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First Down Grace Reilly

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STAFF
CONTENIDO
STAFF
CONTENIDO
SINOPSIS
NOTA DE LA AUTORA
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AGRADECIMIENTOS
SOBRE LA AUTORA
SINOPSIS
Dar clases al nuevo quarterback estrella a
cambio de unas cuantas citas falsas no llevará a
nada más... ¿verdad?

James
El fútbol lo es todo para mí. Vivo, como y respiro este deporte. Pero
cuando me traslado a la Universidad McKee para escapar de las
distracciones que casi me cuestan mi futuro en la NFL, me enfrento a otra
consecuencia: retomar y aprobar la asignatura de escritura que suspendí en
mi última universidad o perder cualquier oportunidad de llegar a lo más
alto. Ahí es donde entra en juego mi compañera de último curso Beckett
Wood, hermosa, testaruda y justo mi tipo. Ella es la clave de mi éxito en
esta clase... pero el precio de su ayuda es una relación falsa, y yo nunca
hago las cosas a medias.

Bex
No me ando con cosas con los deportistas, y a primera vista, el guapo
y seguro de sí mismo James Callahan no es una excepción. Quiere que lo
ayude a aprobar la asignatura de escritura en la que ambos estamos
atascados, pero estoy demasiado ocupada para asumir otra responsabilidad.
Pero cuando su compañero de equipo -mi infiel ex- no me deja en paz, me
doy cuenta de que tengo que convencerlo de que he pasado página... ¿y qué
mejor manera que fingiendo estar con James, que no quiere saber nada de
una relación de verdad?
Sin embargo, con cada falso beso, James me arrastra más
profundamente a un lugar que me emociona y me aterroriza.
¿Por qué me hace sentir viva como nadie?
¿Y por qué no quiero que termine?
First Down es un romance deportivo picante con citas falsas, doble
punto de vista y un final feliz garantizado. Es la primera de una serie de
novelas enlazadas, pero independientes, de la serie Beyond the Play.
Para Anna, cuyo apoyo hizo
posible la publicación de este
libro.
NOTA DE LA AUTORA
Aunque he intentado ser sincera con la realidad del fútbol
universitario y de los deportes universitarios en general a lo largo de este
libro, siempre que ha sido posible, habrá inexactitudes, tanto intencionadas
como no intencionadas. A mis compañeros fieles al fútbol, ¡espero que lo
disfruten!
Visita mi sitio web para ver todas las advertencias sobre el contenido.
1
James
Recién estoy llegando al campus cuando mi teléfono empieza a sonar.
Los idiotas de mis hermanos pequeños han hecho coincidir sus tonos
de llamada, así que cada vez que llama uno de ellos, por el altavoz suena
Brittany Spears. No tengo nada en contra de Brittany, obviamente, la mujer
es una diosa, pero nada en “Baby One More Time” grita quarterback
universitario número uno a nivel nacional.
Por supuesto, esos idiotas saben que no sé cómo cambiarlo a algo
normal. Puede que tenga veintiún años y haya crecido con mi teléfono
como todo el mundo, pero la tecnología nunca ha sido mi fuerte. Y prefiero
estrangularme antes que pedirle a cualquiera de ellos que me ayude con
ello.
Y bueno, puede que me guste. Solamente un poco. Salgo del auto y
tarareo mientras tomo el teléfono, agradeciendo que no haya nadie cerca.
No estaría bien que el nuevo QB1 de la Universidad McKee causara una
primera impresión como amante del pop de los 2000. Tengo una reputación
de la Universidad Estatal de Luisiana que mantener.
La voz de Cooper llena mi oído, áspera e impaciente como siempre,
mientras camino hacia el edificio administrativo.
—¿Ya has llegado?
—No estoy cerca de casa aún. Primero tengo que hablar con la
decana, ¿recuerdas?
Hace un ruido agónico que suena parecido al de un animal
moribundo.
—Amigo. Llevamos una eternidad esperando. Si no te das prisa, me
quedo la habitación principal.
—¿Y si quiero la habitación principal? —Escucho a mi otro hermano
pequeño, Sebastian, decir de fondo.
—Esa debería ser para el que folla más, Sebby —dice Coop—. Y tú
nunca traes chicas a casa y James ha jurado estar fuera de la V hasta que
esté en la liga, así que eso me deja a mí.
—La edad triunfa sobre el estatus de fuckboy —le informo.
—Apenas eres mayor.
—Gemelos irlandeses —digo con una sonrisa, aunque Cooper no
puede verme. Técnicamente no lo somos, ya que nos separan unos dos años,
pero nos apellidamos Callahan y estamos muy unidos, así que es una broma
que siempre ha existido. (Aunque nunca delante de nuestra madre, que
puede hacer que se arruguen las pelotas con una sola mirada)—. ¿Verdad,
hermanito?
Abro la puerta y sonrío a la recepcionista. En la línea, Coop y Seb
siguen discutiendo. Sé de buena fuente que mi sonrisa hace que las bragas
se derritan, y esta vez no es una excepción. Veo el momento en que la chica,
una estudiante, baja la mirada de mi rostro a mi entrepierna.
—Oye, tengo que irme. Hasta pronto. —Cuelgo antes de que Cooper
tenga la oportunidad de intentar mantener la conversación. A pesar de sus
palabras, sé que no hará algo así sin hablar conmigo primero. Y tal vez se lo
permita. Tiene razón cuando dice que ahora mismo no dejo que las chicas
entren en mi vida. No si quiero ganar el campeonato nacional y ser
reclutado por la NFL2 en primera ronda.
—Hola —dice la chica—. ¿Puedo ayudarte?
—Tengo una cita con la decana Lionetti.
Se inclina sobre el libro de citas de una forma que me permite ver la
forma de sus tetas. Tiene un par fantástico. Tal vez en otro universo, la
invitaría a tomar un trago. Me acostaría con ella. Hace años que no veo un
par de tetas, y mucho menos jugar con ellas. Pero eso sería la definición de
distracción, especialmente si ella resultara ser todo drama.
Nada de distracciones. No vine a McKee por ninguna razón excepto
para encarrilar mi vida futbolística... y bien, sí, para obtener mi título. Por
eso estoy en la oficina de la Decana de Asuntos Estudiantiles en vez de en
mi nuevo campo, explorando el territorio.
—¿Nombre? —pregunta.
—James Callahan.
Sus ojos se abren en señal de reconocimiento. Quizá sea aficionada a
la NFL y piense primero en mi padre. O tal vez leyó algo sobre mi traslado
de universidad. En cualquier caso, parece dispuesta a subirse a mí como a
un árbol.
—Um, puedes entrar. Sabe que vienes.
—Gracias. —Estoy orgulloso de haberme resistido a guiñarle un ojo.
Si lo hago, me encontrará en el campus e insistirá en que somos almas
gemelas.
Camino por el pasillo hasta la oficina de la decana Lionetti,
observando el entorno. No puedo evitarlo, me fijo en todo. Estoy
acostumbrado a fijarme en la línea defensiva del otro equipo, a buscar
cambios sutiles en su forma de jugar, a averiguar dónde van a intentar
aplastar nuestro juego de ataque o de pase.
La decana Lionetti tiene una buena disposición. Un elegante escritorio
de madera oscura con una vitrina de premios detrás. Libros a lo largo de
una pared, además de dos sillas forradas de terciopelo frente a la parte más
larga del escritorio en forma de L. Detrás del escritorio se sienta la decana
Lionetti. Su cabello gris debe de ser natural; le cae a la altura de la barbilla
en un severo corte recto. Sus ojos también son de color gris, ¿y su traje de
los años 80? Lo has adivinado, gris. Se levanta al verme y me tiende la
mano para que se la estreche.
—Señor Callahan.
—Hola —digo, y luego hago una mueca de dolor. No es que lo
busque, pero normalmente la gente, especialmente las mujeres, son un poco
más cálidas conmigo cuando me conocen. Mi madre lo llama el encanto
Callahan, y es infalible... excepto ahora. La decana Lionetti me mira como
si no pudiera creer que esté en su oficina. Debe de tener algún tipo de
inmunidad a los hoyuelos, porque su mirada se agudiza cuando tomo
asiento.
—Gracias por venir a hablar tan pronto —dice—. Tengo algunas
novedades sobre tus clases de este semestre.
—¿Hay algún problema?
Sólo me quedan un par de asignaturas pendientes en mi último año de
carrera. Mi especialidad son las matemáticas, así que la mayoría de las
clases que tomo tratan solamente de números, pero tengo espacio para una o
dos optativas. Este semestre me he apuntado a biología marina, que por lo
visto es fácil y no requiere ninguna redacción, gracias a Dios. Según Seb, el
profesor es antiguo y se pasa la mayor parte de la clase proyectando
documentales de National Geographic.
La decana Lionetti enarca una ceja gris.
—Hay un problema con tu clase de escritura.
Joder. Me arrepiento de muchas cosas del año pasado, y una de las
principales es haberme descuidado con las tareas. Se me da fatal escribir,
pero no deja de ser patético que suspendiera una asignatura de escritura en
tercero que se suponía que tenía que cursar y aprobar en primero de todos
modos.
—Pensé que todo se transfería.
—Principalmente, sí. Pero cuando revisamos tu expediente más
detenidamente, descubrimos que suspendiste la asignatura de escritura
obligatoria la primera vez. Puede que en tu antigua universidad hicieran
concesiones a los deportistas —dice deportistas como si todos fuéramos
una enfermedad mortal—, pero aquí exigimos a todos el mismo nivel
académico. El profesor tuvo la amabilidad de abrirte una plaza en su clase,
que retomarás este semestre, ya que solamente se ofrece en otoño.
Siento que esa clase de biología marina se me escapa por segundos.
El tono de la decana Lionetti deja claro que piensa que soy más tonto que
un saco de piedras. Probablemente piensa lo mismo de todos los deportistas.
Lo cual es una total idiotez. Lo que pasó el otoño pasado fue una anomalía;
he trabajado duro para obtener mi título. Como papá nos recuerda
constantemente, nuestras carreras atléticas solamente durarán un tiempo.
Incluso si tengo una exitosa carrera en la NFL, que es lo que pretendo, la
mayor parte de mi vida transcurrirá después de que me retire.
—Ya veo —digo.
—He actualizado tu horario en consecuencia: la clase ocupará tu
plaza optativa. Si tiene alguna pregunta, diríjase a mi oficina o al secretario.
Se levanta. Me despide sin discutir.
Me trago la vergüenza, aunque siento calor en las orejas.
Bienvenido a la Universidad McKee.
Respiro hondo y recuerdo por qué estoy aquí. La carrera, luego la
NFL.
Primero tengo que encontrar la manera de superar esta clase.

Cuando llego a la casa, Seb está sentado en el suelo con las piernas
cruzadas, desenredando un enredo de cables. Lo saludo con la mano
mientras dejo las llaves en la mesa del recibidor y echo un vistazo a la sala
de estar. Aparte de Seb y su desorden, aún no hay mucho, solamente un sofá
de cuero en forma de L, una mesa de centro y un televisor colgado en la
pared. Cuando decidimos alquilar esta casa para todo el año, ya que los tres
íbamos a ir a la misma universidad, en el anuncio ponía que no estaba
amueblado. Tengo la ligera sospecha de quién fue la responsable.
—Sandra lo envió todo —dice Seb, señalando la sala con la bola de
cables—. Los repartidores lo colocaron así, pero podemos moverlo si hace
falta.
Mamá trabaja muy rápido. Seguro que en cuanto se enteró de que sus
hijos, los dos que llevaba dentro y el que adoptó, iban a compartir casa, se
fue a Pottery Barn. Por suerte para nosotros, tiene buen gusto.
Se escucha un ruido en lo alto y ambos levantamos la vista.
—Está redecorando —dice Seb—. ¿Qué tal la reunión?
Me dirijo a la cocina. Dudo que la nevera esté llena, pero uno puede
esperar que al menos haya cerveza. No bebo mucho durante la temporada,
pero técnicamente aún nos quedan un par de días antes de que todo esté a
tope. Y he aquí que hay un pack de seis cervezas en una de las estanterías,
junto a un envase de piña, un cartón de huevos y, por alguna razón, un
frasco de rábano picante.
Seb aparece en el umbral de la puerta cuando presiono con el talón de
la mano el tapón de la botella para aflojarlo. Sale con un chasquido. Doy un
largo tirón, y debo de parecer tan molesto como me siento, porque Seb
frunce el ceño.
—¿Qué ha pasado?
—La decana decidió joderme, eso es lo que pasó. Me está haciendo
retomar esa clase de escritura.
—Eso suena tonto.
—Es una tontería —refunfuño—. Pero revisaron mi expediente y
vieron que la suspendí en LSU3. Cuando...
—Sí —dice Seb—. Lo sé.
Una punzada de dolor me recorre. El año pasado fue un desastre por
muchas razones, pero echo de menos a Sara de todos modos. Tomo otro
sorbo de mi cerveza, mirando alrededor de la habitación. Hay una gran
mesa de comedor, que me recuerda a nuestra casa de Port Washington, y la
cocina no está nada mal. Hay espacio de sobra para preparar algunas
comidas como sugieren los entrenadores de atletismo. Hay una puerta que
da al patio trasero, que tiene una hoguera y un par de sillas Adirondack
alrededor. Y una vez que Seb tenga la guarida preparada, podremos jugar a
algunos juegos.
—Esto es bonito —le digo.
—Sí —dice él—. Entonces, ¿qué dijiste?
—Quiero decir, no pude discutirlo. Reprobé la clase.
—Pero es tu último año. Viniste aquí a jugar fútbol.
—Y a graduarme.
Seb suspira.
—Sí. Eso.
Mis padres apoyan increíblemente mis ambiciones futbolísticas, en
parte porque papá jugó. Él conoce la rutina mejor que nadie. Al principio
era su sueño, que uno de sus hijos siguiera sus pasos, pero se convirtió en el
mío hace demasiado tiempo. Sin una oportunidad de jugar en la liga, mi
vida estaría incompleta. Fin de la historia. Pero nos han enseñado que la
educación también es importante, así que por mucho que me centre en el
fútbol, sé que tengo que sacar la carrera. Por mucho talento que tenga
Cooper en el hockey, papá ni siquiera lo dejó presentarse al draft de la
NHL4 porque temía que dejara la universidad por la liga y nunca se
graduara. Siguiendo los deseos del padre de Seb, Seb fue reclutado para el
béisbol en la secundaria, pero se ha comprometido a jugar los cuatro años
aquí en McKee antes de averiguar su camino en la MLB5.
—¿No puedes pedirle a tu nuevo entrenador que intervenga?
Prácticamente te robó de LSU, te quiere aquí.
—¿Y ser el deportista con privilegio que la decana cree que soy?
Seb se encoge de hombros, pasándose los dedos por el cabello rubio
de su cabeza.
—Quizá esta vez no suspendas. Quizá sea más fácil. O simplemente
sabrás más, ya que llevas un tiempo tomando clases en la universidad. —
Hace una mueca mientras escuchamos otro estruendo en el piso de arriba—.
Y siempre está Cooper.
—La última vez que le pedí ayuda con tareas, casi lo apuñalo. Es
imposible.
—Con un bolígrafo.
—Me atengo a mis acciones. Fue un intento de apuñalamiento y no
me arrepiento.
Seb suspira.
—Bueno, tal vez alguien más pueda darte clases. No puedes
suspender esto.
—No. —Acabo la cerveza de un trago y la dejo en el fregadero. La
sensación de pánico contra la que he estado luchando desde lo de la decana
amenaza con hacer su reaparición. No se me da bien escribir. Nunca lo ha
hecho. Lanzar una llave inglesa tan grande en el año que se supone que me
catapultará a la posición de quarterback titular es casi tan malo como una
lesión. Pero una lesión podría superarla. Me esforzaría toda la temporada.
¿Con esto? Esto está fuera de mi alcance.
Coop entra en la cocina, sudoroso y secándose el rostro con la
camiseta.
—Por fin he montado el escritorio. Solamente me ha llevado cuatro
putas horas.
—Mírate —dice Seb dulcemente—. Arruinado por un escritorio de
mierda.
Le hace una seña a Seb sin perder el tiempo.
—Tengo una propuesta.
Se detiene al ver nuestras expresiones. Sea lo que sea lo que está
pensando, probablemente implique una fiesta, y no sé si tengo la energía
para eso ahora mismo.
En lugar de empezar a hablar, entrecierra los ojos.
—Bien, ¿contra quién luchamos?
2
Bex
Una de las ventajas de estar en el último año de la universidad es
tener preferencia en la residencia, y así es como Laura y yo conseguimos
esta impresionante suite de dos habitaciones. Cocina americana, sala de
estar, baño privado, habitaciones que no son armarios... es casi suficiente
para hacer que una chica se olvide de que, cuando acabe este año, volverá a
vivir sobre el restaurante familiar y se pasará los días esquivando el infierno
de las pequeñas empresas.
Soy yo. Yo soy la chica.
Pero ahora mismo estoy en el sofá, con el brazo colgando casi hasta el
suelo, las sandalias precariamente cerca de caerse. Mi turno en The Purple
Kettle, la cafetería del campus, terminó hace un rato, y después de estar de
pie para la estampida de estudiantes de vuelta para el semestre y listos para
armarse con cafés con leche y cerveza fría, estoy agotada. Preferiría estar en
la cama, pero Laura insistió en un desfile de moda. Al parecer, la
iluminación es mejor en la sala.
—Ah, y tengo este minivestido tan lindo —dice desde su habitación
—. Lo estaba considerando para esta noche.
—¿Qué pasa esta noche? —Le digo. Ya sé más o menos la respuesta,
porque tiene que ser una fiesta, pero la pregunta es dónde. ¿Una
fraternidad? ¿Una hermandad? ¿Una casa fuera del campus llena de
fraternidades?
—¡Una fiesta! —dice Laura al salir de su habitación. Lleva unos
tacones altos que muestran sus piernas bronceadas a la perfección, y su
vestidito negro se ciñe a sus curvas como cinta adhesiva. Por alguna razón,
lleva cuernos de diablo y una horquilla—. Y antes de que digas que no
vienes, vienes.
A veces pienso en el hecho de que somos mejores amigas, y... no me
aturde, exactamente, pero me deja pensando. Laura es inteligente como el
demonio, no me malinterpretes, pero la universidad ha sido una serie de
funciones sociales para ella, y en cuanto a mí, cuando no estoy en la
universidad o en The Purple Kettle, estoy en Abby’s Place, apagando
incendios y, en general, tratando de contener el caos. El padre de Laura es
un abogado, y su madre es una doctora igual de elegante, y ella pasó la
mitad del verano en Italia y la otra mitad en St. Barts. Yo me lo pasé
cuidando un corazón roto, discutiendo con los proveedores y sirviendo
papas fritas a los lugareños.
La quiero, pero nuestras vidas son totalmente diferentes. Ella ha
estado en McKee desde el primer año, y este es solamente mi segundo
desde que me trasladé como junior. Dos años en McKee en lugar de la
universidad comunitaria local es la cantidad máxima absoluta de tiempo
que puedo estar lejos del negocio, más o menos, y el dinero es la cantidad
de préstamos, aunque sigue siendo astronómico, que me siento cómoda
tomando. Tal vez un día voy a hacer algo con este título en negocios y el
portafolio de fotografía que en silencio sigue creciendo, pero por ahora, el
plan es el mismo de siempre. En casa. Restaurante. Encargarme del negocio
para que mi madre deje de fingir que está lo bastante bien como para
hacerlo ella sola.
No ha estado ni cerca de eso desde el momento en que papá salió de
nuestras vidas.
—Tierra a Bex —dice Laura—. ¿Te gusta?
Me tiende un vestido blanco brillante con una abertura en el muslo y
un escote pronunciado.
—¿Para mí?
—Sí. —Dice—. Y no te preocupes, te he traído alas de ángel y un
halo.
—Um… ¿Por qué?
—Porque el tema de la fiesta es Ángeles y Demonios —dice—. ¿Me
estabas escuchando?
Me froto el rostro con la palma de la mano.
—No —admito—. Lo siento. Estoy agotada.
Sus hombros caen.
—Me dijiste que querías tener más vida social este año.
—Una vida social, no una vuelta como modelo de Victoria's Secret.
Pone los ojos en blanco.
—Pruébatelo. Te quedará precioso y hará que tus tetas luzcan
fabulosas. Todos los chicos babearán por ti.
Tomo el vestido, sabiendo por experiencia que no lo soltará hasta que
al menos me lo pruebe. Tengo otro vestido blanco en el armario que me
servirá para esta fiesta.
—¿Y por qué lo quiero?
—¡Porque tienes que demostrarle a todo el mundo que has superado
lo de Darryl! Es perfecto. ¡Encuentra a un chico sexy! ¡Emborráchate!
Intenta disfrutar, Bex, por favor.
Le dije, durante una de nuestras muchas sesiones de FaceTime
durante el verano, que quería intentar tener una vida social antes de acabar
con ella volviendo a casa. No creo que sea capaz de volver a tener novio,
pero tiene razón, podría intentar coquetear con alguien. Ha sido un verano
largo y solitario. He sudado mucho, pero nunca por motivos divertidos.
Nunca he sido de las que tienen aventuras, pero siempre hay una
primera vez, ¿no?
—Me lo probaré —digo mientras me pongo de pie.
Ella grita y aplaude.
—Pero no prometo que me lo vaya a poner. Ni que vaya a ir a la
fiesta.
Se limita a sonreír con serenidad.
—No olvides el halo.
Mientras me pongo el vestido en mi habitación, y Laura tenía toda la
razón, mis tetas están increíbles, no puedo apartar la parte de mí, por
mezquina que sea, espero que Darryl esté allí esta noche. Quizá Laura tenga
razón. Si me ve bailando con otra persona, captará el mensaje de que hemos
terminado. No es que nada de lo que he hecho haya funcionado, aunque fue
él quien me engañó.
Como si nada, se enciende la pantalla de mi teléfono. Darryl otra vez.
No puedo creer que en un momento pensé que era dulce. Un apoyo.
Ahora me hace querer arrancarme el cabello.

Darryl: Vendrás esta noche, ¿verdad? Extraño a


mi ángel.

Por alguna razón, la parte más molesta del mensaje es la forma en que
sabe que me disfrazo de ángel. Nunca seré el diablo, y tal vez eso es parte
del problema. No cree que hayamos terminado de verdad porque está
acostumbrado a conseguir exactamente lo que quiere y yo no soy lo
bastante fuerte como para meterle en la cabeza que ya no somos pareja.
Solamente porque es un arrogante jugador de fútbol americano que cree que
se va a casar con su novia de la universidad y que ésta lo va a seguir en toda
su carrera, como la mitad de los hombres de la NFL...
Me pongo las alas y me miro en el espejo que hay sobre la puerta de
mi habitación con el ceño fruncido. Parecen ridículas, grandes y esponjosas,
y no es algo que normalmente me gustaría llevar delante de otras personas.
Tomo el halo y me lo pongo también. De algún modo, lo une todo. ¿Con un
poco de delineador de ojos y pintalabios mate?
Darryl se sentirá atraído por mí como una polilla por un farol. Pero
espero que otros chicos también lo hagan.
3
James
Me tiro del cuello de la camisa mientras sigo a mis hermanos por el
camino que lleva a la fraternidad. Todas las lámparas de la casa deben de
estar encendidas porque la luz se derrama como una linterna, y juro que
puedo sentir el bajo de la música bajo mis pies. Cuando Cooper pone la
mano en el pomo de la puerta, a punto de abrirla, lo detengo. Respiro hondo
mientras sigo ajustándome el cuello.
He tenido muchos compañeros a lo largo de los años. Es importante
empezar con buen pie, sobre todo con los líderes de cada grupo de
jugadores. Conocí a la mayoría de ellos en el minicampamento de
principios de mes, pero eso fue formal. Todos sabían de dónde venía y lo
que había conseguido, así que bajamos la cabeza y empezamos a preparar la
temporada. ¿Pero una situación social como ésta? Eso importa más. Puede
que sigan mis órdenes en el campo porque quieren jugar un buen partido de
fútbol, pero para que realmente llegue a conocerlos y ganarme su confianza,
tenemos que conectar socialmente. Tengo que conocer a cada uno de ellos,
como individuos y en relación con el equipo. ¿Qué estudian? ¿Quién va a
unirse a mí en la liga la próxima temporada y quién tiene otros planes para
después de graduarse? ¿Quién es novato, quién sale de una lesión, quién
tiene un compañero del que tengo que recordar el nombre? Sé que puedo
demostrarles mi valía en el campo, lo he hecho toda mi vida, pero este es un
momento decisivo. No asisto a muchas fiestas durante la temporada, así que
esta es.
Y ahora mismo, me siento como un idiota con mi traje.
—Parecemos un par de mafiosos —digo—. ¿Estás seguro de que este
es el tema?
Voy con un traje negro y una camisa de seda negra, los botones de
arriba desabrochados y el cabello peinado hacia atrás, y todos los demás
van en pantalón corto y camisa, mataré a mi hermano. Incluso me ha
convencido para que me ponga la cadena de oro que solamente suelo sacar
en ocasiones especiales. El único consuelo que me queda es que él está
igual de ridículo.
Coop se pasa la mano por el cabello y me dedica una sonrisa. No
tengo ni idea de cómo se las arregla para llevar ese cabello desgreñado.
Utiliza su condición de defensa estrella de McKee para salirse con la suya
en casi todo.
—Tienes buen aspecto, te lo prometo. ¿Qué hay más diabólico que un
grupo de sicarios de la mafia?
—No miente —dice Seb mientras se ajusta el pesado reloj en la
muñeca. Esa chatarra parece sacada directamente de los años ochenta—. Es
temática, como todas las fiestas de esta fraternidad. Es sobre todo para que
las chicas se vistan lo más escasamente posible.
Coop le da una palmada en la espalda a Seb.
—Y yo por mi parte estoy listo por un poco de caramelo para los ojos.
¿Podemos entrar? ¿O necesitas otro momento para angustiarte?
Me pongo más erguido.
—No, vamos.
Cuando la puerta se abre, me golpea un muro de sonido. Hay gente
por todas partes y, afortunadamente, todos van tan estúpidamente vestidos
como nosotros. Beer pong, una pista de baile, strip póker, un grupo de
parejas besándose, un trío montándoselo en un rincón... parece lo normal en
una fiesta de fraternidad.
Un grupo de chicos que deben ser del equipo de béisbol saludan a
Seb, que se dirige a la partida de beer pong. Una chica con la falda más
pequeña que he visto en mi vida le hace ojitos a Cooper, que está más que
feliz de seguirla a la pista de baile. Si tuviera que apostar, es una conejita
que ha venido a la fiesta con la esperanza de acostarse con él. Lo que me
deja de pie en la puerta, buscando a alguien que conozca del equipo de
fútbol.
Se me eriza el vello de la nuca cuando me doy cuenta de que alguien
me está mirando.
Joder, es guapa. Un ángel vestido de blanco, con alas de plumas y un
halo dorado. Está apoyada en la pared del fondo, observando a la multitud
de bailarines, con un vaso rojo colgando de una delicada mano. Su cabello,
rubio rojizo, cae en ondas alrededor de su rostro, enmarcando unos ojos
grandes y oscuros. Sus tacones hacen que sus piernas parezcan largas y
flexibles. Casi doy un paso adelante, magnetizado por la forma en que me
mira, pero entonces escucho mi nombre.
Me giro para buscar el origen de la voz y, por el rabillo del ojo, veo
que la chica se mueve y se dirige a la pista de baile.
—Callahan —vuelve a decir la voz. Ahora la reconozco; pertenece a
Bo Sanders, uno de los ofensivos y compañero de último año que se
incorporará a la liga en otoño. Es tan alto que prácticamente se eleva sobre
el resto de los asistentes a la fiesta. Yo mido 1,90 y tengo que levantar la
vista para mirarlo a los ojos. Estoy deseando que aplaste las líneas
defensivas de los rivales. Con él en mi esquina, tendré días para hacer mis
pases.
Cuando llega hasta mí, me pone una cerveza en la mano y me da una
palmada en la espalda.
—Me alegro de verte, hombre.
—Sanders —digo, devolviéndole la palmada—. Joder, llevas el mejor
traje que la mitad de los chicos de aquí.
Lleva un traje rojo intenso, con un pañuelo doblado en el bolsillo. El
color queda genial con su tez morena.
—Este es mi ajuste antes del partido —dice—. Audiencia máxima,
bebé.
—Olvídate de la previa, pareces preparado para el draft. ¿Están todos
aquí?
—Estamos en la habitación de al lado jugando póker.
Gruño.
—Espero que no sea striptease.
—Como si tuvieras algo de lo que preocuparte —grita prácticamente
por encima del hombro mientras lo sigo entre la multitud. La música
retumba en mi interior, relajándome.
Me gustaría decir que estoy más allá de notar cada mirada que
recibimos, pero todavía no estoy allí. Ser el quarterback universitario
número uno del país, por no mencionar el hecho de que soy guapo, forma
parte de mi trabajo. Casi todo el mundo conoce mi rostro y mis habilidades.
Y la atención femenina no es algo de lo que quejarse. Mientras pasamos
junto a un grupo numeroso, una chica me clava en la cintura un trozo de
papel con lo que debe ser su número.
Es tentador, pero la mayor parte de mí quiere volver a la pista de
baile, encontrar a ese angelito rubio y pedirle un baile.
—¡Callahan! —grita prácticamente otra persona cuando Sanders me
empuja hacia delante. Reconozco a la mayoría de los chicos de la sala, lo
que me tranquiliza. Ahí está nuestro pateador Mike Jones, y Demarius
Johnson, uno de los mejores receptores del fútbol universitario. Darryl
Lemieux, otro receptor clave en mi arsenal de armas. Jackson Vetch, el
novato que será mi QB suplente.
No es que piense darle ni un minuto de juego. Él puede tomar el
relevo el año que viene, cuando yo esté en la NFL.
Me acomodo junto a Darryl en el sofá. Participa en la partida de
póker, pero no presta atención; está refunfuñando sobre su novia. ¿O espera,
ex novia?
—No puedes evitar que ella ya no quiera estar con tu feo culo —dice
Sanders, lo que se gana una carcajada del resto de los chicos. Estoy de
acuerdo; ¿qué sentido tiene suspirar por alguien que ya no te quiere?
Pero Darryl es mi nuevo compañero de equipo, lo que significa que
estoy de su parte.
—Seguro que recapacita y se da cuenta de lo que se pierde —le digo,
dándole una palmada en el hombro—. No te preocupes. —Tomo un largo
sorbo de cerveza, saboreando su frescura. Aunque todo el mundo se
emborrache, esta es la única bebida que me permito esta noche.
—¿Sabes qué? —dice Darryl—. Que se joda. No es mejor que
ninguna de las otras chicas que he tenido.
—Sus tetas son bonitas —dice Fletch, uno de los chicos.
—Era una estirada —declara Darryl—. Siempre tan jodidamente
ocupada. Es como si no me hubiera dejado otra opción que buscar en otra
parte.
Oculto mi disgusto tras otro sorbo. No quiero ser el nuevo, pero los
idiotas como él me ponen me irritan. Bo me mira y sacude ligeramente la
cabeza.
Bien, hay algo más profundo en juego. Tomo la señal para retroceder.
—¿Alguien me va a repartir?
Darryl toma la baraja y las baraja descuidadamente.
—Es una puta obstinada, Fletch. No querrás joder con eso.
Mierda. Estamos haciendo esto.
—Oye —digo. El borde de seriedad en mi tono debe ser evidente,
porque Fletch se congela a medio camino de alcanzar su cerveza, y
Demarius levanta la vista de su teléfono—. No sé cómo eran las cosas por
aquí antes de mí, pero en mi equipo respetamos a las mujeres.
Darryl abre la boca. Levanto la mano para detener cualquier estupidez
que vaya a decir a continuación.
—Aunque sea tu ex y creas que te hizo daño. —Lo miro directamente
a los ojos—. ¿Entendido?
Darryl mira al grupo y pone los ojos en blanco.
—¿Entendido qué, exactamente?
—¿Necesitas que te lo repita? —Dejo la cerveza, deliberadamente
despacio, y me reclino en el asiento—. Deberías saber que no me gusta
decir lo mismo dos veces.
Darryl se levanta. Sus hombros están firmes, su rostro blanco
enrojecido por la ira. En el campo, voy a tener que vigilar para asegurarme
de que nuestros competidores no se metan con él con una burla equivocada.
Con un temperamento así, provocará sanciones.
—Si tienes algo que decirme, dímelo de frente. No andes de puntillas,
Callahan, no es bonito.
Yo también me paro. Tal vez sea una tontería, pero me alegro de tener
al menos cinco centímetros más que el tipo. Me acerco hasta que casi nos
tocamos.
—Bien. Vuelve a llamar a una chica, a cualquiera, puta o zorra, y te
joderé.
Se burla.
—Como si fueras a pelear conmigo.
—No voy a pelear contigo. —Miro a nuestros compañeros, que están
pendientes de cada palabra de esta interacción como si fuéramos pesos
pesados de la WWE en el punto de mira—. Pero no me lanzaré por ti.
La amenaza prácticamente resuena en la habitación. Claro que no le
daré un puñetazo, aunque se lo merezca. ¿Pero si lo hago invisible en el
campo? Eso es peor que ser marginado. Darryl lo sabe, yo lo sé, y también
todos los chicos de esta habitación.
—Mierda —dice Demarius—. Habla en serio.
—No puedes hacer eso —dice Darryl—. Soy uno de los mejores
receptores de este equipo. Me necesitas.
—¿Crees que no puedo? —Inclino la cabeza hacia un lado—. ¿Por
qué crees que me reclutó el entrenador? ¿Para ser un buen soldadito o para
ser un puto líder?
La boca de Darryl se cierra de golpe.
Echo un vistazo al resto de los chicos.
—¿Qué les parece? ¿Por qué voy a pasar el último año aquí?
—Para ganar un puto campeonato nacional —dice Bo.
—Sí —dice Fletch—. Campeones nacionales o reventar.
Chasqueo los dedos mientras lo señalo.
—Exacto. Y si quieres eso, juega con mis reglas. ¿Entendido?
Mi petición queda en el aire durante un largo momento. Escucho la
música de fondo, que retumba en las paredes. Este es el momento decisivo.
No es lo que esperaba, pero aquí está, y si no consigo que los chicos se
pongan de acuerdo ahora, esta temporada va a ser un infierno.
Entonces Bo dice:
—Claro que sí. —Todos los demás asienten. Alguien me da una
palmada en el hombro, pero no aparto la mirada de Darryl, que desea
golpearme.
—Entendido —dice finalmente. Me adelanta con los hombros y sale
de la habitación.
Dios, me siento mal por la chica que tuvo la desgracia de salir con él.
4
Bex
Me quedo en un rincón, observando cómo Laura baila con su novio,
Barry. Están de nuevo en la fase de luna de miel después de otra
conversación de “tal vez hayamos terminado” y, sinceramente, existe la
posibilidad real de que se corran delante de la mitad de la fiesta. Tal y como
están las cosas, se están enrollando y besando como si no pudieran ver a los
otros bailarines, la partida de beer pong en espiral que tiene lugar al otro
lado de la pista de baile o la partida de strip póker que se desborda desde la
habitación de al lado.
Estoy a tres segundos de arrancarme mi estúpido halo y salir
corriendo a la húmeda noche de agosto.
Darryl ha llegado hace un rato, acompañado por la mitad del equipo
de fútbol de McKee. No me vio; por suerte, yo estaba en un rincón,
conversando con algunas de las chicas de las que soy amiga a través de
Laura. Pero, aunque se adentró en la casa, en otra de las habitaciones llenas
hasta los topes, puedo sentir su presencia.
El año pasado, sentir su cercanía, incluso cuando no estábamos uno al
lado del otro, fue una de las mejores partes de salir con él. Podía mirar al
otro lado de la habitación y encontrarme con sus ojos clavados en mí,
incluso cuando estaba hablando con sus amigos. Siempre que iba a uno de
sus partidos, había un momento en el que miraba hacia las gradas, me
encontraba y me guiñaba un ojo.
Su atención me erizaba la piel en el buen sentido. ¿Y ahora? Mi piel
sigue ardiendo, pero de fastidio y vergüenza.
No debería haber venido esta noche.
No sé qué es peor, si temer el momento en que su culo borracho
intente engatusarme para que vuelva a la cama, o verlo aceptar los
coqueteos de una novata de la hermandad de las groupies del fútbol. Sé
mejor que nadie lo débil que es por una chica que le promete que es su
mayor fan.
Al otro lado de la habitación, se abre la puerta principal y entran tres
tipos vestidos con trajes negros. Dos de ellos tienen el cabello oscuro; el del
tercero es rubio. Enseguida se mete en la fiesta, y pronto uno de los
morenos, el de la barba y la sonrisa pícara, se dirige a la pista de baile con
una chica. Queda el tercer chico. El que llama mi atención. A diferencia del
que supongo que es su hermano, no tiene barba. No puedo dejar de mirar su
mandíbula perfecta, la forma en que su espeso cabello se enrosca sobre su
frente. Es alto y corpulento, y la forma en que mira a su alrededor... es
como si se fijara en todos los detalles.
Incluida yo.
Trago saliva, intentando actuar despreocupadamente, mientras siento
su mirada clavada en mí. Entonces Bo Sanders, uno de los compañeros de
Darryl, se acerca a saludarlo. Entonces, ¿es un chico de fútbol? Debe de ser
nuevo, ya que no lo reconozco, y yo pasé mucho tiempo con el equipo la
temporada pasada.
Me bebo el resto de mi cerveza y me abro paso por la pista de baile.
Alguien me da un pisotón que me hace caer de espaldas sobre Laura. Ella
suelta una risita y me abraza con fuerza.
—¡Bex! Qué bien te lo estás pasando.
Barry me pone otro vaso en las manos.
—¡Está fría! —grita innecesariamente.
Esta cerveza está menos tibia, así que le doy un trago. Laura me besa
en la mejilla, me abraza y nos balanceamos en círculo. Puedo oler su
característico perfume de azahar junto con el aliento a cerveza.
—Hola —le digo—. Voy a salir.
Sus labios, de alguna manera todavía perfectamente negros con
pintalabios mate, se curvan en un mohín.
—¿Qué? No puede ser. Acabamos de empezar.
—Darryl está aquí.
—¿Darryl? —dice en voz alta—. ¿Dónde?
Se me retuerce el estómago. La alejo de la pista de baile, de vuelta a
las sombras.
—Para, lo vas a convocar.
Ella clava los pies en su sitio y se niega a dar un paso más. Aunque
está animada, me mira con ojos claros.
—Bex, está bien. No te pongas de puntillas, muéstrale que estás bien.
Se me quiebra la voz al responder.
—Pero, ¿y si no lo estoy?
Laura debe haber notado el dolor de mis palabras, porque le lanza a
Barry una mirada de disculpa y me arrastra. Subimos las escaleras, pasamos
por delante de varias parejas en diferentes estados de excitación y nos
detenemos ante una de las puertas. Laura golpea la puerta. Alguien nos grita
que nos vayamos, pero ella se limita a sacudir el pomo hasta que se abre,
dejando ver a un chico sin camiseta subiéndose los pantalones y a una chica
ajustándose el vestido sin brasier.
—¿Cuál es tu problema? —grita.
—¡Fuera! —dice Laura con tal ferocidad que no discuten. Me jala al
interior y me hace sentar en el borde de la bañera, cerrando la puerta y
apoyándose contra ella. Se aparta el cabello de los ojos y respira hondo.
—¿Quieres volver con él? —dice.
—No —respondo inmediatamente.
—¿Todavía lo quieres?
—Dios, no.
—Bien. Porque es un idiota. Se mete con chicas al azar.
Hago una mueca. La primavera vez, me topé con todo el sexting, y
luego la historia de sus piezas laterales se desentrañó, y eso había sido el
último golpe en una relación que se deshacía rápidamente. Conocí a Darryl
en una fiesta así durante mi primer semestre en McKee, y la perspectiva de
tener un novio de verdad por primera vez desde la secundaria era
demasiado tentadora como para resistirse. Durante la temporada de fútbol
era fácil estar con él; estaba tan ocupado que no le importaba que yo
también lo estuviera, siempre que fuera a todos los partidos en casa. Pero
cuando la temporada terminó y llegó el semestre de primavera, se volvió
pegajoso, sobreprotector y francamente molesto, a la vez que me engañaba
con un par de groupies del fútbol.
A pesar de que le dejé claro que quería terminar, se pasó el verano
enviándome mensajes y llamándome como si pensara que había alguna
posibilidad de que cambiara de opinión. Darryl Lemieux no está
acostumbrado a que le digan que no, sobre todo las mujeres.
Ahora toda la distancia que construí durante el verano, con él en casa
en Massachusetts y yo todavía en Nueva York, se ha desvanecido en una
noche, en una fiesta de mala muerte.
—Lo sé —le digo—. No... es que me lo estoy temiendo, ¿sabes? Va a
intentar reavivar las cosas, y cuando se dé cuenta de que no puedo hacerlo,
se comportará como un bebé. Eso es lo que hizo todo el tiempo que
estuvimos juntos. Si alguien no le da lo que quiere, se queja. Es como si
pensara que solamente porque puede atrapar un estúpido balón de fútbol, es
una especie de dios.
Laura se sienta a mi lado en el borde de la bañera. Mira hacia atrás y
hace una mueca.
—Alguien tiene que limpiar este baño, es asqueroso. Aunque la ducha
es bonita.
Me río débilmente.
—No te arrepientes de vivir conmigo en vez de aquí, ¿verdad?
—Desde luego que no. Como si fuera a elegir tener que proteger mi
plancha del cabello de los buitres en vez de vivir con mi mejor amiga.
Choco nuestros hombros.
—Me iré a casa. Diviértete con Barry.
Frunce el ceño.
—¿Segura que quieres volver sola en taxi? Será caro.
—Ya me las apañaré —digo, aunque por dentro maldigo, porque tiene
razón. Un taxi es caro, aunque solamente sea para volver a la residencia, a
unos quince minutos de distancia, anulará prácticamente lo que he ganado
con mi turno en The Purple Kettle. De camino aquí, tuve la suerte de ir en
el auto compartido que pagó Barry.
—Bien —dice, dándome un abrazo—. Pero llámame cuando vuelvas
a la residencia. Y quizá vaya detrás.
Le beso la mejilla y me desenredo. Me abro paso entre la multitud y
me dirijo a la parte trasera, donde hay una salida al patio.
—Bex.
Como una idiota, me doy la vuelta y casi choco con Darryl.
—Hola —me dice, sujetándome los hombros con las manos. Me
aprieta antes de dar un paso atrás—. Por fin, pensé que no vendrías. ¿Qué
estás bebiendo, nena?
Cierro los ojos brevemente. El impulso de huir está ahí,
presionándome, pero me obligo a quedarme quieta.
—Yo...
—Lo sé —dice, chasqueando los dedos—. Vodka con soda.
Eso no está ni remotamente bien; si bebo algo que no sea cerveza o
vino, suele ser ron con cola. Intento esquivarlo, pero me rodea la cintura
con el brazo. Me acaricia el escote del vestido y me roza la piel con los
dedos.
Aprieto los dientes.
—Darryl.
—Sabía que volverías —dice—. Eres tan hermosa, nena. Me alegro
de que hayas venido esta noche por mí.
Aparto su mano.
—No lo he hecho.
Por el rabillo del ojo, lo veo. El tipo de antes. Tiene el ceño fruncido.
Da un paso adelante.
—Estoy aquí por él, en realidad.
No sé qué me posee, pero me libero de Darryl y me acerco, rodeo el
cuello con los brazos a este desconocido... y lo beso.
En los labios.
Joder, qué beso más bueno.
Quizá lo he tomado por sorpresa, pero me devuelve el beso, me rodea
la cintura con los brazos para apretarme, su cálido cuerpo se aprieta contra
el mío. Profundiza el beso, saca la lengua para arrastrarla por el borde de
mis labios, y yo me abro a él, dejo que me bese hasta quedarme sin aliento
y acalorada. Huele a madera, como si su colonia tuviera toques de pino, y
esas manos... son grandes y están colocadas a poca altura sobre mi cuerpo,
casi rozándome el culo. Tras medio segundo de respiro, vuelvo a besarlo.
Con la intención de que sea un adiós. Huir. Pero él me agarra con más
fuerza, me roza la boca con la suya mientras me roba el aliento.
Este beso, de un desconocido, es mejor que cualquiera de los que
compartí con Darryl. Es ridículamente bueno en esto, besando como si
fuera su trabajo. Podría quedarme aquí toda la noche, ofreciéndole mi boca.
Se mueve un poco y se inclina para murmurarme al oído.
—¿Cómo te llamas, cariño?
El hechizo se rompe. Tal vez Laura quiera que yo sea el tipo de
persona que puede manejar una aventura, pero no puedo. No estoy hecha
para eso. Y no voy a dejarme arrastrar a otra relación destinada al fracaso,
aunque bese como el pecado y huela como un maldito bosque. Doy un paso
atrás, separándome de él. Mi cuerpo echa de menos su contacto. Siento frío,
incluso en esta habitación abarrotada. La música sigue sonando, pero
apenas la oigo.
Giro sobre mis talones y me dirijo hacia la puerta.
—Espera —escucho decir al tipo al mismo tiempo que Darryl
pronuncia mi nombre.
Mierda. ¿Qué demonios acabo de hacer?
5
Bex
No puedo creer que de todas las personas que podría haber besado,
haya elegido al nuevo quarterback de McKee.
El llamado salvador de nuestro equipo de fútbol.
El compañero de equipo de Darryl.
Mierda.
Aunque tengo que levantarme y ponerme presentable para ir a clase,
no puedo dejar de pensar en el beso. No en la fea expresión en el rostro de
Darryl ni en cómo me miraba la mitad del grupo mientras huía, sino en
cómo sentí el beso. Siempre me ha dado vergüenza besar, sobre todo
delante de los demás. Pero este chico... hizo que todos y todo lo demás
desapareciera. La forma en que me puso las manos encima para acercarme,
la leve aspereza de sus labios, la forma renuente en que se separó... era un
beso con el que valía la pena fantasear. Meto la mano por debajo de la
cintura de mis pantalones cortos, rozando la parte superior de mi sexo. Tal
vez pueda correrme rápido y...
No.
No puedo. Aunque no pueda dejar de imaginarme sus labios entre mis
piernas.
Miro el teléfono. Tengo tiempo.
Me muerdo el labio, rasgado, y deslizo los dedos hacia abajo. Mis
dedos separan mis pliegues y contengo un grito ahogado al rozar mi clítoris.
Lo rodeo con la punta del dedo. James solo tiene un poco de barba
incipiente; si pusiera la boca donde están mis dedos, me arañaría
deliciosamente la piel. ¿Será suave? ¿Duro? Puede que yo empezara el
beso, pero él se apoderó con facilidad. Los quarterbacks están al mando de
todo el espectáculo en el campo, ¿verdad? Entonces, en la cama...
—¡Bex! —dice Laura golpeando mi puerta.
Mi mano vuela fuera de mis pantalones cortos. Ni siquiera puedo
enfadarme con ella porque es lo mejor. Nada bueno saldría de fantasear con
un chico al que besé por pánico, delante de mi ex.
Me arde el rostro de repente. Puede que me haya correspondido el
beso, pero con un par de días de distancia, seguro que se da cuenta de que
soy un bicho raro. Sólo puedo esperar no encontrármelo accidentalmente en
el campus. Menos mal que vamos a una universidad grande. A lo mejor no
es muy cafetero y ni siquiera se pase por The Purple Kettle.
—Bex —llama Laura—. Tenemos que irnos pronto si queremos
desayunar antes de clase.
—¡Ya voy! —Salgo de la cama y abro la puerta del armario. Me
pongo unos pantalones cortos y una camiseta desteñida de Abby’s Place que
es lo único que siempre me sobra cuando voy a la cafetería. Me peino y
busco mis sandalias. Supongo que hoy tendré que renunciar al maquillaje.
Después de lavarme los dientes y meter mis cosas en la mochila,
Laura y yo salimos. Nuestra residencia tiene un comedor anexo, así que es
benditamente fácil conseguir la primera taza de café y una tostada sin tener
que hacerla cada vez. Esa es la mejor parte de la universidad y una de las
cosas que más echaré de menos, la comida por encargo. Aunque mis papas
fritas son mucho mejores.
Cuando las dos tenemos un plato, buscamos un lugar al fondo. Laura
parece mucho más arreglada que yo, toda maquillada, joyas a juego. Seguro
que se levantó para hacer ejercicio y todo. ¿Y qué hacía yo? ¿Excitándome
al pensar en la barba incipiente de un chico?
Ugh. Acabo de salir de una relación que me consumía el alma. No
puedo permitirme distracciones innecesarias este semestre, no con mamá, la
cafetería y todo lo demás que tengo entre manos.
—¿Vas a contarme lo que ha pasado? —dice por fin.
Levanto una ceja mientras bebo un sorbo de café.
—Ya lo sabes.
—Lo sé porque Mackenzie me lo contó, pero eso no es lo mismo que
tú me lo cuentes.
—Me dijiste que me fuera con alguien más.
—¡Él no!
Me paso una mano por el rostro.
—Sé que fue una estupidez monumental. Espero que Darryl no haya
sido molesto con él.
Sería propio de él tratar de pelearse con el tipo, aunque lo besé y de
todos modos no es asunto suyo. Esa es otra razón por la que espero que
nunca tengamos que interactuar de nuevo. Me quemaría espontáneamente si
mi cuerpo me traicionara delante de él, y además podría haber tenido que
defenderse de un Darryl molesto, lo que significa que no estaría muy
contento conmigo.
—Te estás sonrojando. —Laura se inclina, encantada—. ¿Eso
significa que besa bien? Parece que besa como anticipo de cómo es durante
el acto.
—¡Laura! —grito, miro a mi alrededor, pero por suerte no nos
escucha nadie más.
Ella se limita a agitar su tostada.
—¿Qué? Está buenísimo.
Le doy un mordisco a mi bagel.
—Estaba bueno.
—¿Sólo bueno?
—Muy bueno —admito.
Suspira.
—Es una pena que sea compañero de equipo de Darryl. Los chicos
tienden a tener códigos sobre esa mierda.
—De todas formas, no lo quiero —digo. Mi estómago traidor se
revuelve al pensar de nuevo en el beso—. No me voy a meter con nadie
ahora mismo.
—Entonces, si se te acercara y te pidiera una cita, ¿le dirías que no?
—Como si lo hiciera.
—Lo besaste y lo dejaste. A los chicos les gusta la persecución.
—Bueno, espero que no pierda el tiempo. —Miro mi teléfono. Voy a
tener que darme prisa si quiero llegar a clase a tiempo, ya que el edificio
está al otro lado del campus, así que me levanto y tomo una servilleta para
el resto de mi bagel—. Nos vemos luego.
—¿Vas a esa clase de escritura?
Pongo los ojos en blanco.
—Por desgracia.
Cuando me trasladé a McKee, algunos de mis créditos no se
transfirieron conmigo, así que he estado trabajando el doble para terminar
todos los requisitos y graduarme a tiempo. Esta clase de escritura, una
introducción a la escritura universitaria, es la más molesta de todas.
Además, es insultante, soy licenciada en negocios y he escrito muchos
trabajos a lo largo de mi carrera universitaria. Hubiera preferido estar
trabajando en mi fotografía todo este tiempo, pero así es la vida.
—Lo superarás. Mándame un mensaje con lo que quieres hacer para
cenar más tarde —me dice.
Me despido con la mano y salgo por la mañana. El tiempo sigue
siendo más veraniego que otoñal, así que, tras unos minutos de marcha
rápida, empiezo a sudar por la frente y las axilas. Me engancho más la
mochila al hombro y alargo la zancada al llegar a una de las muchas colinas
del campus. Sólo estamos a una hora de Nueva York, así que no estamos en
las montañas, pero juro que es como si McKee hubiera trasformado el lugar
para que fuera más montañoso. No necesitaba llevar mi cámara conmigo,
pero me gusta llevarla por si acaso me inspiro, y ahora me estoy
arrepintiendo, porque sigue golpeando contra mi cadera.
Llego con un minuto de sobra, encuentro un asiento en la parte de
atrás y saco mi cuaderno, junto con un bolígrafo de gel. Son mi único lujo
relacionado con la universidad. El hecho de escribir notas en un color
púrpura brillante en lugar de en negro hace que estudiar negocios sea un
poco más llevadero cuando preferiría haber estudiado artes visuales.
El profesor, que, como era de esperar, es un viejo blanco, empieza a
hablar de la importancia de tomarse en serio esta asignatura, ya que te
prepara para todo lo que hagas en la universidad. No es un mal consejo,
pero sin duda va dirigido a los jóvenes de diecisiete y dieciocho años con
rostros de niños que me rodean. ¿Estructura del ensayo? Sí. ¿La
importancia de esbozar tu trabajo? Comprobado. ¿Opinión de los
compañeros? Entendido. Lo único que puedo decir de esta clase es que va a
ser un sobresaliente fácil, y teniendo en cuenta las otras cinco clases a las
que estoy asistiendo para cumplir con los requisitos de mi especialidad, no
puedo quejarme.
—Echemos un vistazo al programa —dice el profesor—. Asegúrense
de que tengan una copia.
Alguien se deja caer en el asiento contiguo al mío. Reprimo un
bufido. Pobre novato. Apostaría cinco grandes a que ha sido un fallo de la
alarma.
Sea quien sea, huele muy bien. Un poco a pino.
Levanto la vista y el corazón me da un pequeño vuelco de sorpresa en
el pecho.
—Hola —dice el maldito James Callahan—. ¿Tienes una copia extra
de eso?
6
James
—¡Oye, Coop! Levanta el culo si quieres que te lleve.
Sigo golpeando la puerta mientras grito. No tengo ni idea de cómo se
las arregla mi hermano para llegar siempre a tiempo al hockey, pero tarde a
todo lo demás. Es como un huracán, pero el ojo de la tormenta siempre es el
hockey.
Seb sale del cuarto del baño, al final del pasillo, con una toalla
alrededor de la cintura. Resopla al ver la escena.
—¿Aún no se ha levantado?
—Lo oíste anoche, ¿verdad? James, tenemos clase a la misma hora,
¿me dejas acompañarte?
—Sí.
—Jesús. Cooper, no voy a llegar tarde a la primera reunión de esta
estúpida clase.
La puerta se abre de golpe y aparece mi hermano, que parece
dispuesto a despellejarme vivo. Le tiembla un ojo. Sonrío y le digo
dulcemente:
—Ahí está la Bella Durmiente.
—Te odio.
—Me quieres. No sé cómo has sobrevivido a la universidad sin mí.
—Apenas lo ha hecho —dice Seb, lo que hace que Coop le lance una
mirada asesina. Parece como si estuviera considerando la violencia, así que
me interpongo entre ellos rápidamente. Puede que Seb fuera adoptado
después de que sus padres fallecieran cuando tenía once años, pero él y
Coop actúan como auténticos gemelos. Lo que significa muchos golpes.
—Tienes cinco minutos —le digo—. Te espero en el auto.
Cuando Coop se retira a su habitación, Seb se muere de risa,
sacudiendo gotas de agua por todas partes.
—¿Ya odias vivir con nosotros?
—No, sabes que los quiero a los dos. Los eché de menos cuando
estaba en Luisiana.
En la semana que ha pasado desde que me mudé, concretamente a la
habitación principal de esta casa, muchas gracias, me he sentido como en
casa cuando no he estado ocupado con los entrenamientos de fútbol. Echaba
de menos vivir con mis hermanos. Aunque siempre hemos estado ocupados
con nuestros horarios de temporada, vivir juntos significaba que nos
veríamos al menos una parte del tiempo. A veces eso significaba saludar a
Coop cuando llegaba a casa del entrenamiento y él se dirigía a la pista, o
ver el final de uno de los partidos de Seb después de una sesión de
entrenamiento.
Hemos tenido descansos y veranos desde que empezó la universidad,
pero los últimos años he estado más solo de lo que estaría dispuesto a
admitir en voz alta. Tenía amigos en LSU, buenos compañeros de equipo,
pero siempre he estado más cerca de mi familia. Mis padres, que son
personas increíbles. Coop y Seb, incluso cuando están siendo terribles. E
Izzy, la mejor hermana pequeña que un chico podría pedir. Vivir con mis
hermanos un último año antes de graduarme e irme a alguna ciudad, quién
sabe cuál, a jugar en la NFL, es un regalo.
Seb sonríe. Puede que no sea un Callahan de sangre, pero tiene una
sonrisa que encaja a la perfección. Un poco del encanto Callahan.
—Yo también te he echado de menos. Buena suerte hoy, dale con todo
a la clase.
Frunzo el ceño mientras bajo las escaleras.
—Si sobrevivo, claro.
Coop baja corriendo las escaleras con su mochila Nike colgada de un
hombro. Se pone las sandalias y me sigue hasta el auto, frotándose los ojos.
—¿Qué clase tienes otra vez? —le pregunto al salir del garaje.
Me roba un sorbo de café. Le lanzo una mirada indignada, pero él se
encoge de hombros y dice:
—Oye, no me has dado tiempo a prepararme una taza.
—Lo que me lleva de nuevo a mi pregunta. ¿Llegas tarde a clase
todos los días?
—No se lo digas a la gente. Y la clase es de literatura rusa.
Silbo.
—Suena difícil.
Parece desanimado.
—Dímelo a mí. Cada día me arrepiento de haber elegido esta estúpida
carrera.
Cuando papá disuadió a Cooper de presentarse al draft de la NHL a
los dieciocho años para que pudiera tener garantizadas cuatro temporadas
en la NCAA, Cooper intentó vengarse de él eligiendo la carrera menos
práctica que se le ocurrió: inglés. Le gusta leer, así que tiene sentido, pero
subestimó seriamente todo el trabajo que conllevaría, un hecho que nunca
deja de hacer que Seb estalle en carcajadas como una hiena.
—Tal vez tengas algo en común con Nikolai, finalmente.
Nikolai es el némesis de Coop. Un defensa ruso que asiste a la
universidad en Estados Unidos, es la estrella del mayor rival de hockey de
McKee, la Universidad de Cornell. Coop lo odia, sobre todo por su sucio
estilo de juego, lo cual es divertidísimo teniendo en cuenta que Coop pasa
tiempo en el banquillo cada partido. Yo no conozco los entresijos del
hockey como él, pero estoy seguro de que evitar las sanciones es una
prioridad, como lo es en el fútbol.
—Ja, ja. No lo creo.
Nuestra casa fuera del campus está en Moorbridge, la ciudad que se
entrelaza alrededor del extenso campus de McKee, así que por suerte
llegamos rápido a donde tenemos que estar. Dejo a Cooper en su edificio y
hago el corto trayecto hasta el mío. Tengo cinco minutos antes de que mi
culo tenga que estar en una silla, rodeado de estudiantes de primer año.
Ugh.
Me detengo en el estacionamiento de estudiantes más cercano y corro
hacia el edificio. Si voy a conseguir una aprobación en esta clase, tengo que
causar una buena primera impresión.
Encuentro el salón adecuado y abro la puerta con facilidad. Mierda,
esta clase es mucho más pequeña de lo que esperaba. Supongo que McKee
se toma muy en serio la proporción profesor-alumno.
Me escabullo hasta el fondo, donde una chica se sienta sola, con la
cabeza inclinada sobre lo que debe ser el programa de estudios.
Cuando estoy a medio metro de ella, me quedo paralizado. Es ella. La
señorita Angel. Me besó mejor que nadie en mi vida y luego se fue como si
no hubiéramos chispeado como un rayo.
Sin mencionar que es la ex de Darryl. La misma a la que le dije que
tratara con respeto, oh, una hora antes de que me besara. Después de que
huyera de la fiesta, Darryl me restregó lo del beso, pero afortunadamente
me creyó cuando le dije que no sabía quién demonios era. Todavía no lo sé,
sólo sé que se llama Beckett, es guapísima y besa como si el mundo se
quemara a su alrededor.
Y está fuera de los límites.
No puede ser de primer año, ¿qué hace aquí?
Me siento a su lado. Huele bien, a vainilla y tal vez a algo floral. Y
está subrayando partes del plan de estudios. Como yo no tengo, le digo:
—¿Tienes otra copia?
El profesor, un hombre mayor con lentes de montura dorada, deja de
hablar. Se aclara la garganta y mira una pila de papeles.
—¿Señor Callahan?
—Sí, estoy aquí.
El profesor mantiene la mirada fija en mí mientras habla.
—Estudiantes, por favor tomen nota de la hora de inicio de esta clase
una vez más. A las ocho y media, no a las nueve. Será beneficioso para su
carrera académica no llegar tarde a clase. Puede que otros profesores no
sean tan... complacientes.
Puntualiza eso pasándome una copia del programa de estudios.
Joder. Siento mi rubor como un incendio de cinco alarmas.
—Señor, lo siento. Me levanté pronto para entrenar y fui a casa a
cambiarme antes de venir aquí, y debo haber confundido los horarios con
mi otra clase de la mañana.
Una chica que me mira se encoge de hombros, como diciendo: Qué
pena. Me resisto a ponerle una mueca. A mi lado, Beckett lanza un suspiro.
—¿Qué? —Le digo.
—Acabo de perder una apuesta conmigo misma. Creía que llegabas
tarde por un fallo de la alarma.
—Soy un deportista. No tengo fallos de alarma.
—Ah —dice—. Cierto, olvidé que ustedes son dioses que nunca
necesitan despertadores, mientras que nosotros, simples mortales...
El profesor vuelve a aclararse la garganta. Sigue mirando hacia mí,
aunque me gratifica ver que también levanta la ceja hacia Beckett.
—Como iba diciendo, los principios de la escritura académica a nivel
universitario incluyen...
—¿Qué estás haciendo aquí? —susurro.
Golpea su pie contra el mío por debajo de la mesa.
—Eso me pregunto yo de ti.
—Suspendí esta asignatura la primera vez que la cursé. —No sé qué
me impulsa a ser totalmente sincero con ella. Tal vez sean sus grandes ojos
marrones o la forma en que hace girar un pequeño bolígrafo de gel brillante
o que no puedo dejar de recordar cómo se sentían sus labios sobre los míos.
Aparto ese pensamiento. Es la ex de mi compañero de equipo.
Aunque estuviera interesada, no podría.
—Me trasladé aquí el año pasado —murmura—. Aunque tomé clases
como esta en mi universidad comunitaria, no aceptaron todos mis créditos.
—Es una mierda.
Se encoge ligeramente de hombros.
—No es que vaya a ser difícil, ¿verdad? Ya llevamos tres años en la
universidad.
Miro el plan de estudios. Reuniones de tipo seminario dos veces por
semana. Tareas escritas semanales. Retroalimentación de los compañeros.
Se me eriza la piel. Dame ecuaciones diferenciales parciales y estoy bien,
pero ¿esto? Esto es imposible.
Y, por supuesto, un tercio de la nota es un trabajo final de
investigación sobre un tema de nuestra elección. Mierda.
Puede que esta clase no sea difícil para ella, pero va a ser un infierno
para mí.
Le dedico lo que espero que sea una sonrisa semi normal y me
acomodo para el resto de la clase. Pero, a pesar de mis esfuerzos, no puedo
dejar de mirarla. Está tan guapa ahora como cuando se puso ese vestido
blanco. También es mi tipo; esas tetas tan grandes distraen incluso en
camiseta.
¿Me eligió para besarme porque también soy su tipo? No soy tonto, sé
que me besó para vengarse de Darryl. Pero podría haberse acercado a
cualquier chico de la fiesta y me ha elegido a mí.
Se muerde el labio mientras piensa. Eso es lindo.
El profesor termina su discurso con una tarea para la clase. Tenemos
que leer un artículo sobre la investigación de la escritura académica y
resumirlo en un párrafo que explique la tesis y los puntos principales.
Miro fijamente mi copia del artículo durante tanto tiempo que las
palabras empiezan a desdibujarse. A mi alrededor, los demás estudiantes
subrayan palabras clave y garabatean notas en los márgenes; Bex parece
tener todo un código de colores en marcha.
Tiro del cuello de la camisa y miro el reloj. Tenemos veinte minutos
para esta tarea y ya han pasado cinco.
Me obligo a leer de nuevo el primer párrafo. Tomo el bolígrafo y lo
golpeo contra la mesa antes de subrayar una frase con una palabra en
negrita. Recuerdo ese consejo de uno de los tutores que he tenido a lo largo
de los años, ya fuera el que contrataron mis padres en la secundaria o los
muchos con los que intenté trabajar en las clases de escritura de la LSU.
—Si estás atascado, intenta leer primero las frases del tema —dice
Bex.
La miro. Me da golpecitos en el papel con el bolígrafo.
—Mira —dice—. Hay un par de secciones en el artículo, y cada una
de ellas trata un tema diferente.
—Pero luego sólo habla de otra cosa —le digo.
—No exactamente —dice—. Sé que lo parece, porque empieza
hablando de la investigación sobre la escritura académica y luego cambia a
una anécdota, pero eso es sólo para humanizar un poco el tema. No es
información importante.
Sólo estoy seguro en un setenta por ciento de que sé lo que es una
anécdota, pero no quiero que piense que soy aún más idiota de lo que ya
parezco, así que me limito a asentir.
—Parece innecesario.
Resopla, lo que hace que un tipo delante de nosotros se aclare la
garganta.
—Salta a la parte en la que se habla del estudio sobre la educación
formal de la escritura —susurra.
Me guía por el artículo, mostrándome sus propias anotaciones como
ejemplos de en qué fijarme. No puedo evitar distraerme un poco por su olor
y las ganas que tengo de acercarme, pero al final tengo un párrafo
medianamente decente. Hay algo en su forma de explicarlo que tiene más
sentido que en el pasado, lo cual es extraño, teniendo en cuenta que siempre
me he bloqueado a la hora de escribir. Si ella fuera la profesora,
probablemente sacaría un sobresaliente en esta clase.
Me acerco y le arranco el bolígrafo de la mano. Me mira indignada,
pero yo sonrío y escribo un gracias en su plan de estudios. Me resisto a
incluir mi número de teléfono. Eso haría que frunciera el ceño de forma aún
más adorable, pero no quiero insistir demasiado, porque se me está
ocurriendo un plan y la necesito a bordo para que funcione.
Después de todo, ¿quién diría que no a una tutoría remunerada?
7
Bex
—Hola, Bexy.
Me giro hacia James, con el ceño fruncido. Me imaginaba que iba a
seguirme fuera, pero nadie me llama Bexy. Darryl arruinó por completo ese
apodo.
Me cuelgo la mochila al hombro y me hago sombra en los ojos
mientras lo miro. Es incluso más alto que Darryl. Es muy injusto que él esté
ahí arriba y yo aquí abajo.
—Soy Bex.
—Lo siento. Bex, ¿podemos hablar?
Pensé que era atractivo en la fiesta, todo vestido con un traje negro,
pero esto es de alguna manera mejor. Lleva una camiseta sin mangas que
muestra sus hombros dignos de baba, pantalones cortos atléticos y
sandalias, y no tengo ni idea de por qué está funcionando tan bien para mí,
pero lo es. La parte irracional de mi cerebro está cantando, ¡Lámelo!
Patético.
Pero sus ojos son tan azules.
Mentalmente pongo mi pie en el suelo.
—Tengo trabajo.
—¿Dónde trabajas?
Resoplo.
—Que sea rápido. Tengo que volver al otro lado del campus en
quince minutos.
—Caminemos y hablemos, entonces.
Empieza a alejarse, literalmente, y no puedo evitar soltar una
carcajada. Parece tan confiado... y si se dirigiera en esa dirección, acabaría
en la ciudad.
Vuelve a mirarme, con frustración en la mandíbula.
—¿Qué?
—Es por aquí. —Señalo en la dirección opuesta y empiezo a caminar
rápido—. Y puedes venir conmigo, pero sólo porque tengo la sensación de
que vas a hacer que esta conversación tenga lugar de una forma u otra.
Trota para alcanzarme.
—¿Qué te hace pensar eso?
Lo miro.
—Nos besamos.
—Nos besamos —asiente. Baja la voz—. Fue un buen beso.
—Siento haberlo hecho —suelto mientras se me calientan las mejillas
—. Darryl... —Dejo de caminar bruscamente y tropiezo con él. Me sujeta
con sus grandes manos en los hombros y, por un segundo, las siento como
una marca que me atraviesa las piernas. ¿Qué le pasa a este chico? A mi
cuerpo le encanta cuando está cerca. Todo el tiempo que lo ayudé con esa
tarea, quise apoyar mi cabeza en su hombro.
—Bex —dice—. Mírame.
Si miro a esos ojos oceánicos, temo que pueda ver cuánto me está
afectando.
Me pasa un dedo por debajo de la barbilla y me levanta la cabeza. Mis
manos revolotean a su alrededor durante medio segundo antes de encontrar
el camino a sus costados, descansando ligeramente. Incluso a través de la
camiseta que lleva, noto la fuerza de su cuerpo. Estúpidos deportistas con
sus cuerpos estúpidamente esculpidos. Hay algo en el hecho de saber la
dedicación que ha tenido que emplear para crearlo y mantenerlo que me
emociona cada vez.
—Hey —dice, todavía sujetándome. Me quedo helada, mirándolo,
indecisa entre apartarme o quedarme quieta—. No te preocupes. Reconozco
un beso de celos cuando lo veo.
—No sabía que eras su compañero de equipo.
Se encoge de hombros.
—Como dije, no te preocupes. Hablamos, estamos bien.
—Oh. Bien. —Me detengo y me alejo, dándonos un par de metros de
distancia—. Um. Incluso aparte de eso, no podemos.
—Lo sé —dice fácilmente—. Pero quería hablar de otra cosa.
Su falta de lucha duele, lo cual es estúpido, porque acabo de decirle
que retroceda. Nunca funcionaría. Incluso si nos enrolláramos, eso haría las
cosas más incómodas para él y Darryl, y yo sigo firmemente en el terreno
de las no relaciones. No lo conozco, pero la intensidad que irradia
prácticamente grita que no hace nada a medias.
—¿Por qué lo sabes? —le digo.
Sonríe ligeramente.
—Porque una chica como tú se merece más de lo que yo puedo darle,
Bex.
Me arriesgo a dar un paso más en su dirección. Levanto la barbilla
mientras lo miro.
—¿Cómo sabes qué clase de chica soy? Apenas nos conocemos.
—Vi cómo quedaste después de besarnos. Créeme, eres una chica de
relaciones.
La molestia me eriza la piel. Tiene razón, pero la forma tan
despreocupada en que lo dice hace que lo sienta como algo negativo.
—¿Y tú no te dedicas a las relaciones?
—No hago otra cosa que no sea fútbol. —Su mano se enrosca y
desenrosca en la correa de su mochila—. Sigamos adelante, ¿bien?
—Bien —digo mientras seguimos caminando. Me aseguro de que
haya unos metros entre nosotros, para no hacer una idiotez como intentar
besarlo otra vez. Aunque hemos decidido seguir adelante hace menos de
dos segundos, sigo sintiendo ese tirón en el vientre. Nunca había pensado
mucho en la atracción química, pero ¿de qué otra forma puedo explicar
esto?—. ¿Qué querías preguntarme?
—Gracias de nuevo por ayudarme en clase. —Se pasa una mano por
el cabello, agachando la cabeza—. Um... sabes que suspendí la clase la
primera vez.
—Sí.
—Esta vez no puedo suspender. La necesito para graduarme, y es sólo
una clase de otoño.
Suspiro.
—Sí. Creo que es una mierda por su parte, ya que son tan estrictos al
respecto.
—Obviamente sabes lo que haces. Necesito tu ayuda. Necesito que
me des clases particulares.
—Hay un tutor asignado. Puedes ir a las horas de oficina.
—No puedo.
—¿No puedes? —Repito.
—Tengo prácticas todas esas veces —dice. Parece genuinamente
frustrado, lo que casi me hace decir que sí, pero me doy una pequeña
sacudida mental. Realmente no tengo tiempo para ser la tutora de alguien,
aunque me pagara. Por no hablar de la atracción que siento por él y que no
consigo apagar. ¿Estar a solas con él para darle clases? Eso suena al
paraíso... quiero decir, a tortura.
Roza el pavimento con el zapato.
—Te pagaré por tu tiempo, por supuesto.
—Yo también tengo el curso completo. Seis clases. Más mi trabajo.
—Y correr a casa cada vez que la cafetería necesita ayuda, pienso, pero no
lo digo en voz alta. Siempre hay algo que va mal en Abby’s Place y nunca
es mi madre quien puede arreglarlo.
—¿No hay nada que pueda ofrecerte para convencerte?
—No.
Levanta las cejas.
—Todo el mundo tiene un precio.
—Todos menos yo, por lo visto. —Miro el teléfono y maldigo
suavemente la hora. Tengo que darme prisa para llegar a tiempo a mi turno
—. Lo siento, tengo que irme.
—Ya se me ocurrirá algo —dice cuando casi he subido la siguiente
cuesta.
Lo miro por encima del hombro. Tiene una sonrisa en el rostro, pero
hay algo más en sus ojos. Un desafío. De repente me doy cuenta de un
hecho muy importante: es un deportista. Y los deportistas no se rinden.
—¿Ah, sí?
—Sea cual sea tu precio —dice, dando una zancada deliberada hacia
delante—, lo averiguaré, Bex.
Intento tragar saliva, pero tengo la garganta seca como un desierto.
Una pequeña parte traidora de mí quiere preguntar si eso es una promesa.
—Lo dudo. Nos vemos, Callahan —consigo decir, girando sobre mis
talones.
Siento su mirada hasta el trabajo, atravesándome.
8
James
Aseguro el balón en mis manos y doy un paso atrás, observando el
campo. Aunque sólo se trata de un partido de entrenamiento, los chicos
juegan duro; los defensas del otro bando luchan por superar a mis
bloqueadores. Sólo me quedan uno o dos segundos antes de que alguien se
abra paso y me derriben.
Veinte yardas más adelante, Darryl se libera de su defensor, con la
mano levantada. Disparo en su dirección. Está un poco alto, así que espero
que le pase por encima de la cabeza, pero en el último momento lo toma y
se lo acerca al pecho. Corre con el balón bajo el brazo, en diagonal para
alejarse de la defensa, y sale del campo. El entrenador Gómez hace sonar el
silbato para finalizar la jugada.
Corro hacia donde se ha agrupado la línea ofensiva, secándome el
sudor del rostro con el dobladillo de mi camiseta de entrenamiento. Darryl
se acerca lentamente a nuestro grupo.
Desde aquella fiesta, he visto a Darryl demasiado y a Bex demasiado
poco. A pesar de que aclaramos lo del beso, nunca ha sido tan obvio que un
chico me odia a muerte. En el campo, se esfuerza al máximo, pero en el
grupo y en el vestuario, actúa como si yo no existiera. Después de nuestra
victoria contra West Virginia el sábado pasado, en la que anotó dos de mis
touchdowns, pensé que se calmaría, pero no. Cualquiera diría que nos
atrapó follando encima de la mesa de billar, sin besarnos ni una sola vez
cuando estaba claro que ni siquiera sabía quién era.
Estoy convencido de que puede leerme la mente y sabe que no puedo
dejar de pensar en ella. Conseguí su número la clase pasada y nos hemos
estado mandando mensajes, pero no importa lo que le ofrezca a cambio de
clases particulares, me rechaza. Eso no significa que no esté en mi mente
todo el puto tiempo. Esta mañana casi llego tarde al entrenamiento porque
en la ducha me he masturbado pensando en cómo se sentirían sus suaves
curvas contra los duros planos de mi pecho.
—Buena atrapada —digo cuando Darryl por fin nos alcanza.
Se muerde el protector bucal.
—Gracias.
De acuerdo.
—Vengan todos, caballeros —dice el entrenador Gómez. Con las
manos en las caderas, mientras formamos un círculo. Alarga la mano para
darle una palmada en la espalda a Darryl, y una sonrisa genuina cruza el
rostro del chico—. Buena atrapada, amigo. Bueno, chicos. Creo que
estamos superando parte de ese juego descuidado que nos frenó la semana
pasada.
Asentimos. La semana pasada ganamos, que es lo único que importa,
al fin y al cabo, pero hubo momentos en los que podíamos habernos
adelantado en el marcador y no lo hicimos.
—Si seguimos jugando así, saldremos del partido inaugural en casa
con una victoria. Los quiero a todos de regreso mañana temprano para
repasar todo. Su nuevo defensor izquierdo es un gran cabrón y tenemos que
detenerlo si tenemos alguna esperanza de llegar al QB de Notre Dame.
Desde el otro lado del grupo, Darryl me mira. Le respondo con
frialdad, pero por dentro pongo los ojos en blanco. No me importa que me
odie mientras deje en paz a Bex, pero eso no significa que no me moleste.
La mayoría del equipo vuelve a las duchas, pero yo no me muevo.
Darryl también.
—¿Tienes algo que decirme? —pregunto. Cruzo los brazos sobre el
pecho. Joder, estoy sudadísimo y lo único que quiero es darme una ducha
antes de irme a casa, pero estoy harto de esta mierda. Somos compañeros de
equipo, lo que significa que somos hermanos, y si tengo que decirle de
frente que no voy a hacer un movimiento con Bex, supongo que eso es lo
que haré.
Incluso si decir que va a doler. Sentarse a su lado en clase, aunque
sólo sea dos veces por semana, es una forma especial de tortura. Ayer
llevaba un vestido de verano y casi me empalmo al ver cómo cruzaba una
pierna morena sobre la otra.
Darryl araña la hierba con la punta de su bota.
—He oído que has estado hablando con ella.
—¿Quién lo dice?
—¿Es verdad?
—No veo por qué es asunto tuyo.
—Ella es mi chica.
—Era tu chica. Y ella puede enviar mensajes a quien quiera,
especialmente cuando se trata de una clase que está tomando con alguien.
Da un lento paso adelante.
—Pero tú la quieres.
—Oye —grita el entrenador Gómez—. ¿Qué hacen todavía aquí
fuera?
Respondo sin apartar la mirada de Darryl.
—Sólo hablando de estrategia, entrenador.
—Tengo que hablar contigo, Callahan. —El entrenador mira entre
nosotros, como si pudiera ver literalmente la tensión que chisporrotea en el
aire—. Lemieux, entra y dúchate antes de que Ramírez gaste toda el agua
caliente.
Darryl mantiene la mirada fija durante un largo momento antes de
marcharse.
—¿Hay algún problema que deba conocer?
No hace mucho que conozco al entrenador Gómez, pero me he dado
cuenta enseguida de que le gusta saber los problemas personales de su
equipo. También es serio, sigue casi tan en forma como cuando era jugador
y habla sin rodeos. Las hebras plateadas de su cabello oscuro brillan a la luz
del atardecer mientras espera mi respuesta.
—No. Hubo un pequeño error de comunicación, pero lo estoy
manejando.
Asiente.
—¿Qué tipo de falta de comunicación?
Maldición, esperaba dejarlo así. Seguro que se olería la mierda si
intentaba mentir.
—Una chica. —La vergüenza me quema la garganta al admitirlo.
Durante medio segundo, vuelvo a estar con el entrenador Zimmerman,
intentando explicar por qué la administración lo había llamado para decirle
que me dejara en el banquillo porque estaba en periodo de prueba
académica. Una chica.
El entrenador maldice.
—Callahan...
—Ya está arreglado.
—¿En serio?
—Sí.
Me lanza una mirada que parece una radiografía.
—Cuando acordamos traerte aquí, hablamos de distracciones. ¿Lo
recuerdas?
—Por supuesto.
Se inclina hacia mí y me golpea el pecho con el puño dos veces.
—Hijo, vas a ser una estrella en la liga. Y quiero ayudarte a
conseguirlo. Pero recuerda: deja las distracciones fuera del campo para
después de firmar tu primer gran contrato. Una vez fijado tu futuro, puedes
empezar a pensar en quién estará en él.
—Sí, señor —digo asintiendo.
Después de todo lo que pasó con Sara, mi padre me sentó con el
entrenador Gómez. Aquella conversación terminó con mi aceptación de
trasladarme a McKee, y entonces me dio el mismo consejo. No le había
mentido a Bex cuando le dije que la única relación de mi vida era el fútbol.
La última vez que intenté equilibrar ambas cosas, casi lo pierdo todo.
Ya no pienso mucho en Sara, pero últimamente ha surgido más de lo
que me siento cómodo admitiendo.
—Muy bien. ¿Y cómo te estás adaptando a McKee?
—Bien, señor. Me gusta volver a vivir con mis hermanos.
—Lástima que Rich Callahan tenga tres hijos, pero sólo uno eligió el
deporte correcto. —Se ríe un poco, cambiando su peso de un pie al otro—.
¿Y qué tal las clases? ¿Qué tal la de escritura? Todavía siento no haber
podido sacarte de ella.
—No pasa nada. La suspendí la primera vez, merezco volver a
cursarla. —Me paso una mano por el cabello sudoroso—. No pasa nada.
—¿Estás seguro? ¿Te puedo ayudar en algo?
En el vestuario, metido en el fondo de la mochila, está mi primera
tarea formal para esta estúpida clase.
Tengo una D. ¿Quién pone una D? El tipo debería haberme
reprobado. Todavía no me puedo creer que haya sacado eso; he dedicado
más tiempo a escribir esa página que a cualquier otra tarea de mis otras
clases del domingo pasado. La idea de todas esas marcas rojas en ese trozo
de papel arrugado, escondido como el boletín de notas de un niño, me
quema la mente.
Y quizá por eso miento.
Ya le dije una verdad al entrenador Gómez. No estoy seguro de poder
soportar otra hoy. Me está dando la oportunidad de mi vida, permitiéndome
venir aquí y liderar a su equipo a una temporada victoriosa, reajustando la
visión que la NFL tiene de mí antes de que llegue el momento del draft la
próxima primavera. No debería tener que preocuparme de nada más que del
juego. No de que me distraiga con una chica. Ni de que siga siendo un
escritor de mierda.
—Sí —le digo—. Contraté a un tutor y todo eso.
Su rostro se relaja.
—Bien. ¿Quién es? ¿Alguien del centro de medios? ¿Un tutor
asignado?
—Está en mi clase. Ya la tomó y le fue bien, en su antigua
universidad, pero McKee no aceptó el crédito.
Sacude la cabeza.
—Esta política académica, te lo juro. Me alegro de oírlo, hijo.
Mantengamos los ojos en el premio. Sin distracciones.
—Sin distracciones —repito—. Entendido, señor.
No sé mucho sobre escritura, pero sé que he tenido muchos tutores en
mi vida y, por alguna razón, Bex consiguió llegar a mí de una manera que
nadie más lo ha hecho. Si hay alguien que me puede ayudar con esta clase,
es ella. Sólo voy a tener que poner mi atracción en una cajita, no pensar en
ello, y concentrarme...
Pero primero, tengo que conseguir a Bex a bordo.
9
Bex
—Aquí tienes, Sam. ¿Necesitas algo más?
—No señorita, está perfecto. —Sam, uno de los clientes habituales de
Abby’s Place, me sonríe desde donde está sentado en su taburete del
mostrador. Desenvuelve los cubiertos con dedos temblorosos. Resisto el
impulso de ofrecerle sal antes de que la vuelque de nuevo. Como en todas
las cafeterías de pueblo, casi todos los días viene la misma gente a
desayunar y comer, y muchos de ellos son personas mayores que ya no
quieren o no pueden cocinar. Sam es viudo. Su mujer solía encargarse de
cocinar, pero ahora que ha fallecido, él viene aquí por sus huevos matutinos.
Sonrío antes de dejar el cubierto a su lado. Recojo la propina, pero en
lugar de guardármela en el bolsillo, la meto en el tarro común. Stacy y
Christina necesitan el dinero más que yo en este momento. Christina me
atrapa y sacude la cabeza, pero no me pierdo su mirada de agradecimiento.
Es madre soltera y el padre de su hijo es un idiota. Lo ha llevado a los
tribunales por la pensión alimenticia, pero aún no se ha resuelto.
Tomo mi taza de café dándole un sorbo. El ajetreo de la mañana se ha
vaciado, dejando atrás a un par de personas mayores como Sam. Los
almuerzos son concurridos, gracias a nuestra ubicación en el centro de Pine
Ridge, y mantenemos el negocio abierto un par de noches a la semana
porque vendemos tartas y helados a los adolescentes que pasan la noche en
el pueblo. Desde que empecé en McKee, no he podido hacer todos los
turnos de fin de semana, pero lo intento cuando puedo, ya que los días entre
semana me resultan más difíciles.
Quizá alguien que viniera aquí por casualidad no vería lo que yo veo.
Vería las fotografías que hice y enmarqué cuidadosamente en las paredes, o
el tope de metal pulido que rodea el mostrador, o la chapa de madera sobre
las cabinas que pinté de blanco hace dos veranos. He llegado a un acuerdo
con la floristería que hay dos puertas más abajo para tener flores frescas en
la entrada y en todas las mesas. Pero lo único en lo que puedo concentrarme
es en las manchas del techo, el agujero en la pared que estamos tapando con
una fotografía y el frigorífico quisquilloso del fondo. Abby’s Place es un
lugar popular, pero como todos los restaurantes, sangra dinero. Sólo poner
la comida a cocinar cuesta una cantidad astronómica, sobre todo porque mi
madre cambia el menú cada dos semanas. La gente como Sam sólo quiere
sus huevos como siempre. No necesitan crema de aguacate aparte, aunque
esté deliciosa.
Suena el timbre de la puerta y entra una pareja. Son jóvenes,
probablemente un par de años mayores que yo y, sinceramente, se parecen
mucho a mis compañeros de McKee. Ella está vistiendo Lululemon6 y un
collar de oro con el que probablemente podría pagar todos los
electrodomésticos de la cocina. No conozco la marca, pero seguro que es
cara. Probablemente es el tipo de ropa que James llevaría a un restaurante.
El pensamiento de James me atraviesa como un rayo.
Aún no puedo creer que no haya renunciado a convencerme de que le
dé clases particulares. Ha pasado una semana y sus ofertas son cada vez
más ridículas. Anoche me dijo que me lavaría la ropa durante un año. Eso
sólo me hizo pensar en él viendo mi ropa interior, que no era útil en lo más
mínimo.
Necesito sacarlo de mi mente.
—¿Mesa para dos? —Digo, acercándome con los menús bajo el
brazo.
—¿Podemos sentarnos en esa mesa de ahí atrás? —dice la mujer—.
Este sitio es encantador.
Sonrío y los conduzco al fondo, junto a la ventana.
—Gracias. Es de mi madre.
—Le dije a Jackson que teníamos que comprobar el sabor local antes
de mudarnos aquí. —Se sienta, aceptando los menús para los dos—. Bueno,
aquí no del todo, claro.
Mi sonrisa se endurece.
—Por supuesto.
Pine Ridge no es una mala zona ni mucho menos, pero estoy segura
de que alguien como ella, con dinero, está buscando en una de las zonas
más adineradas de Hudson Valley. Apuesto a que él trabaja en finanzas o
algo así en la ciudad, y ella quiere una bonita y gran McMansion7 para
volver a casa por las tardes.
—¿Les traigo unos cafés?
—Sí —dice el tipo—. Agua también. Pero sólo si está purificada.
Mientras voy por los cafés, la puerta se abre de nuevo. Levanto la
vista automáticamente... e inmediatamente deseo no haberlo hecho.
—¿Qué diablos haces aquí? —Siseo al encontrarme con Darryl en la
puerta.
Se inclina y me besa en la mejilla.
—Vaya forma de saludarme, nena.
Retrocedo dos grandes pasos. Me tiemblan las manos, así que me las
meto en los bolsillos del delantal, esperando que mi mirada lo ayude a
captar el maldito mensaje.
—¿Nena? Ya no soy tu nena, Darryl. ¿Qué pasa?
La puerta detrás del mostrador se abre. Está pegada en la pared, así
que la mayor parte del tiempo pasa desapercibida; si la atraviesas, te
encuentras de inmediato con unas escaleras estrechas que llevan a un
apartamento en el piso de arriba. Allí crecí. Primero con mis dos padres,
luego sólo con mi madre.
Percibo el momento en que mamá entra en la cafetería. Huele a humo
y a perfume de flores. Cuando llegué esta mañana temprano para abrir, aún
dormía. Esperaba que se quedara arriba todo el día para que no tuviéramos
que hablar, pero siempre ha sido muy oportuna.
—¡Darryl! —dice cariñosamente, tirando de él en un abrazo—. Me ha
parecido ver tu auto delante. Bexy no te ha traído a casa en un tiempo.
—Eso es porque ya no estamos saliendo.
Me reprende.
—No seas grosera con el chico. Condujo hasta aquí el día del partido
sólo para verte, ¿no es dulce?
—Tengo mesas. —Pongo los cafés en una bandeja junto con la nata y
el azúcar y me dirijo a la pareja. Quizá si sigo ignorando a Darryl, capte el
mensaje y se vaya.
¿No fue suficiente con besar a James delante de él?
Mamá tiene razón, es sábado, tienen un partido en casa. Darryl
debería estar con James, preparándose para irse. A pesar de todos sus
defectos, es un buen jugador, en eso debería concentrarse hoy. No... lo que
sea esto. Avergonzándome delante de una habitación llena de gente. Atraer
a mi madre escaleras abajo para que pueda echar leña al fuego inevitable.
—Perdón por la espera —le digo a la pareja—. ¿Qué les sirvo?
—¿Es tu novio? —dice la mujer, inclinándose con una sonrisa
conspiradora—. Es guapo.
—Me suena —dice el hombre—. ¿McKee?
—Fútbol —admito.
—¡Eh, hombre! ¡Mátalos hoy!
Darryl levanta la mano en señal de saludo. Aprieto los dientes y
sonrío, esperando como el demonio que el calor que siento no se me note en
el rostro.
—¿Sus órdenes?
No necesito escribirlas, las tengo en la cabeza desde que tengo uso de
razón, pero hago ademán de hacerlo de todos modos. Cualquier cosa es
mejor que tener que hablar con Darryl.
En la cocina, le entrego el ticket a Tony, el jefe de cocina. Mira a mi
alrededor con preocupación.
—¿Tengo que sacarlo de aquí por ti?
—No. —Sonrío—. Pero gracias. Yo me encargo.
—Claro que puedes. —Les grita la orden a los cocineros. Permanezco
allí un largo rato, observando cómo se mueven con fluidez por la estrecha
cocina.
Darryl se tomó el beso como un coqueteo, no como una despedida.
No solo ignora lo que digo, sino también lo que ve.
Cuando vuelvo a salir, llamo a Stacy a un lado.
—¿Puedes ocuparte de mi mesa de atrás? Tengo que ocuparme de
esto.
—Claro. —Stacy es de la edad de mi madre. Se intercambiaba con mi
tía Nicole, la hermana de mamá, a la hora de pasar tiempo conmigo cuando
era más pequeña, después de que mi padre se fuera y mi madre cambiara.
Me tira de la coleta y me dedica una sonrisa triste—. Intentaré llevarla
arriba también.
—Gracias.
Mi madre tiene a Darryl en el mostrador y le ofrece café y un trozo de
tarta. Observo cómo enciende un cigarrillo y expulsa el humo con pericia.
Se ríe de algo que él dice y le aprieta el antebrazo con la mano.
Jesús.
—Darryl, hablemos.
Se echa hacia atrás.
—Por fin. Bexy, no te preocupes, te perdono por besar a Callahan.
—Afuera. —Abro la puerta de un tirón, intentando ignorar la mirada
interesada de mamá. Estoy segura de que se muere por saber quién es
“Callahan”.
Darryl no protesta cuando lo arrastro hasta la parte trasera del
edificio.
—Estás muy guapa jugando a ser camarera, nena.
—No estoy jugando —murmuro—. Esa es la razón por la que me
engañaste, ¿recuerdas? Siempre estaba aquí.
—Esas chicas no significaban una mierda para mí.
—¿Y qué? Eso no hace que no sea engañar.
—¿Quién lo dice?
—¡Lo digo yo! —estallo. Me muerdo el interior de la mejilla para
evitar las lágrimas que amenazan con hacer acto de presencia—. Darryl,
vamos. Sabes lo que has hecho. Hemos terminado. Déjame en paz.
—No lo creo. —Se acerca un paso más y entrelaza nuestras manos—.
Cariño, vamos. No sé a qué jugabas besando a Callahan, pero me ha dicho
que no está interesado en ti, así que no hay problema. Podemos volver a
como estaban las cosas.
¿Le dijo a Darryl que no está interesado? Eso escuece más de lo que
debería.
—¿Hablaste de mí?
Me arrastra aún más cerca.
—Claro que lo hice. Después de todo, tenía que saber si tenía que
pelearme con él por intentar ligarse a mi chica.
Desliza la mano hacia arriba, me rodea la muñeca y hace lo mismo
con el otro brazo. Me quedo inmóvil.
—Bex, cede y déjate llevar por la felicidad. Estar conmigo puede
abrirte muchas puertas. Una vez que esté en la liga, venderemos esta mierda
de casa y podrás ocuparte de mí. Eso es lo que querías el año pasado, así
que ¿por qué arruinar las cosas ahora? No es como si tu vida fuera a valer
mucho de otra manera.
Me agarra con fuerza y se inclina para besarme. Sigo congelada,
demasiado aturdida para moverme mientras sus labios rozan los míos.
Siempre supe que era posesivo, pero esto es otro nivel. Esto me asusta.
—Darryl —susurro.
—¿Sí, nena?
—Vete a la mierda. —Me zafo de su agarre, me froto las muñecas y lo
empujo—. Vete a jugar a tu juego. Y si vuelves a molestarme,
especialmente aquí, llamaré a la policía.
Aprieta los puños. Lo miró fijamente, aterrorizada por el momento en
que el golpe impacte en mi rostro. Mi padre le pegó a mi madre
exactamente una vez, poco antes de marcharse para siempre, y ella tuvo un
ojo morado durante semanas. No es que importara mucho, porque ella
estaba en la cama llorando su matrimonio y el aborto provocado por el
desamor, pero yo, con once años, lo veía todos los días cuando me metía en
la cama a su lado.
Si me hubieran preguntado cuando éramos novios, habría dicho que
Darryl nunca me haría daño de verdad.
Pero, de nuevo, nunca pensé que mi padre haría daño a mi madre, y la
destrozó.
Se acerca tanto que se me salta el corazón a la garganta, con una
mirada plana en los ojos que odio absolutamente ver, y vuelve a tirar de mí,
con los dedos agarrándome las muñecas con tanta fuerza que grito.
—Vas a desear no haber dicho eso, cariño.
Trago con fuerza, intentando ignorar el ardor de mis ojos.
Después de unos segundos que parecen una eternidad, me empuja
hacia atrás. Tropiezo y veo cómo se aleja. Me tapo la boca con una mano
temblorosa, intentando tragarme el susto y el dolor.
Debería volver dentro, volver al trabajo, pero no puedo moverme.
Una lágrima se abre paso por mi mejilla y la seco con brusquedad.
No lloro, aunque me duelen las muñecas.
Hay dos cosas claras. Una, no puedo creer que alguna vez sintiera
algo por ese idiota. Y dos, necesito un nuevo plan, porque es obvio que no
se va a ir.
Necesito a James.
10
James
Ganar siempre es divertido, pero la primera victoria en casa de la
temporada es otra cosa. La asistencia fue increíble, todos los asientos del
enorme estadio de McKee estaban llenos. Entre la banda de música y los
gritos de la sección estudiantil, apenas podía oír a los árbitros. Una hora
más tarde, todavía estoy cargado de adrenalina, listo para celebrarlo con el
equipo.
—Hay un bar en la ciudad —dice Bo mientras recogemos nuestros
bolsos y salimos—. Red's. ¿Vienes?
—No beberé, pero sí, voy.
—Genial. —Le grita lo mismo a Demarius, que nos saluda desde el
estacionamiento—. Siempre hay un montón de chicas allí después de una
victoria, así que, si estás buscando ligar, no tendrás ningún problema.
—Es bueno saberlo.
No es que planee hacerlo. Uno, porque no quiero crear falsas
expectativas para alguna pobre chica, y dos, porque con la única que he
fantaseado últimamente es con Bex. He intentado no hacerlo, no es que
vaya a pasar nada, pero siempre que me masturbo, es a ella a quien
imagino. Sus fantásticas tetas. La forma en que arruga la nariz cuando está
frustrada. La curva de sus labios.
Joder. Tengo que encontrar una manera de poner fin a esto,
especialmente si ella va a ser mi tutora.
—Ahí estás —dice Coop mientras camina hacia mí. Me abraza y
luego retrocede para que Seb pueda hacer lo mismo—. Gran partido,
hermano.
Sonrío.
—No sabía que habían venido.
—Las ventajas de tener un partido por la tarde. El cual aplasté, por
cierto. Estoy listo para relajarme.
—Me dirijo a un bar, ¿quieres venir?
—¿Red's?
—Sí, supongo.
—Genial —dice Seb—. Ese sitio es genial. Me apunto.
—Lo mismo digo —dice Cooper—. Tal vez vea a Elle.
—¿Esa chica de la fiesta de la hermandad? Pensé que no repetías más
de una vez. —Seb golpea su hombro contra el de Cooper.
—No lo hago. —Sonríe—. Pero eso no significa que no pueda
intentarlo.
Pongo los ojos en blanco mientras subo al auto.
—Muéstrame dónde ir. —Saco el teléfono del bolsillo, lo desbloqueo
y se lo doy a Coop—. ¿Tengo algún mensaje? No he podido revisarlo,
ESPN quería hacer una entrevista en directo nada más acabar el partido.
Resopla.
—Sólo tú podrías hacer que eso sonara casual. Y sí, mamá y papá
enviaron mensajes de texto. Y alguien más.
—¿Quién? —Intento echar un vistazo mientras estamos en un
semáforo en rojo, pero Coop se lleva el teléfono al pecho.
—Mira, Seb. —Le pasa el teléfono a Seb, que silba.
—Me arrepiento de esto —murmuro—. ¿Quién es?
—Es esa chica —dice Seb—. Beckett.
El corazón me late muy fuerte en el pecho.
—¿Beckett Wood?
—¿Conoces a más de una Beckett?
—¿Qué dice?
—Quiere hablar.
—¿Eso es todo?
Seb y Coop intercambian una mirada.
—¿Debería haber más? —pregunta Coop.
—Quiero decir, no. —Hago un gesto hacia la derecha en dirección a
Coop—. Pero como no me dejaba contratarla sin más, he estado intentando
averiguar su precio.
—Oh, bien —dice Seb—. Especialmente desde que te adelantaste y
mentiste sobre que ella era tu tutora.
—No me lo recuerdes.
—A lo mejor quiere que te acuestes con ella —reflexiona Coop—.
Como pago, quiero decir.
Recuerdo nuestra conversación después de la primera clase. Yo más o
menos pisoteado cualquier posibilidad de que eso suceda.
—Hombre, no voy a acostarme con mi tutora.
—¿Qué? Está buena.
—Y es la ex de mi compañero de equipo.
Coop agita la mano.
—No cuenta porque rompieron antes de que llegaras.
—Estoy seguro de que él no lo vería así.
—Bueno, de todas formas, es un idiota.
Detengo el auto en un estacionamiento cerca de Red's y suspiro.
—No discutiré ese punto.
Fuera del bar, que parece abarrotado de universitarios y habituales de
la ciudad, levanto el teléfono.
—Estaré allí en un minuto. Pídeme una cerveza sin alcohol, ¿bien?
El mensaje de Bex son dos simples palabras.

Bex: ¿Podemos hablar?

La llamo en lugar de responderle. Me parece demasiado importante


para un mensaje, y bien, quizá quiera escuchar su voz.
—Callahan —dice cuando contesta.
—Bex. ¿Qué pasa?
—¿Dónde estás?
Miro a mi alrededor. Un grupo de chicas con jerseys, algunas
aparentemente sin nada más que el jersey, sus pantalones cortos me resultan
tan cortos, cruzan la calle y se dirigen a Red's.
—Centro de Moorbridge, en Red's. ¿No puedes hablar por teléfono?
—No sobre esto.
Mi agarre del teléfono se tensa.
—¿Estás bien?
Escucho unas llaves y un pitido; es de suponer que está abriendo el
auto.
—Estoy bien. Sólo creo que si vamos a discutir los términos de este...
acuerdo, debería ser en persona.
—Acuerdo, ¿eh?
—Iré a Red’s.
—¿Dónde estás? Estoy sobrio, puedo recogerte.
—Pine Ridge.
—¿Dónde es eso?
Se ríe. El sonido dulce y gutural hace que mi corazón lata un poco
más rápido.
—No muy lejos. Te veré pronto, Callahan.
—Puedes llamarme James, ya sabes.
Hay una pausa, luego escucho su auto encenderse.
—Lo sé.
Busco Pine Ridge en cuanto cuelga. No está muy lejos de aquí, a unos
treinta minutos. ¿Qué hacía allí?
Quizá tenga un nuevo novio, se burla mi mente.
Me obligo a entrar, aunque lo único que quiero es esperar aquí fuera.
Después de todo, debería celebrar la victoria. Esta noche hemos machacado
a Notre Dame. En cuanto entro en el bar, veo que mis hermanos y
compañeros me saludan, así que me dirijo a las mesas de billar del fondo.
Coop me da mi cerveza sin alcohol, que sabe casi igual que una cerveza
normal, aunque nunca me creen, y me da un codazo en el hombro.
—¿Qué pasa?
Me recuesto contra la pared, poniéndome cómodo.
—Viene aquí a hablar. —Ya me siento más relajado. Le daré lo que
Bex quiera a cambio de la tutoría. Una tarifa horaria ridícula, lo que sea. Me
lo puedo permitir. ¿Y el hecho de que signifique que la veré mucho más?
Tampoco me quejo de eso.
—¿Sobre la... cosa?
Pongo los ojos en blanco.
—Sí. La cosa.
—De puta madre —dice—. Es genial, hombre.
Miro cómo Seb se alinea para su siguiente tiro en la partida de billar
que está jugando contra Demarius. Una de las cosas que más me gustan de
él es que puede encajar en cualquier sitio. Nunca ha pasado tiempo con mis
compañeros de equipo, pero se le ve perfectamente cómodo. Su intento sale
desviado y se ríe de sí mismo, aceptando otro disparo de Demarius.
—Cada intento fallido es un tiro —murmura Coop—. Vamos a
limpiarle el suelo al final de la noche.
—¿Es tu hermano? —pregunta alguien. Me doy la vuelta y veo a una
chica junto a mí, que me mira mal mientras da sorbos a su cerveza. Es
guapa, con el cabello rubio oscuro recogido sobre un hombro y labios
carnosos. Su camiseta deja ver la parte superior de un brasier rosa de
encaje. Al ver que capta mi atención, se inclina un poco y me roza el brazo
desnudo con la mano.
Sonrío.
—Sí, nena. ¿Te lo presento?
—Tentador —dice—. Pero algo me dice que tú tienes más...
experiencia.
Esta vez, las puntas de sus dedos tocan mis pantalones. Se muerde un
poco el labio, un dedo perfectamente manicurado roza la costura interior.
—¿No quieres preguntarme mi nombre?
Le sigo el juego.
—¿Cómo te llamas?
—Kathleen —dice—. Pero puedes llamarme Kitty.
Cooper, el muy imbécil, intenta convertir su bufido en un estornudo.
Sé que debería separarme de ella, dirigirla hacia alguno de mis compañeros
de equipo más dispuestos si lo que busca es follarse a un jugador de fútbol,
pero su tacto es agradable. No estoy tan desesperado como para que me
ponga excitado, pero hace tiempo que no me pasa.
Además del beso que Bex y yo compartimos.
Maldita sea, ahora estoy pensando en Bex de nuevo. Como si supiera
que mi mente está en la cuneta, Kitty se inclina aún más, hasta que sus
labios rozan mi oreja.
—¿Puedo apuntarte en la lista de invitados a la fiesta de Kappa Alpha
Theta de mañana? Soy novata.
—Lo siento, pero no voy fiestas durante la temporada —le digo a
Kitty.
—Sólo ven un rato. El tema es ABC. —Me besa en el cuello,
marcando cada palabra con un mordisco en los labios—. Cualquier cosa.
Pero. Ropa.
Me zafo lentamente de su agarre. Apuesto a que es muy pegajosa
cuando está borracha. Si digo que sí a esta fiesta, lo considerará una cita y
se negará a separarse de mí toda la noche. Además, ¿un domingo? No he
ido a una fiesta en domingo desde el primer año. Prefiero hacer las tareas
mientras dan los partidos de la NFL en la televisión.
Y preferiría que fuera Bex quien me lo pidiera.
—Aunque me encantaría verte sexy con una bolsa de papel, cariño,
no es personal. Se trata de fútbol.
Hace un mohín juguetón.
—Tan serio.
Al otro lado, la puerta del bar se abre. Bex no es especialmente alta,
pero creo vislumbrar ese cabello rubio rojizo. Miro a Darryl, pero está
metido en una conversación con un par de chicos del equipo.
—Quizá tengas más suerte con él —digo, señalándoselo a Kitty
mientras me dirijo al frente.
Bex lleva una sudadera de McKee y unos pantalones cortos, además
de sandalias y unos pendientes colgantes que me doy cuenta de que son
pequeños trozos de tarta esculpidos. Adorables. Sus ojos se iluminan
cuando me ve y se pone de puntillas para acercarse a mi oído mientras dice:
—¿Quieres que hablemos fuera? Juro que la mitad de los estudiantes
de McKee está aquí.
Demonios, la seguiría hasta los baños si es ahí donde quiere ir. Dejo
que me guíe.
Da un paso por el lado del bar una vez que estamos fuera, lejos de las
ventanas.
—Darryl está al fondo —le digo—. Le envié una chica.
—Y estoy segura de que está coqueteando con ella. —Suspira—. No
importa que haya venido hoy al restaurante y me haya exigido que
volvamos a estar juntos.
Contengo la vena posesiva que amenaza con recorrerme. No tengo
ningún derecho sobre ella. Un beso no significa nada y, con suerte, está a
punto de ser mi tutora. Los chicos buenos no se acuestan con sus tutores. O
con las ex de sus compañeros.
—¿Restaurante? —Pensé que trabajabas en The Purple Kettle.
—Así es. El restaurante es de mi madre. Está en Pine Ridge, de ahí el
viaje desde allí. Gracias por esperar.
Le ofrezco mi cerveza.
—Debería haberte preguntado si querías beber algo. ¿Quieres un
sorbo? No tiene alcohol.
Enrosca su mano sobre la mía y se lleva el cuello de la botella a la
boca. No debería estar mirándola, pero no puedo evitarlo, sobre todo
cuando me mira a través de las pestañas mientras retrocede.
—Gracias. ¿No bebes?
Me aclaro la garganta.
—Bebo, pero no mucho durante la temporada.
Asiente.
—Muy inteligente por tu parte. Recuerdo que Darryl se quejaba de
tener resaca en los entrenamientos.
Doy otro sorbo a la bebida.
—Entonces, ¿significa esto que has reconsiderado mi propuesta? Di
tu precio, lo pagaré.
Una sonrisa se dibuja en sus labios.
—Lo sé. En los últimos días me has enviado ofertas realmente
ridículas.
—Entonces, ¿cuál es? ¿Una cesta de cachorros? ¿Un apoyo vitalicio
para el equipo que elijas? ¿Yo lavándote la ropa personalmente el resto del
año?
Eso la hace reír, y joder, es un sonido precioso. Para nada delicado,
sino con toda la garganta, casi como un estruendo. Me gusta saber esto de
ella. No le importa tomar un sorbo de la bebida de otro, su risa es
contagiosa y lleva pendientes en forma de malditos trozos de tarta.
—No —dice, mirando al suelo—. Aunque era tentador.
Espero más, pero sigue callada, mirando hacia abajo como si, si se
esforzara lo suficiente, pudiera hacer un agujero en el asfalto. Me da un
vuelco el estómago. Algo va mal; la relación que creía que estábamos
construyendo se desvanece como humo en la noche.
—¿Bex?
Por fin levanta la vista y se clava los dientes en el labio inferior.
—Te daré clases particulares —dice—. Pero sólo si aceptas fingir que
sales conmigo.
11
Bex
En cuanto las palabras salen de mis labios, me ruborizo. Lo noto hasta
la punta de las orejas. Pedir ayuda, llegar a un acuerdo... y humillarse.
Pero me duelen las muñecas donde Darryl me las agarró. No me
dejará en paz a menos que sepa, o al menos crea saber, que pertenezco a
otra persona. Romper con él educadamente no ha funcionado. Ser directa no
ha funcionado. Lo conozco lo suficiente como para saber que lo único que
lo mantendrá alejado es que le entre en su cerebro de cavernícola que estoy
con otro hombre.
Es vergonzoso. Pero es una distracción que tiene que desaparecer, y
esta es la mejor manera que se me ocurre para conseguirlo.
Ahora solamente necesito que James acepte ayudarme.
—¿Callahan? —digo—. ¿Me has escuchado?
—Te he escuchado. —Me mira hasta que me veo obligada a encontrar
su mirada—. ¿Por qué?
—Porque no me deja en paz.
Su voz es cortante cuando dice;
—¿Cómo que no te deja en paz?
—Todo está bien…
—Y una mierda que está bien. —Aprieta la cerveza—. ¿Te ha estado
acosando?
Siento que me arde el rostro.
—No... de verdad. Simplemente no me escucha. Sigue ignorando lo
que digo, e incluso lo que intenté mostrarle cuando... cuando noso…
Su lengua sale para lamerse el labio.
—Sí.
—Si ve que estoy con alguien más, se echará atrás. Lo conozco. Es
una mierda, pero es verdad. Y tú necesitas un tutor, así que pensé que
podríamos llegar a un acuerdo.
Por un aterrador segundo creo que está a punto de irse. Mueve la
mandíbula como si quisiera salir corriendo.
—Es mi compañero de equipo.
Se me revuelve el estómago. Por supuesto, no querría arruinar su
relación con un compañero de equipo, aunque sea Darryl.
—Dijo que hablaron las cosas.
—Y esto sería como una coincidencia.
Sacudo la cabeza.
—Tienes razón. Lo siento, fue una estupidez. Nos vemos.
Me doy la vuelta, respirando hondo mientras echo los hombros hacia
atrás. Me las arreglo para alejarme con dignidad, a pesar de que acabo de
desnudarme me ha cerrado la boca. Pero antes de dar dos pasos, siento que
su mano me rodea la muñeca dolorida y magullada, tirando de mí hacia
atrás.
No puedo evitarlo. Me sobresalto.
Su mirada es oscura cuando mira hacia abajo, donde me está tocando.
—Bex...
Niego con la cabeza, con los labios apretados. No voy a admitir en
voz alta que dejé que Darryl me hiciera daño.
—A la mierda. No me gusta el tipo de todos modos. —Suelta la mano
y se mete las dos en los bolsillos—. ¿De verdad no te importa darme clases
particulares?
Me doy cuenta de que quiere presionar. Preguntar más sobre Darryl.
Pero salto sobre el cambio de tema con gratitud.
—Es un trato, ¿no? Algo por algo. Tú me llevas a unas cuantas citas
de las que él se enterará, y yo me aseguraré de que apruebes esta clase.
Asiente.
—Bien. Puedo hacerlo.
—¿No te preocupa que intente pelear contigo?
Se ríe.
—¿Por qué iba a tener miedo? Deja que lo intente. Puedo con él,
nena.
Levanto una ceja de una forma que espero que cubra la sacudida de
excitación que me recorre ante el término cariñoso... y la forma
desenfadada en que habla de luchar contra Darryl.
—¿Nena?
—Si estuviéramos saliendo de verdad, usaríamos apodos, ¿no? —Se
inclina y me pasa un mechón de cabello por detrás de la oreja—. ¿Prefieres
otra cosa? ¿Cariño? ¿Miel? ¿Azúcar?
—Definitivamente, azúcar no.
—¿Princesa?
—James...
Me dedica una media sonrisa.
—Allá vamos.
—Para que quede claro, nada de esto es real.
Me toma la mandíbula con su gran mano. Lucho contra el impulso de
girar ligeramente la cabeza para acariciarlo. Concéntrate. Necesito
concentrarme. Tener unas cuantas citas juntos para que todo el mundo, y
sobre todo Darryl, piense que estamos saliendo no es lo mismo que salir de
verdad. Esto funcionará bien porque es obvio que nos atraemos, pero la
gente tiene química sexual todo el tiempo y no sale nada de ello.
—Lo sé —dice—. El fútbol, ¿recuerdas? Pero si quieres que la gente
lo compre, tienes que venderlo, princesa.
Asiento. Él tiene el fútbol. Yo tengo la cafetería y todo lo demás. Este
es un acuerdo mutuamente beneficioso, como... como el pez payaso y las
anémonas de mar. Si Darryl no cree que lo he superado, no me dejará en
paz, y esta es la forma de asegurarse de que eso ocurra.
Es motivación suficiente para volver a besar a James.
Sonríe contra mis labios y me rodea la parte baja de la espalda con los
brazos.
—¿Sabes? —murmura—, puedes llamarme como quieras, pero me
gusta cómo dices James.
Me acerco más y le rodeo el cuello con los brazos. Este beso es tan
embriagador como el primero, inexplicablemente adictivo. Ahora tiene una
incipiente barba y, mientras nos besamos, la fricción contra mis mejillas y
mi mandíbula me hace estremecer.
Luego baja las manos y me levanta contra él. Me coloca de espaldas a
la pared de ladrillo del bar. Mis piernas rodean su cintura automáticamente,
buscando apoyo, y mis brazos deben de estar apretados alrededor de su
cuello, porque se ríe.
—Tranquila, Bex.
Mis entrañas se vuelven viscosas. ¿Cómo es que Darryl diciendo mi
nombre nunca encendió un fuego así dentro de mí, pero James lo intenta
una vez y estoy a medio camino de abandonar mi moral? James me besa
como si tuviera hambre, puedo saborear la cerveza en sus labios y sentir sus
manos sujetándome como una marca. Aunque sea para aparentar, está claro
que le gusta.
Entonces me besa en la garganta y me quedo helada.
Besar es una cosa. Pero esto no es solamente besar. Si va más lejos,
voy a empapar las bragas en este estacionamiento.
Giro la cabeza hacia un lado y empujo su pecho hasta que me baja. Lo
hace, pero no sin antes pasarme el pulgar por el labio inferior.
Joder. Me enderezo la sudadera y lo miró fijamente.
—¿A qué ha venido eso?
Se encoge de hombros.
—Parecía que querías que te besara. Tenemos que practicar para que
sea creíble.
—Eso no ha sido besar, ha sido...
Sonríe.
—¿Nunca te habían besado así?
Le golpeo ligeramente el pecho.
—¡No fuera de un bar!
Me toma la mano y entrelaza nuestros dedos.
—Entremos.
—¿Ahora?
—¿Por qué no? Te presentaré como mi cita. Podemos jugar al billar,
hablar un rato.
—Él está allí.
—Lo sé.
—¿Y si...? —Me detengo al sentir que se me calientan las mejillas—.
¿Lo sabes?
—Entonces yo me encargo.
—¿Así de fácil?
—Se supone que eres mi chica, ¿verdad?
Asiento.
—Pero no realmente.
—Lo sé —vuelve a decir, pacientemente—. Pero tiene que creérselo,
y si saliera contigo de verdad, te defendería cada vez que alguien te mirara
mal.
El calor me invade.
—Eres un encanto, James Callahan.
Dejo que me lleve al bar.
12
James
En cuanto volvemos a entrar, Bex es acosada por una chica con el
cabello oscuro y rizado y el grito más desgarrador que he oído fuera del
cine. La abraza con fuerza y le da un beso cubierto de carmín en la mejilla.
—¡Creía que tenías trabajo!
—La convencí para que viniera a pasar un rato con su novio —digo
levantando la mano.
Bex se sonroja. Me dan ganas de besarla. En lugar de eso, le aprieto la
mano.
—Bueno...
—De ninguna manera —dice la chica. Sus ojos se iluminan cuando se
da cuenta de que Bex y yo estamos tomados de la mano—. ¿En serio?
—Es... complicado —dice Bex—. ¿Verdad, cariño?
Me encojo de hombros.
—No tan complicado. Me besó, la invité a salir, me dijo que no, luego
lo reconsideró.
Bex pone los ojos en blanco, claramente luchando contra una sonrisa,
ante mi recuerdo de cómo llegamos a este acuerdo.
—Ella es Laura, James. Es mi mejor amiga, así que lo sabe todo sobre
mí, ¿verdad, Laura?
—No lo sabía —dice Laura con un mohín—. No puedo creer que no
mencionaras que cambiaste a un buen novio futbolista.
Pero entiendo la intención de Bex; está a punto de decirle a Laura que
no estamos saliendo de verdad.
—¿Puedo traerles algo de beber? —pregunto—. Si quieres beber,
princesa, siempre puedo llevarte a casa más tarde.
Laura se queda boquiabierta.
—Eres mi nueva persona favorita —dice, mirando al chico que está
de pie junto a su hombro—. ¿Barry? Toma nota, haz lo que haga James.
Bex sacude la cabeza con cariño.
—Supongo que tomaré un ron con coca cola, si no te importa —dice.
—¿Lima?
—Por supuesto.
—Yo también —dice Laura.
—Enseguida. —Me dirijo a la barra, frenado por un par de chicos que
me reconocen y quieren charlar sobre el partido. Cuando miro por encima
del hombro, Bex ha arrastrado a Laura a la esquina más alejada.
Espero seguir cayéndole bien a Laura cuando sepa la verdad. Parece
alguien complicada; Barry tiene las manos atadas.
En la barra pido las bebidas y otra cerveza sin alcohol para mí. Sigo
observándola mientras me apoyo en la barra para esperar. Joder, es guapa.
Si tuviera que fingir que salgo con alguien, la elegiría cien veces. Besarla de
nuevo, por fin, hace que me arda la piel. Hacía siglos que no me ponía así
de duro por un beso, en cuanto me rodeó la cintura con las piernas, tuve que
contenerme para no llevarnos deliberadamente al límite. Sabía a mi cerveza
y a mi bálsamo labial afrutado, y su bonito y curvilíneo cuerpo estaba tan
caliente contra mi pecho, incluso a través de su gruesa sudadera. Va a ser
difícil no llevar esto demasiado lejos.
Pero no tengo otra opción, necesito su ayuda para aprobar. Si esto es
lo que quiere a cambio de eso, lo haré, y lo haré bien. Darryl no sabrá que
lo golpeó, aparte del hecho de que Bex tiene a alguien en su esquina que va
a joder a cualquiera que le haga daño.
El camarero deja las bebidas en el momento exacto en que veo que
Bex se levanta las mangas y le tiende las muñecas a Laura.
Joder. Se estremeció cuando la agarré de la muñeca. No estaba seguro
de si me lo había imaginado.
Prácticamente tiro algo de dinero sobre la barra y recojo las bebidas.
Pero ya no estoy de humor para relajarme sabiendo que Darryl le hizo daño
a Bex. Me abro paso entre la multitud, contento de que mi tamaño me
facilite las cosas. En cuanto llego a las chicas.
—¿Cómo de mal?
Bex levanta la mirada para mirarme.
—No está mal. James...
—Te hizo daño, joder.
—Y no volverá a hacerlo cuando sepa que estamos juntos. Es un
cobarde. Habla mucho, pero...
La corto de nuevo, no puedo evitarlo.
—No volverá a hacerlo porque estoy a punto de partirle el puto rostro.
Menea la cabeza, me toma la mano y aprieta las palmas.
—No puedes.
—Mírame.
—No lo hagas —dice Laura.
Me giro hacia ella.
—No te ofendas, pero no he pedido tu opinión.
Pone las manos en las caderas y me devuelve la mirada, claramente
no intimidada por la energía que irradio.
—Si empiezas algo, te culparán. Podrían suspenderte, y eso es lo de
menos.
Aprieto los dientes.
—Le hizo daño.
—Y esto no sería ayudarla.
—Tiene razón —dice Bex—. No puedes arriesgarte.
Respiro hondo. Ahora que la ola inmediata de emoción está
retrocediendo, me siento un poco más tranquilo.
—Tienes razón.
No puedo creer lo cerca que estuve de volver a ponerme al borde del
abismo. En el momento en que decidí que Bex era mía, aunque solamente
fuera para aparentar, estaba dispuesto a tirarlo todo por la borda por ella.
Esto es exactamente lo que el entrenador Gómez me advirtió. Sara me
demostró que no puedo dejarme arrastrar por completo. Salto al precipicio
sin pensármelo dos veces.
Sus ojos buscan los míos.
—Prométeme que lo dejarás en paz. Actúa como si todo fuera normal.
Dile que no es asunto suyo con quién decida salir. Te prometo que captará
el mensaje.
—¿Estás segura?
—Sí. —Se inclina y me besa la mejilla—. Pero gracias.
No tengo más remedio que creerle.
—De acuerdo. Pero avísame si intenta algo.
Toma su bebida de la mesa y le da un sorbo.
—Sabes, creo que las novias suelen ser presentadas al equipo.
—¿Segura? Están ahí detrás.
Me toma de la mano y me guía entre la multitud.
—Lo sé.
Cuando llegamos al fondo, seguimos tomados de la mano. Seb se
atraganta con su cerveza y Bo me lanza una mirada mordaz. Cooper incluso
se aparta de la chica con la que se está besando para mirarme.
Y Darryl parece a punto de tirarme contra la mesa de billar. Durante
medio segundo, todo el mundo se queda helado, esperando a ver cómo
reacciona. A mi lado, Bex me aprieta la mano con fuerza. Sonríe, pero está
fingiendo. Tiene miedo de lo que pueda hacer Darryl.
Si tengo que lanzarme delante de ella, lo haré.
—Hola, Bo —dice—. Buen partido el de antes.
—Uh, gracias. —Bo me mira mientras añade—: No esperaba verte
aquí.
—Lo sé, ¿verdad? —dice riendo un poco—. Porque ha pasado tanto
tiempo desde que Darryl y yo rompimos.
Darryl deja su cerveza con tanta fuerza que la mesa traquetea.
—Nena, sé a qué juego estás jugando, y tienes que cortar el rollo ya.
—Nada de juegos. He seguido adelante. —Le sonríe—. ¿Verdad?
Trabaja la mandíbula, intentando forzar una sonrisa que no acaba de
funcionar.
—Cuidado —me dice—. Te dejará tirado, es una...
—¿Una qué? —Digo agradablemente—. No te he escuchado.
Darryl piensa en decirlo, de verdad. Puedo ver los engranajes
funcionando en su pequeño cerebro, preguntándose si la satisfacción de
llamar a Bex una palabra desagradable valdrá la pena el dolor de mi
amenaza. Me mantengo firme, consciente de las miradas de nuestros
compañeros. Por el rabillo del ojo, veo a Seb deslizarse hacia Cooper. Los
dos están listos para entrar en acción y defenderme si esto se convierte en
una pelea.
—Vamos —murmura finalmente Darryl a un par de sus compañeros.
Uno de ellos, un safety8 con el que aún no he interactuado mucho, me
mira con desprecio mientras se marcha.
—Cuidado, Callahan. Puede que el entrenador Gómez se haya
desvivido por traerte aquí, pero no eres intocable.
—Aw —digo—. ¿Es ese tu inútil intento de hablar mierda? No me
extraña que Notre Dame te haya pasado por encima hoy.
Se burla, pero ante la mirada de Darryl, se va en vez de tomar
represalias.
La tensión se me escapa una vez que se han ido. La mano de Bex
también se afloja en la mía, ni siquiera me había dado cuenta de lo fuerte
que la tenía hasta que la sangre vuelve a fluir.
—Lo siento —me dice—. No pretendía hacer las cosas aún más
incómodas.
—Está bien.
—¿Lo está? —Está susurrando ahora, mirando por encima del
hombro a todos los que se quedaron—. No puedo joder al equipo por ti.
—Ya le dije que, si le faltaba el respeto a una mujer, tú incluida,
dejaría de tirarle pases. Ya lo saben. —La conduzco hasta la mesa que
Darryl acaba de dejar y me siento. Tarda un momento, pero decide posarse
en mi regazo. La sujeto con una mano en la rodilla, luchando contra la
sonrisa que amenaza con invadirme el rostro. Tengo la sensación de que
estar cerca de Bex significa estar siempre sorprendido.
—¿Cuándo?
—Antes incluso de saber quién eras. Hablaba mal de ti en aquella
fiesta.
Sus ojos se abren de par en par.
—¿Antes de que te besara?
Coop y Seb se acomodan en las otras dos sillas de la mesa. Les enarco
una ceja, pero se limitan a compartir una mirada sombría.
—Hermano —dice Seb—. ¿Qué carajo está pasando?
13
James
Cuando entro en clase, con quince minutos de antelación, muchas
gracias, señor profesor, veo enseguida que he llegado antes que Bex. Punto.
Hasta ahora, en todas las clases ha llegado antes, con el portátil abierto y
escribiendo en su agenda con uno de sus bonitos bolígrafos de gel. Pero
hoy, tengo un momento a solas en nuestra mesa antes de enfrentarme a ella.
Fingir que salgo con ella ha hecho que esta clase sea más fácil y más
difícil a la vez. Por un lado, es más fácil, ya que ella cumple su parte del
trato con la tutoría. Pero, por otro lado, es mucho más difícil, ya que me
siento atraído por ella como una vela por una caja de cerillas, al parecer, y
sentarme a su lado durante más de una hora mientras se espera que preste
atención a algo aburrido como la redacción de un ensayo es un castigo cruel
e inusual. He renunciado a luchar contra la atracción que siento por ella. La
atracción está bien, es segura. ¿Y qué si reconozco que es preciosa y que
nada me gustaría más que acostarme con ella? Son los sentimientos lo que
tengo que vigilar. Eso es lo que me metió en problemas con Sara.
Dejo los dos cafés sobre la mesa y me quito la mochila del hombro.
He ido varias veces a The Purple Kettle, sobre todo para charlar un rato con
Bex, y me he dado cuenta de que le gusta el café helado con dos cucharadas
de sirope de caramelo, así que lo he pedido junto con un café helado solo
para mí. Por impulso, también le compré una magdalena de calabaza. Algo
me dice que es el tipo de chica que se entusiasma con todos los productos
relacionados con la calabaza que aparecen durante el otoño.
La clase empieza a llenarse. Un grupo de chicas me mira fijamente,
pero siempre lo hacen, así que las ignoro. Han estado mirando fijamente a
Bex, supongo que la noticia de nuestra “relación” está circulando, pero a
ella no parece importarle. Quizá si esto fuera real, querría que fuera más
posesiva, pero tal como están las cosas, me siento aliviado. En todo caso,
me preocupa más que esto se convierta en algo para lo que no estoy
preparado emocionalmente.
Entra cuando faltan un par de minutos y está hablando por teléfono
con alguien. Tiene la boca tensa mientras susurra al teléfono. Le lanza una
mirada de disculpa a nuestro profesor mientras pasa junto a él hacia su
asiento.
—Sí —dice—. Dile que ya encontraré la forma de pagarlo más tarde.
Moveré algo de dinero.
Sus ojos se abren adorablemente cuando se da cuenta de la sorpresa
que he dejado en su lado de la mesa. Gracias, dice mientras se sienta.
Disimulo la sonrisa mientras bebo un sorbo de café.
—Lo tengo. Sí. Gracias. —Mete el teléfono en el bolso y bebe un
sorbo de café.
—¿Conoces mi pedido de café?
Me encojo de hombros.
—Acabo de darme cuenta de ello.
Se inclina y me da un beso en la mejilla.
—Gracias. Aún no he desayunado, así que esto es perfecto.
—¿Todo bien?
Se queja mientras saca su portátil.
—Es solo el restaurante. Ha pasado algo con un electrodoméstico y
tengo que mover dinero para pagar la pieza que necesita el reparador.
—Eso apesta.
Parte un poco de la magdalena y me la ofrece, pero sacudo la cabeza
con pesar.
—No, gracias. Por desgracia, las magdalenas de calabaza no encajan
en la dieta del fútbol.
—Eso es trágico —dice alrededor de un bocado de magdalena—. Es
peor que un refrigerador roto.
Quiero replicar, pero el profesor empieza la clase, así que abro un
documento en blanco para tomar notas y doy otro sorbo a mi café. No es la
primera vez que me pregunto por qué es Bex la que se encarga de todos los
problemas del negocio de su madre cuando se supone que debería estar en
la universidad. No quiero decir que no sea capaz, porque claramente lo es,
pero ¿por qué tiene que hacerlo? ¿No es su madre la dueña? No parece que
su padre esté involucrado, pero buena suerte hablando con ella de eso. Hace
unos días le pregunté por su familia mientras estábamos en la biblioteca del
campus para una sesión de tutoría, y se cerró de una manera que odié ver.
Intento teclear algunos apuntes mientras el profesor no para de hablar
cuando Bex me da un codazo en el brazo. La miro y me señala su cuaderno,
donde ha escrito algo con tinta azul brillante.
Deberíamos planear esa cita.
Íbamos a aparecer juntos en una fiesta el fin de semana pasado, pero a
Bex le surgió un imprevisto en una de sus clases y no pudo ser. Pero tiene
razón, deberíamos tener una cita en condiciones. Aunque hemos quedado
para dar clases en lugares públicos para que la gente nos vea, no es lo
mismo que salir como lo haría una pareja.
¿Bolos? respondo.
Ella hace una mueca y responde: Ni hablar.
¿Juegos recreativos? ¿Mini golf?
—¿Todas tus sugerencias son tan infantiles? —susurra.
—Oye, que no te oiga decir eso mi hermana. Es la reina del minigolf
—respondo en voz baja, sin apartar la vista del frente—. ¿En qué estabas
pensando?
—¿En antigüedades?
—Claro que no.
—¿Librería?
—Tal vez.
Resopla.
—Bien. Los juegos recreativos no son mala idea, hay uno justo en el
pueblo.
—¿En serio? —No puedo evitar la nota de esperanza en mi voz.
—¿Estás libre esta noche?
El balón de baloncesto que tengo en las manos es muy diferente de las
curvas de un balón de fútbol, pero cuando lo encesto, cae en la red sin
golpear el aro. Sonrío, chocando la cadera contra el costado de Bex.
—Y así es como lo hace un maestro.
Pone los ojos en blanco mientras toma un balón de baloncesto.
Llevamos media hora dando vueltas por la sala de juegos recreativos,
probando los distintos juegos. Entre semana no hay demasiada gente, como
yo prefiero. Según Bex, esta sala recreativa, Galactic Games, es un destino
popular tanto para adolescentes como para universitarios, así que a veces
puede resultar agobiante. De momento, me ha ganado en Pac-Man, lo que
me ha resultado sorprendentemente satisfactorio, es un poco presumida
cuando le va bien en un juego, algo que me recuerda a mi hermana, y yo me
he impuesto en nuestra partida de hockey de mesa. Los aros no son mis
favoritos, pero a ella parece gustarle, así que dejé que me arrastrara. Es
divertido verla así de relajada. Cuando llegamos, le compré un granizado de
frambuesa azul, y le he estado dando sorbos, aunque a mi nutricionista no le
hace ninguna gracia. No había tomado uno desde un fin de semana
memorable en una feria estatal con mis hermanos y mi hermana hace un par
de años, y el sabor me recuerda al sol y a las risas de mis hermanos.
Bebo otro sorbo mientras ella se prepara. Con las caderas levantadas,
su culo sobresale adorablemente, y los pantalones oscuros que lleva le dan
un aspecto aún más fantástico. Quiero acariciar esa curva, meterle la mano
en el bolsillo trasero, pero eso seguro que haría que me pisara el pie. Los
novios de verdad se salen con la suya, y yo no soy así. Tengo que
recordarlo, por mucho que me divierta.
Su tiro va directo a la red. Rebota sobre las puntas de los pies, con
una sonrisa amplia y contagiosa. Le choco los cinco con la palma de la
mano.
—Buena chica. ¿Quieres hacer una carrera de velocidad?
—Voy a limpiar el suelo contigo cuando acabemos —dice, con un
brillo en los ojos que me hace saber que habla en serio. Me encanta. No me
esperaba esta faceta suya, pero como deportista en una familia de
deportistas, el espíritu competitivo es muy sexy. Cualquiera que me mire
ahora probablemente vea el deseo en la forma en que la miro, y me importa
un bledo.
Es bueno para la imagen que estamos tratando de promover, ¿verdad?
Pone el cronómetro en un minuto y, en cuanto empieza la cuenta
atrás, nos ponemos en marcha. Yo tomo los balones de baloncesto y las
meto en la canasta lo más rápido que puedo, pero ella es casi igual de
rápida, mordiéndose el labio en señal de concentración. Cuando suena el
timbre, le he ganado por solamente cinco puntos, mucho menos de lo que
esperaba.
—Buen intento, princesa.
Arruga la nariz mientras bebe un sorbo del granizado.
—Vamos otra vez.
Le robo el granizado.
—¿Sabes cuántos pases completos he hecho hoy solo durante el
entrenamiento?
Esta vez, va por los mismos balones de baloncesto que yo, chocando
conmigo e intentando estropear mi postura. Menuda saboteadora. Le gano,
pero solamente por dos puntos, y al final los dos nos reímos. Se inclina
hacia mí y yo la rodeo automáticamente con el brazo, apretándole la cadera.
—Apostemos esta vez —dice—. Si yo gano, tú canjeas tus boletos y
me regalas uno de esos peluches.
Le rozo la cadera, resistiendo el impulso de meterle la mano por
debajo de la camiseta.
—¿Y si gano yo?
Finge pensar y se golpea la barbilla con el dedo.
—Te daré un beso.
Eso despierta mi interés. Hemos sido cariñosos el uno con el otro
cuando estamos en público, pero no nos hemos besado de verdad desde que
estuvimos afuera de Red's, y he estado pensando en hacerlo de nuevo una
cantidad injusta. Puede que la relación sea falsa, pero los besos seguro que
no. Sé cuánto la afecto.
—Trato hecho, princesa.
Quince minutos después, está abrazada a un oso de peluche y yo sigo
enfurruñado.
Se ríe al ver mi expresión.
—Aw, cariño. Parece que necesitas que te animen.
—Un beso ayudaría.
Se levanta y me besa en la mejilla.
—¿Mejor?
La sujeto antes de que pueda apartarse, aplastando el pobre peluche
entre los dos. Le puso nombre en cuanto se lo puse en los brazos, Albert.
No tengo ni idea de por qué, pero casi vale la pena perder por verla sonreír.
Casi.
La beso como es debido, pasándole la lengua por la comisura de los
labios. Jadea, abre la boca y deja que nuestras lenguas se junten. Cuando
me separo, el corazón me late con fuerza y, si su sonrojo sirve de indicio,
ella siente lo mismo.
Le guiño un ojo.
—Ahora estoy mejor.
14
Bex
Me ajusto la coleta mientras espero a que James abra la puerta de su
casa. Antes de él, nunca había trabajado como tutora, pero estoy bastante
segura de que el trabajo no suele implicar reservas para cenar después. Pero
aquí estoy, con el portátil y el cuaderno de notas en mi bolso junto a un
vestido y un cambio de zapatos.
Mi vida es tan rara ahora.
Resulta que incluso cuando tienes citas falsas, hay muchos mensajes
de texto y salidas. En las últimas dos semanas, James me ha enviado fotos
de sí mismo en la práctica, ha hecho FaceTime mientras sus hermanos
luchaban en Super Smash Bros, y me envió un mensaje de texto con una
cantidad injusta de videos de animales lindos. A esto último lo llama
“golpes de felicidad”, que es más adorable de lo que tiene derecho a ser. La
semana pasada fuimos juntos a una sala de juegos recreativos, donde le
gané por goleada en Pac-Man, y se ha acostumbrado a aparecer por The
Purple Kettle cuando estoy trabajando para saludarme y comprarme un
café.
¿Y sinceramente? Por mucho que me asuste, me encanta.
La primera vez que me envió un mensaje, supuse que era para
hacerme una pregunta sobre nuestro último trabajo escrito para clase. Y en
parte era eso, pero no antes de que me preguntara cómo estaba. Había
estado en la cafetería, así que le conté todo sobre el último drama de un
proveedor que había fracasado, y él me contó cómo le había ido en los
entrenamientos.
Fue casi suficiente para sentirlo real, por eso lo cerré. Ahora
conversamos un rato antes de que me pregunte algo relacionado con la
clase.
La puerta se abre, pero no es James quien me saluda. Cooper me
sonríe.
—Hola, Bex. James está arriba.
Lo miro.
—¿Por qué estás sin camiseta?
Cierra la puerta cuando entro.
—¿Por qué no?
No hace mucho que conozco a los hermanos de James, pero diez
minutos en presencia de Cooper han bastado para darme cuenta de que es
un presuntuoso y sabe que tiene el aspecto para respaldarlo. Tiene una
complexión similar a la de su hermano, cortada a la perfección como si
cada uno de sus abdominales estuviera hecho de diamantes. Esta noche
solamente lleva un pantalón de chándal y el cabello húmedo, como si
acabara de salir de la ducha. Objetivamente hablando, es guapísimo. Pero
su cabello no cae sobre su frente como el de James. Sus ojos no son tan
azules. Su barba es atractiva, pero prefiero la mandíbula afeitada y afilada
de James. ¿El rastro de felicidad es similar o...?
Cuando me doy cuenta de que lo estoy mirando fijamente, fuerzo la
mirada hacia el suelo. Estoy aquí para ayudar a James, no para contemplar a
su hermano y fantasear con sus pectorales.
—Ahora que has terminado de mirarme —dice Cooper alegremente
—, quiero darte las gracias. James nos dijo que en su última tarea no le fue
tan mal. ¿Qué fue, una C-?
—Yo saqué un C+, idiota —James baja las escaleras a nuestra
izquierda. Cuando llega a mi lado, me abraza de lado y me besa en la sien.
Sus hermanos saben que en realidad no estamos juntos, así que no hay
necesidad de fingir, pero si hay una palabra que James Callahan no tiene en
su vocabulario, es “a medias”. Me da un apretón en la cintura.
—Coop, estaremos en la cocina. ¿Vas a salir?
Cooper gime.
—Ojalá, pero tengo que terminar de leer Crime and Punishment.
James se inclina para susurrarme al oído:
—¿De verdad se llama así?
—Sí —le susurro, sintiendo que se me pone la piel de gallina cuando
su aliento roza mi piel—. Espera, por favor, dime que lo sabías.
Su risa es adorable.
—Es divertido burlarse de ti.
Nos sentamos en la gran mesa de comedor de la cocina. Es el lugar
más seguro para estudiar; si estamos en su habitación, temo hacer alguna
estupidez, como pedirle un beso cuando no hay nadie. Aunque estemos
solos, es una zona común. Saco mis cosas y me acomodo en una silla,
esperando a que James haga lo mismo.
Primero rebusca en la nevera.
—¿Quieres beber algo?
—Tengo mi botella de agua. —Levanto la maltrecha botella
reutilizable. Está llena de pegatinas, un placer culpable para mí. No tengo
mucho dinero para gastar en compras impulsivas, pero cuando las hago, me
compro pegatinas o bonitos pendientes.
Esta noche, sin embargo, llevo la única buena joya que tengo: un par
de pequeños pendientes de oro que pertenecieron a la madre de mi madre.
Y el vestido que llevo en el bolso me lo ha prestado Laura. James me ha
dicho que vamos a ir a un sitio elegante, cosa que le he dicho que no era
necesario para una cita falsa, pero él ha insistido.
Se sirve un vaso de té helado y se sienta frente a mí.
—He terminado mi borrador.
—¿Sí? ¿Puedo verlo?
—Probé escribirlo a mano, como me sugeriste, y creo que funcionó.
Lo terminé más rápido que cuando intentaba escribirlo en el portátil y no
paraba de borrar cosas.
Hojea su cuaderno y me lo pasa por la mesa. Sus dedos rozan los
míos accidentalmente, y eso me hace morderme el interior de la mejilla.
Concéntrate. Tengo que centrarme en ayudarlo, en cumplir mi parte del
trato. Aparte de algunos mensajes molestos, Darryl me ha dejado en paz,
como sabía que haría si pensaba que estoy fuera del mercado. Eso me ha
permitido concentrarme en la universidad y el trabajo.
Estamos trabajando para incorporar la investigación a nuestros
escritos. Como estudiante de negocios, lo hago constantemente, pero es una
habilidad que lleva tiempo desarrollar y no culpo a James por necesitar
práctica. Repaso su trabajo con el bolígrafo en la mano mientras él espera.
—Tienes una letra muy desordenada.
Se encoge de hombros.
—Al final solo tendré que saber escribir una cosa.
—¿Qué cosa?
—Mi autógrafo.
Sonrío mientras sacudo la cabeza.
—¿Mucho ego?
—Ego no. Manifestación. —Da un sorbo a su bebida y me mira con
las cejas arqueadas cuando le doy una patada por debajo de la mesa.
—No te habría tomado por ese tipo.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí —dice—. Todavía, por
supuesto. Eres mi falsa novia, al final tendrás que saberlo todo.
Dejo el cuaderno y le dirijo mi mirada más severa. Funciona siempre
que tengo que ser firme con un cliente.
—¿Vamos a estudiar o no?
Levanta las manos.
—Tienes razón. Dejaré la charla para la cita.
—Gracias. —Sus palabras calan después de medio segundo—. La cita
no. La cena.
—Nadie va a cenar a Vesuvio’s. Es un lugar de citas.
—¿Ahí es a dónde vamos? —Gracias a Dios que empaqué mis
buenos tacones. Ese restaurante es lo más lujoso que ofrece una pequeña
ciudad universitaria como Moorbridge. Estoy sorprendida de que lo haya
aceptado, y bien, un poco halagada. Nadie pensará que estamos fingiendo si
me lleva allí. Está tan claro que es un lugar de citas que, durante un par de
meses el año pasado, hubo una cuenta de Instagram gestionada por alguien
de McKee que aceptaba envíos de fotos de todas las parejas que se dejaban
ver por allí.
—Como si fuera a llevar a mi novia a comer pasta en mal estado.
—Falsa novia.
Sonríe.
—¿No es eso lo que acabo de decir?
Tomo el cuaderno y entierro la nariz en él. Aunque su letra está
desordenada, puedo leerlo, y bailo un poco feliz en mi asiento cuando veo
que ha hecho las transiciones. Ese fue el problema de la última tarea, y no
tuvimos tiempo de revisarla debido a su horario, así que acabó siendo un
C+ en lugar de la B que debería haber obtenido.
Cuando termino, apunto algunos comentarios de revisión para él y me
pongo a trabajar en mi propia tarea mientras él la edita. Pasa al portátil para
empezar a escribirlo y, más de una vez, tengo que recordarme a mí misma
que no puedo quedarme mirando sus dedos largos y precisos mientras se
mueven por el teclado. Es sorprendentemente elegante, como en todo lo
demás: debe de ser el deportista que lleva dentro. No puedo evitar sentirme
atraída por su naturalidad.
Me muerdo el interior de la mejilla mientras miro mi propio portátil.
Sabía que sería difícil acercarme a él. No funciono con lógica cuando hay
atracción de por medio, por eso es mejor no involucrarse en absoluto. Pero
me va a llevar al sitio más elegante de la ciudad y sé que va a querer
besarme en la mesa por si algún entrometido está mirando.
Necesito establecer mejores reglas básicas. Un beso en la mejilla, no
un beso como el que me dio fuera de Red's o en Galactic Games. Esto no es
real, y no es como si realmente quisiera una relación. O que yo quiera una
relación. No quiero nada en absoluto, excepto escapar de este semestre,
todo este año, en realidad, ilesa y tan preparada como pueda para el futuro.
—¿Bex?
—¿Hmm? —Levanto la vista como si no hubiera estado mirando la
forma en que sus dedos parecían tamborilear sobre la mesa mientras
pensaba qué escribir a continuación.
—Estás pensando tan alto que puedo oírlo desde aquí.
Se me calientan las mejillas.
—Lo siento.
—¿Pasa algo?
Lo miro. Lo cual no ayuda en absoluto. Me mira con auténtica
preocupación en sus ojos azules y, por un horrible segundo, me imagino
inclinándome sobre la mesa, apartando nuestro trabajo y besándolo.
Besa tan bien que es criminal.
—No. —Trago saliva y me acomodo el cabello detrás de la oreja—.
¿Cómo van las revisiones?
—Bien, creo. —Frunce el ceño y vuelve a mirar la pantalla—.
¿Puedes ver esta cita? Creo que lo he hecho bien, pero no estoy seguro.
Me levanto y camino alrededor de la mesa para mirar por encima de
su hombro. Se pone un poco rígido cuando me acerco. Demasiado cerca,
probablemente. En cierto modo, agradezco que me recuerde que no me
quiere de verdad. Puede que sea engreído y un poco coqueto, pero así es
como interpreta el papel de novio. Y aunque no le gusten las relaciones, sí
que le gustan las conquistas, como a todos los chicos populares. La forma
en que me besó es la forma en que estoy segura que besa a todas las chicas.
La citación me parece buena, así que se lo digo y me doy la vuelta
para volver corriendo a la seguridad del otro lado de la mesa, pero él me
detiene tomando suavemente mi mano. Trago saliva de nuevo, intentando
ignorar el estúpido revoloteo de mi estómago.
Este trato es cada vez más ridículo.
—Tengo hambre —dice, levantando la vista hacia mí—. ¿Quieres
prepararte?
—¿Y la reserva?
—Puedo hacer que entremos antes.
—¿Así de fácil? Eres tan popular.
Se encoge de hombros.
—Mi familia conoce al dueño, así que sí. Así de fácil.
Nunca podríamos encajar por muchas razones, pero una de ellas es
que James y su familia están en una estratosfera totalmente diferente. Mi
madre y yo vivimos en un apartamento de mierda con una secadora
estropeada. Él probablemente tuvo niñeras y todo lo que quiso mientras
crecía; después de todo, su padre sigue siendo uno de los deportistas más
famosos del país. Durante la temporada de fútbol americano, todo el mundo
puede verlo en la televisión, porque hace los comentarios de los partidos.
Me fuerzo a sonreír.
—Me parece estupendo. ¿Puedo cambiarme en tu baño?
15
James
Esta chica me va a matar.
He estado con un par de chicas desde Sara, pero ninguna me ha hecho
sentir ni la mitad de lo que sentí con ella. Ni siquiera me he acostado con
Bex, no es que lo vaya a hacer, y la forma en que mi cuerpo responde a ella
se siente igual que con Sara. Como un maldito incendio forestal,
amenazando con quemarme vivo si me acerco demasiado.
Sara me quemó. No puedo dejar que pase lo mismo con Bex. ¿Pero
qué carajo se supone que tengo que hacer cuando su cabello rozando mi
hombro hace que mi polla se ponga dura? Menos mal que volvió a la mesa,
porque estuve a punto de meterla en mi regazo. Nos vamos a cenar
temprano para no hacer una estupidez como esa mientras estamos solos. El
restaurante tendrá testigos. Me recordará que todo esto es una actuación.
Lo que lo hace peor es el hecho de que sé que le gusto. Puedo verlo
en la forma en que me mira, la forma en que su respiración se entrecorta
cuando me acerco demasiado. Sé que ella tampoco quiere complicar las
cosas, y lo agradezco, porque si estuviera un poco más dispuesta, podría
tirar todo por la borda. Quiero que me toque más. Más de sus suaves ruidos.
Más de ella, oliendo a vainilla, con la piel de terciopelo.
Igual que con Sara.
Ese pensamiento me aprieta la mandíbula mientras termino de
abrocharme la camisa. Bex se ha apoderado de mi cuarto de baño, así que
estoy en la habitación preparándome para la cena. Durante medio segundo
después de que ella cerrara la puerta, me sentí como en casa, como si de
verdad fuéramos una pareja y esto fuera algo que hacemos todas las
semanas, pero afortunadamente esa sensación ha pasado.
Ahora los gemelos. Recojo el juego de “C” de acero, regalo de mi
padre, y los sujeto con alfileres. Sara era un abismo. Cada llamada llorosa,
cada pelea dramática, cada polvo desesperado me arrastraban más adentro,
hasta que eran tareas perdidas, clases perdidas, entrenamientos perdidos.
¿Cómo iba a ir a entrenar cuando mi novia me suplicaba que no lo hiciera,
que si iba podría cometer una locura? Perdí mi vida por ella.
Bex no es Sara. Eso lo sé. Pero si me permito acercarme demasiado,
haré cualquier cosa por ella. No importa lo ridículo, extravagante o dañino
que sea.
La puerta del baño se abre. Bex sale lentamente, con la mano sobre
los ojos.
—¿Estás decente?
Me río.
—Averígualo.
Me mira de arriba a abajo.
—Bien, me alegro de haber traído este vestido.
El vestido en cuestión es un precioso color lila con un corpiño
entallado que deja ver sus curvas y una falda con vuelo que se balancea al
acercarse. Lleva unos tacones negros que hacen que sus piernas parezcan
aún más largas. Sus pendientes son los mismos, pequeñas estrellas doradas
que brillan mientras se pasa un cepillo por el cabello.
—Estás muy hermosa.
Sonríe.
—Gracias. Y mira, ya no soy tan bajita. —Da una vuelta que hace que
la falda se eleve unos centímetros.
Trago saliva, concentrándome en un punto de la pared para no pensar
en algo indecente, como meter la mano por esa bonita tela para ver qué tipo
de bragas lleva.
—¿Me ayudarías con la parte de atrás?
—¿Hmm?
—La cremallera trasera. —Se gira para que pueda ver que el vestido
solamente tiene una cremallera parcial. Lleva un brasier morado con una
especie de encaje en los tirantes. Quizá las bragas hagan juego. Está claro
que es su atuendo de cita elegante. ¿Lo usó en el mismo restaurante al que
vamos cuando salió con Darryl? De alguna manera, dudo que él lo
comprara. Pero podría haber llevado este conjunto tan sexy en algún
momento y habérselo quitado pieza a pieza después de volver a casa.
Bex me devuelve la mirada.
—Um, ¿James?
—Lo siento. —Me aclaro la garganta mientras subo la cremallera del
vestido, intentando tocar lo menos posible su piel. Tiene una adorable
marca de nacimiento en la espalda, justo entre los omóplatos. Podría
besarla, y luego besarla más abajo, y quitarle todo el vestido.
Pero no lo hago. En lugar de eso, dejo que se gire. Me sonríe.
—Tú también estás muy guapo. Es bueno saber que puedes arreglarte
bien.
—Es un requisito para nosotros los Callahan. No querrás adivinar en
cuántos actos benéficos he estado.
Mete el cepillo en el bolso y saca un pequeño bolso de mano.
—Lo sé.
—¿Ah, sí? —digo mientras cierro la puerta.
Me mira mientras baja las escaleras.
—Puede que tenga...
—Oh —digo mientras hace clic. Le grito a Cooper que estamos a
punto de irnos, y me dirijo a mi auto—. ¿Me has buscado en Google?
—Más específicamente, busqué en Google a tu padre. A tu familia.
Pero apareciste tú. —Se abrocha el cinturón en el asiento del copiloto y se
muerde el labio mientras me mira—. ¿Es eso un problema? Lo siento.
—No es que estuvieras fisgoneando. Está ahí, en Internet. —Sin
embargo, me resulta extraño. No tengo grandes secretos, la verdadera razón
detrás del problema del otoño pasado, pero saber que ella hizo una
investigación sobre mí, como si yo fuera una noticia, me golpea mal, y no
estoy seguro de por qué.
—Sí. —Se alisa la falda—. La Fundación de la Familia Callahan,
¿verdad?
—El orgullo de mis padres. Se lo toman muy en serio.
En un semáforo en rojo, la miro. Hay algo en su expresión que me
inquieta. Me he esforzado mucho para que se sienta cómoda, le he enviado
mensajes, he hablado con ella, he llegado a conocerla. Que no podamos
salir de verdad no significa que no podamos ser amigos. Me gusta y
agradezco que saque tiempo de su ajetreada vida para ayudarme con esta
clase. De repente, siento como si todo lo que habíamos avanzado hubiera
desaparecido y ahora ni siquiera fuéramos amigos.
En el restaurante, me inclino y hablo en voz baja con el encargado,
que está más que encantado de prepararnos una mesa una hora antes. Nos
lleva a la parte de atrás, donde hay una pequeña mesa circular metida en un
hueco.
Bex se sienta antes de que pueda acercarle la silla.
—No mentías, realmente conoces al dueño.
—También tiene un negocio de catering; hemos recurrido a él para un
montón de eventos.
Asiente mientras desenrolla la servilleta y la coloca con cuidado sobre
su regazo. Yo hago lo mismo, odiando la incomodidad. Ella toma un sorbo
de agua, mirando al techo como si fuera fascinante.
—¿Pasa algo?
Me mira.
—No.
—Algo va mal.
—Estoy bien. De verdad. —Abre su menú. Pero algo claramente no
está bien porque su mandíbula está toda tensa.
—¿Es mi familia?
No me mira.
—Bex —digo—, dime qué pasa.
Se muerde el labio, mientras repasa la tipografía del menú.
—Es raro, ¿bien? El recordatorio —dice—. Tu familia es famosa y tú
también lo vas a ser.
—¿Y eso es un problema?
—Yo solamente soy una persona cualquiera que resulta que está
cenando contigo.
—No eres una persona cualquiera.
Por fin me mira. Exhalo al ver sus bonitos ojos marrones.
—Pero lo soy. No estoy realmente contigo, y no estoy diciendo que
debería estarlo, o que... quiero eso, pero simplemente no somos el mismo
tipo de persona. —Deja el menú y señala el restaurante—. No soy el tipo de
persona que va a lugares como este.
—No veo la diferencia.
—Claro que no, tú lo tienes todo. —Alarga la mano para tocarme la
muñeca y me gira el brazo para mostrarme los gemelos—. Y vas a seguir
teniéndolo todo. No digo que no lo merezcas, porque lo mereces. Tienes
talento para lo que te gusta. Pero esa nunca voy a ser yo, y acabo de
recordarlo.
Retrocede, pero yo le tomo suavemente la mano, trazando sobre las
líneas de su palma.
—¿Qué es lo que amas?
Niega con la cabeza.
—Los falsos novios no llegan a saberlo.
—Entonces hay algo.
—La fotografía —dice, dirigiendo su mirada hacia la mía—. Soy
fotógrafa. Si pudiera hacer otra cosa, sería eso.
—Pero...
—Pero no puedo, ¿bien? —me interrumpe—. No lo hagas. Ya
conozco mi futuro.
—¿Cuál es?
—El restaurante.
—Podrías venderlo. Te estás especializando en negocios. Puedes
hacer lo que quieras.
Se ríe brevemente.
—¿Te he pedido un consejo?
Dejo caer su mano.
—No.
—Vamos a cenar, ¿bien?
En su voz hay una nota de cansancio que odio, pero temo que si sigo
insistiendo se levante y se vaya, lo que no sería bueno para la imagen que
estamos dando al mundo, así que lo dejo.
De todos modos, es lo mejor. Si somos demasiado vulnerables entre
nosotros, será mucho más difícil despedirnos cuando Bex decida que Darryl
ya no le importa.
Estoy temiendo el momento en que llegue.
16
Bex
Soy una idiota.
James vio que algo iba mal y trató de ayudar, y yo le cerré el paso en
todo momento. Si estuviéramos saliendo, sería una de las candidatas al
premio a la peor novia de la historia. Tal como están las cosas, soy una
amiga de mierda.
¿Es eso lo que somos? ¿Amigos?
Eso no me gusta. ¿Pero cuál es la alternativa? Él no está interesado en
salir, y yo tampoco debería estarlo. Podemos ser amigos mientras fingimos
salir, pero me hago ilusiones si pienso por un segundo que podría ir más
allá. Aunque lo quisiera, y no lo quiero, no funcionaría. Los quarterbacks
ricos con padres del Salón de la Fama no salen con aspirantes a fotógrafas
como yo.
Y aunque lo intentáramos, al final se daría cuenta de que no valgo la
pena y se iría. Igual que... papá.
Su futuro está en otra ciudad. El mío está a media hora de distancia.
No somos iguales, y tengo que dejar de pensar en eso, porque esta
cena se está volviendo cada vez más incómoda y en la mesa más cercana a
la nuestra se acaba de sentar otra pareja de nuestra edad, y la forma en que
la chica nos mira deja claro que sabe quién es James y que le encantaría
escuchar a escondidas. Peor que fingir que tengo novio en primer lugar
sería que Darryl descubriera que he estado mintiendo sobre todo esto de la
“nueva relación”.
—Esto tiene muy buena pinta —le digo a la camarera mientras me
pone los raviolis delante. Es langosta con salsa de crema de tomate, algo
que me encanta pero que casi nunca puedo comer. Me sonríe, pero se
vuelve más coqueta cuando deja el filete de James.
Tengo que acelerar las cosas si quiero que esta cita falsa tenga éxito.
Los ojos en el premio. Pongo una mano posesiva en el brazo de James.
—Tiene una pinta deliciosa, cariño. Asegúrate de dejarme probar un
bocado.
Si está sorprendido, tiene la cortesía de ocultarlo.
—Claro, princesa, pero solo si compartes el tuyo.
Me río mientras miro a la chica de la otra mesa.
—Qué generoso eres.
Su mano se enrosca en mi brazo y me acerca para susurrarme al oído:
—¿Qué carajo está pasando? Hace dos segundos pensaba que ibas a
volver a casa caminando.
Mantengo la sonrisa mientras susurro.
—Esa chica de ahí me está mirando. Estoy haciendo que la cita sea
creíble. Sígueme el juego.
Para mi alivio, se acomoda en su silla.
—Aún no me has contado tu día —dice mientras corta su filete.
Aprovecho la oportunidad y siento que se me revuelve el estómago.
—Ha ido bien. Hice una presentación en mi clase de gestión.
—¿Cómo te fue?
Aparto la mirada de la chica, que realmente necesita buscarse una
vida, y lo miro a él mientras respondo.
—Fantástico. No estaba tan nerviosa; el profesor es muy tranquilo. Lo
cual, teniendo en cuenta la especialidad, es raro. La mayoría de mis
profesores han sido muy intensos.
—Tomé un par de clases de negocios antes de decidir especializarme
en matemáticas —dice—. Eso es definitivamente cierto.
—Por cierto, sigo sin creerme que hagas eso.
—¿Qué?
—Estudiar matemáticas. —Hago una mueca mientras me meto un
trozo de ravioli en la boca.
Él reprime una sonrisa.
—Me gusta.
—Llevo los libros del restaurante y siempre mezclo algo, sin falta.
—¿Cómo, lo haces a mano?
Suspiro.
—Desgraciadamente. Sé que hay programas que lo hacen, pero no
puedo hacer mucho con un negocio con pago en efectivo.
—¿Solamente en efectivo? Vaya.
—Hay muchas cosas que mi madre no cambiará. —Lo que sea que mi
padre estableció antes de irse, uno pensaría que está grabado en piedra en el
techo. Hacer mejoras ha sido un proceso lento y doloroso.
Antes de que pueda llegar demasiado lejos en ese camino, cambio de
tema.
—¿Qué tal el entrenamiento? ¿Contra quién vas a jugar esta semana?
—Estuvo bien. Pero jugamos contra LSU.
—Tu antiguo equipo.
Asiente, una mirada sombría en su rostro.
—Va a ser un partido interesante. Me conocen bien, pero yo también
los conozco bien. —Me da un codazo en el hombro—. Deberías venir el
sábado. ¿Tienes trabajo? Es a mediodía.
Una parte de mí quiere decir que no de inmediato, pero ¿no iría una
novia a los partidos de su novio, sobre todo cuando juega contra su antiguo
equipo? Probablemente sería más raro si yo no estuviera allí.
—Claro, suena bien.
—Genial. —Sonríe ampliamente, transformando su rostro de
simplemente guapo a impresionante. Se me corta la respiración medio
segundo antes de recordar que se supone que no debo dejar que esta
atracción arraigue más—. No dudes en traer a Laura o a quien quieras,
tengo entradas de sobra.
—¿Estarán tus hermanos?
—Cooper no, por desgracia. Tiene un partido en Vermont. Pero Seb
estará allí, y mis padres.
Casi me atraganto con la bebida.
—James.
—¿Qué? Te gustarán. —Se inclina un poco, bajando aún más la voz
—. Incluso las novias falsas pueden conocer a la gente.
—¿Y los amigos? —susurro.
Por alguna razón, eso le hace rozar sus labios contra mi frente.
—Sin duda.
Su beso desata una nube de mariposas en mi vientre. He intentado
ignorarlo, sobre todo cuando ha cruzado la línea, pero es inútil. Algo en mi
cuerpo reacciona al suyo de una forma que no lo hace con nadie más.
Quiero sentir sus labios sobre los míos. Sus manos. Antes, cuando me rozó
la piel al subirme la cremallera del vestido, tuve que apretar las piernas para
aliviar el dolor que me provocaba su contacto.
Si nos guiamos por sus besos, sería increíble en la cama. Si tan solo
fuera capaz de mantenerlo casual, estaría encima de él. Nunca
funcionaríamos como pareja, pero, ¿cómo una aventura?
—Estás mirando —le digo.
Sonríe.
—Cariño, tú miraste primero.
Mierda. Probablemente sea verdad.
Me pone la mano en el muslo. Está debajo de la mesa, así que nadie
puede verlo; no es para el camarero ni para la pareja entrometida. Es
claramente para una persona, yo.
Trago saliva. Su mirada se desplaza hacia mi garganta y más abajo,
antes de volver a posarse en mi rostro. Su mano, que me cubre el muslo con
facilidad, aprieta ligeramente.
—No intentes que esto sea más o menos de lo que puede ser —me
dice.
Asiento.
—No me dejes esta noche, cariño. Quédate.
No debería decir que sí. Debería mantener el límite entre nosotros lo
más hermético posible. Porque esto me asusta. Esto podría llevar fácilmente
a sentimientos más profundos, y yo sería la que volvería a parecer tonta en
el momento en que James encontrara a alguien con quien realmente quisiera
estar o decidiera que ya no necesita nuestro trato.
Antes de él, no me costaba hacer lo más inteligente. ¿Y ahora? Tomo
decisiones que no debería a diestro y siniestro. Como pedirle a alguien por
quien mi cuerpo se estremece que pretenda salir conmigo.
Sin embargo, la racha continúa; asiento. Me inclino. Le doy un beso
persistente en la boca, prometiéndole, y prometiéndome, algo que no tengo
por qué ofrecerle.
Pero en este momento, con la luz de las velas brillando sobre la mesa
y los ojos oceánicos de James clavados en los míos, no me importa.
17
Bex
Nada más entrar en casa, James me echa al hombro. Le grito que no
se preocupe por el vestido, lo que lo hace reír. Cuando me sube sobre su
hombro, noto cada uno de sus músculos. Por eso los deportistas son los
mejores, sus cuerpos están tonificados a la perfección. Me estabiliza
poniéndome la mano en el culo, haciéndome temblar mientras sube las
escaleras.
Espero que a Cooper le guste mucho Crime and Punishment. Sería
una suerte que saliera justo a tiempo para ver a James arrastrándome, al
estilo cavernícola, hasta su guarida. Sabía que estaba preparando algo;
mantuvo su mano en mi muslo durante todo el camino a casa.
Puede que esté un poco emocionada por afectar tanto a alguien. Esto
me va a estallar en el rostro, pero estoy resignada y decidida a divertirme
primero.
—Estás siendo salvaje, ¿sabes?
Se ríe.
—No finjas que no te gusta.
—No sabes lo que me gusta. —Puntualizo eso pellizcándole la
espalda. Pensaría que no le molesta en absoluto, si no fuera por la forma en
que me aprieta el culo—. Solo estamos saliendo de mentira, ¿recuerdas?
—Vívidamente. —Prácticamente abre la puerta de una patada. Mi
bolso está en el mismo sitio que cuando fuimos a cenar. Esperaba
cambiarme de vestido, guardarlo y ver un par de episodios de New Girl
antes de quedarme dormida. Esto es... diferente.
Podría detener todo ahora mismo. Decirle que no podemos.
Pero no lo hago. En lugar de eso, dejo que me tumbe en el borde de la
cama, una contraposición sorprendentemente suave a toda la situación de
cómo me transportó hasta acá. Se quita la chaqueta, la deja sobre el
respaldo de la silla y, para mi sorpresa, se arrodilla ante mí.
Mis manos tocan sus hombros y se deslizan por la tela de su camisa.
—¿James?
Me baja la mano por la pierna hasta el tobillo y me desabrocha la
correa del tacón. Gimo un poco cuando me quita el tacón; me han estado
lastimando los dedos toda la noche. Hace lo mismo con el otro tacón y los
aparta con cuidado.
—Y así de fácil, vuelves a tener una estatura divertida.
Le doy un ligero golpe en el hombro.
—Grosero.
—¿Y si te dijera que te prefiero así?
—¿Lo prefieres?
Me da un beso en el interior del muslo, justo en el dobladillo del
vestido.
—Ya deberías saber que no me gusta mentir.
No puedo evitar que una sonrisa se dibuje en mis labios.
Mantiene la boca justo donde está, hablando contra mi piel.
—Podemos hacerlo. Está claro que nos atraemos.
—Una vez para sacarlo de nuestro sistema, y luego podemos ser
amigos.
Me mira.
—Exacto.
Ya me duele el cuerpo por él. En la posición en la que estamos, podría
deslizar su cabeza por mi vestido y probarme.
Si lo hiciera, no lo apartaría. Ahora no. Me niego a pensar en el
futuro. Lo que dije antes iba en serio, no somos iguales, pero a la atracción
eso no le importa.
Mi cuerpo quiere el suyo, simple y llanamente. Solamente he
intentado tener sexo un par de veces desde Darryl y nunca fue bueno, pero
tengo la sensación de que James no me decepcionará. Después de todo,
tiene mucho talento con su cuerpo en otros sentidos.
Me atrae con un beso que hace que mi corazón dé un salto mortal.
—¿Estás segura?
—Sí —susurro contra sus labios—. Siempre que tú lo estés.
Me baja lentamente la cremallera de la espalda. Cae y me rodea la
cintura, mostrando mi brasier de encaje. El calor de su mirada casi me
quema mientras me mira. Sin decir una palabra, me levanta, me quita el
vestido con cuidado y va a dejarlo sobre la silla como si fuera su chaqueta.
Me paso la lengua por el labio inferior mientras se desnuda. Joder,
tiene un pecho increíble. Cada músculo está perfectamente definido y
muestra su potencia con facilidad. Tiene un tatuaje sobre el corazón, una
especie de remolino diseñado con gruesas líneas negras. Mis ojos se centran
en el rastro de vello oscuro que baja hasta su entrepierna, donde ya está
medio empalmado, con la polla tensándose contra la tela de sus bóxers
negros.
Sé que lo estoy mirando, pero, por supuesto, eso solo lo hace soltar
una carcajada.
—¿Te gusta lo que ves, princesa?
—Ven aquí. Empiezo a desabrocharme el brasier, pero él lo hace por
mí, tirándolo todo al suelo. Jadeo cuando toma uno de mis pechos con cada
mano y los toca suavemente. Luego se inclina para lamerme los pezones, y
mis circuitos mentales se cortan. Gimo cuando me pellizca uno y me chupa
el otro para ponérmelo duro.
—Estás muy sensible —dice—. Apuesto a que, si jugara con ellos el
tiempo suficiente, empaparías las bragas.
Sacudo la cabeza, gimoteando.
—No lo hagas. Te quiero dentro de mí.
—Lo tengo, cariño. He soñado con esto, déjame disfrutarlo.
Sigue provocándome, rozándome con los dientes la parte inferior
extra sensible de las tetas, chupándome en la parte superior de una. Aprieto
las tetas ante las sensaciones vertiginosas. A este paso voy a destrozar estas
bragas. Nunca me he corrido solo con este tipo de estimulación, pero algo
me dice que James podría conseguirlo si se esforzara lo suficiente. Arrastro
las uñas por su espalda, clavándoselas sin querer cuando arrastra una mano
áspera por mi suave vientre. Cuando sus dedos encuentran la cintura de mis
bragas, gimo en voz alta.
Se aparta, con la boca húmeda por su propia saliva, y me dedica una
sonrisa arrogante que me hace estremecer el coño.
—Eres fácil de irritar, ¿sabes?
Lo presiono.
—Sigue tocándome.
Me baja las bragas por los muslos.
—La próxima vez, voy a ver si puedo hacer que te corras así, Bex. Mi
boca en esas preciosas tetas, provocándote hasta que te corras.
Me quedo paralizada, aunque su mano está justo encima de mi coño y
deseo desesperadamente que baje.
—No habrá otra vez.
Se le borra la sonrisa del rostro.
—Cierto.
—Esto es solamente sexo. —No puedo evitar el titubeo en mi voz.
Pero eso es exactamente lo que es, y cuanto más claro lo tengamos, mejor.
—Lo sé. —Se inclina y me besa la comisura de los labios—. Pero eso
no significa que no podamos disfrutar.
—No hables de un futuro que no puede suceder.
—De acuerdo. —Acaricia la parte superior de mis pliegues y sube la
otra mano para pellizcarme de nuevo el pezón—. Pero te estoy saboreando.
—No tienes que...
Me separa las piernas y hunde la cabeza entre mis muslos.
18
Bex
Ahogo un gemido, mis manos agarran su cabello con fuerza mientras
su lengua explora mi coño. Me tiemblan las piernas, que quieren cerrarse,
pero él las mantiene abiertas con facilidad. Cuando su lengua encuentra mi
clítoris, lo chupa hasta que grito y arqueo las caderas sobre la cama. Gime
en respuesta y arrastra la boca hacia abajo, lamiendo por encima y por
dentro de mí.
Mi cerebro sufre un cortocircuito cuando me mete un dedo junto a la
lengua. Utiliza la otra mano para seguir jugando con mi clítoris mientras
lame mi humedad, dejándome apretada alrededor de su dedo. Suelto un
sollozo de alivio cuando añade otro, apretándolos, estirándome.
—Eso es, princesa. —Habla contra mi piel, y el estruendo de su voz
aumenta las sensaciones que me recorren. Vuelve a acercar su boca a mi
clítoris, lo besa en un gesto extrañamente dulce antes de lamerlo, y me mete
un tercer dedo. Tiemblo, apenas puedo contenerme mientras me provoca
con la lengua. Le agarro el cabello con tanta fuerza que debe de dolerle,
pero él no intenta que pare.
Gira la cabeza y me besa en la parte interna del muslo.
—Sé buena y córrete por mí.
Lo acentúa presionándome el culo con el pulgar.
Mis caderas saltan de la cama y me corro con un grito. Sigue
metiéndome los dedos, provocándome, atormentándome mientras me
recupero del clímax. Cuando por fin retira los dedos y me besa el vientre en
lugar del coño, estoy tan hipersensible que cada movimiento me hace
jadear.
Me aparta el cabello de la frente. Sus labios y su barbilla brillan con
mis fluidos y, cuando me besa, me saboreo.
—Joder, James.
—Estamos llegando a eso —dice. Se sienta en la cama, me mete en su
regazo, sus manos encuentran mi culo mientras me aprieta contra su
entrepierna. Tan cerca, solamente puedo concentrarme en su colonia y en el
tacto de su polla contra mis pliegues. Es tan gruesa que me duele mientras
nos movemos juntos. Sus dedos eran buenos, pero en el fondo eran una
provocación. Puedo correrme otra vez, y quiero hacerlo mientras él está
dentro de mí, follándome con toda la fuerza de su cuerpo.
Le rodeo el cuello y lo beso, frotándome contra su polla hasta que
respira entrecortadamente. Ha estado haciendo de las suyas conmigo y me
encanta, pero no voy a dejar que se lo pase en grande. Me agacho y le
agarro la polla, bombeándola lentamente. Gime y hunde su rostro en mi
cuello mientras se la froto con el pulgar sobre la punta.
Me da un beso en la oreja.
—Joder, qué bien te sientes, nena.
—Tienes condones, ¿verdad?
Se acerca y toma uno de la mesita a ciegas. Se lo quito, impaciente, e
intento abrirlo con los dientes. Pero no hay suerte. Se ríe mientras me lo
quita, lo abre con facilidad y se lo pone en la polla.
—Lo tengo.
Recorro su tatuaje. ¿Significa algo o se lo hizo por diversión? Ahora
que lo pienso, su hermano tiene un tatuaje en el mismo sitio. Quizá se lo
hizo con él. La idea es injustamente adorable.
Si estuviéramos saliendo de verdad, se lo preguntaría. Pero ese es el
tipo de pregunta que viene de una novia, no de una conquista. Y si hay algo
que necesito recordar, es que esto no es real. Esto es solamente para apagar
lo que ambos sentimos. Aunque me llame princesa y me haga ver estrellas
cuando me corro.
Me pone boca arriba y me separa las piernas con la rodilla. Le hago
caso y me agarro a sus brazos para estabilizarme mientras él se alinea. Un
músculo de su brazo salta cuando aprieto. Frota su polla contra mi entrada,
mojando la punta con mi humedad.
—James. —Jadeo cuando su mano roza mi clítoris aún sensible—. No
te burles.
Me mira, con algo inidentificable en su mirada.
—No lo haré, Beckett.
Empuja hacia dentro. Poco a poco, su rostro tenso por la
concentración, dejándome embelesada mientras observo la intensidad en
sus ojos. Beckett. Me llamó por mi nombre completo. No Bex, no
“princesa”.
Beckett.
Hace que se me estremezcan los dedos de los pies, aunque no debería.
Para cuando por fin se acomoda dentro de mí, arqueo la espalda, con
las piernas alrededor de sus caderas. Se queda quieto un momento, pero fiel
a su palabra, no se burla. Es grueso; sus dedos me ayudan, pero sigo
sintiendo un estiramiento delicioso. Saca la polla casi del todo, con una
lentitud exquisita, antes de empujarla hacia delante.
—¿Está bien? —pregunta mientras va tomando ritmo—. Dime si
tengo que hacer algo distinto.
Asiento y lo aprieto con más fuerza.
—Usa tus palabras, nena.
—Sí —digo, la palabra entremezclada con un grito mientras él golpea
el punto dentro de mí que me hace querer derretirme—. Continúa. Por
favor, no pares.
—Buena chica —elogia mientras mueve las caderas hacia delante. Su
mano vuelve a encontrar mi clítoris y lo frota al ritmo de sus embestidas—.
Qué buena chica.
Cierro los ojos, perdida en el tsunami de placer que me golpea desde
todos los ángulos: su enorme polla dentro de mí, sus dedos talentosos, la
fuerza con la que nos está complaciendo a los dos. Cuando vuelve a bajar la
cabeza hacia mis tetas, me corro, con el orgasmo y la voz arrancados de
golpe. Me sujeta con fuerza contra su pecho mientras su ritmo se vuelve
errático y acaba dentro de mí con un gemido grave.
Durante unos minutos, no decimos ni una palabra. Siento los latidos
de su corazón, igual que los míos, y me reconforta saber que necesita un
minuto para respirar tanto como yo. Hace ademán de apartarse de mí, pero
niego, clavándole las uñas en la piel.
—Me gusta —murmuro—. Eres como una manta sexy.
Se ríe contra mi cuello.
—No quiero aplastarte.
—Mm. Eres puro músculo.
—No lo sabes. —Se queda quieto, acariciándome el cabello sudoroso
con la mano.
Pero al final se mueve. Me siento mientras él se ocupa del condón.
Por mucho que odie la idea de vestirme y conducir de vuelta a la residencia,
sé que tengo que hacerlo.
Sale del baño, se pasa la mano por el cabello y sonríe cuando me ve
acurrucada contra el cabecero. Esa sonrisa no tiene derecho a ser tan
encantadora.
—Oye. Es muy tarde.
—Lo sé —digo rápidamente—. Gracias, iré a cambiarme y me largaré
pronto. Mándame un mensaje sobre el partido, ¿bien?
Se acerca a su cómoda y saca una camiseta. En lugar de ponérsela, me
la lanza.
—Quédate. Es tarde, no te quiero en la carretera ahora mismo.
—Son diez minutos en auto hasta la residencia.
—Pueden pasar muchas cosas en diez minutos. —Cruza los brazos
sobre el pecho—. Tengo que levantarme temprano para mi entrenamiento y
para la práctica de mañana, así que tendrás tiempo de sobra para llegar a
donde tienes que estar. Quédate, ¿bien? Podemos ver algo juntos, o
simplemente dormir si estás preparada para eso.
Es tan tentador decir que sí. Mañana no tengo clase temprano, así que
podría tomármelo con calma. ¿Y qué chica dice que no a un chico que le
pide pasar la noche? Normalmente, la queja es que los chicos no ofrecen
tiempo para acurrucarse.
Pero es peligrosamente de pareja. Doméstico. Y por mucho que lo
desee, sé que no puedo tenerlo, aunque solo sea una noche de fingimiento.
Levanto la mano y lo beso suavemente antes de deslizarme fuera de la
cama.
—No puedo.
Me mira mientras recojo la ropa, me vuelvo a poner lo que llevaba
cuando llegué a su casa y luego meto el vestido y los zapatos en el bolso. Sé
que probablemente estoy desarreglada, no quiero ni pensar en el desastre
que tengo en el cabello, pero no me importa. Con un poco de suerte, Laura
ya estará durmiendo o pasará la noche con Barry.
—Llámame cuando llegues a tu dormitorio —dice James. Se pone un
pantalón de chándal y me acompaña hasta la puerta—. ¿Bien?
—Puedo mandarte un mensaje.
—Llama.
Su voz tiene un tono sorprendentemente serio, así que lo miro.
—No quiero molestarte.
—No lo harás. Quiero asegurarme de que llegas bien a casa.
Espero a que abra la puerta y me deje salir a la noche, pero no lo hace.
Se queda mirándome, claramente esperando una respuesta.
—Bien —le digo—. Te llamaré.
—Bien. —Se inclina hacia mí y duda medio segundo antes de
besarme en la mejilla—. Podemos hablar del partido mañana.
Mientras conduzco a casa, solo un pensamiento resuena en mi mente:
Acabo de acostarme con mi falso novio.
19
James
—¡Cariño! —llama mi madre.
Todavía está a medio camino del estacionamiento, pero tiene los
brazos abiertos, lista para abrazarme. Corro hacia ella y dejo que me
envuelva en sus brazos. Hablamos por FaceTime todas las semanas, pero no
hay nada como verla de verdad. Le devuelvo el abrazo, respirando el
familiar aroma floral de su perfume, mientras me da un beso en la mejilla.
Un abrazo de Sandra Callahan no se parece a nada en el mundo. Ya estoy a
medio juego, pero no puedo evitar relajarme un poco. Sé que no todo el
mundo tiene una buena relación con sus padres, pero yo tengo la suerte de
contar con dos personas que me apoyan mucho, tanto a mí como a mis
hermanos. Aún me siento mal porque Bex se sintiera intimidada al pensar
en ellos. Sí, tenemos muchos privilegios, pero mis padres son buenas
personas y también utilizan su dinero para hacer el bien. Si tengo la mitad
de éxito que ellos en mi carrera y en mi vida, lo consideraré un trabajo bien
hecho.
Papá se acerca a nosotros mientras mamá retrocede. Me tiende la
mano para estrechármela antes de abrazarme a mí también, dándome
palmadas en la espalda.
—¿Cómo estás, hijo? ¿Te sientes bien?
—Un poco nervioso —admito. El partido no es hasta más tarde, pero
llevo pensando en el desde que me levanté para hacer ejercicio. No tengo
muchos rituales para el día del partido, cuanto más sencillos, mejor, pero no
puedo evitar sentir los nervios en el estómago. Si ganamos hoy,
mantendremos el récord perfecto que llevamos esta temporada. Más allá de
eso, una victoria ayudará a demostrar a todo el mundo que tomé la decisión
correcta, dejando LSU por McKee como senior.
Cada partido que juego esta temporada es una audición para dos
cosas: el Trofeo Heisman y el draft de la NFL. Mientras que el draft no será
hasta la primavera, lo que me deja todo el curso de la temporada para
impresionar a mis posibles futuros jefes, el Heisman se realiza en
diciembre, antes de los partidos de la liga universitaria. No me he permitido
pensar demasiado en ello, pero las nominaciones llegarán pronto, y sé que
formo parte de la conversación. ¿Otro ganador del Heisman? Mi padre, que
me mira con orgullo en sus ojos serios. Cooper, Izzy y yo tenemos sus ojos
azules y su cabello oscuro. Mi madre siempre bromea diciendo que si
alguna chica quiere saber qué aspecto tendremos Cooper y yo cuando
seamos mayores, que se fije en papá.
Siempre he estado muy unido a mis padres, pero especialmente a mi
padre. Cooper, Sebastian e Izzy practican sus deportes con talento y garra,
pero yo soy el que eligió seguir los pasos de papá. Tuvo la suerte de jugar
toda su carrera en la NFL con los Cardinals y los Giants, de ganar varios
Super Bowl y, desde que se retiró, de tener una floreciente carrera en el
mundo de la transmisión. Lo admiro desde que era pequeño, y cuanto más
cerca estoy de llegar a la liga, más presión siento para convertirme en él.
Demonios, empezaron a escribir artículos sobre mi potencial para el fútbol
profesional cuando estaba en la secundaria. Cualquier cosa que no sea el
éxito como quarterback de la NFL será una decepción para todos, pero
especialmente para mí y para mi padre.
—Lo harás muy bien —dice con voz ronca—. Gómez no para de
mandarme mensajes sobre tus progresos.
Siento que se me enrojece el rostro.
—¿Lo hace? Papá...
Levanta las manos.
—Lo sé, lo sé. Quieres hacer lo tuyo. Estoy orgulloso, hijo.
De repente, una mancha de cabello largo y oscuro y una camiseta
púrpura de McKee me envuelve. Le sigo el juego, fingiendo tambalearme
hacia atrás mientras Izzy me abraza, con sus delgados brazos apretándome
tan fuerte que duele. Frota su mejilla contra la mía y le doy un beso en la
coronilla.
—Hola —me dice sin aliento mientras da un paso atrás—. Perdona,
me ha llamado Chance.
Levanto una ceja.
—Oh, ¿sigues con Chase?
Se sonroja y se pasa el cabello por detrás de la oreja.
—Llevamos saliendo casi un año; ya sabes cómo se llama.
—Ya sé que Chance es un nombre tonto —digo alegremente—. ¿Qué
tal, Iz? Me alegro de que hayas podido venir.
—Quería ir a Vermont a ver el partido de Coop, pero mamá y papá no
me dejaron ir sola —dice.
—¿Y dejar que Cooper te lleve a una fiesta universitaria? —le digo,
horrorizado de solo pensarlo. Quiero a mi hermana, pero es una mariposa
social y ha causado más de un quebradero de cabeza a nuestros padres en la
secundaria. Por un lado, es bueno que esté en el último curso y a punto de
graduarse, pero por otro, no estoy seguro de que McKee esté preparado para
ella—. Absolutamente no.
—¡Exacto! —dice mamá.
Izzy suelta un suspiro.
—De todas formas, esto puede contar como mi visita al campus de
McKee. Voy a enviar mi solicitud en cuanto termine de trabajar en mi
declaración personal.
—Eso es genial —le digo—. Sigue siendo una mierda que no
coincidamos en nada.
Se encoge de hombros.
—Me quedaré en tu habitación.
Suelto una carcajada ante la idea de que Cooper deje a nuestra
hermana pequeña la habitación principal. Nos tiene a todos agarrados de
una forma u otra, ser la hermana pequeña de tres hermanos mayores
protectores hace eso, pero apostaría a que eso sería ir demasiado lejos.
—Buena suerte con eso.
—Viene Seb, ¿verdad? —pregunta mientras entramos en el
restaurante. Como vienen de Long Island, han decidido pasar el día aquí, así
que desayunaremos en Moorbridge. Después tengo que prepararme para el
partido, así que estarán solos, pero me emociona saber que verán el partido.
Y una parte aún mayor de mí está emocionado por el hecho de que Bex
también lo verá.
—Sí —le digo a Izzy—. De hecho, ya está aquí, mira.
Seb se levanta de la mesa del fondo, con una sonrisa en el rostro.
—¡Izzy!
—¡Sebby! —grita, lanzándose hacia delante para otro abrazo que
aplasta los huesos.
Papá me dedica una sonrisa agotada mientras nos dirigimos a la parte
de atrás.
—Ojalá estuvieras por aquí para vigilarla.
—Me aseguraré de que Coop y Seb lo hagan —digo—. Aunque esté
en San Francisco.
—Irás allí seguro si eres el primer elegido —asiente—. Pero yo no
descartaría Filadelfia.
Antes de llegar a la mesa, me aparta.
—¿Cómo van las cosas en realidad? —dice—. ¿Y esa clase que estás
tomando?
Su voz es seria, cambia al modo entrenador. Nunca me entrenó de
forma oficial, pero ha sido mi mentor futbolístico tanto como mi padre, y
cuando hablamos así, hay una serie de reglas tácitas. Me pongo más erguido
al responder:
—Va bien, señor. Estoy trabajando con una tutora.
Bex no es solamente una tutora; en cuanto la tengo en la cabeza,
pienso en lo jodidamente bien que me he sentido al ceder por fin a nuestra
atracción mutua. Sé que acordamos que no se repetiría, pero en los dos días
que han pasado, he estado deseando volver a besarla. De oír los bonitos
sonidos que hace cuando se excita. Hacerla sentir tan bien que se aprieta
alrededor de mi polla, jadeando, mostrando sus hermosas tetas mientras
arquea la espalda.
Es un problema, pero no se lo voy a contar a mi padre. Después de lo
de Sara, nos aclaramos muy rápido sobre mis prioridades. Cuando conozca
a Bex más tarde, solamente oirá que me da clases y que nos hemos hecho
amigos. Con suerte, la falsa relación que estamos tejiendo ni siquiera saldrá
a relucir.
Asiente.
—Bien. ¿Y el equipo? ¿Algún problema?
El rostro engreído de Darryl viene a mi mente. Bex tenía razón sobre
él; aparte de molestos mensajes de vez en cuando, la ha dejado en paz ahora
que cree que está con otro chico. Esa mierda es estúpida, pero mientras él
esté fuera de su vida, no me importa. Aun así, eso no significa que me guste
el tipo.
—Nada importante.
No deja de mirarme. Lo juro, a veces su mirada es tan intensa que
parece un escáner.
—De verdad, señor. Ningún problema.
—Bien. —Me da una palmada en el hombro—. Recuerda tus
objetivos, hijo. Tendrás tiempo para todo lo demás una vez que te hayas
asentado donde tienes que estar. Esta temporada es importante, está
sentando las bases para todo lo que vendrá después.
No podría haber dejado las cosas más claras si me hubiera dicho
explícitamente que no la cagara. Aunque lo sé, agradezco el recordatorio.
Puede que últimamente esté pensando mucho en Bex, pero eso no significa
que me lleve a ninguna parte. Nunca he intentado ser solamente amigo de
una chica con la que me he acostado, pero hay una primera vez para todo,
¿no?
Lo más importante ahora es ganar este juego.
20
Bex
Cuando entro en la cocina el sábado por la mañana, hay un paquete
esperándome sobre la mesa.
Laura, que sigue en pijama, una camiseta gris que debe de ser de
Barry, bebe un sorbo de la taza que sujeta con ambas manos. Se encoge de
hombros cuando enarco una ceja.
—Estaba apoyada en la puerta cuando volví de casa de Barry. Ah, y
he traído bagels.
—Oh, ¿saliste por bagels? —Pongo café en la cafetera de la encimera
y la pongo a hervir mientras rebusco en la bolsa de papel marrón que hay
junto a ella. Hay un bagel de sésamo aún caliente esperándome, además de
queso crema de cebolleta, la verdadera combinación invicta—. Eres
increíble.
—Lo sé. —Sonríe, golpeando la taza con sus largas uñas. Cuando se
enteró de que tenía entradas para el partido y quería que viniera conmigo,
fue a hacerse la manicura, así que ahora tiene las uñas plateadas y moradas,
los colores de McKee. Yo tenía trabajo, así que no pude acompañarla, pero
anoche también me pintó las uñas de morado. Espero que James no piense
que es una tontería.
Pongo crema en el café, tuesto el panecillo y me siento en la mesa
frente a Laura. Tengo el paquete delante de los ojos y no puedo evitar que el
corazón me dé un vuelco al verlo. No he visto a James desde que nos
acostamos; ambos hemos estado demasiado ocupados para una sesión de
tutoría, pero nos hemos estado enviando mensajes de texto, y cada vez que
su nombre parpadea en la pantalla de mi teléfono, sonrío.
—Esperemos que sea de James, no de Darryl —digo mientras acerco
el paquete. Hace un par de días, Darryl me acorraló en la biblioteca para
intentar coquetear conmigo, así que no me extrañaría que intentara algo.
—Sigo sin creerme que te acostaras con él —dice Laura—. ¡Y que no
me hayas dado detalles!
Me sonrojo.
—Sabes que estuvo bien.
—Obviamente estuvo bien, pero ¿cómo es en la cama? ¿Dulce?
¿Dominante?
Pongo los ojos en blanco.
—Voy a abrir esto ahora.
Hay una nota en la parte superior, y cuando veo mi nombre escrito
con la letra de James en el sobre, intento y no consigo morder mi sonrisa.
Dentro, hay una sola hoja de papel de cuaderno con una sola línea, firmada
con una J.
Me imaginé que necesitarías la camiseta adecuada, princesa.
Laura me arrebata la nota de la mano mientras rompo el paquete.
—¿Princesa? ¿Te llama princesa?
—Algo así.
—Qué romántico. —Jadea cuando despliego la camiseta. Es suya, por
supuesto; el número 9 a ambos lados y CALLAHAN en la espalda en letras
mayúsculas. Antes tenía la camiseta de Darryl, pero me deshice de ella
junto con otras cosas en primavera, cuando descubrí que me engañaba.
—Es la talla perfecta —digo.
Laura asiente sabiamente.
—Mostrarás las tetas. Seguro que la eligió pensando en eso.
Le doy una patada por debajo de la mesa, pero ella se ríe, y al cabo de
un momento yo también empiezo a reírme. Tengo que hacer una
presentación para la clase y escribir una redacción, pero hoy voy a ver a
James jugar al fútbol.
Menos mal que no estamos intentando engañar a los padres de James
con nuestra falsa relación, porque estoy bastante segura de que Richard
Callahan me odia.
Cuando Laura y yo llegamos al palco con Sebastian, él me presentó
como amiga de James. Sandra me abrazó de inmediato y me preguntó de
qué conocía a su hijo, así que le expliqué lo de las clases particulares,
omitiendo la otra mitad del trato. Richard me saludó amablemente, pero el
partido ya casi ha terminado y no ha dejado de mirarme.
Quizá sea por la camiseta: las novias llevan las camisetas de sus
chicos, todo el mundo lo sabe. Pero, sinceramente, ¿por qué iba a
importarle que su hijo salga con alguien? A lo mejor se da cuenta de que,
aunque estuviera con su hijo de verdad, no haríamos buena pareja. Los
Callahans son ricos y famosos. Yo solamente soy una rata de restaurante.
Cuando James acabe con alguien de verdad, ella será como él y será la
perfecta esposa de la NFL.
Ese pensamiento hace que apriete con más fuerza mi bebida.
Sebastian me da un codazo.
—James ha vuelto al campo. LSU solamente ha conseguido un gol de
campo.
Miro a la gran pantalla de televisión que tenemos enfrente, que
muestra un primer plano del rostro de James mientras observa el campo.
Tiene un corte en la nariz provocado por un placaje en el segundo cuarto, y
su camiseta, que estaba limpia al comienzo del partido, está cubierta de
suciedad y manchas de hierba. Señala y grita mientras ajusta la línea
ofensiva. Mientras observo, toma el balón e inmediatamente se lo pasa a
uno de sus compañeros, que se lanza a través de un agujero en la defensa y
recorre veinte yardas. El público estalla en ovación. Por el rabillo del ojo,
veo a Richard asentir con el rostro serio mientras se inclina hacia delante en
su asiento.
Ha sido un partido de idas y venidas, en el que McKee ha tenido
muchas oportunidades ofensivas, pero LSU también. McKee va por delante,
pero a puras penas, por lo que un touchdown en esta posesión es
importante. No prestaba mucha atención al fútbol antes de Darryl, pero el
otoño pasado me aficioné, y ahora sé lo que está pasando. James se prepara
de nuevo y lanza un pase esta vez, pero sale desviado, por lo que pasan a un
segundo down.
Sebastian se inclina.
—Vas a salir con nosotros después, ¿verdad?
—Sí —dice Laura antes de que pueda responder.
Pongo los ojos en blanco.
—Por supuesto. Izzy me amenazó de muerte si no lo hacía.
—Ya te acostumbrarás —dice—. Puede ser muy persuasiva.
Por un momento, deseo que lo que acaba de decir sea cierto, que me
acostumbraré porque, como su novia, veré mucho más a su familia. Pero
sacudo ligeramente la cabeza, desterrando ese pensamiento. En todo caso,
puedo permitirme sentirme cómoda siendo su amiga. Pero eso es todo.
McKee avanza por el campo en las siguientes jugadas y un penalti les
da un nuevo set de downs. Richard aplaude en señal de celebración, ríe y
responde a algo que dice el tipo sentado a su lado. Sebastian grita y se
levanta para ver mejor el campo. Lo sigo, aunque me marea estar tan alto.
El estadio de fútbol de McKee es enorme, y ahora mismo está vibrando, con
las luces parpadeando en el nublado atardecer.
James escapa de un saque y lanza el balón mientras cae hacia atrás; de
algún modo, llega a uno de los receptores, que lo atrapa con la punta de los
dedos y lo mete justo en el borde de la zona roja.
—¡Vamos James! —grito. Luego me ruborizo porque medio palco me
está mirando. Pero mi corazón late al ritmo de la multitud, y James está tan
cerca de sentenciar definitivamente el partido que no puedo evitar la
emoción que corre por mis venas. Se preparan de nuevo y él amaga un pase
antes de girar sobre sí mismo y lanzarlo a la zona de anotación. Pasa por
encima de la cabeza del receptor.
Lo intentan de nuevo. Mismo resultado.
—Vamos —susurro, con el estómago apretado al ver los primeros
planos de él mientras corre hacia el entrenador Gómez para reagruparse en
el tiempo muerto. Es el tercer down. Si no consiguen el touchdown aquí, o
una penalización por nuevos downs, entonces probablemente intentarán un
gol de campo, y eso deja la puerta abierta para que LSU intente ganar con
un touchdown en el último minuto.
Parece tan serio mientras prepara la línea, pero de alguna manera
relajado también. Nunca he sido una deportista, así que no puedo
entenderlo, pero algo me dice que lo tiene.
Esta vez, el pase entra en la zona de anotación. Grito y me pongo de
puntillas mientras Laura me agarra la mano con fuerza y me grita al oído.
Izzy grita el nombre de su hermano, y Richard y Sandra se miran a los ojos
y sonríen, un gesto inesperadamente dulce. En el campo, James levanta el
puño en señal de celebración y corre hacia sus compañeros.
Van a ganar este partido. Puedo sentirlo, y el resto del público
también, porque todo el mundo se está volviendo loco. LSU tiene un
minuto, pero necesitan un touchdown y una conversión de dos puntos para
empatar, y la defensa de McKee les cierra el paso antes de que eso ocurra.
McKee sigue teniendo una temporada perfecta. James todavía tiene
una temporada perfecta. Su antiguo equipo vino a su nueva casa, y les
enseñó la puerta.
Estoy tan orgullosa que no puedo dejar de sonreír.
21
James
Tardo un tiempo angustiosamente largo en llegar hasta Bex y mi
familia. Primero, el equipo de prensa de la ABC, que televisó el partido,
quiere entrevistarme, así que me pongo los auriculares e intento responder a
las preguntas del periodista con encanto, a pesar de que todavía estoy sin
aliento y mis compañeros de equipo no dejan de acercarse para felicitarme.
Luego llega la celebración en el vestuario, donde el entrenador Gómez me
obliga a dar un discurso. Se me dan fatal los grandes discursos, así que digo
algo así como: “Buen partido, chicos”, lo que provoca las risas de todos.
Por fin me meto en las duchas, donde me quito rápidamente la suciedad y el
sudor, pero en cuanto me visto, el entrenador me detiene para hablar en
privado. Finalmente me suelta y me da una palmada en la espalda.
Solamente entonces consigo tomar mi bolso y dirigirme al vestíbulo.
Veo a mi padre, está hablando con alguien lejos del resto de la
multitud. Se me revuelve el estómago al darme cuenta de que estoy viendo
a Pete Thomas, el scouting9 más respetado de la NFL. Fue jugador de los
Dolphins durante años antes de convertirse en entrenador y, finalmente, en
scouting. Presta atención a cada detalle con ojos, mejores que los de un
halcón. En sus informes, reduce a un jugador a sus habilidades más básicas.
Las estadísticas no significan nada cuando hay fundamentos en los que
trabajar. Estoy seguro de que, por muy bien que haya jugado esta noche, y
sé que lo he hecho, dejando a un lado la intercepción del segundo cuarto,
tiene mucho que criticar.
Es el tipo de hombre que susurra al oído de mis futuros jefes
potenciales, diciéndoles quién merece su tiempo y quién no pasará el corte
en la NFL. El hecho de que sea amigo de mi padre no significa una mierda.
—Señor —digo mientras me acerco a ellos—. No sabía que estaría
aquí.
Mi padre tiene una expresión dura en el rostro, lo cual es raro: ¿no
debería estar contento de que haya conseguido la victoria? Pero entonces
sonríe, estira un brazo y me da un medio abrazo.
Pero no es el tipo de sonrisa que le llega a los ojos. He visto lo
suficiente de las dos para saber la diferencia.
—James —dice Pete, extendiendo la mano para estrechármela. En sus
profundos ojos marrones hay un respeto genuino que me hace relajarme un
poco—. Acabo de hablar con tu padre sobre el partido. Ha sido un placer
verte jugar, hijo. Me alegro de que salieras con la W.
—Gracias, señor.
—No nos cabe duda de que, si sigues encadenando victorias como
ésta, acabarás siendo el ganador del Heisman. Que quede entre nosotros,
pero sé de buena fuente que vas a ser nominado para el premio.
Me arde el cuello. Espero que no vean el rubor en mi rostro. Ganar el
premio sería increíble, exactamente por eso he intentado no pensar en ello.
—Sería un honor, pero ésta ha sido una victoria de equipo. Toda la
temporada ha funcionado porque los chicos están jugando a su verdadero
potencial.
—Hablas como un jugador de equipo —dice Pete con aprobación—.
Rich, has hecho un buen trabajo con él.
Agacho la cabeza, con el orgullo hinchándose en mi pecho, mientras
mi padre murmura en señal de acuerdo.
—Por supuesto, ese error en la intercepción del tercer down del
segundo cuarto fue un gran paso en falso —continúa Pete.
Levanto la cabeza.
—Sí, señor. Revisé la cinta durante el descanso. —Todavía me estoy
lamentando por eso. Las intercepciones son un asco en cualquier
circunstancia, pero sobre todo cuando sé a ciencia cierta que es culpa mía.
La seguridad del balón es la prioridad número uno, siempre.
Asiente.
—Estar dispuesto a reconocer tus errores también es importante.
Espero ver más de ti, James.
Estrecha la mano de mi padre, luego la mía otra vez, y se marcha,
abriéndose paso entre la multitud con facilidad gracias a su corpulencia.
Me giro hacia mi padre, esperando que tenga algo que decir sobre la
intercepción, pero antes de que pueda hablar, Bex aparece a mi lado. Me
toma del brazo y se inclina para besarme la mejilla.
—Hola.
—Hola, princesa —digo automáticamente. Echo un vistazo rápido a
mi padre, que frunce el ceño de una forma que no me gusta. Mierda—. ¿Te
ha gustado el partido?
Me gira el rostro con el dedo y me besa en los labios. Me queda claro
por qué en cuanto veo pasar a Darryl. Me fulmina con la mirada, pero no se
acerca, menos mal.
—Has estado increíble —dice, con sus bonitos ojos marrones
brillando de emoción. Lleva brillantina en el cabello y esparcida por las
mejillas, y la camiseta que le envié esta mañana le queda de maravilla. Se
me hace un nudo en el estómago al pensar que lleva mi nombre y mi
número en la espalda—. Me lo he pasado muy bien. Además, tu hermana es
divertidísima.
—Beckett —dice mi padre—, ¿te importaría dejarnos un momento a
solas?
Bex mira entre nosotros con el ceño fruncido.
—Claro. Lo siento.
No quiero que se vaya, pero tampoco protesto cuando lo hace.
Mi padre está molesto.
Se aleja de la multitud, adentrándose en el estadio, y yo lo sigo sin
decir palabra. Sabía que pedirle a Bex que viera el partido desde el palco
era un riesgo, pero esperaba tener la oportunidad de explicárselo todo antes.
No la culpo por besarme, ese es el trato, al fin y al cabo, actuamos como
una pareja, sobre todo delante de Darryl, pero eso no significa que el
momento no sea un asco.
Cuando nos quedamos solos, se da la vuelta, con los brazos cruzados
fuertemente sobre el pecho.
—¿Cuándo ibas a mencionar que te estás acostando con tu tutora?
Su tono es cortante, impaciente. Respiro hondo. Mi padre es
maravilloso, pero desde Sara desconfía cada vez que miro a una chica
durante más de medio segundo. Verme besar a alguien que lleva mi
camiseta probablemente haya hecho saltar las alarmas en su cabeza. Pero no
es lo que él piensa.
—Salimos una vez —le digo—. En realidad, no estamos saliendo.
—Seguro que parece que piensa que lo están.
—Hacemos como que salimos —corrijo—. A cambio de clases
particulares.
Mueve la mandíbula.
—Fingiendo.
—Su ex... no la deja en paz. Es un pedazo de mierda que la
amenazaba. —No menciono que también está en el equipo porque eso
solamente añadiría otra complicación. Otra razón para que mi padre dude
de mi compromiso, cuando en realidad, estoy haciendo esto porque estoy
tan comprometido como siempre—. Necesitaba un tutor para la clase de
escritura, y ella me está entendiendo de una manera que otros tutores no me
han entendido. No quería dinero, pero me dijo que, si fingía ser su novio en
público, me ayudaría. Está manteniendo a su ex lejos de ella.
Gruñe.
—Y entonces te acostaste con ella.
—Una vez. —Me paso la mano por el cabello aún húmedo—. Somos
amigos, papá. La invité al partido porque es mi amiga. Y que nos acostemos
no tiene nada que ver con mi partido.
Sacude la cabeza.
—No me gusta.
—Tomo nota. —Me doy la vuelta para irme porque está empezando a
molestarme, pero entonces dice mi nombre. Me doy la vuelta.
Hay preocupación genuina en sus ojos. Eso es lo que pasa con mi
padre. A veces es duro conmigo, pero siempre desde el amor. Nunca lo he
puesto en duda. Cuando ocurrió lo de Sara, actuó primero como mi padre y
luego como entrenador.
—Te amo —dice—. Y quiero lo mejor para ti. Y una relación no es lo
mejor para ti en este momento.
—Ya he dicho que no estamos saliendo.
—Lleva tu camiseta, hijo.
—Cientos de personas en este estadio llevaban mi camiseta esta
noche. Tal vez miles. —Aunque tiene razón, aunque no se dé cuenta. Bex
lleva mi camiseta porque yo se la regalé. Fui a la librería del campus, elegí
la que más me gustaba, la envolví como un regalo y se la dejé en la puerta.
Es con la que quería que Darryl la viera. Con la que yo quería verla.
Suspira, frotándose la mandíbula.
—¿Dijiste que su ex la estaba amenazando?
—Es un idiota. —Recuerdo la forma en que se estremeció, los
moretones de sus muñecas, y siento que se me aprieta el estómago—. Pero
no tienes que preocuparte por mí.
Me mira. Lo miro a los ojos, aunque una parte de mí quiere apartar la
mirada. Debe de gustarle lo que ve en mi expresión, porque acaba
asintiendo.
—Siempre que no te dejes atrapar por ella.
—No lo haré. Fue cosa de una sola vez.
—Bien. —Me abraza y me da una palmada en la espalda tan fuerte
que me escuece.
Puede que lo haya convencido, pero en el fondo no estoy seguro de
que pueda mantener esta relación.

Más tarde, de regreso en el campus de McKee, Sebastian detiene su


auto delante de uno de los muchos y hermosos edificios antiguos de ladrillo.
Mira por encima del hombro a Bex y Laura.
—Es aquí, ¿verdad?
—Sí, gracias —dice Laura, abriendo la puerta del auto. Vuelve a
mirar a Bex con una sonrisa burlona—. Fue agradable pasar el rato con
ustedes. Nos vemos dentro, Bex.
Bex espera hasta que Laura desaparece en el interior del edificio antes
de desabrocharse el cinturón de seguridad.
—¿Me acompañas a la puerta?
—Como si tuvieras que preguntar.
Sonríe.
—Adiós, Seb. Ha sido divertido pasar tiempo contigo y con tu
hermana hoy.
Seb me lanza una mirada al salir del auto, que ignoro. ¿Y qué si
parezco su novio? No es real. Le dije lo mismo a papá. Es lo más educado,
ya que hoy ha sido mi invitada al partido.
Según Seb, lo pasó bien. Habría sido divertido verla reaccionar a las
jugadas en el campo, ya que cada uno tiene un estilo diferente. Algunos
gritan y aplauden, y otros permanecen en silencio, suplicando a los dioses
del fútbol que cada jugada salga a su favor. En cuanto terminó el partido,
quise verla y ver su reacción.
Debía de estar guapísima, con los ojos encendidos de emoción.
Tomo su mano mientras caminamos en dirección al edificio de los
dormitorios.
—Te has pintado las uñas de morado. Qué bonito.
—Laura insistió.
—¿De verdad te divertiste?
Sonríe.
—Sí. Sabía que tenías talento, pero esto era el siguiente nivel. Eres
increíble en el campo.
El placer corre a través de mí.
—Gracias.
Agacha la cabeza, sonrojada.
—Seguro que te lo dicen todo el tiempo.
—Significa más viniendo de ti.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Te queda bien mi camiseta. —Le retiro un mechón de cabello
detrás de la oreja—. Chica hermosa.
—James —susurra.
La beso.
Hace un ruidito hambriento y me pasa la lengua por la comisura de
los labios. Mis manos tocan sus caderas y tiran de ella. La voz de mi padre
resuena en mi cabeza y sé que tiene razón, sé que no debería hacerlo. No
hay nadie más que mi hermano. Nadie a quien engañar.
Pero no puedo evitarlo.
—Entra —me dice.
No puedo negarme.
22
James
Después de enviar un mensaje a Seb para decirle que se vaya a casa,
dejo que Bex me acompañe a su edificio. Está en el tercer piso, y cada vez
que llegamos a un nuevo piso, me da un beso. Todavía estoy excitado por el
partido y la sangre me fluye caliente. Cuando llegamos a su puerta, estoy
medio empalmado. Si me dijera que me pusiera de rodillas y me la comiera
aquí mismo, lo haría sin dudarlo.
La quiero con esa camiseta y nada más, ya.
Ella se detiene con la llave en el pomo de la puerta.
—Esto sigue siendo solamente sexo.
—Definitivamente.
—Solamente estamos explorando nuestra atracción.
Asiento contra su cuello mientras la beso.
—Enséñame el interior.
Su mirada es tímida mientras abre la puerta y descubre la pequeña
sala-cocina americana. El sofá tiene una manta rosa sobre uno de los
respaldos y está cubierto de almohadas. No sé cómo alguien puede sentarse
en él, pero descubrirlo no es el objetivo. Quiero saber cuál de las puertas
lleva a la habitación de Bex.
Se pone de puntillas para besarme. La rodeo con los brazos y la
empujo hacia arriba; salta a mis brazos y me rodea la cintura con las
piernas. Tenerla así en mis brazos, oler su perfume de vainilla, me hace
sentir tan desesperado por volver a estar piel con piel con ella que me
estremezco.
—¿Cuál es tu habitación?
—La derecha. —Me besa profundamente y me muerde el labio
inferior.
Abro la puerta y busco el interruptor de la luz. Se enciende la luz del
techo y se ve una habitación muy ordenada. Hay una cama en una esquina,
perfectamente hecha con una sábana floral y el oso de peluche Albert
apoyado en las almohadas. En la esquina opuesta hay un escritorio lleno de
libros y papeles, además de muchas fotografías en las paredes. Quiero
verlas más de cerca, porque estoy seguro de que es arte suyo y aún no me
ha dejado ver nada, pero ahora mismo estoy demasiado excitado para
pararme a preguntar.
Una gruesa alfombra en el suelo suaviza mis pasos mientras nos
acerco a la cama. La tumbo, pero en lugar de apoyarse en la cama, se
arrodilla y se agarra a mi cinturón.
Se lame los labios.
Sus ojos brillan mientras me desabrocha los pantalones.
—Bex —digo con voz ronca.
—He estado pensando en esto desde que me probaste —dice mientras
me saca la polla. Me acaricia con la mano y jadeo—. Esto está bien,
¿verdad?
—Joder, sí, está bien.
Me pasa la uña por la polla con delicadeza.
—Bien.
Cuando la lleva a la boca, lo hace experimentalmente. Le meto los
dedos en el cabello, tirando de ella. Necesito todo mi autocontrol para no
tirar de ella hacia mi polla. No quiero ahogarla, pero, joder, creo que nunca
he visto un espectáculo más sexy que ella de rodillas, chupándome.
Pasa la lengua por la cabeza y luego me mete bien en la boca,
masajeándome las pelotas con la mano. Las tengo apretadas, doloridas; ya
estoy a punto de explotar. Cuando la agarro por el cabello, gime alrededor
de mi polla y yo cierro los ojos, viendo las estrellas.
Me introduce más profundamente. Cuando ahueca las mejillas, se las
acaricio con un dedo tembloroso. Sentir el contorno de mi polla en su boca
casi me hace correrme, pero consigo controlarme. Quiero aguantar todo lo
que ella esté dispuesta a darme.
—Joder, princesa. Estás preciosa de rodillas para mí —le digo.
Levanta la vista y veo lágrimas en sus ojos, pero no se aparta. Le limpio el
rabillo del ojo con el pulgar y lamo la sal. Sus ojos se abren de par en par y
gime alrededor de mi polla. Cuando le aprieto el cabello, ella responde
apretándome las pelotas. Gimo y aprieto el culo para no correrme.
No exagero si digo que no he visto nada más hermoso en mi vida. Su
cabello enredado en mi mano, sus pestañas revoloteando, la saliva
corriéndole por la barbilla. Continúa así, moviéndose sobre mi polla con
agonizante lentitud, hasta que tiene cada centímetro en su preciosa boca. Su
garganta está tan apretada, húmeda, cálida y acogedora, pero lo que me
hace perder la cabeza es cuando me doy cuenta de que tiene una mano bajo
sus pantalones. Se está tocando mientras me la chupa, demasiado excitada
para esperar.
—Me corro —gruño un segundo antes de que suceda. Se aparta, pero
no del todo; me corro en su boca y en sus labios en vez de en su garganta.
Y esta descarada se limita a sonreír, relamiéndose los labios. La mano
que tiene entre las piernas sigue moviéndose. Prácticamente gruño mientras
la subo a la cama y tiro al pobre peluche al suelo. La beso, saboreándome
en su lengua, mientras le bajo los pantalones y las bragas de un tirón. Le
lamo la boca, disfrutando de su gemido entrecortado, y le meto dos dedos.
Mi pulgar encuentra su clítoris y lo frota en círculos apretados y rápidos.
No tarda en correrse en mis dedos, empapándolos con su fluido.
Cuando los saco de su cálido coño, golpeo con los dedos sus labios; ella
abre la boca, lamiendo su propia humedad. Sustituyo mis dedos por mis
labios, la beso hasta que nos quedamos sin aliento y finalmente nos
acurrucamos juntos en la cama.
Me quito los pantalones y la camiseta por encima de la cabeza, y ella
hace lo mismo con sus pantalones. Está a punto de quitarse la camiseta,
pero la detengo.
—Me encanta verte así.
Aprieta su rostro contra mi pecho desnudo y me besa el tatuaje.
—¿Ah, sí?
—Sexy como el demonio, nena.
—Tú eres el sexy. Estuve pensando en chupártela todo el partido.
Juego con el dobladillo de la camiseta.
—¿En serio?
—Tú mandas en el campo. Es caliente, créeme.
Después de unos minutos, nuestra respiración se estabiliza. Me gusta
tener mis piernas enredadas con las suyas. Su cama es gemela, así que mis
pies casi cuelgan del borde, pero hago que funcione. El esfuerzo del juego,
por no mencionar el orgasmo, me está afectando. Ahogo un bostezo con la
mano mientras palpo el suelo, buscando a Albert.
Se incorpora un poco y me mira.
—¿James?
Dejo a Albert en la cama junto a nosotros.
—¿Sí?
—Siento si he estropeado algo con tu padre.
Sacudo la cabeza antes de que pueda decir algo más.
—No lo sientas. Ya me encargué.
—No creo que le gustara que estuviera allí.
—Solamente se sorprendió.
Su ceño se frunce.
—¿Sabe que en realidad no estamos saliendo?
—Ahora lo sabe —digo, aunque eso hace que me duela el pecho—.
Solamente estaba preocupado, pero se lo expliqué.
—¿Pero por qué iba a estar preocupado si estás con alguien? Quiero
decir, si fuera real, ¿no se alegraría por ti?
—Sabes que no salgo con nadie.
—Por el fútbol.
Asiento.
—Él me ayudó a tomar esa decisión.
Una parte de mí quiere explicarme más, pero estoy saliendo de un
subidón, y la idea de ponerme así de real, aunque sea con Bex, me pone
nervioso.
Sigue trazando las líneas de mi tatuaje.
—Tu hermano tiene el mismo.
—Sí. Seb también. Nos los hicimos juntos hace un par de veranos.
—Me resulta familiar —dice—. ¿Qué es?
—Es el nudo celta. Ya sabes, Callahan. Raíces irlandesas.
—Te queda bien. —Lo besa suavemente—. Sé que no quería
quedarme la última vez. Pero lo harás, ¿verdad?
Le beso la mejilla antes de decirle;
—Enséñame tus fotografías.
Parpadea y abre los ojos.
—¿Realmente quieres verlas?
Le sostengo la mirada.
—Si quiero. Iba a pedírtelo antes, pero, para ser sincero, se me puso
demasiado dura.
Se echa a reír, se levanta de la cama y toma una carpeta del escritorio.
Se acomoda contra mí y la rodeo con el brazo. Sonrío; me encanta hacerla
reír.
—He estado haciendo algunos retratos de los clientes de la cafetería,
siempre es una buena práctica. Y he estado viendo los ángulos de la
arquitectura —dice.
Le acaricio el brazo.
—Déjame verlos.
Abre la carpeta, que veo llena de pruebas.
—Tengo más en el portátil, claro —dice—. Imprimir es caro. Pero es
útil ver cómo son las vibraciones de la foto física, ¿sabes?
—No —admito, lo que la hace reír—. Pero me encanta oírte hablar de
ello.
Hojeamos la carpeta lentamente. Me explica cómo hizo cada una, y
creo que le hago preguntas medio inteligentes, porque se pone a divagar
sobre cosas como la apertura, el balance de blancos y el bokeh. Es adorable,
incluso cuando se emociona demasiado y accidentalmente me da un codazo
en el rostro.
—Mierda —dice, girando mi rostro de un lado a otro—. ¿Estás bien?
—Perfectamente —miento, besándola. La verdad es que es más fuerte
de lo que parece, porque me duele la mejilla—. Háblame de ésta.
Señalo una fotografía de un lugar que reconozco; es el gran salón de
la biblioteca de McKee. La mesa me resulta familiar, porque es en la que
nos sentamos cuando vamos allí a estudiar. Mi portátil está abierto en la
mesa junto a la suya; nuestras chaquetas cuelgan de los respaldos de dos
sillas.
Se sonroja y recorre la fotografía.
—La tome cuando fuiste a llamar a tu hermana.
Resoplo al recordar.
—Temía haberse comido un brownie de marihuana sin querer.
—¿Lo hizo?
—Sinceramente, aún no estoy seguro. Coop cree que sí. —Levanto la
fotografía. Ver la evidencia de nuestro tiempo juntos me hace sentir caliente
por dentro, como si acabara de beber un gran trago de sidra caliente—.
Tienes mucho talento.
—¿La quieres? —Baja la mirada—. Quiero decir, si la quieres,
puedes tenerla.
—No así.
Levanta la mirada, un destello de dolor se dibuja momentáneamente
en su rostro.
La beso rápidamente.
—Princesa, primero tienes que firmármela.
Prácticamente arroja la fotografía sobre su mesita de noche y se sube
a mi regazo. Mis manos se agarran automáticamente al dorso de sus muslos
y gimo cuando me besa la garganta con la boca abierta.
—¿Puedes hacerlo otra vez? —dice sin aliento, frotando su mejilla
contra la mía mientras se hunde en mi regazo—. Quiero cabalgar sobre tu
polla.
Y de nuevo, no puedo negarme. No a ella. No hay otro lugar en el que
preferiría estar ahora mismo que en su cama, viéndola rebotar sobre mi
polla con mi camiseta. Levanto las manos y masajeo su culo firme.
—Siempre que después me dejes comerte tu bonito coño.
23
Bex
Varias semanas después, me despierto en la cama de James. Otra vez.
Después de lo de Darryl, pensé que no volvería a despertarme en una cama
que no fuera la de mi habitación en todo el resto de mi estancia en McKee.
Sin embargo, aquí estoy, acostada cómodamente en la cama de James
Callahan, luchando contra la sensación de hundimiento en el estómago que
me produce despertarme sola.
No me preocupa que se haya ido porque al final no quería que me
quedara; anoche dijo que tenía que levantarse temprano para su
entrenamiento. Pero eso no significa que no desee que estuviera aquí para
poder despertarnos juntos de una forma mucho más agradable.
Me quito el sueño de los ojos y me incorporo con un bostezo.
Anoche, antes de irnos a dormir, cerró las cortinas, que, según reconoce, su
madre le obligó a poner, insistiendo en que la habitación necesitaba toques
más hogareños, así que, aunque ya ha salido el sol, la luz del interior de la
habitación sigue siendo suave y gris. En la pared de enfrente veo la
fotografía que le regalé. Se la firmé como él quería y la enmarcó. Queda
bien encima de su escritorio, como una auténtica obra de arte.
Hay una nota en la almohada, escrita con su letra desordenada. Me
muerdo la mejilla mientras la leo. Trazo con la uña las letras que forman mi
nombre.
Bex,
Odio dejarte. Quédate, así te veo cuando vuelva...
-J
Odio tener que recordarme una vez más que no estamos saliendo.
No. Estamos saliendo.
Después del partido contra LSU, algo cambió. Lo invité a casa, a mi
habitación, y pasó la noche. Follamos tres veces antes de quedarnos
dormidos. Cuando me desperté por la mañana, estaba acurrucado a mi
alrededor de forma casi cómica, con los pies colgando sobre el borde de la
cama, una mano tocando mi trasero desnudo y la otra alrededor de Albert.
Lo miré fijamente, con el pánico recorriéndome como si fuera humo, y la
intensidad de mi mirada lo despertó.
Me sonrió, con la mirada suave y las comisuras de los ojos arrugadas
de forma adorable.
Y entonces intenté echarlo.
Ahora me sonrojo al recordarlo.
—Tengo trabajo —le dije, aunque era mentira. Me levanté de la cama,
me tapé la cabeza con la camiseta y la tiré al cesto antes de cruzar los
brazos sobre el pecho desnudo. Se había incorporado, mirándome con
calma, y mi voz se agitó cuando le dije que tenía que irse.
En lugar de eso, volvió a estrecharme entre sus brazos. Me besó la
cabeza.
—Que no cunda el pánico —dijo—. Esto no tiene por qué cambiar
nada.
—¿Cómo? —susurré.
—Somos amigos —dijo, acariciando mi cabello enmarañado—.
Amigos que se sienten atraídos el uno por el otro. Podemos seguir haciendo
esto sin complicarlo.
—Suena como una receta para el desastre.
—¿Quieres parar? Di que quieres parar, y lo haremos.
—¿Nuestro trato?
—No el trato. Solamente esto.
Sacudí la cabeza. Al final, no podía mentir.
—No quiero parar.
—Entonces no lo haremos.
Entonces me besó como es debido, y yo le golpeé el brazo porque
nuestro aliento olía fatal, y él se limitó a sonreír y me acercó más. Ahí lo
dejamos. Mensajes de texto, tutorías, citas para mantener la falsa relación.
Hago cosas como despertarme en su cama y desear que esté cerca para
poder sentarme en su polla.
Hace un par de días, recibió oficialmente su nominación para este
elegante premio de fútbol, ¿y dónde estaba yo? En el fondo, en silencio
mientras llamaba a sus padres para darles la noticia.
Me deslizo fuera de la cama, arreglándola para que esté bien para él
más tarde, y uso su ducha. Tener un baño privado es una gran ventaja. Sus
hermanos se han portado bien conmigo, pero sigue siendo agradable no
tener que verlos antes de recomponerme. Me visto con el cambio de ropa
que he traído, me maquillo un poco y me pongo mis pendientes favoritos, y
me meto el teléfono al bolsillo trasero antes de bajar las escaleras.
El aire huele a café y me gruñe el estómago. Tengo un rato antes de ir
a la cafetería, hace unos días que no veo a mi madre, gracias a un turno
doble en The Purple Kettle y a que estoy trabajando con James en nuestro
trabajo de mitad de trimestre, y puede que, si tengo suerte, consiga
desayunar como es debido. Anoche Sebastian hizo pollo asado, que estaba
delicioso. Quizá sobraron papas que pueda freír con huevos.
Mientras camino por la sala, sonrío al recordar lo intensos que se
pusieron James y Cooper anoche con su partida de Mario Kart. Cuando
terminamos las clases particulares, tenía lecturas que hacer, así que me dejé
caer en el sofá con mi libro de texto, pero no dejaba de enredarme en las
conversaciones. Ojalá tuviera hermanos con los que pasar el rato como
James.
Si no fuera por el aborto, tendría un hermano. Debe de haber un
universo alternativo en el que mi madre acabó teniendo ese bebé. Solía
preguntarme más a menudo cómo sería mi vida si mi padre no se hubiera
marchado como lo hizo. Si mi madre hubiera conseguido superar su
angustia. Pero al final, es inútil darle vueltas. Solamente me entristece.
Intento evitar pensar en los “y si...” en la medida de lo posible.
Parpadeo para ahuyentar las súbitas lágrimas que amenazan con
resbalar por mis mejillas y abro la nevera. Aunque hay una cafetera en la
encimera, soy la única en la habitación. Me sirvo una taza y añado un poco
de mitad y mitad.
Hay huevos, lo cual es un buen comienzo. Sobras de papas. Un trozo
de beicon. También saco una cebolla y medio pimiento, lo que significa que
puedo hacer un picadillo. Si hay algo que puedo cocinar con confianza
gracias a la cafetería, es el desayuno. Desayuno y tarta.
Pongo una de mis listas de reproducción, una mezcla de pop que me
hace mover las caderas, y rebusco hasta encontrar una sartén. En media
hora tengo un delicioso picadillo humeante en la sartén, tocino crujiente
escurriéndose en una toalla de papel y huevos listos para freír. Estoy
cortando fruta que he encontrado en el cajón de las verduras cuando
escucho abrirse y cerrarse la puerta principal.
—Sí, me encuentro bien —dice Cooper—. Aunque fue un feo
moretón durante unos días.
—Si me golpearan así, no podría caminar derecho —responde
Sebastian.
—Eso es lo que ella dijo.
—Eres un niño.
—¿Recuerdas cuando te golpearon con aquel lanzamiento salvaje la
temporada pasada?
—Te juro que todavía me duele la cadera.
—Hermano, serías un pésimo jugador de hockey.
—O de fútbol —escucho decir a James. Se me revuelve el estómago
cuando aparece en la puerta y me sonríe—. Hola. ¿Qué es todo esto?
Me acomodo el cabello detrás de la oreja.
—Pensé que querrías desayunar.
—Huele increíble —declara Cooper al pasar junto a su hermano.
Toma una taza y la llena de café de la cafetera que he preparado, luego le da
un mordisco a las papas fritas.
—Oye —le digo—. Deja que te prepare un plato. Todavía tengo que
freír los huevos.
—Realmente no tenías que hacer nada de esto —dice James. Me sirve
una taza de café y me besa la cabeza antes de tomar un trozo de beicon.
Sebastian y Cooper se miran. Disimulo mi sonrojo volviéndome hacia
los fogones y echando la primera tanda de huevos en la sartén que he estado
calentando lentamente.
—Crecí en un restaurante —digo—. Puedo hacer esto hasta dormida.
Además, no quería que las papas de Sebastian se desperdiciaran.
—¿Cómo puedo ayudar? —dice.
—¿Puedes poner la mesa, si quieres?
James hace eso mientras yo desmenuzo el tocino en el picadillo.
Sebastian me baja cuatro platos y yo pongo una cucharada grande de
picadillo en cada uno. Cuando los huevos están perfectos, pongo uno
encima de cada cucharada de picadillo y termino con sal, pimienta y una
pizca de pimentón. No suelo fotografiar la comida, pero ahora estoy
deseando tener mi cámara. La dejé por accidente cuando tuve que volver
corriendo al campus para asistir a un grupo de estudio de última hora. La
tomaré cuando llegue al restaurante para el almuerzo.
—Joder —dice Cooper mientras toma dos de los platos y los lleva a la
mesa—. Bex, has estado ocultando algunas habilidades serias.
Me encojo de hombros, conteniendo la sonrisa que amenaza con
envolver mi rostro.
—Espera a probarlo.
James se sienta en la mesa a mi lado, inclinándose para que nuestros
brazos se rocen.
—Siento haberme tenido que ir esta mañana. Aunque ahora lo siento
menos.
—¿Han ido los tres al gimnasio?
—Sí —dice mientras rompe la yema de su huevo—. Probablemente te
parezca una tontería, pero es algo divertido que hacemos juntos. Oye, Coop,
enséñale el moretón que te hiciste en aquel partido.
Cooper se levanta la camiseta y muestra un moretón azul y morado en
la caja torácica. Jadeo.
—¿Qué ha pasado?
—Moleste al chico equivocado.
Inclino la cabeza hacia un lado.
—¿Hablas como si lo hubieses golpeado?
Sonríe mientras come un bocado de picadillo.
—Exacto. Seguro que tiene un ojo morado; fuimos bastante bruscos
contra las tablas.
Sebastian pone los ojos en blanco.
—Y luego fuiste al área de castigo por hacerlo.
Cooper se encoge de hombros ante el tono burlón de Sebastian.
—Y él también.
—Y te va a pasar factura, acumulando todas esas sanciones.
—¿Quién eres, papá?
—Tiene razón —dice James—. No querrás darle a tu agente una
razón para estar molesto contigo.
Mis ojos se abren de par en par.
—¿Ya tienes agente?
—No es oficial —dice Cooper—. Es una amiga de nuestro padre, de
hecho, firmaré con ella después de la graduación.
—Coop todavía está resentido porque papá no lo dejó ir al draft. —Se
burla James.
—¿Cómo? —le pregunto—. Todavía no te han reclutado.
—En el hockey es diferente. Muchos chicos pasan por muchos drafts
antes de que acaben fichando por un equipo, pero nuestros padres lo habrían
matado si hubiera dejado la universidad antes de tiempo.
—Uf, no me lo recuerdes —refunfuña Cooper.
—¿Pero la NFL hace las cosas de otra manera?
—Sí. La mayoría de los chicos no entran en el draft hasta que son
seniors. A mí me reclutarán en primavera y entraré directamente en la NFL
después de graduarme.
Me reclino en la silla, con la taza de café en la mano.
—¿Y en el béisbol?
—Es diferente también —dice Sebastian—. Incluso si te seleccionan
en la secundaria, los chicos juegan en las ligas menores durante un tiempo.
Mi teléfono suena en el bolsillo trasero. Casi no lo tomo, pero es mi
madre.
Lo primero que escucho son sirenas.
El corazón se me sube a la garganta. Me levanto y la silla choca
contra el suelo. James me mira.
Creo que dice mi nombre, pero no puedo escucharlo, no por encima
de las sirenas, los latidos de mi corazón y, lo peor de todo, los sollozos
frenéticos de mi madre.
—Mamá —le digo—. Más despacio, no te entiendo.
—¡Ha pasado muy rápido! —dice ella—. ¡Bex, no sé qué hacer!
Me apresuro alrededor de la mesa, haciendo una línea recta hacia las
escaleras. Irrumpo en la habitación de James, tomo mi bolso y meto todas
mis cosas en él. Apenas le entiendo, pero me sale la palabra fuego.
Al girarme, choco con James. Me sujeta y me mira con expresión
preocupada.
—Bex, ¿qué está pasando?
—¿Quién es? —Escucho decir a mi madre desde el teléfono.
—Nadie —digo—. Voy para allá ahora mismo. —No tengo tiempo
para esto. Y no tengo tiempo para ver cómo me mira James. Lo rozo y
rebusco en mi bolso las llaves del auto.
—¡Bex! —Lo escucho gritar. Baja las escaleras a toda velocidad y
llega a la puerta principal medio tiempo después que yo. Abro el auto con
dedos temblorosos y me deslizo hasta el asiento del conductor.
James se asoma a la ventanilla y la golpea.
—Bex, para. Dime qué está pasando.
—Tengo que irme.
—Y una mierda que te vas. —Abre la puerta del auto, cubriendo su
mano con la mía para evitar que meta la llave en el contacto—. Tienes
pánico, vas a tener un accidente. Déjame conducir.
—No. Déjame...
—¡Maldita sea, Bex, no! Te harás daño.
Me seco las lágrimas que caen por mi rostro. Desde algún lugar en la
bruma del pánico, reconozco que tiene razón. No quiero que me acompañe
a mi ciudad natal; no quiero que vea la cafetería así, si es que hay una
cafetería que ver, y, sobre todo, no quiero que vea a mi madre. Pero necesito
llegar lo antes posible y él es mi mejor opción.
—Bien —murmuro.
Se relaja visiblemente.
—Bien. Entra en el auto, cariño. Déjame tomar las llaves.
Cooper y Sebastian se acercan, Cooper sostiene un juego de llaves. Se
las lanza a James, que las toma con facilidad.
—Las tengo. Vamos.
En este momento, estoy demasiado nerviosa para discutir, así que me
subo al asiento del copiloto mientras James arranca el auto. Sus hermanos
suben al asiento trasero. Tecleo la dirección del restaurante en la aplicación
de mapas de mi teléfono y, en el silencio del auto, la voz ligeramente
robótica de las indicaciones empieza a hablar.
Con cada kilómetro que recorro, se me aprieta el estómago.
24
James
Tras un viaje tenso, por fin freno el auto. Estamos en una zona
céntrica; a nuestra izquierda hay una oficina de correos y a la derecha, una
cafetería. Nunca había estado en esta ciudad, pero me recuerda a
Moorbridge, sin la influencia de McKee.
Cuando estaciono en un sitio libre, Bex jadea. El sonido me crispa los
nervios y piso el freno con demasiada fuerza. Se escucha un ruido sordo en
el asiento trasero y Cooper murmura:
—Ouch, idiota.
Por el rabillo del ojo, veo el destello rojo y azul de las sirenas.
Bex abre la puerta de golpe antes de que pueda estacionar el auto.
Cuando nos pusimos en marcha, conseguí sonsacarle una sola información:
ha habido un incendio en el restaurante. Se pierde en su propio mundo de
pánico y se niega a dejarme entrar. Intenté tomarla de la mano durante el
trayecto y me miró como si me hubiera bajado los pantalones en público.
Traté de presionarla para que me diera más detalles y me gritó. En este
punto, me alegro de que me dejara traerla hasta aquí.
Pero no la dejaré sola. Ahora no. Necesita a alguien que la apoye, le
guste o no.
Corro tras ella, vagamente consciente de que mis hermanos me siguen
de cerca. Está en medio de la calle. Jesús, tiene suerte de que no la hayan
atropellado. La empujo hacia la acera y debe de estar atónita, mirando los
camiones de bomberos, porque no protesta. El aire está viciado por el
humo, pero no parece que nada siga ardiendo.
Cuando llegamos al final de la calle, seguros, en la acera, Bex se
acerca a un grupo de bomberos que están enrollando una manguera. Uno de
ellos se ilumina cuando la ve; tiene más o menos nuestra edad, quizá un par
de años más, lleva el cabello corto y tiene el rostro sudoroso.
—Bex, hola. Tu madre me dijo que estabas de camino.
¿Ella conoce a este tipo? Sé que no debería importarme, pero me
importa. Me acerco a Bex.
—Kyle —dice Bex—. ¿Qué tan malo es?
¿Cómo conoce a este tipo? ¿Fue a la escuela con él?
Hace una mueca.
—Podría ser peor. El fuego estaba arriba, sobre todo.
Bex mira el edificio, sus dientes clavándose en su labio inferior.
—¿Arriba? ¿El apartamento?
—Tu madre tendrá que quedarse en otro sitio mientras se arreglan los
daños. El humo arruina más de lo que crees.
—¿Hubo algún daño en el restaurante? —pregunto.
Kyle me mira.
—¿Quién eres?
—Soy James. —Le tiendo la mano—. Su novio.
Detrás de mí, Seb o Coop tosen. Los ignoro. Lo último que necesita
Bex ahora mismo es a este tipo tratando de conquistarla.
Kyle me da la mano, pero sigue mirando a Bex.
—El restaurante está bastante bien, quizá necesite algunas
reparaciones. Hay que inspeccionar el edificio, por supuesto. Tu madre
estaba arriba cuando ocurrió, pero está bien.
Su rostro esta raro, como si no estuviera segura de sí va a echarse a
llorar o a ponerse a gritar, y se acerca a grandes zancadas al restaurante
—Yo no me acercaría demasiado todavía —dice Kyle.
Ella no se detiene. Me apresuro a seguirla, la alcanzo en cuanto se
detiene y miro el edificio. La fachada tiene buen aspecto; la puerta está
abierta, dejando ver una larga hilera de mesas, y el letrero neón, aunque
apagado, está intacto. Pero encima hay dos ventanas destrozadas y marcas
de quemaduras en el ladrillo encalado. Le tiendo la mano, enredándola en la
suya, y la sigo al interior del restaurante.
Nos acompaña hasta el mostrador. Veo fotografías enmarcadas en las
paredes, taburetes rojos y tablones de madera sobre los reservados. Abre
una pequeña puerta detrás del mostrador. Conduce a unas escaleras
estrechas. El aire aún huele a acre, todavía no se ha disipado el humo.
Reprimo la tos y se me humedecen los ojos.
Kyle llega hasta nosotros.
—Bex —dice—. Tienes que hacer que alguien venga a inspeccionar
los daños causados en el edificio. No subas, no es seguro.
—Tiene razón —le digo, aunque me resisto a ponerme del lado de
Kyle en nada. No quiero que respire este aire de mierda o que intente ver el
apartamento y salga herida.
De todos modos, da un paso adelante y toca la barandilla quemada.
Mi mano se tensa en la suya. Si tengo que sacarla del edificio para evitar
que se haga daño, lo haré, pero preferiría no tener que llegar a eso.
—¿Es muy grave? —pregunta.
Kyle duda.
—Quizá deberías hablarlo con la policía. El jefe Alton está aquí
hablando con tu madre.
Sus ojos brillan mientras mira por encima del hombro.
—Cómo. ¿Tan mal?
Él traga saliva, su manzana de Adán balanceándose.
—Como he dicho, son sobre todo daños por humo. El seguro puede
ayudarte a reponer las pertenencias que hayas perdido. Es bueno que tengas
la mayoría de tus cosas en tu universidad, ¿verdad?
Su expresión se apaga.
—No todo.
Nos empuja a Kyle y a mí, presionándose la nariz con la manga de la
camisa. Mientras la observo, se dirige hacia el auto de policía estacionado
junto a los camiones de bomberos. Un hombre blanco, mayor y de
uniforme, está hablando con una mujer que lleva pantalones y una sudadera
vieja y raída. Un cigarrillo cuelga de sus dedos largos y finos. Tiene el
mismo cabello que Bex, ese rubio rojizo, y el rostro en forma de corazón.
Debe de ser la madre de Bex, Abby.
—Esto es un lío —dice Cooper en voz baja—. Estás creando
expectativas, hombre.
Bex se acerca a Abby, que se gira hacia ella y la estrecha en un
abrazo. ¿Quién demonios enciende un cigarrillo a metro y medio de un
fuego real? No me gusta la culpa en su expresión, la forma en que mira a
Bex como si lo sintiera. Algo no está bien aquí.
¿Qué perdió en el incendio?
—Ella necesita apoyo —digo.
—Claro —dice Seb—. Pero acabas de presentarte como su novio.
—Y parece que estás a punto de cometer un asesinato por ella —dice
Coop—. Sé que ella es genial, pero...
Me vuelvo contra él.
—Cuidado con lo que dices.
—James, vamos. Va a pensar que esto significa algo.
Mi corazón palpita.
—Y puede que así sea. No es asunto tuyo, joder.
Me alejo antes de hacer algo de lo que me arrepienta, como decapitar
a mi hermano. Quiero a Cooper, pero él no lo entiende. Algo cambió en el
momento en que la vi contestar esa llamada. No puedo analizarlo ahora,
pero tampoco puedo apartarlo.
—¡Fue tu culpa! —dice Bex mientras me acerco.
Aprieto la mandíbula. Me lo había imaginado, una vez que vi a su
madre, pero esperaba que tal vez Bex se enterara de otra manera.
—Voy a dejarte un momento a solas —dice el jefe Alton. Cuando nos
cruzamos, me lanza una mirada pesada—. ¿Estás con Beckett?
Asiento.
—Sí, señor.
—Maldito desastre —dice, sacudiendo la cabeza—. Al menos el
restaurante está en buen estado.
—Cariño —dice Abby—, solamente ha sido un pequeño incendio.
Bex cruza los brazos sobre el pecho con fuerza. Le rodeo la cintura
con el brazo, esperando que se aleje, pero en lugar de eso se inclina hacia
mí. Es sutil, pero suficiente para aflojar un poco el nudo de mi pecho.
—¿Pequeño? —dice—. Kyle me acaba de decir que tienes que irte a
vivir a otro sitio mientras arreglan los desperfectos. Todo ha desaparecido,
incluso... Eso no es poco, mamá. Tienes suerte de no estar muerta.
Abby da una calada a su cigarrillo.
—¿Quién es él? ¿Ahora engañas a Darryl?
—Él me engañó a mí —dice Bex con exagerada paciencia—. No
estamos juntos desde la primavera pasada. Él es James.
—¿Y los otros dos? —Abby mira hacia mis hermanos, que se
demoran como si no estuvieran seguros de si acercarse—. ¿Qué hay del
rubio? Es guapo.
Bex fulmina a su madre con la mirada.
—Tengo que llamar a la tía Nicole para ver si puedes quedarte con
ella. Y luego llamar a la compañía de seguros y presentar un reclamo. ¿En
qué demonios estabas pensando, quedándote dormida así?
Abby tiene la decencia de parecer avergonzada.
—No hablemos de eso delante de tu amigo, Bexy.
—No me digas Bexy. Y es mi novio, así que se queda.
Me muerdo el interior de la mejilla para no sonreír. Aunque la
situación es grave, y quiero sacudir a la madre de Bex, esa palabra en sus
labios en relación conmigo me hace sentir de cierta manera.
—Siempre has perdido la cabeza por los deportistas —dice Abby
resoplando—. ¿Por qué te preocupas por esto? Ya nunca estás cerca.
—Eso no es verdad. Vengo al restaurante todo el tiempo.
—¿Qué, para trabajar un turno y cobrar propinas?
Mi mano se tensa en la cadera de Bex.
—Eso no es justo —dice en voz baja.
—Te diré lo que no es justo —dice Abby—. Que un hombre deje a su
mujer y a su hija no es justo. Que una hija deje a su madre no es justo.
—Mamá. —Bex está temblando—. Voy a McKee para ayudarnos, ya
lo sabes.
—Hasta que no lo hagas.
—Mi vieja fotografía estaba allí. Mi cámara. —Bex da un paso
adelante, las lágrimas corren por sus mejillas—. Y por tu culpa, todo eso ha
desaparecido, ¡porque te quedaste dormida en mitad del día cuando se
supone que deberías estar dirigiendo el maldito restaurante.
Sus palabras son fuertes; se propagan por el aire de una forma que
hace que todos los que están cerca la escuchen. Mis hermanos. Los
bomberos. La policía. Algunos mirones al azar, todavía persistentes a pesar
de que el espectáculo ha terminado, joder. Me muevo alrededor, tratando de
proteger a Bex con mi cuerpo. Ella no se merece esto. Quiero estrecharla
entre mis brazos y abrazarla tan fuerte que sepa que nunca la soltaré.
El rostro de Abby se arruga.
—Sabes lo duro que es, cariño.
—No me importa. —Se lleva las manos al cabello y respira
entrecortadamente—. Se supone que eres mi madre. Tú cuidas de mí, no al
revés —Solloza—. Te hice una promesa y tú me la hiciste a mí.
Abby no dice nada. El cigarrillo se le escapa de los dedos y yo doy un
paso adelante antes que ella, aplastándolo.
—Mamá —susurra Bex—. Dime que te acuerdas. Me lo prometiste.
Pero Abby no dice nada.
25
Bex
—¿Estás segura de esto? —pregunta Laura.
Está en mi cama, viendo cómo hago la maleta. Pantalones, un bonito
vestido, la camiseta de James. Lencería de lujo en la que derroché durante
un viaje al centro comercial con Laura hoy temprano. Allí también compré
la maleta pequeña. Nunca tuve una porque nunca tenía adónde ir. Aunque
solo es Pensilvania, no puedo evitar estar emocionada.
Cualquier cosa para distraerme de la tormenta de mierda que era el
restaurante. Así me lo propuso James cuando me invitó a ir con él al partido
fuera de casa en Penn State. He estado muy ocupada discutiendo con la
compañía de seguros, intentando encontrar un trabajo para poder restaurar
el apartamento y el manteniendo del restaurante en funcionamiento durante
un período en el que mi madre ha desaparecido inmersa en su dolor, por no
mencionar mi trabajo y mis tareas. La tía Nicole me llama todos los días
para ponerme al día. Mamá no ha estado tan mal desde la última vez que mi
padre estuvo cerca.
Ojalá pudiera sentirme peor, pero no lo hago. Sus acusaciones de
abandono me duelen, pero aún peor fue darme cuenta de que el incendio
arruinó mi cámara y toneladas de fotografías. Conservo algunas en mi
habitación y un par de ellas estaban enmarcadas en el restaurante, pero todo
mi trabajo de la escuela estaba en mi habitación. El incendio y el humo
resultante lo dañaron todo. La lujosa cámara que la tía Nicole me compró
como regalo de cumpleaños número dieciséis se estropeó por completo.
Nunca abandonaría a mi madre ni al restaurante, pero una pequeña
parte egoísta de mí desearía que el incendio hubiera arruinado también el
restaurante.
Pongo el pijama en la parte superior de la maleta y cierro el ciper.
—Es solamente un fin de semana.
—A solas con él en una habitación de hotel. —Laura frunce el ceño
—. No es algo que se haga cuando es casual. O cuando estás fingiendo.
—Creo que ya no estamos fingiendo —admito. La confesión hace que
Laura se quede boquiabierta. Intento reírme, quitarle importancia a la
confesión, pero me da miedo decirlo en voz alta. Sí hablo totalmente en
serio, James Callahan se ha abierto camino en mi vida y se niega a
soltarme.
Cuando se presentó como mi novio, me sentí bien. Cierto, no era
parte de la mentira. Quizá entre las sesiones de estudio y los mensajes de
texto, las citas falsas y los besos, algo cambió. Cuando lo miro,
instantáneamente me siento un poco más segura. No solamente cerca de
Darryl. Todo el tiempo, aunque estemos en la mesa del comedor, haciendo
las tareas mientras Seb prepara la cena y Cooper lee.
Me protegió en el restaurante. Ahora quiere que lo cubra en este
juego.
—Has estado pasando mucho tiempo con él. Te lo mereces —dice
Laura. Me abraza y me planta un beso en la mejilla—. Diviértete
follándotelo después de la victoria. Aún no me has dado los detalles de su
polla, ¿sabes?
—¡Laura! —Golpeo su hombro, riendo, mientras me alejo.
Arquea una ceja perfectamente depilada.
—No puedes decirme que un chico como él no tiene un paquete
enorme. He visto lo ajustados que son sus pantalones de fútbol.
No se equivoca, por supuesto. Pero no voy a darle la satisfacción de
confirmárselo.
—Siempre me he preguntado de qué hablan las chicas a solas —
escucho decir a James—. Ahora sé que son tan pervertidas como los chicos.
Me doy la vuelta. Está en la puerta de mi habitación, con una
chaqueta de cuero y una camiseta de fútbol de McKee. Se me dibuja una
sonrisa en el rostro y, antes de darme cuenta de lo que está pasando, estoy
en sus brazos, plantándole un beso en los labios. Siento su mano
acariciarme el cabello.
—¿Cómo has entrado aquí? —Le pregunto.
—Dejaste la puerta abierta. —Hace un ruido de reprimenda—. Tienes
suerte de que entrara yo. Te podría haber asesinado el próximo Ted Bundy.
—Puedes asesinarme cuando quieras —dice Laura con una sonrisa.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Aún te parece bien que vaya?
—Por supuesto. La verdadera pregunta es si te parece bien que
desafine cantando en el auto.
—Siempre que sean los clásicos.
Toma mi maleta antes de que yo pueda y la lleva rodando a la zona
principal.
—¿Cuáles son?
—Brittany Spears, sobre todo. Beyoncé vintage. Spice Girls —dice
Laura. La fulmino con la mirada, pero se limita a levantar las manos—.
¡Qué! Nena, sabes que estoy contigo en esto.
James gime.
—He cambiado de opinión. Nos vemos allí.
Sonrío inocentemente.
—No, no tienes por qué.
—¡Diviértete y elige bien! —dice Laura mientras bajamos las
escaleras.
Cuando nos ponemos en marcha, me acomodo en el estúpido y
cómodo asiento del copiloto del auto de James y me pongo a escuchar mis
listas de Spotify. Aún no he superado el hecho de que conduzca un Range
Rover. Solo tardaremos un par de horas en llegar a Penn State, pero quiero
aprovechar al máximo el tiempo en su lujoso auto. Hay calentadores para el
trasero y todo, algo que agradezco con este frío.
—¿De verdad vas a alucinar cuando ponga esta lista de reproducción?
James me mira durante medio segundo antes de volver a centrar su
mirada en la carretera.
—Pon lo que quieras, nena.
—¿No estropeará tu rutina pre-partido o lo que sea?
—Mi rutina no empieza hasta el día del partido. —Golpea con los
dedos en el volante y me vuelve a mirar. Sus mejillas se sonrojan—. Y
espero añadir nuevas rutinas, de todos modos.
Mi corazón da un vuelco, no puedo evitar sonreír.
—¿Ah, sí?
—Despertar junto a mi chica no puede hacer daño.
Mi chica. Las palabras llenan el aire, el auto. Una parte de mí quiere
preguntar por ello, pero no quiero arruinar la magia, no ahora. Me basta con
saber que soy su chica.
Selecciono la lista de reproducción pop que uso cuando hago ejercicio
y la voz de Rihanna empieza a sonar en los elegantes altavoces.
Y casi de inmediato, James empieza a cantar con ella.
Me giro hacia él encantada. Por lo visto, se sabe todas las palabras de
“Umbrella” y no parece importarle en absoluto. Tiene una voz horrible,
pero canta con tanta convicción que no puedo evitar unirme a él y mover el
cuerpo al ritmo de la canción. Cuando termina la canción, los dos estamos
sin aliento por la risa, y su mano está en mi muslo, apretando ligeramente.
Posesivamente. Lo miro, pero está ocupado viendo por los retrovisores
antes de incorporarse al siguiente carril.
Nunca me había parado a pensar si conducir es sexy, pero ¿sabes qué?
Me encanta.

Antes de James, me gustaba el fútbol, pero, sinceramente, no me


importaba lo suficiente como para aprenderme todos los entresijos. Veo
fútbol en Acción de Gracias en casa de la tía Nicole, como el resto del país,
y gracias a Darryl, llegué a esto sabiendo lo básico. Pero ver jugar a James
me ha metido en un nivel completamente diferente. Es más rápido de lo que
cabría esperar, y sus pases son como balas que surcan el aire. Me
estremezco cada vez que cae al suelo, le aplaudo cuando escapa de un
placaje y grito como un alma cada vez que anota un touchdown.
Aun así, McKee se lleva la victoria a penas.
—¡Todavía tengo el corazón acelerado! —dice Debra Sanders
mientras bajamos las escaleras después de que ambos equipos abandonen el
campo. James me consiguió un asiento junto a la madre de Bo y
congeniamos durante el partido. Ahora sé mucho más de Bo de lo que él
probablemente quiere que sepa la novia de su compañero de equipo, como
que su apodo durante toda la escuela, “Stinky”.
—Bo hizo un bloqueo impresionante justo al final —digo. Salvó el
partido.
—No lo sabes. Mi bebé va a encajar perfectamente con los grandes de
la liga.
Me da un abrazo antes de separarnos y me acaricia la mejilla. Es más
o menos de mi estatura, con un impresionante mechón rosa en las trenzas
por el que la felicité en cuanto la vi.
—Encantada de conocerte, Bex. No conozco muy bien a James, pero
parece un buen chico. Darryl no era lo bastante bueno para ti.
Eso hace que se me salten las lágrimas inesperadamente.
—Gracias.
—Ahora, si tan sólo Bo se encontrara una buena chica. Le dije que
trajera a alguien a casa para las fiestas, pero algo me dice que no ha hecho
caso.
Me río mientras se marcha.
—¡Adiós, Señora Sanders!
En lugar de esperar a James después del partido, llamo a un taxi para
que me lleve a la bonita posada que ha reservado para nosotros este fin de
semana. Tuvo que pedir permiso al entrenador Gómez para quedarse en otro
sitio que no fuera con el equipo. Estará animado por la ajustada victoria.
Hambriento. Esta mañana le pregunté si quería salir a algún sitio con el
equipo, pero me dijo que no quería tener que quedar bien con los chicos
cuando en lo único que estaría pensando era en tenerme a solas. Cuando
vuelvo a la habitación, pido comida a domicilio en un restaurante que
hemos elegido.
Salgo a esperar y veo cómo los aficionados de Penn State vuelven al
campus o a sus autos.
—¿Ahora vas a todos sus partidos como una especie de cleat
chaser10?
Me pongo rígida, intentando mantener una expresión neutral mientras
miro a Darryl. Aún lleva puesta la mitad de la equipación, la camiseta
Under Armor pegada a la piel y el cabello húmedo en la frente.
Está demasiado cerca, pero me niego a darle la satisfacción de
retroceder.
—¿Así me llamabas cuando éramos novios? ¿Una cleat chaser?
Su expresión se tensa.
—Ya has mostrado tu punto con él, Bexy. Deja de actuar.
—No es una actuación.
Se burla.
—Vamos. El tipo es un idiota.
—¿Ah, sí? ¿Qué te hizo llegar a esa conclusión? ¿Es la forma en que
ha llevado a tu equipo a ganar toda la temporada? ¿Su nominación para el
Heisman? ¿Cómo te puso un alto cuando me hiciste daño?
Trabaja su mandíbula.
—Nunca quise...
—Para. Detente. —Bajo la voz ya que estamos en público. Al menos
no ha intentado hablarme a solas—. Vuelve al vestuario, Darryl.
Me empuja contra la pared, debajo de una placa conmemorativa. Me
toma por sorpresa, así que no me resisto, pero el corazón me da un vuelco
cuando lo miro. Me apoya una mano en la cabeza, apoyada en la pared,
como si quisiera hablar conmigo. Casual. Nadie nos mira al pasar.
—Detente.
—Puede que creas que se preocupa por ti, pero es tan egoísta como
crees que soy yo —dice—. ¿Te ha contado la verdadera razón por la que
dejó LSU?
Me quedo callada. Toma mi falta de respuesta como una
confirmación, riendo suavemente.
—Creo que no.
—Cierra la boca, Darryl.
—Pregúntale por Sara Wittman, nena. Su ex novia.
—No me llames así. —Intento zafarme, pero él utiliza su altura y su
peso para inmovilizarme—. Y suéltame de una puta vez, o lo llamo.
—No lo harás. —Los ojos de Darryl se clavan en los míos—. Si se
pelea conmigo, lo echarán del equipo. Eso ya pasó una vez.
Sus palabras me toman desprevenida y no puedo evitar replicar.
—¿Qué quieres decir?
—Claro, su padre limpió el problema. Intentó hacerlo desaparecer.
Pero eso no cambia el hecho de que Sara estuvo a punto de suicidarse.
Clavo los dientes en el labio inferior, secándome las palmas sudorosas
en la chaqueta.
—Estás mintiendo.
—Y cuando se dé cuenta de que no eres más que otra zorra, te dejará
tirada como hizo con ella. ¿Crees que te va a salvar? Nena, en el momento
en que te metas en su camino, te vas. Y yo estaré esperando.
—Vete a la mierda —digo, incapaz de mantener el temblor fuera de
mi voz. Lo empujo.
Esta vez se va, riendo. Tardo un minuto en dejar de darle vueltas a la
cabeza. Cuando se me ocurre ver teléfono, veo que mi taxi ha llegado y se
ha ido, así que tengo que llamar otro.
Pero cuando cesa el pánico, solamente me queda un pensamiento:
¿Quién es Sara Wittman y qué pasó cuando salió con James?
26
Bex
Cuando vuelvo a la posada, hay una botella de champán con hielo
sobre la mesa, dos copas de cristal y una caja de bombones. También hay un
regalo envuelto en papel de plata en medio de la colcha blanca.
Me da un vuelco el corazón. Es tan dulce.
Pero no puedo quitarme de la cabeza la conversación con Darryl.
Me quito la chaqueta y me desprendo de los pantalones, sentándome
en su camiseta en el borde de la cama. Saco el teléfono y veo que me ha
mandado un mensaje diciendo que está de camino. Le contesto y busco a
Sara Wittman en Internet.
Puede que Darryl me esté mintiendo. Está claro que está celoso, no
puede dejarme marchar. Diría cualquier cosa para que James pareciera una
mierda ante mis ojos.
No hay mucho que pueda encontrar. Un Instagram privado. Una
página de LSU con una foto del director atlético Peter Wittman y su familia:
una esposa y una hija, Sara.
Así que es una persona real. Eso no lo dudaba. La pregunta es, si
James salió con ella, ¿qué pasó? ¿Intentó hacerse daño? Incluso si eso es
cierto, ¿cómo estaba involucrado James?
No volví a buscar su nombre después de la primera vez, antes de
nuestra cena en Vesuvio's. No parecía gustarle, y no quería incomodarlo.
Eso fue antes de que yo pensara que tenía algún derecho real sobre él, de
todos modos.
¿No me lo diría si algo tan horrible hubiera sucedido?
Pensé que había dejado LSU porque no pudo ganar un campeonato
con ese equipo. Lo había hecho sonar tan claro. Pero Darryl hablaba de eso
como si se hubiera ido en desgracia. ¿Amenazado con ser expulsado del
equipo? Mi corazón se estremece de compasión. Eso sería devastador para
él.
Estoy escribiendo su nombre en mi teléfono cuando se abre la puerta.
Salgo por la ventana y dejo el teléfono a un lado. Entra en la
habitación con toda la energía que cabría esperar tras una victoria tan
ajustada.
—Te he echado de menos —murmura—. En cuanto terminó el
partido, no se me ocurrió otra cosa que volver aquí contigo.
Me fuerzo a sonreír. Aunque me muero por tener respuestas reales, no
puedo hacerle eso ahora. No después de una victoria que mantiene intacta
su temporada perfecta. No mientras me mira como si fuera la única persona
del mundo y me abraza como si deseara que nos fundiéramos en uno solo.
—Ha sido un partido increíble —le digo, en lugar de las preguntas
que resuenan en mi mente—. Me preocupaba que no lo consiguieran.
—Sanders nos lo guardó. —Me pasa la mano por la espalda—.
¿Hablaste con su madre?
—Es muy dulce.
—Definitivamente.
—¿Ya pediste la cena?
Mierda. Me había olvidado de eso.
—No. Acabo de volver hace un par de minutos.
—No hay problema. —Se acerca al champán y lo descorcha, luego
nos sirve una copa a cada uno—. ¿Quieres hacerlo o lo hago yo? Me muero
de hambre.
—No, yo me encargo. —Fuerzo otra sonrisa mientras acepto la copa
de champán—. ¿Qué se celebra?
Se sienta conmigo en la cama.
—Es la primera vez que salimos juntos. Pensé que nos gustaría crear
un bonito recuerdo, en lugar de que fuera, ya sabes, aquella vez que fuimos
al Holiday Inn y mis compañeros intentaron arrastrarnos a una fiesta.
Esta vez sonrío de verdad.
—Eres un encanto. ¿Todavía quieres ese plato de cerdo?
—Me parece estupendo.
Llamo al restaurante y pido, lo que resulta mucho más difícil de lo
necesario porque él no deja de tocarme, besándome el cuello y arrastrando
el dobladillo de la camiseta hasta tocarme el culo. Lo miro por encima del
hombro, pero él se agacha para besarme.
Cuando cuelgo, me echa el cabello hacia atrás.
—¿Te preguntas por el regalo?
—Es grande.
—No es lo único grande que recibirás esta noche.
—¡James! —susurro, abriendo los ojos como si estuviera
escandalizada.
Sonríe, toma el regalo y me lo pasa.
—¿Quieres abrirlo ahora?
—Me sorprende que no quieras darme antes la otra gran cosa —digo
secamente.
—Vale la pena esperar.
Le doy una mirada mientras rasgo el papel de regalo. En realidad, hay
dos cosas envueltas juntas. Veo primero el álbum de fotos y luego registro
la caja.
Una cámara.
—James —susurro.
Se inclina un poco hacia mí, con aspecto ansioso.
—¿Está bien? He investigado un poco, pero si no es la adecuada, la
devolveré y te conseguiré exactamente la que necesitas.
La saco de la caja lentamente, maravillada por las líneas y el lente
limpio. Una Nikon Z9 con todas las campanas y silbatos. Cámaras como
esta cuestan varios miles de dólares, fácilmente, y ahora tengo una en mis
manos. La dejo a un lado con cuidado y me lanzo a sus brazos.
Me toma con facilidad.
—Oye, princesa. ¿Lo he hecho bien?
—Es perfecta. —Lo beso profundamente y le rodeo el cuello con los
brazos. Sus manos se posan bajo mis muslos, estrechándome—. Pero no
tenías por qué, no es barata y siempre puedo...
—No. —Me interrumpe con firmeza—. Esto es un regalo. Haz arte
nuevo con él, cariño, ¿bien?
En lugar de responder con un gracias como una persona normal,
suelto un resoplido. Ni siquiera encuentro la forma de responder porque
siento la garganta obstruida. En lugar de eso, escondo mi rostro en el
pliegue de su hombro, inhalo su colonia y disfruto de la firmeza con la que
me abraza. No reemplaza lo que el fuego destruyó, pero me da la capacidad
de volver a empezar.
—Gracias —susurro por fin. Vuelvo a besarlo y muevo las manos
hacia su rostro, enmarcando su mandíbula. Me mira con esos ojos que tanto
me gustan antes de devolverme el beso y acomodarme en la cama.
Abro las piernas para que pueda introducir su cuerpo entre ellas, sus
manos explorando por debajo de la camiseta. Arrastra sus labios desde mi
rostro hasta mi cuello y más abajo, y luego me quita por completo la
camiseta, dejándome el cabello revuelto. Pero a él no parece importarle;
sigue mirándome de una forma que me provoca calor en el vientre y más
abajo. Es como si fuera un premio que acaba de ganar. Como si fuera algo
precioso.
—Dios, Bex —dice—. Eres tan jodidamente hermosa.
Me pone la mano en el vientre y me besa de nuevo. Le paso la mano
por el cabello y le devuelvo el beso.
—Tú también lo eres —digo con total sinceridad.
Y como confía en su masculinidad, no hace ninguna mueca. Se separa
para mirarme, con una expresión de ternura en el rostro.
—Esta lencería es muy bonita —dice mientras recorre el encaje de
una de las copas del brasier rosa rubor. Se me corta la respiración ante la
promesa de contacto donde yo quiero—. ¿La has comprado solo para mí?
Asiento, clavándome los dientes en el labio inferior. Se quita la
camiseta y los pantalones y me quita el brasier en un santiamén. Me
acaricia las tetas, me pasa un pezón entre el pulgar y el índice y me chupa el
otro hasta que arqueo la espalda. Siento que me mojo, que mi clítoris
hormiguea y pide atención. Intento quitar la mano entre los dos, pero él la
atrapa.
—Mantén las manos sobre la cabeza, hermosa —dice.
Gimo, con los dedos de los pies enroscados, mientras aprieto las
sábanas con las manos. Me recompensa deslizándome las bragas por las
piernas. Aun así, no me presta atención en ese punto, sino que sigue
centrándose en mis tetas hasta que le suplico descaradamente que me toque
más. Cuando por fin baja la mano, abro más las piernas y suelta una suave
carcajada. Encuentra mi clítoris y lo acaricia en un tentador círculo antes de
bajar los dedos y meterme dos a la vez. Estoy tan mojada que sus dedos
entran con facilidad. Gime cuando aprieto el coño. Me mete los dedos en
tijera mientras sigue jugando con mi clítoris, y con cada movimiento, con
cada respiración, estoy más cerca de alcanzar mi clímax. Vuelve a bajar la
cabeza hacia mis tetas, las mordisquea y el contacto me hace gritar.
—James, voy a...
—Córrete princesa —dice bruscamente mientras me mete un tercer
dedo—. Córrete sobre mis dedos y te daré mi polla.
Sollozo mientras lo hago, apretándome contra él todo lo que puedo,
aunque la sensibilidad que produce el clímax me hace querer acurrucarme y
recuperar el aliento. Sigue metiéndome los dedos un momento antes de
retirarlos, me estremezco, odio la sensación de vacío.
Busca su cartera, saca un condón y se lo pone rápidamente.
—Dime lo que quieres, Bex.
Parpadeo, húmeda, intentando articular palabra sin conseguirlo. Es
guapísimo, tan guapo como el pecado mientras se rodea la polla con el puño
y bombea. Joder, sus músculos son increíbles. Quiero lamer los surcos entre
cada uno de sus perfectos abdominales. Lucho por incorporarme para poder
besarlo. Me hace el favor y jadea cuando le muerdo el labio. Cuando me
separo, tiene una mirada oscura, como si luchara por no tirarme al suelo y
follar dentro de mí.
Joder, lo deseo. Quiero que me llene tanto que no pueda evitar
correrme otra vez, esta vez sobre su polla.
—Bex —dice, su voz sigue siendo tan baja y áspera que me hace
estremecer.
—Te deseo —digo—. Quiero...
—Sigue.
—Quiero que me folles —digo apresuradamente.
—Buena chica —elogia. Me pasa el pulgar por los labios y me lo
mete en la boca en un gesto de ternura antes de retirarse. Antes de que
pueda volver a pedírselo, me da la vuelta, me tumba boca abajo y me separa
las piernas, clavándome las manos en el culo mientras me levanta sobre las
rodillas y los codos. Presiona la cabeza de su polla contra mí, frotándola
hasta que gimo y muevo las caderas. Me penetra de golpe, llenándome tan
completamente que no puedo sentir nada más que a él.
En esta posición, mi coño se aprieta a su alrededor y mis tetas se
balancean mientras él me penetra experimentalmente. Me presiona el cuello
con la boca, respirando contra mi cabello mientras me penetra. Enreda una
de sus manos en la mía y la apoya contra la cama.
—Ya estoy cerca —susurra contra mi piel—. No puedo contenerme
cuando se trata de ti.
—Córrete —le susurro—. Lléname.
Mueve las caderas hacia delante y se corre dentro de mí con un
gemido. Me aprieto a su alrededor, ayudándolo, y me encanta cómo se
entrecorta su respiración y me agarra la mano con más fuerza. Nos tumba
de lado y me frota el clítoris hasta que vuelvo a correrme con un débil grito.
Los dos recuperamos el aliento, jadeantes, durante un largo rato.
Tengo una extraña sensación en el pecho, un globo de presión que no
consigo que desaparezca. Quizá sea por cómo me mira cuando vuelve de
tirar el condón con una toallita en la mano para limpiarme. O quizá por
cómo me besa, con su mano acariciándome la mandíbula. O cómo me sube
la camiseta por la cabeza en cuanto empiezo a temblar. Llega la comida y
veo cómo lo prepara todo, sirviéndonos más champán a cada uno.
Siento algo que no quiero nombrar, ni siquiera en mi mente, porque
me asusta demasiado. Sobre todo, después de lo que me contó Darryl.
James Callahan se ha infiltrado en mi corazón.
27
James
Cuando me despierto, Bex me está mirando.
Lleva su cámara nueva en la mano y tiene una expresión de
concentración en su rostro, con los dientes clavados en el labio inferior.
Aún lleva mi camiseta y lleva el cabello revuelto, y me da un vuelco en el
corazón al verla.
Anoche, algo cambió. Ha estado cambiando desde el restaurante,
acercándome a ella con una seguridad inexorable. La observé, vi sus
mejillas sonrojadas y el deseo en sus preciosos ojos, y estuve a punto de
decir algo que le prometí a mi padre que no volvería a decirle a una chica
en mucho tiempo.
Y ahora me entran ganas de repetirlo, así que sonrío y le rodeo la
pantorrilla con la mano.
—Espero que te haya gustado.
Se pasa el cabello por detrás de la oreja.
—La luz natural es tan buena ahora.
Le beso la rodilla.
—¿Y?
—Y eres un sujeto guapo —dice—. ¡Pero James, esta cámara!
Me siento sobre un codo.
—¿Es buena?
—Es increíble. —La mira con una bonita sonrisa—. Gracias. Todavía
no puedo creer que hayas hecho esto por mí.
—¿Bex?
—¿Sí?
—No soy juez de fotografía, pero sé que tienes talento. Deberías
dedicarte a esto, no resignarte al restaurante.
Sé en el momento en que las palabras salen de mi boca que empujé
cuando no debía. Deja la cámara, con una mirada lejana en los ojos. Me
preparo para que me reprenda, porque, aunque mi chica está empezando a
aceptar mi ayuda, el restaurante es un tema delicado para ella, pero en lugar
de eso, me pregunta algo que me deja atónito.
—¿Quién es Sara Wittman?
Me incorporo, con el corazón martilleándome en el pecho.
—¿Qué has dicho?
—Sara Wittman —dice—. ¿Era tu novia?
—Sí —digo—. Cariño, ¿cómo...?
Aprieta los labios.
—Cuéntame lo que pasó con ella. Dime la verdadera razón por la que
viniste a McKee.
Sé que me está preguntando algo razonable, es mi novia, merece
conocer mi pasado, pero la parte de mí que aún quiere proteger a Sara se
rebela contra ello. No he hablado con ella desde aquel día en el hospital,
pero aún resuena en mi mente de vez en cuando. Yo la amaba. Pensé que
algún día me casaría con ella.
—James —dice Bex, con una nota de urgencia en la voz.
Me paso la mano por el cabello.
—Nos conocimos el año pasado —digo—. Estaba en primer año y su
padre estaba involucrado en el equipo, así que la conocí en un acto al
principio de la temporada. La invité a salir, y había salido con otras chicas
antes, pero esto era diferente.
No me gusta la forma en que Bex se enrosca sobre sí misma, pero
sigue mirándome, así que me obligo a seguir.
—Sara es una persona intensa —digo—. Muy pronto pasábamos todo
el tiempo juntos. No le gustaba estar sola y yo me convertí en su persona,
¿sabes? Venía a todos mis entrenamientos. Prácticamente vivíamos juntos;
yo tenía un apartamento fuera del campus en el que ella se alojaba. Y
funcionó, por un tiempo. Quizá fue una estupidez, pero supuse que íbamos
a casarnos, así que ¿por qué no iba a querer pasar todo el tiempo con ella?
Bex juega con mis dedos.
—¿Y después?
Trago saliva.
—Y luego no quería que saliera con los chicos del equipo. Cada vez
que iba a un partido fuera de casa al que ella no podía ir, me llamaba hasta
que contestaba. No dejaba de faltar a los entrenamientos para estar con ella.
Cada vez que intentaba distanciarnos, ella se aferraba más. Decía que tenía
que ser lo primero.
Los ojos de Bex se abren ligeramente, pero no dice nada.
—El entrenador me dio algo de margen al principio, debido a la buena
voluntad que había acumulado durante mis dos primeros años allí. Pero
estaba suspendiendo dos de mis clases después de la mitad del semestre,
incluyendo la de escritura, y de acuerdo con la política de la universidad,
eso significaba que tenía que estar en el banquillo.
—¿Lo estabas?
Cerré los ojos brevemente.
—No. Llegamos a un acuerdo por el que recuperaría el trabajo
perdido y asistiría a entrenamientos extra para prepararme para la
postemporada. Y para que eso funcionara, le dije a Sara que necesitábamos
enfriar las cosas por un tiempo. Solamente hasta el final de la temporada. —
Miro a Bex y le paso el pulgar por los nudillos—. No rompí con ella, pero
ella se lo tomó así. Y no me había dado cuenta de lo frágil que era. Ella
seguía diciendo que estaba bien con eso, pero entró en espiral.
—¿Cómo?
—Dejó de ir a clase. Dejó de trabajar en el centro de estudiantes.
Siempre había sido un poco fiestera, pero empezó a beber durante el día y a
tomar pastillas.
Los ojos de Bex se abren aún más.
—¿Qué?
—Intenté ignorar sus llamadas porque quería poner límites. No tenía
ni idea de que estaba tan mal. No hasta que me llamó la noche antes del
último partido de la temporada y me dijo que iba a...
Me interrumpo, con la voz entrecortada. Nunca había estado tan
aterrorizado como en el momento en que oí su voz. El pánico que sentía aún
me revuelve el estómago.
—No —dice Bex en voz baja.
—Se cortó. —Trago saliva—. Cuando llegué, ya se lo había hecho.
Estaba desmayada y no pude despertarla. Lo intenté todo el tiempo que
estuve esperando a la ambulancia.
Me arden los ojos. Parpadeo, intentando que no se me salten las
lágrimas. Bex se acerca y me rodea con los brazos. Engancho la barbilla en
su hombro. Es más fácil hablar así.
—Me perdí el partido. No quería estar lejos de ella, ni un segundo y
menos durante todo un partido de fútbol. Pero el equipo perdió, claro, el
quarterback suplente no había jugado. —Aprieto a Bex, estremeciéndome
en un suspiro—. Y no quería que las noticias sobre Sara se hicieran
públicas por mi culpa. Así que, cuando los medios me preguntaron por qué
me había perdido el partido, hice ver que lo había pasado por alto. Como si
fuera irresponsable y no tuviera nada que ver con ella.
Bex se retira para mirarme.
—Oh, James.
—Ella está bien ahora. Sus padres la metieron en un programa para
que recibiera la ayuda que necesitaba. —Mi voz se quiebra de nuevo—. Su
padre estaba agradecido de que la protegiera cuando podría haberla usado
como excusa para quedar bien, así que cuando todo estuvo dicho y hecho,
me ayudó a hacer borrón y cuenta nueva y transferirme a McKee, para tener
una oportunidad en un campeonato y mantener mi posición en el draft. Le
hice daño a su hija, y él todavía...
A Bex le brillan los ojos. Parpadea y una lágrima resbala por su
mejilla. Me besa suavemente la mejilla.
—No fue culpa tuya.
Sacudo la cabeza.
—No tienes que fingir.
—No lo hago. —Me acaricia la mejilla y me mira a los ojos—.
Cuando tenía once años, mi padre dejó a mi madre. Un día hizo las maletas
y se fue. Resultó que tenía otra familia, y todo lo que había construido con
mi madre, el restaurante, su matrimonio... lo tiró por la borda en un instante.
La miro fijamente.
—Menudo imbécil.
Se ríe brevemente.
—Destrozó a mi madre. Estaba embarazada y la noticia la
conmocionó tanto que abortó. Se convirtió en alguien a quien ni siquiera
reconocí, e incluso ahora, años después, no es la misma. —El color le
inunda el rostro—. Se convirtió en alguien que toma valium con vino al
mediodía y accidentalmente prende fuego al apartamento.
—Bex...
Sacude la cabeza.
—Aunque odio a mi padre, no lo culpo por cómo sigue actuando mi
madre una década después. Lo que pasó con Sara no fue culpa tuya. No
podías saber que reaccionaría así. Estaba enferma y necesitaba ayuda.
—Podría haber muerto.
—Y no lo hizo. Tú la ayudaste. Hiciste mucho más de lo que haría la
mayoría de la gente. —Me acaricia el cabello y luego junta nuestras frentes.
Nos quedamos así un rato, respirando al unísono.
Después de todo, mi padre y yo nos pusimos de acuerdo, nada de
novias hasta que entrara en la liga. Nada de distracciones.
¿Pero poder abrazar a Bex, así como así? Estoy dispuesto a correr el
riesgo.
28
James
Bex: No quiero imponerme a tu familia.
Yo: No sería una imposición. Te quiero allí.
Bex: ¿Esto es porque no puedo ir al Heisman?
Yo: No. Lo ideal sería que estuvieras en las
dos, pero si tuviera que elegir, elegiría las
Navidades.
Yo: Los Callahans tenemos unas tradiciones
geniales ;)
Bex: :) Cualquier cosa sería mejor que estar
sola con mi madre.

Dejo el teléfono, aunque Bex me acaba de mandar otro mensaje,


intento concentrarme en mis trabajos. Conseguir que acepte venir a casa
conmigo por Navidad iba a requerir mucha persuasión. Lo sabía de
antemano, pero si algo soy, es persistente. Bex tuvo que pasar Acción de
Gracias sola con su madre, sus tíos se fueron a Florida a visitar a otros
parientes. No han hablado mucho desde el incendio, según Bex, así que
todo fue incómodo.
La postemporada aún no ha empezado, pero con el final de la
temporada, he estado trabajando sin descanso para prepararme. También
está la prensa para la ceremonia del Heisman, y hace un par de días que ni
siquiera veo a Bex, lo cual me parece criminal.
Sin embargo, casi en el mismo instante en que vuelvo a la rutina con
el problema que estoy resolviendo, Cooper irrumpe en mi habitación. Me
paso la mano por el cabello.
—Hola —dice mientras cierra la puerta tras de sí.
Ni siquiera entro en lo de no llamar a la puerta.
—¿Qué pasa?
Los dos hemos estado tan ocupados con nuestras respectivas
temporadas que apenas lo he visto a él tampoco. Al equipo de hockey
masculino de McKee no le está yendo tan bien como al de fútbol esta
temporada, pero Coop sigue jugando a tope. Tiene un moretón morado en la
mejilla debido a un pelotazo en el último partido.
Deja escapar un suspiro mientras se sienta en el borde de la cama.
—Bex y tú van muy en serio.
Contengo la sonrisa hundiendo la nariz en el libro de texto.
—Sí.
—Aunque dijiste que no ibas a salir con nadie el resto de tu carrera
universitaria.
—Ella es diferente, hombre.
Coop se deja caer contra la cama.
—Seb me dijo que quieres que venga en Navidad.
—Sí.
—Navidad.
—¿No es eso lo que acabo de decir?
Últimamente, es todo lo que he estado pensando. Bex encajaría
perfectamente en nuestras tradiciones. Quiero mostrarle la casa de mis
padres en Port Washington. Mis padres siempre se esmeran en la
decoración, con un altísimo árbol en la entrada que mi madre ha decorado
profesionalmente, más el pequeño en el estudio con todos nuestros adornos
caseros. Quiero llevarla al centro de la ciudad para ver la iluminación del
árbol. Besarla bajo la bola de muérdago que mamá siempre pone en la
entrada de la cocina. Arrastrarla a la despiadada partida de Monopoly a la
que jugamos mis hermanos y yo cada Nochebuena.
Quizá sea una tontería, pero quiero dormirme a su lado en la
habitación de mi infancia. Quiero ver si tiene unos bonitos pendientes de
Navidad y, si no los tiene, comprarle un par o diez. Quiero que mi familia
vea lo especial que es.
Cooper me saca de mi ensoñación con un ruido frustrado.
—James. Te quiero. Pero es una mala idea. A papá no le agrada.
—Puedo manejar a papá. Ella no es Sara.
—Al menos Sara te hubiera seguido a cualquier parte que fueras en la
liga.
—¿Qué?
—Está comprometida con el restaurante, ¿verdad? Lo que significa
que estará aquí. Tú probablemente estarás al otro lado del país.
Dejé mi cuaderno. Quiero a mi hermano, pero esto es irritante. A
veces su sobreprotección, una cualidad que suelo admirar en él, puede ser
un poco excesiva. Cuando se trata de nuestra hermanita, claro. Pero yo
puedo solo, y él no conoce a Bex como yo.
—Es complicado. Su madre sigue vinculada al restaurante.
—¿Su madre la pirómana accidental?
—Jesús, Coop.
Se sienta.
—¿Qué, me equivoco? Empezaste fingiendo que salías con ella, lo
que estaba condenado desde el puto principio porque te pones así, hombre.
Idealizas las cosas. Te estás dejando llevar demasiado por una chica que no
va a ser capaz de entregarse a ti como tú te estás entregando a ella.
—¿Porque eres un gran experto en relaciones? ¿Alguna vez has
intentado estar en una? —Finjo pensar un momento—. Claro, no lo has
hecho.
—Te conozco. Sé cómo te pones cuando crees que estás enamorado.
—No estoy enamorado de ella —respondo. Pero el corazón me salta a
la garganta.
No estoy mintiendo, exactamente. Pero no estoy diciendo toda la
verdad, y joder, Cooper se da cuenta.
—Creo que es genial —dice—. No digo que no lo sea.
—¿Pero?
—Pero te va a hacer daño. Solamente es cuestión de cuándo.
Me invade la ira.
—Tomo nota.
Se sube a la cama hasta sentarse a mi lado.
—Solamente asegúrate de pensar bien esto.
—¿Has venido aquí solamente para insultar a mi novia? —Digo
brevemente. He terminado oficialmente con esta conversación.
Se frota la barba y me mira. Debe de notar mi resistencia porque
sacude ligeramente la cabeza.
—No, quería hablar de Izzy. ¿Todavía quiere ir a la ciudad de
compras? ¿Cenar después en Le Bernardin?
Ahogo un suspiro. Discutir con él sobre Bex no va a llevarme a
ningún sitio bueno, así que en vez de eso le digo:
—Esperaba que quisiera ir a ver ese concierto de Harry Styles o algo
así.
Resopla.
—Lo mismo digo. Pero tienes que admitir que este es el día más Izzy
que se le ha ocurrido. ¿De compras por la Quinta Avenida? Le encantará.
Cuando éramos más jóvenes, nuestros padres convertían nuestros
cumpleaños en excursiones divertidas y exclusivas, apodadas “Día de
James” o “Día de Sebastian”. Así fue como Cooper pudo patinar en el
Madison Square Garden durante un entrenamiento de los Rangers por su
decimosexto cumpleaños, y como cuando yo cumplí catorce, tuvimos el día
de juegos de entretenimiento más alucinante de la historia. Cuando Izzy
cumplió los dieciséis, nuestros padres se la llevaron a ella y a sus amigas a
St. Barts ¿Y este año? Todo lo que ha querido últimamente es estar en la
ciudad, así que esto no es sorprendente, pero va a ser brutal verla probarse
vestidos durante seis horas seguidas.
—Tal vez ella pueda ayudarme a elegir mi traje para la ceremonia
Heisman. Eso sería productivo, al menos.
—Será bueno pasar tiempo con ella —dice Coop—. Mamá me estaba
contando que ha terminado con ese chico raro.
Hago un pequeño gesto con el puño.
—Por fin.
—Lo sé, ¿verdad? Era un asco.
Mi emoción se desvanece cuando se me ocurre que ella podría tener
el corazón roto.
—¿Le ha hecho daño? ¿Tenemos que ir a patearle el culo? Mierda,
fue su primer novio de verdad.
—Creo que estaba coqueteando con otras chicas, como un idiota.
—Qué imbécil.
—Me ofrecería a ir a buscarlo y darle una paliza, pero estoy seguro de
que ella tiene eso controlado.
—Es valiente, lo reconozco. No envidio que Seb y tú tengan que
vigilarla el año que viene. —Me río—. Espera, cuéntame qué te pasa.
Pensaba que te vería más a menudo desde que vivimos juntos ahora, pero
esto es como cuando tenías tiempo en el hielo justo después de que yo
volviera del entrenamiento.
—Esa temporada fue una mierda —dice con un gemido—. Y he
estado enterrado en lecturas. Llevo semanas sin una chica. Es terrible. He
olvidado qué se siente un coño.
Me río tan fuerte que resoplo.
29
Bex
—¿Estás bien? —le digo a mi teléfono desde la entrada de la casa de
tía Nicole. El frío de diciembre me atraviesa, incluso llevando un grueso
abrigo que le robé a James, así que me alejo de la ventana. Afuera está
lloviendo a cántaros—. ¿Estás nervioso?
—Muy tranquilo —responde James. Incluso a través de la línea, no
puedo evitar la sonrisita que me cruza en el rostro ante el tenor grave de su
voz—. El Lincoln Center es precioso. Joe Burrow acaba de felicitarme y
creo que me he hecho encima.
Sonrío, aunque él no puede verme.
—Es muy atractivo.
—Oye —dice.
—Por supuesto, no tan atractivo como tú —corrijo—. O Aaron
Rodgers.
—Nena, no —dice, con una nota de horror en la voz.
—No sé, me da la impresión de que Nicolas Cage como sucio
montañés me va bien. No actúes como si no te gustaran los famosos
también, vi esa foto de Jennifer López en tu teléfono.
—Voy a colgar.
Suelto una risita.
—Perdona. Pero de verdad, ¿estás nervioso?
—No. No me pongo nervioso.
—Me da la impresión de que hay un chiste sucio ahí —digo—. ¿En
serio? Me derretiría en el suelo.
—Quiero decir, espero ganar —dice—. Pero, aunque no lo haga, es
un honor que me reconozcan.
—Ya eres todo un diplomático.
—No lo sabes. —Le dice algo a alguien fuera de línea y vuelve para
despedirse.
—Buena suerte —le digo.
Responde con voz suave.
—Gracias, princesa.
Estoy sonriendo como una idiota al teléfono cuando la tía Nicole
asoma la cabeza para buscarme.
—Parece que la ceremonia va a empezar pronto. ¿Quieres que
caliente un poco de queso?
—Eso sería genial
Me aprieta el brazo, inclinándose un poco.
—Si te sirve de algo, creo que es mucho más guapo que Darryl.
Vuelvo a la sala y me siento en el sofá junto a mi madre. Me mira
mientras bebe un sorbo de vino.
—¿Quién era?
Me fuerzo a sonreír. Cuando James me invitó a ir con él y su familia a
la ceremonia, quise hacerlo, por supuesto, pero abandonar a mi madre en el
aniversario de la marcha de mi padre era impensable.
—Ya sabes quién es. Vino al restaurante después de que le prendieras
fuego.
No debería sentir satisfacción por la expresión de su rostro, pero no
puedo evitarlo. Sigo enfadada por lo del incendio, aunque James me
compró una cámara nueva.
La tía Nicole deja un plato de papas fritas y salsa sobre la mesa y le
da unas palmaditas en el muslo a mi tío Brian mientras se sienta a su lado
en el otro sofá.
—¿No es emocionante que el chico de Bex pueda ganar, Bri?
El tío Brian gruñe afirmativamente. Mi tío no es muy hablador, pero
ahora que sé más de fútbol que antes, hemos podido relacionarnos.
—He visto algunos partidos de McKee esta temporada. Tiene talento,
lo reconozco.
Sonrío mientras tomo una papa.
—Se lo merece. Tiene mucho talento. Verlo en directo ha sido
increíble, tío Brian, de verdad.
—Por supuesto, prefiero la NFL —dice—. El juego universitario
puede ser muy diferente al profesional. Pero creo que tiene lo que hay que
tener. ¿Dónde dicen que acabará, con toda probabilidad? ¿Filadelfia o San
Francisco?
—Incluso Filadelfia está bastante lejos —dice mamá—. ¿Has pensado
en eso?
—No —le digo, que es la verdad. He intentado alejar el próximo abril
de mi mente todo lo posible. Si pienso en el hecho de que el año que viene
por estas fechas estará viviendo en otra ciudad, jugando a nivel profesional
cada domingo, se me hace un nudo en el estómago y apenas puedo tragar
saliva. No es que no esté emocionada, feliz u orgullosa. Soy todo eso a la
vez.
Es solamente que es un futuro en el que sé que no encajo.
La tía Nicole enciende la televisión para llenar el silencio. Me alejo
de mi madre y me concentro en el programa.
James sigue diciéndome que los otros tres finalistas tienen el mismo
talento, si no más, y que la nominación es suficiente honor, pero sé que él lo
quiere. El Heisman se concede anualmente al jugador de fútbol americano
universitario más destacado. Es una afirmación al mundo de que incluso lo
que pasó con Sara, incluso si la historia que se cuenta no es la real, no lo
está frenando como jugador. Que está preparado para esta carrera. No puedo
dejar de sonreír cada vez que la cámara se centra en él. Parece tan seguro de
sí mismo y confiado.
Ojalá estuviera allí con él. Ojalá estuviera entre el público, esperando
para aclamar su nombre.
Mi teléfono suena y lo compruebo automáticamente. Otro mensaje de
Darryl. Algo me dice que está viendo lo mismo que yo. Al menos, cuando
se comunica digitalmente, puedo ignorarlo. Cuando vino a The Purple
Kettle durante un momento de calma el otro día, solamente conseguí
escapar de su conversación porque mi compañera de trabajo se apiadó de
mí.
—Parece un poco llamativo —dice mamá mientras se echa hacia
atrás, equilibrando su copa de vino sobre la rodilla—. ¿Qué es eso, un traje
de diseñador?
—Creo que está guapo —dice diplomáticamente la tía Nicole.
Mamá bebe un sorbo de vino mientras ve cómo la cámara pasa por
encima de James y los demás finalistas.
—No es exactamente de los nuestros, Nicole.
James lleva un traje azul oscuro con camisa blanca y una fina corbata
morada. Es de diseño, lo sé porque Izzy me lo dijo, de hecho, por
FaceTime, pero lo lleva con tanta naturalidad que no parece fuera de lugar.
Supongo que para él es natural; siempre ha crecido con mucho dinero. El
costo de un traje así nos mantendría a flote a mi madre y a mí durante
meses.
Mamá me mira.
—Claro que puede comprarse lo que quiera. Te compró esa cámara
nueva tan elegante.
No le digo que es para sustituir a la que ha estropeado porque
solamente haría que la noche fuera más tensa. Esta noche es terrible todos
los años, pero desde la última vez que mi padre intentó buscarme, en mi
primer año de universidad, ha sido una mierda extra. No puedo evitar
pensar si mamá tiene la esperanza de que algo cambie o si se regodea en el
hecho de que nunca cambiará. En cualquier caso, marca la fecha en que nos
convertimos en una familia de dos, y al final del día, aquí es donde tengo
que estar.
Para cuando presentan a James, estoy temblando un poco. Muestran
un vídeo con sus mejores jugadas hasta el momento, algunas de LSU, pero
también bastantes de McKee. Lo comparan con su padre y con otros
quarterbacks que han ganado el premio. Hacen lo mismo con los otros
finalistas, el quarterback de Alabama, un defensa de Michigan y un receptor
de Auburn.
Y finalmente anuncian al ganador.
Es James.
Escucho de lejos el grito de la tía Nicole y los aplausos del tío Brian.
Definitivamente escucho el bufido de mamá mientras se levanta. Se me
nublan los ojos de lágrimas y me tapo la boca con la mano. Él sube al
escenario, con la mayor sonrisa que le he visto nunca en el rostro, y acepta
el trofeo con un apretón de manos. Su aspecto es perfecto. Guapo y seguro
de sí mismo, el hijo pródigo que espera el mundo del fútbol. Cuando cesan
los aplausos, se queda mirando el trofeo durante un largo momento antes de
aclararse la garganta.
—No sé por dónde empezar —admite, y el público lo complace con
risas amables.
Desde la cocina, escucho un golpe. Cristales rotos.
Me pongo de pie antes de que lo haga la tía Nicole. Mamá está en la
cocina, inclinada sobre el fregadero. Hay trozos de cristal por todas partes,
aún gotea vino tinto, pero me fijo al instante en la sangre que le corre por la
palma de la mano.
—¿Mamá? —No puedo evitar que el miedo asome en mi voz.
Me mira con lágrimas en los ojos. Su máscara de pestañas, que ya
estaba desordenada, se ha emborronado. Hace una mueca de dolor mientras
se saca un trozo de cristal de la palma de la mano.
—Jesús. —Me apresuro a tomar un paño de cocina, envuelvo su
mano en él y aprieto. Me sorprende dándome un fuerte abrazo.
Hacía tiempo que no me abrazaba así, mejilla contra mejilla.
—Bex —susurra—. Cariño.
—Mamá —susurro, frotando mi mejilla contra la suya—. ¿Qué has
hecho?
—Me resbalé.
Estoy segura de que es mentira, pero no se lo digo. Me retiro y
empiezo a recoger los trozos de cristal del fregadero. Ella se agolpa cerca.
—Cariño. Mírame.
Recojo un par de trozos más y los pongo sobre una toalla de papel.
—Te va a dejar.
Parpadeo con fuerza, manteniendo la atención en el fregadero.
—¿Ah, sí? ¿Qué, tienes una bola de cristal?
—No, pero es un hombre, y los hombres se van.
—El tío Brian está afuera con su mujer. Tu hermana.
—Hombres como los que queremos —dice ella, su voz es baja e
insistente—. Míralo, pequeña. ¿De verdad crees que podrás competir con
todas las mujeres que conocerá en cuanto salga con su nuevo uniforme? Por
algo los hombres como él se casan con modelos. ¿Quién te crees que eres,
la jodida Gisele Bündchen? —Se ríe, un sonido amargo que resuena en la
silenciosa cocina—. Puede que ahora tengas su atención, pero para él no
eres más que otra puta. Te engañará como al resto. Como Darryl. Como tu
padre.
Apreté los dientes.
—No lo conoces.
Vuelve a mirar en dirección a la sala. La televisión sigue encendida,
pero parece que mis tíos están viendo un concurso.
—Sé lo suficiente —dice ella—. ¿Un hombre con una sonrisa así? Es
un tiburón, y tú una presa conveniente. Solamente intento protegerte para
cuando te mastique y te vuelva a escupir, cariño.
Nunca he odiado a mi madre. Me ha molestado su incapacidad para
seguir adelante, y cualquier enfermedad que la mantenga en un ciclo de
mecanismos de supervivencia poco saludables. He sentido pena por ella. He
querido sacudirla, gritarle, hacer lo que fuera para recuperar la versión de
ella que recuerdo de cuando era pequeña. La Abby Wood que solía ser,
cuando experimentaba con sabores de tartas para el restaurante y bailaba en
la sala sin motivo alguno y me acompañaba de ida y vuelta de la escuela
todos los días. La Abby Wood que me animaba a hacer fotos de todo lo que
veía con los desechables baratos que me compraba en la farmacia.
Pero en este momento, pienso esas palabras por primera vez.
La odio.
La odio a ella y a en quién se ha convertido. Odio tener que limpiar
sus desastres. Odio la promesa que me hizo a los quince de que siempre
protegería el negocio que construyó con papá. Odio verla convertirse en una
cáscara de persona que puede decir semejantes mierdas al frente de su hija y
llamarla cariño.
Pero, sobre todo, odio que tenga razón.
No importa en qué ciudad termine James. Podría estar en San
Francisco, Filadelfia o cualquier otra, y el resultado sería el mismo.
Conocerá a una chica, se enamorará de ella y olvidará que alguna vez tuvo
algo que ver conmigo. ¿Y yo? Estaré aquí, viviendo la misma vida de
siempre.
Ahora mismo, está exactamente dónde debe estar. Y el problema es
que yo también lo estoy.
30
James
Salto en el sitio, mis tacos golpean el suelo helado con un poco más
de fuerza cada vez. Mi aliento sale como el vapor que escapa de la parte
superior de mi taza de café. Anoche nevó y, como el fútbol no se detiene
por nada que no sea una tormenta eléctrica, salimos como de costumbre a
calentar para el entrenamiento. Lo único que me ha sacado de la cama esta
mañana ha sido la idea de ver a Bex, que prometió pasarse por el
entrenamiento para trabajar en su fotografía de acción real.
—¡Un poco diferente del Bayou! —Demarius me llama mientras pasa
corriendo, con una sonrisa de idiota en su rostro—. ¡Pareces una paleta,
hombre!
Fletch se acerca corriendo y le pega en el brazo.
—En realidad no es de Luisiana, idiota.
—No, tiene razón —digo cabizbajo—. Había olvidado lo horrible que
es jugar en la nieve.
—¿Por qué demonios no están corriendo? —grita el entrenador
Gómez mientras se acerca al campo—. ¡Apresúrense, señores! No van a
calentar ahí parados con los pulgares en el culo.
Me quito el abrigo y lo dejo en un banco. No uso guantes cuando
lanzo, siempre he preferido el agarre que consigo con las yemas de los
dedos, pero hoy desearía haberlo hecho, solamente por la excusa de llevar
una capa extra. Al menos llevo una malla debajo de los pantalones cortos y
una camiseta de compresión de manga larga debajo de la camiseta. ¿Qué
mierda de temperatura es esta? En Long Island hace frío, y claro que nieva,
pero con agua por todos lados, no suele hacer tanto frío como en otras
partes del noreste.
Empiezo a trotar, marcando un ritmo que pueda mantener durante
mucho tiempo si es necesario, y uno a uno, el equipo se separa para
seguirme. Demarius esprinta hacia delante, dando una voltereta hacia atrás
en la zona de anotación y aterrizando como un ángel de nieve. Pongo los
ojos en blanco y le tiendo una mano para ayudarlo a levantarse. Tiene un
brillo en los ojos que no me gusta, y me da la razón cuando me agacho y
evito una bola de nieve. Le da a Bo, que se vuelve loco, persiguiendo a
Demarius por la zona de anotación. Demarius es alto y rapidísimo, pero Bo
lo alcanza y lo tira al suelo en el momento exacto en que el silbato del
entrenador hace saltar el aire.
—¡Te dije que corrieras, no que tuvieras una puta pelea de bolas de
nieve! Callahan, ¿llamas a eso correr?
—No, señor.
—Joder, corre. Haz que tu sangre bombee. Diez vueltas. Quince para
los idiotas de allí —añade, señalando a Demarius y Bo. Si las miradas
mataran, Demarius ya estaría a dos metros bajo el suelo helado. Los chicos
que me rodean estallan en carcajadas, incluso Darryl. Me muerdo el labio y
le digo a Bo—, ¿qué se le va a hacer? —Se encoge de hombros antes de
salir corriendo de nuevo.
Esta vez dirijo a todos en una carrera de verdad, sintiendo cómo el
viento me pica en las mejillas y me hace gotear la nariz. Cuando
terminamos, me siento mucho más cómodo, aunque estoy convencido de
que se me van a caer las puntas de las orejas. Veo a Bex en la banda y salgo
a saludarla antes de que el entrenador se dé cuenta.
—Hola —me dice cuando me acerco—. Hace mucho frío.
Me agacho y la beso. Lleva un gorro de punto grueso que le cubre las
orejas, por suerte, y un abrigo blanco abullonado que la hace parecer un
malvavisco. Un malvavisco muy lindo, eso sí. Le meto el pañuelo en la
chaqueta y al verle las manos desnudas, hago un gesto de sorpresa.
—No se puede manejar tan bien con guantes —dice con un suspiro,
levantando la cámara—. ¿Por qué no llevas un gorro, al menos?
—Se me caerá en cuanto haga una jugada. ¿Has visto a Bo y
Demarius?
—¡James! —El entrenador me llama—. Le dije a tu novia que podía
tomar fotos de la práctica, y la práctica no comienza hasta que tengas un
balón en tus manos. Ven aquí.
Beso su mejilla rápidamente.
—Nos vemos. Toma mi lado bueno.
—Ese es su culo —dice Fletch con un guiño—. Asegúrate de tomar
muchas fotos.
—Sí que tiene un buen culo —dice ella, lo que por supuesto hace que
la mitad del escuadrón grite.
—¡Vas a tener problemas más tarde! —grito mientras tomo un balón
de uno de los asistentes y vuelvo trotando al campo embarrado.
—¿Qué vas a hacer, lanzarme una bola de nieve? —me responde.
No es mala idea.
—¿Con mi puntería, princesa? No me des ideas que no estás
preparada para manejar.
No es la mejor práctica que he tenido, pero afortunadamente tampoco
es la peor. Me gusta saber que Bex está cerca, tan linda y blandita con su
abrigo, con los ojos entrecerrados por la concentración mientras camina por
la banda, haciendo fotos con su cámara. Es una distracción, no me
malinterpretes, lo único que quiero es retarla de verdad a una pelea de bolas
de nieve y, cuando por fin admita su derrota, besarla hasta dejarla sin
sentido, tal vez hacer algo cursi como llamarla mi propio ángel de nieve,
pero yo también presumo, aunque solo estemos haciendo ejercicios. Le
advertí antes de que viniera que los entrenamientos suelen ser aburridos,
pero insistió en que no le importaría.
Echo un vistazo entre repetición y repetición y la encuentro charlando
con alguien del personal. He estado vigilando a Darryl para asegurarme de
que no intentara hablar con ella y, afortunadamente, se ha mantenido
alejado, aunque lo he sorprendido mirando. Levanta la cámara, los ojos
iluminados con esa pasión que me encanta ver en ella. No se lo permite lo
suficiente. La he visto en el restaurante, y claro que le gusta. Le gusta
hablar con los clientes y estar al mando. Incluso ahora, con los daños del
incendio limitando las operaciones y la compañía de seguros tratando de
rebajar su precio, ella no se queja. Pero, ¿por qué iba a querer un futuro así
si sabe que cuando tiene una cámara en las manos, cobra vida de una forma
totalmente distinta?
Sé que no debo sacar el tema. La última vez que lo intenté, me
detuvo. La compañía de seguros, el negocio... no quiere mi ayuda con eso,
y tengo que respetarlo.
Pero eso no significa que tenga que alegrarme.
Cuando por fin termina el entrenamiento, me acerco a ella. Sonríe y
acepta mi beso. Una mujer mayor, de piel morena clara y rizos oscuros que
salen de debajo de su gorro, se para a su lado.
—Ella es Angelica, ¿la conoces? Se encarga de las operaciones del
equipo.
Le doy la mano. Por supuesto, lleva un buen par de guantes de cuero.
—Creo que nos conocimos una vez, justo cuando llegué aquí —le
digo—. Gracias por todo lo que haces por el equipo.
Me sonríe.
—Le estaba diciendo a tu novia que debería ponerse en contacto con
alguien del departamento de publicidad deportiva. Les gustan los envíos de
fotógrafos estudiantiles, une las artes y el atletismo muy bien para la
universidad.
Mis ojos se abren de par en par mientras miro a Bex.
—Suena increíble.
Ya tiene las mejillas sonrosadas por el frío, así que disimula el rubor
que sé que debe de tener. Juguetea con el lente de su cámara.
—Tal vez. Ya sabes que estoy muy ocupada.
—Pero tienes tanto talento.
—Quizás —repite.
—Quizás eso es lo que deberías hacer después de graduarte —digo,
mirando a Angélica—. Podrías ser fotógrafa deportiva.
Se ríe.
—James, vamos.
—Hablo en serio.
—Y yo también. —Sonríe a Angélica—. Gracias por la información.
Fue un placer conocerte.
Hay algo duro en su tono, un claro rechazo. Se dedica a guardar la
cámara en su funda. Le dirijo una mirada de disculpa.
Me pone una tarjeta en la mano.
—Dile que llame a mi despacho —dice en voz baja antes de irse—.
La pondré en contacto con Doug.
—Bex —digo, mirando la tarjeta.
—No la voy a tomar.
—Vamos. Estoy seguro de que las fotografías que tomaste de la
práctica son increíbles. Podrías hacer de esto una carrera.
—Ya tengo una carrera.
—¿Ah, sí? —digo—. ¿Hacer tartas es una carrera? ¿Discutir con los
proveedores porque te han traído el tipo de beicon equivocado es una
carrera?
—Sí. —Se echa la cámara al hombro con más fuerza de la necesaria
—. No seas un idiota.
—Me refiero a una carrera que te entusiasme.
Me mira con fuego en los ojos.
—Ya hemos hablado de esto.
—No eres tú, Bex —digo, fijando mi mandíbula con frustración—.
¿Esto? Esto eres tú. Y olvídate de la parte deportiva, bien, no hagas deporte.
Pero mereces tener una cámara en tus manos. Podrías tener un estudio de
fotografía. O hacer bodas. O...
Me quita la tarjeta de la mano y me la mete en el bolsillo, haciéndome
callar.
—Es un hobby. Me encanta, pero es solamente un hobby.
—¿Me dirías lo mismo del fútbol? Oye, princesa, sé que tienes mucho
talento, pero es un hobby, deberías buscarte ese trabajo de verdad ya.
—No es lo mismo y lo sabes.
—¿Por qué?
—¡Porque lo es! —grita—. No tengo elección.
—Podrías venderlas. Solo venderlas, tomar el dinero y abrir un
negocio que realmente quieras dirigir. Tendrás la carrera de negocios.
—No me digas lo que tengo que hacer.
—No te lo digo, solamente quiero que seas feliz.
Gira sobre sus talones y se aleja.
—Beckett, vamos.
No se detiene.
La alcanzo, ignorando las miradas que me dirigen el par de chicos del
equipo que todavía están en el campo. Debería entrar en casa, calentarme y
hablar del entrenamiento con el entrenador, pero no voy a dejar que Bex se
vaya enfadada.
—Te mereces todo lo que quieras —le digo—. ¿Te parece bien? Eso
es todo lo que quería decir. Si el restaurante es realmente lo que quieres...
—Lo es.
—Bien. —Alargo la mano y la tomo. Sus dedos son como pequeños
carámbanos—. Lo siento. Pero llámala, por favor. Aunque solamente sea un
hobby, si te interesa, deberías hacerlo. Te he observado más de lo que
debería durante los entrenamientos y me he dado cuenta de lo bien que te lo
pasabas. Incluso en la nieve.
Me mira. No me gusta su expresión cautelosa, como si temiera revelar
demasiado. Últimamente hemos sido muy sinceros el uno con el otro, y
ahora me aterra haber metido la pata. Por mucho que quiera manejarlo todo
por ella, sé que no puedo. No si la quiero en mi vida.
Espero que cuando se gradúe se dé cuenta de que no debe sentirse
obligada a continuar con un negocio que nunca pidió en primer lugar. Es
leal a su madre y eso es admirable, pero si a su madre le importara de
verdad, la ayudaría a organizar su propia vida, no la obligaría a malgastarla
dirigiendo el negocio que empezó con el esposo que la abandonó.
—Te veo luego —dice—. ¿Clases de tutoría?
—Claro. Por supuesto.
Se marcha hacia su auto. Me quedo allí un momento, inmóvil, antes
de darme cuenta de la realidad del momento.
No quiero que se vaya enfadada y no quiero que se vaya sin un beso.
Corro hacia ella y la estrecho entre mis brazos. Hace un ruido de
sorpresa cuando la beso y nuestros fríos labios se acoplan a la perfección.
En mi afán, le quito el gorro de un golpe; subo la mano para acariciarle el
cuello y se estremece. Para mi alivio, me devuelve el beso y me aprieta la
camisa con las manos.
—¿A qué viene esto? —susurra cuando por fin me separo.
—Quería hacerlo durante todo el entrenamiento.
Resopla.
—Sé lo que parezco con este abrigo. Soy un malvavisco.
—El malvavisco más lindo del mundo. —La beso otra vez—. Y
también el más sexy.
El nudo en mi pecho se afloja cuando siento su sonrisa contra mis
labios. Me alejo y llevo las manos a su para que me mire.
—Lo siento. No me meteré. Pero solo si me prometes dos cosas.
Me mira con recelo.
—¿Cuáles dos cosas?
—Llamar a Angélica.
Aprieta los labios con fuerza.
—Piénsatelo —le insisto.
Finalmente, asiente.
—¿Cuál es la segunda cosa?
—Di que sí a pasar la Navidad conmigo y mi familia.
31
Bex
Laura me entrega el folleto en la mano con un ademán.
—De nada.
Apenas le echo un vistazo y lo dejo sobre la mesa. En cuanto acabe el
último trabajo que estoy escribiendo, habré terminado el semestre.
Finalmente. Cursar seis materias no es para débiles. A medida que se
acercan los finales, la tensión va desapareciendo poco a poco.
Está siendo reemplazada por el pánico que siento cada vez que
recuerdo que acordé pasar la Navidad con la familia de James, pero ya
sabes. En la variedad está el gusto, y todo eso. Era más fácil aceptar y dejar
que se emocionara por eso, en lugar de discutir más sobre lo que él cree que
debería hacer con mi futuro.
Laura se deja caer en mi cama, haciendo que el colchón rebote.
—¿De verdad? Estoy a punto de irme. No voy a verte en un mes. Lo
menos que puedes hacer es despedirte, si ni siquiera vas a ver mi súper
genial regalo de despedida.
—Y todavía estoy verde de envidia —digo, girando la silla del
escritorio para poder verla—. ¿De verdad va a ir Barry a Nápoles?
—Sí. Me costó convencerlo, pero irá. —Sonríe—. Mi hermano se lo
va a comer vivo. ¿Todavía vas a Port Washington?
Juego con un poco de pelusa de mi camiseta. Port Washington. Hasta
el nombre suena elegante.
—Sí. Y cada vez que pienso en ello, siento como si me saliera una
úlcera.
—Tienes que hacer fotos a escondidas, seguro que la casa es
espectacular. Si sus padres no contratan a alguien que decore
profesionalmente para Navidad, me quito el sombrero.
—Creía que nunca llevabas sombrero porque te hace la cabeza
grande.
—Bueno, si tuviera un sombrero, me lo quitaría. Su madre es tan
glamurosa. Será mejor que te prepares para una Navidad glamurosa.
Levanto una ceja.
—¿Se supone que esto tiene que hacerme sentir mejor? Ya estoy
alucinando, así que gracias.
Da un par de saltitos en la cama.
—Mira el folleto. Voy a enviar tu verdadero regalo de Navidad a casa
de James, pero esto es como un mini regalo.
Suspiro mientras me giro para tomar el folleto. En cuanto empiezo a
ojearlo, el calor me sube a las mejillas.
—Laura...
—No tienes que estudiar artes visuales para entrar —dice
rápidamente. Por supuesto, se ha adelantado a todos mis argumentos—. Es
para cualquiera que quiera intentarlo. Y tu trabajo estará en una galería del
Village.
Me obligo a leer el folleto. Es un concurso patrocinado por el
Departamento de Artes Visuales de McKee, que ofrece premios en varias
categorías... incluida la fotografía. Todos los finalistas ganarán mil dólares y
sus obras se expondrán en la Close Gallery del West Village, y hay un gran
premio para el conjunto de obras que el departamento considere más
excepcional. La cantidad casi me deja boquiabierta. Cinco mil dólares. Eso
podría ser una gran ayuda para la reconstrucción del apartamento.
—Vaya —susurro.
—Podrías usar las piezas del restaurante —dice—. O esas nuevas que
me enseñaste del entrenamiento de fútbol, eran increíbles. Todavía no sé
cómo conseguiste que un montón de chicos congelados corriendo por la
nieve quedaran tan bien. Dime que al menos lo intentarás.
Doblo el folleto con cuidado y lo meto en mi agenda.
—Sí. Pero no esperes nada. Probablemente sea una de esas cosas en
las que realmente prefieren que la gane alguien del departamento.
—Has asistido algunas clases. Ese profesor intentó convencerte de
que hicieras una doble licenciatura.
—No es lo mismo.
—No te descartes.
—No lo haré. Solamente estoy siendo realista.
No le he dicho a Laura sobre la oferta de Angélica. Después de
llamarla, lo cual hice porque le prometí a James que lo haría, ella llamó a un
tipo llamado Doug Gilbert, que se encarga de los medios de comunicación
en todo el deporte de McKee, y vio las fotografías que tomé de la práctica.
Quedó impresionado, y ahora tengo una tarjeta de estudiante de prensa que
puedo utilizar si quiero, siempre que le dé las fotografías para que las mire
y posiblemente las utilice, pagando, en material promocional de los
equipos.
Me sentí rara, como si estuviera allí por ser la novia de James, pero
me aseguró que no era por eso. Ver mi trabajo fue un favor a Angélica, a
quien aparentemente le agrado mucho, pero ofrecerme la insignia de acceso
fue algo que hizo porque cree que haré buenas fotografías.
Tampoco se lo he dicho aún a James; pienso contárselo en el viaje a
casa de sus padres. Nunca antes había tenido que guardar un secreto como
este y, sinceramente, es bastante divertido.
Pero, aunque lo haga, aunque venda algunas fotografías a la
universidad o participe en el concurso del que me acaba de hablar Laura,
eso no sustituye la realidad de mi situación.
Laura parece que va a insistir, pero niego cada vez más, así que se
echa atrás.
—Enséñame qué te vas a poner para la cena de Navidad. ¿Cocinan
ellos? Probablemente tengan un chef. Es lo que hacen mis padres, sobre
todo en vacaciones.

—¡James! ¡Beckett!
Sandra nos abraza a los dos en cuanto abre la puerta, aunque aún
estemos abrigados en el porche. Mi gorro de punto, el mismo que James me
arrancó de la cabeza cuando me besó después del entrenamiento, se me cae
de las manos por la fuerza de su abrazo.
—Sandra —respondo con verdadero cariño. No he tenido ocasión de
hablar con la madre de James, así que el entusiasmo es desconcertante, pero
bienvenido sea.
Tres días enteros antes de ir a Atlanta para el partido del campeonato.
A pesar de los esfuerzos de Laura, no estoy nada tranquila. Para mí, la
Navidad suele significar cenar tarta en Nochebuena y abrir los regalos
mientras suena Elf en la televisión, y luego cenar en casa de la tía Nicole.
Esta Navidad, bien podría haber ido a la luna para celebrarlo.
Me ayuda a ponerme bien el gorro antes de hacer lo mismo con
Cooper y Sebastian.
—Me alegro de que hayan llegado bien, ¿había mucho tráfico?
—Es Long Island, el tráfico siempre es duro —dice Cooper, con la
voz apagada contra el cabello de su madre. Cuando se aparta y mira su
rostro, jadea. Los restos de un moretón permanecen en su pómulo.
—Cooper Blake Callahan —lo regaña, frotándole el pulgar sobre el
moretón.
—Deberías ver al otro tipo —dice, intentando sonreír.
Echo una mirada furtiva a James porque los dos sabemos que eso no
es del hockey. Cooper y Sebastian se metieron en una pelea de bar con unos
chicos en Red's hace una semana y, que yo sepa, está en la lista de cosas de
las que Richard Callahan, con suerte, nunca se va a enterar.
Suspira.
—¿Necesitas ayuda para traer tus cosas? Richard, los niños están
aquí.
Mientras caminamos hacia la entrada de la casa de los padres de
James, tengo que hacer un esfuerzo consciente para que no se me caiga la
mandíbula. Salimos de McKee a media tarde, así que ya es de noche, y
cuando llegamos a la casa aún no me había dado cuenta de lo grande que es.
Estoy segura de que todo Abby's Place cabe en la entrada. Tiene uno de
esos altísimos techos de catedral con una escalera doble que lleva a la
planta superior y una lámpara en lo alto, entre las escaleras hay un árbol de
al menos tres metros de altura decorado a la perfección con baratijas y luces
doradas y plateadas. Sandra me toma el abrigo y la bufanda. La escucho
elogiar mi vestido, pero estoy demasiado ocupada observando a Richard.
Aunque ya lo he visto varias veces, me resulta chocante darme cuenta
de que James y Cooper se parecen tanto a él. Durante medio segundo,
siento que estoy viendo a mi novio veinte años en el futuro. Sonríe al ver a
su mujer jugueteando con el cuello de Sebastian, pero entonces su mirada
encuentra la mía y su sonrisa ya no llega a sus ojos.
—Beckett —dice, asintiendo mientras acepta un abrazo de James—.
Qué maravilla que nos acompañes para Navidad.
Intento mantener una sonrisa relajada, aunque por dentro me dan
ganas de salir disparada. ¿Esa intensidad que irradia James en el campo?
Richard la tiene todo el tiempo, aparentemente.
—¿No es genial? —dice James, rodeándome la cintura con el brazo
—. Me costó convencerla, pero creo que lo que realmente lo selló fue la
promesa de la partida anual de Monopoly.
—Que voy a ganar —declara Cooper—. Tres años seguidos.
—Un año o dos haciendo trampas —replica Sebastian.
—Espero que no te molesten las tradiciones de este tipo —dice
Sandra con una mirada cariñosa—. Nos encantaría hacer un partido de
fútbol familiar, pero nadie quiere arriesgarse a lesionarse. De todos modos,
le pedí a Shelley que preparara aperitivos y bebidas en el estudio. Izzy está
ahí detrás eligiendo la película de esta noche.
Sebastian y Cooper se miran antes de salir corriendo por el pasillo.
—Cooper cree que no es Navidad hasta que vemos Christmas
Vacation —me murmura James al oído—. Sebastian prefiere Elf. Izzy es un
comodín al que se puede comprar fácilmente con la promesa de más
regalos.
—¿Y qué hay de ti?
Sonríe.
—Tú primero.
—Me pongo de parte de Sebastian.
Se le cae la mandíbula.
—No puede ser. Y yo que pensaba que mi novia tenía buen gusto.
En lugar de llevarme por el mismo pasillo, James me lleva a la
habitación de al lado.
—Supongo que ahora le enseñaré todo —les dice a sus padres.
—Claro, cariño —dice Sandra—. Pero no tardes mucho, hay sidra
caliente.
—Queremos saber más sobre lo que has estado haciendo —dice
Richard. Su tono es ligero, pero escucho la pregunta, y James debe de
escucharla también, porque su mandíbula se tensa ligeramente.
Enciende las luces de la habitación y descubre una sala formal con
una enorme chimenea. Hay estanterías a lo largo de una pared y un piano en
un rincón.
—A Izzy le gustaba mucho un verano —explica.
—Es bonito —digo yo. Pero la habitación no me parece muy
personal. Espero que el resto de la casa parezca habitada por alguien.
Me lleva al despacho de su padre, me besa bajo un ramo de muérdago
en la entrada y me enseña el pasillo que lleva al ala de la casa de sus padres.
En la cocina, una mujer mayor con el cabello azul de punta regaña a James
mientras le roba una galleta de un plato.
—Gracias, Shelley —dice mientras la parte por la mitad y me da un
trozo—. Ella es Bex, mi novia.
Shelley me tiende la mano para que se la estreche y sus ojos se
fruncen cuando James me da un beso en la cabeza. Me ruborizo, pero no me
importa mucho. No puedo dejar de mirar las increíbles encimeras de
mármol y la nevera de tamaño industrial.
Me lleva escaleras arriba, pasando por delante de una serie de puertas.
La habitación de Sebastian, la de Cooper, la de Izzy. Dos habitaciones de
invitados. Me asomo a una de ellas. Parece lo bastante acogedora como
para pasar unas cuantas noches, llena de cojines y un grueso edredón. Por
alguna razón, hay un cuadro de una vaca en la pared opuesta a la cama. El
resto de la decoración me da un aire más costero y chic, como corresponde
a una casa situada a pocos minutos de la playa.
James me rodea para cerrar la puerta.
—No vas a dormir ahí.
Levanto una ceja.
—¿Y tus padres?
—Somos adultos. Saben que dormimos juntos. —Entrelaza sus dedos
con los míos y me empuja hasta el final del pasillo—. No tiene sentido
fingir.
Abre la puerta de su propia habitación que revela un espacio ordenado
con paredes azul claro y montones de pósters de fútbol en las paredes.
Sonrío y miro a mi alrededor. Hay trofeos en una estantería encima de la
cama y una librería llena hasta los topes de novelas. Las sábanas y la colcha
son de un blanco cremoso, pero hay una manta de cuadros raída en el
extremo de la cama.
—Es bonito —digo—. ¿Cambiaron algo después de que te fueras a la
universidad?
—Definitivamente falta algo —dice.
Supongo que debería esperármelo, pero aun así grito cuando me
empuja hacia la cama.
Me mira con ojos brillantes y me aparta el cabello del rostro.
—Ah, así está mejor.
Golpeo su estómago.
—Tus padres quieren que bajemos.
—En un minuto. —Me empuja suavemente hacia atrás, cubriendo mi
cuerpo con el suyo mientras me besa—. No he podido darte un beso de
felicitación por conseguir el pase de prensa.
No puedo contenerme y le devuelvo el beso. Tiene los labios
agrietados por el frío y una pequeña barba que necesita afeitarse; el roce me
hace tragarme un gemido. Nos quedamos así unos minutos, apretados,
besándonos hasta que nos falta el aire y tenemos que separarnos para volver
a hacerlo. Sus manos no se mueven, pero noto su creciente erección, y estoy
a punto de hacerle una mamada rápida si quiere cuando se abre la puerta.
—¡Los encontré!
Izzy entra en la habitación con una sonrisa en el rostro.
—Son unos tontos.
32
James
Por la mañana, levantarse es una tortura. Me veo obligado a dejar a
una despampanante, guapísima y desnuda Bex en la cama de mi infancia
para ir a correr en el frío. En la mañana de Nochebuena.
Y ni siquiera soy el primero en bajar las escaleras.
Mi padre levanta la vista de su estiramiento cuando me siento en el
último escalón para ponerme las zapatillas.
—Qué bien que te unas a nosotros, hijo.
—Baboso —dice Izzy, tocándome la mejilla al pasar—. ¿Estuviste
hasta tarde poniéndote juguetón con Bexy?
Pongo los ojos en blanco.
—Uno, no le gusta que la llamen así. Se llama Bex. Y dos, en la lista
de cosas de las que no hablo con mi hermana pequeña, mi vida sexual está
entre las tres primeras.
Seb reprime una carcajada mientras se estira.
—Poniéndose juguetón. Muy buena, Iz.
—Estábamos a punto de irnos sin ti —dice Coop, sacudiendo la
cabeza solemnemente—. El ganador del Heisman se está volviendo
descuidado.
Papá se endereza y aplaude.
—¡Tropas! Su madre ha insistido en dormir hasta tarde por las
vacaciones. Coop, Seb, Izzy, comiencen con Amberly, James y yo
abordaremos Greenwich. Los primeros en volver eligen la primera película
del día.
Corro con mis hermanos fuera de la casa.
A pesar de ser un hombre mucho mayor que no se ha atado los
cordones de los zapatos en años, mi padre casi me gana en las dos primeras
manzanas. Con el aire frío de la mañana escociéndome en las mejillas,
acelero el paso, zigzagueando entre los autos estacionados a un lado de la
calle.
—Así que —dice al final—. La trajiste a casa por Navidad.
Me froto la frente.
—Sí.
—Después de que acordáramos que nada de novias.
—No quería que pasara. Simplemente... evolucionó.
—Después de que fingiste estar con ella. Podría haberte dicho lo bien
que iba a ir eso.
—Ella no es como Sara. —Esquivo un bache—. No se parece en nada
a ella, en realidad. Y me preocupo mucho por ella.
Se detiene de repente y casi choco con él. Me mira, con el pecho
agitado.
—Por Dios. Estás enamorado de ella.
He intentado evitar decirlo, incluso a mí mismo, pero no tiene sentido
negarlo. Puede que empezara como una relación falsa, pero Bex se ha
abierto camino en mi vida tan profundamente que no puedo imaginar una
versión de ella sin que sea mía. Es lo primero en lo que pienso cuando me
despierto y lo último en lo que pienso antes de irme a dormir. Sueño con
ella. Si creyera que puedo convencerla, la trasladaría a mi casa, para no
tener que pasar ni una sola noche sin ella entre mis brazos.
Y mi padre puede ver esos pensamientos corriendo por mi mente, tan
claros como si estuvieran escritos en mi frente con el puto rotulador.
—James —dice pesadamente.
—Esta vez es diferente.
—Hasta que ella se interponga.
—Sara no... —Hago una pausa, restregándome una mano por el rostro
—. Ella no se interpuso. Estaba enferma. Tomé las decisiones que tomé
porque me preocupaba por ella.
—Exacto. —Extiende la mano y me aprieta el hombro—. Beckett
parece una buena chica. No digo que no lo sea. Pero hablamos de la
necesidad de elegir el juego. Pensé que lo entendías.
—He estado eligiendo el juego toda la temporada.
—¿Y qué pasa cuando ella quiera que la elijas, pero se interpone en el
juego?
Trago saliva. Yo también lo he pensado, aunque no estoy dispuesto a
admitirlo ante mi padre. ¿Si el incendio del restaurante hubiera ocurrido
durante el día del partido? Me habría ido con Bex sin importar dónde
tuviera que estar en ese momento. Todo lo que sabía era que en el momento
en que vi el pánico en su rostro, yo iba a estar a su lado a través de lo que
estaba enfrentando.
—Es casi el final de la temporada.
—¿Y cuando esto se convierta en tu trabajo a tiempo completo?
¿Estaría dispuesta a mudarse contigo?
—Mamá se mudó contigo.
—Tu madre y yo teníamos un entendimiento único —dice—. A la
mayoría de la gente le cuesta mucho entender y aceptar los sacrificios
necesarios para triunfar en este mundo.
—Y a pesar de no conocer a Bex, ¿crees que ella es así?
Quiero apartar la mirada, pero sus ojos buscan los míos,
manteniéndome en mi sitio con la fuerza de su mirada.
—Solamente te recuerdo que tengas cuidado. Si juegas como hasta
ahora, en unos días serás campeón nacional. Pero luego viene el draft.
Graduarse. Presentarte a tu primer campo de entrenamiento. Tu primera
temporada, probablemente en Filadelfia o San Francisco.
—Y veo a Bex a mi lado para todo eso. Igual que estaré a su lado para
todo lo que necesite y quiera hacer.
—¿Lo hace?
No digo nada. Creo que sí, pero no lo sé. Bex debería especializarse
en artes visuales; sé que, como mucho, su carrera de negocios le parece
poco entusiasta. Ella debe estar buscando en las carreras que utilizan la
fotografía. Si ahora mismo le pidiera que se viniera conmigo a San
Francisco, no sé cuál sería su respuesta; se ha mantenido firme en lo de
seguir con el restaurante de su madre. ¿Larga distancia? Nunca lo he
intentado y no estoy seguro de poder hacerlo. Hay una gran diferencia entre
los partidos fuera de casa o un par de semanas de entrenamiento y vivir al
otro lado del país con tu novia.
—Sé que la quieres —dice papá en medio del silencio—. Sé que
piensas que vas a estar con ella para siempre. Pero tú también pensabas eso
de Sara, hijo, y mira cómo acabó.
Me frota el hombro. Parpadeo y trago saliva, aunque tengo la garganta
seca. Debería regañarlo, pero no me salen las palabras.
—Sigamos —digo finalmente—. Izzy va a elegir The Family Stone y
no puede hacerme pasar por esa mierda otra vez.
33
Bex
Estoy enamorada de la madre de James.
Cuando bajé las escaleras hace media hora, la casa estaba en silencio.
Incluso en un espacio tan grande, me di cuenta de que James y sus
hermanos no estaban. Fui de puntillas a la cocina con la esperanza de
encontrar café, pero me encontré con Sandra.
Me preparó un café con leche e insistió en que desayunáramos
galletas. Qué icono.
Ahora se echa hacia atrás en la silla, con los pies descalzos debajo, y
bebe otro sorbo de café mientras me mira. Tengo la sensación de que se
avecina algún tipo de interrogatorio. La primera y única vez que conocí a
los padres de Darryl, su madre me preguntó inmediatamente cuántos hijos
pensaba tener. Sandra podía decir prácticamente cualquier cosa e
instantáneamente sería mejor que ella.
—Llevas el abrigo de mi hijo —dice.
Me sonrojo y miro hacia abajo. Es un abrigo gris de McKee, pero me
queda holgado y las mangas me caen sobre las manos. Me las remango,
hurgando en un hilo al azar.
—El suyo es cómodo.
Sonríe. Tiene un rostro amable, natural a su edad, con arrugas al
alrededor de los ojos que añaden suavidad a su sonrisa. No hay nada
artificial en ella. Incluso ahora, solamente lleva una camiseta que se me
ocurre que podría ser de Richard, y unos pantalones de pijama de algodón
suave. Tiene la lengua manchada de azul por el glaseado de las galletas. Sus
anteojos enmarcan su rostro como un personaje de una película de Nora
Ephron. Esta es la mujer que ha amado a James durante toda su vida. Cada
victoria y cada derrota, cada triunfo y cada crisis. Estuvo a su lado en todo
lo que le pasó a Sara.
—James me ha hablado mucho de ti —dice—. Tenía miedo de
contárselo a su padre, pero hago que tengamos llamadas regulares, y
últimamente, han sido todas sobre ti.
—No lo estás obligando —digo sinceramente—. Siempre está más
contento después de que lo llamas.
—Han pasado mucho tiempo juntos.
Asiento. Aunque tengo mi apartamento, últimamente paso cada vez
más noches en casa de James. Como el semestre estaba terminando, tenía
sentido, teníamos trabajo que hacer para la clase de escritura y no podía ir al
apartamento para descansar de la residencia. Además, le molesta que
conduzca sola a casa a altas horas de la noche. Sospecho que es una excusa
para mantenerme en su cama, pero no tengo intención de decírselo nunca.
Me hace demasiado feliz.
—Me preocupaba, después de lo de Sara, me dijo que ya sabes lo de
Sara, que se castigara a sí mismo. Lo que pasó fue horrible, pero no fue
culpa suya. Así no responde una persona sana a una ruptura.
—No —asiento en voz baja—. Sin embargo, ahora ella está bien,
¿verdad?
—Sí. Sigo hablando con su madre de vez en cuando. Está a salvo y
terminando la carrera en otra universidad, cerca de sus primos.
—Eso es bueno. —Tomo mi taza de café, aunque está casi vacía, y le
doy un pequeño sorbo.
—Pero hábleme más de ti. ¿Dice que eres fotógrafa?
Me acomodo el cabello detrás de la oreja y miro el árbol de Navidad
en vez de a ella. El estudio tiene otro árbol, uno que reconozco; está
decorado con luces arco iris y adornos caseros de cuando James y sus
hermanos eran pequeños. Anoche, Sandra me explicó que siempre hacen un
retrato formal de la familia con el árbol en el vestíbulo (ya ha aparecido en
revistas, normalmente junto a la prensa de la fundación), pero que a ella le
gustan mucho más las fotos tontas que hacen en el estudio.
—Sí —digo—. Quiero decir, es mi hobby.
—Oh —dice ella—. ¿No es eso lo que estudias?
—Um, no. Voy a hacerme cargo del restaurante de mi madre cuando
me gradúe. —Me obligo a mirar a Sandra y sonreír—. Es un sitio muy
bonito no muy lejos de McKee. Tenemos la mejor tarta del valle de Hudson.
Lo considera.
—¿Cuál es el mejor sabor?
No es la pregunta que esperaba. Sonrío de verdad.
—Bueno, es famoso por la tarta de cereza, pero yo tengo debilidad
por la de merengue de limón.
—¿Te encanta?
—Es donde crecí.
—¿Y es tu sueño? —Sacude la cabeza tan pronto como dice eso—.
Lo siento, me estoy entrometiendo. Es que me fascinan las pasiones de la
gente. Por supuesto, en mi familia, todos mis hijos tienen la misma pasión.
—Debes de estar muy emocionada de que James entre en la NFL —
digo, aprovechando la débil oportunidad de cambiar de tema.
—¿Emocionada? Sí. ¿Aterrorizada? También sí. Durante diecisiete
años vi a mi esposo ser derribado por hombres que parecían trenes de
mercancías. No es para los débiles de corazón, Bex.
—Al menos no suelen pelear como en la NHL de hockey.
—Ni me hagas empezar —dice ella, sacudiendo la cabeza—. Por eso
Izzy es mi favorita. El vóleibol no suele implicar puños voladores, menos
mal. —Guiña un ojo—. No le digas a los chicos que he dicho eso.
—Estoy segura de que Izzy se los restregaría durante años.
—Empiezas a entender cómo funciona nuestra familia. —Deja su taza
de café a un lado—. Puedo ver que mi hijo se preocupa por ti. Mucho. Y sé
que probablemente vas a pensar que esto es raro, pero gracias por eso. Se
merece tener a alguien a su lado. Es tan serio todo el tiempo... era así
incluso de niño. Siempre siguiendo las reglas, siempre dándolo todo. Pero
cuando te mira... todo su rostro se ilumina y se relaja. Es precioso.
Se levanta, recoge su taza y la mía, y me acaricia la mejilla.
—Y puede que aún no te conozca del todo bien, pero eso es lo que
veo cuando lo miras.
Entra en la cocina y me deja a solas con el árbol de Navidad, cuyos
regalos rebosan por debajo. La chimenea hace ruido, encendió el fuego
nada más entrar. ¿Lo ve de verdad cuando me mira o se lo está imaginando?
Mis sentimientos por James se han vuelto tan profundos. Es como si
hubiera estado nadando en aguas poco profundas durante mucho tiempo y
ahora, de repente, me doy cuenta de que no estoy ni cerca de la orilla. Me
deja sin aliento. Cada vez que me llama “princesa”, mi corazón da un
pequeño salto mortal. Es cursi, es romántico. Puede que sea el tipo de
persona que sigue las reglas, pero se las saltó cuando hicimos nuestro trato
y tengo la sensación de que nunca miró atrás.
Escucho la risa de James. Irrumpe en el estudio con sus hermanos y
sus ojos se iluminan en cuanto me ve. Cuando se agacha para besarme, lo
empujo, está sudoroso y frío a la vez. Consigue darme un beso en la cabeza
y sonríe cuando le doy un manotazo.
—Siento haber tenido que dejarte —dice.
—Sabes que no me importa. A menos que me obligues a
acompañarte. Entonces tendríamos un problema.
Se agacha para que estemos frente a frente y levanta una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí —digo, con la voz más entrecortada de lo que pretendo. Antes
de él, te diría que el sudor era asqueroso, ¿pero ahora? Me dan ganas de
lamerle la gota que le cae por el rostro.
Y por la forma en que me mira, sabe lo que estoy pensando. Está
claro que no estoy tan tranquila y serena como me gustaría.
—¿Qué me harías? —bromea.
Se me pasan un millón de pensamientos por la cabeza, pero antes de
que tenga la oportunidad de responder, o tal vez de empujarlo al suelo y
besarlo, maldita sea la transpiración, nos interrumpen. Aparte de cuando
Cooper nos atrapó enrollándonos sin querer y de la vez que Laura casi
irrumpe cuando nos duchábamos juntos, hemos tenido bastante suerte con
la intimidad. Menos de veinticuatro horas en casa de James y su hermana
pequeña nos ha interrumpido dos veces.
—Voy a poner The Family Stone —declara, dándole un golpecito en
la mejilla a James al pasar.
—Por favor, no —gime James—. Haré lo que sea, Iz. Cualquier cosa
para evitar sentarme a soportar ese dolor.
—Rachel McAdam es incapaz de hacer una mala película. —Me
devuelve la mirada—. ¿Verdad, Bex?
Miro entre mi novio y su hermana. Si estoy de acuerdo, ganaré
algunos puntos con Izzy, pero James hará una mueca.
Eh, puede soportarlo. No es un saco lanzado por el tren de mercancías
de un defensa, por usar las palabras de Sandra.
—¿Sabes qué, Izzy? Tienes toda la razón.

James abre la caja del Monopoly con la misma reverencia con la que
se tratan los objetos históricos. El tablero tiene el mismo aspecto que
recuerdo de las dos veces que he jugado, al igual que las cartas, pero ¿las
piezas de plata? En lugar de ellas, pone un extraño surtido de objetos. Un
botón, un soldado de juguete, un medallón con una bisagra rota, lo que
parece un zapato de Barbie, un pompón brillante y un tapón de botella
abollado.
—Bex es la invitada, debería elegir primero —dice Sebastian desde el
otro lado de la mesita. Estamos todos en el suelo junto al árbol de Navidad,
con tazas de chocolate caliente (excepto Izzy) en la mano. Pensé que aquí
tendría privilegios de novia, que podría formar equipo con James, pero eso
se esfumó en la fría noche de diciembre en cuanto vi el brillo de sus ojos.
Puede que ahora esté acurrucada a su lado, pero una vez que las cartas estén
echadas, él es El Enemigo.
De acuerdo. Puede que tenga que admitir mi derrota cada vez que
vamos a los juegos recreativos a jugar canasta, pero seguro que puedo
ganarle en un juego de mesa.
Cooper me mira con intensidad en sus profundos ojos azules.
—Si me quitas ese botón, me volveré loco.
—¿El botón? —Lo miro—. Me imaginé que sería el que nadie quiere.
—El botón es el más afortunado —dice James—. Luego el zapato.
Izzy cruje los nudillos.
—Me quedo con ese zapato. Me arruinaste el año pasado, James.
—¿Cuál es el más desafortunado? —Pregunto.
—El soldado de juguete.
Sacudo la cabeza.
—¿Tres chicos y nadie quiere al soldado de juguete?
—Es el soldado de la muerte —dice Richard secamente desde su sitio
en el sofá. Sandra está a su lado; son los únicos que prestan atención a la
película que está sonando. Es Wonderful Life.
Me trago una oleada de emoción cuando recuerdo haber visto esa
película en la televisión del restaurante con mi madre. Cuando era pequeña,
le encantaba, como le gustaban otras cosas clásicas: la música, el arte y la
moda. Después de que mi padre se marchara, la película la entristecía
demasiado, y nunca nos obligue a verla. Hace años que no la veo.
—Lo justo es dejarlos todos en medio —dice Sandra—. Todo el
mundo lo toma.
—¿De verdad quieres que Seb vuelva a hacer una llave de cabeza a
Coop? —dice James.
Levanta las cejas mirando a su hijo.
—Todo vale en el amor y en los juegos.
—Bien dicho, cariño —dice Richard, puntuándolo con un beso.
James arruga la nariz, pero yo sonrío. El dolor agridulce que siento en
el pecho no desaparecerá esta noche. Hemos desayunado para cenar, al
parecer, una tradición de la familia Callahan en Nochebuena, y eso me ha
recordado al restaurante. ¿Un gran y acogedor evento familiar como este?
Nunca había tenido eso; incluso cuando tenía a mis dos padres en mi vida,
éramos solamente nosotros tres. Sin hermanos mayores a los que fastidiar ni
hermanos pequeños a los que torturar.
—Bien —dice James, colocando todas las piezas en el centro del
tablero—. A la cuenta de tres. ¡Tres, do… Cooper!
34
James
Cuando llega la medianoche, llevo a Bex a la cama.
Está un poco ebria, su aliento huele a crema irlandesa, tiene las
mejillas sonrojadas, y habla mucho. Yo también, cuanto más jugábamos,
más Bailey's añadíamos a nuestros chocolates calientes. Cooper consiguió
una victoria completamente improbable tras las quiebras consecutivas de
Seb y Bex, y eso ocurrió horas después de que mis padres nos dieran las
buenas noches.
Ella encaja perfectamente en mi familia, tal y como pensé que lo
haría. Mi madre la adora. Y cuanto más tiempo pase papá con ella, más la
querrá también. Soy totalmente parcial, claro, pero es imposible resistirse a
Bex.
La acuesto en la cama con cuidado y le quito el abrigo para que no
pase calor mientras duerme. Se queja y me toma cuando me alejo para
doblarlo y dejarlo en mi escritorio. Sus calcetines peludos tienen pequeños
pingüinos con gorros de Santa. Casi tan adorables como los pendientes con
forma de árbol de Navidad que llevaba hoy.
—Vamos a dormir —murmuro acariciando su cabello enmarañado—.
Si no, Santa no vendrá.
Me acaricia la mandíbula.
—Algún día se lo contarás a nuestros hijos.
—Bex —digo con impotencia. Joder, es tan hermosa que me duele el
pecho. Esos preciosos ojos marrones me miran en sueños, y cada día me
despierto agradecido de poder verlos de verdad.
—Te amo —susurra en voz tan baja que por un momento creo que me
lo he imaginado.
Pero sigue mirándome con la confianza brillando en sus ojos, y sé que
lo ha dicho de verdad.
—Joder, te amo. —La estrecho en un abrazo y le meto la mano en el
cabello. Me clava las uñas en la espalda. Nos quedamos así un buen rato,
respirándonos el uno al otro. Cuando me separo, tiene una lágrima en la
mejilla. La aparto con ternura y la beso.
—Muéstrame cuánto —dice—. Por favor, James. Muéstrame.
Se quita la camiseta, la tira a un lado y empieza a temblar. La subo a
la cama y nos metemos debajo de las sábanas. No puedo dejar de besarla;
cada vez que mis labios rozan su piel, me susurra que la anime.
Te amo. Las palabras se repiten en mi mente y en mis labios mientras
nos movemos el uno contra el otro. Te amo. Te amo. Lo repito tantas veces
que me quedo sin aliento. Se ríe contra mi cuello, sonríe mientras me besa,
se mueve conmigo en la fresca quietud de mi habitación. Soy consciente de
que no somos las dos únicas personas que nos rodean; de que, aunque lo
parezca, no estamos solos en el mundo. Pero en este momento,
absolutamente sí. Estoy en la casa en la que crecí, rodeado de la familia a la
que protegería con mi vida, pero nunca me había parecido tan real, perfecta
y hogareña. No hasta ahora. No hasta Beckett.
Si solamente pudiera elegir a una persona con la que estar, a la que
conocer, a la que amar, el resto de mi vida, la elegiría a ella.
Seguimos pegados cuando escucho que su respiración empieza a
calmarse. Le doy un beso en la frente y salgo de ella. Se vuelve hacia mi
pecho, bosteza y acurruca la cabeza contra mí.
No, no estamos solos en el mundo, pero ahora mismo, bajo las
sábanas, parece como si estuviéramos en nuestro propio mundo.
—Algún día se lo contaré a nuestros hijos —susurro. Se me acelera el
corazón al pensarlo—. Porque soy tuyo, para siempre.
35
Bex
Resulta que la mañana de Navidad es mucho más divertida cuando
estás en una casa llena de gente, y cuando el chico que tienes a tu lado te
dice que te ama... y que es tuyo. Creo que James pensó que estaba dormida
anoche para esa parte, pero lo atrapé entre despierta y soñando. Me he
pasado la mañana acurrucada en el sofá con él, viendo cómo su familia
desenvolvía los regalos mientras sonaba música navideña instrumental de
fondo, y entre bromas y risas, no he dejado de sonreír. Los hermanos de
James me sorprendieron con un mini trípode, muy considerado y un libro de
fotografía de Annie Leibovitz. A James le encantó la bolsa de cuero con
monograma que le regalé; le mandé un mensaje a Laura inmediatamente
para darle las gracias por ayudarme a elegirla.
James me pone una cajita azul en las manos.
—Toma, princesa.
Levanto la vista y me sonrojo como cada vez que escucho el apodo
cerca de otras personas. Tiene un brillo en los ojos que me hace desconfiar
al instante de que se haya gastado demasiado dinero en mí. Reconozco el
particular tono de azul; dudo que haya una mujer en Estados Unidos que no
lo hiciera. Cuando abro la caja, caen sobre mi regazo un par de pendientes
cursis con forma de balón de fútbol americano. Son adorables, pero estoy
demasiado concentrada en el precioso par de pendientes de diamantes
encajados en el terciopelo que hay debajo.
—James, esto es... esto es demasiado.
—¿Te gustan?
Asiento, tocando uno de los pendientes con la uña. Es tan delicado.
Bonito y perfecto, lo bastante grande para lucirlo, pero no demasiado
llamativo. No quiero ni pensar cuánto se ha gastado en ellos, sobre todo
después de lo de la cámara.
—Entonces eso es todo lo que importa.
—Eres demasiado dulce. —Levanto uno de los pendientes del
terciopelo y me lo pongo—. ¿Lo ayudaste a elegirlos, Izzy?
—No —dice ella—. Eso fue todo cosa suya. Desapareció en Tiffany's
durante una hora. En el día de Izzy.
Le beso la mejilla mientras me pongo el otro.
—Gracias. Aunque esto significa que no tienes que comprarme otro
regalo, posiblemente nunca.
Mi teléfono suena en mi regazo. Lo contesto distraída; antes he
intentado llamar a mi madre para felicitarla por Navidad y no ha contestado.
—Hola, mamá, Feliz Navidad...
—Bexy. Sabía que contestarías.
La voz de Darryl me detiene en seco. Me levanto, murmurando una
disculpa a James, a su familia, a la sala en general... no sé. Apenas puedo
tragar saliva. Tengo el corazón en la garganta.
—Sí, su casa es preciosa —digo en voz alta, para que James no me
siga—. James me regaló el par de pendientes más bonitos, te mandaré una
foto por mensaje.
De algún modo, llego al baño. Cierro la puerta y me desplomo contra
ella.
—Darryl. ¿Qué carajo estás haciendo?
—¿Estás con él? —resopla—. Debería haberlo adivinado. Sigues
montándote en su polla por todo lo que vale.
—¿Qué quieres?
—¿Eso es todo, nena? ¿Una mansión y pendientes de lujo? Pensé que
tenías más sustancia que eso.
—Voy a colgar.
—Espera. —Hay una nota genuina de emoción en su voz, así que no
lo hago. Maldita sea, ¿por qué me llama en Navidad?—. Quiero saber.
—¿Saber qué?
—¿Por qué él? —Hace una pausa, respirando agitadamente en la línea
—. ¿Por qué elegiste a ese imbécil?
—No sabes de lo que hablas. —Resisto a duras penas el impulso de
corregirlo sobre Sara; no tiene derecho a esa información, además no quiero
que sepa que cedí y me enfrenté a James por ello—. Y no es un imbécil, es
mi novio y tu compañero de equipo y tienes que retroceder de una puta vez.
—Nunca quisiste conocer a mi familia. Ir a casa de mis padres. Tuve
que arrastrarte a cenar con ellos. La única vez que intenté hacer algo
jodidamente bonito por ti y comprar tu estúpida fotografía, no me dejaste.
Cierro los ojos.
—¿A quién le importa, Darryl? Fue hace un año.
—Sé que lo arruiné cuando te engañé —dice—. Pero no voy a dejarte
ir.
—Tienes que hacerlo.
—No.
—Decir que no...
—No —suelta. Su voz se quiebra sobre la línea como un relámpago
—. No me digas que no, joder.
Respiro hondo. Estoy temblando, pero él no está aquí. Está en Boston
con su familia. Yo estoy en Long Island. Estamos a horas de distancia; el
maldito estrecho de Long Island nos separa. Pero su voz es tan potente que,
durante medio segundo, me resisto a mirar por encima del hombro.
—Bexy —dice, su voz se quiebra, más suave ahora—. Te echo de
menos. Todavía...
Me callo un momento.
—Darryl, ya no estamos juntos.
—Eres la única a la que he...
—Deja de llamarme —interrumpo, aterrorizada por lo que sea que
esté a punto de decir. No puedo oír esas palabras salir de su boca. Ni ahora
ni nunca. Y menos tan pronto después de que James me las dijera.
—¿Ni siquiera quieres oír lo que tengo que decir?
Cuelgo. Inmediatamente vuelve a llamar y, cuando salta el buzón de
voz, vuelve a llamar. Bloqueo su número, temblando tanto que no acierto el
botón en los dos primeros intentos. Tiro de la cadena, por si hay alguien
esperando en el pasillo, y corro al lavabo para echarme agua en el rostro.
Creo que tengo un aspecto lo bastante normal como para volver a
unirme a la fiesta. Me retoco uno de los pendientes. James se estará
preguntando adónde he ido.
Pero cuando salgo, Richard me está esperando.
—Bex —dice—. ¿Cómo está tu madre?
—Oh, um, bien. —Me pongo más erguida. No he estado a solas con
Richard y, después de la conversación con Darryl, estoy muy nerviosa. No
me ama, pero si de verdad cree que me ama, eso me incomoda más de lo
que me gustaría admitir—. Gracias por preguntar. ¿Deberíamos...?
—Amas a mi hijo —dice Richard.
No es una pregunta. Asiento.
—Y estás de acuerdo en que está destinado a la grandeza.
Nunca había oído a nadie usar esa expresión en serio. Pero no está
mintiendo, así que vuelvo a asentir.
—Tiene mucho talento.
Mi respuesta hace que Richard se relaje un poco. Se mete las manos
en los bolsillos y se apoya en la pared. Ha bajado esta mañana con un
abrigo con un árbol de Navidad borroso, y su atuendo es contrario a la
expresión seria de su rostro me está haciendo sentir ligeramente histérica.
—Me agradas, Beckett. Creo que tienes una manera clara de pensar.
Admiro el sentido práctico.
—¿Gracias?
—Quiero hablarte de un asunto práctico. —Sus ojos, tan parecidos a
los de James, me miran de arriba abajo. Me estremezco. No sé cómo James
y sus hermanos soportaron que les dirigiera esa mirada mientras crecían—.
No tengo ningún problema con que salgas con él. De hecho, creo que le has
hecho bien. En un mundo ideal, estarías en su vida durante mucho tiempo.
Pero estamos de acuerdo en que lo más importante es que él cumpla su
destino, ¿no? Que tenga la oportunidad de convertirse en la leyenda que
tiene talento y potencial para ser.
Asiento, eso es fácil.
—Sí. Es todo lo que quiero para él.
—Bien. Estamos de acuerdo. —Ladea ligeramente la cabeza—. Lo
único que te pido es que no amenaces eso. Si mi hijo se preocupa por ti, te
pondrá en primer lugar. Nunca se antepondrá a sí mismo. Y eso es
exactamente lo que tiene que hacer ahora. —Se acerca un paso más—.
Cualquier problema que tengas, cualquier cosa que te lleve a
conversaciones telefónicas como esa, no se lo digas. No lo conviertas en su
problema. Ahora no. ¿Entiendes?
Tiene razón. Hubo un problema en el restaurante, y James
prácticamente luchó para ir conmigo. Si supiera lo de Darryl, haría algo de
lo que se arrepentiría después.
—Lo entiendo.
—Bien. —Extiende la mano y me aprieta el hombro—. ¿Y Bex? Un
consejo.
Lo miro. Tiene una expresión seria, pero también hay suavidad. Es
casi paternal. Hacía años que no me miraban así.
Odio lo mucho que me afecta.
—Esto también va por el restaurante. Piensa mucho antes de atarte a
él. Porque no elegirá el equipo en el que acabe.
—Lo sé.
—Él sería fiel, pero ¿sería lo mejor para los dos? Piénsalo.
Me da otro apretón en el hombro antes de sonreír y volver a la sala,
dejándome sola en el pasillo.
Me froto los ojos, respiro hondo y me obligo a moverme.
En lugar de eso, miro el teléfono. Desde que bloqueé el número de
Darryl, no sé si las llamadas han cesado. Me arriesgo y lo desbloqueo,
enviando un mensaje que no hace nada por reducir mi ritmo cardíaco o
aliviar la tensión de mis hombros.

Yo: Hablemos antes del partido.


36
Bex
Si alguien me hubiera dicho antes de empezar el semestre que el dos
de enero estaría en Atlanta para ver a mi novio jugar en el campeonato
nacional de fútbol universitario, habría exigido saber cómo volví con
Darryl.
En cambio, tengo a James.
Cuando lo besé en esa fiesta, no podía imaginar un futuro en el que
estaríamos juntos. Enamorados el uno del otro. Donde estaría apoyándolo
en el momento más importante de su vida hasta ahora, con mi cámara
colgada del cuello porque estoy usando mi pase de estudiante de prensa
para tomar fotografías durante el partido.
Puede que también sea el momento más importante de mi vida.
Solamente necesito sacar esta conversación con Darryl del camino.
Probablemente sea inútil tratar de razonar con él, pero no puedo
evitarlo. Tenemos una historia, aunque todo lo que ha estado haciendo es
agriarla a cada paso. Quizá haya algo que pueda decirle para que entienda
de una vez por todas que no quiero que me envíe mensajes, ni que me
llame, ni que me busque en el campus, y que definitivamente no tengo
planes de volver con él.
Lo encuentro en el pasillo, cerca de los vestuarios. Todavía falta un
poco para el partido, así que aún no se ha puesto el uniforme y no se ha
pintado las mejillas. Se pasa la mano por el cabello, más corto que la última
vez que lo vi, y me dedica una sonrisa que no le llega a los ojos. ¿Sonreía
de otra manera cuando pensaba que yo le gustaba, o es que yo lo veía de
otra manera?
—Bexy.
Suspiro. No tiene sentido intentar corregirlo.
—Darryl. ¿Estás listo para el partido?
Alarga la mano y tira de mi pase de prensa.
—Mierda, mírate.
Me inclino un poco hacia atrás.
—Tienes que dejar de hacer esto.
—¿Hacer qué? —dice—. ¿Intentar recuperar a mi novia?
—Sí. —Cruzo los brazos sobre mi pecho. Llevo la camiseta de James,
y sé que ahora mismo no es productivo, pero espero que lo moleste—.
Renunciaste a eso cuando me engañaste.
—Y te lo dije, eso fue un error. El peor error que he cometido.
—Bien. Díselo a la próxima con la que salgas.
Voy a marcharme, porque cuanto más tiempo estoy aquí más
incómoda me siento, pero como en el partido de Penn State, me encierra.
Miro nerviosa a su alrededor para ver si hay alguien. Es un riesgo quedar
con él en un sitio donde James también está, pero quería que fuera
semipúblico.
No me da miedo; aparte de aquella vez en el restaurante, no ha
intentado tocarme. Simplemente no está acostumbrado a perder algo que
quiere y, por desgracia, ese algo sigo siendo yo. Le dirijo lo que espero sea
una sonrisa tranquilizadora y pongo mi mano en su brazo.
—Darryl. Ya no me quieres. Incluso antes de conocer a James,
habíamos terminado.
—Corta el rollo —dice, esa nota fría y enfadada de nuevo en su tono
—. ¿Me dejas y luego te das la vuelta e inmediatamente empiezas a salir
con él? Te amo, Bex. ¿Sabes cuánto me duele verlos juntos?
—¡Si de verdad lo hicieras, no me habrías engañado! —No puedo
evitar levantar la voz—. Yo seguí adelante, y tú también tienes que hacerlo.
Deja de buscarme en el campus. Deja de venir a mi trabajo. Deja de
llamarme. Deja de hacerlo.
—Sé que mentías sobre lo de salir con él —dice.
Me obligo a no reaccionar, aunque sus palabras me hacen sudar. El
trato que hicimos James y yo parece que fue hace mucho tiempo, pero así es
como comenzó todo esto.
—¿Qué?
—Puede que ahora no mientas, pero para empezar mentiste y me
hiciste quedar como un jodido idiota.
Trago saliva.
—Me importabas mucho. Sigo queriendo que seas feliz. Pero no vas a
ser feliz conmigo.
Sacude la cabeza.
—No. Deja de decirme que no.
—Darryl...
—Termina con él.
Me río incrédula.
—No me estarás diciendo eso en serio.
—Rompe con él o le contaré a todo el mundo la verdadera razón por
la que dejó LSU. —Se inclina hacia mí, haciendo que se me salte el corazón
a la garganta. Me recuerdo a mí misma que en realidad no estamos solos,
que en cualquier momento pasará alguien, y que no tengo por qué ceder a
sus ridículas exigencias solamente porque crea que aún me quiere. Creo que
nunca me ha querido de verdad, solamente a una versión de mí, una versión
de la novia buena y comprensiva que quiere a su novio futbolista. Yo no
podía darle eso a él, pero se lo he estado dando a James toda la temporada,
y ahora por fin me está pasando factura—. Me echas de menos, cariño, sé
que lo haces.
Se inclina y me besa. No me aparto lo bastante rápido y me quedo
paralizada mientras sus palabras resuenan en mi mente. Lo profundiza y me
agarra el cabello con la mano, obligándome a separar los labios para él.
Demasiado tarde, subo las manos para empujar su pecho, pero es tan fuerte
que no consigo que se mueva. En lugar de eso, lo pisoteo con el pie, tan
fuerte como puedo, y él se separa, maldiciendo.
—¡Joder, Bex!
—¡Eres un imbécil! —grito, tratando de mantener mi voz lo más baja
posible en caso de que alguien más esté alrededor—. No voy a terminar con
él. Tienes que retroceder de una puta vez.
Me mira fijamente, moviendo la mandíbula. En cuanto se mueve, no
sé si para pegarme o para besarme de nuevo, pero no quiero averiguarlo,
salgo corriendo hacia la puerta abierta del otro lado del pasillo. Me encierro
adentro; parece una especie de armario de suministros. Me desplomo contra
el, con la sangre corriendo por mis oídos, y me limpio la boca.
—Oye, Darryl.
Joder. Reconocería esa voz en cualquier parte.
—Callahan —lo escucho decir—. ¿Listo para el partido?
Dejo de respirar. Parece totalmente indiferente a lo que acaba de
pasar. Al menos no está a punto de pelear con James. Pero si James se da
cuenta de lo que acaba de hacer... Ni siquiera puedo terminar ese
pensamiento. Cruzo los brazos con fuerza, resistiendo el impulso de abrir la
puerta de golpe y esconderme en el pecho de James. Esto es exactamente el
tipo de cosas con las que le dije a Richard que no lo molestaría, y si me ve
ahora, sabrá al instante que algo va mal.
Un sollozo sale de mi garganta. Me tapo la boca con la mano. Estoy
temblando, las lágrimas corren por mis mejillas.
—Sí —dice James—. El entrenador está hablando en el vestuario. Es
casi la hora de vestirse.
—Vamos entonces.
Escucho, con el cuerpo tenso, hasta que sus pasos se desvanecen.
Entonces me limpio con cuidado las lágrimas y compruebo si mi
rímel sigue bien. Después de todo, se acerca la hora del partido. No puedo
permitirme el lujo de derrumbarme ahora, y no voy a darle a Darryl esa
satisfacción. Y lo que es más importante, no puedo arruinarle el partido a
James.
37
James
Habla con cualquier futbolista sobre los partidos importantes de su
carrera y te dirá que todos los partidos son importantes. Esa filosofía es
cierta hasta cierto punto, nunca voy a dejar de darlo todo en un partido, pero
lo cierto es que algunos son más importantes que otros.
A veces se trata de un partido muy esperado a principios de
temporada, o de un enfrentamiento de conferencia que se ha convertido en
una intensa rivalidad. Otras veces se trata del campeonato.
Hoy es uno de esos momentos.
Justo después de Navidad, me fui a Atlanta a prepararme con el
equipo. El entrenador Gómez está tenso, y no lo culpo, es la primera vez
que McKee llega tan lejos desde que comenzó su mandato como entrenador
jefe. Los otros seniors del equipo han estado tan callados como yo estos dos
últimos días, meditando sobre el que será nuestro último partido
universitario, ganemos o perdamos. Algunos de estos chicos acabarán en la
NFL como Sanders y yo, pero muchos de ellos no. Para algunos de ellos,
este es el último partido de fútbol que jugarán, y punto.
Y tengo que llevarlos a la victoria.
Descruzo las piernas y me levanto, secándome las manos. El suelo del
gimnasio no es el espacio de meditación más agradable que he utilizado
nunca, pero funciona bien para mis propósitos cuando me pongo los
auriculares con cancelación de ruido. Hay un millón de pensamientos
rondando mi mente en este momento, pidiendo mi atención, y no puedo
darle tiempo a nada que no esté relacionado con el plan de juego. Es la pura
verdad.
Miro el reloj. Falta una hora para el partido.
Además de estar en Atlanta, el partido es el lunes por la noche, en
horario de máxima audiencia. Jugamos contra Alabama, pero eso no me
asusta.
Puedo hacerlo. El equipo es bueno, y hemos funcionado a todos los
niveles, sobre todo en los dos últimos partidos. Podría recitar las jugadas
mientras duermo. He visto tantos vídeos de la temporada de Alabama que
puedo detectar sus movimientos defensivos en medio segundo. Y voy a
tener que hacer exactamente eso para ganar.
Bo me mira cuando paso, con la esterilla de yoga enrollada bajo el
brazo.
—El entrenador entró mientras tenías los auriculares puestos. Vamos
a hablar dentro de unos minutos.
Asiento y le doy una palmada en el hombro.
—Gracias.
Nos miramos durante un largo momento.
—Te lo agradezco, hombre —le digo—. Has estado increíble toda
esta temporada.
—Tú tampoco estás nada mal —dice con una sonrisa ladeada—. Nos
vamos a llevar este puto trofeo a casa.
—Lo haremos. —Las palabras encienden el fuego en mi estómago.
Respiro hondo—. Sesenta minutos más.
—Sesenta minutos más.
Mientras me dirijo al pasillo, compruebo mi teléfono. Mi familia me
ha enviado un mensaje de texto deseándome buena suerte, todos están en el
partido, por supuesto. Hace un par de días, ESPN nos hizo una entrevista
especial a papá y a mí como parte de su cobertura previa al partido del
campeonato, y el orgullo en su voz me hizo estremecer. Consiguieron
imágenes de cuando yo era pequeño, jugando al fútbol a los siete, diez y
doce años, y mamá les dio fotos mías con los distintos uniformes que he
llevado a lo largo de los años para que las utilizaran en un montaje. Algunas
cosas eran un poco embarazosas, pero la mayoría divertidas. El único
momento incómodo fue cuando el entrevistador me preguntó por mi vida
sentimental y mencionó a Sara. Desvié la conversación hacia Bex y le dije
que estaría en la banda haciendo fotos del partido, así que fue genial.
Pero me pregunto si Sara estará viendo el partido esta noche. No me
he puesto en contacto con ella, sus padres me han pedido que no lo haga y
lo he respetado. Pero me gustaría poder enviarle un mensaje y asegurarme
de que está bien.
Darryl dobla la esquina, silbando.
—Oye, Darryl.
—Callahan —dice—. ¿Listo para el partido?
—Sí. El entrenador está hablando en el vestuario. Casi es hora de
vestirse.
—Vamos entonces. —Lidera el camino por el pasillo—. ¿Bex está
aquí?
—Sí —digo con recelo—. En realidad, es una de las estudiantes
fotógrafas, estará en la banda.
—¿Está? —Empuja la puerta de la habitación de la derecha—. Bien
por ella.
Entrecierro los ojos. Suena demasiado frívolo para mi gusto.
Esperemos que esto signifique que solamente está centrado en el próximo
partido, y con un poco de suerte, finalmente se dé cuenta de que Bex está
fuera del mercado y no va a estar de nuevo con él en el corto plazo.
—Sí —digo mientras nos unimos al resto de los chicos reunidos en el
centro del vestuario—. No puedo esperar para celebrarlo con ella más tarde.
No puedo esperar a salir al campo y jugar este puto partido, pero ver a
Bex después del partido será increíble. En cuanto consigamos la victoria, la
encontraré en la banda y la besaré hasta dejarla sin sentido. Solamente
pensarlo me dan ganas de salir corriendo al campo.
El entrenador aplaude una vez que estamos todos en el mismo sitio.
—Caballeros. Han recorrido el camino y han llegado hasta aquí.
Vamos a tomarnos un momento para asimilarlo.
La mayoría de los chicos bajan la cabeza, pensando o rezando,
algunos se balancean en su sitio, otros cierran los ojos. Yo lo hago,
visualizando el momento exacto en que el árbitro pitará el final del partido.
El estadio enloquecerá y mis compañeros me acosarán, pero no lo celebraré
hasta que encuentre a mi terca y perfecta novia. Tenerla en la banda como
fotógrafa estudiantil, además de ser genial para ella, es una ventaja para mí.
La veré mucho antes de lo que cualquiera de los otros chicos verá a sus
parejas.
Imagino toda la escena, el confeti, la prensa corriendo, Bex
interviniendo cuando hablo con el entrevistador de ESPN. Mis compañeros
de equipo abrazándome. Los chicos de Alabama felicitándome mientras les
digo que han jugado duro. El momento en que mi familia baja al campo
para felicitarme; la forma en que mi padre me estrecha la mano antes de
abrazarme. Incluso imagino cómo me quedará la gorra de campeón en la
cabeza y el peso del trofeo en mis manos mientras lo sostengo. Es una
técnica de visualización que utilizo a menudo, pero nunca había
profundizado tanto en ella.
No quiero dejar nada al azar. Voy a ganar este partido, contra viento y
marea.
Al cabo de un minuto, el entrenador se aclara la garganta y abro los
ojos.
—Estoy orgulloso de todos ustedes —dice, mirándonos a los ojos uno
por uno. Su mirada se detiene en mí y sus labios esbozan una media sonrisa.
Sé que he superado sus expectativas esta temporada. Se arriesgó al
contratarme después de todo lo que pasó en LSU, y mereció la pena para él
y para mí—. Y estaré orgulloso si ganan o pierden, no me malinterpreten.
Han jugado una temporada increíble, invictos, y eso no se los puede quitar
nadie. No importa el resultado de este partido, no importa lo que hagan en
el futuro: lo han conseguido. Se han esforzado al máximo. Me han hecho el
trabajo muy fácil, caballeros.
Todos nos reímos un poco. Percibo la energía en la sala, la
anticipación nerviosa, la emoción. Hemos jugado en un gran escenario toda
la temporada, pero ni siquiera los otros partidos de postemporada pueden
compararse con éste.
—Salgamos ahí fuera y consigamos una última victoria —dice—.
Conocemos nuestro juego, conocemos a nuestro rival, tenemos un plan y
vamos a ceñirnos a él. ¿Callahan?
Doy un paso al frente.
—¡Jodido campeón Heisman! —dice Demarius mientras Fletch silba.
—Ese es nuestro hombre —dice alguien por detrás.
Sonrío, sacudiendo la cabeza.
—Hombre. Hagámoslo, joder.
El equipo estalla en ovación. El entrenador me sacude el hombro y
empieza un cántico que rápidamente se extiende por toda la sala. Es tan
fuerte que cualquiera diría que ya hemos ganado, apenas escucho al
entrenador cuando grita que es hora de ponernos la equipación.
Me meto los dedos en la boca y silbo para que todo el mundo se calle.
—¡El entrenador dice que nos vistamos! —grito—. ¡Vamos a rockear!
—Como si tú no fueras a hacer sonar a Lady Gaga —dice Bo,
ganándose una sonora carcajada de los chicos. Le hago un gesto de
desprecio mientras me dirijo a mi casillero. Alguien pone la mezcla del
equipo, que incluye una saludable mezcla de pop, rap y hip hop, y nos
reímos, gritando por todo el vestuario por encima de la música, mientras
nos preparamos para salir.
Me quito el reloj, lo guardo en el casillero y tomo el casco. Doy dos
golpecitos contra la puerta del casillero, como hago desde que estaba en
noveno grado.
Ya estoy preparado.
Lo único que queda por hacer es jugar un buen partido.
38
James
Grito órdenes mientras nos alineamos de nuevo, mirando el reloj.
Queda menos de un minuto para el descanso. Llevamos todo el partido
abriéndonos paso a través de largos drives, consiguiendo primeros downs, y
hemos sido recompensados con varios touchdowns y un gol de campo.
Alabama no está muy lejos, sin embargo, otra anotación aquí significaría
que es un juego de dos anotaciones de cara a la segunda mitad. Alabama
tendrá el balón primero cuando comience el tercer cuarto, por lo que anotar
aquí es esencial.
Estamos en el tercer down, sin embargo, y tenemos que hacer uno
primero para mantener la posibilidad de un touchdown en esta unidad en
marcha.
Observo el campo, ajusto rápidamente un par de mis hombreras y me
coloco en posición para el pase. Hago que parezca que vamos a atacar por
el centro, pero eso me deja un carril abierto a la derecha. Finjo pasar el
balón, lo meto bajo el brazo y salgo corriendo hacia el primer down.
Me paso la lengua por el labio mientras veo cómo el entrenador me da
la señal para la siguiente jugada. Con una nueva serie de downs, tenemos
más opciones.
A continuación, una carrera por el centro. Luego, un pase corto que
consigue un par de yardas. Intentamos llegar a la zona de anotación, pero
sale desviado. Vuelvo a mirar el reloj y veo que el entrenador me dice que
lo intente. Tenemos tiempo para un intento de pase más antes de tener que
recurrir al gol de campo.
Veo a Darryl en la zona de anotación, sacudiéndose la cobertura
hombre a hombre, y le lanzo. Es un poco alto; salta y lo atrapa con una
mano, llevándoselo al pecho antes de caer al suelo.
—¡Joder, sí! —grito, sacudiendo el puño mientras corro hacia él.
Ahora puedo respirar mejor antes del descanso. Se acerca sonriendo,
acosado por un par de chicos, y baila un poco en la zona de anotación.
Alargo la mano y lo abrazo con un solo brazo, dándole palmadas en la
espalda.
Solamente quedan un par de segundos para el descanso, así que
Alabama opta por dejar correr el reloj, contando, estoy seguro, con la
primera posesión de la siguiente parte. Pero no estoy preocupado. Confío en
mi defensa.
No he buscado a Bex en la banda, queriendo evitar la distracción
durante el partido, pero ahora la veo saludándome con la mano. Le
devuelvo el saludo con una sonrisa. Estoy seguro de que ha sacado unas
fotos increíbles del partido hasta ahora, pero en realidad, lo único que
espero es que le haya gustado hacerlo. Si esto le ayuda a darse cuenta de
que puede tener un futuro así, de que merece dedicarse en serio a la
fotografía, estaré encantado.
Darryl se inclina mientras trotamos hacia el túnel que lleva a los
vestuarios.
—Fue un lanzamiento alto, C.
—Fue una gran atrapada —le digo, totalmente sincero. Y lo fue—. Te
has lucido.
—Sí —dice—. Seguro que a Bex le ha encantado.
Casi me tropiezo. ¿Qué demonios está haciendo, hablando de mi
chica otra vez? Primero el pase de prensa y ahora esto. Bex no ha vuelto a
hablar de él en años, así que le he seguido la corriente, sin querer traer
malos recuerdos. Darryl y yo hemos estado casi siempre bien, o al menos
eso creía hasta hace dos segundos. Aunque estoy empapado en sudor, siento
punzadas en el cuello como si tuviera frío.
—Oye —le digo, apartándolo de la multitud antes de que entre en los
vestuarios—. ¿Intentas decirme algo?
—Eso depende —dice—. ¿Qué crees que debería decir?
—Nada —digo brevemente—. No en lo que respecta a Bex. No es
tuya, idiota. Hace meses que no lo es.
Se encoge de hombros, una pequeña sonrisa exasperante jugando en
sus labios.
—Bien, hombre. Lo que tú digas.
No estoy seguro de qué carajo significa eso, pero el entrenador me
llama y no puedo desobedecer, así que miro a Darryl de mala gana un
momento antes de irme. Hay algo en su sonrisa que no me gusta. Si se le
ocurre mirar a Bex, vamos a tener un problema.
Me seco la frente sudorosa con una toalla mientras escucho al
entrenador repasar el partido hasta el momento y el plan para la segunda
parte. Es un momento importante y tengo que concentrarme al cien por
cien. Pero no puedo evitar mirar a Darryl de vez en cuando.
No tiene motivos para intentar desconcentrarme, estamos en el mismo
bando. ¿A menos que me odie tanto? Pero yo no le robé a Bex. La perdió él
solo.
Me tenso cuando lo escucho decir el nombre de Bex, pero no me giro.
Ni siquiera cuando escucho la palabra beso.
—Sí —continúa—. Es tan buena como la recuerdo. Un beso y ya
estaba pidiendo más.
Siento que los puños se me cierran a los lados. La sangre me golpea
los oídos, pero sigo oyendo sus siguientes palabras, claras como el puto día.
—Siempre fue una zorra. Ha sido una putita con Callahan todo el
semestre, pero voy a recuperarla.
Todo mi mundo se reduce a un pequeño punto, las feas palabras
resonando en mi cabeza.
La besó. La besó, joder. ¿Cuándo? ¿Cómo? Y si es verdad, ¿por qué
me entero por él?
—¿James? —dice el entrenador Gómez. Me agarra el hombro, un
gesto que normalmente me tranquiliza, pero ahora mismo quiero arrancarle
la mano—. ¿Estás bien, hijo?
—Disculpe —digo con fuerza—. Deme un segundo.
Quiero tirar a Darryl contra el banco de casilleros y romperle la puta
nariz contra el cráneo, pero de algún modo, consigo pasar a su lado y salir
de los vestuarios. Bex está de pie junto a la puerta, justo donde la vi cuando
entré, y odio cómo la expresión bonita y emocionada de su rostro se apaga
en cuanto me ve.
—¿James? —dice—. ¿Qué pasa?
—¿Te ha besado?
Su silencio sería respuesta suficiente, pero también le tiembla el labio,
y siento que mis venas se llenan de hielo al darme cuenta de que está a
punto de llorar. Cierro los ojos durante un largo instante, intentando detener
los latidos de mi corazón.
—Voy a matarlo, joder.
—Espera —dice tomándome de la mano—. Cálmate.
—¿Lo hizo?
—Sí, pero...
—¿Pero qué? —Interrumpo. La rabia que me invade alcanza su punto
álgido cuando me doy cuenta de la verdad—. ¿Pero qué? Te tocó sin tu
consentimiento, porque sé que, por mucho que alardeara de ello, tú no se lo
diste. ¿Te hizo daño?
Se da la vuelta.
—No hagamos esto ahora. Todavía tienes que jugar la segunda parte.
—A la mierda el partido. —Giro su rostro para que me mire. Necesito
ver en sus ojos que no miente, que está bien. Que no hizo nada peor que
besarla. Parpadea y sus ojos se llenan de lágrimas. La abrazo fuerte y le
agarro el cuello con una mano—. Dime lo que hizo.
Solloza en mi hombro, un sonido que me golpea entre las costillas
como una bala.
—Lo siento, es que... ha estado intentando hablar conmigo, y
quedamos antes de que empezara el partido, y cuando intenté decirle que
me dejara en paz, me besó. —Se echa hacia atrás, mirando hacia arriba
mientras se abraza. Tiene los ojos muy abiertos y, mientras se traga otro
sollozo, me doy cuenta de que no solamente está enfadada, sino asustada.
Ese cabrón la ha asustado—. Ya está. Estoy bien.
—Y una mierda que estás bien —gruño prácticamente. Vuelvo a
abrazarla, esta vez aún más fuerte, apretando mi rostro contra su cabello.
Vuelve a sollozar; la siento temblar contra mí—. No tienes que fingir que
estás bien, joder.
En cuanto tenga a Darryl a solas, va a desear no haber pensado nunca
en tocar a mi chica.
—Tienes que terminar el juego —susurra.
Sé que tiene razón, pero de ninguna manera la dejaré así.
—Estás temblando como una hoja, cariño.
Frota su mejilla contra mi hombrera. Noto cómo lucha por controlar
la respiración, pero no lo consigue; inspira un suspiro que se convierte en
otro sollozo silencioso. Pasan un par de personas y les hago señas con la
mano, apretando los dientes. Nos quedamos así un minuto, apretados.
Protejo su cuerpo con el mío para que, cuando pase alguien más, no la vean
mientras llora, aunque cada ruidito que hace me duele profundamente.
—Te amo —le susurro.
—Lo siento —dice al final, tan bajo que casi no la escucho—. Lo
siento mucho.
—No es culpa tuya.
Sacude la cabeza.
—Tienes que irte. Es casi la hora, ¿no?
—Probablemente. —Me retiro y acaricio su rostro con la mano—.
¿Estás bien para volver ahí fuera?
Se limpia los ojos con cuidado y asiente.
—Sí —dice, con una voz cargada de emoción que me estruja el
corazón—. ¿James?
—¿Sí, princesa?
Duda un momento, como si no supiera qué decir.
—Yo también te amo.
39
Bex
Doy un paso atrás cuando un par de tipos se dirigen hacia mí,
haciendo clic todo el tiempo. Lo más difícil de todo esto ha sido evitar a los
jugadores, que a veces no pueden evitar acabar fuera de los límites. Un
lanzamiento errado del quarterback de Alabama casi acaba golpeándome en
el rostro en el primer cuarto, antes de que me diera cuenta de que tenía que
moverme muy rápido para seguirle el ritmo. Uno de los camarógrafos de
ESPN, Harold, me ha ayudado durante todo el partido, ofreciéndome
consejos para anticiparme a las siguientes jugadas. Aunque es un tipo
mayor y delgado como un poste, corre rápido y siempre tiene la cámara en
posición para captar la jugada. Es todo un profesional.
Me encanta ver los partidos, ¿pero esto? Esto es increíble. Mi corazón
no ha dejado de latir desde que empezó el partido, y la mayor parte es por la
adrenalina que me recorre. Estoy emocionada y nerviosa por James, sí, pero
he estado tan concentrada en mi trabajo que a veces me olvido incluso de
animarlo cuando hace un lanzamiento especialmente bueno.
Por supuesto, este partido me gustaba mucho más antes de que James
descubriera que Darryl me había besado.
Los equipos vuelven a alinearse. Miro el marcador. Tercer down, así
que James tiene que hacer algo de magia para mantener el impulso.
Toma el pase, finge un pase y sujeta el balón con fuerza, llevándolo él
mismo hasta el marcador y corriendo fuera de los límites. Me ve y me guiña
un ojo mientras le devuelve el balón al árbitro. Me sonrojo y me muerdo los
labios mientras le hago un par de fotos en el grupo.
Cuando volvió a los vestuarios, busqué el baño más cercano y me
recompuse. Cuando salgo, mi aspecto es totalmente normal. Normalmente
puedo ponerme una máscara cuando es necesario, y esto no es diferente...
no es que deje de dolerme el pecho. He estado al límite desde entonces,
conteniendo la respiración cada vez que veo a James y Darryl interactuar.
Prometí que no lo distraería, y luego fui y le di la mayor distracción posible
a mitad del juego.
Solamente tengo que esperar que sea capaz de sacárselo de la cabeza
durante el resto del partido.
Todavía no puedo creer que me derrumbara así. Cada vez que pienso
en ello, me pica la piel y se me llena la garganta de emoción. Una cosa era
pasar la primera mitad del partido intentando olvidar lo que hizo Darryl.
¿Ahora que sé que James lo sabe? El pánico amenaza con convertirse en un
incendio.
Vuelvo a mirar el marcador. Ver que los grandes números anuncian
que McKee sigue ganando, 33-30, me tranquiliza. Estamos metidos de lleno
en el último cuarto, y si James lidera otro ataque, estarán mucho más cerca
de sentenciar el partido.
Pero cuando James intenta otro pase, se le escapa de los dedos al
receptor... y cae en las manos de uno de los jugadores de Alabama.
—Mierda —murmuro en voz baja. Hago un par de fotos de todos
modos, pero tengo un nudo en el estómago. Tendrán la oportunidad de tener
otra posesión, pero el partido podría estar empatado en ese momento, o más
allá, si Alabama marca un touchdown. Echo un vistazo a la banda de
McKee mientras los chicos cambian con la defensa. James se arranca el
casco y prácticamente se lanza al banquillo. No lanza muchas
intercepciones, y aunque esa no fue culpa suya, estoy segura de que se
siente fatal.
Quizá no pueda concentrarse porque está pensando en Darryl
besándome en vez de en el partido. Si su padre tenía razón, si mis
problemas hicieron que perdieran...
Se me revuelve el estómago con solamente pensarlo.
Y se pone peor cuando Alabama toma esa intercepción y la convierte
en un touchdown.
37-33, con menos de un minuto para el final. James tiene mucho
tiempo, pero un gol de campo no servirá; necesitan el touchdown. Sigo
recordándomelo a mí misma mientras veo al equipo agruparse para un
tiempo muerto, el entrenador de James hablando con sus manos tanto como
con su voz. Tiempo de sobra. James es completamente capaz de liderar un
ataque de touchdown bajo una presión como ésta, en el partido anterior,
tuvieron que remontar una desventaja para empatar antes de acabar
ganando.
Comienzan las jugadas con una buena posición de campo, pero
rápidamente caen a un tercer down cuando dos intentos de carrera no llevan
a ninguna parte. James lanza un pase y consiguen un primer down para
mantener el impulso. Avanzo por la banda con ellos, esquivando a los
jugadores, al personal y a otros miembros de la prensa. El rugido del
público a mis espaldas es tan intenso que parece un muro de sonido.
Consigo hacer una foto impresionante de Demarius en el momento en que
atrapa un pase, y otra de uno de los defensas de Alabama lanzándose para
intentar atrapar a James, que se aparta justo a tiempo.
Se colocan en buena posición para enviar el balón a la zona de
anotación, pero entonces una estúpida penalización les hace retroceder
quince yardas. Dejo que mi cámara cuelgue libremente de mi cuello,
clavándome las uñas en los antebrazos mientras veo a James gritar a los
chicos que se coloquen en posición. Es solo un segundo down, así que
tienen un par de oportunidades, pero apenas tienen tiempo para conseguirlo.
Un par de segundos en el fútbol significa que tienen tiempo para dos, tal
vez tres jugadas.
En lugar de intentar la carrera, que no ha tenido mucho éxito en este
partido, optan por un pase, pero es interrumpido en la zona de anotación
gracias a una buena cobertura hombre a hombre.
Tercer intento.
Lo intentan de nuevo. Mismo resultado.
Mi estómago, que ha estado en un nudo apretado durante todo el
partido, se tensa tanto que casi duele. Noto que sudo por todas partes,
debajo de los brazos, en la frente, por la espalda. Me meto las manos bajo
las axilas, acercándome al campo todo lo que puedo. El público es tan
ruidoso como siempre; los seguidores de Alabama se mueren de ganas de
comenzar a celebrarlo, los seguidores de McKee están colectivamente tan
ansiosos como yo. Me pregunto dónde estará sentada la familia de James,
probablemente en uno de los palcos. Todos ellos han viajado hasta aquí para
esto, la noche anterior cenamos en un restaurante de lujo, y, sin embargo, lo
único que puedo imaginar es el rostro de Richard Callahan, tan intenso
como siempre, mientras se inclina para ver esta última jugada.
Cuarto down.
Quedan dos segundos.
O marcan un touchdown y ganan el partido, o pierden.
—¡Vamos James! —grito, mi voz no se escucha en absoluto, pero de
alguna manera, él me escucha. Apenas puedo ver su rostro con el casco y la
protección puestos, pero sé que me ve.
Él. Me ve.
Antes de él, no sé si creía en el amor, no realmente. Creía en la idea,
en la forma en que podía herir a la gente, pero no creía que lo sentiría de
verdad ni que lo mereciera. A cada paso, James me ha demostrado que lo
merezco, que merezco a alguien como él, alguien bueno y entregado que
hace que mi corazón lata cada vez que lo veo. Alguien que me haga sentir
que valgo algo más que la vida a la que me resigné cuando era adolescente.
Alguien que me empuja, me protege y me abraza cuando lloro.
En el momento en que nos miramos en aquella fiesta, vio las grietas
de mi armadura y no ha dejado de romperla desde entonces.
James se echa hacia atrás y observa el campo. Los receptores se abren
en abanico, pero el único que sacude la cobertura es Darryl. De esta manera
tiene un tiro claro a la zona de anotación, todo lo que James tiene que hacer
es cumplir.
Ni siquiera saco la cámara para fotografiar el momento. Quiero ver el
segundo exacto en que James se da cuenta de que acaba de asegurarse la
victoria, de que ha logrado el objetivo que ha perseguido toda la temporada.
Lanza el pase, pero vuela justo por encima de la cabeza de Darryl.
El reloj se pone a cero.
Los fotógrafos se apresuran a entrar en el campo para capturar el
momento. Los atónitos jugadores de McKee, todavía en el campo, y la
forma en que la banda de Alabama estalla en ovación. El estadio, que antes
era una saludable mezcla de rojo y morado, ahora parece carmesí puro, los
aficionados de Alabama enloquecidos por la victoria. Busco a James, pero
no lo veo entre la multitud.
—Siento que haya perdido. Es un momento difícil para perder su
precisión —dice Harold, frunciendo el ceño con simpatía antes de pasar
corriendo a mi lado.
Sé que debería moverme, no quiero ver este momento. No quiero ver
a James felicitando al otro equipo por un trabajo bien hecho. Sé que puede
hacer ese pase, lo he visto hacerlo toda la temporada en situaciones como
ésta. Darryl estaba bien abierto. No es que hiciera el lanzamiento bajo
presión, su línea ofensiva mantuvo a la defensa de Alabama lejos de él.
No, no fue un error.
Lanzó alto a propósito.
Lanzó el pase alto porque no quería que Darryl lo atrapara, aunque
eso significara perder el partido.
Y sé que lo hizo por mí.
40
James

En el momento en que el pase pasa por encima de la cabeza de


Darryl, espero que aparezca el arrepentimiento, pero no puedo sentir otra
cosa que satisfacción, salvaje y mordaz. Durante todo el partido, intento
mantener la calma, separarme y dejarme llevar por mis instintos. Funcionó,
casi siempre. Entonces veía el rostro de Darryl o veía a Bex en la línea de
banda con su cámara en la mano, y la rabia que se abría paso lentamente en
mí amenazaba con explotar. Veía su rostro lloroso en mi mente, oía el
miedo en su voz, y tenía que esforzarme para no pegarle un puñetazo en ese
momento y que me expulsaran del partido.
A mi alrededor, mis compañeros de equipo parecían atónitos.
Esperaban que hiciera ese pase y les he defraudado. Debería sentirme mal
por ello, especialmente por mis compañeros de último año. Pero no me
importa. Ahora no. No cuando la rabia me recorre como el fuego y Darryl
ha sido puesto en su sitio.
El quarterback de Alabama entra trotando en el campo y se dirige
hacia mí. Me da la mano, me felicita por una temporada bien hecha. Lo
felicito por la victoria y le digo que ha jugado duro, que es la verdad.
Alabama jugó un buen partido. El hecho de que estuviéramos tan cerca del
final y de que necesitáramos una jugada alocada para ganar, también es
culpa mía. Debería haber liderado más touchdowns al principio del partido.
Si lo hubiera hecho, no habríamos estado en esta situación.
Me dejo llevar por las felicitaciones, las condolencias. Estrecho tantas
manos que no puedo contarlas, pero los rostros están borrosos; apenas
reconozco a nadie ahora mismo. Quiero encontrar a Bex, estrecharla entre
mis brazos y abrazarla con fuerza, pero no puedo irme ahora. Esto, como
todo lo demás, como el pase que he jodido a propósito, forma parte de la
entrevista de trabajo en la que llevo trabajando desde que estaba en la
secundaria. ¿Puedo ser elegante en la derrota? ¿Doy crédito a quien lo
merece? No ha sido la primera gran derrota de mi vida, ni será la última. A
los quarterbacks novatos en la NFL no les suele ir bien; tardan uno o dos
años en acostumbrarse al ritmo del nivel profesional. Mis futuros jefes están
observando este momento, asegurándose de que no voy a perder los
estribos.
Por supuesto, no saben que estropeé ese pase porque no podía
soportar la idea de que Darryl ganara el partido cuando un par de horas
antes había besado a mi chica sin su puto consentimiento.
Finalmente, salimos del campo y volvemos al túnel. Nadie habla. Veo
a Bex fuera de los vestuarios, pero no voy a verla, no ahora. Necesito
ducharme y cambiarme de ropa antes de afrontar su reacción a lo que he
hecho por ella.
Se va a enfadar, pero me importa una mierda. Lo volvería a hacer sin
dudarlo. Quemaría todo el maldito estadio si eso significara mantenerla a
salvo.
El entrenador Gómez nos reúne en el vestuario y nos mira a todos.
Muchos de los chicos aún respiran con dificultad. Un par de ellos lloran.
Me muerdo el labio y cierro los ojos brevemente.
—Han jugado un partido duro —empieza.
—Y una mierda —dice alguien en voz baja.
El entrenador se gira y mira en dirección a la voz.
—Se han dejado la piel hasta el final. Lo he visto. Hay que tener
agallas para llegar hasta aquí, y ahora han actuado como hombres, dando al
otro equipo el crédito que se le debe. No se trata solamente de la última
jugada. Nuestro oponente fue...
—Que te jodan —gruñe Darryl, abriéndose paso hasta el frente,
pasando por delante del entrenador, para ponerse justo en mi rostro. Tiene el
rostro manchado de suciedad, mezclado con sudor; sus ojos están
desorbitados, oscuros y llenos de odio—. ¡Vete a la mierda, Callahan! Me
has jodido.
Se abalanza sobre mí y me golpea contra los casilleros. Su puño me
golpea la boca, el dolor me recorre el rostro y enseguida siento el sabor a
sangre cobriza. Le doy con la rodilla en la ingle y, cuando se dobla, lo
agarro por los hombros y lo tiro al suelo. Se agita debajo de mí, pero aprieto
su estómago con la rodilla, haciéndolo jadear, y le golpeo su rostro. El dolor
me recorre la mano y me sube por el brazo cuando mi puño choca con su
estúpida boca engreída. Me agarra el rostro con la mano, intentando
apartarme, le devuelvo la mano y esquivo el siguiente puñetazo que intenta
darme.
—Te lo advertí, joder —le digo, clavándole la rodilla hasta que jadea
—. Te advertí que no usaras esas palabras, imbécil. Te advertí que la dejaras
en paz, joder.
—¡James! —Escucho gritar a Bex—. ¡Detente!
Alguien me agarra por detrás, pero antes de que me aparten, Darryl
sale debajo de mí y me da otro puñetazo. Esta vez me da en la mejilla y, por
el escozor, sé que me va a salir un moretón. Me pongo de pie. Todo está
borroso a mi alrededor, excepto Darryl, que también se pone de pie. Ni
siquiera puedo oír por el zumbido de mis oídos. Me agarra y me acerca
tanto que puedo oler el sudor agrio de su piel.
—Me lo advertiste, ¿eh? ¿Te crees todo eso? Estaba gimiendo en mi
boca. Yo la tuve primero y sigue siendo mi putita.
Le golpeo el estómago con el puño. Se tambalea hacia atrás, tosiendo
saliva y sangre, y tiene el valor de sonreírme. Me lanzo sobre él, pero antes
de que pueda aplastar su rostro contra el suelo, dos fuertes brazos me
agarran y me apartan.
—¡Callahan! —grita Bo mientras me arrastra al otro extremo de la
habitación—. ¡Detente, joder!
Lucho contra él, tratando de volver con Darryl, pero cuando veo que
alguien también lo tiene envuelto, la lucha se me va. Me chupo los labios,
saboreando mi propia sangre. Me duele tanto la cabeza que me preocupa
habérmela abierto de alguna manera. ¿Dónde demonios está Bex?
—Quítame las manos de encima —digo—. ¿Dónde está Bex? ¡Bex!
La veo al otro lado del vestuario, con la mano tapándose la boca.
Intento acercarme a ella, pero Bo no me deja, ni siquiera cuando empiezo a
forcejear.
—¿Qué carajo ha sido eso? —grita el entrenador, mirando entre
Darryl y yo. Nunca lo había visto tan molesto. Me enderezo lo mejor que
puedo mientras Bo me sujeta y miro a Darryl. Tiene la barbilla y la boca
cubiertas de sangre, y no lo siento lo más mínimo. Espero que se haya
tragado un puto diente.
—A la oficina —dice el entrenador, caminando hacia ahí y abriendo
la puerta de un tirón tan intenso que las bisagras traquetean—. Ahora.
Cierra la puerta de un portazo cuando los dos estamos dentro.
—¿Quieren contarme lo que acaba de pasar? ¿Dos de mis seniors
peleando por nocaut dos segundos después de perder? Creía que entrenaba a
hombres, no a putos niños.
Su voz se eleva con sus últimas palabras. Me miro los tacos sucios y
me trago una bocanada de sangre antes de levantar la vista y mirarlo a los
ojos. Tiene razón. Soy un hombre, puedo asumir las consecuencias de mis
decisiones como tal. Pero él merece saber por qué lo hice. Darryl, por su
parte, no dice nada. Me mira como si quisiera clavarme los pulgares en los
ojos, así que le devuelvo la mirada. Me imagino lanzándole un balón de
fútbol a la entrepierna. Puedo ser muy violento con un balón.
—Besó a mi chica y luego se jactó de ello. La llamó zorra y puta,
señor.
El entrenador se acerca a Darryl.
—¿Es cierto?
—Él la robó primero —replica Darryl.
—Yo no la robé —replico—. Ella no es un objeto. Rompió contigo y
encontró a alguien mejor.
—Jesucristo, joder —dice el entrenador, pellizcándose la nariz con los
dedos.
—Debería haber hecho ese pase —dice Darryl—. Nos saboteó a todos
a propósito.
Me giro para mirarlo.
—Lo volvería a hacer. Te advertí de lo que pasaría si no retrocedías,
cabrón.
El entrenador cruza los brazos sobre el pecho. Odio la sorpresa de su
rostro, pero, aunque me odie para siempre, me atengo a lo que hice. Si
recomienda que la universidad me suspenda por la pelea, no me importa.
Que venga.
—Darryl, ve a esperar afuera —dice.
—Señor —protesta—. ¡Nos hizo perder el maldito partido!
—Fuera. Ahora.
Cuando se va, el entrenador se me queda viendo. Me resisto a
moverme. Estoy seguro de que espera que empiece a disculparme, pero no
voy a hacerlo. Si quiere castigarme por defenderme a mí y a mi novia, que
lo haga.
Al final, suspira.
—Lo hiciste a propósito, ¿no?
—Sí.
—¡Maldita sea, James! —Golpea el escritorio con el puño,
haciéndolo sonar—. No puedes hacer eso, ni siquiera cuando estás
enfadado. Incluso si tu vida personal se va a la mierda. Cuando te pagan por
esto, millones de dólares, no puedes permitirte el lujo de elegir cuándo
actuar. No puedes llevar tus problemas al campo. Ya hemos hablado de esto.
Puede que odies a todos tus compañeros, pero son tus compañeros, así que
quédate con ellos.
—Lo sé, señor.
—¿Entonces por qué no lo hiciste?
Me limpio la boca ensangrentada.
—Porque asustó a mi novia. La forzó. Y por mucho que ame el
fútbol, la amo más a ella.
En cuanto lo digo, me siento más ligero. Es la verdad, y aunque no
estoy deseando decírselo a mi padre, decírselo al entrenador alivia parte de
la tensión que llevo dentro. Si el precio de tener a Bex y asegurarme de que
está a salvo es mi carrera futbolística, entonces estoy dispuesto a dejarlo
pasar. Siempre puedo hacer otra cosa con mi vida. Lo que importa, al final
del día, es el futuro que sé que puedo tener con ella.
—No solamente le hiciste daño a él —dice, con voz más suave—.
Hiciste daño a todo el equipo. Hombres que han trabajado duro a tu lado
durante toda una temporada. Confiaban en ti y les has defraudado.
—Sí, señor.
Se echa hacia atrás, apretándose la mandíbula.
—No estoy de acuerdo, pero respeto por qué lo hiciste. —Se pasa la
mano por la boca, pensando—. James. Podrían suspenderte por esto,
aunque él empezó la pelea. La universidad casi siempre castiga a ambas
partes en estas situaciones. Todavía estabas de uniforme, representando a la
universidad, y si McKee no actúa, la NCAA podría hacerlo.
Asiento. Ya me lo esperaba.
—Explicaré que te estabas defendiendo —dice—. No creo que
ninguno de los dos sea expulsado, aunque si Bex decide denunciar las
acciones de Darryl, entonces es una posibilidad. La mala conducta sexual es
un delito grave.
—Bien. Debería hacerlo.
—No estoy en desacuerdo. Pero eso no lo decides tú. No puedes
actuar así, no importa cómo te sientas. Pensé que habías aprendido esta
lección en LSU, pero aparentemente no. No puedes hacer un mal pase a
propósito porque no te gusta el tipo.
—Con el debido respeto, esto es diferente.
—¿Cómo?
—Voy a casarme con Bex algún día —digo—. Este es mi presente,
pero ella es mi futuro. No hay nada que no haría por ella. Tal vez esté mal,
pero voy a defenderla. No podía darle el balón.
Suspira.
—¿Y de qué sirvió? Perdimos.
—Aunque la lanzara bien, no hay garantía de que la atrapara.
—No, pero se merecía la oportunidad de intentarlo. Aunque lo
hubieras odiado, se lo merecía.
—No estoy de acuerdo. —Lo miro a los ojos—. Señor.
Aprieta los labios con fuerza.
—Espero que estés dispuesto a explicárselo a todos los chicos de ahí
fuera.
Se frota las sienes y rodea el escritorio para agarrarme por el hombro.
Me mira a los ojos. Ver la decepción en ellos me duele, pero no me echo
atrás. Estoy dispuesto a cumplir cada palabra.
—Y a ella.
41
Bex
Cuanto más tiempo paso fuera de los vestuarios, peor me siento. La
gente empieza a reconocerme, la novia de James Callahan, la fotógrafa, y
las miradas de simpatía me escuecen. Suponen que las lágrimas que no
puedo ocultar se deben a que mi novio ha perdido y estoy triste por él, lo
cual es cierto, pero solamente yo sé la verdadera razón por la que ha
ocurrido.
Aunque él intente negarlo, perdió el partido por mí. Estaba tan cerca
de conseguirlo y en el último momento se saboteó a sí mismo. Lo mismo
que Richard me advirtió que no dejara que ocurriera, se cumplió, latido a
latido, porque no pude contenerme lo suficiente como para mentir. Se
habría enfadado porque mentí sobre el beso, pero al menos habría ganado.
Podía lidiar con su enojo después de eso, ¿pero esto? Esto es insoportable.
¿Y si arruina su carrera en la NFL antes de que pueda empezar? ¿Y si
lo suspenden o incluso lo expulsan por la pelea? Corrí al vestuario en
cuanto oí gritos, y casi se me sale el corazón del cuerpo cuando vi el rostro
de James cubierto de sangre mientras luchaba en el suelo con Darryl. Si
Darryl hiciera algo peor que besarme, no estoy segura de que James no
hubiera cometido un asesinato de verdad.
Se me revuelve el estómago al pensarlo. Me inclino un poco,
conteniendo un sollozo.
Un par de brazos me rodean.
—¿James?
—Hola. —Suena muy cansado. Me giro para mirarlo. El dolor en mi
pecho me corta como un cuchillo caliente. Se ha limpiado y ahora lleva
ropa normal, pero el corte del labio y el moretón de la mejilla parecen
dolorosos—. ¿Ha bajado mi familia?
—No los he visto.
Asiente, pasándose la mano por el cabello húmedo.
—¿Cómo estás?
—¿Cómo estoy yo? Eso debería preguntártelo yo.
—Hace rato que no veo a Darryl. ¿Ha intentado hablar contigo?
—No.
—Bien.
—Tenemos que hablar —digo—. No entiendo por qué...
—Ven aquí. —Me guía por el pasillo. Terminamos en una sala de
pesas, ahora desierta, pero todavía llena de pruebas del calentamiento
previo al partido. No me suelta y me abraza con fuerza. Aunque debe de
dolerle el rostro, lo entierra en mi cabello.
Le devuelvo el abrazo, tímidamente. Ahora que vuelvo a estar con él,
me sorprende la picazón de rabia que me invade. Quiero sacudirlo. Gritarle
mientras le exijo respuestas de por qué hizo lo que hizo. Un momento de
debilidad por mi parte me ha llevado a esto, y desearía más que nada poder
retractarme.
—James —digo finalmente, apartándome. Me rodeo con los brazos y
doy un paso atrás—. ¿En qué estabas pensando? Puedes hacer esa jugada
mientras duermes.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué...?
—Porque cumplo mi palabra. —Extiende la mano, pero me echo
hacia atrás. Tal vez sea estúpido, pero quiero ver su rostro en este momento.
No quiero distraerme con él de ninguna forma física. El dolor se dibuja en
su rostro, pero solo brevemente—. Sabes que le dije que si utilizaba un
lenguaje despectivo para hablar de ti, no tiraría con él. Se lo dije al
principio de la temporada, y solamente se hizo más cierto en el momento en
que me enteré de que en realidad...
Se detiene, sacudiendo la cabeza.
—Es un puto imbécil y había que ponerlo en su sitio. No me
arrepiento de haberlo hecho.
—Pero no te lo pedí.
—No tenías que hacerlo. Te merecías que alguien te defendiera.
—No así. —Mi voz se eleva un poco—. ¡Podrías haber ganado el
partido! Deberías estar celebrándolo ahora mismo. ¿Cómo has podido
hacerte esto?
—¡Porque cada vez que lo veía, te veía a ti! —dice—. Te veía llorar.
Escuché el maldito miedo en tu voz. No quería recompensar eso. No podría
vivir conmigo mismo si lo hiciera.
Me muerdo el labio, con fuerza, para contener las lágrimas que
amenazan una vez más. Romperme me llevó a esto; no puedo hacerlo dos
veces.
—Él no importaba. Deberías haber ganado el partido por ti. Por el
resto de tus compañeros.
—Sigues sin entenderlo —dice con frustración, trabajando su
mandíbula—. Bex. Eres más importante que un partido de fútbol. Tu
seguridad es más importante. Tu felicidad es más importante. Si no estás
bien, entonces me importa una mierda el partido. Lo único que me importa
eres tú.
Parpadeo y me seco una lágrima.
—Siento haberte jodido las cosas.
—No tienes nada por lo que disculparte. —Me toma la mano y me la
aprieta mientras ahogo un sollozo—. Tú no me obligaste a hacer esto.
—Lo hice. —El corazón me martillea en el pecho—. Siento mucho
haberme derrumbado, no debería habértelo dicho entonces. Lo estropeé
todo.
Sacude la cabeza.
—En todo caso, deberías habérmelo dicho en cuanto ocurrió.
Retiro la mano.
—No. Te lo he estropeado todo. Te saqué de la zona.
—¡Y te sigo diciendo que no me importa! —No grita, exactamente,
pero la exclamación resuena en la gran sala. Me esfuerzo por contener un
respingo—. No quiero que me ocultes cosas, no quiero que sientas que
tienes que guardarte cosas. Nada importa excepto tú.
—¡Y yo no te pedí que te sintieras así! —Un sollozo sale de mi
garganta sin permiso. Presiono las palmas de las manos en mis ojos,
intentando evitar la avalancha de lágrimas—. Lo siento.
—¿Por qué sigues diciendo eso? No tienes nada por lo que
disculparte. Dime que lo sabes, cariño. Dime que sabes que lo que hizo no
fue culpa tuya.
Sacudo la cabeza.
—Es que... tu padre...
—¿Qué pasa con mi padre?
Aprieto los labios con fuerza. No confío en mí misma para hablar
ahora mismo. Si encima de todo arruino las cosas entre James y su padre,
no podré perdonármelo.
—Tengo que irme.
Me dirijo a la puerta, pero él se me adelanta.
—No te vayas.
Me arriesgo a mirarlo. Parece afligido, asustado. Por mucho que
quiera enterrarme en su abrazo, sé que lo mejor que puedo hacer ahora es
irme. Debería haberme ido en cuanto terminó el partido. Todo lo que hago
es estorbar, y aunque él siga diciendo que así es como lo quiere, no es lo
que se merece. Se merece a alguien que pueda apoyarlo de verdad, alguien
que no vaya a hacer que se autosabotee. Hasta que descubra cómo ser esa
persona, mi presencia no hace más que perjudicarnos.
—Solamente necesito algo de espacio. —Me tiembla el labio, pero
me mantengo firme—. Te veré en Nueva York, ¿Bien?
—No —susurra—. No lo hagas.
Sacudo la cabeza.
—Tenemos que pensar. Sé que seguimos evitando la conversación,
pero vamos en direcciones diferentes. Pronto vivirás en otro lugar, y no
puedes hacer cosas así cuando es tu trabajo. Tengo el restaurante, y no
puedo... no puedo ver cómo te saboteas así por mí. ¿Qué pasará la próxima
vez que esté enfadada, pero tengas que jugar? ¿Qué pasa si tengo una
emergencia, pero son los playoffs y no puedes escaparte?
—Lo resolveremos —dice—. Confía en mí, Bex, por favor.
Quiero, desesperadamente, pero no puedo, no ahora. Estoy demasiado
confusa para pensar con claridad, sobre todo en lo que respecta a James.
Sacudo la cabeza y paso corriendo junto a él. Lo escucho gritar mi nombre,
pero me escapo antes de que pueda decir nada que me convenza de romper
mi determinación. Sé que, si lo escucho rogarme que me quede, lo haré, y
eso no nos beneficiará a ninguno de los dos.
Pero eso no significa que no sienta que estoy dejando ir a la única
persona sin la que no puedo vivir.
42
James
—Última pregunta, James —dice el periodista. Se inclina un poco,
con una mueca en el rostro—. De nuevo, siento que perdieran. Me
preguntaba si ya has hablado con tu padre. Seguro que ha estado aquí esta
noche.
Cuando imaginaba mi futuro, solamente pensaba en el fútbol. Pensaba
en la rutina que tendría. Los largos entrenamientos. Los partidos de los
domingos. La rutina, día tras día, en post de una victoria en la Super Bowl.
Cuando tenía doce años y empezaba a darme cuenta de que algún día podría
tener lo que tenía mi padre, me colé en su oficina, donde guardaba sus dos,
aunque pronto serían tres, anillos de la Super Bowl en un estuche sobre la
mesa. Los saqué y me puse uno en cada mano, admirando su peso.
Antes me encantaba el fútbol, pero no fue hasta ese momento cuando
supe lo que quería para mi carrera. Todo lo que no fuera la NFL me
resultaba inaceptable. Quería seguir los pasos de mi padre. Siempre hemos
estado juntos en esto, trabajando por el mismo objetivo. Cuando me vio con
esos anillos en los dedos, lo entendió.
Miro hacia el fondo de la sala, donde está mi padre. Entró durante la
rueda de prensa y, desde el momento en que me fijé en él, no he podido
concentrarme. No he hablado de la situación de Darryl con los periodistas,
la versión oficial del entrenador Gómez sobre la derrota es que simplemente
nos quedamos cortos en el último momento, pero sé que mi padre no se va a
tragar eso. Me conoce, sabe que debería haber hecho ese lanzamiento.
Querrá respuestas.
Pero yo también quiero respuestas. ¿Qué demonios le dijo a Bex?
Antes de irse, mencionó a mi padre. Él tuvo algo que ver con su marcha, y
tengo que averiguar qué le dijo exactamente.
—Sí —digo, mirándolo a él en vez de al periodista—. Vino al partido.
—¿Han tenido ocasión de hablar de la derrota?
—Todavía no. —Vuelvo a sentarme, intentando sonreír y fracasando.
Me duele mucho el labio, incluso con la bolsa de hielo que me puse antes
de que empezara la rueda de prensa—. Aunque seguro que lo haremos.
Habla de todos mis partidos conmigo, gane o pierda. Me ayuda a mejorar.
—Seguro que sigue estando muy orgulloso de ti —dice sinceramente
el periodista.
La rueda de prensa termina y puedo volver al hotel. Podría llamar a
un taxi y volver por mi cuenta, pero espero a que mi padre venga a
buscarme. En algún momento vamos a hablar, así que mejor que sea ahora.
Cuando me encuentra, se limita a asentir. Lleva un traje para el
partido, como de costumbre, así que sigue con corbata y saco, tan
imperturbable como cuando se pasó antes del partido para desearme buena
suerte.
—Tengo un auto esperando.
Lo sigo con la bolsa colgada del hombro.
—¿Dónde están todos?
—Han vuelto antes. —Me mira—. No tenía sentido quedarse.
—Bien.
En una calle lateral nos espera un todoterreno negro. Yo entro
primero, meto el bolso en la parte de atrás y me tenso cuando mi padre se
desliza a mi lado. Sé qué aspecto tiene cuando está molesto, e incluso en la
oscuridad del auto, pasada la medianoche, la expresión de su mandíbula no
es prometedora.
Pero cuando el auto se pone en marcha, se calla.
—¿Papá? —Esperaba que tuviera mucho que decir, así que el silencio
me crispa los nervios.
Me mira. Los focos de afuera iluminan su rostro con una luz amarilla.
—Explícame lo que ha pasado.
Me paso la lengua por el labio roto, con una ligera mueca de dolor.
—Lancé alto.
—¿Por qué?
—El receptor hirió a Bex. Es su ex, del que te hablé.
Inspira bruscamente, con las fosas nasales encendidas.
—¿Cómo?
—Joder, la forzó a besarlo. Y luego se jactó de ello mientras la
llamaba zorra. —Me miro las manos—. Me enteré en el descanso.
—¿Así que perdiste el puto partido? ¿A propósito?
—La aterrorizó.
—¿Y eso qué tiene que ver con el partido?
—Todo —digo—. Me importaba una mierda el partido cuando ella
estaba dolida.
Mira por la ventana.
—Sabes que tuve una temporada de novato terrible.
—Sí.
—Así que llegué a mi segundo año decidido a hacerlo mejor. Quería
ganar, demostrar que merecía estar ahí como quarterback titular. Pero la
tercera semana de la temporada, tu madre tuvo un accidente de auto. La
atropellaron en un cruce.
Estoy tan sorprendido por sus palabras que tardo un momento en
responder.
—¿Cómo es que no lo sabía?
Me devuelve la mirada, trabajando la mandíbula.
—Ocurrió hace tanto tiempo, antes de que nacieras. Supongo que ya
no pensamos mucho en ello. Pero fue un accidente grave y necesitó mucho
apoyo después. Pasó un par de semanas en el hospital. Lo único que quería
era estar a su lado, ayudarla como pudiera.
—Por supuesto.
—Y no lo hice.
—Papá —digo—. ¿Qué...?
—Lo mejor que podía hacer, entonces, era mi trabajo —dice,
deteniéndome a mitad de frase—. Si me centraba en hacerlo bien, estaba
ayudando a construir el futuro que íbamos a tener cuando ella se pusiera
mejor. Estaba construyendo estabilidad para ella. Riqueza. El equipo me
pagaba un montón de dinero, y yo tenía una responsabilidad tanto con ellos
como con ella. El juego no lo es todo, pero es la clave de tu futuro. —
Exhala un suspiro—. Creí que había entendido lo que tenía que hacer.
Siento que le hiciera daño, y espero que esté bien, pero James, mírate.
Perdiendo la cabeza otra vez por una chica.
Trago saliva.
—No es solo una chica. Sabes lo que siento por ella.
—Lo sé. Y deberías haber solucionado este asunto fuera del campo,
después, en vez de meterlo al partido. Cuando te pagan millones de dólares
por actuar, no puedes desconectarte, no importa lo que pase en tu vida
personal. ¿Qué has conseguido, además de que el tipo te odie para siempre
y de que tus compañeros pierdan el partido?
Sus palabras se sienten como un golpe, y duele más que los puñetazos
reales de Darryl o mi conversación con el entrenador Gómez.
—Le dijiste algo.
—¿Perdona?
—Hablamos después del partido y ella te mencionó. ¿Qué le dijiste?
Suspira.
—Le recordé que tienes esa tendencia y le dije que no creara una
situación en la que la eligieras a ella ante todo lo demás.
—Pensó que tenía que ocultármelo por tu culpa.
—Está claro que no lo hizo —dice secamente.
—¡Solamente porque lo oí presumir de ello y fui a buscarla! —Cierro
el puño y me golpeo el muslo—. ¿Qué demonios, papá? No puedes ir así a
mis espaldas.
—Y está claro que lo mejor hubiera sido que te enteraras más tarde.
El auto frena cuando nos acercamos al hotel. En cuanto se detiene, me
bajo de un salto, tomo el bolso antes de que lo haga el conductor y me
apresuro a entrar. Mis hermanos están en el vestíbulo, esperándome, porque
levantan la vista en cuanto se abren las puertas.
—¿Se ha ido? —pregunto.
—Se ha ido hace un rato —dice Seb. Tiene una expresión de
preocupación que me revuelve el estómago.
—¿Qué ha pasado con ustedes? —pregunta Cooper.
Aprieto los labios.
—Joder.
Papá entra por la puerta. Parece mucho más cansado de lo que me
había dado cuenta antes. Más viejo, también, de cómo lo veo normalmente.
Cuando nos ve a los tres juntos, se acerca. Me aprieta el hombro con la
mano y siento que me arden los ojos, así que miro al suelo.
—La cuestión es que tu madre no me quería allí —dice—. Si hubiera
intentado faltar a un partido para estar con ella, me habría dicho que me
largara y me fuera a jugar. Su hermana cuidaba de ella cuando yo no podía
estar allí. Entendía que tenía responsabilidades que no podía ignorar, ni
siquiera en lo que se refería a mi mujer. Sabía que teníamos que organizar
nuestras vidas en torno al deporte mientras yo lo practicara, y no todo el
mundo puede soportar eso. La quería por eso entonces, y la quiero por eso
ahora.
—¿Qué pasa? —dice Cooper.
Lo ignoro, sacudiendo la mano de papá de mi hombro.
—¿Es eso lo que le dijiste a Bex?
—No con tantas palabras.
—Pero le dijiste que tenía que encerrarse en sí misma por mí.
—No encerrarse —dice—. Solamente le dije la realidad. Hace falta
mucho compromiso, hijo, para que algo así funcione. Quería asegurarme de
que lo supiera.
Levanto los ojos para mirarlo.
—No tenías derecho.
—Alguien tenía que saberlo, porque está claro que lo olvidas.
—No. Al diablo con eso. —Aprieto la mandíbula, intentando
tragarme el dolor de mi tono—. Sabías lo que sentía por ella y lo pusiste en
peligro. No tenías ningún maldito derecho a hacerlo. Si la pierdo por esto,
nunca te perdonaré.
—Si la pierdes por esto, ella no estaba destinada a ser tuya en primer
lugar.
—Jesús, papá —dice Coop.
—Richard —dice Seb.
Si hay algo que no voy a hacer es ponerme a llorar delante de mi
padre y mis hermanos. Giro sobre mis talones y me dirijo al ascensor
sacando el teléfono del bolsillo. Llamo a Bex, pero salta el buzón de voz.
Vuelvo a intentarlo y obtengo el mismo resultado.
A la tercera vez, tiro el teléfono contra las puertas del ascensor.
43
Bex
—¿No vas a reportarlo? ¿Lo dices en serio? Era tan asqueroso contigo
—dice Laura mientras se acomoda en su sillón. Aún está en Florida por las
vacaciones de invierno. Estoy tan celosa de que pueda ponerse un bikini
ahora, mientras que yo acabo de llegar de quitar la nieve delante del
restaurante, pero me esfuerzo por no demostrarlo porque, conociéndola, se
ofrecería a comprarme un billete de avión a Nápoles. Antes del partido,
probablemente habría vivido en casa de James durante las vacaciones de
invierno, pero ahora estoy en el sofá de la tía Nicole. ¿La única ventaja? La
reparación del apartamento está casi terminada, así que pronto mamá y yo
podremos volver a mudarnos. Hemos estado buscando muebles de segunda
mano, ya que todo se estropeó con el humo y tuvimos que tirarlo.
Tomo el abrigo. El restaurante está abierto, pero con la nieve no
espero muchos clientes, así que ahora mismo estoy acurrucada en un
reservado del fondo, con el portátil sobre la mesa. La verdadera historia de
por qué James no hizo el lanzamiento a Darryl no ha salido a la luz, y no
creo que lo haga. Pero, aunque James y yo estemos en un descanso, el
asunto con Darryl no ha desaparecido. Como mínimo, ambos nos
enfrentamos a suspensiones, y eso podría empeorar a Darryl si denuncio su
mala conducta sexual.
En la semana y media que ha pasado desde el partido, el restaurante
ha sido justo la dosis de realidad que necesitaba. Mi vida no son los partidos
de fútbol y jugar con la fotografía. Es levantarme temprano para reunirme
con los proveedores y quedarme mucho después de que cierre el restaurante
para repasar los libros.
Solamente que ahora también es echar de menos a James. Si no estoy
concentrada cada segundo del día, vuelvo a desear estar con él. Me entran
ganas de llamarlo unas diez veces cada hora. Sé que estoy siendo injusta,
prácticamente ignorándolo, pero cada vez que tomo el teléfono, pienso en el
momento en que renunció al juego por mí y me entran ganas de llorar.
Aunque siguiéramos juntos, con el tiempo se daría cuenta de que no
merezco ese tipo de sacrificios. Y si nunca se da cuenta, puede que acabe
haciendo algo que arruine su carrera.
Lo amo, y no tengo ni puta idea de qué hacer sin él en mi vida. Pero si
se trata de preservar su futuro o de ser egoísta, prefiero observarlo desde
lejos que arruinar las cosas a su lado.
—Lo sé —le digo a Laura, sacudiéndome mentalmente para salir de
mis pensamientos—. Pero podrían expulsarlo.
—Bien.
—¿Lo es? —Miro a Laura. Aunque agradezco el apoyo
incondicional, no estoy segura de que sea lo que necesito oír ahora mismo
—. No quiero arruinarle la vida por completo.
—Intentó arruinar la tuya. Te besó sin tu consentimiento e intentó que
terminaras con tu novio. Es un idiota.
—Sí, bueno. —Me muerdo el labio para que no me tiemble—.
Tenemos historia. No es del todo malo.
—Si se los dices, puede que no suspendan a James. —Sombrea sus
ojos, inclinándose un poco—. Él no empezó la pelea, así que ni siquiera
deberían suspenderlo en primer lugar, pero si conocen todo el contexto,
¿cómo podrían? No rompió ninguna regla oficial al fallar en ese
lanzamiento. Darryl es el que te lastimó y luego peleó con él, eso es romper
las reglas.
—Supongo.
—Aunque se estén dando un descanso o lo que sea, que sabes que me
parece estúpido…
Suspiro.
—Sí.
—Le debes a James y a ti misma reportarlo. No puedes dejar que
Darryl se salga con la suya con ese comportamiento de mierda. No deberían
suspenderlo y luego poder recuperar los créditos durante el verano, vamos.
—Sé que tienes razón —admito.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—¡No lo sé! —Estallo—. Siento que ya fue castigado, supongo.
James se encargó de eso.
—Eso no es lo mismo que una consecuencia real. ¿Quién dice que no
le haría lo mismo a otra persona? ¿O algo peor? Tal vez ser expulsado sería
la llamada de atención que necesita.
—Tienes razón. —Me tapo las manos con las mangas. Hace frío en el
restaurante, eso es algo que debería investigar. Quizá haya algún problema
con la calefacción. Espero que no, porque eso significaría gastar dinero que
no tenemos para arreglarlo.
—No sabes si lo expulsarán —añade—. Lo reportaras y el consejo de
disciplina estudiantil o lo que sea lo resolvería.
Sé que Laura tiene razón. Aunque Darryl solamente me besó, en ese
momento temí que hiciera algo peor. Quizá si hubiéramos estado realmente
solos, lo habría intentado. Pero pensar en reportar todo el incidente me
parece... vergonzoso, supongo.
—Me creí su mierda y me puse en la situación de dejarlo hacer esto.
Laura sacude la cabeza.
—Dime que no estás diciendo que crees que esto es culpa tuya.
—No debería haber aceptado hablar con él.
—No controlas sus actos. Eligió besarte sin que tú lo quisieras. Eligió
golpear a James. ¡Él eligió hacer todo esto, Bex! ¡Que se atenga a las
consecuencias!
—Si no me hubiera reunido con él, James no habría tenido motivos
para fallar ese lanzamiento. —Resoplo. Últimamente las lágrimas parecen
salir con facilidad—. Me dejé arrastrar de nuevo a su órbita y luego no pude
callarme durante un puto partido de fútbol. —Me paso la mano por los ojos
con brusquedad—. Fui una jodida idiota.
—Ojalá pudiera abrazarte ahora mismo —dice Laura—. Te abrazaría
tan fuerte.
Sonrío.
—Me gustaría.
—Podrías venir a Florida un par de días. Quizá te ayudaría a
despejarte.
Sacudo la cabeza.
—Gracias, pero no puedo. Hay tanto que hacer aquí.
—Bien —dice, con una clara reticencia en su rostro—. Tengo que
irme en un minuto, pero avísame lo que decidas, ¿bien? Si quieres que esté
allí cuando lo reportes lo estaré.
Cuando cuelga, vuelvo a sentarme y subo las piernas hasta el pecho.
Suena el timbre de la puerta principal, pero es Christina, que trae nieve en
las botas.
—¡Hola, Bex! —me llama.
La saludo con la mano.
—Gracias por venir.
—Hay un chico esperando afuera —dice—. Me ha preguntado si
estabas aquí.
Me da un vuelco el corazón.
—¿Cómo es?
—Es rubio. —Sonríe con picardía—. Y muy guapo.
Así que no es James... pero tampoco Darryl.
—Gracias. Iré a hablar con él.

Llevo a Sebastian al restaurante para que coma un trozo de tarta y una


taza de café. Se limpia con cuidado las botas en la entrada de la puerta
principal y echa un vistazo al restaurante.
—Esto es muy bonito.
—Gracias. —Sonrío—. Hay unos ganchos por ahí, puedes colgar tu
abrigo. ¿Quieres café?
—Solamente si tomas una taza conmigo.
Giro la vista al restaurante vacío.
—Creo que puedo tomarme un descanso.
Sebastian se sienta frente a mí en la mesa, con la taza en la mano. Me
quedo mirándolo un momento, nerviosa por hablar con él a solas. He
pasado mucho tiempo con él en los últimos dos meses, y diría que somos
amigos, hemos cocinado juntos un par de veces, lo que ha dado lugar a
muchas risas y regaños a Cooper y James por robar bocados a mitad de la
comida, pero nunca he estado a solas con él. Golpea con un dedo largo la
cerámica de la taza.
—James nos ha contado lo que ha pasado —dice por fin.
Asiento.
—¿Cómo está?
—Terriblemente. —Hace una mueca mientras toma un sorbo de café
—. Nunca lo había visto pasar tanto tiempo sin hablar con Richard.
Se me revuelve el estómago.
—¿No habla con él?
—Sabe que Richard habló contigo. —Suspira—. Quiero a mi padre
adoptivo, pero puede ser exigente. Sé lo que es ser un extraño cuando se
trata de él y de la familia. Por eso quería hablar contigo.
No había visto este lado de Sebastian antes, y es interesante. Sabía
que era adoptado, por supuesto, James me contó la historia, pero nunca
había pensado que llegara a una familia ya muy unida y necesitara
encontrar la manera de encajar. Sin duda lo sentí en Navidad, pero yo era la
novia, una intrusa a propósito.
Aunque me siento fatal porque James no ha hablado con su padre, me
alivia un poco la tensión en el estómago saber que Sebastian comprende por
lo que estoy pasando.
—El caso es que no estoy en desacuerdo con él. James está hecho
para jugar al fútbol. No quiero interponerme en su camino.
—Aun así —dice—. No debería haber ido así a sus espaldas. James
está aterrorizado de perderte por su culpa.
—No por su culpa. —Me muerdo el labio—. Es solamente que no sé
si podría vivir conmigo misma si vuelve a hacer algo así, solo que con toda
una carrera en juego. Si él arruinó las cosas para sí mismo, por mí culpa,
por mí... es solo...
Sebastian cruza la mesa y me toma la mano. La aprieta con fuerza. Lo
miro sorprendida.
—Crees que no te lo mereces.
Me ruborizo.
—Puede ser.
—Sabes que mi padre jugó en los Reds.
—Sí.
—Así que tuve muchos privilegios, al crecer. No es que viniera de la
nada. Pero cuando me mudé con los Callahan... Sentí que no merecía nada
de eso. Mis padres acababan de morir, pensé que todo el mundo había
terminado. Y de repente tenía una nueva vida, con hermanos, una hermana
pequeña y unos nuevos padres. —Retira la mano, se acomoda en el asiento
y suelta una carcajada—. Estaba enfadado con todo el puto mundo. No me
importaba que mi padre hubiera sido el mejor amigo de Richard. Quería
salir. La primera semana en mi nueva escuela, provoqué una pelea con un
alumno de octavo. Yo era un pequeño alumno de sexto. Él era el doble que
yo. Dos puñetazos y perdí el factor sorpresa con el que había empezado la
pelea.
Sonrío al pensar en un pequeño Sebastian de once años, con su
uniforme de escuela privada, dando un puñetazo.
—¿Qué pasó?
—James lo vio y se metió. Cooper le pisaba los talones. No les
importó que yo fuera un chico nuevo que ocupaba la atención de sus padres.
Sus padres les dijeron que yo era su hermano, así que estaban dispuestos a
defenderme como fuera. No había sido más que una mierda con ellos desde
el funeral, y no les importaba. No entonces. No cuando necesité su ayuda.
Parpadeo y una lágrima me recorre el rostro.
—Eso suena a James.
—Sandra nos recogió a todos después, nos suspendieron a los tres,
fíjate, y me derrumbé. No había llorado nada en el funeral y, de repente, me
puse a llorar con una toalla de papel en la nariz porque aún me sangraba. —
Se ríe de nuevo, sacudiendo la cabeza—. James me abrazó y creo que ni
siquiera dijo nada, pero entendí lo que quería decir. Después de eso fuimos
los mejores amigos. Tardé mucho más en sentirme cómodo llamándolos
hermanos, pero a partir de ese momento fuimos inseparables. No le pedí a
James ni a Coop que me ayudaran. Lo habrían hecho aunque dos segundos
antes les hubiera dicho que los odiaba.
—James va a anteponer a la gente que ama a cualquier otra cosa,
quieras o no, Bex. No digo que no deba haber equilibrio, supongo, pero no
deberías sentirte mal por lo que hizo. Lo hizo porque te ama, y creo que lo
volvería a hacer. No lo alejes por ser quien es. Como siempre ha sido,
aunque Richard desearía que no lo fuera, a veces.
—¿Cómo te diste cuenta de que lo vales? —Suelto. En el momento en
que las palabras salen de mi boca, desearía poder retirarlas. Es patético.
Pero me ha estado rondando por la cabeza desde el partido. Puede que
James me ame, puede que haga cualquier cosa por mí, pero ¿valgo la pena?
¿Vale la pena perder un partido de fútbol? ¿Arriesgarse a una suspensión?
Sebastian parece pensativo, no se ríe.
—¿De verdad crees que no lo vales?
—No lo sé. —Dejo caer la mirada hacia la mesa. Mi café frío no se ha
tocado desde que nos sentamos—. Tal vez.
—No sé qué decirte para que te des cuenta de lo que mereces —dice
despacio—. Lo que sí sé es que eres inteligente, tienes un talento increíble
y, algún día, me encantaría llamarte cuñada. Si decides que eso es lo que
quieres también, entonces espero que encuentres la manera de arreglar las
cosas con él.
Me limpio los ojos.
—Gracias, Seb.
—Cree en él —dice—. No lo habría hecho si pensara que no lo vales.
44
James
Cooper entra en mi habitación sin llamar y se deja caer en mi cama.
Reprimo una mirada de sorpresa.
—Hola —dice, tocándome el muslo.
—Hola. —No levanto la vista del portátil—. ¿No hablamos de llamar
a la puerta después de aquella vez que nos descubriste a Bex y a mí?
—No es que ella esté por aquí ahora.
Eso me hace mirarlo.
—¿En serio, hombre?
—Llevas una semana deprimido. ¿Por qué no has ido a hablar con
ella?
—Porque no me escucha. —Me restriego la mano por el rostro. He
tenido esta misma conversación conmigo mismo un millón de veces desde
Atlanta, así que repetirla con Cooper no está en la lista de cosas que quiero
hacer ahora mismo—. Dijo que quería espacio, así que intento dárselo.
Mira hacia mi portátil.
—¿Qué demonios es eso?
Le empujo el hombro.
—Deja de ser tan jodidamente entrometido.
—¿Un máster? ¿Para ser profesor? —Me mira con emoción en sus
ojos azules—. Dime que no estás a punto de hacer lo que creo que estás a
punto de hacer.
—Si tengo que elegir, la elegiría a ella. Así que tal vez en lugar de
fútbol, puedo enseñar y entrenar en algún lugar por aquí. Si de verdad
quiere quedarse en el restaurante, prefiero estar allí con ella que irme solo a
otro sitio. Jugar al fútbol no vale la pena si la pierdo. No vale la pena.
Cooper empieza a sacudir la cabeza antes de que termine de hablar.
—No. Vamos. —Cierra mi portátil y se acerca a mi armario, saca mi
abrigo y me lo lanza—. Vámonos.
—¿Adónde?
—A casa.
Me pongo de pie.
—No voy a hablar con papá ahora.
—Tal vez no, pero deberías hablar con mamá.
—¿Qué?
—Vamos a hablar con mamá. —Comprueba su teléfono—. Si nos
vamos ahora, llegaremos a tiempo para comer. Venga. No te vas a convertir
en un puto profesor o a trabajar en un restaurante o lo que carajo creas que
vas a ser feliz haciendo.
Una parte de mí, una jodida gran parte de mí, quiere seguir
resistiéndose, pero sé que a mamá le gusta Bex. Tal vez haya algo que
pueda decir que me ayude a recuperarla. Y honestamente, la echo de menos.
No la he visto desde Atlanta.
—Bien. Pero estoy haciendo esto porque ella siempre quiere que nos
visitemos más.
—Uh-huh. Lo que tú digas.
Llegamos a la casa a tiempo para almorzar, tal como lo predijo
Cooper. En realidad, papá está fuera, un hecho que Cooper sabía, pero no
mencionó, el muy imbécil, jugando un torneo benéfico de golf en Arizona,
así que solo está mamá en casa. Abre la puerta con la sorpresa escrita en su
rostro, nos abraza y nos lleva a la cocina.
—¿Quieren sopa? —dice—. Parece un día de sopa. Shelley también
ha hecho unos panecillos deliciosos. —Le da una palmadita en la barba a
Cooper—. Deberías cortártela, cariño.
—Soy jugador de hockey —protesta Cooper—. Este es mi estado
natural.
—Al menos recórtala.
Levanto una ceja cuando se gira hacia mí en busca de apoyo.
—Ya sabes lo que pienso al respecto.
—No eres de ninguna ayuda —gruñe—. ¿Qué clase de sopa es?
Un par de minutos después, nos sentamos a la mesa con recipientes de
sopa de papa y puerro y panecillos. Mamá se inclina y me aprieta el
antebrazo, con un gesto comprensivo en la boca.
—¿Cómo estás? ¿Cómo está Bex?
—No lo sé —admito—. No hemos hablado.
Suspira mientras se echa hacia atrás, ocupándose de su sopa.
—Temía que dijeras eso. ¿Sabes si va a reportar a ese, perdona mi
lenguaje, a ese cabrón?
Reprimo una sonrisa mientras bebo un sorbo de sopa.
—No lo sé. Espero que lo haga. Quería espacio, así que se lo he
estado dando.
—No solamente le está dando espacio —interviene Cooper—. Está
deprimido en su habitación e investigando cómo convertirse en profesor de
matemáticas.
—¿Por qué? —Sus ojos se abren de par en par—. Oh, cariño. No.
Dejo la cuchara y la miro a los ojos. De sus tres hijos, ninguno tiene
sus ojos marrones, pero los suyos me recuerdan a los de Bex, igual de
cálidos y reconfortantes. Joder, una semana y media sin ella ha sido una
tortura.
—Si esto es lo que tengo que hacer para quedarme con ella, entonces
es lo que voy a hacer.
—¿Ella te pidió que dejaras de jugar?
—No, pero...
—Entonces esa no es la respuesta.
—Gracias —murmura Coop en su sopa.
—Pero no sé si puedo hacer las dos cosas. —Admitirlo duele, pero
me obligo a hacerlo—. Sé que papá siempre ha querido que me centre
solamente en el fútbol, pero la quiero y la elijo a ella. Si no puedo estar ahí
para ella cuando lo necesite por culpa de mi trabajo, si no puedo centrarme
en las dos cosas a la vez, o dejarme distraer cuando se supone que debería
estar jugando...
—James —interrumpe ella—. ¿Qué recuerdas de tu infancia?
—¿Qué?
—¿Qué recuerdas de tu infancia? Cualquier cosa que se te ocurra.
Sacudo ligeramente la cabeza mientras pienso.
—Um, ¿ir a los Outer Banks de vacaciones? ¿Aquella vez que fuimos
a pescar y cocinamos lo que atrapamos en la playa, cuando hicimos aquella
hoguera?
Cooper se ríe.
—A Izzy le daba mucho asco el pescado.
Sonríe; recordando, probablemente, cómo Izzy le echó un vistazo y
declaró que iba a cenar helado.
—¿Qué más?
—¿Practicar fútbol con papá? ¿La Navidad que se fue la luz y
dormimos todos en la sala? ¿El día de James que fuimos a hacer Karting11?
—Eso fue increíble —asiente Cooper.
—¿Por qué crees que estos recuerdos surgen primero? —dice mamá.
Respondo de inmediato, no hay duda de por qué.
—Me hacen feliz.
—Sí —dice ella, con voz más suave—. Son todos buenos recuerdos,
cariño. ¿Por qué crees que pensaste en ellos en vez de en las veces que papá
jugaba fuera? ¿O cuando tenía que ir al campo de entrenamiento cada
agosto y no lo veíamos durante un par de semanas? ¿Y cuándo se perdió
aquel gran partido tuyo en noveno porque tuvo que irse antes para preparar
un partido?
—Apenas recuerdo eso —admito.
—Cuando pienso en mi matrimonio, también pienso primero en todos
los buenos recuerdos —dice ella—. Pienso en todos los momentos
maravillosos que he llegado a compartir con tu padre. No pienso en las
veces que estuve sola, o cuando tuve que ser madre sola. No pienso en los
momentos en que él no estaba porque no lo estaba, cariño, no realmente.
Hicimos compromisos para tener una vida juntos. No digo que fuera fácil,
pero mirando atrás, no cambiaría nada.
Parpadeo con fuerza, tragándome un repentino torrente de emoción.
—¿Pero cómo? Él siempre parecía capaz de apartar todo lo demás de
su mente, y yo no puedo hacer eso.
—Mucha confianza. —Se frota el dedo sobre el anillo de casada—. Él
sabía que yo lo apoyaba, y yo esperaba que antepusiera su trabajo cuando lo
necesitaba. Cuando estaba en el trabajo, lo daba todo, y cuando estaba en
casa, lo daba todo. No vas a poder hacerlo todo, y cuanto antes lo aceptes,
antes podrás decidir qué es lo importante. Puedes centrarte en ambas cosas.
No se trata de uno u otro, se trata de priorizar.
—Pero si ella me necesita...
—No estará sola. Nos tendrá a todos nosotros. Tendrá a otras
personas en su vida que son importantes para ella. Pero hasta que no te
permitas centrarte plenamente en el juego cuando eso es lo que tienes que
hacer, nunca podrás hacer que funcione.
Me quedo callado un momento, dejando que sus palabras calen
hondo. Tiene sentido, pero estoy bastante seguro de que papá nunca lo
estropeó como yo.
—No quiero que piense que tiene que ocultarme cosas, o no
contármelas cuando tenga problemas. No quiero que sienta que siempre es
la segunda.
—El hecho de que lo sepas es un buen comienzo —dice ella—. Pero
aunque a veces tengas que priorizar tu trabajo, eso no significa que ella esté
quedando en segundo lugar. ¿Qué te aportará jugar fútbol
profesionalmente? Más allá del amor por el juego, porque te he visto jugar
toda tu vida y sé que lo tienes.
Sólo se me ocurre una respuesta.
—Dinero.
—Estabilidad —dice ella, asintiendo—. Cada vez que las cosas se
ponían difíciles entre tu padre y yo, me recordaba a mí misma que él estaba
haciendo todo lo que podía para crear un futuro para nosotros, para nuestra
familia. Para que pudiéramos tener todo esto, mucho después de que él se
retirara de jugar. —Hace un gesto alrededor de la habitación—. ¿No quieres
cuidar de ella? Piensa en la suerte que tienes de poder hacerlo mientras
haces algo que te gusta. Tanta gente no tiene esa opción.
—Sé que tienes razón —digo. La tiene. La mejor manera de cuidar de
Bex, materialmente, al menos, es jugar fútbol—. Pero ella tiene el
restaurante, y está comprometida con el. Si ella está allí y yo estoy al otro
lado del país...
—Háblalo con ella —dice—. Pueden llegar a un acuerdo.
Comprométete, cariño.
—Es más fácil decirlo que hacerlo.
Se levanta de la silla y rodea la mesa para acariciarme la mejilla.
—Nunca dije que fuera fácil. Solamente que puedes hacerlo.
45
Bex
—Tu pedido —le digo a Sam mientras le pongo delante un plato de
huevos y tostadas—. He añadido mermelada de manzana casera para la
tostada, dime si te gusta.
Mamá levanta la vista de donde está limpiando en una mesa cercana.
—La he hecho yo, Sam. Rosa habría estado orgullosa.
—Seguro que lo habría estado. —Sonríe mientras vuelvo a rodear el
mostrador—. Gracias, Bex.
—De nada. —Me arreglo las pinzas del cabello, luego tomo mi bloc
de notas y mi lápiz para ir a tomar otro pedido. Ha sido una mañana
relativamente tranquila en Abby's Place, lo cual es una pena, porque me
viene bien cualquier distracción que pueda conseguir, entre darle vueltas a
qué hacer con Darryl y repetir mi conversación con Sebastian. A veces me
quedo pensando en el pequeño James, defendiendo a su hermano, y sonrío.
Pero, sobre todo, no puedo dejar de pensar en el desastre que he ayudado a
hacer.
—Estás pensativa otra vez —dice mamá, apretándome la cintura al
pasar—. ¿Vas a tomar tú ese pedido, o lo hago yo?
—Claro. Lo siento. —Pongo una sonrisa y me dirijo a la pareja
sentada en la mesa, dos mujeres mayores con bolsos a juego y sencillos
anillos de boda plateados.
—Es una foto muy bonita —dice una de las mujeres, señalando el
marco que hay en la pared, en el centro de su mesa—. ¿Conoces al
fotógrafo?
La miro. Es una fotografía que tomé en una de las granjas de la
ciudad, donde se venden frutas y verduras y bonitas jarras de barro que
fabrica la hija de la propietaria. En primavera y verano venden ramos de
flores, y en otoño, calabazas y árboles de Navidad. Me encantó el aspecto
de las flores en sus contenedores metálicos y me centré en ellas. Fue la
primavera pasada, cuando Laura y yo fuimos de visita, compramos un ramo
para nuestra habitación y una bolsa de cerezas para repartir.
—La tomé yo —le digo—. Es de la granja Henderson, a las afueras
del pueblo. Cierran en enero, pero tienen productos muy buenos.
—¿Está a la venta?
Parpadeo.
—¿La granja? Creo que no.
La mujer me mira. Su esposa ríe suavemente, poniendo su mano
sobre la suya.
—La fotografía, quiero decir. ¿Está a la venta? Me encantaría para
nuestra cocina. Me recuerda por qué nos mudamos aquí desde la ciudad.
—¿De verdad la comprarías?
—Por supuesto. Abre su bolso y rebusca en él—. Tengo dinero en
efectivo si te resulta más fácil. ¿Cuánto cobras normalmente por una obra
ya enmarcada?
Tengo que esforzarme para que no se me caiga la mandíbula al suelo.
—¿Um, Cincuenta?
Habla su mujer.
—Por favor, dime que no te estás infravalorando así. Doscientos.
Me quedo con la boca abierta cuando la primera mujer cuenta un
montón de billetes de veinte y los pasa por la mesa.
—¿A menos que la pieza sea particularmente especial para ti? —dice.
—No, no es eso. —Trago saliva, tomo el dinero y me lo meto en el
delantal—. Por favor, tómenla y disfrútenla, para eso la puse en el
restaurante en primer lugar. Estoy... sorprendida. No vendo muchas de mis
fotografías.
En realidad, no vendo ninguna fotografía, pero no se lo voy a decir.
—Deberías —me insta la segunda mujer—. La gente siempre pagará
por el buen arte.
—Gracias —digo—. ¿También quieres pedir algo de comer?
Las dos se ríen y piden dos sándwiches de huevo, así que los llevo a
la cocina. Luego me meto en la despensa y saco el teléfono del delantal para
enviar un mensaje a Laura.
Hay una nueva alerta de correo electrónico de mi cuenta McKee. Le
envió un mensaje a Laura sobre las mujeres y abro la aplicación.
Es del departamento de artes visuales.
Doy clic por encima del mensaje sin querer hacerlo. Estoy a la
expectativa, la idea de romperme en pedazos con el rechazo del concurso ya
me duele. Pero no soy el tipo de persona que puede aplazar algo, bueno o
malo, así que lo pulso, buscando el revelador “lamentamos informarle”, o
como hayan decidido expresarlo.
Tengo que leerlo tres veces antes de asimilarlo.

Estimada Señorita Wood,


Gracias por enviar su trabajo al Concurso de Artes Visuales Doris
McKinney. Nos complace informarle de que su serie fotográfica, “Beyond
the Play”, ha sido seleccionada como finalista en la categoría de
Fotografía y se expondrá en la Close Gallery de Nueva York del diez al
trece de febrero. Además, ha sido galardonada con el premio de categoría
de 1.000 dólares, y su obra será considerada para el gran premio de 5.000
dólares. El jurado quedó impresionado por el nivel de variedad y habilidad
que aportó a un tema tan singular. Esperamos verla a usted y a sus
invitados en la ceremonia de entrega de premios el diez de febrero. A
continuación, encontrará más información.
Felicitaciones por este logro.
Lo mejor,
Profesor Donald Marks.
Director del Departamento de Artes Visuales.
Universidad McKee.

Miro fijamente mi teléfono y releo el correo electrónico media docena


de veces más. Envié una serie de fotografías de James para el concurso,
algunas de él trabajando en el campo de fútbol y otras fuera de él, incluida
una de las que le hice aquella mañana en Pensilvania. No esperaba nada, no
cuando en McKee hay muchos estudiantes de artes visuales.
Pero les gustó mi trabajo. No, les encantó. Les encantó mi gama y mi
conjunto de habilidades.
Joder.
Me tapo la boca con la mano mientras grito, bailando un poco feliz.
Sé que probablemente pretenden que el dinero del premio se utilice para
pagar la matrícula, pero a la mierda, lo voy a utilizar para comprarme
muebles nuevos.
Nada me gustaría más en el mundo que llamar a James. Estaría tan
emocionado. Si estuviéramos en buenas relaciones, insistiría en salir a
celebrarlo, probablemente a los juegos recreativos o a tomar batidos o algo
igual de dulce. Casi lo llamo, busco su contacto y todo eso. Al fin y al cabo,
fue él quien me compró la cámara y sin ella no habría podido hacer esas
fotos.
Antes de que pueda decidirme, alguien llama a la puerta de la
despensa.
—¿Bex, cariño?
Abro la puerta. Mamá me levanta una ceja.
—¿Por qué te escondes aquí?
—He ganado un concurso.
—¿Qué concurso?
—Me he presentado a un concurso de fotografía y he ganado. —Me
tiembla la voz, estoy al borde de las lágrimas, pero al menos son lágrimas
de felicidad—. Dijeron que les encantó mi variedad y mis habilidades.
Mamá me abraza.
—Cariño. Es maravilloso.
—He ganado un premio, y puede que gane uno mayor. —Me retiro y
me ajusto el delantal—. Estaba pensando que podemos usarlo para comprar
más muebles para el apartamento.
Mamá niega.
—Quería hablarte de eso. Nicole y Brian van a ayudarnos. Tienen
algunas cosas de las que querían deshacerse de todos modos, y Nicole
conoce a alguien que restaura muebles y que estaría dispuesto a darnos
algunas piezas con descuento. Quédate el dinero y úsalo para la matrícula.
—¿Estás segura?
Me acaricia la mejilla y me frota la piel con el pulgar.
—Es lo menos que puedo hacer. Sé que no es mucho, para compensar
lo que pasó, pero...
—No, es perfecto.
—¿Bex? —Christina asoma la cabeza en la despensa—. Hay otro
chico que quiere verte. No es el mismo de la última vez. —Guiña un ojo—.
Creo que este es el jugador de fútbol.
El corazón me baja hasta el estómago. No tengo ni idea de si estoy
preparada para esta conversación, pero tampoco es que pueda ignorarlo.
Sabe dónde encontrarme. Paso por delante de mi madre y vuelvo al
restaurante, rodeando el mostrador. James está esperando cerca de la puerta,
quitándose una gorra; tiene las orejas y las mejillas rojas por el frío. Echa
un vistazo a la habitación y, cuando me ve, se le transforma el rostro y
sonríe con una mezcla de alivio y felicidad.
—Bex —dice—, ¿podemos hablar?
46
James
No me había imaginado tener esta conversación en el frío, pero Bex
se abriga y me lleva a la parte de atrás, y yo no discuto. Al menos no me ha
echado a la calle. Temía que eso sucediera, ya que me puse en contacto con
a pesar de que fue ella quien dijo que quería espacio.
Cruza los brazos sobre el pecho, temblando ligeramente. Tomo mi
gorra y se la pongo en la cabeza. Está nevando ligeramente, añadiéndose a
la nieve que lleva en el suelo desde el mes pasado.
—James —dice—. Tus orejas parecen congeladas.
—Viviré. —Me golpeo el pecho antes de meter las manos en los
bolsillos de la chaqueta. La fotografía sigue pegada a mi pecho. Bien—.
¿Cómo has estado?
—Como la mierda —admite.
—Lo mismo.
Me dedica una media sonrisa.
—Pero gané el concurso de fotografía. Mi trabajo va a estar en una
galería del West Village.
Me quedo con la boca abierta.
—¡Es increíble!
Se muerde el labio, probablemente para no sonreír más.
—Sí. Es realmente increíble. Me acabo de enterar antes de que
llegaras.
Me entran unas ganas terribles de abrazarla y besarla, pero me
contengo. Por mucho que prefiera evitarlo, tenemos que hablar. No puedo
hacer que cambie de opinión y que piense que no es la adecuada para mí,
pero quiero hacer todo lo posible para tratar de empujarla en la dirección
correcta.
—Me alegro mucho por ti. —No puedo evitar extender la mano para
tocar la gorra que lleva en la cabeza, aliviado cuando eso la hace reír un
poco.
—James.
—Había olvidado lo bajita que eres.
—Tamaño divertido —dice.
Intento tragar saliva.
—Sí. Así eres tú, cariño.
La diversión desaparece de su expresión.
—Voy a reportar a Darryl.
—Bien.
Respira hondo, abrazándose a sí misma.
—¿Has oído algo ya? ¿Te van a suspender?
—No lo sé. El entrenador respondió por mí. Les dijo que yo no
empecé la pelea.
Es su turno de decir:
—Bien.
Nos quedamos un momento mirándonos. Nunca hemos estado
incómodos, incluso cuando no nos conocíamos muy bien, la conversación
fluía, así que me sorprende la tensión que se respira en el ambiente.
—Te amo —no puedo evitar decirlo.
—Yo también te amo —susurra ella.
—Siento mucho que mi padre te hiciera sentir que no podías
contarme lo que pasó. —Respiro hondo. Desde que hablé con mi madre,
estoy un poco más tranquilo, pero aún no he vuelto a hablar con mi padre y
no sé cuándo lo haré. Recuperar a Bex es lo primero—. Quiero que sepas
que siempre te elegiré a ti.
Su expresión se apaga.
—James.
—Sé que va a ser difícil —continúo—. Sé que tengo que priorizar
mejor las cosas. Sé que cuando estoy en el campo, tengo que centrarme en
ello por completo, pero ¿cuándo estoy fuera del campo? ¿Cuándo estoy
contigo? Te elijo a ti, pase lo que pase.
Me mira, con las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes por las
lágrimas no derramadas.
—Te amo, Bex. Me encanta cómo arrugas la nariz cuando estás
concentrada. Me encanta tu risa. Tu talento con la cámara. Me encanta tu
pasión y tu lealtad y lo jodidamente inteligente que eres. Lo eres todo para
mí. Si me pidieras que dejara de jugar fútbol, lo haría sin pensarlo.
Solloza, sacudiendo la cabeza.
—No hagas eso.
—Bien. Porque he pensado en ser profesor de matemáticas, y no sé si
soy capaz de eso.
Se ríe.
—Probablemente no, cariño.
—Si tienes que quedarte aquí por el restaurante y tenemos que estar a
distancia, me esforzaré todos los días para que funcione. Te lo prometo. Ya
no me asusta, porque sé que todo merecerá la pena si consigo llamarte mía.
Aparta la mirada, meciéndose en su sitio mientras tiembla. Hay tanto
silencio que empiezo a preocuparme un poco.
—¿Y si no soy... suficiente?
—¿Qué?
Me mira a los ojos. Le tiembla el labio.
—¿Y si han pasado dos años y yo estoy aquí y tú donde sea y te das
cuenta de que no vale la pena? ¿Que no valgo la pena?
Doy un paso adelante y la estrecho entre mis brazos. No me importa
que se suponga que debo darle espacio para pensar, está fría y alterada y no
puedo soportarlo.
—¿De verdad piensas eso? —le digo—. Eres mi princesa, vales el
mundo entero.
Aprieta los labios.
—No soy nadie especial.
—Y yo solamente soy un tipo al que se le da bien lanzar un balón. —
Me río suavemente, el sonido queda atrapado en el viento frío—. Puede que
ninguno de los dos seamos especiales, pero esa no es la cuestión. La
cuestión es que eres la mejor persona que he conocido, y deseo más que
nada que tú también te veas así.
Me meto la mano en la chaqueta y saco la fotografía.
—La tomé hace un par de semanas. Sé que es una mierda, pero me
encanta lo feliz que pareces.
Toma la foto y la mira. Es una simple foto que hice con el teléfono, y
me gustó tanto que la imprimí. La puse en mi cartera. Es de Bex haciéndose
una foto en Red's. Lleva una camiseta rosa y esos pendientes en forma de
porción de tarta, con los ojos adorablemente iluminados mientras juguetea
con la cámara.
—Recuerdo esto —dice suavemente.
—Así es como te veo, cuando cierro los ojos antes de dormir, cuando
sueño despierto, te imagino así, haciendo arte. Siendo tú. —Alargo la mano,
tocando un pendiente, lleva los pendientes que le regalé por Navidad—. Tú
lo vales todo y puedes hacer lo que quieras, pero tampoco te menosprecies.
Esto es lo que te mereces estar haciendo.
Se inclina y me besa.
Acepto el beso con gusto, parte de la tensión se desprende
literalmente de mi cuerpo al sentir sus labios sobre los míos, sus manos
agarrando la parte delantera de mi chaqueta. Esto es lo que necesitaba para
volver a sentirme bien, a mi chica entre mis brazos.
Cuando se separa, me toma la mandíbula con su mano fría. Me
aprieto más.
—Necesito pensar —dice—. No sobre nosotros, sino sobre mí. Sobre
el restaurante. Le prometí a mi madre que me ocuparía de ello y no puedo...
¿Tiene sentido?
Asiento.
—Estaré listo cuando tú lo estés.
Aprieta su frente contra la mía.
—Gracias.
Vuelvo a besarla, hambriento de más besos suyos después de casi dos
semanas echándolos de menos.
—Cualquier cosa que necesites hacer, podemos manejarla. Juntos.
47
Bex
Cuelgo la última fotografía en la pared y doy un paso atrás, mirando
con nerviosismo todo el conjunto. Cuando llegué, la galerista, una mujer
llamada Janet que posiblemente sea la mujer más glamurosa que he
conocido nunca, me dio una pared entera para trabajar.
Laura, que llegó antes para ayudarme a montarlo todo, me mira.
—¿Qué te parece?
—Creo que queda bien. —Me limpio el vestido con las palmas
sudorosas. Llevo un vestido negro con medias transparentes, a pesar del frío
de febrero, pero he estado tan ansiosa todo el tiempo que ni siquiera siento
frío—. Quiero decir, supongo...
—No te subestimes —dice, dándome un abrazo de lado—. Tiene una
pinta increíble.
—Gran uso del espacio en blanco —dice Janet mientras pasa
flotando, con su chal ondeando ligeramente.
Laura contiene una risita.
—¿Ves? Gran uso del espacio en blanco. Fabuloso.
Suelto un suspiro tembloroso.
—Bueno, así es como lo quiero.
—Bien. —Retrocede unos pasos y saca su teléfono—. Sonríe, deja
que te haga una foto.
Me ruborizo, mirando alrededor de la galería. Los otros finalistas del
concurso están trabajando en sus propias exposiciones, y está claro que la
mayoría se conocen, porque no paran de socializar, acercándose a los
espacios de los demás para hacer comentarios y cumplidos. Me han
ignorado, lo cual está bien, pero no significa que no me sienta un poco
cohibida.
El semestre está en pleno apogeo de nuevo, lo que significa terminar
mis requisitos principales, disfrutar de un semestre más de vivir con Laura,
pasar tiempo con James, que no fue suspendido por la pelea una vez que la
universidad escuchó mi informe sobre Darryl, y reducir mis turnos en The
Purple Kettle para que pueda fotografiar algunos de los partidos de hockey
McKee.
Esta exposición en la galería, la oportunidad de trabajar más en mi
fotografía deportiva... está chocando con el restaurante de formas
incómodas y, a pesar de decirle a James que estoy pensando en ello, no
estoy segura de qué hacer. Antes de este año, incluso la idea de dejar a mi
madre sola para ocuparse del restaurante era imposible. Le prometí que no
lo haría y siempre tuve la intención de cumplir mi palabra. ¿Y ahora? Cada
día estoy más cerca de querer irme, pero no sé si puedo confiarle el
negocio. Últimamente está más implicada, pero yo sigo allí casi todos los
días de la semana, apagando fuegos (metafóricos) y asegurándome de que
las cosas funcionan bien. No podría hacerlo desde San Francisco, que es
donde James acabará, si nos atenemos a los últimos rumores procedentes de
la NFL.
—Estás muy guapa —dice Laura. Me enseña la foto. Sinceramente,
creo que parezco muy estresada, pero quizá sea porque así es como me
siento. En menos de una hora, un montón de gente va a ver mis fotos
mientras estoy de pie junto al expositor. Voy a escuchar sus opiniones. Y
con un poco de suerte, ganaré cinco mil dólares, aunque el pintor que tengo
enfrente tiene mucho talento, así que, si tuviera que darle el premio a
alguien, lo elegiría a él.
—Supongo que sí —digo.
—James va a venir, ¿verdad?
—Sí. Y probablemente sus hermanos también.
Laura suspira.
—Cooper está tan bueno.
Hago una mueca.
—¿Te gusta la barba?
—Definitivamente. No es que James no sea guapo con su aire de
quarterback serio y pulcro, pero Coop es el que yo escogería.
—Es bueno saberlo —digo secamente—. Teniendo en cuenta que
James es mío.
—Es guapo —coincide alguien.
Me giro y mis ojos se abren de par en par al ver que mi madre está
delante de mí con un ramo de flores en los brazos. Me besa la mejilla.
—Sé que llego pronto —dice—. Pero quería hablarte de una cosa.
Vuelvo a mirar el expositor, preguntándome si debería reorganizarlo
un poco más, pero mi instinto me dice que no, que está perfecto.
—Supongo que ya he terminado. Tengo un par de minutos antes de
que abra la galería.
Acuna el ramo en el pliegue del brazo y me tiende la mano.
—Hay un pequeño café al lado, Nicole nos consiguió una mesa.
—No podemos tardar —advierto.
—No tardaremos —promete—. Nos vemos en unos minutos, Laura.
Tomo mi abrigo y me lo pongo mientras la sigo fuera de la galería. Ya
es raro estar en Nueva York, pero ¿ver a mi madre aquí? No recuerdo la
última vez que salió de la ciudad, y mucho menos que hiciera algo así. Por
suerte, la cafetería está literalmente al lado, veo a la tía Nicole en la
ventana, sentada con una taza de té delante.
—¡Bex! —dice, levantándose para abrazarme cuando nos reunimos
con ella en la mesa—. ¡Estoy deseando ver tus fotos!
—Gracias —digo, sentándome frente a ella con el abrigo en el regazo.
Mi madre elige sentarse junto a la tía Nicole en vez de junto a mí, lo cual es
un poco raro. Me preocupa irracionalmente que vaya a darme un sermón,
pero no hay razón para ello. Golpeo el suelo con la bota—. ¿Qué pasa?
Se miran durante un largo rato. Mi madre respira hondo. Me clavo las
uñas en las palmas de las manos.
—¿Pasa algo?
—No —dice ella—. En absoluto, cariño, esto es algo bueno. Quiero
vender el restaurante.
Me quedo mirándola.
—¿Qué?
—Nicole y yo hablamos de ello, y ella me ayudó a darme cuenta de lo
que tenemos que hacer. Debería haberlo vendido hace tiempo, pero no me
permití seguir adelante. —Parpadea, cuando continúa hablando, su voz es
gruesa—. Te he retenido demasiado tiempo. No era justo por mi parte
intentar atarte. Seguía pensando que quizá tu padre volvería, pero no lo ha
hecho. Ya es hora.
Mientras habla, el corazón se me acelera en el pecho y, cuando
termina, me preocupa un poco que esté a punto de estallar. Me doy cuenta
de que estoy temblando.
—¿Mamá? —consigo balbucear.
—Te escuché el día que James vino a hablar contigo —añade, con las
mejillas sonrojadas—. Tiene razón, te mereces más. Te mereces dedicarte a
lo que te apasiona. Mereces ir a estar con él, no importa dónde esté
reclutado. —Se ríe un poco, sacudiendo la cabeza—. ¿Usé bien esa
palabra?
—Creo que sí —dice la tía Nicole, inclinándose con un pequeño
movimiento de cabeza—. ¿Verdad, Bex?
—Sí —digo débilmente. La mente me da tantas vueltas que ni
siquiera estoy enfadada con mi madre por escucharme a escondidas.
—Cuando tu padre y yo compramos el restaurante, pensamos que
sería algo que podríamos compartir, algo en torno a lo que podríamos
construir una vida. No quería renunciar a ese sueño, ni siquiera cuando
desapareció. Necesito seguir adelante y dejarte marchar.
—Mamá —vuelvo a decir, con la voz estrangulada, medio sollozando
—. ¿Qué van hacer?
—Lo venderemos —dice con firmeza—. Todo el edificio. Puedes
usar parte del dinero para ayudarte con tus préstamos estudiantiles, y yo me
ocuparé de encontrar un sitio. Hay un apartamento cerca de Nicole que
podría alquilar. Y estoy pensando...
Se interrumpe, parpadeando. Tía Nicole le da una palmadita en la
mano.
—Se va a meter en un programa —dice tía Nicole.
Mamá asiente.
—Necesito terapia. Necesito poner mi cabeza en orden. Nunca superé
la marcha de tu padre, ni todo lo que pasó después, y si quiero ser una
buena madre para ti en el futuro, necesito encontrar la manera de
conseguirlo.
—No puedo creerlo —susurro.
—Lo sé —dice ella—. Pero voy a demostrártelo, cariño. Quiero estar
ahí para ti, y quiero que tengas la oportunidad de hacer lo que te haga feliz.
Realmente feliz.
Prácticamente me lanzo a través de la mesa en mi prisa por abrazarla.
Se ríe contra mi hombro, abrazándome con fuerza mientras me frota la
espalda.
—Te amo —susurra—. Y lo siento.
—Yo también te amo. —Respiro el olor de su perfume. Un millón de
recuerdos pasan por mi mente, una película de mi infancia, las partes
buenas. No soy ingenua, sé que, si va en serio con esto, tiene mucho trabajo
por delante, pero el hecho de que lo haga es suficiente para sacudir mi
mundo—. Gracias.

El horario de la galería acaba de empezar cuando veo a James entrar


por la puerta... junto con toda su familia, Izzy incluida. Esperaba a Sandra,
¿pero a Richard? ¿Con un ramo de flores en los brazos? Me hace un gesto
con la cabeza y yo le devuelvo el gesto.
Oh, vaya.
Vuelvo a centrarme en Donald Marks, el director del departamento de
artes visuales, que se acerca enseguida para felicitarme en persona, pero las
ganas de correr a contarle la noticia a James son casi abrumadoras. Me dan
ganas de abalanzarme sobre él y besarlo contra la pared, pero estoy segura
de que eso no se consideraría un comportamiento apropiado en una galería
de arte elegante.
—Es un contacto excelente —continúa, señalando al otro lado de la
habitación—. Les presentaré a los dos más tarde para que puedan hablar
más en profundidad sobre esto. ¿Estás considerando un futuro en la
fotografía deportiva específicamente?
—Tal vez —digo, y lo mejor es que no estoy mintiendo en absoluto.
Podría hacer eso... o podría hacer cualquier cosa en el mundo. Por primera
vez desde que era pequeña, el mundo entero está abierto para mí, no tengo
promesas que preocuparme de romper. Soy libre—. Me encanta el ambiente
de los acontecimientos deportivos.
—Eso es importante. —Sonríe, rompiendo el contacto visual para
volver a mirar mi fotografía—. Un trabajo realmente excelente. Siento no
haberte tenido en nuestro departamento.
—Empiezo a darme cuenta de lo que realmente quiero.
Asiente.
—Me alegro, Señorita Wood. Manténgase en contacto.
En cuanto se aleja, Izzy se acerca a mí, con James pisándole los
talones. Tiene una copa de vino en la mano, que James le quita hábilmente
antes de que pueda beberla.
—Eh —protesta, cruzando los brazos sobre su vestido de terciopelo
lila—. No es justo.
Me da el vino a mí.
—¿Después del numerito que montaste en la fiesta del fin de semana
pasado? Tienes suerte de que mamá y papá te dejen salir de casa.
Tomo un sorbo, pero no lo saboreo. Estoy prácticamente vibrando de
excitación.
—Hola.
Me besa rápidamente.
—¿Cómo va todo hasta ahora?
—La verdad es que es increíble. —Alargo la mano y se la tomo—.
Tengo que hablar contigo.
Izzy mira entre nosotros y levanta una ceja oscura.
—Eso suena siniestro.
—¿Por qué no vas a molestar a Coop? —dice James secamente—.
Parece que está intentando ligar con esa pobre chica de ahí.
Izzy mira por encima del hombro. Cooper está inclinado junto a una
preciosa acuarela, gesticulando con su copa de vino mientras habla con una
joven. De todas formas, ella no parece muy interesada, pero tengo la
sensación de que Cooper está a punto de dar el golpe gracias al huracán
Izzy.
—Apuesto a que puedo hacerle creer que tiene una ETS —declara.
—Espera —dice James, pero ella ya está cruzando la habitación.
Suspira y se gira hacia mí—. Estás preciosa, por cierto. ¿De quién son las
flores?
—De mi madre.
—Qué detalle. Mis padres también tienen un ramo para ti.
—Están allí... hablando con tu madre —digo al darme cuenta de lo
que estoy viendo—. Oh Dios. Ella trabaja rápido.
James echa un vistazo.
—Creo que era mi madre, en realidad —dice—. Se moría por
conocerla. Pero, ¿qué pasa?
—Mi madre habló conmigo antes de que empezara la exposición.
Venderá el restaurante.
Me abraza tan rápido que casi derramo el vino por el suelo.
—¡No puede ser!
—¡Sí! —Le devuelvo el abrazo, incapaz de contener la risa.
Probablemente parezcamos ridículos, pero ahora mismo no me importa.
Toda la galería podría quedarse mirando y me importaría una mierda. Lo
único que importa ahora es él—. Sí. Lo está vendiendo.
Me agarra con más fuerza.
—Princesa. Por favor, dime que significa lo que creo que significa.
Me alejo lo suficiente para besarlo. Incluso con tacones, me pongo de
puntillas y le acaricio el cuello con la mano. Miro sus ojos oceánicos y veo
un millón de posibilidades. Un futuro que podemos compartir. Veo amor y
deseo y todo lo que creía que no podía tener, entre tonos azules.
—Sí —murmuro contra su boca. Sonrío y siento que él también
sonríe—. Vayas donde vayas, te seguiré.
48
EPÍLOGO
James
Abril, dos meses después
Bex me besa de nuevo, jadeando suavemente contra mi boca.
—Espera, cariño. Espera. ¿Cuándo empieza otra vez el espectáculo?
Sigo metiéndole los dedos, metiendo los dos dedos dentro de ella
mientras deslizo el pulgar contra su clítoris. Jadea, sus siguientes protestas
se pierden. Tiene razón, tenemos que volver a la sala, el productor que vino
antes de que nos escabulléramos nos advirtió de que ya casi era la hora de la
parte televisada del draft, pero no puedo evitarlo. Quiero que se corra,
quiero que seamos los únicos en toda la multitud que sepan lo que
acabamos de hacer. Mi familia probablemente se esté preguntando dónde
estamos, pero da igual. Pueden esperar.
Lo que importa ahora es hacer que mi novia se sienta bien.
Me agarra del brazo, pero no intenta apartarme. Le beso el cuello,
resistiendo el impulso de darle un mordisco de amor visible, e introduzco
un tercer dedo. Me trago sus gemidos, aunque me gustaría hacerla gritar, me
basta con sentir cómo se aprieta a mi alrededor y se estremece al correrse.
Quito los dedos y la dejo bajar de donde la había puesto de puntillas contra
la pared.
—Mierda —murmura, un poco aturdida.
La beso de nuevo.
—Jodidamente preciosa.
Menea la cabeza mientras se arregla el vestido.
—No puedo creer lo que acabas de hacer. Estamos a punto de salir en
televisión.
Lamo la humedad de mis dedos, saboreando su gusto.
—Yo lo tengo peor. Estoy durísimo y tengo que vivir con ello.
Menea la cabeza.
—No puede ser. Tú te metiste en este lío, me niego a sentir
compasión.
Cuando volvemos a estar presentables, aunque mi camisa está un
poco arrugada y Bex insiste en que su cabello no tiene el mismo aspecto,
salimos del armario de suministros. No hay moros en la costa, así que
salimos intentando parecer informales.
—Yo voy por aquí y tú por el otro lado —digo—. Si alguien pregunta,
me he entretenido saludando a unos antiguos compañeros de LSU.
Pone los ojos en blanco con cariño.
—Solamente voy a decir que estaba en el baño.
Irónicamente, me cruzo con un par de conocidos de camino a la sala,
así que cuando consigo volver con mi familia, Bex ya está allí, inmersa en
una conversación con Sebastian. Todavía está un poco sonrojada. Le guiño
un ojo mientras me siento.
Pone los ojos en blanco y me hace un gesto con la mano.
—¿Cómo te encuentras? —pregunta papá.
No hemos vuelto a estar como antes, pero las cosas están mucho
mejor que en enero. Aunque ya no vemos el fútbol y esta carrera
exactamente igual, sigue siendo mi padre, y lo quiero a mi lado en
momentos como éste. Él entiende, mejor que nadie, en lo que estoy a punto
de embarcarme.
En menos de una hora, Bex y yo sabremos dónde nos mudaremos
después de la graduación.
Durante un tiempo, todo el mundo hablaba de San Francisco, pero
hay rumores de que Filadelfia podría hacer un cambio para conseguir una
mejor elección de primera ronda y llevarse a uno de los tres quarterbacks
realmente buenos que hay en la pizarra: yo, el tipo de Alabama que me
ganó en enero y el QB de Duke. Cuando gané el Heisman, no había duda de
que sería el primero en el draft, pero la derrota en el partido por el título
echó por tierra esa certeza. No me importa; no hay garantía de que donde
empiece sea donde pase la mayor parte de mi carrera, pero la esperanza es
que el equipo que me lleve esté dispuesto y preparado para construir un
equipo a mi alrededor que pueda ganar. He intentado no pensar mucho en
los detalles, porque no puedo elegir, pero sería estupendo que no tuviéramos
que ser los únicos de nuestras familias en vivir al otro lado del país.
—Está empezando —dice un productor, dirigiéndose a toda la sala—.
Como recordatorio, haremos cortes entre esta zona de espera entre
bastidores y el escenario, así que recuerden que están delante de la cámara.
Si reciben la llamada, ante todo felicidades. Recuerden responder a la
llamada y luego sigan las flechas verdes hacia el escenario para ser
presentados. La transmisión en directo se emitirá delante en los televisores.
Miro a mi padre y respiro hondo.
—Estoy listo.
Me aprieta el hombro, meciéndome ligeramente.
Sinceramente, creo que está más nervioso que yo.
Como la presentación está en vivo, Bex se aferra a mi mano.
Los 49ers de San Francisco tienen la primera elección. Toman al
quarterback de Alabama.
Los Jets de Nueva York tienen la segunda elección, y toman al mejor
defensa en el tablero.
Con la tercera elección, las cosas se ponen interesantes. Filadelfia
sube desde la sexta posición, ofreciendo a Houston un montón de
selecciones en la última ronda.
En el momento en que anuncian la elección, sé que me han elegido.
Mi teléfono, que descansa sobre la mesa, suena. Me quedo paralizado
durante medio segundo, pero entonces siento que Bex me clava las uñas en
la mano y me pongo en movimiento. Lo tomo y me aclaro la garganta al
saludar.
—James —dice mi nuevo entrenador—. Bienvenido a las Eagles de
Filadelfia.
—Gracias, señor.
—¿Listo para trabajar?
Miro a Bex a los ojos. Tiene las manos entrelazadas sobre la boca,
probablemente para no gritar mientras hablo por teléfono. Dios, la amo.
Filadelfia. Podemos trabajar con eso.
Le guiño un ojo.
—Sí, señor.
AGRADECIMIENTOS
Querido lector,
Muchas gracias por leer la historia de James y Bex. Espero que hayas
disfrutado tanto como yo escribiéndola. Cooper, Sebastian e Izzy tendrán
sus propias historias próximamente, así que aún no hemos abandonado el
mundo de los Callahan y la Universidad McKee. Asegúrate de seguirme en
las redes sociales para no perderte actualizaciones, contenido adicional y
mucho más.
Si te ha gustado este libro, te agradecería mucho que dejaras una
reseña. Me encanta saber de los lectores, así que no dudes en ponerte en
contacto conmigo directamente.
Gracias,
Grace.
SOBRE LA AUTORA
Grace Reilly escribe novelas románticas contemporáneas sensuales y
picantes, con corazón y, por lo general, una buena dosis de deporte. Cuando
no está ideando historias, se la puede encontrar en la cocina probando una
nueva receta, abrazando a su manada de perros o viendo deportes.
Originaria de Nueva York, ahora vive en Florida, lo cual es preocupante
dado su miedo a los cocodrilos.
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comunidad
Notas
[←1]
Abreviatura de Quarterback.
[←2]
National Football League (NFL), en español conocida como Liga Nacional de Fútbol
Americano.
[←3]
Abreviatura de Universidad Estatal de Luisiana.
[←4]
National Hockey League (NHL), en español Liga Nacional de Hockey.
[←5]
Major League Baseball (MLB), en español Grandes Ligas de Béisbol.
[←6]
Es una marca deportiva de origen Canadiense.
[←7]
Es un término que se refiere a una casa grande, típicamente en un vecindario suburbano.
[←8]
Posición de futbol americano.
[←9]
Es alguien que acude a partidos a observar jugadores para recopilar información y ver
posibles fichajes, futuros rivales o jugadores que están a préstamo en otros equipos.
[←10]
Se refiere a una chica que sale únicamente con deportistas.
[←11]
Es una disciplina del automovilismo que se practica con karts sobre circuitos llamados
kartódromos.

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