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Dangerous To Know and Love (Jane Harvey Berrick)

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Staff
Sinopsis

El silencio es solo profundo.


Daniel Colton es el chico con el cual todas las chicas quieren salir y
el hombre que todos los chicos quieren ser. Malhumorado, con un
temperamento explosivo, cerrado y sombrío, Es inclusive hermoso,
tatuado en lugares deliciosos, con un piercing en la ceja y pelo negro
puntiagudo. Hay rumores que tiene piercings en otros lugares,
también.
¿Es realmente loco, malo y peligroso para relacionarse?
Daniel vive con su hermano mayor, Zef, y su casa es el centro de
las estas. ¿Quieres drogas, un buen momento, licor, sin preguntas?
Colton es el lugar para ir.
Cuando Daniel y la chica buena Lisanne Maclaine tienen que
trabajar juntos en una asignación, Lisanne encuentra mucho más en
el chico malo de la universidad que su reputación. Es inteligente,
divertido y una buena compañía.
Luego descubre su secreto, ¿Por qué está cerrado a todos, y
determinado a mantener a la gente a un brazo de distancia? Pero ser
la que guarda el secreto es más difícil de lo que alguna vez soñó.
Prólogo
Traducido por Aime Volkov
Corregido por Melii

Silencio.
Bajo su ventana, autos eran conducidos, bicicletas pedaleadas,
personas caminaban, perros corrían, el mundo era transitado. Cada
actividad con su propio conjunto de acciones, una orquesta de
ruidos: neumáticos, frenos, voces, ladridos. Ninguno de los sonidos
penetraba.
Sintió una presencia detrás y se giró para ver a los ojos
preocupados de su hermano viéndolo.
—Hoy es el día, chico universitario.
Zef extendió su mano y las estrecharon rápidamente, antes de jalar
a Daniel en un apretado abrazo.
—Estoy orgulloso de ti, hermano —susurró—. Mamá y papá
estarían orgullosos también.
Luego se alejó y golpeó el hombro de su hermano.
—No la cagues.
Daniel sonrió.
—No voy a hacer ninguna promesa.
1
Traducido por Maca Delos & Vanessa Farrow
Corregido por Daenerys

Cuando Lisanne entró trastabillando al auditorio, con Kirsty


colgada de su brazo, ya había varios estudiantes dispersos por la
habitación. Era demasiado temprano en el semestre para que se
estuvieran formando hermandades ni nada, pero algunas chicas ya
se encontraban sentadas en grupos exclusivos, riendo
nerviosamente. Los chicos eran demasiado geniales para esas cosas,
y se sentaban gloriosamente aislados.
Analizó los variados ejemplos de humanidad. La mayoría lucía
común y corriente, como ella, vestidos en vaqueros y camisetas,
aunque un chico llevaba una camisa de botones y corbata. ¡Qué
fastidio! Hizo una apuesta consigo misma de que tenía una copia del
periódico Wall Street Journal en su mochila. Sólo le sorprendía que no
llevara portafolio.
¿Por qué demonios aceptó tomar la clase de Introducción a los
Negocios? Oh, sí, porque sus padres no creían que una
especialización en música le diera grandes oportunidades en el
futuro.
La respuesta de su nueva compañera de cuarto fue mirar las cosas
por el lado bueno.
—Apesta —dijo Kirsty—. Pero, uno nunca sabe, puede que
conozcas a algún chico lindo que resulte ser el próximo Mark
Zuckerberg.
—¿Cómo? ¿Bajito, y con mal gusto en ropa?
Kirsty se rió.
—No, tonta: ¡brillante y asquerosamente rico!
Suspiró.
—¡Oye, Lis! ¡Mantén la cabeza en el juego!
Levantó la cabeza, alejando la mirada del señor Prestigioso, y
luego su expresión se aclaró mientras Kirsty le guiñaba y se sacaba
los zapatos de una patada.
—Me sorprende que puedas caminar con ellos... oh, cierto, no
puedes.
Kirsty levantó las cejas.
—¡Hola! ¡Son de Manolo Blahnik! Se supone que son para ser vistos,
no para caminar en ellos.
—Por supuesto. Qué estúpido de mi parte.
Kirsty rió disimuladamente.
—Sí, como sea. De acuerdo, en serio, ¿con cuál de estos chicos te
acostarías? —Y sus brazos barrieron los alrededores, indicando a
todos los que se encontraban en el auditorio.
Lisanne rió.
—Con ninguno de ellos haría nada de eso.
—¿No? ¿No crees que el chico de la camiseta roja es lindo?
Lisanne estiró el cuello.
—Supongo que ese está bien. Aunque no es mi tipo.
—¿Cuál es tu tipo? —preguntó Kirsty curiosamente. Todos los
chicos lindos eran el tipo de Kirsty.
Se encogió de hombros. Lo cierto era que no tuvo muchas citas en
la secundaria. De acuerdo, cambia eso a ninguna, a menos que
contara el baile de graduación y el asco de la no-cita. Cómo es que
una no-cita pudo haber terminado siendo un completo desastre,
permanecía siendo un misterio para ella, pero fue una de las peores
y más humillantes noches de su vida, que incluyó el vómito —de
alguien más— y... No, no quería pensar en ello. De nitivamente no
contaba.
—Vamos, Lis —dijo Kirsty, en tono alentador—. ¿Qué hay de ese
chico con el que hablabas en Facebook anoche?
—¿Rodney? No, sólo es un amigo de la secundaria.
—¿Entonces no es...?
—¡Iug, no! Lo conozco desde el jardín de niños, eso sería
simplemente... raro.
—¿Entonces estás disponible?
Lisanne se hallaba muy disponible. Simplemente no veía a nadie
que le gustara de esa manera.
—Bueno, dime qué estás buscando... en un chico, ya sabes.
—Oh, no lo sé: alguien diferente. Alguien...
—¿Como él? —dijo Kirsty, asintiendo hacia el chico que acababa
de entrar.
Ciertamente era diferente. De hecho, Lisanne se encontraba
bastante segura de que se metió en la clase equivocada por error. De
ninguna manera alguien como él tomaría la clase de Introducción a
los Negocios.
Todos los ojos, femeninos y masculinos, giraban en su dirección
mientras caminaba tranquilamente por el auditorio luciendo como si
fuera el dueño del lugar. Se desplomó en un asiento en la segunda
la, rebosando arrogancia, sacándose los Ray Ban mientras lo hacía.
Era alto y esbelto con el cabello negro corto y puntiagudo. Se sacó la
chaqueta de cuero, e incluso a esta distancia, pudo ver que tenía una
espalda ancha y brazos fuertes y musculosos con tatuajes en rojo,
dorado y negro arremolinándose a través de ellos. Se giró para
escanear la habitación detrás de él, y no pudo evitar notar el
pequeño arete plateado en su ceja izquierda.
Sin hablar con ningún alma o hacer contacto visual con nadie, el
chico lanzó la chaqueta en un asiento y su mochila del otro lado. ¿No
era una regla que todos los chicos geniales se sentaran en la última
la? Pero no, él no.
Sintió sus cejas juntarse al fruncirse.
—Ugh, no, no soporto a los chicos como ese —dijo—. Todos emo,
creyendo que son mejores que los demás.
—Sí, pero es lindo —dijo Kirsty, lamiéndose los labios—. Ese chico
es atractivo. Voy a averiguar quién es.
—De nitivamente, no mi tipo —dijo Lisanne, con una pizca de
irrevocabilidad.
El profesor Walder entró en la habitación e inmediatamente las
charlas en voz baja se silenciaron, y todos comenzaron a sacar
papeles y portátiles, listos para tomar notas. Todos excepto el chico
con el aro en la ceja. No se movió. Ni siquiera sacó un cuaderno para
hacer garabatos.
Se sintió estúpidamente irritada con él. Sus padres pagaban
mucho dinero para que fuera a la universidad, y los perdedores
como ese tipo sólo se hallaban allí para pasar el rato. No podía
soportar a la gente como esa, gente que era falsa.
Se dio cuenta de que había pasado demasiado tiempo observando
al "Chico Aro en la Ceja" y que la clase ya comenzaba.
Pero de vez en cuando, sus ojos volvían a él. Medio esperaba que
se hubiera quedado dormido, o jugara con su iPod, pero sus ojos
permanecían jos en el profesor Walder, apenas parpadeando
durante los cincuenta minutos. Era extraño. ¿Tal vez se encontraba
drogado? Aunque eran apenas las nueve de la mañana, parecía la
respuesta más probable.
Al nal de la clase, el señor Prestigioso hizo varias preguntas, e
incluso sacó su copia del Wall Street Journal para ilustrar su punto.
Chocó puños consigo misma en su interior: se enorgullecía de leer a
la gente correctamente.
Mientras el aula comenzaba a vaciarse, no pudo evitar notar que el
Chico Aro en la Ceja no le habló a nadie, y no hizo contacto con
ninguna persona con la que compartía la clase. Y llevaba sus
anteojos de sol otra vez. En el interior. Qué imbécil.
Pero tenía que admitir que Kirsty tenía razón en una cosa: era un
lindo imbécil. Su cabello era tan oscuro que casi era azul, y su piel
clara llevaba un bronceado dorado. Por lo que vio de sus ojos, eran
un tono claro de avellana, rodeados por largas pestañas encima de
pómulos perfectos y labios llenos y besables. ¿Besables? ¿Dónde se
hallaba la verdadera Lisanne Maclaine, y quién demonios tenía estos
pensamientos?
Con un resoplido, dirigido a la injusticia del mundo donde la
gente hermosa podía salirse con la suya y ser imbécil, fue directo a
las aulas de práctica para su clase particular con el profesor de
violín.
Mientras se apresuraba a través del patio interior, no pudo evitar
preguntarse por qué un chico tan hermoso querría profanar lo que
Dios le dio cubriendo su cuerpo con tatuajes y metiendo un pedazo
de metal en su ceja. Cierto, ella tenía las orejas perforadas, pero era
diferente. Obviamente. No entendía por qué las chicas en la
universidad se obsesionaban tanto con los tipos con tatuajes.
Simplemente no le encontraba sentido, y ciertamente no tenía
intención de hacerse uno. Iba a lucir raro cuando tuviera cuarenta.
Suspiró, preguntándose por qué nació tan sensata.
La mañana fue rápida después de eso, y se olvidó acerca del Chico
Aro en la Ceja. Su tutor de violín, el profesor Crawford, resultó ser
increíble y creyó que se llevaban bien. Le dio algunos consejos para
mejorar su inclinación, que inmediatamente la ayudaron. Así que se
hallaba de buen humor cuando se cruzó con Kirsty de vuelta en el
comedor.
—¡Hola, compañera! —gritó en voz alta—. Trae tu trasero aquí.
Kirsty permanecía desplomada en su asiento en la mesa con tres
chicas que no conocía. Le divirtió ver que sus pies se encontraran
desnudos y se dejó caer a su lado.
—¿Qué les pasó a los Manolo? —preguntó, con una sonrisa
conocedora.
—Digamos simplemente que los guardaré para una noche en la
que vaya en limusina —gruñó Kirsty.
Lisanne levantó una ceja.
—Me impresiona que intentaras usarlos, siquiera. Yo me habría
roto el cuello.
Kirsty se rió en voz alta, y varios chicos miraron en su dirección,
observándola de arriba a abajo. Por las miradas en sus rostros,
obviamente aprobaban lo que veían. Bueno, en realidad no había
nada que desaprobar: tenía el pelo teñido de rubio oscuro, que se
ondulaba en rizos casi hasta la cintura, curvas perfectas, y un rostro
de muñeca con grandes ojos azules. De haber sido más alta, podría
haber sido modelo.
Ella era sencilla en comparación, sin embargo para ser justa, la
mayoría de las chicas lo eran cuando se les comparaba con Kirsty. Su
propio rostro era demasiado cuadrado, su mentón muy marcado,
ordinarios ojos grises, uniforme cabello liso color marrón, y aunque
su gura era decente, no era nada especial. Para nada especial.
Parte de Lisanne, la que era una perra y de la cual no se
enorgullecía, realmente habría querido odiar a Kirsty, pero la chica
era simplemente demasiado agradable. Ugh.
Kirsty le presentó al resto de las chicas en la mesa: Trudy, Shawna
y Holly. Todas cursaban la carrera de modas como Kirsty. No es que
había necesitado esa presentación para darse cuenta de ello, sus
ropas gritaban "diseñador" a un kilómetro de distancia.
—¿Cómo estuvieron tus otras clases esta mañana? —preguntó
Kirsty.
—Sí, bastante buenas. Mi profesor de violín es genial.
—¿Violín? —se burló Shawna—. Eso suena grandiosamente
estúpido.
Kirsty rió, pero dijo energéticamente—: No como toca Lisanne. —
Sonrió y le guiñó a su compañera de cuarto, pero luego algo distrajo
su atención y sus ojos se movieron rápidamente al otro lado de la
habitación.
—¡Mira al señor Alto, Oscuro y Deliciosamente Peligroso! —dijo
Shawna lamiéndose los labios, mientras seguía la mirada de Kirsty.
Lisanne vio al Chico Aro en la Ceja abrirse paso a través del
comedor. Aún llevaba los anteojos de sol. Aún se encontraba solo.
—Oh, él. —Resopló—. Está en nuestra clase de Introducción a los
Negocios. Es un verdadero imbécil.
Incluso mientras decía las palabras, se sintieron raras en su boca.
Racionalmente, sabía que no hizo nada especí co para molestarla.
Era simplemente la manera en la que se sentó allí, sin tomar notas,
como si fuera superior a todo.
Shawna sonrió de manera superior.
—Para tu información, su nombre es Daniel Colton. Es de aquí, y
tiene una reputación... eso es lo que oí.
—¿Qué tipo de reputación? —preguntó Kirsty, ansiosa.
—Se ha metido en dos peleas esta semana —dijo Shawna,
encantada de ser la que contara las noticias—. Se enojó con algún
estudiante graduado sin razón aparente. —Entonces bajó la voz—:
Dicen que es el tipo al que se debe ir si quieres algo extracurricular.
Ya saben, marihuana, alcohol, cocaína, anfetaminas... el chico lo tiene
todo. No me importaría pasar algún tiempo extracurricular con él, si
saben a qué me re ero. Escuché que es un monstruo en las sábanas.
Sus labios se curvaron hacia abajo con disgusto, y no sólo por la
expresión acristalada en el rostro de Shawna. ¿Cómo demonios
podía salirse con la suya y ser tan descarado vendiendo drogas en el
campus? Encajaba con su baja opinión sobre él, la cual cayó
gravemente en picada. Pero, si la gente se enteraba de él en menos
de una semana, tampoco le tomaría demasiado tiempo a las
autoridades de la universidad oír sobre ello. Con toda seguridad, ni
siquiera llegaría a terminar el primer semestre.
—Ciertamente tiene toda la vibra de chico malo a su favor —
concordó Kirsty.
—Mmm-hmm —murmuró Shawna—. Ardiente, de nitivamente
ardiente.
—Enojadizo, malo y peligroso de conocer —dijo Kirsty, sonriendo
—. ¿Qué piensas, Lisanne? ¿Tienes algo por los chicos malos?
Negó tan fuerte que puede haber jurado que se le agitó el cerebro.
Kirsty rió, y comenzó a hablar de planes para el n de semana.
Irritada consigo, sacó de su cabeza todos los pensamientos sobre
Chico Aro en la Ceja. Algunas personas no conocían su suerte.

***

La primera semana de Lisanne lejos de casa fue difícil, siendo


sutiles. Extrañaba a su familia. Extrañaba ser capaz de hablar con su
mamá, que también era su mejor amiga. Seguro, hablaban por
teléfono todas las noches, pero no era lo mismo. Extrañaba los
chistes malos de su papá, su fuerte y tranquila presencia y la
sensación de que ante cualquier problema que tuviera, él lo
resolvería. Incluso extrañaba a su hermano pequeño Harry que, a los
trece años, ya no era tan pequeño, y era un verdadero dolor en el
trasero. Aun así, los extrañaba a todos.
Y la universidad era diferente. Para comenzar, compartía una
habitación por primera vez en su vida, lo cual signi caba que no
existía mucha privacidad, aunque Kirsty resultó ser muy agradable.
Allí se encontraba esa palabra otra vez. Se tuvo que acostumbrar a los
baños comunitarios, y a llevar sandalias en la ducha, irritada de
tener que esperar hasta segundo año para que los dormitorios de las
mujeres fueran renovados con baños privados. Extrañaba ser capaz
de cocinar, en lugar de tener que comer siempre en la cafetería. Y la
cantidad de trabajo que le daban sus profesores era abrumador.
Entró un poco en pánico cuando se dio cuenta de lo pesada que iba a
ser su rutina, y el hecho de que, para el nal de la primer semana, ya
se había atrasado en dos clases, especialmente negocios, la cual
podría haber estado en griego antiguo, por lo que entendía de ella.
Pero era noche de viernes, y Kirsty la obligó a bajar para comer
pizza con algunas de las chicas. A pesar del hecho de que Shawna
estuvo allí, fue más divertido de lo que esperaba. Pasaron la mañana
del sábado estudiando y durante la tarde fueron a las tiendas de
ofertas y, bajo insistencia de Kirsty, gastó más de lo que necesitaba
en un nuevo par de vaqueros para llevar esa noche cuando fueran a
bailar.
Para el domingo, se sentía tan preocupada por su tarea que
decidió pasar la tarde y noche en la biblioteca. Vaya, ¿qué tan triste era
eso?
Nada sorpresivamente, la biblioteca permanecía casi vacía. El área
común de estudios hizo un fuerte sonido de eco cuando arrastró la
silla a través del suelo. Tres chicos que parecían ser de último año de
medicina, encorvados encima de libros de anatomía, le dirigieron
miradas irritadas, sorprendidos por su intrusión, y un par de
personas que caminaban sin rumbo a través de las estanterías.
Apagó su iPod con un suspiro, dejando que murieran las últimas
notas de "Running out of Air" de Love and Theft, y entonces los
sorprendidos ojos de Lisanne cayeron en la última persona que
esperaba ver en la biblioteca, mucho menos durante un n de
semana, el Chico Aro en la Ceja.
Se sentaba en una mesa solo, con su libro de negocios abierto
delante de él. De vez en cuando escribía algunas notas en su portátil.
Ella se dejó caer en una de las mesas que resultaban tenerlo a la
vista. Decidió que seguramente se hallaba allí para encontrarse con
uno de sus contactos de droga, y si era así, le diría al bibliotecario en
turno. Probablemente. Tal vez.
Pero se encontraba fascinada mientras sus largos dedos pasaban
intermitentemente por su cabello, o tiraban del arete en su ceja.
Luego de media hora, tuvo que admitir que no hacía nada más
siniestro que estudiar, a pesar de que parecía el tipo de chico que se
estaría recuperando de una noche dura de esta durante el sábado.
Eventualmente, volvió los ojos a su propia pila de tarea, que no
había disminuido en los últimos treinta minutos de observarlo
distraídamente.
Luego de unas cuatro horas de verdadero estudio, sus ojos se
sentían cansados y arenosos, como si las páginas de sus libros
hubieran estado cubiertas de papel de lija mientras las leía, y no
quería hacer nada más que volver a su habitación y dormir.
Esperaba que Kirsty no se volviera hiperactiva y ruidosa, aunque las
probabilidades se hallaban en su contra. Se frotó el rostro y levantó
la mirada, para encontrarse directamente con los ojos avellana del
Chico Aro en la Ceja.
Esperaba que alejara la mirada, pero no lo hizo. La mantuvo, con
el rostro impasible. Para su molestia, sintió su piel calentarse con
rubor. ¡No, no, no! ¡No en frente de él!
Pero su sonrojo se comportó mal y no le prestó atención en
absoluto.
Fue salvada por el bibliotecario, que anunció que cerrarían. Para
cuando volvió a mirar, el Chico Aro en la Ceja ya había metido su
portátil y libros en su morral de lona, y se dirigía afuera.
Velozmente, Lisanne agarró sus libros y se apresuró a ir detrás de
él, diciéndose a sí misma que era porque no quería quedarse sola en
el espeluznante edi cio. Él se encontraba unos seis metros delante,
cuando se tropezó en la puerta de la biblioteca, y cayó tumbada en
los fríos escalones.
Gritó mientras se raspaba las manos al caer de rodillas. El Chico
Aro en la Ceja ni siquiera dejó de caminar, mucho menos se dio la
vuelta para ayudarla. Aunque debió haberla escuchado gritar, la
ignoró por completo, dando zancadas hacia la oscuridad.
Dolida y humillada, agarró sus libros, maldiciendo en silencio al
chico de cabello negro que la distrajo tan desastrosamente.

***
La mañana siguiente, se arrastró de la cama demasiado temprano
para alguien que estuvo despierto, como predijo, hasta la una de la
mañana. Las palmas de sus manos tenían raspaduras y sus rodillas
se encontraban de color negro y azul. Pero, peor que ello, se sentía
magullada por dentro. ¿Cómo pudo haberla simplemente ignorado
cuando se lastimó de tal modo? Sabía que ella no habría dejado que
un extraño se quedara tirado en el suelo sin intentar ayudarlo. ¿Qué
tipo de persona se comportaba de esa manera?
De nitivamente no quería averiguarlo.
—Es demasiado temprano —gimió Kirsty—. ¿Y quién demonios
permite que la gente de construcción trabaje en las carreteras un
lunes por la mañana fuera de una residencia estudiantil?
Lisanne observó por la ventana. No, nada de construcción en la
carretera. El aporreo pertenecía a la cabeza de Kirsty.
Rodó los ojos, pero no pudo evitar la sonrisa compasiva que dio
mientras observaba a su compañera lidiar con una resaca
importante.
—Luces como si hubieras tenido una buena noche.
Kirsty se levantó para inclinarse contra el respaldo de la cama,
amontonando el edredón a su alrededor.
—Debiste haber estado allí, Lisanne, fue asombroso. Nuestras
identi caciones falsas eran totalmente geniales. Shawna estuvo
tomando chupitos de tequila, se encontraba hecha un desastre.
No pudo evitar sonreír ligeramente, y Kirsty la miró con
curiosidad.
—¿Qué hiciste tú?
—No mucho. Estudié.
No se animó a decirle a Kirsty sobre su desgracia en la biblioteca, o
más bien, en los escalones de la biblioteca. Y ciertamente no iba a
mencionar la parte del Chico Aro en la Ceja, de todas formas, esa era
una gigante no-historia.
Kirsty gimió y ella no pudo evitar el gesto de dolor, también. Se
embriagó una vez, y disfrutó de la sensación. Fue durante la boda de
su prima, y no era un sentimiento que quisiera recordar. Jamás.
Especialmente la parte en la que vomitó el frente de su vestido
nuevo.
Agarró una botella de agua de la pequeña nevera, y la puso en la
mesita al lado de la cama de Kirsty junto con dos ibuprofenos.
—Eres un héroe —dijo Kirsty, con los dedos escarbando en busca
de las pastillas.
Levantó la mirada hacia Lisanne mientras ésta comenzaba a abrir
la puerta.
—¿A dónde vas?
—¡Clases! —dijo Lisanne, levantando una ceja.
—De acuerdo, ¿te veo más tarde? Vamos a comer comida italiana
esta noche.
—Eh, no, gracias. Tengo cosas que hacer —dijo, evasivamente—.
Nos vemos.
Kirsty gimió, y le dio una pequeña despedida con la mano.

***

No parecía una buena idea, ahora que Lisanne se hallaba parada


fuera del edi cio. Se mordió el labio y miró el volante de nuevo. Sí,
esta era de nitivamente la dirección, pero no parecía el tipo de lugar
al que quería entrar sin un guardia armado. Grasiento: esa era la
palabra. Deteriorado: esa era otra. De mala reputación. Escalofriante.
Un bar de mala muerte. Incluso de pie afuera, podía oler la cerveza
rancia y la acera cubierta de colillas de cigarrillos. Por lo menos era
de día. No es que nadie en el interior conociera ese hecho, las
ventanas del lado de la calle se encontraban pintadas de negro.
Se sentía un poco mareada, y se dio cuenta de que sus palmas
sudaban mientras se las frotó en sus nuevos vaqueros. Esta era una
mala idea. Debería regresar a los dormitorios antes de hacer un
ridículo aún más grande de sí misma.
Acababa de convencerse de dar vuelta y marcharse cuando la
puerta de acero se abrió. El hombre más grande que jamás conoció la
miraba. Por Dios, era enorme. Lucía como que podía aplastarle las
costillas con una mano si quería. Su cabeza era calva, o se la afeitaba,
y sus brazos y cuello se veían totalmente cubiertos de tatuajes.
Le sonrió, y ella automáticamente retrocedió un paso.
—¿Oye chica, estás aquí para la audición?
—¿Um, sí? —dijo, vacilante.
—Entra, cariño.
Quería decir que no. Quería dar la vuelta y correr, pero de alguna
manera sus pies no obedecieron a su cuerpo. El hombre seguía
mirándola, así que respiró hondo y entró. Deseaba haber dejado un
mensaje a alguien para decirle a dónde iba, para que supieran dónde
encontrar su cadáver mutilado. Tal vez su celular tenía seguimiento
satelital. Tal vez debería esconderlo en alguna parte en el club
antes...
—Por este camino, cariño.
El gigante la llevó al interior del edi cio, que tenía paredes oscuras
saturadas con olor a sudor y licor fuerte, o posiblemente licor de
atestados cuerpos que fue sudado bailando, cada n de semana.
La iluminación era tenue, y ni a la luz del día se le permitía entrar
a la cripta que formaba la red de habitaciones. Lisanne se esforzó
para convencerse de que la mancha en el piso no podía ser sangre.
Entonces oyó el sonido de alguien riendo haciendo eco. Era una
risa despreocupada, feliz, de ninguna forma cómo se imaginaba que
sonaría la de un asesino en serie. Inesperadamente, sintió que su
cuerpo se relajaba.
Echando un vistazo a través de la oscuridad, vio un grupo de
hombres de pie en un pequeño escenario. Todos, se volvieron a
mirarla, y las risas se apagaron.
—Otro cordero para la masacre —dijo una voz baja, y varios de
ellos se rieron disimuladamente.
Tragó saliva, enderezó los hombros y siguió adelante con un aire
decidido, desmentido por la forma en que su estómago se revolvía y
sacudía.
La miraban con expresión divertida pero a pesar de su aspecto
temible, su comportamiento no era amenazante. Se detuvo
abruptamente cuando vio que uno de ellos era el Chico del Aro en la
Ceja. ¿Por qué tenía que estar aquí para presenciar su mayor
humillación? Le devolvió la mirada sin reconocerla y se sintió
ridícula pensando que sabría de ella, o incluso la recordaría.
Se encontraba recostado en el piano, con un pie apoyado detrás de
él, su rodilla doblada, una postura relajada y cómoda. Cuando
Lisanne se acercó, saltó del escenario.
—Me voy de aquí, malditas audiciones —dijo con voz aburrida.
—Claro, Dan. —Uno de los hombres habló en voz baja—. No te
pierdas. —Pero el Chico del Aro en la Ceja lo ignoró, pasó junto a
ella, y siguió caminando, balanceando un casco de moto en una
mano.
Se sintió indignada por su comportamiento grosero. Era un idiota.

***

Daniel se hallaba irritado consigo mismo por ir al club. Sabía que


sería provocar una tormenta de mierda de recuerdos, y no necesitaba
la furia de su hermano cuándo lo supiera, pero de alguna manera no
fue capaz de permanecer lejos tampoco. Aun así, no existía forma en
la tierra que lo hiciera quedarse para otra audición inepta. Tenía sus
límites.
Se sorprendió cuando la última víctima apareció. No se parecía en
nada a la clase de chica que iría al club. Le encantaba el lugar, pero
tenía que ser sincero: era un horrible hoyo de mierda. Parecía
demasiado joven, para empezar, y demasiado dulce.
Pero sabía que las apariencias podían engañar. También era muy
consciente de cómo la gente lo juzgaba en el momento que lo veía.
Las reacciones eran predecibles. Generalmente, no le importaba lo
que pensaran. No, eso no era cierto. No le importaba lo que la gente
pensaba de la forma en que él lucía. Sabía que sus tatuajes, sus
perforaciones, la forma en que vestía, le daba a la gente un mensaje
gigante de váyanse a la mierda y eso le sentaba muy bien. Esa
mierda era deliberada. Aprendió a tener cuidado con la gente en
general, y comenzar la universidad fue un gran problema para él. Ya
tuvo que noquear un par de idiotas, y Zef le dio un in erno cuando
volvió a casa con los nudillos magullados dos días seguidos. Era
jodidamente divertido si lo pensabas. Tal vez “irónico” era la
palabra.
Se acostumbró a la forma en que las personas reaccionaban a él:
las chicas lo veían de arriba a abajo, incluso algunas chicas mayores,
lo que era genial, los chicos lo evitaban o intentaban demostrar que
eran más fuertes que él. Rara vez lo eran. La mayoría de los adultos
sólo lo encasillaban como un delincuente y lo evitaban. Sus
profesores no parecían molestos, por lo que Daniel agradecía:
tatuajes, perforaciones, ropa y peinados extraños, todo lo habían
visto antes. Pero quería evitar los problemas en la universidad tanto
como fuera posible. Por desgracia, parecía que también debería
evitar a las personas para ello.
Era consciente de la supuesta reputación que ya lo seguía. Esto lo
enfureció, pero cuando eras el hermano de Zef Colton, no existía
mucho que pudieras hacer por la mala reputación. Razón por la cual
golpeó a ese par de imbéciles la semana pasada, hicieron la dolorosa
suposición de que Daniel y su hermano eran lo mismo. Doloroso
para ellos, de todos modos.
Esa chica lo miró de la forma que todos los demás lo hacían, lo
repasó por completo pero también pensó que era basura. Perra.
Cuándo pasó junto a ella en su salida del club y vio el destello de
ira en sus ojos, la reconoció. La Chica de la Biblioteca. La vio allí el
domingo por la tarde. De hecho, estaba muy seguro de que lo miró
jamente al menos por veinte minutos. Lo comenzó a asustar, y casi
decidió decirle algo cuando por n comenzó a concentrarse en su
propio trabajo, y fue capaz de relajarse.
Leía el mismo libro de texto de estudios de negocios que él, lo que
signi caba que debían compartir al menos una clase. Pero también
se hallaba rodeada de partituras orquestales, lo que la hacía una
alumna de música.
Qué jodida pérdida de tiempo. Daniel no tenía ningún lugar en su
mundo para gente como ella.
A pesar de su insistencia en que no tenía ningún interés en la
Chica de la Biblioteca o lo que sea, se preguntaba cómo le habría ido
en la audición. No podía imaginar que tendría lo que los chicos
buscaban, pero tampoco se encontraba en una posición para juzgar.
Y esa idea lo enojó demasiado.
Le enviaría un mensaje a Roy luego para averiguarlo.
Le hubiera gustado ir a casa y relajarse una vez que dejó el club,
pero Zef le dijo que se perdiera por toda la noche, porque tenía
algunos negocios que atender en la casa. Se acostumbró a eso y en
realidad no le molestaba. Zef era muy bueno la mayor parte del
tiempo.
Así que en lugar de ir a casa y a sus libros, condujo hasta el
gimnasio del campus. Aparcó la moto, guardó el casco, y caminó al
interior. Levantó algunas pesas y corrió alrededor de un kilómetro y
medio en la cinta. Quemaría un poco de su energía nerviosa siempre
presente.
En el vestuario, se puso unos pantalones de chándal y una
camiseta, y llevó su toalla y una botella de agua a la sala de pesas.
Dos chicos del equipo de fútbol ya se encontraban allí, pero no le
hicieron caso y continuaron con sus prensas.
Después de casi una hora, se dirigió a la sala de entrenamiento
donde la cinta de correr, máquinas de remo y bicicletas de spinning
se encontraban organizadas en las. Un pequeño grupo de chicas
permanecía allí, usando shorts diminutos y tops ajustados. Miraban
a Daniel con avidez, y automáticamente las repasó de arriba a abajo.
Una con el pelo rojo era caliente y de nitivamente se hallaba
interesada en él.
Suspiró y apartó la mirada. No estaría interesada si lo conociera
verdaderamente. Además, prefería relaciones anónimas que con
conocidas. Era más fácil.
Se concentró en la cinta y empezó a correr más, sumando
kilómetros. Estuvo en la zona durante veinticinco minutos cuando
sintió que le tocaban el brazo y saltó.
Era la pelirroja.
—¡Oh, guau, lo siento! —Rió—. ¡Dije “hola” como tres veces!
Debes haber estado concentrado.
Daniel sonrió torpemente, deteniendo la máquina y saltando fuera
de ella.
—Sí, algo así.
—Así que, ¿me preguntaba, quieres tomar un café? Mis amigas se
tienen que ir y no me gusta tomar café sola.
Evaluaba internamente cómo responder.
—Tengo que estar en un lugar en este momento —respondió,
pensando rápidamente.
Se dio cuenta de que no quería deshacerse de ella completamente,
pero necesitaba tiempo para pensar en cómo jugar.
—¿Qué tal si nos vemos mañana por la noche mejor? En el Blue
Note, en la calle West River, ¿Lo conoces? Trae a tus amigas.
—¿Um, no es ese lugar, como, peligroso?
Daniel sonrió.
—No, es genial. Mi amigo trabaja allí.
El rostro de la chica se iluminó.
—Bueno, está bien, eso suena genial. Soy Terri.
—Daniel.
Ella se rió.
—Lo sé.
Frunció el ceño, preguntándose si no era con él con quién quería
conectar, sino con lo que su hermano podía ofrecer. Bueno, si
buscaba eso nada más, estaría decepcionada.
—¿Así que, um, Daniel, a qué hora te veré ahí?
—Voy a estar allí después de las nueve de la noche. —Tu jugada,
hermosa.
—¡Genial! Nos vemos allí.
Se alejó, balanceando sus caderas, y Daniel se lamió los labios.
Como regla general, no tenía citas. Lo que no quería decir que no
tenía mujeres, porque esa sería una gran mentira ridícula. Pero tal
vez ya era hora de pasar a una nueva página y tratar con esa mierda
de las citas. Puede ser. Se sentía como que tomaba un riesgo enorme,
con todo lo que quería mantener oculto. Pero este año era todo sobre
nuevos comienzos. ¿Cierto?
La relajación que encontró durante su entrenamiento se evaporó
mientras la incertidumbre crecía. Irritado consigo mismo, fue a las
duchas y dejó que el calor del agua caliente en su piel lo calmara.
Cuando terminó, envolvió una toalla sobre su esbelta cintura y se
dirigió a su casillero.
—Hola hombre.
Miró a los dos deportistas con cautela, valorando mentalmente
cuánto espacio tendría para darles un puñetazo si empezaban algo.
No eran mucho más altos que él, pero los dos pesaban al menos diez
kilos más.
La expresión en el rostro de Daniel hizo a los atletas retroceder y
levantar las manos.
—¡Whoa, tranquilo, hombre! Solo, eh, quería preguntarte algo.
Daniel respiró.
—¿Qué?
—Bueno, um, sólo me preguntaba si, um... oímos que las chicas se
ponen calientes por eso.
Hizo un gesto hacia el pecho de Daniel.
—Algunas, sí —dijo, reprimiendo una sonrisa, sabiendo
exactamente lo que el chico iba a preguntarle después.
—¡Amigo, de verdad debió doler! —dijo el otro atleta.
Se encogió de hombros.
—Valió la pena. —Y esta vez no pudo evitar que una enorme
sonrisa se deslizara.
Los jugadores de fútbol levantaron sus cejas y sonrieron en
respuesta.
—¿Te lo hiciste en la ciudad?
—Por supuesto. El salón de tatuajes de TJ lo hará por ti. Harán
cualquier tipo de perforaciones.
El tipo más grande se puso pálido, y se preguntó si iba a
desmayarse.
—¿Amigo, en serio?
Se echó a reír.
—Sí, anillos en los pezones son cosas normales en el salón de TJ.
Perforarán casi cualquier cosa si se los pides. En cualquier lugar.
—Hombre, tengo que sentarme —dijo el grandote, estrellándose
en una de las bancas.
Negó con la cabeza y sonrió para sus adentros. Marica.
Poniéndose la ropa sobre su cuerpo todavía húmedo, revisó su
celular. Zef le envió un mensaje de todo despejado. Podía volver a
casa.
Se aproximó al estacionamiento y no pudo evitar sonreír al ver a
su motocicleta. Era una Harley Davidson 1969 que compró como
chatarra y restauró. Le tomó dos años ahorrar dinero de los nes de
semana y los veranos trabajando en un taller, pero lo hizo.
Al montar la máquina elegante, vio a Terri riendo con sus amigas.
Lo saludó con la mano y asintió hacia ella, sintiendo un escalofrío de
anticipación mezclado con ansiedad.
Cuando llegó a su casa, la calle afuera se encontraba llena de
motos y coches, parecía que las puertas permanecían abiertas en la
casa de Zef Colton. Otra vez.
Era un secreto bien conocido que puedes conseguir casi todo lo
que quieras en una de las estas de Zef. Y Daniel fue a un montón de
estas durante el verano. Por suerte, las células del cerebro que le
quedaban después de toda la marihuana que fumó y los tragos que
bebió, parecían estar en buenas condiciones de funcionamiento. Sus
clases de la universidad no le presentaban ningún problema.
Miró con envidia al grupo que se drogaba por ahí, pero se
encontraba atrapado por la promesa que se hizo a sí mismo de no
drogarse o perderse en una noche de escuela. La universidad costaba
mucho dinero, y no iba a joder su futuro.
Sintió que alguien tiraba de su brazo.
Una chica rubia guapa se apoyó en él para mantener el equilibrio.
Parecía que eran de la misma edad y Daniel se preguntó si era una
estudiante. Esperaba que no fueran a la misma universidad, trataba
de mantener la vida en su casa separada de la escuela.
—¡Oye, guapo! ¿Quieres ir de esta?
Levantó una pequeña bolsa de plástico con pastillas y le pasó la
mano por el pecho de forma seductora.
Vaciló, luego sonrió y negó con la cabeza.
—En otra ocasión, hermosa.
Suspiró. Una cosa que las estas de Zef tenían, era que nunca tenía
ningún problema para conseguir sexo.
Le guiñó un ojo a la chica y subió las escaleras antes de que sus
evidentes encantos lo hicieran cambiar de opinión. Por lo menos su
habitación era privada. Se sentía contento de que Zef aceptara que
era necesario poner una cerradura en la puerta. Sacó la llave,
pasando por encima de un par de cuerpos que se desplomaron en el
pasillo.
La música palpitaba a través de las paredes de la casa con tanta
fuerza que podía sentir las vibraciones en sus huesos. No le
molestaba: estaba acostumbrado. Su habitación, en comparación, era
un oasis calmado.
Cerró la puerta detrás de él y se arrojó de espaldas sobre la cama.
Tenía un poco de tarea que hacer antes de las clases en la mañana y
después, bueno, saldría con Terri. Trató de ignorar el
endurecimiento de su polla mientras pensaba en su boca como
capullo de rosa y las cosas que podía hacer con ella, tratar de
estudiar con una erección era una mala idea. Tenía que concentrarse.
Pero antes de que pudiera abrir sus libros, el teléfono sonó en su
bolsillo. Su hermano.
Con cansancio, se levantó y abrió la puerta. Sabía lo que venía a
continuación y no tenía ganas de pelear.
—¿Qué demonios estás haciendo, Dan? ¡Estuviste en el club!
Se encogió de hombros.
—¿Sí, y qué?
El rostro de su hermano se tensó por la ira.
—Te dije que te alejaras jodidamente de ahí.
—¿En serio? ¿Vas a hacer lo de padres ahora?
—No me cabrees, Dan.
—Por Dios, solo pasaba el rato. No te enfades por eso.
—Lo digo en serio: aléjate de ahí.
—No puedes decirme qué hacer, Zef.
—Es mejor que creas que puedo, joder.
—Además, tengo una cita ahí mañana.
Su hermano hizo una pausa, y su expresión cambio a una de
sorpresa.
—¿Una cita? ¿Como... una cita?
Asintió.
—Hum. ¿Está buena?
Levantó una ceja.
—Está bien, hermanito. Pero la próxima vez, haz tu cita en un club
diferente. ¿Entiendes?
—Como sea.
Zef lo empujó con fuerza en el centro del pecho y Daniel se estrelló
en su cama.
—Imbécil —carraspeó Daniel, frotándose el pecho.
Su hermano sonrió y le hizo señas para que cerrara la puerta
detrás de él.
Bueno, eso fue mejor de lo que esperaba.
2
Traducido por Sofí Belikov & Noelle Corregido por Alessa Masllentyle

Lisanne regresó a su habitación en los dormitorios en el séptimo


cielo. De hecho, se sentía tan bien que probablemente se hallaba en el
décimo cielo o atravesando el décimo quinto también.
De nitivamente no era consciente de la acera bajo sus pies.
La audición había ido bien. No, la audición fue fabulosa. Estuvo
espectacular. Estaba segura de que sorprendió a esos tipos.
Admitieron que se sorprendieron. Ninguno de ellos esperaba que
una voz llena de todo tipo de blues saliera de ese pequeño y tímido
exterior. Ni siquiera le importaba que la hubieran llamado tímida:
era verdad.
—Bienvenida a 32° North —dijo el escalofriante tipo llamado Roy.
Y le dieron el trabajo. Estaba dentro.
Los ensayos comenzarían en unos días con su primera actuación
planeada para tres semanas después. Le dieron un apodo, diciéndole
que “Lisanne” tenía “demasiadas malditas letras”. Para ellos era LA,
y era uno de ellos. La invitaron al club el martes para que escuchara
a otra banda tocar. Querían su compañía.
Fue fantástico excepto por una cosa: deseaba que el Chico con el
Aro en la Ceja se hubiera quedado. Le habría gustado ver la mirada
en su rostro cuando descubriera, junto a sus amigos, que podía
cantar.
El pensamiento la confundía, especialmente porque se portaba
como un idiota en cada ocasión en la que se cruzaban.
Pero sus amigos eran geniales, a pesar de la forma que lucían. La
escucharon respetuosamente y no trataron de seducirla. Bueno, se
sentía acostumbrada a eso, pero el respeto era nuevo, y lo disfrutaba.
Demasiado.
No podía esperar a contarle las noticias a Kirsty. Luego vaciló.
Una cosa era cantar algunos blues habituales en una habitación vacía
durante una audición, pero era algo totalmente distinto cantar
material original de alguien más, delante de una audiencia que había
pagado. Decidió que esperaría hasta después de la primera práctica
antes de transmitirle su felicidad. Para entonces tendría una mejor
idea de cómo funcionarían las cosas. Como mucho. Podrían decidir
que cometieron un error o encontrarían a alguien mejor.
Kirsty se sentaba con las piernas cruzadas sobre la cama, mirando
su portátil, teniendo al menos seis conversaciones distintas, si el
sonido metálico de los mensajes signi caba algo. A pesar del
cansancio que conllevaba su resaca, Kirsty la miró valorativamente y
Lisanne tuvo que apartar la mirada.
—Guau, luces como si estuvieras de buen humor. ¿Qué hiciste,
Maclaine?
Se sonrojó. Tanto por el grosero lenguaje como por lo que
implicaba.
—¡Dios, Kirsty! ¡Nada! Sólo pasé una buena tarde. Mira, uhm,
algunos... amigos me invitaron a este club mañana por la noche, y
me preguntaba si querías venir.
Kirsty le dio una mirada agria.
—Algunos amigos tuyos te invitaron a un club anoche, pero te
encontrabas demasiado ocupada haciendo tu tarea.
Oh.
—Bien, merecía eso —admitió—, y lo siento, pero, ¿irás? Por favor,
Kirsty. No quiero ir sola.
Kirsty resopló un poco más, luego dijo—: ¿Quiénes son estos
amigos tuyos? Nunca te he visto hablar con alguien.
—Sólo algunos chicos que conocí.
—¿Chicos? ¿Cómo hombres? —soltó Kirsty, sus ojos
repentinamente alertados.
—Uhm.
Kirsty hizo una pausa dramática, inspeccionando sus uñas, y
haciendo que se pusiera lo su cientemente nerviosa como para que
un tic comenzara debajo de su ojo. —Bien. Iré. Le enviaré un mensaje
a Shawna para ver si tiene planes.
Se tragó una réplica, que decía que Shawna era una perra y no era
bienvenida. Pero también sabía que sería una rápida forma de
perder la amistad de Kirsty si trataba de hacerla escoger entre ellas.
Por el resto de la tarde preguntó sobre los “chicos” con los que
iban a encontrarse.
Respondió tan imprecisamente cómo fue posible.
—No los conozco bien. Son locales, pero parecen agradables.
—¿Cómo conociste a chicos locales? Mmh, eres una pequeña
reservada, ¿no? Ahora sé buena y dile a la tía Kirsty todo sobre ello.
—No, en serio. Sólo, uhm, hablamos y nos gustó el mismo tipo de
música. Eso es todo.
—Bien, no me digas. Les preguntaré cuando los vea.
Lisanne se encogió.
—¡Bien! ¡Te lo diré! Pero por favor, por favor, por favor no le digas
a nadie más. —Especialmente a Shawna.
—¡Vamos, dime ya!
De mala gana, le contó toda la historia, observando con algo de
placer como la mandíbula de Kirsty caía, sorprendida.
—¡Oh, Dios mío! ¡Eso es tan genial! ¡Eres totalmente increíble! —
gritó—. Sabía que ocultabas algo, Lisanne, aunque no tengo idea de
por qué querrías esconder algo tan increíble.
—Porque no sé si funcionará.
—Pero debes haberles gustado si vas a cantar con ellos.
—Uhm, tal vez.
—Y te invitaron a salir mañana por la noche.
—Sí, pero...
—Bueno, primero que todo, tenemos que prepararte, y eso va a
tomar algo de trabajo.
—¿Disculpa?
—Tenemos que hacerte lucir deslumbrante, así sabrán que
tomaron la decisión correcta.
—Les importa que pueda cantar, no cómo luzca.
Kirsty rodó los ojos.
—Son chicos. ¡Por supuesto que se preocupan por cómo luces!
¿Cómo lograste graduarte de la secundaria sin conocer el factor
elemental, mi querida compañera de cuarto? Bueno, no te preocupes,
Kirsty, la reina de lo cursi, la Big Mama del cambio de imagen está
aquí. Sólo tienes que quedarte allí, callarte y disfrutar del viaje.
—Bien, pero sin tacones altos.
—¿Qué parte de “callarte” no entendiste? —gruñó Kirsty.
Lisanne se mantuvo en silencio. No quería decirle que tal vez ser
la reina de lo cursi no era lo que Kirsty pensaba que signi caba,
considerando que se licenciaba en moda^ sí, mejor quedarse
tranquila y callada.

***

Después de comer más temprano la siguiente noche, Kirsty


metafóricamente se subió las mangas y comenzó a trabajar. Dos
insoportables horas más tarde, Lisanne miró un re ejo que apenas
reconocía.
—Te ves bien, chica —dijo Kirsty alentadoramente.
—Uhm —respondió, mirando sus ojos pintados, sus labios rojo
rubí y su brillante cabello.
—Agradéceme luego, cuando cada chico en el club esté afectado
por ti —dijo con un guiño.
Cerró los ojos y ofreció una plegaria silenciosa, esperando que eso
nunca sucediera. Se tranquilizó con el pensamiento de que si algo
sucedía, sólo sería porque Kirsty se hallaba vestida en una de sus
muchas minifaldas escandalosas, y con unas botas de cuero hasta las
rodillas. La mayoría de los chicos no miraría nada más allá de eso. O
tal vez hasta su camiseta ajustada. Seguro, nada más allá de eso.
Sintió la suave mano de Kirsty en su hombro.
—Estarás bien. Luces jodidamente ardiente. Mi pequeña diva —
dijo cariñosamente y le besó la mejilla.
Un golpe en la puerta las interrumpió.
—Esa debe ser Shawna —dijo, dirigiéndose a la puerta.
Shawna entró en la habitación, luego se detuvo y miró a Lisanne,
completamente impresionada.
—Luce bien, puedes decirlo. —Sonrió Kirsty.
—Uhm, sí —soltó Shawna—. Para una estudiante de música.
Kirsty rodó los ojos. —Sólo admite que soy brillante y ella es una
muñeca.
—Lo que sea —dijo Shawna, encogiéndose de hombros, y mirando
a Lisanne.
Lisanne cruzó los brazos sobre su pecho y la miró.
Que comience el juego.

***

Cuando llegaron al club, la la llegaba hasta la mitad de la


manzana.
—No voy a esperar aquí —dijo Shawna, lanzándole una mirada
irritada a Lisanne, como si hubiera causado personalmente ese
retraso.
—Ve y dile a los tipos en la puerta quién eres —dijo Kirsty
impacientemente.
—¿Disculpa? —jadeó Lisanne.
—En serio, Shawna tiene razón —dijo Kirsty rápidamente—.
Estaremos aquí toda la noche.
—¡No puedo! Quiero decir, ellos no_
—¡Lisanne! —insistió Kirsty—. Sólo hazlo. Lleva tu lindo traserito
hacia allá y diles que nos dejen entrar.
—O iremos a otro lugar. —Sonrió Shawna.
Sintiendo temor, y preparándose para la humillación, con su
corazón martilleando contra sus costillas, se tambaleó hacia la
entrada.
—La línea está allí atrás —recitó el portero.
—Sí, lo sé. —Tosió—. Pero podría decirle a Roy que Lisanne...
uhm, LA está aquí.
El portero bajó la vista, sus ojos recorriéndola de pies a cabeza.
—¿Eres amiga de Roy? Bien, puedes entrar.
Estuvo a punto de caer impresionada, pero Kirsty le dio un codazo
y guiñó.
—Uh, ¿y mis amigas?
—Seguro, cariño. Entren.
Kirsty tironeó de su codo, empujándola a través de la puerta.
—¡Guau! ¿Cuán genial fue eso? —Rió—. ¡Ni siquiera te pidieron
tu identi cación!
Se sentía totalmente conmocionada. Shawna sólo lucía molesta.
—¡Este lugar es increíble! —gritó Kirsty por encima del ruido.
Tenía que admitir que el club lucía mucho mejor por la noche, y
lleno de gente. No se veía en tan mal estado ni como un antro. Tal
vez no tan acogedor para asesinos en serie, aunque aún tenía una
intensa y peligrosa vibra, como muchos de los clientes. Nunca vio
tantos tatuajes juntos, y eso si sólo contaba a las chicas.
A pesar de su glamuroso cambio de imagen, aún se sentía como
una novata ratón de biblioteca, lo que era en realidad, y
completamente fuera de lugar.
—Vamos a comprar algo de beber —gritó Kirsty, ajena al hecho de
que hace menos de veinticuatro horas, tenía una enorme resaca.
Mientras se dirigían hacia la abarrotada barra, localizó al Chico del
Aro en la Ceja. Tenía a una pelirroja pegada a él, y frotaba sus
caderas con las suyas de una forma que probablemente era ilegal en
cincuenta y un estados. No bailaban en el estricto sentido de la
palabra: era casi como si estuvieran teniendo sexo con la ropa
puesta. Pero de nitivamente era caliente. Estaba sorprendida de que
la pista de baile no se hubiera quemado debajo de ellos.
Las manos de la pelirroja se hallaban en sus bolsillos traseros,
apretando ese bonito culo. Quizás no necesitaba ser un buen
conversador cuando pasabas la tarde con la lengua metida en la
garganta de alguien.
Se irritó por su malicioso monólogo interior. Parecía tan injusto
que estuviera vestida así, luciendo caliente, y él estuviera
completamente inconsciente de su existencia.
Es un imbécil, ¿recuerdas? ¿Quieres ser otra marca en el pilar de su
cama?
Sintiéndose ridícula, siguió a Kirsty hacia la barra y ordenó agua
helada. Shawna la miró desdeñosamente, y luego procedió a
entablar una conversación con Kirsty, manteniendo la atención sólo
en ella. Kirsty trató valientemente de incluirla, pero con la malicia
natural de Shawna, el número de personas apiñadas en la agitada
habitación, y el volumen de la música, fue una batalla perdida.
Se encontraba allí, sintiéndose patética y miserable, cuando Roy se
acercó a ella.
—¡Lo veo y no lo creo! ¡Guau, mírate, cariño! Estoy muy contento
de que no vistieras así para tu audición.
Lo miró, desconcertada y más que un poco herida. —¿Por qué no?
—Porque no habría sabido si te contrataba por tu canto... o no.
Cuando entendió lo que decía, su piel se sonrojó.
—Uhm —tartamudeó, bajando la vista.
—Preséntate así para los conciertos y serás imparable —dijo,
sonriendo ante su expresión.
—No sé. Mi compañera de cuarto lo hizo —dijo Lisanne, alzando
las manos con impotencia.
—Preséntamela —le ordenó Roy, deslizando los ojos por las
innegablemente deliciosas curvas de Kirsty—. Quiero agradecerle.
Se sentía desesperada. Ya había comenzado. Todo lo que tenía
para ella eventualmente era alejado. Cantar era la única cosa en la
que era realmente buena, y ahora iba a ser estropeado. Por una vez,
le gustaría que se tratara de ella.
Luego se pateó mentalmente y admitió que se comportaba como
una niña mimada, Kirsty no era más que agradable con ella. Shawna.
bueno, esa era una historia distinta.
Hizo las presentaciones, y se sorprendió cuando Roy puso la mano
sobre su hombro, jalándola en un abrazo.
Los ojos de Shawna casi salieron de su cabeza mientras el
musculoso hombre de las montañas levantaba a Lisanne del suelo.
—Cualquier amigo de esta niña es amigo mío —dijo en voz alta.
Daniel nalmente se las arregló para sacar la entusiasta lengua de
Terri de su boca. Prácticamente lo asaltó cuando entró por la puerta.
No es que tuviera ninguna objeción, después de todo, eso
simplemente signi caba que no tenía que preocuparse por mantener
una conversación con ella. Le aliviaba el hecho de que no le hubiera
preguntado por su hermano, o por drogas, pero se sentía
estúpidamente decepcionado por que no hubiera estado interesada
en conocerlo. Aunque tenía que admitir que logró conocer su cuerpo
bastante bien, y su polla se sentía como si estuviera tratando de
salirse de sus pantalones para alcanzarla durante la última hora. Si
no conseguía follar esa noche, sus bolas estarían más azules que la
música1.
Sintió el cambio en el ritmo en la multitud cuando el DJ terminó su
pista, y la banda subió al escenario lista para tocar. Levantó la
mirada al mismo tiempo que Roy alzaba a una linda chica con
brillante cabello castaño, y sonrió. Cuando Roy nalmente la puso
en el suelo, ella se volvió, obviamente avergonzada, y casi se
atragantó con su whisky. Era la Chica de la Biblioteca, luciendo
escandalosamente ardiente.
Roy le dijo que su nueva cantante iría esa noche, parecía que la
Chica de la Biblioteca había conseguido el puesto después de todo.
Sintió las manos de Terri moverse debajo de su camiseta, clavando
las uñas en su espalda para llamarle la atención.
—¿Quieres ir a mi habitación? Mi compañera no estará allí.
Era lo que Daniel esperaba que dijera, bueno, realmente lo
aguardaba, por la forma en la que lo toqueteaba. Su billetera se
hallaba llena de condones y buscaba la oportunidad para probar los
nuevos acanalados, quería ver si funcionaban.
Tal vez conseguiría que le hiciera una mamada primero.
Mientras la banda subía al escenario, miró a Roy, que aclamaba y
gritaba. Junto a él, los ojos de la Chica de la Biblioteca brillaban con
emoción. Sintió un pinchazo de celos antes de que Terri lo jalara
hacia afuera.
Lisanne casi empezó a saltar de arriba a abajo, cuando recordó que
Kirsty la hizo llevar tacones. Sus pies la estaban matando, pero no le
importó. La banda era increíble y pensar que en sólo tres semanas,
estaría allí arriba, era emocionante y atemorizante. El pensamiento la
hizo sentirse ligeramente nauseabunda.
Mirando alrededor, pudo ver a Roy saltando tan violentamente
que temía por él. La gente se iba alejando de él mientras cien kilos
golpeaban el suelo, con los puños alzados sobre su cabeza.
Se rió. Roy era dulce, no tenía nada que temer en absoluto. El
hombre era un osito de felpa y se sentía a salvo con él.
Lanzó un vistazo a su alrededor, buscando al Chico con el Aro en
la Ceja, pero parecía que desapareció. Probablemente se encontraba
con su preciosa novia, besándola y llevándola hasta el séptimo cielo,
o a otras dimensiones, y haciendo otras cosas.
Ella no era una completa mojigata, tenía una clara idea de lo que
se componían esas “otras cosas”, sólo que nunca las había
experimentado. Sin embargo, tenía una imaginación muy activa.
Suspiró; parecía que serían ella y su imaginación por un largo
tiempo. Las predicciones de Kirsty de ser un éxito eran muy lejanas
a la realidad. Nadie se le acercó.
No se detuvo a considerar que la proximidad y el tamaño de Roy
hacía que tuviera un tremendo guardaespaldas, tanto si quería uno o
no.
Sin embargo, Kirsty parecía haber tenido más suerte, y bailaba con
uno de los compañeros de Roy. A Lisanne le pareció haberlo visto
más temprano ese día, pero cómo no era uno de los miembros de la
banda, no podía estar segura. Incluso Shawna, con esa desagradable
mueca que le hacía lucir como un bulldog masticando una avispa, se
encontraba desaparecida. Y milagrosamente parecía estar
disfrutando aunque estuviera sola.
Estuvieron en el club hasta las cuatro de la mañana, y Lisanne se
sintió muy culpable por haber estado fuera por tanto tiempo en un
día de Universidad. Pero maldita sea, ¡fue divertido! Luego Roy las
llevó a un taxi y le ordenó a Lisanne que llevara su trasero allí de
nuevo el jueves.
Cuando Kirsty y Lisanne entraron tropezando a su habitación, el
cielo comenzaba a resplandecer por el este. Una parte de Lisanne se
sentía agotada, mayoritariamente la que conectaba con sus pies, pero
su parte romántica, que era mucho mejor que la otra, le pedía que se
quedara allí y viera el amanecer. Kirsty prohibió esa idea
argumentando que: a) Se encontraba tan cansada que la última hora
caminó dormida y b) Nunca escuchó una idea tan tonta como esa en
toda su vida.
Al mismo tiempo, en otra habitación del campus, Daniel se ponía
las botas y subía la cremallera de sus vaqueros.
Terri dormía y roncaba suavemente. Su piel se encontraba
sonrojada y su cabello se extendía sobre la almohada como llamas.
Fue una buena noche, aunque no fue capaz de notar ninguna
diferencia apreciable al usar los condones acanalados. Terri gritaba
demasiado, así que... no estaba seguro de si la vería de nuevo. No
intercambiaron números de teléfono, por lo que probablemente ella
se sentía de la misma forma.
Vaciló brevemente, mirando la chica durmiendo, y luego se fue,
cerrando la puerta detrás de él silenciosamente.
El rugido de su motor resonó en el aire matutino. Levantó el rostro
hacia el creciente amanecer, luego presionó el acelerador y se dirigió
a casa.
A pesar de lo exhausta que Lisanne se encontraba al terminar su
segunda semana de universidad, fue mejor que la primera.
Comenzaba a reconocer a las personas en sus clases y hacer amigos,
en especial otros estudiantes de la orquesta; su profesor de violín
continuaba asombrándola e inspirándola; y lo mejor de todo, las
prácticas de la banda iban realmente bien.
Aprendió casi todas las canciones que Roy le dio, y los otros
miembros de la banda estuvieron muy satisfechos por el modo en
que fue el primer ensayo. Roy tocaba algo al estilo Bluegrass con su
guitarra, JP mantenía el ritmo, Carlos tocaba el bajo y el contrabajo, y
Mike era el baterista. El ritmo era algo entre Blues e Indie rock, y
Lisanne esperaba que pudiera convencerlos de intentar algunas
versiones de las bandas que le gustaban.
Asumió que Roy escribió esas canciones, pero le dijo que eran de
un amigo. Por el cambio en los rostros de los otros miembros de la
banda, se dio cuenta que había una historia allí, una que no iban a
compartir. Pero eran muy amigables en general, burlándose de ella
como si fuera su hermana pequeña, y ellos eran el rebelde paquete
de hermanos mayores que nunca tuvo.
El único punto malo llegó el viernes en la mañana, en la forma de
clase de negocios.
Lisanne sabía que iba a luchar con el tema, mayormente por su
falta de interés y el hecho de que la suma de dos más dos le daba
dolor de cabeza... le molestaba el hecho de que sólo la tomaba para
complacer a sus padres. Tratar de leer el libro asignado hacía que sus
ojos se volvieran vidriosos, y eso sólo era al leer el título.
Se llevó la mano a la boca mientras bostezaba ruidosamente.
Kirsty la miró con simpatía.
—¿Se siente como una semana larga?
—Podrías decir eso. —Lisanne asintió con cansancio—. No he
parado, las ruedas siguen girando. Quiero dormir un montón este n
de semana.
—Peso liviano. —Resopló Kirsty—. Apuesto a que puedo
persuadirte para salir mañana.
Sacudió la cabeza, pero no aceptó la apuesta.
De pronto, se sentó erguida.
El Chico Aro en la Ceja entró encorvado en la habitación, y se
sentó en el mismo lugar en la segunda la. Dejó su mochila sobre un
asiento, y su chaqueta sobre el asiento continuo, un mensaje claro de
que no quería que nadie se sentara cerca.
¡Qué imbécil! Obviamente el chico no tenía amigos. Ninguna
sorpresa allí. Pero entonces recordó cuán a gusto se veía con los
chicos de la banda, y con la puta del club. Era confuso.
Se veía exactamente igual que cuando lo vio la primera vez,
excepto que hoy usaba una camiseta gris. No pudo evitar notar eso,
a pesar de que difícilmente era importante. Se sintió decepcionada
por no verlo en ningún lugar en el campus en los días anteriores. Sin
embargo, vio a la pelirroja riendo con sus amigas en la cafetería.
—¿Todavía deseando a Daniel Colton? —susurró Kirsty, con una
mirada conocedora.
—¿Qué? ¡No! Yo. es amigo de Roy, eso es todo. En serio, no.
Quiero decir, es lindo. Obviamente. Pero. él también sabe eso. No.
No es mi tipo.
Kirsty sonrió. —Estás balbuceando. Debes estar realmente atraída
por él.
Gimió, pero fue salvada de contestar cuando el profesor Walden
entró.
Al igual que antes, el Chico Aro en la Ceja, Daniel, no escribió ni
una palabra, o nota. Se sentó ahí, sin apartar los ojos del profesor
durante toda la lectura. Raro.
—Ahora, en cuánto a sus exámenes parciales y el resto del
semestre —anunció el profesor, mirando por encima de sus gafas al
nal de la clase, y antes de que todos pudieran desaparecer—, en vez
de un examen, voy a darles asignaciones para que puedan trabajar
en parejas. Así que para aquellos a los que no les va bien en los
exámenes estandarizados, tendrán una oportunidad de mostrarme
que más pueden hacer. El emparejamiento es arbitrario; si no están
felices con su pareja... bueno, pues qué lástima. En los negocios, se
trata de provechar al máximo el equipo que tienes; encontrando los
puntos fuertes de todos, compensando las debilidades, incluidas las
suyas.
Mientras procedía a leer, y los estudiantes se unían, la habitación
gradualmente se vació. Kirsty fue emparejada con el Chico de la
Camisa Roja, y ambos parecían bastante felices con eso.
Entonces—: Señorita Maclaine y Señor Colton.
Kirsty rió.
—Ten cuidado con lo que deseas!
Daniel se giró para descubrir quién iba a ser su compañero,
explorando los rostros de los estudiantes, esperando a que alguien
capturara su mirada.
—Ve —siseó Kirsty, dándole un pequeño empujón. El movimiento
capturó la atención de Daniel, y parecía sorprendido cuando ella asintió
hacia él, con las mejillas calientes. Varias estudiantes le lanzaron
miradas furiosas, pero Lisanne ni siquiera lo notó. Demasiado.
Vacilando, bajó las escaleras hacia él.
—Hola —dijo con timidez, sintiéndose mareada.
Extendió la mano hacia ella y la sacudió rápidamente. Su piel se
sentía caliente y seca, su palma ligeramente rugosa.
—Tú eres Lisanne —dijo—. La amiga de Roy. Soy Daniel.
—Um, sí. —Fue su réplica ingeniosa.
Se quedaron mirando uno al otro. Lisanne no pudo evitar notar
que tenía pestañas increíblemente largas, y sus irises eran de un
castaño claro, salpicados de oro y verde.
—Así que —dijo en voz baja, mirándola a los ojos—, ¿puedo
recuperar mi mano? Tal vez la necesitaré.
—¡Oh, lo lamento! —jadeó, dejando caer su mano como si se
hubiera electrocutado.
Ella podía decir que trataba de reprimir una sonrisa, pero no creía
posible poder sonrojarse aún más. Levanto una ceja y ella esperó que
hiciera un comentario inteligente, pero no lo hizo.
—¿Cómo quieres hacer esto?
—¿Qué? —tartamudeó.
—La asignación. ¿Quieres trabajar en la biblioteca?
—Um, sí, seguro. Como sea.
—Bueno, ¿qué está bien para ti? ¿Domingos por la tarde-noche?
Levantó la cabeza para encontrar su mirada, y esta vez vio
de nitivamente una sonrisa.
—Así que me viste allí —replicó.
Se encogió de hombros.
—¡Pero no sentiste que fuera necesario detenerte y ayudarme
cuando caí por los escalones de la biblioteca!
Frunció el ceño. —No sé de qué estás hablando. Te vi estudiando,
eso es todo.
—¡Oh, seguro! Me encontraba a unos pocos metros de ti cuando
caí. Debiste haber escuchado mi grito.
Una mirada llena de ira se apoderó de él e instintivamente
retrocedió un paso.
—Bueno, no lo hice —espetó.
No existía respuesta a eso. Simplemente añadió “mentiroso” a su
lista de defectos. Tuvo la sensación de que sería una lista un poco
larga.
—De todos modos, estoy ocupada el domingo por la noche —dijo,
tratando de sonar despectiva. Sólo porque era hermoso no quería
decir que podía salirse con la suya siendo un idiota. No con ella.
Continuó mirándola, su rostro apretado con furia.
—¿Qué? —dijo, irritada.
—Así que, ¿cuándo quieres trabajar? No quiero empezar a bajar
puntos por ti.
La mandíbula de Lisanne se cerró con un fuerte chasquido.
—Estoy libre el domingo por la tarde —escupió.
—A las dos —dijo—. No llegues tarde.
Entonces tomó su chaqueta de cuero y su mochila, y se alejó.
—¡Qué imbécil! —murmuró, sobre todo para sí misma.
Echó un vistazo a Kirsty para ver que aún seguía disfrutando de
las atenciones del Chico de la Camiseta Roja.
Suspiró y se frotó la frente con cansancio.

***

A la una y cincuenta y cinco de la tarde del domingo, Lisanne


caminaba apresurada a través del campus en dirección a la
biblioteca, determinada a no llegar tarde. No quería darle a Daniel
ninguna excusa para ser más imbécil.
Había conseguido alcanzar la puerta giratoria de la biblioteca,
cuando lo vio correr a través del patio. Tomó los escalones de la
biblioteca de dos en dos, con una mirada seria en su rostro.
—¿Asustado de llegar tarde? —dijo mordazmente, cuando se
encontraron.
—No.
Su tono era brusco.
Lisanne parpadeó. Quizá merecía eso.
—Mira, lo siento —dijo—. Tenemos que trabajar en esto juntos, así
que... vamos a intentar llevarnos bien, ¿bueno?
Él se encogió de hombros.
—Lo que sea.
Lisanne retiró la ofrenda de paz, y marchó dentro de la biblioteca,
enfurecida por su rudeza.
Tomó una mesa en el fondo de la habitación y se arrojó en una
silla. Daniel todavía permanecía parado, cambiando su peso de un
pie a otro.
—Um, ¿te importa si me siento ahí? —dijo, apuntando al asiento
de Lisanne.
—¿Disculpa? —Resopló.
—Yo... um, me gusta sentarme con la espalda contra la pared, para
poder... ver todo.
—Como quieras —dijo en tono cortante—, pero no me voy a
mover.
Frunció el ceño y nalmente empujó la silla opuesta a Lisanne, lo
que lo dejaba de espaldas al resto de la habitación.
Por la forma en la que se movía, sacudiendo sus piernas arriba y
abajo, y continuaba tirando de su anillo en la ceja, no necesitaba
suponer que se sentía incómodo. Sonrió con su ciencia para sí
misma, le gustaba tenerlo a la defensiva; la hacía sentir que quizá
tenía la oportunidad de ser lo su cientemente competente con él.
Rascó la na barba que cubría sus mejillas y mandíbula, y se dejó
caer en la silla.
—¿Por dónde quieres comenzar? —la retó.
Lisanne tenía una buena idea, que orgullosamente extendió ante
él.
—Eso es un poco básico —se burló él.
Se sonrojó, morti cada porque su idea era obviamente defectuosa.
Dejó escapar un largo suspiro y Lisanne se arriesgó a mirarlo.
Incluso cuando se encontraba enojado e irritado, no podía evitar el
querer mirarlo.
Para su sorpresa, su expresión era de simpatía.
—No estás en esto, ¿verdad?
Sacudió su cabeza, con sus mejillas aún sonrojadas.
—¿Roy dijo que te especializabas en música?
—Um, sí.
Se sorprendió al notar que hablaba de ella con Roy.
—Así que estás tomando Introducción a Negocios porque...
—Mis padres. Pensaron. que debería tener algo en lo que
respaldarme.
Daniel asintió lentamente.
—Tienen razón. Tus padres. Nada está garantizado. Es bueno
tener un plan de apoyo.
Esos no eran sentimientos que hubiera esperado oír de alguien
como él, despreocupado, con una actitud de no me importa una mierda.
—Mira, es bastante sencillo si lo piensas de esta forma —dijo,
señalando hacia el segundo capítulo del libro.
Para su sorpresa, venía preparado y tenía algunas ideas realmente
buenas. Incluso más sorprendente, se encontraba dispuesto a
explicarle algunos de los conceptos con los que ella luchaba: inercia
industrial, ujo de producción; en un claro, y no condescendiente
lenguaje.
¡Parecía tan simple! No pudo evitar reírse a carcajadas, y Daniel le
sonrió en respuesta.
—Sí, soy un tipo divertido.
—En realidad, pensé que eras un idiota.
—Que te jodan mucho —dijo solemnemente.
Lisanne rió.
—De nada.
Decidió que prefería mucho más su sonrisa que su cara de pocos
amigos. Ambas eran calientes, pero sus ojos eran suaves y felices
cuando sonreía. Entonces se dio cuenta que la risa que oyó en la
audición, era suya. Deseaba oírla de nuevo. Mucho.
Estiró su espalda, poniendo los brazos por encima de su cabeza.
Lisanne no pudo evitar mirar la pequeña porción de estómago que
se vislumbraba por encima de la cintura del pantalón, y los tensos
músculos de su pecho que podía ver ensombrecidos por debajo de
su camiseta.
Apartó la vista cuando se dio cuenta que el ser atrapada
comprobándolo no sería tan genial, y tal vez podría dar rienda suelta
a su idiota interior.
—Hay un libro que usé en la secundaria que podría ayudarte —
dijo, distrayéndola de comerlo con los ojos—. Puedo ver si tienen
una copia aquí, si quieres.
Lisanne entrecerró los ojos, preguntándose si sugería que no se
hallaba al nivel del curso actual, pero no vio nada excepto sinceridad
en su rostro. Se sintió avergonzada por sus malos pensamientos.
—No, está bien, gracias. Lo encontraré en las estanterías. ¿Cuál es
el título y el autor?
Anotó los detalles para ella, y siguió ojeando el libro por más
ideas.
Deambuló pasando varias las de estanterías hasta que encontró el
estante correcto. Sacó el libro y pasó las páginas. Tenía razón: esto
realmente la ayudaría.
De repente una alta y estridente alarma sonó en toda la biblioteca,
haciendo que saltara. Por todas partes, los estudiantes arrojaban
libros a sus mochilas y se dirigían a las salidas de emergencia.
Corrió de vuelta a su mesa y observó asombrada como Daniel aún
se sentaba tranquilamente, con la cabeza inclinada sobre sus libros.
—¡Daniel! —gritó—. ¡La alarma de incendios!
No se movió.
—¡Daniel!
Nada.
—¡Daniel!
Ninguna reacción aún. Mierda, debía estar escuchando su iPod.
Molesta y preocupada, se dio prisa, cerrando de golpe sus libros en
su mochila.
—¿Qué pasa? —dijo, claramente confuso por sus acciones.
—¡La alarma!
Por un momento, su rostro vislumbró una vacía incomprensión,
pero luego echó un vistazo hacia atrás y vio a los otros estudiantes
saliendo apresuradamente.
Murmurando y maldiciendo en voz baja, tiró los libros en su
mochila y siguió a Lisanne fuera de la biblioteca.
Los estudiantes se arremolinaban frente a la construcción, y se
dispersaban en el patio. Todos se preguntaban si el fuego era real, o
sólo un simulacro. ¿Había humo? ¿Llamaron al departamento de
bomberos?
—¿Deberíamos esperar en el césped? —dijo Daniel, casualmente.
—Seguro.
Encontraron un espacio libre, mientras Lisanne trataba de ignorar
las incrédulas miradas de otros estudiantes porque él, Daniel Colton
pasaba el rato con una nerd. Una de ellos era la pelirroja que vio en
el club. Le fruncía el ceño a Lisanne y murmuraba algo a su amiga.
—Um, tu novia está allí —dijo, señalando rápidamente sobre el
hombro de Daniel.
Frunció el ceño y miró alrededor, entonces le dio una pequeña
sonrisa.
—No es mi novia.
—Pero... te vi en el club con ella.
Daniel se encogió de hombros.
—Sólo conectamos.
—Oh. —No se encontraba acostumbrada a la gente que hablaba
tan casualmente sobre, bueno, sexo—. No luce muy feliz.
—No es mi problema —replicó, frunciendo el ceño de nuevo—.
Consiguió lo que quería.
No sabía qué responder a eso.
Se tumbó en el césped, apoyándose sobre sus codos y extendió sus
largas piernas delante de él. Entonces, sacó un paquete de cigarrillos
del bolsillo de su pantalón y encendió uno, aspirando el humo
apreciativamente.
—Fumar es realmente malo para ti —dijo Lisanne, con
desaprobación.
Daniel parecía divertido.
—¿Si? No creo que nadie me haya mencionado eso antes.
Rodó los ojos, y él le guiñó, luego dio otra calada. Con pereza,
sopló el humo fuera de sus fosas nasales, y Lisanne vio como
columnas de humo se arremolinaban a su alrededor antes de que la
brisa lo llevara lejos.
Y entonces notó algo. —No estás oyendo tu iPod.
Se quedó perplejo.
—Um, no.
—No usabas auriculares en la biblioteca.
—No —dijo, de repente luciendo tenso, incluso a la defensiva.
—La alarma...
—¿Qué hay con eso?
Lisanne fue sorprendida por la ira en su tono. Vaciló.
—Nada —murmuró.
Sus ojos se estrecharon, pero entonces apartó la vista de ella.
—Lo que sea. Ya tengo que irme.
—Pero no hemos terminado de estudiar.
No respondió; sólo apagó la colilla de su cigarrillo y lo arrojó lejos
con sus dedos.
—¡Oye! ¡No arrojes basura! Los pájaros podrían intentar comer
eso.
Ni siquiera la miró cuando se puso de pie y se alejó. Se preguntaba
qué demonios sucedió. No, él no iría con esta mierda, no después de
que se llevaron tan bien. Se paró y lo siguió.
—¡Daniel!
No se detuvo.
—¡Daniel!
Ninguna reacción.
Su pasó se ralentizó mientras caminaba detrás de él, llamándolo
por su nombre, pero no se giró; ni la miró.
Lo agarró del brazo y giró rápidamente, con los puños en alto,
haciéndola saltar hacia atrás. Se relajó un poco cuando la vio, pero
sólo un poco.
—¿Daniel?
—¿Qué? —espetó.
—Estaba diciendo tu nombre. No me oíste.
Se encogió de hombros. —Pensaba en algo más.
—No. Quiero decir que no me oíste.
Su temperamento explotó; sus ojos oscuros y furiosos.
—¿Qué quieres de mí?
—No me oíste, ¿cierto?
Trató de ignorarla, pero no lo dejaría ir, apretando sus dedos
alrededor de su brazo con fuerza.
—¡No me oíste!
—¡Vete! —gruñó, apartándola bruscamente.
Sus manos cayeron a sus costados y se sentía como si estuviera
luchando por conseguir aire.
—No puedes oírme —susurró.
Se dio vuelta, pero no antes que pudiera ver el desesperado dolor
en su rostro.
—No puedes oír en lo absoluto.
3
Traducido por Ivy Walker
Corregido por MaryJaneV

Daniel sintió su sangre congelarse cuando se detuvo mirando a la


cara desconcertada de Lisanne.
—No_ por favor no se lo digas a nadie —dijo, desviando su
mirada hacia los estudiantes en frente de la biblioteca.
—No lo entiendo—murmuró Lisanne—. Pareces tan...
Sus palabras se apagaron.
—¿Normal? —terminó por ella, su tono amargo.
Su piel se enrojeció, y tuvo que admitir que adivinó correctamente.
—¿Cómo lo. como lo haces?
Lamió sus labios, mirando alrededor. No podía hablar con ella
aquí, no con todos mirando, a lo mejor escuchando.
—¿Podemos ir a algún lugar, lejos de aquí? —preguntó, su tono
suplicante.
—Si, por supuesto.
Se sintió aliviado de que aceptara inmediatamente. Asintió, y
caminó por el patio interior, su mandíbula apretada, tensión
ondeando de él.
Ella tuvo prácticamente que correr para alcanzarlo mientras
Daniel caminaba con pasos largos a través del campus.
—¿A dónde vamos? —preguntó, sin aliento.
No respondió, pero pronto se dio cuenta que la dirigía hacia el
estacionamiento de estudiantes.
Casi pierde la compostura cuando caminó hacia una brillante,
moto negra. Estirándose hacia una de las alforjas, sacó un casco y se
lo pasó sin un comentario.
—Um, nunca he hecho esto antes —dijo, moviendo su mano sin
poder contenerse hacia la máquina, y mordiendo su labio.
No respondió.
—¿Alguna vez has andado en bicicleta?
—¡Por supuesto!
—Es como eso. Solo sostente.
Balanceó su pierna sobre la motocicleta con gracia y le tendió la
mano. Aceptándola, puso su mano sobre la suya, y depositando su
con anza en él, Lisanne subió detrás. Se estiró alrededor, buscando
por la barra de agarre. No tenía una, y para hacer el punto claro,
Daniel agarró con las manos sus muñecas y jaló sus brazos alrededor
de su cintura.
Su cuerpo se sentía cálido y muy sólido mientras lo sujetaba
apretadamente, cerrando los ojos cuando el motor comenzó un
rugido gutural. Rugió cuando pateo el soporte y salió a la carretera,
y sus ojos se abrieron de golpe.
Aceleró, y Lisanne se aferró, aturdida por la velocidad, euforia y
un poco de miedo.
Manejaron alrededor de quince minutos, Daniel zigzagueando
descuidadamente dentro y fuera del tra co ligero. A pesar del asalto
a sus sentidos, gradualmente comenzó a acostumbrarse a la
sensación y comenzó a disfrutar de estar cerca de Daniel. Luego el
recuerdo de las circunstancias que los llevaron ahí regresó de golpe,
y su garganta se cerró.
A lo mejor lo entendió todo mal, pero entonces ¿por qué la miró
de esa manera? ¿Por qué le rogó no decirle a nadie? ¡Como si lo
fuera a hacer! ¿Por qué se hallaba tan molesto?
La motocicleta comenzó a ir lento, y Daniel estacionó a un lado de
una cafetería de aspecto barato, diseñada para parecerse a un viejo
vagón de tren.
El repentino silencio mientras apagaba el motor fue alarmante.
Lisanne tomó una respiración profunda y de mala gana liberó sus
manos de su cintura.
Sin una palabra, él desmontó y se quitó el casco.
Ella trató de tragar, cuándo la ira y el dolor en la cara de él fueron
remplazados por una máscara de frialdad. Le pasó el casco en
silencio, después lo siguió dentro de la cafetería. Se sorprendió
cuando le sostuvo la puerta abierta. Ese pequeño acto de educación
la ayudó a aliviar la opresión que se construía en su pecho.
Se dejó caer en una cabina en la parte de atrás, y lo siguió, reacia a
la próxima confrontación, pero ansiosa por conocer la verdad acerca
de este hermoso y complicado chico.
Una mesera de mediana edad inmediatamente caminó con una
jarra de café que lucía lo su cientemente fuerte para curvar el
cabello del pecho de un búfalo, y llenó dos tazas sin preguntar.
—Gracias, Maggie —dijo Daniel, cansadamente.
—Cualquier cosa por ti, guapo —dijo, con una afectuosa sonrisa y
un guiño a Lisanne.
Se alejó antes de que tuviera el valor de pedir crema. Miró con
fascinación mientras Daniel agregaba tres paquetes de azúcar a su
café, estimulando la humeante infusión de mala gana.
Tomó su propia taza y le dio un sorbo. El café era fuerte, pero no
tan desagradable como pensó.
Daniel se recostó en la cabina y cerró sus ojos.
Lucía perdido y vulnerable, pero cuando sus ojos se abrieron y la
miró, su expresión una vez más era fría.
—¿Qué quieres de mí?
Repitió las palabras que le soltó en el patio, pero ahora su voz era
monótonamente fría.
Lisanne tembló.
—Solo quiero saber... si me encontraba en lo correcto.
—¿Por qué te importa?
—Solo. podría ser peligroso. si la gente no sabe sobre. ti.
Elevó sus cejas con incredulidad.
—¿Peligroso?
—Sí —dijo, tratando de contener sus nervios—. En la biblioteca, no
oíste la alarma de incendios, ¿o sí?
—¿Me estas preguntando o me estás diciendo?
—Um, ¿preguntándote?
Suspiró, y estudió la mesa con injusti cado interés. Necesitando
algo que hacer con sus manos, puso una pequeña pila de sal en la
mesa y comenzó a dibujar patrones con sus dedos. Trató de ordenar
sus pensamientos, preguntándose cuanto le podría contar, cuánto
podría con ar en ella.
Lisanne retuvo las triviales palabras que quería decirle para que
dejara de hacer un desastre en la mesa. Daniel iba a hablarle, lo
sabía, y no quería interrumpirlo
—Usualmente me siento dándole la espalda a la pared así puedo
ver lo que los demás están haciendo —dijo nalmente—. Eso
usualmente me da una pista.
Lo miró.
—No te quisiste mover, y tuve que sentarme frente a ti así podía
leerte los labios para saber lo que decías. —Se encogió de hombros
—. Soy más cuidadoso cuando estoy solo.
Se sintió horrible. Su negativa a cambiar asientos, su mala actitud,
todos los injustos pensamientos que tuvo sobre él. No era un
mentiroso. No era un idiota. Pero ella, Lisanne, era una perra de
primera clase con una actitud engreída y egoísta de un kilómetro de
ancho.
—Lo siento —susurró.
Asintió y suspiró otra vez.
—Sí, me dicen eso seguido.
Bajó la vista, y empujó la pila de sal en otra dirección.
Puso su mano sobre la de él, forzándolo a mirarla.
—Lo siento porque he sido una perra contigo.
Le dio una pequeña sonrisa, y gentilmente deslizo fuera su mano,
dejándola en su regazo.
Avergonzada, también jaló su mano, y ambos sorbieron sus cafés
para tener algo que hacer, algo que aliviara el espantoso silencio.
—Así que... ¿Puedes leer los labios? —dijo, por último.
Asintió, mirando su cara.
—¿Es... es por eso que no tomas notas durante las conferencias?
Asintió otra vez. —Si trato de tomar notas, me perdería media
conferencia.
—¿Pero no es eso realmente difícil?
Se encogió de hombros. —Soy muy bueno recordando cosas:
escribo las notas más tarde, me ofrecieron una computadora de
asistencia de captura en tiempo real, pero. pre ero hacerlo a mi
manera.
—¿Así que tus maestros saben?
—Sí.
—¿Alguien más?
—¿En la escuela? Solo tú.
—No entiendo, ¿por qué estas tratando de mantenerlo en secreto?
No es algo por lo que sentirse avergonzado. Quiero decir, lo has
hecho impresionantemente para llegar tan lejos.
—¡No! —gruño—. ¡Malditamente no actúes de manera
condescendiente conmigo!
—¡No lo hacía! Yo.
—Sí, lo hacías, maldición. Sólo eres como el resto. Lo has “hecho
impresionante” ¿es lo que dices? ¿Por qué tendría que ser algo más
que “impresionante” el que vaya a la universidad? Soy sordo, no
estúpido.
Era la primera vez que alguno de los dos decía la palabra, y
Lisanne palideció.
—¡No quería decirlo así! Lo siento, yo.
Miró dentro de su taza de café y sintió lágrimas escocer sus ojos.
Parecía que no podía decir nada sin empeorarlo. No podía
imaginarse cuán difícil era para él. Sabía lo difícil que era buscar
universidad, pero por lo menos era normal. Luego se odio a si
misma por pensar de esa manera. Aun así, su desafío debió de haber
sido más difícil que el suyo. Y luego se dio cuenta de cuán
terriblemente debió de haber sido, no ser capaz de unirse a un grupo
de conversación, no ser capaz de hablar sobre la últimas canciones o
bandas, no escuchar por casualidad los chistosos o raros comentarios
que la gente hacia, no ser capaz de tocar su violín, no ser capaz de
oír su propia voz, su propio canto. No se podía imaginar la vida sin
su música, sin sonidos.
Pero esa era la realidad en la vida de Daniel. Con razón se
envolvía a sí mismo en una fachada de hostilidad, tratando de
mantener a todos alejados de él.
—Te vi bailando en el club —dijo, de repente recordando su sucio
baile, y sintiéndose confundida—, con tú nov^ con la chica. ¿Cómo
lo...?
Sonrió rígidamente. —Puedo sentirlo —dijo—. Puedo sentir el
ritmo de la música a través del piso, las vibraciones. Nadie nunca lo
ha notado. que estoy sordo. cuando estoy en un club, tampoco nadie
puede escuchar ni una mierda en esos lugares. Encajo bien. Es el
único lugar en el que podrías decir que tengo una ventaja. Otras
personas tienen que gritar para ser escuchadas, yo puedo leer sus
labios.
Su tono era mordaz.
—¿No puedes. um. no puedes escuchar nada? Me preguntaba
porque suenas tan.
—Ibas a decir “normal” otra vez, ¿verdad? —dijo,
acusadoramente.
Lisanne mordió su labio y asintió lentamente. —Lo siento —
murmuró.
—¿Y todavía te preguntas porque no quiero que nadie lo sepa?
Levantó la mirada, viendo solo dolor y frustración en su mirada.
—Porque no quiero ser de nido por esto —dijo, con voz suave—.
Cuando la gente sabe que tienes. una discapacidad, Cristo, odio
malditamente esa palabra, te tratan diferente. La mitad del tiempo ni
siquiera se dan cuenta que lo están haciendo. Odio todos los
malditos estereotipos. —Dejó caer la cabeza en sus manos—. Lo
odio. Lo odio, maldición.
Ella no sabía que decir o cómo comportarse. Era difícil el entender
que tenía esto en su vida. problema, asunto, discapacidad. ¿Cómo se
suponía que lo llamara?
—Soy malditamente patético —murmuró—. Dos semanas, lo
logré. solo por dos semanas antes de que alguien, antes de que tú, lo
adivinaras.
Lo miró a los ojos.
—Si no hubiera sido por la alarma de incendios, no estoy segura
que lo hubiera notado. —Le dio una pequeña sonrisa—. Solo pensé
que eras un idiota por ignorarme, algunas veces.
Su cara se suavizo ligeramente y trató de sonreír, aunque parecía
quedarse atorada en las esquinas de su boca.
—Pero Daniel, no entiendo por qué pre eres que la gente piense
que eres un idiota... en lugar de que sepan que eres sordo.
Se encogió de hombros.
—Los idiotas son normales. Ser sordo. me hace diferente. No
quiero ser diferente.
Lisanne pasó sus ojos por sus tatuajes y jó su mirada en el arete
en su ceja.
—Creo que lo quieres.
—¿Qué?
—Creo que quieres ser diferente. Por la forma que luces.
La miró y negó con la cabeza lentamente. —No lo entiendes.
—Lo estoy tratando.
—Sí, supongo que lo estás.
—¿Me. me dirías sobre eso? ¿Cuándo comenzó? Quiero decir no
naciste sordo, ¿verdad?
—¿Qué es lo que quieres, mi jodida historia de vida?
—Sí, si puedes manejar no maldecir entre cada palabra.
La miro con asombro, luego rio en voz alta.
—¡Eres chistosa!
—¡Encantada de hacerte reír! —Resopló, aunque no se hallaba
molesta. Era bueno verlo sonriendo otra vez.
Pero su sonrisa se desvaneció rápidamente.
—No quiero que nadie más lo sepa. Quiero decir, nadie.
—Lo prometo, Daniel. Además, es tu secreto para contar, no mío.
Asintió lentamente.
—Supongo que tendré que con ar en ti.
—Supongo que sí.
—Bien, pero necesitaré otro maldito café.
—Oye, ¡Sin maldecir! ¡Lo prometiste!
—¿No puedo decir maldito?
—Pre ero que no lo hagas.
—¿De casualidad tu padre es un pastor?
Lisanne rodó los ojos. —¡Tan cliché! ¿Pensaste que por qué no me
gusta maldecir tengo que ser Holy Roller2? ¿Ahora quien está
estereotipando?
Fue salvado de contestar cuando Maggie llegó para llenarles sus
tazas de café.
—¿Quieres comer algo con eso, Danny? ¿O tú amiga?
Daniel miró a Lisanne. —¿Tienes hambre?
—No realmente, pero gracias.
—Estamos bien aquí, gracias, Maggie.
—Te traeré lo usual —dijo—. Y no me ruedes los ojos Danny
Colton. Sé que no tienes nada de comida en casa.
—Gracias Maggie —murmuró, sonando disciplinado mientras la
mesera se alejaba.
Lisanne elevó sus cejas.
—Danny, ¿eh?
Sonrió. —Sí, bueno, me conoce desde que era un niño. Es la única
que me dice así.
—No lo sé, creo que te queda, Danny.
—Sigue así, hija del pastor.
Frunció el ceño y Daniel no pudo evitar reírse de ella otra vez.
—Así que, ¿Cómo escogiste esta universidad? —dijo, tratando de
hacer conversación.
Se encogió de hombros.
—Tiene un gran programa de negocios, soy bueno en economía. Y
tengo una beca parcial, ¿tu?
—Fue más decisión de mamá y papá. Sabía que quería hacer
música y hay un programa de música, así que me estoy preparando
para ser maestra de música.
—¿Es eso lo que quieres?
—No realmente, pero es lo su cientemente cerca.
Cuando Maggie llegó con un plato de huevos, tocino y polenta,
Daniel se apresuró a comer como un hombre famélico.
—Guau, supongo que realmente estás hambriento —dijo, sus ojos
a punto de salirse de su cabeza, sorprendida por la velocidad con la
cual absorbía todo en un suspiro.
—Mmm —dijo, en medio de un bocado de huevos y tocino—. No
tuve la oportunidad de comer algo ayer.
—¿Qué? ¿Nada de nada?
—Uh. Uh —murmuró, negando con la cabeza.
—¿Por qué no?
Tragó el último bocado y se estiró por su café.
—No he comprado comestibles. Además, nunca duran mucho, así
que no vale la pena hacerlo.
Lisanne negó con la cabeza, confundida.
—¿Tu mamá no compra los comestibles?
Tan pronto como hizo la pregunta se dio cuenta que otra vez metió
la pata enormemente.
—Mis padres murieron, hace como dos años —dijo, mirando a un
punto en la pared detrás de ella—. Ahora solo somos yo y Zef, mi
hermano.
La respiración de Lisanne salió fuera de sus pulmones.
—¿Cómo?
—Accidente de auto.
Todo lo que podía hacer era asentir en simpatía. Daniel nació con
inteligencia y buena apariencia, pero en unos pocos años perdió a
sus padres, su audición, una gran parte de su orgullo y dignidad,
junto con esperanza, al parecer.
No podía comenzar a entender cómo funcionaba, levantarse solo
por la mañana e ir a la escuela a estudiar. Debe de ser fuerte, decidió.
Muy fuerte.
Su corazón creció con admiración por él, luego fue consumido con
dolor por la vida que le fue dada.
—Lo siento —repitió, sin poder evitarlo.
Se encogió de hombros.
—La vida apesta.
Estiró sus brazos por encima de su cabeza, su playera se elevó y
apretó sobre su pecho. Las mejillas de Lisanne comenzaron a arder,
y luego se sintió horrible por tener pensamientos lujuriosos cuando
él había desnudado su alma. Era una persona horrible.
—¿Qué hay sobre ti? —dijo—. ¿Cuál es tu historia?
—Nada interesante —dijo rápidamente.
—Dime de todas maneras.
—Realmente no hay nada que decir.
Frunció el ceño. —Así que me interrogas sobre mi vida, pero no
quieres decir nada a cambio.
—No, quiero decir... es aburrido. ¿Qué quieres saber?
—Dime sobre tu familia.
Suspiró.
—Mis padres son Mónica y Ernie. Ambos son maestros de
secundaria, matemáticos. Tengo un hermano menor, Harry, tiene
trece años. Es un completo dolor en el. bueno, un dolor, pero lo
extraño de todas formas. Está interesado en las cosas usuales, fútbol,
juegos de computadora, e interesándose sobre las chicas. —Se
estremeció—. Tiene un poster de Megan Fox en su pared. Mamá le
dijo que deshumanizaba a las mujeres, pero creo que a papá le gusta,
el poster, quiero decir.
—Sí, bueno, ¡Ella es caliente!
—¡Ugh! Eres tan chico —se burló.
Le guiñó, y no pudo evitar sonreírle.
—¿De quién tienes posters en la pared en tu casa? —se burló.
—¿Por qué? ¿Quieres ver mi habitación? —le preguntó, elevando
una ceja, la que tenía el arete en ella—. Porque tengo que decirlo, no
creí que fueras ese tipo de chica.
Lo miró, completamente sin palabras.
Sonrió, concluyendo que ganó esa ronda de batalla verbal.
—¿Te han besado, LA? —dijo, inclinándose hacia adelante y
mirando sus ojos, una sonrisa escondida detrás de ellos.
—¡No seas un tonto! —espetó.
—Creo que no —dijo con su ciencia.
—Si me han besado —tartamudeó—. Mucho.
Era una maldita mentira, pero no existía ni una manera en que
admitiera eso.
—Es bueno saberlo —dijo recostándose, sonriendo.
—Bien, ¿qué hay sobre ti?
—Sí, me han besado. Mucho.
Rodó los ojos.
—Quiero decir, ¿Tienes novia?
—¿Por qué, te estás ofreciendo?
—No sé porque me molesto —dijo.
Le devolvió la sonrisa.
—No, no tengo una novia. ¿Algo más que quieras saber?
Lisanne mordió su labio.
—Pregúntame —motivó—. No contestaré si no quiero.
—Me parece justo. —Hizo una pausa—. Bueno, me preguntaba.
cuando, um, cuando tu... cuando... lo siento, no importa.
Su expresión juguetona se desvaneció, y podía patearse a sí
misma.
—Seguimos volviendo a la misma mierda, verdad —dijo, su voz
enojada—. Esto es el por qué estoy harto de esto, porque odio hablar
sobre esto. Es tan malditamente fascinante para todos los demás,
pero esta es mi vida y sé lo que he perdido. Cada maldito día se lo
que he perdido. Veo que vas a ir a ensayar con Roy y los chicos, y
jodidamente me mata. Nunca tendré eso de nuevo; nunca escucharé
esa música. ¿Y sabes qué? Estoy comenzando a olvidar. Algunas
veces creo que escucho música en mi cabeza, pero ya no estoy
seguro.
Cerró sus ojos, después habló otra vez. —¿Crees que es lo mismo
para las personas ciegas? Quiero decir, si solían ser capaz de ver.
¿Pueden recordar los colores? ¿Piensan en colores, sueñan con
colores?
Algunas veces pienso que puedo escuchar música en mis sueños...
La garganta de Lisanne se cerró severamente, y se sintió
responsable por hacerlo sentir así. Y tenía la responsabilidad de
contestarle.
—Sí, creo que lo hacen. Quiero decir, creo que yo lo haría. Sabes,
Beethoven siguió componiendo aun después de que quedo sordo.
—Si, como si nadie alguna vez me lo hubiera dicho —dijo,
mordazmente.
—No lo hace menos verdadero —dijo, en voz baja.
Suspiró.
—Mi. condición. es llamada perdida idiopática neurosensorial de
la audición, lo cual signi ca que no tienen ni una maldita pista.
Creen que a lo mejor fue un virus, pero realmente no lo saben.
Comenzó después de que empecé la secundaria. Lo primero fue que
me metí en problemas, los maestros decían que no me concentraba, o
que estaba siendo un listillo no respondiéndoles. Una maestra
realmente lo tomó en mi contra, la Srita. Francis. Tenía una de esas
malditas voces agudas, y no podía escuchar ni una mierda de lo que
decía. Pierdes los sonidos altos primero, la recepción de tonos bajos
toma un poco más. Era tan tonto para decirle a alguien que tenía
problemas.
Se detuvo y bajó la vista.
—Luego mis cali caciones comenzaron a bajar. Me metí en peleas
y mis padres fueron llamados muchas veces. Uno de mis maestros
fue el primero en adivinar lo que pasaba. Fui enviado a hacerme
exámenes. para el momento que tenía quince años. Tenía de
moderada a severa perdida de la audición.
Restregó sus manos por su cara.
—La escuela dijo que no podían “lidiar” conmigo. Así que. mis
padres me enviaron a una escuela especial. Cuando ellos. Cuando
murieron, me quedaban solo dos años más, así que. me gradué, y
juré que nunca viviría así. No quería esa etiqueta de “discapacidad”,
“diferentemente capaz” maldita sea. Malditamente lo odio. —Se
pausó—. Entonces perdí toda mi audición. Tengo algo de audición
en mi oído izquierdo, pero ya no estoy seguro de eso. No escuché la
maldita alarma de incendios. A lo mejor no podría escuchar una
estúpida bomba siendo lanzada, no lo sé.
Lisanne no se dio cuenta de que contenía la respiración hasta que
sus pulmones comenzaron a doler.
—¿Y las prótesis auditivas no ayudan?
Daniel hizo una mueca.
—Seguro, si quieres que la gente te trate como un maldito
retrasado.
—¡No toda la gente!
—No me digas como es, joder. La gente dice mierda como: “Oh,
hablas realmente bien”, como si me estuvieran dando una palmada
en la espalda o algo así.
—¿Así que... no hay... no hay esperanza? ¿Los doctores...?
Negó con la cabeza. —Nah. Soy uno de sus “casos en el peor
escenario”. Memorable, podrías decir.
Lisanne se sintió ligeramente enferma, pero se detuvo.
—No deberías de renunciar a la esperanza, Daniel. Los cientí cos
hacen avances todo el tiempo. Podrías. no lo sé. ser parte de un
ensayo o algo. ¿Qué hay sobre esos implantes de los cuales he
escuchado?
Negó con la cabeza otra vez.
—Solía pensar así, pero he tenido su ciente de ser una maldita
rata de laboratorio. He pasado demasiado tiempo en hospitales y
clínicas, hecho diferentes exámenes, he sido medido para diferentes
prótesis de audición, cada una más malditamente inútil que la
anterior. No podría soportar pasar por todo eso otra vez. la
esperanza. Malditamente te mata.
Lucía tan rotó, que no quería nada más que tratar de consolarlo,
pero antes que pudiera pensar en algo, negó con la cabeza, como si
fuera demasiado claro.
—Jódeme —dijo—, eso sonó como una maldita telenovela.
¿Quieres ir a hacer algo divertido?
La cabeza de Lisanne giraba por su cambio de humor.
—Está bien —dijo, con incertidumbre—. ¿Cómo qué?
—¿Confías en mí?
—No.
Sonrió.
—¿Qué es lo que puedes perder?
—Um, ¿Mi vida, mi reputación, mi cordura?
Daniel se rio.
—¿Eso es todo? Vamos. Te devolveré a tu dormitorio en una pieza.
Sin embargo, no puedo decir sobre tu reputación si eres vista
conmigo.
Lisanne pretendió suspirar.
—Supongo que tendré que vivir con eso.
Media hora después, miraba con la boca abierta sorprendida, su
quijada rmemente en el piso.
¿Realmente? ¿La llevó a los videojuegos?
—¿Cuántos años tienes? ¿Trece? —dijo en completa incredulidad.
—No, bebé, soy todo un hombre —lo dijo con una sonrisa,
guiñándole—. ¿Quieres que lo pruebe?
Cruzó los brazos sobre su pecho y trató de lucir severa.
Daniel solo le sonrió.
—Aw, ¡Vamos! Será divertido. Podemos comer papas fritas, beber
refrescos, y dispararle a algunas cosas. ¿Cómo puede no gustarte?
Tomó su mano y la llevó dentro. Su emoción era contagiosa, era
como un pequeño niño, sus ojos brillando. Tenía que admitir que le
gustaba su lado juguetón. Era muy serio la mayoría del tiempo.
Cambió diez dólares en chas y le entregó una pila.
—Uh-uh, creo que te miraré.
Le sonrió y se dirigió a una maquina llamada MotorStorm
Apocalypse.
—Esta es asombrosa.
Por casi una hora, Daniel jugó en varios juegos. Se hallaba
asombrada mirándolo actuar como un niño hiperactivo, le recordaba
a su hermano. Cada vez que ganaba o que su marcador fue alto, se
giró y le dio una enorme sonrisa. Inclusive persuadió a Lisanne de
jugar juntos en Project Gotham Racing, y luego le pateó el trasero en
todas las cuatro pistas de la ciudad.
Negándose a la revancha, se alejó para conseguir la promesa de
papas fritas y refrescos con un billete de diez dólares que él insistió
que tomara de su cartera, luego se sentaron en un par de sillas de
plástico y miraron a un grupo de chicos de último año de secundaria
pelear en Ridge Racer.
Tenía que admitir que a pesar de ella misma, se divirtió. Lo único
que la perturbaba era que era muy fácil olvidar que Daniel era sordo.
Muchas veces le hablaba cuando se encontraba de espalda, antes que
recordara tocarle el hombro.
Podía ver lo fácil que sería para las personas el encontrarlo
indiferente o grosero. En cierto modo podía entender lo que dijo
sobre no querer que la gente supiera, pero realmente no podía
entender por qué prefería que la gente pensara que era un idiota.
Recordó el proverbio que su mamá le repitió tantas veces: tienes que
caminar un kilómetro en los zapatos de otro hombre antes de
juzgarlo.
Suspiró, dándose cuenta que tenía mucho que aprender.
Eventualmente decidió que se hacía tarde y que le prometió a
Kirsty que saldrían juntas esa noche. Una gran parte de ella habría
sido feliz de quedarse con Daniel, pero una promesa era una
promesa.
Se ofreció a llevarla a su dormitorio, y Lisanne aceptó con gratitud.
Pero cuando la dejó, su cara era ansiosa.
—Um, Lisanne, no le dirás nada a nadie, ¿verdad?
—No, lo prometí. Como dije, no es mi secreto por contar —repitió.
Parecía aliviado.
—Así que, deberíamos de reprogramar nuestra sesión de estudio
—le recordó.
—Sí, supongo que deberíamos. Dame tu teléfono, agregaré mi
número.
Sin palabras, le pasó su teléfono al chico más caliente de toda la
universidad, tratando de no sonreír mientras tecleaba su número en
su lista de contactos.
—Solo ponme un buen tono, ¿Está bien? —dijo, una mirada
entretenida en su cara.
—Te pondré a Celine Dion —dijo—. Nunca lo sabrás.
Una mirada de incredulidad pasó por la cara de Daniel, luego
echó su cabeza hacia atrás y rio.
—Eres una mujer dura, me gusta.
Después deslizó la pierna por encima del asiento de su
motocicleta, y despegó hacia el cielo oscuro.
Con sus palabras sonando en sus oídos, se abrazó a sí misma, y
después se fue dando saltitos a su dormitorio.
¡Le gusto!
Antes de que pudiera poner su llave en la cerradura, la puerta se
abrió y Kirsty la arrastró dentro.
—¡No me digas que acabas de tener una cita de estudio de cinco
horas con el Sr. Alto, moreno y deliciosamente peligroso! —gritó.
Lisanne se rio nerviosamente.
—Algo así. Estudiamos por un rato. —Un muy corto rato, pensó
—. Luego salimos por un rato. Eso es todo.
—¡No me digas! ¿Así que, fue como una cita? ¿Te besó? ¿Tuviste
alguna acción con lengua? ¡Escúpelo!
—¡No! Te lo dije, estudiamos y luego tomamos un descanso. Es..
.agradable.
—¡¿Agradable?! ¡Oh, no te vas a salir con la tuya con decir que el
chico más caliente de todo el campus es agradable! ¡Por favor!
—Um, bueno, me dio su número de teléfono, pero solo para que
podamos programar otra cita de estudio.
Los ojos de Kirsty casi se le salieron de su cabeza, demasiado
abiertos.
—¿Te dio su número de teléfono? ¡Oh mi dios! ¡Estoy tan celosa!
Prométeme que la próxima vez lo vas a follar sin sentido hasta que
esté con los ojos cruzados y no pueda caminar sin muletas, luego me
darás todos los detalles, con notas escritas. ¿Está bien dotado?
—¡No puedo creer que dijeras eso! —chilló.
—Estoy recopilando un expediente —dijo Kirsty, sacando una
brillante carpeta morada—. Enlista los nombres de veinte chicos
calientes del campus con todos los detalles. Daniel y el Sr. Camisa
Roja están empatados en primer lugar, y necesito estadísticas vitales.
¿Qué tan alto es?
Se rindió, decidiendo que era más fácil seguir el loco plan de
Kirsty que tratar de pelear.
—Um, bueno, es más alto que mi papá, supongo, pero no mucho,
así que debe de medir alrededor de un metro ochenta y dos.
—Excelente —dijo Kirsty, lamiendo la punta de su lápiz y
escribiendo en su cuaderno—. ¿Color de ojos?
—Avellana con tintes dorados y verdes, y pestañas realmente
largas.
—Hmm, así que estuviste muy cerca —dijo Kirsty, levantando una
ceja.
Un ligero tono rosa calentó sus mejillas. —Estuve sentada enfrente
de él en la biblioteca por mucho tiempo, no pude evitar darme
cuenta.
—Oh, está bien. ¿Tatuajes?
—Bueno, sí. No vi bien todos esos, obviamente...
—Obviamente.
—Pero los tiene en ambos brazos y a lo mejor a través de su
espalda. No estoy segura.
—Hmm, interesante. ¿Aretes en los pezones?
—¡¿Qué?!
—Ese es el rumor, que tiene dos aretes en los pezones.
—Yo. yo.. —tartamudeó.
—Oh, bueno, ve si puedes averiguarlo la próxima vez. Y averigua
si tiene otras perforaciones, otra aparte de su ceja, por supuesto.
La cara de Lisanne era escarlata. —¡No le puedo preguntar eso!
—Te puedo dar una copia de la lista para que se la des si quieres
— dijo Kirsty, luciendo casi seria.
Negó con su cabeza tan duro que temía que desplazaría su cerebro
junto con toda conversación racional.
—¿Qué tan frecuente le echan un vistazo otras chicas?
Esa pregunta era fácil de contestar.
—Huh, todo el tiempo.
—Así que diez de diez por ser visualmente follable —con rmó
Kirsty.
Tenía que otorgarle esa.
—¡Oh! ¿Tiene una perforación en la lengua?
Lisanne levantó la vista tratando de recordar si vio alguna señal de
un arete en su lengua.
—No lo creo.
—Lástima. Probablemente tendré que quitarle puntos por eso.
—Sí, pero tiene una motocicleta.
—¡Oh Dios, sí! No puedo creer que montaste en ella. Eres tan
afortunada, Lisanne.
El comentario la puso seria inmediatamente. Sí, tenía suerte. Era
una maldita afortunada. Tenía una familia que la amaba; tenía su
audición. Y tenía su música.
Daniel perdió todo eso.
El expediente de Kirsty fue creado para ser divertido, pero no
podía evitar preguntarse qué diferente sería juzgado Daniel si la
gente supiera la verdad.

***

Daniel no tenía otra opción que con ar en Lisanne. El pensamiento


lo molestó como el in erno. Sabia por experiencia que la mayoría de
la gente te defraudaba más temprano que tarde. Seguro, parecía
como si estuviera al nivel, parecía agradable. Pero no la conocía, y
eso lo ponía nervioso.
Todo lo que podía hacer era esperar y ver.
4
Traducido por Letssinkhearts &Aime Volkov
Corregido por Paltonika

El domingo llegó dolorosamente.


Lisanne se sentó en su habitación, poniéndose al día con la
montaña de tareas que sus profesores le acumularon durante las dos
primeras semanas del semestre.
Incluso Kirsty se tomaba las cosas en serio, sentada en el escritorio
con su portátil frente a ella, los ojos entrecerrados hacia la pantalla.
Al menos Lisanne tenía un ensayo con Roy y el resto de los chicos
de 32° North, que esperar. Roy incluso se ofreció a darle un aventón.
Pensó en eso por un rato, pero decidió que tener a dos escalofriantes
hombres con tatuajes visitando su dormitorio en la misma semana
podría hacerla obtener algo peor que una reputación.
—Si se hace tarde, llámame y vendré a recogerte —ofreció Kirsty
amablemente—. A cualquier hora, incluso hasta la media noche está
bien. Por Dios, si no estás lista para entonces, no tendrás voz para
volver a hablarme.
Aceptó con gratitud y fue a tomar el autobús.
Roy abrió la puerta del club, después de que la hubiera golpeado
durante unos buenos tres minutos.
—Lo siento, nena. No te escuché. Mike tenía los ampli cadores
subidos hasta el máximo.
Sonrió ante su propia broma, y Lisanne sonrió mientras la tomó en
un abrazo rompe-costillas.
—Vamos a entrar en calor con un poco de E a James antes de ir a
los nuevos temas. Siempre es bueno mezclar algunos viejos éxitos
para
animar a la audiencia. ¿Conoces Something’s got a hold on me?
—Claro ¿No hizo Cristina Aguilera una versión de esa canción unos
años atrás?
Roy frunció el ceño. —Sí, pero E a lo hizo mejor. ¡Oye, eso rima!
—¿Podríamos intentar Dirty?
La miró de reojo. —¿Crees que puedes sacar una canción así,
nena?
Se sonrojó y bajó la mirada. —Sé la melodía —dijo en voz baja,
sintiéndose como una tonta. Por supuesto,ella no podía ser sexy. Eso
era una causa perdida.
El ensayo estuvo bien y empezaban a lograr una muy buena
actuación en conjunto, aunque era un poco conservador para el
gusto de Lisanne, pero se guardó ese pensamiento. Alrededor de tres
cuartas partes de las canciones eran una mezcla de los clásicos
antiguos y modernos con algo de indie rock, pero el resto eran
originales. Carlos, el bajista, podía cantar una buena armonía y su
voz se mezclaba bien con la de Lisanne.
Pero aún sentía curiosidad por una cosa.
—Me gusta mucho el nuevo material —dijo, casualmente—. Pero
nunca dijiste cuál de ustedes la escribió. Me gusta mucho Last song y
On my mind, esas son hermosas.
—Un amigo —dijo Roy—. Ya no toca más.
Lisanne lo miró a los ojos. —¿Te re eres a Daniel?
Hubo un repentino silencio, pero se mantuvo rme.
—¿Lo conoces? —dijo Roy con cautela.
—Está en una de mis clases. Estamos trabajando en una tarea
juntos. Me dijo... algunas cosas.
—Sí, Dan escribió esas canciones —dijo, por n—. Continuó
escribiendo canciones hasta aproximadamente hace un año y medio.
El chico es un genio. —Negó con la cabeza—. Pero no le preguntes al
respecto porque no te lo dirá ¿Entiendes?
Asintió. Sí, entendió.
La con rmación la aturdió. Lo sospechaba desde hace algún un
tiempo, pero oír que Daniel era el que escribía esas hermosas
canciones, lastimó su corazón de una manera que no entendía. Solo
podía imaginar cómo se sentiría si perdiera su música, era una parte
muy importante de su vida. ¿Cómo sería para tu mundo terminar
así, en un lento descenso silencioso? No podría soportarlo, se
volvería loca.
Era increíble que Daniel estuviera tan bien como parecía, tan
controlado. Y luego pensó en el esfuerzo que debe tomar verse de
esa manera. Recordó sus destellos de ira cuando hizo suposiciones
acerca de él. No es que lo culpara. De hecho, se culpó a sí misma por
su estereotipo casual. Demonios, no le extrañaba que no quisiera que
nadie supiera de él. Y se dio cuenta de la cantidad de juicios de valor
que hacía cada día, basada únicamente en la apariencia: asumió que
Kirsty era idiota porque era bonita, asumió que Roy era un
escalofriante, y violento criminal por su tamaño y tatuajes, y asumió
que Daniel era un imbécil porque no dejaba que las personas se
acercaran a él. No quería pensar en lo super cial que eso la
convertía.
Se alegró de aceptar la oferta que le hizo Roy, de llevarla a los
dormitorios, agradecida de no tener que llamar a Kirsty tan tarde, y
demasiado cansada para importarle lo que pensaran los demás en
caso de que la vieran con él.
Permanecieron en silencio durante la mayor parte del viaje, se
alegró con simplemente mirar los colores desteñidos de la noche y
los edi cios bañados por un resplandor de neón color ámbar.
Finalmente, Roy se aclaró la garganta, anunciando que tenía una
pregunta para ella.
—Debes conocer muy bien a Dan para que te haya contado acerca
de sí mismo —comentó con cuidado.
—En realidad no. No muy bien.
—Hmm, porque casi nunca se lo dice a alguien a menos que lo
conozca por años.
Se encogió de hombros, no queriendo explicar que descubrió su
secreto por accidente.
—Como dije, estamos trabajando en una tarea juntos.
—Hmm —dijo Roy nuevamente, pero no la presionó.
La dejó fuera de los dormitorios, simplemente diciendo que la
vería en el próximo ensayo. Su rostro permanecía pensativo mientras
se alejaba.
Kirsty se encontraba apoyada en la cama leyendo un libro cuando
entró al cuarto.
—¿Buen ensayo?
—Sí, va muy bien —respondió con una sonrisa cansada.
—¡Genial! Porque estoy juntando a muchas personas para verte
cuando tengas tu debut.
—¿Qué? No_ ¿Personas de la escuela?
Kirsty rodó sus ojos. —¡Duh! ¿Conozco a alguien más? Por
supuesto que son las personas de la escuela. Todo el mundo está muy
emocionado por verte. He estado comentando lo impresionante que
eres.
—¡Kirsty! ¡Nunca me has escuchado cantar! ¿Por qué dirías eso?
—Estoy siendo servicial. Somos compañeras de habitación y eso es
lo que hacen las compañeras. Además sé que estarás impresionante.
Roy me dijo que eras la nueva Adele cuando lo encontré en el club.
Se sorprendió.
—¿Roy dijo eso?
—¡Claro! Y un montón de cosas más que prometí no decirte en
caso de que se te suban los humos a la cabeza.
Negó con la cabeza. —¡No! ¡Por favor, no me digas! Va a ser lo
su cientemente malo caer de bruces sin que la gente de la escuela lo
vea. Por favor, Kirsty, no en el primer concierto. Quizá en uno más
adelante, durante el semestre.
—Uh uh, estaré allí, animándote. Además, Vin quiere verte en
acción, también.
—¿Quién es Vin?
—¡El Chico de la Camiseta Roja! —dijo Kirsty con una risita—. Lo
vi en la cafetería hoy y me invitó a salir. Vamos a ir a cenar y al cine
mañana.
—¡Eso es genial! Es muy lindo.
—Sí, lo es. Aunque creo recordar que dijiste que estaba “bien”
pero que no era tu tipo. Por supuesto, todos sabemos quién es de tú
tipo ¿O no? ¿Cómo está Daniel?
Fingió estar muy ocupada desempacando su bolso, el cual solo
contenía su celular y billetera, utilizando algunas de sus habilidades
de actuación. No podía ser indiferente. La despreocupación era más
difícil. Y lo casual podía irse a la mierda.
—Solo hacemos esta tarea. Probablemente no me hablará más una
vez que terminemos.
Kirsty no respondió, lo que hizo que levantara la mirada. Su
compañera de cuarto permanecía recostada con una pequeña sonrisa
en su rostro.
—¿Quieres apostar sobre eso, compañerita?

***

El miércoles en la mañana, Lisanne recibió un mensaje de Daniel.


D: ¿Quieres estudiar y meter de contrabando papas fritas en la
biblioteca más tarde?
Sonrió internamente. El Daniel juguetón era su favorito. No,
espera, el Daniel sexy era el número uno, pero el juguetón también
era bueno. Le contestó inmediatamente.
L: Si para estudiar, pero ¿Qué obtengo por no informar sobre la
grave violación a las reglas de la biblioteca?
D: Sabes negociar. Está bien.
Tú eliges el sabor, y yo lo compro.
¿Es lo su cientemente bueno?
L: Pensando en ello.
D: ¿Jugando a hacerte la difícil?
L: ¿Quién está jugando?
D: ¿Me estás sexteando?
—Oh, Dios mío.
De nitivamente coqueteaba con ella.
L: ¡Estoy conmocionada!
D: ¿Sabor a barbacoa?
L: Y chile con queso. A las cuatro de la tarde.
No llegues tarde.
D: No me atrevería ;)
Coqueteo, posible sexteo y un guiño sonriente.
Las siguientes dos horas fueron tortuosamente lentas. Nunca tuvo
un seminario de composición de música clásica que pareciera tan
mortalmente aburrido. Acordes, dominantes y subdominantes ni
siquiera producían el escalofrío usual de BDSM para aliviar el
proceso. El profesor Hastings se comportaba como si estuviera
curando el cáncer y ni siquiera una sonrisa ni una ceja levantada se
permitía bajo su vigilante mirada quejumbrosa.
Finalmente, fue puesta en libertad, diez minutos tarde. ¡Maldita
sea! Daniel tendría un día de campo con su tardanza.
Su bolso golpeó dolorosamente contra su cadera mientras corrió a
través del campus a la biblioteca. El patio exterior se encontraba
lleno de gente pasando el rato y disfrutando del sol de otoño.
Se apresuró a entrar, buscando las mesas ocupadas, rastreando su
característico cabello negro en punta.
Pero cuando vio a Daniel, hablaba con la pelirroja que estuvo
envuelta a él en el club. Una sensación de frío se deslizó desde la
boca de su estómago, mientras miraba a la hermosa y curvilínea
muchacha frente a ella. No pudo evitar el desanimarse bajo el peso
de la comparación con su propia gura delgada.
—Estoy segura de que puedo pensar en algo más divertido que
estudiar —dijo la chica con picardía, inclinándose hacia adelante
para darle a Daniel una visión sobre sus impresionantes “ventajas”.
—He quedado con alguien para una sesión de estudio, Terri.
—Te voy a escribir una hoja de permiso. Puedes estudiar más
tarde.
Luego se inclinó y le susurró al oído; un coqueteo que tuvo el
efecto contrario del que esperaba. Daniel se apartó, mirándola con
frialdad.
—Estoy ocupado, Terri —dijo secamente, y luego vio más allá de
ella cuando vio a Lisanne.
—Hola —dijo en voz baja—. Siento llegar tarde. Mi clase se pasó
de tiempo.
Terri se volvió y la miró, con una sonrisa burlona en su cara
bonita.
—¡Tienes que estar bromeando! ¿Una cita de estudio con un ratón
de biblioteca? Cuando te aburras de ella, llámame.
Se alejó, sacudiendo su magní ca melena por encima del hombro
mientras caminaba.
Lisanne deseaba que alguien cavara un agujero grande para que
pudiera caer tranquilamente en él. Entonces podrían echar tierra
encima y plantar un poco de hierba. Tal vez, algunas ores.
—No dejes que te moleste, Lis. Es una perra —dijo Daniel en voz
baja.
Arrugó un pedazo de papel mientras hablaba y esperaba que el
número de teléfono de Terri estuviera garabateado en él.
—Está bien —dijo, encogiéndose de hombros, mientras sentía un
nudo incómodo en la garganta.
La verdad es que se hallaba acostumbrada a que, chicas como
Terri, hablaran con ella con tal condescendencia. Sin embargo, no
hacía que la picadura doliera menos.
—No, no está bien —dijo, cruzando los brazos sobre su pecho, un
movimiento que hizo que sus bíceps se amontonaran bajo su camisa.
Lisanne se lamió los labios mientras se seguían mirando el uno al
otro en silencio, luego recordó donde se hallaba y se volvió para
sacar sus libros, bloc de notas y un computador portátil.
—Entonces —comenzó, sin atreverse a mirarlo—. Un modelo de
gestión empresarial con un marco de responsabilidad social.
Momentos de diversión.
Levantó la vista cuando Daniel esbozó una sonrisa. —Sí, y no te
olvides de las papas fritas.
Luego le guiñó un ojo y sintió como la tensión se desvanecía.
—¡Eres tan malo! —dijo, rodando los ojos.
—Es mejor que lo creas, nena.
Noventa minutos más tarde, la cabeza de Lisanne se encontraba a
punto de explotar. A pesar de que Daniel le explicó pacientemente
una vez —y otra vez— la teoría de los mercados de subsistencia y las
oportunidades de mercado basada en la pobreza, las palabras y
frases se mezclaban confusas en una sola, teniendo cada vez menos
sentido.
—¡Voy a reprobar este curso, lo sé! —gimió, apuñalando su
cuaderno con el bolígrafo lo su cientemente duro cómo para
romperle la punta.
—No, no lo harás —dijo Daniel con calma—. No dejaré que lo
hagas. Vas a estar bien, son solo un montón de cosas nuevas para
aprender.
Negó con la cabeza.
—Es como hacer uno de esos problemas matemáticos tontos: tres
personas están manejando a veinte kilómetros por hora, en un
vehículo que transporta dos galones de gasolina y un caballo
haciendo yoga, cuando chocan con un automóvil que viaja a treinta
kilómetros por hora con dos payasos tomando refrescos de cola,
¿qué hora es en Tokio? No tiene ningún sentido y la única respuesta
que se me ocurre a esto es a ¡quién le importa!
Daniel se echó a reír. —¿Un caballo haciendo yoga? ¿Te leí
correctamente? Creo que necesitas café.
—Sí —gimió—. Necesito cafeína, por vía intravenosa.
Sonrió. —Conozco el lugar justo.
Mientras él recogía las bolsas de papas vacías, continuó
gimoteando y sujetándose la cabeza en caso de que realmente se
dividiera a la mitad y su cerebro brincara encima de la mesa.
Se sorprendió en acción cuando sintió fuertes dedos alrededor de
su muñeca.
—Vamos —dijo, con una sonrisa—. Viniendo el café por vía
intravenosa.
Lo siguió fuera de la biblioteca, agradecida por su intervención
con cafeína, pero más asombrada por la forma en que su mano se
sintió en la piel, como si su toque quemara. También era
terriblemente consciente de las miradas sorprendidas que los
siguieron a través del campus.
De nuevo.
Si Daniel se dio cuenta, no lo dijo.
Como antes, la moto esperaba por ellos en el estacionamiento de
los estudiantes.
—¿Me extrañaste, nena? —dijo, en un tono suave y amoroso.
No pudo evitar reírse ante la expresión feliz en su rostro.
—¿Estás hablando con tu motocicleta?
—¡Claro! Es la única mujer en mi vida, ¿verdad, cariño?
¿Era irracional que sintiera celos de un objeto inanimado? Porque
en ese momento, quería empujar la moto al suelo, patear toda su
carrocería brillante y reír como una hiena mientras lo hacía.
Daniel pasó una mano cariñosa sobre el cromo pulido y le sonrió
cuando la vio sacudiendo la cabeza.
—¿Qué puedo decir? Es hermosa, y no habla. O se come todas mis
papas.
—¡No lo hice! —Resopló, sintiéndose culpable.
Daniel le sonrió, luego se volvió de nuevo a la moto.
—No estés celosa, bebé. Es solo una humana.
—¿Qué tipo de motocicleta es esa?
Sacudió la cabeza con incredulidad por su ignorancia.
—Es una Harley Davidson Sportster XLCH 1969 —respondió—.
La reconstruí, con un motor de mil cc, 2V, de cuatro tiempos...
¿Demasiada información?
Asintió, luciendo divertida. Pasó la pierna por encima del asiento
y le tendió la mano.
—Vamos. A Sirona no le gusta que la hagan esperar.
—¿Le pusiste nombre?
—Por supuesto. Es demasiado hermosa para no tener un nombre.
Los chicos y sus juguetes.
—¿Signi ca algo?
—Sirona es una diosa celta. Ella gobierna sobre la curación.
Se encogió de hombros, y sintió una punzada. ¿Signi caba eso que
Daniel esperaba ser curado? ¿Esperaba algún milagro que
restauraría su audición? Lo observó con atención. Cualquier dolor
que sufriera, lo guardaba en su interior. ¿Qué tan fuerte debía ser
para hacer eso? No lo sabía. No lo podía imaginar.
En silencio, le pasó el casco de repuesto y se amarró el suyo.
Asintió, y ella enganchó sus brazos alrededor de su cintura. Esta era,
por mucho, su parte favorita de viajar con él. Se acurrucó en su calor
sólido, apretando su agarre.
Luego de un corto viaje, se encontraban en el restaurante.
Se sentía poco decepcionada, imaginaba que iban a un lugar
diferente, algún lugar fresco y emocionante. Pero entonces se dio
cuenta de que era estúpida y egoísta. No era una sorpresa que
Daniel pre riera ir a un lugar que conocía. Tenía bastantes desafíos
en la vida para preguntarse si sería capaz de leer los labios de una
nueva camarera en una nueva cafetería.
La condujo hasta la misma cabina de la última vez, y como la
última vez, Maggie se acercó tranquilamente para atenderlos.
—Regresaste, Danny. Simplemente no puedes tener su ciente de
mi café, ¿eh, chico?
Se estremeció ligeramente ante el diminutivo de su nombre, pero
no se molestó en corregirla.
—Hola, Maggie.
—Y si tu chica va a venir habitualmente, deberías malditamente
presentarla.
¿Su chica?
—Sí, lo siento. Esta es Lisanne. Lisanne, Maggie.
—Hola, Maggie —dijo, sintiéndose tímida.
—Trátalo bien, cariño —dijo la camarera—. Es un dolor en el
trasero, como la mayoría de los hombres, pero es uno de los mejores.
Les daré dos de los especiales.
No tenía ni idea de lo que eran los “especiales”, pero encontró a
Maggie demasiado sobrecogedora para preguntar. En cambio,
observó mientras la mujer les servía a cada uno un café negro,
desordenaba el cabello de Daniel, y se alejaba.
No pudo evitar reírse ante la expresión disgustada en el rostro de
Daniel.
—Puedo ver por qué sigues viniendo aquí, Danny.
Gimió. —¡Dios! ¡No empieces! Me comenzabas a gustar.
Una cálida sensación la atravesó desde el interior y maldita sea si
no sentía a sus traidoras mejillas volverse de color rosa.
Daniel tomó un sorbo de café luego levantó la mirada y sonrió.
—Roy dice que los ensayos van bien.
—Um, sí, eso creo. Quiero decir, parecen muy contentos. No sé.
Estoy segura de que seré un manojo de nervios en la noche.
—No, estarás bien. Dice que tienes un talento natural. Lo sabe.
—Probablemente haré el ridículo, tropezaré con los cables,
electrocutaré a todos y me romperé una pierna, todo antes de los
acordes de apertura.
Daniel se rió. —Al menos nadie lo olvidará jamás.
—Oh no —gimió—. Va a ser una pesadilla. Y Kirsty, mi
compañera de cuarto, está consiguiendo que un grupo de personas
de la escuela, venga. Ojalá no lo hiciera, pero es demasiado tarde
para detenerla.
Por alguna razón Daniel no se veía complacido, pero movió un
hombro y dijo—: Solo está siendo una amiga.
—Sí, es impresionante.
—¿Es la chica que se sienta junto a ti en la clase de Negocios?
—Sí.
—Huh. Es caliente.
El corazón de Lisanne se estremeció. ¿Esta era la razón por la qué
era tan amable con ella? ¿Realmente le interesaba Kirsty? Sí y, ¿por
qué era incluso una sorpresa para ella?
Bajo la vista, a su café. —Tiene novio —espetó, aunque no era
estrictamente cierto puesto que Kirsty solo tuvo una cita con Vin
hasta ahora.
—¿Si? —dijo Daniel, sin mucho interés.
Cerró los ojos. Probablemente era el tipo de persona que no le
importaba si una muchacha tenía un novio o no. Todavía podría
tener a quien quería.
Para el momento en que Maggie regresó con los especiales, pollo
frito con salsa, puré de patatas y galletas, perdió su apetito.
—Supongo que te llenaste de papas fritas, ¿eh? —dijo Daniel,
viéndola empujar a un lado del plato, sus panecillos sin tocar.
Lisanne no respondió y continuó mirando las ruinas de su comida.
—Podrías tener cualquier cosa del menú —dijo suavemente—.
Maggie sabe lo que me gusta. Lo siento, debí esperar y ver lo que
querías.
—No, está bien —dijo, en voz baja—. En realidad estoy un poco
cansada. Creo que tomaré un taxi. No tienes que llevarme.
Daniel frunció el ceño.
—No es ningún problema. Además, fui el que te trajo aquí.
—Está bien —dijo otra vez, sin encontrarse con sus ojos.
—¡Por Dios, Lis! —dijo enfadado—. ¿Qué se te metió en el trasero?
—¡Nada! —dijo acaloradamente—. Estoy bien. —Lo cual era una
gran mentira—. Te dije. Estoy cansada.
—Como sea —murmuró, fríamente.
Se escabullo fuera de la cabina para cancelar la cuenta, antes de
que Lisanne pudiera decir algo. Se sentía miserable y enojada en un
33%, herida en otro 33%, como una tonta el otro 33%; y 0%
sorprendida. No sabía lo que sucedió con ese último 1%, ya que,
realmente odiaba las matemáticas.
Tomó su chaqueta y busco su celular para llamar a un taxi. Pero
unos dedos largos se extendieron por encima de su hombro y se lo
quitaron.
—¿Qué estás haciendo?
—Dije que te llevaría y lo haré —dijo Daniel con una voz fuerte.
—No, gracias.
Gruñó con frustración.
—¿Por qué estás siendo tan perra?
—No puedo imaginar la razón —dijo fríamente.
Sabía que era injusta, no es que fuera su novia ni nada. Pero, ¡por
favor! Hablaba de su compañera delante de ella. ¿Creyó que sus
sentimientos no contaban ni siquiera un poquito?
Lo intentó una última vez.
—Supongo que he hecho algo para hacerte enojar, pero no tengo
ni puta idea de lo que es.
—¡Dame mi maldito teléfono, Daniel!
Mirándola furioso, se lo tiró. Falló y estuvo a punto de dejarlo caer
en el piso.
Ahora se sentía enojada y también cabreada.
—¡Pudiste haberlo roto!
—No sabía que no podías agarrar ni una mierda —gruñó en
respuesta.
—¡Eres un idiota! —protestó, con sus ojos a punto de soltar las
lágrimas.
Se detuvo de repente.
—¿Estás llorando?
—¡No!
—Sí, lo estás.
—Déjame en paz, Daniel —dijo con voz temblorosa.
Lisanne irrumpió en el restaurante, ignorando las miradas
curiosas o preocupadas de otros clientes y dándole la espalda a
Daniel, sin querer verlo o hablar con él.
La agarró por los hombros y la giró.
—¿Simplemente puedes decirme qué diablos pasa?
Se mordió su labio nerviosamente y Daniel dejó caer sus hombros
en derrota.
—Solo ve a la maldita moto, Lis.
Preguntándose si valía la pena discutir el punto, permaneció de
pie con sus brazos envueltos protectoramente alrededor de su
cuerpo.
La cara de Daniel se transformó de la ira a la resignación.
—Haz lo que quieras. Esperaré hasta que llegue tu taxi.
Mentalmente, se daba una paliza por ser tan terca. La victoria en la
batalla de voluntades tuvo un costo muy alto. Se desplazó hasta el
número de una empresa de taxi local y marcó.
—Estarán aquí en cinco minutos —dijo en voz baja—. No tienes
que esperar.
Daniel no habló, solo se inclinó en su motocicleta, mirando a la
distancia, su cara era una máscara ilegible.
Se quedó en un silencio incómodo, jugando con su teléfono solo
para tener algo que hacer con sus manos.
Se sintió aliviada y resentida cuando llegó el taxi. Después,
confundida y desconcertada cuando Daniel le abrió la puerta del taxi
y le dio un billete de diez dólares para pagar el viaje.
No tuvo la oportunidad de agradecerle antes de que el conductor
se alejara.
Reprodujo la tarde en su cabeza. Estuvo bien hasta que admitió
que pensaba que Kirsty era caliente. Sabía que su pequeño berrinche
fue nada más que un simple ataque de celos. Daniel no hizo nada
malo: ella, por el contrario, podría probablemente haber ganado el
premio por ser la perra del año.
Se mordió un labio, preguntándose qué hacer, preguntándose si
existía alguna manera de salvar la situación.
Después de escribir y borrar por lo menos cuatro mensajes
diferentes, nalmente eligió uno que decía lo su ciente, pero no
demasiado.
L: Gracias por pagar el taxi.
No hubo respuesta.
5
Traducido por NnancyC & Letssinkhearts
Corregido por *Andreina F*

Lisanne no vio a Daniel en absoluto al día siguiente, y él no le


respondió los mensajes de texto.
Kirsty aceptó su explicación acerca de que se encontraba
“cansada” sin dudar, aunque le lanzó varias miradas penetrantes. Le
mostró su apoyo al cubrirla con caramelos y galletas sin hacer
preguntas.
No fue hasta el viernes que vio a Daniel otra vez. Fue justo antes
de su clase compartida de Negocios. Se sentía nerviosa, su disculpa
preparada y practicada, así que estaba segura de que no hablaría
entre dientes o tendría un episodio vergonzoso de vómito verbal.
Pero todas sus ideas fueron succionadas junto al aire en su cuerpo,
cuando lo vio afuera de la sala de conferencias en un apasionado
beso con una rubia.
Alguien gritó—: ¡Consigan una habitación! —Y Kirsty le dio una
mirada simpática, apretando su brazo suavemente. Pero no dijo
nada y se sentía agradecida por eso.
Kirsty la dirigió a la parte posterior de la sala a los dos asientos
vacíos a la par del Chico de la Camiseta Roja —Vin— y luego hizo
las presentaciones.
—Hola, nena —dijo, mirando con afecto a Kirsty.
Lo besó rápidamente en los labios.
—Vin, esta es mi extremadamente talentosa y asombrosa
compañera de cuarto, Lisanne.
—Es un gusto conocerte, “extremadamente talentosa y
asombrosa” compañera de cuarto —dijo con una sonrisa—. Yo y los
chicos estamos deseando llegar a escucharte cantar el n de semana.
Se sonrojó velozmente, lanzando una mirada desesperada a su
amiga.
Kirsty sonrió en respuesta y Lisanne logró murmurar un ahogado
—: ¡Gracias!
Vin le hizo un guiño y enganchó el brazo alrededor del hombro de
Kirsty.
Tenía que admitir que era bastante agradable y, para un jugador
de fútbol americano, para nada engreído. Allí se hallaban aquellos
condenados estereotipos otra vez.
Y obviamente se encontraba loco por Kirsty. Habría sido dulce, si
no fuera por el hecho de que aquello la hizo querer cometer un acto
de violencia hacia un mueble cercano. Pero las inocentes sillas le
parpadearon con el aire benigno que tienen los tablones de madera.
En su lugar, recluyó sus impulsos violentos apuñalando el teclado
de su computadora portátil mientras creaba un nuevo archivo de
documento.
Daniel entró tranquilamente unos minutos más tarde, una mancha
de labial en su mejilla derecha. Hizo su habitual truco de arrojar su
chaqueta en un asiento y su bolso en otro. Lisanne agachó la cabeza.
No quería que la atrapara mirándolo. Pero cuando levantó la vista de
nuevo, vio su cabeza volverse hacia el frente y tenía la impresión
clara de que la estuvo buscando. Pero, ¿lo hizo?
El profesor Walden entró y la conferencia comenzó. Lisanne logró
hacer algunas notas pero su atención se centraba únicamente a
medias allí, en el mejor de los casos.
Cincuenta minutos después, todavía no decidía que decirle a
Daniel, aunque no tuvo oportunidad tampoco. Tan pronto como la
conferencia terminó, Kirsty reclamó su atención al decirle a Vin todo
sobre su próxima presentación, y para el momento en que pudo
alejarse sin ser grosera, Daniel se había ido.
Su disculpa quedaría sin decirse: a menos que quisiera ser una
cobarde y enviarla por mensaje de texto. Así que tomó la salida
simple. No hizo nada.

***
El n de semana pasó en una neblina de ensayos, tareas, y pasar el
rato con Kirsty y sus amigos. Por desgracia, eso signi caba pasar el
rato también con la horrible Shawna, pero tenía el placer de ver que
nadie más parecía disfrutar su compañía tampoco. De hecho, vio con
claridad a Vin rodar los ojos ante algún comentario malicioso que
Shawna hizo, y le guiñó un ojo cuando Lisanne lo atrapó.
Vin y Kirsty tuvieron un rápido comienzo inseparable, pero se dio
cuenta de que Kirsty hacía mucho esfuerzo para tener tiempo para
ella también, se sentía más que agradecida por eso. Llegó a la
conclusión de que estar por su cuenta apestaba. Ahora mismo,
odiaba su propia compañía tanto como odiaba sus pensamientos
culposos.
Todavía no arreglaba la situación con Daniel —una situación que
creó por sí misma— así que decidió ponerse los pantalones y
enviarle un mensaje.
L: ¿Biblioteca mañana? ¿4 pm?
Está bien, tal vez “ponerse los pantalones” era ponerlo muy
rotundamente.
La respuesta de Daniel fue incluso más breve.
D: Bien.
Cuatro letras y sin emoticón guiñando. De nitivamente sin
coquetear o sextear. Y, ¿Deliberadamente se burlaba de sus palabras
de hace una semana: bien? Si lo hacía, sabía que lo merecía. Su
penitencia era sentirse como mierda y gastar cinco dólares en papas
fritas y galletas. Se lo debía.
Al día siguiente, tomó su lugar en su mesa habitual, sintiéndose
ansiosa e incómoda. Cuando alguien le tocó el hombro, chilló y saltó.
Daniel se encorvó en el asiento opuesto al suyo y murmuró—:
Hola. —Sin esperar que respondiera.
Lucía cansado, lo que era acentuado por el hecho que no se había
rasurado. Notó la barba incipiente que ocultaba un moretón oscuro
en un lado de su mandíbula. Quizás entró en otra pelea.
Tocó su mano suavemente y levantó la mirada hacia ella.
—Lo siento por la semana pasada. Tienes razón. Fui una perra.
¿Podemos comenzar de nuevo?
Le dio una sonrisa torcida.
—Sí, seguro. No es lo mismo sin ti gritándome.
Exhaló un largo suspiro aliviado.
—Traje galletas y papas fritas.
—¿Comeré algo esta semana?
—Si eres rápido —dijo.
—Siempre soy rápido.
Lisanne elevó una ceja, y los ojos de Daniel se ampliaron cuando
notó lo que dijo.
—¡Dios! ¡Jamás repitas eso! Negaré totalmente haberlo dicho.
—Tu secreto está a salvo conmigo —bromeó.
Asintió, su rostro serio.
—Lo sé. Gracias.
Su tono la sorprendió y tuvo que apartar la vista por su intensa
mirada.
Trabajaron pací camente, la única interrupción era el crujido de
las bolsas de papas fritas ilegales.
Pero cuando terminaron, no le ofreció un café o un paseo a Sirona,
sólo una sonrisa y un casual—: Nos vemos la próxima semana.
—¡Daniel, espera!
Pero ya había girado su espalda y se alejaba. Lisanne saltó de su
silla, él la escuchó repiquetear atrás cuando intentó agarrarle brazo.
Daniel dio media vuelta, sorprendido.
—¿Qué pasa?
—Daniel, yo... yo...
—¿Qué es, LA?
Se sorprendió al oírlo usar el apodo tonto que Roy le puso, pero le
dio su ciente con anza para hablar.
—¿Vendrás el sábado? ¿Al concierto? Sé que no puedes. pero. me
gustaría. ¿Que estuvieras?
Su boca se torció en desagrado y negó con la cabeza.
—Lis, no.
Inmediatamente dio un paso atrás.
—Lo siento —dijo una vez—. Eso fue egoísta de mi parte. Lo
siento.
Él se refregó la mano sobre su rostro con frustración.
—Simplemente... no puedo... —dijo, su voz tensa, como si estuviera
dolido.
—Lo sé. Lo siento. En verdad. Olvida que dije algo. Yo. te veré en
clase el viernes
Asintió, pero no contestó. Mientras caminaba por la biblioteca,
pudo ver cómo sus hombros caían bruscamente y su cabeza colgaba
abajo, como si arrastrara un gran peso.
¡Estúpida! ¡Estúpida! ¡Estúpida! Estúpida y cruel, la regañó su
consciencia.
Suspirando e internamente riñendo con ella misma, metió el resto
de las galletas y papas en el bolso, apiló los libros y la computadora
portátil, y fue de vuelta a su dormitorio, donde procedió a terminar
las galletas, y se fue a la cama sintiendo náuseas.

***

Pero el jueves por la mañana, despertó sintiéndose peor. Se


encontraba bañada en sudor, su garganta seca, y su lengua se sentía
como si hubiera sido tendida en el fondo de una jaula para loro.
Se apresuró hacia el baño, y luego avanzó lentamente de vuelta a
la cama, gimiendo en voz alta. Sólo podía beber agua sin vomitar.
Apagó el teléfono y durmió varias horas más. Al nal del día escolar,
Kirsty llegó y estaba horrorizada al ver que era un desastre
sudoroso, tiritando.
—¿Por qué demonios no me llamaste? —dijo, furiosa—. ¡Jesús!
Luces terrible.
Se quejó y se agarró el estómago.
Kirsty se sentó en el borde de la cama y tocó la frente de Lisanne.
—Ugh, estás toda húmeda, pero no estás muy caliente. Creo que
es sólo gripe estomacal. Quédate en la cama y te haré ún té de
hierbas. Mi mamá siempre lo hace con jengibre, es bueno para tratar
males estomacales.
Kirsty quería cancelar sus propios planes para la noche, pero ella
insistió en que todo lo que necesitaba hacer era dormir, y que sería
tan aburrido como el in erno para ella quedarse y mirarla.
Acordaron un compromiso: Kirsty iría a cenar con Vin como
planeó, pero regresaría a las 10:00pm para comprobar la paciente.
Era tan buena como su promesa; suministrándole más té de hierbas,
y galletas saladas.
Para el viernes, se sentía un poco mejor, pero Kirsty decidió por
ella que otro día descansando en cama sellaría el trato.
—Además —insistió—, quieres estar bien para el concierto. No
podemos tenerte vomitando en el escenario, eso sería muy parecido
a punk rock.
Cuando salió del dormitorio para su clase de Negocios, Kirsty le
gritó sobre el hombro—: Saludaré a Daniel por ti. —Luego rió
cuando vio su mandíbula caer.
Veinte minutos después, se dormía de nuevo cuando su celular
sonó, despertándola.
Irritada, abrió el mensaje. Su corazón dio una sacudida feliz
cuando vio que era de Daniel.
D: ¿Escuché que estás enferma? ¿Necesitas algo? ¿Puedo pasar
por ahí después?
Una sonrisa la iluminó de adentro hacia afuera. Quería hacerla
sentir mejor. Se preocupaba por ella. Y luego la comprensión la golpeó.
Si pasaba, la vería luciendo como un desecho de un video educativo
de drogas, o algo que fue desenterrado y debía ser vuelto a enterrar.
Su deseo de verlo se enfrentó con su vanidad. La vanidad ganó.
Apretando los dientes, envió un mensaje en respuesta.
L: Gracias. Me siento asquerosa pero mejor que ayer.
No serás sometido al malditamente horrible des le.
LA xx
D: Soy de mentalidad abierta ;) En serio, ¿Necesitas algo?
Era tan dulce.
L: Estoy bien. Kirsty me vigilará después como una mamá oso. ¿Te
veo la siguiente semana?
LA xx
D: Bueno. Recupérate.
Daniel le dijo “recupérate”. Suspiró, como si alguna vez fuera a ser
algo más para él. Quería ser sólo un poquito mala. O en su lugar,
quería tener un poquito de mal, una porción de Daniel en forma de
perversidad. Sólo una pequeña muestra. O una grande.
Suspiró de nuevo.
Para el sábado, se sentía medio humana, lo que era un gran paso.
—Bueno, no luces tan asquerosa. —Fue el veredicto de Kirsty.
Lisanne sospechaba que era amable.
Pero logró comer algo en el desayuno, y tomar sopa y un panecillo
para el almuerzo.
La operación “Haz a Lisanne Lucir Buenísima” comenzó cuatro
horas antes del concierto. Kirsty quiso comenzar más temprano,
citando que la gripe estomacal requería una acción drástica, pero ella
salió al salón de práctica en el bloque de música para calentar su voz
para las escalas de canto, algo que absolutamente se rehusaba a
hacer en frente de Kirsty.
Sus nervios, bailaban tap por su columna, enviando
estremecimientos a través de todo su cuerpo.
Cuando su celular comenzó a sonar cada treinta segundos con
mensajes de Kirsty, se arrastró de vuelta al dormitorio.
Era una versión pesadilla de Viste a Barbie, donde cada loción,
poción, aerosol y polvo en el arsenal de maquillaje terriblemente
detallado, fue vaciado sobre Lisanne. A Kirsty le tomó tres horas
conitnuas de consentimiento, revelando el conjunto que decidió que
debía embellecer su creación.
—¡No puedo usar eso! —jadeó, sorprendida sin palabras.
Observó el vestido que Kirsty sostenía como si fuera la an triona
de un show de juegos. Bueno, llamarlo “vestido” habría sido una
exageración inmensa: era más un trozo de tela con cordones de
cuero estilo bondage . No tenía tirantes, la espalda era descubierta y
se hallaba malditamente cerca de no tener falda.
—Tonterías —dijo Kirsty con rmeza—. Lucirás asombrosa.
Lucirás sexy. Daniel no será capaz de apartar los ojos de ti.
—No estará allí —contestó, tristemente.
—¿Qué? ¡¿Por qué in ernos no?!
Se encogió de hombros, sintiéndose culpable y sabiendo que
Kirsty posiblemente no podría entender los motivos. Se preguntó
otra vez el precio que Daniel pagaba, cuando todos asumían que se
comportaba como un imbécil.
—Umm, creo que se encontraba ocupado —respondió, sin
convicción.
Kirsty murmuró algo en voz baja, y le lanzó un par de botas hasta
la rodilla. Esta vez, ni siquiera intentó discutir, pero se preguntaba si
podría tener vértigo con los tacones de doce centímetros.
Se sentó en la cama, tomando profundas respiraciones para tratar
de mitigar los nervios —aunque sea un poco— mientras Kirsty se
metía en una blusa roja oscura de tirantes y vaqueros ajustados.
Su celular sonó y dio una mirada al mensaje, esperando que fuera
de Daniel. Pero no lo era.
Desearía poder estar ahí. ¡Rómpete una pierna! Rodney xx
Sonrío, feliz de que su amigo de la secundaria recordara que era su
gran noche, y se encontraba a punto de responder cuando un golpe
en la puerta aceleró con fuerza su corazón.
—¡Hola! Hermosas chicas —dijo Vin, con una mirada de sorpresa.
Atrajo a Kirsty en un abrazo aunque ella gritó—: No corras mi
labial.
Sonrió.
—¡Bien, bien! No conseguiré mi trasero pateado. Lucen bien,
damas. Su carruaje está listo.
Kirsty le agarró del brazo, y él ofreció el otro a Lisanne. Con
gratitud, enganchó la mano en su brazo, y lo agarró
desesperadamente cuando se tambaleó hacia el coche.
Luke, CJ, Manek —tres de sus compañeros de fútbol— ya se
encontraban apretados en el asiento trasero. Lisanne no tenía opción
más que subir sobre el regazo de Kirsty en el asiento del pasajero.
Luke suspiró.
—Oh hombre, eso está tan cerca de una de mis fantasías
volviéndose realidad.
Kirsty resopló.
—Por lo que he escuchado, las fantasías son lo único que tienes en
realidad.
Los otros rieron y Lisanne sonrió débilmente. Se sentía tan
enferma como un perro.
Aparcaron a media manzana de distancia del club y tenía un
séquito escoltándola a la puerta posterior.
Por desgracia, eso signi caba que tenían que pasar la línea de
espera. Todos se volvieron cuando alguien gritó el nombre de Kirsty.
Shawna.
Ugh.
—Llamé a tu celular como un millón de veces —le dijo a Kirsty, en
tono acusador.
—Oh, debo haberlo puesto en silencio por error. —Igualó la
respuesta.
Pero Shawna no dejaría eso fácilmente, y enroscó su brazo en el de
CJ. Parecía bastante sorprendido y elevó las cejas a Vin, pero no dijo
nada.
—¡Esto es tan genial! —dijo Kirsty, cuando el matón los escoltó
dentro de la parte trasera—. ¡Es como ser VIPs! Bueno, Lis, es VIP
esta noche. Te veo en el frente, cariño. ¡Ve por ellos! —Besando a
Lisanne en la mejilla, Kirsty al oído le susurró —: Respiraciones
profundas, encanto. Sabes que eres grandiosa, solo tienes que
mostrárselo a todos los demás ahora.
Le dio otro abrazo, y desapareció hacia el frente del club donde el
ruido aumentaba decibelio a decibelio.
Lisanne se sintió un poquitito aliviada cuando vio a Roy.
—¡Vaya, nena! Te lavaste y desinfectaste bien. ¡Uf! Te ves muy
sexy. ¿Cómo lo estás haciendo?
—Siento como si fuera a vomitar —dijo con honestidad.
—Nah, estarás bien. Tan pronto como pongas un pie en el
escenario, estarás alucinante.

***

Daniel se quedó fuera del club, aspirando el fuerte humo. Estaba


al otro lado de la calle cuando Lisanne llegó. Sus ojos casi cayeron de
su cabeza y rodaron por la acera junto con sus pensamientos cuando
la vio con ese escaso vestido y los altísimos tacones. Tuvo que
admitir que se veía muy, muy caliente. Nada que ver con la chica
tímida con la que se reunía cada semana en la biblioteca. Aunque, le
gustaba un poco, también.
No estaba contento de verla con sus brazos entrelazados a un par
de deportistas. Tampoco fue capaz de decir con cuál de ellos se
hallaba, y eso le molestó demasiado.
Dejó caer su cigarrillo en la acera y lo apagó con el pie. Su pecho se
sentía apretado con frustración, quería vomitar palabras amargas y
despotricar a los poderes fácticos.
Algunos días casi podía aceptar la mano que le fue entregada. La
mierda sucedía. A veces, te encuentras detrás de la línea, pero a
veces justo en el frente. Hay días en los que podía decir: al diablo con
todo, a la mierda con todo el mundo, y seguir adelante con su vida.
Sin embargo, otros días quería gruñir y gritar su furia ante la
injusticia de todo esto.
Hoy era uno de esos días.
Cuando Lisanne lo invitó a ir al club a verla, se sintió mal
físicamente. Quiso correr y esconderse, y tomó todo lo que tenía
permanecer de pie hablando con ella en la biblioteca. No tenía idea
de lo que le pedía ¿Cómo podría?
La tortura podía ser tan inocente.
Poco a poco, a regañadientes, se dirigió a la parte delantera de la
la, pasando discotequeros irritados mientras esperaban con
impaciencia. El portero le hizo un gesto sin un segundo vistazo y se
dirigió hacia el bar.
Necesitaría una bebida si quería sobrellevar la noche sin golpear
algo. O alguien.
Un par de chicas le dieron una mirada de “necesito sexo” desde el
extremo opuesto de la barra, pero no devolvió la mirada de interés.
Ordenó un bourbon y una cerveza, mientras esperaba el cambio de
ambiente que anunciaría el comienzo de la música en vivo.
Se dirigió a la parte trasera de la habitación llena de gente y se
quedó distante, viendo pero no formando parte, observando pero sin
importarle.
No quería venir esta noche, joder, pero no fue capaz de
permanecer lejos tampoco.
Podía sentir la adrenalina en el club, la atmósfera espesándose
como el humo. Sabía cómo se estaría sintiendo ella ahora: la pesada
tensión que solo se podía poner en libertad dejando que la música
uyera, jalando todos los hilos de tu cuerpo para tejer un tapiz de
sonido.
Vio cómo las piernas temblorosas la llevaron al escenario, con los
ojos aterrorizados disparándose de izquierda a derecha, como si
estuviera buscando un lugar para esconderse. Se puso de pie,
encorvada sobre el micrófono, su pecho subía y bajaba rápidamente.
Podía ver a la multitud indecisa de si aceptar o no a la chica
aterrorizada, la cual se colgó del micrófono como si fuera a salvarla
de una multitud enfurecida.
Pero entonces el bajo palpitó a la vida, y Daniel podía sentir las
vibraciones de la batería llevando el ritmo a través de su cuerpo.
Y comenzó a cantar.
Su rostro se iluminó y comenzó a respirar. Era como ver una or
abrirse y girar su cara al sol. Puso su corazón y alma en la canción
mientras se hacía cargo del escenario.
Se quedó solo, viendo la multitud, mirándola, sintiendo la música
a través de su cuerpo, no oyendo nada.
Sacó su teléfono y le tomó una foto alzando la voz, la gente debajo
de ella gritando de alegría.
Y entonces se dio la vuelta y se fue. Era demasiado. Y era
demasiado, demasiado poco.

***

Todos coincidieron en que el debut de Lisanne fue un éxito.


Comenzaron con E a, luego se sacudieron con la canción de Adele,
Rolling in the Deep, lo que tuvo a la gente saltando arriba y abajo, se
relajaron con Hey love de Quadron, probaron algo de su nuevo
material, lo cual fue increíble y terminaron con algunos clásicos
indie, y, por supuesto, Fallin de Alicia Keys. No intentaron Dirty, y
teniendo en cuenta lo que usaba, se sintió aliviada.
Se encontraba cubierta de sudor, la mitad de su maquillaje pegado
en sus manos, cansada y eufórica; su cuerpo agotado.
—¡Estuviste impresionante, Lisanne! —gritó Kirsty,
interrumpiendo en el vestuario en mal estado y abrazándola.
—¡Así se hace, Lis! —dijo Vin, uniéndose en el abrazo de grupo y
besándola en la mejilla.
Sonrió abiertamente y dijo todas las cosas correctas.
Amó estar en el escenario. Amó oír los vítores de la multitud
mientras su voz cantaba cada nota alta. Se sentía feliz de que Kirsty
estuviera allí para observarlo todo y verla atravesarlo. Se alegraba de
que Vin y sus amigos la aprobaran y brindaran por ella con sus
botellas de cerveza. Estaba loca de alegría porque todo salió bien, y
se sintió aliviada de que Roy y sus amigos le dieron un universal
“me gusta”. Pero a pesar de todo, había esperado que Daniel viniera.
Eso era bueno. Estuvo muy bien. Realmente no esperaba que
viniera. Nunca debería haber preguntado.

***

Cuando Daniel apagó el motor fuera de su casa, se sintió apenado.


No había vuelto al club para una noche de música en vivo desde...
bueno, no por un tiempo.
Subió los escalones de su casa, no se sorprendió de que la puerta
estuviera bien abierta, gente que no reconocía esparcida por la calle.
Podrían haber sido amigos de Zef, o podrían haber sido clientes. A
veces, eran la misma cosa.
Tomó un paquete de seis de la mesa, sin importarle a quien
pertenecía y caminó por las escaleras hacia su cuarto.
Miró con desagrado a la muchacha dormida, o desmayada, en el
pasillo. Gracias a la mierda, tenía su propio cuarto de baño que
podía mantener bajo llave; de otro modo, vivir allí hubiera sido
intolerable.
Abrió la puerta de la habitación con su llave, y la cerró detrás de
él. Era vagamente consciente de la música golpeando a través de la
casa a causa de las vibraciones que viajaban a través del piso. Era la
única ventaja de ser sordo: el ruido no podría mantenerlo despierto
por la noche. Era una pequeña consideración, pero algo era mejor
que nada.
Rompió la chapa de la primera cerveza y la bebió de un tirón.
Luego se volvió a su computadora portátil y descargó la fotografía
de Lisanne de su teléfono. Maldita sea, si no se veía caliente con esa
ropa. Pero al verla cantar, nunca vio a nadie lucir más hermoso.
Parecía que encajaba dentro de su propia piel. No la había visto tan a
gusto antes. Brillaba.
Imprimió la imagen y la metió en su tablón de anuncios, entre las
fotografías de su familia. Luego apagó su portátil, se sacó sus botas y
se sentó en la oscuridad, bebiendo cerveza hasta que el sueño o el
olvido se lo llevaron.
6
Traducido por Katita, Val_17 & Joss
Corregido por Sofí Belikov

Kirsty y Vin insistieron en que la esta no había terminado. El


triunfo de Lisanne necesitaba alguna celebración importante, no
importaba que lo único que deseara fuera volver a su habitación y
dormir durante doce horas.
—¡No vas a arruinar estos planes, señorita! —gritó Kirsty,
agarrando su brazo.
—No quieres discutir con ella, Lis. —Rió Vin—. Creí que ya lo
sabrías para ahora.
—Sí, pero... —comenzó Lisanne.
Fue inútil. Subieron al coche de Vin, seguido de dos taxis llenos de
otros estudiantes que conoció en el club, y regresaron a su casa de la
fraternidad.
Nunca pensó que sería la clase de chica que podría ser invitada a
una esta de fraternidad, pero los amigos de Vin eran divertidos y
sorprendentemente amables, y bebieron y bailaron hasta el
amanecer.
Ellos lo hicieron. Lisanne encontró un sofá en un rincón oscuro y se
acostó con una pila de abrigos encima de ella y durmió, escuchando
la música en sus sueños y viendo a un par de risueños ojos color
avellana.
Cuando por n llegó a casa, era domingo y las nubes eran de color
rosa teñidas con la llegada del amanecer. Kirsty y Lisanne se
hallaban tomadas del brazo fuera de los dormitorios, respirando el
aire puro de la mañana.
—¿Cómo se siente? —preguntó Kirsty, en voz baja.
Trató de encontrar palabras para resumir el caos de emociones que
la recorrieron durante las últimas horas.
—No lo sé —dijo al n—. Me siento diferente, pero igual. Feliz,
pero algo calmada. Es difícil de describir.
—Estuviste increíble allí, estoy muy celosa —dijo Kirsty.
Lisanne rió, pero Kirsty jaló su brazo.
—Lo digo en serio. La gente realmente se conmovió con tu canto.
Las personas me miran y piensan que ven a través de mí.
Lisanne la miró. —Pero, ¡eres muy hermosa!
Kirsty le dio una pequeña sonrisa. —No es falsa modestia, Lis, sé
que soy bonita. —Se encogió de hombros—. Pero la mayoría de las
veces, eso es todo lo que ven.
Negó con la cabeza. —Eso no es cierto. Has sido una amiga
increíble para mí. Veo cuán considerada y buena eres. Vin lo ve,
también. Está loco por ti.
Los ojos de Kirsty se iluminaron. —¿Eso crees?
—Lo sé —dijo Lisanne, con certeza—. He visto la forma en que te
mira, te adora. Él te ve, también. Y yo te veo.
Kirsty sonrió. —Por cierto, ¿sabías que Daniel fue allí esta noche...
la otra noche?
Lisanne se sorprendió: sus ojos parpadearon hacia Kirsty.
—¿Daniel? Pero, dijo que no iría.
—Supongo que cambió de opinión —dijo Kirsty con una mirada
de complicidad—. Shawna trató de hablar con él y la mandó a volar
por completo.
—Oh —dijo Lisanne, sin saber cómo responder a eso.
—Estaba solo —dijo Kirsty, alentadoramente.
No pudo evitar sonreír para sus adentros.
—Vamos —dijo Kirsty—. Tenemos que conseguir un poco de
sueño conciliador.
Cuando despertó, era casi la hora del almuerzo y su estómago
gruñía, recordándole que se perdió el desayuno y la cena la noche
anterior.
A pesar de todo, se sentía fresca y relajada.
Miró a su móvil. Eran las doce y Kirsty seguía enterrada debajo de
su edredón. Entonces notó que tenía un mensaje de texto de Daniel.
D: Roy dijo que estuviste increíble. ¡Te veías genial!
¿Pensó que se veía genial?
Las mejillas de Lisanne se calentaron inmediatamente y la
sensación de calor se extendió por todo su cuerpo. Se estiró en la
cama, con una enorme y ridícula sonrisa en su cara. ¡Pensó que se veía
genial! Bueno, Kirsty pasó varias horas arreglándola para estar en
una condición presentable, pero aún así. ¡Genial!
Una hora más tarde Kirsty nalmente salió de la cama y pasaron
una tarde tranquila, poniéndose al día en las tareas y quehaceres. No
hubo nada fuera de lo normal, pero no le importaba, era un alivio
hacer cosas ordinarias.
Para el lunes, la mayor parte de la euforia había desaparecido.
Varias personas se le acercaron para decir que disfrutaron del
concierto, y uno o dos le preguntaron por el siguiente. Roy
vagamente mencionó tocar en otro lugar de la ciudad, pero no había
nada concreto previsto.
Lisanne se encontraba a punto de visitar la cafetería del campus
para un golpe rápido de cafeína antes de regresar a su dormitorio,
cuando oyó voces. Al otro lado del patio, vio a Daniel en algún tipo
de discusión con dos estudiantes que parecían lo su cientemente
mayores como para ser ancianos. A partir de su lenguaje corporal,
pudo ver que se trataba de un tenso enfrentamiento fuera,
posiblemente, precursor de una pelea. No supo qué hacer, así que
simplemente actuó por puro instinto, corriendo de nuevo.
La voz de Daniel destilaba enojo.
—¡Dije que no, hombre! Quédate de una puta vez lejos de mí.
—Oh, vamos. Todo el mundo sabe que tu hermano es el chico por
aquí. Deja de ngir que eres la jodida Blanca Nieves.
Daniel se giró para alejarse, pero el tipo más grande lo agarró por
el hombro. Daniel echó hacia atrás el puño, pero luego vio a Lisanne
corriendo hacia él. En lugar de golpear al chico, dio un paso atrás y
respiró profundo.
—No empieces lo que no se puede terminar —se burló el otro
estudiante—. Es lindo que tu pequeña novia te esté protegiendo.
El rostro de Daniel se llenó de ira y Lisanne tuvo que agarrar su
brazo para llevárselo.
—¡No lo hagas! No vale la pena —dijo con urgencia.
No se hallaba segura de sí Daniel la entendió, pero Lisanne tiró de
él. Siguió tirando de su brazo mientras él mantenía los ojos jos en
los dos estudiantes que continuaban burlándose.
—¿Qué fue eso? —preguntó Lisanne sin aliento, una vez que se
encontraban a una buena distancia.
Daniel seguía mirando por encima del hombro, así que le dio un
golpecito en la mano.
—¿Qué? —gruñó.
Lisanne dejó caer su brazo, con el rostro conmocionado por su
tono enojado.
—Lo siento —murmuró—. Lo siento.
—Está bien —dijo, débilmente—. ¿Qué fue todo eso?
Negó con la cabeza. —Solo unos idiotas.
Se encontraba bastante segura de que era más que eso, pero como
no oyó cómo inició la discusión, pensó que era más prudente dejarlo
ir.
—¿Quieres tomar un café? —dijo en voz baja.
Él negó con la cabeza, se pasó una mano por el pelo y tiró del
anillo de su ceja con la otra.
—No. Necesito largarme del campus.
Hubo una pausa incómoda.
—Bueno, está bien. ¿Te veré el viernes, entonces?
La miró rápidamente. —¿Quieres venir conmigo? Solo tomará
unas pocas horas. No sé, ¿ir a alguna parte?
—Um, bien —dijo vacilante, pensando en el montón de tareas que
todavía tenía que terminar—. ¿A dónde quieres ir?
Daniel cerró los ojos. —A cualquier lugar.
Cuando llegaron a su moto, le pasó el casco de repuesto y pronto
salieron de la ciudad, dejándola atrás, en dirección al este.
Casas y tiendas volaron a su paso y no podía dejar de preguntarse
cuán por encima del límite iban. Temía que en cualquier momento
escucharía las sirenas estridentes de un coche de policía detrás de
ellos. ¿Cuáles eran las sanciones por exceso de velocidad? ¿Podía
obtener el pasajero problemas por ello? Tenía visiones llamando a
sus padres para rescatarla de la cárcel. Era demasiado horrible de
pensar. Sabía exactamente lo qué pensarían de eso... y lo que
pensarían de Daniel. Dios, ¿qué tan rápido iba? Iban a tener un
accidente, sin importar lo de ser detenidos.
Le apretó la cintura con más fuerza e, irónicamente, sólo parecía
alentarlo para ir más rápido.
Cuando se sintió lo su cientemente valiente como para abrir los
ojos de nuevo, pudo ver cómo el mar se levantaba en la distancia,
gris y masivo.
Por ahora, Daniel había disminuido considerablemente la
velocidad y se dio cuenta de que viajaban en paralelo al paseo
marítimo. Ella y Kirsty hablaron de bajar a la línea costera y salir a
las tiendas de café, pero se sentía muy feliz de estar haciéndolo con
Daniel en su lugar. Finalmente, condujo a un estacionamiento y se
quitó el casco
Respiró profundamente y pareció relajarse varios grados.
Le dio a Lisanne una pequeña sonrisa, se bajó y le tendió la mano.
Ella se bajó torpemente, y luego se quedó plantada allí,
observando su alrededor.
—Es hermoso aquí—dijo, un sentimiento de paz expandiéndose a
través de ella.
—Sí. Me gusta venir al mar cuando estoy. —Se detuvo de repente,
incapaz o no queriendo continuar lo que estuvo a punto de decir—.
¿Quieres un café?
—Claro, yo invito —dijo, sonriendo aliviada de alejar el momento
incómodo
—De ninguna manera —dijo, ngiendo estar horrorizado—.
Tenemos que celebrar el sábado pasado. Yo pago.
—¡Pero fue tu gasolina la que nos trajo hasta aquí!
—¿Siempre discutes tanto? —Sonrió, enarcando la ceja, haciendo
que el pequeño anillo de plata que llevaba brillara bajo el sol.
Lisanne ladeó la cabeza, y le devolvió la sonrisa. —Sip. Más o
menos.
Rodó los ojos. —Como que no podría haberlo imaginado. De todas
maneras, voy a pagar.
Caminaron por el paseo marítimo hasta que encontraron un
pequeño café que vendía, además de café, rosquillas. También tenía
un patio exterior, que se extendía hacia el paseo marítimo, y era lo
su cientemente cálido como para sentarse fuera.
Daniel suspiró feliz mientras que hundía sus dientes en el hojaldre
relleno de mermelada. El hojaldre se fue en unos tres mordiscos y
Lisanne lo sorprendió mirando los de ella.
—¡No toques mis rosquillas! —amenazó—. Soy peligrosa cuando
te metes con mi subidón de azúcar.
—Sí, y tienes una cosa por las patatas fritas, también. No creas que
no me di cuenta —le disparó.
—Si tienes hambre, consíguete otra rosquilla, pero quita los ojos de
las mías, señor.
Se rió, pero siguió su consejo y le hizo señas a la camarera,
ordenando dos rosquillas más. Los ojos de Lisanne se abrieron como
platos.
—Te dolerá el estómago por comer tanta azúcar —le advirtió—.
Eso, o caries.
—Por Dios, relájate —dijo—. Suenas como mi profesora de
preescolar.
Frunció el ceño y se recostó en su silla, riéndose de ella.
—No puedo evitarlo —dijo con petulancia—. Soy prudente. Mamá
dice que nací de mediana edad.
—Sí —dijo, inclinándose hacia adelante y plantando los codos
sobre la mesa—. Bueno, no te veías de mediana edad el sábado por
la noche, te veías caliente. Cada hombre en ese lugar tenía una
erección por ti.
Lo miró y se ruborizó, sus ojos cayendo en la mesa, demasiado
avergonzada para hablar.
—Sólo digo. —Sonrió, metiendo otro pedazo de rosquilla en su
boca.
—Gracias, creo —murmuró—. Kirsty lo hizo, el pelo, el maquillaje,
el vestido. —Entonces levantó la vista—. Me alegra que hayas ido:
No pensé
que lo harías.
Daniel hizo una mueca y luego apartó la mirada.
—No iba a hacerlo.
—Lo sé. Pero gracias de todos modos.
Asintió lentamente.
Cuando terminaron su café, Daniel limpió el último grano de
azúcar de sus labios. Lisanne no pudo evitar soltar un suspiro,
mirando cómo sus dedos largos y fuertes barrían por su cara. Él
atrapó su mirada.
—¿Qué?
—Te has dejado un poco.
Comenzó a levantar su mano, pero dudó en el último momento.
Daniel parpadeó, luego frotó ambas manos en su rostro.
—¿Ya?
Asintió. —Sí, ya estás bien.
Sonrió de nuevo. —Oh, no, nena. Lo tienes mal.
Lisanne puso los ojos.
—Eres un niño.
Se inclinó con una sonrisa en su rostro, y le susurró al oído.
—Hombre, no niño.
Sintió su cálido aliento cosquillear en su piel, pero pasaron varios
segundos antes de que sus palabras se hundieran en su mente. Se
estremeció, ya fuera por el frío o por placer, o algo más, no lo sabía.
Caminaron a lo largo del paseo marítimo, cerca, pero sin tocarse, en
un amigable silencio. De vez en cuando, paraban para mirar un
escaparate o admirar la forma en que los colores del mar se
arremolinaban y cambiaban a cada momento.
Pero muy pronto, las nubes comenzaron a volverse grises y
pesadas gotas de lluvia comenzaron a golpear a su alrededor.
—Ah, demonios —dijo Daniel, frunciendo el ceño hacia el cielo
amenazador —. Vamos a mojarnos.
Tenía razón.
Corrieron a su moto, pero no existía manera de que pudieran
escapar de la tormenta.
La lluvia azotaba fuertemente y ambos estaban calados hasta los
huesos mientras Daniel conducía de vuelta a lo largo de la carretera.
Daniel se encontraba un poco mejor, su chaqueta de cuero le daba
un poco más de protección, pero sus pantalones se pegaron a sus
piernas y podía sentir el agua ltrándose en sus botas. Encorvada
detrás, protegiéndola con su cuerpo, Lisanne se acurrucó contra él,
sus violentos temblores enviando temblores a través del propio
cuerpo de Daniel.
Era una locura seguir mojándose, tratando de llegar a los
dormitorios, cuando su propio lugar se encontraba más cerca. Los
dos se hallaban medio ahogados y congelados, y la lluvia en su línea
de visión lo hacía más peligroso. Estarían mejor ir a su casa que
conducir hasta los dormitorios. Además, sabía a ciencia cierta que
sería más fácil secar la ropa en su casa. Nadie estaría utilizando la
lavadora o secadora allí, nadie lo hacía nunca.
Salió de la carretera en una salida rápida. Lisanne se sentía tan
entumecida que ni se dio cuenta, hasta que estuvieron retumbando
en una calle residencial en una parte de la ciudad que no conocía.
Daniel apagó el motor y se bajó con rigidez de la moto, jalándola con
él.
—¿Dónde estamos? —tartamudeó entre escalofríos, mientras la
llevaba por las escaleras del porche.
—En mi casa. Me pareció que era simplemente tonto continuar
mojándonos. Puedes secar la ropa aquí y entrar en calor.
Asintió temblorosamente, pero cuando lo siguió al interior, con los
ojos semi cerrados, se quedó mirando a una pareja que fumaba de
una pipa en el salón.
—¿Eso es...?
—Amigos de Zef —murmuró, sin querer entrar en esa
conversación.
Pasaron junto a otra pareja que miraba distraídamente hacia el
espacio con ojos vidriosos, y Daniel se preguntó si traerla allí fue un
error.
No tenía ni idea de dónde se encontraba Zef.
Le hizo un gesto para que lo siguiera por las escaleras, y se aferró a
él como si fuera la última tabla de salvación en el Titanic.
Sacó la llave y abrió la puerta para ella, luego la cerró detrás de
ellos.
—¿Por qué has cerrado la puerta? —susurró, su expresión
repentinamente cautelosa.
Sus ojos se estrecharon en la confusión, y luego se dio cuenta de
cómo se veía desde su punto de vista.
—¿Qué? ¡No! ¡Dios, no, Lis! Cómo puedes pensar... en este lugar...
la gente vaga si la puerta no está cerrada con llave. Eso es todo. Lo
siento. No era mi intención asustarte.
Sacudió la cabeza y trató de sonreír mientras su cara todavía se
encontraba congelada y sus dientes castañeteaban.
—No, lo siento. Es sólo que. —Hizo una pausa, tragando todo lo
que estuvo a punto de decir, y miró a su alrededor—. Tienes una
bonita habitación.
—Gracias —dijo, sonando demasiado informal mientras veía como
envolvía nerviosamente los brazos alrededor de su cintura.
Entonces los ojos de Lisanne cayeron en una guitarra acústica. Lo
miró de nuevo, parpadeando rápidamente.
—¿Tocas?
Daniel hizo una mueca, cogiendo la guitarra por el cuello y
arrojándola sin ceremonias en su armario.
—Ya no.
—Lo siento —susurró de nuevo, reprendiéndose internamente
porser tan idiota. Por supuesto que ya no tocaba.
Para cubrir el incómodo silencio, Daniel buscó en su cómoda y le
tiró una de sus camisetas.
—Ponte esto, voy poner la ropa en la secadora. No tomará mucho
tiempo. —Le disparó su sonrisa sexy—. Voy a darme la vuelta, no
veré nada.
Mientras se sonrojaba ligeramente, se quitó la ropa mojada hasta
que estuvo de pie en tan sólo ropa interior. Se puso a toda prisa la
camiseta que le llegaba hasta la mitad de sus muslos. No podía dejar
de llevarla a su rostro y respirar profundamente. Olía como él, su
colonia se aferraba al material, junto con un débil rastro de humo de
cigarrillo. Miró por encima de su hombro, pero Daniel mantuvo su
palabra y le dió la espalda. No esperaba nada menos. Le dio unos
golpecitos en el hombro.
—Ya terminé.
Él sonrió y sus ojos brillaron con apreciación a sus piernas
desnudas.
—Lo siento —dijo, atrapando su mirada—. Soy un hombre. —Se
encogió de hombros y le guiñó un ojo, y luego recogió su ropa
mojada, la cual dejó una mancha de humedad en el piso.
—Sólo será un minuto. Cierra la puerta detrás de mí. Tocaré
cuando vuelva.
Durante su ausencia, se tomó un momento para examinar su
habitación. Era mucho más ordenada de lo que la imaginaba, y las
sábanas de la cama se hallaban limpias y frescas. Tenía una pequeña
estantería llena de libros de texto de la escuela, y libros de bolsillo de
escritores que nunca oyó hablar. Muchos de ellos tenían nombres
extranjeros, rusos tal vez. Apilado junto a ellos, había un montón de
papel higiénico. Raro.
En la esquina, ahora existía un espacio donde su guitarra solía
estar, y se sentía terriblemente culpable por haberla mencionado. A
veces sólo abría la boca para meter la pata, pensó ácidamente.
Entonces vio media docena de fotografías clavadas en un tablón
de corcho. Una foto era de un Daniel más joven y un chico un poco
mayor que él, uno que asumió era Zef. Se veían igual, el mismo pelo
negro y ojos color avellana. Otra foto era de sus padres, y una foto
familiar, de los cuatro juntos, riendo.
Su corazón dio un vuelco cuando miró más de cerca. Daniel
incluyó una foto de ella entre las fotografías de su familia. Era de su
actuación. En ella, se podía ver claramente que cantaba con el
corazón en la mano. Ni siquiera sabía que la tomó. Ni siquiera habría
sabido que estuvo allí si Kirsty no lo hubiera mencionado, a pesar de
que le envió un mensaje más tarde. Una mezcla de emociones se
precipitó a través de ella. Nunca la oyó cantar, y nunca lo haría, pero
quería mantener esa imagen en particular de ella. No lo entendía.
¿No sería eso, seguramente, lo más doloroso de ver todos los días?
Un ligero golpe en la puerta la devolvió a la realidad.
—¿Sí? —dijo, vacilante, y entonces se sintió como una idiota. No
podía oírla, por supuesto.
Abrió la puerta con cautela, y Daniel entró con dos tazas de café.
—Pensé que podrías necesitar esto.
—¡Oh, salvación! —jadeó, envolviendo su mano alrededor de la
caliente taza.
—Lo siento —dijo—. No hay leche en la casa. Alguien debe de
habérsela bebido.
Se encogió de hombros.
—¿Cómo puedes soportar vivir así? —espetó Lisanne.
Frunció el ceño. —Es mi hogar.
—¡Dios, soy tan estúpida! —graznó—. Lo siento, Daniel.
Movió un hombro, pero todavía parecía herido.
—Lo digo en serio —dijo, tocando ligeramente su brazo—. Lo
siento. —Luego retrocedió un poco—. ¡Ugh! ¡Estás todo mojado y
pegajoso!
Daniel le sonrió.
—Sí, eso te hace la lluvia.
—Pensé que ibas a poner tu ropa en la secadora.
—Bueno, he puesto la tuya dentro. Pensé que te gustaría salir de
aquí lo antes posible. —Le dio una sonrisa de disculpa—. Haré lo
mío después.
—Bueno, deberías quitártela, o podrías enfermarte.
—¿Estás tratando de sacarme la ropa, Lis? ¿Debería captar la
indirecta?
Golpeó su brazo y resopló mientras continuaba sonriendo.
—Sólo bromeaba contigo, chica. Date vuelta mientras me cambio.
¡No mires a escondidas!
Murmurando para sí misma, le dio la espalda, escuchando el roce
del material cuando se quitó la camiseta y pantalones mojados. No
podía negar que era muy excitante, oírlo quitarse la ropa mientras
permanecía en la misma habitación. Su cuerpo se calentó ante la
idea. Y luego se le ocurrió una idea: esta podría ser su mejor
oportunidad para demostrarle lo que signi caba para ella, que era
más que un simple amigo. Se sentía desesperada por saber si sentía
lo mismo. A veces pensaba así, a pesar de las otras mujeres con las
que lo vió. También estaba la fotografía, pero aun así...
Respiró hondo y se dio vuelta.
Permanecía de pie de espaldas a ella, con un par de bóxer gris
oscuro. Estudió los músculos de su amplia espalda, cómo ondulaban
y exionaban bajo su piel. Siguió el contorno de los tatuajes en sus
hombros y dejó que sus ojos viajaran a la deriva por sus estrechas
caderas, su rme culo, y sus largas y fuertes piernas. Era hermoso,
pero para ella era la belleza en su interior lo que más amaba. La
hacía valiente.
Tal vez sintió sus ojos sobre él, porque de repente, se dio la vuelta
y la miró con sorpresa.
—¡Lo siento! ¡Lo siento! Yo... yo solo... sólo quería ver —murmuró,
sus sonrojadas mejillas resaltando su extrema vergüenza.
Inclinó la cabeza hacia un lado, mirándola jamente, pero no
habló.
No podía mirar el cuestionamiento en sus ojos, por lo que permitió
a sus ojos vagar sobre su pecho. Jadeó suavemente cuando se dio
cuenta de los pequeños anillos de plata que llevaba en cada pezón.
Fue tan inesperado y erótico. Era tan Daniel. Deseando tener el valor
para dar un paso adelante y tocarlo, se maldijo a sí misma por ser
tan cobarde. Kirsty lo haría. Kirsty hubiera dado ese paso, no se
hubiese movido de un pie a otro como una niñita estúpida.
Sus ojos cayeron más abajo, hipnotizada por el bulto en sus bóxer.
Cuando él habló, casi saltó.
—¿Alguna vez has visto la polla de un hombre?
Su boca se abrió, luego dio un pequeño asentimiento. —En la
televisión.
Sonrió. —Muñeca, ¿has visto porno?
—¡No! ¡Dios, no! Bueno, tal vez una vez... en la casa de una amiga.
—¿Te gustó?
—No realmente. Era una estúpida película, la trama era horrible.
No tenía ningún argumento en absoluto.
Daniel se rió suavemente. —Sí, bueno, no creo que fuera el punto
de eso.
Se sonrojó. —Supongo que no.
Repentinamente recordó que todavía lo miraba, una parte
especí ca de él. Se sorprendió cuando se dio cuenta de que el bulto
creció considerablemente. Sus ojos parpadearon hacia él, y Daniel se
encogió de hombros.
—¿Alguna vez has tocado la polla de un hombre?
Negó con la cabeza, sin decir nada mientras seguía mirándola. No
podía apartar los ojos de él, y no quería.
—¿Quieres tocar la mía?
Su corazón comenzó a correr. ¿Qué le preguntaba?
—Yo... no lo sé.
Se detuvo un momento, mirándola jamente, luego se agachó a
recoger los pantalones húmedos que dejó caer.
—Daniel, yo... —Esperó hasta que la miraba de nuevo—. Daniel,
yo... —Pero no estaba segura de lo que quería decir.
Le dio una pequeña sonrisa.
—Está bien, Lis. Está bien.
—¡No! Quiero decir, quiero.
—¿Quieres qué?
No respondió. En cambio, dio un paso hacia él y tentativamente
apoyó la mano en su pecho, sobre su corazón.
Sus ojos se cerraron y respiró profundamente, el movimiento
levantando suavemente la mano de Lisanne cuando sus pulmones se
expandieron.
Cuando abrió los ojos de nuevo, eran casi negros, y ardiendo con
deseo. Ningún hombre la había mirado así y la dejó sin aliento. Un
lento calor comenzó a pulsar entre sus piernas y sabía lo que quería.
Quería que Daniel fuese el primero.
Lentamente, Daniel levantó su mano derecha, descansándola
suavemente contra su mejilla.
—¿Qué quieres, Lisanne?
—A ti —susurró.
Tragó saliva, y se encontraba fascinada viendo sacudirse su
manzana de Adán de arriba abajo en su garganta.
—¿Estás segura? No recuperas tu primera vez de nuevo, muñeca.
Esto no es como me lo imaginé.
Una pequeña sonrisa curvó la comisura de sus labios.
—¿Lo has imaginado... conmigo?
Daniel le sonrió.
—¿Estás jodidamente bromeando? Eres caliente. Te he deseado
desde que te conocí, pero pensé que sólo querías que fuésemos
amigos. Eso es genial. Me gusta tener de amigo a una chica.
Su sonrisa se desvaneció. No estaba segura de cómo se sentía al
respecto. Pero dijo que era caliente. Eso signi caba que le gustaba,
¿cierto?
—¿Puedo solo... puedo tocarte?
Daniel asintió lentamente, sus ojos siguiendo su mano mientras se
movía temblorosamente hacia su cintura.
Suavemente, puso su mano sobre su entrepierna y sintió su calor y
dureza. Él inhaló profundamente.
—Eres tan jodidamente sexy —dijo en voz baja.
Lo miró, sorprendida, pero no repitió sus extraordinarias palabras.
Sintiéndose audaz, frotó la mano contra él de nuevo y gruñó.
—¡Oh, lo siento! —chilló, retrocediendo.
Daniel le sonrió.
—No hay nada que lamentar, muñeca, sólo estás jodidamente
matándome aquí.
—Lo siento —murmuró otra vez.
Se encogió de hombros. —Viviré.
Alcanzó sus pantalones de nuevo, pero le puso la mano sobre el
brazo. La miró, perplejo.
—¿Podemos solo recostarnos juntos?
Daniel arqueó las cejas.
—Está bien, pero no es por eso que te traje aquí, Lis. Lo sabes,
¿verdad?
Asintió.
—Lo sé.
Se tumbó en la cama y, tras un momento de vacilación, Daniel se
subió a su lado. Deslizó su brazo alrededor de sus hombros y la
atrajo en un abrazo. Su brazo derecho quedó automáticamente
apoyado en su estómago y tarareó alegremente.
Casi saltó de la cama cuando le acarició la semi-erección de nuevo.
—¡Mierda! —gritó—. ¡Lis! Tienes que darme alguna advertencia,
nena. ¡Me darás un maldito ataque al corazón!
Se rió nerviosamente, pero siguió acariciándolo.
Se inclinó hacia ella.
—¿Te importa? —susurró Lisanne.
—¡Mierda, no! —dijo, mirándola con asombro.
—Quiero verla —dijo.
Esta vez, no lo dudó. Levantó sus caderas y empujó sus bóxer más
allá de sus rodillas, retorciéndose mientras se los quitaba.
Su polla dura saltó sobre su estómago, donde se balanceó
alegremente.
Nerviosamente pasó un dedo por la larga vena y saltó cuando se
movió hacia ella. Sintió, en lugar de oír la risa de Daniel.
Pasó la mano sobre él de nuevo, y escuchó su profunda
respiración mientras aspiraba el aire por la nariz. Su piel se sentía
suave y lisa, pero también caliente y dura bajo sus dedos. Apretó y
Daniel movió sus caderas hacia arriba dentro su palma.
—¿Está bien? —preguntó nerviosamente.
Daniel no respondió y se dio cuenta de sus ojos cerrados, su
respiración volviéndose super cial.
Tentativamente, movió su mano de arriba abajo, soltando un
gemido desde lo profundo de su pecho.
—¡Mierda, Lis! —susurró—. ¿Puedes ir un poco más rápido?
Movió la mano de arriba abajo con mayor rapidez, disfrutando de
la forma en que su erección se engrosaba y calentaba bajo sus dedos.
—Mmh —gimió, animándola a moverse aún más rápido.
Una gota de líquido pre-seminal brillaba en la punta y, extasiada,
pasó el pulgar por encima.
Daniel maldijo en voz alta y comenzó a bombear sus caderas en su
mano, su cabeza presionada contra la almohada, su boca abierta.
Movió la mano más rápidamente, observando su rostro con
fascinación mientras su orgasmo comenzaba a construirse.
—Voy a correrme. Voy a correrme —cantó.
Siguió adelante y, de repente, tres chorros de líquido perlado
saltaron de la punta, sorprendiéndola. Daniel gritó y luego se quedó
inmóvil.
Su pecho se agitó, y sus párpados se cerraron. Dejó que sus ojos
bebieran su belleza masculina. Se sentía orgullosa de sí misma. Lo
hizo. Hizo que se sintiera así. No otra chica. Ni una de las zorras que
merodeaban a su alrededor todo el tiempo.
Se recostó sobre la cama y Daniel le dio un cuidadoso abrazo,
acariciando con la nariz su cabello.
—Eso fue increíble, muñeca —susurró.
Después de otro minuto, se sentó y le sonrió.
—Has hecho un verdadero desastre de mí, ¿quieres limpiarme?
Lisanne arrugó la nariz y sacudió la cabeza. Daniel se echó a reír y
se acercó a su mesa de noche por algo del papel higiénico que
acumulaba.
Vio la expresión de su rostro y se encogió de hombros.
—Lo mantengo aquí o desaparece.
Se limpió y arrojó el papel en un basurero.
—Ven aquí.
Voluntariamente se acurrucó en el calor de su rme pecho
mientras Daniel jalaba las sábanas sobre ellos.
—Esto es agradable —dijo en voz baja.
Lisanne sonrió cuando su mano libre le acarició el cabello. Pensó
que iba a morir de felicidad cuando le dio un suave beso en la parte
superior de la cabeza.
Se sentía desprovista cuando se sentó.
—Lis, ¿puedo preguntarte algo?
—Um, ¿sí?
—¿Alguna vez te has hecho venir a ti misma?
Sus mejillas se sonrojaron. —¡No!
Daniel se encogió de hombros. —Sólo digo. Muchas chicas lo
hacen.
Lisanne parpadeó. —Sí, supongo. Pero... yo.
Rozó su nariz con la de ella. —¿Quieres que lo haga?
—¿Querer que hagas qué?
—Hacerte venir.
—Um, ¿no dolerá?
Levantó las cejas. —No. ¿Por qué dices eso?
No se hallaba segura de sí podía ruborizarse aún más. Se hizo
mucho más difícil tener esta conversación, sabiendo que Daniel tenía
que ver su cara mientras hablaba.
—Porque. porque no he tenido sexo.
Una mirada de comprensión pasó por su rostro y sus labios se
torcieron en una sonrisa.
—No, nena. No tienes que tener mi polla dentro de ti para tener
un orgasmo. Aunque realmente me gustaría intentar eso un día.
Puedo hacerte venir con mis dedos si quieres. O con mi lengua.
—¡Tu l-l-lengua! —tartamudeó, incapaz de detenerse. Luego
escondió la cabeza entre las manos—. Oh Dios, ¡soy una perdedora!
Daniel apartó las manos de su cara. —No puedo leer los labios así,
nena —dijo con el ceño fruncido.
—Lo siento. Lo siento. Yo sólo... no sé qué decir.
—Di que sí. Te haré sentir bien, lo prometo. Sólo mis dedos, sin
lengua.
Hizo un gesto con las manos y tuvo que sonreír.
—Está bien, supongo.
Le devolvió la sonrisa. —¿Podrías herir más mi ego, muñeca? —
Luego su expresión se volvió seria—. ¿Puedo sacarte tu camiseta?
—N-no. Preferiría que no lo hicieras.
—Está bien. —Sonrió—. No hay problema. Pero me dejaras tocar
tus pechos, ¿verdad?
—Um, bien.
Le dio un suave beso en los labios. —No te haré daño, muñeca.
Sólo quiero hacerte sentir bien.
Se tumbó en la cama, su cuerpo lleno de tensión.
Daniel acarició su cabello y besó sus labios de nuevo, tirando
suavemente de su labio inferior con los dientes hasta que Lisanne
abrió la boca una fracción.
Su cálida y húmeda lengua acarició sus labios y trazó el contorno
de su boca. Abrió un poco más, y su lengua acarició la suya,
sacándole chispas de placer. Gimió suavemente y Daniel tarareó en
voz baja en su boca.
Envolvió sus brazos alrededor de su cuello y jaló su cabeza hacia
abajo, dejándolo profundizar el beso.
Sus manos se posaron suavemente sobre su cintura, luego sacó sus
labios de los de ella y plantó un camino de suaves besos por su
garganta y sobre la camiseta, acariciando suavemente sus pechos.
Jadeó un poco y levantó la vista cuando la sintió moverse.
—¿Está bien? —susurró.
Asintió rápidamente y continuó besándola en sus pechos,
empujando la camiseta arriba de la cintura así podría besar y lamer
su vientre al descubierto.
Sus dedos se aferraron a sus hombros mientras su cabeza se movía
más abajo.
—Yo... uhm...
Levantó la cabeza para mirarla. —¿Qué dijiste, nena? ¿Has dicho
algo?
—Yo... no quiero que me beses ahí—dijo, con nerviosismo.
—No lo haré si no quieres, pero me gustaría besar tu dulce coñito
un día.
Lisanne se sentía tan avergonzada que no sabía dónde mirar. Todo
lo que podía hacer era cerrar los ojos.
—Lis, mírame —ordenó Daniel.
A regañadientes, abrió los ojos.
—No te avergüences conmigo, Lis. Sólo quiero hacerte sentir bien.
Sólo mis dedos, lo prometo. ¿Me dejarás?
—Bieeen —dijo con suavidad.
Volvió a besarla y gimió en su boca mientras su lengua se
enredaba con la suya. Esta vez, le devolvió el beso, y el gruñido que
lanzó la dejó triunfante. Sus manos viajaron de nuevo a su pecho, y
sus largos dedos se burlaron gentilmente de sus pezones a través de
la suave tela de la camiseta.
En su muslo, sintió su polla temblar a la vida de nuevo.
Gradualmente, sus nervios se desvanecieron cuando su lengua
hizo su magia en su boca y cuello, chupando y mordiendo,
encendiéndola de una manera que la asombró. Su mano siguió
jugando con sus pezones, ocasionalmente ahuecando sus pechos y
masajeándolos con delicadeza.
Lisanne se inclinó y agarró su gruesa longitud, pero Daniel le
apartó la mano.
—No, muñeca, esto es sobre ti.
Sintió sus bragas humedecerse cuando Daniel continuó su sensual
asalto por su cuerpo. Comportándose y moviéndose de maneras
desconocidas para ella, sus caderas se levantaron automáticamente
ante su toque, como si su propio cuerpo lo estuviera convocando.
Sus dedos comenzaron a jugar con el borde de sus bragas y
Lisanne gimió, apenas reconociendo el salvaje sonido que salió de
ella.
Daniel sintió la vibración de su gemido y lo tomó como estímulo.
Metió la mano dentro de sus bragas, haciéndola respirar
super cialmente.
—Estás tan mojada, muñeca —dijo suavemente contra su hombro
—. Estás mojada para mí y un día quiero empujar mi dura polla
dentro de ti y sentir esa dulce opresión a mí alrededor, pero ahora
vas a montar mis dedos.
Su pulgar frotó su clítoris, haciendo que se arqueara en la cama.
Rápidamente, puso el dedo índice en su interior, deslizándolo
dentro y fuera. Para Lisanne, se sentía como una descarga de
electricidad pasando a través de su cuerpo mientras el nivel de
excitación aumentaba, tomándola por sorpresa.
Gimió y Daniel capturó el sonido con sus labios, empujando su
lengua dentro de su boca mientras su dedo se movía dentro de su
cuerpo. Luego añadió un segundo dedo y comenzó a bombear
lentamente mientras su pulgar seguía masajeándola.
La sensación creció en su vientre, burbujeando en sus muslos y en
los dedos de sus pies, haciendo que sus músculos se contrajeran.
Su cuerpo se arqueó de nuevo y gritó.
—Eso es, muñeca —susurró Daniel, estimulándola—. Déjalo ir.
Déjalo ir, nena. Estoy aquí. Estoy aquí.
Trató de alejar su mano, segura de que no podría aguantar más,
pero Daniel presionó su cuerpo sobre el suyo, juntando sus pechos.
—Móntalos, nena —dijo, su voz tensa—. Folla mis dedos, muñeca.
El orgasmo de Lisanne corrió a través de ella, espirales de placer
disparándose a través de su cuerpo como el mercurio.
—¡Oh, Dios! —gritó—. ¡Oh, Dios!
A medida que su cuerpo regresaba a la tierra, Daniel retiró
lentamente sus dedos, arregló sus bragas y tiró la camiseta prestada
en su lugar.
Cuando nalmente abrió los ojos, Daniel la observaba, con una
tranquila y ja mirada en su rostro.
Se sonrojó aún más cuando se dio cuenta de que chupaba sus
dedos.
Daniel vio su expresión.
—Sabes muy bien. —Le extendió la mano y movió sus dedos—.
¿Quieres probar?
—No —dijo, sorprendida.
Le sonrió. —Tú te lo pierdes. Así que, ¿cómo estuvo?
—Yo... yo... —balbuceó—. Um, ¿fue bueno?
Daniel se rió. —¡Joder, no te emociones o algo!
Soltó una risita nerviosa. —Lo siento, todavía estoy. quiero decir.
eso fue. no sé lo que fue, pero fue. increíble. Ahora puedo ver por qué
tanto alboroto por esto. Quiero decir, no sabía que. quiero decir:
¡Guau!
Sonrió. —Se pone mejor, confía en mí.
No podía imaginarse cómo, cualquier cosa, podía ser mejor que eso.
Pero luego volvió a pensar en su sucia boca, y todas las cosas que
dijo que quería hacer con ella. Sí, de nitivamente le gustaría probar
eso.
Daniel se recostó, satisfecho con el trabajo de la tarde. En realidad,
estuvo más que un poco sorprendido cuando Lisanne se vino en él.
Obviamente sabía que era virgen, y pensó que era el tipo de persona
que planeaba permanecer así hasta que conociera al hombre
perfecto. No quería abusar de su con anza.
Pero su cuerpo era exuberante, incluso aunque no le hubiera
permitido verla desnuda. Y ese maldito vestido que llevaba el
sábado, en serio era caliente. El hecho de que quisiera masturbarlo lo
sorprendió demasiado. Pero, maldita sea, si no lo hubiera hecho,
nunca hubiera probado lo que se sentía tener sus manos sobre él,
tocándolo como su instrumento. Y la forma en que respondió a su
contacto lo calentó demasiado.
No se hallaba seguro de lo que Lisanne quería que pasara después,
pero realmente esperaba que lo dejara dormir con ella. No hoy,
quizás, pero pronto. Envolviendo sus brazos alrededor de ella y
sintiendo su cabeza en su pecho, al saber que no tenía nada que
esconderle, hizo que su cuerpo se sintiera más ligero que alguna otra
vez.
Y verla venirse, fue lo más jodidamente asombroso. Lisanne no
tenía ni idea de lo sexy que lucía, extendida debajo de él. Sí, Daniel
realmente quería un poco más de eso. ¿ Eso signi caba que iba a ser
su novia? ¿Quería una novia? De nitivamente no tenía ni idea de lo
que quería tampoco.
Luego frunció el ceño: tal vez sólo lo quería para joder, alguien
que le quitara su virginidad. No sería la primera mujer que quería su
semen, pero no su conversación.
Regresando a la realidad, vio a Lisanne estirarse como un gato y
apoyarse en un brazo para que pudiera ver su rostro.
—Me siento desarticulada... No sé... desconectada... más o menos
como si estuviera otando. Es extraño.
—¿Es algo bueno?
Sonrió. —Sin duda lo es. —Le dio un beso rápido en la mejilla—.
Puedo ver por qué tienes esa reputación, es muy bien merecida.
Daniel se sintió como si lo hubiera golpeado.
Lisanne vio que la suavidad desaparecía de su rostro, y le fruncía
el ceño. —¿Qué?
Tragó saliva con nerviosismo al ver la repentina ira en su rostro.
—Bueno, siempre tienes chicas que quieren dormir contigo. Ni
siquiera tienes que tratar de conseguir una chica. Sólo estoy
diciendo... Lo entiendo.
Daniel salió de la cama y empezó a ponerse sus pantalones
vaqueros. No podía explicar su enojo, incluso a sí mismo. No era
como si hubiera dicho algo que no fuera cierto. Pero tenía que
entender que esto fue más que algo casual para él. Eran amigos, por
el amor de Dios.
—¿A dónde vas? —dijo Lisanne nerviosamente, luego se maldijo
por hablar con su espalda de nuevo. Era imperdonable que se
mantuviera olvidándolo.
Le dio un golpecito en el hombro, pero no quiso voltearse y
mirarla.
—Iré a traer tu ropa —murmuró, y antes de que pudiera pensar en
qué decir, se había ido.
Se apoyó contra la cabecera de la cama, preguntándose por qué se
encontraba tan molesto. ¿Qué le dijo para que se comportara de esa
manera? No le reclamó nada. A pesar de que se encontraba
desesperada por que le dijera que eran exclusivos, no quería parecer
necesitada o poco realista. Daniel no le pidió que se arrojara a él.
Se mordió una uña con nerviosismo y una sensación de alivio la
inundó cuando la puerta se abrió.
Pero no era Daniel. Era un hombre de unos veinticinco años con
una manga llena de tatuajes que cubrían ambos brazos, múltiples
piercings, y una mirada furiosa en su rostro.
Jaló la sábana con fuerza alrededor de ella, muy consciente de que
llamar a Daniel no serviría de nada.
—¿Qué le hiciste? —gruñó el hombre.
Lo miró jamente, con el corazón latiendo frenéticamente.
—¡Respóndeme! —gritó—. ¿Por qué mi hermano pequeño parece
como si le acabaras de disparar a su puto cachorro?
—Yo. yo.
—Estoy harto de que las perras lo traten como un maldito juguete.
¡Tiene sentimientos, por el amor de Dios! Pero tal vez no te
preocupas por eso.
Lisanne se sorprendió en silencio. No tenía idea de lo que causó
esta explosión, y por qué el hermano mayor de Daniel la miraba
asesinamente.
Sus ojos se estrecharon. —Eres ella, ¿no es así? La cantante. Le dije
que se mantuviera alejado de ti. Le dije que le romperías el maldito
corazón. Eres peligrosa. ¿Por qué no puedes dejarlo en paz?
Lisanne sintió las lágrimas pinchar sus ojos, y empuñó la sábana
entre sus manos, mirando ansiosamente la puerta, esperando que
Daniel viniera a decirle a su hermano que lo entendió todo mal.
—Te estoy advirtiendo —gruño Zef—, voy...
Con lo que sea que iba a amenazarla, sus palabras fueron cortadas
cuando Daniel volvió a aparecer.
—¿Qué está pasando? —dijo, al ver la ira de su hermano y el
miedo de Lisanne.
Nadie respondió.
—Dije, ¿qué demonios está pasando? —repitió con enojo, el tono
de su voz creciendo.
Zef se volvió hacia él.
—Sólo teniendo una charla tranquila con tu chica, hermano. No es
gran cosa.
Daniel miró a la chica asustada en la cama. —¿Lisanne?
—Estábamos hablando —murmuró, bajando la mirada a las
sábanas.
Daniel se pasó una mano por el pelo en señal de frustración.
—¡No hagan eso! —escupió—. ¡No me traten como un maldito
idiota!
Zef puso una mano tranquilizadora en su hombro, pero Daniel se
alejó. Luego le tiró la ropa seca a Lisanne.
—Vístete —ordenó—. Te llevaré a casa.
Salió, dejando a Zef y Lisanne mirándose el uno al otro.
Cuando Zef cerró la puerta, se vistió rápidamente, secándose las
lágrimas de los ojos. La tarde fue el mejor día de su vida hasta que
Daniel se fue de repente, volviéndose raro con ella. Y ahora su
hermano la odiaba también. Era tan confuso.
Se acercó de puntillas por las escaleras, pasando por encima de un
hombre que parecía estar acurrucado durmiendo en la última
escalera.
Daniel estaba abrochándose la chaqueta de cuero. Ni siquiera la
miró, sólo abrió la puerta y sacó las llaves de su moto de su bolsillo.
Haciendo caso omiso de la llovizna que seguía oscureciendo el
cielo, pasó la pierna sobre la moto. Todavía no miraba a Lisanne, y
simplemente esperó hasta que se subiera a su espalda.
Tentativamente abrazó su cintura, pero él no respondió. Esta vez, el
rugido del motor no era reconfortante, sino que era un signo de
puntuación de su angustia.
Daniel condujo con velocidad temeraria hacia la universidad, y
luego se detuvo bruscamente en la puerta de su dormitorio y esperó
a que desmontara. Le entregó su casco y lo dejó caer en su maletero.
Ella se inclinó para darle un beso de despedida, pensó que
necesitaban algún tipo de cercanía, pero se apartó y se fue antes de
que pudiera hablar.
—Me preguntaba cuánto tiempo pasaría antes de que se diera
cuenta de que eres una perra frígida —dijo una voz.
Se dio la vuelta para ver a Shawna apoyada contra la pared, una
expresión de su ciencia en su rostro.
—Colton nalmente entró en sus cabales, ¿eh? Vio que podía
hacerlo mejor, ¿no? O quizás fue una follada pésima.
No pudo responder, su cerebro y cuerpo sobrecargados de
emoción. Corrió a su habitación con las palabras de Shawna
resonando en sus oídos.
La habitación se encontraba a oscuras, y cuando encendió el
interruptor de la luz, el brillo la deslumbró. Sintiéndose aturdida, se
sentó en su cama con los hombros caídos. Entonces se dio cuenta de
que Kirsty dejó una nota diciendo que regresaría a las ocho si quería
compartir pizza.
¿Pizza? Como si pudiera pensar en comer. Tenía que saber cómo
estaba el asunto con Daniel. Tenía que saber.
Sintiéndose desesperada, sacó su teléfono y le envió un texto.
¿Cuál es el problema? No entiendo.
Mándame un mensaje, por favor.
LA, XX.
Esperó y esperó, pero no respondió.
7
Traducido por Ivy Walker, Vanessa Farrow, Issel & Leii S.
Corregido por Mel Markham

Daniel iba sobre los ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora
cuando captó un parpadeo de luces azules y rojas en los espejos.
Maldijo en voz alta y muy subido de tono, mientras se estacionaba
por la curva. Después de pelear con Lisanne, su día no mostraba ni
una señal de mejoría.
El policía salió de la patrulla, negando con la cabeza, cansado, y
haciéndole señas para que se quitara el casco.
—¿Sabes que tan rápido andabas, hijo?
—No, señor —contestó, honestamente.
—Bueno, mi radar de velocidad me está diciendo que ciento
cuarenta y seis kilómetros por hora. Eso es muy imprudente, ¿no lo
crees?
Daniel asintió. —Sí, señor.
—¿Me quieres decir porque ibas tan rápido?
Olvidando todos los consejos que Zef le dio por si alguna vez era
arrestado, dijo la primera cosa que le pasó por la cabeza.
—Tuve una pelea con mi novia. No pensaba.
El policía lo miró, simpáticamente.
—Bueno, puedo entenderlo, pero el límite de velocidad es ochenta
kilómetros por hora. Ahora, soy un tipo agradable, así que no te voy
a arrestar, pero tendrás una multa por velocidad, hijo. Licencia y
registro.
Daniel los sacó de la cartera y le entregó los documentos al o cial,
sin hablar.
—Espera aquí —instruyó el o cial, mientras caminaba a la patrulla
y pasaba los datos de Daniel por la computadora. Lo que sea que vio
lo hizo fruncir el ceño.
Caminó hacia Daniel, rascándose la cabeza.
—De acuerdo con mis registros hay un Detective Dickinson que
quiere hablar contigo en la estación. Tendré que llevarte.
Tragó duro, un frio escalofrió extendiéndose por su columna.
—¿Qué?¿Para qué? Nunca escuché sobre ese tipo.
—No te puedo decir eso, hijo, pero tendrás que venir conmigo.
Mira, no te estoy arrestando, así que tómalo con calma, ¿está bien?
Ni siquiera trató de discutir. Sabía que no tenía ningún sentido.
El policía suspiró, algunas veces odiaba su trabajo. El chico
realmente lucía como si tuviera el peso del mundo sobre los
hombros.
—Esa es una buena motocicleta la que tienes. ¿Sportster?
¿Reconstruida?
Asintió.
—¿Hiciste ese trabajo tú mismo, hijo?
—Sí, señor. Me tomó dos años.
El policía retuvo otro suspiro.
—Bueno, tendremos que dejar tu motocicleta aquí por ahora. No
estarás en la estación tanto tiempo, y puedes llamar a un amigo para
que te traiga a recogerla. O puedo hacer que la remolquen, pero eso
terminaría costando rnucho^
Negó con la cabeza, y el policía suspiró otra vez antes de meterlo
en la parte trasera de la patrulla. Al menos no fue esposado.
Sintió que vomitaría. Podía esperar una multa malditamente
considerable, la cual no tenía ninguna manera de pagar en este
momento, a menos que vendiera la moto. La moto en la que trabajó
por dos años. O hacer uso del fondo universitario. De cualquier
manera, Zef tendría sus bolas.
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
Y solo podía culpar a su estúpido trasero.
Si las cosas ya no eran lo su ciente malas, empeoraron cuando
llegó a la estación de policía.
El policía agradable escribía sus notas mientras que un sargento
bastardo e idiota casi realiza una pirueta, cuando supo que Daniel
era el hermano de Zef Colton.
—Bueno, ¿No es esto interesante? ¿Eres el hermano menor, huh?
Ya era hora que te viéramos aquí. Tu hermano está en nuestra lista
de navidad. Vamos a tratar de hacerte sentir bienvenido. Podemos
encontrar una agradable, acogedora celda con tu nombre en ella, y
creo que a mi colega el Detective Dickinson le gustaría hablar
contigo.
—Quiero hacer mi llamada telefónica.
—Estoy seguro que sí. Puedes esperar.
El sargento miró otra vez la pantalla de la computadora y tecleó
algo.
—Ahora vacía tus bolsillos —dijo mirando la computadora.
Incapaz de ver el rostro del hombre, Daniel sólo se quedó ahí.
—¡Dije que vacíes tus malditos bolsillos! —gritó el policía,
levantando la vista.
—¿Para qué? No he sido arrestado.
—Me estás haciendo enojar, Colton, lo cual es muy estúpido.
Cuida tu boca listilla o serás arrestado por sospecha de manejar bajo
la in uencia del alcohol.
Maldita sea, se encontraba jodido.
—Quiero hacer una llamada telefónica.
—Más tarde.
El policía agradable parecía irritado, pero el Sr. Realmente sin
ningún tipo de encanto era el superior. Lanzándole a Daniel una
mirada simpática, el policía agradable se alejó, negando con la
cabeza.
Puso los cigarrillos, encendedor, cartera, llaves y cambio en la caja
en frente de él. El contenido fue registrado y guardado en una bolsa
de plástico transparente.
—Necesito mandarle un mensaje de texto a alguien para que
recoja mi moto. La dejé...
Pero sus palabras se apagaron cuando el policía le quitó el celular
de las manos y lo metió en la bolsa con el resto de las pertenencias,
después fue escoltado al cuarto de interrogación, por el hombre que
asumía era el Detective Dickinson.
El detective lucía cansado y decaído, pero sus ojos eran a lados, y
su boca se curvó con disgusto cuando miró a Daniel.
Bruscamente, Dickinson empujó a Daniel en la silla.
—Bueno, bueno, el hermano menor de Zef Colton. Otra manzana
que no cae muy lejos del árbol, ¿huh? Apuesto a que tu mamá y
papá estarían muy orgullosos.
—¡Jódete! —gruñó Daniel.
—Tienes una boca muy sucia, chico. Y de verdad no quieres
hacerme enojar.
—Quiero mi llamada telefónica —dijo, en un tono sombrío
—Necesitamos tener una pequeña charla primero —dijo el
detective en una voz aburrida—. Sería mejor para ti si contestaras las
preguntas. Por supuesto, eres capaz de irte en cualquier momento..
.pero de verdad no lo recomiendo.
Daniel no creía que sería mejor para él contestar algo, pero se
sentía preocupado sobre las repercusiones de simplemente irse a
toda velocidad.
—Mira, chico —dijo el detective en un tono más conciliatorio—,
contesta algunas preguntas y la multa de velocidad solo
desaparecerá. Puedo hacer que lo hagan. No estoy detrás de tu
hermano. estoy detrás del idiota que ha estado inundando las calles
con metanfetamina barata. ¿Quién es el proveedor de tu hermano?
Daniel se quedó en silencio. Zef siempre le había dicho que sólo
tra caba con hierba y coca. No sabía si creerle o no a Dickinson, pero
de verdad no quería hacerlo.
—Vamos, chico. ¿Quieres esa mierda en las calles? Sé que estás en
la escuela. Tratando de mantenerte limpio. Es tu hermano quien está
echando a perder las cosas.
—No sabes nada —dijo Daniel, con vehemencia.
Dickinson sonrió. Podía darse cuenta que tenía al chico inquieto.
—¿Sabes cómo trabaja la metanfetamina? —preguntó el detective
—. Destruye los receptores de dopamina en el cerebro, así que no
puedes sentir placer. Luego hay comportamiento psicótico, paranoia,
alucinaciones, muerte. Pero antes que eso pase, los vasos sanguíneos
se constriñen, corta el ujo sanguíneo a todas las partes del cuerpo.
¿Sabes lo que signi ca? Tu cuerpo no sana correctamente. Comienza
con fuerte acné, llagas, esa clase de cosas. ¿A lo mejor has escuchado
sobre la boca de metanfetamina? Los ácidos de la boca roen el
esmalte de los dientes, entonces tus dientes se pudren y se caen.
Lindo. ¿Quieres ser responsable de eso?
Cerró los ojos, excluyendo las palabras que lo hacían vomitar. No
creía la mierda que Dickinson le decía, pero tampoco quería saber
nada más.
Saltó cuando Dickinson golpeó las manos fuertemente sobre el
respaldo de su silla.
—¡Quiero mi maldita llamada telefónica! —dijo bruscamente, con
su paciencia agotándose.
El Detective Dickinson levantó las manos en el aire.
—Está bien, haz tu llamada.
—Quiero mandar un mensaje de texto de mi celular.
—No, puedes usar el teléfono de afuera.
Comenzó a entrar en pánico. No existía manera de que supiera si
Zef contestaba o no el teléfono. Ni siquiera sabía si estaría en casa.
Lisanne. Llamaría a Lis. Siempre contestaba los mensajes de texto
rápidamente. Rezó para que tomara la llamada.
Qué bueno que se sabía su número de memoria.
Marcó y contó hasta diez en el auricular, esperando que
entendiera... entendiera que no tenía ni una pista de si lo escuchaba,
o si una máquina tomaba el mensaje.
—Lis, soy yo. Daniel. Tengo un montón de problemas. Fui
detenido por exceso de velocidad. Estoy en la estación de policía.
¿Puedes darle un mensaje a Zef de mi parte, nena? Su número es
nueve-uno-dos cinco- cinco- cinco cero-uno-nueve-cinco. Siento
haberme molestado contigo, cariño. Lo siento malditamente.
Luego colgó, sin saber si lo escuchó. Sabía que sería lo más
inteligente decirle a Dickinson que no podía oír lo que malditamente
decía. Pero no podía darle esa satisfacción al bastardo.
Dickinson continuó haciéndole preguntas, aunque no las contestó.
Concentrándose en controlar la respiración, cerró los ojos, dispuesto
a alejar la tensión y la ansiedad.
Eventualmente Dickinson se rindió y lo dejó en el cuarto de
interrogación para “que pensara en eso”. Era alrededor de la una de la
mañana y se resignó a pasar la noche ahí. Se preguntaba si marcó
incorrectamente el número, o a lo mejor el mensaje no se grabó, o no
lo escuchó. A lo mejor se encontraba tan enojada por la forma en que
la trató que no le importó. No tenía ninguna manera de saberlo.
Pasó la inquieta noche solo. En cierto punto le fue permitido un
descanso para ir al baño y a través de las ventanas con barras podía
ver la pálida luz que se ltraba en el cielo oscuro, la oscuridad
desvaneciéndose con el alba.
Después de las siete de la mañana, Dickinson volvió. Caminó de
un lado al otro escupiendo las preguntas. Daniel mantuvo los ojos
jos en la mesa la mayoría del tiempo, pero de vez en cuando lo
miraba.
Después de otra hora, la energía furiosa del detective disminuyó, y
se frotó los ojos cansadamente.
—Bien, eres libre de irte —dijo Dickinson, por n—. Estoy seguro
de que te veré otra vez, hermano menor. Es solo cuestión de tiempo
para que seas parte del negocio familiar, si es que ya no lo eres.
Se puso de pie temblorosamente mientras era encaminado fuera
de la habitación por Dickinson quien lo miraba con ojos
entrecerrados.
Recogió las pertenencias, aliviado de que los idiotas no lo
hubieran arrestado.

***

Lisanne se despertó con la luz ltrándose a través de las cortinas


sobre la cama. Rodó de lado y agarró el teléfono.
—¡Santa Mierda!
Se levantó de un salto, vagamente consciente de los gruñidos
somnolientos de Kirsty del otro lado de la habitación.
—¡Kirsty! ¡Saca tu trasero de la cama! Puse mi teléfono en silencio,
nos dormimos ¡Son casi las 8:30!
Apresuradamente, se quitó la bata, tomó su toalla y neceser, y
corrió al baño.
El agua se hallaba más fría que de costumbre, y se estremeció bajo
el débil chorro. Por lo menos la despertó.
Sin embargo, Kirsty se volvió a quedar dormida.
—Vamos, perezosa. Levántate y brilla —dijo mientras sacudía el
edredón de Kirsty.
—¡Lárgate! —Fue su respuesta entre dientes.
Se encogió de hombros. Pasaban por la misma rutina todos los
días. Si no fuera por ella, Kirsty no habría ido a ninguna de las clases
de la mañana.
Se puso unos vaqueros y una camiseta de manga larga, luego
subió el volumen del teléfono. Tenía una llamada perdida de un
número que no conocía, y un mensaje de voz.
Mientras escuchaba, todo el color desapareció de su rostro. Sus
rodillas cedieron y se desplomó sobre la cama. Daniel dejó el
mensaje anoche.
Reprodujo el mensaje de nuevo y garabateó el número de Zef.
Tuvo que llamarlo cuatro veces antes de que contestara.
Cuando escuchó quién era y por qué lo llamaba, no parecía
contento. Por decirlo delicadamente. Especialmente cuando Lisanne
insistió en ir con él, amenazando con ir directamente a la comisaría si
no la recogía.
Zef se encontraba furioso cuando por n llegaron a la estación de
policía.
—¡Quédate aquí! —le gritó a Lisanne, que se encontraba sentada
rígidamente a su lado.
“Furioso” era probablemente el eufemismo del año. Rabia uía de
él en impulsos intensos, su cara se enrojeció y sus dientes se
apretaron cuando vio a Daniel ser conducido por uno de los agentes
de policía.
Miró a Zef con una expresión culpable mientras tomaba su
billetera.
—¿Eres un maldito idiota? —le siseó Zef a Daniel—. ¡Porque estás
actuando jodidamente como uno! Hago toda esta mierda para que
puedas mantenerte limpio, entonces vas y lo jodes de esta manera.
—Lo siento, hombre. No pensaba.
—Eso es a rmar lo jodidamente obvio.
Agarró el brazo de Daniel y lo arrastró fuera, donde los policías
también interesados no podían ver. Luego lo empujó contra la pared,
con las manos apuñadas alrededor del cuello de la camiseta de
Daniel.
—¡Suéltame!
—¡No hasta que haya golpeado algo de jodido sentido en ti! —
gruñó su hermano.
Daniel lo empujó con fuerza y Zef dio un paso atrás, batiendo el
puño al mismo tiempo. Golpeó a Daniel en la mejilla y cayó de
costado, aterrizando torpemente en una rodilla.
El dolor lo atravesó y se alegró de no haber tenido la lengua entre
los dientes, o claramente se la habría mordido, maldición.
Lisanne saltó fuera del coche en el momento que Zef empujó a
Daniel contra la pared. Era demasiado tarde para detener la pelea,
pero se encontraba absolutamente segura de que no lo dejaría llegar
más lejos. Trató de ayudar a Daniel a pararse mientras Zef se hallaba
detrás de ella, jadeando duramente.
Daniel sintió las manos en su hombro otra vez y automáticamente
las empujó.
Lisanne trató de calmarlo.
—Soy yo, Daniel. Soy yo.
Levantó la vista y vio su rostro arrugado con preocupación.
—Muñeca —jadeó, apoyando la cabeza en su cuerpo mientras ella
envolvía los brazos alrededor de él.
—¡Maldición, lo siento, hermano! —dijo Zef.
Lisanne se volvió hacia él, violentamente.
—¡No lo toques! ¡Déjalo en paz!
Ayudó a Daniel a ponerse de pie, sosteniendo su brazo mientras él
se tambaleaba ligeramente.
—Sólo entra al maldito coche —dijo Zef, con rigidez—. Te llevaré a
recoger a Sirona, si todavía está allí.
—Lleva a Lis a casa primero —murmuró Daniel.
Zef parecía que quería discutir, pero contuvo lo que iba a decir.
El viaje fue silencioso, la violencia latente entre los dos hermanos.
Lisanne podía ver la mirada de Zef por el espejo retrovisor, con el
rostro oscuro y duro. A su lado, Daniel se encontraba recostado con
los ojos cerrados, una marca roja oreciendo en su mejilla.
Cuando llegaron a los dormitorios, ella acarició suavemente el
rostro de Daniel para que abriera los ojos.
—Estamos aquí —dijo, en voz baja—. ¿Quieres entrar? Kirsty
podría llevarte a tu casa después.
Zef comenzó a discutir, pero Daniel le disparó una mirada.
—Sí, me gustaría eso, Lis. Sirona puede esperar.
Se bajó del coche torpemente, frotándose la rodilla dolorida. Con
una mirada furiosa nal, Zef se marchó, chillando los neumáticos,
dejando el penetrante olor a caucho quemado en el aire con su
desaprobación.
Se sentía preocupada por Daniel. Se encontraba silencioso, y el
fuego que tanto amaba parecía haberse atenuado.
Se arrastró por las escaleras hasta su dormitorio, con los hombros
caídos y la cabeza colgando hacia abajo. Tal vez era sólo cansancio,
pensó. No pudo haber dormido mucho, estando en una estación de
policía toda la noche. Se sintió culpable otra vez, mientras que ella
estuvo acurrucada en su cama, él se encontraba tratando con Dios
sabe qué.
Abrió la puerta, aliviada de que Kirsty se encontrara en las clases
de la mañana. Tirando de su mano, llevó a Daniel a su cama y lo
empujó suavemente, diciéndole que se sentara.
—Te voy a hacer un café —dijo, en voz baja.
Asintió, pero no dijo nada, en cambio se desabrochó las botas y se
recostó contra las almohadas. Para el momento que Lisanne hizo el
café, se encontraba profundamente dormido, acurrucado sobre el
costado.
Con cuidado, se acomodó en la cama junto a él, y tomó su libro
para leer, sorbiendo café ocasionalmente. Daniel suspiró
pesadamente y envolvió el brazo izquierdo por su cintura,
empujando la cabeza en su cadera.
En silencio, estudió su rostro, podía visualizar su cansancio, en los
anillos oscuros bajo los ojos. Sus mejillas se encontraban cubiertas de
barba incipiente y se sonrojó al preguntarse cómo se sentiría si se
besaran de nuevo.
Cruzó las piernas por el tobillo y tomó un poco más de café,
deseando que su cuerpo se relajara. Hoy parecía estar
permanentemente encendida, su cuerpo sintonizado con Daniel,
listo para el sexo.
Apenas podía creerlo. No sabía que era posible sentirse así. No
sabía que las chicas pudieran estar tan calientes como los chicos.
Pero esa era la verdad.
Y luego se sintió egoísta por tener esos pensamientos, cuando él
había pasado un momento tan horrible. Justo ahora, necesitaba su
amistad. Frunció el ceño y se preguntó si eso era todo lo que querría
de ella. Pero ayer... eso fue mucho más allá de la amistad.
Lo miró de nuevo. Sus suaves labios entreabiertos, la mejilla
lastimada ligeramente hinchada. Se pateó a sí misma por no haberle
ofrecido un poco de hielo. No es que hubiera tenido tiempo: se
quedó dormido de inmediato. Sus ojos temblaban ligeramente bajo
los párpados cerrados y se preguntó con qué soñaría. Las pestañas
oscuras y largas se desplegaban en sus mejillas y, si no hubiera sido
por la barba, habría parecido mucho más joven.
Suspiró y trató de volver la atención a su libro. Daniel no se
movió, excepto para enganchar la pierna izquierda sobre la de ella,
así por casi dos horas, leyó, con Daniel acurrucado a su alrededor. Le
encantaba el hecho de que en su sueño parecía ansiarla. Deseaba que
fuera lo mismo cuando se encontraba despierto.
De repente la puerta se abrió de golpe, haciendola saltar. Kirsty
irrumpió con Shawna caminando detrás de ella.
—Oh, ¡Dios mío! ¡Lo siento! —dijo Kirsty, deteniéndose
bruscamente, con los ojos muy abiertos, jos en Daniel.
El rostro de Shawna parecía el de alguien que había chupado un
litro de jugo de limón.
Daniel se movió adormilado y luego se sentó, bostezando.
—Oh mierda, lo siento, muñeca. ¿Me quedé dormido? ¿Qué hora
es?
—Las tres —dijo Lisanne.
—¡Mierda! ¡Sirona! Debería irme —gruñó para sí mismo—. Hola,
Kirsty.
Kirsty saludó, mientras Shawna canturreó—: Hola Daniel. —En
una enfermiza voz cantarina.
Por supuesto, su tono de voz se perdió completamente en él,
aunque su mirada coqueta no.
—Shawna —dijo, con un brusco asentimiento.
Lisanne se encontraba demasiado distraída para preocuparse de
que Shawna estuviera siendo, como habitualmente, una perra. Su
principal preocupación era él.
—¿Debería hacerte otro café? El tuyo está frío ahora.
Sacudió la cabeza, murmurando acerca de negocios que atender.
Lisanne hizo una mueca, preguntándose lo que podría implicar. Y
sin duda necesitaba un aventón.
—Kirsty, ¿podrías llevar a Daniel?
—¿Qué pasó con la moto? —preguntó Shawna interrumpiendo
groseramente la respuesta de Kirsty.
Perra metiche, pensó Lisanne.
—Seguro, no hay problema —dijo Kirsty, tomando las llaves.
Esa era una de las cosas que amaba sobre Kirsty. Actuaba como
una animadora entusiasta la mitad del tiempo, pero cuando podía
ver que algo era importante, no dudaba en ayudar.
Pero Daniel se frotó los ojos y bostezó de nuevo.
—No. Está bien, gracias. Tengo algunas cosas de las que ocuparme
—repitió, estirando los brazos encima de la cabeza, y exionando los
músculos inocentemente, en una forma que hizo babear
abiertamente a Shawna—. Le escribiré a Roy. Me dará un aventón.
Sacó las piernas de la cama y comenzó a ponerse las botas. Lisanne
sintió su pérdida junto a ella inmediatamente.
Antes de irse, él le sonrió y le besó el cabello.
—Te veré en clases mañana, ¿bien? ¿Me escribes más tarde?
—Claro —dijo, tratando de sonreír.
Le guiñó un ojo, asintió hacia Kirsty e ignoró completamente a
Shawna, quien ni siquiera dijo adiós sino que se volteó y se marchó
detrás de él, disparando preguntas a su espalda.
Tan pronto se fueron, Kirsty cambió al modo interrogativo.
—¡Oh, Dios mío! ¿Están follando? Fue tan dulce la forma en que te
abrazaba. ¡Guau! ¡Daniel Colton! ¿Es realmente bueno en la cama?
En la escala del uno al diez, ¿cómo lo cali carías?
Lisanne se ruborizó y trató de reírse de eso.
—Solo somos amigos, Kirsty.
—¡Tonterías! Los vi, Lis. Está totalmente colado por ti. Y es obvio lo
que sientes por él. ¡Guau! Bien, ahora puedes darme detalles.
Lissane sacudió la cabeza.
—Tengo una lección de violín a la que llegar, te veo más tarde.
Kirsty hizo un mohín. —¡Bien! Pero no te saldrás de ésta tan fácil,
señorita. Quiero saber todo. Por cierto, ¿por qué necesitaba un
aventón?
—Oh —dijo, sintiéndose inquieta—. Él, um, tuvo un problema con
la motocicleta.
Lo que no era completamente una mentira.
Tomó el estuche del violín y su bolso con las partituras, y se
apresuró a salir del cuarto.
Su concentración se fue al in erno y el profesor Crawford alzó la
ceja sorprendido. Todo lo que Lissane pudo hacer fue disculparse de
nuevo, y prometer trabajar más duro la próxima semana.
No ayudó mucho el que hubiera escuchado llegar un mensaje de
texto a su celular, y se moría de la curiosidad por saber si era de
Daniel.
Tan pronto como terminó la lección, incluso antes de que el
profesor Crawford hubiera cerrado la puerta detrás de él, excavó en
su bolso para encontrar el teléfono.
El mensaje era de Daniel.
Gracias
Miró el corto mensaje y sintió lágrimas en los ojos. ¿Qué tan tonto
era eso? Le envió un mensaje. Le agradeció. ¿Cuál era el maldito
drama?
Irritada por ser tan patética, condujo su abatido trasero al
dormitorio. Desafortunadamente, Kirsty todavía se encontraba allí, y
la atacó en el mismo instante en que cruzó la puerta.
—¡Escúpelo! ¿Qué hay entre Daniel y tú? ¿Están saliendo? —
Luego miró a Lissane más de cerca—. Porque, si lo están, pareces
algo miserable.
Lissane suspiró. —Es complicado.
—Por supuesto que lo es —dijo Kirsty, con simpatía—. Es un
chico... su cerebro está conectado de manera diferente. Bueno, el
cerebro de la mayoría de los chicos está conectado a sus pollas, así
que es bastante sencillo.
Intentó reír, pero su corazón no estaba para eso.
—Realmente no sé lo que somos —dijo, honestamente—. Somos
amigos, eso lo sé. Y a veces creo que somos más que eso, pero. tan
solo no estoy segura.
Kirsty asintió. —Lo entiendo. Mensajes confusos, ¿huh? Sabes que
no le voy a decir nada a nadie, ¿correcto, Lis? Quiero decir, ni
siquiera a Shawna. Sé que actúa como si fuéramos mejores amigas,
pero no soy tonta. Es un poco perra contigo. Pero es porque está
celosa. Amaría estar recibiendo un poco de acción de Daniel Colton.
No entiende lo que ve en ti. Oh, no quise decirlo de esa forma —dijo,
de prisa—. Es solo que no actúas toda coqueta. sabes a lo que me
re ero.
—Gracias Kirsty. creo. Yo solo. —Suspiró de nuevo, sin tener idea
de cómo terminar la oración, y mucho menos como explicarle sus
sentimientos a Kirsty.
—Está bien, bueno vamos a hacer la lista de veri cación.
No pudo evitar reírse de eso: Kirsty y sus jodidas listas de
veri cación.
—¿Te ha besado?
—Sí.
—¿Lengua?
—Um, sí, una vez.
—¿Solo una vez? ¿Cuándo fue eso?
Se sonrojó. —Ayer.
Kirsty asintió alentadoramente. —Bueno, eso es bueno.
Bueno. Maravilloso. Sensacional. Fuera de este planeta.
—¿Lo es?
—¡Por supuesto! Ustedes han sido amigos desde el comienzo del
semestre. o casi. Por lo que si acaban de involucrar lenguas, es un
progreso.
—Oh, está bien.
—¿Te ha llevado a una cita?
Esa era una difícil. Salieron juntos, pero ninguno de los dos lo
llamó nunca cita.
—Um, no, sí, tal vez. No estoy segura.
—Oh —dijo Kirsty, en una forma que indicaba que esto no era
bueno.
—¿Oh?
—Cariño, si no estás segura de que era una cita, entonces no lo fue.
Un chico tiene que pedirte una cita para que lo sea. Es diferente a
solo salir juntos.
Suspiró. Eso sonaba lógico.
Kirsty continuó.
—Así que, cuando se besaron, ¿hicieron algo más?
Se movió incómoda. —Algo ¿cómo qué?
Kirsty rodó los ojos. —Algo, ¿cómo toqueteo?
La cara de Lissane se enrojeció, pensando en el grandioso orgasmo
que Daniel le regaló.
Kirsty sonrió con aire de su ciencia. —Entonces tomaré eso como
un “sí”. —Su sonrisa se desvaneció—. Realmente solo hay una
respuesta, Lis. tienes que preguntarle donde se encuentran. Los chicos
pueden ser bastante tontos. Tienes que decir: ¿Oye? ¿Esto es una cita?
o, ¿Tendrás algo con otra chica más tarde? ya sabes, hablar claro
—No sé si pueda hacer eso.
—¿Por qué no?
—Bueno —dijo Lissane, retorciendo un trozo de tela de su franela
entre los dedos—. ¿Qué si dice que “no”? ¿Qué pasa si no está
interesado en mí?
—Entonces dice que “no”, pero al menos no estarás atrapada en
algo que no sucederá. Es como arrancar una curita... lo harás rápido
porque a largo plazo dolerá menos.
Sonaba como una buena recomendación: solo que Lissane no sabía
si sería lo su cientemente valiente para hacerlo.
—¿No has dormido con él aún?
Sacudió la cabeza.
—¿Quieres hacerlo?
Miró dentro de los amables ojos de Kirsty.
—Sí, pero no si es porque siente lástima por mí.
—Oh, cariño —dijo Kirsty, palmeando su mano—. Todos los
chicos quieren sexo, eso es un hecho. Pero tienes que decidir si eso es
todo lo que quieres. Y te conozco, Lis. Tú eres el tipo de chicas que
quieren el paquete completo. Y Daniel... mira, parece lindo, es
diferente contigo, pero no tiene un buen historial. Es de nitivamente
del tipo “ámalas y déjalas”.
—Pero si duermo con él, a lo mejor.
—¡Ni siquiera lo pienses! Lo digo en serio, Lis. Algunas chicas
están bien teniendo romances de una noche. Como sea. Bien por
ellas. Pero no eres así. Y te vas a sentir como la mierda si lo haces.
Tan solo no vale la pena. Mira, puedo ver que Daniel se preocupa
por ti, quiero decir, son amigos. Y eso es bueno. El sexo puede joder
las cosas. Sí, bueno, sabes a lo que me re ero.
—Entonces, ¿qué hago? —preguntó Lissane, con una sonrisa
desgastada.
—Lo que puedo decirte, cariño, es esto. Habla con él. Lo
averiguarás. Mira, Vin y yo iremos a ese nuevo lugar mexicano con
varios amigos de la fraternidad. Me harías un favor si vienes con
nosotros.
—Gracias, Kirsty, pero creo que voy a tener una noche tranquila.
—Está bien, si cambias de opinión, escríbeme. Pero no me esperes
despierta.
—¿Fiesta de pijamas con Vin?
Kirsty le guiñó el ojo. —Algo así.

***

Le tomó un tiempo deshacerse de Shawna. La chica era


persistente, pero había visto la forma en que trataba a Lissane y no
se sentía ni un poco interesado en alguien tan perra, y además no era
caliente.
Daniel apagó el cigarro cuando vio la abollada camioneta de Roy
acercándose. —¿Qué pasa? ¿Dónde están tus ruedas, hombre?
Suspiró. —Me detuvieron por exceso de velocidad. Pensé que me
iban a arrestar por conducción temeraria, pero los hijos de puta se
encontraban más interesados en Zef.
Roy le lanzó una mirada.
—No les dije nada.
—Pero no te detuvieron —dijo Roy, con recelo.
—¡Joder, hombre! ¿Crees que diría algo, sobre mi hermano?
—No sobre tu hermano.
Daniel miró a Roy con incredulidad. —¿Piensas que te vendería?
— Sabía que Roy vendía un poco de hierba en la zona.
Roy contuvo las palabras por un rato antes de responder. —No,
supongo que no.
Daniel se sentía un poco apaciguado pero aún enojado porque Roy
pudiera siquiera pensar que haría un trato con los policías. No
quería preguntarle si Dickinson se encontraba de acuerdo con lo del
comercio de metanfetaminas. La mayor parte de él no quería saber.
La ignorancia no era la felicidad, pero podía ofrecer una vista
jodidamente más confortable que una cruel realidad.
—De cualquier forma, me detuvieron. Pasé toda la noche con el
trasero dentro de la estación de policía.
—¿Los policías te maltrataron? —dijo Roy, con sus ojos vagando
sobre la cara de Daniel.
Se asomó al retrovisor de la camioneta y vio el oscuro golpe de su
mejilla.
—Joder. No, ese fue Zef.
Roy suspiró. —Se preocupa por ti, eres su hermano pequeño.
Miró fuera de la ventana y no respondió. Roy palmeó su brazo.
—¿A dónde vamos, hombre?
—Sirona. Los policías me hicieron dejarla a un lado de la carretera.
Quien coño sabe lo que le habrá pasado.
—¡Au, diablos! ¿Por qué no me dijiste? La hubiera recogido por ti.
—Los policías tomaron mi teléfono.
Roy suspiró. —¿De cuánto fue la multa?
—Mil dólares.
—Oh, ¿si? ¿Y dónde conseguirás esa cantidad de dinero?
—Del fondo de la universidad.
—¡Ah, hombre! No me sorprende que Zef te persiguiera. Él se
toma esta mierda jodidamente en serio.
—No es un gran problema. Aún me quedan tres años de escuela.
Puedo trabajar en el garaje durante los veranos. Y ganaré ese dinero
otra vez fácilmente.
—Solo asegúrate de hacerlo.
—¡Joder, Roy! ¿Cuándo te convertiste en Martha Stewart? —Roy se
rió sonoramente y Daniel no pudo evitar sonreír—. Está bien, mal
ejemplo... ¿qué tal Dave Ramsey3?
Roy apuntó hacia delante y la sonrisa de Daniel se ensanchó.
Sirona se hallaba estacionada donde la dejó y aún tenía las dos
ruedas. Las cosas iban mejorando.
—Gracias, amigo —le dijo a Roy.
—No hay de qué. Mantente fuera de problemas.
Se bajó de la camioneta y saltó a un lado. Roy se marchó,
mostrándole a Daniel el dedo del medio.
—Hijo de puta —gruñó Daniel.
Pero al pasar las manos sobre el cromo de Sirona, comenzó a
sentirse mejor.
—Hola, bebé. ¿Me extrañaste?
Terminar esta motocicleta fue un trabajo duro. No era como una
importación japonesa moderna. No, ningún botón de fácil encendido
para su bebé.
Se inclinó para encender el gas, apartó el obturador de arranque,
abrió por completo el acelerador, poniéndolo a punto con un par de
patadas, luego sintió las vibraciones mientras la patada de inicio la
hacía saltar a la vida, pulsando a través de su cuerpo. La podía
sentir.
Montó hasta su casa, manteniéndose dentro del límite de
velocidad durante todo el camino. No podía arriesgarse a perderla
de nuevo.
Pero este buen estado de ánimo no duró mucho tiempo. Tan
pronto como Zef lo oyó llegar, salió a enfrentar de Daniel. Roy se
quedó ahí, con una mueca.
—Dime que estas jodidamente bromeando —gritó Zef—. ¿Vas a
usar tu fondo de la universidad para pagar la maldita multa?
Se mantuvo rme mientras los ojos de Zef ardían de furia, y Roy
parecía más que un poco incómodo.
Dirigió una mirada al amigo de su hermano. No culpaba a Roy,
Zef lo habría descubierto tarde o temprano.
—Mamá y papá ahorraron ese dinero para que fueras a la
universidad y obtuvieras tu título. No se mataron trabajando para
que pudieras mandarlo todo al traste y pagar una jodida multa por
exceso de velocidad.
—¡Lo sé! —gritó Daniel—. Pero no tenía elección. Trabajé en
Sirona durante dos malditos años para no tener que tomar el bus, no
voy a venderla para pagar una multa de mierda.
—¡Entonces no debiste haber excedido la velocidad, jodido idiota!
—¿Crees que no se eso jodidamente bien?
—No, no lo creo. ¿Y por qué diablos estás saliendo con esa
cantante? ¡Eso solamente te jode mentalmente! ¿Quieres que te lo
recuerde a cada momento? Porque puedo recordar lo destrozado
que estabas cuando no pudiste volver a tocar tu música, ¿y ahora
estás saliendo con una cantante?
—No estamos saliendo, somos amigos. Nosotros...
—¡Tonterías!
Roy se interpuso entre ellos, colocando las manazas en sus pechos
y apartándolos.
—Bájenle un poco, chicos. Es su ciente. No hay necesidad de tener
una pelea de mierda.
Zef lo fulminó con la mirada. —Aparta tu trasero de aquí, Roy. Es
un problema familiar.
—No, es mi problema—espetó Daniel—, y me largo de aquí.
Giró la motocicleta, necesitando algo de espacio. Tenía que poner
en orden su cabeza y solo quería ver una persona.
D: ¿Puedo verte? ¿Estás sola?
La respuesta fue instantánea.
L: K esta fuera con Vin. Estoy sola en casa. LA xx
Sintiéndose aliviado, dio la vuelta a la motocicleta, dirigiéndose
hacia los dormitorios, y hacia la única persona que parecía
entenderlo.
Solo hizo una pequeña parada, en la licorera.
No eran horas de visitas en los dormitorios, así que se coló por la
puerta de la salida de incendios que las chicas mantenían abierta,
permitiendo que sus novios las visitaran. Ese era el secreto peor
guardado en el campus.
Golpeó la puerta y ella la abrió inmediatamente.
—Hola.
—Hola. ¿Estás bien? ¿Recogiste tu moto?
Asintió con cansancio mientras abría por completo la puerta.
Entró, besándola rápidamente en la mejilla, y se dejó caer
pesadamente en la cama.
—Sí.
—Así que, ¿se encontraba todo bien?
—Más o menos.
No podía soportar decirle que tuvo que gastar cierta cantidad de
dinero del fondo para la universidad, o que Zef le dijo que no saliera
con ella. Esa mierda era demasiado fuerte para hablarla con ella.
—Traje cervezas —dijo, deshaciéndose de la chaqueta de cuero y
sacando un paquete de seis cervezas de una bolsa de papel.
—¡Oh! Um, en realidad no bebo.
—Está bien, yo sí. —Presionó la lengüeta de la primera lata y bebió
casi la mitad de ésta.
Lissane lo miró nerviosamente, preguntándose si simplemente
quería algún lugar donde emborracharse. Él levantó la mirada y vio
la expresión de su cara.
—Lo siento. Debería haber preguntado. ¿Te importa?
—Um, no. Está bien.
Él suspiró. —Mierda, estoy haciendo todo mal. ¿Te sientas
conmigo?
Lissane se subió hasta el nal de la cama y se sentó con las piernas
cruzadas, de frente a él.
—Mira, siento mucho la forma en que me comporté. Ya sabes,
ayer. Sólo... joder, esto es difícil. —Bajó la mirada a sus dedos.
Lissane esperó a que continuara.
—Ayer fue bastante bueno. Antes. No esperaba. Quiero decir,
somos amigos, ¿cierto? No quiero hacer nada para arruinar eso. Pero
no quiero que pienses que lo que hicimos. ah, mierda.
Sus palabras entrecortadas murieron de nuevo. Pero lo intentaba.
Realmente lo intentaba.
—¿Por qué estabas tan enojado conmigo? —dijo ella,
tranquilamente.
Encontró su mirada. —Porque lo hiciste sonar como si no
signi cara nada. Como si solamente voy por ahí buscando chicas al
azar.
—¿Y no lo haces?
Daniel la miró con aspecto amenazador. —¡No!
—¿Con cuantas chicas has dormido este semestre?
—¿Aparte de ti? —dijo, levantando las cejas.
Ambos pensaban en cuando se quedó dormido en su cama esa
mañana.
—Sabes a lo que me re ero, pero si quieres que lo diga más claro:
¿Con cuantas chicas has tenido sexo?
Mordió su labio durante unos segundos, y tomo un largo trago de
cerveza.
—Tres.
—¿En total?
—Tres este semestre.
¡Jesús!
—¿Cuantas en total?
—Um.
Hubo una pausa larga e incómoda.
Lo miró jamente. —¿No lo sabes?
—¡Cristo! ¡Dame un respiro! ¡No es como si las marcara con rayas
en la cabecera de mi cama!
Ella cruzó los brazos sobre su pecho. —Has un cálculo. Uno
estimado y descabellado —agregó, sarcásticamente.
—Quizás treinta.
Lissane tragó.
—A lo mejor treinta y cinco —dijo, en voz baja.
Supuso que sería un número alto, pero aun así era un poco
chocante.
—Oh —dijo, tratando de mantener la expresión de su cara en
blanco, pero sabiendo que probablemente podía leerla
perfectamente.
—¿Por qué estamos hablando de esto? —murmuró él, tanto para
ella como para sí mismo. Luego levantó la vista—. Pero tú eres la
segunda chica con la que he dormido —agregó él.
—¿Que quieres decir?
Frotó las manos sobre su cabello con frustración.
—En caso de que no te hayas dado cuenta, no tengo citas. La
chicas no quieren tener citas conmigo, solo quieren follarme. Y a mí
me gusta follar. Pero ninguna de ellas me conoce: tú eres la única. Las
demás no permanecen alrededor el tiempo su ciente para hacerlo.
—Querrás decir que nunca les das la oportunidad.
—Como sea. Es lo mismo.
—No realmente.
—¡Diablos, Lissane! Estoy tratando de decir... Quiero...
—¿Qué?
—No estás haciendo esto fácil...
—Lo siento, sólo es intimidante.
—¿Qué cosa?
—Todas las chicas con las que has dormido. Me hace sentir... —
Vaciló, tratando de encontrar las palabras adecuadas para expresar
lo desesperadamente inexperta e inadecuada que se sentía.
—¿Qué te hace sentir?
Pasó a través de una lista de palabras en su mente: patética, tensa,
una virgen.
—¿Qué te hace sentir, Lis? Porque todo es mierda. Tú... yo... es
simplemente diferente, y... ayer, cuando me dijiste sobre mi
reputación...
De repente, la comprensión la ilumino... entendió. —¡Oh! ¿Te
ofendí ayer?
Él encogió un hombro.
—Daniel, lo siento mucho.
Él miró la colcha. —Me gustas.
—¿En serio?
Gimió con frustración e irritación.
—¡Por supuesto que es jodidamente en serio! Estoy aquí, ¿no?
Eso era todo lo que quería saber.
Respirando hondo, descruzo las piernas y se arrastró hasta la
cama. Deteniéndose frente a él, rozó sus labios contra los suyos.
Los párpados de él se cerraron y suspiró suavemente.
Animada, se arrodilló frente a él y se inclinó, colocando otro suave
beso en sus labios.
Daniel deslizó los brazos alrededor de su cintura y le acarició el
cuello, tarareando en voz baja. Luego tiró de ella hacia abajo de
manera que quedó tendida sobre su pecho. Corrió las manos hacia
abajo, deteniéndose justo debajo de la parte baja de su espalda,
colocando suaves besos en su cuello.
Dejó caer la cabeza sobre la almohada, y la metió a ella en su
costado para un acogedor abrazo, una mano acariciando suavemente
su cabello, girando de vez en cuando para poder rozar los labios
sobre su sien.
Lisanne se encontraba amargamente decepcionada. ¿Dónde
estaban los toques ardientes que experimentaron ayer? ¿Dónde se
encontraba el fuego oscuro en sus ojos? ¿Era esto? ¿Eran sólo amigos
después de todo? ¿Qué signi caba “me gustas” de todos modos?
Era amable con ella, pero Lisanne no quería amabilidad. Lo
deseaba. Todo de él. Y quería saber de una vez por todas si la quería.
Enganchó la pierna sobre su cadera, empujándose contra él para
que su pierna estuviera casi envuelta en su cintura.
Daniel hizo una pausa en sus tiernos besos y la miró.
—¿Lis?
No respondió, pero nerviosamente deslizó los dedos bajo su
camiseta. Él parpadeó, sorprendido, y luego sus ojos se cerraron
mientras ella pasaba las manos sobre su vientre y pecho, tirando
suavemente de los aros de sus pezones. Podía sentir que se
endurecía debajo de ella. Era emocionante.
Pero entonces la agarró por las muñecas y la empujó un poco hacia
atrás, incorporándose para poder ver su rostro.
—¿Qué estás haciendo, Lis?
—Sólo... ya sabes.
—Muñeca...
—Lo quiero, Daniel. Lo quiero. Por favor.
Gimió y cerró los ojos.
No esperó a que hablara, pero presionó sus labios con fuerza
contra los de él, esperando a que su boca se abriera. Cuando lo hizo,
pudo saborear cerveza y nicotina, pero fue la mejor sensación.
Empujó la lengua en su boca, con la esperanza de que el entusiasmo
pudiera compensar lo que le faltaba en técnica.
El agarre en sus muñecas disminuyó, y luego sus manos rozaron
sus brazos y su cabello.
Suavemente, pero con la pasión construyéndose, acarició su
lengua con la de él, controlando el momento, mostrándole cuán
sensual podría ser, tomándolo con calma. Sus labios eran suaves y
cálidos, y podía sentir el cosquilleo de su barba contra su piel.
El cuerpo de Lisanne palpitaba con placer. No tenía ni idea de que
besar a un chico podría hacerla sentir tanto. Se sentía llena de
sensaciones y emociones, como si su piel se agrietara, incapaz de
contener todo lo que sentía, sus pulmones demasiado grandes para
su cuerpo.
Daniel rodó sobre la espalda, llevándola con él, así se tendió sobre
su cuerpo. Sus manos esculpían su cintura, masajeando sus caderas
con los dedos.
Entonces tomó su culo y la jaló con fuerza contra él. Su erección
era dura contra la tela de sus vaqueros.
—¿Estás segura, muñeca? —susurró.
El cerebro de Lisanne se encontraba deliciosamente desconectado
de las partes que se movían, y vaciló. La apartó unos centímetros
para poder leer su rostro.
—Oye —dijo, en voz baja—. Está bien. No estás lista.
—¡Lo estoy! —espetó, golpeando la almohada junto a la cabeza de
él en señal de frustración—. ¡Estoy tan lista que me está dando un
dolor de cabeza! ¡Sólo hazlo ya!
La miró parpadeando.
—Solo estoy... ¡Solo estoy nerviosa, está bien!
Ahora gritaba.
Daniel trató de reprimir una sonrisa y no hizo un muy buen
trabajo.
—Um, Lis, no tienes que gritarme o golpearme.
Ella frunció el ceño. —¿Te estás burlando de mí?
—Un poco, quiero decir, es muy malditamente divertido, que me
grites que quieres sexo y que lo quieres ahora.
—¡No estoy gritando! —gritó.
—Sí, lo estás.
—¿Cómo lo sabes? —dijo, permitiendo que el volumen
disminuyera por un par de decibelios.
—Debido a que tu rostro se arrugó todo —dijo, con una sonrisa—.
Es lindo.
—¡Oh! —dijo, bajando la voz hasta un susurro mientras su piel se
calentaba hasta el punto de que la habitación parecía haberse
incendiado.
Se dejó caer sobre la espalda, maldiciendo a los genes que hicieron
que todo su cuerpo se ruborizara de vergüenza.
—Oye, lo siento, está bien —dijo, sentándose y mirándola.
Lisanne se puso la almohada sobre la cara y gimió con derrota e
insatisfacción. Sintió a Daniel jalando la almohada, y le permitió
quitarla. Sabía lo mucho que odiaba cuando no podía ver su rostro.
—Lo siento, cariño. Lis... Me siento halagado, ya sabes, de que
quieras que sea tu primera vez. Sólo... no quiero que sea algo de lo
que te arrepientas. No quiero que te arrepientas de mí.
Oyó la ansiedad en su voz y abrió los ojos.
—No lo haría. No lo haré.
Se frotó la cara.
—Mierda, estás haciendo esto difícil.
—¿Te lo estoy haciendo difícil?
Su voz salió en un ronroneo sensual y cachondo que no llevaba
ningún parecido con su voz habitual. Era como tener una
experiencia- fuera- del-cuerpo, viendo alguna zorra tratando de
seducirlo. No tenía ni idea de dónde salieron esas palabras.
Daniel arqueó las cejas y una lenta sonrisa se extendió por su cara.
—No puedo creer que hayas dicho eso, Lis. ¿Debería tener miedo?
—Sí —dijo, en voz baja.
La sonrisa se le cayó de la cara, y parecía tan sorprendido que
Lisanne casi se echó a reír.
Por un momento pensó que después de todo iba a salirse con la
suya, pero después de tomar una respiración profunda, él sacó las
piernas de la cama y se puso de pie.
—¿Qué? —Lisanne se sobresaltó—. ¿A dónde vas?
—Vamos —dijo, tendiéndole la mano—. Vamos a salir de aquí,
porque si nos quedamos, voy a terminar jodiéndote en todos los
sentidos.
¿Por qué sus malas palabras sonaban tan eróticas?
—¿Sería eso algo malo? —dijo, en voz baja.
—No —dijo, suspirando y frotándose la cara otra vez—, pero en
este momento quiero llevar a mi chica afuera. Además, podría ser
con una ducha, un afeitado, y una noche de dormir en una cama
cómoda.
Algo se agitó en su pecho, y sólo escuchó la primera de las dos
frases.
—¿Tu chica?
Él frunció el ceño.
—¿Qué? Sí, si tú quieres.
Recordó las palabras de Kirsty, mientras lo miraba con recelo.
—Así que, ¿esto es como una cita?
—Um, ¿sí?
No sonaba seguro, y el corazón de Lisanne aleteó suavemente
hasta detenerse.
—¿Estás durmiendo con alguien más? —dijo, necesitando saber a
su pesar.
Al ver la expresión de su cara, podría haberse arrancado la lengua
voluntariamente y haberla usado para comida de peces.
—¿Qué carajo, Lis? ¡Realmente crees que soy un idiota tan grande!
Sus ojos se encontraban oscuros con ira y dolor.
Lo hizo de nuevo.
—Daniel, ¡lo siento! Sólo... mierda, ¿podemos borrar los últimos
dos minutos? ¿Por favor?
Se metió las manos en los bolsillos y frunció el ceño.
—No —gruñó—. No estoy durmiendo con nadie. No estoy
follando con nadie. En absoluto.
Se encogió ante su tono y sus palabras. Desde algún lugar en el
interior, acudió a la fuerza para ser honesta, para decirlo
directamente.
—Sólo. Sólo no creo que pueda compartirte. —Exhaló, con los ojos
llenos de lágrimas.
Su rostro se suavizó de inmediato, y la atrajo hacia él.
—Lo siento, cariño. —Sopló en su cabello—. Soy una mierda en
esto de novio. Joder, ¿podemos salir de aquí? Necesito un cigarrillo.
Lisanne le dio una sonrisa temblorosa, y obligó a retroceder a las
lágrimas que seguían amenazando.
—¿A dónde quieres ir?
Se encogió de hombros.
—¿A cualquier lugar que quieras? ¿Quieres comer algo? Me
muero de hambre. La comida en la cárcel es una completa mierda.
—Um, bueno —dijo Lisanne, vacilante—, Kirsty iba a reunirse con
Vin y algunos de sus amigos, ¿podríamos reunirnos con ellos si
quieres?
Daniel bajó la mirada y frunció el ceño.
—No lo creo, Lis. Los grupos son muy difíciles para mí. Yo... yo no
puedo participar en las conversaciones tan fácilmente.
—Sólo inténtalo —dijo, alentadoramente.
—No, en serio. Es muy difícil. Quiero decir, ya es bastante malo
con una sola persona. Tengo que adivinar la mitad del tiempo. Es
decir, para comprender lo que alguien está diciendo. O sea, la lectura
de labios es sólo el cuarenta por ciento, el resto es lenguaje corporal
y contexto. A veces puede ser una maldita pesadilla.
—Pero pensé... quiero decir, que lo haces muy bien.
—Porque no quiero... no quiero que nadie lo sepa. Pero en serio,
Lis, ¿tienes alguna idea de lo fácil que es mezclar "donde hay vida,
hay esperanza", con "dónde está el jabón de lavanda4"?
No se sentía segura de si sería adecuado reír. Se quedó allí con el
rostro congelado.
—Y que “zapatos de elefante” se parezca a “te amo”, podría ser
jodidamente embarazoso.
—Y que la gente se asuste cuando miro sus caras todo el tiempo.
Quiero decir, puedo leerte porque he llegado a conocerte bastante
bien, pero a personas nuevas^ y cualquier persona con un fuerte
acento... Estoy totalmente jodido.
Se dio cuenta de que Daniel empezaba a sonar un poco nervioso.
Se sentía molesta de verlo ansioso cuando normalmente era tan
controlado.
Puso la mano en su mejilla para tranquilizarlo
—Fueron a ese nuevo restaurante mexicano. No habrá muchas
personas. Si no te gusta, nos quedaremos por un trago y nos vamos.
Daniel respiró hondo, a propósito para tratar de frenar su
acelerado corazón.
—No hay manera de que alguien vaya a creer que tienes veintiún
años, incluso con identi cación falsa —dijo, moviéndose incómodo,
tratando de ganar tiempo.
—Probablemente no —dijo, con una sonrisa—, pero sirven cócteles
vírgenes.
Él sonrió, y vio su cuerpo relajarse un poco.
—¿Si?
—Además —dijo, sin dejar de acariciar su rostro—, siempre
podemos ignorar a todos y simplemente besarnos.
De repente, la tomó por las caderas y la empujó contra la puerta,
su cabeza haciendo un suave ruido sordo contra la madera.
Y entonces la besó hasta que pensó que iba a desmayarse.
—¿E...eso por qué fue? —jadeó.
—Porque sí —respondió Daniel, igualmente sin aliento.
8
Traducido por Zoe.. & Jess Rowee
Corregido por Alaska Young

Daniel se detuvo frente al restaurante mexicano, observando por


la ventana la habitación luminosa y la gente más allá del vidrio. Pero
no apagó el motor. Desde las suelas de sus zapatos hasta las raíces
de su cabello, todo su cuerpo lo instaba a largarse de allí. Su corazón
latía tan fuerte, que casi se salía del pecho.
Había pasado los últimos tres años evitando exactamente este tipo
de situación. Era diferente con Roy y los chicos. Ellos estuvieron
cerca cuando comenzó a perder la audición. Conocían sus
limitaciones y cómo ajustar los comportamientos alrededor de él.
Pero aquí, nadie lo sabía. Que era exactamente como lo quería;
excepto que nunca tuvo la intención de pasar tanto tiempo
mezclándose con otros estudiantes de la universidad. Ya era bastante
agotador ir a las clases y leer los labios durante una maldita hora. Ni
siquiera le había dicho a Lisanne que para el nal del día de estudio,
se sentía tan cansado que más que nada iba a su casa y dormía.
Ahora ella le pedía que rompiera todas sus reglas cuidadosamente
construidas. Se encontraba fuera de terreno y jodidamente
aterrorizado.
Sintió su pequeña mano rozándole el brazo, calmándolo, como si
supiera cómo se sentía. Lentamente, se quitó el casco para poder
hablarle.
—No creo que esto sea una buena idea, Lis.
Ella se bajó de la motocicleta y volteó su cara, de manera que él
tuvo que mirarla.
—Cinco minutos —dijo—. Y si quieres irte, sólo di: zapatos de
elefante.
Resopló con diversión. —Zapatos de elefante, ¿eh?
Ella asintió y le dedicó una pequeña sonrisa.
Sacó un cigarrillo y lo encendió con rapidez, inhalando
profundamente, tratando de calmarse de una maldita vez. Entonces
lo tiró a la acera y respiró hondo.
—A la mierda —dijo—. Hagámoslo.
El restaurante no se encontraba lleno, y tal vez sólo la mitad de las
mesas se hallaban ocupadas.
La an triona se acercó rápidamente, con una expresión
hambrienta en el rostro, que Lisanne había llegado a reconocer muy
bien cuando las mujeres miraban a Daniel. A su novio.
—¿Mesa para dos? —preguntó, echándole un vistazo mientras
hablaba.
—No, está bien, gracias —contestó Lisanne—. Nos uniremos a
nuestros amigos.
Su cabeza se giró cuando escuchó la risa de Kirsty, justo al otro
lado de la habitación. Se hallaba sentada con un grupo de cinco
personas alrededor de una mesa circular.
Tomó la mano de Daniel, mirándolo y sonriendo. Su cara se veía
bastante tensa, su mandíbula apretada, pero trató de sonreírle.
—¿Está bien? —dijo suavemente—. Cinco minutos, eso es todo.
Él asintió rígidamente, luego la siguió a través del restaurante.
—¡Hola! —dijo Lisanne animadamente, encogiéndose en su
interior por el modo en que los nervios la hacían sonar como la
participante de algún concurso.
La mandíbula de Kirsty cayó en sorpresa, pero se recuperó
rápidamente.
—¡Genial! ¡Vinieron! Todo el mundo, esta es mi compañera de
cuarto Lisanne. Y él es su... él es Daniel.
Se sintió aliviada al ver que Shawna no asistió. Como dijo Kirsty,
eran todos amigos de Vin.
—Oye, me alegro de verte de nuevo, Lisanne. —Sonrió Vin—.
Daniel —dijo poniéndose de pie y extendiendo la mano.
Discretamente le dio un codazo en las costillas a Daniel, y los dos
hombres se estrecharon la mano, asintiendo de forma rápida y
evaluándose de la manera en que lo hacen los chicos.
Vince presentó al resto de los chicos, lo cuales eran de su
fraternidad.
Por un momento fue un poco incómodo, luego la conversación se
reanudó naturalmente.
Kirsty se corrió para que Lisanne y Daniel pudieran sentarse en la
cabina.
Desafortunadamente, o afortunadamente, dependiendo de su
oscilante punto de vista en un momento dado, Lisanne se sentó junto
a Daniel. Eso signi caba que podría sostener su mano y sentir el
calor de su cuerpo junto al de ella, pero esto hacía difícil que pudiera
leerle los labios.
Su cuerpo se sentía rígido y se veía como si fuera a huir en
cualquier segundo. Lisanne apoyó la mano en su antebrazo, luego
deslizó los dedos hacia abajo para sostenerle la mano. Él sonrió ante
sus dedos entrelazados.
Cuando la mesera llegó para tomar la orden, Daniel pidió una
cerveza, al igual que varios de los otros chicos. Lisanne ordenó una
Shirley Temple, con una sonrisa hacia Daniel.
Él se inclinó y le susurró—: Los dos sabemos que no eres una chica
tan buena.
Tomó aire bruscamente, luego giró la cabeza para que pudiera ver
su rostro. —Tal vez es porque tú eres muy mala in uencia.
Él se rió con voz ronca y se inclinó para besarle el cabello. Lisanne
sintió su cuerpo recalentarse, luego se dio cuenta de que los ojos de
Kirsty se enfocaban en ella.
Se alejó levemente pero tomó su mano debajo de la mesa. Él
sostuvo sus dedos con fuerza.
—Así que, hombre —dijo Vin—, te he visto en Introducción a los
Negocios, ¿cuál es tu especialidad?
Por suerte, Daniel volteó a tiempo para ver la segunda parte de la
pregunta de Vin.
Con una sacudida incómoda, Lisanne se dio cuenta de lo
realmente difícil que sería para él. Se sentía culpable por ponerlo
bajo presión.
—Economía. ¿Tú?
—¿En serio? Te ves más como_ —Vin se tragó lo que sea que iba a
decir—. Estoy haciendo una licenciatura en Administración de
Empresas con Buddy y Rich. Eric es la oveja negra de la fraternidad,
se especializa en Psiquiatría.
—Sí —dijo Eric—. Viene muy bien con ustedes.
Lisanne supo que Daniel perdió la réplica de Eric cuando vio la
fugaz expresión de confusión, mientras todos se reían de la broma.
Le apretó la mano y, sin hacer un sonido, le articuló: zapatos de
elefante. Inclinó la cabeza hacia un lado, esperando que contestara
su pregunta silenciosa. Él le devolvió la sonrisa con agradecimiento,
pero sacudió la cabeza levemente.
Cuando la mesera volvió con las bebidas, Daniel bebió su cerveza
rápidamente. Pero no fue el único, todos los chicos tenían ganas de
beber.
La camarera se detuvo con su cuaderno, lista para tomar la orden
de comida.
Lisanne empujó la rodilla de Daniel y él se volvió para mirarla.
—¿Quieres comer aquí?
Se detuvo por un momento y luego volvió a asentir ligeramente.
Lisanne se sintió contenta, y luego inmediatamente se cuestionó su
respuesta. ¿Eso signi caba que la pasaba bien, o lo hacía sólo por
ella? No lo sabía con certeza, así que lo observó de cerca. Se metió en
una discusión con Eric sobre la teoría de atribución de psiquiatría
para principiantes, y se dio cuenta que tenía mucho que aprender
acerca de Daniel Colton. Y, más allá de sus propios sentimientos,
claramente Eric se encontraba impresionado y respetaba el punto de
vista de Daniel.
—Sí, pero nosotros explicamos comportamientos asignándoles
atributos —sostuvo Daniel—. No puedes subestimar los factores
externos.
—Sólo si prestamos más atención a la situación que a la persona —
dijo Eric.
—¡Bueno, maldita sea que sí! —dijo Daniel—. Si alguien me
bloquea en la carretera, no diré: Bueno, deben estar teniendo un mal
día. Sino: ¡Qué jodido idiota!
Eric se rió. —Estoy contigo en eso, hombre.
Rich interrumpió la discusión, y Lisanne tuvo que volver a
empujar a Daniel bajo la mesa para redireccionar su atención. La
puso un poco tensa, tratar de mantener un registro de lo que Daniel
decía y con quién hablaba, así como también concentrarse en la
descripción de Kirsty de uno de sus profesores más duros. Comenzó
a apreciar lo estresante y agotadoras que debían ser las reuniones
sociales para él.
—Tengo que preguntar, hombre —dijo Rich, impaciente—. ¿Es
cierto lo que dicen de ti?
Daniel se tensó inmediatamente. —¿De qué mierda estás
hablando?
Todas las conversaciones cesaron y todo el mundo miraba la cara
enojada de Daniel.
Rich en seguida alzó las manos. —¡Guau! Tómatelo con calma,
amigo. Sólo hablaba de tus, um, tus piercings. ¿Realmente te
perforaste otras cosas?
La expresión de enojo de Daniel desapareció y levantó una ceja. —
¿Otras cosas?
—¿Es, ya sabes, bueno cuando estás... ya sabes? ¡Ah, diablos, no
me hagas decirlo, hombre! —se quejó Rich, haciéndonos reír a todos.
Daniel le sonrió a Lisanne. —¿Debería decirle, nena?
Lisanne inmediatamente se sonrojó como una remolacha y los
chicos se burlaron. Daniel se recostó, dejando en claro que no tenía
ninguna respuesta más para dar.
Eric sonrió. —No cubrimos arte corporal en psiquiatría hasta el
próximo año, Rich. Parece que tendrás que vivir en la ignorancia.
Daniel le guiñó a Lisanne. Todavía se sentía avergonzada y
de nitivamente hablaría con Daniel acerca de eso. Pero amaba lo
relajado y juguetón que lucía, a pesar de que treinta segundos antes
parecía como si fuera a golpear a Rich.
Terminaron la comida, charlando con facilidad. Ella comenzaba a
reconocer cuándo Daniel perdía la esencia de la conversación, y
automáticamente lo compensaba.
Cuando llegó la hora de repartir la cuenta, notó que la noche casi
terminaba. Se encontraba desesperada por preguntarle a Daniel si
regresaría a su habitación, asumiendo que Kirsty volvería a la casa
de la fraternidad con Vin.
Pero, entonces, todas sus esperanzas, expectativas, sueños y
fantasías se desvanecieron. Kirsty bostezó.
—Oh, Dios mío, nunca lo lograré a las 8:30 de la mañana. Lis,
prométeme que me despertarás en la mañana. Sólo empújame hasta
que me mueva, ¿de acuerdo?
—Oh, pensé que...
Kirsty sacudió la cabeza rápidamente y susurró—: Tengo mi
período.
Lisanne le dio una sonrisa leve, suspirando con decepción. Daniel
captó su mirada y la abrazó, dándole un suave beso en el cabello.
Hacía más frío afuera, y el aire tenía un soplo de otoño.
Temblaba y Daniel colocó un brazo a su alrededor
protectoramente.
—Necesitarás una chaqueta más gruesa que esa para viajar sobre
Sirona, nena —susurró—. Puede ponerse frío en las noches,
especialmente en el invierno.
Le sonrió, encantada de que parecía sugerir que montar en su
motocicleta se convertiría en algo habitual.
Buddy miraba la motocicleta de Daniel con ojos envidiosos.
—¿Es tuya, hombre? —dijo, la envidia obvia en su tono, y en la
forma en que casi babeaba.
—Sí.
—¡Buena moto! ¿De qué año es?
—Sesenta y nueve.
—¡No jodas! ¿De dónde la sacaste?
¿Todas las motocicletas eran mujeres en lo que se re ere a los
hombres? A Lisanne le hizo gracia.
—Era prácticamente chatarra cuando encontré la estructura —
explicó Daniel—. Hice el resto del trabajo durante dos veranos. Tenía
un trabajo en una tienda de reparación de automóviles.
Pudo ver que Daniel subió varios escalones en la estimación de los
chicos, y se observaba un nuevo respeto en sus ojos.
Se sentía aliviada. La noche fue mucho mejor que incluso en sus
expectativas más locas.
Kirsty le agarró la mano y la arrastró lejos de Daniel, mientras los
chicos hablaban de motocicletas.
—¡Estoy tan contenta de que hayas venido, Lis! Eso fue divertido.
Daniel es muy agradable y está totalmente interesado en ti.
Lisanne sonrió.
—Vin y los chicos estuvieron geniales.
—Excepto —dijo Kirsty con una mirada seria en su rostro—,
cuando parecía que Daniel quería golpear a Rich.
—Fue un mal entendido.
—Sólo... sólo ten cuidado. —Levantó las manos cuando Lisanne
comenzó a discutir—. Me gusta Daniel, realmente me gusta. Sólo.
mira te veré de vuelta en casa, ¿de acuerdo?
Se giró sin escuchar otra palabra de su amiga, irritada porque
Kirsty arruinó el nal de una gran noche.
Daniel frunció el ceño cuando la vio. —¿Estás bien?
Lisanne asintió. —¿Ya podemos irnos?
—Por supuesto, nena.
Se despidió de los chicos, pateó el encendido de la máquina, y
ayudó a Lisanne a subir detrás de él.

***

Daniel comenzaba a acostumbrarse a la sensación del cuerpo


caliente de Lisanne detrás de él, mientras aceleraban a lo largo de la
carretera en la moto. Cada movimiento de su motocicleta la atraía
más, o hacía que apretara su cintura con más fuerza.
Nunca antes había llevado a una chica en la parte trasera de su
moto, sólo a su hermano o un par de chicos de la banda. Pero la
primera vez que Lisanne fue con él, estaba desesperado por sacarla
del campus antes de hablar con ella. Ahora. ahora sólo se sentía bien.
Se sintió demasiado nervioso cuando sugirió que salieran a una
cena grupal, pero tenerla a su lado, entendiendo, ayudando,
interpretando, cuidándole la espalda; lo hizo más fácil.
Nunca pensó que sería capaz de hacer algo así, mucho menos
disfrutarlo. Sí, el chico Rich fue un poco idiota, pero nada que no
pudiera manejar. Sintió que algo se a ojaba en su pecho, una
disminución de la tensión que sintió el primer día que comenzó la
universidad.
Se sentía asombroso tenerla sentada a su lado, sentirla sosteniendo
su mano. Salir de su habitación cuando ella prácticamente le rogó
que la follara fue una de las cosas más difíciles que jamás hizo. Ni
siquiera se encontraba seguro de que pudiera explicárselo a sí
mismo, pero de alguna forma quería hacerlo correctamente con ella.
No era alguien que sólo usaría para tener su polla húmeda e irse, no
quería arruinar las cosas. Pero su experiencia en citas era bastante
limitada: una vez, brevemente, en su primer año de secundaria, y
luego otra ocasión durante unos meses cuando asistía a la escuela en
Cave Spring.
Sexo era lo que podía hacer, tener citas, no lo sabía con exactitud.
Pero lo intentaría. Por Lisanne, lo haría.
Se detuvo en los dormitorios y apagó el motor. No hacía ninguna
diferencia para él, pero sabía que Lisanne no sería capaz de
escuchar, y quería darle las buenas noches apropiadamente.
Se quitó su casco y esperó a que le diera el de repuesto.
Fruncía el ceño y no sabía por qué. Quería verla sonreír.
—¿Cuál es el problema, Lis?
Sacudió la cabeza. —Nada.
Su temperamento se encendió instantáneamente.
—¡No hagas eso! ¡Maldición! Me pierdo su ciente de lo que pasa
alrededor de mí, sin ti diciendo “nada” cuando puedo ver en tu cara
que estás molesta.
Lisanne bajó la vista. No aguantaría esa mierda. Empujó su
barbilla con los dedos, levantado suavemente su cabeza para que lo
mirara de nuevo.
—¡Háblame, Lis!
Ella suspiró. —Fue algo que comentó Kirsty. Me dijo que “tuviera
cuidado”. Contigo. Me hizo enojar, eso es todo.
Maldita perra entrometida. ¿Que tuviera cuidado? ¿Qué carajo
signi caba eso? Tal vez fue porque casi golpeó a ese chico Rich.
El temperamento latente de Daniel gruñó, deseando atacar a
alguien. Pero sabía que Kirsty tenía razón: Lisanne debía tener
cuidado a su alrededor. La idea le dejó un sabor amargo en la boca,
del que quería desesperadamente deshacerse.
Sin previo aviso, atrajo a Lisanne hacia él, dejando que sus labios
se estrellaran sobre los de ella. La besó con un borde de
desesperación que nunca antes había experimentado. Después de un
segundo de aturdida sorpresa, ella le devolvió el beso. Su lengua,
caliente y húmeda, se presionaba dentro de su boca y se sentía
jodidamente increíble. Su polla saltó a la vida, con la esperanza de
conseguir acción. Él envolvió los brazos detrás de ella y la atrajo con
más fuerza. Se sentía mareado cuando sus manos se deslizaron por
su espalda, enredándolas detrás de su cuello.
Sólo se detuvieron cuando una bocina hizo saltar a Lisanne.
—¡Consigan un cuarto! —gritó Rich, cuando Vin estacionó en la
acera para que Kirsty pudiera bajar.
Daniel vio el auto y suspiró. Probablemente fue lo mejor que los
interrumpieran, porque las cosas se hubieran puesto malditamente
calientes y pesadas para el exterior de un edi cio público, a las diez
de la noche, en un día de semana. No es que le importara, pero sabía
que a Lisanne sí.
—¿Te veré mañana? —dijo Lisanne, con el rostro ansioso.
—Te encontraré en la cafetería a la hora del almuerzo, nena —dijo,
sonriendo ante la idea—. ¿Bien?
Ella asintió con entusiasmo. —Bien.
La besó rápidamente, encendió a Sirona, luego se alejó, mirando
detrás de él sólo una vez, viéndola de pie en un charco de luz,
observándolo.
No era un viaje largo, pero condujo lentamente, no muy ansioso
de ir a casa sólo para meterse en otra escena con su hermano.
Como de costumbre, motos y autos se encontraban estacionados
arriba y abajo de la calle. Podía sentir vibrar la parte delantera del
pórtico con el ritmo de un bajo. Era bueno que existiera un lote vacío
a un lado, y un viejo tipo sordo en el otro. No era una ironía que
divertía a Daniel, pero sin embargo, sabía que era un golpe de
suerte.
Conocía a algunas de las personas que andaban dando vueltas,
algunos eran del Blue Note. Latas y botellas vacías llenaban todo el
primer piso. Ahora apenas lo notaba. Siempre y cuando nadie lo
molestara, no le importaba mucho. Excepto que ahora tenía que
considerar a Lisanne, sabía que no la podía traer aquí con tantos
jodidos marihuaneros y locos de la velocidad alrededor. El
pensamiento lo irritó más de lo que creyó que debería.
No tenía mucho que ver con los amigos o clientes o lo que
demonios fueran de Zef, pero esta noche necesitaba un trago.
Se dejó caer en el sucio sofá y agarró la botella más cercana a él, su
buen amigo y tocayo: Jack Daniels.
Limpió la parte superior de la botella con su mano y tomó un
largo trago. Causó cierto efecto pero la quemadura lo ayudó a beber.
Su cabeza se encontraba completamente abrumada con todo lo
sucedido durante las últimas cuarenta y ocho horas. Hizo algunas
cosas sensuales y sucias con Lisanne; peleó con ella; fue arrestado;
golpeado por Zef. Ahora, aparentemente, tenía una novia y estuvo
socializando con chicos de fraternidad los cuales pensaban que tenía
una motocicleta genial.
Era difícil mantenerse al día con esas volteretas emocionales.
Zef tenía razón en una cosa: salir con Lisanne tenía su costo. Había
sido malditamente doloroso verla cantar esa noche, verla cantar
aunque no fue capaz de escuchar una maldita nota. Se quedó hasta
el nal de la primera canción, pero lo mató estar ahí. ¿Qué tan difícil
podría llegar a ser con el paso del tiempo? Si estuvieran saliendo, y
de alguna manera cayeron en eso, era lo justo que la apoyara con la
música. ¿Eso es lo que los novios hacían, no es así? ¿Apoyar la
mierda?
Tomó otra bebida y se dio cuenta que una linda morena en la
mitad de sus veintes lo miraba. Cuando ella se dio cuenta que
también la veía, sonrió y se lamió lentamente los labios. A una parte
de él nada le habría gustado nada más que perderse en una extraña,
pero otra parte se reveló, no queriendo tener nada que ver con ella.
Le devolvió la sonrisa y negó con la cabeza lentamente. Ella ladeó
la suya. ¿Estás seguro?
Sacudió la cabeza de nuevo, y se levantó, llevando el whisky con
él.
Solo en su habitación, se recostó en la cama con las cortinas
abiertas, mirando las estrellas.
Poco antes de las dos de la madrugada, y después de que terminó
la botella de whisky, se desmayó.

***

Al día siguiente Lisanne se sentía muy ligera, sin peso, podría


haber otado completamente. Únicamente las clases, y la cuidadosa
negativa de Kirsty de mencionar nada relacionado con Daniel, la
mantuvieron anclada al planeta tierra.
Él le dijo que le gustaba, la besó, le dio a entender que habría más
paseos en Sirona y le prometió que se encontrarían a la hora del
almuerzo. Una pequeña parte de ella temía que evidentemente no
quiso decir realmente nada de eso, y que por supuesto realmente no
se encontraba interesado en ella, pero eso era únicamente su usual
falta de con anza en ella misma haciendo aparición. Parte de su
segunda naturaleza era dudar de cualquier cosa positiva que alguien
dijera. Estaba tan acostumbrada a ser invisible en la escuela y una
constante decepción para sus padres, que ser notada era algo nuevo.
El ser buscada, besada, tocada de ese modo, había sido muy
inesperado. Se sentía mareada de felicidad.
Pero a media mañana, su frágil burbuja de alegría fue pinchada
por un mensaje de texto de Daniel.
D: tengo que encontrarme con mi tutor. Llegaré tarde para el
almuerzo.
Así que eso fue todo. Claro que sí.
Solo esperaba una forma de dejarla gentilmente. Ael mensaje de
texto, realmente lo hizo. Al menos no había planeado dejarla sentada
esperando como una completa idiota. Únicamente fue una parcial
idiota por haber pensado que sus palabras, sus besos, y que
cualquiera de esas cosas, signi caron algo.
Entró a la cafetería sintiendo como si tuviera toneladas de peso
atadas a los zapatos. Su corazón se hundió aún más cuando vio a
Kirsty sentada en el regazo de Vin, riendo contra su cabello, y a
Shawna coqueteando con unos de los amigos del fútbol de Vin.
Se deslizó en una silla y sacó una manzana de su bolso. Era todo lo
que podía comer a pesar de que hace unos cincuenta minutos había
estado hambrienta.
—¡Hola, compañera! —dijo Kirsty, sus ojos resplandecientes de
felicidad—. ¿Tuviste una buena mañana?
—Estuvo bien —murmuró.
Shawna se burló. —Cualquiera se vería así de miserable si tuviera
que escuchar a Beethoven y esa basura todo el día.
Kirsty la miró mal y se encontraba a punto de decir algo, cuando
Vin recuperó su atención besándola en el cuello y haciéndole
cosquillas.
Mordió la manzana y masticó hoscamente. ¿Cómo podía una
manzana que se veía toda jugosa y apetecible esta mañana, ahora
saber cómo aserrín?
Casi saltó fuera de la silla cuando una mano cálida le acarició la
mejilla.
—Hola, nena.
Emocionada gritó—: ¡Daniel!
Hubo un eco cuando Shawna ronroneó su nombre, pero él no la
miraba así que no tenía ni idea de que dijo.
Daniel rió entre dientes ante la su respuesta y levantó una ceja
desa ante en respuesta.
—¿Esperabas a algún otro chico?
—¡N-no! ¿Pero no dijiste que no vendrías?
—Dije que llegaría tarde, nunca dije que no vendría.
—¡Ah! —contestó, su cerebro se negaba a construir una respuesta
que requiriera más sílabas.
Él le sonrió y después miró la manzana. —¿Eso es todo lo que
comes?
—Um, ¿sí?
—Ummm —dijo, poniendo su bandeja de comida en la mesa—. Es
bueno que haya traído dos rebanadas de pizza. Sé lo que te gustaron
mis papas. Y también traje algo de ensalada. ¿A las chicas les gusta
esa mierda de comida de conejo, verdad?
Vin miró por encima y rió.
—¡Tienes razón en eso, hombre!
Lisanne se sintió sorprendida por su amabilidad, y después
avergonzada por sus suposiciones, otra vez. ¡Este chico! La
sorprendía constantemente.
—Gracias —dijo en voz baja.
Su expresión se suavizó. —De nada.
Él sacó una silla y se inclinó para besar su cabello. Sintió su cara
enrojecer. Olía tan bien, y su piel se veía suave y lisa ahora que se
había afeitado.
El mundo se sentía lejos, y por un momento eran solo ellos dos.
Después Shawna bufó—: Oh, ¡Por favor! —Y el momento fue roto.
Charlaron sobre su asignación de negocios y Vin preguntó un par
de cosas sobre la motocicleta de Daniel mientras se la describía a sus
amigos. Pero muy pronto el almuerzo terminó.
—¿Quieres hacer algo más tarde, nena? —dijo Daniel mientras se
colgaba la mochila de mensajero al hombro.
—Um, bueno —dijo Lisanne vacilando—. Yo, um, tengo práctica
de banda esta noche.
Una mirada de algo parecido al dolor atravesó la cara de Daniel,
después se esfumó.
—¿Quieres que te lleve a casa más tarde? —ofreció.
Se sentía desesperada por decir que “sí”, pero eso sería muy
egoísta, obligarlo a ir al club cuando sabía lo difícil que era para él.
—No, está bien, gracias. Roy me dijo que me llevaría a casa.
Daniel asintió pero no sonrió. —Mándame un mensaje cuando
regreses a casa para saber que llegaste a salvo.

***

El ensayo estuvo bien. Todos se encontraban muy emocionados


desde el sábado anterior y llenos de ideas para canciones, así que
extendieron su sesión de cuarenta minutos a una hora.
El celular de Roy los interrumpió.
—Uh, huh. Sí, sí. Lo entiendo. ¿Cuánto? Está bien. Sip. Tienes un
trato. —Terminó la llamada y nos sonrió—. Tenemos que reservar
para el Down Under en tres semanas. Graeme escuchó que
estábamos rockeando este lugar y quiere algo de la acción. Nos
pagará noventa dólares a cada uno.
Se lanzó a Lisanne y la apretó en un abrazo triturador de huesos.
— ¡Y es gracias a ti, pequeña!
Jadeó y trató de zafarse. Roy le dio una vuelta en brazos y la bajó
al suelo, sin aliento y mareada.
—¡Esto merece una celebración! —dijo—. Abramos la cerveza.
Sintió caer su sonrisa. Le gustaban estos chicos, pero todos eran
mayores y sabía que bebían un montón.
Roy parecía haber olvidado su promesa de llevarla a casa. Cuando
le ofreció una cerveza tomó un pequeño sorbo y miró
inquisitivamente su reloj. Eran casi las once de la noche, y tenía que
tomar tutorías temprano en la mañana.
Se preguntó si era demasiado tarde para llamar a Kirsty, después
recordó que su compañera de cuarto tenía planeado verse con Vin.
Decidió llamar un taxi.
—Um, ya me voy —dijo, con la esperanza de que Roy recordara su
promesa.
Pero se despidieron y continuaron bebiendo, aparentemente muy
conformes con dejarla regresar sola a casa. Irritada, se paró fuera y
llamó al sitio de taxis que solía usar, pero todo lo que consiguió fue
el tono de ocupado. Intentó de nuevo un minuto después,
mordiendo su labio y mirando alrededor nerviosamente, pero
obtuvo el mismo resultado.
Después notó a un hombre mirándola desde el otro lado de la
calle, así que decidió que era más seguro esperar dentro del club.
Golpeó la puerta y gritó pero nadie vino.
Acababa de bajar el teléfono para encontrar el número de Roy
cuando el hombre gritó—: Oye, dulzura. ¿Quieres un poco de
compañía? Te daré veinte dólares.
Cruzó la calle, acercándose.
—¡Contesta, Roy! ¡Contesta! —murmuró desesperada.
No hubo respuesta.
Comenzó a caminar calle abajo, aterrorizada, cuando el hombre la
siguió. Corrió, su corazón palpitaba fuerte, el miedo haciéndola ir
más rápido.
¡Alguien, debería de haber alguien! Pero no veía nadie alrededor,
nadie a quien pudiera pedirle ayuda.
¡Permanece en áreas iluminadas!
Sabía que eso era importante, pero la mayoría de los edi cios se
encontraban a oscuras y la zona era vieja y abandonada, y todo lo
que podía escuchar era el sonido de sus propios pasos resonando.
Con los pulmones doloridos, se detuvo frente a una tienda de
reparación de televisores, donde una luz tenue iluminaba los
barrotes de las ventanas. Sus manos temblaban mientras enviaba un
mensaje de texto a Daniel, esperando que tuviera su celular
encendido hasta tarde.
L: ¿Puedes venir a buscarme? Estoy afuera de una tienda de TV
en West River St. LA xx.
Dio un suspiro de alivio cuando contestó inmediatamente.
D: ¡¿Qué demonios?! Estoy en camino. Mantén tu teléfono fuera.
Llama al nueve-uno-uno si es necesario.
Se dejó caer en la puerta sucia, las rodillas ya no pudieron
mantenerla de pie. Miedo bombeaba a través de su cuerpo,
haciéndola temblar incontrolablemente. Vio al hombre caminando
en la calle hacia ella, claramente aún la buscaba. Apretándose dentro
de la oscuridad de la esquina, contuvo el aliento. Los segundos
pasaban mientras el hombre se movía lentamente del otro lado de la
calle, mirando a través de la oscuridad.
Le agradeció a Dios por las luces rotas y mantuvo el celular más
cerca de su cuerpo.
Sus nervios se apretaron invulnerablemente para el momento que
escuchó el gutural motor de la Harley de Daniel unos minutos
después.
Él se quitó el casco rápidamente.
—¿Estás bien? —le preguntó con urgencia, comprobándola de
arriba abajo como si estuviera buscando lesiones visibles.
Asintió pero sintió lágrimas calientes de miedo y alivio bajar por
su rostro. Daniel la abrazó fuertemente y sollozó en su pecho,
sintiendo el cuero frío de la chaqueta pegado a su rostro.
Fuertes brazos la rodearon y la mecieron suavemente,
murmurando palabras ahogadas en su cabello. Después de un
minuto la apartó con dulzura y limpió el camino de lágrimas que
caía sobre sus mejillas.
—¿Qué sucedió? ¿Por qué estás aquí?
Le explicó brevemente, y cuando llegó a la parte donde Roy
comenzó a beber, Daniel maldijo audiblemente.
—¡Hijo de puta! ¡Mataré al bastardo!
Él volvería al club para mostrarle a Roy lo molesto que se
encontraba.
—Por favor, Daniel. Sólo quiero ir a casa.
Inmediatamente pareció arrepentido. —Sí, seguro. Bien.
Le dio el casco de repuesto y encendió la motocicleta. Ella se sintió
más feliz cuando dejaron el área del club atrás y se dirigieron al
campus. Se acurrucó en la ancha espalda de Daniel y sintió su mano
cubriendo las suyas mientras empujaba sus dedos dentro de los
bolsillos de su chaqueta.
Una vez que estuvieron en los dormitorios, Daniel insistió en
caminar con ella a su habitación, lo que signi caba escabullirse a
escondidas por la salida de incendios. Esperaba desesperadamente
que nadie los viera, ya había tenido su ciente drama por una noche.
Acababa de meter la llave en la cerradura, cuando la puerta se
abrió de golpe, con una ansiosa Kirsty tumbándose sobre ella.
—¡Ahí estas! ¡Estaba muy preocupada!
Después vio sus ojos rojos y las lágrimas marcadas en su rostro, y
Daniel parado detrás de ella, e inmediatamente saltó a la conclusión
equivocada.
—¿Qué le hiciste? —dijo entre dientes, empujándola detrás de ella
y apuntando a Daniel acusadoramente.
—¡Nada! —gruñó, furia grabada en todas las líneas de su hermoso
rostro.
—Kirsty —murmuró Lisanne—, él me salvó.
—¿Qué? —espetó Kirsty, girando alrededor—. Bien, quiero
saberlo todo. Tú siéntate ahí —le ordenó a Daniel—. Y tú —le dijo a
Lisanne —, cuéntamelo todo.
—¡Al diablo con eso! —gruñó Daniel—. No recibo tus órdenes.
—Daniel, por favor —jadeó Lisanne—. No puedo soportar nada
más esta noche.
—¡¿No puedes ver que estás molestándola?! —gritó Kirsty.
—¡No estás ayudando! —dijo Lisanne, frescas lágrimas picando en
sus ojos.
Daniel y Kirsty se miraron molestos. Eventualmente, él entró a la
habitación y se sentó rígidamente en la silla del escritorio de
Lisanne.
Rápidamente volvió a contar la historia, casi sonriendo por la
reacción de Kirsty ante el comportamiento irresponsable de Roy, fue
la misma que tuvo Daniel, aunque con un poco menos de
maldiciones profanas.
Kirsty sacudió su larga cabellera y se levantó.
—Una disculpa, Daniel —dijo formalmente—. Salté a
conclusiones.
—Sí —dijo con amargura, mirándola. Se volvió a Lisanne, su
expresión seguía molesta—. Ya me voy, muñeca. ¿Estarás bien?
—Sí, estoy bien —dijo con una débil sonrisa—. Quiero decir que
nada sucedió. Entré en pánico. Lo siento.
La miró con seriedad. —No te quiero deambulando alrededor de
esas calles en la noche —dijo—. La próxima vez espera dentro del
club. Maldito Roy. Yo iré a recogerte. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijo—. Gracias.
La besó en la mejilla, le lanzó otra mirada molesta a Kirsty y salió
por la puerta.
—Ese chico no puede aceptar una disculpa —dijo Kirsty tan
pronto como se fue.
—Ese chico no debió haber necesitado una —contestó Lisanne.
Kirsty la miró con sorpresa.
—¡Lis! Tú regresaste aquí, más de una hora tarde, con los ojos
rojos y Daniel luciendo como si quisiera matar a alguien, ¿qué se
suponía que debía pensar?
Cerró los ojos con cansancio.
—Tú simplemente asumiste lo peor de él. Me salvó, Kirsty. Si tan
solo supieras lo asombroso que es...
Se detuvo abruptamente.
—Como sea —dijo Kirsty—. Simplemente agradezco que estés a
salvo. ¡No lo vuelvas a hacer!
Después le dio un gran abrazo.
—Ahora prepárate para ir a la cama. Te ves tan exhausta como yo
me siento.
—¡Sí, mamá!
Diez minutos después, Lisanne jalaba las mantas a su alrededor
cuando su celular sonó con un texto nuevo.
D: duerme bien, hermosa. Te veo mañana en el almuerzo.
9
Traducido por Annabelle, Zoe.., dana.kirei7, NnancyC & Vanessa Farrow
Corregido por marivalepaz

Lisanne durmió bien y se encontraba muy cerca de la dicha


cuando alguien tocó la puerta a la mañana siguiente, minutos antes
de que ella y Kirsty tuvieran que irse a clases.
Kirsty se aplicaba sus acostumbradas capas de labial brillante.
—Es para ti —dijo sin apartar la mirada del espejo.
Rodó los ojos. Kirsty era la Srta. Popularidad en el campus, lo más
seguro es que fuese para ella.
Abrió la puerta y una chica de segundo año que apenas reconoció
se encontraba inclinada contra la puerta.
Cuál de ustedes está saliendo con Zef Colton? —preguntó con un
bostezo, golpeteando sus uñas mal pintadas contra las bisagras de
la puerta.
—Um_ ¿Te re eres a Daniel Colton?
La chica lucía aburrida.
—¿Cómo demonios debería saberlo? Sí, ¿eres tú?
—Supongo.
—De acuerdo, al n. Bueno, vine por un envuelto... algo para el n
de semana.
—¿Disculpa?
—¡Hola! ¿Estoy hablando en egipcio? ¿Qué me puedes dar por
treinta dólares?
Kirsty se dirigió a la puerta y lanzó un dedo frente al rostro de la
chica.
—Vino a la jodida habitación equivocada, señorita. Aquí nadie
tra ca, ¡así que vete ya mismo!
Tiró la puerta contra la irritada chica y miró a Lisanne.
—¿Qué fue todo eso? Dime que no estás vendiendo drogas por
Daniel.
—¿Qué? ¡Dios, no! ¡Kristy, no! ¡Nunca... Daniel no ha... no!
Lisanne era incoherente debido a la conmoción.
¿Esa chica creyó que podía comprar drogas en su habitación?
Vio que sus manos temblaban, cayó precipitadamente encima de
la cama, antes de que sus rodillas le fallaran.
Kirsty la miraba jamente, pero su expresión se ablandó cuando se
dio cuenta de lo afectada que se encontraba.
—De acuerdo —dijo en un tono más deliberado—. ¿Y no estás
ocultando nada en nuestra habitación que sea suyo?
—¡No!
Su voz era chillona.
—Tienes que hablar con Daniel sobre esto.
Asintió aturdida y Kristy se mordió el labio antes de seguir
bombardeándola.
—¿Alguna vez te ha ofrecido drogas? ¿Marihuana, algo así?
—No. —Su voz ahora era un murmullo.
—Bien. Mantenlo de esa manera, cariño.
Kirsty salió a clases, dejándola agitada y muy preocupada.
Se quedó allí sentada por unos minutos, permitiendo que su
respiración se tranquilizara, luego tomó el bolso y salió. Tenía el
ceño fruncido. No tenía ni idea de cómo le mencionaría el tema a
Daniel.
Estuvo distraída todo el día. Tenía miedo que Daniel la mandara a
volar si le decía algo. Decidió esperar hasta que tuviesen más tiempo
juntos, lo cual era mucho más sencillo decirlo que hacerlo.
Se hallaba constantemente ocupada: corriendo de clase en clase,
yendo a las prácticas de la banda, e intentando mantenerse al día con
todas las asignaturas. Durante el almuerzo o más bien un café antes
de clases, lograba pasar algo de tiempo con Daniel, pero todo era
muy apresurado. No mencionó la visita inesperada, pero siempre
estuvo en su mente. Sin querer, mantuvo un ojo abierto a cualquier
señal que le indicara que Daniel tra caba. Era cansado y molesto, y
no sabía qué hacer al respecto. Así que, al nal, no hizo nada, ni dijo
nada.
Recibió un mensaje corto de Roy, disculpándose por haberla
dejado plantada y prometiendo no hacerlo otra vez. Sospechaba
fuertemente que Daniel tuvo algo que ver con eso, pero ninguno de
los dos mencionó nada, así que lo dejó pasar.
Se encontraban sentados tomando sodas después de su lectura de
Negocios el viernes por la mañana, cuando Vin y Kirsty se unieron a
ellos.
Se sentía decepcionada de que Daniel y Kirsty parecían no haber
superado su disputa, en vez de eso, mantenían una cortesía
prudente uno con el otro; pero Vin y Daniel pasaban horas hablando
sobre motocicletas y se encontraban bien encaminados a convertirse
en amigos —un hecho que parecía fastidiar a Kirsty.
—Hola, chicos —dijo Vin cuando entraron a la cafetería—. Vamos
a juntarnos algunas personas e iremos a la playa mañana. ¿Quieren
acompañaros?
Antes de contestar, miró esperanzada a Daniel. No quería ponerlo
bajo demasiada presión. Pero estuvo decepcionada cuando él
sacudió la cabeza sin pensarlo.
—No puedo, hermano. Tengo que ir a otro lugar.
—No hay problema —dijo Vin.
—Eso no signi ca que tú no puedas venir, Lisanne —dijo Kirsty
con rudeza.
Vin le lanzó una mirada de advertencia, la cual Kirsty pretendió
ignorar, luego continuó haciendo planes para la salida.
Vin asumió que lo que fuera que tuviera planeado Daniel, también
involucraba a Lisanne. Pero en lo que a ella se refería, era la primera
vez que él mencionaba estar ocupado durante el n de semana. La
decepción la golpeó bruscamente.
—¿Qué vas a hacer? No mencionaste nada antes.
Parecía molesto cuando en voz baja respondió—: Estaré ocupado.
—¿Haciendo qué? —insistió Lisanne.
—Aquí no —murmuró.
—De acuerdo —dijo molesta—. Vámonos. Puedes decírmelo
afuera.
Vin se despidió cuando se fueron, pero Kirsty sólo los observó
marcharse sin hacer ningún comentario.
Condujo a Daniel hacia un espacio vacío en la grama a mitad del
patio. El ambiente se encontraba placenteramente cálido y muchos
estudiantes se hallaban sentados afuera, disfrutando el clima. A
pesar de los alrededores tan pací cos, Daniel parecía tenso e infeliz,
pero ella no se encontraba de humor para dejarlo pasar. Se suponía
que estaban saliendo; ¿no debería decirle si había hecho planes para
el n de semana sin ella?
Se sentó frente a él y esperó.
—¿Qué sucede? —preguntó, en un tono ligeramente más suave.
Aunque Daniel no podía escucharla, podía leer su rostro
fácilmente.
Le frunció el ceño, luego bajó la mirada y comenzó a juguetear con
una de las trenzas de sus botas.
—Tengo una cita en la clínica —murmuró sin mirarla.
Lisanne se sorprendió. ¿Qué? ¿Una clínica? Inmediatamente pensó
en las enfermedades de transmisión sexual, no pudo evitar la
inexplicable dirección que tomaron sus pensamientos.
—¿Qué tipo de clínica? —dijo luego de un rato, cuando Daniel no
pareció inclinado a ofrecer ningún otro detalle. Por supuesto, no
respondió, y tuvo que golpear su bota para que pudiese levantar la
mirada—. ¿Qué tipo de clínica?
Pareció sorprendido ante su pregunta.
—La de la pérdida de audición —dijo en voz baja—. ¿A qué creías
que me refería?
—Oh —dijo tontamente—. ¿Para qué?
Se encogió de hombros.
—Voy cada seis meses para una revisión. Es una pérdida de
tiempo: siempre me dicen la misma mierda. Estoy sordo, eso no va a
cambiar.
—Oh —dijo de nuevo, deseando que se le ocurriera algo solidario
que decir, o al menos algo que no la hiciera sonar como una idiota.
Luego, se le ocurrió una idea genial: esto en verdad podría
ayudarla a entender. Tomó una respiración profunda.
—¿Puedo ir contigo?
Daniel parecía sorprendido. —¿Qué?
Se sentó derecha. —¿Puedo ir contigo?
—¡Joder! ¿Por qué querrías hacer eso?
Lisanne apartó la mirada por un momento, reuniendo sus
pensamientos.
—Así puedo entender más —respondió, mirándolo de nuevo—.
Por favor, Daniel. Si se supone que soy... —Hizo una pausa—, si se
supone que soy tu novia, quiero que puedas ser capaz de compartir
cosas como éstas conmigo.
Parecía estar en con icto. Lisanne se obligó a permanecer en
silencio, permitiendo que Daniel tomara su decisión.
—Es al otro lado de la ciudad —dijo a regañadientes.
—No me importa —dijo con gentileza—. Pero sólo si tú quieres
que vaya.
Jugueteó con su trenza un poco más, luego sacó un cigarrillo y lo
encendió.
—No quiero que esto cambie las cosas —dijo, soltando el humo
lejos de ella.
—¿Por qué habría de hacerlo? —preguntó pacientemente.
Se encogió de hombros.
—Siempre sucede.
—No entiendo.
—Lo sé —Dejó salir un largo suspiro—. La cita es a las 11:15.
Tendría que recogerte a las 10:45.
Puso una mano sobre la suya, y Daniel levantó la mirada.
—Estaré lista —dijo.

***

Cuando Kirsty vio a Lisanne esa tarde, parecía determinada a


molestarla por no ir a la playa con ellos.
—Bueno, ¿por qué es tan secreto a dónde vas? —preguntó,
irritación apoderándose de su voz.
—No es un secreto —respondió bruscamente, aunque no era
completamente cierto—. Simplemente es algo privado que Daniel
tiene que hacer. No es algo mío para andarlo contando.
—No es nada ilegal, ¿verdad? —soltó Kirsty—. Porque si lo es, no
permitas que te arrastre a ello.
—¿Qué? —dijo, sorprendida—. ¡Daniel no está metido en nada
ilegal!
—¿Estás segura de eso? Porque no es eso lo que he escuchado, sin
olvidarnos de nuestra visita el otro día.
—¿Desde cuándo le prestas atención a los chismes?
Kirsty le devolvió la mirada con dureza.
—Normalmente no lo hago, pero ya lo he escuchado por varios
lugares. Demasiados como para que sea una coincidencia.
—¿Qué es exactamente lo que has escuchado?
—Que tra ca drogas —dijo con franqueza, levantando las cejas.
—¡Eso es pura mierda! —gritó—. ¿Cómo puedes si quiera
pensarlo? ¡Nunca lo he visto hacer nada más que fumar un cigarrillo!
—No seas ingenua, Lis —dijo Kirsty, con la voz glacial—. ¿Te
olvidaste de esa zorra que intentó comprarte drogas?
—Preguntó por Zef, no por Daniel. ¡Tú la escuchaste! No puede
evitar que su hermano lo haga.
Kirsty dobló los brazos, con el rostro lleno de incredulidad.
De pronto, recordó todo lo que vio en casa de Daniel, pero no se le
admitiría a Kirsty. Daniel nunca había hecho nada así frente a ella.
—No sabes todo de él, Lis —dijo Kirsty, su voz volviéndose cálida.
—¡Sé las cosas importantes! —gritó—. ¡Es dulce, amable y me trata
bien!
Kirsty resopló.
—Sólo porque hace un buen espectáculo, no signi ca que esté
completamente limpio. Actúa como si estuviera drogado la mitad
del tiempo, sin escuchar y siempre mirando, todo intenso y...
La interrumpió. —No sabes de lo que estás hablando, Kirsty.
Retíralo ahora.
Su voz era peligrosamente tranquila y Kirsty parecía sorprendida.
—Sólo trato de cuidarte, Lis —dijo en un tono más razonable—.
Eres mi amiga y no quiero que te haga daño.
Tomó una respiración profunda. —Daniel no me hará daño.
Tienes que con ar en mí en esto. Su hermano. bueno. no sé. Pero Daniel no
tiene nada que ver con eso. Te lo prometo.
Kirsty sacudió la cabeza y suspiró. —Si tú lo dices. Sólo. sólo ten
cuidado, ¿de acuerdo?
Asintió rígidamente.
Odiaba pelear con Kirsty, pero estaba tan equivocada en esto.
La mañana siguiente, Kirsty trataba de actuar naturalmente
alrededor de ella, pero era evidente que todavía se encontraba sobre
el borde.
Hizo lo posible por ignorar a su compañera de cuarto hiperactiva,
más concentrada en lo que la mañana traería.
—Siempre puedes encontrarnos allí, ¿más tarde? —imploró Kirsty
—. Ya sabes, cuando hayan terminado su asunto privado. Sólo
envíame un mensaje de texto, te diré dónde estamos.
Apretó los dientes.
—Tal vez. No sé.
Kirsty suspiró y alzó las manos, como diciendo “Haz como quieras”.
Se deslizó por la puerta, demasiado excitada para darle otra
mirada a lada o de complicidad.
Se sentó en el cordón de la acera, esperando el ahora familiar
sonido de la Harley de Daniel. Tarareaba junto con This Fire, una
canción de una de sus bandas favoritas, Birds of Tokio, cuando Vin
llegó en su nueva amante Suv Expedition.
Se quitó los auriculares mientras se acercaba.
—¡Hola, Lis! ¿Cómo estás? ¿Cambiaste de opinión acerca de venir
con nosotros?
Lisanne sonrió y sacudió la cabeza.
—No, pero gracias.
—Lástima, será divertido. ¿Estás esperando a Dan?
Asintió y Vin la miró cuidadosamente.
—¿Y no querías esperar adentro?
Levantó la vista, sin ver nada crítico en el rostro de Vin.
—Kirsty no lo aprueba —dijo, haciendo una mueca—. Es... más
tranquilo si espero aquí afuera.
Vin se puso en cuclillas junto a ella en el cordón de la acera.
—Sólo está cuidándote, Lis. Dan parece un buen tipo, pero debes
haber oído lo que dicen de su hermano. Por eso se metió en todas
esas peleas la semana pasada.
Levantó la vista, atravesando a Vin con una mirada feroz.
—¿Qué peleas?
Las orejas de Vin se pusieron rojas y lucía incómodo.
—Um. sólo un par de tipos lanzando un par de golpes, nada por lo
que preocuparse.
—¡¿Qué?!
—Mira, Lis, es así. Algunas personas, imbéciles principalmente,
asumen que si un hermano está tra cando, entonces el otro debe
hacerlo también. Pero no me he cruzado con una sola persona que
realmente haya visto a Dan con drogas o que le haya comprado algo,
lo que me hace pensar que son todas mentiras. Pero lo están
metiendo en el mismo saco, y su primera idea es golpear hasta el
cansancio a quien sea que pregunte. Por eso Kirsty se preocupa por
ti.
Lisanne no sabía qué pensar.
—Daniel no es. él no.
Vin suspiró.
—Incluso si no lo hace, debe saber lo que está haciendo su
hermano. Podría meterse en un montón de problemas serios, y tú
también.
La miró con simpatía, luego se puso de pie y se dirigió a los
dormitorios, dejándola enredarse con sus pensamientos y
emociones.
En la distancia, el sonido de un motor de motocicleta se hizo más
fuerte. Tomó unas respiraciones profundas y trató de calmar la
inclinación natural de su estómago a hacer algunas volteretas.
Daniel se detuvo junto a ella y se levantó la visera, pero no apagó
el motor ni se bajó de la moto. Simplemente le dio el casco de
repuesto sin hablar, y señaló con la cabeza para indicarle que debía
subir.
Sabía que la mañana sería estresante, pero no había pensado que
sería tan mala: primero lo que Vin le dijo, ahora Daniel presionando.
Daniel golpeó el acelerador y se fueron tan rápido que tuvo que
agarrarlo para evitar ser despedida por la parte trasera.
Condujo cerca de veinte minutos antes de estacionar en un
aparcamiento del hospital de la ciudad. Cuando apagó el motor
nalmente hubo silencio. Para Lisanne era un alivio, no hacía
ninguna diferencia para Daniel.
Guardó sus cascos en las alforjas de cuero y cuidadosamente
encontró su mirada.
—Si no quieres quedarte, hay una cafetería en la parte principal
del hospital.
Lisanne estaba confundida.
—¿Por qué no querría quedarme?
Él se encogió de hombros, pero no contestó.
Tomó su mano y él la miró, sorprendido.
—Vamos —dijo ella.
Daniel sintió el pavor ltrarse en sus huesos. Este sería el día que
ella decidiría que no quería salir con un chico sordo. Este sería el
momento en que correría.
La guió hacia una puerta lateral con una señal grande, azul y
blanco que anunciaba “Clínica de Pérdida de la Audición”.
—Necesitaré mi mano, Lis —dijo, sacando los dedos del agarre.
Su rechazo dolió, pero no dijo nada. La tensión que irradiaba
Daniel era su ciente para hacer que se mordiera la lengua.
Pero estaba equivocada, sobre Daniel rechazándola.
La recepción de la clínica ya se encontraba ocupada por dos
familias con un montón de niños que probablemente seguían en la
escuela primaria. En completo silencio, parecían estar hablando
animadamente, comunicándose a través del lenguaje de señas.
Uno de los chicos más jóvenes se volteó a mirar, entonces le dio a
Lisanne una gran sonrisa y levantó la mano a la cabeza en lo que
parecía un saludo.
Lisanne sonrió y le devolvió el saludo, pero el niño parecía
confundido.
De repente se dio cuenta de que Daniel movía las manos en una
serie de formas confusas.
—¿Puedes... puedes hablar en señas?
Él arqueó las cejas.
—Bueno, sí. Fui a una escuela de sordos por casi tres años. ¿Qué
crees que hacíamos? ¿Pintar dibujos?
Trató de ignorar su contundente sarcasmo.
—¿Qué hay de la lectura de labios?
—No todos pueden leer los labios, especialmente si fueron sordos
prelinguales.
—Um, ¿pre-linguales?
Él le dedicó toda su atención.
—Si un niño nace sordo o se vuelve sordo antes de haber
aprendido a hablar, es mucho más difícil aprender a leer los labios.
No imposible, sólo mucho más difícil. La mayoría de los niños
sordos son educados para hablar en señas.
—Oh —dijo ansiosamente—. Ya veo. ¿Qué le acabas de decir a él?
—Le dije que escuchabas y que no sabías hablar en señas.
—¿Todo el mundo aquí es sordo? —susurró.
—No todo el mundo, cariño —dijo la madre de uno de los niños,
amablemente—. ¿Es tu primera vez?
Lisanne se sonrojó y se echó a reír incómodamente. —¿Es tan
obvio?
—Bastante, pero no te preocupes. Te acostumbrarás —dijo,
mirando a Daniel, luego dándole a ella una cálida sonrisa.
Daniel aún conversaba con el niño. Algo que el niño dijo con señas
lo hizo sonreír y lanzar una mirada malvada en dirección de
Lisanne.
—¡Trevor! —espetó su madre, haciendo señas mientras hablaba—.
¡Eso es grosero! Discúlpate con la señorita.
El muchacho hizo un puño con la mano derecha y dibujo un
movimiento circular en frente de su pecho.
—Está diciendo “lo siento”. —Le tradujo Daniel.
—¡Oh! ¿Cómo digo “está bien”?
—Haz una forma de “O” con la mano, sí, eso es todo. Y haces una
señal como un par de tijeras para la “K” empujando hacia arriba el
dedo medio y dejando caer el dedo índice.
Sintiéndose consiente de sí misma, copió el gesto y el chico sonrió.
—Por cierto —preguntó ella, con un poco con retraso—, ¿qué dijo?
—¿Estás segura que quieres saber?
—¡Sí!
—Me preguntó por qué eras tan boba, ya que no podías hablar con
señas.
—¡Oh! —jadeó Lisanne.
Daniel le sonrió. —Te advertí.
Le dio un puñetazo en el brazo. —¡Me tendiste una trampa!
Se agachó y al oído le susurró—: Eres jodidamente sexy cuando
estás enojada.
Sintió a su piel sonrojarse mientras su boca se abría y cerraba con
confusión. Se sentía contenta de que él estuviera de mejor humor,
aunque no tenía idea de cómo había sucedido. Excepto que aquí, él
era igual a todos los demás, ella era la única diferente.
—¿Me enseñarás?
—¿Enseñarte qué?
—El lenguaje por señas.
Daniel frunció el ceño.
—¿Para qué? Únicamente lo uso cuando vengo a estos malditos
lugares.
—Por favor... ¿cómo digo: “Te escucho”?
—¿Estás jodidamente bromeando conmigo? Cuantas personas
sordas conoces, Lis, porque te voy a decir, esa es la cosa más inútil.
Lisanne tragó y bajó la mirada. Sintió sus dedos suaves en la
mejilla.
—Lo siento, muñeca. Estos lugares sólo. Está bien, te mostraré.
Ella le dio una sonrisa débil.
—Dices “yo” apuntándote a ti misma. Para “escuchar” sólo das
dos golpecitos a tu oreja, y para “tú” sólo apuntas a la persona con la
que estés hablando.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
De repente la pantalla de video destelló y todos levantaron la
mirada. Un apellido estaba expuesto y una de las mamás se levantó
y reunió a sus niños, antes de salir por el pasillo.
—Enséñame algo más —dijo, llamando la atención de Daniel de
vuelta a sí misma al empujarle ligeramente la rodilla.
—¿Cómo qué?
—¿Cómo digo “La Harley de mi novio es más genial que la tuya”?
Daniel se rió.
—Así. —Levantó el dedo corazón.
—¡Detén eso! —musitó, agarrándole la mano antes de que alguno
de los niños restantes lo viera—. ¡Compórtate!
Inclinó la cabeza hacia ella y le pasó la nariz por la mejilla. —No
puedo hacer eso, muñeca. No cerca de ti.
La pantalla de video destelló otra vez y el apellido de Daniel
apareció.
Su sonrisa desapareció y suspiró pesadamente.
—Puedes quedarte aquí si quieres —ofreció otra vez, casi
esperanzadamente.
—No. Voy contigo —dijo con insistencia.
Se encogió de hombros como si no le importara, y trató de no
sentirse herida. Sabía que era solo una actuación.
Caminaron por el pasillo con puertas reglamentadas, hasta que
encontraron la número cinco.
Daniel no llamó sino que directamente entró, lo que encontró
sorprendente.
Lo siguió dentro de una habitación que era pequeña y blanca, con
carteles de medicina clavados en las paredes: varios tenían secciones
que mostraban el funcionamiento interno del oído. Una imagen era
de un hermoso atardecer. Tal vez era para hacer parecer el lugar más
agradable.
El hombre al que fueron a ver, se paró y sonrió a Daniel, luego
lanzó una mirada sorprendida a Lisanne.
Hizo un rápido movimiento con las manos, claramente haciendo
una pregunta, y Daniel habló por señas en respuesta.
Se encontraba boquiabierta. Había esperado una consulta normal.
¿Normal? Le dio vergüenza, solo pensar la palabra. Había esperado
una consulta hablada. ¿Cuán idiota era eso? Se pateó a si misma por
acoger otro estereotipo, automáticamente asumiendo que el médico
sería oyente.
En su lugar, la conversación entera fue mantenida en lenguaje por
señas.
Comenzó a prestar atención cuando vio que Daniel la presentaba.
—Lis, este es el Dr. Pappas, mi audiólogo.
Intentó recordar la señal de “hola” y dio en su lugar un torpe
medio saludo que hizo al médico sonreír.
—Hola —dijo con timidez, extendiendo la mano, mientras él le
devolvía el saludo.
—Ho-la, Lis —dijo el doctor, en un lento, robótico tono monótono
—. Es bueno conocerte.
Tuvo problemas para entender lo que el Dr. Pappas decía y miró
con ansiedad a Daniel.
—Está bien —dijo, tranquilamente—. Le conté que todo es nuevo
para ti.
El médico le dio un golpecito al brazo de Daniel e hizo algunas
señas más.
Daniel negó con la cabeza rápidamente, pero el médico parecía
estar insistiendo.
—Por el jodido amor de Dios —murmuró Daniel, lo que le valió
una mirada más estupefacta de Lisanne—. Dice que si tienes algunas
preguntas, sólo pregunta. Pero no demasiadas, ¿por favor, nena?
—Ah, de acuerdo —dijo, en voz baja, sin tener absolutamente
ninguna idea de lo que quería preguntar o por dónde comenzar.
El médico le dio un golpecito al brazo de Daniel otra vez y
comenzaron a hablar por señas rápidamente. Lisanne se sentó en
silencio, completamente desconcertada, sin poder entender una sola
señal. Quizás así era como él se sentía cuando se encontraba entre un
grupo de personas que no conocía, aislado, ignorado, excluido. O
quizás así era como Daniel se sentía la mayor parte del tiempo. Su
corazón latió con fuerza dolorosamente y tuvo que evitar frotar su
pecho para alivianar la sensación punzante.
El Dr. Pappas le pasó a Daniel unos auriculares y pasaron a través
de un número de pruebas. Lisanne observó la pantalla del
computador del Dr. Pappas mientras varios grá cos aparecieron.
Cuando terminaron con los auriculares, continuaron con la
conversación.
Observó a Daniel y el Dr. Pappas con cuidado. Al principio su
lenguaje corporal era relajado, pero mientras la conversación
progresaba, vio que se volvía cada vez más acalorada. El Dr. Pappas
siguió mirando a Lisanne, como si le estuviera preguntando a Daniel
algo sobre ella.
Saltó cuando Daniel de repente gritó—: ¡No!
—¿Qué pasa? —preguntó, nerviosamente.
La ignoró, hablando por señas frenéticamente al médico, quien
parecía igual de determinado.
De repente Daniel cruzó los brazos y puso cara de enfado.
—¿Qué pasa? ¿Qué sucedió?
—Lis —dijo solemnemente el Dr. Pappas—. Pídele a Dan-i-el que
te cuente sobre los im-plantes co-clea-res.
—¡Dije que no! —rugió Daniel—. ¡Vamos! Nos vamos a la mierda
de aquí.
Le agarró la muñeca y la sacó de la silla.
Ella le lanzó una mirada precipitada al médico, que le sonrió con
tristeza y le dio un pequeño adiós con la mano.
Daniel la llevó por el pasillo, rehusándose a hablar o explicar.
Cuando llegaron al estacionamiento la liberó de un tirón.
—¡Daniel! ¡Háblame! ¿Qué acaba de suceder allí? ¿Sobre qué decía
que te pregunte?
—Nada.
—¡No! No era nada.
—Sólo déjalo, por favor, Lis.
Se agarró el cabello como si quisiera arrancárselo, y cerró los ojos
con fuerza.
Extendió la mano y le acarició el rostro, intentando calmarlo.
—Daniel, te enojas mucho si no te cuento algo, ahora me estás
haciendo lo mismo. Por favor, quiero entender.
Sus ojos se abrieron, pero luego dejó caer la cabeza con
resignación. Cuando la miró unos segundos después, podía ver el
dolor en sus ojos.
—Está bien, está bien. Pero no aquí. Odio jodidamente los
hospitales. Vamos a irnos, ¿de acuerdo?
Asintió y colocó un tierno beso en sus labios.
—¿Podríamos conseguir algo de comida para llevar y regresar a tu
casa?
Negó con la cabeza. —No, no allí. Mi casa se hallaba abarrotada
cuando salí. ¿Podemos ir a tu dormitorio? Kirsty está en la playa,
¿cierto?
—Por supuesto. Te haré un café. Sólo tenemos que comprar algo
de comida.
Se detuvieron en una tienda y recogieron sándwiches y patatas
fritas antes de regresar.
Eran horas de visitas así que al menos Daniel no tenía que entrar a
hurtadillas, aunque varias chicas los miraron con curiosidad.
Para el momento que giró la llave en la cerradura, se sentía
agotada. Fue otra mañana pasando por la montaña rusa de
emociones de Daniel. Lo único que la había detenido de sentir
lástima por ella misma fue la mirada de amargura en el rostro de él
cuando huyó del hospital. De lo que sea que él y el Dr. Pappas
discutieron, realmente lo disgustó.
Daniel arrojó la chaqueta en el piso y, sin una palabra, se tiró en la
cama de Lisanne. Puso un brazo sobre sus ojos y se quedó quieto.
No estaba segura de que hacer. Decidió darle unos minutos,
esperando que le contara cuando estuviera preparado. Se entretuvo
en la habitación, quitándose las zapatillas y colgando la chaqueta al
igual que la de Daniel. Sacó la comida de la bolsa de papel y la
colocó a la par de él en la mesita al lado de la cama. Luego, le
acarició el brazo y puso un tierno beso en su bíceps.
Cuando él levantó el brazo para mirarla, lo besó en la boca,
dejando a su lengua rozarse por su labio superior.
Su expresión de sorpresa se convirtió en una sonrisa sexy.
—¿Pensé que había sido invitado por un café?
Ella se alejó un poco. —¿En verdad quieres café?
Se rió. —Sí, de hecho estoy un poco sediento. Y tengo hambre.
—Tengo algunas galletas, también.
—¿Con trozos de chocolate? —preguntó, sus ojos iluminándose
como si fuera navidad.
Lisanne se rió. —Casualmente, ¡sí!
Alcanzó el armario y le aventó un paquete sin abrir. Luego se dio
cuenta que no tenía café. Nada.
—¡Uh, Daniel, no tengo nada de café!
Su expresión era divertida. —¿Así que me trajiste aquí bajo falsos
pretextos?
Ella cruzó los brazos, un poco avergonzada, luego la iluminó la
inspiración. —Pero tengo esa cerveza que dejaste el otro día. No está
fría, pero...
—Mejor no, muñeca. Si me detienen los policías otra vez en el
camino a casa y huelen el alcohol en mí, estaré en muchos
problemas.
Tomó una profunda respiración. —Puedes quedarte aquí por la
noche. Kirsty no volverá. Quiero decir, si quieres quedarte.
Daniel la miró.
—¿Estás segura?
—S... sí.
—Ven aquí.
Nerviosa, se acercó. Él se sentó y sacó las piernas de la cama, y
luego tiró de ella para que se sentara en su regazo.
—Lis, te prometo que lo haré bien para ti, muñeca, pero sólo
cuando estés lista. Sí, me gustaría mucho quedarme, pero no
tenemos que hacer nada, ¿de acuerdo?
—Está bien —dijo, con la voz un poco temblorosa.
—Bueno. Ahora, ¿dónde está esa maldita cerveza? —dijo,
plantando un beso ruidoso justo debajo de su garganta.
Lo empujó juguetonamente y sacó la cerveza de debajo de su
cama, donde la escondió.
Levantó la vista y observó con fascinación como se quitó las botas.
Luego se quitó los calcetines y se lanzó de espaldas sobre la cama de
nuevo, acariciando el espacio junto a él.
Se arrastró a su lado y él la atrajo a su pecho, besando su cabello.
Ella sintió sus músculos contraerse y ondularse cuando se estiró para
agarrar la cerveza. La abrió y se lo ofreció a Lisanne primero.
—Está bien, sólo un trago —dijo.
Se dio cuenta de que esto iba a ser difícil. Acurrucarse con él era
maravilloso, pero no podrían mantener una conversación así.
Preguntándose lo que quería más, hablar o acurrucarse, tomó un par
de sorbos de cerveza, y luego se la pasó a él.
Tomó un trago grande, inclinando la cabeza hacia atrás. Vio el
movimiento de su manzana de Adán mientras bebía, y se preguntó
cómo se sentiría bajo su lengua.
Antes de que Daniel colocara la cerveza en la mesa de noche,
Lisanne deslizó los dedos debajo de su camiseta.
La miró.
—¿Vas a quitártela? —dijo, sorprendida por su propio
atrevimiento.
Dándole una pequeña sonrisa, se sacó la camiseta por encima de la
cabeza.
Lisanne podría haber jurado que oyó unas costuras rasgarse, pero
no dijo nada. La arrojó sobre la silla y se sentó sobre la cama.
—¿Tengo permitido comer algo ahora o quieres continuar
desnudándome?
Lisanne rió, esperando que sonara, o por lo menos pareciera,
vagamente natural.
Tratando de actuar casual, le tiró un paquete de sándwiches,
observando con diversión, como los devoró en un par de bocados.
—¿Qué? —murmuró con migas en los labios—. Tengo hambre.
Sacudiendo la cabeza, comió su propio sándwich más lentamente
y dejó que Daniel tuviera la mayor parte de los chips. Pero cuando
llegaron a las galletas de chocolate, insistió en un reparto equitativo
del botín.
—No te interpongas entre mis galletas y yo —dijo con una mirada
retadora, desa ándolo a tener más que su parte justa.
Él se rió y ngió parecer asustado.
No quería echar a perder las bromas, pero existía una gran
preocupación en la habitación que no habían discutido. No estaba
segura de cómo volver a tocar el tema del Dr. Pappas. Pero necesitaba
saber... entender.
—Daniel... —empezó a decir—, sobre lo que el Dr. Pappas dijo...
Él frunció el ceño y bajó la vista, su estado de ánimo cambiando
rápidamente.
—Lis...
—Por favor, sólo quiero entender. ¿Qué quiso decir?
Por un momento pensó que iba a negarse a explicarle, pero en vez
de eso tomó una respiración profunda.
—Hablaba de un implante coclear.
—¿Coclear? —Probó la palabra desconocida.
Asintió. —Es parte del oído interno. Te puedo decir toda la mierda
técnica, pero básicamente procesa el sonido. Hay un implante que se
ha desarrollado que puede devolver algo de audición. No funciona
para todas las personas sordas, eso depende de lo que causó la
pérdida de la audición.
—¿Funcionaría para ti?
—Puede ser. El Dr. Pappas cree que sí.
Se sentía confundida. Si el médico creía que podría ayudarlo a
escuchar otra vez, no podía imaginar lo que esperaba.
—¿Tú no quieres?
—¡No, jodidamente no quiero!
Se sorprendió por la vehemencia de su respuesta. Presionó el dedo
en un parche gastado en la rodilla de sus vaqueros.
—No entiendo. ¿Por qué no?
—¡Porque...! —gritó, luego bajó la voz—, porque signi ca tener un
maldito trozo de metal perforado en tu cráneo, y un imán metido
debajo de la piel para que pueda sujetarse en un receptor que está
unido a otro maldito audífono. Y después de todo eso, no hay
garantía de que funcione. Te lo dije, estoy harto de los hospitales. —
Su voz se convirtió en un susurro—. Estoy cansado de ser diferente.
—¿Pero podrías escuchar otra vez?
—Podría. Podría escuchar. Nada es de nitivo.
No estaba segura de hasta qué punto lo debería presionar, pero
todavía no entendía por qué se encontraba tan en contra de tratar.
—¿No valdría la pena escuchar algo? ¿No vale la pena intentarlo?
La miró enojado.
—Crees que estoy roto, ¿no? ¿Crees que debería ser arreglado?
Quieres que sea normal. Nunca seré tu versión de lo normal, Lis.
Nunca seré como tú. como ellos.
Hizo un gesto con su brazo alrededor, para enfatizar su punto.
Sintió las lágrimas empezar a formarse en los ojos.
—No estoy tratando de arreglarte, Daniel. Sólo quiero que seas
feliz. Te amo, tal como eres.
Parpadeó hacia ella, luciendo conmocionado. Lisanne contuvo el
aliento cuando se dio cuenta de lo que dijo. No había querido
decirlo. Ni siquiera se dio cuenta de que era verdad hasta ese
momento.
—¿Tú... tú me amas? —Su voz era débil, incrédula.
Asintió lentamente, con miedo de apartar los ojos de su hermoso
rostro.
—Pero... ¿por qué?
Parecía perdido, confundido, tan inseguro de sí mismo. Sintió
temblar el corazón.
—Porque eres gentil, bueno, dulce y divertido. Porque me siento
feliz cuando estoy contigo. Haces que me sienta protegida y segura.
—Se encogió de hombros—. Eres todo.
Su voz estaba perpleja.
—¿Pero, por qué?
Ella negó con la cabeza, incapaz de hablar más.
Se arrastró hasta la cama y él automáticamente envolvió los brazos
alrededor de sus hombros y la atrajo hacia él. Se quedó con la cabeza
sobre su pecho, escuchando el latido frenético de su corazón.
Su piel era cálida y sedosa, invitando a Lisanne a dejar besos
suaves sobre su torso.
Se estremeció bajo su toque y la jaló más fuerte, haciéndole difícil
el moverse. Necesitaba seguir tocándolo, trazó el tatuaje en su
hombro izquierdo con un dedo. Era un pájaro, reventando de las
llamas, el ave fénix en rojo y dorado, el símbolo de renacimiento. Las
plumas de la cola se curvaban alrededor de la mitad superior de su
pecho, descansando justo sobre el pequeño anillo de plata que le
atravesaba el pezón. Más abajo en el brazo, tenía remolinos de color
azul oscuro que parecían olas y entre ellas, pequeñas notas
musicales en negro.
Sabía que en su otro hombro, llevaba un dragón en un diseño
céltico de mar verde y azul. Se apartó de él para poder verlo de
nuevo.
Un lagarto sinuoso se enroscaba de su codo a la parte superior de
su brazo, humo gris plateado salía de sus fosas nasales.
—Es hermoso. —Suspiró ella—. Eres hermoso. —Dejó vagar el
dedo sobre su bíceps—. ¿Por qué un dragón? ¿Qué signi ca?

É
Él asintió lentamente, con una mano acariciándole la espalda en
toques lánguidos, largos y ligeros como una pluma.
—El dragón signi ca sabiduría y la capacidad de ir a través de
diferentes mundos.
Diferentes mundos.
Creía que empezaba a entender, pero Daniel no se lo hacía fácil.
Siguió la cola del dragón, pensativa, los ojos de Daniel
observándola.
—Tienes otro tatuaje... en la cadera. Lo vi... la última vez.
Asintió, los ojos tan oscuros y sensuales, el avellana eclipsado.
—¿Quieres volver a verlo?
No se sentía segura de si todavía hablaban de tatuajes, pero logró
murmurar—: Sí.
Desabrochó los vaqueros y bajó la cremallera. Luego empujó una
esquina de la mezclilla para revelar el hueso de la cadera y dos Kanji
en tinta negra.
—¿Qué signi can?
—Es japonés. Dice “nozomu”. Signi ca esperanza o deseo.
Lisanne trazó el contorno con el dedo índice y su cuerpo se
estremeció bajo sus dedos.
De repente, él apartó la mano de ella.
—¿Qué?
—Lis, estás haciendo que sea difícil no follarte aquí y ahora —dijo,
respirando con di cultad.
Se congeló, luego lo miró a los ojos.
—¿Qué pasa si no quiero que te detengas?
Vaciló, tratando de leer certeza en su mirada ja.
—No lo digas si no es en serio.
—Lo hago. Lo digo en serio.
Él gruñó bajo en su garganta, tirando su cara a sus labios de
pronto y besándole las mejillas, el mentón, la garganta y la boca.
Lisanne jadeó y entrelazó las manos detrás de su cuello,
devolviéndole el beso apasionadamente. Sintió la lengua deslizarse
en su boca, saboreando un poco la cerveza, su cerebro empañado por
la lujuria.
Sus manos tiraron de la parte inferior de su camiseta y Lissane la
jaló por encima de su cabeza. Daniel gimió ante la visión de su piel
desnuda. Hundió el rostro entre sus pechos y los acarició
suavemente, dejando a sus dientes tirar de la copa de su sostén.
El aliento se atascó en su garganta cuando por primera vez en su
vida, tenía la sensación de la boca caliente de un hombre en su pezón
desnudo. Su lengua dio vuelta alrededor del apretado brote y sus
dientes rozaron la carne, haciendo que arqueara la espalda. Con un
rápido y practicado movimiento, Daniel desabrochó el sostén y jaló
los tirantes por los hombros de Lisanne, tirándolo al suelo.
Entonces, la rodó en su espalda, sujetándose a sí mismo en sus
antebrazos, su rodilla izquierda entre sus muslos, y comenzó a
deleitarse en sus pechos.
Los sentidos de Lisanne se encontraban abrumados mientras su
duro, pesado cuerpo se presionaba contra el suyo. No pudo evitar
querer acariciar su ancha espalda mientras él se cernía sobre ella.
Sintió sus músculos estremecerse mientras lo tocaba, corriendo los
dedos todo el camino hacia la curva de las mejillas de su trasero.
Un largo suspiro dejó su garganta mientras él succionaba su piel
gentilmente.
Apenas coherente, ella forzó la mano en el interior de sus vaqueros
y comenzó a empujar la cinturilla sobre sus caderas. Él se alejó y se
sentó el tiempo su ciente para quitarse los pantalones y los
calzoncillos.
No hablaron mientras sus manos lo alcanzaban de nuevo, y él
suspiró cuando ella envolvió la mano alrededor de él.
La besó, bajando por su cuerpo, forzándola a soltarlo. Luego sus
dedos desabrocharon el botón en sus vaqueros y bajó la cremallera.
Sin quitárselos, deslizó un dedo en el interior de sus bragas y gruñó
cuando la encontró húmeda.
Jadeó y arqueó las caderas hacia las de él, sintiendo su erección
empujar contra su estómago. No podía imaginar cómo se sentiría
dentro de ella, todo lo que había leído y escuchado le hacía sentir
miedo de que doliera. Pero no quería parar. No podía.
Sus dedos bombearon gentilmente dentro de ella, su pulgar
presionándose contra la cálida, piel apretada. Su boca imitó los
movimientos en su cuello y hombros, incrementando gradualmente
la intensidad. Ella trató desesperadamente de asimilar todo lo que
estaba sintiendo, pero su mente se encontraba dominada por la
sensación.
Sus caderas empujaron en su mano y el mismo ardor lento, la
efervescencia en su sangre, que sintió antes, comenzó otra vez.
—¡Daniel! —jadeó—. Daniel, yo... yo... —Pero sus pensamientos y
palabras fueron arrastradas cuando su cuerpo tomó el control.
Este orgasmo fue incluso más intenso que el anterior. La intimidad
que ellos encontraron al compartir sus dudas y temores, tal vez era
la razón.
Ella no huyó. Y él se hallaba todavía allí, con ella.
Daniel acarició su rostro.
—¿Lis? ¿Lis? ¿Todavía me deseas?
Su voz se encontraba llena de tensión.
—Sí —dijo, el aliento estremeciéndose en sus pulmones—. Te
deseo.
Daniel le quitó los vaqueros, seguido por las bragas,
sorprendiéndola cuando se inclinó para besar su hueso púbico,
acariciando su rizado cabello.
—Hueles tan bien —dijo, su voz ronca—. ¿Puedo probarte?
—Uh... uh... no lo sé... —jadeó.
—¿Por favor? Se sentirá bien, lo prometo.
Asintió, desconcertada, y él le sonrió.
Para la extrema vergüenza de Lissane, la cabeza de Daniel
desapareció entre sus muslos y sintió la lengua caliente entre sus
labios. Cuando golpeó su clítoris, obtuvo un largo gemido de ella.
La vergüenza escapó, y fue excitada otra vez por los extremos de
sus respuestas.
Sus dedos se clavaron en los hombros de él, haciéndolo levantar la
vista.
—¿Estás lista? —le preguntó, su voz apretada con necesidad.
—S.sí, eso creo —susurró.
Él cerró los ojos por un momento.
—Asegúrate, Lissane.
—Sí, estoy segura. Por favor, Daniel.
La necesidad en su propia voz la sorprendió.
Él se apartó y se inclinó hacia el suelo para encontrar sus vaqueros,
sacó la cartera y tomó un condón. Se sentó en el borde de la cama,
desgarrando el paquete de aluminio. Lissane miró, fascinada,
mientras él rodaba la delgada capa de goma sobre su erección,
colocándolo
correctamente.
—¿Está bien? —dijo otra vez, sus ojos en los de ella.
Ella le acarició el brazo. —Sí.
Subió de vuelta a la cama, su cuerpo ensombreciendo el de ella.
Lissane apretó los ojos cerrados y tomó el edredón y las sábanas
con los dedos, esperando la invasión.
Sus ojos parpadearon abiertos cuando sintió suaves besos vagando
por su pecho y cuello.
—Relájate. —Respiró él—. Va a estar bien, nena. —Él frotó la nariz
por su pómulo—. Bésame, Lissane.
La forma en que dijo su nombre liberó algo en su mente. Envolvió
los brazos alrededor de su cuello y jaló su boca hacia la de ella.
Lo besó con tal intensidad, con tal certeza y ardor, que su cuerpo
entero ardió bajo su toque.
Gentilmente, él presionó las rodillas en su lugar y se acomodó a sí
mismo entre sus piernas. Usando la mano izquierda, le levantó las
rodillas, acariciándole los muslos.
Ella sintió la punta probando su entrada, mientras él empujaba
dentro un pequeño tramo.
Lissane se tensó inmediatamente.
—Relájate. —Respiró sobre sus labios.
Ella tomó un respiro profundo, y mientras lo hizo, él se movió
dentro de ella con una rápida estocada.
Gritó mientras un breve destello de dolor se disparaba a través de
ella.
Daniel se contuvo sin moverse.
—¿Estás bien? —le preguntó apretadamente, mirándola jamente
a los ojos.
—Eso... Eso creo.

É
Él movió las caderas lentamente, y se hundió un poco más
profundo dentro de ella. Ella jadeó mientras la extraña y ajena
sensación la llenaba. Su piel ardió, pero pequeños escalofríos de
deseo se deslizaron alrededor de los bordes de su consciencia.
—Palmea mi brazo si quieres que me detenga —siseó Daniel, sus
ojos se apretaron cerrados.
Comenzó a salir lentamente, luego empujó dentro otra vez. Afuera
y adentro, largas, exibles caricias.
El cuerpo de Lissane se apretó y pulsó a su alrededor, y él gruñó.
Continuó moviéndose cuidadosamente, estableciendo un lento y
seguro ritmo.
—Joder, te sientes tan jodidamente bien, muñeca. Mm... mierda...
Lissane abrió los ojos y bajó la vista, hipnotizada por la manera en
que sus pieles se encontraban íntimamente conectadas, su longitud
reluciendo con la prueba de su propia excitación.
Levantó la vista, y vio sus ojos jos en los suyos, llenos de oscuro
calor. Él movió las caderas y ella gritó otra vez, esta vez con placer.
—¡Oh! —exhaló ella, el débil sonido en sus labios, mientras miraba
sus parpados revolotear.
Ella apretó sus bíceps y Daniel abrió los ojos.
—¿Está bien, nena?
—¡Oh, Dios, sí! —jadeó Lissane.
Él la besó rudamente y sus caderas comenzaron a moverse más
rápido, el ritmo vacilando ligeramente cuando él se acercaba a su
propio orgasmo.
La respiración de él se volvió errática y no pudo evitar empujar
duro, a pesar de prometerse a sí mismo de que no perdería el
control.
—Mierda, me estoy viniendo —jadeó él.
Sintió el endurecimiento en sus bolas mientras la carne de Lissane
temblaba a su alrededor. Ella gritó otra vez, y él lo sintió vibrando a
través de su pecho. Era demasiado.
Se irguió, su espalda arqueándose, y empujó dentro de ella una
última vez, tembló y se quedó inmóvil.
Jadeando, descansó la frente en su cuello, y sintió las manos
suaves de ella en su cabello. Tomó un largo respiro para tratar de
estabilizar su acelerado corazón, entonces alcanzó entre ellos dos y
se aseguró que el condón todavía estaba en su lugar mientras salía
cuidadosamente de ella.
Se percató de que las sábanas tenían sangre y su mano cuando se
quitaba el condón y lo amarraba en un nudo, antes de tirarlo en el
suelo.
Preocupado de haberla lastimado, se apoyó en el codo y miró
jamente su rostro sonrojado. Gentilmente, le acarició la mejilla.
—¿Estás bien?
Ella asintió, sonriéndole.
—¿Segura?
Ella alzó los dedos hacia sus labios y los empujó en una sonrisa.
—Estoy segura.
—¿Te dolió? ¿Te lastimé?
—Un poco, pero está bien. Se sintió... —Pero no tenía palabras.
En su lugar sonrió en respuesta y lo besó ligeramente en los labios.
Aliviado, se recostó otra vez, una mano detrás de su cabeza.
Lissane luchaba por de nir como se sentía. Increíble, por un lado,
pero confundida, por cómo el dolor, dolió cuando empujó dentro de
ella, podía traer tal placer. Sentirlo dentro de ella, alrededor de ella,
rodeándola. viéndolo moverse dentro de ella, había sido
extraordinario. Y aún una parte de ella se sentía igual: todavía era
Lissane, estudiante nerd de música. Ahora sabía que no importaba
cuantas veces leyeras sobre la mecánica de hacer el amor con
alguien, esto nunca explicaría realmente el sentimiento. Las chicas en
su secundaria o lo elogiaron o dijeron que era horrible y doloroso.
Se hallaba de nitivamente en la primera categoría, no se había
sentido como sexo, se sintió como amor. Y, viniendo después de su
declaración, sabía que él le había hecho el amor.
Se acurrucó contra él, arrastrando los dedos sobre su pecho y
tirando gentilmente de los anillos de pezón.
Entonces ella se levantó para ver su rostro.
—¿Por qué tienes tus pezones perforados? ¿No te dolió?
Él sonrió.
—Sí, un poco. Fue intenso.
—¿Pero te gustó?
—Especialmente cuando tú haces eso, muñeca. Es un jodido
orgasmo esperando a suceder.
Ella sonrió.
—¿Qué si hago esto?
Se inclinó y los chupó dentro de su boca uno a la vez, burlándose
de los pequeños anillos con su lengua.
Cuando levantó la vista, los parpados de Daniel revoloteaban
cerrados.
Él abrió un ojo y sonrió.
—¡Jodidamente ardiente! —dijo—. Me has dado un semi-orgasmo
haciendo eso.
Lissane bajó la mirada y vio que la sábana estaba levantándose
ligeramente entre sus caderas.
—¡Guau! ¡Eso fue rápido! Um, no creo... estoy un poco adolorida.
—Está bien, nena —dijo, una sonrisa curvando sus labios—. No
puedo evitar ponerme duro alrededor de ti. Se irá si puedo pensar
en matemáticas o algo.
Lissane resopló y soltó una risita.
—¿Matemáticas?
—Sí, o algo. Ven aquí.
Se recostó sobre su pecho y él acarició su espalda con caricias
calmantes y amorosas.
Durmieron uno en los brazos del otro.
10
Traducido por Aleja E & MaryJaneV
Corregido por Karool Shaw

El cielo se había vuelto de un profundo azul oscuro con manchas


púrpura en el momento que Daniel se despertó.
Por un breve momento no podía recordar dónde se encontraba.
Entonces sintió el cálido cuerpo de Lisanne acurrucado en su pecho,
y los recuerdos lo inundaron.
Se quedó quieto, con el pecho lleno de calidez.
Ella no huyó.
No le dijo que no podía salir con un chico sordo.
Él le mostró la realidad de la clínica, incluso habló con ella acerca
de los implantes cocleares, por el amor de Dios.
Y entonces le permitió tener sexo con ella, le permitió ser el
primero. Ella lo había querido.
Fue increíble. El sexo fue bueno, claro, pero era más que eso.
Porque ella lo conocía, ella lo conocía. Sabía todo, y aún lo quería.
Fue difícil para Daniel asimilarlo.
Desde que comenzó a perder la capacidad auditiva, se convenció
que ninguna chica lo querría si lo supiera. Eso, comenzó la larga lista
de enganches de una sola noche, dejándolas antes de que lo dejaran
cuando supieran la verdad.
Pero no Lisanne.
De alguna forma hizo su camino a través de las paredes y defensas
que había levantado, ni siquiera sabiendo que lo hacía.
Era extraordinaria.
Le acarició la suave piel de su hombro, maravillado de que se
quedara dormida acurrucada a su alrededor, su cabello abanicando
su pecho. Tan con ada.
Se dio cuenta que su pene se encontraba muy duro contra su
muslo. Eso no era nada nuevo, se despertaba casi todas las mañanas
así y, dependiendo de si llegaba tarde o no, por lo general hacía algo
al respecto en la ducha. Realmente le habría gustado hacer algo al
respecto con Lisanne, pero dijo que se encontraba dolorida, y no
pretendía hacerle daño.
Se movió incómodo y ella se estiró dormida, inconsciente,
frotándose contra él. Se esforzó por concentrarse en algo de álgebra,
pero no era fácil cuando una hermosa mujer desnuda, yacía a su
lado.
Ella parpadeó un par de veces, y su piel se sonrojó cuando se dio
cuenta de que Daniel estaba acostado a su lado, igualmente
desnudo.
Él vio el momento en que sus recuerdos se derramaron en su
mente y se tensó: quizás este era el instante en el que correría.
—¿Cuánto tiempo dormimos? —dijo, entrecerrando los ojos para
ver la hora en su celular.
—Alrededor de cinco horas —dijo en voz baja—. Son casi las siete.
¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?
Ella se rió con voz ronca.
—Como si alguien hubiera reorganizado mis huesos —dijo,
sosteniendo la mano sobre la boca mientras bostezaba.
Le tocó el hombro.
—Dilo nuevamente, nena. No pude ver tus labios.
—Oh, lo siento. —Frunció el ceño y luego se estiró de nuevo—.
Siento como si hubiera pasado la mañana en el gimnasio. Me duele
todo.
Ella vio la expresión de su cara y lamentó la manera en la que se
expresó.
—No me refería a eso, Daniel. Estoy algo adolorida, eso es todo.
Su boca formó una línea plana.
—No te arrepientes ¿Verdad? Quiero decir, ¿Sobre lo que hicimos?
Sonrió tímidamente, y luego lo besó suavemente en los labios.
—No, no me arrepiento sobre esto. Fue... maravilloso.
Daniel sintió que todo su cuerpo se relajaba. Maravilloso. Podía
vivir con eso.
—Um, ¿Podrías cerrar los ojos por un momento? Tengo que
recoger mi ropa —murmuró.
La miró con incredulidad.
—Lis, follamos y, ¿no quieres que vea tu trasero?
Se sonrojó aún más.
—Lo sé, sólo... ¿Por favor?
Sacudiendo la cabeza, cerró los ojos. No le gustaba hacerlo, no sólo
porque por n le habría gustado ver su cuerpo, sino, debido a que lo
privaba de otro de sus sentidos. Sin oír y sin ver, todo era negro y lo
asustaba. Agarró la sábana y edredón con fuerza, deseando ser
capaz de sentir algo.
Saltó un poco cuando le tocó el brazo
—Lo siento —susurró—. Sé que es una tontería...
Él sonrió de mala gana.
—Está bien. Lo entiendo. Supongo.
Lisanne lo miró, agradecida. —Vuelvo en un minuto.
Se deslizó fuera de la puerta y Daniel suspiró. Su erección todavía
mostraba signos de esperanza para jugar otra cita con Lisanne.
Mirándola con irritación, sacó las piernas de la cama y buscó su
ropa. Se puso los calzoncillos y metió su semierección dentro,
maldiciendo en voz baja. La maldita cosa nunca lo escuchaba.
Acababa de abrochar sus pantalones cuando Lisanne regresó.
Ella pasó los ojos sobre su cuerpo con avidez, y frunció el ceño
cuando se dio cuenta que se vestía.
—Pensé en llevarte a cenar.
—¿No podemos quedarnos aquí? —dijo, bostezando otra vez.
Él se rió un poco. —Podríamos, pero querré follarte nuevamente y
no creo que sea una buena idea en este momento. —Miró hacia la
cama, deseando haber pensado en cubrir la sangre que mostraba la
sábana blanca.
Lisanne siguió su mirada y parecía horrorizada.
—¡Qué asco! ¡Eso es asqueroso!
Daniel agarró su brazo y la obligó a mirarlo.
—No es asqueroso. Fue increíble. Sólo siento lastimarte.
La vergüenza la hizo ponerse rígida en sus brazos.
—No puede ser la primera vez que te has acostado con una virgen.
Su falta de respuesta fue la con rmación que necesitaba. Se sentó
en la cama, pesadamente. Se preguntó cómo había sido para él,
después de todo, se encontraba acostumbrado a chicas con bastante
experiencia. Y no era posible tener menos experiencia que ella.
Las palabras de Shawna de hace unos días volvieron a ella: tal vez
no eres más que un pésimo polvo. Sus hombros se hundieron. Y tal vez
ahora que la tuvo, perdería interés.
Daniel se sentía preocupado por el con icto de emociones que veía
en el rostro de Lisanne.
—Nena, habla conmigo —dijo, en voz baja.
—Has dormido con tanta gente —dijo con tristeza.
¿Era eso todo lo que la molestaba? Intentó encontrar las palabras para
tranquilizarla.
—¿Sabes por qué lo hice?
—¿Porque podías?
Sacudió la cabeza y entrelazó sus dedos con los de ella.
—No, porque sabía que no me querrían, una vez supieran que era
sordo. Luego... eso... no sé. Era más fácil…
Lo miraba jamente.
—Pero... pero eres hermoso... y caliente. y todas las chicas te
quieren —dijo, confundida.
—Ellas quieren lo que piensan que soy —respondió—. No saben
que soy discapacitado. —Escupió la palabra con amargura.
Se quedó en silencio. ¿Era así como se veía?
—Daniel, yo...
Cerró los ojos, negándose a mirarla.
Le acarició la mejilla y dejó que su dedo trazara alrededor de su
hermosa boca triste. Pero él apartó la cara de ella.
Ella siguió tocándolo, persuadiéndolo suavemente. Finalmente, se
volvió a mirarla.
Te escucho, señaló ella con las manos.
Él sonrió y le dio un suave beso en la punta de la nariz.
Entonces el estómago de ella hizo un fuerte estruendo, y se frotó
los ojos con cansancio.
Dándole una palmadita a su hombro, ella se puso de pie.
—Entonces, vamos. Buscaremos algo de comer. Muero del
hambre. —Le dio un suave beso en los labios fruncidos—. Todo ese
ejercicio me ha abierto el apetito.
Daniel le dedicó una sonrisa irónica. —¿Es mejor que ir al
gimnasio?
—Mucho, mucho mejor —dijo riendo.
Él dejó que se levantara, y luego envolvió los brazos alrededor de
su cintura.
—Eres tan increíble —dijo en su pelo.
Lisanne no sabía si se suponía que lo oyera o no.
Ella lo empujó suavemente.
—Zapatos de elefantes. —dijo ella.
Sus ojos se abrieron, y él le sonrió.
Decidieron cenar en Taco Bell, basándose en que era tanto cercano
como barato.
Daniel se encontraba a medio comer su burrito de carne cuando
Lisanne casualmente mencionó que sus padres estarían en la ciudad
la semana siguiente.
—Ellos han decidido venir a visitar el campus y ver mi dormitorio.
Entonces, me preguntaba, ¿Si tal vez todos podríamos salir a comer
o algo el sábado? ¿O café? Tal vez.
Se detuvo a medio masticar, seguro de que su cara debía re ejar lo
horrorizado que se sentía.
—¿Quieres que conozca a tus padres?
Daniel sintió la necesidad de aclararlo, porque se encontraría
condenado si su cerebro estaba procesando sus palabras con
exactitud. Lisanne asintió con cautela.
¡Mierda! Realmente quería que conociera a sus viejos. ¿Cómo
demonios iba a salir de eso? Entonces pensó en lo mucho que debía
signi car para ella pedírselo. Ellos salían ahora, no era una chica
cualquiera que había follado. Su estómago se revolvió, pensando en
todas las cosas que podrían salir mal. Luego una imagen de sus
propios padres vino a él, y no podía dejar de pensar en lo mucho
que su mamá y su papá les habría gustado conocerla, lo felices que
habrían sido viendo que encontraba a alguien.
Tragó la comida y bebió un largo trago de refresco antes de
responder.
—Bueno —dijo, en voz baja—. Me gustaría conocer a tus padres.
—¿En serio? —Lisanne le sonrió.
Dios, le encantaba cuando su cara se iluminaba así.
—Sí. Tienen una hija bastante sorprendente, sería bueno
conocerlos.
A pesar de que dudaba mucho que sentirían lo mismo por él. No
era tonto, y podía imaginar lo insatisfechos que estarían sus viejos al
conocerlo. ¿Era no complacidos, una palabra? Tenía la sensación de
que estaba a punto de ser inventada, probablemente el próximo
sábado. Pero si lo quería junto a ella, haría cualquier cosa para
hacerla feliz.
Lisanne parecía muy sorprendida y contenta, y no pudo evitar
devolverle la sonrisa.
—Así que... ¿Les dijiste? ¿Acerca de mí? ¿Sobre nosotros?
—Bueno —dijo, mirándolo de reojo con una sonrisa sexy—. Mamá
sabe que he estado trabajando contigo en la asignación de negocios.
Puede que le haya comentado que eres muy lindo.
—Lindo, ¿Eh? ¿No asombrosamente caliente? ¿O jodidamente
increíble en la cama?
Lisanne se sonrojó inmediatamente y Daniel sonrió para sí mismo,
disfrutando de su vergüenza cada vez que mencionaba algo
relacionado con el sexo.
—¡Um, no! Y mi madre de nitivamente no escuchará eso en un
largo tiempo —dijo, terminantemente.
—Eh. ¿Así que nada de lenguas en frente de ellos? No sé, muñeca.
¿Crees que podrás mantener tus manos lejos de mí?
—¡Eres tan malo! —siseó, intentando no reírse, pero sorprendida
al mismo tiempo.
Daniel sonrió y guiñó un ojo.
Ella se recostó y suspiró. Lucía tan deliciosamente como chico
malo, sentado allí, con su ceja perforada y sus tatuajes asomándose
bajo su camiseta. Ese chico era el sexo en piernas. Y ahora sabía de lo
que hablaba.
Honestamente, aún se sentía dolorida, pero Dios mío, valió la
pena. Sentía que había cambiado más allá del reconocimiento, y todo
el mundo debería ser capaz de saberlo con sólo mirarla. Se encogió
al pensar en cómo iba a lidiar con Kirsty preguntando cómo pasó el
día. Iba a ser tan obvio. Y de nitivamente tenía que lavar algo de
ropa.
Pero al menos no tendría que enfrentarse a Kirsty hasta mañana,
tenía toda una noche para dormir con Daniel.
¡Dormir con Daniel!
Sus dedos se curvaron en éxtasis ante la idea.
Cuando volvieron a la habitación, Daniel tuvo que colarse de
nuevo por la salida de incendios. Llamó a la puerta y lo dejó entrar.
Él le sonrió.
—Había una maldita cola de chicos esperando para entrar —dijo
riendo—. ¡Por Dios, pensé que íbamos a tener que tomar números o
algo!
La abrazó y le acarició el cuello. Luego se echó hacia atrás para
mirarla.
—¿Qué te pasa?
Lisanne sonrió nerviosamente. —No quiero, eh, ya sabes. No esta
noche. Todavía me siento un poco...
—Oye, está bien —dijo, acariciando su rostro con los pulgares—.
Te lo dije no tenemos que hacer nada que no quieras.
—¿En serio? —dijo, aliviada—. Porque he leído que los hombres
piensan en sexo cada quince segundos o algo así.
Se rió ruidosamente, sus ojos bailando con diversión.
—Sí, o más a menudo mientras estas cerca, muñeca. Por Dios,
¿dónde lees esas cosas?
No respondió, de pronto se hallaba muy ocupada buscando
sábanas limpias en el armario.
Daniel la miró por un momento y luego la ayudó a hacer la cama
con las sábanas limpias.
—Por cierto —dijo deliberadamente y, obviamente, cambiando de
tema—. ¿Dónde piensa Zef, que te encuentras?
Daniel arqueó las cejas.
—¿Zef? Ni idea. ¿Por qué le importaría?
Su pregunta la detuvo bruscamente. ¿A Zef no le importaba?
Entonces se dio cuenta de que Daniel no tenía a nadie que le
importara si iba a la escuela o sacaba buenas notas, o incluso si se
levantaba por las mañanas. La idea se le hizo insoportablemente
triste. Se lanzó hacia él, envolviendo los brazos alrededor de su
cuello.
—Oye —dijo, sorprendido—. ¿Qué es todo esto? Quiero decir me
gusta eso, una hermosa mujer arrojándose a mí. Me preguntaba si
existía una razón en particular.
—No —murmuró en su pecho. Luego, levantando la vista, repitió
—: Ninguna razón.
Su rostro decía claramente que no le creyó, sin embargo lo ignoró.
—Está bien, nena, voy a escabullirme fuera al baño de hombres. Si
no vuelvo en diez minutos, probablemente signi ca que estoy en la
o cina del decano porque atrapó mi trasero.
Lisanne le dio una sonrisa temblorosa.
Daniel abrió la puerta, le guiñó un ojo y se escabulló, cerrándola
detrás de él en silencio.
Por un momento se quedó aturdida, y después se dio una patada
mental. Se quitó la ropa, y se cambió a una camiseta holgada y una
bata, tomó su toalla y una cajita.
Daniel volvió en menos que sus asignados diez minutos,
sonriendo ante su atuendo.
—Pantu as de conejo. —Se rió, mirando sus pies.
—Mi madre me las regaló —dijo desa ante, con la cara encendida.
—¡Lindas!
Tratando de mantener un poco de dignidad, dijo—: Quería
preguntarte si querías que te preste mi cepillo de dientes.
Daniel sonrió, sabiendo que cambiar el tema era su manera
favorita de hacer frente a sus bromas.
—Tengo el mío —dijo, señalando el bolsillo trasero de sus
pantalones, mientras tiraba de su camiseta sobre su cabeza.
—Pero... pero... —tartamudeó Lisanne—. ¡No sabías que te
quedarías aquí!
Intentó ocultar una sonrisa y fracasó totalmente.
—Guardo un repuesto con Sirona —dijo, levantando las cejas.
Lisanne farfulló inútilmente mientras él continuaba sonriendo.
Luego se inclinó y le dio un suave beso en los labios.
—No signi ca nada, muñeca. He estado haciéndolo durante años.
—¡Oh! —resopló Lisanne, no del todo segura, si eso lo hizo mejor
o peor.
Escondió su rostro ruborizado y arrastró los pies hacia el baño, las
orejas de sus zapatillas de conejo agitándose mientras caminaba.
Cuando volvió, luciendo más tranquila, incluso si no se sentía así,
Daniel ya se encontraba en la cama. Él le sonrió, luciendo muy
cómodo, con las manos detrás de la cabeza, su glorioso y musculoso
pecho desnudo.
La garganta de Lisanne se secó y comenzó a sentir calor en los
lugares adecuados, y en lugares inapropiados, teniendo en cuenta
que todavía sentía un leve latido de dolor entre las piernas.
Sus ojos siguieron el contorno de su pecho, por debajo de sus
abdominales de nidos y musculoso estómago. ¡El chico tenía un
cuerpazo! Se dio cuenta de que sus ojos permanecían en la sabana
debajo de su cintura. Cuando por n arrastró los ojos hasta su rostro,
la miraba con una expresión divertida.
—Tus ojos están desorbitados, muñeca —dijo con una sonrisa.
—¿Por qué me llamas así? —dijo, enfadada.
Su sonrisa vaciló.
—¿No te gusta?
—No mucho —mintió—. Me hace sonar como un juguete.
Además, Roy me llama “nena”
Los ojos de Daniel se oscurecieron peligrosamente. —Nunca me lo
dijiste.
—Nunca me lo preguntaste.
—Bien —dijo, con el ceño fruncido—. No te voy a llamar así.
—Bien —dijo, con irritación creciente para igualar la de él.
Pisoteó por la habitación, molesta consigo misma y con la
sobrereacción de Daniel. Cada vez que le echaba un vistazo, estaba
con el ceño fruncido hacia la pared del fondo. Suspiró, a veces era un
trabajo duro tener un novio.
Trató de recordar lo que su mamá le había dicho sobre nunca dejar
que el sol se ocultara con una discusión, especialmente cuando fue
quién la inició.
—Oye —dijo, caminando hacia la cama e inclinándose para darle
un beso—. No me importa mucho.
Su mente se hallaba claramente en otro lugar porque escupió—: Si
ese imbécil te pone un dedo encima, me dirás, ¿Verdad?
Lisanne parpadeó. ¿Estaba celoso?
—Roy nunca me ha tocado, no de esa forma. Quiero decir, me da
abrazos, pero sólo es amigable.
Los ojos de Daniel se estrecharon aún más.
—Lo digo en serio, Lis. Si hace una cosa más que te haga sentir
incómoda...
Dejó que la amenaza se cerniera en el aire, pero la expresión de su
rostro la hizo sentir un escalofrío. Por primera vez, podía creer
algunas de las cosas que la gente decía de él. Parecía peligroso.
—Roy no ha hecho nada —dijo con rmeza—. Pero quería
preguntarte algo.
—¿Qué? —dijo, con el rostro todavía enojado.
—Escuché que te metiste en algunas peleas de esta semana.
No trató de negar o pretender que no sabía de lo que hablaba.
—Sí, ¿Qué pasa con eso?
—No me lo dijiste.
Se encogió de hombros.
—¿Por qué no me lo dijiste, Daniel?
—¿Por qué habría de hacerlo? —espetó—. No tenía nada que ver
contigo.
Lisanne sintió su temperamento comenzar a subir tan rápido como
el de él. Hace dos minutos se sentía totalmente llena y con sueño, y
con ganas de pasar la primera noche con su novio, ahora se sentía
enojada.
—¿No tiene nada que ver conmigo que el hermano de mi novio
sea un tra cante de drogas? —dijo entre dientes, con tono incrédulo.
Los ojos de Daniel eran intensos.
—No vayas allí, Lis.
—¿Por qué no? ¡Todo el mundo parece saberlo! ¡No creo que haya
alguien que no me haya advertido por salir contigo a causa de ello!
Incluso hay algunos repulsivos, que vienen a mi habitación e
intentan comprarme drogas.
Conmoción, dolor y rabia estallaron sus ojos, y Lisanne
inmediatamente lamentó lo que dijo.
—¿Qué?
—Sí, unos de segundo año se enteraron de que salíamos y vinieron
a mi dormitorio para comprar algo para el n de semana.
Daniel pasó las manos por su cara, y cuando levantó la vista sus
ojos eran tormentosos.
—Kirsty la echó. —Lisanne continuó—. Hay que hacer algo
respecto con Zef. Hay que detenerlo...
—¡A la mierda! —gruñó, saltando de la cama.
Empezó a ponerse los pantalones.
—Daniel... —dijo vacilante.
—¡No! —gritó, haciéndola saltar—. ¡No! ¡No lo juzgues! No sabes
lo que... no tengo que escuchar esta mierda.
Le dio la espalda y siguió vistiéndose a toda prisa, metiendo los
pies desnudos en las botas. Sabía que tenía unos cinco segundos
para arreglarlo, pero no tenía ni idea de cómo.
Tocó su brazo, pero no la miraría. Así que se obligó a enfrentarse a
él y le agarró la cara.
—Lo siento —dijo rápidamente—. Lo siento. Me preocupo por ti.
Él trató de liberarse, pero lo sostuvo, mientras un miedo trepador
y frío se hizo cargo de su cuerpo.
—¡Por favor, Daniel!
Finalmente la miró. —Es la única familia que tengo.
Su voz era baja y cruda, y sintió dolor físico cuando vio lo mucho
que lo había herido.
—Lo siento —susurró, a pesar de que las palabras parecían
profundamente inadecuadas—. Por favor no te vayas.
La miró, con indecisión clara en su rostro.
Te escucho, gesticuló.
Cerró los ojos.
Derrotado, volvió a sentarse en la cama, apoyando los codos en las
rodillas. Su cabeza colgaba hacia abajo y no la miraba.
—Fueron tres días después de mi cumpleaños número diecisiete,
cuando mamá y papá murieron —dijo, su voz suave y con dolor—.
Zef podría haberme dejado en una casa de acogida o algo así, pero
no lo hizo. Se convirtió en mi tutor legal cuando tenía veintidos años.
Realmente tuvo que luchar por mí, los trabajadores sociales de
mierda dijeron que porque tenía necesidades especiales, no era
competente, por el amor de Dios. Como si no hubiera vivido con
toda esa mierda por años. Por suerte, el juez me preguntó qué
quería, y me dejaron quedarme con él.
La miró, sus ojos suplicantes. —Es mi hermano.
La voz de Daniel se quebró en la última palabra, y bajó la mirada a
la alfombra. Lisanne se arrodilló delante de él y tomó su cara entre
las manos.
—Gracias por ayudarme a entender —dijo al n—. Lo siento...
Sólo lo lamento. ¿De acuerdo?
Asintió y se frotó los ojos. Lisanne se sorprendió al ver las
lágrimas.
—Ven a la cama —dijo, con suavidad.
Asintió una vez más, se quitó las botas y tiró los pantalones de
nuevo en el suelo. Luego se tendió en la cama, mirándola.
Rápidamente, se quitó la bata y se metió en la cama junto a él. Él
envolvió su brazo alrededor de ella y ella se acostó sobre su pecho,
escuchando los profundos, sonidos de su corazón latiendo, poco a
poco disminuyendo, cuándo su respiración se tranquilizó.
Extendió una mano y apagó la luz.
Se quedaron en silencio en la pací ca oscuridad y se estaba
quedando dormida cuando se dio cuenta de algo: Daniel no negó
que su hermano era un tra cante de drogas.
Permaneció despierta durante mucho tiempo escuchando los
suaves sonidos de su respiración.

***

Despertando temprano, lo primero que vio fueron los ojos color


avellana de Daniel sonriéndole.
—Hola, preciosa. Esta es una gran manera de despertar.
Él se relajó sobre la cama y la besó suavemente, dejando que sus
labios viajaran por su garganta, dulce, cariñoso, menos exigente.
Pero a pesar de la delicadeza de su toque, parecía despertar todo su
cuerpo.
Ella se preguntaba si era demasiado pronto, si todavía se sentía
adolorida. Se sentía bien, pero no tenía ni idea de cómo se sentía
emocionalmente: una especie de timidez, una especie de sexualidad,
una especie de rareza por haber perdido la virginidad con Daniel.
Por otro lado, era bastante obvio lo que él estaba sintiendo o una
parte de él, por lo menos.
Se inclinó y envolvió la mano alrededor de su dura longitud. Los
ojos de Daniel se abrieron con sorpresa, y oyó su inhalación brusca.
—¡L... lo siento! —tartamudeó ella.
—Oye, ¡No te disculpes! Se siente malditamente increíble tener tus
manos sobre mí así.
Continuó acariciándolo con rmeza, y él respiró hondo y sus
párpados revolotearon. Miró a través de sus largas pestañas, su boca
ligeramente abierta. Luego él se inclinó y la besó profundamente,
pasando los dedos sobre sus pechos. Lisanne se estremeció cuando
bajó la cabeza y lo llevó a su boca, con los labios calientes
sensualmente en su cuerpo.
Ella gimió, esperando que sintiera en su pecho, las vibraciones de
su deseo.
Empezando donde lo dejó el día anterior, Daniel le hizo el amor
con una nueva dulzura e intensidad que los sorprendió a ambos.
Sintió su cuerpo responder al tacto, el gusto, el peso de él sobre
ella. Gritó su nombre mientras se enterraba en ella.
El miraba jamente su rostro, sus ojos oscuros y apasionados
mientras su cuerpo se movía, empujando profundo en su interior.
Lisanne sintió comenzar en su cuerpo un delicioso temblor. Gritó de
nuevo, y tuvo que encerrar el pensamiento doloroso que nunca la
escucharía gritar su nombre. Nunca. Nunca conocería el sonido de
su voz.
Las lágrimas brotaron de sus ojos y él las besó mientras su cuerpo
le mostraba lo mucho que le importaba.
Después, cálidos y saciados, sus cuerpos se entrelazaron como
ores silvestres, Lisanne acariciaba la piel suave de Daniel y sonreía
internamente.
Tenía razón, era una gran manera de despertar.
El momento pací co de conexión completa no podía durar.
Por un lado, Lisanne realmente necesitaba hacer pis. Y por el otro,
se sentía muy sudorosa, pegajosa y quería desesperadamente
ducharse. Y aún se sentía avergonzada de caminar desnuda delante
de él. Sabía que era tonto, después de haber hecho cosas que la
hacían sonrojar de sólo pensarlas.
Daniel no tenía ninguna de esas mismas obsesiones, pero de
nuevo, todo sobre su cuerpo era hermoso. La palabra “cincelado”
podría haber sido inventada para él. Se sentía muy contento de
pasear por su habitación completamente desnudo, relajado y a
gusto. Incluso abrió la ventana, temblando ligeramente, mientras
trataba de fumar un cigarrillo.
No pudo evitar comérselo con los ojos. ¿Era realmente malo
comerse con los ojos a tu propio novio? No lo sabía. Pero de vez en
cuando Daniel la atraparía mirándolo jamente, y le daría su
característica sonrisa sexy.
Sólo que a veces era sin duda más que una sonrisa, al parecer, a
sabiendas de que sus pensamientos se acababan de ir directamente a
la alcantarilla. Una vez más.
Finalmente se puso los vaqueros y buscó por los alrededores su
camiseta, que, por alguna razón desconocida, se encontraba bajo la
cama de Kirsty.
—Vuelvo en un minuto, nena —dijo con un guiño, saliendo de la
puerta.
Durante su ausencia, se puso la bata y arregló la cama. Parecía
necesitar mucho más trabajo de lo habitual, y Daniel golpeó en la
puerta antes de terminar.
—¡Joder! Déjame entrar —dijo, viéndose irritado.
—¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Te atraparon?
—Se podría decir eso —dijo con ironía—. Esa chica Shawna
prácticamente me arrastró hasta su guarida.
—¡¿Qué?!
—Dijo que tenía algo pesado que necesitaba mover en su cuarto.
Probablemente su trasero.
Lisanne rió al ver la expresión de disgusto en el rostro de Daniel.
—Creería que estabas acostumbrado a eso, las chicas tratando de
atraparte para hacer cosas malas contigo. Un poco como yo.
Daniel rodó los ojos.
—Esa chica no puede aceptar un no por respuesta.
Lisanne frunció el ceño mientras Daniel continuaba temblando.
—Ella... Ya sabes... ¿Intentó algo antes?
Daniel hizo una mueca.
—Sí, cada vez que me ve, sobre todo si no estás cerca. A veces,
cuando estás. Me está cansando. —Hizo una pausa, alertado por la
mirada enojada en su rostro, de que ya era hora de dejar de hablar
de Shawna—. Entonces, muñ... Lis, ¿Puedo llevarte a desayunar?
—De acuerdo, pero quiero ducharme. No demoraré mucho.
Daniel gimió.
—¿Qué?
—Las chicas siempre dicen que no tardarán mucho tiempo para
prepararse, pero siempre lo hacen.
—Yo no —dijo a la defensiva.
—¡Te tomaré el tiempo! —dijo, con una mirada desa ante en su
rostro.
—Está bien. Si tardo diez minutos o menos, tú pagas el desayuno.
—Trato hecho.
Corrió, realmente lo hizo, pero acabó siendo la que pagaba el
desayuno después de todo. Por un maldito minuto.
—Esta no es una buena apuesta —se quejó, mirando jamente a
Daniel llenar su plato de tocino, frijoles, huevos y croquetas de
patata. Y una enorme pila de tostadas.
Sus tortitas de dólar y fruta fresca parecían pobres en
comparación.
Daniel le guiñó un ojo.
—Hiciste la apuesta, muñ... Lis.
—¡Oh, por el amor de Dios! Llámame como quieras. Te llamaré...
Danny.
Frunció el ceño. —Es un nombre de mierda.
—Y muñeca suena como un juguete sexual.
Daniel se atragantó con sus croquetas de patata y ella se sonrojó al
darse cuenta exactamente cómo sonaba eso.
Maggie se acercó para volver a llenar sus tazas de café y se quedó
a hablar durante un minuto. Comenzaba a sentirse menos nerviosa
con ella. Especialmente disfrutaba oír a Maggie burlarse de Daniel,
de las cosas que dijo e hizo cuando niño.
—Deberías haberlo visto cuando tenía catorce años, Lisanne. Era la
cosita más linda. Cuando consiguió su primer tubo de gel para el
cabello, porque lo quería todo parado hacia arriba. Pasó cerca de una
maldita hora comprobándose en la ventana y preocupándose por
eso. Y juro que solía practicar conmigo el hablar con chicas.
Ambas ignoraron el comentario murmurado de Daniel. —
¡Diablos, no!
Lisanne rió.
—¿Qué tipo de líneas usaba?
—Vamos a ver, oh algo bastante cursi, ya sabes: ¿Te ves bien hoy,
Maggie? Pareces cansada, ven a tomar tu descanso conmigo.
¿Arreglaste tu cabello, Maggie? Porque te ves muy bien.
Daniel negó con la cabeza, con los ojos muy abiertos por la
vergüenza y la punta de las orejas rojas.
—¡Por Dios! ¡Dame un respiro, Maggie! ¡Tenía catorce años!
—Y eras un rompecorazones incluso entonces, Danny. Pero
deberías haberlo visto el día en que llegó luego de hacerse su primer
tatuaje...
Daniel gimió y se levantó.
—Vamos, Lis. Tenemos que irnos.
—¡Pero quiero oír el nal de la historia! —dijo, tratando de no
reírse.
Maggie le guiñó un ojo, y después le pellizcó la mejilla y le dio
unas palmaditas en el brazo.
—Trae a tu dulce chica aquí pronto, y le diré como eso terminó
contigo desmayado en la mesa.
Daniel prácticamente corrió hacia la puerta.
Tan pronto como dejaron la cafetería, la miró desesperadamente.
—Si valoras mi cordura, ni se te ocurra mencionar esto
nuevamente, por favor, nena.
—Oh, no lo sé, Danny, ¡Porque eres la cosita más linda!
Fue maravillosamente relajante hacer un par de cosas comunes
como desayunar juntos, y Lisanne se sentía feliz de disfrutarlo al
máximo. Pero muy pronto el mundo los reclamó otra vez. Daniel la
llevó a los dormitorios, y se fue a ponerse al día con sus tareas,
mientras ella se preguntaba qué haría primero de su propio montón
de trabajo.
Kirsty volvió justo antes del almuerzo, describiendo el día de
diversión que tuvo en la playa y la increíble esta improvisada en la
casa de la fraternidad más tarde.
—Entonces, ¿qué hiciste? —dijo, con una mirada apreciativa—.
¿Pasaste un buen momento?
Simplemente asintió, temerosa de que su voz la delatara.
—¡Oh, Dios mío! —Respiró Kirsty—. Lo hiciste, ¿No?
—No sé lo que quieres decir —murmuró Lisanne, poco
convincente.
—Te acostaste con él, ¿Verdad? ¡Totalmente te acostaste con
Daniel!
No tenía sentido que tratara de negarlo, su cara le dijo toda la
historia.
—Oh. Mi. Dios —repitió Kirsty, sacudiendo la cabeza—. ¡Así que
eso fue lo privado que hiciste con Daniel! No puedo creer que no me
lo dijeras.
—No fue planeado —dijo débilmente, pero Kirsty no le creyó.
—Bueno —dijo—, ¿Cómo fue? ¿Te viniste?
—¡No te contaré eso! —jadeó.
—¡Absolutamente lo hiciste! —gritó Kirsty—. ¿Cuántas veces?
¿Una? ¿Dos? ¿Tres veces? ¡No puede ser!
Lisanne negó con la cabeza. —No voy a hablar de ello, Kirsty. Es
privado.
Kirsty se rió. —No por mucho tiempo. ¡Shawna se volverá loca!
¡Ha estado acosando a Daniel con eso, por mucho!
—¡No! —espetó—. ¡No es asunto de nadie más que mío y de
Daniel!
Kirsty simplemente sonrió. —Oh, tómalo con calma, señorita. Y
una palabra de sabios, el sexo por la mañana es impresionante. Sólo
digo. De todos modos, no tendré que decirle a alguien que es obvio
que ha estado haciendo la bestia de dos espaldas. No puedo decir
que te culpo, siempre dije que Daniel tenía un gran cuerpo.
Por alguna razón, las palabras de Kirsty la molestaron. Sí, Daniel
tenía un cuerpo increíble, no tenía duda sobre eso. Pero era mucho
más que eso.
—Es una buena persona, también —dijo en voz baja.
Kirsty le lanzó una mirada.
—Lo siento, Lis —dijo—. Sé que estás loca por él.
Era lo más cercano a que Kirsty le diera una disculpa.
La semana siguiente Lisanne y Daniel se encontraban ocupados.
Ella tenía tres noches de ensayos con los chicos del 32o North, y
aunque Daniel insistió en llevarla cada vez, tuvieron apenas
oportunidad de una breve sesión de besos mientras la dejaba. A
veces estarían ocupados durante todo el día y sólo lo veía por el
patio, o comía un sándwich apresurado con él en la cafetería.
Daniel tenía un trabajo enorme para uno de sus profesores de
economía, y esa era su carrera, así que lo tomaba en serio.
La mayor parte de la hora del almuerzo de Lisanne era en la
práctica de la orquesta, algo en lo que se esperaba que todos los
comandantes de música participaran.
Kirsty trabajaba duro, igual, ensuciando su dormitorio con restos
de materiales, diseños y bocetos de ropa.
Daniel le enviaba mensajes constantemente, pero se sorprendió
bastante de que su cuerpo lo deseara físicamente. Todos los
momentos que su cerebro no se hallaba ocupado con el trabajo o la
práctica de música, su mente vagaba a todas las cosas que hicieron,
que casi siempre la hacían sonrojar, a veces en momentos
sumamente inadecuados.
Esperaba tener la oportunidad de hacer más cosas sexys con
Daniel durante la semana, pero él se limitó a decir que no podía
llevarla a su casa, y con Kirsty trabajando duro en su escritorio, no
tuvo más remedio que esperar.
Se sorprendió al despertar de un sueño muy erótico en la mañana
del viernes con su cuerpo hormigueando.
—¿Qué te pasa? —murmuró Kirsty de mal humor, abriendo un
ojo— . ¿Por qué haces tanto ruido?
Lisanne no tenía palabras para responder a esa pregunta.
El viernes por la noche, se sentía exhausta y lista para un tiempo
de inactividad.
Kirsty se encontraba con Vin, así que ella y Daniel tenían la
habitación de la residencia para ellos. Pasaron la noche besándose,
así como discutiendo, una vez más, los temas de conversación
adecuados para que Daniel conociera a sus padres al día siguiente, y
comida para llevar.
—¿Harry viene, también? —preguntó Daniel, con la esperanza de
que contar con el hermano menor les hiciera las cosas un poco más
fáciles. Siempre ayudaba tener otro chico alrededor, no contaba el
padre de Lisanne ya que de nitivamente no estaría en el equipo
local.
Pero Lisanne negó con la cabeza.
—No, tiene un juego de baloncesto al que ir.
Ahí se iba la primera línea defensiva de Daniel.
Suspiró.
—Y no les digamos de Sirona —dijo Lisanne, pareciendo ansiosa.
—¿Debería decirles que me gusta montarla duro? —dijo,
levantando una ceja.
Lisanne no le hizo caso.
—Se volverán locos si piensan que estoy montando motocicletas
— continuó—. Piensan que son peligrosas.
—No voy a mentir si me preguntan —dijo, frunciendo el ceño.
—No tienes que mentir, simplemente no les digas todo —le
suplicó—. Estás estudiando economía: ¡Economiza con los hechos!
Empezó a sentir que sería mejor enfrentar a Joe McCarthy que a
Ernie y Mónica Maclaine.
—E intenta no jurar o blasfemar. No les gusta eso.
—¿Por qué no me das una lista de lo que puedo decir? —dijo, con
una mirada hosca en su rostro.
—Oh —dijo Lisanne—. Esa es una buena idea.
Daniel rodó los ojos, pero por suerte ella no vio que lo hacía.
—Economía^ a ellos les gustará eso. Y empresariales. Eso está
bien. Y matemáticas, por supuesto. —Se mordió el labio, tratando
desesperadamente de pensar en otros temas adecuados—. Deportes
— dijo, de repente—. ¿Juegas algún deporte? Mi papá siempre lo ve
en la televisión. Es un loco por el deporte.
—Soy un campeón en follar.
Le golpeó el brazo. —¡Lo digo en serio!
—¡Lo soy! —Le sonrió—. Jugué fútbol en la secundaria.
—¿En serio?
—¡Claro!
—¿En qué posición?
—Mariscal de campo.
—¿Tú... eras un atleta?
Daniel se echó a reír. —Tus palabras, nena.
—Entonces, ¿Cómo es que no pruebas en el equipo de la
universidad?
—Es una broma, ¿Cierto? —Rodó los ojos nuevamente—. ¿Ya
olvidaste que soy sordo?
Se sonrojó. La verdad era que se encontraba tan acostumbrada a
estar cerca de él, asegurándose de estar frente a él al hablar, que era
fácil olvidar que era sordo. Casi nunca cometía errores cuando leía
los labios, y aunque se daba cuenta de que hablaba mucho menos
cuando otras personas se hallaban alrededor por si lo
malinterpretaban, nadie más había adivinado su secreto. De
inmediato se sintió culpable.
—No —dijo a la defensiva, mintiendo.
Daniel le sonrió. Odiaba que supiera cuando mentía, pero no dijo
nada.
—¿Pero jugaste en la secundaria?
—Lis, era una escuela especial. Nos metieron en el pelotón y
rmamos. —Cansado del tema, Daniel bostezó y se desperezó.
Lisanne no podía evitar sentirse fascinada por la forma en que su
camiseta se apretaba sobre su cuerpo—. ¿Sabías que el pelotón fue
inventado por un hombre sordo?
—No sé mucho de fútbol —admitió.
—No importa: no muchas personas a las que les gusta el fútbol lo
saben que tampoco.
—Oh —dijo ella, sintiéndose más ignorante y cuestionando en un
segundo—. ¿No hay jugadores sordos en la NFL?
—Ha habido dos: Bonnie Sloan en los años setenta, y Kenny
Walker era un hombre de línea defensiva de los Broncos de Denver.
Eso fue hace más de 20 años. No desde entonces.
—Oh —dijo otra vez.
—Entonces, ¿puedo mostrarte ahora mi otro deporte favorito? —
dijo, aburrido del tema, su cara llena de nueva travesura.
—¿Qué es eso? —dijo, con cautela.
—Te lo dije... ¡Maldición!
Sonrió mientras se quitaba la camiseta.
Como de costumbre, Lisanne no pudo evitar que sus ojos se
clavaran inmediatamente en su pecho, un hecho que Daniel estaba
más que dispuesto a utilizar a su favor.
—¿Quieres jugar, nena? —dijo, soltando el botón superior de sus
pantalones, por lo que colgaron más abajo de sus caderas.
Lisanne asintió, luego chilló cuando se lanzó hacia ella,
arrojándola sobre la cama.
Después de eso, ninguno fue capaz de hablar en oraciones
completas durante varias horas.
11
Traducido por Blaire201, Vanessa Farrow, NnancyC& Aileen Bjork
Corregido por MaarLopez

Lisanne se despertó con la deliciosa sensación de ligeros besos


salpicándole la espalda. Rió mientras la mano de Daniel se deslizaba
por su cadera y por encima de su estómago, jalándola con fuerza
hacia su pecho.
Sintió su considerable erección mañanera presionando en su
trasero y no pudo evitar mover las caderas, haciéndolo gemir.
Se dio la vuelta hasta que estuvo frente a él, y con reverencia trazó
el contorno de sus labios con el dedo.
—Buenos días —susurró.
—Sí, lo es —dijo él, felizmente.
Ella lo besó suavemente y escapó un gruñido de deseo del pecho
de él. Kirsty tenía razón al insistir que el sexo por la mañana era
genial. Lisanne amaba ver el rostro de él suavizado por el sueño, la
dura fachada desgastada con la noche.
Aún era una novedad tener un hombre en su cama, ¡y qué
hombre!
Se apartó de él para poder apreciar su belleza, siguiendo los giros
de los tatuajes de sus brazos, dejando que sus dejos fueran a la
deriva por la dura super cie de su pecho, por los músculos de su
abdomen. Entonces le lamió las puntas de los pezones y los succionó
suavemente, causando un suave gemido de su garganta.
Sonriendo, bajó más la sabana, dejando el dedo estremecerse sobre
su ombligo, luego lo dejó vagar más abajo.
Él tomó una respiración profunda.
—¿Cuándo te volviste una chica mala?
Se giró para mirarlo, y sonrió.
—Desde el momento en que te conocí.
Rió suavemente. —Bien. Me gusta.
Sintiéndose valiente, se agachó para acariciar su erección, y
escuchó su respiración subir en la garganta.
Jadeó un poco cuando se sacudió en su mano.
Bajó la sábana para mirar más de cerca.
—Se ve tan linda, cuando salta así.
La voz de Daniel se llenó con horror.
—¡No acabas de llamar a mi polla “linda”! —Resopló—. ¡Vamos!
Genial, increíble, enorme, esos adjetivos están bien, pero linda no.
¡Dale algo de dignidad a mi polla por el jodido amor de Dios!
—¡Es dulce! —Rió Lisanne.
Daniel gimió y escondió la cabeza debajo de la almohada.
—¿Qué me estás haciendo, nena?
De repente hubo un fuerte golpe en la puerta.
Daniel sintió el cuerpo de Lisanne tensarse, y sacó la cabeza de
debajo de la almohada.
—¿Qué pasa, nena?
—Kirsty está afuera. Debe de haber regresado temprano. Prometió
no hacerlo —se quejó Lisanne.
—¡Maldita agua estas! —gruñó Daniel—. Viene en un pésimo
jodido momento. —Suspiró—. Mejor me pongo los pantalones.
Él medio cayó de la estrecha cama y escarbó en la variedad de
ropa para encontrar los vaqueros.
Lisanne no podía dejar de mirar el increíble espectáculo. ¡Dios
mío! Ese chico podría ser un modelo. Un modelo de desnudos. Un
modelo erótico.
Su piel se calentó ante la idea, pero hubo otro golpe fuerte en la
puerta, y a regañadientes, se volvió para responderla.
—¡Voy! —gruñó, poniéndose la bata y abriendo suavemente la
puerta—. Kirsty, tú...
Sus palabras se interrumpieron de repente mientras los sonrientes
rostros de sus padres aparecieron a la vista.
—¡Sorpresa! —dijo su madre—. Oh, es tan bueno verte, cariño.
Estábamos tan contentos de salir temprano. ¡Dios mío! ¿Qué estás
haciendo en la cama a esta hora del día? ¿Estás enferma?
—Mamá... —tartamudeó, ya que su madre la empujó pasándola y
entró en la habitación.
Daniel se encontraba de espaldas a la puerta, sin la menor idea de
lo que ocurría. Aún tiraba de su camiseta por encima de su
musculosa espalda, luego se agachó para abrocharse las botas.
—Oye, Lis. ¿A qué hora nos reuniremos con tus padres? Quiero ir
a casa y tomar una ducha, intentar dar una buena impresión, a pesar
de que sé que no les voy a gustar, ¿verdad?
Se dio la vuelta con una sonrisa en la cara, que se desvaneció
cuando se encontró cara a cara con los sorprendidos padres de
Lisanne.
Su padre entró en la habitación.
—¿Qué está pasando? ¿Quién es este chico?
—Papá, yo...
Daniel tragó saliva, luego enderezó los hombros. Se adelantó y le
tendió la mano al padre de Lisanne.
—Daniel Colton, señor. Encantado de conocerlo a usted y a la
señora Maclaine.
El padre de Lisanne miró de arriba abajo a Daniel y entonces se
dio la vuelta deliberadamente, ignorando la mano extendida de
Daniel.
Lisanne se sintió morti cada cuando vio la cara de Daniel
enrojecerse con ira y humillación.
—¡Papá!
—Hablaremos más tarde, señorita —anunció su padre—. Sugiero
que le digas a tu amigo que se largue.
Lisanne miró con impotencia de su padre a Daniel.
—Está bien, Lis —dijo Daniel, suavemente—. Te veré después,
bebé. ¿Me envías un mensaje?
Asintió sin decir nada. Daniel la miró con lástima y depositó un
suave beso en su sien, que le costó una mirada muy oscura de parte
del padre de Lisanne.
—Señores Maclaine —murmuró Daniel mientras pasaba junto a la
madre de Lisanne, quién lo miraba como si fuera un desconocido
caso de mutación.
La puerta se cerró silenciosamente detrás de él, y Lisanne se quedó
a merced de su furioso padre.
—Así que ese era Daniel —dijo su madre, siendo la primera en
romper el inquietante silencio.
Lisanne asintió miserablemente.
—Ya veo. Bueno, creo que tenemos que hablar seriamente.
—¡Buen Dios, Mónica! —gritó el padre de Lisanne—. Eso es todo
lo que tienes para decirle a tu hija, cuando está claro que ha estado
entreteniendo a ese joven en su habitación. Durmiendo con él.
Actuando como una...
—¡Papá!
—Ernie, no estás ayudando —dijo la madre, en voz baja.
—Entonces tú habla con tu hija porque no tengo nada que decirle.
Salió hecho una furia de la habitación, dejando una atmósfera
desagradable detrás de él.
—Deja que se calme, querida —dijo su madre con tristeza—. Está
un poco sorprendido. Los dos lo estamos. Pero ya sabes, padres e
hijas no es una buena mezcla con hijas y sus novios. Yo... supongo
que tú estás... durmiendo... con Daniel.
Lisanne asintió cansada.
—Veo. ¿Estás protegiéndote?
—¡Mamá!
—Es una pregunta justa, Lisanne. Si eres lo su cientemente mayor
para tener relaciones sexuales, tienes la edad su ciente para
responder a preguntas de lo mismo. No quiero preocuparme sobre
ser abuela a mi edad.
—¡Dios, mamá!
Lisanne tomó una profunda respiración.
—Sí, nos estamos cuidando. Daniel no... —Se detuvo
abruptamente.
—¿Lo amas?
La pregunta de su madre la sorprendió. ¿Había visto algo que la
hizo preguntar?
—Él... es todo. Si... si solo le dieras una oportunidad, mamá. Es
increíble. Ni siquiera lo conoces. Es muy inteligente, dulce, atento, y
me trata como de oro.
—Estoy segura, querida. Pero la forma en que te mira... tomará
algo persuadir a tu padre. —La madre de Lisanne suspiró—.
Hablaré con él. Vístete. Nos veremos fuera en diez minutos.
Palmeó el brazo de su hija y la besó en la mejilla.
Cuando estuvo sola, Lisanne cubrió su cabeza con las manos. El
encuentro más importante de toda su vida no podía haber ido peor.
Siempre supo que Daniel iba a tener problemas en lo que concernía a
su padre, pero ahora... nunca le daría una oportunidad. Su madre,
bueno, quizás, pero todo lo hizo más difícil.
Dios, no podía haber sido peor. Habían estado a punto de hacerlo
cuando llegaron sus padres. Bueno, al menos eso evitó el desastre.
Pero por muy poco. Que maldita pesadilla.

***

Daniel maldijo su suerte, o su falta de ella, mientras se dirigía


determinado hacia su moto.
Realmente esperaba toparse con Roy o el amigo tonto de Vin, Rich.
Cualquiera podría hacerlo, porque justo en este momento, habría
disfrutado golpear hasta morir. No era exigente.
El padre de Lisanne lo miró como si fuera mugre. Y su madre: ella
lo miró tan sorprendida/decepcionada, también.
Daniel sabía que no era lo su ciente bueno para Lisanne, pero
realmente había esperado que sus padres no estuvieran de acuerdo
con él.
—Jodida vida —murmuró.
Manejó a casa maldiciéndose a sí mismo, maldiciéndolos, y
deseando poder borrar los últimos minutos. Lisanne parecía tan
aplastada. No le sorprendería si no la persuadían de dejar su
lamentable trasero.
Sólo para empeorar el asunto, su casa parecía un basurero. De
nuevo.
Botellas y latas vacías se encontraban esparcidas por el patio
delantero y la puerta del pórtico colgaba fuera de sus bisagras. Pasó
por lo que parecía ser salpicaduras de sangre, y supuso que debía de
haber sido de una pelea la noche anterior.
Se retiró a su habitación y miró su teléfono móvil. Ni una palabra
de Lisanne. Parecía que el almuerzo se encontraba fuera del menú.
Agarró sus pantalones de chándal, sus zapatillas de deporte y se
fue por una larga, calmante carrera.
Trató de no asumir lo peor de Lisanne, pero tenía que admitir que
no tenía buen aspecto. Joder. Por primera vez en mucho tiempo, fue
aceptado por alguien que lo quería tal y como él era, sin estar
tratando de cambiarlo. No contaba el “no jures frente a mis padres”
como algo serio.
Corrió por la acera, presionándose más duro, necesitando las
endor nas para ahuyentar el dolor que sentía en el pecho, cuando
pensaba en Lisanne diciéndole quiénes eran ellos.
Desafortunadamente, para el momento en que regresó una hora
después, el lugar no se había limpiado milagrosamente. Durante el
día, parecía un basurero. Sabía que sus padres se sentirían
decepcionados, había sido una casa de una familia normal, de clase
trabajadora cuando estaban vivos.
Maldiciendo en voz baja, jó la puerta del pórtico, luego buscó en
la cochera hasta que encontró unas bolsas de basura, y comenzó a
limpiar la parte delantera, lanzando todas las latas, botellas y
paquetes de cigarrillos vacíos. Consiguió llegar a la parte trasera,
pero cuando vio que se encontraba en peor estado, se dio por
vencido.
Al menos, para variar la casa se hallaba vacía.
Se arrastró arriba, sintiéndose molesto y de mal humor.
Comprobar el teléfono otra vez no hizo nada para mejorar su ánimo,
todavía no llegaba ningún mensaje de Lisanne.
Suspirando, y sintiendo todo tipo de lástima por él, se quitó la
ropa y la tiró en el cesto, luego envolvió una toalla alrededor de su
cintura y abrió la puerta del baño. Era como estar en una maldita
prisión, deambulando por ahí con llaves para todas las habitaciones
que quería evitar que fueran destrozadas.
Esperó a que la ducha se calentara, pero fue en vano. Parecía que
la caldera no funcionaba o bien el aceite se agotó de nuevo. Trató con
la luz. Nop, eso funcionaba, debía ser el aceite. Hizo una nota mental
de comprobar después en caso de que Zef hubiera metido algunas
facturas en su estantería. Daniel se estremeció bajo el torrente de
agua fría y decidió que tenía que hacer más uso del gimnasio del
campus y sus fantásticas instalaciones.
Si se lo hubiera podido permitir, se habría mudado. No se sentía
más como en un hogar.

***

Lisanne se vistió rápidamente. Su cerebro daba vueltas, tratando


de pensar en lo que podía decirles a sus padres, algún argumento
que pudiera ofrecer, algo que los haría escucharla cuando hablara de
Daniel. Pero no tenía nada. Su cerebro era una zona libre de
pensamiento.
Había querido que este primer encuentro resultara bien. Y ahora...
estaba tan jodida.
Sus padres esperaban en el área de recepción cuando Lisanne se
sintió lo su cientemente valiente para salir de la habitación. Su
madre se hallaba sentada en un sillón cubierto de plástico convertido
en una simple silla, mientras que su padre estaba con la mandíbula
apretada, mirando los pan etos de un tablón de anuncios.
Lisanne gimió para sus adentros, este iba a ser un largo día.
—Bueno —dijo su madre, rápidamente—, vamos a ver este
campus. Muéstranos la facultad de música, querida.
Agradeció a su madre, ya que por lo menos lo intentaba.
Les mostró las salas de prácticas, dónde la orquesta de la
universidad ensayaba, y la sala donde hacían la presentación de nal
de semestre. Miraron los otros edi cios de la facultad, el gimnasio y
la biblioteca. Finalmente, entraron a la cafetería.
Esperaba que comenzara el interrogatorio de su padre. Él comenzó
con preguntas fáciles: ¿cómo se llevaba con sus profesores?;
¿estudiaba mucho?; ¿cómo era su compañera de dormitorio?; ¿si
estaba manteniendo sus cali caciones?
Bien, sí, excelente,-y sí.
Hubo una larga pausa.
—Así que, hablando acerca de ese chico... —dijo su padre.
—Tiene un nombre —gruñó Lisanne.
—Hablando acerca de Daniel —dijo su madre cuidadosamente—,
¿De dónde es?
—Es del barrio.
—Umm —dijo su padre, como si ser de ahí fuera un motivo
profundo para su desaprobación—. ¿Cuál es su especialidad?
—Ciencias Económicas y estudios Empresariales, con una
especialidad en matemáticas. —Lanzó como si hubiera un juego
entre su padre y ella.
Su padre no se inmutó.
El corazón de Lisanne se hundió. Había esperado que al tener dos
padres profesores de matemáticas, Daniel ganaría algunos puntos.
Hasta ahora no.
—¿Y está en tu clase de Introducción de Negocios?
—Sí, estamos asignados para trabajar juntos en un proyecto. Él es
muy inteligente —murmuró—. Es de hecho un estudiante de A.
—¿Cuál es su promedio de cali caciones? —dijo su padre, con aire
de incredulidad.
—Muy alto: 4.0, creo —dijo, con algo de exageración que podría
llamarse mentira. La verdad era, que Lisanne no tenía ni idea. Sólo
sabía que sin Daniel, estaría reprobando Introducción para
Negocios.
—Eso está muy bien, cariño —dijo su madre, que parecía
comportarse como un árbitro entre su marido y su hija—. ¿Cuánto
tiempo se han estado viendo?
—Viéndose que estamos en la quinta semana del semestre, diría
que la respuesta habla por sí sola —espetó su padre.
—¿Lis? —motivó su madre, alentadoramente.
—Casi tres semanas.
—¡Casi tres semanas! ¡Y ya está durmiendo con él!
—Ahora, Ernie...
—No, Monica. Estoy avergonzado de ella. Te trajimos para algo
mejor que esto, Lisanne.
Se levantó bruscamente y se alejó.
Sintió sus ojos llenarse de lágrimas. Las limpió, a toda prisa. Su
madre le dio unas palmaditas en su mano.
—Dale tiempo, cariño. Se calmará.
—Me gusta mucho Daniel, mamá.
—Lo sé, encanto. ¿Y a él le gustas?
Asintió, pero su madre captó la mirada de incertidumbre en el
rostro de Lisanne.
—¡Oh, cariño! ¿Estás durmiendo con él y no estás segura si siente
lo mismo que tú?
Sacudió la cabeza y bajó la mirada.
Su madre la abrazó, ignorando la mirada curiosa de los demás
estudiantes que hacían la para sus almuerzos.
—Lisanne, cariño —dijo su madre, colocándole el pelo detrás de
las orejas y mirándola a los ojos—, ¿estás... estás durmiendo con él
porque piensas que hará que le gustes más? ¿Te dijo eso?
—¡No! No, mamá, él no es así. Sólo... Realmente me gusta —
repitió débilmente—. Es increíble, si sólo le dieran una oportunidad.
—Bueno, sin duda me gustaría conocerlo más —dijo su madre,
con bastante frialdad—. Pero no creo que sea lo mejor hoy, no con el
estado de ánimo de tu padre. Vamos, vamos a buscarlo y entonces
podemos almorzar.
La comida era lo último en la mente de Lisanne, ya que su
estómago se retorcía infeliz.
Salió de la cafetería con su mamá. El plan era ir al centro para
poder ver un poco más de la zona y los lugares de interés que
rodeaban el campus.
Su padre esperaba afuera con una mirada de rabia contenida en el
rostro. Lisanne se sentía más como una prisionera que era escoltada
por sus guardias que una hija con sus padres.
Se habría hundido felizmente a través de la tierra en las regiones
inferiores del in erno, porque cualquier cosa era peor que este
purgatorio. En ese momento vio a Kirsty y Vin caminando hacia ella,
de la mano. Kirsty saludó.
—¿Quién es, cariño? —le preguntó su madre.
—Mi compañera de cuarto, Kirsty. Y Vin, su novio.
—Parece agradable —dijo su madre con un tono neutral.
—Lo es —acordó, miserablemente.
—¡Hola, Lis! —dijo Kirsty alegremente. Extendió la mano a la
mamá y al papá de Lisanne—. Ustedes deben ser el señor y la señora
Maclaine. Lisanne ha estado muy entusiasmada con su visita. Soy
Kirsty, su compañera de cuarto, y este es Vincent Vescovi.
Todos se dieron la mano. Kirsty no podía dejar de notar el
incómodo silencio y las miradas ceñudas. Tartamudeó, sin poder
hacer nada, tratando de encontrar alguna manera de llenar el abismo
de antagonismo implícito que parecía estar profundizándose en
segundos.
—Entonces —dijo ella, su voz teñida con preocupación por
Lisanne— , ¿ya vieron nuestra impresionante sala de conciertos?
—Sí, muy impresionante —respondió la madre de Lisanne.
—¡Grandioso! —dijo Kirsty, media octava más alto de lo normal—.
¿Y ustedes van a ir conocer a Daniel ahora porque Lis dijo que todos
irían a almorzar?
Hubo un silencio sepulcral, y el corazón de Lisanne se hundió a
sus botas.
—Ya nos conocemos —rechinó el padre con los dientes apretados.
—Ah, genial —dijo Kirsty, lanzándole miradas nerviosas.
—Bueno, dejaremos que vayan a disfrutar de la visita —dijo Vin,
tirando suavemente de la mano de Kirsty—. Saluda a Dan por
nosotros.
—Está bien —murmuró Lissane—. Adiós.
—Hasta luego, Lis —dijo Kirsty, con una última mirada
desesperada, y una sonrisa demasiado brillante a sus padres.
—Parece agradable —dijo su madre débilmente.
Su padre no dijo nada, simplemente caminó a zancadas hacia
adelante, como si estuviera determinado a dejar el campus
contaminado lo antes posible.
Lisanne y sus padres pasaron una comida miserable en un
pequeño restaurante italiano, masticando los alimentos que ninguno
quería, y probablemente no podían probar. La conversación, tal
como estaba, era llevada a cabo por la madre.
En la primera oportunidad, Lisanne fue al baño y envió un
mensaje a Daniel.
L: siento mucho lo de mi padre. Teniendo un almuerzo infernal
en lo de Benito. ¿Nos vemos más tarde? LA xx
Esperó un momento, pero no respondió.
—Bueno —dijo su madre, cuando regresó—. Esto ha sido...
agradable.
Ni Lisanne ni su padre comentaron.
—Tenemos que hacer esto de nuevo. Tal vez cuando Harry esté
libre. A él le gustaría ver a dónde vas a la universidad, Lis.
—Claro, mamá —murmuró, sin mucho entusiasmo.
—Y te veremos en acción de gracias. Faltan sólo cinco semanas.
Estarás lista para alguna comida casera para entonces, estoy segura,
¿no es así, Ernie?
—Hmmmph —dijo, y se levantó para pagar la cuenta.
Ambas lo miraron caminar rígido para abordar la cajera.
—Tal vez deberías volver a casa en un par de semanas —dijo su
madre, bajando la voz—. Él se habrá calmado para entonces. Le hará
bien a ambos.
—No puedo, mamá —dijo Lisanne—. Tengo un^ concierto a la
vuelta de la esquina. No puedo faltar a los ensayos.
Sintió un pequeño ápice de alivio, no les habló de 32° North. No
podía imaginar cómo iba a reaccionar su padre si supiera que
cantaba en bares de mala muerte y pasaba el rato con el criminal
buscado Roy.
—No, no, por supuesto que no. Bueno, era sólo una idea. Eres
bienvenida en cualquier momento, querida, ya lo sabes. Bueno, te
dejaremos otra vez en los dormitorios y nos iremos ya. Es un buen
viaje de tres horas y sabes que a papá no le gusta conducir en la
oscuridad.
—Claro, mamá. No hay problema. Gracias por venir.
—Y Lisanne: ve a hablar con el jovencito... con Daniel. La
honestidad es muy importante en una relación. Debes decirle cómo
te sientes.
Bajó la cabeza.
—Lo sé. Gracias, mamá.
Siguieron a su padre hacia la salida, pero un sonido fuerte y muy
familiar los hizo mirar por la ventana al mismo tiempo.
No sabía si reír, llorar o correr cuando vio a Daniel detenerse en la
acera.
Él la miró directamente, antes de quitarse el casco.
—¡Dios mío! ¿Ese no es...? —dijo su madre.
—¡Oh, mierda! —murmuró Lisanne.
Vio como Daniel vacilaba en la puerta del restaurante por un breve
momento. Luego la abrió y entró.
—Hola, cariño —dijo, lanzando una sonrisa—. Pensé en decirles
adiós a tus viejos antes de que se fueran, y ver si querías un aventón
a casa.
Se volvió para mirar al padre de Lisanne, cuyo rostro pasaba de
blanco a rojo y a púrpura a una velocidad asombrosa.
—¡Mantente alejado de mi hija!
—No puedo hacer eso, señor —respondió Daniel, calmado pero
rme.
El padre de Lisanne lo miró boquiabierto.
—Siento que nos hayamos encontrado en las circunstancias en que
lo hicimos, y no me re ero a la falta de respeto hacia usted, a ambos,
pero su hija es muy especial y me preocupo por ella, pero no voy a
irme, a menos que ella me lo diga, no usted.
A lo largo de su discurso, Daniel mantuvo la voz baja y tranquila,
pero no existía ninguna duda en el desafío que expulsaban sus ojos
mientras miraba al padre de Lisanne.
Su padre comenzó a resoplar y a bramar en voz baja, pero fue su
madre quien le puso una mano tranquilizadora en el brazo y
respondió.
—Bueno, ciertamente no era el mejor de los casos, Daniel, pero
apreciamos tus disculpas. Pareces muy... —Miró su piercing y sus
tatuajes con aprensión—, un joven inteligente, así que espero que
entiendas que cuando digo que deseamos sólo lo mejor para nuestra
hija...
—Se lo merece —dijo Daniel, con vehemencia.
—Sí, así es —coincidió la madre de Lisanne, una pequeña sonrisa
temblorosa en los labios. Le tendió la mano—. Fue un placer
conocerte, de manera más formal.
Un ligero rubor coloreó las mejillas de Daniel, y se frotó la palma
de la mano sobre la parte posterior de los pantalones antes de darle
la mano.
El padre de Lisanne permaneció en silencio, indignado mientras
su esposa le besaba las mejillas a Lisanne y le daba un fuerte abrazo.
—Creo que tienes la respuesta a tu pregunta, querida —le susurró
a su madre—. Ahora, por amor de Dios, tengan cuidado en esa
moto.
Luego arrastró a su marido al coche. Podía oír la voz de su padre
elevada por casi media cuadra.
Daniel soltó una bocanada de aire y se volvió hacia ella con una
sonrisa resplandeciente.
—¡Guau! —dijo Lisanne suavemente.
La sonrisa de Daniel se suavizó mientras la miraba.
—Y tú viniste sin armadura. ¡Mi héroe!
—Sí, sólo los héroes hacen ese tipo de cosas —dijo con
indiferencia, pero el brillo en los ojos lo delataba.
—De nitivamente eres mi caballero blanco —dijo, poniéndose de
puntillas y besándolo en los labios hermosos.
Dejó la nariz en su pelo y le acarició el cuello, causando que
Lisanne temblara.
—¿Eso quiere decir que eras una dama en apuros? —le preguntó,
soltándola.
—¡Será mejor que lo creas!
Hablaba tan rápido, que Daniel no pudo evitar reírse.
—Esa fue la mañana más larga de mi vida. —Lisanne suspiró
mientras lo miraba a los ojos—. Gracias por venir a rescatarme. Esa
no fue mi intención cuando te envié un mensaje, pero estoy muy
feliz de que lo hicieras. —Lo miró pensativamente—. Fuiste
encantador con mamá.
Él sonrió, claramente encantado.
—¿Qué puedo decir, muñe... Lis? Las mujeres me encuentran
irresistible.
Rió y le dio una juguetona palmada en el brazo.
—Oh, por el amor de Dios, sólo llámame “muñeca”. Puedo vivir
con eso.
—¿Si?
—Pero ser irresistible para las mujeres no va a hacer que funciones
con mi padre, así que será mejor empezar a hacer un plan B.
Daniel no pareció inmutarse.
—No lo necesitamos, bebé. Tu mamá es mi respaldo. Y si se parece
en algo a mi mamá, ella le hablará de mí.
Lisanne se sorprendió. Nunca había oído hablar de sus padres.
—¿Cómo era ella? —dijo tímidamente.
Daniel sonrió, aunque sus ojos se hallaban distantes. —Su nombre
era Rebecca y mi padre era Adam. Mamá era la mejor. Era un
desastre en el lenguaje de signos, siempre confundiendo el
“amarillo” con “te quiero“, lo cual se volvía muy extraño a veces,
pero se esforzaba mucho. Siempre me dijo que podía hacer lo que yo
quisiera.
Su sonrisa se desvaneció.
—Vamos, te llevaré de vuelta a los dormitorios.
—Lo siento —dijo, pasándole la mano por la mandíbula para
acunar su cuello.
—Está bien —dijo en voz baja.
Regresaron al dormitorio en Sirona, con los brazos de Lisanne
envueltos rmemente alrededor de la cintura de Daniel. Todavía se
encontraba sorprendida por el comportamiento de su madre, incluso
hasta
el punto de no enojarse de que su única hija estuviera montando
una motocicleta.
Daniel mantuvo una mano ahuecada ligeramente sobre ella en el
corto viaje, pero cuando llegaron, su estado de ánimo parecía haber
cambiado de nuevo.
Tan pronto como Lisanne desmontó y se quitó el casco, la agarró
por la cintura y la atrajo hacia sí y la besó con avidez, luego la
mordió en la base del cuello, justo por encima de su hombro.
—¿Puedo entrar contigo? —gruñó contra su piel—. Te necesito,
Lis.
Podía sentir su necesidad mientras movía las caderas contra ella.
El montón de tareas que esperaban en su habitación no tenía
competencia para el crudo deseo de su voz.
Separándose de él, se apresuraron a través de la recepción, y
tomaron las escaleras de dos en dos.
Encontrar la llave de su bolso fue la cosa más difícil del mundo
para Lisanne, mientras que Daniel presionaba besos calientes en su
nuca.
Casi se cayó por la puerta cuando nalmente la abrió.
—¡Que impacientes! —La voz cáustica de Kirsty penetró
vagamente la bruma lujuriosa de Lisanne—. Diría que consigan una
habitación, pero supongo que ya la tienen.
Daniel maldijo suavemente en voz baja y discretamente se
acomodó, mientras Lisanne trataba de calmar su corazón
martillándole en el pecho.
—Oh, lo siento, Kirsty —dijo sin aliento—. Pensé que estarías con
Vin.
—No, él tiene una cosa de fraternidad esta noche. Supongo que
estarás pegada conmigo.
Daniel hizo una mueca y jaló a Lisanne hacia él.
—Me iré ya, Lis.
—¿A dónde vas?
—A casa. Mándame un mensaje más tarde ¿está bien?
—¿No puedo ir contigo?
Negó con la cabeza, y una expresión que Lisanne no reconoció,
oscureció sus ojos.
—No, muñeca. Esta noche no. Podemos hacer algo mañana ¿tal
vez?
—Me gustaría eso.
Sintiéndose nerviosa por la mirada crítica de Kirsty sobre ella, lo
besó suavemente en los labios. No era su ciente para Daniel.
Ignorando a Kirsty, besó a Lisanne profundamente, luego descansó
su frente en la de ella.
—Nos vemos —dijo él en voz baja, y se escabulló por la puerta.
Kirsty ignoró remilgadamente el rostro ruborizado de Lisanne. —
Él parece... entusiasmado.
—Um^
—¿Cómo estuvo el almuerzo? ¿Tus padres se divirtieron?
Sabía que Kirsty le sonsacaba información, pero a ella no parecía
importarle.
—¿Quieres decir aparte de su llegada temprana y encontrar a
Daniel a medio vestir en mi dormitorio?
Los ojos de Kirsty se ampliaron.
—¡De ningún modo! Bueno, eso explica la rareza.
Lisanne asintió.
—Fue espantoso. Papá prácticamente echó a Daniel y no le
hablaría ni nada. Pasé toda la mañana sintiéndome como una zorra,
una criminal o algo así. Mamá trataba de tranquilizar a papá, pero
estuvo muy serio.
Kirsty lucía horrorizada y compasiva, todo al mismo tiempo.
—Pensé que las cosas parecían un poco tensas cuando te vi.
Lisanne se rió con frialdad.
—Seh, podrías de nitivamente decir que se encontraban tensas.
—¡Oh, mierda! ¡Y entonces tengo que ir y meter mi gran pata y
preguntar si lo habían conocido! ¡Lo siento tanto, Lis! No tenía idea.
Lisanne se encogió de hombros.
—No te preocupes por eso, para ese punto no pensé que las cosas
podrían llegar a empeorarse. Pero luego Daniel se presentó en el
restaurante donde almorzábamos.
—¡Oh. Dios. Mío! ¿Qué sucedió?
—Me rescató.
—¿Qué?
—Sip. Llegó en la moto y le dijo a mi papá que la única persona
que podría hacerle dejarme era yo. —La voz de Lisanne descendió a
un susurro—. Dijo que yo era especial y que se preocupaba por mí.
El rostro de Kirsty podría haber sido usado en una pintura para
una exhibición de Edvard Munch. Se encontraba conmocionada. O
atónita. Asombrada. Horrorizada. Pasmada. Desconcertada.
Estupefacta. Quizás incluso perpleja.
—¡Oh, guau! ¿En serio?
—Sí, fue asombroso.
—¡Oh Dios mío! —repitió apenas—. ¡Eso es lo más romántico que
alguna vez he escuchado! Ese chico está totalmente enganchado por
ti.
Lisanne sonrió.
—Lo sé.
12
Traducido por Sweet_writer, Aime Volkov, NnancyC & Ivy Walker
Corregido por Gaz Walker

Daniel terminó mal después de dejar a Lisanne en su dormitorio.


Después de reunirse con sus padres —dos veces— y haberles
dicho lo mucho que se preocupaba por ella, y realmente poner todo
sobre la mesa, no quería nada más que asegurarse de que ella era
realmente suya de la única manera que él entendía. Pero la perra
agua estas había estado allí. De nuevo.
Necesitaba desesperadamente tener sexo allí mismo, sólo para ser
libre y detener todos los putos sentimientos que lo ahogaban, pero no
podía hacerle eso a Lisanne. Era su cuerpo lo que ansiaba, con sus
manos sobre su miembro, su boca contra la suya, y nadie más lo
haría. Había tenido sexo salvaje, lo hizo en formas y lugares que
Lisanne no podía empezar a imaginar, inocente como era, pero
ninguno de esos momentos, ninguna de las mujeres siquiera se acercó
a hacerle sentir lo que sentía cuando estaba dentro de ella.
Casi vaciló en su decisión de no llevar a Lisanne a su casa, pero
sabía que no sería correcto.
No sabía por qué —y Zef nunca le dijo nada, refunfuñando sobre
la "necesidad de saber"— pero las cosas realmente se ampli caron en
casa. Parecía que cada noche era noche de esta últimamente. No
quería arriesgarse a que ella se involucrara con eso. Lo menos que
podía hacer era protegerla de esa mierda.
Desde que Daniel tuvo su encuentro con el detective Dickwad,
había mantenido un ojo abierto a cualquier señal de Zef tratando con
metanfetamina. No creía que su hermano se involucraría así, pero
también sabía que algunos proveedores no eran la clase de gente a la
que alguien les dice que no. No dos veces. Pero hasta el momento, lo
único que vio era cosas normales —la profana trinidad de alcohol,
hierba y anfetaminas.
Con el sexo fuera del menú, Daniel quería emborracharse o
drogarse. De cualquier manera, tenía la intención de pasar la noche
entumecido e inconsciente.
A pesar de que no era más que media tarde, la esta se encontraba
en su máximo apogeo cuando se detuvo frente a su casa. No
reconoció a los tres hombres sentados en el pórtico bebiendo de las
botellas que contenían un líquido incoloro —ginebra, vodka o
aguardiente ilegal, por lo que sabía. Pero la forma en la que miraban
a Sirona le hizo girar al lado de la casa y guardarla en la cochera.
Tenía unas pocas posesiones que eran importantes para él,
incluyendo algunos libros y fotografías que pertenecieron a sus
padres, pero las únicas cosas de valor eran su guitarra Martin de
2.700 dólares y Sirona. Cuando Lisanne le preguntó por la guitarra
Martin, la tiró en su armario, incapaz de hablar. Se recuperó sólo
después de que ella se marchara, y la empacó cuidadosamente en un
estuche duro. El bello instrumento de palo de rosa ahora residía en
el ático encima de su dormitorio. No quería verlo, pero tampoco
quería tenerlo muy lejos. ¿Cuán tonto era eso? Sabía que tenía que
venderla y tomar el dinero. Pero era un regalo de sus padres.
Simplemente no podía cortar ese lazo. Todavía no.
La sala de estar era una escena sacada de una película de
catástrofes. Los cuerpos yacían comatosos en el sofá y en el suelo, y
el lugar apestaba a tabaco y al licor derramado.
Un hombre fumaba un porro, dejando caer la ceniza en la
alfombra destruida. Lo arrebató directamente de los dedos ojos del
hombre.
—¡Oye! —protestó débilmente el chico.
No le hizo caso y se dirigió a su habitación, tomando una botella
de bourbon en el camino. No era Jack, pero iba a funcionar igual de
bien.
Dio una calada al porro y encontró que el tipo lo dejó húmedo.
Demasiado jodidamente asqueroso. Se limpió la boca, lo apagó y
luego metió la mano en el cajón de su mesilla de noche por sus
envolturas.
Después de que fue rehecho, aspiró el humo con aprecio. Una cosa
que podía decir de su hermano: siempre tenía buena mierda.
Tomaba un trago de bourbon cuando sintió su teléfono vibrar en
el bolsillo del pantalón. Esperaba que fuera un texto de Lisanne, pero
no era así.
C: ¡Hola, D! Estoy en Sav el n de semana. ¿Nos vemos mañana?
¿Para cenar, almorzar? No digas que estás ocupado o iré a buscarte.
LOL. Cori X
Joder. Justo lo que no necesitaba.
No había visto a Cori en mucho tiempo, pero sabía cuán resuelta
era. También sabía dónde vivía, y estaba malditamente seguro de
que vendría a buscarlo como amenazaba si no aparecía. Al menos la
cena no sería en algún lugar donde otros estudiantes iban. Debería
ser bastante seguro encontrarla allí. Además, no se veían desde hacía
mucho tiempo, sería bueno para ponerse al día.
Luego maldijo en voz baja. Esto signi caría cancelar a Lisanne. Su
cuerpo la deseaba, y su compañera de piso agua estas
de nitivamente no ayudaba. Suspiró. La necesitaba, pero se lo debía
a Cori. Y de ninguna manera quería que las dos mujeres se
encontraran. Envió un mensaje a Corinna primero.
D: Bien. A las 12.
Y luego a Lisanne.
D: Lo siento. Tengo que hacer algo mañana. ¿Almuerzo el lunes?
L: Ok. Te extraño. Gracias por lo de hoy. ¡Estuviste increíble! LA
XX
Ahora también se sentía como un idiota. Cogió la botella de nuevo
y se sirvió bourbon directamente en la garganta, agradeciendo el
ardor.
Era media mañana cuando despertó. La luz del día entraba por la
ventana mientras entornaba los ojos levantando la vista. Cuando se
movió, su estómago se volteó y rodó como si estuviera a bordo de
un barco soplado por la tormenta.
La botella de bourbon destellaba en él con inocencia, la luz del sol
capturaba lo que quedaba del líquido ámbar y proyectaba un arcoíris
dorado a través de las paredes.
Daniel gimió al sentarse y se agarró la cabeza, sintiendo como si su
cerebro se fuese a fugar en cualquier momento. Se movía
dolorosamente y le palpitaba la cabeza. Pero el bourbon fue e caz:
no podía recordar una sola cosa después del texto de Lisanne la
tarde anterior.
Echó un vistazo a su celular. ¡Maldita sea! Ya eran las once y
media. Estuvo dormido o desmayado durante dieciséis horas.
Arrastró su lamentable culo a la ducha. El agua seguía fría, lo que
le dio dolor de dientes. Realmente necesitaba localizar a Zef y
averiguar qué demonios pasaba con el agua caliente.
Cuando sacaba a Sirona de la cochera, esperaba como el in erno
no ser detenido por la policía de nuevo, existían muchas
posibilidades de que su límite de alcohol en sangre no fuese
estrictamente legal.
Iba sólo unos minutos tarde cuando llegó al restaurante barato,
pero Cori ya se veía irritada, impacientemente golpeteando una
cuchara sobre la mesa. Hacía caso omiso a las miradas irritadas que
le lanzaban otros clientes.
Cuando lo vio, miró impaciente su reloj. Daniel gimió
internamente. Tenía el mismo aspecto: bonita —bueno,
despampanante— y frunciéndole el ceño con exasperación. Esa
mirada era familiar, también. Su cabello rubio ceniza era largo y
lacio, enmarcando un rostro delicado, con enormes ojos azules. Ojos
moviéndose bruscamente con fastidio.
C: ¿Dónde diablos has estado?
—Sí, también me alegro de verte, Cori.
C: ¡Háblame por señas, hijo de puta! Sabes que odio la lectura de labios.
D: Bien. ¿Cómo estás? Te ves bien.
C: Mejor que tú. Te ves como la mierda.
D: Dame un descanso. Tuve una noche pesada.
C: ¿En seeerio? Pedí comida.
D: No, gracias.
C: ¿Tan mal? Apesta.
Maggie se acercó con una jarra de café. Daniel podría haberla
besado.
—Gracias, Maggie. Maldición, qué bien huele.
Puso las manos alrededor de la taza humeante y aspiró el rico
aroma.
—¿Me vas a presentar, Danny, o vas a olvidar tus modales junto
con tu navaja de afeitar esta mañana? —dijo, deslizando un dedo por
su mejilla barbuda.
—Dame un respiro, Maggie. Es Cori, la has visto antes. —Miró a
Cori, que le sonreía a Maggie—. Dice “hola”.
—No me vengas con eso, Danny. Dijo mucho más que “hola”.
Repite.
Daniel gimió. Malditas mujeres.
—Dijo: “Hola, te conocí hace dos años cuando se recuperaba de
una resaca diferente.” ¿Feliz ahora?
Maggie miró a Cori y le guiñó un ojo. Ambas mujeres rieron y
Daniel tenía ganas de apoyar la cabeza en la fría super cie de la
mesa.
—Les traeré sus desayunos, chicos —dijo Maggie, ignorando sus
murmullos de no tener hambre—. Por cierto, ¿qué le pasó a la otra?
Me gustaba.
Daniel miró a Cori, que lo observaba con atención.
—Ella está bien —dijo Daniel, bruscamente.
Increíblemente, Maggie tomó la indirecta y se alejó.
C: ¿De quién hablaba? ¿Qué chica?
D: Nadie que conozcas.
C: ¡Duh! Obviamente. Debe ser especial si la trajiste aquí. Dime.
D: Una chica que conocí en la universidad.
C: ¿Y?
D: Eso es todo.
C: ¿Cuál es su nombre?
D: L-I-S-A-N-N-E.
C: Háblame de ella.
D: No.
C: ¿Por qué no?
D: ¿Por qué quieres saber?
C: ¿Por qué te pones a la defensiva?
D: No lo hago.
C: Sí, lo haces. ¿Cuál es el gran misterio?
D: Vete a la mierda.
C: No seas un idiota, aunque sé que es difícil para ti.
D: Dame un descanso.
C: ¡Estás muy susceptible! ¿Cómo está Zef?
D: No lo he visto desde hace un par de días.
C: Dile que le envío saludos.
D: Si lo veo.
—Aquí tienen, chicos. Con grasa extra para ti, Danny —dijo
Maggie, bajando dos desayunos a la mesa.
El estómago de Daniel gruñó y Maggie ocultó una sonrisa.
—¡Disfruten!
Inseguro de si la sensación abrumadora fueron las náuseas o el
hambre, abordó un pequeño trozo de tocino y, encontrándolo
delicioso, procedió a devorar su comida.
Cori comió más lento, lanzándole miradas desconcertadas de vez
en cuando. Ella le dio un golpecito en el brazo.
C: ¿Qué pasa contigo? Y no digas "nada".
D: Cansado. Algo de resaca.
C: Es más que eso.
Dejó caer el tenedor para responder más plenamente.
D: Sólo... la universidad y...las cosas son bastante intensas en casa.
Siempre hay gente dando vueltas.
C: ¿Más de lo normal?
Asintió y alzó el tenedor para continuar comiendo.
C: ¿Estás preocupado por Zef?
D: No sé en lo que se está metiendo.
C: ¿Qué quieres decir?
D: Me arrestaron y...
C: ¡¿QUÉ?!
D: Exceso de velocidad.
C: Idiota.
D: Lo sé.
C: ¿La policía?
D: Lo hicieron sonar como si Zef tratase con M-E-T-A-N-F-E-T-A-M-I-
N- A.
C: ¿Es cierto?
D: No lo sé. Él dice que es mejor para mí no saberlo.
C: Mierda.
Cori suspiró, luego le dio un poco de atención a su propio
desayuno. Después de un momento pensó en otra pregunta.
C: ¿Sabes por qué Zef tra ca con...?
D: No me lo recuerdes.
C: Parece que tengo que hacerlo.
D: Joder. Sabe que no tiene por qué volver a hacerlo. Creo que le gusta.
Dinero fácil.
C: No si la policía está sobre él.
D: Le conté lo que dijo el idiota del policía.
C: ¿Y?
D: Me dijo que no era asunto mío y que lo que no oyese no me haría daño.
C: Chico divertido.
D: Se rio de mi culo.
C: Tu culo se ve bien para mí.
D: Mantén las manos quietas.
Cori le guiñó un ojo y Daniel le devolvió la sonrisa.
C: Además de Zef, ¿cómo va la vida? ¿Cómo va la escuela?
D: Bien. Cansado. Leyendo labios todo el día.
C: Imbécil.
D: ¿Sí? Por lo menos no tengo que agitar las manos alrededor 24/7.
Cori le dio una palmada en el brazo y Daniel se echó a reír.
C: Sigo pensando que te ves triste para ser alguien que dice que la
universidad va "bien". ¿Es sobre esta chica, sobre la que no me dices nada?
No le hizo caso y se quedó mirando jamente el plato lleno de
Cori.
D: Hablas demasiado.
No era de extrañar que Daniel hubiese terminado de comer antes
que ella.
C: Sólo porque tú no dirás nada.
D: Muy bien. ¿Cómo van las cosas en Cave Spring?
C: Igual que siempre. El equipo de fútbol apesta sin ti. ¿Entraste en el
equipo de la universidad?
D: No he probado.
C: ¿Es una broma? ¿Por qué demonios no?
D: No probé.
C: ¡Pero te encanta el fútbol! No lo entiendo.
Se encogió de hombros.
C: En serio. ¿Qué pasa?
D: Demasiado ocupado.
C: ¡Una mierda!
D: Déjalo.
C: ¡No! ¡No hasta que me digas lo que está pasando realmente!
Se desplomó en su asiento. No quería tener esta conversación con
Cori, pero era tan obstinada como el in erno. Debería saberlo:
estuvieron juntos y separados —más separados que juntos— por
cinco meses. De alguna manera lograron permanecer como amigos
después, pero ella actuaba como si todavía fuera dueña de su
trasero.
C: Te conozco. Habla conmigo.
D: Estoy volando bajo el radar aquí.
C: ¿Qué demonios signi ca eso?
D: No le he dicho a nadie que soy sordo.
Hubo una pausa atónita mientras Cori lo miraba.
C: ¿Qué? ¿Por qué?
Se encogió de hombros otra vez.
C: ¿Estás avergonzado o algo así?
D: ¡No! Sólo estoy cansado de la manera en que las personas oyentes se
comportan cuando se enteran —empiezan a actuar como si fuera tonto o
algo así. Sabes cómo puede ser eso.
C: ¿Así que lo escondes? ¿Te escondes? ¿Tus profesores lo saben?
D: Sí, pero eso es todo.
C: ¿Ese es el por qué no estás haciendo la prueba para el equipo de fútbol
americano?
D: Sólo quería empezar de cero —sin ideas preconcebidas, sin
estereotipos.
C: Estás negándolo todavía, ¿no?
D: ¡No!
C: Sí, lo estás haciendo. Pretendes que lo aceptaste, pero no lo has hecho.
¡Eres un maldito hipócrita!
D: ¡No, no lo soy!
C: ¿Qué hay sobre esta chica? ¿Lo sabe?
D: Sí. Y no es que esto sea de tu incumbencia.
Miró jamente a Cori con furia.
C: Eso es algo. Háblame de ella.
D: Ella es... agradable.
C: ¡Oh, por favor! Puedes hacerlo mejor que eso. ¿Qué está estudiando?
Daniel no respondió.
C: ¡Anda! ¿Cuál es el gran misterio?
D: Música.
C: ¿Qué?
D: Es estudiante de música. Cantante.
C: Jesús. Eres un bastardo retorcido.
D: ¿Por qué?
C: Porque eres masoquista. Eres un maldito idiota. Siempre deseando lo
que no puedes tener. Mírate, escondiéndote, pretendiendo que eres como
ellos. No lo eres y nunca lo serás. Hemos estado una y otra vez sobre esta
mierda. ¡Deja de esconder lo que eres!
—¿Qué soy, Cori? ¿Quién demonios soy, entonces? —preguntó
con rabia.
Ella se sentó y lo miró jo.
C: Un cobarde.
Se levantó de repente y la apartó cuando ella trató de detenerlo.
—No. ¡Vete a la mierda! No puedes decirme como vivir.
Tiró algunos dólares sobre la mesa, luego avanzó fuera de la
cafetería.

***

Lisanne se hallaba profundamente concentrada en su libro sobre la


historia de las sonatas cuando escuchó un golpe en la puerta. Kirsty
miró desde su ordenador portátil donde estuvo buscando en Google
a Cli ord Co n.
—¿Esperas a alguien, Lis?
—En realidad, no —contestó, saliendo de la cama—. Pero
probablemente es MJ de mi clase de historia de la composición,
mencionó querer pedir prestadas mis notas.
Abrió la puerta y encontró a Daniel parado allí, luciendo molesto y
alterado.
No dijo nada, sólo la atrajo en un apretado abrazo y apoyó la
cabeza contra su cuello.
—Oye, ¿qué está mal? —dijo, acariciándole el cabello.
Por supuesto, no respondió.
Esperó hasta que pareció más tranquilo, entonces lo apartó
suavemente y repitió la pregunta cuando pudo ver su cara.
—Lo siento, bebé. Sé que estás estudiando y esas mierdas, pero...
— Se detuvo en seco cuando vio a Kirsty frunciendo el ceño por
encima de la portátil.
Lisanne miró sobre su hombro y los ojos de Kirsty volvieron a su
computador, aunque el modo de chasquear los dientes fue audible
para Lisanne
—Traeré mi chaqueta —dijo, en voz baja.
Siguió a Daniel por las escaleras y le sorprendió y alegró cuando le
tomó la mano.
—¿A dónde quieres ir?
Bajó la mirada por un segundo.
—¿Te importa si vamos a la cafetería y tomamos un café?
—No, eso es excelente. ¿Estás bien?
Se encogió de hombros, pero su expresión le dijo que no.
Cuando compraron sus cafés y estuvieron sentados en lugares
opuestos, Lisanne se estiró y le tocó la muñeca.
—¿Cuál es el problema?
Daniel se recostó en la silla y se refregó las manos sobre el rostro.
—Me encontré con una amiga para el almuerzo, una antigua
novia.
Lisanne sintió un escalofrió recorrer su columna. ¿Ese era el “algo”
que mencionó en su mensaje? ¿Qué venía después?
—De acueeeeerdo —dijo, con cuidado.
Daniel le mostró una sonrisa torcida.
—No hemos salido por como dos años, Lis. Iba a mi antigua
escuela. —Miró alrededor para ver si había alguien lo su ciente
cerca para escucharlos de casualidad—. La escuela para sordos.
Asintió, todavía insegura de por qué encontrarse con una antigua
novia lo disgustó tanto.
Él tomó una profunda respiración.
—Ella. dijo que estaba siendo un cobarde, por no decirle a nadie
sobre mí.
La inhalación de Lisanne fue brusca.
—¿Te llamó cobarde?
Asintió tristemente.
—¡Eso es ridículo!
La miró con cautela, y ella le agarró las manos.
—Eres la persona más valiente que conozco.
Lucía dubitativo.
—¡Lo eres! Eres dulce, gracioso, amable y tan fuerte. La forma en
que le hiciste frente a mi papá, eso fue... eso fue... eres asombroso,
maravilloso y tan valiente.
Daniel agachó la cabeza, avergonzado por su efusividad.
—¡Joder! —dijo, lo volvió incoherente con esas palabras—.
Omitiste “alucinante en la cama”.
Lisanne levantó una ceja.
—¡Eso ni decirlo!
Daniel le sonrió.
—Todavía me gusta escucharlo.
—Bien. Eres alucinante en la cama. ¿Feliz ahora?
Sonrió con nostalgia.
—Supongo. Sólo fue una jodida patada en las tripas. Dijo que no
he llegado a aceptar ser... lo que soy. No sé, tal vez no lo he hecho.
Realmente apesta.
—Tu amiga, ¿cuándo perdió la audición?
Daniel sacudió la cabeza. —Es sorda de nacimiento.
No podía evitar pensar: Así que no sabe lo que se está perdiendo. Pero
era muy cruel decirlo en voz alta. Y era consciente de que algo de sus
sentimientos furiosos hacia esta chica se debían a que fue novia de
Daniel. No sólo una de sus mujeres al azar, sino alguien con quien
salió en la secundaria. Más que eso, alguien que estuvo allí cuando
su sordera se volvió más pronunciada y cuando sus padres
murieron. ¿Cómo podría competir con la cercanía que vino de todas
aquellas experiencias importantes compartidas?
—Bueno, está equivocada. Sobre ti. Y si alguna vez la conozco.
Dejó la amenaza de mutilación potencial colgando en el aire.
Daniel intentó sonreír, pero un suspiro salió de sus labios en su
lugar.
—No sé. Tal vez tiene razón. Realmente no me he mantenido en
contacto con nadie de mi antigua escuela. Sólo con ella. No tengo
ningún amigo sordo. Quiero decir, ¿a quién estoy engañando, cierto?
Lisanne se mordió el labio.
—Daniel, en verdad no sé nada sobre esto, es todo nuevo para mí.
Pero ¿quizás deberías hablar con alguien acerca de ello?
—¿Quieres decir un psiquiatra? —gruñó, su temperamento
echando chispas al instante.
—No —dijo con paciencia—. Pensaba en el Dr. Pappas, en
realidad. Pero los asesores ayudan a un montón de personas. No
signi ca que estés loco. —Rodó los ojos—. En serio, podría ayudar
simplemente hablarlo en detalle.
—Estoy hablándolo en detalle —dijo, con irritación.
Lisanne frunció el ceño. —Quería decir con alguien que entienda
lo que estás pasando.
Daniel puso cara de enfado. —Lo que sea.
Ella cruzó los brazos.
—¡Por el amor de Dios! No puedo decir nada correcto, ¿no? Sólo
no siento que soy su ciente para hablarte sobre esto.
Su expresión se suavizó enseguida. —Lo siento, muñeca. Ha sido
un día malo y en verdad un n de semana de mierda.
Lisanne se extendió y acarició la palma de su mano.
—Oh, no sé —dijo, con ternura—. Verte hacerles frente a mis
padres fue muy genial. De nitivamente el momento cumbre de mi
n de semana.
Él no le devolvió la sonrisa. —Era en serio lo que dije —contestó,
su rostro furioso.
—Lo sé. Hablé con mi mamá esta mañana. Quedó muy
impresionada.
—¿Sí? —dijo, su rostro iluminándose de inmediato.
—Y está de acuerdo conmigo, piensa que eres lindo.
Daniel se rio. —Bueno, su cientemente raro. —Luego cambió de
tema—. ¿Quieres que te lleve a tu ensayo mañana en la noche?
—Um, no, está bien. ¿Pero podrías recogerme más tarde?
Deberíamos terminar como a las diez.
—Seguro, nena.
Charlaron durante mucho tiempo, entonces de mala gana
acordaron que tenían una tonelada de tarea para continuar.
Caminó con Lisanne a su dormitorio, luego la besó hasta dejarla
atolondrada antes de despedirse.
Kirsty todavía continuaba pegada a su portátil, pero levantó la
mirada cuando Lisanne entró.
—¿Todo bien en el País de las Maravillas?
Quedó desconcertada por el sarcasmo de Kirsty, y de inmediato su
deseo de defender a Daniel salió a la super cie, fundido y caliente.
—Lo está ahora —espetó—. ¿Por qué estás tan empecinada con
Daniel?
—Ya te dije —disparó en respuesta.
—Mira, se mantiene lejos de lo que sea que su hermano haga. No
tiene nada que ver con aquello.
—Así que admites que el hermano está... involucrado.
—¡No admito nada! Lo conocí una vez alrededor de cinco
segundos, eso es todo. Pero sí conozco a Daniel.
—Estás teniéndole un montón de con anza, Lis —dijo, más
tranquila.
—Sí, lo estoy.
Kirsty suspiró.
—Mira, mi papá es abogado así que sé cómo funciona esto. Si su
hermano está tra cando, el hecho de que Daniel esté viviendo con él
y que haya drogas ahí, podría convertirlo en un posible criminal. Y si
ha visto a su hermano vendiendo drogas, podría ser acusado con
causa presunta. Como mínimo, es cómplice de lo sucedido, y si no le
dice a la policía, podrían acusarlo de obstruir una investigación
policiaca. Estoy asumiendo que es lo su cientemente inteligente
para negar cualquier conocimiento.
Se detuvo cuando vio lo pálida que Lisanne lucía. Se puso de pie
inmediatamente, y caminó hacia ella para darle un gran abrazo.
—Lo siento, cariño, de verdad lo hago. Sólo. sólo prométeme que
no irás a la casa de Daniel.
Se sentó pesadamente.
—No creo que sea un problema. Fui hace un par de semanas atrás,
pero no me ha llevado ahí desde entonces. No ha dicho nada,
excepto que no es una buena idea.
Kirsty dejó salir un profundo suspiro.
—Bueno, eso es algo. Mira, sabes que no compro totalmente el acto
de buen chico de Daniel, pero tendría que ser ciega para no ver lo
mucho que se preocupa por ti. Realmente estás cambiando a ese
chico, Lis. Sólo estoy diciendo que seas cuidadosa. ¿Está bien?
Asintió lentamente.
—Lo sé. Gracias, Kirsty.
Las palabras de Kirsty dieron vueltas por su cabeza la mayor parte
del domingo por la noche, dejándola cansada y malhumorada
cuando despertó al día siguiente.
Se arrastró a través de las clases, y ni siquiera tuvo el alivio de
ponerse al día con Daniel en el almuerzo. Le envió un mensaje de
texto diciéndole que estaba envuelto en una cosa de tutoría, que la
vería en el Blue Note esa noche.
Suspiró. Por lo menos esperaba con ansias el ensayo, y con la
próxima actuación el n de semana, necesitaban tanta práctica como
pudieran obtener.
Batalló a través de su clase de Música Clásica Popular Americana,
y casi se quedó dormida en su pasta cuando comió la cena sola en la
cafetería. Después permaneció en la parada del autobús, cabeceando,
hasta que su aventón se movió y la llevó al centro a West River
Street.
El Blue Note aún se veía como un bar de mala muerte, pero al
menos era familiar.
Mike abrió la puerta para ella, su cara lacónica casi sonriendo. Era
una persona completamente diferente cuando tocaba la batería —
más salvaje, menos contenido. Entendía eso— se sentía igual cuando
cantaba; o más bien, el canto la afectaba de la misma manera.
Para las diez de la noche, se sentía exhausta pero más feliz.
Gracias a dios el ensayo había ido muy bien, de nitivamente
necesitaba alguna buena noticia después de la intensidad del n de
semana.
Roy la levantó y la hizo dar vueltas.
—¡Eres nuestro amuleto de la suerte, niñita! Las cosas han ido
muy bien desde que te conocimos.
Lisanne reía a carcajadas y trataba de liberarse cuando ambos
escucharon una voz gruñendo.
—¡Maldición, bájala!
Roy dejó que Lisanne se liberara y luego se giró para fruncirle el
ceño a Daniel, quien permanecía de pie con sus manos en puños y
una expresión de furia en la cara.
—¿Estás hablando conmigo, Dan? —dijo Roy, su voz
peligrosamente calmada.
Daniel lo ignoró y le habló a Lisanne. —¿Vienes o no?
—Um, está bien —dijo, rápidamente—. Los veré el miércoles.
Los chicos asintieron, todos menos Roy, quien continuaba parado
en una posición a la defensiva.
Se apresuró detrás de Daniel, que salió hecho una furia a través
del club, la ira irradiando de él. Lo agarró del brazo, forzándolo a
detenerse.
—¿Qué está mal? ¿Por qué le gritaste a Roy así?
—¿No es jodidamente obvio?
—No para mí.
Tomó una respiración profunda.
—No me gustó cómo te tocaba. ¡Y tú lo permitiste! —dijo,
acusadoramente.
Se quedó atónita. ¿Estaba celoso?
—Daniel, sabes que Roy es así con todo el mundo. Prácticamente
rompe mis costillas cada vez que tenemos buenas noticias.
Encontró su mirada, su cara relajándose un poco.
—¿Buenas noticias?
—Sí, conseguimos un concierto en el Down Under en tres
semanas.
Se pasó las manos por el cabello y lucía arrepentido.
—Es este lugar —dijo al último—. Estar aquí me vuelve un poco
loco.
Se sintió horrible y egoísta por hacerlo venir al club, por el
penetrante recordatorio de lo que perdió.
Con paso vacilante, caminó hacia él y envolvió las manos
alrededor de su cuello.
—Lo siento —murmuró—. Lo siento.
Apoyó la frente en la de ella. —También yo. —Después de un
momento, levantó la mirada—. Vamos, te llevaré a casa.
Fue un viaje corto a los dormitorios, pero aun así, ella se congeló
hasta los huesos. Daniel tenía razón acerca de necesitar una chaqueta
más cálida.
Tembló y la miró ansiosamente.
—¿Estás bien?
—Un poco helada. Estaré bien. ¿Quieres entrar? Podría hacerte un
calé...
—¿Estará Kirsty ahí?
Lisanne sonrió y negó con la cabeza. Sabía exactamente a lo que
refería.
—No, está con Vin. Trabajando en su tarea de estudios de los
negocios.
Le levantó una ceja y él sonrió.
—Sí, esa cosa es una perra.
—Así que, ¿quieres entrar y. estudiar?
Sonrió. —Es un poco tarde para. estudiar.
—Pero te prometí primero un café, eso te mantendrá despierto
para. estudiar.
—¿De hecho tienes algo de café esta vez?
—No tengo idea.
Daniel negó con la cabeza, sonriendo. —Le haces a un hombre una
oferta que no puede rechazar, muñeca.
A Lisanne le encantaba: esa había sido la idea general.
Caminó hacia la entrada principal, luego se encontró con Daniel en
su puerta cuando él se escabulló por la salida de incendios. Se sintió
grandiosamente travieso y liberador, escabullir a un chico en su
dormitorio por la noche.
La atrapó tan pronto como cerró la puerta y comenzó a besarla
meticulosamente. Luego ella invirtió roles y lo empujó
repentinamente para que cayera de espaldas en su cama.
Rio con alegría mientras ella se lanzó sobre él.
Después de eso, no hubo palabras.
13
Traducido por Val_17, Wen & Dunadae
Corregido por Aime Volkov

El sábado siguiente, el concierto de Lisanne con 32° North fue bien.


El equipo de sonido hizo un buen trabajo consiguiendo el
equilibrio adecuado y el público se entusiasmó.
Daniel permaneció durante todo el acto, mirando desde atrás con
Kirsty y Vin. Si le dolía estar allí, no lo demostró.
Cuando Lisanne salió del escenario, con el maquillaje corrido por
el sudor y el corazón palpitante por la adrenalina, la envolvió en sus
brazos.
—Estoy orgulloso de ti, nena. Te veías increíble allá arriba.
—Estoy de acuerdo con Daniel —dijo Kirsty, arrastrandola hacia
ella—. Estuviste impresionante.
Daniel le sonrió y Vin no podía evitar reírse.
—¡Bueno, lo estuvo! —dijo Kirsty, a la defensiva.
Daniel levantó las manos. —¡Oye, no estoy discutiendo contigo!
Lisanne rodó los ojos. —¡En serio! ¡Ustedes dos!
Vin le dio un rápido beso en la mejilla. —Estoy de acuerdo con
ambos, estabas totalmente rockeando, Lis. Así que, mira los convencí
de hacer una tregua y hacer un viaje a la Isla mañana con un grupo
de chicos que conozco. ¿Estás dentro?
Parpadeó hacia Daniel, que contenía una pequeña sonrisa.
—¿Dijiste que si?
—Claro, muñeca. Pensé que te gustaría.
—¡Guau! Por supuesto que me gusta. —Y se lanzó a Daniel, quien
la atrapó con facilidad—. Gracias —susurró mientras lo besaba en
los labios.
—¿Qué dijiste? —preguntó, frunciendo el ceño ligeramente.
—Dije, gracias. Gracias por hacer esto.
—Claro, no hay problema.
Vin les dio un aventón, así que todos se amontonaron en su SUV
para llevar a Lisanne y Daniel a los dormitorios colectivos y a Kirsty
a su fraternidad.
Durante los veinte minutos que tardó conducir de regreso, Kirsty
hablaba sin descanso sobre la “impresionante” esta que los
compañeros de fraternidad de Vin organizaban justo antes de
Acción de Gracias.
—Y va a ser muy divertido vestirse para eso. Los chicos estarán en
esmoquin, lo que signi ca algo ceñido para mí. Lis, tienes que venir
de compras conmigo.
—No lo sé, Kirsty. Eres mucho mejor que yo para eso.
—Lo sé —respondió—. Soy la reina de las compras. Pero deberías
venir, será divertido. Compras y comida... ¿qué más se puede pedir?
Daniel no captó nada de la conversación porque Kirsty estaba
sentada en el asiento delantero y no podía ver su boca. Y aunque no
lo hubiese estado, era casi imposible leer los labios en la luz baja y
parpadeante de los faroles, mientras manejaban por las calles
nocturnas. En cambio, observaba por la ventana, una mirada
distante en sus ojos.
—¿Qué? —dijo, cuando Lisanne le tocó la rodilla. Hablaba lento y
con claridad.
—Kirsty quiere que vaya de compras con ella.
Hizo una mueca.
—A algunas personas les gusta ir de compras —dijo Lisanne
suavemente.
—Lo que sea. La ropa es sólo para evitar que mi culo ande
mostrándose. Sólo tienen que ajustarse.
Y tampoco vio ni escuchó a Kirsty dar un resoplido despectivo. Lo
cual estaba igual de bien. Pero luego se inclinó sobre el respaldo de
su asiento.
—Oye, Lis, ¿te dije que voy a casa de mi abuela en Su olk para
Acción de Gracias? Siempre hace una comida increíble con puré de
manzana, chirivía y calabacín con crema y salvia. ¡Doble de rico!
Estaré con esto enorme después.
Extendió las manos para indicar una enorme barriga.
Lisanne rio.
—Sí, mi mamá siempre hace un gran despliegue, también.
Normalmente aparecen un montón de primos, se vuelve un poco
loco y...
Se detuvo abruptamente, sintiéndose terrible por hablar sobre los
planes de su familia para Acción de Gracias cuando sabía que Daniel
no tenía ninguna familia, o planes. Podría haberse pateado a sí
misma por no cortar el tema tan pronto como Kirsty lo sacó, aunque
él no lo escuchó.
—Un poco de locura es bueno —dijo Kirsty, inconsciente de la
repentina tensión de Lisanne. Miró a Daniel y le preguntó
amablemente—: ¿Qué harás para Acción de Gracias, Daniel?
El captó “Acción de Gracias” y supuso el resto.
—Nada, sin planes.
Kirsty claramente pensó que su respuesta cortante era grosera,
porque lo arrasó.
—¿Así que, vas a tumbarte en la cama y olvidarte que existe
Acción de Gracias?
—Kirsty... —dijo Lisanne, con una advertencia en su voz.
—¡No, ya es su ciente, Lis! Estoy tratando de ser amable y ¿no se
puede molestar en darme una respuesta adecuada? Eso es patético.
—Los padres de Daniel murieron hace dos años en un accidente
de auto —dejó escapar, enfadada.
Hubo un silencio horrible.
Daniel era el único que no sabía lo que se dijo, pero vio la
expresión de Kirsty transformarse de combativa a conmocionada.
—¡Oh... oh! ¡Lo siento mucho, mucho, Daniel! No tenía idea. Lis
nunca lo mencionó. Yo... lo siento mucho.
Miró a Lisanne por una traducción de la conversación.
—Tus padres. Ella no lo sabía.
—Oh.
Se encogió de hombros y miró por la ventana de nuevo, pero
cuando Lisanne sostuvo su mano en su regazo, no la apartó.
Rápidamente Kirsty se sentó mirando al frente, ignorando
estoicamente las furiosas miradas de Vin. No hubo más intentos de
hablar.
Cuando Vin se detuvo frente a los dormitorios, Daniel salió sin
hablar y Lisanne murmuró un simple—: Buenas noches.
Pero mientras Daniel se giró para alejarse, Vin bajó la ventana y
extendió su mano derecha.
—Siento lo de tus padres, hombre.
Daniel lo miró por un momento, luego sacudió la mano de Vin.
—Gracias —dijo, en voz baja.
Cuando el coche de Vin se alejó, agarró el brazo de Daniel,
obligándolo a mirarla.
—Lo siento mucho. No le conté porque... bueno, era privado.
Él sonrió cansadamente.
—Está bien, nena. No quiero a las personas sintiéndose mal por
mí, sea cual sea la razón. —Dejó escapar un profundo suspiro y
forzó a salir una sonrisa—. Nos vemos arriba en cinco.
—Buena suerte con eso, amigo —dijo otro estudiante en un tono
disgustado, alejándose de los dormitorios de las chicas—. Pusieron
un guardia de seguridad en la puerta de incendios, supongo que el
decano se percató de eso.
—Y los golpes siguen llegando —murmuró Daniel—. Parece que
los dos dormiremos solos esta noche, muñeca. —Suspiró—. Supongo
que te veré en la mañana. —Le dio una pequeña sonrisa—. Tenemos
una esta en la playa a la que ir.
Quería enfurruñarse y zapatear. Había sido una noche fantástica;
el concierto estuvo realmente bien y ahora todo se venía abajo. Todo
lo que quería era quedarse dormida en el pecho de Daniel y
despertar con algo de increíble sexo por la mañana. Ahora sus
planes eran despiadadamente aplastados.
Frotó sus brazos y la besó suavemente en los labios.
—Nos vemos a las nueve y media. Buenas noches, nena.
Luego metió las manos en los bolsillos y caminó lentamente hacia
el aparcamiento donde dejó a Sirona. Se sentía despojada y llena de
tristeza por él. Se veía tan solo.

***
Ella durmió muy mal, dando vueltas en la cama y despertando
varias veces. En sus sueños, seguía viendo a Daniel alejándose de
ella. Era deprimente.
Tan pronto como su celular comenzó a sonar a las ocho de la
mañana, le envió un mensaje.
L: Dormí horriblemente sin ti. Nada divertido :( Nos vemos más
tarde LA xx
Su respuesta la hizo sonreír.
D: Nos vemos PRONTO.
Salió corriendo a la ducha antes de que las otras chicas de la
residencia comenzaran a hacer la. Luego se quedó envuelta en una
toalla, mirando su armario, preguntándose si estaría lo
su cientemente cálido para usar pantalones cortos. Cuando su
teléfono sonó, consideró brevemente ignorarlo. El identi cador de
llamadas mostraba que era su madre y no tenía tiempo para una
larga conversación en estos momentos. Suspirando, respondió,
rezando por una conversación corta.
—Hola, mamá. ¿Cómo estás? ¿Cómo está papá? ¿Qué está
haciendo Harry?
—¡Dios! ¡Alguien está apurada esta mañana! Y me entristece
pensar que no es porque vas a la iglesia.
—Sí, algo ocupada. Un grupo de nosotros vamos a la Isla. Se
supone que debe estar caluroso hoy, tal vez más de veinte grados.
¿Debería usar pantalones cortos?
—¿Vas en esa motocicleta de Daniel? ¡En ese caso, de nitivamente
necesitas pantalones largos, mi niña!
Sacudió la cabeza. —No, mamá. Vin nos lleva, el novio de Kirsty.
Tiene una todoterreno nueva, totalmente segura.
—Bueno, me alegro de oír eso. Usa pantalones cortos y lleva unos
vaqueros, entonces tienes todo lo necesario.
—Bien, gracias, mamá.
—Cariño, sé que estás apurada, pero quería preguntarte muy
rápidamente por Acción de Gracias. No has dicho qué días vas a
venir.
—Oh —dijo—. Um, mamá, iba a hablar contigo sobre eso, pero
ahora no es un buen momento.
—¿Qué quieres decir, Lisanne? —dijo su madre, con voz aguda.
—Pensé en quedarme aquí por Acción de Gracias. Con Daniel.
Hubo un largo silencio. Lisanne contuvo el aliento.
No había discutido nada con Daniel, pero después de escuchar a
todos entusiasmados hablando de sus planes, no podía soportar la
idea de Daniel atrapado aquí solo con Zef. Ni siquiera sabía si él
querría verla, y soltar esto a su madre ya era impulsivo, por no decir
algo peor.
—Lisanne, sabes que Acción de Gracias es una esta importante
para nuestra familia. Todos los primos hacen un esfuerzo para estar
aquí, es la única vez que nos vemos todos. Y Pops y la abuela Olsen
vienen de un largo viaje para pasar algún tiempo contigo. Tu padre y
yo preferiríamos que estés aquí con nosotros.
Se sentía horrible. —Mamá, lo sé. Pero... estará aquí solo y no
puedo simplemente dejarlo.
—¿Por qué no va a pasar tiempo con su familia?
—Sólo tiene a su hermano mayor, y Zef estará ocupado con sus...
amigos.
—¿Qué pasa con los padres de Daniel? ¿Dónde están? ¿No estará
con ellos? Después de todo...
Tuvo que interrumpir.
—Mamá, no. Los padres de Daniel... murieron en un accidente de
auto. Hace dos años.
—¡Oh, dios! —exclamó su madre—. ¡Ese pobre chico! —Luego
hubo una larga pausa—. Espera un momento, cariño... voy a ponerte
en espera.
Resopló inútilmente y sostuvo el silencioso teléfono en su oreja.
Después de lo que pareció una eternidad, su madre volvió a la
línea.
—Bueno, acabo de hablar con tu padre: queremos que traigas a
Daniel para estar con nosotros durante Acción de Gracias. Nadie
debería estar solo en esta época del año.
—¿Qué? ¿Papá estuvo de acuerdo con eso? —El tono de Lisanne
era de incredulidad.
—Sí, lo estuvo —contestó su madre, con decisión—. Así que
podrías preguntarle a Daniel, será más que bienvenido.
—Um, bien. Gracias, mamá.
—Hablaré contigo más tarde, cariño. Dsifruta bastante en la playa.
La llamada terminó y Lisanne se quedó mirando el teléfono,
preguntándose si acababa de imaginar toda la conversación.
Ciertamente no podía inventar un universo donde su padre estaría
dispuesto a invitar al chico con el que estaba durmiendo para ir a
quedarse en su casa. Era demasiado extraño. Bueno,
de nitivamente... pero raro.
Después de que el asombro inicial se disipó, comenzó a
emocionarse por la idea. Le gustaría que Daniel conociera a su
familia de una manera más aceptable. La pregunta era, ¿él iría?
Cuando oyó el estruendo de la motocicleta de Daniel, se dio
cuenta de que casi pasó veinte minutos mirando su armario.
Apresurándose, se puso un par de pantalones cortos y una camiseta
por encima de su tankini, y ató una camisa a cuadros con un nudo
en su cintura. Luego puso un par de vaqueros en su mochila junto al
protector solar, un libro de bolsillo y una gran toalla de playa lo
su cientemente grande para dos.
Daniel se encontraba apoyado en el asiento de su moto. Con gafas
de sol cubriendo sus ojos y un cigarrillo colgando de sus labios,
parecía una estrella de cine.
Y luego Shawna hizo su aparición.
—¡Hola, Daniel! No sabía que ibas. ¡Eso es tan genial! Oh, guau,
¿te hiciste un nuevo tatuaje? —Y pasó un dedo por su bíceps.
Daniel movió su hombro en un gesto irritado.
—Sabes que estoy con Lisanne, ¿verdad?
Shawna lanzó una risa falsa y movió sus pestañas postizas hacia
él. La mirada de Daniel repasó sus pechos y se preguntó si también
eran falsos.
Se dio la vuelta, pero no antes de que Shawna adivinara la
dirección de su mirada y saltara a la conclusión equivocada.
—Tendré tu lado de la cama caliente —susurró.
No la escuchó. Había visto a Lisanne, y una enorme sonrisa
iluminó su rostro a medida que sus ojos recorrieron sus piernas
desnudas. Era lo menos que la había visto usar afuera, ya sea del
dormitorio o el escenario.
—¡Me gusta! —dijo, con una sonrisa.
En el momento justo, Lisanne se sonrojó.
—Um, gracias. ¿No trajiste algo para nadar? —dijo, mirando sus
manos vacías.
—Claro, muñeca. ¿Quieres ver?
Abrió el primer botón de sus pantalones y tiró lo su ciente de la
pretina para revelar una banda de algodón azul oscuro.
—¡Daniel! —siseó, sus ojos lanzándose alrededor para ver si
alguien miraba.
Los ojos de Shawna fueron atraídos como un imán a la piel
expuesta de la que él alardeaba descuidadamente.
Daniel rio.
—Nada que ya no hayas visto, nena.
Y la atrajo en un abrazo.
Shawna se echó el pelo sobre el hombro y aspiró entre dientes.
El pequeño drama fue interrumpido por la llegada de Vin y Kirsty.
La camioneta se detuvo junto a la acera, seguida por una caravana
de otros tres coches, todos repletos de chicos de la universidad.
—¡Listos para tomar sol! —gritó Kirsty, felizmente.
Uno de los otros conductores llegó corriendo a la ventana de Vin.
—Oye, hombre. Estoy seriamente sobrecargado. ¿Puedes tomar
uno más?
—No sé, Paul. Ya tengo tres en la parte trasera.
—Estamos bien, Vin —dijo Daniel, sorprendiendo a todos—. Lis
puede sentarse en mis rodillas.
Vin sonrió. —Ya oíste al hombre, todos adentro.
Uno de los compañeros de fútbol de Vin, un enorme y alegre chico
llamado Isaac, se sentó en el medio, aplastando a Shawna en la
puerta.
Lisanne se encaramó torpemente sobre la rodilla de Daniel.
—¿Estás bien? —le preguntó con nerviosismo—. ¿No cortaré la
circulación en tus piernas? Soy bastante pesada...
Él rio ligeramente. —No, muñeca. El mejor asiento en la casa. Sólo
relájate.
La acomodó y empezó a succionar la suave piel en el costado de su
cuello.
Isaac le dio un codazo. —¡Oye! ¡No quiero verte toquetear a tu
chica hasta llegar a la playa, hombre!
Daniel sonrió. —Puedes tener a Shawna. Está disponible.
Lisanne escondió una risita, mientras que Isaac miró a una furiosa
Shawna con cautela.
—Oye —dijo Vin—. No hay toqueteos para nadie, regla del auto.
—¿Desde cuándo? —murmuró Kirsty, levantando una ceja.
Vin sólo sonrió. —Lis, necesitamos tu iPod para algunas canciones
geniales. Pásalo.
Lis se lo entregó, y el auto de pronto se llenó con los sonidos
oscilantes de Gin Wigmore.
—No sé quién es ésta —dijo Kirsty, después de varias canciones.
—Esta es Lykke Li.
—¿Licky quién?
Lisanne sonrió. —Lykke Li. Es sueca.
—¿Y quién era esa de antes?
—Asa. Ella está en una especie de soul jazz, de París, Francia.
—¿Y el anterior a esa?
—Birds of Tokyo.
—¿De Japón?
—De Perth, Australia.
—¿Qué pasa con el buen rock de Estados Unidos? —bufó Isaac.
—Hay un poco de Linkin Park ahí.
—¡Extraordinario! —gritó Isaac, quien parecía fácil de complacer.
A Lisanne le gustaba compartir su música, pero se sentía
incómoda sabiendo que Daniel no podía oír. Él le sonrió
rápidamente y pasó el resto del viaje mirando por la ventana. Era su
posición por defecto en los trayectos en vehículos.
El viaje fue corto y sin incidentes, si descartaba la presencia
malhumorada de Shawna. Daniel obedeció con poco entusiasmo la
nueva regla de auto de Vin, y se contentó con besarle el cabello y
apoyar una mano en su muslo desnudo.
Lisanne burbujeaba de felicidad. Nunca había tenido un novio,
nunca estuvo en la playa con un grupo de amigos y nunca se
besuqueó en un auto. Se sentía como si el mundo entero estuviera
lleno de posibilidades cuando Daniel se encontraba a su lado. Se
sentía segura y aventurera, todo al mismo tiempo.
Se retorció en su regazo y se inclinó para darle un beso.
—¿Por qué fue eso? —dijo él, sonriéndole.
Se encogió los hombros. —Estoy feliz.
Su sonrisa se ensanchó, y luego le devolvió el beso.
—¡Reglas del auto! —cantaron Isaac y Vin al mismo tiempo.
Lisanne empujó suavemente a Daniel.
—¿Qué? —dijo, abriendo los ojos.
—Reglas del auto —respondió con una sonrisa.
—Sí, bueno, eres una mala in uencia —contestó, sus ojos brillando
con humor.
La temperatura comenzó a subir junto con el sol, resplandeciente
en un impecable cielo azul. Vin encendió el aire acondicionado, pero
Kirsty rogó por abrir las ventanas en su lugar. Aceptó de inmediato,
incapaz de negarle algo.
—Hay demasiado viento aquí atrás —se quejó Shawna—. Está
arruinando mi cabello.
—Vamos a la playa, Shaw. Ya sabes, ¿arena, agua de mar?
—Me está secando la piel —gimió.
—Bueno, está bien —dijo Kirsty sacudiendo la cabeza y subiendo
la ventana.
Cuando llegaron a la playa, se desparramaron, felices y gritando
con entusiasmo. Los otros autos aparcaron detrás de ellos y
comenzaron a descargar el maletero.
La arena era de un oro pálido, el color y la textura del azúcar sin
re nar, y la suave brisa sacudió el corazón de Lisanne. Se sintió
ridículamente feliz y cuando se volvió para mirar a Daniel, con
ganas de compartir el momento, la sonrisa en su cara la hizo sentir
como si su cuerpo no pudiese contener tanta alegría pura.
El sonido de una maldición la distrajo. Isaac dejó caer una hielera
en su pie y por el sonido y el peso de la misma se encontraba repleta
de cervezas. Más y más hieleras con cervezas se descargaron, así
como una variedad de comida.
—Um, Kirsty —dijo en voz baja—, me siento muy mal. No traje
nada, ¿puedo darte algo de dinero o algo?
Kirsty sonrió y negó con la cabeza. —No, estamos bien. Te diré
algo, hay una tienda allí, ¿porque no compras más papitas fritas?
Deberías ver como comen esos chicos, nunca hay su cientes papitas.
Se sentía agradecida con su amiga. Kirsty sabía que no tenía
mucho dinero, pero las papitas era algo que podía manejar.
Golpeó a Daniel en el hombro. —Voy a comprar algunas papitas y
una botella de agua ¿Quieres algo?
Sacudió la cabeza. —No, yo compré, nena. —Y en una zancada
seleccionó tres enormes bolsas de tamaño familiar de papitas fritas y
una botella grande de agua.
Quedaba casi oculto por las papitas fritas mientras caminaba hacia
atrás, haciendo reír a Lisanne. Tomó una bolsa de él y siguieron a los
otros a la costa, buscando una zona vacía en la arena.
Vin y sus amigos ya se hallaban en pantalones cortos de natación e
Isaac giraba una pelota de fútbol en su dedo. Shawna permaneció de
espaldas al mar disfrutando la vista de toda la carne masculina
desnuda, mientras que Kirsty desplegó una enorme toalla playera y
procedió a frotar bloqueador solar en sus brazos.
Vin corrió hacia ella, murmurando algo sobre—: Mi trabajo. —Lo
que hizo a Kirsty soltar una risita.
—¡Vamos, hombre! —gritó Isaac—. ¡Fútbol! ¿Juegas o qué?
—O qué —respondió Vin, frotando bloqueador en la espalda de
Kirsty.
—¡Aw, demonios! —murmuró Isaac—. ¿Qué tal tú, Dan? ¿Quieres
jugar?
Lisanne empujó el brazo de Daniel mientras dejaba caer las bolsas
de papitas fritas al lado de las hieleras de alimentos.
—Isaac está preguntando si quieres jugar fútbol —dijo en voz baja.
El brillo en sus ojos, seguido de una expresión nostálgica, hirió el
corazón de Lisanne.
—Adelante —dijo alentadoramente—. No es más que un juego de
playa. Sólo intenta. Siempre puedes volver a frotarme loción en la
espalda.
Sonrió. —Siempre estoy dispuesto a ello, nena. —Tomó una
respiración profunda—. Bueno, qué demonios. —Se volvió hacia
Isaac—. ¡Estoy dentro!
Isaac gritó de alegría y chocó los cinco con el chico parado a su
lado.
Daniel desabrochó sus botas y se quitó los calcetines. Lisanne lo
miró, con la boca seca cuando se quitó la camiseta y se bajó los
pantalones.
—Oh Dios mío —exclamó Shawna—. ¡En verdad tiene aretes en
los pezones!
Todos se volvieron a mirar, pero Daniel no sabía por qué. Se
quedó inmóvil.
—Todo está bien —dijo Lisanne, tranquilamente—. Están
admirando tus, um, joyas en el pecho.
Una sonrisa conocedora cruzó el rostro de Daniel. —Siempre y
cuando te gusten, muñeca
—Sabes que sí —dijo, su cara se puso lo su ciente caliente como
para freír un huevo.
Se agachó y la besó con fuerza, dejándola sin aliento y con todo el
cuerpo enrojecido.
Se sentó, abanicándose.
—¿Caliente? —preguntó Kirsty, con una expresión irónica en el
rostro.
—De nitivamente —concordó.
Vin se echó a reír a carcajadas. —Tal vez debería ponerme unos.
—¡Ni se te ocurra! —gritó Kirsty—. Podrían pasar semanas antes
de que pudiéramos, um, quiero decir... dolería por semanas.
Ahora fue el turno de Kirsty de ruborizarse.
Lisanne se volvió para ver el partido de fútbol que tenía lugar más
lejos en la playa. En realidad no veía fútbol, por regla, así que
cuando Vin silbó entre dientes, lo miró intrigada.
—Daniel lanzó un pase de treinta yardas.
—¿Eso es bueno?
—Sí —dijo en voz baja, y luego se volvió a sentar para ver el
partido, una mano frotando distraídamente la rodilla de Kirsty.
Lisanne no podía decir lo que pasaba. Parecía que había un
montón de gritos, junto con un poco de correr y atrapar.
Entonces Isaac gritó—: ¡Touchdown! —Y se arrojó a Daniel, quien
se veía complacido.
—Él es bastante bueno —dijo Vin.
Luego se puso de pie y trotó para unirse a ellos.
Lisanne miró un ratito más, pero Daniel parecía estar haciéndolo
bien. Sacó un libro de bolsillo maltrecho y se puso sobre su estómago
para leer.
Shawna se acercó más al partido de fútbol, vestida con un bikini
que era tan pequeño que Lisanne no estaba totalmente segura de
porque se había molestado. Se sentía demasiado tímida para
sentarse con su traje de baño, especialmente al lado de Kirsty, que se
veía como una diosa con sus largos rizos y piel perfecta.
Después de media hora de sol ardiente, decidió ir a nadar. Kirsty
se hallaba dormida, todos los chicos continuaban absortos en el
juego y Shawna seguía haciendo su actuación de animadora, aunque
no era claro a quien trataba de animar. Pero al menos signi caba que
nadie veía a Lisanne. Se quitó la camiseta sin mangas y los
pantalones cortos, ató la parte de arriba de su tankini un poco más
alto, y con cautela se abrió paso por la arena caliente hasta la orilla
del mar.
El agua ondeaba sobre sus pies, dándole un aspecto como si se
estuviesen doblando y exionando como algas. Se adentró más,
dejando que el agua enfriara su piel caliente. Se hundió hasta las
rodillas y se estremeció ligeramente cuando el frío llegó a su pecho.
Avanzó un poco más, se inclinó hacia el agua y nadó serenamente.
A lo lejos, escuchó gritos y abucheos. Volvió la cabeza para ver a
Daniel levantando las manos hacia los chicos, como si estuviese
disculpándose por algo. Luego giró y corrió a lo largo de la playa
por una corta distancia, antes de sumergirse en el agua y nadar
rápidamente hacia ella.
Se levantó de un salto a su lado, con el cabello pegado a su cabeza,
el sol brillaba en su pecho y el agua del mar se derramaba desde sus
hombros.
—Hola, muñeca, ¿me extrañaste?
—Puede que sí.
Hizo un puchero. —¿Sólo puede?
—Bueno, parecías estar divirtiéndote con los chicos y pensé en
venir a nadar.
—Lo sé. —Le sonrió—. Estaban bastante locos, pero entre ellos y
mi chica toda mojada, no hay competencia.
La atrajo hacia él y ella envolvió las piernas alrededor de su
cintura. Sus manos se deslizaron bajo su trasero para sostenerla
mientras atacaba sus labios.
Ella abrió la boca y su lengua se deslizó dentro. Él gimió y levantó
una mano hasta el centro de su espalda, presionándola con más
fuerza.
Cuando movió la cabeza hacia atrás, vio sus ojos oscuros por el
deseo. Gimió y la movió con cuidado.
—¿Qué pasa? —preguntó con la voz tan ronca que apenas la
reconoció como suya.
—Tengo una erección —murmuró—. No se supone que eso le
suceda a los hombres estando en agua fría. Eres tú, nena. Eres tan
caliente. Podría follarte aquí y nadie lo sabría.
Lisanne soltó risitas un poco nerviosa.
—Creo que la gente puede darse cuenta, si de repente comienzas a
ponerte un condón, a menos que puedas hacerlo bajo el agua.
Daniel volvió a gemir. —Mierda. Vamos a tener que conseguirte la
píldora, nena. Me estás volviendo loco.
Lisanne parpadeó. No sabía como sentirse al respecto. Pero Daniel
no se dio cuenta del cambio en su expresión. Estaba demasiado
ocupado besando la parte superior de su pecho y chupando su
cuello suavemente.
Levantó la vista cuando Lisanne se removió en sus brazos.
—¿Qué pasa, nena?
—Están sacudiendo las manos hacia nosotros para que vayamos a
comer algo.
—Mierda. Necesitaré un minuto —dijo y la dejó deslizarse hacia
abajo contra su cuerpo—. Voy a nadar un poco, ¿está bien?
—Iré contigo. No tengo hambre de todos modos.
Lisanne nadaba paralelo a la playa, mientras que Daniel nadó cien
metros a toda velocidad, y luego vino chapoteando hacia ella.
Su cabeza rompió el agua y le sonrió.
—¿Te sientes mejor? ¿Todo está en el lugar que corresponde?
—No estoy seguro de eso, bebé. Mi polla te pertenece.
Lisanne se sonrojó. Tenía una boca tan sucia. Y le encantaba.
Caminaron por la playa tomados de la mano, con Daniel
inclinándose para besarla cada pocos pasos. Lisanne tenía la certeza
de que podría haber pasado por un hidrante rojo brillante con la
demostración pública de afecto.
—Um, ¿Daniel? Ya casi estamos allí.
—Lo sé —dijo, acariciándole el cuello con la nariz—. Tus pezones
están tan duros. No puedo esperar para envolver mi lengua
alrededor de ellos.
Ella golpeó su brazo y la miró con sorpresa.
—¿Qué?
—¡No!
—¿No qué? —dijo, mirándola confundido.
—No... digas cosas como esas delante de la gente. Voy a morir de
vergüenza.
Daniel entrecerró los ojos hacia ella.
—¿Te avergüenzas de ser vista conmigo?
—¡No! ¡Dios, no! Es que... cuando dices esas cosas sobre el sexo...
me da vergüenza. No estoy acostumbrada —terminó sin convicción.
Se sintió aliviada al ver que su sonrisa se restableció rápidamente.
—Está bien, muñeca, pero no puedo garantizar que seré capaz de
mantener mis manos lejos de ti. Sólo digo.
Los otros habían hecho un trabajo rápido con la comida, y todo el
mundo parecía tener un plato de papel cargado con algo.
Los ojos de Daniel se ampliaron al ver los montones de costillas a
la parrilla, alitas de pollo y perros calientes. Buena comida de
manera regular era una rareza para él. Pronto se puso a comer
felizmente.
Lisanne pre rió la comida más ligera, pasta fría y ensalada.
Se acomodaron en su toalla y disfrutaron de la comida.
—Hombre, tienes un brazo para lanzar impresionante —dijo Vin.
Lisanne golpeó la rodilla de Daniel y señaló discretamente a Vin.
—Lo siento, hombre, ¿qué?
—Sólo estoy sorprendido de que no intentaste entrar en el equipo.
Seguro jugaste en la secundaria.
—Oh, sí, un poco.
—Más que un poco —resopló Kirsty—. Lis dijo que fuiste el
mariscal de campo en tu escuela.
Hubo un breve silencio mientras Daniel lanzó una mirada
acusadora a Lisanne.
—Sí —dijo nalmente.
Vin frunció el ceño. —Entonces, ¿cómo es que no hiciste la prueba
este año?
—Sí, hombre —agregó Isaac—. Lanzaste un pase limpio de treinta
yardas malditamente cerca de Vinny desde un arranque en frío.
Daniel se encogió de hombros y se levantó, tirando el plato a la
basura. Luego sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de sus
vaqueros.
—Estaba ocupado.
Vin pudo ver que por alguna razón, Daniel se sintió incómodo con
el tema, por lo que lo dejó ir velozmente. La conversación pronto se
convirtió en los planes de todo el mundo para Acción de Gracias.
Lisanne miró a Daniel y articuló—: Lo siento.
Se encogió de hombros de nuevo y sopló el humo del cigarrillo
lejos de ella.
Ahuecó su mejilla suavemente hasta que la miró. —Realmente lo
siento.
Le dedicó una sonrisa torcida. —Está bien. Me gusta que hables de
mi cuanto no estoy allí. Bueno, si se trata de cosas buenas.
—Siempre —dijo Lisanne suavemente.
Su sonrisa de respuesta fue tímida y dulce.
—¿Sí?
—Sí, y —dijo, tomando una respiración profunda—, hay algo más
que quería decirte, pero no sé lo que vas a pensar.
Una pequeña arruga apareció entre las cejas de Daniel. —
Adelante.
—Mi mamá te invitó a unirte a nosotros para Acción de Gracias.
No respondió, de hecho su cara parecía haberse congelado a mitad
de camino a través de un pensamiento. Lisanne sintió que
balbuceaba.
—Le dije a mamá que estarías solo y que quería quedarme aquí
contigo.
Eso captó su atención.
—Tú... te ibas a quedar aquí... conmigo.
Asintió.
—¿Por qué? —Parecía genuinamente perplejo.
—¡Porque sí! —dijo rodando los ojos.
Daniel por lo general no era obtuso, pero a veces realmente no la
entendía.
Lisanne intentó de nuevo.
—Entonces, ¿quieres? ¿Venir para Acción de Gracias?
Daniel se pasó las manos por la cara.
—¿En serio? Tu viejo me dejará ir a su casa por Acción de
Gracias... ¿y no va a dispararme ni nada?
Lisanne rio al ver la expresión en su rostro.
—Nop. Probablemente te echará una mirada severa cada vez que
me mires.
—Suena divertido —murmuró, pero Lisanne se dio cuenta que
trataba de ocultar una sonrisa.
—¿Puedo decirle que sí?
—¿Habrá pavo?
—Por supuesto.
—¿Y puré de patatas?
—Con salsa.
—¿Y pastel de calabaza?
Lisanne sonrió. —Confía en mí, habrá alimentos su cientes
incluso para ti.
Daniel se puso serio.
—Es realmente genial de su parte, Lis. Lo digo en serio. Pero no
creo. Toda esa gente. No voy a ser capaz de. es muy difícil.
Le acarició el brazo. —Voy a estar allí y te ayudaré, hoy estuvo
bien, ¿no es así?
Asintió y le mostró una pequeña sonrisa.
—Sí, hoy ha sido genial. Sé que perdí algunas cosas y algunas de
los gritos cuando jugábamos fútbol, pero saber que estás cuidando
mi espalda, hace que sea mucho más fácil. Te lo iba a decir más
tarde, pero. gracias. Gracias por hoy.
La boca de Lisanne se abrió con un suave pop.
—De nada —dijo, débilmente.
La tarde transcurrió pací camente. Vin organizó un complicado
juego de Frisbee en el agua, con tres piezas de plástico zumbando
sobre las cabezas de todos, donde nadie, excepto Vin conocía las
reglas.
Comieron más, y luego la mayoría de la gente se extendió por un
sueño al sol antes de regresar. Daniel fue por otro largo baño,
compitiendo con Isaac y uno de los chicos. Luego goteó en su
camino de vuelta a la arena caliente y plantó besos helados en el
vientre de Lisanne. Se acostaron juntos y durmieron cómodamente,
con la cabeza de ella en su pecho.
Shawna se las arregló para regresar en otro de los autos, lo que
estuvo bien para Lisanne.
Escogió un poco de música suave de su Ipod, y pronto los sonidos
ambientales de You Know What I Mean de Cults y algo de Alison
Sudol llenaron el coche. El viaje fue tranquilo, con todo el mundo
dormitando después de un largo día de sol, mar y arena.
De repente Vin se enderezó.
—Oh, mierda —murmuró—. Me está mandando a parar la policía.
Lisanne se puso muy nerviosa. Nunca había estado en un auto que
fuera detenido por la policía. Ir con Zef a recoger a Daniel fue lo más
cerca que jamás llegó de un o cial de la ley. Realmente no quería un
encuentro más cercano.
Daniel se volvió para mirar por encima del hombro y Lisanne
señaló detrás de ellos.
—Mierda —dijo en voz baja.
Kirsty lo encaró y le lanzó una mirada furiosa.
—¿Llevas algo encima, Daniel? ¡Porque si llevas algo, podría
afectarnos a todos!
—¡No, no llevo nada, joder! —le gruñó.
Vin apretó la mandíbula, pero no pronunció palabra. Se detuvo y
bajó la ventanilla mientras el policía se acercaba.
—¿Ocurre algo, o cial?
—No fue capaz de mantenerse en el carril mientras conducía:
licencia de conducir y documentación —dijo el hombre
abruptamente.
Vin abrió su billetera y le tendió su licencia.
—Si puede salga del vehículo, por favor, señor Vescovi.
Pareciendo preocupado, Vin salió y los policías lo llevaron a cierta
distancia del coche. Parecían estar preguntándole algo y Vin negaba
vigorosamente con la cabeza.
Daniel los observaba de cerca y Lisanne sabía que estaba
leyéndoles los labios. Se giró hacia ella rápidamente.
—Lis, creo que van a arrestarme —dijo con la voz tensa.
—¿Qué? —espetó Kirsty—. ¿Cómo sabes eso?
La ignoró.
—No les digas nada a ellos, envíale un mensaje a Zef tan rápido
como puedas. ¿Por favor, nena?
—¡No entiendo! —gritó Lisanne—. ¡No has hecho nada!
—¿Crees que eso los detendrá? —se mofó—. Créeme, cuando te
apellidas Colton, no necesitan un motivo.
—Daniel —susurró Lisanne—, ¿hay algo más, cualquier cosa?
La mirada de rabia y decepción en la cara de él secaron las
palabras en su boca hasta que supieron a cenizas.
Los policías volvieron al coche y les ordenaron a todos salir.
Un hombre anotó sus nombres, y luego se acercó a Daniel. Ni
siquiera le pidió la cédula de identidad
—Dese la vuelta mirando el coche, Colton. Lo arresto por sospecha
de posesión de drogas e intento de distribución.
Lisanne jadeó mientras el o cial esposaba las manos de Daniel en
su espalda. Kirsty la agarró del brazo mientras se lanzaba hacia
delante.
—¡Lis, no! Eso no ayudará. —Luego Kirsty alzó la voz—. Perdone,
o cial. Mi padre es abogado y sé que...
—Escucha, niña —dijo el más pequeño de los dos policías—. Si me
dieran un centavo por cada niño rico que me contó que su padre era
abogado, sería millonario y no estaría arrestando mocosos en la
carretera. Mi consejo es que vuelvas a tu coche caro, te quedes
callada y te mantengas alejada de escoria callejera como esta.
Señaló a Daniel y le dio a Kirsty una mirada de advertencia.
—Tiene derecho a permanecer en silencio —dijo el policía más
grande, a la nuca de Daniel—. Cualquier cosa que diga o haga podrá
ser usada en su contra en un tribunal de justicia.
Lisanne se desplomó contra Kirsty, cuyos brazos se envolvieron
alrededor de ella apretadamente.
—Tiene derecho a consultar a un abogado antes de hablar con la
policía —continuó el poli—. Y a tener un abogado presente durante
el interrogatorio, ahora o en el futuro. Si no puede permitirse un
abogado, se le asignará uno de o cio antes de cualquier
interrogatorio, si así lo desea. Si decide responder alguna pregunta
ahora, sin un abogado presente, todavía tendrá derecho a dejar de
responder en cualquier momento hasta hablar con un abogado.
Conociendo y entendiendo sus derechos ya que se los he explicado,
¿responderá a mis preguntas sin un abogado presente?
Daniel no habló, y Lisanne supo que no escuchó ni una palabra.
—Dije, ¿entiende estos derechos? —le espetó el policía, mientras
empujaba la cabeza de Daniel que golpeó el techo de la camioneta
con un ruido sordo.
—Desgraciado —murmuró Isaac entre dientes.
Daniel fue escoltado hasta el coche patrulla. No miró atrás
mientras lo llevaban lejos.
Vin se acercó a ellos, pálido y tembloroso. El policía ignoró por
completo la razón por la que había sido parado, la falsa acusación de
“no ser capaz de mantenerse en el carril”.
Kirsty se giró hacia Lisanne.
—Te lo voy a preguntar una vez, Lis. ¿Daniel llevaba algo encima?
¿Cualquier cosa?
Lisanne negó con la cabeza.
—¡Parecía tan enfadado cuando le pregunté eso! —dijo, las
lágrimas escociéndole los ojos.
Vin habló en voz baja.
—Sabían que él venía en el coche.
—¿Qué? —soltó Kirsty.
—Sabían que Dan venía en el coche. Quiero decir, no me
preguntaron su nombre ni nada. Ese policía grande dijo: “¿Colton te
ha proporcionado algún tipo de droga hoy o en el pasado?” Eso fue
antes de que comprobaran las cédulas de identidad de todos. Sabían
quién era él antes de pararme. Como si nos estuvieran esperando.
—Tengo que llamar a su hermano —dijo Lisanne suavemente.
—No —dijo Kirsty, su voz rebosando autoridad—. Vin, llévanos a
la comisaría.
—¿Qué vas a hacer?
—Ayudar a Daniel —dijo—. Como dije, papá es abogado y sé que
no pueden hacer lo que acaban de hacer.
—Cariño, sé que quieres ayudar...
—Lo digo en serio, Vin. Hablaré con papá por teléfono, me dirá
qué decir.
Una hora más tarde, un aturdido Daniel salía de la comisaría
escoltado por una victoriosa Kirsty, entre los gritos y vítores de Vin e
Isaac.
Lisanne rompió a llorar.
—Oye, nena. No llores —dijo, secándole las mejillas con sus dedos
—. Todo está bien. Estoy bien.
Vin alzó a Kirsty y le hizo girar, mientras ella reía felizmente.
—¿Qué pasó? —dijo Lisanne ahogadamente entre lágrimas.
—Tu amiga estuvo genial —dijo Daniel, con una enorme sonrisa
dirigida a Kirsty—. Los machacó totalmente. Para cuando nos
fuimos la llamaban “señora”.
—Muchas gracias —dijo Kirsty con una delicada reverencia—.
Tengo que coincidir con Daniel, estuve totalmente genial. Bueno, mi
padre fue totalmente genial, me dijo todo lo que tenía que decir.
—Pero no entiendo —sorbió Lisanne—. ¿Por qué te arrestaron? No
hiciste nada.
Kirsty se puso seria.
—Honestamente, Daniel. Creo que padeces un caso de acoso
policial. Vin tenía razón, te buscaban y por lo que no estaban
diciendo, querían usarte para atrapar a tu hermano.
Daniel hizo una mueca.
—Nah, me voy a quedar muy lejos de esos hijos de puta.
Kirsty suspiró. —Papá dice que deberías salir de la ciudad por un
tiempo si puedes. ¿Tienes algún lugar a donde ir mientras todo esto
se calma?
Daniel alzó sus labios en una lenta sonrisa.
—Sí. ¿La oferta sigue en pie, nena?
—¿Perdona? —jadeó Lisanne, completamente desconcertada por
el cambio de dirección.
—¿La invitación para Acción de Gracias sigue en pie?
Ella enganchó los brazos alrededor de su cuello, y nuevas lágrimas
corrieron por su cara.
—Sí —murmuró en su pecho, a pesar de que no podía oírla—. Sí
— repitió, levantando la vista a su hermosa cara.
14
Traducido por Apolineah17, nelshia & Aileen Bjork
Corregido por Aime Volkov

Zef se quedó de pie con los brazos cruzados mientras Daniel metía
la ropa en su mochila.
Cuando estuvo de frente a él, le dijo—: Así que vas a ir con ella, la
cantante.
Asintió. Aunque su expresión era neutral, tenía la mandíbula
apretada.
Zef se frotó los dedos por el rostro, una expresión de frustración
que su hermano menor aparentemente había heredado. Luego metió
las manos en sus bolsillos.
—Lo que sea. Probablemente es mejor que salgas de la ciudad por
un tiempo.
Ese era el plan, pero las palabras de Zef preocuparon a Daniel.
—¿Qué está pasando? Esos policías realmente te tienen en la mira.
He estado manteniéndome alerta desde entonces, ellos no jugaban.
Zef negó con la cabeza lentamente.
—Las cosas se han... complicado.
Frunció el ceño con irritación y confusión.
—No lo entiendo. No necesitamos el dinero. Ya que. ya que mamá
y papá. el seguro pagó la hipoteca y está el deicomiso para mis
gastos de matrícula. Tengo mi trabajo de verano en la tienda de
autos, también podría trabajar los nes de semana. Si consiguieras
un trabajo.
—¿Quién va a darme un trabajo, hombre? Quiero decir, ¿en serio?
¿Con mis antecedentes? Ni siquiera podría conseguir que me
paguen para abastecer los estantes en WalMart.
—Regresa a la universidad, termina tu carrera.
—No lo entiendes, no eres más que un niño.
Daniel enfureció.
—¿Eso es lo que piensas?
Zef se encogió de hombros y luego negó con la cabeza.
—No, hombre. Realmente no. Sólo digo que es más complicado de
lo que piensas.
—Entonces dime, estoy seguro de que puedo ponerme al tanto.
Zef hizo una mueca.
—Mira, lo que sea. Ve a disfrutar Acción de Gracias con tu chica.
Tal vez hablaremos cuando regreses. ¡Vamos, fuera de aquí! Disfruta.
No seas un marica.
Daniel sonrió suavemente, luego su rostro se puso serio de nuevo.
—Pero ¿hablaremos cuando vuelva?
—Sí, tal vez. Ahora anda, vete.
Zef presionó a su hermano en un abrazo y susurró—: Lo siento,
niño.
Sabía que Daniel no podría oírlo.
Condujo hacia los dormitorios mientras una ruidosa multitud de
estudiantes universitarias salían a tropel, gritando y empujando,
cargando maletas pesadas y amontonándolas en los coches. Era un
alegre alboroto. Alegre para todos los que se iban a pasar tiempo con
sus familias. Daniel se sentía cualquier cosa menos alegre, lo ponía
tan nervioso como el in erno la perspectiva de quedarse en casa de
los Maclaine. Le preguntó a Lisanne si su padre tenía un arma,
ignorando los ojos en blanco que ella puso, e incluso buscó en
Google la ubicación del motel más cercano en caso de que las cosas
no salieran de acuerdo al plan.
Pateó el soporte de la motocicleta y se inclinó para sacar el regalo
de Acción de Gracias para Lisanne. Uno de los dos regalos que
consiguió para ella. Dudaba de que le fuera a gustar, pero
de nitivamente lo necesitaba.
Intentó envolverlo, incluso compró un poco de papel caro y un
lazo. Pero el papel no quedaba bien y el lazo seguía deshilachándose.
Al nal utilizó tanta cinta adhesiva que la maldita cosa parecía tan
atractiva como algo atropellado. Razón por la cual lo metió dentro
de una bolsa de plástico.
Se las arregló para abrirse paso entre la multitud de chicas
hormonales, preguntándose si el haber sentido que alguien tocaba su
trasero fue un accidente, cuando chocó con_ ¿cómo diablos se
llamaba? Se devanó los sesos mientras los ojos de ella se
ensanchaban al darse cuenta de quién era el pecho al que miraba de
arriba a abajo.
—¡Oh, Daniel!
—¡Hola! —dijo amablemente.
Empezó a avanzar, pero lo agarró del brazo.
—Cometiste un error al no llamarme de nuevo —dijo con una
mirada desa ante.
No pudo evitar sonreír. La chica tenía pelotas.
—Feliz día de Acción de Gracias —dijo, guiñándole un ojo—,
Terri.
Hizo un puchero y echó su largo cabello rojo sobre el hombro.
Subió los escalones de dos en dos hasta que estuvo parado afuera
de la habitación de Lisanne. Tocó la puerta con fuerza.
Ella abrió la puerta, con los oídos zumbando debido a los chillidos
agudos de Kirsty, y le sonrió, con las mejillas rosadas y los ojos
brillantes. Daniel no pudo evitar inclinarse para besar sus dulces
labios. En el momento en que su piel tocó la piel de ella, la chispa de
electricidad se encendió y no pudo negarlo, por lo que profundizó el
beso, deseando sentir su cuerpo presionado contra el suyo.
Varias chicas que merodeaban por el pasillo silbaron y gritaron
comentarios que las buenas estudiantes universitarias no deberían
saber, aunque fuesen anatómicamente correctos. Tal vez fue una
suerte que Daniel no los hubiera oído, no que le habría importado.
Pero a Lisanne sí, su rostro se volvió rojo y lo tiró dentro para cerrar
la puerta.
—¿Qué? —preguntó, desconcertado.
—Nada —mintió, luego continuó al ver que su respuesta lo
molestaba—. Sólo algunas estudiantes de segundo año viendo a mi
novio.
Daniel se echó a reír. Le gustaba que fuera posesiva.
Kirsty enarcó las cejas y suspiró teatralmente.
—¡Hola! ¡Estoy en la misma habitación que ustedes, chicos! Existo.
Hay vida más allá de la burbuja de Lisanne-Daniel.
—Lo siento, Kirsty —murmuró Lisanne.
—Sí. Lo que ella dijo. —El tono de Daniel no era del todo serio, y
sonrió—. Hola, Kirsty. No te vi por allá.
Kirsty gimió. —Oh Dios, ahora soy invisible. Finalmente sucedió.
Cuanto antes superen la fase de luna de miel, mejor para nosotros
los simples mortales.
—¡Oh, claro! —resopló Lisanne—. Y tú no gritabas porque Vin te
envió un lindo mensaje de texto diciendo: “¡Oh, Kirsty! Eres la mujer
más hermosa que he visto en mi vida. Tus ojos son como dos za ros
dentro de un gran anillo azul, y las tórtolas cantan cada vez que
entras en una habitación...”.
Kirsty le lanzó un cojín.
—¡Ya cállate! No decía eso, no exactamente.
Daniel sintió ganas de retroceder fuera de la puerta. Los niveles de
estrógeno en la habitación llegaban a los cielos y eran lo
su cientemente altos como para fundir las bolas de un mono de
latón. Probablemente. No era lugar para un hombre.
—Um, sí, te esperaré afuera —dijo.
—¿Qué? No, estoy lista.
Lisanne se abalanzó hacia Kirsty y la abrazó con fuerza.
—Envíame mensajes todos los días, ¿lo prometes?
—Por supuesto. Y dime cómo va todo en tu casa. Ah, y recuerda lo
que dije, de nitivamente tienes que tener sexo en tu dormitorio de la
infancia —respondió Kirsty, murmurando en el cuello de Lisanne.
Jadeó. —¡Kirsty!
—Sólo digo, será impresionante. Créeme.
Kirsty le guiñó un ojo a Daniel, quien tenía algunos pensamientos
inapropiados cuando vio a su novia besando a otra mujer, aunque
no escuchó la conversación. Sacudió la cabeza para despejarse y de
repente decidió que sería inteligente mantener el regalo de Lisanne
en frente de él.
Lisanne le dirigió una mirada extraña, probablemente porque sus
ojos parecían estar a punto de estallar. Alzó una pequeña bolsa.
—¿Esto está bien?
—Um^
—¿Encajará en Sirona?
—¿Quién es Sirona? —preguntó Kirsty, la curiosidad coloreando
su tono.
Lisanne se rio. —Su motocicleta.
—¿Le puso nombre?
—¡Lo sé! —Rio Lisanne.
—¡Oigan! —dijo Daniel—. ¡Estoy parado justo aquí!
—Ahora ya sabes lo que se siente —murmuró Kirsty.
Lisanne agarró la mano de Daniel y lo arrastró fuera de la
habitación.
—¡Adiós, Kirsty! ¡Feliz Día de Acción de Gracias!
—Sí —dijo Daniel—. Lo que ella dijo.
—¿Qué pasa contigo? —le dijo Lisanne a Daniel—. Estás actuando
extraño, todo raro.
Daniel miró nerviosamente alrededor, la llevó a una esquina vacía
junto al armario del conserje, y luego le arrojó el regalo.
—Para ti —murmuró—. No es mucho, y no es nuevo, ni nada, así
que si no te gusta está bien, pero pensé que podrías usarla y... sí... sí.
El rostro de Lisanne cambió lentamente de la confusión a la
comprensión, y luego al placer.
—¿Tú. me compraste un regalo?
Asintió. —Sí, pero es bastante horrible. No es nuevo, pero pensé.
no sé. no tienes que.
¡Mierda! ¿Por qué darle un regalo a una chica era tan difícil? Porque
nunca lo has hecho antes, idiota.
—Daniel, me encanta.
La miró jamente, completamente atónito. —Pero. ni siquiera lo
has abierto.
Lisanne se acercó y lo besó en la mejilla. —Me encanta porque
viene de ti.
Las puntas de las orejas de Daniel se enrojecieron, y de repente el
feo alfombrado parecía increíblemente fascinante.
—Probablemente no quedará bien —murmuró, casi para sí mismo.
Lisanne sacó el paquete de la bolsa. Contuvo una sonrisa al ver los
fútiles intentos de Daniel para envolver regalos. Jesús, parecía que lo
envolvió con los ojos vendados, y usando los dedos del pie.
Trató de arrancar el papel, pero tenía tanta cinta adhesiva que no
podía lograr ningún avance.
—Um, ¿podrías ayudarme? —dijo, reprimiendo el impulso de reír.
—Mierda —murmuró Daniel.
Cuando no pudo arrancarlo con sus manos, usó los dientes para
rasgarlo y abrirlo, después se lo devolvió a Lisanne.
Finalmente, nalmente Lisanne tuvo su regalo abierto.
Dentro contenía una chaqueta negra de cuero, talla pequeña. Se
había puesto suave por el uso, el cuero descolorido y desgastado, las
mangas se curvaban en la zona de los codos por los años de uso.
Mientras Lisanne extendía los brazos, Daniel la deslizó sobre sus
hombros, y después subió el cierre.
Se ajustaba a la perfección.
Maldita sea si no se veía sexy en cuero.
—Pensé que te mantendría cálida cuando fueras en la motocicleta.
No tienes que usarla —dijo—, pero es más segura que tu chaqueta,
así que creí...
Lisanne presionó los labios contra los suyos para silenciar su
balbuceo nervioso.
—Ahora puedes dejar de hablar —dijo, mirándolo a los ojos—. Me
encanta.
Daniel sonrió, un poco inseguro. —¿Si? Porque es de segunda
mano y sé que a las chicas no les gustan esas cosas, así que. —Sus
palabras se desvanecieron mientras le sonreía felizmente—. ¿Te
gusta?
—Me encanta. Te lo dije.
—Bien, porque luce malditamente sexy en ti. Me hace querer
hacerte cosas.
—¿Qué clase de cosas? —dijo con una mirada desa ante.
Sus brazos descendieron de repente y la levantó, con las manos
debajo de su culo, por lo que las piernas de Lisanne se envolvieron
automáticamente alrededor de su cintura. Entonces la presionó
contra la pared y la besó con fuerza.
A través del brillo de lujuria que de inmediato la envolvió, podía
sentir las caderas de él aplastándose entre sus muslos.
—Te voy a follar contra una pared, muñeca, y todo lo que estarás
usando será esa chaqueta de cuero.
Jadeó mientras él murmuraba esas palabras contra su garganta.
Ella aseguró las manos alrededor de su cuello e hizo un par de
movimientos por su cuenta, sacándole a Daniel un gemido desde lo
profundo de su pecho.
Poco a poco la dejó deslizarse abajo, con sus ojos oscuros y
salvajes.
De pronto, la agarró por la muñeca, la metió dentro del armario
del conserje y cerró la puerta, dejándolos en una oscuridad
iluminada únicamente por las grietas de luz.
Cuando Lisanne sintió a Daniel tirando del botón de sus vaqueros,
le agarró las manos y lo detuvo.
Él suspiró profundamente, y lo abrazó mientras sus respiraciones
volvían a la normalidad poco a poco. Después de un rato, abrió
cautelosamente la puerta y salió.
Un par de chicas que pasaban caminando se rieron, y Lisanne
supo que las pocas pizcas que quedaban de su reputación acababan
de desintegrarse cuando Daniel la siguió fuera.
—Lo siento —dijo, ni siquiera un poco avergonzado—. Te ves tan
ardiente.
No sabía si estaba más excitada o molesta porque hubiera tratado
de follarla en un maldito armario que olía a lejía.
—Deberíamos ponernos en marcha —dijo, alzando las cejas hacia
él.
—Tú siempre haces que me ponga en marcha, nena —respondió
con una sonrisa.
—¡Daniel!
—¿Qué?
Se preguntaba cuánto margen de maniobra tenía realmente el
armario, Lisanne jaló su manga y él la siguió por las escaleras, riendo
en voz baja. No existía absolutamente ninguna duda en su mente,
que si no lo hubiera detenido, ahora serían un desastre caliente y
sudoroso.
¡Ese chico!
Sin dejar de sonreír para sus adentros, Daniel metió la mochila de
Lisanne en las alforjas de la motocicleta.
—¿Hay algo que se pueda romper aquí, nena? —preguntó, con
cierto retraso.
—¡Um, no! —Se rio—. ¿Y ahora me lo preguntas?
Se encogió de hombros. —Me distrajiste.
—¿Me estás culpando?
Sonrió. —Sí, eres totalmente impresionante.
Lisanne sintió un leve calor en sus mejillas. De importante nerd
musical a impresionante en medio semestre, le gustaba.
Le entregó un casco y balanceó una larga pierna sobre la moto,
después le tendió la mano.
El rugido del motor era muy fuerte, y Lisanne pudo ver varias
cabezas volteando en su dirección. Unas cuantas chicas sabían que
ella y el famoso Daniel Colton estaban saliendo, pero después de
esto, sería de conocimiento general. Le alegraba, pero también la
ponía nerviosa. No comprendía por qué.
Aseguró las manos alrededor de su cintura. Que se fue
convirtiendo rápidamente en uno de sus lugares favoritos de Daniel,
dentro de su lista. Aunque era una lista bastante larga.
Condujo lentamente hasta llegar a la interestatal, después se dejó
llevar, mostrando lo que Sirona podía hacer, y que no era una mujer
imponente a pesar de sus más de cuarenta años. Lisanne se aferró a
su cintura y la apretó muy duro, recordándole que en realidad no
quería ser detenido por exceso de velocidad de nuevo. Debió de
haber comprendido, porque desaceleró un poco. Sólo podía esperar
que estuviera por debajo de los sesenta kilómetros por hora.
Después de dos horas, viajar en Sirona comenzaba a perder parte
de su atractivo. Además de cualquier otra cosa, las vibraciones
provocaban que su culo se entumeciera. Se movió incómodamente y
deseó el lujoso todoterreno de Vin con aire acondicionado. Se sentía
culpable porque sabía que Daniel no podía permitirse algo así, y le
había comprado la chaqueta de cuero genial para hacerla sentir más
cómoda. Deseaba que también le hubiera comprado un cojín para
sentarse.
Después de otros treinta minutos ya tenía su ciente. Quería
ponerse de pie. Quería caminar. Quería frotarse el culo y estirar las
piernas. Vio una parada de camiones más adelante, golpeó a Daniel
en el hombro y la señaló.
Hizo girar la motocicleta y se dirigió al carril de salida. Cuando
por n apagó el motor, Lisanne se sentía algo animada.
Se quitó el casco y se bajó como pudo, frotándose cuidadosamente
el trasero.
Daniel la miró como si estuviera tratando de no sonreír.
—¿Estás bien, muñeca?
—No, ¡no puedo sentir mi trasero! —dijo malhumorada.
—¿Quieres que yo lo toque?
Antes de que tuviera la oportunidad de responder, se agachó y le
masajeó el culo, sus fuertes dedos trabajando sobre la suave carne.
Gimió de placer. De nitivamente él había errado en su vocación.
Sería el masajista más increíble. Un masajista personal. Su masajista
personal. Y ella sería su única clienta.
—¿Mejor?
—No te detengas —gimió.
Le sonrió. —Nena, si no me detengo ahora, voy a querer follarte
en medio de una parada de camiones. ¿Ves lo que me haces?
Bajó la mirada a la parte delantera de sus vaqueros y Lisanne se
sorprendió al ver un bulto notable.
—Oh —dijo en voz baja—, lo siento.
—Está bien. Pero no puedo esperar a llegar a tu casa.
Lisanne parpadeó. —¡Sabes que no podemos besuquearnos en
casa de mis padres! —dijo, con un poco de pánico en su voz.
Una pequeña arruga apareció entre sus cejas. —¿Por qué no?
—Porque... porque'...
Daniel sonrió. —No voy a hacerlo delante de tus padres, Lis. No
quiero darle a tu papá otra razón para echarme. Esperaremos a que
salgan o algo.
—Oh —dijo Lisanne, débilmente.
—¿A menos que no quieras? —dijo, su voz repentinamente
insegura.
—¡Lo quiero!
¿Lo quiero? Se preguntó a sí misma. ¿En la casa de mis padres?
—Bien —dijo él, feliz y fácilmente apaciguado.
Todavía se preguntaba lo que acababa de acordar mientras
entraban en la pequeña cafetería. Su mamá no le dijo que no podían
hacerlo, pero dio a entender que el “buen comportamiento” era el
precio de la invitación. No tenía duda de que su mamá se refería a
no besuquearse, lo que signi caba no tener sexo.
La camarera se acercó con una jarra de café, vertiéndolo de
inmediato en las dos tazas que esperaban en la mesa. Lisanne lo
miró pensativamente y Daniel ordenó todo lo que podía ser frito.
—¿Qué? —dijo, echándole un vistazo mientras se recostaba para
beber su café.
—¿Hambriento?
—Sí —dijo, sonriendo—. Muerto de hambre.
—¿No comiste anoche?
Miró su café. —Nah, no llegué a hacerlo.
Golpeó la palma de su mano. —Bueno, será mejor que te pongas a
entrenar porque mamá te alimentará hasta que explotes.
—Suena bien. No he tenido una comida casera desde... no por un
largo tiempo.
Le acarició la mano. —Lo sé.
—Um, Lis, no quiero sonar como un marica o algo así, pero.
Parecía extrañamente ansioso.
—Daniel, ¿qué es?
—Sólo. no me dejes a solas con tu familia, ¿de acuerdo? Es difícil.
—Creo que deberíamos contarles, acerca de ti. Lo haría más fácil.
—¡Mierda, no! Tu papá ya me odia. No necesito darle otra razón.
Lo miró con confusión.
—Papá no te odiará porque seas sordo. Quiero decir, no es feliz
porque estemos... ya sabes... pero no por eso.
—Lis —dijo, con paciencia—. No querrá a su única hija saliendo
con un chico que no es del todo...
—¡No lo digas! —interrumpió, su voz áspera—. Simplemente no
lo hagas. Quiero estar contigo. Eso es lo que importa, es todo lo que
papá necesita saber. De todos modos —dijo en voz más baja—, lo
único que quiere es que sea feliz.
Daniel negó con la cabeza amargamente.
—Sí, pero no con alguien como yo.
No sabía qué decir. Sólo el tiempo podría persuadir a Daniel.
Esperaba que su padre no fuera demasiado duro con él. Su madre le
prometió que se comportaría, pero tenía sus dudas. Fue sólo cuando
su madre le recordó que esta era la primera vez que tenía que lidiar
con su hija madurando lo su ciente como para tener novio, que
pudo verlo desde su punto de vista. Más o menos.
Daniel todavía fruncía el ceño cuando la comida llegó, pero se
animó de inmediato a la vista del enorme plato.
—¡Sémola de maíz! —dijo alegremente—. Dios, me encanta esto.
Le dio a la comida toda su atención, y ella se sentó a mirarlo.
Su pelo quedó ligeramente aplastado por el casco, pero se disparó
en picos en el momento en que se pasó las manos a través de él, lo
que hacía a menudo.
Había cambiado el arete en su ceja por una pequeña barra negra,
aunque no sabía si era para que fuera más cómodo bajo el casco, o
porque era menos molesto para sus padres.
Terminaron de comer y después Daniel permaneció afuera por un
cigarrillo, mientras ella pagaba la cuenta.
Tuvieron una breve pero acalorada discusión, lo convenció de que,
ya que era a su familia a la que visitaban en Acción de Gracias, ella
debería pagar por cualquier alimento en el viaje. Daniel sólo aceptó
después de insistir en que él pagaría la gasolina.
Se sintió como una tonta, la gasolina costaría mucho más que la
comida. Daniel era mucho más inteligente que ella cuando se trataba
de algo relacionado al dinero. Tal vez porque tuvo que valerse por sí
mismo. No podía imaginar que Zef fuera de mucha ayuda. El
pensamiento la hizo fruncir el ceño. No quería saber exactamente lo
que hacía Zef y Daniel dijo que era mejor de ese modo, le creía.
Cuando lo siguió afuera, inhalaba la última pitada de nicotina de
su cigarrillo antes de moler la colilla con su talón. La vio y sonrió,
soplando la última bocanada de humo por la nariz igual que un
dragón perezoso.
Se preguntó cuándo sería el momento oportuno para tratar de
persuadirlo de dejar de fumar.
—¿Lista para el siguiente tramo de la carretera, muñeca, o quieres
que frote tu culo un poco más?
Lisanne controló un quejido. La parada de camiones no vendía
cojines, lo había comprobado.
Daniel la abrazó y le besó el pelo, dejando que sus manos se
deslizaran sobre la curva de su trasero. Frotó lentamente y Lisanne
sintió su cuerpo temblar de deseo.
La apartó suavemente para verle la cara.
—¿Puedo ir a tu habitación esta noche? —dijo, sosteniendo sus
caderas con fuerza—. Voy a ser silencioso.
—Um... no lo sé.
—¿No me deseas, nena?
—Sí, pero...
Se inclinó y la besó. Podía saborear el café y el humo, y aun así lo
deseaba.
—Esta noche —dijo él, desa ándola a discrepar.
No respondió. Estaba bastante segura de que sus padres no lo
harían tan fácil. De hecho, ahora que lo pensaba, su madre no le dijo
dónde dormiría Daniel.
Las cosas seguro iban a ser diferentes esta Acción de Gracias.
Renuentemente, se subió de nuevo en Sirona, y Daniel los dirigió
hacia la interestatal.
Después de otra hora de montar y preguntarse si alguna vez sería
capaz de sentir su trasero, ella abandonaría muy felizmente su
amada Harley en el lago Peachtree y nunca la vería... de... nuevo.
Le alegraba que leer la mente no se hallaba entre los muchos
talentos de Daniel.
Pre-acordaron señales para que pudiera dirigirlo a la casa de sus
padres. Dos golpecitos en el brazo izquierdo signi caba girar a la
izquierda; dos en el derecho, lo opuesto; apretar su cintura, reducir
la velocidad; tres golpecitos signi caba parar.
Pronto se desplazaban por las calles suburbanas familiares, el
ocasional carrito de golf cruzando su camino. Se sentía extraño estar
en casa, aún más extraño estar llegando en la parte trasera de una
motocicleta con su novio.
Dio unos golpecitos en su hombro, y Daniel se detuvo frente a una
casa grande y moderna, pintada de azul pálido. El patio delantero
estaba cuidado, un árbol de melocotones dando gran sombra al
césped en un costado, recordándole a Daniel como era su casa antes
de que sus padres murieran.
Acababan de desmontar y retirar sus cascos cuando la madre de
Lisanne vino apresurada por el camino.
—¡Estás aquí! Me preocupaba tanto. —Y atrajo a Lisanne en el más
apretado abrazo, besando a su hija mayor repetidamente.
Daniel se paró incómodo, de repente sin saber qué hacer con las
manos, pero deseando haber tenido tiempo para un reconfortante
cigarrillo. Sabía que eso no sería un buen comienzo para la visita, y
siguió sosteniendo sus cascos.
Maldición. Necesitaba desesperadamente un cigarrillo.
Entonces la madre de Lisanne la soltó, y dejó pasmado a Daniel al
darle un rápido abrazo, también.
—Bienvenido a nuestra casa, Daniel.
—Gracias por invitarme, Sra. Maclaine —dijo tímidamente.
—Oh, por favor, llámame Monica.
—Está bien. —Sonrió nerviosamente—. Um, Lis, ¿podrías sostener
esto mientras traigo nuestro equipaje, nena?
Le entregó los cascos, luego sacó la pequeña mochila de Lisanne,
su propia bolsa, y otra bolsa de plástico. Lisanne no sabía lo que
contenía esa.
Ella guardó los cascos, y luego lo llevó hacia la puerta principal.
La Sra. Maclaine sonrió con aprobación al ver que Daniel seguía
llevando la mochila de Lisanne, así como la suya.
Entonces Ernie salió y Daniel se congeló a medio paso.
Miró severamente a Daniel antes de besar a su hija.
—Es bueno tenerte en casa, cariño —dijo.
—Gracias, papá. Um, ¿recuerdas a Daniel? —respondió, un tanto
cautelosa.
—Daniel —dijo su padre, secamente.
—Sr. Maclaine —respondió Daniel, igual de seco.
Tras una breve pausa, su padre le tendió la mano. Daniel puso las
bolsas en el suelo, y los dos hombres se estrecharon las manos.
La madre de Lisanne dejó escapar un suspiro de alivio.
Primera etapa completada. Sin sangre derramada.
—¿Dónde está Harry? —dijo Lisanne, buscando a su hermano
pequeño.
—Oh, está en la casa de Jerry. Conocerás a mi hijo menor más
tarde, Daniel. Compartirás su habitación. Espero que no te importe,
pero los abuelos de Lisanne están en nuestra habitación de invitados.
¿Estarás bien en un catre?
—Seguro —dijo Daniel, mirando a Lisanne, suponiendo que ella
conocía los arreglos para dormir, pero que no se lo contó—. Sí, un
catre está bien, gracias, Monica —respondió cortésmente.
Decidió no decirle que si pudo dormir en un colchón delgado en
una celda de la policía, podía dormir en cualquier parte.
Ese tipo de mierda no iba bien con padres, suponía.
—Lisanne, si puedes mostrarle a Daniel donde dormirá, les
prepararé a ambos una bebida. ¿Té helado está bien para ti, Daniel?
—Um... —Dudó, echando una mirada horrorizada a su novia.
—Creo que Daniel preferiría el café —dijo el Sr. Maclaine.
—Uh, sí, muy bien —dijo Daniel, parpadeando por la sorpresa.
—Café para los hombres, cariño. Las mujeres pueden quedarse
con el té.
Incluso Lisanne pareció sorprendida, luego envolvió a su padre en
un abrazo.
—Gracias, papi.
—Claro, nena —dijo, sonando satisfecho.
Daniel bloqueó el hecho de que el padre de Lisanne la llamó su
“nena”, también. Esa mierda era demasiado rara.
Condujo a Daniel por las escaleras y abrió la puerta de la
izquierda.
—Um, esta es la habitación de Harry —dijo ella.
—Sabías sobre esto, ¿no? —dijo, en tono acusador.
Negó con la cabeza.
—No exactamente. Mamá no lo mencionó. Pero pensé en eso en el
camino y supuse que sería o bien esto... o que pondrían el catre en la
sala de estar.
Él suspiró.
—Supongo que tengo suerte de que no sea en el patio trasero. —La
miró—. Quiero saber dónde está tu habitación.
Se echó a reír nerviosamente, y le mostró la habitación al otro lado
del pasillo.
No era el cuarto de fantasía y con cosas femeninas que Daniel
medio esperaba. La única palabra para describirlo era pací ca. No
era grande, pero parecía cómoda. Había un armario en la pared del
fondo, una cómoda, una estantería llena de partituras y libros raídos,
y una cama de adulto, cubierta con una colcha de color amarillo
pálido.
—Linda —dijo con aprobación, y puso su mochila en la única silla
de la habitación, situada junto a un escritorio simple. Se quedó
mirando por la ventana hacia el patio trasero. Se encontraba limpio y
ordenado, con un césped recién cortado y adornado con ores. Podía
ver un aro de baloncesto jado a la pared de la cochera que formaba
el límite del gran patio.
Se volvió para ver a Lisanne observándolo.
—Tus padres tienen un lugar agradable.
—Gracias —dijo ella, incapaz de leer su expresión.
Se acercó a él y curvó los brazos alrededor de su cintura, luego se
inclinó para besarla.
Se sentía extraño besarlo aquí, en su dormitorio, y se apartó.
—¿Qué te pasa, ne... Lis?
Se encogió de hombros, y la miró con recelo.
—Tú... no te estás arrepintiendo de invitarme, ¿verdad?
Negó con la cabeza inmediatamente y apretó los brazos alrededor
de él.
—¡No! Por supuesto que no. Es sólo que... me siento como si no
supiera cómo actuar en mi propia casa. Es difícil de explicar.
Daniel asintió.
—Lo entiendo. Me sentí así la primera vez que regresé de un
internado. Me tomó un tiempo sentirme como en casa otra vez, yo
cambié y me di cuenta de pequeñas cosas que cambiaron en casa.
Era igual, pero diferente. Se sentía raro.
—¡Sí, exactamente!
Se sentía aliviada. La entendía.
—Oye —dijo, con un brillo malicioso en sus ojos—, ¿has tenido un
chico en tu habitación antes?
—¡No he tenido un hombre en ningún lugar antes de conocerte, lo
sabes muy bien!
Se echó a reír. —Así que, ¿eso es un no?
—Sí, es un no.
Mostró su sonrisa sexy y Lisanne sintió que sus rodillas
temblaban. Se inclinó y la besó, su lengua pidiendo permiso.
Abrió la boca y la reclamó.
Sabía que eso era lo que hacía, aquí en la casa de su familia, en su
dormitorio.
Pero entonces todo pensamiento desapareció y dejó que su cuerpo
reaccionará de la manera que deseaba. Ella agarró la parte delantera
de su camiseta y se la levantó para poder pasar las manos sobre su
estómago duro.
Él gimió y profundizó más el beso, pero luego Lisanne escuchó a
su madre llamando y se alejó de nuevo.
Tenía la cara sonrojada y Daniel respiraba pesadamente.
—Mamá nos está llamando —dijo con voz ronca.
—¿Podemos ignorarla? —susurró, lamiendo su cuello.
Lisanne se estremeció y lo empujó por tercera vez.
—No. Enviaría un grupo de búsqueda.
—Esta noche —dijo.
No era una pregunta.
Cuando llegaron a la cocina, un chico alto y delgado se hallaba
sentado a la mesa bebiendo un refresco.
—Hola, perdedor —dijo Lisanne, con una sonrisa.
—Hola, nerd —dijo el chico, sin volverse a mirar.
Daniel no escuchó la respuesta, pero el saludo de Lisanne lo hizo
sonreír.
Su madre, en cambio, se encontraba menos impresionada.
—¡Honestamente, ustedes dos! ¿Qué tipo de impresión le darán a
Daniel?
—La correcta —dijo Lisanne.
—¿Quién? —dijo el chico.
Lisanne rodó los ojos y le dio un golpecito en la espalda.
—Este es mi hermano, Harry.
—Hola, hombre —dijo Daniel, tendiéndole la mano para saludarlo
—. ¿Qué hay?
Harry miró abiertamente la ceja perforada y los tatuajes de Daniel.
—Por Dios, Lis. Pensé que sólo te gustaban los nerds.
Daniel sonrió y levantó una ceja hacia Lisanne. Ella estaba a punto
de golpear a su hermano pequeño.
Viéndose todo desgarbado y torpe, Harry estrechó la mano de
Daniel.
—¿Es tu Harley la del frente?
—Sip.
—¡De ninguna manera!
Y Harry insistió en conversar de motocicletas los próximos quince
minutos.
Lisanne suspiró. Deseaba que su padre fuera tan fácil de
complacer.
El Sr. Maclaine volvió a entrar en la cocina y Daniel se levantó
bruscamente, haciéndola saltar. Su padre pareció sorprendido,
también.
Asintió hacia Daniel, que parecía a punto de salir corriendo —o
lanzar un puñetazo— Lisanne no estaba segura de cuál, pero su
tensión comenzaba a ponerla nerviosa. Su madre los miró a ambos
con simpatía.
—Um, he traído esto para usted; señor, señora, uh, Monica —dijo
Daniel, ofreciendo la bolsa plástica a la señora Maclaine.
—Vaya, eso fue considerado de tu parte. Pero por favor siéntate,
Daniel: eres nuestro invitado. Queremos que te relajes, ¿o no, Ernie?
— dijo, lanzando una mirada signi cativa a su marido.
El padre de Lisanne gruñó en respuesta.
Con un suspiro de exasperación, Monica abrió la bolsa y sacó una
caja aplastada de chocolates cubiertos con praliné.
—Mierda —dijo Daniel—. Se derritió. Mierda. Lo siento.
Sus orejas se pusieron rojas cuando se dio cuenta que maldijo dos
veces, en frente de los padres de Lisanne.
La cara de Monica era un poco tensa, aunque Lisanne pensaba que
era porque intentaba no reírse.
—Um, sí, eran los favoritos de mi mamá, así que pensé... —Sus
palabras se desvanecieron.
—Estoy segura de que van a estar bien —dijo Monica con una
sonrisa sincera—. Y creo que esto es para ti, Ernie —continuó,
pasando a su marido una botella de Jack Daniels.
—No eres lo su cientemente mayor como para comprar bebidas
alcohólicas —vociferó.
El rostro de Daniel ensombreció. —Mi hermano sí —dijo en voz
baja, sin admitir ni negar que compró el whisky.
—¡Ernie! —siseó Monica.
—Hmm, muy considerado —espetó.
Lisanne quería dejar caer la cabeza entre sus manos. Pensó que
Daniel tuvo la mejor idea, y él parecía querer escapar por eso.
Le sostuvo la mano debajo de la mesa y apretó los dedos.
—¿Vamos a dar un paseo? —dijo ella.
Lo que realmente quería decir era: ¿deberíamos salir rápidamente
de aquí para que puedas fumar un cigarrillo antes de explotar como
la isla Krakatoa?
Asintió, agradecido.
—Sí, gracias, muñeca.
El padre de Lisanne no se veía muy feliz al escuchar el apodo, pero
después de una severa mirada de su esposa, sabiamente decidió no
decir nada al respecto.
—Vamos a salir un rato, mamá.
—Por supuesto, cariño. Estoy segura de que a Daniel le gustaría
ver el lago. ¿Por qué no se llevan mi coche? La cena es a las seis.
—Gracias —dijo, besando a su madre en la mejilla.
Daniel casi salió corriendo por la puerta principal mientras ella
recogía las llaves del coche de su madre. Ya tenía encendido un
cigarrillo en el momento en que cerraba la puerta detrás de ellos.
Sopló la tensión de su cuerpo junto con una bocanada de humo.
Lisanne acarició su espalda, como si calmara a un animal salvaje.
Negó con la cabeza.
—¡Joder!
Lisanne soltó una pequeña risa. —Podría haber sido peor.
—¿Eso crees?
—Sí, podrían habernos atrapado teniendo sexo.
Rio a carcajadas, aliviado de que no se enojara con él por maldecir,
o por la forma en que se comportó.
—Sí, eso no habría ido bien.
Lisanne envolvió los brazos alrededor de su cintura y apoyó la
cabeza en su pecho. Levantó la vista mientras soplaba otra bocanada
de humo lejos de ella.
—Gracias por venir —dijo.
Sonrió mientras apagaba el cigarrillo.
—Está bien, muñeca. Anda, vamos a ver ese lago.
El auto de Monica era un compacto Honda rojo y no pudo evitar
disfrutar del amplio y cómodo asiento acolchado. Tan diferente de
los cuestionables encantos de Sirona.
Se puso el cinturón de seguridad y esperó, a la vez Daniel
descifraba la manera de mover el asiento y dar cabida a sus largas
piernas.
—¡Oh, Dios! —dijo, encendiendo el motor.
—¿Qué, nena? —dijo, frunciéndole el ceño, mientras ella salía a la
carretera.
—¡No puedo creer que mamá esté escuchando esta estación de
radio! La música es tan...
Lisanne se atragantó con las palabras al ver la cara de Daniel.
—¡Oh, lo siento tanto! Daniel...
Asintió a su disculpa y miró por la ventana. Lisanne se estiró para
apagar la radio, pero él puso una mano sobre la de ella y la empujó
hacia atrás.
—Lis, no espero que vivas sin música simplemente porque yo esté
alrededor.
—Yo no, yo...
—Te he visto hacerlo, muñeca. Te he visto apagar el iPod y dejar
de hablar de bandas si estoy alrededor. Sé que la música es
importante para ti. Mierda, lo entiendo bien. No dejes de escuchar
música por mi culpa. Joder, en todo caso, tienes que escucharla por
los dos.
De pronto los ojos de Lisanne se encontraban demasiado llenos de
lágrimas para conducir con seguridad. Se detuvo junto a la acera y se
cubrió la cara con las manos, sollozando.
Daniel se desabrochó el cinturón, moviéndose para estrecharla en
sus bazos.
—No llores por mí, muñeca. Por favor, no llores.
Pronunció las palabras contra su pelo mientras las lágrimas
empapaban su camiseta.
Durante varios minutos, lloró todo el estrés y la tensión del día, y
el dolor que sentía en las palabras de Daniel.
Tenía razón, por supuesto. Había evitado escuchar música o hablar
de música cuando estaba cerca, porque no quería hacerle daño, no
quería recordarle lo que había perdido. Ya se sentía lo
su cientemente mal que la recogiera de todos sus ensayos y que
viniera a todos sus conciertos.
Cuando hipaba la última de sus lágrimas, Daniel levantó su
camiseta y le secó los ojos.
—¿Mejor, bebé?
Asintió.
—Lo lamento.
La besó en el pelo de nuevo. —No lo hagas. No por mí. No por
preocuparte por mí.
Por n se tranquilizó lo su ciente para manejar otra vez, pero no
caminaron mucho cuando llegaron al lago, simplemente buscaron
un árbol con sombra para tumbarse debajo. Lisanne apoyó la cabeza
en el pecho de Daniel, y él dibujó con los dedos círculos perezosos
en su hombro.
Fue el momento de paz que tanto necesitaban.
Al nal, Lisanne luchó para sentarse y Daniel abrió los ojos,
sonriéndole.
—Hay un lugar cerca de aquí, es una especie de pequeño centro
comercial, donde podemos tomar un café, ¿quieres ir?
—Sí, de nitivamente podría ir por un café. Esta es tu ciudad natal.
Vamos a ver los lugares más interesantes.
Lisanne rio. —Bueno, estamos sentados junto al lago, eso es todo.
A menos que quieras ver el campo de golf.
—Guau, la vida a mil por hora —dijo inexpresivo.
Ella sonrió tímidamente. —Chica de pueblo pequeño, esa soy yo.
Se paró y le dio un beso en la punta de la nariz. —No te tendría de
otra manera, muñeca.
En el centro comercial, entraron de la mano a la cafetería más
cercana y se sentaron afuera, disfrutando del cálido sol de la tarde.
Tenía la esperanza de que algunas de las chicas que conocía de la
escuela secundaria pasaran. Daniel lucía increíblemente caliente
sentado allí con sus Ray Band cubriendo sus ojos, y con su camiseta
ajustada sobre sus musculosos hombros y espalda. Por una vez le
habría gustado ser envidiada por las chicas que para variar, nunca le
dieron siquiera la hora. Completamente super cial, y no le
importaba.
Pero cuando la camarera comenzó a coquetear con Daniel, como si
ella no existiera, cambió de idea. Debía haber sido tan obvio que él se
hallaba fuera de su alcance, que la camarera ni siquiera trató de ser
sutil.
—¿Qué puedo hacer por ustedes, amigos? —dijo,con sus ojos
recorriendo el cuerpo innegablemente caliente de Daniel.
—¿Lis?
—Um, voy a querer un Frappuccino de caramelo, por favor.
—¿Y con qué puedo tentarte a ti? —dijo la camarera, chupando el
lápiz sugestivamente.
Daniel arqueó las cejas y respondió—: Café negro, por favor.
—Oh, concuerdo. —Se rió la camarera—. No puedo soportar todas
esas bebidas falsas, pre ero mi café fuerte.
Daniel se estiró y tomó la mano de Lisanne.
—¿Sí? A mi muñeca le gustan las bebidas dulces, al igual que ella.
Lisanne se sonrojó de color rojo brillante, agradecida y encantada
por su exposición pública, pero la camarera se alejó con un bu do
molesto.
—Guau, ¡no puedo creer que coqueteaba contigo delante de mí!
Quiero decir, ¡vamos!
Daniel le mostró su sonrisa sexy.
—Te dije que era irresistible, muñeca —dijo, sin modestia—. Pero
únicamente te quiero a ti.
El cuerpo de Lisanne comenzó a recalentarse, por lo que se sintió
aliviada cuando la camarera regresó con su café helado.
—Me dejan saber si les puedo ayudar en algo más —dijo, de un
modo hosco.
Daniel le guiñó un ojo, lo que envió una sonrisa al rostro de la
camarera.
—¡Eres tan malo! —siseó Lisanne.
Daniel se encogió de hombros. —No quería arruinar su día.
15
Traducido por Val_17, Za ro & Liillyana
Corregido por SammyD

Se sentaron por un rato más, disfrutando de sus bebidas y el sol.


Para gran decepción de Lisanne, ninguna de las chicas de su
secundaria parecía estar cerca.
Al nal, suspiró y admitió que era tiempo de volver.
—La abuela y Pops ya habrán llegado —dijo—. Es la mamá de mi
mamá y el papá de mi papá.
—Genial —dijo Daniel, con exagerada ironía.
Era su turno para tranquilizarlo.
—Te amarán, además, ¿pensé que dijiste que eras irresistible?
Se encogió de hombros. —Deberías haber leído la letra pequeña.
Daniel se tensó visiblemente cuando Lisanne los condujo de vuelta
a su casa. El chico relajado y sexy que amaba ahora se volvió
susceptible y reservado, sus dedos tamborileando nerviosamente
sobre sus muslos.
Ella acercó su mano derecha y le tocó la rodilla.
—Estará bien —dijo.
Hizo una mueca y miró por la ventana.
Pero cuando llegaron a la casa, las cosas se pusieron raras.
Pops se hallaba parado al frente con amor en sus ojos, mirando la
Harley de Daniel. No sólo eso, la abuela Olsen; seria, clásica y que
usaba perlas, decía palabras bonitas sobre su primer novio quien
tenía una moto, y le rompía los tímpanos a Pops.
—Oh, Marlon Brando no se le comparaba. “¿Contra qué te rebelas,
Johnny?” “¿Qué tienes?”5 ¡Semejante tontería! Mi chico seguro que
sabía cómo usar un par de Levis, diré que gran parte de él. —Se dio
la vuelta y vio a Lisanne—. ¡Ahí está mi conejito! —Y descendió
sobre ella, sofocándola con besos de lápiz labial rosado.
—Hola, abuela —dijo, avergonzada por su apodo. Podía ver a
Daniel sonriéndole por el rabillo del ojo—. Um, él es mi novio
Daniel.
Justo en ese momento, se sonrojó con la palabra “novio”.
—¡Dios mío! —dijo la abuela Olsen, escudriñando los tatuajes de
Daniel y su ceja perforada—. Bueno, ciertamente combinas con tu
motocicleta. Estoy muy feliz de conocerte, Daniel.
—Igualmente, señora —dijo él, asumiendo que estarían
sacudiendo sus manos.
No conocía a la abuela Olsen.
Lo atrajo a su altura y plantó un sonoro beso rosado en su mejilla.
Parecía sorprendido y Lisanne quería reír por la expresión en su
rostro.
—Um, este es mi abuelo, Pops.
—Encantado de conocerte, hijo. Mi nombre es Harold Maclaine,
pero esta pequeña señorita me llama “Pops” desde antes que
pudiera caminar, y se le quedó pegado.
Se estrecharon la mano y luego Daniel tuvo que responder
docenas de preguntas sobre su moto.
—Se llama “Sirona” —agregó Lisanne amablemente.
—¿Quién? —dijo la abuela Olsen, mirando alrededor como si otra
persona estuviera a punto de materializarse bajo el árbol de
melocotones en el jardín.
—Su moto —se burló Lisanne.
Pops la miró con los ojos vidriosos. —Ese seguro que es un bonito
nombre para una bella dama.
Daniel le sonrió a Lisanne, cruzando los brazos sobre su pecho.
—Algunas personas aprecian sus encantos, muñeca.
La cena fue un asunto ruidoso, y al principio a Lisanne le
preocupaba cómo lo enfrentaría Daniel. Pero a petición de Pops, se
sentaron en el mismo extremo de la mesa. Ella no tenía idea de que
un fanático de las motos se escondía bajo la super cie bondadosa de
su exterior canoso.
Al pobre de Daniel apenas se le permitió tomar un bocado de la
excelente lasaña y ensalada que Monica había hecho, antes de que le
derramaran una cascada de preguntas sucesivas.
—Escuché que con el ajuste del tubo de escape es muy fácil
equivocarse en una Harley —dijo Pops—. La acción de los tubos
colectores dobles de 1% pulgadas es difícil de superar.
Asintió. —Seguro, pero no son ajustables. SuperTrapp hace
silenciadores ajustables. Sólo necesitas instalar núcleos de ectores.
Ajustable, no ajustable, no existía nada musical en esa
conversación: Lisanne se desconectó.
Se giró para ver a su abuela observándola.
—Bueno, conejito, parece un joven muy agradable.
Lisanne sonrió. —Gracias, abuela.
—Guapo, también, aunque es una pena todos esos tatuajes, y en
cuanto a esa ridícula pieza de metal en su ceja, no puedo imaginar
qué pensaba. —Palmeó su mano—. Serás una in uencia calmante
para él. Siempre has sido una chica muy sensible.
Lisanne hizo una mueca. Por primera vez, se alegraba de que
Daniel no hubiera escuchado lo que se dijo.
Harry, sentado al otro lado de Pops, parecía igualmente
impresionado por Daniel. Sus ojos seguían sacudiéndose de vuelta a
él mientras los escuchaba discutir términos desconcertantes como
levas, cámaras de combustión y carburadores, con facilidad y
diversión mutua.
Lisanne sabía que su padre tenía poco interés en la jación de
motores, surgía algún problema y bajaba directamente a la tienda de
reparación de automóviles.
Para Harry era una nueva experiencia en la vinculación masculina.
Después de la cena, Lisanne ayudó a su mamá a levantar la mesa,
y Daniel fue dejado a la misericordia de Pops y la abuela Olsen.
Lamentaba haberle prometido que no lo dejaría solo, pero en verdad
no tenía opción.
Lavó y apiló los platos a medida que su mamá los cargaba en el
lavavajillas.
—¡Lisanne, te juro que ese joven tuyo está soñando la mitad del
tiempo! Lo llamé por su nombre tres veces antes de que respondiera.
Tomó una respiración profunda. La preferencia expresada de
Daniel era que su familia no supiera nada de su sordera. Pero viendo
la expresión divertida de su madre, sintió que no tenía más remedio
que defenderlo diciendo la verdad.
—Eso es porque no te escuchó, mamá.
—Bueno, pude notar eso. No sé dónde se hallaba, pero debe haber
sido un lugar agradable.
—No, mamá. Quiero decir que él no podía oírte. Daniel es sordo.
—¿Perdón?
Lisanne casi se rio.
—Daniel es sordo. Comenzó a perder la audición cuando iba a la
secundaria. Se quedó completamente sordo hace casi dos años atrás.
—¡Pero... pero...!
—Lee los labios. Es por eso que no contesta si no puede ver tu
cara. —Se detuvo para que su madre asimilara esta extraordinaria
pieza de información—. Te dije que era extraordinario —dijo,
tranquilamente.
Su madre se sentó a la mesa de la cocina luciendo aturdida,
mirando a su hija como si estuviera esperando el remate del chiste.
—¿No puede oír? ¿En absoluto?
Lisanne sacudió la cabeza.
—Pero ¿cómo lo maneja? ¿En la escuela? ¿En sus clases?
—Como dije: lee los labios y después escribe sus notas más tarde.
Es realmente inteligente. Me ayuda con nuestra clase de
Introducción al Negocio. —Lisanne rodó los ojos.
—Pero... —Su madre todavía luchaba con el concepto—. Pero no
usa un audífono.
—No. Son para personas que tienen algo de audición residual. No
lo ayudan. Ya no.
—Santo cielo —dijo su madre—. ¡Santo cielo! —Entonces se
levantó—. ¿Está a salvo sobre esa moto? Quiero decir, ¿si no puede
oír el trá co?
—Es sordo, no ciego, mamá —dijo con paciencia.
Sabía que su madre hacía esas preguntas porque nunca había
conocido a una persona completamente sorda.
—¿Es genético? Quiero decir, ¿podrían sus hijos ser sordos? —
Monica se sonrojó al darse cuenta de cómo esto podría sonar para su
hija.
—No, mamá. Los médicos creen que fue a causa de un virus, no es
genético.
—Bueno... bueno, eso es algo.
Lisanne se apoyó en el fregadero, dándole tiempo para asimilar
todo.
—¿Qué pasa con esos implantes? —dijo Monica—. Vi a gente
hablando de ellos en Ellen.
—¿Los implantes cocleares?
—¡Sí, esos! ¿Podrían ayudar a Daniel?
—Tal vez —dijo lentamente—. Pero es una cirugía bastante grande
y hay riesgos. A veces, la operación puede dañar los nervios faciales.
Es raro, pero puede suceder. Y no siempre restaura la audición de
cualquier timbre. Además, es un poco como decir que hay algo mal
con Daniel, que necesita ser arreglado.
—Oh —dijo, su boca abriéndose y cerrándose, sin palabras—.
Pero... pero ¿no ayudaría?
Hizo un gesto de impotencia. —Tal vez, no lo sé. No le gusta
hablar de eso.
—Bueno —dijo—. ¿Lo sabe tu padre?
Negó con la cabeza.
—¿Debería decirle?
—Supongo. No es como si Daniel pudiera disgustarle más de lo
que ya lo hace.
Su madre frunció el ceño. —Eso no es justo: tu padre se está
esforzando mucho. No es fácil para él saber que su hija... que eres
una joven mujer.
—Te re eres a que estoy durmiendo con Daniel.
—Sí, eso es exactamente a lo que me re ero —dijo severamente—.
Creo que tu padre se está comportando muy bien bajo las
circunstancias.
Lisanne suspiró y apartó la mirada.
En ese momento llegó Pops.
—¿Todo bien aquí dentro, señoritas?
—Claro, Pops —dijo Lisanne, en voz baja.
—Es un joven muy interesante el que tienes ahí —dijo—. Conoce
su moto. Reconstruyó a Sirona a partir de chatarra por como sonaba.
Lisanne rodó los ojos.
—No la estás llamando también “Sirona”, ¿verdad? Porque tengo
que decir, Pops, después de montarla por más de tres horas, estaba a
punto de tirarla al lago.
Pops resopló. —Algunas personas no tienen gusto, a diferencia del
joven Daniel. Lástima que es sordo.
Lisanne lo miró jamente.
—¿Qué... cómo... cuándo... cómo lo supiste, Pops?
Le devolvió la mirada.
—No sabía que debía ser un secreto. No es nada de qué
avergonzarse.
—Bueno, yo ciertamente no lo imaginé —dijo Monica, luciendo
ligeramente ofendida.
—Pero ¿cómo lo averiguaste, Pops?
Sonrió. —Un amigo mío, Mal Peters. Es un maldito casi sordo. Me
acostumbré a asegurarme de que me está mirando cuando hablo con
él. Me di cuenta de que hacías la misma cosa con Daniel y me hizo
preguntármelo. Imaginé el resto por mí mismo. Lo esconde bien,
aunque no estoy seguro de por qué lo hace.
Lisanne miró sus dedos. —Es complicado, Pops.
—No hay nada complicado sobre la verdad —respondió, pero sin
mala intención.
—Es como Daniel lo quiere —explicó, levantando un hombro—.
Dice que está cansado de la gente juzgándolo cuando se enteran.
La mamá de Lisanne parecía culpable mientras escuchaba las
palabras de su hija.
—Bueno, bueno, su decisión —dijo el abuelo—. Voy a ir a la cama
ahora, este anciano necesita su sueño de belleza.
Besó a Lisanne por las buenas noches y se despidió de Monica con
la mano.
—Bueno —dijo Monica, mirando a su suegro desaparecer por las
escaleras—. Supongo que será mejor que le diga a tu padre. Estará
sorprendido, eso es seguro.
—Gracias, mamá —dijo, dándole un gran abrazo.
Luego dejó a Monica en la cocina, sacudiendo la cabeza
cansadamente.
Daniel seguía sentado a la mesa con una expresión ligeramente
vidriosa, mientras la abuela Olsen continuaba con una descripción
con lujo de detalles de su operación de vesícula biliar.
—Y los cálculos biliares eran del tamaño de nueces. ¡Seguramente
no quieres intentar pasar algo de ese tamaño!
Daniel hizo una mueca.
—Bueno —dijo, con un pesado suspiro—, no debería comer hasta
tan tarde, no es bueno para mí. Voy a ir a acostarme, pero nadie se
preocupe si me oyen deambulando por la noche. Será la indigestión,
eso o mis tripas.
Daniel se restregó las manos por su cara, obviamente deseando no
haber leído esa última oración.
—Oye, vamos a ver algo de televisión —dijo Lisanne, jalando su
mano.
Daniel se levantó, una expresión de agradecimiento en su rostro, y
voluntariamente le permitió que lo llevara a la sala de televisión.
Cuando se acomodaron en uno de los sofás, se acurrucó en él.
—¿Cómo fue eso? —preguntó, plantando antes un beso suave en
sus labios.
—Sí, bien, hasta que tu abue comenzó a describir... bueno, la
escuchaste. Pensé que mi lasaña iba a repetir su actuación.
—Lo siento por eso. —Soltó risitas.
Luego se sentó derecha.
—¿Um, Daniel?
—¿Qué, muñeca? Te ves culpable como el in erno. ¿Qué hiciste?
— bromeó.
—Pops lo adivinó... quiero decir, sobre ti.
La sonrisa de Daniel se desvaneció. —Maldición. Pensé que había
esquivado eso.
—Bueno, lo hiciste, por lo que concernía a todo el mundo, pero él
tiene un amigo que es sordo, así que adivinó. De todos modos,
mamá sabe también. Le he pedido que le cuente a papá.
Daniel suspiró. —No te preocupes, nena. Fui un tonto por pensar
que podía salirme con la mía durante todas las vacaciones.
Ella besó sus labios fruncidos, decidida a hacerle olvidar su
decepción.
Tuvieron sólo unos minutos solos y se acurrucó con Daniel en el
sofá, ngiendo mirar Arrow. En realidad, estaba ocupada besando el
cuello de Daniel y sugestivamente frotando su mano sobre su muslo.
—Sigue haciendo eso, muñeca, y tu padre me echará —susurró.
Lisanne rio.
—¿Te estoy excitando?
—Lis, entras en la habitación y se me para —dijo con una sonrisa.
Se sonrojó felizmente, y justo pasaba las manos por debajo de su
camiseta, cuando Harry entró.
—Oh, genial —dijo mirando el televisor, luego dejándose caer
sobre la silla y poniendo n al besuqueo de su hermana—. Tienes los
subtítulos encendidos.
—Lo sé —dijo Lisanne, levantando la mirada cuando sus padres
entraron y se sentaron en el otro sofá.
—Lo que sea —dijo Harry, sus ojos jos en la pantalla.
—Es muy útil tener subtítulos —dijo la madre de Lisanne,
mirando a su hija.
Daniel captó la mirada entre ellas y le sonrió a Lisanne, colocando
un suave beso en su sien. Su padre frunció el ceño ante la exhibición
pública de afecto, pero se frenó de hablar. Lo que era la primera vez.
Poco después de eso, Harry bostezó y dijo que se dirigía a la cama.
Monica miró jamente a Lisanne, sugiriendo claramente que debería
hacer lo mismo.
—Sí, yo también —dijo Lisanne, siguiéndole la corriente—. Ha
sido un largo día.
Daniel se paró inmediatamente.
—Duerme bien —dijo Monica—. Ambos se sentirán mucho mejor
después de una buena noche de sueño.
Lisanne comprendió el mensaje sin ningún problema. No era
como si su madre estuviera bendecida con la sutileza.
Mientras subían por las escaleras, Daniel le susurró al oído.
—Te veré más tarde, muñeca.
Se estremeció de deseo.
El lado de su boca se elevó en una sonrisa y desapareció en la
habitación de Harry. Podía oír el leve murmullo de la conversación.
Sintiéndose nerviosa y abrumadoramente traviesa, se apresuró a
cepillarse los dientes y lavarse la cara, preguntándose si había otras
preparaciones que debería hacer. Revolvió sus cajones por algo que
ponerse. Todos sus pijamas eran tan infantiles, por primera vez,
deseó tener ropa de dormir más sexy.
Al nal se dio por vencida y se puso una de las camisetas de
Daniel que robó de su bolso, y unas bonitas bragas de encaje.
Reorganizó las almohadas una docena de veces antes de que
estuviera satisfecha. Sería bueno tener un poco de espacio en la
cama, en la universidad tenía un solo cojín. Esto sería una gran
mejora.
Y esperó.
Miró su reloj mientras los minutos pasaban, escuchando los
sonidos de sus padres yendo a la cama y su abuela hablando en voz
alta para sí misma. El reloj tenía la forma de la cabeza de Mickey
Mouse y por primera vez, se dio cuenta de que en realidad era un
poco aterrador. Las grandes orejas metálicas eran completamente
esféricas desde cualquier ángulo en que las viera, siempre se veían
iguales. De pronto le pareció espeluznante.
Se tumbó para esperar, sintiéndose excitada, nerviosa e
impaciente, todo a la vez.
Las manecillas del reloj se movían mientras la casa se sumió en el
silencio. Sintió que sus ojos se cerraban por el sueño, así que se
enderezó, obligándose a permanecer despierta.
Su mente empezó a repasar el día: desde el tortuoso viaje en moto,
el mal humor de su padre, la intervención de su madre, la camarera
coqueta, rompiéndose a llorar en el auto y lo que Daniel le dijo
acerca de la música. Tenía mucha, mucha razón. Se había alejado de
la música cuando él estaba con ella. Ahora que estaba sola, tenía
tiempo para pensar en lo que dijo: que tenía que escuchar música
también por él. Sabía que él debía extrañarla más de lo que nunca
decía. ¿Por qué no estaba más enojado? Ella estaría furiosa si
perdiera su música, demonios, sería una lunática. ¿Cuánta rabia
podía mantener dentro de sí mismo? ¿O llegó a aceptarlo antes de
conocerla?
Se dio cuenta de que aún tenía mucho que aprender sobre él... si
tan sólo la dejara entrar.
Con demasiados pensamientos todavía dando vueltas en su
mente, su cuerpo cedió la batalla contra el agotamiento emocional, y
fue a la deriva hasta dormirse.
Se despertó, sorprendida y desorientada, cuando oyó un ruido en
la habitación.
—¡¿Qué?!
Vio la silueta de Daniel contra la ventana. Había abierto las
cortinas y miraba la luna creciente.
Se giró para mirarla, mientras la luz de la luna proyectaba sombras
a través de sus pómulos, una esquina de su boca se elevó en una
sonrisa.
Al principio pensó que estaba desnudo, pero a medida que
avanzaba hacia ella, se dio cuenta de que llevaba un par de bóxers
cortos negros.
Puso algo en su mesita de noche, pero no habló. Sintió el
movimiento de la cama cuando su cuerpo cálido y duro se deslizó a
su lado.
—Daniel —pronunció en un suspiro.
Su silencio la envolvió y se dio cuenta que él no podría ver sus
labios, incluso con la tenue luz de la luna. Estiró la mano para
encender la lámpara, pero él la agarró y la llevó a sus labios. Pensó
que iba a besarla, pero en su lugar abrió la boca y le chupó los dedos,
uno por uno, perezosamente envolviendo su lengua alrededor de
ellos.

Ya jadeaba, su cuerpo hormigueando por más de su toque.


Soltó su dedo meñique y se inclinó hacia ella. Otra vez pensó que
iba a besarla y levantó la cara hacia él con entusiasmo. En su lugar, le
lamió la base del cuello, dejando un rastro de besos húmedos hasta
su pecho.
Sintió sus manos levantándole la camiseta hasta que terminó
amontonada por encima de sus senos, y soltó un jadeo cuando sus
dientes se apretaron sobre su pezón izquierdo y su mano acarició y
apretó el derecho.
Su cuerpo automáticamente se levantó hacia él e inhaló
bruscamente. Sintió sus caderas presionar un duro bulto en la parte
frontal de sus bóxer.
El silencio se profundizó, y lo único que podía oír era el concierto
nocturno mientras la casa se acomodaba para dormir, y las
respiraciones acompasadas, salían en espiral de sus cuerpos.
Arrastró las uñas por su espalda y oyó un suave gemido en
respuesta. Él levantó la cabeza de sus pechos y la besó
lánguidamente, su lengua insistiendo en dominar su boca.
Lo atrajo hacia sí más apretadamente, serpenteando sus manos
alrededor del cuello, sintiendo su duro peso presionándola.
Se alejó y habló en voz baja.
—No puedo leer tus labios, muñeca. Si quieres que me detenga,
sólo... palmea mi hombro o algo así, entenderé el mensaje.
Lo empujó suavemente y se apartó. Empezó a sacarse la camiseta
por su cabeza, y rápidamente se estiró para ayudarla.
Tan pronto como quitó el tejido, la empujó sobre la cama, besando
y chupando sus pechos, colocando pequeños mordiscos entre ellos, y
haciendo círculos con la lengua alrededor de sus pezones,
provocándolos hasta que ella quiso gritar.
Se metió el puño en la boca, abrumada por las sensaciones y el
conocimiento de que esto sucedía en la casa de su familia, en su
dormitorio, y que sus padres dormían a unos metros de distancia, y
que hacía todas las cosas que sus padres no querían saber qué hacía.
Había llegado a su vientre y le mordía el hueso de la cadera,
girando su lengua alrededor del ombligo. Luego sus manos bajaron,
tironeando del encaje de sus bragas. Respiró profundo y levantó su
culo de la cama para que pudiera deslizar la escasa tela.
Jadeó cuando su cabeza fue aún más abajo y se dio cuenta de lo
que iba a hacer. Antes de que pudiera decir algo, sintió su boca
caliente en la cara interna del muslo y el cosquilleo de su barba,
mientras separaba cuidadosamente entre sus piernas.
Se sentía abochornada. ¿Seguramente no iba a...? Pero este era
Daniel... y lo hizo. Ahogó un grito al sentir su lengua presionando
dentro de ella. Era tan malo, y se sentía tan bien.
Sus dedos entraron en ella también, dando vueltas,
desplazándose, moviéndose lentamente dentro y fuera. Jadeó de
nuevo, y sus caderas se sacudieron mientras su cuerpo se bañaba en
placer, y su mente le decía que no era correcto.
Con la experiencia de sus semanas con Daniel, comprendió que su
cuerpo se preparaba para el orgasmo. Parte de ella se sentía como si
debiera detenerlo antes de que estuviera peligrosamente fuera de
control, y la otra parte ya se había dado por vencida, saturada con
los sentimientos que él creaba.
Apretó la almohada sobre su cabeza mientras le abría más las
piernas. Usándola para amortiguar los sonidos saliendo de su boca
—él nunca sabría lo mucho que deseaba gritar su nombre.
No podía oírla, pero podía sentirla, y sabía que se estaba viniendo
duro.
Apartó la almohada de su cara, y se tragó sus jadeos con los labios
y la lengua.
—Has follado mi cara, muñeca; has montado mis dedos, ahora vas
a montar mi polla —susurró.
Mientras su cuerpo aún temblaba, se acercó a la mesilla de noche,
recogiendo el paquete que dejó allí. Como muy lejos, oyó el crujido
al rasgar el paquete de aluminio y abrirlo. Luego se levantó, se bajó
sus bóxer y se sentó en la cama, desplegando el condón sobre su
erección.
Se sorprendió y alarmó cuando la puso boca abajo.
—¡No! —dijo horrorizada.
No podía oírla. Por supuesto que no.
Pero tampoco era lo que pensaba. La levantó sobre sus rodillas y
alcanzó entre sus piernas, situándose en su entrada.
Alivio, sorpresa y asombro la inundaron.
Por un momento creyó que iba a hacer algo totalmente diferente,
pero esto era bueno. Era increíble, lo sentía tan profundo y él gemía
suavemente, empujando dentro y fuera en embestidas largas y
contundentes.
Sus dedos le agarraron las caderas con fuerza, y podía oír el golpe
de la piel contra su cuerpo. Era extraño no poder verlo, pero esta
nueva posición se sentía íntima y profunda.
Sintió que le temblaba el cuerpo. Él también lo sintió, y empezó a
moverse más rápido, susurrando palabras que no podía distinguir.
Su respiración comenzó a ser di cultosa, y luego sintió sus dedos
alcanzando entre sus piernas una vez más y jadeó, sorprendida de
que su cuerpo respondiera de nuevo.
Sus piernas y brazos cedieron y se estremecía dentro de ella y, por
un momento, fue aplastada por su peso.
Se retiró con cuidado y salpicó su espalda con besos suaves.
—Lis, Lis, ¿estás bien? ¿Lis, nena?
Rodó sobre su espalda, todavía jadeando, y respiró su placer en su
boca, besándolo con fuerza.
Un pequeño sonido escapó de él mientras le devolvía el beso.
Oyó el leve chasquido cuando se sacó el condón, y vio como ataba
un nudo en el nal antes de dejarlo caer al suelo.
Luego la presionó contra su pecho y cayeron en un profundo
sueño, con los brazos y las piernas entrelazadas con las de él,
expresando con su cuerpo lo que no podía decir con palabras.

***

Daniel se despertó sintiéndose profundamente relajado. La suave


y sedosa piel de Lisanne presionada contra la suya, y una sensación
de calma lo llenaban.
No podía explicar por qué, pero fue importante tener sexo con ella
anoche. Tal vez tenía algo que ver con asegurarse de que todavía lo
quería, incluso cuando estaba con su familia, lejos de la vertiginosa
adrenalina de la independencia universitaria.
Pero fue tan malditamente bueno. Aún había mucho más que
quería probar, experiencias por explorar con ella, y habría dado una
caja de Jack Daniels para poder pasar un día entero en la cama
haciendo precisamente eso. Pero tenía grandes esperanzas para el
futuro.
Se dio cuenta de que su habitual erección mañanera era aún más
dura de lo normal, apuntando esperanzadamente en dirección de su
culo suave y redondo. Gimió mientras las posibilidades corrían
como un espectáculo porno en su mente, pero una mirada a su feo
reloj de Mickey Mouse le dijo que un polvo mañanero se hallaba
fuera de cuestión, a menos que realmente quisiera que sus padres lo
atraparan follando a su única hija.
De mala gana, se sentó y vio a los labios de ella moverse como si
estuviera diciendo algo, pero sus ojos permanecieron cerrados.
Frunció el ceño y miró su boca de nuevo, pero se dio cuenta de que
continuaba profundamente dormida, y perdió sus palabras.
Suspirando, se puso el bóxer y caminó tranquilamente hacia la
puerta. Con una última mirada, salió al pasillo y cerró la puerta sin
hacer ruido.
Volvió a la habitación de Harry sin cruzar a nadie, y el chico
seguía durmiendo.
Daniel recogió sus vaqueros y se dirigió a la ducha. El agua era
abundante y caliente, y se tomó unos minutos para disfrutar de los
placeres simples de la vida, y hacerse una paja.
Después de secarse, se cepilló los dientes y deslizando la mano por
el espejo empañado, decidió que afeitaría la barba de dos días.
Había olvidado preguntarle a Lisanne a qué hora se levantaba por
la mañana su familia, por lo que decidió salir al patio trasero a fumar
y esperar a ver quién se encontraba despierto. Pero al salir del baño,
todavía vistiendo sólo los pantalones, se encontró con Monica en
bata y zapatillas.
—Buenos días, Daniel. Eres un madrugador. —Entonces jadeó, los
ojos jos en su pecho o, más especí camente, en los anillos de sus
pezones—. ¡Dios mío! —dijo, aclarándose la garganta.
—Espero no haberte despertado —dijo, conteniendo una sonrisa,
observando su intento de levantar la mirada a sus ojos.
—Eh, lo siento, ¿qué? —dijo, nalmente logrando arrancar la
mirada de su pecho, su cara un poco sonrojada—. Um, ven a
desayunar cuando quieras.
—Gracias, Monica. Lo haré.
Regresó a la habitación de Harry, donde el chico estaba tendido de
espaldas, con los ojos cerrados y la boca abierta.
Daniel se puso una camiseta y un par de zapatillas deportivas, se
aseguró de que tenía sus cigarrillos en el bolsillo del pantalón, y
corrió ligeramente por las escaleras.
Vio a Monica de pie en la cocina esperando a que una jarra de café
se colara. Le sonrió un poco tímida cuando un Daniel,
completamente vestido, se dirigía hacia el pórtico trasero y fumaba
su primer cigarrillo del día.
Se sorprendió cuando Monica salió para unirse a él.
Parecía nerviosa y se preguntó qué iba a decir.
—Eh, supongo que no podría tener uno de esos, ¿verdad?
Parpadeó sorprendido y luego le entregó el paquete de cigarrillos
y encendió uno para ella.
—¡Gracias! —dijo, con una expresión de felicidad en su rostro—.
No se lo digas a Lisanne, empezaría a regañarme. Se supone que los
dejé, pero de vez en cuando...
Daniel arqueó las cejas. —Oye, no es mi secreto.
Monica sonrió. —Me sorprende que no te haya fastidiado para que
lo dejes.
Sacudió la cabeza. —Nunca dijo nada. No creí que le importara.
Monica rio con incredulidad. —¿En serio? Odia a los fumadores.
Siempre está hablando de que es un horrible hábito antisocial.
Bueno, tienes suerte de no tenerla regañándote, es tenaz.
Daniel frunció el ceño. Se preguntó por qué no le dijo nada.
¿Había otras cosas que mantenía ocultas? De pronto sintió como si
no la conociera tan bien como pensaba, y el sentimiento lo molestó.
—¿Café? —preguntó Monica.
Miraba a otro lado así que no se dio cuenta de que habló.
Le dio un golpecito en el brazo. —¿Café, Daniel?
—Sí, eso sería genial, gracias. Negro, tres de azúcar.
—¡Tres de azúcar! —Resopló—. Eres muy afortunado de ser capaz
de salirte con la tuya.
Entró, murmurando para sí misma.
La siguió y agradecido aceptó una taza de humeante café caliente,
mientras Lisanne bajaba las escaleras tambaleándose con aspecto
cansado y un poco desaliñado. A la chica le gustaba mucho dormir.
No pudo evitar sonreírle y cuando le devolvió la sonrisa, se pasó la
lengua por los dientes, una mirada cómplice destacando la sexy
sonrisa en su rostro.
Se sonrojó al instante y bajó la vista, claramente reviviendo
algunas de las cosas que le hizo la noche anterior.
Harry entró, un señuelo útil para la vergüenza de Lisanne, y se
sirvió un plato de cereal, murmurando algo que pudo haber sido un
saludo.
Daniel se sentó a su lado, y Monica le dijo que se sirviese. Metió
mano en una pila de tostadas, untándolas con mantequilla y
mermelada.
La comida parecía haber animado a Harry y desa ó a Daniel a un
pequeño uno-a-uno de baloncesto. Daniel se rio e hizo algunos
comentarios despectivos sobre la altura de Harry, y salieron a jugar
agresivamente en la improvisada cancha.
Monica observó por un momento, una mirada de sorprendido
placer en su rostro. Luego se volvió hacia su hija.
—Lisanne, ¿cuántos, eh, piercings tiene Daniel?
Lisanne se congeló, con la cuchara a medio camino de su boca.
—¡Mamá!
Su madre parecía avergonzada.
—Ocurrió que lo vi saliendo de la ducha y no usaba una camisa.
Bueno, no pude evitar notar su... su, eh, joyería.
—Así que, has visto sus anillos en los pezones —dijo audazmente,
incluso con las mejillas enrojecidas.
—Sí, bastante.
—¿Y quieres saber si tiene más piercings?
La cara de Monica igualaba la de Lisanne para este punto.
—Olvida que pregunté —murmuró Monica.
Eso tomaría algo de trabajo.
Su madre se volvió hacia la cafetera, sólo por hacer algo.
—Oh, me encontré con Rachel Brandt en la tienda ayer. Al parecer,
va a dejar a Sonia hacer una esta esta noche. Dijo que deberías
pasarte por ahí. Daniel, también, por supuesto.
Lisanne hizo una mueca.
—No sé por qué Sonia me invitaría. Nunca fuimos amigas en la
secundaria.
—Tal vez no —dijo Monica, con rmeza—, pero Rachel y yo somos
amigas, así que estoy segura de que serías muy bienvenida. Además
—dijo, alzando las cejas—, habría creído que a ti y a Daniel les
gustaría una razón para alejarse de los viejos por una noche.
Era un buen punto. Aunque habría intentado de cualquier manera
evitar a Sonia Brandt, sabía que Daniel quería un respiro. Una esta
podría ser una buena idea. Entonces algo más se le ocurrió: Sonia era
una de los muchos de la secundaria que nunca le dieron ni la hora,
así que apareciendo con un novio caliente... sí, realmente le gustaba
esa idea.
—Está bien, vamos a ir si Daniel quiere.
—Parece estar llevándose bien con tu hermano.
—Sí —dijo, sonriendo.
Le sorprendía cuán receptivo era Harry. Con el resto de la familia
principalmente gruñía, pero Daniel parecía animarle a hablar frases
completas. Lo que era casi inquietante.
Ernie entró en la cocina y olfateó el aire, torciendo la boca con
disgusto mientras olía el humo de cigarrillos que permanecía en el
pórtico.
Monica vio su reacción y ngió estar ocupada poniendo más pan
en la tostadora.
—Lisanne —dijo Ernie, bruscamente—, no quiero que estés sola en
tu habitación con él, con Daniel.
Tanto Lisanne como su madre levantaron la vista. Lisanne se puso
carmesí de nuevo.
—¿Perdón?
—En absoluto. Por ninguna razón. ¿Queda claro?
—¡Ernie!
—Alguien tiene que decirlo, Monica —espetó—. Lisanne: ¿está
claro?
Sintiéndose rebelde, asintió secamente y salió de la habitación,
furiosa y avergonzada.
¡Por el amor de Dios! ¿Tenía casi 19 años y su padre todavía le
decía a quién podía o no podía tener en su habitación? ¡Era un
hipócrita! Sabía que ellos dormían juntos, pero no quería que pasara
bajo su techo.
Entonces se preguntó si oyó algo. Se sintió morti cada al instante,
tal vez no fue tan silenciosa como pensó. ¡Oh, Dios! ¡Imagínate si su
padre había oído! No soportaba pensar acerca de ello. ¿Eso la hacía la
hipócrita?
Con el corazón martilleando y su aturdido cerebro en un estado
general de negación, se apresuró a subir las escaleras, pero al
hacerlo, notó una sensación de ardor entre los muslos. Un poco
asustada, corrió al baño y se quitó la ropa, examinándose en el
espejo.
¡Santo cielo! La piel entre sus muslos era rojo brillante —una
irritación por la barba del andrajoso de Daniel— ¡entre sus piernas!
¿Será que la humillación de la mañana nunca acabaría?
Sintiéndose triste, se duchó rápidamente y se puso un par de
vaqueros, pero luego descubrió que eran demasiado incómodos. Se
frotó loción para bebés en las zonas in amadas y al instante se sintió
aliviada. Cavando a través de su armario, encontró una vaporosa
falda hasta la rodilla que su madre le había comprado, y que nunca
usó. Se sentía un poco incómoda, no estando acostumbrada a algo
tan condenadamente femenino, pero era todo lo que consiguió. La
combinó con tenis. Genial. Dolorida y con estilo libre. ¿Podría
empeorar este día? Entonces pensó en la esta a la que accedió ir, y
gimió.
Debajo de su ventana, el sonido de carcajadas otó hacia arriba, y
su rostro se suavizó al ver a Daniel y Harry relajados y divirtiéndose.
Dada la oportunidad, realmente creía que Daniel podía encantar a
cualquiera. Dada la oportunidad, ¿podría incluso encantar a su
padre? Su rostro se ensombreció, no parecía probable.
Bajó las escaleras y envió un largo mensaje de texto a Kirsty,
sentándose en el pórtico a ver a Daniel y Harry. En verdad, podría
haber visto a Daniel practicar deportes durante horas, comiéndose
con los ojos la forma en que sus delgados músculos se movían bajo
su camiseta.
Terminaron el juego que disputaban, y Daniel vino a sentarse a su
lado, inclinándose y besando su cuello.
Harry rodó los ojos, pero no dijo nada. Esa era su hermana.
Daniel sonrió al ver la expresión asqueada en la cara de Harry y
presionó los dedos de Lisanne en sus labios.
Harry meneó la cabeza y pisoteó de vuelta a la cocina. No tenía ni
idea de por qué a un tipo genial como Daniel le gustaría su hermana,
por no hablar de querer besarla.
—Entonces, ¿qué hay en el menú de eventos emocionantes de
hoy? —susurró en el pelo de Lisanne.
Se volvió hacia él. —¡Me diste una erupción cutánea con tu barba!
— siseó.
A Daniel le tomó un momento comprender lo que dijo. Le
examinó la cara y el cuello, luego levantó las cejas.
—¿En dónde lo hice, muñeca? —preguntó, aunque por la
expresión de su rostro, ya lo había adivinado.
Lisanne le palmeó el brazo. —¡Ya sabes dónde! —espetó.
Le sonrió y se pasó la mano por sus suaves mejillas. —¿Sí? Bueno,
me afeité esta mañana, así que estamos bien para continuar de
nuevo.
Sacudió la cabeza. —Papá lo sabe.
—¿Qué?
—¡Que nosotros... anoche!
Daniel frunció el ceño. —¿Estás segura?
—¡Sí! Me dijo que no debo estar a solas en mi habitación contigo.
—¿Vas a hacer lo que dice, muñeca?
Ese era el punto crucial del problema de Lisanne. ¿Lo haría?
Daniel se levantó y estiró, dejando al descubierto un trozo de piel
bronceada por encima de la cintura de sus vaqueros.
—Hazmelo saber —dijo, sonando irritado.
Lisanne lo agarró de la mano y él bajó la vista.
—No te enojes conmigo. Esto... es todo nuevo. Por favor...
Daniel suspiró. —Lo sé, lo entiendo. ¡Pero, joder! Te deseo todo el
tiempo, muñeca. En la escuela compartes la habitación, y mi casa
es... y ahora son las vacaciones y estás justo cruzando el pasillo. Me
está volviendo loco. Tú me vuelves loco.
Se estremeció de placer ante sus palabras. No creía que alguna vez
sería capaz de oír eso lo su ciente.
—¿Quieres ir a una esta esta noche? —dijo, cambiando
temporalmente el tema—. Es de una chica con la que fui a la
secundaria, mi madre es amiga de su madre. No sé, ¿te gustaría?
Se encogió de hombros y miró hacia la cocina. —Claro, ¿por qué
no? Una esta a la que puedo ir.
En ese momento, Harry llegó caminando tranquilamente con una
lata de refresco, y se dejó caer en el pórtico.
—Así que, ¿nosotros vamos o qué?
Lisanne frunció el ceño. —¿“Nosotros”? ¿Quién es “nosotros”? ¿Ir
a dónde?
Harry no le hizo caso. —Tienen Virtual Racing, Street Fighter II,
Mortal Kombat, Call of Duty, Mario Karts, Pacman, Metal Slug. Ya
sabes: los clásicos.
—Genial —dijo Daniel.
—¿Qué? —Resopló Lisanne.
—Harry me va a llevar a la sala de videojuegos local —dijo,
guiñándole un ojo—. Dijiste que querías que viera los alrededores.
Lisanne gimió. Pasar la mañana viendo a su novio jugar estúpidos
videojuegos con su hermano menor no era su idea de diversión.
Imaginaba encontrar un lugar para ir a descansar bajo los árboles de
nuevo, besarse y disfrutar de un momento agradable a solas.
¡Ciertamente no con Harry pegado a ellos! Pero parecía que mientras
era sermoneada por su padre, su novio y su hermano estuvieron
haciendo otros planes.
Simplemente genial.
No tuvo más remedio que aceptar. Por lo menos estarían lejos de
sus padres por un rato.
En la sala de juegos, se sentó escuchando a Kate Vigo en su iPod, y
mensajeando a Rodney que vino a visitar a la familia en Tuscaloosa,
mientras que Daniel y Harry jugaban algo que involucraba
personajes de historietas matándose a golpes. Qué divertido.
Se dio cuenta de que la sala de juego cada vez se llenaba más.
Probablemente porque era las vacaciones de Acción de Gracias, y la
gente tomaba tiempo libre de la escuela y el trabajo. Mañana sería el
gran día familiar.
Daniel se acercó y puso un brazo alrededor de su hombro
casualmente.
—Tenemos que salir de aquí —susurró, colocando un cálido beso
en su mejilla.
—¿En serio? Pensé que querías ir y hacer ese juego de carreras, no
es que esté discutiendo...
Le dedicó una sonrisa tensa. —Se va a poner realmente feo de un
momento a otro, Lis. Deberíamos sacar a tu hermano.
—¿Qué? —dijo, mirando alrededor—. ¿Cómo lo sabes?
Todo lo que podía ver eran a varios grupos de chicos jugando.
—Confía en mí —dijo. Luego a Harry—. Vamos, hombre, vamos a
conseguir unas hamburguesas y batidos.
Harry se quejó un poco, pero mucho menos de lo normal.
Claramente no quería discutir con Daniel. Estaba pendiente de cada
palabra suya, y se encontraba bastante resentido por la presencia de
su hermana.
Encontraron una cafetería donde podían sentarse afuera. Harry
ordenó su batido de plátano, Lisanne uno de chocolate y Daniel
pidió su habitual café negro, a pesar de que luego procedió a
“probar” casi la mitad de la bebida de Lisanne. Ella terminó por
defender su batido de él antes de que llegaran las hamburguesas, y
fue divertido ver a Harry arrugar la nariz cuando Daniel la besó de
nuevo.
De repente, las sirenas de policía atravesaron el aire de la tarde.
Lisanne y Harry miraron en dirección a la sala de juegos.
—Policías —le susurró a Daniel.
Asintió.
—¿Cómo sabías que algo iba a pasar? —preguntó, perpleja.
Los ojos de Harry volaron entre ellos dos.
Se encogió de hombros. —He estado en bastantes peleas.
Adoración de héroe brillaba en los ojos de Harry.
Lisanne tenía la sensación de que iba a ser difícil tener a Daniel
para sí misma mientras Harry estuviera cerca.
Terminaron de comer y paseaban por el centro comercial al aire
libre, cuando ambos celulares, el de Harry y el de Lisanne,
comenzaron a sonar.
Lisanne respondió primero.
—¿Mamá? ¿Qué? No, estamos bien. ¡Estamos bien! Bueno,
estamos en camino.
Por la mirada en el rostro de Harry, la llamada de su padre era
similar.
—¿De qué se trataba? —dijo.
Lisanne negó con la cabeza. —No tengo ni idea, pero creo que nos
vamos a casa.
Diez minutos más tarde, estacionó en la camino de entrada. Sus
padres los esperaban en la puerta. Ernie se veía furioso. Abrió de un
tirón la puerta de Daniel y lo empujó contra el coche mientras
intentaba salir.
—¿Qué hiciste? —gritó en la cara de Daniel.
—¡Joder, quítese de encima! —gruñó Daniel, empujándolo, por lo
que Ernie tropezó.
—¡Papá! —gritó Lisanne—. ¿Qué estás haciendo?
—Nos dijeron que hubo una pelea en la sala de juegos, la policía
fue llamada y todo. Varios adolescentes terminaron en el hospital.
Pensamos... pensamos... nos preocupamos —terminó Monica sin
convicción.
El rostro de Daniel se llenó de desprecio mientras miraba a los
padres de Lisanne, pero fue ella la que habló, su voz mordaz.
—Y acabas de asumir automáticamente que Daniel tenía algo que
ver con eso. Bueno, eso es genial. Gracias por tu apoyo. Para tu
información, fue Daniel quien nos sacó de allí. Supuso que algo
pasaba y nos fuimos antes de que empezara. —Hizo una pausa, su
ardiente ira haciendo temblar su voz—. ¿Qué pasó con darle a la
gente el bene cio de la duda, mamá? ¿Qué pasó con “inocente hasta
que se demuestre lo contrario”, papá? Si Daniel fuera uno de los
estudiantes de tu secundaria no estarías siendo tan severo.
—¡Daniel no hizo nada! —gritó Harry, enojado.
Monica parecía horrorizada, de pie con una mano sobre su boca, y
sus ojos disparándose entre Daniel y su hija mayor.
—Lo siento, Daniel —dijo ella.
Pero con los dedos cubriendo sus labios, Daniel no supo lo que
pronunció.
—Me voy a la mierda de aquí, Lis —gruñó.
—Iré contigo.
Sacó las llaves de su motocicleta del bolsillo de su pantalón y pasó
una pierna por encima de Sirona. Lisanne montó detrás de él sin
siquiera esperar para sacar los cascos de las alforjas.
Ernie se enderezó. —Daniel, me disculpo. Salté a una conclusión
sin conocer los hechos. Lo siento. —Miró a su esposa—. Ambos lo
sentimos.
—Claro —dijo Daniel con amargura—. Hasta la próxima vez.
Nunca voy a ser lo su cientemente bueno para ustedes, ¿cierto?
Ernie le agarró el brazo. —Realmente, lo siento, no te vayas así.
Lisanne, por favor, quédate.
—No, papá. Ya has dicho su ciente.
Asintió a Daniel y él se inclinó para abrir el paso de gasolina y
luego arrancó el motor.
Pops salió de la casa, donde permanecía con la abuela Olsen,
ambos escuchando todo el acalorado intercambio.
—Vamos a ver —dijo, mirando a Daniel a los ojos—. Espero que
no vayas a decirme que te estás llevando a mi nieta en esa moto con
las piernas desnudas y sin casco.
Daniel miró por encima del hombro a Lisanne.
—Mierda —murmuró.
—Todos tranquilícense —dijo Pops—. Ernie, seguro hiciste un
desastre de esta, hijo. Monica, ve con los chicos adentro. Daniel y yo
vamos a tener un poco de tiempo de calidad con Sirona, aquí. —Le
dio un golpecito a Lisanne en el brazo—. Ve adentro con tu mamá y
papá ahora.
De mala gana, todavía furiosa con sus padres, Lisanne bajó. A
pesar de que toda su familia veía, echó los brazos alrededor del
cuello de Daniel y rozó sus labios por su boca.
Él suspiró y se inclinó en ella, la cabeza apoyada en su hombro.
Lisanne le ahuecó las mejillas con las manos e hizo que la mirara.
— No te vayas sin mí. ¿Lo prometes?
Dudó por un momento, luego asintió lentamente.
Lo besó de nuevo y giró para seguir a sus padres al interior.
Miró por la ventana cuando Pops dijo algo, señalando el maletero
de su coche, y Daniel le siguió. Un momento después, Daniel llevaba
una caja de herramientas, y Pops se inclinaba sobre Sirona.
No parecía que fuera a irse a ninguna parte, entonces se volvió a
sus padres.
—Gracias, mamá. Gracias, papá —dijo, pronunciando cada sílaba
con frialdad—. Realmente hicieron que Daniel se sintiera
bienvenido. ¿Hay algo más de lo que lo quieran acusar mientras
estamos aquí? Tal vez del gra ti que vi en el centro comercial, o
¿qué pasa con ese robo de auto que sucedió la semana pasada?
¿También quieren culparlo a él?
—Cariño, nos equivocamos. Lo sentimos —dijo su madre, un poco
a la defensiva, pero tratando de calmarla.
Lisanne se cruzó de brazos.
—No es lo su cientemente bueno, mamá. Ya sabes, tú y papá me
enseñaron a tratar a la gente con respeto. Bueno, parece que ya no
cuenta, ¿no? O tal vez incluía a la gente como tú, con casas bonitas y
patios cuidados. ¿Tal vez no cuenta si la persona tiene tatuajes y
piercings... o si es sordo?
—Es su ciente, Lisanne —dijo su padre.
—No, papá. No es su ciente. Estoy avergonzada de ustedes dos.
Y luego se echó a llorar y subió corriendo las escaleras.
16
Traducido por [Link] & Adriana Tate
Corregido por Victoria Ferris

Varios minutos después, Lisanne escuchó a alguien tocando la


puerta de su dormitorio. Supuso que era su madre.
—Cariño, ¿puedo entrar?
Lisanne no respondió, pero su madre abrió la puerta de todas
maneras.
—¿Qué quieres, mamá? —dijo, con voz fría.
—Vine a asegurarme de que estás bien.
—Oh, seguro, estoy estupenda.
—El sarcasmo no va a ayudar.
—¿No lo hará, mamá? Bueno, dime que va a ayudar, porque estoy
segura de que no lo sé. Daniel no ha sido nada más que amable y
respetuoso, y está consiguiendo llevarse muy bien con Harry y Pops.
Son tú y papá quienes tienen el problema.
Su madre se quedó callada por un momento. —Tienes razón,
cariño. Tu padre y yo estábamos muy equivocados al asumir que
Daniel se involucró en esa pelea en la sala de videojuegos. Todo lo
que puedo decir es que nos preocupamos por ti y Harry. Sé que no
es excusa para nuestro comportamiento, pero esa fue la razón. Le
hemos pedido disculpas nuevamente a Daniel y creo que la ha
aceptado. Ahora te estoy pidiendo disculpas a ti.
—¿Y papá?
—Está avergonzado de sí mismo, como tú dijiste. Sólo dale la
oportunidad de decirte que lo lamenta. Eso es todo lo que pido.
Le dio una palmadita a su hija en el hombro y salió de la
habitación en silencio.
Se sentó, luego salió de la cama, con una mirada determinada en
su rostro.
Tenía que estar lista para una esta.
***

—Oye, hombre —dijo Daniel, entrando a la habitación de Harry.


Se sentía mucho más tranquilo después de pasar un tiempo con
Pops. La compañía del anciano lo detuvo de hacer algo
espectacularmente imprudente, y aunque no hablaron de nada en
particular, trabajar juntos en Sirona le quitó el calor de la situación y
le dio la oportunidad de enfriar su temperamento.
Los padres de Lisanne se disculparon de nuevo. Ernie fue bastante
duro, pero Monica se comportó efusiva y sincera. Le rogó que se
quedara por el bien de Lisanne, y se encontró aceptando, aunque de
mala gana.
Se quitó la camiseta manchada de aceite y rebuscó en su mochila
algo limpio para usar para la esta. No tenía muchas opciones ya
que Lisanne le robó su camiseta gris para dormir.
Cuando se dio la vuelta, Harry lo miraba jamente. O mejor dicho,
a los anillos de sus pezones.
A Daniel le hizo gracia. Siempre provocaban reacciones extremas
en las personas, no podía ver por qué. Después de todo, no era
diferente de perforarse las orejas, ¿verdad?
—¡Guau! —susurró Harry—. ¿Eso... eso fue doloroso?
Sí, siempre la misma pregunta.
—Sí, algo. No mucho.
—¿No es... un poco retorcido? Ya sabes, ¿extraño?
Daniel rio. Al menos el chico tenía la valentía de decir lo que la
mayoría de la gente sólo pensaba.
—No le gusta a todos. Como sea, hombre, me gusta. A las chicas
también.
Harry se sonrojó.
—¿Qué hay de tus tatuajes, dolieron?
—Algunos más que otros. Tatuajes cerca del hueso tienden a doler
más, como el de mi cadera —dijo casualmente.
Harry tragó. —¿También tienes uno en la cadera? ¡Hombre! Esos
son un montón de tatuajes.
Se encogió de hombros. —Mi hermano tiene más, en ambos
brazos. Dijo que en la parte interior de las muñecas duele más.
—¿Lisanne va a hacerse un tatuaje?
Daniel arqueó las cejas. —No lo sé. Nunca dijo que quisiera uno.
—Porque mamá y papá explotarían.
Sonrió. —Sí, eso no me sorprende.
Se puso su última camiseta limpia y vio que Harry seguía
mirándolo jamente.
—Um, ¿puedo preguntarte algo? —dijo Harry, nervioso—.
¿Estás... lo estás haciendo con mi hermana?
—Esa es una pregunta algo personal —contestó, serio.
Harry se encogió de vergüenza visiblemente, pero siguió adelante.
—Es sólo... porque la estás besando y esas cosas todo el tiempo.
Nunca la he visto hacer eso con un chico.
—Tu hermana es muy importante para mí. Me importa mucho.
Harry arrugó la cara con disgusto. —Eso es bastante sentimental.
Daniel sonrió. —Sí, supongo.
—Um, así que... me preguntaba —continuó, torciendo los dedos
con preocupación—, ¿Puedo preguntarte... sobre... cosas?
Daniel hizo una pausa, luego se sentó en la cama.
—Dispara.
Harry agachó la cabeza y se miró las manos con una expresión de
horror absoluto y vergüenza.
—Um. um. —murmuró
Contuvo un suspiro y esperó pacientemente. Empezaba a tener
una idea acerca de lo que Harry quería preguntarle.
—¿Qué es, hombre? —dijo afectuosamente.
El rostro de Harry brillaba rojo.
—Um^ cuando tenías mi edad, hiciste... um... hiciste'... ya sabes...
um^
—¿Masturbarme? —suministró amablemente.
—Sí —gruñó Harry, arriesgando una rápida mirada hacia arriba.
—Claro —respondió Daniel con facilidad, echando un vistazo al
cartel de Megan Fox en el muro de Harry—. Todos los chicos lo
hacen.
—Oh, está bien. —Hizo una pausa, y luego continuó su murmullo.
No fue fácil para Daniel precisar lo que el niño decía, pero la esencia
de la conversación era muy clara—. ¿Cómo sabías lo que iba a
preguntar? —dijo con voz ahogada.
Daniel se encogió de hombros. —Soy bueno adivinando. —Se
preguntó si ese era el nal de la conversación.
No lo era.
—Um, ¿es verdad que si lo haces. mucho. puedes quedar ciego o
algo así?
—¡Por Dios, hombre! ¿Quién te ha estado diciendo esa mierda? La
respuesta es no. ¿Por qué no lo buscas en Google?
—Papá puso un control parental en el ordenador —dijo con una
mueca—. Y tampoco se puede mirar en la escuela.
—¿En la casa de un amigo?
—Mi amigo Jerry tenía algo de porno.
—Genial —dijo, escondiendo una sonrisa.
—¿Sí?
—Claro. Muchos chicos ven porno. También algunas chicas.
Los ojos de Harry eran enormes. —¿Las chicas ven porno?
—Algunas, sí.
—¿Lis. mira porno?
Daniel sonrió. —No es mi secreto para contar, hombre.
—¡Oh, guau! —La cara de Harry mostró sorpresa y respeto
incipiente por su hermana—. Um, así que, ¿es raro conseguir una
erección viendo porno cuando hay otro chico cerca?
Daniel no pudo evitar que una pequeña sonrisa se le escapara.
—Vergonzoso, ¿verdad?
Harry soltó una risa de alivio. —¡Sí!
—Mira, la pornografía se supone que te haga sentir cachondo. Eso
es un poco el objetivo. Por lo general, no es una actividad grupal a
menos que te guste, estar en una esta con cerveza o lo que sea. En
su mayoría, los chicos ven solos y se hacen una paja. Es normal. Las
chicas también lo hacen.
—¿Las chicas? ¿Có... cómo?
Jesús, ¿ahora le iba a dar una lección de biología?
—Las chicas tienen coños, ¿verdad? —Harry parecía haberse
congelado, por lo que continuó explicando—. Sí, así que sus coños
tienen clítoris, ¿cómo una pequeña protuberancia en el frente?
Harry se veía sorprendido, aunque por cuál frase, no podía
diferenciarlo.
—Frotas el clítoris, o lo hacen ellas mismas, y se vienen.
—¿Se vienen?
—Ya sabes, orgasmo, acaban.
—Es. como los chicos, um.
—No exactamente, pero joder, se siente bien si estás cerca cuando
sucede. Como dije, es normal. Las chicas lo hacen, los chicos lo
hacen.
Harry lucía aliviado. —Tuve que hacerlo dos veces cuando llegué
a casa —admitió—, después de ver la película porno.
—No, eso no es nada, hombre. Un montón de chicos de tu edad se
masturban todo el maldito día. No sé cómo cualquiera de nosotros
nos las arreglamos para ir a la escuela.
Harry le dio una pequeña sonrisa y luego hizo una mueca.
—Y cuando duermo —se quejó.
—Sí, eso sucede. Lavar la ropa es una pesadilla —concordó Daniel
con simpatía—. Especialmente cuando tu madre quiere saber por
qué has cambiado las sábanas cuando ella lo hizo ayer.
—¡Sí!
—Mira. Los chicos se masturban. Mucho. No sé cuando uno se
pone muy viejo, como treinta o algo así, pero sí. Es como ponerse los
pantalones por la mañana, es una parte de la rutina. ¿Sabes lo que
estoy diciendo?
—Así que, ¿es normal?
—Sip. Divertido, gratis y nadie queda embarazada. ¿Qué más se
puede pedir?
Harry rio nerviosamente.
Daniel recordó cuando tuvo una conversación similar con Zef.
Tenía once años, aunque posiblemente no era tan despistado como
Harry, ya que había descubierto el escondite porno de Zef y lo
examinó a fondo antes de ser atrapado. Además, luego perdió su
virginidad con una de las amigas de su hermano cuando era apenas
un poco mayor que Harry.
Debe apestar no tener un hermano mayor.
Se inclinó para meter la mano en el bolsillo de su chaqueta, luego
arrojó a Harry un paquete de condones.
—Es posible que desees practicar con estos, para cuando llegue el
momento, sabrás lo que estás haciendo. No quieres ponerte a ese hijo
de puta al revés cuando tienes a tu mujer toda caliente y jadeante
para ti.
La boca de Harry se abrió, pero no le salieron las palabras.
Daniel se puso de pie y se dirigió a la puerta.
—Me lo agradecerás en unos años —dijo sobre su hombro.
Sintiendo que el día no había sido un completo desastre después
de todo, fue a buscar a Lisanne, y golpeó la puerta de su dormitorio.
—Muñeca, soy yo.
La puerta se abrió y la mandíbula de Daniel cayó hasta el suelo.
Sus ojos recorrieron las largas piernas desnudas y la falda de
mezclilla muy corta; captaron la zorra con pestañas largas y oscuras,
lápiz labial rojo y pelo arreglado; y se posaron en las tetas que lucían
muy orgullosas de sí mismas, seductoramente cubiertas por una
pálida camiseta azul con tirantes nos, que se aferraba en todos los
lugares correctos.
Daniel se pasó la lengua por los labios. Tardó un momento en
darse cuenta de que Lisanne le hablaba.
—¿Me veo bien? —repitió ella, ansiosa por su silencio
—Joder, ¡sí! —Respiró—. ¡Te ves increíble, muñeca!
Ella sonrió nerviosa. —Corté mi vieja falda de mezclilla y resultó
un poco más corta de lo que quería.
Tiró del dobladillo, pero apenas cubría la parte superior de sus
muslos.
Daniel la atrajo hacia él y tomó su culo, sus dedos demorándose
por debajo del borde de la falda.
—Luces tan jodidamente caliente —susurró.
—Entonces, ¿crees que me veo bien?
Daniel le sonrió, con la cabeza inclinada hacia un lado. —
Simplemente no lo entiendes, ¿verdad? Sólo tengo que mirarte para
endurecerme. Joder, te deseo con tantas ganas en estos momentos.
Su rostro ardía.
—Um, bien entonces. Nos vemos abajo en un minuto.
Daniel le guiñó un ojo y ella cerró la puerta de nuevo. Se apoyó en
la pared y respiró hondo. Estar en la casa de los Maclaine era una
gigante mala idea, pero maldita sea, ella valía la pena.
Harry pasó por delante en su camino a la sala de TV.
—Oye, hombre —dijo Daniel—. Si me escuchas levantarme por la
noche, me voy a ver a mi chica. ¿Estás bien con eso?
Harry apartó la vista.
—Sí, supongo.
Daniel sonrió para sí.
—Pero...
—¿Sí, hombre?
—Si papá te atrapa, yo dormía y no sabía nada al respecto, ¿bien?
Daniel contuvo una sonrisa. —De acuerdo.

***

Decir que los padres de Lisanne se sorprendieron al verla habría


sido una subestimación del tamaño de una secoya.
Los ojos de Ernie se agrandaron con incredulidad, y la boca de
Monica se abrió y cerró varias veces sin llegar a hablar.
—No nos esperen despiertos —dijo Lisanne, apresurándose a salir
antes de que las habilidades lingüísticas regresaran.
Daniel esperaba en el patio delantero, apoyado en Sirona,
disfrutando de un cigarrillo. Sonrió abiertamente cuando la vio y lo
apagó.
—Muñeca, estás lista para la esta —murmuró en su cuello—. Te
ves hermosa, nena.
Para los ojos hambrientos de Lisanne, él lucía condenadamente
apetitoso.
Sus vaqueros se enganchaban sobre los huesos de su cadera, y su
camiseta negra se aferraba a su pecho. Podía ver la cola del dragón
tatuado enrollándose en su bíceps derecho, justo por encima del
codo. El pequeño anillo de plata puesto en su ceja y su cabello negro
parado en puntas cortas.
Abrió la puerta del coche para ella en un gesto anticuado que la
hizo reír, pero no hubo nada anticuado en la forma en que se inclinó
y pasó la lengua por su muslo desnudo, cuando se subió a su lado.
—Quiero tenerte en este coche, nena.
Lisanne tragó saliva.
—Um —dijo, incapaz de formular una respuesta.
Le sonrió con malicia. —¿Vas a arrancar el motor, nena, o estás
esperando que una ilusión nos llevé a la esta?
Sacudió la cabeza, tratando de aclarar la niebla de lujuria que
había descendido. ¿Hacía calor en este auto?
Con las palmas sudorosas, logró girar la llave en el encendido,
ignorando la sonrisa divertida de Daniel.
Hicieron una parada en el camino a la casa de Sonia Brandt. Ante
la insistencia de Daniel, estacionó fuera de una tienda de licores. Se
agachó en el asiento del conductor, con la esperanza de que nadie
quien conociera el coche de su madre los viera. Daniel salió con un
paquete de seis cervezas y una botella de Jack Daniels.
Lisanne se sorprendió. Nunca lo vio beber nada que no sea
cerveza, y le molestó el pequeño tirón de aprensión que sintió en el
estómago.
Cuando llegaron a la esta, tuvo que aparcar varios cientos de
metros lejos de la casa de los Brandt, ya que los coches se alineaban
en la calle.
Vivían en una amplia avenida bordeada de árboles, con una gran
casa de estilo mansión, apartada de la carretera y un camino curvado
que conducía a la puerta principal.
Las personas corrían hacia el edi cio, la mayoría llevando algún
tipo de alcohol. La aprensión de Lisanne se expandió como un globo
en su estómago, pero Daniel parecía haberse animado bastante. Ya
sea porque su estado de relajación aumentaba proporcionalmente
con la distancia de la casa de los Maclaine, por la botella de Jack que
ya había empezado a beber, o por la perspectiva de una esta;
¿quién sabía?
Ella se sentía miserable. Era todo lo que odiaba: gritos, gente falsa;
emborracharse y ser ignorada por las chicas presumidas de su
antigua escuela secundaria.
Ayudaba que estuviera con Daniel, pero las viejas inseguridades
necesitaban más que una falda corta y un par de lecciones de
maquillaje de Kirsty para ser totalmente exorcizadas.
Respiró hondo para calmar sus nervios, pero se sobresaltó cuando
sintió los dedos de Daniel sosteniendo suavemente su barbilla.
—¿Qué pasa, muñeca?
Sacudió la cabeza.
—Nada —mintió —. Estoy siendo tonta.
—No me mientas, Lis —dijo en voz baja —. Cuéntame.
Sus hombros se hundieron. Debería haber sabido que no sería
capaz de escondérselo.
—Esta esta —dijo, agitando las manos para indicar sus
alrededores—. No es lo mío.
Arqueó las cejas. —¿Por qué? Te he visto en el club, estabas
totalmente en lo tuyo.
—Eso fue diferente. Podía... allí podía ser cualquier persona,
¿sabes? Nadie me conocía, podía empezar de nuevo. Aquí —Señaló
con la barbilla a la casa de los Brandt—, aquí sólo soy una nerd de la
música que toca el violín y está tratando de actuar genial. Me
conocen, sabrán que estoy ngiendo.
Daniel sonrió con tranquilidad.
—¿Eso piensas? Muñeca, eres caliente, sexy y tan jodidamente
apasionada. No hay nada falso en ti.
—Pero...
—Te estoy diciendo, Lis. He tenido un montón de mujeres —dijo,
alzando las cejas para hacer un punto—, y ninguna se compara
contigo. Eres auténtica.
Lisanne se mordió el labio, y miró dudosamente hacia la casa.
—No tenemos que ir —dijo—, pero si los dejas hacerte sentir
inferior, entonces ellos ganan.
Levantó la cabeza ante sus palabras, sabía que tenía razón.
—¿Estás canalizando a Eleanor Roosevelt, “nadie puede hacerte
sentir inferior sin tu consentimiento”?
Le sonrió. —Exacto, muñeca. Estoy a favor del feminismo. —Pasó
su mano entre sus piernas—. Y estoy a favor de las minifaldas, y la
libertad de expresión. ¡Demonios, sí!
Se desabrochó el cinturón de seguridad y se estiró, dándole más
espacio. Jadeó mientras su pulgar la acariciaba justo allí. Luego la
besó, simulando con su lengua lo que hacía con su mano.
Lisanne jadeaba en su boca y cuando él se alejó, lo negro de sus
pupilas quemaba los iris de color avellana.
Sus párpados se cerraron y tomó una respiración profunda.
Casi le dijo que olvidara la esta, que conduciría a algún lugar
solitario para poder nalizar lo que comenzaron, pero otra parte,
quería ser la persona que él creía que era. Con él, tal vez podría ser
esa persona. Quería intentarlo, al menos.
Desabrochó su cinturón de seguridad y abrió la puerta del auto.
—Vamos —dijo.
Daniel le sonrió y guiñó un ojo.
Envolvió un brazo alrededor de ella y caminaron hacia la casa,
llevando la cerveza en su mano libre. Para el gran alivio de Lisanne,
dejó la botella de Jack debajo del asiento.
La suerte quiso, que las dos primeras personas que se encontraron
fueron las infames hermanas Ingham: animadoras y dos dolores en
el trasero —Kayla y Beth. Hicieron una cómica doble toma cuando
vieron a Lisanne, aunque la mayor parte de su atención se enfocaba
en Daniel.
—¿Cuál es la palabra mágica, Maclaine? —dijo Kayla con desdén
—. Esta esta no es para nerds, pero tu amigo puede pasar.
Lisanne sonrió cordialmente. —Que te jodan. Ahí tienes tres
palabras. —Y entró despreocupadamente.
—Genial —exhaló Daniel en su cabello.
Lisanne comenzó a disfrutarlo.
El vestíbulo se encontraba lleno de gente, algunos bebiendo, otros
moviéndose con la palpitante música que retumbaba desde los
altavoces ocultos. Reconoció a unas cuantas personas de su antigua
escuela, pero ninguno que conociera bien. Planeaba llevar a Daniel al
área de la piscina en la parte de atrás. Pero antes de que pudiera,
Daniel dejó la cerveza en una silla y la agarró por las caderas desde
atrás, moviendo su cuerpo contra el de ella. Luego le dio la vuelta y
colocó sus manos en su cuello, frotándose contra ella.
Posó las manos en su trasero y suavemente la llevó dentro del
baile. Lisanne nunca se movió de ese modo fuera del dormitorio, y
eso aún era muy nuevo para ella. Era bailar, técnicamente,
moviéndose con la música. Esperó por el familiar sonrojo de
vergüenza, pero en su lugar se sintió liberada, querida y libre.
Atrajo la cabeza de Daniel hacia ella y metió la lengua en su boca.
Escucharlo gemir era la mejor manera de encenderla. Recorrió sus
manos por su espalda y las metió en los bolsillos traseros de sus
vaqueros.
Tenían los labios entrelazados y sus entrepiernas estaban
jodidamente cerca de unirse. Se sentía bien.
—¡Oh. Dios. Mío! ¿Lisanne Maclaine?
El grito de Sonia pudo haber ensordecido a los murciélagos de tres
estados.
Se separó de los dispuestos labios de Daniel, y miró con
indiferencia a la an triona de la esta.
—Oh. Hola, Sonia. Gracias por invitarnos. Daniel, ella es Sonia
Brandt; Sonia este es mi novio, Daniel Colton.
—Hola, Sonia Brandt —dijo Daniel, moviendo rápidamente sus
ojos en su dirección por un insultante periodo corto de tiempo.
Lisanne pasó las manos por debajo de la camiseta de Daniel, y él le
sonrió, completamente entendiendo el juego que empezaban. Él
enterró la cabeza en su cuello, dándole pequeños mordiscos desde el
lóbulo de la oreja hasta su garganta.
La cara de Sonia era todo lo que Lisanne podría haber esperado:
sorprendida e incrédula, y tan verde de envidia que podría haber
guiado el des le del Día de San Patricio.
Hasta ahora, Lisanne había estado jugando, pero la forma en que
Daniel la tocaba la hacía pensar que pasaron directamente desde el
ensayo a la obra principal.
La disgustada cara de Sonia desapareció de la vista, y dejó de
preocuparse por lo que pensaba ella, las hermanas Ingham, o
cualquiera de las personas que la subestimaron, menospreciaron y
desvalorizaron durante cuatro largos años.
Daniel debió haber sentido el cambio, porque comenzó a moverse
más libremente con ella hasta que estuvieron realmente bailando,
moviéndose al ritmo de la música que él podía sentir a través de su
ágil cuerpo.
Al nal, Lisanne pidió un descanso, lo su ciente caliente y
excitada para necesitar una bebida fría.
Daniel recuperó sus cervezas y se dirigieron afuera hacia la
piscina.
Lisanne se quitó los zapatos que había usado sólo uno vez en la
boda de su primo, y metió los pies en el agua relajante.
Daniel se sentó junto a ella, por lo que se apoyó contra la sólida
comodidad de su pecho. Lo sintió quitar su cabello de su hombro y
plantar besos fríos por la cerveza a lo largo de su cuello. Quería
agradecerle por convencerla de venir esta noche, pero para tener una
conversación, tendría que moverse y en ese instante se hallaba muy
cómoda.
Pero fue él quien se movió, cuidadosamente alejándose y
girándose para estar frente a ella.
—¿No te gustaba la secundaria, Lis? —dijo, metiendo sus piernas
debajo de él hasta que quedó sentado con las piernas cruzadas.
—¿Le gusta a alguien?
—Sí, creo que a algunas personas les gusta.
—¿Te gustaba?
Hizo una mueca, y Lisanne podría haberse pateado a sí misma. La
secundaria difícilmente podría estar en sus mejores recuerdos, no
cuando fue la época en su vida que empezó a perder la audición.
—No mucho —admitió—. Apestaba bastante. Simplemente
estaba... enojado todo el tiempo. Por eso me metí en tantas peleas.
Tratando de probar que. no lo sé. que todavía era yo. —Le sonrió—.
Le di a mis padres un montón de pesadillas.
Su sonrisa se desvaneció y frotó una mancha de aceite en sus
pantalones.
—Estarían tan orgullosos de ti —dijo con certeza—. Yendo a la
universidad, obteniendo tu título.
—Tú les habrías gustado —dijo.
—Oh. —Se sorprendió, su corazón dio una feliz voltereta.
Daniel se mordió el labio, y luego se metió la mano en el bolsillo
de sus pantalones. Pensó que buscaba un cigarrillo, pero en cambio
sacó una pequeña cajita, envuelta en el mismo papel plateado que
había usado con resultados muy cómicos cuando envolvió la
chaqueta de cuero que le regaló.
—Mamá siempre solía hacer una gran cosa del día de Acción de
Gracias, decía que debíamos pensar en todas las cosas por la que
estábamos agradecidos. La última vez. —Tomó una respiración
profunda—, la última vez, cuando estaban vivos, dije que era pura
mierda y que no tenía nada por lo que estar agradecido. Pero ahora
que te conocí, no lo siento que estoy agradecido. Así que quiero que
tengas esto. Gracias por ser tú. Gracias por aguantar mi vándalo
trasero. Por estar en mi vida.
No sabía que decir. Con las manos temblorosas, desenvolvió el
papel cuidadosamente. Debajo había un pequeño relicario de oro en
una cadena corta.
Lo miró jamente, completamente abrumada.
—Ábrelo.
Cuidadosamente, abrió las dos mitades. Adentro descubrió una
mini fotografía de ellos, tomada durante su día en la playa.
—Era de mi mamá —dijo, encogiéndose de hombros—. Quiero
que lo tengas.
Se puso de pie con un ligero movimiento, y tomó el relicario de
sus manos. Luego, agachado detrás de ella, lo colocó en su cuello y le
dio un beso en el cabello.
Ella se giró y tomó su cara entre sus temblorosos dedos.
—Gracias. No sé qué decir.
—No digas nada —susurró—. Sólo úsalo, para mí.
Lo besó con ternura, profundamente, y el calor estalló entre los
dos.
—¡Guau! ¡Ratón Maclaine! ¡¿Quién sabría que podías ser tal
pedazo caliente de culo?!
Inmediatamente reconoció la voz. Grayson Woods, defensor y
estrella del equipo de fútbol de la secundaria. Había escuchado que
fue a la Universidad Estatal de Louisiana con una beca de fútbol.
Pero seguía siendo el cavernícola grosero que recordaba.
Daniel no escuchó el comentario, pero pudo ver por la expresión
en su cara que algo andaba mal, y no tenías que ser un genio para
averiguar qué pasaba.
Se levantó lentamente, y sacó un cigarrillo de su bolsillo mientras
Grayson lo miraba fríamente.
—¿Quieres decir eso de nuevo, hijo de puta? —dijo en un tono
conversacional.
La boca de Grayson se abrió, pero luego una sonrisa lobuna se
dibujó en su rostro.
Le sorprendió cuando Sonia le había dicho que la nerd de la
música estaba aquí, e incluso más cuando vio que se transformó en
un pedazo de culo follable, pero ahora parecía que la diversión
estaría en sacar a su vándalo novio, antes de humillarla un poco
más.
—Bueno —se burló Grayson—, parece que esa perra estirada
nalmente le abrió las piernas a alguien y...
Fue lo más lejos que llegó antes de que Daniel lo golpeara.
Grayson ni siquiera lo vio venir. Tal vez tenía la idea de que
podría terminar su retahíla de insultos antes de que la paciencia de
Daniel se agotara. Vivir y aprender.
La nariz de Grayson parecía haberse extendido por su rostro y
goteaba dos rastros de sangre brillante, antes de que sus brazos se
agitaran, pero no pudo detener la caída hacia atrás dentro de la
piscina.
Hubo un silencio atónito y Daniel aspiró su cigarrillo.
—El hijo de puta tenía una boca sucia —dijo con calma, luego tiró
la colilla, viéndola rebotar en el pecho empapado de Grayson.
Unas irónicas aclamaciones vinieron de algunos chicos alrededor
de la piscina, pero otros miraron con rabia al intruso.
Lisanne luchó para ponerse de pie y recogió sus zapatos.
—Vamos —susurró, tirando de su brazo.
Guió el camino por un costado de la casa y se detuvo a ponerse los
zapatos para cruzar el camino de grava, pero en su lugar Daniel la
tomó en brazos y la llevó.
A medida que se acercaban al auto de su madre, sacó las llaves de
su bolso y le quitó el seguro para que la pudiera dejar en el asiento
del conductor. Cuando se deslizó junto a ella, su expresión estaba
curiosamente en blanco.
—No estás molesta, ¿verdad, muñeca?
Parpadeó. —¿Por qué estaría molesta contigo?
—Por golpear a ese chico.
Sonrió. —No, se lo merecía. Ha hecho cosas peores a un montón
de personas en los últimos años. Me alegro de que lo golpearas. Me
alegro de que su feo trasero terminara en la piscina.
Daniel sonrió con alivio.
—Gracias por esa mierda. Pensé que ibas a morder mi trasero.
Lisanne levantó una ceja. —Ahora esa es una idea.
—Muñeca, estoy impactado. ¿Estás coqueteando conmigo?
Se rio. —Voy hacer mucho más que eso. Necesito conducir este
coche a algún lugar tranquilo y mostrarte lo mucho que aprecio que
seas mi caballero de armadura brillante. Una vez más.
Una lenta sonrisa se extendió por el rostro de Daniel.
—¡Joder, sí! —murmuró.
Tragó nerviosamente. Una cosa era sonar como si fuera valiente...
Condujeron en silencio, las luces del carro lanzaban un rayo
amarillo a los árboles que pasaban en el bosque. Daniel posó una
mano en su rodilla, donde sus dedos dibujaron patrones mecánicos
en su pálida piel.
Finalmente, se detuvo y se estacionó a un lado del solitario camino
de tierra, uno de los muchos que bordeaban el lago.
Se quedaron mirando por un largo momento. Daniel habló
primero.
—Está oscuro, nena. No puedo leerte en este instante. Pero.
únicamente haremos lo que tú quieras hacer, ¿de acuerdo? Puedes
detenerme, sabes cómo.
El sonido mientras ella se desabrochaba el cinturón de seguridad y
luego el de él fue fuerte en sus oídos.
No creía ser el tipo de chica que tenía sexo en autos, pero desde
que conoció a Daniel su visión se amplió hasta el punto de cambiar
dramáticamente.
Y sin embargo, no había presiones. Su toqué era suave y
tranquilizador, no frenético o exigente. Le permitía guiar.
Ella levantó una mano a sus labios y la besó.
—Gracias —dijo, aunque sabía que no podía escucharla—. Gracias
por todo.
Chupó sus dedos y los mordió ligeramente, haciéndolo reír.
—Muñeca, ¿estás tratando de llevarme por el mal camino?
Se arrastró por la división del asiento y se sentó en su regazo. Él
tarareó alegremente en su cuello, luego lamió lentamente su piel.
—Sabes bien, bebé.
Ella copió sus acciones, aspirando el aroma de su cabello, su piel,
besando sus mejillas, sus párpados, sus labios.
Se movió debajo de ella y podía sentir que estaba duro, pero
parecía contento, rociando suaves besos sobre su pecho y cuello.
Cuando tomó la decisión, se sorprendió. Él podría estar contento
con sólo besarse, pero ella quería hacer el amor con él.
Y lo amaba. Amaba su silenciosa fuerza y su dulce paciencia, su
humor, su sinceridad, sus destellos repentinos de ira, la pasión y la
inteligencia que escondía detrás de sus ojos avellana, su perezosa
sonrisa: lo amaba en cuerpo y alma, el peso de ese sentimiento la
anclaba a tierra y la liberaba en maneras que todavía no entendía.
—Voy hacerte el amor, Daniel Colton. Voy hacerte el amor aquí y
ahora porque amo todo de ti, y no me importa que no puedas oírme
y no me importa que nunca me escucharás cantar o tocar el violín.
Escucharé por los dos. Quiero compartirlo contigo, todo. Quiero
compartirme a misma contigo.
No la escuchó. No podía escucharla. Y a ella no le importaba.
Él seguía acariciándole el cuello y frotando la parte de arriba de
sus brazos contra el frío aire nocturno, cuando ella se inclinó y rozó
sus dedos entre sus piernas, provocando su dureza.
Sus manos cayeron y ella lo escuchó tomar una respiración
profunda. Él esperó, preguntándose qué iba hacer a continuación.
Se puso de rodillas de nuevo, dándose más espacio a sí misma, y
se agachó para acariciarlo de nuevo. Sintió su estómago tensarse,
pero él no trató de animarla o detenerla... simplemente esperó.
Desabrochó sus pantalones y bajó la cremallera. Su respiración se
volvió más desigual y no podía evitar levantar sus caderas en sus
manos.
Sacó su polla y recorrió con sus dedos su suave dureza. Daniel
gimió y se apoyó en el reposacabezas.
—Lis.
Puso un dedo sobre sus labios y siguió acariciándolo con su otra
mano. La levantó, por lo que se cernía sobre él y cuidadosamente
empujó dos dedos dentro de ella, gruñendo otra vez cuando la
encontró mojada. Con su mano libre, él sacó un paquete de condones
de su bolsillo.
—No sé qué tienes en mente, nena. ¿Necesito estos?
Asintió cuando él levantó la mirada.
—Sí —pronunció en un suspiro.
La vio asentir, y rápidamente abrió un condón, deslizándolo con
manos expertas.
Ella se iba apartar para quitarse las bragas, pero él la agarró por
las caderas y negó con la cabeza. Empujó la delicada tela hacia un
lado y la bajó sobre él, siseando de placer mientras ella se hundía.
Lisanne se sentía poderosa, aventurera y tan malditamente
excitada que apenas sabía qué hacer consigo misma. Incluso en la
oscuridad podía ver la adoración en su cara mientras se empujaba
dentro de ella.
Se movieron juntos, hallando su ritmo en los estrechos con nes del
carro. Incluso sin usar sus dedos Daniel parecía saber exactamente
cómo moverse para sacar torrentes de sensaciones de ella. Sintió el
ya familiar temblor dentro de sí misma.
Daniel también lo sintió, y comenzó a moverse más rápido, más
duro, su respiración más fuerte en el silencioso aire.
Lisanne se vino primero, colapsando en su cuello, y Daniel la
siguió poco después, un gemido ahogado subiendo por su garganta.
Se sentaron, unidos, por algunos minutos antes de que la alejara
para sacar el condón usado, atando un nudo seguro alrededor y
metiéndoselo en su bolsillo. Luego metió su polla ácida de regreso
en sus pantalones y subió la cremallera.
Lisanne se arrastró hacia su asiento, sintiéndose agotada, pero
extrañamente llena de energía. Se sentía como si pudiera dormir por
una semana, o correr una maratón.
Miró a Daniel. Estaba inclinado hacia atrás con los ojos abiertos,
una pequeña sonrisa iluminada por la luz de la luna que se deslizaba
entre los árboles.
La miró y agarró su mano, besando cada dedo, uno por uno.
—Gracias —susurró.
Colocó su mano de nuevo en su regazo, luego tocó el relicario
alrededor de su cuello y sonrió.
Bajando la ventana del carro, sacó un cigarrillo.
Lisanne casi le dijo que su mamá estaría molesta si fumaba en el
auto, pero decidió que un cigarrillo se encontraba muy por debajo de
su lista de pecados, sobre todo teniendo en cuenta que acababan de
follar en el asiento del pasajero.
Condujo a casa con las ventanas abiertas.
17
Traducido por perpi27 & [Link]
Corregido por Itxi

Al igual que antes, despertó con su chica en sus brazos.


Sabía que tentaba a su suerte pasando otra noche con ella, pero era
incapaz de dejarla ir.
Había sido una noche única, con ese baile tan caliente y jadeante
que sus bolas dolían cuando fueron a descansar junto a la piscina.
Entonces ese idiota boca sucia insultó a su chica. Sus nudillos
escocieron un poco al recordar que derribó al hijo de puta con un
puñetazo. Cobarde. Y entonces el sorprendente e inesperado sexo en
el coche que Lisanne inició.
De nitivamente podría haber ido por la segunda ronda cuando
regresaron, pero fue feliz con sólo dormir juntos.
Suspirando, miró el reloj de Mickey Mouse y salió con cuidado de
la cama. Lisanne dormía profundamente. Llevaba su camiseta gris,
pero todavía podía ver la cadena del relicario. La tenía en el bolsillo
desde el día después de la playa, esperando el momento adecuado
para dárselo. Se frotó el pecho, sorprendido por el dolor que sentía
cuando pensaba en ello.
Sacudiendo la cabeza, se puso los pantalones y recogió su
camiseta, dirigiéndose a la habitación de Harry. Justo cuando cerró
la puerta recordó que dejó los calcetines y los zapatos con Lisanne.
Al diablo con ello. Los conseguiría más tarde.
Abrió la puerta y entró sigilosamente, sólo para encontrar el
curioso rostro de Harry.
—¿Acabas de volver de la esta?
Daniel sonrió. —Sí, gran esta.
Dejó caer sus pantalones de nuevo y se tendió en la cama,
quedándose dormido en un sueño ligero.
Veinte minutos más tarde, se despertó con un sobresalto.
Monica estaba de pie con una taza de café en la mano.
Casi se cayó de la cama mientras luchaba por incorporarse.
—¡Lo siento! —dijo, obviamente, intentando no reírse—. Necesito
a todos manos a la obra esta mañana, así que pensé que debería
despertarlos, chicos.
Harry se encontraba sentado, frunciendo el ceño a su mamá.
—¡Mamá! ¡Son las siete!
—Lo sé, cariño, pero tenemos mucho que hacer. —Le dio a Daniel
el café—. Tres de azúcar —dijo con un guiño.
—Gracias —murmuró.
—Desayuno en diez minutos —dijo, demasiado alegre—. Si no
están allí, tendrán que esperar hasta la hora del almuerzo. ¡Feliz Día
de Acción de Gracias!
Harry se recostó, Daniel estaba completamente despierto. ¡Por
Dios!, eso estuvo cerca. Jodidas gracias que se despertó cuando lo
hizo. Si Monica lo hubiera encontrado con Lisanne, Acción de
gracias se habría parecido más a la masacre del día de San Valentín.
Por lo menos Monica podría informar a Ernie que todos los
cuerpos fueron entregados y eran los correctos.
Se bebió el café y se fue a la ducha, masturbándose
distraídamente. Como le dijo a Harry, era parte de la rutina.
Decidió no afeitarse: dos veces en dos días era casi fanatismo.
Caminó de vuelta a la habitación, donde Harry todavía continuaba
aparentemente inconsciente. Rebuscó en su bolso, pero la camiseta
no había saltado milagrosamente a la lavadora, se había auto lavado
y regresó cuidadosamente planchada. Se maldijo en voz baja y
decidió ver si la camisa de ayer pasaría la prueba del olfato.
—¿Problemas, Daniel?
Ernie se dio cuenta demasiado tarde de que hablaba a la espalda
de Daniel.
Le dio un golpecito en el hombro y el joven saltó.
—¡Joder! —dijo en voz alta, Harry se despertó sobresaltado.
—Lo siento —dijo Ernie, viéndose un poco avergonzado—. Me
preguntaba si todo está bien aquí. ¿Has perdido algo?
—Sí —dijo Daniel, irritado de que el padre de Lisanne se
arrastrara alrededor como un raro acosador y le diera un susto de
muerte—. Muñe... Lis robó mi camiseta y la usó para dormir.
Comprobaba las alternativas.
Se encogió de hombros. No le importaba si Ernie sabía que
Lisanne llevaba su ropa.
—Ah, ya veo. De acuerdo, bueno... bien. El desayuno está listo.
Harry, levántate ahora.
Harry nalmente arrastró su culo aco de la cama, y Daniel se
sentó para revisar sus mensajes telefónicos.
Tenía uno de Zef.
¿Cómo es la vida en Hicksville, perdedor hijo de puta? Feliz
Acción de Gracias.
Y tres de Cori.
¿Dónde estás? Responde tus malditos mensajes.
No sintió la necesidad de comunicarse, sobre todo porque ella dijo
que era un vendido por salir con Lisanne.
Zef dice que estás fuera de la ciudad, pero no dirá dónde. ¿Estás
bien?
Y más recientemente:
¡Mensajeame, idiota!
Envió una breve respuesta:
Estoy bien. Feliz Día de Acción de Gracias.
Pulsó “enviar” antes de que lamentara actuar como un cobarde.
Monica lo interrumpió lanzando una camisa sobre la cama.
—Ten, usa esto hoy. No quieres asustar a mi madre. Y dile a mi
hija que lave algo de maldita la ropa.
Desapareció antes de que pudiera decir algo.
La camisa era de algodón suave, muy blanca. Olía a ropa limpia y
por un momento Daniel regresó a dos años atrás, en un momento en
que sus padres aún estaban vivos. Su madre le gritaba que pusiera
su ropa en el cesto... la forma en que solía estar en la cocina mientras
planchaba... la forma en que ella cantaba cuando estaba feliz.
Se puso la camiseta con sentimientos encontrados. Y era,
obviamente, demasiado grande para ser de Harry.
Se encogió de hombros. Ropa era ropa.
Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina. Aromas seductores ya se
amontonaban a través de la casa y su estómago rugió
apreciativamente.
—Oh —dijo Monica—, te ves realmente guapo. ¿Panqueques está
bien para ti?
—Um, sí, gracias —dijo Daniel, sus mejillas coloreándose de rosa
pálido.
Monica miró por encima del hombro y sonrió. Realmente era un
chico de muy buen aspecto. La camisa de botones de Ernie le
quedaba bien. Lástima ese arete ridículo en su ceja. Gracias a Dios
tenía los otros piercings cubiertos, no obstante, tenía muchos.
Daniel se centró en comer los panqueques que Monica le puso
delante, y se preguntó qué traería el día.
Lisanne le contó que su familia hacía una gran cosa de Acción de
Gracias, así que le preocupaba cómo iba a encajar, conocer gente
nueva era algo que solía evitar.
Sintió que su teléfono vibraba en el bolsillo. Supuso que era de
Cori por lo que no se molestó en mirarlo.
Se sintió aliviado cuando Lisanne entró en la habitación, viéndose
suave y soñolienta, a pesar de haberse duchado. Se veía linda en el
suéter amarillo pálido y una prudente falda. Sonrió al ver que
llevaba el relicario.
—Hola, muñeca. —Sonrió—. ¿Has dormido bien?
—Ajá. ¡Linda camisa!
—Gracias. Tu madre se apiadó de mí, después de que robaste la
mía.
—¡Oh! No creí que te importara.
—No me importa —dijo en voz baja—. Me calienta jodidamente
pensar en ti usándola.
Lisanne sonrió feliz, echó un vistazo a su madre, que batía más
mezcla para panqueques con violencia innecesaria.
—¡Bien! —Se inclinó para darle un beso.
Rodeó sus manos alrededor de su cintura y le devolvió el beso con
entusiasmo.
—¿Terminaste tu desayuno? —dijo ella, acariciando el cuello de su
camisa.
—Sí, ¿por qué?
—Papá pregunta si podrías ayudarle en la sala de estar. Está
cambiando la mesa de sitio para hacer más espacio, podría necesitar
una mano.
—Claro —dijo amablemente, y le besó el cabello antes de ir a la
sala de estar.
Pronto, el sonido de muebles pesados siendo movidos alcanzó la
cocina. Lisanne oyó un ruido sordo y Daniel maldijo en voz alta. Ella
contuvo una risita mientras las cejas de su madre se alzaron.
—¡Madre mía! —dijo Monica—. Esas fueron palabrotas.
Lisanne suspiró. —Lo sé. Está intentando controlarlo.
—Hmm, bueno. Espero que se esfuerce más delante del resto de la
familia
—No apuestes por ello —murmuró para sí misma, mientras
permanecía de pie en el fregadero y empezaba a cocinar las
verduras.
Después de un rato se quedó sin patatas para pelar.
—¿Qué sigue, mamá?
—¿Podrías empezar a llevar las sillas de picnic y entonces puedes
poner la mesa? Gracias, cariño.
Lisanne llevaba cuatro sillas de picnic plegadas, mientras que
Daniel y su padre luchaban con una mesa de caballetes. Luego
regresó a la cocina por las siguientes cuatro.
Los ojos de Daniel se abrieron un poco y Lisanne podían ver que él
contaba el número de asientos. Una expresión de pánico cruzó por
su rostro.
—Lis —dijo—, ¿cuántas personas vienen hoy?
—Habrá quince en la mesa, y los niños pueden estar afuera en el
patio —respondió Ernie.
Lisanne vio la sangre drenarse de la cara de Daniel.
—Tengo que... no puedo... me tengo que ir...
Estaba casi en la puerta cuando lo alcanzó.
Lo agarró del brazo e hizo que la enfrentara.
—No puedo —jadeó, frotándose las manos por la cara—. Es
demasiada gente. No puedo hacerlo, Lis. Joder, no puedo hacerlo.
—Ssh —dijo ella, acariciando su mejilla, y tratando de calmar su
propio pánico ante su obvia angustia.
—Me tengo que ir. Tengo que salir de aquí. Lo siento, Lis. No
puedo. No puedo.
—Sólo... ven y siéntate un minuto. Vamos. Ven conmigo.
Jaló su brazo y por un momento pensó que se negaría y huiría,
pero la siguió al piso de arriba arrastrando los pasos.
A pesar de que su padre le prohibió expresamente tener a Daniel a
solas en su cuarto, lo llevó dentro.
Se paseó por el área pequeña, agarrando puñados de su cabello y
respirando con di cultad.
—Daniel, no habrá ningún problema —dijo, tratando de sonar
con ada.
En verdad, su pánico creciente la contagiaba tanto que sus huesos
temblaban.
—¡No va a estar bien! —dijo con voz entrecortada—. Va a ser una
maldita pesadilla. No puedo, Lis. Por favor, deja que me vaya.
La desesperación en su voz hizo trastrabillar su corazón.
—Daniel, sólo... sólo siéntate conmigo. Ven aquí... ven y siéntate.
Suavemente, lo llevó hacia la cama y lo obligó a sentarse. Se
inclinó hacia adelante y apoyó los antebrazos en sus rodillas,
respirando demasiado rápido.
Lisanne se sentó a su lado y frotó su espalda, intentando que su
toque lo calmara. No sabía qué decir para ayudarlo. Se sentía
miserable. Debería haberse dado cuenta de lo difícil que sería. Tan
egoísta. Las palabras dolían por salir, pero no haría ninguna
diferencia.
Alguien llamó a la puerta, seguido inmediatamente por la entrada
de
Ernie.
—Jodidamente genial —murmuró Daniel, recordando el nuevo
decreto que sentenciaba que no debía estar solo en la habitación de
su novia.
Se puso de pie y limpió sus ojos con las manos.
A Lisanne le devastó ver que sus dedos se encontraban húmedos
por las lágrimas.
—Lisanne —dijo Ernie—, si puedes esperar abajo, me gustaría
hablar con Daniel.
—Pero, papá...
—Ahora, por favor, Lisanne.
No tenía caso discutir con su padre cuando usaba ese tono de voz.
Al cerrar la puerta, Daniel parecía tan miserable, que le dolía el
corazón.
Daniel se quedó mirando al padre de Lisanne, esperando que lo
echara y le dijera que nunca regresara.
—Siéntate, por favor, Daniel —dijo Ernie.
—No hacíamos nada —dijo furiosamente.
—Lo sé. Por favor, siéntate un momento y escucha lo que tengo
que decir.
Habían pasado dos años desde que Daniel tuvo que soportar un
sermón paternal, y este hombre no era su padre. Se sentía enojado y
resentido cuando se sentó en el borde de la cama de Lisanne.
—¿Por qué estás aquí, Daniel?
—Sólo hablábamos. ¡Eso es todo!
—No, quiero decir, ¿por qué te comprometiste a venir a casa con
Lisanne para Acción de Gracias?
Bien, así que no era el comienzo que esperaba.
Daniel se encogió de hombros. —Me invitó.
—¿Esa es la única razón?
—¿Por qué le importa? —dijo groseramente, ya ansioso e irritado
aún más por el interrogatorio.
—Porque es mi hija —respondió con tranquilidad.
Daniel sacudió un hombro.
—Quería estar con ella.
—Entonces, ¿por qué estás pensando en irte?
Los ojos de Daniel se movieron hacia Ernie.
—¿Lo oyó?
—Sí.
—Así que ya sabe por qué.
—Quiero oírlo de ti.
Las manos de Daniel automáticamente se estiraron por los
cigarrillos para aliviar el estrés, entonces se dio cuenta de que no
iban a permitirle fumar. Al menos Ernie no parecía enfadado.
—Es difícil —murmuró, con las manos pinchando el aire para
expresar la inutilidad de la situación—. Sólo puedo concentrarme en
una sola persona a la vez. No sabe lo que se siente cuando la
conversación gira alrededor de la mesa y todos se ríen, y tú eres el
triste hijo de puta que no tiene ni idea de lo que está pasando. O
alguien hace una pregunta, y todo el mundo está mirando,
esperando a que respondas. Voy a quedar como un maldito idiota.
Se puso de pie y empezó a caminar.
Ernie esperó pacientemente a que se calmara lo su ciente para
mirarlo.
—Hijo, si eso es lo peor que te puede pasar, entonces no veo el
problema.
Daniel lo miró jamente.
—¡Sólo no hago esta mierda! —gritó frustrado de que no podía
hacerlo entender—. Es realmente agotador. Incluso estar con la gente
que conozco, tengo que mirar todo el tiempo para ver lo que dicen,
tengo que adivinar la mitad. La gente se pone de per l porque están
siendo agradables y todo eso, y sólo asiento porque no he captado lo
que han dicho. Y con gente nueva, es jodidamente mucho más difícil.
Es que... — Sus palabras decayeron—. Y porque no puedo soportar a
la gente que me mira de la forma en que usted me mira ahora, como
si fuera un cachorro que ha sido azotado.
Ernie hizo una mueca, reconociendo la verdad de lo que decía
Daniel. Lo estuvo compadeciendo.
Respiró hondo. —Y estoy aquí porque... Lisanne me hace sentir
que no estoy solo.
El rostro de Ernie era una confusa mezcla de orgullo por su hija, y
preocupación de que los dos eran incluso más cercanos de lo que
creía.
—Mira, Daniel, no voy a pretender que sé por lo que has pasado
en los últimos años, pero lo has hecho bien: has estado en la escuela,
vas a la universidad, sigues adelante con tu vida. Y todos hemos
hecho o dicho cosas estúpidas en público, pero en el gran esquema
de las cosas, una comida con nuestra familia no es un gran
problema.
—Es todo el maldito tiempo —gruñó Daniel—. Todos ellos van a
preguntarse por qué mierda ella sale conmigo.
Se enfrentó a la pared, apoyando su peso sobre las manos y la
frente contra ella. Sin previo aviso, se golpeó la cabeza con fuerza.
Ernie se levantó de un salto y agarró su brazo.
—¡Oye! Eso no va a ayudar. Siéntate, Daniel. Vamos.
Daniel se lo quitó de encima. —Tengo que salir de aquí.
Ernie volvió a intentarlo. —Siéntate un minuto. Si todavía te
quieres ir, no voy a detenerte.
Daniel lo miró cautelosamente.
—Mi padre y la abuela Olsen ya lo saben. Harry lo sabe y
obviamente te ha tomado bastante cariño. La madre de Lisanne y yo
sabemos, por supuesto. Todos nosotros te ayudaremos. Eres un
invitado en nuestra casa, Daniel, y eso me importa. No estoy
contento con... algunos aspectos de la relación de mi hija contigo,
pero puedo ver lo mucho que se preocupa por ti. Y puedo ver que te
preocupas por ella, también.
Hizo una pausa, examinando el rostro de Daniel.
—Mira, sé que no hemos tenido el mejor comienzo. He dicho y
hecho cosas de las que no estoy muy orgulloso y mi esposa me está
dando un in erno por ello, pero me gustaría que te quedaras,
también. Lisanne quiere que estés con ella, con su familia en Acción
de Gracias. ¿Lo harás por ella?
Daniel respiró hondo y asintió lentamente.
—Buen chico —dijo—. Ven y únete a la familia. Si conozco a mi
hija estará por ahí pensando mal y enojándose conmigo.
Daniel intentó una sonrisa y Ernie le guiñó un ojo.
Le siguió fuera de la habitación, y vio el rostro ansioso de Lisanne
levantando la vista desde la parte inferior de las escaleras.
—Daniel se va a quedar —respondió Ernie a la pregunta tácita de
Lisanne.
Consideradamente, los dejó solos.
Daniel miró la cara de Lisanne, llena de amor y preocupación, y se
sentía como una mierda por volver su mirada tan triste.
—¿Estás bien?
Él asintió lentamente.
—Sí.
Ella apoyó la cabeza contra su pecho y sus brazos rodearon sus
pequeños hombros. Se quedaron en silencio por un largo, pací co
minuto.
Un golpe en la puerta de entrada hizo a Lisanne jalar el brazo de
Daniel.
—Vamos al patio trasero, puedes fumar un cigarrillo.
Sonrió torcidamente.
—Pensé que odiabas que fumara.
—Sí, pero ahora mismo necesitas relajarte más de lo que me
necesitas a mí siendo una perra contigo, aunque puedo realizar
múltiples tareas. Soy una mujer.
Sonrió suavemente. —Sí, lo eres. —Se inclinó para besarla—.
Vamos, mujer. Necesito un cigarrillo.
Se sentaron en el pórtico, mientras que Daniel aspiraba con fuerza
el cigarrillo, aferrándose a este con la desesperación ferviente de un
hombre condenado. Pero no podía salvarlo de la tía de Lisanne que
vino corriendo, intrigada por conocer al primer novio en la vida de
Lisanne.
Sería justo decir que la sutileza no corría en el lado Olsen de la
familia.
—¡Madre mía! —gritó la tía Jean—. ¿Es él?
Lisanne tocó el brazo de Daniel y él miró por encima del hombro.
Se puso de pie, tirando la colilla en una maceta vacía.
—Hola, tía Jean —dijo Lisanne, haciendo todo lo posible para
ngir una sonrisa sincera—. Este es Daniel. Daniel, mi tía Jean, la
hermana mayor de mamá.
Daniel le tendió la mano, pero Jean lo envolvió en un abrazo
rompe huesos.
—¡Oh, Lisanne! ¡Menos lo de la “mayor”! Todo el mundo dice que
me veo más joven que Monica. Pero, ¡por Dios! Sin embargo, ¿cómo
en la vida una chica tan simple como tú atrapó un chico tan guapo?
El ánimo de Lisanne decayó de repente y Daniel la miró con
curiosidad, sin haber oído el comentario desagradable.
Jean fue seguida por su hija mayor, Ashley, que por suerte heredó
los genes calmados de su padre. Saludó a Daniel de un modo más
formal y sonrió, luego le gritó a dos niños de siete y nueve años que
llegaron disparados a toda mecha al pórtico.
—Y esos dos monstruos son Ryan y Morgan. No te dejes acosar
por ellos para jugar al fútbol. Creen que cada chico que ven quiere
jugar.
Daniel sonrió. —No me importa. Me gustan los niños.
Ashley levantó las cejas y miró a Lisanne. —Quédate con este,
dulzura, él vale la pena. Si habla en serio.
Daniel se rio del sonrojo de Lisanne.
Ashley tenía razón acerca de sus hijos. Emboscaron a Daniel
inmediatamente, y pronto les lanzaba la pelota para que la
atraparan.
Las dos niñas mayores de Ashley, Kelly y Lacey, hicieron su
aparición. Eran sólo unos pocos años más jóvenes que Lisanne y
decididas a aburrirse, e intentar superar, con todo lo que veían.
Lisanne no tenía mucho en común con ellas, nunca pudo ocultar sus
verdaderos sentimientos.
Pero los ojos de ellas se iluminaron al ver a Daniel.
—¡De ninguna manera! —siseó Kelly—. No hay manera que sea tu
cita, Lisanne. ¡Es caliente!
—Este es Daniel —dijo Lisanne con frialdad—. Mi novio. Vamos a
la
escuela juntos.
Kelly alzó las cejas perfectamente depiladas ante el tono de
Lisanne, entonces groseramente procedido a susurrarle a su
hermana.
Las ignoró, algo que hacía durante años.
Otros tres chicos corrieron al patio, los niños de su tío Malcolm,
Kellan, Marty y José. Se dirigieron directamente a la acción del
fútbol. Harry llegó a la escena, murmurando que era un juego tonto,
pero se incorporó de todos modos.
Ernie le siguió, buscando relajarse, y se sentó en el pórtico con una
cerveza en la mano. Detrás de él, venía un hombre alto y barbudo —
su hermano menor Malcolm— con accesorios similares.
—Creo que voy a ir a jugar a la pelota —dijo Malcolm, después de
ver por un tiempo.
Caminó por las escaleras hacia el patio y se unió; igualó los
números y subió la apuesta en lo que se re ere a los niños mayores.
Ernie vio el partido improvisado con una sonrisa.
—Tiene un buen brazo —dijo, haciendo un gesto en dirección a
Daniel.
—Era el mariscal de su escuela —dijo con orgullo.
—¿En serio? —Sonaba impresionado—. ¿Pero no intentó entrar al
equipo de la universidad?
Rodó los ojos a su padre, a pesar de que hace unas semanas ella
hizo exactamente la misma pregunta.
—Papá, ¿de verdad quieres que responda a eso?
Ernie parecía avergonzado. —Por supuesto. Cierto.
Para sorpresa de Lisanne, Daniel abandonó el partido después de
unos pocos minutos más, impasible ante los gritos de decepción que
no podía oír. Se sentó junto a ella, luciendo agitado.
—¿Qué pasa? —dijo, en voz baja.
Daniel hizo un gesto con la cabeza al tío Malcolm.
—No lo puedo leer.
—¿Qué?
—No puedo leerle los labios, Lis. Tiene una maldita barba. ¡No
puedo ver su boca por todo el jodido pelaje!
—Oh —dijo, sin poder hacer nada—. Oh, está bien. ¿Quieres que
le diga algo?
Daniel negó con la cabeza con un gesto irritado.
—Bueno, vamos a ver si mi madre necesita ayuda.
Se levantó de inmediato y puso a Lisanne de pie.
En la cocina, Monica parecía acelerada mientras su propia madre
la seguía a todas partes, ofreciendo el tipo de consejos no deseados
que podrían ser clasi cados como críticas, en cada paso.
—Esas patatas se comerán así, Monica. ¿Te acordaste de salarlas?
El pavo no estará listo a tiempo a menos que subas el fuego. No
quieres que esté medio crudo como el año pasado.
Monica echaba humo en silencio.
—Realmente no lidias bien con las personas, ¿verdad, Mon?
—¡Eso es porque eres muy crítica!
—¿Crítica? ¿Yo? No, no soy crítica. Podría serlo y podría decir
constantemente lo que debes hacer con tu vida, pero tienes suerte de
que no soy como mis amigos con sus hijos. Te dejo vivir tu propia
vida — Respiró—. Y realmente creo que deberías subir la
temperatura del horno.
—Está todo bien, mamá —espetó Monica.
—Bueno, alguien se levantó en el lado equivocado de la cama esta
mañana, ¿no? —Volvió su atención a Daniel—. Me gusta un hombre
en una camisa planchada. Ahora, ¿por qué no te quitas ese anillo
tonto que tienes en la ceja? Ven, lo haré por ti.
—¡Abuela! —dijo Lisanne, bruscamente—. Él está bien. Déjalo en
paz.
Daniel sonrió y se inclinó para susurrarle al oído de Lisanne. —
¿Debo mostrarle mis otros anillos?
Lo arrastró fuera de la cocina, sabiendo que estaría dispuesto a
hacer exactamente eso si lo desa aba.
Pops estaba sentado en la sala viendo las noticias.
—Feliz Día de Acción de Gracias. ¿Ya se están escondiendo?
—Algo así —dijo Lisanne con un suspiro.
—Ja, yo también —dijo el anciano, y luego miró a Daniel—.
Apuesto a que te estás preguntando por qué te metiste en esto,
¿verdad, hijo?
Daniel sonrió, colapsando en un sofá y atrayendo a Lisanne a su
regazo. —Nop, no realmente —dijo.
Pops se echó a reír. —Bien por ti.
Lisanne se acurrucó en él, sorprendida de que no se sentía
avergonzada de mostrar afecto frente a Pops.
El almuerzo fue ruidoso y caótico. Los menores de doce años
comieron afuera, entrando y saliendo con platos de comida, dejando
un rastro de migas detrás de ellos. Ernie y Malcolm se volvían cada
vez más sociables mientras la cerveza seguía uyendo. Lisanne
enganchó un par de latas para Daniel y lo protegió tanto como pudo
de la abuela Olsen y la tía Jean.
La abuela entretuvo a la mesa con una descripción meticulosa y
muy imaginativa de los tatuajes de Daniel, terminando en una
petición de que se quitara la camisa para que los mostrara a todo el
mundo. Monica vetó esta sugerencia y comenzó un interrogatorio
sobre la cantidad de vino que su madre había bebido. Harry se burló
hasta que Monica le envió a rellenar las jarras de agua.
Kelly y Lacey comenzaron una campaña coordinada de coqueteo
con Daniel, quien se mantuvo paciente y estoico frente a sus caras
cada vez más lascivas.
Entonces Ashley notó el relicario de Lisanne.
—Eso es precioso, Lis. ¿De dónde lo sacaste?
La mano de Lisanne subió automáticamente a su garganta
mientras la mitad de la mesa se quedó mirándola.
—Fue un regalo de Acción de Gracias de Daniel.
—¡Guau! —dijo Kelly—. ¿Es oro real?
Lisanne miró a Daniel para su con rmación, y él asintió.
—Eso es muy dulce de tu parte, Daniel —dijo Monica, sonando
bastante severa—. Pero un chico en la universidad no debería gastar
su dinero en joyas costosas como esa.
Daniel se vio molesto, pero no dijo nada.
Entonces la abuela Olsen puso su granito de arena. —En mi época,
un joven no derrochaba su dinero a menos que fuera serio acerca de
una chica.
Lisanne hizo una mueca.
—No deberías haber aceptado un regalo tan caro, Lisanne —dijo
Ernie, frunciéndole el ceño.
Daniel llegó a su límite. —No gasté nada —dijo, en voz baja pero
con rmeza—. Era de mi madre.
Hubo una pausa en la conversación y todos los ojos estaban jos
en él. Kelly y Lacey casi se desmayaron.
Lisanne tomó la mano de Daniel. —¿Descanso para un cigarrillo?
Asintió con rigidez y la siguió afuera.
—¿Todavía te alegras de haber venido? —preguntó con ansiedad.
Se pasó las manos por el pelo antes de sonreírle y encender un
cigarrillo.
—Puede que necesite un poco de sexo increíble en el auto para
compensarlo.
—Tal vez deberías conseguir un carro.
—Nah. Sirona estaría celosa. Sabes cómo son las mujeres.
—Por n, algo que Sirona y yo tenemos en común. —Sonrió—.
Además de ti, por supuesto.
Entonces oyó que la llamaban.
—U , me tengo que ir. —Suspiró—. Es una tradición familiar. Tú
quédate aquí y termina de fumar. Estaré de vuelta en un minuto.
Lo dejó sentado afuera mientras se aventuró de nuevo a la sala de
estar.
—¿Dónde está Daniel? —susurró su madre.
—A mitad de camino a Texas si tiene algo de sentido —espetó.
Monica parecía avergonzada. —Sí, eso debe haber sido todo un
calvario. Espero que le explicaras acerca de la abuela.
—No sólo eso. Papá y tú metiéndose también.
—Si nos hubieras dicho sobre el collar, cariño, no hubiéramos
dicho
nada.
—Iba a decirte, mamá. Pero quería mantenerlo para mí por un
tiempo, ¿de acuerdo?
Su madre parecía no saber qué hacer con esa respuesta.
—Bueno, la abuela y Pops han estado pidiendo tu numerito de
esta —dijo—. Es mejor acabar de una vez.
Desde que era una niña, Lisanne cantaba para su familia. Se
convirtió en una tradición de Acción de Gracias. Siempre era lo
mismo, el Skye Boat Song, para celebrar, por lo que Pops decía, sus
raíces escocesas.
Kelly y Lacey actuaron aburridas, y se sentaron acurrucadas en
busca de todo el mundo como si necesitaran un caldero para
completar el cuadro.
La abuela estaba sentada expectante, un poco desequilibrada
debido a las cantidades industriales de vino que desaparecieron por
su garganta durante las dos últimas horas.
Tía Jean ya se veía muy emocionada, a pesar de que no era una
Maclaine y Ashley se hallaba sentada tranquilamente, con una
expresión alentadora.
Lisanne se paró junto a su padre, quien puso un brazo alrededor
de su cintura.
Speed bonny boat, like a bird on a wing
(Acelera, barco bonito, como un ave en el aire)
Onward! the sailors cry.
(¡Adelante! gritan los marineros)
Carry the lad thaf's born to be King
(Lleven al muchacho que ha nacido para ser Rey)
Over the sea to Skye
(Por el mar hacia Skye)

—Oh, es tan hermoso —gritó en voz alta la abuela Olsen.

Loud the winds howl, loud the waves roar,


(Fuerte aúllan los vientos, fuerte rugen las olas del mar)
Thunderclaps rend the air;
(Truenos desgarran el aire)
Ba ed, our foes stand by the shore,
(Desconcertados, nuestros enemigos permanecen en la orilla)
Follow they will not dare
(A seguirnos no se aventurarán)

Lisanne ignoraba que Daniel permanecía cerca, mirándola


atentamente.

Though the waves leap, soft shall ye sleep,


(Aunque las olas se agiten, suave habrás de dormir)
Ocean's a royal bed.
(El océano es un aposento real)
Rocked in the deep, Flora will keep
(Con cimientos en la profundidad, Flora sabrá cuidar de ti )
Watch by your weary head
(De tu agotamiento)

—¿Alguna vez has oído algo tan hermoso, Daniel? —preguntó


Ashley, queriendo ser amable.
—No —dijo rmemente.
—Debes estar muy orgulloso de ella.
Asintió, pero no pronunció palabra. Ashley lo miró con extrañeza,
pero no dijo nada más.
Después de que terminó de cantar, Lisanne no pudo evitar darse
cuenta de que Daniel estaba extrañamente tranquilo. Parecía más
como el hombre distante y arrogante que conoció en un principio, y
nada como el
novio juguetón y adorable del que se había enamorado.
Desvió todos los intentos de conversación, y no le dijo nada,
excepto que estaba “bien”. Al nal, desapareció en la habitación de
Harry y reapareció vestido con su camisa manchada de aceite,
diciendo que tenía trabajo que hacer en Sirona antes de irse mañana.
Lo vio en cuclillas junto a su motocicleta; tranquilo, absorto, solo.
—Sólo déjalo ser —dijo Pops—. Ha sido mucho para asimilar en
los últimos días. Amo a tu mamá y a tu papá, pero me vuelven loco
a veces... y son mi familia. Es aún más difícil para tu joven, al haber
perdido a sus propios padres. No tengo duda de que ha agotado su
cuota de reprimir la verdad en este día de esta. Déjalo que tenga su
tiempo a solas. Va a estar bien.
No estaba tan segura. Hasta ese momento, se sentía como si fueran
los dos contra todos, contra el mundo. De repente, pasó a formar
parte del exterior. Era un lugar frío para estar.
Era bien entrada la noche cuando todo el mundo nalmente se
dispuso a marcharse. Daniel evitó el excesivo drama llevando a
Sirona “para una prueba en carretera”. Cuando regresó, casi una
hora más tarde, quedaban sólo los Maclaine y Pops se fue. La abuela
Olsen extendía su afecto entre sus hijos, y ahora era el turno de Jean.
La casa estaba considerablemente tranquila.
Lisanne se dio cuenta de que Daniel debió haber recuperado la
botella de Jack del coche de su madre, aunque no lo vio hacerlo.
Podía oler el whiskey en su aliento cuando le dio un beso de buenas
noches.
Comprobando que no eran vigilados, pasó las manos por encima
de su apretado culo y las metió en los bolsillos traseros de sus
vaqueros.
—Nos vemos más tarde —susurró.
Daniel negó con la cabeza y le lanzó una pequeña sonrisa. —Esta
noche no, muñeca. Tenemos un largo viaje mañana y estoy un poco
bebido.
—Pero...
—Duerme bien, bebé —dijo, y la besó en la frente antes de
desaparecer en la habitación de Harry.
Lisanne sintió ganas de llorar.
18
Traducido por Mary Haynes, Dunadae & Francisca Abdo Arias
Corregido por Zoe..

Habían regresado a la escuela hacía dos semanas y apenas había


visto a Daniel. De nitivamente no consideraba a un puñado de
mensajes de texto un sustituto razonable. Cuando lo había visto, él
estuvo nervioso y de mal humor. Peor aún, no tuvieron sexo ni una
sola vez, y aunque un par de sesiones de besuqueo se pusieron muy
calientes, él siempre se retiró con la excusa de que tenía que estar en
otro lugar.
Se sentía molesta y confundida.
—Creo que se está aburriendo de mí, Kirsty. No quiere hablar de
ello y no sé qué hacer —le con ó una noche.
—Necesitas pasar un poco de tiempo de calidad con él, Lis. Por lo
que has dicho de Acción de Gracias, fue un poco intenso. Tienen que
relajarse, hablar.
Rodó los ojos con frustración.
—¡Lo sé! Pero apenas se me acerca, y cuando lo hace, casi siempre
es con otras personas alrededor.
—Entonces, no se lo pidas, dile. Planea una cita, salgan a cenar.
Habla con él. Pero si te sirve de consuelo, Vin dice que ha estado raro
con todo el mundo.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, ¿sabías que antes de Acción de Gracias, los chicos tenían
todo planeado para ir a ver esa cosa de fútbol después de Año
Nuevo? Sí, bueno, canceló sin ninguna explicación, y sabes qué
importante se suponía que era.
Se mordió el labio, preguntándose si se atrevería a decir en voz
alta
lo que realmente tenía en su mente.
—Um, no crees... ¿crees que está viendo a alguien más?
Kirsty la miró seriamente. —¿Qué te hace pensar eso?
—Bueno, un par de veces ha recibido mensajes y no dijo de quién
eran, y se puso todo molesto y a la defensiva cuando le pregunté. Y
uno de sus amigos de Economía quería saber dónde estaba porque
faltó a la clase. Cuando le pregunté, me mintió rotundamente y dijo
que no faltó a ninguna.
Kirsty arrugó la nariz con simpatía. —¿Roy o alguno de los chicos
mencionó algo? ¿Quizás tiene algún problema en su casa?
Lisanne sacudió la cabeza. —Roy dijo que no sabía nada, pero...
—Pero, ¿qué?
—Mencionó que a veces Daniel hace esto cuando está “estresado”.
Utilizó comillas para expresar lo que pensaba de ese comentario.
—Tal vez lo está... quiero decir, viviendo con su hermano... ¿Y no
tiene un gran trabajo de matemáticas o algo así?
—No lo sé. Tal vez.
—Bueno —dijo Kirsty lentamente—. Normalmente no sugeriría
esto, pero dadas las circunstancias...
—¿Qué?
—Toma su móvil. Revisa los mensajes y correos electrónicos. Si
algo está sucediendo...
—¡No puedo hacer eso!
—Lis, si no quiere hablar contigo, no te está dando muchas
opciones. —Kirsty se encogió de hombros—. Esa es la manera en que
lo veo.
Decidió darle a Daniel una oportunidad más de hablarle, y si eso
no funcionaba... ugh, odiaba la idea de espiarlo.
Kirsty fácilmente accedió a ausentarse el viernes por la noche.
Tenía la intención de darle a Daniel la buena noticia en la mañana
durante su clase de negocios, pero no apareció y ni siquiera envió un
mensaje para explicar su paradero. No sabía si enojarse o
preocuparse. Se decidió por ambos y le envió un mensaje de
inmediato.
L: ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
Estoy preocupada. LA xx
No hubo respuesta, aunque miró el teléfono continuamente
durante la conferencia del profesor Walden.
Finalmente, a la mitad de la hora del almuerzo, le respondió.
D: Estoy bien.
—¿Eso es todo? —dijo Kirsty, molesta en nombre de Lisanne—.
¿“Estoy bien”? De nitivamente tienes que enviarle otro mensaje.
—¿Y decir qué? —Lisanne suspiró, tratando de ignorar la
expresión petulante de Shawna.
—Dile que se encontrarán en los dormitorios y que lleve comida.
Entonces lo seduces y haces que te cuente todo. Utiliza tus artimañas
femeninas.
Lisanne resopló. —Sí, porque tengo muchas de esas.
—Podemos trabajar en eso, amiga. Expedición de compras de
emergencia.
—¿Qué?
—No te preocupes, tengo a Victoria's Secret en marcación rápida.
Lisanne no creía que estuviera bromeando. Y cuando dos horas
más tarde se encontró comprando ropa interior ridículamente cara,
sintió como si se hubiera caído por algún maldito extraño agujero de
conejo en un universo alternativo.
Cuando llegó a casa, inmediatamente le envió un mensaje a
Daniel.
L: Cena, mi casa 18:30. Trae comida China : )
Pero su respuesta no fue lo que esperaba.
D: Estoy ocupado esta noche. Lo siento.
L: Pucheros. ¿Haciendo qué?
D: Reuniéndome con un viejo amigo. No te enojes.
L: ¿Por qué me enojaría?
D: Antigua novia.
—¡¿Qué?! —gritó mientras su teléfono le parpadeaba
inocentemente.
L: Ahora estoy enojada.
D: No es necesario. ¿Hacemos algo mañana?
L: ¿Qué hago con mis nuevas bragas
y sujetador de Vic Secret?
D: ¡Me estás matando!
L: Qué pena desperdiciarlos.
¿Tal vez saldré con K, V y los chicos esta noche?
D: No bromees, muñeca. Te lo recompensaré mañana. Promesa.
L: Sigo haciendo pucheros
D: ( :
A pesar de la promesa de Daniel, estaba harta y no quería
quedarse sola. Faltaban sólo dos semanas para Navidad y una
semana para que terminara el semestre, y en todas partes —a
excepción de su habitación— había un ambiente de esta en el aire.
Bueno, que se joda. Él salió a ver a una de sus (muchas) ex, no iba
a quedarse en casa en una noche de viernes, toda patética y
suspirando.
Llamó a Kirsty, que le dijo dónde encontrarlos y que usara
cualquier cosa en su armario. Decidió hacer exactamente eso. Tal vez
Daniel no fuera el único chico que pensaría que ella era caliente. Su
corazón se encogió ante la idea, pero eligió poner buena cara e irse
de esta, si la gente todavía hacía eso.

***

Para el momento en que tomaba su tercer cóctel, se dio cuenta de


que eran mucho más alcoholizados y menos afrutados de lo que
pensó. Cuando su teléfono vibró con un mensaje, casi lo dejó caer.
D: En tu habitación. ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
El tipo en verdad tenía agallas. ¡Dejarla por alguna otra chica y
luego pretender que lo estuviera esperando! Metió el teléfono de
nuevo en su bolso y lo ignoró cuando llegó otro mensaje, y luego
otro.
Kirsty le lanzó una mirada curiosa.
—Puede esperar —dijo, y entonces se bebió otro trago.
—¡Eso chica! —gritó Isaac, y se tragó su quinto tequila.
Dos horas después, con la cabeza dando vueltas, recordaba por
qué no bebía. Kirsty la puso en un taxi con un mensaje feroz al
conductor para que se asegurara de que su amiga atravesara la
puerta de los dormitorios a salvo.
Salió tambaleándose del taxi, maldiciendo a los zapatos de tacón
alto que la hacían trastabillar y perder el equilibrio. Entonces vio la
moto de Daniel estacionada en su lugar habitual y su estómago dio
un vuelco desagradable.
¿Él seguía aquí?
La aprensión la puso sobria mientras subía lentamente las
escaleras hacia su cuarto. Estaba segura de que ver a Daniel
signi caría una pelea.
Se encontraba encorvado en el suelo junto a su puerta, la expresión
de preocupación borrándose en cuanto la vio.
—¡Muñeca! ¡Joder, me asustaste mucho! ¿Estás bien?
—Estoy bien, Daniel, gracias —dijo arrastrando las palabras, por
lo tanto, carecieron de la dignidad que esperó conferirles.
—¿Por qué no respondiste mis mensajes? Me imaginaba todo tipo
de mierda.
Él parpadeó, analizando su cara y asimilando su cuerpo
balanceante por primera vez.
—¿Estás borracha?
—Podría ser. ¿Por qué no habría de estarlo? Me dejaste botada un
viernes por la noche para ver a una antigua novia.
Su rostro se tensó perceptiblemente.
—¿Qué carajo signi ca eso?
—Eres inteligente, Daniel. Averígualo.
A tientas trató de meter la llave en la cerradura, que por alguna
extraña razón se encogió y continuó resbalándose. Él le quitó la llave
de la mano y le abrió la puerta.
A pesar de que no lo invitó, entró detrás de ella y en silencio le
sirvió un vaso de agua.
—Bebe esto. Te sentirás mejor.
Ignoró el vaso que le ofrecía.
—¿Por qué estás aquí? ¿Estás controlándome?
Su rostro de inmediato se puso enojado. —Quería verte. Supongo
que el sentimiento no es mutuo.
—Si querías verme, tal vez no deberías haber salido con otra chica.
—Es una vieja amiga, eso es todo. No seas tan jodidamente
paranoica.
—¡Vete a la mierda! —gritó, arrancándose la camiseta y su corta
falda, revelando un conjunto de ropa interior de un profundo verde
jade—. Hice todo esto por ti, pero estabas demasiado ocupado
viendo una vieja amiga.
Y se echó a llorar, furiosa porque el licor y la ira le robaron la
coherencia.
Se arrojó sobre la cama, gritando su frustración.
Sin decir nada, Daniel se sentó a su lado y le acarició el pelo. De
repente, ella se sentó y se presionó contra su pecho y trató de
besarlo.
Se apartó de ella y le sostuvo los brazos con rmeza.
—No voy a follarte cuando estás borracha, Lis.
—¡Qué noble! —espetó, liberando sus brazos.
Él se frotó las manos sobre la cara.
—¿Quieres que me vaya?
—¡Sí! —Vaciló—. No.
Una emoción indescriptible revoloteó en el rostro de él.
—Anda, muñeca, vamos a meterte en la cama.
Sacó una camiseta de la cómoda, levantando una ceja irónica
cuando la reconoció como una de las suyas. La ayudó a ponérsela, y
le desabrochó el sujetador con una mano, deslizando las correas a
través de los agujeros de la manga y quitándolo en un movimiento
suave y practicado.
Lisanne se preguntó fugazmente si tenía mucha experiencia
desnudando chicas borrachas. Probablemente, le dijo su desdichado
corazón.
Se recostó en la cama, y se encontró con que la habitación daba
vueltas. ¿Se suponía que eso pasara?
—Me duele la cabeza —murmuró, pero él no podía oírla y
entonces se quedó dormida.
En la hora más oscura antes del amanecer, despertó.
La cabeza le latía con fuerza y tenía la boca tan seca como el Valle
de la Muerte. Por el mal sabor, era muy probable que algo hubiera
muerto allí, también. Se incorporó lentamente y vio a Daniel
acostado sobre su lado junto a ella, profundamente dormido. Se
levantó con cuidado, tambaleándose ligeramente y se dirigió a los
baños. Entonces vio su teléfono parpadeando en la oscuridad, y las
palabras de Kirsty volvieron a ella.
Antes de que pensara en lo que hacía, lo agarró y se apresuró a
salir por la puerta. El baño se hallaba al nal del pasillo y vacío a esa
hora de la noche —día— lo que fuera. Tropezando y sintiéndose
mareada, Lisanne se dejó caer en uno de los cubículos y sostuvo el
teléfono de Daniel en sus manos temblorosas.
El mensaje nuevo fue el primero que vio. Era de alguien llamada
“Cori”. Y cuando se desplazó a través de ellos, vio varios mensajes
más de ella. El resto eran de Zef y Vin, un par de Harry —lo que le
molestó ya que ninguno de ellos vio necesario mencionar que
seguían en contacto— y el resto eran de ella.
Los mensajes de Zef eran sorprendentemente prosaicos: todos
sobre cuentas que tenían que pagar para evitar que cortaran los
servicios. Eso debía estar preocupándolo, pero era algo más que
nunca le mencionó. Los de Vin eran para jar una fecha para
reunirse, la mayoría de las cuales Daniel parecía haber cancelado.
Así que abrió los mensajes de Cori, y su mundo se hizo añicos.
C: Debes decirle
C: ¿Cuándo vas a decirle?
C: Esto es un error. Los dos lo sabemos. Te echo de menos.
Él sólo había enviado una respuesta a los tres mensajes, pero fue
su ciente.
D: Ella no necesita saberlo.
Quiero esto. Tú sabes por qué.
Sus manos temblaron mientras su dedo se cernía sobre el mensaje
más reciente: el que llegó mientras dormían. Si lo abría, sería obvio
que estuvo husmeando. Ya no creía que le importara.
C: ¡Sí que sabes cómo hacerle pasar un buen rato a una chica! : ) xx
Se giró y vomitó en el inodoro. Se sentía enferma y temblorosa.
¿Por cuánto tiempo? Ese fue el pensamiento que pasó por su cerebro.
¿Por cuánto tiempo la estuvo engañando?
Vio los mensajes de nuevo. Le envió un mensaje a “Cori” el día en
que regresaron de la casa de sus padres. Incluso antes de que
terminara de desempacar, antes de que hubiera tenido la
oportunidad de mostrarle a Kirsty el relicario que le regaló.
D: Necesito verte esta noche, 19. En el lugar de siempre.
En el momento en que dejó de vomitar y se sintió lo
su cientemente valiente como para volver a su habitación, se
encontraba helada hasta los huesos y la cabeza le palpitaba sin parar.
Pero era su pecho lo que más le dolía. Le dolía el corazón por
perderlo, pese a que todavía él dormía en su cama.
Lo vio acurrucado de costado del mismo modo en que lo dejó, su
brazo derecho se extendía como si la estuviera buscando. Su piel
dorada parecía plateada en la luz de la mañana y sus tatuajes se
disolvieron en sombras de grises. Sus largas pestañas se abanicaban
sobre sus mejillas y sus labios estaban separados en un pequeño
mohín, mientras su pecho se levantaba y bajaba en respiraciones
profundas y constantes. Dormido se veía tan inocente, y era difícil
creer en la evidencia de los mensajes que leyó. Desesperadamente
quiso creer en él. Su corazón se desgarró un poco más al observarlo
dormir serenamente, atrapado en una mentira.
Sus párpados se agitaron y se abrieron, y vio el momento exacto
en el que la conciencia regresó.
—Hola, muñeca —dijo, sonando atontado—. ¿Estás bien? Apuesto
a que tienes un tremendo dolor de cabeza. —Y le sonrió
torcidamente.
—Quiero que te vayas —dijo.
Frunció el ceño y se frotó los ojos. —¿Lo dices de nuevo, bebé?
Dio un paso más cerca de él y tiró el teléfono sobre la cama.
—Quiero que te vayas.
Pronunció cada palabra clara y detenidamente.
Confundido, miró primero al teléfono, luego a ella.
—¿Qué?
—¡Vete! —le dijo entre dientes—. ¡Vete! ¡Fuera!
La conmoción atravesó su rostro y sus ojos fueron de nuevo a su
teléfono.
—Muñeca...
—¡No me llames así! ¡No te atrevas a llamarme así! ¡Fuera, Daniel!
¡Sólo vete!
—Lis, por favor, bebé. No es lo que piensas.
Le dio la espalda, luego cambió de idea. Se acercó a la cama en dos
zancadas y le dio una dura bofetada.
É
Él debe haber visto venir el golpe, pero ni siquiera trató de
detenerla.
La miró por un momento mientras su mejilla se teñía de rojo,
luego se levantó de la cama, se puso los vaqueros y la camiseta. Ni
siquiera se detuvo a sujetar las hebillas de las botas antes de cerrar la
puerta detrás de él con un golpe.
Lisanne se derrumbó sobre la cama, las lágrimas la as xiaban.
Fuera de su ventana, escuchó a Sirona rugir a la vida.
Varias horas más tarde, Kirsty la encontró, todavía acurrucada
bajo el edredón, con los ojos enrojecidos y toda llorosa.
—Oh, cariño. Lo siento mucho —dijo.
La bondad de Kirsty provocó una nueva ola de lágrimas.

***

La última semana del semestre fue horrible. A pesar de las


decoraciones de navidad, las tarjetas, los regalos y las compras
navideñas de última hora, se sintió vacía. Todas las partes del
campus le recordaban a él: las aulas, el patio, la biblioteca, la
cafetería, incluso el gimnasio, porque él hablaba frecuentemente de
ejercitarse allí. Lo único que la salvó era que nadie vio a Daniel.
Parecía haber desaparecido de la faz de la tierra. Se esforzó mucho
para no preocuparse, pero se mentía a sí misma.
Kirsty la animó a salir y disfrutar de las estas de estación, pero no
tenía ganas. Incluso su último concierto del año con 32° North
pareció monótono, y sabía que su canto estuvo por debajo del nivel.
Roy dijo que no vio a Daniel, pero sospechaba que mintió, y JP no
fue capaz de mirarla a los ojos. Sólo Mike reconoció que lo vio, y
leyendo entre líneas, sospechaba que Daniel andaba borracho o
drogado, o ambos.
El viernes por la mañana, el último día antes de las vacaciones de
navidad, recibieron su cali cación por el trabajo de estudios de
negocios. El profesor Walden cali có a Lisanne y a Daniel con una
“A” y la palabra “¡excelente!” garabateada en la parte superior. Miró
jamente el papel pero Daniel no estaba allí, y parecía insigni cante.
Después de la última clase del día y del año, fue a su habitación a
empacar. La última vez que tuvo que hacer eso, se dirigía a casa,
emocionada porque Daniel iba a viajar con ella. Ahora, unas pocas
semanas después, bueno, no tenía ganas de celebrar.
Kirsty entró luciendo ruborizada y feliz. Ella iba a pasar Navidad
con sus padres y luego iba a volar a Aspen para pasar Año Nuevo
esquiando con Vin y su familia.
—Oye, compañera de cuarto —dijo—. ¿Cómo estás?
Se encogió de hombros —Bien, supongo.
Kirsty la miró con compasión. —Se pondrá mejor. Lo prometo. Oh,
oye, tienes una carta.
Miró sin interés el sobre que Kirsty arrojó en su cama. Entonces
sus ojos se jaron en la escritura garabateada y su estómago giró
bruscamente. La había visto demasiadas veces mientras estudiaba en
la biblioteca.
—¿Qué pasa? —dijo Kirsty, sus ojos azules preocupados.
—Es de Daniel.
Sostuvo la carta como si fuera a explotar, a sisearle, o a quemarle
los dedos. O tal vez a herir su corazón incluso más de lo que él ya lo
había hecho.
—¿Quieres que la abra?
Sacudió la cabeza. Se sentó en la cama, apoyándose en la cabecera,
y rasgó el sobre, sacando una sola hoja de papel rayado. No estaba
segura de qué esperar: ¿una disculpa, un intento de racionalizar su
engaño, tal vez? Pero se equivocó, de todas las maneras posibles.

Hola, Muñeca:

Sé que vas a estar enojada conmigo, así que ni siquiera iré allí, pero no
puedo seguir con esto.
Todo ha cambiado desde que te conocí. Pensé que sabía quién era, qué era,
pero estando contigo, he aprendido sobre la clase de hombre que quiero ser.
Las últimas tres semanas han sido muy duras y he odiado mentirte, pero
pensé que podrías tratar de detenerme si supieras lo que hacía. Sé que leíste
los mensajes de Cori y si sirve de algo, trató de hacerme cambiar de opinión.
Pero también sé que puedo ser muy terco.
No me diste una oportunidad para explicarlo esa noche, y no estoy seguro
de si lo habría hecho bien, por eso te estoy escribiendo ahora.
Fui a ver al Dr. Pappas cuando volví de donde tu familia, y decidí que me
voy a poner el implante. Él no puede decirme si funcionará, pero los
doctores van a intentarlo. No tengo nada que perder, pero si puedo
escucharte cantar, si puedo escuchar tu voz, será su ciente.
Esto no es por ti, por favor, no pienses eso. He intentado vivir sin mi
música y no puedo hacerlo. Me mata verte ahí arriba, cantando de corazón,
y no escucharlo. Pappas dice que hay una buena oportunidad, así que, ¿qué
demonios? Seré casi biónico la próxima vez que me veas. Ja ja. Sí, voy a
tener un pedazo de metal en la cabeza, pero seguiré siendo yo...y tengo la
esperanza de que seguirás queriéndome.
Lamento haberte hecho daño. Odié no decírtelo, pero puedes convencerme
de hacer cualquier cosa y sabía que tratarías de detenerme. Necesito hacer
esto, nena.
Lo siento.

Te amo.
Daniel X

Sin decir una palabra, le pasó la carta a Kirsty que la leyó


rápidamente, sus ojos ampliándose con cada línea.
—Liss, no entiendo. ¿Qué ha hecho? ¿Qué es este implante del que
habla?
Lisanne tomó una profunda respiración.
—Se llama un implante coclear. Es... um^ No estoy segura. Una
especie de audífono que se coloca dentro del oído. Es toda una gran
operación y.
Pero las lágrimas comenzaron y las palabras quedaron atrapadas
al tratar de forzarlas a salir de su lengua.
Kirsty se sentó en la cama junto a ella y la abrazó con fuerza,
teniendo cuidado de no arrugar la valiosa carta.
Cuando los sollozos de Lisanne disminuyeron, Kirsty la alejó con
suavidad.
—Sigo sin entenderlo, cariño —dijo, secándole los ojos con un
pañuelo—. ¿Daniel está enfermo?
Lisanne sacudió la cabeza. —Es sordo.
El rostro de Kirsty estaba en blanco. —¿Quién es sordo?
—¡Daniel! Es sordo. Por eso me enojé tanto contigo cuando seguías
diciendo que era grosero. No puede oírte. No puede oír nada. Lee
los labios. Ha estado sordo por casi dos años.
Kirsty claramente ipó por la noticia.
—¡No puedo creerlo! Quiero decir. ¡No tenía ni idea! ¿Cómo no lo
supe? ¿Cómo podría alguien no saberlo? Lo escondió tan bien.
—Yo sabía —dijo Lisanne con voz suave—. Fue durante la primera
sesión de estudio en la biblioteca: sonó la alarma de incendios y él no
reaccionó. Sólo. nada. Y luego me contó toda la historia.
—¡Guau! Quiero decir, ¡guau! Eso es tan. ¿Entonces esta
operación? ¿Podrá escuchar otra vez?
—Tal vez. Nadie puede decirlo hasta después. Tengo que
encontrarlo.
—Hizo un sonido ahogado—. Tengo que detenerlo. No debe hacer
esto.
—¿Por qué no? —dijo Kirsty, tratando, y fallando de entender—.
Es algo bueno, ¿no?, si funciona.
—No lo sé —se quejó Lisanne—. Siempre dijo que no quería un
pedazo de metal en la cabeza, que no necesitaba ser arreglado. ¡Todo
esto es mi culpa! ¿Me llevarías a su casa, Kirsty? Necesito hablar con
él.
—Por supuesto que lo haré.
—Gracias —jadeó Lisanne.
Pero una vez que iban, no fue tan fácil encontrar la casa de Daniel
como pensó.
Por un lado, pasaron meses desde que fue allí, y por otro, él vivía
en el otro lado de la ciudad. No ayudó que tomaran el camino
equivocado, conduciendo a través de las de calles suburbanas
idénticas y aburridas.
Al nal, usando el GPS de Kirsty y la memoria de Lisanne,
encontraron la dirección correcta. Pero la casa estaba oscura y
silenciosa.
No tenía sentido llamar, pero intentó abrir la puerta. Cerrada con
llave.
—Él podría estar ahí —dijo, escudriñando ansiosamente las
ventanas sin luz—. Podría estar en su habitación. Veamos si la
puerta trasera está abierta.
Caminaron hasta el patio trasero, Kirsty mirando con desagrado a
la basura amontonada contra la cerca.
Pero la parte de atrás de la casa se hallaba igualmente oscura,
silenciosa y cerrada contra ellas. Sólo para estar segura, le envió un
mensaje a Daniel diciéndole que estaba afuera. No hubo respuesta.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Kirsty.
Faros de coches barrieron haces de luz a través de la calle, y hubo
un distintivo sonido de metal moliendo metal.
—¡Ese es mi jodido auto! —gritó Kirsty, corriendo hacia el frente.
Tenía el parachoques trasero colgando, y una luz trasera
destrozada, el vidrio crujía bajo las botas de Zef mientras se
tambaleaba hacia ellas. Su vehículo fue abandonado en un ángulo
loco, mitad dentro y mitad fuera de la acera.
—Bueno, jódeme —dijo con desprecio—. Tienes unas putas agallas
apareciendo aquí.
—¡Destrozaste mi auto, maldito idiota! —gritó Kirsty.
—¿Quién es tu amiga? —Se mofó Zef—. Tiene pelotas... y grandes
tetas.
—¡Cállate, Zef! ¿Dónde está Daniel? Necesito hablar con él.
—¿Me estás preguntando? Eso es jodidamente gracioso.
Lisanne empujó un dedo en el pecho de Zef. —¡¿Dónde está?!
Se enderezó y la miró.
Por primera vez, se dio cuenta de lo peligrosamente enojado que
estaba Zef. Y borracho. Muy borracho.
—¿Te importa? —dijo, su voz era un gruñido bajo—. ¿Lo hace?
Porque mi hermanito está en un hospital con un puto agujero
perforado en el cráneo, porque tú lo hiciste sentir como si no fuera lo
su cientemente bueno. Perra.
Lisanne jadeó y se llevó la mano a la boca.
Zef tiró su lata de cerveza vacía al coche de Kirsty y atravesó la
puerta de su casa, maldiciendo en voz alta.
Kirsty le jaló el brazo. —Vamos, vamos.
Sacudió la cabeza. —Tengo que encontrarlo, Kirsty.
—Pero no sabemos en qué hospital está. Sólo Dios sabe cuántos
hay en los límites de la ciudad. Y no creo que su desangelado
hermano nos vaya a decir.
Pero estaba decidida. —Entonces voy a contactar con todos los
hospitales hasta que lo encuentre.
Condujeron de regreso a los dormitorios, todos los pensamientos
sobre empacar o irse, abortados. Cada una encendió sus portátiles e
hizo una lista de hospitales a llamar, dividiendo la tarea entre ellas.
Su plan consistía en hacerse pasar por primas de Daniel y luego
tocar de oído, con los dedos rmemente cruzados en sus espaldas.
Hablaron con dos hospitales cada una, y Kirsty iba en su tercera
llamada cuando, de repente, gesticuló salvajemente hacia Lisanne.
—Sí, mi primo, eso es correcto. Su hermano, um, Zef, me dio este
número, pero se le olvidó decir... oh, ya veo. No, está bien. Gracias.
Colgó y se quedó mirando a Lisanne. —Está en cirugía ahora —
susurró, con voz estrangulada.
—¡Oh, Dios! Llegué demasiado tarde.
La lista de números revoloteó en los dedos de Lisanne, y mientras
las lágrimas corrían por su rostro, sus pulmones trataban
desesperadamente de aspirar respiraciones cortas.
Deseaba ir con él. Tenía que ir con él. Se puso de pie
abruptamente.
—¡Tengo que llamar a un taxi!
Kirsty le agarró las manos. —Te llevaré. No te preocupes por eso.
Pero deberías llamar a tus padres. Querrían saber.
—Pero...
—Llama a tu mamá.
Tomó el teléfono de Lisanne y se lo entregó.
El teléfono sonó dos veces antes de que su madre respondiera.
—¡Hola, cariño! Esta es una agradable sorpresa. ¿Cómo te.
—¡Mami! —Escupió la palabra entre sollozos.
Inmediatamente su madre escuchó la angustia en su voz.
—¡Lisanne! ¿Qué sucedió? ¿Estás bien?
Sacudió la cabeza, incapaz de hablar
—¡Lisanne! ¡Lisanne!
—Mami, es Daniel —jadeó.
La voz de su madre se volvió cautelosa.
—¿Qué pasa con Daniel?
—Él está. está.
—¿Qué? ¿Te ha hecho daño?
Podía oír la ansiosa voz de su padre en el fondo.
—Daniel está en el hospital.
Hubo una larga pausa.
—¿Qué pasó? ¿Está bien?
—Está.
Pero las lágrimas caían demasiado rápido como para que pudiera
hablar coherentemente. Sollozó en el teléfono, agarrándolo con
fuerza como si la pequeña pieza de plástico tuviera una solución.
—Lisanne, cariño, toma una respiración profunda. Trata de
decirme, ¿qué le pasó a Daniel?
Luchando por controlar las lágrimas, inhaló unas respiraciones
temblorosas.
—Mami, fue a hacerse una cirugía. Le están poniendo un implante
coclear... tienen que cortarle cráneo. tienen que...
Las palabras se ahogaron en su garganta.
La voz confundida de su madre fue tranquila en el otro extremo.
—Pensé. dijiste que no quería tener nada que ver con esos
implantes. Pensé que decidió.
—¡Lo hizo! —Lloró—. ¡Él los odiaba! ¡No quería tener nada que
ver con ellos! ¡Dijo que eran feos, poco naturales y que no podía
imaginarse por qué alguien querría tener una pieza de metal metida
en la cabeza voluntariamente! Dijo eso, ¡todo es mi culpa!
—No lo entiendo. ¿Por qué cambió de idea?
—Él. ¡él dijo que quería escucharme cantar! —exclamó.
El teléfono quedó en silencio.
—Oh, mi pobre querida —dijo su madre, y Lisanne no sabía si le
hablaba de Daniel o de ella—. Estaremos allí en tres horas. Espera
hasta entonces. Papi y yo estaremos allí.
Kirsty desechó todos los planes de irse e insistió en llevarla al
hospital. Agradeció tanto que su amiga estuviera con ella. Al
principio no pudieron encontrar a nadie que les informara nada,
pero luego Kirsty utilizó la voz de abogado que su padre le enseñó y
nalmente pudieron hablar con alguien.
La enfermera era una mujer mayor con un aire simpático, aunque
tranquilo y profesional.
—Sí, puedo con rmar que Daniel Colton está siendo tratado aquí
— dijo—. ¿Son parientes de él?
—Sí —dijo Kirsty.
—No —dijo Lisanne al mismo tiempo.
—Ella es su novia —admitió Kirsty en voz baja.
La enfermera vio los ojos enrojecidos de Lisanne y su expresión
atormentada.
—Ya veo. Sólo puedo transmitirle información privada a su
familia.
—Soy su prima —dijo Kirsty.
La enfermera sonrió. —Bueno, me alegro de ver que Daniel tiene
algo de.... familia que será capaz de cuidarlo durante su
recuperación. He conocido a su hermano...
Su sonrisa se desvaneció y frunció el ceño.
—¿Está bien? ¿Puedo verlo?
—Lo siento, no. Aún está en cirugía. Acaban de ingresarlo. Este
tipo de procedimiento toma de dos a tres horas.
Examinó sus caras preocupadas.
—Es una operación bastante estándar en estos días y él es un joven
en forma. Normalmente esperaríamos que se quede en el hospital
durante uno a tres días, pero varía de individuo en individuo. Eres
bienvenida a quedarte en la sala de espera.
—Gracias —susurró Lisanne.
La sala de espera era incansablemente alegre, las paredes de color
amarillo pálido cubiertas de carteles y dibujos de los niños, pero las
sillas eran cómodas y había una fuente de agua en la esquina.
—Deberías irte ahora, Kirsty —dijo—. Tus padres te están
esperando.
—No te voy a dejar sola.
—Mis padres llegarán en un par de horas. Estaré bien.
—Entonces esperaré hasta que lleguen —dijo Kirsty rmemente.
No tenía las fuerzas para discutir.
Los minutos pasaron lentamente a medida que esperaban. Los ojos
de Lisanne pegados a la puerta. Kirsty le trajo café y sostuvo su
mano. No hablaron.
Dos largas y ansiosas horas después, la enfermera regresó.
—Salió de cirugía y el médico dice que salió bien. Va a estar en
recuperación por cerca de una hora.
—¿Puedo verlo?
—Todavía no. Cuando lo movamos hacia su habitación.
Lisanne le agradeció otra vez, limpiando las lágrimas de sus ojos.
—Ves —dijo Kirsty—, él estará bien.
Asintió, pero no podía compartir el optimismo de Kirsty. Que él se
pusiera a través de esto por el bien de ella —parecía tan mal.
Escucharon un ruido en el pasillo y reconoció las voces de sus
padres. Ya se encontraba de pie cuando su madre entró en la sala.
La abrazó apretadamente y le susurró suavemente en su cabello.
Lisanne nalmente levantó la mirada para ver a su padre hablando
tranquilamente con Kirsty.
—¿Ya lo has visto? —dijo Monica.
—No. Está en recuperación y no puedo verlo hasta que lo muevan.
Pronto, espero.
—¿Has podido averiguar algo más?
Negó. —No, pero vi a su hermano. Me culpa, dice que es mi culpa.
Mamá, creí que rompió conmigo. Estuvo con tanto secretismo, ahora
que se por qué, me siento fatal. Nunca quise que él hiciera esto. ¿Por
qué lo hizo?
La pregunta liberó una nueva oleada de lágrimas.
—Daniel tomó su propia decisión, cariño. Los doctores
obviamente pensaron que era una buena idea o nunca lo habrían
hecho.
Kirsty se acercó para darle un abrazo. —¿Estarás bien si me voy
ahora? Mi madre se está volviendo loca porque conduciré de noche.
—Puso los ojos en blanco—. Le he dicho que han inventado los faros,
pero, ya sabes.
—No, está bien. Gracias por quedarte. Realmente lo agradezco.
—Por supuesto. ¿Dónde más podría estar? ¿Me mandas un
mensaje cuando sepas algo?
Kirsty se fue después de otro abrazo rápido y Lisanne se sentó con
su madre.
—¿A dónde ha ido papá?
—Fue a buscar un médico —dijo Monica con una sonrisa afectuosa
—. Ha entrado en modo “padre”. Sabes cómo se pone.
Forzó una débil sonrisa. Justo ahora, el modo padre era
exactamente lo que quería.
Volvió unos minutos más tarde con un hombre alto y delgado que
llevaba una bata azul de cirujano.
—Buenas noches. Soy el Dr. Palmer, el cirujano de Daniel.
Entiendo que tienen preguntas. Normalmente sólo hablo con
miembros de la familia a no ser que me autoricen, pero comprendo
que Daniel no tiene padres... así que en estas circunstancias.
—Podría contarnos acerca del procedimiento, me temo que es
nuevo para nosotros —dijo Ernie—. Daniel no nos contó. mi hija es
su novia, está especializada en música —terminó rápidamente, como
ofreciendo una explicación.
Una mirada de entendimiento mezclado con pena cruzó la cara del
doctor.
—Bueno, dicho de forma simple, he insertado las partes internas
del implante coclear bajo la piel. El receptor, a lo que llamamos
estimulador, se soporta en el hueso justo bajo la oreja. —El doctor
señaló en su propia cabeza—. El guía de electrodos se inserta
directamente en la cóclea.
—¿Y cuándo se despierte será capaz de escuchar?
—No, todavía no. Sólo le hemos puesto las partes internas del
dispositivo, lo que incluye un pequeño imán bajo la piel hacia la
nuca. Un implante coclear no es un audífono: lo que hace es pasar
por encima de las células ciliadas en la cóclea y estimular
directamente el nervio auditivo. Tendremos que esperar entre tres y
seis semanas después de la cirugía, para permitir que cualquier
in amación o sensibilidad alrededor del implante se cure. Sólo
entonces podremos colocar las partes externas del dispositivo. Esto
incluye el procesador y el transmisor.
—Pero, él le dijo a mi hija que los audífonos no le sirvieron.
—No, un dispositivo externo por sí mismo no le aportaría el nivel
de ampli cación que Daniel necesita. Y todavía no sabemos cuánto
éxito tendrá la operación. Tiene buenos resultados, normalmente,
pero no hay ninguna garantía —re-enfatizó.
—¿Pero podría ser capaz de oír? —dijo Lisanne, desesperada por
entender.
El médico suspiró.
—No existen pruebas preoperatorios para determinar cuánto será
capaz de oír un paciente. Ojalá los hubiera. La franja de audición
varía de una habilidad casi normal para comprender un diálogo, a
nada en absoluto y todo lo que hay por el medio. Me gustaría que
Daniel fuera capaz de tener bene cios inmediatos, pero las mejoras
continuarán durante tres a nueve meses después de las primeras
sesiones de ajustes, a veces incluso durante años. Incluso podría
llegar a usar el teléfono, sin embargo, debo advertirles que no toda la
gente con implantes puede hacerlo. Podrá ver la televisión con más
facilidad, aunque puede que no escuche lo su cientemente bien para
disfrutar de la música, por ejemplo.
—¿No podrá... no podrá escuchar música? —preguntó Lisanne,
sonando consternada.
El médico la miró cautelosamente.
—Algunas personas que han seguido este procedimiento pueden
percibir el sonido de ciertos instrumentos, la guitarra o el piano, por
ejemplo, y ciertas voces, pero una banda o una orquesta. ese es un
rango de sonidos mucho más complejo para ser procesado.
Tendremos que esperar y ver.
—¿Qué pasa con los efectos secundarios? —dijo Monica—. Mi hija
mencionó que hay posibilidades de dañar el nervio facial.
—Puede ocurrir durante la cirugía, muy raramente, pero me
alegra decirles que ese no es el caso de Daniel.
Al n una buena noticia , pensó Lisanne.
—Esperaría que Daniel experimente ciertos mareos o ataques de
vértigo, así que no podrá conducir su coche durante un tiempo.
—No tiene un coche, tiene una moto: una Harley Davidson —dijo,
incapaz de detenerse antes de añadir un detalle sin importancia para
todo el mundo, excepto para Daniel.
—No, no debe conducir eso —dijo el doctor estremeciéndose y
murmurando entre dientes algo sobre “donantes-moteros” que hizo
palidecer a Monica.
—Daniel puede experimentar alguna alteración del gusto, pero
como la cirugía ha ido bien, no creo que ocurra. Puede haber cierto
entumecimiento alrededor de su oreja.
—¿Puede. puede dañarse el implante? —preguntó Lisanne.
—Está hecho de titanio, incluso más duro que el cráneo de Daniel.
—Vio la expresión de su cara y se aclaró la garganta—. Lo siento,
broma de médicos. Hasta hace poco recomendábamos no realizar
deportes de contacto, por ejemplo, pero con una protección
adecuada, debería estar bien. No debe mojar los dispositivos
externos, por supuesto, así que tendrá que quitárselos para ducharse
o nadar.
—¿Cuándo puede irse a casa?
—La duración de la recuperación varía, pero espero que se sienta
mejor en las próximas doce o veinticuatro horas. Normalmente un
paciente se va a casa al día siguiente, pero entiendo que Daniel no
tiene a nadie que lo cuide...
Cuando no recibió una respuesta a eso, el médico siguió adelante:
—En cuyo caso vamos a recomendarle que se quede una segunda
noche para ayudar a su recuperación. Le darán una cita para quitarle
los puntos en una semana, y estará de vuelta en clases después de
Año Nuevo. Es por eso que pidió la cirugía antes de navidad, es un
chico muy decidido. Tuvo suerte de conseguir un hueco tan rápido,
la mayoría espera meses, pero por otra parte, la gente no quiere
estropear sus vacaciones. Bueno, ¿si no tienen más preguntas.?
Lisanne alzó la mano. —Um, me preguntaba, ¿por qué solo tiene
un implante? Quiero decir, es sordo de ambos oídos.
—Bueno —dijo el doctor, frotándose los ojos cansadamente—. Por
dos razones: necesitamos estar seguros de que Daniel se bene ciará
de un implante unilateral y por cuánto, y la segunda, este es un
procedimiento relativamente reciente. El primer implante coclear
comercial se realizó a mediados de los setenta. El nivel actual de
desarrollo se ha alcanzado recientemente. Creo que se harán grandes
avances en los próximos diez o veinte años. ¿Algo más?
Todos negaron con las cabezas, sin palabras, confusos por el ujo
de nueva información.
El médico les sonrió profesionalmente y los dejó solos.
—Bien —dijo Monica, un poco temblorosa—. Todo eso suena.
muy positivo.
Miró a su marido preocupada. Lisanne cerró los ojos tratando de
contener las lágrimas. No ayudaban a nadie.
Una conmoción afuera fue puntualizada por la puerta de la sala de
espera abriéndose de golpe.
—¿Cuán jodidamente tierno es esto? —siseó Ze , mirando
airadamente de Lisanne a sus padres.
—¡Disculpa! —vociferó Ernie, con su mejor voz de profesor.
—No, no te disculpo una mierda —espetó Zef—. Todo esto es su
culpa. —Y señaló a Lisanne.
La enfermera entró ajetreadamente. —Si no puede bajar la voz,
tendré que pedirle que se vaya.
—¡No sin ver a mi hermano! —gritó.
—Señor, baje la voz y lo llevaré a ver su hermano. A usted y a su
novia.
—¿Cómo puede verlo? Ella no es familia.
La enfermera lo ignoró y se dirigió a la puerta. Lisanne la siguió
apresuradamente, lanzando miradas nerviosas a Zef. Al menos
parecía sobrio.
—Acabamos de traerlo de recuperación. Está aquí.
Abrió otra puerta y los guió dentro.
Daniel yacía pálido y demasiado quieto contra las sábanas blancas
de hospital.
Le quitaron el piercing de la ceja, junto con los piercings de los
pezones, y sus tatuajes destacaban marcadamente contra su piel.
Pero la más notoria diferencia era el grueso vendaje envuelto
alrededor de su cabeza, con un gran acolchado sobre su oreja
izquierda.
Lisanne también pudo ver que le afeitaron la mayoría de su pelo,
dejando solo una pequeña parte rapada mostrándose en su coronilla,
sobre los vendajes.
Zef miró a su hermano, con la cara contorsionada de dolor, pero se
negó a mirar a Lisanne.
Ella se tragó las lágrimas mientras la enfermera trabajaba,
comprobando la presión sanguínea de Daniel y anotando los
resultados en su historial.
—La cirugía fue bien —dijo alegremente—. Se despertará pronto.
Estará un poco drogado y tendrá dolor de cabeza, pero podemos
controlarlo con analgésicos.
—Espero jodidamente eso —gruñó Zef.
La sonrisa de la enfermera perdió parte de su brillo.
—Sí, bueno. Si necesita cualquier cosa al despertarse, sólo presione
este botón de aquí.
Tan pronto como la enfermera se fue, Zef se giró y miró a Lisanne,
con la cara oscurecida por la rabia.
—Esto es tu culpa. Él era feliz antes de conocerte ¡Míralo ahora!
—Yo... yo no le pedí que hiciera esto —susurró Lisanne,
sintiéndose enferma hasta la médula—. Yo no se lo pediría. Yo.
—Deberías haberte mantenido alejada de él —dijo Zef con
amargura—. Le dije que eras peligrosa.
—Lo amo —murmuró.
—¿Eso es cierto? —se burló Zef—. ¿Es por eso que quisiste
cambiarlo? Ahora tiene un trozo de metal atorado en la cabeza.
Nunca lo habría hecho por sí mismo. Espero que estés jodidamente
orgullosa de ti misma.
Se precipitó fuera de la habitación, demasiado lleno de ira para
mirar a la novia de su hermano pequeño por más tiempo.
19
Traducido por Noelle & Eni
Corregido por Daniela Agrafojo

Los ojos de Daniel parpadearon y se abrieron gradualmente. Miró


la habitación demasiado brillante y entrecerró los ojos ante las luces
eléctricas.
Sintió una presión en su mano y se giró para ver, entonces lamentó
inmediatamente el movimiento. Joder, eso duele. Un rostro entró en
foco, cerniéndose sobre él. Serios ojos grises y cabello marrón lacio.
—¡Hola, muñeca! —dijo con voz ronca, preguntándose por qué se
sentía como si hubiera estado de esta toda la noche.
Y entonces lo recordó: hospital, anestesia, operación. Eso explicaba
la razón por la que su cabeza se sentía como si estuviera llena de
bolitas de algodón.
Se lamió los labios resecos y sus párpados se cerraron lentamente.
Ella le dio un golpecito a su mano, y él abrió los ojos de nuevo.
Sostenía un vaso de agua. Su muñeca siempre sabía lo que
necesitaba.
Trató de asentir, pero su cabeza se sentía demasiado pesada. Sintió
la cama moverse debajo suyo, y captó el leve aroma de su perfume
mientras se inclinaba sobre él.
Se encontraba sediento, pero el maldito vaso sólo le permitía
tomar unos pocos sorbos. Intentó sostenerlo, pero no tenía fuerza en
sus manos y cayeron de nuevo sobre la cama.
Cerró los ojos de nuevo y sintió los dedos de ella apretarle una
mano.
Estaba aquí. Su Muñeca estaba aquí.

***
El alivio que sintió Lisanne cuando Daniel abrió los ojos y le habló,
fue sin medida. Era el mismo: era Daniel e iba a estar bien.
Se sentó en la dura silla plástica de hospital y le tomó las manos en
las suyas. Se encontraban secas y un poco frías. Levantó la manta
más arriba de su pecho, y se puso de pie para darle un suave beso en
la mejilla.
Tenía que decirle... explicarle cómo se sentía... pero fueron las
palabras de una canción las que lo hicieron por ella. Roy mencionó
una vez que la canción Fall at Your Feet de Crowded House era la
favorita de Daniel.
Se sentó de nuevo y comenzó a cantar suavemente.

f'm really close tonight


(Estoy realmente cerca esta noche)
And I feel like you're moving inside me
(Y siento como si te movieras en mi interior)
Lying in the dark.
(Yaciendo en la oscuridad...)

Su pecho continuaba subiendo y bajando lentamente.

I think that f'm beginning to know him


(Creo que estoy empezando a conocerlo)
Let it go
(Déjalo ir)
I'll be there when you call.
(Estaré ahí cuando llames)

Pasó los dedos a través del dorso de su mano.

And whenever I fall at your feet


(Y cada vez que caiga a tus pies)
Won't you let your tears rain down on me?
(¿No dejarás tus lágrimas llover sobre mí?)
Whenever I touch your slow turning pain...
(Cada vez que toque tu dolor, le daré vuelta...)
Y tocó su mejilla.

You're hiding from me now


(Estás escondiéndote de mí ahora)
There's something in the way that you're talking
(Hay algo en la manera en que estás hablando)
The words don't sound right
(Las palabras no suenan bien)
But I hear them all moving inside you
(Pero las oigo moviéndose en tu interior)
Know
(Lo sé)
I'll be waiting when you call.
(Estaré esperando cuando llames.)

—Eres tan terco —dijo, su voz suave con lágrimas ocultas—. Te


contienes tanto. No compartes tus problemas conmigo; no me
dejarás entrar. Pero me haces reír y me mostraste quién quiero ser,
también. Eres tan fuerte y tan gentil al mismo tiempo. Estás tan lleno
de vida, odio verte tendido aquí de este modo, y odio pensar que fue
por mí. Eres hermoso por dentro y por fuera, Daniel Colton, y te
amo.
Entonces apoyó la cabeza sobre la cama y dejó que las lágrimas
cayeran.
La enfermera hizo que se fuera después de eso, pero dejó la
habitación sintiéndose calmada. Sus padres vieron el cambio en ella
inmediatamente.
—¿Cómo está? —preguntó Monica, alcanzando a su hija.
—Va a estar bien. Creo que estará bien. Estaba sediento. Ese es una
buena señal, ¿verdad?
—Bueno, el médico parecía como si supiera de lo que hablaba —
dijo Ernie con autoridad—. No hay razón por la que Daniel no tenga
una recuperación completa.
—Tu padre y yo nos registramos en un hotel por esta noche —dijo
Monica, extendiéndole la mano—. Harry se está quedando con los
Milford. De todas maneras, es demasiado tarde para conducir a casa.
Podemos traerte a ver a Daniel en la mañana.
Abrazó a sus padres, agradecida por tenerlos para que cuidaran de
ella, por tenerlos en su vida y en la de Daniel, sin importar el tiempo
que él se los permitiría.
Durante el viaje de regreso a los dormitorios le envió un mensaje a
Kirsty con la buena noticia. No hubo una respuesta inmediata,
probablemente seguía manejando.
Sus pensamientos volvieron a Zef y las cosas feas que dijo.
Evidentemente la culpaba por la decisión de Daniel y con toda
honestidad, no podía evitar estar de acuerdo con él.
Daniel había sido rme en su rechazo del implante al inicio del
semestre. Se enojó con el Dr. Pappas durante la consulta, pero
también admitió que verla cantar en el club le había dolido. La culpa
que sentía se desplegó, curvándose alrededor de ella.
Por eso durmió mal, despertándose frecuentemente, perseguida
por los furiosos ojos de Zef y los ojos heridos de Daniel.
Sintiéndose cansada y ansiosa, a regañadientes pasó la mañana de
compras con su mamá, mientras su papá daba un recorrido por la
ciudad. Les dijeron que Daniel tenía que descansar y que no habría
visitas hasta las dos de la tarde. En consecuencia, pasó horas
alimentando el temor de toparse con Zef otra vez. Al llegar al
hospital, apretó los dientes mientras sus padres esperaban en la sala.
Daniel se encontraba sentado en la cama, viéndose más alerta que
el día anterior. Su cabeza aún seguía envuelta en vendas, y su
hermoso rostro parecía malhumorado mirando por la ventana.
Cuando la vio caminar a través de la puerta, su sonrisa asombrada
era radiante.
—¡Muñeca!
—Hola. —Se las arregló para mostrar una pequeña sonrisa a
cambio, luego vaciló, tratando de averiguar que decir—. Te cortaste
el cabello.
—Parecía una buena idea.
Se miraron jamente.
—¿Qué estás haciendo aquí? Pensé que estarías en casa con tus
padres ahora.
Rodó los ojos. —¿Luego de esa carta que me enviaste?
Él apartó la mirada, avergonzado.
Ella se sentó en la cama para sostener su mano, y él levantó la
mirada.
—Deseo que me hubieras dicho.
Frunció el ceño. —Me hubieras detenido.
—Deberías haber hablado conmigo.
—Sí. No soy tan bueno en eso.
—Amé lo que escribiste —dijo tímidamente—. ¿Hablabas en serio?
La miró rápidamente, luego apartó la mirada. —Sí.
El silencio entre ellos era molesto, un poco incómodo, pero no
desagradable.
—Entonces, ¿cómo estás?
—¿Además de sentir como si alguien hubiese cortado mi cabeza y
la hubiera reacomodado de la manera incorrecta? Sí, bastante bien.
—Se encogió de hombros—. Me duele la cabeza.
—Um —dijo Lisanne torpemente—, mis padres están aquí. Les
gustaría verte, ¿pueden entrar?
La miró sin comprender. —¿Aquí? ¿En el hospital?
Lisanne asintió.
—¿Por qué tus padres están aquí?
—Yo... yo los llamé. Me sentía... disgustada. Querían venir y
asegurarse de que te encontrabas bien.
Se quedó perplejo. —¿Por qué?
Rodó los ojos en frustración. —¡Porque se preocupan por ti, tonto!
Él todavía lucía dudoso.
—¿Entonces pueden? ¿Pasar?
—Supongo.
Murmurando bajo su aliento acerca de la estupidez de los
hombres en general y de Daniel en particular, llevó a su mamá y
papá desde la sala de espera.
Daniel lucía tenso cuando entraron, y completamente
desconcertado cuando Monica lo tomó en un abrazo que lo hizo
hacer una mueca de dolor.
—¡Cuidado, mamá! —le advirtió Lisanne.
—Oh, lo siento, ¡lo siento! —lo dijo a un lado de la cabeza de
Daniel, lo que signi caba que no le entendió de todos modos.
—Ya está bien, Mon —dijo Ernie y le tendió la mano a Daniel—.
¿Cómo lo estás haciendo, hijo? Le diste un buen susto a Lisanne.
Los ojos de Daniel fueron de nuevo a Lisanne. —¿Lo hice?
—¡Sí, idiota! —gritó ella, sorprendiendo a sus padres.
Daniel le sonrió. —Eres linda cuando te enojas.
—Heredó eso de su madre —dijo Ernie.
Los hombres compartieron un momento mientras las mujeres se
miraban con incredulidad.
—Sí, bueno, voy a conseguirnos algo de café —dijo Ernie,
habiendo superado el momento de vinculación masculina.
—Tres de azúcar para Daniel —llamó Monica.
—Lo toma negro —gritó Lisanne.
Ernie se alejó murmurando entre dientes.
—Muñeca, ¿caminarías conmigo? Estoy harto de este cuarto.
—¿Te dejan hacerlo?
—Sí, pero tengo que tener a alguien conmigo en caso de que me
maree o alguna mierda.
Daniel apartó las mantas de la cama antes de que Lisanne pudiera
estar de acuerdo o no. Se sonrojó automáticamente, una respuesta
pavloviana a su desnudez. Excepto que no estaba desnudo.
—¿Pantalones de pijama? —dijo, levantando las cejas.
—¡Seguro! ¿Esperabas algo más, bebé? —bromeó—. Quería
conseguirlos para el hospital. Tal vez debería haber usado uno de
esos vestidos con mi culo asomándose.
—¿Qué usas usualmente, Daniel? —dijo Monica, con un
inquisitivo aire maternal.
Daniel le sonrió. —Nada.
—¡Oh! —dijo Monica, su cara combinando con la de su hija.
Lisanne no creía que fuera el momento para con rmar que Daniel
decía la verdad.
Él se tambaleó hacia un lado mientras se levantaba, y tuvo que
aferrarse a la barandilla de la cama.
—Maldición —dijo, su mano libre volando a su cabeza.
—¿Estás bien? —jadeó Lisanne.
—Vaya, vértigo. Eso fue raro. Nah, estoy bien.
Con cautela, soltó la barandilla de la cama y recuperó el equilibrio,
antes de dar un paso cauteloso.
—¿Estás bien? —dijo Lisanne de nuevo, mordiéndose el labio.
—Sí, lo estoy —dijo Daniel.
—Lisanne, toma su brazo, sólo para estar seguros —ordenó
Monica—. Oh, y Daniel, creo que deberías usar algo en la parte de
arriba de tu cintura. —Le lanzó una camiseta que él había
abandonado en la cama—. Esperaré aquí.
Daniel sonrió con su ciencia, pero obedeció, y los ojos de Lisanne
viajaron vorazmente sobre su cuerpo mientras él empujaba la
camiseta sobre su cabeza.
Se sentía un poco culpable, comiéndoselo con los ojos cuando él se
hallaba enfermo.
Entrelazó su brazo con el de él, feliz de tener una excusa para tocar
su piel suave, cálida. Un escalofrío la recorrió y Daniel le dio una
mirada extraña.
Se tambaleó un poco, y ella colocó el brazo alrededor de su
cintura, dejando su mano descansar sobre su cadera derecha.
Echaron a andar por el pasillo, caminando lentamente.
—Te extrañé, muñeca —dijo con voz suave, mirando su cara
cuidadosamente.
—También yo. Idiota.
—¿Idiota?
—Entre otras cosas.
—¿Estás enfadada?
—Daniel Colton, no me has visto enojada aún. Sólo espera a que
estés mejor.
—Está bien —dijo, alegremente.
—Obtuvimos una “A” en nuestra tarea de negocios.
Sonrió. —Te lo dije, muñeca. —Entonces se detuvo cuando un
pensamiento se le ocurrió—. ¿Estuviste aquí anoche?
—Sí, por supuesto.
—Oh. Pensé que te había soñado.
—¿Tú... tú sueñas conmigo?
Le respondió presionándola a su pecho.
—Siempre. —Respiró sobre sus labios, antes de besarla
completamente.
—¡Malditamente no creo esto!
Lisanne se separó de Daniel cuando oyó la furiosa voz de Zef
detrás de ellos. Daniel, por supuesto, no lo hizo, y le sonrió a su
hermano.
—¡Oye, hombre!
Su sonrisa aqueó cuando sus ojos captaron los de Zef con un
resplandor de odio, quemando en dirección a Lisanne, y ella parecía
casi asustada.
—¿Qué está pasando?
—Nada, hermanito —dijo Zef, forzando una sonrisa—. Te compré
algunas cosas.
Ondeó las revistas de motocicletas en el rostro de Daniel.
—Gracias, hombre. Vamos a tomar un poco de café. ¿Quieres
entrar?
—Nah, estoy bien. Sólo quería dejarte esto. Tengo algunos asuntos
que atender. Te veo luego... cuando estés solo.
Dijo la última parte de manera que sólo Lisanne supiera lo que
dijo, luego empujó las revistas en sus manos antes de caminar a
zancadas por el pasillo. Daniel lo observó, luciendo preocupado.
Se giró para enfrentar a Lisanne.
—¿Te dijo algo?
—Um, bueno.
—Lis, ¿por favor? Odio que la gente hable de mí y no a mí.
Lisanne suspiró. Pero fue salvada de responder cuando su padre
reapareció sosteniendo cuatro cafés en vasos de papel.
Regresaron a la habitación, Daniel caminando lenta y
cuidadosamente. Lucía cansado ahora, como si la corta conversación
y el paseo aún más corto lo hubieran agotado por completo. Se
hallaba tan acostumbrada a su ilimitada energía al verlo saltar por
los alrededores, que su quietud le preocupaba. Su equilibrio se
agravó, haciendo necesario que Lisanne llevara los cafés, mientras su
padre ayudaba a Daniel a volver a la cama.
Él frunció el ceño y se recostó con cuidado, las manos en su
cabeza.
Monica le lanzó una mirada llena de signi cado a su hija. —Creo
que hemos agotado a Daniel, debemos irnos ahora. Puedes volver
luego.
Lisanne asintió, luego golpeteó la mano de Daniel.
—Nos vamos ahora.
Le dedicó una débil sonrisa. —Lo siento —dijo, en voz baja.
Ella besó su mejilla, y colocó la mano en su pecho sobre su
corazón. Usaba el medallón que él le dio, sabía que él entendería.
El estado de ánimo mientras dejaban el hospital era sombrío.
Habían llegado con grandes esperanzas y ahora no sólo se sentía
abatida, sino también preocupada.
—Cariño, ¿te gustaría que nos quedáramos una noche más? —
preguntó Monica, sintiendo la ansiedad de su hija—. Entonces
podríamos llevar a Daniel a su casa cuando sea dado de alta. Harry
estará bien con los Milford por otra noche. Todos podríamos viajar a
casa juntos.
—Gracias, mamá —dijo en voz baja.
Su padre le dio un abrazo.
—Estará bien. Han pasado menos de menos de veinticuatro horas
desde su operación. Dale tiempo.
Mientras Ernie llamaba al hotel para reservar su habitación por
otra noche, Lisanne y su madre esperaban en la entrada. Monica
trataba de persuadirla de que preocuparse no ayudaría.
—Daniel necesita que seas positiva justo ahora. No puedo
imaginar por lo que ha estado pasando, y sin ninguna familia real
que lo apoye, por lo que puedo ver —agregó, frunciendo el ceño—.
A pesar de lo que ha pasado entre ustedes dos.
—Yo... yo creí que iba a romper conmigo. Mamá, fui tan horrible
con él. Me siento tan mal. Y ahora esto.
Le pasó a su mamá la carta que Daniel le escribió, y vio el rostro
de Monica mientras leía. Cuando terminó, abrazo a su hija con
fuerza.
—Daniel es un joven muy especial —dijo—. Estoy agradecida que
haya encontrado a mi hija muy especial.
Lisanne se las arregló para darle una sonrisa pequeña,
mayormente para tranquilizar a su madre.
Cuando volvieron al hospital varias horas más tarde, Monica y
Ernie decidieron esperar en el salón otra vez, dándole a su hija una
oportunidad de ver a Daniel sola. Pero cuando entró a su habitación,
él sólo tuvo la oportunidad de sonreír y decir hola, antes de ser
sorprendida por un médico joven, seguido de una nube de
estudiantes de medicina.
—Sr. Colton, soy el Dr. Mendez, le echaré un vistazo a su herida.
—¿Dónde está el otro tipo. Palmer? —dijo Daniel, sonando a la
defensiva.
El médico se giró y miró a Lisanne cuando respondió. —El Doctor
Palmer me dio instrucciones de supervisar tu período de
recuperación.
—Bueno, puede comenzar con mirar a Daniel cuando le hable —
espetó Lisanne—, acaba de tener un implante coclear y todavía
necesita leer los labios porque aún es sordo.
El médico lucía irritado y nervioso, pero se giró para repetirle la
información a Daniel. Lisanne se dio cuenta de que varios
estudiantes contenían sus sonrisas.
—¿Eres familia? —le dijo a Lisanne, tratando de rea rmar su
autoridad.
Se cruzó de brazos. —Sí.
El médico resopló y pareció contrariado, luego dirigió su atención
a la herida de Daniel. Los estudiantes permanecieron en un
semicírculo alrededor de él, tomando notas obedientemente.
—Este paciente se presentó con una pérdida auditiva
neurosensorial idiopática a la edad de catorce años, y eligió este
procedimiento optativo después de perder la audición por debajo de
los 110 decibeles, a la edad de...
—¡Joder! —gritó Daniel, cuando el médico le golpeó la oreja
mientras tiraba de la venda.
Lisanne se acercó, lista para actuar como un guardaespaldas de ser
necesario.
El médico investigó la herida, con más cuidado esta vez, pero
Daniel aún se estremeció. El rostro de Lisanne perdió algo de color
cuando vio la incisión irregular de quince centímetros que
serpenteaba hacia arriba detrás de su oreja izquierda, cosida con
puntadas pequeñas y precisas. A cada lado de la herida, su cabeza
había sido completamente afeitada. Ahora podía ver por qué optó
por el pelo rapado.
Para Lisanne, la piel se veía rosa e in amada, pero el médico se
veía complacido.
—Sí, esto está sanando muy buen. Ningún signo de infección.
¿Algún dolor?
Lisanne suspiró y se puso delante de Daniel. —¿Quiere saber si
hay algún dolor?
—¡Por supuesto que hay un maldito dolor! ¿Estás segura de que
este tipo es médico?
Esta vez los estudiantes de medicina se rieron en voz baja y el
médico enrojeció de ira.
Lisanne soltó unas risitas. Daniel le guiñó un ojo, y una lenta
sonrisa se extendió por su rostro.
—Lis, ¿puedes revisar si mi cerebro está colgando? No estoy
seguro de que este tipo pueda reconocerlo.
Ella le dio una palmada en el brazo.
—¡Detente!
Se limitó a sonreír. —¿Tomas una fotografía de recuerdo para mí,
muñeca?
Lisanne sacó su teléfono y tomó un par de fotos de la espantosa
visión. No podía esperar a que todo eso fuera un recuerdo lejano y
distante.
—¿Algún adormecimiento? ¿Puedes sentir esto?
El doctor tocó la punta de la oreja de Daniel.
—Huh, no, nada. Ese será un piercing barato. —Levantó las cejas a
Lisanne, quien trataba de lucir molesta.
—¿Alguna pérdida del sabor?
—He estado comiendo comida de hospital todo el día, ¿cómo
diablos se supone que tengo que saber?
Lisanne rio.
—Así que, doc, ¿puedo salir de aquí?
El doctor giró para enfrentar a Daniel de nuevo, obviamente
molesto.
—Déjeme ver cómo está su equilibrio, Sr. Colton.
Daniel se bajó de la cama suavemente, pero se tambaleó mientras
se ponía de pie, otra vez tuvo un ataque de vértigo.
—¿Y caminando?
Daniel apretó los dientes y caminó a través de la habitación,
balanceándose ligeramente.
—Hmm, el doctor Palmer ha recomendado una noche más en el
hospital, Sr. Colton —dijo, ignorando la maldición de Daniel—, y
concuerdo. Veremos cómo se siente mañana. Enviaré a una
enfermera para cubrir su herida. Necesitará mantener las tiras de
gasa por una
semana más.
El doctor salió de la habitación, con la frente en alto, seguido por el
tropel de estudiantes.
Lisanne escuchó a una de las estudiantes susurrar—: ¡Él era lindo!,
puede ser mi paciente cualquier día.
Le lanzó una mirada enojada, pero esta rebotó inútilmente en la
espalda de la chica.
Daniel se encontraba distraído, sentado en la cama, parecía
amotinado.
—Oye —dijo ella, acariciándole la mejilla—. Es sólo una noche
más. Esperabas eso, ¿cierto?
—Es fácil para ti decirlo —dijo, malhumorado—. Verte es la única
parte buena de todo el maldito día.
Ella sonrió felizmente. —Kirsty te envía saludos y Harry dijo algo
que no entendí: Está practicando. ¿Eso signi ca algo para ti?
Sonrió con su ciencia. —Charla de chicos. No te preocupes por
eso.
—Agh, no creo que quiera saber.
—¿Dijiste Kirsty?
Lisanne suspiró cuando vio los escudos elevarse y la cara de
Daniel volverse cuidadosamente inexpresiva, lo que encontró muy
frustrante.
—Me trajo hasta aquí, tuve que decirle.
—¿Ella ha.. .se lo ha dicho a alguien más?
—No lo sé. Quizás a Vin. Podría preguntarle.
Se puso la mano en la cabeza y luego volvió a bajarla. —Sí, no
quiero que nadie más lo sepa...
—Está bien.
Él froto su frente vacilantemente.
—¿Tienes dolor de cabeza? Lo siento, es una pregunta estúpida.
Él se acostó, haciendo una mueca cuando su cabeza tocó la
almohada.
—Es raro, hablar se siente un poco incómodo. Se siente como si las
vibraciones de mi voz movieran el implante. No sé. Creo que eso no
es posible. Es jodidamente extraño saber que tengo un trozo de
metal en mi cabeza.
Luego abrió los ojos de nuevo y le dio una sonrisa a Lisanne.
—¿Sabes que es bueno para curar dolores de cabeza?
—¿Qué? —dijo ella, cautelosa por el brillo malicioso en sus ojos.
—Oye, ven aquí.
Extendió su mano y la jaló hasta que estuvo sentada a su lado en la
cama, con una sonrisa sexy que siempre la ponía caliente.
—Sexo —dijo él.
—¿Disculpa?
—El sexo es genial para los dolores de cabeza. Sólo estoy
diciendo...
—¡Daniel! No podemos. Yo no. ¡No puedo creer que estés
sugiriéndolo! ¡Acabas de tener una cirugía! No. De nitivamente no.
La beso en el cuello y lamió la base de su mandíbula.
Ella gimió suavemente.
—Te he extrañado, muñeca —susurró—. Siente lo que me haces.
Él movió su mano hacia abajo, y ella lo sintió endurecerse bajo la
sábana del hospital.
Ella jadeó y miró hacia la puerta, pero no retiró su mano de donde
estaba.
Él movió sus caderas hacia arriba.
—Lis. —Su voz era casi suplicante.
Manteniendo los ojos en la puerta, deslizó su mano bajo la sábana.
Miró a Daniel rápidamente. La observaba intensamente, sus labios
entreabiertos. Se encontraba caliente y duro bajo la sábana y ella
recorrió con sus dedos toda su longitud, viendo como sus ojos se
oscurecían con necesidad y lujuria. Lo agarró con rmeza y un suave
ruido salió de sus labios. Movió su mano más rápido, sintiendo
como su cuerpo respondía.
Y entonces su madre tocó la puerta, ella apartó la mano con mucha
rapidez, Daniel se atragantó y casi se tragó la lengua.
—¿Está todo bien aquí? —dijo Monica, mirando ansiosamente el
rostro sonrojado de Daniel.
Luego miró a su hija, quién parecía haber encontrado el suelo
extremadamente interesante.
—Daniel tiene dolor de cabeza —balbuceó Lisanne.
Hubo un profundo silencio.
—Ya veo —dijo su madre severamente—. Bueno^ debemos irnos
ahora, Lisanne. Te llevaremos al campus. ¿Te sientes bien, Daniel?
Lisanne levantó la mirada hacia Daniel, que parecía estar teniendo
problemas para formar palabras.
—Sí, sí —jadeó él.
—Um, te veré mañana.
—Ajá.
Monica agarró el brazo de su hija y salieron de la habitación.

***

Daniel deseó como el in erno que Monica hubiera esperado sólo


dos minutos antes de decidirse a comprobarlos, e interrumpir la que
fue probablemente la visita más agradable de hospital. ¡Dos malditos
minutos! Esa mujer podría ganar una medalla de oro en cortar rollos.
Se sintió tan bien tener las manos de Lis sobre él. No había estado
seguro de volver a verla después de que lo hubiera abofeteado
aquella noche, realmente pensó que todo se había terminado entre
ellos. No era la primera mujer que lo golpeaba y sabía que eso
generalmente no signi caba nada bueno. Mantuvo la esperanza de
que Lisanne cedería una vez que conociera la verdad, una vez que
leyera su carta.
Fue un in erno no tocarla después de Acción de Gracias, pero de
alguna manera, se hubiera sentido mal cuando sabía que le ocultaba
algo.
Verla en el hospital fue un alivio. Más que eso, le dio algo de paz.
Pero ahora su frustración se hallaba en el punto más alto.
Suspirando, se arrastró dentro del baño privado para terminar el
trabajo con su mano, después se limpió.
Mientras permanecía ahí, se cepilló los dientes, a pesar de que le
dolía abrir la boca por completo. Todo en su cabeza dolía y se
preguntaba si podría tener más pastillas para el dolor. Habría dado
su testículo
izquierdo por fumar un cigarrillo, o un poco de hierba.
La puerta del baño se abrió un poquito y vio a Zef mirando
cautelosamente a través de la puerta.
—Oye, hombre, pensé que podrías tener problemas. ¿Estás bien?
—Sí, pero tengo que quedarme otra noche. Mi equilibrio se fue al
in erno.
Zef frunció el ceño. —Vaya mierda. ¿Puedes conducir a Sirona así?
—No, no hasta que el doctor lo diga. Puede ser en una semana o
algo así.
—¿Cómo vas a hacer para desplazarte, hombre?
Se encogió de hombros. —Caminando. En bus. ¿Quizás me puedas
llevar? —dijo, mirando a Zef esperanzado.
—Bueno, sí, pero estoy bastante ocupado.
—¿Con qué?
—No preguntes.
—Vamos, Zef. Dijiste que me dirías después de Acción de Gracias,
pero a duras penas te he visto.
—Eso es porque tú planeabas meterte esa basura en el cráneo.
Sintió rabia. No otra vez. —No empieces.
—¡Todo por un pedazo de falda! ¿Qué está pasando contigo?
—¡No hables así de ella! —Su voz mantenía una alerta silenciosa.
—¡Quieres hablar, vamos a hablar! —dijo Zef, molesto—. Siempre
dijiste que no querías la operación, entonces conoces a esa chica y de
repente tienes una cirugía en tu cabeza. Explícame.
Tomó una respiración profunda, tratando de ordenar las palabras
que pensó miles de veces.
—Si esto funciona, escucharé música otra vez. Sólo se trata de la
música. Lis, sólo... veo lo que la música signi ca para ella. —Se
encogió de hombros—. Me recuerda a mí... como solía ser.
Zef suspiró y sus hombros cayeron, relajando su postura agresiva.
—Sí, entiendo eso. Sólo odio la forma en que escapaste y lo hiciste.
Quiero decir, maldita sea. Soy tu hermano y preferiste decirle a esa
perra
antes que a mí.
—Sí la vuelves a llamar así, vamos a tener un serio maldito
problema. —Daniel hizo una pausa—. Y no le dije a nadie. Fue mi
decisión, de nadie más.
Zef negó con la cabeza. —Lo que sea. Sólo dime que el seguro
médico cubrirá todo. No nos vamos a quedar atrapados con alguna
gran cuenta de hospital o cualquier mierda.
Una expresión amarga se cruzó por la cara de Daniel. —No. Está
cubierto.
—Bien. —Zef miró a su hermano—. Mira, me tengo que ir. Te
compré algunos cigarrillos y algo extra. —Le guiñó un ojo—. Te veo
mañana en casa.
Después de que Zef se marchó, se arrastró de vuelta a la cama. A
pesar de maldecir como loco por tener que quedarse una noche más,
se sentía secretamente aliviado. Todo en el hospital se encontraba en
orden, todo en calma. No tenía que preocuparse por quién diablos
iba a su casa, o en qué mierda se metió su hermano. Sí su Muñeca
pudiera quedarse ahí, todo habría sido casi malditamente perfecto,
excepto por la sensación de haber perdido una batalla contra un
rinoceronte malhumorado, y ahora tener una resaca que podría
haber derribado a un equipo de hockey canadiense.
Se subió a la cama, cansado, tomando el regalo que Zef le trajo:
una bolsa plástica que contenía dos paquetes de Camel, un
encendedor, envoltorios y un pequeño cubo envuelto en papel
aluminio. Daniel olió la hierba, eso explicaba los envoltorios. Por
Dios, lo tentaba.
No le contó a Zef, pero trató de dejar de fumar antes de la
operación, una razón adicional para que Lisanne lo encontrara
agitado y de mal genio. No era el mejor momento, se sentía
malditamente estresado, pero también tenía su ciente mierda en el
hospital sin estar desesperado por un cigarrillo. El problema era, que
tres semanas no eran lo su cientemente largas para romper un
hábito de tres años y veinte días.
Miró por la ventana al lado de su cama. Con los típicos arreglos de
un hospital, sólo abriría unos pocos centímetros. No lo su ciente
para inclinarse hacia afuera y fumar un cigarrillo. O dar un maldito
salto. Suspirando, dejó caer la bolsa en el suelo lejos de la vista y se
recostó cuidadosamente. Su cabeza dolía como una perra y sólo
podía acostarse cómodamente con su cara puesta hacia la derecha.
Sabía que no era la persona más paciente del mundo, de hecho iría
muy lejos con admitir que era el hijo de puta más impaciente, lo cual
signi caba que los próximos días de mantenerse quieto iban a ser un
dolor en el trasero. Y sería hasta bien entrado enero que el audiólogo
haría el primer intento de sincronizar el procesador y el transmisor,
seguido por más semanas de espera para ver cuánto —o si— sería
capaz de oír.
Odiaba la idea de tener que lidiar con un aparato auditivo,
baterías, y todo eso otra vez. Recordaba cuando usó por primera vez
audífonos en la escuela. Sus amigos verdaderos lo trataron igual que
siempre, pero aparecieron todos los sobrenombres usuales: “a
prueba de sonido”, “cera de oídos”, “androide”, “Sordo Dan”,
pequeñas conversaciones con perdedores que terminó a los golpes.
Conversaciones que volvieron a sus padres locos porque todo el
tiempo eran citados para hablar con el director sobre otra pelea en la
que se había metido.
Pero lo peor no eran las peleas, eran las miradas de compasión.
Chicas que coquetearon con él y pensaron que era caliente, ahora lo
miraban como si sintieran lástima y quisieran hacerle galletas en vez
de ir tras él cuando iba al gimnasio. No quería ver nunca esa clase de
lástima en el rostro de Lisanne. No podía evitar preocuparse de
cómo reaccionaría ella la primera vez que usara su nuevo procesador
auditivo. Sabía por experiencia que una cosa era saber que una
persona era sorda, y otra completamente diferente ver la
manifestación física de esa discapacidad. ¿Lo miraría de manera
distinta? ¿Comenzaría a notar miradas de reojo? ¿Podría leer el
arrepentimiento en su cara? Lamentando involucrarse con alguien
como él.
Y a pesar que aún quería mantener su privacidad en la
universidad, ya no le importaban los comentarios negativos de gente
que no conocía. Todos podían irse a la mierda.
Sus pensamientos regresaron a Zef. Nunca lo vio tan cerrado. Lo
que sea que pasaba, era grave.
Se frotó de nuevo la frente. Era la única parte de la cabeza que no
le dolía.
Una enfermera vino con más pastillas para el dolor y lo miró como
si quisiera quedarse y charlar, pero se sentía como si hubiera sido
drenado y sus ojos se cerraban.
Durmió por intervalos, soñando que los ojos decepcionados de
Lisanne apartaban la mirada de él.
Por la mañana, se sentía desesperado por irse. Su dolor de cabeza
había disminuido, y estuvo caminando a través de la habitación,
poniendo a prueba su equilibrio y combatiendo los ataques de
vértigo. Le hicieron esperar hasta que el médico hiciera sus rondas
otra vez. Pensaba en mandar todo a la mierda, cuando entró el
mismo tipo del día anterior.
—Buenos días, Sr. Colton —dijo el médico, tratando de sonar
severo.
—Sí, ¿puedo irme de aquí ahora?
El doctor Méndez revisó la herida otra vez, declarándose
satisfecho, pero no iba a rmar su salida por el hecho de que Daniel
seguía tambaleándose mientras caminaba a través de la habitación.
—Pienso que debería quedarse una noche más para estar seguros,
señor Colton.
—No, eso no va a pasar, doc. Tengo cosas que hacer, lugares a
donde ir.
—Eso no sería sensato.
—Vamos, deme un descanso. Me quiere fuera de aquí tanto como
yo quiero irme.
El médico nalmente sonrió.
—¿Tendrá a alguien que lo cuide por un par de días hasta que se
encuentre mejor?
—Claro. Mi hermano está... en casa.
—Bien —dijo, resignado—. Iré a la farmacia y le enviaré un
paquete de gasas, así su hermano podrá ayudarlo a limpiar la
herida. Necesita regresar en cinco días para remover sus puntos.
Asintió.
—Y voy a ordenar que traigan una silla de ruedas para llevarlo a la
salida.
—¡Al diablo eso! ¡No voy a salir de aquí en una maldita silla de
ruedas!
—Pensé que podría decir eso. —El doctor suspiró—. Pero si se cae
saliendo del hospital, es mi culo el que será demandado. Y espere
hasta que su taxi esté en la acera.
Parecía a punto de discutir.
—Sólo toma la maldita silla —espetó el doctor—. Por favor.
Daniel sonrió y cuidadosamente se puso su gorro negro,
asegurándose de cubrir la gasa y también sus orejas.
—Bastante justo.
Resultó que el portero era fanático del fútbol, y pronto olvidó que
se suponía que tenía que llevar a Daniel en la silla de ruedas,
mientras caminaban. En vez de eso, hablaron sobre la nueva
contratación de los Falcons, quién podía empujar una banca de cien
kilos en veinticuatro repeticiones y hacer una carrera de cuarenta
yardas en cuatro punto cuarenta y tres segundos.
Daniel se hallaba tan concentrado en la conversación que casi no
vio a Lisanne ni a sus padres, mientras se abrían paso a través de la
multitud de la entrada.
Sintió que alguien lo agarraba por el codo, casi derribándolo.
Cuando recuperó el equilibrio, vio el rostro preocupado de Lisanne.
El portero se alejó rápidamente, pareciendo culpable.
—Oye, muñeca —dijo, con una sonrisa—. Me resbalé.
—¿Estás seguro? Luces un poco tambaleante.
Él le guiñó un ojo, y ella suspiró.
—Bien. Mamá y papá están aquí, podemos llevarte.
—Está bien, puedo tomar un taxi.
—Cállate y entra al maldito auto, Daniel.
Sonrió. —Qué carácter, muñeca. Me gusta.
Ella lo jaló del brazo de nuevo, más suavemente esta vez y lo puso
alrededor de su cintura, donde Daniel estaba más que feliz de
tenerlo.
Monica lo abrazó y besó su mejilla, lo cual hizo que Daniel
agachara la cabeza, avergonzado. Se sentía más cómodo con el
enérgico apretón de manos de Ernie.
Se subió a la parte trasera de la camioneta, tratando de ignorar la
sensación molesta de vértigo que tenía cada vez que se inclinaba
hacia adelante. Esa mierda le daba náuseas. Le dio a Ernie el código
para el GPS, y se sentó en el vehículo, sintiendo la mano cálida de
Lisanne en la suya. Deseó poder besar a su chica apropiadamente,
pero sabía que no quería que lo hiciera delante de sus padres.
Suspiró. Eran tres semanas hasta el comienzo del próximo semestre,
tres semanas antes de ver a Lisanne de nuevo.
Sintió sus dedos apretarle una mano y le sonrió, antes de
recostarse y dejar que las calles pasaran a la deriva, un des le
silencioso de tiendas, o cinas, personas, autos.
Cuando llegaron a la casa de Daniel, Monica miró a su esposo con
los ojos llenos de preocupación. Parecía que había una esta en la
casa de los Colton. Había autos y motocicletas alineadas en la calle y
música estridente se escuchaba desde afuera. Un chico orinaba a un
lado de la casa, y dos más estaban sentados en los escalones de la
entrada, compartiendo una botella de tequila.
Daniel mantuvo su cara neutra, pero podía hacer una muy buena
interpretación de lo que los padres de Lisanne pensaban.
—¡No podemos dejarlo aquí! —susurró Monica.
Ernie asintió, su cara enojada.
—Daniel... —comenzó Lisanne.
—Oye, no te preocupes, muñeca —dijo, besándola en la mejilla
suavemente—. Eso no me molesta. No puedo escuchar nada, así que
no hay problema.
Lisanne odió escucharlo reír de esa manera.
Se inclinó hacia adelante para abrir la puerta, haciendo una pausa
para no rozarse la cabeza.
—Oye —le dio un golpecito a su mano—, ¿tienes comida en la
casa?
—Claro. Me abastecí de Pop Tarts. ¡Estoy bromeando! Sí, compré
comida, no hay problema.
—¿Zef está. está en casa?
Daniel se encogió de hombros. —No sé. Muñeca, no te preocupes
por mí. Estoy bien. ¿Me envías un mensaje cuando llegues a casa?
Gracias por traerme, Monica, señor Maclaine.
—¡Mamá! —dijo Lisanne desesperadamente—. ¿Papá?
Sus padres se miraron, hubo un acuerdo silencioso entre ellos.
Monica se dio la vuelta para que Daniel pudiera ver su cara.
—¿Por qué no vienes y te quedas con nosotros mientras te
recuperas? Serás más que bienvenido.
Daniel miró a Lisanne, sorprendido.
—Um, es muy amable de tu parte, Monica, pero...
—¡No te puedes quedar aquí! —dijo Lisanne desesperadamente—.
¿Quién te cuidará?
Daniel comenzó a negar con la cabeza, luego hizo una mueca.
—Estaré bien, Lis. No esperaba nada, esto es a lo que estoy
acostumbrado. Y tengo que regresar al hospital en cinco días para
que retiren los puntos.
—Pero.
—Debo estar cerca del hospital donde me hicieron la cirugía, Lis.
Por si acaso.
Ese fue el argumento ganador.
Lisanne se mordió el labio. —¿Pero vendrás después de eso?
Mamá, papá, puede venir para navidad, ¿verdad?
—Por supuesto —dijo Monica, mirando a su esposo en busca de
una con rmación.
—Serás bienvenido —dijo Ernie.
Aún lucía sorprendido cuando miró a Lisanne. —Sólo tengo que
permanecer aquí hasta la próxima semana, muñeca. —Entonces miró
a Monica—. ¿Está bien si les dejo saber?
—Sí, por supuesto. Qué estés bien, Daniel. Pero. ¿sabes que
puedes llamar si necesitas cualquier cosa?
Él le dio una sonrisa amplia y genuina. —Gracias, Monica.
Moviéndose lentamente, salió del auto y se dirigió a la puerta
principal, se dio la vuelta y dijo adiós con la mano.
20
Traducido por Katita, yure8 & CrisCras
Corregido por ElyCasdel

Daniel caminó más allá de los hombres sentados fuera de su casa,


quienes lo miraron con un poco de curiosidad, luego, pasó a través
de la sala. Estaba atascada, llena de extraños, y aún más destrozada
de lo habitual. No pensó que fuera posible, sin llegar a incendiar el
lugar.
La sala de estar se encontraba llena de cuerpos girando al bailar,
bebiendo y esnifando mierdas de Dios sabe qué. Sus ojos se
estrecharon en una mujer que se inyectaba en la esquina. Nadie se
dio cuenta, o si lo hicieron, a nadie le importaba. Joder, tenía que
admitir que las cosas empeoraron mucho recientemente.
Por primera vez se sintió repugnado con lo que se había
convertido su casa. Podía aguantar a gente bebiendo, fumando
hierba y esnifando coca —demonios, hizo todas esas cosas y muchas
veces. Bueno, no tanto desde que comenzó la universidad —o mejor
dicho, desde que comenzó a ver a Lisanne—, pero no lo contaba
como algo muy serio. Si la gente quería ir de esta, era su elección.
Pero esto, esto era diferente. Volvió a pensar en lo que el detective
Dickwad le contó, que Zef trataba con metanfetamina. Por lo que
Daniel sabía, esa mierda se podía fumar, inhalar, inyectar o
simplemente tragar. Quizás Dickwad tenía razón, y todo esto estuvo
sucediendo bajo la nariz de Daniel, por así decirlo. Tal vez Daniel
cerró los ojos a todo esto durante demasiado maldito tiempo. Trató
de empujar ese pensamiento, pero era como un virus, dispersándose
a través de su cuerpo, extendiendo su veneno insidioso.
Mientras caminaba por las escaleras, toda la escena que pasaba en
las habitaciones de abajo le hizo preguntarse si no necesitaba una
mejor cerradura para la puerta de su dormitorio. O tal vez sólo una
placa de acero reforzado. Deseaba más que nada permitirse el lujo
de mudarse, entonces se sintió culpable por pensar en dejar a Zef. Su
hermano era toda la familia que le quedaba.
En su lugar, le envió un texto para hacerle saber que llegó a casa.
Le palpitaba la cabeza y la piel de su lado izquierdo se sentía
dolorosa y rígida. Todo lo que quería hacer era acostarse en su
maldita cama y descansar. Cansado como se sentía, su cerebro se
retorcía con pensamientos e ideas, atrapándolo en los remolinos y
torbellinos de su conciencia. Aprendió que podías escapar de todo
menos de tu propio ser.
Trató de concentrarse.
¿Cuándo cambió Zef su modelo de negocio? Daniel buscó a través
de sus recuerdos: ¿cuándo, cuándo empezaron a acelerarse las cosas
hacía el mal?
Se sentó de golpe y tuvo que agarrarse el estómago, mientras una
breve oleada de náuseas se precipitó a través de él.
Joder, ¡estuvo tan ciego!
Salió de la cama con cuidado, y se arrodilló en el piso polvoriento,
sacando una caja de debajo de la cama. Contenía documentos
nancieros, muchos de ellos de la época de sus padres: su
testamento, junto con el seguro de salud, la matrícula universitaria,
extractos bancarios, facturas, extractos de la tarjeta de crédito y los
detalles de su fondo duciario de la universidad. Revisó todo
cuando se decidió a tener la operación de IC. Lo necesitaba para
con rmar que el seguro médico estatal lo cubría, como se vio
después, al menos hasta que tuviera veintiún años. Pero ahora, no
podía encontrar los documentos del fondo duciario. Buscó entre los
papeles, pero se esfumaron. Frustrado y empezando a ver doble,
pasó por cada documento por tercera vez. Todavía nada.
Se sentó sobre los talones y trató de considerar todas las
posibilidades, pero todo apuntaba en una dirección obvia, sólo que
estuvo demasiado ensimismado y preocupado para verlo antes.
Primer hecho: su hermano abandonó la universidad cuando sus
padres fueron asesinados. Él siempre dijo que era porque el estudio
no era para él, y que proferiría estar en el mundo "real", pero ahora
no estaba tan seguro. Zef era un tipo brillante, antes de meterse en el
“negocio”, le interesaban los motores tanto como a Daniel, incluso
había estado estudiando ingeniería mecánica.
Segundo hecho: Zef siempre insistió en que el seguro de vida de
sus padres pagó la hipoteca de la casa, y que el dinero sobrante
pagaría la subsistencia de ambos por algunos años. Daniel había
tenido diecisiete e iba a la escuela, por lo que no se le ocurrió
desa arlo, pero ¿y si Zef exageró la cantidad de dinero como una
forma de proteger a su hermano pequeño de una verdad más
horrible?
Tercer hecho: Zef perdió totalmente su mierda cuando recibió la
multa de mil dólares por exceso de velocidad, la multa que Daniel
dijo que pagaría con su fondo duciario de la universidad. Hasta lo
golpeó, algo que Zef nunca hizo antes.
Cuarto hecho: la documentación de su fondo duciario
desapareció misteriosamente.
Quinto hecho: sólo una persona aparte de él sabía dónde guardaba
los documentos. Y tenía la llave de su habitación.
Y, por lo que pudo ver, añadía un sexto hecho, claro e indiscutible:
los dos se encontraban metidos hasta el cuello en la mierda.
Una fría sensación de malestar se extendió a través de él, una que
no tenía nada que ver con su reciente operación.
Cogió el teléfono para textear a Zef de nuevo.
D: Necesito verte. Stoy en casa.
Se levantó lentamente y buscó en su gabinete la comida que
compró antes de ir al hospital, galletas que escondió junto con una
bolsa de manzanas. Miró jamente los alimentos que se suponían
iban a constituir su plan de alimentación para los próximos dos días.
Qué imbécil: compró dos artículos que iban a requerir alguna seria
acción de mandíbula, y lo que más dolería comer ahora mismo.
Idiota. Hambriento y deprimido, continuó rebuscando a través del
gabinete, con la esperanza de que algo más aceptable pudiera
emerger de las profundidades. Finalmente, descubrió dos paquetes
de sopa instantánea en la parte posterior. Sólo seis meses para la
fecha de caducidad, por lo tanto nada de lo que tendría que
preocuparse.
Salió de la habitación brevemente para llenar el hervidor eléctrico
en el grifo del cuarto de baño. Cuando regresó, vio a Zef sentado en
su cama, con aspecto cansado y hecho un manojo de nervios.
—Hola, hermano. Te dejaron salir.
—Nah, tuve que cavar un túnel.
Zef mostró el atisbo de una sonrisa. —Vamos a ver entonces.
Daniel se quitó el gorro y mostró a Zef la línea de gasa y cinta
adhesiva.
—Vaya, impresionante. Te hace ver como un hijo de puta
doblemente rudo.
—Gracias, creo.
—Sólo digo, hombre. ¿Cuándo te conectan al sistema de sonido?
—No hasta después de las vacaciones.
—¿Crees que funcionará?
—Puede ser. Nadie sabe a ciencia cierta.
—¡Vaya mierda!
Daniel asintió, luego hizo una mueca.
—Por lo tanto, dijiste que necesitabas verme. ¿Qué pasa?
Daniel miró a su hermano sin pestañear. —¿Cuánto debes?
—¿Qué?
—No soy un jodido idiota, Zef. Toda esa mierda abajo, no es
propio de ti. O no solía serlo. ¿Todo el dinero se ha ido, lo que mamá
y papá dejaron?
El silencio se extendió entre ellos hasta que Zef exhaló un agrio
aliento largo.
—Sí, todo se acabó.
Cerró los ojos, después de haber visto las palabras que
con rmaban todo lo que temía.
—¿Ellos... cuánto... realmente dejaron lo que dijiste, o también fue
una mentira?
Zef bajó la mirada. —No, nos dejaron muy buena cantidad. Yo fui
el que jodió todo.
—¿Ibas a decírmelo?
Zef hizo una mueca. —Tenía la esperanza de que no tendría que
hacerlo. Planeé esperar hasta el nal del año escolar. Seguí pensando
que sería capaz de hacer el dinero, pero simplemente me metí más
profundo. Lo siento, hermanito.
Se frotó un lado de la cabeza con cuidado. —¿Cuánto has tomado
prestado?
—No es así.
—¿Cómo es, entonces?
—Le debo algunos favores a algunas personas a las que no se les
dice “no”, ¿está bien?
Su temperamento explotó, enviando un pulso de dolor a través de
su cráneo.
—¿Está bien? ¿Estás jodidamente bromeando? ¡Esto está tan lejos
de “bien” que ni siquiera sé en qué puto planeta estás!
La expresión feroz de Zef se suavizó cuando vio el dolor físico y
mental de su hermano. —Mira, he tomado algunas malas decisiones
de negocios, pero la casa está a salvo. No la arriesgaría. Siempre
tendrás una casa aquí, hermano.
—¿Llamas a esto una casa? ¿Llena de extraños drogándose? Tengo
que encerrarme en mi cuarto, tengo que cerrar la puerta del maldito
baño para evitar que quede destrozado. No puedo traer amigos aquí.
Quiero decir, ¿has mirado siquiera este lugar últimamente?
—Ya sabía que esta mierda iba a pasar —dijo Zef con burla y
desprecio—. Tan pronto como tuviste la pequeña perra de tu novia,
y comenzaste a visitar su lugar en los suburbios, ngiendo que eres...
lo que coño te crees que eres ahora... demasiado bueno para tu
propio hogar... universitario.
Daniel cerró los puños y Zef vio un destello en el rostro de su
hermano cuando pensó en golpearlo, en golpearlo hasta la mierda.
—No, Zef. Sólo... no. ¿No ves lo que está pasando aquí? Estás tan
jodidamente cerca de poner tu culo en la cárcel. Los policías saben
con lo que estás tratando. Diablos, algún jodido me detiene en la
escuela todos los días tratando de comprarme algo. Los policías
podrían tenerte en cualquier momento, pero están esperando a que
la jodas a lo grande o algo así. ¿Crees que te van a dejar tranquilo
cuando nalmente consigan una orden de registro para este lugar?
Tengo la misma probabilidad de ser arrastrado que tú. ¿Eso incluso
te importa?
—Sí, ¡porque tú eres la jodida Blancanieves! Te he visto totalmente
colocado, hombre, no njas que no lo he hecho.
—¡Yo no tra co! —gritó Daniel.
Zef se quedó en silencio. —No, no lo haces: sólo vives de los
ingresos del mismo.
La expresión de Daniel se volvió herida mientras miraba al
desconocido con una cara familiar.
Zef se levantó y pasó junto a él. Sin enfrentarlo, dijo—: Estoy tan
jodidamente arrepentido, hermano.
La puerta se cerró y se dejó caer en la cama. Tantos sentimientos
arrastrándose a través de él, que no sabía con cuál lidiar primero. La
ira era la emoción dominante, pero también el miedo y la decepción,
junto con un fuerte sentimiento de traición. Con ó en Zef.
Su sordera progresiva y rápida lo aisló de muchas maneras. En el
momento en que sus compañeros de colegio se preocupaban por
granos y sueños húmedos, para él los sonidos fueron cada vez más
indistinguibles, y los chistes se perdieron en oleadas de palabras
donde ya no podía distinguir consonante de vocal. Incluso cuando
fue a la escuela especial, estuvo solo en gran medida, negándose a
verse a sí mismo como parte de la comunidad sorda. Cuando le llegó
la noticia de que sus padres murieron, fue Zef quien condujo toda la
noche para decirle, hermano a hermano. A través de todo, de cada
momento oscuro, la cálida presencia de Zef le ofreció humor en los
momentos más negros, y fuerza en los más débiles.
Pero en ese momento, sentado en el dormitorio de su casa familiar,
con su hermano a simples metros y centímetros de distancia, la
sensación de soledad nunca había sido tan grande.
Ahora, tenía algo bueno en su vida.
Como si pensar en ella la hubiera conjurado, su teléfono vibró en
su bolsillo. Sonrió al ver el mensaje.
L: Estamos en casa. Mamá y papá pelearon por tres horas.
Tengo dolor de cabeza, ¿cómo está el tuyo?
Ojalá pudiera ayudarte a aliviar del dolor; ) LA xx
D: Yo también, no tienes ni idea. ¿La oferta sigue en pie?
Podría llegar el viernes después del chequeo.
L: ¡SÍ! *gritando* ¿seguro que puedes montar tu moto? LA xx
D: Tomaré el bus.
L: ¡No puedo esperar! LA xx
D: : ) x
Ahora tenía cosas que hacer, decisiones que tomar. Pero todavía
no.
Mañana era lo su cientemente pronto.
En los siguientes días, la fuerza de Daniel comenzó a regresar. El
dolor de cabeza se marchitó y cedió, a pesar de que la herida
continuaba sensible, y tratar de vestirse solo era una mierda, “ asco”
era una palabra igualmente apta. Se negó a pedirle ayuda a Zef.
También disminuyeron los rastros de mareos, aunque todavía se
debilitaba cuando sucedían.
En ocasiones, se olvidaba de tener cuidado —lo que era una buena
señal de alguna manera— pero entonces se golpeaba la oreja o la
cabeza y pasaba los siguientes cinco minutos maldiciendo en voz
alta, vívidamente y con imaginación.
Zef se mantuvo fuera de su camino, y Daniel pasó la mayor parte
del tiempo leyendo en su cuarto, sólo salía para buscar comida,
siendo prudente de la cantidad de dinero que gastaba. Su cuenta
bancaria ya se hallaba en un estado crítico, no quería que expirara
durante los días festivos. Tenía planes para aumentar su condición
tan pronto como fuera posible.
Lo que signi có que la primera visita que hizo tan pronto como
pudo, fue a la tienda de reparación de automóviles en la que trabajó
durante los dos veranos anteriores.
El área del taller se encontraba a oscuras y cada pieza de madera
estaba resbaladiza donde las manos aceitosas tocaban. Pero Salvatore
Coredo tenía una envidiable reputación como restaurador de coches
clásicos. Las motos eran una actividad secundaria rentable.
—¡Dan! ¿Qué haces aquí? ¿Finalmente te volviste creyente y
decidiste hacerme un hombre feliz? La oferta sobre tu Harley sigue
abierta.
Sonrió ante la broma familiar. Desde que Sal posó los ojos en
Sirona, maltratada como había estado, la codició. Y cada vez que
veía a Daniel, trataba de convencerlo de venderla.
—Tal vez, Sal, pero estoy buscando trabajo. ¿Me puedes dar
algunas horas?
—Pensé que ibas a la universidad, ¿lo dejas ya?
Daniel frunció el ceño y Salvatore se echó a reír.
Lo conoció hace dos años y le ayudó a reconstruir a Sirona, sabía
exactamente qué botones apretar.
—No, todavía estoy estudiando. Sólo necesito un trabajo.
—Te podría dar algunas horas el día de navidad, ¿te interesa?
—Jodidamente divertido, Sal.
—Cuida tu lenguaje, Dan. —Hizo una pausa, viendo el cansancio
que se aferraba a Daniel—. Claro, puedo darte diez, tal vez veinte
horas a la semana. Iniciando después de las vacaciones.
Se sintió aliviado. No era fácil conseguir trabajo a tiempo parcial
con tantos estudiantes en busca de empleo, y siendo sordo, bueno,
podría triplicar el nivel de di cultad. Lo que era probablemente una
estimación conservadora.
Si tenía cuidado con el dinero de este trabajo, podría alquilar una
habitación en algún lugar y también tener lo su ciente para vivir de
ello. Conseguir un cuarto asequible en el campus estaba fuera de
discusión, y tendría que pedir un préstamo para pagar la matrícula
de la universidad el próximo año.
—Así que, ¿cuánto me darías por Sirona?
Salvatore lo miró boquiabierto y luego se puso serio. —¿Necesitas
ese dinero tan desesperadamente, chico?
Se encogió de hombros, sin querer entrar en detalles con Sal.
—Bueno, ahora déjame ver. Quizá podría darte $2,750.
Negó con la cabeza, tratando de no hacer una mueca, tanto por el
dolor de cabeza, como por el dolor de la venta de su amada Harley.
— Quiero $ 3,000. Sabes que vale la pena.
Salvatore sonrió. —Voy a pensar en ello, Dan. Volveremos a
hablar cuando empieces el trabajo, después de las vacaciones.
Después de las vacaciones, parecía un tiempo muy largo para el
futuro.
Asintió y se dieron la mano por el casi-trato.
Deseaba ver a Lisanne, aunque no podía decir con toda honestidad
que deseaba ver a sus padres, pero fueron amables al invitarlo. Le
alegraba que no tuvieran ni idea de todo lo que planeaba hacerle a
su hija
durante su visita. Se lamió los labios al pensarlo.
Justo iba a enviarle un texto con la buena noticia de que consiguió
un trabajo cuando se acordó de que no había compartido sus
problemas nancieros con ella. Era una conversación para tener cara
a cara, en todo caso. No, ella no necesitaba escuchar toda la mierda
que sucedía.
Compró el periódico local y recorrió las habitaciones que se
encontraban dentro de su limitado rango de precio, pero las dos que
visitó posteriormente eran agujeros de mierda que deberían haber
sido declaradas en ruinas, y habrían sido un poco mejores que
quedarse en casa.
El viernes, tomó el autobús hacia el hospital con una mezcla de
sentimientos, totalmente independientes del hecho de que odiaba no
ser capaz de montar a Sirona. Eso era algo que pretendía resolver
con el médico muy, muy rápido. Necesitaba su independencia de
vuelta, sobre todo si buscaba apartamento.
La clínica ambulatoria se hallaba ocupada, llena de gente como él:
personas que se sometieron a la operación de IC. Algunos eran niños
que no tenían edad su ciente para comprender lo que sucedía, pero
la mayoría eran adultos en sus sesenta y setenta. Sólo una persona
estaba cerca de la edad de Daniel, una mujer de casi treinta años.
También era la única otra persona que no trajo a alguien de apoyo.
Ella sonrió cuando vio a Daniel. Él asintió y se sentó en el lado
opuesto de la habitación; no le interesaba iniciar una conversación.
Pero ella tenía otras ideas, y se sentó frente a él.
S: Hola. ¿Hablas por señas?
D: Sí.
S: Soy S.A.M.A.N.T.H.A.
Deletreó su nombre y Daniel hizo lo mismo.
D: D.A.N.I.E.L.
S: ¿Vas a hacerte la operación de IC?
D: La tuve. La semana pasada.
S: ¡Yo también! Hace seis semanas. ¿Cómo va todo?
Daniel se encogió de hombros. —Está bien.
S: ¿Lees los labios?
D: Sí.
S: No hablas mucho, ¿verdad?
Se limitó a mirarla.
S: ¡Vamos! Somos los únicos aquí que no somos niños en edad preescolar
o jubilados. ¿Te ponen tu procesador y transmisor hoy?
D: No. Me quitan los puntos de sutura.
S: Ya que preguntaste, me sintonizaron hace un mes. Es... raro. Sólo
podía oír pitidos del sistema. Sabía que había sonidos, pero no podía
distinguirlos. El audiólogo dice que es normal. Para ser honesta, estoy un
poco asustada.
Hizo una pausa.
S: ¿Viniste solo, también?
Daniel sonrió y miró alrededor de sí mismo.
S: ¿Por qué?
Daniel se encogió de hombros.
S: No quieres decirme. Está bien. ¿Puedo hacerte una pregunta? Casi no
te conozco, pero... no tengo a nadie más para preguntar.
Sintió curiosidad, pero también cautela. No era bueno en el
intercambio gratuito de emociones con extraños, o incluso con gente
que conocía bien.
D: Puedes preguntar.
S: En serio... ¿por qué decidiste hacer esto? Puedes leer los labios, puedes
combinar.
D: ¿Por qué lo hiciste tú?
Ella suspiró.
S: Tuve un bebé el año pasado. Quería escuchar su risa.
Ella sonrió.
S: Tan simple. ¿Cuál es tu historia?
Daniel dudó. Se desviaron a territorio personal en menos de cinco
minutos.
D: ¿Por qué quieres saber?
S: ¿Qué pasa si esto no funciona? ¿Me importará? ¿Cuánto? Me las
arreglé bien antes. ¿Te sientes así?
D: No tengo nada que perder.
Lo cual era verdad. No pensó en ello de esa manera hasta que
conoció a Lisanne.
S: ¿Te sientes extraño sobre el hecho de tener un trozo de metal en la
cabeza? Sé que yo sí.
D: Siempre y cuando funcione. Te haré saber.
S: Me encantaría.
La miró. Eso no era lo que quiso decir.
S: ¿Crees que tus manos se sentirán solas?
D: ¿Qué?
S: Me gusta el lenguaje de señas. Es tan expresivo. Lo he hecho desde que
era una niña. Creo que lo echaría de menos si no lo hiciera por completo.
No tenía nada que decir a eso. Para él, el lenguaje de señas era una
herramienta, algo que tuvo que aprender, pero no lo consideraba
una alternativa completa del habla. Por su falta de reacción,
Samantha captó la indirecta y cambió de tema.
S: Hay algunas otras cosas que he notado sobre el IC: para mí es más fácil
entender a los hombres, pero es sólo a causa de las frecuencias. Está
volviendo loca a mi amiga, ¡me acusó de estar coqueteando con su esposo!
La he conocido por diez años. ¿Puedes creerlo?
No lo dijo, pero, francamente, sí, lo podía creer. Pero había una
pregunta que quería hacerle, ahora que ella empezó la conversación.
D: ¿Puedes escuchar música?
S: No realmente. Por el momento no tiene mucho sentido. Espero que
mejore.
Ella estudió su rostro.
S: Echas de menos la música.
Se removió incómodo en el asiento, pero nalmente la miró.
D: Sí, la extraño.
Samantha sonrió con simpatía.
S: Realmente no recuerdo los sonidos, sólo tenía tres años cuando perdí la
audición. Voy a tener que aprender todo de nuevo. —Hizo una pausa al
ver la tensión en su expresión—. ¿Tienes planes para las estas?
D: La casa de mi novia.
S: Eso explica la mochila. ¿Ella va a la escuela?
D: Sí.
S: ¿Tú también?
D: Sí.
S: ¿Qué estás estudiando?
D: Economía y Negocios, con matemáticas.
S: ¡Guau! Debe ser un horario muy completo. ¿Qué estudia tu novia?
Prácticamente podría haber predicho la cara de Samantha cuando
le dijo.
D: Música.
La respuesta de Samantha era totalmente predecible. Sí, ese era el
aspecto que esperaba: lástima mezclada con simpatía. Estaba
jodidamente cansado de eso.
Una luz parpadeó en la pared y todos voltearon a mirar el nombre
que brilló arriba: “Señorita S. Wilson”.
S: Esa soy yo.
Samantha hurgó en su bolso y luego le pasó un trozo de papel con
su número de teléfono garabateado en él. Ella sonrió ante su
expresión.
S: ¡No estoy ligando contigo! Aunque eres lindo. Sólo me gustaría saber
cómo funciona para ti. Sería bueno que permanezcamos en contacto,
intercambiar notas. Cuídate, Daniel.
Lanzándole una sonrisa, desapareció por uno de los pasillos y se
quedó solo. Por un momento pensó en tirar el trozo de papel, pero al
nal se lo metió en el bolsillo y se olvidó de ello.
Cuando su nombre apareció, dio grandes zancadas por el mismo
pasillo que Samantha. Se sintió aliviado al ver que el Dr. Palmer lo
esperaba en la sala de consulta.
—Buenos días, Sr. Colton. ¿Cómo está? ¿Algún problema?
—Hola, doctor. No, todo bien.
—¿Náuseas? ¿Mareos?
—Poco. Están desapareciendo, creo.
—Bien. ¿Sensibilidad cuando tienes el cambio de vendajes?
—Poco. Especialmente si jaló mi oreja por error.
—¿Ha estado cambiando sus propios vendajes?
—Bueno, sí.
Dr. Palmer frunció el ceño. —Bien. Voy a echar un vistazo.
Tocó y tanteó. Le dolía, pero era soportable. Caminó alrededor
para ver de frente a Daniel.
—Todo parece estar bien. Nada de qué preocuparse. Quitaré los
puntos de sutura ahora. Va a ser un poco incómodo.
Cinco minutos más tarde, se sintió como si el médico hubiera
estado tratando de abrirle el cráneo con una barra de hierro. Pero fue
un alivio que le quitaran los puntos.
El Doctor Palmer retrocedió para hablarle.
—Hay un poco de sensibilidad, pero no más de lo que esperaba.
Se recuperará muy bien en un par de semanas y vamos a estar listos
para colocar el transmisor y el procesador. ¿Tiene alguna pregunta?
—¿Puedo montar mi moto?
Dr. Palmer frunció el ceño. —No, es demasiado pronto para eso,
especialmente si todavía está experimentando algunos mareos.
Pregúnteme otra vez después de la instalación, Sr. Colton.
Era la respuesta que esperaba, pero aun así era irritante.
—De acuerdo. Nos vemos el próximo año, doctor. Gracias y todo
eso.
—Felices estas —dijo el médico en voz baja mientras miraba a
Daniel salir de la sala.

***

Daniel se alegró de haber llegado temprano a la estación de


autobuses. Junto con los aeropuertos y las estaciones de trenes, lo
ponían nervioso. Si había un cambio de andén o cambio de puerta de
embarque anunciado a través del sistema de megafonía, no lo podría
escuchar. Perdió un par de conexiones en viajes anteriores debido a
que hubo un cambio de último minuto y no lo sabía. Vigiló el bus de
Atlanta, comprobó y re-comprobó los letreros hasta el momento de
salida.
Tomó asiento al fondo y cerró los ojos. No lo habría admitido al
propio diablo, pero le alegraba no estar montando a Sirona hasta la
casa de Lisanne.
El autobús se llenó bastante con la gente que viajaba para las
estas, paquetes de colores brillantes metidos en bolsas, pero nadie
lo molestaba en su esquina. Era consciente de lo inaccesible que
parecía, siendo alto y de hombros anchos, con una barba de varios
días, su piercing, su gorra de lana tirada bien abajo, botas pesadas y
la chaqueta negra de cuero. No necesitaba un letrero diciendo a la
gente que se quedara lo más lejos posible.
Después de una hora adormilado, se enderezó y se frotó los ojos.
Sacó una copia estropeada de E. F. Schumacher Small is Beautiful de
su mochila y trató de concentrarse en las páginas. No podía esperar
para ver a su chica, aun mejor para sentir su cuerpo envuelto
alrededor de él. Sabía que sus padres estarían observando, mirando
y esperando a que él pusiera un dedo —o la lengua— fuera de lugar,
pero con aba en que encontraría una manera. Demonios, sí.
El libro cayó en su regazo y sus ojos se dirigieron al paisaje
pasando a toda velocidad por la ventana del autobús: árboles,
campos, huertos, casas, otra pequeña ciudad, más árboles. Pero en
lugar de ver el campo de Georgia, pensaba en cuánto cambió su
vida.
Comenzar la universidad era un gran asunto para la mayoría de la
gente, pero para él, fue un salto hacia lo desconocido. Contra todos
los consejos que su escuela secundaria le dio, estuvo decidido a
mantener su pérdida de audición como un asunto privado. Tenía
que trabajar más duro y más tiempo y concentrarse más que otros
estudiantes; tuvo que pelear — literalmente— en contra de las
expectativas formadas por su relación con Zef; y conoció a Lisanne.
Tenía la intención de mantenerse a sí mismo para sí mismo, pero
ahora descubrió que tenía una novia —seria, tal vez— e iba en
camino a pasar las estas con su familia de nuevo.
Y luego estaba la enorme decisión, potencialmente cambiadora de
vida, que tomó de ponerse el IC.
Ni siquiera sabía cómo sentirse al respecto, pero una vez que vio a
Lisanne cantando, vio su pasión por la música saliendo de ella, sus
razones para no tener el implante desaparecieron.
Y no se arrepentía.
Volvió a pensar acerca de lo que signi caba tener una novia, o
mejor dicho, lo que signi caba para él tener a Lisanne en su vida. Le
gustaba el sexo —mucho— y desde que perdió su virginidad a los
quince años, adoró al dios de ligues de una noche, persiguiendo
implacablemente la grati cación a corto plazo. Empezó como auto-
protección contra el dolor del rechazo, pero se convirtió en un hábito
prolongado.
Era diferente con Lisanne. Tan diferente que tuvo que admitir que
se metió prácticamente en un territorio desconocido. Ella lo despojó
de sus defensas, una por una, dejándolo vulnerable y expuesto. Era
desconcertante, pero al mismo tiempo no se sentía tan solo. Ella
rechazó el aislamiento como una solución para su sordera, y lo llevó
de vuelta al mundo. Pero el problema permaneció, era un mundo
lleno de personas oyentes, donde la sordera era habitualmente el
blanco de las bromas. Era desalentador, sobre todo porque no tenía
forma de explicarle lo que ella le pedía.
Y, sin embargo, la operación fue un paso más dentro de ese
mundo. Era muy consciente de que el IC era una pieza tecnológica
que podría ayudar, pero era sólo una herramienta, todavía estaría
sordo. Se preguntó si Lisanne realmente entendía eso. Si era honesto
consigo mismo, esperaba el momento en que estaría cansada de
tener un novio con una discapacidad. Cristo, el peso de esa maldita
palabra.
También sintió una responsabilidad hacia ella, después de haber
sido el primer hombre con el que durmió. Demonios, hasta donde
sabía, era el primer chico con el que se besó. Pero a medida que su
con anza creció, el sexo simplemente siguió mejorando. Ella
con aba en él para que la ayudara a explorar más a fondo. Él
deseaba más de eso.
Se rascó la barba. Probablemente era hora de afeitarse, su muñeca
tenía la piel sensible.
Sintió su teléfono vibrar, alertándole de un texto entrante.
L: Estoy en la estación de autobuses.
No puedo esperar a verte. LA xx
Sonrió ante el mensaje.
Quiso decir todo lo que había escrito en la carta, y eso lo asustó. La
forma en que se sentía por ella... Depender de otras personas te hacía
débil. Zef demostró esto.
Pero cuando bajó del autobús y vio su cara ansiosa con una
enorme sonrisa, sus dudas fueron empujadas hacia un lugar lejano y
encerradas bajo llave.
—Muñeca —dijo, dejando caer la mochila en el suelo y jalándola
hacia él.
—¡Te creció la barba! —chilló.
—¿No te gusta?
—Um...
Se inclinó para besarla y ella envolvió los brazos alrededor de su
cuello. Sus labios eran suaves y cálidos, su lengua caliente y deseosa.
Se perdió en el beso, olvidando que se hallaba parado en la
explanada de una estación de autobuses de concreto. Fue su polla
que le recordó, ya que sus caderas automáticamente trataron de
frotarse en ella.
La empujó suavemente hacia atrás y sintió una ligera resistencia.
Él dejó escapar un largo suspiro y alzó las cejas.
—Me gusta tu forma de pensar, muñeca, pero primero debemos
salir de aquí. —Le tocó la mejilla que lucía un poco rosada por su
beso—. Y me afeitaré.
Lisanne le dio una risa avergonzada.
—¡Parece que no puedo comportarme correctamente cerca de ti!
—Siempre y cuando te comportes incorrectamente, no tendrás
ninguna queja de mí —susurró en su pelo.
Ella suspiró feliz. —Mamá y papá están en algo de la escuela, y
Harry con sus amigos.
Daniel captó la indirecta.
—Conduce rápido, bebé, porque no creo que pueda esperar
mucho más tiempo.
Se inclinó para recoger su mochila, y experimentó una breve
oleada de vértigo que le hizo tropezar.
—¡Daniel!
—No te asustes, cariño, estoy bien —dijo, poniéndose de pie, esta
vez
más despacio.
Lisanne se aseguró de que un brazo estuviera rmemente
alrededor de su cintura, mientras caminaban hacia el coche, y se
sintió tranquila por su sólida presencia.
Les tomó media hora llegar a la casa. Daniel pasó la mayor parte
del viaje con la mano izquierda apoyada sobre su muslo. Era
su ciente para hacer a Lisanne agarrar el volante hasta que sus
nudillos estuvieran blancos. Una parte de ella nunca creyó que él
realmente llegaba.
Ambos estuvieron aliviados cuando el viaje nalmente terminó.
Lisanne apagó el motor, y la tensión crujía en el aire, las chispas
encenderían en cualquier momento.
Giró su cabeza para mirarlo, directo a los ojos.
—Así que, todo el mundo está fuera.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—Un par de horas. Tal vez.
—Vamos.
Abrió la puerta y sin hablar, lo llevó por las escaleras, agarrándolo
de la mano, a su dormitorio.
Daniel dejó caer la mochila en la alfombra, y la besó con avidez.
Ella empezó a responder, sus manos metiéndose por debajo de su
chaqueta de cuero, pero luego las retiró. Daniel la miró con
confusión.
—Podrías... tu barba... todo el mundo lo sabrá.
Sonrió comprendiendo. —Voy a afeitarme.
Su alivio era evidente. —Lo siento, yo sólo...
—No es un problema, muñeca.
—Daniel...
—¿Qué es?
—La operación...
Se puso rígido.
—¿Qué sobre eso?
Se mordió el labio y tiró nerviosamente la manga de su abrigo.
—Puedo ver... ¿puedo ver tu cicatriz?
Él no se movió, pero tampoco la detuvo cuando suavemente le
quitó el gorro.
—Oh —susurró, pasando los ojos sobre la línea de gasa y cinta que
serpenteaba en su cráneo.
Daniel alejó el rostro de ella. ¿Era este el momento en el que la
realidad sería demasiado?
Pero en cambio, sus manos suaves jalaron su boca hacia la de ella y
lo besó lentamente, tiernamente.
—Me gusta tu pelo corto, te sienta bien. Pareces un Marine o algo
así.
Resopló, porque sí, los Marines reclutaban a muchas personas
sordas.
—O algo así. No creo que permitan los piercings en la Marina.
Sacó el kit de afeitado de la bolsa y tiró de la camiseta por encima
de su cabeza, sonriendo mientras los ojos de ella seguían la ruta de la
tela por su cuerpo. Se dirigió al baño.
Cuando miró en el espejo, vio a Lisanne de pie detrás de él.
—Déjame hacerlo.
—¿Qué?
—Quiero afeitarte.
La miró jamente.
—¿No confías en mí?
—Sólo no quiero que parezca como si acabara de meterme en una
pelea, no más de lo que ya lo hago.
—Oye —dijo, dándole una palmada en el brazo—. Tengo una
mano muy rme.
—Mmm —dijo, acariciando su cuello con la nariz—. Me gustan tus
manos.
Ella lo empujó en el hombro para hacer que la mirara.
—¿Entonces me dejarás?
Suspiró teatralmente. —Bien, pero ya tengo un corte de quince
centímetros, muñeca, así que cuidado, ¿está bien?
Se sentó en el taburete que ella colocó delante del espejo y la
observó hurgar alrededor sacando su espuma de afeitar y la cuchilla.
El baño empezó a llenarse con la misma tensión que
experimentaron en el coche. La excitación de Daniel, que empezó en
el camino de entrada y aumentó en la habitación, comenzaba a ser
jodidamente incómoda. Se removió en el taburete mientras sus ojos
quedaron a la altura de los pechos de Lisanne.
Ella agitó la lata y luego presionó la boquilla, observando el
montón de espuma en la palma de su mano. La esparció a través de
cada mejilla, por su barbilla, por la zona de piel por encima de sus
labios carnosos, y descendió por su garganta.
Él la miró, sus ojos avellana amplios y con ados.
Recogiendo la cuchilla, se acercó un pasó más, así que estaba de
pie entre sus piernas. Apoyó la mano izquierda sobre su hombro y él
estiró el cuello hacia arriba.
Lisanne se inclinó hacia delante y torció la cabeza de Daniel a un
lado. Moviéndose con precisión, colocó la cuchilla en la base de la
patilla, a menos de dos centímetros de la incisión de detrás de su
oreja, y con lentos y cuidadosos trazos, él sintió la cuchilla descender
por la mejilla izquierda. Una franja larga y lisa de piel fue revelada.
Su pecho desnudo subía y bajaba de manera uniforme y sus ojos
seguían los de ella. Cuando se movió a su labio superior, él lo jaló
hacia abajó; cuando ella se movió a su lado derecho, ladeó la cabeza
para ella.
Ella enjuagó la navaja en el lavabo y sus ojos trazaron el camino de
una gota de agua que rodaba por su pecho, brillando por un
momento antes de desaparecer en la cintura de sus pantalones
vaqueros.
Con una gran atención, se movió alrededor de él, afeitándolo
limpiamente, terminando con un trazo hacia arriba desde la
garganta hasta la barbilla.
Limpió un último remolino de espuma de su mejilla derecha y
palmeó con delicadeza su rostro con una toalla.
—Terminado —dijo ella, su voz ronca.
Tomó la cuchilla de su mano y la dejó a un lado del lavabo, viendo
cómo el agua se iba por el desagüe.
Se miró en el espejo y se pasó los dedos por su cara lisa. —Buen
trabajo. —Se giró y la miró a los ojos durante varios segundos antes
de hablar otra vez—. ¿Puedo llevarte a la cama ahora?
—Empecé a tomar la píldora.
Su abrupto anuncio le detuvo. —¿En serio?
—Sí.
—Está bien. —No estaba seguro de qué quería que hiciera con ese
fragmento de información.
—Así que no tienes que hacerlo, ya sabes... no tienes que usar
condón.
La miró jamente y su rostro enrojeció.
—¡Pensé que era lo que querías! —espetó ella.
Parpadeó sorprendido, tanto por la ira en su rostro como por la
palabras reales.
—No, no quise decir. muñeca, no intentaba. quiero decir, eso es
genial. Sé que estoy limpio porque me hago análisis regularmente, y
tuve que hacerme uno de sangre antes de la operación. Simplemente
me sorprendiste. Nunca lo he hecho sin protección.
—Oh, está bien. —Lisanne asintió. Levantó la vista hacia él con
valentía—. Quiero que me hagas el amor, Daniel.
Una vez más, sus palabras lo hicieron detenerse y de repente se
sintió inseguro. Conocía el sexo. Sabía follar. Sabía cómo hacer que
una mujer se corriera con tanta fuerza que viera las estrellas, la
galaxia y toda la maldita Vía Láctea. Pero ¿hacer el amor? ¿De eso se
trataba esto? ¿Era por eso que era diferente con ella?
Se lamió los labios mientras ella levantaba una mano para tomar la
suya, guiándole de regreso a su habitación.
Observó los giros y balanceos de sus caderas mientras caminaba
detrás de ella, y su polla lloró de felicidad.
—Pon la silla contra la puerta —dijo ella—. Sólo por si acaso.
Daniel levantó la silla del escritorio y la encajó debajo del
picaporte, luego se quitó las botas y los calcetines.
—Normalmente no llevas cinturón con tus pantalones —dijo ella
de pronto.
Se encogió de hombros. —Evita que se me caigan.
—No has estado comiendo, ¿verdad?
—¿Realmente quieres tener esta conversación ahora, muñeca?
Porque sólo quiero poner mi verga dentro de ti, donde ha estado
jodidamente suplicando estar durante la última media hora, y luego
sentirte estrecharte alrededor de ella cuando te vengas, gritando mi
nombre.
—Oh.
—Sí.
Daniel se tumbó en la cama, sonriéndole. —¿Quieres que nos
besuqueemos?
Lisanne trepó a la cama hasta quedar a horcajadas sobre sus
muslos. Se inclinó hacia abajo y besó su pecho, tirando suavemente
primero de uno de los anillos del pezón y luego del otro.
Respiró profundamente, sintiendo olas de deseo arder a través de
él. Ella no tenía ni idea de lo jodidamente sexy que se veía haciendo
eso, tomando el control. Sus brazos yacían a los costados mientras
ella continuaba saboreando cada centímetro de piel desnuda que
podía encontrar.
Cuando le ahuecó a través de los vaqueros, él gimió.
Deslizó la mano dentro y su boca se abrió de par en par por la
sorpresa.
—No llevas ropa interior.
Sonrió ampliamente. —No salí por ahí para ir a la lavandería.
Las manos de ella se apretaron alrededor de él y gimió con la
propuesta de grati cación.
—Mierda, eso se siente bien, muñeca.
Ella desabrochó su cinturón y abrió el botón de sus vaqueros antes
de bajar de golpe la cremallera.
Daniel gritó.
—Oh, perdón —jadeó.
—Mierda, Lis, me han herido lo su ciente esta semana. Ten
cuidado con mi polla, necesita algo de amor.
—Oh, pobre cosa pequeña. —Sonrió—. ¿Quieres que la bese para
que se ponga mejor?
La intención de Daniel de negar que su “cosa” fuera “pequeña”
murió en su garganta cuando ella liberó su polla de un tirón y
empezó a colocar pequeños y dulces besos.
Chupó la punta dubitativamente, sus ojos serios mirándolo.
Le liberó lo su ciente para preguntarle—: ¿Esto está bien?
—Sip. —Se las arregló para toser cuando la coherencia abandonó
su cuerpo.
Ella sonrió y volvió a lamer inexpertamente, succionando y en
general haciendo movimientos para conseguir las mejores
reacciones. Era un poco como un experimento de ciencias, pero con
sonido envolvente pornográ co, mientras Daniel gemía, gruñía y
jadeaba.
Cuando sintió sus bolas y estómago apretarse, la empujó por los
hombros.
—Lis...
—¿Sí? —dijo, desconcertada mientras él se removía debajo de ella.
—Voy a venirme, muñeca, si sigues haciendo eso.
Frunció el ceño. —¿No es ese el objetivo?
Se las arregló para sonreír ante su confusa expresión mientras se
apoyaba en los codos para ver mejor su cara.
—Bueno, sí, pero entonces se acabará demasiado rápido. Voy a
marcar el ritmo yo mismo.
—¿Eso es lo que haces, marcar el ritmo tú mismo, conmigo?
Parecía ligeramente herida.
Daniel intentó explicarse, mientras su polla lo maldecía. —
Depende. A veces sólo quiero follar, duro y rápido, ¿verdad?
Ella tragó saliva y sintió sus entrañas contraerse en respuesta.
—Pero a veces —continuó—, a veces quiero que dure, como ahora
mismo. Quiero tocarte, quiero saborearte, quiero ver tu rostro
cuando te vengas, quiero que grites porque no quieres que pare,
porque tampoco quieres hacerlo. Quiero hacerlo bueno para ti, nena,
muy bueno.
Él bajó la vista a su polla, que parecía casi morada con la urgencia.
—Y luego voy a follarte duro y rápido. ¿Qué tal suena eso?
—Um, está bien.
Él le sonrió. —Bien. Ven aquí.
Mientras ella se arrastraba de vuelta a la cama, él volvió a meter su
polla infeliz y dolorosamente rígida en sus pantalones, luego
desabotonó sin prisa los botones de la camisa de ella, uno a uno.
—Sé que es tonto —dijo ella en voz baja—, pero me siento un poco
nerviosa. Ya sabes, porque no hemos hecho esto durante un tiempo.
—Dímelo a mí. Tengo las malditas bolas azules, y tu himen
probablemente ha vuelto a crecer para ahora.
—¿Qué? —dijo Lisanne, pareciendo asustada.
Daniel se echó a reír. —¡Es broma! ¡Por Dios!
—Lo sabía —murmuró.
Él abrió de un tirón su camisa y vio el brillante sujetador verde
jade que había ojeado cuando ella se emborrachó. La noche que lo
abofeteó y lo echó de su habitación. Se veía sensacional contra su
piel pálida. Él podría incluso haber gemido en voz alta: no lo sabía.
Enterró la cara en sus senos mientras ella pasaba los dedos por los
músculos de sus bíceps, siguiendo las líneas de los remolinos de sus
tatuajes.
—He echado de menos esto. —Suspiró, incluso aunque Daniel no
podía oírla.
Con una mano, desabrochó su sujetador y lo deslizó de sus
pequeños hombros.
Sus pezones estaban ya parados con orgullo, pero usando su
lengua y sus dientes, los provocó hasta que fueron pequeños puños
apretados.
—Mmm, fresa —dijo para sí mismo.
Lisanne se sonrojó, el calor viajando desde el centro de su cuerpo
hasta el centímetro más alejado.
Rodó sobre su espalda y Daniel le quitó los pantalones vaqueros.
Ella se estremeció ligeramente y él levantó la vista.
—¿Estás bien?
—¡S... sí!
Sonriendo, bajó sus bragas hasta que terminaron enredadas
alrededor de sus tobillos.
Introdujo un par de dedos en ella y observó con placer mientras
ella estiraba su cuerpo y se estremecía suavemente.
—¿Te has hecho venir sin mí, muñeca?
Murmuró algo, pero Daniel no pudo leerlo.
—Dilo otra vez, nena.
—Um, sí. Una vez —murmuró.
—Así se hace, Lis —dijo, intentando no reírse ante su expresión
morti cada—. ¿Se sintió bien?
—Estuvo bien. Es mejor cuando tú lo haces.
Daniel sonrió, no iba a discutir con eso. —¿Te gusta cuando hago
esto?
Lisanne jadeó.
—¿O esto?
Sus caderas se sacudieron separándose de la cama.
—¿O esto?
Ella gritó y se aferró a las sábanas con los dedos rígidos.
Sonriendo para sí mismo, no pudo resistirse a chuparla. Maldita
sea, sabía bien. Se preguntó si podría hacerla venirse otra vez sólo
con su lengua.
Cinco minutos después, tenía su respuesta.
Lisanne era un desastre sudoroso, yacía sobre su espalda,
completamente abierta y expuesta, brillando por un segundo e
impresionante orgasmo. A Daniel le puso feliz que su chica estuviera
satisfecha, pero la dureza dentro de sus pantalones le causaba un
serio dolor. Se quitó los pantalones a patadas, con una sensación de
alivio, y ella abrió un ojo.
—No me puedo mover —jadeó.
—No tienes que hacerlo, nena —dijo—. Yo haré todo el trabajo.
¡Simplemente... disfruta el viaje! —Alcanzó su chaqueta y el paquete
de condones antes de recordar que le dijo que no eran necesarios.
Dudó por un momento. Había hecho mucha mierda con muchas
mujeres, pero nunca lo hizo sin protección. Estaba más que feliz de
que Lisanne fuera la primera. El pensamiento le hizo sonreír.
Suavemente, la hizo rodar sobre su cadera derecha y se tumbó
detrás de ella, de forma que quedaron en posición de cuchara. Le
separó las rodillas con la suya, pasando un brazo por debajo de ella,
atrayéndola estrechamente contra él, luego frotó su tirante punta
contra ella, sintiendo su calor y humedad.
Empujó en su interior más rápido de lo que pretendía, pero ella no
le detuvo. Sintiendo su piel contra la suya, sus paredes satinadas
estrechándose a su alrededor, Daniel casi se vino en ese momento.
—Joder, eso se siente tan... muñeca...
De esa forma, tenía problemas para contenerse. Ella presionó su
trasero contra él, y estuvo perdido. Entró en ella con fuerza y explotó
en una ola de calor, palpitando en su interior, vaciándose dentro de
ella.
Joder, eso fue intenso. Casi se sentía avergonzado por haberse
venido tan rápido; no le sucedía desde hace mucho tiempo.
Se echó hacia atrás y vio con satisfacción cómo su semen
descendía por la parte posterior de su muslo. Maldita sea si eso no
era sexy.
Lisanne se retorció en sus brazos hasta que lo miraba de frente.
—Hola —dijo tímidamente.
Él besó sus suaves labios. —Eres tan jodidamente increíble, lo
sabes, ¿verdad?
Se rio. —Tú también. He echado de menos tener, um, orgasmos
contigo.
—Tienes facilidad de palabra, muñeca.
Fingió un puchero y él se rio.
—Extrañé todo esto —dijo ella, alzando una mano para acariciar
su mejilla.
—Yo también —dijo en un suspiro, plantando un suave beso en la
punta de su nariz.
—¡Ugh! —Ella se sentó de repente.
—¿Qué pasa?
Los ojos de Daniel salieron disparados hacia la ventana. ¿Tal vez
escuchó a sus padres regresando?
—Yo... oh, Dios, ¡esto es tan vergonzoso!
Daniel la miró con ojos preocupados. Cuando Lisanne empezó a
salir de la cama, la detuvo poniéndole una mano en el brazo.
—¿Qué es, Lis? Me estás volviendo loco.
—Oh, Dios. Sólo. nada. Espera aquí.
—¡Lis!
—¡Oh, por amor de Dios, Daniel! Estoy goteando, ¿está bien?
Volveré en un minuto.
Oyó la estruendosa risa de Daniel durante todo el camino hasta el
baño.
Murmurando inaudiblemente, Lisanne se limpió. Nadie mencionó
ese efecto secundario de tomar la píldora. De repente deseó que
hubieran usado condones. Se sintió increíble no tener ninguna
barrera entre ellos, pero incluso así, los condones eran mucho menos
desastrosos.
Se preguntó si tenía tiempo para una ducha y decidió que era una
absoluta necesidad. Luego se le ocurrió una idea: tal vez podían
ducharse juntos. Kirsty le dio una descripción demasiado vívida de
cuando ella y Vin hicieron exactamente eso en su baño privado de la
casa de la fraternidad. Pensó que sonaba bastante peligroso, con
todos los resbalones y deslizamientos alrededor de los azulejos, pero
ahora que tenía la oportunidad, descubrió que quería probarlo por sí
misma.
Se envolvió una toalla de baño bajo los brazos y llevó una de sobra
para Daniel.
Ya no estaba tumbado en la cama, sino inclinado por la ventana,
dándole una muy buena vista de su muy buen trasero. Esperaba que
no estuviera fumando: su padre tenía una nariz como la de un
sabueso cuando se trataba de cosas así.
Pero no estaba fumando, y ahora que lo pensaba, no lo vio
fumarse un cigarrillo desde que lo recogió en la estación de
autobuses.
Pero antes de que tuviera la oportunidad de preguntarle sobre
ello, él se dio la vuelta y saltó cuando la vio.
—¡Mierda, Lis! Casi me provocas un ataque al corazón, pensé que
tus padres regresaron temprano.
Ella sonrió con petulancia, contenta de que se equivocara, para
variar. Sus ojos viajaron por su cuerpo. De nitivamente perdió peso,
pero por todo lo demás no había nada que sugiriera que atravesó
una cirugía invasiva; nada excepto la gasa en el costado de su
cabeza.
—Voy a ducharme. ¿Quieres unirte a mí?
Los ojos de Daniel se iluminaron, pero luego frunció el ceño.
—Sí, pero tengo que mantener esto seco —dijo, señalando su oreja.
—Está bien, seré amable contigo —dijo ella.
Él alzó las cejas, luego la persiguió hasta el baño.
21
Traducido por Mi i.C, Jeyly Carstairs & BeaG
Corregido por NnancyC

Lisanne hizo una nota mental para poner sexo en la ducha en la


cima de su lista de cosas favoritas para hacer con —y a— Daniel. Si
fue el vapor, sus hábiles manos jabonosas, agua caliente y el sexo
más ardiente, la combinación era el sueño de un alquimista, creando
un maravilloso momento dorado, fundido.
Ella brillaba y Daniel se veía muy satisfecho consigo mismo. Por
desgracia y tal vez inevitablemente, su vendaje se empapó por
completo.
Lisanne se sorprendió nuevamente cuando vio la larga cicatriz y la
piel afeitada, aunque su cabello empezaba a crecer de nuevo,
creando un pelo suave y estupendo.
Ocultando lo que sentía al mirar la fea cicatriz, culpable por
asociación, insistió en que no podían correr el riesgo regresando a la
cama. O Harry o sus padres estarían en casa pronto.
—Cinco minutos más —rogó Daniel, presionando el cuerpo
desnudo de ella contra la puerta del dormitorio.
—¡No! —dijo con insistencia—. Ponte los malditos pantalones de
nuevo. De todos modos, necesitamos arreglar tu cabeza
—Muchas mujeres han tratado —dijo solemnemente.
—Clásico, ¡ja, ja! Ahora vístete.
No le tomó mucho tiempo a Daniel: un par de pantalones, una
camiseta, y listo. A Lisanne le tomó un poco más y quería secarse el
cabello, evitando que cualquier persona preguntara por qué lo tenía
mojado justo después de que su novio llegara de visita.
Daniel se recostó en la cama mirándola, una pequeña sonrisa en su
cara.
—¿Qué? —dijo, una vez que terminó.
Se encogió de hombros. —Esto. Me gusta.
—¿Qué, mirarme secar mi cabello?
É
Él sonrió, aunque sus ojos parecían un poco tristes.
—Sí, pero no sólo eso. Todo: tú, yo, pasar el tiempo, en ninguna
parte especial para estar, sin presiones, ya sabes. Sin compañero de
habitación.
—Sé lo que quieres decir. Pero Kirsty no es tan mala. Ustedes dos
se llevan bien ahora, ¿verdad?
—Sí, ella está bien, supongo. Sólo quería decir... ah, mierda. No sé
de lo que estoy hablando.
—¿Tal vez podríamos ir a tu casa a veces?
Negó con la cabeza. —No, muñeca. Yo no haría eso. Además, voy
a mudarme. Conseguiré una habitación en alguna parte. He visto un
par de lugares.
—Pero. ¿qué pasa con Zef? ¿No es tu casa, también?
—En realidad ya no funciona, las cosas se han vuelto algo intensas.
Sólo tengo que encontrar mi propio lugar. Oye, me olvidé de decirte,
tengo un trabajo.
Lisanne puso cara larga. —¿Qué pasa con la escuela? ¿Qué hay de
tu carrera?
—Sólo haré quince o veinte horas a la semana, eso es todo.
Signi ca que tendré que trabajar los nes de semana, pero aún voy a
ir a la escuela. Tendré que dejar una clase, voy a intentarlo primero.
—¡Nunca te voy a ver!
Se puso de pie y envolvió los brazos alrededor de sus hombros. —
Vamos a resolverlo, si quieres.
—¡Por supuesto que quiero! ¿Por qué no habría de hacerlo? —Lo
besó rápidamente—. Idiota.
Él le sonrió.
—No sé, Lis, vengo hasta aquí y abusas de mi cuerpo en el
segundo que atravieso la puerta y ahora, ¿estás insultándome?
Le pellizco el trasero, haciéndolo saltar.
—Acostúmbrate a ello, eres mío durante las estas.
Cinco minutos más tarde, los padres de Lisanne los encontraron
sentados inocentemente a la mesa de la cocina mientras Lisanne
pegaba cinta a las piezas de gasa en la cabeza de Daniel.
—Hola, Daniel —dijo Monica calurosamente—. ¿Cómo estás,
cariño? Oh, te ves mucho mejor que la semana pasada. —Le dio un
beso en la mejilla, haciéndole agachar la cabeza y sonreír.
Se puso de pie para estrechar la mano con el padre de Lisanne, lo
que le valió un reproche enojado de Lisanne cuando sus dedos se
deslizaron sobre la herida, causándole una mueca de dolor.
—Quédate sentado —dijo, golpeando su espalda para lograr su
objetivo.
—¡Lisanne! —siseó su madre.
—Bueno, no puede oírme, mamá, así que tengo que hacerlo —dijo,
petulante—. Es la única manera en que puedo hacerlo poner
atención. — Jaló el brazo de Daniel para que la mirara—. Mi mamá
piensa que estoy siendo demasiado dura contigo.
Daniel se echó a reír. —Sí, eres muy escalofriante.
—Ves, mamá —dijo Lisanne—. Él está bien.
—Bueno, aun así... ¿puedo ofrecerte una bebida, Daniel? ¿Un poco
de té helado o un café, tal vez?
Pero Ernie ya había llegado al refrigerador y sacado una lata de
cerveza de un paquete de seis. —¿O una de éstas?
—Sí, genial. Gracias, Sr. Maclaine.
—También tomaré una cerveza, papá —dijo Lisanne.
—¡Ni hablar! —espetó su madre.
—¿Por qué no? ¡Daniel es sólo unos meses mayor que yo!
—¡Lisanne! —dijo su madre con un tono de advertencia.
Lisanne hizo un mohín y Daniel le guiñó un ojo.
—¡En serio, creo que te gusta Daniel más que yo!
Ernie rodó los ojos. Se dedicaba a enseñarles a adolescentes
hormonales. También tenerlos en casa, eso le cansaba, por no decir
algo peor.
—Voy a ver un poco de televisión —anunció a nadie en particular
—. Hay una película de Bruce Willis en un minuto.
Monica negó con la cabeza.
—No sé qué planes tienen ustedes dos esta tarde, pero estoy
agotada. Pueden pedir una pizza si tienen hambre.
Daniel miró preocupado a Lisanne, que asentía alegremente.
—Um, Lis —dijo, en voz baja—. No tengo nada de dinero aquí. Yo,
ah, mañana tendré que ir al cajero automático para pagar por ello.
Monica puso una mano en su hombro.
—Tonterías —dijo ella—. Estás aquí como nuestro invitado. No
vamos a oír hablar de ello.
Harry los interrumpió al caminar encorvado por la puerta trasera
y cerrarla de golpe.
—¡Hola, Dan! Vaya, qué cicatriz horrorosa. Eso es impresionante.
En verdad debe doler.
Lisanne empujó a su hermano, pero él la empujó de vuelta,
haciéndola tropezar.
—¡Por amor de Dios! —gritó Monica—. ¡Pueden al menos
pretender que están domesticados!
—Lo siento, mamá —dijo Harry alegremente—. Ella empezó.
Daniel sólo captó parte de la conversación, pero adivinó el resto.
—¿Cómo te va, hombre? —le dijo a Harry—. ¿Quieres ver dónde
extirparon mi cerebro?
—¡Sí! —dijo Harry, mirando la cicatriz media cubierta—.
¿Realmente extirparon tu cerebro?
—Claro —dijo Daniel—. Pero creo que lo pusieron de vuelta al
revés.
—No puedo notar la diferencia —dijo Lisanne.
Daniel sonrió mientras Monica le daba una mirada dura.
—Lisanne, termina con el vendaje de Daniel y dime qué pizza
quieren.
Harry se fue después de obtener una promesa de Daniel de que
irían a la sala de videojuegos, al menos una vez durante las
vacaciones, y Lisanne colocó el último pedazo de cinta en la herida.
Se puso su gorro de vuelta, cubriendo su trabajo.
—¿Vas a usar eso dentro también?
Él asintió. —Sí, ¿y?
—Sólo creo que parece extraño usar un gorro adentro.
—A diferencia de un maldito agujero de quince centímetros en mi
cabeza —espetó.
Lisanne se mordió la lengua mientras una respuesta furiosa
avanzaba a tropel. Por una vez, entendió la indirecta de su expresión
irritada. Obviamente era un tema sensible en más de un sentido.
—Lo siento —dijo, en voz baja—. Lo siento.
Ella lo besó suavemente en su cabello corto cuando él apoyó la
cabeza contra su cuerpo y dejó que sus brazos se envolvieran
alrededor de la cintura de ella.
Monica de repente se sintió como una intrusa en su propia cocina,
al ser testigo de su momento privado. Estaba orgullosa de su hija por
hacer frente a la discapacidad de Daniel con pragmatismo y
franqueza, pero al mismo tiempo le aterrorizaba por la profundidad
de los sentimientos que vio entre ellos. Él era el primer novio de
Lisanne, el primer chico en el que mostró el más mínimo interés y
era obvio que su hija estaba locamente enamorada. Daniel era menos
demostrativo de sus sentimientos, pero sus acciones hablaban más
fuerte que sus pocas palabras. Monica temía que hubiera elegido
someterse a un procedimiento quirúrgico porque quería oír cantar a
Lisanne.
Y la naturaleza física de su relación, era una preocupación
también. Especialmente desde que Monica limpió la habitación de
Lisanne después de su visita de Acción de Gracias y encontró varios
condones usados en el cesto de basura. Este hecho en particular lo
omitió a su marido.
Trató de tener "la charla" con Lisanne, pero terca como siempre, su
hija insistió en que sabía lo que hacía y que no era asunto de su
madre. Fue una conversación corta.
—¿Por qué no van a la sala de televisión y ordeno la pizza.
¿Hawaiana, cariño? ¿Y qué le gustaría a Daniel?
Lisanne repasó el menú de memoria y Daniel se decidió por la
Festín de Carne, guiñándole un ojo mientras lo hacía.
Monica no se perdió la mirada en el rostro de su hija cuando
Daniel hizo su elección, pero deseaba mucho que lo hubiera hecho.
Lisanne lo condujo al cuarto de televisión a la espera de la llegada
de la comida.
—Papá, ¿podemos encender los subtítulos, por favor?
—Oh, sí —dijo Ernie—. Por supuesto.
Por diez minutos, vieron a Bruce derribar un helicóptero con un
coche y en general salvar a todos de los malos, cuando sonó el
timbre. Mientras Monica se levantó a responder, Harry miró a
Daniel.
—¿Cómo contestas a tu puerta? —dijo, de repente curioso.
—Se pone de pie y la abre, imbécil —murmuró Lisanne.
—No, en serio —insistió Harry.
Daniel se perdió la pregunta de Harry, pero vio la reacción de
Lisanne.
—¿Qué, nena? —dijo, con el ceño fruncido. Realmente odiaba
cuando la gente respondía por él.
Ella suspiró.
—Harry quiere saber cómo respondes a la puerta —dijo, con el
ceño fruncido a su hermano.
Daniel se tensó ligeramente, pero respondió con facilidad. —Mi
papá arregló una luz ligada al timbre. Alguien lo presiona y la luz
destellará en la sala de estar.
No se molestó en mencionar que se rompió hace más de un año.
—¿Qué si te encontrabas en la cocina, o en tu habitación?
Daniel levantó un hombro. —Alguien tendría que responder.
—Pero ¿qué si no había nadie alrededor?
—Harry —dijo su padre—, es su ciente.
Daniel movió sus ojos hacia Ernie antes de responder. —Si los
amigos están visitando, me envían mensajes de texto primero. De lo
contrario esperaría que dejaran una nota.
Harry bajó la mirada.
—Está bien —dijo Daniel, tranquilamente—. Estás preguntando
cómo funciona, lo entiendo.
—Sí —dijo Harry, sonando apagado—. Lo siento.
Daniel se encogió de hombros. —Todavía puedo patear tu trasero
en Ridge Racer.
Harry arqueó las cejas. —¿Eso crees?
—Seguro. Vamos.
Lisanne sonrió para sus adentros y frotó el muslo de Daniel
suavemente. Él levantó esa mano a su boca y la besó. Lisanne de
repente se encontraba sin aliento, luego recordó dónde se hallaban y
que su padre los miraba por el rabillo del ojo.
Monica regresó sosteniendo las pizzas y todo el mundo empezó a
comer. Lisanne masticaba una rebanada de su hawaiana y golpeaba
las manos de Daniel cuando él intentaba robar trozos de piña,
cuando su teléfono sonó en su bolsillo.
Miró el texto, pero no hizo ningún comentario.
—¿Quién era? —dijo Monica—. ¿Uno de tus amigos de la
universidad?
—No —dijo, sacudiendo la cabeza y esperando que su mamá
tomara la indirecta.
—¿Quién era entonces?
—¡Mamá!
—Bueno, sólo estoy preguntando. No es un secreto de estado,
¿verdad?
Daniel le guiñó un ojo a Lisanne, divertido por su ceño fruncido.
—Era Rodney.
Su respuesta borró la sonrisa de la cara de Daniel. —¿Quién es él?
Lisanne lanzó una mirada irritada a su madre y Monica tuvo la
decencia de verse ligeramente avergonzada.
—Un amigo de la secundaria.
Daniel continuó mirándola.
—Formaba parte de la orquesta, bien.
—Sí, ¡y estuvo enamorado de Lis como por siempre! —se burló
Harry—. Siempre la invitaba a salir.
Su madre le dio una mirada y Harry de repente encontró gran
interés en su pizza de jamón y champiñones.
—Bueno, dile a Rodney que le mandamos saludos y que espero
que el reverendo Dubois se haya recuperado de su dolor de
garganta.
—Está bien —dijo Lisanne en voz baja.
Daniel permaneció en silencio, aparentemente perdido en sus
pensamientos, y comió la pizza sin decir nada más.
Ella le vio hacer una mueca de dolor mientras masticaba.
—¿Estás bien? —Le tocó el brazo para que la mirara—. ¿Estás
bien? —repitió.
Le dio una sonrisa torcida. —Sí, estoy bien.
—¿Te duele?
—Sólo cuando me río.
—¡Lo digo en serio!
—Estoy bien, Lis. He estado viviendo de sopa instantánea por
unos días. Esto está dándole ejercicio a mi mandíbula, eso es todo.
Monica parecía horrorizada y miró a su marido. Le dio un ligero
movimiento de cabeza y siguió viendo la película.
—No... ¿Zef no te ayudó en nada?
Daniel frunció el ceño y en voz baja dijo —: Déjalo, Lis.
—¡Pero debería haberte ayudado!
Daniel no contestó, sino que recogió su cerveza y tomó un largo
trago.
El teléfono de Lisanne sonó de nuevo, pero lo ignoró.
—Tienes otro mensaje, Lis —dijo Harry, amablemente.
Lisanne estaba a punto de estrangular a su hermano pequeño y
por la mirada inocente en su cara, él también lo sabía.
Daniel la miró con curiosidad, por lo que sacó su teléfono y
comprobó el mensaje.
—Es de Rodney —dijo, respondiendo a su pregunta no formulada
—. Quiere reunirse esta noche. Le diré que estoy ocupada.
—Debes ver a tus amigos, Lis —dijo Daniel.
Su mirada era desa ante y Lisanne sintió ganas de gritar de
irritación. Si Daniel quería un concurso de meadas con Rodney, bien,
¿quién era ella para detener la diversión? Aunque no estaba segura
de cuán divertido sería para Rodney. Pero deseaba verlo.
—¡Bien! ¡Bien! Le diré que vamos a estar allí en una hora.
Daniel arqueó las cejas, luego tomó otro sorbo de cerveza.
Envió el texto y subió las escaleras a pisotones para cambiarse,
dejando a Daniel con sus padres. En lo que a ella se refería ese era su
castigo por... cuando lo pensó, no estaba exactamente segura de por
qué se enojó con él. Sólo sabía que lo estaba.
Decidió canalizar su Kirsty interna y revivió la minifalda de
mezclilla que llevó al sexo apasionado en el coche con Daniel. Bueno,
para ser justos, todo el sexo que tenía con Daniel era apasionado. Ese
chico sólo emanaba pasión. No era de extrañar que todas las chicas
de la universidad lo quisieran. Suspiró. Él escribió en su carta que la
amaba, pero nunca se lo dijo a la cara, nunca incluso estuvo cerca de
decirlo.
La preciosa carta se hallaba guardada entre las páginas de su
partitura de Violín favorita, Meditación de Jules Massenet. La
desdobló cuidadosamente y la leyó de nuevo. Sí, allí estaba, en
blanco y negro. —Te amo. Entonces, ¿por qué no podía decirlo en voz
alta?
Suspiró, guardando la carta con cuidado. Cuando fuera una vieja
canosa, arrugada y ácida, la sacaría y diría para sí: “Yo también fui
una vez adorada”, porque parecía seguro que no iba a escuchar eso
en corto plazo.
Rebuscó en su bolsa de maquillaje, alegre de que su contenido
hubiera aumentado en cantidad y calidad bajo el estímulo verbal de
Kirsty, pero cuando vio el resultado nal cinco minutos más tarde,
sospechaba que podría haber exagerado, un poco.
Aunque sintió una ligera sensación de inquietud, también se sentía
molesta y rebelde. Así que encontró su camiseta ajustada y se puso
los mismos zapatos que usó en la boda de su primo y en la
memorable esta de Sonia Brandt, aunque sabía que eran un poco
ceñidos.
La mochila de Daniel fue trasladada a la habitación de invitados y
cuando bajó las escaleras, el único cambio que él hizo, fue poner una
camisa a cuadros encima de su camiseta, desabrochada, por
supuesto.
Sus ojos se abrieron con sorpresa cuando la vio, pero fue lo
su cientemente inteligente para no decir nada. Su madre, por otro
lado, no vio la necesidad de contenerse.
—¡No vas a salir vestida así!
—¿Qué tiene de malo, mamá? —espetó, sus ojos centelleantes.
—Te ves... te ves...
—¿Qué es lo que parezco? —soltó, sus manos en sus caderas.
—Creo que deberías ponerte algo más encima de esa camiseta —
dijo su madre, retrocediendo varios pasos—. Vas a agarrar un
resfriado.
—¡Hace unos quince grados afuera!
—Por lo menos lleva una chaqueta, para que puedas abrigarte.
—¡No me digas que ponerme! Tengo casi diecinueve años, mamá.
Ernie se deslizó más abajo en la silla mientras Monica respiraba
hondo y abría la boca como un preludio para pelear con su hija.
Pero la reacción de Daniel fue más rápida. Pasó un brazo por los
hombros de Lisanne y la condujo fuera de la sala. —Vamos, muñeca.
Puedes ponerte mi camisa si tienes frío. —Y con suavidad la alejó.
Tan pronto como estuvieron fuera de la sala de estar, se sacudió de
su brazo y salió de la casa hecha una furia.
Daniel la miró pensativamente antes de subir al auto de Monica,
sin hablar, y Lisanne encendió el motor. Pero entonces Daniel
encendió la luz interior y ella se giró para mirarlo.
—¿Qué pasa?
—Nada —espetó.
—Lis, ¡por el amor de dios! ¿Qué es?
—¿Por qué no me tocaste después de Acción de Gracias?
Frunció el ceño, deseando saber qué demonios la convirtió en una
rabiosa trituradora de bolas durante los últimos sesenta minutos,
aunque podía hacer una conjetura bien fundada.
—¿Y bien?
—No se sentía correcto.
—¿Qué signi ca eso?
—Porque no te conté sobre esto. —Hizo un gesto hacia su cabeza.
—¿Qué diferencia hay? —gritó.
No entendía su ira, pero entonces asimiló el signi cado de sus
palabras. A ella no le importaba. A ella en verdad no le importaba que él
fuera sordo. No pudo evitar sonreírle, lo que la llevó a enfurecerse
completamente.
—¡¿Por qué sonríes?! —chilló.
Se inclinó, la tomó en sus brazos y la besó con fuerza. Ella se
resistió por una fracción de segundo, luego trepó a su regazo y
comenzó a frotarse contra sus vaqueros.
Ambos estaban perdidos en el momento cuando Lisanne oyó el
pitido de su teléfono con otro mensaje. Eso la devolvió a sus
sentidos, y recordó que todavía continuaban sentados en el coche de
su madre, con la luz interior mostrando todos sus movimientos, en
la entrada de sus padres.
Se bajó de manera poco elegante de la rodilla de Daniel,
intentando sacar el teléfono de su bolso y vio que él tenía que
reacomodarse a sí mismo.
—Rodney quiere reunirse en una cafetería —dijo, secamente.
Le alivió bastante. Sabía que el reverendo Dubois y su esposa se
escandalizarían por Daniel; por sus tatuajes, su ceja perforada y sin
duda por sus palabrotas, que casi nunca lograba frenar por
completo, sin importar cuanto lo intentara.
—No quiero llegar tarde con Rodney —dijo Daniel,
maliciosamente.
—No tienes que venir —le espetó.
Daniel la miró con incredulidad.
En consecuencia, el camino a la cafetería continuó en un silencio
sepulcral, aunque, para ser justos, Daniel no pudo ver a Lisanne
decir nada de todas formas; en primer lugar, por la oscuridad en el
interior del coche, y en segundo lugar, porque con sólo ver su per l
era prácticamente imposible leer lo que decía. Él no tenía que
preocuparse, Lisanne se reprendía a si misma por haber aceptado
reunirse con Rodney y por lo tanto llevarlos a todos en lo que seguro
sería una confrontación muy incómoda.
Aparcó delante de la cafetería y espero para hablar con Daniel
antes de entrar. Pero él ya mantenía abierta la puerta de la cafetería
en el momento en que ella tomó su bolso y salió del coche. Todo lo
que tuvo tiempo de decir fue—: Sé agradable.
Él levantó las cejas y reprimió una sonrisa. Casi.
Rodney se encontraba sentado en una mesa cerca del fondo,
mirando de mala gana a su taza de capuchino humeante. Era muy
guapo, en una clase rubio y fresa, lucía seguro. Era lo contrario de
cómo la gente miraba a Daniel.
Comenzó a sonreír cuando vio a Lisanne y luego sus ojos se
desorbitaron mientras la recorría con su mirada, deteniéndose en la
micro minifalda, los tacones y el intenso maquillaje. Cuando vio a
Daniel, su boca se abrió en un silencioso estallido.
Lisanne lo abrazó fuerte —porque Rodney era su amigo, su único
y verdadero amigo de la escuela secundaria— y también debido a
que esperaba a que pusiera a Daniel alocadamente celoso. No podía
evitar cuestionarse la conveniencia de hacer a su novio sumamente
irascible, incluso más incendiario, pero tampoco parecía poder
detenerse.
—¡Mírate! ¡La universidad te sentó bien a ti, estupenda! —dijo
Rodney, besándola en la mejilla.
No esperaba otra cosa que ver a Daniel con el ceño fruncido
cuando se dio la vuelta para presentarlo, así que la desconcertó
encontrar una amplia sonrisa en su rostro.
—Um, Rodney, este es mi novio Daniel Colton. Daniel, este es mi
amigo de la secundaria, Rodney Dubois.
Los dos hombres se estrecharon las manos y después Daniel se
dirigió al mostrador para pedir un la e para Lisanne y su habitual
café negro.
—Entonces —dijo Rodney lentamente—, ese es tu novio.
—Sí —dijo amablemente, pero con rmeza.
—Es diferente.
La voz de Rodney era divertida, pero sin juicio.
Lisanne sonrió. Tenía tanta razón.
—Y te ves diferente, también. Mi madre tendría un ataque al
corazón si te viera ahora.
La voz de Rodney tomó un tono melancólico que la hizo
lamentarse de vestir tan ligera de ropa. Esperaba que no pareciera
como si le restregara en la cara el hecho de que ahora tenía un novio,
y que él no.
Daniel regresó y se encorvó en su silla, en un ángulo para poder
estar de frente a ambos al mismo tiempo.
Rodney volvió la mirada hacia Daniel.
—¿Estas estudiando música, también?
Lisanne hizo una mueca, pero Daniel mantuvo su mirada neutral.
—No, economía y negocios, y una subespecialidad en
matemáticas.
—Oh —dijo Rodney, claramente sorprendido—. Creí que... —Le
echó un vistazo a Lisanne por ayuda.
—¿Qué hay de ti? —dijo Daniel, dirigiendo la conversación lejos
de sí mismo—. Lisanne no me contó. ¿ustedes formaban parte de la
orquesta de la escuela?
—Sí, yo tocaba el chelo, pero nada como Lisanne. —Sonrió con
cariño—. Ella estaba fuera de la liga de todos.
Ambos la miraron jamente y ella sintió su cara calentarse.
—He estado yendo a la universidad teológica para prepararme
para ser pastor, como mi padre.
Daniel arqueó las cejas. —No puede ser fácil para ti.
Lisanne frunció el ceño. No era propio de Daniel hacer
suposiciones como esas, pero cuando lo miró, vio algo parecido a
simpatía en sus ojos. La dejó desconcertada.
Rodney suspiró. —Solía pensar que era.
Lisanne lo miró jo. —¡Pero has querido eso desde siempre!
—Las cosas cambian —dijo.
—Sí —dijo Daniel, asintiendo lentamente en acuerdo—, así es.
Algún tipo de comunicación no expresada pasó entre ellos, y
Lisanne se sentía muy por afuera.
Fueron interrumpidos por una chica que les preguntó la hora,
probablemente como un pretexto, porque no hizo ningún intento de
contenerse de comerse con los ojos a Daniel. Lisanne suspiró. Se
estaba acostumbrando a ello, aunque todavía la enfurecía como el
in erno. Apoyó
la mano en el muslo de Daniel en una clara demostración
territorial.
Daniel le sonrió y Rodney parecía divertido.
Charlaron amigablemente y Lisanne se sorprendió —y si era
sincera consigo misma, le molestaba un poco— que los chicos
parecieran llevarse tan, tan bien. Simplemente no se lo habría
imaginado. ¿No se suponía que Rodney suspiraba por ella? ¿No era
Daniel normalmente celoso de cualquier tipo que le hablaba? Era
muy confuso.
Se sorprendió aún más cuando Rodney sugirió que fueran a un
club donde los porteros eran poco exigentes con las identi caciones.
Y se sorprendió aún más cuando Daniel dijo que estaba bien para él.
—Um, no creo que mamá y papa...
—Vamos, Lis —dijo Daniel, acurrucándose en su cabello—. Sin
faltarle el respeto a tus padres, pero no creo que pueda manejar el
resto de la noche viendo películas de Bruce Willis con tu papá,
mientras trata de no saltar de la silla cada vez que te toco.
Rodney rio a sabiendas y Lisanne le lanzó una mirada asesina.
—Vamos, muñeca —susurró persuasivamente, usando la sonrisa
sexy que él sabía que ella no podía resistir.
Lisanne intentó una vez más. —¿Crees que deberías, después de.
ya sabes?
Daniel puso cara de enfado y se apartó de ella, sus ojos pasando
rápidamente a Rodney, quien se veía desconcertado.
Se rindió. —Bueno, está bien. Pero por favor, no beban. Odio ser la
única persona sobria, y tengo que conducir.
Daniel todavía parecía irritado y concordó secamente. Rodney se
encogió de hombros y asintió.
—Estoy conduciendo, también —dijo.
Mientras caminaban hacia la calle, Lisanne se estremeció un poco.
Daniel bajó la mirada hacia ella y sin hablar, se quitó la camisa y se
la entregó.
Ella no pudo evitar sonreír mientras se la ponía y la ataba con un
nudo en el frente.
Rodney miraba los tatuajes, podía ver el sinuoso camino bajando
por los brazos de Daniel.
—Buena tinta —dijo.
Daniel no le vio hablar por lo que no respondió. Rodney frunció el
ceño, pero pre rió no hacer comentarios.
El club era uno del que Lisanne no había oido hablar, —aunque las
discotecas nunca fueron realmente lo suyo— y le sorprendió que
Rodney pareciera saber sobre eso. Los dos guardias eran hombres
bien musculosos, pulcros y vestidos de forma idéntica en camisetas
blancas y vaqueros ajustados.
Rodney se volvió hacia Daniel.
—Debería haberte dicho, pero no pensé que fueras a decir que sí.
Daniel sonrió. —Me importa una mierda.
Rodney parpadeó y luego le dio una pequeña sonrisa. —No, en
serio, de verdad.
—Con tal de que las únicas manos que sienta en mi culo
pertenezcan a mi muñeca.
Ella se encontraba perpleja, sus ojos alternándose entre los dos.
¿De qué demonios hablaban? No sabía lo que pasaba. Debía de ser
una cosa de hombres. ¿Cúan irritante era eso?
Se detuvieron en un cajero automático para que Daniel pudiera
retirar algo de dinero, y luego pagaron el precio de entrada al club, y
ella entró con el brazo de Daniel cubriendo casualmente sus
hombros. Estaba casi más oscuro en el interior que en la calle.
Lisanne miró en la penumbra, preguntándose si habría alguien que
conociera.
Podía sentir la música vibrar a través de las suelas de sus zapatos
y se relajó un poco, sabiendo que Daniel podía sentirlo, también.
Ahora entendía porque se sentía cómodo en los clubes —si no tenían
bandas en vivo— no se encontraba en desventaja.
Rodney señaló con el mentón hacia el bar y todos lo siguieron, era
la única parte del club en la que había una oportunidad de hablar y
ser escuchado. La ironía no pasó desapercibida para Lisanne.
Pidió una botella de agua y ambos chicos tomaron cervezas.
Frunció el ceño, pero no dijo nada. Daniel tomó un largo trago y
luego se inclinó para hablarle al oído. Sintió sus labios frescos y su
cálido aliento sobre su piel, causando que un estremecimiento la
atravesara.
—¿Quieres bailar, muñeca?
Ella asintió y la sacó a la pista de baile. Rodney los observaba
desde la barra, su cara sosteniendo una leve sonrisa, aunque sus ojos
estaban llenos con anhelos.
Ella se sentía mal por dejarlo solo, pero, después de todo, fue su
idea ir al club. Entonces sintió a Daniel presionarla a su pecho y dejó
de pensar en nadie más.
Le encantaba cuán a gusto él se encontraba con su cuerpo,
sintiendo el ritmo, tal vez escuchando la música en su mente. Era
difícil decirlo —raras veces hablaba de cosas como esas— cosas
personales. La única vez que realmente se sinceró, fue en su carta.
Era frustrante.
Ella sintió sus manos por sus caderas, acercándola. Así que dejó a
sus dedos vagar por su pecho, rozando por encima de los anillos en
sus pezones y apretó sus manos rmemente detrás de su cuello. Él
sonrió y entonces de repente la hizo descender hasta el piso,
haciéndola chillar. Captó un destello de la cara sonriente de Rodney
en la barra mientras Daniel la ponía en una posición vertical y besó
la piel desnuda bajo su garganta.
Parecían estar obteniendo algo de atención de la gente que los
miraba. Lisanne se sintió que se movía a la atmósfera creciente de I
Love It de Icona Pop. Al principio, bastante cohibida, pero Daniel no
parecía notarlo o, si lo hizo, no le preocupó. Además, todos
alrededor parecían dirigirse a la pista de baile para dejarse llevar por
esa canción, y el DJ elevó los graves.
Veinte minutos más tarde y estaba sin aliento. Dio unos golpecitos
en el hombro de Daniel y marcó un tiempo de descanso con las
manos. Mientras caminaban hacia el bar, un hombre los detuvo y le
dijo algo a Daniel. Ella no pudo oír lo que era, pero él negó con la
cabeza y enganchó un dedo en el bolsillo de su falda de mezclilla. El
hombre levantó las manos y retrocedió. Se le ocurrió a Lisanne que
había muy pocas mujeres en el club. Mirando alrededor del lugar,
vislumbró a dos hombres besándose abiertamente, y le dio un
codazo a Daniel. Él echó un vistazo y luego le sonrió, totalmente
imperturbable.
Rodney miró desa ante a Lisanne.
—No hay muchas chicas aquí —dijo ella, lentamente—. Creo que
esto es una discoteca de gays.
—Sí —dijo Rodney—, lo es.
—¿Lo sabías? —le dijo, con los ojos como platos.
Rodney asintió así que ella se volvió hacia Daniel, que la
observaba con diversión.
—¿Y tú?
Daniel le sonrió.
—Muñeca, deberías ver la expresión en tu cara. ¡Eres tan linda!
Lisanne lo miró confundida. —¿Por qué estamos en un club gay?
Daniel miró a Rodney. —¿Quieres decirle o lo hago yo?
—¿Qué? —dijo Lisanne—. ¿Decirme qué?
Rodney hizo una mueca, luego levantó la vista hacia Lisanne. —
Soy gay.
Lisanne lo miró jamente.
—No, no lo eres.
Ahora era el turno de Rodney de mirarla jamente.
Ella escuchó lo que él dijo, pero las palabras parecían tardar por
siempre para tener sentido.
—Pero... ¿qué? ¿Cuándo? Quiero decir... ¿estás seguro?
Rodney la miró boquiabierto ante su pregunta. —Bueno, sí, estoy
seguro.
—¡¿Desde cuándo?!
—Bueno, desde siempre, supongo.
Ella volvió la mirada acusadora hacia Daniel —¿Cómo demonios
sabías?
Él se encogió de hombros.
Tonta. Retonta. Requetonta. Se sonrojó de la ira y la vergüenza.
—Bueno, ¿por qué no me dijiste? —le gritó a Rodney.
—No es tan fácil. Hemos sido amigos desde siempre. Pensé que te
darías cuenta. Al nal. —Suspiró—. Pero nunca lo hiciste y. tus
padres son amigos de los míos y mi papá es el predicador.
Se sintió herida. —¿Así que le puedes decir a mi novio que has
conocido por dos horas, pero no me puedes decir a mí? ¡Hemos sido
amigos desde el jardín de niños!
—No le tuve que decir, Lis, simplemente supo. No sabía cómo
decirte. Tenía la esperanza, ya sabes... ¿No estás enfadada?
—¡Sí! ¡Estoy tan enfadada contigo! Estoy enfadada porque no me
lo dijiste. ¡No porque eres, ya sabes, gay, por el amor de Dios! Somos
amigos, Rodney.
Parecía aliviado. —Gracias, Lis.
—¿Tus padres lo saben?
Sacudió la cabeza. —Estoy esperando hasta después de navidad
para esa conversación. y que no volveré a la universidad teológica.
Lisanne sacudió la cabeza, tristemente.
—Romperá el corazón de papá —dijo amargamente, y Lisanne no
supo si se refería a porque él era gay o porque ya no quería seguir
estudiando para ser un ministro de Dios. Estaba cansada y
sintiéndose emocional, y todavía un poco molesta con Daniel por
adivinar en un par de minutos lo que estuvo debajo de la nariz de
ella por años.
Siempre pensó que a Rodney le gustaba ella de esa manera. Era
más que vergonzoso. Pero lo que Rodney tendría que encarar, era
mucho más difícil. Se dio una patada mental, esto no era sobre ella.
—Bueno, de acuerdo. Supongo que ahora quieres ir de compras
conmigo.
Rodney puso los ojos en blanco y ngió que suspiraba. —¡Eso es
tan cliché!
Le dio un gran abrazo y lo besó en la mejilla. —Te lo mereces por
no decirme.
Rodney le dio un apretón y miró a Daniel. —Cuida a mi chica.
Daniel sonrió. —Es un trabajo de tiempo completo. —Miró a la
cara cansada de Lisanne—. ¿Quieres ir a casa ahora, muñeca?
Asintió y miró a Rodney. —¿También irás a casa?
—No. Creo que me quedaré un rato —dijo—. Tal vez nos podamos
encontrar de nuevo antes de Año Nuevo.
—Seguro, me gustaría eso. Cuídate, Rodney.
Deslizó una mano alrededor de la cintura de Daniel y salieron del
club.
No hicieron más de media docena de pasos antes de que Lisanne
oyera a alguien llamándola por su nombre.
—¡Oye, Maclaine! ¡Ratón de biblioteca!
Se volvió con una expresión de horror.
Grayson Woods.
Y sus amigos.
—¡Tu amigo maricón de mierda rompió mi maldita nariz! —
gruñó.
Lisanne levantó la mirada, dándose cuenta de que la nariz de
Grayson, de hecho, sufrió una remodelación.
Daniel miró a su alrededor y sus labios se apretaron en una línea
na.
—Vuelve al auto, Lis —dijo tranquilamente.
—¡No! —dijo sin aliento—. ¡No te voy a dejar!
La mirada de él era tensa y tremendamente seria. —¡Vete ahora,
Lis!
Aún la miraba, sus ojos quemando con intensidad... cuando
Grayson lo golpeó, asestando en la parte izquierda del rostro de
Daniel.
De repente cayó al piso, sosteniendo el lado de su cabeza, y
Grayson Woods se cernía sobre él con una cruel sonrisa torciendo
sus labios.
—Te voy a destrozar —gruñó, dándole una patada a las
desprotegidas costillas de Daniel.
Lisanne gritó cuando uno de los amigos de Grayson dio una
segunda patada. Daniel aún sostenía su cabeza, usando las manos
para cubrir el lado izquierdo. Tosió y jadeó, cuando el segundo
golpe fue directo al estómago. Corrió hacia ellos, pero Grayson la
empujó.
Volvió a gritar, y los porteros del club miraron y se dirigieron
hacia ellos. Antes de que pudiera reaccionar, había una pelea como
las antiguas a sus pies. Más hombres salieron del club, y pronto eran
los amigos de Grayson quienes recibían una paliza, las maldiciones
llenaban el aire y los puños volaban. La pelea terminó, y Grayson
huyó, corriendo por la calle, sus amigos detrás de él.
Ella se arrodilló al lado de Daniel. Él parecía aturdido y ella se dio
cuenta de que la sangre se ltraba a través de su gorro.
Se la quitó y vio la gasa empapada de rojo. Su corazón se
estremeció y se sintió enferma.
Uno de los chicos del club la quitó del camino.
—Soy enfermero, déjame echarle un vistazo. —Revisó a Daniel
rápidamente, pasando las manos por su cuerpo para ver si algo
parecía estar roto.
Daniel se sentó temblando y el enfermero dio una mirada al
vendaje, dándole a Lisanne una mirada signi cativa.
—De acuerdo —dijo el enfermero—, vamos a sacarlo de la calle.
Poniendo el brazo de Daniel sobre sus hombros, dos hombres
fornidos medio arrastraron, medio cargaron a Daniel de vuelta
dentro del club. Rodney vino corriendo, su cara pálida y
sorprendida.
—¿Qué pasó?
—Grayson Woods —jadeó Lisanne, sus manos temblando por el
miedo y la adrenalina.
—¡Hijo de puta! —siseó Rodney.
Rodney vio el vendaje empapado de sangre en la cabeza de Daniel
y parecía confundido, pero el enfermero estaba pensativo. —Pienso
que deberíamos llevarlo al hospital —dijo con calma—. Sólo para
que lo comprueben.
Lisanne frotó el brazo de Daniel, y él levantó la mirada, sus ojos
lentamente enfocándose.
—Llamarán a una ambulancia.
Sacudió la cabeza lentamente. —No. No más hospitales, muñeca.
—¡Daniel...!
—Por favor, Lis —dijo, sonando aturdido.
—¡Estás sangrando por todos lados! —lloriqueó.
Él le dedicó una sonrisa torcida. —Sí.
—Llévalo a la o cina —dijo el enfermero—. Tienen un botiquín de
primeros auxilios ahí.
Rodney y uno de los otros hombres ayudaron a Daniel a ponerse
de pie, y lo llevaron hasta una habitación a corta distancia de la
entrada principal, poniéndolo en una silla.
El hombre que se identi có como enfermero le quitó el vendaje.
—¿Ha tenido una operación?
Lisanne asintió. —Sí. Un implante coclear. Hace una semana.
El enfermero levantó la mirada ante el tono preocupado de ella.
—De acuerdo, no luce tan mal. —Se paró en frente de Daniel y
habló lenta y claramente—. Donde tenías los puntos, uno se abrió un
poco. No hay sangre saliendo de tu oído que pueda ver. Respira
hondo para mí.
Daniel tomó varias respiraciones profundas, dejándolas salir poco
a poco. Ella podía ver que le causaba dolor, pero el enfermero
parecía complacido.
Se paró en frente de Daniel y le dio más instrucciones.
—¿Puedes decirme dónde estás?
—Mierda, Iowa. —Lisanne le dio un empujón en el brazo y Daniel
suspiró—. Bueno, supongo que debe ser Georgia entonces.
—¿Puedes repetir los meses del año en orden inverso?
—Dame un maldito descanso —dijo Daniel.
—Está tratando de ayudar —espetó Lisanne.
—Diciembre, noviembre, octubre, septiembre... —entonó Daniel,
obedientemente.
—De acuerdo, es su ciente. Vamos a mirar tus costillas.
Haciendo una mueca, Daniel se levantó la camiseta y la mano de
Lisanne voló a su boca. Varios hematomas grandes coloreaban la
suave piel de Daniel.
El enfermero pasó las manos sobre el pecho y el estómago de
Daniel. —Lindas perforaciones de pezón. Mmm. No parece haber
nada roto, pero sigo pensando que deberías hacerte una radiografía
para ver si tus costillas están rotas.
—Al diablo con eso —dijo, cansado—. No harían nada incluso si lo
estuvieran, excepto vendarlas. Yo puedo hacerlo.
El enfermero sacudió la cabeza, pero sonrió.
—De acuerdo, Señor Terquedad. Última prueba. Ve si puedes
tocar mi dedo y luego tocar la punta de tu nariz.
Dejó caer su camiseta y se enderezó. Lisanne hizo una mueca en
simpatía. Le alegraba que él no tuviera ningún problema en seguir
las instrucciones del enfermero.
—¿Seguro que no te puedo convencer de los bene cios de un viaje
rápido a la sala de emergencias?
Daniel sacudió la cabeza y maldijo de nuevo.
—No, estoy bien.
—Cariño, estás más que bien. —Suspiró uno de los otros hombres
—. Vernon, la próxima vez yo quiero jugar al enfermero con el chico
ardiente.
El enfermero sonrió y Lisanne quería hundirse en el suelo, incluso
los chicos babeaban sobre su novio ahora. Al menos no coqueteaban
con él... todavía.
—Es testarudo, eso es seguro —dijo el enfermero—. Cabeza dura,
también. Sólo le pondré algunas puntadas adhesivas sobre su herida.
Sugiero que espere aquí por diez minutos y si tiene mareos, llamen
una ambulancia, no importa lo que él diga.
Lisanne asintió.
Cuando el enfermero terminó, trató de persuadir a Daniel de ir al
hospital una última vez, y también persuadió a Lisanne para que
llamara a la policía. Daniel tampoco dejaría que eso pasara, y al nal
el enfermero se fue para dejarlos solos con Rodney.
—¿Vas a decirme que está pasando? —preguntó Rodney—. ¿De
qué es ese implante del que hablabas?
Lisanne se volvió para mirarlo.
—Daniel es sordo. Tuvo una cirugía hace una semana y pusieron
lo que llaman un implante coclear justo detrás de su oreja, debajo de
la piel. En algún momento lo ayudará a escuchar. Eso esperamos.
Rodney miró a Daniel. —¿Él es. eres sordo? ¿Completamente
sordo?
Daniel lo miró a los ojos jamente. —Y pensaste que eras el único
diferente.
El aliento de Rodney se quedó atrapado en su garganta, y los dos
hombres se miraron.
—Guau, yo. no sé qué decir. Lo siento, hombre.
Daniel se estiró lentamente, tocando sus costillas mientras lo hacía.
—Sí, me dicen mucho eso.
Rodney le dio una sonrisa arrepentida. —Sí, por supuesto. —
Sacudió la cabeza—. Ni siquiera me di cuenta.
—Esa es la idea.
—¿Pero cómo?
—Daniel puede leer los labios —respondió Lisanne por él.
Rodney parecía fuera de su terreno. —¿Pero por qué lo escondes?
Daniel le dio una mirada incrédula. —¡¿Tú me estás preguntando
eso a mí?!
Rodney lo miró, luego se echó a reír a carcajadas y sacudió la
cabeza. —La mayoría de los chicos intentan y actúan como si
estuvieran bien con ello, excepto por Neandertales como Grayson
Woods, pero incluso los que pretenden que no les molesta hacen
bromas acerca de mantener sus espaldas en la pared. Tú no.
Daniel se encogió de hombros, pero Lisanne pudo ver una
pequeña oleada de dolor recorriéndolo.
—Bueno, demonios, hombre, he sido llamado por cualquier
nombre de mierda... sé todas las bromas acerca de estar sordo:
“¿Cómo sabe un sordo si una persona está gritando o bostezando?”
Gracioso, ¿eh? Me metí en muchas peleas. No me importa una
mierda a quien te folles con tal de que no sea mi muñeca porque ese
es mi trabajo.
Rodney sonrió y alzó las cejas hacia Lisanne, quien trataba de
calmar sus mejillas sonrosadas. ¡Qué boca tan sucia!
—Así que. —preguntó Rodney al nal—. ¿Por qué te golpeó ese
imbécil?
—Daniel le rompió la nariz en la esta de piscina de Acción de
Gracias de Sonia Brandt.
Rodney resopló. —¿En serio? Mucha gente ha querido hacer eso
por años. El tipo es un bastardo intimidador. ¿Pero por qué le
pegaste en primer lugar? En la esta. a la que nadie me invitó, por
cierto.
—No estabas aquí, ¿recuerdas?
—Lo que sea. Dime acerca de Grayson.
—Él fue. grosero conmigo —dijo Lisanne, simplemente.
Rodney miró a Daniel con respeto renovado. —¿Y le rompiste la
nariz?
—Con un solo golpe —dijo Lisanne, un toque de orgullo tiñendo
sus palabras.
Rodney negó con la cabeza. —Bueno, Woods sabe cómo guardar
rencor, así que mejor cuidas tu espalda mientras estés en la ciudad.
—¡Rodney! Si crees que le voy a dar el chance de que haga esto de
nuevo, o a alguien más... Mi papá juega golf con el suyo. Una vez
que vea...
—Lis —dijo Daniel pacientemente—, le rompí la nariz al tipo.
Pudo haber puesto mi culo en la cárcel. Creo que deberías
simplemente dejarlo.
Lisanne se encontraba furiosa de que la omertá6 de peleas de
hombre contra hombre parecía estar vigente y en marcha. Comenzó
a protestar, pero Daniel parecía tan cansado y abatido, que se
mordió el labio para impedir que las palabras salieran.
—¿Quieres irte a casa?
—Sí, muñeca. Creo que no puedo tomar nada más de “diversión”
esta noche.
Rodney parecía compasivo y luego miró a Lisanne. —Pobre, Lis.
Toda vestida y sin ninguna “diversión” esta noche.
—Hicimos eso antes de salir —dijo ella, con serenidad.
Rodney parecía sorprendido. —¡Vaya! Así se hace, Lis. Has
cambiado.
Lisanne se preguntó si tenía razón. Todavía se sentía como la
antigua Lisanne Maclaine, pero la gente parecía tratarla distinto.
¿Era sólo el exterior que cambió? ¿Un poco de maquillaje y faldas
más cortas? ¿O cambió en el interior? ¿La cambiaron la universidad,
Daniel y vivir lejos de casa?
Seguía re exionando esas preguntas cuando Daniel se puso de
pie.
—Joder. Siento como si un camión me hubiese pasado por encima.
—¿Qué harán mañana? —dijo Rodney, esperanzado.
—A la mierda todo —respondió Daniel—. Feliz Navidad.
—Nos veremos antes de Año Nuevo —dijo Lisanne—. ¿Me
escribirás?
—Seguro —dijo Rodney, luego esperó hasta que Daniel estuviera
mirando hacia abajo—. Por cierto, dile a tu novio que me gustan sus
pezones perforados. Son... inspiradores.
Dejaron a Rodney sonriendo para sí mismo mientras volvía al
club.
Uno de los porteros los acompañó hasta el coche de Lisanne, le
guiñó un ojo a Daniel, le lanzó un beso y luego le sonrió
arrogantemente a Lisanne.
Ella suspiró y comenzó a conducir a casa.
¿Por qué pensó alguna vez que su vida era aburrida?
22
Traducido por Blaire2015 & Vanessa Farrow
Corregido por Cami G.

Daniel se despertó preguntándose por qué demonios tenía un


elefante sentado en el pecho.
Se movió lentamente y bajó la sábana para mirar jamente los
grandes hematomas púrpuras que manchaban sus costillas y cadera.
Se tocó la cabeza e hizo una pequeña mueca de dolor, pero no se
sentía tan mal. Esperaba que el implante no se hubiera dañado; nada
tintineaba, hasta donde podía decir. El médico dijo que estaba hecho
de titanio, pero aun así debía tener cuidado. Recibir el puño de ese
desgraciado en su rostro probablemente estropeaba por completo el
plan de “tener cuidado”.
Balanceó las piernas fuera de la cama y esperó los usuales mareos
y náuseas, pero no hubo nada. Fue un alivio.
Poniéndose sus vaqueros, rebuscó en su mochila. Al instante se
dio cuenta que usaba la última camisa limpia. Y maldita sea, su
gorro de lana se encontraba lleno de sangre seca. Hizo una mueca.
Mejor buscaba a Lisanne para que le mostrara cómo funcionaba su
lavadora. Echó un vistazo a su móvil, notando que eran más de las
diez. Le sorprendió que nadie lo hubiera despertado.
Pasando una mano por su barba, se preguntó si Lis le agobiaría
por eso, también. Después del humor que tenía ayer, pensó que era
altamente probable. Mejor se afeitaba. Jesús, ¿cuándo se convirtió en
alguien tan sometido?
Mientras arrastraba los pies hacia el baño, Monica caminaba en
dirección opuesta.
—¡Santo cielo! ¿Qué pasó?
Le sonrió. —Una noche dura. —Y la dejó boquiabierta en el
pasillo.
La ducha le ayudó a relajarse un montón, y pasó un rato dejando
que el vapor hiciera su trabajo en sus músculos adoloridos y
moreteados. Se giró y disfrutó la sensación del agua cayendo por su
espalda, y perezosamente, se hizo una paja.
Paseándose a través de la cocina para ver si había algo que
pareciese desayuno, se dio cuenta de que dejar que Monica viera su
torso desnudo fue un error.
Harry estaba encorvado sobre un tazón de cereales, y sus padres
se encontraban sentados con los brazos cruzados.
—Daniel, toma asiento, por favor —dijo Ernie en un modo total de
profesor—. Quiero saber qué ocurrió anoche. Monica dice que estás
gravemente herido. ¿Estuviste en una pelea?
Daniel se recostó contra la puerta, ignorando el primer pedido, y
rebosando insolencia.
—Un malentendido. Está bien.
Ernie se hinchó de fastidio.
—No dejaré que envuelvas a mi hija en... lo que sea que ocurrió.
El enfado de Daniel subió verdaderamente de nivel.
—No dejaría que nada le ocurriera a Lisanne.
—Evidentemente, algo ocurrió. Ahora escucha, eres un huésped
en nuestra casa, por lo que ten la cortesía de explicar... así no tengo
que preocuparme por ella.
Si Ernie no hubiera añadido esas últimas palabras, se habría dado
vuelta y largado. Tomó una respiración profunda, reconociendo que
ambos tenían las mejores intenciones para Lisanne.
—Fuimos atacados por un tipo que Lis conocía de la secundaria y
un par de sus amigos. Otra persona terminó la pelea. Fin de la
historia.
Ernie lo miró boquiabierto. —¿Era alguien que Lisanne conocía?
¿Quién?
—Nunca se nos fue presentado —contestó evasivamente.
En ese momento, Lisanne entró en la cocina, luciendo tensa,
claramente habiendo escuchado la última parte de la declaración de
Daniel. La sintió tocar su brazo y le sonrió.
—¿Quién era, Lisanne? —rugió Ernie.
Ella saltó un poco y Daniel frunció el ceño.
—Grayson Woods.
La cabeza de Harry se levantó de pronto y hubo un silencio
repentino alrededor de la mesa.
—¿El hijo de Barry Woods?
—Sí.
—¿Y él... decidió golpear a Daniel? ¿Sin ninguna razón?
Lisanne se mordió el labio y miró a su novio.
—Nosotros, um, nos topamos con él en la esta de Sonia el Día de
Acción de Gracias.
—¿Y...?
—Papá, sabes que Grayson es un matón.
—Lisanne, quiero saber qué pasó. ¡Juego golf con Barry Woods
cada semana, por el amor de Dios!
—¿En serio? —dijo Daniel, luciendo furioso—. Bueno, dígale que
su hijo es un cabrón boca sucia que obtuvo todo lo que se merecía,
cuando le rompí la nariz.
Salió enfurecido de la habitación y estuvo fuera de la puerta
principal y a mitad de camino de la calle, antes de que Lisanne lo
alcanzara, ligeramente sin aliento.
Agarró su mano para que bajase la velocidad.
—Oye —dijo suavemente—. Oye, está bien. Ellos se preocupan.
La rabia de Daniel aún salía a oleadas a través de él. Por un lado
entendía la reacción de Ernie —el pendejo era hijo de su amigo, uno
de sus viejos buenos amigos—, pero por otro, le enfureció que
siempre se asumiera que él era el culpable. Siempre el marginado.
Era lo su cientemente honesto como para saber que cargaba con
mucho de eso, pero maldición, ¿era de extrañar que no fuera el
culpable?
Dejó de caminar lo su ciente para que Lisanne lo apretara en un
abrazo, mientras se quedaba rígido, sus fosas nasales ensanchándose
al respirar con fuerza.
Sus suaves manos sostuvieron su rostro, y bajó la vista a sus ojos.
Ella besó sus labios, y él se relajó por un momento.
—Vamos. Volvamos. Papá no quiso que fuera así.
Daniel respiró hondo.
—Sólo... sólo dame un momento. Joder, me vendría bien fumar.
—Bueno, adelante. No me importa. Mucho.
Daniel le dio una sonrisa torcida.
—No me tientes.
—¿Por qué no?
—Porque lo abandoné, muñeca.
Lo miró con incredulidad. —¿Cuándo hiciste eso?
—Después de Acción de Gracias, un par de semanas antes de la
cirugía. No creí que morir de deseos por un cigarrillo mientras me
encontraba en el hospital sería la mejor idea.
Se encogió de hombros, tratando de hacerlo sonar insigni cante,
debido a que ella parecía disgustada de no haberlo notado durante
todas esas semanas.
—Oh —dijo, bajito—. Eso explica por qué te encontrabas de tan
mal humor. —Levantó la vista hacia él—. Y lo siento por haber sido
toda una gruñona anoche. Estoy en mi período —murmuró,
avergonzada.
Daniel le dio una media sonrisa y levantó las cejas. —Sip, lo sé.
El color rosa de las mejillas de Lisanne se intensi có. —¿Cómo?
—Puedo contar el número de días en un mes, muñeca. Además,
estabas siendo una completa perra. Era algo obvio.
Él sonrió cuando ella golpeó su brazo, sin causarle daño.
—Sin embargo, es horriblemente inoportuno —dijo—. Tú estando
aquí por las vacaciones y que no seamos capaces de... ya sabes.
—No me molesta que estés en tu período. —Sonrió al ver la
expresión de sorpresa de Lisanne, y se encogió de hombros—.
Siempre te desearé. —Nunca se preocupó por mierdas como esas.
Diablos, ¿no fue por eso que el sexo en la ducha fue inventado?
—Um, no lo creo —dijo, su cara colorada.
Te escucho, la señaló, y ella soltó una risa nerviosa.
—Zapatos de elefante —susurró ella, lo que lo hizo sonreír.
A Daniel le decepcionó, pero no le sorprendió, que hubiera vetado
el sexo por el resto de la semana. También imaginó que darle tiempo
podría hacerla cambiar de opinión. Al menos, eso esperaba.
Jaló su mano otra vez. —¿Estás listo para volver?
Daniel exhaló lentamente. —Sí, supongo.
—¿Cómo están tus costillas hoy?
—Bien. —Las tuvo peor jugando fútbol.
Caminaron de vuelta, tomados de la mano, y encontraron a Harry
sentado en los escalones de la entrada, esperándolos.
—¿Realmente rompiste la nariz de Grayson?
—Sí.
—¡Genial! Todo el mundo lo odia.
La sonrisa de Daniel se esfumó cuando Monica apareció de
repente. —Por favor, no lo animes, Daniel —dijo severamente—. No
toleramos la violencia en esta casa, sea cual sea la razón.
Daniel se puso tenso de nuevo, y Lisanne fulminó con la mirada a
su madre.
—A la cocina, por favor —replicó—. Vamos a aclarar esto ahora.
Tu padre está absolutamente de acuerdo en llamar a la policía
después que describí el desastre que era Daniel cuando lo vi esta
mañana. Pero como sabemos que hay más de esto que no nos estás
diciendo, creo que mi esposo merece saber la historia completa, ¿no
crees?
Daniel echaba chispas en silencio. Esto resultaría ser una jodida
Nochebuena. Tenía la opción de largarse, pero no quería poner a
Lisanne en una posición de tener que escoger... especialmente
cuando no estaba seguro de que lo escogería a él.
Siguió a Monica hasta la cocina y se quedó mirando
impasiblemente a un Ernie con la cara roja.
Monica apuntó a un par de sillas y, de mala gana, se sentaron.
—Lisanne, por favor dinos exactamente qué ocurrió en la esta de
Sonia. ¿Qué llevó a los... acontecimientos de la noche anterior?
Lisanne suspiró. —Resumiendo, Grayson fue irrespetuoso
conmigo.
Daniel le dijo que se callara. Él no lo hizo, así que Daniel lo
golpeó... y rompió su nariz.
—¿Qué te dijo? —dijo Monica con un grito ahogado.
Los ojos de Daniel se deslizaron a la madre de Lisanne, pero no
respondió.
—¿Lisanne? —dijo su madre.
—Mamá, es realmente bochornoso. No quiero repetirlo.
—¡Estoy así de cerca de llamar a la policía! —rugió Ernie—. ¡Nos
dirás qué dijo!
—¡Bien! —gritó—. Dijo: “Quién sabría que podías ser tal pedazo
caliente de culo”. Daniel le dijo que se callara, y luego... —Su voz
temblaba—. Y luego él dijo: “Parece que esa perra estirada
nalmente le abrió las piernas a alguien”. Fue cuando Daniel le
golpeó.
Lágrimas brillaban en sus ojos, y Daniel puso un brazo alrededor
de ella, su rostro severo.
Monica tenía una mano sobre su boca, sus ojos apretados, su
expresión horrorizada.
Ernie captó la expresión devastada de su esposa, la humillación de
Lisanne y el enfado y resentimiento aún presentes de Daniel. Se
puso de pie lentamente, todos volviendo los ojos a él. Tomando una
respiración profunda, le tendió una mano a Daniel.
—Gracias —dijo.
Daniel lo miró jamente y luego asintió. Movió su silla hacia atrás
para que así pudiera levantarse y estrechar la mano sobre la mesa
con el padre de Lisanne.
—Muy bien —dijo Monica—. Bien.
Lisanne se comenzaba a sentir muy emocional, también.
—¡Creo que necesitamos beber algo después de eso! —dijo
Monica.
Daniel esperaba que le ofreciera una cerveza o, mejor aún, que
Ernie descorchara la botella de Jack que no vio desde Acción de
Gracias, pero en cambio, Monica puso la tetera. Daniel rechazó la
bebida y salió a tomar un poco de aire y dejar que se enfriara su
temperamento hirviendo.
Lisanne cogió para ella un té helado de la nevera y salió al patio
trasero con él.
Él se hundió con elegancia sobre el césped, sentándose con las
piernas cruzadas mientras sacaba un paquete de chicles. Hubiera
preferido tener un cigarrillo.
Lisanne le dio un codazo y él sonrió.
—Por cierto, ¿sabías que Rodney era gay? —dijo Lisanne, casi
enojada—. Lo he conocido por años y jamás supe. Lo conoces por
treinta segundos y lo sabes de inmediato. ¡No entiendo!
Daniel le dio una sonrisa divertida. —Se jaba en mi paquete en la
cafetería.
Lisanne se atragantó con su té. —¡¿Qué?! ¡Él me estaba abrazando!
¡Pensé que se jaba en mí!
—Lo hacía, muñeca, pero probablemente pensando: “esa falda no
va con esos zapatos”.
—¿Qué había de malo con mis zapatos?
Daniel rodó los ojos. —Es un decir.
—Me gustan esos zapatos —murmuró para sí misma.
Daniel se relajó en el césped y dejó que sus párpados cayeran. —Sé
que estás mirándome, muñeca. —Sintió la mano de ella en su
estómago y abrió los ojos.
—Eres tan hermoso —dijo.
Parpadeó en sorpresa. —Sí, tú también, cariño.
—No, lo digo en serio. Eres hermoso por dentro y por fuera.
Daniel frunció el ceño, sintiéndose profundamente incómodo. —
¿Qué hay programado para hoy? —dijo, desviándose rápidamente
—. ¿Podríamos ir a algún lugar? No creo que pueda aguantar más
tiempo de mamá y papá, aunque tengo que hacer la colada.
Ella en broma jaló la cintura de los vaqueros de él.
—¿Estás sin ropa interior de nuevo?
Daniel arqueó las cejas. —¿Por qué no vamos a tu habitación para
que lo descubras?
Lisanne se rio. —¿Nunca paras?
—¿Quieres que lo haga?
—No, en realidad no.
Le sonrió. —Está bien.
—De todos modos, ya puse a lavar tu ropa.
La miró, sorprendido y complacido. —No esperaba que lo
hicieras, pero gracias.
Sonrió tímidamente. —Bueno, no te acostumbres. Sólo porque eres
un invitado.
Él le guiñó un ojo.
—Podemos salir un par de horas por si necesitas hacer alguna
compra o algo. Intercambiamos los regalos en la mañana —vaciló—.
No es que esté esperando...
La silenció con un beso, y ella no se dio cuenta cuando el té helado
se derramó por el césped.
Pasaron el resto del día tomándoselo con calma, con largos
tiempos para cafés y paseos a solas. La ciudad se encontraba llena de
gente haciendo las compras de último minuto, pero él sentía como si
estuviera en una burbuja de felicidad, que los encerraba sólo a él y a
Lisanne. Era un buen lugar para estar.
Harry, de buena gana, le prestó a Daniel un gorro de lana para que
usara, y entonces se dirigió directamente a casa de su amigo. Era
claro que no podía esperar a contarle a todo el mundo que a Grayson
Woods le bajaron los humos.
Daniel seguía sorprendido de que Ernie le hubiera estrechado la
mano y dado las gracias. Era algo así como un giro radical después
de la forma en que el día empezó.
No sólo eso, apreciaba la paz y orden en casa de Lisanne. Sí, sus
padres podían ser un poco sofocantes, pero pensó otra vez sobre
conseguir su propio lugar donde él y Lis pudiesen estar solos. Estaba
determinado a encontrar algún sitio, incluso si eso signi cara que
estaría viviendo de sopa de deos por los futuros años.
Tomó la decisión de regresar un par de días antes de Año Nuevo y
comprobar las cosas. No hablaron de cuánto tiempo iba a quedarse
en lo de Lisanne durante las vacaciones, pero tenía la sensación de
que ella no iba a estar contenta si le decía que se iría antes. Aun así,
encontrar un lugar para ellos dos era una prioridad.
Fue una sensación de conmoción cuando se dio cuenta de que
pensó en eso como un lugar para “ellos dos”. No esperaba que
Lisanne se mudara, por supuesto. Pero incluso mientras rechazaba la
idea, otra parte de él dijo que sí, que era exactamente lo que deseaba.
Evaluó la idea en su mente. No este año, por supuesto. Ella tenía una
habitación en el campus, pero ¿el año que viene, quizás? Tenía una
muy buena idea de lo que llegarían a pensar Monica y Ernie de eso,
pero Lisanne no siempre hacía lo que decían.
Cuanto más lo pensaba, más le gustaba la idea de los dos viviendo
juntos, compartiendo sus mundos. Era emocionante y jodidamente
aterrador al mismo tiempo. ¿Ella querría? ¿Querría quedarse con él?
¿Vivir con un vándalo? Tomó una profunda respiración, y ella lo
miró con curiosidad.
—¿Estás bien? ¿Te duelen las costillas?
Joder, no podía conseguir su ciente de la forma en que lo miraba
cuando pensaba que estaba herido.
—No, estoy bien, muñeca. Únicamente pensando en lo linda que
vas a estar en tu regalo de Navidad.
Ella sonrió con alegría y se sonrojó en un hermoso tono rosado. —
¿Me has comprado algo para usar?
—Sí.
—Tenemos una tradición familiar donde nos sentamos alrededor
del árbol en la mañana y compartimos los regalos.
—Podría ser interesante —dijo, subiendo las cejas.
—¿Por qué? —dijo Lisanne, con suspicacia.
—Solo digamos que es algo que quiero que uses para mí. —Le
guiñó un ojo.
—Oh.
—Sí.
Ella pensó por un momento. —Creo que tal vez deberías dármelo
antes de toda la cosa del árbol.
Daniel sonrió. —Tengo la intención de hacerlo.
—Pero no tendremos sexo porque, ya sabes...
—¿Seguro que no puedo convencerte?
—¡Um, no! —dijo, arrugando la nariz—. ¡Eso es totalmente
asqueroso!
La miró seriamente. —Nada es asqueroso contigo, muñeca.
Siempre te deseo.
Levantó la vista, indecisa. —¿Lo haces?
—Siempre —susurró, y no quedó claro para ninguno de ellos lo
que quería decir con eso.
Se miraron jamente hasta que Daniel le dio un tierno beso en los
labios, luego se apartó con una sonrisa tranquila.
Regresaron justo cuando Monica y Ernie se iban para el servicio de
los villancicos nocturnos en la iglesia local.
—Harry está en casa —dijo Monica, enviando un mensaje claro
con luces intermitentes de advertencia, adornada con esferas
navideñas.
—Claro, mamá —dijo Lisanne, rodando los ojos.
Daniel sonrió. —Tengan una gran noche, Monica, Sr. Maclaine.
—Creo que puedes llamarme “Ernie”, hijo —dijo el padre de
Lisanne, sonriendo ante la expresión atónita de Daniel.
—¡Guau! —dijo Lisanne, cuando la puerta se cerró detrás de sus
padres—. ¡Deberías golpear a Grayson Woods más a menudo!
—Dame la maldita oportunidad —gruñó Daniel, perdiendo al
instante su buen estado de ánimo—. Hijo de puta.
—¡Oye, es Navidad! Bondad para todos los hombres.
—No para ese bastardo.
¡De ninguna jodida manera!
—¿Si dejo que me beses, te pondrás de mejor humor?
Daniel arqueó las cejas. —¿Si me dejas? ¿Estás diciendo que me
detendrías si hiciera esto? —Y agarró sus caderas, pasándole la
lengua por el cuello y mordiéndole el lóbulo de la oreja.
—Podría dejar que hagas eso —acordó Lisanne, sin aliento.
—¡Oh, diablos! ¿Ustedes van a besuquearse toda la noche? Yo vivo
aquí también —dijo Harry, la miseria y el disgusto grabado en su
rostro.
Los ojos de Daniel giraron hacia la pila de comida que Harry
llevaba, y se iluminaron. —Espera un momento, muñeca, estoy
jodidamente hambriento.
Fue la mejor Nochebuena que Daniel tuvo en dos años. Claro,
mejor habría sido si hubiera podido convencer a Lisanne de
desnudarse, pero tenerla acurrucada en él mientras veían la
televisión, eso era bastante bueno, también. Y la nevera crujía de
llena lo que hizo que sus ojos se sobresaltaran. Sin duda Lisanne
cumplió la promesa de que Monica lo alimentaría.
Luego hubo una larga sesión de besuqueo en el dormitorio de
Lisanne, interrumpido cuando sus padres regresaron de la iglesia.
Él se dirigió a la habitación de invitados y se detuvo cuando abrió
la puerta. Toda su ropa fue secada y dejada perfectamente doblada
sobre la cama. Monica debió hacerlo porque lo olvidó
completamente mientras permaneció afuera con Lisanne.
Su pecho se sentía cálido de una manera que era casi irreconocible.
Tener a alguien que cuidara de él de ese modo^ ya había pasado un
tiempo desde eso.
Se sentó en la cama, mirando la ropa, y se frotó la frente con
cansancio. También era probablemente porque Muñeca no quiso
follar, su cuerpo dolía por la paliza que sufrió y su cabeza le
palpitaba. Las últimas veinticuatro horas fueron intensas. Pero veía
algo en la forma en que la familia de Lisanne se reunía, era un poco
cursi lo protector que Monica y Ernie eran, pero Daniel podía ver
que los fortalecía, también. Y muñeca era tan fuerte. Cada vez que
pensó que se alejaría, lo dejaba pasmado.
Toda su familia lo sorprendió. Sus reglas insigni cantes eran
irritantes y la doble moral era ridícula, pero eran una familia y se
cuidaban.
Daniel sacó el teléfono y envió un mensaje a Zef por primera vez
desde que discutieron.
¡Feliz Navidad, hijo de puta!
Tómalo con calma. D
Caminó al baño para lavarse los dientes y disfrutar de una larga
orinada. Cuando caminaba de vuelta a la habitación, miró el
teléfono, pero no hubo respuesta.
Cualquier cosa que el jodido de Zef hubiera hecho —y el bastardo
estúpido hizo casi todo— era su familia. Si eso signi caba algo.
Se quitó la ropa y se metió en la cama con cansancio, disfrutando
de la sensación de las sábanas limpias en su piel desnuda.
Durmió inquieto, despertando a menudo cuando rodó sobre la
parte de su cuerpo que dolía, y soñando con Zef, parado solo en un
bosque hecho de torres de alta tensión. Sus ojos habían sido cosidos.
Se despertó con el corazón desbocado y Lisanne se hallaba de pie
sobre él mirándolo casi temerosa.
—¿Estás bien ? —jadeó.
—Mierda, lo siento. Una pesadilla. —Se frotó las manos sobre los
ojos y luego se sentó, reiniciando rápidamente su cerebro—. ¡Oye,
feliz Navidad! O tal vez esto es un buen sueño, una mujer sexy
trayéndome café a la cama en la mañana de Navidad. Sí, tiene que
ser un sueño, mi vida nunca es tan buena. Podría tener que tocarte
para ver si eres real.
Pasó una mano debajo de la camisa de dormir de Lisanne y ella
casi derramó el café.
—¡Deja de hacer eso! —siseó.
—Sí, eres real. A muñeca le gusta gritarme. Como que me excita.
— Levantó la sábana y miró su erección mañanera—. Sí,
de nitivamente me excita.
—¡Eres tan malo! —resopló, mientras él sonreía.
Ella se las arregló para poner el café abajo de forma segura antes
de que la jalara hacia él para darle un beso de Navidad.
—¡No me he lavado los dientes! —gimió.
—Yo tampoco, bebé. —Y le chupó la piel en el cuello, justo debajo
de la oreja.
Esta vez su gemido signi caba algo diferente, pero sólo ella lo oyó.
Se apartó de él, demasiado excitada para su propio bien. —¡Deja
de hacer eso! No debería estar aquí, ¿recuerdas? Y de todos modos,
tus moretones lucen horribles. ¿Duelen?
—Pensé que te gustaba cuando lucía rudo, Lis. —Se rio.
—Sabes, a veces eres como un niño.
—Te lo dije antes, muñeca. Soy todo un hombre.
Su arduo beso enfatizó el punto.
—Oye, tengo tu regalo.
Se dio la vuelta para alcanzar debajo de la cama —a sabiendas de
que le daba un vistazo de su culo desnudo— y sacó el regalo.
—Lo envolví yo mismo —dijo con orgullo, mostrando el papel
arrugado y el lazo torcido como si viniera directo de Ti any's.
Cogió el pequeño paquete y luchó con la cinta adhesiva hasta que
el papel terminó destrozado y Lisanne casi lloraba de frustración.
Por último, sacó un trozo de material plateado. Su rostro enrojeció al
darse cuenta de que era la tanga más pequeña que alguna vez vio,
un triángulo diminuto al frente era la parte más signi cativa del
mismo. Vio más de cerca. Sí, lo vio correctamente, un pequeño
triángulo de tela plateada impreso con una imagen de muérdago.
—Úsalo para mí hoy —dijo con voz ronca—, y puedo besarte bajo
el muérdago cuando quieras.
La observó tragar y asentir sin decir palabra.
Su cabeza giró cuando oyó que llamaban a la puerta de Daniel.
Metió la tanga en su puño mientras Monica se inclinaba en el
interior.
—Le traía un café a Daniel —murmuró Lisanne, con el rostro
todavía ardiente.
Daniel sospechaba que Monica intentaba no reírse cuando asintió
solemnemente. —Ya veo. Feliz Navidad, Daniel. Desayuno en veinte
minutos.
—Allí estaré —dijo alegremente.
Lisanne siguió a su madre fuera de la habitación. —¡Feliz
Navidad!
Él sonrió para sus adentros.
Después de que se duchó y se liberó de la erección mañanera que
de nitivamente no desapareció durante la visita de Lisanne en su
pequeña y bonita camisa de dormir, llamó a la puerta de Harry y
asomó la cabeza.
—Hola, hombre. Feliz Navidad. —Arrojó un paquete en forma de
revista en la cama de Harry—. No lo abras cuando tus padres estén
alrededor.
Cerró la puerta, sonriendo al ver la expresión de asombro en el
rostro de Harry. El chico sin duda conseguiría algo de uso de la
edición navideña de Swank. Pasó una agradable media hora
decidiendo qué regalarle a Harry para Navidad. En el último
momento, incluyó una copia
de la revista Playboy, también. Se debía respetar los clásicos.
Entró en la cocina y encontró a Monica y Ernie en un apretado
abrazo.
—Feliz Navidad, gente —dijo en voz alta, sonriendo mientras se
apartaron de un salto.
Monica parecía nerviosa, pero Ernie simplemente le dijo que se
sirviera la fruta fresca y los cereales. No necesitaba que se lo pidieran
dos veces. La comida en el hogar Maclaine era increíble —era
increíble que ninguno de ellos fuera del tamaño de un búfalo.
En el momento en que terminó, ni Lisanne ni Harry habían hecho
acto de presencia. Esperaba que fuera porque ambos usaban
individualmente la mayor parte de sus regalos de Navidad. No,
mejor sacar esa mierda de su cabeza, porque si comenzaba a pensar
en su muñeca en ese tanga, estaría caminando con tres patas.
En cambio, se ofreció a ayudar a Monica a pelar unas patatas, pero
después de que casi se quitó varias capas de piel con el pelador —
provocando una respuesta extremadamente vocal que la hizo hacer
una mueca de dolor— lo puso a trabajar en la tarea más simple y
mucho menos peligrosa de poner la mesa.
El resto de los Maclaine apareció una vez que casi todo el trabajo
estuvo hecho. Obviamente esquivaban cualquier trabajo que Monica
tuviera que ofrecer. A él no le importaba. Esta era su primera
Navidad real, en dos años, y lo disfrutaba.
Jaló a Lisanne en un fuerte abrazo, sin importarle que su familia
estuviera viendo. Ella se retorció un poco, pero le devolvió el abrazo
con rapidez, luego le lanzó una mirada de advertencia.
—Vamos a abrir los regalos —dijo Monica alegremente, y todos se
fueron en tropel al salón.
Él tenía dos regalos más para añadir a los pequeños montones bajo
el árbol: un libro de Lewis Grizzard para Ernie, y un disco de Ray
LaMontagne para Monica.
Monica, en particular, se mostró efusiva con su agradecimiento.
—¡Oh, me encanta Ray! Me hace querer bailar alrededor de la
cocina mientras hago la cena. Gracias, Daniel, eso fue considerado.
—Y le dio un fuerte abrazo y un beso, mientras él permanecía
inmóvil, todavía digiriendo la novedad de que Monica bailaba.
Ernie gruñó su agradecimiento, pero no obstante, parecía
satisfecho.
Monica miró a Lisanne. —¿Qué te regaló Daniel, querida?
Daniel respondió por ella. —Lis y Harry ya tuvieron los suyos.
Sabiamente, los Maclaine mayores no pidieron más detalles.
Lisanne tomó su mano y la apretó suavemente. —Me encanta mi
regalo —susurró.
Le guiñó un ojo. —¿Estás...?
Asintió, e inmediatamente se arrepintió de preguntar, y su polla
rogó unirse a la esta.
—Um, tengo esto para ti. No sé si te gustará.
Le entregó un paquete que tenía que ser un libro. Lo abrió y
frunció el ceño, no reconociendo el título o el autor.
—Es una autobiografía de Evelyn Glennie. Es un percusionista de
clase mundial, y es sorda, también —dijo Lisanne.
Daniel sintió que todos lo miraban.
—Gracias, muñeca —dijo en voz baja mientras le besaba el pelo.
Monica y Ernie le dieron un paquete plano y lo abrió, lleno de
curiosidad. Probablemente no era Swank. No pudo evitar que una
amplia sonrisa se le escapara cuando vio el título.
—¿En serio? ¿Una suscripción a American Iron? ¡Eso es
impresionante! ¡Gracias!
Pasó a través de la revista de motocicletas con alegría.
A Harry le dieron nuevos juegos para su Xbox y Lisanne estaba
encantada con un teléfono inteligente de alta tecnología.
—¡Guau! ¡Gracias, mamá! ¡Gracias, papá!
El almuerzo fue algo diferente, un verdadero especial del sur con
jamón de campo, col rizada, broches, papas sazonadas con
corvejones de jamón ahumado, pudín de tomate, camote al horno y
salsa de arándanos, seguido de pastel de calabaza y un pastel de tres
capas de color amarillo con un glaseado hecho de chocolate y
rodajas de naranja triturada.
Daniel se llenó hasta el punto de estar comatoso, y Lisanne se
apoyaba contra él en el sofá, gimiendo y sosteniendo su estómago.
—Comí demasiado —gimió, olvidando que Daniel no podía leer
los labios desde ese ángulo.
Pero él reconoció su comportamiento general y le masajeó el
vientre suavemente.
Pasaron el resto del día viendo televisión hasta que Monica les
recordó que cómo ella cocinó, al resto les tocaba limpiar. Gruñendo,
Lisanne lavaba mientras Daniel secaba y Harry guardaba las cosas.
Daniel se detuvo con el paño de cocina en una mano cuando su
teléfono sonó.
Lisanne le dio un codazo y él levantó la mirada. —¿Zef?
Negó con la cabeza. —No. Una amiga.
—¿Quién?
—Cori. —Alzó las cejas, sabiendo que ella leyó todos los textos de
Cori en su teléfono celular.
Los labios de Lisanne se apretaron. —¿Qué es lo que quiere?
La miró con incredulidad. —Decirme Feliz Navidad. ¿Quieres
verlo?
Realmente, de verdad quería ver el mensaje, pero no le daría la
satisfacción de hacerle saber eso.
—No. Está bien. Lo que sea —dijo con desdén.
Se sintió irritado, pero entendía. Compartió algo importante con
Cori y dejó a Lisanne en la oscuridad. Tenía que sentirse preocupada
acerca de otra mujer. Joder, si la situación hubiera sido inversa,
querría arrancar la cabeza del tipo.
Se tragó su irritación. —Muñeca, es una amiga, eso es todo. Puedes
conocerla si quieres, ya lo verás. Es más como una hermana.
—Pero te acostaste con ella —siseó Lisanne.
La paciencia de Daniel fue fracturándose rápido. —Por el amor de
Dios, eso fue cuando era un niño. ¡Mi polla no ha estado cerca de ella
en casi tres años!
Por el rabillo del ojo, vio que Harry salió de la cocina. No lo
culpaba, sentía ganas de hacer lo mismo.
—¿Vas a volver a verla?
—¡Bueno, sí!
—¡Bien, entonces! —espetó—. ¡Ve con ella! ¡A ver si me importa!
Daniel se rindió antes de que su temperamento se quebrara
completamente, y salió de la habitación.
Se dirigió al piso superior y empezó a meter ropa en la mochila
antes de recordar que no sería capaz de tomar un autobús a casa
hasta la mañana siguiente.
Frustrado, tomó su teléfono y envió un mensaje corto en respuesta
a Cori y otro a Zef. Todavía no sabía nada de su hermano, y le
preocupaba.
Cuando la puerta se abrió, levantó la vista y vio a una Lisanne
llorosa de pie.
—Lo siento —susurró.
Le dio una pequeña sonrisa. —Sin daño, no hay falta.
Su mirada cayó a la mochila y le temblaban los labios. —¿Te vas?
Asintió lentamente. —Sí, debería regresar al taller de autos en la
mañana.
—¿Estás enojado conmigo?
—Un poco —dijo, honestamente—, pero no es por eso que me voy.
Tengo que ponerme a trabajar para encontrar un lugar para vivir.
Parecía que no le creía. —Lo siento mucho por haber sido una
perra.
Se frotó la frente. —Sí, lo fuiste, pero no te preocupes por eso.
—Es sólo que... le dijiste a Cori acerca de la cirugía y no me lo
dijiste. Es que... —No pudo terminar, temerosa de decir que pensaba
que lo estaba perdiendo.
—Oye, ven aquí.
Se sentó a su lado y envolvió un brazo alrededor de ella,
sosteniéndola en silencio hasta que ambos estuvieron en algún sitio
cerca al lugar de paz que alcanzaron, antes de su estallido celoso.
Ella se apartó con suavidad para poder mirarlo. —¿De verdad
tienes que irte? ¿Quédate un día más? ¿Por favor?
Daniel negó con la cabeza. —No, necesitas tener un poco de
tiempo con tu familia y tengo cosas que hacer.
—¿Pero estaremos juntos en Año Nuevo?
—Claro, muñeca. ¿Dónde más podría querer estar?
Sonrió agradecida. —¿Quieres venir aquí?
Hizo una mueca. —Quizás. Veremos qué pasa.
Sus palabras hicieron poco para tranquilizarla.
Se sentaron en los extremos opuestos de la cama, hablando en voz
baja, hasta que Monica llamó a la puerta y dio a entender que era el
momento que Lisanne se dirigiera a su habitación.
El estado de ánimo de la mañana siguiente carecía del ambiente
relajado del día anterior. Lisanne parecía abatida mientras empujaba
un poco de cereal alrededor de su plato, y Daniel sintió su tensión.
Monica y Ernie parecían sorprendidos de que se marchara tan
pronto, y Harry le disparó a su hermana miradas furiosas,
culpándola de que él y Daniel no hubieran tenido su día en la sala de
videojuegos.
Se sentía contento de que Lisanne no hubiera mencionado que
buscaba un apartamento, no necesitaba una inquisición sobre sus
motivos.
Ella lo llevó a la estación de autobuses, y pasaron sus últimos
minutos con los cuerpos apretados, poseídos de una desesperada
necesidad de tocarse que los sorprendió a ambos.
Por último, la salida del bus fue anunciada y Daniel se dirigió al
asiento de atrás, su pecho sintiéndose extrañamente oprimido
cuando se despidió de Lisanne, que parecía muy joven y muy
pequeña cuando levantó una mano.
Cuando el autobús partió al trá co de la ciudad, Lisanne dejó las
lágrimas caer. Tenía la certeza de que era su culpa que se hubiera ido
tan pronto, y maldijo sus hormonas por gritarle sin razón.
Cuando pensó en la inutilidad de mirar el autobús
desapareciendo, se arrastró hasta el coche y le envió un texto.
L: Ya te extraño.
No puedo esperar para el Año Nuevo. LA xx
Pero la única respuesta que obtuvo fue un guiño sonriente.
23
Traducido por Snowsmily & lunnano e
Corregido por Vanessa Farrow

Lisanne era miserable, pero había una persona que aparentaba


estar teniendo una peor Navidad.
Rodney le envió un mensaje mientras conducía a casa, rogándole
para que se reunieran.
Aparcó fuera de la misma cafetería en la que se encontraron dos
días antes más felices y menos complicados.
Rodney ya esperaba, su rostro tenso.
—Gracias a Dios estás aquí —dijo, jalándola a un fuerte abrazo—.
¿Dónde está Daniel?
Lisanne mordisqueó su labio. —Tuvo que regresar.
Parecía sorprendido.
—¿Por qué?
—Bueno, dijo que era porque tenía que encontrar un lugar para
vivir...
—¿Y tú no crees que eso era cierto?
Se encogió de hombros. —Tuvimos una horrible y estúpida pelea,
fue todo mi culpa. Fui una verdadera perra. No lo culparía si
quisiera alejarse de mí.
Rodney apretó su mano. —De ninguna manera. El chico está loco
por ti.
Lisanne levantó la mirada esperanzada. —¿Tú crees?
—Jesús —dijo Rodney—, ¿No se hablan el uno al otro?
—Oh, eso es gracioso, viniendo de ti ¡Sr. He sido homosexual por
años y nunca le dije a mi mejor amiga!
—Touché. —Rodney torció el gesto.
—Como sea, ¿Cómo te fue con tus padres?
—Oh, simplemente genial —dijo Rodney, su voz pesada con
sarcasmo—. Mamá se puso a llorar y papá comenzó a orar. Y eso fue
cuando les dije que dejaba la universidad.
—¡Ay!
—Sí, y luego les dije que era gay. —Rodney tomó una respiración
temblorosa—. Mamá solo lloraba un poco más y papá no sabía que
decir. Tuve que irme.
Puso las manos sobre las de él, muy consciente de que los
problemas de Rodney eran mucho más grandes que los suyos. Se
veía miserable. Estaba poniendo una buena fachada, pero podía
sentir el dolor que intentaba ocultar con tanto esfuerzo.
—Sabes —dijo lentamente—, podrías transferirte a mi
universidad, ¿no? Sólo llevamos un semestre, podrías ponerte al día.
Siempre hay lugar en clases de educación general, hasta que decidas
que hacer.
Podía ver que sus palabras le arrojaron un salvavidas.
—¿Lo crees? Demonios, ¡sí! ¿Tú y yo en la ciudad? Bueno, tú, yo y
Daniel. Sería asombroso.
La miró con agradecimiento.
—¿En serio? ¿Piensas que podría funcionar?
—¿Por qué no? Es una buena universidad. Tu mamá y tu papá
estarán felices de que todavía obtengas un título. Y no estarás solo,
estarás conmigo. Y saben que soy una buena chica.
Enfatizó las últimas dos palabras y nalmente se las arregló para
conseguir una pequeña sonrisa de Rodney.
Le alegraba que uno de ellos estuviera sintiéndose más optimista.
Cuando fue a ordenar más café, comprobó el teléfono de nuevo,
pero no había nada de Daniel.
Rodney le llamó la atención mientras caminaba de vuelta,
de nitivamente lucía más ligero y relajado.
—¿Todavía nada de Daniel?
—Nada.
Se encogió de hombros. —Es una cosa de hombres. Espera hasta
que esté cerca de casa, luego llámalo... um_ envíale un mensaje. —La
miró simpáticamente—. Es un chico bastante genial. Quiero decir, la
manera en que fue conmigo. Cuando lo vi, pensé que era, tu sabes,
tan macho alfa, que no había forma en la que dejaría a un chico gay
pasar el rato con él. Pero se encontraba totalmente bien con eso. Y
hablo en serio, está loco por ti.
Lisanne suspiró. —Algunas veces lo creo, pero es tan difícil de
entender. Nunca me dice nada. No lo sé, como si pensara que me está
protegiendo o algo.
—Tal vez lo está. Dijiste que su hogar no es el mejor.
—No tienes idea —dijo miserablemente.
—Cuéntamelo —dijo Rodney, con sentimiento.
Los amigos compartieron una mirada, y Rodney tomó su mano
sobre la mesa para sostenerla. —Lo harán funcionar.
Pero por la noche, todavía no tenía noticias de Daniel. Sus
emociones habían estado saltando de irritación a ira, de
preocupación a duda, terminando con una paranoia a escala real.
¿Tal vez el autobús chocó en la carretera? ¿Tal vez la linda rubia que
subió al autobús antes que él, se encontraba actualmente disfrutando
de los considerables encantos de Daniel, quizás había encantado los
pantalones fuera de ella, literalmente?
Arrojó el teléfono a la mesa de noche y se fue a dormir, enojada y
deprimida.
Por la mañana todavía no tenía noticias, y comenzó a preocuparse
de verdad.
Mónica trató de tranquilizarla.
—Sabes cómo son los hombres, cariño. La mitad del tiempo tu
padre olvida llevarse el celular y cuando lo hace, casi nunca está
cargando o encendido.
Sacudió la cabeza. —Daniel siempre tiene su celular con él, no es
como si pudiera usar un teléfono corriente, tiene que enviar
mensajes.
Mónica frunció el ceño.
—Harry dijo que pelearon. ¿Tal vez solo necesita algo de espacio?
— ¿Cuánto espacio necesitaba? ¿Tanto que estaba rompiendo con
ella?
Pero Rodney tenía una opinión diferente.
—Mira —dijo, al teléfono más tarde esa mañana—, ¿Por qué no
vamos ahí y vemos que sucede? Si estas tan preocupada, te llevaré
allí. Dios sabe que necesito alejarme de mis padres. Realmente
aprecio que oren por mí, pero también están enloqueciéndome un
poco. Dios me hizo gay, solo tendrán que superarlo.
—¿Realmente me llevarías? Porque mamá nunca me dejaría tomar
su auto e ir en autobús es realmente molesto.
—Seguro, por qué no. Sin embargo necesitaremos quedarnos en
algún lugar.
Mordisqueó la uña del pulgar, lo que quedaba de ella después de
las últimas veinticuatro horas.
—Podríamos quedarnos en mi dormitorio, sé cómo puedo colarte.
Kirsty no estará ahí... ¿Qué piensas?
Rio. —¿Una esta de pijamas? Oh Dios mío, ¡eso suena tan gay!
Tengo que recuperar el tiempo perdido. Sí, vamos a hacerlo.
Mónica y Ernie se hallaban menos entusiasmados cuando les
contó el plan.
—¡Por el amor de Dios, Lisanne! No puedes perseguir a Daniel de
ese modo.
—No estoy persiguiéndolo, mamá —mintió—. Sólo. Estoy
preocupada por él. Y Rodney quiere ver mi universidad.. Así que
todo está bien.
Ernie frunció el ceño, pero luego sorprendió a Mónica al estar de
acuerdo con Lisanne.
—No conseguiremos ninguna paz en esta casa con ella furiosa, y
Rodney es un chico estable y sensato.
Obviamente Ernie no se había enterado de las noticias, pero no iba
a discutir con su papá cuando estaba de su lado.
—¡Gracias, papá! —canturreó, y corrió escaleras arriba para
empacar las cosas.
Dos horas después se encontraban en carretera.
—Preparé una lista de reproducción con canciones para viajes de
carretera —dijo, complacido consigo mismo—. No creí que tendría la
oportunidad de utilizarla tan pronto.
Pronto los sonidos de Free de Ultra Nate otaban en el coche, y
Lisanne sintió a su espíritu animarse, aunque muy ligeramente.
Levantó las cejas. —Recuerdo ésta.
Rodney sonrió ampliamente. —Puedes llamarla mi himno.
Sonrió.
—¿Lista? —dijo—. ¡Viaaaje de carreeeetera! —Y presionó el
acelerador.
Por la tarde conducían a través de los suburbios de Savannah.
—¿Te importa si vamos a la casa de Daniel primero? —preguntó
ansiosamente.
—Por supuesto que no, Lis. Es por eso que estamos aquí. Además,
quiero ver este famoso antro de perdición.
—Eso no es gracioso, Rodney, es su hogar.
Se avergonzó. —Lo siento.
A medida que se acercaban a la calle de la casa de Daniel, se
encontraba espeluznantemente silencioso. En su primera visita, vió
coches y motos cubriendo la calle y personas esparcidas en la acera.
Pero no había nada. Nadie.
Cuando vio la casa, su boca se abrió.
—Santa mierda —exhaló Rodney, su voz llena de asombro y
temor.
La puerta delantera colgaba de las bisagras y difícilmente había un
vidrio que no hubiera sido destrozado. Botellas y latas de cerveza
ensuciaban el patio delantero y una fogata de algo que olía
realmente mal todavía ardía a un lado de la casa.
Quien sea que haya hecho esto —y debió haber sido más de una
persona— se había ido hace mucho tiempo.
Se sintió enferma y salió volando del coche.
—¡Espera! —siseó Rodney.
Él salió, cerrando el coche y sus dedos marcaron el nueve-uno-uno
en el marcado rápido.
Se sentía demasiado nerviosa para dejarlo entrar primero, y corrió
escaleras arriba.
—Oye —llamó Rodney—. ¡Mira!
Caminando hacia ellos, como si cada paso estuviera pegado a la
tierra por su propia y única gravedad venía Daniel. Se veía cansado,
sucio y sin afeitar, pero se encontraba con vida y en una pieza.
Lisanne corrió en su dirección, arrojándose a él, envolviendo los
brazos alrededor de su cuello. Se mantuvo de pie quieto, luego
lentamente dejó caer la cabeza en su hombro.
Ninguno de los dos habló.
Rodney se reclinó contra el coche y los dejó tener su momento. Lo
que sea que le hubiera pasado a Daniel, claramente fue demasiado.
Después de un momento, a ojó su agarre y retrocedió, de modo
que pudo ver su rostro.
—¿Estás bien? ¿Qué sucedió? ¿Dónde has estado? ¡He estado
volviéndome loca!
Sus ojos brillaban con cansancio y parecía confundido. Ella
inmediatamente se preocupó de que se hubiera lastimado la cabeza
y giró su mejilla cuidadosamente para inspeccionar la herida. No
podía ver nada obvio, excepto que claramente necesitaba una ducha
caliente y algo de comida, probablemente una larga siesta, también.
La miró como si no hubiera entendido la pregunta, pero sus ojos
se movieron hasta la casa, algo del fuego que amaba ver estalló en
sus ojos.
—¡Malditos adictos! —dijo, cansadamente.
—¡¿Qué?! —jadeó Lisanne, sus ojos encontrando el impactado
rostro de Rodney—. ¿Los drogadictos hicieron esto?
Daniel asintió lentamente. —Sí, después la policía arruinó todo el
lugar. —Miro al edi cio destrozado, y la ira se extendió por su rostro
—. Será mejor que eche un vistazo.
En todo caso, el interior se hallaba peor. Todos los muebles habían
sido destrozados, las alfombras rasgadas, incluso algunas de las
tablas del suelo. Cada armario, despensa y gabinete fue vaciado, el
contenido descuidadamente desparramando alrededor. En lo que
quedaba de la cocina, el refrigerador estaba tendido de lado, un
envase de leche cortada vertido en el suelo. La puerta trasera se dejó
abierta y algunas hojas se colaron adentro. Al menos no había
llovido.
Cautelosamente, Lisanne escogió una ruta escaleras arriba que
evitaba algo de los peligros potenciales de la alfombra destruida y
las manchas sospechosas. La misma destrucción llegó al segundo
piso. En la habitación de Daniel, todos se detuvieron. La puerta fue
destruida por algo pesado, causando que el seguro se desintegrara.
Su habitación una vez ordenada había sido destruida, las sábanas
arrancadas de la cama, el colchón reducido a pedazos. Todos los
libros tenían las portadas rasgadas y fueron tirados al suelo.
Empujaron la alfombra a un lado e incluso el pequeño desván
encima de la cama había sido quebrantado. Ropa fue sacada del
armario, tirada en el suelo y pisoteada.
—Parece que ha habido un motín aquí —susurró Rodney.
Lisanne no sabía qué decir. La policía hizo un trabajo muy
minucioso revisando el lugar, y luego fue destrozado por personas
que buscaban algo, cualquier cosa para vender para costear su
próxima dosis.
—Vamos, salgamos de aquí —dijo Rodney—.Vamos a conseguir
algo de comida y volver a tu casa, Lis, y luego decidiremos qué
hacer. ¿De acuerdo?
Ella asintió. Cualquier plan que implicara alejarse rápidamente de
allí sonaba bien para ella.
—Espérenme afuera —dijo Daniel, en voz baja.
De vuelta en el aire fresco, sintió una relajación de la claustrofobia
que la estrangulaba dentro de la casa devastada, pero su cabeza
empezaba a palpitar y sentía náuseas.
Unos minutos más tarde, Daniel los siguió afuera. Cargaba una
bolsa de plástico algo de su ropa, pero muy poca.
—Se llevaron mi guitarra —dijo, con una voz vacía—. Y revisé la
cochera, Sirona se ha ido. Mierda. El lugar ha sido dejado
completamente expuesto, todo se ha ido.
—¿Quién es Sirona? —susurró Rodney.
—Su Harley.
Daniel se agachó y cogió una botella medio llena de vodka que
yacía a sus pies.
Se encontraba a punto de decirle que no tomara cuando metió
algunas hojas de periódico en el cuello y sacó el encendedor.
Las llamas lamían el papel y Daniel apuntó el misil hacia la casa.
—¡No! —gritó Lisanne, y tomó su brazo de modo que se desvió
del objetivo y se estrelló en la fogata, explotando sin causar daño.
Rodney parecía conmocionado y totalmente asombrado.
—¿Qué estás haciendo? —gritó Lisanne, tirando de Daniel para
enfrentarlo.
—Incendiando el agujero de mierda —respondió en un aburrido
tono monótono.
—Creo que será mejor que lo saquemos de aquí —dijo Rodney en
voz baja.
Lisanne llevó a Daniel a la parte posterior del coche y lo empujó
dentro. Se deslizó a su lado, sosteniéndole la mano, mirando
ansiosamente su rostro. Él se recostó en el asiento y cerró los ojos.
Manteniendo su voz baja en algún tipo de creencia atávica de que
eso calmaría su espíritu herido, le indicó a Rodney la dirección a los
dormitorios. Se detuvieron brevemente para recoger comida, pero
Daniel no volvió a hablar de nuevo.
Una vez que llegaron, le dijo a Rodney que esperara en la salida de
incendios con Daniel, hasta que pudiera hacerlos entrar sin ser
vistos.
Los dormitorios se encontraban silenciosos y parecían desérticos,
pero de algún lugar, música otaba a través de los corredores vacíos
— música alentadora y feliz— la clase de música que escuchas
cuando no tienes una sola preocupación en el mundo. Lisanne trató
de entender de dónde venía la música y cuales habitaciones podrían
estar ocupadas, pero por todas partes parecía estar vacío.
Abrió la salida de incendios y le hizo un gesto a Rodney para que
entraran. Tiró de un Daniel parecido a un zombi.
Una vez en la habitación, Daniel se desplomó en la cama y Rodney
echó un vistazo alrededor.
—Nada mal. Aunque podrían hacer un baño privado.
—Sí, los colocarán en los dormitorios de las chicas para el año que
viene. Si no fuera un requisito para los que son de fuera de la cuidad
vivir en el campus el primer año, creo que tendrían un montón de
habitaciones
vacías.
Miró a Daniel. —¿Tienes hambre? —Camino hacia él y palmeó su
brazo—. ¿Tienes hambre?
Negó con la cabeza. —Estoy cansado.
—Deberías dormir. ¿Quieres tomar un baño primero? Difícilmente
hay alguien por allí, podría esperar afuera, asegurándome de que
nadie entre.
—Sí, supongo.
Lisanne inclinó la cabeza por la puerta y lo llevó hacia las duchas
de mujeres. Sus ojos viajaron por su cuerpo mientras se desvestía y
vio que sus moretones se volvieron amarillos y comenzaban a
desaparecer. Eso era algo. Pero se veía muy cansado.
Su ducha fue breve, probablemente porque se habría dormido si se
hubiera quedado por más tiempo. Se secó el mismo con la toalla de
Lisanne y se puso los vaqueros. Hizo una mueca hacia la camisa
mugrosa y camino de vuelta a la habitación con el pecho y los pies
desnudos.
Rodney había avanzado con la comida, pero lo vio tratando de no
mirar cuando entraban. Lisanne le lanzó una mirada, y sus ojos
cayeron hacia los rollos primavera.
Daniel parecía ligeramente más despierto y aceptó un poco de la
comida, pero sus parpados se cerraban. Ella sabía que necesitaba
dormir pero tenía que preguntarle.
—¿Qué sucedió?
Daniel suspiró y alejó la comida. Inmediatamente se sintió
culpable.
—Regresé de tu casa. No tenía dinero para un taxi así que caminé
desde el puente. Acababa de abrir la puerta cuando los policías
aparecieron. Fui arrestado y pasé dos días en la cárcel antes de ser
liberado bajo anza.
Lisanne jadeó. —¿Por qué fuiste arrestado? ¡Ni siquiera estuviste
ahí!
Su cabeza cayó. —Zef está acabado. Ni siquiera le darán libertad
bajo anza. Es un delito grave, intento de distribución. —Su voz se
encontraba vacía mientras recitaba los hechos—. Podría tener un
máximo de diez años.
Restregó su cabeza, cansadamente.
—¿Por qué no me llamaste?
Daniel sacudió la cabeza. —Necesitaba mi llamada para el
abogado. Pensé en pedirle que te diera un mensaje...
—¿Pero.?
—No necesitas estar envuelta en más de mi mierda, Lis.
Gimió con frustración. ¡Eso era tan propio de él! Tratando de
protegerla, la asustó demasiado.
—¿Y qué hay de tu guitarra? —dijo en un tono tan calmado como
pudo mostrar—. ¿Qué hay de Sirona? ¿Reportarás el robo?
—No tiene sentido. Estarán desaparecidas para entonces.
—Puedes reclamar el seguro —añadió Rodney amablemente.
Daniel solo lo observó, y las mejillas de Rodney se sonrojaron.
—¿Entonces eso es todo? —dijo Lisanne—. ¿Se llevaron todo?
—Sí, portátil, discos, maldición incluso la mayoría de mi ropa.
—¿Y qué hay de tu trabajo escolar?
Palmeó su bolsillo. —Eso lo tengo respaldado en una memoria. Y
mi música.
Rodney frunció el ceño pero no ofreció más consejos estúpidos.
—Muñeca, sé que tienes más preguntas, pero realmente necesito
dormir ahora —dijo, mirando con anhelo la cama de Lisanne—.
¿Podemos hablar en la mañana?
—Por supuesto —dijo suavemente, moviendo las cajas de la
comida, para que pudiera recostarse.
Atrapó su mano y la tiró contra él.
—Estoy tan malditamente feliz de que estés aquí —susurró—.
Hace que duela menos.
Él inclinó la cabeza contra su cintura y luego se puso de pie
lentamente. Dándole una pequeña sonrisa, se quitó los vaqueros, se
deslizó entre las sabanas y rodó sobre su costado.
Lisanne se inclinó para besarlo, pero ya estaba dormido.
Rodney movió algo, siseando en un teatral susurro y ella levantó
las cejas. —No puede escucharte.
—Oh, Dios, lo lamento. Sigo olvidándolo. Jesús, todos mis
problemas parecen bastante patéticos.
—Sé lo que quieres decir.
—No tenía idea de que este asunto con su hermano fuera tan serio.
Parece que será encarcelado por mucho tiempo.
—Sí, eso creo. Tal vez es lo mejor.
—Al menos habló por Daniel.
Lisanne respondió con amargura. —Era lo menos que podía hacer.
Rodney masticó lentamente. —¿Qué hará Daniel ahora?
—No lo sé. Encontrar algún lugar para vivir. Tratar e ir a la
escuela. Tiene un trabajo plani cado en una taller de autos. Espero
que no se derrumbe por todo esto. Es realmente inteligente. Me
ayuda con matemáticas y todo.
Rodney se atraganto con su chow mein. —¡¿Qué?! Traté de hacer
eso por años y no conseguí llegar a ninguna parte. Debe ser bueno.
—Es genial —dijo, tristemente.
—Caliente, también —añadió Rodney.
Se rio un poco. —Sí, caliente, también.
—Tú sabes, excepto por las ventanas, no sería demasiado difícil
arreglar la casa para hacerla lo su ciente habitable. Tu padre no es
tan malo en esas cosas. ¿Piensas que ayudaría? Tenemos diez días.
Repentinamente se sintió energizada. —¡Dios, podría darte un
beso! —dijo, levantándose—. Estoy segura de que mamá y papá
querrían ayudar. Harry, también. —Entonces su rostro cayó—. Pero
las ventanas todavía son un problema. No hay manera de que Daniel
sería capaz de pagar por eso y no puedo pedirle a mis padres...
—Ya se nos ocurrirá algo. Mira, llama a tus viejos, diles que Daniel
está bien y lo consultaremos con la almohada. Bueno, vete a dormir
con tu fabuloso, caliente y desnudo novio y yo me meteré en esta
pequeña y solitaria cama individual, y soñaré con traseros apretados
y bíceps lamibles.
—Oh mi Dios —dijo—, suenas igual que Kirsty. Debe ser esa
cama.
Llamó a sus padres y aunque se encontraban sorprendidos por lo
que les contó, prometieron estar allí para la hora del almuerzo al día
siguiente.
Por primera vez en varios días, se permitió tener esperanza
mientras se acurrucaba al lado de Daniel.
Él durmió por catorce horas, ininterrumpidamente. Había estado
tan quieto, que lo movió para asegurarse que respiraba. Suspiró
suavemente, lo cual la tranquilizó.
—Probablemente no durmió mucho en la estación de policía —
dijo Rodney—. Sé que yo no lo hubiera querido. —Se estremeció.
—No, supongo que no. —Se mordió el labio por un momento,
luego se levantó—. Voy a lavar algo de ropa sucia para él. No es que
haya quedado mucha ropa.
—¿Qué decía sobre la guitarra? No entendí eso.
Lisanne suspiró. —Era músico. Como yo. Comenzó a perder la
audición cuando tenía catorce años. Y escribió la música más
increíble. Canto cuatro de sus canciones en la banda. Es horrible, lo
que ha pasado.
—Gracias a Dios que te encontró —dijo Rodney, demasiado bajo
para que escuchara.
Se fue a lavar la ropa de Daniel mientras Rodney se quedaba en la
habitación. Se sorprendió cuando entró de nuevo, su cara furiosa.
—¿Qué pasa ahora?
—¡Encontré esto! —dijo, tirando un pedazo de papel sobre la cama
de Kirsty.
Rodney lo recogió. —Huh, el número telefónico de una mujer. Lis,
deben de darle este tipo de cosas todo el tiempo.
—Pero, ¿Por qué lo conserva? —Estaba furiosa.
—Ha estado bastante preocupado —dijo Rodney, levantando las
cejas—. Pero si estás tan preocupada por eso puedes preguntarle
cuando despierte.
Resopló pero no discutió. Pisoteó de nuevo fuera de la habitación
y volvió cuarenta minutos después con la ropa limpia de Daniel.
—Todavía no hay señales de vida —dijo Rodney, afablemente—.
Pero pienso que deberías despertarlo para que podamos
encontrarnos con tus viejos en su casa.
Acarició la mejilla de Daniel y vio revolotear sus parpados
abiertos.
—Hola, muñeca —dijo, su voz ronca—. Soñaba contigo.
A su espalda, escuchó el suspiró teatral de Rodney.
—¿Bonito sueño?
—Jodidamente increíble —dijo con una sonrisa—. Si hubiera sido
alguien más que tú quien me despertara, habría estado cabreado.
Se sentó y se frotó los ojos. —Ah, hola Rodney. Olvide que estabas
aquí, hombre.
—Sucede mucho —replicó Rodney, mordazmente.
Daniel sonrió.
—Mejor ponte algo de ropa —le recordó Lisanne, y le lanzó
vaqueros y camisa limpios.
—Mierda, eres una mujer increíble —dijo Daniel con gratitud.
Rodney desvió los ojos mientras Daniel salió de la cama y se puso
los vaqueros.
—Realmente vamos a tener que conseguir algo de ropa interior —
comentó Lisanne.
—Agua estas —dijo Rodney para sí mismo.
—¿Queda algo de ese comida china? —preguntó Daniel mientras
se estiraba, poniéndose su camisa.
—Algo. O podríamos ir afuera por desayuno.
—Tomaré lo que sea que quedó —dijo Daniel, mirando la comida
con hambre.
Comenzó a comer con ganas mientras ella le explicaba sobre sus
padres viniendo a ayudar. Se detuvo con los palillos a mitad del
camino a su boca.
—¿Van a venir aquí?
—Por supuesto —dijo Lisanne—. Quieren ayudar.
—¿Por qué? —Daniel se encontraba genuinamente perplejo.
—¡Porque se preocupan por ti, tonto!
—Ah —dijo Daniel, todavía inseguro—. Está bien, gracias.
—Um, hay algo más —dijo Lisanne, tocando la nota que encontró
en los vaqueros de Daniel—. ¿Qué es esto?
Frunció el ceño y luego su rostro se aclaró. —Ah, sí. Una chica que
conocí en la clínica de audición. Acababa de ponerse el CI. Quería
intercambiar comentarios. —Rodó los ojos.
Rodney giñó a Lisanne, una sonrisa de alivio en su rostro.
Daniel siguió comiendo.
—Nunca dijiste porque te arrestaron.
Rodney gimió audiblemente mientras Daniel suspiró, y dejó caer
los palillos.
—Tenía casi un gramo de droga en mi habitación. Trataban de
alegar que era posesión con intención de distribución, pero mi
abogado negoció reducirlo a uso personal. Eso es un delito menor
con encarcelamiento hasta por un año.
Miró a Lisanne y se encogió de hombros, lo cual disparó en ella
tanto su ansiedad como la irritación.
—¿Por qué tenías drogas, Daniel? Quiero decir... Nunca te vi... no
conmigo...
Le dio una pequeña sonrisa. —Zef la trajo al hospital, una especie
de regalo de “recupérate pronto y saca tu trasero perezoso de aquí”
La metí debajo de la cama y me olvidé de eso. —Se encogió de
hombros—. Zef le dijo lo mismo a los policías, por lo que mi
abogado dijo que podía salir.
Su tono casual presionó a Lisanne sobre el borde de su
cuidadosamente arreglada compostura.
—¿Qué demonios, Daniel? Se supone que debemos estar juntos, ¿y
tú me ocultas todo esto? ¡Zef te lo dio mientras te encontrabas en el
hospital! ¡Eso fue hace dos semanas! ¡Y nunca lo mencionaste! ¿Qué
dice eso acerca de nuestra relación?
Salió de la habitación hecha una furia, cerrando la puerta de golpe
detrás de ella.
Rodney volvió la mirada hacia Daniel, quién parecía igualmente
furioso.
—¡Estoy protegiéndola de toda esta mierda! —escupió.
—No quiere ser protegida, quiere ayudarte.
—No puede.
—Puede ayudarte si compartes cómo te estás sintiendo. ¡Jesús,
Daniel!
—Toda la mierda que ha pasado es por causa mía. Ni siquiera sé
por qué sigue aquí.
Rodney suspiró con exasperación. —¡Porque te ama, idiota!
Los ojos de Daniel se abrieron ligeramente, y volvió a sentarse
silenciosamente.
—Y creo que tú la amas.
Daniel asintió lentamente. —Ella es todo.
—Entonces díselo. Jesús, ustedes dos... No sé cuál de los dos es
peor. Maldita sea. He estado fuera del closet precisamente por dos
días y me tienes siendo un Dr. Phil o Ricki Lake o algo parecido.
¡Dame un respiro! —Movió los hombros en un gesto impaciente.
Daniel sonrió. —¿Ricki Lake?
—¿Y? Mis abuelos son de Baltimore. Me gusta Hairspray. Solo has
algo para hacerla sentir especial, para que sepa que te importa. No
tiene que ser algo caro...
—Joder gracias por eso, porque en caso de que no te hayas dado
cuenta, estoy en bancarrota —dijo amargamente. Pero al mismo
tiempo, tuvo una idea. Tal vez.
—Mira, deberíamos irnos —dijo Rodney, mirando el reloj—. Te
veré fuera, les daré a ti y a Lis unos minutos para ustedes.
Rodney abrió la puerta mientras Lisanne pisoteó dentro de nuevo,
casi tirándolo mientras pasaba junto a él.
—Buena suerte. —Respiró Rodney, aunque ni Daniel ni Lisanne
podían oírlo. Lisanne rebotó por la habitación, recogiendo la
chaqueta y el bolso, sintiendo que quería golpear a Daniel en la
cabeza con eso, en su lado bueno, por supuesto.
Se sentó pacientemente, esperando a que lo mirara.
Finalmente, se dio la vuelta. —¡Estoy muy enfadada contigo!
—Sí, recibí el mensaje —dijo secamente.
—¡Esto no es motivo de risa! —gritó.
—No me estoy riendo, muñeca —dijo, reteniendo una sonrisa—.
Lo siento, está bien.
—¡No! No, de nitivamente no está bien. ¡Nunca me cuentas nada!
Tengo que descubrir todo por accidente. Esa no es la base de una
relación, Daniel.
Su pecho se apretó de manera inquietante.
—Lis, por favor. Lo intentaré, está bien. Solo... es... No he tenido a
nadie para contarle esta mierda en un tiempo.
Sus ojos avellana rogaron para que entendiera y no tuvo corazón
para castigarlo más. Había dicho que iba a tratar. No podía pedirle
más.
—Está bien, pero estamos en esto juntos, Daniel. Solo dime. Si te
afecta, me afecta. ¡Consigue que atraviese tu grueso cráneo! —Y le
dio unos golpecitos en la cabeza.
—Estoy trabajando en ello, muñeca —dijo seriamente.
Ella se sentó en su rodilla y él le acaricio el cuello. Se encontraba
en sus brazos, y no había otro lugar donde quisiera estar.
Fueron interrumpidos por el teléfono sonando y la voz airada de
Rodney diciéndoles que dejaran de liarse y salieran.
A lo largo de todo el camino, Rodney se quejó
malhumoradamente por ser la única persona que no recibía ninguna
acción. Lisanne y Daniel lo ignoraron, sentándose en el asiento de
atrás, parecía que él se había quedado dormido de nuevo.
Llegaron justo cuando el carro de los Maclaine daba la vuelta
dentro del camino.
Era como una versión extrema de los programas de Hazlo tu
Mismo en la televisión.
Ese primer día, quedó asombrado de lo mucho que consiguieron
hacer. Ernie llamó para que trajeran un contenedor con cantidades
industriales de pintura blanca, brochas y rodillos. También hizo
arreglos para que un vidriero viniera, y montara vidrios nuevos en
las siete ventanas. Y después le dio tareas a todo el mundo.
Daniel trabajó más duro y más tiempo y tomó menos descansos
que nadie, animado por ver su casa de la infancia resurgir de los
escombros. Incluso se las arregló para recuperar algunas de las
fotografías de sus padres que no se encontraban demasiado dañadas.
A mitad de la tarde, dos hombres llegaron en una furgoneta VW
golpeada a comprar coca, pero Ernie los despidió amenazando con
llamar
a la policía.
—Eso pasará por un tiempo —dijo pensativo—, pero el mensaje
pronto llegará alrededor... siempre y cuando se mantenga así.
Le dio a Daniel una mirada dura.
—Se mantendrá —espetó Daniel—. No quiero esa mierda en
ningún lugar cerca de mí o. no lo quiero alrededor.
Ernie asintió y volvió a trabajar.
El cuarto día, después de que se hizo la mayoría de la limpieza y
las pequeñas reparaciones estructurales se encontraban completadas,
empezaron la pintura. Harry resultó tener un buen ojo para pintar
madera sin las líneas chorreando, por lo que fue puesto a cargo de
los marcos de las puertas y los alfeizares de las ventanas. Todos lo
demás se hallaban manos a la obra pintando las paredes y techos.
Ernie incluso rentó una lijadora, y le enseño a Daniel como usarla
en pisos de madera. Algunas de las habilidades de Pop con las
herramientas las heredó Ernie.
Daniel se sentía preocupado por lo mucho que estaba costando
todo. Pero Ernie simplemente dijo que esperaba que alguien hiciera
lo mismo si eran sus niños los que necesitaban una mano amiga. Eso
fue el nal de la discusión, al menos en lo que se refería a Ernie.
El mayor problema eran los muebles. A Mónica y Lisanne se les
dio la tarea de acechar las tiendas de segunda mano para ver que
podían encontrar.
—Nada femenino, por favor, muñeca —suplicó Daniel.
Lisanne rio en voz baja —Te encantará lo que sea que consiga. —Y
lo besó rápidamente para que no pudiera replicar.
Fueron verdaderamente exitosas, asegurando sofás, sillas, una
mesa de cocina y dos camas dobles con colchones decentes.
Cada noche, Rodney y Daniel se quedaban en la casa, acampando
fuera y bañándose con agua fría, hasta que el tanque de gas pudiera
ser llenado. Ambos tenían una barba de cinco días.
Lisanne quiso quedarse, también, pero fue vencida en una
votación por sus padres e incluso por Daniel, que se encontraba
preocupado por si alguno de los clientes de Zef regresaba.
Pero Ernie parecía tener razón sobre el rumor esparciéndose, y
nadie
los molestó de nuevo.
En la víspera de Año Nuevo, hubo más buenas noticias.
Daniel fregaba el cuarto de baño de la planta baja que no se había
utilizado para nada más que el almacenamiento de licor durante dos
años, cuando su móvil vibró en el bolsillo.
Al leer el mensaje su rostro se iluminó, y su grito de alegría se
escuchó en toda la casa.
Lisanne vino corriendo. —¿Qué pasa?
—¡Encontraron a Sirona! Algunos idiotas trataron de vendérsela a
Sal, el tipo de la tienda de autos que me dio trabajo. La reconoció y le
avisó al bastardo de ello. La puedo recoger hoy.
Mónica lo llevó a recoger a su amada Harley y la montó a casa,
sonriendo de oreja a oreja, usando un casco que Sal le dio, con otro
escondido en las alforjas como un repuesto para su chica.
Rodney se inclinó para susurrar—: Tu novio se ve caliente en cuero.
—Lo sé —dijo Lisanne con su ciencia.
Esa noche, celebraron el renacimiento de la casa, el regreso de
Sirona, y la víspera de Año Nuevo con comida mexicana, cerveza y
grandes cantidades de helado. Daniel y Rodney celebraron por
tomar turnos en una ducha con agua caliente.
La casa todavía parecía un poco vacía, el mobiliario se encontraba
en mal estado aunque funcional, pero era una casa de nuevo. O
tratando de serlo.
Harry y Lisanne peleaban por lo último del helado Rocky Road
cuando Daniel se puso de pie, moviéndose torpemente de un lado a
otro.
—Sí, así que es la víspera de Año Nuevo y mañana, mierda,
bueno, es un Año Nuevo. Por lo que, um, quería, ya saben,
agradecerles a todos lo que han hecho. Ha sido como tener una
familia, así es como se siente, para mí, quiero decir. Y Rodney,
hombre, viniste de paso y sé que has pasado tu propia mierda, así
que si necesitas un lugar para quedarte... ésta es tu casa. Está bien.
Mónica, Ernie, ustedes son jodidamente impresionantes. Um, lo
siento. Pero lo son. Tú, también, Harry. Trabajaste duro, hombre. —
Sus ojos se volvieron hacia Lisanne, que sostenía la mano sobre su
boca, sus ojos brillantes con lágrimas—. Muñeca. tú. yo. solo.
gracias. Quiero decir, gracias por todo. Joder, yo.
Se puso de pie y caminó hasta él, mirándolo a los ojos. —Lo sé.
Hubo un silencio, tan lleno de emoción que tuvo que ser roto.
—Salud por un nuevo comienzo —dijo Rodney levantando la
cerveza.
—¡Así se habla! —agregó Monica suavemente.
Lisanne llevó a Daniel hacia al sofá con ella y lo sostuvo hasta que
su vergüenza desapareció.
—Me encantó lo que dijiste —susurró.
—Soné como un jodido tonto —se quejó—. Lo tenía todo
planeado, lo que quería decir y entonces, ah, mierda.
—No, fue perfecto.
Levantó una ceja —Perfecto, ¿Huh?
Lisanne lo besó en la nariz —Excepto por todas las maldiciones.
Le sonrió.
A la media noche, cantaron Auld Lang Syne, y Daniel envolvió los
brazos alrededor de la cintura de Lisanne, jalándola contra su pecho,
sintiendo las vibraciones de la canción hacer eco a través de su
pequeña caja torácica.
Las palabras de Rodney regresaron a él, Solo has algo para hacerla
sentir especial, para que sepa que te importa . Repentinamente, sabía lo
que quería hacer.
Varias cosas cambiaron ese Año Nuevo. Después de una larga
noche de hablar de ello con Daniel, Rodney decidió transferirse a la
misma universidad, y tenía esperanzas de que sus padres apoyaran
esa decisión. Daniel le ofreció un lugar para vivir como un
agradecimiento por todo lo que hizo. Aceptó agradecidamente, pero
insistió en pagar el alquiler, a lo que Daniel se negó, hasta que
Lisanne lo llevó a un lado y le dijo que no iba a apreciar que
trabajara veinte horas a la semana además de estudiar, cuando la
contribución de Rodney signi caba que sólo tendría que trabajar
ocho. Con Rodney y Lisanne contra él, perdió la discusión.
Al día siguiente, los Maclaine fueron a casa, llenos de promesas de
volver pronto. Harry le recordó a Daniel que todavía tenían que
planear una cita a la sala de juegos.
Rodney se fue, también, pero sólo para recoger sus cosas antes de
mudarse, listo para el nuevo semestre.
Daniel y Lisanne estuvieron solos por primera vez en más de una
semana. Antes de que Rodney y los Maclaine estuvieran al nal de la
carretera, se quitaron la ropa el uno al otro, y no habrían llegado al
dormitorio, si Daniel no la hubiera recogido y cargado.
Lisanne era un charco caliente y sudoroso, su carne todavía
temblaba de las réplicas suaves después de un orgasmo muy
necesario, cuando Daniel rodó sobre el costado y pasó un dedo por
su mejilla.
—¿Mejor?
—Sí —Suspiró ella—. Mucho mejor.
Sonrió.
—Bueno. —Entonces su sonrisa se desvaneció y se veía inseguro.
No era una mirada que asociara con Daniel, le preocupaba.
—¿Qué pasa?
—Así que, um, tengo mi primera sesión de a nación el jueves.
—Está bien —dijo cautelosamente.
—Van a arreglarme el transmisor y procesador... —Tomó una
respiración profunda—. Me preguntaba. ¿Quieres venir conmigo?
Quiero decir, no tienes que. si es muy raro.
—Ah —dijo tragando con di cultad—. ¡Ah! Sí, por supuesto que
iré contigo.
—¿En serio?
—¡Sí, Idiota!
—Está bien.
—¡Está bien!
La atrajo hacia su pecho y allí escuchaba el constante, latido de su
fuerte corazón silencioso.
24
Traducido por Julieyrr, Juli, Vanessa Farrow& Leii S.
Corregido por Aime Volkov

Daniel se sentía nervioso. Se preguntaba si había sido un error


pedirle a Lisanne que lo acompañara a la clínica. Pero no había
vuelta atrás ahora. Mientras estaba renuente y arrastrando su culo
cansado, ella parecía ansiosa y casi jodidamente brincaba.
Incluso algo de sexo muy caliente al despertar no lo puso en mejor
estado de ánimo, y esa mierda estaba mal. El sexo matutino ponía a
todos de buen humor, ¿no?
Trató de ignorar el gran espíritu de Lisanne, pero cada vez que
apartaba la mirada, tiraba de su brazo para hacerlo ver a cachorros o
globos, o quién sabe qué jodida mierda feliz. Y realmente quería un
cigarrillo.
Pasaron junto a un tipo que sacaba un cigarrillo de un paquete
nuevo y Daniel pensó seriamente en asaltarlo por su Marlboro, una
marca que odiaba.
Se detuvo bruscamente frente a la entrada del hospital y Lisanne
casi se estrelló contra él.
—Sólo... dame un minuto, muñeca. —Exhaló, tratando de calmar
su respiración.
Se acercó y sostuvo su cara, apretando sus mejillas con dedos
gentiles. —Todo va a estar bien —dijo, colocando un suave beso en
sus labios—. Va estar bien.
Él le dio un asentimiento forzado, respiró hondo y abrió la puerta.
Lisanne atravesó la puerta y luego se volvió para mirarlo. Le
tendió la mano y la tomó, agradecido por el contacto.
Se fue a registrar en la recepción y los enviaron a la sala de espera.
Odiaba las salas de espera. Odiaba esperar y punto.
Habían estado sentados durante menos de un minuto y su pierna
saltaba arriba y abajo con tanta fuerza que podía sentir las
vibraciones en sus dientes.
Lisanne apoyó la mano en su rodilla, calmándolo.
—Va a estar bien —dijo de nuevo, repitiendo las palabras como si
fueran un talismán contra todo mal.
No se sentía jodidamente bien. Se sentía mal del estómago. ¿Qué si
después de toda esta mierda no funcionaba? Había leído las
estadísticas que se encontraban en todos los blogs en línea y cuentas
que fue capaz de encontrar. Sabía que los implantes no funcionaban
bien para todo el mundo, una minoría tal vez, pero por la forma en
que su maldita suerte iba, estaría en esa minoría.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en las rodillas y
dejó que su cabeza colgara hacia abajo.
Por favor, deja que esto jodidamente funcione.
Lisanne golpeó su brazo con suavidad y levantó la mirada.
Una mujer se encontraba de pie frente a él sonriendo. Ah, sí,
¿cómo se llamaba?
—Samantha. ¿Cómo estás?
S: Bien, gracias. ¿Tú?
D: Muy bien.
S: Esperaba que te pusieras en contacto.
D: He estado ocupado.
S: ¡Ya lo veo! ¿Esta es tu novia?
D: Sí. L-I-S-A-N-N-E.
—Lis, esta es Samanta. Ella tiene el CI, también.
—Ah, hola —dijo, mirando a Samantha rápidamente, luego se
acordó de hacer la señal correcta.
S: ¿Es la música D: Sí.
S: ¿Estás aquí para la sesión de a nación?
—Sí, la primera.
S: Te ves un poco nervioso. Es por lo que vine. Pero valdrá la pena. Te lo
prometo.
—Sí, eso espero.
El nombre de Daniel parpadeó en la pantalla.
—Ese soy yo.
D: Cuídate. Adiós.
S: Adiós.
Lisanne se despidió torpemente, sonriendo nerviosamente a la
atractiva mujer mayor.
—¿Qué te dijo?
Daniel se encontraba claramente distraído, pero sus pensamientos
no estaban yendo en dirección a Samantha.
—¿Qué? Oh, sí, dijo que esto valdría la pena.
Su boca se apretó en una línea dura.
Lisanne sostuvo su mano al entrar en la sala de consulta con él.
El Dr. Palmer se encontraba allí, lo que los tranquilizó a los dos.
—Hola, doc —gruñó Daniel, con la garganta inexplicablemente
seca—. Um, Lis, este es el doctor Palmer. Doc, esta es mi novia,
Lisanne Maclaine.
—Señorita Maclaine, un placer verte de nuevo.
Daniel frunció el ceño. ¿De nuevo?
—Hola —dijo tímidamente Lisanne, estrechándole la mano.
—Y esta es mi colega la doctora Devallis, es tú audióloga y se
encargará de supervisarte hoy. Sólo quería comprobar que no habías
tenido ningún problema con el implante.
—Sí, está bien —dijo Daniel—. Puedo sentirlo cuando trago, lo que
es un poco extraño.
—Se metió en una pelea —dijo Lisanne, de repente.
Daniel le dio una mirada molesta y parecía un poco
desconcertada.
—¿Una pelea? —repitió el doctor Palmer, con los ojos
parpadeando entre Daniel y Lisanne—. ¿Hubo algún daño en la
cabeza?
—No —dijo Daniel.
—Sí —dijo Lisanne.
—¡Por el amor de Dios! —gruñó Daniel, increíblemente irritado—.
El imbécil me golpeó en las costillas, ¡Mi cabeza está muy bien!
—Te golpeó en el lado izquierdo de la cabeza y uno de los puntos
de sutura se abrió —dijo Lisanne en un tono desa ante, cruzando los
brazos sobre su pecho.
—Bueno, le echaré un vistazo rápido —dijo el doctor Palmer—.
¿Cuándo sucedió esto?
—La víspera de Nochebuena —dijo Lisanne en voz baja.
Daniel se quitó el gorro y lo metió en el bolsillo. El doctor probó la
herida pero Daniel no movió ni un músculo.
—Bueno, parece estar bien —dijo el doctor Palmer nalmente—.
Pero realmente no puedo recomendarte que te metas en peleas.
—Créame, doctor —dijo Daniel, secamente—, no es mi idea de
diversión.
—Hmm, bueno. Trata de proteger tu cabeza. ¿Sigues montando tu
motocicleta?
—¡Diablos, sí!
El médico suspiró. —¿Qué con el fútbol?
Daniel frunció el ceño. —¿Qué sobre eso?
—Ah... —El doctor Palmer miró sus notas—, pensé que jugabas
futbol, mariscal de campo, ¿no es así?
—Jugaba, doc, jugaba.
El doctor Palmer se encontró con la mirada de Daniel. —¿Ya no
juegas?
Daniel se removió incómodo en su silla mientras todos lo miraban.
Sintió los dedos pequeños de Lisanne en su mano.
—Jugaba en la escuela secundaria, una escuela especial. No traté
de entrar en el equipo universitario.
—Señor Colton, tenemos leyes contra la discriminación en estos
días —dijo el doctor pacientemente—. Además, hay algunos
excelentes cascos que protegerían tu implante, y...
Daniel lo interrumpió, irritado. —Sé todo eso, doc. Deme un
maldito descanso.
Lisanne le dio un manotazo en el brazo.
—Lo siento —murmuró Daniel.
—Bien —dijo la doctora Devallis, alzando las cejas—, voy a hablar
contigo acerca de las piezas externas del dispositivo que necesitarás.
Se han encargado de un día para otro, por lo que están listas.
—Te dejaré con eso —dijo el doctor Palmer, estrechando la mano
de Daniel y Lisanne—. Vayan a mi o cina si tienen algún problema.
—Sí, gracias, doc.
El doctor Palmer salió de la habitación y la audióloga les sonrió.
Abrió la caja cuadrada que se encontraba sobre la mesa delante de
ella.
Dentro había una pieza redonda de plástico del tamaño y forma
de una moneda, unido por un cable de cinco pulgadas de algo que
podría ser confundido con un interesante, nuevo iPod, tal vez.
—Bueno, primero lo primero.
Hablaba despacio y con claridad, mostrándole a Lisanne así como
a Daniel.
—Aquí es donde la célula de energía va. Es una batería recargable,
la mayoría de las personas la cargan mientras están durmiendo. Esta
parte de aquí —Golpeó el cuerpo de plástico—, es el procesador y
justo encima de él está la bobina telefónica. La parte del gancho aquí,
se llama gancho auxiliar micrófono. El micrófono principal está aquí,
en la parte superior. Ahora esas son las partes que realmente
necesitas conocer. Esta es la luz de estado LED, y justo debajo está el
control de volumen.
—¿Qué es este interruptor? —dijo Lisanne.
—Es el interruptor de programas. Se utiliza para cambiar entre
diferentes entornos, para uso general, cuando es muy ruidoso, y así
sucesivamente. Y esta pieza contiene el transmisor y el imán.
Daniel miró la cara de Lisanne. Parecía completamente absorta en
lo que les decían.
—¿Listo para probarlo? —dijo la doctora Devallis.
Daniel tragó saliva y asintió.
La doctora colocó la unidad detrás de su oreja izquierda y colocó
el imán al lado de su cabeza. Lisanne quedó fascinada al ver que se
quedaba en el lugar.
—Un segundo imán se colocó bajo la piel durante la cirugía —
explicó la doctora Devallis.
—Oh, claro. Por supuesto —tartamudeó Lisanne.
Los ojos de Daniel se movieron hacia ella.
—Está bien, aquí vamos.
La doctora se volvió hacia la pantalla de su ordenador y luego
miró de nuevo a Daniel.
—Estimularemos cada electrodo a lo largo de la matriz, uno a la
vez. De esta manera podemos encontrar el nivel más bajo de la
corriente necesaria para que puedas apenas oír un sonido, lo que es
el umbral de sonido. Luego, encontraremos el nivel superior de la
estimulación mediante el aumento de la corriente para encontrar un
nivel que es cómodamente alto. Entonces es un caso de equilibrar el
nivel de corriente a través de todos los electrodos. Daniel, escucharás
una serie de pitidos ahora.
Presionó algunas teclas en su ordenador.
—¡Mierda! —dijo Daniel, su mano volando automáticamente hasta
su oreja, sus ojos castaños, muy abiertos.
—Lo estás haciendo bien —dijo la doctora, con dulzura.
Daniel miró a Lisanne y la vio limpiarse las lágrimas. Le dio un
pulgar hacia arriba y una gran sonrisa esperanzada.
La doctora pulsó otra tecla y Daniel parpadeó. Era la sensación
más extraña. No sonaba como lo recordaba, pero era sonido.
—Esto tomará un poco de tiempo para funcionar bien —dijo la
doctora—. Solo ven con nosotros. Tu rehabilitación auditiva no será
instantánea, como estoy segura de que estás cansado que la gente te
diga. Bien, estoy mapeando el proceso para ti. Imagina un órgano
eléctrico: cada electrodo tocará una “nota” en particular. Habrá un
montón de ajustes involucrados.
La doctora Devallis pasó los siguientes cuarenta minutos
probando diferentes niveles de sonido. Por último, deliberadamente
se giró lejos de Daniel.
—¿Puedes oír lo que digo?
Esperó y Daniel frunció el ceño. Luego se volvió hacia él y repitió
las palabras.
—¿Puedes oír lo que digo?
Daniel la miró.
—Um, hay algo. Es como_ mierda, no sé... patos graznando, ¿tal
vez?
La doctora asintió y sonrió. —Bien, nos vamos acercando. —Hizo
algunos ajustes más—. El sonido te parecerá extraño hasta que te
acostumbres a él. La mayoría de las personas lo describen como
“mecánico” o “sintético” Pero no te preocupes, la percepción
cambiará con el tiempo. Bien, vamos a tratar de ampliar la gama.
Daniel miró a Lisanne, que parecía estar conteniendo la
respiración.
—¡Respira, muñeca! No quiero que te desmayes incluso si estamos
en un hospital.
Rodó los ojos pero la vio tomar una respiración profunda. Tenerla
allí era inmenso. Habría huido rápidamente para ese momento como
un gran miedoso, si ella no hubiera estado allí.
La doctora Devallis sonrió. —¿Cómo suena esto? —Y apretó
algunas teclas más en su ordenador.
Se concentró. —Es una especie de. ahogado. como que estoy bajo
el agua o algo así.
—Está bien, eso es bueno. Lo estás haciendo bien. A medida que el
cerebro se adapte y aprenda una imagen de sonido completa,
comenzará a sonar más natural. Será agotador al principio, pero se
hará más fácil.
Por otra hora, puso a prueba una gama de sonidos hasta que
Daniel parecía agotado. Lisanne tuvo que impedirle que se frotara la
cabeza.
—Lo has hecho muy bien para un primer día —dijo la doctora
Devallis, por n—. Tienes una cita programada para mañana por la
tarde, haremos un poco más de trabajo entonces. ¿De acuerdo?
Asintió con cansancio.
—Quiero que practiques usando el procesador y transmisor
durante una hora esta noche. No intentes demasiado, sin televisión o
radio, solo hablando, ¿de acuerdo?
Asintió de nuevo, sintiendo como si quisiera arrancarse la maldita
cosa de su cabeza. Su cuero cabelludo se sentía en carne viva donde
se conectaba con el transmisor y le dolía la cabeza.
No podía salir del hospital lo su cientemente rápido. Sintió a
Lisanne tirando de su manga.
—¿Daniel?
—Sólo necesito... vamos a salir de aquí, mierda, Lis. Yo solo...
Sus dedos se cerraron alrededor de su mano y caminaron de
vuelta a Sirona sin hablar. Daniel le pasó su casco y se puso el suyo
por su cuenta.
Trataba de procesar todos los sentimientos y necesitaba silencio.
La maldita ironía.
La mañana se sintió irreal. No podía explicar la sensación mientras
estimulaba el implante, el sonido no encajaba con ninguno de sus
recuerdos. Sabía que era demasiado pronto para estar decepcionado,
pero la sensación abrumadora estaba allí de todos modos. No podía
pasar de la idea de que tenía un trozo de metal en la cabeza. Casi
había sido capaz de ignorar eso después de la operación, pero
sentirlo funcionar, lo asustó. Y la forma en que se sentía tener el
transmisor pegado a la cabeza. Un escalofrío lo recorrió.
Instintivamente, sabía que necesitaba algo familiar y se dirigió por
la cena, conduciendo más rápido de lo legalmente permitido. Las
manos de Lisanne se apretaron alrededor de su cintura y no sabía si
era de miedo, pero desaceleró fraccionalmente.
Acababa de quitarse el casco cuando su estómago se hundió hasta
sus botas. Maldita suerte que ella estuviera aquí. ¿Cuáles eran las
posibilidades?
Daniel sintió a Lisanne entrelazar sus dedos a través de los suyos.
—¿Estás bien? —dijo, explorando ansiosamente su rostro.
—Creo que deberíamos ir a otro lugar.
—¿Por qué?
Hizo una mueca. —Cori está aquí. Ese es su coche.
—¿Por qué no quieres que nos conozcamos? —dijo, tensa—.
Dijiste que querías presentarnos.
Su expresión era desa ante e inmediatamente sintió su cabello
erizarse.
—Porque no puedo tener más maldito drama en este momento,
Lis y te ves como si quisieras empezar a jalar su cabello.
Lisanne resopló. No era del tipo violento, sin embargo...
—Te prometo que me comportaré bien con tu ex novia —dijo,
dibujando una cruz sobre su corazón. Entonces se sintió culpable al
ver cuán estresado se encontraba—. Oye, ¡no te preocupes!
Honestamente, no empezaré nada.
Cerró los ojos y sacudió la cabeza lentamente.
Lisanne se puso de puntillas y le dio un beso. —Honestamente.
Le dedicó una sonrisa forzada y se aseguró de que su gorro
estuviera rmemente en su lugar. Caminaron hasta la cafetería
juntos y él le abrió la puerta.
Cori ya los había visto y se encontraba sentada con los brazos
cruzados y en silencio, lo que nunca era una buena combinación en
la experiencia de Daniel.
Respiró hondo y caminó hacia adelante.
C: ¡Hola, extraño!
D: Hola. Esta es L.I.S.A.N.N.E.
—Lis, esta es Cori.
Lisanne utilizó el único lenguaje de señas que conocía. Hola.
C: ¿Puedes hablar en señas?
D: No, sólo sabe “hola”.
C: Es linda. No tu tipo habitual.
D: No empieces.
Daniel levantó las cejas y luego se volvió hacia Lisanne, que
parecía perdida.
—Piensa que eres linda.
—¡Oh! —Lisanne se sonrojó—. Eso es muy amable de su parte,
porque ella es hermosa.
C: ¡¿”Hermosa”?! Me agrada.
—Le agradas —dijo, para Lisanne.
Las dos mujeres se sonrieron con cautela una a la otra, y Daniel se
frotó la cabeza.
—¿Puedes leer los labios? —le preguntó Lisanne a Cori.
Daniel vio la respuesta. —Sí puede, pero dice que es agotador.
Pre ere hacer señas.
—Oh, está bien.
Lisanne lo vio frotándose la cabeza y le agarró la mano. —¿Te
duele?
—Jaqueca —dijo, cortante.
C: ¿Debido al IC?
D: Sí.
C: ¿Cómo se siente?
D: Raro. No sé. Un poco doloroso.
C: ¿Puedes escuchar?
D: No mucho. Dicen que va a mejorar.
C: Entonces, ¿ahora serás uno de ellos?
—Vete a la mierda —dijo Daniel, con frialdad.
Lisanne se veía sorprendida.
—Está siendo un dolor en el trasero —dijo, señalando con la
cabeza a Cori que sólo sonrió beatí camente.
—¿Qué te dijo?
—Déjalo, Lis.
—¡No! ¿Qué dijo? ¿Fue por mí?
—Joder. Dijo: “¿Ahora eres uno de ellos?” ¿De acuerdo?
Lisanne frunció el ceño. —¿Qué quiere decir?
Daniel se frotó los ojos. —Cree que ahora voy a ser parte del
mundo de los oyentes y no voy a tener nada que ver con... otras
personas sordas. No entiende que voy a seguir siendo sordo, que
esto —Señaló a su cabeza—, es sólo otra herramienta. Pero no es
como si fuera una persona oyente. —Miró a Lisanne—. No estoy
seguro de que lo entiendas. Esto es de por vida, Lis. Nunca voy a ser
como tú.
Los ojos de Lisanne se llenaron de lágrimas y su voz comenzó a
subir.
—Lo sé —susurró.
Cori le dio una patada bajo la mesa.
C: Estás siendo un idiota. La hiciste llorar.
Daniel se levantó bruscamente y se marchó, dejando a Cori y
Lisanne mirándose una a la otra. Cori se inclinó sobre la mesa y tocó
el dorso de la mano de Lisanne, sonriendo con tristeza.
Lisanne tragó saliva y sintió que sus labios se curvaron hacia
arriba. Fue lo mejor que pudieron manejar.
Daniel se encontraba sentado en la acera, con la cabeza entre las
manos. Cuando sintió que alguien le frotaba el brazo, no necesitaba
mirar para saber que era Lisanne.
Le tocó la mejilla y se apoyó en ella. Pasó un dedo por sus labios y
lo besó suavemente.
—Mierda, lo siento —dijo.
—Yo también. He ordenado mucha grasa para ti. Vamos, vuelve.
Por favor.
Se puso de pie lentamente, sintiéndose drenado. Mucha grasa
sonaba bien, simplemente no sabía si podía manejar las preguntas de
Cori y Lisanne. Eso era su ciente para darle una indigestión a un
hombre antes de comer.
Volvieron al restaurante y Cori le sonrió.
C: Te maneja bien.
D: ¿Qué parte de “vete a la mierda” no entendiste la primera vez?
C: En serio, me agrada. Será buena para ti.
D: ¿Muy condescendiente?
C: Supéralo.
El teléfono de Lisanne sonó y lo sacó de su bolsillo.

—Oh, es Kirsty. Ha publicado algunas fotos de Aspen.


Le pasó el teléfono a Daniel y hojeó varias fotos en la nieve.
C:¿Puedo participar o es una cosa de parejas?
—Cori quiere saber lo que estamos viendo.
—Kirsty es mi compañera de cuarto. Está en Aspen con su novio,
Vin.
D:La irritante compañera de Lis y su novio Vin. Están esquiando en
Aspen.
C: ¡Qué afortunados! Y estoy atrapada aquí mirando tu cara fea.
D: Ya me estoy aburriendo de decir “vete a la mierda”.
Lisanne le pasó el teléfono a Cori.
C: ¡Oye, él es lindo!
Daniel rodó los ojos.
—¿Qué? —dijo Lisanne.
—Por favor no me hagas malditamente decirlo —se quejó Daniel.
—Vamos, ¿qué dijo?
Gimió. —Piensa que Vin es “lindo”. —Utilizó comillas en el aire
para mostrar cuán profundamente incómodo estaba, hablando de
otro tipo de esa manera.
Cori se rió y Lisanne no pudo evitar sonreír.
—No es mi tipo —dijo Lisanne.
Cori se rió y señaló a Daniel.
—Sí, él es mi tipo —dijo Lisanne, asintiendo.
Daniel las miró a las dos. —¡Oigan! ¡Estoy aquí!
Se sintió aliviado cuando Maggie llegó con la comida.
—¿Dónde has estado, guapo? He echado de menos tu dulce cara.
— Se inclinó para pellizcarle la mejilla—. Espero que lo estén
manteniendo bajo control, chicas —dijo.
—Demonios —suspiró Daniel.
—¡No maldigas tanto, Danny Colton! —dijo Maggie severamente.
Lisanne contuvo una risita, todavía ligeramente intimidada por la
camarera.
Comieron en silencio, ya que Daniel se negaba a traducir mientras
había comida en frente de él.
Después, tuvieron una incómoda conversación de tres mientras
Daniel le contaba a Cori sobre Zef y la casa, y que Rodney se estaría
mudando.
C: ¿Es lindo también?
D: No es tu tipo.
C: ¿Qué se supone que signi ca eso?
D: Es gay.
C: ¿Ahora eres bisexual? No te molestes en decir “vete a la mierda” de
nuevo.
—Oh, dile que vamos a hacer una esta cuando Rodney se mude.
—¿Qué? ¡De ninguna manera!
—Bien, se lo diré yo. —Lisanne habló despacio y con claridad, y
observó la concentración en el rostro fruncido de Cori.
Era evidente que encontraba la lectura de labios mucho más difícil
que Daniel. Eso hizo que se preguntara cuan agotador era para él.
Siempre lo hacía ver tan fácil que se dio cuenta de que lo había
subestimado. Pero al ver la lucha de Cori, se vio obligada a revaluar
sus pensamientos.
C: ¡Genial! ¡Fiesta! ¡No ibas a invitarme, hijo de puta!
D: No puedo imaginar por qué no lo haría.
C: ¡Vete a la mierda!
Le sonrió.

***
Durante los próximos tres días, Daniel tuvo dos citas más. Cada
vez, Lisanne fue con él, y cada vez eran pequeñas mejoras, pero la
frustración de Daniel era clara.
No podía distinguir entre las voces de los hombres o las mujeres, y
no podía decir quien hablaba. Algunos de los sonidos le parecieron
“feos”, aunque no pudo explicar lo que quería decir con eso.
Lisanne creyó comprender, al ser música, y estar tan en sintonía
con la calidad del sonido, algunas combinaciones simplemente no
parecían correctas. Pero mantuvo ese pensamiento para sí misma.
Daniel sabía que su control sobre su temperamento era tenue y
trató de no descargar su constante enojo en Lisanne, pero era difícil.
Casi se sintió aliviado cuando Rodney regresó, y la intensidad de
estar con su novia a todas horas y todos los días diluyó.
Algo bueno resultó de su tiempo juntos, el sexo había sido
increíble. Ella tenía cada vez menos inhibiciones y lo sorprendió
varias veces tomando la iniciativa. Pero pelearon, también. ¡Joder, si
pelearon!
Admitió para sí mismo que la volvía loca que nunca hablara de lo
que sentía, ¡pero vamos! Simplemente no era una cosa de hombres
hablar cada maldito segundo de cómo se sentía a cada momento. A
veces necesitaba sólo ser. Lisanne no parecía entender eso, y lo
acusaba de excluirla.
En el lado positivo, el sexo de reconciliación siempre era
jodidamente fantástico.
Muñeca era una luchadora. A él le gustaba eso. Le gustaba mucho.
A Lisanne, por otro lado, sus peleas le parecían agotadoras. Se lo
admitió a Kirsty cuando regresó de Aspen.
—Quiero decir, me envió esa carta desgarradora pero nunca
puede decirme las palabras a la cara. Es tan cerrado, nunca sé lo que
está pensando y terminamos peleando. Otra vez.
—Pero te está hablando —dijo Kirsty alentadora, mientras
continuaba desempacando su maleta impresionantemente grande—.
Suena como si estuviera tratando.
Suspiró. —Sí, ya lo sé. Y entonces me enojo conmigo misma por
enojarme con él. Ha hecho todo esto por mí y termino gritándole.
Soy una perra.
Kirsty dejó de desempacar y la miró, una media sonrisa tirando de
sus labios.
—Oh, créeme, cariño, eso está tan lejos de la verdad. Además,
¿dijiste que te pidió que fueras a las citas médicas con él?
—Sí, casi me muero cuando me lo pidió. Por lo general mantiene
todas esas cosas para sí mismo. Ya sabes, por ser sordo.
Kirsty rodó los ojos. —Sí, me acuerdo del berrinche épico cuando
me dijiste. Así que la cosa de la clínica, ¿es algo grande para él?
Asintió. —Sí, creo que sabe que tiene que empezar a compartir
estas cosas si realmente vamos a estar juntos.
—¡Guau!
—Lo sé.
—¡Y tú como estás, prácticamente viviendo con él!
Negó con la cabeza. —No, sólo me quedaba por unos días hasta
que comenzaran las clases.
—Tus padres deben haberse asustado por eso.
—Bueno, en realidad no^ Tal vez un poco. Me dieron toda la
charla sobre “la necesidad de pasar tiempo separados” y “disfrutar
de mi libertad”. Quiero decir, creo que han aceptado que estamos
durmiendo juntos —creo— que simplemente no quieren que me
mude con él. Voy a guardar ese bombazo para el próximo año.
La miró boquiabierta. —¿En serio? ¿Eso crees?
Asintió lentamente. —Sí, creo que sin duda es lo mejor.
—¡Guau!
—¡Lo sé!
Ambas se echaron a reír y se alegró de tener un poco de tiempo de
chicas.
Pidieron pizza y Kirsty le contó todo acerca de Aspen lo cual, por
supuesto, era “increíble” y “asombroso”. Se sentía ligeramente
sorprendida al escuchar que los padres de Vin habían estado
completamente de acuerdo en que ellos compartieran una
habitación.
A decir verdad, se sentía un poco celosa de que sus padres no
fueran tan abiertos de mente. Pero entonces se sintió mala por
pensar así, sobre todo cuando fueron tan maravillosos al ayudar a
Daniel a arreglar su casa, tanto que lo trataron como de la familia.
No había sido un viaje tranquilo, pero hicieron mucho por él. Daniel
lo dijo en la víspera de Año Nuevo. Lisanne amaba a su mamá y
papá, y no podía imaginar estar sin sus padres, aunque a veces
fueran sobreprotectores.
Daniel perdió sus...
—Oye, ¿dónde estás? ¿Ya extrañas a Daniel?
Sonrió a su amiga. —Sí, pero no estoy extrañando la pelea.
—¿Ni siquiera el sexo de reconciliación?
—¡De nitivamente extraño eso!
Kirsty le guiñó un ojo.
—Entonces, ¿qué vas a hacer ahora?
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, sigue siendo un gran secreto, ya sabes, ¿qué es sordo?
Lisanne frunció el ceño. —No creo que nada haya cambiado.
Todavía es súper privado. Será bastante malo cuando la gente se
entere de que Zef fue arrestado.
Kirsty asintió. —Dios mío, no puedo imaginar lo que Daniel está
pasando. Estoy tan contenta de que te tenga Lis. —Vio la cara de
incredulidad de su amiga—. No, lo digo en serio. Sé que no he sido
su fan más grande pero, bueno... lo admito. Estaba equivocada.
—Gracias, Kir. Eso signi ca mucho para mí.
—Pero...
—Uh-oh.
—No, es sólo... tuve que decirle a Vin.
Suspiró. —Lo supusimos. No creo que a Daniel le importe mucho,
él y Vin se llevan bien.
—Si te sirve de consuelo, Vin se vio seriamente impresionado.
Bueno, se sorprendió muchísimo al principio. Estuvo bastante sin
poder creerlo. De todos modos, nalmente lo convencí y le dije sobre
el hospital y todo. No va a decir nada, pero creo que iba a mandarle
un mensaje a Daniel. —Sacudió la cabeza—. Francamente, creo que
es inevitable que la gente se entere. Quiero decir, tú has dicho que lo
cubre con un gorro, ¿pero va a llevarlo todo el verano?
—Algunos chicos lo hacen —dijo Lisanne a la defensiva.
—¿A la playa?
—No puede usar el procesador cuando está nadando de todos
modos.
—Sabes lo que estoy diciendo.
Asintió. —Sí, lo sé.
De repente la puerta se abrió de golpe y Shawna entró.
—¡Ooooh! ¡Estás de vuelta! —chilló, pasando de cero a
supersónica en menos de un segundo.
Se lanzó a Kirsty, charlando acerca de su regalo de Navidad y Año
Nuevo. Finalmente, reconoció que Lisanne se encontraba en la
habitación.
—Ah, hola —dijo fríamente.
Lisanne se limitó a sonreír y siguió enviándole mensajes de texto a
Daniel.
—Por cierto —dijo Shawna—, acabo de cruzarme con Daniel
Colton.
La cabeza de Lisanne se levantó de golpe mientras Shawna seguía
chillando.
—Oh Dios mío, ¿lo has visto? ¡Se cortó el pelo! Le dije hace años
que los cortes rapado eran la cosa más sexy... ¡Debe haberme
escuchado!
Kirsty sacudió la cabeza con incredulidad.
—Shawna, ¿estás completamente engañada? ¡Está tan enganchado
con Lisanne que ni siquiera es creíble!
Shawna rió. Realmente se echó a reír y ella quería meter su cara
idiota en la papelera más cercana.
—¡Oh, por supuesto! —dijo, sin dejar de sonreír—. ¡Nos vemos
mañana! —Y salió.
—Lo siento —murmuró Kirsty.
Forzó una sonrisa. —No me importa.
—Sí, por eso te veías como si estuvieras a punto de dejarle la
cabeza calva —Hizo una pausa cuando Lisanne sonrió—, por lo
tanto, ¿Daniel va a venir, porque pensé que teníamos algo de tiempo
de chicas?
—No lo sabía —dijo—, pero no es nada más impredecible.
Su teléfono sonó debido a un texto y sonrió al ver que Daniel la
esperaba abajo.
—Amor joven —suspiró Kirsty y le lanzó una almohada.
Se apresuró a salir de la habitación, y sin querer se encontró con
Shawna. Se llenó de un repentino impulso de decirle a esa perra que
Daniel se encontraba comprometido, de forma permanente. O
simplemente pegarle. Pero no quería hacer las cosas difíciles entre
Kirsty y Shawna, especialmente porque estaban en el mismo curso.
—¿Shawna?
—¿Qué quieres, friki?
La malicia no provocada de Shawna era un error.
—Daniel es mi novio.
—¿Sí? Bueno, parece una ostentación de piedad para mí.
Dio un paso adelante, su furia desbordándose. —Nunca querría tu
culo ácido. Nunca querría tocar tus tetas falsas. No sería visto ni
muerto con una chica que viste como un travesti canalizando a Joan
Rivers.
Shawna la miró boquiabierta.
—Mantente alejada de mí. Mantente alejada de Daniel. O...
—¿O qué? —siseó ella.
—O voy a golpearte hasta cansarme.
Se sintió orgullosa de que la voz no le temblara ni una vez. Cruzó
los brazos sobre el pecho y la miró con frialdad.
—¿Me estás amenazando? —dijo Shawna, con incredulidad en la
voz.
—Sí.
Shawna jadeó y estaba a punto de decir algo, pero cuando vio las
pequeñas manos de ella enroscarse fuertemente en puños, salió
pisoteando por el pasillo, lanzando miradas de odio por encima del
hombro.
Respiró hondo, y se fue a buscar a Daniel.
Se encontraba apoyado contra la pared junto a la puerta de la
salida de incendios, con la cara llena de tensión. Lisanne
inmediatamente se olvidó de la pelea verbal con la perra de Shawna.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
No dijo nada, pero la estrechó en un abrazo apretado, enterrando
la cara en su pelo. Ella sintió su aliento en la nuca respirando
profundamente varias veces. Después de casi un minuto ahí,
sosteniéndola, mientras le acariciaba la espalda, la dejó ir.
—Lo siento —murmuró—. Es solo que...
—Estás bien. ¿Quieres entrar?
—¿Está Kirsty?
—Sí, pero no le importará.
Negó con la cabeza. —No, no voy a quedarme. Sólo quería verte.
—Daniel, me viste hace menos de dos horas. ¿Qué pasó?
—Recibí una llamada de la cárcel. Zef quiere verme. Tengo que
estar allí mañana a las doce.
—Oh. ¿Vas a ir?
Su rostro se tensó perceptiblemente. —Por supuesto que iré,
maldición, es mi hermano.
Lisanne mantuvo el rostro inmóvil, tratando de ocultar su
irritación.
—Sí, entonces, no seré capaz de verte en el almuerzo.
No preguntó por qué simplemente no le envió un mensaje de
texto, sabía la razón.
—¿Quieres que vaya contigo?
Sonrió brevemente y luego frunció el ceño. —No, estoy bien. Pero
podríamos encontrarnos después de la escuela. Rodney va a hacer
comida tailandesa.
Puso los ojos y ella rio.
—¡Hmm, la cocina experimental de Rodney! ¿Y quieres que sufra
contigo?
—¡Sí, esa es una razón!
Sus ojos se oscurecieron, y le dijeron cuál podría ser la razón
número dos.
—Mmm, podría sin duda comer algo de comida tailandesa —se
burló.
La atrajo hacia sí, hambriento. —Sí, podría comer algo de.
tailandesa, también.
La besó profundamente y cuando le devolvió el beso, empujando
las manos en los bolsillos traseros de sus vaqueros, un gemido
retumbó de su garganta.
—Maldición, muñeca, simplemente no puedo tener su ciente de
ti.
Se fue, con su beso quemando en los labios, y las rodillas débiles.
¡Ese chico!

***

El día siguiente hacía un calor insoportable, y cuando Daniel


estacionó a Sirona, agradecidamente se quitó la chaqueta de cuero.
Todavía se sentía ansioso por dejarla en lugares desconocidos, pero
supuso que la bien protegida cárcel del condado era probablemente
más segura que la mayoría de los lugares.
Había una torre de vigilancia baja fuera de las puertas, y alambre
de púas en espiral grueso a lo largo de los muros de hormigón. La
cárcel en sí era poca cosa detrás de su barrera protectora, plana y
modesta, a pesar de quién y que contenía.
Daniel respiró hondo y se dirigió hacia la entrada de visitantes.
Ahora realmente quería un cigarrillo y estaba muy tentado a abrir
uno de los paquetes de Camel que le trajo a su hermano. Decidió no
hacerlo, habiendo estado sin fumar durante más de un mes. Lis lo
mataría si lo echaba a perder ahora. Además, ya no podía permitirse
el hábito de los veinte por día.
Dio el nombre a los guardias de turno en el puesto de control de
seguridad, y le pidieron que se quitara las botas y la chaqueta, y
pusiera las llaves y billetera en un cubo de plástico. Una señal le
informó que tenía dos posibilidades para pasar el detector de
metales o que se le negaría la entrada. Caminó a través de la
máquina y de inmediato comenzó a sonar.
Un guardia le dijo que revisara los bolsillos y se puso sobre él,
mientras lo hizo. Daniel se encontraba a punto de tratar de pasar
otra vez cuando se acordó del implante. Sintiéndose como un idiota,
le explicó el problema. El guardia lo miró con escepticismo hasta que
Daniel se quitó el gorro y le enseñó al tipo la cicatriz. También tenía
la carta de la cita de a nación en la billetera.
El guardia la leyó atentamente y luego la puso otra vez en la
billetera de Daniel.
—La próxima vez nos dicen antes de tratar de pasar por el
detector de metales, hijo.
Se sintió aliviado, el tipo podría haber sido un idiota, pero
considerando que trabajaba en una cárcel, era muy jodidamente
bueno en eso.
Se le dijo que esperara en una habitación con un grupo de otros
visitantes. Se sentía incómodo de pie con un grupo de mujeres, la
mayoría de las cuales parecían tener niños pequeños. Una mujer
lloraba, las lágrimas corrían por sus mejillas, y los mocos se
agrupaban debajo de su nariz. Daniel apartó la vista.
Después de esperar por diez minutos en los que la mujer siguió
sollozando patéticamente, fueron escoltados por una serie de
puertas a otra sala de espera. Un gran cartel declaraba:
No se permiten armas de cualquier tipo.
Evite el comportamiento ruidoso, excesivamente emocional, o
perturbador. Por favor sea considerado con otros visitantes.
No se permite hablar a otros delincuentes o visitantes.
Tomarse de las manos está permitido sólo si se mantienen a la
vista.
Un breve abrazo se permite al inicio y conclusión de las visitas.
Un delincuente puede tener contacto con sus hijos.
Si su visita se pone emocional, el personal lo asistirá de ser
necesario.
Daniel mantuvo una estrecha vigilancia sobre la puerta. No se
puso el procesador porque necesitaba su casco. Lo intentó una vez y
el cráneo se sintió herido y frágil, casi en carne viva donde los imanes se
reunían.
Vio a un guardia entrar y llamar—: Siguiente.
Levantó la mano y el guardia comprobó en la lista.
—Pase por la puerta a la derecha. Asegúrese de que se cierre por
completo detrás de usted. Cuando suene el timbre, pase por la
siguiente puerta. Una vez dentro, vaya directamente a la mesa doce.
¿Alguna pregunta?
—Um, sí.
—¿Cuál es?
—Estoy, eh, estoy sordo.
—¿Perdón?
¿Este tipo estaba jodidamente riéndose de él?
—Soy sordo. No puedo oír el timbre.
—Quieres esta visita, chico, porque he tenido su ciente...
Daniel se quitó el gorro y se volvió para mostrarle al tipo la
cicatriz. —¡Soy un maldito sordo, está bien! ¡No puedo oír ningún
jodido timbre!
Se giró de nuevo y se puso la gorra tejida rmemente en la cabeza.
El guardia lo miró irritado. —Está bien, buscaré a alguien que lo
acompañe.
Unos minutos más tarde, una enorme mujer en uniforme de
guardia se dirigió a él. —¿Eres el chico sordo?
Sintió los músculos tensarse pero intentó mantener una expresión
neutral.
—Sí.
—Eh. No pareces sordo. Por aquí.
La siguió por una puerta y por un corto pasillo. Después de una
pausa, empujó una segunda puerta.
—Ten una agradable visita.
Miró a su alrededor y encontró una pequeña mesa marcada con el
número doce. Ya había varios visitantes sentados con los prisioneros.
Un hombre cargaba una niña de unos dos años en la rodilla y le
soplaba burbujas en el estómago. Daniel pudo ver que se estaba
riendo.
El estómago se le contrajo y rápidamente se tragó las náuseas que
iban en aumento.
Una puerta en el otro extremo de la habitación se abrió y vio a Zef.
Esperaba que estuviera esposado y se sintió aliviado de que no lo
estaba. De hecho, si no hubiera sido por el overol de la prisión,
podrían haberse estado reuniendo en algún restaurante barato.
—Hola, hermanito. ¿Cómo estás?
Se levantó y se abrazaron rápidamente.
—Gracias por venir, hombre. Mierda, es bueno verte.
—Sí, tú también. Te ves bien.
Lo extraño era, que era verdad. Zef parecía relajado y perspicaz,
no hecho un manojo de nervios o drogado. Se dio cuenta de que
había pasado mucho tiempo desde que había visto a su hermano así.
Zef se rió un poco. —Es toda la vida sana. —Y levantó las cejas.
—Así que, ¿cómo es esto? ¿Aquí?
Los hombros de Zef se desplomaron, enormemente. —Bueno,
apesta, pero nada que no pueda manejar. Si no puedes cumplir la
condena, no cometas el crimen, ¿verdad?
—Sí, supongo. Oye, te traje tus cigarros.
—Maldición eres mi salvavidas. Gracias, Dan.
Asintió.
Zef encendió un cigarrillo y aspiró con aprecio. —¿No quieres
uno?
—No, hombre. Lo dejé.
—¿En serio?
—Sip. Hace más de un mes.
Zef exhaló una bocanada de humo lentamente y suspiro. —Esa
pequeña novia tuya debe ser una buena in uencia, o algo así.
Daniel frunció el ceño y Zef extendió las manos en un gesto de
rendición.
—No quiero decir nada. Es genial. Es muy bueno que tengas a
alguien —Hizo una pausa—, ¿cómo está la cosa de escuchar?
—Está bien. Extraño pero cada vez mejor. Puedo oír algunos
sonidos, pero aun así son un poco confusos. Dicen que tomará hasta
un año antes de que sea completamente funcional.
—¿Tanto tiempo?
—Podría ser antes. Nadie puede decirlo con seguridad.
—¿Te lo has puesto para ir a la universidad?
—Una vez. Fue bastante jodido. Sonaba fuerte en los pasillos, pero
no pude distinguir un sonido de los otros, era basura, así que fue
una
gran mierda.
Zef asintió lentamente. —¿No te arrepientes, entonces?
Daniel hizo una pausa. —No, sólo deseo...
—¿Qué?
—Pensé. pensé que sería capaz de escuchar música. Ya sabes, tal
vez ser capaz de. intenté pero es sólo un montón de maldito ruido.
El rostro de Zef era compasivo.
—Mierda, lo siento, hombre. Sé que era una gran cosa para ti.
Se encogió de hombros. —Sí. Lo que sea. —Miró a su hermano—.
Así que, ¿vas a decirme por qué estoy aquí? ¿Por qué vendías
maldita metanfetamina?
Zef le dio una sonrisa nostálgica. —No estaba seguro de que
vendrías.
Se pasó la mano por su mandíbula. —Eres mi hermano.
—Ojalá hubiera sido uno mejor.
Compartieron una mirada.
—Lo digo en serio, Dan. He sido un hermano de mierda. No
estuve allí para ti. Toda la mierda esa se vino abajo, trataste de
detenerme y estaba demasiado jodidamente ciego para verlo. Pero
¿sabes qué? No lamento que los policías me capturaran, porque no
creo que hubiera salido vivo. Me encontraba en algunos escenarios
bastante pesados y ni siquiera lo hablé contigo. Seguí dejándome
arrastrar más profundamente —Hizo un gesto con las manos—,
heme aquí, pues, en la cárcel, teniendo la oportunidad de limpiar
mis actos. Podrían darme cinco años.
Tomó una inhalación brusca.
—Oye, no te preocupes, hermanito. Este lugar es un picnic
comparado a donde me dirigía. Además, puedo estudiar. Podría
obtener mi título antes que tú. Y la prisión tiene un buen taller de
mecánica — Suspiró—. Así que, hum, ¿cómo está la casa?
—Iba a prenderle fuego.
Los ojos de Zef se desorbitaron. —¡Dulce niño Jesús! No lo hiciste,
¿verdad?
—Lis me detuvo.
—¡Bueno, jodidas gracias por eso!
—Sí, arreglada está bien. Sus viejos me ayudaron a arreglarla.
Tomé algunas fotos en el teléfono, pero no se me permitió traerlo
dentro. ¿Tal vez podría imprimir algunas para ti?
Ambos sabían que Daniel realmente preguntaba si Zef quería que
lo visitara de nuevo.
—Claro, eso sería genial.
El guardia se acercó, señalando el nal de la visita.
Se estrecharon la mano y Zef lo estrechó en un abrazo. —
Jodidamente lo siento —susurró, sabiendo que Daniel no podía
oírlo.
El guardia se aproximaba y Zef se apartó.
—Mira, una cosa más. Sólo... no confíes en Roy, ¿de acuerdo?
—¿Qué diablos? ¿Zef?
Pero a Zef ya se lo habían llevado.
No volvió a la universidad después de visitar a Zef. No fue a casa
tampoco. En cambio, se dirigió a la costa y se encontró un área de
playa donde podía mirar el océano, viendo las olas subir en espirales
sobre la arena pálida.
Se sintió como una patada en el estómago ver a Zef en la cárcel. Se
sentía contento porque su hermano quería aprovechar el tiempo que
tendría que servir para limpiar sus actos, pero maldición. cinco años.
Eso signi caba que Zef estaría cerca de los treinta en el momento en
que saliera. Parecía toda una vida lejos para Daniel.
Perdió a sus padres y ahora su hermano se había ido, también. ¿Y
qué era esa mierda de Roy? ¿Por qué Zef no le dijo abiertamente lo
que pasaba?
Su teléfono vibró y cuando lo sacó, tenía un mensaje con una foto
que Lisanne se tomó, haciendo una mueca tonta.
L: ¿ves lo que no tienes que seguir perdiéndote?
Espero que todo estuviera bien. LA xx
D: ¿te recojo en cuarenta minutos?
L: Tendré un aventón con R. estaré en tu casa ¡¡¡R tiene una cita!!!
LA xx
D: ¿?!*?!!&!
L: ¡Lo sé! Más tarde. LA xx
Sonrió para sus adentros. Muñeca siempre podía hacerlo sonreír.
Y Rodney tenía una cita. El chico se movía rápido.
Condujo de regreso lentamente, pensando en todos los
signi cados de la palabra “hogar”: lo que su casa había sido, lo que
era ahora, lo que podría ser o sería, incluso lo que debería ser. Sobre
todo, pensó en Lisanne esperándolo.
Eran casi las siete de la noche cuando regresó, y el coche de
Rodney seguía aparcado afuera. Se sintió decepcionado. Había
estado esperando tener a Lisanne para él solo. Rodney estaba bien,
vivir con él era más fácil de lo que pensó y aunque no era la persona
más ordenada, no era nada después de vivir con Zef y sus imbéciles
clientes por dos años.
Por lo menos ya no sentía la necesidad de bloquear la puerta de su
dormitorio —no es que tuviera algo que valiera la pena robar.
Palmeó la silla de Sirona— excepto ella.
La encerró con seguridad en la cochera y se dirigió hacia el
interior. Sus fosas nasales fueron atacadas inmediatamente por el
fuerte aroma embriagador de loción después del afeitado.
Rodney pasó luciendo emocionado, con una brillante sonrisa en su
rostro.
—¡Joder, hombre! ¡Hueles a la habitación de una puta!
—Lo sé —dijo Rodney, guiñándole un ojo—, ¡no me esperes
despierto!
Sacudiendo la cabeza, fue a buscar a Lisanne. Se encontraba en la
cocina desempacando comida de una bolsa de compras. Envolvió
sus brazos alrededor de su cintura y la besó en el cuello.
Se giró y apoyó la cabeza contra su pecho. Cuando levantó la vista,
sus ojos se encontraban suaves y preocupados.
—¿Cómo te fue hoy?
Hizo una mueca. —Bien. Tan bien como podría ser, supongo.
—¿Quieres hablar de ello?
—En realidad no.
—Pero, ¿quieres? ¿Tal vez después?
Suspiró. —Sí, después. Tal vez.
Puso los ojos en blanco. —¿Tienes hambre?
—Muerto de hambre.
Se rió suavemente. —Siempre estás muerto de hambre. Bueno, voy
a hacer algo. el espectáculo tailandés de Rodney ha quedado en
suspenso. Oh, oye, ¿te pusiste tu CI hoy? —Sacudió la cabeza y
frunció los labios—. Sabes que la doctora Devallis dijo que tenías que
practicar todos los días. Ve y póntelo mientras hago la cena.
—Muñe...
—No, lo digo en serio, Daniel. Ve a ponértelo. Ahora.
Refunfuñando y murmurando acerca de cómo era mandona, se
dirigió a su dormitorio y sacó el dispositivo de la caja. Comprobó la
batería y lo enganchó sobre su oreja, luego se unió al imán.
Todavía se sentía acomplejado por llevarlo, así que se puso su
gorro de lana y corrió escaleras abajo. Se detuvo a mitad de camino,
consciente de que podía oírse corriendo. La conmoción recorrió su
cuerpo y se alojó en alguna parte de su pecho.
Vio el rostro ansioso de ella mirándolo.
—¿Estás bien?
—Sí, joder. Yo. pude oírme . en las escaleras. Sólo me asusté un
poco. Está bien, estoy bien.
Su rostro se iluminó. —Está mejorando, ¿verdad? ¿Puedes
escuchar más con él?
—No sé si se trata de escuchar más o. como si mi cerebro está
identi cando lo que son los diferentes sonidos. Es difícil de explicar.
Bajó las escaleras y saltó los dos últimos escalones, aterrizando con
un golpe seco. Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro.
—¡De nitivamente escuché eso!
El rostro de ella se arrugó y Daniel se puso inmediatamente
incómodo. —¿Qué te pasa, muñeca? ¿Qué está mal?
Sacudió la cabeza y se frotó las lágrimas que amenazaban con caer.
—Sólo estoy. ¡feliz! —dijo—. Escuchaste eso. ¡Realmente lo
escuchaste!
La tomó en un fuerte abrazo y su boca se estrelló en la de ella.
Respondió de inmediato, y su lengua se sumergió en su boca,
retorciéndose y enroscándose con la suya.
Se sintió endurecerse cada vez más mientras se presionaba contra
ella.
—¡Cama! —jadeó.
Daniel la tomó en brazos y sintió sus piernas envolverse alrededor
de su cintura. Se giró y la llevó por las escaleras lentamente,
negándose a perder el contacto con su boca. Se estrellaron en su
dormitorio y cayeron de lado sobre la cama.
Lisanne agarró su camiseta y tiró de ella sobre su cabeza,
arrastrando el gorro con ella.
La mano de Daniel se movió al dispositivo, listo para quitarlo.
—Déjatelo —respiró Lisanne. Se apartó un poco para que pudiera
ver su rostro—, déjatelo.
La miró dubitativo, pero luego ella lo empujó hacia abajo y se
sentó a horcajadas sobre sus muslos, pasándole la lengua por el
centro de su cuerpo. Estiró los brazos por encima de él y se aferró a
la cabecera, sus bíceps agrupándose, haciendo ondular sus tatuajes
entonces también quería lamer esos.
Sintió su polla caliente y pesada en sus vaqueros y respiró
profundamente, disfrutando de la sensación del cálido cuerpo de
ella moviéndose sobre el suyo. Se incorporó de repente y la agarró
antes de que cayera hacia atrás.
La atrajo hacia él por su camisa, desabrochando un botón a la vez,
antes de deslizar las mangas por sus brazos.
—Joder, me encantan tus pechos —dijo, y empujó su cara entre
ellos, sintiendo su suavidad y plenitud.
Ella gimió y él levantó la mirada. No estaba seguro de si escuchó
algo, o tal vez fue el maldito dispositivo y sus sonidos fantasmas.
Abrió los ojos, y estos se encontraban llenos de oscuro, humor
sexy.
—¿Tal vez pre eras cenar?
—Sí, claro —dijo—. Voy a comerte a ti.
Pudo ver todo el cuerpo de ella calentarse y su corazón comenzó a
martillar. Su polla golpeó en la cremallera de sus pantalones,
exigiendo su liberación. La levantó y la dejó caer sobre la cama antes
de tirar de las botas y deshacerse de sus calcetines. Mantuvo la
mirada en su rostro mientras sus vaqueros se unieron al resto de la
ropa en el suelo.
Su polla saltó libre, dura, orgullosa, y apuntando directamente a
Lisanne.
Se humedeció los labios y su polla se agitó hacia ella con
impaciencia.
Se subió lentamente en la cama, su cuerpo entero peligroso y
depredador.
—¿Estás mojada, muñeca? ¿Estás empapada para mí?
Asintió, con los ojos muy abiertos y llenos de deseo.
É
Él le bajó los pantalones por las piernas y usó los dientes para tirar
de sus bragas hasta sus muslos.
Las pateó para quitárselas y él se arrodilló entre sus piernas,
empujándole las rodillas hacia arriba y apartándolas.
—Te ves tan hermosa, toda mojada para mí, muñeca. ¿Sabes
cuánto te deseo? —Miró hacia su polla, mostrando la verdad de sus
palabras. Su pequeña mano se envolvió alrededor de su longitud y
tuvo que tomar una respiración profunda para contenerse de no
estrellarse contra ella y embestir duro.
Sonrió cuando la obligó a dejarlo ir, parpadeando cuando ella
movió la punta admitiendo la derrota.
—¡Genial! —murmuró contra su estómago.
La sintió temblar, mientras besaba su camino por cada muslo,
antes de enterrar su cara dentro de ella. Joder, le encantaba hacerle
esto, follarla con su lengua y sus dedos. Sabía que todavía no
entendía por qué le gustaba hacerlo, pero lo disfrutaba mucho para
detenerlo.
Su orgasmo no tardó en llegar, el estrés y la tensión del primer día
de regreso a clases aliviados, mientras su cuerpo palpitaba alrededor
de él.
Sus ojos se abrieron, y se apoyó en sus codos mientras se
bombeaba a sí mismo tres o cuatro veces. Era malditamente
excitante, saber que le gustaba ver como se daba placer a sí mismo.
—¿Todavía me deseas, Lis?
—Siempre te deseo —dijo, haciendo eco de las palabras que le
decía tan a menudo.
Su rostro se encontraba tan serio, tan lleno de amor, que Daniel
sintió el mismo dolor agudo en el pecho. Su aliento se quedó
atrapado en su garganta.
—Hazme el amor, Daniel —dijo, mirando su rostro con cuidado.
Levantó los pies y envolvió las piernas alrededor de su cintura,
acercándolo más. Incapaz de resistir por más tiempo, Daniel empujó
dentro de ella, un gemido bajo salió de él mientras su mojado y
cálido cuerpo, lo encerraba completamente.
Apretó las piernas hasta que sus talones se enterraban en su culo,
agarrándolo con fuerza.
Daniel se estremeció, sintiendo otro punto de control escaparse.
Tomó sus pesos combinados en sus antebrazos mientras el cuerpo de
ella se levantaba de la cama con cada vigorosa embestida.
Sintió el aleteo de otro orgasmo empezar a construirse dentro de
ella, el movimiento llevándola a un frenesí que no pudo controlar su
cuerpo.
Sonidos vibraban a través de ella con tanta fuerza, que él podía
sentirlos en su propio pecho. Estaba confundido, ¿podía sentirlos o
podía oírlos? Su cerebro se encontraba demasiado inundado con
sensaciones como para analizar lo que sentía.
Sus manos le arañaron los hombros, sus cortas uñas clavándose en
su piel. Sudor estalló en su frente y espalda, y sintió la tensión en sus
bolas y estómago que le dijo que tenía unos cinco segundos antes de
llegar.
—Estoy cerca —exclamó con voz estrangulada—. ¿Lis? ¿Lis?
Se agarró más fuerte, con el rostro contorsionado y gritó—:
¡Daniel!
Su orgasmo estalló, chorros de calor pasaron de su cuerpo al de
ella, su corazón martillando, la respiración extraída de sus
pulmones.
Colapsó sobre la cama, momentáneamente aplastándola.
La sintió empujarle suavemente el hombro y salió de ella, su
cerebro un caos de confusión. Se tumbó sobre la espalda, con el
brazo echado sobre el rostro.
No podía respirar, no podía pensar. Jadeaba, ahogándose.
Las manos suaves de Lisanne tiraron de su brazo. Se resistió,
asustado de mirarla. Tiró de nuevo y esta vez la dejó.
Sus cálidas manos se encontraban en su rostro y sus dedos
pasaban suavemente por sus mejillas.
Abrió los ojos y la vio, tan llena de amor, preocupada ahora.
—¡Daniel! ¿Por qué estás llorando? ¡Daniel! ¡Habla conmigo!
Se esforzó por incorporarse, su hermoso rostro desgarrado por la
emoción.
—Te escuché.
—¿Qué quieres decir?
Se frotó los ojos, sorprendido de encontrarlos llenos de lágrimas.
—Te escuché. Tú... dijiste mi nombre.
Lo miró, y luego entendió la calidez en sus ojos.
—Por supuesto. Siempre digo tu nombre. Te amo, Daniel.
Contuvo el miedo mientras miraba en su alma, y por primera vez
le creyó.
—Te escuché —dijo otra vez, esas dos pequeñas palabras
expresando un mundo de maravillas.
—Lo sé —dijo con una sonrisa suave.
—Muñeca. te amo.
25
Traducido por Mel Markham, Vanessa Farrow & Leii S.
Corregido por Aime Volkov

Lisanne estaba hecha una furia.


¡Cómo se atreve! ¡Maldición, cómo absolutamente se atreve!
Daniel llegó a su dormitorio con una camiseta desgarrada y los
nudillos magullados para informarle, nada menos, que le dijo a Roy
que se mantuviera alejado de ella. Así que, Roy dejó la banda, y
tenían un concierto en menos de una semana, pero sin guitarrista
principal.
Cuando le preguntó qué pasó, simplemente dijo que “Roy se lo
merecía”. Eso era todo. ¿Se lo merecía? ¿Qué demonios signi caba
eso? ¡Cómo si eso se suponía que lo explicaba todo! Y, obviamente,
la situación general de “decirle” involucró puños en lugar de
palabras. Estaba un poco atónita de que Daniel hubiera enfrentado a
una montaña de hombre como Roy, que tenía por lo menos
dieciocho kilos y un par de centímetros más que él... no es que fuera
a admitirlo. Ni siquiera por un segundo.
Le gritó, llamándolo machista de mierda, le dijo que era un idiota,
y luego lo echó.
Era una pena, habían estado llevándose muy bien últimamente.
Desde que Daniel dijo las palabras, admitió que la amaba, su
relación había cambiado. Era más intensa, más relajada. Era más
atrevida, menos tensa. Él era juguetón y cariñoso, y cada día
descubrían algo nuevo sobre el otro.
Le habló sobre sus padres, contándole historias de cuando era un
niño. Se abrió un poco más sobre cómo se sentía, aunque todavía se
guardaba mucho para sí. Incluso admitió algunos de sus temores
acerca de qué tan bien funcionaría el implante. Trató de
tranquilizarlo y señaló las pequeñas mejoras que ya habían pasado.
Sonrió para sus adentros al pensar en ese momento especial y
asombroso, cuando la escuchó decir en voz alta su nombre mientras
hacían el amor. Fue importante para los dos.
Se sentía avergonzado porque había llorado, pero a ella le encantó,
porque le dijo todo lo que necesitaba saber, y todo lo que encontraba
tan difícil de decir.
Y luego, dos semanas más tarde, después de otra sesión de
a nación en el hospital, llegó el momento milagroso.
La escena era tan perfecta en su mente, tan común la ubicación,
pero la guardaba como una joya, un recuerdo especial que sacaba
cuando necesitaba sonreír.
Se encontraba de pie en la cocina de Daniel, lavando los platos,
mientras se apoyaba en el mostrador junto a ella y secaba. Era una
cosa diaria, sin complicaciones, de trabajo monótono. No es que le
importara, amaba esos tranquilos momentos domésticos cuando
estaban sólo los dos.
Y ella empezó a cantar —una de las canciones de Daniel— su
canción favorita. Parecía que describía su relación perfectamente.

When I hear that song


(Cuando escucho esa canción)
Feeling every note
(Sintiendo cada nota)
It"s a special kind of place
(Es un tipo especial de lugar)
Singing words we wrote.
(Cantar las palabras que escribimos.)
Sounds fade away
(Los sonidos se desvanecen)
Every mile signed
(Cada kilómetro hablado en señas)
But rst thing in the morning
(Pero a primera hora en la mañana)
You"re always on my mind.
(Siempre estás en mi mente.)

Y luego a su lado, escuchó su voz suave cantar junto a ella.


Wish I was that man
(Ojalá fuera ese hombre)
Touching every void
(Tocando cada vacío)
It"s a special kind of place
(Es un tipo especial de lugar)
Music we enjoyed.
(Música que disfrutamos.)

Su voz se estremeció en silencio, y se quedó mirando a Daniel


mientras seguía por sí solo.

Words that don"t last


(Palabras que no duran)
And feelings not always kind
(Y sentimientos no siempre amables)
But last thing every night
(Pero lo último cada noche) You"re always on my mind.
(Siempre estás en mi mente.)

Dejó caer el plato que lavaba, haciendo saltar la espuma en el aire,


y volvió los ojos hacia él, la garganta chasqueando.
—¡Tú...pudiste oírme! ¡Escuchaste lo que cantaba!
Asintió, con el rostro serio.
—¡No dijiste nada! ¿Hace cuánto tiempo? ¿Hace cuánto tiempo
has sido capaz de...?
—Creo que una vez antes... tal vez... y hoy... después de la sesión
de a nación... quería estar seguro, muñeca.
Se abrazaron durante mucho tiempo, el simple hecho signi caba
demasiado.
—Siempre me gustó esa canción —dijo, en voz baja.
Eso les dio esperanza. Daniel todavía encontraba que escuchar la
música grabada era imposible, un hecho que lo frustraba
desmesuradamente, pero podía oír a Lisanne, y su deseo más básico
se cumplió.
En cierta forma le facilitó las cosas, pero en otros, era más difícil
para él.
Rodney, en particular, era propenso a olvidar que era sordo. Se
alejaba durante las conversaciones, o se cubría la boca, o hablaba
mientras comían, todas las cosas que hacían imposible que Daniel lo
entendiera. Lo aguantó con más estoicismo que Lisanne, que
estallaría a la menor infracción.
Podía darse cuenta cuando Daniel no entendía, cuando se estaba
quedando fuera de la conversación. No podía oír a los niños en
absoluto, su alto tono era inaudible para él. Tuvo una reacción
similar a los gritos continuos de Shawna, pero eso no era una
pérdida. No podía oír susurros y todavía dependía de la lectura de
labios. Pero ella podía ver que la balanza empezaba a cambiar.
Era obstinado e independiente y lo amaba más que respirar, y la
volvía completamente loca.
Todavía se negaba a permitir que algún otro de sus compañeros
supiera que era sordo, y se sentaba en conferencias con el gorro
puesto bien bajo. Algunos días decía que no podía esperar para
arrancarse el dispositivo de la cabeza, pero otros días parecía
tolerarlo mejor.
Todavía se encontraba a disgusto con el conocimiento de que su
cráneo tenía una pieza de titanio, pero estaban trabajando en sus
problemas juntos. Ella le preguntó si creía que había valido la pena.
Asintió, pero en realidad no le respondió. Lisanne se sintió
decepcionada en el interior, pero no lo presionó. Estaba
aprendiendo, también.
Ella toleraba sus estados de ánimo, y él se acostumbró a sus
enfurruñamientos mensuales. También empezaba a detectar las
señales que le indicaban que necesitaba estar solo. Suspiró,
pensando en lo solo que estuvo durante los últimos cuatro años, de
un modo u otro. Lo estaba haciendo mejor ahora, saliendo más,
teniendo más oportunidades de socializar. Vin había estado tratando
de lograr que Daniel hiciera la prueba para el equipo de fútbol de la
universidad, incluso hasta el punto de buscar en línea los cascos
especializados. Daniel no había aceptado hasta ahora, pero ella se
sentía esperanzada. Y compartir la casa con Rodney también era
bueno para Daniel. Aun así —y Lisanne arrugó su rostro— cuando
Daniel se sentía sobrecargado, todavía se negaba a compartirlo.
Pero si pensó por un maldito segundo que podía controlar su vida
al pelear con Roy, tenía otra cosa por venir.
Tuvo que enfadarse hasta el punto de echar chispas antes de
decidir ir al taller de reparación de automóviles en el que trabajaba,
y confrontarlo. Cogió su chaqueta, y se detuvo.
Tendida en la cama, escondida bajo su abrigo, había un sobre, su
nombre escrito en los menudos garabatos de Daniel.
Su corazón se apretó dolorosamente. La última vez que le escribió,
fue acerca su operación.
Sacó una sola hoja de papel y empezó a leer.

Muñeca,
Me preguntaste que si valía la pena, tener el IC. Sé que te sientes como si
me hubieras empujado a hacerlo, pero eso no es cierto.
Conocerte fue lo mejor que me ha pasado.
Conseguir el IC, y así poder escucharte ha sido lo siguiente mejor.
Así que, ¿valió la pena?
Valió la pena porque:
* Puedo escucharte cantar.
* Puedo escucharte hablar.
* Puedo escucharte reír.
* Puedo escuchar el viento en los árboles y el sonido del mar.
* Puedo escuchar mi música.
* Me hace querer descubrir el mundo contigo.
Y cuando hacemos el amor, puedo escucharte decir mi nombre.

Te amo, mucho.
Daniel x.

Se sentó en la cama, sosteniendo la carta en sus manos. ¿Cómo


hizo eso? ¿Cómo la dejaba totalmente pasmada con solo unas pocas
palabras, palabras que ni siquiera podía decir en voz alta?
Se dio cuenta de que debió haberla traído para dársela antes de
que hubieran tenido su pelea. Dios, ¡era exasperante! Un hombre
hermoso, brillante, complejo —muy malditamente molesto— y lo
amaba.
Amaba que hubiera pensado en su pregunta en lugar de
descartarla. Amaba que hubiera escrito lo que no podía decir en voz
alta. Amaba que la hubiera dejado para que la encontrara, a pesar de
que habían estado gritándose el uno al otro.
Lisanne se puso la chaqueta e hizo el viaje a través de la ciudad
hasta el taller de reparación de coches. El viaje en autobús le dio
unos buenos cuarenta minutos para decidir lo que quería decirle,
pero mientras caminaba hacia la descolorida entrada, todavía no
tenía idea de cómo iba a empezar.
Daniel se encontraba inclinado sobre el capó de un Mustang V6,
haciendo algo varonil y macho con una llave de torsión, su muy
buen culo a la vista, a pesar del overol de trabajo.
El Mustang V6 era amarillo brillante, no un color que le gustara en
coches, pero había estado trabajando en él durante un par de días,
diciendo que necesitaba el tiempo extra. Sospechaba que era más
porque el coche era "un clásico" y no se pudo resistir a la pieza sexy
de automóvil. Para Lisanne, ahora que lo había visto, todavía parecía
una caja con ruedas, pero se entretenía por la reverencia con la que
Daniel hablaba sobre el coche. Era "ella", por supuesto, aunque
Lisanne se las arregló para no estar demasiado celosa, a pesar de sus
impresionantes líneas y su gran cuerpo.
Se impulsó hacia arriba para sentarse en una pared baja, con las
piernas colgando, disfrutando de la vista. Estaba muy contenta
esperando a que terminara lo que hacía, y no queriendo interrumpir
su concentración. Además, había pasado mucho tiempo desde que
tuvo la oportunidad de comérselo con los ojos sin ser molestada.
El overol mostraba su delgada cintura y estrechas caderas, y con
las mangas recogidas, sus fuertes antebrazos se hallaban también a
la vista. Tenía una mancha de aceite en una mejilla, pero sus manos
estaban cubiertas en unos delgados guantes de plástico.
Se sorprendió de lo cachonda que se sentía, viéndolo metido hasta
la cintura en el motor del coche. Recordó las palabras de Kirsty
desde la primera vez que lo vieron. Ese chico es atractivo. Las palabras
parecían aún más verdaderas hoy, sabiendo lo hermoso que era en el
interior, también.
Sus recuerdos felices fueron interrumpidos por una mujer de
mediana edad con un traje caro de pantalón saliendo de un taxi. Tiró
un poco de dinero al conductor y se dirigió al otro lado del taller de
autos, su celular en una mano y un café para llevar en la otra.
Pudo ver a la mujer recorriendo con los ojos el culo y los anchos
hombros de Daniel en una descarada exhibición de follárselo con los
ojos antes de toser ruidosa y deliberadamente, claramente esperando
alguna respuesta de él.
Lisanne sabía que no se ponía el IC cuando trabajaba,
encontrándolo demasiado molesto. Cuando la mujer se acercó a
Daniel, tocó su teléfono impaciente con sus brillantes y largas uñas y
resopló.
—¡Algunas personas no tienen malditos modales! —espetó—.
¡Oye, tú! ¡Oye, estás trabajando en mi coche, así que pago tu maldito
sueldo!
Lisanne vio rojo. Se dirigió a la mujer, sus pequeñas manos se
apretaron en puños.
—Tú eres la que no tiene modales —dijo con frialdad y claridad.
—¿Qué? ¿Quién te preguntó? ¡Ocúpate de tus malditos propios
asuntos! —El rostro de la mujer era de incredulidad mientras miraba
la simple camiseta y pantalones de descuento de Lisanne.
Sintió que le ardía la cara, pero se mantuvo rme.
—Él es mi asunto, y no está siendo grosero, es sordo. Sí, es cierto.
— Se cruzó de brazos—. ¡No asumas que todo el mundo es como tú!
La mujer se quedó sin habla, mirándola con enojo, pero también
con la duda escrita por toda la cara.
Lisanne caminó al lado de Daniel y él levantó la vista sorprendido.
—¡Oye, muñeca! ¿Qué estás haciendo aquí?
Le dio una pequeña sonrisa, y miró por encima del hombro. —
Tienes un cliente.
Daniel se dio la vuelta.
—¿Puedo ayudarla, señora?
A ella le divertía escuchar a Daniel ser tan educado, cuando
normalmente no podía completar una frase sin decir una mala
palabra.
Sus ojos se estrecharon cuando vio la mueca parecida a una
sonrisa de la clienta.
—Lamento interrumpirte —dijo la mujer, ngiendo perfectamente
sinceridad—, pero mi coche es ese en él que están trabajando. Me
dijeron que podía recogerlo esta tarde, pero ¿si necesitas más
tiempo...?
Daniel dejó salir su sonrisa más irresistible y Lisanne sospechaba
que sabía exactamente lo que hacía. Cuando le guiñó un ojo, estuvo
segura, y le devolvió la sonrisa.
—No, señora, ella está bien para irse. Se encontraba inactiva
porque el control de aire no funcionaba —dijo, con autoridad—, y el
modelo del dos mil cinco es conocido por el ruido extremo delantero
y el repiqueteo, pero estará bien ahora.
Se giró para bajar el capó.
—Gracias, joven —ronroneó la mujer a su espalda. Arqueó las
cejas y luego le dio un golpecito en el hombro.
Daniel se dio la vuelta. —¿Si, señora?
—Gracias —dijo de nuevo—. Veo que realmente sabes lo que estás
haciendo.
Su tono era sugerente, mientras sus ojos se movían por su cuerpo.
—Claro, no hay problema —dijo Daniel, como si no se hubiera
dado cuenta—. La o cina tendrá la factura para usted.
Luego se quitó los guantes de plástico y se acercó a Lisanne,
sonriendo.
La mujer desapareció para pagar la factura, y Lisanne se dio un
puño interno.
Daniel apartó suavemente el pelo de su cuello y le acarició la piel
suave.
—¿Todavía estás enojada conmigo?
—¡Ser lindo no te hace menos molesto!
—¿Si? ¿Pero qué si soy caliente? —Y la atrajo hacia su cuerpo,
agarrando sus caderas con rmeza y pasando los dientes por un lado
de su cuello.
—Todavía molesta —respiró, en un susurro que era más como un
gemido.
Reunió su ingenio disperso y lo apartó. No importa cuántas veces
la besara, siempre tenía la misma reacción, completa parálisis
mental, y bragas húmedas.
Se sentía encantada de que él no fuera inmune a sus encantos
tampoco, y su overol no podía disimular que se estaba poniendo
duro.
Gruñó mientras lo empujaba, una mirada de decepción pintada en
sus encantadores labios.
—Recibí tu carta —dijo.
Sus ojos abandonaron los suyos y metió las manos en los bolsillos.
—¿Si?
Levantó la mano hasta su mejilla. —Me encantó. Gracias.
Su sonrisa de respuesta era tímida e hizo que su aliento se atorara
en la garganta.
—Bien —dijo en voz baja.
—¡Todavía estoy enojada contigo por lo de Roy! —dijo, poniendo
las manos en sus caderas.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué hizo que estuviera tan mal?
Su única respuesta fue una mueca.
—Quiero decir, ¡nos dejaste sin guitarrista diez días antes del
concierto! ¿Qué diablos pensabas? Si esto se trata de tus celos...
Pero no llegó a terminar su diatriba.
—¡Sí, estoy celoso! —gritó, haciéndola saltar—. Estoy celoso de
que estuvo allí arriba tocando contigo y yo no. Estoy celoso de que
sea un mediocre e igual pueda tocar mejor de lo que puedo ahora.
Estoy celoso de que te haya escuchado cantar —realmente cantar— y
yo no. ¡Así que, sí! ¡Puedes decir que estoy malditamente celoso!
Se veía tan enojado y dolido, y se sentía morti cada por haberlo
hecho sentir así, pero tenía que sacar esto.
—Entonces, ¿quién sigue?
—¿A qué te re eres? —dijo, todavía respirando con di cultad.
—¿Con quién vas a pelear ahora? ¿Mike? ¿Carlos? ¿JP? Dijiste que
querías que tuviera la música por ambos, pero quizás eso ya no se
aplica.
Daniel se veía furioso, luego una mirada de resignación cruzó su
cara.
—Muñeca, joder, mira... sí, estaré celoso de quien sea que toque
contigo... pero Roy. no podía dejarlo salir más contigo.
—¿Pero por qué?
Frotó la mano en su frente.
—Tenía una idea sobre Roy, pero. cuando vi a Zef, me dijo que no
con ara en él. que no con ara en Roy. No sabía a lo que se refería,
así que hice algunas preguntas.
—¿Y?
—Y está hasta el cuello de mierda, Lis. De cosas pesadas. Como lo
estaba Zef. Es solo cuestión de tiempo y no quiero que estés cerca de
él cuando pase. ¿Sí?
Lo encontraba difícil de creer, Roy parecía un tipo muy dulce.
Siempre fue amable con ella, aunque había veces que la dejaba
volver sola a casa en la noche después de prometerle que la llevaría.
Suspiró. —¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué tenías que ir en tu
propia expedición? Te podrían haber herido, de nuevo.
Daniel sacudió la cabeza. —Solo quería.
—Protegerme, lo sé. Por favor, Daniel. Por favor. Tienes que
hablarme de estas cosas.
—No quiero que esa mierda te toque, muñeca —dijo tercamente,
advirtiéndole que alcanzaron un punto muerto.
—Está bien —dijo—, pero todavía me debes un guitarrista.
Le dio una pequeña sonrisa. —Ya está hecho.
—¿Qué?
—JP es un guitarrista bastante bueno y estaba aburrido de dejar
que Roy hiciera todo lo bueno. No necesitas a Roy. Estarás bien.
—¿Algún otro arreglo que hayas hecho en mi vida del que me
quieras contar? —espetó.
El irritante hombre le sonrió. —No se me ocurre ninguno, pero si
lo hago, intentaré recordarlo y hacértelo saber.
Síp, muy irritante.
Lo miró pero se dio cuenta que no podía mantener el ritmo
cuando la miraba de esa manera, todo caliente y despeinado, todo
sexy y descarado.
—¿Terminaste?
—¿Por qué? ¿Muñeca quiere jugar?
—Oh sí —dijo, asintiendo—, realmente lo quiere.

***

Daniel tenía razón sobre JP. Disfrutó la oportunidad de salir de la


sombra de Roy, y estuvo muy feliz de trabajar con ella en una nueva
canción que quería probar. Lo mantuvo en secreto de Daniel, iba a
ser una sorpresa especial para él.
—¡Siéntate quieta, maldición! —La regañó Kirsty—. ¡Esta rizadora
está muy caliente! No quiero quemarte, o a mí.
Estaba siendo arreglada de nuevo. Todavía lo encontraba cercano
a la tortura pero tampoco podía negarle a Kirsty su placer, y tenía
que admitir que era bastante asombrosa en convertir su cara y gura
en algo que se destacaba en el escenario, incluso aunque fuera un
salto a ninguna parte en el circuito de la música.
Fue peinada, maquillada y nalmente vestida con un fabuloso
vestido dorado que se adhería en los lugares correctos, y hacía que
sus pechos lucieran impresionantes.
—¡Ta-da! —cantó Kirsty—. ¡Luces increíble, cariño! Probablemente
Daniel quiera secuestrarte así ningún otro chico puede ver lo caliente
que eres.
No estaba segura sobre eso, pero apreciaba el ánimo que Kirsty le
daba. Y de nitivamente no creía que hiciera algún daño que Daniel
la viera arreglada para variar. No parecía importarle que viviera en
vaqueros y camisas, pero era un chico después de todo, y ¿a qué
chico no le gustaba ver a su mujer en falda y tacones?
Hubo un golpe en la puerta y la voz de Rodney retumbó a través
del panel.
—¡Su calabaza espera, señorita!
Kirsty sonrió y abrió la puerta. Rodney y Kirsty se llevaron bien de
inmediato e incluso ella intentó persuadirlo acerca de la importancia
de la moda. Rodney todavía pensaba sobre eso pero dijo que no
quería “vivir el estereotipo”. Se encontraba indeciso, solo en lo que
quería estudiar, porque estuvo saliendo con Ryan, un estudiante de
segundo año de ingeniería mecánica durante tres semanas, y estuvo
explorando felizmente la escena gay local.
Rodney se detuvo y aplaudió cuando vio a Lisanne. —
¡Espectacular! ¡Dios, eres genial, Kirsty!
—Oye, ¿y yo qué? —Lloriqueó Lisanne—. ¡La persona que está
por subirse al escenario necesita ánimos!
—Tú también, Cenicienta —dijo Rodney, tirándola en un cálido
abrazo—. Estoy tan orgulloso de ti —susurró—. ¡Ahora, que
comience el espectáculo!
—¡Espera! —gritó Kirsty, y tomó una foto de Lisanne luciendo
bastante sorprendida.
Mientras se acercaban al club, deseó con muchas ganas que Daniel
estuviera en el auto con ella, sosteniendo su mano, pero se fue de
viaje con Vin y se iban a encontrar dentro. Sirona podía ser sexy
(como insistió Daniel), pero tenía sus limitaciones cuando se refería a
transportes masivos.
El teléfono en su bolso sonó.
D: ¡Te ves TAN CALIENTE! Me haces querer ser un hombre muy
malo. X.
—Kirsty, ¿le enviaste esa foto mía a Daniel?
Ella le sonrió. —Culpable. ¿Qué dijo?
—Nada, realmente —murmuró.
—¡Oh Dios mío! ¡Apuesto a que lo hizo! ¿Qué dijo? —Y le arrebató
el teléfono.
—¡Oye!
Kirsty se rio histéricamente.
—¡Comparte! ¡Comparte! —cantó Rodney.
—¡Kirsty! —siseó Lisanne.
—Dice que se ve caliente —dijo Kirsty.
—Eso es un hecho —coincidió Rodney.
—¡Y que la forma en que se ve hace que quiera ser un hombre muy
malo!
—¡Oh, sí, por favor! —Se sorprendió Rodney con un suspiro
melodramático, abanicándose la cara.
Lisanne se escabulló en el coche, más allá de la vergüenza,
mientras que sus supuestos amigos hicieron una lista de sugerencias
sobre cómo podía tomar la oferta de Daniel. Quería arrastrarse por el
suelo del coche, o tomar notas.
En silencio, le envió un mensaje de respuesta.
L: Estoy enloqueciendo. Deseo que estés aquí. LA xx.
D: Estarás asombrosa y ahora sé de lo que hablo. X.
L: ¡Eso espero! LA xx.
Era sábado por la noche y el club se encontraba abarrotado. La
gente hacía la por una cuadra para entrar. Mientras los pasaban
caminando por la entrada de personal, comenzó a sentir náuseas.
Respira, Lis. Respira, se dijo a sí misma.
Golpearon la puerta y dos supervisores que nunca había visto los
dejaron entrar. Sintió una leve punzada de tranquilidad por Roy, y
luego se castigó a sí misma por ser tan tonta.
Daniel la esperaba en los vestidores con Mike, JP y Carlos.
Tomaban cerveza y whiskey chaser, sin la cerveza, y los cuatro
lucían nerviosos.
La cara de Daniel se iluminó cuando la vio, y su cuerpo se
encendió cuando sus ojos viajaron por sus piernas y se detuvieron en
algún lugar cerca del pecho, antes de darse cuenta que lo atraparon
comiéndose con los ojos a su novia. Su sonrisa sexy era provocativa
y acechó hacia ella, ahuecando las manos sobre su culo.
—¿Tengo permitido besarte? —dijo, lamiendo hambrientamente
su
cuello.
—¡No! —dijo—. Bueno, no mis labios. Kirsty pasó demasiado
tiempo maquillándome.
Daniel hizo pucheros. —Muñeca, te ves malditamente besable...
¿cómo es justo eso?
Se dio cuenta que estaba un poco borracho y le frunció el ceño.
—¿Qué? —dijo, sonriéndole, y pasando la lengua por su dientes.
Sacudió la cabeza, sabiendo que no debería ser capaz de
permanecer severa, era condenadamente lindo.
—Quiero llevarte a casa y desvestirte muy lentamente —dijo.
Tembló y comenzó a sudar. Hacía un gran trabajo en sacarle de la
cabeza el concierto, y las cuatrocientas personas hacinadas en el
club.
Se dio cuenta que usaba su gorro, lo que signi caba que usaba el
IC. Aunque las cicatrices desaparecieron hasta ser una línea tenue,
rosa y su pelo había crecido, todavía llevaba el gorro para cubrir el
dispositivo.
—¿Estás encendido? —dijo, luego se arrepintió inmediatamente
por la elección de palabras.
Daniel levantó las cejas. —Eso es un poco jodidamente atrevido,
Srta. Maclaine, pero viendo que lo preguntaste... —Empujó sus
caderas contra ella.
Sip, no tenía dudas. Se encontraba encendido7.
—Quiero decir tu. tu sabes —siseó, apretando su trasero.
Sonrió con tristeza y negó con la cabeza. —No, podría intentarlo
luego, pero no creo que consiga nada, demasiado ruido de fondo,
demasiados sonidos diferentes. —Hizo una mueca.
Descansó la cabeza contra su pecho hasta que JP tosió
disimuladamente.
Levantó la mirada y le sonrió a Daniel. —¿Te veré en el frente?
—Ahí estaré, muñeca. Listo para golpear a cualquier maldito que
te mire demasiado.
Le guiñó un ojo y se fue con el resto de los miembros de la banda.
Esperaba que estuviera bromeando, pero no estaba segura.
Repasaron el conjunto que iban a cantar, y cantó algunas escalas
para calentar su voz. A continuación, el maestro de ceremonias los
anunció...
—¡Tocando en vivo esta noche, una caliente banda local del
momento, vamos a escucharlos 32 Degrees North!
Tomó una profunda respiración, ofreció una pequeña súplica, y
caminó hacia el escenario con la cabeza en alto.
Mike, Carlos y JP arrancaron los primeros acordes de Mercy y
Lisanne comenzó a moverse, sus ojos escaneando la multitud hasta
que encontró la cara que buscaba.
Se encontraba de pie con Vin, Kirsty, Rodney y Ryan, una sonrisa
enorme en su cara.
Abrió la boca y comenzó a cantar.
Sintió la música surgir a través de ella, haciéndola más fuerte y
poderosa. Estaba donde debía estar, haciendo música,
compartiéndola con todos allí. Su voz subió, llenando la desgastada
habitación, levantando las vigas y vertiéndose en las esquinas.
La boca de Rodney se abrió, asombro y maravilla en cada rasgo de
su expresión.
La banda fue desde Radioactive de Imagine Dragons, por Wild at
Heart de Gloriana, tocaron las dos canciones favoritas de Lisanne de
todas las canciones de Daniel, On my Mind y Total Recall, y dieron en
el clavo con Black Sheep y Man Like That. Todo lo que necesitaba
Lisanne eran los tatuajes de Gin Wigmore.
Luego vino el momento que más esperaba, y más temía.
—¡Gracias, chicos! ¡Son geniales! —gritó JP, el recién nombrado
portavoz de la banda—. Vamos a intentar un nuevo número esta
noche — dijo, colgándose su guitarra acústica—, elegido
especialmente por nuestra asombrosa cantante ¡Lisanne Maclaine!
Vio a Daniel tocándose la oreja y supo, supo que sería capaz de
oírla.

I'm really close tonight.


(Estoy muy cerca esta noche)
I feel like he"s moving inside me.
(Siento como si se moviera en mi interior)
Lying in the dark
(Tendido en la oscuridad)
I think that I"m beginning to know him.
(Creo que estoy empezando a conocerlo)
Let it go
(Déjalo ir)
Til be there when you cali.
(Estaré ahí cuando llames)
La voz ampli cada de Lisanne subió sobre los suaves sonidos de
la guitarra acústica... una pura nota clara de amor. El rostro de
Daniel se congeló, mirándola. ¿Lo entendía? ¿Entendía lo que trataba
de decirle?

And whenever I fall at your feet


(Y cuando sea que caiga a tus pies)
Won''t you let your tears rain down on me
(No dejarás que tus lágrimas caigan sobre mí)
Whenever I touch your slow turning pain.
(Cada vez que te toco lento se convierte en dolor.)

Sus ojos parecían vidriosos, pero no se había movido.

Don't hide it from me now.


(No lo ocultes de mí ahora)
There's something in the way
that you're talking.
(Hay algo en la forma en que estás hablando.)
Words don't sound right
(Las palabras no suenan bien)
I hear them all moving inside you.
(Las escucho moverse dentro de ti.)
You know
I'll be waiting when you call.
(Sabes que estaré esperando cuando llames.)

Derramó hasta la última gota de emoción, respeto, admiración y


amor en la canción, todo lo que sentía por el hombre que estaba
frente a ella.

The nger of blame has turned upon itself


(El dedo acusador se ha vuelto sobre sí mismo)
And I am more than willing to o er myself
(Y estoy más que dispuesta a ofrecerme)
Do you want my presence or need my help?
(¿Quieres mi presencia o necesitas mi ayuda?)
Who knows where that might lead.
(Quién sabe a dónde nos podría llevar)
I fall.
(Caigo)
I fall at your feet.
(Caigo a tus pies)
Fall at your feet.
(Caigo a tus pies)

La multitud explotó en aplausos, gritando y chillando su


aprobación, sintiendo todo lo que Lisanne les mostró.
Daniel asintió, una sonrisa cegadora acentuando las lágrimas en
sus ojos.
Levantó las manos y le envió el mensaje que signi caba mucho
para ambos. Las silenciosas palabras que expresaban el camino que
recorrieron juntos.
Te escuché, le dijo con sus manos. Te escuché.
Epílogo
Un año después...

Traducido por Aime Volkov


Corregido por Melii

Daniel estaba en la cocina, apoyado contra el fregadero, una


mirada divertida en su rostro.
—¿No estás sorprendido o algo? —dijo Lisanne, sus ojos casi
saliéndose.
—¿Por cuál parte? —dijo, tratando de no reír—. ¿La que Harry
tiene novia o que tu mamá los atrapó besándose?
—¡Lo sabías! —dijo acusatoriamente.
—Claro. Me mando mensajes de texto... por consejos.
—¡Ugh! —dijo Lisanne—, ¡no quiero saber!
Se rió. —Bien. Cambio de tema. ¿Qué opinas de la nueva canción?
Su expresión era tensa, cuando lo miró.
Incluso después de todo este tiempo, su belleza aún la dejaba sin
aliento. Sus pómulos perfectos, sus labios carnosos, la chispa de
malicia en sus ojos color avellanas. Su cabello era más largo que
cuando lo conoció, pero era para ayudar a disimular la zona
depilada donde se encontraba el transmisor, además de su IC.
Todavía llevaba su gorra de lana la mayoría del tiempo pero de vez
en cuando, en el verano, había estado sin ella.
Fue la comidilla de la universidad cuando se regó el rumor de que
Daniel Colton, el Daniel Colton, era sordo. Un montón de personas
no lo creían, y Shawna se río a carcajadas ante la idea, hasta que
Kirsty habló
con ella.
Para el disgusto de Lisanne, Shawna nalmente desistió de su
persecución por Daniel después de la revelación. Kirsty no vio
mucho a su compañera de curso después de eso. Vin no fue el único
que se sintió aliviado.
Daniel no había cambiado de parecer acerca de no querer que la
gente supiera, pero cuando entró en el equipo de fútbol con Vin al
nal de su primer año, alguna persona de relaciones públicas en la
administración decidió que sería bueno para la universidad ser vista
apoyando la igualdad de oportunidades.
Se puso furioso, tirando mierda a proporciones épicas y
amenazando con dar algunas palizas, cambiar de universidad, o
abandonarla completamente. Lisanne lo persuadió de no hacer
ninguna de esas cosas y simplemente aguantar.
Había sido una buena pelea, seguida por un n de semana entero
de sexo de reconciliación. Eso fue algo que no cambiaba, peleaban
como locos, y su pasión por el otro todavía ardía. Rodney estaba
acostumbrado a subir su música fuerte, demasiado.
Cuando Lisanne se mudó con Daniel al principio de su segundo
año universitario, sus padres se resignaron al hecho de que su única
hija vivía en pecado. Aunque el hecho de que el hijo de un
predicador compartía la casa les dio un poco de paz mental —hasta
que el reverendo Dubois les informó que su hijo era gay.
No tenían mucho que decir después de eso.
Zef fue enviado a la cárcel por siete años, aunque era posible que
saliera en cinco, y actualmente residía en la prisión estatal.
Fue acusado con el cargo de intento de suministro y distribución,
lo cual era un delito grave. La policía calculó mal su incursión, desde
su punto de vista, encontrando a Zef con menos de diez libras de
“producto”. La sentencia era de dos a quince años de prisión por
una condena de posesión de metanfetamina, por lo que ambos
hermanos sabían que tuvo suerte, mucha suerte. Si hubiera tenido la
cantidad habitual de drogas almacenadas en la casa, habría sido
mucho peor. Zef también se negaba constantemente a dar el nombre
de su proveedor, alegando que tenía más miedo de ellos que de la
policía. Y aunque no explicó mucho, no quería que las potenciales
consecuencias de dar nombres volvieran a dañar a su hermanito,
especialmente cuando no estaba allí para protegerlo.
Daniel veía a Zef una vez al mes y aunque le pedía a Lisanne que
lo acompañara, se había negado hasta ahora. Estaba seguro de que la
haría desistir eventualmente.
Su propio caso fue desestimado debido a la insistencia de Zef de
que toda la droga era suya y el hecho de que Daniel continuara
negando conocer sobre cualquier cosa.
Roy desapareció, pero Zef escuchó en la vid de la prisión que
estaba envuelto en alguna mierda en Virginia. Nadie parecía saber
los detalles y les importaba menos, excepto tal vez Lisanne, que
todavía tenía una debilidad por el hombre montaña.
Vieron a Cori algunas veces, aunque ahora se encontraba en
Washington en Gallaudet, era sólo durante las vacaciones. Le tomó
un tiempo, pero aceptó la elección de Daniel al nal. También tomó
la decisión de trabajar en su propia comunicación con personas
oyentes y asistía a una clase de terapia del habla. Pero todavía sentía
que el lenguaje a señas era su primera lengua.
El implante parecía haberse acomodado a un nivel razonable. En
el lado negativo, Daniel todavía no podía usar un teléfono, pero a
veces veía la televisión sin los subtítulos, aunque le resultaba
agotador. Cuando empezó las sesiones de sintonización del IC, la
Dra. Devallis insistió en que no debería utilizar subtítulos en la
televisión, alegando que esto ayudaría a entrenarlo para usar su
dispositivo correctamente. Lisanne le recordaba constantemente eso.
A veces lo hacía cuando lo sugería. Pero sólo a veces. En el lado
positivo, fue a un cine común por primera vez en cuatro años. Lo
cierto es que, era un metraje de disparos con un mínimo de diálogos,
pero lo hizo feliz.
Esto también hizo feliz a Kirsty, porque Vin había ido a ver la
película sin ella. Esto le permitió disfrutar de una noche de chicas
con Lisanne y Rodney.
Pero lo mejor, absolutamente lo mejor, fue que encontraron que
Daniel podía oír lo su cientemente bien como para tocar la guitarra.
Su trabajo de n de semana en el taller de reparación de automóviles
le hizo ganar su ciente dinero para comprar un instrumento
decente, no tan bueno como la Martin que perdió, pero su ciente.
No podía tocar en la banda o escuchar música ampli cada, existía
demasiadas complejidades de sonido para que tratara, pero podía
tocar para Lisanne. Y podía escribir canciones otra vez.
Había sido muy importante para ambos, y les dio esperanza para
el futuro. Quizás sus vidas podrían estar en la música. 32° North
desarrolló rmes fans locales. Ninguno de ellos se atrevió a sugerir
que podría ser más, eso era demasiado como para tentar al destino,
pero individualmente, lo esperaban.
A Daniel sobre todo, ni las limitaciones del pasado, ni el miedo al
futuro lo detuvieron.
—Sí, es una gran canción —dijo Lisanne, entusiasma—. ¡Me
encanta! Podría encajar con el conjunto más largo que tocamos muy
bien. Miró a Daniel y no podía dejar de sonreír cuando veía el tatuaje
en el interior de su muñeca izquierda que tenía las letras “LA”
rodeadas de estrellas—. Y la lírica en el segundo verso es
simplemente hermosa... ¡Oye! No voy a hablar contigo si no estás
interesado.
—Lo estoy, muñeca —dijo mientras miraba por la ventana—,
porque eso es...
¡CRASH!
Daniel saltó cuando Lisanne tiró su taza de café, el oscuro liquido
regado a través de la mesa y en el suelo.
Lo miraba, con la boca abierta.
—¿Qué demonios?
—Estabas escuchando —dijo.
—¿Si? ¿Y?
—¡Daniel, estabas escuchando! ¡No me mirabas! ¡Simplemente
escuchabas!
Levantó la mirada lentamente y la vio con asombro.
—¡Me oíste! —susurró.
Cerró los ojos y parpadeo varias veces. Cuando la miró otra vez,
sus ojos ardían.
—Te oí. Oh, Dios, te oí. —Su cabeza cayó en su pecho y soltó una
respiración temblorosa—. Te amo, muñeca. Mucho.

F
Fin
Escenas Extras
Lo llamarán el Día del Sordo
Traducido por Aileen Bjork, Vanessa Farrow& Nnancy
Corregido por Gaz Walker

A Lisanne le encantaba ver a Daniel sudar. Le encantaba sobre


todo cuando eran ambos poniéndose todos sudorosos, pero había
algo en verlo ejercitarse que era tan caliente.
El único tipo de ejercicio que ella disfrutaba era con Daniel en el
dormitorio, y pensaba que era más que su ciente para mantenerla
en forma.
Él siempre había tenido un gran cuerpo, sensacional, increíble e
impresionante eran otros adjetivos que le venían a la mente, pero
durante el verano, tenía cuatro kilos y medio de músculo y se le
notaba.
Se veía en la altura de sus bíceps mientras levantaba las pesas; en
las crestas de sus abdominales, que podía contar cuando su camisa
se aferraba a su cuerpo cubierto de sudor; y en los duros planos de
su pecho.
En ese momento, se encontraba sentada en las gradas en el campo
de fútbol de la universidad con su mejor amigo, Rodney, observando
el entrenamiento del equipo. O más bien, observaba al número
treinta y tres, vestido para la práctica, con los pantalones ceñidos del
uniforme que la hacían lamer sus labios inconscientemente.
—Sabes, no es genial babear sobre tu propio novio —dijo Rodney
mordazmente.
—Hipócrita. —Lisanne sonrió mientras tomaba un trago del
refresco de cereza que Rodney le pasó.
—Estoy autorizado a babear —se defendió.
—Ve y babea por tu propio novio, este está comprometido.
Rodney suspiró y sacudió la cabeza.
—Rompimos.
Se contuvo de rodar los ojos y trató de parecer simpática. —¿Otra
vez? —preguntó, con suavidad.
La verdad era que Rodney y Ryan rompían por lo menos dos
veces al mes, si no más. Sospechaba que disfrutaban del drama, y el
hacerlo después. Pero las secuelas siempre se acompañaban con
helado Rocky Road y maratones de Friends. Si había sido una pelea
particularmente mala, Rodney estaría viendo I Love Lucy, porque
decía que el mantenimiento de los estereotipos era irónico.
—Esta vez es de nitivo —dijo Rodney—. ¡Lo digo en serio! Podría
estar arrastrándose sobre sus manos y rodillas y aun así no lo
perdonaría.
—¿Ni siquiera de rodillas? —dijo ella.
—Escúchate, Señorita Boca Sucia —balbuceó—. ¿Cuándo te
convertiste en una chica mala? Oh, espera, en el momento en que
conociste a tu caliente caballero de sucia armadura. Lo sé.
No lo negó.
—Entonces, ¿cómo se siente realmente acerca del equipo y su
primer juego del viernes? —preguntó Rodney, después de un breve
silencio.
La sonrisa de Lisanne se deslizó ligeramente.
—Ansioso. Nervioso. Muy nervioso.
—¿Ha tenido problemas... hasta ahora?
Los dos sabían que se refería al hecho de que Daniel era el primer
chico sordo en haber sido seleccionado para el equipo de la
universidad, y uno de los pocos en todo el maldito país.
—Bueno, un par de los chicos más antiguos pensaron que sería
divertido ngir hablar pero sin decir nada durante una reunión del
equipo, por lo que Daniel revisaría si tenía el IC activado. El
entrenador Evans puso n a eso rápidamente, eso fue lo que dijo
Vin. Pero no entiendo por qué pensarían que era divertido en primer
lugar. Es cruel.
—Porque son idiotas —dijo Rodney, con amargura—. Son el tipo
de chicos que hacen chistes sobre el miedo de dejar caer el jabón si
estoy en el vestuario. Como si tuviera algún interés en sus traseros
ejercitados.
Lisanne intentó reír pero salió mitad tos y mitad resoplido.
A pesar de todas las expectativas, incluyendo las suyas, Daniel y
Rodney se hicieron amigos. Ambos experimentaron el dolor de ser
forasteros, aunque por diferentes razones. Era algo que tenían en
común, así como Lisanne, por supuesto.
—La mayoría de los chicos están bien. —Suspiró—. Y todos saben
que entró al equipo por sus propios méritos. El entrenador ni
siquiera sabía que Daniel era sordo hasta después de las pruebas.
Los chicos saben eso, pero todavía hacen bromas acerca de que el
equipo sea uno con necesidades especiales.
Rodney hizo una mueca.
—¿Qué dijo Daniel acerca de eso?
Negó con la cabeza lentamente.
—¿Recuerdas el n de semana que llegó a casa con una mejilla
morada y los nudillos hinchados?
—Oh —dijo Rodney.
—Vin ha sido grandioso, pero algunos de los otros no son tan
útiles. Hasta parece que el mariscal de campo es un poco idiota.
—¿Y Daniel jugará como corredor?
—Sí, porque es muy rápido.
Rodney sonrió. —¡Escúchate! Tan conocedora sobre fútbol en estos
días. Eso es nuevo.
—No puedo evitarlo —dijo tímidamente—. Daniel y Vin siempre
están hablando de ello, algunas cosas se me olvidan y...
—Oh, quería preguntarte —interrumpió Rodney, aburrido de
hablar de fútbol cuando no se hablaba sobre apretados traseros y
ondulantes músculos—, ¿Van a tocar las nuevas canciones en el club
el sábado?
Negó con la cabeza.
—Sólo una. No hemos tenido la oportunidad de ensayar los dos
nuevos números. Además, ya que es el primer concierto del año
escolar, queremos tocar lo anterior, una especie de bienvenida a la
gente, ya sabes.
Rodney asintió.
—Es una lástima que Daniel no pueda escuchar a la banda. Son
fantásticos.
—Gracias —dijo secamente—, pero no dejes que Daniel te atrape
usando la palabra “lástima” a su alrededor.
—Oh, bueno, no quise decir nada con eso —balbuceó Rodney.
—Sí, sé que no lo hiciste. Lo siento. Estoy un poco nerviosa. Sólo
quiero que su práctica vaya bien. Una vez que el primer juego haya
terminado...
Rodney le apretó la mano.
—Va a estar bien. Ha llegado muy lejos ya. ¿Crees que un
apoyador de ciento treinta kilos puede detenerlo?
Lisanne le dio una media sonrisa.
—Probablemente, creo que esa es la tarea de ellos. Pero no lo
detendrá por mucho tiempo. Él es... increíble.
—Y caliente. —Suspiró Rodney.
—Creo que ya hemos tenido esta conversación. —Ella sonrió.
—Sí, pero nunca pasa de moda.
—Hola, chicos —dijo una voz alegre—. ¿Qué hacen?
—Babear —Suspiró él.
Lisanne levantó la vista y vio a Kirsty dejando caer su enorme
bolsa de asas al suelo con un ruido sordo. Su ex compañera de
cuarto se rió y le guiñó un ojo.
—Me parece bien. ¿Necesitan ayuda con eso?
—No hasta ahora —murmuró Lisanne, lanzando una mirada
desa ante a Rodney—. De todos modos, ¿dónde has estado? ¡Hemos
estado aquí muchísimo rato!
—Oh, Dios, el número de prácticas de fútbol en las que he estado
en los últimos años —Bostezó Kirsty, pasando su largo cabello
dorado por encima del hombro mientras lo hacía—. Sólo vengo por
el buen rato.
Lisanne se sentía confundida. —¿Quieres decir, cuando empieza el
juego?
—No, cariño. La buena parte es al nal, cuando todos están
sudados. Me encanta la forma en que Vin huele antes de la ducha.
Rodney gimió. —Oh, estoy contigo, hermana.
Lisanne se sonrojó a pesar de que no estaba en desacuerdo.
Kirsty debía haber tenido el horario de prácticas memorizado
porque en ese momento el entrenador puso n a la práctica. Vin y
Daniel se quitaron los cascos y vertieron agua de sus botellas
directamente sobre sus cabezas para refrescarse. Varios otros
jugadores hicieron lo mismo, y luego se sacudieron el exceso de
agua, esparciendo brillantes gotas en el sol de la tarde.
Daniel levantó la vista y ella podía ver que exploraba las gradas
buscándola. Hizo un movimiento rápido con la mano y se vio
recompensada con una gran sonrisa mientras corría hacia ella.
—Hola, cariño —dijo, tirándola a un sudoroso abrazo. Sintió lo
rápido que su corazón latía debajo de su camisa, si era por el calor
que siempre parecía a estallar entre ellos o por su práctica, no lo
sabía.
Se aseguró de que la miraba antes de preguntarle—: ¿Está todo
bien?
—Lo está ahora —murmuró él, pasando su nariz a lo largo de la
línea de su mandíbula.
—Eso no es justo —se quejó Rodney, al fondo.
Cuando Vin se unió a ellos y levantó a Kirsty, Lisanne oyó a
Rodney murmurar—: No se preocupen por mí, soy invisible.
Pero se olvidó de todo lo demás cuando Daniel la besó.
Muy pronto la apartó.
—¿Qué pasa? —dijo, casi sin aliento.
—Mierda —murmuró, removiéndose incómodo.
Vin lo miró y se echó a reír.
—No es una buena idea tener una erección mientras estás usando
un soporte atlético, ¿verdad? ¡Esa mierda duele!
—Oh —dijo Lisanne, esperando no sonrojarse.
Daniel sonrió ampliamente.
—A mi Muñeca le gusta torturarme.
Rodney arqueó una ceja hacia los dos.
—¿En serio? No me digas.
—¡Cállate! —gritó ella, golpeando tanto a Daniel como a Rodney
en los brazos.
—Vamos, hombre —dijo Vin—. Tenemos que ir a las duchas y
después podemos sacar a estas magni cas señoritas como les
prometimos.
Daniel le lanzó un guiño a Lisanne y corrió de nuevo a los
vestuarios con Vin.
—No me gusta ser la quinta rueda —suspiró Rodney.
Lisanne se sentía incómoda porque sabía lo que era eso.
—Estás invitado —dijo—. Podríamos ir a...
Pero el teléfono de Rodney sonó con un mensaje de texto que puso
una sonrisa en su rostro.
—Es de Ryan —dijo.
—Uh huh —dijo Kirsty—. ¿Y?
—Lo siente y me quiere de vuelta. Me tengo que ir —dijo,
enviando un mensaje de texto con rapidez antes de alejarse.
—¡De rodillas! —gritó Lisanne tras él, y Kirsty enarcó las cejas
antes de reírse a carcajadas.
Comenzaron a caminar hacia el aparcamiento, Kirsty charlando
alegremente sobre las nuevas clases de ese semestre y como Lisanne
debía ir a la casa de la hermandad para ver su nueva habitación.
A decir verdad, la mente de Lisanne se encontraba a cien metros
de distancia, pensando en Daniel caliente y enjabonado en la ducha.
Se sintió aliviada de que estuviera tan feliz y relajado. Sabía que
había estado al borde sobre las prácticas antes del primer juego.
Afortunadamente, le había ido bien hasta ahora.
—¿Todo está bien? —preguntó Kirsty, su voz cuidadosamente
neutral.
—Sí, todo está bien —respondió con una sonrisa de alivio en su
rostro.
Lo cual fue cierto durante otras doce horas.
Y luego la mierda se desató.
El primer indicio de un problema fue cuando a Lisanne le llegó un
mensaje de texto de Kirsty en la mitad de una conferencia bastante
aburrida de los principales minimalistas, Philip Glass y Steve Reich.
Debería haber sido interesante, pero el profesor Anatoli lograba
arrastrar cualquier aliento de vida del tema más fascinante. Era un
talento, aunque no en lo que se refería a sus alumnos.
Lisanne comprobó secretamente su teléfono. El mensaje de Kirsty
decía:
Necesitas comprobar la web de la universidad AHORA
Y enviaba un enlace que Lisanne tenía que abrir.
Perpleja, abrió el wi y leyó la historia que se encontraba en la
página web. El color desapareció de su rostro y no tuvo que ngir el
tono verdoso de su piel cuando lanzó su portátil en su bolsa y salió
corriendo de la habitación, murmurando una vaga disculpa.
Se quedó fuera de la sala de conferencias, con las manos
temblando, tratando de volver a leer en la pequeña pantalla de su
teléfono con ojos borrosos.

¡COMUNICADO DE PRENSA!
¡Nuevo chaje para los Piratas rompe la barrera de sonido!
Tenemos el agrado de anunciar que el estudiante de segundo año, Daniel
Colton ha sido elegido como el corredor para el equipo de fútbol de los
Piratas. El Sr. Colton entro en nuestros libros de récords como el primer
jugador con una discapacidad que juega en el equipo de la universidad.
Con la pérdida de audición gravemente alterada, el Sr. Colton
recientemente se sometió a una operación para recibir un implante coclear
que permite algo de audición asistida, a pesar de que no será capaz de usar
el dispositivo durante los partidos.
El entrenador Edgar Evans con rmó que las normas de entrada fueron
tan rigurosas como siempre en la selección del Sr. Colton para el equipo.
“La pérdida de audición de Daniel no fue evidente durante las pruebas, y
no fue hasta más tarde que me enteré de su discapacidad. Vamos a trabajar
juntos como equipo para asegurar los más altos estándares de continuo
cumplimiento, y no tengo ninguna duda de que el Sr. Colton será una
ventaja tanto para el equipo como para la universidad.”
El Atlántico Armstrong se enorgullece de ser una universidad de
igualdad de oportunidades, y continuará defendiendo los valores que apoyan
a todos los estudiantes con capacidades diferentes.
Última Hora: Piratas V USC Rayos en la Conferencia de la correa Peach
- ¡Viernes20:00!

Se sentía furiosa. Daniel trabajó muy duro para mantener esto en


privado, y ahora algún imbécil en la administración querían hacer
capitolio político de eso, pregonando cuán tolerantes eran, que
ofrecían igualdad de oportunidades. No le importaba al limpiabotas de
escritorio anónimo, lo que Daniel sentía o quería.
Apretó los dientes con rabia y frustración, pero eso no fue nada a
la reacción de Daniel cuando le dijo esa noche.
Maldijo sin parar, raramente usando la misma expresión dos
veces. Habría sido impresionante si su angustia no fuera tan molesta.
Por el rabillo del ojo, Lisanne vio a Rodney escabullirse fuera de la
sala de estar. No podía culparlo. Quería escabullirse, también.
Excepto que no podía. Sabía muy bien que era la única persona que
tenía la oportunidad de calmar a Daniel cuando se perdía así.
Pero al parecer, Rodney no se había escabullido, porque regresó
un minuto después con una hoja de papel y un lápiz. ¿Tomaba notas?
—¡Esos jodidos tapa culos! —gritó Daniel—. ¿Quién diablos se
creen que son? ¡Abriendo la boca como cobardes hijos de putas! No
son más que un montón de pollas haciendo trucos para coger coños
de pedazos de mierda de Villacoño, y me voy a cagar en todo lo que
se mueva en ese edi cio de administración de mierda, coños y
estúpidos. ¡Esta es mi jodida vida, estúpidas pollas, aliento de culo,
limpia traseros! ¡Dejaré el equipo antes de permitir que esos tarados
de mierda, LIMPIAVAGINAS, me arruinen como un maldito idiota
tarado! ¡Esos jodidos de mierda, jodidos entrometidos! Les voy a
patear el culo de hijos de perra por toda la ciudad. ¡Me transferiré!
Voy a abandonar la escuela, entonces este jodido grupo mongol de
idiotas de pesadilla pueden simplemente. Irse. Al. Jodido. In erno.
—¡Guau! —susurró Rodney, la pluma colgando de sus dedos y la
boca abierta—. Eso fue genial.
—Rodney —siseó Lisanne, e hizo un gesto con la cabeza para que
se fuera de la habitación.
Él suspiró teatralmente, se metió la pluma en el bolsillo trasero y
se dirigió a la cocina, donde lo oyó hurgar en el refrigerador por una
cerveza. Esperaba que le trajera una, también.
Pero cuando volvió su atención de nuevo a Daniel, no se había
calmado aún en lo más mínimo. Los tendones de su garganta
estaban tensos, y los músculos de los brazos se apretaron por la
furia.
De repente agarró la esquina del sofá y con un rugido, lo volcó,
por lo que los cojines volaron en todas direcciones.
Decidió tomar medidas, aunque el Daniel muy enojado era
bastante aterrador. No quería que su casa fuera destruida de nuevo.
Los adictos hicieron un trabajo bastante minucioso una vez antes, y
tomó una semana de trabajo duro de toda su familia hacer la casa
habitable de nuevo. No iba a dejar que Daniel deshiciera todo ese
buen trabajo.
Trató de tomar su brazo cuando intentó agarrar una de las sillas,
probablemente con la intención de empujarla por una ventana, pero
su mano era demasiado pequeña como para envolver la de él y se
deslizó inútilmente. Pero su toque suave y urgente lo trajo un poco
más cerca a algo así como control.
Se quedó quieto momentáneamente, y lo giró para que la mirara
de frente, colocando las palmas en sus mejillas calientes.
—No vas a renunciar, Daniel Colton.
—¡Joder si no lo hago! —gruñó, pero no la apartó.
—Y no te transferirás o dejarás el equipo.
—Entonces, ¿Qué hijo de putas voy a hacer? —gritó, pasando los
dedos por su pelo—. ¿Has leído esa mierda? ¡Todo el mundo sabrá!
¡Estará por toda la maldita escuela! ¡Lo llamarán el maldito Día del
Sordo!
—¿A quién demonios le importa? —vociferó Lisanne, pinchando
su dedo en su rme pecho—. Te diré lo que harás, ¡Te aguantarás,
Colton! ¡Y luego seguirás adelante con tu jodida vida!
Se apartó de ella, la cólera quemando la furia en sus ojos.
—¿Crees que es tan jodidamente fácil? —rugió—. ¡No sabes cómo
es la gente! ¡Esto apesta tanto! ¡Simplemente no lo entiendes!
—¿Que no entiendo? —gritó—. ¿Qué es lo que no entiendo?
¡Porque parece bastante malditamente claro para mí!
—¡No lo has tenido que vivir! —explotó Daniel—. ¡Los
comentarios!
¡Las miradas! ¡Maldición, he trabajado tan duro, tan duro y ahora
todo simplemente se derrumba jodidamente como siempre lo hace!
¡Esto es tan jodido!
—No seas tan marica —gritó, completamente enfurecida porque
veía cómo se daba por vencido.
—¿Qué diablos, Lis? —gritó, golpeando su puño contra la pared,
haciendo rebotar el marco de una fotografía de Jimi Hendrix.
—¡Que se jodan! —gritó Lisanne—. ¡Ellos. No. Te. Controlan!
Sus ojos se estrecharon con furia mientras daba un paso hacia ella,
pero luego jadeó cuando rápidamente la tomó en sus brazos, sus ojos
color avellana volviéndose casi negros. Sus labios se estrellaron en
los suyos, y de repente el calor y la furia que lo consumía se
transformaron en deseo y necesidad.
La sujetó contra la pared, inconsciente de que Jimi Hendrix se
desplomaba, con vidrio dispersándose en el piso.
—¡El dormitorio! —dijo entre dientes, contra sus labios.
Pero no la oyó, en cambio tiró de su camisa, quitándosela por la
cabeza.
A la distancia, oyó la música a todo volumen salir de la habitación
de Rodney. Viviendo con Lisanne y Daniel y sus discusiones se
había acostumbrado a poner música a todo volumen muchas veces.
Daniel la levantó rápidamente, envolviendo las caderas de ella
bajo sus nalgas, forzándola contra él. Podía sentir la dura y áspera
mezclilla de los vaqueros contra su centro, y siseó mientras dientes le
atacaban su cuello. Agarró su cara y claramente dijo—: ¡Dormitorio!
¡Ahora!
Parpadeó, luego dio media vuelta y subió corriendo las escaleras,
el cuerpo de Lisanne todavía envuelto alrededor del suyo. La dejó
caer en la cama y pateó la puerta cerrándola detrás de él, se quitó la
camiseta sobre la cabeza antes de aplastarla contra el colchón.
Lo apartó lo su ciente para que entendiera la indirecta y le quitó
los vaqueros y las bragas. Luego rodó en su espalda y tiró de ella
sobre él, así se encontraba a horcajadas sobre sus muslos.
Le chupó los pechos con avidez, envolviendo la lengua alrededor
de los pequeños y duros pezones, tirándolos casi rudamente con los
dientes. Lisanne gimió en voz alta y le devolvió el favor mordiendo
su pecho y chupando los anillos de pezón, algo que sabía que
amaba, y le valió un largo gemido.
Sus fuertes manos se hallaban rmemente plantadas en su cintura
y parecía perdido en su cuerpo, como si no supiera qué parte adorar
después, inclinándose para chuparle las orejas y besarle el pecho.
Lisanne se sentía mucho más orientada al objetivo y se apartó de
él, desabrochando sus pantalones rápidamente.
Saltó un poco y ella no se sorprendió al ver que no usaba ropa
interior de nuevo. Lo que era algo peligroso alrededor de una
Lisanne excitada, caliente y decidida.
—¡Joder, muñeca! ¡No quiero ser herido en acción!
—Te besaré mejor más adelante —murmuró, aunque Daniel no
podía oírla, envolvió la mano alrededor de su polla rígida y bombeó
duro dos veces antes de hundirse en él.
Daniel contuvo la respiración por un segundo, sus caderas
arqueándose hacia arriba sin su consentimiento, luego Lisanne
comenzó a moverse rápidamente. Daniel la miraba con adoración y
fascinación mientras sus pechos rebotaban frente a él, ella se inclinó
hacia atrás, su largo cabello rozándole los muslos.
Luego se movió hacia delante sobre su pecho, con el pelo
formando una cortina alrededor de su cara. Daniel empujó contra
ella y un gruñido brotó de su garganta.
Su mano se deslizó entre ellos y frotó duro, mirando el grito
silencioso que brotaba de ella.
Sintió el orgasmo de ella propagándose a su alrededor y eso lo
envió a una espiral descendente hasta que vio estrellas y fue incapaz
de recordar su propio nombre.
Lisanne se derrumbó encima de él con sus pechos palpitantes
dentro de una capa de sudor.
A medida que su respiración disminuía, Daniel pasó las manos
callosas por su espalda, acariciándola suavemente. Movió las piernas
y se dio cuenta de que aún llevaba las botas. Pero, ¿qué demonios
importaba? Se sentía demasiado relajado para moverse.
Cuando por n lograron apartarse, fue el comienzo de una larga
noche de hacer el amor suavemente intercalando con folladas
rápidas.
Lisanne no exageró cuando le dijo a Daniel que la mantenía en
forma.
Pero a pesar del ejercicio de su noche, Daniel estaba tenso y
ansioso la mañana siguiente. Sabía que tendría que enfrentarse a las
preguntas de sus compañeros. Y se sentía horrorizado.
—Estará bien —dijo Lisanne por milésima vez, un comentario que
hizo a Daniel sacudir la cabeza por enésima vez.
—Será una maldita pesadilla —gruñó.
Lisanne retuvo un poco su comentario: no había nada más que
pudiera decir, y nada que ya no hubiera dicho.
—Buenos días, compañeros de habitación —dijo Rodney, entrando
a la cocina.
Captó la atmósfera inmediatamente e hizo una mueca.
—Sé que no estás feliz por ser descubierto —dijo Rodney en tono
familiar—, así que tal vez deberías ir todo el camino y anunciar que
eres gay, también. Créeme, lo encontrarán incluso más chocante.
Daniel dejó escapar un largo suspiro y Lisanne le lanzó a Rodney
una mirada penetrante.
—¿Qué? —dijo Rodney, enérgicamente—. Sabes que tengo razón.
—¿Es eso lo que piensas? —Daniel soltó un bu do—. Porque te
puedo nombrar a siete u ocho jugadores de la NFL que son gays.
Pero sólo ha habido dos como yo... dos chicos sordos en la NFL.
—¡Basta, los dos! —gritó Lisanne—. Esto no está ayudando. Y
tenemos que irnos antes de llegar tarde a clase.
Daniel tomó la bolsa de mensajero que utilizaba para la
universidad y salió de la habitación.
—Trataba de ayudar —dijo Rodney en voz baja.
—Lo sé.
Rodney tiró a Lisanne en un rápido abrazo.
—Estará bien —dijo.
Ninguno de ellos estaba convencido.
Cuando llegaron a la escuela se fueron por caminos diferentes y
Lisanne dejó a Daniel con un beso ardiente en sus labios.
Encendió su IC y tiró su gorro con rmeza hasta cubrir
completamente el dispositivo. Había estado haciendo esto durante
los últimos ocho meses, pero sabía que hoy la gente estaría
buscando, y que lo condenaran si les iba dar algo más que mirar.
Se dejó caer en su lugar habitual en la segunda la de la sala de
conferencias. Podía sentir las miradas curiosas rebotando en su
espalda y el murmullo de la conversación irritante donde podía
distinguir su nombre.
Arriesgó una rápida mirada detrás de él y una amarga sonrisa se
dibujó en su rostro al ver decenas de rostros viendo en su dirección
volverse de pronto, avergonzados de haber sido sorprendidos
mirando.
Sentándose recto, tomó una decisión. Se quitó el gorro y empujó el
pelo hacia atrás, permitiendo que el IC se viera claramente.
Luego el profesor Parkes entró en la habitación y la charla se
sofocó.
A diferencia de los otros estudiantes, Daniel no sacó una libreta o
laptop. Escuchar con toda claridad en la sala con eco no era fácil, y
todavía se basaba principalmente en la lectura de labios durante las
clases.
Se preparó para ser cautivado por su nuevo maestro hablando
sobre las relaciones comerciales internacionales.
El profesor Parkes escaneó rápidamente la habitación y luego su
mirada se posó sobre Daniel y frunció el ceño.
—Tú, segunda la —espetó, señalando a Daniel—. Ten la cortesía
común de quitarte el iPod durante mi conferencia, o salir de la sala
de clase.
La ira que Daniel había estado gestando durante doce horas estaba
lista para hervir. Se levantó bruscamente, listo para entregar al hijo
de puta de ojos pequeños y brillantes su trasero, cuando otros dos
estudiantes lo vencieron hablando primero.
—Está usando un audífono, profesor —dijo un chico tranquilo
llamado Sundhil con el que Daniel sólo había hablado un par de
veces en un grupo de estudio.
—No es un iPod, señor —anunció una chica con un cabello
castaño corto desde la parte posterior del salón—. Es parte de su
implante coclear.
El profesor Parkes parecía nervioso y un rojo poco saludable le dio
a sus rollizas mejillas un matiz púrpura.
—Mis disculpas, señor... Um...
—Colton —dijo Daniel, todavía respirando duro—. Daniel Colton.
—Ah, sí, Sr. Colton. —El reconocimiento se arrastró por la voz del
profesor, y el labio de Daniel se curvó en un gruñido—. Si hiciera el
favor de tomar asiento, Sr. Colton.
Manteniendo sus ojos en el imbécil profesor, lentamente se hundió
en el borde de su silla. Luego miró a Sundhil, dándole un rápido
asentimiento después miró jamente sobre su hombro a la chica de
cabello oscuro, quien sonreía ampliamente mientras le guiñaba un
ojo y soplaba un beso, se sintió más como él mismo de nuevo.
Joder. Iba a ser un día largo.
Para la hora del almuerzo, se sentía exhausto y listo para ir a casa.
Era siempre pesado concentrarse por cincuenta minutos a la vez en
leer los labios durante sus conferencias, pero hoy había estado
inundado por la curiosidad, la duda y los morbosos que querían ver
las cicatrices de la cirugía del IC.
Los apartó a todos, y caminó con un ceño fruncido en su rostro
que advirtió a las personas de que se mantuvieran. Malditamente.
Alejados.
Cuando se dirigió a la cafetería, no estaba muy orgulloso de
admitir que necesitaba a Lisanne, necesitaba a su muñeca, y todo lo
que quería hacer era sentir sus brazos suaves alrededor de él, y sus
besos cálidos en sus labios.
Sus ojos se centraron en ella y sintió algo de la tensión de la
mañana drenarse. Pero mientras se acercaba, se dio cuenta que tenía
una mirada demacrada y airosa en su rostro y miraba jamente a
Shawna quien le fruncía el ceño.
Suspiró por dentro. Shawna tenía un hábito travieso de venir a él
cada vez que lo veía solo, y algunas veces también cuando Lisanne
estaba allí. Era irritante, pero nada de lo que parecía decirle hacía
una diferencia. La chica parecía haberse convencido que quería su
sucio y barato culo.
Excepto que ese día lo ignoró. A menudo hacía algún comentario
patético sobre lo que vestía, o sobre su motocicleta. Hoy ni lo miró. Y
podría haber únicamente una razón para eso.
Era exasperante, a pesar de que no le importaba una mierda
Shawna. De hecho, sólo mostraba que había tenido razón sobre ella.
Pero odiaba, ODIABA, que las personas lo consideraran menos.
Menos persona, menos hombre. Una de las cosas, una de las muchas
cosas que amaba de su muñeca era que nunca, jamás, lo había hecho
sentir así.
Casi cayó en el asiento a su lado y la atrajo a su regazo, enterrando
el rostro en su cabello suave, con aroma a melocotón.
La sintió acariciarle la mejilla mientras sus manos con cuidado
tiraban de su rostro hacia el suyo.
—¿Largo día? —susurró.
—No tienes una jodida idea. —Asintió, de forma cansada.
Fueron interrumpidos por un tipo que lucía como un estudiante
de posgrado aproximándose a su mesa.
—Hola, ¿eres el chico sordo? Sí, buena suerte en el juego del
viernes, amigo.
El comentario insultante que tenía la intención de ser más o menos
alentador se sumó a la confusión que sentía por dentro.
Viernes por la noche, y esperaba en los vestuarios con el resto de
su equipo. Se sentía animado, preparado y ansioso de comenzar el
juego.
El entrenador daba su discurso motivacional antes del partido,
pero Daniel encontraba difícil concentrarse en leerle los labios. Sus
ojos seguían echando un vistazo a la pantalla digital en la pared
donde se veía la cuenta regresiva de los minutos y segundos para el
comienzo del juego.
Era la calma antes de la tormenta, poniendo su mente dentro de la
zona. Se dio cuenta que el entrenador concluía su parte, antes de dar
paso a Nielsen, el mariscal.
—Hoy, caballeros —comenzó Nielsen, su enorme cuerpo de ciento
diez kilos en sus protectores—. Hoy estoy honrado de conducirlos al
campo de batalla. Hay otro honor que le debe ser conferido. Esa es la
respuesta que viene a esa pregunta. ¿Quién soy?
—Soy un campeón —rugieron todos en repuesta, siguiendo el
famoso discurso de Lelland High School.
—¡Vamos a dejar todo en el campo! —gritó Nielsen, y sus labios se
curvaron con una sonrisa de mala gana pese al hecho de que
pensaba que el chico era un cabrón.
Mientras el equipo trotaba de los vestuarios para esperar a la
entrada del campo, sus oponentes ya estaban allí.
De inmediato, comenzaron a hacer muecas y pretender babear.
—Equipo de necesidades especiales —dijo alguien, con una
sonrisa.
Vin frunció el ceño y comenzó a dar un paso adelante, justo lo que
el SC Thunderbolts quería.
Daniel le dio una pequeña sacudida de su cabeza, pero cuando el
hombro de un apoyador de los Thunderbolts confrontó a Mitchell, el
Central de los Piratas, el in erno se desató en la tierra.
Brazos fueron agitados, el sonido de cascos golpeando cascos
hacía eco por el túnel junto con gruñidos y maldiciones. El árbitro
principal se golpeó en el cuerpo a cuerpo, junto con los jueces de
líneas y el árbitro general. Los silbatos eran soplados y tomó varios
minutos poner orden. Para ese momento la gorra blanca del árbitro
principal había sido pateada por todas partes y dos jugadores
luchaban en el suelo. En los minutos que siguieron, doce tarjetas
amarillas fueron puestas por “conducta antideportiva” y dos por
“colisiones casco a casco”.
Lo cual era un cálculo conservador.
Mientras el árbitro principal perdía su escaso cabello, intentando
calcular las faltas, Nielsen tiró a Daniel a un lado, empujándolo
contra la pared y agarrando su casco.
—Esto es por lo que no te quiero en mi equipo —gruñó—. No me
importa si eres sordo, idiota, mudo o un jodido ciego, eres una
distracción para el equipo, eres una distracción para el juego. Te
quiero fuera del maldito equipo.
—¡Jódete! —gruñó Daniel, cuyos nudillos se encontraban todavía
heridos de los pocos puñetazos que había aterrizado, y empujó
fuerte a Nielsen.
Vin caminó entre ellos, colocando una mano en cada uno de sus
pechos.
—Caballeros —dijo—, el juego, el enemigo, está allí afuera.
Tomó una profunda respiración, asintió y se alejó de Nielsen. Los
dos se miraron jamente, pero sabía que Vin tenía razón.
Tiempo su ciente para golpear algunos de tu propio equipo.
Al nal, veinticinco minutos más tarde, ambos equipos corrían en
el campo. Toda la multitud estaba de pie y Daniel se quedó mirando
al mar de bocas abiertas en un rugido que no podía oír. Su mundo
todavía se encontraba en silencio.
Sabía que en algún lugar en los miles de rostros, Lisanne estaba
mirando y animando.
Esto era por ella. Esta noche jugaba por ella.
Piratas Contra Thunderbolts — The Inkwell reporta:
Eligiendo la patada inicial, los Pirata s comenzaron la ofensiva profunda
de los Thunderbolts en su propio territorio con la defensa buscando
establecer el ritmo.
La primera jugada del partido fue una genial acción de un pase de treinta
yardas del mariscal Sig Nielsen al nuevo chaje Daniel Colton para poner
al equipo local en la posición de anotar primero. Siguiendo con una carrera
y línea ofensiva, los Pirata s avanzaron bien el balón antes de que Sig
Nielsen pusiera el balón en la zona de anotación para una rápida
puntuación, poniendo al local 6-0. Marcos Thomas fue bueno para anotar
después poniendo el marcador 7-0.
Pronto Ron Shister derribó al mariscal de los Thunderbolts, Doug
McSwane, para poner al equipo local de vuelta en la ofensiva. Con poco éxi
to al mover el balón, los Pirata s patearon el balón lejos y los visitantes
comenzaron a avanzar contra la línea defensiva. El primer tiempo terminó
Piratas 7-7 Thunderbolts. La mayoría de los puntos fueron hechos después.
El segundo tiempo comenzó con los Thunderbolts en ofensiva, lo cual
movió el balón campo abajo antes de otro intento fallido, poniendo a los
Piratas de vuelta en el campo en la línea de las treinta yardas. Con el tercer
cuarto terminando, un pase de veinticinco yardas para Jim Szyszkowsky
que puso a los Piratas dentro del campo de anotación. Lo más destacado del
día fue cuando Nielsen le lanzó al corredor Daniel Colton, quien evitó
varios tacles por unas cuarenta y cinco yardas hasta el touchdown. Con la
última jugada del encuentro, los Thunderbolts intentaron lanzar al fondo,
pero el pase fue disuelto, dejando a los Pirata s con una victoria. El
marcador nal fue 17-14.
Lisanne pensó que su corazón se saldría de su pecho mientras el
pitido nal mostraba que el equipo local ganó. Su estómago casi se
vacía sobre los asientos frente a ella un par de veces cuando Daniel
había sido tacleado fuertemente, pero cada vez rodaba y parecía
ileso. Aún así, hizo una nota mental de no comer nada más que
galletas saladas antes de su próximo juego.
Se sentó entre Rodney y Kirsty, agarrándoles las rodillas tan fuerte
que Rodney había gritado, se apartó de ella y se acercó a Ryan, que
miraba el juego con una expresión aburrida.
—Estoy feliz de que mantengas las uñas cortas para tocar el violín
— remarcó Kirsty, sacando la mano de Lisanne de su pierna.
—¡Lo siento! ¡Lo siento! —jadeó Lisanne.
—Está bien —respondió Kirsty, con dulzura—. Está haciendo lo
que quiere, esto lo hace feliz, sabes eso.
—Lo sé. Lo hago. Simplemente odio ver...
—Odias verlo extendido por todo el campo como una gelatina de
fresa. Pero piensa cuanta diversión tendrás jugando a la enfermera
con él más tarde: masajeando sus músculos doloridos; frotando
aceite en su hombros; atendiendo sus costillas magulladas con.
—¡Detente! —suplicó Rodney—. ¡Es tan injusto!
—¿Por qué? —Resopló Ryan—. Puedes frotar aceite en mis
hombros en cualquier momento que gustes. Moriría por un masaje
asequible.
—Soy barato. —Sonrió Rodney.
—Una de la cosas que amo de ti. —Ryan se rio.
Pero Rodney no se rio. —Tú. ¿me amas?
Ryan asintió lentamente, luego Rodney atrajo su rostro hacia él y
lo besó duro, ignorando los abucheos de las personas sentadas
detrás de ellos.
Luego puso de pie a Ryan y respiró. —No me esperes despierta,
Lis. —Mientras se apresuraban a salir del estadio.
—Entonces —dijo Kirsty después de un corto silencio—, ¿cómo te
sientes sobre tu primer juego de fútbol americano?
—Estoy agotada —gimoteó Lisanne—. Cada vez que Daniel estaba
en el campo, apenas podía mirar. Es tan. ¡brutal!
—Sip. —concordó Kirsty —. Caliente, ¿no?
No estaba muy segura, pero cuando alcanzaron a los chicos más
tarde, no tenía duda que la felicidad de Daniel brillaba
radiantemente.
—Estoy tan emocionado —susurró en su oído, envolviendo los
brazos alrededor de ella—, y cachondo como la mierda. ¿Podemos
evitar la esta después del juego, muñeca? Realmente quiero besar
ese dulce coño y sentirte venir en mi pene. ¿Podemos irnos ahora?
Asintió rápidamente. Habían estado saliendo once meses, una
semana y dos días, y su sucia boca y su hermoso rostro todavía
tenían el mismo efecto en ella, colapso total, mental y físico.
Pero cuando se dirigían al estacionamiento, Kirsty agarró el brazo
de Lisanne.
—¡Oh, no, no te vas! Sé a dónde van, adictos al sexo; y voy a poner
punto nal a eso. Tenemos una esta a la que ir y no pasé noventa
minutos de mi valiosa vida haciéndote lucir sexy para irte y sudar
entre las sábanas con Daniel. Vamos. A. La. Fiesta. Ahora.
Lisanne sonrió de mala gana y Daniel puso cara de enfado.
—Más tarde, muñeca —ordenó.
—Oh, mejor que lo creas, Daniel Colton —respondió—. Y eso es
una promesa.
Entrevista con Daniel
Traducido por orbarbero
Corregido por NnancyC

—Hola Daniel, gracias por tomarte el tiempo para charlar con


nosotros. Ha pasado bastante tiempo desde que se contó tu historia,
dinos, ¿cómo lo están haciendo hoy con Lisanne?
—Realmente bien, gracias. Hemos escrito canciones juntos y una
fue vendida a una compañía discográ ca en Nashville, lo que es
endemoniadamente genial. No que estemos grabando ni nada
parecido. Harán que uno de los artistas de la rma la cante, pero aun
así es increíble. Nos pagaron trescientos dólares. La mayoría de las
veces no empiezas a hacer dinero con una canción que has escrito
hasta que se empieza a vender en CDs, se descarga o lo que sea. Lis
y los chicos podrían grabar un demo, pero el tiempo de estudio es
bastante caro. Pero si funciona, vamos a ganar algunas regalías. Será
mejor que matarme trabajando arreglando coches en el garaje como
mecánico.
Y eso es realmente genial, porque nunca pensé que sería capaz de
hacer cualquier cosa con la música porque... bueno, ya sabes.
Lisanne se encontraba tan jodidamente excitada, y me encanta verla
así.
32° North lo está haciendo muy bien, han conseguido una gran
cantidad de conciertos por toda la ciudad. Siempre voy, pero es
difícil verlos en el escenario sin mí. Aunque también vale la pena,
¿sabes? Ver a Lis cantando de ese modo^ es jodidamente caliente.
Dice que está cantando para mí.
Tengo algunas noticias para ella, también. El entrenador dice que
un cazatalentos de la NFL vendrá a vernos jugar el próximo partido
local. No me emocionaba demasiado, pero desde que Derek
Coleman comenzó a jugar para los Seahwaks de Sea le, pienso,
bueno, ¿por qué yo no?
h ps:// [Link]/watch?v=u2HD57z4F8E
—Por lo tanto, vamos a volver al día en que conociste a Lisanne,
¿cuáles fueron tus primeros pensamientos acerca de ella? Sé honesto.
—Estaba tenso. Siempre me pone tenso reunirme con nuevas
personas, ya que pueden hablar raro o algo así. Ahora no lo hace
tanto, supongo, pero lo hacía entonces. No obstante, ella parecía
mucho más nerviosa que yo, lo que me ayudó a relajarme. Además,
era linda. Tenía todo este aspecto de chica tímida, pero con ese
hermoso cuerpo escondido debajo de esa horrible camiseta.
Luego se aferró a mi mano como si fuera a ahogarse si la soltara. Y
después estaba toda sonrojada y avergonzada. Me di cuenta de que
su incomodidad me hacía sonreír.
Sí, ese fue un buen día.
—Cuando conociste a Lisanne, ¿pensaste que sería alguien
permanente en tu futuro?
—Diablos, no. Pero había algo en ella. Y de todos modos, no
pensaba en establecerme con ninguna chica. Pensaba que las
relaciones eran para maricas. Pero ahora... quiero establecerme.
Quiero un para siempre. Y... mira... no puedes decir nada porque no
tengo nada planeado todavía, pero un día voy a poner un anillo en el
dedo de mi chica.
Sí, y probablemente sería mejor hacer las cosas bien, preguntarle a
su viejo, ¿sabes? Ah, mierda. Monica es buena y Ernie no es tan
malo, pero todavía piensa que Lis podría hacerlo mejor. In ernos, sé
que ella podría hacerlo mejor, pero nadie la amará más que yo.
Jamás. Y voy a matar a cualquier idiota que se le acerque.
—Antes de Lisanne, ¿cómo era tu estilo de relación con las
mujeres?
—Rápido, rudo, dispuesto. Puedes preguntarle a Terri o a Carla
o... um, sí, mejor olvídate que dije eso.
—¿Por qué peleaste tan duro con Lisanne cuándo ella no te trataba
como si fueras un leproso?
—¿Te pareció así? No sé, tal vez lo fue. Ella era tan buena y pura.
Y... yo no soy ninguna de esas cosas. Sabía que no era nada bueno
para ella, pero seguía presionándome. Y se hizo más difícil alejarla.
Y era... Simplemente me gustaba tener una amiga. Alguien que
realmente me entendiera. Los chicos de la banda están bien, pero me
conocían desde antes. De alguna manera, me ayudó conocer que una
persona nueva se encontraba... se encontraba bien con lo que soy.
Eso no la perturbó. No creo que jamás conseguiría eso con nadie.
—¿Cómo están las cosas con tu hermano?
—Él es genial. Es momento difícil, cumpliendo su condena. Se
deprime a veces, a pesar de que trata de ocultarlo. Entiendo por qué
hizo lo que hizo. Quiero decir, sí, es un maldito idiota, pero lo
entiendo. Tenía veintiún años y de repente tuvo que ser mi papá,
además de mi hermano. Él lidiaba con toda mi mierda y con la suya.
No pudo soportarlo. Tomó algunas decisiones idiotas, pero no
puedo decir que yo lo habría hecho mejor en su posición.
Si no hubiera sido por Lisanne, ahora podría estar en el mismo
lugar que él. Quiero decir, yo no tra caba, pero es un terreno
resbaladizo, ¿verdad? Consigues un poco de hierba para un amigo y
lo siguiente que sabes, es que el rumor está corriendo. He visto que
eso sucede.
¿Te he dicho que Lis vino conmigo a visitarlo una vez? Fue... tenso,
pero creo que arreglaron un poco su mierda. Espero que, en tal vez
tres o cuatro años, Zef esté fuera y pueda venir a vivir con nosotros.
Uh, no se lo menciones a Lis, porque no hemos hablado de eso
todavía. Pero esta es la casa de él, así que por supuesto que volverá
aquí. Pero para eso falta bastante. Está tomando algunos créditos
universitarios, por lo que podría incluso conseguir su título antes
que yo. ¡Bastardo, mejor que no lo haga!
—¿Crees que todas las di cultades que atravesaron con Lisanne
valieron la pena? ¿Cambiarías algo?
—Ella es mi mundo. Nunca quise hacerle daño, pero soy un jodi...
estúpido idiota. Pasaré el resto de mi vida compensándola. Sí, valió
la pena. Ella lo vale.
—¿Hay algo que quieras decirle a tus fans?
—¿Puedo tener tu número de teléfono? No, espera, Lisanne me va
a matar. ¡Es una broma, en serio! Um, y sí, díganle a Lis que yo no
maldije, ¿de acuerdo? Porque siempre está molestándome al
respecto. No es que yo sea un coño sometido ni nada, ¡joder no! Oh,
mierda. No le digas que dije eso. Ahh, ¡in ernos!
Muerte súbita:
¿Suave y Lento o Duro y Rápido? Las dos cosas.
¿Seda o algodón? Seda.
¿Bebida favorita? Jack Daniels. Por supuesto.
¿Frase favorita? "La bondad es el lenguaje que los sordos pueden
oír y los ciegos pueden ver". Mark Twain.
¿Canción favorita? Fall at Your Feet de Crowded House.
h ps:// [Link]/watch?v=0EAVgsaiPnc
Sobre la autora

Viví en Londres por más de diez años y tengo un romance con


New York. Es sólo desde que me mudé al campo, que las palabras
realmente han comenzado a uir.
Vivo en una pequeña villa cerca del océano y doy caminatas con
mi perrito, Pip, todos los días. La inspiración viene desde lugares
inesperados, pero es en aquellas caminatas al lado de la playa que
tengo todas mis mejores ideas.
Amo escribir. Sale de la multitud de voces en mi cabeza, me
encanta hilar juntos sus pensamientos y contar la clase de historia
que quiero leer.
He escrito toda mi vida, en una forma u otra, pero es sólo desde
que comencé a escribir libros adult/new adult que todo nalmente
tuvo sentido.
Se ha convertido en una forma de vida; y una que amo compartir.
Espero que mis historias te hagan reír, llorar, y sentir cada
emoción en medio, porque entonces supongo he hecho mi trabajo.
Sin ti, no hay yo. Gracias por leer. JHB x.
Otros libros de Jane Harvey-Berrick:
● The Education of Sebastian
● Dazzled
● The New Samurai
● Exposure
● The Dark Detective.
Notas
[←1]
Juego de palabras. En inglés Bluer que es parecida a Blues, tipo de música, y Blue,
que es azul.
[←2]
Holy Roller: Término utilizado para alguien fanático de la religión.
[←3]
Dave Ramsey: Autor nanciero, conductor de radio, personalidad de la televisión,
y orador motivacional, americano
[←4]
En inglés al leer los labios: ”where there"s life, there"s hope”, con “where"s the
lavender soap” y „elephant shoes” con “I love you”, suenan parecido.
[←5]
Frases de The Will One, El Salvaje en Latinoamérica, película dramática de
moteros.
[←6]
Es el código de honor siciliano que prohíbe informar sobre los delitos considerados
asuntos que incumben a las personas implicadas.
[←7]
Juego de palabras. En el original dice "turned on" que también signi ca “estar
excitado”, en este caso Lisanne se re ere al IC.

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