Quinquireal Dibaloneda LL
Quinquireal Dibaloneda LL
Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico,
queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita del titular del copyright, la
reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la
reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante
alquiler o préstamos públicos.
Para las que convirtieron al hombre equivocado en el hombre correcto a base de empeño.
Y para las que lo intentaron pero no lo consiguieron
Capítulo 1
Con disimulo, Chase Reynolds se llevó la mano a la boca. Había dado la casualidad, o esa era
la imagen que pretendía ofrecer para no levantar miradas desdeñosas, de que en esa misma mano
portaba un elegante pañuelo de tela. Un pañuelo que sirvió de utilidad para las dos funciones por
las que lo presionaba contra la nariz: ocultar su mortificación de las decenas de ojos curiosos que
lo perseguían como una cola y obstruir los dos conductos por los que podría penetrar el aroma
del refugio.
Peculiar en el mejor de los casos, e insoportable en el más realista.
—Cuando te presentas de forma sorpresiva y me dices que vas a llevarme a un sitio, acudo a
tu lado con la seguridad de que, para bien o para mal, vas a dejarme de piedra. Pero he de admitir
que hoy te has superado, Blaine, porque esto no se parece en nada a tus burdeles de confianza. Y
si para ti lo fuera, permíteme decirte que me repugnas.
Blaine era el nombre del caballero al que llevaba toda la mañana siguiendo como un perro
faldero. Adelantado por unas cuantas zancadas, se paseaba con una desenvoltura admirable y
también una flagrante falta de vergüenza entre las criaturas que allí habían ido a parar por culpa
de los azares del destino o bien sus desafortunadas decisiones.
Cualquiera que no lo conociera y se hubiera topado con él en ese momento habría pensado
que tenía por costumbre visitar asilos de pobres.
Pero Chase dominaba la idiosincrasia de Blaine como solo un hermano gemelo podría
entender al otro, y hasta ese día habría puesto la mano en el fuego por que el mayor no se pararía
frente a un edificio de esas características ni aunque la marquesina le ofreciera cobijo durante un
torrencial.
Aprovechando que Blaine se detenía frente a la cola interminable de indigentes y estudiaba
sus comportamientos como los de una rara avis, Chase volvió a insistir.
—¿Serías tan amable de explicarme qué hacemos aquí?
Solo entonces, Blaine giró sobre sus talones y lo enfrentó. No se cuidó de sonreír burlón
cuando vio a su hermano descompuesto por la concentración de olores.
—No he debido llevarte a suficientes burdeles si tienes que taparte la nariz para soportar la
expedición. Haz el favor de guardar el pañuelo y dejar de avergonzarme. Y de avergonzarte a ti
mismo —agregó, enarcando una ceja del color del bronce—. ¿Es que en la guerra, con la
pólvora, las heridas putrefactas y los largos períodos de desaseo no terminaste de entrenar el
olfato?
—¿Me has traído aquí para revivir horrores bélicos, acaso?
—¿Tanto te extrañaría? Me juré hace treinta años que dedicaría mi vida a fastidiar a la
criatura que me había copiado el porte y el apellido, y aquí sigo, inventando nuevas maneras de
vengarme.
—Qué bien que guardes un poco de misericordia en tu corazón y hayas decidido
acompañarme en el sufrimiento. Así no me siento tan solo.
—Nacimos a la vez, Chase. Me parecería un insulto hacia el milagro de nuestras vidas que no
muriésemos al mismo tiempo y por idéntica causa. En este caso —miró alrededor, aprensivo—
de asco.
—Lo que veo más cerca de acabar conmigo hoy es la curiosidad. ¿Pretendes satisfacerla en
algún momento?
Blaine volvió a barrer el estrecho salón común con una mirada calculadora.
Aquel era el único asilo de trabajo con tránsito regular de toda la capital. Tenía la obligación
de proveer techo y alimento —y, en algunos casos, también empleo— a quienes lo necesitaran, y
«quienes lo necesitaban» en el East End era una significativa mayoría poblacional.
Además de vagabundos en busca de trabajo estacional y residentes de largo plazo, apartados a
otros pabellones debido a sus comportamientos habitualmente delictivos, allí abundaban las
mujeres caídas en desgracia, las viudas con niños sin edad para emplearse por unos peniques o
las desdichadas que habían sido abandonadas por su marido.
Era la abundante comunidad femenina la que Blaine se paraba a inspeccionar en busca de una
condición concreta, y, por fortuna para él, lo bastante visible para no tener que caer en la
descortesía con interrogatorios.
—¿Ves a alguna embarazada en la sala? —preguntó a su hermano, resolviendo el misterio—.
Si es así, señálamela. Y si no, ponte a buscar. Cuatro ojos ven más que dos.
Chase se quedó tan perplejo que acabó dejando caer el pañuelo que protegía sus narinas.
—Espero que no acabes de confesarme detrás de qué tipo de mujeres andas ahora.
—No ando detrás del tipo embarazada, solo me hace falta una.
Con los ojos entrecerrados y la mano colocada en la frente a modo de visera, escudriñaba los
vientres de las mujeres que se sumaban a la cola.
—Ah, bueno, solo te hace falta una —ironizó Chase—. ¿De qué color la quieres?
—Blanca, naturalmente. Imagínate el escándalo si fuera de otro tono.
—Pensaba que no te gustaban las jovencitas entradas en carnes.
—Me gusta todo género de mujer. Sobre todo las que te prefieren a ti. —Sonrió al borde de la
carcajada al oír el gruñido de Chase—. Y no son las carnes de la embarazada lo que me interesa,
sino el fruto de su vientre. Insisto, querido: ¿has visto alguna?
—Disculpa, pero me ha parecido entender que pretendes tener un niño.
—Yo no pretendo tener un niño. Se me ocurren modos más atractivos de arruinarme la vida y
ninguno de estos se mantendría en el largo plazo. El que lo pretende es tu difunto padre —
determinó, cansado—. Siendo más concreto, lo pretende para este año, así que estando como
estamos a finales de noviembre necesito que localices a una que parezca a punto de alumbrar.
—¿No habría sido mejor que hubieras traído a una madre para este... noble propósito?
—Una madre y un hombre con una esposa embarazada son la misma cosa, o por lo menos
recogen los mismos conocimientos.
—Pues este hombre con esposa embarazada no va a desplegar dichos conocimientos sin una
explicación más detallada.
Blaine miró de reojo a su hermano con un suspiro en la punta de la lengua.
—Si te lo contara, tendría que matarte —pronunció en tono bíblico.
La reacción de Chase fue poner los ojos en blanco.
—Oh, no dudo que sea lo que sea esto vaya a matarme del disgusto.
—No le das crédito a tu encomiable paciencia conmigo.
—Quizá se deba a que no es una virtud que haya cultivado por placer. No me quedaba otro
remedio que practicarla para sobrevivir. Pero ya que estamos, ¿por qué no la pones a prueba una
vez más?
—Esta vez te lo has buscado tú, que conste. Luego no quiero lamentaciones —le advirtió,
mirándolo a través de las pestañas con el dedo alzado. Lo dejó caer con un suspiro resignado y
resumió la desagradable visita matinal que aún recordaba espantado con un sencillo—: Hoy me
he reunido con el señor Forbes, el viejo contable de tu padre.
—Es también el tuyo, en el caso de que nuestro parecido físico te haya pasado por alto.
—Nada de eso. Desde hoy me autoproclamo huérfano. ¿Sabías que ese infeliz de Reynolds
dejó por escrito un segundo testamento secreto en el que truncaba mi vida bajo la condición más
despiadada que puedas imaginar?
—Seguro que lo más despiadado que puedo imaginar no es lo más despiadado para ti.
—Escribió que si no tenía mi primer hijo legítimo cinco años después de haber recibido su
título, la baronía Godolphin pasaría al hermano menor. Es decir... —Aireó la mano con
condescendencia para abarcar la altura de Chase, idéntica a la suya—. A lo que tengo delante.
—¿Y te lo has creído? —se burló, cruzado de brazos—. El título no puede cambiar de manos
como por lo visto pretendes que un bebé pase de las de su madre a las tuyas. Naciste siete
minutos antes que yo, y, solo por eso, Reynolds tuvo y tendrá que pagar el precio de ver su
legado vulnerado una y otra vez.
—La cuestión es que el viejo se las arregló para sobornar a un falsificador de actas de
nacimiento. Si no me busco la vida, ese acta de nacimiento saldrá a la luz declarando que tú
naciste antes y todos mis bienes pasarán a ser tuyos.
Chase sonrió de oreja a oreja.
—¿Y cuál es el problema? A mí me parece estupendo.
Blaine exageró una mueca tristona.
—Ya eres héroe de guerra, Chase. ¿No puedes dejarme a mí el título de aristócrata?
—Yo no soy el que te lo disputa, solo el posible beneficiario. Pero, dime, ¿por qué sería
despiadado cumplir con el deber de todo barón? Me consta que tienes una memoria olvidadiza
cuando no se trata de retener el nombre de vinos irlandeses, pero ni siquiera a ti te pasaría por
alto que, para perpetuar el linaje, has de casarte y tener hijos..., ¿no?
—Oh, pensaba casarme. —Hizo una pausa que Chase ya debía tener asumida como el silencio
que precedía a una verdad desagradable—. Con cincuenta y cinco años y sífilis.
Chase pidió auxilio a las goteras del techo, exasperado.
—Blaine, por Dios.
—El miserable de tu padre dio órdenes de que no se me mostrara el dichoso testamento hasta
un mes antes de que se cumpliera el lustro, y todo para que lo que propone fuera imposible de
llevar a término. Según el señor Forbes, padre lo ideó todo en la sombra porque sabía que, si me
daba cinco años de plazo, cumpliría mi deber solo para conservar mis propiedades, no «por amor
a la tradición y con la voluntad de honrar mi apellido», como es debido.
—Grandes palabras viniendo de un hombre que amó la tradición haciendo desfilar amantes
ante su esposa y honró su apellido empeñando hasta los calcetines.
Blaine hizo un aspaviento indignado.
«Tú lo has dicho. ¿No es irrisorio?», pretendió transmitir.
—Tengo mucha fe en los milagros que pueden obrar mis capacidades amatorias, créeme: los
he visto. Pero no debe existir mujer humana con el don mágico de engendrar y parir en veinte
minutos. Y si existe, no me va a dar tiempo a encontrarla.
—Por suerte para ti, sí existe hombre humano con el don de salirse siempre con la suya, y no
es nada menos que Blaine Reynolds. —Chase entrecerró los ojos sobre una de las figuras
femeninas que, tras rellenar el cuenco de madera de lo que parecía un estofado de sobras, se
dirigía al modesto comedor con la barbilla gacha—. No le veo más que esta falla a tu plan de
buscarte una embarazada: si en el testamento pone de forma explícita la palabra «legítimo», ¿qué
te hace pensar que conservarás tu fortuna poniéndole tu apellido al bebé despreciado de una
mujer en apuros?
—Que me casaré con esa mujer en apuros y diré que consentí relaciones íntimas antes del
enlace. El crío tendrá mi apellido y mi sangre, y nadie se atreverá a cuestionarlo porque el
comportamiento libertino es bastante creíble viniendo de mí.
—No será tan creíble si usas expresiones como «tuve que consentir», como si fueran las
mujeres las que se lanzaran a tus pies y tuvieras que autorizarlas a desgana y no al revés.
—Eso ya son particularidades del mensaje que podemos dejar para otro momento. El caso es
que sería un hijo legítimo y no estaría inventando nada nuevo, porque si nos ponemos a contar la
cantidad de mujeres que pasaron por la vicaría porque sus ansias de amor se hicieron visibles a
los pocos meses... —Se cansó de enumerar con las manos extendidas y meneó la cabeza—. El
Señor no pensó que algún día tendría que hacer estos cálculos. De lo contrario, me habría dado
más dedos.
—Te ha dado ingenio, que para casos como este viene de perlas. Aunque si me permites una
crítica constructiva, no ha sido muy inteligente poner al tanto de tus planes perversos a nada
menos que al que saldría favorecido con tu caída.
—No ha sido mi idea más brillante, pero ¿qué harías para desacreditarme? No podrías delatar
mis triquiñuelas al señor Forbes sin más pruebas que una visita acelerada al asilo. Hay quienes
me aprecian porque me creen un espíritu caritativo. —Se quedó mirando a su hermano con los
ojos entornados—. Pero ¿por qué lo mencionas? ¿Ahora que sabes esto piensas dedicarte a poner
obstáculos y procrear como un bandido para arrebatarme el título?
—No voy a negar que me complazca sacarte ventaja por una vez, pero para tu inmensa
fortuna no estoy interesado en adquirir más responsabilidades. A diferencia de ti, me costaría
ignorarlas. Lo que me pregunto es qué pretendía padre al explicitar semejante cláusula.
—Cerciorarse de que se quedaba la baronía el que perpetuara el linaje. O, dicho de otro modo,
el que fuera más maduro de los dos.
—Es una lástima que no viviera para verte cabalgar desnudo y borracho. Tamaño episodio le
habría sacado de dudas bien rápido.
—No habría sido eso lo que le sacara de dudas. Él pensaba que la madurez viene dada por la
celeridad con la que uno se arroja a un matrimonio provechoso, y yo no puedo opinar más
distinto. Apresurar una boda es un error de principiante.
Chase lo apuntó con su mirada socarrona.
—Dijo el hombre que se ha casado un total de cero veces.
—Lo que solo determina una vez más mi superioridad. —Torció la boca, asqueado—. Por
favor, ¿qué clase de idiota se buscaría baronesa antes de cumplir cinco años con la herencia? En
un lustro no me ha dado tiempo ni a aprenderme el nombre del mayordomo de la mansión de
campo.
—Pues eso ya es un problema, porque el señor Thompson te ha cambiado los calzones.
—No debió cambiármelos con cariño si no le recuerdo.
—Bien que te acuerdas luego de los nombres de las fulanas que te sacan el pantalón, que al
final es una tarea muy parecida.
Blaine ignoró a su hermano y volvió a girar sobre sí mismo en busca de la baronesa.
Siempre supo que tendría que cumplir con sus responsabilidades de aristócrata, el pequeño
precio a pagar por la vida de lujos y comodidades por la que a la manera dionisíaca daba gracias
a diario. Pero ni en sus pesadillas más escalofriantes hubiera imaginado que tendría que pasar por
el altar apenas alcanzara la treintena, y ni mucho menos motivado por la amenaza de perderlo
todo.
Aquella era la peor de las sogas que podían echarle al cuello.
Volvió a fijarse en las figuras mujeriles que se repartían por el comedor, algunas flotando
como espectros, otras dormitando mientras comían, vencidas por el cansancio. Todas ellas
ofrecían un aspecto desolador. Estaban demacradas por los inflexibles horarios de la industria
floreciente donde contrataban ahora al género femenino, o quizá por la cantidad de críos que
habían tenido que alumbrar por fuerza mayor. Críos que por el simple hecho de nacer despiertos
se ganaban a pulso la inquina de las madres, que tendrían que alimentar una boca más cuando el
sueldo diario apenas llegaba para sobrevivir. Pensaba —y no le parecía una mala idea en
comparación con las que se le solían ocurrir— que si podía ayudar y, sobre todo, ayudarse con la
misma estrategia estaría demostrando, además de ingenio, una cualidad que nunca le había
llamado especialmente la atención, pero cuya carencia le había sido reprochada a menudo: la
humanidad.
Por desgracia, no veía por allí ni un vientre abultado, solo niños lo bastante crecidos para ser
sus hermanos. Y hermanos no le hacían falta. De hecho, a veces le parecía que podría habérselas
apañado de maravilla sin el que Dios le había dado.
Hacia él se giró con una mueca esperanzada, esperando que empezara a servirle para algo
cuando se encontraba contra las cuerdas.
—Por casualidad no conocerás ya a una mujer embarazada.
—¿Aparte de mi mujer?
—Cierto, tu mujer... —Pareció meditarlo—. ¿Por qué cantidad de dinero crees que Mercy se
sentiría tentada de entregarme a tu primogénito?
—Lo desconozco, pero sí sé qué cantidad de estupideces puedo llegar a tolerarte antes de
romperte los dientes. Esa que acabas de decir se encuentra más allá del límite.
—Bueno, seguro que los Swansea saben de alguien. Se les conoce por sus obras humanitarias
—meditó en voz alta, ignorando el gesto hosco de su hermano. Trajo a su mente a la familia
política de Chase, en concreto a su suegro. El caritativo y brillante señor Swansea le ofrecería
una solución magnífica, estaba convencido—. Les preguntaré durante la cena de esta noche.
Chase pareció activarse con la mención a la velada. Era como si de pronto hubiera recordado
un secreto que debía mantener a salvo de su hermano mayor.
Blaine enarcó las cejas. Costaba no percibir estos cambios de registro siendo un alumno
aventajado en lo que al carácter de su gemelo se refería.
—Respecto a eso... —Carraspeó, manipulándose la chalina—. No va a haber cena.
—¿Se van a ir todos a dormir a las cinco de la tarde?
—Van a cenar en familia.
—¿Y desde cuándo la palabra «familia» me excluye? Quizá cuando despose a una grávida
podáis permitiros dejarme solo sin quedar como unos maleducados, pero por el momento voy a
asistir a esa cena porque no tengo más parientes.
Chase empezó a perder la paciencia, lo que dicho de otra manera era como verle desprenderse
de su única virtud. Solo se desesperaba cuando se negaba a creerle una mentira.
—A lo mejor ha llegado el momento de que te preguntes por qué no tienes más parientes. O
parienta, si queremos ponerlo así.
—Pues por el mismo motivo por el que tú no la tenías hasta hace unos meses: porque la única
mujer con la que me habría casado ya estaba unida en matrimonio. —Le palmeó la espalda—.
Nos veremos esta noche.
—Te estoy diciendo que no va a celebrarse ningún tipo de velada...
—Y yo te estoy diciendo, por si ya no sabes leer entre líneas, que eres un pésimo mentiroso.
Tienes suerte de que no me sobre el tiempo para preguntarte por qué pretendes revocarme la
invitación. Ahora mismo debo encargarme de asuntos más urgentes.
Dicho eso, Blaine se giró hacia la multitud de indigentes reunidos en torno a mesas comunes.
Muchos de ellos ya lo estaban mirando con recelo, seguramente preguntándose qué diantres
hacía un caballero bien vestido en un asilo para pobres.
Ninguno se quedó con la duda y, de hecho, más de uno se llevó como aditivo la certera
impresión de que el caballero en cuestión estaba como un cencerro cuando extendió los brazos y
exclamó:
—¿Hay alguna embarazada en la sala?
Capítulo 2
Cualquier otro hombre se habría sumido en la desesperación tras un fracaso tan estrepitoso.
Las probabilidades de cruzarse con una embarazada dispuesta a casarse con él fuera del asilo
eran incluso más reducidas que las de cerrar un trato en el mismo, y, por desgracia, la expedición
al East End no había dado los frutos esperados. La única mujer embarazada de ocho meses de la
zona cargaba con otros tres partos previos a sus espaldas y Blaine no pudo pensar en una sola
explicación coherente con la que legitimar a las otras criaturas.
No le había quedado otro remedio que descartarla y regresar a casa con las manos vacías.
Cabía pensar que, complicada ahora la misión, estaría devanándose los sesos por darle un
nuevo enfoque, pero Blaine se dirigía a la vivienda familiar de los Swansea silbando con actitud
despreocupada.
Aún no había encontrado esposa y heredero, pero podría ser peor.
Podría no tener una gloriosa velada por delante para distraerse.
No extrañaba que Blaine Reynolds afrontara los obstáculos vitales con el optimismo de los
temerarios, los idiotas, los locos o todos a la vez. Lo raro sería que no confiara a ciegas en su
buena ventura, pues había sido bendecido desde niño con el talento natural de salirse con la suya.
En el fondo de su corazón, Blaine sabía que la solución le iba a caer del cielo como había
ocurrido en otras situaciones de carácter similar, como le había caído también el arrepentimiento
o el merecido castigo de un enemigo, el perdón de un hermano, el amor de una mujer o hasta una
botella de vino.
Pero por una vez había querido tomarse las molestias de resolver el problema sin inspiración
divina. Era lo que su padre había querido y, con la frecuencia justa para no cansarse, a Blaine le
gustaba encargarse de sus propios asuntos.
La intervención no había dado resultado, así que ahora tocaba esperar a que Dios obrara su
magia. Estaba muy tranquilo sabiendo que la deidad velaba por él. Por eso fue la expresión de un
hombre satisfecho con lo que el jovencísimo mayordomo de la mansión familiar de Eaton Square
se topó al abrir la puerta.
Blaine no esperó la invitación y, aún con las manos en los bolsillos y una sonrisa confianzuda,
se adentró en el recibidor.
Echó un vistazo a la casa como si no se conociera ya de memoria la decoración: figuritas de
cerámica de Wedgwood y Spode sobre el mobiliario Sheraton, elegantes cortinas con flecos a
juego con las carísimas alfombras de importación que revestían los suelos de roble, todo esto
coronado con una armónica combinación de tapicerías italianas y francesas.
Dios, adoraba esas cuatro paredes. O, mejor dicho, lo que se cocía entre ellas, que no era otra
cosa que un patriarca de libro, una anfitriona de fábula y seis hijas con caracteres dispares que
formaban una familia de cuento de hadas por la que Blaine estaría dispuesto a comerse sus
propias manos.
Nada más entrar se sentía la calidez del hogar. Jóvenes voces entremezclándose unas con
otras sin orden ni concierto, carcajadas estridentes cortando el aire, reproches alternados con
bromas pesadas y tiernos consuelos a los invitados que perdían la paciencia demasiado rápido,
aunque estos últimos, entre una familia de lunáticos socarrones, tenían los días contados. El
barullo era más importante en aquella casa que los propios cimientos, porque se había construido
sobre la premisa del amor incondicional.
Allí nunca se sufría el silencio de la indiferencia o la educación a veces malinterpretada como
un tipo de frialdad. Allí, cada día era una aventura.
Y Blaine adoraba las aventuras.
—¡Godolphin! —exclamó nada menos que el anfitrión, bajando las escaleras con un puñado
de libros bajo el brazo—. ¡Qué sorpresa!
El señor Swansea salvó el último peldaño de un salto que confirmó lo que uno daba por hecho
antes de reunirse con él: que estaba de excelente humor. Con la energía de un joven soldado —lo
que sería siempre, aunque ya hubiera colgado el uniforme y hubiese cruzado la franja de los
cuarenta—, se acercó a Blaine y le estrechó la mano con complicidad.
Ambos vestían frac en deferencia al reglamento impuesto por la señora de la casa, y es que
todos los hombres sentados a su mesa honrarían la etiqueta básica. Blaine sospechaba que había
elegido esa condición porque algo habría de conservar la mínima formalidad durante las veladas
familiares, y eso, por descontado, no sería la naturaleza de las conversaciones que se entablaban
en el comedor.
Para tratarse de una familia de lo más peculiar, le otorgaban a las tradiciones una importancia
religiosa. Bastaba con pasar veinte minutos en compañía del señor Swansea y su esposa para
saber cuál de los dos había aportado el gen de la excentricidad y quién se encargaba de no
desatender las costumbres propias de su clase social.
Edison Swansea era un chalado encantador con el que Blaine gustaba de comentar los últimos
avances tecnológicos, y se quitaba el sombrero ante Wilhelmina Swansea, una respetable
anfitriona que ya solo por la cantidad de rarezas que toleraba viniendo de su misma sangre se
merecía un trato más favorable. Uno que Blaine estaba dispuesto a prodigarle con el único fin de
deslumbrarla, razón por la que portaba un inmenso ramo de rosas rojas.
El señor Swansea le dedicó un vistazo condescendiente a las flores y opinó:
—Ese tipo de gestos no funcionan con mi esposa, Godolphin. Y aunque lo hicieran, debo
advertirle una vez más de que, le pese cuanto le pese, jamás me abandonará para fugarse con
usted. No descarto que lo hiciera con un hombre que la irritara mucho menos —prosiguió, con
esa media sonrisa que invitaba a todo el mundo a unirse a la diversión—, pero usted no responde
ni de lejos a ese perfil, puesto que ni siquiera la irrita menos que yo.
—Los dos sabemos que la señora Swansea adora que la irriten.
—Y por eso nos acompañará esta noche también, para asegurarse de que la disgustamos como
Dios manda, ¿me equivoco?
—Le ofrezco mi humilde ayuda para tan digno menester por si acaso la necesitara, aunque sé
que nadie tiene que decirle cómo hacer su trabajo.
El señor Swansea soltó una carcajada y le palmeó la espalda.
—Debería haber imaginado que vendría usted. Siempre hace lo contrario a lo que le dice su
hermano, y el señor Reynolds nos ha comunicado hace unos minutos que prefería usted cenar
solo.
Blaine enarcó las cejas, en absoluto sorprendido por la noticia.
—¿Que prefería cenar solo, dice? ¿Y usted se lo ha creído?
—Bueno, no me negará que sea un hombre encantado de haberse conocido. Siendo su propia
compañía la más preciada, ¿por qué no cenar en soledad?
—Porque con la soledad no puedes formar una alianza sólida para burlarte de tu hermano, a
diferencia de las infinitas posibilidades de diversión que me ofrece su compañía, señor Swansea.
Esta noche Chase sufrirá el doble por haber intentado revocarme la invitación.
Edison cruzó los brazos a la altura del pecho y alzó la barbilla, intrigado.
—¿Con qué derecho intenta Reynolds revocar una invitación que extendí yo en persona?
—Con el mismo derecho con el que se llevó a Mercy Swansea de esta casa: el que otorga el
matrimonio para tomar decisiones sobre la familia, supongo. Pero siendo del todo justo, solo me
dijo que no había cena.
—¿Y usted se lo ha creído? —le parafraseó Edison, burlón.
—Ni por un segundo, pero quizá solo era una manera de evitarme una dolorosa verdad: que
los Swansea se han cansado de mi irreverencia y quieren, por una vez, disfrutar de una velada
tranquila.
—La tranquilidad no la proporcionaría su ausencia, Godolphin. Seguirían quedando seis
mujeres en la mesa con la misma pasión que usted: buscarse las cosquillas las unas a las otras.
—Otro motivo para que no requieran mi presencia. Las Swansea ya cenan aquí en
representación de mis intereses.
—No le pienso dorar la píldora, Godolphin, y no crea que no sé que es eso lo que busca —le
advirtió, divertido—. Ya sabe usted de sobra que haber sido hasta hace poco la incorporación
más reciente a la familia le daba el derecho de arruinarnos las veladas con... ¿cómo ha dicho?
¿Su irreverencia? Ahora que forma parte de los Swansea oficialmente ya no es un derecho, sino
una obligación.
—¿«Haber sido hasta hace poco»? —repitió Blaine, intrigado—. ¿Quién demonios se ha
atrevido a robarme el protagonismo?
—La señora Clodagh Swansea, joven esposa de mi difunto hermano mayor. Mi cuñada se
trasladó a la casa hace tan solo cuatro días, y lamento informarle de que tendrá que hacerle
entrega de todos los corazones Swansea que había tenido usted cautivos hasta el momento —
agregó, fingiendo hallarse consternado—. Clodagh le ha birlado nuestra entera adoración.
Blaine cabeceó exagerando comprensión.
—Ser desplazado por una mujer es tolerable, sobre todo si es bella.
—No solo va a ser desplazado por Clodagh. Va a ser condenado a la misma suerte de
enamoramiento febril que todos en esta casa padecemos por ella. —Dio un paso en dirección al
pasillo, señalándolo con el pulgar—. Ahora, si me disculpa, tengo un poco de prisa. Pero solo
para dejarlo claro, milord, lo único que podría justificar que no hubiera una cena en esta casa
sería el apocalipsis. O que la señora Swansea agarrase un constipado —meditó Edison, pensativo
—, pero esa solo es otra forma de apocalipsis. Calculo que, con mi esposa postrada en la cama, la
casa se nos caería encima en quince minutos.
—Quince minutos sin la señora Swansea me parecen una eternidad. Está siendo demasiado
generoso.
Edison le sonrió con simpatía e hizo un gesto vago para indicar el salón.
—Por favor, pase y póngase cómodo. Y si quiere abofetear a su hermano por haber intentado
excluirlo, tenga cuidado de no manchar la nueva alfombra de Bruselas. A mi esposa le gusta
tanto que creo que está pensando en ponerle nombre.
Dicho eso, enfiló al pasillo. Blaine, por su parte, se dirigió al salón principal aferrando el
ramo de flores como si no tuviera nada que ver con él. Apenas cruzó el umbral, las miradas de
seis pares de ojos distintos se posaron en él.
Siete, si contaba los de su hermano Chase.
Lo vio alargar el cuello, contrariado por su aparición pero lo contrario a sorprendido.
Por orden de nacimiento, las Swansea se presentaban como seis virtudes teologales y
cardinales: Temperance, Mercy, Faith, Prudence, Charity y Hope. Ordenadas según su belleza,
que era como Blaine las reorganizó en su mente en cuanto las conoció, empezaría por Hope, que
ya a sus trece años era una beldad morena; seguiría con Prudence, continuaría con Temperance,
pondría a Faith en un digno cuarto lugar —a no ser que sonriera, en cuyo caso le robaría el podio
a la hermana menor— y situaría a Charity en el quinto puesto. Mercy cerraría el listado, cosa que
no tenía nada que ver con que no se hubiera casado con ella, puesto que disfrutaba de su
inteligente conversación como de la que más. Tampoco había decidido ignorar sus encantos
femeninos con el fin de respetar los sentimientos de su hermano, algo a lo que, dicho fuera de
paso, jamás se había dignado. En realidad, si ordenaba a las Swansea según con cuáles se casaría
sin pensarlo dos veces, Mercy encabezaría la serie.
Ella y el primogénito que estaba cerca de dar a luz.
Faith fue la que lo saludó primero. Se cruzó de brazos con las cejas rubias levantadas en una
expresión expectante y, cuando habló, lo hizo como si hubiera un bebé durmiendo en la sala.
—Traer un ramo de flores a una casa en la que viven siete mujeres me parece arriesgado.
—No hará falta que nadie se pelee —aseguró Blaine, alzando una mano—. Traigo un ramo de
catorce rosas, una para cada mano femenina presente en este salón y para la señora Swansea.
—No le cuesta a usted ni un poco tergiversar para ganar una discusión —se rio Prudence en
voz baja.
—No me cuesta tanto cuando me inspiran seis bellas mujeres.
—¿Seis bellas mujeres le inspiran mentiras? —Temperance entrecerró los párpados. También
bajó el tono una octava—. Si el calendario no engaña, hoy le tocaba recibir flores de su parte a la
señora Swansea.
—Por eso he traído rosas y no orquídeas —repuso, mirando a Faith—, tulipanes —agregó,
girándose hacia la jovencísima Hope— o lirios —prosiguió enumerando, esta vez posando los
ojos sobre Charity—. Tengo muy presentes las preferencias de mis queridas.
—¿Las de las queridas Swansea, o las de todas las que tienes repartidas por el país? —
preguntó Chase, burlón.
—¡Qué ridiculez, Chase! —exclamó, indignado. Enseguida sonrió, juguetón—. No todas las
mujeres del país son bonitas.
Faith se cubrió la boca con la mano antes de armar un escándalo de carcajadas.
—Ni todas están solteras —acotó Prudence—. Me sigue pareciendo discriminatorio que no le
traiga flores a las hermanas casadas o prometidas, milord.
—Es discriminatorio, pero así no me arriesgo. No me gustaría que su duque de Arden me
retara a duelo por andar adulando a su futura esposa. Que mi hermano me citara al amanecer, en
cambio, me resultaría divertido, así que tal vez deba agregar los gustos de la señora Reynolds.
¿Mercy? —Ladeó la cabeza hacia ella—. ¿Cuáles son sus flores preferidas?
—Mi hermana preferiría una caja de tornillos —resolvió Faith—. La última vez que le
regalaron flores, las utilizó para hacer perfume.
—No te oí quejarte por eso. Me lo quitaste de las manos y ahora es tu signo identitario —
replicó la aludida.
—Pues yo no creo que a mi futuro marido le importe que reciba algunos detalles mientras él
está en Rusia —insistió Prudence, cruzándose de brazos.
—El hecho de que esté en Rusia y no aquí ya revela que no le importa nada de lo que recibas,
nada de lo que tengas y tampoco nada de lo que eres —soltó Temperance.
Antes de que Prudence y Temperance se enzarzaran en una pelea que por lo visto era habitual,
Faith intervino, no tan conciliadora como burlona.
—Se lo he advertido, milord. Las flores acabarán siendo la causa de que se derrame sangre en
el salón.
—Espero que no. Tengo entendido que la alfombra es nueva y no deseo disgustar a la
beneficiaria de las rosas.
—Que no es otra que la señora Swansea, la causa de que quede usted como un hipócrita —
repuso Mercy, enarcando las cejas—. Mi madre está casada y siempre le trae usted algún
obsequio.
—La excepción que confirma la regla. Se las traigo porque guardo la esperanza de que lo deje
todo y se case conmigo —replicó, soñador. Alzó la voz y empezó a rastrear el salón en busca de
una cara desconocida—. De todos modos, tengo entendido que hay otra señora Swansea entre
nosotros con la que no había contado. Quizá sea hora de romper la norma y entregarle a ella el
ramo de hoy...
—¡Chis! —Prudence agitó las manos antes de ponerse el índice en los labios—. No hable tan
alto. Clodagh se ha quedado dormida e intentamos no despertarla hasta que sea la hora de cenar.
Por lo menos eso explicaba que las Swansea estuvieran moderando el tono por primera vez en
sus vidas.
Sin poder ni querer disimular la curiosidad, Blaine barrió el salón de nuevo en busca de la
famosa Clodagh. No la localizó sentada en uno de los divanes individuales hasta que
Temperance, Faith y Prudence, las tres en pie, rompieron la fila que había estado protegiéndola
de su interés.
La sonrisa socarrona que Blaine esbozaba hasta el momento adquirió un matiz diferente al ver
a la joven. Incluso se le escapó una risilla incrédula, como si no acabara de entender lo que
estaba viendo.
—Se ha quedado dormida hace un rato —le explicó Prudence, cubriéndola con la manta que
se le había escurrido por el hombro—. Le pasa a menudo.
—Tan a menudo que estoy empezando a plantearme lo impensable. ¿Y si se aburre con
nosotros? ¿Y si los Swansea no somos tan divertidos, después de todo? —inquirió Temperance,
fingiéndose consternada.
—No es culpa nuestra —intervino Faith—. Son pocos los irlandeses que se divierten en
compañía de un puñado de ingleses.
Por supuesto que debía ser irlandesa, pensó Blaine, todavía tan pendiente de la muchacha que
parecía que le hubieran encomendado vigilar su respiración. En Inglaterra abundaban las mujeres
arrebatadoras de belleza clásica, por las que admitía sentir debilidad. Sin embargo, el encanto
hechicero de las ninfas germinaba solo en páramos extranjeros, donde los londinenses no podían
llegar para corromperlos con su cosmopolitismo y sus rígidos códigos de vestimenta, a los que la
criatura de ensueño era ajena.
Clodagh estaba despeinada y sus pies descalzos asomaban bajo el ruego de un desgastado
vestido celeste. Parecía que hubiera pasado la tarde correteando libremente por el jardín hasta
caer desfallecida, y no había caído de cualquier manera, porque hecha un ovillo bajo una pesada
manta de franela atrajo su fascinación de un modo absurdo.
Blaine se quedó un instante en silencio, absorbiendo los detalles de una escena imaginada de
la que dos mejillas arreboladas y una risa burbujeante eran protagonistas. La imagen, inspirada
por el puñado de pecas que Dios había espolvoreado por su rostro aniñado, conmovedora de
forma inexplicable y también terriblemente despiadada, derritió un núcleo de calor tan arraigado
dentro de él que ni siquiera se dio cuenta de lo que pasaba.
Solo supo que nunca en toda su vida había visto nada tan dulce. Dormida despertaba la misma
ternura que los duendecillos saltimbanquis de las ferias dublinesas, tal vez porque se intuía tan
pequeña como para llevarla en el bolsillo.
—Puedo entender por qué un inglés se molestaría en divertir a Clodagh aun cuando tiene el
mal gusto de quedarse dormida en público —comentó Blaine, ladeando la cabeza para mirarla,
intrigado, desde otro ángulo—. Me aseguraré de que empiece a descansar cuando toca y preste
atención a sus interlocutores cuando ha de ser.
—¿Usted se asegurará de arreglar sus horas de sueño? Porque yo diría más bien que por su
culpa no volverá a pegar ojo —replicó Temperance.
—O luego tendría pesadillas —se mofó Faith.
—¡Pero bueno! —exclamó Wilhelmina, apareciendo bajo el umbral. Todos se giraron para
verla dirigirse a Clodagh con las faldas agarradas—. ¿Aún sigue durmiendo? ¡Van a servir el
primer plato en quince minutos y todavía tiene que ponerse un vestido adecuado!
—Es obvio que la señora necesita descansar —habló Chase, cambiando el peso de pierna.
Ninguno de los presentes se planteó siquiera que pudiera estar nervioso, pero Blaine se fijó en el
fondo de crispación de su sonrisa de pega—. ¿Por qué no llevarla a su dormitorio y que siga
durmiendo plácidamente?
Wilhelmina le lanzó la clase de mirada fulminante que obligaba a los hombres, a los soldados
y a los reyes a retroceder varios pasos. Chase era las dos primeras cosas y se creía la tercera y,
aun así, tuvo la valentía de permanecer donde estaba.
—¡Clodagh no puede saltarse ni una sola comida!
Aunque sentía curiosidad, Blaine no preguntó por qué. La bella Clodagh Swansea no perdía
encanto ni siquiera con sus libras de más, notables en la adorable redondez de su rostro, pero
teniendo en consideración el tipo de figuras femeninas que se estilaban, se beneficiaría siguiendo
una dieta algo más estricta una vez empezara a buscar su segundo marido.
Estas divagaciones quedaron en segundo plano cuando Wilhelmina se acuclilló ante Clodagh
para despertarla empleando un tono paciente. Blaine miró alrededor en busca de un asombro tan
mayúsculo como el suyo, descubriendo que todos los presentes le sacaban ventaja en lo que al
conocimiento de los favoritismos de la anfitriona respectaba.
—El señor Swansea no había exagerado al decir que «algún que otro miembro de la familia»
había caído en un enamoramiento febril —le comentó en voz baja a su hermano, hacia el que se
había ido acercando de forma discreta—. Ahora veo que solo un delirio de esa magnitud
conseguiría convertir a una mujer como la señora Swansea en un sumiso corderito al servicio
de... Bueno, por lo que intuyo, otro sumiso corderito.
Chase lo miró de reojo sin molestarse en ocultar cuánto le irritaba que estuviera allí.
—No te fíes de las apariencias, Blaine. No sabría decirte cuál de las dos señoras Swansea es
más feroz.
—Clodagh, querida —la llamaba Wilhelmina—, vamos a cenar.
—Esto es increíble. ¿Qué demonios ven mis ojos? —mascullaba Blaine—. Hubiera apostado
mi alma a que la señora Swansea usaría el atizador de la chimenea para despertar a quienquiera
que fuese el maleducado que se echara siestas en horario de visitas.
—Que lo usara contigo no quiere decir que fuera a empuñarlo con el resto.
Blaine se dirigió a Chaise con aire burlón.
—Los dos sabemos que Wilhelmina solo me atizaría si me confundiera contigo. Todavía
sueña con que soy yo el esposo de su hija.
—No sería un sueño fuera de lugar. Tarde o temprano te convertirás en el marido de una
Swansea, Blaine, porque es lo único que llegado cierto punto justificará tu presencia en esta casa.
Blaine se dejó caer en el sillón más cercano y, apoyado el ramo en el regazo, extendió los
brazos como un cristo. Observando de soslayo a la mujer que ignoraba las formalidades con más
ahínco que ningún Swansea allí presente —lo que ya era decir—, confirmó que Clodagh acababa
de abrir los ojos y se desperezaba con movimientos sugerentes.
Si no hubiera respetado al señor Swansea como lo hacía, se habría ofrecido a llevar en brazos
a su cuñada al piso superior. Allí la habría dejado descansar una vez se hubiera encargado de
despertarla a ella, y también a sus instintos, del modo que mejor se le daba.
—¡Hasta que por fin hablamos claro! —Suspiró, devolviendo la vista a Chase—. Estás celoso
de lo bien que me llevo con tu familia política y por eso pretendías retirarme la invitación.
—Me parecía más amable que retirarte la palabra, cosa que llevo planteándome desde que
aprendí a hablar.
—Alejando a tu único aliado, el único hombre dispuesto a defenderte ante los Swansea, solo
conseguirías caerles peor, ¿sabes? —insistió Blaine. Acariciaba el terciopelo de uno de los
brazos del sofá, distraído—. No es que te hayas hecho querer en demasía por estos lares. Nadie
olvida que tu antigua amante se apareció en tu boda, quizá por invitación tuya, y eso se me hace
bastante más sórdido que ningún comentario que yo pueda hacer en la mesa.
Viendo que Chase no contestaba a la provocación, ladeó la cabeza hacia él y se fijó en que ya
no lo miraba. Su expresión de fastidio había sido sustituida por una de resignación inevitable.
Incluso meneó la cabeza, decepcionado consigo mismo.
Blaine fue a preguntarle el porqué de su extraña actitud, pero antes miró a donde sus ojos
apuntaban con cansancio y Clodagh Swansea le dio la respuesta.
O, mejor dicho, el vientre abultado de Clodagh Swansea.
Ni un anuncio oficial habría confirmado su estado mejor que ella misma al retirar la manta y
levantarse del diván, aturdida por la siesta.
Blaine se puso en pie como si acabaran de clavarle mil alfileres en la espalda y se precipitó
hacia delante con los ojos abiertos como platos. El respingo fue tan repentino y ruidoso que
todos se giraron hacia el torpón, pero la única mirada que Blaine se esforzó por mantener sobre
él fue la de la mujer que se dejaba arrastrar fuera del salón con ojos soñolientos.
Antes de que diera un solo paso más, Blaine soltó, con el corazón encogido y las palmas de
las manos extendidas:
—Cásese conmigo.
A continuación se formó un silencio abismal. Chase fue el encargado de romperlo con un
suspiro sufrido que lo decía todo: «Y ese, hermano mío, es el motivo por el que no quería que
vinieras».
Capítulo 3
Clodagh se había tenido por un alma incomprendida hasta que conoció a los Swansea de
Londres, una amorosa agrupación de peculiares personalidades que, al igual que ella misma, no
se avergonzaba de sus rarezas. No se le habría ocurrido que pudiera existir una sola criatura que
estuviese más chiflada que el clan familiar, pero ahora quedaba claro que había subestimado la
locura de otros sujetos significativamente peores, como era el caso del lunático que le había
soltado que se casara con él.
A esas alturas, Clodagh empezaba a sospechar que el agua de Londres poseía algún
componente tóxico que provocaba el comportamiento errático de sus residentes.
Era una suerte que hubiera contado con Wilhelmina para zafarse de él, porque estaba tan
atontada aún por la siesta que le habría costado reaccionar sin tartamudear en el proceso. Y un
insulto perdía consistencia cuando se balbuceaba.
La señora de la casa había resuelto el asunto con un contundente «se debatirá más tarde» y
había arrastrado a Clodagh escaleras arriba. El destino era el luminoso dormitorio de invitados
que ocuparía no solo hasta el alumbramiento; también mientras su figura volvía a afinarse y era
presentada en sociedad como una viuda lista para pasar de nuevo por la vicaría.
Si alguna gracia podía concederle al lunático era que pretendiera ahorrarle un tortuoso
proceso de presentaciones para el que ni en ese momento ni más adelante se sentiría preparada.
—El caballero de la propuesta es el barón Godolphin —decía Wilhelmina, corriendo de un
lado a otro de la habitación. Estaba tan exaltada por los acontecimientos que Clodagh se
preguntó, todavía adormilada, si no le habría hecho la disparatada propuesta a la propia señora
Swansea—. El hermano del señor Reynolds.
—Eso me lo he podido imaginar cuando he visto a dos hombres idénticos de pie en el salón.
—Un bostezo la interrumpió. Mientras se restregaba los ojos vidriosos, lamentando el eterno
cansancio que venía con el embarazo, añadía—: Por lo menos ahora sé que no era un espejismo y
que tampoco el señor Reynolds era quien pretendía arrodillarse. Eso habría ocasionado una
escena muy incómoda.
La señora Swansea soltó sobre la cama el vestido que había elegido para la cena y colocó las
manos sobre sus hombros. Clodagh tuvo que pestañear unas cuantas veces para espantar las
brumas del sueño y fijarse en el brillo determinado que emitían los ojos de su anfitriona.
Sabía reconocer a una mujer empecinada en sacar adelante un plan maestro cuando la veía, y
atisbar ese arrojo peligroso en Wilhelmina consiguió que espabilase de inmediato.
—Clodagh, querida —empezó con tiento. Después de haberla visto interactuar con sus
propias hijas a lo largo de una semana, Clodagh se había percatado de que con ella demostraba
una paciencia impropia de su carácter nervioso. Por eso y por nada más procuró mostrarse
receptiva aun cuando el asunto no podía importarle menos—. El barón es muy cercano a la
familia, un hombre con éxito en el ámbito financiero y social. No siempre ha tenido suerte con el
dinero, claro. Heredó una cadena de deudas que su padre había acumulado en vida, pero el señor
Reynolds y él consiguieron recobrarse y duplicar la fortuna vinculada a la baronía con esfuerzo y
empeño. Como cristiana, es mi deber despreciar las frivolidades, pero ya has visto que además se
trata de un caballero tremendamente atractivo.
Lo cierto era que Clodagh no había visto nada más que sus propias legañas, pero tratándose
del hermano gemelo de Reynolds, le parecía que había más bien poco que ver.
«¿El atractivo no es una frivolidad también?», estuvo a punto de replicar.
—Nunca me han atraído los príncipes rubios con acento inglés.
—Pero como ya he dicho, eso son meras frivolidades. Deberías considerar muy en serio la
propuesta —insistía Wilhelmina.
—¿Es que hablaba en serio? —Trajo a su mente la imagen del lunático con los brazos
extendidos y el gesto iluminado de alguien que acababa de ver el cielo abierto—. Recuerdo que
Prudence describió al famoso barón como un niño travieso, y Temper, que, dicho por ella,
«prefiere llamar a las cosas por su nombre», me advirtió de que es un canalla de mucho cuidado.
Wilhelmina palideció.
—¡Qué tontería! ¡Temperance habla en esos términos de todos los caballeros! ¡No puedes
prestarle atención!
Clodagh debía darle la razón. Aunque a nadie se le escapaba que Temperance se deshacía en
amores por el hombre al que había permitido cortejarla, eso no significaba que el amor la cegara.
Su visión —no ya de los hombres, sino de todo el género humano— seguía siendo más bien
negativa.
—Considerando que me ha pedido matrimonio antes de decirme su nombre, yo diría que la
descripción de Temperance es muy acertada. Incluso podría quedarse corta —repuso Clodagh.
Wilhelmina se retiró un paso.
En tan solo unos días de convivencia, Clodagh ya se había dado cuenta de que la señora
Swansea se envaraba como un espantapájaros cuando oía réplicas que no le gustaban un ápice.
De hecho, la familia acostumbraba a compartir una mirada divertida cada vez que decía «no me
interrumpas cuando hablo», una coletilla con la que ganaba tiempo para argumentar en contra.
—No me interrumpas cuando hablo, Clodagh —dijo en tono acusador—. Creo que al menos
deberías reunirte con él antes de la cena y debatir esa propuesta. Entiendo que estés confusa y
necesites más información. Seguro que cientos de preguntas esperan una respuesta de su parte.
Si le tentara vagamente la idea del matrimonio, Clodagh podría sentir curiosidad. ¿Por qué un
idiota con una baronía la querría como esposa? Pero la curiosidad no era uno de sus sentimientos
habituales. La única pregunta que navegaba por su mente era qué servirían de cenar. Había
resultado ser una embarazada muy antojadiza y se imaginaba lagrimeando de impotencia si no le
ponían por delante un plato a rebosar.
Pero a la vez temía contrariar a la generosa mujer que le había dado un techo, le había
ofrecido su afecto sincero y se ocupaba, como solo una madre lo haría, de que no tuviera calor,
no pasara frío, estuviera de buen humor, se encontrara cómoda, no le faltara un cojín, un segundo
postre o un vestido que no presionara su vientre.
Ahora hasta se preocupaba de que se casara con un hombre en teoría decente.
—Supongo que una conversación no me hará daño —resolvió al fin, esbozando una sonrisa
insegura que Wilhelmina celebró por todo lo alto.
—¡Maravilloso! Desconozco qué ha llevado al barón a arrodillarse, pero sin importar las que
sean sus razones, no puedo pensar ahora mismo en un partido mejor. Quizá Atticus, porque
posee un marquesado, una fortuna mayor y su vínculo con los Swansea es y será imperecedero,
pero Atticus...
—Se casará con Hope —resolvió Clodagh en tono cansino. Desde que había puesto un pie en
la casa había sido informada del futuro matrimonial de cada una de las muchachas. Un asunto
que, la verdad fuera dicha, no podía serle más indiferente—. Pero yo pensaba que sería
presentada en sociedad y tendría derecho a elegir a mi marido, señora Swansea.
—¡Y lo tienes! Esta es solo la primera opción que ha llegado. No dudo que recibirás más
propuestas una vez hayas dado a luz. Pero Godolphin es parte de esta familia. Nada podría
hacerme más feliz que veros unidos en sagrado matrimonio.
Eso solo confirmaba una vez más lo que Clodagh ya sabía: que la palabra «matrimonio» no
significaba lo mismo para ella que para una entusiasta aspirante a casamentera como la señora
Swansea.
«No quiero un matrimonio sagrado», estuvo a punto de replicar. «Quiero un matrimonio
feliz».
Por lo poco que sabía de su pasado, Wilhelmina había estado casada con el vicario de
Cornwall antes de comprometerse con el señor Swansea. Antes y después de su temprana
pérdida, dicho vicario había sido descrito como un hombre entregado no solo a la fe; también a
profetizar sobre las virtudes tradicionales del matrimonio, de las que él mismo daba ejemplo.
Wilhelmina había adoptado sus firmes planteamientos y predicaba, pese a que su relación con el
señor Swansea abarcara muchos más ámbitos y no pudiera distar más de la definición original,
que la unión de los cónyuges tenía dos únicos fines: la reproducción y honrar a Dios. Esto era así
en el anglicanismo, religión que practicaban todos los Swansea debido a su predominancia en
Inglaterra, y en el catolicismo, tendencia vigente en Irlanda de la que Clodagh había sido
escéptica desde que la vida la espabiló con el primer revés.
No podía estar más en desacuerdo con sus creencias, pero incluso una mujer de clase baja y,
por ello, de modales modestos y con tendencia a expresar sus opiniones como lo era Clodagh,
intentaba contenerse para no irritarla.
—¿Hablaré con él a solas?
—No veo por qué no —dijo tras un instante de meditación—. Eres una mujer viuda que
alberga a un niño en sus entrañas y lord Godolphin tiene el respeto y el aprecio de toda la
familia. Será atento contigo y no intentará propasarse, estoy segura.
—Y... —vaciló—. Supongo que no puedo contarle la verdad sobre quién soy.
Wilhelmina se rascó el cuello, turbada.
La mentira que se verían en el deber de contar al público le gustaba tan poco como a la propia
Clodagh, con la única diferencia de que la señora Swansea nunca había sentido la necesidad de
engañar a otros para sobrevivir y se le atragantaban los embustes. La muchacha, en cambio, los
profería con naturalidad y, en ocasiones, hasta con gusto.
No le habían pedido que se avergonzara de su verdad, y, sin embargo, Clodagh sentía que se
traicionaba a sí misma al renegar de lo que la había llevado a su actual situación, que no era nada
más y nada menos que una serie de decisiones tomadas con el corazón.
—No. Para el barón Godolphin, al igual que para cualquiera que no resida en esta casa, eres la
viuda del difunto hermano del señor Swansea. Eres de ascendencia irlandesa, pero como tantos
otros, te viste obligada a emigrar a Nueva York en busca de una vida mejor. Allí conociste al
emprendedor Humphrey Swansea, con el que apenas disfrutaste unas semanas de matrimonio
antes de su repentina muerte.
Clodagh sonrió con ironía, sabiendo que aquello hacía aguas por todas partes.
Aunque Humphrey Swansea hubiera sido muy discreto con su vida personal —y esto no lo
sabía de primera mano, puesto que desconocía incluso el aspecto de su supuesto marido—, no se
podía llevar un matrimonio en secreto. La familia confiaba en que ningún inglés cuestionaría la
palabra de otro inglés, sobre todo tratándose del hermano del difunto, una gloria de la guerra y
un hombre más rico que Creso, todo esto configurado en la personalidad de Edison Swansea,
pero Clodagh tenía sus dudas.
—Supongo que tenemos suerte de que a nadie le interesen las cuitas amorosas de un
empresario de América, como tampoco les importan los irlandeses, los galeses o los escoceses —
comentó con sentido del humor—, o de lo contrario no habría quien se creyera esa patraña.
—Con que se la crean tus futuros pretendientes, yo me doy por satisfecha. Voy por la
doncella para que te ayude a vestirte.
—Señora Swansea —la llamó antes de que se dirigiera a la puerta. Wilhelmina la atendió con
los ojos azules muy abiertos, el que a veces parecía el único rasgo visible en su rostro enjuto—.
Como cristiana que es usted..., ¿no le remueve la conciencia? Sea al barón o a otro hombre, me
entregará con un historial de mentiras que podrían desencantar a cualquier pretendiente.
Wilhelmina se tomó un segundo para tamborilear los dedos sobre el picaporte dorado. Cuando
respondió, lo hizo midiendo sus palabras.
—Estoy segura de que ningún pretendiente será perfecto, Clodagh, y entre todos los solteros
en los que puedo pensar, el barón es el que menos derecho tendría a juzgarla. Como escribió San
Juan sobre la proclama de su maestro, «que sea el que esté libre de pecado el que tire la primera
piedra».
—¿«El que menos derecho tendría a juzgarme»? Lo había vendido usted como todo un
dechado de virtudes.
—Como futuro marido posee un potencial innegable, que es lo que se está debatiendo en esta
habitación, no su calidad humana. Pero sí he de decir que tiende a pensar que es más listo que
nadie —continuó con tiento, mirando a Clodagh a la espera de que aquello no la espantara—,
cuando simplemente hacemos la vista gorda cuando se equivoca. Y la verdad es, Clodagh, que el
barón le debe un matrimonio a esta familia.
—¿A qué se refiere?
—A que fue él quien se encerró con mi hija en la biblioteca la temporada pasada, el que
provocó el escándalo por el que tuvo que anunciarse la precipitada boda de Mercy y Chase.
Cuando los cacé a solas y le exigí que reparase la honra de mi hija, Godolphin insistió en que
había habido una confusión y que era el señor Reynolds. ¿Y quién podría contradecirlo, si son
idénticos y ambos han reconocido divertirse haciéndose pasar el uno por el otro?
—Dios santo —masculló, por un lado, anonadada por su sinvergonzonería y, por otro, más
maravillada de lo que debía—. ¿Cómo es posible que permita que se siente a su mesa?
Wilhelmina suspiró.
—Lo permito porque el barón nunca fue el hombre al que quería mi hija. De alguna manera,
Godolphin se las arregló para hacerlos felices a todos, así que al final solo pude estarle
agradecida.
—Pues yo no puedo estar más indignada. ¿De verdad pretende unirme a un hombre capaz de
semejante trapacería?
Wilhelmina soltó el pomo y volvió a acercarse a ella para apaciguarla con la clase de sonrisa
que reservaba para ocasiones especiales.
A priori podía resultar insultante que infravalorasen la inteligencia de Wilhelmina, de la que
pocos eran conscientes, pero así lo había dispuesto ella misma para partir con ventaja sobre los
demás. Actuaba conforme a sus propios métodos en la sombra, donde nadie descubriría que
ocultaba un ingenio de temer y ni mucho menos pondría impedimentos a sus planes secretos.
—Confío en que no interpretarás como un agravio que te diga que es un hombre digno de ti.
Has demostrado ser tan espabilada y perspicaz como el propio Godolphin. Si juega contigo, sé
que le pagarás con la misma moneda... y con intereses. Y, ahora, por favor, vístete. ¡A este ritmo
serviré la cena a las tres de la madrugada y me convertiré en la vergüenza de las anfitrionas!
Ataviada ya con el vestido de rigor, metros y metros de lana negra, Clodagh bajó las escaleras
con sentimientos encontrados. Halagada por un lado, pues a una joven que había sobrevivido
gracias a su ingenio siempre le gustaba que se lo reconocieran, y horrorizada por otro.
Le importaba un ardite que Godolphin se hubiera zafado de un compromiso haciendo
trampas. Apreciaba a las Swansea, pero los aprietos en los que pudiera verse una mujer
privilegiada le parecían un juego de niños, sobre todo en comparación con las dificultades que se
afrontaban al otro lado de su palacio de Midas. Sin embargo, que hubiera sido capaz de endosarle
el matrimonio a su hermano le había servido para reafirmarse.
No quería saber nada de un hombre capaz de traicionar a su propia sangre de un modo tan
rastrero, ni siquiera si su juego sucio había resultado en un matrimonio amoroso y feliz.
Así pues, cuadró los hombros y entró en el salón con la vista clavada en la elegante figura
que, acuclillada frente al hogar, se dedicaba a avivar el fuego.
—¿Y bien? —dijo ella, en voz alta y clara.
A diferencia de la primera vez, en la que el barón Godolphin se había comportado como un
neandertal ansioso por echársela al hombro, Clodagh lo vio incorporarse con tiento. Antes de
darse la vuelta del todo, la miró por encima del hombro con una pequeña sonrisa en la que se
atisbaba esa sombra de embaucador irresistible que ya sospechaba que era.
Lo que no se le había ocurrido era que pudiera resultar tan terriblemente atrayente.
Tal fue la perplejidad por su propia reacción, que Clodagh se quedó inmóvil mientras él
giraba sobre los talones y se aproximaba a ella. El detalle de las rosas rojas que portaba en una
mano podría haberla ablandado, pero el peligro que sabía que representaba y que ahora estaba
confirmando la puso alerta.
No tardó ni medio segundo en darse cuenta de que confundirlo con Chase había sido una
ridiculez. Aunque el hermano menor se sabía atractivo y su encanto socarrón no pasaba
desapercibido, características que compartía con el mayor, Clodagh captó ya a primera vista en
Blaine una serie de detalles inconfundibles que le sirvieron para cuestionar incluso que los
Reynolds fueran gemelos.
Era un funambulista de los peligros del azar al que la suerte envolvía como un halo protector.
Solo un hombre que sabía caminar sobre la cuerda floja del destino con la destreza de un
acróbata consumado podía emanar la plena confianza de que se saldría con la suya. Con
convicciones tan aplastantes sobre lo que para el resto de los mortales era desconocido, no era de
extrañar que el despotismo de los reyes le acompañara al conducir sus pasos con arrogancia.
Había un elevado índice de socarronería amistosa en una comisura de sus labios curvados. En la
otra, una promesa de fantasías, y el secreto de todas las cosas.
Clodagh había despreciado la elegancia impostada de la nobleza y su actitud soberbia hasta
ese momento, en el que le pareció que un hombre tan perfecto solo podría haber sido obra de
Dios... o, en su defecto, del mismísimo diablo.
Se distinguiría del resto incluso si no vistiera un impecable frac. La finura era inherente a sus
modales, empapados de la languidez requerida en un hombre con título.
Pero fueron los ojos los que la convencieron de que sería capaz de diferenciar a Chase
Reynolds de su hermano gemelo incluso si cada uno de ellos se encontraran en esquinas opuestas
de un salón. Chase Reynolds no podría mirarla así, y, si lo hiciera, se ganaría de inmediato un
desafío al amanecer con pistolas por medio.
Ningún hombre debería mirar así a una mujer, en realidad; como si ese secreto sobre los hilos
del destino, como si esa clave universal no fuera otra cosa que la joven que tenía ante sí.
Clodagh apenas pudo controlar un estremecimiento cuando Blaine tomó su mano con
inusitada delicadeza. Hasta el tono de voz había entrenado para devastarla de angustia y
confusión. Parecía narrar placeres desconocidos pero tan prometedores como su mirada.
Blaine se inclinó para rozar sus temblorosos nudillos con los labios, una caricia de seda. Su
mirada la quemó como un metal al rojo vivo.
—Usted, señora mía, es la prueba de que Dios existe... y está de mi lado.
Capítulo 4
No llegó a besarla del todo. Sus cálidos labios se posaron en el dorso como una mariposa
aturdida por el acicate del sol mediterráneo. Consiguió ponerle todo el vello de punta y alterarla
hasta un punto en que se le hizo insoportable solo estar de pie ante él.
Desorientada, Clodagh apartó la mano de un tirón que Blaine debió encontrar de lo más
gracioso, porque, sin comprender, ladeó la cabeza de un modo turbadoramente encantador.
«Pues usted debe ser el motivo por el que se nos considera a todos pecadores», pensó
mirándolo de hito en hito, invadida por el que consideró un temor sabio.
Decidió que lo mejor sería cortar de raíz yendo al grano:
—Teniendo a Dios de su lado, ¿para qué me querría a mí al otro, milord?
—Para estar compensado por ambos extremos, por ejemplo.
—¿Está usted diciendo que la divinidad y yo somos fuerzas opuestas? O, peor, equivalentes.
—Yo los definiría mejor como los dos únicos entes con el don de conceder gracias. Al menos,
las gracias que me interesa que me sean concedidas.
—¿Qué gracia espera que le conceda yo?
—¿No he sido claro antes? La de su mano, por supuesto.
Clodagh se forzó a exhalar una carcajada sarcástica.
—¿Qué clase de buena ventura espera encontrar en mi mano, lord Godolphin? Porque una
gitana me ha leído en alguna que otra ocasión las líneas que la marcan y no auguró nada bueno
en mi futuro.
Esperaba que la mención a la gitana bastara para ahuyentarlo, pero Blaine Reynolds ni se
inmutó. No parecía que los repudiados por la sociedad merecieran su desdén, como sí
consideraba la mayoría de su clase.
—En su mano no espero encontrar nada, señora. En la unión de su mano y la mía, en cambio,
sí que creo que podríamos hallar algo maravilloso.
—Algo maravilloso, ¿eh? Suena como si unirme a usted fuera a hacerme feliz, y, la verdad,
no me parece que usted, un hombre blasfemo, un Caín, vaya a traer alegría a mi vida.
—Habiendo emociones tan interesantes pendientes de explorar ¿se queda usted con la alegría?
—¿Qué emociones puede haber más interesantes? —Él no contestó verbalmente. Sabía que le
bastaba una sonrisa para avivar la imaginación de una mujer con suficiente experiencia en el
amor. Le molestó que echara mano de esa ventaja para turbarla, y mientras se dirigía con pasos
airados hacia el diván, espetó—: ¿Cuándo piensa presentarse como Dios manda, milord?
—Usted ya sabe quién soy. Incluso ya sabe cómo quiere llamarme: Caín. Aunque... —
Clodagh lo miró de soslayo a tiempo para cazarlo repasando su figura de arriba abajo. Su descaro
al admirarla no fue lo único que le secó la garganta: también que sonriera, orgulloso de saberse
descubierto, y avanzara hacia ella—. ¿Por qué llamarme como el primer pecador pudiendo
decirme directamente «diablo»? Es un trato lo que quiero hacer con usted, y no es Caín el que se
hizo famoso por sus heterodoxos acuerdos.
Clodagh se cruzó de brazos.
—Así que usted mismo admite que aceptar su propuesta traería cola.
—Bueno... el diablo tiene cola, ¿no es cierto? —Sonrió, agachando la cabeza en una
reverencia que, más que respeto, desplegaba todos sus encantos. Demasiados para captarlos
todos, como también para ignorarlos.
—Y por lo que veo, también tiene los ojos verdes y una baronía.
—Dos motivos por los que casarse con él sería un acierto.
—No lo creo. ¿El diablo y una joven a la que equipara con Dios? —Chasqueó la lengua—.
No parece una buena combinación.
—No lo sería para quien se interpusiera en nuestro camino, porque no podría con nosotros.
Seríamos invencibles.
—Ahora mismo lo único que se interpone en su camino en solitario es mi negativa. Me ha
tocado usted la moral con su precipitada proposición y sus extraños intentos de persuadirme.
—¿La moral, dice? Esperaba empezar por tocarle el corazón.
—No me diga que es la clase de hombre que quiere conmover los sentimientos de una mujer
—se burló—. Se siente a primera vista que es usted un embaucador.
—Quizá quiera entonces echarme un segundo vistazo. —Extendió los brazos, aún aguantando
el ramo, y dio una vuelta lenta que Clodagh no pudo resistirse a valorar—. Todavía no le he dado
razones para tenerme en tan baja consideración.
—Su fama le precede, milord.
—Y veo que no me ha puesto la cama. —Suspiró como si aquello le doliera—. Confiaba en
que la señora Swansea me allanaría el terreno.
—No se puede decir que no lo haya intentado, pero tiene usted el camino lleno de piedras.
—Entonces empezaré por llenarlo de rosas. —A continuación le tendió el ramo sin dejar de
mirarla con fijeza—. Me tendrá que disculpar si he asumido demasiado rápido que le gustaría
este tipo de flor.
Clodagh no aceptó el ramo aun cuando sentía que debía darle alguna utilidad a sus manos.
Apartándolas de los pliegues de la falda, Blaine se percataría de que el nerviosismo llevaba un
buen rato haciéndolas temblar. Él era el único culpable del vergonzoso descontrol sobre su
cuerpo, así que decidió en ese momento que lo detestaría, y lo haría por ser imposible de
detestar.
—Demasiado rápido ha ido usted por las flores. Ha tardado menos en comprarlas que yo en
vestirme —repuso con sequedad—. ¿O las traía ya por si se encontraba con una soltera a la que
proponerle matrimonio?
Blaine agachó la mirada para sonreír para sus adentros. Le hizo un gesto elegante hacia el
diván, hasta el que la escoltó para que pudiera tomar asiento. Clodagh se lo permitió en lugar de
salir por piernas por un único motivo: deseaba escuchar los adornados y hasta el momento
interesantes disparates que le gustaba decir.
—Veo que desconfía usted de mis intenciones —lamentó—. Sepa que hay pocos propósitos
tan nobles como el matrimonio.
—Y también hay pocos hombres tan chalados como para plantearle una boda a una completa
desconocida.
A falta de un asiento cercano, Blaine se acuclilló a los pies de Clodagh con los antebrazos
apoyados en las rodillas.
La naturalidad de la postura la confundió. Se comportaba como si ya se conocieran, o peor
aún: como si ya hubiera decidido que forjarían un nivel de confianza por el que sería ridículo
perder el tiempo demostrando los mínimos modales.
—¿Tan poco confía en su encanto personal, señora mía? Es esa virtud suya la que me ha
puesto en este aprieto y me ha obligado a hincar la rodilla.
—Milord, si se quiere casar conmigo por mi virtud, no ha debido mirarme bien —acotó con
sarcasmo, acariciándose el vientre abultado—. Me temo que esa la perdí hace bastante tiempo.
—Mejor, porque en mi familia tendemos a la ironía y a todos les parecería de chiste que me
desposara con una mujer excesivamente virtuosa. Usted tiene lo justo y necesario para
impresionar a un hombre como yo, créame.
Clodagh levantó las cejas, no tan sorprendida por la facilidad del caballero para desmontar sus
argumentos como por cuánto se estaba divirtiendo ella misma.
—Sí que ha debido fascinarle el modo que tengo de dormir, porque no creo que mi
conversación fuera lo que le dejara... ¿cómo ha dicho? ¿Impresionado? —rio—. No he hilado
una sola palabra antes de que soltara usted su frase.
—La palabrería insulsa solo nos distrae de los sentimientos, señora. Por fortuna, a mí me
sacudió la emoción de verla con suficiente fuerza para espabilarme en el acto.
Clodagh puso los ojos en blanco.
—Ahora es cuando dice que Cupido le ha flechado.
—¿Tan raro sería? ¿No cree usted en el amor a primera vista?
La muchacha buscó de inmediato sus ojos, anhelando vislumbrar algo de la familia de la
sorna. Se topó en su lugar con una mirada que parecía justamente eso: una flecha de Cupido,
directa y certera, con el nombre de su víctima grabado en el lance. Imposible huir de ella.
Clodagh debería haberse marchado en ese preciso instante, y no porque el romanticismo se le
antojara una patética cursilería. Todo lo contrario. Pese a las dificultades que había afrontado a lo
largo de su vida, suficientes para aniquilar cualquier atisbo de ilusión, Clodagh aún soñaba con
ser víctima de un amor cortés y, al mismo tiempo, tórrido y pasional. El problema fue que, sin
darse cuenta —o peor: muy consciente de lo que hacía—, aquel hombre había rozado su fibra
más sensible, tocado esa aspiración de amor arraigada desde la infancia... y eso tuvo sus
consecuencias.
Clodagh bajó la guardia. Algo que no debería haberse permitido, porque cuando volvió a
mirarlo a la cara ya fue tarde para tratar de recomponer sus defensas. Había una luz de esperanza
en el bello rostro de Blaine, la paz con uno mismo de quien había hallado no algo necesario o
complementario, sino vital. La estaba mirando como si fuera un milagro inesperado que aún no
comprendía y que ansiaba merecer.
Justo lo que ella quería significar para alguien.
—Creo que está usted loco —balbuceó con la lengua trabada—, y creo que lo suyo sí que es
pura palabrería. En realidad no tiene usted un solo motivo para querer casarse conmigo.
Por el modo en que arqueó las cejas, tentador, supo que se lo acababa de tomar como un
desafío... y que no era la clase de hombre al que uno debiera desafiar.
Dio un toquecito sobre uno de los pétalos con el dedo índice.
—Podría tener una razón por cada rosa de este ramo.
—¿Tan rápido podría improvisar catorce mentiras?
—Puedo improvisar catorce maneras de escandalizarla con las razones elegidas.
—No soy fácil de escandalizar, milord.
—Lo tomaré como que me da permiso para ser sincero.
—Le doy permiso para que intente hacerme creer que la sinceridad es una de sus virtudes.
La sonrisa de Blaine hizo que le retumbara el corazón. El eco de ese zumbido visceral se
expandió como un escalofrío al verlo sacar una rosa del ramo con sumo cuidado y dejársela
sobre el regazo.
—Los pies descalzos que he visto asomar bajo su vestido.
Clodagh levantó las cejas.
—¿Eso es un motivo? ¿Quiere empezar por mis pies?
—Esta historia empieza por los míos, que son los que me han llevado a usted, pero no
estábamos hablando de un humilde servidor. Esta es una enumeración que va de menos a más,
señora, y que conste que los pies cuentan por dos, igual que sus manos de niña y los lóbulos de
sus orejas. —Puso la cantidad de rosas que correspondían en número a lo enumerado: seis en
total.
—¿Los lóbulos de mis orejas? ¿Qué tienen de atractivo respecto de los lóbulos de las orejas
de otras señoritingas?
Clodagh sintió que le quemaban las mejillas cuando él dirigió una mirada valorativa a sus
orejas.
—Son los únicos lóbulos que he visto ruborizarse al oírme un cumplido, pero no son tan
sensibles como los de las «señoritingas» que conozco, puesto que han escuchado cómo me he
referido a zonas de su cuerpo cubiertas sin poner el grito en el cielo.
—Ya le he advertido de que no soy impresionable.
—Pues yo sí. Me doy por impresionado con sus pecas —depositó otra rosa en el montón,
mirándola a través de las hileras de pestañas besadas por el sol—, por el lunar sobre esa barbilla
obstinada suya, las medialunas de sus pestañas negras, el cuello pálido... —Por cada una de las
razones iba tirando de los delicados tallos y posándolos sobre la falda de Clodagh, que le
devolvía la mirada con el alma en vilo—. Su piel, sus labios... Sus dos ojos.
—Mis dos ojos estaban cerrados cuando me ha visto —le recriminó enseguida, luchando por
no tragarse aquella pantomima—. ¿Cómo puede contarlos?
—¿No cree que se pueda amar lo que no se ve?
Clodagh no pudo replicar. La respuesta habría venido acompañada de una punzada en el
pecho.
Por supuesto que se podía amar lo que no se veía. Ella aún conservaba los resquicios de un
amor sincero hacia un hombre que ya no caminaba entre los vivos.
—Sea imaginativa, señora Swansea —continuó Blaine—. No añado sus ojos a la lista porque
sean verdes. Es verdad que eso no lo supe a primera vista. Los agrego por haberme hecho soñar
despierto con cómo me mirarían.
Clodagh intentó no moverse, sospechando que un pestañeo de más delataría su turbación.
—¿Y cómo le estoy mirando, si puede saberse?
—Con el interés justo para que me atreva a seguir hablando. —Pareció iluminarse desde
dentro al esbozar una sonrisa secreta—. Quizá también con el interés que me permitiría tomarme
libertades mayores que charlar.
Si bien Clodagh no había disfrutado de un flirteo inocente jamás, una mujer embarazada
reunía el suficiente conocimiento amatorio para entender una insinuación. La mente la traicionó
y se vio siendo apresada por los brazos de Blaine, aturdida con besos tan lánguidos como su
mirada prometedora, como sus lentos pestañeos...
Una oleada de vergüenza mezclada con rabia le sobrevino.
—La única libertad que tiene es la de salir por esa puerta en el momento que lo desee.
—Usted también dispone de esa libertad, pero no la ha ejercido.
Clodagh estaba desesperada por que llegara el momento en que su insistencia le resultaba
irritante, pero no parecía que eso fuera a ocurrir. Blaine Reynolds poseía un magnetismo cegador
que no estaba en posición de negar. Y aun así, tuvo que intentarlo. Tuvo que recordarse que no
era su deseo casarse con ningún casanova con pico de oro, y ni mucho menos retorcerse de
placer entre sus sábanas.
—Milord —dijo en voz alta con un deje sarcástico—. ¿Tiene usted algún incentivo para
casarse conmigo que no tenga que ver con mi apariencia?
—Nada de lo que he mencionado tiene que ver con la apariencia, señora. Es un conjunto de
rasgos personales que han dibujado en mi pensamiento una idea muy clara de quién es usted.
—¿Está insinuando que cree conocerme? Porque no le recomiendo enamorarse de una idea
romántica de lo que soy o de lo que supuestamente represento para usted.
Clodagh bajó la guardia al fijarse en la sombra nostálgica que de pronto torcía su sonrisa
hacia el autodesprecio. Reconoció sus matices porque la había visto en el espejo. Esa sombra era
un recuerdo que intentaba confinar en un rincón de la memoria sin ningún éxito.
—Ya cometí ese error una vez, señora. Le aseguro que no volvería a pasar. Más que nada
porque ahora tengo afilado el instinto y sé que no me engaña cuando la describe a usted como
perfecta.
—¿Cuál es el apellido de ese «perfecta»? ¿«Esposa»? Eso no lo sabe.
—Sé que ha sido esposa con anterioridad, lo que ya le da una clara ventaja respecto a las
demás.
—¿Contra qué «demás» compito? Viendo que le basta una mirada para darse por encantado,
seguramente hasta las mujeres que no ha tratado nunca estén participando en la carrera por el
puesto de baronesa.
—No se equivoque, señora. Usted no compite. De hecho, puedo asegurarle que, si no me caso
con usted, no me casaré con nadie.
Clodagh confiaba en su instinto y en las primeras impresiones y supo, como sabía qué nombre
recibían las posiciones del sol, que Blaine Reynolds no la estaba engañando. La determinación a
hacerla suya impregnaba sus ojos de un brillo acerado, feroz, y Clodagh, en lugar de ofenderse
por la decisión que había tomado sin consultarle, se sorprendió aguantando el aliento.
Le abrumaba recibir las atenciones de un hombre. O, mejor dicho, de un caballero, pues antes
de quedarse embarazada había sido un reclamo tanto para los campesinos de la zona como para
los forasteros que andaban de paso por su aldea natal. Tal había sido el deseo de Clodagh de
vivir una aventura romántica que se dejaba mimar con gusto, creyendo que la lujuria era solo un
paso previo a la pasión de la que se sabía merecedora. En su juventud fue sin duda ingenua, pero
habría tenido que serlo especialmente para no darse cuenta de que ni uno solo de sus admiradores
la amaba de veras.
Solo hubo un hombre capaz de convencerla, de estrecharla entre sus brazos. Un hombre tan
carismático como el diablo que ahora la miraba esperando que diera su brazo a torcer.
—¿Necesita una esposa para cobrar algún tipo de herencia? —inquirió sin más dilación.
—No, señora.
—¿Ha... hecho alguna apuesta con alguien?
—No, señora.
—¿Quiere vengarse de alguna mujer? ¿Darle celos con una falsa prometida?
Blaine se echó a reír.
—¿Por qué demonios no cree que su encanto pueda bastar para atraer a un hombre? —Parecía
genuinamente asombrado—. ¿Por casualidad no hay espejos en Nueva York, o es que su marido
sentía celos hasta de su reflejo y mandó quemarlos todos? Sé que los americanos son criaturas
obtusas, pero nunca me imaginé que lo serían hasta ese punto.
Clodagh no pudo contenerse más y sonrió, conmovida por la duda honesta que traslucía su
comentario. Él le devolvió el gesto enseguida mientras sus ojos, ni verdes ni grises del todo, se
deslizaban por su rostro hasta detenerse en la barbilla.
—Ahí tenemos una causa decimoquinta, señora. —Con el pulgar le acarició el mentón.
Clodagh no se creyó con la fuerza suficiente para apartarle la mano.
—Ya ha contado mi barbilla.
—Pero no el hoyuelo. Cuando se ríe le sale a usted un hoyuelo justo aquí. ¿No lo sabía?
Clodagh pestañeó, aturdida.
Más allá del regocijo interno o el agradecimiento por que un hombre le estuviera recordando
que era bella pese a su avanzado embarazo, que a ratos sentía que le había arrebatado su única
virtud, Clodagh sentía el corazón ardiendo. Le habría ardido incluso si aquel hombre no hubiera
sido un loco desesperado por su atención. Le habría ardido incluso si jamás se hubiese dirigido a
ella. Incluso si solo lo hubiera visto de lejos, sonriéndole a otra mujer como le estaba sonriendo a
ella.
—No. —Desvió la vista a sus manos entrelazadas—. Supongo que no... no había espejos en
Nueva York.
Él suavizó la sonrisa, como si quisiera respetar la repentina tristeza que la había invadido.
—Qué suerte que tenga usted delante al espejo humano del cuento de los hermanos Grimm,
preparado para decirle quién es la más bella del reino.
Clodagh sacudió la cabeza esperando que sirviera para vaciarla de pensamientos ridículos,
como que quizá estuviera interesado en ella de veras. Dudaba que la hubiera amado apenas verla,
pero no había sentido antes una emoción tan intensa vibrando con vida propia en un hombre.
—Yo podría decirle quién es el más insistente del mundo.
—No hace falta. Ya lo sé. Vivo con él.
Clodagh volvió a sonreír.
—No puede decirme que, si no me caso con usted, dejará la baronía sin herederos. Eso pone
sobre mis hombros una gran responsabilidad, milord.
—En realidad, eso pone sobre uno de sus hombros al mismísimo diablo tentador, señora —
interrumpió una voz masculina. Clodagh se giró hacia un hombre con idéntico rostro al del
pretendiente arrodillado. Chase Reynolds cerraba la puerta tras él y avanzaba unos pasos,
descompuesto por la ira—. Le aseguro que, si no se casa con usted, procurará casarse con una
mujer que tenga una sola característica en común con usted. Una que no ha tenido el detalle de
señalar. El embarazo.
—Es muy maleducado referirse al estado de una mujer con ese desahogo, Chase —le
reprendió Blaine, que se incorporaba con toda la calma que parecía haberle robado a su hermano
—. ¿Dónde están tus modales?
—¿Dónde está tu conciencia, canalla? —le ladró—. ¿Pretendías convencer a la criatura de
casarse contigo a base de patrañas?
Clodagh se reclinó en el asiento por la impresión de verlo furioso.
—Ha comentado en alguna que otra ocasión que su gemelo saca lo peor de usted, señor
Reynolds, pero habría jurado que exageraba hasta ahora —admitió.
Chase colocó el brazo a la espalda con una risita crispada. Podía parecer un gesto educado,
pero era más probable que estuviera escondiendo el puño para no arremeter contra Blaine.
—En este caso sacará lo mejor de mí, porque evitaré una desgracia. Ya que mi hermano ha
preferido evitar la senda de la verdad, señora Swansea, deje que sea yo quien se la ilumine.
Milord espera casarse con usted y darle su apellido a la criatura que está gestando para no perder
su título y sus bienes materiales. Nuestro padre puso como condición que tuviera un heredero a
los cinco años de heredar la baronía o de lo contrario perdería sus privilegios.
Confundida, Clodagh ladeó la cabeza hacia el inmóvil Blaine.
Bastó con la mirada de irritación que este le dirigió a su hermano para confirmar que Chase
no había acudido a interrumpir o difamar, sino a salvarla de una mala decisión.
Hasta el momento, Clodagh había tratado de convencerse de que no estaba ponderándolo en
serio, pero la verdad sirvió para abrirle los ojos de la peor manera.
Había estado dispuesta a ceder. El diablo casi la había encandilado.
Saber esto la hizo mirar a Blaine horrorizada.
—¿Es eso verdad? —Él no contestó de primeras, y no le dio tiempo para formular una
mentira—. Oh, ¡por supuesto que es verdad! No me lo puedo creer. ¡Le he preguntado
abiertamente si necesitaba esposa para cobrar una herencia!
—Y yo he respondido con sinceridad —se defendió él—. No la necesito para cobrar una
herencia, señora. Solo para conservarla.
Clodagh no dio crédito a su sinvergonzonería.
Ya había sido prevenida de los que eran sus escandalosos defectos, pero no había querido ni
oír hablar de ellos en cuanto hubo pronunciado su primera palabra hipnotizadora. Se tuvo que
levantar para redistribuir la rabia que la iba inundando y que parecía haberse quedado estancada
en su cabeza para marearla.
Ni siquiera entendió por qué aquello le sentó como una puñalada trapera, pero al volver a
mirar a Blaine a la cara sintió que podría matarlo con sus propias manos.
—¿Sabe, milord? —empezó, controlando el tono. Agarró los tallos de las rosas que no habían
caído al suelo al incorporarse y, sacudida por la indignación, comenzó a arrojárselas una a una—.
¡Se me ocurren catorce razones por las que no me casaría con usted ni borracha!
»¡Porque es usted un canalla! —empezó, utilizando a veces las corolas arrancadas y a veces
los tallos espinosos como proyectil—. ¡Un granuja! ¡El hombre más mezquino que he conocido!
¡Un sinvergüenza; un vil tunante, pura morralla y peor que un villano! ¡Bellaco y estafador!
¡Sabandija! ¡Alimaña miserable! ¡Golfo rastrero! ¡La gentuza como usted no debería ni
compartir techo con una familia tan honrada!
Tal era la concentración de Blaine para esquivar la munición de flores que quizá por eso no
soltó la carcajada que parecía bailar en sus ojos.
—He contado solo doce, señora —le recordó—. Dos más y cierra el círculo.
Clodagh apretó con tanta fuerza los puños que se clavó las espinas en las palmas.
Ni siquiera sintió el dolor.
—¡Váyase al diablo, sinvergüenza! —Le tiró las dos últimas.
—Eso ya lo ha dicho —señaló Blaine, enarcando las cejas.
Al verse sin flores que empuñar y sin la satisfacción de haber humillado a alguien distinto a sí
misma, Clodagh se sintió más ingenua y vulnerable que nunca. Más incluso que cuando la
convencieron la primera vez de los mismos bellos sentimientos que Blaine había reducido a mera
palabrería con su descaro.
Se negó a llorar ante él, pero no pudo evitar que la voz se le quebrara al acusarlo con un dedo
tembloroso.
—Es usted el último hombre en este mundo con el que me casaría.
Blaine le sostuvo la mirada con el pecho erguido, y pronto supo que no por soberbia, sino
porque aguantaba la respiración.
Ya sin sonreír, hizo un gesto humilde con la cabeza que la confundió más si cabía.
—Con eso último ya estamos hablando con propiedad, señora. Me doy por insultado.
Clodagh se agarró las faldas ignorando el escozor de las laceraciones. Solo detuvo su huida
para aclararle muy de cerca:
—Y dese también por rechazado.
Capítulo 5
—Espero que estés satisfecho —espetó Blaine apenas oyó los pasos apresurados de su
hermano gracias al eco del pasillo.
Se había propuesto confrontar a la mano negra con sentido del humor, sabiendo que el
desenfado con el que trataba asuntos de suma vitalidad era lo que más alteraba a su gemelo. Pero
esta vez era él quien oscilaba en los límites de la paciencia.
Estaba a una sola provocación de prorrumpir en gritos, aunque, con toda honestidad, no había
hecho otra cosa en toda la mañana posterior a la cena que bramar órdenes a los criados desde su
despacho.
Ahora podría bramarle los reproches a quien se los merecía.
—¿Me has citado en tu despacho para echarme una bronca? —inquirió Chase bajo el umbral.
Se tomó un momento para revisar a su hermano de arriba abajo antes de abrirse paso—. No es en
absoluto tu estilo.
—Nunca hasta ahora me habías dado razones.
—Vaya, así que esto era todo cuanto tenía que hacer para que te pusieras en mis zapatos:
darte un poco de tu propia medicina.
Chase se dejó caer sobre el sillón orejero que solían ocupar las visitas de carácter formal.
Alargó el brazo hacia la licorera para descorchar una botella de malvasía.
Si algo corría allí en abundancia, no eran las buenas decisiones, sino el alcohol de calidad. La
expresión de Blaine, cuya mirada oscura lo perseguía desde el escritorio, auguraba que esa
mañana también correría otra clase de líquido.
Su sangre.
Chase echó un vistazo valorativo al despacho, como si lo necesitara para ubicarse cuando
había pasado allí madrugadas enteras salvando el futuro del título. La sonrisilla que esbozó no
dio lugar a dudas: estaba pensando en lo mismo que Blaine meditaba a veces con ironía, y es que
aquella zona de la casa parecía pertenecer al hermano pequeño y no al barón. No solo porque
Chase fuera el encargado de resolver los problemas legales, económicos y hasta morales —más
de un marido ofendido había desfilado por allí— en los que Blaine se veía inmerso, sino por otra
serie de detalles apreciables a simple vista.
Sobre el escritorio de nogal reposaba la primera edición de una obra de Shakespeare que
Chase se había peleado por conseguir en una puja, junto a una réplica de Waterhouse habían
colgado el uniforme de coronel que vistió en el ejército y la bayoneta que empleó para masacrar
a las tropas napoleónicas —Blaine no se habría molestado nunca en formar filas, no ya por su
condición de heredero, que le eximía de tal responsabilidad, sino porque en su momento dudó
que las escasas diversiones del campo de batalla satisficieran su ánimo hedonista— y, aunque
Chase no lo supiera, en uno de los cajones Blaine seguía conservando la miniatura de su madre.
Esa que el pequeño se había llevado a la guerra y Blaine le birló apenas regresó durante un
copioso almuerzo en White’s, haciendo gala de sus privilegiados dones para el carterismo.
En ese tiempo que Chase dedicó a servirse alcohol y admirar su obra —porque era innegable
que se tratara de su obra—, Blaine estuvo a punto de perder la paciencia. Pero no lo hizo hasta
que Chase, en tono jovial, le animó con un alegre:
—Cuéntame, querido hermano. ¿Cómo se siente?
—¿Cómo se siente el qué? —siseó Blaine, apoyando los nudillos sobre el montón de papeles
que nunca se preocupaba de ordenar.
Chase le sonrió con la barbilla bien alta y chocó su copa recién servida con la botella.
—La derrota.
Blaine rodeó el escritorio, decidido a cernirse sobre él.
—¿Por qué no me lo dices tú? Eres quien perdió el derecho a ser llamado «milord» apenas
nació y desde entonces tu vida ha sido una serie de desdichas. —Le arrebató la malvasía y dio un
trago directamente de la botella.
Chase esperó a que tragara para contestarle con calma.
—Podría recuperar todo eso en un abrir y cerrar de ojos.
—Entonces eso era lo que te proponías al arruinar mi pedida de mano —dedujo, estrechando
la mirada. Clavó la botella sobre la mesa y se inclinó sobre su hermano con aire amenazador—.
Solo estabas saboteándome para quedarte con la herencia, ¿no?
La sonrisa relajada de Chase mudó a otra de carácter tenebroso. Apenas hubo dado un trago a
la refinada copa, se inclinó también hacia Blaine para que el peso de su mirada censuradora
cayera sobre él como una condena.
—No sé si te habrás percatado de este detalle que voy a señalarte. Tienes la cabeza tan metida
en tu propio culo que no creo que allí se pueda escuchar algo distinto a tu voz, pero Clodagh se
apellida Swansea. Esto quiere decir que forma parte de mi familia política. Mi esposa la respeta,
mis suegros la veneran y mis cuñadas la adoran. Estás completamente loco si pensabas que iba a
permitir que la usaras para tus viles negocios.
—¿Convertir a una viuda embarazada en una baronesa adinerada te parece un negocio vil?
—Usar mentiras para cerrar un acuerdo es una vileza que solo tú considerarías legítima para
conseguir lo que te propones.
Blaine se pasó la lengua por el labio inferior, estirado en un amago de sonrisa, y se inclinó
más, manos apoyadas en los brazos del sillón, para acorralar a Chase.
—No sé si te habrás percatado de este detalle —empezó, imitando la voz de Chase—. Tienes
la cabeza tan metida en el culo de tu esposa que no creo que allí se pueda escuchar algo distinto a
vuestras voces, pero Clodagh es una criatura deliciosa. De ninguna manera podría un hombre
mentir al halagar sus virtudes.
—Oh, no me hagas reír. —Chase lo empujó por el pecho y se levantó, meneando la cabeza—.
No te enamoraste de ella nada más verla, Blaine, y toda esa palabrería sobre divinidades y
milagros solo erais tú y tu traicionero desparpajo tratando de llevarla a tu terreno.
—Y en mi terreno se habría quedado si no te hubieras creído en el derecho de invadirlo con tu
gran sentido de la oportunidad. ¿Quién te ha enseñado a escuchar detrás de las puertas? Nuestro
padre seguro que no.
—¿Quién te ha enseñado a ti a ser un canalla y un manipulador? —retrucó de mal humor—.
Nuestro padre seguro que tampoco. Él tenía muchos defectos, pero no los ocultaba bajo capas de
encanto venenoso.
Blaine le sostuvo la mirada, cavilando qué tan mala idea sería derribarlo de un placaje.
—Ya veo que estás desesperado por arrebatarme el título.
—¡Me importa un carajo la baronía y me importa un carajo el dinero! —Extendió los brazos,
cansado de defenderse—. Soy ahorrador y prudente y eso me permite llevar un estilo de vida
considerablemente superior al tuyo. Lo que sí me importa es que le hagas daño a Clodagh, cosa
que sabía que harías y por lo que intenté alejarte de la casa.
—Esto es ridículo —rio Blaine, pasándose una mano por el pelo—. ¿Antepones a una mujer
que hace una semana no sabías ni que existía al futuro de tu propia sangre?
—El futuro de mi sangre no está en este despacho, Blaine, sino en el vientre de mi esposa, y
créeme: me hago cargo y me preocuparé de ello como tú solo te preocupas por ti.
Blaine dio tres pasos rápidos hacia Chase con la intención de borrarle a golpes ese gesto
petulante que le sacaba de quicio.
—¿Vas a pegarme? —inquirió Chase con una mano alzada—. Adelante, empieza. Los dos
llevamos deseando esto mucho tiempo.
Blaine frenó a un paso de abalanzarse sobre él, con la mala suerte de que la inercia de la
caminada le dejó tambaleándose. No apartó en ningún momento la mirada de Chase, al que se le
notaba impaciente por que su hermano volviera a comportarse como un matón.
—Estás loco si crees que voy a darte más razones para justificar tu superioridad moral sobre
mí —masculló Blaine con desprecio—. Te voy a decir lo que llevo tolerando mucho tiempo,
Chase: tu prepotencia, tus ínfulas de perfección.
La confusión obligó a Chase a bajar los puños, que ya había esgrimido en posición defensiva.
—¿De qué demonios estás hablando ahora?
—Hablo de que llevas toda la vida aprovechando cada uno de mis errores, fuera inconsciente
o voluntario, para anotarte un tanto y engordar la lista de motivos por los que ostentarías el título
mejor que yo.
—¿Siquiera te cabe la menor duda de que eso es tan cierto como que el sol se pone por el
oeste? En mis manos, el dinero se ha multiplicado. En las tuyas, Blaine, ha desaparecido en
burdeles de poca monta. No es una cuestión de prepotencia; es una verdad como un templo.
—No es esa verdad lo que me deja al límite de la paciencia. La ingenuidad es algo que no
puedo permitirme y sé que serías un barón Godolphin como no se ha visto otro. Es lo mucho que
te alegra verme tropezar, Chase, que te sirvas de mi mediocridad para engrandecerte.
Chase soltó una carcajada incrédula.
—No me lo puedo creer. Es la primera vez en mi vida que me meto en tus asuntos, y con el
único fin de evitarle sufrimiento a una inocente, ¿y con esas me sales? Blaine, tú no solo te
alegras de verme tropezar. Eres el que está ahí para ponerme la maldita zancadilla.
—Tendré que ponerte la zancadilla para que tu odio esté justificado y no lo proyectes sobre
mí solo porque nací antes que tú, ¿no crees?
Chase sacudió la cabeza, pero no respondió enseguida. Se dio una vuelta por el despacho con
la mirada perdida, mascullando frases inconexas entre las que Blaine entendió:
—No dices más que sandeces.
—A mí no me parece una sandez que seas incapaz de referirte a mí sin rencor porque no
soportas que un inútil esté a la cabeza de la baronía.
Chase frenó para enfrentarlo con la mandíbula tensa.
—¿Qué quieres que haga para demostrarte que no he obrado así porque me interese tu título?
¿Quieres que me recorra todos los asilos de Londres y viaje a los pueblos perdidos del norte para
encontrar una embarazada que encaje en tu descripción, que se ajuste a tus querencias? Lo haré.
—Lo apuntó con el dedo—. Pero lo que no voy a hacer es quedarme sentado mientras embaucas
a una pobre muchacha. Cualquiera menos ella, Blaine. No te figuras lo mal que lo ha pasado en
la vida.
Por si acaso no le hubiera creído a la primera, el brillo de la verdad aclaró los ojos de su
hermano. Era una confirmación que no necesitaba, porque Blaine había visto de qué manera
habían arrasado a Clodagh Swansea la inseguridad y el deseo de ser amada. Lo suficiente para
que estuviera a punto de creerse a pies juntillas el puñado de verdades que habían comenzado
siendo mentira.
—Aunque no los airee, soy consciente de que tengo defectos —empezó Blaine en tono
apaciguador. Se acercó a Chase despacio con las manos por delante—. Soy egoísta, mi
narcisismo agudo me impide ver lo que tengo en las narices y acabo de demostrar que bordo el
papel de víctima. Soy un desastre para las finanzas y me gustan demasiado las mujeres, aunque
siempre menos de lo que merecen gustar, porque jamás me comprometo... Pero te aseguro que
no pretendo hacerle daño a Clodagh.
Chase no se dejó convencer.
Ya era mala suerte que el único que ponía obstáculos para la consecución de la esposa fuera la
persona que mejor le conocía. A otro le costaría mucho menos embaucarlo.
—¿Por qué no te casas con alguna de las mujeres con las que te has acostado? Tú mismo
dijiste que te faltan dedos en las manos para contar a las madres de bastardos. Reconoce a uno de
los tuyos.
—Acabo de recitar mis defectos, Chase, y te habrás dado cuenta de que no he mencionado en
ningún momento que sea un rematado imbécil. ¿Qué te crees, que voy por ahí dejando un
ejército de ilegítimos a mi paso? Soy muy cuidadoso.
—Eso es lo que tú te piensas. Me cuesta creer que no hayas cometido un solo desliz en tu
vida.
Blaine disimuló una risilla condescendiente. Miró a su hermano de soslayo.
—¿Con cuántas mujeres crees que me he metido en la cama?
—Con muy pocas en comparación con las que te has acostado. Si tuvieras que cambiar las
sábanas cada vez que tienes visita, tendrías que contratar a una doncella solo para esa labor, y
sería la criada más atareada de Godolphin House.
Blaine no se movió de donde estaba.
—Una cosa es acostarte con muchas mujeres y otra muy distinta acostarte muchas veces con
la misma mujer. Planteado así, dime: ¿con cuántas mujeres crees que me he metido en la cama?
—repitió, más despacio.
La socarronería del gesto de Chase se diluyó en la confusión.
—Qué se yo. ¿Cien?
—Te aseguro que han sido muchas menos de las que tú abrazaste solo mientras duró tu breve
estancia en Italia.
—¿A dónde quieres llegar con esto? ¿También vamos a competir por logros amatorios?
—Quiero llegar a que mi fama de seductor se debe a que me llevo de maravilla con las
mujeres sin importar su estrato social, pero siempre he tenido amantes fijas a las que he colmado
de caprichos. Sé tratar bien a las mujeres, Chase. Puedo darte nombres si quieres referencias.
—No va a ser necesario, gracias. Entre otras cosas porque ya vi cómo trataste a Clodagh.
Como a una reina —ironizó—, solo que era la reina del castillo de naipes que se viene abajo de
un soplido.
—Si quiere vivir en un castillo de naipes, me las apañaré para que ni un terremoto lo
derrumbe. No me vuelvas a pedir que me aleje de ella, Chase, entre otras cosas porque es tarde.
Hace tan solo media hora he enviado una invitación plural a Eaton Square para que la familia
Swansea al completo pase las fiestas navideñas en mi residencia de campo... y hace tan solo
cinco minutos he recibido la confirmación.
Chase pestañeó, perplejo.
—A un lado lo que eso me parezca a mí, ¿eres consciente de que Clodagh no quiere verte ni
en pintura?
—Pues tenemos un problema, porque hay un retrato nuestro a escala real en el salón de
Reynolds Abbey. No le va a quedar más remedio que disfrutarlo mientras tostamos nueces, como
dicta la tradición.
»Tú también estás invitado, por cierto —agregó, señalándolo con el pulgar—, no se vaya a
decir que guardo rencor. Tú ya lo haces por los dos.
Chase se frotó la cara hasta dejarse marcas rojizas.
—No tienes vergüenza.
—No me hace falta cuando me sobra esperanza. La señora Swansea estaba encantada
conmigo antes de que aparecieras. Confío en que en unos tres días de fiestas conseguiré ganarme
su favor.
—¿Y si no lo haces?
—Lo haré.
—¿Y si no lo haces? —insistió Chase.
—Lo haré —repitió Blaine, más despacio. Ni siquiera miró a su hermano. Tenía la vista fija
en el zócalo de la pared de enfrente y el nítido recuerdo de Clodagh obstruyendo toda visión—.
Así que te animo a poner todos los obstáculos que se te ocurran, hermano. Si no los pudiera
saltar, los destruiría con mis propias manos.
Se perdió el asombro que transfiguró por completo el gesto de Chase. Se había mostrado
incrédulo, asqueado por sus motivaciones, pero ahora lo miraba por el rabillo del ojo
sospechando.
—No me puedo creer que vaya a preguntar esto, pero... ¿Puede ser que estés tan convencido
de casarte con ella porque en realidad te gusta?
Blaine evocó el rostro redondo de la joven. Veinte minutos buscándole un solo defecto para
no sentirse la presa en lugar del cazador y, para su desgracia, solo había descubierto dos cosas:
que era adorablemente expresiva, y que eso le fascinaba de un modo incomprensible. Ni siquiera
si hubiera podido leerle el pensamiento se habría dado cuenta antes de todos los estados por los
que había pasado durante la conversación: desde la incredulidad hasta el deseo de confiar, con
todo lo que había en medio, como curiosidad y simpatía.
Blaine llevaba toda la vida compadeciéndose de las muchachitas que perdían la vida a manos
de su ingenuidad, pero el candor que Clodagh intentó disimular había resultado poseer
propiedades mágicas, porque se las arregló para convertir las mentiras de Blaine en una verdad
irrefutable conforme salieron de su boca.
Si no se casaba con ella, no se casaría con nadie.
Fin de la historia.
—Naturalmente que me gusta... —aceptó Blaine. Sonrió de lado—. Me gusta salirme con la
mía y por la puerta grande.
—Pues ojalá la señora Swansea te cierre esa puerta en las narices.
—Si me la cierra, me colaré por la ventana, cavaré un túnel subterráneo o haré que un rayo
abra un agujero en el tejado. —Dirigió a su hermano una mirada agresiva de la que ni él fue
consciente—. Esa mujer va a ser mía aunque para ello tenga que perder todo lo demás.
—¿A qué te refieres con «todo lo demás»? Diría que al orgullo, pero seguro que pedir
disculpas no es ni por asomo un paso que vayas a dar. Tú siempre estás dispuesto a hacer
cualquier cosa excepto admitir que te equivocas.
Blaine soltó una sola carcajada. Agarró de nuevo la botella e hizo el ademán de servirse.
—¿Por qué habría de disculparme?
—Porque es usted un embaucador miserable —espetó una voz femenina.
El corazón de Blaine dio un vuelco antes de levantar la mirada hacia la recién llegada.
El mayordomo de Godolphin House se quedó tan aturdido por la maleducada intervención de
la muchacha que olvidó presentarla. Después no tuvo sentido detenerse con formalidades, porque
Clodagh entró en el despacho decidida. En su mano portaba una invitación abierta que se ocupó
de tirarle a la cara con todo el desprecio que fue capaz de reunir, que era a su vez mucho más del
que un cuerpo tan pequeño podría albergar.
—¿Se cree que no sé lo que se ha propuesto al mandar esta invitación? —le ladró, ofendida.
Antes de que hiciera de su conocimiento las que eran sus sospechas, Blaine carraspeó.
—¿Te importaría dejarnos a solas, Chase? —preguntó, sin apartar los ojos y la media sonrisa
complacida de la joven, que lo miraba a su vez desafiante—. Se me ha presentado un asunto que
he de atender con urgencia.
Chase entornó los párpados.
—¿Desde cuándo atiendes tus propios asuntos?
—Desde que están de muy buen ver.
Clodagh bufó por lo bajo. Cruzó los brazos sobre la prominente panza y esperó con la misma
impaciencia que Blaine a que Chase abandonara la estancia.
Este no se movió ni un centímetro.
—¿Está usted de acuerdo con esto, señora? —inquirió él.
—Sí, señor Reynolds.
—Creo que les beneficiaría que los acompañara una carabina.
—La carabina se beneficiaría con la visión de la señora, sin duda —intervino Blaine. Ninguno
de los dos había mirado a Chase al responderle. Seguían midiéndose al detalle, esperando
impacientes el momento de la detonación—. Gracias por la recomendación más ridícula de la
historia, hermano. Ahora puedes irte.
—No se preocupe por la carabina, señor Reynolds. Solo hace falta echarme un vistazo para
saber que estoy más que arruinada.
También bastaba una mirada rápida a Blaine para descubrir que él gustosamente la arruinaría
de nuevo. Y sin contemplaciones.
Como si su hermano lo hubiera leído en sus pensamientos, dijo:
—Señora Swansea, aunque se encuentre usted en estado, no debería subestimar a mi hermano
gemelo. Se las podría apañar para arruinarla de modos que no se imaginaría.
«Desde luego que no se los imaginaría», pensó Blaine.
—Debería preocuparse más por la integridad de Godolphin que por la mía.
Chase bufó.
—Pues si eso es lo que debe inquietarme, me marcho.
Ambos combatientes, a punto de dispararse reproches a quemarropa, se perdieron la media
sonrisa enigmática con la que Chase abandonó la estancia.
Y tan pronto como se cerró la puerta, dio comienzo el duelo.
Capítulo 6
No se podía decir que no hubiera intentado librarse del viaje. Desde que regresara a Eaton
Square en el flamante carruaje de importación francesa del latoso pretendiente, Clodagh no había
cesado de idear planes que la eximieran de pasar las vacaciones en Reynolds Abbey.
Había comenzado apelando al pretexto primigenio: una migraña descomunal. Luego trató de
convencer a Temperance para que recurriese a Atticus Richter, un viejo amigo de los Swansea,
para que este elaborase también su invitación irrechazable durante las fiestas y así cambiara los
planes de la familia. Como último recurso, había depositado toda su esperanza en la
preocupación por el niño. No sería bueno viajar en su estado y, si sufría un percance, sería más
conveniente estar en la capital, donde los mejores médicos podrían atenderla de inmediato.
Lo único que había conseguido había sido un carro de polvos neurálgicos —entre otras
panaceas para el dolor— y que la pequeña Hope se enfureciera con su madre por haber
rechazado la propuesta vacacional en el hogar de Atticus.
—¡Ya hemos aceptado la invitación de lord Godolphin! —había exclamado la señora
Swansea, desentendiéndose de los berridos de su hija menor—. Sería de un mal gusto
imperdonable cambiar de opinión a última hora, y todo para prestarle una visita a un hombre de
rango superior. Lord Godolphin podría retirarnos la palabra por nuestros favoritismos.
—Lord Godolphin no podría retirarnos la palabra ni bajo amenaza. Por si no se ha dado
cuenta, madre, el caballero no cierra el pico ni debajo del agua —había acotado Temperance en
respuesta, a la que no podía divertirle más la situación. Sobre todo porque sabía quién era el
genio detrás de todo, y apoyaba por completo las intenciones de Clodagh.
—¿Y eso ya es excusa para hacerle un desaire?
—Antes de preocuparse por si hiere sensibilidades ajenas, querida, debería asegurarse de que
la supuesta víctima tiene sensibilidades que herir. Por el momento, milord no ha demostrado
poseer corazón alguno —había apostillado también el señor Swansea.
Wilhelmina, cómo no, había reaccionado con gran afectación.
—Pero bueno, ¡cómo puede hablar así de un amigo de la familia!
—Justo porque es amigo de la familia me atrevo a referirme a él en estos términos.
Excepto porque no era solo «un amigo de la familia». También era un posible yerno, la que
era la única razón por la que Wilhelmina no había permitido que nadie —Clodagh en especial—
se librara de los días de descanso en las cercanías de Canterbury, donde se levantaba Reynolds
Abbey. No lo había expresado de forma abierta, pues una dama nunca hablaba en voz alta de
asuntos tan poco elegantes como un deseo de cortejo o un plan de conquista, pero el hecho de
que hubiera empacado los mejores vestidos en el baúl de Clodagh hablaba por sí mismo.
Y allí estaba tres días después del encontronazo con el barón en su despacho: viajando en
carruaje a las inmediaciones del condado de Kent, acompañada de la sagaz Temperance, que no
dejaba de mirarla con la ceja alzada, Faith y Prudence.
—Debes estar muy preocupada por la criatura —comentó Temperance con ánimo jocoso. Era
la única que había apoyado todas y cada una de las excusas que a Clodagh se le había ocurrido
poner—. De todos los motivos que podrían habernos retenido en Londres, tu avanzado estado
era, por mucho, el único coherente.
—No lo bastante coherente para la señora Swansea. Parece mentira que, tan escrupulosa como
es para la mayoría de los asuntos domésticos, no haya tenido en cuenta las posibles
complicaciones del embarazo durante este viaje.
—Kent apenas está a unas tres horas en carruaje —la apaciguó Prudence, sonriéndole con
afabilidad—, y con este extraño buen tiempo y los nuevos caminos que conectan con la capital
apenas notarás el traqueteo.
—Kent está a tres horas en carruaje y las escaleras están solo a un tropiezo del aborto
espontáneo —apoyó Faith, con su falta de tacto habitual. Desde que se hubiera sentado frente a
Clodagh, había separado las solapas de una novela que hojeaba sin mucho interés, desentendida
de la conversación plural—. El mundo está lleno de peligros para las grávidas, y por esta regla de
tres que planteas, Clodagh, no podrías salir de la cama en nueve meses.
—Pero si Clodagh no saliera de la cama, ¿quién amenazaría con una bayoneta a lord
Godolphin? —se mofó Temperance. Faith y Prudence intercambiaron una mirada extrañada.
Clodagh se lamentó para sus adentros por haberse sincerado con Temperance.
—Pues cualquiera de vosotras con el incentivo adecuado. Ni que fuera la primera «Swansea»
que manifiesta un comportamiento errático.
—Creo que quiero conocer los detalles del incidente —decretó Faith.
—No hay mucho que contar. —Suspiró, abrazándose el vientre abultado, y miró por la
ventana—. Debería haber imaginado que la señora Swansea no sería permisiva cuando se trata
de guardar reposo durante el embarazo. Apuesto a que no dejaba de comandar la casa como el
más déspota de los generales ni siquiera a punto de ponerse de parto.
—No te equivocas —confirmó Prudence—. Mi padre siempre cuenta que impresionaba ver a
mi madre haciendo equilibrismos en el último peldaño de la escalera de la biblioteca, donde se
subía para organizar los altillos, con esa panza tan incómoda. Nada la ha detenido jamás.
—Me parece a mí que la insistencia de la señora Swansea por arrastrar a Clodagh a Reynolds
Abbey no tiene nada que ver con que no considere el embarazo una excusa inhabilitante —
meditó Temperance en tono de sospecha—. La habría obligado a ir a Kent incluso si se hubiera
partido las dos piernas, aunque hubiera tenido que empujar ella la carretilla.
—Es lógico —acotó Prudence—. No querría que Clodagh pasara las fiestas sola.
—Más bien no quiere que Clodagh pase su vida sola —corrigió Temperance.
—Le tuve que recordar mi condición de viuda mientras armaba el baúl porque no se dignó a
guardar un solo vestido negro —lo corroboró Clodagh, resignada—. ¿Sabéis lo que me contestó
la señora Swansea, esa vehemente defensora de la moral cristiana? Aireó la mano. ¡Aireó la
mano, como si hubiera dicho una pamplinada!
—Mi madre se indignaría si me oyera decir esto —respondió Temperance, al borde de la risa
—, pero para ella, la institución del matrimonio está muy por encima del tradicionalismo. Le da
igual que vayas al infierno por saltarte el luto mientras lo hagas siendo una mujer casada.
—No entiendo nada —reconoció Prudence, inocente.
—¿Acaso no estabas allí cuando Blaine Reynolds le pidió matrimonio? —Sin cerrar el libro
aún, Faith apoyó la mano sobre la página que estaba leyendo y cambió de postura—.
Embarazada, moribunda o tullida, Clodagh iba a presentarse en Reynolds Abbey con el fin de
satisfacer los planes casamenteros de nuestra madre. Lo que me sorprende es que Blaine hablara
en serio. Pensaba que solo era una de sus bromas pesadas.
—No es que esa sea una broma muy recurrente de su repertorio —caviló Prudence, pensativa
—. A mí, al menos, nunca me ha pedido que me case con él, y le gusta bromear conmigo porque
casi siempre le río las gracias.
Clodagh lanzó una mirada de auxilio a la techumbre del carruaje.
—Dios santo, ¿no podríamos charlar sobre cualquier otro tema? Voy a tener suficiente
Reynolds durante los próximos días. Si me saturáis ahora, no sé cómo conseguiré aguantarlo
después.
—Créeme, a priori parece complicado, pero Blaine suele ponerlo todo de su parte para hacer
las delicias de cualquier reunión a la que asista —le defendió Faith—. Es un descocado y he
conocido a pocos hombres tan arrogantes, pero sabe arreglárselas para hacer de sus defectos una
especie de virtud encantadora.
Temperance se rio, meneando la cabeza.
—Es un diablo.
—En eso estamos de acuerdo. Por eso me sigue sorprendiendo tanto que la señora Swansea
esté dispuesta a unirme en matrimonio con el enemigo número uno de la religión.
—La señora Swansea nos uniría en matrimonio con el mismísimo Lucifer mientras pudiera
acreditar solvencia económica —dirimió Temperance. Reclinada sobre el asiento en una postura
que su madre no habría aprobado, cruzó los brazos y atendió a Clodagh con un brillo especial en
los ojos—. Teniendo en cuenta que vas a tener que casarte, sea por activa o por pasiva, ¿por qué
no con él? No está de mal ver, y, lo aceptes o no, vas a tener que verlo en las reuniones
familiares.
«Vas a tener que verlo en las reuniones», repitió Clodagh para sus adentros, notando un
principio de calidez en la boca del esófago. Algo que la había conmovido desde su aparición en
el panorama familiar era que los miembros la incluyeran en su futuro. No parecían frases
pronunciadas por educación o para aliviar su sensación de soledad. Habían asimilado en el
preciso momento en que entró por la puerta que, con o sin su apellido, formaba parte del clan.
No le extrañaba haber desarrollado un vínculo poderoso con Temperance, pues además de ser
la primera Swansea a la que había tratado, iba a casarse ni más ni menos que con el hombre que
le había salvado la vida a ella y a su hijo no nato cuando se vio sin trabajo y sin protección en
una ciudad desconocida. Con Temperance había compartido algunas intimidades, sabiendo que
no la delataría y permanecería en su vida solo por la lealtad y afecto que profesaba a su amigo
Royce. Pero ¿qué excusa podrían tener las demás para mostrarse atentas con sus necesidades,
para implicarla en sus planes a largo plazo y tener en cuenta su opinión? ¿Sería posible que aún
quedara bondad en el mundo? ¿Sería posible que Clodagh la mereciese, aunque solo fuera en
compensación por todas las dificultades que había tenido que afrontar en el pasado?
—No lo acepto porque no estoy enamorada de él —determinó Clodagh.
Jamás se había avergonzado de que sus motivaciones para el matrimonio fueran utópicas de
tan románticas, y no lo hizo tampoco entre las cuatro paredes del carruaje pese a la reacción de
Faith. Fue la única que enarcó las cejas, como si hubiera hablado en un idioma desconocido.
—Espero que no sea ese el pretexto que utilices para disuadir a Blaine. No es la clase de
hombre que se da por vencido, ni mucho menos cuando lo que le impide conseguir lo que quiere
puede interpretarse como un reto.
Clodagh soltó una carcajada.
—No me interesa que Reynolds emprenda las olimpiadas del romanticismo para salirse con la
suya, te lo aseguro.
—Pero seguro que a él le parecería incluso divertido ponérselo como meta.
Clodagh se planteó durante un segundo sincerarse del todo con las tres mujeres que la
miraban con atención. Y es que dudaba que Blaine se propusiera conquistar su corazón para
pasar por la vicaría porque, entre otras cosas, el amor se cocía a fuego lento o bien se presentaba
como las catástrofes, de forma fulminante y sin avisar. Lo único que había fulminado a Clodagh
era su poca vergüenza, y Blaine no tenía tiempo para llevar a cabo un cortejo decente que, solo
en el caso de ser milagroso, erradicara los numerosos prejuicios que le impedían verlo como una
opción fiable. Si el doctor no se equivocaba, se pondría de parto en apenas unas semanas, y si no
estaban casados para entonces, Clodagh dejaría de servir para sus planes. Unos que prefirió no
compartir con las muchachas.
Era evidente que Blaine se había ganado el afecto incondicional de las mujeres. No sería ella
quien descubriera para sus amistades que el descaro que encantaba a sus allegados no era otra
cosa que un síntoma de su vileza. Uno muy atractivo, pero de origen defectuoso, al fin y al cabo.
En lugar de exponer la situación, suspiró y preguntó:
—¿Y cómo me lo quito de encima?
—Dile que no y que se lo guise como pueda —atajó Temperance—. Insistirá hasta la saciedad
y eso te resultará cansino, pero más exasperante sería tener que mantener la mentira que
decidieras contarle para ahuyentarlo durante el resto de tu vida.
—No tendría por qué espantarlo con mentiras cuando no hay nada más convincente que la
verdad —repuso Faith. Por fin cerró el libro y puso al servicio de Clodagh toda su inteligencia,
latente en un par de almendrados ojos azules—. Me atrevería a decir que uno de los atractivos
que Blaine te ve, aparte de tu indiscutible encanto personal, es que te relacionas con los Swansea.
Dile que no eres la viuda del tío Humphrey. Dile que no eres la viuda de nadie, a secas, y si es
tan prejuicioso y estúpido como el resto de la aristocracia, se marchará sin insistir una sola vez
más.
—¿Y arriesgar la coartada de vuestro padre? —Clodagh meneó la cabeza—. De ninguna
manera. No puedo agradecerle a la familia todo lo que ha hecho por mí, todos los sacrificios que
ha hecho para acogerme, revelando el entramado de mentiras para zafarme de un idiota.
Temperance se echó a reír.
—¿«Sacrificios»? ¿«Entramado de mentiras»? Yo sí que he sido víctima de un verdadero
entramado de mentiras, Clodagh, y créeme, lo que nosotros hicimos al hacerte pasar por una
viuda respetable no supuso ni dificultades ni renuncias.
Clodagh no respondió enseguida.
Si hubiera tendido a la autoflagelación, se habría ruborizado por haberse insinuado víctima
delante de una mujer con el historial de Temperance. La vida había compensado el sufrimiento
de haber sido abandonada en el altar y luego perjudicada por los tejemanejes de su hermana Faith
y su prometido Royce, que se habían tomado la libertad de darle una lección inolvidable por
testaruda, dándole ahora un futuro prometedor, pero durante todo el proceso no había hecho más
que sufrir en silencio. Clodagh, en cambio, solo se había beneficiado del acuerdo con los
Swansea. Gracias a ellos había dejado atrás una vida de incertidumbre y escaseces.
—Además —agregó Faith—, Blaine, aun con sus defectos, sería discreto con los asuntos de la
familia. Puede que no quisiera casarse con una mujer con una historia tan apasionante como la
tuya, pero te respetaría y no perdería el tiempo contándola por ahí.
—Entre otras cosas, porque Blaine solo cuenta historias que él protagoniza —apostilló
Temperance—. Dile la verdad, Cloud. Estoy segura de que será más de lo que pueda soportar.
Los últimos aristócratas, los más jóvenes, gustan de dárselas de liberales, pero en el fondo siguen
divirtiéndose acusando con el dedo a los que se salen de la norma.
Clodagh evocó la curiosidad que llameaba en la mirada de Blaine cuando se encontraban.
Estaba tan acostumbrada a la lujuria de los hombres que la reconocería incluso con los ojos
cerrados, y por eso había captado una serie de emociones distintas en el barón. Era un
presentimiento infundado, pero tenía la sensación de que Blaine no la juzgaría con dureza,
aunque solo fuera porque él habría cometido pecados peores que acostarse con un amante
querido.
—No me parece una historia tan escandalosa como para que huyera despavorido —admitió
Prudence, interviniendo en la conversación tras mucho meditar—. Te enamoraste de un hombre
que te prometió un futuro y por eso te entregaste en cuerpo y alma. Ninguno de vosotros tuvo
culpa de que muriera antes de darte su apellido.
—Si a Blaine le escandalizara el amor extramarital, estaría pecando de hipócrita —recordó
Faith—. A lo que yo me refiero como «hecho chocante e insólito» es a que el hombre en
cuestión fuera un criminal buscado. Hay idiotas que creen que la maldad es hereditaria, y Blaine
parece capaz de tragarse que Clodagh podría parir al hijo del demonio. O peor todavía... al hijo
de un americano.
—Faith, por Dios —masculló Prudence.
—Tiene razón —intervino Temperance—. No es lo mismo tener un hijo con sangre
americana que con la sangre de un empresario inglés emigrado a Nueva York. Pero voy a tener
que insistir en mi idea inicial. No le mientas ni le digas la verdad. Dile que no. No me parece que
sea necesario justificar por qué una mujer no querría pasar el resto de su vida con un
desconocido del que no tiene buenas referencias.
Prudence sacudió la cabeza, como si se hubiera perdido en la mitad de la charla y por fin se
hubiese atrevido a admitirlo.
—Pero no entiendo por qué ese rechazo tajante —repuso, mirando a Clodagh—. Es cierto que
lo óptimo sería casarse por amor. No creo que haya una sola mujer en todo el mundo a la que le
molestaría preocuparse genuinamente por su esposo y padre de su descendencia. Pero el afecto,
al igual que otros sentimientos, empiezan a desarrollarse a partir del enlace, cuando se descubre
cómo es la convivencia con el compañero. ¿Por qué no le darías una oportunidad a Blaine?
—Porque si no le gusta, luego no puede devolverlo —rio Temperance—. Prue, cariño,
entiendo que sientas la necesidad de defender los matrimonios de conveniencia aunque solo sea
porque tú formalizarás pronto el tuyo y te niegas a verlo como una mala decisión. Pero los
miedos y los deseos de Clodagh son muy legítimos.
—Respeto los miedos y deseos de Clodagh, pero también me intereso por la futura vida del
niño. No le faltará de nada si nace entre nosotros. Sin embargo, si lo protege un barón o
cualquier hombre poderoso, no solo será feliz y estará protegido, sino que también tendrá un
padre.
Clodagh tragó saliva y desvió la mirada a la curva del vientre, de donde no había apartado la
mano desde que notó la primera patada.
Prudence no era la primera que le decía que, dadas las circunstancias, el amor era una
consideración baladí. Su amigo Royce se lo había repetido una y otra vez, aunque sin el resultado
esperado: disuadirla.
En el momento en que se había quedado embarazada, una noticia impactante que encajó sin
mucha elegancia y que multiplicó los temores hacia los obstáculos que ponía la vida, Clodagh
supo que ya no podría volver a pensar en ella. Tendría que anteponer la felicidad y el bienestar
de la criatura que se gestaba en sus entrañas. Por lo tanto, no urgía que encontrara un marido al
que amar, sino uno rico y poderoso que acogiera bajo su ala a la criatura y prometiera protegerla
de aquello a lo que Clodagh siempre había estado expuesta: a la maldad ajena y a las penurias de
unas pésimas condiciones sociales.
Los Swansea le habían ofrecido su ayuda, pero no podía abusar de su confianza para siempre
pidiendo lo que en realidad anhelaba: llorar la pérdida de Jerry hasta que un nuevo amor, con el
mismo sentido de la oportunidad que la muerte, llamara a su puerta. Al igual que lo hizo antes de
dejarse mecer en brazos de la señora y el señor Swansea, tenía que encauzar su destino por su
cuenta. Era lo que habría tenido que acabar haciendo si las bondades de la familia no se hubieran
presentado como una suculenta alternativa a la solitaria independencia.
Además, Clodagh se estremecía cuando le recordaban que su hijo nacería sin padre. Ella
tampoco había disfrutado de la protección o el cariño de una figura paterna. Había crecido sola,
haciéndose a sí misma, y aunque estaba orgullosa de cómo se las había arreglado para abandonar
el pueblo asolado por la pobreza en el que le tocó nacer y reinventarse mediante distintas
identidades y a través de variados trabajos, no deseaba el mismo aciago futuro para la criatura.
Soñaba con un niño rollizo de mejillas arreboladas, un buñuelito de carne que se riera con el
puño en la boca y, tras un largo día correteando despreocupado, cayera rendido en un sueño de
bendito con el eco de una sonrisa en la cara. Quería un niño al que su padre cogiera en volandas,
regañara cuando hacía una travesura y al que convirtiese en un hombre a base de pacientes
lecciones vitales.
El rostro que dibujaba en la figura paterna de sus fantasías no era otro que el de Jerry, y
aunque el egoísmo la cegara concibiendo a priori a su pareja amorosa de la mano, estaba
dispuesta a cambiar esos rasgos ya borrosos por los de un hombre que, aunque no la amara a ella,
sí quisiera a su pequeño.
Pero ese hombre difícilmente sería Blaine Reynolds, que solo se quería a sí mismo.
—Quizá esté cayendo en el juicio fácil —habló al fin—, pero no creo que el barón supiera
defender el papel de padre tal y como lo deseo para mi hijo. No quiero a mi lado a un hombre
que enseñe a su descendencia a mentir, a no hacerse cargo de las consecuencias de sus actos y a
negarse en rotundo a madurar como lo exigen las responsabilidades adultas.
Temperance dio una sola palmada.
—Entonces no hay más que hablar. No seré yo la que se una a la defensa irracional de Blaine.
Me parece que ese bando ya está cubierto de sobra por la señora Swansea y, por lo visto, también
por Prudence.
—Yo solo daba mi opinión —repuso la aludida, siempre sin entrar en discusiones—. Creo
que nadie sabe qué clase de padre o madre será hasta que tenga a la criatura en sus brazos.
—Pero me puedo imaginar qué clase de marido sería, y no deseo a un infiel. Blaine Reynolds
se aburriría de mí en cuanto le hiciera un hueco al otro lado de la cama. Sé de lo que hablo. He
tratado con tantos hombres como él como días tiene el año.
—Él ha tratado con tantas mujeres reacias a dejarse seducir como años tiene la tierra —
contraatacó Faith—, y apuesto a que ha ganado más batallas en ese ámbito que la flota inglesa.
Mi consejo es que mines su ánimo hasta que te deteste. Pon condiciones inasumibles a cambio de
tu mano, hiere su orgullo de pavo ignorándolo, hazle creer que tienes otra propuesta más
suculenta...
—¿Eso es lo que tú has hecho para alejar a Desmond Burton? —inquirió Temperance,
divertida—. Porque si es así, no la escuches, Cloud. Si no le dio resultado a ella, a ti tampoco te
conseguirá la victoria.
—¿Cómo es posible que saques al endemoniado de Burton incluso en una conversación que
no va sobre mí? —se quejó Faith.
—Va sobre una joven irlandesa, y Burton también es un joven irlandés. Yo veo una conexión
más que suficiente para sacarte las canas verdes, querida.
Las canas verdes le aparecerían a Clodagh si seguía barruntando la proposición de Blaine. No
quería pensar en él, en su desgraciadamente encantador descaro o en el modo en que su mirada
convencida la afectaba, barriendo lejos de su alcance la racionalidad que tanto necesitaba para
confrontar a un rival de su talla. Pero el carruaje estaba llegando a su destino, y el destino no era
otro que el barón. No sería otro que él mientras insistiera en hacerla suya, porque ese hombre
tenía sobornada a la suerte y hasta los caprichosos azares se dejaban seducir por él. No cabía otra
explicación que esa para justificar que, en el preciso momento en que necesitó una esposa y un
niño, la casualidad los hubiera reunido en la misma habitación.
Esperaba que su mala suerte sirviera para contrarrestar la estrella con la que Blaine había
nacido. Y si no, tendría que hacer como había hecho desde las primeras dificultades: labrarse ella
su propio destino.
Capítulo 8
Una mujer embarazada no estaba en condiciones de seguirle el ritmo a una familia con esos
ánimos festivos. Intentó estar a la altura y no preocupar a nadie con su cansancio, pero, al final,
Clodagh tuvo que alejarse del grupo de jugadores de cartas, bebedores y bailarinas y disfrutar de
unos instantes a solas.
En cuanto creyó que nadie le prestaba atención, se acercó a la enorme chimenea de piedra y
tomó asiento frente al crepitar de las llamas. Solo allí, acompañada de las exclamaciones de los
Swansea pero al margen de la diversión, pudo volver a entrar en contacto con la verdadera
Clodagh.
La que no se apellidaba Swansea.
La que no tenía apellido, en realidad.
Aunque la soledad siempre había sido su maldición, estaba tan acostumbrada a pasar tiempo
consigo misma que se abrumaba con facilidad en reuniones que congregaban a tanta gente. Ya en
la mansión de Eaton Square necesitaba a menudo ofrecer una excusa para salir del salón y dar un
paseo por los infinitos pasillos de la casa. No quería olvidar quién era, y era fácil desprenderse de
su pasado cuando las encadenadas conversaciones de los Swansea le impedían escuchar su
propia voz.
Clodagh cerró los ojos y se dejó acariciar por el aire cálido y espeso que manaba de la
chimenea.
No solo no quería olvidar quién era, sino que necesitaba tener presente que aquel golpe de
suerte se acabaría algún día. Ella no era una señora ni una viuda digna, ni siquiera una joven
inglesa. Tampoco quería formar parte de una comunidad elitista o casarse con un lord que la
exhibiera como un trofeo, y aquella había sido la condición impuesta por la familia. Una que, a
decir verdad, Clodagh no había tenido la intención de cumplir en ningún momento.
A menudo se avergonzaba, se sentía injusta por haber jugado con los sentimientos de quienes
tan amablemente le habían abierto las puertas de su casa. Pero la mayor parte del tiempo, la
sensación era otra, y se acercaba bastante al desprecio hacia sí misma.
Con todo por lo que había pasado, con todo lo que había superado ella sola, ¿cómo había
podido dejarse ayudar por un grupo social que siempre había merecido su desdén? ¿Cómo podía
dar tan rápido la espalda a sus modestos orígenes, de los que se sentía orgullosa pese a todo, para
convertirse en una burguesa de mentira?
Clodagh se ahogaba en las contradicciones, en la culpabilidad y el miedo a traicionarse, pero
no podía dar marcha atrás cuando otra vida dependía de ella. Un mes atrás no tenía ni idea de que
los Swansea existían, y ahora, para su inmensa desgracia, le costaba imaginar un futuro sin su
apoyo incondicional.
Quizá, y después de todo, Clodagh fuera mucho más débil de lo que pensaba. Lo estaba
confirmando al verse incapaz de poner distancia entre sus anfitriones y ella; al dejarse embaucar
con facilidad por los múltiples encantos de Blaine Reynolds.
Escuchó el chasquido de las rodillas de alguien con la intención de acompañarla. No tuvo que
mirar para saber que era el rey de Roma quien se sentaba a su lado, estiraba las piernas y se
echaba un puñado de nueces tostadas a la boca.
En muy poco tiempo había aprendido a reconocer el aroma que lo acompañaba, una deliciosa
combinación de jabón de afeitar y sándalo a la que Clodagh no terminaba de acostumbrarse. De
donde ella venía, los hombres no aromatizaban la espuma, no se cambiaban de ropa dos veces al
día y no tenían una bañera de mármol macizo a su disposición, como tampoco un ejército de
criados listos para llenarla de agua caliente y sales.
—He visto que se lo pasaba usted de maravilla —comentó Clodagh en voz baja. Admiraba,
hipnotizada, el ondular de las llamas, solo para no admirar al hombre a su derecha.
—Le dije que la invitación dirigida a los Swansea no tenía que ver con usted, sino con la
estrecha amistad que me une a mi familia política.
Clodagh ladeó la cabeza hacia él con gesto socarrón.
—Ah, ¿no tenía nada que ver conmigo?
—No tenía que ver con usted del todo —cedió él, sonriendo de lado. Sus ojos conectaron con
los de ella en una mirada que pareció doblemente íntima gracias a (o por culpa de) la luz
anaranjada que el fuego reflejaba en su rostro, suavizando sus rasgos de príncipe de ensueño—.
Disfruto de la presencia del señor Swansea como si fuera mi padre, señora, y Wilhelmina es para
mí un ejemplo de lo que ya no queda.
En eso estaba de acuerdo con él. Las mujeres como ella no debían abundar.
—He podido darme cuenta de su debilidad por la pareja, pero ¿de verdad esperaba que le
creyera cuando me dijo por primera vez que le importaban? Si quiere que le tomen en serio,
milord, debería probar a pronunciar una sola palabra sin su tinte irónico habitual.
—¿En qué me quedaría, entonces? —inquirió, más curioso que bromista—. Confundiría a mis
buenos amigos si, de la noche a la mañana, dejara de ser un sinvergüenza y un amante del
sarcasmo. Y es tarde para presentarme como un hombre distinto..., ¿no?
Un pálpito profundo tomó el control de las emociones de Clodagh, disparadas por culpa de la
intensa y penetrante mirada que él blandía contra ella. Esperaba una respuesta a su nada sutil
insinuación: ¿era tarde para presentarse como un hombre distinto, para obtener esa segunda
oportunidad, para que se celebrara la dichosa boda con el beneplácito de la novia?
En la superficie, Clodagh estaba convencida de que no, y esperaba que esa fuera la imagen a
transmitir. Una negativa tajante. Pero en su fuero interno seguía barruntando la posibilidad por
invitación de Prudence, de Mercy, de Wilhelmina. No podía negar que fuera más probable dar su
brazo a torcer cuando se perdía en el verde melancólico de sus ojos siempre atentos.
No era solo bello, porque Chase poseía sus mismos rasgos y no agitaba su corazón con la
contundencia de una ventisca invernal. De hecho, su atractivo no residía en lo absoluto en lo que
era, sino en lo que tenía.
Potencial. Blaine tenía un potencial que él mismo ignoraba y que Clodagh había percibido en
su desgarradora descripción del amor, en la genuina y desinteresada preocupación que mostraba
por ella sin ser siquiera consciente, en la forma en que miraba a quien consideraba su familia.
Blaine podía amar, podía ser decente, podía ser sincero. Podía serlo todo. Y «todo» era lo único
que Clodagh aceptaría para satisfacer sus deseos, su vanidad femenina y los planes para con su
criatura.
—Ha organizado una velada estupenda —le dijo, ignorando por el momento su pregunta—.
Le felicito.
—¿Cómo que «me felicita»? Si tan complacida ha quedado, agradézcamelo con algún detalle.
—¿Un detalle como, por ejemplo, mi mano en matrimonio?
—Qué casualidad. Eso era justo en lo que estaba pensando.
Clodagh se rio, feliz de que él mismo hubiera decidido restar la solemnidad de la que había
dotado a la propuesta con su primera puesta en escena. Era un alivio que ni el propio Blaine se
tomara en serio.
Dobló las rodillas tanto como se lo permitió la panza y arregló el dobladillo de la falda,
cuidando que en todo momento rozara el suelo.
—No crea que no sueño con tener mi propia familia, milord —confesó en voz baja,
entretenida con las arrugas del vestido—. Es un privilegio del que nunca he gozado, y, aunque
ahora mismo me abruma verme rodeada de gente buena, admito que es como desearía pasar el
resto de mis días.
—¿Por eso ha venido a sentarse aquí sola? ¿Se ha sentido abrumada?
—Más o menos. —La agradable caricia del fuego en el rostro y el alcohol ingerido la
atontaban lo suficiente para sincerarse—. De pronto me he dado cuenta de que esta no es mi
familia. De que no tengo familia, en realidad, y de que quizá no la tenga jamás. Porque al final...
al final... Voy a perder esto también, milord.
Sintió que el rubor le quemaba en las mejillas, pero confió en que el reflejo de las llamas en la
piel evitaría que él lo descubriera. ¿O era la mirada fija de él lo que la estaba quemando? La
notaba incluso de perfil.
—Claro que es su familia, señora Swansea. Su familia política.
Clodagh tragó saliva. En eso no podía equivocarse más, y a punto estuvo de revelarlo guiada
por el consejo de Faith.
Sabía que lo espantaría, a él y a cualquier caballero nacido en una cuna de oro, si desmentía
su condición de viuda y confesaba además que sus orígenes eran más humildes de los que un
hombre rico podría imaginar. Al menos, un hombre rico que jamás hubiera visitado las
barricadas de los cockney o los pueblos irlandeses azotados por el hambre, inventores del
conocido éxodo rural.
Así de sencillo sería, pensó Clodagh. Un «no soy una Swansea», un «ni siquiera sabía escribir
mi nombre hasta hace un par de meses», y Blaine se daría en retirada, furioso por haber creído
por un solo momento que Clodagh era la perfecta candidata a esposa. Incluso si solo la quería
para legitimar a su criatura, no era lo mismo llamar Reynolds a un supuesto Swansea que al hijo
de una relación clandestina con un sujeto que se había ganado la vida de forma indeseable.
Clodagh abrió la boca para explicárselo, pero el pánico le espesó la lengua y no consiguió
mediar palabra. No quería, en realidad, sincerarse. Porque en el fondo, o no tan en el fondo como
se repetía una y otra vez, le gustaba el modo en que la miraba. Y no volvería a mirarla así si
confesaba su delito.
—El señor Swansea ya no está entre nosotros —le recordó—, y eso me convierte en una carga
para ellos. Un proyecto caritativo.
En eso no mentía. Era, en efecto, un proyecto caritativo. Y Clodagh no había podido negarse a
serlo porque ya no podía velar exclusivamente por ella. El orgullo había quedado fuera de la
ecuación algún tiempo atrás.
—Los Swansea son caritativos, pero nos guste o no es lo que viene con la cualidad de la
bondad.
—No he sido testigo de esa cualidad muchas veces en mi vida, milord. De hecho, siempre he
pensado que la bondad era discriminatoria y solo se dirigía a quienes podían permitírsela... que
son los mismos que pueden permitirse vivir en una casa como esta. Quizá por eso se me
atraganta tanto que ahora me traten como a un ser humano.
Notaba que él la observaba con curiosidad.
—¿Tan vil era su marido?
—No tan vil como usted. —Lo miró de soslayo con una sombra de sonrisa.
—Si la vileza que cometió su esposo fue desearla más allá de la razón, me declaro culpable,
señora.
—Por Dios, milord, déjese de galanterías teatrales —exclamó, no tan exasperada como
halagada—. Ahora nadie nos está mirando.
—Llámeme Blaine.
—No creo que eso sea apropiado.
—Dijo la mujer que intentó ensartarme con una bayoneta.
—Algo haría usted para merecerlo. Ser un descarado, por si ya se le ha olvidado.
—Continúe adjudicándome adjetivos negativos, señora. Guardo la esperanza de que, cuando
se le acaben, me reconozca alguna que otra virtud. Aunque solo sea por piedad.
—Yo no tengo piedad.
—No posee la piedad que uno imaginaría al mirarla, tan parecida que es a una nube de
algodón, pero es usted vulnerable. Y no pasa nada. No he conocido aún a nadie que no sea
susceptible a los encantos de los Swansea... con todo lo que eso conlleva.
—¿Qué conlleva?
—El miedo a perderlos.
Le pareció que ese mismo temor relampagueaba en los ojos de Blaine, pero desapareció tan
rápido que lo creyó soñado.
Blaine se abrazó las rodillas y devolvió la vista al fuego, que estuvo admirando un rato en
silencio.
—Incluso si los perdiera, le quedaría a usted un hermano —sopesó Clodagh.
—Eso es cierto. Aunque tenemos nuestras diferencias, ninguna de ellas notable a simple vista,
doy gracias cada día de mi vida por mi hermano Chase. Y ¿sabe por qué? —No esperó a que ella
le preguntara, cosa que sin duda habría hecho, seducida por la gravedad de su expresión. Esta se
intensificó al mirarla para contestar—. Porque sé lo que es una casa sin Chase, una casa en la que
solo viven el barón Godolphin y su esposa o una casa en la que estoy solo. Y es estremecedora,
se lo aseguro.
»En Godolphin House, en Reynolds Abbey... —Sacudió la cabeza—. Mi madre solo se
compadecía de sí misma y mi padre solo se preocupaba por él. Sabía que esa relación estaba mal,
que, aunque frecuente en matrimonios de clase alta, el modo en que se comportaban el uno con
el otro, con ese frío respeto, esa distancia malinterpretada como educación, no era amor. No era
nada que se le pareciera. Me empapé de la mencionada apatía hasta el hartazgo, y cuando conocí
a los Swansea...
Clodagh no se dio cuenta de que la había contagiado con su sonrisa entre incrédula y
agradecida, la sonrisa honesta que lo iluminaba todo de un niño tímido y hambriento al que
acababan de ofrecerle un caramelo.
—Esa primera cena familiar fue como el fenómeno del ciego que abre los ojos por primera
vez. Los ciegos descubren un mundo que antes había estado sumido en las sombras, ¿no es
cierto? Yo me di cuenta de que existen otras alternativas al desapego, de que puedes mirar a
quien te dio la vida y sentir verdadero agradecimiento. Eso que han construido, Clodagh... —
Negó con la cabeza, todavía sonriendo, y se miró las palmas de las manos con la esperanza de,
algún día, obrar el mismo milagro con ellas—, es maravilloso. Simplemente maravilloso.
Clodagh tuvo que aclararse la garganta antes de hablar.
—Pero no debería sorprenderle tanto el vínculo que les une. Usted tiene complicidad con su
hermano. Se quieren, milord, no me lo niegue.
—Nos queremos, pero muy a nuestro pesar. La complicidad con mi hermano está desgastada
por el tiempo y los perjuicios. La de los Swansea parece fortalecerse con el correr del segundero.
Aunque estaba siendo honesto de un modo que Clodagh jamás habría imaginado viniendo de
él, su confesión contenía una verdad aplastante que pasaba desapercibida y no pondría en
palabras porque quizá el propio Blaine estaba avergonzado de los que eran sus deseos: no solo
admiraba a los Swansea. Los envidiaba. Y no solo quería formar parte de ellos hasta la
desesperación. Quería levantar su propio mundo de cuitas amistosas entre familiares y veladas
multitudinarias a las que solo asistirían los más queridos.
Clodagh no supo si sería el deseo de demostrar su valía lo que le movería a formar una familia
o el simple placer de amar y ser amado, pero no le cupo la menor duda de que lo conseguiría. Y
pensó, para su mortificación, que mientras respetase el afecto entre hermanos y padres como
había demostrado respetar a los Swansea, mientras la vida familiar le despertase esa fascinación
tan sublime, sería un padre maravilloso... y marido estupendo.
Esta verdad la azotó de sopetón, sin darle tiempo para ponerse a salvo.
—¡Blaine! —lo llamó Hope de repente. Los dos se giraron para verla con las manos apoyadas
en el respaldo de uno de los divanes. Se colgaba de este para dar saltitos que captaran antes su
atención—. ¿Juegas conmigo a las cartas?
—¿Contigo o contra ti? Porque si es contra ti, creo que el verbo que querías decir es si quiero
ganar a las cartas.
Hope se cruzó de brazos.
—Eso ya lo veremos. Conozco unos cuantos trucos a la brisca. Atticus me enseñó.
Blaine compuso una mueca cómica con los ojos muy abiertos y se dirigió a Clodagh para
repetir con la voz en falsete:
—¡Se lo enseñó Atticus, señora Swansea! —Se frotó las mejillas—. ¡Oh, Atticus! ¡Atticus!
—¡No te burles de mí! —le reprochó Hope.
Clodagh rompió a reír y le hizo un gesto para que volara a los brazos de la benjamina, que se
mostró más que encantada al saber que el anfitrión prefería su compañía antes que la de la mujer
a la que pretendía. O a la que pretendía pretender.
Fuera como fuere, a Clodagh no le quedó más remedio que aceptar que, por primera vez, se
daba por pretendida en lugar de asediada.
Y debía admitir también que la sensación de saberse deseada no era del todo desagradable.
Capítulo 13
Los Swansea fueron retirándose uno a uno del salón. Primero se marchó Edison con su esposa
a cuestas, que había demostrado una baja intolerancia al alcohol, y él, un perverso placer al
cargarla en brazos. Siguieron las mayores, demasiado acostumbradas al jolgorio de las soirées
como para dejarse maravillar por una velada familiar, y, por último, las dos jovencitas, Hope y
Charity.
Eran como la noche y el día, aunque eso no quería decir que una fuera luz, y la otra,
oscuridad. La hermosa Hope rezumaba entusiasmo, era un torbellino de energía inagotable. Y en
ese aspecto, Charity era idéntica, pero esa timidez paralizante suya la apagaba de forma
inevitable.
—Si hubiéramos apostado dinero real, me deberían ustedes lo equivalente a Reynolds Abbey,
establos y terrenos incluidos —apuntó Blaine, mirando a una y a otra de forma alternativa.
Aunque en el vingt-et-un uno se enfrentaba a sus rivales al único amparo de su intelecto, había
permitido que ambas se aliasen para intentar derrotarlo. Dos mentes pensaban más que una, y lo
necesitarían si querían sacarle un solo penique.
No lo habían conseguido.
—Un caballero se habría dejado ganar —rezongó Hope.
—Y una dama aceptaría la derrota con clase, señorita Swansea, pero supongo que yo no soy
un caballero, y usted, al igual que todas las mujeres bellas, no soporta que le lleven la contraria.
Charity escondió una sonrisilla divertida mientras unificaba las cartas en la baraja. Hope, en
cambio, lo miraba con fijeza. Su ceño fruncido solo confirmaba que los Swansea la habían
mimado más de lo que era conveniente.
—Intuyo que, si no hubiera sido bella, me habría permitido usted saborear una sola victoria.
—A las poco agraciadas tampoco les concedo esas indulgencias, señorita. Si les pesa vivir
aquejadas por el mal de la fealdad y buscan consuelo, que no vengan a mí, porque no las haría
sentir mejor dejándoles vencerme.
—Entonces usted es como yo. Le gusta ganar a toda costa.
Blaine le sonrió a la criatura.
Decir que había forjado un vínculo indestructible con Hope Swansea sería excederse. Pero
también era cierto que Blaine solo sentía debilidad por ella, quizá porque se veía reflejado en su
carácter veleidoso, en sus ansias por destacar y ganarse la atención de quienes la rodeaban.
Aunque ya tenía trece años, se aprovechaba a menudo de su condición de pequeña para salirse
con la suya, actuando a menudo con un infantilismo exasperante.
—Elección de palabras equivocada. Gano siempre, a toda costa, pero eso no quiere decir que
me guste. Y ahora, señoritas, lo apropiado sería acostarse. ¿Qué pensarían sus padres si supieran
que se han quedado a solas conmigo?
—No deben pensar nada malo. De lo contrario, no lo habrían permitido —dijo Charity. Se
atrevió a sonreírle con afecto—. Parece que confían en usted, milord.
Esa sencilla apreciación conmovió a Blaine. Decidió dar por zanjada una velada maravillosa
con ese broche de oro: el de saber que los Swansea no lo tenían por un rufián, sino como un
hombre lo bastante decente para dejar a las pequeñas a su cargo.
Hope rodeó la mesa y se encaramó sobre sus hombros —aunque no lo necesitaba, siendo tan
alta como sus hermanas mayores— para darle un beso en la mejilla.
—No es que te lo merezcas, pero que no se diga que tengo mal perder.
—Usted no tiene nada malo, señorita Swansea. Ni siquiera el perder. —Hope se dio por
satisfecha esbozando una sonrisa vanidosa—. ¿Por casualidad saben si Clodagh se ha ido
también a dormir? No recuerdo que se despidiera.
—La última vez que la vi estaba sentada mirando la chimenea.
Blaine ladeó la cabeza en la dirección que le había indicado Charity. Estaba exhausto por el
largo día, le dolía la espalda debido a la infame postura en que había estado jugando a las cartas,
y el abuso de alcohol, aunque en absoluto notable, empezaba a pesarle en los párpados. Pero
cuando vio a Clodagh hecha un ovillo junto al fuego titilante de la chimenea, se activó igual que
si le hubiera caído un rayo al lado.
Se acercó a ella como si fuera un espécimen peligroso, despacio y sin pestañear.
No era una ensoñación. Clodagh estaba acurrucada ante los vestigios del hogar.
—¿Estáis viendo lo mismo que yo? —preguntó en voz baja.
—¡Sí!
Blaine cortó la exclamación de Hope poniéndose un dedo en los labios. Ella se disculpó
encogiendo los hombros y siguió el camino sigiloso de Blaine hasta el fragmento de la alfombra
sobre el que Clodagh respiraba acompasadamente.
—Vaya, vaya —murmuró, maravillado—. ¿Qué tenemos aquí? Parece que se nos ha
infiltrado un polizón.
—Pero si Clodagh ya estaba en la velada —bufó Hope.
—Entonces lo que tengo ante mis ojos es... un soldado caído en combate.
Haciéndole gestos a las muchachas para que no hicieran ruido, se fue agachando para
comprobar que, en efecto, estaba dormida.
Ladeó la cabeza para mirarla, incapaz de creerse que la bella durmiente y la fiera despierta
fueran la misma mujer. La bestia acumuladora de malas palabras y genio de temer no era menos
dulce, pero tenía ese toque ácido, ese punto picante y esa pizca de amargura que desaparecían
por completo al cerrar los ojos. Allí, tendida de lado frente a los restos de un fuego que crepitaba
silencioso, como si tampoco quisiera espabilarla, era una nube de algodón. Una absoluta delicia.
Se dio cuenta de que las niñas le estaban observando a la espera de un comentario y no las
decepcionó. Se incorporó, apoyando el codo sobre la única rodilla flexionada, y las miró.
—¿Cuál es el protocolo de actuación en estos casos?
—¿Despertarla? —meditó Charity.
—Por Dios, no. —Blaine fingió un escalofrío—. Se pondría de mal humor.
—¿La espabilamos poco a poco, con empujoncitos en el hombro?
—Esa es una idea terrible, Hope. Perturbar un sueño como ese, tan profundo y tranquilo, sería
un delito.
—Podemos llamar a un criado para que la lleve a su dormitorio.
—¿Para qué molestar a un criado que seguramente lleve varias horas dormido? Mis queridas
secuaces, no sirven ustedes para misiones de alto riesgo.
Charity se mordió el labio antes de proponer:
—¿Y si... la llevas en brazos?
—¡Como a una princesa! —exclamó Hope.
Blaine tuvo que volver a advertirla con la mirada.
—Modere el tono, querida. No querrá despertar a la bestia.
Pero tuvo que aguantar una sonrisa de perversa satisfacción. Aquella era la solución que
esperaba que propusieran. Así nadie podría decirle que había tocado lo que no debía
aprovechándose de una situación vulnerable.
Sin mayor dilación, Blaine se arrodilló ante Clodagh y le retiró con cariño una serie de motas
de fuego muerto que el aire había posado sobre ella. Clodagh separó los labios al sentir el roce de
los dedos de Blaine ahí donde la ceniza había dejado una marca. Y él, como si de veras estuviera
ante una bestia —o, mejor dicho, una vengativa diosa dormida—, contuvo el aliento y se quedó
helado en el sitio hasta que Clodagh dejó de moverse. Solo entonces, la alzó en brazos con
cuidado y se puso en pie.
Arqueó las cejas en dirección a las jóvenes.
—Dejaré el peligro tóxico sobre la cama de su dormitorio antes de que desencadene una
hecatombe. ¿Me escoltan?
Charity, quizá por ser la mayor de las dos o quizá porque había nacido avispada, demostró
tener sus dudas en el camino al piso superior. No dejó de vigilar las manos de Blaine, y se notó
en su mirada extraviada que sus pensamientos confraternizaban con la culpabilidad. Hope, en
cambio, romántica e idealista hasta decir basta, no dejaba de sonreír. Incluso suspiraba de
envidia. Llegó a comentar por lo bajo que esperaba que su futuro marido la guiara a sus
aposentos de ese modo cuando se encontrara indispuesta.
La verdad fuera dicha, Blaine esperaba lo mismo.
Acostó a Clodagh en la cama y luego se giró hacia las dos criaturas, una aliviada por fin y la
otra decepcionada por tener que irse a dormir.
—Hemos realizado la misión con éxito —confirmó Blaine—. Ahora descansen, soldados.
—Pero no tengo sueño —se quejó Hope.
—Si no duerme ahora, mañana por la mañana estará tan cansada que se perderá el desayuno.
Iba a ser una sorpresa, pero qué importa. He mandado preparar pufs de grosella roja.
Se alegró de haber desvelado el secreto al ver que sus ojos negros se iluminaban como piedras
azabache. Le faltó tiempo para volver a besarle la mejilla y echar a correr a su dormitorio,
tirando del brazo de Charity.
Blaine se quedó un instante más mirando la puerta, satisfecho con sus dotes de persuasión y
luego se giró hacia Clodagh. Dormía con la mano posada en el vientre y la cabeza ladeada hacia
él.
Le tentó sentarse en el borde de la cama y observarla un rato, pero él mismo se repugnaría
haciendo gala de esa clase de excentricidades. Bastante fama de lunático se había ganado ya a
sus ojos, y muy merecida la tenía.
Pero cuando fue a darse la vuelta, una mano se cerró en su muñeca. Una mano pequeña y fría
que mandó un escalofrío por toda su espalda.
—¿Qué hace en mi dormitorio? —inquirió Clodagh con voz pastosa.
—Había venido a secuestrarla, pero ya me ha cazado con las manos en la masa, así que será
mejor que me retire.
—No, por favor, tiene que ayudarme. No puedo dormir con esto... apretándome... —Emitió
un discreto gemido de dolor y se ladeó sobre el costado, dándole la espalda—. Es tan...
incómodo. Y ya que está usted aquí...
Blaine no movió ni una pestaña.
—¿Me está invitando a desabrocharle el vestido?
—Le estoy invitando a desabrocharme el vestido, así es. Después le invitaré a salir de mi
dormitorio.
No era ese el orden al que Blaine estaba acostumbrado cuando se citaba con mujeres. Lo
habitual era invitarle a entrar y después a recorrer la fila de corchetas con los dedos. Pero aquella
no era una de esas mujeres, y se lamentó por ello exhalando un gemido.
Tomó asiento en el borde de la cama y la ayudó a incorporarse lo suficiente para cumplir su
cometido. Del rodete sencillo que había mantenido su cabello recogido durante toda la noche
escapaban ahora toda suerte de mechones, las serpientes de Medusa que lo tenían hipnotizado.
Mientras Blaine se afanaba con los botones, no apartaba la vista de esos pelillos negros que le
acariciaban la nuca y los laterales del cuello. Los aparentemente insignificantes detalles de
Clodagh avivaban su imaginación como el fuego carcomía la madera, y pronto se vio invadido
por una imagen nítida de su cabello esparcido sobre las sábanas.
—¡Está nevando! —exclamó ella de repente.
Blaine respingó y dirigió la mirada a donde la joven había posado la suya: el gran ventanal de
la habitación. Luego ladeó la cabeza para comprobar que Clodagh se había quedado prendada
con la caída de los copos de nieve, que se iban amontonando en el alféizar, y apretó los labios
para contener un deseo que superaba todas las cosas.
¿Qué sucedería si le acariciaba los hombros?
¿Y si le rozaba el cuello?
¿Y si la besaba en la garganta?
Blaine carraspeó y terminó de separar la lista de corchetas. Deslizó las mangas del vestido por
sus hombros hasta dejarlo en torno a su cintura, y luego procedió a hacer lo mismo con los lazos
del corsé.
Estiró tanto la tarea que parecía que, en lugar de atarlos, estuviera cosiéndolos.
Cuando terminó, se acercó discretamente a ella y le retiró los mechones con una caricia al
lateral de la garganta. Observó, fascinado, que se estremecía y no se atrevía a girarse hacia él.
—¿Mejor? —susurró.
—S-sí.
Blaine sonrió para sus adentros.
En lugar de retirarse, permaneció donde estaba, admirando la elegante curva de sus hombros,
el medio perfil que trazaba su nariz insolente. Deslizó el dedo índice por las marcas rojizas que
las costuras del corsé habían dejado en su espalda. Ella suspiró, y no de cualquier manera. Blaine
sabía distinguir el significado de cada suspiro y el de Clodagh no tenía nada que ver con la
resignación o el cansancio, tampoco con la melancolía. Encerraba el mismo deseo que le estaba
quemando a él y que jamás había tenido que reprimir con tanto ímpetu.
El crujido del colchón y el roce del frac con las prendas de Clodagh, arrugadas en torno a la
cintura, delataron que Blaine se acercaba. Agachó la cabeza sobre la curvatura de su cuello, ahí
donde se concentraba la fragilidad femenina, el olor incitante que a él le volvía loco. Cerró los
ojos e inhaló hasta que los pulmones le empezaron a arder, y como si no quisiera que su aroma
abandonara su sistema, taponó la salida posando los labios en su cuello.
La sintió temblar.
Blaine esperaba con el corazón encogido a que ella se apartara, a que disolviera esa fantasía
de temblores y besos silenciosos en un dormitorio sumido en las sombras, el que era su escenario
preferido y más anhelado con Clodagh de protagonista. Una única vela bailaba junto a la mesilla
de noche, tan desesperada por derretirse para dejarlos solos como Blaine necesitaba derretirla a
ella.
La boca se le hizo agua al separar los labios y probar su piel con una caricia de la lengua. La
reacción de Clodagh fue desmesurada. Un escalofrío le puso el vello de punta y un jadeo de
alarma brotó de lo más profundo de su cuerpo.
Blaine ya sabía que ella lo deseaba, pero era una de las primeras veces que se permitía
demostrarlo. Y más que en la victoria que toda la vida había perseguido de forma insistente,
catalogándolo de cazador sin principios, Blaine se regodeó en el orgullo, sabiéndose
privilegiado... hasta que el privilegio le fue revocado cruelmente.
Clodagh se giró de repente. Pudorosa e inocente, se cubrió el pecho, pero no pudo evitar que
las curvas de sus pechos le ofrecieran una idea muy suculenta de lo que ocultaba debajo.
—No me voy a casar contigo —le dijo, mirándolo con los ojos redondos.
Blaine enarcó las cejas.
—Supongo que tengo un problema si incluso medio adormilada lo tiene tan claro.
Clodagh sacudió la cabeza. Hacía rato que había abandonado el remanso de paz en que se
sumía cuando descansaba. Ahora parecía agitada.
—Usted no se quiere casar conmigo.
—Pensaba que eso dependía de mí, pero ya veo que mis deseos también los moldea usted.
—No le traería nada bueno.
—Nunca he esperado que el matrimonio me trajera nada positivo, señora. Por eso no se apure.
—No soy quien cree que soy.
—Seguro que es usted mejor.
Clodagh por fin abrió los ojos y lo miró, soñolienta. Por un momento, Blaine se preocupó. No
pestañeaba, había perdido la mirada sobre él y respiraba muy despacio. Estaba a punto de
declararla al borde de la apoplejía cuando al fin su mirada se hizo sólida y lo ancló al sitio para
que escuchara lo que tenía que decir.
—No soy la viuda de Humphrey Swansea —soltó de carrerilla—. Soy una mujer huérfana,
pobre y enamoradiza que permitió que un hombre sin intenciones honorables se la llevara a su
casa. Este niño sería un bastardo si estuviera dispuesta a llamarlo así —agregó, posando la mano
sobre su vientre—, pero jamás me referiré a él de ese modo porque yo amé de veras a su padre, y
eso para mí ya legitima su existencia.
Blaine se quedó inmóvil, abrumado por las palabras clave que su mente intentaba desdeñar.
Huérfana. Enamoradiza. Bastardo.
Amé.
Se cuestionó por un segundo si estaría soñando.
Desvió la mirada de su rostro a su vientre, y de su vientre, nuevamente a su rostro.
No había el menor indicio de broma.
—¿Eso es lo mejor que se le ha ocurrido para borrarme del mapa? —inquirió al fin—. Si
fuera usted huérfana y pobre, ¿cómo es posible que se exprese de un modo tan correcto? ¿Cómo
es posible que entienda referencias y haga las suyas propias sobre cuentos de los hermanos
Grimm, que yo mismo he tenido que leer en su idioma oficial, el alemán?
—«Pobre» no es sinónimo de «analfabeta», milord —repuso, molesta—. Aprendí a leer y
escribir en una de las muchas casas nobles en las que trabajé, y tuve suerte de que una de las
hijas de lord Royston, para quien me empleé siendo yo apenas una niña, tradujera para mí esos
cuentos y me ayudara a parecer una dama. Nada de lo que le he dicho al describirme es mentira,
pero puede que tampoco dijese toda la verdad, porque también me he valido de mi ingenio para
pasar de carterista de tabernas de paso a doncella de una gran casa. He tenido que mentir y fingir
alguna que otra identidad distinta a la mía, incluida la de dama de postín, de ahí mi creíble
actuación. Sé expresarme y sé comportarme razonablemente porque soy muy observadora y
tengo un don para el teatro, pero esto no es lo que soy.
»Estoy traicionando la confianza de los Swansea al decirle esto —prosiguió la muchacha en
tensión—. Se suponía que esta sería mi carta de presentación ante todos aquellos que no se
apellidaran Swansea una vez fuese introducida en sociedad. Ahora no me queda otro remedio
que utilizar la verdad como último recurso para espantarle, para que deje de verme como una
perfecta futura esposa y así disuadirlo de casarse conmigo.
—¿El último recurso, dice?
Clodagh asintió.
Blaine se inclinó hacia ella, ocupándose de que su rostro no reflejara la menor emoción. La
acorraló entre sus brazos, bien posicionados a cada lado de su vestido arrugado, y se tomó una
libertad que de verdad hizo que se sintiera libre: le rozó los labios con los suyos, y antes de que
el deseo lo partiera en dos y le empujara a ejercer otros derechos que no le habían concedido, le
sonrió.
Una sonrisa dócil, una sonrisa vencida.
—Me alegro de que se le hayan agotado las excusas, entonces. Ahora podrá empezar a
plantearse en serio mi propuesta.
A Clodagh se le desencajó la mandíbula.
—¿Es que no ha oído lo que le he dicho? Aunque necesite al niño, no puede elegir como
baronesa a una mujer que vivió amancebada, que procede de un estrato de pobreza que usted no
podría llegar a concebir, que miente más que habla y que...
—Mi señora —la cortó—, jamás ha sido mi intención desposar a una dama sin tacha. No
soportaría vivir con una mujer que me hiciera sombra. Quería una igual, y resulta que, aunque yo
no he vivido amancebado, sé lo que es dejarse llevar por la pasión. Tenemos unas cuantas cosas
en común.
—¿Y qué me dice de las mentiras o la pobreza?
—Poseo una moral muy pobre y soy de naturaleza mentirosa. Puedo empatarla e incluso
superarla en los que crea que son sus defectos.
—Milord... —insistió, desesperada.
Blaine le acarició la cara con los dedos, retirando por el camino un par de rizos negros.
—Ha traicionado el secreto de los Swansea porque no podía soportarlo más. ¿Por qué? ¿Por
qué la ha invadido de pronto el miedo de no conseguir espantarme? ¿Algo de lo que he hecho la
ha... turbado?
Clodagh apartó la mirada un segundo, avergonzada por lo que sugería su insinuación. Con un
par de besos inocentes, Blaine había puesto en peligro las murallas de su férrea fortaleza, y la
necesidad de enmendarlo la había impulsado a sacar la llave maestra.
Le sorprendió que la joven hubiera confiado en la efectividad de la verdad a la hora de
espantarlo. En los ojos de Clodagh nadaba la incomprensión, la incredulidad. No le costó deducir
lo que se preguntaba: ¿cómo era posible que no le importara?
—Es usted un barón. ¿No le preocupa la sangre de sus futuros hijos? ¿No le inquieta que su
futura esposa no tenga un apellido de renombre? ¿Le es indiferente que no tenga apellido, a
secas?
Blaine le sonrió.
—Creía que ya había aclarado esa cuestión, señora. El único apellido que quiero que tenga es
el mío.
Clodagh negó con la cabeza, debatiéndose entre el horror y la simpatía.
—Es usted... —Apretó los labios—. De veras está dispuesto a pasar por alto cualquier defecto
para casarse conmigo.
—¿Qué defecto, señorita? —Le guiñó un ojo al pronunciar la última palabra—. Acabo de
percatarme de que no ha tenido usted el placer de conocer la mayor de mis virtudes, y es que yo
nunca juzgo. Es usted tan perfecta para el puesto de baronesa como hace quince minutos.
»Así que lo siento, Clodagh. Si ese era tu último recurso... Me temo que no ha surtido efecto.
Capítulo 14
Hope volvió a sacarla de la cama a la mañana siguiente, esta vez con la intención de
arrastrarla al jardín para que participara en una guerra de bolas de nieve. Por lo visto, a la
muchacha no se le había ocurrido la primera limitación que Prudence contempló en cuanto se
hubo preparado para bajar, y es que en su estado no sería recomendable arriesgarse a patinar
sobre el suelo mojado. Entonces, en lugar de relegarla al margen y empezar a dar forma a sus
proyectiles, Hope cambió la actividad matutina por otra más incluyente: elaborar muñecos.
—No nos faltará materia prima ni si hacemos veinte cada una —apuntó Mercy, mirando
alrededor con la misma ilusión que sus hermanas—. Por cómo se me hunde el pie, yo diría que
caminamos sobre una capa de medio metro de nieve.
Clodagh se cerró el abrigo prestado con una mueca irónica y miró al cielo. Finos copos de
nieve vencían la gravedad para salpicarle los hombros y la cabeza, que había preferido no
cubrirse.
Parecía que las nubes se estuvieran derritiendo, un espectáculo que entusiasmaba a las jóvenes
y que a ella la tenía con sentimientos encontrados. Apostaba por que, cuando las Swansea eran
niñas, se arremolinaban al pie de la ventana y se turnaban para pegar sus naricitas curiosas al
cristal, ansiosas por asistir al regalo de la naturaleza. La nieve era un poderoso reclamo de
diversión para los niños.
No para la niña Clodagh, sin embargo. Cada vez que entraba el frío por las rendijas de su
choza y los pronósticos anunciaban la próxima nevada, Clodagh se abrazaba al borde de la
desesperación, resignada a pasar unas Navidades con los dedos de los pies entumecidos.
Estar en la mansión campestre de un barón durante las fiestas ofrecía una distinta perspectiva
de lo que solía ser su peor pesadilla. Y estaba dispuesta a disfrutar de los privilegios mientras los
tuviera al alcance de la mano.
Fue sobre la palma de esta donde un par de copos diminutos decidieron concluir su travesía.
Clodagh los examinó hasta que se derritieron en el centro del guante.
No era más que agua, pensó, y, sin embargo, qué cantidad de problemas le había causado
todos los inviernos.
—¡Cloud! —la llamó Hope, haciéndole gestos para que se acercara. Se había agachado para
acumular una mole de nieve a la que Charity trataba de dar forma por arriba—. ¡Ven a
ayudarnos!
—¿«Cloud»? —repitió una voz masculina.
Clodagh se giró hacia el recién llegado.
En cuanto sus miradas se cruzaron, tuvo que mandar una severa advertencia a su cuerpo para
que no se le ocurriera delatar lo bien que recordaba la noche anterior. Pero el Blaine que le había
desanudado los lazos del corsé no se parecía en nada al que tenía delante. Entre otras cosas,
porque este Blaine preparado para el frío no iba en mangas de camisa y no acaparaba su espacio
con su presencia infinita.
El gabán oscuro le llegaba hasta las rodillas, y la gruesa bufanda negra le habría dado el
aspecto serio de detective privado de Bow Street si no hubiera sonreído, risueño, al contemplar la
nieve. Parecía orgulloso de que la ventisca hubiera decidido echar el ancla allí, en sus dominios,
y agradecido de tener con quien compartirlo.
Clodagh se estremeció de placer al verlo acercarse.
—No sabía que le habían puesto a usted un apodo. Suena mejor que su nombre original.
—¿Qué tiene en contra de los nombres irlandeses?
—No tengo nada en contra de Shannon o Devlin. Pero tendrá que convenir conmigo en que
«Clodagh» no tiene la sonoridad más espectacular. «Cloud», en cambio, le viene como anillo al
dedo.
—Podría haber dicho que «me sienta como un guante», pero tenía que utilizar la expresión
«venir como anillo al dedo» para recordarme que le interesan los anillos y le interesa mi dedo,
¿no?
—Qué retorcida es usted... Y qué espabilada. —Sonrió él—. La cuestión es que, usara la
expresión que usase, me ha entendido. Si fuera un fenómeno atmosférico, sin duda la asociaría a
las nubes.
—¿Porque siempre le nublo el día, o porque soy inalcanzable? —se burló—. Estaba a punto
de ayudar a Hope con su muñeco de nieve. Si no le importa, milord...
—¡Oh, no pasa nada! —exclamó la aludida—. ¡He cambiado de opinión! En lugar de
ayudarme, quiero que haga usted uno por su cuenta. Y que Blaine elabore otro, como mis
hermanas se entretendrán con los suyos. El que haya creado el mejor muñeco de nieve, podrá
elegir el postre a servir durante la cena de Navidad.
—¿Ha consultado eso con el anfitrión, querida? —preguntó Blaine, divertido.
—No. —Hope carraspeó—. ¿Señor anfitrión?
—¿Sí?
—¿Podemos hacer un concurso de muñecos de nieve y otorgar al vencedor el derecho a
escoger el remate final del menú?
—Por supuesto, señorita Swansea. ¿Cómo puede siquiera preguntarlo?
—Un idiota me ha dicho que lo consultara con el anfitrión.
Clodagh meneó la cabeza, reservándose un comentario que quedó implícito en su media
sonrisa. Y es que aquel par era tal para cual. Una jovencita pizpireta y caprichosa y un hombre
inconsciente con alma juvenil. Si Hope hubiera tenido por lo menos cinco años más, Blaine
habría caído rendido a sus pies.
Este pensamiento nubló el ánimo de Clodagh.
No le cabía la menor duda de que, si el barón no requiriese un heredero para conservar su
fortuna, no la habría mirado dos veces. Antes habría bailado con el sinfín de deliciosas criaturas
envueltas en seda que se pavoneaban con una sonrisa estudiada por el salón de fiestas. Y no lo
pensaba porque tuviera su belleza en baja consideración, pues Clodagh era consciente de que,
recuperado su talle y su agilidad, destacaría en cualquier escenario. Pero sus orígenes la
precedían, y nunca hubo hombre que la tomara en serio al saber que ningún padre lo retaría a
duelo si se propasaba con ella.
Aunque a Blaine no parecía que le hubiera importado la verdad.
Lamentando el rumbo de sus pensamientos, Clodagh acumuló el montón de nieve que
necesitaría para la base del muñeco y se puso a trabajar con brío. Más brío que ninguno de los
allí presentes, como Blaine se encargó de apuntar mientras se ajustaba unos carísimos guantes de
piel.
—Ya veo que le entusiasma la idea de elegir el postre. Podría habérmelo dicho, señora, y yo
habría cumplido con su apetito. Sé que a las mujeres, igual que a los hombres, se las conquista
por el estómago, y esa es la senda que me queda por tomar.
—Tomar ¿para qué? El destino que anhela se encuentra muy lejos de su alcance. Y no habría
tenido gracia elegir el postre solo porque el anfitrión parece sentir fijación por mí. Me gusta
ganarme lo que tengo por mis propios medios, milord, no que se me otorgue por favoritismos.
—Dios santo, lo pasará usted terriblemente mal si llega a formar parte de la alta sociedad. Allí
todo funciona tal y como lo ha descrito.
—No tengo la menor intención de formar parte de la alta sociedad. Mi único propósito actual
es conseguir que esta noche me sirvan pasteles de Shrewsbury —determinó, aplastando la
compacta base de nieve. Miró a Blaine con una sonrisa juguetona—. Soy una embarazada muy
antojadiza.
Él de inmediato le devolvió el gesto.
—Y los antojos le borran el patriotismo, parece. ¿Pasteles de Shrewsbury? ¿Es usted
consciente de que Shrewsbury es una ciudad inglesa de las Midlands del Oeste?
—Milord —repuso enseguida, entretenida dando forma a la cabeza—, no es mi culpa que las
gentes de Irlanda se limiten a consumir gachas y estofados de sobras y por ello no existan los
postres irlandeses.
—Creo que los scones se sentirían muy ofendidos si la oyeran hablar de ese modo. Y no pasa
nada porque no tengan buenos postres, ya que tienen buen vino.
—El vino nos ayuda a entrar en calor más rápido que los scones, quizá por eso lo producen
desesperadamente —masculló en voz baja. Pretendía dejar la conversación ahí y concentrarse en
la figura del muñeco, pero supo que no tendría la suerte de trabajar en silencio en cuanto Blaine
se agachó para unirse al concurso—. ¿Qué hace? ¿Piensa participar?
—Si participamos los dos, señora Swansea, se duplicarán las posibilidades de que esta noche
nos sirvan pasteles de Shrewsbury. —Acuclillado frente al arcaico armazón del muñeco, apoyó
el codo en el poderoso muslo y le guiñó un ojo.
Clodagh tuvo que detestarlo una vez más por no ser detestable en lo absoluto.
—Ya sabe que no soy la señora Swansea —replicó en voz baja—. Que me siga llamando de
ese modo resulta... irónico.
—La llamaría esposa, querida, pero no me deja usted. Aunque quizá cambie de opinión
cuando escuche mi propuesta —agregó en tono insinuante.
Clodagh puso los ojos en blanco y se agachó con dificultad para llenarse las manos de la
futura nariz. Empezó a amasar el cilindro puntiagudo mirando a Blaine con sorna.
—Aunque lo desearía con todo mi corazón, no estoy sorda, milord, así que he escuchado su
propuesta mil veces en los últimos siete días.
—No tendrá que escucharla mil y una, se lo aseguro. Esta es diferente.
Clodagh insertó con cuidado la nariz en el rostro del muñeco.
—Sorpréndame.
Se felicitó a sí misma por ser capaz de aparentar indiferencia cuando en el fondo ardía en
deseos de conocer su nueva estrategia de persuasión. Seguramente dejaría mucho que desear,
pero no dudaba que se divertiría escuchándola.
Los días de práctica habían servido para perfeccionar su gesto aburrido, pero se quedaron en
nada cuando Blaine se giró hacia ella y dijo:
—No se case conmigo.
Clodagh pestañeó una vez en su dirección.
—Eso ya lo iba a hacer, milord.
—No, no iba a no casarse conmigo, iba a rechazarme.
»Verá... —empezó, alternando miradas de comprobación al futuro hombrecillo de nieve con
otras furtivas a Clodagh—, he pasado toda la noche en vela dándole vueltas a sus condiciones,
sus deseos, sus limitaciones... También he pensado en las mías, claro.
—Eso último encaja más con la idea de egocéntrico que tengo de usted.
—Y se me ha ocurrido un plan que, aunque grotesco, podría beneficiarnos a ambos —
prosiguió, ignorando sus pullas—. ¿Es o no es cierto, señorita Clodagh, que no tenía usted la
menor intención de casarse con el hombre que los Swansea le señalaran durante la próxima
temporada? ¿Es o no es cierto que detesta a los ingleses y arde en deseos de regresar a su ciudad
natal, aunque esa sea, por mucho, una idea espantosa?
—Parece que me escucha cuando hablo.
—Si no escuchara sus argumentos, ¿cómo iba a rebatirlos con propiedad? —replicó,
atrayéndola con sus ademanes sugestivos. Hizo una pausa para terminar de moldear el cuerpo del
muñeco, que apenas le llegaba a la cintura, y dijo—: Si no se casa conmigo, le prometo que no
tendrá que desfilar por Almack’s con un vestido de seda para el deleite de los buitres que allí se
apostan en busca de un vientre fértil. Y le prometo también que le conseguiré una casa en
Dublín, en Belfast o en la ciudad irlandesa de su elección.
Clodagh ladeó la cabeza hacia él en busca de la trampa. Blaine ni siquiera la miraba ya. Se
mordía el labio mientras admiraba con ojo crítico la figura del muñeco, al que bastaba con echar
un vistazo para saber que su género no era masculino. Clodagh lo confirmó cuando su creador
empezó a acentuar los rasgos femeninos más notables de la pieza.
Un par de pechos.
—Veo por qué no quiere ya casarse conmigo. Tiene usted una nueva candidata, y encima
creada a su gusto —comentó, abarcando la mole con un movimiento de mano—. Apuesto a que
lo que más le gusta de ella es que no le lleva la contraria. Pero si me acepta un consejo, le
recomiendo que se busque una novia que no se derretirá en primavera.
Blaine la miró con sorna.
—¿Quién le ha dicho que no quiero casarme con usted?
—Ah, ¿acaso quiere? Entonces sí que gana algo regalándome una casa y devolviéndome mi
libertad. Quién me iba a decir que no actuaría usted desinteresadamente. —Miró al cielo con
exasperación y luego volvió a su muñeco, que valoró, pensativa—. ¿De qué se trata?
—No gano nada con nuestro no-matrimonio. Solo mantengo lo que aún sigue siendo mío. —
Blaine buscó a los alrededores de sus pies algo que le costó encontrar: un puñado de ramajes
pelados por el invierno que arrancó de un tirón enérgico para decorar su muñeco. Mientras
seccionaba las ramitas y las iba disponiendo en la cabeza de nieve, explicaba—: Resulta que el
vicario de Penshurst es un buen amigo mío. Bueno, si hablamos con propiedad, no es del todo
amigo, pero estoy lo suficientemente familiarizado con sus vicios para ponerlos en la mesa a
cambio de un favor. El favor no sería otro que efectuar un enlace solo en apariencia. Oficiaría
nuestra boda de cara a los demás y firmaría el acta matrimonial que yo habría de enseñar al viejo
notario de mi padre para que la criatura naciera con mi apellido.
»No obstante, las actas matrimoniales han de enviarse al obispado para validar las bodas. Si
mi querido vicario no le hiciera llegar el acta, sería como si no estuviéramos casados. Entonces,
usted podría buscar a ese hombre al que amar sin que la corresponda, otra idea que no destaca
por su brillantez, y yo encontrar a mi viuda experimentada una vez hubiera nacido la criatura con
mi apellido y todo el asunto del testamento estuviera resuelto.
»¿Qué le parece? —preguntó, extendiendo los brazos.
—Me parece que es usted un tarado.
—Me refería a qué le parece el muñeco —se quejó, mirando su creación con la pena de
saberlo infravalorado. Se puso las manos sobre las caderas—. Como ya se habrá imaginado, no
he terminado.
—Le faltan los ojos.
—Me refería a nuestro trato —especificó, divertido—. Me faltan por exponer algunos
detalles, como en qué circunstancias nacería su hijo y cómo me las apañaría para reaparecer en
sociedad estando soltero después de habernos casado.
—Esas son algunas de las dudas que me quedan, sí —masculló Clodagh, sin ocultar su
asombro.
—Usted y el supuesto primogénito de la baronía morirán —decretó, arreglando con cariño las
ramas que simulaban una melena de rizos azabache—. A causa de un incendio, por ejemplo, tras
el cual yo me convertiría en un viudo atormentado y usted podría emprender su viaje a Irlanda,
donde nadie la reconocería como baronesa dado que no llegaré a presentarla en sociedad como
mi esposa. Podrá rehacer su vida sin que la molesten y ponerle al pequeño o a la pequeña el
apellido que le plazca.
—Y entonces todas sus propiedades quedarán en manos de su hermano.
—Nada de eso, señorita. He leído el testamento de mi padre de arriba abajo y le aseguro que
no pone nada sobre el método de actuación en caso de tragedia. Y si lo pusiera, mi padre caería
más bajo incluso. Mire que expropiar a un hombre al que acaban de arrebatarle la vida de su
esposa y de su hijo...
—Y también la cordura, por lo visto —murmuró Clodagh. Pero por mucho que miraba a
Blaine en busca de la broma, no la veía por ninguna parte—. Ha perdido usted la cabeza.
—A mí me parece un plan muy bien atado, y no me puede usted negar que ganaríamos todos.
Mi padre solo quiere que tenga un hijo legítimo, para lo que naturalmente necesito una esposa
legítima. Una vez nos casemos y el niño haya nacido, se habrá hecho su voluntad. Si luego la
naturaleza decidiera dejarme con las manos vacías, no sería culpa mía ni de mi irresponsabilidad.
Ya habría cumplido mi parte.
Clodagh apartó la mano de su muñeco de nieve muy despacio.
La tranquilidad con la que Blaine le había propuesto, entre otras cosas, que fingiera su muerte,
la había dejado desorientada. Pero al mismo tiempo la tentaba la posibilidad de regresar a Irlanda
sin enfrentar una legión de pretendientes ingleses a los que sabía que detestaría nada más
conocer.
Era una alternativa que se había negado a contemplar, sospechando que sería imposible volver
a casa. Al menos, sin un marido de su misma nacionalidad. Pero de alguna manera que no
comprendía, pues tenía al caballero como un hombre absorbido por sus propios deseos, Blaine se
había percatado de que sus amargos comentarios sobre Inglaterra ocultaban una única verdad.
Todo cuanto anhelaba era regresar a su país natal.
Clodagh se mordió el labio, emocionada al imaginarse recorriendo su pueblo, esta vez con
monedas en los bolsillos y una maleta llena de prendas que no estuvieran desgastadas o
remendadas.
Miró a Blaine con los ojos vidriosos.
—No sé si es usted despreciable por aprovecharse de mi melancolía o si debería darle las
gracias por ofrecerme mi destino soñado.
—Creo que son dos sensaciones compatibles. Ya sabe usted que despreciable soy un rato,
pero si puedo hacerla feliz al tiempo que salvar mi propiedad, no dude que haré cuanto esté en
mi mano.
Clodagh lo escuchó con el aliento contenido.
—¿Cómo sé que lo que dice no son más que promesas vanas?
—No lo sabe. Tendrá que confiar en mí.
—¿Y qué piensa decirle a los Swansea?
—Dado que se prestaron amablemente a mentir sobre su identidad para sacarla de un apuro y
darle una vida mejor, estoy seguro de que, una vez llegue el momento de fingir su fallecimiento,
podremos comunicarle la triquiñuela a la familia al completo con la tranquilidad de que no nos
delaten.
—La señora Swansea nunca me lo perdonaría —musitó Clodagh.
—Ni la señora Swansea ni su misericordia estaban en su vida hasta hace un par de semanas.
Puedo entender que el amor por ella la haya azotado con virulencia y no pueda imaginarse sin su
respeto, pero esta es su vida, Clodagh. No puede tomar una decisión como esta pensando en lo
que será mejor para otros.
—Si tomo esta decisión, es porque sería lo mejor para usted —le recriminó.
—Sería lo mejor para mí si nos casáramos de veras. Pero en este plan ambos salimos
beneficiados por igual. Usted incluso más que yo, porque prometo enviarle dinero a dondequiera
que vaya hasta que la entierren... por segunda vez. O hasta que se case, un destino igual de
trágico.
»¿Qué le parece? Disponer de una pensión vitalicia a no ser que halle ese amor que busca no
es moco de pavo.
Era más de lo que Clodagh podría haber soñado. Una casita en las inmediaciones del pueblo y
con fácil acceso a la capital donde criar a su pequeño, la oportunidad de casarse con un hombre
al que amara sin preocuparse del contenido de su cartera. Blaine se lo estaba ofreciendo todo en
bandeja, y a cambio de ello ni siquiera tendría que renunciar a los Swansea, solo darles un
pequeño disgusto una vez llegara el momento.
Clodagh lo meditó sin apartar la vista de Blaine, que en ese momento se arrancaba un par de
botones del gabán y los colocaba en el rostro de la curvilínea mujer de nieve, a la que dotó
después del sentido del olfato y hasta de una boca fruncida, procurada gracias a la ramita de un
arbusto cercano.
Lo vio palmearse las manos, sacudiendo los restos de nieve de los guantes, y sonreír
satisfecho con su trabajo. Clodagh no se quedó tan satisfecha, sin embargo.
Una parte de ella ardía de emoción y contemplaba, impaciente, el ansiado futuro de
independencia. Otra, pequeña y recóndita pero imposible de ignorar, miraba a Blaine y sentía
que se la llevaban los demonios.
Le dolía. Inexplicablemente le dolía que hubiera retirado su oferta inicial y le propusiera una
que beneficiaba a dos personas ambiciosas, una que no los convertiría en una pareja, sino en
cómplices de una mentira peliaguda.
«Qué tontería», se dijo Clodagh, sacudiendo la cabeza. «Ni que te hubiera gustado casarte con
él. Jamás has soñado con ser la baronesa de nada, más que de tu propia casa, y este hombre que
tienes delante es un idiota redomado».
Pero el idiota redomado acababa de arrodillarse ante su dama de invierno y hacía acopio de
otro montón de nieve para perfeccionar su figura, engordándola por el vientre hasta que sus
pechos parecían minúsculos en comparación. Solo entonces retrocedió, aún sobre las rodillas, y
le sonrió al muñeco como si este pudiera devolverle el gesto.
—Está claro que su muñeco es un hombre —dijo, señalando el de Clodagh—, y pensé que no
le vendría mal una compañera. Ni tampoco un heredero. —Le palmeó el vientre helado, y solo
entonces se dirigió a Clodagh con esa expresión cálida que la hacía desearle más de lo que podía
soportar—. ¿Qué le parece? No me diga que no es irresistible. Si han de derretirse, qué mejor
que lo hagan juntos.
No le quedó más remedio que echarse a reír.
—Es usted incansable.
Blaine se sacudió los muslos en cuanto estuvo de nuevo de pie a tan solo un paso de distancia
de Clodagh.
Se sentía más frágil que nunca, intimidada por sus propios sentimientos, preocupada por si las
grandes decisiones a tomar, con sus gravísimas consecuencias, la harían ver más pequeña aún.
Más insignificante e incapaz de afrontarlas.
Blaine la tomó de la barbilla para que lo mirase.
—La criatura nacerá aquí y no le faltará de nada —le prometió.
—¿Y cuándo me marcharé?
—Cuando usted lo desee. Si es en cuanto el notario haya certificado el nacimiento del bebé,
así se dispondrá todo. Si es tres meses después o si es dos años más tarde, así será también.
Confío en que usted sabrá cuándo y cómo se dará el momento propicio.
Mirándolo a los ojos, Clodagh tuvo la terrible impresión de que ese momento no llegaría
nunca.
Había desaparecido por completo la obsesión con la victoria que convertía las expresiones
socarronas de Blaine en el máximo exponente del egoísmo. Tampoco había rastro de la
implacable determinación a salirse con la suya, esa que a ratos había convencido a Clodagh de
que terminaría echándosela al hombro y obligándola a punta de pistola a pronunciar sus votos.
Todo cuanto halló en la mirada de Blaine fue esperanza y humildad, y, ante eso, al no poder
aferrarse a sus defectos para desoír tales ruegos, Clodagh perdía la autoridad sobre sus propias
emociones.
¿Qué poder podría ella tener? Estaba de pie ante un hombre con la nariz enrojecida por el frío
y que parecía dispuesto a poner el mundo patas arriba si ella se lo pedía. Para una mujer a la que
el mundo siempre había ignorado y maltratado sin compasión, aquello era más que atractivo. Era
milagroso, halagador e imposible de pasar por alto.
—Muy bien —musitó al fin—. No me casaré con usted.
Blaine sonrió despacio, dándole tiempo a Clodagh para confirmar, a su pesar, lo que ya se
había temido: estaba completamente a su merced. Por eso dejó que Blaine le acariciara la cara
con los dedos enguantados y la rodeara con un brazo, apoyando su frente en la de ella.
—Se ha ganado usted un buen pastel de Shrewsbury.
—¿Solo uno? Porque no quiero una pensión vitalicia, milord. Quiero pasteles a raudales.
—Entonces le haré una casa de pasteles —le prometió en voz baja, rozando su mejilla con la
nariz.
Clodagh se escudó en la excusa de haberse convertido en su prometida para aferrarse al
gabán, entreabierto por las costuras rotas de los botones, y apoyarse en su cuerpo.
«No sería el techo más precario bajo el que he vivido», pensó.
—Seguro que se le ocurren formas de mostrar su agradecimiento mucho más factibles que un
tejado de dulces, milord.
Lamentó haberlo dicho —o quiso lamentar haberlo dicho— cuando la sonrisa de Blaine
adquirió un tinte erótico. Afianzó sobre su cintura la mano con la que la rodeaba y posó sus
labios en la mejilla femenina.
—Seguro que sí, señora Reynolds. Pero tendrá que esperar a la noche de bodas para averiguar
cuáles son.
Capítulo 15
—¿Se puede saber qué se nos ha perdido en Penshurst? —inquirió Chase apenas se apeó del
carruaje. Colocó la mano sobre la frente para que el brillo del cielo plomizo no le cegara al
escudriñar la majestuosa iglesia de San Juan Bautista—. Y más concretamente en la casa de
Dios, a donde no creo que nos invitaran de buena gana a ninguno de los dos.
Como pasaba con la mayoría de edificios antiguos de carácter religioso, su mera
contemplación trasladaba al espectador a la época de los cruzados. No solo representaba una
prueba de fe, sino una muestra de la inconmensurable paciencia de los arquitectos, que habían
demorado en convertir la iglesia en una gloria en torno a setecientos años, sin contar las mejoras
que estaban por llegar.
Para tratarse de un templo a la virtud levantado en el oscuro medievo, la clase de destino que
estremecía a los hombres como Blaine, tuvo que reconocer que no resultaba sombría. Las tejas
escarlata proporcionaban un necesario toque de color a la sillería de arenisca curvada, y, por lo
que había oído, en la capilla de Sidney se repartían varias vidrieras y coloridas incrustaciones de
mosaico que contrarrestaban la solemne lobreguez tan característica de las iglesias.
Aun así, las naves y la torre con cuatro pináculos se erigían frente al cementerio
conmemorativo con indiscutible suntuosidad. Caballeros, condes y vizcondes, entre otras
personalidades destacadas, habían sido sepultados allí.
—La casa de Dios está abierta para todos, Chase, no seas ignorante. Y se nos ha perdido el
vicario que me va a casar —explicó Blaine, entrecerrando los ojos sobre las inscripción de una
de las lápidas. A lo mejor le sonaba el nombre de algún pobre desgraciado.
—¿Y qué vicario es ese? No debe conocerte si está dispuesto a unirte en matrimonio.
—No solo me conoce, sino que es un viejo amigo mío.
Volvió a echar un vistazo al edificio. No estaba especialmente interesado en las iglesias del
condado, por muy fascinantes que fueran para el turista, y ni mucho menos en el ejercicio de la
liturgia. Eso se reflejaba en su escasa cultura arquitectónica, y quizá también tuviera algo que ver
con que vulnerase los mandamientos divinos una y otra vez. Pero incluso él sabía que ejercer de
vicario en la iglesia parroquial de Penshurst era considerado un honor.
—No le ha ido mal al pequeño Yikes, por lo que veo. De la ermita del pintoresco Maidstone a
una iglesia de estructura catalogada. A eso lo llamo yo escalar puestos.
—Me alegra que tu amigo Yikes sea feliz, pero ¿no te parece que antes de buscar al vicario
deberías anunciar el compromiso? Ahora mismo tendrías que estar poniendo al corriente a tu
futura familia política de las últimas noticias.
Blaine lo miró con aire risueño.
—No te lo he dicho antes porque sé que disfrutas mintiéndome a la cara y no quería
arrebatarte tu minutito de diversión, pero ya puedes bajar el telón de esta pantomima tan absurda.
Sé que Clodagh no es una Swansea, así que, por mucho que me duela, no le debo explicaciones a
Edison.
Chase no se mostró en lo absoluto avergonzado por haber ayudado a los Swansea a mantener
en secreto los orígenes de Clodagh. Quizá porque Blaine tampoco se lo había tomado a pecho.
Hasta él entendía que, desde el matrimonio con Mercy, Chase debía sus lealtades a la familia de
su esposa... lo que no quitaba que le escociera la falta de confianza, un golpe bajo e inesperado
para quien se consideraba parte del clan.
—¿Te lo ha contado ella?
Blaine se caló el sombrero de copa en la cabeza y le dirigió a su hermano un guiño
prometedor.
—Me lo contó tu esposa anoche, después de pasar un divertido rato juntos. —Se rio entre
dientes al ver a Chase acercándose con los puños crispados—. Dios, esa provocación nunca pasa
de moda.
—Los duelos tampoco. ¿Quieres vértelas en uno?
—Por favor... —Puso los ojos en blanco—. Si no me disparaste por Melanie, no me vas a
disparar por Mercy. Ni mucho menos cuando ni yo mismo puedo poner su honor en tela de
juicio. La reputación de esa esposa tuya es inviolable.
Emprendió la marcha hacia la iglesia contando con que su hermano lo seguiría.
Aprovechando que le daba la espalda y de este modo Chase no podría confirmar lo que daría a
entender con su reflexión, dijo:
—No voy a negar que me escociera un poco que me ocultarais información, por muy
irrelevante que fuera a la hora de decidir si cortejar o no a Clodagh. Pensaba que los Swansea
confiaban en mí, y creo que me ofende que no lo hicieran para mantener la farsa, una de las
cosas que mejor se me dan... pero puedo perdonarles este desliz. A ti, en cambio, aún me lo estoy
pensando. —Lo miró por encima del hombro—. ¿O es que al igual que Clodagh pensabas que
me espantaría su pasado de Lazarillo de Tormes?
—Más que un simple Lazarillo de Tormes, fue una pequeña Claude Duval[1]. ¿O no te ha
contado que se dedicó un tiempo al carterismo?
Imaginarla birlándole unos peniques a un grupo de marinos borrachos o, en su defecto, a un
forastero de modales finos, solo acentuaba la simpatía que ya sentía hacia ella.
Naturalmente no pensaba compartir esto en voz alta.
—Mejor aún. Siempre me han fascinado los asaltadores de caminos.
—Seguro que se debe a que te ves reflejado en sus modales. ¿O ya se te ha olvidado que, sea
Swansea o no, lo educado es poner al corriente de las nuevas a quienes le dieron un techo?
—El anuncio de la boda puede esperar —le aseguró Blaine. Una sonrisa pendenciera fue
estirando sus labios—. El desenlace de la misma... ya no tanto.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Ya lo verás.
—Seguro que cuando lo vea, desearé haber sido ciego. —Se lamentó entre suspiros—. Te
conozco, Blaine. Todo esto parece cabal, incluso necesario para la boda, pero sé que ocultas
algo.
—¿Qué te ha dado a pensar tal cosa? —inquirió en tono inocente.
—Que nos dirigimos a una misa dominical. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a misa?
—No lo sé, pero seguro que fue también la primera. —Chasqueó los dedos y señaló la entrada
—. Menos cháchara, Chase, que estamos en la casa de Dios.
Apenas cruzaron las puertas, el eco ceremonioso de la palabra sagrada les llegó con claridad.
Yikes en persona, situado en el altar, hacía lo propio con la Biblia entre las diminutas manos.
Blaine lo reconocería incluso sin la sotana de vicario, pues no había conocido hombre con su
estatura. Le resultaba irónico que hubiera decidido dedicar su vida al Señor cuando este y ningún
otro tenía la culpa de que hubiera dejado de crecer a los ocho años. La pequeña boca se perdía en
los inflados mofletes, permanentemente arrebolados, y en la sotabarba que bailaba con vida
propia cuando hablaba.
Con cuidado de no alterar la concentración de los feligreses, Blaine se acomodó en la primera
banqueta de madera que halló vacía. Chase lo imitó sin quitarle la vista de encima, como si lo
viera capaz de irrumpir a base de blasfemias.
—«Aunque yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy
más que una campana que resuena o unos platillos que aturden» —recitaba Yikes.
—¿Qué demonios está diciendo? —susurró Blaine—. ¿Está oficiando una boda y no me he
enterado?
—Es una carta de san Pablo a los corintios —explicó Chase con paciencia.
—¿Y eso lo sabes porque has estado husmeando en la correspondencia de los corintios? Qué
descortesía.
Chase suspiró.
—Lo sé porque poseo algo llamado «cultura general».
—Me suena que la última vez que fui a misa también se leyó una carta —meditó Blaine por lo
bajo—. ¿Es que ahí empieza y acaba el repertorio bíblico?
—Dudo que fuera la misma. Los apóstoles escribieron unas cuantas a los corintios y a los
romanos, si no recuerdo mal.
—Y los corintios y los romanos nunca descubrieron su juego a dos bandas, ¿no? Sé lo que es
cartearse con dos amantes a la vez, y las consecuencias son nefastas, te lo aseguro.
Chase aguantó una inapropiada carcajada.
—No creo que tenga que especificar esto, pero no eran cartas románticas.
—«Aunque yo tuviera el don de profecía y penetrara todos los misterios —proseguía Yikes,
conmovido al citar la carta—, aunque yo poseyera en grado sublime el don de ciencia y mi fe
fuera tan grande como para cambiar de sitio las montañas, si no tengo amor, nada soy. Aunque
yo repartiera en limosnas todos mis bienes y aunque me dejara quemar vivo, si no tengo amor, de
nada me sirve».
Blaine ladeó la cabeza hacia Chase con las cejas enarcadas.
—¿Y eso no es una carta de amor? Por Dios, si es lo más nauseabundo que he oído jamás. Y
exagerado. ¿A quién le importa el amor si puedes cambiar de sitio las montañas? No me mires
como si estuviera diciendo una locura. Pregúntale a tu esposa cuánto se preocuparía por ti si
poseyera «el don de la ciencia en grado sublime». No saldría de su taller de mecánica ni para
desearte los buenos días. Ni te necesitaría para enterarse de lo que se cuece en la Royal Society.
—Tú sí saldrías del tuyo en caso de estar en posesión de tal conocimiento, aunque solo fuera
para recordarle a todo el mundo lo inteligente que eres —se burló.
—No me interesa tanto la ciencia como el milagro de mover montañas. Si pudiera conseguir
algo semejante, sería un dios, y los dioses no pierden el tiempo con sentimentalismos absurdos.
Solo se dedican a la fornicación. Mira a Zeus, si no me crees.
—Ah, sí, Zeus. Tu ejemplo a seguir. —Puso los ojos en blanco—. Blaine, haz el favor. No
soy el hombre más religioso, pero mientras estemos en la iglesia, procura respetar el ejercicio
litúrgico.
—Si bromeo con él es porque lo respeto.
—«El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia —continuó Yikes—; el
amor no es presumido ni se envanece; no es grosero ni egoísta; no se irrita ni guarda rencor; no
se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. El amor disculpa sin límites, confía sin
límites, espera sin límites, soporta sin límites».
Aquella segunda parte de la carta intrigó a Blaine, que cambió de postura en el asiento con
cierta incomodidad. Se quedó mirando a Yikes con los ojos entrecerrados, como si acabara de
pronunciar un acertijo incomprensible o no terminara de averiguar si se estaba burlando de él.
—¿Estás de acuerdo con eso? —Acompañó la pregunta de un leve codazo a Chase.
—¿Con que el amor disculpa sin límites? ¿Y tú me lo preguntas? —Suspiró, hastiado—. He
debido perdonarte más de setenta veces siete, y aquí sigo, resistiendo el deseo de lapidarte.
Blaine abrió la boca para hacer otra pregunta, pero los adjetivos acechaban en su mente,
armados con esa seguridad irrebatible que podría derrumbar sus convicciones.
No hacía mucho tiempo había descrito el amor como una catástrofe natural, una crisis
nerviosa, un dolor estomacal elevado a la centésima potencia o algo peor. Así había sido para él,
al menos, o así le había gustado que fuera para justificar el fondo de sus acciones, que en los
últimos tiempos había creído dirigidas por nada menos que eso. El amor.
Pero si era comprensivo, si era servicial y no tenía envidia; si el amor no era grosero o
egoísta, no guardaba rencor, ¿qué eran, pues, esa envidia, ese egoísmo que habían acompañado
en todo momento sus sentimientos? Si su amor le había servido para alegrarse con las injusticias
que él mismo acometió en su día, si no gozó de la verdad porque se escudó en una cadena de
mentiras, si no había conseguido disculpar lo que para él era imperdonable, si no confió jamás en
la victoria y se cansó de esperar..., ¿qué había sido esa maraña de nervios y ese puño cerrado en
el corazón que le había trastocado por completo? ¿Qué fue ese veneno que no solo estuvo a
punto de arruinarle la vida a él, sino también de condenar a su hermano a la infelicidad?
—«El amor dura por siempre». —Yikes cerró el libro—. Palabra de Dios.
—Amén —pronunciaron los asistentes al unísono.
Blaine se había aferrado desde la infancia a la idea avasalladora y doliente del amor para
comportarse como quiso y no pedir perdón después, convencido de que así sucedía en todos los
casos. La emoción enloquecía al hombre y lo llevaba por el camino de la amargura.
Pero si aquello no era amor, ¿quién o qué lo había guiado por esa calle oscura?
No le gustó la única respuesta que se le ocurrió.
Aunque no tomaba los sacramentos o mandatos divinos como ejemplos aplicables a su vida,
Blaine siempre había pensado que un hombre podría ser perdonado por sus errores y
manipulaciones no si se arrepentía, sino si el motor impulsor había sido el amor. El amor
todopoderoso y omnisciente, el amor divino atrapado en un cuerpo mortal. Pero si las que le
condujeron a la perdición fueron sus propias piernas porque el amor no era tan egoísta como él
mismo, ¿qué sería lo que sintió? ¿Quién sería él?
Algo quizá peor que un simple pecador.
Blaine frunció los labios, mucho más descolocado que furioso por lo que consideraba lo peor
que podía pasarle: barajar la exigua posibilidad, siempre ignorada, de haberse equivocado.
—Ahora entiendo por qué nunca voy a misa —masculló por lo bajini.
Chase ladeó la cabeza hacia él sin ocultar su curiosidad, pero no la habría satisfecho ni
siquiera si Yikes no hubiera concluido la misa entonces.
—Podéis ir en paz.
Blaine mandó la reflexión personal a un rincón de la mente, donde no le molestaría mientras
se preparaba para abordar al vicario. Apenas Yikes hubo recogido sus efectos personales del
ambón y bajado del altar, Blaine le hizo un gesto a su hermano para que le siguiera.
No tuvo que llamar a Yikes verbalmente para que este lo localizase en el acto. Aunque
Penshurst fuera un pueblo histórico, no dejaba de ser una parroquia civil de menos de quinientos
habitantes y ninguno de ellos vestía prendas exclusivas cosidas a medida por el mejor sastre de
Londres. No solo había llamado la atención de Yikes. También de las aspirantes a santas que se
levantaban de la banqueta más cercana al altar con sus vestidos negros de cuello de cisne.
Para tratarse de prendas apropiadas para visitar al señor Jesucristo, parecía que las hubiera
tejido un ser descorazonado y cruel para no solo cubrir las exuberantes maravillas femeninas,
sino ocultarlas hasta hacerlas invisibles.
«Pobres mujeres», pensó Blaine.
—¡Godolphin! —exclamó Yikes, levantándose la sotana para no tropezar en su precipitado
paseo hasta el invitado. Vaciló un segundo al toparse también con Chase, al que miró con una
media sonrisa atribulada—. Vaya, espero no ofender preguntando cuál de estos dos caballeros es
mi querido compañero de universidad.
—¿Le da una idea que sea yo quien recuerde que consiguió expulsar al profesor de ciencias
tras acusarlo de una travesura que había cometido usted?
Yikes se ruborizó, no supo si de placer al recordar tiempos tan lejanos o de vergüenza por lo
que su Señor hubiera castigado.
—Tardé años en arrepentirme de ese pecado. Aún hoy considero que se lo tenía merecido —
admitió, estrechándole la mano con especial entusiasmo. Luego se la estrechó a Chase. Tras las
presentaciones, puso los brazos en jarras y dijo—: Veo que se ha enterado de que me destinaron
a la iglesia de San Juan Bautista. ¿Les gustaría a los señores que les hiciera una rápida visita
guiada a las maravillas de este templo? La capilla de Sidney es una delicia que todo hombre
debería ver alguna vez en la vida.
—Tengo entendido que ahí entierran a los Sidney, así que al menos ellos la ven al final de las
suyas —comentó Blaine. Colocó las manos a la espalda, dándose el aire inocente que no tendría
su proposición—. Estaré encantado de conocer su nueva casa. No tengo prisa. ¿Chase?
Su hermano encogió los hombros, prestándose a lo que fuera que Blaine quisiera hacer. No le
quitaba la vista de encima, sospechando que aquello no era una visita de cortesía.
Y estaba en lo cierto.
Sería de todo menos cortés.
Capítulo 16
Chase empezó a buscar respuestas con discreción apenas el vicario les indicó el pasillo.
—Así que se conocen de la universidad —meditó en voz alta.
Blaine estuvo a punto de echarse a reír por su tono de sospecha.
—Ambos asistimos a Oxford —confirmó Yikes—. ¿Cómo es que no le vi a usted por allí?
Somos de la misma edad.
—Preferí marchar a la guerra. Apenas un año, pero fue el decisivo y no vaya a creer usted que
los altos cargos estábamos ociosos.
—Un hombre de armas, ¿eh? —Yikes le sonrió antes de empujar la puerta de acceso a la
capilla—. Recuerdo que a Godolphin también le interesaban, pero para otra clase de batallitas.
—Estoy enterado de cómo se divertía mi hermano en la universidad. Me alegro de que sus
compañeros no fueran víctimas, sino cómplices... —Chase se calló en cuanto hubieron cruzado
el umbral—. ¡Vaya! No me constaba que hubiera diseños de John Biagio Rebecca en esta iglesia.
Blaine estuvo tentado de bizquear. Estaba seguro de que su hermano era un apasionado de la
cultura solo porque no le habían obligado a estudiarla en profundidad durante el periplo
universitario.
—Se deben a una reconstrucción reciente. Culminó en 1820 —explicó el vicario. Admiraba las
obras de arquitectura decorativa como si hubieran sido idea suya—. Fue un honor tener entre
nosotros al constructor del castillo Goring y algunas partes de Penshurst Place. ¿No es esta
bóveda una de las cosas más bellas que han visto?
Blaine levantó la cabeza sin mucho interés.
Sabía reconocer los detalles más generales gracias a sus avanzados estudios universitarios
sobre arte. Bóveda de túnel apuntado, panelada y pintada con protuberancias talladas en las
nervaduras. No era ni de lejos tan interesante como la tumba de altar de Sir William Sidney o el
Stephen de Pencester tallado en mármol de Purbeck, dos recordatorios perennes de figuras
interesantes que Blaine ponderó encargar de sí mismo para su panteón familiar.
Dicho panteón no era tan impresionante como la capilla privada de la familia Sidney, eso
debía reconocerlo. Tenía su propio pórtico y se podía acceder a ella a través de una puerta que
conectaba desde el jardín de Penshurst Place, otro de los escasos edificios célebres del pueblo.
—Siempre le han maravillado todas estas idioteces, Yikes —comentó, paseándose entre los
monumentos. Bronces en honor a miembros de la familia Sidney, cruces conmemorativas,
murales y la famosa ventana de Wilhelmus, que no era más que otra de tantas vidrieras coloridas.
Nada que Blaine no hubiera visto antes.
—¿«Idioteces»? —repitió el vicario, de una pieza—. Eso que está mirando es un monumento
en honor a los quince hijos de Robert Sidney.
—¿Y dónde está el monumento al propio Robert? Porque lo merece si tuvo que aguantar a
quince criaturas.
—Nueve de ellas murieron antes de llegar a la edad adulta —lo reprendió.
Blaine levantó las cejas.
—Me sigue pareciendo digno de resaltar. Es antes de llegar a la edad adulta cuando los críos
son insoportables. —Hizo un gesto aburrido para abarcar el mural—. Supongo que toda esa
suerte de angelitos danzantes son los niños mencionados. ¿No le parece excesivo representar al
puñado de hijos de un conde como ángeles? He lidiado con unos cuantos muchachos entre los
cinco y los diez años y no son precisamente seres celestes. Habría sido mucho más honesto tallar
tres cancerberos.
Chase lo miró como si hubiera dicho una barbaridad imperdonable.
—Eres consciente de que te vas a casar con una mujer que está embarazada, ¿no?
—Y tú eres consciente de que una cosa es un crío y otra muy distinta un ejército infantil, ¿no?
Por Dios, Chase. Con nueve niños ya puedes fundar una religión, y con quince te apañas de sobra
el servicio de una gran casa. Incluso tendrías que dejar fuera a unos cuantos si quisieras formar
un equipo de críquet. ¿Lady Sidney no había oído hablar del pesario de bloque?
Chase se percató de que el vicario se tensaba y masculló:
—Haz el favor de no mencionar métodos anticonceptivos delante de un religioso.
—Disculpe, señor Reynolds, pero me ha parecido entender que milord pretende casarse. ¿Es
eso cierto? —inquirió Yikes, procurando ocultar su mortificación en favor de una expresión
afable.
—Más o menos —repuso Blaine, paseándose por la capilla con aire misterioso. Se detuvo
ante el mural mencionado y ladeó la cabeza hacia Yikes—. Por muy edificante que encuentre un
tournée privado por la casa de Dios, no he venido solo para felicitarle por su ascenso.
Yikes entrelazó los dedos sobre la túnica y le sonrió con complicidad.
—Ya veo que ha venido a pedirme que celebre el futuro enlace.
—Puede ser algún otro vicario sobre el que tenga cierta influencia, pero lo óptimo sería que la
oficiara usted, claro está.
—¿Quién es la afortunada?
—Llamar «afortunada» a la futura esposa de Blaine me parece una exageración —acotó
Chase—. No olvidemos que tendrá que pasar el resto de su vida con él.
—Oh, a la mujer con la que pasaré el resto de mi vida todavía no la conozco —soltó Blaine
para asombro del otro par—, pero la afortunada que se beneficiará del título de baronesa
temporalmente es, para ir resumiendo, la mujer cuya criatura haré pasar por mía para salir de un
pequeño entuerto.
—¿«Temporalmente»? —repitió Yikes.
—No se sorprenda, vicario —lo apaciguó Chase—. A mi hermano hay que recordarle a veces
el carácter divino de las instituciones, y también su temporalidad. Tiende a restarle importancia a
todo lo que la tiene.
—Ya veo que en eso no ha cambiado. Con suerte, el matrimonio lo enderezará.
—Si a mi hermano no le ha dado tiempo a enderezarme y lleva conmigo treinta años, a mi
esposa menos todavía cuando dispone de tan solo unos meses —resumió Blaine.
»Yikes, no voy a casarme. Solo quiero que parezca que voy a casarme. Tengo entendido que
el acta matrimonial firmada no tiene validez hasta que llega a manos del obispo, ¿no es así? Pues
bien: para lo único para lo que requiero un vicario de la diócesis de Rochester es para que oficie
la boda, redacte y dé por válido el acta ante mi notario y luego lo guarde en algún cajón de su
escritorio.
—Pero entonces no estarían ustedes casados.
—Veo que ha entendido el punto. Me enorgullece su sagacidad, Yikes. —Blaine hizo una
modesta reverencia.
A esas alturas de la conversación, Yikes había pasado de la desorientación a la indignación.
Se estiró para que no cupiera la menor duda de que su respuesta era una rotunda negativa.
—Espero que no haya venido hasta aquí para pedirme que sea yo quien se burle de la
burocracia eclesiástica, sino para confesar este pecado que parece tan decidido a cometer.
No le pasó por alto que Chase bufaba ante la idea de Blaine arrepintiéndose por sus errores.
Errores que cometía por gusto.
—Claro que no, Yikes. Mis pecados no requieren confesión porque son de dominio público.
—Blaine le sonrió con amabilidad—. Pero estaría encantado de confesar los suyos por un bien
mayor si no me presta este favor.
Yikes pestañeó una sola vez.
—¿Los míos? ¿A qué se refiere?
—No se haga el inocentón, Yikes —rio Blaine, guiñándole un ojo—. Ya ha visto que tengo
una memoria excelente y recuerdo a la perfección no ya nuestras travesuras de juventud, sino las
juergas de la temporada pasada. ¿O se ha olvidado de la visita que me prestó en Londres hace
solo unos meses, y en lo que esta derivó tan pronto como apuramos una botella de whisky
escocés?
Yikes palideció.
—Así que la sorpresiva visita se debe a eso —rechinó entre dientes—. Ha visto en mí al
personaje idóneo para llevar a cabo su infame propósito porque no me ve capaz de negarme a su
chantaje.
Blaine agachó la barbilla para mirar a Yikes a sus brillantes ojillos de cordero degollado.
—¿Y me equivocaba?
—Así es. Yo ya me disculpé con Dios a través de uno de sus pastores. La liberadora confesión
y la penitencia personal posterior han permitido que siga adelante con mi trabajo sin
remordimientos.
—No estoy muy enterado de cómo funciona eso de los remordimientos, Yikes, pero me
parece que un hombre que comete los mismos errores una y otra vez no es precisamente uno que
pueda considerarse escarmentado. No se arrepentirá tanto si sigue volviendo a los burdeles de la
capital.
Yikes miró de soslayo al impertérrito Chase, que tuvo la bondad de fingirse distraído, como si
no estuviera escuchando la conversación. También dio unos cuantos pasos atrás, determinando
que no formaba parte de la encerrona.
—Dios me ha perdonado —insistió Yikes con aspereza.
—Lo que solo demuestra el gran corazón de Nuestro Señor. Pero ¿son sus pastores tan
misericordes? Si acudo a la diócesis de Rochester a informar de sus tendencias, incluso al
arzobispo de Canterbury, ¿las pasarán por alto? —Blaine se detuvo para reírse de sí mismo—.
Oh, Dios, estoy seguro de que sí. A fin de cuentas, usted mismo me dijo que la hermandad
anglicana tiene como obligación protegerse los unos a los otros.
»No obstante... —prosiguió, rodeando a Yikes con una media sonrisa maliciosa—, la sociedad
en la que me muevo y de la que usted formó parte antes de entregarse a Dios no olvida ni
perdona. No les importaría que el Señor se hubiera apiadado de usted en cuanto el escándalo
hubiera estallado. Y creo recordar que tiene usted una hermana aún soltera...
Yikes enrojeció de indignación.
—¡Debería darle vergüenza presentarse en un templo sagrado para chantajear a un hombre de
Dios!
—Hay cosas más bochornosas que un chantaje, Yikes. Sus prácticas en concreto serían
imperdonables incluso si fuera yo el que las llevase a cabo. Pero si encima se trata de, como dice,
un hombre de Dios...
Yikes intentaba mantener la calma, pero Blaine percibía cómo poco a poco se iba dejando
arrastrar por el pánico.
—No tiene pruebas de lo que me acusa.
—Tengo poder para localizar a la gente con la que se ha divertido en los lupanares, y también
suficiente influencia y renombre para que me crean sin necesidad de dedicar mi escaso tiempo a
mandar cartas.
El labio inferior de Yikes empezó a temblar.
—Es usted el maldito diablo.
Blaine esbozó una sonrisa que era pura bravuconería.
—¡Pero Yikes!, ¿cómo pronuncia esas dos palabras en la casa de Dios? —Se rio de su propia
ocurrencia—. Diablo o no, considero que he venido a hacer el trabajo de un ángel. Así me
considerarán las feligresas que con tanto fervor asisten a sus misas. Apuesto a que agradecerían
saber que su ejemplo de moral es, por el contrario, un modelo de indecencia.
—¡Como si usted fuera o hubiera sido en algún momento un dechado de virtudes!
—Naturalmente que no. Ni lo intento. Pero mi inmoralidad no eliminaría la suya ni en mil
años.
—¡Es su inmoralidad la que alimenta la mía! ¿O acaso no es usted quien me recibe con vinos
y prometedoras noches de lujuria?
—La serpiente del Edén ofreció la manzana a Eva, pero no la obligó a morderla —le recordó
—. Válgame el Señor, Yikes. Para representar y cumplir la voluntad de Dios, es usted muy fácil
de doblegar.
Sabiéndose acorralado, al vicario no le quedó otro remedio que dejar el orgullo a un lado.
Agarró a Blaine del gabán y descolgó por completo la cabeza para mirarlo con ojos llorosos.
—Le diría que le removerá la conciencia poner a un amigo entre la espada y la pared, pero
ahora entiendo que no posee usted tal cosa. ¿Quiere acaso que ruegue?
—Solo quiero un favor a cambio, Yikes. El que he expuesto antes de que discutieramos sin
necesidad. Entiéndame. Su secreto pesa demasiado sobre mis hombros y solo su ayuda me
motivaría a soportarlo.
Yikes hizo un puchero.
Blaine no disfrutó vislumbrando el verdadero pánico en los ojos de un hombre que había sido
su amigo, pero tampoco llegó a compadecerlo. Si bien estaba familiarizado con toda clase de
tendencias sexuales extremas y nunca se le ocurriría censurar el libertinaje que tan buena vida le
había dado, Yikes había cruzado la línea de lo tolerable más de una vez. No le gustaba
inmiscuirse en asuntos ajenos, y por eso se había limitado a ignorar las cartas de Yikes con el
objetivo de romper toda relación con él. Pero ya que estaba, y ya que se le achacaba el título,
actuaría como el diablo.
Castigaría a los indeseables y exigiría el precio que él había estimado justo.
—Muy bien —balbuceó Yikes—. Oficiaré esa boda, como pide, y me encargaré de que el
acta matrimonial no llegue a manos de su reverendísimo señor King. Llegado el momento, le
haré entrega del único documento que acreditará su unión y podrá hacer lo que quiera con él para
disolver el matrimonio.
Blaine sonrió de oreja a oreja, complacido, y tomó la mano de Yikes para darle un único
apretón.
—Es un placer contar con las bondades y el apoyo de un amigo como usted. Tenga preparadas
las amonestaciones para mañana, a ser posible, y cásenos con la mayor premura. Como ya sabe,
la señorita está encinta y queremos que nazca en el seno de la familia Reynolds.
—Así se hará —musitó Yikes, con la vista clavada en el suelo.
—Aunque ahora que lo pienso, sería mejor que nos consiguiera una licencia especial. El
embarazo está muy avanzado y no podemos correr el riesgo de que el parto se adelante.
—Muy bien. Conseguiré esa licencia y lo comunicaré por escrito a la dirección de Reynolds
Abbey.
—Por otro lado, creo que mi adorable Clodagh no forma parte de la comunidad anglicana,
pero estoy seguro de que no le tomará mucho tiempo bautizarla.
—En absoluto. Puede hacerse en la misma ceremonia.
—¡Qué eficacia! —Blaine le palmeó la espalda—. Maravilloso, Yikes. Esperaré noticias
suyas. Si por casualidad la mencionada carta se extraviara o se le olvidara nuestro acuerdo,
tendré que prestarle otra visita. Entraré por la puerta de la iglesia, como he hecho hoy, pero
entonces no me quedaré en silencio mientras oficia la misa. Hablaré alto y claro, y lo haré hasta
que los demás se queden mudos. ¿Me he hecho entender?
Yikes palideció de un modo alarmante.
—Tendrá lo que me pide antes del viernes que viene. Le doy mi palabra.
—Estupendo. Pase un buen día, Yikes. —Volvió a ponerse el sombrero y tiró del ala para
hacerle una sentida reverencia. Luego hizo un gesto al perplejo Chase, que lo siguió en su salida
de la iglesia sumido en el silencio de los desconcertados.
Apenas hubieron abandonado el edificio, Chase lo abordó con una sola pregunta.
—¿Se puede saber qué acabas de hacer?
—Asegurarme mi herencia.
—Blaine —empezó Chase en tono grave. Se había detenido en el caminillo de grava de la
entrada. Esperó a que su hermano se diera la vuelta para hablar—. He sido testigo de toda la
suerte de diabluras que has perpetrado. Incluso me has convertido en la víctima de alguna de
ellas. Pero esta... —Sacudió la cabeza—. Esta excede por mucho los límites morales que un
hombre debería marcarse. ¡Incluso los límites legales!
—¿Qué es lo que te preocupa? —Blaine se puso una mano en la cintura—. ¿Que el obispo
reprenda a Yikes en el dudoso caso de que llegue a enterarse de mi pillería?
—Sé que careces de los escrúpulos necesarios para avergonzarte ante el obispo, pero
sospecho que la opinión de Clodagh no te será tan indiferente una vez descubra lo que has hecho.
—Clodagh está al corriente de esto.
—Dudo que sepa que has chantajeado al vicario.
—Te sorprendería lo exenta de moral que está mi futura esposa. A ella también le importan un
bledo los chantajes a la comunidad eclesiástica. Quizá por eso seamos el uno para el otro.
A sabiendas de que tendría que tomar otra senda para seguir reprendiéndolo, Chase acabó
suspirando una vez más y mascullando:
—Si pones en estos aprietos a tus amigos, no me quiero imaginar cómo torturas a tus
enemigos.
—No tengo enemigos. Ya ves que atormentando a mis «amigos» me divierto suficiente.
—A tus amigos y a mí. Todavía estoy intentando comprender por qué me has hecho cómplice
de esto.
—¿No es obvio? Para que te sientas incluido en mi vida y dejes de quejarte de que siempre
obro a tus espaldas. —Le puso la mano en el hombro y le dijo con inocencia—: Me importa tu
opinión, Chase.
Chase se zafó de su mano amable con un gesto brusco que hizo reír a su hermano y
emprendió el camino hasta el carruaje, apostado en la misma entrada.
Blaine lo siguió alegremente.
—Por una vez me habría gustado permanecer en la inopia —reconoció Chase.
—Lo tendré en cuenta para la próxima.
Esperaron a que el lacayo de turno abriera la portezuela del carruaje. Chase tardó en torno a
cinco minutos en sentarse frente a él, y lo hizo con una mueca de desagrado.
Blaine estuvo a punto de decirle que Yikes no era un santo, pero no sentía que tuviera que
defender o justificar sus actos ante nadie. Y como si Chase hubiera sentido su fugaz intención de
explicarse, rompió el tenso silencio preguntándolo sin rodeos.
—¿Qué tienes contra él, que has conseguido que elija el mal por encima del bien?
—Yikes elige el mal por encima del bien todas las noches que pasa en Londres —repuso
Blaine, mirando por la ventana.
—¿Y? Todo el mundo sabe que los vicarios, casados o no, se rodean de fulanas de vez en
cuando.
—Yikes no frecuenta prostitutas. Es algo de lo que está orgulloso. Pero eso no significa que
no cometa los pecados de la carne.
—¿Qué quieres decir?
Sin apartar la vista del paisaje en movimiento, Blaine comentó:
—Digamos que a Yikes le gustan los hombres de su tamaño.
—¿Hay hombres de su tamaño? —se burló.
—Hay criaturas de su tamaño, pero no se les llama hombres hasta que han cumplido unos
cuantos años más.
Observó que su hermano palidecía.
—¿Es eso cierto? —murmuró.
—Sé a qué burdeles paga una suma generosa para que agarren de la calle al primer crío
desnutrido, lo bañen, lo perfumen y lo metan en su dormitorio. Y para que lleven a cabo estas
funciones con la mayor discreción.
Chase también extravió la mirada al otro lado de la ventana.
—Dios santo. Y ha tenido el descaro de escandalizarse por oficiar una boda falsa. Lo
mencionado no me parece más inmoral que a lo que se dedica.
—Estoy de acuerdo. Ahora que sabe que podría hablar en cualquier momento, seguro que
contendrá sus repugnantes impulsos. Y, ya de paso, me hace un favor.
Siguió un prolongado silencio que Chase rompió chasqueando la lengua, resignado. Blaine
ladeó la cabeza hacia su hermano, sabiendo que iba a volver a compadecerse.
—Incluso cuando haces el mal, obras correctamente. Espero que con la boda con Clodagh,
que es un terrible mal causado, suceda lo mismo y al final resulte en algo positivo para ambos. O
por lo menos para ella.
Blaine apoyó la cabeza en la pared del carruaje y sonrió de forma discreta.
—Por supuesto que resultará en algo positivo. Recuerda que me protege una estrella.
Chase hizo una mueca dudosa.
—Esa estrella se apagará algún día, Blaine. La suerte es demasiado caprichosa como para
acompañarnos todo el camino.
—No se atreverá a abandonarme mientras yo sea más caprichoso que ella.
Chase suspiró, resignado.
—Entonces ahí seguirá de por vida, vigilando tu coronilla hasta que se te caiga el pelo.
Blaine sonrió de oreja a oreja y juntó las manos en un rezo al mirar al techo.
—Y amén.
Capítulo 17
Sus orígenes humildes nunca le impidieron fantasear con una boda especial, muy alejada de
presupuesto y que quedara para la posteridad. El corazón romántico de Clodagh había imaginado
el gran día con todo género de detalles: su vestido de tul y sedas llevaría remates con encaje
Quillings en escote y mangas, un velo de Valenciennes cubriría su rostro emocionado y olería a
aceite de mejorana, rosa y menta después de un generoso baño. Por desgracia, en dos días no se
podía coser un vestido de esas características, y no disponía ni de efectivo propio que invertir en
unos escarpines apropiados, como tampoco de la caradura para pedirle al señor Swansea que
pagara por ella. Había tenido que conformarse —y aunque supiera a poco para su fantasía
romántica, era mucho más de lo que habría podido esperar dada su condición social— con un
vestido prestado del armario de la difunta baronesa. Un vestido de cuando estuvo embarazada,
por supuesto, y al que habían tenido que cortarle el dobladillo y ajustarle las mangas para que no
pareciese un esperpento.
Ahora, Clodagh se miraba al espejo mientras un par de doncellas se afanaban llenando el
rodete trenzado de perlas y margaritas. El batallón de las seis Swansea asistía a la escena con
gesto embelesado... y quizá también incrédulo.
—No me puedo creer que vayas a casarte —admitió Temperance, sacudiendo la cabeza.
«No voy a casarme», estuvo tentada de contestarle. «Solo va a parecerlo».
Clodagh podía ser pobre sin la generosa dote que Edison le había proporcionado a su futuro
marido, pero tenía muy claro que, en la que fuera su boda oficial, jamás se casaría con el vestido
de una muerta.
Ni con un barón arrogante.
—¿De verdad te sorprende que Blaine se haya salido con la suya? —Se rio Faith, recostada
bajo el umbral de la puerta.
—Me sorprende que lo haya hecho solo porque su opositora era Clodagh, pero ya veo que ni
nuestra querida señora Swansea es más testaruda que el barón.
—Pensaba que no querías casarte —recordó Prudence, intrigada—. ¿Qué te hizo cambiar de
opinión?
Clodagh encogió un hombro con gracilidad. Ladeó la cabeza para admirarse en el espejo
desde otra perspectiva y se aplicó más polvos en la mejilla.
—El miedo —respondió con humor—. Si no le decía que sí voluntariamente lo veía capaz de
secuestrarme en mitad de la noche. Considero inteligente ceder cuando el enemigo es más
poderoso.
—No solo es poderoso. También es rico y atractivo —apuntó Hope—. Te vas a casar con un
excelente partido, Cloud.
—¿Le dirás quién eres en realidad una vez pronuncies tus votos? —quiso saber Temperance.
Clodagh reprimió a tiempo una sonrisa resignada.
—No lo creo —mintió—. No necesita disponer de esa información.
—Pero entonces tu matrimonio sería una mentira —murmuró Charity.
«En efecto, Cherry», estuvo a punto de contestarle. «Eso es justo lo que va a ser».
—No sería la primera farsa que la institución ha visto nacer desde que fue inventada —se
burló Temperance—. De hecho, debo felicitar a Clodagh porque se va a casar siguiendo los
parámetros obligatorios del matrimonio de clase alta: sin amor pero con mucha conveniencia.
—Eso es lo que me preocupa —insistió Charity—. Cloud, tú querías casarte enamorada. No
deberías... —Se le apagó la voz—. No importa.
Clodagh dejó a un lado los polvos y clavó la mirada en la mortificada Charity, que enseguida
había agachado la cabeza.
—¿Qué querías decir?
—No es nada. Solo que... que no creo que debieras... renunciar a tu sueño —admitió con la
boca pequeña—. Pero ya es tarde, y sería injusto por mi parte sembrar la duda en tu cabeza
cuando ya has tomado una decisión que ves mejor para ti. Olvida que te lo he dicho.
Clodagh tragó saliva. La genuina preocupación de Charity, al igual que la del resto de las
Swansea, hizo que se planteara sincerarse respecto a las particularidades del futuro enlace.
Las muchachas la habían acogido desde el primer día como si de veras fuera un familiar
lejano. La habían hecho cómplice de sus cuitas sentimentales, de sus deseos de futuro, y,
sabiéndola reacia a confiar en desconocidos, la hicieron partícipe de sus veladas privadas y la
aconsejaron para que tomara el buen camino. No se merecían que les mintiera mirándolas a los
ojos, sobre todo cuando esa mentira las angustiaba.
Pero al mismo tiempo, Clodagh sabía que estaba haciendo lo correcto. Aunque para ello
hubiera tenido que pactar con el diablo, se estaba asegurando un futuro adaptado a sus
necesidades que, por desgracia para Wilhelmina y su caritativa familia, quedaba muy lejos de la
mansión de Eaton Square y los privilegios de clase alta.
—Estaré bien —le prometió Clodagh—. ¿Quién sabe? No es el primer matrimonio de
conveniencia que se celebra, pero tampoco estaríamos inventando nada nuevo si se diera un
milagro y el roce de la convivencia hiciera el cariño.
—Eso es verdad. —Suspiró Charity, aliviada.
Clodagh posó la mirada en todas y cada una de las Swansea, esperando apaciguarlas con una
sonrisa sincera. La última en la que se fijó fue Mercy, que no había hecho ni una sola acotación
desde que la tropa se arremolinara en torno al tocador para dar su opinión.
—¿Mercy? —la llamó—. No has dicho nada en todo este rato.
La joven entrelazó los dedos sobre el vientre, redondeado también por el avanzado embarazo.
Si ninguna de las dos sufría un percance que la obligara a dar a luz antes de tiempo, el supuesto
hijo del barón Godolphin y el del señor Reynolds tendrían la misma edad. Y si su boda no fuera
una farsa, crecerían juntos como hermanos y quizá hasta asistirían a la misma universidad.
—Lo cierto es que me gustaría hablar contigo —reconoció—. A solas.
—¿Cómo que «a solas»? Si os vais a contar confidencias, exijo estar presente —rezongó
Temperance, cruzándose de brazos.
—Puede que sea una charla de embarazada a embarazada —replicó Faith. Rodeó la cintura de
su hermana y tiró de ella en dirección a la puerta—. Deja de buscarle la puntilla a todo.
—En realidad es una charla de mujer casada a mujer a punto de casarse —explicó Mercy—.
Quiero darle algunos consejos antes de embarcarse en esta nueva etapa.
—Consejos debería darle la señora Swansea, que ha vivido unos cuantos aniversarios —
repuso Temperance—. Tú llevas casada desde abril.
—Pero está casada con el hermano del futuro marido —la defendió Prudence—. Más sabrá
Mercy sobre cómo tratar a un Reynolds que la señora Swansea.
—¿Cómo te atreves? —Temperance lanzó un jadeo ofendido—. La señora Swansea sabe más
de todo que ningún ser viviente.
Entre risas, las Swansea y las doncellas fueron abandonando el dormitorio para darles
intimidad. Clodagh midió a través del espejo cada uno de los movimientos de Mercy, que se
encargó de cerrar la puerta despacio.
Su característica actitud afable no la engañó. Supo que no pretendía aconsejarla en cuanto
entrelazó los dedos en el regazo y se acercó a ella.
—Conozco el acuerdo al que has llegado con Blaine. Chase me lo ha contado todo.
Aunque no había reproche en su tono, y, de hecho, hablaba con la misma serenidad de
siempre, Clodagh se dio la vuelta bruscamente y la miró con un nudo en la garganta.
A Mercy le sorprendió tanto como a ella misma el notable ataque de culpabilidad que sufrió,
pues era lo bastante avispada para calar el carácter de sus allegados y era muy evidente que
Clodagh no acostumbraba a pedir disculpas por sus acciones.
—Lo siento muchísimo, Mercy. Sé que tendría que haberos dicho la verdad, pero después de
todo lo que habéis hecho por mí, siento que solo heriría sensibilidades al admitir que no deseo la
vida que el señor y la señora Swansea me prometieron —balbuceó a trompicones—. Seguro que
ni Temperance ni las demás comprenderán por qué cambiaría el apoyo incondicional de la
familia por un trato con un hombre que se ha demostrado que no es de fiar, pero lo mínimo que
puedo hacer después de haberme aprovechado de vuestra generosidad a cambio de nada es
casarme lo antes posible y dejar de causar molestias.
—Tranquila, Cloud. —La apaciguó con una pequeña sonrisa. Le estrechó el hombro,
afectuosa—. Entiendo muy bien por qué has tomado esta decisión, y quiero que sepas que te
guardaré el secreto.
Clodagh se mordió el labio inferior. Aunque tendía a dudar de la palabra de todo el mundo, no
se le complicó confiar en Mercy. Sobre todo cuando se sentó a su lado y le transmitió su fuerza y
su cariño palmeándole el muslo.
—Aun así, quiero dejar claro que tenerte con nosotros no ha sido ni de lejos una molestia.
—Lo sé, pero no estoy acostumbrada a aceptar la caridad ajena. Ni a que me... traten tan bien
—reconoció, avergonzada—. Desde que me quedé embarazada, he estado rogando el auxilio de
los demás hasta tal punto que he dejado de reconocerme. Me rebajé a convertirme en un parásito
que solo recibe y no da nada a cambio porque el bienestar de la criatura está muy por encima de
mi orgullo, y créeme, mi orgullo no me habría permitido jamás aceptar la ayuda de un
desconocido. Pero ahora que se me ha presentado esta oportunidad de revertir los papeles, no he
podido rechazarla. En este pacto tengo un papel activo, Mercy, y los beneficios que me
proporcionará son más de lo que podría haber soñado.
—Irlanda, ¿no? —adivinó ella.
Clodagh asintió. Tuvo que pestañear deprisa para reprimir las lágrimas.
—Es mi hogar, Mercy. Y yo no estoy hecha para las puestas de largo, para las tardes de
cotilleo y los cortejos formales. Soy incapaz de estudiarme el manual de modales que la señora
Swansea parece haber memorizado y sé que no sería feliz exponiéndome constantemente al
juicio de las grandes fortunas londinenses. —Esbozó una sonrisa triste—. No puedo olvidar de la
noche a la mañana que, durante toda mi vida, y solo en el mejor de los casos, he sido invisible
para dichas fortunas. Y en el peor... solo un cuerpo atractivo del que aprovecharse.
—La inmensa mayoría es tal y como la describes, no voy a negarlo. Pero no todos los ricos
son así —repuso Mercy, mirándola compasiva.
—Es cierto. Los Swansea no sois así. Pero mucho antes me aprovecharía de la generosidad de
una familia de clasistas arrogantes que de todos los privilegios que vosotros queréis poner al
alcance de mi mano.
»No os merecéis a una huésped tan desagradecida, Mercy, porque la verdad es que jamás fue
mi intención complacer a la señora Swansea. Sin importar el cómo o el cuándo, pretendía
marcharme antes de ser presentada en sociedad —reconoció, avergonzada—. He estado
maquinando formas de huir una vez diera a luz desde que me instalé en Eaton Square. Y creo
que esta es la manera más civilizada de huir de las responsabilidades a las que me comprometí
sin decepcionar a nadie.
—Sin decepcionar al principio, Cloud —especificó, levantando las cejas—, porque en algún
momento tendrás que decirle a mi madre que este matrimonio no es lo que parece. Y cuando eso
suceda, no creas que no se echará las manos a la cabeza. ¿O pretendes fingir tu muerte a ojos de
los Swansea?
—¡No, por supuesto que no! Cuando me marche a Irlanda se lo comunicaré a tus hermanas y
a tus padres y me desharé en los mismos agradecimientos que he repetido desde el primer día. —
Tragó saliva—. Lo siento, Mercy.
—No te disculpes. Tienes derecho a elegir lo que crees mejor para ti y para tu hijo.
—El acuerdo con Blaine me asegura que no le faltará de nada. Y tendré la oportunidad de
casarme con quien desee, incluso si no es un buen partido..., algo que tu madre jamás habría
permitido.
—Parece que estás muy segura de lo que quieres. Siendo así, y si no hay nada que pueda decir
para disuadirte, será mejor que te deje para que termines de arreglarte.
El gesto decepcionado de Mercy consiguió lo que ni veinte años de triquiñuelas y mentiras, de
las que se había servido siempre para sobrevivir, habían logrado sacar de Clodagh: una mínima
expresión de arrepentimiento. Le apretaba el nudo en la garganta y sentía la necesidad de seguir
explicándose, montar argumentos los unos sobre los otros hasta que Mercy le sonriera sincera y
conviniera con ella en que el fin justificaba los medios.
Clodagh había suplantado identidades, se había aprovechado de las bondades de la escasa
gente decente que se había cruzado en su camino. Había robado y estafado para conseguir dinero
con el que subsistir y, en una de esas, había conocido al hombre que pagó sus pecados con la
muerte a costa de dejar a una criatura sin padre. Y, sin embargo, nunca se había sentido tan cruel
e injusta como en ese momento.
Se puso en pie para detener a Mercy y prometerle que reuniría a las Swansea en ese preciso
momento para pasar por el altar sin remordimientos, aunque a cambio obtuviera sus miradas de
reproche y dejara de contar con su favor.
Aunque no fue capaz, Mercy tuvo que percibir la intensidad de su desaliento, porque se dio la
vuelta apenas hubo agarrado el pomo de la puerta.
—No te angusties porque no pueda entenderte, Clodagh. —Le sonrió, conciliadora—. Desde
mi punto de vista, esta es una medida algo extrema, pero ¿qué sabré yo de las necesidades o los
sentimientos de una mujer en tu situación? He tenido una infancia maravillosa y estoy viviendo
una juventud y un matrimonio de ensueño. Una mujer en una posición privilegiada como la mía
no es nadie para juzgar a otra que no ha tenido estas facilidades.
—¿Ni siquiera aunque las rechace ahora que se le ofrecen?
—Tal vez no sea comprensible para mí, pero sí parece cabal teniendo en cuenta el estilo de
vida que has llevado hasta ahora. Sea mejor o peor, es al que estás acostumbrada y al que deseas
volver. Yo solo te deseo una vida próspera, Cloud.
Clodagh asintió con la cabeza. Se abrazó el vientre, donde además de un bebé despierto y con
ganas de guerra, se hacía notar la emoción del agradecimiento.
—Nunca os olvidaré. A ninguna de vosotras. Ni mucho menos lo que hicisteis o intentasteis
hacer por mí.
—Te apreciamos porque sabemos cómo eres. A nadie le sorprenderá la verdad ni tu destino
elegido una vez los desveles. No dudes que lo respetaremos.
Aunque no era dada a muestras de afecto y procuraba que nadie se diese cuenta de que
ansiaba el cariño y los cuidados de sus allegados, Clodagh tuvo que abrazarla para transmitirle el
alcance de su gratitud. Mercy le devolvió el apretón y no dijo ni una palabra más. Abandonó el
dormitorio al tiempo que las doncellas volvían a ocupar su puesto.
Las doncellas y una nueva incorporación, en realidad.
Clodagh abrió los ojos de golpe al ver en el reflejo del espejo la figura corpulenta de un
hombre. Este sonreía de oreja a oreja, y bastó con que guiñara un ojo a la joven para que el resto
de las criadas presentes se dieran por conquistadas.
—¿Puedo pasar a ver a la novia, o aparte de al novio le da mala suerte a todo el mundo?
—¡Royce! —exclamó, conteniéndose para no arrojarse a sus brazos—. ¿Qué haces aquí?
—¿No te puedes hacer una idea? —Extendió los brazos y dio una vuelta para que se fijara en
su atuendo, un impecable frac que debían haberle cosido a medida—. Vengo a llevarte al altar...
o, en su defecto, a tu próximo escondite. Ya sabes, por si decides cambiar de idea en el último
momento.
Clodagh soltó una carcajada con la que liberaba los inútiles nervios de la boda y acudió a sus
brazos.
Capítulo 18
—Ahora que estamos solos, permíteme que te lo diga. —Royce se aclaró la garganta—.
Después de la tabarra que me diste con que solo te casarías por amor, me ofende que hayas
aceptado la mano del pomposo de Godolphin.
Clodagh rescató de sus recuerdos cercanos al Blaine cubierto de nieve. Había admirado su
muñeco más orgulloso que la excitable Hope, y había defendido su victoria frente al resto de los
participantes hasta que le fue concedido el premio.
Para la inmensa satisfacción de Clodagh, esa noche fueron servidos los deseados pasteles de
Shrewsbury.
—Puede ser muchas cosas —concedió, recordándolo arrodillado sobre la nieve como si no
tuviera un título de barón y la obligación de respetarlo sobre los hombros—, pero pomposo no es
una de ellas.
—Será uno de los pocos defectos que no se le achacan —se mofó—. De todos los hombres
con los que se relaciona la familia Swansea, pensaba que Godolphin sería el último en el que te
fijarías.
—Parece mentira que tú digas eso con lo perspicaz que eres. Es imposible no fijarse en
Godolphin cuando se esfuerza como el que más en ser el protagonista.
—Por favor. —Royce había cruzado los brazos a la altura del pecho, y la miró con ese par de
ojos chispeantes que parecían una noche estrellada—. No irás a decirme que te has enamorado de
él.
A Royce no habría podido mentirle. No solo porque tuviera el talento de reconocer la mentira
en los rostros más indiferentes; también porque con él nunca había necesitado fingir.
Royce había tenido una vida igual de complicada y, como ella, acostumbraba a practicar la
suplantación y el engaño como medio de supervivencia. No la había juzgado ni por haber vagado
de casa de acogida en casa de acogida bajo una identidad falsa y contando una desgarradora
historia de luto, ni tampoco mucho antes, cuando le mandó una carta explicando que su hermano
había fallecido dejando a una amante embarazada sin recursos. Royce había cruzado el océano
para ayudarla, y no le había importado echar mano de los métodos menos ortodoxos para
procurarle una vida digna.
No había salido como dispuso en la teoría porque Temperance Swansea se convirtió desde el
primer momento en un imprevisto imposible de ignorar. Pero tras la breve mediación con el
señor Swansea que les procuró a ambos un lugar en la casa y la familia, podía decirse que había
salido incluso mejor.
Clodagh confesó sus planes a apenas unos cuantos minutos de la boda, y tal y como había
imaginado, Royce los escuchó con paciencia. Sin una mueca de asombro. Sin la menor intención
recriminatoria.
A Royce no le despeinaría ni un asesinato trazado con meticulosidad siempre y cuando lo
justificara un buen motivo. Y que diera por válidas sus excusas cuando Clodagh tenía los nervios
a flor de piel fue suficiente para que agarrara su brazo, segura, y se dejara conducir al altar por el
que no era su padre, no era su hermano... pero era su amigo.
—Si la segunda vez te casas en Irlanda, quizá no pueda estar presente —le había dicho antes
de entrar en el salón donde se oficiaría la ceremonia con total discreción—, así que me alegro de
asistir por lo menos a la boda figurada. ¿Quiero saber cómo se las ha arreglado Godolphin para
casarse sin casarse?
—No, no quieres. Y yo tampoco.
—¿Por qué? No nos vamos a escandalizar. A mí tampoco se me da mal celebrar bodas sin
casarme. —Aguardó, esperanzado, una explicación que Clodagh le negó. Acabó suspirando—.
En fin. Supongo que a veces es mejor no saber. Siempre y cuando cumpla su promesa —la
advirtió. Sus cejas rectas y oscuras se cernieron sobre una mirada severa—. Godolphin tiene
fama de trapacero, y aunque a la alta sociedad le gusta exagerar los defectos, me parece que esta
se la ha ganado a pulso. Confío en no tener que intervenir si se le ocurre jugar contigo.
—No tendrías que intervenir ni si se diera ese caso. Sé cuidarme sola.
—Ya veo cómo. Me despisto un momento y lo siguiente que descubro es que serás la
baronesa Godolphin hasta que os entierren a ti y a tu primogénito en el panteón familiar.
—Fíjate, y eso que pensé que mis huesos acabarían en una fosa común. No puede decirse que
me haya ido mal.
Un criado interrumpió las carcajadas de Royce para indicarle que todo estaba dispuesto para
oficiar el enlace. El vicario esperaba en el salón a que apareciese la novia para dar una misa
escueta y firmar el acta matrimonial. Otro personaje que también aguardaba su llegada —no con
la aprensión del señor Yikes, sino con cierto ánimo sospechoso— era el señor Forbes.
Clodagh reconoció al notario de la familia Reynolds en cuanto cruzó el umbral del brazo de
Royce. Era el único invitado que permanecía de pie a unos cuantos metros de distancia con
actitud vigilante. No se había puesto sus mejores galas para asistir a la boda. Con su simple traje
de tweed desgastado dejaba claro que estaba de servicio.
Ni la oscura presencia del notario eclipsaba el ánimo efervescente de la señora Swansea, que
soltó una lagrimita de emoción al verla aparecer. El señor Swansea la miraba socarrón,
confirmando lo que él mismo había comentado alguna que otra vez: que a su señora solo la
emocionaban las bodas. Un tipo de boda, en realidad.
La que ella misma se había encargado de propiciar.
Clodagh se empapó de las reacciones de cada uno de los invitados, desesperada por posponer
el momento de mirar a Blaine. Sabía que estaba allí, que vestía una impecable levita negra y que
sus ojos de niño perverso la perseguían con regocijo interno, pero no quería conservar ni un solo
recuerdo del marido de mentira.
Aquella no iba a ser su boda. Aquello no sería siquiera una boda cuando echara la vista atrás y
relatara el rocambolesco pacto. Clodagh no se estaba casando. Se estaba asegurando el regreso a
casa, y eso no incluía a ningún espécimen humano perfecto que olía a sándalo y espuma de
afeitar.
Pero Blaine no necesitaba invitación para incluirse ni en escenarios ni en fantasías. Con solo
tomar su mano enguantada, penetró en el nivel de irrealidad en el que Clodagh se había sumido
por supervivencia y la trajo de vuelta al salón. Solo entonces sus miradas enfrentaron el verde de
trébol irlandés y el verde de melancolía eterna.
Clodagh luchó por llevar aire a sus pulmones, pero era susceptible a la belleza masculina y
aquel hombre saltaba con pértiga y sin esfuerzo todas las advertencias internas que Clodagh se
repetía. De nada le estaba sirviendo su amplio conocimiento sobre el descaro de los hombres o
sus pésimas experiencias. Si Blaine seguía sonriéndole como le sonrió en ese momento,
esperanzado como un enamorado hasta el tuétano, Clodagh se lo creería. O peor: desearía
creérselo, igual que cuando le regaló una rosa por virtud y lo llamó «flechazo».
El vicario carraspeó para captar la atención de la pareja y los invitados. Tenía el aspecto de un
crío de diez años, y su voz aguda la habría hecho sonreír en contra de su voluntad si no siguiera
abrumándola la cercanía de Blaine.
—Estamos aquí reunidos para unir en santo matrimonio a lord Blaine Nicholas Reynolds,
barón Godolphin, y a la señorita Clodagh.
La mención de su nombre hizo que le diera un vuelco el corazón. Ni siquiera había pensado
que tendrían que casarla con su verdadera identidad para que los papeles fueran válidos.
Como si Blaine hubiera sabido que el recordatorio de su condición de huérfana la afectaba, le
apretó la mano con disimulo. Clodagh ladeó la cabeza hacia él y se aferró a la serenidad que
emanaba para olvidar su infancia sin padre... y para no temer las consecuencias de lo que estaban
haciendo.
El vicario debía haber recibido órdenes muy estrictas sobre la extensión del discurso, porque a
Clodagh le pareció la lectura de votos más breve de la historia. O quizá era problema de sus
nervios, que le hacían ansiar la demora del desenlace.
Viendo que se acercaba el momento de la firma y el sello final, Clodagh empezó a temblar.
Los dolores de cabeza que llevaba arrastrando desde la mañana se acentuaron, mareándola. El
vicario tuvo que preguntarle hasta tres veces si aceptaba a Blaine como legítimo esposo. Blaine
hizo lo propio a la primera, y entonces todo acabó.
—Les declaro marido y mujer.
«Marido y mujer», pensó Clodagh, girándose como un autómata sin poder sobre su cuerpo.
Miró a Blaine, consciente de que debía estar pálida y descompuesta. Le ofreció una mano
temblorosa para que sellara el enlace con la galantería de rigor. Y la aceptó, pero también se
tomó una licencia personal con su característico descaro rodeándola por la cintura y atrapando
sus labios con un beso inesperado.
Clodagh pensó inocentemente que solo quería demostrarle al notario que el amor les había
unido en sagrado matrimonio, pero no hubo el menor tinte amoroso en el modo en que la tentó
con su jugosa boca. Casi había olvidado cómo se sentía el deseo de un hombre, y Blaine se lo
recordó de manera que jamás volviera a olvidarlo. Si en algún momento temió que la pérdida de
compostura fuera juzgada por los invitados, se le olvidó en cuanto Blaine la estrechó contra su
cuerpo y le separó los labios para introducir la lengua de forma tentadora. Clodagh reprimió un
jadeo a tiempo y fue a su encuentro con los ojos cerrados, apretando el puño contra el cierre de la
levita.
El placer la quemó en zonas que nunca deberían despertar en público. Intentó contenerse,
rechazarlo incluso, pero el apremio demoledor con el que profundizaba el beso aniquiló su
voluntad y le trastocó el equilibrio.
Nunca la habían besado hasta arrebatarle el sentido, y temió no volver a recuperarlo. Temió
que él se lo quedara para siempre, que la arrastrara a su nido de locura ilimitada.
Cuando Blaine se separó, le pitaban los oídos y no habría sabido decir ni dónde estaba ni qué
estaba haciendo, solo qué deseaba que hicieran con ella.
—Diablos, Godolphin —masculló el señor Swansea—. Un solo segundo más y hubiéramos
tenido que despedirnos de Clodagh para siempre. Casi la devoras, bandido.
—No me recuerde ese «casi». Esta contención cristiana me duele en el alma. —Suspiró
Blaine, examinando con minuciosidad la reacción de Clodagh. Había fuego en su mirada—.
¿Milady?
Le ofreció la mano enguantada con una elegancia tal que nadie se hubiera atrevido a decir que
acababa de deshonrar a su mujer en público. La joven se la dio, sabiendo que sin su apoyo no
conseguiría dar un solo paso.
Le oyó anunciar a la familia que podía pasar al comedor, donde se celebraría el modesto
almuerzo.
—Usted también está invitado, señor Forbes —le dijo al notario, el único que se quedó en el
salón tras felicitar a la pareja. Aun atolondrada por lo sucedido, Clodagh se fijó en que el hombre
ni siquiera se molestaba en ocultar su irritación.
—No, gracias. Me esperan en Londres otros asuntos más urgentes. Aunque si tiene la misma
suerte que le ha tocado con la novia caída del cielo y este niño ve la luz antes de que acabe el
año, le prestaré la segunda visita de rigor para confirmar que cumple el testamento.
—Le recibiré con toda la pompa y boato que se merece. Alegre esa cara, Forbes. —Le guiñó
un ojo, sonriente—. Con mi matrimonio le he ahorrado trabajo y hasta una posible denuncia por
sus irregulares tratos con mi padre. Ya no tendrá que sacar a la luz el acta de nacimiento
falsificada.
—Con el debido respeto, milord, hubiera preferido arriesgarme a publicar el acta de
nacimiento que tener que lidiar con usted durante los años que ostente el título.
—Por eso no vaya a preocuparse, Forbes. Cuando requiera los servicios de un notario, tenga
por seguro que no tocaré a su puerta.
—¿Qué está usted insinuando?
—Yo me insinúo solo a las mujeres, Forbes. A los empleados de mi padre les digo las cosas
con claridad: está usted despedido. Ponga en regla el papeleo de mi padre y después esfúmese.
—Vigile el tono, Godolphin. No deja de parecerme sospechoso que se haya casado usted con
una mujer en estado.
—Teniendo en cuenta la baja consideración en la que me tiene, seguro que no le sorprendió
saber que en uno de nuestros encuentros clandestinos la dejé embarazada. Fue una suerte que
además la amara y estuviera dispuesto a casarme con ella.
—Una gran suerte —repuso Forbes con aspereza.
Blaine no entró al trapo por una vez e hizo un gesto con la cabeza para indicar sus respetos.
—Muy buenas tardes, Forbes.
El notario se marchó a paso ligero, no tan desconcertado como la propia Clodagh. En cuanto
la puerta se hubo cerrado tras él, miró a Blaine y se quedó de una sola pieza al verlo tan relajado.
—Acaba de decirle entre líneas que va a poner todos los impedimentos posibles para que no
se salga con la suya, milord. ¿Cómo puede sonreír así?
—Forbes solo está mosqueado porque he encontrado un amplio vacío en la voluntad de mi
padre para hacer y deshacer a mi antojo. Se le pasará. Y si no lo hace, no será nuestro problema.
—¿Milord?
Ambos se giraron a la vez hacia el diminuto Yikes, que comprobaba mirando a un lado y a
otro que nadie lo vigilaba. Inmediatamente después, y con una falta de discreción incluso
cómica, extendió el acta matrimonial enrollada como un pergamino.
Clodagh aguantó la respiración.
Aquel valioso documento merecía más respeto que el mismísimo rey de Inglaterra.
—Aquí tiene. Ya que no la enviaré al obispo y deseo que confíe en mi lealtad, he pensado que
sería mejor que la guardara usted. A mí no me hace ninguna falta.
—Gracias. —La guardó en el interior de la chaqueta con una media sonrisa satisfecha y se
palmeó el pecho—. La mantendré segura hasta que llegue el momento de romperla.
—Espero que, el día que la rompa, no quiebre también usted su promesa de silencio. —Lo
miró con sus ojillos de pollo, aguardando impaciente un juramento que Blaine tardó en hacer con
el fin de torturarle.
—Ese día dejará de ser mi asunto lo que haga usted en su tiempo libre. Entenderá que no soy
ningún justiciero moral, Yikes, pero quizá le convenga replantearse sus vicios. O su promesa a
Dios. Predicar el bien y hacer el mal a la vez me parece incompatible.
Clodagh esperó una réplica de parte del vicario. Un barón era sin duda alguna una presencia
respetable, incluso si dicho aristócrata no era ni más ni menos que Blaine, pero a los hombres de
Dios se les debía un mínimo respeto que ahora se le estaba faltando.
En lugar de reivindicar su derecho a un trato reverencial, Yikes agachó la cabeza y se disculpó
para salir de allí lo más rápido posible.
Clodagh se quedó perpleja una vez más.
—Creía que me había casado con un barón, pero parece que el título es solo la tapadera de un
verdadero mercenario.
Blaine soltó una carcajada y se inclinó sobre ella para susurrar:
—Solo cuando la situación lo requiere. Como ya ha podido comprobar, haría cualquier cosa
por mi mujer.
Clodagh puso los ojos en blanco, aunque no pudo evitar que un núcleo de calor se extendiera
por todo su cuerpo.
—Menos mal que no seré su mujer por mucho tiempo, no vaya a ser que empiece una cruzada
en mi nombre. ¿Qué va a hacer con eso? —Señaló su pecho con un gesto de barbilla.
—¿Con el acta? Guardarla en un cajón de mi despacho.
—¿Y si alguien la ve?
—¿Quién iba a verla? No permito que ningún cotilla con las manos largas entre a mi
despacho. Además, descansará en el único cajón con llave.
—Alguien podría forzar la cerradura.
—¿Y por qué forzarían la cerradura? ¿A quién le importan las cartas subidas de tono que he
enviado a algunas amantes, que es lo que pensarán que escondo? No sea neurótica, querida, y
pasemos al comedor antes de que nos echen de menos.
Clodagh lo agarró de la manga de la chaqueta antes de que diera un solo paso hacia la
habitación contigua. El gesto socarrón de Blaine mudó a uno expectante cuando se topó con la
mirada de advertencia de la joven.
—El acta se quedará en su poder solo porque confío en usted y yo no sabría dónde esconderla.
Pero escúcheme bien, Godolphin. Si se le ocurre incumplir su palabra, me encargaré
personalmente de arruinarle la vida como usted me la habrá arruinado a mí. ¿Me ha entendido?
Blaine exageró una mueca de dolor.
—¿Quién es la mercenaria ahora? Al final resultará que tenemos muchas cosas en común,
milady, porque si usted incumple su palabra, seré yo quien le arruine la vida.
—¿Qué hacéis ahí parados como dos pasmarotes? —exclamó el señor Swansea, asomándose
bajo la puerta que conectaba el salón con el comedor.
Blaine contestó sin apartar la mirada de Clodagh.
—Enseguida vamos, señor Swansea. Solo nos estábamos dedicando nuestros mejores deseos.
—¿Y cuántos deseos son esos? No creo que sean los escasos tres del genio, porque a su ritmo
almorzaremos el mes que viene.
Blaine agachó la cabeza en una reverencia sarcástica hacia Edison.
—No se impaciente, señor Swansea. Almorzaremos hoy en honor a los novios —dijo en voz
alta. Le ofreció el brazo a Clodagh y la miró con intención al agregar, solo para que ella lo oyera
—: Y almorzará el mes que viene en honor a los muertos.
Capítulo 19
Blaine adoraba a los Swansea, pero no había visto el momento de despedirlos repartidos en
dos carruajes para quedarse a solas con su esposa.
No tenía problemas para recordar que no era suya como tal y que le convendría mantener la
cabeza fría. Lo que sí se le había complicado apenas la vio aparecer envuelta en muselina blanca,
idéntica a un delicioso merengue, había sido recordar que no era exactamente una mujer, sino un
medio para un fin... porque por Dios que era una mujer. No cualquier mujer.
Pero el fin que Blaine tenía en mente desde que había caído la noche no era conservar su
título y sus propiedades, quizá porque ese asunto ya estaba resuelto. Exultante por haber ganado,
y era una victoria por partida doble porque Clodagh aguardaba en el dormitorio, no podía esperar
ni un segundo más para celebrarlo a su manera. «Su manera» incluía, naturalmente, el femenino
cuerpo de la joven y el mismo atractivo rubor que la había dominado después del primer beso.
Blaine entró en la habitación nupcial con un recuerdo muy nítido de la Clodagh recién besada.
No le importaría que borraran cada dato almacenado en su memoria si a cambio pudiera
conservar para siempre la cálida huella de sus labios, que juraba notar aún adherida a los suyos.
Había corrido un riesgo impensable al cernirse sobre ella de ese modo ante el vicario, pero
Blaine no era más que una víctima de sus impulsos. Al verla tan pequeña y vulnerable,
mirándolo con esos ojos donde cabía el universo en busca de una confirmación de que todo
saldría bien, había querido demostrarle que estaría a salvo. Repetirle todo ese montón de
promesas baldías con las que envenenó en el pasado la conciencia de sus amantes, solo que esta
vez con un nuevo y sorprendente matiz.
Se encargaría de cumplirlas. Todas y cada una de ellas.
Clodagh descansaba ya bajo las sábanas. Apoyaba la espalda en un almohadón de plumas de
faisán y leía muy interesada una novela que Faith le había prestado. No le costó despegar los ojos
de las páginas para clavarlos en Blaine, aturdida, como si no le hubiera esperado. Le negó las
buenas noches y cualquier otro tipo de saludo, y Blaine supo por qué en cuanto la vio tragar
saliva de forma compulsiva.
No era la única presa del histerismo por lo que pudiera suceder. Blaine también albergaba
numerosas dudas, aunque ninguna tan poderosa como el ansia de estrecharla entre sus brazos. La
desmedida intensidad del deseo que le quemaba en la piel le habría turbado si su obnubilación no
hubiera actuado como neblina, ocultándole una temible verdad. La clase de verdad a la que un
hombre como él no sabría por dónde empezar a hacer frente.
Mientras se quitaba los zapatos, y para tranquilizarse, buscó excusas que justificaran su
obsesión.
No dejaba de ser una mujer hermosa que, además, se le había resistido por demasiado tiempo.
La tendría bajo su techo solo de forma temporal, pues regresaría a Irlanda en apenas unas
semanas, un mes a lo sumo, y entonces no volvería a verla. Todo esto la convertía en un bocado
especialmente apetitoso, la joya de la corona entre todas las mujeres imposibles y las relaciones
complicadas. Pero tenía que haber algo más en ella, porque si se giraba hacia la cama y la cazaba
mirándolo desesperada por ocultar su propio deseo, como hizo en cuanto se descalzó, Blaine se
derretía de agonía.
Guiado en todo momento por la incomprensible ilusión, se quitó la chaqueta y la depositó con
cuidado en el respaldo de la silla.
Ni que fuera la primera mujer con la que pasaba la noche. De hecho, ni siquiera con la joven
que le hizo hombre se comportó con esa apabullante torpeza. ¿Qué le pasaba, por Dios?
Estaba convencido de que se debía al estado de Clodagh. El fornicio con embarazadas no era
su pecado más recurrente. Ni siquiera lo había estrenado aún.
Podía imaginarse qué posturas resultarían contraindicadas según las recomendaciones de un
médico, pero eso era todo a lo que podía aferrarse para deslumbrarla. A todo lo que no debería
hacer. Que era, por desgracia, lo más divertido que se podía hacer.
La mente de Blaine trabajaba a toda velocidad. Se veía en plena faena, atacado de nervios,
más preocupado por no aplastarla al gatear sobre ella que pendiente de su gloriosa desnudez.
Era todo un reto, sin duda. Pero estaba dispuesto a emplearse a fondo. ¿Qué diablos? Aquella
era su mujer. Alguna que otra molestia tendría que tomarse.
Llevó los dedos nerviosos al cierre del chaleco y lo desabrochó para, acto seguido, sacar el
borde de la camisa metido por el pantalón. No emitió el menor sonido, pero consiguió captar la
atención de Clodagh.
Dejó de morderse las uñas y cerró la novela de golpe.
—¿Se puede saber qué está haciendo?
Blaine detuvo en seco sus movimientos. Miró el rostro iluminado de la joven sin comprender.
—Desnudarme.
—¿Con qué propósito?
—Señora, no me haga decir groserías en voz alta.
—Groserías las que le dedicaré yo como no se tape ahora mismo. ¿Qué se cree?
—¿Que qué me creo? Su marido, sin ir más lejos.
—Usted lo ha dicho. Es mi marido y no irá más lejos. No pienso acostarme con usted.
—Bueno —empezó Blaine, tratando de sonar comprensivo—, entiendo que ha sido un día
largo. La velada, la despedida de la familia Swansea... Lo último que le apetecerá es hacer más
ejercicio.
—No tiene que ver con la fecha, Godolphin. Empiece a hacerse a la idea de que para usted, en
este dormitorio, todos los días serán treinta de febrero. En este dormitorio y en cualquiera.
Su especificación lo dejó descolocado.
—¿Qué quiere decir con eso?
—No habrá usted pensado que no le pondría algunas limitaciones durante este matrimonio de
conveniencia, como, por ejemplo, restringiría su pasión por encamarse con otras jóvenes.
Necesito confiar en usted, y no lo haré si no me demuestra que es usted digno de tal confianza.
—¿Desde cuándo la confianza va vinculada al celibato?
—Desde que el aspirante a confidente es un mujeriego consumado. Esas son mis condiciones.
No intentará propasarse conmigo y no tocará a ninguna otra mujer mientras estemos casados. Así
sabré que es usted capaz de respetarme.
Blaine sonrió, incrédulo.
—Señora, yo sé lo que es el respeto a las mujeres. El problema lo tienen ellas, que me piden
que se lo falte.
—Debe ser que soy inmune a sus encantos, porque me queda un buen rato para arrodillarme y
suplicarle atenciones.
—No le recomiendo arrodillarse, porque luego a ver quién la levanta —masculló, mosqueado
—. ¿Y qué se supone que vamos a hacer esta noche y las que vengan? Los miembros del servicio
esperan que la luna de miel dure dos semanas. Si me mudo antes a mi habitación, sospecharán.
—No creo que sospechen de nada. Esta noche tiene un pase, pero las demás, milord
descansará en su dormitorio para no perturbar a una pobre embarazada con sofocos.
—¿Tiene usted sofocos y me destierra a otra habitación? Porque le aseguro que para paliar ese
síntoma sí puedo ser de utilidad.
Clodagh sacudió la cabeza, como si acabara de decidir que no tenía sentido discutir con él.
Pero Blaine se fijó en que se había ruborizado, quizá porque acababa de evidenciar que su plan
no era muy brillante.
—Usted solo vístase, ¿de acuerdo? Ya me encargaré yo de mis síntomas.
No le quedó otro remedio que obedecer. Refunfuñando por lo bajini, volvió a abotonarse el
chaleco.
—¿Y bien? ¿Qué vamos a hacer?
—Dormir.
—Espero que sea en la misma cama. No pienso roncar sobre la alfombra solo porque a usted
se le haya metido entre ceja y ceja que su cuerpo es un elemento sacrosanto.
Blaine se relajó un tanto al ver que una sonrisilla torcía los labios de Clodagh.
No le entusiasmaba especialmente que la gente le diera órdenes y encima se regodeara en su
desgracia, pero era una de esas mujeres peligrosas con las que un hombre no podía enfadarse.
—Podemos jugar a las cartas —propuso Clodagh. Estiró el brazo hacia la mesilla de noche,
donde reposaba una baraja francesa.
—Una actividad nocturna que podría haber realizado cualquier otra noche y sin necesidad de
casarme.
—Una actividad nocturna que no podría haber realizado nunca más en un dormitorio de
Reynolds Abbey si no se hubiera casado conmigo —contraatacó—. Me parece que dos semanas
de celibato, y eso a lo sumo, no son nada en comparación con perder su estatus y los beneficios
que vienen con él.
—Touché.
Lanzó un suspiro en cuanto se arrojó sobre las sábanas. Se frotó contra el satén con los ojos
cerrados y un gemido de satisfacción en la punta de la lengua, y luego se tendió sobre el costado
para mirarla con renovado ánimo.
Le arrebató la baraja de las manos y empezó a mezclar con la energía y elegancia de un
crupier.
—Muy bien, irlandesa. ¿A qué quiere que le gane? El vingt-et-un me aburre. ¿Al bridge?
Puedo tolerar un clásico por una noche. ¿Al boston que trajeron los americanos? Tendremos que
renunciar al whist, necesitaríamos una pareja. ¿Qué tal el bouillotte de la revolución francesa?
¿Al bésique?
—¿Bésique?
—Bésique o bezigue, si lo prefiere. Es un derivado del piquet y este, a su vez, una variación
del bazzica italiani. —Clodagh sonrió al escuchar la exagerada pronunciación—. Hace poco
desde que el bésique llegó de Francia a nuestra querida patria... Bueno, a mi querida patria, ya
que la suya es otra distinta..., usted me entiende.
»Juegan dos personas con un mazo de sesenta y cuatro naipes. No es un número muy lejano
del sesenta y nueve, que era al que hubiera preferido jugar esta noche, pero podría servir.
Blaine suspiró de alivio al alzar la mirada y confirmar que Clodagh no había entendido nada
de lo insinuado. Debería haberlo supuesto. Si el bésique francés le quedaba lejos, el soixante-
neuf más aún.
—Dice su hermano que sabe usted más de mujeres que de trampas a las cartas —meditó
Clodagh en su lugar—. Miedo me dan los misterios que haya desentrañado sobre el género si ese
es su conocimiento sobre los casinos.
—No hay tanta diferencia. En las cartas hay tres barajas clásicas igual que hay tres tipos de
mujer: las rubias, las morenas y las pelirrojas. —Estiró el cuello hacia ella, sonriendo como un
truhan. Enrolló el dedo en uno de los bucles que escapaban de su moño y aclaró—: Mis favoritas
son las morenas. Desde siempre.
—¿En serio? ¿Así clasifica a las mujeres?
—Claro que no. Distingo entre la madre, la esposa y la hija. Yo, como soy un hombre más
complicado de lo que parece, tengo madre, esposa falsa y una posible hija de mentira.
—¿Se deja a las amantes fuera? ¿Eso es todo lo que le importan las mujeres que le dan
placer?
—Por mucho que el placer enloquezca y obsesione a los hombres, las mujeres que lo
proporcionan no son determinantes en sus vidas.
—¿Y qué proporcionan las mujeres determinantes?
—Pasión.
—¿Y eso no es un sinónimo de placer?
Blaine sacudió la cabeza, encantado con su curiosidad.
—A menudo se confunden, pero son tan distintos como la noche y el día. El placer es un
instante; con las pasiones, en cambio (y como decía Stendhal), uno no se aburre jamás.
—Muy bien, eso lo dice Stendhal. Pero ¿cómo lo definiría usted?
Blaine se quedó pensativo un rato.
—El amor es el poder iniciador de la vida. La pasión posibilita su permanencia. Es el motor si
eres dueño de ella y una condena tortuosa si consigue esclavizarte. El placer es lo que supone la
pasión, una consecuencia.
—Supongo que esa pasión solo la proporciona la esposa, y no la madre o la hija —meditó
Clodagh, tan pendiente de él que Blaine no podía evitar regodearse, vanidoso—. ¿Cuál es la
esposa que le giró a usted la cabeza? ¿Debería preocuparme? —se burló.
—Un hombre puede morir soltero y haber conocido la pasión de la esposa, señora. ¿Sabe por
qué? —Blaine desvió la vista a las cartas, que seguía barajando tendido sobre el costado. Sonrió
con amargura—. Porque no tienes por qué casarte con una mujer para amarla toda la vida. Con
saber que la querrías para siempre ya basta.
Clodagh se quedó en silencio demasiado rato, mucho más del que Blaine podía soportar
después de haberse expresado con franqueza sobre una sensación tan arraigada.
Levantó la mirada y la capturó observándolo con el rostro tenso.
—¿A quién amó usted?
Blaine sacudió la cabeza con aparente desdén.
—¿Quién ha dicho nada de haber amado yo, señora? «El amor es comprensivo, el amor es
servicial y no tiene envidia. El amor no es egoísta, no guarda rencor, no se alegra con la
injusticia», dice san Pablo a los corintios. «El amor disculpa, confía, espera y soporta sin
límites», y yo, señora mía, soy un individuo de lo más limitado. Limitado por los cuatro costados
por la impaciencia, el rencor, la desconfianza y los propios límites, valga la redundancia, que yo
mismo me pongo.
—Entonces, si el amor es el poder iniciador de la vida y la pasión posibilita su permanencia, y
usted no amó pero sí ha sentido pasión hacia alguien...
—Podría decirse en conclusión que construí la casa por el tejado —determinó, tumbándose
boca arriba—. Y como se podrá imaginar, me quedó hecho un adefesio. Como artífice del amor
soy bastante mediocre. Pero mis favoritas no son las esposas, ni las hijas, ni las madres. Mis
favoritas son las morenas... y el brelan française, si volvemos a las cartas. Me he propuesto
ponerlo de moda en los clubes de caballeros para 1830. No se puede ni imaginar cómo se matan
los franceses con el maldito brelan desde hace dos siglos. Es terriblemente competitivo, un
clásico de apuestas de rápido aumento.
Clodagh tardó unos segundos en incorporarse a la conversación, confusa por el giro drástico.
—¿Es usted consciente de que no tengo dinero para apostar?
—No me importa. Si gano, me conformo con que me enseñe un hombro. O un tobillo; ya que
estamos, volvámonos locos.
—¿Uno de mis tobillos hinchados?
—El que más le guste a usted, y cuanto más hinchado, mejor. —Le guiñó un ojo.
Clodagh se echó a reír con una naturalidad maravillosa. Blaine se quedó un instante sin
aliento, admirando las chispas que saltaban de sus ojos verdes y parecían aterrizar directamente
sobre él, quemándole la piel. Su risa lo inundó todo de la clase de calidez que llenaba los jardines
de exuberancia, la que hacía del verano una época apacible.
Blaine se incorporó para apoyar la mejilla en la mano y la miró hasta que las carcajadas se
extinguieron. Deslizó la mirada por su pequeña nariz salpicada de pecas protagonistas, por su
barbilla y su pecho... hasta reparar en la panza redondeada.
Entonces le picó la curiosidad.
—¿No le duele reír con eso dentro?
Ella agachó la cabeza para devolverle la mirada con algo de la familia de la ternura.
—No me río a menudo, milord. Pero cuando lo hago... —Blaine se quedó obnubilado al
asistir a su radical cambio de expresión. Su rostro se iluminó como el de una Virgen al rodear el
vientre con el brazo y sonreír con levedad—, el bebé suele patearme.
—¿Cómo? ¿Encima patean?
—¿No lo sabía?
—Es de mal gusto hablar de los cambios físicos y los procesos que se dan en el embarazo. Al
menos, eso solía repetir mi madre. Recuerdo que yo la asfixiaba con preguntas impertinentes
porque no dejaba de maravillarme el fenómeno de los gemelos. Quería saber si Chase y yo
nacimos a la vez, cuál de los dos dormía arriba y cuál abajo, si sabía que había un par de
muchachos gestándose en lugar de solo uno...
—¿Y satisfizo sus dudas?
El gesto de Blaine adquirió un tinte melancólico.
—Desgraciadamente, no. La difunta baronesa era una dama muy estricta en lo que a los temas
de conversación respectaba. Si descubrí que nací antes fue gracias al acta de nacimiento.
Tras unos segundos en los que Blaine se distrajo con sus pensamientos, Clodagh apartó la
baraja francesa y resbaló por el almohadón para tenderse también sobre el costado. Apoyó la
mejilla en la palma de la mano y le sonrió a Blaine, no muy segura de que fuera lo correcto pero
siempre encantadora.
—Puede preguntarme lo que quiera.
—¿De veras? —Levantó las cejas. No pudo evitar sonreír—. Estupendo. Dígame... ¿Por qué
no quiere acostarse conmigo?
Clodagh puso los ojos en blanco, pero claudicó enseguida.
—Porque esto no es real, milord. Y me refería a que puede preguntarme lo que sea sobre el
embarazo.
Blaine mantuvo la sonrisa en el rostro a base de voluntad, cuando la verdad era que aquella
sencilla respuesta había conseguido trastocarle el ánimo de un modo sutil pero terminante a la
vez.
«Esto no es real».
Él ya sabía que el matrimonio no era real. Sin embargo, eso no significaba que la mutua
simpatía fuera puro teatro. Al menos, Blaine no fingía cuando se interesaba por ella, y descubrió
que le atormentaba imaginar a Clodagh aparentando la comodidad que en ese momento parecía
genuina.
¿Sería capaz de algo así? ¿De trasladar su mentira a la privacidad del dormitorio y hacerle
fantasear con una complicidad que no existía?
Borró esos pensamientos con una contundente sacudida de cabeza y se concentró en ella.
—¿Cómo se siente tener una criatura en el vientre?
Clodagh lo meditó durante unos segundos, frotándose la mejilla y el cuello de un modo tan
atrayente como turbador. Blaine no consiguió despistarse del todo con lo sugerente de la caricia
porque había una luz en su rostro que cegaba lo demás, un atisbo de fortaleza guerrera envuelta
en seda; vulnerabilidad y resiliencia tomadas de la mano.
—Al principio es como si hubiera un pececito nadando. Sientes que el ombligo es el tapón de
una bañera que solo se va llenando. —Hizo una pausa—. Cuidarlo para que creciera ha sido
sorprendentemente sencillo. Caminando lo apaciguas, es como si lo mecieras en brazos. Y cada
vez que me siento o me tumbo, lo siento ondulando igual que una culebra.
Blaine bajó la mirada a la zona abultada del camisón, intrigado.
—Espero que no sea esa culebra lo que alumbre.
—Descuide, milord. Le daré un falso heredero perfecto, con sus diez dedos en las manitas.
—¿Diez dedos en cada mano? ¿En qué mundo es eso perfección, por Dios? —exclamó,
horrorizado. Clodagh exhaló una risita cansada—. Supongo que, si me miente, nunca lo sabré —
continuó Blaine, estudiando con ojo clínico la perfecta semicircunferencia del vientre—. En estas
cosas debemos confiar a ciegas en lo que nos dicen las mujeres.
—¿Y tan terrible sería? ¿Acaso las mujeres no somos de fiar?
Blaine la miró a los ojos.
—No lo sé. Nunca le he confiado a ninguna ni uno solo de mis pensamientos. Seguro que eso
no sería así si, como usted, tuviera una niña en el vientre. Me pasaría el día entero hablando con
ella.
—¿Usted cree que es una niña?
Blaine se lo pensó.
—No tengo suficiente información para deducirlo, pero conozco todo lo que dicen las malas
lenguas. Lo de las manchas, lo de la curvatura del vientre, lo de los rasgos más o menos afilados
en la madre...
—Parece que la baronesa no escatimaba en detalles, después de todo.
—Oh, nada de eso me lo dijo mi madre. Recurría a las doncellas del servicio, con las que pasé
gran parte de mi infancia. Tuvo que nacer ahí mi obsesión actual por las mujeres. —Sonrió,
nostálgico—. ¿Cómo es la curva de su vientre?
—¿Por qué no lo comprueba usted mismo?
—¿Me permite profanar su sagradísimo cuerpo?
Clodagh exhaló una especie de suspiro risueño.
—No es tan sagrado si todos los Swansea han pasado la mano por mi vientre unas cuantas
veces. Usted es el que falta.
Blaine no supo si alegrarse porque lo considerase uno más entre los Swansea o lamentar que
el ofrecimiento no significara un trato especial. Confuso y extrañamente emocionado pese a
todo, acercó la mano a la panza y la rozó con los dedos antes de rodearla con la palma.
Sonrió con una mezcla de incredulidad y fascinación.
—No se siente mucho más diferente que cuando me abrazo el vientre después de una
comilona.
Clodagh se rio una vez más. Y en esa ocasión, la criatura se mosqueó y lanzó una patada
contra la mano de Blaine. Este jadeó, sorprendido, y buscó los ojos de Clodagh para confirmar
que no habían sido imaginaciones suyas.
—¿Eso ha sido él?
—¿Quién, si no? El pastel no es tan desagradecido, y menos después de la digestión.
Blaine sonrió despacio, maravillado y a la vez confundido por la sensación.
No era que odiase a los niños, como se le achacaba a menudo. Simplemente no había tratado
con ellos lo suficiente para decidir si le tentaba engendrar los suyos. Suponía que, como en todo,
en pequeñas dosis podría tolerarlos con gusto. Pero no había contado con que ya antes de nacer
serían capaces de descolocarle con su visceralidad, que le pareció de una ternura inaudita.
—Es... —No encontró palabras para describirlo—. Es de lo más curioso.
Alzó la mirada hacia Clodagh, captándola pendiente de él. No había ni rastro de esa
suspicacia permanente con la que solía vigilarlo, alerta, preparada para anticiparse a cualquiera
de sus siniestras travesuras. Fuera por el cansancio o porque se había percatado de que no había
falsedad alguna en su reacción, Clodagh se mostraba relajada en su compañía. Incluso le pareció
atisbar la simpatía que se había prohibido regalarle voluntariamente para que no se tomase
confianzas.
—Usted no es menos curioso, milord —admitió.
—Llámeme Blaine, por favor. Seremos marido y mujer hasta que el contrato nos separe, ¿no
es cierto? Seguro que en ese tiempo podemos permitirnos una mínima confianza.
Clodagh caviló durante un buen rato antes de aceptar con un cabeceo resignado. Lo acompañó
de una sonrisa capaz de horadar el cinismo más arraigado al corazón de un hombre.
Blaine se dejó envolver por esa calidez maternal suya, por la condición de inocente que sin
embargo la catalogaba aún de niña y la experiencia vital de mujer emprendedora que brillaba en
sus ojos nublados por la extenuación. Aún con la palma de la mano sobre el vientre, no se
percató —o no quiso hacerlo— de que aquel gesto de intimidad superaba por mucho los planes
seductores que había barajado al entrar por la puerta.
Nunca habría imaginado que una mujer conseguiría bendecirlo con algo tan sencillo como un
humilde ofrecimiento. Una criatura era lo más valioso que tenía una madre, sobre todo arropada
aún por sus entrañas, y Clodagh jamás podría siquiera figurarse lo orgulloso que Blaine estuvo
de sí mismo porque le confiara su protección. A él, en el que nunca habían confiado para nada
salvo para celebrar una juerga apoteósica o encargarse de los lotes de vino irlandés. A él, al que
ni siquiera el amor que creyó experimentar había moldeado en lo más mínimo. Si acaso lo
convirtió en una bestia aún más envidiosa y egoísta.
Blaine tragó saliva, desorientado por las emociones que pujaban dentro de él. Retiró la mano
y la mirada del cuerpo de Clodagh y se alejó hacia el otro lado de la cama, farfullando una
excusa sobre un repentino mareo.
No era del todo falsa. No terminaba de comprender lo que acababa de ocurrir, y Blaine huía
solo de dos cosas: de la incertidumbre y de lo que sospechaba que no sabría cómo manejar. Las
sensaciones que Clodagh despertaba en él habían sido, desde el principio, incomprensibles, pero
la suya era una confusión adorable y deseada. Ahora, sin embargo, se iba convirtiendo en algo
que se le escapaba de las manos y le nublaba la razón.
Asustado, pensó que tendría que ponerle remedio antes de que el acuerdo adquiriese
connotaciones sentimentales, las que eran más peligrosas. Y para eso solo existía una solución.
Alejarse.
Capítulo 20
Clodagh despertó con la sensación de que habría seguido durmiendo para siempre. Estiró los
brazos y sonrió, jubilosa, al comprobar que no conseguía abarcar ni la mitad de la cama.
Para una mujer cuyo estado obligaba a echar más horas de sueño de lo habitual, una cama de
esas dimensiones era lo más parecido a una fantasía hecha realidad. Pero tan pronto como abrió
los ojos, alertada por el apresurado caminar de un hombre que iba y venía por el dormitorio, supo
que dicha fantasía no se quedaría por mucho tiempo.
La luz que entraba por la ventana indicaba que apenas serían las siete de la mañana, una hora
más que apropiada para incorporarse al puesto de trabajo. Sin embargo, el instinto le dijo a
Clodagh que Blaine no estaba vestido de pies a cabeza porque pretendiera ponerse a trabajar.
Entre otras cosas, porque aún no había tenido el honor de presenciar tal milagro.
Se incorporó, todavía con ojos legañosos, y siguió con la mirada cada movimiento de Blaine.
En ese momento se ponía la chaqueta silbando por lo bajo, creyendo ingenuamente que no
conseguiría perturbar el sueño profundo de Clodagh.
—¿A dónde va?
Blaine se giró hacia ella, sorprendido.
—Vaya susto me ha dado, querida. —Suspiró mientras se arreglaba los puños de la chaqueta
—. Me marcho a Londres.
Clodagh se quedó de una sola pieza.
—¿Que se marcha a Londres? ¿Por qué?
—Tendré que propagar el honesto rumor de que Blaine Reynolds ha contraído matrimonio,
¿no cree? Cuanta más gente lo sepa, mejor. Así el idiota de Forbes no se atreverá a cuestionarlo
en zonas públicas, aunque solo sea porque no le creerían.
—De que se corra la voz ya se encargarán los Swansea —le recordó Clodagh, moviéndose
con torpeza para quedar sentada en el borde de la cama—. Y ¿a quién se supone que se lo va a
contar, si por estas fechas no hay un solo alma en la capital?
Si en algún momento había cabido la menor duda de que Blaine se escudaba en excusas para
abandonarla, confirmó hasta la última de sus pesquisas al verlo darse la vuelta y clavar los ojos
en la ventana.
La neblina difuminaba el paisaje. No era el mejor de los días para embarcarse en un viaje, por
breve que fuese.
—Tengo asuntos que atender.
—¿Qué asuntos?
—Asuntos urgentes.
—No le he pedido un adjetivo para «asuntos», sino el sustantivo que los concreta —repuso,
disimulando con éxito su irritación.
De puertas para fuera, parecía amodorrada por el sueño y pedía explicaciones inocentes a su
marido. Por dentro, Clodagh estaba más espabilada que nunca, preparada para prevenir su
estampida con un placaje si su tozudez lo ameritaba.
—Para ser usted una joven de origen humilde, milady, tiene un amplio conocimiento sobre las
cuestiones teóricas del lenguaje. Será una materia de estudio menos de la que ocuparnos mientras
esté usted aquí. ¿Qué otro tipo de disciplinas se rindieron a su perspicacia?
—Conozco el arte de la evasión, pero no a la perfección como sin embargo usted está
demostrando dominar. ¿Piensa dejarme aquí sola? —Lo abordó, ya sin miramientos—. ¿Por
cuánto tiempo?
—Apenas una semana y media. Tal vez dos. Pero no dude que me personaré en la casa tan
pronto como se me informe de que se ha puesto usted de parto.
Clodagh se ocupó de no reaccionar a la obviedad con la que expuso sus planes, como si
abandonar a una esposa embarazada en una casa donde podría perderse fuera lo más habitual.
—¿Y qué se supone que voy a hacer yo aquí, sola?
—Familiarizarse con el entorno, supongo, y encargarse de las tareas domésticas de las que
una anfitriona es responsable.
«Anfitriona».
La palabra le provocó un escalofrío. Traía a su mente las extenuantes labores de Wilhelmina
Swansea, que más que dirigir tareas domésticas parecía comandar el ejército de los rebeldes
trescientos, y le daban ganas de arrodillarse y suplicar que la dejara limitarse a fregar el suelo. Se
le daba bastante mejor y no requería ninguna formación previa.
Sabiendo que no le gustaría la respuesta, preguntó:
—¿Como cuáles?
—Organizar fiestas, preparar los menús de almuerzo y cena respectivamente, repartir las
tareas del servicio... Quizá atender la correspondencia y dedicarse a obras caritativas. ¿Tomar el
té con amigas, tal vez?
—¿Qué amigas? —le replicó, adusta.
—Eso ya es asunto suyo. Hay unas seis o siete doncellas en el servicio de esta casa y en los
alrededores viven unas cuantas damas de clase alta que estarán deseando conocerla. Sola no creo
que se sienta.
—No me dijo usted en ningún momento que tuviera que ejercer de anfitriona —replicó, más
alarmada por el listado de obligaciones que furiosa por el desahogo con el que hablaba.
—¿Tenía que decírselo? Eso venía implícito en lo de «convertirse en baronesa». Las
baronesas se dedican a realizar las gestiones que posibilitan el buen funcionamiento de una
mansión familiar.
—Pero yo no tengo ni los conocimientos suficientes ni la buena mano para desempeñar dichas
gestiones.
—Con todo el respeto que merecen las anfitrionas, madres de familia y devotas esposas, no
me parece que haya que ser un lumbreras para bordar las tareas que le he enumerado. El ama de
llaves la ayudará. Su doncella personal, también.
—¿Doncella personal? —repitió, notando la boca seca. Se levantó de la cama sin molestarse
en cubrirse con el batín y avanzó hacia Blaine—. Yo no tengo ninguna doncella personal.
Blaine la miró como si no la viera.
—Entonces podría empezar sus labores de baronesa buscándose una. Lo más habitual es
elegir a una entre las muchas que ya trabajan en el servicio para que la siga como un perro
faldero. Le ofrecería contratar a una joven francesa, como hacen las damas más exigentes, pero
me parece que no merecería la pena para el poco tiempo que pasará usted aquí.
—Ah, ¿ya ha decidido también cuánto tiempo pasaré aquí? Pensaba que eso dependía de mí.
Solo entonces, Blaine enfocó la vista.
—Y depende de usted —le confirmó—, pero ya ha dicho más de una vez que no pretende ser
presentada en sociedad, y eso le da, como mucho, dos meses y medio. A mediados de febrero da
comienzo la temporada de Londres.
—¿Dos meses y medio? Entonces me extraña que se vaya usted solo dos semanas, hasta que
me ponga de parto. ¿Qué va a hacer para evitarme durante el tiempo que resta?
En lugar de avergonzarlo destapando lo que era, a todas luces, un pretexto para huir, logró
sacarle una media sonrisa sarcástica.
—Seguro que se me ocurrirá otro motivo por el que viajar a Londres. Es la capital. Allí
siempre hay mucho más que hacer.
—¿Y qué va a hacer? ¿Pasarse por el burdel? Porque le dije explícitamente que no permitiría
que pusiera un solo dedo encima a otra mujer mientras estuviéramos casados.
Blaine suspiró y se encaminó hacia la puerta.
—Tendrá usted que confiar en mi palabra, milady, porque no voy a quedarme aquí bajo
vigilancia solo para dejarla tranquila.
Clodagh estuvo a punto de preguntar a qué demonios venía ese repentino desapego hacia ella,
pero entonces estaría admitiendo que le afectaba su frialdad. Y eso sucedería por encima de su
cadáver.
Optó por un planteamiento racional al que estaba segura de que Blaine respondería mejor.
—Usted sabrá si quiere que los pocos aristócratas que residen en Londres por estas fechas se
den cuenta de que su matrimonio es un fraude. No estoy muy familiarizada con las costumbres
conyugales de la alta sociedad, pero seguro que abandonar el lecho durante la luna de miel les
olerá a chamusquina.
—Todo el mundo sabrá que me he casado con una mujer encinta —replicó, apelando también
a una lógica aplastante. Clodagh se llevó la impresión de que había estudiado cada uno de sus
posibles contraataques para que no le hiciera dudar ni un segundo sobre su terminante decisión
—, y por eso mismo no les sorprenderá que no aproveche la luna de miel. Su estado confirma
que me comí el pastel antes de tiempo, y los hombres casados no repiten plato.
Clodagh torció la boca, asqueada con la metáfora.
—¿Y quiere que le conozcan como el hombre que dejó sola a su esposa mientras él se divertía
en los clubes de caballeros de Londres?
—No soy la comadrona, milady. No tengo que estar a su lado mientras le dan contracciones.
Y si me preguntan, diré que ceder mi espacio en el lecho es la manera que tengo de garantizar la
comodidad de mi esposa y de mi primogénito.
—Nadie se lo creerá. Le seguirán teniendo por un hombre despreciable.
—En otras palabras, los que me conocen bien se reafirmarán una vez más en sus opiniones
sobre mí. Me encantaría seguir hablando con usted —aseguró—, pero tengo un poco de prisa.
No tendría que haberle sorprendido que Blaine se diera en retirada. De hecho, si le hubiera
anunciado apenas zanjaron el acuerdo que se marcharía en cuanto estuvieran casados, Clodagh
no habría rechistado, pues habría actuado conforme a lo que esperaba de él. Como un
desentendido, un egoísta o un cobarde.
Pero la noche anterior habían compartido un momento de intimidad. En torno a ellos se había
formado esa atmósfera cálida de confesiones y caricias inocentes que delataba que ni Clodagh
era inmune a Blaine, ni Blaine estaba a salvo de los encantos de Clodagh.
El cambio radical de la noche a la mañana era aterradoramente desconcertante. Estuvo a punto
de pararse a meditar si habría soñado la ternura de Blaine, pero con su habitual tozudez, Clodagh
se negó a restarle importancia. No se había imaginado el brillo en los ojos de Blaine al posar la
mano sobre su vientre, y recordaba, palabra por palabra, lo que él había insinuado sobre un amor
apasionado y ya perdido.
Clodagh se había despertado esa mañana arropada por una llama de esperanza: la esperanza
de que su matrimonio temporal derivara en una convivencia agradable y se marchara a Irlanda
con una nueva amistad bajo el brazo. Clodagh no andaba sobrada de conocidos, y Blaine, con su
chispeante sentido del humor y su facilidad para quitarle hierro a las problemas, era una
compañía maravillosa.
La cruda realidad había extinguido ese fuego cálido de un soplo helado, dejándola con el
ánimo frío y una sensación de desamparo que se juró en su día que no volvería a experimentar.
Clodagh sonrió para sí misma, despectiva.
Había sido una auténtica estúpida creyendo que algo detendría a Blaine una vez consiguiera lo
que quería. No importaba cuántas veces los hombres se burlaran de ella. Seguía cayendo una y
otra vez en sus trampas.
Pero Blaine también estaba pecando de ingenuo si pensaba que lo dejaría marchar así como
así. Clodagh no pensaba quedarse sola y encerrada en una mansión desconocida. Aquello no
figuraba en las bases de su acuerdo verbal y no iba a tolerar el menor desprecio.
—Muy bien —zanjó ella, fingiendo tranquilidad. Entrelazó los dedos sobre el regazo y le
dedicó una sonrisa de esposa sumisa—. Que tenga un buen viaje, milord.
Su tono aterciopelado descolocó por completo a Blaine, al que le pareció ver titubear antes de
agarrar el pomo de la puerta. La miró de arriba abajo, quizá asombrado porque Clodagh también
hubiera cambiado de actitud de la noche a la mañana —de mujer guerrera dispuesta a defender
sus intereses a esposa abnegada— o tal vez porque en el fondo le habría gustado que intentara
retenerlo.
Blaine abrió la boca, vacilante. Volvió a cerrarla y sacudió la cabeza, como si lo necesitara
para disuadirse de ideas ridículas. Se marchó tras dedicarle una sonrisa tan confundida como esta
misma generaba confusión.
Clodagh no se movió de donde estaba. Ni siquiera cambió la expresión. Después, cuando los
pasos de Blaine se hubieron extinguido, barrió el dormitorio con una mirada. Sus ojos se
detuvieron en la licorera bien equipada con whisky escocés y toda suerte de vinos de distintos
orígenes.
Por supuesto que debía disponer de una licorera en su propia habitación, por si acaso quisiera
echar mano de una copita a las tantas de la madrugada.
Clodagh fue examinando con ojo crítico el contenido de cada una de las botellas. Cuando
olisqueó una de vino tinto, meneó la cabeza, no del todo convencida, y volvió a dejarla en su
sitio.
Dio un respingo en cuanto alguien tocó a la puerta.
—Buenos días, milady —la saludó un joven lacayo. Iba armado con una bandeja de plata,
repleta de toda clase de delicias—. Vengo a traerle el desayuno.
Clodagh fue a decirle que podía retirarlo cuando un tarro de vidrio de sirope de fresa la hizo
cambiar de opinión, y no precisamente porque empezara a salivar, hambrienta.
Solo entonces, con una nueva idea en la cabeza, le hizo un gesto para que entrara y sonrió,
satisfecha.
Capítulo 21
Blaine tenía una facilidad encomiable para presentarse como un bastardo ante los demás.
Ejercía este don que le había venido dado como agradecimiento al que se lo concedió, pero eso
no significaba que estuviera orgulloso de sí mismo. De hecho, se sentía especialmente miserable
después de haber abandonado a Clodagh a su suerte. Pero que la fría despedida le hubiera
removido los sentimientos solo confirmaba que había hecho lo correcto.
No podía permanecer al lado de una mujer que no sería suya, ni en el futuro ni entre sábanas,
cuando su obsesión por ella solo iba en aumento. Blaine podía comportarse a menudo como un
temerario, pero no se buscaría la ruina de forma voluntaria. Al menos, no ese tipo de ruina. La
emocional era, por mucho, la peor que se le podía ocurrir, y ahora que gracias a la experiencia
sabía reconocer los principales síntomas, estaría siendo un idiota si no tomara cartas en el asunto
antes de que fuera demasiado tarde.
No lo esperaba ningún compromiso en Londres excepto el que había adquirido consigo
mismo, que no era otro que el de proteger la frivolidad que mantenía a salvo su corazón. Si no
podía ver a Clodagh como un medio para un fin, pondría distancia entre los dos hasta
desintoxicarse del embrujo irlandés al que lo había sometido. Permanecería en Godolphin House,
en Mayfair, hasta que hubiera puesto en orden sus ideas, y, si fuera necesario, no regresaría a
conocer a su —por tiempo limitado— hijo si no lograba volver a ser él mismo.
Chase se había equivocado al sentenciar que lo único que Blaine no haría para conseguir sus
propósitos era admitir sus errores, porque los admitiría sus errores si los cometiera. Lo que no
estaba dispuesto a sacrificar era su cordura, y la mujer a la que había dormido abrazado se
parecía tanto a una enfermedad degenerativa que era preocupante.
Blaine bajaba las escaleras, contrariado. Se frotó el pecho, ahí donde una punzada de
remordimientos hacía presión, instándole a regresar al dormitorio.
Si era así como se sentía el incumplimiento de una obligación acuciante, no le extrañaba que
su hermano gemelo fuera un admirable cumplidor. Pero por Dios, ¿por qué le apretaban a él los
remordimientos, si Clodagh ni siquiera era su esposa de veras y la joven sabía cuidarse sola?
Blaine no tenía ninguna responsabilidad para con ella.
—¡Milord! —llamó uno de los lacayos, bajando las escaleras a trompicones—. ¡Milord,
milord!
—Te he escuchado al primer «milord», muchacho. ¿Qué se te ofrece?
Lo miró de arriba abajo y enarcó las cejas, expectante, al verlo hecho un manojo de nervios.
Trató de hacer memoria para decir su nombre, pero se topó con una pared. No estaba muy
familiarizado con el servicio porque detestaba la vida de campo y no ponía un pie allí ni para
vigilar la hacienda.
—Es milady —balbuceó—. Me ha pedido que vaya a buscar al doctor. Y me ha pedido que lo
haga con discreción, sin decirle a usted nada, pero creo que esta cuestión le atañe.
—¿Al doctor? ¿Por qué necesita un doctor?
—Milady se ha puesto a sangrar —anunció el joven, mirándolo con aprensión—. Ya hay un
par de doncellas haciéndole compañía en el dormitorio, encargándose de lavarla y cambiar las
sábanas, pero he pensado que quizá usted...
Blaine dejó de escuchar.
—¿Sangrar? ¿Por dónde? ¿Se ha caído?
—Que yo sepa no, milord. He entrado en el dormitorio con la bandeja del desayuno, tal y
como usted me pidió, y la vi con el gesto contraído de dolor y una mano sobre el vientre. Debe
ser el niño.
Un pitido se instaló en su oído. No oyó nada más, y tampoco quiso. Se encaramó a la
barandilla con energía y avanzó tres escalones de un solo salto, impulsado por la angustia.
—¡Ve por el médico! —le ordenó, corriendo escaleras arriba como alma que llevaba el
diablo. Frenó de golpe en el primer rellano y soltó una maldición—. No, yo iré por el médico. No
nos atenderá si no lo solicito yo en persona.
Volvió a bajar con torpeza, de pronto atolondrado. Fue hacia la salida a paso ligero. Solo
frenó un instante para girar sobre los talones y lanzar una mirada sombría a la escalera.
¿No sería más apropiado estar a su lado?
No, porque el médico de Canterbury no atendería a un lacayo por mucho que fuera de su
parte.
Oh, qué más daba. Tenía que hacer algo, lo que fuera, y eligió echar a correr hacia el pueblo.
En torno a media hora después, Blaine recorría el pasillo de izquierda a derecha y de derecha
a izquierda. El corazón le retumbaba en el pecho y se le encogía de culpabilidad al lanzar una
nueva mirada al dormitorio. Le había parecido oír a Clodagh cuchicheando con el médico, pero
en general, el corredor del ala oeste estaba sumido en un silencio estremecedor.
Clodagh bien podía no ser su esposa oficialmente hablando, pero estaba a su cargo. La
responsabilidad de cualquier mínima menudencia que afectara su estado recaía solo en él, su
marido.
El marido que había estado a punto de marcharse.
¿Y si hubiera sangrado cuando Blaine ya estaba camino a Londres? ¿La habrían atendido con
la misma presteza? ¿Y si hubiera perdido a la criatura? Blaine no era un entendido de las
complicaciones de un embarazo, pero podía figurarse que los sangrados durante la gestación no
traían nada bueno.
El doctor salió del dormitorio con gesto enfurruñado. Sus labios torcidos hacia abajo copiaban
la curva del gracioso bigote plateado, a juego con las pobladas patillas y el chaleco que se había
abrochado corriendo para acudir de inmediato al lado de la joven.
Blaine frenó de golpe y esperó a que diera su veredicto, pero el médico, apenas se encontró
con su mirada ansiosa, agachó la barbilla y carraspeó.
—¿Qué ha pasado? —le espetó Blaine—. ¿Está todo bien? ¿Qué ha desencadenado el
sangrado?
El médico hizo otra mueca que Blaine no acertó a descifrar.
—No ha sido fruto de una caída ni tampoco ha sufrido un aborto, puede estar usted tranquilo.
En el reconocimiento he confirmado que la criatura se encuentra de maravilla...
—¿Y a qué demonios se ha debido el problema, entonces? —le cortó.
—A veces estas cosas suceden sin más, milord, pero es posible que haya sufrido una... crisis
nerviosa. —Abrió los ojos y meneó la cabeza hacia un lado, como si aquello fuera un amable
eufemismo en comparación con la dolencia psíquica que aquejaba a la joven—. ¿Se le ha dado
una mala noticia en las últimas horas?
Blaine rechinó los dientes, furioso consigo mismo.
En las últimas horas no, pero sí hacía unos cuantos minutos.
—Estaba a punto de emprender mi marcha a Londres.
—Ahora tiene sentido —masculló el médico por lo bajo, abrazando el maletín para
entretenerse comprobando los cierres.
—¿Y bien? ¿Nada más que decir, doctor?
—Solo que el bebé...
—Sobre ella, no sobre el bebé.
El doctor vaciló, como si le hubiera preguntado por una materia que escapaba a su
conocimiento.
—Creo que debería evitarle irritaciones a su esposa, milord. Un bebé en plena gestación es
una criatura en exceso delicada. Una mínima alteración puede desencadenar males como este. O
peores, dado el carácter de la madre —agregó por lo bajini—. Debe procurar que la baronesa
viva dentro de una burbuja hasta el parto. Nada de obligaciones inabordables, nada de nervios,
nada de emociones fuertes.
Blaine se frotó la mejilla con una mano.
—Pero ¿cómo está?
—El bebé se encuentra...
Blaine perdió la paciencia y lo enfrentó, descompuesto.
—¿A quién demonios le importa el bebé? ¡Quiero saber cómo está ella!
Se calló en cuanto lo dijo, cuando en realidad tendría que haber cerrado el pico antes de meter
la pata. Pero fue demasiado tarde, porque el doctor, enmudecido, se quedó donde estaba
asimilando su exclamación.
Blaine reaccionó de forma idéntica, pasmado por su propia vehemencia.
—Yo... —Blaine tragó saliva—. Por supuesto que me importa la criatura. Es una vida, a fin
de cuentas, es... es el heredero... y ella... No pretendía decir lo que he dicho.
—Sé lo que quería decir, milord. —Lo apaciguó el médico, dedicándole la primera sonrisa
comprensiva. Le palmeó el hombro—. No podemos evitar tener nuestras debilidades, y esas
debilidades inevitablemente construyen nuestras preferencias en casos como este.
Blaine se zafó de la mano amable del médico, a punto de estallar. Como si la angustia no
hubiera sido suficiente, ahora tenía que cargar con el insoportable peso de sus palabras. O, mejor
dicho, con lo que estas traslucían.
«Yo no tengo debilidades», estuvo a punto de espetarle. «Y mi preferencia es la criatura, que
será la que me saque de este entuerto». Pero no consiguió poner palabras a su desazón y terminó
despidiendo al médico de mal humor.
Se dirigió al dormitorio a paso ligero, la declaración retumbándole en los oídos.
¡Claro que le importaba el bebé, por Dios! Era lógico que se preocupara porque estuviera
sano, tanto él como su madre. Sin ellos, perdería su fortuna y, en definitiva, lo único que le hacía
digno de halagos y tratos preferentes en Londres. Perdería su oportunidad de llevar la baronía a
la cima y estar orgulloso de sí mismo.
Ese era el único motivo por el que había estallado de repente. Ese y ninguno más. No quería
perder los privilegios con los que había vivido desde que tenía uso de razón, su segunda
oportunidad, y eso sucedería si Clodagh y la criatura sufrían el menor daño.
Blaine cerró los ojos y se obligó a apaciguarse.
Dios santo, ¿por qué las mujeres embarazadas debían ser tan frágiles?
Una doncella salía del dormitorio en cuanto él fue a empujar la puerta. Se retiró enseguida,
mascullando una disculpa por haber estado a punto de arrollarla. Llevaba entre sus brazos un
puñado de sábanas y el camisón con el que había dormido Clodagh, todo esto manchado de
sangre.
Aun con el estómago revuelto y por ningún otro motivo diferente a la tendencia de Blaine al
masoquismo, obligó a la doncella a detener su viaje al sótano para examinar las prendas.
El gesto preocupado de la criada llamó su atención, pero no tanto como el olor dulce que
despedía la tela. Con el ceño arrugado, Blaine agachó la cabeza y, para espanto de la muchacha,
que hizo ademán de retroceder un paso, revisó de cerca las manchas.
Toda su reacción se redujo a una leve elevación de cejas y la disolución del nudo que había
estado apretando su garganta.
—¿Qué ocurre? —le preguntó en voz baja, una vez hubo concluido la valoración. Una sonrisa
irónica estiró sus labios—. ¿Por qué estás tan tensa?
—Milord no debería... no debería tocar la ropa sucia —balbuceó.
—Milord siempre toca lo que no debe. —Acarició una de las manchas aún húmedas. Su
sonrisa se crispó—. Y el sirope de fresa no es lo más repugnante a lo que he acercado los dedos.
La criada palideció como si hubiera visto un fantasma. Blaine, en lugar de enfurecerse como
habría correspondido, disimuló una carcajada.
—Qué carismática debe ser mi esposa si ya ha encontrado aliadas en el servicio. Apenas un
día casada y ya tiene a las doncellas, a los lacayos y al médico dispuestos a mentir por ella.
—Milord... l-lo siento mu... muchísimo...
—Ve a lavar eso. —Señaló la escalera principal con un gesto de cabeza—. Y ni se te ocurra
decirle que me he dado cuenta del engaño o mañana estarás de patitas en la calle.
La muchacha agachó la cabeza y asintió, frenética.
—Sí, milord.
Esperó a que la criada se perdiera escaleras abajo para empujar la puerta del dormitorio. El
susto aún le duraba, así que no le costó aparentar la mínima mortificación.
—¿Blaine? —lo llamó Clodagh, dudosa.
Se activó apenas oyó su voz y se acercó al borde de la cama con la sensación de que habían
transcurrido años desde la última vez que estuvo allí con ella. Disfrazó su irritación bajo una
sonrisa apaciguadora y tomó asiento junto a la muchacha.
—Le gusta a usted estar en posición horizontal más que a mí, y mire que siempre lo he creído
imposible.
Clodagh ladeó la cabeza hacia él, confusa. Con los ojos vidriosos y los labios agrietados,
incluso.
¿Sería posible que estuviera ante una maestra del engaño? Sabía que la mentira formaba parte
de su composición y que su experiencia vital había entrenado a una profesional, pero no habría
imaginado que alcanzaría semejante nivel de manipulación. Era obvio que no estaba enferma,
que el sangrado había sido puro teatro, y, aun así, Blaine volvió a vacilar al ser testigo de su
fragilidad.
—¿No se supone que iba a marcharse?
—«Iba» es la conjugación adecuada. Me lo ha puesto usted difícil con su repentina
indisposición. —Hizo una pausa para escrutar su rostro, indeciso sobre las medidas a tomar. ¿Se
lo soltaba sin más? ¿Jugaba un poco con ella? ¿Qué clase de pregunta era esa? Si existía la
opción de jugar, Blaine descartaba de inmediato todas las demás—. Me ha dicho el médico que
esto ha podido ser resultado de una crisis nerviosa, desencadenada a su vez por una mala noticia.
¿Qué mala noticia le han dado, si puede saberse? No me diga que no quería que me marchara.
Clodagh se ruborizó, y hasta ahí llegó la justificada rabia de Blaine.
No era solo una jugarreta para vengarse del poco tacto con el que la había despedido. Era una
medida para obligarlo a quedarse a su lado. Y si bien podría haber emprendido modos mucho
menos peliagudos para conseguirlo, unos que no involucraran el usufructo de una criatura que no
debía ser empleada como arma, Blaine estaba familiarizado con esa clase de vilezas. Él mismo se
divertía poniendo en apuros a los demás cuando lo merecían. No podía enfurecerse porque le
hubiera dado una lección al maestro. Por el contrario, le conmovía inexplicablemente que fuera
capaz de tramar ardides de esa magnitud para que no se fuera.
«Estás loco», se dijo. «Como un auténtico cencerro».
—No tiene nada que ver con eso —se defendió ella, como si supusiera una vergüenza admitir
que apreciaba su compañía y lo echaría de menos en caso de faltarle—. El doctor dice que es
habitual que las embarazadas sangren un poco. Es lógico. Nuestro cuerpo está más sensible que
nunca.
Y parecía que también estaban más desequilibradas de mente.
—Entonces, si todo está en orden, reemprenderé mi marcha —decretó Blaine, poniéndose en
pie con tranquilidad.
Tuvo que morderse la lengua para no reírse al comprobar por el rabillo del ojo que Clodagh
presionaba los labios.
—¿Qué? —Carraspeó, avergonzada por haberse dejado llevar por el asombro—. Quiero
decir... ¿Cómo es que se marcha ya, tan rápido? ¿Y si vuelve a suceder? ¿Y si pierdo a la
criatura?
—Seguro que, si sucede algo parecido a esto, el servicio sabrá cómo proceder. Le daré
indicaciones a su doncella personal para que vaya en busca del médico.
—Ya le he dicho que no tengo doncella personal.
—¿No? A mí me ha parecido que la que ha estado aquí, la muchacha que se ha llevado las
sábanas, era lo bastante eficiente y discreta para merecer un ascenso. Podría hablar con ella.
—No sé si estoy en condiciones de hacer una entrevista.
—No creo que se escandalice si la entrevista aquí mismo. Ya la ha visto enferma, a fin de
cuentas.
Blaine casi podía escuchar el mecanismo de los engranajes de su cabeza. Una expresión de lo
más cómica endurecía sus facciones cuando se ponía a pensar en un modo de salirse con la suya.
Blaine esperaba con el corazón en la mano a que optara por sincerarse y dijera, con simpleza y
llanidad, que le gustaría que se quedara a su lado. Pretendía huir de la debilidad que el médico
había señalado, ninguna otra que sus extraños sentimientos hacia la joven, pero si Clodagh
demostraba ser tan débil a él como él había resultado ser susceptible a todo lo que la rodeaba a
ella, la historia cambiaría. Y, con ello, también su rumbo.
Pero Clodagh era demasiado testaruda, como demostró a continuación.
—¿No se supone que quería usted conservar el título y las tierras para demostrar, por una vez,
que podía convertirse en un patrón de libro? Para agradecer la segunda oportunidad que le ha
sido brindada, podría empezar por encargarse de contratar al servicio.
—De esa tarea raras veces se encarga el patrón, milady, sea pésimo o sea una delicia. Eso
corre a cuenta del ama de llaves o, en su defecto, de la señora de la casa.
—En ese caso, me encargaré de contratar a una irlandesa contestona para que me siga a todas
partes —decretó, alzando la barbilla con insolencia.
—Dios santo, ¿una irlandesa contestona? ¿No tiene suficiente consigo misma?
—Es una manera de advertirle que me dejaré llevar por mis debilidades y es posible que
acabe contratando a quien no debo. Yo no sé qué es lo que se busca en una doncella personal, así
que no se sorprenda si acabo metiendo en la casa a alguien que deja mucho que desear como
profesional.
Blaine suspiró.
Cada vez se le complicaba más aguantar las carcajadas. Aquella mujer se cortaría un dedo
antes de admitir que haría cualquier cosa para que permaneciera a su lado. El porqué no deseaba
quedarse sola era la única interrogante que flotaba en el aire. Podía ser porque no conocía a
nadie, porque los deberes de anfitriona le venían grandes, porque le aterraba la soledad en una
situación tan vulnerable... o porque le quería y todavía no se había dado cuenta.
Blaine adoraba saberse amado por el poder que esto le proporcionaba sobre los demás, así
que, en cualquier otra circunstancia, se habría inclinado gustoso por esta última opción. Pero no
estaba seguro de querer gustarle a Clodagh. Blaine sospechaba que, si Clodagh lo amara, tendría
que esforzarse por primera vez para merecer sus afectos. Y en ese esfuerzo cabía la posibilidad
de errar, de fracasar.
No podría permitirse el fracaso con ella. No lo soportaría.
—Me quedaré para colaborar con usted en la entrevista a las doncellas —cedió, haciendo una
pequeña reverencia—, pero me iré en cuanto ese asunto esté cubierto, ¿de acuerdo?
Un brillo desafiante transformó el verde de sus ojos almendrados. Aunque cabeceó, conforme
con el nuevo trato, a Blaine no le cupo la menor duda de que no pensaba resignarse. De que una
vez concluyera la tarea, se inventaría otra manera de retenerlo.
Estaba tan seguro de ello como de que él mismo se dejaría retener.
Capítulo 22
Clodagh no solo no necesitaba una doncella personal, sino que le parecía ridículo tener un
perrillo faldero siguiéndola por toda la casa. Y ¿no era esa la obligación de la criada de la
señora?
Lo cierto era que estaba muy poco familiarizada con los puestos de responsabilidad del
servicio. Para ella, el ama de llaves era el sargento que dictaba las órdenes, el mayordomo se
encargaba de las presentaciones, las doncellas se aseguraban de que el suelo y las ventanas
brillaran como una patena y los lacayos servían el almuerzo. Hasta ahí llegaba su reducido
conocimiento sobre las nobles tareas de los criados, y no estaba interesada en formarse mucho
más. Sobre todo después de haber convencido a Blaine de colaborar en la contratación.
Cuando Clodagh consideró que dejaría de ser sospechoso que se encontrara con fuerzas para
levantarse, propuso reunirse con Blaine en el salón y llevar a cabo el proceso selectivo. Tenía
muy claro cuál sería su papel ahí: poner todas las trabas imaginables a cada una de las
candidatas. Esto iba contra sus principios, que le pedían que tratara a las criadas como iguales —
no hacía demasiado tiempo ella había sido incluso más insignificante a ojos de los hombres
como su marido—, pero no le quedaba otro remedio si deseaba que Blaine permaneciera en la
mansión hasta el alumbramiento. Y si por el camino podía ponerlo tan nervioso como le juraron
que se había mostrado al conocer su «indisposición», mejor.
La venganza era un plato que se servía muy frío.
Clodagh tomó asiento junto a Blaine, que se había hecho con un cuaderno donde anotar los
nombres de las candidatas. Todas estas trabajaban ya en la casa, un detalle que no le pasó por
alto y que le molestó. Era obvio que no le importaba quién se convirtiera en su sombra y
pretendía resolver el asunto a la mayor brevedad, o de lo contrario habría esperado a que se
corriera la noticia en el pueblo de que el barón Godolphin tenía disponible una suculenta vacante.
—¿En serio necesita siete doncellas? —preguntó Clodagh, echando una ojeada displicente a
los nombres—. Si apenas pisa usted Reynolds Abbey.
—Esté yo o no, es una mansión de quince dormitorios y varios salones, incluido uno de baile.
Para su mantenimiento se necesitan unos cuantos pares de manos, milady.
Clodagh torció la boca.
«Milady».
Detestaba que se refiriese a ella de ese modo. No era ni una dama ni tampoco era suya, y así
lo expresó.
Blaine le dirigió una mirada socarrona.
—Entonces ¿cómo quiere que la llame? «Su gracia» le quitaría el título de dama y el posesivo
que tanto le molesta, pero me temo que es un tratamiento dirigido a los duques.
—Puede llamarme por mi nombre. Para eso me lo pusieron. Entiendo que en público tenga
que referirse a mí como «milady», pero en privado...
—¿Pretende que pasemos mucho tiempo juntos en un lugar privado, acaso? Porque eso
contradiría las imposiciones que mencionó en la noche de bodas.
—¿Insinúa que no puede usted compartir espacio con una mujer si no es con la excusa de
ponerle la mano encima?
—No siempre encima. También se la puedo poner debajo —aclaró con sentido del humor.
Alzó la mirada hacia la puerta entornada y llamó—: ¿Danielle? Adelante, por favor.
El interrogatorio a las criadas siempre era el mismo. Se les preguntaba dónde habían trabajado
con anterioridad, cuántos años llevaban en Reynolds Abbey, si se consideraban tan discretas y
eficientes como para no airear los asuntos de la señora con quien no debían; si estaban casadas y
tenían hijos, lo que podía ser tanto una ventaja —podría entender el padecimiento de la baronesa
— como un defecto —necesitaría más tiempo libre—; edad, naturalmente...
Después de la entrevista de turno, Blaine se levantaba para cerrar la puerta y debatir con ella
sobre la aspirante. La intención de Clodagh era criticar a la candidata hasta desquiciar los nervios
de Blaine, pero para su asombro, Blaine fue incluso más exigente que ella.
—Olvídese de Hortense. Es una cotilla empedernida —decretó Blaine, tachando su nombre en
la lista—. En estos días la he oído hablar por lo bajo y en pleno pasillo sobre el compromiso de
la señorita Swansea con el duque de Arden y la opinión que esto le merece.
—¿Y qué opinión le merece?
—Por lo visto, «el duque de Arden podría aspirar a algo mejor» —citó con desdén, molesto
por la posición de inferioridad en que habían colocado a la joven Prudence. Su debilidad por las
Swansea era tan evidente como inexplicablemente conmovedora—. Queda eliminada.
—Si ha sabido responderme a la pregunta que le he hecho, milord, es porque usted también es
un chismoso, o no andaría oyendo conversaciones ajenas.
—¿Y qué si lo soy?
—Que me he casado con usted... más o menos. ¿Qué importa una doncella cotilla si ya tengo
un marido cotilla? Me divertiré incluso más.
—Mary es mucho más divertida que la deslenguada de Hortense, si lo que busca es
entretenimiento, aunque no tiene experiencia cuidando de mujeres embarazadas y eso podría
jugarle en contra. Usted necesita una doncella que conozca el protocolo a seguir pasara lo que
pasase.
—El único protocolo a seguir es llamar a un médico, y eso podría hacerlo cualquiera que sepa
hablar inglés.
—El inglés de Hannah deja mucho que desear. Y ni siquiera llamaría al médico, por lo que
queda descartada. Ya ha visto que se jacta de conocer remedios caseros con plantas medicinales
para suavizar síntomas de fiebres.
—Y no dudo que diga la verdad.
—Sea verdad o sea mentira, usted no necesita rodearse de jovencitas con tendencias
chamánicas. Sería lo que nos faltaba, que la doncella personal se entretuviera aplicándole
cataplasmas que apesten a vinagre o introduciendo trozos de cebolla en orificios sensibles para
averiguar si el crío es niño o niña.
Clodagh tuvo que aguantar una carcajada.
—Vanessa me ha parecido agradable —apuntó en su lugar.
—Su expresión al oír que tendrá que estar presente junto a la comadrona cuando dé a luz no
me ha inspirado confianza.
—¿Y la que tiene un marido irlandés?
—¿Felicity? De ninguna manera. La contrató el mayordomo porque es sobrina suya después
de que no le dieran trabajo en ninguna parte, y si no se lo dieron puede ser solo por dos motivos:
o robó o tuvo un idilio con el hombre equivocado.
—¿Y? ¿Teme que me robe las joyas que mi marido no me regala o que corrompa mi pobre
mente inocente? —se burló Clodagh.
Blaine ladeó la cabeza y la miró de hito en hito, jugando a la vez a alisar la arruga de la hoja
del cuaderno para disimular su nerviosismo.
—¿Quiere que le regale joyas, acaso?
—Siempre es mejor tenerlas que no tenerlas, sobre todo por si en algún momento me viera en
un aprieto económico. Podría venderlas y seguir subsistiendo un tiempo.
Se fijó en que Blaine dejaba de tachar nombres y seguía mirándola de soslayo con una mueca
extraña.
—Qué práctica es usted —dijo con voz queda—. ¿Así es como subsistió hasta que los
Swansea la acogieron en su casa? ¿Vendiendo las joyas que le regaló su amado?
—No. Una feligresa se apiadó de mi situación y me dejó quedarme en su casa un tiempo. Mi
amado no me regalaba joyas, milord, pero por lo menos acertaba en el tipo de flor que me
gustaba... No como otro.
Blaine bajó el cuaderno y la miró a los ojos.
—¿Que es...? —la alentó él.
—Usted, ¿quién va a ser?
—No me refería a ese «otro» que tanto desprecia, sino a los ramos que le gustan. Es usted la
única «Swansea» cuya flor preferida sigue siendo un misterio para mí.
—Espero que no lo diga porque pretenda conseguirme una. Mi flor preferida solo se puede
encontrar en los montes de Irlanda durante la temporada de primavera y verano. Algunos la
llaman «amor en la niebla», y otros, «demonio de los arbustos».
—No he oído hablar de eso en mi vida. Pero si su querido amante era inglés, me cuesta creer
que viajara hasta Irlanda para conseguirle «amores en la niebla».
—Parece que en algunas partes de Inglaterra también florece. Jerry era muy romántico al
principio —recordó, melancólica—. Hacía todo lo posible por conquistarme.
—Una de las cosas que no hizo fue reconocer a la criatura, sin embargo —apostilló Blaine
con malicia.
Clodagh alzó la vista hacia él.
—¿Cómo iba a reconocerlo, si murió apenas unos días después de conocer la noticia?
Le habría gustado sonar irritada porque pusiera en duda las bondades del que había sido el
amor de su juventud. Pero más que furia, aquel asunto aún avivaba su resentimiento hacia el
mundo que se lo había arrebatado. No solo le quitaron la vida, sino que privaron a la criatura del
derecho a conocer a su padre y la dejaron a ella sola cuando por fin se había hecho a la idea de
que compartir su vida con un hombre no sería tan descabellado.
Clodagh no era dada al victimismo y consideraba esa herida más que cicatrizada, pero era una
cicatriz aún visible que de vez en cuando se estiraba y mandaba un escalofrío de dolor por todo
su cuerpo. Era una herida sellada por la ira y la pena, emociones que no se irían ni siquiera
avivadas por la esperanza de ser feliz. Esa esperanza que alimentaba cada día para seguir
adelante.
Blaine la sacó de sus pensamientos interviniendo con tiento.
—Lamento la pérdida. Estoy seguro de que fue un gran hombre, si su recuerdo es capaz de
cambiarle el ánimo de esa manera.
—No lo era —reconoció Clodagh—. Aunque carezca de sentido aparente para usted, Jerry no
era un gran hombre..., pero sí fue bueno para mí.
—Tiene razón. Para mí, carece de sentido. Siempre he pensado que los inmorales contaminan
todo lo que tocan, y que un árbol de raíz amarga no puede dar frutos dulces.
—Él sí. Se vio inmerso en numerosos problemas, todos ellos de carácter económico, nunca
llegó a saldar las deudas que le impusieron sus prestamistas, gentuza con la que no convenía
tratar, y eso fue lo que acabó con él. Era demasiado ambicioso para su bien y frecuentaba
compañías inadecuadas, pero esos eran sus únicos pecados. En casa... todo era vino y rosas.
—Vino y «amor en la niebla».
Clodagh asintió con una media sonrisa.
—Vino y «amor en la niebla» —confirmó.
Hubo un breve silencio en el que ambos fijaron su mirada extraviada en puntos opuestos del
salón. Clodagh salió antes de su ensimismamiento y pudo detallar el aire nostálgico que había
cercado a Blaine tras la confesión. No parecía exactamente afligido, solo meditabundo, pero
saltaba a la vista que no le rondaban los pensamientos más agradables.
No llegó a recomponerse del todo. Fijó la mirada verdosa en el rostro de Clodagh y vaciló un
instante antes de arrojarse al vacío.
—Supongo que le amaba —dijo en tono distante, como si el asunto no le rozara ni por
casualidad. Se esforzó tanto por sonar lejos de allí que Clodagh se dio cuenta.
—Con todo mi corazón. Casi siempre me pregunto dónde estaríamos ahora si él aún caminase
entre los vivos.
En lugar de conmoverlo con su sinceridad o divertirlo por el mismo motivo —no le habría
sorprendido que se burlase de su sentimentalismo—, Blaine compuso una media sonrisa
despectiva.
—A veces pienso que las mujeres permanecéis enamoradas de los hombres que no os
convienen porque la vida no os ofrece de por sí suficiente sufrimiento.
—¿Por qué se supone que Jerry no me convenía?
—Porque frecuentaba malas compañías y era demasiado ambicioso para su bien —parafraseó,
atravesándola con una mirada indescifrable—, y ahora tampoco le conviene por una razón aún
mayor, y es que no está a su alcance.
—Las malas compañías y la ambición no me parecen los defectos más imperdonables
viniendo de un ser amado, y sería una ingenuidad de mi parte aspirar a la perfección en un
compañero.
—¿Y qué defectos le parecen imperdonables? Supongo que todos los que me definen.
Tan tenso que parecía a punto de romperse, Blaine arrojó el cuaderno garabateado sobre la
mesilla de café. Se dio la vuelta despacio para que no se notara algo que Clodagh percibió en la
línea rígida de sus hombros, en el tono sarcástico con el que se había pronunciado y que tan
descolocada la había dejado: necesitaba huir de lo que fuera que le había alterado.
Clodagh se puso en pie de inmediato y fue hacia él.
—¿A dónde va? —Le puso la mano sobre el omóplato—. Aún no hemos elegido una
doncella.
Blaine la miró por encima del hombro con una sonrisa corrosiva.
—Ni falta que hace. Usted no quiere una doncella. Solo quiere retrasar mi viaje. Aunque le
hubiera dado el visto bueno a todas, cosa que no he hecho para evitar que se pusiera en evidencia
usted sacándoles los defectos, se le habría ocurrido otra manera de retenerme.
Clodagh dio un paso atrás, no tan sorprendida porque la hubiera cazado como por la
misteriosa intensidad de su mirada. Parecía haberse helado por dentro y, al mismo tiempo, arder
como nunca.
Se las apañó para sonar creíble al replicar.
—Qué tontería.
Blaine se giró del todo hacia ella y, con el derecho que se daba a sí mismo, la rodeó por la
cintura y la tomó de la barbilla a la vez. El contacto no fue lo que la inmovilizó, sino sus ojos.
—Eso mismo he pensado cuando he visto las sábanas salpicadas de sirope. «Qué tontería».
Debe pensar usted que soy idiota, y no niego que a veces me comporte como tal, pero en
cuestiones de mujeres soy un alumno muy aplicado.
—Pues aplíquese la lección que ya le di en la noche de bodas y suélteme.
Blaine sonrió ladino.
—Cloud —susurró casi con ternura—, si no quieres que me marche, basta con que me lo
digas.
Se le detuvo el corazón, sorprendido por el íntimo tuteo. Era la primera vez que se dirigía a
ella con informalidad, y quizá por eso hubiera posado la vista en sus labios, para memorizar
cómo se pronunciaba cuando estaba en compañía de alguien a quien se sentía cercano.
Tragó saliva con dificultad.
—¿Acaso así conseguiría convencerte para que te quedaras?
—No, pero tendrías más oportunidades de conseguirlo.
—No pienses ni por un segundo que voy a arrastrarme cuando tú solo piensas en la juerga que
te espera en la capital.
—No tienes que arrastrarte —musitó, muy cerca de sus labios. Clodagh reprimió un
estremecimiento—. Solo tienes que hacer más atractiva mi estancia en Reynolds Abbey. Y
¿sabes cómo podrías empezar? Haciendo de mi lecho un lugar acogedor.
Clodagh torció la boca con desprecio, aun cuando por dentro empezaban a expandirse sendas
ondas de calor.
—¿Eso es lo que ibas a buscar en Londres? ¿Una cama caliente?
—¿Y qué, si así fuera? —contraatacó, obligándola a retroceder al invadir su espacio—. Tú me
niegas tu calor porque dices que nada entre nosotros sería real, pero a mí no me importa que me
mientan mientras la mentira sea dulce. En Londres hay mujeres que piensan como yo. Aquí, por
desgracia para mis marcadas preferencias, no veo ninguna que comparta mi sentir.
Clodagh apartó la mirada, avergonzada por sus propios sentimientos y preocupada por si no
conseguía disfrazarlos a tiempo.
—Pues vete a buscarlas, si tan necesario es para ti echar una canita al aire. Mientras seas
discreto, no me importa con quién te encames.
El aliento de Blaine le acarició el oído y le puso todo el vello de punta.
—Ah, ¿no?
—No.
—Hay un pequeño problema con eso, Cloud —lamentó él en voz baja. Afianzó la mano en su
baja espalda, desde donde ascendió sinuosamente para acariciarle la nuca desnuda con los dedos.
Clodagh exhaló con los ojos cerrados—, y es que yo solo te deseo a ti.
Clodagh volvió a tragar saliva, confundida. ¿En qué momento habían llegado ahí? Hacía tan
solo unos minutos debatían cuál sería la doncella más capacitada para atenderla. Instantes
después, era ella quien demostraba estar incapacitada para atender las exigencias de Blaine, todas
de carácter promiscuo y, justo por eso, irresistibles.
Ella también lo deseaba. Lo deseaba de un modo loco y enfermizo, porque en esa pasión
inexplicable se conjugaba también el desprecio hacia lo que representaba y una fibra sensible de
la que se había adueñado al mostrarse cariñoso, preocupado, afable con los Swansea y hasta
arrepentido. Podía fingirlo cuando guardaba distancias, podía ocultarlo de sí misma cuando
estaba a solas, pero si la tocaba, esa fortaleza tras la que se protegía se derrumbaba como si
estuviera hecha de sal.
—Dime que tú no me deseas a mí. —Seguía la voz del diablo. Su pulgar recorría el trazo de la
vena del pulso, delineaba una de sus clavículas y se detenía en la manga del vestido, que deslizó
por el hombro femenino con lentitud—. No me impides marcharme porque temas estar sola, sino
porque quieres estar conmigo.
Clodagh notaba la garganta seca.
—Es la misma cosa.
—No, irlandesa. No lo es.
Debían existir al menos diez mil maneras de replicarle, o mejor aún: de replicarle de modo
que la soltara, avergonzado, y se disculpara por su arrogancia. Si en algo destacaba Clodagh, era
en su talento para mortificar a los hombres por sus bajas pasiones. Pero la inspiración la había
abandonado. No se le ocurrió ni una sola forma de contradecirlo, en parte porque en el fondo
sabía que tenía razón. No era lo mismo. No le habría valido la compañía de cualquiera. Ni
siquiera se habría conformado con cualquier marido de mentira. Si había cedido a llevar a cabo
aquella farsa, era porque se lo había propuesto Blaine, el único hombre ante el que era
vulnerable. Y él lo sabía, pero no se lo demostró con palabras, sino cosiéndola a su cuerpo y
recorriendo con los labios la línea curva que unía su garganta a su hombro ahora desnudo. La
reacción de Clodagh, un suspiro débil, se lo confirmó, y él sonrió victorioso.
Clodagh estiró y replegó los dedos, haciéndose jurar que no lo abrazaría de vuelta, pero el
calor de su pecho recio la estaba asfixiando, tentador a la hora de incitarla a recostarse en él, y
sus sofocos solo iban en aumento.
Cerró los ojos con fuerza, notando a todos los niveles cómo su cuerpo la traicionaba y no
podía hacer nada para evitarlo.
¿Por qué tendría que evitarlo? ¿Para ser fiel a la memoria de Jerry? ¿Porque no lo amaba y
nunca le daría sus labios o su cuerpo a un hombre con el que no quisiera pasar el resto de su
vida? ¿Porque sabía que Blaine podría trastocarla hasta los límites de la cordura y no podía
permitirse perder la cabeza por un hombre como él...? Todas las excusas eran válidas, y, sin
embargo, se desvanecieron de un plumazo en cuanto Blaine rodeó uno de sus pechos sensibles y
dio un sensual mordisco al lóbulo de su oreja.
Clodagh se derritió contra su voluntad. Se olvidó de que era una madre que debía proteger a
su hijo y una muchacha pobre con elevadas expectativas románticas que tenía que protegerse del
diablo embaucador. En ese momento, mientras Blaine la seducía con besos a lo largo del mentón
y acariciaba en círculos el pezón erecto, Clodagh solo fue una mujer deseada, algo que no había
sido en tanto tiempo que había olvidado cómo se sentía. Y conforme más se iba hundiendo en la
fantasía de la mujer atractiva que levantaba pasiones, conforme más se alejaba de la realidad para
conectar con la piel y los sentidos de Blaine, más libertades se iba tomando él.
Si hubiera estado en plena posesión de sus facultades, Clodagh se habría preguntado el porqué
de esas ansias por tocarla, por qué suspiraba y ronroneaba como si se desviviera por un rato más
junto a sus labios. ¿Sería verdad que no soportaba pasar mucho tiempo sin un cuerpo caliente, o
es que había reprimido tanto su obsesión por ella que ahora había estallado a lo grande? ¿Acaso
había sentido celos al oírla mencionar a Jerry...? Lo desconocía y lo desconocería en el futuro,
porque en esos segundos más cercanos, Blaine mantendría los labios sellados para dedicarse en
exclusiva a satisfacerla.
Clodagh por fin se atrevió a rodearle los hombros con timidez. Se aferró a su chaqueta
mientras él hacía todo lo contrario con el escote de su vestido. Apenas le costó retirar la tela y
dejar a la vista sus pechos hinchados por el embarazo, hasta el momento recogidos cómodamente
en uno de esos trajes de corte imperio que tan cómodos resultaban para una mujer con la tripa
abultada. Pero ¿acaso existía esa tripa abultada en ese momento? ¿Existía algo más que el núcleo
de calor extendido en su bajo vientre? La mirada vidriosa de Blaine no parecía captar a una diosa
madre, sino a Afrodita, con todos sus atributos a la vista. Parecía al borde del colapso al recorrer
la porción de piel sobre la que sus ojos verdes calculaban perversidades, y cuando por fin se
inclinó sobre los senos, los cubrió de calidez y gloria con un suspiro que, más que de los
pulmones, pareció nacer de un volcán en erupción. Clodagh tembló de satisfacción, sacudida de
pronto por la certeza de que la deseaba de veras, de que no había mentira en esas manos que la
acariciaban, en esos besos repartidos, y sí un hambre animal ante el que Clodagh estaba
indefensa.
Felizmente indefensa.
Sintió que rodeaba la areola con la lengua. Clodagh jadeó con los ojos cerrados. Tenía la zona
sensible, pero él parecía saber cuánta fuerza ejercer y por cuánto tiempo presionar para que ese
leve dolor se convirtiera en un placer estimulante, casi insoportable. Mordisqueó las cumbres de
sus senos y lamió perniciosamente las marcas rojizas que había dejado. Compensaba el calor con
más calor, hasta que Clodagh estuvo tan azorada y excitada por las atenciones que empezaba a
moverse contra Blaine. Él, como si supiera por lo que estaba pasando, dio un par de pasos hacia
la mesilla y apoyó a Clodagh encima para separarle las piernas con cuidado. Capas y capas de
densas enaguas no consiguieron frenar el avance de sus dedos traviesos, que treparon desde la
rodilla hasta la cara interna del muslo y lograron deslizar las medias hasta los tobillos e infiltrarse
en los calzones para tocarla donde detonaría el fuego.
Clodagh buscó sus ojos, sin aliento, y encontró en ellos esa delirante perversión que habría de
ruborizar hasta a la más pintada. Dio un respingo con la primera y estimulante caricia, gimoteó,
débil, con la segunda, y jadeó en voz alta cuando él pulsó el punto más sensible con los dedos.
No hubo un cuarto movimiento. Parecía que hubiera llevado a cabo una sesión de
reconocimiento breve para enseguida enloquecerla con una práctica aún más viciosa.
Atisbó un amago de sonrisa malévola en sus labios antes de verlo con la intención de
arrodillarse. Clodagh pestañeó, sin comprender, y aunque quiso pedir explicaciones, el modo en
que se humedeció las esquinas de la boca la turbó hasta arrebatarle el habla. Las respuestas se las
dio separándole las piernas, levantándole las faldas de un modo bochornoso y besándola entre los
muslos con la lengua por delante.
Clodagh lanzó un grito agudo y agachó la cabeza enseguida.
—Qué... ¿Qué hace?
—¿Cómo que qué hago, irlandesa? ¿Tú no habías tenido un amante?
—¡Ninguno que hiciera esa... esa... cosa!
—Esto no es una «cosa». —Clodagh se ruborizó hasta las puntas de las orejas cuando él
separó los pliegues de su sexo con el pulgar. No supo cómo volvería su alma a descansar
tranquila tras verlo llevarse el pulgar a la boca y chuparlo con los ojos cerrados. Solo separó los
párpados una escueta rendija para mirarla—. Esto es todo un placer. Lo que llevo queriendo
hacerte desde que te vi dormida en el salón de los Swansea.
—¿Q-q-qué? —Se aferró al borde de la mesilla para no tambalearse—. Estaba... estaba
dormida.
—Así te habría despertado yo.
La demostración consiguió escandalizarla más allá de lo que era recomendable dada su
condición. Las emociones fuertes estaban contraindicadas por los médicos, pero ya debería haber
sabido que en presencia de Blaine no conseguiría mantenerlas a raya, sino todo lo contrario. Con
los sólidos envites de su lengua, con esos dedos mágicos que sabían en todo momento qué tocar,
dónde y cómo para que se retorciera y temiese por las patas de la mesilla, consiguió que no solo
temiera por su cordura, sino por su integridad física. Se sentía acercándose inexorablemente a
algo muy parecido a un infarto, a una crisis nerviosa, a la muerte más dulce que una mujer
pudiera concebir. Y no podía detenerla como tampoco quería alejarse de la cálida humedad de su
boca, de esa sonrisa perversa que notaba pegada a los muslos, por los que repartía besos tiernos
que alternaba con mordiscos juguetones y, de nuevo, esa caricia de lengua que reinventaba el
placer respecto de cómo lo había conocido.
Y entonces, para su inmenso asombro, Clodagh se precipitó hacia esa caída libre que había
confundido con una muerte súbita. Solo que no era como morir, sino un renacimiento glorioso.
Clodagh se estremeció de la cabeza a los pies, sacudida por un escalofrío generalizado que la
paralizó y al mismo tiempo le provocó una serie de espasmos deliciosos. No entendía lo que
estaba sucediendo, y aunque podría haberse echado a reír por lo maravilloso de la sensación, en
su lugar se abrazó a sí misma, como si de ese modo pudiera ponerse a salvo de algo que ocurría a
nivel interno.
Apenas Blaine se retiró para admirar su milagrosa obra, Clodagh agachó la cabeza y se
apresuró a cubrirse las piernas. Se habría cubierto también la cara si hubiera podido, aun siendo
lo bastante orgullosa para afrontar cualquier situación extrema.
Miles de preguntas la taladraban. ¿Qué había sido eso? ¿Cómo lo había hecho? ¿Era bueno...
o era terrible? Sentía que podría volverse adicta a esa sensación, y era sabio temer cualquier tipo
de obsesión, como habría sido sabio apartar a Blaine desde el principio y no permitir que hiciera
con ella cuanto le viniera en gana.
Pero esas no eran ni las preguntas ni los reproches más habituales. El que la carcomía no era
otro que por qué no se había sentido de ese modo con Jerry.
—¿Cloud?
Clodagh se apartó de la mesa con rapidez y sacudió la cabeza, dando a entender que no estaba
visible. Blaine, todavía arrodillado, intentó tomarla del codo para acercarla a él. No se lo
permitió, y, demasiado aturdida para iniciar una conversación o siquiera pronunciar un
monosílabo, lo rodeó apresurada y se dirigió a la puerta con las piernas temblorosas.
Todo su cuerpo vibraba lastimosamente, rogándole en ese idioma secreto y aún desconocido
para ella que volviera con él. Estuvo a punto, pero su desorientación era tal que no habría sabido
cómo rehacer sus pasos. Solo sabía que quería que la llevaran de regreso a los brazos de Blaine,
y aquello era, cuanto menos, terrorífico.
Capítulo 23
A la vista estaba que no hacía nada bien con Clodagh, ni siquiera cuando su intención era
darle placer, para lo que había tenido que darle la espalda a uno de sus principios.
Nunca actuar movido por emociones incontrolables.
Claro que dudaba que a Clodagh la conmoviera averiguar que, abalanzándose sobre ella como
un animal, había confesado involuntariamente una verdad que lo hacía vulnerable, y es que se
había vuelto loco de celos con la mención de Jerry en esos términos.
El amor de su vida.
El hombre del que estaba enamorada.
El desgraciado que, incluso enterrado, le estaba disputando un espacio en la cama de la joven
y el consentimiento de hacer con ella lo que le viniera en gana, que era lo único que Blaine
deseaba obtener de su parte..., ¿no?
Fuera lo que fuere, cada vez se sentía menos dueño de sí mismo y no sabía cómo volver al
punto de partida, a la cómoda frivolidad sobre la que había construido su amada soltería. Lo que
sí tenía claro era que no se encontraría a sí mismo haciendo un viaje de urgencia al pueblo para
buscar un regalo de disculpa. De hecho, aquel detalle solo lo alejaba más aún del perfil de cínico
y egocéntrico que había pasado toda la vida alimentando.
Mientras sorteaba los puestos de alimentación del mercado, Blaine se preguntaba qué
demonios estaba haciendo allí, buscando frenético al famoso florista de Canterbury para ganarse
el perdón de una mujer a la que no sentía que hubiera insultado.
¿Por qué se suponía que debía disculparse? No se había aprovechado de ella. Clodagh se
había entregado a sus besos con el mismo fervor, y apostaba su alma a que el orgasmo no había
sido fingido. De hecho, el orgasmo debió ser más intenso de lo esperado, porque aparte de
contrariada, había reaccionado con asombro, como si no hubiera creído nunca que el cuerpo
humano fuera capaz de obrar un milagro semejante.
La verdad era que Blaine podía contar con los dedos de una mano las veces que había pedido
disculpas. Y cada vez que lo hizo, fue movido por el protocolo, que dictaba que los caballeros
debían limpiar su nombre. Blaine pedía perdón si hacía falta para dejar su honor brillando como
una patena, pero rara vez se hacía cargo de sus errores. No los consideraba suyos, a decir verdad.
En esta ocasión, y dejando a un lado el orgullo, Blaine debía confesar que no solo quería
demostrar la mínima altura humana admitiendo su parte de culpa ante Clodagh. En el fondo de
su corazón sabía que, sin importar cómo lo hubiera acogido entre sus brazos, se había saltado a la
torera una orden explícita. No le había dicho «no puede usted tocarme a no ser que yo se lo
permita», ni «no me tocará a no ser que vaya a proporcionarme placeres indescriptibles».
Clodagh había sido muy clara: no podía tocarla. A secas. Bajo ningún concepto. No había vacío
en esa ley por el que Blaine pudiera infiltrar su descaro. Y tampoco quería, porque la verdad era
que se había desempeñado a fondo para hacerle ver que Jerry no podría regresar entre los
muertos para hacerla suya.
Él sí. Él estaba vivo y latía por ella. Pero que no se hubiera dado cuenta por sí misma no le
daba derecho a abrirle los ojos de un arrebato de lujuria feroz.
Por Dios, ni siquiera la había dejado respirar.
Blaine se detuvo frente al puestecillo más adorable entre todos los que se repartían por el
ajetreado mercado. Se pasó las manos por la cara, como si así pudiera sustituir la mortificación
por una sonrisa agradable, y captó la atención del tendero golpeando el mostrador de madera con
los nudillos.
—¿Señor Hodgins?
El señor Hodgins apareció de la nada, haciendo que Blaine diera un respingo. Más que
florista, el hombre parecía carnicero. Tenía dos brazos como barriles de cerveza y una cara
redonda de pan de hogaza con varios focos de rubor esparcidos en mejillas y nariz. Blaine acudía
a él siempre que tenía pensado sorprender a alguna amante y había visto que sus dedos rollizos,
que florecían de manos capaces de partir un tronco por la mitad, escogían primorosamente las
rosas para hacer ramos dignos de exponer en los jarrones de su mansión.
—¡Milord! —saludó, entusiasmado. Ya en una palabra se le notaba el acento sureño—.
¿Cómo se encuentra el hombre que conoce las preferencias florales de cada joven de nuestra
nación?
—Se encuentra dispuesto a gastar una pequeña fortuna en su negocio.
—¡Estupendo! —Hodgins dio una palmada que podría haber hecho el silencio en el mercado
y se frotó las manos como un viejo avaro—. ¿Qué será esta vez? ¿Rosas? ¿Gerberas? ¿Lirios?
¿Orquídeas...?
—Ninguna petición habitual.
—Conque me trae un reto, ¿eh? —Apoyó los codos de marino ruso en el mostrador y esbozó
una sonrisa—. Dígame cómo puedo ayudarle.
—Busco unas flores llamadas... eh... —Presionó los párpados, haciendo memoria—. ¿«Amor
del diablo», puede ser? No, espere. «Diablo en la niebla».
Hodgins torció el gesto, pensativo.
—No me suena, milord.
—No lo estoy diciendo correctamente. Tenía dos nombres. ¿«Amor en la niebla»? ¡Exacto!
—Chasqueó los dedos—. «Amor en la niebla» y «diablo en el monte», esos son los dos nombres
que recibe. Es una flor irlandesa, por lo que tengo entendido.
Hodgins levantó las cejas.
—Oh, sí, claro. Se refiere usted a la Nigella damascena. También se la denomina arañuela,
ajenuz de jardín, damascena de Cienfuegos, cabellos de Venus o... demonio de los arbustos —le
corrigió con una sonrisa divertida—. Nada de diablos en el monte, milord.
—Bueno, ¿qué importa? Son solo denominaciones absurdas. —Hizo un gesto impaciente—.
Me haría falta que me consiguiera un ramo de esas flores para... ahora mismo, a poder ser.
Hodgins hizo una mueca divertida.
—Milord, eso es imposible.
—¿Cómo que es imposible?
—Imposible se mire por donde se mire —acotó Hodgins—. La arañuela es un brote silvestre,
y yo solo vendo ramos de flores que pueden cultivarse. Aparte de crecer en los montes
(principalmente en Irlanda, aunque pueden encontrarse en algunas zonas de Inglaterra y
Escocia), su temporada es la primavera y el verano. Y ahora, como puede usted ver, está todo
escarchado.
Blaine se frotó las sienes. Contuvo a tiempo una maldición exasperada.
—¿No podían gustarle las condenadas rosas, como a todo el mundo? —masculló, sin darse
cuenta de que Hodgins lo observaba entretenido—. ¿Y no tiene usted alguna otra flor típica de
Irlanda? Conocí a una mujer a la que le gustaban las orquídeas irlandesas. Esas son perennes,
según me explicó un florista londinense hace un tiempo.
—Son perennes, pero se encuentran en lugares rocosos y arenosos. Las orquídeas irlandesas,
además, no reciben ese nombre porque sí, milord, sino porque son autóctonas de Clare y Galway.
En un invernadero de Canterbury va a encontrar más bien pocas.
—¿Y ya está? ¿No tienen más flores los malditos irlandeses?
—Por supuesto. La hierba cana, por ejemplo, aunque no son lo bastante atractivas para
regalarlas en un ramo. Crecen en las paredes en color púrpura o amarillo. También existe el hada
de lino, una bellísima y delicada flor silvestre, y el lirio kerry, que, antes de que me pregunte
usted, solo se puede encontrar en la ciudad irlandesa que le da nombre.
Blaine se recostó en uno de los postes del puesto con gesto contrariado. Podía regresar a
Reynolds Abbey e informar a Clodagh de que había intentado conseguir un ramo de flores que se
ajustara a sus preferencias pero le había sido imposible. El simple detalle debería servir para
conmoverla. A fin de cuentas, era la intención lo que contaba.
Sin embargo, Blaine no se dio por vencido y volvió a enfrentar al florista.
—¿Puede usted prometerme que, si marcho al monte en busca de cabellos de los arbustos o
arañuelas de Venus, o como demonios se llame, no encontraré nada?
—No puedo prometerle tal cosa, milord. Es cierto que este año ha sido especialmente
caluroso, pero con la nevada las flores han debido quedar sepultadas. Por intentarlo no pierde
nada. Yo no lo haría, eso sí. Es pedir peras al olmo, pero...
Blaine no se quedó a escuchar el argumento que podría disuadirle. Palmeó el mostrador con
renovado ánimo, se abrazó los costados para protegerse del arañazo del frío y rehízo sus pasos
para abandonar el pueblo. El próximo destino era mucho menos acogedor, bastante menos
cálido, pero confiaba en salir de allí con las manos llenas.
Blaine regresó a Reynolds Abbey con las piernas entumecidas y sin sentir la punta de la nariz.
Aunque podría ponerse a aullar por culpa de las orejas, que hacía rato le mataban de dolor, el
éxito cosechado le impedía ser consciente de nada salvo de la sonrisa orgullosa que se le había
helado en la cara.
Clodagh había escogido el día más gélido del año para ofenderse por sus atenciones, y Blaine
podía sospechar, en base a los ataques de tos seca que había sufrido por el camino, que pagaría
un alto precio por su periplo aventurero. Un precio que involucraría dolores de cabeza y pasar
unos cuantos días postrado en la cama.
Todavía dudaba si merecería o no la pena cuando cruzó el umbral de la mansión y le entregó
el gabán al mayordomo.
Este no tardó en expresar su desconcierto.
—Milord, esto está empapado. ¿Quiere que mande preparar un baño caliente?
—No estaría mal, Thompson —contestó con la voz rasposa. Carraspeó antes de hacer la
pregunta importante, que procuró pronunciar como si la respuesta le importara un pimiento—.
¿Sabe dónde se encuentra milady?
—Lo desconozco, milord. ¿Desea que vaya a buscarla?
Blaine separó los labios para agradecer el favor, pero no fue necesario que ni el mayordomo
ni él mismo emprendieran la búsqueda.
Clodagh bajaba las escaleras con la mano de la alianza apoyada en la barandilla. Llevaba el
mismo vestido que le había arrugado sin contemplaciones esa misma mañana y una expresión
muy similar a la última que le dirigió. Ya de lejos, Blaine confirmó que seguía debatiéndose
entre el asombro y la contrariedad, pero al verlo conteniendo a duras penas los escalofríos y con
la cara pálida por la temperatura exterior, todo eso se desvaneció sustituido por la
incomprensión.
Blaine se adelantó con la impaciencia de un niño, ocultando las escasas flores recolectadas a
la espalda.
Seis horas había tardado en encontrar la primera. Las demás las halló protegidas por la calidez
de una cueva, lo bastante expuestas al tímido sol del invierno para sobrevivir pero
suficientemente alejadas del cielo abierto para no haber muerto aplastadas por la nevada. Un
Blaine un par de años más joven, orgulloso de su hazaña, no habría tardado ni un segundo en
hacer una detallada exposición de cómo se había recorrido los montes silvestres que hacían
sombra al pueblo. Pero entre el frío paralizante y el entusiasmo, fue incapaz de pronunciar
siquiera un «buenas noches».
Ella también enmudeció apenas posó su mirada cautelosa en las flores. Mirándolas él también,
bien podían no ser rosas, pero debía admitir que tampoco resultaban del todo antiestéticas.
Al ver que Clodagh fruncía el ceño, Blaine vaciló.
¿Y si se había equivocado? Había seguido al pie de la letra las breves indicaciones que
Hodgins había chillado: color púrpura —o azul intenso, si eras un idiota al que todas las
tonalidades le parecían idénticas— y semillas negras. Pero solo Dios sabía cuántas flores podían
existir en Inglaterra que cumplieran esas características.
—Tengo por costumbre disculparme con un regalo —explicó él tras aclararse la garganta. La
notaba ardiendo, ya no sabía si por la continuada exposición al frío o porque estaba nervioso
como un pobre desgraciado—. Ya sabe. Por si el «perdóneme» no fuera suficiente, podría usar el
as bajo la manga, que no es otra cosa que el soborno.
Clodagh tardó en contestar.
—¿Eso ha estado haciendo toda la tarde? —murmuró con un hilo de voz, mirándolo de hito
en hito—. ¿Conseguir... esas flores?
—No habría tardado tanto si le gustaran los tulipanes, milady. Hodgins tenía expuesto un
hermosísimo ramo que podría haber tomado de un puñado y traído de inmediato para no
perderme la hora del almuerzo, pero tengo por costumbre respetar los favoritismos de las
mujeres.
Apartó la cabeza para toser. Cuando volvió a mirarla, se fijó con espanto en que se le habían
humedecido los ojos.
Blaine murmuró su nombre en tono de alarma. Y eso fue lo que pareció desencadenar su
llanto desconsolado, porque por más que Blaine repasó uno a uno los pasos que había dado, no le
pareció que hubiese cometido ningún error.
Para su inmenso asombro, Clodagh le soltó un manotazo en el hombro sin dejar de llorar.
—¿A qué viene eso? —balbuceó, incrédulo. Veía sus lágrimas caer sin saber muy bien cómo
proceder. No estaba acostumbrado a que las mujeres llorasen delante de él. Es decir; estaba
seguro de que más de una había llorado por él, pero se buscaba romances con damas orgullosas
que jamás le permitirían contemplar hasta qué punto les había herido su rechazo—. ¿Clodagh?
Dio un paso hacia delante con el eje trastocado. Le pasó una mano por los hombros para
traerla hacia sí, pero Clodagh lo rechazó con otro contundente manotazo. Y ese sí dolió. Dolió
mucho más de lo esperado, porque su cuerpo seguía siendo una estalactita a punto de quebrarse
con la menor presión... y porque sus negativas empezaban a calarle como el frío se le había
insertado en los huesos.
Necesitaba ese baño con urgencia.
—Eres un desgraciado —le espetó ella.
Blaine pestañeó.
No era la primera vez que le atribuían ese adjetivo, pero sí sería la primera ocasión que no lo
asumiría resignado.
¿Un desgraciado? ¿Siquiera sabía esa mujer lo que había padecido para conseguir que diera
peras el olmo?
—Y usted es una desagradecida —le soltó, más enfadado de lo que él mismo podía
comprender. Ni que Clodagh hubiera encarnado el primer rechazo, como tampoco el primero que
le afectaba personalmente—. Por lo menos podría decir que aprecia el detalle, aunque sea por
mera educación.
Estuvo a punto de arrojar las flores a sus pies, pero Clodagh lloraba amargamente y eso le
tenía tan descolocado que, si no tenía espacio para encajar su desplante, ni mucho menos para
darle cabida a su rabia.
Volvió a empujarlo por el pecho, balbuceando palabras inconexas de las que Blaine solo
consiguió entender una serie de disparatados insultos y varios términos en su idioma materno.
A un lado lo espantoso que fuera el gaélico, el irlandés o como quisiera que lo llamasen
entonces, Blaine empezaba a preocuparse.
Y no fue el único.
—¿Milord?
El mayordomo observaba la escena con el ceño fruncido, y ni siquiera se molestaba en
disimular hacia dónde iba dirigida toda su censura. Miraba a Blaine con una ceja enarcada y un
pie adelantado al otro, preparado para intervenir si fuera necesario... y en favor de la señora.
—No he hecho nada —le aseguró Blaine, extendiendo los brazos—. Se ha puesto a llorar de
repente, se lo juro, Thompson.
—Seguro que sí, milord. Usted jamás ha hecho llorar a una mujer.
Blaine soltó un jadeo ofendido.
—¿Qué está insinuando?
—Nada distinto a lo que ha interpretado por sí mismo, milord. —Luego trasladó su mirada
juiciosa a Clodagh, momento en el que se suavizaron sus toscos rasgos—. Milady, ¿puedo hacer
algo por usted?
A esas alturas, el llanto la ahogaba, impidiéndole responder algo distinto a un gemido.
—Por los clavos de Cristo, Clodagh —masculló Blaine, que no sabía por dónde tocarla para
que dejase de sollozar. Debía haber una palanca que detuviera el mecanismo en alguna parte—.
Sabía que las embarazadas eran en extremo sensibles, y mucho había tardado usted en adherirse
a ese comportamiento fundamentalmente errático, pero...
—¡No tiene que ver con eso! —exclamó ella entre hipidos.
—¿Y con qué tiene que ver, por Dios? —respondió él en el mismo tono, exasperado—. Deje
de llorar o Thompson pensará que la he insultado. O golpeado. O sabrá Dios qué es lo que está
pensando. Nada que me deje en buen lugar, eso seguro.
Blaine se calló en cuanto sus ojos conectaron con los de Clodagh, más verdes que nunca. Se
habría dejado hipnotizar si el incomprensible conflicto no siguiera latente en la rigidez de su
cuerpo. No sabía si estaba enfadado, decepcionado o solo triste por su frustrado intento de
galantería.
—Pensaba que te habías marchado a Londres —tartamudeó ella, mirándolo con miedo a su
reacción.
Blaine no se movió ni un milímetro.
—¿Cómo?
—Esta mañana ibas a irte. Lo habrías hecho si no hubiera puesto un par de impedimentos. No
me dio tiempo a improvisar el tercero, y tras mi comportamiento de esta mañana, pensé... pensé
que te habrías marchado.
Blaine se quedó perplejo.
Durante un buen rato no supo qué decir. Se imaginó a sí mismo allí de pie, temblando de frío
y con un puñado de flores en la mano, y le dieron ganas de echarse a reír por lo ridículo de la
situación. Pero solo habría sido ridícula si en esa misma escena no hubiera habido un segundo
figurante, una mujer insegura y terriblemente dulce que solo pudo pensar en estrechar entre sus
brazos hasta que se le agotaran las lágrimas.
—Vaya. —Fue todo cuanto contestó—. Pues no me he ido.
—Eso ya lo veo.
—¿Por eso me has golpeado? ¿Porque te habría gustado que hubiese desaparecido?
—¡Te he golpeado porque has desaparecido seis horas, y cualquier persona en mi lugar habría
deducido que tu destino era la capital!
Blaine sonrió ladino.
—¿Has contado las horas que he pasado fuera? Qué tierno.
Clodagh maldijo su nombre por lo bajini y se dio la vuelta con toda la intención de regresar a
dondequiera que hubiera estado pasando la tarde. No importaba el dónde, pensaba Blaine,
tratando de mantener a raya la emoción. Importaba que allí donde hubiera descansado su cuerpo,
había estado pensando en él. Y de pronto nada le parecía tan importante como estar presente en
su terca cabecita.
—¿No quieres tus flores? —preguntó en voz alta.
Ya un par de escalones adelantada, Clodagh lo miró por encima del hombro con cara de
perdonavidas. Vaciló un instante, pero finalmente salvó la distancia que los separaba y le
arrebató el escaso ramo de las manos. Estudió con ojo crítico los pétalos, algo arrugados por el
frío, y luego le dedicó una mirada que ocultaba con maestría lo que estaba pensando.
—Gracias. —Lo dijo con el mismo tono que hubiera empleado para insultarlo.
Pero eso a Blaine le era indiferente, porque la había conmovido. Sonreía como un bendito, las
manos metidas en los bolsillos y los pies ansiosos por emprender la persecución que le llevaría a
ella. Se balanceaba hacia delante y hacia atrás, no para proporcionarse el calor que necesitaba
mediante el movimiento, sino para ocuparse con ese vano entretenimiento para no seguirla.
No debía hacerlo.
No por el momento.
—No hay de qué —murmuró él, con los ojos clavados en su figura. No los apartó hasta que
Clodagh se perdió de vista en el piso superior.
Solo entonces, se dio la vuelta hacia el mayordomo, que tras la escena había estimado
necesario cambiar la cara de perro guardián por una expresión más afable.
—Tampoco lo hago todo tan mal, ¿no, Thompson? —Lo pinchó.
—Usted lo hace todo mal, milord —replicó el criado—. Distinto es que al final le salga bien.
Capítulo 24
—¿Qué quiere decir con que voy a cenar sola? —repitió Clodagh, mirando al mayordomo con
la frente arrugada. La posibilidad de que Blaine se hubiera batido en retirada apenas le hubo
entregado las flores volvió a abordarla junto a un mal presentimiento—. ¿Acaso milord no se
encuentra en Reynolds Abbey?
—Se encuentra indispuesto en Reynolds Abbey, milady —corrigió Thompson. Acompañó la
respuesta de un alzamiento de cejas que bien podía significar «justo lo que se ha buscado». Por
lo demás, seguía defendiendo su condición de mayordomo con dignidad: mano doblada a la
espalda, cabeza erguida y uniforme impoluto.
—¿Indispuesto, dice? ¿Ha enfermado?
—Lleva en cama desde que llegó de su... paseo por el monte, milady. Se niega a ver al médico
porque insiste en que lo suyo es un simple catarro. Entenderá que, como humilde servidor del
barón, no pueda desobedecer sus órdenes por muy grave que se le vea.
—¿Grave? —repitió Clodagh una tercera vez—. ¿Qué le ocurre?
—Tiene fiebre, acceso de tos seca y nos pide que hablemos en voz baja, por lo que supongo
que también padece migraña.
Clodagh se dio la vuelta de inmediato hacia la escalinata, el corazón bombeándole
sobrecogido.
—¿Por qué no se me ha informado de esto antes?
—Milord nos ha pedido expresamente que la mantuviéramos alejada del dormitorio, milady.
Insiste en que, en su estado, lo preferible sería que no se acercara.
—No es como si pudiera contagiar al bebé de un resfriado —se quejó ella, remangándose las
faldas para subir las escaleras—. ¿Hay alguna doncella encargándose de sus necesidades? ¿Y es
que acaso pretendía no cenar, cuando estando uno enfermo debe preocuparse el doble de
mantener el estómago caliente?
—Ha pedido que le sirvan una cena ligera en el dormitorio, milady.
Clodagh se mordió el labio. Debía ser más grave de lo que parecía si Blaine no se encontraba
siquiera en condiciones de bajar al comedor. O quizá solo estuviera demostrando una vez más
que era un jovencito mimado al que le valía cualquier excusa para que le subieran una bandeja
repleta de viandas y le introdujeran las uvas una a una en la boca.
Cosa que tampoco le extrañaría.
Clodagh decidió que el resto de las preguntas se las haría a él y se dirigió al ala oeste a toda
prisa. Aquella fue la primera vez que no se perdió en su camino al dormitorio, y fue gracias a la
presencia de un par de doncellas, que abandonaban la habitación del caballero cuchicheando.
Pasó entre ellas lado con un agitado «buenas noches» y entró como un abanto, captando la
atención del convaleciente y de la doncella que se encargaba de empapar el paño en agua fría.
Blaine descansaba bajo un montón de mantas. Cada uno de sus mechones rubios apuntaba en
una dirección, y su frente no brillaba menos que sus ojos vidriosos, señal de que las fiebres
alcanzaban temperaturas preocupantes.
—¿Se puede saber por qué no me ha dicho nada? —le espetó, dirigiéndose a él a toda prisa.
Blaine se protegió la cara con un brazo, descolocándola por un momento—. ¿Qué hace?
—La última vez que habló así, portaba usted una bayoneta.
—No voy a golpearle, cabeza hueca. No suelo aprovecharme de los niños ni de los
indefensos, y usted es ambas cosas. —Se sentó en el borde de la cama y extendió un brazo para
medir la gravedad de las fiebres. Chasqueó la lengua apenas posó la palma sobre la frente. Rozó
sus mejillas con los dedos y usó el dorso para contrastar con el cuello, que también ardía.
No le pasó desapercibido que Blaine sonreía profundamente satisfecho.
—Puede seguir haciendo eso. Parece que funciona —insinuó en tono seductor.
Clodagh se contuvo para no soltarle un manotazo.
«Está enfermo, Cloud. Y es muy probable que se encuentre en estas condiciones porque se le
metió entre ceja y ceja halagarte con un ramo de flores».
—Debería haberme avisado de que no se encontraba bien.
—¿Para que viniera a regodearse? Jamás. —Cerró los ojos. Al inspirar hondo, el acceso de tos
regresó con fuerza. Poco pudo hacer Clodagh para evitarle el ataque. Se preocupó más de lo poco
que Blaine demostró tomarse en serio sus dolencias al agregar—: No me conformaré con menos
que un ataúd de madera maciza de cedro, milady.
Clodagh suspiró.
—¿Existe algo que se tome usted en serio? Ya veo que la muerte tampoco queda a salvo de
sus sarcasmo. —Clavó la mirada en la silenciosa doncella—. Yo me encargaré de milord en lo
sucesivo. Lo que sí me gustaría que hicieras por mí es traer caldo de ternera, jarabe de limón y
almendras dulces, té de linaza y... vapor de agua con manzanilla, si puede ser.
—Enseguida, milady.
Hizo una reverencia frenética y salió del dormitorio con la misma rapidez, como si en la cama
hubiera una parturienta preeclámptica en lugar de un hombre capaz de engatusar a la Parca para
que le dejara divertirse a costa del resto cinco minutos más.
—¿Está segura de que quiere quedarse a solas conmigo? —inquirió él, ronco—. Mire que
incluso en este momento podría apañármelas para aprovecharme de usted.
Clodagh se inclinó sobre la tinaja de agua para escurrir el paño y presionarlo contra sus
mejillas. Lo hizo con más fuerza de la debida, provocando que el convaleciente emitiera un
gemido lastimero.
—¿Qué problema podría haber con que esté con usted a solas? Se supone que es usted mi
marido.
—Se supone —recalcó él, dirigiéndole una mirada elocuente. Luego cerró los ojos y entrelazó
los dedos sobre el pecho con la misma expresión de bendito que un santo en su féretro—.
Hágame el favor de marcharse. Como la contagie del que sea el mal que me ha pillado, no podría
perdonármelo.
—Como si hubiera una sola cosa en el mundo capaz de hacerle sentir culpable —se burló ella,
meneando la cabeza con sorna. Deslizó el paño por sus pómulos elevados, por la línea marcada
de su mandíbula.
Podía estar muy lejos de merecerse el apodo de santo, pero tenía cara de ángel.
—Le sorprendería, milady. Estoy de acuerdo con usted en que no hay muchas cosas en el
mundo de las que me arrepiento... —Carraspeó en cuanto su voz se volvió áspera—, pero una sí
que hubo.
Clodagh enarcó las cejas.
—¿Va usted a hacerme una confesión? Mire que si lo que le mueve es el miedo a acabar en el
infierno, sepa aquí y ahora que se reunirá con el diablo de todos modos. Y que no le va a suceder
nada malo mientras esté bajo mi cuidado.
Blaine la miró de soslayo con los párpados entrecerrados. No parecía que pudiera abrir los
ojos mucho más.
—¿Cómo es que es usted tan diestra atendiendo a los enfermos? ¿Su queridísimo Jerry era
propenso a los resfriados, acaso?
Clodagh hundió el paño en el agua sin dejar de mirar a Blaine con leve sospecha. ¿Había
pronunciado el nombre de Jerry con ironía, o habían sido imaginaciones suyas?
—No, pero he trabajado en alguna que otra ocasión atendiendo a los pobres ancianos de los
asilos de mi tierra, además de unos cuantos pares achacosos. Uno de los aquí presentes tenía que
ganarse el pan trabajando para los demás, caballero, y ese «uno» no iba a ser al que llaman
«milord».
Una sonrisa vulnerable acarició los labios de Blaine.
—Uno de los aquí presentes ha tenido y tiene que ganarse cosas muchísimo más difíciles de
obtener que el propio pan, milady.
—¿Como por ejemplo?
—El amor de una mujer.
Su respuesta la aturdió, tanto así que la mano con la que iba a aplicar el paño empapado flotó
en el aire durante unos instantes, indecisa. Clodagh buscó su habitual señal de sarcasmo, pero su
rostro seguía siendo el de un candoroso jovencito, relajado salvo por los repentinos pinchazos
con los que la migraña lo iba torturando y que le torcían el gesto.
—Del amor de una mujer no se vive, milord —dijo ella al fin, proyectando su voz con
seguridad, como si se tratara de un mandato real—. El pan, en cambio, nos garantiza un día más
en el mundo.
—Del amor de una mujer no se vive, es cierto, pero su falta te puede arrebatar las ganas de
vivir. Y he podido observar que, a quien lo tiene, además del milagro de la vida, se le concede el
privilegio de la felicidad.
—Veo que las fiebres le están haciendo delirar. —Puso la mano sobre su frente, comprobando
que, si desvariaba aún, no tardaría en hacerlo.
—¿No cree usted que estar enamorado... es como delirar? El tiempo pasa más rápido, o quizá
demasiado lento. Te cuesta comer, se te dificulta conciliar el sueño, y las cosas que antes te
parecían bellas se convierten, por comparación con la persona amada, en un soberano
aburrimiento.
Clodagh se retiró para dejarle espacio y para que, en el caso de abrir los ojos de repente, no
averiguara que la había dejado descolocada. Intentaba no reaccionar a sus divagues, pero a su
corazón galopante no lo engañaba. Parecía que hubiera aprendido a latir solo después de su
acertada descripción.
—Lo relata usted como si hubiera estado enamorado —musitó ella, deseando de un modo
incomprensible que lo desmintiera, que asegurara haber robado las palabras de la boca y la
experiencia de otro.
—Porque estar enamorado es muy parecido a estar obsesionado, cosa que sí estuve. Y estar
obsesionado se asemeja peligrosamente a vivir enfurecido. ¿No dicen que del odio al amor hay
un paso? No creo haber salvado esa última distancia para llamarme enamorado. Yo siempre he
sido puros celos. Siempre he sido angustia. Siempre he sido rabia. No he vivido un solo instante
de paz mientras una mujer ha acaparado mi pensamiento. —Arrugó el ceño y movió la cabeza
como si no hubiera manera de encontrar una postura cómoda—. Estoy seguro de que es esta
incertidumbre lo que me ha postrado en la cama y no haber pasado media mañana y toda la tarde
explorando los montes.
Aunque la intriga la devoraba por completo, Clodagh halló un rinconcito dentro de sí misma
para regocijarse al confirmar lo que había sospechado. Allí no vendían sus flores preferidas. No
las vendían en ninguna parte debido a su naturaleza silvestre y a que no eran las más aptas para
embellecer los ramos. Se había encargado él en persona de encontrarlas y llevárselas para
disculparse por algo que no merecía ni el enfado ni el perdón. Tal y como Clodagh había
supuesto, Blaine malinterpretó su estampida, pero le honraba que hubiera movido ficha para
obtener su perdón.
Se inclinó de nuevo sobre el doliente para retirarle el pelo de la cara. Tenía los mechones
empapados por el calor que manaba de su piel.
—¿Qué incertidumbre, milord? —preguntó en voz baja, con miedo de espantarlo.
—Si estuve o no enamorado. Si hice lo que hice por amor... o por despecho. Si mi motor ha
sido ella o la puse de excusa para deshacer a mi antojo. —Volvió a arrugar la frente, confundido
—. Es culpa de ese estúpido de san Pablo. Si le hubiera escrito cartas subidas de tono a sus
amantes en lugar de a los condenados corintios, yo no me encontraría en esta situación.
—Quizá, si me cuenta toda la historia, pueda ayudarle. —Se ofreció con amabilidad, aunque
en su fuero interno ansiara que rechazase la oferta.
Prefería no conocer la experiencia sentimental de Blaine. Quería imaginarlo libre y sin
ataduras, con el corazón virgen, viviendo según los preceptos de Casanova. Pero imaginaba que
su historia emocional no habría sido tan aventurera como la del afamado mujeriego, y si lo había
sido, dudaba que hubiera celebrado cada una de sus hazañas él solo.
Clodagh se jactaba ahora de conocerlo como ni siquiera el propio Blaine debía conocerse. Si
él descubriera que poseía una marcada fibra sensible, que se preocupaba por lo ajeno del mismo
modo que de lo propio —aun sin ser consciente— y que se le iba la vida buscando su lugar en el
mundo como se le escapaba el amor por los ojos al mirar a sus seres queridos, estaba segura de
que trataría de ocultarlo igual que intentaba esconder, en vano, otras muchas virtudes.
A Clodagh le hubiera gustado fingir que no lo veía capaz de amar, pero lo que ahora se le
hacía impensable era que no se hubiera prendado alguna vez de una mujer.
Quizá de una que no pudo amarlo.
Y así lo confirmó él segundos después.
—Me di cuenta de que estaba enamorado de Melanie Lacey cuando vi el modo en que mi
hermano la miraba. Creo que teníamos dieciocho años. Nunca había visto a Chase de esa manera,
subyugado por algo en apariencia trivial como podía serlo una muchacha recogiendo flores en el
jardín. Podría haberme reído por su cara de memo, pero en su lugar, miré yo también, buscando
descubrir ese truco de hechicería que le había cambiado la vida a mi hermano. Ese fue el error.
La miré más que a ninguna otra mujer. La miré, y la miré, y la miré... y nunca dejé de mirarla,
porque estaba desesperado por saber.
—¿Y encontró lo que buscaba?
—Le encontré más de una virtud, sí. Le encontré mil virtudes. Entre todas ellas, no figuraba la
de amarme, lo que a mis ojos solo la hacía más perfecta. —Hizo una pausa para tragar saliva.
Clodagh le acercó a los labios una copa con agua, de la que bebió hasta aclarar la voz—. Melanie
estuvo, está y seguramente estará toda la vida enamorada de mi hermano Chase. Y Chase no solo
la correspondía en el pasado, sino que la anteponía a todas las cosas. Melanie dirigía sus pasos. A
veces parecía hablar con su boca. Recuerdo haberme enfurecido cada vez que la mencionaba,
cada vez que ella se metía entre nosotros sin ni siquiera estar presente. Le puse el nombre de los
celos, y sin duda lo eran, pero creo que iban dirigidos a ella, no a él. No estaba celoso de Chase
porque Melanie lo amara, creo. Estaba celoso porque mi hermano, la persona que más amaba yo,
la amaba más a ella.
Clodagh relajó los hombros, que hasta el momento habían permanecido rígidos, esperando esa
confesión que sospechaba que le partiría el corazón.
—No tengo hermanos y no puedo saber cómo se siente, pero tratándose de su gemelo, me
imagino que las emociones han de ser muchísimo más intensas —murmuró ella, buscando
consolarlo. Blaine parecía inquieto, impaciente, como si la verdad fuera un veneno en su sangre
y necesitara expulsarla lo antes posible.
—No crea que llegué a esta conclusión a los mismos dieciocho años. Llegué hace poco,
cuando se me presentó la oportunidad de luchar por ella y no lo hice. —Blaine ladeó la cabeza
hacia Clodagh. Por fin separó una hilera de pestañas de la otra y la abrasó con su mirada—.
¿Sabe qué dice san Pablo, milady?
—No. ¿Qué dice?
—Dice que el amor no se alegra con la injusticia, que espera y soporta sin límites. Yo celebré
que Chase se casara con Mercy Swansea porque eso le alejaría de Melanie, y creí, en mi
soberana ingenuidad, que si él daba varios pasos atrás, yo podría por fin adelantarle. Pero ¿sabe
qué pasó? —Aguantó la respiración—. Que me cansé de esperar en cuanto Chase se perdió del
mapa. Me cansé de esperar cuando tan solo me quedaban unos pasos para salvar el abismo que
nos separaba.
Clodagh debería haber asentido, darle la razón. Era la última interesada en confirmarle que
había amado a esa mujer, a esa mujer afortunada y seguro que también maravillosa que había
merecido los afectos de dos hombres estupendos, cada uno a su manera. Pero lo vio tan
contrariado, furioso consigo mismo, que tuvo que sincerarse.
—¿Y por qué no iba a ser amor? El amor es paciente, Blaine —musitó con ternura—, pero no
es indestructible. El peso de las adversidades o del mismo tiempo pueden vencerle.
—¿Y por qué ni la muerte ha vencido el tuyo? —le replicó, de pronto casi iracundo—. ¿Por
qué ni el peso de un ataúd y un crío sin padre ha logrado que te desprendas de Jerry de una vez
por todas?
Su respuesta la dejó perpleja. Le costó encontrar las palabras para responder.
—Creo que el amor es nuestra primera creación. La de cada uno. Por eso se construye a
nuestra imagen y semejanza. Yo soy leal y tozuda hasta la muerte, por eso lo amaría leal y
tozuda hasta la muerte. Y tú eres, quizá, egoísta y pendenciero... por eso amarás de forma egoísta
y pendenciera.
—Eso no es lo que quiero ser —reconoció, ladeando la cabeza hacia el extremo contrario.
Clodagh aprovechó para acariciarle la mejilla con los nudillos.
—Entonces ya sabes cuál es el amor que no puedes aceptar. Es el que no aceptaste al alejarte
de Melanie, ¿me equivoco?
—Eso parece —dijo con un hilo de voz, todavía con la mirada extraviada al otro lado de la
habitación—. Es bastante indicativo en cuanto a mis supuestos sentimientos que dejara de
desearla con cada fibra de mi ser en cuanto quedó claro que no sería de Chase. Eso es, sin duda,
lo más despreciable que he podido hacer y de lo único que me arrepiento, Clodagh. De
arrebatarle una oportunidad de ser feliz a mi hermano para luego no aprovecharla yo.
—Yo diría que tu hermano es muy feliz.
—Por eso digo una oportunidad de tantas y no la oportunidad única. Por fortuna, todo acabó
saliendo bien. Pero ¿y si no lo hubiera hecho? No es una pregunta que me haga a diario,
créeme... Pero me la hago. —Su voz se fue extinguiendo—. ¿Por qué quise apartarla de su lado
si nunca estuvo en mis planes hacerla mía? Podría haber corrido tras ellas apenas Mercy se
convirtió en mi cuñada, pero no lo hice. El deseo se apagó en mí al instante, y ahora lo siento tan
lejano que parece que nunca haya existido.
Le resultó imposible no extrapolar la inquietud de Blaine a sus propios sentimientos, que
tomaron forma en cuanto hubo pronunciado esa frase final. Ella también sentía lejano al hombre
al que amó. Ya apenas recordaba el tacto de sus caricias, no podía conjurar su rostro, y las
lamentaciones que, tras su pérdida, acostumbraba a repetir antes de acostarse cada noche, como
una especie de rosario macabro, habían desaparecido de su mente como si no tuviera muertos a
los que llorar. Clodagh lo había llamado «el proceso de curación» que llegaba tras el pesado luto.
Pero parecía que Blaine lo tachaba de algo no tan amable. Para él, el olvido total era equivalente
al amor de mentira.
Una pareja de doncellas entraron en ese momento para servir las viandas que Clodagh había
encargado: una bandeja con caldo, jarabe, té y hasta una cazuela con manzanilla en la que iría
evaporando el agua para que Blaine pudiera respirar mejor. La entrada de las doncellas dio por
zanjada la conversación, y aunque se marcharon poco rato después, Blaine no la retomó.
Clodagh se encargó de él dedicada y amorosamente. Pese a sus múltiples quejas y lo
escurridizo que podía llegar a ser cuando no quería alimentarse, consiguió vaciar el cuenco y
purificar sus pulmones. La modorra que venía tras la cena no tardó en espesarle los párpados, y
Clodagh fue a retirarse para dejarlo descansar.
Blaine no se lo permitió, agarrándola de la muñeca de pronto.
Cuando Clodagh fue a mirarlo, se encontró con sus ojos de paisaje melancólico, velados por
culpa de las fiebres. Un pensamiento vago apareció para turbarla. ¿Cómo no iban a gustarle sus
ojos, si parecían Irlanda y les protegía la suerte de su trébol representativo? ¿Cómo regresaría a
Irlanda, si Irlanda era todo lo bello y todo lo bello ya estaba con ella?
—Si él no hubiera existido —consiguió articular, afónico—, ¿habrías podido amarme? No
hoy, no mañana. Solo... algún día.
Clodagh le devolvió la mirada, tan confusa por los sentimientos que habían despertado en ella
como desorientado parecía él por haberse atrevido a preguntar tal cosa. Veía en su gesto
esperanzado que no quería la verdad, solo una respuesta que lograra apaciguar un deseo secreto.
Mala suerte para ambos que la verdad y su anhelo fueran la misma cosa.
Ella asintió con la cabeza.
—Algún día.
«Y puede que ese día ya haya llegado», se cuidó de añadir.
Capítulo 25
Él sonrió, ladino. Parecía divertirle que Blaine estuviera de pronto tan desesperado como para
utilizar de muralla su propio cuerpo.
—¿No me va a pedir que me presente antes de ofrecerme un jugoso soborno?
—¿Ya ha decidido que lo que quiere es que le soborne?
—Mucho mejor un soborno que exigirle que me devuelva lo que es mío, ¿no le parece?
—Clodagh no es suya, Jerry. —Escupió su nombre como si fuera un veneno—. Que yo sepa,
nunca puso un anillo en su dedo. Ni siquiera le prometió su mano en matrimonio.
—Y, por lo que tengo entendido, usted tampoco. —Su sonrisa crispó los ánimos de Blaine,
que tuvo que cerrar las manos en dos puños para no emprenderla a golpes contra él—. El
reverendo que os casó me ha puesto al tanto del curioso acuerdo que mantienen después de que
llegara a mis oídos el matrimonio entre Clodagh, «una bellísima joven morena ya embarazada»,
y el barón Godolphin.
—Hijo de puta —masculló en voz baja.
—No la emprenda contra el pobre Yikes, Godolphin. Tengo mis propios métodos para
adquirir información y son tan persuasivos como los suyos para conseguir lo que se propone. —
Dejó en el aire el carácter ortodoxo o ilegal de dichos métodos, acariciando con las yemas de los
dedos la madera noble del escritorio—. Además de que Yikes es un blando. Apenas le pedí una
descripción de la tal Clodagh que había casado, empezó a cantar. Le pesaba la culpabilidad...
—Si tiene sus propios métodos para adquirir información, no creo que sea eso lo que viene
buscando —lo cortó. No quería ni oír hablar de Yikes—. ¿Qué es lo que espera conseguir con su
visita, señor?
—En primer lugar, una disculpa. Tengo entendido que usted necesita a mi hijo para no perder
sus propiedades, y aunque la madre cedió a participar en esta farsa, a mí no se me pidió opinión.
—¿Cómo pretendía que le pidiéramos opinión? Se supone que estaba muerto. Y allí debería
haber seguido: en el infierno.
—Eso sin duda le habría convenido, Godolphin, pero no crea que abandono los infiernos a
menudo. Solo cuando las circunstancias me aseguran que podría beneficiarme. ¿No puede
imaginar de qué modo? —Extendió los brazos y se miró los zapatos, luego los pantalones y, por
último, ahuecó el cuello de su camisa manchada—. Me haría falta efectivo para vestir mejor que
como un pordiosero y para vivir con dignidad.
—Para que un hombre como usted viva de forma digna, hace falta mucho más dinero del que
yo y todos mis compatriotas juntos podríamos llegar a reunir.
Jerry sonrió con todos los dientes.
—Estoy de acuerdo con usted en eso. Quiero una cuantiosa suma. Cuanto más cuantiosa sea,
más tardaré en regresar a sus dominios para pedirle la segunda gratificación.
—Vaya. —Blaine no se mostró sorprendido—. Veo que pretende vivir del cuento largo
tiempo.
—Usted también pretende vivir del cuento para siempre, Godolphin. Pensé que, siendo los
dos hombres que velamos por nuestro bienestar, nos entenderíamos desde el principio. A mí me
parece un trato justo y no especialmente sórdido. Fíjese que yo tendría dinero para comenzar una
nueva vida, lejos de las deudas que me retienen, y usted salvará sus propiedades con ese heredero
y esa esposa que yo podría arrebatarle en un abrir y cerrar de ojos.
—No tiene pruebas que demuestren que la criatura es suya.
—Tengo a Clodagh, que conoce la verdad y, además, sabe muy bien a quién prefiere.
Blaine tuvo que retirarle la mirada, esperando que, aun siendo ese un gesto vulnerable, bastara
para que Jerry no supiera que le daba la razón.
Estaba seguro de que Clodagh elegiría con los ojos cerrados a su amor resurgido entre los
muertos. Y él se convertiría, de la noche a la mañana, en el elemento molesto que entorpecía su
final feliz de cuento de hadas. No importaría en absoluto el pacto verbal que acordaron hacía
unas semanas, porque Clodagh no se acordaría de sus planes de digna viuda en su tierra natal una
vez tuviera la alternativa de regresar con Jerry.
Lo odió. Odió a ese hombre más de lo humanamente posible.
—Entonces esa es la amenaza —retomó Blaine, tratando de aplacar la ira bajo capas de fría
indiferencia—. Si no le doy dinero para sus deudas y sus caprichos, se presentará ante Clodagh y
reclamará lo que era suyo. ¿No se ha parado a pensar en lo que ella opinará de su resurrección?
No tiene un solo pelo de tonta.
—Puede que no, pero tampoco es tan lista como se cree. No es por menospreciarme, pero si
Clodagh lo fuera, jamás se habría enamorado de mí. Y por suerte para este humilde servidor, me
ama lo suficiente para creerse cualquier patraña que se me antoje contarle.
Blaine apretó la mandíbula para reprimir un insulto.
En su posición no sería muy conveniente arremeter contra el chantajista. Solo tenía que
encontrar la llave, abrir la puerta y buscar a Clodagh por toda la casa para poner fin a la vida a la
que Blaine había empezado a adaptarse.
No quería dejarse avasallar por la seguridad de Jerry, que de seguro era un farol, pero el
comportamiento y las palabras de Clodagh solo confirmaban lo que aquel miserable pregonaba.
Estaba y estaría enamorada de Jerry hasta la muerte... e incluso más allá.
Blaine no podía creérselo. Una vez más languidecía a la sombra de un amor al que no podía
hacerle competencia.
Solo que en esta ocasión no estaba dispuesto a resignarse.
—Nunca estuvo ni remotamente cerca de la muerte, ¿no es cierto? —inquirió, atravesándolo
con la mirada—. Desapareció en cuanto ella anunció su embarazo porque no pensaba hacerse
cargo de la criatura.
—Esa puede ser una posible verdad. —Cabeceó, conforme—. Otra podría ser que los
hombres a los que les debo dinero me mantuvieron cautivo hasta que conseguí pagar la suma que
les debía, y, en cuanto quedé en libertad, moví cielo y tierra para encontrar a mi familia.
—No podrá tomarle el pelo mientras yo esté aquí, Jerry.
—Pero su verdad no tendrá nada que hacer frente a la mía. Ya sabe cómo son las mujeres
enamoradas, Godolphin. El amor las ciega y no ven ni lo que tienen delante de las narices. Y a
usted no le verá jamás mientras sepa que yo estoy vivo, cosa que no puede permitirse porque, a
un lado el sórdido acuerdo que pactaron, ha caído usted en la trampa de su propia idea maestra,
¿me equivoco? —La inteligencia iluminó los ojos oscuros de Jerry a la vez que le formó a Blaine
un nudo en la garganta—. Se ha enamorado de ella. Se lo noto. Pero no se ha enamorado de ella
como los caballeros, así que no se comportará como tal negándome el dinero y anunciando mi
visita para que Clodagh sea feliz con el indiscutible amor de su vida. Por el contrario, me dará
ese dinero para así tener usted una oportunidad con ella, incluso si para ello debe mentir y ver a
un egoísta e inmoral cada vez que se mire al espejo.
—No me parece egoísta en modo alguno alejar a Clodagh de un desgraciado que nunca ha
correspondido sus sentimientos.
—¿Significa eso que no tenemos un trato?
Blaine se tomó un momento para canalizar la rabia de forma que no le impidiera comportarse
de forma civilizada. Le asfixiaba el descaro con el que Jerry se movía, el desprecio y la
condescendencia con la que se refería a los sentimientos más puros que Blaine había tenido la
fortuna de descubrir... aunque no hubieran sido ni serían nunca dirigidos a él. Quería salir de allí
y repetir palabra por palabra las barbaridades que Jerry había pronunciado sin despeinarse, sin
respeto alguno por la mujer que albergaba en sus entrañas al fruto de un amor que no había
merecido nunca. Pero tal y como el chantajista había expresado, la única verdad que le
importaría a Clodagh sería la que pronunciaran los labios de Jerry.
No podía competir con eso.
Nunca podría competir con él... a no ser que lo borrara del mapa.
Blaine abrió uno de los cajones del escritorio y sacó un fajo de billetes. Lo soltó sobre el
escritorio y esperó, con la fría mirada fija sobre Jerry, a que se acercara y los contara.
—Son doscientas libras. Suficientes para que un hombre de tu calaña viva de forma holgada
incluso si le gusta frecuentar casinos y le han quedado debiendo algunas facturas.
—Más que suficiente para tratarse de mi primer cobro. Sabía que sería usted generoso
conmigo. —Sus ojos sonreían más incluso que su boca—. Aunque no esperará que con esto me
baste para vivir tranquilo el resto de mis días. Pretendo durar mucho.
—Una verdadera lástima.
—Volveré tan pronto como se me acabe... Eso sí, usando la puerta de atrás para no causar un
escándalo, y, para entonces, espero que tenga usted el doble de esta cantidad. Si no, ya sabe que
le tocará desprenderse de algo que aprecia mucho más que el dinero. Su título, por ejemplo. Su
querida reputación... y su adorable mujercita.
Blaine no le dejó seguir hablando.
—Lárguese de aquí. Y lárguese por la puerta de servicio.
—Descuide. Eso pretendía hacer. Es lo apropiado. No olvido que ahora estoy a su servicio,
milord. —Hizo una reverencia burlona, sin dejar de sonreír como el canalla que era, y esperó a
que Blaine girase la llave del despacho para dejarle salir.
Le pidió al mayordomo que escoltara al «caballero» a la salida trasera, y no lo perdió de vista
hasta que dobló la esquina. Antes de perderse por el pasillo paralelo, Jerry lo miró por encima
del hombro y le guiñó un ojo. En ese gesto le pareció vislumbrar el descaro por el que era
conocido su hermano Royce.
Royce.
¿Sabría él que Jerry estaba vivo? ¿Cómo reaccionaría?
Blaine se dejó caer sobre el sillón del escritorio con los dedos hundidos en la cabellera. Había
sabido contener más o menos el impulso asesino que lo llevaba a tomar decisiones disparatadas
cuando se veía en una encrucijada, pero la ira seguía allí, alimentándose de sus nervios.
Estalló de la peor de las maneras en cuanto asumió que estaba solo.
No podía permitir que Jerry regresara y se saliera con la suya. Entre otras cosas porque cada
vez que pusiera un pie en Reynolds Abbey, Clodagh podría descubrirlo... con lo que eso
supondría para ambos.
Blaine se estremeció de pavor al imaginarlo. No el momento en que Clodagh lo odiara
eternamente por haberle mentido, sino en el que se marchaba de la mano de su hombre.
Tendría que haber subido las escaleras corriendo para informarla. Darle el derecho a elegir.
Pero Blaine lo veía todo rojo, y en un arrebato que creyó que le costaría la poca cordura que le
quedaba, abrió el único cajón del escritorio que estaba bloqueado con llave.
—Por encima de mi cadáver —rechinó entre dientes.
Del cajón extrajo un puñado de documentos firmados que se encargó de meter en un sobre. Lo
selló con los dedos temblorosos, presa del histerismo, y empezó a gritar el nombre del lacayo
más joven. Este se personó en su despacho con los ojos fuera de las órbitas, asombrado por la
pérdida de papeles de su señor.
—Quiero que te subas al primer caballo que encuentres en las caballerizas y hagas llegar esto
de inmediato a la sede del obispo de Rochester —masculló entre dientes, firmando el sobre a
nombre del reverendo Yikes. Luego se la extendió al temeroso lacayo con un ademán agresivo
—. ¡Ahora! ¡Antes de que me arrepienta!
El muchacho dio un respingo, pero no se dejó amedrentar y tomó el sobre con un asentimiento
cortés. De inmediato echó a correr tan rápido como se lo permitieron las estrechas piernecillas,
seguramente amedrentado por los ojos inyectados en sangre que le persiguieron hasta que
desapareció.
Blaine aguzó los sentidos, como si así pudiera escuchar el sonido de la puerta principal y del
caballo iniciando la marcha. Seguía petrificado, resguardado del error que acababa de cometer
voluntariamente tras la engañosa paz de su escritorio, incapaz de asimilar lo que había hecho...
Hasta que el alma le volvió al cuerpo.
Y maldito el momento en que regresó en sí mismo, en que se desprendió de la ira y el miedo
paralizante y se quedó a solas con los remordimientos.
—Maldita sea... —musitó con un hilo de voz. Miró a un lado y a otro, sin enfocar la mirada.
Se giró para abalanzarse sobre el ventanal, desde el que interceptó al lacayo montando uno de los
caballos que tiraban su coche—. No, no, no... ¡Maldita sea!
Blaine se clavó la esquina del escritorio en el vientre al intentar rodearlo. Lanzó otra
maldición al aire, pero no se detuvo. Echó a correr aferrado a la cadera malherida como si lo
persiguiera el diablo. Y era el diablo quien le pisaba los talones, siempre presente de un modo u
otro en todas sus decisiones guiadas por un impulso visceral.
Pasó volando por el lado del mayordomo, al que no le dio tiempo ni a preguntarle qué ocurría.
Cruzó la puerta principal de milagro, pues ya la estaban cerrando. Se incorporó al caminillo de
tierra que conectaba Reynolds Abbey con el pueblo, donde la montura del lacayo había dejado
un rastro de sus huellas. La silueta de la cabalgadura aún estaba al alcance de Blaine, que no lo
dudó y apretó el paso mientras se quitaba la chaqueta, la arrojaba a un lado del camino y se
desabrochaba los botones del chaleco, cómodo para la carrera. Empezaron a quemarle los
pulmones, a dolerle la garganta. Los ojos se le llenaron de lágrimas por culpa del viento helado
que le cuarteaba los labios. Ni un ataque de tos, ni un tropiezo. Nada lo detuvo, porque una
verdad terrorífica había aparecido en su cabeza para espabilarle.
Clodagh descubriría algún día lo que acababa de hacer, porque las mentiras tenían las patas
muy cortas. Y una vez lo supiera, jamás lo perdonaría. La perdería de una manera u otra.
El lacayo desapareció en el brumoso horizonte, pero Blaine no frenó por eso. Tampoco
porque lastrara demasiados pecados para ganar esa carrera. La conciencia no pesaba tanto si lo
comparaba con esa dolorosa verdad.
«Ha caído usted en la trampa de su propia idea maestra. Se ha enamorado de ella. Se lo noto»,
había dicho Jerry.
Aunque le habría hecho falta para digerir la amarga verdad, Blaine no se detuvo para coger
aliento. Siguió andando cojo de una pierna, renqueando por el esfuerzo, aún dolorido. No dejó de
moverse porque sabía que en algún momento llegaría a la catedral de Rochester, aunque fuera
demasiado tarde, y quizá allí tuviera arreglo.
Blaine lanzó una mirada de auxilio al cielo encapotado, que lo cegó con su luminosidad
grisácea como si quisiera recordarle que no tenía derecho a pedirle ayuda al Creador. Y lo sabía,
porque ni siquiera tenía arreglo el único de los problemas que no se había buscado solo. Porque
no quería arreglar el único por el que podría rogar la misericordia de Dios.
La quería. La quería, la quería, la quería...
Y eso no se podía deshacer.
Capítulo 27
Debería estar prohibido mandar a la cama a una mujer después de besarla como Blaine la
había besado. O, mejor dicho, mandarla a la cama sola.
Clodagh se había hecho un ovillo bajo las sábanas sintiendo aún en el cuello la huella ardiente
de los labios masculinos. No podía seguir actuando como si ese hombre no fuera un delirio
irresistible, como si sus atenciones, por mínimas que fueran, no causaran estragos. En tan poco
tiempo que resultaba irrisorio, Blaine se había infiltrado en sus pensamientos hasta dominarlos
por completo, y esa mañana incluso entorpeció su siesta apareciendo en sus sueños sin
invitación, pero siendo de todos modos bienvenido.
Clodagh no acostumbraba a soñar, y, cuando lo hacía, el rostro nuboso de Jerry —al que
reconocía gracias a un pálpito y no porque recordara sus rasgos con nitidez— se mostraba ante
ella para hacerla pasar el resto del día con actitud huraña. Esa vez, en cambio, sus sueños se
presentaron con tal nivel de detalle que le costó hacerse a la idea de que había sido obra de su
imaginación.
¿Cómo podía una mujer inventarse el pecho esculpido de un hombre, el sonido de sus
gemidos, el modo en que hundiría sus dedos en la carne blanda al estrecharla contra su cuerpo?
No podía explicárselo, y tampoco quería encontrar más respuestas que la que le había ofrecido
despertar entre sudores y jadeos: no podía soportar lo que sentía por Blaine. Al menos, ya no
podía mantenerlo en secreto sin padecer las consecuencias.
Su expresión socarrona, su cara de perro apaleado, su sonrisa vulnerable. Cada nimio detalle
relacionado con él había ido ganando terreno en su cabeza hasta dominar por completo su
memoria. Verlo y tocarlo se había ido convirtiendo en una obsesión que no sabía cómo abordar
ni tampoco resistir. Al negarse su cercanía en la realidad, sus deseos habían encontrado desahogo
en forma de fantasías que ahora la atormentaban. Soñaba con él. Soñaba que la cubría con un
manto de besos sin dejar de abrazarla como si fuera lo más valioso. Soñaba con que perdía la
cabeza por ella y, estando enfermo, era su recuerdo el que sacaba a relucir y no los
remordimientos por el amor perdido de Melanie Lacey.
La consumía la necesidad de sentirse deseada por él, y todo esto lo había provocado el propio
Blaine al cernirse sobre ella como lo había hecho en la boda, durante las entrevistas al servicio o
esa misma mañana. Le había dado suficientes recuerdos tórridos para construir a su imagen y
semejanza una ensoñación de placer a la que no podría renunciar por mucho más tiempo. Sobre
todo porque involucraba sentimientos.
«Las mujeres románticas no están desesperadas por morirse de amor. Más bien anhelan que se
mueran de amor por ellas», le había corregido Blaine, no hacía demasiado tiempo. «Es curioso
que usted busque un hombre al que amar en lugar de un hombre al que enloquecer».
Clodagh se había hecho eco en sus palabras convirtiéndose en una mujer que no era. Ya no
ansiaba un hombre al que amar, porque estaba descubriendo que anhelar al diablo como amante,
como posible compañero, era un deseo doloroso y que debía prohibirse para sobrevivir a sus
propios sentimientos. Solo quería que él sintiera lo mismo, que creyera morir como a ella se le
había escapado la vida entre los dedos al sospechar que la abandonaría.
Horas después de torturarse dando vueltas en la cama, Clodagh retiró la sábana y se puso una
bata sobre el camisón para prestarle una visita a Blaine. No se preocupó de calzarse ni tampoco
de recogerse la melena, que caía con libertad por sus hombros como una cadena de rizos negros.
Bajando las escaleras, descubrió que Blaine había pasado la mañana y gran parte de la tarde
fuera, pues el mayordomo lo recibía justo en ese momento con gesto turbado. Y no era para
menos.
Blaine cruzó el umbral con los hombros hundidos. No llevaba chaqueta, tenía el chaleco
desabrochado y cargaba los zapatos en una mano. Clodagh no acertó a descifrar las murmullos
que intercambiaron barón y criado, pero se imaginó que no debía traer buenas noticias. Blaine
parecía total y absolutamente devastado, como si le hubiera pasado un huracán por encima.
Oyó que Blaine mandaba preparar un baño y se encaminaba a la escalera, donde ella se había
escondido. No se movió de donde estaba para verlo de cerca, aun cuando no estaba en sus
propósitos que la descubriera despierta. Sospechaba que no querría conocerlo de mal humor,
aunque no era ira lo que tensaba sus facciones. Era... impotencia. Y resignación.
El corazón se le encogió de pena. Estuvo a punto de saltar de su escondite para consolarlo,
pero Blaine eligió el tramo de escaleras opuesto para llegar al ala este y ni siquiera la vio. Así
como había parecido, envuelto en una bruma de silencio y derrota, se perdió por el pasillo.
Clodagh no se movió, perpleja.
—¿Se le ha perdido algo en la escalera, milady? —preguntó el mayordomo.
Clodagh se llevó una mano al pecho, donde parecía que la hubieran apuñalado.
—¡Thompson, por Dios, casi me mata del susto! —le regañó en voz baja. Vaciló antes de
decidir que se inmiscuiría donde no la llamaban—. ¿Sabe qué le ha pasado a milord? ¿Dónde ha
estado toda la tarde?
—Por lo que me ha contestado, «perdiendo el tiempo» —citó—. Luego ha especificado algo
más, pero no tenía demasiado sentido.
—¿Qué ha dicho? —insistió ella.
—Ha dicho que es verdad lo que reza el refrán: las malas noticias vuelan, y a él, por
desgracia, aún no le han salido alas.
—¿Malas noticias? ¿Qué tipo de noticias? —Se abrazó el vientre con actitud protectora—.
¿Nos involucran a nosotros?
—No lo creo, milady. De ser así, confío en que milord habría ido a poneros al corriente. O...
Bueno, no es que confíe a ciegas en las bondades de mi patrón, pero me gustaría creerlo.
Clodagh se quedó mirando al criado con una ceja alzada. Estuvo a punto de preguntarle por
qué no le gustaba Blaine, pero no le daría una respuesta sincera o, en caso de apiadarse de ella,
no le contestaría nada que no supiera ya. Era comprensible que a un criado que conocía tan bien
su lugar le molestara el desahogo con el que Blaine se comportaba, lo poco que respetaba a la
institución que le había brindado su título y la irresponsabilidad que parecía regir su vida.
Clodagh se preguntó si Thompson no habría detectado en Blaine ese cambio que prometió que
llevaría a cabo si conservaba sus propiedades, el juramento que conmovió a Clodagh e hizo que
no se lo pensara demasiado a la hora de ceder a su alocada propuesta.
En lugar de entretenerse con interrogatorios indiscretos que de seguro Thompson censuraría,
Clodagh regresó al dormitorio individual donde la habían aposentado. Se tendió en la cama en la
misma posición que durante la siesta y cerró los ojos, esperando que, si no recuperaba las horas
de sueño perdidas cuidando al Blaine convaleciente, al menos regresara su preciado sentido
común.
Le hacía falta para protegerse de sus propios deseos, cada vez más peligrosos.
Desde que saliera del baño y se vistiera con apenas camisa y chaleco, Blaine había pasado el
rato caminando de un lado a otro en su despacho. Tras mesarse los cabellos sin otro resultado
que el de despeinarse, porque parecía que no era así como se atraían las buenas ideas, había
decidido tomar asiento, agarrar una pluma y comenzar una carta.
Clodagh vivió los días siguientes como una ensoñación. Si le hubieran dicho a inicios de año
que acabaría 1825 en brazos de un hombre excepcional, no se lo habría creído. O quizá sí, pues
entonces Jerry seguía aún a su lado, pero le habría dado su rostro al amante que la abrazaba bajo
las sábanas, y no aquel que Clodagh observaba atentamente con un nudo de congoja en la
garganta.
Blaine dormía desnudo junto a ella. Cada rato se movía, rozándola con sus piernas
musculosas y velludas, afianzaba el brazo sobre su cintura o murmuraba su nombre, amodorrado,
para confirmar que seguía allí.
No le extrañaba que necesitara sentirla de cuerpo presente. Clodagh no le había dicho —y
temía ese momento— que no estaba segura de querer marcharse enseguida. Se puso como fecha
límite el nacimiento de la criatura para tomar sus bártulos y despedirse, pero el frío de la futura
cama vacía le arañaba el corazón al pensar en abandonar Reynolds Abbey. O, mejor dicho,
abandonar a Blaine, porque la mansión conllevaba unas responsabilidades que Clodagh no
estaba en posición de afrontar y de las que no le importaría huir. Incluso si el solícito
mayordomo la ayudaba como había demostrado estar dispuesto desde el principio.
Clodagh se acercó un poco más a Blaine y examinó con detenimiento su expresión.
Acompasó la respiración a la suya y suspiró en un momento dado porque se hubieran torcido
tanto sus planes.
—Tenías que complicarme la vida —musitó Clodagh, recorriendo la línea recta de su nariz
con el dedo. Él no se movió, y Clodagh continuó la caricia entre los labios, sobre la barbilla
rasposa y el cuello.
Supo desde que lo vio por primera vez que no se cansaría de admirarlo. La suya era una
belleza clásica que auguraba nuevos descubrimientos con cada mirada. Pecas disimuladas,
lunares escondidos, alguna que otra arruga de expresión que denotaba lo risueño que había sido
siempre. Una cicatriz en la comisura del labio, apenas perceptible, y una oreja más puntiaguda
que la otra.
Sin embargo, nunca se había tratado de su belleza. Nunca había sido una cuestión superficial.
Blaine era terminantemente atractivo, pero su condición especial residía en ese potencial que
Clodagh sentía que había logrado sacar a la superficie. En muy poco tiempo, había visto florecer
sus ansias de amor hasta darse por satisfecho. Clodagh tenía ahora lo que siempre había querido,
lo que supo que acabaría encontrando tarde o temprano una vez su corazón se repusiera de la
pérdida de Jerry. Tenía un hombre a su lado al que amaba... y que sabía que la amaba, incluso si
su ceguera le impedía verlo o su orgullo no le permitía admitirlo.
La amaba. Se había dado cuenta, pero no sabía desde cuándo, porque no la miraba de un
modo distinto. Si acaso era ahora más intenso, más recatado a la hora de expresar sus deseos, por
si la contrariaba, y se preocupaba más satisfacer los de Clodagh, pero ya desde el primer día
había notado en Blaine esa irreductible determinación por conseguir el final feliz a su lado. Eso
debería facilitar las cosas... en teoría. Pero no solo eran una mujer y un hombre que se querían.
Eran un hombre y una mujer unidos en un matrimonio falso.
Igual que ese terrible y sórdido acuerdo les había dado una excusa para entregarse al otro, les
proporcionaría una salida que quizá Blaine tomara al descubrirse enamorado... o bien ella usaría
para regresar a su tierra. Era su hogar lo que estaba en juego, a pesar de todo. Y, sin embargo, se
dejaba hipnotizar por su respiración y su belleza vulnerable ahora que dormía, y se quedaba sin
aliento al darse cuenta de todas las renuncias que haría por él.
Clodagh siempre había sido así. Romántica. El amor se volvía contra ella y no le importaba.
Pero esta vez sí, porque aunque fuera indiscutible que Blaine la quería, era correspondido y el
niño gozaría de toda suerte de privilegios allí, no todo era vino y rosas.
Sabía que Blaine ocultaba algo.
Y sus balbuceos se lo confirmaron una vez más.
—Cloud... —la llamó. Hundió los dedos en su espalda desnuda, acercándola a su cuerpo—.
Lo siento.
En los intervalos de descanso que fijaban tácita pero no verbalmente, Blaine no conseguía
pegar ojo. Clodagh despertaba y lo cazaba con la vista clavada en el techo, con el ánimo sombrío
por algún pensamiento preocupante del que se negaba a hablar y por el que Clodagh, en realidad,
nunca preguntaba. Solo cuando el sueño lo vencía empezaba a balbucear lo que no se atrevía a
decir, que Clodagh pensaba que no era otra cosa que disculpas por tener que desahuciarla. Blaine
se deshacía en perdones, y ella se estremecía de pena creyendo que practicaba o tenía pesadillas
de cuando tuvieran que separar sus caminos.
Clodagh le sacudió el hombro para despertarlo. Él arrugó el ceño, reacio a abandonar el
sueño. Rechinó entre dientes algunas palabras inconexas, todas ellas incomprensibles, y al fin
despegó las pestañas para mirar a Clodagh.
Tardó un rato en adaptarse a la tenue luz de la mañana. Aún quedaban algunas noches para
Año Nuevo, no debían atender invitados ni llenar barrigas distintas a las suyas, así que allí
habían visto atardecer y anochecer varios días seguidos. Clodagh mentiría si dijera que no había
disfrutado de los privilegios de la vida de baronesa, que le permitían entregarse por completo a
las atenciones de su amante, dormitar cuando quisiera y comer cuando le picara el gusanillo.
En cuanto se espabiló, Blaine trajo la cadera de Clodagh hacia sí y la ciñó a su pecho. Ella se
mordió el labio al notar una vez más su miembro semierecto contra la piel, y supo lo que quería
en cuanto acercó los labios a su cuello y lo lamió con pereza. Clodagh se dejó con los ojos
cerrados, igual que las mil y una veces anteriores.
En la mayoría de ocasiones se reían, charlaban de menudencias o dudas trascendentales que
alguna que otra noche solitaria les habían atormentado, pero conforme pasaban los días, iban
siendo más y más conscientes de que aquello se acabaría y solo se abrazaban. Despertaban, se
miraban, y hacían el amor desenfrenados. También aturdidos por la variedad de sensaciones que
sabían despertar en el cuerpo del otro, como si se conocieran desde siempre. Había creído que se
saciaría de él en cuanto hubieran repetido un par de veces, como dejó de maravillarle el delirio
del sexo en cuanto Jerry se obsesionó con ello, pero cada caricia era diferente. Con él todo era
tan adictivo que no tenerlo dentro de su cuerpo llegaba a desesperarla, a matarla de irritación.
—¿Qué soñabas? —murmuró Clodagh, hundiendo los dedos entre sus mechones rubios.
Él ronroneó de forma irresistible al separarle los muslos y rozar sus pliegues con los dedos.
—¿Con qué iba a soñar? —gruñó contra su garganta, acariciando el punto más sensible de su
sexo con el pulgar. Clodagh se retorció—. Con dulces irlandeses...
Ella soltó una carcajada.
—No cambies de tema. Sé que... sé que hay algo que te preocupa.
—Me preocupa que esto pueda llegar a cansarte, porque yo, desde que me levanto hasta que
me acuesto, solo pienso en ti —susurró. Seguía explorando la entrepierna femenina, que Clodagh
ofreció sin reparos separando los muslos.
Estiró la mano hacia el miembro erecto y rozó el tierno prepucio con los dedos.
—Blaine...
La besó antes de que pudiera replicar.
Si sus dedos no podían ofrecer trato más gentil, tomándose su tiempo para volverla loca, su
boca hizo todo lo contrario. Su beso estaba asolado de impaciencia y quería mucho más de lo que
podía tomar. Clodagh fue al encuentro de su lengua con la misma desesperación y se dejó lamer
y morder a gusto. Su dedicación estuvo a punto de borrar de un plumazo todas las dudas que la
atormentaban, pero en cuanto Blaine rompió el beso, Clodagh se encargó de tomar la batuta
sentándose a horcajadas sobre él.
Sustituyó la caricia de las manos de Blaine por las que ella misma se regaló frotándose contra
su miembro. Clodagh apoyó las manos sobre su pecho y movió las caderas hacia delante y hacia
atrás. Observó, fascinada, las hinchadas venas de su cuello al soportar la tortura, los músculos
marcados por la tensión que estaba reprimiendo.
—Dime qué sueñas. Sé que sueñas conmigo... —musitó con voz temblorosa, también afectada
por el movimiento—, pero no es nada agradable, ¿verdad?
—Nada tan agradable como eso que estás haciendo.
—Voy a detenerme si no me das una respuesta.
—Tampoco podré dártela si paras, porque me habrías matado.
Se mordió el labio y fue a incorporarse para abrazarla, pero Clodagh se lo impidió volviendo a
empujarlo sobre el colchón. Blaine jadeó entre dientes y guio las manos a sus pechos, a la
curvatura del vientre, a su rostro. Clodagh ladeó la cabeza hacia la palma con la que le acariciaba
la mejilla.
No dejó de moverse a ese ritmo cadencioso que empezaba a hacerle sudar.
—Maldita sea —masculló, respirando con dificultad—. Déjame estar dentro de ti. Es lo único
que necesito.
—¿Lo único que necesitas?
—Sí... sí. Ven aquí. Dame tus labios. —La tomó de la barbilla y la acercó a él, jadeando
desesperado. Clavó los ardientes ojos verdes en los labios de ella, que separó pero no le entregó
por mera vanidad—. Dame todos tus besos, Clodagh. Eso es...
Blaine le dio pequeños y cortos besos en la boca, cada uno más impaciente que el anterior,
más largo, más dulce y a la vez picante. Le conmovían sus ruegos, que anunciara sin tapujos sus
necesidades. La cama era el único lugar donde Blaine se despojaba de su arrogancia y quedaba a
merced de ella.
—No puedo dártelos todos —le recordó en un susurro—. ¿Qué haría si otro hombre me
pidiera uno? ¿Decirle que no me quedan?
—Enviármelo para que lo mate.
Clodagh se rio, pero reparó en el brillo agresivo de sus ojos. Comprendiendo que hablaba en
serio, dejó de moverse. Blaine aprovechó para cambiar los roles y colocarse entre sus muslos
para torturarla a su manera. Le costó responder porque la dejó sin palabras y sin respiración al
alzarse gloriosamente desnudo, listo para hacerla suya como si no lo hubiera conseguido ya con
un puñado de flores irlandesas.
Blaine se inclinó sobre ella, acorralándola entre sus brazos, y la besó en la punta de la nariz.
—Tus besos son solo míos. Toda tú lo eres. —Sonó a advertencia—. Nada ni nadie puede
cambiar eso.
—¿Ni siquiera un acta matrimonial que aún no has mandado al obispo?
Blaine apretó la mandíbula, seguramente mosqueado porque hubiera sacado a colación el
tema del que no querían ni oír hablar. Pensó que se apartaría, que daría por concluida la sesión de
arrumacos, pero en su lugar la miró de un modo que la desarmó por completo. La esperanza y la
plena conciencia sobre su insignificancia fueron los dos pilares que construyeron su expresión
vulnerable.
—¿Y si lo mando? —preguntó de repente—. ¿Y si lo mando y nos convertimos en un
matrimonio real?
El corazón se le aceleró como resultado de ver cumplidas sus fantasías. Resultaba irónico que
se hubiera resistido tanto a su primera propuesta formal y ahora hasta sus uñas quisieran chillar
de alegría al escucharlo.
—Tú no quieres ser mi marido —repuso aun así, ansiando verlo rogar.
—Quise ser tu marido desde que te vi, pero me empujaste a ingeniármelas con un trato ilegal
para tenerte donde te tengo.
—Así que era todo una estrategia para hacerme el amor.
Blaine sonrió ladino.
«Qué animal tan bello», pensó Clodagh, admirando fascinada el brillo del sudor en su frente,
su cabello leonino.
—El amor lo has hecho tú —le dijo él. Se inclinó para besarla en la comisura del labio—,
porque tú eres el amor. Yo solo te lo he racaneado como el pendenciero que soy.
—Con esa descripción que haces no pareces un hombre con el que me convenga casarme de
verdad.
—No lo soy —reconoció él—, pero cásate conmigo de todos modos.
—¿Por qué?
Reconoció la vacilación en el gesto de Blaine. Incluso palideció por temor a saberse
descubierto. Clodagh quiso gritarle que confesara.
«Dime que me quieres», le suplicó en silencio. «Dímelo, te lo ruego».
—¿Porque los malos también merecemos que nos quieran, pese a todo?
—¿Quieres que me case contigo para redimirte?
—Me da igual el porqué. Cásate conmigo, aunque sea por pena.
—¿Por pena? —repitió, incrédula—. ¿Y eso lo dice el hombre más arrogante del mundo, que
incluso rechazó a una mujer por no haberle querido primero?
Blaine le sostuvo la mirada con una expresión extraña.
—Tú no eres del mismo mundo que yo. Mi arrogancia no te roza ni por casualidad. No me
importa si tengo que vivir como un maldito mendigo y besar el suelo que pisas. Preguntas por
qué, y yo te pregunto por qué no. ¿Por qué no, irlandesa?
Clodagh se sacudió, esperando que eso sirviera para ahuyentar a las mariposas que
revoloteaban en su estómago, en su cabeza embotada, en torno a ella misma. Estaba tan
enamorada que debía de verse, debía rodearla otro tipo de aura magnética y poderosa.
—Lo propones solo porque estás excitado, y así no se puede tomar en serio nada de lo que...
—Cloud... —Se inclinó para besarla en la mejilla. Allí dejó los labios para determinar—:
Estoy excitado, pero te aseguro que, cuando me haya corrido en tus labios, seguiré pensando lo
mismo.
Clodagh tragó saliva y lo separó de ella presionándolo por el pecho. Solo así consiguió
mirarlo a los ojos para contestar.
—Entonces córrete en mis labios... y luego repíteme eso que has dicho. Quizá así me
convenzas.
Blaine sonrió, provocador.
—Antes de eso te habré convencido de diez maneras distintas, créeme.
Capítulo 29
No le había dado una respuesta afirmativa, como tampoco una rotunda negativa. Clodagh no
quería matar sus esperanzas, pero no había llegado tan lejos para conformarse con un sencillo:
«¿Por qué no casarte conmigo?». Siempre había sido exigente con los demás y un tanto
inconformista, y gracias a esto se las apañó en su día para sobrevivir. Pero de un tiempo a esa
parte, y quizá por culpa de lo fácil que resultaba acostumbrarse a las comodidades de la clase
alta, su inconformismo se había convertido en la pesadilla de Blaine, aunque él no lo supiera aún.
No se casaría oficialmente con el barón Godolphin si este no reunía el valor para decirle
mirándola a los ojos que la amaba y que ese era el único motivo por el que deseaba tenerla a su
lado para siempre. No por comodidad. No por legalizar un pacto que vulneraba las sagradas
instituciones. No para hacerle el amor todas las noches. No por toda esa ridícula cantidad de
excusas que habían ido desinflando a Clodagh hasta hacerla sospechar.
Desde luego, el comportamiento de Blaine era de lo más curioso. Se había convertido casi de
la noche a la mañana en un hombre de provecho. Se responsabilizaba de los asuntos de la
hacienda con todo lo que eso conllevaba, entre otras cosas, un consumo de tiempo abismal.
Informarse mediante manuales y libros de cuentas del estado de las tierras, la evaluación de estas
y el trabajo teórico posterior que desempeñaba en su despacho ocupaban una importante porción
del día. Pero eso no era lo único.
Siempre que Clodagh se asomaba al despacho a verlo, lo cazaba meditando lo que escribir a
continuación en una carta que exigía que enviaran de inmediato a la misma dirección. Y por el
extraño modo en que Blaine se comportaba al saber que Clodagh estaba al corriente del envío
continuo de misivas, suponía que el contenido podría preocuparla.
Por supuesto, se encargó de pedir explicaciones.
—Si mantienes un apasionado romance epistolar con alguna mujer, considero que debería
saberlo —le dijo en una ocasión, cruzada de brazos frente al escritorio. Se las apañó para
proyectar su voz de forma que pareciese indiferente a una posible infidelidad.
Blaine había dejado la pluma a un lado para mirarla con socarronería.
—Sé que no se puede uno fiar de mi palabra, pero cuando te juré que no estaría con otras
mujeres, hablaba muy en serio.
—Y yo sé lo dado que eres a incumplir promesas siendo a la vez fiel a ellas. No me
sorprendería que hubieras aprovechado mi imposición de no encamarte con nadie de forma literal
para hacerlo textualmente.
—Por más que me divierta poetizando sobre el sexo en las cartas, esta vez se trata de otra
clase de asunto. De hecho, y teniendo en cuenta que me dirijo a un hombre de Dios, no creo que
hablar del sexo como placer profano sea apropiado.
Clodagh lo había mirado en busca de la trampa, aun sabiendo que sería en vano. Podía
jactarse de ser perceptiva y avispada, pero Blaine siempre iba un paso por delante y se le daba
tan bien fingir que era imposible saber si lo hacía.
—¿Qué tienes tú que contarle a un pastor?
—A un pastor, nada. A un amigo... muchas cosas.
—¿Un amigo eclesiástico? ¿Tú?
—Frecuento todo tipo de compañías, irlandesa. La mayoría impías, lo reconozco, pero en la
variedad está el gusto. Además, tú sabes la cantidad de pecados que tengo pendientes de
expiación.
—Es la misma cantidad de pecados de los que no te arrepientes —había seguido pinchándolo,
obcecada en que escondía un secreto monumental.
—La culpabilidad es como la muerte. Yo creo que tarde o temprano te llega.
—Supongo que si en cada carta redactas una maldad cometida, es lógico que el contacto
epistolar lleve manteniéndose tanto tiempo.
—Tampoco diría «tanto». ¿Por qué estarías celosa de un eclesiástico, Cloud? Con él jamás
pecaría como peco contigo, y sabes que a mí me gustan mucho más las mujeres que se divierten
desvirtuándose conmigo que las virtuosas a secas.
Clodagh había tenido que darlo por perdido poniendo los ojos en blanco. Era obvio que no
encontraría respuestas en Blaine, así que se encargó de buscarlas por su cuenta.
Las habría encontrado mucho antes si el servicio de la casa no la hubiera estado persiguiendo
para pedir su opinión sobre asuntos de los que no tenía demasiada idea. La suficiente gracias a
los breves meses que trabajó de doncella personal de una noble, en cuyas maneras, forma de
hablar y ocupaciones se fijó para un futuro en el que pudiera necesitarlas.
—¿Qué menú manda preparar para esta semana que entra, lady Godolphin?
—La gotera de la pared del dormitorio nupcial no hace más que extenderse, milady. ¿Cómo
desearía que lo redecorásemos una vez estuviese arreglado?
—Ha recibido una invitación para tomar el té con Therese Middleton, milady. ¿Mando su
confirmación?
—El vicario Yikes está encargándose de una obra benéfica. Necesitan recaudar fondos para el
orfanato del condado, y le ha pedido su participación...
Clodagh jamás imaginó que la vida de una baronesa sería tan ajetreada durante la temporada
de invierno, y ni mucho menos que se divertiría encargándose de menesteres tan aparentemente
superfluos.
Había tenido que preocuparse toda la vida por una sola cosa: seguir viva al día siguiente, para
lo que debía trabajar duro. Ahora se encargaba de detalles como la vajilla en la que se serviría el
estofado o qué vino de acompañamiento resultaría más atractivo para según qué plato. Lo mejor
de todo era que disponía de dinero para invertir en obras de las que posteriormente cobrar
dividendos, todos estos depositados luego en organizaciones que habrían de ayudar a muchachas
que se veían en la que una vez fue su situación. O en la que era su situación, porque llegó a
conocer a un par de jóvenes embarazadas sin marido a las que no contrataban en ningún
establecimiento.
—Parece que no te desagrada del todo tu posición de baronesa —había comentado Blaine en
cuanto la vio entretenida organizando los folletos para una gala benéfica.
Clodagh lo miró con una media sonrisa, pero no lo admitió.
—Son pocas las obligaciones que debo atender. Y de algo tendré que ocuparme mientras llega
el niño, ¿no crees?
Blaine se había dejado caer a su lado en el diván, ignorando la presencia de la doncella que
estaba colaborando, para acariciarle el lateral del cuello con los nudillos.
—Yo puedo darle ocupaciones, lady Clodagh Reynolds.
La joven se había estremecido al oír por primera vez ese nombre. El tratamiento de «milady»
y el título de baronesa se le atragantaban por todo lo que entrañaba: un salto más en la escala
social, el abandono de la escasez por una vida acomodada. Una traición a sí misma, una falta de
respeto a su historia. Pero recordar que tenía ahora apellido gracias a un marido, aunque fuese un
marido de mentira, la emocionaba. «Clodagh Reynolds» no decía nada sobre baronías,
propiedades, prominencia social o riqueza. «Clodagh Reynolds» le recordaba que no estaba sola.
Y era un recordatorio tan dulce que se había dejado llevar, apartando a un lado el sueño de vivir
con comodidades en su tierra natal. Porque a Irlanda le faltaba algo crucial, algo que se estaba
convirtiendo en necesario, y ese «algo» no era otra cosa que Blaine.
Si había renunciado a un trabajo decente en una casa rica para desempeñar junto a Jerry toda
suerte de pillerías para subsistir, ¿por qué no iba ella a renunciar a un hogar que recordaba con
vaguedad, y quizá por eso de forma romántica, por un hombre que le estaba dando más de lo que
jamás habría soñado? Clodagh no se dejaba seducir por la pompa y el boato, pero era
incuestionable que la criatura sería más feliz bajo aquel techo y con un padre que cada día
parecía más enamorado de los dos.
—¿Sigues insistiendo en ponerle un nombre irlandés? —le había preguntado Blaine.
Esa noche, y por culpa de los cada vez más intensos sofocos, una bañera de mármol macizo
había sido dispuesta por orden del barón en el dormitorio nupcial, que ninguno había querido
abandonar por el momento. Apenas entró allí para ponerse cómodo para la noche y la vio, en sus
palabras, «flotando como una sirena traviesa», Blaine espantó a las doncellas para encargarse él
mismo de frotar sus hombros.
Ella se había dejado mimar con sumo placer.
—Se llamará Bláthnaid si es una niña, y Cillian si resultara niño.
Blaine había torcido la boca, sin molestarse en ocultar lo que su elección nominativa le
inspiraba. Si hubiera sido un poco más sensible y considerablemente más cruel, Clodagh le
habría dicho que se trataba del hijo de otro y él no tenía nada que objetar allí, pero Jerry se había
marchado antes de siquiera cubrir su vientre con la mano y lo cierto era que no asociaba a su
antiguo amante a la criatura por nacer. El bebé nunca había sido de nadie, a su modo de verlo,
hasta que, en la noche de bodas, Blaine había sentido la magia de la maternidad —y también la
paternidad— en sus propias carnes. Clodagh dudaba que fuera consciente de cómo la ternura que
solo podían inspirar los niños le iluminaba el rostro al fijarse en su vientre, al recorrerlo con los
dedos siempre con su previo permiso.
—Ya que mi hijo no va a nacer en Irlanda, quiero que por lo menos herede mis raíces gracias
al nombre —le había explicado Clodagh, sujetando la barriga por debajo.
—Estoy seguro de que si te encargas de criarlo, saldrá irlandés aunque sea en el carácter. Y
que Dios nos ayude si eso es así. —Había suspirado con gran dramatismo, dejando caer la
esponja sobre el agua. Luego posó los ojos en el gracioso ombligo, al que le hizo cosquillas con
los dedos hasta que Clodagh se rio.
—¿Cómo los llamarías tú?
—Si no estuviera revelando una debilidad con ello, Edison —dijo sin pensar. Luego se unió al
eco flojo de las risas de Clodagh, pero cargado de desprecio hacia sí mismo—. Es una especie de
tradición nombrar a los críos por sus padres, pero si le pusiera Reginald a mi hijo, estoy seguro
de que lo estaría desgraciando. Poco más que deseándole el mal. Mejor llamarlo como un
hombre que sí sabe ser padre, sí sabe ser marido. Un hombre de ciencias y de armas, romántico y
con la cabeza fría a la vez.
—Cualquiera diría que estás enamorado de tu casi suegro —había contestado Clodagh, al
borde de la risa y a la vez conmovida.
—También me gustaría llamarlo John, y no conozco a ninguno que merezca mis respetos.
—¿John? Qué nombre tan aburrido.
—Al lado de uno con pronunciación gaélica, cualquiera sería aburrido. Pero lo importante no
es el nombre, sino que nazca sano y fuerte. —Blaine sonrió al rodear el vientre con la palma de
la mano abierta—. ¿Cuánto queda para que nazca?
—Según asegura el doctor, estoy a punto. Quizá va siendo hora de que llames al notario para
que dé fe de que el testamento se cumple.
Blaine le había dirigido una mirada fugaz con sentimientos encontrados.
—Puede venir al día siguiente. Me parece que un parto no es el lugar adecuado para un
hombre de números, aunque el alumbramiento y su trabajo sean igual de insufribles. Te garantizo
que dispondrás de toda intimidad.
Clodagh le había sonreído para enseguida acercarse a él y darle un beso en la mejilla. La
noche acabó como acababa siempre, con un apoteosis de placer y el posterior sueño reparador
que les permitía despertarse al día siguiente como nuevos. Al menos a Clodagh, pero no así a
Blaine, que seguía teniendo problemas para dormir. Lo veía levantarse, dar vueltas por la
habitación y salir al pasillo un par de veces durante la noche, incapaz de conciliar el sueño, y
cuando lo hacía, balbuceaba frases inconexas de las que Clodagh solo captaba disculpas y su
nombre o apodo.
Por ese motivo y por ninguno más, antes de tomar una decisión irrevocable como mandarle el
acta al obispo de Rochester, Clodagh tenía que averiguar cuál era el misterio de las cartas. Estaba
segura de que ahí encontraría la verdad.
Clodagh se había levantado la víspera de Año Nuevo notándose más pesada que nunca,
dolorida por punzadas en la zona lumbar y la entrepierna, pero su determinación a descubrir el
porqué del sinvivir de Blaine. Tuvo que saltarse el desayuno para salir en pos del lacayo que
llevaba días ejerciendo de mensajero.
Lo enfrentó en las caballerizas, donde tomó prestado un precioso castaño de morro blanco
para hacer llegar la misiva lo antes posible.
Clodagh le cerró el paso en cuanto hubo montado y se disponía a incorporarse al camino.
—¿A dónde vas, Oliver?
Que el muchacho no se pusiera nervioso hizo que Clodagh vacilara. Si Blaine estuviera
ocultando la verdad, le habría pedido al lacayo que fuese discreto, pero este solo contestó:
—Llevo una carta a la oficina de la catedral de Rochester, milady.
—¿A la catedral de...? —Clodagh notó un nudo en la garganta. ¿Y si el obispo se había
enterado del que fuera su acuerdo y le había exigido a Blaine que compareciera ante un tribunal?
Esa sin duda sería una buena razón para pasar las noches desvelado—. ¿Qué se le ha perdido allí
a mi marido?
—Lo desconozco, milady. Milord lleva toda la semana haciéndome ir todos los días a dejar
una carta.
—¿A la atención de quién?
—Su Reverendísimo Señor, milady. El obispo Walter King[2]. —Parecía contener el aliento
después de decirlo. Clodagh ya sabía que Oliver era un joven de creencias religiosas muy
arraigadas y respetaba la autoridad con reverencia absoluta.
—¿No conoces el contenido de esas cartas, Oliver?
—No, milady, pero si me permite el atrevimiento, me parece que ni el propio obispo las ha
leído. Ayer intercambié mis primeras palabras con su secretario y me pidió que le dijera a milord
que dejara de importunar a Su Excelentísimo con sus «insignificantes cuitas». En sus palabras, la
diócesis de Rochester tiene mejores asuntos de los que encargarse.
Clodagh no se mostró sorprendida porque los altos cargos eclesiásticos no se molestaran con
pequeñeces, sobre todo si iban selladas por la baronía Godolphin. Si Blaine fuera un feligrés
comprometido con la religión, quizá le harían el menor caso, pero suponía que al obispo le
parecería arriesgado cartearse con un diablo.
Extendió el brazo hacia Oliver.
—Dame la carta. Cuando la lea, podrás mandarla.
El joven palideció.
—Milady, no puedo hacer eso.
—¿No? ¿Se te han dado órdenes expresas, acaso?
—No, pero intuyo que es un asunto peliagudo para milord y... y...
—Si fuera peliagudo para mí también, me encargaría de pagarlo con él, no contigo.
—Aun así... Por favor, milady, le ruego que no me ponga en ese aprieto. —Soltó las riendas
del caballo para juntar las manos en un rezo—. Mi puesto de trabajo podría peligrar si al barón le
irritara mi indiscreción, y este no es el mejor momento para verme de patitas en la calle. Acabo
de casarme con una joven del pueblo ¡y no sabe usted lo que come esa mujer! ¡El salario se me
queda corto para hacerla feliz, pues imagínese si encima tuviera que abandonar Reynolds Abbey!
Clodagh se apiadó del muchacho y lo dejó ir con un suspiro resignado y un gesto de
«márchate antes que cambie de opinión». Le preocupaba el bienestar de los empleados, pero si se
había rendido pronto era, en parte, porque el mal presentimiento que la había inundando le
bastaba para imaginarse qué tipo de correspondencia mantendría Blaine con el obispo.
Desde que Oliver lo había mencionado, la piel se le había puesto de gallina. Clodagh regresó
así a la mansión, abrazada a los hombros y tiesa como un palo de escoba, temiendo llevarse el
peor de los desencantos apenas enfrentara a Blaine.
El obispo solo había sido mencionado una vez antes de que Clodagh se metiera en asuntos
supuestamente ajenos. Blaine había sobornado al vicario, Yikes, para que sus trapicheos no
llegaran a oídos del mandamás de la diócesis. Solo una explicación podría justificar que ahora se
carteara con él de forma desesperada.
Sin pensarlo dos veces, Clodagh se dirigió al despacho. Tuvo la suerte de encontrarlo vacío,
aunque de haberse topado con Blaine obstaculizando el paso, su destino y su arrojo habrían sido
los mismos. Con el corazón latiéndole desbocado en el pecho, en el centro de la garganta e
incluso en los oídos, Clodagh rodeó el escritorio apresurada y sacó una de las agujas que
mantenían el moño en su sitio.
Recordó la conversación mantenida con Blaine le había dicho apenas dieron el sí ante Yikes.
«— ¿Qué va a hacer con eso?
—¿Con el acta? Guardarla en un cajón de mi despacho.
—¿Y si alguien la ve?
—¿Quién iba a verla? No permito que ningún cotilla con las manos largas entre a mi
despacho. Además, descansará en el único cajón con llave.
—Alguien podría forzar la cerradura.
—¿Y por qué forzarían la cerradura?».
Clodagh utilizó la aguja como ganzúa para jugar con la mencionada cerradura hasta que esta
cedió con un quejido chirriante. Sonrió sin pizca de humor, sacudiendo la cabeza de forma sutil.
«Tan inteligente para algunas cosas, Blaine, y tan idiota para otras».
Tiró del cajón y, tal y como había sospechado, no encontró el documento. Ni a primera vista
ni a segunda. Ni después de desordenar el ya caótico montón de papeles sin numeración que
había allí, sobres arrugados, sellados y pendientes de envío.
Clodagh pensó en abrir cada una de las cartas por si acaso Blaine hubiera decidido disimular,
pero no lo hizo porque no le cabía la menor duda de que la había traicionado.
Su instinto jamás le mentía.
Clodagh apoyó las manos en el escritorio y luchó por serenarse, controlando la respiración. El
mareo la desequilibró durante un instante en el que rogó por no desvanecerse. Necesitaría reunir
toda la fortaleza del mundo para enfrentar a Blaine como requerían las circunstancias.
Había enviado el acta al obispo con todo lo que eso conllevaba.
Pestañeó rápido, sintiendo que las lágrimas de ira le quemaban en los párpados y la
respiración muy pesada. Y como si lo hubiera invocado con su condenación interna, la puerta se
abrió y Blaine apareció con el rostro tenso.
—Clodagh.
Ella levantó la barbilla para fulminarlo con la mirada, rabiosa.
—¿Qué has hecho?
Si le había quedado la más remota duda sobre la culpabilidad de su marido, esta se esfumó en
cuanto lo vio palidecer. Era la primera vez en la vida que asistía a ese milagro, el de tratar con un
Blaine arrepentido, sobrepasado por las circunstancias y decidido a solucionarlo sin emplear sus
conocidas ironías. Pero Clodagh no pudo ni siquiera disfrutarlo, porque su traición le quemaba
en la sangre, y, fuera por fruto de la irritación o porque el niño quería llegar ya al mundo para
apoyar a su madre, notó que se le empapaban los muslos.
La señal le pasó desapercibida en un principio, pendiente como estaba del modo en que
Blaine se acercaba con los brazos extendidos.
Como si así fuera a frenar su rabia.
—Te dije que tuvieras cuidado con dónde guardabas el acta, Blaine —rechinó entre dientes—,
y te dije que te destruiría si me traicionabas.
—Y estoy dispuesto a aceptar toda la culpa y recibir el castigo que creas que merezco, pero te
aseguro que tengo una buena razón. O, mejor dicho, una razón a secas. El derecho a llamarla
buena o mala es tuyo.
—¿Ahora te preocupas de mis derechos? ¡¿Ahora?! —gritó, furiosa. Se aferró a la mesa y se
agarró el vientre, consciente ya de lo que estaba ocurriendo. La ira se mezcló con el miedo, y su
voz salió irreconocible al balbucear sin aliento—: Esto no va a quedar así, Blaine... pero tendré
que esperar a después de dar a luz para increparte.
»Considéralas tus últimas horas de gracia.
Capítulo 30
Blaine sabía que las mentiras tenían las patas muy cortas. Era de esperar que Clodagh, con su
ingenio de largo alcance, las descubriera antes de lo previsto y tuviera lugar la necesaria
confrontación. Lo que no habría imaginado nunca era que tendría la temida conversación a la vez
que la criatura llegaba al mundo, porque Clodagh fue tajante al dar su orden.
—No pienso darte la oportunidad de mentirme, y para cuando haya dado a luz te habrá dado
tiempo a idear tres maneras diferentes de quitarte culpas, así que vas a venir conmigo y me vas a
decir qué es lo que has hecho.
Blaine jamás había asistido a un parto. De asistir el parto, algo muy diferente, se encargaría el
batallón de doncellas que iba y venía por el pasillo con toallas, baldes de agua y paños, además
del médico que el diligente lacayo había hecho venir desde la otra punta del pueblo.
Más allá del nerviosismo porque Clodagh quisiera conocer la verdad en un momento tan
delicado, Blaine observaba el movimiento de los criados con un nudo en la garganta y los pies de
cemento, que le impedían huir o bien colaborar. Parecía que se estuvieran preparando para
montar un hospital de guerra, y en el momento en que las «contracciones» —sabría Dios qué era
eso— se intensificaron de forma dolorosa, Blaine comprendió que el símil no distaba demasiado
de la realidad.
Allí iba a tener lugar una batalla con todas las de la ley.
Clodagh se aferró a la mano de una de las doncellas y clavó en Blaine una mirada furibunda.
—¡¿Y bien?! —bramó entre jadeos—. ¡Dime qué has hecho!
—No me parece que este sea el momento de tener una conversación... —empezó con tiento,
tratando de sonar convincente.
—Blaine —le advirtió en tono ominoso.
Él se pasó una mano por la cabeza, nadando en el mayor de los desconciertos y a la vez
profundamente horrorizado.
Había contado con que dispondría de más tiempo para convencer a Clodagh de quedarse con
él, de modo que no tuviera que ocultarle que había formalizado el último paso burocrático para
legalizar el matrimonio. Sin embargo, esa vez, y solo esa vez, no había tenido la suerte esperada.
Y todo en lo que podía pensar era en la espantosa visión de las piernas separadas de Clodagh con
el médico justo a sus pies.
La cabeza del galeno cubría parte de la escena, lo que era de agradecer para las sensibilidades
de un hombre poco acostumbrado a espectáculos sangrientos, pero no lo suficiente para
tranquilizarlo. Clodagh le estaría increpando con firmeza si no fuera porque empujar le suponía
un esfuerzo desmesurado, que salvaba gritando y sollozando ante un preocupado Blaine.
—Doctor, ¿va todo bien? —balbuceó—. ¿Siempre... siempre duele tanto?
—¡No me duele tanto como te dolerá a ti que me levante y te sacuda!
—Dudo bastante que puedas levantarte y... —Blaine se calló antes de meter la pata, aunque ya
tenía la pierna enfangada hasta la rodilla. Lo único que podía hacer era no empeorarlo siendo
sincero, pero con la situación que se estaba dando le era imposible concentrarse y ni mucho
menos emplear su labia para resultar conciliador—. Lo único que puedo hacer es confirmar tus
sospechas.
—¿Qué has dicho? —exclamó por encima de los «así, milady», «continúe, milady», «empuje,
milady», el chirrido de la puerta que bailaba de un lado a otro por la apresurada entrada y salida
del servicio y sus propios gimoteos de dolor.
—Digo —repitió, alzando la voz— que lo único que puedo decirte es que... que así es. Envié
el acta matrimonial al obispo.
Nada le pareció tan terrorífico como la sombra de ira que se apoderó del rostro de Clodagh.
Estaba despeinada, sudorosa y lo miraba con los ojos inyectados en sangre. Más que a punto de
traer al mundo una criatura, la que era considerada una tarea divina porque hasta la madre de
Dios se las había visto en esa tesitura, parecía que la hubiera poseído el demonio.
—¿Cuándo? —rugió.
—Hace... hace algunos días.
—Por eso querías... —Hizo una pausa para inhalar y espirar—. Por eso te sobrevino de golpe
la necesidad de que me quedara contigo, ¿no es así? De ahí vino tu insistencia para convencerme
de que me olvidara de Irlanda y de nuestro trato. Solo de ese modo conseguirías... —Descolgó la
cabeza hacia atrás—. ¡Dios santo, esto duele como el diablo!
—Lo está haciendo de maravilla, milady —le señaló el doctor—. Me parece que ya asoma la
cabeza.
Clodagh tragó saliva y cerró los ojos un instante antes de retomar la discusión. Blaine estaba
ido, más pendiente del milagro que se desarrollaba ante él que de las consecuencias de sus actos.
Quizá porque sabía que estas segundas serían negativas, dijera lo que dijese, y necesitaba
evadirse de lo que podría conllevar.
—¿De maravilla? Si esto es «de maravilla», ¿cómo es un mal parto? —balbuceó Blaine,
sobrecogido—. Doctor, mi esposa es muy pequeña. Si sigue empujando de esa manera creo que
se va a partir en dos.
—El único que acabará desmembrado eres tú, Blaine —le replicó ella con voz temblorosa.
Entre que empujaba y cogía aire, volvía a la carga mirándolo con sus ojos vidriosos, no sabía si
por el esfuerzo, las lágrimas contenidas o ambas razones—. Dime por qué lo has hecho. No
tuviste en ningún momento... Jamás has tenido la intención de honrar nuestro trato, ¿no es cierto?
—Eso no es verdad —repuso, moderando el ultraje que sintió para no ser regañado—.
Cuando hice ese trato contigo, estaba siendo sincero y me disponía a cumplir palabra por palabra
lo que te propuse.
—¿Y qué ocurrió? ¿De pronto te cansaste de ser honorable? Debería haberlo sabido. El
matrimonio cambia a los hombres, pero el diablo permanece inalterable, ¿no es así?
Blaine tragó saliva.
No recordaba haber vivido una situación tan rocambolesca en su vida. Cuando discutía con su
hermano, solía acabar exhausto, con la chalina o el frac arrugados y, quizá, también con la
mejilla palpitante, pero esa maraña de nervios paralizantes, esa sensación de estar al borde del
precipicio con la borrasca empujando por detrás era nueva para él. Sentía que aquel era un
momento determinante en la vida, que marcaba un antes y un después. Y, siendo así, decidió que
solo podría salir ileso si se sinceraba.
—Fue fruto de un impulso. Me di cuenta de que, si no lo hacía, acabaría por perderte... y... He
intentado arreglarlo —le juró. Dio un paso hacia delante, pero Clodagh estaba cercada por cada
lado de la cama y las doncellas eran bastante más útiles que él—. Por ahora no he conseguido
gran cosa, pero te prometo que lo solucionaré y...
—¿«Acabarías por perderme»? ¿Por qué demonios dices eso? ¿Es que no te has dado cuenta
de cómo te miro, maldito estúpido? —le espetó—. ¡No me habría ido a ninguna parte si me lo
hubieras pedido de corazón!
—¡Te lo he pedido!
—¡Pero no has dado las razones adecuadas! ¡No puedes esperar que me quede contigo para
siempre solo «porque sí», o «porque los viles también merecen redención»! Pero te aseguro que
habría aceptado sin pensarlo dos veces si hubieras admitido... —Cerró los ojos y rechinó entre
dientes al empujar una vez más. Chorros de sudor corrían por sus sienes y le humedecían los
mechones que se le habían pegado a las mejillas—. Si hubieras admitido que te preocupas por mí
genuinamente.
—Lo hago. Me preocupo por ti, Cloud. —Se sintió extraño al pronunciarlo. Tenía la boca
desacostumbrada a expresar tales sentimientos, sobre todo cuando eran honestos—. Pensé que,
de los dos males, yo soy el mejor... incluso a pesar de lo que he hecho, de lo que te juro que me
arrepiento.
—¿Qué dos males? ¿Qué hay peor que arrebatarme el derecho a elegir, sobre todo cuando te
habría elegido por encima de todo?
—¿Por encima de todo? Eso lo dudo bastante. —Se quedó petrificado apenas lo dijo. La voz
de su conciencia, acostumbrada a la mentira y el juego, le sugirió que diera un paso atrás y se
reservara esa parte de la historia. No tenía por qué saber quién le había hecho una visita y se
había marchado por la puerta de atrás con los bolsillos llenos. Sin embargo...—. No soy imbécil,
Clodagh. Sé que hay una cosa que antepondrías a lo demás, y no podía soportar que...
—Si te refieres al niño...
—El niño del que deberíamos estar ocupándonos ahora —le recordó el médico.
Clodagh empujó con un grito de hastío y desesperación para apaciguarlo, y luego volvió a
enfrentar a Blaine. Este apretaba a los puños junto a las caderas, sabiendo que aquella y no otra
era la verdad determinante.
—La manera en que me miras no es suficiente ni vale nada si se compara con tus sentimientos
hacia Jerry —reveló Blaine, pendiente de su expresión. Tal y como había imaginado, el gesto
descompuesto de Clodagh habló por todo el diccionario—. Miénteme y dime que, si estuviera
vivo, no correrías a sus brazos.
—¿Qué importa eso? No está vivo.
Su respuesta le partió el corazón. No era la que habría esperado.
Blaine inspiró hondo.
—Lo está. Y si quieres saber la historia completa, si de verdad piensas que estás preparada
para la verdad, aquí va toda: se presentó en mi despacho apenas se enteró de que me había
casado contigo para chantajearme. Si no le pagaba una asignación mensual hasta que se canse,
que supongo que significa que deberé soltar dinero hasta que le visite la Parca, se presentaría
ante ti con la excusa de haber estado cautivo y reclamaría su lugar junto a su amante y su hijo.
Clodagh palideció. Las doncellas, que no debían tener idea alguna de quién era Jerry ni de qué
diantres estaba hablando su patrón, también se miraron entre ellas con un mal presentimiento.
Hasta el doctor apartó la mirada un instante de la cabeza del niño para enfrentar a Blaine,
desconcertado.
Pero Blaine solo tenía ojos para la reacción de Clodagh. No le decepcionó y a la vez no pudo
recordar hora maldita en sus treinta años de vida en la que experimentara una desazón semejante.
Había guardado la esperanza de que la información le fuera indiferente, pero en el fondo siempre
supo que, teniendo a Jerry vivo, sería Blaine quien moriría para ella.
—No te creo —masculló.
—¿Crees que mentiría sobre algo como esto?
—¡Creo que mentirías sobre cualquier maldita cosa!
—¡No mentiría sobre algo que sé sobre seguro que te alejará de mí! —le gritó. Su voz
retumbó entre las cuatro paredes e hizo enmudecer a todos los presentes. Incluso Clodagh, que
seguía empujando entre convulsiones, hizo lo propio con los ojos cerrados y dos lágrimas
silenciosas corriendo por las mejillas—. Me arrepiento de haber reaccionado a su condenada
visita enviando el dichoso acta matrimonial a las oficinas de Rochester, pero no me arrepiento de
haberte ocultado que ese desgraciado se paseó por aquí. No te quiere, Clodagh.
—¡Me quiera o no, eso no significa que puedas decidir por mí!
—¡Él habría decidido por ti también, manipulándote sin que te dieras cuenta! Te iba a
engatusar con patrañas, Clodagh. No ha estado cautivo, aunque lo busquen por todas partes por
negarse a pagar sus deudas. No estuvo pensando en ti ni en el niño. Se alejó de vosotros en
cuanto supo que estabas embarazada y fingió su muerte porque le convenía, y, ahora que le
conviene, se pasa por mi despacho para sacarme el dinero. No fue a verte a ti, Clodagh, vino a
verme a mí.
—Y tú le diste ese dinero sin pensarlo —resumió Clodagh con un hilo de voz.
Blaine odió la discusión, odió el escenario en el que se estaba dando y también temió que eso
pudiera afectar a la criatura. El médico había bajado la voz para darle las indicaciones, como si
quisiera enterarse de lo que iba la pelea o como si fuera demasiado educado para interrumpirla.
Clodagh lloraba en silencio sin dejar de empujar, sumida en un trance del que ni las buenas
noticias del galeno podía despertarla.
Medio cuerpo del bebé estaba fuera.
—Quiero que le hagas venir —dijo Clodagh de pronto, atravesando a Blaine con una mirada
segura—. Debes saber dónde está, dónde puedes localizarlo. Contacta con él y dile que se
presente aquí.
Blaine no cupo en su asombro.
—¿Bromeas? ¿Acaso no has oído lo que te he dicho? Ese hombre...
—¡Ese hombre ha sido el amor de mi juventud! —le espetó—. ¡Si está vivo, quiero verlo con
mis propios ojos, y tú no eres nadie para impedírmelo!
—En eso te equivocas, querida, porque soy tu marido. Oficialmente. A ojos de Dios y a ojos
del Estado.
Clodagh lo fulminó con la mirada.
—Me da igual lo que predique tu Iglesia y lo que opine el Imperio británico. A mis ojos, que
son con los que te miro y hacen que me estremezca de asco, nuestro matrimonio no es más que
una mentira. No lo respeto más de lo que te respeto a ti, que es nada.
Blaine había recibido insultos peores, pero desde que Clodagh le espetara en su primer
encuentro que sería el último hombre en el mundo con el que se casaría, nada había conseguido
mellarle hasta perforar la última fibra del alma como esa respuesta.
Blaine se habría tambaleado, presa de la dolorosa confusión, si no hubiera tenido los pies
anclados al suelo.
—No puedes abandonarme ahora. —Se oyó responder.
—¿No? ¿No puedo? Ponme a prueba, Blaine —lo desafió—. Abandonarte es lo mejor que te
puedo hacer dada la gravedad del secreto que me has ocultado. Te has reservado una verdad que
podría cambiar mi vida por completo. ¿Siquiera eres consciente de ello, o el egoísmo te absorbe
de tal manera que no pudiste ver más allá de cómo te afectaría a ti?
—Claro que vi cómo te afectaría a ti. El hombre al que has jurado amar más que a ti misma y
al que tenías canonizado, no solo no te ama de vuelta, sino que te ha tratado como un bien
intercambiable. Te ha usado como medio de chantaje...
—¡Y tú me has usado como soborno! ¿Te crees mejor, acaso?
Blaine tuvo que hacer una pausa para respirar hondo.
—Te arrebaté el derecho a elegir, y lo siento, pero ¿se supone que alejándote de él estaba
ocultándote una gran oportunidad? ¿Una vida mejor? Ese hombre es un malnacido.
—Lo es para ti, que iba a quitarte a la esposa que necesitabas y al crío que tanta falta te hacía
para seguir cobrando tu asignación de barón.
Blaine se quedó perplejo.
—¿Eso crees? ¿Que todo esto solo ha sido para conservar mis bienes?
—¡Todo esto ha tenido ese fin desde el principio, Blaine! ¡Tu comportamiento egoísta
confirma que nada ha cambiado desde que me engañaste en Eaton Square para meterme en tu
bolsillo!
Clodagh gritó con los ojos cerrados y se ladeó hacia la doncella para empujar una última vez.
Ese esfuerzo fue determinante. Todos lo supieron cuando un sollozo infantil deshizo la tensión
del ambiente y sembró un silencio solo alterado por las carcajadas nerviosas de quienes habían
participado en el milagro.
Blaine se quedó inmóvil en el sitio, aturdido por ese llanto desconocido que de pronto se le
hizo necesario apaciguar. Pero el médico no le indicó que se acercara, como tampoco le permitió
a la madre verlo enseguida. Lo tomó entre sus brazos, sin que Blaine pudiese atisbar más que un
diminuto pie con cinco dedos, y lo envolvió en la toalla que le ofreció una doncella para dar sus
últimas indicaciones.
—Es una niña, milady —anunció el doctor.
No se refirió a Blaine en ningún momento, señal de que había estado atendiendo la discusión.
O, al menos, había sacado en claro la idea principal (aquella criatura no era una Reynolds) y
había tomado bando.
—Déjeme verla, por favor —musitó Clodagh.
—En cuanto le haya hecho el reconocimiento para confirmar que está sana y la doncella la
haya limpiado y vestido podrá tomarla en brazos, milady. Hasta entonces, intente descansar. Lo
necesita. —Eso último lo dijo condenando con la mirada a Blaine.
En lugar de desplomarse hacia atrás como era comprensible que fuera habitual entre
embarazadas, Clodagh se incorporó un poco más y le pidió a la solícita doncella que le había
transmitido ánimos que se marchara. Todos los allí presentes lo interpretaron como una petición
general, y pronto el dormitorio estuvo vacío.
Clodagh perdió la mirada en la puerta un instante, tensa porque la hubieran alejado de su
criatura y con los cinco sentidos pendientes de su regreso. Luego ladeó la cabeza hacia Blaine,
que había hecho cuanto había estado en su mano por ver el rostro de la niña antes de que se la
llevaran... sin éxito alguno.
Todo desapareció cuando Clodagh clavó en Blaine su mirada perdonavidas, vacía del calor y
el indudable afecto que había llegado a sentir por él. Cuando habló, sonó tan segura de sí misma
que nadie habría dicho que acababa de sobrevivir a un parto extenuante.
—Tan pronto como esté en condiciones de viajar, me marcharé y, con mucha suerte, no
volveré a verte jamás —decretó. No le tembló la voz. La ira ya se había enfriado—. Has
incumplido nuestro trato, lo que significa que no tendrás derecho alguno sobre Bláthnaid, no se
te permitirá verla y, por supuesto, no llevará tu apellido. En cuanto el notario se presente para
confirmar que la niña ha nacido, le harás entrega de una carta mía en la que explicaré que todo ha
sido una farsa. Y si por casualidad esa carta «se extraviara», algo que no me extrañaría viniendo
de ti, me citaré con él en persona y repetiré palabra por palabra, coma por coma, lo que escribiera
en esa nota.
»Y quiero que conste aquí y ahora, antes de que te atrevas a acusarme de injusta, que si
mañana dejaran de llamarte lord Godolphin y las propiedades te fueran requisadas, esto no sería
mi culpa. Esto no sería más que lo que te mereces.
Blaine se había quedado perdido en la primera advertencia, que no dudaba que tendría el valor
de llevar a cabo.
«Me marcharé y no volveré a verte jamás».
Todo lo demás era simple predicado.
—No puedes irte —musitó, sacudiendo la cabeza con incredulidad—. ¿A dónde irás? ¿Quién
te cuidará? ¿Y qué hay de la niña?
—Me cuidaré sola, como he hecho toda la vida. Créeme, nunca estaré tan desesperada como
para permanecer al lado de un hombre que haría cualquier cosa por su dinero.
—No tiene que ver con el dinero, Clodagh...
—Si tiene que ver con tu orgullo, Blaine, eso solo empeora las cosas.
—Tampoco es una cuestión de orgullo.
—¿Entonces? —Los ojos de Clodagh emitieron un brillo desafiante—. Dime por qué lo
hiciste.
Blaine vio la oportunidad de salvar la situación y dio un paso hacia delante, ansioso. Aunque
pudo separar los labios, la voz no le salió. La frase de su sentencia bloqueaba el paso a sus
pensamientos y cualquier fórmula del habla.
«Me marcharé y no volveré a verte jamás», había dicho.
Ya había tomado la decisión. Entonces..., ¿serviría para algo sincerarse? Lo dudaba. Estaría
abriéndose en canal para verla partir, y eso le partiría a él mucho más que la vida o el alma.
—Yo... —empezó, inseguro—. Porque yo... Lo he hecho por una razón que quizá...
—Dímelo —le insistió ella, esperando casi sin pestañear.
—Te lo voy a decir —le prometió, pero dudaba que fuera a ser capaz de pronunciar las dos
palabras más difíciles del diccionario. Las había pensado y las había sentido. ¿Cómo podía ser
tan complicado expresarlo, decirle que la quería?—. Sí, solo... Te lo diré. Solo necesito...
Clodagh aguardó solo unos segundos más en los que Blaine permaneció en silencio,
enmudecido por el pánico.
Le diría que la amaba, ella decidiría que su amor no era suficiente comparado con el de Jerry
y lo echaría del dormitorio para siempre. Y si no reaccionaba así, si Blaine resultaba ser de veras
un bastardo afortunado, él mismo se castigaría por haber vuelto a escudarse bajo el amor para
llevar a cabo jugarretas como esa. Ya lo hizo una vez. Ya le causó un daño imperdonable a su
hermano y a la mujer que lo amaba solo porque se creyó enamorado. Y lo hizo convencido,
seguro de sí mismo. Ahora no podía obrar del mismo modo, incluso si eso significaba que la
historia concluyera de forma parecida: con la mujer de sus delirios eligiendo a otro hombre.
Ahora sabía que el daño, al igual que sus sentimientos, eran reales, y no se permitiría
mancharlos usándolos para blanquear sus errores.
Clodagh se tuvo que dar cuenta de que no se lo diría, porque asintió con la cabeza de forma
imperceptible. Por un momento la decepción pareció ganarle al enfado, a la confusión, a la
tristeza.
No hizo falta que le dijera nada. Su cuerpo hablaba por ella y lo acusaba de cobarde, lo
culpaba de haberle arruinado la vida. Blaine lamentó que no se desahogara y, en su lugar, solo le
pidiera que alejara de su vista señalándole la puerta de un movimiento.
Blaine no se vio con el derecho a contradecirla.
En realidad, se vio despojado de todos ellos.
Capítulo 31
Todo el servicio alababa los ojos de la pequeña Bláthnaid, de un intenso color azul que
turbaba a Clodagh cada vez que los miraba. No le constaba que ningún miembro de su familia
hubiera manifestado esa peculiaridad, como tampoco Jerry o su hermano Royce. Por fortuna para
ella, que esperaba que la criatura se pareciese a la parte materna lo máximo posible, el doctor le
había advertido que era posible que la tonalidad se fuese aclarando u oscureciendo con el paso de
los meses. Por lo visto era común que tanto eso como el color de pelo sufriera una modificación
a lo largo de la infancia.
Más allá de esas minucias, Bláthnaid había nacido sana como un roble. Era un bocadito
delicioso y Clodagh se derretía al mirarla, sacudida por una emoción indescriptible que iba más
allá del amor mortal. Sabía que querría a la criatura fuera como fuese, tanto si llegaba a nacer
como si se cumplía un posible y pesimista pronóstico y Clodagh sufría algún percance, pero
nunca habría imaginado que ese afecto incondicional sobrepasaría las barreras de lo humano.
Apenas su dedo bordeaba la carita redonda de la niña, el corazón se le apretaba en un puño y
sabía, con la misma certeza con la que se conocía uno a sí mismo, que sería capaz de matar y de
morir por ella... Como también de alejarla de quienes consideraba una amenaza, un peligro
flagrante.
Por eso le pidió al servicio que la ayudara a preparar sus bártulos en cuanto amaneció al día
siguiente, con los brazos entumecidos de mecer al bebé toda la noche y los ojos enrojecidos por
las lágrimas que no había podido contener. En un periodo de diez, quizá quince horas a lo sumo,
todas las emociones imaginables se habían aunado para intentar derribarla. El alivio de que el
parto hubiera marchado según lo previsto y la alegría desbordante de abrazar a su pequeña, pero
también el miedo ante lo que estaba por llegar, la ira hacia la traición de Blaine y, sobre todo, la
confusión e incredulidad que había suscitado en ella la última confesión.
Jerry estaba vivo.
Pero dudaba que eso significase que Bláthnaid tenía padre, o que ella misma fuera a disfrutar
los beneficios de un amante.
Aunque el cúmulo de sentimientos encontrados fuera suficiente para aturdir la mente del más
fuerte, Clodagh se había armado con la frialdad requerida para tratar el asunto. De no haber
tenido un bebé por el que velar, un bebé que dependería de ella y por el que tendría que calibrar
cuidadosamente qué pasos dar adelante, Clodagh se habría derrumbado ante los acontecimientos.
Pero ahora sentía que nada podía vencerla, porque al lado del instinto de protección que la
aguijoneaba cada vez que estrechaba al bebé entre sus brazos, nada parecía tan importante. Ni
siquiera la resurrección de un amor perdido.
Clodagh pasó toda la noche rumiando a conciencia su próxima decisión. Y en cuanto la tomó
y fue de Dios poner al corriente al servicio, se puso en marcha con demasiada energía para
tratarse de una mujer que acababa de alumbrar.
—Milady, no puede hacer ningún viaje en su estado —la reprendió el doctor apenas descubrió
lo que se proponía.
—No será un viaje largo. Son solo tres horas desde aquí hasta Londres, y algo me dice que el
traqueteo servirá para que Bláthnaid concilie el sueño con mayor facilidad.
—Un bebé tan pequeño dormiría en cualquier parte, milady, pero es usted la que me
preocupa. Apenas ha dejado cicatrizar el cosido. Necesita descansar.
—Descansaré en el carruaje, se lo aseguro.
—Milady...
Clodagh cerró el baúl de un golpe. Eran escasas las pertenencias que había querido
empaquetar, tan solo los vestidos que Wilhelmina Swansea le había prestado de cuando estuvo
embarazada, por supuesto arreglados de los bajos para que no arrastrara las faldas, y que
pretendía devolverle en cuanto regresara a la capital.
Se giró hacia el médico con el rostro tenso, tratando de camuflar su molestia bajo la mínima
cortesía.
—¿Le ha pedido milord que ponga trabas a mi marcha? Porque sepa, doctor, que por lo que
me contaron mi madre me alumbró de madrugada y esa misma tarde ya estaba despachando
carne para el estofado en el mercado. No soy más delicada que ella, y preciso marcharme lo antes
posible.
El doctor hizo una mueca de dolor. Seguramente tenía cientos de argumentos disponibles para
rebatir su cabezonería, pero Clodagh no se quedó a escucharlos. Le pidió a la doncella que se
marchara, pues ella sola podía encargarse de lo que quedaba, y llamó al lacayo para que llevase
el baúl a donde correspondía.
Al coche que la llevaría a Londres.
Clodagh salió del dormitorio con la pequeña en brazos. Solo aceptó la ayuda del doctor para
bajar las escaleras.
Debía reconocer que jamás había padecido un cansancio similar al posterior al parto, pero su
determinación ejercía de brújula guía y no detendría su camino ni siquiera para despedirse de
Blaine. Por desgracia, este esperaba en la puerta con los dedos entrelazados a la espalda y gesto
adusto. Aunque no lo miró, a través de la vista periférica captó su figura apolínea y a punto
estuvo de estremecerse.
Clodagh se armó de valor tomando aire y aferrando contra su pecho a Bláthnaid, consciente
de que necesitaba más a la niña de lo que ella necesitaba a su madre. Marcharse de allí tenía
numerosas implicaciones, y una de estas era que no volvería a ver a Blaine. Y, sin importar lo
que fuera correcto, su corazón lloraba de imaginar la distancia con un hombre que había logrado
lo imaginable: hacer que lo amase más de lo que había amado nunca a Jerry, y causarle un daño
incluso mayor que el difunto.
Que el supuesto difunto.
—Es evidente que a ti nada puede detenerte —le dijo Blaine apenas fue a cruzar el umbral,
obligándola a detenerse—, pero ¿no has pensado en lo que podría ser mejor para ella?
Clodagh arropó a Bláthnaid con un abrazo protector que impediría a Blaine verle el rostro. Él
se dio cuenta del porqué del gesto y apretó la mandíbula.
—¿Ni siquiera vas a dejar que la mire?
—No. Esta no es tu hija, como tampoco será tu instrumento de poder. No tienes ningún
derecho sobre ella. Y por supuesto que he pensado en lo que sería mejor para la pequeña, milord.
Lo mejor sería poner tierra entre los dos, cuando no un océano. Justo lo que pretendo hacer.
Blaine dio un paso hacia delante en cuanto Clodagh echó a andar hacia la salida, precedida del
par de lacayos que cargaban el baúl.
—Clodagh —masculló en tono suplicante—. Solo ha pasado un día. Quédate una semana,
dos, aunque sea para dormitar en la habitación más alejada de mis aposentos. Prometo que no me
acercaré si no lo deseas, pero no huyas en desbandada en tu estado y sin haber pensado a
conciencia en lo que...
—He pensado a conciencia, Blaine, y aunque no lo hubiera hecho, tú solo me querrías aquí
unos cuantos días más para tener la oportunidad de manipularme. Es patético que pienses que,
después de lo que has hecho, una semana es todo cuanto te tomaría doblegar mi voluntad. —
Esbozó una sonrisa condescendiente y cambió de postura a la niña entre sus brazos, que de
pronto sentía tan débiles como el resto del cuerpo—. Pero supongo que, si eso es lo crees, es
porque yo misma te lo hice pensar con mi entrega incondicional. Has debido divertirte de lo
lindo jugando conmigo.
—¿En qué momento he jugado contigo? ¿Acaso no sirvieron de nada las explicaciones que te
di?
—El único mensaje que puedo extraer de tus explicaciones es que eres un egoísta y
antepondrías tu bienestar incluso a tu propia palabra. Y ¿qué es un caballero sin su palabra?
Nada, Blaine. Por eso te quedarás con lo que te corresponde, que es eso mismo. Nada.
Clodagh se dio la vuelta y puso rumbo al carruaje.
Se le había proporcionado una primorosa cuna de viaje además de otras facilidades para el
bebé que no estrenaría nunca, como algunas prendas dignas de la hija de un barón y un carro de
paseo. En la cuna arropó al bebé y se ocupó de que quedara perfectamente encajada entre los dos
asientos enfrentados del carruaje, donde ni un frenazo podría desplazarla o importunar su sueño.
Sentía la mirada de Blaine clavada en su espalda, como una puñalada que no podría sanar
nunca. Si se arrancaba esa mirada, si se arrancaba todo lo que había ocurrido en el último mes,
sentía que se desangraría por la herida y no viviría para contarlo. Sentía, también, que se estaría
arrebatando una experiencia necesaria para saber cómo proceder en el futuro con individuos de
su calaña, para saber en quién depositar su confianza y en quién no.
—El carruaje es mío, y tú eres mi mujer hasta que se demuestre lo contrario —dijo Blaine—.
Si no quiero que te marches, basta con que dé la orden de devolver tus pertenencias a nuestro
dormitorio.
Clodagh lo enfrentó con todo el dolor que eso conllevaba.
No podía ni siquiera mirarlo a la cara. Era la misma cara que había acariciado con los dedos
mientras dormía, la cara que había sacudido la tierra bajo sus pies en cuanto sus ojos cayeron
sobre él. Era el rostro traicionero del diablo cambiante, que sabía fingir candor y verdadero
afecto cuando tan solo era un cascarón vacío.
—Esa no es la actitud que deberías tomar si lo que pretendes es que me quede.
—¿Y qué puedo hacer para que te quedes? —Blaine caminó hacia ella, desesperado—. Por
favor, Clodagh.
—No puedes hacer nada para que me quede, pero sí que está en tu mano decidir si quieres que
te odie o que te perdone. —Hizo una pausa para confirmar que Blaine estaba dispuesto a todo.
Lo vio asentir con la cabeza—. Dime por qué me mentiste. Sé sincero por una vez, tan solo una
vez. Si lo eres, te consideraré lo bastante honrado para disculparte.
—Suenas como si ya supieras por qué lo hice.
—Lo hiciste porque harías cualquier cosa para conservar tu herencia. Lo sé de buena tinta.
Pero quiero que lo digas.
Blaine sacudió la cabeza, mortificado.
—No puedo decir eso. No es cierto.
El corazón se le aceleró igual que lo había hecho la mañana anterior al mirarlo a los ojos tras
el parto. Jamás se había sentido tan vulnerable como en ese momento, en el que lo acorraló con
esa pregunta que, de haber contestado tal y como Clodagh quería, le habría concedido el perdón
y mucho más. Le habría otorgado los derechos definitivos de esposo y le habría garantizado,
además, su estancia indefinida en Reynolds Abbey.
Tenía el corazón tan comprometido por las malas artes de Blaine que un simple «te quiero»
habría motivado su resignación. Incluso la habría convencido de seguir destruyéndose junto a un
hombre que tarde o temprano hubiera demostrado lo nocivo que resultaba su afecto, capaz de
recluirla y acapararla sin darle derecho a elegir.
Pero Clodagh lo habría elegido si se lo hubiera confesado, y eso solo la enfurecía más consigo
misma y con el mundo.
—Veo que mantendrías la pose de «bueno» hasta el final —murmuró Clodagh, decepcionada
—. No me sorprende. Si algo he sabido siempre sobre la alta sociedad, es que dependéis de las
apariencias. Vuestra reputación es lo más importante y nunca podrías abordar un ejercicio de
honestidad como ese.
—No tiene que ver con eso. Clodagh...
—Parece que la señorita ya ha tomado su decisión —intervino una voz masculina—. Sea un
caballero, Godolphin, y acepte la derrota con deportividad dando un paso atrás.
Clodagh se quedó inmóvil donde estaba. La sangre se le había helado en las venas.
No importaba cuánto tiempo pasara —y había transcurrido suficiente para no recordar a la
perfección algunos detalles del hombre al que amó—, pero su voz era tan característica que
jamás le habría pasado por alto.
Una parte de Clodagh había puesto en tela de juicio la verdad de Blaine, aun sabiendo que
nadie era tan despreciable como para mentir en cuestiones de vida o muerte. Ahora veía que sí
había un hombre tan miserable como para fingir su propio deceso, y lo tenía tan cerca de ella
que, si se giraba, podría verlo. Si estiraba el brazo, podría tocarlo. Y parecía también que, si lo
deseaba, podría volver a involucrarlo en su vida.
—¿Qué demonios haces tú aquí? —le ladró Blaine, acercándose con aire belicoso. El
mayordomo, que hasta el momento había atendido a la despedida con la silenciosa diligencia
esperada en los criados, estimó necesario saltarse el protocolo y detener a su patrón—. ¿Ya te has
fundido las doscientas libras que te pagué, o solo eso formaba parte de la deuda?
Clodagh se preparó mentalmente para darse la vuelta.
Había llorado su muerte, pero nunca hubo un féretro que velar, un entierro digno al que asistir
para asimilar el alcance de la pérdida. Nunca se pudo despedir de él, y, por tanto, tampoco cerrar
ese capítulo. Sin embargo, estos no fueron los motivos por los que, al enfrentarlo, se dio cuenta
de que la sorpresa no era mayúscula y la emoción se le había apagado. Sí, las tripas se le
revolvieron como producto de la incredulidad y la sordidez que implicaba asistir a la
resurrección de un muerto. Pero no le explotó el corazón de amor en el pecho, ni ninguna ráfaga
de amor incondicional la empujó por detrás para acercarse a abrazarlo.
Clodagh permaneció donde estaba. No para asumir que estaba vivo —porque estaba vivo. Sus
ojos emitían el brillo socarrón de siempre, muy similares a los de su amigo Royce—, sino para
encajar con la mayor discreción que, en el transcurso de un día, había dejado de considerarlo un
amor abortado antes de tiempo para llegar a despreciarlo.
—Cloud. —Extendió los brazos, ajeno a que el gesto descompuesto de Clodagh no se debía al
asombro—. Aquí estoy, preciosa.
Clodagh tragó saliva. Pese a tratarse de un espécimen idéntico, no reconoció al hombre de sus
sueños y esperanzas en la figura que tenía ante sí. Pero no era él quien había cambiado, porque
Clodagh siempre supo que, aunque a ella la tratara con el justo cariño y supiera engatusarla con
su labia de pirata, Jerry no era un ejemplo de las bondades humanas. La que había cambiado era
Clodagh. De opinión, de sentir, de pensar. Ahora que no lo arropaba el afecto incondicional que
solía reservar para él, Jerry no era más que un mentiroso, un desgraciado que dejaba en paños
menores la traición de Blaine Reynolds.
Siempre había alguien más terrible que el propio diablo.
Y, sin embargo, Clodagh se acercó a Jerry para dejarse envolver por sus brazos. Para
experimentar con sus emociones. Para confirmar que a Blaine no le había tomado más que unas
semanas, abrazos en la cama y palabras bonitas para expulsar a Jerry de un corazón que había
mullido a medida para él.
—Te he echado de menos —le dijo Jerry, hundiendo la nariz en su pelo—. Parece que debo
agradecerle a Godolphin que haya cuidado tan bien de ti. Estás hecha toda una señora.
Clodagh se separó un paso para mirarlo a los ojos, camuflando en todo momento su desprecio.
—¿Dónde has estado todo este tiempo?
—Ya sabes que tengo enemigos. Enemigos poderosos que habrían llegado a ti apenas
hubieran rastreado mis huellas. Tuve que desaparecer para protegerte. No me habría perdonado
nunca que os ocurriera algo a ti y a la criatura, Cloud. —Le acarició la mejilla con los nudillos—.
Sois para mí lo más precioso, por eso estoy aquí.
La respuesta fácil habría sido desmantelar su red de mentiras con un par de oraciones certeras,
todas ellas sacadas de la confesión de Blaine. Sin embargo, y aunque creía a pies juntillas la
historia de Jerry según la había contado el barón, saltaba a la vista que la tenía por una completa
estúpida.
Dejó que siguiera creyéndolo dedicándole una sonrisa y acariciándole la cara.
—Ya hablaremos de esos asuntos tan peliagudos cuando estemos en casa. No sabes cuánto me
alegro de que estés a salvo. —Se puso de puntillas y le dio un suave beso en los labios que hizo
sonreír victorioso a Jerry—. ¿Te unirás a nosotras en nuestro viaje a Londres? Visitaré a la
familia que me acogió durante parte de la gestación y, después, con la dote matrimonial,
compraré una casa.
Los ojos de Jerry brillaron, pero no por la emoción. Brillaban como lo hacían las monedas de
oro en manos de un viejo avaro.
—¿A qué crees que he venido, si no es a hacerme cargo de ti?
—Entra entonces en el carruaje y conoce a tu pequeña. —Le sonrió—. Me uniré en unos
minutos.
No se perdió la mirada que Jerry le dirigió al mortificado Blaine antes de poner un pie en el
peldaño del carruaje. Una mirada por encima del hombro que pecaba de soberbia, que incurría en
todos los defectos que Clodagh jamás podría perdonar y que nunca volvería a pasar por alto.
La joven fue a despedirse de los criados, pero Blaine la agarró de la muñeca e impidió que
diera un paso.
—No puedes marcharte con él —masculló en su oído—. Es un hijo de puta, Clodagh. No voy
a mentirte diciendo que era de Jerry de quien quería protegerte al ocultártelo, pero no me
avergüenzo de decir que lo consideraba un bien promovido en el proceso.
Clodagh alzó la mirada hacia él.
—El único bien que podrías hacerme sería apartarte de mi camino. —Llevó la mano a uno de
los bolsillos de la falda del vestido y extrajo un sobre firmado a su nombre—. Confío en que
estás lo suficientemente arrepentido como para hacer entrega de mi voluntad al notario. Cuando
se presente esta tarde o mañana mismo para dar por concluidas las cláusulas del testamento se
extrañará al no encontrarme por ninguna parte. Espero que obres de buena fe.
Blaine no cogió el sobre. En su lugar tomó el rostro de Clodagh entre sus manos y lo acercó al
suyo. Su olor la envolvió, tan tentador como la manzana de Eva, y flaqueó durante el instante
más revelador entre todos. Ese que le sirvió para darse cuenta, muy a su pesar, de que olvidar a
aquel hombre estaba y estaría siempre fuera de su alcance.
—Volveré a buscarte —le aseguró—. No sé cuándo ni cómo, y no te lo diría tampoco para
facilitarte la huida, pero no pienses ni por un momento que voy a renunciar a ti. No soy mucho
peor que ese hombre al que crees que amas.
Clodagh le apartó las manos con cuidado y retrocedió un paso, mirándolo en todo momento a
los ojos. Memorizó su imagen por lo que pudiera ocurrir, que todo apuntaba que sería la
separación definitiva. No pudo evitar que los ojos se le humedecieran al verlo derrotado, como si
la quisiera tanto como a ella le habría gustado que lo hiciese.
—Desgraciadamente para todos, Blaine, tampoco eres mejor —lamentó con un hilo de voz—.
Y por eso no es suficiente.
Clodagh mantuvo la sonrisa en los labios hasta que perdió de vista las tierras de Reynolds
Abbey. Durante ese trayecto, Jerry había estado relatando con sumo detalle su aventura lejos de
ella. No estaba segura, puesto que no le prestó la menor atención, pero creyó distinguir las
palabras «secuestro», «soborno» y «chantaje» a lo largo de la historia.
Clodagh sonreía para sus adentros mientras acariciaba distraída los rollizos mofletes de
Bláthnaid, que dormía como si supiera que nada ni nadie podría hacerle daño.
Tenía que concederle a Jerry el talento de la imaginación, que nunca habría desarrollado con
esa minuciosidad si no lo hubiera necesitado para lograr sus indeseables propósitos. El de esa
mañana no era otro que convencerla de haber sido víctima de un complot.
Suponía que Jerry había sido así siempre. Un canalla con veneno en la lengua, un
manipulador de tomo y lomo. Ahora lo veía con absoluta claridad, y se preguntaba cómo fue
posible que cayera en sus redes si, nueve meses atrás, era el mismo hombre, le aquejaban los
mismos defectos. Clodagh se tenía por una joven avispada, pero estaba claro que la poderosa
vena sensible le jugaba en contra y, una vez entraba en juego el romance, ella se dejaba ganar por
el cariño que le había sido negado toda la vida.
No quiso torturarse ni por las despreciables triquiñuelas de Jerry ni porque la historia se
hubiera repetido con Blaine. Entre otras cosas porque con Blaine la historia había sido diferente.
La adoración hacia Jerry había llegado a cubrirle los ojos para que no viese una verdad tan
dolorosa como que sus afectos nunca fueron correspondidos. En el caso de Blaine, los había
tenido muy abiertos todo el tiempo. Había conocido y tratado con los defectos de Blaine, se
familiarizó con ellos desde el comienzo, antes incluso que con sus virtudes, pero con su labia
maldita la había convencido de que ninguno de ellos era tan grave como para no merecer amor.
Por si fuera poco, Clodagh se había permitido creer ingenuamente que podría cambiarlo.
Pero el diablo no cambiaba.
Al menos esperaba haberlo escarmentado marchándose con Jerry, aunque dudaba que
existiera un solo castigo en el mundo capaz de remover la conciencia de Blaine Reynolds.
Clodagh había esperado con la paciencia de un santo a que Reynolds Abbey quedara al otro
lado de la colina. En cuanto el carruaje se incorporó al camino hacia Londres, arropó con cariño
a Bláthnaid y levantó la barbilla para sonreírle a Jerry. Sin decir nada, se sentó a su lado,
presionándolo hacia el extremo del coche, y empezó a hacerle cosquillas en el hombro.
—¿Has pensado mucho en mí? —le preguntó en voz baja.
—Por supuesto que sí. Cada día.
—¿De veras? ¿Cada día?
—Y cada noche... Sobre todo cada noche —confesó en tono seductor, acercándose a ella para
robarle un beso en los labios. Clodagh tuvo que recordarse que las baronesas no caían en la
descortesía para tragar saliva en lugar de escupírsela.
—Me alegro, porque quiero que te acuerdes de mí todo el tiempo, Jerry. Quiero que te
acuerdes de mí para siempre.
La sonrisa de él adquirió un aire de confusión. Clodagh seguía acariciándole el hombro y le
hablaba con la candidez de una esposa enamorada, pero Jerry no era estúpido. Aun sin conocerla
en absoluto —porque no se había molestado en hacerlo—, debió darse cuenta de que Clodagh no
lo miraba ya como una amante ilusionada. Lo miraba con frialdad, de forma calculadora.
—Claro que me acordaré de ti para siempre, querida. Eres la mujer de mi vida. Pero ¿por qué
lo dices como si nuestros caminos fueran a separarse?
—Porque tal vez algún día Blaine me repudie, me retire la asignación anual u ocurra una
desgracia que me convierta en una paria o una muerta de hambre, y entonces, Jerry, es muy
probable que vuelvan a secuestrarte, ¡o incluso puede que vuelvas a morirte! Y antes de que eso
suceda, querré haberme asegurado de que, estés donde estés, pensarás en mí. De hecho, quiero
que pienses en mí cada vez que camines.
Jerry arrugó el ceño.
—Clodagh, no entiendo de lo que...
Ella esbozó una sonrisa fría. Se acercó a su oído y le besó el lóbulo de la oreja para distraerlo,
para relajar todo su cuerpo.
—¿Qué pensabas, Jerry? ¿Que te iba a llevar conmigo? ¿Que iba a dejar que te acercaras a
Bláthnaid? Tú y yo no vamos a ninguna parte —le aseguró en voz baja—. Tú y yo, si volvemos a
vernos, lo haremos en el infierno.
No era ninguna blandengue, pero supo que la fuerza para mover el corpachón de Jerry se la
dio o bien Dios o todo el sufrimiento que llevaba acumulado, un poder superior a todas las cosas.
La mano que le acariciaba se convirtió en una mano que empujaba hacia la puerta; la otra,
doblaba la manija de la portezuela para mostrar el camino en movimiento. Bajo el vestido
esperaba una pierna estirada y traicionera que sirvió para ponerle la zancadilla a Jerry cuando
intentó recobrar el equilibrio para no caer del carruaje en marcha.
No sirvió de nada. El factor sorpresa jugó a su favor y Jerry no logró encontrar apoyo a
tiempo. Sacudida por una perversa satisfacción, observó, durante el segundo que tardó en
perderlo de vista, que tras morder el polvo Jerry se retorcía de dolor y aullaba condenaciones. No
tardaría en ponerse de pie y perseguir el coche para jurar venganza, pero Clodagh no le tenía
miedo. La casa a la que se dirigía, si le abría las puertas después de confesar su mentira, estaba
comandada por una gloria de guerra y una anfitriona no menos peligrosa. Un hombre comido por
las deudas y perseguido por los usureros no podría hacerle ningún daño, ni a ella ni a ninguna
Swansea.
Se asomó bajo el umbral del carruaje mientras el landó se perdía camino abajo para admirar
su obra, que no era otra que Jerry abrazado al costado. Presumiblemente con lágrimas en los
ojos.
Esperaba que al menos se hubiera roto un par de costillas.
—¡Zorra! —le gritó Jerry—. ¡Me las pagarás!
—Creo recordar que ya te pagó mi marido, Jerry. No pensarías que no iba a pagarte yo
también, ¿no? —Clodagh le dedicó una sonrisa de oreja a oreja y lo despidió sacudiendo la mano
—. Ahora sí, ¡quedamos en paz!
Capítulo 32
Blaine recorría con el dedo las alas de su pájaro de papel cuando Chase hizo acto de
presencia. No tuvo que levantar la cabeza del escritorio para saber que se trataba de él. Era el
único ser más o menos amado al que había mandado una citación urgente, así como el único que
se molestaba en aparecer cuando le agobiaba un problema.
Se alegró de que el carruaje de Chase se hubiera adelantado al del señor Forbes, que ya
llevaba varios días de retraso. No es que estuviera de humor para palmear la espalda de su
gemelo con el sarcasmo habitual, pero para enfrentar al notario habría necesitado más que las
tres copas que llevaba encima.
—¿Y bien? —inquirió Chase, cerrando la puerta del despacho tras él. Miró a un lado y a otro,
como si esperase que las paredes se derrumbaran—. La casa está sospechosamente silenciosa.
—No, Chase. Eso que oyes —alzó el dedo con el semblante de un iluminado espiritual— es el
sonido de la soledad.
Chase se detuvo frente al escritorio con el ceño arrugado. Escudriñando los hombros hundidos
de su anfitrión con gesto calculador, se quitó la chaqueta para ir a juego con su aspecto más bien
quejumbroso y la reposó en el antebrazo.
—¿Qué es eso con lo que estás jugando?
—¿Tu paciencia? —probó, sin ganas—. Es un pájaro.
—¿Un pájaro? —repitió, interesado—. ¿Desde cuándo sabes hacer pájaros con papel?
—Desde que coincidí con un comerciante de la Ruta de la Seda en un burdel. Parece que en
Oriente es habitual echar el rato con las prostitutas antes de llevarlas al catre, así que se dispuso a
impresionar a una con un pergamino viejo, sus diestras manos y quince segundos de reloj.
—Si hacía pájaros de papel en quince segundos, no me quiero ni imaginar lo que hizo con la
meretriz en una hora —apuntó Chase, tomando asiento frente a su hermano. Examinó la obra de
papel con una media sonrisa—. Un hombre hábil con las manos, por lo que se ve.
—Me dijo que un tipo que domina el arte de doblar papel es un amante que supera la
excelencia. Pero para doblar papel se necesita papel, y para amar se necesita a una mujer —
meditó Blaine en voz baja, más para sí mismo. Evocar el rostro de Clodagh le oscureció el ánimo
—. Hablando de papel y mujer, el soporte me lo ha proporcionado Clodagh de su puño y letra.
Ten cuidado al examinarlo, porque se lo tengo que entregar a Forbes. Debe estar al caer.
Chase enarcó una ceja.
—¿Forbes? ¿Qué negocios tienes tú con ese hombre?
—¿Yo? A partir de hoy, ninguno. Pero me pareció inteligente llamarte para que te fueras
poniendo al día. No creo que te tome más de unas horas familiarizarte con los papeles. Has
trabajado más por la baronía que yo.
Blaine levantó la cabeza por mera curiosidad. No le habría gustado perderse la expresión de
su hermano cuando le diera la noticia de que al fin sería nombrado barón Godolphin. Fuera
porque las buenas nuevas llegaban de sopetón o porque estaba cansado por el viaje, Chase no
reaccionó como habría cabido esperar.
Miraba a su hermano mayor con suspicacia.
—¿Me estás invitando a relevar a Forbes como administrador de las propiedades? Porque no
cuento con la formación adecuada para defender la notaría.
—Pero cuentas con el único requisito necesario para relevarme como barón: haber nacido el
primero.
—Fui el primero en nacer con sesera, pero los dos sabemos que esa información general tal
cual la has dado no es cierta.
—Lo será.
Chase relajó los hombros.
—¿De qué estás hablando? Me dijiste en tu nota que Clodagh había dado a luz. —El gesto de
Chase se oscureció—. ¿Acaso la criatura... nació muerta? ¿Por eso no has conseguido cumplir
con las imposiciones del testamento?
El corazón se le paró solo de imaginar tan lúgubre escenario.
Bláthanid sin vida.
—No, ¡Dios, no! Te informé del alumbramiento por cortesía y sin entrar en detalles. Supuse
que Clodagh llegaría a Londres antes de que tú partieras y os contaría a todos el resto del cuento.
—¿Qué cuento?
—Ese en el que un barón arruina su matrimonio.
—No es el que le contaré a mi hijo antes de arroparlo en la cama. Entre otras cosas porque no
es un cuento. Era, desde el principio, una profecía. La pregunta que queda por responder es...
¿Cómo lo has hecho, oh, mi gran maestro del conflicto? —Exageró una venia con la mano en el
pecho.
Blaine sacudió la cabeza como si no comprendiera el idioma en que le había hablado.
—¿Cómo es posible que no hayas coincidido con Clodagh? Se marchó hace tres días, y el
mayordomo me informó de que pretendía pasar una temporada en casa de los Swansea. Y si no
lo hubiera hecho, el escándalo de haber abandonado el lecho conyugal a las tres semanas de
casarse habría tocado a tu puerta.
—No le abro la puerta a las habladurías, Blaine. Son una compañía indeseable. Y si no he
sabido de Clodagh debe de ser porque no he tenido la oportunidad de visitar a los Swansea en los
últimos días. La temporada da comienzo a mediados de febrero y son muchos los preparativos de
los que debo hacerme cargo.
—¿Visitas a la modista? —ironizó, mirándolo de arriba abajo—. Es verdad que ahora que
estás casado no deberías llevar blanco.
—Tú, en cambio, nunca has estado oficialmente casado, por lo que no tenías por qué sacar de
tu armario los chalecos oscuros. ¿O es que ya has puesto en marcha la segunda parte de tu plan
maestro: la viudedad precoz? ¿He de darte el pésame?
En lugar de contestar, Blaine tomó el ave de celulosa entre los dedos y se la ofreció con la
misma solemnidad que si fuera la hostia consagrada.
—Desolla al pájaro y descubre la verdad por ti mismo.
Chase aceptó el ofrecimiento sin ocultar su asombro, que Blaine asoció enseguida a su insólita
mudez.
Por lo visto, los tres días que había pasado sin dormir refugiado del mundanal ruido —pero no
de sus tormentosos pensamientos— en la comodidad del despacho constituían el récord de horas
que Blaine podía pasar en silencio. No solo eso, sino que se había quedado sin fuerzas para
comunicarse de forma civilizada con otros seres humanos. Por lo que Thompson le había
informado, traía al servicio de cabeza porque no se molestaba en dar las mínimas órdenes. Blaine
se había sumido en la clase de silencio introspectivo que inmovilizaba las articulaciones, y, como
resultado, ni siquiera había subido al dormitorio para tenderse sobre las sábanas. No quería
comprobar que la huella de Clodagh seguía allí en el caso de que todo permaneciera como si
nada hubiera ocurrido, y si se habían atrevido a cambiarlas, arrebatándole su olor además de su
imaginaria cercanía, no le habría gustado emprenderla a voces con criados que solo cumplían su
deber.
En cuanto Chase terminó de leer, dejó sobre la mesa la nota doblada como si estuviese
envenenada y miró a su hermano sin expresión.
Tal vez el papel en sí fuera inofensivo, pero las palabras que Clodagh había plasmado sí que
destilaban ira. Blaine había perdido la cuenta de las veces que lo había leído aun sabiendo que el
destinatario era Forbes. Clodagh la había escrito con la prisa de marcharse en cuanto llegara el
amanecer, débil por el parto y quizá también temblando de rabia, por lo que había manchas de
tinta por todas partes y las frases se torcían hacia arriba y hacia abajo.
Todo un despropósito.
—No sabes cuánto me gustaría decir que no me sorprende —admitió Chase en tono lastimoso
—. No deja de ser la clase de jugada maestra que debería haber previsto un hombre que ha
presenciado todas tus jugadas maestras. Pero te superas a ti mismo, Blaine.
—En cualquier otra circunstancia te habría dado las gracias.
—Enviar el acta matrimonial al obispo... —Chase meneó la cabeza, reprobatorio—. No sé si
quitarme el sombrero o darte una paliza.
—Si de algo te sirve, creo que si Clodagh hubiera tenido sombrero lo habría utilizado para
asfixiarme mientras duermo.
—Y tú habrías tenido que dejarte para que se hiciera justicia. Nunca apoyo tus métodos, pero
debo decir que, en la mayoría de los casos, los entiendo. Esta vez me dejas sin palabras. ¿Para
qué diablos lo hiciste?
—Para posponer lo inevitable.
Chase le sostuvo la mirada con el aliento contenido, impaciente por conocer lo que seguía a la
confesión. Pero Blaine no dijo nada más. Esperaba con el corazón en la mano que su hermano se
diera por satisfecho con la perspectiva de sus ojeras, que hablaban por sí solas.
—Forbes jamás se habría enterado del truco, Blaine.
—Ya lo sé.
Hubo un breve silencio.
—¿Por qué no lo has quemado o enterrado? ¿Por qué no te lo has comido, incluso? —Sostuvo
el papel entre los dedos, mirándolo perplejo—. No seré yo quien te anime a vulnerar la voluntad
de tu esposa, pero es una idea que ya debería habérsete ocurrido a ti. Después de lo lejos que
habéis llegado ambos por esta mentira sería injusto echarlo a perder. No puedes entregarle la
carta a Forbes...
—¡Esto no tiene nada que ver con Forbes, maldita sea! —exclamó, dando un golpe a la mesa
—. ¿Crees que te he hecho venir hasta aquí para que me salves el culo? Estás aquí para poner en
regla tu condenada herencia, para legalizar y oficializar el traspaso del título. Alégrate, Chase.
Esta no es una gracia que reciban muchos de los hermanos que nacen después.
—Es difícil inspirarse para estar alegre cuando lo que uno tiene más cerca es la cara de perro
de su gemelo.
—Entiendo que te moleste recibir la herencia de esta manera. Ya sé que, para ti, lo óptimo
habría sido que te tocara gestionarla de rebote porque el heredero legítimo hubiera muerto.
—¿Qué demonios dices? —bramó Chase, al límite de la paciencia—. Blaine, esa herencia no
me interesa un carajo. ¿Cuántas veces he de repetirlo?
—No lo sé. —Ladeó la cabeza—. ¿Cuántas veces necesitarás hacerlo para creértelo?
Chase juntó los labios y expulsó el aire por la nariz en una especie de jadeo indignado, pero
no pudo decir nada. Si lo hubiera hecho, se habría delatado a sí mismo con una mentira grotesca.
La ambición hacía brillar sus ojos como antaño lo hizo el ferviente deseo de ocupar su lugar. Un
deseo por demasiado tiempo alimentado como para eliminarse de un plumazo.
—Quiero el título. Siempre lo he querido —reconoció—, pero no a costa de arrebatártelo.
—No te preocupes. Sabes que lo tendrás, tarde o temprano. He llevado este ritmo de vida
desenfrenado para que tengas que enterrarme con todo lo que eso conlleva, que es quedarte mis
posesiones.
—No me digas que te sacrificabas en burdeles y fiestas temáticas para hacer mis sueños
realidad —se burló—. Eres un mártir, Blaine Reynolds.
—Y tú eres demasiado escrupuloso para lo que se te está ofreciendo. Es obvio que moriré
joven, pero esta es la única oportunidad que se te presentará para heredar hasta que Clodagh me
mate del disgusto definitivo. Aprovecha para poner tus asuntos en orden y así podrás lucirte esta
misma temporada que comienza como lord Chase Reynolds.
—Creo que me gusta más cómo suena «señor Reynolds».
El mayordomo interrumpió la conversación y también el mejorado ánimo de Blaine al
aparecer acompañado.
El señor Forbes se anunció a sí mismo levantando las cejas y espetando:
—¡Vaya por Dios! Porque con uno no teníamos suficiente.
—Tiene usted razón. Con dos se tiene suficiente. Tres ya son multitud. —Blaine le sonrió sin
pizca de simpatía y se incorporó para señalarle el asiento disponible con una venia burlona—.
Lamentablemente, las circunstancias nos requieren a todos aquí.
El señor Forbes se permitió expresar una mínima curiosidad hacia el asunto a tratar. Por
supuesto, había acudido a la citación preparado. Cargaba el maletín en que se encontrarían el acta
de nacimiento falsificada, el detallado y traicionero testamento del difunto Reynolds y, en
definitiva, toda la documentación a nombre de Blaine que habría de traspapelar en cuanto leyera
la nota de Clodagh.
Blaine estaba no ya decidido, sino ansioso por dar por concluido el asunto. Guardaba la quizá
ingenua esperanza de ganarse el perdón de Clodagh cumpliendo su voluntad. No sería del todo
descabellado que se planteara regresar a sus brazos una vez supiera que se había desprendido de
sus posesiones, o, dicho de otro modo, lo único que le hacía tolerable a ojos de la sociedad.
No solo estaría firmando por la ruina económica. También por el ostracismo social, lo que a
un animal de grupo como él afectaría a nivel psíquico. Y no le importaba. Estaba dispuesto a
catar la locura y acostumbrarse a la soledad si ese era el precio a pagar para traer a Clodagh de
regreso.
Por desgracia, Chase no opinaba lo mismo.
Lo vio tomar el papel en el preciso momento en que iba a ofrecérselo al señor Forbes.
Sospechando que se proponía esconderlo, lo advirtió con un levantamiento de cejas.
—Chase, entrégale la voluntad de Clodagh al notario.
—¿La voluntad de Clodagh? —repitió Forbes, abrazando su cartera con actitud paciente—.
Veo que las decisiones que respectan a la baronía Godolphin quedan en manos de los únicos
individuos del planeta a los que no puede usted manipular, milord. A su padre, debido a su
condición de difunto...
—Y a mi esposa, debido a su condición de tozuda —completó Blaine—. Pero no se vaya de
celebraciones, que si esto tiene un final feliz para usted es porque así lo he querido yo.
—No parece que eso sea así. Apuesto a que no pensó ni por un segundo que milady lo
traicionaría.
—Y no lo ha hecho, pero sí me ha escarmentado, y no me extraña en absoluto porque ya
conocía su lado vengativo. No se puede decir que no me lo advirtiera.
—Y aun así quiso usted tentar a la suerte.
—Así es como nos divertimos la suerte y yo, Forbes. Nos gusta el juego sucio.
—Ahora también se divertirá su hermano, entonces. —Forbes sacó de su cartera los
documentos que justificaban que la baronía cambiara de manos. Los dejó sobre la mesa,
lanzando miradas de soslayo al silencioso Chase. Dio un golpecito sobre el acta de nacimiento,
sonriente, y anunció—: Señor Reynolds, vaya acostumbrándose al nuevo tratamiento de cortesía,
porque la burocracia de la que debo hacerme cargo es mínima y para esta temporada ya estrenará
usted título.
Chase lo miró de soslayo como si fuera un insecto.
—¿Está usted seguro de eso?
—Seguro como de que todos los hombres tienen ombligo. Dentro de poco pasará usted a ser
el hermano mayor.
—Eso es una auténtica lástima. Me encanta bromear con Blaine sobre los siete minutos de
diferencia que me arruinaron la vida. Es una costumbre de la que me dolería desprenderme.
—Es poco de lo que debe desprenderse en comparación con lo que ganará.
Blaine no se perdía las miradas de venganza consumada que Forbes le dirigía, todas ellas
justificadas pero no por ello menos irritantes.
Era lógico que el notario familiar le tuviera tirria. Blaine jamás había ocultado su desprecio
por los trámites de los que se encargaban sus administradores y era conocido entre todos ellos
como un juerguista desenfadado que antes se dejaría cortar un brazo que cumplir sus
responsabilidades. En definitiva, les ponía todo el trabajo sobre los hombros y se marchaba a
disfrutar de los beneficios de la baronía sin prestar atención a las consecuencias. Chase no
gustaba mucho más por un defecto que tenían en común: demostraba la misma facilidad para la
ironía y se conducía entre sus conocidos con un desparpajo que a veces resultaba burlón, pero
eso no era nada comparado con la rabia que suscitaba su a veces impertinente soberbia. Chase
saneaba cuentas y proponía inversiones con mano de hierro, sin dejar espacio a la opinión del
resto, lo que nadie debía dudar que fuera injusto hacia quienes se encargaban de la hacienda el
resto del año. Pero el hermano menor no tenía la culpa de ser lo bastante avispado para resolver
en unas horas un problema que se había estirado durante toda la temporada.
Dentro de lo malo, Blaine era lo peor. Todo el mundo celebraría, aunque fuera a
regañadientes, que un hombre más capaz se hiciera cargo de la toma de decisiones. Todo el
mundo excepto el beneficiario de la herencia, pues Chase tomó el acta de nacimiento y la revisó
con la misma expresión que si lo hubieran llamado a declarar ante un magistrado.
—¿Y dice que esto me legitimará, señor Forbes?
—Así es, milord.
—Guarde un poco de respeto, Forbes, que aún sigo aquí y no se ha firmado nada —se burló
Blaine, aunque sin perder de vista el semblante inexpresivo de su hermano.
Habría tenido que estar ciego para no saber a esas alturas que aquello avistaba problemas.
—¿Y cómo es posible que un documento falsificado, facilitado por un tramposo con
seguramente un amplio historial criminal y comprado por un barón corrupto tenga el poder de
legitimarme? Me parece que el prefijo «legis» sobra en esta cuestión. Lo que usted y mi padre
acordaron es un timo a secas, y el propósito no era otro que timar también a toda la sociedad
londinense. —Todavía con el documento en manos, Chase dirigió una mirada divertida a Forbes
—. Que no es que respete a la sociedad londinense como para preocuparme de sus
sensibilidades. Ya viven en un engaño; por uno más no iba a incurrir en delitos flagrantes..., pero
hay un problema con esto, y es que me gustaría poder mirarme al espejo todas las mañanas y ver
a un hombre honrado. Y los hombres honrados, señor Forbes, no se dejan comprar.
Dicho aquello, Chase rasgó el acta de nacimiento por la mitad.
Capítulo 33
Blaine y Forbes se pusieron en pie a la vez. El notario intentó abalanzarse sobre él para
evitarlo, medida que habría imitado el actual barón si el escritorio no hubiera actuado como
barrera de contención.
No se pudo hacer nada. Chase rasgó los dos pedazos en cuatro, los cuatro, en ocho, y cuando
fueron pequeños como los botones de su chaleco plateado, abrió las manos y los dejó volar sobre
la alfombra igual que los copos de nieve que comenzaban a amontonarse al otro lado del
ventanal.
Forbes se quedó mirando el suelo con el gesto desfigurado por el horror.
—¡¿Qué demonios ha hecho?! —bramó, arrodillándose para recuperar los trozos—. ¡¿Con
qué derecho...?!
—¿Cómo que «con qué derecho»? —se rio Chase, cruzado de brazos—. Con el mismo que
ejerció mi padre al tratar de hacerme barón, trucos mediante: con el que nos salió de las pelotas,
Forbes.
Blaine salió del trance soltando una potente carcajada.
—No se apure, hombre de Dios —continuó Chase, agachándose para palmearle el hombro
con simpatía—. Si en el fondo le he salvado de incurrir en un delito mayor que podría haberle
costado la cárcel. No sé cuánto le pagaría mi padre por esto, pero la cuestión es que yo no le voy
a pedir que me lo devuelva y dudo que él se presente en su casa a exigirle la cantidad prestada.
—Si por casualidad lo hiciera —intervino Blaine—, por favor, dígale que su hijo lo manda al
diablo.
—¡No era una cuestión económica, sino de lealtad y valores!
—Imagino que con «valores» no se refiere a ninguno positivo, porque vulnerando el derecho
de sucesión (implantado por la monarquía, he de recordar), no está siendo ni honrado ni nada que
se le parezca. Ahora, señor Forbes, ¿por qué no vuelve a casa? Seguro que le esperan otros
asuntos infinitamente más importantes que burlarse de la ley.
El señor Forbes se olvidó de los pedazos que quedaban por recoger y se incorporó, rojo de
rabia.
A la admiración que sentía hacia su hermano, Blaine tuvo que sumar la honda satisfacción de
ver indignado al impresentable. Este acabó soltando los trozos de papel recolectados en una
pataleta infantil que incluyó bufidos, maldiciones y salir de allí dando zapatazos.
A fin de cuentas, ¿qué otra cosa podía hacer?
—Eran un par de listos, pero parece que no tanto como para duplicar el documento —
mencionó Blaine con la vista clavada en los copos de papel que reposaban en la alfombra.
—Romperlo ha sido bastante arriesgado por eso mismo. Si admitía tener un acta de
nacimiento de repuesto, me las habría visto en un aprieto.
—No te habría resultado muy difícil rasgar también el documento de reserva —acotó Blaine,
mirando a su hermano con una mezcla de agradecimiento y total incredulidad—. Por Dios santo,
no me puedo creer que esto acabe de suceder. ¿Eso era todo cuanto tenía que hacer? ¿Romper el
acta de nacimiento?
—Te habría costado menos contratar a un mercenario para amedrentar a Forbes que sacar a
una embarazada de Eaton Square, y reconozco que el día que visitamos el asilo pensé en
sugerírtelo —admitió Chase, cabeceando—, pero en el fondo me fascina tu retorcida mente y
tenía que descubrir cómo te las apañarías para salir victorioso.
—Espero que mi solución estuviera a la altura de tus expectativas.
Chase le dirigió una mirada soñadora.
—La ha superado con creces, hermano. Ni en mil años se me habría ocurrido que resultaría en
el milagro de Blaine Reynolds enamorado.
El mayor le devolvió la mirada con aire socarrón al rodear el escritorio para servir whisky.
Aquello merecía un brindis, y no tanto porque hubiera salvado a tiempo sus propiedades sin
traicionar a Clodagh en el proceso, sino porque su hermano acababa de demostrar que nunca le
pasaría por encima. Ni siquiera con su consentimiento o si se le presentara la oportunidad en
bandeja.
Señaló a su gemelo con el canto de la botella.
—No me digas que todo este numerito se ha debido a que me acompañas en el sentimiento.
¿Me dejas la baronía porque te doy pena ahora que tengo el corazón roto?
—Tú lo dijiste. Yo ya soy exsoldado. Si te quitaba el título, ¿con qué te quedarías tú? ¿Y con
qué esposa te consolarías después? Con Clodagh no, desde luego.
Blaine aspiró entre dientes y se llevó la mano al pecho con alto dramatismo, como si le
hubiera herido de muerte. Se acercó a Chase con ojos brillantes para tenderle el vaso ya servido.
Él se quedó con la botella, a la que dio un trago con gesto amargo.
—¿Por qué? —inquirió unos segundos después—. ¿Por qué has renunciado? Por fin podrías
haberte deshecho de la inquina que te carcome por dentro, y yo por fin podría haber dicho que mi
hermano ha dejado de odiarme.
Tuvo que esperar a que Chase diera un sorbo rápido al licor y tragara, pensativo, para
contestar.
—Quedarme la baronía no haría que dejaras de parecerme un sujeto irritante, como tampoco
restaría la moral cuestionable que caracteriza tus acciones y que tanto me repele.
—Entonces estamos condenados a ser un par de desdichados.
Chase sonrió de lado.
—No, Blaine. A partir de hoy, estás condenado a demostrarme que he obrado como debía
encargándote de tu hacienda como es debido. Yo ya me he quitado todas mis condenas de
encima, incluida la de guardarte rencor por las razones equivocadas.
—¿Cuáles serían las razones correctas, si puede saberse?
—Solo hay una cosa en el mundo que no podría haberte perdonado jamás, y que no
incurrieras en ella hizo que te perdonara todo lo demás.
Blaine relajó los hombros.
No hizo falta que lo mencionara para saber a qué se refería.
Salvo cuando Blaine intentaba naturalizar la causa que había estado a punto de separarlos
mediante bromas pesadas o comentarios desahogados, ambos evitaban pronunciar el nombre
propio del pecado imperdonable por miedo a la redundancia, pues no era necesario hacer
referencia a una rencilla pasada que ya flotaba entre los dos. Que ya vibraba en el aire cada vez
que se miraban en silencio.
—Nunca se me habría ocurrido casarme con Melanie, Chase —le aseguró en voz baja—. No
ya porque ni yo mismo podría haberme perdonado o porque deteste las situaciones incómodas,
que sin duda se habrían dado en reuniones familiares...
—¿Tampoco por el simple y definitivo hecho de que Melanie no te ama? —se burló.
—No me subestimes, hermano. Podría haber conseguido que me amara. Pero admito que
nunca habría llegado a quererme tanto como a ti, y yo no me conformo con migajas.
—Melanie no es ninguna migaja —repuso Chase, el gesto ahora suavizado al recordar al que
fue su primer amor. Aunque no quedaban ni los vestigios de la pasión obsesiva que estuvo a
punto de costarle la vida, aún conservaba afecto hacia ella.
Así sería siempre.
—No lo es, no. Pero no me habría casado con Melanie porque su afecto me habría costado el
tuyo —confesó con humildad—, y un hombre no puede vivir en paz sabiendo que una parte de sí
mismo odia a todas las demás.
—No te habría odiado, no te confundas. Simplemente no te habría perdonado.
—¿Por qué no? ¿Es que aún la amas? —lo pinchó, ocultando el pánico que le tenía a su
respuesta. Apreciaba de veras a su esposa Mercy. Si respondía de forma afirmativa, muy a su
pesar tendría que reservar un espacio para el resentimiento en su corazón—. ¿Te habrían matado
los celos, acaso?
—No es una cuestión de celos románticos, sino de que siempre querré cuidar de ella. Te
quiero porque no me queda más remedio, Blaine, pero sabes que no te recomendaría como
esposo a ninguna mujer. Ni mucho menos a una cuya mano habrías conseguido a base de juegos
sucios, después de haberte burlado de mí, y tratándose para colmo de alguien a quien tanto
aprecio.
—Yo también la aprecio. Pero ni tanto ni tan poco como para arruinarle la vida poniéndole mi
apellido, supongo —meditó en voz alta.
El silencio que siguió despertó la innata curiosidad de Chase, al que le costaba tanto digerir
aquel tema semienterrado que tardó un buen rato en hacer la pregunta que le carcomía.
—¿En qué punto quedaste con ella?
—¿Con Melanie? Me sigue detestando —contestó, desdeñoso—. Pero tal y como le dejé claro
en nuestro último tête à tête, no necesito su absolución para vivir en paz, cosa que quizá debería
haberme dado antes la pista definitiva: tampoco la querría tanto si no me deshice en disculpas
para ganarme su respeto.
Chase brindó por su agudeza.
—He ahí el quid de la cuestión.
—En cualquier caso, has dicho que no me habrías perdonado si me hubiera casado con ella.
No lo he hecho, con lo cual... ¿Quieres decir que estoy perdonado?
Chase le dio una palmada en el hombro.
—Estás perdonado porque la memoria es escasa y prefiero almacenar recuerdos más
agradables, pero no se me va a olvidar nunca de lo que eres capaz. No por inquina, sino porque
pretendo llamarme sabio y no lo estaría siendo si ignorase que eres un adversario a considerar.
—Puedes estar tranquilo en ese aspecto. Hace tiempo que estamos en el mismo bando y no
parece que vayamos a volver a enfrentarnos por una mujer. La tuya te quiere a ti y la mía no me
quiere a mí, así que estamos a salvo.
Inmediatamente después se dejó caer en el sillón y dio un trago a la botella con gesto
desamparado.
Chase se repantigó a su lado con el mismo aire nostálgico.
—Pues tendrás que hacer que te quiera, Blaine, porque estaréis juntos hasta que la muerte os
separe.
Blaine le dedicó una mirada irónica.
—Esa mujer acordó conmigo fingir su muerte para regresar a Irlanda. Si algo me separa de
ella no será la muerte real o la muerte de los sentidos, sino su maldita cabezonería. Además... —
Esbozó una sonrisa condescendiente al mirar el fondo de la botella—, ¿quién quiere al diablo?
Un ángel descarriado seguro que no.
—¿Quién mejor que el ángel descarriado para querer a otro ángel descarriado? —inquirió
Chase—. Recuerda quién fue el diablo antes de caer.
—Este diablo no se acuerda de quién era antes de caer enamorado, y los demás no le
importan. Ahora solo pienso en maneras de solucionarlo todo.
—¿Y alguna de esas incluye métodos poco ortodoxos?
—En absoluto. Incluye al hombre más ortodoxo de todos: el obispo de Rochester.
Chaise soltó una carcajada.
—Debería haber supuesto que irías a lo grande.
—Detrás de un gran hombre, hay una gran mujer. ¿No es eso lo que dicen? Delante de
Clodagh solo podía estar el mismísimo enviado del Señor, el representante de Dios en la tierra.
—Creo que ese es el Papa.
—¿Y conoces su dirección?
Chase volvió a reírse. Sus carcajadas y su pregunta curiosa —«¿Para qué lo requieres?»—
fueron interrumpidas por el mayordomo, que de nuevo se presentó bajo el umbral para anunciar
una visita.
Blaine estaba tan obcecado en desarrollar soluciones que se incorporó de inmediato para
acallar al criado.
—Lo siento, Thompson, estoy ocupado y no espero a nadie más por hoy. No pienso recibir
visitas.
—Pero milord, esta visita es...
—¿Es Clodagh Reynolds?
—No, milord.
—En ese caso, que vuelva otro día. Buenas tardes. —Con la venia, le cerró la puerta en las
narices y volvió a girarse hacia Chase.
Este le observaba con una ceja alzada.
Fue a preguntarle cuál era el problema, pero el mayordomo insistió tocando con los nudillos.
Blaine suspiró y volvió a asomarse para reafirmar su postura, pero se topó antes con el rostro
arrugado de un anciano que no le resultaba familiar.
—Lo siento, su señoría, pero no es usted a quien estoy esperando. —Fue a cerrarle la puerta
de nuevo. El invitado truncó sus intenciones colocando el pie en la ranura.
A punto estuvo de echarlo a cajas destempladas cuando observó que Thompson se había
quedado blanco. Comprendió por qué en cuanto el desconocido habló con voz profunda.
—Sus cartas dicen lo contrario, lord Godolphin.
Y por si eso o sus vestiduras de eclesiástico no hubieran resuelto las dudas, Thompson arrojó
el último rayo de luz sobre la cuestión.
—Yo en su lugar no volvería a darle con la puerta en las narices al reverendísimo obispo de
Rochester, milord.
—¡¿Qué?! —exclamó Chase desde el interior—. ¿Le acabas de cerrar la puerta en las narices
al condenado obispo de Rochester?
El susodicho, haciendo gala de una paciencia envidiable, cabeceó en señal de resignado
asentimiento.
—Preferiría no oír mi nombre vinculado a esa... expresión —comentó, entrelazando las
manos en el regazo. Ladeó la cabeza hacia el pálido mayordomo—. Thompson, este patrón suyo
es mucho peor de lo que me habían contado y de lo que deduje yo mismo de la miríada de
epístolas con las que lleva semanas abrumándome.
—¿Las ha leído? —inquirió Blaine, emocionado.
—No me he tomado la molestia de abrir más que la última, lord Godolphin, y sí la libertad de
visitarle para pedirle en persona que deje de dirigirse a la diócesis para relatar sus cuitas
amorosas.
—Y lo haré ahora que puedo relatárselas a viva voz —determinó Blaine, a punto de ponerse a
batir las palmas—. Pase, hombre de Dios, pase y hablemos. No sabe cuánto le honra haber
visitado a uno de sus atormentados feligreses para ofrecer su ayuda. ¿Le puedo servir una copa
de vino? ¿Whisky? ¿Qué prefiere su Reverendísimo Señor?
Chase seguía de pie mirando a la eminencia que se abría paso en la estancia con el caminar
pausado de los religiosos, que a veces parecían flotar. Blaine le invitó a sentarse en uno de los
sillones libres, pero el obispo tomó asiento donde le plació, es decir: donde hasta hacía un
segundo Blaine había estado lamentándose.
Para la perplejidad de su hermano gemelo, que a ratos le echaba un rápido vistazo a él de pura
incredulidad, el mismísimo obispo dio un sorbo a la copa recién servida. Tras dar el visto bueno
al vino, que por fruto de la suerte bien avenida de Blaine había resultado ser su predilecto, el
obispo entrelazó los dedos sobre el regazo y lo atendió.
—Blaine Reynolds —pronunció como si de una profecía se tratase—, en tan solo una carta
me ha escandalizado usted más de lo que habría creído humanamente posible.
—Se lo agradezco, reverendísimo. Viniendo de usted debe ser un halago que le digan que su
descaro es del mundo superior.
El obispo pareció esforzarse por no sonreír. Fue a intervenir con la misma soberana calma con
la que lo hacía todo —beber, caminar, estar en la sala— cuando el mayordomo interrumpió una
tercera ocasión. Blaine respingó como un resorte y se dirigió allí por si acaso se hubiera obrado
un milagro y por fin hubiera regresado Clodagh, pero solo se asomó un joven lacayo que no le
sonaba familiar.
—¿Quién eres tú? —le preguntó sin rodeos—. Tengo una visita de renombre que atender.
—No vengo a buscarle a usted, milord, sino al señor Reynolds —corrigió con voz aguda. Se
asomó por encima del hombro de Blaine, para lo que tuvo que ponerse de puntillas, y se dirigió
solo a él con una falta de cortesía abrumadora—. ¿Señor? Me manda Edison Swansea a buscarle.
Chase se incorporó.
—¿Edison Swansea? ¿Por qué?
—Su esposa se pondrá pronto de parto en la mansión familiar y consideró que le gustaría
saberlo para estar allí cuando su hijo...
Chase palideció de sopetón. Se olvidó de que en la mano sostenía una carísima copa de cristal
y la dejó caer, con la buena ventura de que no se hiciera añicos al dar sobre la alfombra.
—Maldita sea, ¡maldita sea! —exclamó, corriendo hacia la salida. Tuvo que rehacer sus pasos
para rescatar la chaqueta—. ¡Le advertí que no se le ocurriera salir de cuentas mientras estuviera
en Reynolds Abbey! ¡Esa condenada mujer no sabe acatar una orden!
Fuera porque la conexión les obligaba a experimentar en la piel las sensaciones del otro o
porque aquel sería su sobrino, Blaine también cayó presa del nerviosismo y miró al obispo con
sentimientos encontrados. Este le miró a su vez con las cejas enarcadas, preguntándole en
silencio si pensaba dejar en la estacada a su «visita de renombre».
—Su Reverendísimo Señor... —empezó—. Se trata de mi sobrino. Casi mi hijo, si quiere
verlo de ese otro modo, ya que si se parece a mi hermano, se parecerá también a mí y...
—¿Y?
—¿Le gustaría acompañarnos a Londres? En un trayecto de tres horas le habré contado todo
cuanto necesita saber para devolverme las cartas sin molestarse en leerlas. Allí también tengo
licor —le prometió. Lanzó una mirada nerviosa al pasillo, por donde Chase había desaparecido
dando grandes zancadas.
El obispo demostró merecer los favoritismos del Señor al no hacerse de rogar. Se puso en pie,
tan decidido que cualquiera diría que se dirigía a la batalla, y le hizo un gesto hacia la puerta para
indicar que saldría en pos de él.
—Es usted una deidad —le juró Blaine, juntando las palmas.
—No blasfeme demasiado o cambiaré de opinión.
—Sí, lo lamento, lo lamento... —Esperó a que el obispo se colocara a su altura y ambos
siguieron el rastro de Chase con la mayor premura posible, que era bastante reducida por los
achaques de la ancianidad del invitado. Pero Blaine no perdió tiempo y habló sin tapujos.
—Necesito que me ayude, reverendísimo.
—Yo también creo que necesita usted ayuda, milord, y estoy dispuesto a brindársela porque, a
decir verdad, parece que tiene usted unos cuantos pecados que expiar... —Lo miró como si no
tuviera remedio—. Y sigue sumando.
Capítulo 34
Le había tomado tres días desde su reencuentro con los Swansea reunir el valor para
sincerarse. Tuvo la suerte de que su mero regreso alertara a la familia al completo y decidieran
de tácito acuerdo no importunarla con interrogatorios. Clodagh estaba agradecida porque
hubieran respetado su silencio y su supuesta decepción hacia la institución del matrimonio, pues
no habría sabido cómo contestar preguntas indiscretas. Pero esa misma mañana se había
propuesto decir la verdad, contar todo lo relativo al sórdido pacto y cómo se había torcido todo
demasiado tarde, cuando ya no podía desprenderse de Blaine como si nunca hubiera existido.
En el preciso segundo en que Clodagh había separado los labios para dar la noticia, Mercy
había roto aguas. Y ahora, en pleno revuelo por el niño que venía al mundo, no era conveniente
disculparse por la mentira. No le había quedado otro remedio que aplazar el momento de la
verdad, y eso si después de presentar al pequeño o pequeña Reynolds se daba la ocasión.
Clodagh estaba tan nerviosa como el resto de las hermanas de Mercy, que se iban turnando
para entrar y salir del dormitorio a pesar de que el médico había pedido quedarse a solas con ella.
En ese momento esperaba ante la puerta cerrada con un nudo en el estómago.
Aquel era el día de las coincidencias, de las interrupciones o de las invocaciones, porque
cuando Temperance se cansó de recorrer el perímetro del rellano y espetó «¿Dónde diablos está
Chase?», el mencionado apareció subiendo las escaleras a trompicones.
Llevaba la chaqueta sobre el brazo, la corbata torcida y sudaba a chorros.
—Por Dios —farfulló Faith—. ¿Ha venido de Kent corriendo?
—Casi —contestó Reynolds. El otro Reynolds. El que le había seguido con el mismo paso
apretado, pero sin embargo se mostraba ante los Swansea perfectamente peinado, vestido y bello
como si ningún problema mundano pudiera afectarle.
Clodagh se quedó inmovil al ver a Blaine cruzar la estancia con un par de zancadas. Lo vio
barrer el rellano con la mirada buscando a la mujer que quería esconderse de él. No le dio
resultado, porque Temperance, siempre avispada y solícita, se ocupó de interponerse entre
Clodagh y la trayectoria de su mirada.
Blaine desapareció en el interior del dormitorio junto a su hermano.
Después, la puerta se cerró.
—Espero que, si algún día tengo un hijo, se cumplan las órdenes del médico a rajatabla —se
quejó Faith, cruzada de brazos. Era la única junto a Temperance y Clodagh que se había quedado
guardando la puerta por culpa del relevo. El primer turno, que comprendía a las dos hermanas
pequeñas y a sus padres, se encontraba en la habitación haciendo tanto ruido que los gimoteos de
Mercy pasaban desapercibidos—. Ha dicho que necesita estar a solas con Mercy y creo que no se
ha congregado tanta gente en un dormitorio desde que se aplaudían las noches de bodas de los
reyes.
—Pues yo espero tener compañía. Por lo menos la del caballero que me ha dejado encinta —
apuntó Temperance—. Aunque Mercy no haga un ruido, me parece que es un espectáculo
desagradable y el culpable habrá de sufrirlo tanto como yo.
Luego se giró hacia Clodagh, a la que seguía cubriendo, y le guiñó un ojo. Ella correspondió
su gesto con una sonrisa temblorosa.
Ya estaba con los nervios crispados por el parto que se avecinaba. Tenía el suyo tan reciente
que sabía la cantidad de complicaciones que podían presentarse, además de recordar el dolor que
lastraba. La llegada de Blaine, que por un lado debería haber previsto, solo la había desquiciado
más aún.
—Por cierto —agregó Temperance—, todo apunta a que me las veré en estas circunstancias
dentro de unos siete u ocho meses.
Faith se giró hacia ella con los ojos abiertos como platos.
—¿Estás embarazada? —Enseguida se recuperó de su propio asombro con una pequeña
sonrisa condescendiente—. Por Dios, esto parece un mal contagioso. Dentro de poco lo estaré yo
también.
—No me digas, querida. Estoy ansiosa por conocer a tu precioso niño irlandés.
Si Faith hubiera tenido un objeto punzante a mano, Clodagh estaba segura de que se lo habría
arrojado a su hermana. No pudo ni replicar, porque Blaine salió del dormitorio casi propulsado,
como si alguien lo hubiera empujado por detrás.
Hubo un pequeño silencio antes de que expresara, recomponiéndose:
—Parece que no es el momento de hacerme pasar por mi hermano.
Faith aguantó una carcajada.
—¿Qué ha hecho ahora?
—¡Nada!
—Quien nada no se ahoga, milord —se burló Temperance.
—Quería ahorrarle a Chase el horror de estar presente en un momento tan peliagudo y así me
lo ha pagado. He cogido de la mano a Mercy antes que Chase, le he dado ánimos cariñosamente
y ya ve el estado de mi chaqueta. Tendré que llevarla al sastre para que le cosa el hombro.
—Podría haber sido peor —meditó Faith—. Podría haber tenido que pedirle al médico que le
cosiera la cabeza de nuevo a los hombros.
—Sin duda eso le habría encantado a milord —intervino Clodagh, sin poder resistirse—.
Arrebatarle el protagonismo a una embarazada el día de su parto es la clase de cosa que le alegra
el día.
—No voy a mentir. Estar aquí me ha alegrado el día —confirmó el aludido—. Solo falta que
la señorita Temperance Swansea se retire para que se me alegren también las vistas.
Hubo una pequeña pausa en la que Clodagh cometió el error de asomarse por el costado de
Temperance. Estuvo a punto de volver a esconderse cuando se topó con la mirada insondable de
Blaine, en la que no había ni rastro de la socarronería con la que había hablado.
—Hola, Cloud.
Clodagh no lo ignoró por despecho o por el placer de hacerle sentir minúsculo. No respondió
porque se le había secado la garganta. No había contado con tener que enfrentarlo tan pronto, y
ni mucho menos con que tomara asiento en el único sillón del rellano desde el que se la podía ver
pese a la guardia montada de Temperance.
Se oyó un grito y una serie de ánimos pronunciados en voz baja. Todos allí se tensaron y
dejaron pasar unos segundos de completo silencio. Un rato después, Blaine, que había empezado
a menear la pierna, apartó la mirada de la puerta e inquirió, de buen humor:
—¿Creéis que el niño nacerá sabiendo sumar?
—Si en algo se parece a su tío, nacerá sin saber cuándo cerrar el pico —intervino Clodagh—.
¿Tiene algún problema con el silencio, milord?
—Con el silencio en general no, milady. Solo con el suyo.
Temperance carraspeó, aguantando la risa.
—Yo me sé de una embarazada a la que le molesta que milord le haya robado el
protagonismo. Yo misma —recordó Temperance—. Por favor, tantos años con una madre
ansiosa por casarme pegada a la cadera y ahora doy esta noticia, ¿y pasa desapercibida?
—Eso te pasa por darla cuando la madre pegada a la cadera no está presente —la reprendió
Faith.
Clodagh y Blaine seguían mirándose en la distancia. El barón solo apartó la vista un segundo
para posarla sobre Temperance.
—¿Está usted embarazada? La felicito, aunque creo que antes debería haberse casado.
—Me gusta hacer las cosas en el orden inverso, y sé que a usted también, milord. A fin de
cuentas, ha engendrado una preciosa niña antes de conocer siquiera a la madre.
Clodagh notó que se le cerraba la garganta al ver el rostro de Blaine iluminarse. Se le vio
intentando contenerse para no revelar su más que obvia debilidad por la criatura, pero su
expresión se suavizó hasta hacerle parecer un hombre distinto.
—¿Cómo está Bláthnaid?
Clodagh fue a espetarle alguna barbaridad que le quitara las ganas de seguir preguntando.
Algo que borrara de su rostro esa condenada ilusión de padre. Pero no fue capaz. Le enterneció
que, discretamente, fuera posando la mirada en una puerta y en otra, tratando de adivinar detrás
de cuál se encontraba.
—No llora tanto como cabría esperar en una niña con ese nombre —dijo Temperance.
Blaine se echó a reír, pero no fue una risa burlona, sino encantada.
—Si hubiera sido mi hija, le aseguro que la habría llamado de otro modo.
—Pero no lo es. No es su hija —atajó Clodagh.
Blaine no la miró, pero dejó de sonreír y se sumió en el silencio. Esto debería haber
complacido a Clodagh, y, sin embargo, solo se sintió ruin e injusta. Lejos de disculparse, retiró la
mirada y se concentró en arreglar el volante de la manga del vestido, que de tanto toquetear
acabó descosiéndose un tanto.
Entre los disimulos de Clodagh, el silencio de Blaine y la conversación de Temperance y
Faith sobre la criatura que estaba por llegar, el bebé que estaba gestándose en el vientre de la
mayor y el que dormía con placidez en la cuna de una habitación cercana, transcurrió la hora de
rigor para hacer el cambio de turno. Apenas el reloj marcó las dos, se hizo el relevo. Prudence,
Hope y Charity salieron para que pudieran entrar las otras tres. Blaine se quedó fuera por
decisión propia, lo que habría hecho sospechar a la joven si la escena del parto no la hubiera
abducido por completo.
Chase agarraba la mano de Mercy mientras ella comenzaba a empujar. Hasta entonces solo
había padecido el dolor punzante de las contracciones, pero ahora llegaba el momento de la
verdad. Reclinada a una esquina del dormitorio para no molestar, Clodagh revivió su propio
alumbramiento sin quitar la vista de la pareja. Chase le susurraba palabras que no alcanzó a oír,
pero que debían contener el aliento que a Mercy le faltaba y el afecto que sin duda merecía. Le
retiraba el sudor de la frente con un paño y la besaba en la mejilla, animándola a continuar.
Wilhelmina y Edison hacían lo mismo al otro lado de la cama, y Temperance y Faith, cada una a
su manera, mostraban su apoyo tanto como se lo permitía el exigente doctor.
Clodagh observaba la escena con un nudo en la garganta, odiándose por ser incapaz de
reprimir sus celos en un momento de esa importancia.
Cuánto le habría gustado a ella que su parto hubiera sido así. Que Blaine hubiera apretado su
mano con cariño, que la hubiera tranquilizado con halagos o alguna de sus bromas fuera de
contexto. No se arrepentía de haber roto aguas en un momento crítico porque había estado
ansiosa por abrazar a la pequeña y sentía que no habría podido esperar ni un solo segundo más.
Pero el parto había estado inevitablemente marcado por la rabia de la traición de Blaine y la
angustia de no saber cómo proceder a continuación.
Clodagh sentía que le habían arrebatado uno de los momentos más bellos de su experiencia
como madre.
No pudo soportar el mero pensamiento y abandonó la habitación para correr a la que le
correspondía a Bláthnaid, impulsada por ese instinto maternal superdesarrollado al que no cabía
resistirse. Todo lo contrario. Dicho instinto se había convertido en la brújula guía que marcaba
sus pasos. Y sus pasos la guiaron a una escena que no le sentó mucho mejor que el parto de
Mercy. Una escena que también representaba lo que podría haber tenido y, sin embargo, no
tendría.
Mentiría si dijera que no había fantaseado con ello, pero era un sueño elevado de tan
inalcanzable y nunca creyó que tendría la suerte de verlo con sus propios ojos. Sin embargo, ahí
estaba Blaine, de espaldas a ella. Acunaba a la criatura entre sus brazos y le hablaba en voz baja.
No usaba el tono bobalicón tan característico de los adultos a la hora de dirigirse a los niños,
pero sí empleaba una dulzura que le sacudió el corazón. A fin de cuentas, era un tono que no le
había oído emplear con nadie más.
—Eres igual que tu madre —decía, meciéndola a un ritmo cadencioso que la pequeña
Bláthnaid parecía agradecer—. Solo físicamente, claro está. Por ahora no has dado señas de ser
más terca que una mula, pero esperemos que así seas cuando crezcas. Puede parecer un defecto a
priori cuando nada más lejos de la realidad. La terquedad evitará que te rompan el corazón. A
nadie le gustaría que un noble arrogante jugara contigo. A mí menos que a ninguno.
Clodagh abrió la boca para interrumpir, pero no fue capaz de irrumpir en la escena. Era su
bebé, no era el de aquel descarado. De hecho, Blaine era un polizón al que podría echar a patadas
si quisiera.
Pero no quería.
—Puedes llamarme Blaine —continuó, arriesgándose a sostenerla con un solo brazo para
acariciarle la mejilla con la punta del dedo. Clodagh lo vio sonreír al agachar la nariz para
mirarla de cerca, exponiendo su perfil romano—. Entre tú y yo... nunca me ha gustado eso de
«milord». No me considero un caballero en el sentido de la palabra. Pero tú... tú eres toda una
dama, querida. ¿Quieres que te trate de usted? ¡Oh, Dios! ¿Eso que veo es una sonrisa? ¿Me
estás sonriendo? —Blaine se echó a reír de puro deleite. Clodagh no pudo moverse—. Sabía que
se me daban bien las mujeres, pero esto ya sobrepasa todas mis expectativas. Espero que solo me
hayas sonreído a mí así, o de lo contrario me pondré terriblemente celoso.
No pudo soportar ni un segundo más esa absurda intimidad tejida entre ambos e intervino.
—¿Quiere hacer el favor de dejar de flirtear con una recién nacida?
Se arrepintió de haber interrumpido por si Blaine daba un respingo y la niña se le escurría,
pero actuó con una prudencia impropia de él dandose la vuelta muy despacio.
No miró a Clodagh. Siguió con la mirada prendida del rostro joven de Bláthnaid.
—No lo he podido evitar. Es irresistible. Pero no tienes de lo que preocuparte —le aseguró,
alzando la barbilla para sonreírle de lado—. Tengo amor para las dos.
Clodagh se impacientó al notar el revoloteo de las familiares mariposas en el vientre.
—¿Quién te ha dado permiso para estar aquí, Blaine? —Cuadró los hombros y sonó más
tajante si cabía al decir—: Qué pregunta tan estúpida. A ti nadie tiene que darte permiso para que
hagas o deshagas a tu antojo.
—No es como si fuera a hacerle daño, Clodagh —susurró humildemente, lanzando una breve
mirada llena de ternura al rostro sereno de Bláthnaid—. No se me ocurriría.
—Eso está por ver. Déjala en la cuna ahora mismo, Blaine.
Capítulo 35
Él no obedeció enseguida. Se resistió justo lo que tardaba un hombre en darse cuenta de que,
tratándose de quien se trataba —la criatura de una madre—, no podía ser excesivamente obtuso.
No obstante, acabó soltando lo primero que le cruzó el pensamiento.
—No dejar que la viera ha sido una crueldad.
No sonó a reproche, sino a verdad absoluta. Esa verdad caló a Clodagh y le impidió responder
enseguida.
—¿Por qué? Cualquiera habría deducido a partir de tu comportamiento y tus puñaladas por la
espalda que Bláthnaid te importa lo mismo que yo. —Pausa—. Nada.
—¿Mis puñaladas por la espalda? ¿Así defines mis impulsos? ¿Cómo te referirías entonces a
Jerry, el hombre con el que te marchaste de Reynolds Abbey? Él no ha sido un ejemplo de
bondad y juraría que meció a la niña en brazos.
—Te equivocas.
Blaine apartó la mano del borde de la cuna y dio un paso hacia Clodagh, tan castigado por la
desesperación que intentaba reprimir que todo su cuerpo era un bloque de hielo.
—Te vi marcharte con él, Clodagh. Lo vi con mis propios ojos. ¿Dónde está ahora? —
Extendió los brazos y miró a un lado y a otro, como si fuera a aparecer en cualquier momento—.
Suponía que se marcharía en cuanto se le presentara la oportunidad de meter las manos en tus
bolsillos, pero me ha sorprendido incluso a mí que no tardara ni una semana en desvanecerse en
el aire.
Clodagh también avanzó hacia él, guiada por el mezquino impulso de hacerle daño. El mismo
que la había inspirado a hacerle creer que aún amaba a Jerry.
—No sé dónde está. Solo lamento que no le estés haciendo compañía. —Sonrió sin pizca de
humor—. No soy estúpida, Blaine. No te necesitaba para abrir los ojos y ver quién era Jerry.
Pero parece ser que tú no tienes mi inteligencia en la misma consideración, dado que, en un acto
de paternalismo despreciable, me evitaste darle una lección por mi cuenta.
—¿Una lección por tu cuenta? —repitió, confuso—. ¿Marcharte abrazada a un hombre te
parece darle un escarmiento? Por Dios, ¡escarmiéntame a mí!
—Me fui con él porque sabía que te haría daño —dijo sin ápice de vergüenza, alzando la
barbilla a la espera de un reproche que no tomaría en serio—. Lo dejé a un lado del camino en
cuanto perdí de vista la mansión.
Odió la adorable confusión que se apoderó de Blaine. Habría tenido que estar ciega para
perderse el brillo esperanzado que despidieron sus ojos un segundo después de asimilar la
jugarreta.
Esa no era la reacción que estaba buscando.
—¿Acaso no lo amas?
—No lo amo más de lo que tú mereces ser amado.
Blaine esbozó una sonrisa extraña.
—Dios te bendijo con el don de hacer daño con solo despegar los labios.
—Motivo por el que tú siempre tendrás ventaja sobre mí, porque a ti no te hace falta hablar ni
para herir a los demás ni para salirte con la suya. Porque te has salido con la tuya, ¿no es así, lord
Godolphin?
Los dos se midieron con la mirada en silencio, a ratos conteniendo la respiración, a ratos
tomando aliento con fuerza para intentar reponerse.
Pese a las duras palabras que le había dedicado —y que consideraba más que merecidas—,
Clodagh no conseguía verlo como el villano del que debía distanciarse. Había creído que la
decepción mataría el amor o, por lo menos, comenzaría a pudrirlo, pero parecía que sus
sentimientos hacia Blaine hubieran germinado en un rincón del corazón al que las emociones
negativas no tenían acceso.
No lo quería sin condiciones, pero de algún modo lo amaba incondicionalmente. Y él, maldito
él con su intuición de diablo, lo sabía. Lo veía en su rostro.
—Me temo que sigo manteniendo el título por obra y gracia de mi hermano, no porque haya
hecho uso de mis malas artes. Rompió el acta de nacimiento ante las narices de Forbes. Con un
gesto tan sencillo y a la vez elocuente como ese, mi enfrentamiento con la notaría tocó a su fin.
Pero le entregué tu voluntad —le aseguró, dando el último paso hacia delante para que su olor la
abrazara y sostener su mirada se hiciera insoportable—. Sin titubear.
—¿Se supone que debo darte las gracias por cumplir con tu deber? —Soltó una carcajada
irónica—. Estás tan acostumbrado a ignorar los deseos de otros en beneficio de los tuyos que,
cuando haces lo que tienes que hacer, sientes que mereces una ovación.
—No negaré que esperaba que eso sirviera para que te dieras cuenta de que ni la baronía me
importa tanto como tu regreso.
Clodagh mantuvo la leve sonrisa sarcástica en los labios.
—Incluso si Chase Reynolds no hubiera intercedido por ti ante el notario, el azar se las habría
arreglado para devolverte lo que es tuyo. Sabes tan bien como yo que la suerte está de tu lado.
—A la suerte no se la puede abrazar por las noches, así que comprenderás que no sea a la que
quiero a mi lado.
Clodagh reprimió un escalofrío.
—No creo que este sea el mejor momento para comportarte como un desagradecido. No todos
nacimos al amparo de la eterna estrella fugaz, Blaine.
—Si te quedaras conmigo podrías disfrutar del brillo de esa estrella tanto como lo disfruto yo.
—Creo que prefiero mi oscura soledad, pero no soy tan egoísta como para negarle la
bendición divina a mi pequeña. —Esperó un segundo para confirmar que no se arrepentiría de la
alternativa que llevaba barruntando unos cuantos días—. He decidido que, si estás aún dispuesto,
le pongas tu apellido a Bláthnaid. No eres la clase de hombre que me gustaría que tomara de
modelo para el futuro, pero su padre es incluso más despreciable si cabe y no le deseo a ninguna
criatura de este mundo el mal de nacer huérfano de padre.
No esperaba que Blaine se negara. Había dejado muy claro que estaba dispuesto a alcanzar la
luna con los dedos si eso le garantizaba su regreso. Sin embargo, le sorprendió que pusiera sus
condiciones sin pensarlo.
—Si le pones mi apellido, será mi hija... —aclaró, muy despacio—. Con todo lo que eso
conlleva.
Clodagh enarcó las cejas.
—¿Que es...?
—Me permitirás verla por lo menos una vez a la semana.
—Sabes que esta es tu casa. Los Swansea te abrirán las puertas cualquier día de la semana.
—No, no. Cuando venga aquí, será para visitar a los Swansea —especificó, con la fría calma
de la que se armaba para cerrar tratos—. Cuando quiera ver a Bláthnaid, tú en persona la traerás
a Godolphin House, en Mayfair. Podrás estar presente mientras intimo con ella para quedarte
tranquila.
—¿Eso es lo mejor que se te ocurre para acercarme a ti? ¿No te avergüenza utilizar a mi
propia hija para tus fines perversos?
—¿Qué fines perversos? —susurró él, agachando la mirada para posarla sobre sus labios—.
No utilizo a Bláthnaid para encamarme contigo, Clodagh. La acerco a mí para darle un padre.
Que eso signifique darte a ti un buen marido es mera casualidad.
—¿Crees que serías un buen marido? —se burló.
—¿Acaso no lo he sido el tiempo que me has permitido demostrarlo?
Clodagh le aguantó la mirada sin respirar, a sabiendas de que si no decía algo, si no daba un
paso atrás, Blaine sonreiría como el demonio que era y se aprovecharía de su más que evidente
debilidad para avasallarla con un beso demoledor. Para confirmar que la respuesta era afirmativa.
Sí, había sido un buen marido... para su inmensa desgracia.
No quería admitir que sería así de sencillo doblegarla, pero era cierto que la había conmovido
la entrega voluntaria de su carta al notario y su complicidad con Bláthnaid. Incluso si a Blaine le
perseguía la suerte y era la clase de hombre al que le gustaba tentarla, habría jurado que no se
arriesgaría a perder sus pertenencias. Pero había parecido sincero al decir que nada le importaba
ya el testamento, que sus posesiones y los rendimientos de la hacienda eran beneficios que
palidecían a su lado. Una romántica consagrada como ella, y para colmo perdidamente
enamorada, no podía ignorar su sacrificio, como tampoco sofocar el deseo irreverente de
permanecer a su lado.
La puerta se abrió de repente para salvarla de sí misma.
Se asomó una sonriente Prudence.
—Ya están aquí —anunció, tan sacudida por la emoción que la voz le temblaba—. ¡Han
nacido por fin!
—¿«Han nacido»? —repitió Blaine, aturdido.
Prudence se echó a reír, incapaz de refrenar su entusiasmo. Extendió los brazos.
—¡Son dos!
Clodagh y Blaine se olvidaron de su enemistad por un segundo para compartir una mirada
feliz. Él salió primero para saludar a sus sobrinos como merecían, y ella, que tenía muy reciente
su propio parto, lo siguió con el corazón en un puño después de inclinarse sobre Bláthnaid para
besar la tierna mejilla. Confiaba en que todo habría salido bien aunque solo hubiera sido por la
cantidad de buenos deseos que se habían concentrado en la habitación contigua.
A pesar de las recomendaciones del médico, todas las Swansea se habían arremolinado en
torno a la cama para guardar a su hermana. Estaba cansada, pero una sonrisa satisfecha destacaba
en su rostro enrojecido por los esfuerzos y había conseguido que le permitieran abrazar a una de
las criaturas antes del reconocimiento médico.
Clodagh se adelantó en cuanto el señor Swansea la invitó a formar parte del cuadro con un
gesto de mano. Inmediatamente después, le pasó un brazo por los hombros a su esposa, que
observaba la escena intentando disimular la emoción como una dama decente haría.
—Señora, no pasa nada si derrama un par de lágrimas —le dijo Edison, estrechándola contra
su costado.
—¿Por qué iba a derramar una sola lágrima? Un parto es lo más natural y corriente del
mundo, una obligación universal para toda esposa.
—No creo que sea una obligación universal dar a luz dos criaturas de una sentada.
—Ya la he felicitado por eso —zanjó Wilhelmina con orgullo. Luego posó su mirada en el
padre, que mecía entre sus brazos al otro gemelo—. Señor Reynolds, me gustaría abrazar a mi
nieto.
—Dios santo, su nieto —repitió Edison, meneando la cabeza—. ¿En qué momento hemos
envejecido tanto, señora Swansea? No me he dado ni cuenta de que seguíamos creciendo.
—Le habrá pasado inadvertido porque usted sigue siendo risueño como un crío —apuntó
Blaine, sonriendo de brazos cruzados. Miraba a su hermano con afecto burlón, y no era para
menos. También Clodagh se había prendado del modo en que Chase mecía al recién nacido—.
Espero que les enseñes a no discutir por quién es el favorito, hermano... aunque algo me dice que
te volcarás más con el segundo.
Chase levantó la cabeza hacia Blaine.
—No tengo herencia nobiliaria que trasladarles, Blaine, y seré equitativo. Si quieren pelear,
tendrán que buscarse otro motivo distinto al dinero o el prestigio.
—¿Cómo se llamarán? —inquirió Prudence, arrodillada justo al lado de Mercy. Acariciaba la
minúscula mejilla de la criatura con la yema del dedo meñique, obnubilada.
Chase y Mercy intercambiaron una mirada cómplice.
—Este es Benjamin —dijo él, orgulloso.
—Y este es Franklin —presentó Mercy.
Hubo un pequeño silencio en la sala antes de que todos rompieran a reír, en especial el señor
Swansea y Blaine.
—Y juntos son padres fundadores de los Estados Unidos —decretó Edison, de buen humor—.
O, por lo menos, son padres fundadores de la tercera generación Swansea.
—Con esos nombres estoy ansioso por averiguar qué se inventarán —admitió Blaine.
—Si salen parecidos a su tío por vía paterna, «ansioso» no sería la palabra que yo usaría, sino
más bien «asustado» —le contestó Chase—. Y lo que inventarán, siguiendo nuestras costumbres,
serán modos de buscarse las cosquillas.
—Entonces se reirán de lo lindo y se divertirán en su mutua compañía incluso más que
nosotros —confirmó Blaine, guiñándole un ojo de buen humor.
Chase, quizá porque andaba de ánimo sensible o porque bajada la guardia era capaz de
admitir debilidades que de ninguna otra manera habría puesto sobre la mesa, alzó la mirada hacia
su hermano y le sonrió con calidez.
—¿Más que nosotros, Blaine? Eso lo dudo.
Capítulo 36
Clodagh aguantó la respiración apenas el carruaje se detuvo ante Godolphin House. Era una
de las numerosas mansiones que dominaban el barrio de Mayfair, pero eso ya lo sabía. Había
estado allí con anterioridad, hacía no mucho más de mes y medio, y no precisamente para prestar
una visita de cortesía. De hecho, dicha visita había involucrado armas de asalto.
Recordaba haber recorrido gran parte del West End sin carabina para apuntar a Blaine con una
bayoneta. En aquel entonces aún se refería a él como «lord Godolphin» y no tenía ni la más
remota idea de en qué desembocaría su relación. Debería haberlo imaginado, pues Blaine no
había errado el tiro al dispararla con una verdad que Clodagh habría odiado admitir: al segundo
día de conocerlo en persona ya estaba furiosa con él, y nada más y nada menos que por haberle
hecho desear que la amara tanto como fingió.
Ya era tarde para lamentaciones, y también demasiado pronto para arrepentirse de haber
viajado hasta allí. No obstante, Clodagh quería darle una lección de honradez a Blaine siendo la
primera que cumpliera sus promesas. Tal y como le había dicho hacía una semana, allí estaba,
empujando el carro en el que dormía la pequeña para que su supuesto padre pasara tiempo con
ella.
Había pensado en echarse atrás, pero tan pronto como la señora Swansea supo de sus
intenciones de mantener a Bláthnaid alejada de Blaine, la instó a prepararse.
Wilhelmina era de la misma opinión que el barón. Le parecía una auténtica crueldad mantener
alejada a la criatura del hombre que le había dado su apellido. Clodagh pensaba para sus adentros
—y no sin cierta ironía— que resultaba curioso que una mujer que sabía tan bien hasta dónde era
Blaine capaz de llegar estuviera de acuerdo con que bordaría el papel de padre. Aunque claro, no
podía olvidar que era la misma mujer que había estado dispuesta a entregar a ese hombre la
mano de su hija, la que se había enfurecido al saber que no podría casarla con él, sino con un
caballero mil veces más honrado.
El mayordomo la reconoció apenas la vio y le dio la bienvenida con una sonrisa de lo más
curiosa. Le pidió que lo siguiera hasta el despacho donde se encontraban milord y su visita.
—¿Su visita? —repitió Clodagh—. ¿Qué visita?
En ese preciso momento se abrió la puerta del despacho. Bajo el quicio de la puerta apareció
Blaine en mangas de camisa y con actitud resuelta. Su cabello revuelto y el brillo alegre en sus
ojos verdes descolocaron a Clodagh tanto como avivaron sus sospechas.
¿Estaba a solas con una mujer?
—Aunque le cueste creerlo, milady, hay gente que viene a verme por el placer de pasar el rato
conmigo —le respondió, como si hubiera oído su pregunta en el pasillo—. Lamentará saber que
me deshice de la bayoneta. Se la entregué a su legítimo dueño hace apenas unos días.
—No me apena. Seguro que colecciona toda suerte de objetos punzantes en su despacho.
—Me he preocupado de retirarlos para que Bláthnaid no se hiciera daño ni por casualidad.
Los críos son muy escurridizos.
—Sí que lo son. El que tengo delante me lo ha demostrado en alguna que otra ocasión.
Blaine aceptó la pulla con un asentimiento de cabeza y otra media sonrisa que consiguió
alterar a Clodagh. No le importó admitir su incomodidad al preguntar sin rodeos:
—¿A qué diantres se debe esa actitud risueña?
—He recibido una visita de mi mujer, y resulta que ha traído consigo a una niña preciosa.
¿Acaso no tengo motivos para estar risueño?
Dio un paso hacia delante para confirmar que Bláthnaid estaba acurrucada bajo las mantas del
carrito. Clodagh sabía distinguir una sonrisa esbozada de una sonrisa que surgía de forma
involuntaria, y le rozó la fibra sensible que una del segundo tipo iluminara el rostro de Blaine sin
que este se diera cuenta.
Lo vio alargar la mano para acariciarle la cara con los dedos.
—Es un ángel, ¿no te parece?
—Una razón más para alejarla del diablo.
Blaine alzó la mirada hacia Clodagh. Le pareció vislumbrar un secreto indescifrable en ese
brillo casi artificial que convertía el verde de sus ojos en una trampa.
—Sobre eso... —Aprovechó para hilar—. Me gustaría hablar contigo de un asunto.
—¿Asuntos que atañen al diablo o al ángel?
—Asuntos que nos atañen a todos. —Se retiró de la puerta y le hizo un gesto a su visita para
que se acercara. El invitado era un joven de mediana estatura y pulcro a la hora de vestir. Se
notaba que había invertido gran parte de la mañana en dejar su cabello impoluto, con la raya a un
lado—. Señor Hawkins, muchas gracias por su inestimable ayuda. Salude al reverendísimo de mi
parte.
—Lo haré, milord. Espero haber sido de ayuda.
Se despidieron con sendas reverencias. A continuación, Blaine llamó a una doncella para que
se encargara del cuidado de Bláthanaid mientras él «ponía unos asuntos en regla».
Esto bastó para que Clodagh confirmara que no debería haberse dejado caer por allí.
—Por supuesto que no te interesaba ver a Bláthanaid. Solo querías tenderme una trampa, ¿no
es verdad? —le increpó apenas se quedaron en el despacho—. Y te hacía falta una excusa para
quedarte a solas conmigo.
No pudo ver el rostro de Blaine al escuchar la acusación. Se había dado la vuelta y ahora
rodeaba el escritorio para organizar los papeles que el invitado había dejado encima con sumo
cuidado. Lo vio juntarlos en un solo puñado mientras sonreía para su coleto.
—Podíamos hablar de esto delante de los Swansea, si lo preferías —propuso con su descaro
habitual—, pero me dio la impresión de que no los has informado aún de nuestro pacto y creo
que sería desagradable para la señora Swansea enterarse de este modo. Sobre todo siendo fiel
devota de la Iglesia y las instituciones que beben de ella. Es decir... todas a las que les hemos
faltado el respeto.
Clodagh tuvo que abandonar ese barco antes de que Blaine siguiera hundiéndolo con sus
irreprochables argumentos.
En efecto, no había encontrado el modo de explicarles a los Swansea lo acaecido.
—No se ha dado la ocasión apropiada. Necesitaba tiempo para organizar mis ideas y no tengo
derecho a irrumpir con mis malas noticias cuando aún celebran el nacimiento de los gemelos —
se excusó de inmediato. Cambió de tema con la misma presteza—. ¿Quién era el caballero que
acabas de despedir?
—El señor Hawkins, mejor conocido por su empleo en la diócesis de Rochester. Es el
secretario del obispo. Ha tenido a bien hacerme una visita para entregarme los papeles que le
solicité en su día a su reverendísimo señor. Han sido más prestos de lo que había pensado. Parece
que no tienen nada mejor que hacer que atenderme.
—Seguro que no es que no tuvieran nada mejor que hacer, sino que tú te encargaste de que le
dieran prioridad.
—Sabes que puedo ser muy persuasivo cuando me lo propongo.
Era persuasivo incluso cuando no se lo proponía, porque Clodagh dudaba que se hubiera
presentado de esas fachas para estremecerla y, sin embargo, lo había logrado. Lamentaba que, a
base de recordar su traición, su debilidad no solo no fuera menguando, sino que se incrementara
con el transcurso de los días que pasaban separados. El diablo sobre el hombro que Clodagh
trataba de espantar en vano había estado a punto de convencerla de que debía perdonarlo por su
propio bien, en pro del futuro a su lado que había ansiado una vez. Clodagh desoía sus
seductores susurros, enrabietada y decepcionada consigo misma.
Si fuera la misma Clodagh que había llegado a Londres embarazada de cinco meses, buscando
al responsable de su estado, no habría dudado en tomar sus bártulos y marcharse a Irlanda con la
dote. Sin rendir cuentas a nadie. Pero ahora no solo estaba vinculada a una familia a la que no
podía darle la espalda —no por honor, no por lealtad. Más bien por afecto—, sino que en el
fondo de su corazón sabía que lo que tanto ansiaba no se encontraba en su país natal. Para su
inmensa desgracia, sus deseos se concentraban en el perverso individuo que tenía delante. Y
hasta que no consiguiera deshacer el hechizo que había logrado con sus malas artes, no podría
encauzar su vida. Hasta que se diera ese milagro, que Clodagh trataba de atraer aun sabiendo que
no se daría con la rapidez que necesitaba para no caer de nuevo, estaría vinculada a Blaine
Reynolds.
Mientras tanto, lo más inteligente sería guardar distancia. Pero la distancia que los separaba
ahora no era suficiente para mantener a raya los impulsos de Clodagh, que le pedían fundirse con
él en un abrazo y confesarle que todo cuanto necesitaba era que le dijese que había enviado ese
dichoso acta de nacimiento porque la amaba. Solo así podría perdonarlo. Y aunque una parte de
ella, tozuda y orgullosa, no quisiera ni oír hablar de disculpar su atrevimiento, su corazón no
sobreviviría a la segunda decepción romántica si no lo hacía.
—¿Desde cuándo te codeas con funcionarios eclesiásticos? —quiso saber Clodagh.
—Desde que los eclesiásticos con los que me codeo les delegan sus tareas. —Terminó de
organizar los misteriosos papeles y los alzó a la altura de su rostro—. Esto que tengo aquí,
Cloud, es la solución a todos tus problemas.
—¿Es tu acta de defunción?
El Blaine que conocía se habría reído, pero para ese Blaine que tenía ante sí, aquella broma
parecía mucho más de lo que podía soportar. Esbozó la sonrisa esperada, sí, pero estaba
recubierta de escarcha.
—No vas a tener esa suerte, cariño. Pero es lo más cerca que vas a estar de perderme de vista.
—Entonces es un viaje en barco al Nuevo Mundo..., aunque eso no se parece en nada a un
billete.
—Pues lo es. Es un billete a nuestra libertad. A la que tú tanto anhelas. —Blaine depositó los
papeles de nuevo sobre el escritorio. Justo encima apoyó los nudillos para echarse hacia delante
y mirar a Clodagh directamente a los ojos—. Fírmalo y tendrás la nulidad matrimonial. Será
como si nunca nos hubiéramos casado.
Clodagh no reaccionó. Tampoco pudo decir nada o jadear con la incredulidad que le heló la
sangre al instante. Ni siquiera respiró. Esas dos palabras taponaron sus oídos y fueron todo lo que
pudo oír mientras luchaba por asimilarlo, boqueando como un pez fuera del agua.
«Nulidad matrimonial».
Blaine, en apariencia ajeno a su parálisis, rodeó el escritorio y se recostó en el borde con los
brazos cruzados.
—Si haber ratificado la realidad de nuestro matrimonio es lo que no puedes perdonarme,
entonces acaba con él. No tendrá consecuencias a nivel social, como tampoco a nivel legal. El
obispo en persona me lo ha concedido con la excusa de que uno de los cónyuges se casó
engañado, lo cual no es del todo cierto pero tampoco es exactamente una mentira. Yo puse esa
alianza en tu dedo con la plena conciencia de que no significaba nada. Distinto es que luego
quisiera que lo significase todo. Pero eso no tiene por qué saberlo nadie más que tú, yo y el
obispo.
—El obispo —repitió Clodagh, tratando de asimilarlo.
—Siempre he mentido por afición, pero hasta un aficionado sabe a quién nunca se le debe
perder el respeto. El obispo sabe gracias a mis cartas y a la confesión que yo mismo hice que tú
nunca estuviste dispuesta a pasar el resto de tu vida conmigo. No fue fácil conseguir que se
apiadara de mí. Suerte que de ti se apiadó desde un primer momento... —Ladeó la cabeza hacia
los documentos, que ahora sabía con toda certeza que eran, en efecto, la nulidad matrimonial—.
Y este es el resultado.
En cuanto Clodagh consiguió tragar saliva, llevándose con ello el nudo que le había impedido
hablar con propiedad, fue consciente de lo que el pequeño truco significaba.
Se había metido al mismísimo obispo en el bolsillo para anular su matrimonio, para
desentenderse de ella, para alejarla de él ahora que no le servía. Se confirmaba la más dolorosa
de sus pesquisas.
Clodagh ni siquiera intentó contener sus impulsos. Vomitó todo lo que estaba pensando.
—Miserable desgraciado —le espetó entre dientes—. Nos has traído hasta tu guarida a mi hija
y a mí con viles embustes; que quieres verla, abrazarla, que la consideras tuya..., ¿y todo para
esto? No tenías que involucrar a Bláthnaid si todo cuanto pretendías era que firmase un
condenado papel, y que la hayas usado de excusa solo me sirve para comprobar una vez más lo
podrido que estás.
—Quiero verla —repuso Blaine en tono cortante, mirándola con la mandíbula apretada—, y
también quiero enmendar el daño causado.
—El daño causado a ti mismo, ¿no? Ahora que el acta de nacimiento no es más que despojos
y Bláthanaid tiene tu apellido, no hay riesgo de que te arrebaten lo que siempre te ha pertenecido.
Ya no te servimos de nada, ¿no es así?
—¿De qué demonios estás hablando?
—Tenías preparado esto desde el principio —lo acusó, convencida—. No podías conformarte
con un matrimonio falso por los riesgos que eso entrañaba. Cualquiera podía dar parte de que el
acta matrimonial no había llegado a manos del obispo. Por eso hiciste que la boda fuera válida
para luego simplemente anularla. Es un plan brillante, Blaine. Te felicito.
Como si hubiera accionado un mecanismo, Blaine abandonó la pose serena junto al escritorio
y salió disparado hacia ella. Clodagh se sobresaltó tanto que dio un paso atrás, pero Blaine la
agarró del brazo para sacudirla.
—Escúchame bien, porque solo te lo voy a decir una vez —siseó, sin rastro de humor. Una
sombra de peligro oscurecía su semblante—. Si he preparado los dichosos papeles de la nulidad
es para que puedas volver a Irlanda, a América o adonde te dé la maldita gana. Para que puedas
empezar una vida nueva lejos de un hombre al que parece que desprecias más de lo que puedes
soportar. Me reprochabas que te hubiera arrebatado la libertad, y ahora que te la devuelvo, ¿así es
como me lo pagas? ¿Recriminándome que te haya buscado otra salida solo porque quiero que
seas feliz?
—¿Cómo debería habértelo pagado? ¿Cubriéndote de besos y agradecimientos cuando fuiste
tú quien nos puso en esta situación en primer lugar? Sin duda es una buena salida, Blaine. Una
salida que se te ve ansioso por tomar. ¿Tan idiota crees que soy? Esto lo haces por ti. —Le clavó
el dedo en el pecho—. ¡Todo lo que haces es por ti!
—¿Por mí? —repitió, incrédulo. Se le escapó una risilla nerviosa—. Lo último que quiero es
alejarte de Londres, pero me dejaste muy claro que esa no es una decisión que yo pueda tomar
por ti.
—Y aun así, aquí estás: reuniéndome en tu despacho para que firme los documentos que me
convertirán en una mujer soltera.
—¡Son solo papeles, Clodagh! —exclamó, extendiendo los brazos—. ¡Puedes romperlos si
tanto te disgustan! ¡Representan una maldita oferta, no una obligación!
—¡Pues no quiero firmarlos! ¡No voy a firmarlos! —le gritó a pleno pulmón y a un palmo de
la cara. Blaine retrocedió, descompuesto, mirándola como si hubiera perdido la cabeza. Clodagh
se arrepintió enseguida de su impulso y agregó—: Esta vez no vas a ganar tú. Te crees que
puedes conseguir todo lo que quieras, pero a mí no puedes doblegarme. Ni tú ni tu bendita suerte
os saldréis con la vuestra esta vez.
Blaine se rio como un loco.
—¿Mi suerte? La suerte me abandonó en el preciso momento en que te conocí. Parecías mi
salvación, pero desde el primer día no me has dejado ni respirar. Me tienes al borde del asiento,
acorralado, sin control sobre mí mismo. ¿Y te crees que esto es ganar? Hasta donde recuerdo, la
victoria siempre ha tenido un sabor mucho más dulce.
—¿Y qué se supone que significa eso? ¿Que te he arruinado la vida con mi amargura? ¡Tú
eres quien me persiguió e insistió para incluirme en la suya! ¡Tú eres el único causante de que
nos encontremos ahora en esta situación! ¿Y quieres resolverla con una firma? —Clodagh lo
empujó por el pecho, llena de energía negativa que no sabía por dónde acabaría explotando. Lo
hizo justo después, cuando lo miró con ojos llorosos y le increpó—: ¡Lucha por mí como lo
hiciste al principio! ¿O es que ya no valgo la pena? Sé que nunca he sido digna de tu cariño, pero
¿tampoco de tu apellido o tu protección?
Blaine se quedó donde estaba, con una pierna adelantada a la otra y el equilibrio en riesgo.
Parecía a punto de desmoronarse, y todo por culpa del insoportable peso de la incredulidad.
—No hay quien te entienda —murmuró, confuso—. ¿Qué demonios es lo que quieres de mí,
Clodagh?
—No, ¡tú eres quien actúa de forma incomprensible! ¿Qué es lo que tú quieres de mí?
¿Quieres que vuelva, como dijiste hace una semana? ¿Quieres que me vaya, como dices ahora?
—¡Quiero que escojas el destino que te haga feliz! ¡Y me gustaría ser ese destino, maldita
sea! ¡Me gustaría que te quedaras conmigo! —Se señaló el pecho con el puño cerrado, que
enseguida dejó caer cansado por la discusión—. Pero no porque tus votos te obligan, sino porque
verdaderamente lo deseas. Así que firma esos papeles del demonio y se acabará toda esta
historia. Una vez firmados, y solo si me quieres, te juro que te perseguiré hasta el fin del mundo,
te cortejaré como es debido y te llevaré al altar en condiciones.
Clodagh tensó todo el cuerpo para resistir la oleada de satisfacción que la inundó por
completo. Le costó no abalanzarse sobre él para abofetearlo, empujarlo o fundirse en un abrazo
que hablara por todas las palabras que temía pronunciar.
Ya las había dicho una vez. Ya le entregó su amor sin reservas a un hombre que había
resultado ser un fraude, y no sería la primera en admitir la verdad ante Blaine ni siquiera si fuera
correspondida, porque la verdad era que le daba miedo.
Luchando contra sus propios sentimientos, apartó a Blaine para dirigirse muy segura al
escritorio. Agarró los documentos de un puñado, notando el corazón al borde del colapso. Cerró
los ojos un instante, ese instante que determinaría su futuro, y se dio la vuelta para que Blaine no
se perdiera detalle de cómo rompía los papeles por la mitad. Arrojó los restos al suelo de un
gesto enérgico y lo enfrentó con la barbilla alta, desafiándole a ejecutar el siguiente movimiento,
a reprocharle su comportamiento si era lo que quería.
Blaine no la decepcionó. Tras un instante paralizado por el asombro, meneó la cabeza,
dándola por perdida, y como siempre estaba a la altura de las circunstancias, redujo el espacio
que los separaba y la rodeó por la cintura para ceñirla a su cuerpo.
Desde el momento en que sus labios entraron en contacto, Clodagh supo que no se
conformaría con un beso y buscaría el perdón definitivo en las formas de su cuerpo, que moldeó
con las manos presa de unas ansias que parecían a punto de devorarlo.
En Blaine convivían cientos de amantes distintos, todos ellos diestros y experimentados, pero
aquel no le había sido presentado aún. Se había mostrado apasionado y con un punto de
desesperación, y, sin embargo, jamás había percibido ese afán incluso agresivo por poseerla. No
le importó su comodidad como otras veces, quizá porque ya no estaba embarazada y los dolores
posteriores del parto habían remitido. Con los ojos entornados, observó que Blaine barría hasta el
último de los documentos que aún reposaban sobre la mesa para acomodarla en su lugar y
separarle las piernas allí mismo. Clodagh llevaba un vestido pasado de moda de corte imperio
con capas y capas de enaguas que no supusieron ningún impedimento para lo que Blaine se
proponía, y se proponía lo mismo que ella.
Estar cerca de su amante.
Clodagh pensó que eso era lo más parecido a un «te quiero» que obtendría por el momento y
que ni el propio Blaine debía ser consciente de lo que sentía. Había sabido desde el principio
que, en él, las emociones no estaban enterradas, sino que fluían en su sangre, afloraban a la
superficie como vellos erizados, y el único modo que se le ocurría de transmitírselas era así,
fundiéndose con ella. Clodagh lo sabía porque todas y cada una de las veces que habría
correspondido decirle que la amaba, la había besado en su lugar. Había acariciado y mordido su
piel, presionado los dedos contra ella como lo estaba haciendo en ese momento para arrancarle
gemidos que él se encargaba de sofocar con besos cada vez más apremiantes, despiadados.
Blaine enrolló las faldas y enaguas rasgadas en torno a su cintura y empujó con las caderas
para rozar su erección contra el sexo de Clodagh, sin dejar de buscar maneras diferentes, cada
una más delirante que la anterior, de encajar su boca en la de ella.
—Blaine... —jadeó, recorriéndole el rostro con dedos temblorosos. No se había afeitado en un
par de días y encontró el tacto de sus mejillas increíblemente estimulante.
—No me detengas, te lo ruego —masculló él entre dientes, rodeándole la cintura para
apretarle una de las nalgas. Clodagh gimoteó al sentir la presión de sus uñas en la carne—. Te
necesito.
Clodagh separó los labios para que él pudiera deslizarse en su interior con toda la rabia que
sentía. No, rabia no. Sus besos sabían a algo más ancestral incluso, algo implícito en todas las
decisiones que se tomaban. A miedo. Porque tenía el mismo miedo que ella de que aquella fuera
la última vez. Se daba prisa por si el momento se le escapaba entre los dedos y no conseguía
volver a aferrarlo, por si Clodagh se esfumaba antes de atarla de nuevo a su vida. Clodagh se
estremecía, víctima de las emociones que él le iba transmitiendo al besarla por todas partes.
Había adquirido un ritmo tan desesperado que Clodagh llegó a pensar que jamás podría detenerse
si alguien no tiraba de él hacia atrás, y ella nunca permitiría que lo arrancaran de sus brazos.
Clodagh se aferró a sus hombros al notar la voluptuosa caricia de su miembro entre las
piernas. No esperó a desquiciarla como otras veces con tanteos juguetones y la penetró con
brusquedad, empujándola unos cuantos centímetros hacia atrás. Clodagh le clavó las uñas en la
espalda. Notaba bajo la camisa los músculos tensos, que se contraían y se relajaban conforme la
embestía cada vez más furioso. Ella cerró los ojos para que no la viera perder el control, pero sus
gemidos lastimeros, sus suspiros, sus gritos, la humedad de su sexo... Todo la delataba. Y no le
importaba.
No en ese momento.
Blaine le retiró los mechones oscuros de la cara antes de que el sudor se los pegara a la
mejilla. Le sostuvo el cuello como si fuera un recién nacido y apoyó la frente en la de Clodagh
sin detener ni por un segundo las acometidas, robándole el aliento y la poca cordura que le
quedaba para hacer frente al hombre que tenía delante. Su placer la desarmaba, pero la mirada
fiera que intercambió con ella fue la que hizo que se rindiera definitivamente a sus brazos.
—Nunca... —masculló él, acercando la nariz con la intención de besarla. Pero no lo hacía.
Solo separaba los labios para beberse sus suspiros, para acariciarla con ellos—. Jamás permitiría
que te fueras de mi lado si me quisieras. Pero si para tenerte de nuevo tuviera que perderte... así
sería. Así lo haría... mi corazón.
Clodagh cerró los ojos para sentir la caricia de sus dedos en todo el cuerpo. No hubo ni habría
caricia más tierna que aquella, conferida por el tacto de un mago capaz de bendecir con amor a
quien tocase. Clodagh se estremeció, notando el cuerpo más sensible que nunca, y alcanzó el
orgasmo casi al mismo tiempo que Blaine. Gritó con la boca pegada al cuello masculino mientras
su cuerpo temblaba, espasmódico, por las sacudidas del clímax.
Blaine se vació dentro de ella unos segundos después, gruñendo contra su boca enrojecida por
los besos. No habían tomado precauciones, pero a Clodagh no le importó por lo que aquello
significaba y que Blaine confirmó al declarar su posesividad sobre ella con un abrazo apretado.
No solo se haría cargo si quedaba embarazada, sino que deseaba que así fuera.
Clodagh intentó cerrar los muslos para que no abandonara su interior. Se estremeció por
dentro al notar el vacío posterior al sexo y le dedicó una mirada compungida que rogaba por algo
más. Por el «te quiero». Eran solo palabras, y las palabras podían significar tan poco como
cualquier acto supuestamente provisto de amor... pero Clodagh las necesitaba.
—Si no me escribes dentro de una semana diciéndome que te arrepientes... —susurró Blaine,
tragando saliva—, iré por ti, y entonces no habrá hombre, héroe o dios que pueda separarte de
mí.
Se arregló los pantalones, la camisa y el cabello despeinado y salió del despacho algo
desequilibrado. Clodagh entendió por qué: en cuanto aguzó los oídos, taponados hasta el
momento por los jadeos de Blaine, Bláthnaid se había echado a llorar.
Temblando por la intensidad de la discusión y su resolución, Clodagh se arregló las medias
rotas y las enaguas y tomó aire con una larga inspiración antes de levantarse. Pisó uno de los
muchos papeles que Blaine había mandado al diablo. Se agachó para recogerlo con la cabeza
dándole vueltas, pero ni con la mirada aún vidriosa le costó leer a quién iba dirigido el sobre
cerrado.
Clodagh pestañeó, confusa. Agachó la cabeza sin saber muy bien por qué y buscó el mismo
destinatario entre las numerosas cartas que descansaban en el suelo. No solo había una destinada
al obispo, sino dos, tres, seis... hasta quince.
Con un nudo en la garganta y muerta de curiosidad por el contenido, las recogió una a una
como si fueran material corrosivo y las apretó contra su pecho. No dudaba que hubieran sido
enviadas, pues contaban con el sello, pero el destinatario debía haberlas devuelto a su dueño.
Sospechando de esta curiosidad, decidió que las tomaría prestadas.
Capítulo 37
Clodagh tendría que haber imaginado que el salón principal de la casa de las Swansea no era
el lugar más íntimo para leer la correspondencia privada de Blaine.
Ni la de nadie.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó Faith, sobresaltándola al sentarse en el brazo del sillón.
Clodagh apretó la carta recién extraída contra su pecho para que no descifrara ni la primera
oración. Ni ella, ni Temperance —que se sentó en el brazo contrario—, ni Prudence, que se había
arrodillado justo delante de las tres.
Temperance lanzó un silbido admirativo.
—Espero equivocarme, pero me parece que nuestra querida Clodagh acaba de aventurarse en
el maravilloso pero arriesgado mundo del romance epistolar. ¿Quién es tu amante?
No le dio tiempo a ocultar el resto de los sobres que reposaban sobre su regazo. De un tiempo
a esa parte, las solo en apariencia pacientes Swansea se habían cansado de esperar una
explicación sobre su fracaso matrimonial, y habían elegido el peor momento imaginable para
abordarla sin contemplaciones.
Temperance le arrebató uno de los sobres. Apenas leyó a quién iban dirigidas las cartas, lanzó
una exclamación ahogada. Faith y Prudence, algo menos cotillas pero igual de curiosas,
asomaron sus cabecitas a la carta en cuestión. La primera se limitó a levantar las cejas; la
segunda palideció de golpe.
—Bueno —empezó Temperance, seria. No apartaba los ojos del nombre del obispo—. No
estoy en posición de juzgar. Cada una se gana el cielo a su manera.
Hubo una pausa en la que las tres hermanas se limitaron a mirarse las unas a las otras con cara
de estupefacción. Un segundo después, Temperance hizo una pedorreta, incapaz de contener la
risa, y Faith la siguió hecha un mar de lágrimas de hilaridad.
—¿Qué os parece tan gracioso? —las reprendió Prudence, atónita—. Si ese sobre no nos
engaña, ¡Cloud tiene un romance con el obispo de Rochester!
—Lo que indica un pésimo gusto en los hombres —apostilló Faith—. Llego a saber que te
atraen los caballeros que podrían ejercer de padre y corro a poner sobre aviso al mío, no fuera a
ser que cayeras a sus pies.
Más carcajadas.
—Ahora entiendo por qué no eres religiosa —cabeceó Temperance—. Para ti, que estás
enamorada del reverendísimo Walter King, Dios debe ser lo más parecido a «la amante» que
tiene.
—Te equivocas, cariño —repuso Faith—. La amante sería Clodagh. Él ya estaba casado con
el Señor cuando ella apareció. De hecho, me parece que ya estaba casado cuando los
neandertales descubrían el fuego. ¿No tiene unos... doscientos años?
Tratando por todos los medios de no unirse a las risas, Clodagh se levantó para arrebatarle la
carta. La mala suerte mandó el resto al suelo, de donde Prudence rescató otro de los muchos
sobres para enseguida suspirar aliviada.
—El remitente no es Clodagh, sino Blaine.
Temperance y Faith se miraron. Fue la primera la que inquirió con toda naturalidad:
—¿Entonces es Blaine quien tiene un idilio extramarital?
—Eso ya no es tan divertido. Ni tan inesperado —lamentó Faith—. Viniendo de Blaine, me
creo cualquier cosa.
—Por lo menos ya sabemos por qué Clodagh y él viven en casas separadas. —Temperance
suspiró—. Blaine se tomó muy al pie de la letra aquello de «elegir el buen camino».
—Supongo que esa solo es otra de las maneras que existen de obtener el perdón de los
pecados. —Faith señaló el sobre abierto con un gesto de barbilla.
—Por Dios, basta ya —se quejó Clodagh—. Ninguno de los dos tiene un amante.
«Más le vale no tener una, al menos».
—¿Y el obispo? —Faith enarcó las cejas con aire misterioso—. ¿Tiene él un amante?
—¿Por qué no se lo preguntas directamente? —Clodagh le señaló la carta que aún sostenía—.
Ya sabes su dirección.
—No le des ideas. —Temperance le arrebató el sobre y lo agitó para captar la atención de
Clodagh—. ¿Y? ¿Vas a decirnos qué es todo esto, o voy a tener que seguir inventando posibles
causas de separación para salir de dudas?
—Deberíais respetar el silencio de Clodagh —les reprochó Prudence.
—Dijo la joven mientras rasgaba con disimulo el sobre de la carta —se mofó Temperance—.
Yo respeto su silencio, Prue. Es la criatura de Clodagh quien no respeta el mío por las noches y
me obliga a pasarlas en vela, intentando averiguar por qué ese bebé me tortura a mí en mis horas
de sueño y no a su padre.
Clodagh abrió la boca para decir lo primero que le vino a la mente. La cerró en el acto,
avergonzada por lo que había estado a punto de soltar. La familia al completo tenía derecho a
conocer los detalles de su separación. A fin de cuentas, vivía bajo su mismo techo, y era cierto
que, al igual que a su madre, a Bláthnaid la picaba la melancolía apenas la luna asomaba al cielo.
Ambas lloraban, solo que una en silencio y la otra a pleno pulmón.
—Lee la carta —la invitó Clodagh, haciendo un gesto resignado con la mano—. Creo que
será lo mejor. Arrojará luz a todo el asunto sin que tenga que buscar las palabras adecuadas.
—¿Por qué no buscarías tú misma las palabras adecuadas? ¿Aún te dura la pereza posterior al
parto? —inquirió Faith.
—No sabría cómo contarlo.
—¿Por qué? —quiso saber Prudence, curiosa.
—Por esto —habló Temperance, a la que le había faltado tiempo para devorar la confesión de
la carta. Levantó la barbilla un segundo para mirar a Clodagh con nuevos ojos y luego recitó una
parte del texto—: «Considero, reverendísimo, que lo mínimo que puedo ofrecerle para merecer
su favor es una versión honesta de los hechos que me han puesto en esta difícil situación. Estos
no son otros que mi egoísmo...» Bla, bla, bla, Blaine usando amabilísimos eufemismos para
definirse... Y he aquí el quid de la cuestión: «Tras perseguirla incansablemente con una
propuesta formal bajo el brazo, me di cuenta de que jamás daría su brazo a torcer y modifiqué la
naturaleza convencional del matrimonio para adaptarla a sus necesidades. Nos casaríamos como
dicta la tradición, pero amañaría el último trámite para que no constáramos como pareja en
ningún listado oficial. Así, una vez salvara mis posesiones, Clodagh podría marcharse a Irlanda
sin un marido que le impidiera casarse con quien amara».
—¿Marcharte a Irlanda? —repitió Prudence, confusa—. ¿Cómo? ¿Por qué?
—Quizá esta parte en la que Blaine menciona algo sobre fingir su muerte te saque de dudas.
—Temperance le ofreció la carta a sus otras dos hermanas, sin apartar la vista de Clodagh. No
había ni rastro de simpatía en su expresión—. Dime que al menos ibas a invitarnos al funeral. No
son mis ceremonias preferidas, pero se come de maravilla.
—¡Por supuesto que no iba a invitaros, porque no habría funeral! Pasaría por Londres para
informaros de todo esto antes de irme. Mercy lo sabía y puede confirmártelo.
—¿Mercy lo sabía? —repitió Temperance, ofendida—. ¿Existe algo en este mundo que
Mercy no sepa?
—Todavía no ha descubierto el elixir de la inmortalidad, aunque no dudo que le falte poco —
contestó Faith con desahogo, sin apartar la vista del texto. Sus pupilas recorrían las líneas con la
misma rapidez con la que la incredulidad iba aflorando a su expresión—. Es cierto, Temper.
Blaine informa al obispo de que Cloud pensaba comunicárselo a la familia. Por lo visto, el barón
Godolphin consideraba este detalle un pequeño salvoconducto por el que ambos se librarían de
arder en el fuego eterno.
—¿Y cómo es que no estás ardiendo en el fuego eterno, querida Cloud? —inquirió
Temperance, cruzándose de brazos—. Ya ha nacido Bláthnaid. ¿No deberías estar muerta? ¿Tan
mal se te dan las despedidas que te ha tomado quince días hacernos llegar tu defunción? ¿Y
cómo pensabas morir? ¿Escarlatina? ¿Te caerías por las escaleras? ¿Un incendio en el desván?
—¿No es obvio? —Faith hizo una mueca burlona—. Se moriría del disgusto de casarse con
Blaine.
—Blaine responde por qué se truncaron los planes —intervino Prudence, entrecerrando los
ojos sobre el papel—. De hecho, este es el motivo por el que le escribe a su reverendísimo señor:
«En el momento en que Jerry apareció para chantajearme, una ira desesperada nunca antes
experimentada me impulsó a enviarle el acta matrimonial. Un acta que necesito que me
devuelva, reverendísimo, antes de que Clodagh lo descubra y sea tarde para pedir perdón».
—Entonces... estás casada —resumió Temperance, dudosa.
—Bueno, Blaine me ofreció la nulidad ayer mismo. —Faith bajó la carta de golpe para clavar
en ella una mirada de incomprensión. Prudence y Temperance también la observaban,
anonadadas—. Pero la rompí —prosiguió—. Aunque sospecho que tiene una copia por si cambio
de opinión.
—¿Por qué la rompiste? —quiso saber Temperance, contrariada por este hecho—. Jugó
contigo.
—Porque... ¿cómo era? Ah, sí: «Una ira desesperada nunca antes experimentada me impulsó
a hacerlo» —citó con ironía. Se quedó mirando la carta arrugada con gesto incrédulo—.
¿Escribió eso de veras?
Prudence lo confirmó con un asentimiento.
—Hay mucho más.
—Y tanto. —Clodagh abarcó las cartas esparcidas por el suelo con un aspaviento solemne.
—Me refiero a esta carta. Parece que es la primera, porque le cuenta la historia hasta el final.
—Prudence carraspeó, emocionada con lo que estaba a punto de leer—. «Creí demostrar mis
diferencias con la religión viviendo el amor de un modo egoísta, contrario a la definición que san
Pablo daba en cartas como esta que yo le mando a usted. Y, sin embargo, resulta que el egoísmo
del que tan orgulloso estaba se ha podrido en mi cuerpo, que Clodagh lo ha arrancado de mí
como una mala hierba, porque aunque deseara tenerla a mi lado con perspectivas futuras, me
duelo como jamás lo he hecho de solo pensar en el daño causado. En que la he traicionado.
Parece ser que el amor me obliga a hacerme cargo de mis actos, condenarlos y rogar la ayuda de
los supremos. En este caso, apelo a usted para conseguir la nulidad. En toda esta historia que le
he narrado con pelos y señales solo existe una verdad, y es que desgraciadamente me he
enamorado de mi esposa. Eso, como ya puede imaginarse, complica mi situación, y he de
resolverlo antes de que también consiga torcer los sentimientos que pueda albergar hacia mí». —
Prudence bajó la carta con los ojos brillantes—. ¿No es precioso?
—¿«Desgraciadamente me he enamorado»? —repitió Temperance—. No podría haber escrito
mejor la reacción de un hombre sabio ante tal sentimiento.
Faith asintió de acuerdo, pero Clodagh torció la boca.
—¿«Desgraciadamente»? ¿Cómo puede decir que se ha enamorado de mí desgraciadamente?
¡Desgraciadamente me he enamorado yo de él! ¡Él es quien se ha portado de un modo
imperdonable! ¡Él es el condenado diablo!
—Según cuenta Blaine, lo hizo motivado por el miedo —repuso Prudence. Se preparó para
citar un pasaje con la mano sobre el pecho—. «La sorpresiva aparición de Jerry...»
—Espera, espera. Antes también ha mencionado a un tal Jerry. ¿Es ese Jerry? —jadeó Faith,
sin voz—. ¿Jerry está vivo?
—Si lo está, no será porque no intentara partirle el cuello —ironizó Clodagh.
—¿Lo sabe Royce?
—Sí. —Temperance suspiró—. Fue a visitarlo cuando supo que íbamos a casarnos esta
temporada que comienza con la excusa de «felicitarnos», solo que en realidad quería averiguar el
paradero de Clodagh. —Ladeó la cabeza hacia la aludida—. Royce dudó entre darle la
información, convencido de que merecías saber que estaba vivito y coleando y tomar decisiones
en función de esto. Estaba seguro de que harías lo correcto.
—Una conclusión a la que llegaría cualquiera con un mínimo de sesera. Por desgracia, mi
marido no fue muy avispado en este aspecto y prefirió ocultármelo.
—Pero —continuó Temperance— al final se decantó por darle una paliza que le quitase las
ganas de acercarse a ti, y veo que hizo bien, porque tú ya lo sabías. No se puede decir que no
llevara ardiendo en deseos de hacerlo desde que se enteró de que te había dejado embarazada.
—Jerry está vivo —seguía repitiendo Faith, anonadada—. ¿Y ahora qué?
—Ahora nada —concluyó Clodagh con aspereza y desdén—. No existe documento o testigo
que acredite que Bláthnaid es su hija, y es más: al nacer en el seno de los Reynolds y tener el
apellido de Blaine, carece de derechos sobre ella. Huelga decir que sus derechos sobre mí son,
asimismo, ningunos.
Faith sacudió la cabeza.
—Pero... ¿y Royce?
—Su hermano le caía «solo» mal cuando estaba muerto —agregó Temperance—. Ahora que
está vivo, me parece que le gusta aún menos.
—¿Me vais a dejar acabar la carta, o no? —rezongó Prudence, a la que poco le importaba la
situación del amante perdido. Las Swansea alzaron las manos en señal de disculpa—. «La
sorpresiva aparición de Jerry me llenó de temores que me apresaron como víctima y trastocaron
por completo mi razón. Sabía que, una vez Clodagh descubriera que Jerry estaba vivo, me
abandonaría sin darme siquiera la oportunidad de demostrarle que puedo ser mejor. Sabía,
reverendísimo, que solo podría tenerla si Jerry estaba fuera del mapa. Me sentí acorralado y actué
movido por el miedo».
—La próxima vez actuará movido por el sopapo con efecto que le propinaré —masculló
Clodagh, intentando no dejarse conmover.
—Oh, Clodagh —murmuró Prudence, abrazando la carta con la misma expresión que una
enamorada—. Todo lo que contiene esta carta habla a gritos de un amor sincero. ¿Cómo no
perdonarlo, cuando cometió el error por impulsivo y luego tuvo miedo de admitirlo ante ti?
—¿Esa es su justificación? ¿Le daba miedo decirme que había enviado el acta?
—Así es. Lo confiesa en esta línea de aquí...
—No es necesario que la leas —cortó Clodagh—. No quiero que leas más.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que te ablande? —Temperance enarcó las cejas—. Que hayas
robado esas cartas de su despacho ya te hace débil, querida, porque quiere decir que estabas
buscando una excusa para perdonarlo.
—No necesita una excusa. Se ha disculpado ya, ¿no es cierto? —dijo Prudence, sonriente—.
Clodagh, sería muy distinto si hubiera tenido la sangre fría de planear todo esto o si hubiese
obrado a tus espaldas desde el principio, pero no fue así. En la carta dice que estuvo horas
corriendo detrás del mensajero para enmendar su error.
Clodagh recordó aquella tarde que Blaine regresó con los zapatos en la mano, derrotado.
Nunca había visto a un hombre en semejante estado de devastación. La pena y la preocupación
parecían haber consumido al verdadero Blaine. Recordó también sus primeras negativas cuando
le pidió que la tocara, cómo se resistió hasta que le pudo el deseo. Y, por último, afloró en su
memoria esa sugerencia insegura que pronunció en la cama, la posibilidad de estar juntos por el
resto de sus días.
Clodagh se estremeció, invadida por la ternura.
—Es un buen hombre —insistió Prudence, pero enseguida se lo pensó mejor—. O puede que
sea un desastre de hombre, pero no obró con maldad. Nunca lo hace, y, si lo hace, no es
consciente.
Clodagh se dejó caer sobre el sillón con un suspiro. Su compañía tuvo que sobreentender que
no estaba de humor para que le señalaran el digno camino del perdón, porque nadie pronunció
palabra durante un buen rato. Se limitaron a recoger las cartas entre todas y dejarlas en su regazo,
donde Clodagh fue abriéndolas una a una para mirar por encima su contenido. Confirmó que, al
igual que el destinatario, el mensaje era el mismo. Narraba con más o menos detalle lo sucedido
y rogaba por una solución, ya fuera destruir el acta matrimonial, devolvérsela con la mayor
discreción o, en última instancia, redactar la nulidad.
Solo de pensar en anular su matrimonio, Clodagh se ponía enferma. La unión a ojos de Dios
era solo un papel que justificaba la convivencia y la procreación, y Clodagh no era en absoluto
religiosa como para despreciar la nulidad por lo que conllevaba para los eclesiásticos. Sin
embargo, en torno a la definición de matrimonio había discurrido la relación con Blaine. Se había
presentado ante Clodagh con un impulsivo «cásese conmigo», ella lo había amenazado de muerte
por insistir en su propuesta y la había perseguido con variadas peticiones hasta dar con la que
conseguiría tentarla. Por si fuera poco, había alumbrado a Bláthnaid en el seno de ese
matrimonio y había vivido las mejores semanas de su vida como Clodagh Reynolds.
Para ella, ese acta matrimonial lo significaba todo. Tenía valor sentimental.
Sonrió sin querer al leer algunos pasajes de sus cartas enviadas como «urgente».
¿Alguna vez se ha enamorado usted, reverendísimo? Imagino que sí, ya que le he investigado y está casado con
una mujer llamada Sarah. Yo estoy casado con una mujer llamada Clodagh (lo sé, el nombre no es lo más bello
que hayan captado sus sensibles oídos), pero necesito dejar de estarlo. Y no porque no esté enamorado, sino
porque lo estoy demasiado. ¿Cómo se está demasiado enamorado? Pues preste atención porque se lo cuento a
continuación, pero ya le digo que, cuando uno está demasiado enamorado, escribe quince veces a la diócesis aun
sin obtener respuesta.
A lo mejor me juzga por haberle confesado a usted mis sentimientos antes que a ella, pero no estoy seguro de
cómo reaccionará una vez descubra que he sido víctima de mi propio plan perverso. Intuyo que podría llegar a
quererme. Aun así, y teniéndome en la consideración en que me tiene, no sería muy descabellado asumir que le
horrorizaría saber que la quiero.
No sé qué tiene esa mujer, Walter. ¿Le importa que le llame Walter? Ya le he enviado dieciséis cartas; creo que
me lo puedo permitir. El caso es que no sé qué es lo que tiene que le falta a todas las demás, pero me obsesiona su
carácter, su rostro, la facilidad con la que me castiga o me bendice con solo mirarme. No se tome esto como una
blasfemia, pero le juro que lo consigue. De ella parece depender que me sienta digno y justo o, por el contrario,
me vea en el espejo como un engendro mezquino. Probablemente lo sea, pero estoy intentando que se le olvide.., o
que no lo descubra en el caso de haber estado demasiado ciega como para darse cuenta.
He intentado decírselo, se lo juro. Confesar mi pecado, quiero decir. Pero se ha abalanzado sobre mí con
intenciones indecorosas y no soy lo bastante fuerte. ¿Es descortés hablar de la lujuria en cartas referidas al obispo?
Espero que no, como también confío en que no considerará a mi esposa una pecadora. No tiene culpa de nada. Los
sofocos del embarazo son insoportables. Que se lo pregunten a la Virgen María.
Clodagh soltó una carcajada que acabó convirtiéndose en un suspiro. Luego alzó la mirada
hacia las curiosas Swansea, que seguían de pie observándola como si fuera un reloj que marcaba
la hora dos veces.
—No pensaba haceros creer que había muerto —le aseguró de nuevo a Temperance, viendo
que no sonreía.
Esta suspiró a su vez, resignada.
—Te creo. Y también te creerían mis padres, pero será mejor que no se lo digamos. La señora
Swansea podría reaccionar terriblemente mal, y, si al final sois marido y mujer y no vas a fugarte
a Irlanda, sobran las explicaciones.
Clodagh apoyó la cabeza en el mullido respaldo del sillón.
—¿Cómo iba a fugarme a Irlanda? Antes no tenía nada aquí, pero ahora hay quien me quiere
y quien me espera. Quien me cuida —musitó, avergonzada por las que fueron sus intenciones.
Miró una a una a las tres jóvenes—. Algo les tendré que decir a los Swansea sobre mi distancia
con Blaine.
—No creo que sea necesario. El otro día oí decir a mi padre que habías tardado mucho en
cansarte de él, una prueba más de tu fuerte temperamento irlandés —dijo Faith con sorna.
—No obstante, la señora Swansea le contestó que, si ella había sido capaz de acostumbrarse a
su irreverencia, tú acabarías volviendo a sus brazos y congeniando con su carácter endemoniado
—completó Prudence.
—Pero a nadie le sorprende que estés aquí. Fíjate en que Mercy está felizmente casada y
tampoco hay manera de echarla de esta casa. ¡Si hasta quiso dar a luz aquí!
Clodagh sonrió.
—Me puedo imaginar por qué.
La intrusión del joven mayordomo y la matriarca acalló a las muchachas. Las tres Swansea se
dieron la vuelta con las manos entrelazadas a la espalda, emulando una actitud inocentona que no
encajaba con ninguna de ellas.
Clodagh se apresuró a esconder las cartas bajo los pliegues del vestido.
El mayordomo se dio cuenta de que algo no encajaba y enarcó las cejas. La señora Swansea,
en cambio, estaba demasiado agitada por la temporada que se acercaba como para reparar en
minucias tan habituales como el comportamiento errático de sus hijas e invitada.
—¡Ha llegado el primer vestido que estrenaréis en la fiesta de lujo que abre lady Sheraton! —
exclamó sin poder contenerse.
—Pero si fuimos a la modista ayer —repuso Faith con la nariz arrugada—. No me diga que la
señora Phillips tiene un ejército de ratones en el sótano que trabajan por ella.
—No es ningún vestido de la modista. Es un vestido hecho para Clodagh —especificó
enseguida, sonriente. Le quitó la caja de las manos al mayordomo y se plantó ante la perpleja
beneficiaria con la misma ilusión que una niña—. ¿A qué esperas, querida? ¡Ábrelo!
Clodagh se quedó mirando el lazo con suspicacia.
—¿De parte de quién viene?
—De tu difunto marido, Humphrey Swansea —se mofó Temperance—. ¿De quién va a ser?
¿Quién es el único hombre en todo Londres que sabe que estás con las Swansea?
El corazón le dio un vuelco. Miró el regalo con otros ojos mientras Wilhelmina reprendía a su
hija mayor por no respetar como era debido la memoria de los muertos. Temperance le respondió
con una lógica irrefutable: los muertos no iban a ofenderse.
Clodagh tiró del lazo, preguntándose cómo sabría Wilhelmina que se trataba de un vestido.
Debería haber confiado en su ojo para los detalles de parte de un admirador, porque, en efecto, se
trataba de un vestido.
Pero no uno cualquiera.
Tras retirar el fino papel que lo envolvía, descubrió que el terciopelo y la seda destellaban en
gris o en blanco dependiendo del ángulo en que lo mirase. El gris era un color respetable para
una viuda; el blanco, en cambio, y aunque podía aceptarse en una recién casada, no era lo
apropiado. Ese habría sido el comentario que Wilhelmina habría hecho apenas Clodagh lo sacó
de la caja para admirar el atrevido escote y las mangas semitransparentes, ribeteadas en los
extremos con los mismos volantes de tul que el dobladillo de la falda, pero hasta la más
insensible a la moda londinense enmudeció al admirarlo.
Eran los mencionados detalles en tul los que, al vestirse, harían que pareciese que caminaba
por las nubes. El brillo que despedía la pedrería que adornaba el escote lograría el efecto óptico
deseado: titilar como una estrella, justo lo que el admirador confesó haberse propuesto en la nota
adjuntada.
Una vez, no hace mucho tiempo, dijiste que sería más difícil ganarme tu afecto que regalarte un vestido de
polvo de estrellas. Mira este que te mando y dime que no es como si hubieran entretejido los astros.
Sé que esta no era la única condición que debía cumplir para merecerme que me quieras, pero es solo un
ejemplo de todo cuanto estoy dispuesto a hacer por ti. Y esto no es para salirme con la mía. Ya ves que hace algún
tiempo desde que no me importa salirme con la tuya.
Espero que lo lleves a la velada de lady Sheraton,
Blaine
—¿Y? —La presionó Prudence, apretando los dedos entrelazados contra su vientre—. ¿Lo
llevarás?
Clodagh frunció el ceño al comprobar que todas allí se habían asomado para leer la tarjeta.
Incluso el mayordomo había lanzado una miradita de soslayo.
—¿Le dijiste que sería más fácil conseguir un vestido de polvo de estrellas que enamorarte de
él? —inquirió Faith—. Dios, eso duele.
—¿Que duele? —repitió Temperance—. Podría habérsele ocurrido algo más complicado o
imposible de interpretar de otro modo, como... caminar con unos zapatos de fuego.
—¿Por qué tendría que caminar con unos zapatos de fuego? —quiso saber Wilhelmina,
confusa—. ¿Y por qué te ha tenido que regalar un vestido de polvo de estrellas para que lo
disculpes?
Clodagh intercambió una mirada con Temperance. La segunda solo se encogió de hombros,
indicando que no necesitaba su consentimiento para contar su historia. Allá ella con sus
decisiones de vida o muerte.
Eligió una posible muerte dolorosa mirando a Wilhelmina con una media sonrisa afectada.
—Es una larga historia e involucra cartas a la diócesis de Rochester. ¿Está segura de que
quiere escucharla?
Debería haber imaginado que la señora Swansea se activaría con la mera mención a la sede
episcopal. Y menos mal. Solo teniendo en mente que ni su supuesta muerte ni su falso
matrimonio escandalizarían más a Wilhelmina que haber molestado al mismísimo Walter King,
Clodagh pudo relatar su historia con tranquilidad.
Sorprendentemente, cuando la contó por primera vez apoyándose en las cartas de Blaine, supo
a la perfección qué decisión debía tomar.
Capítulo 38
—Dios santo, ya es febrero —murmuró Blaine, girando en redondo para admirar la totalidad
del salón. Lady Sheraton celebraba su velada anual, que solía coincidir con el inicio de la
temporada londinense y por ello era considerado todo un evento. La cantidad de elementos que
se habían congregado allí para abrir la veda a los futuros matrimonios así lo confirmaba.
Ninguna fiesta recibía ese ingente número de invitados—. Parece que fue ayer cuando empecé a
perseguir a Clodagh.
Chase también admiraba el salón con aire meditabundo. Imitando la pose de su hermano, con
la copa de brandy en la misma mano y un clásico frac muy similar, más que su gemelo parecía su
sombra.
—Entiendo que percibas el tiempo como una ilusión. Desde que la perseguiste la última vez
solo ha transcurrido una semana.
—Enviarle un vestido no cuenta como forma de persecución activa.
—Pero cuenta como amenaza pasiva, y se lo tomaría igual de mal que tus intentos por
conservarla a tu lado. ¿Cuántas veces habrá mencionado esa muchacha que no quiere formar
parte de la alta sociedad? Y vas tú, en toda tu gloria egoísta, y le obsequias un traje para que
estrene en la mascarada. El amor acentúa tu estupidez hasta límites insospechados.
Blaine torció la boca, sopesando el comentario de su hermano. Lo de la estupidez estaba por
ver, pero desde luego no acentuaba su ingenio. Lo que sí había conseguido el amor, y esto era
irrebatible, era que escuchara los consejos y reproches de Chase con la intención de aplicarse sus
críticas en el futuro.
El mundo resultaba un lugar interesante cuando prestaba atención a algo distinto a su propia
voz.
—¿Qué hago si no aparece? —preguntó, barriendo el salón con los ojos entrecerrados.
—No sé qué vas a hacer tú, pero sí sé lo que haré yo. Irme a casa, donde he dejado a mi mujer
y a mis hijos. Donde debería estar en este preciso momento, dicho sea de paso.
Blaine ladeó la cabeza hacia su hermano, agradecido porque le hubiera hecho el favor de
acompañarlo en la noche que determinaría su futuro. Lo había arrancado de los brazos de Mercy
unas horas antes de empezar a prepararse para la fiesta. Chase se había resistido con garras y
dientes, pero en cuanto Blaine admitió con humildad que necesitaba ayuda urgente para poner en
orden su vida, hasta la propia Mercy le había animado a asistir a la velada.
«La buena de Mercy», pensaba Blaine, sacudiendo la cabeza. Complacer a la parienta era sin
duda la excusa ideal para colaborar, pero su hermano había acudido allí por un motivo diferente.
Se regocijaba en que por fin le hubiera pedido un favor empleando las palabras mágicas, un
ruego que le había hecho repetir unas cuantas veces durante el camino a la velada.
—Apuesto a que si te hubieran dicho hace un año que estarías así a día de hoy, no te lo
habrías creído —apuntó Blaine—. ¿Cómo es posible que te hayas acostumbrado tan rápido a la
vida de casado? ¿Y cuánto tardarás en convertirla en la vida de cansado?
Chase aguantó una carcajada apoyando los labios sobre el borde de la copa.
—Mercy hace que todo resulte fácil. El matrimonio, la paternidad, las ciencias y la
tecnología... Todo lo que toca, lo simplifica. Ha sido así desde el principio.
—Tú tampoco es que seas muy complicado. ¿O es que Mercy te ha tocado tantas veces que te
ha convertido a ti también en un hombre fácil?
—Me ha tocado tantas veces como me he dejado tocar, y han sido tantas que lo de hombre
fácil ya deberías haberlo dado por hecho. Pero eso es el amor, Blaine. Que todo fluya con
naturalidad y sencillez.
—Permíteme dudarlo. Con Clodagh todo es una maldita batalla, pero creo que no la adoraría
si no fuera así.
—Otro argumento más que confirma lo diferentes que somos a pesar de parecernos tanto.
Como de tácito acuerdo, ambos se retiraron la mirada para perderla en la inmensidad del
salón.
Blaine solía estar desesperado por el inicio de temporada, periodo en el que se empleaba a
fondo para alzarse como el indiscutible protagonista de las noches para el recuerdo. Añoraba
volver a encontrarse con sus conocidos bajo la luz de las arañas, que proyectaban sus sombras
ambarinas sobre las mesas de refrigerios y los volantes de los vestidos más pomposos y por ello
criticados en los tocadores; adoraba la familiaridad del ambiente que creaban las chismosas y los
lores más comprometidos con la política parlamentando en distintas partes del salón; el olor a
tafetán, los carnés de baile agitados como abanicos de forma invitadora, los breves descansos de
la orquesta antes de retomar los atrevidos valses y los paseos más arriesgados por el jardín,
siempre en compañía de una bella dama.
Blaine seguía valorando el panorama que se extendía ante sus ojos, pero con nostalgia por la
emoción festiva que había perdido de un tiempo a esa parte. Al igual que Chase, solo podía
preguntarse qué estaría haciendo si se encontrara en casa con su mujer. Pero no había rastro de
Clodagh, aunque no perdía la esperanza del reencuentro final y se paraba a escudriñar a todas las
morenas que paseaban por la sala.
Una de esas morenas captó su atención y la de Chase al mismo tiempo.
No era una dama cualquiera para los Reynolds, pero tampoco pasaría desapercibida para un
hombre que no hubiera tenido una historia de amores y desvelos con ella. Pese haber pasado la
franja de los veinticinco años hacía ya un lustro, época en la que las mujeres, viudas o no,
parecían hacerse invisibles a ojos de posibles pretendientes, no debía haber varón en toda la
fiesta que no la considerase la indiscutible joya de la temporada. Era dueña de una belleza
atemporal, sus elegantes maneras obnubilaban al observador y en sus ojos, aunque no hiciera
falta escarbar para hallar melancolía y sufrimiento, aún persistía una llama de esperanza juvenil.
Superada su época de luto, ahora podía ensalzar su belleza con un precioso vestido esmeralda
que realzaba el tono de sus ojos. Ojos que Blaine creyó que caerían primero en Chase como
siempre había sido el número uno para todo, pero que, sin embargo, decidieron romper la
tradición cruzando miradas con él.
Blaine esperó, con el aliento reprimido, a que lo fulminara con su desprecio, pero Melanie
Lacey no mostró al principio emoción alguna.
—Pensaba que discutisteis acaloradamente la última vez que os visteis —dijo Chase.
—Y lo hicimos.
Ni siquiera le pidió disculpas tras los reproches, lo que ahora, y solo por acción indirecta de
Clodagh, le parecía que no habría estado de más. Melanie había sido cruel con él queriendo y sin
querer, pues incluso si no lo hubiera despreciado con miradas y exabruptos durante diez años,
Blaine habría seguido ardido por el simple hecho de no haber sido su elegido. Pero también
debía admitir que le había devuelto sus desaires mediante juegos perversos. Se había hecho pasar
por su hermano y había evitado su futuro con él, una venganza desmedida de la que Blaine se
avergonzó allí mismo, siendo víctima aún de su mirada lejana.
Esperó que moviera los labios para pronunciar un «te odio» silencioso, que se acercara para
dejárselo claro o que hiciera algo aún peor, como retirarle la mirada, demostrando que ni eso
merecía. Pero Melanie solo desplegó su abanico esmeralda, se dio aire con un par de toques y,
cuando consideró que ya lo había torturado suficiente, asintió con la cabeza.
Fue un gesto de cortesía distante apenas perceptible, tan sutil que Blaine lo habría creído
soñado si Chase no lo hubiera confirmado un instante después.
—Es incapaz de odiar para siempre. Acaba de demostrarlo.
—¿Así se supone que he de interpretar su asentimiento? ¿Como un «te perdono»?
—No es un «te perdono». Es un «te tolero». Parece mentira que la conozcas desde que era una
niña. —Chase sonrió, conmovido por los recuerdos—. Solo ha hecho lo que debía para no tener
que desairarte en público cada vez que os crucéis. Te ha dicho que ya no estáis en guerra, pero
no quiere que vuelvas a acercarte. Ninguno de los dos, o de lo contrario habría venido a
saludarnos.
Blaine suspiró, tenso y sudoroso después del momento.
—Al final... ni para ti, ni para mí, ¿eh?
—Creo que el daño que nos ha hecho no es remotamente comparable al que nosotros le
hicimos a ella —meditó Chase, con la vista posada aún en la espalda de Melanie. Se había girado
para departir con una vieja amiga, la excusa perfecta para quitarse de su vista—. Pero tampoco
podemos pasarnos el resto de nuestra vida pidiendo disculpas, ¿verdad que no?
—Verdad que no —confirmó, también sacudido por la misma extraña y familiar nostalgia que
envolvía el pasado común del que ella era protagonista. Tuvieron que transcurrir unos cuantos
minutos hasta que Chase liberó la tensión por ambos de una larga exhalación.
Entonces lo miró con un ruego implícito en la expresión.
—Déjame volver a mi casa con Mercy, por Dios te lo pido.
—Sí, sí —asintió, frenético. Se olvidó de Melanie tan pronto como Clodagh cruzó su
pensamiento—. Pero antes necesito que me hagas un favor. Te prometo que, en cuanto Clodagh
aparezca por esa puerta y me hayas ayudado, podrás marcharte.
—¿Qué clase de favor es ese?
—No es nada. —Le restó importancia con un par de aspavientos—. Solo tienes que hacerte
pasar por mí.
Chase cerró los ojos un instante. Nunca había sido hombre de gritos, lo que no quería decir
que no chillara para sus adentros cada vez que su hermano proponía una barbaridad.
—¿Todavía no has tenido suficiente con las mil y una veces que me he hecho pasar por ti en
estos últimos años?
—Yo nunca tengo suficiente. Soy insaciable por naturaleza. Y no te has hecho pasar por mí
mil y una veces; yo me he hecho pasar por ti mil y una veces, que es diferente.
—Supongo que debo darte las gracias porque esta vez me lo pidas y no actúes sin mi
consentimiento. Suplantar identidades ajenas es un delito.
—Y, sin embargo, ahora estás casado con la mujer que amas gracias a que suplanté tu
identidad unas tres o cuatro veces. Vamos, solo será esta vez, Chase. Clodagh se marchó de
Godolphin House sin dirigirme la palabra y ni siquiera me respondió la nota que adjunté con el
vestido, por lo que imagino que no querrá hablar conmigo.
—¿Y qué te hace pensar que querrá hablar con tu hermano haciéndose pasar por ti?
—No soy yo, pero tenemos la misma cara, una voz parecida y las maneras casi idénticas.
Escucharte será como escucharme a mí, solo que a ti te dará la oportunidad y a mí no.
Chase suspiró.
—¿Y qué quieres que le diga?
—Por eso no te preocupes. —Blaine sacó de la chaqueta una pequeña nota doblada. Se la
tendió entre el índice y el corazón con el mismo disimulo que si fuera un secreto de estado—.
Solo tienes que leerle esto en cuanto se quede a solas.
Aunque reticente, Chase la aceptó. Si no opuso resistencia fue porque estaba ansioso por
regresar a su domicilio, y Blaine lo sabía. O quizá el matrimonio y la convivencia le hubieran
ablandado y ahora comprendiera la importancia de lo que Blaine se estaba jugando.
Se disponía a indicarle los pasos que tendría que llevar a cabo cuando un repentino silencio se
apoderó del salón. A veces sucedía sin más, cuando entraba un invitado de honor o hacía acto de
presencia un personaje no muy apreciado por los anfitriones, que solo lo convidaban al evento
para dar de qué hablar. En este caso, lo que cruzó el umbral no fue ni lo uno ni lo otro, sino un
ángel vestido de estrellas que parecía haberse perdido. Blaine no fue el único que detuvo lo que
estaba haciendo, dejó una frase a medias o aguantó la respiración al ver cómo la figura femenina
se abría paso entre la gente. O, mejor dicho, cómo la gente se abría para facilitarle el desfile.
El corazón estuvo a punto de salírsele del pecho de orgullo al comprobar que lucía el vestido
que le había regalado.
Nadie podría decir que había sido madre. Nadie podría decir, de hecho, que una mujer tan
delicada pudiera siquiera concebir sin perecer en el intento. El corpiño se ceñía a su cintura de
muñeca y realzaba los pechos que él sabía sensibles y más redondos por el parto, pero le alivió
saber que su rostro redondo seguía suscitando la misma ternura que siempre. Clodagh miraba a
un lado y a otro, tal vez en busca del hombre que la había invitado, tal vez solo para dar a
entender que no quería que nadie se interpusiera en su camino porque ya la esperaba un
caballero.
El caballero en cuestión tuvo que apoyar la espalda en la columna más cercana por si acaso se
desvanecía de ilusión.
Había acertado al encargar el vestido, tanto en las medidas como en los detalles. Parecía
navegar en una nube de algodón, y los destellos plateados que arrancaban la luz de las arañas
hacían parpadear la pedrería brillante como estrellas en el firmamento.
Blaine lo supo como sabía cuántas cicatrices tenía repartidas por el cuerpo: la hubiera
encontrado dormida en el sofá de un salón familiar o se hubiese tropezado con ella en una velada
multitudinaria, el resultado habría sido el mismo. Le habría poseído el mismo deseo
enloquecedor que llevaba a un hombre a la ruina.
—Habrá que cambiar el plan —musitó Blaine, sin pestañear—, porque no creo que nadie
vaya a dejarla a solas ni un solo momento.
Capítulo 39
No la dejaban en paz. Por más que trataba refugiarse tras las faldas de sus acompañantes, la ya
prometida Temperance y la soltera Faith, los caballeros seguían acercándose como mariposas al
fuego, encandilados por la novedad. Ya estaban informados de que era madre y esposa, y, aun
así, no parecía que allí se respetara especialmente la naturaleza monógama de la institución. Los
hombres danzaban solícitos a su alrededor, peleándose por ser el afortunado que le sirviera el
ponche, la sacara a bailar o solo intercambiara un par de cortesías con ella.
Clodagh se había imaginado así su presentación en sociedad. Si ya había causado revuelo
siendo una joven sencilla al servicio de una gran casa o limpiando las mesas de una taberna,
cabía esperar que la reacción masculina se multiplicara cuando la vestían las sedas más caras.
Hasta las mujeres revoloteaban en sus cercanías para preguntarle de dónde había sacado una
prenda tan fina, quién se la había regalado, e incluso la halagaron por lo bien que le sentaba, algo
que Clodagh había creído imposible viniendo de hipócritas y envidiosas ricachonas.
No tardó en sentir la urgente necesidad de escabullirse al jardín. Por lo que había oído, y esto
era lo único que le había interesado escuchar, lady Sheraton era aficionada a la botánica y
cuidaba de sus flores con especial mimo. Incluso se bromeaba con que prestaba más atención al
invernadero de cristal que a sus propios hijos, aunque nunca más que a su marido, un hombre
que, por lo visto, y pese a la temible reputación que solía precederle, le había sorbido el seso.
Clodagh la entendía a la perfección. Desde que había entrado en el salón, había empezado a
buscar con la mirada al culpable de que estuviera sometiéndose al escrutinio general. Sabiendo
cuánto detestaba llamar la atención y el poco interés que tenía en relacionarse con la clase alta,
esperaba que Blaine comprendiera el significado de su asistencia, que no era otro que haría cosas
impensables con tal de estar a su lado.
Incluso perdonarlo.
Confirmó que lady Sheraton era una amante de la jardinería en cuanto el frío de febrero le
mordió la piel al descubierto. Lo cierto era que el vestido la había encandilado nada más verlo, y
en cuanto cayó en su cuerpo y se vio en el espejo, no pudo evitar regodearse en su belleza con
una vanidad impropia de ella.
Clodagh respiró hondo y se apoyó contra la corteza de uno de los árboles. Tenía entendido
que los jardines de lady Sheraton eran el lugar preferido de los invitados más juguetones para
desnudar a sus amantes, pero la noche apenas comenzaba y suponía que tendría que esperar un
par de horas para ver con sus propios ojos el primer escándalo.
Solo que el primer escándalo lo protagonizaría ella. Lo supo en cuanto oyó el crujido de unos
pasos a su espalda y un hombre con una voz muy parecida a la de Blaine pronunció su nombre.
—Clodagh.
La joven se dio la vuelta.
La escasa iluminación del jardín sumía la mitad de su rostro en las sombras, lo que le daba el
aire irresistible y perverso que su hermano poseía ya a plena luz del día. No así Chase, aunque
por el modo en que proyectó su voz y se dirigió a ella, sonriendo de lado, supo que pretendía
hacerse pasar por quien no era.
Por quien no podría ser de ninguna manera.
—¿Qué hace usted aquí, señor Reynolds? —Se cruzó de brazos ante él—. ¿No tiene una
esposa de la que hacerse cargo? ¿Dos gemelos recién nacidos, quizá?
Chase no ocultó su sorpresa. Su mueca divirtió a Clodagh, que se olvidó enseguida de la leve
irritación.
—¿Me ha reconocido? Y yo que pensaba que en la noche todos los gatos son pardos.
—Sí que lo son, pero mi marido es otra clase de felino. Uno bastante más peligroso.
Chase suspiró y dio un paso más hacia delante, mostrándose tal y como era bajo la luz
ambarina de uno de los farolillos repartidos sobre sus cabezas.
—Es usted la primera mujer que conozco que no se confunde ni duda por un segundo de mi
identidad.
—Y estoy segura de que eso le ha molestado, porque por la cara que traía todo apunta a que
era su intención hacerse pasar por el tigre..., ¿me equivoco?
—Mi hermano está convencido de que no quiere usted hablar con él. Me ha mandado en su
lugar para recitar el discurso que piensa que no escucharía de sus labios.
—Primero las cartas al obispo y ahora el discurso de su hermano gemelo —enumeró Clodagh,
entre burlona y molesta—. Si lord Godolphin no tiene valor para hablarme sin tapujos de lo que
sea que le preocupa y necesita transmitírmelo a través de terceros, ¿por qué no lo admite en lugar
de escudarse en excusas estúpidas?
—Esa es una muy buena pregunta. Estaría encantado de dejarlo correr y marcharme, pero
hasta que no cumpla con el último favor que pienso hacerle, no podré regresar junto a Mercy...
así que deje que termine con esto, se lo ruego.
Clodagh sonrió.
—¿Qué pensaba hacer? ¿Declararme los sentimientos de su hermano bajo su identidad? ¿Y si
luego se me hubiera ocurrido besarle?
—Nunca dije que fuera un plan brillante. Todos los planes que se le ocurren a mi hermano
son rocambolescos, lo reconozco, pero me ofrezco como cabeza de turco porque suelen
funcionar.
—Muy bien. Pero si sus palabras resultan ser más hermosas de lo que una joven sensible
puede soportar y acabo abalanzándome sobre usted, espero que pese sobre su conciencia. A fin
de cuentas, se parece usted un poco a mi marido. Solo un poco... pero lo suficiente.
Clodagh se regocijó para sus adentros al ver que Chase cambiaba el peso de pierna,
incómodo.
—Basta, por Dios, ¡basta! —exclamó una tercera voz masculina. Clodagh se puso en guardia
enseguida y escudriñó las sombras hasta que de estas emergió el verdadero Blaine, descompuesto
por lo que acababa de escuchar—. Se suponía que esto debía ser romántico y lo estáis tratando
con una frialdad vergonzosa.
—¿Y cómo diablos quieres que lo tratemos? —le espetó Chase—. No soy su marido y ella no
es mi mujer.
—Esta es la última vez que te pido ayuda.
—¡Bendito sea Dios! ¡Por fin escucho tales palabras! —Suspiró Chase, agradeciendo al cielo
con una mirada exasperada—. Si no se me requiere más por aquí, me marcho.
Ni Clodagh ni Blaine lo vieron desaparecer. En cuanto sus ojos se encontraron, las pisadas de
Chase dejaron de escucharse y todo cuanto sus sentidos percibieron fue el sonido del agua de una
fuente lejana, el rumor de la brisa nocturna y un eco del ruido que provenía del salón. La luz
seguía siendo insuficiente para captar por completo al Blaine acicalado para la ocasión, pero lo
poco que Clodagh percibió bastó para ponerle la piel de gallina.
—Maldita sea —masculló Blaine, palpándose la chaqueta—. Se ha llevado la nota.
—¿Qué nota? —Clodagh enarcó la ceja—. ¿Necesitas un guion para dirigirte a mí? ¿Qué ha
sido de tu adorable espontaneidad, milord?
—Se me ha perdido en el camino para llegar a ti, como otras tantas cosas que solían definirme
y ahora no encuentro por ninguna parte.
—¿Como por ejemplo...? —Le tiró de la lengua.
Estaba segura de que Blaine lamentaba que la oscuridad del jardín no fuera lo bastante
frondosa para ocultar su mortificación, la repentina inseguridad que había logrado eclipsar la
siempre colosal envergadura de su confianza en sí mismo. Parecía estar a la altura de las
circunstancias en todo momento, parecía que nunca le aquejara el mal de la incertidumbre; que
era superior a los defectos mundanos. Y, sin embargo, ahora se mostraba ante ella increíblemente
avergonzado por no ser perfecto. Preocupado por si Clodagh descubría que no podía quererlo
ahora que sabía de lo que era capaz.
Lo vio abrir y cerrar la boca varias veces. Debería haberse regodeado al saberlo vulnerable,
nervioso como un colegial ante su primera amante, pero se apiadó de él antes de lo previsto.
—Estoy aquí. He venido. Y te aseguro que no ha sido porque me diviertan estas fiestas. ¿Eso
que tu hermano se ha llevado era una copia de la nulidad?
—¿Por qué? ¿Querías que te mandara una copia de la nulidad?
Clodagh exhaló una especie de risa.
—¿No la tengo justo enfrente? —Enarcó una ceja. Intentó sonar comprensiva al agregar—:
Realmente eres una nulidad tratando de expresar tus sentimientos, ¿no es así?
—La última vez que lo hice no salió demasiado bien. Solo quería que supieras que... —Dio un
paso hacia delante, vacilando, y luego volvió a darlo atrás. Se humedeció los labios, confundido.
Entonces la miró a los ojos—. Lo siento, Cloud.
—Supongo que eso, viniendo de ti, vale mucho más que un «te quiero».
—¿Necesitas que te diga que te quiero?
Clodagh se quedó de una pieza al entender que no bromeaba, que de veras le sorprendía su
respuesta.
—¡Por supuesto que lo necesito! No voy a perdonarte porque lo sientas..., a no ser que lo que
sientas sea amor.
—Creía que era evidente lo que sentía. —Sacudió la cabeza—. Cloud, si es por eso, no podía
decírtelo porque pensaba que lo interpretarías como una excusa, o que mi tendencia a ironizar lo
haría sonar banal cuando nada más lejos de la realidad. Si algo he aprendido es que no puedes
usar el amor para justificar tus errores. Me he comportado como un egoísta porque es lo que
soy... o lo que solía ser... o lo que seré siempre. No sé cómo me despertaré mañana en ese
aspecto. La única certeza que tengo es que cuando amanezca te querré igual que ahora mismo.
Clodagh tragó saliva. Fue ella la que dio un paso hacia delante.
—¿Y cómo me quieres?
—Ya lo has visto. Como para darme por vencido y renunciar a mi buena suerte, si es lo que tú
deseas. Como para dejar que te marches con un idiota redomado a pesar de que sea peor que yo y
te haya hecho mucho más daño.
—No me ha hecho mucho más daño —repuso con un nudo en la garganta—, y tú no eres
mejor que él por un simple motivo. A Jerry ya no lo quería cuando descubrí su traición. A ti sí,
Blaine. A ti sí. Todo lo que tú hubieras podido hacerme, todo el daño que puedas infligirme, será
cien veces peor que si viniera de otro idiota redomado, porque de ti espero lo mejor. De ti lo
espero absolutamente todo, ¿entiendes? Lo espero porque de ti lo quiero todo.
Él se quedó en silencio un instante.
—Dios. —Fue todo lo que musitó—. ¿Qué he hecho para merecerte? Si soy un diablo.
Clodagh le acarició la mejilla.
—Ahora mismo pareces más bien un pobre diablo.
Blaine atrapó su mano y se la llevó a los labios para besarla en el centro de la palma.
—Solo mientras estés lejos de mí. Si vuelves, volveré a ser rico de nuevo. ¿Qué puedo
ofrecerte para que regreses a mi lado?
—Eso es sencillo. Dime que me quieres —pidió en voz baja—. No lo tomaré como una
justificación, no me parecerá banal. Será lo que dé sentido a todo lo que ha pasado.
Blaine le sostuvo la mirada. Incluso arropados por las sombras, sus ojos eran verdes. Verdes a
la luz del día, verdes en medio de la oscuridad. Nada ni nadie podía eclipsar ese brillo especial,
ese verdor de había robado a Irlanda para hacerla sentir en casa.
—Te quiero —resolvió con voz extraña, sacudida por la emoción. Luego tragó saliva—. ¿Es
suficiente con eso, o tengo que adornarlo un poco más?
—Es suficiente con eso. ¿Has visto? —Clodagh le guiñó un ojo—. No era tan difícil, ¿a que
no?
Blaine se echó a reír, soltando toda la tensión acumulada.
—Entre todo lo que ha pasado, me parece que ha sido lo más sencillo.
Epílogo
Bré, Irlanda
Octubre de 1835
Diez años después
—Al final se ha salido con la suya —refunfuñó Blaine, caminando de un lado para otro—. Al
final ha conseguido que el niño nazca en Irlanda. Otro más. Maldito el día que compré una
condenada casa en este sitio del demonio. ¿Te acuerdas de cuando era yo el que siempre ganaba
las discusiones, Chase? —Se giró hacia su hermano gemelo, que hacía todo cuanto estaba en su
mano para reprimir las carcajadas—. ¿Te acuerdas de cuando era yo quien se salía con la suya?
—Me acuerdo, Blaine. Me acuerdo. Aunque tengo que hacer memoria, porque hace bastantes
años desde la última vez.
Blaine frenó ante la puerta cerrada que daba al dormitorio.
—Voy a guardarme para mí lo que opino sobre que llamara Bláthnaid a la niña. No se le
podía discutir nada relativo a la criatura por aquel entonces. Pero luego vinieron Ruairi y Maeve
—empezó a contar, sacando un dedo por cada uno—, a los que le rogué que llamara de otro
modo aprovechando que nacieron en una de nuestras temporadas fuera de Londres. Ya iban a
tener la condenada nacionalidad irlandesa, pero no. Tenía que ponerle esos nombres
impronunciables.
—A ver, pronunciables sí son —la defendió Mercy, que se gozaba el espectáculo del Blaine
desquiciado de nervios con una mano apoyada sobre el muslo de su marido—. Bláthnaid sí es
algo más complicado de escribir, pero Ruairi y Maeve, dentro de lo que cabe...
—Ruairi y Maeve no son los peores, no. Sorcha les robó el protagonismo cuando vino cuatro
años después. No menciono a Cillian, mayor por un año, porque conocí a un Cillian en Oxford y
ya estaba familiarizado con el nombre. Pero ¿qué hay de Cliodhna? ¿Tiene un padre derecho a
vivir el infierno de convivir con ese nombre? Ni yo mismo sé pronunciarlo, por el amor de Dios.
—No te he oído quejarte de las gemelas —apuntó Chase.
—Kayleigh y Fiona son nombres muy bonitos —repuso Mercy.
—Siguen sin ser Benjamin y Franklin, aunque vosotros también os coronasteis llamando
Kepler al último —bufó Blaine—. De cualquier modo, no me extrañará ser el hazmerreír de las
escuelas inglesas porque mi ejército de críos parezca haber salido de las leyendas mitológicas
celtas.
—No se reirán de ellos. Tal y como están las cosas en Irlanda, y todo apunta a que irán a peor,
sería inteligente temer al grupo de niños que podría encabezar la revolución.
—Mis hijos no necesitan alzarse al estilo Boudica para encabezar ninguna revolución. Con
que Sorcha se posicione contra los ingleses, ya estaréis todos perdidos. ¿Cómo puede una cría de
cinco años ser tan perversa? —se preguntó en voz baja, meneando la cabeza.
—No todos iban a parecerse a su madre —se burló Chase—. Por cierto, llevas más de quince
minutos despotricando sobre tus propios hijos. No quiero ni imaginarme lo que dices de los
míos.
Blaine miró a su hermano como si fuera estúpido.
No le extrañaría que al final resultara serlo de verdad.
—Teniendo ocho hijos más el que está en camino, ¿tú crees que tengo tiempo para
preocuparme de las criaturas del resto? —Se pasó una mano por la cara, nervioso, y lanzó una
mirada a la puerta con la que pareció querer ver más allá de la superficie.
Chase se percató de ese detalle y sonrió.
—Ocho niños y sigues poniéndote nervioso cuando la parienta se pone de parto. Eres un
padre digno.
—¿Nervioso yo? El número de bebés que mi mujer ha traído al mundo es superior a las veces
que ha pisado un salón de baile. Se sentiría más incómoda si tuviera que bailar un vals que
recibiendo los ánimos de la comadrona.
—Pero cada parto es un mundo —señaló Mercy—. Todos suponen un riesgo.
Blaine palideció y se giró de nuevo hacia la puerta, que le habían cerrado en las narices hacía
un rato. Clodagh no solo estaba acostumbrada a los cambios que se producían en su cuerpo
cuando quedaba encinta, sino también al histerismo de su marido cuando llegaba el momento de
la verdad. Tras ocho partos, había decidido tomar la medida preventiva de prohibirle el paso al
dormitorio mientras durase el alumbramiento. Largas horas de estupor, disociación absoluta y
lamentos inconsolables que debían tolerar con estoicismo sus pobres parientes. En este caso,
Chase y Mercy, que en una de sus muchas visitas a la mansión a las afueras de Bré, se habían
topado con una Clodagh parturienta.
—No entiendo de qué pretende protegerme cerrando la puerta con llave —masculló Blaine—.
Sé mejor que ella misma lo que sucede durante el parto. He asistido a unos cuantos, ¿sabéis?
—Y por lo que tengo entendido, no asistirás a ninguno más. Clodagh ha decidido que nueve
son suficientes —confesó Mercy.
La pareja esperó a que Blaine hiciera su habitual apreciación, pues le había cogido el gusto a
quejarse continuamente de vivir con un puñado de vándalos. «Yo también he tenido suficiente»,
habría dicho. Pero en lugar de decantarse por la réplica fácil, Blaine apoyó una mano en la puerta
y se quedó mirando el picaporte como si pudiera girarlo con la mente, melancólico.
Los partos suponían un riesgo, eso él lo sabía de sobra, pero la inmensa alegría que le
inundaba después solo podía equipararse a la ilusión de ver a sus hijos dar los primeros pasos,
pronunciar las primeras palabras.
Blaine siempre se había tenido por un hombre insaciable. Lo que nunca habría imaginado era
que ese defecto de su carácter también afectaría a su manera de vivir la paternidad, de la que
estaba especialmente orgulloso. Quizá fuera porque ver a su mujer embarazada le recordaba a los
inicios, al estado en que se encontraba cuando la vio por primera vez, pero le fascinaba ser
testigo de los cambios que se iban produciendo en su cuerpo. Se había acostumbrado a sus
cambios de humor, a sus antojos imposibles, al modo irresistible en que le suplicaba que apagara
sus sofocos. Cada niño era una aventura distinta, y Blaine había adorado todas y cada una de
ellas. No solo por los retos que presentaban, que Blaine siempre resolvía con el éxito del padre
experimentado, del hombre de intuición fina y afortunado de nacimiento, sino porque vivía esa
aventura al lado de una mujer que estaba a la altura de las circunstancias, que tenía la misma
energía y el instinto desarrollado para afrontar tanto los inconvenientes como disfrutar de los
regalos que les había dado la vida.
Estaba de acuerdo con que habían tenido suficiente. Pero el corazón de Blaine había dado de
sí para que cupieran nueve nombres, incluido el terrorífico que Clodagh aún no había escogido
para el último, y sentía que, de tanto que lo había agrandado, cabrían veinte más.
Como si los hubiera invocado con el pensamiento, cuatro niños subieron las escaleras
corriendo, unos con más agilidad que otros, y rodearon a su padre para tirarle de la chaqueta.
—¿Ha venido ya? —preguntó Bláthanaid, mirando a Blaine con sus enormes ojos verdes.
—¿Cuánto falta para que llegue? —insistió Ruairi, haciendo unos morritos muy parecidos a
los que ponía su madre cuando se enfurruñaba.
—¿Pasará por el jardín? ¡Le he puesto chocolate! —exclamó Maeve, emocionada. Había
empezado a estudiar gaélico por placer y forzaba el acento irlandés hasta imposibilitar su
comprensión.
—¿Era para ella? —Cillian torció la boca, manchada por las comisuras de una sustancia que
Blaine reconoció en el acto. Su sustancia favorita, sin ir más lejos: muy dulce y peligrosa para el
organismo si se consumía en grandes cantidades—. Me lo he comido yo.
—¡Noooo! —rezongó Maeve, girándose hacia él—. ¿Eres idiota? ¿Y ahora con qué le damos
las gracias a la cigüeña por traer a nuestro hermanito?
—Podemos dárselo a él —propuso Bláthnaid, esbozando una sonrisa maliciosa que a sus diez
años ya revolvía el estómago de los adultos—. ¿Aceptará la cigüeña a Cillian como ofrenda?
—Con lo gordito que está, le costaría llevárselo en el pico —meditó Maeve. Blaine estuvo a
punto de sonreír, divertido porque de alguna manera hubiera heredado el pensamiento lógico de
su tía Mercy—. Pero si se lo lleva montado en el lomo, Cillian se divertirá, y se trata de
castigarlo por glotón...
—No decía de ofrecérselo como regalo, sino como almuerzo —retrucó Bláthnaid.
Cillian, que a sus seis años todavía no comprendía en qué consistían las bromas —ni el propio
Blaine sabía cuándo Bláthnaid estaba bromeando y cuándo iba en serio—, hizo un puchero, a
punto de echarse a llorar.
—Papá, no quiero que me lleve la cigüeña.
—La cigüeña no se va a llevar a nadie —determinó Blaine, calmando los ánimos—. Si va por
el mundo repartiendo bebés, ¿no será porque no le gusta tenerlos con ella? Y si no le gustan los
bebés, ¿qué os hace pensar que se llevaría uno?
—Pero Cillian no es un bebé. A no ser que hablemos de un bebé ballena, porque ahora que lo
pienso se parece mucho a un cachalote —meditaba Bláthanid.
—¿Es siempre la misma cigüeña, papá? —preguntó Ruairi, el incansable preguntón del grupo
de bandidos—. Porque si es la misma, no entiendo cómo le da tiempo a repartir a todos los
bebés. Hay algunos que nacen a la vez, como Maeve y yo.
—No nacimos a la vez. Yo nací antes, por eso soy más lista —corrigió Maeve.
—Son una comunidad de cigüeñas —resolvió Blaine—. Cada una se encarga de una familia.
—Entonces... —meditó Ruairi—. La cigüeña que trajo al primo Kepler no es la misma que
vendrá a traer al nuevo.
—No.
—¿En qué se diferencian las cigüeñas? —siguió preguntando Ruairi.
—En las bufandas. Van a juego con la librea del servicio.
—La nuestra debe ser más fuerte, porque ha traído dos veces a dos bebés —meditó Cillian.
—Y a ti, que vales por dos porque no paras de comer —agregó Bláthnaid.
Blaine lamentó el día que se le ocurrió apropiarse de la popular leyenda francesa para explicar
el nacimiento de los niños. Todos sus pequeños eran espabilados y demasiado listos para su
edad, pero temía que las especificaciones de un parto real les causara una grave impresión.
A él se la había causado asistir a ellos.
—Si la cigüeña se venga porque te has comido el chocolate trayendo al bebé muerto, va a ser
tu culpa —sentenció Maeve, con su escalofriante solemnidad habitual.
Cillian volvió a hacer pucheros. Blaine se tensó solo de pensar en la posibilidad.
—A la cigüeña no le gusta el chocolate. Le gusta el pastel de Shrewsbury. Y si no hay pastel
de Shrewsbury para cuando termine su viaje, se vengará de todos vosotros. Incluso de los que
están durmiendo en sus cunas.
—Entonces tenemos que ir a pedirle a la señora Richards que lo prepare —decidió Bláthnaid
—. Pero ¿cómo se come el pastel una cigüeña, si tiene el pico tan largo?
—Se lo come con la mente porque tiene poderes mágicos —resolvió Blaine. Sacudió las
manos en dirección a las escaleras—. Venga, id a molestar a la señora Richards.
—¿Y qué hacemos si Cillian se come también el pastel?
Cillian miró a su padre esperando que lo salvara antes de ser mandado al patíbulo.
—Perdonarlo como buenos cristianos bautizados que sois.
Todos asintieron y salieron corriendo tal y como habían aparecido..., a excepción del pequeño
Cillian, que se quedó mirando las escaleras con cara de pena. Blaine aprovechó que estaba
despistado para cogerlo en volandas.
El chiquillo nunca lo decepcionaba. Al igual que la mínima burla lo entristecía, un poco de
cariño lo ilusionaba enseguida.
—Tienes mi permiso para comerte todo el chocolate de tus hermanas —le dijo en voz baja—.
Si se enfadan, me las mandas. Ya sabes que si algo se le da bien a tu padre es escurrir el bulto y
hacer sentir mal a las mujeres.
Cillian asintió con la cabeza, feliz, y le dio un beso pegajoso en la mejilla. Lo bajó al suelo
para que pudiera unirse al grupo y lo vio marchar con una media sonrisa.
—La verdad es que está rechoncho, el muchacho —le dijo a la pareja, que había estado
observando el intercambio con una sonrisa—. Ya casi no lo puedo ni levantar.
—¿Y a qué estás esperando para decirle que deje de comer lo que no debe?
—Es un niño —zanjó, encogiéndose de hombros—. No debe preocuparse por estar gordo.
Eso es salud. Yo mismo estaba así a su edad.
La puerta se abrió, haciendo que Blaine, hasta el momento apoyado, estuviera a punto de
caerse hacia atrás. Recobró el equilibrio enseguida, dispuesto a recordar la línea de ancestros de
quien hubiera tirado del picaporte a traición. Se le pasó el arrebato en cuanto el médico se asomó,
limpiándose las manos con un paño.
—El niño ya está aquí, milord. Sano y salvo.
—Maldita sea —masculló—. El pastel no va a llegar a tiempo, entonces.
Entró en el dormitorio como si le hubieran anunciado que la criatura había estallado en llamas
y de él dependía su supervivencia. Lo siguieron Chase y Mercy con algo más de tiento y
paciencia para comprobar que la escena se desarrollaba como ya era costumbre.
Blaine se presentaba en el dormitorio con seguridad hasta que intercambiaba una mirada con
la cansada Clodagh. Se le ponía el vello de punta al verla vencida por el sueño, temiéndose lo
peor, y se hartaba de hacerle preguntas al doctor, que las respondía como buenamente podía para
asegurarle que todo había marchado sobre ruedas. Luego, más relajado, se acercaba muy
despacio a la madre y al bebé, que siempre sostenía en brazos aunque estuviera a punto de
desmayarse.
Blaine se arrodilló a un lado de la cama y le retiró el pelo mojado de la frente. Le besó la
mejilla con cariño y luego bajó la mirada al plácido rostro del bebé.
—Es igual que los demás. Arrugado y horroroso —dijo Blaine, emocionado. Luego se
encontró con los ojos de Clodagh, en los que siempre brillaba la diversión—. ¿Cómo lo vas a
llamar esta vez? ¿Junípero? ¿Airdsgainne? No, espera, ya sé: Afkika.
Clodagh se rio y apoyó la cabeza en la almohada. Recostada sin fuerzas, le dedicó una mirada
llena de calidez.
—He pensado que esta vez podrías elegir tú el nombre.
Blaine abrió los ojos de golpe.
—¿Yo? ¿Estás segura?
Ella asintió con la cabeza y lo invitó a buscar inspiración en el rostro enrojecido de la criatura,
que se había dormido nada más nacer. Como ocho veces antes, el instinto paternal despertó su
corazón con un latido profundo que reverberó en el resto de su cuerpo, haciéndole temblar por la
nueva responsabilidad de la que tendría que hacerse cargo.
Y se haría cargo de ella con el mismo gusto.
—Lo voy a llamar... —Hizo una pausa—. John.
—¿John? —Clodagh arrugó la nariz—. Yo había pensado en llamarle Bohan...
—Sh... Tú no piensas con claridad cuando acabas de sobrevivir a un parto. Deja que los
mayores nos hagamos cargo de las decisiones importantes. —Tomó al bebé en brazos y le rozó
la carita con la yema del pulgar—. Te llamas John y no hay más que hablar. El pequeño Johnny.
—Qué nombre más aburrido. Lo estás condenando a la mediocridad.
—Menos mal. Ya iba siendo hora de que uno de mis hijos se me pareciera.
Clodagh volvió a reírse, haciendo que Blaine tuviera que prestarle toda su atención. La vio
cerrar los ojos con una sonrisa amorosa en los labios, demasiado satisfecha como para no volver
a despertarse después. Su rostro calmo lo llenó de ternura y decidió que claudicaría. Que
claudicaría mil veces más, si fuera necesario.
—De acuerdo —cedió, suspirando—. Podemos ponerle Bohan de segundo nombre.
Clodagh abrió un ojo, traviesa, y le sonrió de oreja a oreja.
—Eso está mejor. Qué bien se siente uno cuando se sale con la suya, ¿no te lo parece?
Hablemos (nota de autora)
Espero que la decepción inicial al averiguar que Blaine Reynolds no se casaría y viviría
felizmente con Melanie Lacey se os haya pasado un poco al leer la novela. La verdad es que en
algún momento cruzó mi pensamiento la posibilidad de convertir a Melanie en su protagonista,
pero se me pasó bastante rápido porque a) No es una Swansea, ni tampoco una «Swansea», o sea
que no cumple el requerimiento obligatorio para formar parte de la saga; b) No quería
complicarle las Navidades familiares ni a Chase, ni a Mercy, ni a... Bueno, todo el mundo.
Habría sido muy tenso y Chase y Blaine no habrían podido llevarse bien nunca más; y c) La
verdad, no sentí que Blaine hubiera estado enamorado de ella. Más bien obsesionado hasta el
tuétano.
Dicho esto, y a un lado que todo el libro sea per se un cúmulo rocambolesco de situaciones
entre impensables e infrecuentes, dentro listado de licencias de contexto histórico, que en esta
novela han sido unas cuantas.
Como os podréis imaginar, en aquella época acostarse con la parienta en estado de gravidez
no era ni por asomo recomendable, pero me he tomado la libertad de pasar esto por alto porque si
no íbamos a disfrutar de pocas escenas de magreo (y, la verdad, me parecían sumamente
importantes. Seguro que estaréis de acuerdo conmigo).
Por otro lado, no es que haya dicho de forma textual en los capítulos 15-16 que los feligreses
anglicanos deban confesarse como suele ser obligatorio o muy recomendado en el catolicismo,
pero si alguien ha sobreentendido que la confesión es menester perteneciendo a esta corriente
religiosa, lo desmiento aquí y ahora. Yikes menciona que Dios ha perdonado sus pecados
confesados porque confesarte, lo que es confesarte, podías hacerlo si te apetecía. Y a él le
apeteció. Pero insisto, no es lo mismo la confesión católica que la anglicana.
En el capítulo 23, Blaine aparece con un puñado de flores comúnmente denominadas «amor
en la niebla». Como bien se explica en esa parte, crecen sobre todo en Irlanda y florecen cuando
hace buen tiempo (esto me hace gracia, porque lo que es «buen tiempo» no creo que haga ni un
solo día en el Reino Unido), y la novela está ambientada en invierno, así que es IMPOSIBLE que
Blaine encontrara las flores.
Esto sí es una licencia brutal, pero no podía renunciar a esa galantería, lo siento.
Otra consideración que me parece guay: en el capítulo 19, Blaine se pone a hablar de juegos
de cartas, entre ellos el brelan. Dice que espera ponerlo de moda en los salones para 1830, y me
parece importante confirmar que, en efecto, consiguió popularizarlo en Inglaterra, porque en
torno a esa fecha todos los señores que frecuentaban los clubs se mataban con esa excusa. Es
decir, en las fuentes de investigación a las que he recurrido no pone que Blaine Reynolds fuera el
precursor, pero en mi mundo corrió a cuenta de él y su poder de persuasión.
Y ahora va la bronca: si este es el primer libro de las Swansea que te has leído, a lo mejor te
has quedado un poco confundida por las referencias que hay a la novela que abre la saga, Unidos
por el escándalo (la historia de Chase Reynolds y Mercy Swansea), con lo cual te aconsejo que
enmiendes tu error corriendo a leerla antes de que sea demasiado tarde. También hay unas
cuentas referencias a Pescar a un buen partido, protagonizada por Temperance Swansea y
Royce. Os recomiendo leer por orden. No os arrepentiréis.
Como siempre, gracias por acompañarme al pasado una vez más. Recordad dejar una reseña
si os ha gustado y compartirlo en vuestras redes, con vuestras amigas, con vuestra madre (o
vuestro padre, si le va el steamy historical romance), con vuestro novio o novia... o conmigo, que
ya sabéis que tengo las redes sociales activas para escucharos y, la verdad, me encanta hablar de
mí misma (o, lo que es lo mismo, de mis pequeñas creaciones).
¡Un beso fuerte!
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Epílogo
Hablemos (nota de autora)
[1]
Claude Duval fue un salteador de caminos francés en la Restauración de Inglaterra.
[2]
Walker King fue un personaje real, efectivamente el obispo de Rochester desde 1809 hasta su muerte en 1827.
Falleció en su propia oficina.