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Biografía de la Familia Barraza Cerda

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ABRIENDO CAMINOS

Familia Barraza Cerda: personas comunes, vidas


especiales
La razón de esta biografía es, principalmente, el preservar recuerdos. Recuerdos que,
entre dolores, alegrías y supersticiones, nos ayudaran a entender nuestras raíces
familiares y a reconocer la fuerza que, por herencia, habita dentro de cada uno de
nosotros.

En algunos capítulos podría quedar la impresión de ser una recopilación de historias


trágicas, pero si llegamos al final de estas páginas, notaremos que dichas penurias
nos entregaron alegría hacia la vida, y fortaleza ante las adversidades.

En honor a mi segunda madre, matriarca de la familia (por lo demás, una de las


mujeres más valientes que he conocido), y para todos los seres queridos que son
parte de mi esencia, de mis raíces.

“Le damos la inmortalidad a las personas y sucesos que mantenemos en el


recuerdo…”

CAPITULO 1 – CORRE, CORRE PORQUE SI TE PILLO…


Olga del Rosario Cerda Veliz nació en un frio día de agosto de 1920, en Punitaqui, un
pequeño pueblo hacia la cordillera del norte chico chileno, en pleno campo. Es la
penúltima hija de dos campesinos, Luisa Veliz y Juan Cerda, quienes vivían en una
modesta vivienda hecha de madera, de un piso, y enzarzada en un amplio terreno
campestre. Antes de Olga, el matrimonio tenía había traído al mundo 3 hijos: Segundo,
Juan y Elena. Tras el nacimiento de Olga, nació el último hijo de la pareja, Pedro.

La familia subsistía modestamente gracias a la crianza de cabras y al cultivo de papas,


maíz y árboles frutales. .

No se cuenta con información acerca de los abuelos paternos de Olga (excepto que
eran oriundos de La Serena); pero en relación a los abuelos maternos, estos eran dos
campesinos muy unidos en su relación, llamados Dominga y Silverio. Ambos apoyaban
a Luisa y sus nietos en todo lo que sus recursos y fuerzas les permitían. La pequeña
Olga era la regalona de ellos, y disfrutaba mucho aquellos días en los cuales iba a
visitarlos junto a su hermano Pedro.

Según se cuenta en la familia, la niña nació con un diente y ello, entre las creencias de
campo, significaba que tenía una virtud y, por ende, estaba destinada a lograr grandes
éxitos. Varias señoras del lugar vieron le recomendaron a Luisa que no dejara sola en
ningún momento a su hija, ya que fuerzas oscuras podrían robarle la virtud con la cual
había nacido. No obstante, la madre tenía 4 niños más que atender (además de las
labores propias del hogar y del campo), por lo cual olvidó pronto dichos consejos.
Lamentablemente, cuando la niña contaba solo con un par de meses de vida, quedó
durmiendo sola e inmovilizada con las múltiples mantillas con las cuales su madre la
envolvía (costumbre muy común durante el siglo XX), mientras Luisa realizaba sus
labores domesticas. De pronto, la bebé rompe a llorar desconsoladamente y la madre,
entonces, corrió a ver lo que le ocurría. Grande fue su sorpresa al encontrar a su hija
envuelta, tal como la había dejado, pero llorando debajo de la cama, y sin el diente con
el cual nació; en ese momento comprendió que lo augurado por las vecinas fue cierto:
en un descuido le habrían robado el don o virtud de su niña.

Años después, en 1922, Olga, de 2 años de edad, se encontraba jugando con tierra en
el patio de la casa. Desde allí la niña podía oír a sus padres discutiendo. No era la
primera vez que ellos peleaban por las infidelidades de Juan y por la falta de dinero; sin
embargo, Olga no pudo intuir que después de aquella disputa, deberían pasar casi 30
años para que volviera a ver a su padre:

-. ¡Si te vas pa’l norte ni se te ocurra regresar!… ¿me entendiste?- gritaba Luisa, con
ira.

.- ¡Si me va bien, allá en las minas, no pienso volver; prefiero quedarme allí que seguir
´pasando penurias por la plata, y así me evito el escuchar tus reclamos!- le respondía
Juan, igualmente ofuscado. A la mañana siguiente, a primera hora, él abordó el tren
que iba a Sierra Gorda, cargado solo con unas cuantas mudas y la cabeza llena de
libertad.

Olga, al ser tan pequeña cuando su padre partió, no tenía recuerdos de él. Serían sus
hermanos mayores (principalmente Segundo y Juan), quienes le comentarían sobre los
motivos y la forma en la cual él se fue. Luisa nunca más volvió a mencionar el tema.

Tras la separación, los padres de Luisa (los queridos abuelos de Olga) deciden que su
hija se mude al sector llamado “El Membrillo”, una zona rural que estaba cercana a la
casa de los abuelos. Debido a los fuertes aprietos económicos en los que se vio la
familia tras la partida del padre, decidieron dividir el cuidado de los niños: los hijos
mayores, Juan y Segundo se mudaron con los abuelos maternos; Elena se queda un
tiempo en casa de Avelina Muñoz, amiga de la familia, en tanto que los más de
pequeños, Olga y Pedro, se quedaron con su madre.

Con el paso de los años, aquellos que quedaron a cargo de los abuelos lograron
aprobar los primeros cuatro años de la escuela primaria, aprendiendo a leer, escribir y
a realizar las operaciones matemáticas básicas; en cambio, a Olga y Pedro se les
brindó una precaria escolarización, que los transformó en personas analfabetas (como
muchas otras personas en aquellos años). El analfabetismo marcó de por vida la
personalidad de Olga, pues ella sentía una enorme desconfianza y timidez al estar en
espacios públicos o en reuniones sociales, argumentando que la miraban mal por no
poder leer o escribir. Se convirtió por ello en una persona muy apegada a su hogar, de
escasos amigos, pero a la vez bastante ingeniosa y esforzada, que prefirió siempre
resolver los problemas por cuenta propia antes de pedir ayuda,

Tras la separación, y pese al apoyo de los abuelos maternos de los niños, Luisa
comienza a sentir el peso de la gran responsabilidad que significa ser el pilar de 5 hijos,
junto al estigma social que implicaba en aquella época el ser una mujer separada y sin
pareja. El sustento lo obtenía de su trabajo como partera, (para el cual era muy
solicitada), y de las labores que realizaba como cocinera en los baños termales “Los
Pozos”.

Agobiada por toda esa carga social, emocional y económica que sobrellevaba Luisa,
sintió como un regalo del cielo el conocer a Humberto Tapia, un campesino común,
pero con gran disposición a aceptarla a ella y sus hijos. Apenas se dio la oportunidad, él
se fue a vivir a la casa que ella habitaba junto a sus hijos. De esta nueva relación entre
Luisa y Humberto nacieron cinco hijos más: Alberto, Hernán, Israel (quien falleció en
sus primeros años de vida), Irma y finalmente, Clementina.

La alegría que Luisa sintió cuando conoció a su nueva pareja duró muy poco tiempo.
Humberto se negaba a trabajar y prefería pasar buena parte de sus días en la cantina,
originándose así constantes peleas en casa. Los conflictos fueron subiendo de grado
hasta que los golpes e insultos de Humberto hacia Luisa y los niños fueron parte del día
a día. Cuando la madre intentaba defender a sus hijos, la golpiza solía ser mayor para
ella. Por esto, sumado al temor y el dolor de reconocer sus ilusiones frustradas, la
llevaron a no defender a sus hijos, y a aceptar con resignación el trato que recibían.

Uno de los episodios de violencia que Olga recordaría hasta su muerte fue cuando, a
los 8 años de edad, su padrastro le ordena que se vaya a peinar. Ella, desobedeció la
orden y continuó jugando en las cercanías de la casa. Humberto, enfurecido con la
insolencia de la niña, sale de la casa para pegarle, ante lo cual Olga comienza a correr,
obligándolo a dar 50 vueltas al gran terreno en donde vivían; hasta ese instante la
situación para la niña era casi un juego, sin embargo, Humberto, ya cansado de correr,
coge una vara de sauce y logra golpear con ella las piernas de la niña, quien cae
bruscamente al suelo, faltándole un pedacito de piel en la parte trasera de sus muslo.
Acto seguido, él la toma por los cabellos y la ensucia con el barro de sector, diciendo
“¡Ahora sí te tienes que lavar y peinar el pelo por obligación!”.

Olga y su hermano menor solían aunar fuerzas para resistir y consolarse. A medida que
fueron creciendo en este ambiente de violencia, ambos jugaban constantemente a que
lograban golpear (e incluso matar) a su padrastro. Pedro fue quien más se obsesionó
con dicha idea, transformándose en el motor de su niñez.

Cierto día de 1934, Pedro, ya con 10 años de edad, se levantó al alba (como siempre)
para cumplir con las responsabilidad de llevar al rebaño de cabras de la familia a pastar
a los cerros. El niño entonces se vistió con un pantalón corto y un blusón, ambos de
color arena, confeccionados con sacos harineros, y tenía la gruesa piel de sus pies
como único calzado. Todos sus hermanos vestían de la misma manera. Luego tomó un
fugaz desayuno a base de leche de cabra, agua y azúcar quemada, y se llevó para el
camino una rebanada de las tortillas de pan amasado que su madre cocinaba a diario.
Al llegar con el rebaño al cerro, en medio de la soledad del lugar, el niño se distrajo
jugando con los pajaritos del lugar, y tan absorto estaba con estas aves, que no se dio
cuenta que sus cabras se dispersaron y que se perdieron entre aquellos cerros. Cuando
el niño se percato del problema ya quedaban muy pocos de sus animales; Pedro sintió
que su mente y cuerpo se paralizaban por el pánico: si su madre se enteraba que
había perdido parte del rebaño, sería capaz de matarlo a azotes. Entre llantos, decidió
buscar alguna roca o cueva como refugio, y no regresó a casa esa noche. En medio de
la oscuridad, el miedo le hizo olvidar que ya llevaba más de 10 horas sin comer.

Al amanecer del día siguiente, Olga, con 14 años, parte presurosa al cerro con la férrea
misión de encontrar a su hermano. Se guardó el trozo de pan y queso que le dio su
madre, y a escondidas logro tomar un poco más (para dárselo a Pedro cuando lo viera).
Ya en el cerro, la niña comienza a gritar a todo pulmón el nombre de su hermano. A los
pocos minutos éste le responde y ella corre a su encuentro. Entre lágrimas y abrazos,
él le relata lo ocurrido.
.- No puedo volver a la casa hermanita… me van a matar- le decía a Olga, mientras
devoraba un poco del pan que ella le había traído.

.- Ninguno puede ir pa’ la casa otra vez, porque a mí también se me han escapado las
cabras que traje por estar aquí contigo.- le contestó Olga con la voz quebrada.

Ambos decidieron ir donde su hermana Elena, quien tenía en esa época 18 años y
trabajaba en una tienda de abarrotes en el pueblo. Ella, tras darles algo de alimento,
les explica que no pueden quedarse allí porque los patrones no se lo permitirían, y
además, era seguro que los padres irían donde ella para saber noticias. Entonces, les
aconsejó ir donde una amiga de la familia, llamada Italia. Elena les dio todas las
indicaciones a los niños, y estos llegaron al anochecer a casa de dicha señora. Ésta les
sirvió porotos con trigo a los niños y les aconsejó que buscaran a su tío materno Carlos
Veliz, quien era un adulto mayor, campesino, que vivía solo con su esposa, la tía
Dominga, en la comuna de Huatulame.- “Él podrá recibirlos mucho mejor que yo y la
Elena”, les dice. A la mañana siguiente, al alba, ella les indicó el camino hacia la casa de
dicho tío:

.- Para llegar donde su tío Carlos, se van derecho por aquel camino, sin desviarse,
hasta que oigan cantar un gallo. Entonces doblan y busquen una casa que se haya
antes de llegar al rio. Consulten a las personas que vean allí, ellas les dirán donde está
su tipo.-

Con estas vagas indicaciones dadas por la Sra. Italia, los niños volvieron a emprender
la marcha y antes del atardecer lograron encontrar aquella casa cerca del rio, en donde
le dijeron que Carlos se encontraba trabajando del otro lado. Entonces los niños
levantaron sus ropas y se dispusieron a cruzar el rio Chañaral. Pocos minutos después
se hallaban en la otra orilla, y al divisar un grupo de campesinos, comenzaron a gritar
el nombre de su tío. Éste los reconoció y recibió con alegría, aceptándolos
prontamente en su hogar. Luego de escuchar las penurias por las cuales habían pasado
Olga y Pedro, sus tíos les permitieron pasar unos con ellos.

Olga comenzó a ayudar a tía Dominga en la confección de canastos hechos con varas
de sauce (cocidas y peladas previamente), pero dicha labor duró pocos días, pues a su
corta edad, los tíos consiguieron que Olga trabajara como empleada doméstica en la
casa de una familia acomodada que vivía en las cercanías. A su vez, los tíos
consideraron que Pedro estaría mejor con los abuelitos, a quienes no les vendría mal
una mano extra en el quehacer de la casa, los cultivos y el ganado.

Cierta tarde, encontrándose Olga en el patio de la casa de sus patrones, de dedicó a


escarbar y a jugar con la tierra del lugar, con la clásica actitud de una niña aburrida.
Pero, de pronto, en el fondo de la tierra que ella movía, comenzaron a aparecer
monedas de plata que, ante el asombro de la niña, se multiplicaban a medida que ella
más removía la tierra. Con la inocencia que la caracterizaba, Olga optó por dejar su
descubrimiento tal como la había encontrado; días después, le cuenta la anécdota a su
tío Carlos, quien le dice que hizo muy bien en no tomar nada de dicho tesoro, pues,
por lo general, son fortunas malditas. Y en efecto, unas semanas después de comenzar
a trabajar, el matrimonio dueño del rancho se separa y vende la propiedad, por lo cual
Olga alcanzó a trabajar solo un par de semanas, debiendo regresar a casa de su tío
Carlos.

Meses después de la huida, estando ambos niños trabajando y ayudando a sus tíos y
abuelos, recibieron la visita de la tía Cruz, hermana menor de su madre, quien le pidió
a Olga ayudarla en la cosecha que se realizaba en una hacienda cercana a la casa de
Luisa.

.- Yo no quiero ir porque mi mamá a veces va para allá y me puede ver...y si me pilla,


me mata a azotes.- le respondió Olga, bastante asustada.

.- No seas lesa niña, ella no va todos los días y yo no puedo hacer ese trabajo sola.- le
replicaba la tía Cruz.

Lamentablemente, tal como había previsto Olga, Luisa sí se encontraba en dicha


hacienda y, al ver a su hija, la obligó a irse con ella. Como temperamento de Olga se
caracterizaba por ser resiliente y optimista, pero también sumisa y temerosa, no supo
oponerse a la orden de su madre, y tan pronto llegaron a casa, Luisa la amarró y azotó
como castigo por haberse escapado.

Unas semanas después de aquel episodio, la niña, descalza y vestida con telas de sacos
harineros, comenzó nuevamente a trabajar realizando labores domesticas en la casa
de otro hacendado. Luisa continuaba llevando el mayor peso del sustento de la familia,
ya que por el alcoholismo que sufría Humberto, éste poco y nada aportaba en la
economía del hogar.

Capitulo 2: En busca de nuevas ilusiones

Semanas después de regresar a la casa de su madre, Olga se enteró que Pedro había
retomado el colegio y que continuaba ayudando a su tío y a sus abuelos Dominga y
Silverio en los quehaceres cotidianos. Ambos hermanos mantuvieron contacto con
regularidad, y, años después, cuando Pedro contaba con 18 años, partió al norte del
país a realizar el servicio militar.

Paralelamente, su hermano mayor, Segundo también emigró al norte, a Antofagasta,


en busca de trabajo (el cual, decían, era abundante en las salitreras). Al tiempo de
llegar, se empleó en la oficina salitrera Pedro de Valdivia, a la vez que aprendía con
placer el oficio de zapatero. Entre el inhóspito desierto del norte chileno, Segundo no
tardó en casarse con Milza, una guapa joven, varios años menor que él.

En virtud de la prosperidad económica y laboral que percibía en la zona, Segundo


decide escribirle a su hermana Elena para contarle de las posibilidades laborales que
podría tener en aquella tierra. La muchacha consideró las sugerencias y también
partió, sola a Antofagasta (con 18 años), en un viaje por tren que duró 3 días. Tras
llegar, Elena se empleó como ayudante de enfermería junto a las hermanas Misioneras
de Santa Ana, quienes estaban a cargo del Hospital El Salvador, en la ciudad de
Antofagasta. La muchacha jamás imaginó que en aquella ciudad encontraría a su
padre, ni mucho menos que aquel encuentro solo le haría sentir lástima hacia aquel
solitario hombre.

Juan, hermano de Elena, también se encontraba en Antofagasta trabajando en labores


de zapatería, y solía invitar constantemente a Elena al teatro, ya que dicho lugar era la
principal entretención juvenil. En uno de esos espectáculos, la joven conoció a un
hombre algo mayor que ella, el que rápidamente se transformó en su primer amor. De
aquel romance, cuando Elena contaba 20 años, nació su primogénito, Enrique. La
pareja continuó con la relación, pero como en aquellos años los métodos
anticonceptivos actuales eran desconocidos para gran parte de la población, ella
quedó en cinta en 2 oportunidades más, a cada cual él arreglaba todo para que la
criatura fuera abortada. La joven madre se negaba y reclamaba, pero él insistía hasta
que ella cedía. Sin embargo, tras unos años de soportar esta situación, ella se dio
cuenta que los abortos se habían transformado en un acto doloroso y peligroso que
podría costarle la vida. Entonces, de forma valiente y repentina, tomó a su hijo, sus
pocas pertenencias y regresó a La Rampla. Al llegar a la casa de su madre, ésta se
molestó en un primer momento ante la inesperada presencia Enrique, quien ya
contaba 4 años. Por miedo, y por lo precario que eran los medios de comunicación de
aquella época, Elena no le había contado a su madre acerca de su relación amorosa, ni
del nacimiento del niño. Con la mentalidad y carácter típico de Luisa, ella le ordenó a
su hija buscar trabajo y se ofreció a cuidar del pequeño Enrique.

Pocos meses después del regreso de Elena a la rampla, la abuelita Dominga enfermó
gravemente de bronconeumonía, falleciendo a los pocos días en brazos de ella y, unos
meses después, el abuelito Silverio cayó en una pena tan profunda, que acabó
siguiendo a su esposa por el camino de la muerte (en lenguaje popular,” murió de
pena”)

CAPITULO 3-. DE AMOR Y SOLEDAD


La joven Olga, ya contaba 18 años y miraba desde su ventana los verdes cerros de La
Rampla, surcados de cactus y pasto. Es la primavera de 1938 y ella continuaba
trabajando como empleada domestica en diversos fundos y casas patronales,
adquiriendo notable destreza como cocinera, habilidad que le sería de gran ayuda
para su auto sustento por el resto de su vida.

En aquellos días, su hermano Juan había regresado al campo y, fiel a su carácter alegre
y jovial, le insistía a Olga que lo acompañara a los bailes juveniles que se realizaban
cada sábado (tal como hacía con Elena en el norte, para que le acompañara al teatro).
Estos comenzaban a las 21:00 hrs para terminar alrededor de la medianoche; solía
haber a la venta refrescos y diversos dulces, tales como chilenitos, chupetes de leche,
roscas, queques, entre otros. La música se centraba en el vals, la ranchera y los
corridos (la cueca era reservada para las trillas o celebraciones familiares). En aquellos
momentos de esparcimiento, los varones se ubicaban en un rincón de la pista,
observando a las señoritas presentes, y las mujeres que asistían sin compañero se
colocaban en otra esquina, esperando a que algún joven las invitara a bailar. Olga se
negó a asistir en más de una oportunidad pues ella no sabía bailar, pero fue tal la
insistencia de Juan, que acabó accediendo bajo la promesa de que bailarían solo entre
ellos.

Meses después, la joven se fue a trabajar a los lavaderos de oro que se encontraban en
Huilmo Alto, también en la cuarta región. Allí se desempeñó como dependienta del
almacén de abarrotes en donde se abastecían los demás trabajadores. Además de
atender publico, entre las responsabilidades de Olga se contaba el embolsar cada
noche un quintal de harina, para lo cual contaba con la ayuda de su compañera de
trabajo. Sin embargo, al poco tiempo se les unió para ayudarles un hombre recién
llegado a la localidad. Su nombre era Jorge Santiago, minero de profesión, y se
encontraba de paso por la zona, acorde fueran abriéndosele oportunidades laborales.

El gran interés que Jorge sentía hacia Olga lo hacía acudir cada noche al almacén, con
la escusa de ayudarle en el empaquetado de harina, y así, la joven fue enamorándose
de él como lo haría cualquier adolescente en su primer amor, cediendo a las
emociones y al romance sin medir consecuencias; por esto, su sensación fue de temor
y alegría cuando descubrió que estaba embarazada. Él tomó de buena manera la
noticia, pero la muchacha temía tanto a la reacción su madre, que decidió fajarse el
vientre durante todo su embarazo para que nadie lo notara. No obstante, estando
Olga con siete meses de embarazo, siente en casa el aroma de chirimoyas,
antojándose de sobremanera con dichas frutas. Pero como su padrastro se había
comido todas aquellas frutas, no pudo satisfacer su antojo. Según la joven, esa fue la
razón de los fuertes dolores de vientre (y las contracciones) que comenzó a sentir unas
horas después, iniciándose el trabajo de parto. Luisa, totalmente ajena al embarazo de
Olga, vio horrorizada que un supuesto dolor de estomago de su hija se transformaba
en la cabecita de un bebé entre las piernas de esta. Ella no tuvo más remedio que
asistir a su hija Olga en el alumbramiento, labor a la cual Luisa estaba muy
acostumbrada.

Ya pasadas las emociones propias del alumbramiento, la madre interrogó a Olga sobre
la identidad del padre de la criatura. Cuando supo que se trataba de un afuerino varios
años mayor que su hija, enseguida se opuso a la relación, prohibiéndoles que se
volvieran a ver; “es demasiado mayor pa’ ti” les repetía constantemente. Sin embargo,
Olga sentía un genuino amor hacia Jorge, por ello decidió colocarle a su primogénito el
nombre de su pareja. Jorge reconoció legalmente al bebé y conversó en más de una
oportunidad con Luisa para decirle que quería ayudar económicamente a su hijo, pero
ella se negó cada vez diciendo que no deseaban ni necesitaban de su ayuda o de sus
visitas. Olga no tuvo valor para contrariar a su madre, y el tiempo se encargó de ir
bajando las energías y el entusiasmo de él. Meses después del nacimiento de su hijo,
Jorge partió al norte para volver a realizar lo que le apasionaba: trabajar en la
pequeña minería.

Las deficientes condiciones socioeconómicas de Luisa, ahora con dos bocas más que
alimentar, obligaron a Olga a buscar trabajo como empleada domestica y a dejar su
bebé a cargo de su madre mientras trabajaba, repitiendo así lo vivido por su hermana
Elena. Ambas, madres solteras, veían a sus hijos los fines de semana o cada vez que sus
labores se lo permitían.

Bajo esta rutina las sorprendió el año 1943. El pequeño Jorge contaba con 4 años de
edad y seguía estando bajo el cuidado de su abuelita Luisa (“mamita Luisa”, como le
gustaba llamarla), mientras Olga trabajaba como cocinera de un fundo cercano a
Manquehua.

En aquel fundo, Olga empezó a ser acosada por el hijo del patrón, un joven unos años
mayor que ella. Pero por su gran ingenuidad e inseguridad, la muchacha no supo cómo
actuar ante el hostigamiento de aquel señorito: no se quejó con los señores del fundo
por temor a perder el trabajo y, a su vez, la confundían las palabras melosas que de
cuando en cuando el joven le decía para tranquilizarla. Pero, tristemente, aquel
silencio fue un grave error. Cierta tarde, aquel joven pasó del acoso sexual a la
violación; un acto brutalmente justificado para la sociedad como algo natural y
frecuente, argumentándose que el acto sexual podría entrar dentro de las obligaciones
de las empleadas domesticas de la época, quienes solían callar para mantener su
trabajo (y así ocurrió en el caso de Olga)

Olga pronto descubrió que estaba en cinta, y ya no le era posible guardar el secreto,
entonces, decidió abandonar el fundo y dar a luz a su bebe en la casa materna. Pese a
la manera en que había sido concebido, la familia de Olga valoraba tanto la vida, que
no imaginaron en ningún momento la idea de un aborto, aun cuando Luisa conocía
todos los secretos para ello. Llamaron al bebe Omar, quien era un niño de pelo negro y
ondulado, tez moreno y ojos verdes… viva imagen del padre, del cual solo recibió el
apellido antes de desligarse totalmente de sus vidas.

Poco tiempo después de dar a luz, Olga se empleó en el negocio de “Doña Tatito”, en
Chañaral, y posteriormente trabajó puertas adentro en diferentes fundos y cocinerías;
pero esta vez, con el pequeño Omar a su lado.

CAPITULO 3: DE AMOR Y PERDON

José Lorenzo Barraza, campesino de 27 años, desde hacía años se dedicaba a vender
diversos tipos de carne a los habitantes de La Rampla. Él había nacido y crecido en
aquel sector, por lo cual era conocido por todos en el pueblo. Como aún era soltero,
vivía junto a su madre y sus hermanas en la casa familiar, quienes lo mimaban por ser
el único varón de la familia. Por contraparte, el joven nunca conoció a su padre, y por
ello no contaba con un modelo a seguir en relación a la paternidad. Como era de
esperarse en vista de lo anterior, José tenía fama de ser una persona alegre, pero
caprichosa y agresiva cuando se emborrachaba; si bien no faltaba a sus compromisos
laborales, era cliente asiduo de cuanta fiesta o chingana existiera en el pueblo

Como crecieron en la misma zona, José y Olga se conocían desde niños, pero sin existir
algún interés entre ellos más allá que el de meros vecinos. No obstante, y casi sin darse
cuenta, poco a poco el muchacho fue fijándose en la joven, y ambos acabaron
conversando en secreto durante las noches por un orificio que había en el patio de la
casa de ella. Así solían comenzar los noviazgos de la época, en especial si la relación no
era aprobada por los padres (como era este el caso). Meses después, en contra de los
deseos de su madre, Olga y su bebé Omar (de 2 años) se mudan junto a José a una
casa cercana a la de sus respectivos padres. El primer hijo de ella, Jorge, ya contaba 7
años y continuó viviendo junto a su abuela Luisa.

Pocos meses después de iniciada la vida en común, Olga descubre que está
embarazada de Lorenzo, pero, lamentablemente, la relación se deterioraba a pasos
agigantados. El conflicto se zanjó bruscamente el día en que ella, al regresar a casa,
encuentra a Omar con múltiples hematomas, llorando desconsoladamente debido a
una violenta reprimenda que le había proporcionado Lorenzo en ausencia de ella. La
pareja inició entonces una feroz discusión y, para complicar todavía más la situación,
en aquel instante llegó al hogar Luisa, la cual, al percatarse de lo ocurrido, recrimina
violentamente a Lorenzo y se lleva al niño a vivir con ella. Olga se mantuvo junto a su
pareja, pero las cosas no mejoraron por ello.

Meses después nació el nuevo bebé, tercer hijo de Olga y el primero de José; ella
decidió bautizarlo con el nombre de Servando. Dos años después de aquel nacimiento,
y en vista de que la relación entre Olga y José solo empeoraba, Luisa le ordenó a su hija
que dejara al bebé bajo el cuidado de Dorotea, la mamá de José, y que fuera a trabajar
a Santiago. Con dolor, la muchacha no vio mejor opción: dejó a el pequeño Servando al
cuidado de José y Dorotea, y partió con Omar a la ciudad de Calera para trabajar, como
siempre, en la cocina de fundos y haciendas. Esta vez ingresó al servicio de Luis
Enrique Echeverría, dueño de la caja de ahorros de Calera. La joven pronto se ganó el
aprecio de sus patrones por la prontitud con que cumplía sus deberes; producto de
esto, meses después le ofrecieron que se mudara con ellos a la ciudad de Los Ángeles,
y Olga aceptó. Cierto día en Los Ángeles, la esposa del patrón lo descubre en una
infidelidad, y la familia Echeverría se disuelve. Ante esto, Olga decide regresar al sur;
entonces sus patrones la cargaron de regalos y dulces, y la embarcaron en un largo
viaje de dos días de regreso a La Rampla. Al poco tiempo la joven trabajó en Viña del
mar, luego Santiago, y en muchas otras ciudades. En ciertas temporadas Olga y Elena
se empleaban juntas en el mismo lugar. Ambas tomaban como deber sagrado visitar a
sus hijos cada fin de semana, y entregarles dinero o mercadería.

Saldando cuentas…

Para 1945 Pedro, con 21 años, ya había concluido tanto su servicio como su trabajo de
calichero en las salitreras del norte; pero aun cuando su vida marchaba en calma, no
lograba abandonar el gran odio y rencor que sentía hacia su padrastro, Humberto
Tapia, y la promesa que había hecho cuando niño de que le haría pagar con la muerte
los graves maltratos que éste le había proporcionado a él y a toda la familia. Por ello,
cierto día decide regresar y se presentó sin aviso previo en casa de su madre, Luisa.
Tras saludar y emocionarse con sus hermanas Olga y Elena, Pedro les confiesa a estas
sus oscuras intenciones. Ellas lo escucharon horrorizadas, y se esforzaron mucho para
convencerlo de que estaba en un error, implorándole que no se manchara las manos
con quien no valía la pena, pues Humberto pasaría a mejor vida tras la muerte,
mientras que él y la familia sufrirían la condena de la cárcel y la amargura. Finalmente,
ganaron los consejos de las mujeres, logrando que Pedro jurara no asesinar a su
padrastro, pero a la vez recalcó que le daría una gran paliza si este volvía a tocar a su
madre.

No paso mucho tiempo para que se cumpliera aquella amenaza. Humberto, como de
costumbre, llegó borracho a casa y golpeó a Luisa en presencia de Pedro; entonces, el
joven lo azoto en múltiples ocasiones contra mesas y paredes, y le prohibió a su
padrastro acercarse otra vez al hogar; segundos después le vieron desaparecer,
sangrante y asustado, por las polvorientas calles de Punitaqui. Ningún miembro de la
familia volvió a verlo otra vez.

Retorno

Olga asistía regularmente a casa de su suegra para visitar a Servando, y en dichas


visitas se fue abonando terreno para la reconciliación entre ambos, la cual se concretó
tres años después de separarse. Como era de esperarse en casos de violencia
intrafamiliar, al inicio la relación fue ideal, y Olga no tardo en quedar nuevamente
embarazada de un niño robusto, de mirada coqueta y carácter tan sosegado como el
de su madre. Lo llamaron Lorenzo Segundo (en honor al padre). El pequeño Lorenzo
pronto demostró un gran amor por la naturaleza en general, especialmente por los
caballos; con escasos cuatro años de edad ya montaba “a pelo” (sin el uso de
monturas) en el burro y el caballo de sus padres.

Al año siguiente, en 1951, llega al mundo Leonardo, (llamados por todos “Nallo”), un
niño delgado y enfermizo que desde corta edad sufrió de ataques epilépticos,
completamente desconocidos e incomprendidos por la familia. Según las explicaciones
de los sanadores de campo, el niño había sufrido “mal de ojo”. Cuando Nallo contaba
dos años de edad, comenzó cierto día con fiebres altas, delirios y dificultad para orinar;
a su vez, cada vez que el padre lo miraba o se le acercaba, el pequeño lanzaba
aterrados gritos diciendo ¡papáaaaa!, con lo cual para Olga confirmaba que su esposo
le había hecho mal de ojo al hijo.

En su desesperación de madre, ella llamó a una curandera del sector, quien le rezó y
aplicó ungüentos herbales al niño, advirtiéndole a Olga.- “tienes que velarlo toda la
noche, y si tu niño traspira, es de vida, si no lo hace… es de muerte, no se salvara”. Ella
sí lo hizo, y cuál no sería su alegría cuando, al alba, Nallo comienza a sudar de tal
manera que empapó las sabanas. Tras aquel episodio, el pequeño comenzó a
fortalecer su salud.

Meses después, en una soleada mañana de primavera de 1952, Olga atendía los
quehaceres domésticos y vigilaba a sus hijos, Omar, Lorenzo y Nallo. Servando
continuaba en casa de su abuela Dorotea y Jorge aún vivía en casa de Luisa.

Repentinamente, aparece frente a ella un hombre de avanzada edad, baja estatura y


piel curtida por el sol; solo llevaba en las manos una pequeña bolsa con una muda de
ropa. Le consultó a Olga si esa era la casa de Lorenzo Barraza; ella le confirma y explica
que Lorenzo salió a tratar animales para el fundo:

.- ¿Tu eres la Olga?... Porque yo soy Juan Cerda, tu papá.- Le lanzó a quemarropa.

Ella queda suspendida unos momentos en el estupor. Cuando logra un mínimo de


reacción, comenta –“mi mama vive en aquella casa en lo alto de la colina, camino a
Charrabata”-. Él le contesta que ya fue a visitar dicho lugar, y que Luisa no lo quiso
recibir, indicándole la dirección de Olga. Entonces ella lo invitó a pasar, motivada más
por la moralidad que por el afecto.

Juan acaba viviendo alrededor de tres meses en aquella casa. Durante ese tiempo,
nadie se atrevió a hablar del pasado, ni a pedir explicaciones; tampoco se atrevieron a
solicitarle algún tipo de aporte económico por el tiempo que estuvo en el hogar, en
vista del desfavorable estado de salud y cesantía de Juan. Aquel anciano pasaba sus
días tomando el mate que le servía Olga, y paseando con el pequeño Lorenzo por los
cerros cercanos. Una mañana, súbditamente, anuncia que se irá a Ovalle para tratar
sus dolencias, y partió sin más. Tres meses después regreso con una operación en el
cerebro, en la parte baja del cuello, zona de la cual le habrían extirpado (de forma
bastante artesanal) un tumor de grasa y carne. Permaneció dos meses más en casa de
Olga, disfrutando de su nieto, Segundo; tras ese tiempo, anuncio que partiría
nuevamente a Ovalle, pues no se sentía del todo bien. Semanas después de la partida
de Juan, en una fría mañana, Luisa se presenta bruscamente en casa de su hija; Como
hacía bastante frio, Olga vestía un grueso abrigo rojo, única prenda que poseía para
capear el invierno. Luisa, sin siquiera saludar, se le queda mirando fijamente al llegar,
le zamarrea la solapa del abrigo y le dice.-“Quítate eso niña porque tu padre está
muerto”.
CAPITULO 4: TRABAJO DURO

Un año después de la muerte de Juan, la familia de Olga decide mudarse al interior de


Manquehua a una zona absolutamente rural, en donde el vecino más próximo se
encontraba a 1 o 2 kilómetros, y se precisaba una o dos horas a trote de caballo la
hasta botica, policía o servicio médico.

La casa familiar era una humilde morada de campo de dos pisos: en el primero se
encontraba la cocina y los dormitorios, y en el segundo también era posible adaptar un
dormitorio, pero decidieron destinarlo como bodega para guardar los sacos de frutos y
cereales obtenidos de las cosechas, así como el queso de embarque que Olga
cocinaba a diario. No contaban con luz eléctrica ni alcantarillado, por lo cual utilizaban
velones, cirios o lámparas de parafina para alumbrarse en las noches, y a modo de
baño contaban con una tina de madera y los bien conocidos “pozos negros”, ubicados
a algunos metros fuera del hogar. El agua la obtenían de una cueva subterránea que se
hallaba a 200 metros de la casa; cada día, Olga o uno de sus hijos tomaba un par de
baldes y se adentraba en aquella absoluta oscuridad, pues la vertiente estaba a 100
metros hacia el interior de la cueva. Allí era común encontrar serpientes de todos los
tamaños, y como Olga les temía en sobremanera, concurría a sacar agua con una tea
de parafina para alumbrar el interior de la gruta.

Iniciaba el año 1955 y ella estaba a punto de dar a luz a su siguiente hijo: una sana,
tranquila y tierna niña a la cual llamaron Elsa del Carmen. Para aquel entonces la
pareja ya contaba con cuatro hijos, y aquella fue la razón por la cual deciden casarse
en una humilde ceremonia, el 6 de Junio de 1956 en Chañaral Alto. El matrimonio solo
sirvió para legalizar su unión, pues aquel mismo día, después de que la pareja se
sirviera una torta a modo de celebración, Lorenzo terminó el día borracho y agresivo,
como ya era costumbre. Meses después de la boda, en diciembre del mismo año,
nació Augusto Fernando, el quinto hijo de la pareja.

Lorenzo continuó trabajando como temporero en los ranchos vecinos, y revendiendo


carne que trataba en el pueblo. A su vez, los quesos de embarque que Olga
confeccionaba eran revendidos todos los días sábado por su esposo en Chañaral Alto
(aun cuando ella no veía un solo centavo de aquella venta).

En aquel nuevo entorno, y pese a sus constantes embarazos, Olga solía trabajar entre
12 y 14 horas diarias. Un día normal para ella comenzaba alrededor de las 5:00 am,
cuando se levantaba para avivar el fuego, calentar la telera de pan y la leche o el mate
para el desayuno, junto con ordeñar el rebaño de cabras que poseían. José
desayunaba y partía a trabajar; por su parte, los hijos que iban a la escuela en la
mañana se alistaban y partían a estudiar (Segundo y Leonardo), mientras que el resto
llevaban las cabras al cerro a pastar (Omar y en ocasiones Servando). Después del
desayuno, daba de amamantar y mudaba a Elsa y Augusto. Alrededor de las 8:00 am,
cuando al fin marido e hijos se encontraban en sus labores cotidianas, Olga procedía a
alimentar a las gallinas, patos y perros de la casa (incluso crió gansos durante una
época), y preparaba el almuerzo. A mediodía se servía la comida (generalmente
porotos o cazuela), cuando llegaban los hijos desde el colegio y del cerro
respectivamente; después de almorzar, los niños intercambiaban sus actividades: los
que ya asistieron a la escuela tomaban el cuidado de las cabras y los que se
encontraban pastoreando partían a la escuela. Por la tarde, la madre procedía a
preparar los quesos de embarque con la leche recolectada en la mañana a las cabras.
Luego moreteaba el trigo en la piedra para el mote y el “trigo majado”, y cocinaba en
su horno de barro el pan familiar. Alrededor de las 7:00 pm, con todos los integrantes
de la familia en casa, preparaba una sopa de verduras, o servía los restos del almuerzo
junto a mate o leche. En vista de que no tenían electricidad, los niños realizaban sus
tareas a la luz de los velones, mientras ella remendaba o les confeccionaba la ropa con
sacos harineros. El día domingo, José solía bajar al pueblo para revender los quesos
que Olga cocinaba durante toda la semana.

En la mente y corazón de Olga la maternidad es lo que daba sentido a su vida, siendo


capaz de dar la vida por sus hijos. En relación a su rol de esposa, este era cumplido
fielmente porque para ella era lo correcto, y porque la separación conyugal era lo peor
que pudiera ocurrirle a una mujer chilena en la década del 50’ y 60. Estas razones la
impulsaron a soportar la fuerte violencia intrafamiliar y las múltiples infidelidades de
su esposo, a tal grado, que él llevaba a sus amantes a la casa familiar para que ella les
diera un plato de alimento, presentándola no como su esposa sino como su hermana.
A Olga todo aquello no le importaba siempre y cuando el llegase diariamente al hogar
y mantuviera el trabajo… temía a la soledad y a las habladurías mucho más que a los
golpes o la humillación.

Sin embargo, hasta la criatura más mansa tiene sus límites, y Olga se lo demostró a
Lorenzo un domingo cualquiera, mientras esperaba impaciente a que su marido llegara
a buscar los quesos para ir a venderlos. Ella sabía que él no había tomado otros
caminos al salir de casa, tratando de engañarla “¡Este hombre ya se fue a tomar con
mujeres!”, pensó.

Eran alrededor de las 16:00 hrs (ella no tenía certeza del horario pues, como todo
campesino, su reloj era la luz del sol); y la espera la desesperó. Llamó entonces a su
hijo Lorenzo y le ordenó que preparara la yegua porque irían a vender ellos mismos los
quesos a Chañaral, distante a poco más de una hora a paso de caballo:

.- “¡Mi papá nos va a pegar mamá si nos vamos solos!- sollozaba el niño

.- ¿Y por qué te va a pegar? Soy yo la que se mortifica cocinando esos quesos, así que
tese tranquilo y prepárate al animal que se nos hace tarde.- Le respondió Olga.

Ella peinó en una trenza su largo y grueso cabello negro y entre ella y el niño
acomodaron las 6 grandes piezas de queso en dos canastos de totora, uno a cada lado
de la yegua. Cuando se encontraban a punto de partir, ven aparecer al padre por el
camino principal; pronto se inicia una disputa verbal entre la pareja que duró todo el
camino hasta el pueblo, mientras el niño escuchaba temeroso de la pelea pasara a los
golpes. Cuando al fin llegaron a Chañaral, ella fue directo a ofrecer los quesos a los
clientes habituales, y él ingresó donde “Doña Tatito”, único restaurant – cantina que
existía en el lugar. Al terminar la venta, Olga se maravilló de la cantidad de dinero que
había obtenido, cayendo recién en cuenta de que su esposo le había estado
entregando una ínfima parte de tales ganancia cuando estuvo a cargo. Ella aprovecho
entonces de comprar diversos abarrotes, telas para crear ropa nueva a sus niños, e
incluso un pote de crema “Nívea” para el rostro, único lujo de belleza que se pudo
permitir, sintiéndose muy satisfecha por ello. Aquella fue la única vez que Olga se
rebeló a las injusticias de Lorenzo, y desde entonces, aunque él siguió cometiendo
múltiples faltas hacia su esposa, ella no volvió a permitirle que fuera a vender sus
preciados quesos.

En el campo chileno del siglo XX (y hasta la actualidad, en algunos lugares), es una


tradición el organizar entre todos “Trillas” para facilitar, mediante el uso de caballos, la
separación de la paja y los granos de trigo. Aquello es una verdadera fiesta popular, en
donde en dueño del rancho dispone todos los alimentos, utensilios y terreno para
alimentar por dos o tres días a alrededor de 100 participantes; y la mano de obra corre
por cuenta de estos últimos: algunos se dedican a cantar o tocar en la guitarra cuecas y
tonadas, y otros a cortar, cocinar o servir todo tipo de alimentos, desde empanadas,
mote con huesillos, y hasta asado al palo. Olga siempre era llamada para cortar la
cebolla destinada a las empanadas (alrededor de dos sacos de cebollas cada vez). Y así,
mientras los niños juegan al palo encebado, la challa u otros juegos típicos, las mujeres
se dedicaban a cocinar y bailar, mientras los hombres tomaban, comían y jineteaban a
los caballos en la trilla del trigo. Aquellas celebraciones, ocurridas una o dos veces,
significaban los principales momentos de distracción y relajación para Olga y sus hijos
en aquellos aislados parajes.

De diablos, entierros y embrujos…

Otra característica del campo chileno es la fuerte creencia que tiene sus campesinos en
las leyendas y sucesos paranormales acerca de entierros de tesoros, avistamientos de
Satanás, entre otras.

De todos los hijos, Segundo fue uno de los que más experimentó en persona tales
historias. En cierta ocasión, contando él tan solo 7 años de edad, montaba a caballo al
atardecer por un sendero surcado arboles. Su madre le había ordenado que fuera a
buscar al padre a las cantinas que visitaba con frecuencia. En mitad del camino, el niño
notó que el animal paraba y torcía las orejas en señal de peligro; entonces, el pequeño
apretó fuertemente sus piernas contra el cuerpo del animal, en preciso momento en
que éste inicia una veloz carrera. Mientras el caballo corría desbocadamente, Segundo
miró atrás y observó que decenas de piedras se habían levantado del suelo y chocaban
entre sí. El caballo no detuvo su camino hasta llegar al hogar, milagrosamente, con el
niño aun en su grupa.
En otra oportunidad, Segundo acababa de bajar del tren que lo traía de regreso a casa
junto a su tío materno Hernán. Atardecía, y para llegar al hogar de Olga estaban
obligados a caminar alrededor de 4 horas entre los cerros de la zona, pues no existía
minibús, carruaje, o carreta que pudiera llevarles. Completamente a oscuras,
alumbrados solo con la luz de la luna y las estrellas, Hernán le advirtió al niño que, sin
importar lo que vea, no deje de caminar, debe ignorar todo lo que perciba, por más
extraño que le parezca. Así avanzaron durante dos horas, pero, al rondar la
medianoche, Segundo comenzó a ver diversas imágenes (o espejismos) a lo largo del
camino: una gallina con diversos pollos que piaban alrededor, luego un grupo de
hombres que discutían en un campamento abajo, en las faldas del cerro, o una
serpiente gigante entre los matorrales. A cada visión, el niño le comentaba asustado a
su tío si veía lo mismo que él, y este le respondía que no dejara de caminar, que allí
había un yacimiento de plata, o de oro.

Otro de los diversos sucesos paranormales vividos por Segundo ocurrió cuando se
encontró con una serpiente que no dejó de atraerle, pues, entre la gente del campo se
encuentra muy arraigada la creencia de que las serpientes señalan el lugar en donde se
encuentra un “entierro” o un yacimiento de minerales preciosos. Aquel afortunado
que de improviso ve uno de estos animales (en extrañas circunstancias), debe escavar
dentro del día en aquel lugar, sin comunicarle a nadie su objetivo. Si logra encontrar el
tesoro, este será de su propiedad; pero si sucumbe al miedo o la duda, aquel tesoro se
irá o “correrá” del lugar, perdiendo para siempre la posibilidad de tomarlo.

Consiente de aquellas creencias, Segundo no dudo en regresar a la mañana siguiente al


lugar donde había visto la serpiente. Y allí se encontraba nuevamente dicho animal, el
cual permanecía absolutamente quieto si él se mantenía dentro de cierto perímetro, y
se ofuscaba cuando él se alejaba. El niño pensó que dentro del sector que mantenía
tranquila a la serpiente debía encontrarse aquel tesoro y entonces, solo con sus
manos, escavó en la tierra logrando sentir al cabo de unos minutos un objeto grande y
metálico. Como no contaba con mayores herramientas, y sumado a su corta edad,
decidió dejar aquel lugar tal como lo había encontrado y guardó el secreto de su
ubicación. Hasta la actualidad, varias décadas después del suceso, Segundo continúa
reservándose para sí la ubicación de aquel lugar, con la esperanza de regresar algún
día y comprobar que existe en lo profundo de ese sitio.

El padre, Lorenzo, también vivenció diversos sucesos paranormales, ocurriéndole uno


de ellos en medio de una tarde de juerga, cuando un amigo le contó que en cierto
sector, camino a Manquehua, existía un tesoro. Él, con gran entusiasmo, fue esa
misma noche al lugar que le indicaron, armado solo con una pala. Comenzó a escavar
con frenesí, consciente de que vería espejismos para alejarlo del tesoro, por lo tanto
debía resistirles y no prestar atención. Primero vio un zorro que lo miraba amenazante
a su lado, luego un llanto de bebé; minutos después, su pala chocó contra un objeto
que semejaba a un cofre. Entonces, entre la oscuridad de la noche, estiró su mano
para coger nuevamente la pala que había dejado a su lado, pero en vez de la
herramienta tomó una gran serpiente que estaba a punto de atacarlo. Aun cuando
sabía que la serpiente era una ilusión más para desanimarlo en la búsqueda, no logró
aguantar el miedo y dando un grito salta fuera del hoyo que había cavado. En ese
instante la serpiente desapareció, y solo había ante sí la pala y una gran pila de tierra
acumulada a un costado del orificio: el tesoro, debido a su grito y su miedo, había
desaparecido. Días después él contó esta historia a Segundo, su hijo, y lo llevó al lugar
donde había cavado para comprobárselo. Efectivamente, el niño solo vio una gran fosa
en medio del paraje.

De cambios y duelos…

Entre inicio de 1959 y 1961 Olga dio a luz a dos hijos más: Olga Edith, una tierna niña
de cabello negro, tez blanca, y ojos color miel; y el 21 de Enero de 1961 nació
Heriberto Barraza (“Betito”).

Unos meses después del nacimiento de Betito, llegado el tiempo de la cosecha, la


familia reciente los estragos que generó la sequia vivida durante el invierno anterior.
No lograron salvar ni la mitad de la cosecha, especialmente de trigo, alimento base en
la dieta familiar, pues con este conseguían harina, el mote y trigo majado (el plato
favorito de los niños era trigo majado con leche de cabra y sal). Sin ese vital elemento,
y sin suficiente pasto para los animales, estaban sin posibilidades para alimentarse.
Debido a tales apremios, el matrimonio decide mudarse con todos sus hijos a la quinta
región de país.

El viaje hacia aquella zona lo realizó primero Olga en tren, principal medio de
transporte en aquella época. Aquella travesía (aproximadamente 6 horas) quedaron
marcadas en la historia familiar por una anécdota que refleja el sentido que Olga le
entregaba a la maternidad. Ocurrió que el auxiliar del tranvía se les quedó mirando
fijamente mientras ella se acomodaba con 6 de sus hijos (todos entre 11 años y 5
meses de edad); entonces, aquel auxiliar de tren se fijó especialmente en Augusto, de
4 años. El hombre se acercó a Olga para preguntarle si tenía esposo y como le hacía
para mantener a tantos hijos:

.- Si, ya tengo marido, y yo veré como lo hago señor, gracias.- Le responde Olga,
extrañada.

.- No me diga que se le hace fácil, y se ve que sus niños no se alimentan bien, están
todos flacos. ¿Por qué no deja que yo me haga cargo de este niño, tan lindo? -
(señalando a Augusto) - Créame que no lo digo en broma. Yo solo tengo un hijo, puedo
atender muy bien a otro más.

A lo cual ella le respondió: - Mire señor… ¿Usted cree que los hijos son una cosa, una
mercancía que se puede vender? No pues, son mis niños, yo me mortifico por ellos, y
aunque no tengamos pan un día, todos van al lado mío siempre, así que con esto ya
póngale fin al tema.

El nuevo hogar se encontraba en una población a los pies del cerro Fuenzalida, camino
a Rautén. La casa que habitaban era una habitación de un piso hecho completamente
de madera, y contaban con los elementos básicos para vivir: dos colchones y frazadas
para dormir, una mesa y una cocinilla a parafina. El padre y los hijos mayores
(Leonardo y Segundo principalmente) comenzaron a trabajar como temporeros o en lo
que fuera necesario en los ranchos y fundos aledaños, mientras los más pequeños
(Augusto y Elsa) iniciaban su vida escolar.

Olga también trabajó como temporera en aquella época, apoyando en la corta de


porotos verdes, tomates, u otras verduras. Gracias a ello, no faltaban las frutas y
verduras en el hogar, pues parte del pago era poder llevar un saco lleno de alimentos
a casa una vez a la semana. Un camión pasaba a recoger al alba a todas las mujeres
trabajadoras del lugar, en una época y en un ambiente urbano que contribuyo a que el
trabajo femenino fuera más aceptado. En relación al cuidado de los niños, la escuela y
algunas vecinas de confianza suplían la labor materna mientras Olga se encontraba
trabajando.

Segundo, Leonardo y Augusto, además de trabajar, comenzaron a estudiar por las


tardes. Eran niños astutos que no desaprovechaban oportunidad para obtener
alimento u otros elementos de primera necesidad. A modo de ejemplo, Leonardo (con
10 años), se levantaba a primera hora para ayudar a los vecinos en tareas cotidianas o
en las cosechas y así conseguía llegar todos los días a casa con fruta, carne, azúcar,
etc.; Augusto, por su parte, lideraba una manada de 10 perros, que le eran tan fieles y
obedientes, que cuando el niño veía en los cerros una liebre, les señalaba el lugar con
el dedo a sus perros y estos corrían a cazar al animal para que fuera cocinado y
servido en la mesa familiar. En otras ocasiones, Augusto decidía no acudir al colegio y
acudía al rio a tomar los peces que, en épocas de sequia, se veían a manojos entre las
aguas. También, llevado por impulsos infantiles, en ciertas ocasiones los hermanos
decidían entrar cuidadosamente a las parcelas cercanas para robar algunas sandias,
melones o chirimoyas que degustaban entre todos una vez en casa.

Aquellos chicos eran tan buenos cazadores, que en cierta ocasión, Omar y Segundo le
decían a su madre que siempre croaba una rana de buen tamaño en el rio; como Olga
repudiaba la carne de rana, no les prestó atención. Días después, ella se encontraba
lavando ropa al mediodía, cuando sus hijos le ofrecen dos trozos de una blanca y
blanda carne frita diciéndole que era pescado enviado por doña Charito (la vecina);
hambrienta, ella devoró con gusto ese manjar, entonces sus hijos, muertos de risa, le
confesaban que se había comido la rana que había en el rio. Y aun más risa les causó a
los niños el ver la cara de espanto de Olga, la cual salió persiguiéndolos por toda la
calle.

Lamentablemente, la tragedia y la muerte estaban a punto de caer sobre la familia.


Betito, a punto de cumplir un año de vida, comenzó de pronto con fiebre, inapetencia
y somnolencia. Olga le llevó al centro de salud que estaba más cercano (en Quillota),
pero allí no le dieron un tratamiento adecuado. Al día siguiente, el cuerpo de Betito
comenzó a enfriarse poco a poco, hasta que dejo de existir en los impotentes brazos
de su madre. El informe médico emitido en el hospital de Quillota, días después,
señaló que el bebé falleció el 21 de enero de 1962 a las 18:30 hrs (día de su primer
cumpleaños). Olga jamás supo la verdadera razón de la muerte de su hijo; basándose
en las creencias del campo, se convenció a su hijo le había “hecho mal de ojo” su
esposo, Lorenzo. Enterraron dos días después en el cementerio de Belloto, distantes a
unos kilómetros de la casa familiar. A causa del repentino fallecimiento de su bebé,
Olga comenzó comportarse como una orate; solía caminar sin rumbo por los caminos
de Boco, y a cada mujer que llevara un bebe en brazos, ella le levantaba la mantilla
para saber si era su niño.

Sin poder explicar cómo, lentamente fue superando el duelo y recuperando la cordura.
Probablemente, el nacimiento de su siguiente hija, ocurrido en Octubre del 62’
(exactamente 9 meses después de la muerte de del niño), fue el principal bálsamo para
el dolor de Olga. A aquella nueva hija la llamaron Margarita del Carmen (diciéndole por
cariño Maggy). Aquella fue la primera vez que Olga daba a luz en un hospital pues,
hasta la fecha, todos los partos habían ocurrido en el hogar, acompañados de Luisa u
otra partera. La niña era la viva imagen de su madre; no obstante, contrajo diversas
enfermedades en sus primeros años, por lo cual demandó mayor cuidado y amor de su
madre. En ausencia de médicos, las enfermedades y pequeñas dolencias de la niña
fueron tratadas con técnicas medicinales de campo, algunas muy poco ortodoxas, pero
que lograban aliviar diversos malestares (esta era la situación de la mayoría de la
población chilena de la época). Para ejemplificar, durante un breve viaje en tren la
pequeña Maggy orino sus pañales y Olga no pudo mudarla pues la ropa de todos
estaba guardada en las maletas en otro vagón del tren; a raíz de ello la niña enfermó
de bronconeumonía. Los consejos que les dieron en el consultorio de Quillota no les
significo mayor alivio, por lo cual la madre decidió darle a beber por una semana jugo
concentrado de cebolla con ajo, y solo así Maggy fue recuperando la salud, no
obstante, le quedó como secuela un asma que la acompañó hasta la adolescencia. En
otra oportunidad, la pequeña presento un orzuelo de gran tamaño en su ojo izquierdo;
y, al consultar Olga entre sus vecinas por algún remedio casero para aquel malestar, le
aconsejaron toma una mosca y frotar el lomo de esta en el ojo de la niña en noche de
luna llena. Esto, que a cualquiera puede sonarle descabellado, logró quitar el orzuelo.
Y, como último ejemplo relevante, la falta de minerales (entre otros nutrientes) en la
dieta de la familia provocó en la niña una verdadera obsesión por comer tierra,
especialmente la tierra húmeda; y Olga no escucho mejor consejo para aquello que
enviar a sus hijos mayores a que buscaran entre los arboles el excremento de un
mosquito, que se diferenciaba de el de los demás insectos por ser blando, redondo y
hueco en su interior. Sus hijos cumplieron el encargo, y la madre, al ver a su hija con
un puñado de tierra en la mano, le ofrece aquel excremento, confundible fácilmente
con una bola de tierra; Maggy lo come gustosa y desde entonces no volvió a comer
tierra y tampoco tuvo efectos secundarios por aquel asqueroso “remedio”.
Demostraciones de que la resiliencia, la credulidad y el sentido común reemplazaban al
analfabetismo e ignorancia.

Tiempo después, cuando Maggy contaba tres años de edad, día de enero de 1965,
llegó al mundo Benito del Rosario, cuando Olga contaba con 45 años. Benito era un
niño blanco, gordo, nariz aguileña, de carácter temeroso e ingenuo, pero de ingenio y
creatividad superior al promedio. Durante toda su vida, Olga lo llamo “mi bebe”,
transformándose junto con Maggy, en uno de sus hijos más cercanos.

Mientras la familia trataba de retomar el ritmo de vida habitual, la violencia ejercida


por su esposo alcanzo límites insospechados hacia Olga y hacia los niños. Otro episodio
emblemático de tal maltrato ocurrió una tarde en la cual Lorenzo, para evitar que
Augusto saliera a jugar a casa de su vecino, colocó un alambre de cabo a cabo de la
calle. A la mañana siguiente, el niño corre como de costumbre a casa de su amigo, y
solo por milagro logró evitar ser degollado por aquel alambre; solo resultó con heridas
en un costado de la cabeza que Olga, en silencio, curó.

En aquella época, Olga habría podido aseverar que tarde o temprano moriría en manos
de Lorenzo, resignada a su destino y sumida en una depresión y baja autoestima que
solo era regulada con sus responsabilidades y alegrías de madre. Sus temores tenían
fuerte fundamento; en cierta oportunidad (que no sería la única), ella se encontraba
amamantando a Benito, cuando ve aparecer de improviso a su marido, borracho,
acercándose con un cuchillo en la mano, dispuesto a matarla. Ella entonces se levanta
diciéndole “aquí estoy, mátame si quieres, pero al niño no le hagas nada”. Entonces,
en medio de la lluvia de groserías que él comenzó a decirle, llega Leonardo (de 11
años) por detrás de su padre y le logra detener la mano y quitar el cuchillo, con la mala
fortuna de que el padre se giró rápidamente y arrojó contra unas mesas, dejándolo
inconsciente. “¡Lo mataste!”, gritó Olga, histérica. A los pocos minutos Leonardo
reaccionó y, tomando un madero, propinó tres certeros golpes en la cabeza y espalda
de Lorenzo; la golpiza, sumado a la borrachera, dejó al agresor en una larga
inconsciencia.
CAPITULO 5.- BUSCANDO EL NORTE

Jorge, el hijo mayor de Olga, en 1965, se había trasladado al norte grande (II región)
para trabajar y realizar el servicio militar; allí también se casó con Celia Berrios,
naciendo como primera hija del matrimonio una niña a la que llamaron Fabiola. Jorge y
su familia se instalaron entonces en la salitrera Pedro de Valdivia con una cocinería
para los trabajadores del lugar. Tiempo después, él y su esposa Celia Viajaron a Boco
para visitar a Olga, que ya contaba 50 años. Esta última los recibió con una sonrisa,
pero no logró ocultar los moretones que, nuevamente, presentaba en brazos y piernas.
Alrededor correteaba Benito, de 5 años, y Elsa, de 14 años, ayudaba en los quehaceres
del hogar; Augusto, Edith y Margarita se hallaban en clases en la escuela del poblado.

Cuando Jorge interrogó a la madre sobre cómo se ocasionó las heridas, ella le cortó la
conversación con un “·déjalo así hijo”. Días después, José nuevamente llegó borracho y
pidiendo a gritos la comida. Olga trató de hacerlo callar, nerviosa y enojada a la vez,
mientras se apresuraba a tomar el cucharon y un plato de la de despensa. Pronto
comenzó una discusión en la cual José, cegado por la ira y la borrachera, se abalanzó
sobre su mujer con el cuchillo que se encontraba en la mesa. Ella solo pensó en cubrir
su cabeza y rogar a Dios, el cual escucho sus rápidas plegarias, puesto que José
retrocedió al verla tan indefensa.

Pocos días después, aquel nuevo episodio de violencia familiar llego a oídos de Jorge,
quien no dudó en exigirle a su madre que emigrara con los hijos menores al norte, a
Calama o Antofagasta, de forma tal que José no supiera su paradero:

.- Si no lo haces mamá, te aseguro que te va a matar. Además, aquí en el campo mis


hermanos no tienen nada, van derecho a la pobreza, a repetir la historia. Vente al
norte con todos y yo puedo apoyarte con trabajo en la cocinería que tenemos.

A Olga le costó mucho tomar la decisión. Los hijos mayores fueron los primeros en
partir, buscando mayores oportunidades. Leonardo estuvo cerca de un año en la
segunda región, buscando trabajo, pero no se sintió a gusto en esos desérticos parajes
y decidió volver a Quillota para incorporarse al servicio militar de Quillota. No pasó
mucho tiempo para que conociera a Rosa, una joven con la cual se casó y compró una
casa en Boco, a orillas del rio del mismo nombre. Se dedicó al comercio rural, obtuvo,
con los años, una segunda vivienda en Quillota, y no volvió a emigrar dicha zona.

Segundo, por su parte, también partió al norte y logró ser contratado en la salitrera
Pedro de Valdivia. Se desempeñó como principal fotógrafo del lugar, destinado no
solo a fotografiar personas, sino también accidentes laborales, eventos comunales,
entre otros. Con 20 años, se comprometió con una señorita de la salitrera; sin
embargo, una tarde se sube al mismo tren que él una linda joven, con la cual fue amor
a primera vista. Cinco semanas después de su primera conversación, ambos se casaron
y crearon su propia familia en la salitrera, dejando a un lado todo el pasado que cada
uno cargaba antes de conocerse.

Y, finalmente, una tibia mañana de 1970 le llegó el turno de emigrar Olga y al resto de
sus hijos (aun cuando seria más apropiado decir “escapar”). Ella esperó sigilosa a que
José se fuera al trabajo de temporero que tenía en Calera. Ella ya había comprado los
boletos de tren, y mientras levantaba y apuraba a los niños, amarró con cuerdas un
colchón, un par de ollas y unas cuantas mudas de ropa. Y así, esquivando el camino
que él transitaba, lograron abordar el tren con rumbo a Pedro de Valdivia. Les dijo a los
niños que ahora vivirían en el Norte, en el desierto, y ellos no pidieron más
explicaciones. Llegaron, en primer lugar, a la salitrera Pedro de Valdivia, donde Olga
estuvo alrededor de un mes trabajando en la cocinería de su hijo Jorge a cambio del
alojamiento y comida para su ellas y los demás niños. Ella no imaginó que aquel trato
implicaba trabajar desde el alba hasta las 10 de la noche, de pie y sin descanso; era
tanto su cansancio físico y mental, que ella a veces perdía la noción del tiempo. Dormía
en una silla del comedor puesto que existía una sola pieza con una cama, la cual
prefería cederla a sus hijos. A pesar de esta situación, claramente injusta, ella siempre
agradecería a su hijo mayor el haberla sacado del tipo de vida que llevaba en la zona
central.

Por aquella época dos de los hermanos de Olga se encontraban viviendo en


Antofagasta: Segundo y Juan. Ellos pronto se dieron cuenta de la explotación de que
era víctima en la cocinería de Jorge, por lo cual se dieron prisa para sacarla allí. Así, un
mes después, a su hermano Segundo, en Antofagasta, le habían ofrecido un terreno en
una nueva toma de pobladores llamada “La Victoria”; y él decidió entregársela a su
hermana Olga. Esta nueva vivienda contaba, en un comienzo, con un gran terreno, y en
el centro una humilde mediagua de madera de un ambiente, en donde se hallaba un
colchón de dos plazas puestos sobre cajones de manzanas, y la ropa guardada en otros
cajones del mismo tipo. A las pocas semanas Jorge le ayudó a implementar un baño
con alcantarillado, y ella, como buena campesina, se dedicó a preparar la tierra y a
llenar el terreno libre con innumerables flores, de diversas formas y colores, árboles
frutales y hierbas medicinales, entre otras plantas. También se hizo con un par de
gallinas, un gallo, un perro y un par de patos.

En el norte Olga y sus hijos vivían en calma, pero también con hambre, puesto que ella,
campesina analfabeta con hijos pequeños, no contaba con opciones para buscar un
trabajo estable. Entonces, para conseguir dinero, Olga confeccionaba todo alimento
que se pudiera vender (palomitas, queques, chilenitos, empanadas de queso, papas
fritas, entre otros), utilizando un horno a leña hecho de un tambor viejo. Su hija Elsa,
quien para entonces era una linda y sencilla joven de 15 años, comenzó a trabajar
como ayudante en la zapatería del Tío segundo, el hermano de Olga.

A su vez, los hijos menores (Augusto, Edith, Margarita y Benito) comenzaron a asistir a
la escuela “Las Américas”, distantes a unos 20 minutos desde el hogar.

Pero no todos estaban de acuerdo con ir a clases: al pequeño Beno, quien cursaba 1°
básico, le costó mucho comprender que debía separarse por algunas horas de su
madre, y por ello constantemente fingía dolor de estómago a los pocos minutos de
entrar a clases, y los profesores optaban por enviarlo a casa en compañía de su
hermana Maggy - “Me duele la guatita, quiero que mi mamá me dé una agüita de
monte” (solía decirle a su hermana) - Olga pronto comenzó a sospechar de la
veracidad de estos malestares, por lo cual decidió esperar escondida por algunos
minutos en la puerta del colegio, viendo, al poco tiempo salir a su hijo camino a casa y,
frente a esto, lo detiene y decide darle dos palmadas en el trasero, diciéndole que
vuelva inmediatamente a clases y que ya no creía en sus malestares. Con esa
reprimenda, el niño nunca más fingió que tenía malestar de estómago.

Pero no solo Benito daba muestras de ingenio. A todos los hermanos les gustaba
mucho leer comic que, en aquella época, se podían intercambiar de forma gratuita en
los famosos como quioscos de barrio (de títulos famosos como Barrabases, Pato
Donals, Corin Tellado, entre otros). Benito no sabía leer aun, pero Margarita sí, por lo
cual le rogaba a su hermana que le leyera estas revistas y, como Olga solía darle media
manzana al día como postre a cada uno, ella le pedía la mitad de manzana de Beno a
cambio de leerle, y la lectura llegaba hasta que ella se acabara la manzana. El niño solía
reclamarle, pero de nada servía, por lo cual pronto aprendió a leer, para así dejar los
chantajes de su hermanita.

En relación a los estudios, el analfabetismo de Olga le impedía apoyar de una manera


adecuada a sus hijos en los deberes escolares, pero si les repetía constantemente
“estudien, para que no sean como yo, que no se leer ni escribir bien… estudien para
que nadie les meta el dedo en la boca”. Estas simples palabras, repetidas casi a diario,
lograron que los hijos menores acabaran la enseñanza media, sin ningún problema
académico.

De regreso al luto…

Pocos meses después de llegar a Antofagasta, en una clara mañana de 1970, Elsa se
encuentra peinando su largo cabello negro, mientras Margarita, soñolienta, la mira de
reojo desde la cama. A los pocos minutos la joven de despide de sus hermanos, de su
madre, y parte a trabajar, como todos los días, al negocio de su tío. Sale al paradero y
aborda el micro N°8 con dirección sur, hacia el centro de la ciudad. Al interior se olía
un fuerte olor a vino, el cual provenía del propio chofer; por tanto, no era de extrañar
que cada dos por tres frenara bruscamente. Cuando estaban a punto de llegar a la
caleta de pescadores, el zigzagueo del microbús fue mayor y el conductor comenzó a
decir que los frenos no le obedecían… el griterío y el pánico fueron instantáneos entre
los pasajeros, pero nadie se levantó de su asiento. Magaly Torres, una joven que
contaba ya con 7 meses de embarazo, iba sentada al lado de Elsa. Presa del pánico,
Magali se levanta y abre la ventana con inusitada fuerza, y se tira sin decir más hacia
las rocas, a orillas de mar. La joven Elsa, igualmente alterada, solo reaccionó a imitar el
gesto de Magaly, lanzándose igualmente por la ventana del vehículo en movimiento.
Ambas mujeres quedaron dañadas de muerte producto de la caída, por lo cual no
pudieron observar que, unos metros más adelante el chofer había logrado detener el
vehículo, salvándose así todos los demás pasajeros; ellas fueron las únicas personas
fallecidas.
A aquella misma hora, sin saber que su hija se debatía entre la vida y la muerte, Olga,
desde el patio del hogar, escuchó por la radio a pilas la noticia de un accidente
ocurrido en la avenida costanera, sin víctimas fatales; el locutor leyó la lista de heridos,
entre los cuales no se encontraba ningún nombre conocido para ella, así que no le dio
importancia.

Cuando el reloj marcó las 5 de la tarde, su hermano, Segundo, tocó a la puerta:

.- Hola negra… ¿Por qué la Elsa no fue hoy al taller?- le pregunta bruscamente

.- ¿Cómo?... pero si la niña salió hoy temprano para allá. Incluso, no tomó desayuno
porque dijo que tú le dabas Milo con leche. – respondió ella, asombrada.

Segundo, entonces, se agarro la cabeza y se puso pálido como el papel:

.- ¿Escuchaste la noticia del accidente?... no quiero imaginarlo, pero prefiero


comprobar yo mismo que la Elsa no está en el hospital.-

En el recinto hospitalario las sospechas de Segundo se vieron confirmadas. Elsa se


encontraba en coma, con diversas contusiones y fracturas, especialmente en el cráneo
producto del impacto con las rocas. Su compañera de asiento, Magaly, ya estaba
instalada en una mesa del Servicio Médico Legal. Por error de la prensa, solo
mencionaron a las personas que se encontraban en el vehículo, olvidando colocar a
Elsa y Magaly en la lista.

A Olga no le permitieron ver a su hija, buscando evitarle el impacto de ver a la niña en


tan mal estado. Dos horas después de que llegaran al hospital, las sombras de la
muerte se apiadaron de Elsa, y se la llevaron lejos del dolor. Segundo la vistió
completamente de blanco, y su ataúd fue del mismo color. La velaron en la vivienda de
Juan, con el cajón cerrado.

Tras el entierro, Olga poco a poco comenzó a actuar como una loca, como años atrás
ocurriera tras la muerte de Betito. Lloraba a escondidas, y en público olvidaba
frecuentemente las tareas que debía realizar, pensando solo en que debía ir al
cementerio. En un desatinado gesto del hospital, le entregaron las ropas
ensangrentadas que su hija llevaba en el momento del accidente y ella, en vez de
rechazarlas, las tomó y lavó con esmero, recortó los trozos ensangrentados, y con esa
tela confeccionó un sencillo bolso para que Margarita llevara sus útiles escolares a la
escuela. La pequeña sabía que lo había usado su hermana al morir, pero no se asustó
cuando su madre se lo entregó; por el contrario, se aferraba fuertemente a dicho
bolso, y le pedía con ello a su hermana que la protegiera cada vez que sentía temor o
peligro.

Después de los funerales de Elsa, Segundo le insistió a la madre que avisara a José, el
padre, sobre la muerte de la joven. Ella se negó rotundamente, pero él, a escondidas,
le escribió a su cuñado, contándole lo ocurrido, dándole la dirección de Olga y sus
hijos. Un mes después del accidente, José se presenta en el hogar familiar. Olga no
deseaba verlo, y menos retomar la relación con él, pero se encontraba tan afectada
emocionalmente, que bastaron algunas palabras de arrepentimiento por parte de su
esposo para que ella cambiara de opinión. A su vez, le costaba pensar que por su
decisión los niños crecieran sin el papá, temiendo que ellos se lo reprochaban en un
futuro.

Cierta noche, cuando ya se cumplía un año desde la muerte de Elsa, Olga se


encontraba recostada en su cama cuando aparece de improviso su hija, vestida de
blanco (tal como la habían vestido en el ataúd), y con una expresión de clara tristeza.

.- Mamá, me llamaste y me tienes de vuelta. Yo estoy bien, en un lugar hermoso, pero


no puedo descansar ni disfrutar bien porque usted me llora. No se preocupe por mi
mamá, no llore más.-

Pocos segundos después Elsa desapareció de la habitación. Olga no sintió temor, pero
si un gran asombro. Aquella experiencia marcó para siempre su vida; desde entonces
no fue capaz de llorar a ningún ser querido que partiera, pues pensaba que así no
dejaría descansar a sus muertos; y comenzó a estabilizar sus emociones y a superar su
duelo, pues su hija le aseguró que se encontraba bien.

Tiempo después, José consiguió trabajo en la oficina salitrera Pedro de Valdivia, por lo
cual bajaba una vez al mes a Antofagasta, por un día, a ver a la familia. El primer mes
todo fue de miel: se portó tierno con Olga, llegaba a casa con algún regalo para los
hijos más pequeños, y los llevó a todos al Cine Colon para disfrutar de las funciones
rotativas. No obstante, en los meses siguientes retornó el alcoholismo y la agresividad,
por lo cual la violencia intrafamiliar fue constante cada vez que él llegaba a casa. Los
niños y Olga, simplemente, ya no deseaban verlo, y contaban las horas para que se
fuera a trabajar de nuevo. El dinero que él aportaba era cada vez menos, por lo cual la
madre no dejo de realizar sus pequeñas ventas para alimentar a la familia. La situación
hacía pensar que Lorenzo deseaba que Olga lo increpara, que lo desafiara. El se lo dijo
literalmente en más de una oportunidad, pero ella no comprendió el mensaje…
claramente, el temor nubla la razón.

Tres años después del fallecimiento de Elsa, a inicios de 1973, a Olga le informan por
carta que su madre, Luisa, se encontraba gravemente enferma en la UTI del hospital de
Limache. Ella, entonces, estiró su precaria economía y viajó sola a la zona central para
acompañarla. Al llegar, el hospital informó que solo permitían la entrada de una
persona a la vez, durante 5 minutos, debido al grave estado de salud en el que ese
encontraba, pero Olga, con la mente puesta solo en su madre, prestó poca atención a
esas condiciones, y sin que los demás se dieran cuenta, se levantó de su silla en la sala
de espera y fue directo a la habitación de su madre; milagrosamente, nadie la detuvo y
pudo compartir con Luisa durante varios minutos. La anciana se encontraba atada de
manos y pies, debido a los ataques de ansiedad que presentaba ocasionalmente, por lo
cual presentaba manos y tonillos con hematomas; precisamente, lo primero que le
solicitó a Olga al verla fue que la sacara de aquel hospital… “Quédese tranquila
mamita, yo no puedo hacer más”. Dos días después Luisa falleció en aquella misma
pieza de hospital, siendo enterrada en el cementerio de Belloto. Con este nuevo duelo
a cuestas, tras los funerales de Luisa, Olga regresó a Antofagasta, y a su dura realidad
familiar.

CAPITULO 6: GUARDAR SILENCIO

La mañana del 11 de Septiembre de dicho año, el colegio de Margarita y Benito los


envió abruptamente de regreso a casa, diciéndoles como única explicación “han
matado al presidente”. Mientras caminaban hacia el hogar, los niños se asustaron (al
igual que sus maestros) por la gran cantidad de militares que había en cada esquina, y
por los aviones que rasgaban constante y ruidosamente el cielo matutino. ¿Es esto una
guerra?, le preguntaban a mamá, y aquella, sin saber que responderles, les ordenó que
estuvieran tranquilos y les prohibió salir a la calle.
Como ya es sabido por todos, desde aquel día las fuerzas armadas tomaron el control
del país, instaurándose una sangrienta dictadura que permanecería los 17 años
siguientes. Producto de estos hechos, la escases de alimentos fue una de las primeras
situaciones que afecto la familia; algo tan sencillo como conseguir un kilo de pan o
arroz implicaba realizar filas interminables desde la madrugada hasta el amanecer, o
recurrir al mercado negro, a riesgo de muerte si eras descubierto. Por tanto, cada
alimento extra que Olga lograba tener los enterraba en el patio trasero de la casa
dentro de tarros de conserva vacíos, pues en más de una oportunidad los militares
golpearon su puerta exigiendo revisar el hogar, y, en caso de que encontraban lo que a
sus ojos era alimento extra, los destruían frente a todos. Si bien ella y sus hijos no
vivieron durante este proceso el secuestro o muerte de algún familiar cercano, si
fueron víctimas y testigos de abusos e inhumanidades por parte de militares.

Cierto día de 1975, Augusto se encontraba desde las 4 de la mañana en una fila de
casi 3 cuadras en la Panadería San Carlos, buscando conseguir el kilo de pan diario que
le correspondía a cada familia del sector (independiente del número de integrantes).
De pronto, a las 6 de la mañana anunciaron que aquel día la entrega del pan se haría
solo con carnet en mano; entonces, tras pedir al señor de adelante que guardara su
turno, corrió las 7 cuadras que lo separaban de su casa para pedirle a su madre el
carnet de identidad. Unos minutos después Olga corrió con Augusto de regreso a la
panadería, llevando el carnet que le solicitaron. Cuando aguardaban nuevamente en la
fila por su ración de pan, ven acercarse un tanque del cual descienden alrededor de 20
militares, todos entre 19 y 25 años. Inmediatamente les ordenan a todos formar una
rueda, con cada militar apuntándoles con su arma de guerra. Olga solo pensaba en que
sería de sus niños si ella moría en aquel lugar. Cuando el cabo a cargo del grupo estaba
a punto de dar la orden de disparar, aparece un sargento del mismo regimiento,
deteniendo a los soldados:

.- ¡Bajen las armas… y ustedes esfúmense directo a sus casas!- fue la escueta orden del
comandante.

De más está decir que en menos de un minuto no quedó ningún ciudadano en aquella
calle, volviendo a casa sin pan, pero con el alma aliviada de haber salvado la vida una
vez más.

Unos años después, aquel susto no fue suficiente para calmar las pasiones del joven
Augusto. Él ya contaba con 17 años, y llevaba un par de años pololeando con Julia, una
joven delgada, morena, y de mucho carácter. Ambos se conocían desde el colegio, y no
median riesgos con tal de verse por más tiempo; es así que el joven se escapaba de
casa por las noches par estar por ella, a pesar del toque de queda impuesto por la
dictadura. En una de esas ocasiones, fue detenido por los militares, quienes, por
supuesto, lo golpearon y poco faltó para que lo mataran; se salvó gracias a que
reconoció entre los uniformados el rostro de un vecino con el que jugaba cuando
niños, el cual, después de insultarlo, le permitió regresar con vida a casa.

También Olga sus hijos fueron testigos de un hecho ya documentado en Antofagasta:


el bombardeo de los cerros de la ciudad por parte de aviones militares; todos sabían
que, cuando ello ocurría, era porque habían personas disidentes al régimen militar que
habían arrancado a los cerros, y como el ejército lo sabía, logró con dichos
bombardeos la muerte de decenas de personas por esos bombardeos.

La relación entre Augusto y Julia era tan intensa, que antes de cumplir 18 años ambos
ya estaban pidiendo permiso a sus padres para casarse. Su padre, José, se negó
rotundamente, tanto por la juventud de la pareja como por desaprobar a Julia como
yerna. Sin embargo, fue tal la insistencia de los jóvenes, que los padres acabaron
cediendo, a sabiendas de que se casarían de todas maneras, con o sin consentimiento.
Así, la pareja dejó la escuela y se casó en una sencilla ceremonia civil, naciendo poco
tiempo después su primer hijo, Augusto. Solo por coincidencia, el niño nació un 11 de
septiembre de 1977 y decidieron colocarle Augusto; sin embargo, en el hospital
pensaron que ambos elementos (la fecha y el nombre) eran formas de la familia para
recordar a Augusto Pinochet, jefe de la dictadura, por lo cual le regalaron por parte del
gobierno militar una cuna y un ajuar completo para el recién nacido. Por sus bajos
recursos, a los nuevos padres no les convenía aclarar la situación, y se marcharon
felices a casa con su hijo y su ajuar.

Los recién casados estuvieron un par de años deambulando entre la casa de Olga (que
a esas fechas ya contaba con algunos dormitorios de material solido) y la casa de los
papás de Julia. Augusto, tal como lo demostró desde niño, carecía de mayores
estudios, pero no de ingenio y energía para mantener a su familia. Trabajó en el
matadero municipal, como recolector en los camiones de basura, como maestro
albañil en la construcción, etc. Y de cada trabajo aprovechaba el máximo: traía todo
elemento útil para el hogar desde la basura, todo tipo de carnes desde el matadero, y
llegaba constantemente desde la playa con baldes llenos de mariscos y pescados, los
cuales se usaban para consumo familiar y para la venta. Gracias a ello, su familia no
tenía grandes comodidades, pero nunca les faltó el alimento. Con los años, la pareja
tuvo 3 hijos más: Ángelo, Carlos y Carol, y consiguieron a través del gobierno una casa
propia a faldas de un cerro en el lado norte de la ciudad.

Un año antes del nacimiento de Augusto, en 1976, Edith y Segundo, hijos de Olga, se
encontraban trabajando en el estudio fotográfico de Pedro de Valdivia. Edith, en
aquella fecha, contaba con 18 años, había dejado el colegio en 2° año medio, y se
encontraba ansiosa por trabajar, para lograr independencia y para poder ayudar
económicamente a su familia.
Al año siguiente, Jorge, quien se encontraba con su familia en Calama, le ofrece a
Margarita y a Edith que vayan a vivir con él, para que Margarita inicie en Calama su
enseñanza media y Edith pudiera seguir trabando, pues dicha ciudad ofrecía mayores
ofertas laborales. Así pues, en 1977, Margarita inicia 1° año medio en el liceo técnico
de Calama, lugar en donde cursaría toda su educación secundaria. Por influencia de
Jorge y su familia, la joven eligió la carrera de modas que impartía el liceo, labor que le
daría sustento económico e independencia en los años futuros. Lamentablemente, los
4 años que Margarita permaneció en Calama estudiando, no fueron muy gratos para
ella, debido a la nula atención, y alimentación otorgada en casa de su hermano. Frente
a esto, Edith se transformó en el soporte económico y emocional de ella.

En 1980, cuando Margarita cursaba 3° medio, Edith anuncia que se casará con Miguel
Díaz, un joven algo mayor que ella, que se dedicaba a trabajar en la construcción como
supervisor de obras. Margarita se sintió traicionada, en un primer momento, cuando
se enteró de los planes de matrimonio, pues su hermana era su único apoyo en aquel
momento. La boda se celebró ese mismo año, y tras ello, Edith se mudó con su esposo
a Antofagasta a la casa de sus suegros y, unos años después, a su casa propia, ubicada
en el lado norte de la ciudad. Con los años, el matrimonio se consolidó y nacieron 3
hijas, de nombre Diana, Natalie y Constanza.

Un año después del matrimonio de Edith, Margarita terminó su enseñanza media y


regresó a Antofagasta a casa de su madre. Ingresó a la practica e modas en el
Hacia el año 1982, y José llevaba alrededor de 10 años trabajando en la salitrera Pedro
de Valdivia. Por aquellas fechas, surgió la idea de instalar un almacén en casa, puesto
que como en toda población nueva, escaseaban ese tipo de locales. Así se hizo,
instalándose meses después el Kiosko “Esperanza”, en el cual vendía bebidas, galletas
golosinas de todo tipo, y abarrotes básicos como te, azúcar o huevos. Desde entonces
y hasta su muerte (ocurrida 20 años después) fue hombre de rutinas: se levantaba
sagradamente entre 6:30 y 7:00 am, se aseaba fugazmente y desayunaba un tazón de
“cocho” (harina tostada con agua hervida y azúcar, alimento típico de las salitreras). A
las 8:00 abría el negocio; a veces vestía su traje de domingo y se iba a comprar
mercadería al centro de la ciudad. Alrededor de las 11:00 am volvía y se preparaba su
jarrón de metal hasta el borde con té y un par de huevos fritos, comía y continuaba
atendiendo el negocio, en el cual almorzaba y tomaba once, rehusando compartir con
la familia. A las 10: 00 de la noche, cuando le aburría el frio, cerraba el local y se iba a
dormir con Olga, en la misma habitación, pero con camas separadas. La violencia
intrafamiliar disminuyo poco a poco, pero no el gusto de José por la bebida. Su esposa
ahora sencillamente lo ignoraba, le refutaba todo lo que él decía, y lo dejaba largas
temporadas solo pues solía viajar a Calama para visitar a Jorge. No obstante (y de
forma paradójica), ella no dejo de lavarle, cocinándole, entre otras atenciones.

Ya adulta, Margarita comprende en si misma que a raíz de sus recuerdos infantiles de


lluvia, humedad y enfermedad vividos en la quinta región, relaciona a aquella zona del
país con fuertes sentimientos de temor, inseguridad e incomodidad. Por el contrario, al
verse en el clima cálido y seco de la zona norte, y saber que aquel clima
(especialmente el de Calama) logró curarle su asma, le hizo relacionar el norte con
seguridad y prosperidad. Por tanto, sus raíces quedaron profundamente arraigadas en
la segunda región, en Antofagasta, tomándole décadas tan solo el pensar vivir en otra
ciudad.

ACTUALMENTE…

Con los años, Segundo perfeccionó el oficio de zapatero, el cual desarrolló hasta el
último día de su vida, a la vez que anclaba sus raíces definitivamente en la ciudad de
Antofagasta

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