3/5/24, 05:40 Julio Ramón Ribeyro: Los merengues | Lecturia
Los merengues
Julio Ramón Ribeyro
(Cuento completo)
Apenas su mamá cerró la puerta, Perico saltó del colchón y escuchó, con el oído pegado a la
madera, los pasos que se iban alejando por el largo corredor. Cuando se hubieron definitivamente
perdido, se abalanzó hacia la cocina de kerosene y hurgó en una de las hornillas malogradas. ¡Allí
estaba! Extrayendo la bolsita de cuero, contó una por una las monedas —había aprendido a contar
jugando a las bolitas— y constató, asombrado, que había cuarenta soles. Se echó veinte al bolsillo
y guardó el resto en su lugar. No en vano, por la noche, había simulado dormir para espiar a su
mamá. Ahora tenía lo suficiente para realizar su hermoso proyecto. Después no faltaría una
excusa. En esos callejones de Santa Cruz, las puertas siempre están entreabiertas y los vecinos
tienen caras de sospechosos. Ajustándose los zapatos, salió desalado hacia la calle.
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En el camino fue pensando si invertiría todo su capital o sólo parte de él. Y el recuerdo de los
merengues —blancos, puros, vaporosos— lo decidieron por el gasto total. ¿Cuánto tiempo hacía
que los observaba por la vidriera hasta sentir una salivación amarga en la garganta? Hacía ya
varios meses que concurría a la pastelería de la esquina y sólo se contentaba con mirar. El
dependiente ya lo conocía y siempre que lo veía entrar, lo consentía un momento para darle luego
un coscorrón y decirle:
—¡Quita de acá, muchacho, que molestas a los clientes!
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Y los clientes, que eran hombres gordos con tirantes o mujeres viejas con bolsas, lo aplastaban, lo
pisaban y desmantelaban bulliciosamente la tienda.
Él recordaba, sin embargo, algunas escenas amables. Un señor, al percatarse un día de la
ansiedad de su mirada, le preguntó su nombre, su edad, si estaba en el colegio, si tenía papá y por
último le obsequió una rosquita. Él hubiera preferido un merengue, pero intuía que en los favores
estaba prohibido elegir. También, un día, la hija del pastelero le regaló un pan de yema que estaba
un poco duro.
—¡Empara! —dijo, aventándolo por encima del mostrador. Él tuvo que hacer un gran esfuerzo a
pesar de lo cual cayó el pan al suelo y, al recogerlo, se acordó súbitamente de su perrito, a quien él
tiraba carnes masticadas divirtiéndose cuando de un salto las emparaba en sus colmillos.
Pero no era el pan de yema ni los alfajores ni los piononos lo que le atraía: él sólo amaba los
merengues. A pesar de no haberlos probado nunca, conservaba viva la imagen de varios chicos
que se los llevaban a la boca, como si fueran copos de nieve, ensuciándose los corbatines. Desde
aquel día, los merengues constituían su obsesión.
Cuando llegó a la pastelería, había muchos clientes, ocupando todo el mostrador. Esperó que se
despejara un poco el escenario, pero no pudiendo resistir más, comenzó a empujar. Ahora no
sentía vergüenza alguna y el dinero que empuñaba lo revestía de cierta autoridad y le daba
derecho a codearse con los hombres de tirantes. Después de mucho esfuerzo, su cabeza apareció
en primer plano, ante el asombro del dependiente.
—¿Ya estás aquí? ¡Vamos saliendo de la tienda!
Perico, lejos de obedecer, se irguió y con una expresión de triunfo reclamó: ¡veinte soles de
merengues! Su voz estridente dominó en el bullicio de la pastelería y se hizo un silencio curioso.
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Algunos lo miraban, intrigados, pues era hasta cierto punto sorprendente ver a un rapaz de esa
calaña comprar tan empalagosa golosina en tamaña proporción. El dependiente no le hizo caso y
pronto el barullo se reinició. Perico quedó algo desconcertado, pero estimulado por un sentimiento
de poder repitió, en tono imperativo:
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—¡Veinte soles de merengues!
El dependiente lo observó esta vez con cierta perplejidad, pero continuó despachando a los otros
parroquianos.
—¿No ha oído? —insistió Perico excitándose—. ¡Quiero veinte soles de merengues!
El empleado se acercó esta vez y lo tiró de la oreja.
—¿Estás bromeando, palomilla?
Perico se agazapó.
—¡A ver, enséñame la plata!
Sin poder disimular su orgullo, echó sobre el mostrador el puñado de monedas. El dependiente
contó el dinero.
—¿Y quieres que te dé todo esto en merengues?
—Sí —replicó Perico con una convicción que despertó la risa de algunos circunstantes.
—Buen empacho te vas a dar —comentó alguien.
Perico se volvió. Al notar que era observado con cierta benevolencia un poco lastimosa, se sintió
abochornado. Como el pastelero lo olvidaba, repitió:
—Deme los merengues —pero esta vez su voz había perdido vitalidad y Perico comprendió que, por
razones que no alcanzaba a explicarse, estaba pidiendo casi un favor.
—¿Vas a salir o no? —lo increpó el dependiente.
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—Despácheme antes.
—¿Quién te ha encargado que compres esto?
—Mi mamá.
—Debes haber oído mal. ¿Veinte soles? Anda a preguntarle de nuevo o que te lo escriba en un
papelito.
Perico quedó un momento pensativo. Extendió la mano hacia el dinero y lo fue retirando
lentamente. Pero al ver los merengues a través de la vidriería, renació su deseo, y ya no exigió sino
que rogó con una voz quejumbrosa:
—¡Deme, pues, veinte soles de merengues!
Al ver que el dependiente se acercaba airado, pronto a expulsarlo, repitió conmovedoramente:
—¡Aunque sea diez soles, nada más!
El empleado, entonces, se inclinó por encima del mostrador y le dio el cocacho acostumbrado,
pero a Perico le pareció que esta vez llevaba una fuerza definitiva.
—¡Quita de acá! ¿Estás loco? ¡Anda a hacer bromas a otro lugar!
Perico salió furioso de la pastelería. Con el dinero apretado entre los dedos y los ojos húmedos,
vagabundeó por los alrededores.
Pronto llegó a los barrancos. Sentándose en lo alto del acantilado, contempló la playa. Le pareció
en ese momento difícil restituir el dinero sin ser descubierto y maquinalmente fue arrojando las
monedas una a una, haciéndolas tintinear sobre las piedras. Al hacerlo, iba pensando que esas
monedas nada valían en sus manos, y en ese día cercano en que, grande ya y terrible, cortaría la
cabeza de todos esos hombres, de todos los mucamos de las pastelerías y hasta de los pelícanos
que graznaban indiferentes a su alrededor.
[Lima, 1952]
Autor: Julio Ramón Ribeyro
Título: Los merengues
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