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• PERCY JACKSON Y EL ÚLTIMO HÉROE DEL OLIMPO:
◦ /10
◦ Annabeth entró corriendo en el pabellón justo detrás de él, y he de reconocer que al verla
el corazón se me aceleró un poco
◦ —¿Te acuerdas de Briares lanzando todas aquellas rocas? —le pregunté a Annabeth.
Me dirigió una sonrisa reticente.
—¿Y de Grover desatando el pánico?
Nos miramos a los ojos. Recordé otro momento de aquel verano, bajo el monte Saint
Helens, cuando Annabeth creyó que no saldría vivo y me dio un beso.
Ahora carraspeó y desvió la mirada.
—La profecía —dijo.
—Exacto. —Dejé la cimitarra—. La profecía.
◦ —Yo me quedaré con Percy —añadió—. Nos uniremos a vosotros más tarde, o
acudiremos donde sea necesario.
Alguien apuntó desde atrás:
—Sin entreteneros por el camino, vosotros dos.
Hubo algunas risitas, pero hice la vista gorda.
◦ Miré a los campistas; tenían expresiones serias y resueltas. Procuré no sentirme como si
aquélla fuera la última vez que los veía juntos.
—Sois los mayores héroes del milenio —los arengué—. No importa cuántos monstruos
se echen sobre vosotros. Luchad con valentía y venceremos. —Alcé a Contracorriente y
grité—: ¡Por el Olimpo!
Respondieron a voz en cuello y nuestras cuarenta voces reverberaron por los edificios
del centro: un grito desafiante que resonó unos segundos para disolverse rápidamente en
aquel silencio de diez millones de neoyorquinos dormidos.
◦ —Espera aquí —le dije a Annabeth.
—Percy, no deberías ir solo.
—Bueno, salvo que sepas respirar bajo el agua… Dio un suspiro.
—A veces eres insoportable —soltó.
—¿Cuando tengo razón, por ejemplo? Confía en mí, no me va a pasar nada. Ahora tengo
la maldición de Aquiles. Soy invencible y todo eso.
No parecía muy convencida.
—Tú ándate con cuidado —agregó—. No quiero que te pase nada. Quiero decir… te
necesitamos para la batalla.
Sonreí de oreja a oreja.
◦ Mantuve los ojos fijos en Annabeth, que asintió de mala gana.
—Está bien. En marcha —dije. Antes de que pudiera acobardarme, añadí—: ¿No hay un
beso para darme suerte? Ya es una especie de tradición, ¿no?
Temí que me diera un puñetazo. Pero lo que hizo fue sacar su cuchillo y mirar al ejército
de monstruos.
—Regresa vivo, sesos de alga. Entonces veremos.
◦ Annabeth y yo luchábamos hombro con hombro, mirando en direcciones opuestas.
◦ Con el puño de la espada, le di un golpe tan brutal en la cara que le abollé el casco.
—¡Atrás! —Blandí la espada a izquierda y derecha, obligando a los enemigos a
apartarse de Annabeth—. ¡Que nadie la toque!
◦ En cuanto se hubo marchado, me arrodillé junto a Annabeth y le puse una mano en la
frente. Todavía estaba ardiendo.
—Te pones muy mono cuando estás preocupado —murmuró—. Casi se te juntan las
cejas de tanto arrugar el entrecejo.
—No se te ocurra morirte mientras te debo un favor. ¿Por qué paraste esa puñalada con
tu cuerpo?
—Tú habrías hecho lo mismo por mí.
Era verdad. Supongo que ambos lo sabíamos. Aun así, me sentía como si me estuvieran
hurgando en el corazón con una barra helada de metal.
◦ ¿Dónde… dónde tienes el punto débil?
Se suponía que no debía decírselo a nadie. Pero bueno, era Annabeth. Si no podía fiarme
de ella, no podía fiarme de nadie.
—En la base de la columna.
Alzó una mano.
—¿Dónde? ¿Aquí?
Me tocó la espalda y sentí un hormigueo. Llevé sus dedos al punto que me mantenía
atado a la vida mortal. Noté una descarga eléctrica de mil voltios por todo mi cuerpo.
—Me has salvado la vida —le dije—. Gracias.
Ella apartó la mano, pero se la mantuve sujeta.
◦ El monstruo rugió, se enroscó sobre sí mismo con increíble agilidad y consiguió derribar
a Annabeth.
La agarré en cuanto tocó el suelo y la saqué de en medio a rastras, mientras la serpiente
aplastaba la farola junto a la que había caído unos segundos antes.
—Gracias —dijo.
—¡Te he dicho que tuvieses cuidado!
—Ya, bueno… ¡Agáchate!
Ahora le tocó a ella salvarme.
◦ Grover y Thalia se aferraron entonces a mis piernas, y encontré una reserva de energía
extra. Annabeth no iba a caerse.
Tiré de ella con todas mis fuerzas hasta ponerla a salvo y los dos nos desmoronamos
temblorosos. No me había dado cuenta de que nos rodeábamos el uno al otro con los
brazos hasta que ella se puso de repente toda tensa.
◦ Me miró, como saboreando el hecho de que yo siguiera allí. Y entonces comprendí que
yo estaba haciendo exactamente lo mismo. El mundo se desmoronaba, pero lo único que
me importaba era que ella continuara viva.
◦ Eché un vistazo a mi espalda. Annabeth intentaba eludir mi mirada. Estaba pálida. Me
vino un recuerdo de dos años atrás, cuando creí que ella iba a comprometerse con
Artemisa y a convertirse en una cazadora. Yo había estado a punto de sufrir un ataque de
pánico, sólo de pensar que la perdería. Ahora ella parecía exactamente en la misma
posición.
◦ Annabeth se había tapado la boca con las manos. Sus ojos relucían. Y eso, para mí, lo
compensaba todo.
◦ Entonces se echó a reír de verdad y me rodeó el cuello con los brazos.
—Yo nunca, lo que se dice nunca, voy a ponértelo fácil, sesos de alga. Vete
acostumbrando.
Cuando me besó, tuve la sensación de que se me derretía el cerebro por dentro.
Podría haberme quedado así toda la vida
◦ Entre vítores y aplausos nos llevaron cuesta abajo, aunque siempre lo bastante cerca para
que siguiéramos tomados de la mano. Annabeth se reía a carcajadas y yo no podía dejar
de reírme tampoco, aunque tenía la cara completamente roja.
◦ Fue sin duda el mejor beso submarino de todos los tiempos.
◦ —Y para estar cerca de mí, ¿no? —pregunté.
—Hum, me parece que hay alguien aquí que se da demasiada importancia. —Pero
entrelazó sus dedos con los míos. Me acordé de su idea de construir algo permanente, de
la que me había hablado en Nueva York, y pensé que quizá estábamos empezando con
buen pie.