hizo entonces
lo único que podía hacer por ahora, caminar. Caminó por esa
playa desierta. Cada paso un recuerdo. Durante esas horas
reconstruyó con lucidez todo lo que había ocurrido.
Prisionero vio con estupor desde su cárcel flotante a ese
punto negro y triste que se movía por la playa desierta a la
hora del burro. No tuvo dudas:
Es Pablo. Liberado.
Ese punto negro siguió caminando con ese recuerdo a
cuestas que le hacía arrastrar los pies de tan pesado y tan
recuerdo. Pero en el fondo, ese caminar lo reconfortaba y le
permitía reorganizar lentamente el desorden en el que se ha-
bía convertido su existencia desde Maríadelosángeles.
Estuvo días enteros caminando, hasta que su barba larga
e irritada y su piel quebrada por el sol lo obligaron a abando-
nar esa costa que había recorrido en ida y vuelta, quién sabe
cuántas veces. Entró con todo el miedo del mundo en una
de las calles de Pueblo que dan al mar. Lo vio diferente y lo
vieron diferente. Casi nadie lo reconoció y él no reconoció ni
a sus calles ni a su gente. De alguna manera esa estadía en el
Castillo, ese lugar sin espacio ni tiempo, había sido una suerte
de eficaz exilio dentro de los límites de Pueblo.
Nada de lo que veía se parecía al Pueblo de su recuerdo:
todos esos chicos con sus cabellos perfectos, su tráfico dete-
nido en ciertas calles porque está pasando ella, sus árboles
cortados, sus pajaritos de plástico con sus cantos de altopar-
lante. Había ahora en ese lugar un nivel de seguridad tal que
Pablo, como muchos otros, más que seguro se sentía perse-
guido. Tenía la sensación de que en Pueblo se habían erigido
muros transparentes que separaban a la gente entre sí: existía
una tolerancia impuesta por el miedo. Ya la gente ni siquiera
se tropezaba en el caótico mercado principal. Pero lo que más
205
sorprendió a Pablo fue el sinfín de habitantes hablando solos
por doquier. Al inicio no entendió y era normal. Pero a medi-
da que los días iban pasando el fenómeno se hacía más claro.
A retazos fue entendiendo por qué esa gente murmuraba se-
cretos incomprensibles, se agarraba de la mano con nadie o
saludaba a ninguno.
A pesar de que mucho tiempo había pasado desde aquel
remoto día en que llevado por Maríadelosángeles había de-
jado el mar, él todavía conservaba en su manera de caminar,
de observar, sonreír y callar los gestos tímidos de un marinero
en tierra firme. Esa timidez lo hizo pasar durante un tiempo
desapercibido, aunque su paseo se extendió a lo largo y ancho
de Pueblo.
Pero los días pasaban y Pablo no lograba terminar con ese
triste paseo que comenzó en esa playa desierta el día de su
liberación. Él seguía caminando acompañado por el recuerdo
de María que le mostraba los lugares en los cuales muchos años
antes, cuando todavía él era marinero activo, ella le había dicho
que la encontraría apenas su barco llegara a tierra firme. Si te
decides a dejar el mar ven a buscarme, yo estaré aquí, sentada
junto a esta escalinata que da a la iglesia, y él ahora, minu-
ciosamente, tocaba cada escalón de ese lugar sin encontrar el
menor indicio de que, al menos una parte de ella, estuviera
ahí. Si no, me has de encontrar por entre las diminutas calles
del centro que dan a esa terraza principal desde donde los
enamorados contemplan, con los zapatos en las manos, los
atardeceres. Pablo escalaba entonces como un desesperado
esas subidas repletas de minúsculas calles viejas, casi arras-
trándose, para tratar de encontrar el perfume de María entre
sus piedras, y le preguntaba por ella a las viejitas que miraban
pasar el tiempo desde sus mecedoras, y jugueteaba con los
niños para ver si también María había jugado con ellos. Pero
no. Ella había sido alejada de todos esos parajes, dejándolo a
206
él con el hastío de su desgraciado paseo intacto. ¿Dónde estás
Maríadelosángeles que no te encuentro?
Y ese nombre suyo pronunciado le hacía despertar a Pa-
blo aquella imagen de Maríadelosángeles sentada en la cama
y desnuda como solía estar después del amor, diciéndole, y
si tampoco ahí me encuentras ve entonces a preguntar por
mí en la jungla de ese recuerdo tuyo que yo llené hasta más
no poder de animales exóticos, enormes, diminutos, insectos
fluorescentes, altos árboles inmensos como anacondas, gua-
camayos, saltos de agua que solo un ángel se atrevería a saltar,
tierras lejanas del inicio de los tiempos, manglares, tortugas
grandes como caseríos, reguero de deseos y noches y rones
que bebimos y vivimos, intuyendo que estábamos destinados
a carecer de destinos, y Pablo, que solo caminando lograba
ver más claramente todo eso, siguió haciéndolo y las imáge-
nes de María se le hacían de más en más visibles, ese sinfín
de palabras que de ser tantas eran tan pocas, y que Pablo
iba iluminando con un fósforo alegre que había resistido a la
oscuridad y a la humedad del Castillo, y que le había hecho
comprender que las palabras no dichas también habían sido
dichas, esas palabras que eran una jungla de calores transmiti-
das a través de frescas gotas de sudor, de roces en los que ellos se
aislaban como en una telaraña tersa que los envolvía durante
toda una noche de tenues mordiscos y miedos y pesadillas,
esas pesadillas que los mantenía día a día en un insomnio
compartido porque, acaso, en el momento más maravilloso
el uno pensaba en lo que afuera le esperaba y, sin decírselo al
otro, cerraba los ojos y apretaba fuerte fuerte su cuerpo para
comprobar que también el otro temía que alguien allá afue-
ra, en ese mismo instante, estuviera trazando sus destinos,
entonces ningún ron, ni caricia, ni suave mordisco los podía
calmar de ese miedo compartido que los hacía hablar toda
la noche de las sombras de este techo, y Pablo miraba y era
207
cierto, eso, ahí, parece Australia, no, un rinoceronte, eso es
una nube, eso es un dragón, eso eso eso, hasta que lentamente
uno se quedaba dormido en la almohada caliente del brazo
del otro, temiendo por sobre todas las cosas que esa pesadilla
se repita de nuevo, pero el nosucederáamormío que ella pro-
nunciaba de pronto llegaba en el momento justo para aliviar
todo y lentamente se quedaban tranquilos y se dormían hasta
cuando, un poco más tarde en la noche, los gritos de ella los
despertaran y entonces, al abrir los ojos, se daban cuenta de
que la pesadilla se había hecho realidad pues estaban en ese
frío sótano de ese Castillo, uno al lado del otro, sin verse así
como estaban, semidesnudos y hechos piltrafas, pero se abra-
zaban fuerte tan fuerte que, por fin dormidos, se despertaban,
tarde, al mediodía del día siguiente, nuevamente en ese cálido
cuarto de hotel de techo manchado por australias, rinoceron-
tes, nubes dragones, pero ya era demasiado tarde y el fósforo
alegre de Pablo se apagaba y él se daba irremediablemente
cuenta de que ahora, liberado, estaba viviendo su vida sin ella
y que dentro de poco entraría de nuevo, y después de muchos
años, en el café El Faquir, donde seguramente el camarero le
ofrecería un ron bien cargado a Pablo, el marinero que regre-
só del más allá.

***

Pablo liberado entró, después de muchos años, en el café


El Faquir. El camarero al verlo llegar le ofreció un ron bien
cargado en medio de una exultación:
¡Qué sorpresa, Pablito! —le dijo abriendo los brazos como
si fuera a agarrar algo enorme.
Un ron bien cargado para este marinero que regresó del
más allá — repetía ese hombre feliz mientras llenaba un vaso

208
minúsculo de ese ron añejo bien marrón de las grandes oca-
siones.
¿Te recuerdas al menos cómo se toma el buen ron, Pablito?
Pablo sonrió.
Te lo dejas en la boca reposar un poco hasta que sientas
estrellitas en la lengua y después, lentamente para adentro, en
sorbos breves.
¿Cómo va todo, Facundo? —por fin dijo Pablo. Y cómo
quieres que vaya, viejo…
A Pablo no le hicieron falta más explicaciones que los ojos
de Facundo mirando de reojo a los policías de civil sentados
en las últimas mesas mientras respondía.
Qué de tiempo, Pablo.
Supongo que lo sabes —le dijo Pablo tratando de sacarle
información.
Y cómo no saberlo. Lo siento mucho por María.
¿Has sabido algo? —respondió Pablo precipitadamente,
traicionando su táctica.
Mejor no hablar de esas cosas aquí.

***

Ni en ninguna parte, Pablito.


El camarero lo miró como quien mira al ser más ingenuo
de la tierra y cambió la conversación a su manera, limpian-
do con un trapo húmedo la superficie de esa barra más que
limpia.
Pablo arrugó la cara con un gesto de placer a causa de ese
primer ron después de tanto tiempo. Se sintió de nuevo en
su cuerpo.
Casi inmediatamente Facundo lo vio caer en esa práctica
usual que desde hacía ya tiempo estaba contagiando a todo
Pueblo. Al inició el camarero no quiso creerlo, y delante del
209
murmuro de Pablo trató de acercársele para preguntarle si
deseas algo, Pablito. Pero Pablo ni siquiera lo miró. Su rostro
estaba completamente girado hacia la derecha. Él estaba con-
versando con alguien que Facundo no veía.
Pablito, Pablo, Pablito —le dijo el camarero con mucha
tristeza.
Pero Pablo no respondía.
Pablo.
***

Facundo supo de qué se trataba y no insistió más. Para


justificarse por el comportamiento de Pablo pensó que, en su
caso, había sido el trago de ron, aunque bien sabía que nada
tenía que ver. Entonces lo dejó solo con su conversación que,
por lo que él veía, parecía importante.
El camarero ya antes se había topado con situaciones como
esas, sobre todo en ese café donde la gente solía darse cita con
nadie. Al inicio no sabía muy bien qué actitud adoptar por
creer que se trataba de efectos no deseados de ese bendito ron
tan fuerte. Pero el tiempo y la realidad afuera de El Faquir
destruyeron lentamente su hipótesis. No tardó en descubrir
en las plazas, las playas, los mercados y las calles a gente que,
como Pablo ahora, murmuraba frases incomprensibles para
un observador cualquiera. Pablo, ¿deseas algo más?
Delante de todos esos casos él había optado por dar lar-
gas al asunto y no tratar de darle a todo eso una explicación
plausible, ni mucho menos interrumpir a esa gente que pare-
cía tan contenta con esas extrañas compañías. Pablo, ya que
no me respondes, opto por servirte otro traguito. Pero ver a
Pablo en esa situación, después de haber vivido lo que vivió,
le apretaba todavía más el nudo en la garganta a Facundo,
Pablito Pablo Pablito, y trataba de desconcentrar al marinero
de su murmullo con este otro traguito que te traigo.
210
En muchas ocasiones Facundo se había visto en la nece-
sidad de aconsejar a gente como Pablo realizar esas extrañas
conversaciones en la iglesia. Ahí nadie se daría cuenta de nada
y el gesto pasaría desapercibido. Mucha gente en Pueblo lo
escuchó y, hasta el difunto Padrecito, que en paz descanse,
estaba muerto de la alegría al comprobar el número de fieles
que vienen todos los días gracias a ti, Facundo. Aunque bien
sabía el Padrecito que nada tenía que ver Dios en todo esto,
pues una vez comenzó solemnemente su misa con la iglesia
llena y no pudo creer en sus ojos al ver que la gente seguía
impertérrita en su murmullo.
Pablo, nojoda, Pablo.
Y la cachetada histérica que Facundo le dio al marinero
fue tan sonora que, más que el golpe, fue su sonido seco que
hizo volver a Pablo a la cotidianidad de ese café.
Disculpa, Pablito.
¿De qué?
De nada, viejo.

***

Facundo salió temprano esa mañana. Los gritos del ven-


dedor de periódicos lo despertaban cada mañana, aunque a él
no le interesasen esas noticias del régimen.
Se lavó con poca agua, pues la detestaba más que un gato.
Tomó su café. Saludó a su perico y salió silencioso, como cada
día, para no ser notado por nadie, es decir, para no tener pro-
blemas en Pueblo.
Cerca del puerto vio, con la semblanza de una alucinación,
la silueta de Pabloelmarinero. No lo podía creer y por eso se
frotó los ojos. Pablito Pablo Pablito. Si tomaba la próxima a
la derecha seguramente lo encontraría en la calle Colón. Cru-

211
zó entonces a la izquierda con un gesto caótico que puso a la
vista de sí mismo todo su temor: Pablo, ahí vivo, después de
todo este tiempo le había revelado la inminencia de su cobar-
día durante todos estos años al persistir en su versión de que
él no amistaba con ningún Pablo ni ninguna María. Relación
exclusivamente de clientela, señor comisario.
Se dio cuenta de que cruzando a la izquierda, no solamen-
te se alejaría de su lugar de trabajo, el café El Faquir, sino
que también se vería obligado a cruzarse con eso que muchos
habían bautizado Plaza de los Locos, lugar que hacía todo lo
posible por no frecuentar.
Pasó por esa plaza con un paso rápido tratando de no mirar
a esa gente que, a pesar de su nerviosa presencia, ni siquiera lo
notaron. Estaban todos en el letargo de sus murmullos. Sus
conversaciones matinales eran ciertamente más importantes
que el paso del mesonero de El Faquir.
Aunque no fuese esa su intención, Facundo se quedó como
hipnotizado delante de un anciano caminando de la mano
con alguien que él, a pesar de sus esfuerzos, no lograba ver.
Se frotó de nuevo los ojos. Era el viudo Felipe, un abogado
con cierta reputación. Estaba absorbido por una conversación
que seguramente era de fútbol. Todos conocían los gritos con
los que otrora terminaban las discusiones de fútbol con su
difunta esposa, fanática del equipo históricamente contrin-
cante del suyo. Ahora Facundo no podía dejar de ver cómo,
de pronto, Felipe se exaltaba y comenzaba a levantar la voz y a
mimar jugadas de delanteros inexistentes y porteros goleados.
Cada mañana ese hombre se mostraba a Pueblo con el mis-
mo espectáculo, aunque nadie en esa plaza parecía prestarle
atención. La excepción era Facundo que estaba boquiabierto
delante de la presencia estrambótica de Felipe. Pablito Pablo
Pablito. ¡Gol! Le gritaba Felipe a su mujer ¡Gol, golazo! Y saltaba y
se arrodillaba como si tuviera quince años.
212
Facundo miró el reloj y la hora lo hizo volver en sí. Pensó
en su retraso y de nuevo en esa aparición fantasmal de Pa-
bloelmarinero de quien bien sabía que no podía aparecer por
Pueblo. Acaso yo también me estaré metiendo a loco:
No puede ser él —se dijo a sí mismo.
Buenos días, Facundo.
Silencio.
¿Cómo está don Felipe?
Pero del viudo Felipe no hubo respuesta pues, otra vez,
estaba exponiendo razones, goles y jugadas a favor de la su-
perioridad de su querido equipo. Facundo se sintió más tran-
quilo porque la simple voz de esa rara gente rara le causaba un
gran temor. Muy en el fondo él escondía la sospecha de que
acaso eso se pegara. Aunque no le faltaba lucidez para darse
cuenta de que su intuición era descabellada. Se despejaron
sus pensamientos y de pronto se sintió nuevamente cobarde.
Pablo Pablito Pablo. Aceleró el paso y vio sin ver a cuatro ni-
ños haciendo una rueda con sus manos en esa plaza. Se toma-
ban entre ellos de las manos y giraban giraban giraban can-
tando canciones, y era tanto el nerviosismo de Facundo que
no vio, o acaso no quiso ver, que en esa rueda hecha de manos
y miradas infantiles había un hueco demasiado evidente que
no estaba llenado por ningún niño perceptible. Las dos ex-
tremidades del círculo no se tocaban entre sí. Pero eso no
impedía que los niños ubicados en cada extremidad tomaran
con fuerza la mano de nadie, manteniendo el equilibrio de un
círculo perfecto. Las cinco madres de esos niños estaban cer-
ca en una banca hablando de cosas sin importancia y, cuando
llegó la hora de irse, llamaron a sus niños por sus nombres.
Los cuatro niños corrieron despavoridos abalanzándose so-
bre los cuerpos tibios de sus madres quienes los tomaron por
las manos dividiéndose entre adioses, hasta mañana, querida.
La imagen de una de ellas se perdió en una de las vías que
213
daba al centro: su brazo estaba extendido y su mano abierta,
como si caminara tomada de la mano de alguien.

***

Facundo ya estaba casi por llegar a El Faquir con esos ni-


ños jugando a la rueda en su memoria y la preocupación por
el retraso colosal de esa extraña mañana.
Entró al café y ahí estaba ella. El aire en ese lugar era espe-
so por el humo de todos esos clientes que ya habían repleto la
sala. Se le había olvidado: hoy era día de concierto y la gente
llegó temprano para reservarse una silla.
Al inicio Maríadelosángeles se había negado a hacer esos
conciertos en ese café, pero la falta de dinero era más fuerte y
terminó por escuchar las súplicas del dueño del lugar, amigo
de su padre, y los consejos del camarero, amigo de su Pablo.
Tocar en esa sala espesa le permitía reunir dinero para pagar
los hoteles que compartía con su marinero querido y pobre.
Australias, rinocerontes, nubes y dragones.
Facundo recuerda esos días como días de poca propina,
visto que todas eran dadas a esa joven tan linda de nombre
tan largo que tocaba sin mirar otra cosa que a ese Pablo sen-
tado en la barra, a la izquierda de la minúscula tarima, con
un ron delante de él y el rostro completamente girado hacia
la derecha para poder mirarla y murmurarle cosas durante
el concierto. De hecho, Facundo ese día había tratado en
varias ocasiones de iniciar una conversación con Pablo, pero
era inútil. Él estaba en otro mundo murmurando incom-
prensibles palabras.
El primer set había terminado y, después de una improvi-
sación de Around Midnight, María se dirigió con el paso y el
peso de una gata hacia la barra. Sus ojos se fueron acercando

214
a los ojos de Pablo, cerca tan cerca los ojos de Pablo y María,
que bien alguien podría haber pensado que jugaban a los cí-
clopes, pues llegaron a estar tan próximos, que lo único que
veía el uno del otro era un inmenso ojo inmenso.
Buenas noches, marinero despeinado. ¿Qué te pareció?
El motivo de Midnight sublime. Tus labios soplándolo
más aún.
Gracias por venir. Para mí hoy es un día importante.
María, no me digas que todavía sigues con tu plan para
mañana. Por supuesto.
Y, ¿te decidiste a decirme de qué se trata?
Por supuesto que no.
¿Pasamos la noche juntos?
Por supuesto que sí. Pero mañana me despierto antes que
los gallos.
Voy contigo, María.
¿Dónde?
Adonde sea.
Lo de mañana es personal.
Pero me dijiste que todos te escucharán.
De eso se trata. Me escucharán a mí. Más nadie tiene que
estar: yo y mi saxo.
En ese instante Facundo se dirigió a Pablo sin recibir res-
puesta: Pablito Pablo Pablito.
Facundo supo de qué se trataba y no insistió más. Para
justificarse por el comportamiento de Pablo pensó que, en su
caso, había sido el trago de ron, aunque bien sabía que nada
tenía que ver. Entonces lo dejó solo con su conversación que,
por lo que él veía, parecía importante.
Al día siguiente Pabloelmarinero dormía tan profunda-
mente que no se dio cuenta del momento aquel, antes de
que los gallos cantaran, en el que Maríadelosángeles despertó

215
como quien se despierta de un sueño bello, vistió la desnudez
en que la había dejado él, se miró al espejo y temió al ver sus
ojos delirantes, tomó su saxo todavía frío de un frío nocturno
y, sin lavarse la boca, se dirigió hacia el cañaveral donde pocos
minutos más tarde despertaría a todo Pueblo, calle por calle,
animales, altos funcionarios, presos, estatuas, a Pablo, e inclu-
so a Gobernador quien, enfurecido por la envergadura de la
melodía, despertaría a su vez a Secretario, a la madre de este,
a las dos turistas, y a Prisionero.
Pablo, ya que no me respondes, opto por servirte otro tra-
guito — afirmó Facundo.
Ese marinero descubrió su cama vacía y con olor a saxo
porque ya la melodía de Maríadelosángeles, allá en el caña-
veral, había penetrado por entre las ventanas de ese hotel de
techo de Australias. Al contacto con la melodía, Pablo se sin-
tió libre de una libertad que lo liberaba, antes que todo, de esa
pesadilla que acababa de tener en la cual él la palpaba a ella y
ella a él en la penumbra del sótano de ese Castillo. El mari-
nero se despertó como acariciado por María con esa melodía
de Monk cual libélula posada sobre su sien. Pero en lugar de
Maríadelosángeles él solo descubrió un mapa indescifrable
de altiplanos en esa sábana que le indicaba caminos sin ti.
Pablo, nojoda, Pablo.
Facundo decidió contra su propia decisión despertarlo de
su conversación con nadie en esa barra triste, y así lo hizo con
una cachetada que sacó a Pablo de su plática con Maríade-
losángeles.
Lo de mañana es personal.
Pero me dijiste que todos te escucharán.
Y la cachetada histérica que Facundo le dio al marinero
fue tan sonora que, más que el golpe, fue su sonido seco el que
hizo volver a Pablo a la cotidianidad de ese café.
Disculpa, Pablito.
216
¿De qué?
Después de dejar la Plaza de los Locos, Facundo ace-
leró el paso en un gesto que parecía estar motivado por la
preocupación de llegar tarde a El Faquir, aunque lo que en
realidad lo perturbaba era la imagen repentina de Pablo y
la intuición de que, ese mismo día, el marinero habría de
visitar el café sin más motivo que la búsqueda afanada de
una normalidad que le habían quitado desde hacía tiempo:
su Maríademidesespero. Facundo apenas había llegado a El
Faquir y, llevado por su retraso y por la gran cantidad de
gente que había ese día, tuvo que acelerar cada una de sus
acciones cotidianas: preparar muchos cafés, exprimir naran-
jas, bajar las sillas de las mesas, repartir cuentas, encender el
radio con las noticias del día, servir cafés con leche, firmar
las entregas del día, exprimir noticias, preparar las sillas de
las mesas, firmar naranjas, encender cuentas, bajar radios,
repartir entregas, y fue así, de pronto, que se vio a Pablo,
enorme, abriendo la puerta de El Faquir. Pablo miró los ojos
de pánico de Facundo quien se le adelantó con unos brazos
abiertos que delataban todo su miedo:
¡QuésorpresaPablito!Unronbiencargadoparaestemarinero
queregresó delmásallá —dijo Facundo mientras llenaba un
vaso minúsculo de ese ron añejo bien marrón de las grandes
ocasiones.
¿Te recuerdas al menos cómo se toma el buen ron, Pabli-
to? Te lo dejas en la boca reposar un poco hasta que sientas
estrellitas en la lengua y después, lentamente para adentro, en
sorbos breves.
¿A qué hora inicia el concierto, Facundo?
¿De qué concierto hablas?

***

217
Hace años que aquí no hay más conciertos, marinero.
Y un saxo reventó al otro lado de la sala. Around Midnight.
Pablo miró a Maríadelosángeles desde lejos. Vio como sus ojos
soplaban cada nota en el espíritu de él. De hecho, ella estaba
tocando solo para él, aunque los presentes no lo supieran y
continuaran donándole más y más propinas que habrían de
pagar todas esas australias, rinocerontes, nubes y dragones. Los
dedos de ella comenzaron un solo de notas rápidas que inició
en la parte superior del saxofón y fue bajando hasta las últimas
de las teclas de ese tobogán o cuello que era su saxo y, una vez ahí,
el viento de sus pulmones fue huracán, y un sonido menor quedó
rondando por entre las propinas y los cafés, pero ya ese saxo se le
había quedado corto a María, fue entonces que ella superó los lími-
tes de su instrumento y todos la vieron seguir apretando teclas
más abajo de la última de las teclas de su saxo, y cada objeto de
ese café comenzó a sonar al contacto con los dedos de ella, su
solo, de hecho, no había terminado, y de tecla en tecla, de silla
en mesa, de café en café y de cerveza en cerveza, Maríadelo-
sángeles llegó hasta la última tecla de esa noche, Pabloelma-
rinero, y lo tocó desde la punta de sus zapatos hasta el último
de sus recuerdos y, es verdad, comentó Facundo al otro día, del
cuerpo de ese marinero salía música, y no fue hasta cuando los
cíclopes se miraron bien de cerca que el sonido cesó. Un beso
en si bemol marcó el final del concierto.
Pablo arrugó la cara con un gesto de placer a causa de ese
primer ron después de tanto tiempo. Se sintió de nuevo en
su cuerpo.
Buenas noches, marinero despeinado. ¿Qué te pareció?
El motivo de Midnight sublime. Tus labios soplándolo
más aún.
Gracias por venir. Para mí hoy es un día importante.
María, no me digas que todavía sigues con tu plan para
mañana.
218
Marinero, no repitas siempre las mismas preguntas.
No me des entonces siempre las mismas respuestas.
En el fondo, Pablo escuchaba la voz de Facundo queján-
dose de esa muchacha que más vale que no la hubiera invita-
do pues me está dejando sin propina. María, que escuchó la
queja del camarero mientras contaba el dinero de las propi-
nas, sonrió con esos ojos de alucinada con los que los Gorilas,
la mañana siguiente, la encontrarían en el cañaveral. Metió
en un bolsillo lo del hotel y en el otro lo que habría de dejarle
al otro día a Pablo debajo de la almohada.
La voz de Facundo se escuchó una vez más.
Y cómo no va a ganar tanto dinero, si yo había dicho que
la muchacha tocaba saxo y resulta que terminó tocando sillas
y mesas y cafés y cervezas y hasta al mismo marinero que, alto
y fuerte como es, sonaba como un piano de cola.
Has bebido mucho, Facundo —le reclamó un mesonero
joven que nada tenía que ver con el pasado y que incluso,
delante de la llegada de Pablo después de tanto tiempo a El
Faquir, le había preguntado a Facundo:
¿Quién es ese barbudo?
Un barbudo que acaba de salir del Castillo —se limitó a
responderle Facundo.
¿Y qué hizo?
Apenas lo conozco. Además, jovencito, la curiosidad es un vicio
en esta profesión.
Hasta Facundo se puso a hablar solo en este pueblo —se
dijo el joven mesonero a sí mismo y, pasándole por un lado a Pa-
bloelbarbudo lo escuchó susurrando:
El motivo de Midnight sublime. Tus labios soplándolo
aún más.
¿Por qué nunca tomaste el dinero que te dejé debajo de la
cama? —le murmuró María.

219
Porque aquella mañana salí a buscarte despavorido detrás del
sonido del saxo allá en el cañaveral.
Entonces siempre supiste que el dinero estaba ahí.
Me lo dijiste cientos de veces en tu delirio allá en la hu-
medad del Castillo.
Saliste antes que yo de ese infierno, María. Me salieron,
Pablo.
La voz de Facundo resonó en los oídos de todos:
Si yo había dicho que la muchacha tocaba saxo y resulta
que terminó tocando sillas y mesas y cafés y cervezas y hasta
al mismo marinero.
¿Hasta cuándo va a repetir la misma historia?
Hasta que alguien me explique cómo hace esa joven para
hacer sonar las cosas de este café como si fueran saxofones —res-
pondió Facundo como borracho.
Y de nuevo revivió aquella imagen en su mente. La vio
dejando ese minúsculo palco para abalanzarse sobre un público
que se frotaba los ojos para ver para creer que ella estaba aban-
donando con sus dedos la superficie del saxo para pasar a
esa otra superficie que es el mundo, convertido ahora en un
saxo de cafés agudos y cervezas barítonos y sillas y ceniceros
contraltos con los que ella ahora terminaba esa medianoche
de Monk. Había recorrido ya algunos metros, los cíclopes se
estaban casi rozando, y las propinas caían una detrás de la
otra. La avalancha continuaba y todos vimos a María mon-
tada en una mesa, tocando el motivo de Midnight en la lám-
para central de ese enorme instrumento en el cual se había
convertido El Faquir. Fue entonces que los cíclopes, en un beso,
se volvieron un único ojo. Todos se quedaron atónitos delante de
ese precioso cíclope precioso en el que se había convertido el
beso de María y Pabloelmarinero.

220
Buenas noches, marinero despeinado. ¿Qué te pareció?
El motivo de Midnight sublime. Tus labios soplándolo
aún más.
Esa respuesta suya no se cansaba de repetirse en la memo-
ria de Pablo, quizás a causa de ese trago bien cargado que le
había servido Facundo al marinero que había llegado del más
allá. De hecho, Pablo tomó muchos otros tragos como ese,
tratando de revivir esa primera sensación que había sentido
al beberlo, después de tanto tiempo. Pero no se sintió más en
su cuerpo durante esa noche. Ahora Pablo era puro recuerdo.
Pidió un permiso para ir al baño que nadie escuchó y se di-
rigió hasta allí con absoluta discreción. Abrió la puerta y se
sorprendió: percibió un olor a limpio que nada tenía que ver
con el olor a mierda del Castillo.
¿Quién es ese, camarada? —se dijo a sí mismo mirándose en el
espejo.
Pero la imagen se quedó taciturna imitando, acaso, el ros-
tro taciturno de Pablo.
¿Cómo te ves? —le dijo el sastre militar colocado de fren-
te a él con un espejo largo, casi del tamaño del marinero, en
sus manos.
Bien, ¿verdad?
Pablo se sintió uno de ellos con esa ropa puesta y ese olor
a limpieza. Pero pensó que haberse negado a colocársela no
hubiera servido de nada. A lo sumo se hubiera ganado una de
esas estúpidas cachetadas que ya ni siquiera le dolían. Se hubiera
quedado cacheteado y vestido, así como estaba, de escolar. En ese
instante sintió unas cachetadas fuertes como un tubazo o una
descarga eléctrica de parte de ese gorila bruto. Trató de res-
ponder, pero apenas si podía moverse. Intentó mirarse en el espejo,
pero lo único que vio de frente a él fue a Facundo y a ese camarero
joven del otro lado de la barra. Facundo le pidió unas disculpas
que Pablo sinceramente no entendió.
221
Fuera del baño de ese café con tanto humo lo esperaba
una militar quemada por el sol y con un uniforme que vestía
con una coquetería sin par. Ella, al verlo salir del baño de El
Faquir sin sus vestidos de mendigo, levantó las cejas en señal de
estupor por el cambio repentino. Pablo le repitió su pregunta:
¿Cuándo termina toda esta farsa?
¿Qué farsa? —no tardó en preguntarle Facundo, ahora
más enervado que preocupado:
Pablito Pablo Pablito.
Y la cachetada histérica que Facundo le dio al marinero
fue tan sonora que, más que el golpe, fue su sonido seco lo
que hizo volver a Pablo a la cotidianidad de ese café. Pablo
trató de responder pero apenas si podía moverse. Vio desde
el fondo de su tristeza por Maríademividadóndeestásqueno-
teencuentro a ese gorila, el más bruto de todos, frotarse la palma de
la mano en señal de satisfacción por el castigo dado. Mas la
satisfacción duró poco pues las cachetadas en nada modifi-
caron la atención que Pabloelprisionero le daba a la pared de
ese sótano, ahí de frente a él.
Pareciera que estuviera viendo a la virgen —dijo uno de
los Gorilas, tratando de descifrar en la pared algo que le hi-
ciera pensar a su infinita fe que ahí, de alguna manera, estaba
la virgen.
Pero lo único que vio ese gorila fueron australias, rinoce-
rontes, nubes y dragones que confundió estúpidamente con
manchas de humedad en la pared. Pablo miró esas manchas
como si intuyera que era la última vez que en ese Castillo
miraría esas formas que me mantuvieron con vida, María-
demimemoria, que te busco y no te encuentro por entre las
escaleras que dan a la iglesia en donde me dijiste, ahí estaré, en
cada uno de sus escalones estuve con el oído pegado a ver si tu
corazón latía escondido detrás de esas rocas y no estabas, y ni

222
los niños, ni las viejas sentadas en la acera esperando la muer-
te, me supieron dar noticias tuyas, Maríademitormentomío.
Lentamente las australias, los rinocerontes, las nubes y dra-
gones se fueron desapareciendo de su ángulo de visión porque esos
Gorilas esos lo tomaron por sus brazos y lo arrastraron por los
corredores oscuros de ese sótano. En ese momento, apenas
si sintió los golpes de su cuerpo arrastrado. Pero a distancia
de varios días el efecto de esos maltratos se fue presentando
paulatinamente y hoy, en esa barra de El Faquir, no podía
estar más de dos minutos sentado en esa silla alta sin sentir fuertes
dolores. Por ello bebía sus rones secos y de pie.

***

Pablo la siguió buscando día a día y, de tanto buscarla,


fue a parar a Cementerio. Ese lugar tan temido en el que ni
siquiera los muertos quieren ser enterrados por miedo a los
espantos; ese que aparece en las cartas de herencia como la
única petición del difunto, si les da la gana me dejan sin se-
pultura, pero ahí no me entierren; lugar donde ni siquiera los
Gorilas amenazados de desobediencia patria entran porque.
Pabloelmarinero llegó ahí con sus preguntas más suyas,
ella es así, sus cabellos son, sus manos, el color de sus ojos es, carga
siempre un saxo. Pero apenas terminó el bombardeo de interro-
gantes se dio cuenta de que le estaba hablando a un virrey de
los tiempos de la colonia y a un abogado con un sombrero de
ala ancha de hace cien años. Los dos de mármol. Ahora sí que
me jodí, estoy hablando con estatuas.
¿Cómo no conocerla? Usted está buscando a esa tal María.
La única respuesta que Pablo pudo darle a esa estatua fue un
frotarse de ojos y una huida improvisada de ese Cementerio.
Pero ello no le impidió continuar visitando el lugar pues, de
tanto haberle preguntado a todo Pueblo por el paradero de
223
su Maríademitristeza, ya nadie le escuchaba ni siquiera las
preguntas. En Pueblo ninguno intuía que la desolación de
Pablo había tomado proporciones tales que, ahora, más que
esperar respuestas, lo único que él buscaba era que la gente
escuchara sus preguntas. Y esas estatuas lo escuchaban con
toda la disponibilidad, el silencio y la paciencia del mundo.
No fue hasta la enésima de esas visitas que esas estatuas se le
presentaron como lo que eran. Pablo escuchó durante sema-
nas sus historias que, de ser
tantas y tan parecidas a la suya, lo dejaron petrificado cual estatua.
Ahora que lo pensaba, era verdad. Barrios enteros habían
desaparecido de Pueblo con una lentitud de gusano y una pa-
ciencia de hormiga. Nadie lo había percibido. Ni siquiera los
encargados del censo notaron que algo de extraño había en
todo eso, en mujeres embarazadas que parían a ninguno, en
quinceañeras que morían de vejez, en recién casados que se
iban de luna de miel al carajo. Al final de las historias de esas
estatuas Pablo se dio una palmada en la frente, claro.

***

Ellos solían hablarse durante los conciertos de María. Cada


uno como podía y con su lenguaje propio. Solo de esa manera
mantenían sus secretos en ese pueblo tan vigilado. Cualquier
gesto, mirada, hasta un estornudo, escondía una frase.
¿No se puede posponer lo de mañana? —le preguntó Pa-
blo a María con las arruguitas de su frente.
¿Por qué, marinero mío? —respondió ella con un do
hondo.
Porque me parece que vas a hacer una tontería peligrosa,
una peligrosa tontería —acotó él a través de su modo de gus-
tar el ron que estaba en su boca.
El peligro, ese fardeau.
224
***

Los jazzistas mueren jóvenes. Máximo hasta los cua-


renta —le dijo María en broma con un allegro.
Los marineros se mueren viejos, por eso se ponen a pescar
peces enormes para ver quién mata a quién.
Tú vivirás muchos años, marinero.
Por no haber naufragado cuando me convenía. Uno no
naufraga cuando quiere.
Como se ve que sufres de mal de mar, mujer.
Pablo tomó aire, profundamente, pensando en la próxima
frase. Aunque, en el fondo, para él la conversación estaba bien así.
Pero ella lo miraba como esperando más palabras.
Pablo escuchaba el saxo de ella improvisando. Los ojos de
ella eran tan redondos. Parecían dos lunas llenas de amor.
Yo sé que en el fondo tienes miedo —por fin acotó el marinero.
¿De qué? De mañana.
Las últimas notas que habían llegado a los oídos de Pablo le
clarificaron apenas las intenciones de ella, la mujer más suici-
da que había conocido. Tenía que ser entonces concreto y ter-
minar por convencerla con el lenguaje efectivo de su mirada.
Pero antes de que él pudiera decirle algo, ya María se le había
adelantado con un agudo de cuatro tiempos en el que le decía:
No te preocupes, marinero. Todo va a salir bien.
Y dicho esto, comenzó un solo que Pablo no pudo dejar
de escuchar y entender. En él le dijo todo lo que una mujer-
madre le podía decir a su hombre-hijo para hacerlo dormir
en paz. Al menos por esa última noche.
Facundo le sirvió otro roncito a ese barbudo que había
regresado del más allá sin prestarle más atención a ese juego
de preguntas al que ahora él jugaba con nadie:
Si te pidieran un deseo, María, ¿qué efecto desearías que tu mú-
sica creara en Pueblo?
225
Que un amigo sin dinero, de esos nuestros, escuche las
blancas notas de una balada salida de mi saxo y que, al revi-
sarse su bolsillo, encuentre con qué pasar la noche brindando
en Rue de Paradis.
¿No crees que es verdad lo que se dice de tu música, música?
Se dicen y se decían tantas cosas entonces, marinero.
Se dice que quien te escucha tocar se libera. Mala fe,
Pablito.
Terminada esa frase que afirmó a través de un lúcido
blues, Maríadelosángeles se bajó de su saxo como de un potro.
Lentamente se fue acercando a Pablo, allá en la barra, a través
de los objetos de ese café que ahora iban sonando al con-
tacto con sus dedos. Las propinas caían como las cosas en
un huracán. Facundo dentro de poco diría su frase, Siyoha-
bíadichoquelamuchachatocabasaxoyresultaque. Sus ojos casi
se estaban tocando, Maríasaxodelsexomíoquetemeacercas-
sinmás, los cíclopes ya casi estaban por tocarse, los cíclopes se
tocaron, y por fin se miraron así, frente a frente, y las dos lunas
de Pueblo fueron una durante esa última noche de hotel en
la que australias, rinocerontes, nubes y dragones no se veían
porque el único ojo único de los cíclopes fue utilizado para
verse uno al otro, por última vez, libres. Tú, Maríademihuida,
que me dejaste tirado con monedas debajo de la almohada y
me despertaste en la mañana con esa melodía cuando ya es
demasiado tarde, marinero, me dijeron las viejitas de Pueblo,
meciéndose tranquilamente como si tú estuvieras.
¿Tarde para qué? ¿Por qué me dicen esto? —insistió Pablo
delante de esas viejitas irónicas.
Es mejor que se vaya a su casa, joven, y que deje de soñar
con esa muchacha.
Otra de las viejitas agregó:
Y aféitese. O acaso usted no sabe que la barba hace soñar.
Como el color rojo —agregó su vecina, la de enfrente.
226
¿Como el color rojo? —repitió Facundo, todavía más pre-
ocupado, delante del desvarío de Pabloelbarbudo en ese café.
Pablo se quedó callado. Sus ganas de conversar se habían
disipado y ahora solo quería concentrarse, con toda la vo-
luntad que le quedaba, en esa Maríadelosángeles que pronto
se subiría a la tarima minúscula de El Faquir para por fin co-
menzar su concierto. Trataba de recordar la última vez que la había
visto pero su memoria no le respondía a su voluntad.
¿Cómo va todo, Facundo? —por fin dijo Pablo.
Y cómo quieres que vaya, viejo…
A Pablo no le hizo falta más explicaciones que los ojos de
Facundo mirando de reojo a los policías de civil sentados en las
últimas mesas mientras respondía.
Pablo se concentró en la realidad de El Faquir, y se per-
cató, por fin, de que María no estaba ahí. Miró el reloj para
comprobar su retraso mientras se acariciaba su larga barba de
errante. Horas más tarde, hablando con las viejitas en sus mece-
doras, habría de pensar en los extraños ojos de Facundo delante de
su entrada a El Faquir. Tampoco ese día María había llegado
a tiempo a ese café. Tampoco ese día María llegó. La memo-
ria de Pablo se quedó trabada y ya no lograba recordar si la última
vez que la vio había sido saliendo arrastrada de su celda en plena
madrugada. En el fondo siempre se dijo a sí mismo que él era
el culpable y ella una cómplice enamorada.
De pronto su memoria explotó y el resultado fue un re-
guero de recuerdos dispersos por todo El Faquir. Los ojos de Ma-
ría eran bellos antes de que esos Gorilas la agarraran por la fuerza
y se la llevaran. Se recordó de las australias y lo demás. Imaginó
todo eso y lo volvió abstracción: con un poco de imaginación,
que no le faltaba, todo eso eran sus ojos, los de María, luna llena de
amor, cíclopes en plena marcha que se tocan.

227
Prisionero

Primera página. Todavía no ha pasado nada. El lector cree


que está leyendo y sigue leyendo como si nada fuera. Los
sujetos y adjetivos comienzan a florecer sin preaviso ni in-
tención alguna. Un hilo imperceptible se comienza a sugerir,
pero no es nada: una historia que comienza a tomar forma.
Segunda página. Por segunda vez se repite el nombre de uno
de los protagonistas. El lector se siente ya casi en su morada.
Sin darse cuenta pasa de un ambiente al otro como quien
pasa de una recámara a la otra. La estructura del ambiente
general toma pie: el espacio comienza a existir. Novena pá-
gina. Las formas verbales, sus utilizaciones, las posiciones de
los verbos en la frase, dan pie a que la magia del tiempo surja.
El espacio-tiempo se ve desde lejos. Los verbos son ventanas
grandes y abiertas desde donde la memoria se erige y con
ella el recuerdo de todos esos que no están, del que se fue, de
quien no volvió. Los verbos en pasado son los progenitores
de la melancolía. Página catorce. Como de la nada aparece al-
guien vestido de azul marino con unos collares de un blancor

229
opaco y fumando, alguien que, sin querer, o tal vez queriendo,
miró hacia delante: el futuro. En el relato algo nuevo apareció.
En medio del calor insoportable del pasado una ráfaga fresca
entró por entre las ventanas grandes y abiertas. Unvestidoa-
zulmarino. Unoscollaresdeunblancoropaco. Los personajes
comienzan a vestirse. Son seres colorados ahora: cabello rojo,
ojos azules, manos breves. Se mueven en un presente conti-
nuo, es decir, un pasado y un futuro que conviven en el ahora.
Página veinte. Alguien dice algo. Se escucha una voz y, lo que
es peor, se escucha otra. El lector, ya dentro de la historia,
ingenuamente se convierte en el espión de una conversación
que escucha con un interés arduo. Todas las otras páginas no
son más que una repetición novedosa del mismo esquema.
Al menos que el escritor de todos esos códigos luminosos,
de esos garabatos codificables llamados literatura, sea Prisio-
nero. Él, a través de una manipulación sin igual de puntos,
comas, punto y comas, comillas, y otros signos de puntuación
crea en el pueblo efectos que, después de un poco, se vuelven
la clara demostración de que su presencia es más tangible
que la de cualquier otro ciudadano libre.
Página uno. Los lectores comienzan una lectura diáfana,
sencilla. La historia desde el inicio se les propone como una
catarata incontenible de la que no pueden salir. Todos los
personajes con sus olores, alientos y situaciones se les vuelcan
encima formando un reguero sobrenatural y a la vez empírico.
Los lectores de tanto en tanto se ven obligados a levantar su
vista de la hoja para percatarse de que el personaje que están
leyendo se encuentra en la esquina siguiente, que el mar som-
brío de olas gigantes termina apenas en sus pies, que los rui-
dos imperceptibles de una naturaleza campestre se escuchan
ahí, en el monótono Pueblo desde donde está leyendo. El
mundo se bifurca entonces y charcos de imágenes, diálogos,
párrafos, quedan tirados por aquí y por allá, y el lector sumiso
230
debe saltarlos por todo Pueblo, por entrecalles, pasadizos mi-
núsculos, enredaderas inmóviles y tejados color naranja, debe
saltarlos como si fueran el precio que hay que pagar por leer
la ilusión real de Prisionero. Pueblo se convierte a partir de
ese momento en un pizarrón grande como la naturaleza, lejos
y ancho como el cielo alto allá arriba y móvil como ese mar
brillante que se mueve hasta de noche como un monstruo
bello y majestuoso, pero a la vez tímido, observador. Cada
cosa refleja las líneas de Prisionero, el mundo se recrea nueva-
mente, a partir de la nada surge y vuelve a surgir: las mujeres
se desdoblan en otras mujeres; los ojos de los adolescentes
fornidos reflejan a otros adolescentes que ellos miran y que, al
fin y al cabo, son ellos mismos; las piernas de esas bellas mu-
latas transpiradas se vuelven brillantes, olorosas, de un olor
que sabe a plátano y yuca, a mango y caña; un aire intenso,
caluroso y sabroso, se apropia del contexto primaveral y lleva
el olor de las mulatas hasta el olfato de los hombres cansados
de allá abajo, deteniendo la tarea ardua del día a día de cose-
cha y plantación, y destruyendo el silencio obligado; entonces
sus ojos miran el Palacio de Gobernador como algo del más
allá, un espejismo remoto. Todo se detiene. El contexto se
separa de su propia esencia, de lo que es. Pueblo se vuelve un
pedazo de la imaginación de Prisionero y el hechizo de su es-
critura se extiende, deteniéndose justo delante de las rejas de
oro forjado de la alcoba despampanante de Gobernador. La
magia de esa lectura intensa no lo toca y no es para menos: él
no lee. No sabe. Inmediatamente los olores se confunden, los
sabores, y el sudor de todos se transforma en un sudor común,
un inmenso mar de olas frágiles y reflejos celestes en el cual
todos se bañan al mismo tiempo, en el mismo instante, todos
menos Gobernador; un sudor hermoso, refrescante, uno solo
para todos; una confusión políglota de cansancios cotidianos,
piernas mulatas, miradas adolescentes, espejismos deslum-
231
brantes; una orgía literaria que hace más libres a los morta-
les, esos pueblerinos callados que temen los ruidos extraños
de Cementerio, los edictos burocráticos y hasta los amores
furtivos. Todo vuelve a ser entonces lo que es: un imperio
de luz cegadora y olor a sal, un lugar lleno de largas palmas
de coco y alas de pelícanos, garzas y gaviotas, abanicos naturales
movidos incesantemente por un viento que día y noche se
venga del peinado de Gobernador. Todo se transforma en lo
que realmente es: una sensualidad generalizada en donde un
saludo o un intercambio de miradas puede ser el presagio de
un desastre de cuerpos pedregosos revolviendo arena, sal y
agua, y creando mapas inéditos sobre la arena de las costas sin
nombre de por esos lares. Página uno de Prisionero. Página
dos y tres y ya la costa no da abasto para tantos gritos locos,
tantos llantos rotos, tantos cuerpos felices de la existencia de
la literatura de ese tal Prisionero, acaso el héroe de esta his-
toria, el mártir que hace que las ventanas se queden abiertas,
y que por entre sus bocas salgan onomatopeyas deliciosas y
sordas de placer; que en el hospital los niños nazcan y nazcan
y nazcan con tres ojos sin que nadie sepa por qué; que en
Pueblo el viento silbe jazz.

232
Rosita, Secretario, Ella

En los días que siguieron el insomnio de Secretario tomó


dimensiones extraordinarias. Él no habría sabido declarar el
estatuto real de todas esas horas en la cama: estaba dormi-
do y estaba despierto al mismo tiempo. Lo mismo se podía
decir de sus sueños, los cuales se encontraban en una zona
intermedia entre el recuerdo y la realidad. En la mañana se
despertaba más cansado que el día anterior y lo primero que
hacía era constatar que Rosita no estuviera ahí, dormida a su
lado. Apenas despierto verificaba los estragos de Rosita como
quien sale de un sótano después de un terremoto. Esa noche
había habido muchos terremotos.
El primer desastre que constató fue el que se encontraba
justo debajo de sus ojos representado por esas dos ojeras
de enfermocrónico. Él, que siempre estaba fresco como una
lechuga, que cansaba a todos sus colaboradores con el rit-
mo implacable de su trabajo, ahora, de mañana en mañana,
iba decayendo de una forma demasiado evidente. Caminaba
más lento que de costumbre, saludaba con media voz y, por

233
primera vez en la historia de Pueblo, no contestaba súbita-
mente a los llamados de Gobernador.
¿Por qué coño salió el sol tan temprano hoy, Secreta-
rio? —gritó Gobernador desde su Palacio, esperando la lle-
gada inmediata de Secretario.
Pero Secretario seguía pensativo, mirándose al espejo
como si no fuera con él, con la afeitadora en la mano.
Rosita, hoy nada me impedirá visitarte.
Y el espejo le respondía lo mismo, con el mismo tono y
hasta con la misma mala fe escondida, pues lo que estoy di-
ciendo no me lo creo ni yo mismo.
¿Todo bien, Secretario? —le susurró la madre desde detrás
de la puerta del baño con sus ojos llorosos, porque yo no te
crie para enamorado, hijo mío.
Secretario no escuchó a la madre. Ahora él tenía oídos
solo para Rosita y para el lenguaje de su memoria.
Y la culpa es tuya, Ella —le dijo Secretario con rencor a
ese espejo.
Y prosiguió:
¿Qué es eso de estar hablando tan bien de nadie? Mamá
dice que uno solo tiene que hablar bien de uno.
Pero si es todo lo contrario, Secretario. Más bien yo siem-
pre te he dicho barbaridades de mi hermana.
Secretario pensó en esa réplica con la poca lucidez que le
quedaba y, pensándolo bien, ese espejo tenía razón.
Salió bien afeitado, él que no tenía barba, y esta vez ni siquiera
saludó a su madre. Ahora sí que iría directamente a enfrentar a
Rosita. Justo frente a la puerta de su casa encontró panfletos que
la noche antes desconocidos le habían dejado ahí. Normalmente
ese género de provocación lo hacía sonreír, pues ante sus ojos era
una demostración típica de libertad. Pero esta vez ni siquiera dio
importancia a la existencia de esos panfletos. Les pasó por un
lado como si nada fuese, abajoladictaduraenanodemierda.
234
El camino más directo era ese que lo obligaba a pasar por
la Plaza de los Locos. Ningún problema. Su racionalidad le
había enseñado que nada de eso que se decía sobre esa plaza
era cierto: los locos son locos porque les da la gana. Estaba
ya de frente a la plaza y vio venir justo frente a él a Facundo,
el camarero de El Faquir, asombrado como si hubiera visto a
un fantasma, Pablito Pablo Pablito. Los ojos de ese hombre
estaban fuera de sus órbitas y su caminar era exagerado. No
obstante, se conocían, ninguno de los dos saludó al otro. Al
pasarle por un lado, Secretario escuchó un murmullo que
salía de la boca de Facundo, Pablito Pablo Pablito. Pero an-
tes de que cualquier temor o sospecha se le cayera encima,
pensó que se trataba simplemente de la plaza y sus locos.
Además, qué temor podía superar ese de ir a visitar a Rosita
sin tener nada que decirle.
Secretario entró por fin en esa plaza invadida por murmu-
llos letárgicos que parecían la oración de cientos de personas
a un dios lejano y sordo. Pero él, tan desconcentrado como
estaba, no escuchó ninguno de esos murmullos, ni siquiera
percibió los gritos sordos del viudo Felipe hablando de fútbol
con su esposa.
Salió de la plaza y ahora casi podía ver la casa de Esaaque-
llalaausente. Se detuvo por varias horas en un árbol frondoso
que se había convertido en su guarida preferida para fotogra-
fiar con su deseo el instante breve de Rosita abriendo la puer-
ta y haciendo entrar al vendedor de turno en un gesto símil al
de una ballena enorme que traga cualquier presa a su alcance.
La boca se había abierto de nuevo y el último vendedor de la
mañana había salido.
Cuando intentó dar el primer paso hacia Rosita, del fron-
doso árbol de al lado salió despavorido Gobernador con sus
guantes tristes. Esta vez no le sucedería lo mismo. Se armó
de paciencia y percibió desde lejos, como en una película de
235
cine mudo, los gestos de Gobernador y de Rosita diciéndole
que la señorita no está.
Por fin Gobernador se había marchado. Ya el camino es-
taba libre para eso que él irracionalmente sentía como una
inminente entrada triunfal.
Rosita, mientras cerraba la puerta, lo vio acercarse. Pero
de todas maneras cerró la boca de la ballena con malicia. Una
frase se le dibujó en la cara:
Te me salvas hoy porque a esta hora ya estoy cansada.
Un suspiro salió de su boca cual punto y aparte después de
la frase dicha.
Secretario no escuchó la sentencia de Rosita y siguió acercán-
dose a la puerta con una convicción implacable. En ese mo-
mento sintió la misma seguridad que lo albergaba cuando
escribía los decretos para el jefe. Y uno y dos y tres toques. La
ballena abrió sin más su boca. En lo más adentro de sí mis-
mo, Secretario había imaginado la puerta abriéndose como
algo que tomaría más tiempo. Pensó que habría esperado un
poco antes de que finalmente se abriera. Pero Rosita lo estaba
esperando atrás de la puerta. Ella estaba ahí escuchando y
midiendo sus pasos con la oreja pegada a la puerta. Secretario
de cazador pasó entonces a ser la bestia cazada, pues Rosita
era una cazadora natural. Secretario, sin más opciones, puso
una cara de bobo que se agregaba a su habitual cara de bobo.
Pero ya era muy tarde. Él ya le había gustado a Rosita.
Ella pensó en decirle, qué lo trae por aquí, cachetón, pero
el espasmo que sintió en su sexo fue más fuerte que su razón y
lo único que pudo hacer fue agarrarlo de un brazo con un ges-
to brusco pero medido. La puerta se cerró y el ámbito quedó
hipnotizado con el canto de un grillo turbando tanto silencio.
Media hora después la boca de la ballena se abrió y Se-
cretario salió con unos ojos redondos que no pestañaban por

236
nada del mundo. Estaban a la vez asombrados y felices como
los de un pez. Estaban demasiado concentrados en un re-
cuerdo tan cercano que utilizaba el presente para narrarse a sí
mismo. Ahora él la conocía de memoria, ahora estoy jodido.
Él y Gobernador estaban jodidos. Dos almas en pena que a
partir de ese momento vagarían juntas y sin pudor por los
entornos asombrosos de esa casa que tanto los despreciaría.
Secretario había salido de ahí, por primera vez en su vida,
con algo que contar. Desde pequeño siempre había buscado
historias con las cuales poblar su mundo interior, carente de
toda experiencia. Ahora por fin cesaría de escuchar las tor-
mentosas narraciones de la negra Ella. Tampoco habría de
escuchar más los cuentos dominicales de la seudoamiga de
Rosita. Los cuentos que, más tarde recordaría, los viviría él
mismo en primera persona. Más no podía pedir su mediocri-
dad. Comenzó de inmediato.
Se contó a sí mismo lo que le acababa de pasar con esa
Rosita, como mecanismo de verificación de su recuerdo. Esa
Rosita, esa tal Rosita, que me jaló de pronto, clavándome en
el gesto sus largas uñas pintadas de rojo, y me metió por la
fuerza en esa puerta-boca-casa-ballena, en ese cuerpo suyo,
en su sexo y, más Secretario se repetía esa historia, más logra-
ba esclarecer detalles, hasta ahora pasados por alto, de lo que
allá adentro había pasado. Y más agudizaba la remembranza
de todo aquello, más se incrustaba en su voluntad ese impe-
rativo que se había propuesto llevar a cabo por sobre todas las
cosas: soy yo el hombre que hará cambiar de vida a Rosita.
Más tarde hasta el mismísimo Gobernador quedaría sepulta-
do debajo de los escombros de esa intención.
Secretario se dijo que Gobernador sería la primera perso-
na a la cual él le mostraría la maravilla de su secreto suyo. Su
jefe sería el primero en escuchar la descripción de lo que él
vio y sintió en el interior de esa sabrosa ballena. El padre de
237
la patria sería el número uno de la lista de personas que cono-
cerían sus atributos de formidable narrador. Pero en más de
una ocasión Secretario había desistido a la idea, fruto de sus
locos celos locos por Rosita. Pensar en compartir los instantes
de Rosita con alguien le parecía inconcebible.
En otras ocasiones estuvo tentado de abrirle su memoria
a la negra Ella. Su virtud lo obligaba a tal gesto. Pero la co-
bardía que siempre lo acompañó, y que tan bien sabía camu-
flar, no lo dejaba. Siempre se detenía al último momento. Al
parecer estaba entonces destinado al silencio, pues la tercera
persona en su lista era su madre del alma. Pero, ¿habría ella
aceptado semejante traición de parte del hombre de su vida?
No, tampoco decírselo a su posesiva madre era una buena
idea. Fue así que, sin pensarlo siquiera, un día, espontánea-
mente, encontró a la persona ideal. La única que podía escu-
char y entender su historia. Hasta donde pudo explotó esa
oportunidad única que le daba la vida y con detalles exactos,
cada día, sin falta, se presentaba en la casa de Esaaquellalaau-
sente y le contaba a Rosita todo lo que detrás de la puerta ha-
bía ocurrido con la misma Rosita después del jalón de brazo.
Los cuentos eran tan perfectos en los detalles y pormenores
que en poco tiempo toda la potencialidad narrativa del hecho
había terminado. Pero para evitar el peligro de la monotonía,
Secretario no tardó en agregar otros particulares del hecho
con los que la memoria de Rosita no contaba. Al inicio ella
pensó que eran fallas de una memoria perezosa. Pero pasado
un tiempo no tardó en percatarse de que no era ella de la que
Secretario hablaba, sino de otra Rosita mucho más perfecta
en el amor, que albergaba la imaginación de Secretario. Se
trataba de esa primera Rosita que él había imaginado a través
de los cuentos de Ella y del militar que los lunes contaba lo
que la seudoamiga de Rosita le contaba los domingos.

238
Rosita, perspicaz como era, no tardó en robarle al azar esa
oportunidad inimaginable y creó un círculo vicioso con su enano
narrador: cada detalle de lo que había pasado detrás de la puerta,
inventado por Secretario, Rosita lo recreaba en la realidad, al día
siguiente, con ese enano sin tabúes que, en el delirio de su goce,
olvidaba lo dicho el día antes, dando lo que ahora estaba pa-
sando como la prueba irrefutable de que su tramposa memoria
no se equivocaba. Rosita le retribuía del mismo modo. También
ella aplicaba ese mecanismo de salón de espejos y le mentía a
Secretario, dando de ella un reflejo demasiado símil a eso que
Secretario quería ver de mi Rosita que ya no es como antes:
Tú me cambiaste la vida, Secretario.
¿Y qué más?
No soy la que era antes.
¿Y qué más?
Mi pasado es asqueroso.
¿Y qué más?
Eres el único, enano.
Esa última frase ponía fin al diálogo que cada mañana
los dos repetían cual rito de confesión de fe de parte de esa
Rosita que Secretario quería decretar santa de todo Pueblo.
Algunas veces ella exageraba y hacía meas culpas que po-
dían durar horas, pues no me canso de decirme cuánto era
pervertida en el pasado, Secretario:
No deberías ser tan dura contigo misma, Rosita.
Ese cambio radical que Rosita le hacía creer a Secretario
era además una buena excusa para él que ahora se sentía me-
nos culpable en relación con la negra Ella porque, te estoy
componiendo a la oveja negra de la familia, quién otro podría
haber hecho de tu hermanita eso que yo estoy logrando. Pero
Ella percibía de más en más los escombros de las mentiras
de Secretario en esa Rue de Paradis al ver los ojos de pésimo
narrador de historias del enano traicionero.
239
Mientras tanto la ballena había aumentado el número de
machos, llevada por las descripciones obscenas que cada ma-
ñana le narraba ese Secretario pervertido.

***

Y fue tanto el cambio de la santa Rosita a los ojos de Se-


cretario que cuando ella le pidió que ayudara al prójimo, él no
dudó en aceptarlo.
Secretario mandó a arreglar, calle por calle, el Barrio fron-
terizo con el cañaveral donde vivían solo mujeres y donde,
con su ayuda, señor Gobernador, vamos a auxiliar a esas mu-
chachas. Al día siguiente Gobernador se asomó a su balcón y
habló durante horas sobre la importancia de reconstruir Ba-
rrio, que Secretario me describió como un conjunto de casas
de lata y calles de arena sin luz ni agua, olvidado por todos.
Los trabajos comenzaron de inmediato. La presencia de
Secretario cada mediodía con su casquito de obrero era una
garantía para todas ellas. Él presenció con sus propios ojos
que era cierto: ahí vivían solo mujeres. Eso Secretario no lo
sabía, desde pequeño su madre siempre le prohibió entrar en
ese Barrio de putas, hijo.
Llevado por su desproporcionada ingenuidad, hasta el fi-
nal de los trabajos, no entendió por qué los hombres se ne-
gaban rotundamente a dormir toda una noche en Barrio con
esas mujeres. Sus visitas se limitaban a unas cuantas horas y,
en ocasiones, incluso a pocos minutos.
Las pocas veces que, por casualidad, mencionó el nom-
bre de Rosita en medio de una conversación con las mujeres
de Barrio, quedó maravillado por la algarabía y el bochinche
que se formaba. Esa muchacha en Barrio era un ser querido,
idolatrado, adorado. Las muchachas, sobre todo las más jó-

240
venes, hacían lo posible por vestirse y hasta por hablar como
ella, contradiciendo la obligación impuesta por Gobernador
de que todas las mujeres tienen que obedecer a las reglas es-
téticas dictadas por la forma de ser de Esaaquellalaausente,
el ser más aburrido del mundo para las muchachas de Barrio.
Un día Secretario llegó con un ataque de rabia a la casa
donde trabajaba Rosita con la noticia de que esas muchachas
de Barrio eran demasiado extrañas y liberales para sus gustos.
Tal era el agradecimiento de todas esas mujeres para con Se-
cretario que, contrariamente a las indicaciones de Rosita, se
le ofrecieron en bandeja de plata:
Señor Secretario, escoja a la que quiera.
Él vio a una cincuentena de mujeres semidesnudas de to-
das las edades, copias mediocres de Rosita en los atuendos y
las maneras, y lo único que eso le despertó fue una incerti-
dumbre por cómo le contaré todo esto a Rositalamoralista.
Rosita casi se muere de la risa y solo logró decirle a Se-
cretario con un falso tono serio que continuara con su labor
tan humana para con esas mujeres y, contra viento y marea,
Secretario con unas ganas todavía más fuertes, continuó co-
locando él mismo bombillos, pasando cables por arriba de las
casas, implantando servicio de aguas negras y blancas, ha-
ciendo huecos en todas partes, contratando más y más obre-
ros, pues el trabajo hasta ahora realizado se le presentaba solo
como una premisa de todo lo que faltaba.
Incluso Gobernador estaba desconcertado con todo ese
tiempo que Secretario le dedicaba a Barrio y con la poca im-
portancia que para él tenía ahora todo el resto. Entre asfalto
hirviente y cabillas tiradas por todas partes, Secretario re-
flexionaba sobre las buenas nuevas que, a la mañana siguien-
te, le comunicaría a su Rosita y, ni siquiera las caricias de la
masa de mujeres ofreciéndole cafecitos lo desconcentraban.
Ellas se mantenían en tropel detrás de su autoridad, expre-
241
sándole de diferentes modos todo tipo de peticiones, para mi
cuartito que se le está cayendo las paredes o mi jardín que se
lo comieron los cochinos o las baldosas del baño que se me
caen en medio de mis duchas con los clientes.
Secretario escuchaba con una paciencia sin límites cada
petición y, aquellas que le parecían más urgentes, las resolvía
de inmediato llamando a varios obreros para que fueran a
la casa de Jerónima, Azucena o Manantial para resolverle el
problema. Pero eran tantas las peticiones y de tantas índo-
les que los trabajos generales no avanzaban, pues Secretario
por complacer a todas, se contradecía a sí mismo a través de
un montón de órdenes incompatibles entre sí que lo hacían
enviar a un obrero a tres casas distintas al mismo tiempo.
Además, las casas de Barrio, que antes eran idénticas en la
pobreza, se comenzaron a distinguir entre sí, pues las mujeres
más histriónicas y retóricas convencían a Secretario de que,
el yacusi que me instaló en el baño no tiene masajeador y que
en el patio la piscina que me hizo es demasiado honda. Por el
contrario, las mujeres más tímidas, las silenciosas, las menos
despampanantes, observaban sus casas de lata que en nada
habían cambiado, por culpa de ese mentiroso de Gobernador
que nunca cumple nada.
Gobernador, llevado por los consejos de Secretario, no tar-
dó en firmar un decreto que obligaba a los militares activos
y a los de reserva a trabajar en el proyecto de ese Barrio de
mujeres. Por este motivo la casi la totalidad de caballeros de
más de quince años se encontraron pegando bloques, arre-
glando cañerías, recogiendo cables en medio de una jungla
de mujeres pendientes de que pasara Secretario para pedirle
por caridad que.
Rosita sacó, como siempre, bastante provecho. Por una
parte, fue pagada por todas esas mujeres, y por otra, fue cada
vez más idolatrada por Secretario, quien veía en ella un para-
242
digma de santidad y entrega total al prójimo. Cada mujer le
debía pagar a Rosita una suma proporcional a la reestructura-
ción de su casa. Porque aquí nada se regala. Suma que Rosita
invertía dios sabe en qué, pues Ella nunca vio ningún cambio
aparente en el modo de vida de su hermanita.
Una vez que Barrio fue rehecho, este se convirtió en el
barrio cinco estrellas de Pueblo, a pesar de que en él todavía
quedaban casas de latas. Para Secretario esta diferencia de ca-
sas era un problema moral que Rosita no dudó en resolverle
con una frase:
Secretario, imagínate el aburrimiento de un mundo solo
de ricos.
Poco tiempo después y gracias a la insistencia de Secre-
tario, con un firmazo de Gobernador, Rosita fue nombrada
Alcaldesa de Barrio. Grado que no le confirió autoridad, pues
la tenía de sobra, sino más bien un poco de poder que se re-
flejaba en el uniforme de generala que el gobierno central le
dejaba llevar durante las paradas militares de pacotilla de los
días patrios.
A Rosita el poder se le subió a la cabeza y cada vez le pedía
más a Secretario. Y tuvo tanto y en tan poco tiempo esa niña
que solo le faltó algo que su enano con cara de bobo no pudo
darle, pues nada tenía que ver eso con el poder.

***

Fantasma, viendo la concentración obrera de todos esos


hombres en Barrio, pensó que era una buena ocasión para. El
momento propicio para comenzar a. La buena nueva de que
por fin la revolución logrará. Pero no apenas trataba de orga-
nizar todo con vista de, la noche caía nuevamente en Pueblo,
y él salía despavorido hacia el jardín de Esaaquellalaausente
para hacerla volar por todo Pueblo y hasta más allá.
243
Toda la noche de todas las noches se repetía el mismo
acto heroico de su mano prodigiosa levantando a Esaaque-
llalaausente para llevarla hacia. Pero todas las mañanas se en-
contraba con el mismo resultado: un cansancio que no podía
controlar. Por eso se le veía de menos en menos entre las filas
de su guerrilla de cansados hombres tristes, porque ellos que-
rían, también, trabajar como obreros en Barrio, donde todos
cuentan de una masa de mujeres que te andan manoseando
para que le pongas más tejas rojas importadas en el techo, o
te susurran cochinadas en el oído, de esas que a uno le gus-
tan, para que les construyas un tercer cuarto e, incluso, te dan
cupones que valen un mes entero para que vayas a visitarlas
durante todo febrero sin pagar ni medio, con tal de que me
mudes de lugar la cocina, joven.
Pero de ninguna de esas bondades los guerrilleros podían
aprovecharse porque no era hasta la hora del almuerzo que
ese tal Fantasma se despertaba y, en vez de escuchar la vo-
luntad de esos guerrilleros, se iba al cañaveral a retozar con
las negras de pañuelos coloridos y manos callosas para ver si.
Pero no. Ningunas de esas sabrosas negras era Esaaquellala-
ausente. Por ello pasaba de negra en negra sin suerte alguna,
sin haber encontrado de día eso que hallaba en las noches.
Y con las manos vacías se iba a eso de las seis a la iglesia de
Padrecito para ver si ahí la encontraría.
En esa iglesia entraba puntual y arremetía con todas sus
fuerzas de amante vestido de blanco contra la fidelidad de esas
novias tan bien vestidas de un blanco incienso a causa del pol-
vorón de las calles. Una vez ahí, y en medio de la ceremonia
nupcial, se lanzaba al improviso a recitar poemas de Prisione-
ro, pero no. Esa novia no reaccionaba como él se lo esperaba,
como lo haría Esaaquellalaausente, la mujer de mis noches.
Pero Fantasma… —le dijo Prisionero— ¿Por qué no te
quedas con esa mujer de tus noches? porque de día ya no es la
244
misma, compañero. Mi nocturna mujer no puede ser esa que,
al otro día, después del mediodía, sale a caminar del brazo de
ese déspota.
Lo atormentaba el temor de que la mujer que él elevaba
con su mano revolucionaria de madrugada, no existiese real-
mente, que fuese solo un sueño más sabroso que los otros.
Por ello todas las mañanas era el mismo cuento. Se des-
pertaba mucho después que su guerrilla y se frotaba los ojos
fuerte fuerte para tratar de darse cuenta de que las mañanas
eran solo una pesadilla de mí sin ti. Pero con su gesto a lo
sumo lograba ver manchas o bolas de llamas por doquier y no
a ti que de mañana no existes.
¿Cómo que no existo? Aquí me tienes vestida de blanco y
en el altar—le decía a las seis y cinco minutos de la tarde una
de esas novias atrevidas que él interrumpía justo en medio de
su boda, como ellas siempre lo habían soñado desde niñas.
Mas al escuchar su voz, Fantasma se daba inmediatamen-
te cuenta de que no eres tú Esa que se deja aferrar por debajo
en las noches, Aquella húmeda existencia, la Ausente de mis
días sin ti. Entonces esa pobre novia vestida de un blancor
curtido no entendía más nada y le daba una cachetada con
todo el vigor de su orgullo, se volteaba hacia donde estaba el
noviecito, y decía sin más:
Sí, Padrecito, acepto.
Rosita desde las últimas bancas de la iglesia lloraba como
una loca con un gesto de falsa sorpresa, como si de hecho
fuera la primera vez que asistía a una boda. Ella que nun-
ca se había perdido un solo matrimonio en Pueblo, pues los
matrimonios eran su verdadero hobby. En Pueblo muchos
afirmaban que ella había presenciado más bodas que el mis-
mo Padrecito. Era precisamente por ello que casarse nun-
ca le había pasado por la mente. Una humillación como esa
que Fantasma ponía en práctica, ella nunca hubiera podido
245
soportarla. Rosita, sin duda alguna, habría caído a los pies
de ese Fantasma absurdamente bello y sensual. Aunque bien
sabía ella que nada tenía que ver su persona con Esaaquella-
laausente. Sabía que, para Fantasma, Esaaquellalaausente no
era su jefa de todos los días, como al inicio lo pensó, sino más
bien el fantasma sexual y sonámbulo de su jefa. Algo mucho
peor incluso para Rosita, que no tiene nada que ver con lo
mejor o lo peor de algo.

***

Pero Rosita no se detuvo con la faraónica reconstrucción


de Barrio. Esas casas de hasta cinco pisos, propiedades de
esas putas perfumadas, fue solo el inicio de las peticiones que
Rosita le haría a su Secretario. Peticiones que eran descomu-
nales, de toda naturaleza y sin ningún reparo en razones, aho-
ra quiero esto, ahora aquello, y Secretario salía desgreñado
por todo Pueblo para traerle el tan añorado antojito.
El colmo de los colmos fue aquel vestido que ella quiso de
pronto durante una de esas mañanas de ellos dos.
Ahora quiero un vestido de novia para mí solita.
¿Pero de qué vestido de novia estás hablando si siempre
me has dicho que no tienes ninguna intención de casarte?
Su mejor respuesta fue su cara de malcriada contra la cual
Secretario no tenía armas. Él lo entendió de inmediato y
supo que tendría que traducir sus deseos en realidades como
en otrora lo hacía con los deseos de amor loco de Goberna-
dor. Secretario se supo víctima de esa conversación, pero qué
otra opción le quedaba:
¿Pero con quién te quieres casar, mujer?
Bien sabía Secretario que no era con él. Pero qué más
le daba.

246
Él estaba ya totalmente entregado a los desastres de su
amor incondicional.
¿Con quién más, enano querido? —preguntó ella con ojos
de soñadora y esperó un instante antes de acotar:
¡Con nadie! El vestido no es para casarme, sino para lle-
varlo puesto los domingos.
Secretario no encontró nada para decir porque, aunque
pareciese extraño, entendía su coquetería desmedida. Pues
qué más, Rosita, salgo a buscar tu bendito traje de novia.
Pero antes de que él pudiera dar el primer paso, ella lo fusiló
de inmediato con una cantidad innumerables de exigencias y
detalles de cómo tenía que ser el vestido. Él la escuchó con
su habitual paciencia y atención que se reflejaban en sus, par-
ticularmente grandes, ojeras que se movían como las de un
perro al contacto con las palabras de Rosita.
Apenas terminó con su letanía de detalles, él se fue a visi-
tar casa por casa, hasta encontrar a la mejor costurera de Pue-
blo que terminó por hallar en Barrio. Y era tanta la gratitud
que el mujerero de Barrio le tenía a Secretario que, hasta las
que no sabían coser, lo abarrotaron de vestidos de novia. Ade-
más, al saber que dicho vestido era para la Rosita aumentó el
desenfreno y la inspiración de esas mujeres.
Secretario, cada mañana, después de haber pasado toda la
madrugada catalogando vestidos, se presentaba con algunos
de ellos delante de la implacable Rosita y, con cara de delfín
le decía, escoge el que más te guste. Ella se negaba a cada pro-
puesta con la determinación, la fuerza y el vicio de una futura
esposa. También en esas ocasiones Secretario la escuchaba
pacientemente con la tijera en mano, cortando las mangas de
uno para ponérselo a otro, que no tiene que llevar ese escote,
porque el de este vestido es mejor; colocando vestidos al sol,
porque este blanco es muy curtido y aquel muy puro; esco-
giendo telas más suaves, la de este vestido pica. En eso se le
247
iban los días al secretario de la patria que, estaba tan alejado
del orden que él mantenía en Pueblo, que ya todos lo notaban
en sus calles sucias, sus leyes empolvadas, en ese Gobernador
que ahora soplaba y no hacía botellas y, sobre todo, en el color
rojo que estaba impregnando de más en más cada calle, como
si hubiera llovido rojo.
Gracias a la ausencia temporal de Secretario ese Fantasma
con su roja guerrilla roja estaba haciendo eso que por ley no
debía ser hecho. Y ahora sí era verdad que nadie se lo impedi-
ría, pues la noticia acaba de llegar a los oídos de Gobernador,
el secretario de la patria tuvo que salir corriendo al extranjero
a buscar un vestido de novia. La época de lluvia estaba por
llegar a Pueblo y, con la noticia de ese Secretario traicionero
fuera de nuestras fronteras, reventó el primer aguacero bíbli-
co. Las primeras noticias que le llegaron entonces a Secreta-
rio en su exilio de modas se resumían a árboles volando, peces
precipitándose a las costas de tan revuelto que estaba el mar,
e inundaciones que transformaron las casas en barcos dando
vueltas por todo el Caribe.
Gobernador estaba desesperado y Secretario solo le pre-
guntaba una cosa por teléfono:
¿Cómo está Rosita? Saludos a Rosita.
El padre de la patria lo amenazaba, pero de inmediato se
daba cuenta de que el único que tenía los instrumentos para
ordenar y castigar en Pueblo era Secretario. Gobernador sin-
tió entonces que su poder era tan grande y tan suyo que ya no
le pertenecía. Intuyó por primera vez que su poder no cesaría
a causa de una rebelión de los Gorilas, como siempre lo pen-
só, sino más bien a causa de la desconcentración cósmica de
ese Secretario enamorado.

***

248
La lluvia continuaba. Era un torrente que dejaba cada ín-
fimo ente de Pueblo mojado y rojo.
Las noticias que le llegaban a Gobernador de ese Secre-
tario traicionero no lo ayudaban en nada: abajoladictaduravi-
valalibertad. El padre de la patria buscaba cual mendigo por
todo Pueblo el secreto del poder que Secretario se había lle-
vado consigo. Pero de tanto no encontrarlo pensó que acaso
podría inventárselo.
¿Pero si tú careces de imaginación, Gobernador? —le es-
cuchó decir a Prisionero allá en su celda flotante.
Gobernador, en su desesperación, pensó que haciendo
lo que hacía al inicio de los tiempos para acaparar el poder,
podría recuperar lo perdido. Utilizó entonces el arma de la
violencia. Pero bien sabía él que eso era cosa del pasado, que
la violencia funciona una sola vez, al inicio, y que después,
para institucionalizarla, se necesitaba un Secretario y no un
Gobernador.
La impotencia que lo albergaba era demasiado fuerte y
Esaaquellalaausente, que tan bien lo conocía, pudo presenciar
desde su ventana sus feas intenciones hediondas que llenaron
a todo Pueblo de un fétido olor a muerte, aquí no va a venir
ningún comunista a joderme la vida, nojoda.
Fue tanta la persecución y el desamparo, tantas las ame-
nazas y la cacería de brujas, que ni siquiera la lluvia logró
amedrentar a toda esa gente haciendo colas delante de la co-
misaría para denunciarse a sí misma por haber, en lo más
profundo de mi alma, deseado que le pasara algo al señor Go-
bernador, firme aquí, por haber soñado durante la siesta que
por fin podía gritar abajoladictaduravivalalibertad, firme aquí,
por haber rezado el Padrenuestro y el Avemaría para que us-
ted, gorila de mierda, se fuera de una vez por todas al carajo,
firme aquí, por haberle ofrecido un cafecito a Fantasma que
tan bonito está pintando de rojo todo Pueblo, entonces firme
249
aquí, y todo el que firmaba entraba, sin juicio alguno, en las
celdas de la patria, abarrotadas de tanto rojo que Gobernador
decidió mandar a abrir celda por celda y ametrallar a los trai-
dores, montarlos en aviones del ejército y tirarlos al Caribe
de noche y todo, se decía a sí mismo Gobernador, porque ese
enano de Secretario se metió a cabrón.
Entonces en medio de todas esas sirenas y disparos y gri-
tos sonaba el teléfono y Gobernador, al escuchar la voz aguda
de Secretario, preguntaba con toda la hipocresía del mundo:
Buenos días, Secretario. ¿Todo bien por allá?
Todo bien, jefe. ¿Y por allá?
Mejor no pueden estar las cosas. Usted sabe, calmando un
poco lo de la lluvia. ¿Cuándo lo tenemos por aquí?
Ya me están cosiendo el vestido.
Al oír semejante respuesta Gobernador apretó hasta más
no poder su puño, dándose cuenta de que Secretario no tenía
la menor idea del poder que se había llevado consigo y, evi-
dentemente, no sería Gobernador quien se lo diría.

***

Nada le importaban a Secretario las súplicas camufladas


de Gobernador al teléfono, de tan contento que estaba por
haber encontrado por fin el modelo de vestido que tú que-
rías, gracias a las manos prodigiosas de esa costurera que aquí
todos llaman couturière. Tampoco le importaba eso que al-
gunas personas le hacían saber en forma de malignos comen-
tarios en medio de cenas diplomáticas, que dizque en Pueblo
a causa de la tormenta los árboles están volando y cortan-
do cabezas rojas. Ni siquiera se dio cuenta Secretario de ese
montón de preguntas que Gobernador le hacía al teléfono
con la intención escondida de sacarle el secreto de su poder.

250
Tan poco le importaba ahora Gobernador que, al final de su
interrogatorio, lo único que Secretario tenía para decirle era:
¿Cómo está Rosita? Saludos a Rosita.
Y cómo va estar, Secretario, pues bien, muy bien.
En esa respuesta suya Gobernador sintió algo que hasta
ahora nunca había experimentado en su vida pública: la pa-
ciencia. Esa paciencia que en el verbo de su vida solo se había
conjugado con Esaaquellalaausente. Y no fue por virtud que
le nació eso que él consideraba una enfermedad, sino más
bien por necesidad, al darse cuenta que de él la gente recor-
daba solo el nombre, porque todo lo otro que tuviera que ver
con el poder era asunto de Secretario.
Durante años estuvo tan pendiente de cambiar el curso de
los ríos si Esaaquellalaausente así lo quería, de colocar una
luna llena en una noche nublosa si ella deseaba ver la luna, de
que pasó por alto que, de hecho, no era a él que la gente veía
hacer todo eso, sino a ese tal Secretario que tanto se respeta
por estos lares, porque si le da la gana le cambia el rumbo a un
río para que los peces no nos jodan, o hace disipar las nubes
para que veamos la luna.
De aquel gran Gobernador que en otrora tomó centímetro
por centímetro los territorios físicos y metafísicos de Pueblo,
la gente veía solo una imagen que aparecía cual pontífice de
vez en cuando y de cuando en vez para prometer incongruen-
cias, cantar himnos o saludar a los niños de Pueblo, todos
ahijados suyos, que por ser lo que eran recibían un dinero, que
todos los meses Gobernador les enviaba, de las manos de ese
Secretario tan bueno que me da de qué comer.
Esa paciencia que había brotado de la sien de Gobernador
cual primavera, le ayudó a entender que la violencia bárbara
instaurada durante los días de lluvia de nada iba a servir. Es-
peraré hasta que Pueblo se seque de tanta roja humedad.

251
Y Pueblo todo entero secó, y tal fue el silencio que guardó
Gobernador que los burlones no tardaron en improvisar de
calle en calle que el Gobernador de toda esta mierda se había
quedado mudo, Gobernador está mudo, es mudo, se le co-
mieron la lengua los ratones.

Pero ya era muy tarde para que la táctica de Gobernador


funcionara y todo Pueblo había sacado sus conclusiones. Co-
madre, con Secretario las cosas no son tan tan, ni muy muy, el
enano ese al menos cuando le da por pegar, lo hace de un solo
golpe rápido y conciso, se escuchaba decir por las esquinas de
Pueblo. Tan duro y a tanta gente le pegó Gobernador para
subrayar el título de su poder, que el efecto no fue el deseado
y hasta los presos se pusieron a extrañar el equilibrio despó-
tico de ese Secretario que quién sabe dónde estará metido.
Pero hubo otros, sobre todo los jóvenes, que no extrañaron
a ningún Secretario ni Gobernador ni a nadie; que se vistie-
ron de rojo y se fueron de diez en diez para los cañaverales
que controlaba ese tal Fantasma al cual la ausencia de Secre-
tario le había despertado sus ínfulas de revoltoso.

***

Cuando por fin Secretario regresó, se quedó impresionado


de cuánto había cambiado todo. Se quedó estupefacto hasta
de sí mismo al verse, comparándose con la gente de Pueblo,
tan blanco de un blancor nórdico. Parezco anémico. En sus
manos llevaba, como desmayado, el vestido de novia más her-
moso de Pueblo.
Pero el blancor de Secretario se hizo todavía más evidente
al contrastar con cada roja calle roja, con sus banderas rojas,
panfletos rojos, voces rojas de abajoladictaduravivalalibertad,

252
niños con juguetes rojos, hasta los recién nacidos salían rojos
de los vientres de sus madres. Tampoco en ese instante Se-
cretario supo intuir que algo tenía que ver él en todo eso. No
se sabía poderoso.
Gobernador se abalanzó sobre él apresurado, demente,
para acordar inmediatamente, las medidas que hemos de
aplicar. Pero Secretario ni siquiera lo miraba a los ojos como
solía hacerlo antes. Estaba demasiado ocupado en que la bol-
sa que cubría el vestido no dejara pasar el polvo de estas calles
tan sucias. Gobernador, impotente como estaba, trató de sa-
carle conversación para diluir su ansia:
¿Y qué se dice de nosotros por allá?
¿Pues qué van a decir? Nada.
Secretario respondió mirando su reloj y, antes de que Go-
bernador le pudiera decir algo, se dio cuenta de que era la
hora de ir a mostrarle el vestido a Rosita.
Gobernador sacó fuerzas de donde no tenía y les hizo a
los Gorilas un gesto militar que quería decir, deténganlo aho-
ra mismo. Pero esta vez los Gorilas no osaron detener a ese
enano y, más bien, le abrieron un corredor verde para que
pudiera pasar sin arrugar ese vestido tan blanco y elegante,
desmayado en sus manos.
El camino hacia la casa de Esaaquellalaausente fue para él
una experiencia dura a causa de la impaciencia que le comía
las entrañas, pero que logró sobrellevar gracias al buen humor
y excelente talante con el que había regresado de su viaje. Im-
presionaba ver cómo la gente observaba el vestido tan blanco
que ese hombre llevaba en las manos y que no podía pasar
desapercibido en medio de tanto rojorojorojo.
Secretario, que racionalizaba todo, no dedicó el mínimo
pensamiento al color de Pueblo. Todo su espíritu estaba an-
clado en la imaginación pueril de cómo sería el rostro de Ro-
sita al abrir la puerta. Tampoco ese hombre les dio importan-
253
cia a los jóvenes que, a su paso, gritaban en voz baja abajola-
dictaduravivalalibertad. Ni siquiera a los más corajudos que,
flacos y orejones como estaban, se le acercaban de más en más
con sus franelas rojas gritando rojorojorojo.
Nada de eso lo ahuyentaba del sentimiento por Rosita
que, inspirado por la lejanía, se había multiplicado. Ese senti-
miento tan suyo que ahora comenzó a quemarle las entrañas
pues se encontraba a pocos metros de esa casa.
Antes de llegar se detuvo un momento. Sus pulmones per-
cibieron ráfagas breves de las bombas lacrimógenas que los
Gorilas, por orden de Gobernador, lanzaron justo detrás del
paso de Secretario para calmar a la muchedumbre, porque si
ahora algo me le pasa a ese enano, sí que nos jodimos. Abajo-
ladictaduravivalalibertad. Rojorojorojo.
Secretario sintió sus ojos húmedos y su nariz perturbada.
Algunas lágrimas le brotaron sin que él las pudiera controlar.
Entonces pensó, ahora sí que estoy enamorado, Rosita, me
hiciste llorar. Esa era la prueba que le faltaba para escoger
entre las dos hermanas. Rosita era sin duda el amor de su
vida, la única hembra que había hecho llorar al secretario de
la patria.
Detuvo sus pensamientos y le dio espacio a los sentidos.
Pudo percibir un frutero despelucado y alegre saliendo de
la boca de la ballena. Pero también percibió el milagro de la
imagen fugaz de Rosita abriendo y cerrando la puerta. Pocos
instantes faltaban y ahora sería su turno de tocar a esa puerta
con la que tanto había soñado en el extranjero.

***

Rosita tuvo por fin el vestido frente a sus ojos. Su sonrisa


le dijo a Secretario lo mucho que le gustaba. Pero antes de

254
que Secretario pudiera celebrar, ese rostro sonriente se con-
virtió de nuevo en cara de malcriadez.
No creas que con este vestidito de pacotilla voy a ceder —le
dijo Rosita mirándose sus largas uñas rojas.
¿A ceder? Si es que yo no te pido nada —respondió per-
turbado Secretario.
Los hombres siempre piden algo.
Pero si es que yo nunca te he pedido nada, Rosita.
Quiero casarme por todo lo alto.
Secretario no entendió, pues el cambio de tema había sido
demasiado brusco.
Pero siempre me dijiste que nada querías con el matrimo-
nio. Que le temías a ese tal Fantasma irrumpiendo en plena
boda.
Conozco a los hombres: yo me quiero casar conmigo mis-
ma y, sin novio a quién humillar, Fantasma nunca se va a
presentar ahí.
No conoces a ese hombre. Más que tú.
Secretario trató de explicarle algo a Rosita, pero no apenas
había comenzado lo olvidó, porque su amor ya estaba com-
pletamente de acuerdo con los designios de esa muchacha:
Dime entonces la fecha —dijo él vencido.
Pero ella ni lo escuchó y Secretario se tuvo que ir cabizbajo
sin poder ni siquiera saludarla. Rosita se quedó todo el día así
como estaba, postrada en el sofá, pensando si acaso hubiera
podido resistir al encanto de ese negro Fantasma que está tan
bueno. Durante ese día solo se levantó del sofá para decirle a
Gobernador por enésima vez que la señorita está durmiendo,
dígale que entonces regreso más tarde.
Viendo a Gobernador darse vuelta y retirarse vencido, Ro-
sita se embarró en sus pensamientos, Gobernador, qué chi-
quito te ves ahora, que angostos son tus hombros que antes
parecían interminables en ese uniforme de dictador, y esos
255
pasos y esos piececitos y esas manos, qué enanitas son. Estás
jodido, viejito, destinado a estar jodido por ese negro bello
que parece un fantasma de tan Fantasma que es, ese rojo,
ese macho que te está quitando centímetro a centímetro este
Pueblo, así, como tú lo conquistaste con esos descamisados
con armas extranjeras que tan elegantes se visten ahora.
Poco a poco sus pensamientos se alejaron de Gobernador
para dejar paso a una especie de intuición única, resplande-
ciente, representada por la personalidad de Fantasma, su cuer-
po oscuro, sus miembros gruesos como troncos negros, fron-
dosos. Al fin y al cabo ella era una hija de su Barrio y, como
todas las otras marginales de ese lugar, no podía pensar en un
hombre más hombre que ese tal Fantasma, Fantasma te de-
seo, Fantasma negrito, Fantasma ricura, Fantasma hombros
largos, Fantasma nojoda, Fantasma mi macho, Fantasma gor-
dito, Fantasma despacio, Fantasma felino, viva Fantasma viva,
Fantasma ternura, mi rojo Fantasma, Fantasma Fantasma. Y
su delirio parecía no tener final, era tan hondo como una me-
lancolía y más tenue y despacio que cualquier otra cosa.
Las horas pasaban y Rosita seguía en sus pensamientos
suyos y en Fantasma que, allá en los cañaverales, no hubiera
nunca podido imaginar que esa niña que servía a Esaaquella-
laausente, esa que la señora de la casa dispensaba cada noche
y que se retiraba a su cuarto a hacerse la dormida, lo amaba
tanto, era la única que lo hubiera podido. No, Fantasma no
lo hubiera podido nunca imaginar, nunca hubiera llegado a
escrutar tan bien el destino como para lograr saber que esa
flaquita de senos tenues, esa tal Rosita, era lo suyo, esa que
abría y cerraba puertas de día, y que de noche los escuchaba
desde su cama de infanta, a Esaaquellalaausente y a Fantas-
ma, retozar en el jardín, salir volando por ahí, chuparse, te-
nerse el uno al otro, como en un sueño en blanco y negro y
blanco, los veía Rosita con los ojos cerrados, como si soñase
256
esos sueños que tan bien imaginaba cuando hacía el amor con
sus innumerables amantes, esos con los cuales Rosita cerraba
los ojos en medio del amor para imaginar que no era a Esa-
aquellalaausente sino a ella a quien Fantasma levantaba, afe-
rrándola por entre sus piernitas de lagartija, ay, qué rico, como
si él me prefiriera a mí y no a Esa ni a Aquella ni a ninguna
Ausente, ay qué bueno, qué rico mamita, qué rico Rosita, se
decía ella a sí misma tocándose ahí en el medio, donde más
duele y goza, donde más gusta, más suave, más suave, se decía,
y vaya si se escuchaba, porque más suave sus deditos, la punta
de ellos, la tocaban y, cuando ya estaba casi, se asomaba por la
ventana entreabierta y espiaba a Esaaquellalaausente y Fan-
tasma, paseándose por el cielo de Pueblo como una bruja sin
escoba, apareciendo y desapareciendo por entre las estrellas,
por detrás de la luna, y más los veía, más aumentaba su deseo,
pues más imaginaba Rosita que era ella a quien en las noches
Fantasma, ella a la que ese negro, ella a quien él.

***

¿Acepta usted, Rosita, a?


Pero no pudo ni siquiera terminar el nuevo Padrecito mi-
litar su pregunta nupcial, cuando ya Rosita se había apresu-
rado a responder:
Sí, acepto.
De nada sirvió tanta prisa de Rosita en contestar pues ya
Fantasma, a quien nadie había notado en las últimas bancas
de atrás, había aparecido.
El lugar estaba lleno a más no poder. Cabezas de todos los
talantes se podían ver desde el pequeño órgano de tubo situa-
do en la parte superior trasera de la iglesia. Todos estaban con sus
vestidos de gala ya que se trataba de una invitación formal del

257
régimen. El secretario de la patria como portavoz del inigua-
lable Gobernador lo invitan, señor y señora, a la ceremonia
nupcial de la señorita Rosita, el próximo sábado, a la hora
exacta, en el lugar preciso. Atentamente, el señor Secretario.
Ahí estaban todos recién bañados, entalcados, oliendo a
limpio y con caras incrédulas, pues, desde cuándo se ha visto
que alguien se case solo. Guiados por el Padrecito militar y sus
oraciones, la gente se sentaba, paraba o arrodillaba con disci-
plina y, cada movimiento realizado por el centenar de personas,
hacía emanar un olor todavía más fuerte de perfume barato.
Los invitados estaban dispuestos en una distribución jerár-
quica y, en la primera fila, se encontraba, más perfumado que
todos, Secretario. Radiante como si fuera su matrimonio, y en
el fondo tenía razón, porque bien se podía decir que se tra-
tara de su boda ya que, en efecto, fue él mismo quien se ocu-
pó de cada detalle. A su lado se encontraba Gobernador, más
resplandeciente que nunca, pues menos se tiene poder más se
debe hacer alarde de él. También se encontraba ahí la negra
Ella, fascinada de lo bello que es todo y de que, Rosita, por fin
te me casas y pones fin a tu desaforada vida. A su lado esta-
ba Esaaquellalaausente con un vestido simple que la descubría
como la mujer más hermosa que ojos humanos hayan visto.
Todos envidiaban a la putita barata de la Rosita con ese
vestido de novia que de ser tan caro se llamaba robe de mariée,
a esa mujerzuela que nos obligó a vestirnos de gente para venir
a verla hacer lo que le da la gana con el poder. ¿Acepta usted,
Rosita, a? Mire ese pobre hombre de dios obligado por fran-
cotiradores a casar a esa mujer de la calle con nadie. ¿Acepta
usted, Rosita, a? Y qué decir del cabrón de Secretario cuyos
cachos son tan grandes que casi no podían entrar en la iglesia.
¿Acepta usted, Rosita, a? Sí, acepto. Pero de nada sirvió tan-
ta prisa de Rosita en contestar, ya Fantasma había apareci-
do. Desde detrás de la iglesia se escuchó un ruido extraño y
258
fuerte, pero nadie volteó la cabeza para mirar quién era, bien
sabían todos de quién se trataba.
Fantasma saltó desde las últimas bancas como un felino.
Todos lo vieron cuando ya estaba de frente a Rosita, tan linda
tan linda, que sin problema alguien le hubiera podido dar la
edad de quince años o de treinta y cinco, edades perfectas de
toda mujer.
Rosita se desplomó toda entera, y no podía ser para me-
nos con Fantasma sudado ahí de frente a su vestido de novia,
todos sus sueños se le habían realizado en un solo momento
y con un solo salto.
Después del salto maravilloso Fantasma posó por fin sus
pies en el altar, creando una nube de polvo al contacto con
el piso abarrotado de mugre y plumas. El ambiente era símil
al de un robo de banco. Todos estaban silenciosos como si el
movimiento fuera sinónimo de muerte.
Los atuendos de Rosita iban cayendo uno a uno, como
desmayados, en medio de todo ese polvorón. Primero su
blanco vestido que ella rasgó con un templón desaforado que
mostraba, exacta, toda la pasión comprimida que no logró
drenar con tanto hombre. Más tarde fueron sus sostenes y
bikini que volaron con la fuerza de esta frustración por no
tenerte.
Fantasma pasó al segundo poema de su amigo Prisionero.
El primero había sido recitado con un tono más bien bajo y
oscuro, dejando pausas apenas perceptibles para que Rosita
pudiera decir, soy yo Esaaquellalaausente. Esperanza insen-
sata, porque esa mujer que él buscaba estaba en las bancas de
la iglesia muy cerca de Gobernador.
No puede ser que no te des cuenta —le repetía Prisionero,
desde el Caribe.
Casi desnuda, Rosita se llenó de un presentimiento que no
tardó en descubrir como una vana esperanza. Acaso soy real-
259
mente yo esa que él busca, Aquella que él espera, la Ausente
de sus días sin mí. No podía imaginarse Rosita que esos poemas
siempre creaban los mismos efectos.
Primero hacían desvestir a las novias para, después, hacerlas
creer que acaso soy yo la que Fantasma busca. No, no eres tú,
tú no eres, no.
¿Acepta usted, Rosita, a?
Sí, trató de murmurar Rosita, pero la voz altisonante de
Fantasma poeta, no dejaba escuchar ni al Padrecito, ni mucho
menos a Rosita enamorada como nunca antes, aceptando ser
la esposa de ese tal Fantasma.
Gobernador trató de levantarse para poner orden, pero
sus delgadas piernas de anciano no se lo permitieron. Esa
ceremonia tomó entonces una envergadura que iba más allá
de Rosita enamorada, pues era el gesto que todo Pueblo es-
peraba para corroborar lo que se decía en las esquinas, que
ese tal Gobernador no es más el chivo que más mea, es más,
ni siquiera chivo es. Y tanto era verdad que el tal Gober-
nador no logró ni siquiera detener a Esaaquellalaausente,
marchándose del lugar. Fantasma esa que se está yendo es la
que tú buscas. Detenla —gritaba Prisionero como un loco
desde la bahía.
Pero qué lo iba a escuchar Fantasma, si apenas había pa-
sado al tercer poema, el más sincero y tierno, el que las des-
mayaba, ese que ahora estaba dejando boquiabiertos a los
francotiradores, allá arriba. Esos Gorilas que a pesar de la
insistencia de la mirada de Gobernador, no lograban dispa-
rarle a ese macho tan lindo y sensual, que de ser tan bello, si
usted así lo quiere, nos sumamos a su causa, Fantasma her-
moso, cambiamos el color de las frutas, el curso de los ríos, las
formas de las ventanas, la hora del desayuno.
¿Acepta usted, Rosita, a?
Sí, acepto.
260
Respondió Rosita completamente poseída por ese Fantas-
ma, arrancada de su existencia, fuera de sí, víctima de un de-
lirium tremens que la ponía a hablar lenguajes extraños. Por
ello todos escuchaban, sí acepto, Padrecito, en los dialectos más
insólitos, en el de una mariposa volando, incluso en el de un
vapor. Todos esos lenguajes utilizaba Rosita, a ver si en uno de
esos entiendes, que te estoy diciendo que acepto ser tu mujer.
Dentro de poco caería Rosita al lado de su vestido desmayado,
Fantasma desaparecería solo y triste, y Secretario perdería la
oportunidad de su vida de demostrarle a Rosita que, no soy un
cobarde y que te puedo defender del fanfarrón de Fantasma.
Las piernas de Secretario dieron dos pasos hacia delante
para llegar hasta ese altar y defenderla, pero su yo más íntimo
no tuvo el valor de hacerlo. Todo lo que siempre hizo Secre-
tario lo hizo escondido detrás del antifaz del poder y, en esa
ocasión solo suya en la cual él no era más que un hombre
enamorado, se cagó en los pantalones.
De pronto Fantasma no escuchó más nada. Ni siquiera
la voz del Padrecito militar repitiendo cual autómata, acepta
usted Rosita a. En un instante el cuerpo de Rosita monopo-
lizó a Fantasma dejándolo indefenso, delante de una Rosita
completamente desnuda.
¿Quién eres tú? —le preguntó Fantasma para saber si era
ella la que buscaba.
La que buscas.
Yo no busco a nadie. La que ha de ser, será simplemente
encontrada.
Insisto, hombre, soy yo —dijo Rosita con una voz de in-
cienso y cayó desmayada.
Fantasma desapareció como un espectro, solo y triste, con
su traje blanco. No eres la que busco. No diste muestra del
gesto, ese gesto que solo esa mujer hará. No dijiste eso que
solo ella dirá.
261
Antes de desmayarse, Rosita se vio a sí misma como en un
espejo. Primero observó con lástima sus ojos, después bajó su
mirada y se vio desnuda como tantas veces había estado desnu-
da. Se dio cuenta de que era la primera vez que reconocía su des-
nudez, porque desnuda estoy delante de ti, el macho que amo.
Fantasma no la escuchó por estar pensando en lo que que-
ría escuchar y desapareció como un espectro, solo y triste, con
su traje blanco y esos cinco poemas cansados en su memoria.

***

La gente delante de la ausencia de Fantasma y del cuer-


po de Rosita postrado en el altar, resucitó como desde un
más allá colectivo. Hubo una reacción súbita y general. Todos
saltaron a salvar a Rosita al mismo tiempo y con el mismo
ímpetu, cuando ya todo se había consumado.
Rosita se acababa de casar, hasta que la muerte la separe,
con ella misma. Jamás ningún hombre, hasta el final de su
vida, osaría tocarla, ni mucho menos ocupar el espacio que
Fantasma acababa de inmortalizar con el gesto incomparable
del amor despreciado. Él se quedaría hasta el final ahí presen-
te como un ente opaco, tan opaco, que al ser mirado con los
ojos de la memoria haría más daño a esa vista que todos los
otros seres visibles e invisibles.
Bien intuyó eso Secretario con su amor vidente. Afortu-
nadamente le quedaba una carta bajo la manga. La última.
La gente comenzó a salir de la iglesia y, como pudieron, em-
parapetaron el vestido de novia de Rosita con los ojos llorosos
y la mirada perdida que nunca nadie volvería a encontrar. La
ayudaban a caminar porque sola no lo hubiera logrado.
Sus cabellos despeinados como los de una loca de Barrio,
sus uñas sucias como si hubiera pasado la noche comiendo

262
tierra y su piel arrugada con ríos, montañas y altiplanos, como
un mapamundi. Rosita la más bonita, estaba ahora anciana.
Esa ceremonia la había envejecido al menos sesenta años. Se-
cretario la ayudaba a caminar y, observándola, la confundía
por momentos con su madre, también presente en la iglesia.
Al verlas juntas Secretario no logró reprimir su pensamiento:
Parecen morochas.
Pero poco le importó al él toda esa mutación, la humillación
y todo lo demás. Secretario la miraba con esos ojos suyos y su
corazón enano se le ponía a correr y saltar como un infante. Se-
guía irremediablemente enamorado. Además, la sorpresa que
tenía preparada para después del matrimonio, y que dentro de
poco descubriría, lo hacía temblar, de tanta alegría que esto
le va a causar a mi pobre Rosita. Ya por fin ella había salido
de la iglesia de su desdicha donde tantos matrimonios había
presenciado. La luz del sol de ese sábado de mañana era tan
fuerte que, con los ojos casi cerrados por la luminosidad, no
pudo apreciar a todo Pueblo ahí, de frente, esperando su salida.
Secretario pidió la palabra, pero en lugar de frases, se li-
mitó a decir todo con un gesto después del cual todo inició.
Desde arriba comenzó a caer sobre toda esa gente una
nieve del mismísimo color del vestido de Rosita, que vio todo
eso como si no lo viera. Poco tiempo bastó para que todo,
de rojo como estaba, pasara a blanco. La gente del entorno
de Gobernador que tanto amaban el blanco, y tanto habían
detestado ese rojo que, de más en más, iba inundando Pueblo,
se puso a aplaudir, quevivaelgobiernoqueviva.
Pero Rosita, nada. Estaba perdida en los corredores de su
tristeza y, con ella, Secretario, entendió a retazos que de poco
había servido tanto esfuerzo, pues ahí está Rosita, más ausen-
te que nunca.
Mientras Secretario pensaba en todo eso, en su amor y sus
vanos esfuerzos, no pudo evitar la imagen de su negra Ella

263
frente a él, perdida en ese medio círculo que la élite había for-
mado en torno a Rosita. La negrura de Ella sobresalió entre
tanto blanco que había caído del cielo y tanta blanca gente
blanca. Secretario la miró a los ojos y la imaginó suya, otra
vez suya para siempre. Pero no, enano de mis sueños, traicio-
nero de mi vida y de Rue de Paradis, no.
Apenas esa respuesta silenciosa de la negra Ella terminó
de llegar al corazón de Secretario, poniendo en su lugar a su
y todo lo demás. Secretario la miraba con esos ojos suyos y su
corazón enano se le ponía a correr y saltar como un infante. Se-
guía irremediablemente enamorado. Además, la sorpresa que
tenía preparada para después del matrimonio, y que dentro de
poco descubriría, lo hacía temblar, de tanta alegría que esto
le va a causar a mi pobre Rosita. Ya por fin ella había salido
de la iglesia de su desdicha donde tantos matrimonios había
presenciado. La luz del sol de ese sábado de mañana era tan
fuerte que, con los ojos casi cerrados por la luminosidad, no
pudo apreciar a todo Pueblo ahí, de frente, esperando su salida.
Secretario pidió la palabra, pero en lugar de frases, se li-
mitó a decir todo con un gesto después del cual todo inició.
Desde arriba comenzó a caer sobre toda esa gente una
nieve del mismísimo color del vestido de Rosita, que vio todo
eso como si no lo viera. Poco tiempo bastó para que todo,
de rojo como estaba, pasara a blanco. La gente del entorno
de Gobernador que tanto amaban el blanco, y tanto habían
detestado ese rojo que, de más en más, iba inundando Pueblo,
se puso a aplaudir, quevivaelgobiernoqueviva.
Pero Rosita, nada. Estaba perdida en los corredores de su
tristeza y, con ella, Secretario, entendió a retazos que de poco
había servido tanto esfuerzo, pues ahí está Rosita, más ausen-
te que nunca.
Mientras Secretario pensaba en todo eso, en su amor y sus
vanos esfuerzos, no pudo evitar la imagen de su negra Ella
264
frente a él, perdida en ese medio círculo que la élite había for-
mado en torno a Rosita. La negrura de Ella sobresalió entre
tanto blanco que había caído del cielo y tanta blanca gente
blanca. Secretario la miró a los ojos y la imaginó suya, otra
vez suya para siempre. Pero no, enano de mis sueños, traicio-
nero de mi vida y de Rue de Paradis, no.
Apenas esa respuesta silenciosa de la negra Ella terminó
de llegar al corazón de Secretario, poniendo en su lugar a su
indeciso egoísmo, el sol salió por entre una nubes pasajeras.
Las pupilas de Secretario se cerraron por tanta luz y ya no
pudo ver a Ella con la nitidez de antes.
Los niños pagados por Secretario, que desde el techo de la
iglesia lanzaban papelitos blancos con la palabra nieve escrita
en el medio, cesaron su actividad pues ya no quedaban pape-
litos en los sacos.
El sol no tardó en derretir toda esa nieve y todo de blanco
pasó a ser otra vez de un rojo fantasmal. Ese montón de nieve
derretida dejó el ambiente cundido de una humedad que hizo
todavía más insoportable el calor de ese día triste y caliente
en que la negra Ella, delante de todo el mundo, se le acercó a
Rosita y, en medio de un silencio claustrofóbico, la tomó de
la mano, rompió el medio círculo, y la condujo a la casa de
Esaaquellalaausente quien la esperaba con las maletas hechas
hasta más no poder.

***

Cuando él entraba en una casa, oficina o plaza, la gente lo


saludaba, cómo está, Gobernador, mientras salían despavori-
dos porque estaban seguros que dicho lugar saltaría dentro
de poco en mil pedazos explotado por sus enemigos políticos.
Después de lo ocurrido en la iglesia con Rosita ya nadie se
sentía seguro en Pueblo. Ni siquiera el mismísimo Gobernador,
265
el chivo que más meaba. Esaaquellalaausente se dio cuenta
antes que todos. Bien sabía que ese viejo ahora no me sirve para
más nada. Y era cierto porque el poco poder que le quedaba,
apenas si le servía a Gobernador para protegerse a sí mismo.
Gobernador nada quería saber de nada y todo el que le
dirigía la palabra obtenía la misma respuesta, qué quiere que
haga si hace días que nadie me sabe decir a dónde se me
fue, quién se la llevó. Él la había buscado por todas partes
y lo único que le había sabido decir todo el mundo era que,
cuando Rosita llegó a la casa de Esaaquellalaausente, después
de su matrimonio, ésta la estaba esperando con una sonrisa
de oreja a oreja y, no esperó siquiera que Rosita terminara de
entrar, para decirle con una voz de iluminada:
Me voy de esta mierda.
Rosita, como siempre, no dejó pasar la oportunidad y le
respondió de inmediato:
Nos vamos, jefa.
Esa misma noche salieron bajo la luz de dos lunas llenas
tan brillantes que más bien parecían soles. Se fueron saltando
charcos, huecos, paredes, de techo en techo y, cuando ya ca-
minaban por sobre las aguas del Caribe y no tenían más nada
que saltar, entonces saltaron y ya, saltaron de alegría.
Rosita que era la más débil de nostalgia trató de darse
vuelta para ver Pueblo por la última vez, pero desistió gracias
a las palabras de Esaaquellalaausente, quien le contó la leyen-
da del Silbón para persuadirla, el Silbón que silba y silba, y
si te das vuelta para verlo él está atrás de ti, y si te vuelves a
dar vuelta él está todavía más cerca, y si insistes en una última
mirada ya está a tu lado, y contigo se desaparece para siempre.
Rosita no miró y dejó a Pueblo allá lejos. Lo último que vio
de él fue a Prisionero escribiendo una historia, cada vez que
una gota tocaba su prisión acuática.

266
Por su parte, Esaaquellalaausente pensó en Gobernador y
en Fantasma con una tierna memoria de madre. Los vio jóve-
nes y desvalidos como eran y estaban durante esa primera vez
en aquel balde de agua de su primer orgasmo. Pero su ternura
de madre terminó por convertirse en una carcajada de esposa
escapada al imaginar ese momento en el cual Gobernador
llegó a la casa de Esaaquellalaausente y no pudo creer en sus
ojos. La casa estaba abarrotada de guantes marrones que de
ser tantos no lo dejaron ni siquiera entrar.

***

Apenas Esaaquellaausente y Rosita salieron de los lími-


tes de Pueblo, una banda de flamencos, gaviotas y peces de
distintos tamaños y colores volaron como ahuyentados por
un tiro de rifle y los ríos dieron marcha atrás en sus rumbos.
Gobernador sintió en sus entrañas que Pueblo se había que-
dado sin alma. Todos los seguidores de Gobernador sabían
que esos fenómenos extraordinarios obedecían a la partida de
esa mujer, pero ninguno se atrevía a confesárselo. Goberna-
dor habría de verificarlo con sus propios ojos.
En el otro lado de Pueblo también Secretario vio ese cielo
de tantos colores a causa del resplandor de las lunas. Pero no
fue eso lo que le hizo intuir el éxodo de su Rosita. Lo que le
rebeló la inminente ausencia de su amada fue ese mmmmmm
extraño que se escuchaba por todas partes, fruto de los co-
mentarios en voz baja de todo Pueblo contando lo que pasó.
Los habitantes de Pueblo que vivieron el evento con más
alegría, como un éxito propio, fueron los muertos de Ce-
menterio. Qué otro temor podían tener ahora esos muertos
por la ambición de los Gorilas y el amor de Gobernador,
ahora que sabían que Esaaquellaausente se había fugado en
una noche de dos lunas.
267
Esos muertos las habían visto pasar saltando por entre las
tumbas monumentales de ese Cementerio. Ellos admiraron
sus vestidos leves bailando con el viento salsero del Caribe
y rozando a su paso las cruces de maderas comidas por los
comejenes, las estrellas de David corroídas por la sal y las
medialunas curtidas por el sol.
Ahí van, gritaban esos muertos, muertos de risa, asoman-
do sus ojotes de vivos por entre las hendijas de los panteones
familiares. Tanto Esaaquellaausente como Rosita no creye-
ron en sus ojos al ver ahí tanto muerto en vida. Solo enton-
ces descubrieron el secreto de esos muertos que solo estaban
muertos de hambre.
Aquellos pobres muertos pobres que no tenían dónde
vivir, habían encontrado en ese Cementerio una residencia
cinco estrellas Ellos que habían sido arreados hasta ahí por
la penuria, no pudieron creer que ningún vivo viviera en esos
lujosos panteones marmóreos de tres pisos que los ricos vivos
habían construido para sus ricos muertos. Las alcobas de esas
construcciones colosales eran frescas y ciertos panteones po-
seían hasta capillas privadas.
De hecho, el famoso día aquel casi nadie reconoció a todos
esos muertos de tan pálidos que estaban, y muchos los con-
fundieron con zombis diurnos o con ahogados de mar y los
agarraron a tiros. Pero eso no impidió que uno a uno salieran
de sus fúnebres moradas detrás de la noticia de que, carajo,
Gobernador está cayendo de tristeza porque se le fue la mujer.
Esos muertos salieron dispuestos a todo. Con todo el miedo
del mundo escalaron la profundidad de las tumbas, saltaron
flores secas, se lanzaron desde los panteones más altos y, cuan-
do ya estaban dentro de los límites del mundo de los vivos, del
cual escaparon por pobres, se encontraron con la triste bienve-
nida de una pobreza mayor. Muchos miraron para atrás, pero
no. Tomaron la vía que da a la iglesia gritando injurias contra
268
Gobernador y versos de libertad. Llegados a la iglesia del di-
funto Padrecito, cruzaron a la izquierda y después otra vez a la
izquierda. Ya están frente de ti, Gobernador, susurró muerto de
risa Prisionero, mírate cómo estás, más pálido que ellos que, de
ser tantos, te obligaron a escuchar:
Rojorojorojo.
Y eso lo gritaban, no tanto porque estuvieran de acuerdo
con ello, sino porque tú detestas escucharlo.
De pronto Gobernador se dio cuenta por primera vez en
su vida de existir en cuanto individuo y no, como él lo creía
hasta ahora, como un ente colectivo. No eres Pueblo, le aclaró
Prisionero con una alegría de muchacho travieso.
Él era, a pesar de todo, un individuo, tenía miedo. Y ese
sentimiento le hizo daño por no tener nada que ver con Esa-
aquellaausente. El miedo es la prueba de tu lejanía, mujer.
Pensó en Secretario como un niño temeroso piensa en su
padre.

***

La manifestación llegó, por fin llegó, de frente a la casa sin


ventanas de Gobernador. Él se encontraba sin escolta. Solo
Secretario lo acompañaba. Como siempre, Secretario ahí, so-
bre todo ahora que Rosita no estaba.
Sus oídos, que pocos días antes escuchaban solo el lengua-
je del amor de esa mujer, ahora estaban libres y disponibles
para oír a Pueblo, y vaya si oían, exactos, los gritos que toda
esa gente dirigía hacia él, rojorojorojo.
En medio de su miedo, Gobernador buscaba cual ciego la
presencia de Secretario que, a pesar del momento, seguía me-
dio perdido en la ausencia de su Rosita, adónde te fuiste, con
quién y por qué. Pero ella, a pesar de que lo escuchara desde

269
el más allá, el mucho más allá de su exilio, no le contestaba,
porque aquí vendrías a parar, enano de mierda. Por fin los
ojos de Gobernador en la penumbra de su alcoba encontra-
ron a ese Secretario que, víctima de su nostalgia, no servía
para más nada. Era solo un ser. Lo vio. Te vi, Secretario de
mi salvación. Secretario vio que él, el jefe, lo estaba viendo,
y la imagen de Gobernador reflejada en sus ojos le obsequió
esa increíble intuición de que ahora, ahorita mismo, era él el
que era. Secretario se sintió de inmediato revestido con los
barrocos trajes del poder. Carajo, soy yo.
Gobernador, como buen viejo, supo que ahora Secretario
sabía que era él el chivo que más meaba y trató de salvarse
diciendo su última mentira:
Sí, eres tú, Secretario, el que yo escogí.
Bien sabía Secretario que la mirada de oveja de Goberna-
dor contradecía sus palabras de lobo. Pero qué más da. Fue
precisamente ese miedo de Gobernador el que había conver-
tido a Secretario en eso que ahora era y qué otra cosa podía
hacer. Se armó de valor e hizo lo que en ese momento Go-
bernador no era capaz de concretar.
Secretario se vio entonces a sí mismo sin la farsa de su
sentimiento por Rosita: su identidad se le derrumbó encima.
Pensó en todo lo que había hecho hasta ahora en Pueblo, su
carrera, sus decretos y castigos. Todo eso no había sido hecho
por nadie más que él mismo.
Todo lo que en tantos años de servicio había tejido has-
ta ahora con su frágil hilito de poder, cada mínimo gesto
sumiso realizado, todas las órdenes cumplidas, lo llevaron
sin más hasta esa cita en ese cuarto oscuro con ese viejo
decrépito.
Pero ya no había cabida para reflexiones y sus pensamien-
tos se disiparon a la cuenta de tres.
Uno. Dos. Tres.
270
De pronto pudo escuchar con absoluta nitidez eso que
todo Pueblo escuchaba durante esa hora del burro, tan extra-
ña y única, rojorojorojo.
La furia de esos muertos de hambre ya casi estaba pisando
el césped de la entrada de la casa del poder, rompiendo alam-
bres de púa, pisando gallinas, saltando vacas y chamuscando
las flores que otrora Gobernador había sembrado ahí para
Esaaquellalaausente.
Ya dentro de poco ese Pueblo y aquel Gobernador que
ya nada tenía de su nombre, se estrellarían empujados por el
tiempo vestido de historia. Gobernador nunca pensó de for-
ma concreta en el final, por eso era Gobernador. Pero ahí, a
escasos metros de, se confesó a sí mismo que siempre lo sintió
como intuición. Estaba sudando.
Arremetió contra un arsenal de libros ahí escondidos y
los devoró con un ansia bulímica. Se dijo que de esa manera
esperaría a Pueblo comiéndose toda esa biblioteca para que,
definitivamente, nada quedara escrito después de él. Se los
comió uno a uno mirando a Secretario fijo a los ojos. Te jodes
tú, me jodo yo.
Pero el poder hizo reaccionar a Secretario:
Usted no se preocupe, viejo de mierda. Nadie lo va a tocar.
Gobernador se le tiró encima con el gesto más sumiso que
en tantos años de sumisión Pueblo había conocido. Pero Se-
cretario lo paró en seco:
Lo único que tiene que hacer es reconocerlo.
¿Qué cosa, Secretario? Que usted es un dictador.
Si quiere le reconozco aquí mismo, Secretario, que usted
es el jefe y yo el vasallo. Aquí mismo. A solas. Pero eso que
usted me pide es demasiado.
De reconocer que yo soy el jefe me encargo yo solito, jefe.
Soy un dictador.

271
Puede irse a dormir. Del resto me encargo yo.
Secretario salió y miró a Pueblo fijo a los ojos. Todos que-
daron atónitos pues nunca nadie había visto ni imaginado
esos ojos tan suyos que ahora los hipnotizaba.

272
Epílogo

Señorita Rosita, se me quedaron ayer aquí unos guantes marro-


nes de cuero, por casualidad sabrá si.
Sí, la señorita dice que hoy si está.
Y tal fue la alegría de ese tal Gobernador al ver bajar a Esa-
aquellalaausente por las escaleras, que de sus labios salieron pala-
bras tan bellas que bien hubieran podido ser llamadas poemas.
Las palabras fueron saliendo, una por una, de la boca de ese
Gobernador poeta y Esaaquellalaausente, más que escucharlas,
las vio de tan verdaderas y nítidas que eran. En ellas lo verda-
dero y lo bello creaban una unidad tal que no apenas salían de
la boca de Gobernador se materializaban, se hacían existencia.
Esaaquellalaausente solo tuvo entonces que estirar apenas su
delicado y largo brazo y abrir su mano suave para que esas pa-
labras cayeran como algodones en su palma, una detrás de la
otra. Pocos instantes bastaron para que ella se encontrara con
una torrecita de palabras, con un poema vertical reposando en
esa palma suya.

273
Tuvo entonces la intuición de que poco tiempo faltaba
para que su exilio se consumara. Un sentimiento paradoxal se
le cayó encima. Alegría y tristeza, amor y odio, se le mezclaron
y tomó la decisión de su vida. Aferró con fuerza esa torrecita tan
suya y la escondió en la oscuridad de su bolsillo derecho.
A partir de ese momento, en cualquier lugar de su exilio en
el cual se encontrase, cualquier excusa era buena para que,
en medio de su jornada, revisara con amor su bolsillo dere-
cho para ver si todo estaba en orden. Sí, eso estaba ahí. Un
sentimiento de seguridad la protegía entonces y nada malo le
podía pasar pues Gobernador estaba ahí.
Pero en otras ocasiones muy raras, ese palpar no le bastaba,
pues el odio superaba al amor. Desesperadamente corría en-
tonces a un lugar tranquilo, sacaba esas palabras de su bolsillo,
las leía y las volvía a leer y, cuando ya las había leído una y mil
veces, comenzaba a mezclarlas entre sí para crear frases y todavía
más frases inéditas, fantásticas, suyas, que leía excitada y contenta
a través de la voz de Gobernador que, del otro lado del mundo,
la seguía buscando como loco con ese poder que ya no tenía.
Entonces el milagro de su venganza se volvía a repetir.
Las frases que Esaaquellalaausente creaba a partir de su mez-
cla loca se le transformaban sin más a Gobernador en pensamien-
tos y, allá lejos donde él estaba, se ponía entonces a recordarla a
través de murmullos que pronunciaban las palabras exactas que
ella quería, víctima, ahora él, de esa dictadura a la que nos lleva
irremediablemente el mal de amores.

274
Indice

Una novela de vanguardia 9


Pueblo. Invenciones e ideas 19
Preámbulo 25
Gobernador, Esaaquellalaausente, Fantasma 31
Prisionero 55
Maríadelosángeles, Pabloelmarinero 61
Prisionero 105
Rosita, Secretario, Ella 111
Prisionero 145
Gobernador, Esaaquellalaausente, fantasma 151
Prisionero 179
Maríadelosángeles, Pabloelmarinero 183
Prisionero 229
Rosita, Secretario, Ella 233
Epílogo 273
Pueblo
Se imprimió en el mes de junio de 2024
en los talleres de la Editorial Metrópolis
Boleíta Norte, estado Miranda, Venezuela.
Son 1.000 ejemplares.

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