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Ojo Tecnolecto

Lectura teorica sobre tecnologia en la funcion del traductor

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Ojo Tecnolecto

Lectura teorica sobre tecnologia en la funcion del traductor

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¡Ojo, t ecnolect o a la vist a!

: la
t ransformación del mensaje
cient ífico en inglés al lenguaje
periodíst ico en español
(Technospeak ahoy!: the translation of scientific
contents in English into Spanish news language)

Tulloch, Christopher D.
Univ. Internacional de Catalunya. Estudios de Periodismo.
Inmaculada, 22. 08017 Barcelona

BIBLID [1137-4462 (2002), 8; 439-453]

El redactor especializado en contenidos científicos de Prensa española se encuentra con una doble
dificultad a la hora de realizar su trabajo. Dado que su principal fuente para informarse sobre los principa -
les hallazgos científicos se encuentra en las páginas de las principales revistas impresas o digitales, su
primera labor es asegurar una precisa traducción terminológica para después conseguir el código comuni -
cativo apropiado para sus lectores. El presente artículo ofrece unas fórmulas para lograr este objetivo.

Palabras Clave: Periodismo científico. Textos técnicos. Códigos. Traducción. Netlengua. Periodismo
médico. Español-inglés. Informática. Redacción. Periodismo especializado. Sintaxis.

Zientzia edukietan espezializatua den erredaktorea, bere lana egiterakoan, zailtasun bikoitzari aurre
egin beharrean aurkitzen da. Zientziaren aurkikuntza nagusiez informatzeko iturri nagusia aldizkari inprima -
tu edo digital nagusien orrietan dagoenez, terminoen itzulpen zehatza da egin beharreko lehen lana, gero
irakurleentzat komunikazio kode egokia izango dena lortzearren. Artikulu honek zenbait formula eskaintzen
ditu helburu hori lortzeari begira.

Giltza-Hitzak: Kazetaritza zientifikoa. Testu teknikoak. Kodeak. Itzulpena. Net-hizkuntza. Medikuntza


Kazetaritza. Espainiera-ingelesa. Informatika. Idazketa. Kazetaritza espezializatua. Sintaxia.

Le rédacteur spécialisé en contenus scientifiques de Presse espagnole se trouve devant une double
difficulté au moment de réaliser son travail. Vu que sa principale source d’information sur les principales
découvertes scientifiques se trouve dans les pages des principales revues imprimées ou digitales, son pre -
mier travail est de s’assurer une traduction terminologique précise pour pouvoir ensuite obtenir le code
communicatif approprié pour ses lecteurs. Cet article offre des formules pour atteindre cet objectif.

Mots Clés: Journalisme scientifique. Textes techniques. Codes. Traduction. Netlangue. Journalisme
médical. Espagnol-anglais. Informatique. Rédaction. Journalisme spécialisé. Syntaxes.

Mediatika. 8, 2002, 439-453 439


Tulloch, Christopher D.: ¡Ojo, te cnole cto a la vista!: la trans formación del mensaje científico...

“Tenemos que escribir para los lectores. Para nadie más.


Los periodistas no debemos ser portavoces de los científicos sino de
los lectores.”

Prof. BRUCE LEWENSTEIN


Universidad de Cornell, Nueva York.

La traducción precisa de textos científico-técnicos es de una vital impor-


tancia en la transmisión e intercambio de conocimientos a escala interna-
cional. En la denominada sociedad de la información, la reconversión lin-
güística de la terminología perteneciente a una materia a veces compleja es
indispensable para que una civilización tecnológica como la nuestra pueda
funcionar adecuadamente a diversos niveles.

Hoy en día, los medios de comunicación –sobre todo los digitales y audio-
visuales– logran que un avance científico descubierto esta mañana en un
país sea conocido la misma tarde en otro de distinto idioma. La velocidad del
circuito informativo digital impone la necesidad de traducir –y, en ocasiones,
de inventar– términos y locuciones que expliquen sendos hallazgos a una
audiencia extranjera en su propio idioma utilizando para ello los géneros y
registros más apropiados. Esta situación conlleva una problemática funda-
mental añadida que radica en el hecho de que los avances en las ciencias
–sobre todo las experimentales– son tan rápidos que la comunidad científica
no es capaz de elaborar el léxico apropiado para explicar este continuo avan-
ce a sus conciudadanos. Teniendo en cuenta que el 88% de todas las publi-
caciones científico-técnicas se edita inicialmente en lengua inglesa, el resul-
tado suele ser la importación masiva y no cuestionada de extranjerismos
–normalmente de origen anglófono– en el discurso del Periodismo científico.

Un problema derivado de esta cesión de la iniciativa lingüística es cómo


algunas de las deficiencias lingüísticas de las personas que intervienen en
la producción de la noticia puede afectar a la credibilidad y veracidad de la
información transmitida. La cadena a través de la cual pasa una exclusiva
científica en inglés a un lenguaje periodístico en castellano no da las máxi-
mas garantías en este sentido. Para empezar, consideremos la capacidad de
la comunidad científica para interpretar correctamente la información que tie-
ne entre manos. El panorama no inspira confianza, dado que un estudio de
la UNESCO realizado a principios de los años 90 indicaba que aproximada-
mente la mitad de las publicaciones científicas escapaba al conocimiento del
50% de los científicos por no tener éstos una adecuada preparación lingüís-
tica.

En estas condiciones, la información, que en muchas ocasiones supera


los conocimientos de los profesionales de la ciencia de un determinado país,
pasa a los periodistas supuestamente especializados en información cientí-
fica. Sin embargo, se da la circunstancia que muchos periodistas científicos
interesados ahora en cuestiones de máxima actualidad como la cibernética
o la genética tampoco poseen los conocimientos lingüísticos suficientes para
leer en su forma original los mejores estudios sobre una u otra especialidad.

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Tulloch, Christopher D.: ¡Ojo, te cnolecto a la vista!: la transformación del mensaje científico...

De esta manera, están obligados a tratar la información de una manera más


indirecta.

Un tercer nivel de descontrol en la gestión de la noticia entra en juego


cuando por razones que tienen que ver con la organización de la redacción
del medio, la información científica tiene que ser tratada por periodistas
generalistas, compañeros de la redacción sin conocimientos derivados del
mundo de la ciencia. Finalmente, el último eslabón pertenece a la recepción
de la noticia científica por parte del lector, en su inmensa mayoría no espe-
cializado, una cuestión que nos llevaría a un campo teórico que no corres-
ponde analizar en estas líneas.

Con esta problemática en mente, nos gustaría analizar tres cuestiones


en torno al doble problema que representa traducir la terminología especiali-
zada para luego convertir este mensaje técnico-científico en un journospeak
o discurso periodístico inteligible. En primer lugar, y utilizando el lenguaje
informático como ejemplo, cabría considerar la acusación según la cual la
importación masiva de términos extranjeros señala al Periodismo científico
como el gran culpable de la degradación de las lenguas nacionales. De allí,
pasaremos a tratar cuestiones técnicas más relacionadas con el estilo y las
fórmulas establecidas para traducir terminología extranjera utilizando para
ello el lenguaje del Periodismo médico. Por último, quedaría por postular algu-
nas soluciones a los problemas de tipo logístico respecto a la traducción, y
unas reflexiones para el futuro sobre el choque entre el mensaje científico
frente al lenguaje periodístico.

1. LA DEGRADACIÓN DE LAS LENGUAS NACIONALES

La polémica sobre el Periodismo científico como enemigo de las lenguas


nacionales se debe al hecho de que la gran mayoría de inventos y adelantos tec-
nológicos proviene del extranjero, y cuando llega a las redacciones los medios
de comunicación recurren a lo más cómodo: utilizar los términos extranjeros tal
y como les llegan, sin hacer un esfuerzo para contextualizarlos o un intento de
traducirlos o adaptarlos correctamente. Al consultar lo publicado en las seccio-
nes de ciencia de los diarios o revistas de información general, no sabemos en
muchos casos si estamos leyendo castellano o un nuevo lenguaje híbrido. Las
voces críticas hacia este te cnos pe ak vienen casi siempre de los profes ionales
de la traducción. Veamos por ejemplo la postura de la profesora María Antonia
Álvarez Calleja en su libro Estudios de Traducción: Inglés-Español:

Ni los técnicos, ni los traductores son capaces de crear, particular-


mente en España, el vocabulario que debe acompañar al desarrollo cientí-
fico. Saben que trabajan sin diccionarios porque éstos no existen, saben
que los técnicos en las empresas se esfuerzan por crear terminologías pro-
pias que les distinguen de sus competidores –por incoherentes y ridículas
que éstas resulten– lo que aumenta más la dificultad; no existe, excep-
tuando la prensa diaria, ninguna publicación que se desfase con la rapidez
del diccionario técnico.

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Tulloch, Christopher D.: ¡Ojo, tecnole cto a la vista!: la transformación del mensaje científico...

Ante esta situación [...] los medios de comunicación adoptan la solu-


ción más fácil: emplear en español términos extranjeros sin hacer el menor
esfuerzo por traducirlos o por realizar una adaptación correcta capaz de
elevarlos a la categoría de préstamos. Esta es nuestra preocupación, que
al manejar la literatura científica no sabemos, en muchos casos, si esta-
mos leyendo español o una especie de híbrido grotesco que bien podría ser
catalogado [...] de esperanto técnico.

Para poner un ejemplo ilustrativo de los efectos de este fenómeno, pode-


mos acudir al lenguaje cibernético. La netlengua es un lenguaje propio en
estado de metamorfosis constante creada para satisfacer las necesidades
de esta nueva dimensión de la comunicación digital. Se caracteriza por un
minimalismo lingüístico compuesto de siglas (ej. CU = see you = hasta lue-
go), códigos, palabras de moda y una compresión conceptual y expresiva que
conviven mejor con el inglés que con lenguas románicas como el castellano
dado que este último suele emplear fórmulas gramaticales más alargadas
para transmitir la misma información.

Lo que diferencia el webspeak de otras ramas de Periodismo científico es


la alta incidencia de incorporación no traumática de palabras extranjeras.
Hablamos con una soltura natural de bits, browsers y hackers sin que nos
pase por nuestra cabeza traducir semejantes términos. Esta observación nos
lleva a recordar que si la absorción de préstamos en el campo del lenguaje
científico es extraordinariamente rápida, en el caso del lenguaje informático
es aún más veloz. El paso de palabras como las ya citadas por la fase de
barbarismo es cortísimo, porque se adaptan y se incorporan con una espon-
taneidad difícilmente parable. Esta espontaneidad explica por qué palabras
que tienen una traducción fácil (como “correo-e” por e-mail o “teleraña” por
web) no han entrado con la misma velocidad que su homónimo inglés, o por
qué palabras que tienen una traducción aceptable no son moneda de cambio
habitual como puede ser el “protocolo de transferencia de hipertexto” más
conocido como http. Además de estas dos categorías, hay que admitir que
algunas palabras desafían la posibilidad de efectuar una traducción precisa
como software o modem –traducido por el diccionario técnico como el “dis-
positivo que se usa para transmitir información entre un ordenador y la línea
telefónica”– o bien por el contrario, se hace una mala traducción no justifi-
cada como el caso el verbo “linkar” cuando existe un verbo tan aceptable
como “enlazar”.

La rápida absorción de estas palabras tiene otra explicación relevante: la


omnipresencia de la terminología inglesa en la pantalla del ordenador. Cada vez
que navegamos por Internet somos bombardeados visualmente por preguntas
como What’s New? o What’s Cool?, o somos interrogados sobre si queremos
re fre s h la pantalla o re load el documento antes de print lo que tenemos redac-
tado. Es justamente esta interacción diaria con estos términos la que acaba
por ayudarles a filtrarse en nuestro subconsciente lingüístico.

Para autores como Manuel Calvo Hernando, los términos científicos y téc-
nicos dan origen a neologismos necesarios ante los que se han desarrollado

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principalmente dos actitudes. La primera es apropiárselos sin más. Ello equi-


vale a hablar de hardware o de world wide web en lugar de “teleraña mun-
dial” sin mayores complejos. Esta actitud más pasiva se rinde ante el extran-
jerismo bajo el argumento de que lo que debe primar es la transmisión del
concepto frente a la precisión del idioma en el cual se expresa. Según el
autor, esta postura es la dominante en España.

La postura contraria sería aquella adoptada por filólogos como Lázaro


Carreter, quien escribe:

“[...] tenemos que presentar cara a tan evidente superioridad con una
cierta arrogancia…tratando de nacionalizar los tecnicismos extranjeros.
Hay que enfrentarse con esta realidad y con esta comodidad del empleo
indiscriminado del anglicismo [...]. [...] este sector pide que se busquen las
equivalencias necesarias para que nuestra lengua no padezca más intru-
siones que las estrictamente imprescindibles pero que se salve su propia
fisonomía”.

En este línea crítica ante la prepotencia de la lengua inglesa en materia


científica, el Estado francés ha sido elogiado por adoptar una postura radical
en cuanto a la implementación de términos autóctonos en el campo de la
investigación y divulgación científica. El Gobierno ha creado listas de voca-
blos publicados por el Journal Officiel que son de uso obligado si los investi-
gadores galos quieren recibir subvenciones estatales para la realización de
sus proyectos. Y es por ello que la lengua francesa es casi la única que se
ha lanzado a traducir palabras consolidadas en su forma inglesa como el
caso de hardware, conocido oficialmente en francés como logiciel.

Semejante postura, elogiable en cuanto a su resistencia al imperialismo


lingüístico anglo-americano, conlleva, sin embargo, al menos tres inconve-
nientes importantes. En primer lugar, dificulta la comunicación transfronteri-
za de la comunidad científica y por consiguiente de la periodística. Esta des-
ventaja es contraria a uno de los fines de la información periodística espe-
cializada, que es justamente facilitar la comunicación entre los especialistas
y los periodistas para ayudar a la sociedad a beneficiarse del conocimiento
mediante una labor adecuada de divulgación.

En segundo lugar, retrasa la importación de nuevos desarrollos tecnoló-


gicos. Por ejemplo, los cafe-bars “Internet” tardaron meses en implantarse
en París por la objeción del Ayuntamiento de la capital gala a permitir el uso
indiscriminado de terminología inglesa en la Red. Por último, y como ya tuvi-
mos oportunidad de demostrar en un curso de estructura de la redacción
científica de la Universitat Pompeu Fabra en Barcelona, no es cierto que las
páginas de la prensa francesa se abstengan del uso de terminología lingüís-
tica angloamericana. Un estudio de diarios tan opuestos como Le Monde y
Liberation demostró que términos como web, CD-Rom, clic, web terminal,
forums , world wide web, concept, marketing, sites , bits, newsgroup, network,
multimedia, PCs, etcétera, ocuparon las planas de los periódicos junto con
verbos tan poco francófonos como surfer.

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Polémica patriótico-lingüística aparte, no cabe duda de que el trabajo de


normalización terminológica tiene un papel importantísimo frente al présta-
mo masivo de vocabulario derivado de lenguas extranjeras. Mientras es cier-
to que el periodista no es un traductor y no es su obligación confeccionar un
texto mejor que el original, su profesionalismo tiene que asegurar que la
opción de decantarse por el internacionalismo no obstaculiza el proceso
comunicativo.

La ausencia de unas reglas normalizadoras apreciables es fuente fecun-


da de extranjerismos, en especial de anglicismos. Un ejemplo límite de esta
situación proviene del mundo de la ingeniería informática que prefiere utilizar
la terminología anglosajona, incluso en aquellos casos en los que existen los
términos correspondientes en español. El equipo de Comunicación y Lin-
güística pregunta por ejemplo si, con el siguiente diálogo, podemos asegurar
que se cumple el propósito de establecer una comunicación clara:

–“Necesito formatear un disquete”.


– “Antes debes resetear el ordenador, tener en cuenta lo que pone en
la etiqueta de volumen y teclear el comando format a:; si cometes algún
error, puedes deletearlo utilizando la tecla delete. Si por el contrario quie-
res restaurar algo que has borrado, utiliza la tecla F1.” (cursivas añadidas)

El Periodismo especializado exige la transmisión clara y no tecnificada del


conocimiento humano. Más que subgéneros menos técnicos como el Perio-
dismo deportivo, el Periodismo científico, por el nivel de complejidad de sus
contenidos, tiene una obligación añadida hacia la precisión para evitar así
interferencias innecesarias que complican la transmisión directa de informa-
ción entre periodista y lector. Para lograr este fin en un campo tan dominado
por anglicismos como la informática, es aún más necesario normalizar tér-
minos nuevos y regularizar los ya existentes. De esta manera, se podría lle-
gar a una traducción más “natural” que hiciera posible que el párrafo antes
mencionado se narrara como la traducción hecha por el mismo equipo de lin-
güistas:

–“Necesito darle formato a un disquete.”


–“Antes debes reinicializar el ordenador, tener en cuenta el nombre del
disco y escribir el mandato formato a:; si cometes algún error, puedes
borrarlo utilizando la tecla suprimir. Si por el contrario quieres recuperar
algo que has borrado, utiliza la tecla F1.”

En el proceso de intentar dirigir nuestras energías hacia una traducción


más natural, debemos ser conscientes de algunos obstáculos que amenazan
con sabotear este esfuerzo. Uno de ellos es la traducción diferencial de ter-
minología, no sólo entre dos idiomas tan distintos como el inglés y el caste-
llano, sino entre derivados del mismo, como es el caso del castellano y el
español latinoamericano. Esto se extiende desde el vocabulario (por ejemplo,
“ordenador” / “computador”) hasta verbos como el de pulsar la tecla utiliza-
do en España frente al empleado en América Latina, en donde se refieren a
la misma acción con la palabra presionar.

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En segundo lugar, el periodista científico tiene que supervisar el efecto


sobre su texto de la actuación de los calcos, palabras-conceptos incorpora-
das de una lengua extranjera, pero que han pasado por una traducción que,
aunque aceptada, puede haber modificado o limitado su sentido a la hora de
ser traducido. En este sentido, la traducción literal no siempre es lo mejor.
“Ratón” por mouse funciona, pero en cambio expanded memory traducido
como memoria ‘expandida’ en español no tiene ningún sentido siendo más
acertada la definición memoria “ampliada”.

Un tercer fenómeno lingüístico que se ha de tener en cuenta a la hora de


la traducción son los acrónimos. Estas palabras –unidades lingüísticas for-
madas con las letras iniciales de la serie de palabras a las que sustituyen–
seducen a los periodistas por su extraordinario efecto compresor, y prueba
de ello es que cada día son más frecuentes. Los acrónimos han existido des-
de siempre, pero ahora están más de moda porque forman parte de la nue-
va codificación del lenguaje que han traído las nuevas tecnologías, y que aho-
ra están encontrando salida gracias al lenguaje propio de la telefonía móvil
que, por sus características especiales, requiere una sintetización lingüística
importante.

El problema para el periodista aquí es monumental, porque existen diver-


sos grupos de acrónimos. Algunos, a pesar de llevar las siglas en inglés, no
tienen nada que ver con la traducción de dichas palabras en español, pues-
to que las iniciales pueden responder en ocasiones a combinaciones distin-
tas. Ejemplos clásicos del campo de la ingeniería informática son RAM –Ran -
dom access memory– que en castellano, y a pesar de llevar las mismas
siglas RAM equivale a “memoria de acceso aleatorio”. Otro ejemplo, más
sencillo aún, es PC –personal computer– que mantiene las iniciales a pesar
de ser en castellano un OP u “ordenador personal”. En este caso, es reco-
mendable que los acrónimos vayan acompañados o bien del término inglés
desarrollado o bien de su traducción. En esta misma línea, hay muchas orga-
nizaciones científicas que, a pesar de disponer de una traducción en caste-
llano, se conoce por su versión inglesa como UNESCO o UNICEF.

Ahora bien, hay algunas que sí han logrado una aceptación popular y
mediática en castellano. SIDA se impuso sobre AIDS, ADN derrotó a DNA. La
consigna aquí es que siempre que sea posible el periodista-traductor debe
utilizar la versión traducida. En el nombre de una comunicación clara, hay que
intentar castellanizar las siglas extranjeras no consagradas. Si la traducción
se ve muy forzada es mejor dejar las letras iniciales y entre paréntesis, siem-
pre que el espacio lo permita, hacer una traducción aproximada. Si el perio-
dista considera que su referencia a una organización –OMS por ejemplo– deja
al lector con una duda a la hora de identificarlo, es siempre más importante
señalar su función que descodificar las iniciales y así correr el riesgo de pare-
cer pedante.

Anotadas estas puntualizaciones, se debe afirmar a continuación que si


la traducción del inglés científico ya de por sí es un problema, debemos ser

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conscientes de que dentro del propio mundo periodístico inglés hay un movi-
miento que reclama una mayor claridad en esta materia. Representativo de
esta escuela es el editorial de la sección de ciencia del diario británico The
Independent que se reproduce a continuación. A pesar de concentrar su ira
en el efecto negativo del lenguaje informático, el propio editorialista admite
que la crítica es extensible al lenguaje técnico en general:

“La brigada de los bits y los bytes han venido abusando de la lengua
inglesa desde el momento en que salió a la luz el primer ordenador. Para
ser sinceros, cada campo especializado produce una jerga específica, pero
el mundo de la informática ha sido siempre uno de los peores transgreso-
res, inventando un lenguaje propio e impenetrable. En muchos casos pare-
ce que la gente de la informática son congénitamente incapaces de escri-
bir un inglés llano. La regla general de esta tecno-prosa parece ser ‘encon-
trar la manera más compleja para expresar lo obvio.’ Hay muchos otros
cargos por los que se podría acusar a la industria informática de crímenes
contra la lengua inglesa. Uno de los más antiguos es concatenar palabras
que por sí solas ya significan algo y por lo tanto dan la impresión que debe-
rían significar algo cuando van juntas. El secuestro de nombres y su con-
versión en verbos es una infracción común. Programadores no hablan de
‘construir’ o ‘desarrollar’ un sistema informático sino de ‘arquitecturar’
porque así suena más importante […]

Y qué se puede decir. Si estos bordes de la informática quiere n


hablar de esta manera, dejadles. Pero el problema es que no se quedan
en un vacío. Estamos en medio de una revolución tecnológica que lide-
ran estos bordes. Tenemos que ser capaces de penetrar en su lenguaje
para juzgar por nos otros mismos si realmente queremos su visión y sus
aparatos. El lenguaje utilizado por la industria informática tiene además
un carácter de Gran Hermano que coincide con los temores de mucha
gente s obre las implicaciones de un mundo totalmente interc o ne c tado
[…]. Hay una fácil solución para todo esto: se debería advertir a la indus-
tria informática que utilizase un inglés llano.” (The Inde pendent,
1 0 . 0 6 . 1 9 9 6 ).

A pesar de que, tal y como consta en el artículo, el lenguaje informáti-


co es el “peor transgresor”, este ataque se puede aplicar a casi todas las
áreas del Periodismo científico. “Lenguajes impenetrables” no son pro pio s
del Periodismo especializado. El estilo, el lenguaje y las estructuras gra-
maticales deben ajustarse a los criterios de claridad que exige todo Perio-
dismo, no sólo la información especializada. El Periodismo científico no
debe ser gremial, sino ser suficientemente atractivo como para captar lec-
to res nuevos no-especialistas en la materia, tal y como señalaron Fernán-
dez del Moral y Ramírez cuando hablaban de “hacer posible al periodismo
su penetración en el mundo de la especialización no para formar parte de
ese mundo [...] no para obligar al periodista a parcelarse sino al contrario;
para hacer de cada es pecialidad algo comunicable, objeto de informac ió n
periodística susceptible de codificación para mensajes universales.” De allí
vienen la llamada a un lenguaje “llano” y el abandono de prácticas como la
concatenación de las palabras o la innecesaria pomposidad en la divulga-
ción científica.

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2. ESTILO Y FÓRMULAS DE TRADUCCIÓN

Los problemas relacionados con la traducción de textos científicos al


discurso periodístico en castellano no sólo guardan relación con la incorpo-
ración de extranjerismos. Otra cuestión bien distinta aunque igualmente
relevante se re fie re al tema del re gis tro pe riodís tico, o lo que Fernández del
Moral llama la “elaboración de un mensaje periodístico que acomode el
código al nivel propio de cada audiencia atendiendo a sus intereses y nece-
sidades”. Todo redactor de mesa produce un texto con el fin de adecuar el
mensaje divulgativo al receptor –en este caso el lector de la sección de cien-
cia de un periódico–, y a este objetivo no se puede renunciar a la hora de
traduc ir. En otras palabras, si toda labor de redacción es un intento de
comunicar con un público determinado, toda labor de traducción de lo re dac-
tado será una “re -redacción” en otras lenguas pero con el mismo fin. Para
poner un ejemplo no-periodístico, no es lo mismo traducir un manual de ins-
trucciones para el gran público que para los ingenieros responsables de una
fabricación bajo patente. En el segundo caso la exactitud termino ló gic a
deberá primar sobre la calidad didáctica. La clave aquí es encontrar el re gis-
tro comunicativo.

También al observar los problemas que encontramos en la transposición


del lenguaje médico a un discurso periodístico sobre los hallazgos en este
campo, podemos extrapolarlos a otros géneros del Periodismo científico. En
el lenguaje médico, existen tres niveles de discurso.

En primer lugar, encontramos un léxico de habla familiar, no especializa-


do. Un ejemplo de este registro popular sería cuando hablamos de “anginas”
o de “la enfermedad de las vacas locas”. Un segundo nivel es la utilización
de términos más expertos. Es decir, el discurso de la comunidad profesional
cuando habla de “osteoartritis”, de “trombosis” o de la “enfermedad de
Creutzfeldt-Jakob”. Es un lenguaje más especifico, más reservado y no
encuentra muchas salidas en el vocabulario del paciente. El tercer nivel es
aquel que incorpora múltiples latinismos. En este caso estamos hablando de
un lenguaje totalmente gremial, distanciado de la calle y casi imposible de
aplicar al mundo del Periodismo especializado.

En el caso del Periodismo médico –aunque la misma crítica se puede diri-


gir a otros campos científicos– el periodista tiene que:

– Romper con el esnobismo existente hoy en día referente a la superiori-


dad de las lenguas clásicas, para no correr el riesgo que ello supone
para una comunicación exitosa con su lector.

– Buscar (sin renunciar a la profundidad de la explicación) las palabras


apropiadas y precisas;

– Ser consciente que, con el excesivo uso de vocabulario técnico, se


corre el riesgo de convertir el texto en algo pretencioso. No interesa el

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“esperanto técnico” de Álvarez Calleja. Hay que tener el valor de reco-


nocer que una insuficiencia cardiaca es un infarto.

Después de los extranjerismos y la elección del registro periodístico, otro


peligro nos lo trae el problema perenne de las “falsas amigas”. Estas pala-
bras tramposas que, al ver que se parecen a otras habituales en nuestro pro-
pio idioma, las incorporamos alegremente, sin ser conscientes del riesgo de
malinterpretación que comportan. Para seguir con el ejemplo del Periodismo
médico, la profesora Congost Maestre alerta al periodista-traductor de la
acepción completamente distinta en el lenguaje común o médico que pueden
tener ciertas palabras. Para ello, pone ejemplos ilustrativos como blood pres -
sure (“presión arterial no sanguinea”); contraceptive (“anti conceptivo”: en
español no existe el término “contraceptivo”) o drug (en español, “fármaco”,
ya que se reserva “droga” para las drogas de adicción).

Los neologismos –palabras de nueva creación o palabras ya existentes


que han adquirido un nuevo sentido– merecen una vigilancia especial a la
hora de redactar textos científicos. El neologismo suele atraer y agradar a los
medios de comunicación porque su actualidad y carácter sintético son atrac-
tivos para los responsables de titulación y paginación. Un derivado del neo-
logismo especialmente peligroso para los periodistas es el epónimo, aquella
palabra de uso popular derivada de un nombre propio.

Los epónimos pueden derivarse de objetos como el caso de “aspirina”,


un analgésico universal propiedad de una empresa farmacéutica. Ahora bien,
los epónimos derivados de objetos tienen que tener una universalidad incues-
tionable, si no se puede llegar a una confusión desconcertante cuando no
cómica. Un buen ejemplo es la utilización de la palabra scotch por “cinta
adhesiva”. A pesar de tener fama de ser una palabra universal, no es el caso.
En Inglaterra, cinta adhesiva se conoce por el nombre de otra marca, sello -
tape, mientras ‘scotch’ se reserva para la consumición de whisky. Para pedir
cinta adhesiva en Australia, uno debe preguntar por Durex, que es, a su vez,
conocido por todo Europa como una marca de anticonceptivos.

En resumen, los epónimos no son fiables y algunos incluso caducan


antes de tiempo. (A la hora de fotocopiar un texto, ¿hay alguien que todavía
habla de ir a xerox unos papeles?). Son palabras que se mueven en los lími-
tes del lenguaje que perdurarán o desaparecerán según las necesidades rea-
les o artificiales de sus usuarios. Centenares de ellas aparecen cada año en
los periódicos y muchas veces desaparecen rápidamente. Para no sufrir una
disfunción comunicativa, los epónimos derivados de objetos tienen que ser
insustituibles, y si existe la más mínima duda, el periodista debe rescatar al
lector con términos aclaratorios.

La incorporación de epónimos cuando éstos se derivan de nombres de


personas es aún más complicada sobre todo en el campo de las ciencias
experimentales. ¿Por qué? Porque estas palabras suelen derivar del nombre
de sus inventores y, si existe una duda o polémica en la comunidad científi-

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ca sobre la autenticidad del descubridor, la confusión lingüístico-terminológi-


ca esta garantizada. Un ejemplo ilustrativo ha sido la dificultad a la hora de
traducir lo que se conoce como la “célula Ortega” en español, la Robertson
cell en inglés o incluso, en algunos medios especializados, la Robertson-
Ortega cell. Aunque acertar en cuanto a la asociación del término con su
inventor ayuda a la calidad de la información, esta disputa será una cuestión
secundaria para el lector. La tarea del periodista es abstraerse de este deba-
te y limitarse a transmitir la referencia sin mayor complicación.

En sus labores de traducción, es responsabilidad del periodista científico


cuidar todo lo que guarda relación con la sintaxis. Si bien no debe pedirse
conocimientos avanzados de lingüística aplicada, lo que sí se le puede exigir
al periodista es que cumpla con algunas reglas básicas del Periodismo espe-
cializado. Como mencionamos antes, nos referimos aquí a que se suscriba a
estructuras simples en lugar de unidades complejas, adopte un registro ordi-
nario y ameno en lugar de formal y distante y, en cuanto le sea posible, incor-
pore en su redacción palabras ordinarias y no terminología especializada.
Mientras las oraciones inglesas están encaminadas hacia una economía de
la palabra, su metamorfosis en lengua castellana suele pasar por una ten-
dencia de agrandarlas, en un intento de hacerlas más explícitas. En muchos
casos, esto se hace añadiendo palabras en lugar de información, y el resul-
tado son frases castellanas más largas pero no necesariamente más claras
o más informativas.

Para ilustrar este último punto, podemos considerar los partes médicos
ofrecidos a los medios informativos para que expliquen a su público la gra-
vedad de la lesión de las estrellas del deporte. Son, en primer lugar, inter-
minables, y en segundo lugar, de una complejidad técnica que el periodista
necesita un manual de anatomía para entender qué ha pasado. Lo que en
inglés sería un right elbow ligament strain (cuatro palabras) puede llegar a ser
“una ruptura traumática del ligamento lateral interno del codo derecho” (tra-
ducidas son diez). Con un registro más alto y una tendencia hacia la com-
plejidad expresiva, la versión castellana corre el riesgo de dejar fuera de jue-
go al lector de la prensa deportiva con ganas de saber exactamente qué le
ha pasado a su ídolo. Los periodistas, incapaces de traducir al lenguaje lla-
no la terminología médica, prefieren reproducir en sus respectivos medios la
versión especializada por la supuesta seriedad de su tono en lugar de inten-
tar traducir esos términos a un lenguaje popular. Y después se extrañan de
que los periodistas deportivos sólo pregunten “¿cuánto tiempo estará de
baja?”…

Los defensores de semejantes expresiones pomposas suelen opinar que


el lenguaje convencional de la profesión médica española está tan consolida-
do que el lenguaje terso y preciso de los anglosajones sería visto como poco
elegante. Mientras el lector inglés trabaja con un re gis tro médico ordinario
donde se usan nombres modificadores como brain, blo o d, e ye, he art o s kin,
el lector español tiene que interpretar la información con términos de un re gis-
tro más formal como son “cerebral”, “ocular”, “cardíaco” o “cutáneo”.

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Tulloch, Christopher D.: ¡Ojo, te cnole cto a la vista!: la trans formación del mensaje científico...

El manual de estilo de Medicina Clínica nos puede echar una mano a la


hora de solucionar algunos de estos problemas sintácticos en castellano. Por
ejemplo, se posiciona en contra de la moda de intentar traducir los vocablos
que, en inglés, terminan en –ing como screening, jogging, breathing, etcéte -
ra. A pesar de que son muy utilizados y ayudan a la agilidad del texto original
no pueden ser traducidos literalmente de la misma manera. Como explicita
el manual, “ a retrovirus containing…” no puede traducirse por “un retrovirus
conteniendo” sino por “un retrovirus que contiene [...]”.

En cuanto a la problemática de la traducción de las instituciones men-


cionadas anteriormente, los autores del manual argumentan que se deben
traducir nombres de instituciones como el Instituto Pasteur o la Universidad
de Nueva York, pero no los nombres de sociedades concretas de tipo médi-
co como la Food and Drug Administration. Además, nos aconseja adaptar
siempre las unidades de medida al sistema internacional. El Periodismo cien-
tífico en castellano se entiende mejor si hablamos en grados Celsius y no
Fahrenheit ni Kelvin.

En cuanto a la puntuación, no debemos tener ningún complejo a la hora


de castellanizar los textos. Por ejemplo, hay que eliminar el punto de 0.48 y
dejar la cifra con la coma correspondiente, 0,48. Asimismo, las comillas
inglesas (“ ”) tienen que ser sustituidas por las latinas (« »), y fechas escri-
tas a la inglesa, es decir 4-10-1989, deben ser leídas como 4.10.89. No se
deben traducir títulos de libros que no hayan sido traducidos ya al español
–las revistas Nature y TIME nunca son Naturaleza ni TIEMPO–, y por supues -
to no se tocan los antropónimos modernos como “Juan” F. Kennedy o “Este -
ban” Hawking.

3. ALGUNAS SOLUCIONES Y REFLEXIONES

Para terminar este bloque de cuestiones aplicadas, querríamos proponer


un cambio de la actual situación en cuanto al Periodismo científico y el proce-
so de traducción. Existe una escuela según la cual, cuando un término técnico
de la lengua original no tiene un equivalente conocido en la lengua a traducir,
deberíamos utilizar términos descriptivos para no confundir al lector. Por ejem-
plo, si en un artículo sobre el lanzamiento de una nueva nave espacial de la
NASA se tiene que hablar obligatoriamente de los RLV, se debe describir el sen-
tido de las siglas para así dejar claro que estamos hablando de “vehículos de
lanzamiento de uso repetido”. Sin embargo, esta propuesta suele ser cons-
tantemente rebatida por periodistas de prensa diaria, que argumentan que no
tienen los recursos explicativos –como puede ser el recurrir a pies de página,
expansiones dentro del propio texto, o paréntesis– de una revista especializa-
da. En fin, que no se puede estar describiendo las siglas, porque ocuparía
mucho texto y el espacio que les tienen asignado no da para semejantes lujos.

Con el fin de contrarrestar esta argumento, se podría contestar que, a lo


largo de la cadena descodificadora del mensaje científico que va desde el tra-

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ductor al periodista y del periodista al lector, ya estamos corriendo bastantes


riesgos en lo que se refiere a posibles faltas de entendimiento o de malin-
terpretación. Siendo fiel a las pautas del Periodismo especializado, debería-
mos hacer lo máximo para promover una mayor complicidad entre informador
e informado. Así entendido, debe preocupar menos el espacio y considerar la
opción de notas a pie de página siempre que este mecanismo ayude a la
comunicación. Antes de que nadie se asuste, la prensa francesa lleva años
en esta línea.

En nuestra opinión, y ya para acabar, la clave de toda la cuestión de la


traducción de la información científica está en los fundamentos del Periodis-
mo especializado. Hay que recordar que esta disciplina nace para contra-
rrestar el especialismo, y que para llevarlo a cabo hay que nadar entre los
intereses bien distintos de la comunidad periodística y la científica. A la pri-
mera le interesa la ciencia por una vía indirecta. Su interés es puntual e infor-
mativo, motivado por la relevancia que para el resto de la sociedad tienen
determinadas cuestiones científicas. El interés de la segunda es directo y, a
consecuencia de ello, priman más en ella la precisión y la exactitud de los
datos.

La labor del periodista especializado en información científica es buscar


y emprender caminos intermedios que podrá encontrar siempre:

i) que sea ágil en el manejo de la información y en la plasmación perio-


dística de ella;

ii) que regule la incorporación de términos especializados para no des-


virtuar el tono de su información y, cuando opte por ellos, que los
deje bien definidos evitando así que el lector quede fuera de juego,
lo cual provocará desinterés y desmotivación hacia los temas cientí-
ficos;

iii) que se asegure que los datos traducidos son correctos (¿era un
billón o un millón?);

iv) que se elimine lo superfluo; que emplee ejemplos concretos y coti-


dianos que ayuden al lector a involucrarse en la noticia;

v) que sea consciente de su ignorancia; admitirlo puede evitar traduc-


ciones equivocadas. No hay que arriesgarse nunca, sino averiguar,
comprobar y verificar cuando sea preciso, tal y como exige el Perio-
dismo especializado;

vi) que se recuerde que lo importante es la calidad de la información.


En este sentido, su articulación lingüística es importante. Como
recuerda Newmark en su manual de traducción técnica, la terminolo-
gía ocupa sólo el 10% de un texto medio. El 90% restante es hacía
donde debe dirigir sus energías el periodista científico.

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A pesar del peligro de caer en la jerga profesional o el esperanto técnico


a que hemos hecho mención aquí, el usuario del Periodismo científico con-
sume los artículos publicados, sobre todo por los datos –la información en
estado puro– que contienen. Ahora bien, tanto si se pone atención al estilo
del redactado como si no, el compromiso del periodista es con el lector a
quien se tiene que dirigir con una exposición clara. Si no se lleva a cabo esta
función, el lector no puede disponer de la información a su alcance. De este
modo, quedaría sin alcanzarse una de las principales razones de ser del
Periodismo especializado: la difusión de saberes –difusión sin merma de pro-
fundidad– que resultarían prácticamente incomprensibles para el lector
medio en caso de ser transmitido por otro canal.

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