Martín Rivas
Martín Rivas
Martín Rivas
Martín Rivas
-I-
A principios del mes de julio de 1850, atravesaba la puerta de la calle de una hermosa
casa de Santiago un joven de veinte y dos a veinte y tres años.
Su traje y sus maneras estaban muy distantes de asemejarse a las maneras y al traje de
nuestros elegantes de la capital. Todo en aquel joven revelaba al provinciano que viene por
primera vez a Santiago. Sus pantalones negros embotinados por medio de anchas trabillas
de becerro, a la usanza de los años de 1842 y 43; su levita de mangas cortas y angostas; su
chaleco de raso negro con grandes picos abiertos, formando un ángulo agudo, cuya
bisectriz era la línea que marca la tapa del pantalón; su sombrero de extraña forma y sus
botines, abrochados sobre los tobillos por medio de cordones negros, componían un traje
que recordaba antiguas modas, que sólo los provincianos hacen ver de tiempo en tiempo
por las calles de la capital.
El modo como aquel joven se acercó a un criado que se balanceaba mirándole, apoyado en
el umbral de una puerta, que daba al primer patio, manifestaba también la timidez del que
penetra en un lugar desconocido y recela de la acogida que le espera.
Cuando el provinciano se halló bastante cerca del criado, que continuaba observándole,
se detuvo e hizo un saludo, al que el otro contestó con aire protector, inspirado tal vez por
la triste catadura del joven.
-6-
-¿Será ésta la casa del señor don Dámaso Encina? -preguntó éste, con voz en la que
parecía reprimirse apenas el disgusto que aquel saludo insolente pareció causarle.
A la palabra caballero, el criado pareció rechazar una sonrisa burlona que se dibujaba en
sus labios.
-¿Y cómo se llama usted? -preguntó con voz seca.
-Espérese, pues -díjole el criado; y entró con paso lento a las habitaciones del interior.
Nosotros aprovecharemos la ausencia del criado para dar a conocer más ampliamente al
que acaba de decir llamarse Martín Rivas.
Era un joven de regular estatura y bien proporcionadas formas. Sus ojos negros, sin ser
grandes, llamaban la atención por el aire de melancolía que comunicaban a su rostro. Eran
dos ojos de mirar apagado y pensativo, sombreados por grandes ojeras que guardaban
armonía con la palidez de sus mejillas. Un pequeño bigote negro, que cubría el labio
superior y la línea un poco saliente del inferior, le daban el aspecto de la resolución,
aspecto que contribuía a aumentar lo erguido de la cabeza, cubierta por una abundante
cabellera color castaño, a juzgar por lo que se dejaba ver bajo el ala del sombrero. El
conjunto de su persona tenía cierto aire de distinción que contrastaba con la pobreza del
traje, y hacía ver que aquel joven, estando vestido con elegancia, podía pasar por un buen
mozo, a los ojos de los que no hacen consentir únicamente la belleza física en lo rosado de
la tez y en la regularidad perfecta de las facciones.
Martín se había quedado en el mismo lugar en que se detuvo para hablar con el criado, y
dejó pasar dos minutos sin moverse, contemplando las paredes del patio pintadas al óleo y
las ventanas que ostentaban sus molduras doradas al través de las vidrieras. Mas, luego
pareció impacientarse -7- con la tardanza del que esperaba, y sus ojos vagaron de un
lugar a otro sin fijarse en nada.
Por fin, se abrió una puerta y apareció el mismo criado con quien Martín acababa de hablar.
El joven pasó el umbral y se encontró con un hombre que, por su aspecto, parecía hallarse,
según la significativa expresión francesa, entre dos edades. Es decir que rayaba en la vejez
sin haber entrado aún a ella. Su traje negro, sus cuellos bien almidonados, el lustre de sus
botas de becerro, indicaban el hombre metódico, que somete su persona, como su vida, a
reglas invariables. Su semblante nada revelaba: no había en él ninguno de esos rasgos
característicos, tan prominentes en ciertas fisonomías, por los cuales un observador adivina
en gran parte el carácter de algunos individuos. Perfectamente afeitado y peinado, el rostro
y el pelo de aquel hombre manifestaba que el aseo era una de sus reglas de conducta.
Al ver a Martín, se quitó una gorra con que se hallaba cubierto y se adelantó con una de
esas miradas que equivalen a una pregunta. El joven la interpretó así, e hizo un ligero
saludo diciendo:
Martín sacó del bolsillo de la levita una carta que puso en manos de don Dámaso con estas
palabras:
-Ah, es usted Martín -exclamó el señor Encina, al leer la firma, después de haber roto el
sello sin apresurarse.
Don Dámaso se acercó a una mesa de escritorio, puso sobre ella la carta, tomó unos
anteojos que limpió cuidadosamente -8- con su pañuelo y colocó sobre sus narices. Al
sentarse dirigió la vista sobre el joven.
-No puedo leer sin anteojos -le dijo a manera de satisfacción por el tiempo que había
empleado en prepararse.
»Me siento gravemente enfermo y deseo, antes que Dios me llame a su divino tribunal,
recomendarle a mi hijo, que en breve será el único apoyo de mi desgraciada familia. Tengo
muy cortos recursos, y he hecho mis últimas disposiciones para que después de mi muerte
puedan mi mujer y mis hijos aprovecharlos lo mejor posible. Con los intereses de mi
pequeño caudal tendrá mi familia que subsistía pobremente para poder dar a Martín lo
necesario hasta que concluya en Santiago los estudios de abogado. Según mis cálculos,
sólo podrá recibir veinte pesos al mes, y como le sería imposible con tan módica suma
satisfacer sus estrictas necesidades, me he acordado de usted y atrevido a pedirle el servicio
de que le
hospede en su casa hasta que pueda por sí solo ganar su subsistencia. Este muchacho es mi
única esperanza, y si usted le hace la gracia que para él humildemente solicito, tendrá
usted las bendiciones de su santa madre en la tierra y las mías en el cielo, si Dios me
concede su eterna gloria después de mi muerte.
»José Rivas».
Don Dámaso se quitó los anteojos con el mismo cuidado que había empleado para
ponérselos, y los colocó en el mismo lugar que antes ocupaban.
-¿Usted sabe lo que su padre me pide en esta carta? -preguntó, levantándose de su asiento.
-Amigo -dijo el señor Encina-, su padre era buen hombre y le debo algunos servicios que
me alegraré de pagarle en su hijo. Tengo en los altos dos piezas desocupadas -9- y están
a la disposición de usted. ¿Trae usted equipaje?
-Sí, señor.
-¿Dónde está?
-Señor -dijo Martín-, no hallo cómo dar a usted las gracias por su bondad.
-Bueno, Martín, bueno -contestó don Dámaso-, está usted en su casa. Traiga usted su
equipaje y arréglese allá arriba. Yo como a las cinco, véngase un poquito antes para
presentarle a la señora.
-Juan, Juan -gritó don Dámaso tratando de hacer pasar su voz a una pieza vecina-, que me
traigan los periódicos.
- II -
La casa en donde hemos visto presentarse a Martín Rivas estaba habitada por una familia
compuesta de don Dámaso Encina, su mujer, una hija de diez y nueve años, un hijo de
veinte y tres, y tres hijos menores, que por entonces recibían la educación en el colegio de
los padres franceses.
Don Dámaso se había casado a los veinte y cuatro años con doña Engracia Núñez, más
bien por especulación que por amor. Doña Engracia, en ese tiempo, carecía de belleza; pero
poseía una herencia de treinta mil pesos, que inflamó la pasión del joven Encina hasta el
punto de hacerle solicitar su mano. Don Dámaso era dependiente de una casa de comercio
en Valparaíso y no tenía más bienes de fortuna que su escaso sueldo. Al día siguiente de su
matrimonio podía girar con treinta mil pesos. Su ambición -10- desde ese momento no
tuvo límites. Enviado por asuntos de la casa en que servía, don Dámaso llegó a Copiapó un
mes después de casarse. Su buena suerte quiso que, al cobrar un documento de muy poco
valor que su patrón le había endosado, Encina se encontrase con un hombre de bien que le
dijo lo siguiente:
-Usted puede ejecutarme, no tengo con qué pagar. Mas si en lugar de cobrarme quiere
usted arriesgar algunos medios, le firmaré a usted un documento por valor doble que el de
esa letra y cederé a usted la mitad de una mina que poseo y estoy seguro hará un gran
alcance en un mes de trabajo.
Don Dámaso era hombre de reposo y se volvió a su casa sin haber dado ninguna respuesta
ni en pro ni en contra. Consultose con varias personas, y todas ellas le dijeron que don
José Rivas, su deudor, era un loco que había perdido toda su fortuna persiguiendo una veta
imaginaria.
Encina pesó los informes y las palabras de Rivas, cuya buena fe había dejado en su ánimo
una impresión favorable.
Mas, a pesar de esta preocupación, tuvo don Dámaso suficiente tiempo de arreglar en su
imaginación la propuesta que debía hacer a Rivas en caso que la mina le agradase. Después
de examinarla, y dejándose llevar de su inspiración. Encina comenzó su ataque.
-Yo no entiendo nada de esto -dijo-, pero no me desagradan las minas en general. Cédame
usted doce barras y obtengo de mi patrón nuevos plazos para su deuda y quita de algunos
intereses. Trabajaremos la mina a medias -11- y haremos un contratito en el cual usted se
obligue a pagarme el uno y medio por los capitales que yo invierta en la explotación y a
preferirme por el tanto cuando usted quiera vender su parte o algunas barras.
Desde entonces don Dámaso se estableció en Copiapó como agente de la casa de comercio
de Valparaíso en la que había servido, y administró por su cuenta algunos otros negocios
que aumentaron su capital. Durante un año, la mina costeó sus gastos y don Dámaso
compró poco a poco a Rivas toda su parte, quedando éste en calidad de administrador. Seis
meses después de comprada la última barra sobrevino un gran alcance, y pocos años más
tarde don Dámaso Encina compraba un valioso fondo de campo cerca de Santiago y la
casa en que le hemos visto recibir al hijo del hombre a quien debía su riqueza.
Gracias a ésta, la familia de don Dámaso era considerada como una de las más
aristocráticas de Santiago. Entre nosotros el dinero ha hecho desaparecer más
preocupaciones de familia que en las viejas sociedades europeas. En éstas hay lo que
llaman aristocracia de dinero, que jamás alcanza con su poder y su fausto a hacer olvidar
enteramente la oscuridad de la cuna, al paso que en Chile vemos que todo va cediendo su
puesto a la riqueza, la que ha hecho palidecer con su brillo el orgulloso desdén con que
antes eran tratados los advenedizos sociales. Dudamos mucho que éste sea un paso dado
hacia la democracia, porque los que cifran su vanidad en los favores ciegos de la fortuna,
afectan ordinariamente una insolencia, con la que creen ocultar su nulidad, que les hace
mirar con menosprecio a los que no pueden, como ellos, comprar la consideración con el
lujo o con la fama de sus caudales.
La familia de don Dámaso Encina era noble en Santiago por derecho pecuniario, y como
tal, gozaba de los miramientos -12- sociales por la causa que acabamos de apuntar. Se
distinguía por el gusto hacia el lujo, que por entonces principiaba a apoderarse de nuestra
sociedad, y aumentaba su prestigio con la solidez del crédito de don Dámaso, que tenía por
principal negocio el de la usura en grande escala, tan común entre los capitales chilenos.
Magnífico cuadro formaba aquel lujo a la belleza de Leonor, la hija predilecta de don
Dámaso y de doña Engracia. Cualquiera que hubiese visto aquella niña de diez y nueve
años en una pobre habitación, habría acusado de caprichosa a la suerte por no haber dado a
tanta hermosura un marco correspondiente. Así es que al verla reclinada sobre un
magnífico sofá forrado en brocatel celeste, al mirar reproducida su imagen en un lindo
espejo al estilo de la edad media, y al observar su pie, de una pequeñez admirable, rozarse
descuidado sobre una alfombra finísima, el mismo observador habría admirado la
prodigalidad de la naturaleza en tan feliz acuerdo con los favores del destino. Leonor
resplandecía rodeada de ese lujo como un brillante entre el oro y pedrerías de un rico
aderezo. El color un poco
moreno de su cutis y la fuerza de expresión de sus grandes ojos verdes, guarnecidos de
largas pestañas, los labios húmedos y rosados, la frente pequeña, limitada por abundantes
y bien plateados cabellos negros, las arqueadas cejas y los dientes para los cuales parecía
hecha a propósito la comparación tan usada con las perlas; todas sus facciones, en fin, con
el óvalo delicado del rostro, formaban en su conjunto una belleza ideal de las que hacen
bullir la imaginación de los jóvenes y revivir el cuadro de pasadas dichas en la de los
viejos.
Don Dámaso y doña Engracia tenían por Leonor la predilección de casi todos los padres
por el más hermoso de sus hijos. Y ella, mimada desde temprano, se había acostumbrado a
mirar sus perfecciones como una arma de absoluto dominio entre los que la rodeaban,
llevando su orgullo hasta oponer sus caprichos al carácter y autoridad de su madre.
En la época en que principia esta historia, la familia Encina acababa de celebrar con un
magnífico baile la llegada de Europa del joven Agustín, que había traído del viejo mundo
gran acopio de ropa y alhajas, en cambio de los conocimientos que no se había cuidado de
adquirir en su viaje. Su pelo rizado, la gracia de su persona y su perfecta elegancia, hacían
olvidar lo vacío de su cabeza y los treinta mil pesos invertidos en hacer pasear la persona
del joven Agustín por los enlosados de las principales ciudades europeas.
Ademas de este joven y de Leonor, don Dámaso tenía otros hijos, de cuya descripción nos
abstendremos por su poca importancia en esta historia.
Por esta razón había pedido los periódicos después de la benévola acogida que acaba de
hacer al joven provinciano.
- III -
Martín Rivas había abandonado la casa de sus padres en momentos de dolor y de luto para
él y su familia. Con la muerte de su padre, no le quedaban en la tierra más personas
queridas que doña Catalina Salazar, su madre y Matilde, su única hermana. Él y estas dos
mujeres habían velado durante quince días a la cabecera de don José moribundo. En
aquellos supremos instantes en que el dolor parece estrechar los lazos que unen a las
personas de una misma familia, los tres habían tenido igual -14- valor y sostenidos
mutuamente por una energía fingida con la que cada cual disfrazaba su angustia a los
otros dos.
Un día, don José conoció que su fin se acercaba y llamó a su mujer y a sus dos hijos.
-Éste es mi testamento -les dijo mostrándoles el que había hecho entender el día anterior-; y
aquí hay una carta que Martín llevará en persona a don Dámaso Encina, que vive en
Santiago.
Ocho días después de la muerte de don José, la separación de Martín renovó el dolor de la
familia, y en la que el llanto resignado había sucedido a la desesperación, Martín tomó
pasaje en la cubierta del vapor y llegó a Valparaíso, animado del deseo del estudio. Nada
de lo que vio en aquel puerto ni en la capital llamó su atención. Sólo pensó en su madre y
en su hermana, y le parecía oír en el aire las últimas y sencillas palabras de su padre. De
altivo carácter y concentrada imaginación, Martín había vivido hasta entonces, aislado por
su pobreza y separado de su familia, en casa de un viejo tío que residía en Coquimbo,
donde el joven había hecho sus estudios mediante la protección de aquel pariente. Los
únicos días de felicidad eran los que las vacaciones le permitían pasar al lado de su familia.
En ese aislamiento, todos sus afectos se habían concentrado en ésta, y al llegar a Santiago
juró regresar de abogado a Copiapó y cambiar la suerte de los que cifraban en él sus
esperanzas.
-Dios premiará mi constancia y mi trabajo -decía, repitiéndose las palabras llenas de fe con
que su padre se había despedido.
Con tales ideas arreglaba Martín su modesto equipaje en las piezas de los altos de la
hermosa casa de don Dámaso Encina.
A las cuatro de la tarde de ese mismo día, el primogénito de don Dámaso golpeaba a una
puerta de las piezas de Leonor. El joven iba vestido con una levita azul abrochada sobre
un pantalón claro que caía sobre un par de botas de charol, en cuyos tacos se veían dos
espuelitas -15- doradas. En su mano izquierda tenía una huasca con puño de marfil y en
la derecha un enorme cigarro habano consumido a medias.
-¿Quién es?
-¿Puedo entrar? -preguntó Agustín entreabriendo la puerta.
Leonor se peinaba delante de un espejo, y volvió su rostro con una sonrisa hacia su
hermano.
-Así lo quise hacer, y me fui a conversar con mamá; pero ésta me despidió, so protesto de
que el humo la sofocaba.
-Sí; y en pago de tu complacencia para dejarme mi cigarro, te contaré algo que te agradará.
-¿Qué cosa?
-¿Por qué?
-En estos tiempos, hijita -continuó el elegante reclinándose en una poltrona-, la plata es la
mejor recomendación.
-16-
-Es decir que te gusta más Emilio Mendoza porque es buen mozo. Fi, ma belle.
-Estás charmante -le dijo Agustín, que aunque no había aprendido muy bien el francés en su
viaje a Europa, usaba gran profusión de galicismos y palabras sueltas de aquel idioma para
hacer creer que lo conocía perfectamente.
-Es decir que me despides; bueno me voy. Un baiser ma chérie -añadió acercándose a la
niña y besándola en la frente.
-Mira, trescientos mil pesos, no te olvides. Podrías irte a París y volver aquí a ser la reina de
la moda. Yo te doy ma parole d’ honneur que harías de Clemente cire et pabile -dijo,
queriendo afrancesar una expresión vulgar con que pintamos al individuo obediente, sobre
todo en amores.
Leonor, que conocía el francés mejor que su hermano, se rió a carcajadas de la fatuidad con
que Agustín había dicho su disparate al cerrar la puerta; y se entregó de nuevo a su tocador.
Los dos jóvenes que Agustín había nombrado se distinguían entre los más asiduos
pretendientes de la hija de don Dámaso Encina; pero la voz de la chismografía social no -
17- designaba hasta entonces cuál de los dos se hubiera conquistado la preferencia de
Leonor.
Como hemos visto, los títulos con que cada uno ellos se presentaba en la arena de la
galantería eran diversos.
Clemente Valencia era un joven de veintiocho años, de figura ordinaria, a pesar del lujo
que ostentaba en su traje gracias a los trescientos mil pesos que tanto recomendaba Agustín
a su hermana. Por aquel tiempo, es decir en 1850, los solteros elegantes no habían adoptado
aún la moda de presentarse en la Alameda en coupés o calèches como acontece en el día.
Contentábanse, los que aspiraban al título de leones, con un cabriolé más o menos elegante,
que hacían tirar por postillones a la Daumont en los días del Dieciocho y grandes
festividades. Clemente Valencia había encargado uno a Europa, que le servía de pedestal
para mostrar al vulgo su grandeza pecuniaria, que llamaba la atención de las niñas, y
despertaba la crítica de los viejos, los que miran con desprecio todo gasto superfluo, desde
algún sofá predilecto, donde forman sus diarios corrillos en el paseo de las Delicias. Mas,
Clemente se cuidaba muy poco de aquella crítica y lograba su objeto de llamar la atención
de las mujeres, que, al contrario de aquellos respetables varones, rara vez consideran como
inútiles los gastos de ostentación. Así es que el joven capitalista era recibido en todas
partes con el acatamiento que se debe al dinero, el ídolo del día. Las madres le ofrecían la
mejor poltrona en sus salones; las hijas le mostraban gustosas el hermoso esmalte de sus
dientes, y tenían para él ciertas miradas lánguidas, patrimonio de los elegidos; al paso que
los padres le consultaban con deferencia sus negocios y tomaban su voto en consideración
como el de un hombre que en caso necesario puede prestar su fianza para una especulación
importante.
Emilio Mendoza, el segundo galán nombrado por Agustín Encina en la conversación que
precede, brillaba por la belleza que faltaba a Clemente y carecía de lo que a éste servía de
pasaporte en los más aristocráticos salones de la capital. Era buen mozo y pobre. Empero,
esta pobreza no le impedía presentarse con elegancia entre los leones, bien que sus recursos
no le permitían el uso del cabriolé en que su rival paseaba en la Alameda su satisfecho
individuo. -18- Emilio pertenecía a una de esas familias que han descubierto en la
política una lucrativa especulación y, plegándose desde temprano a los gobiernos, había
gozado de buenos sueldos en varios empleos públicos. En aquella época ocupaba un puesto
de tres mil pesos de sueldo, mediante lo cual podía ostentar en su camisa joyas y bordados
de valor que apenas eclipsaba su poderoso adversario.
Ambos, además de su amor por la hija de don Dámaso, eran impulsados por la misma
ambición. Clemente Valencia quería aumentar su caudal con la herencia probable de
Leonor, y Emilio Mendoza sabía que casándose con ella, además de la herencia que vendría
más tarde, la protección de don Dámaso le sería de inmensa utilidad en su carrera política.
Entre estos dos jóvenes había por consiguiente dos puntos importantes de rivalidad:
conquistar el corazón de la niña y ganarse las simpatías del padre. Lo primero y lo segundo
eran dos graves escollos que presentaban seria resistencia por la índole de Leonor y el
carácter de don Dámaso. Éste fluctuaba entre el ministerio y la oposición a merced de los
consejos de los amigos y de los editoriales de la prensa de ambos partidos; y Leonor, según
la opinión general, tenía tan alta idea de su belleza, que no encontraba ningún hombre
digno de su corazón ni de su mano. Mientras que don Dámaso, preocupado del deseo de
ser Senador, se inclinaba del lado en que creía ver el triunfo, su hija daba y quitaba a cada
uno de ellos las esperanzas con que en la noche anterior se habían mecido al dormirse.
Así es que Clemente Valencia, opositor por relaciones de familia más bien que por
convicciones, de las cuales carecía, encontraba a don Dámaso enteramente convertido a las
ideas conservadoras, al día siguiente de haberse despedido, de acuerdo con él, sobre las
faltas del gobierno y la necesidad de atacarlo. Así también hallaba la sonrisa en los labios
de Leonor, cuando se acercaba a ella casi persuadido de que Emilio Mendoza había
triunfado en su corazón.
Igual cosa acontecía a su rival, que trabajaba para hacer divisar a don Dámaso el sillón de
Senador únicamente en la ciega adhesión a la autoridad, y sufría los desdenes -19- de la
hija cuando ya se creía seguro de su amor.
Tales eran los encontrados intereses que se disputaban la victoria en casa de don
Dámaso Encina.
- IV -
Entregado a profunda meditación se hallaba Martín Rivas, después de arreglar su reducido
equipaje en los altos que debía a la hospitalidad de don Dámaso. Al encontrarse en la
capital, de la que tanto había oído hablar en Copiapó; al verse separado de su familia que
divisaba en el luto y la pobreza; al pensar en la acaudalada familia en cuyo seno se veía tan
repentinamente, disputábanse el paso sus ideas en su imaginación, y tan pronto se oprimía
de dolor su pecho con el recuerdo de las lágrimas de los que había dejado, como palpitaba
a la idea de presentarse ante gentes ricas y acostumbradas a las grandezas del lujo, con su
modesto traje y sus maneras encogidas por el temor y la pobreza. En ese momento habían
desaparecido para él hasta las esperanzas que acompañan a las almas jóvenes en sus
continuas peregrinaciones al porvenir. Sabía, por el criado, que la casa era de las más
lujosas de Santiago; que en la familia había una niña y un joven, tipos de gracia y de
elegancia; y pensaba que él, pobre provinciano, tendría que sentarse al lado de esas
personas acostumbradas al refinamiento de su riqueza. Esta perspectiva hería el nativo
orgullo de su corazón, y le hiciera perder de vista el juramento que hiciera al llegar a
Santiago y las promesas de la esperanza que su voluntad se proponía realizar.
A las cuatro y media de la tarde, un criado se presentó ante el joven y le anunció que su
patrón le esperaba en la cuadra.
Don Dámaso le presentó a su mujer y a Leonor, que le hicieron un ligero saludo. En ese
momento entró Agustín, a quien su padre presentó también al joven Rivas, que recibió del
elegante una pequeña inclinación de cabeza. Esta fría acogida bastó para desconcertar al
provinciano, que permanecía de pie, sin saber cómo colocar sus brazos, ni encontrar una
actitud parecida a la de Agustín, que pasaba sus manos entre su perfumada cabellera. La
voz de don Dámaso, que le ofrecía un asiento, le sacó de la tortura en que se hallaba, y
mirando al suelo, tomó una silla distante del grupo que formaban doña Engracia, Leonor
y Agustín, que se había puesto a hablar de su paseo a caballo y de las excelentes
cualidades del animal en que cabalgaba.
Martín envidiaba de todo corazón aquella insípida locuacidad, mezclada con palabras
francesas y vulgares observaciones, dichas con ridícula afectación. Admiraba además al
mismo tiempo, la riqueza de los muebles, desconocida para él hasta entonces; la profusión
de los dorados, la majestad de las cortinas que pendían delante de las ventanas, y la
variedad de objetos que cubrían las mesas de arrimo. Su inexperiencia le hizo considerar
cuanto veía como los atributos de la grandeza y de la superioridad verdaderas, y despertó
en su naturaleza, entusiasta, esa aspiración hacia el lujo que parece sobre todo el
patrimonio de la juventud.
Don Dámaso, que era hablador, le dirigió la palabra para informarse de las minas de
Copiapó. Martín vio, al contestar, dirigidos hacia él los ojos de la señora y sus hijos. Y esta
circunstancia, lejos de aumentar su turbación, pareció infundirle una seguridad y aplomo
repentinos, porque contestó con acierto y voz entera, fijando con -21- tranquilidad su
vista en las personas que le observaban como a un objeto curioso.
-¡Diamela! ¡Diamela!
Y acompañaba esta amonestación con ligeros golpes de cariño, parecidos a los que se dan
a un niño regalón después que ha lecho alguna gracia.
Pero Martín se fijó muy poco en la señora y en las señales de descontento de Diamela, y
dejó también de admirar las pretenciosas maneras del elegante para detener con avidez la
vista sobre Leonor. La belleza de esta niña produjo en su alma una admiración indecible.
Lo que experimenta un viajero contemplando la catarata del Niágara, o un artista delante
del grandioso cuadro de Rafael La Transfiguración dará, bien explicado, una idea de las
sensaciones súbitas y extrañas que surgieron del alma de Martín en presencia de la belleza
sublime de Leonor. Ella vestía una bata blanca con el cinturón suelto como el de las
elegantes romanas, sobre un delantal bordado, en cuya parte baja, llena de calados
primorosos, se veía la franja de valenciennes de una riquísima enagua. El corpiño, que
hacía un pequeño ángulo de descote, dejaba ver una garganta de puros contornos y hacía
sospechar la majestuosa perfección de su seno. Aquel traje, sencillo en apariencia, y de
gran valor en realidad, parecía realizar una cosa imposible: la de aumentar la hermosura de
Leonor, sobre la cual fijó Martín con tan distraída obstinación la vista, que la niña volvió
hacia otro lado la suya, con una ligera señal de impaciencia.
-22-
Un criado se presentó anunciando que la comida estaba en la mesa, cuando Agustín estaba
haciendo una descripción del Boulevard de París a su madre, al mismo tiempo que don
Dámaso, que en aquel día se inclinaba a la oposición, ponía en práctica sus principios
republicanos, tratando a Martín con familiaridad y atención.
Agustín ofreció el brazo izquierdo a su madre tratando de agarrar a Diamela con la mano
derecha.
-¡Cuidado, cuidado, niño! -exclamó la señora al ver la poca reverencia con que su
primogénito trataba a su perra favorita-, vas a lastimarla.
-No lo crea mamá -contestó el elegante-. Cómo la había de hacer mal cuando encuentro esta
perrita charmante.
-En los Frères provençeaux comía diariamente una sopa de tortuga deliciosa -decía
limpiándose el bozo que sombreaba su labio superior-. ¡Oh, el pan de París! -añadía al
romper uno de los llamados franceses entre nosotros-, es un pan divino, mirobolante.
-¿Y en cuánto tiempo aprendiste el francés? -le preguntó doña Engracia, dando una
cucharada de sopa a Diamela y mirando con orgullo a Martín, como para manifestarle la
superioridad de su hijo.
Mas, sea que con este movimiento no pusiera bien la cucharada en el requerido hocico de
Diamela, sea que la -23- temperatura elevada de la sopa ofendiese sus delicados labios, la
perra lanzó un aullido que hizo dar un salto sobre su silla a doña Engracia; y su movimiento
fue tan rápido, que echó a rodar por el mantel el plato que tenía por delante y el líquido que
contenía.
-¡No ves! ¡No ves! ¿Qué es lo que te digo? Eso sale por traer perros a la mesa -exclamó don
Dámaso.
-Pobrecita de mi alma -decía sin escucharle doña Engracia, dando fuertes apretones de
ternura a Diamela, mientras que ésta aullaba desesperada.
-Vamos, cállate, polissonne -dijo Agustín a la perra, que, viéndose un instante libre de los
abrazos de la señora, se calló repentinamente.
Doña Engracia alzó los ojos al cielo como admirando el poder del criador, y bajándolos
sobre su marido, díjole con acento de ternura:
-Oh, el perro es un animal lleno de inteligencia -exclamó Agustín-. En París los llamaba
en español y me seguían cuando les mostraba un pedazo de pan.
Un nuevo plato de sopa hizo cesar el descontento de Diamela y dejó restablecerse el orden
en la mesa.
-Yo he vivido lejos de las poblaciones, señor, con la enfermedad de mi padre -contestó
el joven-, de modo que ignoro el espíritu que allí reinaba.
-En París hay muchos colores políticos -dijo Agustín-: los orleanistas, los de la brancha de
los Borbones y los republicanos.
-Pero en el Norte todos son opositores -dijo don Dámaso, dirigiéndose otra vez a Martín.
-24-
-Sin embargo -repuso don Dámaso-, todo ciudadano debe ocuparse de la cosa pública, y los
derechos de los pueblos son sagrados.
Don Dámaso, que, como dijimos, era opositor aquel día, dijo con gran énfasis esta frase que
acababa de leer en un diario liberal.
-Mamá, ¿qué confitura es ésa? -preguntó Agustín, señalando una dulcera, para cortar la
conversación de política que le fastidiaba.
-Y los derechos de los pueblos -continuó diciendo don Dámaso sin atender al descontento
de su hijo- están consignados en el Evangelio.
-Son albaricoques, hijo -decía al mismo tiempo doña Engracia, contestando a la pregunta de
Agustín.
-¡Cómo, albaricoques! -exclamó don Dámaso, creyendo que su mujer calificaba con esta
palabra los derechos de los pueblos.
-No, hijo; digo que aquél es dulce de albaricoques -contestó doña Engracia.
-Confiture d’abricots -dijo Agustín, con el énfasis de un predicador que cita un texto latino.
Durante este diálogo, Martín dirigía sus miradas a Leonor, la que aparentaba la mayor
indiferencia sin tomar parte en la conversación de su familia.
Terminada la comida, todos salieron del comedor en el orden en que habían entrado, y en el
salón continuó cada cual con su tema favorito.
Agustín hablaba a su madre del café que tomaba en Tortoni después de comer; don
Dámaso recitaba a Martín, dándolas por suyas, las frases liberales que había aprendido por
la mañana en los periódicos, y Leonor hojeaba con distracción un libro de grabados
ingleses al lado de una mesa. A las siete, pudo Martín libertarse de los discursos
republicanos de su huésped y retirarse del salón.
-25-
-V-
Martín se sentó al lado de una mesa con el aire de un hombre cansado por una larga
marcha. Las emociones de su llegada a Santiago, de la presentación en una familia rica, la
impresión que le había causado la elegancia de Agustín Encina, y la belleza sorprendente
de Leonor, todo, pasando confusamente en su espíritu, como las incoherentes visiones de
un sueño, le habían rendido de cansancio.
Un repentino recuerdo de su familia disipó por un instante sus tristes ideas, y sacó a su
corazón del círculo de fuego en que principiaba a internarse. Tomó su sombrero y bajó a la
calle. El deseo de conocer la población, el movimiento de ésta, le volvieron la tranquilidad.
Además, deseaba comprar algunos libros y preguntó por una librería al primero que
encontró al paso. Dirigiéndose por las indicaciones que acaba de recibir, Martín llegó a la
plaza de Armas.
-Vea -añadió el vendedor, tendiendo un pañuelo al borde de la pila-, siéntese aquí y se los
prueba.
Rivas se sentó lleno de confianza y se despojó de su tosco botín, tomando uno de los que el
hombre le presentaba. Mas no fue pequeño su asombro cuando, al hacer esfuerzos para
entrar el pie, se vio rodeado de seis individuos, de los cuales cada uno le ofrecía un par de
calzado, hablándole todos a un tiempo. Martín, más confuso que el capitán de la ronda
cuando se ve rodeado de los que encuentra en casa de don Bartolo, en el Barbero de Sevilla,
oía las distintas voces y forcejeaba en vano por entrar el botín.
-Póngase éstos, señor, vea qué trabajo, de lo fino no más -añadía otro, colocándole un par
de botines bajo las narices.
-27-
El primer par fue desechado por estrecho, el segundo por ancho y por muy caro el tercero.
-Y por qué lo insultan, porque le dicen pobre; noshotros somos pobres también -contestó
una voz.
-Y si es tan rico por qué no compró pué -añadió el primero que había hablado,
acercándosele aún más que el anterior.
Rivas acabó con esto de perder la paciencia y empujó con tal fuerza al hombre, que éste
fue a caer al pie de sus compañeros.
El zapatero se levantó con efecto, y arremetió al joven con furia. Una riña de pujilato se
trabó entonces entre ambos, con gran alegría de los otros, que aplaudían y -28-
animaban, elogiando con imparcialidad los golpes que cada cual asesta con felicidad a
su
adversario. De súbito se oyó una voz que hizo dispersarse el grupo, dejando solos a los dos
combatientes.
Y se fueron seguidos por los otros al mismo tiempo que un policial tomó a Martín de un
brazo y al zapatero de otro, diciéndoles.
Rivas volvió del aturdimiento que aquella riña le había causado cuando sintió esta voz y vio
el uniforme del que le detenía.
-Páselos pa entro.
Ante tan uniforme modo de discutir, Rivas conoció que era mejor resignarse y se dejó
conducir con su adversario hasta el cuartel de policía.
Al llegar, esperó Martín que el oficial de guardia, ante quien fue presentado, hiciera más
racional justicia a su causa; pero éste oyó su relación y dio la orden de hacerle entrar hasta
la llegada del Mayor.
- VI -
A la misma hora en que Martín Rivas era llevado preso, el salón de don Dámaso Encina
resplandecía de luces que alumbraban a la diaria concurrencia de tertulianos.
-29-
En un sofá conversaba doña Engracia con una señora, hermana de don Dámaso y madre
de una niña que ocupaba otro sofá con Leonor y el elegante Agustín. En un rincón de la
pieza vecina rodeaban una mesa de malilla don Dámaso y tres caballeros de aspecto
respetable y encanecidos cabellos. Al lado de la mesa se hallaba como observador el joven
Mendoza, uno de los adoradores de Leonor.
Doña Engracia conversaba con su cuñada doña Francisca Encina sobre las habilidades de
Diamela y sus progresos en la lengua de Vaugelas y de Voltaire, mientras que un hijo de
doña Francisca, perteneciente a la categoría de los niños regalones, se divertía en tirar la
cola y las orejas de la favorita de su tía.
La niña que conversaba con Leonor formaba con ella un contraste notable por su
fisonomía. Al ver su rubio cabello, su blanca tez y sus ojos azules, un extranjero habría
creído que no podía pertenecer a la misma raza que la joven algo morena y de negros
cabellos que se hallaba a su lado, y mucho menos que entre Leonor y su prima, Matilde
Elías, existiese tan estrecho parentesco. La fisonomía de esta niña revelaba además cierta
languidez melancólica, que contrastaba con la orgullosa altivez de Leonor, y aunque la
elegancia de su vestido no era menos que la de ésta, la belleza de Matilde se veía apagada a
primera vista al lado de la de su prima.
Las dos niñas tenían sus manos afectuosamente entrelazadas, cuando entró al salón
Clemente Valencia.
-¡Ah!, ya viene este hombre con sus cadenas de reloj y sus brillantes, que huelen
a capitalista de mal gusto -dijo Leonor.
El joven no se atrevió a quedarse al lado de las dos primas por el frío saludo con que la hija
de don Dámaso contestó al suyo, y fue a sentarse al lado de las mamás.
-30-
-La verdad, Matilde, ¿tú has estado enamorada alguna vez? -dijo Leonor mirando
fijamente a su prima.
-Cuando te ibas a casar, ¿sentías por Adriano ese amor de que hablan las novelas? -
continuó su prima.
-Mira, nunca me había atrevido a hacerte esta pregunta. Tú me dijiste hace tiempo que
amabas a Rafael; luego te negaste a toda confidencia y después te vi preparar tus vestidos
de novia para casarte con Adriano. ¿A cuál de los dos amabas? A ver, cuéntame lo que ha
sucedido. Ya hace más de un año que murió tu novio y me parece que es bastante tiempo
para que estés haciendo papel de viuda sin serlo y el de reservada con tu mejor amiga. ¿Me
dices que no amabas a Adriano?
-No.
-¿Podía olvidarle? ¿Y puedo acaso ahora mismo? -contestó Matilde, en cuyos párpados
asomaron dos lágrimas, que ella trató de reprimir.
-¿Y por qué le abandonaste entonces?
-¡Ah!, a mí no me obligaría nadie -exclamó Leonor con orgullo-, y menos amando a otro.
-Si no hubieras amado nunca, como sostienes, no dirías esto último -replicó Matilde.
-La verdad; nunca he amado, a lo menos según la idea que tengo del amor. A veces me ha
gustado un joven, pero nunca por mucho tiempo. Ese empeño con que los hombres exigen
que se les corresponda, me fastidia. Encuentro en eso algo de la superioridad que pretenden
tener sobre nosotras y esta idea hace replegarse mi corazón. Aún no he encontrado al
hombre que tenga bastante altivez para despreciar el prestigio del dinero y bastante orgullo
para no rendirse ante la belleza.
-Yo jamás me he hecho reflexiones sobre esto -dijo Matilde-. Amé a Rafael desde que le vi
y le amo todavía.
-31-
-¿Y has hablado con él, después que la muerte de Adriano te dejó libre?
-No, ni me atrevería a hablarle. No tuve fuerzas para desobedecer a mi padre y así tiene
derecho para despreciarme. A veces le he encontrado en la calle: está pálido y buen mozo
como siempre. Te aseguro que me he sentido desfallecer a su vista, y él ha pasado sin
mirarme, con esa frente altanera que lleva con tanta gracia.
Leonor oía con placer la exaltación con que su prima hablaba de sus amores y pensaba que
debía ser muy dulce para el alma ese culto entusiasta y poético que llena todo el corazón.
-¡Pobre Matilde! Mira, yo quisiera amar como tú, aunque fuera sufriendo así.
-Yo preferiría mil veces ese tormento a la vida insípida que llevo. A veces he llorado,
creyéndome inferior a las demás mujeres. Todas mis amigas tienen amores y yo nunca he
pensado dos días seguidos en el mismo hombre.
Dijimos que éstos eran tres con el dueño de casa. Los dos otros eran un amigo de don
Dámaso llamado don Simón Arenal y el padre de Matilde, don Fidel Elías. Estos últimos
eran el tipo del hombre parásito en política que vive siempre al arrimo de la autoridad y no
profesa más credo político que su conveniencia particular y una ciega adhesión a la gran
palabra orden realizada en sus más restrictivas consecuencias. La arena política de nuestro
país está empedrada con esta clase de personajes, como pretenden algunos que lo está el
infierno con buenas intenciones, sin que pretendamos, por esto, establecer un símil entre
nuestra política y el infierno, por más que les encontremos muchos puntos de semejanza.
Don Simón -32- Arenal y don Fidel Elías aprobaban sin examen todo golpe de autoridad,
y calificaban con desdeñosos títulos de revolucionarios y demagogos a los que, sin estar
constituidos en autoridad, se ocupan de la cosa pública. Hombres serios, ante todo, no
aprobaban que la autoridad permitiese la existencia de la prensa de oposición y llamaban a
la opinión pública una majadería de «pipiolos», comprendiendo bajo este dictado a todo el
que se atrevía a levantar la voz sin tener casa, ni hacienda, ni capitales a interés.
Estas opiniones autoritarias, que los dos amigos profesaban en virtud de su conveniencia,
habían acarreado algunos disgustos domésticos a don Fidel Elías; doña Francisca Encina,
su mujer, había leído algunos libros y pretendía pensar por sí sola, violando así los
principios sociales de su marido, que miraba todo libro como inútil, cuando no pernicioso.
En su cualidad de letrada, doña Francisca era liberal en política, y fomentaba esta
tendencia en su hermano, a quien don Fidel y don Simón no habían aún podido conquistar
enteramente para el partido del orden, que algunos han llamado con cierta gracia, en
tiempos posteriores, el partido de los energistas.
Sentados a la mesa del té todos estos personajes, la conversación tomó distinto giro en cada
uno de los grupos que componían, según sus gustos y edades.
Doña Engracia citaba a su cuñada la escena de la comida, para probar que Diamela
entendía el francés, a lo cual contestaba doña Francisca citando algunos autores que
hablaban de la habilidad de la raza canina.
Leonor y su prima formaban otro grupo con los jóvenes; y don Dámaso ocupaba la
cabecera de la mesa con su amigo y su cuñado.
-Convéncete, Dámaso -decíale don Fidel-, esta sociedad de la Igualdad es una pandilla de
descamisados que quieren repartirse nuestras fortunas.
-Y sobre todo -decía don Simón, a quien el gobierno nombraba siempre para
diversas comisiones-, los que hacen oposición es porque quieren empleo.
-Pero hombre -replicaba don Dámaso-, ¿y las escuelas que funda esa sociedad para educar
al pueblo?
-¡Qué pueblo, ni qué pueblo! -contestaba don Fidel-. Es -33- el peor mal que pueden
hacer estar enseñando a ser caballeros a esa pandilla de rotos.
-Si yo fuese gobierno -dijo don Simón-, no los dejaba reunirse nunca. ¿A dónde vamos a
parar con que todos se meten en política?
-Sí, pero ciudadanos sin un centavo, ciudadanos hambrientos -repuso don Fidel.
-Mira, hija, las mujeres no deben hablar de política -dijo sentenciosamente don Fidel.
Esta máxima fue aprobada por el grave don Simón, que hizo con la cabeza una señal
afirmativa.
-A las mujeres las flores y la tualeta, querida tía -le dijo Agustín, que oyó la máxima de
don Fidel.
-En días pasados -dijo don Simón a don Dámaso- un ministro me hablaba de usted,
preguntándome si era opositor.
-No recuerdo ahora -contestó don Simón-. Usted sabe que el gobierno busca la gente de
valer para ocuparla y...
-No, a mí no me conquistan, hija -replicó don Dámaso-; siempre he dicho que los gobiernos
deben emplear gente conocida.
-Yo no pierdo la esperanza de verte de Senador -dijo don Fidel.
-34-
-No aspiro a eso -repuso don Dámaso-; pero si los pueblos me eligen...
-Aquí los que eligen son los gobiernos -observó doña Francisca.
-Y así debe ser -replicó don Fidel-; de otro modo no se podría gobernar.
-Para gobernar así, mejor sería que nos dejasen en paz -dijo doña Francisca.
-Pero, mujer -replicó su marido-, ya te he dicho que ustedes no deben ocuparse de política.
Don Simón aprobó por segunda vez, y doña Francisca se volvió con desesperación hacia su
cuñada.
Después del té la tertulia volvió al salón, donde siguieron la conversación política los papás
y los jóvenes rodearon a Leonor, que se sentó al lado de una mesa. Sobre ésta se veía un
hermoso libro con tapas incrustadas de nácar.
-Mira, Leonor -le dijo su hermano-, ya te han aportado tu álbum, que me dijiste habías
prestado.
-¿Lo llevó usted para ponerle versos? -preguntó Clemente Valencia a su rival-. Yo nunca he
podido aguantar los versos -añadió el capitalista haciendo sonar la cadena de su reloj.
-Tía, si son morsoes literarios -exclamó Agustín-, mejor sería que hiciesen un poco de
música.
-Lea, mamá -dijo Matilde-, hay mayoría por lo que mi primo llama morsoes
-¡Tú haces versos querido! -le dijo Agustín-, ¿qué estás enamorado?
Emilio se puso colorado, y lanzó una mirada a Leonor, que pareció no haberla visto.
-35-
-Es una composición corta -dijo doña Francisca, que ardía en deseos de que la oyesen leer.
Si me volvéis a mirar,
O me acabáis de matar.
Si es la venganza medida
Emilio Mendoza.
Al concluir esta lectura Emilio Mendoza dirigió una lánguida mirada a Leonor como
diciéndola: «Usted es la diosa de mi inspiración».
-Y ¿en cuánto tiempo ha hecho usted estos versos? -le dijo doña Francisca.
-Esta mañana los he concluido -contestó Mendoza, con afectada modestia, cuidándose muy
bien de decir que sólo había tenido el trabajo de copiarlos de una composición del poeta
español Campoamor, entonces poco conocido en Chile.
-Aquí hay algo en prosa -dijo doña Francisca-: «La humanidad camina hacia el
progreso, girando en un -36- círculo que se llama amor y que tiene por centro el ángel
que apellidan mujer». ¡Qué lindo pensamiento! -dijo con aire vaporoso doña Francisca.
Continuó por algún tiempo doña Francisca hojeando el libro, en cuyas páginas, llenas de
frases vacías o de estrofas que concluían pidiendo un poco de amor a la dueña del álbum,
ella se detenía con entusiasmo.
-Si dejan a mi tía con el libro, es capaz de trasnochar -dijo Agustín a su amigo Valencia.
-¿Sabes que Dámaso me ha dado a entender que le gustaría que su hijo se aficionase a
Matilde? -dijo a doña Francisca cuando estuvieron en la calle-. Agustín es un magnifico
partido.
-Es un muchacho tan insignificante -contestó doña Francisca, recordando la poca afición de
su sobrino a la poesía.
-¿Cómo? ¡Insignificante, y su padre tiene cerca de un millón de pesos! -replicó con calor el
marido.
-Un casamiento entre Matilde y Agustín sería para nosotros una gran felicidad -prosiguió
don Fidel-. Figúrate, hija, que el año entrante termina el arriendo que tengo del Roble, y
que su dueño no quiere prorrogarme este arriendo.
-Hasta ahora la tal hacienda del Roble no te ha dado mucho -dijo doña Francisca.
-En fin, tú sabrás lo que haces -contestó con enfado la señora, indignada del prosaico
cálculo de su marido.
Lo restante del camino lo hicieron en silencio hasta llegar a la casa que habitaban.
Volveremos nosotros a don Dámaso y a su familia, que -37- quedaron solos en el salón.
Un criado, a quien se llamó para hacer esta pregunta, contestó que no había llegado aún.
-No será mucho que se haya perdido -dijo don Dámaso.
-¡En Santiago! -exclamó Agustín con admiración-, en París si que es fácil egararse.
-He pensado -dijo don Dámaso a su mujer- que Martín puede servirme mucho, porque
necesito una persona que lleve mis libros.
Martín, con efecto, había dicho que no fumaba cuando, después de comer, don Dámaso le
ofreció un cigarro, en un rapto de republicanismo. Mas, al despedirse, sus amigos le
dejaban medio curado ya de sus impulsos igualitarios con la noticia de que un Ministro se
había ocupado de él para encomendarle una comisión.
-Después de todo -pensaba al acostarse don Dámaso-, ¡estos liberales son tan exagerados!
- VII -
En vano protestó Martín Rivas contra la arbitrariedad que en su persona se cometía,
solicitando su libertad y prometiendo volver al día siguiente para ser juzgado. El oficial de
guardia sostuvo la primera orden que había impartido, con inflexibilidad de los granaderos
de Napoleón el Grande, que morían antes de rendirse.
Rivas, cansado de protestar y de rogar, se resignó por fin a esperar con paciencia la
llegada del Mayor, entregándose a las tristes reflexiones que su extraña situación le
sugería.
Ante todo pensó en la explicación que tendría que dar al día siguiente a la familia de don
Dámaso, en caso que no pudiese obtener su libertad hasta entonces. Veía de antemano con
vergüenza la orgullosa mirada de Leonor, la risa insultante de Agustín y la humilladora
compasión de los padres. A su juicio era Leonor la causa de su desagradable -38-
aventura. Su memoria le trazó la bella imagen de aquella niña, que era imposible mirar sin
emoción, y una tristeza profunda nació en su espíritu al considerar el desdén con que ella
escucharía la relación de su desgracia. En aquellos momentos el pobre mozo maldijo su
destino, y su corazón desesperado pidió cuenta al cielo de la pobreza de algunos y de la
riqueza de otros. Sólo entonces pensaba en las desigualdades injustas de la suerte y nacía
en su corazón un vago encono contra los favorecidos de la fortuna.
«Si Leonor me perdonase lo ridículo del trance en que me hallo», pensaba Martín, «lo
demás me importaría muy poco, y yo sabría castigar la insolencia del que se atreviese a
reír».
Esta sola reflexión manifestaba que Rivas, por más que hubiese querido huir de la profunda
impresión que la vista de Leonor le había dejado en el alma, sólo había conseguido pensar
en ella.
A veces le ocurría la idea de regresar a Copiapó con los cortos recursos de que disponía, y
consagrarse allí a trabajar para su familia; mas, pronto su enérgica voluntad le hacía
avergonzarse de querer quebrantar su juramento por el vano temor de verse despreciado de
una mujer que sólo había visto una vez.
Martín llegó a las doce y media a casa de su protector y encontró cerrada la puerta.
Dio algunos ligeros golpes que nadie, al parecer, oyó en el interior de la casa y se
retiró sin atreverse a hacer otra tentativa para entrar. Armose de paciencia y se resolvió
a pasar la noche recorriendo las calles sin alejarse mucho de casa de don Dámaso.
Santiago es una ciudad silenciosa desde temprano, así fue que Rivas no tuvo más
espectáculo durante sus correrías que las fachadas de las casas y los serenos que roncaban
en cada esquina, velando por la seguridad de la población.
-39-
Al día siguiente pudo Martín entrar a la casa cuando se abría la puerta para dar paso al
criado que iba a la plaza. Éste le miró con una sonrisa burlona, que sirvió de precursor al
joven para saborear de antemano la humillación en que se encontraría pronto ante la
familia de don Dámaso.
-¡En la calle! Y dónde estuvo usted hasta las doce, hora en que se cerró la puerta.
-Estuve preso en el cuartel de policía.
-Siento en el alma lo que le ha sucedido -dijo don Dámaso, apelando a toda su seriedad-, y
para olvidar este desagradable suceso hablaré a usted de un proyecto que tengo relativo a su
persona.
-Estoy a sus órdenes -contestó el joven, sin atreverse a exigir el secreto a don Dámaso sobre
su aventura.
-Dispone usted de muchas horas desocupadas en el día después de atender a sus estudios -
dijo el caballero-, y desearía saber si usted tiene inconveniente en ocuparse de mi
correspondencia y de algunos libros que llevo para el arreglo de mis negocios. Yo daré a
usted por este servicio treinta pesos al mes y me alegraré mucho de que usted acepte mi
proposición: será usted como mi secretario.
-Pero hombre, usted es pobre, Martín, y así podría usted disponer de cincuenta pesos.
-Quiero más bien disponer del aprecio de usted -contestó Rivas con un acento de dignidad
que hizo sentir a don Dámaso cierto respeto por aquel pobre provinciano, que rechaza un
sueldo que muchos en su lugar habrían codiciado.
Martín se impuso de lo que tendría que hacer en el escritorio de don Dámaso y éste,
mientras recorría algunos papeles, pensaba, a pesar suyo, en la conducta de su protegido.
Para ciertas hombres, un rasgo que revela desprendimiento del dinero es el colmo de la
magnanimidad. Por manera que don Dámaso admiró como un verdadero heroísmo las
palabras de Martín. El culto del oro ha tenido siempre tan numerosos prosélitos, que una
excepción parece increíble, sobre todo en los tiempos que alcanzamos. Al mismo tiempo
que su admiración, y tal vez como la única manera de explicársela, se ocurrió a don
Dámaso la idea de que Rivas tenía sus puntillas de lo que los hombres positivos llaman
quijotismo y, preocupado como estaba de pensamientos políticos, pensó en que aquel
joven sería muy fácil de arrastrar por las que, desde su conversación de la noche
procedente, juzgaba vanas palabras de libertad y de fraternidad.
-Vea usted, don Martín -dijo después de algunos instantes de reflexión-, Santiago está
ahora lleno de gentes que sólo se ocupan de política. Si usted me permite un consejo, le
diré que tenga mucho cuidado con esos pretendidos liberales. Siempre están abajo, nunca
contentos y jamás han hecho nada de bueno; acá para entre nosotros, creo que un hombre,
para
perderse completamente, no tiene más que hacerse liberal. En Chile, a lo menos, creo muy
difícil que suban.
La franqueza de estas palabras dio a conocer a Martín los principios políticos que
constituían la profesión de fe con que don Dámaso aspiraba a ocupar un puesto en el
Senado de la República. Alejado del trato social y entregado únicamente a sus estudios,
Rivas ignoraba que aquella profesión era la que íntimamente cultivan la mayor -41- parte
de los políticos de su patria. Su juicio recto y su noble orgullo de joven le hicieron concebir
muy triste idea de su protector como personaje político. En este juicio tenía más parte su
instinto que su criterio, porque Martín no había pensado jamás con detención en las
cuestiones que agitan a la humanidad como una fiebre, que sólo calmará cuando su
naturaleza respire en la esfera normal de su existencia, que es la libertad.
Poco antes de almorzar, don Dámaso refirió a su mujer y sus hijos los percances ocurridos a
Rivas.
-¿De modo que ese pobre muchacho no ha dormido en toda la noche? -dijo doña Engracia,
acariciando a Diamela.
-Es decir, mamá -dijo Agustín-, que ha pasado la noche à la belle étoile. Es una aventura
deliciosa.
-Pero oigan ustedes -repuso don Dámaso-, ese muchacho que va a comprar botines a la
plaza y que sólo tiene veinte pesos al mes para todos sus gastos, ha rehusado esta mañana
un sueldo de treinta pesos que le ofrecí porque me sirviera de secretario.
-Ah, ah -exclamó atusándose su bozo Agustín-, es decir que quiere hacer el fiero.
-Es para que le perdonen lo de los botines -dijo, contemplando con satisfacción sus
elegantes chinelas de taco rojo y su pantalón de mañana.
-Amigo Martín, ¿conque se duerme mal en Santiago? -le dijo Agustín saludándole.
Martín se puso encarnado, mientras que don Dámaso hacía señales a su hijo de callarse.
-Es cierto -contestó Rivas, tratando de aceptar la broma lo mejor que pudo.
-Pero hombre -replicó el elegante-, ¡ir a buscar calzado a la plaza! Por qué no me dijo
usted, y le habría indicado un botero francés.
-42-
-¿Qué quiere usted? -contestó Martín con orgullo-, soy provinciano y pobre. Lo primero
explica mi aventura y lo segundo que un botero francés sería tal vez muy caro para mí.
-Tú nunca nos has referido las torpezas que cometiste, por ignorancia, al llegar a París -dijo
Leonor a su hermano-, y por eso criticas al señor con tanta facilidad.
Estas palabras las dijo Leonor con aire risueño, para disimular la acritud que envolvían, y
sin mirar a Martín.
Rivas conoció que debía dar las gracias a la niña por la defensa que acababa de hacer de su
causa, pero su turbación no le dejó decir una sola palabra.
Entre tanto Agustín, que conocía la superioridad de su hermana, no halló tampoco nada
que contestar, y disimuló su derrota haciendo un cariño a Diamela, que su madre tenía ya
en sus faldas.
-He contado su aventura a mi familia -dijo don Dámaso- para explicar la ausencia de
usted anoche.
-Y ha hecho usted muy bien, señor -respondió Martín, que había recobrado su serenidad
con las palabras de Leonor-. Espero que estas señoritas -añadió- me perdonarán mi
involuntaria falta.
-Cómo no, caballero -le dijo doña Engracia-, es un contratiempo que puede suceder a
cualquiera.
Leonor había aprobado con la cabeza las palabras de su madre, y Martín recibió esta
pequeña señal como la absolución del ridículo que el origen de su aventura arrojaba sobre
su persona.
Practicadas todas sus diligencias, regresó a casa de don Dámaso y se puso a trabajar en el
escritorio de éste, repitiéndose para sí:
-Ella no me desprecia.
Este idea levantaba el enorme peso que oprimía a su -43- corazón y le mostraba de nuevo
la felicidad en los horizontes lejanos de la esperanza.
- VIII -
Desde el día siguiente principió Martín sus tareas con el empeño del joven que vive
convencido de que el estudio es la única base de un porvenir feliz, cuando la suerte le ha
negado la riqueza.
El pobre y anticuado traje del provinciano llamó desde el primer día la atención de sus
condiscípulos, la mayor parte jóvenes elegantes, que llegaban a la clase con los recuerdos
de un baile de la víspera o las emociones de una visita mucho más frescos en la memoria
que los preceptos de las Siete Partidas o del Prontuario de los Juicios. Martín se encontró
por esta causa aislado de todos. Entre nuestra juventud, el hombre que no principia a
mostrar su superioridad por la elegancia del traje tiene que luchar con mucha indiferencia,
y acaso con un poco de desprecio, antes de conquistarse las simpatías de los demás. Todos
miraron a Rivas como un pobre diablo que no merecía más atención que su raída catadura,
y se guardaron bien de tenderle una mano amiga. Martín conoció lo que podría muy
propiamente llamarse el orgullo de la ropa y se mantuvo digno en su aislamiento, sin más
satisfacción que la de manifestar sus buenas aptitudes para el estudio cada vez que la
ocasión se le presentaba.
Una circunstancia había llamado su atención, y era la ausencia de un individuo a quien los
demás nombraban con frecuencia.
-¿Rafael San Luis no ha venido? -oía preguntar casi todos los días.
Y sobre la respuesta negativa, oía también variados comentarios sobre la ausencia del que
llevaba aquel nombre, y que, a juzgar por la insistencia con que se recordaba, -44- debía
ejercer cierta superioridad entre los otros que así se ocupaban de él.
Entre el joven que había llamado la atención de Martín y el que estaba a su lado había
mediado la siguiente conversación.
-¿Quién es ése? -preguntó Rafael, al ver la atención con que le observaba Rivas.
-Es un recién incorporado -contestó el compañero-. Por la traza parece provinciano y pobre.
No conoce a nadie y sólo habla en la clase cuando le preguntan algo. No parece nada tonto.
Rafael observó a Rivas durante algunos instantes y pareció tomar interés en la cuestión que
éste debatía con su adversario.
Al salir de la clase, el que había manifestado su despecho al verse vencido por Martín, se le
acercó con ademán arrogante.
-Bien está que usted corrija -le dijo mirándole con orgullo-, -45- pero no vuelva a
emplear el tono que ha usado hoy.
-No sufriré la arrogancia de nadie y responderé siempre en el tono que usen conmigo -
dijo Martín-, y ya que usted se ha dirigido a mí -añadió-, le advertiré que aquí sólo admito
lecciones de mi profesor y únicamente en lo que concierne al estudio.
-Tiene razón este caballero -exclamó Rafael San Luis adelantándose-; tú, Miguel, has
contestado al señor con aspereza cuando él sólo cumplía con su obligación corrigiéndote.
Además, el señor está recién llegado y le debemos a lo menos las consideraciones de la
hospitalidad.
La discusión terminó con estas palabras, que el joven San Luis había pronunciado sin
afectación ni dogmatismo.
-Creo que debo dar a usted las gracias por lo que acaba de decir en favor mío -le dijo-, y le
ruego las acepte con la sinceridad con que se las ofrezco.
-Así lo hago -le contestó Rafael, tendiéndole la mano con franca cordialidad.
-Y ya que usted se ha dignado hablar en mi favor -continuó Rivas-, le suplico que cuando
pueda me guíe con sus consejos. Hace muy poco tiempo que habito en Santiago e ignoro
las costumbres de aquí.
-Por lo que acabo de ver -contestó Rafael-, usted poco necesita de consejos. Lo que
predomina en Santiago es el orgullo, y usted parece tener la suficiente energía para
ponerlo a raya. Ya que hablamos sobre esto, le confesaré a usted que intercedí hace poco
en su favor porque me dijeron que era pobre y no conocía a ninguno de nuestros
condiscípulos. Aquí las gentes se pagan mucho de las exterioridades, cosa con la cual no
convengo. La pobreza y el aislamiento de usted me han inspirado simpatías, por ciertas
razones que nada tienen que ver con este asunto.
-Me felicito por tales simpatías -dijo Martín-, y me alegraré mucho si usted me permite
cultivar su amistad.
-Tendrá usted un triste amigo -replicó San Luis con una sonrisa melancólica-, pero no
me falta cierta experiencia que acaso pueda aprovecharle. En fin, eso lo dirá el tiempo.
Hasta mañana.
Con estas palabras se despidió, dejando una extraña impresión -46- en el ánimo de
Martín Rivas, que se quedó pensativo, mirándole alejarse.
Había, en verdad, cierto aire de misterio en torno de aquel joven, cuya varonil y poética
belleza llamaba la atención a primera vista. Martín observó con curiosidad sus maneras, en
las que resaltaba la dignidad en medio de la sencillez, y la vaga melancolía de su voz le
inspiró al instante una poderosa simpatía. Llamó también la atención de Rivas el traje de
Rafael, en el que parecía reinar el capricho y un absoluto desprecio a la moda que
uniformaba a casi todos los otros alumnos de la clase. Su cuello vuelto contrastaba con la
rigidez de los que llevaban los demás, y su corbata negra, anudada con descuido, dejaba
ver una garganta cuyos suaves lineamentos traían a la memoria la que los escultores han
dado al busto de Byron. Martín vio además, en las últimas palabras de aquel joven, una
ligera analogía con su situación, complaciéndose en aumentarla con la idea de que sería
como él un hijo desheredado de la fortuna. Este pensamiento le hizo acercarse a Rafael al
día siguiente y anudar con él la conversación interrumpida el anterior.
-Cuando usted quiera -le dijo San Luis- véngase a comer conmigo a un hotel de pobre
apariencia que suelo frecuentar y allí conversaremos más amigablemente. ¿Dónde vive
usted?
-¡En casa de don Dámaso! -exclamó con admiración Rafael-. ¿Es usted su pariente?
Los dos jóvenes permanecieron silenciosos algunos instantes, hasta que Rafael rompió el
silencio hablando de sus asuntos, indiferentes y muy distintos del que les acaba de
ocupar.
Al salir de la clase, San Luis convidó a almorzar a Martín y se dirigieron a un hotel de
pobre apariencia, como lo había calificado el primero.
-47-
-Aquí no comerá usted con el hijo de don Dámaso -dijo Rafael-, pero sí con más libertad.
-¿Ha visto usted su casa? -preguntó Rivas, a quien había picado la curiosidad la turbación
de su nuevo amigo al hablar de su protector.
-¡Cuidado! Esa respuesta revela una admiración que puede a usted serle fatal -observó San
Luis, poniéndose serio.
-Porque lo peor que puede suceder a un joven pobre como usted es el enamorarse de una
niña rica. Adiós estudios, porvenir, esperanzas -exclamó San Luis empinando con febril
entusiasmo un vaso de vino-. Usted me pidió consejos ayer; pues bien, ahí tiene usted uno y
es de los más cuerdos. El amor para un joven estudiante debe ser como la manzana del
paraíso: fruto vedado. Si usted quiere ser algo, Martín, y le digo esto porque usted parece
dotado de la noble ambición que forma los hombres distinguidos, rodee su corazón de una
capa de indiferencia tan impenetrable como una roca.
-No pienso enamorarme -contestó Martín-, y tengo para ello muy poderosas razones, entre
ellas la que usted acaba de apuntar.
San Luis cambió entonces de conversación y habló sobre tan distintas materias y con tal
verbosidad que parecía tener empeño en hacer olvidar a Martín las primeras palabras que
había dicho aconsejándole.
En casa de don Dámaso habló Martín de su nuevo amigo, a quien Agustín había nombrado.
-Ese mocito es muy intrigante -dijo don Dámaso-, y busca niña con buena dote.
-Pero papá -replicó Leonor-, es necesario no ser injusto; yo tengo mejor idea de San Luis.
-Es un parvenido -dijo Agustín-, papá tiene razón. A la época donde estamos, todos
quieren plata.
-Y hacen bien, cuando hay pobres que la merecen más que muchos ricos -exclamó Leonor.
Estas pocas palabras arrojaron la duda en el espíritu de -48- Rivas. La energía, la
emergencia con que Leonor defendía a Rafael de los ataques de su padre y de su hermano,
y las palabras de su amigo sobre el amor, hicieron brillar de repente cierta luz a sus ojos,
que hirió su corazón con un malestar desconocido. No podía pensar sino que San Luis
había amado a Leonor y que su pasión había sido condenada por don Dámaso. Semejante
descubrimiento le desazonó como si acabase de recibir alguna triste noticia, y se entregó al
trabajo sin explicarse el descontento que le hacía mirar el porvenir bajo un prisma sombrío.
-No hay duda que se han amado, y puesto que Leonor le defiende, debe amarle todavía.
- IX -
La idea de que Leonor amase a su nuevo amigo, infundió a Rivas cierta reserva para con
éste, a pesar de la viva simpatía que hacia él le arrastraba. Durante varios días trató en vano
de aclarar sus sospechas en sus conversaciones con Rafael San Luis. Las confidencias no
vinieron jamás a satisfacerle.
Una tarde, después de comer en casa de don Dámaso, se retiraba Martín como de
costumbre, antes que hubiese llegado la hora de las visitas.
-¿Es usted aficionado a la música? -le dijo Leonor cuando él había tomado su sombrero.
-49-
-Señorita -contestó Rivas conmovido-, he oído tan poco, que no puedo calificar de gusto
la afición que tengo por ella.
-No importa -dijo la niña con tono imperativo-, oirá usted lo que voy a tocarle, y siéntese
al lado del piano porque tengo que hablar con usted.
Leonor tocó la introducción y los primeros compases del vals sin dirigirle la palabra. Y
cuando Martín empezaba a figurarse que era el juguete de un capricho de la niña, ésta fijó
en él su mirada altanera.
-Sí, señorita -contestó Rivas, mirando en esta pregunta la confirmación de las sospechas
que le atormentaban.
Martín añadió la segunda parte de esta contestación con la esperanza de leer en el rostro de
la niña la confirmación de la sospecha que aumentaba en su espíritu.
-50-
Martín se sentía sofocado, inquieto, descontento ante la arrogancia de aquella niña que sólo
se dignaba dirigirle la palabra para hablar de un hombre a quien tal vez amaba. Su amor
propio le infundía violentos deseos de poseer una belleza singular, una inmensa fortuna o
una celebridad; algo, en fin, que le pusiese a la altura de Leonor, para arrastrar su atención
y ocupar su espíritu, que acaso en ese instante se olvidaba de él como de los muebles que
había en torno suyo. Humillábale más que nunca su oscuridad y su pobreza, y se sentía
capaz de un crimen para ocupar los pensamientos de la niña, aunque fuera con el temor.
-Pero, en fin -dijo anudando la conversación interrumpida-, usted debe saber lo que ese
joven hace o adónde visita.
-¿Ya están ustedes muy diestros en ese juego? -dijo, acercándose a la mesa en que
jugaban sus padres y su hermano.
Rivas se puso rojo de vergüenza y de despecho. Leonor no le había dirigido ni una sola
palabra, ni una sola mirada. Se había retirado como si él no estuviese allí por orden puya.
-¿Usted no entiende este juego? -le preguntó por fin Leonor, como acordándose sólo
entonces de que le había dejado junto al piano.
Y salió al cabo de algunos minutos, que empleó en buscar la manera de hacerlo sin llamar
la atención.
La calma sobrevino poco a poco, haciéndole pasar a los encantados idilios del amor
primero. ¡Había perdonado! Leonor descubría de repente los tesoros de su corazón virgen y
fogoso; aceptaba un amor lleno de sumisión y de ternura, ¡se dejaba adorar! Martín
recorrió
así un mundo fantástico, oyendo la música celestial de un vals a cuyos compases se
repetían él y Leonor los juramentos para toda la vida, juramentos que ignoran los días de la
vejez y piden una tumba para renacer juntos en la mansión de la vida infinita. Vio que
puede de repente nacer en el pecho una pasión que pisotea al orgullo, que encuentra en la
tierra los elementos de una felicidad reputada como quimérica, y se acostó distraído,
olvidándose de la verdad.
Mientras Rivas pasaba por esta crisis, en la que al fin se dibujó radiante su amor, como
aparece en el fondo de un crisol la plata que la acción del fuego hace desprenderse del
metal, Leonor se retiraba con Matilde a un sofá apartado del gran salón en que
conversaban algunas visitas.
-Como te dije el otro día -principió por decir Leonor, estrechando una mano de su prima-,
Martín habló en la mesa de Rafael San Luis, a quien yo defendí de los ataques de mi padre.
-Esta tarde llamé a Martín junto al piano y le hice -52- varias preguntas sobre San Luis.
Es amigo de él, pero de poco tiempo a esta parte. Nada me ha podido informar sobre la
vida que lleva, pues Rafael parece no haberle confiado aún ninguna cosa que revele el
estado de su corazón; pero te prometo que yo lo averiguaré. Rivas es inteligente, y espero
que pronto se captará su entera confianza. Así sabremos si todavía te ama.
Las dos niñas continuaron su conversación hasta que Emilio Mendoza ocupó un asiento al
lado de Leonor y comenzó a hablarle de su amor, sin que ella manifestase el menor
desagrado ni diese tampoco ninguna contestación propia para alentar las esperanzas de
aquel joven.
Al día siguiente Martín recibió con frialdad el saludo de su amigo. Éste, que había
concebido por él un cariño verdadero, notó al instante su reserva.
-¿Qué tienes? -le preguntó, empleando por primera vez aquel tono familiar-, te veo triste.
-Es verdad -dijo estrechando la mano que San Luis le había presentado-, anoche sufrí
mucho.
-¿Para qué? -respondió Rivas-. Nada podrías hacer para darme la felicidad.
-¡Cuidado, Martín!, no olvides mi consejo. El amor, para un estudiante pobre, debe ser
como la manzana del paraíso: si lo pruebas te perderás.
-Y ¿qué puedo hacer cuando...?
-No quiero saber nada -le dijo-; hay ciertos sentimientos que aumentan en el alma cuando
se confían, y el amor es uno de ellos. No me digas nada. Pero tengo por ti un verdadero
interés y quiero curarte antes que el mal haya echado raíces. La soledad es un consejero
fatal y tú vives muy solo. Es necesario que te distraigas -añadió, viendo -53- que Martín
se quedaba pensativo-, y yo me encargo de hacerlo.
-Difícil me parece -dijo Martín, que se sentía bajo la impresión de la escena de la víspera.
-No importa; haremos un ensayo, nada se pierde. Vente a mi casa mañana a las ocho de la
noche y te llevaré a ver ciertas gentes que te divertirán.
- X -1
A la hora de comer entró al salón donde Leonor se hallaba sentada al piano. La timidez que
la niña le había infundido desde el primer día se manifestó en su pecho más poderosa que
antes. Pareciole que si se dejaba ver, estando ella sola, Leonor leería en su corazón el amor
que le profesaba ya. El amor que teme no ser correspondido infunde esta clase de timidez a
los hombres más enérgicos.
«Me tendrá compasión», pensó al instante, retirándose y sintiendo que la humillación que le
hacía sufrir esta sola idea encendía sus mejillas.
Leonor alcanzó a divisar a Rivas cuando entraba. Lejos de manifestar la indiferencia que
siempre mostraba por la presencia del joven, dejó precipitadamente su asiento y salió
hasta la puerta para llamarle.
Martín volvió entre la sorpresa y la turbación que le causaba aquel llamado tan imprevisto.
-¿Por qué se retira usted? -le preguntó Leonor, notando la confusión que se pintaba en el
semblante de Martín.
-Mil gracias.
-54-
Martín pensó con disgusto que el tono afectuoso que empleaba Leonor para hablarle sería
un nuevo medio de someterle a algún interrogatorio parecido al del día anterior. Entró al
salón tras de la niña y permaneció de pie, algo distante de una poltrona en que ésta se había
sentado.
-Ayer se retiró usted sin que yo le viese -le dijo, mirándole fijamente.
-Señorita -contestó Rivas, serenado ya de la turbación en que estaba-, creí que usted no
tenía nada más que preguntarme.
-No fue sólo con ese objeto que le convidé a usted. Es cierto que cometí la distracción de
dejarle solo, y por eso he querido hablar con usted para manifestarle el sentimiento que
tengo al pensar que puedo haberle ofendido sin intención alguna. Estaba preocupada y
no pensé en lo que hacía.
En estas palabras de satisfacción sólo faltaba el tono que ordinariamente las acompaña.
Parecía que la niña luchaba con su orgullo al expresarse así y quería manifestar a Rivas la
distancia que los separaba, empleando el acento algo imperioso del que cree tratar con un
inferior. Tal satisfacción había sido dictada, en efecto, por el instinto de rectitud que, a
pesar del orgullo que su familia había fomentado en ella, prevalecía en su corazón y
hablaba poderosamente en su conciencia. Leonor notó el día precedente la salida de Martín
y conoció al instante que, por humilde que fuese, tenía derecho de ofenderse. Si en el lugar
de Rivas, pobre y desvalido, se hubiese encontrado alguno de sus elegantes y ricos
adoradores, ella tal vez no habría fijado su atención en aquella circunstancia, ni
preocupádose un minuto en averiguar la rectitud de su conducta. Mas, al ver salir a Rivas,
sintió una grave impresión por su falta y conoció que había obrado mal. De aquí a
decidirse por una franca satisfacción sólo medió el tiempo necesario para pensarlo, es
decir, un instante muy corto.
Al verse, empero, en presencia del joven y en la necesidad de dar excusas, Leonor sintió
que el paso no era -55- tan fácil como al principio le había parecido. Era para ella tan
extraña la situación, que sólo la firmeza de su voluntad pudo decidirla a cumplir lo que, sin
calcular los inconvenientes, había resuelto. Así fue que al hablar temió que sus palabras
tuviesen alguna otra interpretación a los ojos de Martín, y empleó el tono de voz que la
colocaba muy alto sobre el hombre a quien se dirigía.
Después de hablar, miró a Rivas para leer en su semblante la impresión que había recibido.
Las últimas palabras despertaron las sospechas del joven, y brilló en sus ojos el descontento
que le causaban. Empleando entonces el mismo tono que Leonor:
-Por mi parte, señorita -dijo-, ayer sentí en el alma no poder dar a usted más
circunstanciados informes sobre la persona que parece interesarle.
-¡Si no es por mí! -exclamó sorprendida Leonor, olvidándose de todo sigilo y del afectado
tono de superioridad con que acababa de hablar.
-¡Ah! -dijo Martín, sin poder ocultar su alegría-, ¡no es por usted!
Leonor, con la penetración propia de su sexo en asuntos del corazón, supo interpretar la
alegría que se pintó en el rostro del joven.
«¿Que me amará?», se preguntó, sintiendo una vaga timidez bajo la ardiente mirada con
que Rivas había pronunciado las últimas palabras.
Luego, como picada de la sorpresa que había sufrido al decir que no se informaba de San
Luis por interés propio, volvió a su tono de voz anterior, cual si hubiese querido castigar a
Rivas por la osadía de amarla.
-Veo, caballero -dijo-, que usted tiene una imaginación muy viva para basar suposiciones
sobre lo que oye.
-Es verdad, señorita, confieso que he pensado con ligereza -contestó él, sin llegar a
comprender a aquella niña, que le llamaba para darle satisfacciones y poco después le
reconvenía con acento más duro aún que sus palabras.
-¿Qué motivos tuvo usted para pensar que yo tuviese algún interés por San Luis al
informarme acerca de su vida?
-Ninguno, y le protesto a usted con la mayor sinceridad -56- que, si tal sospecha nació
involuntariamente en mi imaginación, no he hecho ni haría jamás uso de ella.
-Así lo espero -le dijo Leonor con una mirada altanera que oprimió dolorosamente el
corazón de Martín.
En este momento entró doña Engracia seguida por su marido. Al atravesar la primera pieza
contigua al salón, don Dámaso vio que Rivas y Leonor estaban solos.
-¿Por qué está la niña sola con este muchacho? -dijo a doña Engracia.
Al entrar entabló una conversación de negocios con Martín, mientras que la señora
participó a su hija la observación del padre.
-Mi papá no piensa lo que dice -exclamó Leonor con indignación-, y da demasiada
importancia a su protegido. Bien está que le conceda habilidad si, como dice, le ayuda
tanto en los negocios; pero no convengo en que le suponga tanto valimiento para que yo
fuese a fijarme en él.
La madre bajó la cabeza sin atreverse a replicar y se consoló del poco prestigio de su
autoridad tomando en las faldas a Diamela, que saltaba a sus pies para recordar su
presencia.
Don Dámaso, entretanto, había olvidado ya la impresión que acababa de recibir al ver
solo a Martín con su hija, y oía la opinión que éste le daba sobre una importante
especulación que se hallaba con ánimo de emprender.
En aquel instante, como dijimos, la conversación rodaba entre ellos sobre negocios, y
Martín acababa de dar una opinión que abría un nuevo campo a las especulaciones de don
Dámaso. Éste, lleno de satisfacción, buscaba un medio de expresar al joven su
reconocimiento.
-Mis estudios, señor, poco tiempo me dejan -contestó Rivas, a quien semejante
observación llenaba de contento, porque veía en ella la posibilidad de acercarse a Leonor y
de conocer a los que la cortejaban.
-Sin embargo -replicó don Dámaso-, cuando tenga tiempo, venga usted con confianza; yo
deseo que usted se relacione y vaya conociendo a nuestra sociedad. Para un joven que se
dedica a la abogacía las amistades son siempre una ventaja.
En la noche aprovechó Martín aquella invitación para presentarse en los salones de doña
Engracia, en los que a las nueve se hallaban ya reunidas las personas que conoce el lector.
Para comprender la agitación que reinaba aquella noche en casa de don Dámaso, daremos
una idea de la situación de la capital, que explicará la conversación que mantenían los
tertulianos de doña Engracia y pintará el estado de los espíritus en aquella época de ardiente
preocupación política.
La Sociedad de la Igualdad, de la que dos veces hemos hecho mención en esta historia,
compuesta a principios de 1850 de un corto número de personas, había visto engrosarse
con gran prontitud sus filas y llegado a ser el -58- objeto de la preocupación general a la
fecha de los sucesos que vamos refiriendo. Su nombre solo habría bastado para despertar la
suspicacia de la autoridad si no lo hubiera hecho el programa de los principios que se
proponía difundir y el ardor con que acudieron a su llamamiento individuos de las distintas
clases sociales de la capital. Al cabo de corto tiempo, la Sociedad contaba con más de
ochocientos miembros y ponía en discusión graves cuestiones de sociabilidad y de política.
Con esto se despertó poco a poco una nueva vida en la inerte población de Santiago, y la
política llegó a ser el tópico de todas las conversaciones, la preocupación de todos los
espíritus, la esperanza de unos, y de otros la pesadilla.
En aquella noche era también cuando Martín Rivas debía asistir por primera vez a la
nocturna tertulia de su protector.
- XI -
Reinaba, como dijimos, grande animación entre las personas que componían la tertulia
ordinaria de don Dámaso Encina.
Era la noche del 19 de agosto, y desde algún tiempo circulaba la noticia de que la
Sociedad de la Igualdad -59- sería disuelta por orden del Gobierno. Citábase como
prueba el ataque de cuatro hombres armados hecho en una de las noches anteriores, al
tiempo de instalarse en la Chimba el grupo número 7 de los que componían esa sociedad.
Martín se sentó después de ser presentado por don Dámaso a las personas de su tertulia, y la
conversación, interrumpida un momento, siguió de nuevo.
-La autoridad -dijo don Fidel Elías, respondiendo a una objeción que se le acababa de
hacer- está en su derecho de disolver esa reunión de demagogos, porque ¿qué se llama
autoridad? El derecho de mando; luego, mandando disolver, está, como dije, en su
derecho.
Doña Francisca, mujer del opinante, se cubrió el rostro, horrorizada de aquella lógica
autoritaria.
-Además -repuso don Simón Arenal, viejo solterón que presumía de hombre de
importancia-, un buen pueblo debe contentarse con el derecho de divertirse en las
festividades públicas y no meterse en lo que no entiende. Si cada artesano da su opinión
en política, no veo la utilidad de estudiar.
Don Dámaso, que tenía perdida la esperanza de ser comisionado por el Gobierno, como se
le había hecho esperar, se hallaba en aquella noche bajo la influencia de los periódicos
liberales, cuyos artículos recordaba perfectamente.
-Yo te viera hablar de mártires y de libertad cuando te vengan a quitar tu fortuna -exclamó
interrumpiéndole don Fidel.
-Se equivoca usted -dijo don Simón Arenal-. ¿Cree usted que ese título es tomado sin
premeditación? Sociedad de la Igualdad quiere decir sociedad que trabajará para establecer
la igualdad, y como lo que más se opone a ella es la diferencia de fortunas, claro es que los
ricos serán los patos de la boda.
-60-
-Sobre eso no hay duda, señor -le dijo también Emilio Mendoza, que había aprobado hasta
entonces con la cabeza.
-Los hombres de valor como usted -le dijo Emilio- deben aprovechar esta oportunidad para
ofrecer su apoyo al Gobierno.
-Claro -repuso don Fidel con su afición a los silogismos-; es el deber de todo buen patriota,
porque la patria está representada por el Gobierno; luego apoyándolo es el modo de
manifestarse patriota.
-Pero, hijo -replicó doña Francisca-, tu proposición es falsa, porque...
-Ta, ta, ta -interrumpió don Fidel-, las mujeres no entienden de política, ¿no es así,
caballero? -añadió dirigiéndose a Martín, que era el más próximo que tenía.
-¡Cómo! -exclamó.
-Sí, señor.
En este momento entró Clemente Valencia, que siempre llegaba más tarde que los demás.
-No es revolución; pero si la hay, el Gobierno tiene la culpa -contestó Valencia, causando
con esta frase gran admiración a los que le oían, porque estaban acostumbrados a la
dificultad con que el capitalista hilvanaba una frase.
-Creo que con la política hasta los tontos se ponen -61- elocuentes -dijo doña Francisca a
Leonor, que tenía a su lado.
-Vamos, hombre, ¿qué hay?, estás esuflado -dijo Agustín a Valencia, que se calló cuando
todos esperaban en silencio la explicación de aquellas palabras.
-Eso ya lo sabíamos.
-Entraron unos hombres al salón donde quedaban algunos socios y cargaron a palos con
ellos.
-Es una atrocidad -dijo indignada doña Francisca-, parece que no estuviéramos en un país
civilizado.
-¡Mujer, mujer! -replicó don Fidel-, el Gobierno sabe lo que hace; ¡no te metas en política!
-Sí, pero esto es muy fuerte -dijo Agustín-, esto depasa los límites.
-El deber de la autoridad -exclamó don Simón- es velar por la tranquilidad, y esta
asociación de revoltosos la amenazaba directamente.
-Bien hecho, bien hecho, que les den duro -dijo don Fidel-, ¿no les gusta meterse en lo
que no deben?
-Ríase de eso -le contestó don Simón-, es la manera de hacerse respetar. Todo Gobierno
debe manifestarse fuerte ante los pueblos, es el modo de gobernar.
-Pero eso es apalear y no gobernar -replicó Martín, cuyo buen sentido y generosos instintos
se rebelaban contra la argumentación de los autoritarios.
-62-
-Dice bien el señor don Simón -replicó Emilio Mendoza-: al enemigo, con lo más duro.
-Extraña teoría, caballero -repuso Martín, picado-; hasta ahora había creído que la nobleza
consistía en la generosidad para con el enemigo.
-Con otra clase de enemigos, pero no con los liberales -contestó Mendoza con desprecio.
-No discuta usted, porque no oirá otras razones -le dijo doña Francisca.
Continuó la conversación política entre los hombres y las señoras se acercaron a una mesa,
sobre la cual un criado acababa de poner una bandeja con tazas de chocolate.
Martín observó a Leonor durante todo el tiempo que duró su visita y le fue imposible
conocer la opinión de la niña respecto de las diversas opiniones emitidas. Otro tanto le
sucedió cuando quiso averiguar si Leonor daba la preferencia a alguno de sus dos galanes,
con cada uno de los cuales la vio conversar alternativamente, sin que en su rostro se pintase
más que una amabilidad de etiqueta, muy distinta de la turbación que retrata el rostro de la
mujer cuando escucha palabras a las que responde su corazón. Mas este descubrimiento,
lejos de alegrar a Martín, le dio un profundo desconsuelo.
Pensó que si Leonor miraba con indiferencia al empleado elegante y al fastuoso capitalista,
nunca su atención podría fijarse en él, que no contaba con ningún medio de seducción
capaz de competir con los que poseían los que ya reputaba como sus rivales. Y al mismo
tiempo sentía cada vez más avasallado el corazón por la altanera belleza que su amor
rodeaba con una aureola divina. Cada uno de sus pensamientos eran, en ese instante, otros
tantos idilios sentimentales de los que nacen en la mente de todo enamorado sin
esperanzas, y se le figuraba por momentos que Leonor era demasiado hermosa para
rebajarse hasta sentir amor hacia ningún hombre.
Mientras Rivas luchaba para no dirigir sus ojos sobre Leonor, temiendo que los demás
adivinasen lo que pasaba -63- en su corazón, Matilde y su prima se habían separado de la
mesa.
-No, porque mis preguntas le hicieron creer que era yo la enamorada, y además se ofendió
porque sólo le llamaba para hacerle esas preguntas.
-¡Ah, es orgulloso!
-Mucho, y me extraña que haya venido esta noche aquí, porque jamás lo había hecho. En la
mesa habla rara vez sin que le dirijan la palabra, y cuando lo hace es para manifestar su
desprecio por las opiniones vulgares.
-Veo que lo has estudiado con detención -dijo Matilde en tono de malicia a su prima-, y
creo que te estás ocupando de él más que de todos los jóvenes que vienen aquí.
Por más que Leonor había manifestado a su prima el deseo de amar, se veía que gran parte
de su orgullo estaba cifrado en la indiferencia con que trataba a los jóvenes más admirados
por sus amigas. Así es que la idea de haber fijado su atención en uno que miraba como
insignificante la disgustó consigo misma e hizo formar -64- el propósito de poner a
prueba su voluntad para triunfar de lo que ella calificó de involuntaria debilidad. El
corazón de la mujer es aficionado especialmente a esta clase de pruebas, en las que
encuentra un pasatiempo para disipar el hastío de la indiferencia. Leonor miró a Rivas
desde ese instante como a un adversario, sin advertir que su propósito la obligaba a caer en
la falta que acababa de reprocharse como una debilidad.
Martín, mientras ella formaba esta resolución, se retiró desesperado. Como todo el que
ama por primera vez, no trataba de combatir su pasión, sino que se complacía en las penas
que ella despertaba en su alma. Hallábase bajo el imperio de la dolorosa poesía que
encierran los primeros sufrimientos del corazón y saboreaba su tormento encontrando un
placer desconocido en abultarse su magnitud. El amor, en estos casos, produce en el alma
el vértigo que experimenta el que divisa el vacío bajo sus plantas desde una altura
considerable. Rivas divisó ese vacío de toda esperanza para su alma y la lanzó a estrellarse
contra la imposibilidad de ser amado.
Estas sensaciones le hicieron olvidar la cita que Rafael le había dado para el día siguiente, y
sólo pensó en ella cuando su amigo le dijo al salir de clase:
-¿Con quién?
-Creo que es inútil -dijo Martín con tristeza, estrechando la mano de San Luis, que se
despedía.
Éste nada contestó, y a dos pasos de Rivas dio un suspiro que desmentía el contento con
que acababa de hablar para infundir alegres esperanzas a su amigo.
-65-
- XII -
A las ocho de la noche entró Martín en una casa vieja de la calle de la Ceniza que ocupaba
San Luis.
Éste salió a recibirle y le hizo entrar en una pieza que llamó la atención de Rivas por la
elegancia con que estaba amueblada.
-Aquí tienes mi nido -díjole Rafael, ofreciéndole una poltrona de tafilete verde.
-Al pasar por esta calle -dijo Rivas- no se sospecharía la existencia de un cuarto tan
lujosamente amueblado como éste.
-Los recuerdos de mejores tiempos es lo que ves en torno tuyo -contestó Rafael-. Entre
muchas cosas que he perdido -añadió con acento triste-, me queda aún el gusto por el
bienestar y he conservado estos muebles... Pero hablemos de otra cosa, porque quiero que
estés alegre para estarlo yo también. ¿Sabes a dónde voy a llevarte?
Rafael sacó un estuche, preparó espuma de jabón y se sentó delante de un espejo redondo,
susceptible de bajar y subir. Hecho esto empezó la operación, hablando según ella se lo
permitía.
-Te diré, pues, que te voy a presentar en una casa en donde hay niñas y que vas a asistir a
lo que en términos técnicos se llama un picholeo. Si conoces la significación de esta
palabra, inferirás que no es al seno de la aristocracia de Santiago adonde vas a penetrar.
Las personas que te recibirán pertenecen a las que otra palabra social chilena llama gentes
de medio pelo.
-Y las niñas, ¿qué tales son? -preguntó Rivas para llenar una pausa que hizo Rafael.
-Ya te lo diré; pero vamos por partes. La familia se compone de una viuda, un varón y dos
hijas. Daremos -66- primero el paso al bello sexo por orden de fechas. La viuda se llama
doña Bernarda Cordero de Molina. Tiene cincuenta años mal contados y se diferencia de
muchas mujeres por su afición inmoderada al juego, en lo que también se parece a ciertas
otras. Las hijas se llaman Adelaida y Edelmira. La primera debe su nombre a su padrino, y
la segunda a su madre, que la llevaba en el seno cuando vio representar Otelo y quiso
darle un nombre que le recordase las impresiones de una noche de teatro. Ya la oirás
hablar de estos recuerdos artísticos. Adelaida cultiva en su pecho una ambición digna de
una
aventurera de drama: quiere casarse con un caballero. Para las gentes de medio pelo, que no
conocen nuestros salones, un caballero o, como ellas dicen, un hijo de familia, es el tipo de
la perfección, porque juzgan al monje por el hábito. La segunda hermana, Edelmira, es una
niña suave y romántica como una heroína de algunas novelas de las que ha leído en
folletines de periódicos que le presta un tendero aficionado a las letras. Las dos hermanas
se parecen un poco: ambas tienen pelo castaño, tez blanca, ojos pardos y bonitos dientes;
pero la expresión de cada una de ellas revela los tesoros de ambición que guarda el pecho
de Adelaida y los que atesora el de Edelmira, de amor y de desinterés. El corazón de ésta
es, como ha dicho Balzac de una de sus heroínas, una esponja a la que haría dilatarse la
menor gota de sentimiento.
»Nos queda el varón, que tiene veintiséis años de edad y ni un adarme de juicio en el
cerebro. Es el tipo de lo que todos conocen con el nombre de siútico, y para aditamento le
regalaron en la pila el de Amador. Lleva el bigote y la perilla correspondientes a su
empleo, y dice vida mida cuando canta en guitarra. Es un curioso objeto de estudio, ya lo
verás.
»Ahora, decirte cómo vive esta familia, sin más apoyo que un mozo calavera, es lo que
sólo puede hacerse por conjeturas. Don Damián Molina, marido de doña Bernarda,
pretendía ser de buena familia, como lo verás por los recuerdos de la señora. Vivió pobre
casi toda su vida y dejó, según me han contado, un pequeño capitalito de ocho mil pesos,
con el cual la familia se ha librado de la miseria. El primogénito, después de derrochar su
haber -67- paterno, vive a expensas de la madre y costea con los naipes sus menudos
gastos. En tiempo de elecciones es un activo patriota si la oposición le paga mejor que el
Gobierno, y conservador neto si éste gratifica su actividad; a veces lleva su filosofía hasta
servir a los dos partidos a un tiempo, porque, como él dice, todos son compatriotas.
»Con dos chicas bonitas era imposible que el amor no buscase allí un techo hospitalario, y
así lo ha hecho. Pero apenas lo creerás cuando te nombre el amartelado galán de Adelaida.
-¡Agustín!
-El mismo. Poco tiempo después de llegar de Europa, le llevó allí un amigo suyo. Al
principio creyó enamorar a Adelaida con su traje y sus galicismos, y fue tomando serias
proporciones su afición a la chica a medida que encontró más enérgica resistencia que la
que esperaba.
»Si la muchacha le hubiese amado, creo que él no habría tenido escrúpulo de perderla y
abandonarla; mas con la resistencia su capricho va tomando el colorido de una verdadera
pasión.
Al decir estas palabras, Rafael había concluido de vestirse y daba la última mano a su
peinado. En este momento, y como había dejado de hablar, fijó la vista Rivas en un retrato
de daguerrotipo que había colocado sobre una mesa de escritorio.
-¿Sí? Quién sabe -contestó San Luis, alejando la luz-. ¿Quieres que nos vayamos? -añadió,
apagando una de las velas y tomando la otra como para salir.
-68-
Dirigiéronse de casa de San Luis a una casa de la calle del Colegio, cuya puerta de calle
estaba cerrada, como se acostumbra entre ciertas gentes en sus festividades privadas.
Rafael dio fuertes golpes a la puerta, hasta que una criada vino a abrirla.
Dar una idea de aquella criada, tipo de la sirviente de casa pobre, con su traje sucio y raído
y su fuerte olor a cocina, sería martirizar la atención del lector. Hay figuras que la pluma se
resiste a pintar, prefiriendo dejar su producción al pincel de algún artista: allí está en
prueba el Niño Mendigo, de Murillo, cuya descripción no tendría nada de pintoresco ni
agradable.
-Estamos en pleno picholeo -dijo Rafael a Rivas, deteniéndose delante de una ventana que
daba al estrecho patio a que acababan de entrar.
-Veo -contestó Martín- muchas más personas que las que me has descrito.
-Ésas son las amigas y las amigas de éstas, convidadas a la tertulia. Mira, allí tienes a la
ambiciosa Adelaida. ¿Qué tal te parece?
-Muy bonita; pero hay algo de duro en su ceño que revela un carácter calculador y que
rechaza toda confianza. Este juicio es tal vez un resultado de la descripción que me has
hecho de ella.
-No, no, todo eso retrata la fisonomía de Adelaida, tienes razón; pero a los ojos del vulgo
esa dureza de expresión es majestad. Tu conocido Agustín Encina dice que se le figura una
reina disfrazada. Mira, no obstante lo que se parece con su hermana, ¡qué inmensa
diferencia hay entre ella y Edelmira, que está allí cerca! ¡Quítale un poco de esa languidez
que el romanticismo da a sus ojos y tendrás una criatura adorable!
-Tienes razón -contestó Rivas-, la encuentro más bonita que la hermana.
-Mira, mira -dijo San Luis, asiendo el brazo de Martín-, allí va Amador, el hermano; ese
que lleva un vaso de ponche, llamado en estas reuniones chincolito. ¿No encuentras que
Amador es soberbio en su especie? Ese chaleco -69- de raso blanco, bordado de colores
por alguna querida prolija, es de un mérito elocuentísimo. La corbata tiene dos listas
lacres que dan un colorido especial a su persona, y el pelo encrespado, como el de un
ángel de procesión, tiene la muda elocuencia del más hábil pincel, porque caracteriza
perfectamente al personaje. Míralo, está en su elemento con el vaso de licor que ofrece a
una niña.
En ese instante un joven se acercó al que así ocupaba la atención de los dos amigos y le dijo
algunas palabras al oído.
Amador salió de la pieza a otra que daba al patio, y por ésta al lugar en que San Luis y
Rivas se habían detenido.
-Don Amador -le dijo-, tengo el gusto de presentarle al señor don Martín Rivas. El señor
don Amador Molina -dijo a Martín.
-Un criado de usted, para que me mande -dijo Amador, recibiendo el saludo del joven
Rivas.
Los tres entraron entonces a la pieza contigua a la que Amador había llamado la cuadra.
- XIII -
Las miradas de los concurrentes se dirigieron hacia los que llegaban precedidos por
Amador. Los jóvenes les saludaron con amaneramiento y recelo, las niñas hablándose al
oído después que les eran presentados.
El bullicio que reinaba en aquella reunión cuando Rivas y San Luis se detuvieron en el
patio cesó repentinamente apenas ellos entraron. En medio de este silencio se oyó una voz
sonora de mujer que lo interrumpió con estas palabras:
-70-
-Él es, ya se quedaron como muertos, como si nunca hubieran visto gente.
Era la voz de doña Bernarda, que, puesta en jarra en medio del salón, animaba con el
gesto a los tertulianos.
Las niñas se sonrieron bajando la vista y los jóvenes parecieron volver en sí con tal
elocuente exhortación.
-Dice bien, misiá Bernardita -exclamó uno-, vamos bailando cuadrillas, pues.
Un amigo de la casa se acercó al piano, que él mismo había hecho llevar allí por la
mañana, y comenzó a tocar unas cuadrillas, mientras se ponían de pie las parejas que iban
a bailarlas. Entre éstas no había distinción de edades ni condiciones, hallándose una madre,
que rayaba en los cincuenta, frente a la hija de catorce años que hacía esfuerzos por
alargarse el vestido y parecer grande a riesgo de romper la pretina.
-Andá, rompete el vestido con tanto tirón -le decía la primera, causando la desesperación
de su compañero, que afectaba las maneras del buen tono en presencia de Rivas y de su
amigo.
En otro punto, un joven hacía requiebros en voz alta a su compañera para manifestar que no
tenía vergüenza delante de los recién llegados.
-Señorita -le decía-, le digo que es ladrona porque usted anda robando corazones.
Doña Bernarda recorría, como dueña de casa, el espacio encerrado por las parejas,
diciendo a su manera un cumplido a cada cual. Al llegar frente a la mamá que hacía vis-à-
vis con su hija, principió a mirarla meneando la cabeza con aire de malicia.
-¡Mira la vieja cómo se anima también! -exclamó-. ¡Y con un buen mozo, además! ¡Eso
es, hijita, no hay que recular!
-Por supuesto, pues -contestó ésta-, ¿que las niñas no más se han de divertir?
-71-
-Y usted, señorita -dijo a una niña después de haber recibido las excusas de otras-, ¿no
me hará el merecimiento de acompañarme?
-No he bailado nunca cuadrillas -respondió ella con voz chillona-, ¿si quiere porca?
-Sale no más, Mariquita -le dijo doña Bernarda-, aquí te enseñarán, no pensís que es tan
rudo.
-Míreme a mí y haga lo mismo -le decía Amador, contoneándose al hacer adelante y atrás
con su vis-à-vis.
-No griten tanto, pues -vociferaba el del piano-, así no se oye la música.
-Tomá un traguito de mistela para la calor -le dijo doña Bernarda pasándole una copa,
mientras que Amador daba fuertes palmadas para indicar al del piano el cambio de figura.
En la segunda, la niña de catorce años quiso hacer lo mismo que en la primera, turbando
también al que bailaba a su frente e introduciendo general confusión, porque todos querían
principiar a un tiempo para corregir a los equivocados y restablecer el orden a fuerza de
explicaciones. Este desorden, que desesperaba a los jóvenes y a las niñas que pretendían
dar a la reunión el aspecto de una tertulia de buen tono, regocijaba en extremo a doña
Bernarda, que, con una copa de mistela en mano, aplaudía las equivocaciones de los
danzantes y repetía de cuando -72- en cuando, llena de alborozo por lo animado de la
reunión:
Rafael San Luis era, con gran sorpresa de Rivas, uno de los que más alegría manifestaban,
contribuyendo por su parte en cuanto podía a embrollar el muy enmarañado nudo de la
cuadrilla, haciendo a veces oír su voz sobre todas las otras y aprovechando la confusión
para quitar a alguno su compañera y principiar con ella otra figura, lo que perturbaba la
tranquilidad apenas daba visos de restablecerse.
Martín observaba a su amigo desde aquel nuevo punto de vista, que contrastaba con la
melancólica seriedad que siempre había notado en él, y creía divisar algo de forzado en el
empeño que San Luis manifestaba por aparentar una alegría sin igual.
-Así es siempre, gritón y mete bulla; pero tiene un corazón de serafín. ¿No le ha contado lo
que hizo conmigo?
-Ésa es otra que tiene. A nadie le cuenta las obras de caridad que hace; pero yo se la
contaré para que lo conozca mejor. El año pasado estuve a la muerte, y después de sanar,
cuando quise pagar al médico y al boticario, me encontré con que no les debía nada, porque
él ya los había pagado. ¡Ah, es un buen muchacho!
El profundo agradecimiento con que doña Bernarda pronunció aquellas palabras hizo una
fuerte impresión en el ánimo de Rivas, llamando su atención de nuevo sobre la loca
alegría de San Luis, que en ese momento había hecho llegar a su colmo la confusión y
algazara de los de la cuadrilla.
Al verse observado por su amigo, Rafael vino hacia él. En el corto espacio que recorrió
para llegar hasta Martín su rostro había dejado la expresión de contento que lo cubría por
la serena tristeza que revelaba ordinariamente.
-73-
-Esto principia no más -le dijo-, a medida que nos pierdan la vergüenza nos divertiremos
mejor.
-Real o fingido, poco importa -contestó San Luis con cierta exaltación-, lo principal es
aturdirse.
Y se alejó después de estas palabras, dejando a Rivas en el mismo lugar. Iba éste a salir a
la pieza contigua, cuando se halló frente a frente con Agustín Encina, que llegaba
deslumbrante de elegancia. Los dos jóvenes se miraron un momento indecisos, y un ligero
encarnado cubrió sus rostros al mismo tiempo.
-Ya lo ve usted -contestó Martín-, y no adivino por qué se admira, cuando usted frecuenta
la casa.
-Admirarme, eso no; lo decía porque como usted es hombre tan retirado... Yo vengo porque
esto me recuerda algo las grisetas de París, y luego en Santiago no hay amuzamientos para
los jóvenes.
Agustín se fue, después de esto, a saludar a la dueña de casa, que, por mostrarle su
amabilidad, le señaló tres dientes que le quedaban de sus perdidos encantos.
En este momento Rafael, que acababa de divisar al joven Encina, tomó del brazo a Rivas y
se adelantó hacia él.
-¿Has saludado -le dijo, estrechando la mano de Agustín- a este elegante? Aquí todas las
chicas se mueren por él.
-Estás de buen humor, querido -le contestó Encina, poniéndose ligeramente encarnado-,
mucho me alegro.
Y pasó al salón, ostentando una gruesa cadena de reloj con la que esperaba subyugar a la
desdeñosa Adelaida.
-Vamos al montecito -les dijo-, es preciso que nosotros también nos divirtamos.
Varias personas rodearon una mesa sobre la cual doña Bernarda colocó un naipe, y las
restantes, con Rivas y San Luis, entraron al salón, donde se oía el sonido de una guitarra.
Hombres y mujeres acogieron el licor con agrado, y Amador, dejando la guitarra, presentó
un vaso a Rivas y otro a Rafael, obligándoles a apurar todo su contenido. A esta libación
sucedían varias otras que aumentaron la alegría pintada en todos los semblantes e hicieron
acoger con entusiasmo la voz de uno que resonó diciendo:
Agitáronse al aire varios pañuelos, y Rivas vio con no poco asombro salir al medio de
la pieza a una niña que daba la mano al mismo oficial que le había recibido en la policía
la noche de su prisión.
-Éste es el oficial que estaba de guardia cuando me llevaron preso -dijo a Rafael.
-Y el mismo enamorado de Edelmira -le contestó éste-; acaba de llegar, por eso no le habías
visto.
Resonó en esto la alegre música de la zamacueca bajo los dedos de Amador, y se lanzó la
pareja en las vueltas y movimientos de este baile, junto con la voz del hijo de doña
Bernarda, que cantó, elevando los ojos al techo, el siguiente verso, tan viejo, tal vez, como
la invención de este baile:
Antenoche soñé un sueño
Seguían muchos de los espectadores palmoteando al compás del baile y animando otros a
los de la pareja con descomunales voces.
-¡Ay, morena! -gritaba una voz haciendo un largo suspiro con la primera palabra.
-¡Ofrécele, chico!
-¡Bornéale el pañuelo!
-75-
Si feliz es el hombre,
Más lo es el gallo.
Rafael hacía a Rivas estas observaciones mientras huían de uno que se empeñaba en
hacerles apurar un vaso de ponche.
-Por esto -decía San Luis-, entre estas gentes, los amores avanzan con más celeridad que
por medio de los estudiados preliminares que en los grandes salones emplean los
enamorados para llegar a la primera declaración. El uso de las ojeadas, recurso de los
amantes tímidos y de los amantes tontos, es aquí casi superfluo. ¿Te gusta una niña? Se lo
dices sin rodeos; no creas que obtienes tan franca contestación como podrías figurarte.
Aquí, y en materia que toque al corazón, la mujer es como en todas partes: quiere que la
obliguen, y no te responderá sino a medias.
-76-
-Eh, yo no te obligo a divertirte -replicó San Luis-; pero te declaro perdido si no te distraes
siquiera con la escena que vas a ver. Te voy a mostrar un espectáculo que tú no conoces.
-¿Cuál?
Rafael llamó al joven Encina, que multiplicaba sus protestas de amor al lado de Adelaida.
El rostro del joven estaba encendido por el vapor de la mistela y por la desesperación que
le causaba la frialdad con que la niña recibía sus declaraciones.
-Veamos.
-¿Por qué?
-Porque usted está haciendo la corte a Adelaida como si fuera una gran señora. Es preciso,
para agradar a estas gentes, mostrarse igual a ellas y no darse el tono que usted se da.
-Pero ¿cómo?
-No.
-Pues saque a bailar a Adelaida una zamacueca, y ella verá entonces que usted no se
desdeña de bailar con ella.
-Estoy seguro.
Agustín, cuyas ideas no estaban muy lúcidas con las libaciones, halló muy lógica la
argumentación que oía; pero tuvo una objeción:
-77-
Agustín, animado por San Luis, se lanzó desde las primeras palabras del canto con tal
ímpetu, que dio un traspié y bamboleó por algunos segundos a las plantas de Adelaida.
Gritaron entonces todos los que palmoteaban, dirigiendo cada cual su chuscada al
malhadado elegante.
-¡Allá va el pinganilla!
Agárrenme la pata
Que se me moja.
Repitiendo todos estas últimas palabras, hasta que el elegante creyó que las voces que oía
las arrancaba el entusiasmo, y cayó de rodillas a los pies de su compañera, para imitar a
los que le habían precedido.
Adelaida recibió aquella muestra de galantería con una franca carcajada, corriendo hacia su
asiento, y los demás repitieron los ecos de su risa, al ver al joven que había quedado de
rodillas en medio de la pieza.
-78-
Rafael siguió a Rivas al cuarto vecino. Éste parecía descontento con el papel que acababa
de ver representar al hijo de su protector.
-Es un fatuo redomado -contestó San Luis a una observación que él hizo en este sentido-; y
se figura, como nuestros ricos, en general, que su dinero le pone a cubierto del ridículo.
Además, es tan grande el acatamiento que nuestra sociedad dispensa a los que cubren con
oro su impertinencia, que bien puedo reírme de uno de ellos.
Rivas se separó de su amigo, que se había detenido junto a la mesa en que doña Bernarda
jugaba al monte.
-Tiene usted razón; yo que las he visto tanto, no he podido aún acostumbrarme a ellas.
-¿Por qué? -preguntó Martín, sintiendo picada su curiosidad por aquellas palabras.
-Porque creo que nosotras perdemos en ellas nuestra dignidad y los jóvenes que, como
usted y su amigo San Luis, vienen aquí, nos miran sólo como una entretención, y no como
a personas dignas de ustedes.
-En esto creo que usted se equivoca, a lo menos por lo que a mí respecta, y ya que usted
me habla con tanta franqueza, le diré que hace poco rato, mirándola a usted, creí adivinar
en su semblante lo que usted acaba de decirme.
-Sí, y confieso que me agradó ese disgusto, y pensé, con sentimiento, que usted tal
vez sufría por su situación.
-Jamás, como dije a usted, he podido acostumbrarme a estas reuniones de que gustan mi
madre y mi hermano. Entre jóvenes como ustedes y nosotras hay demasiada distancia para
que puedan existir relaciones desinteresadas y francas.
«¡Pobre niña!», pensó Rivas, al encontrar otro corazón herido, como el suyo, por el
anatema de pobreza.
-79-
A esta idea unió Martín la de su amor, para imaginarse que tal vez Edelmira amaba,
como él, sin consuelo.
-No comprendo -le dijo- el desaliento con que usted se expresa, al pensar en que usted es
joven y bella. No crea usted que sea ésta una lisonja -añadió, viendo que Edelmira bajaba
la vista con tristeza-; mi observación nace de la probabilidad con que puedo pensar que
usted debe haber sido amada y haya tal vez podido ser feliz.
-A nosotras -contestó Edelmira con tristeza- no se nos ama como a las ricas; tal vez las
personas en quienes tenemos la locura de fijarnos son las que más nos ofendan con su amor
y nos hagan conocer la desgracia de no poder contentarnos con lo que nos rodea.
-¿De modo que usted no cree poder hallar un corazón que comprenda el suyo?
-Puede ser, mas nunca encontraré uno que me ame bastante para olvidar la posición que
ocupo en la sociedad.
-Siento no poseer aún la confianza de usted para combatir esa idea -dijo Rivas.
-Y yo le hablo con esta franqueza -repuso ella- porque ya su amigo me había hablado de
usted, y porque usted ha justificado en parte lo que él dice.
-¡Cómo!
-Porque usted ha hablado sin hacerme la corte, lo que casi todos los jóvenes hacen cuando
quieren pasar el tiempo con nosotras.
Varios de los concurrentes trataron de hacer bailar zamacueca a Rivas con Edelmira, a lo
que ambos se negaron con obstinación. Mas no habrían podido libertarse de las exigencias
que les rodeaban si Rafael no hubiese socorrido a su amigo, asegurando que jamás había
bailado.
-80-
- XIV -
Entretanto, la animación iba cobrando por momentos mayores proporciones, y los vapores
espirituosos de la mistela, apoderándose del cerebro de los bebedores en grado visible y
alarmante. Cada cual, como en casos tales acontece, elevaba su voz para hacerla oír sobre
las otras, y los que al principio se mostraban callados y circunspectos, desplegaron poco a
poco una locuacidad que sólo se detenía en algunas palabras a causa del entorpecimiento
comunicado a las lenguas por el licor.
Un arpa se había agregado a la guitarra y hecho desdeñar el uso del piano como superfluo.
Tocaban de concierto aquellos dos instrumentos, y a la voz nasal de la cantora, que a dúo
se elevaba con la de Amador, se tenía el coro de animadas voces con que los demás
trataban de entonar su acompañamiento con el estribillo de una tonada; todo lo cual hacía
levantar de cuando en cuando la cabeza a doña Bernarda y exclamar para restablecer el
orden:
-¡Adiós, ya se volvió merienda de negros!
-Y si usted no le quiere -decía el oficial a Edelmira-, ¿por qué deja que le hable al oído?
-¡Mi corazón es todo a usted -decía en otro punto Agustín-, yo se lo doy todo entero!
-81-
Te llevo en mi corazón;
Y todos los que por ambas piezas vagaban con vaso en mano, repetían con descompasadas
voces:
No permite otro el amor.
Mientras hacía estas reflexiones, Rafael llamaba a los concurrentes al patio y prendía allí
voladores, que, al estallar por los aires, arrancaban frenéticos aplausos y vivas
prolongados a doña Bernarda, dueña del Santo.
-¿Y qué estaban pensando, pues? -replicó el hijo de doña Bernarda-; aquí se hacen las cosas
en regla.
La bulliciosa gente invadió una pequeña pieza blanqueada, en la que se había preparado
una mesa. Cada cual buscó colocación al lado de la dama de su preferencia, y atrás de ellas
quedaron de pie los que no encontraron asiento alrededor de la mesa.
-Hijitos -exclamó doña Bernarda-, aquí el que no tenga trinche se bota a pie y se rasca con
sus uñas.
Esta advertencia preliminar fue celebrada con nuevos aplausos y dio la señal del ataque a
las viandas, que todos emprendieron con denuedo.
Frente a doña Bernarda, que ocupaba la cabecera de la mesa, ostentaba su cuero dorado
por el calor del horno el pavo, que figura como un bocado clásico en la cena de Chile,
cualquiera que sea la condición del que la ofrece. El pescado frito y la ensalada daban a la
mesa su valor característico y lucían junto al chancho arrollado y a una -82- fuente de
aceitunas, que doña Bernarda contaba a sus convidados haber recibido por la mañana de
parte de una prima suya, monja de las Agustinas. Para facilitar la digestión de tan
nutritivos alimentos, se habían puesto algunos jarros de la famosa cosecha baya de García
Pica y una sopera de ponche, en la que cada convidado tenía derecho de llenar su vaso, con
la condición de no mojar en el líquido los dedos, según la prevención hecha por Amador al
llenar el suyo y apurarlo entero para dar su opinión sobre su sabor.
Los galanes iniciaron con las niñas una serie de atenciones y finezas olvidadas en los
mejores textos de urbanidad. Un joven ofrecía a la que cortejaba la parte del pavo donde
nacen las plumas de la cola, y al pasar esta presa clavada en el tenedor, lanzaba un
requiebro en que figuraba su corazón atravesado por la saeta de Cupido. El oficial de
policía se negaba a beber en otro vaso que el que los labios de Edelmira habían tocado, y
Amador amenazaba destruirse para siempre la salud bebiendo grandes vasos de chicha a
la de una joven que tenía al lado. Agustín, al mismo tiempo, habiendo agotado ya su
elocuencia amatoria con Adelaida, refería sus recuerdos sobre las cenas de París y hablaba
de la suprema de volalla, engullendo un supremo trozo de chancho arrollado.
Los pocos que quedaban en pie, sin embargo, no daban por terminada la fiesta, y
mantenían escondida la llave de la puerta de calle para no dejar salir a Rivas y a San Luis,
que querían retirarse. Allí tuvo lugar, como escena final, una discusión de un cuarto de
hora, en la que tomaron parte todas las personas que querían salir y los obstinados en
prolongar la diversión. Por fin, los ruegos de doña Bernarda hicieron desistir de su
propósito a los que guardaban la puerta, que dio paso a los concurrentes que habían
quedado con fuerzas para trasladarse a sus habitaciones por sus propios pies.
Doña Bernarda y sus hijas volvieron al campo donde yacía por tierra el oficial y otro de
los convidados, a los que se les cubrió con frazadas. El joven heredero de don Dámaso
Encina dormía profundamente en la cama de Amador, adonde le habían llevado sin
sentido.
Doña Bernarda se retiró con sus hijas a una pieza que servía a las tres de dormitorio.
Apenas se hallaron en ella, apareció Amador, que, más aguerrido que los demás en esta
clase de campañas, había recobrado un tanto sus sentidos.
-Vaya, hermana -dijo a Adelaida-, ya creo que el mocito está enamorado hasta las patas.
-¡Y esta otra tonta -dijo doña Bernarda, señalando a Edelmira- que se lleva haciendo la
dengosa con el oficialito! Podía aprender de su hermana.
-84-
-¿Y qué, estáis pensando que yo te voy a mantener toda la vida? Las niñas se deben casar.
-Mirá, el oficialito tiene buen sueldo, y el sargento, que es pariente de la criada, me dijo
que lo iban a ascender.
-No todas encuentran marqueses, como ésta -repuso Amador, dirigiendo la vista hacia
Adelaida.
-Pero cuidado pues -exclamó la madre-, andarse con tiento; estos hijos de rico sólo quieren
embromar. Adelaida, la que pestañea, pierde.
-Si no habla de casamiento, allí está Amador para echarlo de aquí -contestó Adelaida.
Con esto se dieron las buenas noches, encargando la dueña de casa que despertasen
temprano a los inválidos de la fiesta, para que pudieran irse antes de que ellas saliesen a
misa.
Mientras tanto, Agustín roncaba como su estado de embriaguez lo exigía, sin saber los
caritativos proyectos de sus huéspedes para acogerlo en el seno de la familia.
- XV -
Rafael y Martín llegaron a casa del primero poco tiempo después de salir de la de doña
Bernarda.
Era ya cerca de las tres de la mañana cuando los jóvenes llegaron a la casa de la calle de la
Ceniza que ocupaba San Luis.
-Ya es muy tarde para que te vayas -dijo éste a Rivas-, y mejor me parece que te quedes
conmigo. Agustín no se encuentra en estado de moverse, de modo que nadie entrará y no
notarán tu ausencia.
-85-
Al decir estas palabras encendía Rafael dos luces y presentaba a Rivas una poltrona.
-Te vi un momento conversar con Edelmira. Es una pobre muchacha desgraciada, porque se
avergüenza de los suyos y aspira a gentes que la valgan, a lo menos por el lado del corazón.
-Lo que he adivinado de sus sentimientos en la corta conversación que tuvimos me inspiró
lástima -dijo Martín-. ¡Pobre muchacha!
-¿La compadeces?
-Es verdad, pero ¡qué hacer! Será un corazón más que se queme por acercarse a la luz de la
felicidad -dijo Rafael suspirando.
-Es la historia de las mariposas, Martín, las que no mueren, conservan para siempre las
señales del fuego que les quemó las alas. ¡Vaya, parece que estoy poetizando, es el licor
que habla!
-Sigue -díjole Rivas, a quien, por el estado de su alma, cuadraba el acento triste con que
San Luis había pronunciado aquellas palabras.
-Esa maldita mistela me ha puesto la cabeza como fuego. Tomemos té y conversemos; los
vapores del licor desatan la lengua y ponen expansivo el corazón.
Encendió un anafe con espíritu de vino, y un cigarro en el papel con que acababa de
comunicar la luz al licor.
-Es cierto.
-¿Cuál?
-Tomas la vida muy temprano por el lado serio.
-¿Por qué?
-Tienes razón.
-86-
-A ver, hagamos una cuenta, porque en todo es preciso calcular: ¿en qué proporción
aprecias tus esperanzas?
-¿Esperanzas de qué?
Rivas le miró con asombro, porque creía que amar sin esperanzas era la mayor desgracia
imaginable.
-Es decir -prosiguió San Luis-, que ni una ojeada, ni una de esas señales casi imperceptibles
con que las mujeres hablan al corazón.
-No, ninguna.
-¡Tanto mejor!
-Sí, es lindísima.
-Entonces, no te comprendo.
-Es una suposición. Me confesarás que un amor correspondido tiene mil veces más
fuerzas para aferrarse al corazón que el que vive de suspiros y sin esperanza. Está dicho:
ella te ama. Has conquistado el mundo entero, y para afianzar la conquista quieres casarte
con ella. Ésta es la vida, y tú bendices al cielo hasta el momento en que vas a pedirla a los
padres. Tu amor y el de tu ángel, que te eleva a tus propios ojos a la altura de un semidiós,
te han hecho olvidar que eres pobre, y la realidad, bajo la forma de los padres, te pone el
dedo en la llaga. ¡Estás leproso y te arrojan de la casa como un perro! Esta historia,
querido, no pierde su desgarradora verdad por repetirse todos los días en lo que llamamos
sociedades civilizadas. ¿Quieres ser el héroe de ella?
Martín vio que San Luis se había ido exaltando hasta concluir aquellas palabras con una
risa sofocada y trabajosa.
-¡Pobre Martín! -repuso San Luis, preparando el té-. Créeme, tengo experiencia en mis
cortos años, y te lo -87- voy a probar con mi propia historia. A nadie he hablado de ella;
pero en este momento su recuerdo me ahoga y quiero confiártela para que te sirva de
lección. Te he estudiado desde que te conozco, y si busqué tu amistad fue porque eres
bueno y noble. ¡No quisiera verte desgraciado!
-Gracias -contestó Martín-, a tu amistad debo la poca alegría que he tenido en Santiago.
San Luis sirvió dos tazas de té, aproximó una pequeña mesa junto a Rivas y se colocó a su
frente.
-Óyeme, pues -le dijo-. No es una novela estupenda lo que voy a contarte. Es la historia
de mi corazón. Si no te hallases enamorado, me guardaría bien de referírtela, porque no la
comprenderías a pesar de su sencillez. Me veo obligado a empezar, como dicen, por el
principio, porque jamás nada te he dicho de mi vida. Mi madre murió cuando yo sólo
tenía seis años; el sueño me trae a veces su imagen, divinizada por un cariño de huérfano;
pero despierto, apenas recuerdo su fisonomía. Me crié de interno en un colegio, al que mi
padre venía a verme con frecuencia. ¡Pasó la infancia, llevándose su alegría inocente, y
vino la pubertad! Yo había sido un niño puro y continué siéndolo cuando la reflexión
comenzó a tener parte en mis acciones. A los diez y ocho años me gustaba la poesía, y
rimé con ese calor en el pecho de que habla Descartes cuando describe el amor. A esa
edad conocí a la dueña de ese retrato.
Martín miró el daguerrotipo que Rafael le presentaba. Era el mismo que había llamado su
atención algunas horas antes.
-Ese amor -continuó Rafael- llenó mi corazón y me puso a cubierto de los desarreglos a
que el despertar de las pasiones arroja a la juventud. Amé a Matilde dos años sin decírselo.
Nuestros corazones hablaron mucho tiempo antes que nuestras lenguas. A los veinte años
supe -88- que ella me amaba también hacía dos. Me encontré, pues, en esa situación que
califiqué hace poco diciéndote que habías conquistado el mundo; ese mundo, para un joven
de veinte años, lo presenta con todas sus glorias el corazón de una mujer amante.
Rafael hizo una pausa para encender su cigarro, que había dejado apagarse.
-Hasta aquí eres muy feliz -dijo Rivas, que pensaba que la dicha de ser amado una vez sería
bastante para quitar el acíbar de todas las desgracias ulteriores.
-Viví hasta los veintidós años en un mundo rosado -continuó San Luis-. Los padres de
Matilde me acariciaban porque el mío era rico y especulaba en grande escala. Ella,
siempre tierna, me hacía bendecir la vida. Era, como acabas de decirlo, muy feliz. Los más
lindos días de primavera se nublan de repente, y Matilde y yo nos encontrábamos en la
estación florida de la existencia. Tuve un rival: joven, rico y buen mozo. El mundo de
color de rosa tomaba a veces un tinte gris que me hacía sufrir de los nervios, y luego mi
almohada me guardaba para la noche visiones que oprimían mi corazón. Después de
luchar con los celos por algún tiempo, mi orgullo transigió con mi amor; ¡tenía celos! No
hay dignidad delante de una pasión verdadera, y la mía lo era tanto, que vivirá cuanto yo
viva. Matilde me descubrió una parte del cielo, jurándome que jamás había dejado de
amarme, y yo vi cambiarse mi amor en una pasión sin límites cuando creí reconquistar su
corazón. Los nublados se despejan y vuelven. Así vi lucir el sol y ocultarse otra vez tras
nuevas dudas.
En esta batalla pasó un año.
»Mi padre me llamó un día a su cuarto y al entrar se arrojó en mis brazos. Mis propias
preocupaciones me habían impedido ver que su rostro estaba marchito y desencajado hacía
tiempo. Sus primeras palabras fueron éstas:
»-Pago mis deudas -me dijo-, y sólo nos queda con qué vivir pobremente.
»-Y así viviremos -le contesté con cariño-. ¿Por qué se aflige usted? Yo trabajaré.
-89-
»Explicarte la ruina de mi padre sería referirte una historia que se repite todos los días en
el comercio: buques perdidos con grandes cargamentos, trigo malbaratado en California,
¡esa mina de pocos y ruina de tantos! En fin, los mil percances de las especulaciones
mercantiles. Aquella noticia me entristeció por mi padre. Para mí fue como hablar al
emperador de la China de la muerte de uno de sus súbditos. ¡Yo poseía sesenta millones de
felicidad, porque Matilde me amaba! ¿Qué podría importarme la pérdida de quinientos o
seiscientos mil pesos?
-Todavía. Seguí visitando en casa de Matilde, hablando de amor con ella y de letras con su
madre. Tú sabes que el amor tiene una venda en los ojos. Esta venda me impedía ver la
frialdad con que don Fidel reemplazó de repente las atenciones que me prodigaba. Una
noche llegué a casa de Matilde y encontré sólo en el salón a don Dámaso, tu protector. No
sé por qué sentí helarse mi sangre al recibir su saludo.
»-Me hallo encargado -me dijo- de una comisión desagradable, y que espero que usted
acogerá con la moderación de un caballero.
»-Señor -le contesté-, puede usted hablar, en el colegio recibí las lecciones de urbanidad de
que necesito, y no es menester que me las recuerden.
»-Usted no ignora -repuso don Dámaso- que la situación de una niña soltera es siempre
delicada, y que sus padres se hallan en el deber de alejar de ella todo lo que pueda
comprometerla. Mi cuñado Elías ha sabido que la sociedad se ocupa mucho de las repetidas
visitas de usted a su casa, y que teme que la reputación de Matilde pueda sufrir con esto.
»La punta del puñal había entrado en medio de mi pecho, y sentí un dolor que estuvo a
punto de privarme del conocimiento.
»-Le ruega que suspenda sus visitas -me contestó don Dámaso.
-90-
»Mi bravata sobre la urbanidad resultó ser completamente falsa, porque, ciego de cólera,
me arrojé sobre don Dámaso y le tomé de la garganta. Aquí debo advertirte que un amigo
me había referido que este caballero, acosado por Adriano, el otro pretendiente de Matilde,
para el pago de una gran cantidad, cuyo importe le perjudicaba cubrir, había obtenido un
plazo, comprometiéndose a conseguir con su cuñado la mano de Matilde para su acreedor.
Me había negado antes a creerlo, pero mis dudas a este respecto se desvanecieron cuando le
vi encargado de arrojarme de casa de don Fidel, y la rabia me hizo olvidar toda
moderación.
»Al ver enrojecerse el semblante de don Dámaso bajo la furiosa presión de mis dedos en su
garganta y espantado por la sofocación de su voz, le solté arrojándole contra un sofá y salí
desesperado de la casa.
»En la mía hallé a mi padre en cama tomando un sudorífico. Mi tía Clara, con la que vivo
aquí, se hallaba a su lado, y sólo se despidió cuando le vio dormirse. Yo me senté a la
cabecera de su cama y velé allí toda la noche.
»Hubo momentos en que quise leer, pero me fue imposible; el dolor me ahogaba, y mis
ojos hacían vanos esfuerzos para hacerse cargo de las palabras del libro, porque en mi
imaginación ardía un volcán. En dos horas sufrí un martirio imposible de describir. La
respiración trabajosa de mi padre, en vez de inspirarme algún cuidado, me parecía la de
don Dámaso, a quien castigaba por la noticia terrible con que tronchaba para siempre mi
felicidad. Al fin, mi padre principió a toser con tal fuerza, que el dolor se suspendió de mi
pecho para dar lugar al temor de la enfermedad. Al día siguiente, el médico declaró que mi
padre se hallaba atacado de una fuerte pulmonía. La violencia del mal era tan grande que
en
tres días le arrebató la vida. Yo no me separé un momento de su lecho, velando con mi tía,
que vino a vivir en la casa. En el día nos acompañaba también otro hermano de mi padre,
que entonces era pobre y se ha enriquecido después. ¡Mi pobre padre expiró en mis brazos
bendiciéndome! ¡Ya ves que tuve necesidad de una fuerza sobrehumana para resistir a
tanto dolor!
-91-
»Cuando después de un mes salí a pagar algunas visitas de pésame, supe que Matilde y
Adriano debían casarse pronto. El mundo rosado se cambió en sombrío para mí desde
entonces. ¿Sufrir lo que he sufrido, sin contar con la muerte de mi padre, no te parece
demasiado?
-Por eso te decía que tu mal no es irreparable, puesto que no eres amado; todavía puedes
olvidar.
-Fue lo que me sucedió -dijo Rafael-. Después de un año de pesares renegué de mi virtud y
quise hacerme libertino. La desesperación me arrojaba a los abismos del desenfreno, en
cuyo fondo me figuraba encontrar el olvido. Emprendí la realización de este nuevo
designio con esa amargura, que no carece de aliciente, del que se venga de la desgracia
cometiendo alguna mala acción contra sí mismo. Parecíame que el sacrificio de alguna niña
pobre no era nada comparado con las torturas que mi abandono me imponía. Desde
entonces descuidé mis estudios, que había cursado con ejemplar aplicación, para casarme
con Matilde al recibir mi título de abogado. En lugar de asistir a las clases, frecuenté los
cafés y maté horas enteras tratando de aficionarme al billar. Allí contraje amistad con
algunos jóvenes de esos que gritan a los sirvientes y hacen oír su voz cual si quisieran
ocupar a todos de lo que dicen.
»Mi reputación de tunante principiaba a cimentarse, sin que hubiese perdido ni la virtud ni
el punzante recuerdo de mis amores perdidos, cuando, paseándome una tarde de procesión
del Señor de Mayo por la Plaza de Armas con uno de mis nuevos amigos, llamó mi
atención un grupo de tres mujeres, de ese tipo especial que parece mostrarse con
preferencia en las procesiones. Una de ellas entrada en años, jóvenes y bellas las otras
dos. Había en ellas ese no sé qué con que distingue un buen -92- santiaguino a la gente de
medio pelo.
»-Cómo no, en casa de ellas hemos tenido magníficos picholeos -me respondió.
»Adelaida sobre todo llamó mi atención por la gracia particular de su belleza. Sus labios
frescos y rosados me prometían de antemano el olvido de mis pesares. Sus ojos de mirar
ardiente y decidido, sus negras y acentuadas cejas, el negro pelo que alcanzaba a ver fuera
del mantón, su gallarda estatura, me ofrecieron una conquista digna de mis nuevos
propósitos. Fiado en mi buena cara y en la osadía que juré desplegar en mi calidad de
calavera, híceme presentar en la casa y hablé de amor a Adelaida desde la primera visita.
»-No miré la procesión ni a las bellezas que había en la plaza por verla a usted -dije poco
después de hallarme a su lado.
»Este cumplido de mala ley no pareció disgustarla; mi introductor en la casa había dicho
que yo era rico y esto me rodeaba de una aureola que en todas partes fascina. En la noche,
al acostarme, mis ojos buscaron el retrato de Matilde. Su frente pura y su mirada tranquila
me hicieron avergonzarme del género de vida que quería adoptar; pero los celos tuvieron
más imperio que aquella recriminación de la conciencia. Seguí visitando en casa de
Adelaida y aparenté una alegría loca en las diversiones para perder la memoria. Hay gentes
que se niegan a creer que una pasión desgraciada pueda desesperar a un joven en pleno
siglo XIX, sin pensar que el corazón de la humanidad no puede envejecerse. Yo he
cargado con el sentimiento de mi desdicha en medio del bullicio de la orgía y he oído la
voz de Matilde en los juramentos de Adelaida, porque al cabo de un mes ella me amaba.
Muchas veces quise retroceder ante la villanía de mi conducta; pero cedí a la fatal
aberración que hace divisar la venganza de los engaños de una mujer en el sacrificio de
otra.
-93-
»Además, la desgracia, Martín, destruye la pureza de los sentimientos nobles del alma; y
de todos los desengaños que buscan el olvido en una existencia desordenada, los de amor
son los primeros. ¡Ah, en ese pacto solemne de dos corazones que cambian su ser para
vivir de la existencia de otro, el que traiciona no sabe que al retirarse priva de su atmósfera
vital al que deja abandonado! Yo debí también hacerme esa reflexión antes de perder a
Adelaida; pero la desesperación me había cegado. Las pocas personas que conocía me
contaban con bárbara prolijidad los detalles de la próxima unión de Matilde con Adriano.
Una señora, antigua amiga de mi familia, me ponderaba la felicidad de Matilde,
diciéndome que le habían regalado tres mil pesos en alhajas. Después de todo, yo estoy
muy lejos de tener la virtud de José, y me creía con derecho a pisotear la moral, ya que el
destino había pisoteado con tanta crueldad mi corazón.
»Muy poco tiempo bastó para convencerme de que el único medio de hacer frente a la
desgracia es la resignación, porque me vi luego más infeliz que antes. La vida impura de
un seductor sin conciencia me hizo avergonzarme ante la mía, y los placeres ilícitos en que
me había lanzado, lejos de curarme de mi mal, me dieron la conciencia de mi bajeza,
haciéndome considerar indigno del amor de Matilde, al que siempre aspiré después de
perdida la esperanza. Hace pocos meses, mis obligaciones con la familia de esa muchacha
se hicieron más serias, porque tenía un hijo. Desde entonces empleé todos mis recursos
pecuniarios en mejorar la condición material de la familia de doña Bernarda y formé la
resolución de cortar las relaciones con Adelaida. Ella recibió esta declaración con una
frialdad admirable. Su corazón, al que siempre noté cierta dureza, pareció quedar
impasible a lo que yo decía, y cuando concluí de hablar no me dio una sola queja.
»Desde ese día me ha tratado como si jamás una palabra de amor hubiese mediado entre
nosotros. ¿Me ama todavía o me odia? No lo sé.
»Ahora me preguntarás por qué te he llevado a esa casa y si no he pensado en que podía
sucederte lo mismo que a mí.
-94-
-Tienes razón y me has juzgado bien -contestó Martín-; para mí, ¡Leonor o nada! Yo no
tengo derecho de quejarme, porque ella nada ha hecho para inspirarme amor. Pero
hablemos del tuyo. ¿Qué dirías si yo te volviese el amor de Matilde?
San Luis dejó caer la frente sobre los brazos, que apoyó en la mesa.
-Es imposible -murmuró-. Su novio ha muerto, es verdad, pero yo soy siempre pobre.
Levantose después de decir estas palabras y empleó algunos momentos en preparar una
cama sobre un sofá.
Así acontecía en casa de don Dámaso Encina, en donde se encontraban reunidas las
personas que de costumbre frecuentaban la tertulia. Era la noche del 21 de agosto y la
conversación rodaba sobre los rumores propalados -95- desde la víspera sobre que
Santiago sería declarado en estado de sitio.
-El Gobierno debía tomar esta medida cuanto antes -dijo don Fidel Elías, el padre de
Matilde.
-Francisca -contestó exaltado don Fidel-, ¿hasta cuándo te repetiré, hija, que las mujeres no
entienden de política?
-Me parece que la de Chile no es tan obscura para que no pueda entenderla -replicó la
señora.
-Vea, comadre -le dijo don Simón, que era padrino de Matilde-, mi compadre tiene razón:
usted no puede entender lo que es estado de sitio, porque es necesario para eso haber
estudiado la Constitución.
-Por supuesto -repuso don Fidel-, y la Constitución es la carta fundamental, de modo que
sin ella no puede haber razón de fundamento.
Don Dámaso, mientras tanto, no se atrevía a salir en defensa de su hermana, porque sus
amigos le habían hecho inclinarse al Gobierno con el temor de una revolución.
-Tú podías defenderme -le dijo doña Francisca-; ¡ah!, bien dice Jorge Sand que la mujer es
una esclava.
-Don Jorge Sand puede decir lo que le parezca -repuso don Fidel, consultando la
aprobación de su compadre-; pero lo cierto del caso es que, sin estado de sitio, los liberales
se nos vienen encima. ¿No es así, compadre?
-Parece, por lo que ustedes les temen -exclamó doña Francisca-, que esos pobres liberales
fueran como los bárbaros del Norte de la Edad Media.
-Peores son que las siete plagas de Egipto -dijo con tono doctoral don Simón.
-Yo no sé a la verdad lo que temería más -exclamó -96- don Fidel-, si a los liberales o a
los bárbaros araucanos, porque la Francisca se está equivocando cuando dice que son del
Norte.
-He dicho que son los bárbaros de la Edad Media -replicó la señora, enfadada con la
petulante ignorancia de su marido.
-No, no -dijo don Fidel-, yo no hablo de edades, y entre los araucanos habrá viejos y
niños como entre los liberales; pero todos son buenos pillos; y si yo fuese Gobierno les
plantaría el estado de sitio.
-El estado de sitio es la base de la tranquilidad doméstica, amigo don Dámaso -dijo don
Simón, viendo que el dueño de casa no se decidía francamente.
-Eso sí, yo estoy por los gobiernos que nos aseguren la tranquilidad -dijo don Dámaso.
-Pero, señor -exclamó Clemente Valencia, mordiendo su bastón de puño dorado-, nos
quieren dar la tranquilidad a palos.
-Así debe ser -replicó Emilio Mendoza, que, como dijimos, pertenecía a los autoritarios-:
es preciso que el Gobierno se muestre enérgico.
-Pero yo creo que la Constitución no habla de palos -observó doña Francisca, que no
podía resistir a la tentación de replicar a su marido.
-Pero, compadre -dijo don Simón interrumpiéndole-, la Constitución tiene sus leyes
suplementarias, y una de ellas es la ordenanza militar, y la ordenanza habla de
palos.
-¿No ves? ¿Qué te decía yo? -repuso don Fidel-. ¿Has leído la ordenanza?
-Todo conato de oposición a la autoridad -dijo en tono dogmático don Simón- debe ser
considerado como delito militar; porque para resistir a la autoridad tienen necesidad -97-
de armas, y en este caso los que resisten están constituidos en militares.
-Así es, hija, ya están principiando los calores -contestó doña Engracia, que, como antes
dijimos, padecía de sofocaciones.
-Digo que estas disputas acaloran -replicó doña Francisca, maldiciendo en su interior
contra la estupidez de su cuñada.
-Y yo, pues, hija -añadió ésta-, que sin disputar paso el día con la cabeza caliente y los pies
como nieve.
Ésta se había retirado con Matilde a un rincón de la pieza cuando Martín dejaba su
sombrero en la vecina, llamada dormitorio en nuestro lenguaje familiar.
-No diga usted nada de lo de anoche -le dijo, antes que Martín entrase al salón-, en casa no
saben que no nos recogimos.
-Esta noche veré si puedo vencer su discreción para que me dé más noticias de Rafael.
Una circunstancia muy natural vino a favorecer pronto el proyecto de Leonor, porque un
criado entró trayendo unos cortes de vestido que doña Engracia había mandado buscar a
una tienda. A la vista de los vestidos, doña Francisca perdió su mal humor y dejó de pensar
en política, para entrar con su cuñada en una larga disertación de modas, mientras que don
Dámaso y sus amigos discutían con calor sobre los destinos de la patria con esa
argumentación de gran número de los políticos chilenos, y de la cual llevamos apuntadas
algunas muestras. Además, Agustín, cansado de la política, se sentó al lado de Matilde
para
hablarle de París, y los otros jóvenes siguieron la discusión, -98- porque no se atrevieron
a atravesar la sala para ir a mezclarse en el grupo de las niñas.
Al anunciar Leonor a su prima que hablaría con Rivas, no solamente lo hacía para explicar
a ésta lo que iba a hacer, sino que buscaba también algo que la disculpase a sus propios
ojos de lo que su conciencia calificaba de debilidad.
Martín buscó los ojos de Leonor y los halló fijos en él. Al dirigirse al salón de don Dámaso,
venía también, como Leonor, buscando, aunque por causa distinta, una disculpa para la
debilidad que le arrastraba a los pies de una niña que su amor revestía de divinidad. Esta
disculpa se fundaba en el deseo de servir a su amigo, dando a Leonor sobre él más amplios
informes que en su última conversación.
Vio que los ojos de la niña le ordenaban acercarse y fue a ocupar un asiento a su lado con la
reverencia de un súbdito que llega a presentarse ante su soberano.
La emoción con que Martín se había acercado turbó a pesar el pecho de Leonor, que hizo
un ligero movimiento impacientada con su corazón que aceleraba sus latidos contra los
mandatos de su voluntad.
Por fin, cuando Leonor se creyó segura de sí misma, volvió la vista hacia Rivas, poniendo
término al eterno -99- instante en que el joven juraba huir para siempre de aquella casa.
- XVII -
-Nuestra conversación de antes de ayer -le dijo- fue interrumpida por mi mamá, y yo lo
sentí mucho.
Rivas no halló nada que responder, ni tampoco cómo explicarse la última parte de la frase
de Leonor; la que, después de esperar una contestación, continuó:
-Lo sentí, porque quedé con el temor de no haberme explicado bien sobre las preguntas
que hice a usted sobre su amigo San Luis.
-Lo comprendí entonces y conozco ahora el objeto con que usted lo hacía.
-Como usted lo dice, he descubierto el fin de las preguntas que usted me hizo.
-Es verdad.
-Y ahora se decide usted a ser comunicativo -dijo Leonor con acento de reproche.
-Sólo ayer recibí esas confidencias -contestó Martín, que brillaba de alegría al verse en tan
familiar conversación con la que un día antes le desesperaba.
-100-
-Ya que usted parece enterado de todo, comprenderá que el objeto principal de mis
preguntas era averiguar un solo punto: ¿su amigo ama todavía a Matilde?
-¿De veras?
-Lo creo firmemente. El entusiasmo con que me ha hablado de sus amores, la tristeza que el
desengaño ha dejado en su alma y el desaliento con que mira el porvenir, me parecen
confirmar mi opinión.
Martín había dicho estas palabras con tanto calor como si abogase por su propia causa. Su
tono arrancó a Leonor esta observación:
La niña vio un peligro en aquella respuesta y tuvo instintivamente deseos de callar; pero su
orgullo le hizo avergonzarse de ese temor y le sugirió una pregunta que no habría dirigido
a ningún hombre en circunstancias ordinarias.
Martín no pudo ocultar la sorpresa que semejante pregunta le causaba, ni tampoco el deseo
irresistible que le arrastró a manifestar a Leonor que en el pecho de un pobre y obscuro
joven de provincia podía alentar un corazón digno del de los elegantes que siempre la
habían rodeado.
-Una persona en mi posición -dijo- no tiene derecho de estarlo; pero sí puede creer en el
amor como en una esperanza que le dé fuerza para la lucha a que la suerte le destina.
-Veo que el desencanto que usted dice sufre su amigo le ha contagiado a usted también.
-No, señorita; pero la especie de admiración con que usted me dirigió su pregunta me ha
hecho volver en mí; principio a creer, por lo poco que conozco Santiago, que aquí se
considera el amor como un pasatiempo de -101- lujo, y mal puede gastarlo aquél para
quien el tiempo es de un inmenso valor.
-Pero dicen -replicó Leonor- que nadie puede imponer leyes al corazón.
-¿De dónde nace entonces la fe que usted acaba de manifestar? Usted dice que cree en el
amor.
-Mi fe se funda en mi propio corazón; hay algo que me dice con frecuencia que no está
formado para latir únicamente por el curso regular de la sangre; que la vida tiene un lado
menos material que las especulaciones con que todos buscan el dinero; que en los paseos,
en el teatro, en las tertulias, el alma de un joven va buscando otro placer que el de mirar,
que el de oír o que el de conversaciones más o menos insípidas.
-Y ese placer, ese algo desconocido, lo llama usted amor. ¿No es así?
-Y creo que el que desconoce su existencia -replicó Martín con cierto orgullo-, o ha nacido
con una organización incompleta, o es más feliz que los demás.
-Cada cual puede considerarlo según su posición en la vida; a mí, por ejemplo, creo que me
toca considerarlo como tal.
-Luego usted está enamorado, puesto que tiene ideas tan fijas en esta materia.
Estas palabras resonaron con un tono burlón que hizo encenderse las mejillas de Rivas. Su
carácter impetuoso le hizo olvidar el temor que le sobrecogía al lado de la niña.
-Supongo -dijo- que este punto no le interesa a usted tan vivamente que desee una
contestación sincera de mi parte; pero no tengo dificultad para dársela; y puesto que me
toca considerar el amor como una desgracia, estoy resuelto a sobreponerme a su
influjo.
-Seré egoísta y nada más; no creo que haya gran mérito en seguir el camino que se juzgue
más ventajoso.
-102-
Leonor, que esperaba dominar a su antojo, se veía contrariada por la aparente humildad con
que Rivas manifestaba una energía que ella se propuso vencer. Apeló entonces a su
altanera mirada y al tono imperativo que empleaba generalmente con los hombres.
-Usted se ha separado mucho del objeto de esta conversación -dijo, acentuando estas
duras palabras para manifestar su desagrado.
-Si usted tiene algo más que preguntarme -contestó Martín, aparentando no haberse fijado
en la intención de las palabras de Leonor-, estoy pronto, señorita, a satisfacer su
curiosidad o a retirarme también si usted lo ordena.
-Hablábamos de su amigo -repuso Leonor con tono seco.
-Es que él mismo me ha enseñado que cuando deben sobrevenir desengaños es más
prudente no buscar correspondencia.
-Ésa es una prueba de que no me creo superior, como usted suponía, y manifiesto que
tengo bastante modestia para calificar mi valimiento.
-Hay modestias que se parecen mucho al orgullo, caballero -dijo Leonor-; y en tal caso, la
suya probaría todo lo contrario de lo que usted dice. No sea que entre sus lecciones su
amigo haya olvidado decirle que el orgullo debe buscar un punto de apoyo para poder
manifestarse.
No esperó la contestación del joven y abandonó su asiento sin mirarle. Por la primera vez
en su vida, se sentía Leonor humillada en una lucha que ella misma había provocado. En
lugar de los rendidos y banales galanteos de los elegantes con quienes había jugado hasta
entonces esta clase de juego de vanidad, hallaba la orgullosa sumisión de un hombre
obscuro y pobre que no quería doblar la rodilla ante la majestad de su amor propio y le
confesaba sin afectación ninguna que no aspiraba a tener la dicha de agradarla. Aquella
conversación le hacía pensar en que se había equivocado suponiendo que Rivas la amaba,
por la alegría que creyó ver en su semblante cuando le dijo que no tenía interés por Rafael
San Luis. -103- Y este desengaño, que burlaba su creencia en el supremo poder de su
belleza, irritó su vanidad, que contaba ya con un nuevo esclavo atado al carro de sus
numerosos triunfos. Al abandonar su asiento, no pensaba en entretenerse a costa de Martín,
ensayando el poder de su voluntad en la lid amorosa, sino que se prometía vengar su
desengaño inspirando un amor violento al que se jactaba de tener suficiente fuerza para
huir del dominio de la pasión.
Martín, al mismo tiempo, quedaba entregado a la tristeza que cada una de sus
conversaciones con Leonor dejaba en su alma. Persuadíase cada vez más que era el juguete
de aquella niña, que, para distraerse algunos momentos, se entretenía en burlarse del amor
que él había dejado confesar a sus ojos en su primera conversación. Apenas la vio alejarse
recorrió en la memoria cuanto había hablado, y maldijo su torpeza, que había dejado pasar
varias oportunidades de hacer ver a la niña que tenía un corazón capaz de comprenderla y
una inteligencia que ella no podría despreciar. Las últimas palabras de Leonor le dejaron
aterrado, y decían bien claro que a sus ojos ni el corazón ni la inteligencia podían tener
valor ninguno si no iban acompañados por la riqueza o un distinguido nacimiento.
De este modo, Leonor y Martín hacían votos con idéntico objeto: ella confiando en su
hermosura; él, sin esperanza, pidiendo al cielo lo que le parecía imposible.
No bien Leonor se había levantado, despidiose doña Francisca con Matilde y su marido.
Mientras Leonor arreglaba el pañuelo a su prima pudo sólo decirle estas palabras:
Matilde estrechó sus manos con un agradecimiento indecible. Nunca había regresado a su
casa más alegre y ligera.
Don Dámaso, al hallarse solo con su mujer, le manifestó -104- las ideas conservadoras a
que sus amigos le habían convertido al fin de la discusión política.
-Después de todo -le dijo-, no les falta razón a estos ministeriales; ¿qué ha hecho jamás de
bueno el partido liberal? Y no se equivocan al aconsejarme, porque en todas partes del
mundo los hombres ricos están al lado de los gobiernos, como en Inglaterra, por ejemplo:
todos los lores son ricos.
Hecha esta reflexión, se fue a acostar pensando en que con estas ideas era como más pronto
ocuparía el asiento de Senador en el Congreso de la República.
- XVIII -
Dijimos que Rafael San Luis ocupaba con una tía suya la casa de la calle de la Ceniza. Esta
tía, a quien la falta de dinero y de hermosura habían dejado soltera, concentró poco a poco
todos sus afectos en Rafael cuando le vio huérfano y abandonado de la suerte. Uniendo una
pequeña suma que poseía con ocho mil pesos que su sobrino había recibido de la
testamentaría de su padre, después de cubiertos los créditos al tiempo de su muerte, doña
Clara San Luis consagró sus desvelos a Rafael, a quien llevó a vivir a su lado. Sin más
ocupaciones que la asistencia a la misa y a las novenas de su devoción, la señora siguió
sobre el rostro de Rafael la historia de sus pesares, con la perspicacia de una persona que
se encuentra ya libre de personales preocupaciones en la vida. Sin solicitar jamás las
confidencias del joven, supo seguirle paso a paso en su desaliento, atreviéndose cuando
más a aventurar algún consejo cristiano sobre la necesidad de la resignación y de la virtud.
En los mismos días en que tenían lugar las escenas que llevamos referidas, doña Clara se
hallaba profundamente ocupada en buscar a Rafael alguna ocupación que le alejase de
Santiago, en donde veía que descuidaba sus estudios para entregarse a los pasatiempos de
ocio y de -105- disipación en que San Luis había buscado el olvido de sus pesares.
En la mañana del 21, cuando Rafael dormía aún después de referir su historia a Martín,
doña Clara salió de la casa envuelta en su mantón y se dirigió a la de su hermano don
Pedro San Luis, que vivía en una de las principales calles de Santiago.
Don Pedro, como San Luis había dicho a Rivas, era rico. Poseía no lejos de Santiago dos
haciendas que los quebrantos de su salud le habían obligado a poner en arriendo. Su
familia se componía sólo de su mujer y un hijo, llamado Demetrio, que a la sazón contaba
quince años.
Al dirigirse doña Clara a casa de su hermano, le había ocurrido una idea con la que
esperaba realizar su propósito de mejorar la suerte de su sobrino.
Don Pedro tenía un verdadero afecto por los suyos y se hallaba siempre dispuesto a
servirles.
Recibió a su hermana con cariño y la llevó a su cuarto de escritorio cuando doña Clara le
dijo que venía para hablar de asuntos importantes.
-¿Cómo está Rafael? -le preguntó cuando vio a su hermana bien acomodada sobre una
poltrona.
-Demasiado tal vez -observó don Pedro-, y es una lástima, porque es un muchacho capaz.
-¿No es verdad? Pero, hijo, su tristeza es cada vez mayor y poco a poco va descuidando
todos sus estudios.
-A fuerza de pensar -dijo doña Clara-, he visto que lo que más convendría a este muchacho
sería el alejarse de Santiago y consagrarse al campo, donde la esperanza de mejorar de
fortuna y la vida activa del trabajo le harán olvidar esa melancolía que le consume.
-Es preciso, pues, hija; este niño no tiene salud para -106- estudiar y es necesario que
vaya conociendo los fundos que han de ser suyos.
-Pues entonces, ¿por qué no lo pones a trabajar en una de tus haciendas en compañía con
Rafael?
-Bien pensado -exclamó don Pedro, a quien la idea de dejar solo a su hijo en el campo
preocupaba desde largo tiempo-. ¿Sabes si Rafael quiere salir de aquí?
-Nada le he preguntado; pero eso lo veremos después. ¿Cuándo concluye el arriendo del
Roble?
-En mayo del año entrante, y ayer he tenido aquí a don Simón Arenal, que viene a nombre
de su compadre don Fidel para que le prometa prolongar el arriendo por otros nueve años.
-¿Y...?
-Nada contesté, porque necesitaba pensar sobre si convendría enviar allí a mi Demetrio.
-Será lo mejor, si Rafael quiere abandonar su carrera de abogado, para la cual estudia.
-Yo lo aconsejaré; es preciso que acepte, porque creo que por los estudios ya no hay
esperanza.
Doña Clara volvió a su casa llena de alegría y participó sus nuevos proyectos a su sobrino.
Rafael pidió algunos días para reflexionar.
Al día siguiente, después de la clase, salió del colegio con Martín. Éste se hallaba aún bajo
las impresiones de su entrevista con Leonor.
Pensó revelar a San Luis su conversación con la niña, pero un instinto de delicadeza le
hizo desistir de esta idea, porque no se hallaba facultado por Leonor para revelarla.
San Luis le dijo, para romper el silencio en que Rivas permanecía, haciendo esta reflexión:
-¿Qué proyecto?
-Bastante.
-107-
-Entonces, acepta.
-Voy a explicarte los antecedentes, pues son ellos los que me hacen vacilar. ¿Sabes quién es
el arrendatario actual de la hacienda, y que desea continuar en el arriendo? Don Fidel, el
padre de Matilde.
-Don Fidel no ha sido siempre el hombre ministerial hasta la más porfiada intolerancia que
tú conoces -dijo Rafael-. Antes de hacerse apóstata en política, como tantos de los antiguos
pipiolos a cuyo partido pertenecía, don Fidel hacía la guerra al principio conservador, que
por desgracia durará aún muchos años en Chile. Sus principios le habían ligado
estrechamente con los de la misma comunión política en general; pero muy
particularmente con mi padre y mi tío, que, habiéndose consagrado al campo e invertido
sus ganancias en bienes raíces, no ha perdido, como mi padre en el comercio, el fruto de
largos trabajos en dos o tres especulaciones erradas. Cuando mi tío Pedro compró casa en
Santiago para venir a curarse, llovieron los empeños para el arriendo de su hacienda del
Roble. Naturalmente, la preferencia debía obtenerla el amigo y correligionario político,
don Fidel, que solicitó el arriendo. Para don Fidel el negocio era más ventajoso también
que para los demás, porque posee al lado del Roble un pequeño fundo de cien cuadras,
perfectamente regado y con buenas alfalfas, que es el pasto de que carece la hacienda de
mi tío, que, en cambio, es muy buena para siembras y para crianza. Al tiempo de reducir el
negocio a escritura, se presentó una dificultad, y fue ésta la falta de un fiador. Don Dámaso
no se había establecido aún en Santiago, y los demás amigos de don Fidel no se hallaban
en situación de prestarle ese servicio. Mi tío exigió el fiador porque el Roble había sido
comprado casi todo con el dote de su mujer, y no quería, ni aun por amistad, dejar de
revestir el arriendo de las garantías necesarias. En estas circunstancias, don Fidel recibió la
oferta de don Simón Arenal como la de un ángel salvador. Don Simón le conocía poco;
pero llevaba un fin -108- al ofrecerle su fianza con tanta generosidad, y ese fin era el de
satisfacer una ambición política.
»Don Fidel, con efecto, ejerció y ejerce aún gran influencia entre los electores del
departamento en que se encuentra su fundo, y don Simón quiso conquistar esa influencia
para hacerse elegir Diputado. Acaso me preguntarás, qué interés puede tener un hombre
rico como don Simón en ser Diputado. Ese interés se explica sabiendo que don Simón es
de familia obscura, enriquecido recientemente, y que necesita ocupar puestos honrosos
para relacionarse con la sociedad a que aspiran llegar los caballeros improvisados, que es
un tipo
bastante común entre nosotros y al que él pertenece. Desde entonces don Fidel y don
Simón estrecharon íntimamente su amistad; se hicieron compadres, se relacionó don Simón
con las mejores familias de Santiago, y don Fidel pasó, mediante aquella y otras fianzas, de
liberal a conservador, porque don Simón se había plegado desde el principio a este partido,
con la experiencia que le daban sus años para saber que en política no medra entre nosotros
el que no busca su apoyo al lado de la autoridad. Mi tío vio poco a poco que perdía un
amigo en su arrendatario, pero el contrato estaba firmado y no había lugar a ningún
reclamo. Ahora, estando para expirar el término del arriendo, don Fidel quiere continuar a
toda costa, porque han llegado días muy florecientes para la agricultura con el nuevo
mercado de California, y envía a su compadre don Simón para obtener un nuevo arriendo
de mi tío. Éste me propone el Roble con un hijo suyo, a quien, naturalmente, facilitará
capitales para la especulación.
He aquí, pues, el negocio.
-He pedido algunos días para responder -repuso San Luis-, y vas a ver mi debilidad: este
plazo lo he solicitado porque no puedo abandonar completamente la esperanza de que
Matilde me ame.
-¿Y qué ganas con esto, cuando siempre eres pobre? -preguntó Rivas, que vencía con
dificultad las tentaciones que le daban de informar a su amigo de sus sospechas vehementes
sobre este punto.
-Es cierto, soy todavía pobre -contestó San Luis-; pero si ella me amase, podría tal vez
obtener su mano cediendo -109- el arriendo a su padre, lo que para él es una cuestión
importantísima. Recomendándome de este modo a sus ojos, él y yo olvidaríamos lo
pasado; Matilde sería el lazo de unión entre las dos familias, y yo, con el apoyo de mi tío,
emprendería cualquier otro trabajo en compañía con su hijo.
Martín pensó que tal vez su última conversación con Leonor decidiría sobre la suerte de
su amigo, pues no podía suponer que las repetidas preguntas que sobre él le había hecho
la niña hubiesen sido por mera curiosidad.
-Tienes razón -dijo a San Luis-; pero en lugar de pedir un plazo indeterminado, creo que
debes exponer tu plan a tu tío y hablarle con entera franqueza. Así, este asunto se arreglará
mejor que esperando indeterminadamente.
Al dar este consejo, se proponía Martín en su interior participar a la hija de don Dámaso lo
que acontecía si ella le llamaba de nuevo para hablarle de Rafael.
- XIX -
Leonor, para cumplir la promesa que hizo a su prima, se presentó en casa de ésta a las doce
del día siguiente.
Matilde la recibió con un abrazo. Una noche de esperanza había dado a su rostro la
frescura de la alegría y a sus ojos la viveza que les transmite el corazón cuando late por
una expectativa de amor.
-Estamos solas -dijo haciendo sentarse a Leonor-, mi mamá ha salido. ¡Ya me figuraba que
no vendrías!
-Como viste, anoche llamé a Martín para preguntarle nuevas noticias sobre Rafael.
-Y muchas debe haberte dado, porque la conversación fue larga -observó Matilde risueña.
-Todas las que recibí -dijo Leonor- se resumen en lo que anoche te dije: Rafael te ama.
-110-
-Sí, pero no basta que él lo diga -exclamó Matilde, entristeciéndose-. ¿Qué puedo hacer yo?
-No, pero...
-Mas esta disculpa no vale para él -replicó Leonor-. San Luis, arrojado de tu casa, sin
recibir noticia ninguna de tu parte, tuvo sobrado motivo para creerse olvidado.
-Yo le juré mil veces que jamás le olvidaría.
-Pero ibas a casarte con otro; ¿no era esto desmentir tus juramentos?
-Mira, Matilde -dijo Leonor con tono serio-, yo creo que estos juramentos de amor son
demasiado sagrados, sobre todo si son hechos a un hombre que tus padres recibían y
festejaban. Si él empobreció después, tus juramentos no desaparecían por eso y
debiste cumplirlos.
-Ya sabes -contestó Matilde con los ojos llenos de lágrimas- que no tuve fuerza contra
la voluntad de mi padre.
-Lo sé -repuso Leonor-, y no te hago esta reflexión sino para manifestarte que si realmente
amas a San Luis, debes reparar tu falta, puesto que ya sabes que él no te ha olvidado.
-En tal caso, renuncia a su amor, puesto que no quieres dar el primer paso hacia la
reconciliación.
-Pero, hijita -le dijo Leonor con acento más suave que el que había empleado hasta
entonces, y acariciando con -111- cariño a su prima-, te afliges sin razón. Es preciso que
alguna vez tengas valor en la vida.
-Eso no -repuso con viveza Leonor-; yo tendré energía para cumplir mis juramentos si
alguna vez los hago.
-¿Cómo?
-Es verdad -dijo Leonor reflexionando-. Por las preguntas que yo le he hecho acerca de
Rafael y por las confidencias de éste, Martín ya lo sabe todo; pero supongamos que por
medio de él hagamos saber a San Luis que le amas todavía, ¿bastará esto? ¿No es necesario
que le des algunas explicaciones para sincerar tu conducta pasada?
-Tienes razón -contestó Matilde con desaliento.
-Es preciso -añadió Leonor- que midas bien, antes de dar un paso decisivo, la distancia que
te separa de Rafael. Debes pensar que una vez transmitida la noticia por medio de Rivas,
San Luis querrá verte, oír de tu boca la justificación de tu conducta, y no podrás negarte a
ello, a menos de romper con él nuevamente y para siempre, porque tendrá razón para
creerse el juguete de una burla.
-Yo le amo y tendré valor para todo si tú me ayudas -exclamó Matilde, secando el llanto
que humedecía sus mejillas y estrechando con cariño las manos de Leonor.
-¡Al fin te decides! -dijo ésta-. Con tus vacilaciones me estabas haciendo dudar de la
sinceridad de tu amor.
-¡Ah!, créemelo, Leonor, le amo sobre todo; he llorado tanto durante este tiempo, que a
veces, por volverle a ver, a oír de sus labios los juramentos que antes me hacía, me creo con
fuerzas de vencer todos mis temores.
-Yo creo que debes verle, ya que no te atreves a escribirle, y para esto Martín, como dijiste,
puede servirnos.
-¿Cuál es tu plan?
-112-
-¿Cuándo? -preguntó Matilde, sin poder ocultar la ansiedad que aquella sola idea le
causaba.
-¡Dios mío! -murmuró Matilde, a quien la emoción hacía temblar cual si estuviese ya
en presencia de Rafael-, ¡si mi papá llegase a saberlo!
-Yo me hago responsable de todo -contestó Leonor, que parecía animarse a medida que su
prima se dejaba vencer por el miedo.
Matilde la abrazó, dándole las gracias entre sollozos que no podía reprimir.
-Sí, otro interés -repuso ésta-; quiero reparar una falta de mi padre, que fue en gran parte,
como tú me has dicho varias veces, la causa de que despidiesen a Rafael de tu casa.
En esta explicación de su interés por Matilde, callaba Leonor una razón tan poderosa para
ella como la que acababa de aducir. Si bien era verdad que deseaba reparar el mal causado
por su padre, no influía poco en su determinación el deseo de distraerse, para combatir el
desconsuelo que su última conversación con Martín había dejado en su alma. Sentía tanto
más imperiosamente esta necesidad cuanto que ella misma había provocado aquella
conversación, que la dejaba un amargo desengaño al ver escapársele el triunfo que de
antemano saboreaba su orgullo. Éste era el primer golpe que recibía su amor propio y
debía naturalmente preocuparla y entristecerla. Sin renunciar a vengarse de aquella
humillación de su vanidad, experimentó un ardiente deseo de ocuparse de algo, deseo
propio de organizaciones vehementes como la suya, para quienes la reflexión y la calma es
un martirio. Esta misma vehemencia le impedía considerar las consecuencias que el plan
concertado podía tener para la reputación de su prima y para la de ella misma.
-113-
-Sabes que en la Alameda nos puede ver cualquiera persona conocida y contarlo a mi papá -
observó Matilde, tras una breve pausa.
-Es preciso, Matilde -exclamó Leonor, a quien indignaba toda señal de debilidad-, que
hagas una resolución formal de adoptar alguno de los partidos que se presentan y que para
mí están claramente trazados: renunciar al amor de Rafael, o ponerte con valor en situación
que tu padre no pueda obligarte a que aceptes el marido que a él le plazca imponerte. Lo
que acabo de aconsejarte fue suponiendo que estabas completamente decidida por Rafael;
si no es así, no des paso ninguno; pero olvídale.
-Es cierto.
-Y en todo este tiempo, ¿ha dado San Luis el menor paso para acercarse a ti?
-No, ninguno -contestó Matilde con un hondo suspiro-, por eso creí que me despreciaba.
-Y sin embargo te ama; pero parece que su resentimiento, o tal vez el temor, le impiden
buscarte. Lo que hay de cierto es que nada avanzarás esperando. Él seguirá creyendo que le
engañaste y las apariencias justificando su opinión.
-Sí.
-¡Ah!, pero yo no renunciaré jamás al amor de Rafael -exclamó Matilde-; tú tienes razón,
he sufrido mucho ya para tener derecho de buscar mi felicidad.
-En ese caso, si tienes valor, sigue adelante. Entre sufrir en silencio y tal vez despreciada, a
sufrir después de justificarte, yo prefiero lo último.
-¿Qué le dirás?
-Que mañana te pasearás conmigo por la Alameda, cerca de la pila, entre la una y las dos
de la tarde. Que él puede encontrarse allí por casualidad y acercarse a nosotras si tú le
saludas.
-Para esto es preciso que me vaya pronto -dijo Leonor-, porque debo hablar con Martín
antes que salga del escritorio de mi padre, pues en la noche puede no presentarse la ocasión
de hablarle.
Cuando se despedían las dos niñas, el coche de don Dámaso esperaba ya a la puerta por
orden que Leonor había dejado en su casa.
Diéronse un tierno abrazo, despidiéndose hasta la noche, y Leonor subió al carruaje, que
partió con velocidad.
- XX -
Mientras Leonor y el recuerdo de Rafael vencían los temores en el corazón de Matilde, don
Fidel Elías regresaba a su casa bajo el peso de la noticia que acababa de -115-
transmitirle don Simón Arenal sobre el arriendo de la hacienda del Roble.
Entró pensativo al cuarto en que su mujer se entregaba la mayor parte del día a la lectura
de sus novelistas y poetas favoritos. En aquel instante leía «El Sueño de Adán» en El
Diablo Mundo, de Espronceda, y oyó la voz de su marido cuando el héroe pide a Salada un
caballo, como lo pedía Ricardo III para reconquistar su reino. La presencia de don Fidel le
sacó de su éxtasis poético para arrastrarla a la prosa de la vida.
-Me dice mi compadre Arenal -principió diciendo don Fidel- que el arriendo del Roble no
está nada seguro.
Doña Francisca le miró sin comprender lo que oía. Además, estaba desde mucho tiempo
acostumbrada a oír y no a dar su opinión en los asuntos que su marido dirigía, por lo cual
ella sólo la daba en presencia de otros para manifestar su superioridad intelectual.
-Me acaba de decir don Simón -prosiguió él, creyendo que doña Francisca no le había oído-
que don Pedro San Luis ha dicho que tiene que reflexionar antes de comprometerse a
prolongar el arriendo de la hacienda.
-Bueno es decirlo -replicó don Fidel-, pero entretanto a mí me interesa mucho el saber una
contestación definitiva, porque, si pierdo la hacienda, me puedo arruinar.
-Ya había pensado en ello; pero lo peor es esta maldita política, que me ha privado de su
amistad cuando más la necesito.
-Ah, entonces te convences de que yo tengo razón -dijo animándose doña Francisca, al ver
una oportunidad de desquitarse de las humillaciones a que su marido la condenaba en
sociedad.
-Yo sé muy bien lo que hago y no soy niño para que me anden dando consejos -repuso con
voz agria don Fidel-. Pero dejemos la hacienda para hablar de otra cosa. ¿Te parece que
Agustín se decidirá por Matilde?
-116-
-Para contestar eso no se necesita mucha penetración -dijo impaciente don Fidel-. Yo te
pregunto, porque un hombre ocupado como yo no tiene tiempo de andarse fijando en esas
cosas que son buenas para las mujeres.
-Nada he visto que me haga pensar de otro modo -respondió doña Francisca, tomando con
impaciencia el libro que acababa de dejar sobre una mesa.
-Porque siempre estás pensando en libros y en zonceras; mientras que yo sólo me ocupo del
bienestar de la familia.
-Pero ¿cómo quieres que me ocupe por mi parte, cuando crees que nadie puede hacer las
cosas como tú?
-Y ésa es la verdad; el hombre ha nacido para dirigir los negocios; pero como yo no tengo
tiempo para todo, es preciso que tú trabajes por ese lado. Agustín es un buen partido que
no debemos dejar escaparse y yo hablaré con Dámaso sobre este negocio, puesto que yo
debo hacerlo todo en esta casa.
Doña Francisca abrió el libro y aparentó estar leyendo. Don Fidel tomó su sombrero y salió
persuadido de que sólo él era capaz de dirigir de frente varios negocios a un tiempo, porque
él calificaba entre los negocios, como la generalidad de los padres, el establecimiento de
una hija.
Doña Francisca le vio salir sin extrañarse, porque se hallaba acostumbrada a terminar de
este modo sus conversaciones con su marido.
Volvió después a «El Sueño de Adán», deplorando la falta de poesía del hombre con
quien se hallaba unida por lazos indisolubles, y esta idea la hizo suspender la lectura para
tornar su memoria a Jorge Sand, con quien se comparaba por su aversión a la coyunda
matrimonial.
El coche de don Dámaso, entretanto, llevó a Leonor con gran velocidad a su casa a pesar
del malísimo empedrado de nuestras calles, que sólo ahora ha llamado la atención de la
autoridad local.
Leonor atravesó con paso ligero el patio de su casa y llegó a la puerta del cuarto-escritorio
de su padre.
Al verla, Martín se puso de pie. Su corazón latió con violencia y el color desapareció
instantáneamente de sus mejillas.
-Permítame, señorita, permanecer de pie -contestó el joven, viendo que Leonor apoyaba
una mano sobre la mesa y se quedaba inmóvil.
-Vengo con el mismo objeto de que antes le he hablado -repuso Leonor, acentuando estas
palabras, cual si quisiese evitar a Rivas cualquiera otra explicación de aquel paso.
-Estoy a sus órdenes, señorita -respondió Martín, con el acento de orgullosa modestia que
había llamado antes la atención de la niña.
-Se trata de su amigo San Luis, de cuyas confidencias me habló usted anoche. Él nombró a
usted, por supuesto, la persona que ama.
-Es verdad.
-Pues bien, usted puede decírselo; una nueva como ésta se recibe de un amigo con doble
alegría, según me parece.
La sinceridad con que el joven pronunció aquellas palabras hizo conocer a Leonor que
Rivas poseía un corazón capaz de abrigar una amistad verdadera. Esta observación templó
un tanto el encono con que creía deber mirarle desde la noche anterior.
Parece que de vuelta a su casa Leonor había cambiado un tanto acerca del plan combinado
con su prima, porque hizo ademán de retirarse.
-118-
-Una palabra, señorita -dijo Martín-; Rafael se ha creído engañado; ¿creerá ahora lo que
voy a decirle?
-No sé, y me parece que si le interesa, él puede buscar los medios de averiguar la verdad.
Leonor salió tras estas palabras, y Rivas dejó caer su frente entre las manos, que apoyó
sobre la mesa que tenía delante.
«Está visto -se dijo con amargo desconsuelo-, me considera un poco más que a un criado;
pero mucho menos que los jóvenes que la visitan».
La amargura de aquella reflexión nacía del imperioso acento con que Leonor acababa de
hablarle y de la profunda tranquilidad que ella manifestaba en presencia de su turbación.
Continuó Rivas preocupado con estas ideas, hasta que dio fin a su trabajo de aquel día y se
retiró a su cuarto. De allí salió pocos momentos después en dirección a la casa de San Luis.
-Nunca podrás -dijo a Rafael, que le recibió con cariño- darme en tu vida una noticia como
la que te traigo.
-Matilde te ama.
-Mira, Martín -le dijo-, no te chancees con lo que para mí hay de más serio en la vida. Me
sometes en este momento a una horrible tortura, porque, sin creerte lo que con tan poca
ceremonia me dices, me figuro no obstante que hay algo de cierto en ello.
-Es muy verdadero -replicó Rivas-; respeto demasiado tu dolor para engañarte; óyeme.
Refirió entonces a San Luis sus distintas conversaciones con Leonor, y terminó por la que
acababa de tener lugar.
Rafael le estrechó entre sus brazos con una alegría imposible de describirse.
Principió a pasearse por la pieza, hablando de sus recuerdos y de sus esperanzas con una
verbosidad increíble. -119- Al cabo de un cuarto de hora, Martín conocía con sus
pormenores todas las escenas de aquel amor puro y ardiente que había llenado la vida de su
amigo, y envidiaba su felicidad.
-Me olvidaba de ti, mi buen Martín -le dijo Rafael, sentándose a su lado-; ¿y tus amores?
-No tienen historia -contestó Rivas-; su pasado, su presente y su porvenir no encierran más
que desconsuelo. Es una locura de la que debo curarme como me has aconsejado varias
veces. Ya lo ves, ella me considera bueno para darte a conocer tu felicidad.
-Vamos, ten buen ánimo; Leonor tal vez te amará algún día. El interés que demuestra por
su prima prueba que tiene un corazón noble y podrá comprenderte. Esto me reconcilia con
ella y hasta con su padre, a quien perdono el mal que me ha hecho.
-No te vayas -le dijo San Luis-. Acompáñame a comer, comeremos con mi tía. Ella se
alegrará tanto como yo de lo que sucede. Además, tengo necesidad de hablar aún contigo;
las últimas palabras que dijo Leonor me hacen pensar ahora, porque es preciso que yo vea
a Matilde, que hable con ella. ¿Me dices que Leonor te contestó...?
-¡Ya lo ves! Debo buscar un medio para ver a Matilde. A ver, tú eres ingenioso, ¿qué
harías en mi lugar?
-Las cartas me fastidian; yo quiero oír su voz, quiero decirle que la amo más que nunca.
Vamos, piensa en algo mejor que eso. Las cartas de amor o son frías o son ridículas por
afectación. Además, una carta suya me bastaría por una vez; pero es preciso que yo la vea.
-Bueno, la escribiré.
Llamaron a comer. Rafael contó a su tía, antes de entrar al comedor, la noticia que Martín
le había traído y -120- comunicó su alegría a la señora. En la mesa, San Luis despidió al
criado y dijo a su tía:
-Es preciso que usted hable con mi tío Pedro y le refiera lo que sucede. ¡Ah, yo tuve una
inspiración feliz cuando le pedí algunos días para reflexionar sobre el negocio que me
propuso!
Leonor esperaba ver a Martín en la mesa para continuar con él el plan de desdeñosa
indiferencia por medio del cual quería vengarse de las palabras con que pensaba que Rivas
había humillado su amor propio. Con la ausencia del joven, se figuró que habría ido a casa
de San Luis y le pareció indudable que asistiría en la noche a la tertulia.
Esta idea la ponía alegre, porque esperaba hacer arrepentirse a Rivas en la noche de sus
palabras de la anterior.
- XXI -
-121-
El elegante había estrechado su amistad con Martín desde la noche en que le vio en casa de
doña Bernarda.
Un principio de egoísmo, que dirige la mayor parte de las acciones humanas, imperaba en
el ánimo de Agustín al buscar la amistad de Rivas, a quien miraba con el desprecio del
elegante santiaguino por el que viste mala ropa.
«Martín podrá acompañarme a casa de las Molina y servirme mucho», se decía Agustín.
Esta idea le indujo a vencer su orgullo de poderoso hasta tratar a Rivas con cierta
familiaridad.
La expresión de servirme mucho, que Agustín había empleado al acercarse a Martín,
necesita explicarse bajo el punto de vista social en que Encina la usaba al formular su
reflexión.
Un joven visita una casa. El amor, esta estrella que guía los pasos de la juventud, le ha
dirigido allí. La falta de animación que se nota en nuestras tertulias anuda la voz en la
garganta del que tiene que confiar a los ojos la frase amorosa que el temor de ser oída por
los profanos le impide pronunciar.
Pero el amor lleva el sello de la humanidad que le rinde su culto: tiene que desarrollarse y
progresar. Las miradas que bastaron para alimentar lo que Stendhal llama «admiración
simple» no alcanzan a satisfacer las exigencias del corazón, que llega pronto a lo que el
mismo autor distingue con el nombre de «admiración tierna». Es preciso entonces oír la
voz de la mujer querida y confiarle también las dulces cuitas del alma enamorada. Mas la
conversación es general o fría en la tertulia, y no es fácil dirigir en privado la palabra a una
de las niñas.
Éste puede entretener a la mamá con una charla más o menos insípida, o a las hermanas,
que siempre tienen el oído más listo que la madre.
En este sentido pensó Agustín que Rivas podría servirle mucho en casa de doña
Bernarda, en la que la vigilancia de la madre era tanto mayor, a pesar de su afición -122-
al juego, cuanto era también mayor el peligro de la situación, siendo el galán de su hija
un mozo de familia acaudalada.
-¿Le han dicho a usted que estoy enamorado de ella? -preguntó Agustín.
-Pues, hombre, es la verdad; no hay ninguna niña de nuestros salones que me guste tanto
como Adelaida.
-¿Por qué?
-Porque ese amor puede convertirse en pasión y hacerle cometer alguna locura.
-¿Qué llama usted locura? En París todos tienen esta clase de amores.
-Llamo locura, por ejemplo, que usted llegase a querer casarse con ella.
-¡Bah, querido, usted no conoce el mundo! Todas estas chicas saben que un joven como yo
no se casa con ellas.
Martín hizo todas las reflexiones morales que le vinieron a la imaginación para combatir los
principios parisienses del elegante, quien se contentó con decirle que no conocía el mundo.
-Lo que hay de cierto es que yo la amo -dijo Agustín para terminar la amonestación de
Rivas-, y que -123- solo o acompañado por usted seguiré visitándola. Sentiré, sí, que
usted no me acompañe.
Rivas dio esta respuesta recordando la pintura que San Luis le había hecho del carácter de
Adelaida y de sus aspiraciones a casarse con algún hombre rico.
-Eso es, hombre -exclamó Agustín, contento de la respuesta-; es preciso ser complaciente
con los amigos. Además, es necesario divertirse en algo, porque esta vida de Santiago es
tan insípida. Conque ¿es convenido? Me voy a vestir y le encuentro a usted listo dentro de
media hora.
-Bueno, estaré pronto -contestó Martín, pensando también que él tenía necesidad de distraer
de algún modo su tristeza.
Martín hizo la siguiente reflexión después de la salida del hijo de don Dámaso:
«Cada vez siento aumentarse mi pasión a medida que la esperanza de ser amado se aleja.
¿No es mejor, como Rafael y Agustín, apagar en un amor fácil la sed del alma que devora
la tranquilidad del espíritu?».
Esta idea se revolvía en su imaginación mientras él se preparaba para la visita que debía
hacer con Agustín. La tendencia del amor a curar sus pesares con el principio de los
semejantes despertaba en él su orgullo, humillado ante la altanera majestad de Leonor.
En el camino tomó luego la palabra para hablar de sus amores, hasta que llegaron a casa de
doña Bernarda.
En ese momento, Leonor se había sentado al piano y tocaba con entusiasmo. Hallábase
contenta de haber manifestado a Rivas que podía encontrarse con él sin conmoverse y
deseaba su llegada para aterrarle con su desdén. No podía olvidar las palabras del joven al
confesarle su propósito de no amar. ¿No era éste un reto insolente arrojado a su hermosura
y que nadie hasta entonces se había atrevido a hacerle?
-124-
Cada ruido de pasos que se oía en el patio hacía latir con violencia su corazón; así es que
recibía con un frío saludo a las personas que llegaban. La ausencia de su prima vino a
aumentar la duración de aquella larga noche, en la que esperaba explicarle sus razones para
no haber descubierto a Rivas todo el plan acordado en el día.
Perdida ya la esperanza de ver llegar a Martín, su irritación se aumentó con aquel ligero
incidente que la privaba del placer de una victoria. Parecíale que Rivas cometía una falta
imperdonable no presentándose a recibir la insultante indiferencia con que se preparaba a
hacerle conocer el desprecio que le había inspirado su presuntuoso propósito de no amar.
Leonor creía de buena fe en aquel instante que ese propósito era usurpado contra los fueros
de su belleza, que todos debían admirar.
Don Dámaso, por su parte, sin preocuparse de la impaciencia de su hija ni del sueño en que
doña Engracia había caído, con Diamela en las faldas, se sostuvo durante toda la noche en
abierta oposición al ministerio, contra don Fidel y don Simón, que le atacaron
vigorosamente.
En presencia de doña Francisca siguió en voz alta sus reflexiones, que, girando en torno de
las probabilidades que el caso presentaba, tomaron la forma que indican las siguientes
palabras:
-La cosa sería acertar el golpe, porque si ahora me paso a la oposición, pierdo la fianza de
mi compadre, que, como ya se encuentra figurando entre la gente decente, se echará para
atrás conmigo. ¡Maldita política!
-Mira, hijo, la política, como dice no sé qué autor, es un círculo inflamado que...
-Qué círculo, mujer, ni qué autor -replicó impaciente don Fidel-; si don Pedro me firmase
un nuevo arriendo del Roble yo me reiría de todo el mundo.
Doña Francisca se contentó con levantar los ojos, como poniendo al cielo por testigo del
prosaico corazón a que había unido el suyo.
- XXII -
-Vaya, hijitos -decía doña Bernarda-, no estén hablando zonceras y vengan a echar una
manita.
Los dos amigos de Amador acudieron al llamado de la dueña de casa, que recibió a los que
llegaban en ese momento con el naipe en la mano.
-No se incomode usted, señora, por nosotros -le dijo Agustín-, continúe siempre.
-No, hijito, no es incomodidad -contestole doña Bernarda.
-Quiero decir a usted que no se moleste -replicó el joven Encina con graciosa sonrisa.
-¡Ah!, si no le había entendido al francesito de agua dulce -exclamó con alegre carcajada
doña Bernarda-. ¿Quieren ustedes echar una manita?
madre.
-126-
Adelaida y Edelmira obedecieron aquella orden, y el oficial de policía las siguió con la
palmatoria.
-Así me gustan los militares subordinados -fueron las palabras con que doña Bernarda
alabó la galantería de Ricardo Castaños, que colocó la palmatoria sobre una mesa y se
sentó al lado de Edelmira.
Agustín vio que en aquella pieza era difícil sostener una conversación animada con
Adelaida sin ser oído, y empezó a hacer alabanzas del canto de Amador.
-¡Oh, yo soy loco por el canto! -dijo al joven Molina, que tomó inmediatamente la guitarra.
Amador afinó la guitarra, mientras que Agustín entablaba su conversación, y entonó luego
algunos versos, acompañándose con la música monótona de nuestras antiguas tonadas:
Yo no me pienso matar
-Si usted me quisiese, como dice -replicó la niña-, se contentaría con mi palabra y no me
pediría más pruebas.
-Es que nunca puedo hablar con usted con libertad -repuso Agustín-, y por eso insisto en lo
que la pedía le otra noche.
-Una cita.
-127-
-Si le doy una cita, ¿quién puede perder en ella? Soy yo, ¿no es verdad?
Adelaida, al decir estas palabras, fijó en el joven una mirada penetrante. Era la primera vez
que entraba en discusión tan franca con Agustín.
Éste, confundido con semejante pregunta, vaciló un momento; pero, recurriendo luego a la
clásica moral, cuyas teorías había desarrollado a Rivas en la tarde, respondió:
-Sí, se lo juro.
Y la ligereza con que lo dijo sirvió a Adelaida para confirmar la opinión que en la anterior
respuesta le acababa de dar la incertidumbre del joven.
-¡Ah, si usted no mintiera! -exclamó con un acento de pasión que Agustín creyó sincero.
-Juro a usted que no miento -respondió el joven-; concédame usted la cita y hablaremos.
En ese momento concluía la tonada de Amador, y Adelaida le dijo con voz breve:
Agustín dio casi un salto sobre su silla; la alegría iluminó su rostro haciendo centellear sus
ojos.
-Me rinde usted el más feliz de los mortales -exclamó apagando el sonido de su voz, que se
confundió con las últimas vibraciones del canto.
-128-
-Retírese usted, porque mi madre nos mira -le dijo entre dientes Adelaida.
-A ver, francesito -le dijo doña Bernarda, que tallaba al monte-, haga una parada a la sota.
Martín, entretanto, había permanecido solo en su asiento. Por una propiedad común a los
verdaderos enamorados, hallábase aislado en medio de las personas que le rodeaban, y al
compás de las notas de la tonada de Amador, él cantaba su amor sin esperanzas, en versos
incoherentes que sólo resonaban en su imaginación.
En ese instante, Amador llamó al oficial para que le diese su voto sobre una mistela hecha
en la casa, y Ricardo Castaños no pudo negarse a tan honorífica consulta.
-No esperaba verlo tan pronto por aquí -le dijo la niña.
-Pero hablé algunos momentos con usted y ellos bastaron para darme deseos de volver.
Rivas dijo estas palabras para probar cómo serían recibidas, dominado por su idea de
buscar un consuelo en un nuevo amor.
Rivas ignoraba la significación que dan generalmente las mujeres a frases como la
última de Edelmira.
-129-
No pensó en que la admiración con que ella recibió su cumplimiento y lo que acababa de
decirle podían perfectamente interpretarse como de feliz agüero para los nuevos amores
a que aspiraba.
-Sincero en sus palabras -contestó Edelmira-, e incapaz de jugar con cosas serias.
Aquella apelación sencilla a su honradez tuvo para el alma delicada y noble de Martín toda
la fuerza de un amargo reproche. Vio al instante que iba a tomar un camino indigno de un
hombre honrado, y la historia de Rafael trajo elocuentes a su memoria los remordimientos
que su amigo le pintara en conversaciones posteriores a su primera confidencia.
-No crea usted -dijo- que haya mentido cuando le dije que el recuerdo de la conversación
que tuve con usted me daba deseos de volver; es la verdad. El modo como usted me pintó
el pesar que le causaba su posición en el mundo me inspiró una viva simpatía, porque
encontré cierta analogía con mi propia situación.
-Me gusta más que usted me hable de este modo -repuso Edelmira- que como usted había
principiado.
-Sí, lo creo, y me gustará mucho si usted, algún día, tiene bastante confianza en mí para
hablarme con la franqueza que yo lo hice la otra noche.
-Ya he principiado, puesto que le digo que encuentro analogía entre mi situación y la de
usted.
Continuaron de este modo su conversación durante largo rato. Edelmira había encontrado
en Martín el tipo del héroe que las mujeres aficionadas a la lectura de novelas se forjan en
la juventud, y cedía a un temor muy natural cuando no quería oír de su boca los galanteos
que oía diariamente de Ricardo Castaños y de los demás jóvenes que frecuentaban su casa.
Hallaba una grata satisfacción en penetrar en el alma de Rivas por medio de la expansión
de la amistad, recurso de que instintivamente hacen uso las almas sentimentales que tienen
horror innato a las formas estudiadas del lenguaje amoroso.
Martín, que había ya condenado en su conciencia la -130- idea de inspirar un amor al que
no podía corresponder, halló por su parte mucha dulzura en la amistad romántica que le
ofrecía Edelmira. En poco rato su simpatía por aquella niña ocupó un lugar considerable en
su corazón. Hallaba en ella una sensibilidad exquisita, unida a un profundo desprecio a las
gentes que se creían con derecho a su amor, cuando eran incapaces de comprender la
delicadeza de sus sentimientos. En su desconsuelo había cierto perfume de poesía, que rara
vez deja de encontrar un eco amigo en el corazón de un joven moralmente bien organizado;
así fue que Martín, cautivado por la sensibilidad que descubría en Edelmira, llegó a un
punto de su conversación en que dijo estas palabras:
Esta franca confesión, con la que Rivas se ponía en la imposibilidad de dejarse tentar de
nuevo por la idea de buscar un consuelo en el amor de Edelmira, oprimió dolorosamente el
corazón de la niña. Pareciole que le arrancaban una esperanza, que su conversación con
Martín iba revistiendo formas precisas. Al mismo tiempo, esas palabras despertaron en su
pecho lo que una media confidencia no deja nunca de despertar en una mujer: la curiosidad.
Esta contestación produjo una pausa, que fue interrumpida por Amador y el oficial, que
entraron declarando que la mistela era de primera calidad.
-Teniendo ya una amiga como usted -contestó Rivas-, no necesitaré buscar compañero.
Todos rodearon en ese momento la mesa del juego y Amador tomó el naipe que dejaba
doña Bernarda, contenta con haber ganado cien pesos.
El que perdía la mayor parte era Agustín Encina, que, entusiasmado con el buen éxito de
sus amores, desafiaba a todos los circunstantes al juego después de haber perdido, -131-
para manifestar delante de Adelaida su desprendimiento del dinero.
Amador hizo traer una botella de la nueva mistela para fomentar la animación de Agustín y
las libaciones corrieron parejas con las apuestas.
Sin duda el hijo de doña Bernarda conocía alguno de los métodos con que cierta clase de
jugadores se apoderan del dinero de los demás, con más cortesía pero no más honradez que
los salteadores de camino; porque parecía haber avasallado a la fortuna ganando cada vez
cantidades que al cabo de un cuarto de hora habían agotado el dinero de Agustín.
-Juego sobre mi palabra -exclamó éste, apurando una copita de mistela, cuando se encontró
sin plata.
-Yo la compondré -contestó con orgullo el elegante, que miraba con desprecio a tan pobres
adversarios.
Amador y otros de los que rodeaban la mesa cambiaron una mirada significativa.
Al cabo de una hora había perdido mil pesos, que en media hora más se doblaron.
Martín intervino entonces, y puso término al juego.
-Traiga usted papel y le firmaré un documento -dijo Agustín a Amador.
El documento fue otorgado por dos mil pesos. Agustín lo habría firmado por cuatro,
porque en aquel instante recibía de Adelaida una mirada de amorosa admiración.
Al salir de casa de doña Bernarda, el joven Encina, entusiasmado con su conquista y con
los vapores de la mistela, contaba, en su jerga peculiar, a Martín, la manera irresistible
que había empleado para reducir el corazón de Adelaida.
Después de la salida de las visitas, quedaron en la pieza, al lado de la mesa de juego, doña
Bernarda, Adelaida y Amador.
-132-
Cuando Amador se vio solo con su madre y su hermana mayor, cerró la puerta por la cual
acababa de pasar Edelmira.
-¡Ah, ah! -exclamó doña Bernarda-, ¿el francés de agua dulce pidió la cita?
-Estos ricos -repuso Amador- quieren andar engañando muchachas; éste lo pagará caro.
-No le dé cuidado, mamita -contestó Amador, tomando una vela para retirarse.
-¿Que soy tonta para que se me vaya a olvidar? -contestó ella-. Verís si yo sé hacer las
cosas.
En el momento en que Amador se retiraba, se oyó un ligero ruido tras la puerta que éste
había cerrado al principiar aquella conversación.
-¿Qué importa que nos oiga? -dijo Amador-. Mañana ha de saber lo que pase.
La madre pareció satisfecha con la respuesta, y dio las buenas noches a sus hijos.
- XXIII -
Rafael San Luis había pasado con tanta prontitud del profundo abatimiento en que vivía a
la felicidad, que -133- después de despedirse de Martín le parecía un sueño la inesperada
noticia que acababa de traerle su amigo.
Su primer cuidado fue el de enviar a su tía para enterar a don Pedro de sus nuevos
proyectos sobre la hacienda del Roble, con cuyo arriendo esperaba vencer las dificultades
que le separaban de Matilde, ganándose la voluntad de don Fidel Elías.
Cuando se vio en su cuarto, rodeado de sus muebles, testigos de su constante dolor, cubrió
de besos el retrato que guardaba de su querida y volvió la memoria hacia los pasados
tiempos de su dicha, no sin una triste impresión al recordar las acciones de su vida desde
que la suerte le había separado de Matilde. El remordimiento de haber sacrificado el honor
de Adelaida Molina al consuelo de sus penas habló entonces más alto en su conciencia que
en los días anteriores. La felicidad le volvió hacia la virtud así como la desesperación le
hiciera quebrantar sus leyes. Sintió con vergüenza que no iría puro, como antes, a jurar
amor a los pies de la que inmaculados le guardaba su corazón y su fe. Aquélla fue la
primera idea que vino a enturbiar la onda cristalina de su alegría y también la que le sacó
de la contemplación en que se hallaba sumergido, para hacerle sentir la necesidad de
mayores emociones que le distrajesen de su enojoso recuerdo.
Ver a Matilde y oír de su boca las tiernas protestas de su amor santamente conservado fue
lo que al momento ocupó su imaginación. Recordó con esto que la última frase de Leonor,
que Rivas le había transmitido, le abría el camino para buscar los medios de llegar hasta
Matilde. Sentose a su mesa y principió a escribir con un ardor febril. Al cabo de una hora
había roto dos cartas y escribía la siguiente, que fue la única que satisfizo su impaciencia:
«Un amigo me acaba de decir que usted me ama todavía. No puedo pintarle la felicidad
que esta noticia me trae de repente; sería preciso que usted me oyese, porque una carta no
bastaría para contener la historia de -134- los pesares que la nueva esperanza desvanece.
Si es verdad que usted me conserva ese amor, que ha sido hasta hoy mi única dicha y mi
único pensamiento querido, déjeme oírlo de su voz. Esta súplica se la haría de rodillas si
usted pudiese verme, porque si usted la desoye, creeré que me han engañado, y volver
ahora a mi largo desconsuelo sería horrible para mí».
San Luis se contentó con esta carta porque era la única que se hallaba en armonía con la
agitación de su espíritu. Las largas frases de amor que había confiado a las dos primeras le
parecieron muy frías para pintar el estado de su alma bajo la violenta emoción que le
agitaba. Después de cerrarla se dirigió a casa de don Fidel. Al llegar al umbral de aquella
puerta que había atravesado por última vez con el corazón despedazado, temblaba como en
la proximidad de un inmenso peligro.
Para entregar su carta no había imaginado otro medio que el inventado tal vez desde el
origen de la escritura. La hora favorecía sus intenciones, porque la noche había llegado ya
y el mal alumbrado de las calles le permitía acercarse a la casa sin temor de ser conocido.
En el cuarto del zaguán preguntó por una criada antigua de doña Francisca, que había
conocido durante sus visitas. Cuatro reales bastaron para que el criado que ocupaba la pieza
del zaguán se prestase a llamar a la persona por quien Rafael preguntaba, y diez minutos
después la carta se hallaba en manos de Matilde.
Llegada la hora en que don Fidel asistía con doña Francisca y su hija a casa de su cuñado,
Matilde fingió un dolor de cabeza para quedarse, temiendo que en la tertulia de don
Dámaso alguien pudiese leer en su semblante la turbación en que se hallaba después de
leer la carta de San Luis.
A las ocho de la mañana del siguiente día, Leonor salía de una iglesia envuelta en su
mantón y acompañada por una sirviente.
De la iglesia se dirigió a casa de su prima, que la recibió en la misma pieza en que habían
estado el día anterior.
-¿Estás realmente enferma, como anoche me dijeron? -135- -preguntó a Matilde, en cuyo
rostro se veía la palidez que deja ordinariamente una noche de insomnio.
-Mira esta carta -fue la contestación de Matilde, que puso en manos de su prima la que
Rafael le había dirigido.
-Está durmiendo.
Leonor echó hacia atrás el mantón que cubría su frente y empezó a leer. Después de
terminar, alzó los ojos sobre su prima. Ésta permanecía de pie, frente a ella, y en la actitud
de un culpable delante del juez.
-No habrás comprendido -le dijo Leonor- cómo San Luis te pide una entrevista después de
nuestra conversación de ayer.
Matilde, en su turbación, no se había fijado en aquella circunstancia, y sólo entonces
recordó que en su convenio con Leonor habían resuelto citar a Rafael para ese día.
-Al irme de aquí -repuso Leonor- cambié de plan. Me pareció más natural decir sólo la
mitad de él y dejar que San Luis pidiese la cita. Esta carta manifiesta que no me
engañé.
¿Has contestado?
-Tampoco -dijo Matilde-. Es verdad que tengo miedo; pero me venceré. Ahora que
Rafael me ha escrito, es imposible cambiar de determinación, porque si me negase creería
que no le amo.
-¿Qué le diré?
Leonor llegó pronto a su casa y se dirigió a las piezas que ocupaba su hermano, a una de
cuyas puertas dio tres ligeros golpes.
-136-
-¿Quién es?
-Entra, hermanita -dijo a la niña-. ¿Qué es esto tan de mañana? ¿Vienes de la iglesia?
Leonor dio una respuesta afirmativa a la última pregunta y se sentó en una poltrona de
tafilete verde que le presentó el elegante.
-Y tú, ¿cómo estás tan temprano en pie? -preguntó la niña, quitándose el mantón.
Agustín había pasado mala noche con la felicidad, que a veces desvela tanto como el pesar.
-No sé -dijo-, desperté temprano.
-Sí, me entretuve por ahí -contestó Agustín, que veía con placer una ocasión de recordar su
visita de la noche anterior.
-¡Ah!, hermanita, eres muy curiosa; se cuenta el milagro sin nombrar al santo.
-No sabía que a nuestro alojado le gustase visitar -dijo Leonor, jugando con el libro de misa
que tenía entre las manos.
-¡Oh, encantadoras!
Agustín dio esta contestación porque, si bien se hallaba con deseos de contar que era
amado, no quería, por otra parte, hacer sospechar a su hermana la baja esfera social en que
había ido a buscar sus conquistas amorosas.
-137-
-No sé precisamente; pero le he visto conversar mucho con una hermana de la mía.
Agustín dio a este posesivo toda la fatuidad que le inspiraba el recuerdo de la cita que
había obtenido de Adelaida.
La niña se quedó pensativa durante algunos momentos. Sentíase humillada por aquella
revelación.
Era claro que Rivas había mentido al contarle, con pretendida modestia, su propósito de no
amar; y que probablemente hablaba de amor con otra cuando ella le esperaba para
confundirle con su desdén. Mientras hizo estas reflexiones, le ocurrió la idea de que su
silencio podía despertar las sospechas de su hermano sobre la causa que lo motivaba, y
determinó llamar su atención sobre el asunto que la llevaba allí.
-¡Ah! -exclamó al instante de pensar esto-, se me olvidaba que tengo que pedirte un
servicio.
-Quiero que me acompañes hoy a la Alameda entre la una y las dos de la tarde.
-Dime, Agustín, ¿tú estás verdaderamente enamorado de esa niña de que acabas de
hablarme?
-138-
-Estando así, sin verla, ¿no agradecerías mucho a la persona que te proporcionase con ella
una entrevista?
-Matilde.
-¡La primita! Y éste es ¿el cuántos? Porque cuando yo estaba en Europa, supe que tenía
amores con Rafael San Luis, tú me escribiste que se iba a casar con otro y ahora quiere que
la lleven a la Alameda para ver, sin duda, a un tercero. Fichtre! ¡Excuse usted de lo poco!
-No es para ver a un tercero; Matilde no ha amado nunca más que a Rafael San Luis.
-Porque tú no has sabido que mi papá fue el que aconsejó al tío Fidel para que despidiese a
San Luis de su casa.
-Aunque lo fuese, mi padre no debió intervenir para causar la desgracia de un joven bueno.
-Es verdad.
-Y yo creo que nosotros cumplimos con un deber reparando su falta en lo que podamos.
-139-
- XXIV -
Un poco antes de la una del día, salió Leonor de su pieza al cuarto de antesala. La completa
elegancia de su traje hacía resplandecer su admirable belleza. Un vestido de popelina claro
ajustaba su talle delicado, que se divisaba al través de un ancho encaje de Chantilly que
guarnecía una manteleta bordada, de terciopelo negro. Los numerosos pliegues de la
pollera se perdían longitudinalmente hacia el suelo, realzando la majestad de su porte, y un
cuello de finos encajes de valenciennes, ajustado por un prendedor de ópalos, confundía su
blanco bordo con el blanquísimo cutis de su bien delineada garganta.
Muy distante se hallaba Leonor de figurarse que en ese momento dos ojos dirigían sobre
ella una mirada ardiente al través de la vidriera de la puerta que comunicaba la antesala con
el escritorio de su padre. Aquellos ojos eran los de Martín, que, habiendo oído cerrar la
puerta por la cual Leonor acababa de pasar, se había puesto en observación, como muchas
veces lo hacía, para ver a la niña, que a esa hora estudiaba diariamente el piano.
-140-
Tanta belleza y elegancia hacían latir el corazón del enamorado mozo con desesperada
violencia. Con la avidez de todo amante, quiso Rivas contemplar de más cerca a su ídolo e
imaginó al momento un pretexto para acercarse. Sentía una extraña fascinación que le
arrastraba en su amor a despreciar la altivez con que era tratado; era el efecto de la
misteriosa fuerza que impulsa a todo infeliz a ponderarse sus pesares, a todo criminal a
seguir en la obscura senda a que un primer delito le arroja. Martín deseaba complacerse en
su propia desgracia, sentir la opresión de su pecho ante la mirada altanera de Leonor,
comparar cerca de ella la miseria de su destino con la opulenta riqueza y hermosura de la
niña. Estas sensaciones le hicieron abrir la puerta con un ardor febril, sin explicarse lo que
hacía y cegado ya por la desesperación sobre su suerte que la vista de Leonor le infundía.
La niña volvió precipitadamente la cabeza hacia el punto en que se abría la puerta y vio
aparecer a Martín, pálido y turbado delante de ella.
-Señorita -dijo con voz tímida-, me he tomado la libertad de presentarme para decir a
usted que ayer cumplí el encargo que usted se sirvió hacerme.
-Yo esperaba haber recibido anoche esa respuesta -contestó Leonor sentándose.
-Mi hermano me hizo esta mañana ciertas confidencias -dijo Leonor, sin dar tiempo a Rivas
de hacer lo que intentaba-, que me han explicado por qué no sucedió lo que yo esperaba.
La palidez de Martín desapareció bajo un vivo encarnado al oír aquellas palabras, porque se
figuró que Agustín hubiese hablado de la casa de doña Bernarda.
-No creí, señorita -contestó-, que usted aguardase con tanta impaciencia la respuesta.
-141-
-De modo que usted ha vuelto la felicidad a su amigo -dijo Leonor-, sin aceptar por ninguna
señal exterior la disculpa del joven.
-Éste será un mal ejemplo para usted -replicó con una imperceptible sonrisa de malicia.
-Rafael ocupa una posición muy distinta de la mía -dijo Rivas con un acento tan
naturalmente melancólico que Leonor fijó en él una profunda mirada.
-Precisamente.
-¿Y usted?
-Es usted muy desconfiado -replicó Leonor, con la sonrisa que un momento antes se había
dibujado en sus labios.
-Creo que mi desconfianza podrá servirme de escudo contra mayor desgracia que la de no
ser nunca amado.
Martín pronunció estas palabras con voz tan íntimamente conmovida que Leonor, a pesar
de su imperio sobre sí misma, se puso encarnada y bajó la vista al encontrarse con la
ardiente mirada del joven.
En el instante de bajar la vista oyó la voz de su amor propio escarnecerla por su debilidad.
De modo que apenas sus dilatados párpados habían cubierto las pupilas, alzáronse de nuevo
dejando ver la arrogante mirada del orgullo ofendido.
-No debe usted arredrarse ante esa desgracia -dijo-; pocos son los hombres que no
encuentran alguna vez siquiera quien los ame. Por lo que me dijo Agustín, usted está en
camino de encontrarse pronto a cubierto de lo que tanto parece temer.
-142-
Levantose al decir esto de su asiento con la majestad de una reina, y arrojó al joven,
mirándole con aire de burla, que en nada disminuía su dignidad, estas palabras:
-Una de las niñas que ustedes visitaron anoche, dice Agustín que manifiesta afición por
usted; ya ve que puede tener más confianza en su estrella.
Y salió de la pieza llamando a una criada y dejando a Rivas sin movimiento en el punto
donde había permanecido de pie durante toda la conversación.
Las últimas palabras de Leonor y lo que había dicho después a la criada le hacían creer que
le miraba como un objeto de pasatiempo y de burla. Esta creencia arrojó en su alma una
tristeza que nubló los resplandores que todo joven divisa en el porvenir.
«Vamos -se dijo con rabia, apoyando ambas manos en la frente-, es preciso trabajar».
Y tomó la pluma con ardor desesperado, evocando el recuerdo de su pobre familia para
calmar la desesperación que le oprimía el pecho y le daba deseos de llorar como un niño.
Leonor volvió a sentarse pensativa en el sofá que había ocupado mientras hablaba con
Martín. Maquinalmente se detuvieron sus ojos en la puerta que el joven acababa de cerrar,
y parecíale verle aún, de pie, próximo a esa puerta, pálido y turbado, dirigirle con ardiente
mirada y conmovido acento aquella frase que en pocas palabras pintaba el melancólico
desconsuelo de su alma: «Amor sin esperanza». Y bajó de nuevo, por un movimiento
maquinal también, su vista; pero al levantarla otra vez no brillaban ya en sus ojos los
rayos, de su orgullo receloso y tenaz, sino la vaga expresión que pinta la alborada de una
nueva emoción en el alma.
Leonor pensó entonces, mas sin formular con precisión tal pensamiento, que en aquellas
palabras de un verdadero -143- sentimentalismo, en la elocuente mirada de los ojos
negros de Martín, en la íntima emoción que acusaba su voz, había mil veces más
atractivos que en los estudiados cumplimientos de los elegantes jóvenes que cada noche le
repetían sus hostigosos cumplidos. Aquella ligera entrevista dejaba en su ánimo una
profunda y desconocida emoción, una tristeza indefinible que borraba de su memoria la
imagen del pobre provinciano, tímido y mal vestido, para ceder su lugar al joven modesto
y sentimental, que en pocas palabras dejaba entrever un corazón capaz de grandes
sensaciones.
La llegada de Agustín vino a cortar aquellas reflexiones, sin forma fija, en que vagaba
complacida la mente de Leonor.
Salieron de la casa y llegaron poco después a la de don Fidel, donde los esperaba Matilde.
Ésta había dado también un cuidado prolijo a su traje, que bien podía rivalizar en gracia
con el de su prima. La resolución un poco violenta de que se había armado añadía cierta
gracia a su belleza, modesta hasta la timidez, y sus ojos estaban animados por una viveza
que aumentaba su brillo y su hermosura.
Pusiéronse en camino, aparentando una alegría que sólo Agustín tenía en realidad, porque
Leonor y sobre todo Matilde no podían ocultar la turbación que de ellas se apoderaba al
aproximarse a la Alameda. Al llegar al paseo de que nos enorgullecemos todos como
buenos santiaguinos, Leonor había recobrado ya su serenidad y alentaba a Matilde, a
quien el temor había hecho perder enteramente la viveza y animación que al salir de su
casa se miraba en su semblante.
-144-
La Alameda estaba desierta como lo está en días que no son festivos. El alegre sol de
primavera jugaba en las descarnadas ramas de los álamos y extendía sus dorados rayos
sobre el piso del paseo.
Las dos niñas avanzaron con Agustín hasta el punto en que se encuentra la pila. La
soledad del lugar infundió confianza a Matilde, y la conversación, que al llegar había
languidecido, recobró su animación cuando estuvieron sentados no lejos del maitén que
algún intendente amigo de los árboles nacionales hizo colocar en el óvalo de la pila como
una muestra de su predilección.
Poco rato después que se hallaban en aquel lugar, Agustín dijo al oído de Leonor:
Matilde le había divisado desde lejos y hacía poderosos esfuerzos para ocultar y reprimir
el temblor de su cuerpo.
San Luis se acercó al sofá y saludó con gracia a Leonor y a su prima primero, dando la
mano a Agustín, que le acogió con risueño semblante. Igual cortesía había mostrado al
saludar a cada una de las niñas, sin que hubiese podido distinguirse que una de ellas
ocupaba su corazón únicamente desde muchos años.
Rafael tuvo también bastante oportunidad para entablar luego una conversación, en la que
todos tomaron parte, destruyendo de este modo el natural embarazo que debía suceder al
saludo. Con esa conversación, Matilde se serenó del todo; pudo dirigir sin temblar sus
miradas a Rafael, con la ternura de un amor verdadero, que desdeña el artificio y deja
retratarse en el rostro las gratas emociones que se apoderan del alma.
Leonor dio poco después la señal de la vuelta, levantándose y apoderándose del brazo de su
hermano. Rafael ofreció el suyo a Matilde, y las dos parejas se pusieron en marcha con
lento paso.
San Luis entabló pronto la conversación con que había soñado tantas veces en sus días de
tristeza; pintó con calor sus pesares; hizo estremecerse de gozo el corazón de su querida
con la expresión apasionada de un amor que había llenado su existencia, y recibió con una
alegría -145- que le costaba reprimir las sencillas y tiernas palabras con que Matilde le
contó los dolores del sacrificio que había hecho a la voluntad paterna. Hubo en esa mutua
confidencia de dos corazones unidos por una pasión sincera y separados por la ambición,
esa expansión sin arte que desborda del pecho inundado por una felicidad completa,
palabras que contaban con una vida sin límites, miradas que brillaban con celestial
ventura.
-En fin -dijo Rafael-, todos mis pesares los borra este momento; ya veo que los más locos
sueños de la imaginación pueden realizarse. ¡Usted me ama!
Esta frase fue pronunciada cuando Matilde refería los temores que había vencido para dar la
cita.
-Ahora -añadió la niña, que en aquel momento de suprema dicha sentía en su alma un
valor decidido- mi resolución es irrevocable. He sufrido mucho para no tener en adelante
la fuerza de resistir.
Rafael contó entonces su nuevo plan y las probabilidades con que contaba para vencer
la obstinación de don Fidel. Este plan abría a los amantes el campo rosado de la
esperanza, desarrollando a sus ojos los mirajes infinitos que siempre se presentan a los
enamorados felices. Los alegres proyectos cernieron sobre ellos sus alas doradas y les
pareció que el cielo era más azul y más puro el aire en que resonaban sus palabras.
En andar tres cuadras habían empleado cerca de media hora, durante la cual Agustín
contaba a Leonor sus amores, transformando en su narración a Adelaida en la hija de una
de las principales familias de Santiago, y sin llegar a la relación de la cita, que fue
sustituida por mil pruebas de una violenta pasión, inventadas por la imaginación del
elegante.
Al terminar la cuarta cuadra, Leonor se detuvo y fue preciso separarse; Matilde y Rafael
creían no haber hablado todavía. El joven se despidió como había saludado; llevaba la
esperanza de una nueva entrevista si Leonor consentía en acompañar de nuevo a Matilde,
mientras se ponía en ejecución el plan que debía dar por resultado el consentimiento de don
Fidel Elías.
-146-
- XXV -
Nuestra narración debe en este punto retroceder hasta el día siguiente de la fiesta celebrada
en casa de doña Bernarda, para explicar las palabras que mediaron entre ésta, Adelaida y
Amador, después de la visita en que Agustín Encina había obtenido la cita.
El secreto que Rafael había revelado a Martín sobre sus amores con Adelaida Molina era
también conocido por Edelmira y Amador, a quienes esta niña lo había confiado para
ocultar a su madre el fruto de su extravío. Amador había servido de auxiliar a su
hermana en este designio y facilitádola los medios de ausentarse de casa de doña
Bernarda durante un mes, al cabo del cual Adelaida regresó de un paseo a Renca, en
donde dejaba a su hijo con una hermana de doña Bernarda.
Inútil nos parece referir circunstanciadamente los medios de que se valió Amador para
evitar las sospechas sobre tan delicado asunto. El resultado fue que Adelaida regresó al
hogar de la familia sin que la más ligera mancha empañase a los ojos del mundo el lustre
de su reputación.
Pero Amador era hombre que gustaba de sacar partido de los accidentes de la vida para
compensar los rigores de la suerte contra su siempre necesitado bolsillo. Por esto se valió
del ascendiente que aquel secreto le daba sobre su hermana para obligarla a ser menos
desdeñosa con el amartelado hijo de don Dámaso Encina.
Adelaida meditaba sólo alguna venganza contra el que la abandonaba, cuando Agustín
entró a la casa atraído por sus lindos ojos. El elegante llegaba, como se ve, en mal
momento, y debió naturalmente sufrir por algunos días los desdenes que su mala estrella
le deparaba.
-147-
Sin embargo, Agustín no se desalentó con los primeros reveses, y atribuyó a su constancia
la sonrisa afable que sus requiebros hicieron dibujarse en los labios de Adelaida, cuando
Amador había ordenado aquella amabilidad con la mira de sacar algún partido de aquel
amor de un hijo de familia.
-¿Cómo te fue anoche con Agustín? -preguntó Amador sentándose-. ¿Siempre enamorado?
-Siempre -contestó Adelaida sin levantar la vista de una costura en que se hallaba ocupada.
-Yo -dijo- nada casi le contesto, porque hasta ahora no me has explicado lo que quieres
hacer.
-¿Lo que quiero hacer? ¿No te he dicho que le hagas creer que le quieres?
-Primero, porque estoy pobre -dijo Amador encendiendo un cigarro y lanzando al aire el
fósforo con que acababa de prenderlo.
-No sé cómo estés pobre cuando todas las noches casi le ganas plata -replicó Adelaida,
volviendo a su costura.
-¿Sabes lo que sucede? Varias ocasiones me ha pasado lo mismo; uno le gana al hijo de un
rico y, cuando no le quieren pagar, se va donde el padre, que se pone furioso y lo amenaza
a uno con mandarlo a la cárcel.
-148-
-Eso es muy poco, una o dos onzas; se me van entre los dedos.
-Lo que yo quiero es que tú y yo saquemos alguna buena ventaja. Dime, ¿no te gustaría
casarte con Agustín?
-Ya sabes que yo lo primero que quiero es que Rafael me la pague.
Esta vulgar contestación resonó de un modo extraño entre los labios de Adelaida, en cuyos
ojos brillaron al mismo tiempo los sombríos reflejos de un odio concentrado y tenaz.
-Yo te ayudaré si tú me ayudas -le dijo Amador-. Mira, no seas lesa; si haces lo que te digo,
te casas con Agustín y eres rica. ¿Qué más quieres?
-Tú hablas de casamiento como si fuese tan fácil -replicó Adelaida, que no se atrevía a
contradecir a su hermano, que era dueño de su secreto.
-¿Cómo?
-Le vas dando esperanzas a Agustín. ¿No me has dicho que siempre te está pidiendo cita?
-Cierto.
-Bueno; cuando yo te avise, le das cita. Entonces llego yo con un amigo que tengo por ahí
y lo obligo a casarse.
-¿Y eso qué importa? Escúchame primero. Como hemos de tener que decírselo a mi madre
y ella no consentiría si supiese que mi amigo no es más que sacristán, le decimos que es
cura o que trae licencia para casar.
-¿Y después?
-Yo digo a mi madre que después que ella vea que están casados le diga a Agustín que no
te dejará juntarte con él hasta que no se lo avise a su familia y den parte -149- que se han
casado. Así estoy seguro que mi madre no se opone. Agustín entonces se lo tiene que
contar a su padre y éste, como ya no hay remedio, se conforma y da parte a los amigos. Yo
le aconsejaré a Agustín que diga en su casa que se van a casar en el campo o en cualquiera
parte. Una vez que hayan dado parte descubro yo la cosa a Agustín, que por no pasar por la
vergüenza de contarlo y que en Santiago se rían de él, se casa entonces de veras.
-¿Y para qué le vas a decir que sabes nada? Mira, apenas él entre a la cita nos
presentamos mi madre y yo; tú te haces la inocente y lloras o gritas si te da gana;
entretanto yo obligo a Agustín y se casan. Agustín creerá que tú no sabías nada.
Adelaida opuso a este plan algunas objeciones demasiado débiles ante la voluntad de su
hermano, que en caso de formal resistencia la amenazaba con perderla. Este plan además
no dejó de lisonjear un tanto su orgullo, que la hizo divisarse como la mujer de un joven
rico y de la primera clase de la sociedad, con la que podría rozarse entonces de igual a
igual, triunfando de la envidia de sus amigas. Otra causa obraba además en el ánimo de
Adelaida para someterse con muy pequeña resistencia a la voluntad de Amador; esta causa
tomaba su origen del estado de su alma. Abatida por la conciencia de su desgracia,
fácilmente se adhería al nuevo plan que la ofrecía la probabilidad de cambiar su destino por
la felicidad de una existencia regalada con los goces materiales del lujo, que ocupan tan
vasto lugar en el alma humana.
Después de esta conversación, Adelaida templó sus rigores con Agustín hasta el punto de
hacerle creer en que correspondía a su amor y darle la cita para la cual el elegante se
preparaba después del paseo a la Alameda con Leonor y su prima.
Amador, en los días que había mediado entre su conversación con Adelaida y el
designado para la cita, tuvo cuidado de hacer entrar en sus miras a doña Bernarda, a -150-
quien la idea de ver a su familia enlazada con la opulenta de los Encina le hizo concebir
gran orgullo por haber dado a luz un hombre como Amador, capaz de concebir un plan
como el que éste le revelaba. Mecida por dulces esperanzas prometió su cooperación,
creyendo, según Amador se lo decía, que el amigo complaciente de su hijo era un
sacerdote con licencia para bendecir la unión de Adelaida y Agustín.
-Si no hacemos esto, madre -había dicho Amador al exponerle su plan-, el día menos
pensado alguno de estos ricos nos seduce a la niña y quedamos frescos.
-Tienes mucha razón -contestó doña Bernarda, con los ojos húmedos de la viva emoción
que le causaba la idea de los regalos con que la rica familia de su yerno, por fuerza,
colmaría necesariamente a su hija, si no por amor, a lo menos por vanidad.
-No crea tampoco -añadió Amador- que todo está en casarlos, porque es preciso que la
familia de Agustín reconozca el matrimonio.
-Entonces, haga lo que le digo: cuando usted dé parte a su familia, le dice al mocito,
entonces le entrego a su mujer.
-¿Y si no quiere?
Agustín regresó con su hermana del paseo en que habían acompañado a Matilde,
consultando a cada momento su reloj, cuyos punteros se le figuraba retardaban aquel día su
marcha, que él medía con su impaciencia de ver llegar la noche.
-151-
Había convenido con Adelaida que, para alejar toda sospecha, no se presentaría a la
visita ordinaria en casa de doña Bernarda, y que un postigo de una pequeña ventana con
reja de palo, que daba a la calle, indicaría, estando abierto, que su querida le esperaba.
Aquel día Martín no se presentó a la hora de comer; había recibido una esquela de San Luis
que lo llamaba para referirle sus emociones del paseo y hablarle de la felicidad que
desbordaba de su corazón.
Don Dámaso, preocupado con sus indecisiones políticas, mezclaba algunas palabras a la
conversación de su hijo, palabras que por su poca analogía con el asunto de aquélla habrían
hecho pensar que estaba dormido o era sordo, y Leonor evocaba, sin pensarlo ni quererlo, la
sentimental imagen de Martín, apoyado a la puerta y dirigiéndola aquella mirada que a un
mismo tiempo había hecho experimentar a su corazón una sensación de calor y de frío
inexplicable.
Después de comer, Agustín se retiró a su cuarto y fumó varios cigarros, para adormecer su
impaciencia, siguiendo en las caprichosas formas que dibuja el humo al subir al techo el
giro caprichoso también de sus esperanzas y devaneos.
Para engañar su impaciencia se sentó al lado de Matilde, que pocos momentos antes había
llegado con sus padres. El corazón de la hija de don Fidel había comunicado a su rostro la
alegría con que palpitaba. En las mejillas de Matilde lucía ese color diáfano y brillante
con que -152- las emociones de un amor feliz iluminan el rostro de la mujer, que parece
adquirir una nueva vida en su atmósfera vital del sentimiento. En tal disposición encontró
Agustín a su prima y le fue fácil entablar con ella una conversación animada que pronto
recayó sobre San Luis.
Don Fidel y doña Francisca, que desde distintos puntos observaban a su hija, notaron la
animación con que Matilde hablaba, y supusieron al instante, presumiendo de gran
experiencia, que entre aquellos dos jóvenes que con tanta viveza conversaban debían
estarse iniciando los preliminares de una pasión.
«¡Ah!, ¡ah!, yo no me equivoco nunca; bien había pensado yo que se habían de querer»,
pensaba don Fidel.
«Después de todo, no deja de ser una felicidad la de poseer un alma vulgar, extraña a los
estáticos arrobamientos de las almas privilegiadas que atraviesan el erial de la existencia sin
encontrar otra capaz de comprender la delicadeza con que aspiran a realizar, etc., etc.».
Y ambos se imaginaban que la alegría que animaba el rostro de Matilde no podía provenir
sino de las galanterías con que su primo debía estarla cortejando.
Martín entró en ese momento al salón. Traía en su pecho el peso de las confidencias de su
amigo, que naturalmente le ponían en la precisión de envidiar una felicidad que le parecía
imposible alcanzar para sí. La aspiración de ser amado, sueño constante de la juventud,
cobraba en su alma proporciones inmensas que con incansable tenacidad le esclavizaba.
Leonor, que temía no verle presentarse aquella noche, lejos de confesarse la satisfacción
que acababa de sentir al verle aparecer, encontró en su orgullo razones para considerar la
visita del joven como una osadía, después de la escena de la mañana. El altivo corazón de
aquella niña, mimada por la naturaleza y por sus padres, no quería persuadirse de que, en la
lucha que había emprendido para jugar con sus propios sentimientos y burlar el decantado
poder del amor, iba por grados perdiendo su altanera seguridad -153- y dando cabida a
ciertas emociones extrañas, cuyo dulce imperio le parecía una humillación de su dignidad.
Martín, después de saludar, se había sentado solo, no lejos del piano, y dirigía a
hurtadillas sus ojos hacia el punto en que Leonor hablaba con Emilio Mendoza.
Desde su asiento no podía notar el cambio que se había hecho en el rostro de Leonor, que,
agitada por los sentimientos que acabamos de describir, aparentó oír con gran interés las
palabras de Mendoza, que apenas escuchaba momentos antes.
Al cabo de algunos minutos, Leonor pareció cansada de la afectada atención con que oía
las palabras galantes del joven y cayó nuevamente en su distracción. Aprovechándose
entonces de un instante en que Emilio Mendoza contestaba a una pregunta de doña
Francisca, Leonor se dirigió al piano, en cuyo banquillo se sentó, dejando correr
distraídamente sus dedos sobre las teclas.
Martín, en aquel momento, recordaba como una felicidad perdida la conversación que
algunos días antes había tenido con Leonor en aquel mismo lugar. El corazón que ama sin
esperanzas se ve obligado a poetizar las más insignificantes escenas pasadas, a falta de
poder esperar en el presente ni en el porvenir. Por esto Rivas evocaba el recuerdo de
aquella conversación, olvidándose voluntariamente del pesar que entonces le había dado.
-Martín, en ese libro que tiene a su lado está la pieza que busco; tenga la bondad de
pasármelo.
Estas palabras, dichas por Leonor en tono muy natural, sacaron al joven de su meditación.
Al tiempo de pasar el libro, su espíritu buscaba la intención de aquella orden con la
inclinación de todo enamorado a imaginar un sentido oculto a todas las palabras que oye de
la persona a quien ama. La frialdad con que Leonor le dio las gracias, poniéndose a hojear
el libro, le persuadió que al pedírselo ella no había tenido otra intención que la de buscar
una pieza. Martín, novicio en el amor, pensaba siempre lo contrario de lo que en su caso
habría pensado alguno de los fatuos que pululan en los salones, figurándose que, para
conquistar un corazón, no tienen más que, como el sultán usa de su pañuelo, arrojar una
mirada a la víctima que pretenden avasallar.
-154-
Y al mismo tiempo sostenía el libro con la mano izquierda, tocando algunas notas con la
derecha.
-Si usted me permite -le dijo acercándose Martín-, yo puedo sujetar el libro.
Leonor, sin contestar, dejó a la mano del joven ocupar el lugar en que tenía la suya y
empezó a tocar la introducción de un vals que le era familiar.
-¿Podrá usted volver la hoja solo? -le preguntó al cabo de algunos instantes.
-No, señorita -contestó Rivas, que temblaba de emoción-; esperaré que usted me indique el
momento oportuno.
La conversación estaba ya principiada y era preciso seguirla. A lo menos así pensó Leonor,
mientras que Rivas había olvidado todos sus pesares, entregándose a contemplar a la niña,
que fijaba su vista alternativamente en el libro y en el piano.
-Hoy habrá visto usted a su amigo -dijo Leonor, cuando tuvo que mirar a Rivas para
indicarle que era preciso volver la hoja.
-Sí, señorita -contestó Martín-; le he encontrado el hombre más feliz del mundo.
-De modo que usted le habrá compadecido -repuso Leonor, mirando fijamente al joven.
-Para ser consecuente con su teoría de huir del amor como de una desgracia.
Martín tuvo al momento la idea de citarse como un ejemplo de lo que Leonor aparentaba
dudar; de pintarle con la elocuencia de una profunda melancolía los dolores que destrozan
al alma que ama sin esperanza; de revelarle su adoración respetuosa y delirante con
palabras que pintaran los tesoros de pasión que guardaba en su pecho para la que ignoraba
poseer su absoluto dominio. Pero al momento también, anudó la voz en su garganta y heló
-155- el valor de que se sentía animado el recuerdo del glacial desdén con que Leonor
había recibido sus palabras y su involuntaria mirada en la conversación de la mañana.
Viose de antemano escarnecido por su amor, se figuró con espanto la altanera y sarcástica
mirada con que la niña recibiría sus palabras, y su alma se replegó palpitante a la reserva
que su condición le imponía.
Estas reflexiones pasaron por su espíritu con tal rapidez, que sólo medió un instante muy
breve entre la pregunta de Leonor y la respuesta que él dio.
-En su amigo, sin embargo, tiene usted un ejemplo de que no debe considerarse como una
desgracia.
-Rafael había sido amado antes, de modo que podía esperar volverlo a ser.
-Eso no; si él hubiese pensado como usted, habría tratado de olvidar, y es digno ahora de su
felicidad porque ha tenido constancia.
-¿De qué serviría ser constante a un hombre que no se atreviese a confesar nunca su amor?
-dijo Rivas, alentado por el raciocinio y la conclusión de Leonor.
-Señorita, se trata de su felicidad y tal vez de su vida -replicó con emoción Martín.
-¿No exponen los hombres muchas veces su vida por causas menos dignas?
-Es verdad; pero entonces combaten contra un enemigo, y en el caso de que hablamos tal
vez pueden dar a su amor más precio que a su vida. Rafael, por ejemplo, del que hemos
hablado, no creo que tiemble en presencia de un adversario, y no obstante jamás se habría
atrevido a dirigirse a su prima de usted sin las felices circunstancias que los han reunido.
Un amor verdadero, señorita, puede poner tímido como un niño al hombre más enérgico,
y si ese amor es sin esperanza, le infundirá mayor timidez aún.
-156-
-Dicen que todo se aprende con la práctica -dijo Leonor con una ligera sonrisa-, y presumo
que el modo de vencer esa timidez esté sujeto a la misma regla.
-Sin embargo, nada se pierde ensayándolo, y creo que usted está en camino de hacerlo.
Leonor no se dignó
replicar.
-Usted se olvida de volver la hoja -le dijo, después que había tocado todo el vals de
memoria.
-Esperaba la señal -contestó Martín, turbado ante la fría mirada con que Leonor dijo
aquellas palabras.
-En primer lugar -contestó Rivas-, no piensa más que en volver a ver a la señorita Matilde.
-El domingo pensamos salir a caballo al Campo de Marte; allí puede verla.
Leonor cesó de tocar y abandonó el piano. Martín, que por falta de esperanza miraba todo
por el lado del pesimismo, pensó que aquella conversación había sido sostenida por
Leonor para llegar a decirle las últimas palabras, así como en una carta se pone muchas
veces en la posdata el objeto que la ha dictado.
Agustín lo sacó de su meditación, viniendo a conversar con él hasta las once de la noche,
hora a que ambos se retiraron.
Poco después se retiró también don Fidel Elías con su mujer y Matilde.
-¿Has visto -dijo en el camino a doña Francisca- lo que Agustín y Matilde han
conversado? Que es lo que yo decía: ya se quieren, estoy seguro de ello, y mañana voy a
hablar con Dámaso para que arreglemos el matrimonio.
-¿No sería mejor esperar hasta saber de cierto si se aman? -observó doña Francisca.
-157-
-¡Esperar! ¿Se te figura que un partido como Agustín se encuentra tan fácilmente? Si
esperamos no faltará quien lo comprometa. ¡Quién sabe en dónde visita! No, señor, en estas
cosas es preciso ser vivo. Mañana hablaré con Dámaso.
En ese mismo momento Agustín daba una nueva mano a su elegante traje y vaciaba en su
ropa mezcladas gotas de las más afamadas esencias de olor para asistir a la cita.
- XXVII -
Las visitas se habían retirado, y la criada cerró la puerta de calle, que rechinó al girar
sobre sus goznes. No lejos de Agustín, que ocultó su rostro bajo el cuello de un ancho
paletó, pasaron dos de los visitantes de doña Bernarda con Ricardo Castaños, el oficial de
policía.
El corazón del hijo de don Dámaso palpitó de alegría al ver abrirse el postigo que daba la
señal de que era esperado. Considerábase en ese instante como el héroe feliz de alguna
novela, y de antemano se regocijaba su orgullo al pensar que una mujer bonita le amaba lo
bastante para sacrificarle su honra. Esta reflexión le realzaba considerablemente a sus
propios ojos, llenándole de amor y reconocimiento hacia la divina criatura que le
entregaba su corazón, fascinada por los irresistibles atractivos de su persona.
La pieza en que Agustín acababa de penetrar estaba sola y alumbrada por una luz que ardía
tras de una pantalla verde, en una palmatoria de cobre dorado.
Agustín sintió aumentarse el miedo con que había entrado al encontrarse solo, y le pasó por
la mente la idea de una traición. Como entre sus prendas morales no figuraba el valor, tenía
necesidad de apelar a la fuerza de su pasión y a su poco enérgica voluntad para no dar
cabida a los consejos del miedo, que le impelían a volverse de prisa por el camino que
acababa de andar.
-Ya temía que usted no llegase -dijo a la niña, tratando de tomarla una mano, que ella retiró.
-No la apague usted -le contestó Adelaida, fingiendo una deliciosa turbación, que llenó de
orgullo al joven al ver el temor amoroso que inspiraba.
-¿No tiene usted confianza en mí? -preguntó, renovando su ademán de apoderarse de una
mano de Adelaida.
-159-
-Sí, pero con la luz estamos mejor -contestó ésta retirando su mano.
-¿Para qué?
-Para hablar a usted de mi amor y sentir entre las mías esa divina mano que...
Un gran ruido cortó la declaración del galán, que vio con espanto abrirse una puerta y
aparecer en ella a doña Bernarda y Amador con luces que cada cual traía.
El primer impulso de Agustín fue el de huir por la puerta que había dejado entreabierta,
mientras que Adelaida se había arrojado sobre una silla, ocultando su rostro entre las
manos.
Amador corrió más ligero que Agustín y se interpuso entre éste y la puerta, amenazándole
con un puñal.
El rostro del elegante se puso pálido como el de un cadáver, y la vista del puñal le hizo dar
aterrorizado un salto hacia atrás.
-¡No ve, madre! -exclamó Amador-, ¿qué le decía yo? Éstos son los caballeros que vienen
a las casas de las gentes pobres, pero honradas, para burlarse de ellas. Pero yo no consiento
en eso.
Mientras esto decía, Amador daba vuelta a la llave y, sacándola de la chapa, la ponía en su
bolsillo y se adelantaba al medio de la pieza con aire amenazador.
-¿Qué ha venido usted a hacer aquí? -exclamó con voz atronadora dirigiéndose a Agustín.
-Yo... creía que no se habían acostado y... como pasaba por aquí...
-¡Ah, francesito -exclamó doña Bernarda-, conque así te metes en las casas a seducir a las
niñas!
-Esta picarona tiene la culpa -dijo Amador, aparentando hallarse en el último grado de
exasperación-, porque si ella no hubiese consentido, el otro no podría entrar. Ésta me la
ha de pagar primero.
Tras estas palabras, se arrojó sobre Adelaida con furibundo ademán, y dirigió sobre ella
una puñalada con tanta -160- maestría, que cualquiera hubiese jurado que sólo la agilidad
con que Adelaida se levantó de su silla la había librado de una muerte segura.
Doña Bernarda se echó en los brazos de su hijo, dando gritos de espanto e invocando su
clemencia en nombre de gran número de santos. Amador parecía no escucharla y
preocuparse sólo del maternal abrazo, que al parecer le privaba de todo movimiento.
-Pues si usted no quiere que ésta pague su maldad -exclamó-, déjenme solo con este
mocito, que quiere deshonrarnos porque es rico.
Su ademán se dirigía entonces a Agustín, que temblaba en un rincón, en donde detrás de
unas sillas se guarecía.
Al oír estas palabras y al ver cómo Amador arrastraba a su madre para desasirse de sus
brazos, Agustín creyó llegado su último instante y elevó sus fervientes súplicas al Eterno
para que le librase de tan temprana e inesperada muerte.
-¿Y qué ofrece, pues, para que lo perdonen? -le preguntó el hijo de doña Bernarda, con
aire y acento amenazadores.
-Todo lo que ustedes exijan -contestó el aterrado amante-; mi padre es rico y les daré...
-¡Plata!, ¿no es así? -exclamó Amador, haciendo chispear de fingida cólera sus ojos-. ¿Te
figuras que te voy a vender mi honor por plata? ¡Así son estos ricos! Si no tienes mejor
cosa que ofrecer, te despacho aunque después me afusilen.
-Haré lo que ustedes quieran -dijo con lastimosa voz Agustín, penetrado de espanto a la
vista del desorden que se pintaba en el semblante de Amador.
-Lo que yo quiero es que te cases o de no te mato -contestó Amador, con tono de
resolución.
-Bueno, me caso mañana mismo -dijo Agustín, que miraba aquella condición como el
único medio de salvar la vida.
-161-
-¡Mañana! ¿Te quieres reír de nosotros? ¿Para que te mandases cambiar quién sabe
dónde? No; ha de ser ahora mismo.
-Tu papá dirá lo que se le antoje. ¿Para qué tiene hijos que quieren deshonrar a la gente
honrada? Vamos, ¿te casas o no?
-¡Imposible! ¿No ves, tonta -dijo Amador dirigiéndose a su hermana-, no ves para lo
que éste te quiere?, para reírse de ti. ¡Ah, yo conozco a los de tu calaña! -exclamó,
mirando a Agustín-. Por última vez: ¿te casas o no?
-Le juro a usted que mañana...
Amador no le dejó concluir la frase, porque, quitando las sillas que de Agustín le
separaban, quiso apoderarse del joven.
Mientras quitaba las sillas, había dado tiempo a doña Bernarda de acercarse, y ésta sujetó
su brazo, colgándose de él, cuando Amador alzaba el puñal en el aire.
Agustín, que no vio el movimiento de doña Bernarda, se arrojó al suelo prometiendo que
consentía en casarse.
-¡Ah, ah!, ¿consientes, no? -le dijo Amador-. Haces bien, porque sin mi madre te había
traspasado el corazón. Vamos a ver, ¿dirás al padre que yo traiga que quieres casarte?
-Sí, lo diré.
-Yo veo que lo haces de miedo -exclamó Adelaida-, y no quiero casarme así.
Dirigiose a todas las puertas del cuarto y las cerró, guardándose las llaves. Luego sacó del
bolsillo la que pertenecía a la puerta que comunicaba con el patio, que abrió.
-Ustedes me esperarán aquí -dijo-, yo voy a buscar al cura que vive aquí cerca. Si usted se
arranca -añadió dirigiéndose a Agustín-, me voy mañana a su casa y le cuento al papá todas
sus gracias, además de ajustar con usted la cuenta después.
-162-
-No tenga usted cuidado -contestó Agustín, que aún se sentía humillado con la
observación de Adelaida.
Oyose el ruido de sus pasos sobre el empedrado y luego el de la puerta de calle que se abría
y se cerraba.
Inmediatamente después, Agustín pareció salir del espanto que la bien fingida cólera de
Amador le había causado y se dirigió a doña Bernarda:
-Señora -le dijo-, yo prometo que me casaré mañana si usted me deja salir; ahora es
imposible que lo haga, porque papá no me perdonaría que me casase sin avisarle.
-¡Las cosas del francesito! -exclamó doña Bernarda, haciendo un movimiento de hombros-.
¿Qué no ve que Amador era capaz de matarme si lo dejo arrancarse? ¡Tan mansito que es!
Ya lo vio usted endenantes que por nada no le ajusta una puñalada a la niña.
-Se engaña usted -exclamó con voz de súplica-, porque la amo de veras; pero no creo que
usted considere honroso para usted lo que me obligan a hacer. Yo me casaría sin necesidad
de que me amenazasen.
-Consígalo si puede con Amador -le dijo doña Bernarda-. ¿Qué quiere que hagamos
nosotras?
-Aquí está el padre -dijo a Agustín con sombrío tono -163- de amenaza-. ¡Cuidado con
decir que no, ni chistar una sola palabra que haga ver lo que hay de cierto, porque a la
primera que diga, lo tiendo de una puñalada!
Un sacerdote entró en la pieza con aire grave. Un pañuelo de algodón doblado como
corbata y atado por las puntas sobre la cabeza, que además estaba cubierta por el
capuchón del hábito, le ocultaba parte del rostro y parecía puesto para librar del aire a una
abultada hinchazón que se alzaba sobre el carrillo izquierdo.
Un par de anchas antiparras verdes ocultaba sus ojos y cambiaba el aspecto verdadero de su
fisonomía con ayuda del pañuelo amarrado sobre la cara.
Terminadas las bendiciones, Agustín se dejó caer sobre una silla más pálido que un
cadáver.
El padre se retiró acompañado de Amador, después de firmar una partida del acto que
acababa de verificarse.
Amador regresó luego a la pieza en que permanecían silenciosos la madre y los recién
casados.
-Vaya, don Agustín -dijo con cierta sorna-, ya está usted libre.
-Por poco se aflige el francesito -dijo doña Bernarda-. ¿Qué no quiere a la Adelaida pues?
-Por lo mismo que la amo habría querido casarme con ella con el consentimiento de mi
familia -repitió Agustín, que, viéndose casado, quería por lo menos destruir en el ánimo de
Adelaida la mala impresión que su resistencia hubiese podido dejarla.
-164-
-¡Vaya! Lo mismo tiene atrás que por espaldas -exclamó Amador-; en lugar de pedir antes
de casarse el consentimiento al papá, se lo pide después.
-No es lo mismo -contestó el novio-, y pasará mucho tiempo antes que pueda decir a papá
que estoy casado.
-Pues hijito -le dijo doña Bernarda-, no piense que le entrego la mujer hasta que avise a su
familia que está casado. Allá en la casa de su papá es donde usted la recibirá.
Esta nueva declaración no hizo tanto efecto en el ánimo de Agustín, porque lo tenía
ya embargado con la realidad abrumadora de su triste aventura.
-Y si él no da parte, madre -dijo Amador-, yo tengo boca; pues, ¿qué estás pensando? Y no
me morderé la lengua para contar que mi hermana está casada.
La amenaza de Amador pareció impresionar más fuertemente al contristado joven que la de
doña Bernarda.
-Es preciso que a lo menos me den tiempo para preparar el ánimo de papá -
exclamó exasperado-.¡Cómo quieren que lo haga de repente!
-Lo prometo.
-Vaya pues, ya es tarde -dijo doña Bernarda-, y será bueno que se vaya para su casita.
-Veo -le dijo- que usted sufre tanto como yo de la violencia que han cometido sus parientes.
Aquí los sollozos cortaron la voz de Adelaida, dejando con esta reticencia más agradable
impresión en el espíritu -165- del joven que si hubiese dicho algo, porque pensó que
Adelaida era como él víctima de la trama.
-Esa aflicción -repuso Agustín- me prueba que ella no participa de lo que ustedes han
hecho.
Para sellar la tardía entereza con que pronunció aquellas palabras, Agustín salió
encasquetándose hasta las cejas el sombrero.
Dio un fuerte golpe a esta puerta, como toda persona débil que descarga su cólera contra los
objetos inanimados, y se dirigió a su casa con el pecho despedazado por la vergüenza y por
la rabia.
-¡Vaya con el susto que le metí! -exclamó-. ¡Hasta se le olvidaron todas las palabras
francesas con que anda siempre!
Después de algunos comentarios sobre la conducta que debían observar en adelante,
separáronse los dos hijos de la madre, dirigiéndose cada cual a su aposento.
-¡Cómo has consentido en pasar por esa farsa! -le dijo Edelmira, que, al parecer,
había observado sin ser vista la escena del supuesto matrimonio.
-Me admira tu pregunta -respondió Adelaida-, ¿no ves que Agustín se habría burlado de mí
si hubiese podido? Todos estos jóvenes ricos se figuran que las de nuestra clase han nacido
para sus placeres. ¡Ah, si yo hubiese sabido esto antes, tendría mejor corazón, pero ahora
los aborrezco a todos igualmente!
Edelmira renunció a combatir los sentimientos que la desgracia había hecho nacer en el
corazón de su hermana.
-Éste -añadió Adelaida- habría jugado con mi corazón como el otro si yo lo hubiese
querido; no está de más darle una buena lección.
Como Edelmira no contestó tampoco a estas palabras, -166- Adelaida se calló, siguiendo
en su imaginación las reflexiones que, como la que precede, manifestaban la preocupación
constante de su espíritu. Adelaida, así como tantas otras víctimas de la seducción que en su
primer amor reciben un terrible desengaño, había perdido los delicados sentimientos que
germinan en el corazón de la mujer, entre los dolores del desencanto y el violento deseo de
venganza que el abandono de Rafael había despertado en su pecho. Su alma, que en la
dicha habría encontrado espacio para explayar los nobles instintos, arrojada en su primera
y más pura expansión a la desgracia, parecía sólo capaz de odio y de sombrías pasiones.
Ignorando su historia, todos atribuían a orgullo la indiferencia con que Adelaida
consideraba las cosas de la vida. Esta historia de un corazón destrozado al nacer a la vida
del sentimiento es bastante común en todas las sociedades y en la nuestra,
particularmente en la esfera a que Adelaida pertenecía, para que no encuentre un lugar
preparado en este estudio social.
Adelaida había hecho de su rencor el pensamiento de todos sus instantes, de modo que en
su criterio no existía ya diferencia entre las personas que se presentasen para saciarlo, con
tal que perteneciesen a la aristocracia de nuestra sociedad. Por esto no había tenido un solo
momento de compasión por las aflicciones de Agustín, el que, después de entrar en su
cuarto, se arrojó sobre la cama dando rienda suelta a su desesperación.
- XXVIII -
Los días que mediaron entre las escenas referidas en el capítulo anterior y el domingo en
que Leonor había anunciado a Rivas que saldría con su prima al Campo de Marte, fueron
para Agustín fecundos en tormentos y sobresaltos. Tenía ese vigilante y receloso sinsabor
que tortura el alma del que ha cometido una falta y se figura que los triviales incidentes de
la vida vienen de antemano preparados por -167- el destino para descubrirle a los ojos
del mundo. Una pregunta de Leonor sobre los amores que él le había confiado antes,
alguna observación de su padre sobre sus frecuentes ausencias de la casa, le arrojaban en la
más desesperante turbación y hacíanle ver en los labios de todos las fatales palabras que
revelaban su secreto. Hijo de una sociedad que tolera de buen grado la seducción en las
clases inferiores, ejercida por sus compatricios, pero no un acto de honradez que
concluyese por el matrimonio para paliar una falta, Agustín Encina no sólo temía la cólera
del padre, los llantos y reproches amargos de la madre, el orgulloso desprecio de la
hermana, que le amenazaban si descubría su casamiento, sino que en medio de esas
espadas de Damocles suspendidas sobre su garganta divisaba el fantasma zumbón e
implacable que domina en nuestras sociedades civilizadas, ese juez adusto y terrible que
llamamos el qué dirán. El infeliz elegante, que tan caro expiaba su conato de libertinaje en
el campo de fácil acceso que forma la gente de medio pelo, perdía el color, el sueño y el
apetito ante la idea de ver divulgada su fatal aventura en los dorados salones de las buenas
familias, y escuchaba por presentimiento los malignos comentarios que al ruido de las tazas
del té, alrededor del brasero, al compás de alguna aria de Verdi o de Bellini, harían de su
situación los más caritativos de sus amigos. Al peso de estas ideas había perdido su genial
alegría y su decidida afición al afrancesamiento del lenguaje. La conciencia de su situación
le hacía mirar con indiferencia las más elegantes prendas de su vestuario; el mundo no
tenía ya ventura para él. ¡Una corbata negra le bastaba por un día entero para envolver su
cuello!
¡Había visto cambiarse la corona florida de Don Juan y de Lovelace, que pensaba colocar
en sus sienes para que la turba la envidiase, en la coyunda abrumadora de un matrimonio
clandestino y contraído en baja esfera! Sólo su falta de coraje le libertaba del suicidio,
única salida que divisaba en tan angustiado y vergonzoso trance. Si contar que una
seducción era una gloria, referir la verdad era un baldón que le arrojaba para siempre en la
vergüenza. He ahí su situación, que Agustín no podía disimularse, y que a fuerza de pensar
en ella cobraba por instantes las más aterradoras proporciones.
-168-
Durante estos días de continuo sinsabor, Agustín asistía todas las noches a casa de doña
Bernarda y representaba, por consejo de Amador, el papel de galán que los demás amigos
de la casa le conocían, para alejar así toda sombra de sospecha acerca de su matrimonio. En
todas estas visitas se acompañaba con Martín, a quien engañaba también, refiriéndole
supuestas conversaciones con Adelaida, a fin de hacerle creer que siempre se hallaba en los
preliminares del amor.
Ricardo Castaños veía con gran disgusto las conversaciones del Edelmira y Martín, a
quien consideraba ya como su rival. En vano había querido desprestigiarle, refiriendo con
colores desfavorables para Rivas la aventura de la plaza y la prisión del joven. Los
recursos mezquinos de su intriga habían producido en el corazón de Edelmira un efecto
enteramente contrario al que él se prometía. La guerra que un amante odiado declara
contra su preferido rival en el corazón de una mujer sirve las más veces para aumentar su
prestigio, por esa tendencia hacia la contrariedad natural a la índole femenil. Por esto,
mientras mayor empeño desplegaba el oficial para dañar a Martín en el ánimo de
Edelmira, con mayor fuerza se desarrollaban en ésta los sentimientos opuestos en favor de
aquel joven melancólico, de delicado lenguaje, que daba al -169- amor la vaporosa
forma que encanta el espíritu de la mujer.
Entre Edelmira y Martín, sin embargo, no había mediado ninguna de esas frases galantes
con que los enamorados buscan el camino del corazón de sus queridas. Martín tenía con
Edelmira un verdadero afecto de amistad, cuya solidez aumentaba a medida que descubría
la superioridad de la niña sobre las de su clase, mientras que Edelmira le miraba ya con esa
simpatía que en la mujer toma las proporciones del amor, sobre todo cuando no es
solicitado.
Mucho agradaba a Agustín la asiduidad de las visitas de Rivas a casa de doña Bernarda.
Temiendo exasperar a la familia con su ausencia, no se atrevía a faltar una sola noche, y
creía que acompañado por un amigo era menos notable a sus propios ojos y a los de
Adelaida la ridícula y falsa posición en que se hallaba colocado.
Amador rebosaba de alegría al ver la facilidad con que Agustín había satisfecho su
exigencia, y se había apresurado a derrochar el dinero con esa facilidad que tienen los que
le adquieren sin trabajo. Además de sus gastos presentes, le había sido también preciso
cubrir el importe de otros atrasados, para suspender por algún tiempo las continuas
persecuciones a que sus deudas le condenaban. Con decidido amor al ocio, sin profesión
ninguna lucrativa y sin más recursos que el juego, Amador se hallaba siempre bajo el peso
de un pasivo muy considerable en atención a sus eventuales entradas. El dinero de Agustín
le trajo, pues, cierta holganza a que aspiraba al emprender el plan con que le había
engañado. Con un reloj que debía a su habilidad en hacer trampas, y una gruesa cadena
que acababa de comprar, Amador había adquirido gran importancia a sus propios ojos y
aparentaba aires de caballero en el café, que le hacían notar de toda la concurrencia.
-170-
El sábado que precedió al día fijado para el paseo a la Pampilla en casa de don Dámaso
Encina, tuvo lugar entre doña Bernarda y Amador una conversación que debía atacar
de nuevo la tranquilidad de Agustín.
Era por la mañana, y Amador trataba de recuperar el sueño que los espirituosos vapores
que llenaban su cerebro después de una noche de orgía ahuyentaban de sus párpados,
produciendo en todo su cuerpo la agitación de la fiebre.
Doña Bernarda entró al cuarto de su hijo después de haber esperado largo rato a que
se levantase.
Estiró los brazos para desperezarse, dio un largo y ruidoso bostezo y, tomando un cigarro
de papel, lo encendió en un mechero que prendió de un solo golpe.
-Me he llevado pensando en una cosa -dijo doña Bernarda, sentándose a la cabecera de su
hijo.
-Ya van porción de días que Adelaida está casada -repuso doña Bernarda-, y Agustín no le
ha hecho ni siquiera un regalito.
-De qué nos sirve que sea rico entonces; uno pobre le habría dado ya alguna cosa.
-Yo arreglaré esto -dijo Amador con tono magistral-; no le dé cuidado, madre. ¡Si el chico
quiere hacerse el desentendido, se equivoca! No pasa de hoy que no se lo diga.
-Al todo también, pues -observó la madre-, no sólo no confiesa el casamiento a su familia,
sino que se quiere hacer el inocente con los regalos.
Doña Bernarda entró entonces en la descripción de los vestidos que convendrían a su hija,
sin olvidar los que a ella le gustaría tener, indicando las tiendas en que podrían
encontrarse. Lo prolijo de los detalles hacía ver que la buena señora había meditado
detenidamente su asunto, del cual impuso con escrupulosidad a Amador. -171- En su
enumeración entraron, además de los vestidos de color, una buena basquiña negra y un
mantón de espumilla para ella, que no podía, por el calor, sufrir el de merino. Ayudada con
los conocimientos aritméticos que Amador había adquirido en la escuela del maestro Vera,
cuyo recuerdo hace temblar aún a algunos desdichados que experimentaron el rigor de su
férula, doña Bernarda sacó la cuenta del número de varas de género de hilo que entraban en
una docena de camisas para Adelaida, con más el importe de los vuelos bordados que
debían adornarlas, el de dos docenas de medias, varios pares de botines franceses y
diversos artículos de primera necesidad para la que, según ella, estaba destinada a figurar
en breve en la más escogida sociedad de Santiago.
-Pero, madre -le dijo Amador-, ¿cómo quiere que Agustín o yo vayamos a comprar todo
eso? ¿No será mejor que él dé la plata y usted haga las compras?
-Le diré que con unos quinientos pesos se puede comprar lo más necesario.
Amador le llamó luego a un punto de la pieza distante del que ocupaban las demás personas
que allí había.
-¿Y... cuándo avisa, pues, a su familia? -dijo al elegante, que palideció bajo la mirada de su
dominador.
-Es preciso hacerlo con tiento -contesto-, porque si no elijo bien la ocasión, papá puede
enojarse y desheredarme.
-Eso está bueno -replicó Amador-; pero, ¿usted se ha olvidado que tiene mujer? ¿En dónde
ha visto novio que no haga ni un solo regalito?
-He estado pensando en ello. Usted sabe que no puedo pedir plata a papá todos los días.
-¡Qué! Un rico como usted no puede hallarse en apuros por la friolera de mil pesos; el
lunes voy a buscarlos a su casa.
-¡Pero el lunes es muy pronto! -exclamó aterrorizado Agustín-. El otro día no más pedí mil
pesos, ahora es imposible; ¿qué dirá papá?
-172-
-Papá dirá lo que le dé la gana; lo cierto del caso es que yo iré el lunes a buscar los mil
pesos.
-¡Quince días! ¡Qué poco! Dejante que me tiene usted avergonzado con mi mamita y
las niñas, porque les tenía dicho que a todas les regalaría algo.
-Ésa es mi intención; pero necesito tiempo para pedir a papá la plata sin que entre en
sospechas.
-Y si entra, ¿qué tiene, pues? ¿Qué se está figurando que siempre nos hemos de estar
callados? Yo no digo que usted no le haga al papá el ánimo sobre lo del casamiento, pero lo
de la plata es otra cosa. El viejo es bien rico y no importa que le duela.
Retirose Amador, dejando perplejo y abismado al infeliz que tenía en su poder. La rabia
que la exigencia de dinero despertaba en Agustín se calmaba, o más bien reprimía su
ímpetu por el temor de ver revelado el secreto de su casamiento, que él se lisonjeaba poder
aplazar hasta un tiempo más oportuno, figurándose, como todo el que con un carácter débil
se encuentra en alguna apurada alternativa, que el tiempo le reservaba algún modo de salir
del difícil trance en que se veía colocado.
Bajo el peso de semejante situación se retiró Agustín a las once de la noche, sin que las
palabras de Adelaida ni los cariños que doña Bernarda le prodigaba hubiesen podido
calmar la inquietud que oprimía su corazón. En el camino anduvo silencioso al lado de
Martín, a quien el extraño silencio de su nuevo amigo no alcanzaba a preocupar, porque,
como todo enamorado que no se halla con su confidente, prefería caminar en silencio, para
dar rienda suelta a sus pensamientos sobre Leonor.
-173-
- XXIX -
Amaneció el domingo en que Leonor había anunciado que saldría con su prima al Campo
de Marte.
Algunos pormenores que daremos acerca de estos paseos en general están más bien
dedicados a los que lean esta historia y no hayan tenido ocasión de ver a esta gloriosa
capital de Chile cuando se prepara para celebrar los recuerdos del mes de septiembre de
1810.
Estos preparativos son la causa de los paseos al Campo de Marte, en que nuestra sociedad
va a lucir las galas de su lujo, allí primero y después a la Alameda.
Para celebrar el simulacro de guerra que anualmente tiene lugar en el Campo de Marte el
día 19 de septiembre, los batallones cívicos se dirigen a ese campo en los domingos de los
meses anteriores, desde junio, a ejercitarse en el manejo de armas y evoluciones
militares con que deben figurar la derrota de los dominadores españoles.
En esos domingos, nuestra sociedad, que siempre necesita algún pretexto para divertirse, se
da cita en el Campo de Marte con motivo de la salida de las tropas.
Antes que las familias acomodadas de Santiago hubiesen reputado como indispensable el
uso de los elegantes coches que ostentan en el día, las señoras iban a este paseo en calesa
y a veces en carreta, vehículo que en tales días usan ahora solamente las clases inferiores
de la sociedad santiaguina.
Los elegantes, en lugar de las sillas inglesas y caballos inglesados en que pasean su garbo al
presente por las calles laterales del paseo, gustaban entonces de sacar en exhibición las
enormes montañas de pellones, las antiguas botas de campo y las espuelas de pasmosa
dimensión, que han llegado a ser de uso exclusivo de los verdaderos huasos.
Pero entonces como ahora, la salida de las tropas a la -174- Pampilla era el pretexto de
tales paseos, porque la índole del santiaguino ha sido siempre la misma, y entre las
señoras, sobre todo, no se admite el paseo por sus fines higiénicos, sino como una ocasión
de mostrarse cada cual los progresos de la moda y el poder del bolsillo del padre o del
marido para costear los magníficos vestidos que las adornan en estas ocasiones.
De aquí la razón por que en Santiago sólo los hombres se pasean cotidianamente, y por que
las señoras sienten, cuando más cada domingo, la necesidad de tomar el aire libre de un
paseo público.
Los que no desean ir al llano o no tienen carruajes en que hacerlo, se pasean en la calle
del medio de la Alameda, con la seriedad propia del carácter nacional, y esperan la
llegada de los batallones, observándose los vestidos si son mujeres, o buscando las
miradas de éstas los varones.
Antes que el tambor haya anunciado la venida de los milicianos, los coches se estacionan
en filas al borde de la Alameda, y los elegantes de a caballo lucen su propio donaire y el
trote de sus cabalgaduras, dando vueltas a lo largo de la calle y haciendo caracolear los
bridones en provecho de la distracción y solaz de los que de a pie les miran.
La crítica, esta inseparable compañera de toda buena sociedad, da cuenta de los primorosos
trajes y de los esfuerzos con que los dandies quieren conquistarse la admiración de los
espectadores.
En cada corrillo de hombres nunca falta alguno de buena tijera, que sobre los vestidos de
los que pasan, recordando con admirable memoria la fecha de cada vestido.
-El de la Fulana, ese verde de una pollera, es el que tenía de vuelos el año pasado, que se
puso en el Dieciocho.
-Miren a la Mengana con la manteleta que compró ahora tres años; ella cree que nadie se la
conoce porque le ha puesto el encaje del vestido de su mamá.
-175-
-El vestido que lleva la Perengana es el que tenía su hermana antes de casarse, y era
primero de su mamá, que lo compró junto con el de mi tía.
Con estas observaciones, que prueban la privilegiada memoria femenil, se mezclan las
admiraciones sobre tal o cual adefesio de las amigas.
Las tropas desfilan, por fin, en columna por la calle central de la Alameda, en medio de la
concurrencia que deja libre el paso, y los oficiales que marchan delante de sus mitades
reparten saludos a derecha e izquierda con la espada, absorbiéndose a veces en esta
ocupación hasta hacerse pisar los talones por la tropa que marcha tras ellos.
En 1850, época de esta historia, había el mismo entusiasmo que ahora por esta festividad,
precursora de la del Dieciocho, bien que entonces el lado norte de la Alameda no se llenase
completamente, como en el día, de brillantes carruajes, desde los cuales muchas familias
asisten al paseo sin moverse de muelles cojines.
Leonor había anunciado a su padre que deseaba ir a la Pampilla a caballo con su prima, y
aquel deseo había sido una orden para don Dámaso, que a las doce del domingo tenía ya
preparados los caballos.
Había uno para Leonor y otro para Matilde, de hermosas formas y arrogante trote.
Otro de paso para don Dámaso, a quien su hija había exigido la acompañase.
Dos más, destinados a Agustín y a Rivas, a quien su nuevo amigo había convidado para ser
de la comitiva.
A las tres de la tarde había gran gentío en el Campo de Marte, presenciando las
evoluciones y ejercicio de fuego de los milicianos. Los coches, conduciendo hermosas
mujeres, corrían sobre el verde pasto del campo, flanqueados por elegantes caballeros que
trotaban al lado de las puertas, buscando las miradas y las sonrisas. Alegres grupos de
niñas y jóvenes galopaban en direcciones distintas, gozando del aire, del sol y del amor.
Entre estos grupos llamaba la atención el que componían Leonor, su prima y los caballeros
que las acompañaban. El -176- trote desigual de las cabalgaduras hacía que las niñas
marchasen a veces solas, a veces rodeadas por los hombres que se disputaban su lado. A
este grupo habían venido a agregarse Emilio Mendoza y Clemente Valencia, que picaban
sus caballos para escoltar a Leonor. Siempre retirado de ella y contemplándola con
arrobamiento, seguía
Martín la marcha, sin fijarse en las bellezas del paisaje que desde aquel llano se divisan.
Leonor se le presentaba en aquellos momentos bajo un nuevo punto de vista que añadía
desconocidos encantos a su persona. El aire daba a sus mejillas un diáfano encarnado, el
ruido bélico de las bandas de música hacía brillar sus ojos de animación, y su talle,
aprisionado en una chaqueta de paño negro, de la cual se desprendía la larga pollera de
montar, revelaba toda la gracia de sus formas. El placer más vivo se retrataba francamente
en su rostro. No era en aquel instante la niña orgullosa de los salones, la altiva belleza en
cuya presencia perdía Rivas toda la energía de su pecho; era una niña que se abandonaba
sin afectación a la alegría de un paseo, en el que latía de contento su corazón por la
novedad de la situación, por la belleza del día y del paisaje, por las oleadas de aire que
azotaban su rostro, impregnadas con los agrestes olores del campo, húmedo aún con el
rocío de la noche.
La comitiva se había detenido un momento cerca de un batallón que cargaba sus armas. Al
ruido de la primera descarga, los caballos se principiaron a mover, dando saltos algunos de
ellos, que se repitieron a la segunda descarga. Entre los más asustados se contaba el caballo
de don Dámaso, que al ruido de los tiros había perdido su pacífico aspecto para
transformarse en el más alborotado bridón.
-Y me habían dicho que era tan manso -decía don Dámaso, palideciendo al sentirlo
encabritarse con furia, cuando, después de la segunda descarga, principió el fuego
graneado.
Al ruido continuo de este fuego, todos los caballos principiaron a perder la paciencia y
algunos a seguir el ejemplo del de don Dámaso, que en un espanto había echado al suelo
una canasta con naranjas y limas que un vendedor presentaba a los jóvenes. Con este
incidente hubo -177- un cambio en la posición de cada jinete, y ora fuese efecto de la
casualidad, ora de un movimiento intencional, Leonor se encontró de repente al lado de
Rivas; y Matilde, que trataba de contener los movimientos de su caballo, oyó a su lado la
voz de San Luis que la saludaba.
-Aquí estamos mal -dijo Leonor a Martín-. ¿Le gusta a usted galopar?
Hizo señas al mismo tiempo a Matilde, que emprendió el galope, mientras que don Dámaso
arreglaba con el naranjero el precio de las naranjas que por causa de él habían ido a parar a
manos de los muchachos que siempre escoltan a los batallones en sus salidas al llano.
-Síguelas tú, ya las alcanzo -dijo don Dámaso a Agustín, al ver partir a los que con él
estaban a galope tendido.
Leonor azotaba a su caballo, que iba pasando del galope a la carrera, animado también por
el movimiento del de Martín.
Éste corría al lado de Leonor sintiendo ensancharse su corazón por primera vez al influjo
de una esperanza. El convite de la niña para que la siguiese, la naturalidad de sus palabras,
la franca alegría con que ella se entregaba al placer de la carrera, le parecieron otros tantos
felices presagios de ventura. Bajo la influencia de semejante idea, mientras corría,
contemplaba con entusiasmo indecible a Leonor, que, animada por la velocidad creciente
del caballo, con el rostro azotado por el viento, vivos de contento infantil los grandes ojos,
le parecía una niña modesta y sencilla que debía tener un corazón delicado y exento del
orgullo con que hasta entonces le había aparecido.
La carrera se terminó muy cerca del lugar que ocupa la cárcel penitenciaria. Leonor se
detuvo y contempló durante algunos momentos a los demás de la comitiva, que habiendo
sólo galopado venían aún muy distantes del punto en que ella se encontraba con Rivas.
-Nos han dejado solos -dijo mirando a Martín, que -178- en ese momento se creía feliz
por primera vez desde que amaba.
Durante la carrera, y alentado por las ideas que describimos, Martín había resuelto salir de
su timidez y jugar su felicidad en un golpe de audacia. Al oír las palabras de Leonor, sintió
palpitar con violencia su corazón, porque veía en ellas una ocasión de realizar su nuevo
propósito. Armose entonces de resolución y con voz turbada:
Para seguir paso a paso el estudio del altanero corazón de la niña, nos vemos obligados a
interrumpir con frecuentes advertencias las conversaciones entre ella y Martín. Entre dos
corazones que se buscan, y sobre todo cuando se encuentran colocados a tanta distancia
como los que aquí presentamos, cada conversación va marcando sus pasos graduales que
deben conducirlos a estrecharse o a separarse para siempre. La poca locuacidad es un
rasgo peculiar de semejantes situaciones. En las presentes circunstancias muy pocas
palabras habían bastado para poner a esos dos corazones frente a frente. Leonor estaba
muy lejos de pensar que iba a recibir aquella pregunta por contestación, y esa pregunta
sola fue bastante para despertar su orgullo. Había mandado convidar a Martín para librarse
del galanteo infalible de sus dos enamorados elegantes, que, sobre todo en los últimos
días, la fastidiaban. En Rivas veía Leonor el objeto de la lucha que se había propuesto para
sacar triunfante a su corazón, y contaba con la timidez del joven, acaso con su frialdad real
o calculada, mas no con la osadía que revelaba la pregunta. Para contestarla acudió Leonor
a esa indiferencia glacial con que había castigado ya a Martín en otra ocasión; fingiendo
no haber oído, dijo solamente:
La sangre del joven pareció agolparse toda a sus mejillas, que cambiaron su juvenil
sonrosado en el rojo subido de la vergüenza. Pero Rivas, como todo hombre naturalmente
enérgico, sintió rebelarse su corazón con aquella contrariedad, y a pesar de que latía con
violencia y de que su lengua parecía negarse a formular ninguna sílaba, hizo un esfuerzo
para contestar.
-179-
-Pregunté, señorita, si usted sentía el verse sola conmigo -dijo-, para explicar a usted que
la he seguido por orden suya y temiendo que pudiera sucederle algún accidente.
-¡Ah! -exclamó Leonor, no ya indiferente, sino con tono picado-. Usted ha venido para
socorrerme en caso necesario.
Leonor oyó con placer el acento de aquellas palabras, que revelaban cierta altanería en el
que las había pronunciado.
-Usted se impone demasiadas obligaciones para pagar nuestra hospitalidad -le dijo-. ¿No
basta que usted sirva a mi padre en todos sus negocios?
-Señorita -repuso Martín-, yo me coloco en la posición que usted parece querer señalarme,
porque aún estoy lejos de tener una alta idea de mi importancia social.
-¿Con Agustín?
-No, señorita, con los otros, con los señores Mendoza y Valencia.
-¿Y por qué con ellos precisamente? -preguntó Leonor con una ligera turbación que
disimuló con maestría.
Cuando Rivas dijo estas palabras, la cabalgata, que venía a galope corto hacia el lugar en
que se encontraba con Leonor, estaba ya muy próxima.
-No veo la diferencia que usted indica -contestó Leonor con voz que parecía afectuosa y
confidencial-; a mis ojos un hombre no vale ni por su posición social y mucho menos por
su dinero. Ya ve usted -añadió con una ligera sonrisa que bañó en la más suprema
felicidad el alma de Rivas- que casi siempre pensamos de diverso modo.
Dio con su huasca un ligero golpe al anca de su caballo y se adelantó a juntarse con los que
llegaban.
«¡Extraña criatura! ¿Tiene corazón o sólo cabeza? ¿Se ríe de mí, o realmente quiere
elevarme a mis propios ojos?».
-180-
El grupo que formaba la comitiva había llegado hasta el punto en que Martín se
encontraba cuando hacía estas reflexiones. Ellas, como se ve, eran muy distintas de las que
sus anteriores conversaciones con Leonor le habían sugerido. Ya la esperanza doraba con
sus reflejos el horizonte de sus ideas, abriendo nuevo campo a las sensaciones de su pecho
y a los devaneos de su espíritu. Esa esperanza sola era para Martín una felicidad.
Mientras Leonor y Rivas tenían la conversación que precede, los demás de la comitiva
caminaban hacia ellos, como dijimos, a galope corto, que fue poco a poco cambiándose en
trote. Rafael se había colocado al lado de Matilde y repetido con ella una conversación
sobre el mismo tema que la primera, el mismo también en que se engolfan todos los
enamorados. En su rostro resplandecía la felicidad; y sus ojos, al mismo tiempo que sus
labios, se juraban ese amor al que siempre los amantes dan por duración la eternidad. San
Luis, que deseaba aprovechar el momento para informar a su amante de los progresos
favorables de su intento de unirse a ella, salió del idilio amoroso para hablar de las
realidades.
-Esas palabras -repuso Rafael- las recibiría de rodillas; con el sufrimiento, mi amor
por usted ha aumentado, puede decirse, porque se ha arraigado para siempre en mi
pecho.
Insensiblemente volvieron al eterno divagar sobre la misma idea que forma el paraíso de los
enamorados que se comprenden. Así llegaron al lugar en que se hallaba Martín. Algunas
palabras habló San Luis, después de esto, con Leonor y Rivas, y, viendo acercarse a don
Dámaso, se retiró al galope.
Don Dámaso había arreglado su asunto con el naranjero y emprendido la marcha para
reunirse a los suyos. A su -181- edad, y cuando no se monta con frecuencia a caballo, el
cuerpo se resiente pronto del movimiento algo áspero de la cabalgadura, aun cuando sea de
paso, como la que él montaba. Al llegar al grupo en que estaban sus hijos, don Dámaso
esperaba descansar del largo trote que había dado; pero Leonor emprendió luego la marcha
y los demás la siguieron, con gran descontento de don Dámaso, a quien el sol y el
cansancio comenzaban a dar el más triste aspecto.
Al bajar del caballo en el patio de la casa, don Dámaso hizo algunos gestos que
manifestaban su lamentable estado, y rogó a Leonor que en ese año no le volviese a
convidar para salir a tales paseos.
-182-
- XXX -
Inmensos esfuerzos de paciencia y las más reiteradas súplicas tuvo que emplear Agustín
Encina para obtener de Amador algunos días de plazo a su exigencia de dinero. Sin otra
mira que la de ganar tiempo, había solicitado aquel aplazamiento, porque sabía que un
nuevo pedido de plata a su padre despertaría las sospechas de éste y haría probablemente
descubrir su casamiento.
La idea dominante de Agustín era ocultar este casamiento, alentado por la vaga esperanza
de todo el que, puesto en una difícil posición, esperaba del tiempo, más bien que de su
energía, el allanamiento de las dificultades que le rodean.
Su amor a Adelaida, basado sobre las elásticas ideas de moralidad que la mayor parte de
los jóvenes profesa, se había modificado singularmente desde que se creía unido a ella por
lazos indisolubles. Encontrando una esposa donde él había buscado una querida, sus
sentimientos, de una pasión que él juzgaba sincera, se entibiaron ante la inminencia del
peligro con que su enlace le amenazaba a toda hora. Temiendo siempre la burla, el
deshonor, según las leyes del código que rige a las sociedades aristocráticas, Agustín sólo
pensaba en conjurar el más largo tiempo posible ese peligro, en vez de ocuparse de
Adelaida.
Así transcurrieron los días hasta el 10 de septiembre. Doña Bernarda, en ese día,
manifestó a su hijo que el Dieciocho estaba muy próximo y que nada habían comprado
aún para solemnizar tan gran festividad.
En todas las clases sociales de Chile es una ley que nadie quiere infringir la de comprar
nuevos trajes para los días de la patria.
Doña Bernarda observaba esa ley con todo el rigor de su voluntad, y pensaba que en
aquella ocasión podrían, ella y sus hijas, acudir a las tiendas mejor que nunca, -183- con
el auxilio del dinero que Agustín debía entregar a Amador.
Esta consideración dio lugar a un acuerdo entre la madre y el hijo para exigir el pago de la
cantidad estipulada sin otorgar un solo día más de plazo que los ya concedidos.
En la noche del día en que se verificó tan terminante acuerdo, Agustín vino como de
costumbre con Rivas a casa de doña Bernarda.
Edelmira conversaba entretanto con Martín, en los momentos que podía substraerse a la
porfiada vigilancia de Ricardo Castaños. En esas conversaciones hallaba aquella niña
nuevos encantos cada día, y abandonaba su corazón a los dulces sentimientos que Martín
la inspiraba, sin atreverse a manifestar al joven un amor que él no había contribuido a
formar de ningún modo. Edelmira, como ya lo hemos dicho en otras ocasiones, era dada a
la lectura de novelas y por naturaleza romántica; esta cualidad le daba la fuerza de cultivar
en su pecho un amor solitario, al que poco a poco iba entregando su alma, sin más
esperanza que la de amar siempre con esa melancolía voluptuosa que las pasiones de este
género despiertan comúnmente en el corazón de la mujer, la que posee una organización
más pasiva que la del hombre en estos casos, porque sus sentimientos son más puros
también.
Martín se retiró también a su cuarto sin presentarse en el salón, como en las noches
anteriores lo había hecho. -184- Después del paseo a caballo, la esperanza que en su
pecho habían hecho nacer las palabras de Leonor permanecía en el mismo estado. La niña
había destruido con estudiada indiferencia los deseos que alentaban a Rivas de declararle
su amor; mas no le desesperaba tampoco, porque a veces tenía palabras con las cuales la
pregunta que en la Pampilla había hecho Martín volvía, como entonces, suscitando las
mismas dudas en su espíritu.
Durante aquellos días, don Fidel, por su parte, había hecho serias reflexiones acerca de la
determinación que anteriormente anunciara a su mujer. No obstante que aparentaba no
seguir en [todo] más que los consejos de su propia inteligencia, la observación hecha por
doña Francisca sobre lo prematuro de su proyecto tuvo bastante fuerza a sus ojos para
obligarle a esperar. Pero don Fidel era hombre de poca paciencia, así fue que transcurridos
los días que mediaron entre la última de sus conversaciones con su mujer, que hemos
referido, y el 10 de septiembre, a que han llegado los acontecimientos de nuestra
narración, don Fidel determinó llevar a efecto su propósito de hablar a don Dámaso sobre
su deseo de ver unidos in facie eclesia a Matilde con Agustín. Este enlace, según sus
cálculos, era un buen negocio, puesto que su sobrino heredaría por lo menos cien mil
pesos. Así calculaba don Fidel, con la precisión del hombre para quien las ilusiones del
mundo van tomando el color metálico que fascina la vista a medida que se avanza en la
existencia.
A pesar de esto, don Fidel no descuidaba el negocio del arriendo del Roble. Su ambición le
aconsejaba mascar a dos carrillos, como vulgarmente se dice, y le parecía que era una
empresa digna de su ingenio la de casar a Matilde con Agustín y obtener al mismo tiempo
un nuevo arriendo por nueve años de la hacienda en que se cifraban sus más positivas
esperanzas de futura riqueza. Con tal mira había suplicado de nuevo a su amigo don Simón
Arenal el hacer otra tentativa cerca del tío de Rafael para conseguir el arriendo deseado.
Mientras camina don Fidel, nosotros veremos a Amador Molina que llega a casa de don
Dámaso, como en la noche anterior le había anunciado a Agustín. El hijo de doña Bernarda
era aquella vez puntual, como todo el que cobra dinero, y llevaba el sello del siútico más
marcado en toda su persona que en cualquiera de las demás ocasiones en que ha figurado en
estas escenas.
Sombrero bien cepillado, aunque viejo, inclinado a lo lacho sobre la oreja derecha.
Corbata de vivos y variados colores, con grandes puntas figurando alas de mariposa.
Camisa de pechera bordada por las hermanas, bajo la cual se divisaba la almohadilla
forrada en raso carmesí, que por entonces usaban algunos, con pretensiones de elegantes,
para ostentar un cuerpo esbelto y levantado pecho.
Chaleco bien abierto, de colores en pleito con los de la corbata, abotonado por dos botones
solamente y dejando ver a derecha e izquierda los tirantes de seda, bordados al telar por
alguna querida para festejarle en un día de su santo.
Frac de color dudoso, y dejando ver por uno de los bolsillos la punta del pañuelo blanco.
Añádase a esto un grueso bastón, que Amador daba vueltas entre los dedos, haciendo
molinete, y un cigarrillo de papel, arqueado por la presión del dedo pulgar de la derecha
bajo el índice y el dedo grande, en el dedo siguiente una sortija con este mote en esmalte
negro: «Viva mi amor», y se tendrá el perfecto retrato de Amador, que, al entrar en casa
de don Dámaso, acarició sus bigotes y perilla, como para darse un aire de matamoros
propio para infundir serios temores en el ánimo de su víctima.
-186-
Hacía poco que la familia de don Dámaso había concluido de almorzar, cuando Amador se
encontró en el patio de la casa.
Oíase en el interior el sonido del piano en que Leonor ejecutaba algunos ejercicios. Don
Dámaso y Martín se encontraban en el escritorio despachando algunas cartas de negocios, y
Agustín, tras los vidrios de una puerta, observaba con ojo inquieto a las personas que
atravesaban el patio.
Amador se sentó sin que le ofreciesen asiento y puso su sombrero sobre la alfombra.
-¡Caramba -dijo, pasando en revista el amueblado y adornos de la pieza-, esto está de lo que
hay!
Agustín cerró bien las puertas, mientras que Amador sacaba un mechero y encendía el
cigarro que se había apagado.
-¿Y... ya están prontos los realitos? -preguntó al joven, que se paró a su frente pálido y
turbado.
-Todavía no -dijo Agustín-; estoy seguro que papá se va a enojar con este pedido de plata.
-Qué le haremos, pues; tendrá dos trabajos: el de enojarse y el de soltar las pesetas.
-Y si no quiere lo perdemos todo -replicó Agustín suplicante-, ¿por qué no espera algunos
días?
-Si yo tuviera casa como ésta y muebles y criados y buena bucólica, de seguro que
esperaba; pero, hijito, la familia está pobre y su mujer no puede andar vestida como una
cualquiera. Si el viejo se enoja, es porque no sabe que usted se ha casado; yo le daré a
tragar la píldora si quiere hacer el cicatero; déjelo no más.
Agustín se volvió desesperado hacia la puerta que daba al patio y vio a don Fidel Elías que
entraba al escritorio de su padre. Aquella visita le pareció un favor del cielo.
-Mire usted -dijo a Amador-; allí va mi tío Fidel entrando -187- al cuarto de mi padre.
¿Cómo quiere que vaya ahora a pedirle dinero?
-Aguardaremos a que el tío Fidel se vaya -respondió Amador-. ¿No tiene usted por hei un
puro y alguna copita de licor? Así conversaremos como buenos hermanos.
Agustín le dio un cigarro habano y le presentó una licorera con copas y botellas. Amador
prendió el cigarro en su mechero, se sirvió una copa de coñac, que tragó como una gota de
agua; llenó de nuevo la copa y miró con satisfacción a su víctima.
-No está malo -le dijo-. ¡Vaya lo que vale ser rico! ¡Y uno que tiene que echarse al
estómago un anisado ordinario!
Les dejaremos seguir su conversación mientras que damos cuenta de la que don Fidel y don
Dámaso acababan de entablar.
Don Fidel llevó a su cuñado a un rincón de la pieza, mientras que Rivas escribía sobre una
mesa en otro.
-Te vengo a hablar de un asunto que me preocupa desde hace días -dijo en voz baja-, y que
nos interesa a los dos.
-¿Cómo así? -preguntó don Dámaso, tomando para hablar el mismo aire de misterio con
que se le había dirigido don Fidel.
-Así será.
-Bueno, pues, yo te vengo a ver para eso, es preciso que nos arreglemos; Agustín me parece
un buen muchacho y no será mal marido.
-Puede ser, puede ser -repuso don Dámaso, siguiendo su propensión a inclinarse al parecer
de aquel con quien hablaba-. Pero es preciso ver lo que dice la Engracia primero. ¿No ves
que yo solo no es regular que disponga de un hijo?
-¡Ah!, es decir que andas buscando disculpas -dijo don Fidel, olvidando, con la
impaciencia, el hablar en voz baja.
-No, hombre, por Dios -replicó don Dámaso-; yo no busco disculpas. Pero ¿no te parece
muy natural que consulte antes a mi mujer? Porque al fin y al cabo ella es la madre de
Agustín.
-También.
-Acuérdate de lo que te digo: si dejas a tu hijo soltero, el día menos pensado se bota a
tunante y te come un ojo de la cara. Yo sé lo que son estas cosas, pues a mí no se me van
así no más.
Con la seguridad de nuevas promesas de don Dámaso, se retiró don Fidel, satisfecho del
modo como había conducido aquel negocio y dejando a su cuñado pensativo.
-En eso de los gastos no le falta razón -murmuró, recordando los frecuentes desembolsos de
dinero que había hecho últimamente por Agustín.
Metió las manos en los bolsillos y principió a pasearse pensativo a lo largo de la pieza.
Agustín miró a don Fidel, que atravesaba el patio con el semblante alegre por las
felicitaciones que se iba dando a sí mismo. Con él se iba también su esperanza de librarse,
por un día a lo menos, de pedir el dinero a su padre.
Intentó de nuevo conseguir un plazo, pero Amador se mostró inflexible.
-189-
-Vaya, pues -dijo éste-, tendré yo mismo que ir a hablar con el papá. Esto va pareciendo
juego de niños.
-No, no, aquí estoy bien -contestó Amador sentándose y encendiendo otro cigarro-; vaya no
más, hable con el papá y tráigame la contestación.
Agustín alzó los ojos al cielo implorando su ayuda, y se dirigió al cuarto de don Dámaso
como una víctima al suplicio.
- XXXI -
Martín concluyó sus quehaceres y se retiró del escritorio, dejando a su huésped entregado a
estas reflexiones.
Cuando Agustín entró en el cuarto, don Dámaso le miró siguiendo la ilación de sus ideas.
Agustín, que había preparado ya la frase con que debía entablar su petición de dinero, se
turbó al oír la pregunta de su padre. Temeroso de ver divulgado su secreto, parecíale que
semejante pregunta era un indicio evidente de que don Dámaso tenía ya alguna sospecha
de su casamiento.
-Sería tiempo que pensases ya en trabajar en algo -le dijo don Dámaso interrumpiéndole.
-Oh, yo estoy muy dispuesto a trabajar. ¡Ojalá ahora mismo se presentase la ocasión!
-Bueno, me gusta oírte hablar así -le dijo el padre revistiéndose de un aire doctoral-, los
jóvenes no deben estar -190- de ociosos, porque no hacen más que perder tiempo y
dinero.
Esta reflexión caía muy mal para las circunstancias de Agustín. No obstante, la idea de ver
aparecer a Amador y de que todo se descubriese le dio ánimo para persistir en la resolución
con que había entrado.
-Así es, papá -dijo-, usted tiene razón y por eso yo deseo trabajar.
-Gracias. Cuando esté trabajando no pensaré en hacer gastos, como ahora, que, sin saber
cómo, me encuentro con una deuda de mil pesos.
Agustín pronunció su frase con la mayor serenidad que le fue posible y observó con
ansiedad el efecto que producía en su padre.
Don Dámaso, que había vuelto a su paseo, se detuvo y fijó los ojos en su hijo. Las palabras
que don Fidel acababa de decirle tomaron entonces en su imaginación un alcance profético.
-¡Mil pesos! -exclamó-. ¡Pero hace muy pocos días que te di otro tanto!
-Es cierto, papá, pero yo no sé cómo... se me había olvidado... y además con los amigos y el
sastre...
-Fidel tiene razón -dijo agitado don Dámaso-, estos muchachos no piensan más que en
gastar.
-¡Pero, hombre, mil pesos! Es decir, dos mil pesos en menos de dos meses. Caramba,
amigo, usted está gastando como que no le cuesta nada.
-En adelante será otra cosa, y usted verá cuando yo esté trabajando -repuso en tono
meloso el elegante.
-¡Eh!, ¡qué has de trabajar! Ahora los mocitos no piensan más que en botar la plata que sus
padres han ganado a fuerza de trabajo. Sí, señor, Fidel tiene razón, todos son unos tunantes.
-Yo le prometo a usted que trabajaré, y cuando pague los mil pesos que debo, no gasto un
centavo más.
-A mí no me bastan esas promesas, amiguito. ¿Sabe usted lo que hay? Es preciso entrar en
una vida arreglada.
-191-
-Sí, sí, ésas son buenas palabras, así dicen todos. No, amigo, la que yo llamo vida arreglada
es la del matrimonio. ¿Me entiende usted?
Agustín bajó los ojos espantado del giro que tomaba la entrevista. Era imposible ya
retroceder, y lo que más importaba en ese momento era ganar tiempo. Ésta fue la única
reflexión que surgía del espíritu del angustiado mozo.
-Es preciso, pues, que tú pienses en casarte -continuó don Dámaso con tono más tranquilo,
pues al ver que Agustín había bajado la vista, creyó que era en señal de sumisión y
obediencia.
Don Dámaso, que sólo era enérgico por momentos, sentía un verdadero placer en cuanto
veía respetada su autoridad. La actitud con que su hijo quiso ocultar el terror que en su
corazón despertaron sus palabras le dispuso muy favorablemente hacia él. Como Agustín
seguía con la vista clavada en la alfombra, don Dámaso continuó con mayor afecto.
-¿Mi primita?
-¡Mucho, papá! -contestó Agustín, que quería salir del paso manifestándose sumiso y
complaciente.
-Pues, hijo -exclamó con alegría don Dámaso-, aquí acaba de estar tu tío y me dice que
para él sería una felicidad la de verte casado con su hija.
-Me parece bien, hijo, muy bien; es preciso entrar en juicio desde temprano para tener una
vejez feliz.
-Bah, ríete de eso, hijo -replicó don Dámaso, golpeando de nuevo el hombro a Agustín-; lo
mismo creía yo antes -192- de casarme. Hay niñas tímidas que aun cuando quieran a un
joven no se atreven a dárselo a conocer; así es tu primita, pero háblale un poco y verás. Yo
estoy seguro que ella te está queriendo. Mira, no estoy seguro; pero creo que tu tío me lo
dijo aquí.
Don Dámaso agregaba esta duda, que no lo era en su espíritu, para persuadir a su hijo que
tan dócil se le manifestaba.
-Cuentos, hijo, todas las niñas tienen amorcillos hasta que se presenta uno y las habla de
casamiento.
-Urgente y muy urgente -dijo el padre con tono distinto del afectuoso con que había
hablado hasta entonces.
-Todo eso está muy bueno. Yo también necesito que no andes por ahí botando mi dinero.
Es preciso que mires esto como muy serio.
-Sin duda, papá, y así que usted me haya dado para pagar lo que debo...
-¿Cuánto es?
-Mil pesos.
-¿Nada más?
-Nada más.
-Está bien, hijo, mañana me traes las cuentas de lo que tengas que pagar y tu contestación
sobre la prima, y todo se pagará; vaya, pues, está convenido.
Agustín miró estupefacto a su padre, que no le dio tiempo de replicar, porque salió
inmediatamente del cuarto.
«Las cuentas y la contestación sobre Matilde -replicó abismado el elegante-, ahora sí que
estoy mucho peor que lo que vine. ¿Cómo salir de este apuro?».
-No ve, pues -dijo contestando a la interrogadora mirada con que Amador le recibía-, con
su apuro lo ha echado todo a perder.
-¿Cómo? ¿Cómo es eso? ¿Qué es lo que hay? -preguntó Amador, mirando con inquietud el
descompuesto semblante de su víctima.
-Que usted lo ha echado todo a perder -repitió Agustín, dejándose caer con profundo
abatimiento sobre una silla.
-Papá se incomodó.
-¿Qué cuentas?
-Vaya, amigo, por poco se echa a muerto usted; yo le haré las cuentas que quiera.
Agustín miró con espanto al que con tanta frialdad le hablaba de presentar documentos que
no existían. El semblante de Amador respiraba una serenidad perfecta, y había en sus ojos
una tranquilidad que le asustó. Por un presentimiento repentino se vio Agustín lanzado con
aquel hombre en la vía vergonzosa de la falsificación y del engaño a que con tanta
naturalidad le convidaba Amador. Este solo presentimiento le hizo ruborizarse y temblar.
Con él se despertaron también en su pecho los instintos de delicadeza que el miedo había
hasta entonces sofocado, y ellos le infundieron la energía que le faltaba para preferir una
franca confesión de lo ocurrido antes que mancharse con el contacto impuro del que le
ofrecía los medios de engañar a su padre.
-Mañana -dijo-, sin necesidad de documentos, haré que papá me dé esa cantidad.
-Bueno, pues, yo no espero más que hasta mañana -respondió Amador, tomando su
sombrero-; si el papá se enoja y no quiere dar la plata, yo le largo el agua y se lo
cuento todo. Hasta mañana, pues.
Agustín se tomó la cabeza con las manos y permaneció inmóvil por algunos instantes.
Luego levantó los ojos, en los que brillaba un rayo de resolución, y dejando el asiento en
que se encontraba, salió del cuarto y subió la escala que conducía a las habitaciones de
Rivas.
Martín, sentado delante de una mesa, estudiaba, o más bien leía en un libro sin comprender.
La sorpresa se pintó en su rostro al ver entrar con precipitación a Agustín, cuyas
descompuestas y pálidas facciones indicaban la agitación a que su espíritu se hallaba
entregado.
Rivas se levantó saludando con cariño a Agustín, que empezó a pasearse pensativo por la
pieza. Terminado el primer paseo, se detuvo y miró en silencio a Martín.
-Sí, yo; si hubiese seguido sus consejos no estaría como estoy, perdido para siempre.
-Veo que está usted muy agitado, Agustín -le dijo-, siéntese aquí. Si usted me viene a
buscar para confiarme sus pesares, cuente con que, además de agradecerle esa confianza,
haré lo posible por darle algún consuelo.
-Muchas gracias -contestó Agustín sentándose-. Es cierto que vengo a confiárselo todo.
¡Ah!, desde hace algunos días, amigo, he sufrido mucho, y como no he tenido a nadie con
quien hablar, me siento con el corazón oprimido. Ahora me acordé que usted me dio un
buen consejo, que por desgracia no seguí, y he venido a desahogar mi pecho con usted,
porque creo que es buen amigo.
-Si usted me permite -le dijo-, seré su amigo. Pero, ¿qué le sucede? Tal vez alguna cosa a la
que da usted más importancia que la que tiene en realidad.
-No, no, le doy la importancia que merece. ¿Sabe lo que hay? ¡Estoy casado!
-195-
-¡Con Adelaida! Pero, ¿desde cuándo? Cierto que esto me parece muy extraño.
-Óigame usted y sabrá lo que ha sucedido, todo por no haber seguido sus consejos.
Agustín refirió a Rivas el suceso del matrimonio con sus más pequeñas circunstancias, y
luego las continuas exigencias de dinero, hasta las escenas por que había pasado aquel día
con Amador y con don Dámaso.
-A pesar de la osadía con que usted dice que Amador le amenaza de revelar a su padre este
secreto -observó Martín reflexionando-, yo encuentro todo esto muy sospechoso. ¿Sabe
usted si el que les puso las bendiciones era cura?
-No sé, yo estaba entonces tan turbado que no sabía lo que me pasaba.
-¿Cuál?
-Informarnos en todas las parroquias y hacer registrar los libros de matrimonios desde el
día en que usted se casó.
-Para ver si la partida existe, porque no me faltan sospechas de que usted sea juguete de
alguna intriga, por lo que usted refiere.
-¡Es cierto, usted tal vez tenga razón! -exclamó Agustín, como iluminado por un rayo
súbito de esperanza.
-Si la partida no está asentada en ninguna parroquia, es claro que el matrimonio es nulo,
porque ha sido hecho sin el permiso competente.
-Si usted descubriese esto -le dijo Agustín con entusiasmo-, sería mi salvador, le debería la
vida.
-Para esto no debe usted pararse en gastos -le dijo-, -196- es preciso desplegar la mayor
actividad; es necesario que nosotros tengamos la certidumbre sobre esto antes que Amador
se presente aquí, y que hayamos prevenido a su padre de usted.
-Es preciso tener valor y franqueza. ¿No tendrá don Dámaso razón para ofenderse con usted
si otra persona en vez de usted le trae tal noticia?
-Es cierto.
-Además, si, por desgracia, el matrimonio es válido, previniendo a su padre con tiempo,
podrá tal vez arreglar las cosas de algún modo que a nosotros no se nos ocurre.
-Bajo a mi cuarto y allí tomaré el dinero que tengo; son doscientos pesos, y partiremos,
¿no le parece?
-Lo más pronto será lo mejor -dijo Rivas, tomando su sombrero y bajando con Agustín.
Pocos momentos después salieron, cada cual en dirección a los puntos donde se dirigían sus
pesquisas.
- XXXII -
Don Fidel Elías regresó a su casa felicitándose, como dijimos, de su actividad y maestría
para conducir los negocios.
Entre nosotros es bastante conocido el tipo del hombre que dirige a este fin todos los pasos
de su vida.
Para tales vivientes, todo lo que no es negocio es superfluo. Artes, historia, literatura, todo
para ellos constituye un verdadero pasatiempo de ociosos. La política les merece atención
por igual causa y adoptan la sociabilidad por cuanto las relaciones sirven para los
negocios.
-197- Hay en esas cabezas un soberbio desdén por el que mira más allá de los intereses
materiales, y encuentran en la lista de precios corrientes la más interesante columna de
un periódico.
Entre estos sectarios de la religión del negocio se hallaba, como ha visto el lector, don
Fidel Elías por los años de 1850; es decir, diez años ha. Y en diez años la propaganda y el
ejemplo han hecho numerosos sectarios.
Don Fidel, ya lo dijimos, miraba como un buen negocio el casar a Matilde con Agustín
Encina. Mas no por eso dejaba de interesarse vivamente en el otro negocio que tenía entre
manos: el arriendo del Roble.
Dijéronle en su casa que don Simón Arenal había estado a buscarle, y sin dejar el
sombrero, ni entrar en explicaciones con doña Francisca sobre su entrevista con don
Dámaso, se dirigió lleno de curiosidad a casa de don Simón.
Doña Francisca le vio salir con el placer que muchas mujeres experimentan cada vez que se
ven libres de sus maridos por algunas horas. Hay gran número de matrimonios en que el
marido es una cruz que se lleva con paciencia, pero que se deja con alegría, y don Fidel era
un marido cruz en toda la extensión de la palabra.
Doña Francisca leía a la sazón a Valentina, de Jorge Sand, y don Fidel, hombre de
negocios, con toda la frialdad de tal, hacía una triste figura comparado con el ardiente y
apasionado Benedicto. Por esta causa doña Francisca vio con gusto salir a su cruz y
volvió con vehemencia a la lectura.
Don Fidel no se curaba de Jorge Sand más que de los pobres del hospicio, y así fue que
salió sin ver los reflejos de romántico arrobamiento que brillaron en los ojos de su
consorte; hasta más le importaba el negocio del Roble que estudiar las impresiones de su
mujer.
Llegó a casa de don Simón con la respiración agitada y el ánimo inquieto por la duda.
Don Simón le ofreció asiento y un cigarro de hoja, asegurándole que eran de los mejores
que salían de la cigarrería de Reyes, situada en la plazuela de San Agustín.
-198-
Con un cigarro se entablan entre nosotros la mayor parte de las conversaciones entre
hombres y puede decirse que el cigarro es uno de los agentes de sociabilidad más
acreditados y activos.
Don Fidel Elías encendió el suyo y esperó, no sin emoción, que su amigo le dijese el objeto
de la visita que había estado a hacerle.
-¿Le dijeron que estuve en su casa? -fue la pregunta de don Simón.
-Sí, compadre -contestó don Fidel-, y apenas lo supe me vine derecho para acá.
-Anoche.
-¿Qué condiciones?
-Sí.
-Que piensa dar en arriendo el Roble a su hijo y a su sobrino, en caso que usted no
consienta en lo que Rafael le ha pedido.
-¿Qué le ha pedido?
Don Fidel no se hallaba preparado para recibir un ataque semejante. No halló qué decir. Sus
facciones se contrajeron como las de un hombre que se entrega a una profunda reflexión.
-199-
-De veras que esto no me lo podía figurar -dijo.
-¿Y si yo accediese a ella? -preguntó don Fidel, después de una ligera pausa.
-En ese caso arrendaría a usted el Roble y pondría a trabajar a su hijo y a su sobrino en otra
hacienda.
Ante todo, se dijo que el asunto merecía pensarse detenidamente, porque la propuesta de
don Pedro no parecía desechable a primera vista. Hemos dicho que don Fidel tenía
comprometida la mayor parte de su fortuna en la hacienda del Roble, y esta consideración
obraba poderosamente en su ánimo para mirar como preferible el casamiento de Matilde
con Rafael que con Agustín. Según todas las probabilidades, éste tendría fortuna, pero sólo
a la muerte de su padre; y don Fidel calculó que don Dámaso, en perfecta salud como se
hallaba, viviría largos años aún. Además, el apoyo que su cuñado podía prestarle era
problemático y nunca tan ventajoso para sus negocios como un nuevo arriendo del Roble
por nueve años.
-Usted sabe que Rafael estuvo ahora tiempo para casarse con Matilde -dijo al cabo de estas
consideraciones.
-La cosa se deshizo por mi cuñado -prosiguió don Fidel-. Rafael no tenía nada entonces,
pero es un buen joven.
-Así parece.
-Lo mejor, compadre, será no tomar sobre esto una resolución precipitada; tiempo tenemos
para pensarlo.
-200-
Don Fidel refirió sus dos visitas de aquel día: su medio compromiso con don Dámaso y la
inesperada condición que se le imponía para el arriendo del Roble.
De aquella relación descartó doña Francisca la prosa referente a los negocios con que don
Fidel la había sazonado y formuló en su imaginación la parte poética que se desprendía de
la constancia de Rafael San Luis. En el estado en que se encontraba su ánimo por la lectura
de Valentina, bastaba esta circunstancia para decidirla por la propuesta de don Pedro.
-Y trabajando en el campo -dijo don Fidel-, el mocito ese puede ser un partido.
-¡Eso sí que prueba un corazón bien organizado! -continuó ella con entusiasmo.
-Porque la otra hacienda de don Pedro es buen fundo -observó don Fidel, dispuesto a sufrir
por primera vez las románticas divagaciones de su mujer, porque veía que ella era de su
opinión en aquel negocio.
-Con tres mil vacas puede sacar todos los años una buena engorda.
-Creo que no hay que vacilar, hijo, es una felicidad para nosotros.
-Así me parece; es una hacienda en la que, por término medio, se cosechan de cinco a seis
mil fanegas de trigo.
-Sin contar con la leña y carbón, que dejan una buena entrada.
-Hija, lo demás es pura pamplina -contestó don Fidel, impacientándose también del
entusiasmo romántico de su consorte-; cuando uno tiene mucha plata y tiene familia, debe
ante todo fijarse en lo positivo. Yo digo esto porque conozco al mundo mejor que nadie, y
a mí no se me va ninguna. ¿De qué nos serviría que Rafael fuese enamorado -201- como
un Abelardo si no tuviese con qué mantener a su familia?
-La plata no basta para la felicidad -dijo doña Francisca, alzando los ojos al cielo con
vaporosa expresión.
-Que me den plata y me río de lo demás -replicó don Fidel-. Anda que vayan a mandar a la
plaza con amor y buen corazón y con llevarse leyendo libros.
-Bueno, pues, hablemos de otra cosa; sobre esto tengo mis convicciones asentadas.
-Lo que yo tengo asentado es tu porfía -exclamó don Fidel, viendo que su mujer, en vez de
convertirse a su doctrina, evitaba la discusión.
Doña Francisca miró su libro para resignarse con algún pensamiento poético.
-Es decir, que aceptamos lo que don Pedro propone -dijo don Fidel, después de una pausa,
que empleó en calmar su mal humor.
-Así lo entiendo, a mí no me puede dar nadie lecciones, porque sé muy bien lo que hago;
el arriendo del Roble por otros nueve años nos conviene más que lo que tu hermano podría
favorecernos.
-Le diré que la constancia de Matilde me ha vencido y... en fin, no se me dejará de ocurrir
algo.
Salió de la pieza y doña Francisca fue a buscar a su hija para anunciarle la feliz noticia.
Mientras que don Fidel se ocupaba de este modo de sus negocios, don Dámaso había
informado a su mujer y a su hija del objeto con que su cuñado le había visto. Para don
Dámaso la opinión de Leonor era de tanto peso como la de doña Engracia, que, como
madre, principió por oponerse al casamiento de su hijo.
-¿No ves? Lo mismo digo yo -exclamó doña Engracia acariciando a Diamela, acción que
ella empleaba para expresar cualquiera emoción que la agitara.
-202-
-En fin, él ha quedado de contestar mañana -replicó don Dámaso-; veremos, pues.
Don Dámaso salió a dar su paseo diario por el comercio, y la madre y la hija quedaron
solas.
-Es preciso que hables con Agustín, hijita -dijo doña Engracia, que contaba más con el
influjo de Leonor sobre toda la familia que con el suyo.
Doña Engracia abrazó a Diamela para manifestar su alegría y la perrita correspondió a sus
caricias moviendo la cola en todas direcciones.
-203-
Al salir del comedor Agustín se acercó a Rivas, que siempre se quedaba atrás para dejar
pasar a la familia.
-Vamos a mi cuarto -le dijo con un tono de actor que da una cita para revelar al
protagonista el secreto de su nacimiento.
Agustín había perdido su pretenciosa naturalidad y sus desaliñadas frases con los últimos
sufrimientos. Su espíritu estaba cubierto con los tintes sombríos del drama romántico y
por esto empleaba aquel tono para llamar a Martín.
-Muy bien -contestó Rivas-, en las parroquias que he recorrido y en la curia no existe
ninguna partida de matrimonio. ¿Y usted ha encontrado algo?
-Y yo también.
-¿No ve usted? El matrimonio es nulo; lo que ahora importa es que el secreto no salga de la
familia.
Rivas hizo con la cabeza un signo afirmativo. Su corazón había latido con violencia al oír la
voz de la niña.
-Parece que están ustedes tratando de secretos muy importantes cuando están tan
encerrados -dijo al ver a Martín, que se puso de pie y caminó hacia la puerta como
para retirarse-. ¿Por qué se va usted? -le preguntó.
-204-
-Tal vez tiene usted algo que hablar con Agustín -contestó el joven.
-Es cierto, tengo algo que hablar con él, pero usted no está de más.
Leonor se sentó en un sofá, Agustín a su lado y Martín en una silla algo distante.
-Sí.
-¿Con Matilde?
-Sí.
-Que no puedo.
-Por lo que yo le contesté hoy, ya lo creo; pero es que no podía hablar claro -dijo Agustín
mirando a Rivas.
-¿Y ahora?
-¿Por qué?
-¿Un secreto?
-Lo único que puedo decirte es que me he encontrado en un gran peligro y estaba perdido
si no me hubiese auxiliado Martín.
Leonor miró a aquel joven, a quien su padre elogiaba siempre y que aparecía ahora como el
salvador de su hermano.
«Yo sabré ese secreto», se dijo al ver la ardiente y sumisa mirada con que Martín recibió la
suya.
-Esta noche les tocaré un vals nuevo que tal vez ustedes no conocen.
Con esto quedó Martín citado para la noche, porque Leonor le había mirado sólo a él al
decir estas palabras.
Con esta persuasión asistió en la noche a la tertulia de don Dámaso, en la que faltaban don
Fidel y su familia, que habían juzgado prudente no presentarse aquella noche.
Pocos minutos después de la llegada de Martín se dirigió Leonor al piano y llamó al joven
con la vista. Martín se acercó temblando. La disimulada cita que había recibido y la mirada
con que la niña le llamaba a su lado bastaban para llenarle de turbación.
-Éste es el vals -le dijo Leonor, extendiendo sobre el atril una pieza de música.
-A lo que veo -le dijo Leonor, tocando los primeros compases-, usted ha venido a ser la
providencia de la familia.
-Mi padre dice que para sus negocios usted es su brazo derecho.
-En eso he tenido un papel muy insignificante para que usted me atribuya méritos de que
carezco.
-Otra exageración, señorita; he hecho muy poco por él en razón de lo que debo a su familia.
-No creo que sea tan poco, por lo que dice Agustín.
-Nunca haré lo suficiente considerando mi agradecimiento hacia su padre de usted.
-206-
-¿Es un asunto tan grave que no pueda confiarse? -preguntó Leonor empezando a
impacientarse con las evasivas respuestas de Martín.
-Creía -replicó ella revistiéndose de su altanería- que le he dado a usted bastantes pruebas
de confianza para que pudiese corresponderla.
-¡Es decir que sobre usted nadie tiene influencia ninguna! -exclamó Leonor con tono
sarcástico.
-Usted la ejerce imperiosísima sobre mí, señorita -contestó Rivas, acompañando estas
osadas palabras con una ardiente mirada.
Leonor no se dignó mirarle, sin embargo que sintió perfectamente el fuego de aquella
mirada. Siguió durante algunos momentos tocando el vals sin hablar una sola palabra y dejó
el piano cuando terminó.
En lo restante de la noche no tuvo para Rivas una sola mirada y conversó largo rato con
Emilio Mendoza, que, al retirarse, se creía el preferido.
Leonor, al acostarse, se confesaba vencida por la obstinación con que Rivas había callado
su secreto; pero en esa reflexión, hecha a solas y sin doblez ninguna, hallaba un motivo de
admiración por aquel carácter leal y caballeroso que prefería arrostrar su desdén a
traicionar la amistad. Ella tenía bastante elevación de espíritu para comprender la
delicadeza de la reserva de Martín, y en su pecho prevalecía el aprecio a tal reserva sobre el
deseo de esclavizar al joven, deseo que antes imperaba en su voluntad y le pedía su
orgullo.
-207-
- XXXIII -
A las 9 de la mañana siguiente, Agustín y Martín se hallaban reunidos, después de haber
salido una hora antes en busca de los certificados que el día anterior habían pedido en
las parroquias más inmediatas a la casa de doña Bernarda.
-Soy a usted por la vida entera -le decía, leyendo aquellos certificados-; con estos papeles
voy a fudroayar a Amador. ¡Veremos ahora quién de los dos hace el fiero!
-Yo insisto -dijo Martín- en que es preciso imponer a su padre de lo que sucede.
-Por lo que usted me cuenta -repuso Martín-, Amador es capaz de ir a verse con don
Dámaso al oír la negativa de usted sobre el dinero.
-Es cierto.
-Y en ese caso será muy difícil explicar el asunto cuando don Dámaso esté bajo la
impresión que le producirá una noticia como la que Amador le daría.
-Tiene usted razón; pero es el caso que yo no me atrevo a ir a hablar con mi padre.
Martín se dirigió al escritorio de don Dámaso, pues sabía que a esa hora esperaba el
almuerzo escribiendo. Entabló la conversación sin rodeos y refirió la desgraciada aventura
de Agustín, atenuando en cuanto le fue posible su conducta. Don Dámaso le oyó con la
inquietud de un padre que ve comprometida la honra de su hijo y la propia. -208- El
honor de las Molina le importaba un bledo, y se pasmaba de la insolencia de esas gentes,
que por conservar su reputación querían casar al hijo de un caballero. Al fin contó Rivas
su entrevista con Agustín el día anterior, los pasos que habían dado y las sospechas que le
asistían sobre la nulidad del matrimonio. Esto último permitió a don Dámaso respirar con
libertad.
-Con estos certificados de los curas -dijo recorriendo los papeles que Rivas le presentaba-
creo que no quedará duda sobre el asunto.
-El hermano de la niña -dijo Martín- debe presentarse hoy nuevamente en busca del dinero.
-Yo creo que será mejor dar un golpe decisivo antes que él se presente -contestó Rivas.
-¿Cómo?
Don Dámaso, acostumbrado a seguir en sus negocios las inspiraciones de Martín, halló
acertado aquel consejo.
-Antes que venga Amador, después del almuerzo; Amador debe venir a las doce.
-Si esto se arregla como lo espero -dijo don Dámaso-, será un nuevo servicio que le
deberemos a usted.
-Le suplicaré que usted no toque este asunto con Agustín, que ha sufrido bastante en
estos días y se encuentra bien arrepentido.
Un criado anunció que el almuerzo estaba en la mesa. -209- Don Dámaso se dirigió al
comedor hablando sobre otros negocios con Martín.
Durante el almuerzo buscó en vano éste los ojos de Leonor. La niña se había impuesto tanta
más reserva y frialdad para con Rivas cuanto mayor era el interés que sentía por él. Las
reflexiones de la noche precedente habían sido fecundas en deducciones ventajosas para
Martín; pero Leonor, al cabo de ellas, se había hecho por primera vez una pregunta franca:
«¿Estaré enamorada?».
Esta pregunta había surgido como un relámpago cuando, tras largas reflexiones, el sueño
había principiado a cerrar sus lindos párpados, guarnecidos de hermosas pestañas. Leonor
abrió tamaños ojos al oírla con el corazón. El sueño huía espantado y en balde le buscó
ella enterrando su perfumada cabeza en la almohada de plumas en que la apoyaba. Mil
ideas incoherentes se dibujaron entonces en su espíritu. Semejantes a la salida del sol,
cuyos rayos bañan de vívida luz algunos puntos, dejando la sombra relegada en otros, esa
idea de amor, luminosa, radiante, acompañada de su cortejo de reflexiones súbitas, iluminó
partes de su alma, si así puede decirse, con hermosos resplandores y dejó la obscuridad y
confusión en otras. Amar le parecía un sueño encantado y venturoso; pero su orgullo debía
también elevar su voz en aquel supremo instante. Amar a un joven pobre y desconocido, a
un joven que hasta entonces no había llamado la atención de ninguna mujer, le parecía una
desgracia; más tal vez porque sus mejillas se encendieron ante el pensamiento de lo que
diría la sociedad al unir, en sus comentarios caseros, el nombre de Martín Rivas al suyo.
La imaginación de aquella niña fue durante aquel insomnio un espejo donde vinieron a
reflejarse todas las suposiciones de un corazón en lucha con un poderoso sentimiento. La
altiva desdeñadora de tantos elegantes se vio enamorada de un joven modesto que vivía
alojado en su casa y gozaba, por única fortuna, de una pensión de veinte pesos, mientras
que sus amigas, a quienes había considerado siempre como consideraría una reina hermosa
a las damas de su corte, se casarían -210- con jóvenes de riqueza y de nombre, a los que
darían orgullosas el brazo en el paseo.
«No pensemos más en esta locura», fue lo que Leonor se dijo, dándose vuelta en el lecho
para no oír sobre su almohada los violentos latidos del corazón.
A la mañana siguiente tomó Leonor la fatiga del insomnio por la victoria de su voluntad. La
claridad del día, que disipa las proporciones fantásticas que durante la noche cobran
generalmente las ideas, introdujo en su espíritu un entorpecimiento que ella creyó ser su
habitual y fría indiferencia. Pero, al ver entrar a Martín con su padre, el espíritu se despejó
de nuevo, y de nuevo volvió también la lucha entre la voluntad orgullosa y el corazón, con
el entero vigor de la ilusión y de la juventud.
Pero Martín ignoraba todo esto y no vio en la indiferencia de Leonor más que la tiranía de
su mala estrella y el constante presagio de interminable desventura.
Así pues, el almuerzo fue silencioso. Doña Engracia sólo hablaba de cuando en cuando con
la regalona Diamela, y Agustín dirigió la vista sobre su padre para leer en su semblante la
impresión que le había producido la revelación de su secreto. Don Dámaso estaba tan
preocupado con la entrevista aconsejada por Rivas, que fue a los ojos de su hijo
impenetrable, y se retiró al fin del almuerzo, sin que Agustín hubiese podido adivinar si
estaba o no perdonado.
Llamó don Dámaso a Martín y salieron juntos con dirección a casa de doña Bernarda.
Don Dámaso se separó de Martín y entró en la casa que éste le había señalado.
-211-
-Señora -dijo don Dámaso-, ¿cuál de estas dos señoritas es la que se llama Adelaida?
Adelaida tuvo un vago presentimiento de que aquel caballero venía allí por algún asunto
concerniente a su matrimonio con Agustín. La pregunta que acababa de oír daba
sobrado fundamento para tal sospecha.
-Desearía hablar con usted a solas algunas palabras -dijo don Dámaso a la madre,
después de haber mirado atentamente a Adelaida y a Edelmira.
-He venido aquí, señora -prosiguió don Dámaso-, porque deseo arreglar con usted un
asunto desagradable.
-Aquí se ha cometido un abuso que puede ser para usted y para su familia de
graves consecuencias -respondió don Dámaso con tono solemne.
-¿Y quién es usted? -preguntó ella con admiración por lo que oía.
-Yo quiero suponer que usted haya obrado de buena fe al creer que casaba a Agustín con su
hija.
-¡Conque se lo han contado ya! Qué quiere, pues, señor. Su hijo andaba en malas y hubo
que casarlos.
-Pero lo que usted tal vez no sabe es que ese casamiento es nulo.
-¡Cómo nulo!
-212-
-Mira, hijo -exclamó la madre-, mira lo que me viene a decir este caballero.
Amador trató de sonreírse con desprecio, pero la sonrisa se heló en sus labios. Se hallaba
tan distante de figurarse que iba a oír semejante aserción, que se sintió ante ella
desconcertado y vacilante. Pero imaginó que no había salvación posible sino en la más
obstinada negativa y volvió a esforzarse para sonreír.
-No sabrá, pues, este caballero lo que ha sucedido -respondió con aire burlón.
-Sé muy bien que se ha cometido una violencia -exclamó don Dámaso-, y tengo
documentos para probar que el matrimonio a que se arrastró a mi hijo es completamente
nulo.
-Aquí están -dijo don Dámaso, mostrando los papeles que Martín le había entregado-, y me
serviré de ellas en caso necesario.
Amador veía que el asunto iba tomando un sesgo peligroso, pero no se atrevía a proponer
una transacción en presencia de su madre.
-Bueno, si usted tiene pruebas, nosotros también -contestó-; veremos quién gana.
Don Dámaso reflexionó que era mejor conducir amigablemente el negocio, y prosiguió:
-Las pruebas que yo tengo son incontestables, el casamiento es nulo a todas luces; pero
como éste es un asunto que puede perjudicar a mi reputación y a la de mi familia, he venido
a entenderme con esta señora para que nos arreglemos sin hacer ruido ni dar escándalo.
-Qué escándalo, pues, si están casados -dijo doña Bernarda, consultando el semblante de su
hijo.
Amador evitó la mirada, porque se sentía colocado en muy mal terreno.
-Convengo -dijo don Dámaso- en que mi hijo hizo mal al venir a una cita, pero esa cita
era un lazo que se le tendía.
-213-
-Sí, pues, ¿no quería que lo dejasen no más? -exclamó doña Bernarda-. ¿Y porque es rico
se figura que los pobres no tienen honor? Al todo también, ¡por qué no lo dejaron que fuese
el amante de la niña! ¡Ave María, Señor!
-Cálmese usted, señora -le dijo don Dámaso-, es preciso que usted mire este asunto tal
como es.
-Yo puedo llevar este asunto a los tribunales y probaré allí la nulidad del casamiento; pero
en ese caso no me contentaré con eso, porque pediré un castigo para los que han tendido un
lazo a un joven inexperto.
-¡Sí, qué inexperto, y se vino a meter a la casa a las doce de la noche! -exclamó
doña Bernarda-. Qué haces tú, pues -añadió mirando a su hijo-, ya se te pegó la
lengua.
-Vea, señor, mi madre tiene razón -dijo Amador-. Usted no puede probar que el
casamiento es nulo, porque nosotros tenemos pruebas de lo contrario.
-Deje no más, madre -contestó él, no hallando cómo salir del paso-; cuando llegue el caso,
sobrarán pruebas.
-¿No ve, caballero? Hay pruebas y están casados, y no hay más que conformarse -exclamó
doña Bernarda.
-Lo que mi madre dice es la verdad -repuso Amador-; si usted no quiere que esto se sepa,
lo podemos callar hasta que a usted le parezca.
-No lo callaré por mi parte y me presentaré hoy mismo entablando acción criminal contra
ustedes.
-Entable cuanto le dé la gana; hei veremos -contestó doña Bernarda, consultando otra vez
la mirada de su hijo.
-214-
-Como le parezca -dijo doña Bernarda-, nadie me quitará que yo los he visto casarse. ¿No
es cierto, Amador?
Salió sin saludar y atravesó el patio entregado a una mortal inquietud. La confianza con
que doña Bernarda aseveraba el hecho y el testimonio de Amador, cuyas vacilaciones no
podía apreciar don Dámaso, le arrojaban en una desesperante perplejidad. A pesar de los
certificados que tenía en su poder, parecíale que doña Bernarda y Amador se hallaban en
posesión de alguna prueba irrecusable que podía hacerle perder tan importante causa. Bajo
el peso de tales temores, llegó a su casa con el rostro encendido y vacilante el ánimo en
medio de tan terrible duda.
- XXXIV -
-¡Casado con una china! -dijo con voz ahogada, apretando convulsivamente a Diamela
entre sus brazos.
Y la perrita soltó un alarido de dolor con semejante inesperada presión, que hizo coro con
la voz de su ama y dio a sus palabras una importancia notable.
-¡Qué dirán, por Dios, que dirán! -volvió a exclamar doña Engracia, apretando con más
fuerza a Diamela, que esta vez dio un gruñido de impaciencia, aumentando la
desesperación de don Dámaso.
Éste se volvió hacia Leonor, que permanecía impasible en medio de la confusión de sus
padres.
-Dile, hija -repuso-, que el matrimonio es nulo y que hay cómo probarlo.
-Eso no basta, eso no basta -respondió doña Engracia-, ¡toda la sociedad va a saber lo que
ha sucedido y no se hablará de otra casa!
-Papá -dijo Leonor-, ¿no dice usted que Martín fue el que imaginó el buscar las pruebas
que usted tiene?
-Creo que lo más acertado entonces sería llamarle; él tal vez nos indicará lo que debe
hacerse.
-Tienes razón -contestó don Dámaso, como si le hubiesen dado un medio infalible de salir
de aquel aprieto.
Don Dámaso le refirió su visita a doña Bernarda y la obstinación que había encontrado en
ésta y en su hijo.
-Y ahora, ¿qué haremos? -fueron las palabras con que terminó su relación.
-Yo estoy persuadido que todo es una farsa -contestó Rivas-, pues, según lo que usted
refiere, si ellos tuviesen las pruebas de que hablan, las habrían manifestado, y sobre todo
Amador, a quien conozco, no habría estado tan humilde.
-216-
-Lo que se necesita es asegurarse de todo eso, tener una prueba irrecusable de la nulidad
del matrimonio y comprar el silencio de esas gentes -dijo Leonor a Martín, con tono tan
perentorio y resuelto como si ella y el joven tuviesen solos el cargo de ventilar aquel
asunto de familia.
-Usted hiere la dificultad, señorita -respondió Martín-, aquí se trata de comprar. Me asiste
la sospecha de que Amador es el que tiene el hilo de esta trampa, y creo que con dinero
se podrá llegar al fin que usted indica.
-Mi papá -repuso Leonor- está pronto, según entiendo, a gastar lo necesario.
-Excelente -exclamó don Dámaso-, ¿quiere usted llevar una libranza a la vista contra mi
cajero?
-No será malo, porque esto valdrá más que una promesa mía -dijo Martín.
Doña Engracia luchaba, entretanto, con la sofocación en que le había puesto la noticia, y
con Diamela, que, cansada en sus faldas, hacía esfuerzos para saltar sobre el estrado.
Leonor se acercó a Martín, que permanecía de pie algo distante del sofá en que doña
Engracia y su hija se encontraban.
-¿De modo que sin que usted lo quisiese -le dijo- he sabido el secreto que usted me
ocultaba?
-Espero que usted me hará justicia -contestó Rivas-. ¿Podía divulgar un secreto que no
me pertenecía?
-Ya lo comprendo -replicó la niña con altanería-, puesto que usted estaba más interesado
en ocultarlo que en divulgarlo, como dice usted.
-217-
-Según dice mi papá, hay dos niñas, bonitas ambas -dijo con malicia Leonor-, y entiendo
que Agustín hace la corte a una sola.
-Desde hoy me retiro de la casa -contestó-; creo que no puedo ofrecer mejor justificación.
-Se impone usted un sacrificio enorme -le dijo Leonor con sonrisa burlona.
En este momento volvió don Dámaso con el vale que había ofrecido, y Leonor se retiró al
lado de su madre.
Martín oyó las recomendaciones del padre de Agustín sin prestarle gran atención y salió
más preocupado de las palabras de Leonor que del paso que se acababa de comprometer a
dar. Aquellas palabras y la sonrisa con que fueron dichas le volvían a la idea de que era el
juguete de los caprichos de Leonor. Persuadíase de que ésta abrigaba un corazón
fantástico y cruel.
«Es demasiado orgullosa para permitir que la ame un hombre sin posición social, como
yo», se decía con profunda amargura.
En alas de esta triste reflexión, se lanzaba Martín al campo inmenso en que los amantes
desdeñados aspiran el acre del perfume de las pálidas flores de la melancolía. Todo
sufrimiento tiene un costado poético para las almas jóvenes. Martín se engolfaba en la
poesía de su desconsuelo, prometiéndose servir a la familia de Leonor en razón directa de
los desdenes que de ella recibía. Halagaban a su corazón, huérfano de esperanzas, aquellas
ideas de sacrificio con que los enamorados infelices sustentan la actividad del corazón,
como para sacar partido de su desventura.
«Sufrir por ella -se decía-, ¿no es preferible a una indiferencia fatigosa?».
Así, poco a poco, iba recorriendo su alma las distintas -218- fases de un amor verdadero,
y se encontraba entonces en situación de aferrarse a sus pesares como a un bien relativo,
en vez de desear la calma de la indiferencia, este Leteo cuyas mágicas aguas imploran
solamente los corazones gastados.
-Yo me alegro de que lo sepan todos esos ricos -decía la madre, sin advertir la
preocupación pintada en el rostro de sus dos hijos.
Después de disertar sobre el asunto y edificar castillos en el aire, poniendo por cimiento
la validez del matrimonio, se retiró doña Bernarda con estas palabras, dirigidas a su hija,
que bajaba la frente para ocultar los temores que la asaltaban:
-No se te dé nada, Adelaida, el rico ese tiene que tragarse la píldora, aunque haga más
gestos que un ahorcado; serás su hija por más que le duela, y te ha de llevar a la casa no
más.
Cuando Adelaida y Amador quedaron solos, fijaron el uno en el otro una profunda mirada.
-Alguien ha metido la mano en esto -dijo Amador-, porque Agustín no es capaz de dudar
de que está bien casado. ¡No será mucho que esa tonta de Edelmira...!
-Así no más es -contestó Amador, rascándose la cabeza-, se nos ha dado vuelta la tortilla.
-Tú me has metido en esto -replicó Adelaida, presa ya del miedo que le inspiraba
el resultado-, y es necesario que trates de acomodarlo todo.
-¡Eh, si yo te metí, fue para tu bien! -exclamó Amador-, -219- y la cosa no está tan mala,
porque el viejo está muy interesado en que no sepan lo sucedido. Yo estoy seguro que si
yo fuese a confesarle la verdad me daría las gracias.
-No hay más que hacer entonces -contestó Adelaida, presurosa de verse libre a tan poca
costa de las consecuencias de aquel asunto.
-No seáis tonta -le dijo Amador en tono de amigable confidencia-. El viejo ofreció plata si
nos callábamos.
-Yo no quiero plata -replicó Adelaida con orgullo-, yo quiero salir del pantano en que me
has metido.
Amador calculaba que, aceptando la proposición que don Dámaso había formulado,
todavía le quedaba algún provecho que sacar del desenlace desgraciado de su empresa.
«A mi madre -se dijo- la contento con un regalito, para que no se enoje cuando le cuente
que la estaba engañando, y me queda todo lo demás que me den».
Animado con esta reflexión, resolvió escribir a Agustín para pedirle una entrevista. Se
hallaba ya sentado y tomaba la pluma cuando Martín golpeó a la puerta de su cuarto.
Como Amador ignoraba el objeto de aquella visita, tomó un aire de seriedad para saludar a
Martín.
-Vengo de parte de don Dámaso Encina -dijo éste, sin aceptar la silla que le ofreció
Amador.
-Aquí estuvo esta mañana -contestó Amador, esperando que Rivas le dijese la comisión que
llevaba.
-Al hacerme este encargo, me dijo que no había podido entenderse con doña Bernarda.
-Me dijo don Dámaso que, por lo poco que usted había hablado, le parecía más tratable que
la señora.
-220-
-Mi objeto, pues, es el arreglarme con usted sobre este desagradable asunto de Agustín.
-Don Dámaso me ha dicho que haga presente a usted las consecuencias de este asunto si
llega a ponerse en manos de la justicia; ustedes no tienen ningún medio de probar la
validez del casamiento, y don Dámaso, por su parte, puede probar que aquí se ha cometido
una violencia, para la cual pedirá un castigo. Si, por el contrario, usted confiesa la nulidad
de este matrimonio y ofrece alguna prueba de seguridad que ponga a la familia de Agustín
al abrigo de todo cuidado en este punto, don Dámaso ofrece alguna indemnización para
transar amigablemente, porque reconoce la falta de su hijo, bien que no podía cometerla sin
participación de Adelaida.
-Si usted tuviese una hermana -añadió Amador-, y alguno anduviese... pues...
enamorándola, como usted sabe, ¿no es cierto que usted trataría de escarmentarlo?
-Sin duda.
-Usted puede hacer terminar este asunto ahora mismo -dijo Martín, sacando el vale de
don Dámaso-; vea usted.
-Usted pidió ayer mil pesos a Agustín; pues bien, su padre los ofrece a usted en cambio de
una carta.
-Lo que usted acaba de decirme: que quiso castigar a Agustín y fingió un casamiento.
Amador creyó que se había resistido ya lo suficiente para fijarse en la palabra «fingió», que
Rivas dijo para sondear el terreno. El documento de mil pesos estaba allí tentándole, por
otra parte, y él calculó que obstinándose no podría conseguir nada mejor que lo que se le
ofrecía, y quedaba con su obstinación expuesto a las consecuencias de un pleito.
-221-
Dictole entonces Martín una carta en la que Amador exponía las razones que había tenido
para castigar a Agustín. Terminada esta explicación:
-De un amigo.
Continuó dictando Martín, valiéndose de la relación que Agustín le había hecho del suceso
y completándola con las explicaciones de Amador, que dio también el nombre y calidad
del que le había servido para la representación de su farsa.
-¿Usted me promete que no le seguirá ningún perjuicio? -preguntó Amador al dar el
nombre del sacristán.
-Bajo mi palabra; ya ve usted que esta carta es sólo un documento para la tranquilidad de
don Dámaso, y que de ningún modo puede perjudicar a usted ni a nadie. Cualquiera que la
lea, verá que ha sido un asunto en que se ha dado una buena lección a un joven que no iba
por el buen camino.
Rivas volvió a casa de don Dámaso lleno de alegría porque esperaba que con el buen
éxito de su comisión no podría menos que encomendarse favorablemente a los ojos de
Leonor.
- XXXV -
Guardó Amador, como guardaría una reliquia un devoto, el documento que le hacía dueño
de mil pesos, y se dirigió al cuarto de Adelaida.
-Todo está arreglado -le dijo, refiriéndole la entrevista que acababa de tener con Martín con
todos sus pormenores, excepto lo referente al vale que tenía en el bolsillo.
-222-
Mil pesos era para el hijo de doña Bernarda una suma enorme. La facilidad con que la
ganaba, lejos de satisfacer su ambición, la despertó más poderosa, sugiriéndole la siguiente
reflexión que hizo en voz alta:
-Si no nos hubiesen vendido, otro gallo nos cantaría. Se me pone que Edelmira es la que se
lo ha contado todo a Martín.
Adelaida no respondió. Hallábase contenta con el pacífico desenlace de una intriga de cuya
participación se había pronto arrepentido, y le importaban poco las suposiciones de
Amador, que miraba el asunto por su aspecto pecuniario.
-Nadie puede haber sido sino esa tonta de Edelmira -prosiguió Amador-; hay me la pagará.
De este modo convinieron Amador y Adelaida en no turbar la alegría que esperaban gozar
en los días de la patria. Conocedores del violento carácter de la madre, suponían, con
razón, que la noticia verdadera de lo acaecido irritaría su enojo y les privaría tal vez de las
diversiones que Amador esperaba procurarse con el dinero que iba a recibir.
-Si yo se lo cuento ahora -dijo Amador-, se enojará conmigo; pero con ustedes no sólo se
enojará, sino que las encierra en el Dieciocho y no las deja salir a ninguna parte.
Sólo pueden apreciar la importancia de este argumento los que sepan el apego de todas
nuestras clases sociales por las fiestas cívicas que solemnizan el aniversario de nuestra
independencia. No ver el Dieciocho (ésta es la expresión más genuina en esta materia) es
un suplicio para cualquiera persona joven en Chile, y sobre todo en Santiago, donde el
aparato y pompa que se da a esta solemnidad atrae la presencia de muchos habitantes de
otros pueblos vecinos.
-Usted encontrará muy natural también -le dijo don Pedro- que mi sobrino vuelva a visitar
en casa de usted.
-¡Cómo no! Ya sabe usted que sólo por consejos extraños me privé del placer de recibir a
su sobrino. Cuando quiera presentarse en mi casa, será perfectamente recibido -contestó
don Fidel.
-Muy luego -repuso don Pedro- iré yo a pagar a usted esta visita y me acompañará Rafael.
A esa hora, en casa de don Dámaso, Agustín esperaba con impaciencia la vuelta de Rivas.
-Ahí está Martín -exclamó el elegante, divisando a Rivas que atravesaba el patio en
dirección al escritorio de don Dámaso.
-¿Cómo le fue?
-Perfectamente -contestó Martín-; traigo una carta que calmará todas las inquietudes.
-224-
-¿La puedo leer yo? -preguntó la niña-. ¿No es reservada para mí? Digo esto -añadió
mirando a su hermano- porque este caballero es tan reservado conmigo.
Leonor dio lectura a la carta, mientras que a cada párrafo Agustín exclamaba:
-Me has dicho que este mozo es ordinario -dijo la niña, después de leer la firma-, pero esta
carta está muy bien escrita.
-Pues, hijita -replicó Agustín-, no sé cómo eso es hecho, porque Amador puede llamarse un
siutique pur sang.
-¡Oh, ah! -exclamó Agustín, cuya alegría había aumentado con la lectura de la carta-, o es
mademoiselle Edelmira, o alguien que se le acerque, ¿no es esto, Martín?
La carta fue llevada por Leonor y Agustín a don Dámaso, que hablaba con doña Engracia,
mientras que Diamela hacía cabriolas en la alfombra. Al oír su lectura, el rostro de don
Dámaso se iluminó de alegría; cada frase produjo en su semblante el mismo efecto del sol
cuando, por la mañana, extiende poco a poco sus rayos en la dormida pradera.
-225-
-Papá -observó Leonor-, y creo que la carta ha sido dictada por Martín. ¿No la encuentra
usted bien escrita?
-Tienes razón. Vea usted, bien dice la Francisca, que es aficionada a leer: el estilo es el
hombre, según no sé quién; uno acabado en on... En fin, poco importa, gracias a Martín
todo está arreglado; si este mozo es para todo. Mira, Leonor, tú debías hacerle aceptar
algún regalo; a mí nunca me quiere admitir nada.
Agustín fue llamado entonces de orden de don Dámaso, y recibió una severa reprimenda
por su calaverada.
-Qué quiere usted, papá -dijo el joven algo confundido-, es preciso que juventud se pase.
-Bien está, pero que se pase de otro modo -replicó don Dámaso, con la gravedad de un
barba de comedia-. Lo mejor -añadió en voz baja, acercándose a doña Engracia- será que
pensemos seriamente en casarlo; la propuesta de Fidel llega muy a tiempo.
La señora dio un fuerte apretón a Diamela para expresar el sentimiento de toda madre al
ver pasar a un hijo al bando de Himeneo.
En la noche buscó Martín en balde una de aquellas conversaciones al son del piano, que a
un tiempo formaban su delicia y su martirio; pero Leonor tocó sin llamarle, y Emilio
Mendoza sirvió para volver la hoja de la pieza.
En un momento en que Agustín se había sentado junto a Rivas, llamó a su hermana, que se
retiraba del piano.
-Ven a ayudarme a alegrar a Martín -le dijo-, está de una tristeza navrante.
-Sin duda -respondió Leonor- principia a sentir el peso de la promesa que hizo, tal vez
irreflexivamente.
-La de retirarse de casa de las señoritas Molina -dijo Leonor con altivez y acentuando con
la voz la palabra que ponemos con cursiva.
-La promesa me la hice a mí mismo, y podría, sin faltar a nadie, quebrantarla -replicó
Martín picado.
-¿Qué propósitos son ésos? -exclamó Agustín-. Veamos, -226- que yo sepa, todo lo de
este amigo me interesa ahora.
-Y, sin embargo, parece que con la señorita Molina iba flaqueando su voluntad -repuso
Leonor con acento burlón, antes que Rivas pudiese contestar a la pregunta de Agustín.
Y con estas palabras, la niña volvió la espalda y fue a sentarse al lado de su madre.
«¡Es cruel!», se dijo para sí Martín con profundo abatimiento, y se retiró del salón.
En esa misma noche tuvo lugar la visita de Rafael a casa de Matilde, en compañía de don
Pedro.
Los amantes recobraron, en sabrosa conversación, los días que habían estado sin verse. Don
Fidel hizo al sobrino de don Pedro una acogida tanto más cordial cuanto mayor era el
beneficio que esperaba del negocio del Roble, y doña Francisca tuvo con Rafael algunos
momentos de conversación en los que pudo dar rienda suelta a su romanticismo, alimentado
por la lectura de Jorge Sand.
-La mujer de la moderna civilización -le dijo bajo la influencia de las teorías del autor
favorito- no es menos esclava que en tiempo del paganismo. Siendo una flor que sólo se
vivifica al contacto de los rayos del amor -añadió con entusiasmo-, el hombre ha abusado
de su fuerza para coartar hasta la libertad de su corazón. Usted comprenderá por qué con
su constancia ha dado pruebas de poseer un alma superior a las metalizadas con que
diariamente nos rozamos.
Y San Luis, que bogaba a velas desplegadas en el mar de las ilusiones y del amor, tomó a lo
serio aquella frase y continuó la conversación en el mismo tono romántico de su
interlocutora.
-No estará de más -decía en otro punto del salón el tío de San Luis a don Fidel- que
esperemos siquiera un -227- mes antes de verificar este enlace; mientras tanto, yo me
ocuparé de la suerte de Rafael, que debe trabajar con mi hijo.
Así quedó arreglado que el matrimonio tendría lugar a mediados del entrante mes de
octubre, mientras que los jóvenes olvidaban el mundo jurándose un amor indefinido.
Después de la salida de las visitas, cayó doña Francisca en plena realidad al oír los
proyectos de su marido sobre nuevos trabajos que pensaba emprender en el Roble,
contando con el nuevo arriendo. Pasar de las teorías sobre la emancipación de la mujer al
cómputo de las fanegas de trigo que daría tal o cual potrero, era un contraste demasiado
notable para su poética imaginación, que, como ordinariamente acontece a las de su sexo,
abrazaba con vehemencia intolerante las ideas de su autor favorito. Contentose, entonces,
con recomendar entre dos bostezos a don Fidel la visita que debía hacer a su hermano, y
se retiró con su hija.
Al día siguiente llegó don Fidel a casa de don Dámaso, en circunstancias que éste y su
familia salían de almorzar.
Éste llamó aparte a don Dámaso, y después de algunos rodeos le participó el objeto de
su visita, que desbarataba los planes de su cuñado, el que persistía en su idea de
establecer a Agustín.
- XXXVI -
Llegaron los días de la patria con sus blanqueados en las casas, sus banderas en las puertas
de calle y sus salvas de ordenanza en la fortaleza de Hidalgo. Latió el corazón de los
cívicos con la idea de endosar el traje marcial, para lucirlo ante las bellas; latió también el
de éstas con la perspectiva de los vestidos, de los paseos y -228- de las diversiones;
pensaron en sus brindis patrioteros los patriotas del día para el banquete de la tarde;
resonó la canción nacional en todas las calles de la ciudad, y Santiago sacudió el letargo
habitual que lo domina para revestirse de la periódica alegría con que celebra el
aniversario de la independencia.
Pero los días 17 y 18 del glorioso mes no son más que el preludio del ardiente entusiasmo
con que los santiaguinos parece quisieran recuperar el tiempo perdido para las
diversiones
durante el resto del año. Los cañonazos al rayar el alba, la canción nacional cantada a esa
hora por las niñas de algún colegio, con asistencia de curiosos provincianos que llegan a la
capital con propósito de no perder nada del Dieciocho, la formación en la plaza y la misa
de gracia en la Catedral, el paseo a la Alameda, la asistencia a los fuegos y al teatro, no son
más que los precursores de la gran diversión del día 19: el paseo a la Pampilla.
No es Santiago en ese día la digna hija de los serios varones que la fundaron. Pierde
entonces la afectada gravedad española que durante todo el año la caracteriza. Es una loca
ciudad que con alegres paseos se entrega al placer de populares fiestas. En el 19 de
septiembre, Santiago ríe y monta a caballo; estrena vestidos de gala y canta los recuerdos
de la independencia; rueda en coche con ostentación ataviada y pulsa la guitarra en medio
de copiosas libaciones. Las viejas costumbres y la moderna usanza se codean por todas
partes, se miran como hermanas, se toleran sus debilidades respectivas y aúnan sus voces
para entonar himnos a la patria y a la libertad.
Una descripción minuciosa de las fiestas de septiembre sería una digresión demasiado
extensa y que para los santiaguinos carecería del atractivo de la novedad. Los habitantes de
las provincias las conocen también por la relación de los viajeros y por las que en sus
pueblos se celebran a imitación de la capital. Omitiremos, pues, esa descripción para
contraernos a los incidentes de la historia que vamos refiriendo.
A las oraciones del día 18, los voladores de luces -229- anunciaban el principio de los
fuegos artificiales. Cada uno de estos cohetes que estallaban a grande altura eran saludados
por la multitud apiñada en la plaza con mil exclamaciones, entre las que los ¡Oh! y los ¡Ah!
del soberano pueblo formaban un coro de ingenua admiración.
A la sazón entraba otro grupo a la plaza, compuesto de las familias de don Dámaso y de
don Fidel. Leonor había tenido el capricho de ir a los fuegos y había sido preciso
acompañarla. Doña Engracia con su marido cerraban la marcha de la comitiva, llevando a
la izquierda a una criada que cargaba en sus brazos a Diamela. Adelante caminaban
Matilde y Rafael en amorosa plática, Leonor y Agustín hablando de cosas indiferentes, y
Rivas daba el brazo a doña Francisca, que trataba de entablar con él alguna romántica
conversación.
Pero Agustín no se contentaba con que le oyesen los que llevaba a su lado, y hacía en
voz alta la descripción de los fuegos de París.
-¡Ay, la vieja, esconde a Diamela! -gritó doña Engracia al ver salir en dirección a ellos, del
arbolito más próximo, uno de los cohetes que llevan ese nombre.
-230-
-¡Cómo aplaudirían si viesen el bouquet en París! -dijo Agustín-. ¡Eso sí que es magnífico!
-Oh, retirémonos de aquí -exclamó doña Engracia al ver el inminente peligro en que
Diamela se había encontrado-. ¡Pobrecita -añadió tomando a la perra en sus brazos-, está
temblando como un pajarito!
-Nunca me siento más sola -decía a Rivas- que en medio del bullicio de la
muchedumbre; cuando se vive por la inteligencia, todas las diversiones parecen
insípidas.
Un fuego graneado de chispeadoras viejas, que pasó sobre la cabeza de la familia, ahorró
a Martín el trabajo de contestar.
-Aquí va a sucedernos alguna avería -dijo doña Engracia, ocultando a Diamela bajo la capa.
Para calmar los temores de la señora, la comitiva se dirigió a otro punto más seguro,
pasando por delante de doña Bernarda y los suyos.
Adelaida palideció al ver a Matilde y a Rafael pasar a su lado. La historia de Rafael le era
bien conocida para poder calcular la importancia de lo que veía.
-Mira, mira -dijo Agustín a Leonor, mostrando a Adelaida-, aquélla es la niña con quien me
querían casar.
-Sí.
Martín pasó con su pareja, haciendo un ligero saludo a las Molina, y Edelmira, al
contestarlo, ahogó un suspiro.
-Si yo supiese que usted quiere a ese jovencito Rivas -le dijo el oficial-, yo me vengaría de
él.
-Y Agustín no nos mira tampoco -dijo doña Bernarda-, el francesito quiere hacerse el
desentendido.
-231-
Los volcanes que estallaron en aquel momento llamaron hacia ellos la atención de doña
Bernarda.
Los fuegos se terminaron por el castillo tradicional, con los ataques obligados de buques.
Ningún incidente ocurrió que tuviese relación con los personajes de esta historia, los que se
retiraron a sus casas pacíficamente y algunos de ellos reflexionando sobre el encuentro que
habían tenido.
Doña Bernarda no podía conformarse con que Agustín hubiese manifestado tanta
indiferencia y menosprecio por su familia.
-Si se anda con muchas -decía-, yo publico por todas partes que está casado con mi hija y
que arda Troya.
Amador trataba de calmarla, asegurándola que él arreglaría el asunto apenas terminasen las
fiestas del Dieciocho.
En el teatro fue Martín, desde una luneta, testigo de la admiración que la belleza de
Leonor suscitaba entre la concurrencia. Casi todos los anteojos se dirigían al palco en que
la niña ostentaba su admirable hermosura, ataviada con lujosa elegancia. Las alabanzas de
los que le rodeaban sobre la belleza de Leonor acariciaban el alma de Rivas, infundiéndole
una dulce melancolía. Escuchaba en las melodías de la música y en el murmullo que
formaban las conversaciones cierta voz amiga, hija de su ilusión, que le presagiaba la
ventura de ser amado algún día por aquella criatura tan favorecida por la naturaleza.
Semejante a los mirajes que por una ilusión óptica ofrecen las grandes planicies a los ojos
del viajero, ese presagio de amor desaparecía ante Rivas cuando éste quería darle la forma
de la realidad, pues tenía entonces que considerar la distancia que de Leonor le separaba, y
alejándose del presente, iba a dibujarse vago y confuso entre las sombras de un porvenir
distante.
Pasada la primera satisfacción del triunfo, Leonor había pensado en Martín. Halló cierta
orgullosa satisfacción en la idea que en ese momento le ocurría, de desdeñar la admiración
de todos, para ocuparse de un joven pobre y obscuro, al que con su amor podía elevar hasta
hacerle envidiar por los elegantes y presuntuosos de aquella perfumada concurrencia. Esta
idea surgió naturalmente -232- de su espíritu caprichoso y amigo de los contrastes. Al
abandonarse a ella, buscó Leonor a Martín con la vista y no tardó en encontrarle. Una
mirada de fuego respondió a la suya y la hizo ruborizarse. Cada movimiento de su corazón
que le anunciaba que el amor le invadía, era una sorpresa, como lo hemos visto ya, para el
orgullo de Leonor. La impresión que la mirada de Rivas acababa de hacerle fue bastante
para que alzara con orgullo la frente y mirase con altanería a la concurrencia, como
desafiando su crítica y su poder. Se creía dueña todavía de su corazón y se dijo en ese
momento que ella podía hacer de Martín un hombre más feliz que los que la miraban, sin
pensar que esta sola reflexión argüía en contra de su pretendida independencia.
Pasaron el primero y el segundo entreactos mientras que Leonor luchaba, sin saberlo,
entre su amor y su orgullo. Al bajarse el telón en el segundo acto, volvió a buscar los ojos
de Martín y le hizo una señal para que subiese al palco, señal que el joven no se hizo
repetir.
Leonor abandonó el primer asiento y ocupó uno en un rincón del palco, dejando otro
vacío a su lado, que ofreció a Martín.
-No.
-Que usted está arrepentido del propósito que formó el otro día en mi presencia.
-Siento tener que contradecirla -replicó Martín, tomando el tono de risa con que Leonor
había hablado-, pero le aseguro a usted que no había vuelto a recordar tal propósito, lo que
prueba que me cuesta muy poco el cumplirlo.
-Para tan sincera alabanza de la belleza de una niña -dijo Martín- se necesita hallarse en el
caso de usted.
-233-
-Porque sólo estando segura de la superioridad puede confesarse la belleza de otra -
respondió el joven.
-Veo que usted va aprendiendo el lenguaje de la galantería -le dijo Leonor con tono serio.
Aquel tono era la voz de su orgullo, que no consentía en que el joven saliese de su esfera
de admirador tímido y respetuoso. Ese mismo orgullo le hizo arrojar a Martín su altanera
mirada de reina y preguntarle:
El corazón de Rivas se oprimió con dolor al recibir esa mirada, y volvió a su pensamiento
de que, bajo el magnífico exterior de belleza, aquella criatura extraña ocultaba un alma
cruel y burlona.
-No he tenido tal idea -dijo con melancólica dignidad- y siento en el alma la interpretación
que se ha dado a mis palabras.
Desde la galería del teatro, en donde la familia Molina ocupaba varios asientos, Edelmira
había visto entrar a Martín y sentarse al lado de Leonor.
-Estoy seguro que Martín está enamorado de esa señorita -dijo a Edelmira el oficial de
policía, que no la abandonaba un instante.
Y Edelmira ahogó otro suspiro, pensando en que aquella observación de su celoso amante
sería tal vez verdadera.
-Mira, Adelaida, el otro Dieciocho estarás también sentada en palco con tu francés, no se
te dé nada.
«He sido muy severa», pensó Leonor, al verle retirarse, proponiéndose borrar la impresión
que sus palabras hubiesen dejado en el ánimo de Rivas, al tomar el té en la casa de vuelta
del teatro.
-¿Martín no ha llegado? -preguntó a la criada que había llevado la bandeja del té.
-234-
Al acostarse, Leonor había olvidado los triunfos del teatro, las lisonjeras palabras con que
varios jóvenes habían halagado su vanidad durante la noche, los rendidos galanteos de
Emilio Mendoza y la tímida adoración del acaudalado Clemente Valencia; pensaba sólo en
la dignidad con que Martín había contestado a su mirada de desprecio.
- XXXVII -
Tirada por una yunta de bueyes y con colchas de cama puestas a guisa de cortina, caminaba
a las diez de la mañana del 19 de septiembre una carreta con toldo de totora, de las que
usan ciertas gentes para los paseos a la Pampilla.
En esa carreta, sentada sobre almohadas y alfombras, iba la familia Molina en alegre
charla con algunos de sus amigos.
Doña Bernarda apoyaba su diestra sobre una canasta de fiambres, y en otra con botellas la
izquierda. Sus dos hijas iban al frente de ella, y reclinado junto a Edelmira el oficial
Ricardo Castaños, que, por gracia especial de su jefe, había obtenido permiso para faltar a
la formación en aquel día. Al lado de Adelaida se hallaba otro galán, y sentado al frente,
casi a caballo sobre el pértigo, con ambas piernas colgando y con la guitarra entre los
brazos, completaba Amador Molina aquel cuadro característico de 19 de septiembre.
La canción que éste entonaba era a propósito para el caso y terminaba con el verso:
-235-
Que en coro repetían los de adentro, imitando con boca y manos el ruido de los voladores y
apurando repetidos vasos de ponche preparado ad hoc por las inteligentes manos de
Amador.
No seguiremos en su marcha a la familia de doña Bernarda, que a su llegada al Campo de
Marte recibió su colocación en una de las calles que forman frente a la cárcel penitenciaria,
compuesta de las numerosas carretas con ventas y familias que llegan al campo en ese día.
En casa de don Dámaso Encina golpeaban el empedrado del patio con sus ferrados cascos
dos hermosos caballos, que a las dos de la tarde montaron Rivas y Agustín.
Los dos jóvenes llegaron a la Alameda por la calle de la Bandera y siguieron la corriente de
carruajes y de jinetes en cabalgatas que se dirigen a esa hora principalmente al Campo de
Marte.
-Es preciso que te animes -decía Agustín a Martín, haciendo encabritarse su caballo
para lucir su gracia a los espectadores que estacionan en las puertas de calle en las casas
de la Alameda.
Esta frase con que Agustín quería comunicar el contento a Rivas no era más que la
continuación de las reiteradas instancias con que había vencido la resistencia de su amigo
para acompañarle al paseo.
-Creo que no -contestó Agustín-, mamá tiene miedo de salir en este día.
Mientras tanto, la familia Molina, colocada, como dijimos, en una de las calles de
carretas, se entregaba con ardor a las diversiones del día. Las zamacuecas se sucedían las
unas a las otras, y con ellas las abundantes libaciones, que aumentaban singularmente el
entusiasmo patriótico de los danzantes.
Amador animaba a los demás con el ejemplo, doña Bernarda bebía vaso tras vaso a la salud
de los que bailaban, el oficial de policía improvisaba frases galantes en honor de Edelmira,
y varios curiosos que habían rodeado la carreta aplaudían cada baile y apuraban el vaso con
alegres dichos y descompasadas risas. La animación, en una palabra, se pintaba en todos
los rostros, -236- menos en el de Edelmira, que asistía con pesar a una diversión tan
contraria a sus delicados y sentimentales instintos.
Mas Ricardo Castaños no se daba por derrotado por la indiferencia con que su querida
miraba la general alegría; y como en un rapto de amor quisiese apoderarse de una mano
de Edelmira, doña Bernarda, que le sorprendió al empinar una copa de mistela, exclamó
entre risueña y enojada:
-Mira, oficialito, que si te andáis con muchas te mando meter a la plenipotenciaria que está
aquí enfrente.
Con grandes aplausos celebraron los circunstantes aquella amenaza, que acompañó doña
Bernarda con un ademán con que señalaba la cárcel penitenciaria, a la que el pueblo da
comúnmente el nombre con que la señora la había designado.
Aquel aplauso llamó la atención de Agustín y Rivas, que en ese instante pasaban por
delante de la carreta y no habían podido distinguir a la familia Molina entre las personas
de a caballo que la rodeaban.
Doña Bernarda vio al momento a los jóvenes y se adelantó hacia ellos exclamando:
-¡Aquí está el francesito! Señor Rivas, cómo lo pasa. Anoche andaban ustedes muy
enterados, no conocían a los amigos.
-¡Es posible, señora! -dijo con fingida admiración el elegante-. ¿Anoche, dice usted? No
tuve el honor de verla.
-No me dé palabra, mire -añadió, presentándole un vaso, y en tono más bajo-; tomemos un
trago por su mujercita. Conque el papá dice que el matrimonio es de por ver, ¿no?
Amador, que se había acercado apenas divisó a los -237- jóvenes, oyó las palabras de su
madre, pero no tuvo tiempo de impedir que Agustín le respondiese:
-Sí, madre -contestó Amador-, después hablaremos de esto; ahora nos estamos divirtiendo.
-Mejor, pues -exclamó doña Bernarda, exaltada ya un tanto por el licor-; tanto mejor,
Cuchito es de la familia y es preciso que se baje a divertirse con nosotros.
-Aquí no hay alma que se tenga -dijo doña Bernarda, apoderándose de las riendas del
caballo de Agustín-. ¿Es usted de la familia o no? ¡Qué es esto, pues!
El tono con que doña Bernarda dijo aquellas palabras hizo conocer a Amador que peligraba
su secreto y que era preciso calmar a su madre para no tener que explicarle su arreglo con
Martín sobre el supuesto enlace en circunstancia tan poco propicia.
-Mi madre no sabe nada todavía -dijo al oído de Agustín-, y si usted no se apea, es capaz
que arme aquí un bochinche.
-Yo no puedo descender -contestó Agustín, que temía mostrarse en público en semejante
compañía.
Los que rodeaban al grupo de la familia Molina se habían retirado casi todos al ver que el
baile había cesado.
Entretanto, doña Bernarda no soltaba las riendas del caballo de Agustín y exigía que se
bajase.
-Empéñese usted para que se apee -dijo Amador a Martín-, hágame este servicio.
Martín vio que, para calmar a doña Bernarda, era preciso bajarse; y contribuyeron a su
decisión estas palabras que Edelmira le dijo al mismo tiempo:
Martín echó pie a tierra, y Agustín siguió su ejemplo, -238- tomando después el vaso que
doña Bernarda le presentaba.
-Usted nos ha olvidado -le decía la niña, con una mirada en que se retrataban los progresos
que el amor había hecho en su corazón durante la ausencia de Rivas.
-No la he olvidado a usted -respondió éste-, pero para tranquilizar a la familia de Agustín
he prometido que no volvería a casa de usted.
-¿De modo que yo voy a sufrir por faltas ajenas? -exclamó con ingenuidad Edelmira.
Martín no tuvo tiempo de contestar, porque sus ojos se detuvieron con espanto en un
carruaje que se acababa de detener frente a ellos.
Agustín estaba como una grana y no hallaba hacia qué punto dirigir la vista.
Don Dámaso le hizo señas de acercarse.
Leonor se había reclinado en el fondo del coche, después de arrojar una mirada de profundo
desprecio.
-Es verdad -le contestó Rivas haciendo heroicos esfuerzos para ocultar su vergüenza y
desesperación.
-¿Ama usted a esa señorita? -preguntó Edelmira, fijando en el joven una ardiente mirada y
con voz temblorosa de emoción.
-¡Qué pregunta! -exclamó Martín, apelando a una sonrisa-. Sería mirar muy alto.
-239-
-Vamos, vamos -le dijo entonces Agustín-, papá dice que le sigamos.
Edelmira reprimió una lágrima que asomaba a sus ojos, y tomó la guitarra que Amador la
presentaba para que cantase una zamacueca.
- XXXVIII -
La presencia de Leonor en el Campo de Marte sorprendió tanto más a los dos jóvenes
cuanto que, por la mañana, había dicho en el almuerzo que sólo iría a la Alameda.
Tal había sido, con efecto, la intención de Leonor en la mañana de ese día. Después de su
conversación con Rivas en el teatro y de reconocer que le había tratado con demasiada
severidad, experimentó un deseo de encontrarse sola y de meditar sobre el estado de su
corazón, estado propio de la nueva faz en que por grados iba penetrando su alma, esclava
hasta entonces de las frívolas ocupaciones de la vida maquinal en que la mayor parte de las
mujeres chilenas dejan pasar los más floridos años de su existencia. No creemos
aventurada, después de meditarla, la expresión «maquinal» con que hemos calificado el
género de vida de nuestras bellas compatriotas. Leonor, como casi todas ellas, sin más
ilustración que la adquirida en los colegios, había encontrado que la principal preocupación
de las de su sexo versaba sobre las prendas del traje y las estrechas miras de una vida -
240- casera y de círculo. Su natural altanería le inspiró, desde luego, el deseo de triunfar
en esa arena y brilló por la elegancia como brillaba por su hermosura; fue la reina del buen
tono y la heroína de algunas fiestas. Estos triunfos bastan para llenar la vida mientras que el
corazón permanece indolente al excitante influjo de su verdadero destino. Pero hemos visto
que el hastío había golpeado, aunque suavemente, a su alma, y hemos también seguido
paso a paso las metamorfosis de su corazón desde que conoció a Martín. Había llegado
Leonor al punto de pensar en el joven por la mañana después de haberlo hecho durante
gran parte de la noche. Parecíale ya que su plan de avasallar a Martín era un juego cruel y
encontraba capciosos argumentos para crear la necesidad de manifestarle arrepentimiento
de sus sarcásticas palabras. En estas meditaciones, en las que el espíritu, como una araña
colgada de su hilo, baja y sube repetidas veces, empleó Leonor una hora, después de haber
dicho que no iría a la Pampilla.
Todo espíritu vigoroso es generalmente impaciente. Leonor pensó que esperar hasta la
noche para ver a Martín y calmar su tristeza con alguna mirada o una palabra consoladora
sería poner un siglo entre su deseo y la ejecución. En amor, toda dilación se mide por
siglos; tan ambicioso es el corazón cuando se encuentra en el verdadero campo de su
gloria, que encuentra miserables los términos ordinarios con que apreciamos el tiempo.
Entonces Leonor decidió borrar ese siglo. Su determinación de ir al Campo de Marte fue
para don Dámaso una orden, como lo era todo deseo de su hija. He aquí la causa natural
por que Leonor llegó a ver a Martín y a su hermano cuando acababan de bajarse del
caballo.
Al ver Leonor a Rivas conversando con Edelmira sintió en su corazón un hielo que jamás
había experimentado. Con el firme propósito de despreciarle y de no pensar más en él, no
se ocupó de otra cosa durante la vuelta a la Alameda. ¿Por qué Martín le parecía más
interesante desde que otra mujer, joven y bonita, le amaba? Leonor no pudo explicarse este
enigma, mientras desfilaban ante sus ojos los grupos de serios paseantes que van y vienen
por la Alameda en la tarde del 19 de septiembre, las engalanadas mujeres con sus -241-
vestidos nuevos, las tropas que marchan al compás de música marcial por la calle del
medio, y las tristes figuras de los cívicos de Renca y de Ñuñoa, con sus raídos y
estrafalarios uniformes, por las calles laterales. Sus ideas se confundían como esas masas
de seres humanos que pasaban delante de su vista. Sentíase triste por la primera vez de su
vida, y regresó a su casa de mal humor.
En esa noche Martín no fue al teatro, y Leonor oyó con disgusto la justificación de su
hermano, que explicó a don Dámaso la escena de la carreta. A pesar de una larga
conversación que tuvo en el teatro con Matilde y Rafael sobre generalidades de amor, no
pudo desterrar de su imaginación la idea de que Rivas, quebrantando su promesa, dejaba el
teatro por la casa de doña Bernarda. Al acostarse había reflexionado tanto sobre el mismo
asunto, que su orgullo no se rebelaba ante la idea de tener por rival a una muchacha de
medio pelo; de modo que al día siguiente, habiendo oído a Agustín que Rivas iba a
almorzar con Rafael San Luis, sintió helada la atmósfera del comedor, donde esperaba
verle.
-Leonor -dijo Agustín a Rivas cuando éste volvió de casa de Rafael- es la que menos cree
en las disculpas que he dado; es preciso que tú la convenzas, porque lo que ella cree, lo
cree también papá, y todavía está serio conmigo.
En la comida de ese día, Martín tuvo una verdadera sorpresa, que le dejó perplejo sobre lo
que debía pensar durante algunos momentos. Ocasionó esta sorpresa el aire natural de
afabilidad con que Leonor le saludó y dirigió varias veces la palabra. Al cabo de sus
reflexiones concluyó Rivas por esta triste deducción, propia de un enamorado que no se
cree correspondido: «Me mira con demasiado desprecio y no está de humor para burlarse
de mí».
-Ahora es la ocasión de que me justifiques -le dijo Agustín al salir del comedor.
-Apenas me atrevo -contestó Rivas, que, deseando hablar con la niña, necesitaba que
alguien le alentase a ello.
-242-
-Hazme ese favor -replicó el elegante-. Ella te mira bien; mira, esta mañana me preguntó
que por qué no habías ido anoche al teatro.
Diciendo esto, Agustín llevó a su amigo al salón, en donde Leonor se había sentado a tocar
el piano.
Hemos visto que Martín, a pesar de su timidez de enamorado, sentía despertarse su energía
en presencia de las dificultades. En aquella ocasión cobró fuerzas al verse solo con
Leonor, pues Agustín le dejó junto al piano y se acercó a hojear un libro a la mesa del
medio.
-No le vi a usted anoche en el teatro -le dijo Leonor con una naturalidad que tranquilizó
completamente al joven.
-Me ha dicho Agustín que usted no parece dar mucho crédito a la explicación que hizo de
los motivos que nos obligaron a dar ese paso.
-Porque siendo la explicación dada por Agustín demasiado ingeniosa para que yo pueda
atribuírsela, he debido naturalmente pensar que es de usted.
-Por más que este juicio sea honroso para mi capacidad, no puedo aceptarlo; Agustín no ha
hecho más que referir la verdad de lo acaecido.
-¿Qué cosa?
-Una conversación, con apariencias de muy tierna, que usted tenía con la señorita Edelmira.
-Ya que usted me hace el honor de recordar algo que me concierne, me permitirá
contestarla con entera franqueza.
-Sé de antemano que la explicación será satisfactoria, puesto que reconozco su facilidad de
inventiva.
-A ver.
-Es cierto que hablaba ayer con interés cuando usted me vio al lado de Edelmira.
-¡Vaya, veo que usted va teniendo confianza en mí para contarme sus secretos! -dijo
Leonor con extraño acento y sin mirar a Rivas.
Hubiérase dicho que aquellas palabras habían salido de su boca después de luchar con
acelerados latidos de su corazón. Un hermoso prendedor de camafeo rodeado de perlas,
que sujetaba su cuello de finos encajes, bajaba y subía como un esquife que se mece sobre
las olas; tan visible era lo oprimido y afanoso de su respiración al pronunciar aquella
exclamación.
-No es un secreto, señorita; lo que he querido contar a usted es, como le he dicho, una
sencilla pero franca explicación.
-El interés que tenía y tendré siempre para hablar con esa niña nace, señorita, del aprecio
verdadero que he concebido por su carácter.
-Por eso le digo cuidado; dicen que ese aprecio se cambia con facilidad en amor.
-No lo temo.
-¿Porque lo desea?
-Es usted muy presuntuoso, Martín -dijo Leonor con acento grave y mirándole risueña al
mismo tiempo.
-¡Bien quisiera poder contar con ella! -exclamó Rivas con sincero acento de pesar-.
Viviendo por la voluntad, sería más feliz.
-244-
Leonor evitó seguir la conversación en ese terreno, como un picaflor que abandona la
atractiva belleza de la rosa, de miedo a sus espinas, y se contenta con las más modestas
flores que la rodean en un jardín.
-Lo ignoro completamente, y con temor de dar a usted pobre idea de mi modestia, le diré
que lo sentiría si así fuese.
-¿Por qué?
-Eso no. Yo me hallo en el caso de abogar por la independencia del corazón. Ante el
amor, no deben valer nada las jerarquías sociales.
-Entonces la causa que usted tiene para no amar a esa niña es un misterio.
Volvió Leonor a abandonar por ese lado la conversación, porque le ocurría la pregunta
escabrosa que explicase la causa de que hablaban: «¿Entonces, está usted enamorado de
otra?».
Pero ella no preguntó eso, sino que, como lo había hecho un momento antes, hizo lo que
podría llamarse una vuelta.
-Mucho he estudiado, señorita -dijo Rivas con tristeza-, el modo de no desagradar a usted
cuando tengo el honor de hablarla, y confieso que he sido casi siempre desgraciado.
-245-
-Son incidentes de mucha importancia para mí, señorita -contestó con voz conmovida
Martín.
Al mismo tiempo, Leonor se turbó en una nota del vals que sabía de memoria y clavó los
ojos en el papel de música que tenía a la vista.
-Tiene usted la memoria demasiado feliz -dijo después de repetir varias veces la nota en
que había tropezado.
-¡Por Dios!, ¿me cree usted muy de mal genio? -exclamó Leonor aparentando sorpresa para
ocultar su turbación.
-Le repetiré lo que creo haberle dicho antes, no veo motivos para esa desconfianza. Si
realmente me hubiese desagradado, ¿no evitaría toda conversación con usted?
Estas palabras fueron acompañadas con los últimos golpes del vals, que Leonor tocó antes
que les hubiese llegado su turno. Sus manos temblaban al cerrar el piano, y sin decir nada
más se acercó a la mesa junto a la cual Agustín seguía hojeando el libro.
Más turbado que ella, permanecía Martín en el mismo punto que ocupaba durante la
conversación. Pareciole que un rayo de luz había iluminado de súbito su mente para dejarle
en la más completa obscuridad después. Al interpretar en pro de su amor las sencillas
palabras que acababa de oír, su corazón se oprimió espantado como en presencia de un
abismo y tuvo vergüenza de su tenacidad. ¡Ella estaba allí, majestuosa y altanera como
siempre, hermosa hasta el idealismo, rica, admirada de todos!
«¡Qué locura!», se dijo con frío en el pecho, oprimido por los violentos embates de su
corazón.
-Espero que Martín te habrá convencido, hermanita -le dijo estrechando cariñosamente con
ambas manos la cintura de la niña.
Parece que aquella pregunta coincidía de una manera casual con lo que en ese momento la
preocupaba.
-246-
-De que fue imposible resistir y tuvimos que descender del caballo -repuso Agustín.
-Me alegro -dijo Agustín a Rivas-. Ella convencerá a papá y nos arreglaremos del todo
con él.
- XXXIX -
Disipados los vapores del licor en el cerebro de doña Bernarda Cordero, después del paseo
al Campo de Marte del día 19, acudiéronle los recuerdos a la mañana siguiente, sobre las
palabras que de boca de Agustín había oído. De ellas se desprendía con claridad que existía
un arreglo sobre el asunto del casamiento y corroboraban esta deducción las equívocas
razones que había empleado Amador en aquella circunstancia. ¿Qué arreglo era aquél?, y
¿por qué se le dejaba ignorar sus cláusulas a ella, madre de la interesada?, fueron
preguntas que surgieron de la mente de doña Bernarda tras larga meditación, avivando,
como era consiguiente, su curiosidad y dando origen a un propósito firme de aclarar
semejante enigma y de no permitir, como ella decía, «que la hagan a una tonta y quieran
meterle el dedo en la boca».
Interrogó al efecto a su hijo, quien, deseoso de aplazar cuanto fuese dable la explicación de
lo acaecido, contando con que el enojo de su madre disminuiría en proporción del tiempo
que transcurriese, respondió con evasivas explicaciones que, lejos de adormecer sus
sospechas, las aumentaron.
Reiteró varias veces doña Bernarda sus preguntas y, firme en sus propósitos, Amador
contestó con nuevos subterfugios, tratando, sin embargo, de dejar traslucir con vaguedad la
verdadera proporción del hecho. Y como pasasen algunos días sin que doña Bernarda
renovase sus indagaciones, el mozo se persuadió que un sistema de -247- gradual
explicación era el más a propósito para enterar a su madre de lo ocurrido, sin que la
magnitud del desengaño irritase su mal humor, como temía, con razón, sucediese,
revelándola sin rodeos el engaño de que, por realizar su abortado plan, la había hecho
víctima.
Pero no era doña Bernarda Cordero de las que podían satisfacer su curiosidad con
incompletas explicaciones, de manera que, lejos de contentarse con lo que Amador la
contestaba, resolvió dar un golpe, a su entender maestro, que, al par que la impondría de
todo, serviría eficazmente para la total conclusión de aquel asunto.
Cubierta con su mantón salió un día de su casa, a principios de octubre, resuelta a tener una
entrevista con el padre del que ella reputaba su yerno. Había discurrido sobre aquel paso
durante varios días y meditado también con detención acerca de las palabras que emplearía
en la entrevista y de la energía con que se hallaba dispuesta a rechazar toda proposición de
avenimiento que no tuviese por base la unión de los esposos reconocida por toda la familia
de don Dámaso, que, como rico, debía hospedarlos en su casa y darles, como ella decía,
«casa y mesa puesta».
-¡Vaya!, ya no sabe, ¿de qué ha de ser, pues? Del asuntito aquel, pues.
-Dígame, señor, ¿que se le ha olvidado que su hijito está casado con mi hija?
-Señora -dijo con sorpresa don Dámaso-, mucho me extraña que venga usted a hablarme de
este asunto.
-Y entonces, pues, ¿quién quiere que le hable? ¿No soy la madre? ¡Las cosas suyas! Yo no
más he de ser, pues.
-No estamos ahora en que usted sea la madre, nadie lo niega -replicó don Dámaso, algo
incómodo con las preguntas -248- y exclamaciones de su interlocutora-. Me extraña que
usted parezca ignorar que todo está arreglado ya y que no hay más que hablar sobre la
materia.
-¡Y diei, pues! Lo mismo digo yo; si todo está arreglado, que se junten, pues. ¿Pa qué
estamos embromando?
-Esos niños. ¡Mire qué gracia! Agustín con mi hija, ¿quiénes han de ser?
-Pero, señora, parece que usted no quiere entender; le repito que todo está arreglado.
-Bueno, pues, lo mismo me dice Amador; pero lo que yo quiero saber es qué clase de
arreglo es ése.
-Su hijo de usted, su mismo hijo, ha confesado que el matrimonio había sido una farsa.
-¡Cómo es eso! Y yo, ¿que no lo vi? ¡A Dios, pues, al todo también! ¿Que soy tonta? ¿Y el
cura que los casó?
-¿A quién?
-A mí.
-Vea usted -le dijo-, aquí tiene usted una carta de su hijo en la que refiere la verdad de lo
ocurrido.
-A ver qué dice la carta -respondió doña Bernarda, que, no sabiendo leer, no quería
confesarlo.
Aquella súbita revelación dejó aterrada a doña Bernarda. Las confusas respuestas que en
distintas ocasiones había recibido de su hijo no le habían dado la menor sospecha de la
verdad. Figurábase siempre que el arreglo a que Amador aludía era un convenio ajustado -
249- para aplazar el reconocimiento del matrimonio por parte de la familia de Agustín. La
carta, cuya lectura acababa de oír, echaba por tierra todas sus esperanzas y descorría ante
sus ojos el velo que ocultaba el cuadro de su vergüenza. Su carácter irritable quedó
exasperado con aquella ocurrencia y sólo pensó en regresar a su casa para descargar sobre
sus hijos todo el peso de su cólera.
Durante el tiempo que doña Bernarda empleó en formar la resolución de ver a don Dámaso,
que, como hemos visto, ejecutó a principios de octubre, ningún incidente digno de
mencionarse había ocurrido entre los demás personajes que figuran en nuestra narración.
Felices y apacibles corrían los días para Matilde y Rafael San Luis, que, entregados a los
devaneos de un amor que nada contrariaba, esperaban con ánimo tranquilo el día prefijado
de la unión. Nuevas seguridades que don Fidel tenía recibidas sobre el segundo arriendo
del Roble le hacían aceptar las repetidas visitas del enamorado amante de su hija con la
más afectuosa benevolencia, mientras que doña Francisca se entregaba a sus lecturas
favoritas y
tenía largas y románticas conversaciones con su futuro yerno, quien la acompañaba, con la
complacencia del hombre feliz, en las correrías al país de los sueños de que doña
Francisca gustaba para descansar de la vida prosaica de la capital.
Adelaida gemía en silencio, combatida por el despecho de la noticia, que pronto se había
difundido en Santiago, sobre el casamiento de Rafael San Luis.
Nadie debe extrañarse que llegase a oídos de Adelaida Molina la nueva del enlace
proyectado de su antiguo amante. En nuestra buena capital, toda especie circula con
rapidez asombrosa y pasa de boca en boca recorriendo -250- los diversos círculos y
jerarquías de nuestra sociedad. Además, Adelaida pertenecía a una clase social que aspira
siempre a las consideraciones de que la clase superior disfruta, y que por esto vive
impuesta de sus alteraciones, que se complace en comentar, y de sus debilidades, que
critica con placer. No es extraño, pues, que la voz pública, tan sonora en sociedades que se
ocupan de intereses pequeños las más veces, como la de Santiago, llevase a los oídos de
Adelaida que Rafael San Luis iba a dejar el estado en el que podía ofrecerle una reparación
de su falta.
Poseía Edelmira uno de esos corazones para los cuales la ausencia es un estimulante. En los
días que Martín había dejado de visitar su casa, su amor había crecido como las flores de
nuestros cerros, que, solitarias, no reciben más riego que el de las aguas del cielo. Lo que
fecundaba su amor era sólo su imaginación exaltada por su característico sentimentalismo.
También vino después a darle nuevo pábulo la observación que el oficial había hecho en el
teatro. La belleza y majestad de Leonor la habían anonadado. Parecíale imposible que un
hombre pudiese verla sin amarla, y Martín vivía en su propia casa. El joven cobraba
entonces a sus ojos las proporciones gigantescas del hombre amado por otra mujer; el
adagio sobre la fruta del cercado ajeno está realizándose todos los días, aun en los amores
más ideales y platónicos.
Ricardo Castaños soportaba sus desdenes con admirable constancia y era apoyado en sus
pretensiones por doña Bernarda y por Amador, que le miraban como un excelente
partido. Los hombres no podemos tal vez apreciar ese hastío que causa a la mujer la
perseverancia de los amantes importunos, porque hay fibras en el corazón de la mujer de
cuya sensibilidad carecen las nuestras que pudieran comparárselas en lo moral.
-251-
Aquella obstinación del joven Castaños era para Edelmira un suplicio atroz desde que
habían resonado en su alma los conciertos con que el corazón celebra la alborada de sus
primeros amores. Para buscar un alivio a sus pesares, Edelmira apeló a un medio que acaso
muchas niñas de ardiente imaginación habrán practicado en la soledad de sus corazones.
Escribía cartas a Martín, que jamás enviaba, pero que poderosamente contribuían a
alimentar su ilusión. En esas cartas brillaban celajes de pasión en medio de las nubes de
una fraseología imitada de los folletines más románticos, que habían dejado profundos
recuerdos en su imaginación. Todas estas Calipsos, en la ausencia del amante, tienen mil
encantadores recursos para sustentarse con recuerdos y fingidas venturas.
Edelmira escribió muchas cartas antes de hallar insípido este amoroso pasatiempo, que no
llegó a dejar de satisfacerla hasta bastante tiempo después de los primeros días de octubre a
que hemos llegado en esta historia.
Muy lejos se hallaba Martín Rivas de figurarse que era el objeto de una pasión semejante.
El interés con que Edelmira le reconvino por su ausencia, en su corta conversación con ella
en el Campo de Marte, aumentó su aprecio y amistad por aquella niña, sin hacerle
sospechar, sino muy vagamente, que bajo esa apariencia de amigable solicitud se ocultaba
otro más poderoso sentimiento. Martín no llevó sus reflexiones en este caso más allá de
esta suposición: «Si yo le hiciese la corte, tal vez me amaría».
Vivía en exceso preocupado de su propio amor para adivinar el de otra persona a quien
poco había visto en los últimos días. La conducta de Leonor influía en que esa
preocupación no decayese en el desaliento, porque en las conversaciones subsiguientes a
la que oímos en el anterior capítulo le había dejado siempre vislumbrar una esperanza, que
a las veces rechazaba Martín como un delirio y que en otras ocasiones revestía de las
formas de la realidad.
- XL -
Dejamos a doña Bernarda Cordero camino de su casa, después de oír de boca de don
Dámaso la revelación del secreto que le ocultaba su hijo.
Durante la marcha, la irritación que esta noticia le había causado se aumentó, como era de
figurarse. Destruía aquella revelación tan ambiciosas esperanzas, concebidas por causa de
Amador, que, al verlas desvanecerse, su encono contra el que, engañándola, se las hiciera
abrigar, crecía en proporción del prestigio que cualquiera esperanza adquiere cuando es
perdida. Así fue que al entrar en su cuarto arrojó sobre una silla el mantón y llamó a su hija
mayor con desabrida voz.
-253-
Pocos instantes después llegaron a la pieza en que doña Bernarda esperaba Adelaida y
Amador.
-Conque me has estado engañando, ¿no? -le dijo apoyando ambas manos en la cintura y con
un singular movimiento de cabeza.
-¡Yo! ¿Por qué, pues? -contestó Amador, que, como todo el que vive con la conciencia
vigilante por causa de alguna falta, sospechó al momento el significado de aquella
pregunta, que le hizo palidecer.
-¡No sé, pues! Estaré tonta que hasta mis hijos me engañan. ¡Era lo que faltaba! Conque
Adelaida está bien casada, ¿no?
-Pero, madre, ¿no le he estado diciendo estos días que ya todo estaba arreglado?
-¡Bonito el arreglo! ¡No hagáis otro y quedarais limpio! Arreglado, quedando nosotros
como unos negros. ¿Con qué caras vamos a andar por la calle? Hasta los chiquillos nos
señalarán con el dedo.
Doña Bernarda se exasperó con esta exclamación, que en su estado de irritabilidad creyó
poco respetuosa. Ésta fue la señal para que, descargando sobre Amador y sobre Adelaida
todo el peso de su furor, prorrumpiese en desatinadas maldiciones, horrorosos insultos y
amenazas terribles, que la decencia nos impide transcribir. Adelaida, más tímida que
Amador, creyó libertarse de aquella granizada de improperios que amenazaba degenerar
en vías de hecho, dando con temblorosa voz esta disculpa:
-Sí, pues, la habré tenido yo. ¡No ve que era yo el que me iba a casar! Bueno, pues, yo no
me ando con santos tapados.
-Y ¿quién es entonces? -exclamó doña Bernarda-. ¿No fuiste tú quien me vino a hablar del
casamiento? ¿Para qué me engañaste? Algún interés tenías.
-254-
-¿Y cómo ésta dice que no tuvo la culpa? -preguntó doña Bernarda señalando a su hija.
-Eso es, pues, échame la culpa a mí ahora -dijo Amador picado y respondiendo a otra
mirada de su madre.
Luego añadió:
-¡No ves! -exclamó doña Bernarda-, bien lo decía yo; tú solo tienes la culpa.
A su exclamación agregó la señora una nueva granizada de insultos dirigidos a su hijo, que
sólo pudo hacerla interrumpirse con estas palabras:
Adelaida dirigió una mirada suplicante, que Amador no pudo ver porque sólo pensaba en
calmar a su irritada madre.
-Que le diga Adelaida si no fue por ella que yo lo hice. Nada le cuesta decir que no tiene la
culpa; yo no tengo nada que tapar y ella sí que tiene.
Hubiéranse calmado las sospechas de doña Bernarda si Amador hubiese confirmado las
aseveraciones de su hermana; pero se guardó bien de hacerlo, porque temía ver de nuevo
descargarse sobre él la cólera de su madre.
Entretanto, como viese doña Bernarda que Adelaida repetía lo mismo y que Amador
callaba, volviose hacia éste y prorrumpió en amenazas si no le descubría la verdad.
-Si no me la confiesas -le dijo mostrándole los puños y en el mayor estado de exaltación-, te
hago sentar plaza de soldado por incorregible; acuérdate que todavía no tienes veinticinco
años.
Poco importaba a Amador semejante amenaza, que fácilmente podía burlar abandonando la
casa materna. Mas para mantenerse en cualquiera otra parte era preciso ganar la
subsistencia trabajando, y Amador era holgazán inveterado. Pareciole más fácil confesar la
verdad, perdiendo a su hermana, que entrar en riña abierta con su madre, la que siempre
proveía a sus necesidades, y a veces, a fuerza de economía, le sacaba de grandes apuros,
pagando sus deudas. La relajación de sus costumbres le había privado de todo sentimiento
noble desde temprano, por lo cual no pensó ni un instante en sacrificarse por Adelaida
arrostrando solo la indignación de doña Bernarda. Las sugestiones de su egoísmo hablaron
únicamente en su pecho, y sin vacilar refirió a su madre la consecuencia de los amores de
Adelaida con Rafael San Luis, buscando al fin algunas palabras para atenuar el hecho.
Doña Bernarda palideció al oír la terrible revelación de Amador, y se arrojó furiosa sobre
Adelaida, a quien arrastró por el cuarto, asiéndola de las hermosas trenzas de su pelo y
dando gritos descompasados.
Acudieron a sus voces Edelmira y la criada, que con Amador interpusieron juntos
sus esfuerzos para arrancar a Adelaida de manos de doña Bernarda.
-256-
A fin de impedir que los gritos de la madre y de la hija, unidos a los de los demás que por
ella intercedían, llegasen a oídos de los que por la calle pasaban, la criada corrió al patio y
cerró la puerta de calle. Mientras tanto, doña Bernarda desplegaba fuerzas extraordinarias
para su sexo y edad, no sólo arrastrando a Adelaida, a quien el dolor arrancaba lastimeros
quejidos, sino dando fuertes bofetones a Edelmira y Amador, que luchaban por arrancarle
su víctima. Un frío espectador de aquel drama doméstico habría, tal vez, desatendido la voz
de la compasión por lo grotesco del cuadro, cuyo principal personaje era doña Bernarda
repartiendo furiosos manotones con la diestra, mientras que en la mano izquierda se había
envuelto las largas trenzas de la infeliz muchacha. Pero como todo en la tierra, aquella
escena debía tener un término, como en efecto lo tuvo, pues al enviar doña Bernarda una
palmada a Edelmira, que con heroico arrojo le apretaba ambos brazos, la mano izquierda
de doña Bernarda se soltó de las trenzas, y el impulso que a su derecha había dado fue tal,
que no sólo arrojó sobre una silla a la compasiva Edelmira, sino que, falta de apoyo con la
caída de ésta, fue a rodar doña Bernarda al medio de la pieza, quedando, con la
exasperación en que se encontraba y el golpe que al caer recibió, sin movimiento ni
sentido.
Recobró por fin su espíritu la señora y vertió amargas lágrimas sobre la deshonra de
Adelaida. Al exceso de agitación en que se había encontrado, sucedió el abatimiento que en
lo físico y en lo moral van en pos de todo esfuerzo extraordinario, y se sintió tan molida al
día siguiente que le fue más grato permanecer en el lecho para recobrarse. Todo el
reconocimiento que abrigaba hacia Rafael San Luis por servicios que le debía se tornó en
odio y deseo de venganza con la revelación de su conducta, y empleó el día en descubrir un
medio de tomar una justa reparación de su afrenta. Mas, como sus meditaciones -257- no
le dieran un resultado satisfactorio, resolvió apelar a las vías de conciliación, que tal vez
acarrearían la felicidad y la honra a su familia.
Satisfecha de su nueva resolución, dirigiose, algunos días después de la escena que le daba
origen, a casa de Rafael San Luis.
Eran las diez de la mañana. Rafael se encontraba solo en su cuarto. La presencia inesperada
de doña Bernarda le llenó de turbación y de funestos presentimientos en el alma; sin
embargo, trató de dominarse y de recibirla con cariñosa urbanidad.
Parece que la señora ocultaba también por su parte los sentimientos que la ocupaban, para
manifestar una tranquilidad que estaba muy lejos de experimentar en aquel momento.
Sentose con rostro risueño en la poltrona que con amable sonrisa le presentó Rafael, y,
echando hacia atrás el mantón con que se cubría la cabeza, dijo en acento de reconvención
amistosa:
-Algún motivo tiene. ¿No sabe, pues?, herradura que cascabelea, clavo le falta.
-Cómo no, y yo también le he querido harto. Vea, el otro día no más le estuve diciendo a
Adelaida: «¿Qué es de don Rafael? ¿Que le han hecho algo que no viene?».
Rafael se fijó al momento en que doña Bernarda nombraba sólo a su hija mayor, y con esto
aumentaron sus presentimientos de que aquella visita tenía otro objeto que la simple
apariencia de amistad con que se anunciaba.
-Casi todas las noches las tengo ocupadas y, a pesar de mi deseo, no sé cuándo pueda ir -
respondió Rafael, que quería descubrir cuanto antes el objeto de la visita.
-Sí, pues, así lo decíamos allá en casa: ¡cuándo ha de -258- volver! Ya tiene otras
amistades de gente rica y se avergonzará de venir a casa.
-La prueba está, pues, en que no quiere volver -replicó la señora, con tono en que se
advertía la falta de la afabilidad que había empleado al principio.
-Puede ser.
-Es un compromiso muy antiguo, data de antes que tuviese el gusto de conocer a usted.
-Antiguo será, pues, ¿qué le digo yo? Pero se le olvida que también por casa tiene
compromiso.
El joven palideció al oírlas; aunque la sola presencia de doña Bernarda le daba vehementes
sospechas de lo que la llevaba a su casa, no esperaba que tan sin rodeos se atreviese a
atacarle.
-No sé a qué cosa se refiera usted -contestó, fingiendo no adivinar el sentido de lo que oía.
-Cómo no lo ha de saber, y mejor que yo también. Más vale que nos arreglemos como
amigos.
-En fin, señora, ¿qué es lo que usted quiere? -exclamó Rafael con impaciencia.
-Que usted se case con mi hija, que por usted está deshonrada -contestó con energía doña
Bernarda.
-259-
-Imposible -dijo el joven-, estoy comprometido a casarme con una señorita que...
-¿Y a nosotros qué nos tiene que sacar? Mi hija también es señorita y usted la engañó con
palabras de casamiento; si usted fuese caballero debía cumplir su palabra.
En vano buscó Rafael argumentos y disculpas para paliar su falta; doña Bernarda replicó
siempre con la contestación que acababa de dar.
-En fin -exclamó San Luis exasperado-, es absolutamente imposible que me case con su
hija, y lo mejor que usted puede hacer por ella es aceptar la propuesta que voy a hacer.
Y añadió a esto mil recriminaciones que Rafael tuvo que soportar con humildad,
concluyendo con esta amenaza:
-No quiere casarse, ¿no? Pues yo me presentaré al juez, y veremos quién pierde; la
desgracia de mi hija la saben ya muchos para que yo me pare en ella al presentarme.
Usted quiere la guerra; se la daremos, no le dé cuidado.
Rafael San Luis escribió a Martín, citándole para el portal que ahora llamamos portal
viejo o Bellavista, para distinguirlo del de Tagle y del pasaje Bulnes.
Una hora después hallábanse los dos amigos reunidos en el lugar designado y tomaron el
camino de la Alameda.
-Necesito de tu consejo para un asunto grave -dijo Rafael, apoyándose en el brazo de Rivas.
-En medio de la calma ha aparecido una nube que presagia tempestad; no te imaginarías
nunca a quién he tenido de visita.
-260-
-¡A doña Bernarda! Lo sabe todo y quiere que me case con su hija.
-Adelante.
-No se me ocurre ningún medio de parar este golpe. He ofrecido la mitad de lo que tengo,
y la maldita vieja no se contenta con seis mil pesos.
-En ese caso, haz lo que todavía puedes: ofrece los doce mil.
-No admitirá, no quiere oír hablar de nada si no consiento en casarme. Me parece inútil
decirte que esto es imposible, pues no habría consentido en ello aun cuando no me hallase
en vísperas de mi soñada felicidad.
Martín se quedó silencioso, pensando que aquella frase podría salvar a muchas infelices
niñas expuestas a la seducción si pudieran oírla.
-Discurriendo como acabas de hacerlo y puesto que doña Bernarda no quiere oír hablar más
que de matrimonio, le quitaría la ocasión de pensar en ello.
-¿Cómo?
-Casándome pronto.
-¿Cuál?
-Mucho lo temo; es mujer violenta y capaz de abrigar odios irreconciliables. Creo que por
vengarse de mí no se arredraría ante la necesidad de propalar la deshonra de su hija.
-¿A ver?
-Amador es codicioso.
-Le pagaremos unos quinientos pesos porque obtenga de su madre la promesa de desistir de
su presentación.
-Me harás con esto un gran servicio -exclamó Rafael reconocido-. -261- ¡Tú sabes lo que
he sufrido antes de verme como ahora a las puertas de la felicidad! ¡La amenaza de doña
Bernarda me hace temblar! Si mi conciencia estuviese tranquila, no me sucedería esto;
pero, como tú dices, la pobre señora tiene razón y de nada le sirve mi arrepentimiento.
-En fin, haremos lo que se pueda.
-Te debo ya el inmenso servicio de haberme devuelto a Matilde, y si consigues que doña
Bernarda se calle, te la deberé de nuevo. ¡Cómo podré pagarte jamás!
-Siempre mal -dijo Rivas con una sonrisa que no alcanzó a borrar la melancolía de su
rostro.
-Ahí está la particularidad, habla sólo de ti. A ver, cuéntame, ¿qué hablas con Leonor? Yo
tal vez sea más perspicaz que tú.
Provocado así a una confidencia, refirió Martín todas las conversaciones que había tenido
con Leonor, especificando las menores ocurrencias y conservando hasta las palabras con la
feliz memoria de los enamorados. Habló con calor de sus recientes esperanzas y con
angustia de su desaliento; éste y aquéllas, merced a la elocuencia de un amor verdadero,
aparecieron a Rafael como la luz de la luna, que en un cielo entoldado brilla de repente y
desaparece después tras espesos nubarrones.
-Si no hay sobre qué fundar una certidumbre -le dijo al fin-, no falta en qué apoyar
esperanzas; yo, en tu lugar, haría un acto de audacia para realizarlas.
-¿Cómo?
-Le escribiría.
-¡Nunca!, ¡nunca burlaría así la confianza de los que me dan tan generosa hospitalidad!
-262-
-Tú arreglarás el asunto como mejor te sea posible; yo estoy dispuesto a sacrificar cuanto
tengo.
A esa hora hallábase en su cuarto Amador Molina con el oficial amante de Edelmira,
que acababa de entrar.
-Amador, vengo a hablar contigo -había dicho después de saludar Ricardo Castaños.
-¿Que no conoces lo que son las mujeres? ¡Vaya, pareces niño! No hay una que no
disimule.
-De juro, pues, hombre. Anda, encuentra una que no le guste casarse. No hay más que
hablarles de casaca y se les ríe sola la cara.
-263-
-Yo soy corto de genio para esto -repuso el oficial-, y me acordé de ti; Amador me sacará
de apuro, dije, y vine, pues.
Hallábase entregado a estas reflexiones cuando oyó golpear a la puerta del cuarto y salió a
ver quién golpeaba.
Un criado le entregó una carta; era de Martín Rivas, que le pedía que le esperase a la
oración en el óvalo de la Alameda para hablar de un asunto que interesaba a toda la
familia de doña Bernarda.
-¿Qué contesta le llevo? -preguntó el criado, cuando vio que Amador había terminado de
leer la carta.
Cuando se halló de nuevo y preocupado en adivinar el objeto con que Rivas le citaba,
pensó en que era más prudente esperar, para cumplir con el encargo que Ricardo le había
dejado, el haberse visto con Martín.
Poco antes de la hora convenida, acudió Amador al óvalo de la Alameda, adonde llegó
Rivas algunos momentos después.
Sin rodeos habló Martín del objeto con que le llamaba y le ofreció doscientos pesos para
que intercediese con doña Bernarda, a fin de hacerla desistir de su amenaza.
-¿Usted dice que Rafael ofreció seis mil pesos para mi hermana, y que mi madre no quiso?
-preguntó Amador.
-Veremos, pues.
-Bueno.
Regresó Amador a su casa después de esta conversación y halló a su madre cosiendo con
sus dos hijas.
-Mamita -le dijo al oído-, vaya para su cuarto, que tengo que hablar con usted.
-¿Qué hay? -preguntó doña Bernarda cuando estuvo sola con su hijo en el cuarto de dormir.
Amador principió justificándose de las cosas pasadas y asegurando que todo lo había hecho
por el interés de la familia.
-No le había querido volver a hablar de esto -añadió-, hasta no tener alguna otra cosa buena
que decirle.
-¿Entonces tienes algo bueno ahora? -preguntó doña Bernarda algo apaciguada.
-¡Cómo no, dejante que yo ando siempre pensando en la familia y usted todavía enojada
conmigo!
-Qué pregunta.
-Bueno.
-Quiere casarse con Edelmira.
-Es preciso que se ponga tiesa, mamita, porque Ricardo dice que ella no lo quiere.
-265-
-Que venga a hacer la taimada conmigo -dijo en tono de amenaza doña Bernarda.
-Eso es, no dé soga, porque maridos como Ricardo no se ofrecen todos los días.
-¿Cuál?
Refiriole Amador su reciente conversación con Martín y dijo que ofrecía hasta siete mil
pesos para el hijo de Adelaida, con tal que doña Bernarda desistiese de su acusación.
-Ya sé que no conviene presentarme al juez -dijo doña Bernarda-; estuve a verme con un
procurador que conozco, amigo del difunto Molina, y me dijo que no sacaría más que
alimentos.
-Y, además -repuso Amador-, ¿para qué ir a hacer que esto ande por los tribunales,
cuando los siete mil pesos es mejor?
Amador había hablado dos veces de siete mil pesos, en lugar de ocho que Martín le había
facultado para ofrecer. Su cálculo era que, ofreciendo la primera cantidad, quedarían mil
pesos a beneficio suyo, además de su gratificación de trescientos pesos.
-Reciben ustedes los siete mil pesos -añadió-, y nadie sabe para qué son.
-Poco importa que sepan -dijo doña Bernarda con tono sombrío-, la criada de aquí lo sabe.
-¿Quién dijo?
-Yo se lo pregunté, y ella se lo habrá contado quién sabe a cuántas; lo sabe también la que
tiene el niño y lo sabrán todos. ¡Maldito futre, le ha de costar caro!
-Allá entiéndanse ustedes como puedan -replicó con desabrido acento la señora.
Y se retiró a buscar su costura, jurando entre dientes que Rafael tendría que arrepentirse
toda la vida de lo que había hecho.
Practicadas estas diligencias, fue Rivas a casa de Rafael a darle cuenta de ellas.
-A pesar de esto -le dijo-, no debes considerarte como libre de un nuevo ataque hasta que
no estés casado.
-Así lo creo -contestó Rafael-, y por eso he conseguido con mi tío que obtenga reducción
del plazo fijado por don Fidel. Espero estar casado dentro de dos semanas, a más tardar.
- XLI -
Doña Bernarda esperó al día siguiente para hablar a Edelmira de las pretensiones de
Ricardo Castaños a su mano. Impresionada con la conversación que acababa de tener con
Amador, y segura de su autoridad con respecto a su familia, no se dio prisa en hablar a
una de sus hijas sobre matrimonio cuando tenía que pensar en vengarse del agravio hecho
a la otra. Dejó, pues, para el día siguiente el asunto de Ricardo Castaños, y se entregó a
reflexionar en los medios de castigar a Rafael San Luis.
-Siéntate aquí -le dijo doña Bernarda señalando una silla junto a ella-. Se te ofrece una
buena suerte -añadió después de un breve silencio.
-Ya ves -prosiguió la señora- lo que le ha pasado a tu hermana por tonta. Yo también he
tenido la culpa por dejar que entren en casa estos malvados futres. Pero tú has tenido más
juicio que la otra y por eso Dios se acuerda ahora de ti.
Doña Bernarda hizo una pausa en su exordio moral para encender un cigarro, pausa
durante la cual el corazón de su hija se colmó de amargos presentimientos.
-Es un buen muchacho -continuó la madre-, tiene buen sueldo y lo han de ascender.
Nosotros somos pobres, y cuando se ofrece un partido como éste, no hay que soltarlo.
Esperó en silencio algunos instantes doña Bernarda para oír la contestación de su hija. Pero
Edelmira nada respondió; miraba a la alfombra con abatida frente y parecía luchar con las
lágrimas que asomaban a sus ojos.
La niña pareció hacer un esfuerzo y levantó al cielo los ojos cual si invocara su auxilio.
-¿Cómo es eso? -exclamó doña Bernarda-. ¡Estamos frescos! ¡Miren qué princesa para
andarse regodeando! ¿Qué me importa a mí que no lo quieras? ¿De dónde has sacado que
es preciso querer? ¿Me lo habrás oído a mí por acaso? ¡Miren si será lesa ésta! Te
buscarán un marqués, a ver si te gusta. ¡Contimás que sois tan bonita! ¡No será mucho que
queráis a algún futre también!
-¡Yo no, mamita! -exclamó la niña, que se figuraba -268- que doña Bernarda iba a leer
en sus ojos y adivinar su amor a Martín.
-¿Y entonces, pues, qué más quieres? ¡Allá todas tuviesen la misma suerte!
Concluyó doña Bernarda estas exclamaciones con una risa que infundió más temor a
Edelmira que el que le habría dado una amenaza. No pudo sostener tampoco la terrible
mirada con que su madre la acompañó y tuvo que inclinarse temblorosa y sumisa, en
señal de obediencia.
Doña Bernarda encendió otro cigarro para serenarse y se acercó después a su hija.
-Yo no estaba preparada para esto -respondió Edelmira, dejando rodar las lágrimas que se
habían agolpado a sus ojos.
-¿Que te digo yo que te cases mañana, pues? Si no corre tanta prisa. Yo te hablo porque
soy tu madre y sé que te conviene.
Estas palabras descubrieron un nuevo horizonte a los ojos de Edelmira. Veía que una
resistencia obstinada habría colmado la irritación de su madre hasta exasperarla, y conoció
que lo único que le era permitido en semejante trance era ganar algún tiempo.
-Eso es lo que yo pido, mamita -dijo-, deme siquiera un mes para contestar.
-Eso es... llévate esperando para que el otro se aburra y se mande cambiar. Se te figura que
dentro de un mes me vas a encontrar muy mansita, ¿no? ¿Quién manda aquí, pues? Ya te
digo que no te vas a casar mañana, pero la contestación la has de dar luego.
-Pero, mamita...
-269-
-¿Qué es esto, pues? ¿Estás pensando que yo he de consentir en que se pierda esta ocasión?
¡Parece que no me conocieras! Date a santo con que te espere algún tiempo.
Edelmira se retiró a su cuarto después de oír algunas otras amonestaciones que le hizo doña
Bernarda con el tono autoritario que, desde los asuntos de Adelaida, empleaba con los de
su familia.
Al encontrarse sola, se arrojó sobre una silla junto a la cabecera de su cama y regó con
abundantes lágrimas la almohada, confidente de sus amores solitarios. Despedíase en su
llanto de sus largas veladas llenas de ilusiones sentimentales, tanto más queridas cuanto
más irrealizables se presentaban; decía un tierno adiós a las informes esperanzas, a las
melancólicas alegrías, a las castas aspiraciones de ese amor huérfano e ignorado que se
había complacido en alimentar como un consuelo contra las amarguras de su existencia.
Abatida por el primer golpe de tan inesperado dolor, no pensó en resistir ni en buscar los
medios de sustraerse a la crueldad de su destino; pensó en llorar tan sólo, como lloran los
niños, por buscar un desahogo al corazón oprimido.
Doña Bernarda, por su parte, pensó que, asegurando en cierto modo el porvenir de una de
sus hijas, le quedaba todavía la misión de vengar la pérdida del porvenir de la otra, idea
que no había abandonado un solo instante desde la fatal revelación de los amores de
Adelaida. Su encono contra ésta disminuía en razón del que alimentaba contra Rafael, y
poco a poco se habituó a considerar a su hija más desgraciada que culpable. La -270-
vista de su nieto, que hizo llevar a la casa, lejos de mitigar su sed de venganza, la encendió
más activa y tenaz, llegando a constituirse en una necesidad imprescindible. Dominada por
esta idea, entabló relaciones con los criados que servían a don Fidel Elías, y se halló
instruida de este modo de los preparativos que en la casa se ejecutaban para el casamiento
de Matilde; espió los pasos de San Luis, que vivía entregado a su amor, olvidado ya de los
temores que le habían inspirado las amenazas de doña Bernarda, y meditó en silencio su
venganza, sin hacer a nadie partícipe de sus proyectos.
Mientras tanto, en la situación de Leonor y de Martín no había más variación que las
incidencias naturales de un amor con las condiciones del que hemos pintado, en el que el
orgullo, vencido a medias, por una parte, y la excesiva delicadeza por la otra, se hallaban
colocados en el resbaladizo terreno que habitan los corazones enamorados. Mediaban ya
entre ellos esas miradas vagas con que dos amantes empiezan a comprenderse; esas
palabras que balbucientes pronuncian los labios, aunque se refieran a extraño asunto que el
que ocupa los corazones; esas reticencias en las cuales se apoyan, en casos semejantes, los
espíritus, para lanzarse en la siempre florida región de la esperanza; esa atmósfera
especial, tibia, embalsamada, de que los amantes se sienten circundados cuando, en medio
de todos, viven solos, y hallan en el silencio elocuentes armonías, en el aire venturosos
presagios, en la naturaleza entera una secreta complicidad del inmenso sentimiento que los
agita. Y sin embargo ellos no son felices.
Leonor veía desarrollarse ante sus ojos el magnífico panorama del amor y se impacientaba
ya de la timidez de Martín. Ella era demasiado orgullosa para dar el primer paso; él
demasiado reverente para subir al pedestal en que colocaba a su ídolo; y ambos
suspiraban.
Y en esos instantes de abatimiento, en que el corazón divisa la esperanza como un miraje,
Leonor, despertando a su antiguo orgullo, juraba olvidar a Martín, y Martín, que tanto no
presumía de sus fuerzas, pedía al cielo le arrancase del pecho aquella imagen y con ella su
amor desventurado. Pero una mirada desbarataba aquel propósito y hacía olvidar aquella
súplica; volvían a quemar sus alas en la nueva -271- luz, ¡mariposas que lejos de su dulce
calor no encontraban ya la atmósfera vital indispensable a sus vidas!
- XLII -
Habiéndose fijado para día más cercano el plazo acordado entre las familias respectivas al
enlace de Matilde con Rafael, notábase ya gran movimiento en casa de don Fidel Elías
con motivo de la próxima festividad.
Doña Francisca, descendiendo a los prosaicos detalles de la vida, preparaba con su hija
los moldes a la moda para la confección de los vestidos.
Hacíanse frecuentes viajes a casa de la modista para probarse el vestido nupcial y otros
de lujo, encomendados al ingenio de la misma artista.
Se discutía con calor sobre las alhajas, abriendo y cerrando las cajitas forradas en
terciopelo que venían de alguna joyería alemana de la calle de la Ahumada.
Llegaban visitas y se hablaba por lo bajo al principio. Venía poco a poco la conversación de
trapos y el tono de las voces iba crescendo, como en el aria de don Basilio. Se exhibían los
regalos, se exaltaba un molde para deprimir otro y se agregaban los comentarios sobre la
cruz de brillantes que toda novia tiene, hasta que muchas veces el marido se convierte en
otra más pesada de llevar.
Se iban las visitas y, antes de guardar lo que acababan de ver, llegaban otras con las
cuales se ponían en tabla los mismos asuntos que los de la recién concluida sesión.
Analizar las múltiples ilusiones que en tales circunstancias mecían el corazón de Matilde,
como mecen el de casi todas las que se casan por su voluntad (que de las obedientes o
resignadas hay gran suma), sería lo mismo que -272- describir la magnífica salida del sol
en un despejado cielo de primavera. Las flores de esa ilusión abrían sus temblorosas hojas
a las caricias del amor que llenaba su pecho y embalsamaban el aura que en los oídos de un
amante murmura sus divinas promesas. Así, para Matilde la vida pasada y sus deberes eran
sueño; el presente, la dicha, y del porvenir irradiaba tan viva luz que, como la del sol,
ofuscaba su vista y prefería no mirarlo.
-Tú, que no amas -decía estrechando las manos de Leonor con dulce abandono-, no puedes
comprender mi felicidad.
Leonor fijaba en ella una profunda mirada, de esas que pertenecen sólo al cuerpo cuando
vaga en algún otro punto el alma.
-Mira -continuaba su prima-, cuando estoy lejos de Rafael me encuentro sin palabras; tal
vez que un amor como el mío no halle ninguna que lo pinte en toda su extensión. Pero a ti,
¡qué te importa todo esto! -añadía, viendo que Leonor caía poco a poco en una distracción
mal disimulada.
-No me comprendes.
En la viveza con que esta pregunta fue hecha por Matilde veíase que por un momento la
mujer vencía a la amante, la curiosidad al placer de hablar de su amor.
-Mientes.
-¿Por qué?
-No eres ahora, Leonor, lo que eras antes. ¿Cuándo estabas nunca pensativa como ahora te
veo muchas veces? Dime, no seas reservada. Mira que yo a veces soy adivina. ¿Cuál de
los dos, Clemente o Emilio?
Leonor no contestó más que avanzando ligeramente el labio inferior con magnífico desdén.
-273-
-¿Será Martín?
-¿Quién te lo ha dicho?
-Tú misma.
-Me has dicho también que tiene talento -prosiguió Matilde-. ¿Quieres negármelo también?
-Es cierto.
-Es cierto.
-Más que si fuese otro cualquiera, puesto que me hablas siempre de él.
-¿Por qué?
-Porque desconfías de mí, después que por mi parte te he confiado siempre mis secretos.
-Es verdad, conozco que no puedo dejar de pensar en él -dijo Leonor levantando con
orgullo su linda frente.
-274-
Vencida su natural reserva, Leonor refirió a su prima la historia de su amor, que hemos
visto gradualmente desenvolverse y crecer en su pecho. Habló con feliz memoria de todas
sus conversaciones con Martín, como éste las había contado a Rafael San Luis, sin omitir
ninguna circunstancia, ni aun las impresiones que había sentido al creer a Rivas enamorado
de otra.
-Celosa no; pero si supiese que amaba a otra, tendría bastante fuerza de voluntad para
olvidarle.
-Nunca.
-No sé, tal vez alguna palabra mía le dé que pensar; pero puedo volver atrás el día que
quiera.
-¿Te parece?
Dejaremos a Matilde admirar el vestido con su madre, para seguir a Leonor, que se
despidió de ellas, subió al elegante coche de su familia, que la esperaba a la puerta, y dio
orden de tirar para su casa.
Al bajarse del carruaje vio en el zaguán a una criada de mala catadura, con una carta en la
mano, que preguntaba por don Martín.
-275-
Leonor entró sin que aquella criada llamase de un modo particular su atención; mas no sin
pensar y decidir que la carta vendría de Rafael San Luis o de otro amigo.
El criado del zaguán llevó la carta a Martín, que se encontraba en el escritorio de don
Dámaso.
«Usted es mi único amigo, y como me lo ha dicho varias veces, confío en su palabra. Por
eso me dirijo a usted, cuando los que pudieran aconsejarme me abandonan o me persiguen.
En mi pesar, vuelvo los ojos al que tal vez tenga palabras de consuelo con que secar el
llanto que los llena, y por eso quiero confiarle lo que me sucede. Mi madre quiere casarme
con Ricardo Castaños, que me ha pedido. Estaba tan lejos de pensar en eso, que hasta ahora
no sé lo que me pasa. Usted siempre me ha manifestado amistad y me aconsejará en este
caso, contando con que siempre se lo agradecerá su amiga,
»Edelmira Molina».
Martín leyó dos veces esta carta, sin adivinar que la sencilla naturalidad de sus frases,
escritas con intenciones que encontrarán más tarde su explicación, encerraba un mundo de
tímidas esperanzas.
-Una niña que dijo volvería por la contesta -respondió el sirviente, con la casi
imperceptible sonrisa que usan los de su clase para manifestar a sus amos que saben bien
de lo que se trata.
«Edelmira:
»Me pide usted que la aconseje, sin pensar, tal vez, que es muy delicada la materia sobre
que debo hacerlo. Ante todo confesaré que no puedo ser juez imparcial en el presente caso,
porque cuanto pueda decirle se resentirá de la sincera amistad que le profeso. Si se me
pidiera formular un voto por el porvenir de usted, al punto lo formularía tan ardiente y
verdadero por su felicidad, que dejaría mi ánimo contento por la idea que todos abrigan que
puede realizarse un deseo justo, pidiéndolo al cielo con entero fervor del corazón. Pero se
trata de aconsejarla sobre un punto que puede decidir para siempre de su suerte, y me falta
decisión para hacerlo. Nadie es mejor juez que uno mismo, Edelmira, en asuntos como el
que a usted la ocupa; consulte usted su corazón. El corazón habla muy alto en estos casos.
»Si, fuera de esto, mis palabras tuviesen algún poder para calmar la aflicción de que usted
me habla, o me hallase en la feliz situación de poder prestarle algún servicio, no vacile
usted en escribirme, en honrarme con la confianza que me ofrece en su carta y en valerse
de mí cuando crea que pueda serle de alguna utilidad.
»Martín Rivas».
Cerró Martín esta carta y la dio al criado, con encargo de entregarla a la persona que debía
venir por ella.
En la comida se habló del próximo matrimonio que tendría lugar en la familia, y gracias a
la verbosidad de Agustín pudo Leonor dirigir varias veces la palabra a Rivas en el curso de
la conversación general.
-277-
-Hoy estuve con Matilde -dijo Leonor, como continuando la conversación del comedor-, no
pueden ustedes figurarse lo contenta que está.
-Por qué no la imitas, hermanita- dijo Agustín-; tú puedes ser tan feliz como ella cuando
quieras, ¿no tienes dos elegantes enamorados?
-Cuando digo dos -replicó Agustín- hablo de los que más te visitan, mi toda bella; ya
sabemos que puedes elegir entre los más ricos si quieres.
-Quién sabe...
-Hay muchas cosas que pueden valer más que la riqueza -dijo la niña.
-¿Y usted piensa lo mismo que Agustín? -preguntó Leonor dirigiéndose a Rivas.
-Pienso que en ciertos casos puede ser una necesidad -contestó Martín.
-Cuando un hombre, por ejemplo, considera la riqueza como un medio para llegar hasta la
que ama.
-Pobre idea tiene usted de las mujeres, Martín -díjole la niña en tono serio-; no todas se
dejan fascinar por el brillo del oro.
-Me he puesto en el caso de un hombre obscuro y que aspire a muy alto -repuso Martín
con resolución.
-278-
-Si ese hombre vale por sí mismo -replicó Leonor-, debe tener confianza en hallar quien le
comprenda y aprecie; usted es muy desconfiado.
Estas palabras las dijo Leonor levantándose del piano y en circunstancias que Agustín se
acababa de alejar.
-Desconfío -dijo Martín- porque me encuentro tan obscuro como el hombre que he puesto
por ejemplo.
-Ya ve usted que para mí -le contestó la niña con voz conmovida- la riqueza no es una
recomendación, y hay muchas como yo.
Hubiérase dicho que Leonor tenía miedo de oír la contestación de Martín, porque se alejó al
instante de pronunciar estas palabras.
Rivas la vio desaparecer, con el corazón palpitante como el que en sueños ve realizada su
felicidad y despierta al asirla. Cuando la niña hubo desaparecido, su imaginación se
engolfó buscando el sentido de lo que acababa de oír.
En ese momento entraba un criado de casa de don Fidel Elías preguntando por Leonor, a
quien entregó un papel que contenía sólo estas palabras:
«Ven a verme, necesito de ti. Creo que voy a volverme loca de dolor. Te espero al instante.
»Tu prima
»Matilde».
Para conocer los sucesos que dieron origen a esta carta, acaecidos después de la salida de
Leonor, debemos volver a casa de don Fidel Elías, en donde dejamos a Matilde con su
madre.
- XLIII -
Poco después que salió Leonor del salón en donde dejaba a doña Francisca y a Matilde,
llegaron Rafael, don Fidel Elías y don Pedro San Luis.
-279-
Mientras que los dos últimos hablaban con la dueña de casa, Matilde y Rafael se retiraron
junto al piano, al cual se sentó la niña, y con distraída mano principió a tocar mientras
hablaba con su amante.
En esa conversación habitaron por un momento los castillos en el aire que los amantes
dichosos edifican dondequiera que miren; hablaron de ellos, únicamente de ellos, cual
cumple a los enamorados, seres los más egoístas de la creación; repitiéronse lo que mil
veces se habían jurado ya, y se quedaron, por fin, pensativos, en muda contemplación,
absorto el espíritu, enajenada de placer el alma, palpitando a compás los corazones y
perdida la imaginación en la felicidad inmensa que sentían.
Ese cielo limpio y sereno del amor feliz, esa atmósfera transparente que los rodeaba,
se turbaron de repente. Una criada entró en el salón y se acercó al piano.
-Señorita -dijo en voz baja al oído de Matilde-, una señora desea hablar con usted.
-¡Conmigo! -dijo la niña, despertando del dorado sueño en que se hallaba mirando a su
amante.
-Sí, señorita.
La criada salió.
-¿Quién me tiene que buscar a mí? -dijo Matilde, engolfando otra vez su mirada en los
enamorados ojos de Rafael.
La criada regresó poco después que Matilde acababa de pronunciar aquellas palabras.
-Dice que se llama doña Bernarda Cordero de Molina -fueron las palabras de la criada.
Hubiérase dicho que un rayo había herido de repente a San Luis, porque se puso pálido,
mientras Matilde repetía con admiración el nombre que había dicho la criada.
Éste parecía petrificado sobre su silla. El golpe era tan inesperado y con tal prontitud
acudieron a su imaginación todas las consecuencias de la visita anunciada, que la sorpresa
y la turbación le embargaban la voz. Mas no embargaron -280- del mismo modo su
espíritu, que al instante calculó lo angustiado de la situación en que se veía. Dotado,
empero, de un ánimo resuelto, vio que era preciso salir del trance por medio de algún golpe
decisivo, y aparentando ese fastidio del que por algún importuno se ve precisado a dejar
una ocupación agradable, dijo a Matilde:
-Mándele decir que vuelva otra vez.
La niña notó la palidez de San Luis y la turbación que pugnaba por disimular.
-Pregunta a esa señora que qué es lo que quiere -dijo Matilde, volviéndose a la criada.
La niña volvió indecisa a consultar la vista de Rafael, y éste repitió lo que había dicho:
-Cuando menos será alguna viuda vergonzante -dijo la niña con una sonrisa.
Así pasaron cinco minutos de mortal angustia para Rafael y de inexplicable silencio para
Matilde, que buscaba en sus ojos la continuación del idilio que, un momento hacía,
cantaban con el alma.
-281-
Abriose por fin la puerta del salón y los espantados ojos de Rafael vieron entrar a doña
Bernarda, haciendo saludos que a fuerza de rendidos eran grotescos.
Matilde y los demás que allí había la miraron con curiosidad. La niña y su madre no
pudieron prescindir de admirarse al ver el traje singular con que la viuda de Molina se
presentaba.
Preciso es advertir que doña Bernarda se había ataviado con el propósito de parecer una
señora a las personas ante quienes había determinado presentarse. Sobre un vestido de
vistosos colores, estrenado en el recién pasado 18 de septiembre, caía, dejando desnudos
los hombros, un pañuelo de espumilla, bordado de colores, comprado a lance a una criada
de una señora vieja, que lo había llevado en sus mejores años. Sin sospechar que aquel traje
olía de a legua a gente de medio pelo, doña Bernarda entró convencida de que le bastaría
para dar a los que la viesen una alta idea de su persona. A esto agregaba sus amaneradas
cortesías, para que viesen, según pensaba en su interior, que conocía la buena crianza y no
era la primera vez que se encontraba entre gentes.
-¿Quién será esta señora tan rara? -preguntó en voz baja Matilde a Rafael.
Éste se había puesto de pie, y con semblante demudado y pálido, dirigía una extraña
mirada a doña Bernarda.
-Me alegro del conocerla, señorita, y este caballero será su marido, ¿no? Aquélla es su
hijita, no hay que preguntarlo, pintadita a su madre. ¿Cómo está, don Rafael? A este
caballero lo conozco, pues, cómo no, hemos sido amigos. Vaya, pues, me sentaré porque
no dejo de estar cansada. ¡Los años, pues, misiá Panchita, ya van pintando, como ha de ser!
La demás familia, ¿buena?
-Buena -dijo doña Francisca, mirando con admiración a todos los circunstantes y sin
explicarse la aparición de tan extraño personaje.
Los demás la contemplaban de hito en hito con igual -282- admiración a la que en el
rostro de la dueña de casa se pintaba.
Y al dirigirle la vista notó tal angustia en las lívidas facciones del joven, que
instantáneamente sintió oprimírsele con inexplicable miedo el corazón.
Doña Bernarda, entretanto, viendo que nadie le dirigía la palabra y temiendo dar prueba de
mala crianza si permanecía en silencio, lo rompió bien pronto.
-Yo, pues, señora -dijo-, le he de decir a lo que vengo. Para eso hice llamar a su hijita,
porque a mí no me gusta meter bulla. Entre gente cortés las cosas se hacen calladito. La
niña, pues, me mandó decir con una criada que volviese otro día; eso no era justo, pues ya
estaba aquí yo, y como soy vieja y mi casa está lejos, por poco no he echado los bofes.
Dejante que he sudado el quilo en el camino, ¿cómo me iba a volver a la casa así no más,
con la cola entre las piernas y sin hablar con nadie? ¿Que acaso vengo a pedir limosna?
Gracias a Dios no nos falta con qué comer. Conque me dije: ya es tiempo, antes que se
casen, y me vine, pues.
Aprovechó una pausa doña Francisca, en la que doña Bernarda tomaba aliento, para
preguntarle:
-El honor es para mí, señora, para que usted me mande. Se lo iba a decir, pues estaba
resollando. Me dicen que usted va a casar a su hijita. ¡Pero vean, si es pintada a su madre!
-Y con ese caballero, ¿no es cierto? -repuso señalando a Rafael doña Bernarda.
-Señora -dijo con acento de despecho a doña Bernarda-, ¿qué pretende hacer usted?
-No debía permitir que siga hablando sus locuras esta mujer -dijo Rafael a doña Francisca.
-¿Locuras?, no -exclamó con la vista colérica doña Bernarda-. Allá veremos, pues, si son
locuras. Vea, señora -283- -añadió volviéndose a doña Francisca-, dígale a la criada que
llame a la muchacha que me espera en la puerta con un niñito. Veremos si yo hablo locuras.
-Pero, señora -exclamó don Fidel, tomando un tono y ademán autoritarios-. ¿Qué significa
todo esto?
-Está claro, pues, lo que significa -replicó doña Bernarda-. Ustedes van a casar a su niña
con un hombre sin palabra. Van a verlo, pues.
Todos se miraron asombrados, menos Rafael, que se apoyaba al piano con los puños
crispados y colérico el semblante.
-Vaya, pues, aquí está el niño -exclamó doña Bernarda-. Que diga, pues, don Rafael si no es
su hijo. ¡Que diga que tiene palabra y que no ha engañado a una pobre niña honrada!
-Aquí está la prueba, pues -repuso doña Bernarda-. ¿No dice que yo hablo locuras? Aquí
está la prueba. Niegue, pues, que este niño es suyo y que le dio palabra de casamiento a
mi hija.
Profundo silencio sucedió a estas palabras. Todos fijaron su vista en San Luis, que se
adelantó temblando de ira al medio del salón.
-He pagado con cuanto tengo a su hija -exclamó-, y asegurado como puedo el porvenir de
esta criatura. ¿Qué más pide?
Matilde se dejó caer sobre un sofá, cubriéndose el rostro con las manos, y volvieron a
quedar todos en silencio.
-A ver, pues, señora -dijo doña Bernarda-, yo apelo a usted, a ver si le parece justo que
porque una es pobre vengan, así no más, a burlarse de la gente honrada. ¿Qué diría usted si,
lo que Dios no permita, hicieran otro tanto con su hija? A cualquiera se la doy también.
Aunque pobre, una tiene honor, y si le dio palabra, ¿por qué no la cumple, pues?
-284-
-Nada podemos hacer nosotros en esto, señora -dijo don Fidel, mientras que don Pedro San
Luis se acercaba a su sobrino y le decía:
Rafael tomó su sombrero y salió, dando una mirada a Matilde, que ahogaba sus sollozos
con dificultad.
-Señora -le dijo en voz baja-, yo me encargo del porvenir de este niño y del de su hija.
Tenga usted la bondad de retirarse y de ir esta noche a casa; usted impondrá las
condiciones.
Ora fuese que doña Bernarda diese más precio a la venganza que por espacio de tantos
días había calculado, que a la promesa de don Pedro; ora que, posesionada de su papel,
quisiese humillar con su orgullo plebeyo el aristocrático estiramiento de los que con
promesas de dinero trataban de acallar su voz, miró un instante al que así hablaba y,
bajando después la vista, dijo con enternecido acento:
-Yo no he pedido nada a usted, caballero; vengo aquí porque creo que esta señora y está
niña tienen buen corazón, y no han de querer dejar en la vergüenza a una pobre niña que
ningún mal les ha hecho y a este angelito de Dios, que quieren dejar huacho, ni más ni
menos. Más tarde, don Rafael puede casarse con mi hija, cuando se le pase la rabia y vea
que no se ha portado como gente.
-Pero, señora -dijo don Fidel-, me parece que Rafael es libre de hacer lo que le parezca, y
usted debía entenderse con él.
-Yo sé bien lo que hago cuando vengo aquí -replicó con voz más enternecida aún doña
Bernarda-. Lo que yo quiero saber -añadió dirigiéndose a Matilde y a su madre- es si estas
señoritas consentirán en que mi pobre hija se quede deshonrada, cuando ellas tienen honor
y plata, no como una pobre, que no tiene más caudal que su honor. ¿Cómo no han de tener
conciencia, pues -repuso después de un prolongado sollozo-, cuando ni una que es pobre
haría una cosa así? ¡Ya le van a faltar maridos a -285- esta señorita con lo donosa que es!
Dios es justo, señorita, y los que son buenos, son buenos. ¿Para qué le digo más? Yo se la
doy a cualquiera y que meta su mano en la conciencia, ¿se casaría cuando sabe que por su
causa queda en la vergüenza una pobre niña y una criatura como un huachito de los
huérfanos?
Doña Bernarda terminó estos raciocinios con la voz cortada por los sollozos, alzando los
ojos y las manos al cielo, y sonándose con estrépito, al tiempo que repetía varias veces
algunas de las palabras que acababa de decir.
-Vea, señora -le dijo doña Francisca, en cuya romántica imaginación habían producido un
favorable efecto las razones alegadas por doña Bernarda-. Usted ve, ahora no es posible
decidir un asunto de tanta importancia; veremos a Rafael cuando se haya calmado y
mañana o pasado decidiremos.
-Ustedes lo han de ver, pues, señoritas -contestó doña Bernarda-, y sobre todo la que se iba
a casar, creyendo que su novio era libre, pues. Ya le digo no más, ¿qué hará mi pobre hija,
a quien han engañado? Así es la suerte de las pobres, y gracias a Dios que nuestra familia
es buena y no tiene don Rafael nada que sacarle; el difunto Molina, mi marido, tenía su
comercio y no le debía a nadie ni un cristo.
-Bueno, pues, señorita; en usted confío. Contimás que en esto yo he andado como gente,
pues que me dije: mejor es ir a ver a esas señoritas que viven engañadas, que no
presentarse al juez y que el asunto ande en boca de todos. ¿Qué culpas tienen ellas, pues,
para que tenga que aparecer su nombre en la casa de justicia? Si son señoras, pues que me
dije, han de querer arreglarlo todo sin bulla y han de ser cristianas con la gente pobre pero
honrada. Más vale tener agradecidos que enemigos; en eso no hay duda, y a una niña
bonita y rica, donde le faltó un novio, hay le vinieron ciento al tiro, lo que no les pasa a las
pobres, a quienes las engañan cada y cuando hay ocasión.
Matilde se arrojó en brazos de su madre con la voz embargada por los sollozos.
-Vamos, vamos -dijo don Fidel-, espero que no tomarán ustedes a lo serio los desatinos de
la vieja. Que hable cuanto le dé la gana. ¡Cómo podemos nosotros volverle el honor a su
hija! ¿No le parece, mi señor don Pedro?
El interés hablaba por boca de don Fidel en aquellas palabras. La idea de romper el ajustado
enlace de su hija con Rafael le parecía deplorable, considerando que de tal enlace dependía
el arriendo del Roble.
-Yo hablaré ahora mismo con la señora y trataré de apaciguarla -contestó a su pregunta
don Pedro San Luis.
-Me parece muy bien, y le doy a usted las gracias. ¡Vaya con las ideas de la vieja!
Estábamos bien que fuésemos nosotros, con una quijotería, a reparar los extravíos de sus
hijas. ¿Por qué no las cuida como debe, en vez de venir a quejarse de la seducción? Vean
que vestales tan...
-Hijo, basta, por Dios -exclamó doña Francisca, escandalizada de las máximas sociales que
empezaba a exponer su marido delante de Matilde.
-¡Qué hay, pues! Yo sé lo que digo -replicó don Fidel, que se irritaba de cualquiera
objeción de su mujer-. ¡Esa vieja es una loca y quién sabe qué más! ¡Como si yo
no conociera el mundo!
-Pero, hijo -volvió a decir doña Francisca con elocuente ademán y mirada en que pedía a
su marido respetase el dolor de su hija.
-287-
Mal juez era don Fidel, preocupado siempre con su arriendo del Roble, para conocer lo
que hubiese herido el corazón de Matilde. Sólo pensó en que la aflicción de ésta provenía
del temor de perder su novio, y se acercó a ella, golpeándole cariñosamente un hombro.
Don Pedro San Luis aprovechó aquella interrupción de la disputa matrimonial que acababa
de iniciarse para asegurar de nuevo que cooperaría cuanto le fuese posible al arreglo de
aquel asunto y despedirse.
Hallándose entonces don Fidel en el seno de los suyos, dio rienda a su verdadera
preocupación.
-Ustedes -dijo- dejan irse así no más a don Pedro. Ya se ve, yo soy el que tengo que hacerlo
todo en esta casa.
-¿Qué podían hacer? ¡No es nada! Ser más amables con él. Repetir, como yo, que no
haremos caso de esa vieja loca y hacerle toda clase de atenciones. ¡Bien quedábamos si se
me escapase el arriendo!
-Yo no estoy para pensar en arriendos -replicó doña Francisca, llevándose a su hija y
dejando a don Fidel continuar sus reflexiones especulativas.
Matilde se arrojó de nuevo en brazos de su madre cuando se vio sola con ella. Se habían
retirado al cuarto de la niña y allí pudieron ambas dar libre curso a su llanto.
-¡Ah, mamá, quién lo hubiera creído! -dijo Matilde levantando los ojos anegados en
lágrimas.
Un largo silencio siguió a esta dolorosa exclamación, en que el pecho herido de la amante
exhalaba el dolor de tan amargo desengaño.
Doña Francisca secó sus ojos y conoció que su deber era el infundir valor a su hija, cuyo
primer abatimiento tomaba las proporciones de la desesperación, a medida que su espíritu
salía del anonadamiento causado por lo cruel e inesperado del golpe que acababa de recibir.
-Vamos, hijita -le dijo prodigándola tiernos cariños-, cálmate, por Dios, todo podrá
arreglarse.
-288-
-¡Arreglarse, mamá! -exclamó Matilde levantándose con una energía de que se la hubiera
creído incapaz-. ¡Arreglarse! ¿Y cómo? ¿Cree usted, como mi papá, que lloro la pérdida de
un marido? ¿Es decir, que yo no le amaba? ¿Es decir, que puedo amar aún al hombre que
me hace creer que he sido siempre su único amor, cuando, cansado tal vez de otro, viene a
buscarme para quedar libre de los compromisos contraídos en otra parte? ¡Ah, qué me
importa un marido si lo que lloro es mi amor! Cuando perdí a Rafael la primera vez, ¿me
vio usted desesperarme como ahora? Sufrí el golpe con valor, porque le creí digno de un
sacrificio. Me separaban de él, pero nadie me hacía despreciarle. Y ahora, ¡qué
diferencia...!
Los sollozos ahogaron su voz, que produjo sonidos inarticulados, mientras que la pobre
niña llevaba las manos a su corazón, que le oprimía el pecho con violentos latidos.
-No llores, hijita, cálmate -fueron las únicas palabras que pudo proferir la madre,
convencida de que en ese instante no había consuelo alguno para mitigar tan acerbo dolor.
-Aun suponiendo que mi amor resistiese al desengaño con que acaban de herirlo -repuso
Matilde, tranquilizándose poco a poco con los afectuosos cariños de su madre-, suponiendo
que yo pudiese olvidar lo que acabo de ver, ¿podría vivir tranquila a su lado? ¿Nadie
tendría derecho a acusar mi egoísmo, y sería feliz sabiendo que por mí vivía sacrificada
una niña infeliz que no ha cometido más falta que la de engañarse? ¿No me engañaba yo
también creyéndole que jamás había amado a otra? Mire, mamá, esto es horrible; cuanto
más pienso en ello veo que es un abismo sin fin. ¡No le amo ya, le aborrezco! ¿Quién
puede asegurarme que no se ha casado con la madre de su hijo por falta de amor, sino tal
vez porque era pobre? ¿Quién me hará creer que no me prefería sino por la riqueza de mi
papá?
Esta suposición cruel pareció arrojar un nuevo e inmenso dolor al pecho de la niña, que
cesó de hablar, miró con ojos espantados a su alrededor y prorrumpió de repente en
desesperados gemidos. En vano buscó doña -289- Francisca las más cariñosas palabras
para templar su desesperación; en vano la estrechó contra su corazón, conjurándola, por
su amor, a que no se abandonase a ese pensamiento. Matilde no la oía, no sentía sus
halagos, no entendía el sentido de las palabras que llegaban a su oído. Conducida por la
última idea que había expresado, repasaba en la memoria las horas de su amor, los
juramentos, las dulces miradas, y esa idea la guiaba en el florido campo de los recuerdos,
tronchando con mano impía las ilusiones que lo esmaltaban.
Algunas horas pasaron de este modo. Matilde hablaba, a veces, siguiendo el hilo de sus
reflexiones y caía luego en el violento pesar que cada idea nueva arrojaba, como pábulo, al
fuego voraz de su creciente dolor. Éste, como la felicidad, encuentra pequeño el recinto de
un solo corazón amigo a que confiarse; por esto fue que Matilde, pareciéndole que su
madre no alcanzaba a comprender lo que sentía, se acercó a una mesa y escribió a Leonor
las pocas palabras que recibió ésta, después de dejar caer, como vimos, una esperanza en
el alma de Martín.
- XLV -
Media hora después de recibir la carta de Matilde, llegó Leonor a casa de ésta, acompañada
por su padre.
Leonor entró a la pieza de su prima, de la que acababa de salir doña Francisca, y don
Dámaso en la antesala, adonde, al saber su llegada, vinieron don Fidel y su mujer.
En un largo abrazo permanecieron las dos niñas sin proferir una palabra, hasta que Leonor,
que no acertaba a explicarse la causa de la aflicción de Matilde, rompió el silencio.
-290-
Matilde, entonces, haciendo un esfuerzo para desechar el llanto que, a la vista de su
prima, había vuelto a sus ojos, le refirió minuciosamente la escena en que doña Bernarda
Cordero había sido la principal protagonista.
-¿Qué harías tú en mi lugar? -preguntó Matilde, creyendo que su prima pensaba sólo en su
desgracia.
-¿Podrías tú perdonarle? -preguntó Leonor, sin dar a su prima la respuesta que le pedía.
-Le despreciaría.
-Es preciso que sepas que mi papá no quiere por nada romper este matrimonio.
-Es lo que yo haré también -dijo Matilde-. Ya no temo nada, y toda la autoridad de mi
papá no basta para obligarme a sufrir más de lo que acabo de sufrir.
-Tienes razón, que todo se acabe de una vez, así nada podrá hacer después mi papá.
Al escribir el nombre de su amante, sus ojos se nublaron con lágrimas que fueron a caer
sobre el pliego en que había puesto la mano.
-291-
-¿Qué le diré? -preguntó a Leonor con voz apagada.
-No, no -exclamó Matilde con energía-, estoy perfectamente resuelta, y nadie me hará
cambiar sobre esto.
Matilde se puso a escribir, alentada por la febril agitación en que se encontraba. Al cabo
de algunos minutos enderezó el cuerpo y leyó:
«Entre usted y yo todo está concluido. Me parece inútil extenderme en explicaciones sobre
una resolución que está justificada con tan poderosos motivos en mi conciencia. Le
escribo para evitar cualquiera otra explicación que no estoy dispuesta a oír ni a leer.
»Matilde Elías».
Matilde llamó a una criada y la recomendó llevar a su destino la carta sin que en casa
sospechasen a qué salía.
-Tenía necesidad de verte -le dijo-, porque tú me das valor. Ya lo ves, no he vacilado ni
temblado.
Con este esfuerzo pareció anonadada, pues ocultó su rostro y sólo se vio su cuerpo
agitado por los sollozos.
-Aún es tiempo, si quieres -le dijo Leonor-; la criada no debe haber salido todavía.
Don Dámaso escuchó también la relación de lo acaecido de boca de su hermana, con las
consiguientes interrupciones hechas por don Fidel, que se preciaba de explicar mejor el
asunto.
-Bien lo decía yo -exclamó don Dámaso, que no olvidaba el peso de las manos de
Rafael-, ese mozo es un tunante.
-Pero, hombre, ¿quién no ha hecho otro tanto? -replicó don Fidel-. Son niñerías por las
que todos han pasado.
-292-
-¿Y quieres decir que yo soy inmoral porque tengo filosofía? -preguntó con agrio tono
don Fidel-. Yo conozco el mundo más que tú. Que lo diga tu mismo hermano.
Don Dámaso, que era inclinado a tejer, valiéndonos de la expresión chilena, no sólo en
política, sino en todos casos, dijo:
-¿No ves, no ves? -dijo don Fidel a su mujer-. Cuando yo digo que conozco el mundo, es
porque estoy seguro de ello. Lo de Rafael es un pecadillo insignificante, y luego se echará
en olvido.
-Lo olvidará, ¿que no conozco yo a las mujeres? Dentro de dos días ni se acuerda de tal
cosa.
Mientras don Fidel buscaba una caja de fósforos para encender un cigarro, don Dámaso se
acercó a su hermana.
-Mejor, hija, tanto mejor. Ese hombre no puede hacerla feliz. En tu lugar yo me opondría
ahora al casamiento.
Volvió don Fidel a donde ellos estaban, y poco rato después don Dámaso hizo llamar a
Leonor y se despidió con ella de su hermana y de su cuñado.
-Desgraciadamente -dijo Rivas-, no siempre puede uno ser dueño de su corazón, y esa
teoría se queda casi siempre como tal, sin poderse practicar.
-293-
-¿Ah? Usted ha cambiado ya -exclamó Leonor-; mucho poder tiene entonces la señorita
Edelmira.
-No es ella, señorita -replicó Martín-, la que ha echado por tierra mi propósito.
Leonor no quiso proseguir la conversación, porque la sinceridad con que Martín había
hablado destruía la sospecha concebida en casa de Matilde.
Al verla abandonar su asiento, las esperanzas que la conversación de la tarde le habían dado
abandonaron a Martín.
Poco después salió del salón y de la casa, encaminándose a la de Rafael; pero Rafael no
estaba en su casa.
En aquella misma noche, don Fidel fue a casa de don Pedro San Luis.
-Lo que conviene -le dijo, después de exponer su teorías sobre la vida social- es hacer
cuanto antes este casamiento.
-Pues yo creo que debemos dejar que pase algún tiempo, a menos que ellos mismos deseen
otra cosa. Es preciso ver modo de arreglarnos con esta vieja que puede incomodarnos.
-Yo haré que los muchachos se vean mañana -repuso don Fidel, que en un aplazamiento del
matrimonio veía sólo la demora de su arriendo.
En este momento entró Rafael en la pieza. Los dos que conversaban no pudieron reprimir
un movimiento de admiración al verle. Su descompuesto semblante, el turbado mirar, la
expresión extraña del saludo que les hizo y el aire de acerba melancolía con que se dejó
caer sobre una silla, dejaron mudos por algunos segundos a don Pedro y a don Fidel.
diciéndole:
Don Fidel leyó con rapidez la carta de Matilde, que era la que tenía en sus
manos. Doblándola exclamó:
-¡Bah, niñerías! Usted sabe que su amor vale más que estas palabras arrancadas por la
sorpresa. Vamos juntos a casa y verá usted lo distinta que está.
-¡Qué ocurrencia! Vea usted, mi señor don Pedro, lo que son los enamorados: como el
vidrio, por todo se trizan.
-No conoce usted a las niñas, mi señor don Pedro -replicó don Fidel-. ¿No ve usted que
está claro que quiere que la rueguen? Que venga Rafael conmigo no más, verá.
-Yo no iré, señor -dijo San Luis-; esa carta, que al parecer ha escrito Matilde sin anuencia
de usted, me dice bien claro que todo está concluido.
-No puede ser, yo lo arreglaré todo. ¡Hacerle caso a una muchacha deschavetada! Estoy
seguro que a esta hora está arrepentida de haber escrito.
-Doy a usted las gracias por su interés -díjole Rafael-, pero le suplico que deje a Matilde en
completa libertad. Si ella siente haberme escrito esta carta, lo dirá, porque sabe que yo
volaría a ponerme a sus pies.
-Lo que yo quiero -dijo don Fidel, consecuente con su idea del arriendo- es que ustedes
sean testigos de mis esfuerzos y buena voluntad.
Estas palabras dieron a don Fidel un indecible bienestar, después de la inquietud en que la
carta de Matilde le había puesto. Pensó que ellas encerraban la formal promesa de llevar
adelante lo del arriendo, a pesar de lo acontecido, y miró todo lo demás como secundario.
Después de arrancar, por medio de protestas enérgicas contra la falta de formalidad en los
negocios, nuevas promesas referentes al Roble, salió don Fidel de la casa y regresó a la
suya, con intención de interponer su autoridad, a fin de asegurar mejor el arriendo por
medio de una retractación de Matilde de la carta que él acababa de leer.
Pero Matilde, como vimos, había cobrado energía en su propio abatimiento, y, aunque con
lágrimas, supo resistir a la imperiosa voz de don Fidel, que salió de nuevo de su casa,
consolándose con que el arriendo del Roble estaba casi asegurado.
Con la convicción que llevaba de que sería imposible, a menos de una violencia, llevar a
cabo el matrimonio, roto de tan extraño y repentino modo, se encaminó a casa de don
Dámaso, felicitándose de la previsora idea que acababa de nacer en su espíritu y que era
preciso principiar a poner en planta.
«Asegurar el arriendo y casar a Matilde con Agustín -pensaba en el camino- sería un golpe
maestro».
-Lo que dije hoy delante de mi mujer no es lo que yo pienso -le dijo-, pero es preciso
hablar así, porque de otro modo se valdrían de eso para meterme en un cuento; a mi pesar
y por dar gusto a Matilde, que se había encaprichado, contraje compromiso con don Pedro
San Luis; pero ahora todo ha cambiado.
-Todo mi deseo es que sea mujer de Agustín -dijo don Fidel-, pero como no quería
contrariarla...
-296-
-Es lo que yo pienso; pero será preciso dejar que pasen algunos días.
-Ah, por supuesto.
Don Fidel se retiró aquella noche dando gracias a doña Bernarda por lo que en la mañana
calificaba de intempestiva visita.
- XLVI -
Con grande impaciencia esperó Martín la venida del día siguiente. Su inquietud por la
suerte de Rafael le quitó el sueño de aquella noche. A esa inquietud mezclábase también el
desconsuelo en que le vimos quedar después de su última conversación con Leonor. Y esas
dos preocupaciones se dividieron durante largas horas el dominio de su espíritu, hasta que
rendido por el sueño se quedó dormido poco antes de rayar el alba. Sin embargo de su
largo insomnio, abandonó el lecho a las siete de la mañana y empleó como de costumbre
dos horas en sus estudios.
Las habitaciones de éste estaban cerradas, y golpeó a una puerta que daba al interior de la
casa, ocupada por doña Clara, la tía de Rafael.
A los golpes se presentó la señora, que pocos momentos antes había llegado de la iglesia.
-¿Rafael ha salido tan temprano? -preguntó Martín, después de saludar a doña Clara.
-¿Que no sabe lo que pasa? -contestó la señora, juntando las manos con aire consternado-.
¡Rafael se nos ha ido!
-297-
-Bueno, pues; después de eso Rafael recibió una carta de la niña; le decía que no pensase
más en ella y qué sé yo qué más. ¡Pobrecito! ¡Si usted le hubiese visto! Lloró anoche como
un niño chico. ¡Qué llorar, por Dios! ¡Me partía el alma!
-El pobrecito me lo contó todo anoche. ¡Jesús, hijito, cómo viven los jóvenes ahora! Por
eso, vea, no he sentido tanto que se haya ido a la Recoleta. Si es preciso reconciliarse con
Dios. ¡Cómo querer ser feliz también y vivir de ese modo!
-Así es, hijito; pobre Rafael -dijo la señora, en cuyos ojos asomaron las lágrimas.
Entregó la señora una carta cerrada a Rivas, y éste se despidió de ella para leerla en su
casa. Al llegar le entregó el criado otra carta.
-Esa niña del otro día la trajo y va a volver por la contesta -le dijo con una semisonrisa de
inteligencia.
Rivas subió a su habitación y abrió la carta de Rafael San Luis, dejando sobre la mesa la
que el criado acababa de entregarle.
«Querido Martín:
»Sólo tres líneas, Martín, son las de su carta, pero tres líneas que han corrido como lava
ardiente por mi pecho, devastándolo todo menos mi amor inmenso. En pocas palabras, sin
fórmula ninguna que mitigue su aspereza, ella me arroja a la frente su desprecio aterrador.
Nada que hable de un pasado de ayer, palpitante todavía, se advierte en esas líneas; nada
que haga esperar el perdón que todas las almas nobles, como un destello de Dios, guardan
para nuestras miserables flaquezas. Ella, con un corazón de ángel, con el alma bañada de
divina pureza, me desprecia, Martín, y me aborrece. ¿Cómo luchar contra esta horrorosa
convicción? Hasta hoy creía yo que mi voluntad era capaz de hacer frente a todos los
contrastes, y era porque no contaba con éste, porque creía que perder la vida era lo más
temible que pudiese amenazarme y contra la muerte me sentía con valor.
»Algunas horas he pasado, Martín, reflexionando, como he podido, en lo que debo hacer.
Una idea volvía a cada instante a mi espíritu con increíble tenacidad. ¡Es un castigo de
Dios! ¿Qué derecho tengo yo, en efecto, de aspirar a la felicidad, cuando he pisoteado sin
compasión la de otro ser inocente y débil? Si la justicia del cielo interviene a veces en las
faltas del mundo, debo olvidar -299- la moral acomodaticia con que nos acostumbramos
a burlarnos, por torpes pasiones, de lo que hay sobre la tierra de respetable, y postrarme de
rodillas ante el fallo justiciero de Dios. El peso de esta verdad, que casi maquinalmente
repiten en las iglesias desde lo alto del púlpito, hiere el espíritu en la desgracia y aterroriza
el alma que, en medio de la dicha, las oyera con descuidado fastidio. Cedo, pues, al peso
de esa idea: su fuerza me priva de la mía.
»Pero no creas que, llevado de la impresión de tan tremendo pesar, voy a consagrar mi
vida a la penitencia, atándome a un claustro con votos indisolubles. Quiero buscar la calma
en el silencio; quiero con ejemplos de virtud fortalecerme; quiero ver si es posible borrar
su imagen querida de mi pecho; si es posible llorarla como si ella hubiese dejado de existir.
Después, cuando el tiempo haya tranquilizado mi ánimo y convertido en llevadera
melancolía el atroz dolor que me desgarra, ¡quién sabe lo que haré! He vivido tanto en mi
amor, que, por lo demás, apenas me conozco; por esto ni aún puedo prever mi resolución.
»No creas tampoco que he dejado de pensar en Adelaida. Ni a ella ni a su madre puedo
culpar de mi desgracia; las perdono, y ojalá ellas lo hagan conmigo. Podría, bien lo sé,
reparar a los ojos del mundo mi falta y devolverle su honra, que he mancillado; pero, tú no
lo ignoras, Martín: no la amo. Sería una unión monstruosa que no podría tener otro término
que un suicidio, y eso también la haría desgraciada. Conozco que podría darle mi vida,
pero no la felicidad. En fin, esto tal vez puede pensarse más despacio.
»En mi retiro no recibiré a nadie, ¡ni aun a ti! Te escribiré cuando sienta la necesidad de
hacerlo. Mi tía queda encargada de recibir mis cartas y mandarme las que me dirijan.
Un padre, amigo antiguo de mi familia, me ha facilitado este retiro. Él será mi
consejero.
»Tu amigo
Martín dejó caer sobre la cama la carta de San Luis, y apoyando la frente en una mano,
se entregó a las tristes meditaciones que aquella lectura le sugiriera.
-300-
Para explicarla, antes de hacerla conocer, debemos retroceder al día anterior, en que
Edelmira había dirigido a Martín la primera carta que ha visto ya el lector.
Vimos que Edelmira, después de la última conferencia con doña Bernarda, en la que por
temor a ésta había convenido en casarse con Ricardo Castaños, se despidió de las cartas
que se entretenía en escribir a Rivas y que guardaba con el cariño que por toda ilusión
tienen las almas apasionadas. La perentoria exigencia de su madre despertaba a la niña de
aquel sueño de amor, en el que, como ella, tantos se mecen forjándose un porvenir
venturoso. Pero a fuerza de acariciar esa ilusión, Edelmira había llegado poco a poco a
mirarla como una posibilidad. Lo que al principio le parecía una locura, llegó a convertirse
en esperanza con la porfiada meditación y con la vehemencia que desplegó su corazón al
entregarse al melancólico placer de amar en silencio al que representaba el ideal forjado de
antemano en su mente. En este estado de cristalización, valiéndonos de la pintoresca teoría
sobre el amor de Stendhal, Edelmira pensó que obligarla a dar su mano a otro era
arrancarle violentamente su querida esperanza, sin darle siquiera tiempo para tratar de
realizarla. Su voluntad protestó en silencio contra esta violencia hecha a su amor, también
silencioso. De semejante protesta al deseo de burlar la opresión del poder que la motivaba,
no había más que una línea de distancia. De aquí su resolución de escribir a Martín,
resolución que nada tiene de irregular, si se piensa en la educación que había recibido
Edelmira y en la clase social a que pertenecía. Bien que en esta clase tenga el recato
femenil los mismos instintos que en la elevada y culta de la sociedad, los hábitos de vida,
de que hemos presenciado algunos cuadros, van poco a poco venciendo esa timidez
pudorosa que, como una ave asustadiza, se despierta en la mujer entregada a sus propios -
301- instintos en la vida del corazón. Menos culto entre las gentes de medio pelo, el
lenguaje galante debe naturalmente vencer por la fuerza del hábito la susceptibilidad del
oído y lo mismo también la impresionabilidad del corazón. Los desgreños del picholeo y la
cruda fraseología amorosa dan a las mujeres de esta jerarquía social diversas ideas sobre las
relaciones del mundo que las que, desde temprano, se desenvuelven en el espíritu de las
niñas nacidas en lo que llamamos buenas familias. Por esto fue que Edelmira, aunque más
culta que la mayoría de
las de su clase, no halló nada de extraño en el medio que le ocurría para sondear los
sentimientos de Rivas. Este paso, por otra parte, se da en todas las clases sociales, aunque
con distinta forma, siempre que el corazón es fogoso y alimenta un amor solitario; pues hay
momentos en que cualquiera mujer tiene fuerza para vencer su timidez y buscar en el
corazón del hombre a quien ama un eco a la poderosa voz del sentimiento que abrasa el
suyo.
Vimos que la primera carta que Edelmira dirigió a Rivas podía sólo considerarse como el
desahogo que todos buscan en un corazón amigo cuando se encuentran bajo el peso de
algún dolor. Al leer la contestación de Martín, vio que había en ella tan sinceras
expresiones de amistad, que muy bien podía su espíritu, dominado por una idea,
interpretarlas en el sentido de su preocupación. Así fue que, aunque Edelmira no se
atrevió a decirse que Rivas velaba la expresión de su amor con palabras de consuelo
amigable, lo pensó por lo menos vagamente y recibió con ellas además un gran consuelo,
porque esas palabras le ofrecían un apoyo en caso necesario para llevar adelante su
resolución de no obedecer a su madre en aquella circunstancia.
Alentada con el buen éxito del primer paso, se resolvió por consiguiente a dar el segundo,
y escribió a Martín la carta que le vimos abrir cuando se dirigía al comedor, en donde se
hallaba la familia de don Dámaso.
En la mesa se habló poco, pues don Dámaso quiso respetar la amistad que Martín tenía a
San Luis, en gracia de los servicios que le prestaba Rivas como encargado de -302- sus
negocios. Mas, al salir del comedor, Agustín llamó a Rivas, que iba a entrar al escritorio,
mientras que Leonor se sentaba delante de un bastidor en el que había un bordado.
-¿Y qué devendrá Rafael esto? -preguntó el elegante, encendiendo un cigarrillo puro y
ofreciendo otro a Martín.
-No comprendo esa desesperación -dijo Leonor-, cuando podía distraerse con otros amores
como lo ha hecho ya.
-Lo que veo -dijo Leonor, mirando fijamente a Rivas- es que no hay hombre capaz de
amar. Rivas protestó con una mirada, mientras que Agustín exclamaba:
-¡Ah!, por ejemplo, mi toda bella, estás en el error. Sin hablar de Abelardo, cuya tumba he
visto en el Père Lachaise de París, hay una fula de otros que han pasado la vida a amar.
-Usted, que se calla, pensará lo mismo, aunque lo piense en español -dijo Leonor a Rivas.
-Creo, señorita -contestó Martín-, que usted juzga a los hombres con mucha severidad.
-¡Cómo no! -dijo Agustín-. Hay excepciones: allí está, como he dicho, Abelardo en el Père
Lachaise, sin contar el resto.
-303-
-Fíate a mí para eso, hermanita -dijo el elegante-, yo los conozco: Martín es del número.
-¡Ah! ¿Usted se cuenta entre las excepciones? -le preguntó sonriéndose Leonor, mientras
que Rivas sentía encendérsele las mejillas.
-Señorita -contestó éste-, hay cosas en que parece que uno puede elogiarse a sí mismo sin
sonrojo, y ésta es una de ellas; creo que puedo considerarme entre las excepciones.
-Muy seguro -contestó Martín, enviando a la niña tan ardiente mirada, que ella tuvo que
bajar la vista sobre el bastidor.
-¿Es decir, Martín, que estás enamorado? -le preguntó Agustín-. Veamos, cuéntanos eso,
amigo mío.
-¡Vas a obligarle a mentir! -exclamó Leonor, dominando con una sonrisa la turbación con
que había dado algunas puntadas en el bordado.
-En ese caso -repuso el joven-, cuando usted me pregunte lo mismo que Agustín, no
mentiré.
Pocos momentos después Martín entró al escritorio de don Dámaso, y pasó un largo rato
sin acordarse de la carta de Edelmira que tenía en el bolsillo.
-304-
- XLVII -
Sólo al cabo de media hora recordó Martín que tenía en su poder una carta que no había
leído.
«Querido amigo:
»Mucho me ha consolado su amable carta, y le doy por ella las gracias. Usted es mi único
confidente, porque los de mi familia no me prestarían ahora ningún apoyo contra lo que me
amenaza, de modo que al ofrecerme usted su amistad, ahora que estoy triste y sin amigos
ni hermanos con quienes poder contar, me hace usted un gran servicio. Más se lo habría
agradecido si me hubiese dado el consejo que en mi otra carta le pedía. Repasando en la
memoria lo que le dije, para ver por qué no me da usted ese consejo que tanto necesito, veo
que debo ser más franca con usted, y como usted es mi amigo, se lo diré todo. Mi
repugnancia por el casamiento a que quiere obligarme mi madre no es sólo porque no
tengo cariño ninguno por Ricardo, sino por otra razón, además, que me cuesta decírsela -
305- a usted sobre todo, y es que mi corazón no está libre y no podría nunca ser dichosa
sino con el que amo con toda mi alma. Ya con esto podrá usted, Martín, aconsejarme,
porque el
tiempo se va pasando y a cada momento me encuentro más triste con esto y menos me
conformo con tener que casarme con quien no quiero.
»Dispénseme si le incomodo, pero no tengo más amigo que usted, y nunca lo olvidará su
afectísima,
»Edelmira Molina».
Por su respuesta podrá inferirse el grado de exaltación que sus ideas tenían después de su
reciente conversación con Leonor.
«Querida amiga:
»¿Ama usted y se considera desgraciada? ¿No encuentra usted en su alma bastante energía
para resistir? Busque su fuerza en ese mismo amor y la encontrará poderosa. Cuando creí
que sólo se trataba de vencer lo que podría tal vez ser sólo un capricho, a trueque de
asegurarse el bienestar, creí que debía limitarme a ofrecer a usted mi amistad, evitando
tener parte en una determinación que iba a influir en su porvenir; pero usted ama a otro,
‘con toda su alma’, y me pregunta si por obedecer a su madre había de abandonar ese amor
y dar su mano a quien no puede dar su corazón. Creo, por mi parte, tan exclusivo al amor,
tan austero el culto que le debemos cuando es puro, que considero una debilidad el
oprimirlo bajo el peso de una obediencia cualquiera. Sus leyes, además, no pueden
impunemente burlarse en la vida, y a quien no le guarde su fe, no puede guardarle el
porvenir más que lágrimas y desconsuelos. ¿Por qué no se arroja usted a los pies de su
madre y le habla en nombre de su corazón? Ella ha sido joven también y la comprenderá.
Si usted no tiene valor para esto, mándeme llamar y yo hablaré con ella. Mi amistad hacia
usted es tan sincera que creo tendría poder para ganar su causa y ablandar un corazón que
no aspira tal vez más que a la felicidad de sus hijos.
-306-
»Por otra parte, Edelmira, un amor como el que creo sea usted capaz de sentir,
debe encontrar su fuerza en su inocencia y abandonar el misterio.
El corazón de una madre es el santuario más puro en que pueda usted conservar su
reliquia hasta poderla presentar a los ojos de todos. Tenga usted, pues, confianza en ella, y
no marchite con lágrimas una pasión que debe formar el orgullo de las almas nobles como
la de usted, por no vencer una timidez que, después de atacada, mirará usted como una
quimera.
»Me pide usted que la dispense. ¿De qué? Yo solicito su confianza, la exijo en nombre de
nuestra amistad. ¡Ojalá que el ser depositario de sus secretos me dé algún título para
servirla como lo deseo, para contribuir a su felicidad como ardientemente lo anhelo!
Edelmira recibió esta carta en la tarde de manos de la criada de su casa, de quien había
tenido que valerse para entablar su correspondencia con Martín. Las teorías que en pocas
palabras desenvolvía el joven sobre el amor encendieron el alma de Edelmira, haciendo en
ella brillar el fuego de una verdadera pasión. Pensó que el corazón de aquel hombre era un
tesoro y lo deseó con avidez. Las formas sentimentales de un capricho romántico
cobraron en su meditación las proporciones exageradas de un bien que era preciso
adquirir a toda costa; y con tal convicción, a la hipótesis de que las palabras de amistad
encubrían la delicada expresión de un amor que buscaba una esperanza, llegó poco a poco
a convertirse en su espíritu casi en certidumbre.
Engolfada en esa dulce expectativa del que no quiere tocar aún la realidad, aunque espere
encontrar en ella la realización de sus deseos, Edelmira dejó pasar algunos días sin escribir.
Durante estos días Leonor no había ofrecido al joven ninguna ocasión de renovar las
escenas de reticencias en que algunos enamorados campean por cierto tiempo antes de dar
el ataque decisivo. Para consolarse, Martín había -307- trabajado con tesón en los
negocios de don Dámaso, que poco a poco descansaba en él de todo el peso de sus tareas
comerciales. También ocupaban gran parte de su tiempo los estudios, que había un tanto
descuidado, y siguiendo la práctica de los estudiantes chilenos, tenía que recuperar con
grandes esfuerzos de aplicación el tiempo perdido antes del 18 de septiembre, época en
que los alumnos de los colegios dan por terminada la holganza voluntaria, para
consagrarse a los exámenes del fin del año. Además de estas ocupaciones, Martín hallaba
tiempo, en su calidad de enamorado, para hablar de su amor con la infinita variedad de
formas de que la imaginación sabe revestir las impresiones que una misma causa produce,
y que el corazón sabe a su vez multiplicar con inagotable fecundidad.
Por fin, al cabo de diez días, el criado le entregó una carta con la sonrisa que indicaba su
procedencia. Era de Edelmira.
«Su carta -le decía- me ha consolado; pero, a pesar de lo que estimo su consejo, nunca me
atreveré a hablar a mi madre como le hablo a usted. Le confesaré que le tengo miedo, y
creo también que ella me recibiría mal, pues le gusta que la obedezcan sin responder, sobre
todo después de lo que ha pasado con la Adelaida.
»Me dice usted que encontraré fuerzas en mi propio amor, y es cierto que las encuentro
para decidirme a sufrirlo todo, antes que casarme contra mi gusto; pero no hallo más
fuerza que ésa, pues no me atreveré a confesar a mi madre que amo a otro. Tal vez me
sucede esto por una cosa que no le dije en mi otra carta, y es que amo sin ser
correspondida, y no sé si lo seré algún día. Muchos días he dejado pasar sin escribirle, por
no molestarle y porque no me atrevía a hacerle la confesión que le hago ahora. Al fin es
preciso que usted lo sepa todo, ya que conoce mi corazón como yo misma.
»Espero que usted me ayude siempre con sus consejos. Le aseguro que éste es mi único
consuelo, y lo único que me da valor en la aflicción en que me veo; con lo que pasa el
tiempo y llega el día en que tendré que contestar a mi madre».
-308-
Esta carta de Edelmira, a la que como a las otras hemos tratado de conservar su forma,
purgándolas sólo de ciertas faltas que harían incómoda su lectura, hirió profundamente la
sensibilidad de Rivas, porque halló gran analogía entre su situación y la de la niña con
respecto al amor. Ella y él alimentaban en efecto una pasión huérfana, y no tenían más
placer que engalanarla de esperanzas. Esta analogía le hizo simpatizar más aún con la
suerte de Edelmira.
«Creía, Edelmira -le contestó-, que la suerte de amar sin esperanza no podía caber a la que,
como usted, es bella y tiene un noble corazón, cuyo amor puede enorgullecer a cualquiera.
Después de su confesión, ¿qué puedo decirle? Ni aún me atrevo a preguntar el nombre del
que ignora su felicidad, ignorando que usted le ama. Pero estoy seguro que es un hombre
digno de usted, capaz de comprenderla y de abrigar en su pecho un tesoro como el que
usted le consagra. ¿Me equivoco? No lo creo, y con esta persuasión sólo puedo aconsejarle
que guarde intacto su amor, porque él será la salvaguardia de su pureza. No sé por qué,
tengo un presentimiento que el cielo reserva alguna recompensa a los que saben conservar
tan hermoso sentimiento sin desalentarse en su virtud.
»Entretanto, creo que usted, a pesar de su timidez, debe formar la resolución de confiar
este secreto de su corazón a su madre. El día en que usted tenga que decidirse
definitivamente no está lejano, y mejor es prevenir los ánimos con tiempo, en vez de
causarles una sorpresa que puede ser fatal para usted. Para apoyar este consejo le repetiré
mis ofertas anteriores: disponga usted de mí, y crea que tendré una satisfacción infinita en
hacer algo que contribuya a su dicha».
Edelmira dio un hondo suspiro al leer esta carta. Había recorrido ya en las tres anteriores
las fases distintas de su plan y llegado a la necesidad de nombrar al que amaba. Aunque
vagamente, como lo dijimos, creía que alguna frase de las respuestas de Martín, o algún
incidente imprevisto, de aquellos que siempre esperan los enamorados, estos creyentes
ciegos en la casualidad, le daría ocasión oportuna de revelar a Martín por entero el secreto
-309- que a medias le confiaba. Pero aquellas respuestas habían destruido su ilusión, y la
casualidad no había realizado tampoco los imposibles que cada cual exige de ella. ¿Qué
hacer? Un largo suspiro fue su respuesta a esta triste pregunta. Las cartas que mil veces
leía le revelaban que Martín poseía un corazón noble y ardiente. ¡Qué miraje para una niña
enamorada! ¿No era esto divisar un pedazo del Paraíso sin poder tocar ninguna de sus
flores? Edelmira las vio lucir sus gallardas corolas, mecerse al soplo de las brisas
embalsamadas y enviarle sus perfumes envueltos en sus pliegues fugaces. Esos perfumes le
dieron los vértigos ardientes del insomnio, durante el cual esta pregunta, ¿qué hacer?, se
presentaba como el ángel con su espada flamígera para arrojarla de ese Paraíso. Su
imaginación se estrelló por una parte con su natural recato, y por otra con su firme
resolución de resistir a su madre, de manera que, tras un largo y agitado insomnio, no
imaginó otro medio de salvación que el de entregar al tiempo su destino.
Una circunstancia contribuyó entonces para hacerla insistir en esta resolución. Ricardo
Castaños propuso a doña Bernarda retrasar el día del casamiento hasta que hubiese
obtenido el empleo de capitán que el jefe del cuerpo le había ofrecido; la propuesta se
elevaría a fines de noviembre y podía fijarse para el enlace a mediados de diciembre.
Edelmira comunicó a Martín esta feliz noticia en una carta, a la cual Rivas contestó
felicitándola, pero repitiendo su consejo de comunicar a doña Bernarda el secreto de su
amor, si Edelmira no desistía de su propósito de resistencia. Pero la niña recibió este
consejo con las objeciones de antes, y volvió a confiar al tiempo la solución de aquel
problema.
- XLVIII -
Sin considerarse enteramente feliz durante aquel tiempo, Rivas había engañado su
impaciencia y alentado a veces su energía con su decidida contracción al estudio y a los
trabajos de escritorio de don Dámaso. Con gran placer anunció a su familia a principios de
diciembre el feliz resultado de sus exámenes, que le dejaban libre hasta el año siguiente,
anunciando a su madre que por razones de economía le era forzoso renunciar al viaje que
durante las vacaciones podría emprender para ir a verla.
Pero, además de esta causa, su amor era lo más poderoso que le fijaba en Santiago, pues le
parecía que la ausencia le haría perder hasta la posibilidad de ser amado, que Leonor le
dejaba entrever de cuando en cuando.
Hemos visto cómo esta niña había ido poco a poco acostumbrando su orgullo al amor de un
hombre que ocupaba una posición social tan inferior a la de los que con mayores
exigencias cada día solicitaban su mano. Vencido ese orgullo, quedábale todavía la
desconfianza, hija de ese mismo orgullo, que le infundía temores sobre el amor de Martín,
de cuya sinceridad dudaba a veces, porque no podía explicarse bien la timidez del joven, a
quien veía en todos los demás actos de su vida desplegar serenidad y decisión. De aquí su
reserva, que se avenía mal con la franqueza y resolución que la caracterizaban; de aquí
también su designio
de no avanzar demasiado en -311- la senda por que marchaba, hasta no tener datos
irrecusables acerca del amor de Rivas. Sin comprender la delicadeza del joven, que jamás
se había aventurado a sacar partido de las diversas ocasiones en que hubiera podido
declarársele, Leonor se contentaba con conversaciones como las que conocemos y con
hablar continuamente de su amor a Matilde Elías. Matilde recibía las confidencias de la
que había sido depositaria de sus esperanzas, y lo era ahora de su desdicha, sin desalentarla
jamás con el pesar de su desengaño, queriendo pagar de algún modo a Martín los ligeros
servicios que le debía.
Todos en la familia habían admirado el valor con que Matilde sobrellevó el peso del golpe
que había destruido tan rápida como inopinadamente su felicidad. Algunas palabras de ella,
dichas a Leonor, explicaban la entereza que nadie había esperado en la débil y tímida
criatura, a quien el menor sentimiento hasta entonces abatía.
-Si hubiese conservado aprecio por Rafael, nada me habría consolado; pero, perdonándole
su engaño, no lloro su pérdida, sino mi amor que se muere.
-Martín -decía otras veces a Leonor- tiene un corazón recto que aborrece el engaño; él
mismo condena la conducta de Rafael. Si alguna vez te dice que te ama, puedes creerle más
que el juramento de cualquier otro.
Con la llegada del verano se hacían los preparativos para salir al campo en casa de don
Dámaso. Habíase convenido que Matilde acompañaría a su prima durante la permanencia
de la familia de Leonor en una hacienda de su padre, vecina a una costa bastante visitada
por la gente de Santiago en la estación de baños.
Esto daba ocasión para que Martín escribiese a San Luis una larga carta, hablándole de sus
alegres expectativas, con motivo de este paseo.
«Habrá una pieza para nuestros trabajos, me ha dicho don Dámaso -le escribía-, y en las
horas restantes podré verla. Tal vez recorreremos juntos algunos lugares que, si no son
pintorescos, yo tengo en mi imaginación con qué engalanarlos. Y luego, mi querido amigo,
en esos días -312- de confianza y de tranquilidad, cuando Leonor, entregada a sí misma,
tenga esos arranques de locura infantil que tuvo en nuestro paseo al Campo de Marte, ¿no
crees que pueda presentarse una ocasión de decirle cuánto la amo, de hablarle del culto que
le profeso desde tanto tiempo? Todo esto, mira, me desvanece, y apenas puedo contener los
latidos del corazón, al que con tanto ahínco he querido, pero en vano, enseñar a dominarse;
ella lo manda y mis lecciones se pierden en el ruido de su pasión».
El destino, sin embargo, reservaba muy duras pruebas al que tan alegres proyectos se
entretenía en formar.
Dijimos que el día prefijado por doña Bernarda para el casamiento de Edelmira con Ricardo
Castaños era el 15 de diciembre.
El 14 resolvió Edelmira acudir a todo su valor, y se arrojó a los pies de su madre,
pidiéndole, en nombre del cielo, que no la obligase a dar su mano a quien no podía amar.
-¡Miren si será lesa! -exclamó doña Bernarda, levantando las manos al cielo-. Allá
quisieran todas tu suerte. ¡No te digo, pues! Vean qué desgracia, ¡la quieren casar con un
capitán de policía y a la señora le parece poco! Haremos, pues, que enviude algún
comandante para que te lo traigan.
-Pero, mamita, yo no puedo ser feliz con ese hombre -dijo la angustiada niña.
-Sí, pues, como eres adivina, sabes que no vas a ser feliz; quieres saber más que tu madre.
Si no lo quieres, lo has de querer después; para eso será tu marido. Yo no he de salir a la
calle a buscar con quién casarte, ni has de estar toda la vida viviendo a mis costillas, que
algún alivio le han de dar a una sus hijas. Yo tampoco quería al difunto Molina cuando nos
casamos, y harto que lo quise después, y no quiero que me hables más de esto, y yo mando
aquí.
En vano buscó Edelmira el apoyo de Amador, porque éste se negó a interceder en su favor.
-Mi madre lo quiere -le respondió-, y no hay santo que la apee de lo que se le mete en la
cabeza. Déjate de lesuras, ¿qué más quieres que un capitán?
-313-
Bajo estas impresiones escribió a Martín, refiriéndole las inútiles súplicas que había hecho
a su madre y a su hermano. Le pintaba su desesperación con la elocuencia de la verdad y,
recordando sus repetidas ofertas de servirla, le pedía su apoyo para poner en ejecución un
plan que había imaginado y que era el único que podía salvarla. Su plan se reducía a huir
de la casa materna y asilarse en la de la tía de Renca, que había hospedado a su hermana
cuando había tenido que ocultar sus amores a doña Bernarda.
«Esa tía -continuaba la carta de Edelmira- tiene gran poder con mi madre, y le ha prestado
muchos servicios, sobre todo de dinero, porque tiene en Renca una chacra bastante grande,
así es que mi madre no le niega nada. Hubiera podido pedir a mi tía que viniese a Santiago,
pero, además que no quiere venir nunca, porque enviudó aquí y quería mucho a su marido,
mi madre le habría hablado, mientras que, viendo la resolución que tomo y el paso que
doy, ella me defenderá. Como es mucho más joven que mi madre, se ha criado con
nosotras como hermana, y nos quiere mucho; estoy segura que me recibirá muy bien».
-314-
Recibió Martín esta carta al día siguiente de haber escrito a San Luis, hablándole de sus
proyectos de viaje al campo con la familia de don Dámaso. Después de suplicar a Edelmira
que pesase bien la resolución que le anunciaba, le decía en su contestación:
«Si usted persiste, mañana el carruaje estará pronto a la hora y en el lugar que usted me
indica. Permítame, entonces, que no la deje a usted abandonada a merced de un cochero y
que la acompañe a casa de su tía. Será para mí una felicidad el prestarle este servicio. Usted
puede salir de la iglesia a la hora convenida y me encontrará allí; tome usted para esto las
precauciones que crea convenientes y sobre todo no me prive de la satisfacción de
acompañarla».
Edelmira besó esta carta, cuando estuvo sola en la noche, y se guardó de comunicar a nadie
sus designios. A fin de hacer con más libertad sus preparativos de viaje, esperó que
Adelaida y todos los de su casa estuviesen entregados al sueño. En esos preparativos, su
primer cuidado fue el de arreglar en un paquete, atado con una cinta, las cartas de Rivas,
que formaban su tesoro.
Después se acostó a meditar en su suerte y esperar la hora del día siguiente en que debía
dirigirse a la iglesia.
- XLIX -
A las seis y media de la mañana del siguiente día salió Edelmira de su casa con la criada
y llegó poco después a Santa Ana.
En la plazuela de esta iglesia se veía un coche de posta, a cuyas varas había un caballo que
tenía por la rienda un postillón montado en otro de la conocida raza de Cuyo, a que también
pertenecía el de varas.
El postillón, haciendo de cuando en cuando sonar su rebenque, entonaba sotto voce una
tonada popular con voz nasal y monótona.
Edelmira sintió un temblor involuntario al ver el carruaje -315- en que debía efectuar su
fuga, y sin advertirlo se detuvo un momento a contemplarlo.
Parece que el aspecto de Edelmira y de su criada despertó el humor galante del postillón,
que interrumpió su tonada para decirles:
Edelmira salió de su contemplación con aquellas palabras y dirigió sus pasos hacia la puerta
del templo.
-Y él, tan fresco que lo han de ver -replicole la criada, mientras que Edelmira, asustada con
aquel diálogo, apretaba el paso.
Pocos pasos faltaban a la niña y su criada para llegar a las gradas de losa delante del frente
de la iglesia, cuando se presentó Rivas, que sin duda desde algún punto vecino espiaba la
llegada de Edelmira.
Martín aparentó sorpresa de aquel encuentro, para evitar las sospechas de la criada, y
exclamó:
-¡Ya ve usted que soy puntual! -dijo Martín a Edelmira en voz baja-. ¿Está usted resuelta?
Edelmira miraba a su interlocutor como si hubiese olvidado en aquel instante el miedo que
tenía y los pesares que habían enflaquecido su rostro.
-¿Por qué va usted a incomodarse por mí? -le preguntó ella con acento triste.
-Eso corre de mi cuenta -replicó Martín-, y, como le dije -316- en mi carta, no consentiré
en dejarla a merced del cochero, a quien no conozco.
Esta observación sobre el cochero hizo gran fuerza en el ánimo de Edelmira, asustada ya
con las galanterías que el postillón acababa de dirigirle.
-Además -añadió Rivas-, usted me ha dado derechos de amistad que me tomaré ahora la
confianza de hacer efectivos; lejos de ser para mí una incomodidad el acompañarla, es un
placer.
Edelmira oía con arrobamiento las cariñosas palabras del joven, en quien casi
únicamente había pensado durante el último tiempo.
-Entonces voy a esperarla en el coche. Como usted ve, puedo perfectamente estar allí sin
ser visto.
-Yo trataré de salir lo más pronto que pueda -contestó la niña dirigiéndose a la iglesia.
La criada no vio aquel movimiento de su ama, porque contestaba con bizarría al fuego de
ojeadas del galante postillón.
Al ver pasar a Martín, siguió no muy contenta a Edelmira, que había entrado ya a la iglesia.
-Espéreme aquí -le dijo ésta señalándole un punto-, yo voy a buscar al confesor, luego
vuelvo.
La criada se entretenía mirando los santos de los altares y ocupada, como lo está
generalmente la gente de nuestro pueblo, en no pensar en nada.
-317-
Las devotas que principiaban a llegar, vestidas todas de basquiña y mantón como
Edelmira, favorecieron su salida con su movimiento de idas y venidas al través del templo,
que miran la mayor parte de ellas como su casa.
-Marcha.
La criada de Edelmira, cansada ya de mirar los altares, miraba en ese momento al lego que
andaba encendiendo algunas luces y pensaba que el postillón era más buen mozo que el
lego.
Y parece que el postillón, que tan pronto había cautivado la preferencia de la criada,
ayudado de la instintiva malicia de la gente de nuestro pueblo, hacía caritativas
suposiciones sobre la pareja que conducía, porque, improvisando una variante a una
conocida canción, entonaba, acompañándose con el rebenque:
Te llevo en mi corazón;
Martín esperó que pasase un tanto aquella explosión de un dolor que respetaba, y habló sólo
cuando vio más tranquila a su compañera de viaje.
-Todavía es tiempo de volver -le dijo-, ordene usted, Edelmira, yo estoy a su disposición.
-No crea usted que me arrepiento -contestó la niña, enjugando las lágrimas de sus ojos-,
lloro de verme obligada a salir de mi casa.
-Si usted tiene confianza en su tía -repuso Martín-, espero que todo se arreglará como usted
lo desea.
-318-
-Como yo lo deseo, no -dijo Edelmira, fijando sus ojos en Rivas con singular expresión-;
pero me libraré del casamiento.
-¡Quién sabe!
-De manera que usted ama con pasión -dijo Rivas vivamente interesado en el amor de
Edelmira, al que, como dijimos, hallaba analogía con el suyo.
En ese momento se oía más acentuada y clara la voz del postillón, que repetía, haciendo
sonar el rebenque:
Y su voz se confundía con la de los frutilleros que a esas horas entraban a la capital a
vender las muy celebradas frutillas de Renca.
Edelmira y Martín se habían quedado en silencio, oyendo la voz del alegre postillón.
-A su hermano, la noche que tuve el gusto de conocer a usted -respondió Martín-; pero
Amador no la engalanaba con ese último verso.
-¡Oh!, no, me acuerdo mucho de esa noche. Más todavía, me acuerdo de todo lo que hablé
con usted.
-¿Quién?
A pesar de la naturalidad de esta exclamación, había tal tristeza en la voz de Edelmira, que
Rivas le dijo:
-319-
-Hasta ahora usted ha tenido confianza en mí, ¿se arrepiente usted de ello?
-No, pero...
-Vaya, no insistiré; pero créame que no ha sido curiosidad, sino la esperanza de poder
servirla.
-Se lo creo, Martín. Dispénseme si no le contesto; pero es imposible ahora -dijo con
sentido acento Edelmira; y luego añadió, dando a su voz ese tono de afabilidad que
empleamos con una persona a quien tememos haber ofendido-. Se lo diré después, ¿no?
-Bueno.
-Pero podemos hablar de él sin nombrarle -repuso Martín, pensando que no podría haber
ninguna conversación más agradable que aquélla para Edelmira.
Hablaron entonces alegremente. Con los recuerdos de su amor, Edelmira parecía olvidada
de la situación en que se hallaba, y pintó con sencilla elocuencia el nacimiento de esa
pasión, sin explicar las causas, que ella misma ignoraba. Martín era buen juez para
apreciar el mérito del cuadro que la niña le trazaba y encontró rasgos de admirable verdad,
que le pusieron frente con sus numerosos recuerdos de soledad y de amor.
Así llegaron a casa de la tía, que, después de oír las explicaciones que le hizo Edelmira,
prodigó a Martín delicadas atenciones.
-Si usted quiere hacer penitencia -le dijo-, quédese a almorzar con nosotras.
Rivas se prestó de buena gana y almorzó alegremente -320- con Edelmira y su tía. En los
platos que le presentaron, en la gran canasta de frutillas que esparcía su aromático olor por
toda la pieza, en los muebles que la adornaban, en todo halló el joven un aspecto agreste
que ensanchó su corazón. En esta disposición de ánimo aceptó la oferta que le hizo la viuda
de un caballo ensillado para dar un paseo, en el que Martín empleó dos horas, galopando a
veces, deteniéndose otras para mirar un cercado, cualquier paisaje en el que con la
imaginación colocaba a Leonor, y él, a sus pies, olvidado del mundo, le hablaba de su amor
estrechando sus lindas manos.
Rivas tomó la carta y se despidió, sin advertir la turbación con que Edelmira se la había
entregado.
-No, no la abra hasta que esté lejos -le dijo la niña cuando el coche iba a ponerse en
marcha.
«Martín:
»Ya conoce usted la historia de mi amor, pues nada le he ocultado, y verá por qué no me
atreví en el camino a decirle el nombre del que amo cuando sepa que es el que he puesto al
principiar esta carta.
»Edelmira Molina».
Luego, después de leer la carta por segunda vez, dijo con verdadero sentimiento:
-321-
-¡Pobre Edelmira!
Ya en lo restante del camino sólo pudo pensar en la revelación del papel que tenía entre las
manos, y llegó a Santiago lleno de tristeza por haber sido, aunque involuntariamente, la
causa de la difícil posición en que se encontraba Edelmira.
Dejó el coche en la Plaza de Armas y se encaminó a pie a casa de don Dámaso Encina.
Al tiempo de subir a su habitación, sintió la voz de Agustín que le llamaba desde su cuarto.
-He estado fuera de Santiago, ¿por qué me lo preguntas? -contestó Rivas con inquietud.
Agustín cerró la puerta de su cuarto, que daba al otro patio que comunicaba con las
habitaciones interiores, y después, acercándose a Martín, le dijo con gran misterio:
-L-
Para comprender lo que Agustín dijo entonces a Rivas debemos averiguar lo que había
sucedido durante la ausencia de éste.
La criada con quien Edelmira llegó en la mañana de ese día a Santa Ana se había quedado
haciendo comparaciones entre el lego que prendía las velas de un altar y el galante postillón
que tan finos requiebros había dirigido a Edelmira o a ella.
La criada se inclinaba a creer que era ella la que había cautivado al galante postillón, y ya
dijimos que le hallaba mucho más interesante que el lego que encendía las luces.
Pero como a poco rato se retiró éste, la criada no tuvo ya con quién establecer
comparaciones, y se entretuvo contando los altares y luego las velas que cada uno tenía; y
como al cabo de tres cuartos de hora notó que no había -322- rezado, dijo algunas Salves
y algunos Padrenuestros.
Pasada una hora se puso a pensar que no podía ser muy pequeño el número de pecados
de Edelmira, cuando empleaba tanto tiempo en confesarse, y cansada de pensar en esto,
dejó de pensar y se quedó dormida.
Una beata la despertó media hora después, para preguntarle si había pasado el Evangelio de
una misa que se estaba diciendo a la sazón.
-¡Las diez, buen dar! -exclamó la criada, echando a andar con gran prisa camino de la casa.
Eran como las diez y cuarto cuando llegó a ésta, en donde doña Bernarda pedía con
exigencia el almuerzo.
Se buscó en vano a Edelmira por toda la casa, y después de esto se reunió la familia
para averiguar en dónde podría encontrarse. Después de mil suposiciones se esperó una
hora; transcurrida esta hora la familia se sentó a almorzar; y tras el almuerzo se
esperaron dos horas más, sin entrar en sospechas de que Edelmira hubiese podido
fugarse.
-323-
Mas como Edelmira no llegaba, doña Bernarda llamó a la criada y le hizo referir el viaje a
la iglesia, en cuya narración la criada se manifestó turbada al omitir el encuentro de
Edelmira con Martín. Esta turbación despertó vagas sospechas en el espíritu de Amador,
quien las comunicó a su madre, la que propuso el medio de las amenazas, y aun de la
violencia, para arrancar a la criada el secreto de aquella ausencia, si acaso existía tal
secreto.
-Estas chinas son hechas por mal -dijo sentenciosamente doña Bernarda-, y así es preciso
tratarlas.
-Madre -dijo Amador, cuando estuvo solo con doña Bernarda-, no será mucho que ésta se
haya arrancado con Martín.
-¡Dios la libre! -contestó apretando los puños la señora-, porque la mando derechita a la
currución.
Por este nombre designaba ella la Casa de Corrección de Mujeres.
En esas circunstancias llegó Ricardo Castaños, el que, impuesto del suceso, fue de
opinión de dirigirse a casa de don Dámaso, opinión aceptada por unanimidad de
sufragios.
Amador y Ricardo llegaron a las tres y media de la tarde a casa del huésped de Martín.
El criado les dijo que Rivas había salido antes de las siete de la mañana.
-324-
-Si él no anda en esto -dijo-, ¿qué andaba haciendo tan temprano por la iglesia? ¡Qué
casualidad también que llegase al mismo tiempo que Edelmira!
Esta reflexión despertó los celos de Ricardo, que, como si mandase cargar a su compañía
contra el enemigo, dijo con resolución:
-Adelante.
Amador y el oficial le saludaron con gran cortesía, y el hijo de doña Bernarda tomó la
palabra para decir el objeto de aquella visita.
-No creo que Martín sea capaz de tal cosa -dijo don Dámaso cuando Amador anunció sus
sospechas, al terminar su relato.
-No lo conoce usted, señor -replicó Amador-, parece que no fuera capaz de quebrar un
huevo, pero es todo lo contrario.
Don Dámaso llamó a su hijo para averiguar lo que supiese delante de los dos mozos.
-Se puede salir de buena hora sin ir por esto a robarse las muchachas -contestó Agustín,
aprovechando la ocasión de burlarse del que le había hecho sufrir, poco tiempo hacía, los
padecimientos del fingido casamiento.
-No venimos aquí para que usted se ría -le dijo Ricardo Castaños amostazado.
-Digo lo que pienso -repuso Agustín-, y si es cierto que Rivas les ha quitado la niña, lo
mejor será que ustedes la busquen por otra parte.
Don Dámaso interpuso su autoridad y declaró que si Martín tenía parte en aquella fuga, se
haría justicia por el honor de la casa.
-325-
-Sea lo que quiera -contestó don Dámaso-, el hecho es que no dejan de haber motivos para
sospechar de Martín, y si fuese verdad, yo no permitiría que habitase en mi casa un joven
que da tan mal ejemplo.
-No.
Leonor dejó caer un libro que estaba leyendo y se levantó pálida como un cadáver.
-Y tú, ¿qué piensas de esto? -le preguntó Leonor, con afanosa inquietud.
-A fe mía, no sé demasiado qué pensar -respondió Agustín, que, como hemos visto, creía
hubiese amores entre Martín y Edelmira.
Leonor sintió un violento deseo de llorar, pero tuvo fuerzas para dominarse.
-Pero Martín me ha negado siempre que tenga amores con esa muchacha -exclamó
dando un fuerte acento de desprecio a la palabra que subrayamos.
-Qué quieres, mi bella, cada uno tiene sus pequeños secretos en este bajo mundo.
-Ésa es una hipocresía imperdonable -volvió a exclamar Leonor, con mal reprimida cólera.
-Hipocresía, hermanita, tanto que tú quieras; pero es preciso pensar que el pobre
muchacho es hombre, después de todo.
-¿Por qué? ¡El bello asunto! No todas las verdades son para dichas, bella
hermanita. Leonor se dejó caer sobre el sofá en que la había encontrado Agustín.
-Observo -añadió éste- que no eres indulgente con ese pobre Martín, que nos ha rendido
buenos servicios. Eso no es bueno, hermanita; así no se podrá hacer un proverbio -326-
que sería bonito: «El corazón de la mujer es todo generosidad».
-No sé, pero veo que tratas este asunto tan seriosamente...
-Te equivocas, Agustín -repuso la niña, con serenidad bien fingida-. ¡Qué me importa a
mí todo esto! Esos servicios de que hablas tú son los que me hacen sentir lo que pasa,
porque papá y mamá no pueden mirar esto con indiferencia.
-¡Ah!, así me gusta oírte, hablas como un libro. Te iba a castigar fumando aquí un
prensado, pero te perdono.
Y salió Agustín del cuarto de Leonor, encendiendo un gran cigarro puro al entrar en su
habitación.
Pocos momentos después llegó Rivas, a quien Agustín llamó como vimos antes.
-Voy a contarte lo que ha pasado -le había dicho, después de cerrar con aire de misterio las
dos puertas de su habitación.
-Lo mismo he dicho yo. Es preciso confesar que la queja es plaisante. Pero te he defendido
con calor, por ese lado no te inquietes, y te aseguro que se fueron furiosos. Lo que resta que
hacer es quitar toda sospecha a papá.
-¿No ves por qué? ¡Cáspita! No basta que no sea cierto, es preciso que papá se convenza de
tu inocencia.
-¿Qué inconveniente?
-327-
-La he acompañado.
-¿A dónde?
-A Renca.
-Me inclino ante tu talento -le dijo-. ¡Mira que si yo hubiese hecho otro tanto con Adelaida,
no se habrían reído de mí! Eres un hombre de fuerza, amigo; me inclino, eres mi maestro.
-¡Cómo! ¿Te parece poco robarse una chica gentil como una flor? Eres difícil, amigo mío, y
muy modesto.
Explicó Rivas entonces todos los antecedentes, pero sin hablar del amor de Edelmira.
-La cosa cambia de aspecto -dijo-. Es decir, que te has sacrificado a la amistad.
-Vaya, las mujeres que pretenden ser tan maliciosas se equivocan también. Figúrate que
Leonor se puso furiosa.
-No he cometido ningún crimen para ocultar mis acciones -contestó Rivas con dignidad.
-328-
Rivas caminaba resuelto, aunque palpitándole con violencia el corazón; todo su temor era el
desprecio de Leonor.
- LI -
Leonor fijaba la vista en una de las ventanas de la pieza, de la que pendía una vasta
cortina de reps sobre otra blanca de finísimo tejido.
Martín buscó en vano esa mirada, y creyó leer su sentencia en la frente de la niña, que se
levantaba con singular altanería.
Sin embargo, aquel silencio era demasiado embarazoso para que pudiese durar mucho
tiempo, y necesariamente debía interrumpirlo el más débil de carácter.
Don Dámaso dejó, poco a poco, la gravedad con que había contestado al saludo de Rivas, y
se decidió al fin a dirigirle la palabra, ya que nadie rompía un silencio que le incomodaba.
Ninguna otra pregunta se le ocurrió a don Dámaso, y volvió el silencio. Pero Agustín no
era de los que podían estarse callados mucho rato, y le pareció que debía seguir el ejemplo
de su padre.
-Aquí no hay lugares a propósito para partidas de campaña, como en París -dijo.
-Allí sí que puede uno divertirse -exclamó con entusiasmo al terminar-, y no aquí, donde
los environes de Santiago son tan feos, sin parques, sin castillos y sin nada.
La comida concluyó sin que Leonor hubiese parecido notar la presencia de Martín en la
mesa.
-Espero, pues, hijo, que hables con Martín, porque esto no puede quedarse así.
-Hay tiempo, hablaré esta noche -contestó don Dámaso, que, teniendo grandes miramientos
por su digestión, se prevalía de este pretexto para no tener una seria explicación con Rivas
acerca del asunto de Edelmira.
-Bueno, pues, pero no dejes de hacerlo; esta casa no es para escándalos -repuso doña
Engracia, dando un apretón a Diamela, como para hacerla testigo de su recato.
Tras de sus padres venían Leonor y Agustín. Rivas salió el último del comedor y se retiró
pronto a su habitación.
-¿Sabes que hay algo de cierto en lo de Martín? -dijo Agustín a Leonor cuando estuvieron
solos.
-¿Quién te lo ha dicho? -preguntó la niña, que interiormente se lisonjeaba con que Martín
desbarataría las acusaciones que pesaban sobre él.
-¡No ves! ¡Ni se atreve a negarlo! -exclamó Leonor, con una expresión de encono que por
sí sola parecía hablar de venganza.
-Figúrate que la vieja quería casar a esa pobre niña contra su voluntad.
-Y Martín, de puro bueno, como tú dices, se declaró su defensor, ¿no es esto? Muy mal
inventada me parece la disculpa; ya pasó el tiempo de don Quijote.
-330-
-¡Peste, hermanita! -exclamó Agustín, que había heredado de su padre la facilidad para
cambiar de opinión en cualquier asunto-, ¿sabes que me das qué pensar? Bien puedes tener
razón.
-¡Y tú le habías creído! -añadió Leonor con expresión de rabia mal contenida-. ¡Vaya!,
tienes una facilidad admirable para creerlo todo. A ver, ¿qué habrías hecho tú en su lugar?
Habrías confesado una falta; porque ésa es una falta muy grande, ¡qué importa que la
muchacha sea pobre, cuando es virtuosa!
-Todo lo que dices me parece verdadero como el Evangelio, mi bella, y yo no soy más
que un inocente; Martín me ha hecho comulgar con una rueda de molino.
-Y muy grande.
En la noche, viendo don Dámaso que Martín no asistía al salón, e instigado por su mujer, le
mandó llamar, y mientras todos conversaban en esa pieza, se quedó con Rivas en la
antesala.
Al ver los semblantes de ambos, se hubiera creído que don Dámaso era el acusado, tal era
la dificultad que parecía tener para dar principio al diálogo. Martín, sereno, sin afectación,
esperaba que don Dámaso rompiese el silencio. Viendo, al cabo de algún intervalo, que
esperaba en vano, y que don Dámaso buscaba mil maneras de disimular su turbación, se
decidió a sacarle de aquel apuro.
-He hablado, señor, con Agustín -le dijo-, y sé por él la acusación que me han hecho ante
usted.
-¡Ah, ah!, ya sabe usted, pues, hombre, me alegro; figúrese usted que se me presentan
esos dos mozos y me dicen -331- lo que usted sabrá; por supuesto que yo no he creído en
tal cosa, pero aquí la señora...
-Antes que usted prosiga, señor -díjole Martín en una pausa en que parecía buscar
alguna palabra-, debo decirle que esa acusación no es del todo infundada.
-¿Cómo dice? -preguntó don Dámaso, creyendo que había oído mal.
-Digo, señor, que la acusación que usted ha oído contra mí no es enteramente infundada.
Tiene algo de cierto, aunque es natural que mis acusadores se equivoquen en mucho.
-Por mi parte -repuso don Dámaso-, bien se figurará usted que le disculpo; pero ya ve usted
lo que es una casa donde hay familia. Aquí la señora es tan rígida, hombre, de todo se
escandaliza; yo no, y sobre todo...
-¡Hombre, no se trata de eso! -exclamó don Dámaso-. Pero usted comprende mi embarazo,
¿no? La señora dirá que no es cierto, y luego...
-Jamás he dado motivo para que se ponga en duda mi veracidad -dijo el joven con dignidad.
-Por supuesto, y nadie duda... mas... hombre, ya conoce usted a la señora y...
Martín insistió en lo que había dicho, y don Dámaso se enredó en sus propias disculpas, sin
decir nada de decisivo.
«Si se va, me hará mucha falta», pensaba mientras Martín dejaba su asiento y entraba en el
salón, donde se encontraba reunida la tertulia ordinaria de la casa.
-332-
Leonor conversaba con Matilde, que venía desde poco tiempo a casa de su tío, después que
se había roto su matrimonio.
Cuando Rivas entró en el salón, se notaba en su fisonomía muy diversa expresión de la que
ordinariamente tenía en presencia de Leonor. El aspecto del joven indicaba una resolución
firme e invariable, porque sin vacilar ni turbarse se dirigió al lugar que ocupaban las dos
niñas, y su mirada era segura como su ademán.
Leonor se puso muy pálida al verle acercarse con ese aire de resolución y le dirigió una
mirada glacial.
Pero esa mirada no intimidó a Rivas, que parecía dominado por una idea fija.
Esa idea se encerraba en una reflexión que, al separarse de don Dámaso, había formulado
interiormente así: «Si ella no me cree, qué haremos; pero yo le hablaré».
Con tan firme designio se sentó al lado de Leonor, haciéndolo, empero, de manera que los
demás no viesen nada de premeditado en aquel paso.
Leonor volvió la cabeza hacia su prima con insultante afectación; pero Martín no se
desalentó con esto.
-Señorita -le dijo con segura voz-, deseo hablar con usted.
-¡Conmigo! -exclamó Leonor, en cuyo acento se notó, pero apenas, un ligero temblor-. ¿No
habló usted ya con mi papá? -añadió, dando a su rostro la majestuosa arrogancia que tanto
intimidaba a Martín.
-Por lo mismo que he hablado con él -replicó éste-, deseo ahora que usted me haga el favor
de oírme.
-De veras que el tono en que usted me habla me asusta -díjole la joven, aparentando una
admiración llena de indiferencia a la par que de desprecio.
-Tal vez estoy afectado, dispénseme usted; lo que me sucede ahora es tan trascendental para
mi porvenir, que no es extraño me impresione.
-¿Qué le sucede? -preguntó Leonor, con una sonrisa que contrastaba con la seriedad del
joven.
-333-
-Sí, Agustín me refirió algo de un servicio que usted había querido hacer a esa señorita.
Una mala disculpa, ¡invención de Agustín, al cabo!
-¿De veras? Dispénseme, creía que era una historia inventada por Agustín para hacerme
reír.
-¿Cree usted entonces que no haya hombre capaz de hacer un servicio como ése?
-De todos modos, ya hay uno, y ése es usted, porque ahora que usted lo dice, debo creerlo.
-¿Cree usted que me estoy tomando el trabajo de fingir? -le dijo Leonor, levantando con
orgullo su bellísima frente.
-No creo que usted tenga necesidad de tomarse ése ni ningún otro trabajo conmigo -
contestole Rivas con entera dignidad-, pero querría divisar más seriedad en sus palabras,
porque aprecio su juicio y la opinión que usted pueda tener de mí.
-Teniendo en tal aprecio mi opinión, debió usted haberme consultado para su rapto o su
fuga, llámelo usted como quiera, y yo tal vez habría ingeniado un plan menos fácil de
adivinar que el suyo.
Había tanto sarcasmo en la voz de Leonor, que Martín sintió los colores subírsele a las
mejillas.
-Usted es cruel conmigo, señorita -le dijo con cierta aspereza-, me humilla demasiado. Si,
como su mamá, cree usted que haciendo un servicio, que volvería a hacer si fuere preciso,
he faltado a los miramientos que debo a la familia, ya que vengo a justificarme, podía
usted emplear más indulgencia.
Estas palabras produjeron alguna impresión en el ánimo de Leonor, que había contado con
que Rivas se defendería por medio de triviales descargos.
El joven continuó:
-Su mamá se ha limitado a darme a entender, por medio del señor don Dámaso, que debo
salir de su casa. Cierto que no necesitaba de esta insinuación para hacerlo; me habría
bastado haber incurrido en el desagrado -334- de usted. Mas, como mi resolución está
hecha ya sobre esto, no he querido alejarme sin referir a usted la verdad del hecho y
justificarme en su opinión. Ahora usted me recibe con sarcasmos. ¿Por qué no me deja
usted llevar la idea que siempre he tenido de su corazón? Me será más consolador
recordarla con agradecimiento que con pesar, porque de todos modos tendré que recordarla
siempre.
-Mi papá se habrá explicado mal -le dijo con voz en que se traslucía más timidez
que orgullo.
-Ha hecho usted muy bien -le dijo ella-, esa niña era su amada y fue muy justo que usted la
sirviese.
No pudo saber Martín si esas palabras eran o no sinceras, y vio que Leonor parecía dar con
ellas por terminada la conversación.
-Y lo que deja usted al tiempo, ¿no puede hacerlo usted hoy mismo? -preguntole Leonor
mirándole fijamente.
Todas sus sospechas acudieron entonces al espíritu de la niña, y creyó que aquélla era
sólo una farsa bien representada por Martín.
-Secreto siempre de la amiga, ¿no es esto? Qué hacer, esperaremos la justificación del
tiempo.
-Yo me lisonjeaba con la idea de que usted me creería bajo mi palabra -le dijo.
Además, Leonor, como para cortar la conversación, dirigió la palabra a Matilde, que en
aquel momento hablaba con Agustín.
Hubiera querido arrojarse a los pies de Leonor y expirar allí, pidiendo al cielo que le
justificase sin necesidad -335- de tener que manchar su honor, sirviéndose de las cartas
de Edelmira, que podían salvarle en parte.
Entretanto, Leonor seguía hablando con Matilde, y Rivas tuvo que decidirse a dejar su
asiento.
Salió del salón, y al encontrarse solo en su cuarto se dejó caer sobre una silla llorando como
un niño. Al cabo de un cuarto de hora recordó la carta de Edelmira, que sacó del bolsillo.
-¡Pobre niña! -dijo, volviendo a la comparación que siempre hacía entre su suerte y la de
ella.
Al mismo tiempo recordó también que poco antes había pensado que las cartas de Edelmira
podrían desvanecer las sospechas de Leonor, y sacándolas todas de un cajón de la mesa en
que se había apoyado, las quemó a la luz de la vela, junto con la que había recibido aquel
día.
Al verlas consumirse sintió una dulce satisfacción en su pecho, diciéndose: «Así me hallaré
libre de tentaciones».
Y fijó la vista en la luz con la expresión de un hombre cuyo cerebro está turbado por uno
de esos golpes morales que paralizan hasta el llanto, quitando casi del todo la conciencia de
lo que se padece.
La noche aquella fue para Martín una noche de martirio. Para distraer su pesar empleó
algún tiempo en el arreglo de su equipaje, que, no siendo muy voluminoso, estuvo luego
preparado para la marcha. Concluidos los aprestos, pasó un largo rato apoyada la frente en
los vidrios de una ventana que daba sobre el patio. Desde allí, ya que con la vista no podía
divisar a Leonor, recorrió con la memoria los incidentes de su vida desde que, pobre, pero
descuidado y lleno de esperanzas, había atravesado aquel patio. En esa elegía que casi
todos hemos entonado a las esperanzas perdidas, se despidió Rivas de los dorados sueños
con que el amor regala los años floridos de la juventud; pero, dotado por la naturaleza de
sólida energía, lejos de abatirse con la perspectiva de su triste porvenir, encontró en su
propio sufrimiento la fuerza que a muchos les falta en estos casos. Pensó en su madre y en
su hermana, y recordó que les debía la consagración de sus fuerzas. Fortalecido con este
recuerdo, se sentó a la mesa -336- y escribió a don Dámaso una carta dándole las gracias
por la generosidad con que le había hospedado, y otra a Rafael San Luis, en la que le refirió
lo acaecido y su determinación de irse al lado de su familia hasta que se abriera
nuevamente el Instituto Nacional, donde vendría a continuar sus estudios al año siguiente.
Después de escribir estas cartas le quedaba aún que contestar la de Edelmira. Largo rato
reflexionó sobre esta contestación, porque si bien le parecía duro decirle la verdad, la
rectitud de su alma le mandaba no fomentar una pasión a la que no podía corresponder. Por
fin triunfó esa misma rectitud y escribió a Edelmira, participándole el estado de su corazón
desde su llegada a Santiago. Aunque en esa carta no nombraba a Leonor, ese nombre podía
adivinarse en cada una de sus páginas. Terminaba Rivas su carta a Edelmira sin hacer la
menor alusión a los sucesos de aquel día, participándola su proyecto de ausentarse por dos
meses de la capital.
A las seis de la mañana del día siguiente transportó Martín su equipaje a la posada en que
al llegar a Santiago se había hospedado.
En seguida encargó al criado de don Dámaso la remisión de las cartas que durante la
noche había escrito, remunerándole con generosidad a costa de sus economías, para
asegurarse su puntualidad.
Buscó después y encontró luego un birlocho, que ya tenía ocupado un asiento, y a las diez
de la mañana se puso en marcha para Valparaíso.
- LII -
Como estaba convenido, Matilde había formado parte de la comitiva y ocupaba con Leonor
un cuarto cuyas ventanas daban sobre el huerto de la casa.
-337-
Agustín y su padre salían diariamente a caballo por la mañana y se reunían con la familia
a la hora de almorzar, después de lo cual se tocaba el piano, y Agustín, no encontrando
nada mejor en que ocupar el tiempo, hacía la corte a su prima.
Doña Engracia veía con satisfacción las atenciones que su hijo dirigía a Matilde, a quien
todos en la casa profesaban un verdadero cariño, y con no menos satisfacción aseguraba la
señora que el temperamento del campo había sentado muy bien a Diamela.
Inquietábanla sí, no poco, los ataques a que en esa vida de campo estaba expuesta la virtud
de Diamela, con las grandes cuadrillas de galanes que rodeaban a cada uno de los
vaqueros que llegaban de los cerros a saludar al patrón.
Don Dámaso, por su parte, leía los periódicos que llegaban de Santiago, inclinándose ya
al ministerio, ya a la oposición, según la impresión que cada artículo le producía, y al
despachar su correspondencia hacía continuos recuerdos de Martín, que con tanta
expedición sabía interpretar sus pensamientos y ahorrarle este trabajo.
La soledad y monotonía de aquella vida de campo, en la que transcurrían las semanas sin
incidente alguno digno de apuntarse, había obrado de diverso modo en el alma de las dos
primas, que, aunque viviendo en la mayor intimidad, guardaban cada cual sus secretos
pensamientos.
Matilde había llorado su desengaño, como hemos visto ya, pero ese desengaño
había destruido su aprecio a Rafael San Luis y, con la falta de estimación, el amor
se había apagado en su pecho.
-338-
Víctimas de esta gradual reacción en favor de Rivas fueron varios de los galanes de
Leonor, inclusos Emilio Mendoza y Clemente Valencia, que en aquella época llegaron de
visita a la hacienda de don Dámaso. Hubiérase dicho que Leonor ponía empeño en
conservar al amante ausente una escrupulosa fidelidad, que se alarmaba con declaraciones
que antes recibía con risa desdeñosa, porque huía con esmero las ocasiones de encontrarse
sola con
cualquiera de esos jóvenes, y con frecuencia, cuando la alegría y la confianza reinaban en el
salón, ella, retirada bajo los árboles del huerto, recorría con la memoria los días pasados en
Santiago, y creía sentir presentimientos de que las escenas de entonces se renovarían.
-339-
«Querido amigo:
»Después de dos meses de soledad y silencio, de meditación y lágrimas, soy lo mismo que
antes: amo como siempre. He pedido al cielo que borre de mi pecho este amor; a las
místicas contemplaciones, su olvido; a los bellos ejemplos de virtud que he presenciado, la
fuerza de alma que mata al corazón; nada ha tenido la virtud que la fábula daba a las aguas
del Leteo; no he podido olvidar. No diré como los fatalistas: ‘Así estaba escrito’, pero
siempre me preguntaré con el alma sobrecogida de terror: ‘¿Es un castigo de Dios?’.
Porque llevo en mi memoria, como el cilicio de los penitentes, el recuerdo de los días de
dicha desvanecida y a todas horas su imagen, enamorada a veces para mi martirio, y
repitiéndome en otras las crueles palabras con que me condenaba en su carta. En este
estado, ¿qué hacer?
»La soledad del claustro, lejos de calmar el ardor de mi pecho, le ha dado pábulo; ni la
oración ni el estudio han tenido para mí el bálsamo con que consuelan los pesares de otros;
en esta atmósfera de hielo arde siempre con calor mi frente; este aire no basta a la ansiedad
de mi pecho, y mi juventud y el dolor porfiado de mi alma me piden más espacio, más luz,
más aire, otra vida, en fin, que agotando las fuerzas del cuerpo acabe también con la
tesonera vigilancia de mi espíritu.
»Así como al entrar aquí no quise formar ninguna resolución violenta, así no he querido
tampoco dejarme llevar del estado moral que te describo para abandonar mi retiro. Pienso
ahora como pensaba al cabo sólo de un mes de reclusión, y sólo después de este segundo
mes de prueba he determinado ya volver al lado de mi pobre tía, que, con la mejor buena
fe del mundo, me creía ya lanzado en el camino de la religión.
»Saldré, pues, mañana de aquí y me ocuparé como pueda. Hay por ahora cierta ocupación
que se aviene mejor con mi carácter y que tal vez será más eficaz para mitigar la intensidad
de mi mal. Cuando volvamos a reunirnos, acaso tú también busques en ella un alivio a tus
pesares que supongo te afligen. Vente, pues, y tal vez me sigas en la vía en que voy a
lanzarme; si como antes lo hacíamos, no sembramos esperanzas en el campo -340- del
porvenir, troncharemos para consuelo las flores secas que nos ha dejado esa semilla. Para
mí el sol de la felicidad principió a brillar con demasiado fulgor y agostó esas pobres
flores; pero no olvides que no siempre debemos llorar; yo te mostraré una empresa a la que
podemos consagrar el vigor de nuestras almas.
«Querido amigo:
»No le ocultaré el pesar que me causó la carta en que usted me decía que amaba a otra sin
nombrármela. Cualquiera que sea, le aseguro que ruego al cielo porque le pague con el
amor que usted merece; y aunque he llorado mi desgracia, no me quejo, porque le debo a
usted demasiado para que pueda tener en mira otra cosa que su felicidad. Lo que también
pido a Dios es que me proporcione algún día la ocasión de probarle el desinterés de mi
afecto, y poder hacerle algún servicio en cambio de los que usted me ha hecho con tanta
delicadeza.
»Le escribo ésta desde la casa de mi tía, en donde usted me dejó, y voy a contarle cómo es
que no he vuelto a la de mi mamita. Dos días después que usted me trajo, llegó Amador a
buscarme, pero se opuso mi tía a que me fuese, y escribió a mi mamita diciendo que sólo
volvería yo cuando ella prometiese que me dejaría en libertad de casarme o no, según yo
quisiese, y aunque mi mamita le ha contestado que se hará como lo pide mi tía, ésta me ha
dejado aquí para que la acompañe algún tiempo más.
»Me despido deseándole la más completa felicidad y diciéndole que siempre tendrá una
amiga reconocida en su afectísima
»Edelmira Molina».
Estas dos cartas, y las explicaciones que las preceden, bastan para dar a conocer la situación
de los principales personajes de esta historia en la época del regreso de Martín Rivas a la
capital, a principios de marzo de 1851.
-341-
- LIII -
La narración de los sucesos acaecidos en la vida privada nos ha tenido apartados durante
largo espacio de tiempo de la escena pública, cuya animación recuerdan todavía los que
habitaban en la capital de Chile a fines de 1850 y a principios de 1851.
Ligeramente bosquejamos en los primeros capítulos el espíritu político que por entonces
traía divididas a todas las clases sociales de la familia chilena, y especialmente a los
habitantes de Santiago, foco de la activa propaganda liberal que principió a levantar su
voz en la Sociedad de la Igualdad.
Sin avanzarnos en el dominio de la historia, debemos dar una rápida ojeada a la situación
política en que se preparaba un grande acontecimiento público, de gran trascendencia para
algunos de los personajes de que nos hemos ocupado.
La efervescencia de los ánimos, mantenida por las lides sangrientas que la prensa de
ambos partidos hacía presenciar al público, llegó a su colmo con la noticia del motín
popular que estalló en la capital de Aconcagua el 5 de noviembre de 1850. Temblaron los
espíritus previsores con los que debían considerar como el precursor de nuevos y más
sangrientos disturbios, apercibiéronse para la lucha los exaltados, y aumentó su vigilancia
el Gobierno con aquel tan significativo aviso. Desde entonces creció también el furor de la
prensa, alimentando la encarnizada enemiga de los bandos, y los rencores de partido
echaron en los pechos las profundas raíces que retoñan, al presente, diez años después, con
el vigor de los primeros días de la lucha. La prensa liberal, defendiendo el derecho de
insurrección, y la voz pública que recoge las opiniones aisladas, condensándolas en una
sola que tiene muchas veces el don de la profecía, habían arrojado -342- en los espíritus la
creencia de que el movimiento de San Felipe tendría en Santiago una terrible repercusión.
Hablábase, ya en febrero, de la proximidad de una revolución en la que se contaba como
beligerantes contra la autoridad a casi todas las fuerzas de línea que guarnecían entonces la
capital; contábase con masas inmensas de pueblo que acudirían a la primera voz de ciertos
jefes, y esperábase al mismo tiempo que la fuerza cívica fraternizaría, según la expresión
de entonces, con sus hermanos del pueblo en la cruzada contra el poder.
Tal era, en resumen, la situación de Santiago a principios de marzo de 1851, cuando Martín
Rivas llegaba a la posada de que dos meses antes había salido para su viaje a Coquimbo.
Vistiose a la ligera, y saliendo de la posada tomó el camino de la casa de Rafael San Luis.
Un cuarto de hora después, los dos amigos se daban un largo y cariñoso abrazo. Al sentarse
buscó cada cual en la fisonomía del otro el rastro que suponían debía haber dejado el dolor
durante el tiempo que habían estado separados.
San Luis halló en el rostro de Martín la expresión juvenil y reflexiva a un tiempo que
siempre le había conocido; la misma pureza del color trigueño que realzaba la profunda
penetración de su mirada, la misma nobleza en la frente; era imposible leer en aquel rostro
sereno la revelación de ningún secreto pesar.
Rivas, por su parte, halló que la mirada de Rafael, sus pálidas mejillas, la contracción de
las cejas, algo de indefinible en la expresión del conjunto, hablaban de los combates del
corazón en que aquel joven había vivido tanto tiempo.
-Pobre Martín -dijo San Luis tomándole las manos-, ¿recuerdas mis pronósticos cuando
recién nos conocimos?
-343-
-Sí, y supuse por ella que habrías a la fecha terminado tu vida de anacoreta.
-Una nueva querida -dijo San Luis con una sonrisa melancólica.
-Mira -le dijo mostrándole su negro cabello-, ¿no ves algunas canas?
-Es cierto.
-Nos hemos vuelto a encontrar; he aquí cómo: pocos días después que te escribí al norte,
recibí una carta de dos amigos con quienes me había ligado en la Sociedad de la Igualdad.
Aquí la tienes -añadió leyendo-: «Esperamos que tu fiebre amorosa se haya calmado; la
patria no te engañará, y el momento de probar que no la has olvidado se halla próximo;
¿le dejarás creer que tu corazón es indigno del culto que antes le profesabas? Te
esperamos en el lugar que tú conoces».
»Esto -continuó Rafael- acabó de decidirme y vencer la repugnancia con que, a pesar de mi
horror por el aislamiento, pensaba en volver a mi antigua vida. Al salir, mi primera visita
fue para los que así me ofrecían un nuevo campo, en el que me quedaba la probabilidad, si
no de olvidar mis recuerdos, a lo menos de quitarles su punzante amargura. Dos causas,
como siempre, presentaban sus combatientes en la arena política; la vieja y gastada de la
resistencia, del exclusivismo y de la fuerza por una parte; la que pide reformas y garantías
por la otra. Creo que el que sienta en su pecho algo de lo que tantos afectan -344- tener
con el nombre de patriotismo, no podía vacilar en su elección; yo abracé la última, y
estoy dispuesto a sacrificarme por ella.
Entró entonces en una minuciosa pintura del estado político de Santiago, que nosotros
bosquejamos ya muy a la ligera, y desarrolló sus teorías sobre el liberalismo con el calor
de un alma apasionada y llena de fe en el porvenir. El fuego de su convicción despertó
pronto en el alma de Rivas el germen de las nobles dotes que constituían su organización
moral.
-Tienes razón -dijo a San Luis-, en vez de llorar desengaños como mujeres, podemos
consagrarnos a una causa digna de hombres.
Después de hablar aún durante largo rato, los dos amigos se separaron, dándose cita para la
noche.
Martín fue puntual a la cita; quería desechar los pensamientos que la vista de las calles de
Santiago había despertado con sus recuerdos, y tuvo necesidad de una gran entereza de
voluntad para no pasar por la casa de don Dámaso, que se paró a mirar algunos instantes
desde una esquina.
En la reunión a que le condujo San Luis, oyó Martín calorosos discursos contra la política
del Gobierno, y los cargos que contra él venía formulando desde tiempo atrás la
oposición.
Allí vio jóvenes entusiastas, de dandies convertidos en tribunos, deseosos de consagrar sus
fuerzas a la patria y llamando la hora del peligro para ofrecerle sus vidas. En el estado de su
ánimo, Rivas encontró algún consuelo, sintiendo latir su corazón con la idea de contribuir
-345- también a la realización de las bellas teorías políticas y sociales que aquellos
jóvenes profesaban y pedían para la patria. Al salir de la reunión, a las once de la noche,
Rafael le tomó del brazo.
-¿Cuál?
-Desde que te conocí -prosiguió San Luis- me inspiraste un cariño sincero; después hemos
vivido en íntima confianza. Pero, a pesar de mis deseos de estar siempre contigo, no me
atrevía antes a proponerte que viviésemos juntos, porque sabía que nada valía para ti como
la casa donde podías ver a Leonor con tanta frecuencia. Ahora estás solo, ¿por qué no te
vienes a casa? Tú conoces a mi tía; es una santa, y te quiere porque eres mi amigo; estarás
como en tu casa, y te cuidaremos como a un niño regalón.
La sinceridad de aquella oferta decidió al instante a Martín, que dio con efusión las
gracias a su amigo.
-Bueno -dijo Rafael con alegría-, principia desde esta noche; te cedo mi cama, y mañana
enviamos por tu equipaje.
-Tengo proyectado un paseo para mañana -contestó Martín-, y prefiero, para hallar más
fácilmente un carruaje temprano, no venirme hasta mañana en la tarde.
A las diez de la mañana del día siguiente recorría Martín el camino de Renca, cuyos
incidentes le trazaban el cuadro de las esperanzas con que por primera vez los había visto.
Entonces encontraba en los paisajes que se ofrecían a sus ojos las promesas de alegres
días pasados en el campo al lado de Leonor; ahora, menos la imagen de la niña amante,
todo había desaparecido de hecho, condenado al luto antes de haber conocido la alegría.
Al divisar la casa en que había dejado a Edelmira, disipose un tanto esta preocupación,
que vino a reemplazar la de la suerte de aquella niña, a la cual profesaba una sincera
amistad.
Se bajó en el patio y se dirigió a la casa. Edelmira le -346- había visto desde la ventana
de la pieza en que se hallaba, y salió corriendo a recibirle.
El sincero cariño con que Martín la saludó hizo desaparecer del rostro de Edelmira el tinte
de rubor con que al verse cerca del joven se había cubierto. Y ambos entablaron una
conversación en la que se trató primero de la vida que habían llevado durante los últimos
dos meses.
-Aunque deseo mucho volver al lado de mi mamita -dijo Edelmira, después de esto-,
quiero que pase algún tiempo más todavía, para estar segura de que Ricardo se ha retirado
de casa para siempre.
Ninguna palabra que hiciese alusión a la última carta de Edelmira fue pronunciada en
aquella entrevista, en la que la tía de la niña tomó parte, rodeando de atenciones a Martín.
Dos horas después, cuando Rivas se despedía, Edelmira se levantó con la expresión de
una persona que ha tomado una resolución después de vacilar algún tiempo.
-Tengo que preguntarle algo -dijo a Martín, aprovechándose de un instante en que la tía
acababa de salir.
-No me jure nada; pero respóndame a lo que voy a preguntarle: ¿no es Leonor a quien
usted ama?
-Sí.
-Así lo he pensado siempre, y como mi hermano me contó hace poco la visita que hizo con
Ricardo al padre de esa señorita, he visto que el servicio que usted me hizo le debe haber
perjudicado.
ambas.
Edelmira salió a acompañarle como lo había hecho la primera vez, y se detuvo largo rato a
contemplar el carruaje en que marchaba Rivas. Cuando éste se perdió de vista en un recodo
del camino, Edelmira entró en la pieza y dijo a su tía:
-347-
-¿No le decía yo? Martín ha perdido por mí su felicidad, pero yo haré cuanto pueda para
volvérsela; así tal vez logre pagarle su generosidad.
- LIV -
El 15 de abril entró Matilde en casa de Leonor, acompañada de su madre. Ésta y la hija iban
vestidas de basquiña y mantón. Venían de la iglesia y eran las nueve de la mañana. Doña
Francisca entró al cuarto de su hermano y Matilde al de Leonor.
-¿Qué haces? -preguntó a la hija de don Dámaso, que con un libro en la mano miraba a
una ventana en vez de leer.
-No sé.
-Al salir de San Francisco he tenido un encuentro.
-¿Con quién?
-Adivina.
-No se me ocurre.
-¡Está aquí -exclamó-, y mi papá que lo ha hecho buscar, suponiendo que hubiese llegado!
¿Cómo viene?
-Solo, y aun cuando hubiese ido con Rafael, te aseguro que poco me habría importado; tú
sabes que eso se acabó.
-348-
Quedó ésta reflexionando sobre la noticia que su prima acababa de traerle. Sabía que
anunciando la llegada de Rivas a don Dámaso, éste haría todo lo posible por llevarle de
nuevo a su casa; pero la alegría que le dio la idea de ver a Martín como antes, en la
intimidad de la vida privada, la disipó muy luego el recuerdo de los motivos por que el
joven había salido de su casa.
El amor, durante aquel tiempo, había hecho en su orgullo la obra de una gota de agua que
cae constantemente sobre una piedra: había vencido su altanera resistencia. Su vigorosa
organización moral cedía ante el imperio de la pasión, porque era mujer antes de ser la hija
mimada de sus padres y de la sociedad elegante en que había cultivado los gérmenes de
altanería de su carácter. Aquella soberbia hermosura, que había jugado con el corazón de
varios admiradores sumisos, aceptaba francamente ahora el papel de amante desdeñada, y
experimentaba un placer irresistible en consagrar su corazón al que al principio consideraba
como un ser insignificante. Bajo el imperio de la transformación gradual operada en todo
su
ser, las pálidas flores del sentimentalismo habían alzado sus melancólicas corolas en
el alma que poco tiempo antes se reía del vasallaje que el amor, tarde o temprano,
debe imponer a los corazones bien dotados por el cielo.
Después de almorzar, evocó Leonor los recuerdos de sus conversaciones con Martín, de
esos incidentes triviales que componen un mundo para los enamorados, tocando en el piano
las piezas que en esos días tocaba con más frecuencia.
Leonor entreabrió las cortinas de una ventana y miró al patio. Vio allí a una niña, vestida de
basquiña y mantón, cuyo rostro juvenil y hermoso sugirió a Leonor esta pregunta: -349-
«¿Dónde he visto esta niña?».
El mantón cubría una parte de la frente de la desconocida, y daba de este modo a sus
facciones una expresión que muy bien explicaba la dificultad de Leonor para conocerla.
-Dígale que soy Edelmira Molina, y que necesito mucho hablar a solas con ella.
Cuando la criada salió de nuevo al patio, Leonor echó una mirada a uno de los espejos del
salón en que se hallaba, y, sin pensar tal vez en lo que hacía, arregló sus cabellos
divididos en dos largas y gruesas trenzas. Hecho esto, se dirigió a su cuarto, al que
también acababa de entrar Edelmira.
Leonor contestó con ademán de reina al humilde saludo de la que creía su rival.
-Señorita -dijo ésta con algún embarazo-, vengo aquí a cumplir con un deber.
-Siéntese usted -dijo Leonor, que conoció los esfuerzos que hacía Edelmira para vencer su
turbación.
-¿Y qué puedo hacer yo en este asunto? -preguntó Leonor con voz seca.
-Yo me he dirigido a usted -repuso Edelmira-, porque no me había atrevido a hablar con
su mamá, y veía que de todos modos debía dar este paso para justificar a Martín.
El nombre del joven por quien el corazón de aquellas dos niñas latía resonó durante
algunos segundos en la pieza.
-350-
-He sabido -prosiguió Edelmira- que aquí han creído que Martín me había sacado de mi
casa. Así lo hicieron creer a su padre de usted mi hermano y otro joven que estuvieron
con él el mismo día que yo me fui de Santiago a Renca, en donde he vivido hasta ahora.
-¿Se fue usted sola? -preguntó Leonor con cierta ironía mezclada de inquietud.
-No, Martín tuvo la generosidad de acompañarme -contestó Edelmira con sencillez-. Por
eso creyeron que él tenía amores conmigo y me robaba de mi casa. Pero esto no es cierto:
yo me fui a Renca porque querían que me casase con el joven que ese día vino aquí con
mi hermano. Martín tuvo la bondad de acompañarme, y sin él sería ahora desgraciada.
-Muy generoso y desinteresado ha sido Martín, en efecto -dijo Leonor-, puesto que sin que
usted le amase se exponía de ese modo.
Aquella mirada hizo suspirar a la otra niña, porque con ello le bastaba para convencerse de
que Martín era correspondido por Leonor.
-No veo, entonces -dijo con altanería Leonor-, lo que tengo que hacer yo en todo esto. Si
usted ama a Martín, será mejor decírselo a él mismo.
-Sí, señorita, le amo -repuso con humilde pero apasionado acento Edelmira-; pero él no me
ama ni me ha amado nunca.
-No sé si debo alabar su franqueza más que su modestia -dijo Leonor con voz sarcástica-, y
siento que Martín no esté aquí para interceder con él en favor de usted.
-No he venido a pedir servicio ninguno -replicó Edelmira con altivez-. He venido a
justificar a Martín, porque he sido tal vez la causa de su desgracia.
-¡Ah!, ¿es desgraciado?
-351-
-Es mucha fineza -dijo Leonor con amargo tono de burla-. ¡Cómo dice usted que no
corresponde a su amor!
-No, señorita; es sólo un amigo, y tengo pruebas que justifican lo que digo.
-¿Pruebas?
-Sí, tengo pruebas y las traigo, porque, como le dije hace poco rato, mi deber es el de
justificar a quien me ha servido con generosidad.
Sacó Edelmira todas las cartas que conservaba de Martín y las presentó a Leonor.
-Si usted se toma la molestia de leer estas cartas -le dijo-, verá que es la verdad
cuanto acabo de referir.
Leonor abrió la primera carta que le pasó Edelmira y principió a leerla con una sonrisa de
desprecio.
-Pero ésta parece una contestación -exclamó cuando había recorrido algunas líneas.
Edelmira le explicó lo que ella había escrito a Martín y Leonor prosiguió su lectura, no ya
con aire de desprecio, sino de vivo interés. De este modo conoció la rectitud de las
amistosas relaciones que mediaban entre Edelmira y Martín, y la lealtad con que éste había
procedido en aquel asunto. Al leer la carta que Rivas dirigió a Edelmira antes de emprender
su viaje, Leonor tuvo dificultad para disimular su alegría. No podía quedarla ya ninguna
duda de que era dueña del corazón cuya nobleza se revelaba en las cartas que tenía en sus
manos.
-Estas cartas -dijo- no dejan la menor duda y honran sobremanera a la generosidad de usted.
-Señorita -contestó con entusiasmo Edelmira-, ningún sacrificio me sería penoso
tratándose de Martín, y no hablo así por el amor que le tengo, porque usted ha visto -352-
que con esas cartas no puede quedarme esperanza, sino porque mi reconocimiento es
verdadero; así es que sólo cumplo con un deber contando a usted la verdad.
-Yo doy a usted las gracias por la confianza que ha tenido en mí, no sólo por mi parte, sino
también por la de mi familia, porque debemos a Martín servicios de importancia, y mi
papá se alegrará mucho de ir a verle. ¿Sabe usted dónde vive ahora?
Al despedirse, Leonor acompañó a Edelmira hasta el patio y estrechó su mano con cariño.
Estas manifestaciones afectuosas acabaron de convencer a Edelmira de que Rivas era
correspondido.
Leonor, después de esto, entró al cuarto de Agustín, a quien encontró en las graves
ocupaciones de su tocado.
-¿Que has visto a Matilde? -preguntó el elegante, creyendo que se trataba de su prima, a
quien cada día se sentía más aficionado.
-No ha mucho pensaba en él, ¡tan buen amigo! Me ha hecho falta este tiempo. ¿Dónde
vive?
-¡Eso es grave!
-¿Por qué?
-¡Cáspita, hermanita!, eres perentoria. ¿Te olvidas cómo ha salido Martín de casa?
-No, no; la culpa es de papá, que dio importancia a chismes indignos. Por eso nos toca
ahora reparar el mal y quitarle el derecho que le hemos dado de creernos ingratos.
-No hablabas así hace poco, hermanita.
-El rey caballero lo decía: souvent femme varie. Eso -353- viene en todos los libros
franceses, hermanita, y es la verdad.
Quedó convenido que Agustín y Leonor hablarían con don Dámaso sobre aquel asunto, y
como en la tarde recibiese éste con gran placer la noticia, diciendo que Martín le hacía más
falta cada día, el elegante fue en la noche a casa de Rafael.
Éste y Martín habían salido, por lo cual Agustín quedó de volver al día siguiente.
Importa mucho recordar que ese día siguiente era el 19 de abril de 1851.
- LV -
Martín y Rafael volvieron a la casa de éste a las doce de la noche del 18 de abril. En los dos
era fácil conocer la exaltación que al espíritu comunican las pasiones políticas, porque su
hablar era animado y eran entusiastas el gesto y la mirada con que apoyaban sus liberales
disertaciones y los cargos que por entonces formulaba la oposición contra el Gobierno que
terminaba su segundo período, y contra el que se temía le reemplazase.
Martín había abrazado con calor la causa del pueblo y conseguido con esto desterrar de su
pecho la honda melancolía que durante los dos últimos meses le agobiaba. Poniendo
empeño en acallar la voz de su amor en el ruido de las pasiones políticas, había logrado
alcanzar que la imagen de Leonor viviese en su memoria como un dulce recuerdo, y no
como el constante aguijón que destroza el alma de los que se dejan avasallar por el dolor.
A fin de conservarse en tal estado, Rivas vivía entre sus libros durante el día y entre los
correligionarios políticos durante la noche.
Rafael, que nada estudiaba, vivía entregado a ocupaciones de las que no daba cuenta ni a
su amigo. Sombrío y silencioso a veces, aparentando en otras ocasiones una -354- gran
alegría, conversaba en secreto con personas que con frecuencia venían a buscarle, y solía
salir de la casa después de llegar con Martín del club secreto que frecuentaban. Algo de
misterioso había en su conducta que llamaba la atención de Rivas, pero hasta entonces éste
se había abstenido de toda pregunta.
Los nombres de Leonor y Matilde se pronunciaban rara vez entre los dos jóvenes,
pareciendo que cada uno de ellos quería ocultar al otro el culto que a su pesar les
profesaban en silencio.
Al encender la luz, colocada sobre una mesa, se ofreció a sus ojos una tarjeta que San Luis
acercó la vela y pasó después a Rivas.
«Agustín Encina», decía la tarjeta. Y más abajo, escrito con lápiz: «Volverá mañana a las
once».
Martín se sentó preocupado, mientras que San Luis encendió un cigarro y empezó a
pasearse. El calor con que ambos hablaban al entrar parecía haber desaparecido con la
lectura de la tarjeta. Al cabo de algunos minutos, Rafael interrumpió el silencio.
-Pero te alegra.
-No sé.
-No lo creo.
-Contestaría lo mismo.
-No puedo negar que es una familia a la que debo muchas consideraciones -repuso Martín
después de breve pausa-. Llegué a Santiago pobre y sin apoyo; ella no sólo me ha dado la
hospitalidad que muchos ofrecen a sus parientes cercanos como una limosna; me ha dado -
355- más que eso: un lugar en la vida privada de la familia y en el aprecio y distinciones
de que me han colmado.
-¿Cuentas por nada tus servicios a don Dámaso y el haber sacado a su hijo del atolladero en
que se encontraba?
-Habría podido hacer más aún en servicio de ellos, y no estaría por esto libre del
reconocimiento que les debo.
Reinó nuevamente el silencio, que por segunda vez rompió San Luis, entablando la
interrumpida conversación política. Pero Martín no tomó parte en ella con la animación
que manifestaba antes de haber visto la tarjeta, con lo cual, viéndole preocupado San Luis,
le dio las buenas noches y se retiró.
Fue puntual Agustín a la cita del día siguiente, pues a las once de la mañana entraba en el
cuarto de Rivas.
-Te vengo a llevar -dijo Agustín-, y te traigo finos recuerdos de todos los de casa, desde
papá, que desea abrazarte, hasta Diamela, que igualmente aspira a morderte los talones.
-Mi querido Agustín -dijo Rivas-, ¡cuánto agradezco a tu familia el cariño que me
dispensa! Nunca podré olvidarlo; pero, como ves, me hallo en la absoluta imposibilidad de
aceptar tan cordial ofrecimiento.
-Ya lo sé, y conservo por las atenciones que debo a tu familia un profundo agradecimiento.
-Es igual, querido, si no te vienes, te llamaremos ingrato en todos los tonos posibles.
-Por no serlo, rehúso tu oferta muy a pesar mío -dijo Rivas, golpeando cariñosamente el
hombro del elegante.
-Vamos, querido, pas de façons conmigo, vámonos; mira que he prometido especialmente a
una persona que no volvería sin ti.
-356-
-A Leonor. Por ella hemos sabido que estabas aquí. Yo no sé cómo lo ha averiguado; ya
se ve, los franceses tienen razón de decir: «Lo que quiere la mujer, Dios lo quiere».
-Manifestarás a la señorita Leonor cuánto le agradezco su interés -dijo Martín conmovido-
y lo que siento no poder aceptar el generoso hospedaje que ustedes me ofrecen.
-Sí, bien me recibirá ella -dijo el elegante-. Cuando Leonor formula un deseo, se entiende
que es una orden, y ella ha dicho terminantemente que todos tenemos el deber de reparar la
ofensa que te hicimos, interpretando mal una acción que prueba tu generosidad.
-Tendrás que venir a casa en persona a explicarte -le contestó Agustín-. ¿Anuncio tu visita?
Obtenida esta contestación, lanzose Agustín, con su ordinaria locuacidad, en la vía de las
confidencias, refiriendo sus amores con Matilde y las esperanzas que alimentaba de ser
correspondido.
Al cabo de una hora se despidió, dejando a Martín entregado a las meditaciones que lo
relativo a Leonor le sugería. El recuerdo de las pasadas escenas en casa de la niña, y del
voluble carácter con que le había tratado, contenía la fuerza con que el deseo de verla había
despertado en él gracias a las palabras de Agustín.
En estas meditaciones, y sin haber determinado aún nada fijo sobre la visita que había
ofrecido para la noche, le encontró Rafael a las cuatro de la tarde.
-357-
-¿Vino Agustín?
-Mucho.
-¿Qué contestaste?
-Eso sólo puedo juzgarlo yo -respondió Rivas, cuyo altivo corazón se sublevaba contra toda
tiranía.
-En la intimidad en que vivimos, bien puedo darte un consejo -repuso San Luis
dulcificando la voz.
Aquí San Luis hizo una pausa, pero viendo que Martín nada replicaba, prosiguió:
-Te traigo una noticia que puede hacerte tomar otro camino para llegar a un desenlace en
tus ya demasiado románticos amores.
-¿Qué noticia?
-A ver...
-Las opiniones que has emitido en nuestro club secreto, ¿han sido sinceras o hijas
solamente del hastío de tu alma?
-Es decir que has abrazado nuestra causa con todas sus consecuencias.
-358-
-Eres el hombre que he creído siempre conocer -dijo San Luis, sentándose frente a su
amigo.
-Muy pocos -continuó- poseen este secreto. De nuestro club sólo cuatro lo saben, y entre
ellos y yo hemos distribuido los puestos a los demás. Te he reservado para que seas mi
segundo si aceptas el combate.
-Ya ves -repuso San Luis- por qué me oponía a tu visita a Leonor. Tengo miedo de su
poder y no querría que nuestros amigos te tuviesen por cobarde.
-Muchos creen que no habrá combate y que la fuerza de línea se plegará en masa a nuestras
banderas; yo no lo creo, pero tengo fe en nuestro triunfo.
-Lo más seguro es el batallón Valdivia; a este cuerpo añaden parte del Chacabuco y tal vez
alguna fuerza de Artillería. Para mí, lo único que hay de positivo es el Valdivia, con el cual,
bien dirigido, y con la gente del pueblo, que nosotros armaremos, podemos apoderarnos de
todos los cuarteles, principiando por el de la Artillería, de donde podemos sacar los
pertrechos de guerra que nos falten; Bilbao, Lillo y Recabarren, que tú conoces, tomarán
parte en la jornada y les he prometido que serías de los nuestros.
-Te doy las gracias por la buena opinión que de mí tienes -dijo Martín, estrechando la
mano a su amigo-, y pondré todo empeño en que no la pierdas.
-359-
-Antes de pasar adelante, y como tenemos toda la noche para hablar sobre esto -repuso
San Luis-, voy a decirte ahora lo que he pensado que podrías hacer, en lugar de ir a casa
de Leonor.
-¿Qué cosa?
-Estoy seguro que aunque vivas con ella otro tiempo igual al que has pasado en la casa,
nunca te atreverás a declararle tu amor.
-Si no fuese tan rica y no debiese yo a su padre tantas atenciones, tal vez me atrevería -
contestó Rivas.
-En esas razones fundo yo mi opinión, y como son reales, digo la verdad: no te atreverás
a declararte. Por otra parte, ella es demasiado orgullosa para tenderte la mano y decirte:
«He leído, Martín, en su corazón, porque el mío siente lo mismo». Esto es demasiado
hermoso para que pueda realizarse.
-No te queda, pues, más que un camino, y excusará a tus ojos el paso que voy a
aconsejarte lo excepcional de la situación en que te encuentras.
-Mi idea es que le escribas diciéndole que la amas y que tu carta se la entreguen mañana.
-Pues entonces nunca tendrás mejor ocasión que ahora para decírselo: la proximidad de
un peligro disculpa tu osadía, y ella, si te ama, dará su perdón con toda su alma. Si, por el
contrario, no eres correspondido, nada pierdes puesto que no habrás ido a presentarte en
la casa y no podrán acusarte de deslealtad.
Pocos argumentos más tuvo que emplear San Luis para convencer a Rivas, que olvidó el
peligro que al siguiente día le aguardaba, para entregarse al placer de un desahogo al
que después de tanto tiempo aspiraba su corazón.
-Aquí te dejo -le dijo-. Yo voy a recibir las últimas órdenes y me tendrás de vuelta antes
de las doce.
-360-
Cerró la puerta y Martín se acercó a la mesa para escribir la carta, cuyas frases brillaban
ya en su imaginación con caracteres de fuego.
- LVI -
Era para Martín aquella ocasión la circunstancia más solemne de su vida: iba por primera
vez a hablar de su amor a la que dominaba en su corazón, y se hallaba en vísperas de
acometer una empresa en que jugaba la vida. Sin sentir miedo, experimentaba sin
embargo esa zozobra que a los pechos más enérgicos infunde la idea de una muerte
cercana, cuando el vigor de la salud parece aferrar el alma con más fuerza al nativo
instinto de la conservación. En tal estado, tomó la pluma y escribió:
«Señorita:
»Cuando usted reciba esta carta, tal vez habré dejado de existir o me encuentre en
gravísimo peligro de ello; sólo con esta convicción me atrevo a dirigírsela. ¿Es un secreto
para usted el amor que me ha inspirado? No lo sé. A pesar de la timidez que usted me ha
infundido siempre, a pesar de que conozco mi posición respecto a la suya, y a pesar
también de las consideraciones que debo a la familia que con tanta generosidad me ha
tratado, creo no haber tenido siempre la fuerza suficiente para ocultar el secreto de mi
pecho. Hago a usted esta confesión con toda la sinceridad de mi alma y sin pretensiones:
usted ha sido mi primero y único amor en la vida. La resistencia que la razón me
aconsejaba oponer al dominio de este amor no ha tenido poder para combatirlo y mi
corazón se ha sometido a su imperio sin fuerza para resistir, como sin esperanza de verlo
correspondido. Después de haber luchado con él, y conseguido al menos el triunfo de
ocultarlo a todos y a usted, no puedo resistir al consuelo de hablarle de él, cuando un
accidente natural puede mañana quitarme la vida. Perdóneme usted tan atrevida debilidad,
es tal vez el adiós de un moribundo; -361- tal vez la despedida de uno a quien mañana,
siéndole la suerte adversa, tendrá que vagar lejos de usted; de todos modos es una
confidencia que entrego a su lealtad y que espero no mire usted con desdén ni trate con
burla, porque parte de un corazón que se cree digno de su aprecio, ya que no ha querido mi
estrella que lo sea de su amor.
»Además, señorita, nada he dicho hasta ahora, desde que dejé su casa, para sincerarme de
una acusación injusta, que tal vez el tiempo ponga en transparencia. Y si he tenido energía
para resignarme a sufrir el peso de deshonrosas inculpaciones, mientras he tenido la
esperanza de poder justificarme, ahora que puede faltarme para siempre la ocasión de
hacerlo, he querido a lo menos repetir a usted que fueron sinceros los descargos que antes
di de mi conducta, y llevar así el consuelo de que usted me crea ahora, considerando la
solemnidad del momento en que le hago este recuerdo».
Martín agregó a esta carta las manifestaciones del agradecimiento que conservaba a la
familia de Leonor, y evitó, como en las líneas que preceden, el amanerado romanticismo
puesto en boga por las novelas para el estilo amatorio epistolar. Al dirigirse a una niña que
en las familiares escenas de la vida íntima no había perdido a sus ojos las proporciones de
un ídolo, Rivas no halló otra expresión del profundo amor que dominaba a su alma, ni pudo
explayar el fuego de la imaginación exaltada con las frases prestigiosas que bullen en el
cerebro de los enamorados. No obstante, después de releer varias veces aquella carta,
sintiose como descargado de un gran peso al imaginarse que no moriría sin que Leonor
conociese su corazón y le diese a lo menos su aprecio, en cambio del amor que le enviaba
como una ofrenda respetuosa.
-Todo marcha perfectamente -le dijo a Martín-, y aquí traigo nuestros arreos de batalla.
Diciendo esto, sacó dos cintos con un par de pistolas cada uno y dos espadas que traía
ocultas bajo una capa.
-Aquí tienes -prosiguió, pasando a Rivas un cinto y una espada-, te armo defensor de la
patria, en cuyo nombre te entrego estas armas para que combatas por ella.
-362-
Los dos jóvenes revistaron las armas, se distribuyeron los cartuchos preparados para las
pistolas y se ciñeron las espadas, ocultándose su mutua preocupación bajo un exterior
risueño y palabras chistosas sobre su improvisada situación de guerreros.
Después de esto, Rafael explicó a Martín lo que sabía del plan de ataque y de los elementos
con que contaban para el triunfo. Durante esta conversación, que se prolongó hasta las dos
de la mañana, alarmábanse con cada ruido que oían en la calle, permaneciendo a veces
largos intervalos en silencio, como si hubiesen querido percibir, en medio de la quietud de
la noche, cualquier movimiento de la dormida población.
-La hora de ir a nuestro puesto se acerca -dijo Rafael, mirando el reloj, que apuntaba
las tres-. ¿Tienes ahí tu carta?
-He pagado un peso al criado de don Dámaso para que me espere -añadió San Luis-,
prometiéndole ocho al entregarle tu carta.
Salió de la pieza al decir eso y volvió al cabo de pocos momentos; su rostro estaba pálido y
conmovido.
Salieron a la calle, ocultando las armas bajo las capas con que se habían cubierto, y
caminaron silenciosos hasta la Plaza de Armas, que atravesaron, dirigiéndose de allí a
casa de don Dámaso Encina. Al llegar a ésta, San Luis dijo a Martín:
-Espérame aquí.
-Entregarás esta carta a la señorita Leonor -le dijo, dándole la carta de Martín-. Es necesario
que se la des apenas se levante y en sus propias manos. Aquí tienes tu plata -añadió
renovando su encargo y haciendo prometer al criado que lo cumpliría fielmente.
-363-
Llamó en seguida a Rivas y caminaron juntos hasta el tajamar. Allí se dirigió Rafael a una
casa vieja, cuya puerta abrió con facilidad, e hizo entrar a Rivas en un patio obscuro,
juntando tras él la puerta de calle.
Pocos instantes después empezaron a llegar grupos de dos y de tres hombres, armados con
pistolas que ocultaban bajo las mantas o las chaquetas, y a medida que los minutos
transcurrían, la puerta daba paso a nuevos grupos que fueron llenando el patio.
San Luis los juntó y distribuyó en dos grupos, a los que dio lo mejor que pudo una
formación militar, y confirió el mando de uno de esos grupos a Martín y a otro joven el del
otro, reservándose el mando en jefe para sí. Algunos otros jóvenes del club a que Rivas y
San Luis asistían fueron colocados por éste en puestos subalternos, y formada en batalla
toda su gente, hízoles Rafael una ligera arenga apelando al valor chileno. Después de esto
dio a uno de sus oficiales la orden de ir a la plaza y de venir a avisar la llegada de la fuerza
de línea que allí debía reunirse. El emisario volvió al cabo de diez minutos, anunciando
que el batallón Valdivia iba llegando.
Dio entonces San Luis la señal de la marcha, y todos en el mejor orden se dirigieron al
punto designado, al que llegaron pocos momentos después que el batallón Valdivia, que
tan importante papel debía desempeñar en la jornada del 20 de abril.
San Luis se reunió al coronel don Pedro Urriola, jefe principal del motín, y conferenció
con él y con los demás jefes que habían concertado el movimiento. La opinión de que la
fuerza de línea y la cívica tomarían parte en favor de ellos prevalecía en casi todos, y
Rafael fue uno de los que con más calor abogaron porque era necesario entrar
inmediatamente en acción y apoderarse de los cuarteles para armar al pueblo.
El tiempo transcurría dando razón a los que opinaban por el ataque, pues a las cinco y
media de la mañana se había aumentado muy poco la tropa revolucionaria, estacionada en
la Plaza de Armas desde las cuatro.
-364-
Los de línea y los paisanos se pusieron en marcha a quemar cartuchos, en un combate que,
con el tiempo perdido en tomar aquella determinación, debía ser uno de los más sangrientos
que recuerda la historia de la capital de Chile.
- LVII -
De una publicación hecha al día siguiente de la lucha, tomamos dos párrafos, que describen
los preliminares del combate del 20 de abril.
El cuartel de Bomberos, en efecto, había opuesto muy poca resistencia al ataque de los
amotinados, que se apoderaron de las armas y regresaron a la plaza en mayor número.
Allí vino a consternarlos una noticia inesperada: dos sargentos del Valdivia, que había
marchado en dos piquetes de este cuerpo a apoderarse del cuartel que ocupaba el batallón
número 3 de guardia nacional, acababan de insurreccionarse contra los oficiales que
mandaban esa fuerza y disparado un tiro de fusil a cada uno de ellos, dejando muerto al
uno y herido al otro gravemente, después de lo cual se habían dirigido con los piquetes a
engrosar las filas del Gobierno.
-365-
Entretanto, la noticia del motín había resonado en los confines más apartados de la ciudad,
y el pueblo acudía en tropel a la Plaza de Armas, en donde los jefes de la insurrección
predicaban la revuelta sin tener armas que ofrecer a los que se presentaban a tomar parte
en ella. La misma noticia, comunicada también al Gobierno por distintas personas, había
hecho que los partidarios de la administración aprovechasen para la defensa los preciosos
momentos que los revolucionarios habían perdido en inútiles escaramuzas y vanas
expectativas. Tocábase la generala en todos los cuarteles, apercibíase el de artillería para la
resistencia, reuníanse en la plazuela de La Moneda las compañías de los cuerpos cívicos
que se habían podido poner sobre las armas, y apoderábase la fuerza del Gobierno del
cerro de Santa Lucía dominando las calles circunvecinas.
Los de la plaza, durante aquel tiempo, viendo que ninguna nueva fuerza se plegaba a sus
banderas y careciendo de armas para el pueblo, resolvieron dar un ataque al cuartel de
artillería, depósito de armas y municiones, y punto, por consiguiente, de gran importancia
para el éxito de la empresa. «El cuartel de artillería -dice la relación citada ya- está situado
al pie del cerro de Santa Lucía hacia la Cañada, en una casa de alquiler, malísima posición
militar, haciendo esquina entre la calle Angosta de las Recogidas y la Cañada. Con un
espacio inmenso abierto a su frente y a los costados, tiene una calle de atravieso a ocho
varas de la puerta principal, lo que expone a un golpe de mano las piezas de artillería que
saliesen a obrar a la puerta. Casi al frente de esta puerta principal está la calle de San
Isidro, desde donde puede ser barrida la puerta por los fuegos de fuerzas superiores».
Para llegar al cuartel, cuya posición queda descrita, los revolucionarios se dirigieron a la
Cañada por la calle del Estado.
Antes de describir el sangriento combate que tuvo lugar en aquel punto, nos es forzoso
ver lo que pasaba a esa hora en casa de don Dámaso Encina.
Situada la casa de éste en una de las calles más centrales de Santiago, la noticia de la
revolución vino a despertar a la familia en medio del profundo sueño de las primeras
horas de la mañana.
-366-
Don Dámaso dio un salto de su cama a la voz de revolución que daban los criados en las
piezas inmediatas a su dormitorio; saltó imitado por doña Engracia con admirable agilidad
al oír que su marido, con acento aterrado, decía mientras buscaba sus pantalones:
La falta de luz aumentaba el terror de aquellas palabras, que no sólo asustaron a doña
Engracia, sino que aumentaron el miedo de don Dámaso, que no creyó darles tan fatídica
acentuación al pronunciarlas. Al impulso de tan súbito terror, los esposos emprendieron
en el cuarto carreras desatinadas en busca de prendas de vestuario que tenían a la mano
sin notarlo.
-¿Y mis botas, qué se han hecho? -decía don Dámaso desesperado, corriendo por todo el
cuarto en busca de ellas.
-Mira, hijo, te llevas mis enaguas -le gritaba doña Engracia, que, habiendo prendido una
luz, se hallaba al pie de la cama replegando su pudor en la poquísima ropa que la
cubría.
Con el auxilio de la luz vio don Dámaso en efecto que, sin saber cómo, se había echado
sobre los hombros las enaguas de su consorte, y queriendo deshacerse de ellas con gran
prisa, las arrojó desatentado a la cabeza de doña Engracia, que, por pescarlas al vuelo con
una mano, mientras que con la otra sostenía sobre el seno los pliegues de la camisa, dio un
manotón a la vela, que cayó apagándose en la alfombra.
A los gritos que con este incidente dieron los esposos aterrados, uniéronse los ladridos de
Diamela, aumentando la turbación y el desorden en la pieza, en la que cada cual parecía
querer apagar la voz del otro con la fuerza de la suya.
Por fin, encendiose nuevamente la vela, halló don Dámaso sus botas, se puso doña Engracia
las enaguas y se calmó Diamela, acostándose en la cama que habían dejado sus amos.
-Es necesario vestirse ligero -decía don Dámaso dando el ejemplo de la actividad, pero no
del acierto, porque -367- cada prenda parecía haberse escondido en tan apurado trance.
-Papá, papá -gritó desde afuera la voz de Agustín-, levante que hay revolución.
-¿Y Leonor? -preguntó por fin don Dámaso, viendo que su hijo en nada satisfacía ni
calmaba su ansiedad.
-¿Qué quiere usted hacer? -dijo ésta-, esperar aquí me parece lo mejor.
Pero don Dámaso no podía estarse quieto y no comprendía cómo en ese instante podía
nadie sentarse. Así fue que salió de la pieza, llamó a los criados, ordenó que se trancasen
las puertas y entró de nuevo al cuarto de Leonor, diciendo:
-Esto es lo que sale de andar perorando a los rotos. ¡Malditos liberales! Como ellos no
tienen nada que perder, hacen revoluciones. ¡Ah!, si yo fuera Gobierno los fusilaba a todos
ahora mismo.
Algunos tiros que se oyeron a la distancia le embargaron la voz e hiciéronle arrojarse casi
exánime sobre un sofá.
Doña Engracia, llena de pavor también, se echó en brazos de su marido, sin pensar que al
estrecharlo tenía entre ellos a Diamela, que lanzó espantosos alaridos en tan cruel e
inesperada tortura.
-368-
-Papá, mamá, seamos hombres; ¡ah, cállate, Diamela! -decía Agustín, aparentando una
serenidad que sus piernas temblorosas desmentían.
La única persona que allí parecía impasible era Leonor, que los exhortaba sin afectación ni
miedo a serenarse.
De este modo transcurrieron los minutos y llegó la claridad del día, que calmó un tanto la
agitación en que todos los de la casa, menos Leonor, se encontraban.
Hubiérase creído que anunciaban con esas palabras a don Dámaso que una lluvia de
bombas estaba cayendo en los tejados de la casa, porque con ambas manos se tomó la
cabeza y exclamó:
-¡Yo! Fácil es decirlo. ¿Y si son algunos rotos armados? Yo no, yo los defenderé a ustedes,
pero no abramos la puerta.
Al leer la firma de Martín, turbáronse sus ojos y dijo al criado con voz ahogada:
-369-
En vez de dirigirse Leonor a la pieza en que se encontraba la familia con don Fidel, entró
en otra que estaba sola, y después de cerrar la puerta, abrió con avidez la carta que había
echado en un bolsillo.
Con su lectura perdió el tranquilo valor que la distinguía entre todos los de la casa; púsose
aún más pálido su rostro y sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras que su agitado respirar
acusaba los violentos latidos de su corazón.
-¡Qué hacer, Dios mío! -exclamó, resumiendo en esta exclamación todas las angustias que
la agobiaban con la idea del peligro en que Rivas debía encontrarse en aquel instante.
Luego se levantó de repente, cual si un nuevo y más terrible golpe la hubiese herido en el
corazón.
-¡Y si estuviese herido ya! ¡O muerto! -añadió, alzando al cielo los bellísimos ojos que las
lágrimas de amor nublaban por primera vez.
Dirigió a Dios entonces una ferviente oración por la vida de Martín; ruego sublime, sin
palabras coordinadas, pero que tenía la más ardiente elocuencia: la del alma enamorada. Y
después, como convencida por vez primera de la impotencia del orgullo, de la estéril
vanidad de la belleza, lloró como un niño, con absoluto olvido de todo lo que no tuviese
relación con su amor.
Pasados así algunos momentos, hizo un gran esfuerzo para serenarse, y después de
arreglar el desaliño que un instante de completa desesperación había dejado en su vestido,
salió del cuarto llevando sobre el corazón la carta de Rivas.
La llegada de don Fidel había, entretanto, dado un nuevo giro a las ideas de don Dámaso, y
serenádolo casi enteramente. Don Fidel contó al llegar las noticias que en la calle acababa
de recoger, noticias que suponían a la fuerza revolucionaria apoderada ya de todos los
cuarteles y dirigiéndose a la Casa de Moneda, último baluarte del Gobierno.
A instancias suyas, todos salieron de la pieza en que se -370- hallaban y subieron a los
altos para observar desde el balcón el movimiento de la calle.
-Hombre, ¿qué es lo que hay? -preguntó don Fidel a dos hombres que a la sazón pasaban
corriendo.
-Que el pueblo ha ganado y el coronel Urriola se ha tomado la artillería -dijo uno de ellos.
-Alguna vez -dijo- se había de hacer justicia estos pobres que viven siempre oprimidos.
-Porque no pueden ellos oprimirnos -replicó don Fidel, que tenía horror a la chusma.
-Es muy justo que el pueblo recobre sus derechos conculcados -dijo don Dámaso con
admirable entonación patriótica, olvidándose que media hora antes no existía tal pueblo
para él, sino simplemente los rotos.
Oyéronse en este momento las descargas del combate que se empeñaba en el cuartel de
artillería y que hicieron a los curiosos desertar del balcón y bajar en tropel la escala,
para ponerse a cubierto de cualquier accidente imprevisto.
-371-
- LVIII -
Dejamos a la columna revolucionaria en marcha para el cuartel de artillería, bajando hacia
la Alameda por la calle del Estado.
San Luis marchaba al frente de su tropa, cuyas filas se habían engrosado notablemente en
aquel tránsito, bien que muchos de los que llegaban carecían de armas de fuego.
Martín, sereno como si marchase en una parada, se empeñaba en conservar el orden entre
los suyos, exhortándolos a observar la formación militar.
Pero antes de llegar a éste, divisaron los revolucionarios varios piquetes del batallón de
línea Chacabuco, apostados en diversos puntos del vecino cerro de Santa Lucía.
Dominando éste con sus fuertes el cuartel que se proyectaba atacar, era preciso desalojar
primero a los del Chacabuco de sus posiciones, a fin de prevenir un ataque por ese lado.
Lanzáronse con esta mira los revolucionarios a escalar el cerro; pero los de aquel punto, en
vez de oponer resistencia, abandonaron sus posiciones y bajaron precipitadamente hacia la
Cañada por el lado del fuerte del sur, entrando con celeridad en el cuartel de artillería, que
les abrió sus puertas y aumentó con este nuevo refuerzo el reducido número de los
defensores del cuartel.
El jefe revolucionario dio entonces la orden de atacar -372- el cuartel, y la tropa se puso
en movimiento, dando principio al ataque en medio del clamoreo del pueblo, cuya mayor
parte observaba impasible aquella escena, absteniéndose de tomar parte en ella, acaso por
falta de armas y jefes, sin los cuales nuestras masas casi nunca se deciden por la
iniciativa, por esperar la voz de los caballeros, que, a pesar de las propagandas
igualitarias, miran siempre como a sus naturales superiores.
Rafael San Luis dirigió su gente al costado del cuartel, mientras que por el frente embestían
los del Valdivia. El combate se hizo entonces general, bien que los sitiados economizaban
sus tiros por no tener puntos adecuados para dirigirlos con certeza. Mientras que la tropa
veterana hacía un nutrido fuego sobre puertas y ventanas, los de San Luis y demás jefes
populares arrojaban piedras sobre los techos y trabajaban por derribar la puerta principal,
abriendo un forado cerca del umbral. En medio del más vivo fuego, una partida de hombres
capitaneada por Martín Rivas logró echar al suelo una de las puertas que daban sobre la
calle de las Recogidas.
-¡Adelante muchachos! -gritó Martín, blandiendo la espada en una mano y en la otra una
pistola.
Y esto diciendo, trató de penetrar en el cuartel seguido de los suyos; pero los recibió tan
mortífero fuego de adentro, que casi todos los que seguían a Rivas volvieron la espalda. En
vano los alentó éste con el ejemplo y la palabra, pues en ese momento se oyeron los
primeros disparos de una pieza de artillería que un capitán de los sitiados había puesto en la
calle de atravieso. Un vivísimo tiroteo trabose entonces, atronando los ámbitos de la
población el ruido incesante de la fusilería y los repetidos tiros de cañón que barrían la
calle diezmando las filas revolucionarias.
El ruido de estas descargas era el que había hecho bajar del balcón a las familias de don
Dámaso y de don Fidel. En el momento en que Leonor invocaba la piedad del cielo para
Martín, éste, como los antiguos caballeros, se lanzaba a lo más crudo de la pelea, llevando
en su pecho la imagen y en sus labios el nombre de Leonor.
-373-
A pesar de su denuedo, veíanse ya en gran aprieto los sitiados con el fuego sostenido y el
bravo empuje de los sitiadores, cuando apareció por la bocacalle de las Agustinas una
columna con «el coronel García a la cabeza», dice la relación citada. Esta columna,
compuesta de la guardia nacional que los del Gobierno habían podido reunir, avanzó
llenando la calle y se vio a poco tomada entre dos fuegos por un destacamento del
Valdivia, que el jefe revolucionario envió a atacar por su retaguardia, y el resto de los
amotinados, que rompieron sus fuegos al mismo tiempo contra su frente. El estruendo del
combate fue terrible en aquellos instantes y rivalizaban en temerario coraje los
revolucionarios con los jefes y oficiales de los del Gobierno, que veían por todas partes
llover sobre ellos una granizada de balas.
Rivas y San Luis parecían querer también rivalizar en arrojo y sangre fría, pues, no
contentos con animar a los suyos, apoderándose cada cual de un fusil, dejaron colgar la
espada de la cintura e hicieron fuego como soldados sobre el enemigo. Las voces de los
jefes, ahogadas por el ruido de las detonaciones, se confundían con los lamentos de los que
caían heridos y las imprecaciones de los que retrocedían después de avanzar, repetidas por
las mortíferas descargas del enemigo.
En lo más reñido del combate, una bala derribó al coronel Urriola, jefe de los
revolucionarios, el que cayó diciendo: «¡Me han engañado!». Palabras que ha recogido la
historia como una prueba de que los revolucionarios no contaban con la obstinada
resistencia que encontraron.
La noticia de la muerte del jefe cundió luego por las filas de los sublevados, y pronto su
influjo moral hízose sentir en el combate, pues, calmando el fuego y pasando de agresores
a agredidos, se replegaron todos hacia la Cañada, frente a la puerta principal del cuartel
atacado. Reunidos en una masa compacta, los revolucionarios rompieron allí de nuevo casi
con más ardor que antes sus fuegos, haciéndose la lucha más encarnizada en esos
momentos, pues se abrió la puerta del cuartel para dar paso a dos piezas de artillería que
lanzaron un vivo fuego contra los enemigos.
-374-
En un grupo colocado en la bocacalle de San Isidro, Martín y Rafael descargaban sus
tiros, secundados por su gente, sobre la tropa que acababa de salir del cuartel, y hacían
que los que no tenían armas se sirviesen de las de aquellos que caían.
Aquél fue sin duda el momento más crudo de tan encarnizado combate. Los beligerantes,
colocados a pocos pasos los unos de los otros, desafiándose con el gesto y la voz, podían
dirigir con certeza sus tiros y hasta ver el efecto de ellos sobre los contrarios. El ruido era
atronador y los hombres caían de ambos lados en horrorosa abundancia. Los curiosos, que
desde el alba llenaban los alrededores, se habían dispersado ante tan peligroso espectáculo
para dejar disputarse la victoria a los combatientes, que, con encarnizada enemistad,
parecían haber olvidado que cada tiro regaba el suelo chileno con la generosa sangre de
alguno de sus hijos. Temerario arrojo en presencia del peligro, porfiada tenacidad para la
defensa y el ataque simultáneos, ardor incontrastable a la par de heroica sangre fría,
fueron prendas del carácter nacional que brillaron en ambos campos en aquel supremo
instante.
Las dos piezas de artillería, sobre las cuales Rivas, San Luis y los suyos hacían un fuego
mortífero desde la bocacalle de San Isidro, disminuían poco a poco la frecuencia de sus
disparos, porque la granizada de balas que sobre ellas caían había puesto fuera de combate
a dos oficiales que sucesivamente las habían mandado y a la mayor parte de la tropa que
las servía. El jefe del cuartel había reemplazado en el mando de esas piezas a los dos
oficiales gravemente heridos al pie de ellas y de los cuales uno era su propio hijo. Pero a la
llegada del jefe, una furiosa descarga derribó a casi todos los artilleros que aún quedaban
en pie, y avanzando los revolucionarios tras el humo de esa descarga, lograron apoderarse
de los dos cañones que la muerte dejaba sin defensores. Martín y Rafael llegaron juntos y
fueron de los primeros que pusieron sus manos sobre las piezas que tantos estragos habían
causado en las filas de los suyos.
Y esta voz la repitieron todos arrastrando los cañones -375- al punto que ellos ocupaban.
Mas no bien había cesado el clamoreo de los que clamaban victoria, cuando la puerta
principal del cuartel se abrió de nuevo y una horrible descarga de fusilería envió sobre los
revolucionarios una nube de balas que hizo entre ellos espantosa matanza.
San Luis se asió con fuerza del brazo de Martín, que se hallaba a su lado, y gritó a los
suyos:
Palabras que el ruido de nuevas descargas ahogaron, mientras que el joven que acababa de
pronunciarlas echó sus dos brazos al cuello de Rivas diciéndole:
Martín le tomó de la cintura, sacole de las filas de los combatientes y, llevándole junto a
una puerta de un cuarto, hízola saltar de un puntapié y entró en la pieza arrastrando a
Rafael, cuya ropa estaba ya bañada en sangre.
Dos mujeres y un viejo había en el cuarto en que Martín acababa de entrar llevando a San
Luis.
-Señora, aquí hay un joven a quien usted puede prestar algún servicio -dijo Rivas a la que
parecía de más edad.
Las dos mujeres, el viejo y Martín quitaron la levita a Rafael y le hallaron el pecho
atravesado por dos balas. Su respiración hacía brotar torrentes de sangre de las dos heridas.
-No me muevas -le dijo-, será imposible sanarme y siento que voy a vivir muy poco.
Los ojos de Rivas, en los que momentos antes brillaba el belicoso fuego que ardía en su
pecho, se llenaron de lágrimas.
-¡Tú también estás herido! -exclamó San Luis, viendo que una mano de Martín se teñía
poco a poco en sangre.
La misma descarga que había herido a San Luis había también lanzado una de sus balas
sobre el brazo derecho de Martín.
-La victoria es casi segura -añadió Rafael, hablando por momentos con mayor dificultad-.
¿Oyes las descargas? El fuego del cuartel se va apagando.
-376-
Cada palabra que así pronunciaba parecía costarle un gran esfuerzo y su voz se extinguía
por grados, mientras que la sangre del pecho brotaba a pesar del empeño con que Martín y
los que allí había querían contenerla con paños y vendas improvisadas.
Después de una pausa, durante la cual San Luis parecía querer adivinar con el oído lo que
sucedía en el lugar de la refriega, estrechó con febril ardor las manos de Martín, y
haciendo un esfuerzo para levantarse:
-Despídeme -le dijo con voz enternecida- de mi pobre tía; si ves a Adelaida, dile que me
perdone; y tú no me olvides, Martín, porque...
El esfuerzo que hizo para concluir su frase pareció apurar el último soplo de vida que
le quedaba, porque las palabras se helaron en sus labios y su cabeza cayó sobre la
pobre almohada que le habían puesto las mujeres.
-¡Muerto! ¡Muerto! -exclamó Martín, estrechándolo entre sus brazos y llorando como
un niño-. ¡Pobre Rafael!
Dio por algunos instantes libre curso a sus lágrimas, y alzándose de repente, besó varias
veces la frente y las mejillas, ya pálidas, de San Luis; prometió a las mujeres que serían
bien recompensadas si entregaban el cadáver en casa de don Pedro San Luis, y salió de la
pieza exclamando:
-¡Yo te vengaré!
Brillaban en ese instante con sombrío resplandor sus ojos y con la diestra apretaba
convulsivamente la espada que desenvainó al salir.
Cuando Martín llegó al lugar del combate, reinaba allí la mayor confusión. La fuerza
revolucionaria se desorganizaba en esos momentos. Uno de los oficiales del Chacabuco,
hecho prisionero en la guardia del principal, aprovechándose del desorden que le rodeaba,
emprendió la fuga hacia el cuartel de artillería y varios soldados siguieron su ejemplo,
comunicándose el contagio a los demás que allí había. Con esto el fuego de los
revolucionarios cesó poco a poco, y cuando Rivas llegó al frente del cuartel, todos entraban
creyéndose victoriosos y caían allí en poder de los sitiados.
-377-
Martín entró también con la misma ilusión y se encontró en el zaguán con Amador Molina,
que habiéndose ocultado durante la refriega, gritaba en ese instante en favor del Gobierno
y contra los revolucionarios que al principio había querido apoyar.
-¡Cobarde! -le dijo Martín, tomándole del pescuezo-, te tengo lástima y te perdono.
Y al decir esto le dio un fuerte empellón que estrelló a Amador contra la pared.
-Huyamos, es una necedad dejarnos prender -dijo a Martín el joven que acababa de
hablarle.
Y le arrastró fuera del cuartel, a cuya puerta principiaban a agolparse los curiosos.
Martín se resistió algunos momentos, durante los cuales Amador había huido al patio
llamando al oficial de policía, que con alguna tropa de su mando formaba parte de la
división de los cívicos que habían auxiliado al cuartel.
Cuando Rivas se decidió a retirarse, Amador corrió hacia el zaguán con Ricardo Castaños
y algunos soldados.
-Vamos, vamos -dijo el joven a Martín-, no les demos el gusto de que nos tomen
prisioneros.
Y emprendió la fuga con dirección a casa de don Dámaso Encina, mientras que Amador y
Ricardo le buscaban entre las personas que llegaban al zaguán.
Esta circunstancia le permitió tomar alguna delantera sobre sus perseguidores, que salieron
a la calle cuando él se halló ya a una cuadra distante del cuartel.
-Vamos a buscarle a casa de don Dámaso -dijo Amador al oficial-, y si no lo hallamos allí,
lo hemos de buscar por toda la ciudad.
-378-
- LIX -
Hemos referido las principales peripecias del sangriento combate que tuvo lugar en
Santiago el 20 de abril de 1851, tratando de ceñirnos a los partes oficiales de aquella
jornada y a la relación que anteriormente citamos.
Leonor y los demás de la casa habían pasado aquellas horas en mortal ansiedad. El ruido
del combate repercutía en sus turbados corazones avivando el miedo en casi todos ellos y
la más inquieta zozobra en el de Leonor.
Doña Engracia había reunido a todos los habitantes de la casa en una pieza y rezaba con
ellos un rosario tras otro. Don Dámaso y Agustín pronunciaban el Ora pro nobis con una
devoción ejemplar, mientras que Leonor abandonaba la pieza y subía a los altos de la
casa.
Allí, apoyada en el balcón y prestando el oído al bullicio que resonaba en la ciudad, rogaba
a Dios por Martín y luchaba por apartar de su imaginación los funestos presentimientos que
oprimían su pecho al estampido de cada tiro. No se atrevía a interrogar a las gentes que
pasaban por la calle, por temor de que alguno le diese la funesta noticia que sus cuidados
presagiaban.
Teniendo fija la vista en dirección al lugar del combate, divisó un grupo de hombres que se
adelantaba hacia la casa. Al pasar bajo el balcón, uno de ellos se paró como para tomar
aliento.
-Señorita -dijo a Leonor-, nos han vencido, los del Valdivia se pasaron al Gobierno.
Dichas estas palabras, siguió corriendo tras los otros que se hallaban ya distantes.
Leonor sintió discurrir por sus venas un frío repentino al pensar que, estando derrotados,
Martín habría muerto o estaría prisionero. Elevose entonces su alma al cielo con -379-
nuevo fervor y, sin saber lo que hacía, comenzó a orar en alta voz, mezclando el nombre de
Rivas a las ardientes palabras de su oración improvisada.
En ese momento divisó, no lejos, a un hombre que corría hacia la casa. Un instante después
creyó que se encontraba bajo el influjo de alguna alucinación y a poco rato dio un grito de
alegría y bajó precipitadamente al patio: había reconocido a Martín.
El patio estaba solo y la puerta de calle asegurada con llave y una gruesa tranca. Torció
Leonor la llave y apartó la tranca con la misma facilidad que si ésta no hubiese tenido el
peso enorme que cedió a su fuerza. Hecho esto en pocos segundos, abrió la puerta.
Rivas llegaba en ese instante y se encontró frente a frente con Leonor, más bella que
nunca en el desorden de su traje y la palidez de su rostro.
El joven, que acababa de arrostrar con serenidad los mil peligros de tres horas de
combate, se turbó en presencia de aquella niña pálida, que fijaba en él, con indecible
expresión de júbilo, sus grandes ojos llenos de lágrimas.
Pero no pudo proseguir, porque Leonor le tomó con ambas manos una de las suyas,
diciéndole:
Y Martín obedeció a la suave presión de aquellas manos y al dulce tono de imperio con que
la niña acompañó ese movimiento.
Cerró entonces Leonor la puerta con la misma fuerza y ligereza que había empleado para
abrirla y dijo a Martín:
-Sígame.
Atravesaron el patio, y en vez de entrar a las piezas en que se rezaba el rosario, Leonor
abrió la del cuarto de Agustín y dio una vuelta por el segundo patio para entrar a su propia
habitación, cuya puerta cerró tras Martín.
-Nadie nos ha visto -dijo con la agitación de una persona que acaba de dar una larga
carrera.
Martín se quedó de pie, en medio de la pieza, contemplando a Leonor, y pareciéndole que
todo aquello era un -380- sueño. Aquella hermosa niña, cuyo nombre acababa de invocar
tantas veces en el estruendo de la refriega, estaba ahora a su lado, en la habitación que
siempre había considerado como un santuario. Y la altiva belleza de altanera frente, de
mirada desdeñosa, se acercaba a él con semblante risueño, aunque turbado, y le miraba con
amor.
-Siéntese usted aquí -le dijo, acercándole una silla-. He recibido esta mañana su carta -
añadió mirándole con ternura.
-¡Ah! Usted está herido -le dijo tomándole el brazo, cuya mano estaba manchada de sangre.
-No debe ser nada, porque no siento dolor ninguno -contestó Martín.
Y sacando de su cuello un fino pañuelo de batista, que llevaba a guisa de corbata, lo aplicó
sobre la herida, después de apartar la manga de la camisa.
-Me ha hecho usted sufrir en esta mañana más que en toda mi vida -le dijo mientras le
vendaba la herida con el pañuelo-. ¿Por qué no vino usted anoche, como lo prometió a mi
hermano?
-Señorita -contestó Martín, resuelto a repetir la revelación que había hecho en su carta-, no
tuve valor para venir. A pesar del tiempo que he pasado lejos de aquí, a pesar de mi interés
por la causa por la que acabo de exponer mi vida, siempre mi amor a usted me ha
dominado, y conocí que, viniendo anoche, me habría tal vez faltado energía para hoy.
-¡Exponer así su vida! -dijo Leonor en tono de reproche y bajando la vista-. ¿Por qué no me
habló usted con la franqueza que emplea en su carta?
-Porque jamás tuve antes fuerzas para hacerlo. Además, ¿no me había condenado usted por
las apariencias?
-381-
-Es cierto, pero Edelmira misma me ha desengañado, mostrándome las cartas que usted
contestaba a las suyas.
-Mi posición también me ha obligado a callar -añadió Rivas con tristeza.
-¡Qué importa su posición si yo le amo! -exclamó Leonor, dirigiendo a los ojos de Martín
su profunda mirada.
-Oh, repítame, Leonor, esa palabra -le dijo Martín, con loca alegría, apoderándose de las
manos de la niña.
-Sí, le amo y no lo ocultaré a nadie -repuso Leonor-. Esta mañana he recordado todos los
días desde que usted llegó, y veo que he sido cruel por orgullo; si usted hubiese muerto hoy
-añadió palideciendo-, jamás habría podido perdonármelo ni consolarme. Aun cuando no
hubiese recibido su carta, nadie habría podido quitarme de la imaginación que yo tenía
parte en la desesperada resolución que usted ha tenido; mal hecho, Martín, de
exponerme así a llorar toda la vida.
-¡Y por qué se le despedía! Si no le hubiese amado, ¡qué me importaba que usted amase a
esa pobre niña!
-Preguntándomelo.
-Usted olvida ahora -dijo sonriéndose el joven- que tiene a veces miradas que helarían la
sangre del más atrevido, y que no ha dejado de emplearlas muchas veces conmigo.
-Castígueme usted, es muy justo -contestó ella con una adorable sonrisa de sumisión.
-Pero este momento recompensa con usura lo que mi amor me ha hecho sufrir -replicó
Martín con apasionada voz.
Y, sin darse cuenta de lo que hacía, dejó su asiento y se puso de rodillas delante de Leonor,
estrechándole con pasión las manos, que ella le abandonaba.
-Hemos sido muy locos, Martín -díjole la niña, perdiendo su mirada en el ardiente reflejo
de los ojos con que él la contemplaba extasiado-. -382- ¿No nos habíamos dicho varias
veces con los ojos que nos amábamos? Ah, es muy cierto. Usted tiene siempre razón; yo he
tenido la culpa. De todos los hombres que me rodeaban, usted, el de más humilde posición,
me parecía el más noble y tenía miedo de confesarme a mí misma la preferencia de mi
corazón. Pues bien, desde ahora sabré enmendarme, porque su amor me enorgullece.
-No sé si soy el más digno de su amor -dijo Martín-, pero aseguro sí que soy el más amante.
¿Qué poder tenía yo para defenderme de su belleza? Me dejé vencer por ella sin
preguntarme lo que podía esperar, y cuando quise combatir, me hallaba ya sin fuerzas
contra la pasión que se había apoderado de mi pecho. Desde entonces nada pudo arrancarla
ya del corazón, ni el sentimiento de dignidad que la condenaba, ni la falta de esperanza, ni
el desdén con que usted a veces recibía mis miradas. Así fue que esta mañana jugaba con
placer mi vida, porque me creía despreciado por usted y veía que sólo la muerte podría
extinguir mi amor.
La niña oyó aquellas palabras con avidez y dejó que Rivas besase con ardor sus
manos. Había pedido tanto al cielo por el hombre que tenía a sus plantas, que creía
escuchar su apasionado lenguaje por el milagro de una resurrección.
Martín iba a proseguir cuando se oyeron voces y fuertes golpes dados a la puerta.
Leonor corrió hacia la puerta; miró por el ojo de la llave y vio a su padre acompañado de
Ricardo Castaños y de algunos soldados que se mantenían a distancia.
-Está usted perdido si no huye -dijo corriendo hacia Martín-, hay allí un oficial y algunos
soldados.
-Huya por aquí, Martín -dijo la niña, abriendo otra puerta-, usted conoce la casa, puede salir
por el escritorio de mi papá y llegar a la calle mientras le buscan en este cuarto.
Los golpes redoblaban y se oyó la voz de Ricardo Castaños que amenazaba echar abajo la
puerta.
-383-
-Si usted me ama, huya, por Dios -exclamó Leonor llena de ansiedad.
-Si consigo salvarme, volveré -dijo Rivas-, y si no fuera por la reputación de usted,
preferiría disputarles aquí mi libertad.
Leonor le empujó fuera del cuarto y cayó en un sofá casi sin sentido.
-Señorita -le dijo Ricardo-, un penoso deber me obliga a pedirle me permita registrar
esta pieza.
-Registre usted, caballero -contestó Leonor con altanero ademán-, un vencedor -añadió
con ironía- no empeña su gloria prestándose a esto que usted llama un triste deber.
-¡Niña! -le dijo por lo bajo don Dámaso. Luego añadió en voz alta-. Es justo que los
defensores del orden persigan a los revoltosos. Vea usted, señor oficial, usted es testigo que
yo no he opuesto ninguna resistencia. ¡Bien estábamos que yo me pusiese a ocultar
demagogos cuando, con los revolucionarios, la gente que tiene algo es la que pierde!
Mientras que los soldados registraban minuciosamente cada rincón del cuarto, don Dámaso
seguía disertando contra todo el partido liberal, y Leonor se sentaba en el sofá temblando
por la suerte de Rivas.
Éste, conocedor de la casa, atravesó varias piezas y llegó al patio por la puerta del
escritorio de don Dámaso.
En ese momento dejaba Leonor la pieza en la que seguían las pesquisas de la tropa y salía
también al patio a ver si Rivas había salido de la casa.
Apenas Martín se halló en el patio se dirigió a la puerta de la calle. Pero ésta, sobre estar
cerrada, se hallaba custodiada por dos policías con sable en mano. Llegado al zaguán, Rivas
vio que era imposible retroceder ni ocultarse, pues los dos centinelas de la puerta se
lanzaron sobre él blandiendo sus tizonas. El joven, sin desconcertarse, apoyó la espalda a
una de las paredes del zaguán y, desenvainando su espada, principió a parar los desatinados
golpes que los policiales le descargaban. Mientras así le atacaban entre los dos, daban al
mismo tiempo -384- voces para llamar a los otros. En aquel momento, y cuando Rivas
descargaba sobre uno de ellos un golpe que le hacía recular despavorido, Leonor llegó al
patio y divisó al joven, que arremetía al otro policial. En ese momento también, advertidos
los de adentro por las voces de los que se veían vencidos por Martín, llegaron en tropel y
cercaron al joven, que siguió defendiéndose con heroico valor, mientras que Leonor decía a
su padre:
A las voces de los combatientes vinieron a unirse los gritos de las mujeres, que, con doña
Engracia a la cabeza, interrumpieron el rosario y llegaron al patio al mismo tiempo que los
soldados que habían acudido a las voces de los que atacaban a Martín.
-Si no se rinde, háganle fuego -gritó Ricardo Castaños, que no sólo miraba en aquel joven a
un revolucionario, sino al autor de sus desgracias amorosas.
Leonor dio un grito al oír esta orden, y al ver que dos de los soldados cargaban sus armas
para cumplirla, corrió al zaguán despavorida.
-No se defienda usted más, van a asesinarle -dijo a Rivas, que continuaba luchando con
admirable sangre fría y que obedeció a aquella voz como a una orden.
Apoderáronse de él cuatro soldados y le desarmaron.
-Espero -dijo a Ricardo don Dámaso- que se tratará a este joven con miramiento y
generosidad. Yo, como partidario de la administración -añadió con enfática voz-,
intercederé por él con el señor Presidente.
Diose la orden de la marcha y salió Rivas rodeado de la tropa que acababa de prenderle,
después de recibir una mirada de Leonor, que, más pálida que un cadáver, parecía querer
enviarle su alma en aquel silencioso pero elocuente adiós.
-385-
- LX -
Durante ese tiempo los habitantes de la casa de don Dámaso se hallaban bajo el peso de la
consternación en que la reciente escena les había dejado y comentaban, cada cual a su
sabor, los incidentes acaecidos, para explicar la súbita aparición de Rivas cuando todos
estaban seguros de que la puerta de calle había permanecido trancada toda la mañana. Y
como la noticia de la aprehensión de Rivas cundiese en poco rato de la casa a la de los
vecinos, de la de éstos a la calle entera y de allí a las otras inmediatas, al cabo de una hora
viose el salón principal de don Dámaso lleno de personas de distinción, de ambos sexos,
que llegaban a tomar lenguas de tan notable suceso.
Don Dámaso permaneció en la antesala rodeado de los amigos, y doña Engracia en el salón
circundada de las amigas.
Dignas eran de oírse las conversaciones a que en ambas piezas los acontecimientos del día
daban lugar, porque pintaban por una parte la fecunda inventiva de las alarmadas
imaginaciones femeniles y la súbita reacción, por otra, que en el espíritu y opiniones de los
hombres había operado el desenlace del sangriento drama de la mañana.
-Nos hemos escapado de una buena -decía don Dámaso a otros que el día anterior se daban,
como él, por liberales-. ¡Qué habríamos hecho con el triunfo de la canalla!
-Lo que ahora debe hacer el Gobierno es fusilar -386- pronto unas dos docenas de esos
revoltosos -observaba con enérgico acento uno que, encerrado toda la mañana en su cuarto,
había hecho mandas a todos los santos del calendario para que le librasen del peligro.
-Pero, hijita -decía al mismo tiempo una señora a doña Engracia, hablando de Rivas-, ese
hombre debe ser un facineroso. ¿Es cierto que mató aquí en el patio a tres policiales?
-¡Ay, hijita! -exclamó otra-, ¿qué hubiera hecho yo con un hombre así en mi casa? ¡Creo
que me habría muerto del susto! Pero ¿cómo entró aquí cuando la puerta estaba cerrada?
-Por los tejados, pues -respondía otra-, si esos liberales no tienen nada sagrado.
Doña Engracia se contentaba con estrechar a Diamela entre sus brazos, mientras de este
modo disertaban sus amigas.
-Ahora es cuando los hombres patriotas deben acercarse al Gobierno para que los
demagogos vean que están condenados por la opinión.
-Eso estaba pensando -dijo don Dámaso-, los buenos ciudadanos debemos presentarnos al
Gobierno. ¿Quieren ustedes que vayamos al palacio?
-Y es preciso que pidamos medidas enérgicas -dijo el que acababa de abogar por los
fusilamientos.
Tomaron los sombreros y se dirigieron a La Moneda para darse los aires de triunfadores y
pedir la muerte de los que les habían dado tan tremendo susto en aquella mañana.
Dominada por este pensamiento entró en la pieza de Agustín, que reparaba la debilidad
en que los sobresaltos de la mañana le habían dejado, bebiendo repetidas copas de kirsch.
-¡Ay, hermanita, qué terrible día! -exclamó al ver entrar a Leonor-. Te confieso que
compadezco a las mujeres y a los hombres cobardes, porque me figuro el miedo que han
debido tener.
-En lo que debemos pensar ahora es en salvar a Martín -contestó Leonor sin hacer caso de
la baladronada de su hermano.
-¡Nosotros! ¿Y qué podemos hacer? -dijo el elegante sorbiendo otra copa de licor.
-Es preciso que mi papá hable con los ministros, con el Presidente, con todos los que
tengan algún influjo en el Gobierno.
-Poco a poco, mi bella, el día está peligroso para empeños, y como Martín tuvo la
desgraciada ocurrencia de venir a ocultarse aquí, podrán creer que nosotros hemos tomado
parte en la revolución si hablamos en su favor.
-¡Tienes miedo de hacer algo por un hombre a quien debes un gran servicio! Agustín, te
creía ligero, pero no ingrato -dijo Leonor lanzando a su hermano una mirada de desprecio.
-El caso no es para pensar, sino para obrar -replicó la niña con tono de resolución-. Si tú no
haces nada, hablaré con mi papá, y si él toma las cosas con tu frialdad, -388- iré yo
misma a interceder por Martín con algunas amigas que no se negarán a servirme.
-¡Cáspita, hermanita, con qué fuego lo tomas! Cualquiera diría que no se trata sólo de un
amigo...
-Sino de un amante, ¿no es verdad? -interrumpió Leonor con impaciencia-. Piensa lo que
quieras -añadió saliendo de la pieza.
-¡Caramba!, ésta sacó toda la energía que me tocaba a mí como varón y primogénito -dijo
al verla salir Agustín.
Leonor entró a su cuarto después de ordenar a una criada que le avisase la llegada de
su padre.
Una hora después entró don Dámaso al cuarto al que se había retirado su mujer tan luego
como se vio libre de las visitas.
Agustín, que le había visto atravesar el patio, entró en la misma pieza poco después de él.
-Estaba el palacio lleno de gente -dijo don Dámaso quitándose el sombrero-. ¡Qué
uniformidad en la opinión para condenar a los revoltosos! El valor cívico más
decidido
reinaba allí y creo que habríamos marchado todos cantando al combate si hubiese sido
preciso.
Apenas terminaba esta frase, bajo la cual habría sido difícil traslucir al liberal que por la
mañana abogaba por la causa del pueblo, Leonor entró en la pieza con frente erguida y con
resuelta mirada.
-Perfectamente, hijita. El Presidente me ha dado las gracias por mi decisión por la causa
del orden -contestó el caballero con aire de satisfecha importancia.
-¿Y usted no ha hecho nada por él? -preguntó la niña, fijando en su padre una profunda
mirada.
-El momento no era oportuno, hijita -repuso don Dámaso-. Los ánimos están ahora
demasiado exaltados, es mejor esperar.
-389-
-¡Esperar! -exclamó la niña-. Martín no ha esperado nunca para servirnos como siempre lo
ha hecho.
-Es cierto, hijita; nadie niega que Martín sería un joven cumplido si no hubiese hecho la
locura de meterse a liberal.
-A nosotros no nos toca juzgarlo -dijo Leonor-, y nuestro deber es influir en cuanto
podamos en favor suyo, ya que está preso.
-Influiremos, no te dé cuidado, yo estoy ahora muy bien con los del Gobierno.
-Sí, pero entretanto el tiempo pasa y pueden someter a juicio a Martín -exclamó la niña
con visible impaciencia.
-Papá, usted debe ir al instante a hablar con el Ministro del Interior -dijo con acento
imperativo.
-¡Qué interés tan vivo tienes por Martín! -dijo en tono de reconvención el caballero.
Don Dámaso se levantó de un salto, Agustín pareció espantado y doña Engracia se apoderó
de Diamela, que dormía a su lado, dándola un fuerte apretón.
-¡Niña, qué estás diciendo! -exclamó don Dámaso aterrado con lo que acababa de oír.
-Digo que amo a Martín -contestó Leonor con voz segura y magnífico ademán de orgullo.
-390-
En ese momento conoció don Dámaso el ascendiente que aquella niña ejercía en su ánimo,
porque, al querer armarse de severidad, se encontró con la mirada serena y resuelta de
Leonor, que parecía desafiarle.
-¿Y por qué no? Martín, aunque pobre, tiene alma noble, elevada inteligencia; esto basta
para justificarme. ¿Preferiría usted que ocultase lo que siento? ¿No son ustedes los
naturales depositarios de mi confianza?
Leonor pronunció estas palabras con acento que no admitía réplica. Las tres personas que la
escuchaban carecían, además, de la energía que para contradecirla habría sido necesario
poseer al hacer frente a un carácter resuelto y altanero como el de la niña.
Agustín dijo por lo bajo algunas palabras, mitad francesas, mitad españolas, y don Dámaso
principió a pasearse en la pieza para ocultar su falta de energía.
Leonor prosiguió:
-Usted sabe, papá, que Martín es un joven de esperanza, usted mismo lo ha dicho muchas
veces; es también de muy buena familia; no le falta, por consiguiente, más que ser rico, y
estoy segura que, con las aptitudes que usted le reconoce, nunca será pobre. ¿Qué mal
hago entonces en amarle? Harto más vale que los jóvenes que hasta ahora me han
solicitado y es muy natural que yo le diera la preferencia. Ahora que él se encuentra
gravemente comprometido y que por desesperación tal vez ha tomado parte en la
revolución, debemos nosotros pagarle con servicios los muchos que le debemos. Él salvó a
Agustín de una intriga vergonzosa y que le habría puesto en ridículo ante la sociedad
entera, y además ha corrido con todos los negocios de la casa con un acierto que usted
alaba todos los días.
-En cuanto a eso, es la pura verdad; y no miento si -391- digo que debo a Martín mucha
parte de las ganancias de este año.
Don Dámaso dijo estas palabras contentísimo de hallar una salida, ya que se encontraba sin
fuerza para imponer a Leonor su autoridad.
«Cuando más conseguiré lo manden desterrado -se decía-, y una vez fuera del país,
Leonor le olvidará y se casará con otro».
Don Dámaso, como toda persona sin energía de carácter, contaba con la ayuda del tiempo
para salir de la dificultad.
- LXI -
Martín fue conducido al cuartel de policía y encerrado en una estrecha prisión, a cuya
puerta se colocó un centinela.
Cuatro paredes mal blanqueadas, un techo entablado con gruesas tablas de álamo, una
ventana sin bastidores y cerrada por una tosca reja de hierro, he aquí todo lo que se ofreció
a la vista de Rivas en la pieza que iba a servirle de prisión. No había allí ni un solo mueble.
El joven se sentó sobre los ladrillos, apoyó la espalda a la pared y cruzó los brazos sobre el
pecho. En esta actitud, bajó la frente, cual si el peso de las ideas que a su cerebro se
agolpaban le impidiese mantenerla erguida como al entrar en el calabozo.
Los acontecimientos más recientes de aquel agitado día ocuparon primero su atención.
La belleza de Leonor, su apasionado lenguaje, su interés cariñoso, la profunda tristeza de
la última mirada, brillaron a un tiempo en la memoria -392- de Rivas, hicieron latir su
corazón y poblaron la desnuda prisión con las rosadas y lucientes imágenes que, como de
un foco luminoso, irradian del alma enamorada.
Al ver la apasionada expresión del rostro de Martín, cuyos ojos vagaban en el espacio,
hubiérase dicho que aquel joven, encerrado en un miserable cuarto, soñaba con la
conquista de un imperio.
Mas pronto la imaginación inquieta pidió a la memoria otros recuerdos y huyó aquella
alegría de las facciones del prisionero; llenose de suspiros su pecho y, como ahogado por el
pesar, se puso de pie y se acercó a la ventana. Sus labios dejaron escaparse con profundo
pesar estas palabras:
-¡Pobre Rafael!
Y las lágrimas se agolparon a sus ojos, y los suspiros que llenaban su pecho se convirtieron
en doloridos sollozos.
-¡Tan noble y tan valiente! ¡Pobre Rafael! -repitió con amargo pesar.
Lloró así largo rato, hasta que las lágrimas se agotaron dejando sus ojos escaldados; y
entonces vino la reflexión del hombre, la resignación estoica del valiente, la serena
conformidad del que ha consagrado su vida a una causa que cree justa.
«Tal vez ha sido más feliz que yo -se decía-, más vale morir combatiendo que fusilado».
Ni un solo músculo de su semblante se contrajo ante aquella idea, ni cambiaron de color sus
mejillas. Su enérgico corazón miró de frente el peligro, burlando la máxima, generalmente
verdadera, de que ni el sol ni la muerte pueden mirarse fijamente. Rivas poseía ese valor
tranquilo que no necesita de testigos ni de admiradores y que encuentra su fuerza tal vez en
algún privilegio peculiar de la organización nerviosa del individuo.
Pero a la caída de la tarde y cuando su espíritu había recorrido no sólo las escenas del día,
sino las de su vida entera; cuando un rayo de sol, después de atravesar diagonalmente la
pieza, llegó a convertirse en un punto que también se borró, Martín sintió frío en el cuerpo
y un amargo sentimiento en el alma; había llegado fatalmente -393- al campo de las
hipótesis a que llega todo el que se ve bajo el peso de alguna desgracia, y se decía: «Si yo
hubiese sido menos orgulloso, habría sabido antes que Leonor me amaba y no estaría
ahora aquí, sino a su lado».
Como se ve, en pocas horas la imaginación de Rivas había recorrido todas las fases que
podía presentarle la situación en que se encontraba. Mas, ya lo dijimos, era valiente, y sin
esfuerzo volvió a sentarse con tranquilidad en el lugar que había elegido primero, y
cansado de pensar, buscó el olvido en el sueño.
Pocos momentos después, y cuando Rivas, cediendo al cansancio que le agobiaba, había
principiado a quedarse dormido, el ruido de la puerta que se abrió con estrépito le sacó de
su sopor.
Un soldado entró trayéndole, en una gran bandeja, algunas fuentes de comida. Tras él entró
otro con una cama que el primero hizo colocar en un rincón del cuarto, dejando él mismo
la bandeja sobre la ventana.
-Lea ese papelito y conteste luego -le dijo dejando caer un papel doblado en varios
dobleces.
Y se alejó, poniéndose a arreglar la cama, mientras que Martín, lleno de asombro, leía lo
siguiente:
«Mi papá ha conseguido que podamos enviarle diariamente la comida. Le remito una cama
y en la almohada van papel y lápiz para que pueda contestarme. He logrado que Agustín,
venciendo sus temores, se gane al soldado que le lleva la comida. Ánimo, pues, yo velo
por usted. Espero que surta buen efecto un empeño que he interpuesto para poder llegar
hasta usted. Esta esperanza me da valor; pero aun cuando usted no me vea, no crea por eso
que deja de pertenecerle entero el corazón de
»Leonor Encina».
«Si un corazón amante puede pagar los sacrificios que usted hace por mí, usted sabe que el
mío le pertenece. Esta mañana, los peligros, la muerte en mi rededor; después, -394- su
dulce voz, Leonor, abriéndome las puertas del paraíso; más tarde la prisión, la soledad, y
luego, de nuevo esa voz poblando de mágicos cuadros las tristes paredes de un calabozo.
¡Ah, Leonor, todo esto me abisma y turba mi razón! En medio de este caos, lo único que
brilla para mí, sereno y sin nubes, es un punto resplandeciente: ¡usted me ama!
»Ya tal vez ha llegado a noticias de usted la muerte de Rafael. Murió como valiente, y era
un noble corazón que el viento de la desgracia había marchitado. Mi felicidad inmensa, el
amor de usted, no bastan en este momento para secar las lágrimas con que lloro;
perdóneme, Leonor, esta confesión. Si el más feliz de los amantes no puede hacer olvidar
al amigo, juzgue usted por ese efecto el lugar que su amor debe ocupar en mi corazón».
Martín agregó a la ligera las señales del lugar en que había quedado el cadáver de su
amigo, rogando a Leonor que transmitiese esta noticia a la familia de San Luis, y entregó
su carta al soldado, dándole el poco dinero que tenía. Probó después, apenas, la comida y
vio con
cierto desprecio cerrarse de nuevo la puerta de su calabozo. ¡Con la carta que estrechaba
sobre el corazón, despreciaba la rabia de sus enemigos y sentía fuerzas para perdonarlos!
La lectura de esa carta y las ilusiones que creaba en el espíritu de Martín le ayudaron a
sobrellevar con paciencia la soledad hasta el día siguiente. Por el mismo conducto recibió
una segunda carta de Leonor, en la que le descubría, en un lenguaje tierno y sencillo, los
tesoros de un amor que Martín nunca se había atrevido a esperar.
En dos días más de esta correspondencia, Rivas había llegado a creer que los que llevaba de
prisión habían sido los más felices de su vida.
Entretanto, la causa que contra él se seguía marchaba con la rapidez que, desde entonces
hasta ahora, despliega la justicia chilena en los juicios políticos. Y como Martín, además de
estar notoriamente convicto de su participación en los sucesos del 20 de abril, había
confesado no -395- sólo esa participación, sino que también en alta voz los principios
liberales que profesaba, en el corto término de cuatro días la causa estaba rematada y el reo
condenado a la pena de muerte.
Leonor recibió la noticia de esta sentencia poco después de haber leído una carta que su
padre acababa de mostrarle, en la que se daba permiso para que don Dámaso y los de su
familia pudiesen visitar a Martín de las seis a las siete de la tarde. La hora había pasado ya
y era preciso esperar al día siguiente. La idea de la fatal sentencia tuvo por esto largo
tiempo para someter a la niña a una horrorosa tortura. Durante la noche se vio asaltada por
todos los temores que las reflexiones de su familia para persuadirla que aquella sentencia
no se ejecutaría habían calmado en su ánimo en el día. Su amor, en tan duro trance,
cobraba las proporciones de una inmensa pasión, y no podía pensar un momento en la
muerte de Rivas sin hacerlo al mismo tiempo en la suya propia.
Después de esa noche de lágrimas, Leonor salió muy temprano de su pieza y entró en la de
Agustín, que dormía profundamente.
-¡Qué matinal estás! -exclamó, viendo a Leonor de pie al lado de su cama-. ¡Y qué pálida,
hermanita! -añadió-. Cualquiera diría que has velado toda la noche.
-Así ha sido -dijo la niña-. ¿Podía dormir con esa horrible sentencia?
-Todos lo dicen.
-Con una carta que tiene mi papá. Tú se la pedirás diciéndole que vas a ver a Martín y te
vas conmigo.
-396-
Al dar las seis, en efecto, Leonor y Agustín presentaron la carta y fueron conducidos a la
prisión de Martín.
El joven tenía sobre la ventana todas las cartas de Leonor, que se entretenía en leer una a
una.
Al abrirse la puerta, Leonor le vio enderezarse y ocultar con ligereza las cartas. Al
reconocer a la joven, Rivas corrió hacia la puerta y sus manos estrecharon la que ella le
tendió.
-¡Peste! -exclamó Agustín, mirando en su derredor-. ¡No es por cierto el confort inglés lo
que aquí reina! Mi pobre amigo -añadió, abrazando a Rivas-, esto es degutante, mi palabra
de honor.
Martín se sonrió con tristeza y olvidó todos sus cuidados en los ojos que Leonor fijaba en él
llenos de lágrimas.
-Es la única silla que he podido conseguir -dijo pasando a Leonor una mala silla de paja.
-Vamos, hermanita -le dijo Agustín enternecido también-, tengamos más valor; la reflexión
es lo que nos distingue de los irracionales.
Martín no pudo reprimir una franca carcajada al oír la sentenciosa máxima que Agustín
emitía con voz lastimosa.
-Las cosas deben tomarse como vienen -dijo Rivas, no queriendo dejarse contagiar por la
tristeza de los dos hermanos.
Al través de las lágrimas que humedecían los párpados de la niña, brilló en sus ojos un rayo
de pasión al oír estas palabras.
Martín se apoderó de una mano de Leonor, mientras que ella seguía mirándole.
-397-
-La felicidad que siento al verme amado -le dijo- llena de tal modo mi pecho, que no deja
lugar en él para los temores que pudiera inspirarme mi situación. Además -añadió con
cierta alegría-, no sé qué presentimiento me dice que no puedo morir.
-No tanto; vea usted el plan que he imaginado: vengo con Agustín mañana a esta hora y
traigo puestos dos vestidos. Uno toma usted y sale en mi lugar con Agustín.
-¡Y usted! -preguntó Rivas con admiración al ver brillar de entusiasmo los ojos de su
querida.
-Yo -contestó ella- me quedo aquí. ¿Qué pueden hacerme cuando me descubran?
Martín hubiera querido arrojarse de rodillas para adorar como una divinidad a la que, como
una cosa muy natural, le ofrecía el sacrificio de su honra por salvarle.
-¿Cree usted que yo consentiría en conservar mi vida a costa de su honor? -le dijo
besándola con pasión la mano que estrechaba entre las suyas.
-Lo que yo quiero es que usted salga de aquí -contestó Leonor con agitación-. Es preciso,
Martín, que no se forme usted ilusiones; en el Gobierno hay mucho encarnizamiento
contra los que han tomado parte en la revolución. ¿Quién nos asegura que el Consejo de
Estado le indulte a usted? Y en caso de indulto, ¿qué pena sustituirán a la de la muerte?
Nada sabemos y todo esto me hace temblar.
-Caramba -dijo Agustín, que acababa de acercarse a ellos-, Leonor tiene razón. Esta casa
tiene un aspecto muy triste; es preciso que trates de salir de aquí.
-Si tú tienes valor -dijo Leonor a su hermano-, Martín puede salir ahora mismo. Quédate en
su lugar y él saldrá conmigo.
Agustín se puso muy pálido y no pudo disimular el temblor que conmovió su cuerpo ante la
sola idea de correr aquel peligro.
-Le conocerán al salir, hermanita -dijo con voz apagada-, y luego, ¿quién me haría huir a
mí?
-398-
-Eso es claro como el día -observó el elegante, serenándose un poco y sacando su reloj,
como deseoso de ver llegar la hora de irse.
-Si Agustín me trae mañana una buena lima y un par de pistolas, haré una tentativa -dijo
Martín.
-Es convenido. No hay nada más que decir -exclamó Agustín volviendo a mirar el reloj,
temeroso de que su hermana propusiese algún otro medio de evasión que le comprometiese.
En ese momento el carcelero anunció que era hora de salir, y Leonor y Agustín se
despidieron de Rivas, prometiéndole lo que pedía para efectuar su tentativa de fuga el día
siguiente.
- LXII -
Pero esa tentativa no pudo llevarse a efecto, porque la celeridad de los procedimientos
judiciales había excedido toda previsión.
Cuando Leonor y Agustín se presentaron, solicitando ver a Rivas, en virtud del permiso
que mostraban, recibieron esta lacónica contestación:
-No se puede.
Leonor se apoyó en el brazo de Agustín para no caer, aterrada por el espanto que
produjeron en su alma esas fúnebres palabras.
Agustín, temblando de miedo, llevó a Leonor a la calle, donde el carruaje los esperaba.
-399-
marcha.
Al cabo de pocos instantes, Leonor alzó la frente; hubiérase dicho que, al través de las
lágrimas que inundaban sus ojos, brillaba en ellos un lejano rayo de esperanza.
-Por supuesto, hermanita -dijo sin comprender lo que decía el elegante-, no te hagas pena,
hermanita.
-¿Se te ha ocurrido algún medio de salvar a Martín? -preguntole Leonor con una
exaltación febril, engañada por el aire de seguridad con que su hermano había pronunciado
las palabras que anteceden.
-¿A mí? Ninguno. Nunca se me ocurre nada -contestó con viveza el elegante, que temió que
Leonor quisiese exigirle algún sacrificio.
-¿Para qué?
-Allí lo sabrás.
Leonor no le dejó acabar su frase, porque bajó uno de los vidrios de adelante del coche, y
por allí dijo al cochero:
-Para.
-Es preciso que hablemos con Edelmira -dijo Leonor al cabo de algunos momentos de
silencio.
-Pero yendo a casa de su madre no es el medio más seguro de conseguirlo -replicó Agustín.
-¿Por qué?
-Tienes razón -dijo Leonor, comprimiéndose la frente con las manos-. Pero es
absolutamente indispensable que -400- yo me vea hoy mismo con Edelmira. A ver -
añadió con febril impaciencia-, piensa tú, discurre, ¡yo tengo ardiendo la cabeza, y se me
turban las ideas!
La afligida niña ocultó su rostro y dejó caer la cabeza sobre el respaldo del coche. En su
seno los sollozos se agolpaban como las olas al soplo de la tormenta.
-Yo discurriré -dijo el elegante-, pero no sigamos a casa de doña Bernarda, porque lo
perdemos todo.
Luego se volvió hacia su hermano. Sus ojos despedían rayos de fuego, y la contracción de
sus cejas anunciaba la energía que era capaz de desplegar.
-Volveremos a casa -dijo-, pero te advierto que antes de dos horas debes haberme facilitado
una entrevista con Edelmira.
-No sé; mas yo estoy resuelta a hablar hoy con ella, y si tú no me proporcionas la ocasión
de hacerlo, iré yo sola a verla.
-Iré, iré -repitió Leonor con exaltación-, nadie podrá impedírmelo. ¿No ves que Martín está
en capilla? ¿No ves que si le fusilan yo moriré también?
Nada pudo objetar Agustín a este grito del alma enérgica de su hermana, y se convenció de
que para evitarle el dar algún paso desesperado debía hacer cuanto le fuese posible por
cumplir sus deseos. El joven se acordó en ese momento de la ambición insaciable de dinero
que constantemente dominaba a Amador.
-Te daré dinero -dijo Leonor cuando bajaban del coche-, espérame en tu cuarto.
Con efecto, al cabo de poco rato volvió Leonor con treinta onzas de oro que entregó a su
hermano.
-401-
-Toma -le dijo-, confío en ti; tú no querrás verme llorar toda la vida, ¿no es verdad?
Agustín salió de la casa y Leonor se dejó caer de rodillas, implorando la protección del
cielo por el buen éxito de su empresa. Al cabo de algunos momentos de fervorosa oración,
se acercó al escritorio de Agustín, y principió a escribir una carta a Rivas, en la que refería
sus proyectos, prodigándole las más ardientes protestas de aquel amor que, lentamente
desarrollado en su pecho, había cobrado ya las proporciones de una pasión irresistible.
En esos mismos momentos Agustín llegó a casa de doña Bernarda. Al pisar el umbral de
aquella puerta, todos los recuerdos de la escena del supuesto matrimonio, en las que le
había tocado representar el papel de víctima, asaltaron su memoria e hicieron latir de
miedo su corazón. Pero la convicción en que se hallaba, de que era preciso obedecer a
Leonor, le dio entereza para golpear a la puerta del cuarto de Amador.
Éste abrió la puerta, y no sabiendo el objeto de la visita que le llegaba, contestó con un
saludo incierto al saludo de Agustín.
-Voy a usar con usted de toda franqueza -dijo Agustín sin sentarse.
-Así me gusta, no hay como la franqueza -exclamó Amador.
-¡Quinientos pesos! ¡Qué pregunta! ¿Y a quién no le -402- gusta la plata, pues? ¿Pita
usted? -dijo Amador, pasando en medio de sus exclamaciones un cigarrillo de papel al
elegante.
-¿Para qué?
-No sé; pero sospecho que sea para que ella intervenga con alguien en favor de Martín
Rivas, que está condenado a muerte.
-Pobre Martín, yo lo hice agarrar preso, ahora me pesa; vea, llevaré a Edelmira, no por
el interés de los quinientos, aunque estoy muy pobre, sino por hacer algo por Martín.
-Ya le digo que, aunque estoy pobre como una cabra, no lo hago por interés.
Despidiéronse, prometiendo Amador que en media hora más estaría con Edelmira en casa
de don Dámaso.
Pocos momentos después que Agustín daba cuenta a Leonor del resultado de su entrevista,
Amador y Edelmira llegaban a la casa.
Cuando las dos niñas se hallaron solas en una pieza, cuya puerta había cerrado Leonor,
ambas se contemplaron con curiosidad, y en ambas se pintó la sorpresa desde la primera
mirada.
Edelmira halló, en vez de la altanera expresión que antes había notado en la hermosa hija
de don Dámaso, una dulzura tal en su mirada, que sintió por ella una irresistible simpatía.
Leonor vio que el rosado tinte de las mejillas de Edelmira había sido reemplazado por la
palidez del sufrimiento; que la viveza de su mirar estaba apagada por la fuerza de -403-
una visible melancolía, y adivinó, con la penetración de la mujer enamorada, que
Edelmira no había dejado de amar a Rivas.
Esta idea, que en otra circunstancia le habría desagradado, pareció animarla por el
contrario.
-¿Sabe usted la situación en que se encuentra Martín? -le dijo, haciendo sentarse a Edelmira
junto a ella.
-Sabía que estaba preso -contestó ésta-; pero ahora -añadió con voz turbada- mi hermano
me dice que está condenado a muerte.
La que esto decía y la que escuchaba se miraron con los ojos llenos de lágrimas.
Leonor continuó con exaltación, y sin cuidarse de secar las gruesas lágrimas que corrían
por sus mejillas:
-Yo he hecho hasta aquí cuanto he podido, y me lisonjeaba de que Martín sería indultado;
parece que le temen mucho, cuando se niegan a perdonarle. Yo estoy cansada de imaginar
medios de evasión, y aun cuando me hallo dispuesta a sacrificarme por él, nada acierto a
combinar que sea realizable. Esta mañana, desesperada al oír la funesta noticia de que le
han puesto en capilla, no sé por qué he pensado en usted; dígame que he tenido una buena
inspiración. Usted me dijo, cuando estuvo aquí hace tiempo, que deseaba servir a Martín;
la ocasión ha llegado de manifestarle su agradecimiento. Ya ve usted que es tan noble, tan
valiente. ¡Y quieren matarlo!
-Yo, señorita -dijo-, estoy dispuesta a hacer lo que usted me diga por salvar a Martín.
-404-
-¡Pero si a mí nada se me ocurre, por Dios! -exclamó Leonor comprimiéndose la frente con
las manos-. Parece que las ideas se me escapan cuando creo haberlas concebido... A ver...
¿Por qué se me ocurrió que usted podría salvar a Martín...? ¡Ah! ¿No había un oficial de
policía que quiso casarse con usted?
-Es cierto.
-Sí.
-Ese joven debe amarla todavía; usted es demasiado bella para que él haya dejado de
amarla por un desaire, ¿no es así? Estoy segura de que él la ama. Pues bien, Martín está
preso en su cuartel y usted puede comprometerle a que facilite su evasión. Ofrezca usted
todo lo que sea necesario: dinero, empleos, mi padre ofrece cuanto le pidan. ¡No me
niegue usted este servicio, se lo agradeceré eternamente!
-Señorita -dijo Edelmira-, voy a hacer cuanto pueda; si usted consigue que Amador me
acompañe a ver a Ricardo, tal vez logremos salvar a Martín.
Leonor estrechó con frenesí a Edelmira, prodigándole los más tiernos cariños por aquella
respuesta.
-Vamos a ver a su hermano -dijo después de esto-, pues no tenemos tiempo que perder.
Amador apuraba la décima copa de un licor que le había ofrecido Agustín y fumaba
tendido un habano prensado de enorme largo, con la gravedad de un magnate que tiene
conciencia de su importancia.
Leonor explicó en pocas palabras el nuevo plan, y después de pedir a Amador que
acompañase a Edelmira, con insinuantes palabras se acercó a preguntar a Agustín por
el dinero que le había entregado.
El elegante puso con disimulo las treinta onzas en manos de Amador, cuyo rostro se
iluminó con indecible alegría.
-Por salvar a Martín, que ha sido mi amigo -dijo-, haré lo que usted guste, señorita.
-Tú los acompañarás para traerme la respuesta -dijo -405- Leonor a Agustín, llamándolo
aparte-; y no te mires en gastos. Si el oficial pone dificultades, dile que papá se encarga de
su porvenir; yo respondo de ello.
-Mándeme con Agustín la noticia del resultado -dijo a Edelmira al atravesar el patio-;
sólo espero en usted.
-Nada temas, hermanita -dijo Agustín-, aquí voy yo para arreglarlo todo; que la peste me
ahogue si no sacamos a ese pobre Martín de la prisión.
Despidiéronse en la puerta de calle, y Leonor entró a su cuarto. Allí se dejó caer sobre un
sofá, rendida de emoción y de zozobra.
- LXIII -
Gran sorpresa se pintó en el rostro de Ricardo Castaños cuando vio entrar a su habitación a
las tres personas que vimos salir en su busca de casa de don Dámaso Encina.
Ricardo Castaños pertenecía, como ha podido verse en el curso de esta historia, a esa clase
de enamorados que saben oponer a los desdenes de sus queridas la resignación que los
filósofos aconsejan en los contrastes de la vida. A pesar de haberse visto despreciado por
Edelmira, su amor vivía en su corazón y conservaba todo el vigor de los días en que había
estado próximo a unirse con la niña por lazos indisolubles. Así fue que, al verla entrar en la
pieza que ocupaba en el cuartel, los latidos de su corazón se aceleraron de tal manera, que
a la sorpresa que en sus ojos se pintaba, vino muy luego a unirse el rojo tinte que dieron a
sus mejillas las oleadas de sangre que el ímpetu del corazón les transmitía.
Confuso y sin acertar a formular palabras claras, ofreció -406- asiento a Edelmira y a los
dos jóvenes que la acompañaban.
Edelmira rompió el silencio que a la invitación de Ricardo había sucedido; con voz segura
y resuelta expresión de fisonomía, dijo:
-Aquí no hay escribano -dijo Amador riéndose-, habla no más, que no hemos de dar fe
después si lo que digas te perjudica.
-Esta señorita tiene razón -replicó Agustín-, yo soy partidario del tête-à-tête, y nosotros
podemos, entretanto, ir a fumar un cigarro.
Los dos jóvenes salieron y principiaron a pasearse en un corredor, sobre el cual abría la
puerta de la pieza del oficial.
Éste había quedado de pie, y buscaba en su imaginación algún cumplimiento para entablar
la conversación.
-Yo conozco que no me he conducido bien con usted, y me arrepiento de ello -prosiguió la
niña.
-¿Me ama usted todavía? -preguntó Edelmira, fijando en el joven una resuelta y penetrante
mirada.
-¡Vaya si la quiero! -exclamó Ricardo-, la prueba la tiene en que todos los días paso por su
casa por verla.
-Usted puede darme ahora una prueba que me convencerá más que todo.
-407-
-Pues si usted quiere probarme que me ama, es preciso que salve a Martín.
-¡Bonita cosa! ¿Para que usted lo siga queriendo? No, más bien que lo fusilen, y así se
acaba todo.
El oficial de policía pronunció estas palabras con un acento sombrío, que convenció a
Edelmira de que el amor de aquel hombre no se había entibiado.
-Pues si lo fusilan, jamás nos volveremos a ver usted y yo -díjole la niña levantándose de su
asiento.
-Pruébeme usted que no lo quiere, pues -exclamó con pasión Ricardo-. Si así fuese,
podríamos hablar.
Estas palabras hicieron vacilar al oficial algunos momentos, durante los cuales permaneció
en silencio.
-¡Cómo no!
-Entonces diré que quiero salvarlo porque lo he prometido a la hermana de Agustín; quien
ha venido para llevarle la noticia de lo que usted conteste.
-Sí.
-No.
-No me toca.
-Eso sí.
-Estando usted de guardia, le es muy fácil hacer fugarse a Martín, pagando al centinela para
que huya con él.
-¿Y quién me asegura que después que Martín esté libre usted cumpla su palabra?
-Lo juraré si usted quiere delante de testigos, en presencia de mi madre, que hasta hoy me
ha hablado de usted.
-408-
-Vea, Edelmira -dijo Ricardo después de reflexionar algunos segundos-, usted sabe que
yo la he querido y la quiero mucho. ¿Qué más quisiera yo que casarme con usted, pues?
Pero la condición que usted pone es muy dura; si dejo arrancarse a Martín, me pueden dar
de baja.
-No quiero decir eso, sino que perdiendo mi sueldo me quedo en la calle y la quiero
demasiado a usted para que me pudiese conformar con verla pobre a mi lado.
-Si es por eso no más, creo que no tiene usted por qué temer.
-¿Cómo pues?
-Si alguna persona rica, agradecida al servicio que le hiciera poniendo en libertad a Martín,
le prometiese hacerse cargo de su suerte, ¿tendría usted dificultad en acceder a lo que le
pido?
Edelmira llamó a Agustín, que en ese momento se hallaba con Amador cerca de la
puerta de la pieza.
-Quisiera que usted repitiese a este caballero lo que al salir nos encargó la señorita Leonor
- le dijo.
-¡Cáspita!, no es tan fácil. Mi hermana habló como un loro y yo no brillo por la buena
memoria -contestó el elegante.
-Sí, pero usted no puede haber olvidado -replicó Edelmira- lo que ella dijo para el caso
de que Ricardo perdiese su empleo.
-¡Ah...!, eso no; dijo que papá responde de todo, y Leonor puede decirlo porque ella lleva a
papá por la punta de la nariz.
Este tono confidencial de la que siempre se le había mostrado desdeñosa, hizo brillar de
alegría y de amor el rostro del oficial.
-Yo no digo que usted me engañe en eso -replicó-. Dígame no más que me cumple su
palabra de casarse conmigo y que no se quejará después si quedo pobre.
-Si Martín está libre mañana en la noche -contestó Edelmira, haciendo inauditos esfuerzos
por ocultar su emoción-, -409- estoy dispuesta a casarme con usted el día que quiera.
-Estará libre o pierdo mi nombre -dijo el oficial, apoderándose de una mano de Edelmira y
sellando con un ardiente beso aquella especie de juramento.
La niña le hizo repetir varias veces que no faltaría a su palabra, y Agustín se comprometió a
traer el dinero necesario para pagar al centinela que debía ayudar a la fuga.
Edelmira y Amador regresaron con Agustín a casa de don Dámaso, en donde Leonor les
esperaba, entregada a una inquietud muy cercana del delirio.
Cuando Edelmira le dijo que Martín se salvaría, Leonor dio un grito de contento y
tomándola entre sus brazos la colmó de locas caricias.
-¿Y cómo ha conseguido usted esto? -preguntó Leonor, sin notar que Edelmira, presa de un
profundo abatimiento, había ocultado su rostro para no dejar ver las lágrimas que lo
bañaban.
Leonor miró durante algunos momentos a Edelmira con una expresión indefinible; la
admiración y los celos que dormitan en el fondo de todo amor verdadero ocuparon al
mismo tiempo su alma. En esos momentos, que fueron muy rápidos, se dijo al
mismo tiempo: «Le ama tanto como yo» y «¡Pobre niña! ¡Tiene un corazón
angelical!».
Y como dijimos, aquel instante de involuntaria reflexión pasó con rapidez, porque Leonor
se arrojó enternecida en brazos de Edelmira.
-Dios sólo -le dijo- es capaz de recompensar a usted por tanta generosidad. Si algo vale
para usted mi eterno reconocimiento, acéptelo, Edelmira, y permítame ser su amiga.
Estas palabras, pronunciadas con todo el calor de un alma generosa, calmaron el llanto de
Edelmira y le devolvieron la serenidad.
-410-
Leonor repitió mil veces sus protestas de agradecimiento con aquellas palabras cariñosas
que las mujeres saben emplear en la efusión del corazón, y supo hacer olvidar a Edelmira
la diferencia social de sus condiciones respectivas.
En la mañana del día siguiente, Ricardo y Amador se presentaron en casa de don Dámaso
y arreglaron con Leonor y Agustín el plan de fuga que debía ejecutarse en la noche de ese
día.
- LXIV -
Martín, entretanto, daba un triste adiós a la vida y a los amores, esta segunda vida de la
juventud.
En ese adiós había, sin embargo, junto con la tristeza, la serena resignación del
valiente. Además, el amor ocupaba tan grande espacio en su alma, que más bien le
contristaba la idea de separarse de Leonor para siempre que la de perder la existencia
en la flor de sus años.
En esta disposición de espíritu, Rivas se había ocupado con calma de sus últimas
disposiciones. No poseía ningún bien, de modo que el cuidado de los intereses materiales
no le robó ninguno de los preciosos instantes que le quedaban.
Escribió, pues, una larga y sentida carta a su madre y a su hermana. Cada una de las frases
de esa carta tenía por objeto fortificar sus ánimos para la terrible prueba de dolor que las
esperaba.
«Acaso -le decía al concluir- la muerte no sea para mí un mal en las presentes
circunstancias. Obstáculos casi insuperables se me presentarían, si viviese, para realizar la
felicidad a que Leonor me ha dado el derecho de aspirar; y tal vez, combatiéndolos,
habría sufrido humillaciones demasiado crueles para mi corazón. Tengo confianza en -
411- Dios y no me falta valor; las puras bendiciones de ustedes me allanarán el camino
para comparecer ante el divino Juez».
Cerrada esta carta, pareciole que podía ocuparse ya enteramente de Leonor. Para hablarle
de su inmensa pasión le escribía la historia del modo como ella había nacido y
desarrolládose en su alma. Sencilla y tierna historia de enamorado, llena de ideales
aspiraciones, de ardientes amarguras borradas ya de la memoria con la dicha de los últimos
días. El trágico fin que aguardaba al protagonista era la única sombra de aquel cuadro
pintado con los diáfanos colores de la juventud y del amor. Martín lo retocaba con la
predilección del artista por su obra favorita, y añadía una frase de amor a las mil que la
esmaltaban, cuando la puerta de su calabozo se abrió en silencio.
Era la oración, y Martín vio entrar a un hombre embozado, que no pudo conocer al instante.
Éste se quitó el embozo al acercarse a la mesa en que Rivas escribía a la luz dudosa de una
negra vela de sebo.
-¿Qué objeto tiene esta visita, señor don Ricardo? -preguntó Martín con cierta altanería, al
reconocer a Ricardo Castaños.
«Todo está concertado para su fuga. Ricardo Castaños pagará al centinela, que enseñará a
usted el camino seguro para salir. Aproveche, pues, la ocasión, y tenga prudencia,
recordando que del éxito de este paso no sólo depende su vida, sino también la de su
amante
»Leonor Encina».
Martín levantó sobre Ricardo los ojos, en los que brillaba la esperanza, y al mismo
tiempo hizo ademán de guardar la carta.
-¿Por qué? -preguntó Martín, que guardaba como un tesoro las cartas de Leonor.
-412-
-Bueno -dijo Ricardo-, ahora yo me voy y usted no tiene más que salir; el soldado que
está de centinela lo llevará por un camino seguro.
-Una palabra -dijo Martín, acercándose a Ricardo-: usted me presta en este momento un
servicio que no me esperaba, y mucho menos de parte de usted, que me ha considerado
como su enemigo.
-¿Nada más que por eso? -preguntó Rivas-. Hablemos con franqueza: usted me ha creído
siempre su rival.
-Es cierto.
-Sin embargo, se ha engañado usted; jamás he hablado de amor a Edelmira, se lo
aseguro bajo mi palabra de honor.
-Cierto; y si antes creí que esta confesión, hecha por mí a usted, parecería humillante, ya
que usted se ha prestado a servirme, creo deber hacérsela sin indagar la causa que usted
haya tenido para ello. Si usted ama a esa niña -añadió Martín-, creo que esta confesión
destruirá los juicios que haya formado en contra de ella; entretanto, yo no tengo otro medio
de manifestarle mi agradecimiento que haciendo esta confesión y rogándole que acepte mi
amistad.
-Gracias -dijo con efusión Ricardo, estrechando la mano que le presentó Martín.
El oficial salió, dejando la puerta abierta, después de decir a Rivas que apagase la luz para
salir tras él.
En la fuga de Martín no hubo ninguna de las peripecias de que los novelistas se aprovechan
para excitar la curiosa imaginación de los lectores. El soldado que guardaba su calabozo
abandonó con él el puesto de su facción, condujo a Martín por pasadizos solitarios, hasta
llegar a un patio, igualmente solo, en donde, mediante el auxilio de una escalera, ambos
salvaron los tejados y bajaron a una calle.
Y se echó a andar por las calles, pensando en las onzas de oro que sonaban agradablemente
en sus bolsillos, después de haber sido entregadas a Ricardo Castaños por la torneada y
blanca mano de Leonor.
-413-
Rivas divisó a poca distancia del punto en que lo dejó el soldado un carruaje al que se
dirigió inmediatamente. Un hombre se adelantó a recibirle, diciéndole con voz bien
conocida:
-Mi hermana está allí, que te espera -añadió el elegante, señalando el carruaje.
-Estos momentos -dijo a Rivas, dejándole estrechar la mano que le pasó para saludarle- han
sido para mí de una inquietud mortal; a cada instante creía oír alguna voz de alarma.
-Vamos, es preciso montar y meternos en ruta -dijo Agustín-; el lugar este, tan cerca de la
prisión, no me parece de los más recreativos.
Leonor se sentó en uno de los asientos de atrás del coche y colocó a su lado a Rivas.
Agustín se sentó al frente de ellos.
-En un lugar cercano -dijo éste a Martín- tenemos esperándote un mozo con caballos que
te servirán mejor para tomar caminos excusados por si les da el capricho de perseguirte.
-Jamás podré pagar los servicios que ustedes me hacen -dijo Martín lleno de
reconocimiento.
-¿No hay en ellos algún egoísmo de mi parte, cuando salvándole a usted salvo también mi
felicidad amenazada de muerte? -le dijo con voz baja y dulcísima Leonor.
-Vaya -dijo, casi al mismo tiempo, Agustín-, qué dices tú de pagar, querido; somos
nosotros los que te estamos pagando lo que te debemos. ¿Te parece poco haberme
ahorrado la molestia de tener por cuñado a ese insaciable comedor de pesetas que se llama
Amador? Oye, querido, el adagio francés: Un bien fait n’est jamais perdu, ésa es la verdad.
Los tres bajaron del carruaje, y Agustín se dirigió a un hombre que se presentó a caballo
tirando otro de la rienda.
-Es preciso que aquí nos separemos -dijo Leonor a Rivas-; escríbame usted cada vez que le
sea posible. ¿Tendré necesidad de jurarle que pensaré en usted a toda hora?
-No, pero dígame otra vez, Leonor, que es verdad cuanto me ha sucedido en estos días; a
veces creo que todo ha sido un sueño. Sobre todo ese amor, al que jamás me atreví a aspirar
sino en la soledad de mi corazón.
-Y durará siempre, ¿no es verdad? -murmuró el joven estrechando con pasión las manos de
Leonor.
-Será el único de mi vida -dijo ella-. Y no crea que éste sea un juramento vano arrancado
por una pasajera afición; no he amado más que a usted en el mundo. ¡Quién me hubiera
dicho, cuando llegó usted a casa, que iba a amarle!
-¡Y yo -dijo Rivas-, que la miré a usted como una divinidad! ¡Ah Leonor, qué pequeño me
sentí ante la orgullosa altivez de la mirada con que usted contestó a mi saludo!
-¡Y cómo figurarse también -exclamó la niña con el acento alegre de una infantil
coquetería- que bajo el exterior de un pobre provinciano se ocultaba el corazón que
debía avasallarme! Martín, usted me ha castigado por mi orgullo, porque le amo ahora
demasiado.
Estas últimas palabras fueron pronunciadas con un acento de apasionada melancolía, que
formó un notable contraste con la viveza infantil de las primeras.
-Me arrepiento, al contrario, de no haberle dicho antes que le amaba -contestó la niña con la
misma melancolía.
-415-
-¡Qué importa, cuando con estas solas palabras me hace usted olvidar todo lo pasado! -
replicó Martín.
-Pero tenemos que separarnos, y yo me resigno a este sacrificio porque sé que se trata de la
vida de usted.
-Y yo también lo acepto gustoso porque sé, Leonor, que su recuerdo me alentará para
luchar con la mala suerte si ella me espera; porque sé también que mi perseverancia
tendrá una inmensa compensación cuando pueda volver a su lado y escuche de su boca
palabras como las que acabo de oír.
-Será preciso aplazar hasta entonces nuestra felicidad -dijo la niña, ahogando un suspiro
que le arrancaba la idea de que en pocos momentos más dejaría de oír la voz de su
amante.
-Y ese día llegará pronto, ¿no es verdad? -dijo Martín, a quien, después de olvidarse por un
instante de la separación que le esperaba, aquel suspiro de la niña despertó a la realidad de
su situación.
-¿Pronto? Sí, llegará pronto, porque yo no tendré sosiego hasta que consiga el perdón de la
sentencia que pesa sobre usted. Felizmente me siento con sobrada fuerza para vencer todos
los obstáculos: ni las negativas de mis padres, ni las necias habladurías del mundo me
arredrarán. ¿No se tratará de volvernos a ver? Ah, yo tendré fuerzas y valor para todo. ¿No
sabe, Martín, que sólo usted hasta hoy ha podido dominar mi voluntad? ¿Sabe usted que ha
hecho casi un milagro? Yo misma no lo comprendo; pero conozco que la voluntad de usted
será en adelante la mía, que sus deseos serán órdenes para mí y que únicamente me negaría
a obedecerle si usted me mandase dejarle de amar.
Rivas bajó del cielo a que esas palabras, dichas con el dulcísimo acento de la mujer
enamorada, habían elevado su alma, al oír la voz de Agustín, que se acercó diciéndoles:
-Vamos, Martín, amigo mío, es preciso que terminen los adioses y montes a caballo.
Para hacer esta advertencia, el elegante había fumado la mitad de un cigarro puro,
hablando con el de a caballo no lejos del coche y diciéndose de cuando en cuando: -416-
«Es preciso ser buen amigo y dejar que se den el último adiós en paz. ¡Cáspita, el pobre
muchacho ha sufrido bastante, según creo, para que yo le permita este ligero recreativo!».
Leonor se cubrió el rostro con las manos y dio libre curso a las lágrimas que durante
aquella conversación había contenido a duras penas.
-Nosotros trabajaremos acá por ti, querido -díjole Agustín-; ten cuidado no más que no te
atrapen antes de salir de Valparaíso. El mozo que te acompaña lleva una maleta para ti con
un ligero equipaje; allí encontrarás cartas de recomendación para ciertos comerciantes de
Lima, amigos de papá, y además los realillos que necesitas para los gastos de viaje y los
primeros que tengas que hacer en Lima; lo demás está previsto en las cartas de que te
hablo; vamos, todavía adiós, y buena fortuna; ¡en ruta!
Estrecharon sus manos con cordial afecto los dos jóvenes, y Martín emprendió el galope
después de dar una mirada de despedida a Leonor, que, inmóvil al pie del carruaje, ocultaba
entre las manos su rostro bañado en lágrimas.
- LXV -
Cinco meses de ausencia, mi querida Mercedes, parece que en vez de entibiar han
aumentado el amor profundo que alimenta mi pecho. He vuelto a ver a Leonor, más bella,
más amante que nunca. La orgullosa niña que -417- saludó con tan soberano desprecio al
pobre mozo que llegaba de una provincia a solicitar el favor de su familia, tiene ahora para
tu hermano tesoros de amor que le deslumbran y hacen caer de rodillas ante su mirada
angelical. Son los mismos ojos cuya mirada bastaba para hacerme palidecer los que me
prestan ahora sus divinos fulgores para lanzar mi alma palpitante en las indefinibles
regiones de la pasión más pura y más ardiente a un mismo tiempo; es la misma frente
majestuosa que se inclina ahora ante mis ojos con la poética sumisión de amorosa solicitud;
los mismos rosados labios, desdeñosos antes, que ahora me sonríen y articulan los castos
juramentos que afianzarán nuestra unión; es, en fin, querida mía, la bella, la imponente
Leonor de antes, transfigurada por la misteriosa influencia del amor.
»Desde Lima te referí con prolija minuciosidad la vida que llevé en Santiago desde el día
de mi llegada. En esas cartas predominaba el egoísmo del que quiere, trazando sus
recuerdos, evocar a todas horas el pasado, para olvidar la tristeza del presente. Gracias,
pues, a ese egoísmo, conoces a todos los personajes que han intervenido en mis acciones y
quiero completar mi obra diciéndote el estado en que los encuentro a mi vuelta.
»Agustín, siempre elegante y amigo de las frases a la francesa, se ha casado hace pocos
días con Matilde, su prima; hablándome de su felicidad, me dijo estas textuales palabras:
‘Somos felices como dos ángeles, nos amamos a la locura’.
»Fui al día siguiente de mi llegada a ésta, día domingo, a la Alameda; yo daba el brazo a
Leonor, lo cual bastará para que fácilmente te figures el orgullo de que me sentía
dominado. A poco andar divisamos una pareja que caminaba en dirección opuesta a la que
llevábamos; pronto reconocí a Ricardo Castaños, que con aire triunfal daba el brazo a
Edelmira. Nos acercamos a ellos y hablamos largo rato. Después de la conversación, me
pregunté si era feliz esa pobre niña, nacida en una esfera social inferior a los sentimientos
que abrigaba antes en su pecho, y no he acertado a darme una respuesta satisfactoria, pues
la tranquilidad y aun alegría que noté en sus palabras las desmentía la melancólica
expresión de sus ojos. Acaso, -418- me digo ahora, Edelmira ha consagrado su vida a la
felicidad del hombre a quien su noble corazón la ha unido; y para quien, como yo, conoce
la nobleza de su alma, ésta es la contestación que tiene más probabilidades de verdadera.
»Para informarte de una vez de todo lo relativo a esta familia, te diré que he sabido por
Agustín que la hermana de Edelmira, Adelaida, se ha casado con un alemán, dependiente
de una carrocería; que Amador anda ahora oculto y perseguido por sus acreedores, que han
resuelto alojarlo en la cárcel, y que doña Bernarda vive al lado de Edelmira y cultiva con
más ardor que nunca su pasión a los naipes y a la mistela.
»Una de mis primeras visitas ha sido consagrada a la tía de Rafael. La pobre señora me
refirió, con los ojos llenos de lágrimas, los pasos que su hermano don Pedro dio para
encontrar el cadáver de mi desventurado amigo. Salí de esa casa con el corazón
despedazado, después de visitar las habitaciones de Rafael, que su tía conserva tales como
las dejamos en la noche del 19 de abril. Ésta es la única nube que empaña mi felicidad. La
vigorosa hidalguía de Rafael, su noble y varonil corazón, vivirán eternamente en mi
memoria; no puedo pensar, sin profundo sentimiento, en la pérdida de tan rica organización
moral. La desgracia, que había dado a sus ojos la melancólica expresión que dominaba en
su fisonomía, no tuvo fuerzas para abatir los nobles instintos de su alma. ¡Y almas como
ésas no deben llevarse tan pronto al cielo las elevadas dotes que pueden fructificar en la
tierra! En el corazón de ese amante desesperado, la voz de la libertad había hecho nacer
otro mundo de amor, en el que pasaban, como lejanas sombras, las melancolías del
primero.
Mi cariño a la memoria de Rafael lo comprenderás en toda su extensión, querida hermana,
cuando te diga que con Leonor hablo tanto de él como de nuestros proyectos de felicidad.
»En fin, mi querida Mercedes, si me dejase llevar del deseo, te describiría una a una las
escenas en que oigo palabras llenas de una ternura indecible, de esas que sólo ustedes, las
mujeres, saben decir cuando aman. Pero así, esta carta no terminaría nunca y el correo se
marcha hoy.
»Martín».
Quince días después de enviar esta carta, escribió otra Rivas a su hermana, participándole
su enlace con Leonor. Esa carta era menos expansiva que la anterior.
-420-
Don Dámaso Encina encomendó a Martín la dirección de sus asuntos, para entregarse, con
más libertad de espíritu, a las fluctuaciones políticas que esperaba le diesen algún día el
sillón de Senador. Pertenecía a la numerosa familia que una ingeniosa expresión califica
con el nombre de tejedores honrados, en los cuales la falta de convicciones se condecora
con el título acatado de moderación.
FIN
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