Acuerdos de estados de excepción
Definición:
El Estado de excepción es un mecanismo que, como su nombre sugiere, otorga poderes especiales
al Ejecutivo Nacional para afrontar situaciones fuera de lo común que afectan la paz o el bienestar
de los ciudadanos y que no son afrontables a través de los mecanismos normales. Estos poderes
podrán utilizarse estrictamente para ese fin y una vez logrado el objetivo se extinguen.
El rasgo más característico de estas atribuciones es que acarrean la posibilidad de limitar o
restringir el ejercicio de algunos derechos temporalmente. Es importante subrayar que en un
Estado democrático se puede plantear la limitación de derechos pero nunca su suspensión,
distinción que está apropiadamente expresada en la Constitución de nuestro país, que en su
artículo 337 señala que “podrán ser restringidas temporalmente las garantías consagradas en esta
Constitución”.
Otra particularidad de esta figura es su temporalidad. Vale la pena recordar que en el pasado el
Estado venezolano la ha utilizado de manera inapropiada extendiendo exageradamente su
duración. Así, por ejemplo tenemos la “suspensión” de los derechos económicos que estuvo
vigente de 1961 a 1991, y que convirtió una medida excepcional en una “normalidad” lo que
supone una obvia perversión del ordenamiento jurídico. Por ello no se tiene un buen recuerdo de
los estados de excepción en la medida en que han sido desnaturalizados y han servido de
instrumento para realizar abusos ajenos a las circunstancias que los justificaron. De ahí que para
contrarrestar y prevenir estos vicios, en la Constitución vigente (1999) se incluyeron una serie de
procedimientos para limitar el ejercicio exorbitante del poder que es propio de los estados de
excepción.
Adicionalmente debemos señalar que en muchos casos los estados de excepción son invocados
por el mismo poder ejecutivo cuyas erróneas políticas provocaron la crisis. En este aspecto resulta
entonces una contradicción el que se otorguen más facultades a quien originó el problema que
obliga a tomar esta medida. Sobre este punto la Constitución no da una solución expresa más allá
de la referendo revocatorio, y enfatiza por otro lado la necesidad de que los controles de los otros
poderes efectivamente funcionen y no sean manipulables por el ejecutivo.
Hemos de partir además del supuesto que los estados de excepción no son algo bueno en sí
mismo, pues implican la limitación de derechos, sino que más bien son un sacrificio que la
sociedad acepta por un interés general, de modo que por eso deben estar regulados para
minimizar lo más que se puedan sus efectos negativos. Una democracia sin ejercicio pleno de los
derechos no es una democracia.
A diferencia de la Constitución anterior (1961) que permitía estados de excepción indefinidos y
con una sola aprobación del Congreso de la República, la actual limita a un máximo de 90 días
(aunque algunos tipos están limitados a menos tiempo), prorrogable por otros tantos. Así, el
decreto original como su eventual prórroga deben ser aprobados por la Asamblea Nacional y por
la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia. Otra novedad del presente texto
constitucional es que ahora son más los derechos que no pueden ser restringidos por un estado de
excepción, como el derecho a la vida, a la integridad física y psicológica, al reconocimiento de la
personalidad jurídica, al debido proceso a la información, a la libertad de conciencia y religión, a la
familia y los derechos del niño, entre otros.
Finalmente, agrega la Constitución que el decreto de estado de excepción debe cumplir con una
serie de requisitos, y el más importante es que responsabiliza específicamente al Presidente de la
República de establecer claramente cuáles son las limitaciones que se impondrán a determinados
derechos durante la vigencia del estado de excepción, buscando garantizar que la población
afectada esté enterada de las nuevas reglas a las que debe adecuarse desde el comienzo. Esto es
muy importante, porque se evita que funcionarios inescrupulosos establezcan o determinen de
forma arbitraria las limitaciones a los derechos durante la vigencia del decreto.
La Constitución no solo regula de forma más rigurosa que la anterior lo relativo a los estados de
excepción, sino que introduce dos elementos nuevos a la hora de aplicarlos: la proporcionalidad y
la temporalidad.
La proporcionalidad: se aplica cuando se señala que dependiendo de la causa, la duración máxima
puede variar según su gravedad. Esto debe apreciarse desde dos puntos de vista, pues la
proporcionalidad debe entenderse tanto para decidir la medida como para aplicarla. Esto implica
que el estado de excepción debe imponerse en función y para atender la emergencia que le dio
origen, por lo que si dicha situación puede ser solucionada por los medios ordinarios no puede
invocarse el estado de excepción. En segundo término, incluso en el caso de que la situación lo
requiera la aplicación de la excepción debe ser en proporción a la situación de que se trate. Así
entonces, por ejemplo, un toque de queda que impida la circulación las 24 horas no tiene sentido
alguno y por el contrario vulneraría los derechos de los ciudadanos pues le impediría el acceso a
los bienes y servicios básicos para sobrevivir, pues no se podrían trasladar a los hospitales o a los
sitios de expendio de alimentos. Lo racional y proporcional sería entonces imponer un horario que
permitan el tránsito mínimo necesario para satisfacer los requerimientos elementales de la
población.
La temporalidad: es una constante de todos los tipos de estado de excepción que la Constitución
prevé, de manera que los limita a un tiempo máximo de existencia, no pueden ser indefinidos. Ello
implica que no pueden dictarse decretos de estados de excepción sobre la misma situación pero
presentándola de diferente manera para hacer ver que se trata de un decreto sobre hechos
diferentes. Esto último constituiría un fraude a la Constitución cuya intención es que la excepción
dure lo menos posible. En este punto resulta importante tanto el control político que hace la
Asamblea como el jurídico que debe realizar el Tribunal Supremo, cuyas sentencias deben ser
ajenas a parcialidad alguna y velar por el cumplimiento de la Constitución, sobre todo en este
punto donde lo que está en juego en la restricción de los derechos de los ciudadanos.
El Constituyente prefiere fijar límites al poder en tiempos extraordinarios, para que tiempos
extraordinarios no sirvan de excusa para desconocer derechos.
Estado de alarma
Está vinculado con la ocurrencia de “catástrofes, calamidades públicas u otros acontecimientos
similares que pongan seriamente en peligro la seguridad de la Nación o de sus ciudadanos y
ciudadanas”.
De acuerdo con el diccionario, una catástrofe es un “Suceso que produce gran destrucción o daño”
y una calamidad es una “Desgracia o infortunio que alcanza a muchas personas”, ambos son
eventos vinculados a causas naturales (terremotos o huracanes) o accidentes de gran alcance en
cuanto al daño material que pueden producir (por ejemplo, un incendio).
Duración máxima: 30 días prorrogables por otros 30 días más.
El estado de excepción y la ONU
Los Tratados internacionales de Derechos Humanos establecen limitaciones a la posibilidad de
restringir esos derechos. El Pacto de Derechos Civiles y Políticos de la ONU, del que Venezuela es
parte desde 1978, señala entre otros condicionantes que la declaratoria de estados de excepción
puede hacerse “en la medida estrictamente limitada a las exigencias de la situación” sin que ello
implique discriminaciones por raza, color, sexo, idioma, religión u origen social (Artículo 4, párrafo
1).
Ese mismo artículo establece que cuando un Estado declare un estado de excepción, “deberá
informar inmediatamente” a los demás Estados partes del Tratado por intermedio del Secretario
General de Naciones Unidas. Esto es significativo, pues no se trata de una simple notificación
burocrática a ese alto funcionario de la ONU, sino que se trata de informar a la comunidad
internacional vinculada al Tratado que en el país se están limitando los derechos humanos y las
razones en que se fundamenta esa restricción.
Así tenemos entonces, que esta obligación de informar, que parece muy básica y poco importante,
o incluso una mera formalidad, en realidad implica que no se pueden limitar derechos humanos
sin explicar a la comunidad internacional las razones para ello. Incluso puede decirse que es un
derecho de los ciudadanos sujetos a estas restricciones que el mundo se entere de lo que les está
sucediendo.
Existe una página web donde las Naciones Unidas publica todas las comunicaciones que reciben de
los Estados sobre la ejecución de los Tratados que suscriben
(https://treaties.un.org/Pages/CNs.aspx?cnTab=tab1&clang=_en), y como cualquiera puede
apreciar, Venezuela no ha cumplido con esta obligación de informar y explicar que desde el mes
de agosto de 2015 cientos de miles de ciudadanos tuvieron limitados sus derechos en los estados
fronterizos, y que actualmente la totalidad de la población se ve afectada por los decretos de
emergencia económica.
Lo dicho es una demostración que los derechos humanos nos conciernen a todos en tanto
miembros de la colectividad humana y que no es verdad que la limitación de estos sea algo que se
pueda esconder bajo el título de “asunto internos” pues la violación de un derecho humanos nos
importa a todos sin importar donde ocurra dicha violación. No en vano por ello existen unos
delitos que se denominan de “lesa humanidad” pues se ha comprendido que además de afectar a
un víctima en particular, este tipo de delito afecta a la humanidad como un todo, y siendo así
nadie debe ser indiferente ante una violación grave de nuestra condición humana.
Estados de excepción decretados en 2015
Durante el año 2015 se emitieron 8 decretos de estado de excepción del tipo “emergencia
económica” en el país. Dichos decretos limitaron los derechos a la inviolabilidad del hogar,
inviolabilidad de las comunicaciones privadas, libre tránsito, reunión, manifestación pacífica y libre
actividad económica en 26 municipios de los 4 estados que tienen frontera con Colombia.
Las razones esgrimidas para tomar esta decisión fueron diversas: la presencia del paramilitarismo,
narcotráfico y contrabando de extracción en dichas zonas, los “atentados” cometidos contra
nuestra moneda y contra “los bienes adquiridos con divisas de nuestro pueblo”.
Es necesario resaltar que si bien todos los decretos originales recibieron el visto bueno de la
Asamblea Nacional como establece la Ley, en el caso de sus respectivas prórrogas solamente
aquellos referidos al estado Táchira fueron debidamente refrendados por el Parlamento. En todos
los casos la Sala Constitucional del TSJ dio luz verde a su aplicación. Más aún, se recibieron
alegatos en contra de seis de dichos decretos y todos y cada uno de ellos fueron desechados por la
Sala, algunas veces sin argumentación alguna, ratificando la constitucionalidad de la medida.
Llama la atención que en las sentencias relativas a las mencionadas acciones el TSJ da por buena la
afirmación del Ejecutivo de que las circunstancias existentes ameritaban la toma de medidas
excepcionales sin explicar realmente los motivos de por qué es de esa opinión. Más aún, la Sala en
ocasiones se da a la tarea de buscar sustento a los argumentos del Poder Ejecutivo que este no da
(a pesar de ser su deber), lo que constituye un exceso pues no es su función subsanar omisiones
del Ejecutivo. A nuestro entender una decisión tan delicada hubiese requerido criterios concretos
para sostener dicha afirmación, cuando menos para poder evaluar sus resultados y valorar la
posibilidad de una prórroga.
Lo más grave, es que los decretos no incluyen la reglamentación de la limitación de todos los
derechos que pretende limitan, pues en algunos casos lo hace parcialmente y en otro no lo hace
del todo. Incluso, los alegatos de terceros que pidieron la impugnación de dichos decretos
advierten de esa irregularidad a la Sala Constitucional, pero la misma no dio respuesta al asunto.
De hecho no hizo alusión alguna a ese aspecto, dando por bueno el decreto e ignorando una falla
de esa magnitud, obviando su deber constitucional. Es un deber del tribunal responder a los
accionantes, para aceptar o para rechazar sus argumentos, lo que no puede es simplemente
ignorar las impugnaciones sin dar respuesta concreta a sus alegatos. Esto constituye una grave
denegación de justicia y una violación inexcusable de los deberes impuestos al poder judicial.
Por cierto que en el caso de las prórrogas no solamente se repitió la situación que venimos
narrando sino que en varios supuestos reproducen, en forma simultánea, la misma causa y
finalidad para justificar su declaración. Los estados de excepción o su prórroga son actos de
gobierno que por su naturaleza excepcional no deberían dictarse en serie, es decir con idénticos
motivos y fundamentos, pues dependen de las circunstancias extraordinarias que sucedan en la
realidad y, en consecuencia, las que incitarían a adoptar estas decisiones de contenido político que
restringen las garantías y el ejercicio de los derechos de las personas.
Tampoco tienen en cuenta los decretos (ni los originales ni sus prórrogas) las consecuencias de
limitar derechos como la reunión, o la manifestación pacífica en medio de una campaña electoral,
como fue el caso en diciembre de 2015, pues de esta manera se permitió a los funcionarios
prohibir de forma discrecional actividades propias de una contienda electoral amparados en el
estado de excepción.
Al momento de escribir esta nota ya los estados de excepción en la frontera perdieron su vigencia,
pero nadie ha dado cuenta de su efectividad, y quizá ello no ha ocurrido porque en realidad, en
materia de eficacia, no hay nada que decir.
Estados de excepción decretados en 2016
En el año 2016 se dictaron varios decretos de estado de excepción, también por emergencia
económica pero esta vez a nivel nacional. En primer lugar, la prórroga del estado de excepción ya
decretado en el municipio Atures del estado Amazonas. Luego 3 decretos del tipo «emergencia
económica» (13 de enero, 13 de mayo y 13 de septiembre de 2016), todos con su respectiva
prórroga.
Las razones para justificar la medida giran en torno a un supuesto ataque a la economía
venezolana que se inició como consecuencia de la muerte de Hugo Chávez y que tiene origen en
factores tanto externos como internos que, actuando coordinadamente, hicieron daño con
acciones como la baja del precio del petróleo y la consiguiente merma en los ingresos de la
Nación. Una vez más, no se regula la restricción de los derechos, con el agravante de que en esta
ocasión ni siquiera se especifica cuáles han sido limitados, lo que en nuestro criterio implica que
no se pueden limitar ningún derecho constitucional pues se trata de una exigencia de la máxima
norma del país.
Al respecto, se observa que las medidas de los decretos para solventar esa crisis ya han sido
tomadas en su mayoría por vía habilitante en los últimos años y, además, los decretos de
emergencia económica emitidos en varios municipios fronterizos el año pasado dieron lugar a una
peor situación económica que la existente antes de la emergencia decretada. Esto hace
cuestionable la necesidad de acudir a un recurso excepcional que no fue pensado para que un
gobierno se libere de las limitaciones de los otros poderes sino, como se ha insistido ya, para
situaciones de verdadera emergencia. Por ejemplo, la excepcionalidad se ha utilizado para otorgar
créditos adicionales, lo que bien pudo hacerse a través de la Asamblea Nacional en una condición
de normalidad, como está previsto en la legislación.
Por supuesto, cada uno de estos decretos contó con la aprobación del Tribunal Supremo de
Justicia en Sala Constitucional; en algunos casos sin esperar la decisión de la Asamblea Nacional, lo
que representa una irregularidad de por sí. Más aún cuando en esa decisión establece que una
opinión contraria del Parlamento (que efectivamente se dio) no comprometería la vigencia del
decreto, lo que va claramente contra la norma constitucional que fue explicada más arriba.
En los demás casos el TSJ ha impuesto a la Asamblea formalidades no esenciales para considerar
inválida la no aprobación de los Decretos, y en otro fallo ni siquiera hace mención de lo decidido
por el parlamento a pesar de ser reseñado en todos los medios de comunicación público y
privados del país. En este sentido, llama la atención la acomodaticia utilización de la Sala
Constitucional de la figura del hecho notorio comunicacional. Destaca igualmente el argumento de
la Sala sobre el supuesto desacato de la Asamblea a diversas decisiones del TSJ, al mantener
incorporados a los diputados de Amazonas.
A este respecto debemos destacar que la aprobación o no del decreto de estado de excepción por
parte de la Asamblea Nacional no es una mera formalidad, sino un verdadero control a la que la
Constitución le otorga el poder de hacer cesar los efectos del decreto sometido a su consideración,
de modo que cualquier interpretación contraria a esta disposición es contraria también a la
Constitución y genera en quien lo desconozca las responsabilidades correspondientes.
Finalmente debemos indicar que los efectos prácticos del decreto de emergencia han sido dos: en
primer lugar la creación de los CLAP, una polémica figura conformada en parte por militantes del
partido de gobierno y que sin embargo recibe competencias en materia de vigilancia y control del
orden público, en franca violación a la Constitución y las leyes; en segundo lugar, el decreto de
créditos adicionales por parte del Ejecutivo sin control de la Asamblea Nacional, situaciones estas
que no han servido para paliar la grave crisis humanitaria por la que atraviesa el país.
Aunado a ello, debemos agregar que a más de un año del uso del estado de excepción (partiendo
desde su establecimiento en los estados fronterizos), la situación económica y social solo
empeoró, sobre todo en materia de alimentos y medicinas, por lo que se evidencia la falta de
efectividad de darle más poder al Ejecutivo, cuando en realidad el origen de los problemas que
pretende solucionar radica precisamente en el mismo. Como si no fuera suficiente, establecer
sucesivamente estados de excepción con las mismas atribuciones y por las mismas causas atenta
contra el objeto de la figura prevista en la Constitución; no estaba permitido establecer más de un
estado de excepción con su respectiva prórroga, y el Ejecutivo nos ha mantenido en tal situación
por más de un año.
Estados de excepción decretados en 2017
Durante este ejercicio, a pesar de que la situación económica se ha agravado de forma
considerable, el Ejecutivo dictó un nuevo Estado de Excepción y Emergencia Económica mediante
el Decreto 2.667, publicado en Gaceta Oficial Nº 41.074 de fecha 13 de enero de 2017. Es evidente
que el Poder Ejecutivo solo se vale de su poder para dictar medidas extraordinarias e incluso
inconstitucionales, a la vez que priva a la Asamblea Nacional de legítimas facultades de control -
tanto del propio Decreto, como de tipo económico- que le otorga la Constitución.
En esta oportunidad, al igual que antes, el Tribunal Supremo de Justicia aprobó el Decreto sin
tomar en consideración la negativa de la Asamblea Nacional. Esta normativa fue prorrogada por
60 días más mediante Decreto N° 2.742 del 13 de marzo de 2017, publicado en Gaceta Oficial Nº
41.112 de la misma fecha y fue declarado válido por la Sala Constitucional por sentencia N° 113 del
20 de mayo de 2017, a pesar del rechazo expreso de la Asamblea Nacional en sesión del día 21 de
marzo de 2017 al considerarlo inconstitucional.
Posteriormente el Decreto Nº 2.849 publicado en la Gaceta Oficial Nº 6.298 del 13 de mayo de
2017 viene a ser el cuarto publicado manteniendo el Estado de excepción dictado desde enero de
2016. Este último texto otorga en su artículo 2 una habilitación ilimitada al Presidente de la
República para que adopte cualquier restricción a las garantías constitucionales, salvo respecto de
aquellos derechos que el artículo 337 prohíbe limitar.
Al término de esa última extensión, se emitió el quinto decreto de 2017 bajo el Nº 2.987 con fecha
25 de julio, el cual también fue avalado por el máximo tribunal del país en la sentencia Nº 547. En
esta ocasión, siguiendo la línea de actuación de decisiones previas, (este es el décimo primer
decreto que se dicta en esta materia) y con fundamento en la supuesta admisión por parte de la
Asamblea Nacional de que hay una situación de emergencia económica y crisis institucional en
Venezuela, se declara la constitucionalidad y pertinencia de la prórroga.
Una nueva prolongación salió publicada el 25 de septiembre de 2017. Se trató del Decreto Nº
3.074. El TSJ avaló su legalidad en la sentencia Nº 727. El análisis de la decisión arroja la falta de
fundamentación jurídica en la que incurre la Sala Constitucional al momento de pronunciarse
sobre la constitucionalidad de la medida, pues no examina los requisitos formales y sustanciales
que debe cumplir el Ejecutivo Nacional para emitir esta decisión política, ya que solo se limita
referirse a algunas notas de prensa para determinar que los hechos invocados por el Presidente
justifican la declaratoria del régimen excepcional.
Seguidamente el 10 de noviembre el presidente de la República firmó una nueva prórroga bajo el
Decreto Nº 3.157, afirmando que se trataba de la quinta vez. Diez días más tarde, y sin ninguna
objeción, el Tribunal Supremo de Justicia lo declaró constitucional sin que previamente la
Asamblea Nacional diera su aprobación.
En lo que ha avanzado del año 2017, y a pesar de que la situación económica se ha agravado de
forma considerable, el Ejecutivo dictó un nuevo Estado de Excepción y Emergencia Económica
mediante el Decreto 2.667, publicado en Gaceta Oficial Nº 41.074 de fecha 13 de enero de 2017.
Es evidente que el Poder Ejecutivo solo se vale de su poder para dictar medidas extraordinarias e
incluso inconstitucionales, a la vez que priva a la Asamblea Nacional de legítimas facultades de
control -tanto del propio Decreto, como de tipo económico- que le otorga la Constitución.
En esta oportunidad, al igual que antes, el Tribunal Supremo de Justicia aprobó el Decreto sin
tomar en consideración la negativa de la Asamblea Nacional. Esta normativa fue prorrogada por
60 días más mediante Decreto N° 2.742 del 13 de marzo de 2017, publicado en Gaceta Oficial N.°
41.112 de la misma fecha y fue declarado válido por la Sala Constitucional por sentencia N° 113 del
20 de mayo de 2017, a pesar del rechazo expreso de la Asamblea Nacional en sesión del día 21 de
marzo de 2017 al considerarlo inconstitucional.
El Decreto Nro. 2.849 publicado en la Gaceta Oficial Nº 6.298 del 13 de mayo de 2017 viene a ser
el cuarto Decreto de Estado de excepción dictado desde enero de 2016. Esto significa que el
estado de excepción tiene ya un año y cuatro meses de vigencia. Este último decreto otorga en su
artículo 2 una habilitación ilimitada al Presidente de la República para que adopte cualquier
restricción a las garantías constitucionales, salvo respecto de aquellos derechos que el artículo 337
prohíbe limitar.
Estados de excepción decretados en 2018
Este año inició como los dos previos, con el presidente de la República emitiendo una nueva
disposición para ampliar el lapso del estado de excepción y emergencia económica. El décimo
tercer Decreto correspondió al N° 3.239 del 9 de enero de 2018, al cual le siguió su respectiva
prórroga (9 de marzo), un nuevo decreto al término de esta (N° 3.413 del 10 de mayo) y su nueva
extensión del 9 de julio.
Hasta esa fecha se habían emitido 9 decretos con 8 prórrogas (desde enero de 2016). Uno de esos
decretos, el 3.610 con fecha 10 de septiembre de 2018, declarado constitucional por el TSJ
mediante sentencia número 0638 del 20 de septiembre 2018, tiene la peculiaridad de exacerbar la
falta de control del poder y en cambio aumenta los controles que el presidente Maduro se ha
atribuido con relación a todos los aspectos de la vida de los ciudadanos, legalizando incluso el
Carnet de la Patria.
Otro aspecto a destacar es que el apartado 19 del decreto establece que durante la vigencia del
estado de Excepción el Jefe de Estado está facultado para dictar las normas en materia de
operaciones de crédito público o de endeudamiento “sin el sometimiento alguno a otro
Estados de excepción decretados en 2019
Durante 2019 nada cambió. Se mantuvo el mismo esquema. Seis decretos en total fueron emitidos
para mantener la emergencia económica, dictada por un Ejecutivo Nacional respaldado por la Sala
Constitucional, que insistía en ignorar la necesaria aprobación de la Asamblea Nacional, tal como
lo prevé la Constitución.
En ese orden de ideas, el decreto 3.736 del 11 de enero (acompañado de la sentencia n.° 5 del día
25 de ese primer mes del año), fue prorrogado hasta mayo por el decreto 3.779 emitido el 12 de
marzo y convalidado por la Sala Constitucional a través de su sentencia n.° 73 del 28 de marzo.
De la extensión de la ya perenne emergencia económica más allá de la mitad del año en curso, se
encargaría el decreto 3.844 (del 10/05) con el beneplácito de la Sala Constitucional (sentencia n.°
128 del 23/05), prorrogados un par de meses por cortesía del decreto n.° 3.906 (del 09/07) y de la
sentencia del 18 de julio identificada con el n.° 234.
La Sala Constitucional mediante sentencia n.° 325 del 23/09, siempre afincada en su acomodaticia
tesis del desacato de la Asamblea Nacional, declaró la constitucionalidad del decreto n.° 3.980
dictada días atrás (específicamente el día 7 de ese mes). Dos meses después la prórroga, dictada
para asegurar la permanencia de la emergencia económica hasta 2020, sería acordada a través de
decreto 4.019 del día 06 de noviembre y con el nada sorprendente respaldo de la Sala competente
con su sentencia n.° 370 del 22 de noviembre.
2020: El año de dos modalidades de Estados de excepción
Cuando se inicia 2020, la emergencia económica cumplía ya 4 años. Su vigencia prácticamente era
inercial.
Muestra de ello fue el decreto n.° 4.090 del 05 de enero con su respectiva sentencia (la n.° 0002
del día 14) y su prórroga acordada el día 05 de marzo (decreto 4.145) avalada por la Sala
Constitucional el 19 de marzo (sentencia n.° 0056).
Ahora bien, la sobrevenida pandemia del COVID-19 ha llevado a Venezuela a convertirse sino en el
único, en uno de los pocos países en el orbe en donde coexisten dos modalidades de estado de
excepción. Y ello es gracias a que el estado de alarma (previsto en la Carta Magna) con una
duración de 30 días, prorrogables por el mismo período, haya sido dictado por el Ejecutivo
Nacional mediante decreto n.° 4.160 del 13/03.
El estado de alarma decretado generó consenso en que había sido dictado de manera justificada
ante la gravedad y el riesgo para la salud de la población venezolana que representa la pandemia
del COVID-19.
No obstante lo anterior, nuevamente la Sala Constitucional consintió en que no era requerida la
aprobación de la Asamblea Nacional prevista en la Constitución, puesto que nada se dice en la
nota de prensa que reseña la existencia de la sentencia n.° 0057 del 24 de marzo. En otras
palabras, se repite el mismo esquema: un estado de excepción sin el aval del Poder Legislativo
Nacional.
Si bien la Constitución prevé una sola prórroga del estado de alarma, la cual fue acordada en
decreto n.° 4.186 del 12/04 y respaldada en cuanto a su constitucionalidad por una sentencia (sin
número conocido) del 22 de abril, pues la historia pareciera repetirse.
Y es que mediante decreto 4.198 del 12 de mayo, el estado de alarma mantiene su vigencia por 30
días más y su constitucionalidad no ha sido puesta en entredicho por la Sala Constitucional
(sentencia sin número conocido dictada el 21 de mayo).
Entre tanto, la emergencia económica ya posee en su haber 27 decretos (el último el n.° 4.194 del
04 de mayo y su respectiva sentencia n.° 0060 del 15 de mayo) dictados durante más de 4 años,
sin que exista ninguna mejoría en la situación económica del país.