Capítulo VI
Ansiedad emocional
Como seres humanos, disfrutamos tener el control en nuestras vidas: en las
relaciones, en el trabajo, en el día a día. Sin embargo, conforme avanzamos a lo
largo de las semanas y los años, el tiempo nos recuerda que el control es efímero.
¿Qué sucede cuando perdemos el control? Se desencadenan pensamientos
caóticos y una confusión abrumadora. Más adelante exploraremos estos aspectos,
pero la esencia es aprender a soltar las riendas y permitir que sea Dios quien tome
el control a lo largo de los años.
En cada aspecto de nuestras vidas, ya sea en el trabajo o en las relaciones,
debemos aprender a confiar en que Dios tiene el control. El éxito o el fracaso
dependen de si permitimos que Dios guíe nuestro camino o si insistimos en tomar el
control, a pesar de que hay situaciones que escapan de nuestras manos.
Este recordatorio nos lleva a las palabras de Proverbios 3:5-6, que nos insta
a confiar en el Señor con todo nuestro corazón y a no depender de nuestro propio
entendimiento. «Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia
prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas». Aquí
vemos la sabiduría divina que nos aconseja rendirnos ante Dios y permitir que guíe
cada aspecto de nuestras vidas.
La experiencia del apóstol Pablo también nos brinda perspectiva (y también
nos acompañará más adelante). En 2 Corintios 12:9, comparte las palabras del
Señor: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad». Aquí
encontramos consuelo en la idea de que, cuando perdemos el control y nos
sentimos débiles, la gracia de Dios se manifiesta de manera poderosa. Aprender a
depender de esa gracia nos permite abrazar la realidad de que es a través de
nuestras debilidades que Dios obra de manera más extraordinaria.
Entender que soltar el control y confiar en Dios no es una rendición de
nuestras vidas, sino una entrega consciente a Su soberanía, nos libera de la carga
de intentar controlar cada aspecto. Sin embargo, hay momentos en nuestras vidas
donde ese control se nos va y solo nos guía la ansiedad y la angustia del momento.
Recuerdo una ocasión en la que recibí una llamada informándome que mi
hermana estaba convulsionando, a 30 minutos de mi ubicación. Perdí
completamente el control. Mientras manejaba hacia su casa. En el hospital, vi a mi
hermana en una situación penosa, tirada sin almohada ni cobertor. La indignación
me llevó a decirle a uno de los enfermeros que si acaso no tenia hermana o madre
para dejar a alguien en ese estado sin siquiera una almohada.
Hablé con mi terapeuta sobre la experiencia, quien me recordó que
reaccionar así era natural dadas las circunstancias. Este episodio me hizo
comprender que perder el control en ciertos momentos es humano y comprensible.
Como seres humanos, nos vemos inevitablemente enfrentados a reacciones
ante los acontecimientos que marcan nuestras vidas, como aquel suceso ocurrido
con mi hermana. Además, he recibido noticias impactantes y difíciles que jamás
habría imaginado y que ya han leído en el capítulo anterior. He sido testigo de
situaciones dolorosas que han dejado una profunda huella en mi alma y corazón, y
he reaccionado de manera natural.
Durante estos meses, he aprendido a soltar el control y confiar en la voluntad
divina. A pesar de las circunstancias adversas, no he cedido al impulso de expresar
mis sentimientos de manera descontrolada ante los demás. Incluso hace no más de
un dìa, en el trabajo, me enfrenté a una confrontación. A pesar de la pérdida de
control de mi superior, quien me hablaba a gritos y temblaba, yo mantuve la calma,
me expresé de manera tranquila y expliqué mis puntos con claridad.
Cuando observas a alguien perdiendo el control, es crucial mantener la
compostura y la elegancia. A veces, olvidamos la importancia de la elegancia. Tal
vez los malos hábitos heredados de la infancia, como expresarse a gritos o arrojar
cosas, hayan moldeado nuestras reacciones. Sin embargo, con el tiempo,
aprendemos que la comunicación tranquila es más efectiva que la pérdida de
control.
En la actualidad, observo con admiración aquellos hogares y personas que
logran mantener el control en medio de las dificultades, ya sea en hospitales,
lugares de trabajo o en sus propios hogares. Aprendemos valiosas lecciones de los
fracasos y errores, buscando siempre crecer y evitar repetir experiencias negativas.
La clave es aspirar a ganar, sumar y no restar en nuestras vidas.
Al reaccionar, es esencial hacerlo con pausa, respirar, pensar y analizar
antes de actuar. Mantener el control es fundamental, siendo la verdadera esencia de
cómo reaccionamos ante las adversidad. Pero este control es siempre en Dios. No
se trata de controlar lo que está sucediendo, sino de aceptar que solo Dios puede
hacerse cargo de ello y que nuestra objetivo tiene que ser controlarnos a nosotros
mismos.
En la Biblia hay muchos personajes que, como humanos, han perdido en
control. Recordemos el episodio cuando Jesús fue arrestado. Pedro, lleno de fervor
y deseo de proteger a su Maestro, sacó su espada y cortó la oreja de un soldado
(Mateo 26:51; Juan 18:10). Este acto impulsivo ilustra la lucha de Pedro por
mantener el control en situaciones desafiantes.
En el relato bíblico, encontramos que muchos personajes enfrentaron
desafíos similares en la gestión de sus emociones. David, por ejemplo, tuvo
momentos oscuros, como el episodio en el que envió a matar a Urías para quedarse
con su esposa (2 Samuel 11:1-17). Sansón, cedió a las presiones de una mujer y
reveló su secreto, perdiendo así su fuerza sobrenatural (Jueces 16:4-21). Abraham,
al escuchar la sugerencia de su esposa de tener un hijo con su sierva Agar, perdió
el control y sufrió las consecuencias (Génesis 16:1-16).
En cada una de estas historias, vemos cómo el deseo de control y la falta de
confianza en Dios llevan a decisiones impulsivas y consecuencias dolorosas. La
lección subyacente es que, cuando intentamos controlar nuestras vidas de manera
independiente, a menudo nos desviamos del camino de Dios y experimentamos las
consecuencias de nuestras elecciones.
A pesar de estas debilidades, la Biblia también destaca cómo Dios veía a
estos personajes. A David, a pesar de sus errores, lo describió como un hombre
conforme a su corazón (1 Samuel 13:14). Abraham fue llamado «amigo de Dios»
(Isaías 41:8). Esto nos enseña que, sin importar nuestras fallas, si nos arrepentimos
y buscamos el perdón de Dios, Él, siendo fiel y justo, perdona nuestros pecados (1
Juan 1:9), y trae orden y gracia a nuestras vidas.
Miedo al futuro
Cuando nos vemos superados y perdemos el control, el miedo al futuro se instala,
pues ya no dirigimos los acontecimientos y desconocemos qué depara el destino.
En el ámbito de las relaciones, la pérdida de control genera temor sobre el futuro:
«¿continuaré con esta persona o no?», nos preguntamos. Similarmente, al perder
un trabajo, se experimenta un miedo palpable hacia lo que está por venir. Es cierto
que algunas personas pueden vivir actualmente con aprensión por lo que acontece
en sus vidas. Cada individuo reacciona de manera única; cada mente, acción,
pensamiento y persona se manifiesta de forma distinta.
Mi consejo práctico es el siguiente: primero, confía en que Dios tome las
riendas; segundo, no temas al futuro, ya que si entregas todo a Dios, lo que Él tiene
preparado es más hermoso y valioso: un trabajo mejor, un esposo más adecuado,
una familia más sólida, un ministerio más significativo. Todo será mejor. Después, te
preguntarás: «¿Por qué tuve miedo? ¿Por qué perdí el control?».
Cuando cedemos el control, Dios también nos libera de ataduras. Las
reacciones negativas son oportunidades para que Dios purifique y saque lo que no
nos beneficia. Aunque algo luzca hermoso por fuera, con el tiempo puede
marchitarse y perder su atractivo. Por ende, enfoquémonos primero en lo interno, en
lo que permanecerá, en nuestro espíritu destinado al cielo.
Ante cualquier desafío, recuerda que Dios te está liberando de la
impulsividad, de la pérdida de control, de la autosuficiencia y de la creencia de que
lo sabes todo y tienes el control, cuando en realidad es Dios quien lo tiene. Si no
estás en ese trabajo, esa relación o ese ministerio, es porque Dios te liberó de tus
emociones y situaciones, proporcionándote algo mejor.
Cuando enfrentemos situaciones similares en el futuro, ya no reaccionaremos
de la misma manera. Estaremos libres de enfermedades emocionales, sanados por
Dios. Recuerdo que cuando mi madre falleció, quería tirarme junto a ella en su
tumba. Sin embargo, con el tiempo, uno aprende a reaccionar de manera más
madura. Yo solía perder el control ante cualquier pérdida, pero ahora, ante la
eventualidad de perder un trabajo o contrato, mantengo la calma, sabiendo que lo
que viene es mejor y valdrá la pena. A veces, Dios nos sacude, nos saca de nuestra
zona de confort y nos desarma porque no aprueba lo que hemos hecho con
nosotros mismos. Pero luego, con amor, nos reconstruye, mejorando lo que éramos
antes.
Me encanta la afirmación de un pastor que sostiene que Jesús es el mejor
educador. Él nos instruye, nos educa y nos incluye. Por lo tanto, simplemente
debemos confiar en Él y aceptar la corrección que nos brinda, ya que es para
nuestro propio bien. Es importante destacar que Dios no actúa como una madre,
aunque mi aspiración es ser madre. Ante cualquier situación que enfrenten mis
hijos, la pregunta crucial es: ¿Cómo reaccionaré? No perderé el control, porque Dios
nos ha dotado de emociones. Somos seres tripartitos: alma, donde residen las
emociones y cómo reaccionamos; cuerpo y espíritu, el medio por el cual el Señor se
comunica con nosotros.
Cuidar de nuestra alma es fundamental. ¿Qué pensamientos persisten en
ella? Debemos nutrir nuestro espíritu con la palabra y la oración, y a nuestro cuerpo
con hábitos saludables. Si descuidamos el bienestar de nuestra alma, surgirán
pensamientos negativos. Si no alimentamos adecuadamente nuestro espíritu, la
comunicación con Dios se verá afectada. Y si no atendemos a nuestro cuerpo de
manera apropiada, experimentaremos sufrimiento y padeceremos las
consecuencias. ¿Cuáles son los consejos sensatos y prácticos?
Aplicar la Biblia es esencial. «Alma mía, bendice a Jehová y no olvides
ninguno de sus beneficios» (Salmo 103:2), como expresó David. Este salmo
también nos recuerda que Dios perdona todas nuestras iniquidades y sana todas
nuestras dolencias (Salmo 103:3). Di: «Alma mía, bendice a Jehová», incluso
cuando no tengas ganas o no lo sientas. En ocasiones, después de largos períodos
de oración, las cosas no suceden como las pedimos y, siendo sinceros con nosotros
mismos y con Dios, puede que no siempre deseemos adorar o alabar. Y decirnos:
«Dios, ¿por qué no cumpliste con mi petición? ¿Por qué no sucedió?». Sin
embargo, es en esos momentos donde debemos luchar con nosotros mismos y
decir: «No, alma mía, bendice a Jehová», porque lo que viene es aún mejor.
En Proverbios 3:5-6, se nos exhorta a confiar en el Señor con todo nuestro
corazón y no depender de nuestro propio entendimiento. Reconocer que nuestros
caminos no son siempre los de Dios, pero al confiar en Él, Él enderezará nuestros
caminos. Esta confianza profunda nos permite mantener la calma y no perder el
control, sabiendo que Dios está en control de nuestras vidas.
Viviendo con ansiedad
La creencia común es que la ansiedad se manifiesta únicamente en la tendencia a
comer en exceso, pero raramente se aborda ni se trata adecuadamente la ansiedad
emocional, que resulta ser aún más desafiante. Este terreno es complicado y
desgarrador, y para muchos, entender la verdadera naturaleza de la ansiedad
emocional puede marcar la diferencia entre el alivio y la confusión.
Imaginemos cómo lo describe Pablo: «Estuve pobre de espíritu». No
obstante, cuando comparto esto, algunas personas reaccionan de manera escéptica
o desconcertada, quizás porque la imagen tradicional de la ansiedad se asocia más
con manifestaciones externas, como comer compulsivamente. Sin embargo, la
ansiedad emocional va más allá de los estereotipos y puede adoptar diversas
formas.
Por ejemplo, alguien que evita situaciones sociales por temor al juicio o la
crítica podría estar lidiando con ansiedad emocional. O aquellos que experimentan
un miedo paralizante ante la incertidumbre del futuro, preocupándose
constantemente por cuestiones como el matrimonio, la carrera, la vivienda o la
familia, también están enfrentando la ansiedad emocional.
En contraste con estas percepciones populares, los expertos señalan que la
ansiedad emocional no se limita a las reacciones externas evidentes. Autores en
psicología sostienen que puede manifestarse en patrones de pensamiento
negativos, autoexigencia extrema, temor al fracaso o a la desconexión emocional.
Asimismo, se ha observado que quienes experimentan ansiedad emocional a
menudo sufren en silencio, llevando consigo un peso interno que no siempre es
visible para los demás.
Cuando Pablo menciona que «no tuvo reposo en su espíritu en Troas», está
describiendo una forma de ansiedad emocional que muchos podrían pasar por alto.
No se trata simplemente de sentirse triste o abrumado, sino de una incomodidad
profunda que afecta el bienestar interior.
Cuando me encontré completamente sola, atravesando un proceso personal
difícil en un estado distante, experimenté un reencuentro profundo con Dios. Al estar
tan conectada con Él, comprendí que en ciertos momentos, Dios nos aparta de
personas y nos despoja de todo. Es como cuando una persona se embarca en la
guerra, enfrentándola sola para luchar por su país, o cuando alguien entra a una
sala de operaciones, afrontando la intervención sin compañía, ya que algo será
extraído.
Así fue como Dios obró en mi vida: me despojó de todo y me condujo a una
temporada de soledad donde me volví a encontrar con Él. En ese momento, Dios
me instó a leer la carta a los Corintios. Siendo yo bastante rígida, solía ver todo en
términos de blanco y negro, pero comprendí que a veces las situaciones no son
simplemente blancas o negras, sino que contienen matices de gris.
En mi reflexión sobre el pasaje de los Corintios, recordé las palabras de
Salmo 46:10, que nos insta a «estar quietos y saber que yo soy Dios». A veces, la
soledad forzada nos da la oportunidad de estar quietos, de apartarnos del bullicio
del mundo y escuchar la voz de Dios de manera más clara. Así como Pablo
experimentó ansiedad en Troas, muchos de nosotros enfrentamos momentos de
incertidumbre y angustia.
La ansiedad de Pablo en Troas se describe en 2 Corintios 2:12-13, donde
menciona que, a pesar de tener una oportunidad abierta en el Señor, no tuvo
descanso en su espíritu. Este pasaje revela un lado más humano y vulnerable de
Pablo, un hombre que llevaba consigo las tensiones y preocupaciones de su
ministerio. En su deseo de predicar el evangelio y compartir la buena noticia, se
encontró en una situación en la que no pudo encontrar paz.
Este episodio nos muestra que incluso los líderes espirituales experimentan
ansiedad y momentos de agitación. Sin embargo, también nos enseña que, a pesar
de esos momentos, Pablo encontró consuelo y dirección en su conexión con Dios.
La ansiedad en Troas fue el preludio de una transformación más profunda, donde
Pablo reconoció la necesidad de depender totalmente de Dios. En mi propia
temporada de soledad, encontré aliento al saber que, así como Pablo superó su
ansiedad mediante su fe y dependencia de Dios, también puedo encontrar paz y
dirección en medio de las pruebas, confiando en el cuidado divino que me guía
incluso en los momentos más difíciles.