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SOCIAL-HUMANÍSTICA
1.Antropología teológica.
Es la parte de la teología sistemática que reflexiona sobre la condición humana ante Dios. Desde
la fe cristiana nos muestra al hombre como un ser vivo, inteligente, libre y sexuado. La
antropología teológica afirma que el ser humano, ubicado en un universo en evolución, está
referido al Dios de Jesucristo en su inicio absoluto, en su esencia más íntima y en su final
definitivo.

a) El concepto cristiano del hombre

La concepción cristiana del hombre es fundamentalmente optimista. Aunque reconoce la


presencia del mal en el mundo y sus efectos negativos para la condición humana, rehúsa
convertir al mal en una realidad positiva. Lo interpreta, no como un dato constitutivo de la
realidad, sino como una especie de accidente que toca al ser humano muy profundamente, pero
sin comprometer radicalmente sus posibilidades. El mal ha entrado en el mundo. El mal obra en
él actualmente, pero la fe cristiana comporta la esperanza de que será, en última instancia,
definitivamente superado.
El ser humano es un ser de relación. Está dotado de palabra y es capaz de acción. Por la palabra y
la acción, cada ser humano se religa efectivamente con los otros. Y es a través de dichas
relaciones que su existencia recibe su contenido y consistencia. Pero el nexo está caracterizado
por la reciprocidad; para entrar en relación es necesario a la vez dar y recibir, ir hacia el otro y
ser receptivo a su vez con respecto a él. La receptividad del ser humano es comprendida como
una apertura que lo hace capaz, no sólo de encontrar al otro hombre, sino también, más
radicalmente aún, de encontrar a ese Otro que está en el origen de su ser, pero que no está
presente en el mundo en forma visible. Para que tal encuentro ocurra efectivamente es necesario
que la iniciativa venga del Otro, que de un modo u otro, él se haga asequible, aunque sea a través
de signos y mediaciones. Según la tradición judía, asumida en esto por la cristiana, Dios se
manifiesta por su palabra. Y si el hombre puede encontrarlo es a través de esta palabra. A él le
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corresponde escucharlo y acogerlo. Ella se le propone, no se le impone; es en su libertad que el


hombre está llamado a acogerla.
Visto en la perspectiva de la creación, el hombre aparece como la realización suprema que, de
algún modo, viene a coronar la formación del cosmos. Si Dios es fuente del ser en cada realidad
existente, hay en cada una de ellas como una traza, un vestigio de la energía creadora que está en
Dios. Pero si el hombre se encuentra en la cúspide del orden cósmico, por las extraordinarias
propiedades que manifiesta y que son invocadas por el término espíritu: propiedades que hacen
de él un ser eminente y constitutivamente relacional, entonces el hombre lleva por excelencia, en
su propio ser, la traza de la fuente de la que viene su ser. El lleva en sí dicha traza, por cuanto su
propia esencia reproduce, aunque de modo limitado y finito, lo que se realiza en plenitud en la
esencia divina: es decir, un modo de existencia que es el del espíritu relacional, que fundamenta
una posibilidad inagotable de comunicación y que es pura expansividad y generosidad del ser, al
mismo tiempo don y acogida sin reservas. Esto es lo que expresa el término de imagen y es
ciertamente cada ser humano, en su individualidad concreta, quien es imagen de Dios. Es esto lo
que fundamenta su eminente dignidad.

b) El origen del hombre

Según el cristianismo, el hombre fue concebido y creado por Dios como espíritu. El espíritu es la
instancia donde una gran síntesis se relaciona consigo misma. Esta síntesis pone uno frente al
otro una serie de contrarios que residen dentro del hombre. Sin embargo, éste, a partir del pecado
original, perdió el estatuto inmediato de espíritu, de modo que su tarea en la existencia consiste
en volver a serlo. Ser espíritu se iguala a la categoría de ser cristiano, lo que se desprende de las
enseñanzas de Cristo, que fue enviado por Dios para mostrarle al hombre la medida a la que
todos se han de ajustar. En otras palabras, Cristo muestra la verdad de la existencia.
Los seres que constituyen el mundo, y singularmente los seres humanos, tienen, cada uno, su
realidad propia, adecuadamente distinta de la de Dios. Por la creación, (que no es una
producción, sino una relación) Dios instaura a los seres en la existencia fuera de El. Una vez
recibidos en la existencia, dichos seres tienen su realidad de manera plenamente auténtica, se
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podría decir que autárquica. (En un cierto vocabulario metafísico, podría decirse que son
sustancias, es decir, realidades que existen por sí mismas y por su propia cuenta, y no accidentes,
o modos, de una sustancia universal).

c) La redención
El socorro divino se consigue a través de la gracia y la fe. El optimismo cristiano no está basado
en una visión científica ni tampoco en una concepción filosófica, sino en una experiencia
religiosa ligada a una tradición histórica determinada, la cual está directa y explícitamente unida
a la persona de Jesucristo, su vida, su testimonio y su enseñanza. La predicación de Jesucristo se
sitúa en el contexto religioso judío del inicio de nuestra era y, apoyándose en la tradición de la fe
judía, la transforma radicalmente, cortando con la Ley y abriendo un espacio religioso nuevo en
el cual la mediación de Cristo se convierte en esencial. Cristo, para la fe cristiana, no es un sabio
o un profeta. Es reconocido como hijo de Dios y Salvador. Y es a través de una adhesión directa
y libremente consentida a su persona que el creyente entra en la dinámica de la salvación, de la
cual El es la fuente. Es en su persona que Dios se ha manifestado, y es por El y sólo por El, que
el hombre puede ir hacia Dios.
Para el cristiano Cristo es hijo de Dios y verdaderamente hombre. En Él Dios y hombre se unen,
en la unidad misma de su persona, históricamente situada. Él es, en su existencia misma, el
encuentro realizado, plenamente consumado, entre Dios y el hombre. En lo adelante es
adhiriendo a la persona de Cristo por un compromiso personal, que el hombre puede ir al
encuentro de Dios. La adhesión a Cristo es, en primera instancia, la acogida decidida de su
palabra. En y por su palabra, es la propia palabra de Dios la que resulta acogida. Y la acogida de
la palabra, prolongada en todas sus implicaciones y desarrollos prácticos, se convierte en este
compromiso personal que hace del creyente un discípulo de Cristo y partícipe de lo que se realiza
en plenitud en la persona de Cristo (precisamente, el encuentro del hombre con Dios).
Ya que es, pues, en y por Cristo, que la destinación humana halla el principio de su última
realización, la persona de Cristo se encuentra, para el cristiano, en el centro de la historia de la
salvación. Y ya que ésta es la que consuma la historia como tal (la del cosmos y la de la
humanidad) al darle su sentido último, se puede decir que, para el cristiano, Cristo está
verdaderamente en el centro de la historia como tal y, por lo tanto, de todo el proceso, cósmico y
humano, según todas sus dimensiones.
Pero la historia no ha terminado, ni la de la humanidad, ni la del cosmos, ni la de la
salvación. Cristo ha venido, pero no ha hecho más que comenzar la obra que vino a realizar y ha
confiado a sus discípulos la tarea de proseguirla. El se manifestó y Dios se ha hecho manifiesto
en El, pero de una manera aún incompleta, que permanecía parcialmente velada. La plena
manifestación de Cristo está aún por venir. Tendrá lugar cuando el reino espiritual, del cual El
puso las bases, habrá alcanzado su madurez o –según otra imagen- cuando el cuerpo, la unidad
orgánica en la cual El ha tenido el diseño de reunir a todos los hombres, habrá alcanzado su
plena estatura.
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La salvación es, al mismo tiempo, individual y colectiva. Ella debe reunir a todos los hombres en
Cristo. La expresión el Cuerpo de Cristo designa, por lo demás, tanto la realidad corporal del
Cristo histórico y la inmensa comunidad, en vías de formación en la historia efectiva, de todos
aquellos que en el curso de los tiempos, se agregan a Cristo. Lo que queda así entrevisto, en la
perspectiva escatológica, es la constitución de la integralidad de dicho cuerpo; y esta integralidad
es el objetivo de la humanidad, asumida en la obra de la salvación, y que encuentra en ésta su
unidad efectiva final.
La salvación, la cual es positiva y esencialmente la apertura del mundo de Dios al del hombre y
recíprocamente, encuentro y compartir, es también, al mismo tiempo, remisión del mal. Dicha
remisión está adquirida, en principio, en la persona de Cristo, el cual ha pasado por el
sufrimiento y la muerte, pero ha resucitado de entre los muertos e instaurado así, en su propia
persona, un nuevo modo de existencia, liberado del mal y de la muerte.
Al fin de los tiempos el mal será definitivamente vencido, habrá cielos nuevos y una tierra nueva.
Se establecerá otro modo de existencia del hombre y del cosmos, liberado de toda traba y
contradicción.

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