Dominus Iesus
Dominus Iesus
6 - Agosto - 2000
Introducción
1.
El Señor Jesús, antes de ascender al cielo, confió a sus discípulos el mandato de anunciar el
Evangelio al mundo entero y de bautizar a todas las naciones: "Id al mundo entero y proclamad el
Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será
condenado" (Mc 16,15-16); "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y
haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,18-20; cf. también Lc 24,46-48; Jn 17,18; 20,21; Hch
1,8).La misión universal de la Iglesia nace del mandato de Jesucristo y se cumple en el curso de los
siglos en la proclamación del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y del misterio de la
encarnación del Hijo, como evento de salvación para toda la humanidad. Es éste el contenido
fundamental de la profesión de fe cristiana: "Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador
de cielo y tierra [...]. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes
de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no
creado, consustancial con el Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres y por
nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se
hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato: padeció y fue
sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha
del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.
Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo
recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una,
santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados.
Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro".(1)
2.
3.
En la práctica y profundización teórica del diálogo entre la fe cristiana y las otras tradiciones
religiosas surgen cuestiones nuevas, las cuales se trata de afrontar recorriendo nuevas pistas de
búsqueda, adelantando propuestas y sugiriendo comportamientos, que necesitan un cuidadoso
discernimiento. En esta búsqueda, la presente Declaración interviene para llamar la atención de
los Obispos, de los teólogos y de todos los fieles católicos sobre algunos contenidos doctrinales
imprescindibles, que puedan ayudar a que la reflexión teológica madure soluciones conformes al
dato de la fe, que respondan a las urgencias culturales contemporáneas. El lenguaje expositivo de
la Declaración responde a su finalidad, que no es la de tratar en modo orgánico la problemática
relativa a la unicidad y universalidad salvífica del misterio de Jesucristo y de la Iglesia, ni el
proponer soluciones a las cuestiones teológicas libremente disputadas, sino la de exponer
nuevamente la doctrina de la fe católica al respecto. Al mismo tiempo la Declaración quiere indicar
algunos problemas fundamentales que quedan abiertos para ulteriores profundizaciones, y
confutar determinadas posiciones erróneas o ambiguas. Por eso el texto retoma la doctrina
enseñada en documentos precedentes del Magisterio, con la intención de corroborar las verdades
que forman parte del patrimonio de la fe de la Iglesia.
4.
El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativistas,
que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de
principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo, verdades tales como el carácter
definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a
la creencia en las otra religiones, el carácter inspirado de los libros de la Sagrada Escritura, la
unidad personal entre el Verbo eterno y Jesús de Nazaret, la unidad entre la economía del Verbo
encarnado y del Espíritu Santo, la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la
mediación salvífica universal de la Iglesia, la inseparabilidad -aun en la distinción- entre el Reino de
Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia, la subsistencia en la Iglesia católica de la única Iglesia de
Cristo.Las raíces de estas afirmaciones hay que buscarlas en algunos presupuestos, ya sean de
naturaleza filosófica o teológica, que obstaculizan la inteligencia y la acogida de la verdad
revelada. Se pueden señalar algunos: la convicción de la inaferrablilidad y la inefabilidad de la
verdad divina, ni siquiera por parte de la revelación cristiana; la actitud relativista con relación a la
verdad, en virtud de lo cual aquello que es verdad para algunos no lo es para otros; la
contraposición radical entre la mentalidad lógica atribuida a Occidente y la mentalidad simbólica
atribuida a Oriente; el subjetivismo de quien, considerando la razón como única fuente de
conocimiento, se hace "incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la
verdad del ser";(8) la dificultad de comprender y acoger en la historia la presencia de eventos
definitivos y escatológicos; el vaciamiento metafísico del evento de la encarnación histórica del
Logos eterno, reducido a un mero aparecer de Dios en la historia; el eclecticismo de quien, en la
búsqueda teológica, asume ideas derivadas de diferentes contextos filosóficos y religiosos, sin
preocuparse de su coherencia y conexión sistemática, ni de su compatibilidad con la verdad
cristiana; la tendencia, en fin, a leer e interpretar la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y del
Magisterio de la Iglesia.
Sobre la base de tales presupuestos, que se presentan con matices diversos, unas veces como
afirmaciones y otras como hipótesis, se elaboran algunas propuestas teológicas en las cuales la
revelación cristiana y el misterio de Jesucristo y de la Iglesia pierden su carácter de verdad
absoluta y de universalidad salvífica, o al menos se arroja sobre ellos la sombra de la duda y de la
inseguridad.
5.
Para poner remedio a esta mentalidad relativista, cada vez más difundida, es necesario reiterar,
ante todo, el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo. Debe ser, en efecto,
firmemente creída la afirmación de que en el misterio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, el
cual es "el camino, la verdad y la vida" (cf. Jn 14,6), se da la revelación de la plenitud de la verdad
divina: "Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y
aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11,27). "A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único,
que está en el seno del Padre, él lo ha revelado" (Jn 1,18); "porque en él reside toda la Plenitud de
la Divinidad corporalmente" (Col 2,9-10).Fiel a la palabra de Dios, el Concilio Vaticano II enseña:
"La verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la
revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación".(9) Y confirma:
"Jesucristo, el Verbo hecho carne, "hombre enviado a los hombres", habla palabras de Dios (Jn
3,34) y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió (cf. Jn 5,36; 17,4). Por tanto,
Jesucristo -ver al cual es ver al Padre (cf. Jn 14,9)-, con su total presencia y manifestación, con
palabras y obras, señales y milagros, sobre todo con su muerte y resurrección gloriosa de entre los
muertos, y finalmente, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la
confirma con el testimonio divino [...]. La economía cristiana, como la alianza nueva y definitiva,
nunca cesará; y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa
manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tm 6,14; Tit 2,13)".(10)
Por esto la encíclica Redemptoris missio propone nuevamente a la Iglesia la tarea de proclamar el
Evangelio, como plenitud de la verdad: "En esta Palabra definitiva de su revelación, Dios se ha
dado a conocer del modo más completo; ha dicho a la humanidad quién es. Esta autorrevelación
definitiva de Dios es el motivo fundamental por el que la Iglesia es misionera por naturaleza. Ella
no puede dejar de proclamar el Evangelio, es decir, la plenitud de la verdad que Dios nos ha dado
a conocer sobre sí mismo".(11) Sólo la revelación de Jesucristo, por lo tanto, "introduce en nuestra
historia una verdad universal y última que induce a la mente del hombre a no pararse nunca".(12)
6.
Es, por lo tanto, contraria a la fe de la Iglesia la tesis del carácter limitado, incompleto e imperfecto
de la revelación de Jesucristo, que sería complementaria a la presente en las otras religiones. La
razón que está a la base de esta aserción pretendería fundarse sobre el hecho de que la verdad
acerca de Dios no podría ser acogida y manifestada en su globalidad y plenitud por ninguna
religión histórica, por lo tanto, tampoco por el cristianismo ni por Jesucristo.Esta posición
contradice radicalmente las precedentes afirmaciones de fe, según las cuales en Jesucristo se da la
plena y completa revelación del misterio salvífico de Dios. Por lo tanto, las palabras, las obras y la
totalidad del evento histórico de Jesús, aun siendo limitados en cuanto realidades humanas, sin
embargo, tienen como fuente la Persona divina del Verbo encarnado, "verdadero Dios y verdadero
hombre"(13) y por eso llevan en sí la definitividad y la plenitud de la revelación de las vías
salvíficas de Dios, aunque la profundidad del misterio divino en sí mismo siga siendo trascendente
e inagotable. La verdad sobre Dios no es abolida o reducida porque sea dicha en lenguaje humano.
Ella, en cambio, sigue siendo única, plena y completa porque quien habla y actúa es el Hijo de Dios
encarnado. Por esto la fe exige que se profese que el Verbo hecho carne, en todo su misterio, que
va desde la encarnación a la glorificación, es la fuente, participada mas real, y el cumplimiento de
toda la revelación salvífica de Dios a la humanidad,(14) y que el Espíritu Santo, que es el Espíritu de
Cristo, enseña a los Apóstoles, y por medio de ellos a toda la Iglesia de todos los tiempos, "la
verdad completa" (Jn 16,13).
7.
La respuesta adecuada a la revelación de Dios es "la obediencia de la fe (Rm 1,5: Cf. Rm 16,26; 2
Co 10,5-6), por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando "a Dios revelador el
homenaje del entendimiento y de la voluntad", y asistiendo voluntariamente a la revelación hecha
por Él".(15) La fe es un don de la gracia: "Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que
previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte
a Dios, abre los ojos de la mente y da "a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad"".(16) La
obediencia de la fe conduce a la acogida de la verdad de la revelación de Cristo, garantizada por
Dios, quien es la Verdad misma;(17) "La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios;
es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha
revelado".(18) La fe, por lo tanto, "don de Dios" y "virtud sobrenatural infundida por Él",(19)
implica una doble adhesión: a Dios que revela y a la verdad revelada por él, en virtud de la
confianza que se le concede a la persona que la afirma. Por esto "no debemos creer en ningún
otro que no sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo".(20)
Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las
otras religiones. Si la fe es la acogida en la gracia de la verdad revelada, que "permite penetrar en
el misterio, favoreciendo su comprensión coherente",(21) la creencia en las otras religiones es esa
totalidad de experiencia y pensamiento que constituyen los tesoros humanos de sabiduría y
religiosidad, que el hombre, en su búsqueda de la verdad, ha ideado y creado en su referencia a lo
Divino y al Absoluto.(22)
Non siempre tal distinción es tenida en consideración en la reflexión actual, por lo cual a menudo
se identifica la fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la
creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad
absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por
los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y las
otras religiones.
8.
Se propone también la hipótesis acerca del valor inspirado de los textos sagrados de otras
religiones. Ciertamente es necesario reconocer que tales textos contienen elementos gracias a los
cuales multitud de personas a través de los siglos han podido y todavía hoy pueden alimentar y
conservar su relación religiosa con Dios. Por esto, considerando tanto los modos de actuar como
los preceptos y las doctrinas de las otras religiones, el Concilio Vaticano II -como se ha recordado
antes- afirma que "por más que discrepen en mucho de lo que ella [la Iglesia] profesa y enseña, no
pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres".(23) La
tradición de la Iglesia, sin embargo, reserva la calificación de textos inspirados a los libros
canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento, en cuanto inspirados por el Espíritu Santo.(24)
Recogiendo esta tradición, la Constitución dogmática sobre la divina Revelación del Concilio
Vaticano II enseña: "La santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los
libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la
inspiración del Espíritu Santo (cf. Jn 20, 31; 2 Tm 3,16; 2 Pe 1,19-21; 3,15-16), tienen a Dios como
autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia".(25) Esos libros "enseñan firmemente,
con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras de nuestra
salvación".(26)
Sin embargo, queriendo llamar a sí a todas las gentes en Cristo y comunicarles la plenitud de su
revelación y de su amor, Dios no deja de hacerse presente en muchos modos "no sólo en cada
individuo, sino también en los pueblos mediante sus riquezas espirituales, cuya expresión principal
y esencial son las religiones, aunque contengan "lagunas, insuficiencias y errores"".(27) Por lo
tanto, los libros sagrados de otras religiones, que de hecho alimentan y guían la existencia de sus
seguidores, reciben del misterio de Cristo aquellos elementos de bondad y gracia que están en
ellos presentes.
II. El Logos Encarnado y el Espíritu Santo
en la Obra de la Salvación
9.
10.
Estas tesis contrastan profundamente con la fe cristiana. Debe ser, en efecto, firmemente creída la
doctrina de fe que proclama que Jesús de Nazaret, hijo de María, y solamente él, es el Hijo y Verbo
del Padre. El Verbo, que "estaba en el principio con Dios" (Jn 1,2), es el mismo que "se hizo carne"
(Jn 1,14). En Jesús "el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,16) "reside toda la Plenitud de la
Divinidad corporalmente" (Col 2,9). Él es "el Hijo único, que está en el seno del Padre" (Jn 1,18), el
"Hijo de su amor, en quien tenemos la redención [...]. Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la
plenitud, y reconciliar con él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz,
lo que hay en la tierra y en los cielos" (Col 1,13-14.19-20).Fiel a las Sagradas Escrituras y refutando
interpretaciones erróneas y reductoras, el primer Concilio de Nicea definió solemnemente su fe en
"Jesucristo Hijo de Dios, nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de
Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre,
por quien todas las cosas fueron hechas, las que hay en el cielo y las que hay en la tierra, que por
nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió y se encarnó, se hizo hombre, padeció, y
resucitó al tercer día, subió a los cielos, y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos".(28)
Siguiendo las enseñanzas de los Padres, también el Concilio de Calcedonia profesó que "uno solo y
el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, es él mismo perfecto en divinidad y perfecto en
humanidad, Dios verdaderamente, y verdaderamente hombre [...], consustancial con el Padre en
cuanto a la divinidad, y consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad [...], engendrado por
el Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y
por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la
humanidad".(29)
Por esto, el Concilio Vaticano II afirma que Cristo "nuevo Adán", "imagen de Dios invisible" (Col
1,15), "es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza
divina, deformada por el primer pecado [...]. Cordero inocente, con la entrega libérrima de su
sangre nos mereció la vida. En Él Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la
esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El
Hijo de Dios "me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2,20)".(30)
Es también contrario a la fe católica introducir una separación entre la acción salvífica del Logos en
cuanto tal, y la del Verbo hecho carne. Con la encarnación, todas las acciones salvíficas del Verbo
de Dios, se hacen siempre en unión con la naturaleza humana que él ha asumido para la salvación
de todos los hombres. El único sujeto que obra en las dos naturalezas, divina y humana, es la única
persona del Verbo.(32)
Por lo tanto no es compatible con la doctrina de la Iglesia la teoría que atribuye una actividad
salvífica al Logos como tal en su divinidad, que se ejercitaría "más allá" de la humanidad de Cristo,
también después de la encarnación.(33)
11.
Hay también quien propone la hipótesis de una economía del Espíritu Santo con un carácter más
universal que la del Verbo encarnado, crucificado y resucitado. También esta afirmación es
contraria a la fe católica, que, en cambio, considera la encarnación salvífica del Verbo como un
evento trinitario. En el Nuevo Testamento el misterio de Jesús, Verbo encarnado, constituye el
lugar de la presencia del Espíritu Santo y la razón de su efusión a la humanidad, no sólo en los
tiempos mesiánicos (cf. Hch 2,32‑36; Jn 20,20; 7,39; 1 Co 15,45), sino también antes de su
venida en la historia (cf. 1 Co 10,4; 1 Pe 1,10-12).El Concilio Vaticano II ha llamado la atención de la
conciencia de fe de la Iglesia sobre esta verdad fundamental. Cuando expone el plan salvífico del
Padre para toda la humanidad, el Concilio conecta estrechamente desde el inicio el misterio de
Cristo con el del Espíritu.(35) Toda la obra de edificación de la Iglesia a través de los siglos se ve
como una realización de Jesucristo Cabeza en comunión con su Espíritu.(36)
Además, la acción salvífica de Jesucristo, con y por medio de su Espíritu, se extiende más allá de
los confines visibles de la Iglesia y alcanza a toda la humanidad. Hablando del misterio pascual, en
el cual Cristo asocia vitalmente al creyente a sí mismo en el Espíritu Santo, y le da la esperanza de
la resurrección, el Concilio afirma: "Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para
todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo
murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En
consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la
forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual".(37)
Queda claro, por lo tanto, el vínculo entre el misterio salvífico del Verbo encarnado y el del Espíritu
Santo, que actúa el influjo salvífico del Hijo hecho hombre en la vida de todos los hombres,
llamados por Dios a una única meta, ya sea que hayan precedido históricamente al Verbo hecho
hombre, o que vivan después de su venida en la historia: de todos ellos es animador el Espíritu del
Padre, que el Hijo del hombre dona libremente (cf. Jn 3,34).
Por eso el Magisterio reciente de la Iglesia ha llamado la atención con firmeza y claridad sobre la
verdad de una única economía divina: "La presencia y la actividad del Espíritu no afectan
únicamente a los individuos, sino también a la sociedad, a la historia, a los pueblos, a las culturas y
a las religiones [...]. Cristo resucitado obra ya por la virtud de su Espíritu [...]. Es también el Espíritu
quien esparce "las semillas de la Palabra" presentes en los ritos y culturas, y los prepara para su
madurez en Cristo".(38) Aun reconociendo la función histórico-salvífica del Espíritu en todo el
universo y en la historia de la humanidad,(39) sin embargo confirma: "Este Espíritu es el mismo
que se ha hecho presente en la encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y que
actúa en la Iglesia. No es, por consiguiente, algo alternativo a Cristo, ni viene a llenar una especie
de vacío, como a veces se da por hipótesis, que exista entre Cristo y el Logos. Todo lo que el
Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones,
tiene un papel de preparación evangélica, y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo
encarnado por obra del Espíritu, "para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas
las cosas"".(40)
En conclusión, la acción del Espíritu no está fuera o al lado de la acción de Cristo. Se trata de una
sola economía salvífica de Dios Uno y Trino, realizada en el misterio de la encarnación, muerte y
resurrección del Hijo de Dios, llevada a cabo con la cooperación del Espíritu Santo y extendida en
su alcance salvífico a toda la humanidad y a todo el universo: "Los hombres, pues, no pueden
entrar en comunión con Dios si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu".(41)
13.
Es también frecuente la tesis que niega la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de
Jesucristo. Esta posición no tiene ningún fundamento bíblico. En efecto, debe ser firmemente
creída, como dato perenne de la fe de la Iglesia, la proclamación de Jesucristo, Hijo de Dios, Señor
y único salvador, que en su evento de encarnación, muerte y resurrección ha llevado a
cumplimiento la historia de la salvación, que tiene en él su plenitud y su centro.Los testimonios
neotestamentarios lo certifican con claridad: "El Padre envió a su Hijo, como salvador del mundo"
(1 Jn 4,14); "He aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29). En su discurso
ante el sanedrín, Pedro, para justificar la curación del tullido de nacimiento realizada en el nombre
de Jesús (cf. Hch 3,1-8), proclama: "Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres
por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4,12). El mismo apóstol añade además que
"Jesucristo es el Señor de todos"; "está constituido por Dios juez de vivos y muertos"; por lo cual
"todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados" (Hch 10,36.42.43).
Pablo, dirigiéndose a la comunidad de Corinto, escribe: "Pues aun cuando se les dé el nombre de
dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de señores, para
nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual
somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros" (1
Co 8,5-6). También el apóstol Juan afirma: "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo
único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha
enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn 3,16-
17). En el Nuevo Testamento, la voluntad salvífica universal de Dios está estrechamente conectada
con la única mediación de Cristo: "[Dios] quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios
y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos"
(1 Tm 2,4-6).
Basados en esta conciencia del don de la salvación, único y universal, ofrecido por el Padre por
medio de Jesucristo en el Espíritu Santo (cf. Ef 1,3-14), los primeros cristianos se dirigieron a Israel
mostrando que el cumplimiento de la salvación iba más allá de la Ley, y afrontaron después al
mundo pagano de entonces, que aspiraba a la salvación a través de una pluralidad de dioses
salvadores. Este patrimonio de la fe ha sido propuesto una vez más por el Magisterio de la Iglesia:
"Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos (cf. 2 Co 5,15), da al hombre su luz y su
fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido
dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea posible salvarse (cf. Hch 4,12).
Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y
Maestro".(42)
14.
Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica que la voluntad salvífica
universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la
encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios. Teniendo en cuenta este dato de fe, y
meditando sobre la presencia de otras experiencias religiosas no cristianas y sobre su significado
en el plan salvífico de Dios, la teología está hoy invitada a explorar si es posible, y en qué medida,
que también figuras y elementos positivos de otras religiones puedan entrar en el plan divino de la
salvación. En esta tarea de reflexión la investigación teológica tiene ante sí un extenso campo de
trabajo bajo la guía del Magisterio de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en efecto, afirmó que "la
única mediación del Redentor no excluye, sino suscita en sus criaturas una múltiple cooperación
que participa de la fuente única".(43) Se debe profundizar el contenido de esta mediación
participada, siempre bajo la norma del principio de la única mediación de Cristo: "Aun cuando no
se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado
y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y
complementarias".(44) No obstante, serían contrarias a la fe cristiana y católica aquellas
propuestas de solución que contemplen una acción salvífica de Dios fuera de la única mediación
de Cristo.
15.
No pocas veces algunos proponen que en teología se eviten términos como "unicidad",
"universalidad", "absolutez", cuyo uso daría la impresión de un énfasis excesivo acerca del valor
del evento salvífico de Jesucristo con relación a las otras religiones. En realidad, con este lenguaje
se expresa simplemente la fidelidad al dato revelado, pues constituye un desarrollo de las fuentes
mismas de la fe. Desde el inicio, en efecto, la comunidad de los creyentes ha reconocido que
Jesucristo posee una tal valencia salvífica, que Él sólo, como Hijo de Dios hecho hombre,
crucificado y resucitado, en virtud de la misión recibida del Padre y en la potencia del Espíritu
Santo, tiene el objetivo de donar la revelación (cf. Mt 11,27) y la vida divina (cf. Jn 1,12; 5,25-26;
17,2) a toda la humanidad y a cada hombre.En este sentido se puede y se debe decir que
Jesucristo tiene, para el género humano y su historia, un significado y un valor singular y único,
sólo de él propio, exclusivo, universal y absoluto. Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios hecho
hombre para la salvación de todos. Recogiendo esta conciencia de fe, el Concilio Vaticano II
enseña: "El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto,
salvará a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, "punto de
convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización", centro de la
humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Él es aquel a quien el
Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos".(45) "Es
precisamente esta singularidad única de Cristo la que le confiere un significado absoluto y
universal, por lo cual, mientras está en la historia, es el centro y el fin de la misma: "Yo soy el Alfa y
la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin" (Ap 22,13)".(46)
16.
El Señor Jesús, único salvador, no estableció una simple comunidad de discípulos, sino que
constituyó a la Iglesia como misterio salvífico: Él mismo está en la Iglesia y la Iglesia está en Él (cf.
Jn 15,1ss; Ga 3,28; Ef 4,15-16; Hch 9,5); por eso, la plenitud del misterio salvífico de Cristo
pertenece también a la Iglesia, inseparablemente unida a su Señor. Jesucristo, en efecto, continúa
su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la Iglesia (cf. Col 1,24-27),(47) que es
su cuerpo (cf. 1 Co 12, 12-13.27; Col 1,18).(48) Y así como la cabeza y los miembros de un cuerpo
vivo aunque no se identifiquen son inseparables, Cristo y la Iglesia no se pueden confundir pero
tampoco separar, y constituyen un único "Cristo total".(49) Esta misma inseparabilidad se expresa
también en el Nuevo Testamento mediante la analogía de la Iglesia como Esposa de Cristo (cf. 2
Cor 11,2; Ef 5,25-29; Ap 21,2.9).(50) Por eso, en conexión con la unicidad y la universalidad de la
mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la
unicidad de la Iglesia por él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola
es su Esposa: "una sola Iglesia católica y apostólica".(51) Además, las promesas del Señor de no
abandonar jamás a su Iglesia (cf. Mt 16,18; 28,20) y de guiarla con su Espíritu (cf. Jn 16,13)
implican que, según la fe católica, la unicidad y la unidad, como todo lo que pertenece a la
integridad de la Iglesia, nunca faltaran.(52)
Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica -radicada en la sucesión
apostólica-(53) entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia católica: "Esta es la única Iglesia de
Cristo [...] que nuestro Salvador confió después de su resurrección a Pedro para que la apacentara
(Jn 24,17), confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt 28,18ss.), y la
erigió para siempre como "columna y fundamento de la verdad" (1 Tm 3,15). Esta Iglesia,
constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste [subsistit in] en la Iglesia
católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él".(54) Con la
expresión "subsitit in", el Concilio Vaticano II quiere armonizar dos afirmaciones doctrinales: por
un lado que la Iglesia de Cristo, no obstante las divisiones entre los cristianos, sigue existiendo
plenamente sólo en la Iglesia católica, y por otro lado que "fuera de su estructura visible pueden
encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad",(55) ya sea en las Iglesias que en las
Comunidades eclesiales separadas de la Iglesia católica.(56) Sin embargo, respecto a estas últimas,
es necesario afirmar que su eficacia "deriva de la misma plenitud de gracia y verdad que fue
confiada a la Iglesia católica".(57)
17.
Existe, por lo tanto, una única Iglesia de Cristo, que subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el
Sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él.(58) Las Iglesias que no están en perfecta
comunión con la Iglesia católica pero se mantienen unidas a ella por medio de vínculos
estrechísimos como la sucesión apostólica y la Eucaristía válidamente consagrada, son verdaderas
iglesias particulares.(59) Por eso, también en estas Iglesias está presente y operante la Iglesia de
Cristo, si bien falte la plena comunión con la Iglesia católica al rehusar la doctrina católica del
Primado, que por voluntad de Dios posee y ejercita objetivamente sobre toda la Iglesia el Obispo
de Roma.(60) Por el contrario, las Comunidades eclesiales que no han conservado el Episcopado
válido y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico,(61) no son Iglesia en sentido
propio; sin embargo, los bautizados en estas Comunidades, por el Bautismo han sido incorporados
a Cristo y, por lo tanto, están en una cierta comunión, si bien imperfecta, con la Iglesia.(62) En
efecto, el Bautismo en sí tiende al completo desarrollo de la vida en Cristo mediante la íntegra
profesión de fe, la Eucaristía y la plena comunión en la Iglesia.(63)
"Por lo tanto, los fieles no pueden imaginarse la Iglesia de Cristo como la suma -diferenciada y de
alguna manera unitaria al mismo tiempo- de las Iglesias y Comunidades eclesiales; ni tienen la
facultad de pensar que la Iglesia de Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por lo tanto, deba
ser objeto de búsqueda por parte de todas las Iglesias y Comunidades".(64) En efecto, "los
elementos de esta Iglesia ya dada existen juntos y en plenitud en la Iglesia católica, y sin esta
plenitud en las otras Comunidades".(65) "Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y
Comunidades separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el
misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios
de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la
Iglesia".(66)
La falta de unidad entre los cristianos es ciertamente una herida para la Iglesia; no en el sentido de
quedar privada de su unidad, sino "en cuanto obstáculo para la realización plena de su
universalidad en la historia".(67)
18.
La misión de la Iglesia es "anunciar el Reino de Cristo y de Dios, establecerlo en medio de todas las
gentes; [la Iglesia] constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino".(68) Por un lado la
Iglesia es "sacramento, esto es, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de
todo el género humano";(69) ella es, por lo tanto, signo e instrumento del Reino: llamada a
anunciarlo y a instaurarlo. Por otro lado, la Iglesia es el "pueblo reunido por la unidad del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo";(70) ella es, por lo tanto, el "reino de Cristo, presente ya en el
misterio",(71) constituyendo, así, su germen e inicio. El Reino de Dios tiene, en efecto, una
dimensión escatológica: Es una realidad presente en el tiempo, pero su definitiva realización
llegará con el fin y el cumplimiento de la historia.(72) De los textos bíblicos y de los testimonios
patrísticos, así como de los documentos del Magisterio de la Iglesia no se deducen significados
unívocos para las expresiones Reino de los Cielos, Reino de Dios y Reino de Cristo, ni de la relación
de los mismos con la Iglesia, ella misma misterio que no puede ser totalmente encerrado en un
concepto humano. Pueden existir, por lo tanto, diversas explicaciones teológicas sobre estos
argumentos. Sin embargo, ninguna de estas posibles explicaciones puede negar o vaciar de
contenido en modo alguno la íntima conexión entre Cristo, el Reino y la Iglesia. En efecto, "el
Reino de Dios que conocemos por la Revelación, no puede ser separado ni de Cristo ni de la
Iglesia... Si se separa el Reino de la persona de Jesús, no es éste ya el Reino de Dios revelado por
él, y se termina por distorsionar tanto el significado del Reino -que corre el riesgo de
transformarse en un objetivo puramente humano e ideológico- como la identidad de Cristo, que
no aparece como el Señor, al cual debe someterse todo (cf. 1 Co 15,27); asimismo, el Reino no
puede ser separado de la Iglesia. Ciertamente, ésta no es un fin en sí misma, ya que está ordenada
al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento. Sin embargo, a la vez que se distingue
de Cristo y del Reino, está indisolublemente unida a ambos".(73)
19.
Afirmar la relación indivisible que existe entre la Iglesia y el Reino no implica olvidar que el Reino
de Dios -si bien considerado en su fase histórica- no se identifica con la Iglesia en su realidad
visible y social. En efecto, no se debe excluir "la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los
confines visibles de la Iglesia".(74) Por lo tanto, se debe también tener en cuenta que "el Reino
interesa a todos: a las personas, a la sociedad, al mundo entero. Trabajar por el Reino quiere decir
reconocer y favorecer el dinamismo divino, que está presente en la historia humana y la
transforma. Construir el Reino significa trabajar por la liberación del mal en todas sus formas. En
resumen, el Reino de Dios es la manifestación y la realización de su designio de salvación en toda
su plenitud".(75) Al considerar la relación entre Reino de Dios, Reino de Cristo e Iglesia es
necesario, de todas maneras, evitar acentuaciones unilaterales, como en el caso de "determinadas
concepciones que intencionadamente ponen el acento sobre el Reino y se presentan como
"reinocéntricas", las cuales dan relieve a la imagen de una Iglesia que no piensa en sí misma, sino
que se dedica a testimoniar y servir al Reino. Es una "Iglesia para los demás" -se dice- como "Cristo
es el hombre para los demás"... Junto a unos aspectos positivos, estas concepciones manifiestan a
menudo otros negativos. Ante todo, dejan en silencio a Cristo: El Reino, del que hablan, se basa en
un "teocentrismo", porque Cristo -dicen- no puede ser comprendido por quien no profesa la fe
cristiana, mientras que pueblos, culturas y religiones diversas pueden coincidir en la única realidad
divina, cualquiera que sea su nombre. Por el mismo motivo, conceden privilegio al misterio de la
creación, que se refleja en la diversidad de culturas y creencias, pero no dicen nada sobre el
misterio de la redención. Además el Reino, tal como lo entienden, termina por marginar o
menospreciar a la Iglesia, como reacción a un supuesto "eclesiocentrismo" del pasado y porque
consideran a la Iglesia misma sólo un signo, por lo demás no exento de ambigüedad".(76) Estas
tesis son contrarias a la fe católica porque niegan la unicidad de la relación que Cristo y la Iglesia
tienen con el Reino de Dios.
20.
De todo lo que ha sido antes recordado, derivan también algunos puntos necesarios para el curso
que debe seguir la reflexión teológica en la profundización de la relación de la Iglesia y de las
religiones con la salvación.Ante todo, debe ser firmemente creído que la "Iglesia peregrinante es
necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a
nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y Él, inculcando con palabras concretas la necesidad del
bautismo (cf. Mt 16,16; Jn 3,5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los
hombres entran por el bautismo como por una puerta".(77) Esta doctrina no se contrapone a la
voluntad salvífica universal de Dios (cf. 1 Tm 2,4); por lo tanto, "es necesario, pues, mantener
unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los
hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación".(78)
21.
Acerca del modo en el cual la gracia salvífica de Dios, que es donada siempre por medio de Cristo
en el Espíritu y tiene una misteriosa relación con la Iglesia, llega a los individuos no cristianos, el
Concilio Vaticano II se limitó a afirmar que Dios la dona "por caminos que Él sabe".(83) La Teología
está tratando de profundizar este argumento, ya que es sin duda útil para el crecimiento de la
compresión de los designios salvíficos de Dios y de los caminos de su realización. Sin embargo, de
todo lo que hasta ahora ha sido recordado sobre la mediación de Jesucristo y sobre las "relaciones
singulares y únicas"(84) que la Iglesia tiene con el Reino de Dios entre los hombres -que
substancialmente es el Reino de Cristo, salvador universal-, queda claro que sería contrario a la fe
católica considerar la Iglesia como un camino de salvación al lado de aquellos constituidos por las
otras religiones. Éstas serían complementarias a la Iglesia, o incluso substancialmente equivalentes
a ella, aunque en convergencia con ella en pos del Reino escatológico de Dios. Ciertamente, las
diferentes tradiciones religiosas contienen y ofrecen elementos de religiosidad, que proceden de
Dios,(85) y que forman parte de "todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los
pueblos, así como en las culturas y religiones".(86) De hecho algunas oraciones y ritos pueden
asumir un papel de preparación evangélica, en cuanto son ocasiones o pedagogías en las cuales los
corazones de los hombres son estimulados a abrirse a la acción de Dios.(87) A ellas, sin embargo
no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ex opere operato, que es propia
de los sacramentos cristianos.(88)
Por otro lado, no se puede ignorar que otros ritos no cristianos, en cuanto dependen de
supersticiones o de otros errores (cf. 1 Co 10,20-21), constituyen más bien un obstáculo para la
salvación.(89)
22.
Con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido la Iglesia para la salvación de todos los
hombres (cf. Hch 17,30-31).(90) Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia
considera las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa
mentalidad indiferentista "marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que "una
religión es tan buena como otra"".(91) Si bien es cierto que los no cristianos pueden recibir la
gracia divina, también es cierto que objetivamente se hallan en una situación gravemente
deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios
salvíficos.(92) Sin embargo es necesario recordar a "los hijos de la Iglesia que su excelsa condición
no deben atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo; y si no responden a
ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor
severidad".(93) Se entiende, por lo tanto, que, siguiendo el mandamiento de Señor (cf. Mt 28,19-
20) y como exigencia del amor a todos los hombres, la Iglesia "anuncia y tiene la obligación de
anunciar constantemente a Cristo, que es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6), en quien los
hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las
cosas".(94) La misión ad gentes, también en el diálogo interreligioso, "conserva íntegra, hoy como
siempre, su fuerza y su necesidad".(95) "En efecto, "Dios quiere que todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tm 2,4). Dios quiere la salvación de todos por el
conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción
del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia, a quien esta verdad ha
sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el
designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera".(96) Por ello el diálogo, no obstante
forme parte de la misión evangelizadora, constituye sólo una de las acciones de la Iglesia en su
misión ad gentes.(97) La paridad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la
dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales, ni mucho menos a Jesucristo -que
es el mismo Dios hecho hombre- comparado con los fundadores de las otras religiones. De hecho,
la Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad,(98) debe empeñarse primariamente en
anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la
necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros
sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por
otra parte, la certeza de la voluntad salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta el deber
y la urgencia del anuncio de la salvación y la conversión al Señor Jesucristo.
Conclusión
23.
La revelación de Cristo continuará a ser en la historia la verdadera estrella que orienta a toda la
humanidad: (100) "La verdad, que es Cristo, se impone como autoridad universal".(101) El misterio
cristiano supera de hecho las barreras del tiempo y del espacio, y realiza la unidad de la familia
humana: "Desde lugares y tradiciones diferentes todos están llamados en Cristo a participar en la
unidad de la familia de los hijos de Dios [...]. Jesús derriba los muros de la división y realiza la
unificación de forma original y suprema mediante la participación en su misterio. Esta unidad es
tan profunda que la Iglesia puede decir con san Pablo: "Ya no sois extraños ni forasteros, sino
conciudadanos de los santos y familiares de Dios" (Ef 2,19)".(102)
El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la Audiencia del día 16 de junio de 2000, concedida al
infrascrito Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con ciencia cierta y con
su autoridad apostólica, ha ratificado y confirmado esta Declaración decidida en la Sesión Plenaria,
y ha ordenado su publicación.
prefecto
Notas
(2) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 1: AAS 83 (1991) 249-340.
(3) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes y Decl. Nostra aetate; cf. también Pablo VI, Exhort. ap.
Evangelii nuntiandi: AAS 68 (1976) 5-76; Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio.
(5) Pont. Cons. para el Diálogo Interreligioso y la Congr. para la Evangelización de los Pueblos,
Instr. Diálogo y anuncio, 29; cf. Conc.Ecum. Vat II, Const. past. Gaudium et spes, 22.
(10) Ibíd., 4.
(13) Conc. Ecum. de Calcedonia, DS 301. Cf. S. Atanasio de Alejandría, De Incarnatione, 54,3: SC
199,458.
(15) Ibíd., 5.
(16) Ibíd.
(23) Conc. Ecum. Vat.II, Decl.Nostra aetae, 2. Cf. también Conc.Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 9,
donde se habla de todo lo bueno presente "en los ritos y en las culturas de los pueblos"; Const.
dogm. Lumen gentium, 16, donde se indica todo lo bueno y lo verdadero presente entre los no
cristianos, que pueden ser considerados como una preparación a la acogida del Evangelio.
(24) Cf. Conc. de Trento, Decr. de libris sacris et de traditionibus recipiendis: DS 1501; Conc. Ecum.
Vat. I, Const. dogm.Dei Filius, cap. 2: DS 3006.
(26) Ibíd.
(27) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55; cf. también 56. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii
nuntiandi, 53.
(28) Conc. Ecum. de Nicea I, DS 125.
(30) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Gaudium et spes, 22.
(33) Cf. San León Magno, Carta "Promisisse me memini" ad Leonem I imp: DS 318: "In tantam
unitatem ab ipso conceptu Virginis deitate et humanitate conserta, ut nec sine homine divina, nec
sine Dio agerentur humana". Cf. también ibíd.: DS 317.
(34) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 45. Cf. también Conc. de Trento, Decr. De
peccato originali, 3: DS 1513.
(35) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 3-4.
(36) Cf. ibíd., 7.Cf. San Ireneo, el cual afirmaba que en la Iglesia "ha sido depositada la comunión
con Cristo, o sea, el Espíritu Santo" (Adversus Haereses III, 24, 1: SC 211, 472).
(37) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22.
(38) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 28.Acerca de "las semillas del Verbo" cf. también San
Justino, 2 Apologia, 8,1-2,1-3; 13, 3-6: ed. E. J. Goodspeed, 84; 85; 88-89.
(41) 3 Ibíd., 5.
(42) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.Gaudium et spes, 10; cf. San Agustín, cuando afirma que fuera
de Cristo, "camino universal de salvación que nunca ha faltado al género humano, nadie ha sido
liberado, nadie es liberado, nadie será liberado": De Civitate Dei 10, 32, 2: CCSL 47, 312.
(45) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 45. La necesidad y absoluta singularidad de
Cristo en la historia humana está bien expresada por San Ireneo cuando contempla la
preeminencia de Jesús como Primogénito: "En los cielos como primogénito del pensamiento del
Padre, el Verbo perfecto dirige personalmente todas las cosas y legisla; sobre la tierra como
primogénito de la Virgen, hombre justo y santo, siervo de Dios, bueno, aceptable a Dios, perfecto
en todo; finalmente salvando de los infiernos a todos aquellos que lo siguen, como primogénito de
los muertos es cabeza y fuente de la vida divina" (Demostratio, 39: SC 406, 138).
(46) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 6.
(47) Cf. Conc. Ecum. Vat.II, Const. dogm. Lumen gentium, 14.
(49) Cf. San Agustín, Enarrat.In Psalmos, Ps 90, Sermo 2,1: CCSL 39, 1266; San Gregorio Magno,
Moralia in Iob, Praefatio, 6, 14: PL 75, 525; Santo Tomás de Aquino, Summa Theologicae, III, q. 48,
a. 2 ad 1.
(51) Símbolo de la fe: DS 48.Cf. Bonifacio VIII, Bula Unam Sanctam: DS 870-872; Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm. Lumen gentium, 8.
(52) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, 4; Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 11: AAS
87 (1995) 921-982.
(53) 3 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 20; cf. también San Ireneo, Adversus
Haereses, III, 3, 1-3: SC 211, 20-44; San Cipriano, Epist. 33, 1: CCSL 3B, 164-165; San Agustín,
Contra advers. legis et prophet., 1, 20, 39: CCSL 49, 70.
(55) Ibíd., Cf. Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 13. Cf. también Conc.Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, 15, y Decr.Unitatis redintegratio, 3.
(56) Es, por lo tanto, contraria al significado auténtico del texto conciliar la interpretación de
quienes deducen de la fórmula subsistit in la tesis según la cual la única Iglesia de Cristo podría
también subsistir en otras iglesias cristianas. "El Concilio había escogido la palabra "subsistit"
precisamente para aclarar que existe una sola "subsistencia" de la verdadera Iglesia, mientras que
fuera de su estructura visible existen sólo "elementa Ecclesiae", los cuales -siendo elementos de la
misma Iglesia- tienden y conducen a la Iglesia católica" (Congr. para la Doctrina de la Fe,
Notificación sobre el volumen "Iglesia: carisma y poder" del P. Leonardo Boff, 11-III-1985: AAS 77
(1985) 756-762).(57) Cf. Conc. Ecum. Vat.II, Decr. Unitatis redintegratio, 3.
(58) Cf. Congr. para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium ecclesiae, n. 1: AAS 65 (1973) 396-408.
(59) Cf. Conc. Ecum. Vat.II, Decr. Unitatis redintegratio, 14 y 15; Congr. para Doctrina de la Fe,
Carta Communionis notio, 17 AAS 85 (1993) 838-850.
(60) Cf. Conc. Ecum Vat. I, Const. Pastor aeternus: DS 3053-3064; Conc. Ecum. Vat. II, Const dogm.
Lumen gentium, 22.
(67) Congr. para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, 17.Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, n. 4.
(69) 3 Ibíd., 1.
(70) 3 Ibíd., 4. Cf. San Cipriano, De Dominica oratione 23: CCSL 3A, 105.
(72) Cf. ibíd., 9. Cf. También la oración dirigida a Dios, que se encuentra en la Didaché 9, 4: SC 248,
176: "Se reúna tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino", e ibíd., 10, 5: SC 248, 180:
"Acuérdate, Señor, de tu Iglesia... y, santificada, reúnela desde los cuatro vientos en tu reino que
para ella has preparado".
(73) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 18; cf. Exhort. ap. Ecclesia in Asia, 6-XI-1999, 17:
L'Osservatore Romano, 7-XI-1999. El Reino es tan inseparable de Cristo que, en cierta forma, se
identifica con él (cf. Orígenes, In Mt. Hom., 14, 7: PG 13, 1197; Tertuliano, Adversus Marcionem,
IV, 33, 8: CCSL 1, 634.(74) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 18.
(77) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 14. Cf. Decr. Ad gentes, 7; Decr. Unitatis
redintegratio, 3.
(78) Juan Pablo II,Enc. Redemptoris missio, 9. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 846‑847.
(79) 3 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm., Lumen gentium, 48.
(80) Cf. San Cipriano, De catholicae ecclesiae unitate, 6: CCSL 3, 253-254; San Ireneo, Adversus
Haereses, III, 24, 1: SC 211, 472-474.
(82) Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Ad gentes, 2. La conocida fórmula extra Ecclesiam nullus omnino
salvatur debe ser interpretada en el sentido aquí explicado (cf. Conc.Ecum. Lateranense IV, Cap. 1.
De fide catholica: DS 802). Cf. también la Carta del Santo Oficio al Arzobispo de Boston: DS 3866-
3872.
(85) Son las semillas del Verbo divino (semina Verbi), que la Iglesia reconoce con gozo y respeto
(cf. Conc.Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 11, Decl. Nostra aetate, 2).
(88) Cf. Conc. de Trento, Decr. De sacramentis, can. 8 de sacramentis in genere: DS 1608.
(90) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 17; Juan Pablo II, Enc. Redemptoris
missio, 11.
(93) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 14.
(97) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55; Exhort. ap. Ecclesia in Asia, 31, 6-XI-1999.
(99) Ibíd.