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Jenn

Psicoadicciones
La salud mental y los consumos problemáticos
Ley de Derecho a la Protección de la Salud Mental 26.657

ARTICULO 1. — La presente ley tiene por objeto asegurar el derecho a la protección de la salud mental de todas las
personas, y el pleno goce de los derechos humanos de aquellas con padecimiento mental que se encuentran en el
territorio nacional, reconocidos en los instrumentos internacionales de derechos humanos, con jerarquía
constitucional, sin perjuicio de las regulaciones más beneficiosas que para la protección de estos derechos puedan
establecer las provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

ARTICULO 2. — Se consideran parte integrante de la presente ley los Principios de Naciones Unidas para la
Protección de los Enfermos Mentales y para el Mejoramiento de la Atención de Salud Mental, adoptado por la
Asamblea General en su resolución 46/119 del 17 de diciembre de 1991. Asimismo, la Declaración de Caracas de la
Organización Panamericana de la Salud y de la Organización Mundial de la Salud, para la Reestructuración de la
Atención Psiquiátrica dentro de los Sistemas Locales de Salud, del 14 de noviembre de 1990, y los Principios de
Brasilia Rectores; para el Desarrollo de la Atención en Salud Mental en las Américas, del 9 de noviembre de 1990, se
consideran instrumentos de orientación para la planificación de políticas públicas.

ARTICULO 3. — En el marco de la presente ley se reconoce a la salud mental como un proceso determinado por
componentes históricos, socio-económicos, culturales, biológicos y psicológicos, cuya preservación y mejoramiento
implica una dinámica de construcción social vinculada a la concreción de los derechos humanos y sociales de toda
persona. Se debe partir de la presunción de capacidad de todas las personas. En ningún caso puede hacerse
diagnóstico en el campo de la salud mental sobre la base exclusiva de: a) Status político, socio-económico,
pertenencia a un grupo cultural, racial o religioso; b) Demandas familiares, laborales, falta de conformidad o
adecuación con valores morales, sociales, culturales, políticos o creencias religiosas prevalecientes en la comunidad
donde vive la persona; c) Elección o identidad sexual; d) La mera existencia de antecedentes de tratamiento u
hospitalización.

ARTICULO 4. — Las adicciones deben ser abordadas como parte integrante de las políticas de salud mental. Las
personas con uso problemático de drogas, legales e ilegales, tienen todos los derechos y garantías que se establecen
en la presente ley en su relación con los servicios de salud.

ARTICULO 5. — La existencia de diagnóstico en el campo de la salud mental no autoriza en ningún caso a presumir
riesgo de daño o incapacidad, lo que sólo puede deducirse a partir de una evaluación interdisciplinaria de cada
situación particular en un momento determinado.

ARTICULO 6. — Los servicios y efectores de salud públicos y privados, cualquiera sea la forma jurídica que tengan,
deben adecuarse a los principios establecidos en la presente ley.

ARTICULO 7. — El Estado reconoce a las personas con padecimiento mental los siguientes derechos: a) Derecho a
recibir atención sanitaria y social integral y humanizada, a partir del acceso gratuito, igualitario y equitativo a las
prestaciones e insumos necesarios, con el objeto de asegurar la recuperación y preservación de su salud; b) Derecho
a conocer y preservar su identidad, sus grupos de pertenencia, su genealogía y su historia; c) Derecho a recibir una
atención basada en fundamentos científicos ajustados a principios éticos; d) Derecho a recibir tratamiento y a ser
tratado con la alternativa terapéutica más conveniente, que menos restrinja sus derechos y libertades, promoviendo
la integración familiar, laboral y comunitaria; e) Derecho a ser acompañado antes, durante y luego del tratamiento
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por sus familiares, otros afectos o a quien la persona con padecimiento mental designe; f) Derecho a recibir o
rechazar asistencia o auxilio espiritual o religioso; g) Derecho del asistido, su abogado, un familiar, o allegado que
éste designe, a acceder a sus antecedentes familiares, fichas e historias clínicas; h) Derecho a que en el caso de
internación involuntaria o voluntaria prolongada, las condiciones de la misma sean supervisadas periódicamente por
el órgano de revisión; i) Derecho a no ser identificado ni discriminado por un padecimiento mental actual o pasado;
j) Derecho a ser informado de manera adecuada y comprensible de los derechos que lo asisten, y de todo lo
inherente a su salud y tratamiento, según las normas del consentimiento informado, incluyendo las alternativas para
su atención, que en el caso de no ser comprendidas por el paciente se comunicarán a los familiares, tutores o
representantes legales; k) Derecho a poder tomar decisiones relacionadas con su atención y su tratamiento dentro
de sus posibilidades; l) Derecho a recibir un tratamiento personalizado en un ambiente apto con resguardo de su
intimidad, siendo reconocido siempre como sujeto de derecho, con el pleno respeto de su vida privada y libertad de
comunicación; m) Derecho a no ser objeto de investigaciones clínicas ni tratamientos experimentales sin un
consentimiento fehaciente; n) Derecho a que el padecimiento mental no sea considerado un estado inmodificable;
o) Derecho a no ser sometido a trabajos forzados; p) Derecho a recibir una justa compensación por su tarea en caso
de participar de actividades encuadradas como laborterapia o trabajos comunitarios, que impliquen producción de
objetos, obras o servicios que luego sean comercializados.

ARTICULO 8. — Debe promoverse que la atención en salud mental esté a cargo de un equipo interdisciplinario
integrado por profesionales, técnicos y otros trabajadores capacitados con la debida acreditación de la autoridad
competente. Se incluyen las áreas de psicología, psiquiatría, trabajo social, enfermería, terapia ocupacional y otras
disciplinas o campos pertinentes.

ARTICULO 9. — El proceso de atención debe realizarse preferentemente fuera del ámbito de internación hospitalario
y en el marco de un abordaje interdisciplinario e intersectorial, basado en los principios de la atención primaria de la
salud. Se orientará al reforzamiento, restitución o promoción de los lazos sociales.

ARTICULO 10. — Por principio rige el consentimiento informado para todo tipo de intervenciones, con las únicas
excepciones y garantías establecidas en la presente ley. Las personas con discapacidad tienen derecho a recibir la
información a través de medios y tecnologías adecuadas para su comprensión.

ARTICULO 11. — La Autoridad de Aplicación debe promover que las autoridades de salud de cada jurisdicción, en
coordinación con las áreas de educación, desarrollo social, trabajo y otras que correspondan, implementen acciones
de inclusión social, laboral y de atención en salud mental comunitaria. Se debe promover el desarrollo de
dispositivos tales como: consultas ambulatorias; servicios de inclusión social y laboral para personas después del alta
institucional; atención domiciliaria supervisada y apoyo a las personas y grupos familiares y comunitarios; servicios
para la promoción y prevención en salud mental, así como otras prestaciones tales como casas de convivencia,
hospitales de día, cooperativas de trabajo, centros de capacitación socio-laboral, emprendimientos sociales, hogares
y familias sustitutas.

ARTICULO 12. — La prescripción de medicación sólo debe responder a las necesidades fundamentales de la persona
con padecimiento mental y se administrará exclusivamente con fines terapéuticos y nunca como castigo, por
conveniencia de terceros, o para suplir la necesidad de acompañamiento terapéutico o cuidados especiales. La
indicación y renovación de prescripción de medicamentos sólo puede realizarse a partir de las evaluaciones
profesionales pertinentes y nunca de forma automática. Debe promoverse que los tratamientos psicofarmacológicos
se realicen en el marco de abordajes interdisciplinarios.

ARTICULO 13. — Los profesionales con título de grado están en igualdad de condiciones para ocupar los cargos de
conducción y gestión de los servicios y las instituciones, debiendo valorarse su idoneidad para el cargo y su
capacidad para integrar los diferentes saberes que atraviesan el campo de la salud mental. Todos los trabajadores
integrantes de los equipos asistenciales tienen derecho a la capacitación permanente y a la protección de su salud
integral, para lo cual se deben desarrollar políticas específicas.
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ARTICULO 14. — La internación es considerada como un recurso terapéutico de carácter restrictivo, y sólo puede
llevarse a cabo cuando aporte mayores beneficios terapéuticos que el resto de las intervenciones realizables en su
entorno familiar, comunitario o social. Debe promoverse el mantenimiento de vínculos, contactos y comunicación de
las personas internadas con sus familiares, allegados y con el entorno laboral y social, salvo en aquellas excepciones
que por razones terapéuticas debidamente fundadas establezca el equipo de salud interviniente.

ARTICULO 15. — La internación debe ser lo más breve posible, en función de criterios terapéuticos interdisciplinarios.
Tanto la evolución del paciente como cada una de las intervenciones del equipo interdisciplinario deben registrarse a
diario en la historia clínica. En ningún caso la internación puede ser indicada o prolongada para resolver
problemáticas sociales o de vivienda, para lo cual el Estado debe proveer los recursos adecuados a través de los
organismos públicos competentes.

ARTICULO 16. — Toda disposición de internación, dentro de las CUARENTA Y OCHO (48) horas, debe cumplir con los
siguientes requisitos: a) Evaluación, diagnóstico interdisciplinario e integral y motivos que justifican la internación,
con la firma de al menos dos profesionales del servicio asistencial donde se realice la internación, uno de los cuales
debe ser necesariamente psicólogo o médico psiquiatra; b) Búsqueda de datos disponibles acerca de la identidad y el
entorno familiar; c) Consentimiento informado de la persona o del representante legal cuando corresponda. Sólo se
considera válido el consentimiento cuando se presta en estado de lucidez y con comprensión de la situación, y se
considerará invalidado si durante el transcurso de la internación dicho estado se pierde, ya sea por el estado de
salud de la persona o por efecto de los medicamentos o terapéuticas aplicadas. En tal caso deberá procederse como
si se tratase de una internación involuntaria.

ARTICULO 17. — En los casos en que la persona no estuviese acompañada por familiares o se desconociese su
identidad, la institución que realiza la internación, en colaboración con los organismos públicos que correspondan,
debe realizar las averiguaciones tendientes a conseguir datos de los familiares o lazos afectivos que la persona
tuviese o indicase, o esclarecer su identidad, a fin de propiciar su retorno al marco familiar y comunitario lo antes
posible. La institución debe brindar colaboración a los requerimientos de información que solicite el órgano de
revisión que se crea en el artículo 38 de la presente ley.

ARTICULO 18. — La persona internada bajo su consentimiento podrá en cualquier momento decidir por sí misma el
abandono de la internación. En todos los casos en que las internaciones voluntarias se prolonguen por más de
SESENTA (60) días corridos, el equipo de salud a cargo debe comunicarlo al órgano de revisión creado en el artículo
38 y al juez. El juez debe evaluar, en un plazo no mayor de CINCO (5) días de ser notificado, si la internación continúa
teniendo carácter voluntario o si la misma debe pasar a considerarse involuntaria, con los requisitos y garantías
establecidos para esta última situación. En caso de que la prolongación de la internación fuese por problemáticas de
orden social, el juez deberá ordenar al órgano administrativo correspondiente la inclusión en programas sociales y
dispositivos específicos y la externación a la mayor brevedad posible, comunicando dicha situación al órgano d e
revisión creado por esta ley.

ARTICULO 19. — El consentimiento obtenido o mantenido con dolo, debidamente comprobado por autoridad
judicial, o el incumplimiento de la obligación de informar establecida en los capítulos VII y VIII de la presente ley,
harán pasible al profesional responsable y al director de la institución de las acciones civiles y penales que
correspondan.

ARTICULO 20. — La internación involuntaria de una persona debe concebirse como recurso terapéutico excepcional
en caso de que no sean posibles los abordajes ambulatorios, y sólo podrá realizarse cuando a criterio del equipo de
salud mediare situación de riesgo cierto e inminente para sí o para terceros. Para que proceda la internación
involuntaria, además de los requisitos comunes a toda internación, debe hacerse constar: a) Dictamen profesional
del servicio asistencial que realice la internación. Se debe determinar la situación de riesgo cierto e inminente a que
hace referencia el primer párrafo de este artículo, con la firma de dos profesionales de diferentes disciplinas, que no
tengan relación de parentesco, amistad o vínculos económicos con la persona, uno de los cuales deberá ser
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psicólogo o médico psiquiatra; b) Ausencia de otra alternativa eficaz para su tratamiento; c) Informe acerca de las
instancias previas implementadas si las hubiera.

ARTICULO 21. — La internación involuntaria debidamente fundada debe notificarse obligatoriamente en un plazo de
DIEZ (10) horas al juez competente y al órgano de revisión, debiendo agregarse a las CUARENTA Y OCHO (48) horas
como máximo todas las constancias previstas en el artículo 20. El juez en un plazo máximo de TRES (3) días corridos
de notificado debe: a) Autorizar, si evalúa que están dadas las causales previstas por esta ley; b) Requerir informes
ampliatorios de los profesionales tratantes o indicar peritajes externos, siempre que no perjudiquen la evolución del
tratamiento, tendientes a evaluar si existen los supuestos necesarios que justifiquen la medida extrema de la
internación involuntaria y/o; c) Denegar, en caso de evaluar que no existen los supuestos necesarios para la medida
de internación involuntaria, en cuyo caso debe asegurar la externación de forma inmediata. El juez sólo puede
ordenar por sí mismo una internación involuntaria cuando, cumplidos los requisitos establecidos en el artículo 20, el
servicio de salud responsable de la cobertura se negase a realizarla.

ARTICULO 22. — La persona internada involuntariamente o su representante legal, tiene derecho a designar un
abogado. Si no lo hiciera, el Estado debe proporcionarle uno desde el momento de la internación. El defensor podrá
oponerse a la internación y solicitar la externación en cualquier momento. El juzgado deberá permitir al defensor el
control de las actuaciones en todo momento.

ARTICULO 23. — El alta, externación o permisos de salida son facultad del equipo de salud que no requiere
autorización del juez. El mismo deberá ser informado si se tratase de una internación involuntaria, o voluntaria ya
informada en los términos de los artículos 18 ó 26 de la presente ley. El equipo de salud está obligado a externar a la
persona o transformar la internación en voluntaria, cumpliendo los requisitos establecidos en el artículo 16 apenas
cesa la situación de riesgo cierto e inminente. Queda exceptuado de lo dispuesto en el presente artículo, las
internaciones realizadas en el marco de lo previsto en el artículo 34 del Código Penal.

ARTICULO 24. — Habiendo autorizado la internación involuntaria, el juez debe solicitar informes con una
periodicidad no mayor a TREINTA (30) días corridos a fin de reevaluar si persisten las razones para la continuidad de
dicha medida, y podrá en cualquier momento disponer su inmediata externación. Si transcurridos los primeros
NOVENTA (90) días y luego del tercer informe continuase la internación involuntaria, el juez deberá pedir al órgano
de revisión que designe un equipo interdisciplinario que no haya intervenido hasta el momento, y en lo posible
independiente del servicio asistencial interviniente, a fin de obtener una nueva evaluación. En caso de diferencia de
criterio, optará siempre por la que menos restrinja la libertad de la persona internada.

ARTICULO 25. — Transcurridos los primeros SIETE (7) días en el caso de internaciones involuntarias, el juez, dará
parte al órgano de revisión que se crea en el artículo 38 de la presente ley.

Edith Benedetti - "Hacia un pensamiento clínico acerca del consumo problemático".

Las representaciones sociales promedio sobre la problemática del consumo de sustancias, la mayoría producidas y
reproducidas por los medios masivos de comunicación, asocian mecánicamente el consumo de drogas con
adicciones, ilegalidad, delincuencia y/o marginalidad. Así mismo, se sigue asociando su tratamiento con el encierro,
la internación, las comunidades terapéuticas y políticas prohibitivas de sustancias junto con la estrategia
abstencionista. Esta perspectiva fue y sigue siendo la predominante en la sociedad e incluso entre muchos
profesionales de la salud. Este modelo de estrategias abstencionistas se muestra incapaz de pensar la complejidad
de los fenómenos relacionados con el consumo problemático de sustancias.

La complejidad de esta problemática nos exige considerar múltiples dimensiones como la legislación al respecto, los
marcos éticos y culturales de la sociedad, los grupos y los individuos, las condiciones socio-económicas y culturales
de la población, las transformaciones epocales y su impacto en las subjetividades, los modelos sociales, las políticas
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públicas en general y las políticas sanitarias, etc. Por otra parte, resulta fundamental subrayar que la mayoría de los
consumidores de sustancias psicoactivas no son consumidores problemáticos “Del universo de personas que
consumen sustancias, una inmensa mayoría no incurrirá en consumos problemas. En un grupo relativamente
pequeño en proporción al universo de consumidores el uso adquiere características problemáticas”.

Es por esto que resulta necesario deconstruir aquellas representaciones existentes respecto a las sustancias
psicoactivas, el consumo y los consumidores.

La sanción y reglamentación de la Ley 26.657, detallada más arriba, conlleva a un cambio de paradigma.
Antiguamente la Ley 23.737 establecía que “Será reprimido con prisión de uno a seis años y multa de trescientos o
seis mil australes el que tuviere en su poder estupefacientes. La pena será de un mes a dos años de prisión cuando,
por su escasa cantidad y demás circunstancias, surgiere inequívocamente que la tenencia es para uso personal”,
mientras que la nueva ley en su artículo 4 establece que “Las adicciones deben ser abordadas como parte integrante
de las políticas de salud mental. Las personas con uso problemático de drogas, legales e ilegales, tienen todos los
derechos y garantías que se establece en la presente ley en su relación con los servicios de salud”. Es en ese sentido
que se da un desplazamiento en la comprensión normativa de las adicciones del ámbito penal al sanitario, lo que
nos obliga a repensar nuestras prácticas clínicas e institucionales.

Un libro sobre drogas - ¿Qué es la reducción de daños?

Cuando ingresa una persona intoxicada con sustancias psicoactivas a una guardia médica, la gravedad no sólo está
marcada por la sangre que hay en el piso o el estado de conciencia del paciente, sino también por la falta de
información: en la mayoría de los casos, no sabemos cuál o cuáles son las sustancias que fueron consumidas. Esto es
grave por muchos motivos, entre ellos el hecho de que la interacción de drogas en el cuerpo puede potenciar o
reducir sus efectos, haciendo más difícil el diagnóstico y el tratamiento. Si bien un médico puede preguntarle al
paciente qué sustancia/s consumió si este está en condiciones de responder, el diagnóstico se pone oscuro cuando
el paciente está inconsciente y nadie puede informar qué es lo que se tiene realmente enfrente.

Frente al fracaso evidente de las políticas de corte prohibicionista, fueron adquiriendo mayor vigencia y apoyo las
estrategias de intervención denominadas de “reducción de riesgos y daños”. Este modelo es un conjunto de ideas y
estrategias orientadas a reducir las consecuencias negativas de ciertos comportamientos humanos: brindar clases
sobre educación sexual en la primaria, repartir preservativos en la playa durante el verano para reducir la
prevalencia del embarazo no deseado e infecciones de transmisión sexual o promover el uso de casco cuando se
maneja una moto o del cinturón de seguridad en el auto son algunos ejemplos.

En el ámbito de las drogas, este modelo entiende que el fenómeno del consumo es complejo, multifacético y que es
parte de la realidad de nuestro mundo, y elige minimizar los riesgos y los daños asociados al consumo de los usuarios
en lugar de ignorarlos o perseguirlos, sin que esto implique, de ninguna manera, restarle importancia al real peligro
asociado al uso de sustancias psicoactivas. La implementación de políticas orientadas a la reducción de riesgos y
daños exige tener en cuenta las circunstancias individuales y comunitarias de una determinada región, lo que hace
imposible que exista una fórmula universal y mágica para su aplicación.

La incorporación constante de conocimientos científicos en la concepción de la reducción de daños, desde sus inicios
en la década del ‘80, la convierten en una disciplina dinámica que se adapta a la nueva evidencia. En aquel momento
surgió como una alternativa a los programas de abstinencia para adultos con consumo problemático y crónico de
sustancias. Chocarse contra una pared de realidad despertó a algunos profesionales de la salud: la abstinencia no era
una meta realista en un grupo considerable de adictos y otros tantos no estaban interesados en eliminar por
completo el consumo, por lo que muchas personas se veían desplazadas de los programas de recuperación y
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condenadas a un bucle de consumo y deterioro progresivo. Por otro lado, existía una enorme necesidad de brindar
soluciones a la creciente epidemia del VIH/SIDA entre los usuarios de drogas inyectables como la heroína.

Bajo este preocupante escenario en algunos países se implementaron políticas de reducción de daños en usuarios de
drogas inyectables. Estas medidas fueron miradas de reojo por la población local y con gran escepticismo por la
comunidad internacional.

Una de las cosas más fascinantes que tienen la ciencia y las políticas basadas en evidencias es que las hipótesis
pueden ser puestas a prueba; al hacerlo, esta idea resultó funcionar espectacularmente bien. En algunos lugares
donde se aplicaron las políticas de reducción de daños en heroinómanos, como Suiza, se redujo de manera notable
el número de personas que consumían drogas en la calle, disminuyeron a la mitad las muertes por sobredosis y las
infecciones por VIH/SIDA y hepatitis, así como también se retrasó el inicio del consumo de heroína y la delincuencia
relacionada con la adquisición de la droga (robos para obtener dinero).

Resulta un poco difícil definir con exactitud el paradigma de reducción de daños dado que no se trata de una lista de
intervenciones, sino que se debe entender como un conjunto de principios. Algunas de sus características clave
consisten en que constituye un enfoque basado en los valores del pragmatismo y el humanismo, que asume que el
uso de sustancias psicoactivas es parte de la sociedad y, por lo tanto, resulta fundamental reducir los daños de
su uso mediante estrategias que sean costo-efectivas y tengan solidez científica. En el abordaje de la problemática
del consumo de sustancias, la reducción de daños se encuentra enmarcada en el enfoque de Salud Pública.

Si bien el enfoque de Salud Pública apunta a una disminución de la demanda de sustancias y de los efectos negativos
derivados del uso problemático, las intervenciones de reducción de riesgos y de daños permiten también mermar los
impactos sanitarios y sociales de aquellas poblaciones que no son adictas, no poseen un consumo problemático y no
están interesadas en la abstención, por lo que dichas estrategias se centran en la educación de los usuarios y en la
generación de marcos legales que faciliten y optimicen estos procesos.

El alcohol es una de las sustancias psicoactivas más consumidas del mundo y una de las que acarrea los daños más
importantes. Mediante la perspectiva de reducción de daños, se pueden desarrollar aproximaciones para abordar,
por ejemplo, la violencia y las lesiones derivadas de esta, así como los accidentes de tránsito. En el caso de la
violencia y las lesiones, asegurarse de que los clubes nocturnos respeten las capacidades permitidas y no ofrecer las
bebidas en envases de vidrio tiene buenos frutos (una botella rota puede convertirse en arma). Por otro lado, todo
parece indicar que los programas de conductor designado no son eficientes a la hora de reducir los choques de autos.
Sin embargo, las leyes de tolerancia cero, las multas severas y los controles aleatorios de alcoholemia han
demostrado funcionar muy bien. En la esfera de la educación, podemos encontrar recomendaciones como no
consumir alcohol durante el embarazo, beber con moderación y despacio, incluir agua entre medio de las bebidas
para evitar la deshidratación y no mezclar con otras sustancias (particularmente cocaína o MDMA), entre otras.

El tabaquismo es otra problemática que podemos abordar seriamente desde la reducción de daños. A pesar de
conocer los perjuicios a la salud derivados del consumo de cigarrillos, muchas personas no quieren (o no pueden)
dejar de fumar. Bajo esta premisa, los fumadores tienen dos opciones: la abstinencia o morir por una enfermedad
derivada del tabaquismo (a menos que alguno tenga la suerte de disponer de una genética privilegiada y llegue a
viejo vivito y coleando). Sin embargo, una tercera opción ha surgido en los últimos años de la mano de la reducción
de daños y comprende el uso de fuentes alternativas de nicotina no asociadas al tabaquismo. Si bien estas opciones
pueden causar adicción (o mantenerla), no poseen la capacidad de producir enfisema pulmonar ni juegan un papel
importante en la generación de enfermedades cardiovasculares (propiedades reservadas a la combustión del tabaco),
lo que da cuenta del “beneficio” de las fuentes alternativas de nicotina.

En el caso de la marihuana ocurre algo similar. Se sugiere que el consumo de cannabis mediante vaporizador es
menos dañino que su combustión en cigarros o pipas convencionales (Gartner, 2015). A pesar de que de esta
manera se reduzcan los problemas respiratorios asociados a la ingesta del humo (como bronquitis y cáncer de
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pulmón), no se resuelven los daños asociados a accidentes vehiculares, el deterioro cognitivo en adolescentes o la
dependencia, por lo que parte de la estrategia de reducción de riesgos y de daños también es recomendar no
consumir marihuana previo a manejar ni antes de los 21 años. También resulta importante recomendar no consumir
THC sintético o variedades de marihuana de alta potencia por estar asociados a un mayor riesgo de inducir psicosis
en individuos con predisposición genética.

Respecto a la descriminalización, si recordamos que la Organización Mundial de la Salud define la salud como “el
completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”, no sólo
entenderemos que el usuario criminalizado por el uso de sustancias no posee un estado pleno de salud sino que,
lejos de acercarlo a esta situación, lo estamos alejando, quizá definitivamente. Una persona que pasa por un proceso
penal por poseer sustancias para consumo personal, que es detenida, encarcelada y sometida a un tratamiento de
forma compulsiva y obligatoria, tiene pocas posibilidades de “éxito” después de semejante experiencia.

El informe “El impacto de las políticas de drogas en los Derechos Humanos: La experiencia del continente americano”
(CELS, 2015) analiza las consecuencias de la excesiva penalización a los consumidores y narcomenudistas en América
Latina. La conclusión de la investigación es que las políticas prohibicionistas y represivas sólo han vulnerado de
manera directa los Derechos Humanos de miles de personas, “sobre todo de aquellas que son judicializadas y
enviadas a cárceles, espacios que suelen caracterizarse por el hacinamiento y las condiciones inhumanas de
detención”, por poseer cantidades de sustancias consideradas para consumo personal.

Elaborar estrategias efectivas para perseguir el comercio ilegal de drogas sin que dejen de respetarse los derechos
civiles de los consumidores de sustancias debería ser el camino a seguir para la búsqueda de alternativas en políticas
sobre drogas. En este sentido, la descriminalización es un paso obligado. En los países donde se ha llevado adelante
esta medida se observaron grandes beneficios, como en el caso de Portugal, que ha descriminalizado el uso y
posesión de sustancias para consumo personal desde el año 2000 con los siguientes resultados:

El consumo de sustancias no aumentó e incluso disminuyó, presentando una prevalencia menor al promedio de la
Unión Europea (5,1% vs. 13,3% en la población de 15 a 34 años en el año 2012).

• Se redujo el consumo de todas las sustancias psicoactivas en adolescentes (de 8,3% en 2001 a 5,8% en 2012,
expresado como porcentaje de personas de entre 15 y 24 años que consumieron en el último año).
• Las muertes por sobredosis están estabilizadas y corresponde a uno de los valores más bajos de Europa (4,5
por millón de habitantes contra 19,2 por millón de habitantes de la Unión Europea).
• Disminuyeron a la mitad los gastos asociados a procesos judiciales y encarcelamiento, pudiendo ser
utilizados para otros fines.
• Aumentó en un 60% el número de personas que acudieron voluntariamente a un tratamiento por uso
problemático de sustancias, especialmente consumidores de heroína inyectable.
• Se redujo la incidencia de VIH/SIDA y las muertes por sobredosis.

La comparación entre países restrictivos y aquellos con políticas más flexibles nos otorga una visión más amplia de
los posibles abordajes.

Respecto a la regulación, es importante mencionar qué vemos y qué oímos los profesionales de la salud que
asistimos a las personas que llegan a un centro asistencial buscando ayuda. En muchos casos, observamos violencia
inscripta en la piel y en la mirada, producto de la búsqueda de una sustancia que sacie por un instante el deseo de
consumir. También nos encontramos con estados de mala nutrición, miedo y dolor físico. Oímos constantemente
una gran cantidad de historias de riesgo asumido para conseguir esa dosis que calme la ansiedad o garantice un
buen rato con amigos, historias a veces plagadas de mentiras y enredos que llevan a las personas al límite de la
seguridad física. Claro que estos relatos dependen en gran medida de la sustancia en cuestión, porque no es lo
mismo, en términos económicos y de riesgo, poseer o conseguir marihuana que una droga sintética, cocaína, paco o
heroína para inyectarse.
Jenn
Es por eso que la descriminalización del consumidor es sólo la punta del iceberg de un abordaje mucho más
complejo, porque aún tenemos el pequeño detalle de la oferta de las drogas.

Los consumidores, por más que no sean penalizados por la justicia por una conducta que se enmarca dentro de las
libertades individuales (siempre que no afecte a terceros), siguen en contacto con situaciones de riesgo al
relacionarse con el narcotráfico para abastecerse de las sustancias que desean consumir. Así, el abordaje a través del
enfoque de Salud Pública reconoce que el Estado debe hacerse responsable de limitar los riesgos que implica el
vínculo con el comercio ilegal y el narcotráfico, buscando atacar las devastadoras consecuencias sanitarias, sociales y
económicas del uso problemático de sustancias psicoactivas, así como reducir la incidencia del narcotráfico y el
crimen organizado mediante su intervención.

Sabemos que, bajo el actual régimen prohibicionista, muchos consumen una droga que tiene un porcentaje variable
de la sustancia psicoactiva que el consumidor buscaba. Además, contiene otras que la adulteran para aumentar el
rédito económico del productor/vendedor, para potenciar el efecto o para generar dependencia. En algunos casos,
las sustancias poseen metales pesados, pesticidas u otras sustancias químicas psicoactivas o simplemente
potenciadoras. Esto es un hecho: las sustancias ilegales tienden a estar adulteradas, precisamente, porque no hay un
marco de control sobre ellas. Las drogas deben regularse porque son riesgosas, no para que sean seguras. Regular la
producción de sustancias de buena calidad es una manera inteligente de abordar los problemas de salud asociados
al consumo de drogas de diseño derivadas de anfetaminas y metanfetaminas, de gran toxicidad y potencial adictivo.

No podemos hablar de reducción de daños sin hablar de regulación de las sustancias, y es importante que quede
claro que cuando hablamos de “regulación” no estamos haciendo referencia a la “legalización”. Hay una gran
diferencia entre ambos conceptos. Mientras la legalización es el proceso por el cual ciertas sustancias cuya
producción, comercialización y uso eran ilegales se convierten en legales, la regulación implica la implementación de
un claro marco jurídico que norma algunas actividades relacionadas con estas sustancias, y toda actividad que se
desarrolle fuera de ese marco no está permitida. Es simple: cualquier droga es más segura si su producción y
disponibilidad está regulada, en lugar de estar en manos criminales. Si una sustancia es ampliamente consumida,
una propuesta pragmática es establecer políticas de regulación basadas en evidencia, en lugar de medidas represivas
hacia los consumidores. Estas no han originado más que problemas. El autocultivo de marihuana es un ejemplo de
prácticas que favorecen que las personas se alejen del mercado ilegal (con los riesgos que este acarrea), sin que esto
quiera decir que se fomente o trivialice el consumo.

Sin embargo, la regulación no implica necesariamente poner legalmente a disposición todas las drogas. En el caso de
las drogas más riesgosas, como la heroína, los consumidores dependientes podrían ser registrados en una base de
datos que les permite acceder a las dosis que necesitan de manera controlada y estricta. En Suiza, por ejemplo, los
consumidores dependientes de heroína pueden conseguir sus dosis de heroína mediante prescripción médica en un
ambiente seguro supervisado por profesionales de la salud, lo cual, como mencionamos antes, lleva a resultados
positivos.

Como prevenir es mejor que curar, en todos los casos las políticas de reducción de riesgos y daños deben darse
siempre en el marco de una muy buena campaña de promoción de hábitos saludables.

El Dr. John Marks describe cómo la oferta, la demanda y los daños de las sustancias psicoactivas pueden ser
minimizados a través de la implementación de un enfoque a mitad de camino entre los extremos de la “legalización”
y la “prohibición”.
Jenn

La discusión sobre la “regulación” de la comercialización de sustancias ilegales por parte de los Estados abre una
posibilidad para que se tengan más en cuenta los aspectos sociales y sanitarios que los penales. La Red Científica
Internacional de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito fue clara y contundente al afirmar
que el consumo problemático de sustancias es un problema que debe ser abordado desde la salud y no desde la
seguridad. Desde una perspectiva de Salud Pública, alejar a los consumidores del mercado negro, combatir el
narcotráfico mediante la intervención en la producción y asegurar el consumo de una sustancia de calidad conocida
es tanto un desafío como una esperanza.

La regulación de las drogas no sólo debe tener como objetivo reducir los riesgos y daños derivados del uso de
sustancias, sino también de reducir los daños del prohibicionismo.

El modelo de reducción de riesgos y daños no es “pro-droga”, ya que no fomenta el consumo, sino que cuida la salud
de aquellos que deciden consumir una sustancia y los que no pueden dejar de hacerlo, así como la salud de los de su
entorno. Debe quedar en claro que es prioritario trabajar sobre la promoción de la salud, destacando la importancia
y los beneficios de una vida con hábitos más saludables en todos los niveles sociales y grupos etarios (mediante
actividad física, dieta balanceada, buen descanso, vida social, entre otros). Es decir, evitar el consumo de drogas
siempre será una actitud menos riesgosa que consumirlas. Sin embargo, si alguien desea beber alcohol, comer
frituras, tomar sol al mediodía, nadar en el mar, fumar marihuana, tirarse en paracaídas, manejar un auto, andar a
caballo o experimentar con LSD o MDMA, debería existir la posibilidad de que pueda hacerlo de manera segura y con
la información necesaria para entender las implicancias de su decisión. Una visita al médico para chequear el estado
de salud y preguntar sobre la posibilidad de consumir una sustancia debería ser una oportunidad clave para asesorar
a la población y permitirle tomar mejores decisiones, lo cual se traduciría en beneficios para toda la sociedad y no
sólo para quienes desean tener una experiencia en particular.
Jenn

Perspectiva histórica
Graciela Touzé – Prevención del consumo problemático de drogas.

La formación con relación al uso problemático de drogas y su prevención, tradicionalmente se ha caracterizado por
un enfoque reduccionista de los fenómenos, bajo el paradigma monodisciplinario. Este modelo no ha posibilitado
interrogar las políticas ni las intervenciones, lo que refuerza la vigencia de estereotipos sobre prácticas preventivas.

Para intentar superar ciertos obstáculos, proponemos una construcción interdisciplinaria y una mirada de los
fenómenos desde el paradigma de la complejidad. Se trata de entender este tema como una totalidad determinada
por la interacción de diversos elementos que no pueden considerarse aisladamente.

El hecho de que el consumo de drogas es un tema al que se le dan múltiples nombres revela la imprecisión
conceptual que lo rodea y la necesidad de definir con claridad los contornos de este problema. Al tratarse de un
tema que impacta emocionalmente ya sea produciendo temor, rechazo, angustia o curiosidad, nuestra percepción
de él se tiñe con estos elementos y resulta difícil acercarse objetivamente. Así, lo que pensamos, sentimos y como
actuamos está guiado por las representaciones sociales sobre las que construimos nuestras opiniones.

En las culturas helénicas el vino era considerado el espíritu de Dionisos, para el cristianismo es la sangre de Cristo,
para un quechua de los Andés la hoja de coca es un don sagrado de la Pacha Mama. Tradicionalmente, las sustancias
psicoactivas han desempeñado el doble papel de facilitadores del vínculo social y de vehículos hacia lo sagrado. De
hecho, los consumos ritualizados no se consideran problemas y su uso no se define como abuso, y el abuso eventual
es considerado como un accidente.

Cabe aclarar que, cuando hablamos de una sustancia psicoactiva, nos referimos a aquellas que actúan a nivel del
sistema nervioso central, también denominadas sustancias psicotrópicas o psicótropos.

Cualquier tratado de farmacología da cuenta de la enorme variedad de sustancias psicoactivas naturales y sintéticas
disponibles en la actualidad. No obstante, más allá de la información farmacológica respecto a estas sustancias es
importante tener en cuenta la complejidad del tema desde el punto de vista temporal y espacial. La realidad es que
no hay un solo grupo humano, excepto aquellas desprovistas de vegetación, que no haya hecho uso de alguna
sustancia psicoactiva en algún momento de su historia. Esto convierte al asunto de las drogas en un fenómeno plural,
en el sentido de que se encuentra en una pluralidad de tiempos, de lugares y por medio de diversas sustancias.

El uso de drogas es un fenómeno universal, mientras que la existencia de drogodependencia como fenómeno social
es característica de las sociedades urbano-industriales. Esto quiere decir que el “problema droga” no es un problema
en sí mismo en cuanto a la sustancia, sino de los hombres, constituyéndose como tal en la modernidad.

Es durante la modernidad que la tradición y lo divino dejaron de ser valores dominantes y se produjeron rupturas en
las formas de regulación colectiva. El uso de drogas fue perdiendo su sentido de facilitador del vínculo social o de
vehículo hacia lo sagrado y se convirtió en una práctica privada que refería a la predilección por un producto.

Es en el siglo XIX que aparecen los “exploradores de drogas exóticas”, curiosos por las drogas extranjeras, tal como el
psiquiatría Moreau de Tour que inició al hachís a un gran número de personas; sustancia que fue llevada a Europa
por el ejército de Napoleón tras la campaña en Egipto.

Esta práctica comenzó a ser definida como anormal y como problema recién en la segunda mitad del siglo XIX. Este
proceso histórico se inició con la emergencia de los Estados de intervenir en los consumos, transformando el
consumo en una práctica puramente privada en actividad antisocial. Es a fines del siglo XIX que se acuñó el término
toxicomanía para designa el abuso de drogas no tradicionales en Occidente, esto significó que se pasó de entender el
Jenn
consumo en referencia a un producto de predilección, a entenderlo como una desviación “el abuso” de un producto
tóxico.

El origen del uso de drogas como problema tiene un origen sociopolítico, particularmente en Estados Unidos; país
donde se daba una cuestión de “empresa moral” encarada por los grupos de poder anglosajones que dieron lugar al
prohibicionismo. Entre otros factores determinantes cabe mencionar las tensiones sociales producto del proceso de
proletarización de industrialización. La condena de la sociedad anglosajona puritana al uso de ciertas sustancias que
se identificaban con “grupos peligrosos” (mexicanos = marihuana, chinos = opio) constituyó una forma de control
sobre esos sectores marginales. Un elemento posterior que interviene en la construcción del uso de drogas como
problema es el proceso de medicalización que sucedió a lo largo del siglo XX: cada vez más situaciones que antes no
eran definidas como problemas médicos fueron interpretándose como tal, recategorizandose como patologías.

Es así como, en menos de un siglo, el consumo de drogas pasó de ser una práctica privada a evaluarse como una
muestra de debilidad moral de grupos considerados amenazantes, hasta convertirse finalmente durante el siglo XX
en un delito a nivel global.

Antes del siglo XIX Modernidad

• Droga como • Droga como práctica


favorecedor del privada según la
vínculo social: predilección: hecho
práctica social y individual.
comunitaria en el • Consumo como
contexto de por problema.
ejemplo rituales. • Asociación entre el
• Vehículo sagrado. consumo y el delito:
• Consumo no es un hecho ilegal.
problematizado.

Un libro sobre drogas – Sustancias psicoactivas, el humano y la cultura.

Durante cientos de millones de años de evolución, se seleccionaron en hongos y plantas armas que les permitieron a
estos organismos defenderse de los mamíferos y otros depredadores (aunque también pudo haber sido por otras
causas). Los alcaloides de las plantas y hongos son sintetizados a partir de los aminoácidos tirosina y triptófano. Este
último es un aminoácido esencial para la construcción de proteínas, por lo que el consumo de estos compuestos
podría haber sido beneficioso en términos nutricionales.

Algunos de estos mecanismos de defensa resultaron ser sustancias que imitan la estructura de los
neurotransmisores, se unen a los receptores del cerebro de los mamíferos y son capaces de alterar su conciencia,
motivo por el cual se las denomina “sustancias psicoactivas”.

Entonces, resulta extraño que los humanos, como predadores de los vegetales, podamos “ignorar” las señales de
toxicidad con el fin de consumir plantas y hongos con compuestos potencialmente letales sin ningún beneficio
nutricional aparente. Es razonable, al menos, sospechar que quizás existió alguna ventaja que equilibrara la balanza
a favor del consumo de sustancias potencialmente peligrosas. Al igual que en todos los animales, el consumo de
plantas y hongos con contenido de sustancias psicoactivas por parte de los seres humanos se inició probablemente
con fines alimenticios, quizás imitando el comportamiento de otros animales. Esta idea no resulta extraña cuando
entendemos las propiedades nutricionales de muchas plantas que poseen sustancias psicoactivas, como las hojas
Jenn
frescas de Coca (Erythroxylum coca): 100 gramos de esta sustancia contienen cantidades mayores a la dosis diaria
recomendada de calcio, fósforo, hierro, vitaminas A, B2 y E; o el Khat (Catha edulis), una planta estimulante que se
consume en el este de África y que posee abundantes cantidades de vitamina C y del complejo B.

Pero para entender el significado del uso de sustancias psicoactivas en los ambientes ancestrales, es necesario
sacarnos de la cabeza el concepto occidental y moderno de “drogas”, que nos hace imaginar esas sustancias
empaquetadas y procesadas en forma de cigarrillos, pastillas y hasta polvos que aparecen en la tele en los típicos
operativos policiales. Estos productos no existían en los entornos de las culturas antiguas. Las drogas eran
simplemente partes o extractos de plantas y hongos y, por lo tanto, se consumían como alimento o medicina, tal
como lo sugieren los estudios etnobotánicos realizados en comunidades cazadoras-recolectoras de la actualidad.

Muchos circuitos neuronales y receptores fueron descubiertos mediante el uso de sustancias psicoactivas en
modelos animales de laboratorio, como los receptores nicotínicos, opioides y cannabinoides.

El “uso medicinal” de las plantas empezó mucho antes de que aparecieran los humanos. Está bien documentado que
los mamíferos consumen plantas para mejorar su salud y bienestar (como cuando los gatos o perros comen pasto),
en un proceso que se llama automedicación o farmacofagia.

Cuando el linaje humano desarrolló un cerebro y una conciencia compleja con capacidad para aprender sobre las
propiedades particulares de las plantas, ya sea por su dimensión curativa o por su capacidad psicoactiva, la finalidad
del consumo también se orientó hacia distintos fines.

El uso ritual de sustancias psicoactivas capaces de inducir trances mediados por experiencias desagradables se
mantiene incluso en la actualidad en muchas culturas del mundo. Algunos ejemplos incluyen el uso de fuertes caldos
de tabaco en las Antillas, el consumo de daturas extremadamente tóxicas (toloache) en América Central, ayahuasca
(una cocción psicoactiva y vomitiva) en la cuenca del Amazonas, y vegetales con ibogaína (un alcaloide con fuertes
propiedades disociativas) en ciertas regiones de África.

El uso de las sustancias psicoactivas con fines espirituales y religiosos es algo que ha formado parte de casi todas las
culturas antiguas. Muchas de estas sustancias fueron y son consideradas sagradas por su capacidad de inducir
estados alterados de conciencia que los antiguos consideraban puertas hacia la conexión con dioses, hacia el
conocimiento esotérico y la comunicación con otros mundos. El uso ritual de sustancias psicoactivas generalmente
sigue dos modelos diferentes. En el primero, un grupo de individuos consume colectivamente una sustancia bajo la
supervisión de un chamán; mientras que, en el segundo modelo, solamente el chamán es el encargado de realizar el
“viaje” y contactarse con la “realidad del más allá”.
Jenn
Los psicodélicos son capaces de inducir estados mentales de sensación de unidad y conexión con el todo, de
trascendencia del tiempo y el espacio y de comprensión de la realidad, así como sentimientos de amor, paz y alegría
muy parecidos a los generados por algunas experiencias religiosas. Por otro lado, el consumo de plantas
alucinógenas o delirantes de la familia de las solanáceas (por ejemplo, belladona o daturas) es capaz de cortar
completamente la relación con la realidad y desencadenar, efectivamente, la sensación convincente de que el
usuario ha contactado a entidades ajenas a la experiencia ordinaria. Con el paso del tiempo, estas experiencias y su
relato pueden haber cristalizado en forma de ideas que se propagaron y reforzaron en las comunidades,
acompañando el origen de lo que eventualmente sería el concepto de “religión” en sus más diversas formas.

Es curioso el hecho de que, hoy por hoy, varios de los principales agentes en contra del consumo de sustancias
psicoactivas sean instituciones religiosas y los valores que promueven, con contadas excepciones socialmente
aceptadas (por ejemplo, el vino en la religión católica). Esta aparente contradicción se disipa al comparar la actitud
de las religiones occidentales politeístas que regían en la era anterior al cristianismo con los preceptos adoptados
luego del surgimiento de las grandes religiones monoteístas. En la antigüedad, el consumo ritual de sustancias
psicoactivas estaba arraigado socialmente y los sacerdotes que realizaban estas prácticas gozaban incluso de poder y
prestigio. Por el contrario, las religiones monoteístas como el cristianismo, no se basan en experiencias extáticas
aisladas, sino en el aprendizaje continuo de estrictos credos y códigos morales y su refuerzo mediante ceremonias
periódicas puramente formales. Si bien las religiones ancestrales promovían el uso de sustancias psicoactivas como
medio de contacto con el “más allá”, las nuevas religiones monoteístas aplazan dicho contacto para ofrecer a cambio
la promesa de una transformación hacia la vida eterna, siempre y cuando el devoto rija su vida de acuerdo con
estrictos preceptos morales.

La Iglesia Católica desencadenó su poderío en los siglos subsiguientes contra supuestas brujas y hechiceros que
continuaban con el tradicional uso de drogas visionarias para fines rituales. Es a partir de esta antagónica concepción
del uso ritual de psicodélicos que debemos entender el contexto actual de oposición religiosa a la inmensa mayoría
de las drogas psicoactivas.

No hay dudas sobre el importante papel que las sustancias psicoactivas jugaron en el desarrollo de las sociedades en
todo el mundo y quizá también hasta en la evolución de la conciencia. Algunos investigadores, como el reconocido
Dr. Ronald Siegel, sugieren que el consumo histórico de drogas en nuestra especie puede haber desencadenado un
impulso natural para buscar estados alterados de conciencia. Esta idea se plasma en la postulación de la “hipótesis
del mono ebrio”, de acuerdo con la cual el gusto de los seres humanos por el alcohol podría ser un resabio de los
beneficios de consumir fruta fermentada (el alcohol aporta calorías) en la época en la cual nuestros antepasados
primates empezaron a estar menos en los árboles y un poco más en el suelo, hace aproximadamente unos diez
millones de años.

A pesar de que el consumo de estas sustancias es algo tan antiguo como las mismas sociedades, la investigación de
su contexto cultural e histórico es relativamente reciente. Existen evidencias que respaldan el uso de sustancias
psicoactivas en el pasado, como el hallazgo de restos de fósiles de plantas que sabemos que contienen estas
sustancias, residuos de bebidas alcohólicas, restos de alcaloides en instrumentos y huesos, y arte (como las pinturas
rupestres).

Los estudios etnográficos y etnobotánicos nos brindan un montón de información sobre las plantas que se han
utilizado para inducir estados alterados de conciencia alrededor de todo el mundo, particularmente en el continente
americano, donde los psicodélicos han tenido un papel particularmente importante en la vida espiritual de los
nativos. Aunque, lamentablemente, no podemos afirmar con seguridad desde hace cuánto se consumen, ya que los
misioneros católicos destruyeron prácticamente todos los registros históricos. Sin embargo, se ha demostrado
mediante análisis de carbono 14 y otras técnicas, que los nativos americanos han estado recogiendo peyote
(Lophophora williamsii, un cactus cuyo principio activo es un alcaloide denominado “mescalina”) desde hace, al
Jenn
menos, cinco mil años. Los aztecas y chichimecas fueron los primeros usuarios registrados de hongos con la
sustancia psicodélica psilocibina, a los que denominaron “teonanácatl” (“carne de dios”).

Los españoles que regresaban de México durante la primera mitad del siglo XVI describen el efecto de consumir
teonanácatl, así como su uso durante rituales sagrados. En la mayoría de los casos relatados, el consumo de los
hongos causaba alteraciones en la percepción del tiempo y del espacio, acompañadas de una sensación de euforia y
alegría o felicidad, mientras que otros usuarios presentaban ansiedad y depresión, e incluso pérdida del
conocimiento. Estos son efectos típicos de psicodélicos serotonérgicos como la psilocibina, y otros similares como el
LSD. Por otro lado, también se tienen registros de consumo de San Pedro (Echinopsis pachanoi, otro cactus que
contiene mescalina) durante ceremonias de culturas andinas, así como de ayahuasca en la cuenca del Amazonas.
Otro actor importante en América ha sido la coca (Erythroxylum coca), especialmente para los pueblos nativos de los
Andes, desde hace por lo menos siete mil años. Esta planta ha sido importante no sólo debido a su consumo a través
del coqueo (mascado y salivación de las hojas frescas de coca en la boca), sino también por su uso en ofrendas a las
huacas y a la Pachamama, rituales de iniciación y fúnebres, sacrificios, tributos, obsequios y hasta como medicina. El
mascado de la hoja de coca libera el contenido de cocaína –y otros alcaloides que se encuentran en la planta–. La
cocaína funciona como anestésico local y para combatir las consecuencias perjudiciales de las elevadas alturas en las
que se encuentran las poblaciones andinas (apunamiento). Además, incrementa la resistencia y la capacidad de
atención al mismo tiempo que suprime el apetito, efectos deseables en los períodos de caza y recolección durante
los tiempos de escasez de alimentos y las largas travesías.

En comparación con América, el norte de Europa y el norte de Asia son relativamente pobres en sustancias
psicoactivas naturales. Allí se destacan solamente algunas especies de hongos. De particular importancia cultural en
estas zonas es el hongo Amanita muscaria, identificado fácilmente por su típico color rojo manchado con blanco. Los
principios activos de este hongo son el muscimol y el ácido iboténico, los cuales ejercen –entre otros– fuertes
efectos disociativos en los usuarios. Desde los países bálticos hasta Siberia se relaciona el hongo con tradiciones
rituales. En el resto de Europa (central y occidental), abundan solanáceas alucinógenas, que se distinguen de los
psicodélicos por sus efectos “delirantes” en vez de visionarios (es decir, por la sensación subjetiva de estar viviendo
una experiencia real y no causada por la droga). Las solanáceas nativas de Europa incluyen el beleño, la belladona, la
mandrágora y las daturas. En cuanto a los hongos, frecuentemente encontramos en el sur de Europa el ergot o
cornezuelo del centeno (Claviceps purpurea), un hongo que parasita cereales y que puede desencadenar efectos
psicoactivos luego de su consumo.

En el continente asiático hay registros de uso de varias plantas, entre las cuales se destaca la adormidera (que
contiene opio), utilizada por los sumerios en la Mesopotamia hace cinco mil años. Las notables cualidades
psicoactivas y medicinales del opio fueron un factor sociopolítico y económico fundamental en la relación entre
Europa y Oriente, incluso en tiempos muy recientes.

La cultura del vino no tuvo lugar hasta un milenio antes del año 1, durante la Edad de Hierro, y está vinculada a la
expansión comercial de los fenicios, griegos, romanos y etruscos. Es interesante notar que es posible que el vino
consumido en la antigüedad europea haya sido reforzado con otras sustancias psicoactivas, probablemente
solanáceas. Las normas sociales implícitas o legales en la antigua Europa solían limitar el consumo de vino a adultos.
Jenn

¿Por qué antes sí y ahora no? Si bien el consumo de sustancias no parece haber sido un problema durante la mayor
parte de la historia humana, nuestra biología se encuentra en un aparente conflicto causado por el avance
tecnológico y cultural. A través del cultivo, la purificación y la modificación química hemos aumentado la potencia y
disponibilidad de las sustancias psicoactivas. Como consecuencia, las cualidades que una vez confirieron una ventaja
adaptativa en los ambientes ancestrales podrían haber dado lugar a una mayor propensión para el consumo
problemático. Para ponerlo en una perspectiva más familiar, es interesante comparar el problema de las drogas con
el de la comida.

Al igual que las drogas adictivas, los ingredientes de los alimentos ultraprocesados inducen una estimulación
excesiva del sistema de recompensa del cerebro, tienen la capacidad de generar antojos y están asociados con el
consumo compulsivo y la incapacidad para dejar de consumir, aun cuando los efectos negativos graves sean
evidentes. De los tres ingredientes mencionados, se considera que el azúcar (particularmente la fructosa) parece ser
el componente que explica el potencial adictivo que tienen algunos alimentos. Además, la fructosa tiene la
capacidad de disminuir las señales químicas que nos indican que estamos saciados.

Lo que sucedió con los alimentos ultraprocesados es una situación análoga a la de las sustancias psicoactivas,
particularmente el alcohol y el tabaco (por su estatus legal). Durante el siglo XIX, los avances de la química orgánica
permitieron identificar y aislar los principios activos de distintos vegetales con sustancias psicoactivas. Al cabo de
unas pocas décadas, fue posible transportar en un maletín una cantidad del principio activo equivalente a la
encontrada en varias hectáreas cosechadas. Una lista parcial de dichos principios activos incluye la morfina (1806) y
la codeína (1832) ambas obtenidas a partir del opio, la atropina (1833) un alcaloide extraído de distintas solanáceas,
la cafeína (1833) que proviene del café, el té y la yerba mate, la cocaína (1860) de las hojas de coca, la heroína (1883)
otro derivado del opio, y la mescalina (1896) el principio activo de cactus como el peyote y el San Pedro. A partir de
la extracción de estas drogas de alta pureza fue posible administrar dosis inauditas de los principios activos de las
plantas y hongos que mencionamos a lo largo de este capítulo, con obvias consecuencias para la Salud Pública.
Jenn
Sin embargo, los problemas y desafíos actuales que nos plantean las sustancias psicoactivas sólo pueden atribuirse
parcialmente a la eficacia química para obtener productos ultraprocesados de alta pureza. Se trata también de un
fenómeno más amplio que refleja normas de la sociedad contemporánea, muchas de ellas ausentes en tiempos
pasados, ya que, en paralelo a la síntesis artificial de las sustancias psicoactivas y al incremento en la potencia, se
desarrolló la industrialización de muchos países, con sus respectivos efectos en la sociedad: aumento de la
desigualdad y la emergencia del “marginal” como una clase social propia.

En este escenario, pasamos de un consumo arraigado en la cultura en la cual la tradición servía como regulador de
las dosis y el contexto, a uno desinformado y, en ocasiones, alienante.

En el actual modelo de producción y consumo se nos plantea que todo debe ser una fiesta permanente, en un
modelo en el que manda una suerte de dictadura del placer y la felicidad. Como inevitablemente nos damos cuenta
de que este ideal que nos propone el sistema es inalcanzable, las drogas presentan, muchas veces, un atajo rápido
para experimentar sensaciones similares.

Consideramos entonces que la visión reduccionista de culpar a “las drogas” por todos los problemas actuales es
absurda y peligrosa en cuanto a la elaboración de políticas públicas. La insatisfacción laboral, el estrés, la violencia
social y familiar, no llegar a fin de mes, el aburrimiento de los adolescentes en los colegios debido a los programas
educativos obsoletos, los hábitos poco saludables de los padres y la ausencia de proyectos satisfactorios son algunos
de los motivos que empujan a muchas personas al consumo de sustancias que hacen olvidar la realidad o que esta
parezca, al menos por un ratito, un poco menos hostil.

Vivimos en un mundo en el que los humanos se han vinculado al consumo de sustancias psicoactivas desde su
descubrimiento, casi siempre de manera controlada y no problemática. Somos parte de una rica historia de co-
evolución entre hombre y sustancias psicoactivas, que debemos recapitular si queremos encontrar nuevamente un
equilibrio para evitar las consecuencias negativas del consumo problemático de sustancias y, a la vez, no caer en la
falsa, autoritaria e hipócrita quimera de un mundo sin drogas.
Jenn

La construcción de la subjetividad y las representaciones sociales


Graciela Touzé – Prevención del consumo problemático de drogas.

La manera de abordar el “problema de las drogas” y la propia noción de droga varían según los sistemas de
representación culturales y la época. Las sustancias psicótropas inscritas en muchas culturas no son consideradas
como drogas, mientras que en las nuestras si lo son, es decir, que este problema que hoy nos preocupa e interpela
diciendo “algo se tiene que hacer al respecto”, es un problema que se construye social e históricamente.

Cuando hablamos de percepción social nos referimos al conjunto de opiniones, creencias, ideas y nociones que, en
un momento dado y frente a una situación determina son compartidas socialmente. Esto no significa que sea
homogénea a la sociedad, sino que es posible reconocer una postura dominante. Por su parte el control social
remite a las respuestas que da una sociedad para intentar controlar y contener ciertas situaciones que se dan en
ella: los medios utilizados para asegurar la adhesión a las normas sociales.

Las representaciones y creencias que una sociedad tiene de un fenómeno (en este caso “el problema de las drogas”
están fuertemente condicionadas por el tipo de respuestas institucionales y los mecanismos sociales que se ponen
en juego para intentar controlarlos.

El “problema de la droga” no es una cuestión objetiva, sino que más bien es un fenómeno que responde a una
determinada percepción basada en estereotipos. Tal percepción social varía históricamente y responde más a
condicionantes de tipo sociopolítico que a modificaciones en los patrones epidemiológicos: lamentablemente en los
fenómenos sociales, lo que la gente cree que pasa se encuentra al mismo nivel de relevancia de lo que en realidad
pasa. Es así que el problema se define y las respuestas se diseñan a partir de preconceptos y estereotipos.

El primero de los estereotipos se basa en el propio concepto de droga. El estereotipo no responde a la lógica
científica en tanto que se mencionan algunas sustancias como cocaína, cannabis y opiáceos, mientras que se
excluyen otras o se las considera menos relevantes como el alcohol, tabaco y psicofármacos. Bajo este estereotipo,
la representación social de la droga es siempre un producto ilícito, mortalmente dañino, lo que llevaría a “justificar”
su prohibición de uso. Si nos basamos en estudios realizados, el alcohol es la droga cuyo uso crónico implica el mayor
riesgo (gastritis, aumento de la TA, pancreatitis, miocarditis, hepatitis y cirrosis alcohólica, disturbios neurológicos
graves, alteraciones de la memoria y lesiones del SNC). Además, al observarse el síndrome de abstinencia
considerando su intensidad y gravedad, se verifica que la heroína y el alcohol son los que determinan mayor riesgo,
mientras que la interrupción del uso de marihuana presenta la sintomatología de menor intensidad así como riesgos
asociados. El alcohol es la sustancia que genera mayor discapacidad social, entendiéndola a esta como las
dificultades en la vinculación interpersonal ya sean relaciones afectivas y/o profesionales, y luego le siguen la
heroína y la cocaína. Respecto a la sobredosis, el riesgo es mayor para la heroína como para la cocaína, siguiendo el
alcohol, mientras que el riesgo es casi nulo para la marihuana y el tabaco.

El segundo de los estereotipos corresponde al fetichismo de la sustancia. Bajo este estereotipo la droga se identifica
casi como un ente mágico, se le asignan poderes y capacidades: se las explica como algo externo a la sociedad que
amenaza a la población sana, e incluso como si tuviese una especie de personalidad propia. Es así que se la identifica
como enfermedad, como si fuese causada por un agente patógeno externo, lo que brinda la posibilidad de centrarse
en identificar “el problema”, aislarlo y destruirlo, ignorando completamente la complejidad social, sus injusticias y la
ausencia de perspectivas.

El tercer estereotipo identifica a las drogas como expresión de una actitud de oposición a la sociedad, de no
aceptación de las normas sociales: motivo por el cual se asocia a la juventud. El uso de drogas se asocia cada vez con
mayor frecuencia a sectores sociales vinculados al poder y prestigio social, motivo por el cual este análisis no tiene
vigencia. El imaginario de la droga como contracultura de jóvenes de la sociedad, como expresión de rebeldía, va
Jenn
mutando hacia imaginarios ligados a la desocialización y la decadencia. El traspaso de actores sociales supone
entonces nuevos imaginarios sociales respecto del consumo de drogas, asociados a la marginalidad y la exclusión
social al tiempo que empiezan a tomar forma otros modos de consumo que ya no dan cuenta ni de rebeldía ni de
desocialización, sino de performance social. En la actualidad queda claro que el consumo de drogas no puede
concebirse como un acto contestatario ya que, la lógica del consumo se impone como condición de inclusión social:
en realidad se trata de un intento fallido y desesperado por ser incluido en la sociedad del consumo. Los consumos
de drogas están inscritos en el mismo espacio social y cultural que el mundo del consumo más general.

Un cuarto estereotipo nos remite a la imagen del usuario de drogas. De acuerdo a esto, para el caso de las sustancias
ilegales no se admiten variaciones en el patrón de consumo, es decir, el consumidor, cualquiera sea la dosis,
frecuencia o circunstancias de uso, es visualizado como un adicto. Esto último bajo las representaciones sociales
deriva en identificar al usuario como una persona autodestructiva y con una actitud despreocupada respecto de su
salud.

La prevención, al igual que el tratamiento y las leyes, son diversos mecanismos de control instalados de acuerdo con
las percepciones dominantes. Revisar las representaciones sociales anteriormente descriptas resulta imprescindible
para diseñar discursos y practicas preventivas que no profundicen el problema, y que por el contrario, promuevan
recursos de autocontrol y autonomía en las personas.

Ahora bien, todas estos preconceptos que surgen en base a estereotipos y prejuicios no son más que eso. La idea es
que ahora profundicemos en el tema desde una perspectiva de las ciencias formales, es decir, más bien objetiva.

Droga es toda sustancia que tiene acción sobre los seres vivos y que incorporada al organismo produce un cambio.
Desde siempre el hombre ha consumido drogas: las drogas más antiguas eran naturales y se obtenían generalmente
de plantas mientras que hoy existen aquellas fabricadas completamente en laboratorios. Tanto las de diseño como
las naturales responden a la definición de droga.

Dentro de las variedades de sustancias que responden a la definición de droga, se encuentra un grupo que se
denomina drogas psico-activas. Estas son aquellas que actúan a nivel del sistema nervioso central produciendo
cambios en la conciencia, el humor y/o el pensamiento.

Las drogas psicoactivas pueden clasificarse según distintos criterios:

Desde una perspectiva farmacológica se tiene en cuenta la estructura química y sus efectos en el SNC. Desde este
punto de vista se distinguen cuatro tipos generales de drogas:

1. Drogas depresoras: opioides (morfina, codeína, heroína y metadona), barbitúricos, benzodiacepinas, alcohol
y disolventes volátiles (pegamentos, benceno, tolueno). Las sustancias depresoras del SNC son aquellas que
atenúan o inhiben los mecanismos de vigilia y pueden producir distintos grados de inactivación desde la
relajación, la sedación, somnolencia hasta la hipnosis, anestesia e inclusive, el coma. Algunas de estas drogas
además producen analgesia.
2. Drogas estimulantes: coca y cocaína (clorhidrato de cocaína, pasta base de cocaína, paco y crack),
anfetaminas, éxtasis, nicotina y xantinas (cafeína, teína y mateína). Las drogas estimulantes son aquellas que
producen una euforia que se manifiesta con bienestar y mejoría del humor, aumento de la energía y del
estado de alerta, así como aumento de la actividad motriz y una estimulación del sistema cardiovascular
entre otros. En el SNC mejoran el rendimiento intelectual mientras que disminuyen la sensación subjetiva de
fatiga y apetito. Cuando se consumen dosis excesivas, la euforia puede evolucionar hasta estados de
excitación y activación psicomotora. La locuacidad puede convertirse en un lenguaje confuso, la atención
puede convertirse en ansiedad, etc.
3. Drogas alucinógenas: mescalina (cactus Peyote), psilocibina (hongos), ayahuasca, caapi, yagé (liana
amazónica) y LSD-25 (dietilamida del ácido lisérgico). Farmacológicamente hablando se utilizan
Jenn
indistintamente los términos alucinógeno y psicotomimético. Los alucinógenos son sustancias que se
encuentran tanto en la naturaleza como sintéticamente, y se clasifican en función de su similitud con
determinados neurotransmisores del SNC.
4. Cannabis: marihuana y hachís. Los efectos varían con la dosis, vía de administración, calidad y especie, así
como según las expectativas y experiencia del consumidor.

También podemos clasificar a las drogas según el significado que tienen en la cultura. El rechazo o la aceptación de la
sociedad no tiene que ver con sus efectos farmacológicos, sino fundamentalmente con la historia y la cultura: que
una sustancia adquiera significados y significantes que van más allá de sus propiedades farmacológicas no solo tiene
que ver con sus propiedades, sino también con el contexto personal y social en que se inscribe en un momento
determinado. Es allí que encontramos dos tipos de drogas:

1. Drogas aceptadas en nuestra cultura: alcohol, nicotina, cafeína, barbitúricos y benzodiacepinas.


2. Drogas no aceptadas en nuestra cultura: cocaína, heroína, cannabis, LSD-25.

Ahora bien, entendido que entre las drogas se incluyen desde sustancias cuyo consumo forma parte de nuestros
hábitos alimentarios hasta medicamentos comercializados por su interés terapéutico, desde el sentido común
cuando se menciona la palabra droga habitualmente se hace referencia a sustancias ilegales. Se habla de “la droga”
en singular, y con esta generalización se concentran en una única categoría los consumos, los sujetos y los contextos,
ocultando las diferencias. Las drogas constituyen un fenómeno plural según el momento histórico, cultura, modelo
económico, etc. no obstante, se ha insistido en homogeneizar “el problema de la droga” como si fuese un mismo
fenómeno universal, atemporal y ahistórico.

En este asunto complejo debemos tener en cuenta 4 factores:

1. Qué se consume: cuál es la procedencia, composición química, efectos sobre el SNC, calidad, pureza,
nocividad, estatus legal, uso, presentación y preparación.
2. Quién la consume: todas las personas tenemos distintas realidades pero, en general, existen diferencias por
edad, género y sector social.
3. Cómo se consume: dosis, frecuencia, vía de administración, si es una o varias sustancias, intencionalidad.
4. Cuándo y dónde: esto hace referencia a los escenarios del consumo, ya que estos condicionan material y
simbólicamente el tipo de uso, es decir, si es solo o en compañía, si es en el ámbito público o privado, etc.

Tener en cuenta estos factores nos sirven en función de preguntarnos frente a qué tipo de consumo nos
encontramos.

La diferencia entre uso, abuso y dependencia no remite solamente a la cantidad y la frecuencia de drogas
consumidas, sino que existe una diferencia cualitativa respecto de las motivaciones y el contexto del consumo. Las
diferencias dependen mucho más de las características de la persona y de su entorno que del tipo de droga que se
consume.
Jenn
Ya hace varias décadas que los expertos de la OMS aconsejaron la sustitución de los términos adicción y habituación
por el concepto único de dependencia. Sin embargo, la utilización del término adicto y adicción está tan arraigado
que se utiliza de forma indistinta al de dependencia.

La farmacodependencia o dependencia de fármacos/drogas se define como aquel estado de adaptación del


organismo como resultado del consumo repetido de determinadas drogas. Esta adaptación del organismo es el
resultado de los efectos biológicos de la droga, sin embargo, el consumo no es una condición suficiente ya que, en el
establecimiento de la dependencia siempre intervienen las características de la persona y del entorno en el que se
realiza el consumo. La dependencia es un fenómeno que se presenta con una enorme variabilidad interindividual:
muchas personas son capaces de consumir sustancias adictivas con moderación o de forma ocasional o social,
mientras que otras son vulnerables a sus efectos, convirtiéndose en consumidores compulsivos de una o varias de
ellas.

Existen diferentes formas de vincularse con las drogas, cualquiera de ellas puede aportar beneficios físicos,
psicológicos, sociales y espirituales, así como también puede provocar daños a las personas si se constituye en un
uso problemático. El uso de drogas puede ser problemático para una persona cuando le afecta negativamente, ya
sea de forma ocasional o crónica, a una o más áreas vitales de la persona ya sea la salud física o mental, sus
relaciones sociales primarias (familia, pareja o amigos), sus relaciones sociales secundarias (trabajo/estudios) o sus
relaciones con la ley.

Los consumos problemáticos de drogas básicamente se relacionan con tres tipos de usos: intoxicaciones agudas,
usos regulares crónicos y las dependencias.

Una mención aparte merece el paco, que desde los 90 su consumo despierta gran alarma social, alimentada por los
medios de comunicación. En el imaginario social y el discurso mediático esta sustancia se presenta como la droga de
los pobres, reforzando el estereotipo de consumidor joven, varón y marginal, y concentrando así un paradigma de la
peligrosidad. La realidad es que el consumo de esta sustancia en la clase media es más oculto, privado y de mayor
cuidado, lo que lleva a que los consumidores de sectores excluidos sean la cara visible del fenómeno por su consumo
en el espacio público y las marcas que deja el consumo indiscriminado. Es así que al igual que con otras sustancias,
no se puede evitar observar las características del sujeto y el entorno.

Ahora bien, respecto a la magnitud y extensión de este fenómeno y de los problemas que se le asocian, existe una
considerable carga de morbilidad derivada del consumo de sustancias psicoactivas en su conjunto, sin embargo, los
resultados de distintos estudios destacan que la mayor parte de carga de morbilidad mundial se debe a las
sustancias lícitas, más que a las ilícitas.

Según la OMS el hábito de fumar está aumentado rápidamente en los países en desarrollo, se estima que el 50% de
los hombres y 9% de las mujeres en los países en desarrollo son fumadores a comparación del 35% de los hombres y
el 22% de las mujeres de los países desarrollados. En Argentina, la prevalencia en los adultos es del 46,8% en los
hombres y del 34,4% en las mujeres, mientras que entre los jóvenes los porcentajes se encuentran en un 25,7% en
varones y 30% en mujeres. Respecto al consumo de alcohol, el consumo anual per cápita de los adultos oscila entre
5 y 9 litros de alcohol puro. Respecto a las drogas ilícitas, se estima que entre 172 y 250 millones de personas las
consumieron por lo menos una vez al año, de los cuales entre 18 y 38 millones eran consumidores problemáticos.

En nuestro país, la Encuesta Nacional sobre Prevalencias de consumo de Sustancias Psicoactivas indagó la
prevalencia de consumo de las principales sustancias psicoactivas en la población entre 16 y 65 años y una encuentra
que se realizó de forma autoadministrada a estudiantes de entre 13 y 17 años halló que:

 Más de la mitad de la población declaró haber consumido tabaco alguna vez en su vida, siendo Cuyo y la
Patagonia las regiones con mayor prevalencia.
Jenn
 La prevalencia de consumo de bebidas alcohólicas es de 76,8%, y aumenta en las regiones de Gran Buenos
Aires, Cuyo y Pampeana.
 El 4% afirmó haber consumido al menos una vez tranquilizantes y el 1% estimulantes.
 Declararon haber consumido drogas ilegales al menos una vez en su vida alrededor del 7% de la población.
 Entre los estudiantes de 13 a 17 años de todo el país, las sustancias de mayor consumo son el alcohol y el
tabaco. La edad de inicio en el consumo de tabaco y alcohol se ubica en los 13 años tanto en varones como
en mujeres.
 Los estudiantes consumen bebidas alcohólicas preferentemente durante el fin de semana.
 Un 9,3% de estudiantes entre 13 y 17 años consumieron alguna droga ilícita en el último año, siendo la
marihuana la que tiene una mayor prevalencia, seguida por la cocaína.
 La edad de inicio de consumo de psicofármacos se ubica entre los 13 y 14 años.

Esto nos permite ver que el consumo de sustancias psicoactivas es una práctica habitual en la población argentina.

Ignacio Lewkowicz – Subjetividad adictiva.

Las adicciones constituyen un problema contemporáneo. Lo notorio es que no constituyan sólo un problema local,
específico, acotado al campo de intervención de una disciplina particular. La adicción parece desbordar
irremediablemente las capacidades de comprensión y acción de las diversas disciplinas destinadas a sus cuidados.
Este reconocimiento general que hace de la adicción un objeto de un discurso cualquiera, viene a mostrar, para la
mirada historiadora, que no estamos sólo ante una estructura clínica particular, o en presencia de unos fármacos
específicos que alteran las personalidades de las personas, o ante una modalidad delictiva particular. No estamos
ante el mero incremento cuantitativo de unas prácticas que llamamos adictivas, sino ante la instauración cualitativa
de un tipo radicalmente nuevo de subjetividad socialmente instituida.

Uno de los principales problemas de la encrucijada actual de las ciencias humanas es el de la articulación de las
dimensiones que corrientemente se llaman individual y social. Las ciencias de la psique entienden el caso a caso,
mientras que las ciencias sociales entienden fenómenos desde lo colectivo, pero ambas por si mismas no logran
explicar este fenómeno: no son suficientes. Es así que se plantea el discurso histórico.

Desde las ciencias de la psique lo que suelen llamar "social" tuvo tres modalidades de asunción distintas.

1. En la primera versión, el lazo social se presenta lisa y llanamente como proyección acumulativa de las
estructuras y configuraciones psicológicas constitutivas de los individuos: el lazo es la multiplicación de los
individuos. Se entendía simplemente el vínculo persona-persona.
2. En la segunda, el conjunto de las configuraciones sociales trabaja como contexto particular que condiciona
las posibilidades de realización de lo que es el mundo interno de los individuos, es decir, el sujeto es limitado
por su entorno.
3. En la tercera, el peso de las condiciones socioculturales en la constitución psíquica de los individuos se
acrecienta, se reconoce, se proclama, pero la relación se plantea en términos de influencia cuantitativa, es
decir, el sujeto es influido por el entorno pero este también influye a lo que está a su alrededor.

Desde lo social tampoco se da una respuesta al problema de las adicciones, pese a la multiplicidad de observaciones
sistemáticas en muy diversas situaciones socioculturales. Los individuos se presentan, en este campo, como puntos
de realización particular de las estructuras y configuraciones sociales en que habitan.

La perspectiva adoptada postula que las condiciones socioculturales específicas en que se despliega la vida de los
individuos no es un escenario que condiciona en exterioridad sino que es una red prácticas que interviene en la
constitución misma de los tipos subjetivos reconocibles en una situación sociocultural específica. La figura del adicto,
más allá de las configuraciones médicas, jurídicas y psíquicas específicamente detectables, es una figura socialmente
instituida, es un tipo subjetivo reconocible. La institución social "adicción" existe porque socialmente es posible la
Jenn
subjetividad adictiva. La adicción es una instancia reconocible universalmente porque la lógica social en la que se
constituyen las subjetividades hace posible -y necesario - ese tipo de prácticas.

La posibilidad social de la adicción no se limita al par éxito - fracaso social. La modalidad espontánea de remisión de
las adicciones a las condiciones sociales supone que la adicción es una respuesta siempre latente en los individuos y
las sociedades, que es una tendencia siempre disponible que se activa cuando las condiciones sociales específicas las
disparan. El individuo está estructurado de por sí; la tendencia adictiva está latente. Basta con que socialmente se
suministre la dosis pertinente de frustración, escepticismo o desasosiego. La perspectiva histórica de la subjetividad
exige suspender este tipo de análisis: no interesan aquí los factores sociales que empujan a la adicción de un
individuo, pasible de volverse adicto ya de por sí, sino las prácticas sociales de constitución de una subjetividad en la
que la adicción sea una posibilidad siempre dada desde ya. La percepción de una subjetividad adicta no se preocupa
aquí por las tendencias adictivas sino por la constitución misma de esa posibilidad. No interesan aquí entonces las
causas coyunturales que empujan a la droga sino las que producen una subjetividad amenazada de caer en adicción:
ni las propiedades de las sustancias, ni las propiedades particulares de los individuos, ni las ocasiones de "caída"
serían posibles si al tipo adictivo no estuviera socialmente producido e instituido.

Sólo nuestra cultura contemporánea lee cualquier relación tenaz de un individuo con algún objeto de su cultura bajo
el tamiz de la adicción. Antiguamente, la modalidad establecida de la relación excesiva de un individuo con otro
individuo u objeto no se da bajo la institución de la adicción, sino bajo la figura emblemática de la esclavitud: de
hecho el término adicto proviene de addictus, palabra que se usaba en la antigua Roma para definir a aquel
individuo que era esclavo por deudas. La adicción es el cristal actual desde el cual se comprenden las relaciones
enfáticas. La maligna cualidad adictógena no sólo está en las cosas malas sino también en la pureza de las cosas
nobles. Todos somos adictos, en potencia, a todo: la amenaza es universal y ubicua.

Que el adicto sea una figura instituida significa que por un lado es un efecto de ciertas prácticas sociales de
producción de subjetividad, y por otro, que el efecto es universalmente reconocible. La figura del adicto es un tipo
psicosocial porque es reconocible, está tipificada, es objeto de predicación y objeto de cuidados sociales: brinda una
identidad capaz de soportar el enunciado de virtud ontológica “soy adicto”. La identidad adictiva es el índice de
existencia de una subjetividad instituida. Ni el que se comporta pasivamente ante los placeres, llamado "esclavo" en
la antigüedad, ni el libertino o el vicioso están tomados por la red discursiva e institucional que hoy da existencia al
adicto: un discurso massmediático, una tematización generalizada, una serie de asociaciones de ayuda, una
institución de estas prácticas bajo el mote patológico de enfermedad, una derivación espontánea de estas conductas
hacia la esfera psicológica, una remisión de la causalidad hacia las familias de origen.

El mundo de la adicción sólo es posible en determinadas condiciones socioculturales. Estas condiciones involucran la
institución de un soporte subjetivo del lazo social, la existencia correlativa de un reverso de sombra específico, la
hegemonía sociocultural de una instancia específica de delimitación de las patologías, la operatoria social efectiva de
dispositivos de cura, predicación y cuidado de las patologías instituidas.

La subjetividad adictiva se puede considerar socialmente como un subproducto de la subjetividad del consumidor,
de la sociedad de consumo. Sólo en este plano de la patología socialmente establecida como tal es posible situar la
génesis de la figura del adicto, en la figura instituida del consumidor. La subjetividad del consumidor habrá que
considerarla, naturalmente, como el efecto de unas prácticas de constitución y no como una mera "ideología
consumista".

Para la historia de las subjetividades los hombres son lo que las prácticas de producción de subjetividad los hacen ser.
Estas prácticas socialmente establecidas no coloran con accidentes sino que determinan la naturaleza humana en
cada situación. El consumidor no es un accidente contemporáneo que le sobreviene a la eterna naturaleza humana
sino que trama la naturaleza misma del hombre contemporáneo. Consumidor, entonces, no es un adjetivo del
hombre contemporáneo sino una definición, su determinación epocal.
Jenn
El consumidor está producido por una serie de prácticas específicas: la serie de prácticas que lo estructura lo
instituye como un sujeto que varía sistemáticamente de objeto de consumo sin alterar su posición subjetiva. Esto
quiere decir, que el consumo “normal” es aquel que es variado, en el cual se consumen diversidades de objetos o
productos. Por la misma vía el zapping televisivo, la renovación del mercado, la multiplicación tecnológica,
reproducen esta inducción productiva de subjetividad a lo largo de la vida de un individuo.

Lo que deviene del consumo es la promesa de felicidad inmediata. La promesa es la del objeto próximo. La lógica de
la satisfacción por el objeto es la del todo o nada.

Las prácticas de producción de subjetividad determinan un rasgo como esencial. Por este rasgo esencial producido
por estas prácticas se reconocen mutuamente los "individuos" que así han sido engendrados. Un hombre era
hombre en la medida en que estuviera en plena posesión de sus facultades conscientes: los locos estaban excluidos;
los niños postergados. La pertenencia a la humanidad estaba supeditada al reconocimiento de que un individuo
poseyera tal rasgo. El rasgo que caracteriza a quien ha sido producido como sujeto de consumo es la imagen: lo que
se llama cultura de la imagen es el efecto visible de las prácticas de producción de subjetividad consumidora. Así
como ser hombre fue poseer una conciencia; ser hombre hoy es ser reconocido como imagen por otro que a su vez
lo es. Las prácticas de consumo, además de sostener la promesa de felicidad otorgada por el próximo objeto,
producen una especie particular de lazo social. El consumo no es un acto solitario: requiere de un espectador o
testigo.

Las adicciones se sitúan en el revés de sombra específico del sujeto instituido del consumo. En ese envés de sombras
se produce una serie de anomalías respecto de lo que se supone normal. Esa serie de anomalías para consistir, tiene
que ser leída por un discurso específico y controlada, cuidada, predicada y distribuida por la serie de instituciones
que realizan la eficacia de ese discurso específico. Las anomalías adictivas hoy parecen estar en posición semejante a
las anomalías histéricas respecto del discurso médico. La instancia de delimitación de las patologías se ha desplazado,
en la modernidad tardía, del discurso médico hacia el massmediático. Lo que socialmente se llama adicción es efecto
de la lectura y tratamiento de la sombra del sujeto consumidor por el discurso massmediático y sus instrumentos
institucionales.

El mercado requiere multiplicar el número de consumidores. La multiplicación de los actos de consumo por cada
individuo consumidor compensa con creces la restricción de los actos de consumo producida por la expulsión de los
no consumidores. La subjetividad del consumidor es, entonces, un medio de producción del mercado. Cuando el
sujeto está constituido como consumidor, la multiplicación de sus actos de consumo es una consecuencia necesaria.
El que no es consumidor, y sólo necesita un tipo particular de objetos, entorpece la rueda de la multiplicación
mercantil. El consumidor está sostenido en la promesa del objeto totalmente satisfactorio, pero el mercado tiene
que lograr que la promesa se reproduzca como promesa sin que jamás se realice. El consumidor debe estar en
condiciones subjetivas de desechar el último objeto en nombre del próximo. El consumidor y el sujeto de la imagen
tienen que quedar a salvo de terminar capturados por el objeto que consumen y el signo que momentáneamente
son.

El adicto, entonces, constituye a la vez la realización y la consecuente interrupción del sujeto del consumo, de la
promesa estructurante del mercado y sus subjetividades. La tecnología tenía que producir efectivamente el objeto
que colmara a un sujeto. Lo hizo; pero ahora no puede ofrecer otro objeto. Por ese motivo, en la instancia
massmediática de delimitación de las patologías, este encuentro tan logrado queda establecido como aniquilación
subjetiva: el sujeto ha desaparecido tras el objeto que lo satisface, y desde entonces lo constituye.

El consumo de unos objetos variables circunstancialmente produce una imagen reconocible según los patrones
coyunturales. El consumo adictivo de fijación a un objeto (una sustancia, una práctica, un tipo sexual, una actividad
informática, un agujero del cuerpo o una imagen ideal) engendra a su vez también una imagen específica: la imagen
del adicto como tipo reconocible, predicable y que da una identidad: la identidad adictiva. El adicto dispone de un
Jenn
discurso que lo representa y aliena de modo reconocible para el conjunto. Tiene un lugar de recuperación y una
tarea posterior.

En esta línea, la drogadependencia se tiene que concebir como forma específica de una modalidad adictiva general.
La existencia de sustancias alucinógenas, barbitúricas, estimulantes o afrodisíacas en diversas sociedades no puede
dar lugar por si misma a la adicción instituida como tal. Esas mismas sustancias sin la subjetividad capaz de entrar en
relación adictiva con la cosa cualquiera, no podrían dar lugar a la adicción instituida a las drogas; las drogas pueden
circular sin drogadictos. Por el contrario, sólo la subjetividad adictiva en general, constituida por las instancias de
delimitación de las patologías, sobre el envés de sombra de la figura instituida del consumidor, podía permitir el
paso del usuario tenaz de sustancias tóxicas al adicto.

Las drogas de por sí no causan adicción, pero en las condiciones actuales de subjetividad de consumo capaz de pasar
a la adicción, constituyen un objeto privilegiado de la amenaza adictiva. En estas condiciones, las drogas producen
adictos (o mejor dicho: realizan la adicción de los adictos producidos por las prácticas del consumo).

En esta línea de análisis, el concepto clave es el de subjetividad instituida. Este concepto parte de postular que lo
que se llama naturaleza humana no está determinado de por sí, es decir, que lo que hace ser hombres a los hombres
no es un dato de la naturaleza dictado por la pertenencia genérica a la especie. Los hombres no disponen de una
naturaleza extrasituacional sino que lo que los hombres son producto de las condiciones sociales en que se
desenvuelven. De ahí se deriva que la esencia humana es situacional. Las subjetividades instituidas dependen en
gran medida del soporte subjetivo requerido por el estado y el lazo social.

Desde el punto de vista de la historia de las subjetividades, en las diversas situaciones socioculturales se ofrecen a
los individuos una serie de tipos identificatorios posibles en que realizarse. El tipo del adicto bien puede organizar
una vida en torno del rasgo adictivo. Hay un guion de la cultura actual que le ofrece una serie de escenas codificadas,
de etapas y discursos, de argumentos y sentimientos que, desplegados por turno organizan la vida paradigmática de
“el adicto”. La adicción incluye problemas familiares (la sorprendente entidad "falta de diálogo" ha hecho fortuna),
frustraciones laborales brumosas o reales, tentación fascinada, pérdida de afectos, dolor delictivo con culpa, una
instancia catastrófica de "tocar fondo”, un duro aprendizaje para "reconocer la enfermedad", las vacilaciones de una
curación trabajosa, una simple felicidad resultante, un testimonio de espaldas ante las cámaras, una prédica para
salvar a otros de semejante infierno. La epopeya está tendida. Alguien cae y con ella ya tiene ya al alcance una
identidad indudablemente reconocida.

La existencia no es una cosa absoluta, de hecho, existir implica existir para un discurso. Para el discurso histórico,
sólo existe lo que se inscribe con su nombre en una red de prácticas que le dan consistencia. El sentido histórico
social de un concepto es la red de prácticas en que se inscribe.

Es sabido que los umbrales de normalidad y patología están pautados culturalmente. La delimitación de las
patologías consiste fundamentalmente en una clasificación específica de las conductas desviadas respecto de la
personalidad oficial instituida. Esta delimitación, además de clasificar, establece una genealogía causal de las
formaciones que considera campo de intervención rectificadora. Finalmente, establece el tipo de intervención
rectificadora específica que es necesario para la circunstancia. Esta instancia de delimitación de las patologías
funciona a su vez como instancia de derivación de las patologías debidamente clasificadas hacia los dispositivos o
instituciones considerados como capaces de lograr la rectificación.

Los estados nacionales habían instituido al saber médico como instancia fundamental de delimitación de las
patologías, derivación y tratamiento. La función que cumplía por un lado el estado nacional como meta-institución
general (en la quedaban representadas y orgánicamente solidarizadas las diversas instituciones existentes) y por
otro la filosofía, como meta-discurso general, en que quedan clasificados y ordenados el conjunto de los saberes
autorizados circulantes en una situación, se han desplazado. En los estados técnico-administrativos contemporáneos,
Jenn
el discurso massmediático cubre ambas funciones (meta-institución y metadiscurso). A partir de dicho lugar "meta",
el discurso maasmediático cumple actualmente la tarea de delimitar las patologías.

De hecho, el discurso massmediático no difunde sino que constituye el saber socialmente válido sobre las adicciones.
Este discurso produce y difunde su perfil del adicto: los rasgos por los que se reconoce un adicto, las modalidades de
su razón de ser adicto, los modos de padecimiento autorizados, los centros de atención para los que portan los
rasgos mediáticamente programados. El saber social promedio es difundido para víctimas, familiares, allegados,
damnificados y educadores. El conjunto de los discursos convocados (jurídico, policial, pedagógico, psicoanalítico,
sociológico) es sólo un conjunto de voces subordinadas al tiempo y el texto que le marca el que las coordina en un
coro. Son voces subordinadas que sólo están convocadas para avalar el lugar común y la administración
massmediática de la patología.
Jenn

Alcohol
Harrison – Medicina interna

Las enfermedades mentales son frecuentes en la práctica médica y sus manifestaciones iniciales pueden ser las de
un trastorno primario o un cuadro coexistente. Las estadísticas de la carga global de la enfermedad indican que
cuatro de las 10 causas más frecuentes de enfermedad y costos por atención de la salud en todo el mundo son de
origen psiquiátrico.

Es importante que se realice un diagnóstico lo antes posible para asegurar que los pacientes accedan a los servicios
médicos adecuados y mejorar el pronóstico clínico. Se han elaborado cuestionarios validados basados en el paciente,
con los que se investiga sistemáticamente la presencia de signos y síntomas vinculados con las entidades
psiquiátricas más prevalentes y orientan al médico hacia una valoración “más selectiva”. La Primary Care Evaluation
of Mental Disorders (PRIME-MD), el Patient Health Questionnaire una forma de autocuestionario, y el llamado
Sympton-Driven Diagnostic System for Primary Care (SDDS-PC) son formatos que se completan en 10 min y vinculan
las respuestas del enfermo con los criterios diagnósticos formales en casos de trastornos de ansiedad, del ánimo,
somatomorfos y de la alimentación, y de abuso o dependencia de alcohol.

El médico que envía pacientes al psiquiatra debe conocer no sólo cuándo conviene hacerlo, sino también cómo
hacerlo, ya que la concepción social y el estigma asociado a los trastornos mentales dificultan el proceso. Está
indicada la derivación a un psiquiatra cuando el médico general detecte síntomas de enfermedad psicótica, manía,
depresión o ansiedad grave, síntomas de trastorno de estrés postraumático (PTSD, posttraumatic stress disorder),
ideas tanto suicidas como homicidas, o ausencia de respuesta a un tratamiento de primera línea.

El alcohol (etanol en bebida) se distribuye en todo el organismo, afecta casi a todos los sistemas y modifica
prácticamente todo proceso neuroquímico que tiene lugar en el cerebro. Esta droga posiblemente exacerba la
mayor parte de los trastornos médicos, afecta casi a cualquier fármaco metabolizado en el hígado y temporalmente
simula varios trastornos médicos (p. ej., diabetes) y psiquiátricos (p. ej., depresión). El consumo de más de tres
bebidas estándar por día eleva el riesgo de cáncer y enfermedad vascular, además, los trastornos por consumo de
etanol reducen la esperanza de vida en casi 10 años.

Las concentraciones sanguíneas de etanol se expresan en miligramos o gramos de etanol por 100 mL (p. ej., 100
mg/100 mL = 0.10 g/100 mL) y la ingestión de una bebida típica da por resultado valores de casi 0.02g/100 mL. En
números redondos, una bebida estándar contiene 10 a 12 g. Estas bebidas también tienen componentes adicionales
conocidos como congéneres, que afectan al sabor de la bebida y que podrían contribuir a los efectos adversos sobre
el organismo. Los congéneres comprenden metanol, butanol, acetaldehído, histamina, taninos, hierro y plomo.

El alcohol produce una disminución aguda de la actividad neuronal y tiene efectos similares en la conducta y
tolerancia cruzada con otros depresores, como las benzodiacepinas y los barbitúricos.

El alcohol se absorbe en las mucosas de la cavidad bucal y el esófago (en pequeñas cantidades), en el estómago y el
intestino grueso (en cantidades moderadas) y en la porción proximal del intestino delgado (el principal órgano de
absorción). La velocidad de absorción aumenta con el vaciamiento gástrico rápido y por la falta de proteínas, grasas
o hidratos de carbono (lo que interfiere en la absorción), es decir, cuando no hay alimentos de por medio.

Entre 2 y 10% del etanol es excretado directamente por los pulmones, la orina o el sudor, pero la mayor parte es
metabolizado para formar acetaldehído, sobre todo en el hígado. La vía más importante ocurre en el citosol celular,
donde la alcohol deshidrogenasa (ADH) produce acetaldehído, el cual después es destruido rápidamente por la
aldehído deshidrogenasa (ALDH) en el citosol y las mitocondrias. Una segunda vía metabólica en los microsomas del
Jenn
retículo endoplásmico liso (el sistema microsómico oxidante de etanol - MEOS) interviene en ≥10% de la oxidación
de etanol en caso de altas concentraciones sanguíneas de alcohol.

Si bien una bebida contiene alrededor de 300 kJ o 70 a 100 kcal, éstas carecen de minerales, proteínas y vitaminas.
Además, el alcohol también interfiere en la absorción de vitaminas en el intestino delgado y disminuye su
almacenamiento en el hígado con efectos moderados sobre el folato (ácido fólico), la piridoxina (B6), la tiamina (B1),
el ácido nicotínico (niacina, B3) y la vitamina A.

Una ingestión intensa y rápida, en un individuo sano en ayunas posiblemente produzca hipoglucemia transitoria al
cabo de 6 a 36 h, lo cual se debe a las acciones agudas del etanol sobre la gluconeogénesis. La cetoacidosis alcohólica,
que probablemente refleja una disminución de la oxidación de ácidos grasos aunada a una dieta deficiente o a
vómitos recidivantes, se puede diagnosticar erróneamente como cetosis diabética.

En el cerebro, el alcohol afecta a casi todos los sistemas de neurotransmisión y tiene acciones agudas. Las acciones
más destacadas se relacionan con la intensificación de la actividad del ácido aminobutírico γ (GABA), sobre todo en
los receptores GABA-A. La intensificación de este complejo sistema del conducto del cloro contribuye a los efectos
anticonvulsivos, somníferos, ansiolíticos y miorrelajantes de todos los fármacos que intensifican la actividad del
GABA. La ingestión de alcohol en exceso produce liberación de GABA. Su consumo crónico aumenta la densidad de
los receptores GABA-A, en tanto que los estados de privación alcohólica se caracterizan por reducciones de la
actividad relacionada con GABA.

Al igual que con todas las actividades placenteras, el alcohol aumenta las concentraciones de dopamina en el área
tegmentaria ventral y regiones cerebrales relacionadas; este efecto tiene una participación destacada en el consumo
continuo de alcohol, el deseo compulsivo de tomarlo y las recaídas. Los cambios en las vías de la dopamina también
están vinculados a incrementos de las “hormonas del estrés”, como cortisol y corticotropina (ACTH) durante la
intoxicación y la privación. Es posible que estas alteraciones contribuyan tanto a las sensaciones de recompensa
durante la embriaguez, como a la depresión cuando descienden las concentraciones sanguíneas de alcohol. Los
cambios provocados por el alcohol en los receptores de opiáceos están muy vinculados con alteraciones de la
dopamina (sobre todo en el núcleo accumbens), de manera que la intoxicación alcohólica aguda también produce
liberación de endorfinas β. Otros cambios neuroquímicos importantes son los incrementos de las concentraciones de
serotonina en la sinapsis durante la intoxicación aguda y la subsiguiente regulación por incremento de los receptores
de serotonina.

Los efectos agudos de una droga dependen de la dosis, la velocidad con la que se incrementa en el plasma, la
presencia concomitante de otros fármacos en el organismo y las experiencias previas con la misma. Se observan
cambios conductuales, psicomotores y cognitivos a concentraciones de 0.02 a 0.04 g/100 mL (es decir, después de
uno a dos tragos). El sueño profundo pero alterado puede observarse a concentraciones del doble de las
consideradas legalmente como embriaguez (varía según el país pero por lo general oscila entre los 0.04 y
0.06g/100mL) y puede presentarse la muerte de la persona bajo concentraciones de 0.30 y 0.40 g/100 mL. Las
bebidas alcohólicas probablemente sean la causa de más muertes por sobredosis que cualquier otra droga.
Jenn

El consumo repetido de alcohol contribuye a una tolerancia adquirida, fenómeno complejo en el que participan por
lo menos tres mecanismos compensadores.

1. Después de una a dos semanas de bebida diaria, se observa una tolerancia metabólica o farmacocinética,
con un incremento de hasta 30% en la tasa de metabolismo hepático del etanol. Esta alteración desaparece
casi con la misma rapidez con la que se presenta.
2. Aparece tolerancia celular o farmacodinámica a través de cambios neuroquímicos que mantienen un
funcionamiento fisiológico relativamente normal pese a la presencia de alcohol. Las disminuciones
subsiguientes de las concentraciones sanguíneas contribuyen a síntomas de abstinencia.
3. Los individuos aprenden a adaptar su conducta de manera que pueden funcionar mejor que lo esperado
bajo la influencia del alcohol (tolerancia aprendida o conductual).

Los cambios celulares causados por la exposición crónica al etanol pueden no resolverse durante varias semanas o
más después de suspender la ingestión. Las disminuciones rápidas de las concentraciones sanguíneas de alcohol
antes de ese lapso pueden dar por resultado un síndrome de abstinencia, el cual es más intenso durante los
primeros cinco días, pero algunos síntomas (p. ej., alteraciones del sueño y ansiedad) pueden tardar hasta cuatro a
seis meses en resolverse.

Efectos del etanol sobre distintos órganos y sistemas:

 Sistema nervioso: Alrededor de 35% de los bebedores (y una proporción mucho más alta de los alcohólicos)
presenta un desmayo, es decir, un episodio de amnesia anterógrada transitoria, en el cual la persona olvida
todo o parte de lo que ocurrió durante una noche de embriaguez. Otro problema frecuente que se presenta
después que se han consumido una o dos bebidas poco antes de la hora de acostarse, es la alteración del
sueño. También se alteran las etapas del sueño y se reduce el tiempo transcurrido en el sueño REM y
profundo. El alcohol relaja los músculos de la faringe, lo cual puede ocasionar ronquidos y exacerbar la
apnea del sueño; los síntomas de esto último ocurren en 75% de los varones alcohólicos mayores de 60 años
de edad.
Otra consecuencia frecuente del consumo de alcohol es la alteración del juicio y la coordinación, lo que
aumenta el riesgo de lesiones. El consumo intenso de alcohol también se acompaña de cefalea, sed, náusea,
vómito y fatiga al día siguiente, un síndrome de resaca que es la causa de gran parte del ausentismo y de las
disfunciones cognitivas transitorias en el trabajo y en la escuela.
El consumo crónico de dosis altas causa neuropatía periférica en casi 10% de los alcohólicos; como en la
diabetes, los pacientes experimentan entumecimiento bilateral de las extremidades, hormigueo y
parestesias, todo lo cual es más intenso en las regiones distales. Cerca de 1% de los alcohólicos desarrolla
degeneración o atrofia cerebelar, lo que ocasiona un síndrome de bipedestación y marcha inestables
progresivas, a menudo acompañadas de nistagmo ligero. Por fortuna, muy pocos alcohólicos desarrollan los
síndromes de Wernicke (oftalmoparesia, ataxia y encefalopatía) y de Korsakoff (amnesia retrógrada y
anterógrada), aunque una proporción más alta tiene uno o más hallazgos neuropatológicos relacionados con
estos trastornos. Estos suelen deberse a las bajas concentraciones de tiamina.
 Trastornos psiquiátricos: Hasta dos tercios de las personas con trastornos por consumo de alcohol cumplen
los criterios para otro síndrome psiquiátrico según el DSM-5 de la American Psychiatric Association. Los
trastornos concomitantes de alcoholismo y psiquiátricos independientes podrían representar una
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sobreposición de las vulnerabilidades genéticas, alteraciones del juicio en el consumo de alcohol por el
trastorno psiquiátrico independiente o un intento de consumir etanol para aliviar los síntomas del trastorno
o efectos secundarios de los fármacos.
Muchos síndromes psiquiátricos pueden presentarse temporalmente durante el consumo intenso de
bebidas y la privación subsiguiente. Estos trastornos desencadenados por el alcohol comprenden una
tristeza intensa que persiste días o semanas en medio de la bebida intensa y que se observa en 40% de los
alcohólicos, la que tiende a desaparecer después de varias semanas de abstinencia (trastorno afectivo
provocado por el alcohol); ansiedad grave temporal en 10 a 30% de los alcohólicos, que a menudo comienza
durante la privación de alcohol y que puede persistir durante un mes o más después de dejar de beber
(trastorno de ansiedad provocado por alcohol), y alucinaciones auditivas o delirios paranoides en una
persona que está alerta y orientada, lo que se observa en 3 a 5% de los alcohólicos (trastorno psicótico
provocado por el alcohol).
 Esófago y estómago: La ingestión de alcohol puede dar por resultado inflamación del esófago y del estómago
y causar dolor epigástrico y hemorragia del tubo digestivo, por lo que el alcohol es una de las causas más
frecuentes de gastritis hemorrágica. Los vómitos violentos pueden producir hemorragia grave a
consecuencia de una lesión de Mallory-Weiss (desgarro longitudinal en la mucosa de la unión
gastroesofágica).

 Páncreas e hígado: La frecuencia de pancreatitis aguda es casi tres veces mayor en alcohólicos que en la
población general. La exposición crónica al etanol, sobre todo el consumo intenso diario, tienen lugar
cambios más graves en el hígado, como hepatitis, esclerosis perivenular y cirrosis; esta última se observa en
casi 15% de los alcohólicos. Tal vez a causa de un aumento de la vulnerabilidad a las infecciones, los
alcohólicos tienen una considerable frecuencia de hepatitis C y el consumo de bebidas por los pacientes con
esta enfermedad conlleva una disfunción hepática aún más grave.
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 Sistema hematopoyético: El etanol produce un incremento del tamaño de los eritrocitos (VCM) lo que refleja
sus efectos sobre las células precursoras, lo que se evidencia como anemia macrocítica no megaloblástica. Si
el consumo intenso de alcohol se acompaña de deficiencia de ácido fólico puede haber neutrófilos
hipersegmentados, reticulopenia y una médula ósea hiperplásica; cuando hay desnutrición, se observan
cambios sideroblásticos. El consumo crónico de bebidas alcohólicas puede reducir la producción de
leucocitos, disminuir la movilidad y la adherencia de los granulocitos y alterar las respuestas de
hipersensibilidad tardía a nuevos antígenos. Por último, muchos alcohólicos tienen trombocitopenia leve, la
cual se suele resolver al cabo de una semana de abstinencia, a menos que haya cirrosis hepática y/o
esplenomegalia congestiva (derivación portosistémica consecuencia de la hipertensión portal).
 Sistema cardiovascular: En las etapas agudas el etanol disminuye la contractilidad miocárdica y produce
vasodilatación periférica, lo que resulta en una leve disminución de la tensión arterial y un incremento
compensador del gasto cardiaco.
El consumo de tres o más bebidas al día da por resultado un incremento de la tensión arterial dependiente
de la dosis, la cual se normaliza al cabo de semanas de abstinencia. Por consiguiente, el consumo intenso de
bebidas alcohólicas es un factor importante en la hipertensión leve a moderada. Las personas con un
considerable consumo crónico de bebidas alcohólicas también tienen un incremento en el riesgo de
arteriopatía coronaria, lo cual, en parte, está relacionado con un aumento del colesterol de las lipoproteínas
de baja densidad y conlleva un incremento del riesgo de miocardiopatía por los efectos directos del alcohol
sobre el músculo cardiaco.
 Sistema genitourinario: El consumo de bebidas alcohólicas durante la adolescencia puede afectar al
desarrollo sexual normal y el inicio de la capacidad de reproducción. A cualquier edad las dosis moderadas
de etanol (p. ej., concentraciones sanguíneas de alcohol de 0.06 g/100 mL) pueden incrementar la libido
pero también disminuir la capacidad eréctil de los varones. Aun cuando no existan alteraciones hepáticas,
una minoría importante de los varones alcohólicos crónicos muestra atrofia testicular irreversible con
retracción de los túbulos seminíferos, decrementos del volumen del semen y una disminución de la cifra de
espermatozoides.
La ingestión repetida de dosis altas de etanol por las mujeres puede dar por resultado amenorrea,
disminución del tamaño de los ovarios, la abolición de cuerpos lúteos con esterilidad concomitante y un
incremento del riesgo de aborto espontáneo. El consumo intenso de bebidas durante el embarazo conlleva
el transporte rápido de etanol y acetaldehído a través de la placenta, lo que puede tener consecuencias
graves en el desarrollo fetal.
Un resultado grave es el síndrome de alcoholismo fetal (FAS), que se presenta en alrededor de 5% de los
niños que nacen de madres muy bebedoras y que comprende cambios faciales con pliegues en los epicantos
oculares; formación deficiente del pabellón auricular; microdoncia con esmalte defectuoso; comunicaciones
interauriculares o interventriculares; un pliegue palmar anómalo y limitación del movimiento articular, y
microcefalia con retraso mental.
 Sistema musculo-esquelético: Entre la mitad y dos tercios de los alcohólicos tienen debilidad
musculoesquelética causada por miopatía alcohólica aguda, un trastorno que mejora pero que podría no
remitir del todo con la abstinencia. Los efectos del consumo intenso y repetido de alcohol sobre el sistema
esquelético comprenden cambios en el metabolismo del calcio, una menor densidad ósea y una disminución
del crecimiento de las epífisis, lo que lleva a un incremento del riesgo de fracturas y osteonecrosis de la
cabeza del fémur.

Los problemas repetidos en múltiples áreas de la vida indican un trastorno por consumo de alcohol, tal como lo
define el DSM-5. Un trastorno por consumo de alcohol se define como las dificultades repetidas relacionadas con el
etanol en al menos dos de las 11 áreas de la vida que se acumulan en el mismo periodo de 12 meses. La gravedad de
un trastorno por consumo de alcohol se basa en el número de elementos afectados:

 Leve si existen dos o tres elementos.


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 Moderada con cuatro o cinco.
 Grave si se cumplen seis o más de los criterios.

Aproximadamente 60% del riesgo de trastornos por consumo de alcohol se atribuye a los genes, según lo indica el
riesgo cuatro veces mayor para abuso y dependencia al alcohol en niños de alcohólicos (aun cuando estos niños
fuesen adoptados en las primeras etapas de la vida y criados por no alcohólicos). Estos genes no son determinantes
sino que más bien son características que luego se relacionan con el ambiente al modificar el riesgo de consumo de
alcohol.

Una característica adicional sujeta a influencia genética, una baja sensibilidad al alcohol, afecta al riesgo de bebida
intensa y puede operar, en parte, mediante variaciones en los genes relacionados con los conductos del potasio y los
sistemas del GABA, nicotínico y de la serotonina. Se observa una escasa respuesta por bebida en las primeras etapas
del hábito de beber y antes que se presenten los trastornos por consumo de alcohol. Todos los estudios de
seguimiento han demostrado que esta necesidad de dosis más altas de alcohol para lograr los efectos deseados
anuncia un hábito de beber más intenso en el futuro, problemas con el alcohol y trastornos por su abuso.

Déficit de tiamina o vitamina B1.

La tiamina interviene en la descarboxilación de los cetoácidos. También se ha postulado que tiene una función muy
importante en la conducción de los nervios periféricos.

Las principales fuentes de tiamina son la levadura, las vísceras, el cerdo, las legumbres, la carne de res, granos
enteros y nueces. El arroz blanco y otros granos contienen poca tiamina. El té, el café, el pescado crudo y los
mariscos contienen tiaminasas que destruyen la vitamina.

Su déficit se debe en gran medida a una alimentación insuficiente. En países occidentales la principal causa del
déficit es el alcoholismo, seguido de las enfermedades crónicas como el cáncer. El alcohol interfiere directamente
con la absorción de tiamina y con la síntesis de pirofosfato de tiamina, al tiempo que incrementa su excreción
urinaria. La tiamina debería ser sustituida en el alcoholismo.

En las etapas iniciales de la deficiencia de tiamina se presenta anorexia y síntomas inespecíficos como irritabilidad y
disminución de la memoria a corto plazo. Los casos crónicos provocan beriberi, que se clasifica por lo general en
húmedo y seco: el beriberi húmedo afecta el sistema cardiovascular (cardiomegalia, taquicardia, insuficiencia
cardiaca congestiva de alto gasto, edema periférico y neuritis periférica) por la alteración del metabolismo
energético del miocardio y la disautonomía, mientras que el beriberi seco afecta el sistema nervioso (neuropatía
periférica simétrica e hiporreflexia). En cualquier variante de beriberi, los pacientes se quejan de dolor y parestesia.

Los alcohólicos con déficit crónico de tiamina también tienen manifestaciones del SNC conocidas como encefalopatía
de Wernicke, que consiste en nistagmo horizontal, oftalmoplejía, ataxia cerebelar y alteración mental. Cuando hay
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una perdida adicional de la memoria y psicosis de confabulación, el cuadro se conoce como síndrome de Wernicke-
Korsakoff. El síndrome de Korsakoff incluye la incapacidad de recordar las impresiones nuevas, la pérdida de los
recuerdos adquiridos durante los últimos años, la producción de fabulaciones que tratan de compensar la falla
mnésica, la desorientación temporoespacial, los falsos reconocimientos de personas, las perseveraciones, la apatía
más o menos eufórica y la carencia de iniciativa. Van der Horst, en 1932, señaló que este cuadro se debía a un
trastorno de la temporalización, es decir, de la incapacidad de hacer una apreciación consciente de la continuidad
del tiempo vivido.

Talland describe los 6 síntomas principales de la enfermedad:

1) Amnesia anterógrada: los pacientes son incapaces de formar memorias nuevas.


2) Amnesia retrógrada: abarca la mayor parte de su vida adulta.
3) Fabulación: inventan historias acerca de acontecimientos ocurridos en el pasado, antes que admitir la
pérdida de la memoria. Con frecuencia estas historias se basan en experiencias anteriores. Son como
recuerdos sacados del marco temporal en que se produjeron.
4) Escaso contenido de la conversación: esto es debido a la amnesia.
5) Ausencia de perspicacia: desconocen completamente su defecto de memoria.
6) Apatía.

El diagnóstico de déficit de tiamina en base a pruebas de laboratorio se establece con una prueba enzimática
funcional de la actividad de la transcetolasa, pero en la clínica en los pacientes alcohólicos con neuropatía debemos
sospecharla y tratarla (siempre teniendo en cuenta si existe el antecedente de diabetes o hipertensión arterial con
daño de órgano blanco).

En el déficit agudo con signos cardiovasculares o neurológicos, deben administrarse 200mg de tiamina cada 8hs por
vía intravenosa hasta que se deje de observar mejoría de los síntomas agudos, una vez sucedido esto se administra
tiamina vía oral 10mg por día hasta que se logre la recuperación completa. Se deben corregir otras deficiencias de
nutrientes complementariamente.

Consenso de la Asociación de Psiquiatras Argentinos y la Asociación Toxicológica Argentina

El trastorno por consumo de alcohol o TPA es un grave problema sanitario. La mayoría de los estudios estima que el
riesgo de padecerlo, a lo largo de la vida, es del 10% para los varones y del 3-5% para las mujeres, y el de alcanzar un
consumo perjudicial es prácticamente el doble.

El trastorno por consumo de alcohol es una patología compleja, que tiene diversas formas de presentación clínica y
siempre se presenta en comorbilidad con una o más patologías, tanto psiquiátricas como médicas, que deben ser
tratadas simultáneamente, salvo que el criterio médico indique lo contrario. El alcoholismo es un trastorno
metabólico que ocurre en personas con predisposición genética, por lo tanto no debe ser considerado como un
indicador de falta de voluntad, moral o relacionado con problemas psicológicos del individuo.

El TPA es un desorden con características propias como:

 Anhelo de alcohol o craving, es decir, un deseo compulsivo de beber.


 Pérdida de control a partir del primer trago o dosis de alcohol o priming, es decir, una incapacidad para dejar
de beber una vez que se comenzó.
 Dependencia y síntomas de abstinencia alcohólica, tales como náuseas, sudoración o temblores después de
dejar de beber.
 Tolerancia: la necesidad de beber cantidades de alcohol cada vez mayores para poder sentir el efecto.

El etanol es hidrosoluble y capaz de atravesar las membranas a través de poros hidrofílicos. La concentración
plasmática es igual a la concentración tisular y el volumen de distribución es similar a la cantidad de agua total del
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organismo, aproximadamente 42 litros. La absorción en el tubo digestivo es rápida y completa, ocurriendo
principalmente en el intestino delgado. Menos del 10% se excreta por las vías renales y pulmonares, mientras que
cerca del 90% se metaboliza en el hígado, sufriendo procesos de biotransformación. También existe una
biotransformación extrahepática de escasa cantidad en el estómago, corazón, pulmón y cerebro, siendo el principal
producto el acetaldehído.

Farmacodinamicamente hablando, el etanol actúa sobre distintos receptores:

 GABA A: el alcohol se asemejaría a las benzodiacepinas, favoreciendo la unión del GABA a sus receptor,
abriendo canales de cloruro que hiperpolarizan las neuronas, que tendrían sus funciones inhibidas.

 Canales de calcio voltajedependientes: se supone un bloqueo de tal forma que no entraría calcio a los
axones y no podrían liberarse los neurotransmisores.
 Receptor NMDA para glutamato: inhibiría la plasticidad neuronal y la memoria, que son regulados por la
estimulación de este receptor por el neurotransmisor excitatorio más importante.

El uso crónico de etanol genera tolerancia, es decir deben ingerirse mayores dosis para obtener el efecto deseado.

El TPA tiene más que ver con la necesidad incontrolable de beber de la persona que con el tipo de alcohol que toma,
la frecuencia o cantidad. Esto es difícil de precisar por la tendencia a negar o minimizar el consumo por parte de
estos pacientes. Esta definición de alcoholismo nos ayuda a entender por qué para la mayoría de los alcohólicos “un
poco de fuerza de voluntad” no es suficiente para dejar de beber. El paciente alcohólico se encuentra
frecuentemente bajo el control de un deseo poderoso o necesidad de ingerir alcohol, por lo general tan intensa
como la de ingerir agua o comida. Con ayuda, apoyo y tratamiento, muchos son capaces de dejar de beber y de
rehacer sus vidas. En general, las personas se preguntan por qué algunos pueden beber alcohol sin problemas,
mientras que otros son totalmente incapaces de controlar esos hábitos. Investigaciones recientes costeadas con
fondos del Instituto Nacional sobre el Abuso de Alcohol y Alcoholismo han demostrado que para muchos la
vulnerabilidad al alcoholismo es heredada. Sin embargo, es importante reconocer que existen factores en el
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ambiente de la persona, tales como las influencias de los compañeros y la disponibilidad de alcohol, que influyen
significativamente. Ambos, los heredados y los del ambiente, son llamados “factores de riesgo”.

Según el DSM-IV, los criterios diagnósticos para la intoxicación por alcohol son:

A. El rendimiento en las actividades cotidianas que requieren coordinación motora es sustancialmente


inferior al esperado dada la edad cronológica del sujeto y su coeficiente de inteligencia. Puede
manifestarse por retrasos significativos en la adquisición de los hitos motores. Por ejemplo, caminar,
gatear, sentarse, caérsele los objetos de la mano, torpeza, mal rendimiento en deportes o caligrafía
deficiente.
B. El trastorno del criterio A interfiere significativamente el rendimiento académico o las actividades de
la vida cotidiana.
C. El trastorno no se debe a una enfermedad médica (por ejemplo, parálisis cerebral, hemiplejia o
distrofia muscular) y no cumple los criterios de trastorno generalizado del desarrollo.
D. Si hay retraso mental, las deficiencias motoras exceden de las asociadas habitualmente a él.

Los criterios para el diagnóstico del síndrome de abstinencia de alcohol según el DSM-IV son:

A. Interrupción (o disminución) del consumo de alcohol después de su consumo prolongado y en grandes


cantidades.
B. Dos o más de los siguientes síntomas desarrollados horas o días después de cumplirse el criterio A:
hiperactividad autonómica (por ejemplo, sudoración o más de 100 pulsaciones por minuto), temblor distal
de las manos, insomnio, náuseas o vómitos, alucinaciones visuales (microzoopsias), táctiles o auditivas
transitorias, o ilusiones, agitación psicomotora, ansiedad, crisis comiciales de gran mal (crisis epilépticas).
C. Los síntomas del criterio B provocan un malestar clínicamente significativo o un deterioro de la actividad
social laboral, o de otras áreas importantes de la actividad del sujeto.
D. Los síntomas no se deben a enfermedad médica ni se explican mejor por la presencia de otro trastorno
mental.

Mientras que muchos individuos admitirán el consumo de alcohol, muy pocos reconocerán tener un problema. El
alcoholismo es una enfermedad que algunos pacientes negarán hasta que termine con consecuencias letales. Desde
el punto de vista psicológico, encontramos que la negación es una manifestación maníaca; y desde el punto de vista
social se contribuye a la negación a través del encubrimiento y facilitación del consumo que realizan las personas del
entorno y, muchas veces, desde la sociedad, que promueve por intermedio de la publicidad esta negación de los
efectos adversos del alcohol.

Debido a la alta prevalencia del TPA, el médico debe sospechar la presencia de alcoholismo ante síntomas indicativos,
aunque el paciente no refiera en la anamnesis tener problemas con el alcohol u otras sustancias. Para esto, debe
familiarizarse con las señales de alarma tempranas y resistirse a la tentación de realizar un diagnóstico basado en
síntomas superficiales que, seguramente, enmascaran el alcoholismo subyacente que, en general, es por lo que el
paciente consulta. Durante la entrevista personal se pueden detectar varios factores que frecuentemente son
indicadores de alcoholismo:

 Hiperactividad, temblor, agitación, comentarios inapropiados inmersos en un discurso generalmente


coherente.
 Cambios de humor durante la entrevista.
 Déficit mnésicos, de la atención y el juicio.
 Dificultades en el pensamiento abstracto.

Además de estos indicios, los pacientes alcohólicos presentan frecuentemente antecedentes de hipoglucemia,
trastornos gastrointestinales, anemia, depresión frecuentemente asociada con intentos de suicidio, edema
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recurrente o refractario, hipertensión, ansiedad y ataques de pánico, dolores y calambres musculares, poliuria y
diarrea, fatigabilidad, insomnio y mareos.

Al examen físico podemos observar los siguientes síntomas precoces, que son indicativos de consumo prolongado de
alcohol:

 Congestión conjuntival
 Arco senil prematuro
 Edema periorbital
 Ambliopía tóxica
 Telangiectasia facial
 Agrandamiento parotídeo bilateral
 Enrojecimiento facial
 Lengua seca temblorosa, de bordes irregulares
 Obliteración papilar
 Hiperemia faríngea
 Obesidad (el 70% de los alcohólicos presenta sobrepeso). La desnutrición sólo ocurre en etapas avanzadas
de la enfermedad
 Sensibilidad epigástrica a la palpación
 Enfisema
 EPOC
 Fractura de costillas
 Tensión arterial lábil
 Temblores
 Equimosis
 Hiperreflexia

El alcoholismo es un desorden primario, debiendo ser evaluado y tratado como tal, no como corolario de un
trastorno psiquiátrico o psicológico diferente. Se debe proteger al paciente de las autoagresiones, asumiendo que
los problemas conductuales son secundarios hasta que se complete la desintoxicación. Considerar esos síntomas
mentales o conductuales como primarios (por ejemplo, la depresión, las conductas agresivas y/o psicopáticas)
cuando en realidad suelen ser síntomas inducidos por la intoxicación aguda o la toxicidad, inevitablemente
impedirán un tratamiento efectivo y la adecuada rehabilitación del problema. Si se sospecha patología psiquiátrica,
su diagnóstico debería posponerse hasta que el paciente esté desintoxicado y físicamente compensado.

El médico debe tener presente que durante la intoxicación aguda y la desintoxicación, los pacientes pueden
manifestar sintomatología psicótica, ansiosa, afectiva o relacionada con desórdenes de la personalidad. Se debe
tener particular cuidado en el manejo de los pacientes con desórdenes depresivos, ya que el alcohol está
íntimamente relacionado con los intentos de suicidio. No obstante, cualquier psicopatología manifestada durante la
intoxicación debería ser tomada como secundaria a la toxicidad y a la desnutrición hasta que se pruebe lo contrario.
El tratamiento primario consiste en la efectiva desintoxicación y medidas de soporte. Cualquier otra medicación
psicotrópica, que por norma general son producto de automedicación o indicaciones médicas no especializadas,
deberá ser discontinuada lo más pronto posible.

El abordaje general se resume en los siguientes puntos:

 El objetivo del tratamiento es la cesación inmediata del consumo.


 Deben discontinuarse todos los fármacos utilizados por el paciente, a menos que sean absolutamente
necesarios, como por ejemplo en la desintoxicación opiácea, barbitúricos o benzodiazepinas, por el riesgo
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del síndrome de abstinencia, potencialmente fatal, así como también fármacos avalados por el médico
internista del paciente.
 Interrogar al paciente sobre tabaco, xantinas (café, té, mate, bebidas energizantes) y sustancias psicoactivas
ilegales, pues deben ser tenidas en cuenta para una adecuada desintoxicación.
 La recuperación de una dependencia química requiere cambios significativos del estilo de vida del paciente.
Dentro de este nuevo estilo de vida, se hará particular énfasis en el cambio de los hábitos higiénico-
dietéticos-tóxicos.
 La naturaleza, importancia y dificultades potenciales de estos cambios deben ser tratadas desde el comienzo.
 Recomendamos indicar que la familia forme parte del proceso de recuperación, y la naturaleza del trastorno
del paciente debe ser transmitida a ellos de manera cuidadosa y con sensibilidad.
 Los resultados de los cuestionarios diagnósticos, análisis bioquímicos y estudios por imágenes deben ser
transmitidos al paciente y a su familia.
 El plan de tratamiento debe ser compartido con el paciente y la familia, preferentemente por escrito, para
generar un compromiso mayor con el médico y, por consiguiente, una mejor adherencia a la medicación.
 Se debe programar un seguimiento a largo plazo con análisis de orina, de sangre (especialmente
transaminasas hepáticas, incluida la GGT), alcoholimetría y otros dosajes para monitorear el progreso real
del paciente.

Los pacientes dependientes se sienten típicamente confundidos y atemorizados con la perspectiva de no beber, lo
que se suma al malestar de la abstinencia. Ésta es una de las principales razones por la que evitan los tratamientos.

A partir de la experiencia que surge de la práctica clínica, respaldada por los conocimientos que aportan las
investigaciones científicas, recomendamos abordar simultáneamente la cesación alcohólica con la tabáquica y con la
de cualquier otra adicción química detectada en el paciente alcohólico, ya sea de sustancias legales (cafeína,
benzodiazepinas, etc.) o ilegales (cocaína, marihuana, etc.).

Para hacer efectivo este tipo de abordajes, dirigido a tratar adicciones múltiples, se deben programar tratamientos
personalizados, para lo cual seleccionamos los fármacos no sólo en función de las “sustancias” que consume, sino
tomando en cuenta la psicopatología concomitante, procurando no inducir interacciones medicamentosas que
compliquen la ya de por sí frágil adherencia de estos pacientes al tratamiento. Los fármacos más recomendables
para abordar simultáneamente tabaco y alcohol son: naltrexona, clonidina, pregabalina, modafinilo, bupropión,
tianeptina, venlafaxina, vareniclina, clonazepam, gabapentin, ziprasidona, aripiprazol y quetiapina.

La intoxicación aguda puede ir desde una ligera embriaguez hasta el coma. Siempre en relación con la alcoholemia,
que es la cantidad de alcohol etílico encontrado en la sangre humana y se mide en gramos por litro.

Los síntomas que nos indican que nos encontramos frente a una intoxicación aguda por alcohol son depresión del
sensorio, hipotonía generalizada, hipoglucemia, vómitos y halitosis enólica. El único parámetro de laboratorio
confirmatorio de validez legal es la alcoholemia/alcoholuria. Se debe establecer el diagnóstico diferencial respecto:
coma hipoglucémico, acidosis metabólica, depresión del sensorio por otras drogas o presencia de patología
estructural (traumatismo de cráneo, etc.).

Ante un paciente inconsciente se debe aplicar un protocolo de emergencia según las necesidades. En caso de
encontrarnos con un paciente consciente se recomienda evaluar si existen criterios de internación: intoxicación
severa, complicaciones clínicas, riesgo de suicidio (antecedentes previos, verbalización de intención suicida, etc.) o
sobredosis de otras drogas.

Un libro sobre drogas – Alcohol

Si bien pueden haber existido muchos intentos de consumo de alcohol por parte de los humanos a lo largo de la
historia (como comer frutas fermentadas, al igual que otros animales), los registros arqueológicos nos dicen que la
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primera vez que elaboramos bebidas alcohólicas fue hace unos diez mil años. Un poco más adelante en el tiempo
tenemos los famosos banquetes griegos, en los que nunca faltaba el vino.

Aunque estemos familiarizados con él, no lo veamos como droga dañina y a veces hasta lo consideremos un
medicamento, el alcohol genera una serie de efectos en el organismo y en la sociedad no tan simpáticos. Incluso, la
mejor evidencia científica disponible nos dice que ningún consumo de alcohol es saludable y que es necesario que
los profesionales de la salud dejen de apoyar esta idea errónea.

Con la excepción de algunas regiones en las que por motivos religiosos no se consume alcohol (como en los países
islámicos), en la actualidad esta bebida se ha expandido por casi todo el mundo. Sin embargo, no siempre ha sido así,
ya que las concepciones sobre quién y cómo se debe consumir han sido muy diferentes a través de distintas épocas y
sociedades, incluso dentro de distintos grupos de una misma sociedad, aceptando, por ejemplo, el consumo en los
varones pero no en las mujeres, o en los adultos pero no en los jóvenes. Las posiciones varían desde la aceptación
total del consumo y de la borrachera (como en los carnavales del norte argentino), pasando por la aceptación del
consumo moderado pero no de la intoxicación, hasta la prohibición o censura moral a todo tipo de consumo. Estas
posturas resultan muy relevantes desde la perspectiva psicológica y sociológica, ya que repercuten y se manifiestan
en distintas esferas, no sólo la religiosa y social, sino también a nivel político y sanitario.

Argentina presenta un mix cultural muy interesante de analizar, ya que sobre las concepciones del consumo de
alcohol confluyen la herencia de las tradiciones de los países mediterráneos (España e Italia, principalmente) y de las
comunidades originarias, lo que da como resultado una cultura en la que el uso del alcohol es altamente aceptado e
integrado en la vida cotidiana, y forma parte de la mayoría de las actividades sociales, incluso de las religiosas. Esto
se visualiza en el hecho de que la mayoría de la población adulta consume alcohol regularmente, dando un promedio
de unos increíbles 9 litros de alcohol al año, casi 3 litros más que el promedio mundial. Puede parecer poco, pero
todo se aclara cuando entendemos que este número no representa 9 litros de cerveza, de Fernet con coca o de
whisky, sino 9 litros de alcohol puro.

A nivel mundial, el alcohol es la octava causa de muerte (más de 3 millones de personas por año); y es quizá la droga
que produce más muertes por sobredosis, ocupando el tercer lugar cuando hablamos de factores de riesgo para
generar enfermedades y discapacidades. Pero la cuestión es aún peor, porque en algunos países de América Latina
(entre los que está Argentina), el alcohol es el principal factor de riesgo para generar enfermedades. O sea, los daños
producidos por el consumo excesivo de alcohol son mayores que los del tabaquismo, la obesidad, la desnutrición y el
VIH/SIDA. A pesar de todo esto, la producción, distribución y venta del alcohol es legal. No sólo eso, sino que su
consumo ha aumentado con el paso de los años en poblaciones que antes no consumían o consumían poca cantidad
(mujeres y jóvenes), ya que la producción se ha industrializado, se han mejorado las cadenas de distribución y la
industria alcoholera fomenta el consumo a través de la publicidad y mediante la presión a los gobiernos para que los
precios se mantengan bajos y no haya regulaciones.

Una vez en el torrente sanguíneo, el alcohol se distribuye por todo el cuerpo debido a su gran capacidad para
difundirse por los tejidos, incluyendo el cerebro, donde interactúa con un montón de redes neuronales y ejerce los
tan conocidos efectos de la borrachera. Por ejemplo, suprime la acción de la glutamina y aumenta la transmisión del
GABA –un neurotransmisor que participa en los circuitos gabaérgicos, responsables de reducir la actividad de las
neuronas–, dando como resultado menos excitación y más inhibición de la actividad de algunas neuronas, lo que se
traduce en un flujo de información más lento a través de ellas. Es por esto que decimos que el alcohol es un
depresor del sistema nervioso, a pesar de que sea un conocido animador de fiestas y haya dejado a más de uno
bailando encima de la mesa. La inhibición de la acción de algunas neuronas no significa que también ocurra una
inhibición social. Al contrario, disminuye la actividad en zonas encargadas de la toma de decisiones y el autocontrol,
que serían responsables de frenar los comportamientos impulsivos, protagonistas de, por ejemplo, los libros sobre
enfermedades de transmisión sexual. Por otro lado, el alcohol también pega en el sistema de recompensa,
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generando placer y reforzando la idea de que tomarlo es algo deseable para el organismo, lo que a largo plazo puede
generar adicción.
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Los efectos sobre el cerebro no son los únicos, ya que una vez dentro de la sangre, el alcohol sufre una serie de
procesos en el hígado y otras partes del cuerpo que lo transforman en sustancias más tóxicas, que se distribuyen por
todo el organismo, como el acetaldehído, que es unas veinte veces más tóxico que el alcohol y un reconocido
cancerígeno. Es por eso que se relaciona el alcohol con muchas condiciones de salud. Por un lado, causa de manera
directa más de treinta enfermedades, lo que significa que, de eliminarse su consumo, estas dejarían de existir:
psicosis alcohólica, síndrome fetal alcohólico, pancreatitis alcohólica, por nombrar algunas. Por otro lado, el
consumo de alcohol aumenta la probabilidad de desarrollar más de doscientas otras enfermedades y afecciones,
entre las que se encuentran la epilepsia, la cirrosis, la pancreatitis, la hipertensión y otros trastornos
cardiovasculares, varios tipos de cáncer, enfermedades infecciosas, suicidios, lesiones y muertes por violencia o
choques. Como es de esperar, el riesgo de que aparezcan muchas de estas enfermedades (como el cáncer de
esófago) aumenta con la cantidad de alcohol ingerido. En cambio, en casos como las lesiones por causas externas
(una fractura debido a un choque de tránsito) no solamente intervendría el volumen consumido, sino además el
patrón de consumo (no es lo mismo beber dos cervezas a lo largo de una tarde, que hacerlo en una hora y justo
antes de conducir). A mayor ingesta, mayor riesgo de verse involucrado en un choque vial.

El impacto del alcohol en la Salud Pública, tanto en cantidad de enfermedades como de muertes, refleja una
compleja relación entre diversas dimensiones del consumo. Las tres principales son: la cantidad de alcohol
consumido, la forma en que se lo consume y su calidad. Las encuestas en Argentina dicen que el consumo por
persona para mayores de 15 años es de 9 litros anuales. La segunda dimensión es la forma en que se consume, lo
que se llama “patrón de consumo”. Finalmente, el tercer factor que se ha relacionado al daño ocasionado por el
alcohol es su calidad. Sin embargo, a pesar de que una mala calidad se puede traducir en daños a nivel individual
(como más resaca), no parece impactar de manera importante a nivel de la Salud Pública.
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La realidad es que no existe un nivel de consumo de alcohol que se considere “saludable” o libre de riesgos,
particularmente en menores de edad, mujeres embarazadas o tratando de concebir, personas mayores de 65 años,
personas que toman medicación, que tienen alguna condición de salud que pueda empeorar significativamente por
el consumo de alcohol, o que planean conducir un vehículo u operar otras maquinarias.

Debido a la enorme diferencia en la concentración de alcohol entre las bebidas disponibles en el mercado y la
necesidad de saber cuánto toma la gente, se desarrolló un método para calcular el consumo de alcohol en la
población. Mediante la “Unidad de Bebida Estándar” podemos cuantificar de manera aproximada la cantidad de
alcohol puro que se consume a partir de la cantidad de alcohol que tienen las bebidas que se ingieren. Cada unidad
contiene aproximadamente 14 gramos de alcohol puro.

En cuanto a la cantidad y frecuencia tenemos la abstención (ningún consumo de alcohol durante un período
determinado de tiempo), el consumo de bajo riesgo (menos de dos unidades por día en las mujeres y menos de tres
en los varones) y el consumo de riesgo (cuando superamos las dos o tres unidades por día). Dentro de esta última
categoría, también está el consumo excesivo episódico. La diferencia entre ambos sexos no se debe a una especie de
cordialidad científica, sino a las diferencias biológicas entre el funcionamiento del organismo de ambos. A diferencia
de los hombres, las mujeres tenemos una menor proporción de agua en nuestro cuerpo y, además, una menor
capacidad para degradar la molécula de alcohol. De esta manera, una misma cantidad de alcohol produce una mayor
concentración en sangre en las mujeres que en los varones. En cuanto a las consecuencias, si la persona continúa
bebiendo a pesar de que existan una o más consecuencias negativas, hablamos de “consumo problemático”,
mientras que si la cosa se pone más intensa, ya hablamos de “uso perjudicial” y “dependencia”.

Más allá de las categorías mencionadas, queremos enfocarnos en un tipo de consumo particularmente riesgoso y
generalmente subestimado por la sociedad: el consumo excesivo episódico, conocido también como de tipo “binge”
o “el finde me la re pegué”, que consiste en la ingesta de cuatro o más unidades para las mujeres y cinco o más para
los varones por ocasión. Este patrón de ingesta de alcohol es particularmente riesgoso porque al beber mucho y muy
rápido la concentración de alcohol en sangre puede alcanzar valores que pongan en peligro la vida. El consumo de
una cantidad elevada de alcohol en un período tan corto de tiempo se asocia a la aparición de una gran variedad de
consecuencias negativas, entre las que se incluyen relaciones sexuales riesgosas y no planificadas, violencia física y
verbal, choques y otros problemas de tránsito, incremento de la impulsividad, e inclusive el desarrollo de
dependencia al alcohol. Estos problemas varían en su severidad desde consecuencias “menores” (dolor de cabeza,
resaca, acidez), hasta consecuencias más severas o incluso mortales.

Los adolescentes y jóvenes, a diferencia de los adultos, consumen alcohol con menor frecuencia, pero cuando lo
hacen se lo “toman” en serio. Por ejemplo, durante una semana usual, un adulto puede tomar todos los días una
copa de vino durante la cena, mientras que los adolescentes toman siete copas de vino todas juntas en la salida del
sábado. En este ejemplo, al final de la semana, los adultos y adolescentes tomaron unas siete unidades de alcohol.
Sin embargo, el patrón de ingesta es diferente, siendo el de los adolescentes una conducta mucho más riesgosa por
encontrarse en desarrollo. Pero las consecuencias negativas del uso de alcohol van más allá de los efectos adversos a
corto plazo. El uso temprano de alcohol puede alterar funciones cerebrales u otros aspectos del desarrollo, lo cual
afectará la vida académica, laboral, de pareja y tendrá un impacto general en la salud. En este sentido, varios
estudios encontraron que el uso de alcohol en la adolescencia está asociado con neurodegeneración, cambios en la
actividad funcional del cerebro y deterioro neurocognitivo. Se ha observado que el daño cerebral inducido por el
consumo excesivo y episódico de alcohol durante la adolescencia puede ser relativamente persistente. Así, por
ejemplo, los estudios que siguieron durante un tiempo largo a bebedores adolescentes encontraron un deterioro en
la memoria, en la toma de decisiones racionales, en los reflejos, el aprendizaje y la atención, entre muchos otros.

Los datos indican que entre el 60 y el 80% de los niños menores de 12 años probó alcohol alguna vez en su
vida. Estos resultados dejan bastante claro que es posible rastrear el inicio del consumo de alcohol en etapas
anteriores a la adolescencia y, además, que un porcentaje elevado de niños tienen experiencias directas con el
Jenn
alcohol. La evidencia muestra que, en la mayoría de los casos, las primeras experiencias de uso de alcohol de los
niños ocurren en contextos familiares, en los que los padres u otro familiar adulto son los que proveen, facilitan o
autorizan el consumo. El hecho de que los padres o familiares adultos no sólo estén al tanto de este
comportamiento sino que lo autoricen (aunque sea una cantidad pequeña de alcohol) le otorga cierto grado de
legitimidad a la conducta de consumo, convirtiéndola de inapropiada en permitida.

Una creencia en algunos países −donde el uso de alcohol es altamente aceptado− es que, si se introduce
paulatinamente al niño al hábito de beber, se disminuye la probabilidad de consumo riesgoso en etapas posteriores.
Dicho de otra manera, esta suposición postula que el uso de alcohol supervisado por los padres, donde los padres
“enseñan e introducen de manera gradual” el consumo, tendría un efecto beneficioso, limitando la presencia de
prácticas riesgosas de consumo en el futuro. Lamentablemente para los padres y sus “buenas intenciones”, la
evidencia sugiere que esto no es así, ya que cuanto más temprano una persona empieza a consumir alcohol, mayor
es la probabilidad de que presente problemas con esta sustancia, lo que puede objetivarse en el hecho de que los
adolescentes que beben en sus casas, a diferencia de aquellos que no lo hacen, empiezan a tomar alcohol a edades
más tempranas y consumen más. Mientras más temprano se inicia el consumo de alcohol, mayor es la probabilidad
de desarrollar dependencia en los años posteriores.

Las experiencias directas de consumo son factores muy importantes en el condicionamiento de la conducta. A través
de la observación, los chicos reconocen el lugar que ocupa el alcohol en las relaciones sociales y sus efectos
asociados. A partir de este contacto, descubren quiénes y por qué toman alcohol, y desarrollan su propio marco de
creencias sobre los efectos de su consumo. Es importante tener esto en cuenta al momento de pensar estrategias
para reducir el consumo. En los adolescentes lo que más importa son sus pares, ya que cuanto más alcohol toman
los amigos y amigas, o cuanto más alcohol se percibe que toman, mayor es la ingesta del individuo que quiere
pertenecer al grupo. Esto genera un círculo vicioso entre ellos debido a que los amigos influyen y las amistades se
tienden a elegir en función de ciertos atributos compartidos.

Debería quedar claro a esta altura que disminuir el consumo de alcohol y los daños relacionados es una meta
deseable. Esto representa un desafío enorme, ya que requiere del desarrollo e implementación de políticas públicas
que permitan reducir el uso perjudicial del alcohol y las enfermedades asociadas mediante la modificación de
diversos factores que participan en este problema. Las discusiones y las decisiones acerca de qué es mejor o qué
medida tendrá más consecuencias positivas, no deben realizarse desde las creencias personales, el “folklore”, el
arrastre histórico o las posturas morales, sino desde la evidencia científica.

La Ley de Tolerancia Cero es efectiva para reducir lesiones y muertes por choques. Quizá muchas de las personas que
beben cuando salen con el auto no sepan que los siniestros viales son la primera causa de muerte en los jóvenes de
Argentina y en otros países de la región. Otra medida interesante es la intervención breve que realizan los médicos
en el consultorio. Tiene como objetivo identificar el consumo de riesgo y motivar a la persona para que alcance un
consumo de bajo riesgo; ante menores de edad o mujeres gestantes, la abstinencia o, en casos de dependencia, la
derivación a tratamiento especializado. Pero si pensamos en políticas públicas orientadas a disminuir el consumo y el
daño asociado, debemos ir un poquito más allá para que el alcohol no nos tape el bosque. Hay que abrir los ojos y
entender la enorme influencia que tienen las corporaciones alcoholeras en el desarrollo de políticas públicas sobre
alcohol.

Obviamente, las corporaciones alcoholeras buscan limpiar su imagen todo el tiempo a través de diversas estrategias,
como la financiación de algunas investigaciones sobre el impacto del alcohol, especialmente en países en vías de
desarrollo, donde suele haber poco dinero para la ciencia. Puede parecer “una buena”, pero la realidad es que estas
estrategias no son las más efectivas para reducir el consumo y daños asociados. Otras iniciativas igualmente poco
efectivas que suelen proponer las empresas son los enfoques educacionales, programas de conductor designado o
capacitación a personal de bares sobre prácticas responsables en el servicio de bebidas alcohólicas.
Jenn
Las medidas que realmente funcionan suelen ser desestimadas, ya que perjudican el lucro de las empresas
alcoholeras. Por ejemplo, está claramente confirmado que los consumidores responden a los cambios en el precio
del alcohol. El impuesto a las bebidas es una de las maneras más costo-efectivas de reducir los daños relacionados al
alcohol. Otras medidas que demostraron ser exitosas son la limitación de los puntos, días y horarios de venta y las
restricciones al acceso, como elevar la edad mínima de consumo de 18 a 21 años. Finalmente, la regulación del
marketing del alcohol, como disminuir la cantidad de publicidades, también demostró ser efectiva.
Jenn

La lógica de la sospecha y la fractura social


María Epele – La lógica de la sospecha: sobre criminalización del uso de drogas, complots y barreras de acceso al
sistema de salud.

La lógica de la sospecha, es decir, aquel conjunto de prácticas simbólicas que incluye desde la duda, la desconfianza,
la sospecha, la modificación del significado de los mensajes, la dificultad de fijar la intencionalidad del interlocutor
hasta la elaboración de teorías sobre planes de aniquilación de determinados grupos sociales. Partiendo del análisis
de una dispersión de experiencias, narraciones, posiciones, actitudes y elaboraciones, en este trabajo examino a la
sospecha que estructura esta lógica como una barrera entre los usuarios/as de drogas y las instituciones de salud.

La llegada y la rápida propagación del “paco” ha irrumpido en los medios de comunicación masiva como un
“problema social y sanitario”, tanto por el acelerado deterioro del estado de salud que implica su consumo como por
su asociación con el incremento de las cifras de muerte-joven en los asentamientos, monoblocks y barrios
empobrecidos del Gran Buenos Aires. Conjuntamente con la rápida propagación del “paco”, sin embargo, ha
quedado al descubierto el vacío, la negligencia, y la ineficiencia de las instituciones de salud respecto a esta
problemática. Las consecuencias del consumo del “paco” han puesto en evidencia las profundas heridas y graves
secuelas que la criminalización del uso de drogas ha dejado en aquellos contextos marcados por el crecimiento
abrupto de la desigualdad, de la pobreza y de la exclusión social.

El proceso de criminalización genera malestares, profundiza la vulnerabilidad, compromete la supervivencia y define


barreras específicas en el proceso de atención de salud de aquellos usuarios de drogas que viven bajo condiciones de
marginación social. Operando a través de un desdoblamiento de la realidad entre lo aparente y lo oculto, la lógica de
la sospecha incluye un conjunto complejo y variado de prácticas simbólicas: la desconfianza, la duda, la sospecha, el
deslizamiento y la inversión del significado en la lectura de los mensajes, y la producción de elaboraciones y teorías
sobre los orígenes de los malestares, enfermedad y muertes. En lugar de entenderlas como pensamiento
descorporeizado y así reforzar la dicotomía simbólico-material, estas prácticas simbólicas devienen corporales, no
sólo porque incluyen posiciones, emociones, distancias, actividades de reparación o deterioro, sino que esconden en
su rutina cotidiana, la historia de daños, abusos y quiebres sociales que han trazado su producción.

La conformación de la lógica de la sospecha se convierte en un indicador claro de que la fractura y la fragmentación


de la sociedad se ha completado. En este sentido, el reconocimiento de esta lógica como barrera, implica ampliar
esta categoría hasta incluir procesos sociales complejos, que exceden las tradicionales nociones de dificultades
económicas, sociales, y geográficas. En el caso del consumo de drogas en poblaciones vulnerables, esta particular
barrera se conforma en relación con la creciente desigualdad económico-política y las estrategias de criminalización
del uso de drogas y de la pobreza. Así, este conjunto de prácticas simbólicas han conformado una lógica al ritmo de
la acumulación de experiencias de desigualdad social, del enfermar y del morir-joven, como también de los modos
abusivos en que la ley y la justicia son ejercidas.

La historia reciente de las variaciones en las prácticas de consumo de drogas en poblaciones pobres y marginalizadas
del sur del Gran Buenos Aires, no puede disociarse de las consecuencias de las reformas económicas y políticas que
han modificado las condiciones de vida de la mayor parte de estas poblaciones en las últimas décadas. Debido a su
posición geopolítica, Argentina ha quedado excluida del mercado de los opiáceos, específicamente de la heroína. Por
esta razón, la cocaína se convierte en la droga paradigmática para entender los modos de articulación entre cambios
estructurales, modificaciones en las prácticas de consumo de drogas y en la vulnerabilidad. De todas formas cabe
aclarar que, hoy en día, la droga más representativa de este fenómeno en la actualidad es el paco.

Primeramente, la desconfianza más generalizada entre los usuarios intensivos de drogas está basada, por supuesto,
en la criminalización del consumo. Es decir, ellos afirman que no acuden a los centros de atención de salud, porque
Jenn
estos van a denunciar el uso de drogas, y por lo tanto se transforman en semejantes tanto a la policía como a la
justicia, y en este sentido, actúan, tarde o temprano, en conjunto.

Algunos usuarios y ex usuarios han tenido experiencias y afirman que en ciertos centros de salud y hospitales han
llevado a cabo prácticas curativas abusivas (por ejemplo de abscesos sin anestesia), y los profesionales han indagado
si el consumo de drogas es actual o del pasado con el objetivo de ser obligados a hacer tratamientos. Ciertos
usuarios/as dicen que la medicación que reciben en los Centros de Salud es “para pobres” y no tiene el mismo efecto,
o tiene efectos secundarios que carece la consumida por el resto de población. Otros usuarios con historias
prolongadas de consumo o ex usuarios, refieren que cuando empezó la epidemia del SIDA, no sólo no informaron a
los usuarios/as por vía inyectable sino que los “dejaron morir”, porque eran pobres y marginales. Algunos dicen que
en determinados lugares reparten jeringas para hacer que otra vez los jóvenes se inyecten. En otras ocasiones,
narran que los cambios en la pureza y toxicidad de la cocaína en los noventa en los barrios pobres del sur del
conurbano era realizado de modo intencional, con el objetivo de producir diversos daños, lesiones y sobredosis. En
ocasiones dicen que la distribución de drogas en los sectores más pobres de la población es parte de un plan para
que las fuerzas policiales puedan perseguirlos, encarcelarlos y matarlos. Otros dicen que los políticos introdujeron la
droga para que los jóvenes no puedan pensar y los puedan controlar. La mayoría de los usuarios, sostienen que el
“paco”, o pasta base, es parte de un plan de aniquilación de los jóvenes pobres. Algunos usuarios refieren que las
campañas antidrogas tienen el objetivo oculto de hacer propaganda a determinadas drogas.

Tanto en la narración de las experiencias particulares como en la expresión de estas afirmaciones, los/as jóvenes
señalan no sólo sus relaciones conflictivas con el sistema de salud, sino también, sus elaboraciones y teorías en las
que la sospecha y la desconfianza definen los vínculos en general con las instituciones de la sociedad dominante.
Más aún, con estas elaboraciones denuncian la participación directa y/o indirecta de las instituciones estatales en el
proceso de enfermedad y/o morir de los jóvenes pobres.

Lejos de ser una producción desechable, sin embargo, este tipo de teorías de complot y planes de destrucción de
ciertos grupos sociales indica una dimensión de la experiencia, de gran importancia para la definición de las barreras
existentes entre un conjunto social minoritario y las instituciones de salud (servicios, mensajes preventivos, y
prescripciones) de la sociedad dominante. En este sentido, este tipo de interpretaciones y explicaciones producidas
por las poblaciones vulnerables (minorías étnicas, grupos marginalizados, clases oprimidas, etc.) sobre las
experiencias de deterioro, destrucción y muerte, han sido documentadas en diversas oportunidades,
específicamente en relación a la epidemia del VIH-SIDA. Este es el caso de las teorías que surgieron en Haití y África,
que señalan que el VIH es un virus creado para destruir el Tercer Mundo. Sin embargo, y como señala Connors
(1995), estas teorías no fueron producto de la epidemia. El SIDA, sólo puso en evidencia las profundas consecuencias
y las fracturas en los vínculos con las instituciones dominantes, que los procesos de discriminación, persecución e
intervención durante décadas o incluso siglos, han tenido en determinadas poblaciones. Este tipo de teorías que
denuncian complots para la destrucción de determinados grupos sociales y minorías, también se han documentado
en los americanos-nativos y africanos respecto a los procedimientos de testeo de vacunas y otros productos
farmacéuticos.

No obstante, el radio de producción de estas interpretaciones se extiende mucho más allá de aquellos grupos y
poblaciones vulnerables con historia de intervenciones biomédicas directas de tipo experimental. Como “leyendas
urbanas”, metáforas y/o realidades, encontramos desde las teorías sobre el robo de niños pobres para el mercado
negro de tráfico de órganos y/o de personas (Scheper-Hughes, 1992), la desconfianza sobre el grado de eficacia
curativa y preventiva de servicios de atención médica y de medicamentos de “segunda categoría para pobres” en
Brasil (Goldstein, 2003), hasta la acción deliberada y/o habilitación de prácticas policiales abusivas, y en ocasiones,
letales, con jóvenes de conjuntos pobres de determinados barrios y áreas urbanas del Tercer y Primer Mundo
(Méndez, 2002). Analizar estas elaboraciones, no supone afirmar el contenido de las mismas como una realidad
empírica a corroborar o refutar. Implica reconocer, en el proceso de emergencia de estas teorías, un indicador de los
niveles de daño que las experiencias reiteradas de malestar, enfermedad y muerte han tenido de generación en
Jenn
generación en conjuntos sociales oprimidos. Estas experiencias, entonces, devienen en bases por medio de las cuáles
se traza la sospecha como modelo paradigmático de relación con las instituciones estatales en general y de salud en
particular, y que sólo en ciertas ocasiones, adoptan la estructura extrema de complot para la aniquilación y el
genocidio encubierto.

Cuando nos preguntamos sobre barreras y accesibilidad al sistema de salud, generalmente nuestra mirada se dirige a
la disponibilidad de información, las distancias sociales y simbólicas, los medios económicos y geográficos de acceso.
Aún en aquellos modelos de salud pública que en la actualidad incorporan la desigualdad y las condiciones
estructurales como paradigma para establecer los programas preventivos y de intervención en salud, sólo en
contadas ocasiones, se incluyen las formas en que la violencia cotidiana erosiona las bases de la realidad social
compartida y las características de los vínculos entre grupos minoritarios y los representantes de las instituciones de
la sociedad dominante.

Al considerar estas afirmaciones y elaboraciones, la noción misma de barreras en el acceso requiere ser revisada,
más específicamente en aquellas prácticas sociales que como el consumo de drogas no sólo están sometidas a
procesos de criminalización sino son estigmatizadas, sancionadas socialmente y por lo tanto promueven prácticas
activas de discriminación y expulsión. La sospecha y la desconfianza, ya sea como elementos aislados y parciales u
organizados en términos de una narrativa de complot, pueden ser formuladas como las bases de una de las más
importantes barreras entre los usuarios intensivos de drogas y las instituciones de salud. En los contextos cotidianos,
los usuarios viven en constante amenaza, persecución y diversos peligros por el hecho de ser consumidores de
drogas, entre otras cosas. En este sentido, los obstáculos, dificultades y distancias sociales al ser subsumidos dentro
de una lógica de la sospecha no se pueden considerar ya como factores externos, al contrario, devienen en
propiedades de los vínculos sociales mismos.

La lógica de la sospecha tiene propiedades particulares. En primer lugar, supone un desdoblamiento de la realidad
entre lo aparente y lo oculto. Este desdoblamiento implica un posicionamiento por el cuál lo que se ofrece a la
mirada no es lo que parece, el significado aparente de los mensajes no expresa el sentido, la intención y el objetivo
real de lo que se comunica, y las diferencias aparentes entre personas e instituciones esconden una identidad o
semejanza oculta. Es decir, esta lógica supone procedimientos, inferencias, asociaciones y vínculos que no están
legitimados desde la lógica normativa (sostenida desde el principio de la identidad y no contradicción), y que por
esta razón, son considerados erróneos, forzados y distorsionados, lo que promueve la desautorización de las
narrativas y de los actores que los enuncian. Por último, esta lógica integra también posiciones (rechazo, distancia,
ocultamiento.), actitudes (sometimiento, hostilidad, etc.) y prácticas de cuidado auto-referenciales o de terceros,
alternativas al sistema de salud.

Esta lógica de la sospecha no sólo denuncia los roles de las instituciones y agentes, y explica las razones de
vulnerabilidad, sino también regula las posiciones y actitudes de los usuarios/as con respecto a las instituciones
estatales y de salud. De acuerdo a los resultados de la investigación, la sospecha y la desconfianza que atraviesan los
vínculos y definen las barreras entre usuarios/as de drogas con las instituciones de salud pueden ser sistematizadas
en las siguientes dimensiones:

 Postergación y/o Rechazo a recurrir a los centros de atención de la salud, frente a malestares, enfermedades
y/o situaciones críticas.
 Negación y ocultamiento del hecho de ser consumidores de drogas frente a los profesionales de salud.
 Desarrollo de prácticas o sistemas de prácticas de cuidado o curación, auto-referenciales o llevadas a cabo
por terceros.
 Transmisión de las experiencias y fortalecimiento de los vínculos entre usuarios para la resolución de
emergencias y problemas de salud, alternativas al sistema de atención de salud estatal.
 Rechazo e incluso modificación del sentido de mensajes, prácticas y campañas preventivas, de cuidado y de
atención ligados a las instituciones de salud-enfermedad.
Jenn
La historia de la producción de la lógica de la sospecha se organiza en tres periodos analíticos.

La práctica de la inyección: década de los ochenta e inicios de los noventa.

Desde la llegada de la cocaína a los barrios y asentamientos pobres del sur del Gran Buenos Aires, hace más de dos
décadas atrás, se han producido múltiples transformaciones en los tipos y calidad de sustancias consumidas, las
prácticas de consumo, el grado de extensión de su uso y las estrategias de criminalización y represión policial del
consumo y de los usuarios. De este modo, y en la década de los ochenta, las prácticas de consumo tenían las
siguientes características:

 Acceso restringido a las sustancias.


 Cocaína de alto grado de pureza.
 Dominancia en el consumo por vía inyectable.

Había referencias territoriales específicas, es decir, barrios o zonas de barrios, se registraban diferentes tipos de
contactos entre redes de diferentes vecindarios. Las fuerzas policiales tenían bajos niveles de penetrabilidad en
aquellas áreas donde se registraba el consumo más intensivo. El acceso a las sustancias, específicamente a la cocaína,
dependía de contactos y relaciones entre personas. En este sentido, los vínculos sociales regulaban el acceso a las
sustancias, los modos de consumo y la disponibilidad de los materiales de inyección específicamente las jeringas.

Si bien, en Argentina la legislación habilita la compra de jeringas en las farmacias, sin que se requiera prescripción
médica para tal fin, de acuerdo a los propios actores sociales, el acceso a las jeringas estaba restringido por el
estigma y la discriminación que acompañaba al hecho de ser pobre y sospechado de ser usuario de drogas. Por lo
tanto en el consumo inyectable de drogas, el proceso de compartir jeringas puede considerarse como una solución
de compromiso entre las consecuencias de la ilegalidad, la persecución y la escasez de recursos como también el
fortalecimiento de los vínculos entre las redes y el progresivo ocultamiento y autoexclusión de los usuarios/as de
espacios de visibilidad y peligro.

Una de las situaciones típicas narradas por los entrevistados, que refiere a los primeros tiempos en que se estabilizó
el consumo de drogas, era la demanda y la curación de abscesos producidos por la inyección intensiva y/o el uso de
material de inyección en condiciones no higiénicas o inadecuadas. Los dolores y peligros de estos procesos
infecciosos, hacían necesario y urgente la atención médica. De acuerdo a los/as usuarios/as y ex usuarios/as, sin
embargo, las prácticas curativas adoptaban, frecuentemente, características no sólo discriminantes sino claramente
abusivas. De modo semejante a los casos de aborto, en ocasiones se llevaban a cabo curaciones sin anestesia y con
comentarios que culpabilizaban a los pacientes de los orígenes de las infecciones.

La circulación de estas experiencias entre los mismos usuarios/as, comenzaron a trazar y reconocer la existencia de
una brecha entre las instituciones de salud y los usuarios/as de drogas. Del mismo modo, se comenzó a identificar a
ciertos profesionales, servicios y centros, generalmente uno pocos, como aquellos a los que se podía recurrir frente
a una emergencia de salud, sin la incertidumbre de la amenaza y/o el desarrollo de prácticas abusivas. Desde los
primeros momentos, la brecha existente entre los usuarios de drogas pobres y los servicios de atención de la salud,
estuvo definida principalmente por el miedo, la amenaza, el peligro de la “denuncia” por parte de los profesionales
de salud sobre el consumo de sustancias ilegales.

Estas experiencias-tipo referidas al uso de drogas en diferentes ámbitos de la vida cotidiana, fueron conformando un
acervo de saber compartido, transmitidos en las redes de usuarios, que definieron progresivamente mapas de
circulación de los espacios urbanos e instituciones, de tránsito y de evitación, de participación y de exclusión, de
aceptación y de peligro.
Jenn
La constitución del dispositivo policial-judicial-sanitario: década de los noventa.

La rápida propagación de la cocaína en los barrios pobres del sur del gran Buenos Aires que acompañó las reformas
económicas al principio de los noventa, implicó cambios en las características de las sustancias, del acceso y de las
prácticas de consumo de drogas. Esta situación no sólo facilitó la accesibilidad y la propagación del consumo, sino
que la cocaína accesible “para pobres” vio reducida su pureza, haciendo en cierto grado imprevisible su grado de
toxicidad y por lo tanto, los problemas de salud asociados. Fue recién con la aparición de los primeros casos de VIH-
SIDA, entre usuarios de drogas por vía inyectable sus parejas e hijos, cuando el grado de extensión de consumo de
drogas quedó en evidencia tanto para los profesionales de la salud como para los programas encargados de
responder a la emergencia instalada por la epidemia. Conjuntamente con la expansión de la infección y muerte por
SIDA entre los usuarios de drogas, no sólo se modificaron progresivamente las prácticas de uso sino también que
este “encuentro forzado” entre instituciones de salud y usuarios/as de drogas-pobres adoptaría ya un patrón
diferenciado.

Este modo de presentación de la epidemia, produjo no sólo una estrecha asociación entre inyección y SIDA, sino un
cambio progresivo, entre los usuarios/as más jóvenes, desde la inyección hacia la inhalación.

Las circunstancias particulares del morir del SIDA narradas por los sobrevivientes y testigos señalan las coordenadas
sociales específicas que profundizan la vulnerabilidad de los usuarios/as no sólo en el pasado sino también en el
presente. En este sentido, dentro de la categoría de las muertes por SIDA, las narraciones redundan en la descripción
de: la internación urgente en los días u horas previos a morir, la muerte por SIDA en prisión, el morir en
circunstancias violentas debido a la mayor exposición a situaciones de peligro por considerarse ya “jugados” debido
a la enfermedad, abortos mal realizados o en condiciones que aceleraron la gravedad de la enfermedad y la muerte,
hasta incluso, la sospechas en torno al carácter voluntario o no de ciertas sobredosis entre jóvenes ya infectados.

Conjuntamente con la sanción de la ley de estupefacientes en 1989 y la rápida expansión de la cocaína en los
noventa, se fue desarrollando un complejo dispositivo policial-judicial-sanitario que impone no sólo la prisión sino el
tratamiento de rehabilitación compulsiva con internación cuando la persona es acusada de tenencia de
estupefacientes para consumo personal, muestra indicios de dependencia física y prefiere la abstinencia a las drogas
antes que el encarcelamiento. Por medio de este dispositivo, no sólo proliferaron los servicios estatales de atención
terapéutica, organizaciones no gubernamentales para el tratamiento, y clínicas privadas, sino también un sistema de
subvención estatal de becas para la internación de aquellos/as jóvenes cuyo estado de salud lo requiriera. En este
sentido, los profesionales de salud mental, psiquiatras y psicólogos, se convirtieron en responsables tanto de los
tratamientos de rehabilitación, como también en la función de peritos judiciales, de confirmar o no la intención, el
compromiso y el logro de la rehabilitación de la adicción, o de su incumplimiento y por lo tanto, la obligación de
cumplir como sentencia alternativa, en prisión.

En la dinámica de funcionamiento de este dispositivo, los tratamientos de rehabilitación se transformaron en


componentes de un engranaje, que por la combinación entre criminalización del uso de drogas y de la pobreza,
termina produciendo un conjunto de jóvenes pobres y adictos institucionalizados. Desde la perspectiva de los
propios usuarios/as, entonces, la estrategia de protección a desarrollar frente a este dispositivo es la distancia, el
ocultamiento y el retiro de cualquier contacto con representantes de las instituciones de la sociedad dominante. Por
lo tanto y para aquellos usuarios que desarrollan actividades ilegales, el nivel de ocultamiento y de rechazo a
concurrir a los centros de salud asume, en ocasiones, formas extremas.

Fines de los noventa, colapso del 2001-2002 y poscolapso.

La llegada del paco (residuo de la producción de clorhidrato de cocaína) a los barrios pobres y asentamientos del
Gran Buenos Aires a finales de los noventa, y su rápida expansión en el curso del nuevo milenio, se correlaciona con
el deterioro acelerado de las condiciones de vida, con la devaluación del peso con respecto al dólar que hizo de la
cocaína disponible “para pobres” un bien progresivamente poco rentable y por lo tanto en vías de extinción.
Jenn
De este modo, la sospecha como práctica simbólica y lógica de relación con las instituciones del estado y de salud
encuentra su fundamento tanto en las marcas corporales, emocionales y simbólicas que el consumo intensivo de
paco va dejando en los usuarios y sus redes sociales, como en la progresiva normalización del “morir joven” en las
últimas décadas y el incremento acelerado de su frecuencia desde los finales de los noventa en los barrios pobres y
asentamientos del Gran Buenos Aires.

En este sentido, la profundización de la pobreza, la desnutrición, y las experiencias reiteradas de muerte de


adolescentes y jóvenes de estos barrios, se dan conjuntamente con el desamparo, la negligencia y hasta la
participación de ciertas instituciones estatales en su ocurrencia y/o en su falta de reparación. La criminalización y
penalización del consumo de drogas, la persecución policial y el arresto, la amenaza de la denuncia, el tratamiento y
la rehabilitación compulsiva, son las que han promovido este progresivo pasaje desde la experiencia a la
construcción. Es decir, este conjunto de experiencias han promovido un pasaje progresivo entre los usuarios activos
de drogas desde la normalización de las expectativas de enfermar y/o morir siendo joven y pobre, hacia la sospecha
de la existencia de un plan organizado de “hacer morir” a los jóvenes pobres a través de la introducción del consumo
de pasta-base.

Sujetos Instituciones

Lógica de la sospecha como


prácticas simbólicas que generan
alejamiento entre el sujeto y las
instituciones, representadas por la
duda, sospecha, desconfianza,
dificultar para entender las
demandas, etc.

El reconocimiento de las características y la complejidad de los vínculos entre usuarios/as de drogas y las
instituciones estatales y de salud, supone la inclusión de la perspectiva y las experiencias de los propios actores
sociales. La duda, la sospecha, la desconfianza, el deslizamiento e inversión de los significados de los mensajes, y las
dificultades en fijar la intencionalidad de los interlocutores, se convierten en una de las barreras más importantes
con las instituciones de salud. Estas prácticas simbólicas que se han ido construyendo al ritmo que la desigualdad, la
pobreza, la criminalización y la represión, devienen en parte de los procesos de visibilidad y ocultamiento, expulsión
y auto exclusión, que han ido definiendo los patrones de vulnerabilidad y morbi-mortalidad de estos conjuntos
sociales.
Jenn

Cannabis/marihuana. Cerebro adolescente


Un libro sobre drogas – Cerebro adolescente

Consideramos que la madurez física, emocional y cognitiva que alcanzamos en la adultez depende, en gran medida,
de los cambios que nuestro cerebro experimentó durante la adolescencia. Es por esto que los adolescentes
representan un grupo de interés clave en el desarrollo de políticas públicas.

En nuestra especie no existen límites claros para definir la adolescencia. Debido a que en nuestro crecimiento y
desarrollo interviene fuertemente la cultura, quienes trabajamos con humanos nos enfrentamos al problemón que
resulta definir con precisión el inicio o el final de la adolescencia. Más allá de esto, no existen dudas en considerar
esta etapa como un período durante el cual se producen modificaciones significativas en la estructura y en la función
del cerebro (o inclusive un período definido precisamente por ese proceso).

Un importante descubrimiento sobre el cerebro adolescente es que, durante esta etapa, se produce una disminución
de la sustancia gris en regiones de la corteza prefrontal del cerebro. Este fenómeno se conoce como “poda neuronal”
y corresponde al proceso por el cual las conexiones entre las neuronas que no han sido consolidadas son eliminadas.
De no ocurrir este fenómeno de manera correcta, podrían generarse trastornos en el funcionamiento del cerebro
debido a una excesiva conectividad entre las neuronas (como por ejemplo, la esquizofrenia). Este proceso tiene lugar
durante la preadolescencia (entre los 10 y los 12 años) y la adolescencia temprana (de los 12 a los 14 años). Estos
cambios del cerebro a nivel estructural se asocian con enormes mejoras en las habilidades cognitivas básicas y en el
razonamiento lógico.

A la vez, durante la adolescencia se produce un incremento de la sustancia blanca en la misma corteza prefrontal. En
este caso, el proceso implicado se llama “mielinización”. Gracias a este recubrimiento, las neuronas ganan
aislamiento eléctrico y se vuelven más eficientes para comunicar la información entre ellas. Todo esto ocurre hasta
la adolescencia tardía (entre los 16 y los 18 años) y la adultez temprana (a partir de los 19 años).

El desarrollo armonioso de esta reingeniería cerebral resultará en una buena comunicación entre las áreas de la
corteza prefrontal y, por tanto, la correcta ejecución de sus funciones. Al mismo tiempo, se van reforzando las
conexiones entre la corteza prefrontal y otra zona del cerebro donde se procesan las emociones y que, además,
integra el sistema de recompensa. La vinculación entre estas dos partes es importante para la regulación de las
emociones y el desarrollo del autocontrol. La exposición a drogas durante la adolescencia puede alterar
significativamente el curso del desarrollo cerebral.

En conjunto, la poda neuronal y la mielinización tienen lugar de manera progresiva en las áreas en las que se alojan
los sistemas implicados en el desarrollo de conductas adictivas (sistema de recompensa), en el hipocampo
(responsable de la memoria y el aprendizaje espacial) y, finalmente, en la corteza prefrontal. Además de la
mielinización, durante la adolescencia temprana ocurren cambios en las vías neuronales que tienen la dopamina
como protagonista, tanto en la densidad como en la distribución de los receptores de este importante
neurotransmisor. Esto da como resultado un aumento de la sensibilidad a las recompensas y, por lo tanto, una
propensión a la toma de decisiones impulsivas. Estos cambios tienen gran influencia en los comportamientos de
búsqueda de placer, los mismos que pueden conducir fácilmente a experimentar con diferentes conductas de riesgo
como el consumo de drogas.

El comportamiento riesgoso, la búsqueda de sensaciones y la impulsividad son características que forman parte del
desarrollo natural de los adolescentes, motivo por el cual es necesario educarlos de manera que comprendan dicha
fragilidad y acompañar el desarrollo de mecanismos de autocontrol.

La hipersensibilidad al placer y la búsqueda de experiencias novedosas forman parte de la naturaleza intrínseca del
adolescente. Es decir, su cerebro está cableado para perseguir el placer inmediato y no medir las consecuencias de
Jenn
manera efectiva como lo puede hacer una persona de 30 años de edad. A diferencia del cerebro maduro, las drogas
que interactúan directamente con el sistema de recompensa (alcohol, cocaína, marihuana, nicotina) son percibidas
por el cerebro adolescente como extremadamente placenteras, lo cual causa una atenuación en la capacidad de
percibir las consecuencias negativas del consumo, algo fundamental en el aprendizaje de la moderación.

El inicio temprano del uso de sustancias genera cambios en las redes neuronales que participan de la motivación y la
búsqueda de placer y puede causar modificaciones persistentes en el funcionamiento del cerebro, afectando la
cognición y el comportamiento de las personas. Si bien la gran mayoría de los adolescentes se convertirán en adultos
sanos, algunos cerebros vivirán experiencias que de a poco irán marcando el rumbo hacia un desarrollo anormal que
puede conducir a enfermedades mentales como la adicción.

Aun cuando las sustancias mencionadas anteriormente siempre generan cambios en el cerebro al ser consumidas de
manera abusiva, se ha demostrado que aquellas personas que se inician en el consumo durante la adolescencia
tienen mayores probabilidades de caer en la adicción que aquellos que lo hacen después de la finalización del
proceso de maduración del cerebro (a partir de los 21 años, aproximadamente). En el caso del alcohol, quienes
empiezan a consumirlo a los 11 o 12 años tienen más del doble de probabilidades de tener dependencia que
aquellos que comienzan a los 15 o 16 años y casi diez veces más que aquellos que se iniciaron pasados los 19 años.
Con respecto a las funciones neurocognitivas, los estudios han demostrado que los adolescentes que toman alcohol
tienen peor rendimiento en tareas de memoria (como recordar palabras) y en la capacidad de tener pensamiento
complejo (como la toma de decisiones económicas).

Mucho se habla de algunas drogas como “puerta de entrada” a otras más complejas. Por ejemplo, se afirma que
sustancias como la marihuana son un paso previo a consumir drogas más pesadas, como la cocaína o la heroína. Sin
embargo, esta no es la única teoría propuesta para explicar por qué los adolescentes pueden iniciarse en el consumo
de una droga y luego pasar a otra. Aun así, recientemente se ha sugerido que el inicio del consumo de sustancias que
generan adicción y daño a la salud no comienza usualmente con la marihuana sino que lo hace con el alcohol y
continúa con el tabaco.

La educación de toda la sociedad también es muy importante, ya que permite la posibilidad de erradicar mitos como
que el consumo de alcohol adolescente supervisado por los padres disminuye el consumo y los problemas futuros
con el alcohol. También hay datos que apoyan la importancia de mantener estilos parentales que se orienten a la
inhibición y prevención del consumo durante la infancia y la adolescencia como factores de protección.

Sociedad española de investigación sobre cannabinoides (SEIC) – Cannabis.

Los cannabinoides son sustancias que suelen tener una estructura carbocíclica con 21 carbonos y están formados
generalmente por tres anillos, ciclohexeno, tetrahidropirano y benceno.

La planta Cannabis sativa posee aproximadamente 400 compuestos químicos diferentes de los cuales al menos 60
son considerados cannabinoides. Los principales cannabinoides son:

1. THC o tetrahidrocannabinol: ' 9 -tetrahidrocannabinol (' 9 -THC o THC) y ' 8 -tetrahidrocannabinol (' 8 -THC). ).
El ' 9 -THC es el cannabinoide con mayor potencia psicoactiva. Presenta propiedades hidrofóbicas por lo que
es muy soluble en lípidos. El ' 8 -THC tiene un perfil farmacológico muy parecido al del ' 9 -THC, aunque sus
efectos son más débiles. Sólo aparece en algunas variedades de la planta y su concentración es muy
pequeña en comparación con la del ' 9 –THC.
2. CBD o cannabidiol. Es un cannabinoide prácticamente desprovisto de propiedades psicoactivas, por lo que
se están investigando sus posibles efectos clínicos. Así, el tratamiento con CBD atenúa algunas de las
alteraciones psicológicas inducidas por altas dosis de THC (0,5 mg/kg), como por ejemplo los sentimientos de
ansiedad y de pánico. Se le atribuye efecto neuroprotector antioxidante. También ha sido relacionado desde
hace tiempo con el sistema inmune. Recientemente se ha visto que en algunas líneas celulares del sistema
Jenn
inmune inhibe la producción de diversas citoquinas (IL-8, IL-10, TNF-D, IFNJ). Estos resultados, que indican
sus posibles efectos beneficiosos en enfermedades inflamatorias/autoinmunes, también advierten de su
peligrosidad en relación con el SIDA, oncogénesis e inflamación alérgica en pulmones.
3. CBN o cannabinol. El cannabinol (CBN) también tiene propiedades psicoactivas, que son aproximadamente
una décima parte de las descritas para el THC. Presenta mayor afinidad por el receptor CB2 que por el CB1.

La anandamida, ha sido el primer cannabinoide endógeno aislado de cerebro. La anandamida y el 2-


araquidonilglicerol, que son los dos cannabinoides endógenos, mejor caracterizados, tienen una estructura química
muy diferente a la del ' 9 -THC y carecen de sus propiedades psicotrópicas.

Respecto a la absorción y metabolismo, cuando los preparados de la Cannabis sativa L. (hachís, marihuana) se
consumen en forma de cigarrillos son absorbidos por los pulmones, junto con los otros componentes del humo. La
entrada del THC en sangre y la posterior distribución en tejidos son muy rápidas y presentan una cinética similar a la
obtenida tras su administración intravenosa. La máxima concentración de THC en sangre se alcanza antes de que
finalice el consumo del cigarro. La ingestión de los cannabinoides por vía oral da lugar a unos niveles plasmáticos de
THC inicialmente más bajos que cuando se toma por inhalación. Por vía oral su biodisponibilidad se ve reducida por
su sensibilidad a la acidez del jugo gástrico, por el metabolismo hepático e intestinal, así como por su acceso a la
circulación enterohepática. Por tanto, hay que ingerir una cantidad mayor de THC por esta vía para conseguir el
mismo efecto fisiológico que por la respiratoria y además conduce a unos niveles plasmáticos mucho más erráticos
que los observados después de fumar.

Solo un 3% del THC presente en sangre esta en forma libre. Dada su elevada hidrofobicidad se une a diferentes
componentes plasmáticos. Un 9% está unido a las células sanguíneas. Otro 60% lo está a las lipoproteínas
plasmáticas y el resto a albúmina. Esta misma propiedad explica su rápida penetración en los tejidos, sobre todo en
aquellos que están altamente vascularizados: pulmón, hígado, riñón, corazón, estomago, bazo, tejido adiposo
marrón, placenta, corteza adrenal, tiroides, pituitaria y glándula mamaria. Posteriormente pasa al tejido adiposo,
que junto con el bazo son sus principales depósitos tres días después de su ingesta. La droga puede tardar varias
semanas en ser totalmente eliminada tras el cese de su administración. Su retención en estos reservorios
hidrofóbicos amortigua la penetración del THC en el cerebro, donde su concentración y la de sus metabolitos es más
baja (suele ser un 1% de la concentración plasmática máxima).

El retraso de la aparición de los efectos psicológicos y cardiacos del THC con respecto a la elevación de sus niveles en
plasma puede estar relacionado con la más tardía aparición en sangre de la máxima concentración de 11-OH-THC. Al
tratarse de un compuesto psicoactivo, su presencia en cerebro potenciaría los efectos iniciados por el THC. El THC-
11-COOH se detecta algunos minutos después de la finalización del consumo y su concentración crece lentamente
hasta que alcanza una meseta durante un periodo prolongado de tiempo, pudiendo llegar a superar hasta 5 veces los
niveles de THC. El máximo nivel se alcanza entre 30 min y una hora después de haberlo fumado.

La paulatina liberación del THC, desde estos almacenes tisulares a la sangre, enlentece la caída de los niveles
plasmáticos de este compuesto, tras el cese de su administración. Esto prolonga su presencia en sangre y la
posterior entrada al cerebro, lo que podría explicar las dificultades para identificar un síndrome de abstinencia a esta
droga, tras la suspensión de su administración.

La eliminación del THC se produce principalmente mediante sus metabolitos en heces (un 68%) o en orina (12%),
aunque también lo hace a través del pelo, la saliva y el sudor. La mayor parte del metabolismo ocurre en el hígado,
aunque también puede producirse en otros órganos como el pulmón y el intestino.

La primera enzima que actúa en el catabolismo del 9 -THC es el citocromo P-450 que lo oxida a derivados mono- di- o
trihidroxilados. La primera hidroxilación suele producirse en el hígado a 11-OH-THC. Este compuesto tiene una
actividad farmacológica parecida a la del THC y puede oxidarse al ácido ' 9 -THC-11-oico (THC-11-COOH) o volver a
hidroxilarse.
Jenn
Los metabolitos de los cannabinoides son eliminados en forma de ácidos libres o conjugados con glucurónico. Estos
últimos se almacenan en el cuerpo durante períodos relativamente prolongados de tiempo y pueden llegar a ser
detectados en la orina varias semanas después del consumo de los cannabinoides. Un segundo tipo de conjugación
implica la esterificación del 11-OH-THC con ácidos grasos de cadena larga como el palmítico, el oleico y el esteárico.

La actuación del THC en el organismo puede ser modificada por el resto de los compuestos presentes en la Cannabis
sativa L. La actuación de estos compuestos también puede estar relacionada con la forma de administración de la
muestra. Una vez producida su administración, las interacciones entre los diferentes compuestos presentes en un
preparado de cannabis pueden tener lugar en alguna de las etapas que podemos diferenciar durante su paso por el
organismo (absorción, distribución, metabolismo o eliminación). Diversos estudios han demostrado una interacción
farmacocinética entre el CBD y el THC y sus metabolitos en cerebro. Este resultado aumentara la permanencia del
THC en el organismo, lo que implica que el CBD, que no tiene actividad psicotrópica por sí mismo, puede potenciar la
producida por el THC.

En rata, el CBD potencia los efectos analgésicos del THC y antagoniza los depresores. También parece bloquear los
efectos excitatorios producidos por este compuesto. Se ha observado que un extracto de cannabis conteniendo
entre un 3 y un 5% de THC, CBD y CBN aumenta la permeabilidad de la barrera hematoencefálica, lo que puede
contribuir a una mayor entrada de estos compuestos al cerebro en grupo que por separado.

Sistema cannabinoide endógeno

Los cannabinoides constituyen un conjunto de compuestos psicoactivos presentes en una resina secretada a partir
de las hojas y brotes florecidos de la planta Cannabis sativa.

Hasta el momento se han clonado dos receptores de membrana para cannabinoides:

 Receptor CB1, densamente expresado en el sistema nervioso central en zonas como ganglios basales
(sustancia nigra, globo pálido, núcleo entopeduncular, caudado y putamen lateral), corteza cerebral,
cerebelo, hipocampo, neuronas glutamatérgicas, entre otros. Ello se relaciona con los efectos sobre la
actividad motora, memoria, aprendizaje, propiedades anticonvulsivantes. La baja densidad de receptores en
el tallo cerebral (área que controla las funciones respiratorias y cardiovasculares) explica la baja toxicidad y
ausencia de letalidad de la marihuana. También se han encontrado receptores CB1 en el bazo, amígdalas,
corazón, próstata, útero, ovario y a nivel de las neuronas presinápticas del SNA simpático.
 Receptor CB2, localizado fundamentalmente a nivel del sistema inmunitario, principalmente en linfocitos B,
T y monocitos, y en algunos órganos como el bazo y la amígdala. Los receptores presentes en estos tejidos y
células parecen ser los responsables de las propiedades inmunosupresoras de la marihuana.

Ambos receptores pertenecen a la familia de GPCR, caracterizados por la presencia de siete dominios
transmembrana.

El 9’-THC actúa tanto sobre los receptores CB1 y CB2 aunque presenta mayor afinidad por el primero.

La identificación, caracterización farmacológica y localización de los receptores específicos que median los efectos
centrales y periféricos de los cannabinoides llevó a los investigadores a emprender la búsqueda de ligandos
endógenos que activaran estos receptores. Es así que se aisló la anandamida, el primer endocannabinoide que
resultó ser una amida de un ácido graso poliinsaturado, concretamente del ácido araquidónico. Estas observaciones
han proporcionado evidencia clara acerca de la existencia de un sistema cannabinoide endógeno cuyo papel
fisiologico está siendo actualmente investigado, sin embargo, este sistema parece estar implicado en funciones tales
como la coordinación motora, el aprendizaje y la memoria, la antinocicepción, el control de las emociones, el
desarrollo neuronal así como en la medicación de diferentes procesos a nivel cardiovascular e inmunológico.
Jenn
Las concentraciones de anandamida en el cerebro son muy bajas ya que este endocannabinoide no es almacenado
en las células en su forma biológicamente activa sino que es sintetizado en respuesta a un determinado estímulo a
partir de un precursor fosfolipídico presente en la membrana celular. En general, dentro del cerebro los niveles más
altos de anandamida se hallan en las áreas que también presentan elevada densidad de receptores de cannabinoides,
sin embargo en otras regiones que casi no poseen receptores como el tálamo o el tallo cerebral encontramos altos
niveles de endocannabinoide. Las concentraciones que se alcanzan de 2-araquidonil glicerol (otro
endocannabinoide) son mucho mayores que las de anandamida. La anandamida es capaz de unirse a los receptores
CB1 y CB2, aunque muestra mayor afinidad por los CB1, también presenta afinidad por otros receptores diferentes a
los CB.

A diferencia de lo que ocurre en el caso de otros neurotransmisores, dada su única naturaleza lipofílica, los
endocannabinoides no son almacenados en el interior de vesículas sinápticas. Una vez liberados estos productos, la
vida media de la anandamida es muy corta ya que es rápidamente receptada por un transportador de alta afinidad
que está tanto en neuronas como en células de la glía. Una vez dentro de la célula es hidrolizada dando lugar a sus
dos componentes fundamentales: ácido araquidónico y etanolamina. Por su parte el 2-araquidonil glicerol puede ser
receptado por el trasportador de anandamida y posteriormente degradado por una lipasa.

En la actualidad, son muchos los estudios que muestran un potencial terapéutico para los cannabinoides en diversas
enfermedades: dolor crónico, glaucoma, isquemia cerebral, ciertos tipos de cáncer y enfermedades que cursan con
alteraciones del movimiento.

Farmacología de los receptores para cannabinoides

Los productos derivados de la planta Cannabis sativa ejercen un amplio espectro de acciones sobre la actividad
fisiológica normal, la mayor parte de los cuales son atribuibles al 9’-THC.

Entre los efectos agudos derivados de cannabinoides podemos encontrar algunos que impactan sobre la esfera
cognitiva y psicológica que los podemos identificar como síntomas agudos subjetivos, es decir, aquellos que son
experimentados por el individuo y que varían en base a experiencias, expectativas, etc. Entre los síntomas agudos
subjetivos encontramos la euforia, sedación y relajación, alteración de la percepción del tiempo, de la memoria
reciente, sensación de apetito y antiemético, paranoia y jocosidad. También podemos hallar otros efectos que los
podemos definir como síntomas agudos objetivos, entre los cuales tenemos la analgesia, acciones sobre la actividad
muscular, efectos cardiovasculares (clásicamente se presenta taquicardia e hipotensión), hiperemia conjuntival,
disminución de la presión intraocular, broncodilatación, efectos antiinflamatorios, alteración de la coordinación
motora, entre otros.

La transducción de señales a través de los receptores cannabinoides CB1 y CB2 ocurre fundamentalmente a través
de su interacción con proteínas Gi y Go. Además, los receptores CB1 por su parte también están acoplados a canales
iónicos de distinto tipo.

Existe una amplia variedad de moléculas que se comportan como agonistas de los receptores cannabinoides que se
pueden clasificar en cuatro grupos en función de su estructura química:

1. Cannabinoides clásicos: este grupo incluye el 9’-THC, 8’-THC, CBD, CBN, y los análogos sintéticos del 9’-THC
(dronabinol y nabilona).
2. Cannabinoides no clásicos: son los análogos biciclicos y tricíclicos del 9’-THC, el principal es el CP55,940.
3. Aminoalquilindoles.
4. Eicosanoides: en este grupo se incluyen compuestos estructuralmente derivados del ácido araquidónico
(anandamida, entre otros).

En los últimos años se han desarrollado varias moléculas capaces de antagonizar de forma selectiva los efectos
cannabimiméticos mediados por los receptores CB1 y CB2. Entre los compuestos antagonistas la molécula más
Jenn
potente y más ampliamente utilizada del receptor CB1 es el SR141716A, de forma tal que es capaz de prevenir y/o
revertir las acciones de los agonistas cannabinoides que actúan a través de CB1 tanto in vitro como in vivo. Respecto
a los receptores CB2 el antagonista más potente es el SR144528. Para ambos receptores existen otros antagonistas.

Además de su habilidad para prevenir o atenuar acciones cannabimiméticas, algunas de estas moléculas
antagonistas de CB1 y CB2 son capaces, por si solas, de provocar efectos contrarios a los evocados por los agonistas
cannabinoides, es decir, que se comportan como agonistas inversos en algunos sistemas, reduciendo la actividad
constitutiva de los receptores cannabinoides.

Desde el punto de vista de modulación farmacológica, existen dos posibilidades: potenciación o bloqueo de los
efectos asociados a los ligandos endógenos. La potenciación pasa fundamentalmente por el desarrollo de agonistas
específicos o por inhibidores de la enzima FAAH (encargada de la degradación enzimática de cannabinoides
endógenos). El bloqueo de los efectos supone el desarrollo de fármacos antagonistas.

Para el estímulo o agonismo cannabinoide se han propuesto diversas dianas terapéuticas, especialmente enfocadas
al tratamiento del dolor o analgesia, de procesos que cursan con náuseas y vómitos (tal es el caso de por qué se
indican cannabinoides a pacientes en tratamiento oncológico), patología motora espástica, el glaucoma, el asma
bronquial, y más recientemente algunos procesos oncológicos. En ciertos casos también debería valorarse con
especial interés la posibilidad de utilizar agonistas cannabinoides en combinación con otras familiares de fármacos,
sobre todo en el tratamiento de los vómitos por quimioterapia y de ciertos cuadros de dolor crónico ya que su uso
cobra especial relevancia en lo que refiere a cuidados paliativos. Respecto al antagonismo cannabinoide, las
posibilidades que se están explorando actualmente se basa en su potencialidad antiesquizofrénica y a su posible
utilidad en los trastornos del apetito.

Tolerancia y dependencia de cannabinoides

Los derivados del cannabis son el principal grupo de drogas ilícitas que presenta un mayor consumo en humanos. Las
preparaciones contienen un elevado número de sustancias psicoactivas entre las cuales cabe destacar el 9’-THC, sin
embargo, el potencial adictivo de estos continúa siendo un tema controvertido: diversos autores han sugerido que
no inducen dependencia física en humanos, mientras que otros han descrito la aparición de ciertos signos de
abstinencia en consumidores de preparaciones particularmente ricas en principios activos.

Los procesos implicados en los fenómenos de drogodependencia son complejos tanto desde un punto de vista
neurobiológico como conductual. Un primer indicativo de dichos procesos está representado por el desarrollo de
fenómenos de tolerancia y de dependencia física que aparecen como consecuencia de la adaptación del organismo,
y en particular del SNC a la presencia continuada de la droga o sustancia. Sin embargo estos fenómenos de
tolerancia y de dependencia constituyen un aspecto parcial de las capacidades adictivas de una sustancia. Un punto
en común entre las drogas de abuso es su capacidad para inducir efectos motivacionales positivos que son de suma
importancia para inducir el comportamiento de búsqueda y consumo de una droga.

La administración crónica de diferentes agonistas cannabinoides desarrolla un fenómeno de tolerancia a la mayor


parte de sus respuestas farmacológicas (taquifilaxia). Diversos mecanismos de tipo farmacocinético han sido
sugeridos en el desarrollo de la tolerancia cannabinoide, tales como cambios en la absorción, distribución,
biotransformación y excreción de estos compuestos, sin embargo esto parece ser muy secundario o incluso
inexistente. Las modificaciones farmacodinámicas de los receptores CB1 desempeñan un papel importante en el
desarrollo de la tolerancia cannabinoide: se observa una disminución del número total de estos receptores durante
la administración crónica de agonistas.

También se cree que la participación del sistema opioide endógeno está implicado en el desarrollo de la tolerancia
cannabinoide por la existencia de tolerancia cruzada entre compuestos de naturaleza opioide y cannabinoide.
Jenn
Lo que sí se sabe por cierto es que el desarrollo de tolerancia a diversas acciones farmacológicas del THC en
humanos se observa en el consumo repetido del mismo, lo que da lugar a una disminución de sus efectos subjetivos,
cardiovasculares y de sus acciones sobre la presión intraocular y la actividad electroencefalográfica.

El desarrollo de tolerancia a los efectos del THC en humanos se encuentra directamente relacionado con la cantidad
de THC consumida, observándose mayor grado de tolerancia en los grandes consumidores. Las dosis utilizadas para
desarrollar tolerancia a los efectos del THC en animales, suele ser bastante elevada y oscila los 20-50mg/kg diarios:
teniendo en cuenta que un cigarrillo de marihuana representa una dosis de aproximadamente 30-60
microgramos/kg, dicha dosis que se requiere para desarrollar tolerancia es el equivalente a un consumo diario de
300 a 1500 cigarrillos de marihuana, por lo que este grado de tolerancia es difícil, sino imposible, de alcanzar.

La aparición de manifestaciones somáticas de un síndrome de abstinencia espontaneo tras el cese del tratamiento
crónico con THC no ha podido ser observado en diferentes especies animales ni siquiera tras la administración de
dosis sumamente elevadas. A pesar de la ausencia de signos somáticos, se ha podido observar que la interrupción de
un tratamiento crónico con THC en monos produce alteración de la conducta previamente adquirida, lo cual ha sido
interpretado como una manifestación de la abstinencia al THC. El cese de tratamiento crónico con otros agonistas
cannabinoides tampoco dio lugar a manifestaciones somáticas de abstinencia.

Diversos estudios han descrito la existencia de interacciones bidireccionales entre los sistemas opioide y
cannabinoide en el desarrollo de los fenómenos de dependencia física. La administración aguda de diversos
agonistas cannabinoides, incluida la anandamida, disminuyen la severidad de la abstinencia morfínica.

La elevación de los niveles de corticotropina y la disminución de la actividad dopaminérgica a nivel del sistema
mesolímbico constituyen modificaciones bioquímicas comunes durante la abstinencia a diversas drogas de abuso
como los opioides, psicoestimulantes y el etanol. Alteraciones bioquímicas similares han sido observadas durante la
abstinencia cannabinoide, lo cual podría estar relacionado con la aparición de síntomas de estrés y disforia. De
acuerdo a esta hipótesis, la actividad electrofisiológica de las neuronas dopaminérgicas mesolímbicas resultó
disminuida durante la abstinencia cannabinoide sugiriendo también la presencia de un estado de disforia, no
obstante esto no parece desempeñar un papel importante en las manifestaciones somáticas de la abstinencia
cannabinoide.

El síndrome de abstinencia cannabinoide se encuentra asociado a un incremento compensatorio en la actividad de


un sistema de señalización acoplado al propio receptor. Esto parece jugar un papel importante en las
manifestaciones somáticas de dicha sustancia, sobre todo cuando sucede a nivel del cerebelo.

Diversos estudios clínicos indican que los grandes consumidores de cannabis no padecen un síndrome de abstinencia
con sintomatología severa, lo cual concuerda con los animales de experimentación. El signo más prominente y
frecuente de la abstinencia cannabinoide es la irritabilidad, y otros menos observados son la anorexia, ansiedad y
aumento de la vigilia. Sin embargo, el síndrome de abstinencia no es lo suficientemente severo como para alterar la
vida cotidiana del individuo.

La severidad de la abstinencia depende de la dosis de THC, la frecuencia de consumo y la duración del uso.
Jenn

Modelos de atención
Edith Benedetti

Nuestras prácticas clínicas es institucionales muchas veces están gobernadas por modelos de intervención
construidos en otros contextos epocales, normativos y político-institucionales. Estos suponen y reproducen las
representaciones sociales sobre las sustancias psicoactivas el consumo y los consumidores más extendidas.

Existen diversas tipologías y clasificaciones que, en todos los casos, implican una comprensión de la relación de los
sujetos con las sustancias y su entorno, a veces desde una perspectiva penal y otras veces clínica. Cuando hablamos
de modelo de atención, nos referimos a un esquema sintético que ordena los elementos y que da o determina la
concepción que tenemos sobre las cosas; en este caso determina que visión o idea tenemos acerca del consumo de
sustancias, acerca de la sustancia o de la problemática adictiva. Según Benedetti, es posible distinguir 4 modelos de
atención y, por su parte, Calabrese suma un quinto modelo:

1. Modelo ético-jurídico: Es el primer modelo preventivo-asistencial que surge hace más de cien años atrás. En
esta concepción epistémica y política el foco de análisis está puesto en la sustancia: la sustancia es un fetiche,
que además es un fetiche maldito. Para este tipo de discurso, las sustancias o las drogas son la causa de
todos los males individuales y sociales, constituyendo así un flagelo compuesto de drogas, delincuencia y
vicio.
Además, como se trata de un modelo principalmente jurídico, su consideración de las sustancias está
determinada por el criterio de legalidad: las sustancias son percibidas según legal-ilegal. Es así que resulta
primordialmente punitivo, ya que según esto el consumidor de drogas ilícitas viola la ley y se convierte en un
transgresor. De esta manera la dimensión contextual queda reducida a la dimensión normativa en base al
status jurídico de la sustancia que se consume. Se trata de una valoración ética de las conductas humanas
que distingue y prescribe entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto.
Tanto la reducción de las sustancias a partir de la prohibición de su oferta, cultivo, elaboración, fabricación
distribución y venta, como la penalización del consumidor son las estrategias centrales de este modelo,
siendo en ambos casos estrategias abstencionistas/prohibicionistas.
2. Modelo médico-sanitario o médico-hegemónico: Este modelo surge a mediados del siglo XX, altamente
ligado a las enfermedades infectocontagiosas. Se trata de una mirada médico-epidemiológica, por lo que las
adicciones con leídas como enfermedad y el consumidor como enfermo, ya no como transgresor o
delincuente. El foco sigue en la sustancia, ahora determinando el binomio enfermo-sano.
La causa del fenómeno ya no es pensada bajo un criterio normativo sino en relación con los efectos clínicos,
motivo por el cual ya no es relevante si la sustancia es lícita o ilícita, ya que bajo esta concepción el alcohol,
el tabaco y los medicamentos en general también forman parte del problema. Además, el entorno se lee en
los mismos términos en que se leen las enfermedades infectocontagiosas: población de riesgo, contagio,
contaminación, y es así que las estrategias de salud pública son asimiladas a instancias de control y
disciplinamiento social.
En este caso las estrategias también son abstencionistas, no obstante, aquí no se trata de la sanción
normativa, sino de la comunicación de los daños producidos por el uso de sustancias psicoactivas: sustancia
como agente patógeno de la enfermedad.
3. Modelo psico-social: Este modelo surge en la década de los 80 y su foco es la relación entre el sujeto y la
sustancia, en el vínculo que el sujeto construye con la sustancia, teniendo una visión individualizada. Por
esto mismo, tanto la condición licita o ilícita como la cuestión farmacológica de la sustancia son asuntos
necesarios, pero secundarios en cuanto al análisis.
Es con este modelo que surgen una serie de conceptos como uso y/o abuso de sustancias, que permiten
introducir una distinción entre consumo problemático y consumo no problemático.
Jenn
En este marco epistemológico, el consumidor problemático tiene estatuto de enfermo, pero la etiología del
consumo no se explica como consecuencia del contacto del sujeto con la sustancia, sino como síntoma de un
malestar previo que el sujeto tiene con su medio social (familia, entorno, grupo de pertenencia, etc.). En ese
sentido la adicción es pensada como la manifestación de un trastorno psíquico que requiere de una
intervención en el campo de la salud mental, no reductible a la estrategia abstencionista.
4. Modelo socio-cultural: Este modelo también surge en los años 80, poniendo el énfasis en la dimensión
macro-social. Las causas del consumo problemático y no problemático de sustancias se describen por hechos
o fenómenos sociales, siendo estos últimos multifactoriales.
5. Modelo superador o ético-social: En este modelo se problematiza la relación del sujeto con la sustancia en
un contexto determinado, y se incluye la pregunta por el proyecto de vida de cada individuo como
dimensión central a considerar.

Los modelos se enlazan con dos estrategias de intervención que, en la actualidad, disputan el terreno de la
prevención y la atención. Por un lado tenemos la estrategia abstencionista/prohibicionista, y por otro lado la de
reducción de riesgos y daños.

 Estrategia abstencionista-prohibicionista: Esta estrategia se inspira en los modelos ético-jurídico y médico-


sanitario, en los cuales se pone especial énfasis en la sustancia psicoactiva como causa del consumo. Es así
que en el ámbito asistencial, lograr la abstinencia es la condición de inicio del tratamiento, el punto de
partida y el primer objetivo de un tratamiento abstencionista. Esta estrategia se desarrolla en comunidades
terapéuticas, sobre todo en comunidades cerradas con reglas que, de ser transgredidas, dan lugar a una
sanción. Por su parte, la sustancia es un objeto fuertemente prohibido.
Las estrategias preventivas se orientan por los mismos principios. Un ejemplo son las campañas que en su
mayoría ubican a la sustancia como eje central y así surgen eslóganes como “las drogas controlan tu vida”
“viaje de ida”, etc.
El sujeto es visto como una suerte de títere que se deja manipular pasiva y dócilmente por la sustancia, todo
esto como si la sustancia per se causara la adicción, la sostuviera y la trasladara progresivamente a drogas
más duras, sin considerar al sujeto y el vínculo establecido. Asimismo, se colocan a la droga como fetiche y la
oponen a la vida misma “no te consumas, las drogas extinguen tu vida”.
Otra estrategia preventiva a evocarse son las charlas informativas que explican los efectos toxicológicos de
cada droga, de la cual es posible inferir cierta complejización del imperativo “no te drogues”. Pudiendo
constatar que algunas de estas estrategias terminan por promocionar la sustancia y no la salud.
Desde esta perspectiva, una intervención posible es la reducción de la oferta de droga: la normativa que
prohíbe la venta de alcohol a menores o restringe su horario de comercialización son intervenciones que
apuntan al objeto. Parten del principio de sustracción de la sustancia como estrategia crucial de
intervención, es en ese sentido que la estrategia abstencionista-prohibicionista se relaciona con el control:
se concibe que si se puede sustraer el objeto, se lo puede controlar. De esta manera el abordaje en cuestión
condiciona a la persona al futuro logro de la abstinencia y si a lo largo de un tratamiento una persona
consume, se lo plantea como recaída: una recaída implica pensar linealmente el consumo problemático
como una enfermedad, en la cual siguiendo la misma lógica, la cura es la abstinencia: si el paciente vuelve a
consumir vuelve a enfermarse.
Esta estrategia se asocia con el tratamiento a puertas cerradas, que es lo que caracteriza a las referidas
comunidades terapéuticas. Se trata de un mecanismo en el que el sujeto tiene poca participación.
 Estrategia de reducción de riesgos y daños: Esta estrategia surge como alternativa al modelo abstencionista-
prohibicionista y su principal antecedente histórico es la creación del Comité Rollerston en 1926, el cual
generó estrategias de intervención que consistían en la prescripción de heroína y cocaína como parte
integral del tratamiento, que favorecería la desintoxicación progresiva.
Hubo dos hechos fundamentales que condujeron a que la reducción de riesgos y daños hayan ganado
fuerza: por un lado en Europa los costos sociales, sanitarios y económicos que demanda el HIV/SIDA entre
Jenn
los usuarios de drogas intravenosas son superiores a los daños producidos por la sustancia misma, y por otro
lado el fracaso de las políticas de tolerancia cero y su inconmensurable costo social, jurídico y sanitario se
traducen en población joven arrojada a la marginalidad, reclusión carcelaria, incremento del consumo, de las
intoxicaciones en virtud de prácticas clandestinas de uso y del tráfico de drogas.
Las estrategias de reducción de riesgos y daños se han combinado en algunas experiencias con abordajes
conductistas. Naturalmente, ciertas estrategias pueden funcionar en un determinado contexto espacio-
temporal y no en otro, aunque se parta de la misma matriz conceptual. Es insoslayable el pensamiento de
una estrategia en clave de época y situación.
Una de las características más importantes de esta estrategia es la posibilidad de disminuir la entrada de la
adicción y los riesgos asociados con el consumo. Además, dejar de consumir no es una condición de inicio de
tratamiento, sino que por el contrario, se orienta por el principio de que una persona que consume, que
eventualmente no quiere o no puede dejar de consumir, debe ser ayudada por el profesional a disminuir los
riesgos que puedan estar vinculados con el consumo.
Los riesgos que enfrenta un consumidor pueden ser de salud, sociales y legales. El trabajo desde esta
estrategia apunta fuertemente a disminuir tales riesgos. Esta estrategia parte del hecho de que la persona
está consumiendo y que está en riesgo, que se expone a situaciones y que hay cosas que no sabe, siendo
posible ayudar en el esclarecimiento de información sobre el consumo y los cuidados.
Otra característica relevante de esta estrategia es hacer hincapié en el sujeto, volviéndolo un sujeto activo y
responsable por sus prácticas. Se entiende como un sujeto al que tenemos que abrir espacios de escucha y
posibilidades para que se pueda preguntar qué le está pasando.
En el terreno de la prevención se toma en conjunto en tanto promoción.

Los modelos deben leerse en clave de época y situación, es decir, en dónde estamos parados y con qué nos
encontramos que hace necesario repensarlos. Entendemos que para dar respuesta a las problemáticas de salud
mental y adicciones debemos enfrentarnos con una serie de nuevos interrogantes que interpelan desde diferentes
lugares: nuevos problemas sociales, impactos institucionales, nuevas presentaciones, posibles escenarios de
intervención clínica, etc.

El consumo problemático de sustancias se inscribe dentro del tipo de problemas que en las últimas décadas ocupa
un lugar diferenciado en el imaginario social. Las adicciones son el lugar desde donde sobresalen los rasgos de una
sociedad atravesada por relaciones violentas, fragmentación y pérdida de espacios de socialización, lo que produce
nuevas formas de padecimiento. Las expresiones de la desigualdad, del malestar en tanto padecimiento, interpelan
cotidianamente a las diferentes prácticas de intervención en salud mental.

Los modelos clásicos en el campo de las adicciones parecieran tener capacidad de respuesta limitada,
principalmente desde sus fuertes dificultades para incorporar lógicas de índole transversal y flexible. La
consideración de las adicciones como una cuestión que se inscribe en el campo de la salud mental, la no distinción
entre las sustancias lícitas e ilícitas, y la inclusión de las adicciones en las políticas públicas y su atención en los
servicios de salud son aspectos centrales a la hora de concebir una propuesta actual de intervención en consumo
problemático (Art. 4 Ley 26.657).

La abstención y prohibición pura y simple se demuestran precarias clínicamente, incrementan el miedo y la


inseguridad tanto en la libertad como en la salud, de hecho se ha comprobado que cuando se da de alta a un
paciente que ha tenido un tratamiento con una estrategia abstencionista las recaídas son mayores. De todas formas
proponemos no hablar de recaídas ante una cura, sino de consumo responsable y regulación del consumo, ideas que
se basan en la concepción de integralidad del sujeto y la problemática.

En línea con la estrategia de reducción de riesgos y daños, podríamos aludir también a las estrategias de umbral
mínimo de exigencia o umbral mínimo de requerimientos: dichas estrategias tienen como elemento clave la no
Jenn
exigencia de la abstención para el inicio del tratamiento. Dejar de consumir no consiste en el objetivo general del
tratamiento, sino que el horizonte es dejar de consumir de modo problemático.

Atendiendo a los nuevos desafíos epocales, la salud debe ser entendida como una construcción social y por lo tanto
atravesada por componentes históricos, socio-económicos, culturales, psicológicos y biológicos, cuyo mejoramiento
implica el compromiso de toda la sociedad para su concretación como derecho. Se trata de pensar la singularidad
psico-social y cultural y así ofrecer intervenciones adecuadas a las necesidades del sujeto. La idea es intervenir sobre
la reconstrucción del lazo social y el proyecto personal.

Es importante ampliar las posibilidades con respecto a la oferta de atención, estableciendo objetivos múltiples e
intermedios, adaptando las intervenciones a la heterogeneidad de los sujetos con consumo problemático y sus
trayectorias individuales. Es fundamental darle lugar a una relación profesional-usuario más flexible en la toma de
decisiones, incorporando medidas que permitan un uso controlado de sustancias.

La noción de regulación del consumo es un punto crucial. El paciente es, paulatinamente, capaz de tomar ciertas
decisiones respecto a su consumo, que tiende a perder su carácter compulsivo o impulsivo, en el cual se siente
tomado por una situación. La regulación del consumo está íntimamente ligada con el trabajo clínico, a partir del cual
se espera que ciertos cambios subjetivos posibiliten un manejo del consumo. La sustancia comienza a tener un lugar
distinto. Regular el consumo implica que, en algún punto, este deje de ser problemático.

La abstinencia es un imperativo tan elevado que termina por resultar irrealizable, de donde se deriva la imposibilidad
de cualquier movimiento en la posición subjetiva. Es primordial descentrar a la droga, retirarla del lugar de fetiche.

El consumo problemático representa un aspecto del amplio y complejo abanico que implica pensar la clínica. Este
pensar comprende también el abordaje interdisciplinario. Del mismo modo, el abordaje debe ser intersectorial, ya
que demanda la articulación de diversos sectores.
Jenn

Cocaína
Cocaína: abuso y adicción – NIDA/NIH

La cocaína es un estimulante extremadamente adictivo que afecta directamente al cerebro.

La cocaína ha sido llamada la droga de los años ochenta y noventa por su gran popularidad y uso extendido en esas
décadas. Sin embargo, no es una droga nueva. En realidad, la cocaína es una de las drogas que se conoce desde hace
más tiempo. Las hojas de la coca, de donde se obtiene la cocaína, se han ingerido por miles de años, mientras que la
sustancia química pura, el clorhidrato de cocaína, se ha consumido por más de 100 años. A principios del siglo XX,
por ejemplo, la cocaína purificada se convirtió en el principio activo básico que se empleaba en la mayoría de los
tónicos y elíxires creados para tratar una gran variedad de enfermedades.

La cocaína pura era extraída originalmente de la hoja del arbusto de la coca del género Erythroxylum, que crecía
principalmente en Perú y Bolivia. En la década de los noventa, y después de varios esfuerzos para reducir el cultivo
en esos países, Colombia se convirtió en el país con mayor cultivo de coca. Hoy en día, la cocaína es una droga
clasificada bajo la Lista II (“Schedule II”) de la Ley sobre Sustancias Controladas, lo que significa que se considera que
tiene un gran potencial para ser abusada, pero que puede ser administrada por un doctor para usos médicos
legítimos, por ejemplo, como anestesia local en ciertos tipos de cirugías de los ojos, oídos y garganta.

La cocaína usualmente se vende en la calle en forma de un polvo blanco, fino y cristalino. . Los traficantes
generalmente mezclan la cocaína con otras sustancias inertes, tales como la maicena, el talco o el azúcar; o con
ciertas drogas activas como la lidocaína u otros estimulantes como las anfetaminas. Algunos consumidores
combinan la cocaína con la heroína en lo que suelen llamar un “speedball”.

Hay dos formas químicas de la cocaína que suelen consumirse:

 La sal de clorhidrato de cocaína, que es soluble en agua. La sal de clorhidrato, o la forma en polvo de la
cocaína, se consume de forma inyectada o inhalada.
 Cristales de cocaína o base, que no es soluble en agua. Los cristales de cocaína han sido procesados con
amoniaco o bicarbonato sódico y agua y luego calentados para eliminar el clorhidrato y producir una
sustancia que se puede fumar, lo que coloquialmente se denomina crack.

Las principales vías de administración de la cocaína son oral (solo es importante en el caso de las mulas pero no
suele ser consumida de esta forma), nasal, intravenosa (vía más rápida) y pulmonar. También se puede aplicar la
droga directamente sobre las mucosas. La inyección o la administración intravenosa transporta la droga
directamente a la sangre aumentando así la intensidad de su efecto. Al fumar, se inhala el vapor o el humo de la
cocaína a los pulmones, donde la sangre lo absorbe a la misma velocidad que cuando se inyecta. El efecto eufórico
resultante es casi inmediato, y es la razón por la cual la popularidad del crack aumentó enormemente a mediados de
los años ochenta.

El consumo de cocaína puede ir desde su uso ocasional a un consumo repetido o compulsivo, con una variedad de
patrones entre estos dos extremos. Fuera de su uso para fines médicos, no existe una manera segura de consumir
cocaína. Cualquier método de consumo puede causar la absorción de cantidades tóxicas de la droga, con la
posibilidad de que ocurra una emergencia aguda de tipo cardiovascular o cerebrovascular y convulsiones, cualquiera
de las cuales puede ocasionar la muerte súbita.

La cocaína intensifica las concentraciones sinápticas de la dopamina, la noradrenalina y la serotonina al unirse a


proteínas transportadoras en las neuronas presinápticas y bloquear la receptación. Uno de los sistemas neuronales
que parece ser más afectado por la cocaína se origina en una región del cerebro medio llamada el área ventral del
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tegmento (AVT). Las fibras nerviosas originadas en el AVT se extienden a la región del cerebro conocida como núcleo
accumbens, una de las áreas clave del cerebro involucrada en la gratificación.

En el proceso normal de comunicación, una neurona libera dopamina en la sinapsis (el pequeño espacio entre dos
neuronas). Allí la dopamina se une a proteínas especializadas (llamadas receptores de dopamina) en la neurona
adyacente, enviando así una señal a la misma. Una vez enviada la señal, la dopamina es eliminada de la sinapsis y es
reciclada para volver a usarse en el futuro. La cocaína actúa bloqueando la eliminación de la dopamina de la sinapsis,
lo que resulta en una acumulación de dopamina y una amplificación de la señal a las neuronas receptoras. Esto es lo
que causa la euforia inicial que suelen reportar los cocainómanos.

Normalmente, una proteína especializada llamada transportadora de dopamina recicla la dopamina devolviéndola a
la neurona transmisora. Cuando se ha consumido cocaína, ésta se adhiere a la proteína transportadora de dopamina
y bloquea el proceso normal de reciclaje, resultando en una acumulación de dopamina en la sinapsis, lo que
magnifica o exagera los efectos placenteros de la cocaína.

Los efectos de la cocaína se presentan casi inmediatamente después de una sola dosis y desaparecen en cuestión de
minutos o dentro de una hora. Los efectos subjetivos que refieren los sujetos que consumen incluyen euforia,
sensación de energía e inquietud, desinhibición verbal, estado de alerta aumentado, ansiedad, alteración de la
percepción del tiempo, entre otros. La cocaína también puede disminuir temporalmente el apetito y la necesidad de
dormir. Algunos consumidores sienten que la droga les ayuda a realizar más rápido algunas tareas simples, tanto
físicas como intelectuales, mientras que a otros les produce el efecto contrario.

La absorción en cuanto a tiempo depende de la vía de administración, y determina el tiempo que dura el efecto
inmediato de euforia. Mientras más rápida es la absorción, más intenso es el subidón o euforia que resulta; pero al
mismo tiempo, cuanto más rápida es la absorción, menor es la duración del efecto de la droga. Esto suele ir de la
mano con un consumo mayor de la sustancia debido a que condiciona que, para que el efecto se mantenga a lo largo
del tiempo, se deba consumir constantemente, y por ende, más cantidad. La cocaína se metaboliza mediante las
esterasas del plasma; y sus metabolitos se excretan en la orina.

Los efectos fisiológicos u objetivos tras la administración de la sustancia incluyen contracción de los vasos
sanguíneos, dilatación de las pupilas y aumento en la temperatura corporal, la frecuencia cardiaca y la presión
arterial. Si se usan cantidades mayores se puede intensificar el subidón del usuario, pero también puede llevar a un
comportamiento más extravagante, errático y violento. Algunas personas que consumen cocaína han reportado
desasosiego, irritabilidad y ansiedad. También pueden tener temblores, vértigos, espasmos musculares o paranoia.
Además, puede haber graves complicaciones médicas asociadas con el abuso de la cocaína.
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En la intoxicación las complicaciones más frecuentes son efectos cardiovasculares como alteraciones en el ritmo
cardiaco y ataques al corazón; algunos efectos neurológicos incluyendo accidentes cerebrovasculares de origen
isquémico y/o hemorrágico, convulsiones, crisis hipertensivas y hasta coma; y complicaciones gastrointestinales,
como dolor abdominal y náusea. Las muertes ocasionadas por la cocaína suelen ser el resultado de un paro cardiaco
o de convulsiones seguidas por un paro cardiorrespiratorio.

Las investigaciones también han demostrado que existe una interacción potencialmente peligrosa entre la cocaína y
el alcohol.

Las imágenes del cerebro muestran una disminución en los receptores de dopamina (D2) en el cerebro de una
persona adicta a la cocaína en comparación con una persona que no consume drogas. El sistema de dopamina es
importante para el condicionamiento y la motivación, y es probable que las alteraciones como ésta sean
responsables, en parte, de la disminución en la sensibilidad a las gratificaciones naturales que ocurre con la adicción.
Esto se incluye dentro de los efectos crónicos del consumo.

La dependencia física a la sustancia está dada por una cuestión más bien fisiológica. Al ser expuesto repetidamente a
la cocaína, el cerebro comienza a adaptarse a la misma y la vía de gratificación se vuelve menos sensible a los
refuerzos naturales y a la droga en sí. El consumidor puede desarrollar tolerancia, lo que significa que necesitará una
dosis cada vez mayor de la droga o que deberá consumirla con más frecuencia para obtener el mismo placer que
cuando recién comenzó a usarla. Al mismo tiempo, los consumidores también se pueden volver más sensibles
(sensibilización) a la ansiedad, las convulsiones u otros efectos tóxicos de la cocaína.

Las reacciones adversas que resultan del consumo crónico de cocaína varían dependiendo de cómo se administra.
Por ejemplo, la inhalación regular puede causar una pérdida del sentido del olfato, hemorragias nasales, problemas
al tragar, ronquera y una irritación general del tabique nasal, lo que puede producir una condición crónica de
irritación y salida de secreción por la nariz. Cuando se ingiere, la cocaína puede causar gangrena grave en los
intestinos porque reduce el flujo sanguíneo. Además, las personas que la inyectan tienen marcas de pinchazos y un
gran riesgo de infecciones de estas heridas. Los usuarios intravenosos también pueden experimentar reacciones
alérgicas, ya sea a la droga o a algunos de los aditivos que se agregan a la cocaína en la calle y, en los casos más
severos, estas reacciones pueden provocar la muerte. El uso crónico causa pérdida del apetito haciendo que muchos
consumidores tengan una pérdida significativa de peso y sufran de malnutrición. La necrosis hepática y la EPOC
también son frecuentes. Respecto a los efectos crónicos en cuanto a la psique de los usuarios, encontramos que
pueden presentar irritabilidad, labilidad emociona, abulia, depresión, deterioro cognitivo, paranoia, psicosis,
consumo problemático y alucinaciones.

Los efectos más comunes del consumo crónico son el deterioro cognitivo y las afecciones cardiovasculares.

La dependencia psíquica tiene que ver con una cuestión de sensación respecto a la sustancia. Muchas veces el sujeto
ya ha pasado el periodo en el cual la abstinencia es más marcada (3 a 5 días tras el cese del consumo), por lo cual el
cuerpo ya no “se lo pide”, sin embargo, el sujeto usa la sustancia para lidiar o escapar de estados anímicos
displacenteros como la ansiedad; es así que cuando el individuo comienza a experimentar malestar nuevamente
cree estar abstinente y vuelve a consumir. Por lo general, el individuo consume para escaparle al malestar.

El craving va un poco de la mano con esto, y se lo define como aquella sensación de intenso deseo de consumir.
Suele asociarse particularmente a la cocaína, ya que tiene un impacto sensorial muy intenso a nivel del bulbo
olfatorio. El craving puede experimentarse meses o años después de haber cesado el consumo. Durante periodos de
abstinencia del uso de cocaína, el recuerdo de la euforia asociado con su uso, o solamente una referencia a la droga,
puede disparar un deseo incontrolable de consumirla y terminar en una recaída.

Las personas que abusan de la cocaína tienen mayor riesgo de contraer enfermedades infecciosas, como la del
síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) causado por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), además
Jenn
de la hepatitis viral. Este riesgo resulta no sólo por compartir jeringuillas y otros objetos (“parafernalia”)
contaminados, usados por los usuarios que se inyectan, sino también por el hecho de participar en comportamientos
de riesgo como resultado de estar drogados. Las investigaciones han demostrado que el consumo de drogas también
puede interferir con el buen juicio y la toma de decisiones, potencialmente llevando a los consumidores a tener
relaciones sexuales de riesgo, a compartir jeringuillas y otros instrumentos para inyectarse, y a intercambiar el sexo
por drogas (tanto los hombres como las mujeres).

El tratamiento de la adicción a la cocaína debe ser integral y las estrategias deben evaluar los aspectos
neurobiológicos, sociales y médicos del uso indebido de la droga por parte del paciente. Además, los pacientes que
tienen numerosas adicciones a menudo tienen otros trastornos mentales concurrentes que requieren intervenciones
conductuales o farmacológicas adicionales.

Una forma de terapia conductual que está dando resultados positivos en la población de cocainómanos es el manejo
de contingencias o incentivos para realzar la motivación. Los incentivos para realzar la motivación pueden ser
particularmente útiles para ayudar a los pacientes a lograr la abstinencia inicial del consumo de cocaína y para
posteriormente permanecer en tratamiento.

La terapia cognitiva-conductual es un enfoque eficaz para prevenir las recaídas. Esta terapia se centra en ayudar a las
personas adictas a la cocaína a abstenerse y a mantenerse abstinente del consumo de cocaína y otras sustancias. La
hipótesis subyacente es que los procesos de aprendizaje desempeñan un papel importante en el desarrollo y la
continuación del abuso y la adicción a la cocaína. Se pueden aprovechar estos mismos procesos de aprendizaje para
ayudar a reducir el consumo de drogas y prevenir las recaídas. Este enfoque trata de ayudar a los pacientes a
reconocer, evitar y enfrentar el consumo de drogas. Es decir, se les enseña a reconocer la situaciones en las que
tienen más probabilidad de consumir cocaína, a evitarlas cuando sea posible y a enfrentar de manera más eficaz una
serie de problemas y comportamientos asociados con el abuso de drogas. Esta terapia también es notable debido a
que es compatible con una gran variedad de otros tratamientos que los pacientes pueden recibir, incluyendo la
farmacoterapia.

Cocaína: consumo y consecuencias – Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz, México.

La cocaína deriva del nombre científico de la planta Erythroxylon coca: su aspecto es el de un polvo blanco, fino y
cristalino. Fue aislada de las hojas de la planta por el químico alemán Friedrich Gaedcke, en 1885. Sin embargo, es a
Albert Niemann a quién se le otorga el crédito de haberla aislado en 1859 como la conocemos.

La cocaína se metaboliza rápidamente (90 min) a benzoilecgonina y a ecgonina metil ester, los cuales son inactivos.
Los mecanismos neurobiológicos del consumo de cocaína incluyen la facilitación de la biodisponibilidad de dopamina
en el sistema de la motivación-recompensa. La cocaína interfiere con el transportador de serotonina (SERT), el de
dopamina (DAT) y el de norepinefrina (NET), en este orden de potencia.

Estos transportadores son proteínas que se expresan en las terminales de estos neurotransmisores y están
encargados de transportar la serotonina, la dopamina y la norepinefrina de regreso al interior de sus respectivas
terminales sinápticas. Esto quiere decir que la recaptura de los neurotransmisores es uno de los mecanismos que
usan las neuronas para terminar con la acción de dichos neurotransmisores. Es claro entonces que, si no se
recaptura la dopamina, ésta permanece en el espacio sináptico, con lo que aumenta el tiempo de activación de los
receptores dopaminérgicos.

Debido a que se ha observado en el núcleo accumbens que la dopamina se acopla a sus receptores D1 y D2, se ha
determinado que su acción sobre los D2 facilita la instalación de la dependencia. Sin embargo, con la administración
crónica, los D2 reducen su expresión, por lo que no se cree que participen en el mantenimiento de la adicción. Es
Jenn
decir, la dopamina y sus receptores, en particular el D2, así como el transportador de dopamina, son sitios
importantes para la instalación y mantenimiento del consumo de cocaína.

De acuerdo con la investigación, el consumo experimental de cocaína se asocia con factores comunes al uso de
sustancias en general, como: una alta accesibilidad, una baja percepción de riesgo, la presión de pares, un pobre
control conductual y una baja adherencia escolar. Como parte del grupo de consumidores de estimulantes mayores,
los usuarios de cocaína acusan la existencia de trastornos del control de impulsos, baja autoestima y depresión (con
sentimientos de fracaso, decepción, castigo, culpa y autocrítica, principalmente). Asimismo, reportan estar
expuestos a relaciones violentas en la familia, con antecedentes de violencia física, emocional y, en algunos casos,
sexual, factores que, a su vez, se asocian con actividades delictivas y conductas violentas reportadas por los propios
usuarios.

Además de los efectos a nivel del Sistema Nervioso que produce la cocaína, se han observado otros en el resto del
organismo. Dentro de los inmediatos encontramos: vasoconstricción, midriasis, hipertermia, taquicardia e
hipertensión. Los efectos derivados de la euforia, principalmente durante los primeros 30 minutos son la
hiperestimulación, la sensación de menos cansancio y un estado de mayor alerta mental. Otros efectos frecuentes a
mediano y largo plazo son: arritmias, infarto miocárdico, dolor torácico, insuficiencia respiratoria, afecciones
vasculares cerebrales, convulsiones, cefalea, náusea, dolor abdominal, anorexia y desnutrición. Existen también
efectos específicos dependiendo de la vía de administración.

Un factor que puede potenciar el efecto biológico de la cocaína es la fracción libre en sangre. El 90% se une a la
albúmina, de tal manera que cuando ésta disminuye, el efecto con la misma dosis puede ser mayor. Como
consecuencia, de la anorexia y las frecuentes transgresiones dietéticas experimentadas al consumir cocaína, la
hipoalbuminemia puede ser uno de los efectos que a su vez agrave otros.

Tras el aumento en la prevalencia del uso de cocaína en la población general, debido a su creciente disponibilidad y
su reflejo en la tendencia de consumo en mujeres en edad reproductiva, se estima que el número de mujeres
embarazadas que la consumen también se ha incrementado. La actividad de la colinesterasa plasmática, que
metaboliza la cocaína a ecgonina y benzoilecgonina, se reduce en mujeres embarazadas, disminuyendo la velocidad
en que ésta se metaboliza en compuestos inactivos, con lo que potencia así los efectos nocivos de la misma en la
madre y el feto. Las mujeres embarazadas metabolizan la cocaína a norcaine activo en un grado mucho mayor; de
este modo, madre e hijo están expuestos a esta alta concentración del metabolito activo.

Debido a las propiedades lipofílicas de la cocaína, ésta atraviesa rápidamente la barrera placentaria por difusión
simple, con lo que expone al feto a una concentración elevada de la misma. La respuesta sistémica a la cocaína
entraña efectos cardiovasculares (vasoconstricción, hipertensión y taquicardia), que favorecen: contracción de las
arterias umbilicales, insuficiencia placentaria y restricción del crecimiento uterino (RCIU). Su carácter hipertensivo y
el aumento en la contractibilidad uterina por el incremento en los niveles de norepinefrina predispone el
desprendimiento placentario, trabajo de parto prematuro, además, su consumo en el primer trimestre incrementa el
riesgo de aborto espontáneo. Las malformaciones congénitas ocurren entre 7 y 17% de los recién nacidos expuestos
a cocaína (siendo importante recordar el consumo concomitante de alcohol en el 60- 90% de los consumidores). El
síndrome de abstinencia se presenta entre 10-40% de los neonatos expuestos a cocaína.

El Factor Liberador de Corticotrofina (CRF) es un péptido hipotalámico distribuido en áreas límbicas y en núcleos del
tronco cerebral que al liberar la corticotropina regula la respuesta a diferentes situaciones de estrés implicadas en
los trastornos depresivos y ansiosos. Por otro lado, durante el síndrome de abstinencia a sustancias psicoactivas hay
un incremento de la neurotransmisión de CRF, hecho que parece indicar la existencia de una alteración
neurobiológica común entre la depresión y la dependencia a sustancias. Así mismo, en pacientes deprimidos se ha
podido detectar una disminución en el líquido cefalorraquídeo de las concentraciones de Neuropéptido Y (NPY),
existiendo tasas opuestas entre este neuropéptido y el CRF. Durante la abstinencia a cocaína se produce una
disminución de la neurotransmisión mediada por NPY. Además, las personas vulnerables que consumen cocaína
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pueden desarrollar un trastorno psicótico secundario a su uso por un fenómeno de sensibilización progresiva que se
manifiesta clínicamente, en la mayoría de los casos, como episodios psicóticos transitorios.

Algunos estudios han encontrado que el abuso de drogas es un factor para cometer delitos como el homicidio y el
robo; en este sentido, la evidencia sugiere que existe una asociación de mayores índices de criminalidad con mayor
abuso de drogas. Pero al mismo tiempo, se sabe que no todos aquellos que abusan de las drogas se tornan violentos
o cometen actos criminales. En general, la industria del mercado ilegal de drogas desestabiliza la economía de los
países, así como la de la sociedad civil, como resultado del incremento del crimen, la corrupción del sistema legal y
político, el abuso de drogas y la pérdida de la cohesión social.

El crimen y la violencia, relacionados con el abuso de drogas, tienen un impacto en diferentes niveles de la sociedad,
que van desde problemas internacionales relacionados con el tráfico y con las actividades de organizaciones
criminales, a los perpetrados contra los individuos que abusan de las drogas y los inocentes que quedan atrapados
en fuegos cruzados, o aquellos crímenes relacionados con la necesidad que tienen los usuarios y las personas
dependientes de obtener dinero o recursos para conseguir las drogas.

Un libro sobre drogas – Cocaína.

Después del alcohol y los medicamentos, la cocaína es la sustancia psicoactiva que causa mayor demanda por
urgencias en los centros asistenciales de Argentina.

Según el Informe Mundial de Drogas de las Naciones Unidas de 2016, América Latina concentra la totalidad de la
producción global de hojas de coca, pasta base de cocaína y clorhidrato de cocaína. La superficie destinada al cultivo
de hojas de coca es de unas 132.000 hectáreas, repartidas entre Colombia (52%), Perú (32%) y Bolivia (15%),
mientras que la producción anual de cocaína pura en el mundo oscila entre unas 700 y 900 toneladas.

En las zonas rurales, algunos problemas socioeconómicos como la pobreza y la falta de medios de vida sostenibles
son factores de riesgo importantes que llevan a los agricultores a dedicarse a esos cultivos.

El volumen total del mercado de la cocaína es algo difícil de estimar debido a que el producto sufre adulteraciones a
lo largo de toda la cadena con el objetivo de aumentar la rentabilidad del negocio. Según la ONU, se producen a nivel
mundial unas 800 toneladas de cocaína pura, de las cuales se incauta “solamente” unas 655 toneladas, que en su
mayoría ya ha sido adulterada.

Norteamérica ha sido el mercado de cocaína más importante del mundo por muchísimos años y Colombia ha sido
históricamente su principal proveedor (90% del total). Pese a las políticas antidrogas ejecutadas por Estados Unidos,
las bandas criminales han logrado evadir los controles mediante una planificación estratégica de la distribución.
Después de Estados Unidos, Europa es la segunda región con mayor consumo de clorhidrato de cocaína del mundo.
Esto no debe extrañarnos ya que, si bien la cocaína como sustancia psicoactiva está distribuida en todas las clases
sociales, el consumidor de clorhidrato de cocaína suele pertenecer a la clase socioeconómica media-alta y alta,
mientras que la presencia de cocaína en la clase baja se encuentra más frecuentemente en forma de paco y crack.

El primer caso de comercio y consumo registrado de cocaína en Argentina se remonta a principios del siglo XX, más
precisamente a 1918. El “avasallante fenómeno del consumo de cocaína”, según la Policía, urgía a las autoridades a
tomar medidas. Así, en 1921 se sumó al Código Penal la primera sanción, en el artículo 204, sobre la base de la
doctrina del “suministro infiel de medicamentos”. Esta primera legislación castigaba a los médicos que recetaran
medicamentos sin mencionarle al paciente la potencial peligrosidad de su consumo (como puede ser prescribir
opiáceos sin advertir al paciente la posibilidad de que se desarrolle adicción). Era el espíritu de la Ley Harrison, que
exigía la “buena fe” del médico para recetar. La modificación del artículo 204 en 1924 extendió la pena a los que
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expendieran productos farmacéuticos sin receta y a quienes vendieran sin estar autorizados y, a partir de 1926, a los
que tuvieran en su poder las drogas y no pudieran justificar la razón legítima de su tenencia.

Un cuarto de siglo después, en 1963, Argentina suscribió la Convención de Ginebra sobre el Control de
Estupefacientes (1961), aunque sin promulgar ninguna ley que la reglamentara. Fue la dictadura del general Juan
Carlos Onganía la que impulsó un cambio sustancial. El suministro irregular de medicamentos, que antes era el tema
central de la prohibición, quedó reducido a un solo punto: se estableció una pena de uno a cuatro años de prisión a
quien recetara dosis de estupefacientes por encima de lo terapéutico o tuviera alcaloides sin autorización médica.
Inesperadamente, un párrafo crucial castigaba al que, sin estar autorizado, tuviera en su poder sustancias (o
materias primas destinadas a su preparación) en cantidades que excedieran las destinadas a uso personal. Así, el
dictador Onganía legalizó la tenencia de estupefacientes para uso personal.

La problemática de las adicciones no reside simplemente en el consumo de una determinada sustancia, sino en el
vínculo que una persona sostiene con ella en una sociedad y un momento histórico determinado.

No existe un solo tipo de cocaína sino que esta se produce de varias maneras y para diferentes formas de consumo,
teniendo cada una de ellas sus riesgos particulares. La forma más conocida del uso de la sustancia probablemente
sea el polvo blanco que se “esnifa” por la nariz o se inyecta por las venas, llamado “clorhidrato de cocaína”. Después
de su procesamiento, el clorhidrato de cocaína se adultera con el fin de obtener un mayor volumen y hacer más
rentable el negocio. Si bien algunos de los compuestos utilizados para la adulteración son menos nocivos que la
cocaína en sí (como el almidón de maíz), otros son realmente peligrosos para la salud, como el levamisol (un
antiparasitario para animales) o las anfetaminas. La adulteración de la cocaína es tal que resulta prácticamente
imposible encontrar cocaína pura en el mercado negro.

Otra forma de consumo es el “crack”, un tipo de cocaína que combustiona mejor que el clorhidrato de cocaína y que,
por lo tanto, se fuma. El crack se fabrica mediante el agregado de bicarbonatos al clorhidrato de cocaína, dando
como resultado un compuesto amarillento con aspecto de sal que luego se compacta. Al fumarse, la cocaína
contenida en el crack produce efectos más intensos y rápidos que cuando se esnifa por nariz, aunque también posee
más riesgos asociados. Además, esta forma de consumo, al estar asociada a grupos sociales marginados y
sumergidos en la pobreza, le otorga a esta población una mayor vulnerabilidad a las acciones neurotóxicas del crack.

Un factor que aumenta el riesgo de daños y muerte es el consumo de alcohol junto con el de cocaína, ya que su
interacción desprende un compuesto químico llamado “cocaetileno”, que tiene gran toxicidad para el corazón,
potenciando así los efectos nocivos de la droga en ese órgano

A medida que los efectos de la cocaína cesan y el cerebro restablece su funcionamiento normal, se instala un estado
de “bajón” anímico importante, que a veces empuja a los usuarios a volver a consumir para evitarlo. “Anhedonia” es
el término apropiado para explicar esta caída anímica. Se trata de la incapacidad para sentir placer, un elemento
característico del síndrome de abstinencia de todas las sustancias adictivas.

El desencadenamiento de la conducta compulsiva de búsqueda de la sustancia se debe a que ambos estímulos


(droga y estrés) generan una alteración del equilibrio del neurotransmisor glutamato en el sistema de recompensa
del cerebro.

El esfuerzo global para llevar adelante la “guerra contra las drogas” mediante una disminución de la oferta de
cocaína a través del incremento en el número de incautaciones y la eliminación de los cultivos de hojas de coca,
produjo en los últimos años una caída de la producción en Sudamérica, particularmente en Colombia. Las pérdidas
de capital y la caída del negocio han afectado, en mayor proporción, a los narcotraficantes líderes que operan desde
Colombia y que están conectados con redes criminales de otros países de todo el continente americano, dando
como resultado una ola de violencia por el control territorial de la oferta de cocaína.
Jenn

Perspectiva de género y consumo problemático


Perspectiva de género en abordajes por consumo problemático de sustancias.

Según el último estudio nacional realizado en 2017/18 por la Dirección Nacional del Observatorio Argentino de
drogas (en adelante DNOAD), dependiente de la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas (Sedronar), sobre
consumo de sustancias psicoactivas en población de 12 a 65 años, se ha reducido la brecha entre el consumo en
hombres y mujeres para todas las drogas, tanto en relación a edad de inicio como al tipo de sustancias consumidas.
Asimismo, los varones siguen presentando tasas de consumo superiores a las de las mujeres, con algunas
excepciones como es el caso de psicofármacos sin prescripción médica.

El mismo estudio hace referencia a la demanda de tratamiento: el resultado muestra que durante el 2017 esta fue
mayor en varones que en mujeres, en una relación de casi tres varones por cada mujer, y no se registran datos en
relación a otras identidades sexogenéricas. Al hacer referencia a quiénes efectivamente accedieron a un dispositivo
de salud para realizar tratamiento, se desprende que el 59,2% de varones que demandaron tratamiento
efectivamente lo realizaron, mientras que en el caso de las mujeres ese porcentaje desciende al 35,8 % durante el
mismo período (el porcentaje disminuye cuando se observa permanencia/continuidad de tratamiento en mujeres);
nuevamente no se presentan datos vinculados a otras identidades (SEDRONAR, 2017). A partir de lo mencionado
anteriormente, se considera entonces que la brecha en el consumo (edad de inicio y sustancias) según géneros ha
disminuido a la vez que las posibilidades de acceder y permanecer en tratamiento siguen siendo inferiores para
mujeres y que existen muy pocos datos en relación a personas LGBTIQ+.

El patriarcado atraviesa transversalmente la vida cotidiana de mujeres y personas de la comunidad LGBTIQ+,


adquiriendo características específicas cuando esta población se encuentra en situación de consumo problemático
de sustancias, lo cual funciona como barrera simbólica, económica y cultural a la hora de acceder al sistema de salud
en general. Lo mismo ocurre cuando esos problemas están asociados a la salud mental, entre los cuales se cuentan
las demandas por consumo problemático de sustancias. Ello implica la vulneración de un derecho humano
fundamental como es el derecho a la salud integral.

Siguiendo a Sau (1990), al hablar de patriarcado se hace referencia a una toma de poder histórica por parte de los
hombres sobre las mujeres, cuyo agente ocasional fue de orden biológico, orden que fue elevado a la categoría
política y económica. Es de importancia reconocer también los aportes de Largarde (1996), quien sostiene que el
patriarcado es un orden social genérico de poder basado en un modo de dominación donde el paradigma es el
hombre. Cuidar de las demás personas se convierte en un pilar básico de la socialización de las mujeres, provocando
que ese rol se constituya en un eje fundamental de la identidad asociada a lo femenino, y por tanto como una
cuestión propia y natural en las mujeres.

Las dificultades de demanda de, acceso a y permanencia en tratamiento, se relacionan directamente con la doble
estigmatización con la que deben cargar: por un lado, su condición de consumidoras de sustancias y por otro, el
desajuste respecto a los cánones heteronormativos marcados por el patriarcado. Es decir, por no cumplir con los
roles, funciones y cuerpos que, histórica, social y culturalmente, han sido asignados según géneros. Entendemos por
géneros una categoría de organización social que estructura las visiones del mundo, las personas, las instituciones y
la vida en general de manera binaria y jerarquizada, situando en una posición de inferioridad a las mujeres,
feminidades e identidades no binarias frente a los hombres y lo definido como hegemónicamente masculino. Este
sistema tiene consecuencias concretas: en el caso de las mujeres, se presupone que si consumen drogas no pueden
hacerse cargo del “cuidado de les otres”; tampoco responden a las exigencias de sumisión, dulzura y cariño, y menos
aún estarían en condiciones de gestar y criar hijes, rol “natural y obligatorio”. Otra de las consecuencias de este
sistema recae sobre la comunidad LGBTQI+ que queda excluida de derechos varios, entre ellos el de acceder a un
dispositivo de salud cuando tienen problemas con el consumo de sustancias. Esa exclusión les ubica en un lugar (que
no es elegido sino impuesto) donde demandar tratamiento implica exponerse en algunos casos a equipos e
Jenn
instituciones que no les contienen, o a dispositivos que vuelven a excluirles, a profesionales y compañeres que
provocan nuevas violencias patriarcales sobre sus cuerpos.

Las problemáticas de consumo de drogas se ven atravesadas por variables de clase y géneros. Es entonces, a partir
de esta realidad, que se piensa en la necesidad de espacios o dispositivos específicos para el trabajo con mujeres y la
comunidad LGBTIQ+ con perspectiva de géneros, de manera que les permita reconocerse con esta problemática
particular, en un contexto determinado. Inicialmente fue necesario reconocer que trabajar desde perspectiva de
géneros y derechos implica, entre otras cosas, entender que las normas de género asignan reconocimiento,
estableciendo qué cuerpos sexuados importan, qué identidades sexo-genéricas merecen ser vividas, qué deseos
resultan viables y cuáles han de ser patologizados, criminalizados o estigmatizados en el ámbito de las relaciones
sociales, políticas y domésticas. Pero es preciso recordar que tales normas son instancias de poder que definen quién
puede ser un sujeto reconocible y quién no, y también que el poder no se mantiene si no se reproduce a sí mismo de
alguna forma.

Retomando la Ley Nacional de Salud Mental 26.657 y el concepto de “barreras para el acceso a la salud mental”,
reconocemos la necesidad del trabajo en espacios comunitarios desde un abordaje integral, con perspectiva de
géneros y basada en el reconocimiento de derechos humanos. Son variados y permanentes los obstáculos que se
presentan para el acceso a un tratamiento por su problema con el consumo, especialmente si pertenecen a sectores
pobres, empobrecidos y marginalizados. Las barreras en esos casos no solo son geográficas (distancia, falta de
transporte público), sino también económicas, culturales, ideológicas, sociales. Estas últimas suelen ser las más
expulsivas ya que terminan estigmatizando a les usuaries a partir de miradas criminalizantes y culpabilizadoras que
ponen el foco en la “responsabilidad individual de les sujetes para “entrar y salir de las drogas”, como si existiera tal
cosa, o como si fuera un proceso mecánico, una decisión individual que nada tuviera que ver con el contexto en el
que esas vidas surgen, se desarrollan y cobran sentido.

Lo comunitario cobra sentido porque es ahí donde las personas se desenvuelven, viven, hacen y generan vínculos
con otres, que inciden en las formas de dar respuestas a sus necesidades cotidianas. Es en estas redes donde
debemos asentarnos para pensar en conjunto estrategias de acompañamiento y prevención integral (Touzé, 2010),
reconociendo los recursos existentes en los territorios, siempre manteniendo la exigencia de que el Estado asuma su
condición de garante de derechos.

Se piensa la comunidad como organización social, espacio de encuentro en el que interjuegan valores comunes,
experiencias compartidas, construcción de sentidos, circulación de saberes, poderes, potencias; instancia de
acuerdos y desacuerdos, tensiones y conflictos. Se piensa en la intervención como dispositivo que, al decir de
Carballeda (2008), se presenta como posibilidad de transformación, a la vez integración y promoción de diálogos,
pensares y sentires respecto de problemáticas sociales específicas y con las instituciones existentes en un cierto
espacio. Asimismo, la articulación en cuanto gestión, planificación y ejecución de las políticas entre les diferentes
actores presentes en los territorios, resulta indispensable cuando pensamos en integralidad.

Para poder hablar de abordajes comunitarios es necesario recuperar las miradas de todes les actores presentes en el
territorio para entender la complejidad de los fenómenos sociales y pensar en conjunto abordajes que respondan a
esas realidades. El consumo de drogas es una problemática social compleja y adquiere características diferenciales
dependiendo del espacio geográfico/territorial al que hagamos referencia.

Para definir si el consumo de sustancias es una problemática en una comunidad determinada, es necesaria la
presencia de les actores sociales que la conforman, poner en común qué es lo problemático del consumo en esa
comunidad específica, qué ámbitos de la vida en comunidad se ven afectados, qué ocurre a nivel familiar e individual,
cuáles son los discursos que circulan en torno al consumo y a las personas que consumen drogas, cómo eso posibilita
o impide el acceso a diferentes derechos (salud, educación, alimentación, etc.), cómo operan las miradas
estigmatizantes en ese acceso, cuál es la población más afectada o expuesta a riesgos/daños asociados a esos
consumos (que en estos territorios se multiplican ya que a la situación de consumo hay que pensarla atravesada de
Jenn
muchas otras vulneraciones previas y actuales). Claro está que el problema del consumo de sustancias no está dado
por el tipo o cantidad de sustancia que se consume, sino por el vínculo que una persona establece con una sustancia
en un contexto histórico, político, cultural y económico determinado, y es necesario poder registrar la trayectoria
vital de esa persona para poder acompañar sin estigmatizar, criminalizar, ni culpabilizar. A partir de esta
construcción colectiva de la problemática pueden pensarse estrategias integrales que realmente respondan a esa
realidad particular.

Cuando el consumo de drogas se da en mujeres, sin diferencia de edades o clases, el apoyo y acompañamiento del
entorno es más difícil, incluso en algunos casos desaparece, justamente porque se considera que ninguno de los
roles asignados por el patriarcado pueden ser cumplidos “en esas condiciones”. Lo mismo sucede con personas sexo
genéricas disidentes, en primer lugar, por su identidad genérica que rompe con la norma impuesta. Eso se traduce
en barreras de acceso al sistema de salud. Por lo tanto, pensar en dispositivos de abordajes territoriales integrales
para esta población no sólo es necesario, sino que resulta imprescindible si se quiere asegurar, o por lo menos
facilitar el derecho a tratamientos y acompañamientos por problemas vinculados al consumo problemático de
drogas.

La inaccesibilidad a dispositivos tecnológicos y con conectividad, la sobrecarga horaria y de actividades domésticas,


de cuidado de niñes y sostenimiento de la dinámica escolar para las mujeres es una problemática que atraviesa
transversalmente su cotidiano, impidiendo la concreción de su derecho a la salud mental, a la cultura, a la distensión
y a espacios de prevención inespecífica de los consumos problemáticos.

Muchas mujeres que también son madres concurren al espacio de tratamiento con sus hijes, hermanes, sobrines,
afirmando el rol de cuidado socialmente adjudicado a las mujeres. La mayoría de las veces porque no tienen con
quién dejarlos mientras ellas hacen tratamiento, o porque a último momento los acuerdos hechos con la familia se
modifican. Lo cual deja en evidencia tres aspectos: ser mujer y ser madre ya es una barrera de acceso y
sostenimiento de tratamiento; situación que no sucede a los varones padres: y en tercer lugar, el acompañamiento
familiar a tratamiento es mucho menor para mujeres que para varones.

Quienes no poseen obra social tienen cobertura de tratamiento a través de becas de la Secretaría de Programación
para la Prevención de la Drogadicción y Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar). Si bien entendemos que esto es
positivo porque responde al derecho de cobertura de una prestación que está dentro de las consideradas como
básicas (es decir que todas las obras sociales están obligadas a cubrir) las exigencias de Sedronar de 5 días de
asistencia no responde a las realidades de las mujeres y otras identidades por todo lo que venimos diciendo hasta
aquí.

Lineamientos para abordar los consumos problemáticos de sustancias desde una perspectiva de género y
diversidad – Ministerio de las mujeres, género y diversidad.

Los Lineamientos para abordar el consumo problemático de sustancias desde una perspectiva de género y diversidad
son una producción conjunta entre la secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación (Sedronar) y el
Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad (MMGyD). Desde el enfoque de abordaje integral de las violencias
por motivos de género y la perspectiva de derechos humanos, la problemática de los consumos de sustancias
requiere de una respuesta articulada por parte de los distintos organismos estatales que se centre en el trayecto de
vida de las personas, tenga en cuenta sus formas de vincularse y el contexto, con el objetivo de problematizar y
deconstruir los procesos de estigmatización social y acompañarlas en el reconocimiento de sus potencialidades y
como titulares de derechos.

Los consumos problemáticos de sustancias atraviesan a todas las clases sociales y constituyen fenómenos
multidimensionales y complejos en los que se destacan diferentes dimensiones; jurídico- normativa; medico-
Jenn
sanitaria y subjetiva. El sentido que tiene el consumo de sustancias para cada persona se inscribe en lo singular de su
trayectoria de vida, en un entramado comunitario que involucra su red social y afectiva, condicionado por las
representaciones en torno a la sustancia y las personas que las consumen en un contexto sociocultural particular y
en el marco de una cultura del consumo.

Cuando nos proponemos construir políticas públicas desde la perspectiva de género y diversidad, también partimos
de la noción de interseccionalidad. Se trata de reconocer las desigualdades específicas que se producen como
resultado del entrecruzamiento de distintos factores de opresión, tales como la edad, la condición socioeconómica,
la condición de migrante, la discapacidad, la orientación sexual, la identidad de género, la religión, el origen étnico,
los procesos penales vigentes, la situación de encierro, los padecimientos mentales, entre otras.

Es necesario que los equipos de trabajo vinculados a los consumos problemáticos dispongan de formación y
sensibilización constante respecto de las condiciones estructurales que inciden en las trayectorias de vida de las
personas. Deben considerarse las relaciones de poder, privilegios, estigmas, discriminaciones y violencias que
quedan asociadas a los consumos. También es necesario que se actualicen permanentemente respecto a las
normativas vigentes sobre violencias por motivos de género, diversidad, discapacidad, entre otros temas. Introducir
esta reflexión crítica supone despatologizar la mirada revisando las prácticas profesionales a fin de no reproducir
estereotipos, prejuicios ni violencias por motivos de género.

Es imprescindible incluir ámbitos específicos destinados a mujeres y/o LGBTI+ que habiliten la posibilidad de dialogar
sobre temas que les atañen como grupos históricamente discriminados sin que la presencia de varones obstaculice
las reflexiones.

Es ideal incorporar a las personas en la planificación de actividades para que sean acordes a sus intereses, así como
ofrecer espacios de cuidado como juegotecas, con la presencia de personas que realicen ese acompañamiento, para
incluir a quienes tienen hijxs a cargo, facilitando el manejo de los tiempos.

El acceso a este circuito deberá contemplar una condición previa y fundamental: el consentimiento de la persona no
solo a ser acompañada sino a transitar el camino propuesto como componente inescindible para dar inicio a un
proceso de intervención. El consentimiento deberá construirse y respetarse en cada etapa, debiendo en caso
contrario reevaluar estrategias. Las vías de ingreso al circuito de abordaje integral pueden ser variadas. En la
experiencia se observa que muchas veces, por iniciativa de la persona en situación de violencia de género, se
requiere asistencia o acompañamiento en las áreas e instituciones especializadas en la materia, pero en muchas
otras dependerá del criterio profesional para detectar señales tempranas e indicadores de riesgo que impliquen una
intervención inminente. En el caso de los acompañamientos de personas que atraviesan consumos problemáticos, es
preciso saber que pueden ser procesos largos e implican múltiples etapas. La internación no es el único recurso;
puede ser indicada en un determinado momento pero también existen otras opciones. El abordaje requiere de una
evaluación permanente y modificaciones adecuadas según las particularidades de la historia, situaciones, deseos y
posibilidades de la persona. Se entiende que existen momentos dinámicos en el ingreso al circuito de abordaje
integral.

La primera escucha es un dispositivo en sí mismo presente en diferentes espacios: la escuela, un club deportivo, un
centro barrial o en la calle, y tiene por propósito recibir, orientar y contener. Es el primer encuentro que propicia una
escucha singular e integral, que permite obtener información de cada situación particular en tanto acceso a
derechos y presencia de redes institucionales e intersubjetivas, para poder diseñar una estrategia integral. Es
importante que en este momento se priorice la identificación de los tipos y modalidades de violencias que las
personas van enunciando en sus relatos, lo que permitirá aportar las herramientas técnicas orientadas a la
elaboración de las estrategias de intervención. La primera escucha, en y desde cada lugar, permite acompañar la
restitución del ejercicio o el acceso a derechos, generando espacios que no reproduzcan las violencias estructurales
del patriarcado, para lograr abordajes transformadores, inclusivos y respetuosos para todas las personas. La idea es
ofrecer un marco empático, que no interrogue, no juzgue ni confronte, haciendo preguntas abiertas que acompañen
Jenn
el recorrido singular invitando a problematizar las razones del consumo. En situaciones de violencia de género, evitar
el relato pormenorizado de las mismas ya que puede implicar un momento de mayor angustia y revictimización.

Los marcos normativos, el consentimiento y las redes que pueden articularse deben responder a una evaluación de
riesgo situada y precisa donde se priorice la integridad física, material y emocional de las personas en situación de
violencia de género. Se debe diferenciar situaciones de urgencia, debiendo ser contextualizadas a fin de determinar
el modo pertinente y las acciones inmediatas a realizar para preservar a la persona y su red subjetiva, en el marco de
la Ley de Salud Mental.

En el caso de identificar una situación de emergencia, se le propondrá a la persona en situación de consumo


problemático y violencia de género pensar en las redes de contención y/o familiares que podrían acompañarla y/o
protegerla. Se le brindarán herramientas para tomar medidas de cuidado ante nuevas situaciones de emergencia por
violencia de género: tener en su poder elementos personales, documentos (propios y de sus hijxs), dinero, teléfono
de familiares o vínculos afectivos, alejarse de la o las personas agresoras, interrumpir el contacto con ella y su
entorno cercano, entre otras. Vale mencionar que en aquellas situaciones en las que la persona en situación de
violencia no pueda o no deba regresar a su vivienda y no cuente con redes ni vínculos familiares/comunitarios que
puedan ofrecer alojamiento, será necesario desplegar políticas de protección que tengan en cuenta lineamientos
para la atención del consumo problemático de sustancias, habilitando el ingreso a dispositivos de protección como
hogares, refugios, casas de medio camino, entre otras.

El consumo problemático de sustancias configura un indicador de riesgo en contextos de violencia por motivos de
género. El acompañamiento de una persona que atraviesa un consumo problemático puede ser un proceso largo e
implica múltiples etapas. El abordaje requiere de una evaluación permanente y modificaciones adecuadas a las
particularidades de la historia, contexto, deseos y posibilidades de la persona. Se debe tener en cuenta que la
internación no es ni el principal ni el único recurso para la persona en consumo problemático. Las redes de atención
y acompañamiento en cada territorio se componen de espacios inclusivos y de primera escucha; de promoción y
prevención; dispositivos ambulatorios, de medio camino, Dispositivos Territoriales Comunitarios (DTC), Dispositivos
Integrales de Abordaje Territorial (DIAT), Centros Educativos Terapéuticos (CET), Centros de Prevención Local de las
Adicciones (CEPLA), Casas de Atención y Acompañamiento Comunitario (CAAC), casas de día y centros barriales, etc.
Lejos de pensar en una respuesta unívoca y lineal, lo que se busca es desarrollar intervenciones que atiendan a la
complejidad y a las características locales de cada territorio.

El punto de partida para planificar y diseñar las estrategias de abordaje de los consumos problemáticos con
perspectiva de género y diversidad es la comunidad, definida como un conjunto de redes sociales que construyen y
animan un territorio delimitado por confines geográficos. Se entiende que en las comunidades este conjunto de
redes sociales interactúa entre sí, comparten costumbres, prácticas, creencias y conflictos. En la construcción de
estrategias de prevención, cuidado, atención y acompañamiento de personas que atraviesan consumos
problemáticos es imprescindible la participación del Estado, de organizaciones barriales, sociales, de instituciones de
la comunidad, vecinxs, entre otros, ya que de manera aislada no pueden dar respuesta. Es a través de la
construcción de una red mixta que se podrá acompañar y pensar la problemática de manera integral.

Esta idea está íntimamente relacionada con la multiagencialidad y promueve la coordinación con lxs actorxs del
territorio y las áreas gubernamentales para reconocer los aportes y saberes profesionales junto con las experiencias
territoriales. En el marco de la red, se desarrollan políticas de prevención, atención, acompañamiento y cuidado de
las personas con consumos problemáticos de sustancias a lo largo y ancho de nuestro país. Esta red incluye a la
Sedronar, a los ministerios nacionales y a organismos provinciales.

Conocer el territorio y las dinámicas relacionales de la comunidad donde trabajamos es fundamental para definir
modalidades de intervención, ya que el abordaje de los consumos problemáticos de sustancias requiere estrategias
diferenciadas que den cuenta de las particularidades e imaginarios locales del consumo.
Jenn
Privatizando el cuidado – María Epele.

Basada en la noción de privatización del cuidado, se analiza “el rescate” como una política informal que, tendiente al
bienestar y la supervivencia, ha emergido en estas poblaciones (parejas heterosexuales) como resultado del
deterioro del sistema de salud y el aumento de la criminalización y la represión del uso de drogas.

Con base en los resultados del estudio etnográfico llevado a cabo en barrios y villas del sur del Gran Buenos Aires
entre 2001 y 2005, el objetivo de este trabajo es analizar el rescate como “política del romance”, y su lugar en el
proceso de formación de parejas heterosexuales en las que el uso de drogas está incluido. Este rescate “por amor”,
forma parte de un dispositivo más general e informal de prácticas y narrativas orientadas a “modificar”, “dejar” y/o
“salir” del consumo de drogas, que se dan entre aquellos usuarios(as) intensivos de drogas en poblaciones
vulnerables. Las narrativas y prácticas expresadas en términos de rescate surgieron, se desarrollaron y se
diversificaron a medida que las condiciones de pobreza, exclusión y vulnerabilidad social se generalizaban en estas
poblaciones durante la década de los noventa. Durante la crisis entre el 2001 y el 2002, y en el período de post crisis,
el rescate ya conformaba un conjunto informal de prácticas simbólicas, vinculares, corporales, y auto referentes
relativas al uso de drogas en los barrios de los sectores populares de esa área geográfica.

El rescate como política informal ligada a la promoción de la salud, el bienestar y la supervivencia, ha emergido en
estos contextos sociales en correspondencia con la progresiva privatización del cuidado. Esta noción hace referencia
al proceso por el cual prácticas y actividades llevadas a cabo por otras instituciones sociales –de salud, de trabajo,
etcétera– se desplazan y se integran al terreno de las relaciones vinculares próximas y de la intimidad, afectando los
procesos de formación de parejas.

La mayoría de los estudios sobre los procesos de formación de pareja, relaciones de género y prácticas sexuales en
contextos de consumo intensivo de drogas, se ubican dentro de las orientaciones teóricas que desde las ciencias
sociales se han elaborado sobre la epidemia del vih-sida. Dentro de los estudios sobre esta epidemia, uno de los
axiomas que ha estructurado las investigaciones puede formularse del siguiente modo: el vih-sida ilumina y devela
aquellos nudos conflictivos de la vida cotidiana y aquellas fracturas sociales que trazan las condiciones de
vulnerabilidad de grupos y poblaciones. La asunción más o menos implícita de este axioma consiste en que –de algún
modo– estos conflictos y fracturas hubieran permanecido invisibles u ocultos sin la ocurrencia de la epidemia.

Con el énfasis puesto en las condiciones estructurales, frecuentemente el universo emocional, relacional y afectivo
de las poblaciones vulnerables pierde sus caracteres específicos para convertirse en un producto –o subproducto–
marginal de la privación económica que condiciona tanto las características de las prácticas sexuales, como la
fragilidad en salud.

El rescate por amor, emerge como retórica de romance entre usuarios(as) de drogas de los sectores populares del
Gran Buenos Aires. En la década de los noventa las reformas económicas y políticas produjeron un rápido deterioro
de las condiciones de vida de las poblaciones ya empobrecidas y marginadas de esta área. La caída acelerada de las
condiciones de vida y el colapso económico y político convirtieron la “emergencia social, económica y sanitaria” en el
paradigma de la vida cotidiana de los conjuntos sociales vulnerables. En este contexto en el que la catástrofe
deviene rutinaria es donde “el rescate” emerge en los contextos locales como una política informal orientada al
cuidado y a la supervivencia de los usuarios(as) de drogas. Este conjunto de prácticas del cuidado de sí y del cuidado
por medio de otros incluye al rescate como romance, como patrón que legitima, da forma y normaliza las parejas
heterosexuales en las que uno de sus miembros es usuario de drogas. El análisis del romance como rescate implica el
reconocimiento e inclusión de la perspectiva nativa en los mismos términos que los propios actores dan cuenta de
este proceso. Es decir, aun considerando el carácter refractario, imaginario, ideológico y/o de desconocimiento
compartido a los que estas nociones se refieren, su inclusión en los procesos de formación de pareja supone
legitimar un conjunto de procesos y experiencias que son reconocidos como altamente significativos para los propios
actores sociales.
Jenn
La multiplicación de los riesgos de vida para los jóvenes pobres ha promovido un desplazamiento de contenidos y
funciones que anteriormente eran parte inherente de otras áreas de la vida cotidiana, y de prácticas e instituciones
sociales hacia el terreno de la intimidad de los vínculos de pareja. Para hablar de estos desplazamientos, hago
referencia a la noción de privatización del cuidado, es decir, al proceso por el cual se transfiere al dominio de la
intimidad –en este caso de la pareja– un conjunto tanto de tensiones, emociones y conflictos producidos en diversas
áreas de la vida cotidiana, como también la expectativa de reparación y resolución de los mismos.

Oponiéndose a la politización de lo personal, es decir, a llevar a la discusión política problemas de la intimidad –


derechos sexuales, reproductivos, violencia, abusos, etcétera–, la privatización del cuidado supone el movimiento
inverso que hace de la posición tradicional y patriarcal de las mujeres, el eje central de políticas que reducirían la
vulnerabilidad entre usuarios de drogas. Incluyen como parte inherente de la trama del romance un conjunto de
experiencias extremas, aunque rutinarias, que se dan en estos escenarios sociales.

Entre las condiciones que desencadenan las acciones y mandatos de rescate en sus diversas variantes, podemos
destacar las siguientes: deterioro corporal acelerado o enfermedad, intensificación rápida del ritmo de consumo de
sustancias, pérdida de trabajo y/o bienes, expulsión del hogar por daños producidos a familiares –robo, maltrataos
y/o violencia reiterada–, persecución y/o represión policial, encarcelamiento reiterado, alta exposición a peligros de
vida por conflictos dentro de los contextos locales vinculados a las actividades ilegales. Sin embargo, para que el
rescate adopte la forma de un romance, se requieren condiciones más específicas. La operación de rescate a través
de la formación de parejas heterosexuales implica entonces la unión de dos personas, una de las cuáles es usuaria de
drogas, en la mayoría de los casos el varón. Sin embargo, para que éste tenga lugar, la mujer no sólo no debe ser
usuaria intensiva de drogas, sino que debe estar por fuera de las redes de consumo, ilegalidad y marginación de los
contextos locales. Por otro lado, no cualquier varón usuario intensivo de drogas califica para entrar en este tipo de
relación. Aunque tenga antecedentes penales, experiencias de internaciones y encarcelamiento, debe conservar
ciertas relaciones, especialmente, vínculos y referencias familiares en el vecindario considerado, es decir, debe tener
cierto capital social para que sea susceptible de ser elegido.

La progresiva normalización de estas parejas corresponde con procesos de ruptura, fractura y quiebre de las redes
sociales, la polarización de las posiciones de género y la segmentación de diferentes experiencias en aquellos
contextos de alta vulnerabilidad social. Esta profundización de la brecha entre mujeres usuarias de drogas y no
usuarias, es una de las consecuencias del crecimiento de la pobreza, la desigualdad social, y el progresivo encierro
barrial durante la década de los noventa. Los cambios en las relaciones de género en las dinámicas locales se
corresponde con los procesos por los que la exclusión social se convirtió en expulsión territorial. A diferencia de los
modos de relación con mujeres usuarias en la actualidad, los(as) entrevistados(as) señalaban la existencia de
vínculos con jóvenes usuarias que vivían por fuera de los límites del vecindario. Las crónicas e historias de vida
señalan que la mayoría de las adolescentes y jóvenes que consumían drogas, lo hacían como parte de una relación
de pareja con un usuario de drogas. De la misma manera, la ruptura de estas relaciones, en muchos casos, se
convertía en la explicación de por qué algunas de ellas dejaban de consumir drogas, y podían posteriormente iniciar
otra relación de pareja por fuera de las redes de consumo, sin mayores consecuencias.

El progresivo encierro barrial ha tenido como consecuencia, en primer lugar, que los vínculos de pareja estén
caracterizados por una abrupta reducción de las relaciones entre usuarios dentro y fuera del vecindario, es decir, se
volvieron más endogámicos. Conjuntamente, se fue generando una progresiva polarización de las mujeres en dos
grupos: “las adictas” y “las buenas pibas”. Además, estar en pareja en la actualidad no garantiza para las mujeres
acceso a drogas por medio de los varones. Al contrario. La participación de las mujeres en el consumo intensivo de
drogas ha supuesto un progresiva implicación en las actividades de provisión de recursos y de drogas, en muchos
casos a través de actividades ilegales –hurto, robo y participación en la comercialización de drogas–. Es decir, en el
interior de las redes sociales de consumo de drogas, esta progresiva homogeneidad de género con respecto a las
actividades llevadas a cabo para la provisión de recursos, no obstante reconoce, en algunos casos, diferencias
específicas en el rol que ellas tienen –por ejemplo, campana o señuelo en los robos, almacenaje de drogas, etcétera–.
Jenn
El encierro barrial, resultado de la progresiva reducción de la movilidad social y territorial, estuvo acompañado de
una modificación de las posiciones de género tradicionales. Al ritmo de estas transformaciones, los patrones de
formación de parejas heterosexuales en los que el uso de drogas está incluido adoptaron nuevas modalidades.
Partiendo de estas transformaciones, el rescate por amor es entonces un modo de romance que incluye las
contradicciones y los conflictos producidos por estos procesos y tendencias, como también cierta forma de
resolución de los mismos.

La normalización progresiva de dichas parejas en estos contextos sociales, sólo se puede entender si se reconoce el
carácter de emergencia que fue adoptando la vida cotidiana para aquellos jóvenes usuarios intensivos de drogas en
vecindarios del Gran Buenos Aires. La urgencia de rescatar(se) se vincula no sólo con el uso intensivo de drogas y el
deterioro corporal asociado. De acuerdo con usuarios, esta urgencia se impone en relación a las múltiples amenazas
y peligros a los que estaba sujeto en los escenarios cotidianos, relacionados con el carácter mixto represivo y
asistencial de la criminalización del uso de drogas –policial, judicial y sanitario– que fueron adoptando los programas
de rehabilitación, tratamiento y las pocas alternativas de salida de los circuitos locales de conflicto y deterioro.

Aun considerando las características de la acción policial, esta fuerza se convirtió en uno de los pivotes sobre los que
se edificó el dispositivo policial-judicial-sanitario. Éste se refiere al conjunto de estrategias y prácticas institucionales
que en apariencia contiene la promesa de cambio de vida, de recuperación de la salud, de bienestar y de sobrevida
de los usuarios de drogas poco favorecidos, sólo si aceptan la criminalización y los diversos modos de
institucionalización –penitenciaria y/o terapéutica– como camino para su logro. Aquellas pocas alternativas
institucionales de tratamiento y atención de la salud vinculadas al consumo intensivo de drogas sólo son accesibles si
pasan por el filtro de ingreso, definido por la criminalización de la pobreza y del uso de drogas.

Al encierro barrial, resultado de la reducción de la movilidad social y territorial, se le agrega, por los efectos de la
prácticas de criminalización, un acorralamiento progresivo de los usuarios(as) que, en el mejor de los casos, reduce
el mundo vivido de cuidado y afecto a unos pocos vínculos cercanos, lugares y recorridos, frente a un contexto
amenazante y que pone en peligro de diversos modos su integridad corporal, emocional y hasta su supervivencia.

Estos desplazamientos, cambios en las estrategias, nuevos circuitos de deterioro y de destructividad, son el contexto
en el que la operación de rescate en sus distintas variantes –rescate por otro, rescatarse, rescate por amor– se
convierte en una de las pocas alternativas para modificar las condiciones y la expectativa de vida de los usuarios.

La inestabilidad, las tensiones y los conflictos emocionales y de relación que se fueron estructurando en las diversas
experiencias de vida ingresan a la intimidad de la pareja, le dan un ritmo e intensidad emocional que en la mayoría
de los casos, si no se resuelve, lleva a la ruptura de la relación, a la separación forzada o a explosiones de violencia
repetidas. Con la reducción al mínimo de experiencias y prácticas de protección y cuidado en estos contextos, la
mayoría de los vínculos que establecen y que llevan a cabo los usuarios(as) están atravesados por sentimientos y
emociones que corresponden a la inestabilidad que hace de la vida cotidiana un escenario hostil e incierto. Entre
ellos encontramos la amenaza, el peligro, la alerta permanente, el miedo, la abulia, el placer instantáneo, la
sospecha, la entrega total a situaciones y relaciones, el desconcierto, el aislamiento, la pérdida, la agresión, el placer,
la desconfianza, el dolor corporal, el olvido y la anestesia.

Uno de los supuestos de este tipo de relaciones de parejas consiste en que la mujer, que generalmente es la no-
usuaria de drogas, tiene la capacidad de cuidar a otros, y por lo tanto de reparar, modificar y sanar a través del
vínculo amoroso aquellos malestares y padecimientos de su pareja. Si bien el cuidado es una de las asignaciones del
género femenino, en este proceso de formación de parejas incluye una amplia variedad de actividades y funciones
que excede la asignación patriarcal tradicional. Es decir, supone la resolución de complejos estados emocionales –
ansiedad, miedo, ira, angustia, etcétera– y subjetivos –disociación, alienación, poner el cuerpo, indistinción con otro,
entrega total y separación de otro– que guardan cierta correspondencia con los patrones de experiencias que los
usuarios(as) padecen por el consumo y/o deben enfrentar en contextos de extrema vulnerabilidad.
Jenn
De este modo, la intimidad en este patrón de parejas, se ve invadida por estos contenidos, estados y trazos de los
vínculos previos, además de toda una serie de actividades y funciones que convierten el cuidado del otro en la tarea
central de las mujeres dentro del vínculo. Se espera que la mujer reduzca y/o elimine el consumo de drogas, aleje a
la pareja de las actividades ilegales, repare el dolor y sufrimiento experimentado, prevenga enfermedades y
posibilite la supervivencia, a través de dar orden y estabilidad a los estados emocionales para que el varón pueda
salir del circuito “destructivo” e ingrese en uno “constructivo”, “de trabajo, familia y legalidad”. Sin embargo, la vida
cotidiana y la intimidad de estas parejas están, en su mayoría, atravesadas por la intensidad, el ritmo y los estados
subjetivos y corporales que caracterizan los patrones de experiencia en condiciones de pobreza, exclusión y
vulnerabilidad.

Este proceso de privatización del cuidado supone no sólo una reestructuración de las prácticas y funciones de
instituciones estatales y no estatales sino también una reformulación de los espacios sociales. Es desde este lugar
que el romance puede ser entendido como política, ya que supone, a través de la privatización del cuidado, el
establecimiento de un vínculo estrecho entre romance y supervivencia. No obstante, y debido a los mismos
desplazamientos, la mayoría de este tipo de parejas fracasa al corto, mediano e incluso largo plazo. Terminan con
una separación abrupta por decisión de la mujer, o con ciclos de separaciones y reencuentros, ya sea por la
intervención de algunos de los familiares en momentos críticos, o por el encarcelamiento o muerte del varón. En
otros casos la mujer, pareja del usuario comienza a consumir drogas e ingresa subsidiariamente al mundo del cuál
iba a rescatar a su pareja.

En este sentido, los modelos de romance como políticas que regulan los procesos de formación de pareja implican
algo más que reconocer que las relaciones de género y la sexualidad están atravesadas por el poder. Los procesos de
formación de parejas basados en el rescate por amor integran un dispositivo informal que está orientado a reducir
los daños del uso de drogas, a modificar su carácter intensivo y/o suspender el consumo, a alejar los jóvenes de los
peligros a los que se hallan expuestos y que comprometen incluso su supervivencia. Es decir, convierte la intimidad
en el terreno en el que no sólo se despliegan las tensiones, sino en el que a la vez se espera que sean resueltas.

La orientación sexual que implica el proceso de formación de parejas heterosexuales –generalmente de una mujer
usuaria y un varón no usuario–, señala los modos en que la desigualdad de géneros se anuda con la posibilidad de
ser deseado, querido y rescatado.

Género – Dora Barrancos.

La palabra género tiene una gran afluencia dentro del movimiento feminista pero cobra mucha importancia al ser
utilizada por distintos psiquiatras a mediados del siglo XX.

El feminismo se divide en:

1. Primera ola, desde mediados del siglo XIX a principios del XX.
2. Segunda ola, segunda mitad del siglo XX más específicamente desde el 60 al 90.
3. Tercera ola, desde los años 90 hasta la actualidad.

Simone de Beauvoir establece una guía de ruta en la segunda ola feminista, que es la que se va a empeñar en
resignificar la palabra género. Simone nos dice que no se nace mujer, que nos hacemos mujeres; esto último a partir
del rol que desempeñamos. Se establece esta dicotomía entre el sexo, constituido como tal en base a una cuestión
más bien biológica y anatómica, y el género. El género constituye más bien una producción social y cultural.

El sexo y la biología se leen a través de la malla del lenguaje; son algo del lenguaje. El género por su parte remite a
jerarquías que son muy distintas entre sí: el varón es capacitado desde que nace para un cierto desempeño, así
como la mujer es habilitada para otro estableciendo así modos de vivir. A la mujer se le otorgan ciertos valores,
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ciertas formas y tareas correspondientes al campo reproductivo: atención y cuidado. Es así que lo que parece ser una
diferencia biológica en realidad se constituye por una enorme diferencia sociocultural atribuible a una cuestión de lo
que es el género, y no el sexo.

Judith Butler, perteneciente a la tercera ola feminista, plantea el sexo como una invención del lenguaje: sexo tan
social, cultural e histórico como la palabra género. La biología en sí misma no habla, sino que quien habla es el
lenguaje que dice a la biología como tal.
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Drogas sintéticas y alucinógenos


Benzodiacepinas – Un libro sobre drogas.

Antes de las irrupciones estelares del Prozac (1987) y el Viagra (1998) en la escena de la farmacología mundial, la
promesa más grande de felicidad en cápsulas eran las “benzo”, drogas sedantes utilizadas para tratar la ansiedad y el
insomnio, que reinaron en solitario durante tres décadas y que al día de hoy, pese a cierta mala prensa, no parecen
haber perdido su sex appeal. Todo empezó en 1930, cuando el químico Leo Sternbach sintetizó una serie de tinturas
entre las que se encontraban las primeras benzodiazepinas.

La primera molécula comercializada fue el Librium (clordiazepóxido) en 1960, a la que le siguió el Valium (diazepam)
en 1963. Luego se les sumaron más de treinta compuestos hermanos. Entre los más difundidos están el Rohypnol
(flunitrazepam), el Ativan (lorazepam), el Xanax (alprazolam), el Klonopin y el Rivotril (ambos clonazepam).

En 1977, las benzodiazepinas se convirtieron en los medicamentos más prescriptos a escala mundial. Hoy, a medio
siglo de su introducción en la práctica clínica, las benzodiazepinas continúan siendo los tranquilizantes más
recetados y vendidos del mundo.

El motivo del éxito de estas drogas probablemente se deba a los cambios de ritmo y de estilo de vida a los que se
enfrentaron los habitantes de grandes ciudades industriales plagadas de una enorme variedad de estímulos externos
de naturaleza amenazante, condición que puede resumirse en una palabra: estrés. En ese contexto, se observó un
marcado aumento en la incidencia de una serie de trastornos como el insomnio, la ansiedad y el pánico, que motivó
el desarrollo de drogas psicotrópicas con propiedades ansiolíticas (antiansiedad), hipnóticas (inductoras del sueño) y
sedantes (tranquilizantes), que permitieran combatir o calmar los síntomas de estos cuadros psiquiátricos de manera
efectiva y segura.

Hasta ese momento, los únicos tranquilizantes relativamente efectivos eran los barbitúricos. Estas drogas,
producidas desde los años ‘30 por el laboratorio Abbott en Chicago (Estados Unidos), son sedantes de corta duración
(sus efectos duran sólo unos minutos) que inducen el sueño a pequeñas dosis. Sin embargo, estas drogas no son
adecuadas para tratar los síntomas de la ansiedad y, por ser muy adictivas, su consumo repetido puede ser bastante
riesgoso. Es así que hasta el surgimiento de las benzodiazepinas, los tranquilizantes disponibles eran peligrosamente
tóxicos y producían efectos colaterales graves. En este sentido, una de las ventajas de las benzos fue su mayor
seguridad.

En la sociedad moderna el estrés es constante, lo que termina generando desbalances de esta respuesta adaptativa
seleccionada a lo largo de la evolución y, eventualmente, sobrevienen estados de ansiedad patológica (tanto que
tenemos un nombre particular para este estrés a largo plazo: distrés). No existe ningún tipo de dudas de que este
tipo particular de estrés puede causar problemas graves en la salud psicofísica de las personas, que van desde
trastornos de ansiedad hasta gastritis y enfermedades cardiovasculares. Se estima que una de cada cuatro personas
presenta distrés y esto generalmente ocasiona serias consecuencias de ausentismo e improductividad laboral. El
grupo más afectado es el de las amas de casa, pero como lamentablemente su actividad no es remunerada, no se
refleja en las estadísticas laborales.

Se considera que el consumo de benzodiazepinas produce beneficios evidentes siempre y cuando se administren
bajo estricto control médico y con un criterio adaptado a cada persona. Cuando estas son prescriptas, se requiere de
un trabajo conjunto y sostenido de psicoterapia y fármacos.

Debido a su efecto sedativo y calmante, las benzodiazepinas se utilizan a corto plazo para tratar varios problemas de
salud mental asociados al distrés, como alteraciones del sueño y de la alimentación, así como trastornos de ansiedad
y miedo de diferente gravedad, incluyendo ataques de pánico. También son muy utilizadas durante los síndromes de
abstinencia para calmar a los pacientes, en los episodios de epilepsia y convulsiones febriles para reducir los
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espasmos y en diversos estados afectivos negativos que incluyen cuadros depresivos, agitación y comportamiento
agresivo.

Las benzodiazepinas pueden ser administradas de diferentes maneras (por vía oral, intramuscular, endovenosa,
rectal). Una vez que ingresan al torrente sanguíneo, circulan por todo el organismo y se difunden al cerebro
fácilmente. Naturalmente, la dosis juega un papel fundamental a la hora de desencadenar los efectos farmacológicos.
A bajas concentraciones, las benzo comúnmente producen una sensación placentera de tranquilidad y
eventualmente generan el deseo de querer visitar la cama, pero a dosis mayores la misma droga puede inducir un
estado de confusión. Si se aumenta aún más la cantidad administrada, la persona puede perder la consciencia, y si
además se ha consumido alcohol, el riesgo es aún mayor, ya que ambas drogas reducen la actividad de las neuronas
encargadas de controlar el centro respiratorio. A pesar de ello, la sobredosis de benzodiazepinas muy raramente es
mortal si no se han consumido al mismo tiempo otras sustancias psicoactivas.

Además de producir sedación general y relajación de los músculos, las benzos también pueden causar
adormecimiento, mareos, falta de coordinación y disminución de la concentración y de la capacidad de estar alerta.
Si a esta ecuación le agregamos la conducción de un auto o de maquinarias, resulta una fórmula para el desastre por
el incremento de riesgo de accidentes. Conducir cualquier tipo de medio de transporte bajo los efectos de las
benzodiazepinas, aun en dosis moderadas, es potencialmente peligroso para el usuario y la sociedad. Por el mismo
motivo, se pueden producir caídas y lesiones en ancianos, aunque la población general no está exenta de este riesgo.
Estas drogas también pueden causar deterioro cognitivo, como por ejemplo, en el desempeño de tareas de
memorización. Otros efectos colaterales de las benzodiazepinas son la disminución de la libido y problemas de
erección, resaca después de la ingesta, dolor de cabeza, depresión, desinhibición exacerbada, alteración del ritmo
cardíaco, hipotensión, dolor de pecho, temblores, debilidad, etc.

El abuso de benzodiazepinas, además de producir deterioro cognitivo y psicomotor, puede generar tolerancia y
llevar a la adicción. Hacia los años ‘80 se hizo evidente que las benzodiazepinas se prescribían innecesariamente. Se
comenzó a advertir que ciertos pacientes desarrollaban dependencia luego de tratamientos largos y que, debido a la
aparición de un síndrome de abstinencia, experimentaban dificultades para interrumpir el consumo.

Las pautas indicadas por la Organización Mundial de la Salud enfatizan actualmente que estos fármacos no son la
primera opción terapéutica entre los tranquilizantes disponibles y que su uso debería restringirse a tratamientos de
corto plazo. En general, se recomienda que la duración de un tratamiento no supere los seis meses, aunque algunos
sugieren que no debería ser mayor a cuatro semanas.

Actualmente existe una tendencia a la banalización del consumo de benzodiazepinas en nuestra sociedad, ya sea con
o sin prescripción médica, planteándolo como alternativa a varios problemas de la vida cotidiana. Además, las
benzodiazepinas ocupan el primer lugar entre los agentes medicamentosos responsables de intoxicaciones agudas,
los cuales son en su mayoría gestos suicidas no fatales que generalmente concurren con otras sustancias de por
medio, como el alcohol.

El GABA (ácido gamaaminobutírico) es el principal neurotransmisor inhibitorio del SNC. Se forma en las neuronas a
partir de su precursor, el glutamato. Hay tres receptores para el neurotransmisor GABA: GABA A, GABA B y GABA C.
Los tres, distintos y de localización diferente, actúan produciendo la hiperpolarización de las células sobre las que
actúan. Se considera que a partir de la interacción de las benzodiazepinas con los receptores GABA A se producen los
efectos clínicos importantes de estas drogas.

Hay tres receptores para el neurotransmisor GABA: GABA A, GABA B y GABA C. Los tres, distintos y de localización
diferente, actúan produciendo la hiperpolarización de las células sobre las que actúan. Se considera que a partir de la
interacción de las benzodiazepinas con los receptores GABA A se producen los efectos clínicos importantes de estas
drogas. Los receptores GABA A se encuentran en el SNC.
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Los receptores GABA A son estructuras que conforman un canal de cloro (ionóforo del cloro). El neurotransmisor
GABA, que tiene función de agonista al unirse con el receptor GABA A, produce una apertura del canal iónico con un
aumento del pasaje del cloro hacia la célula. Esto produce una hiperpolarización del interior celular lo que disminuye
la excitabilidad de la neurona, y así se inhibe su descarga eléctrica. Los receptores GABA A tienen un sitio
benzodiazepínico o receptor benzodiazepínico central (BZ). Es un sitio de unión para las benzodiazepinas distinto
(alostérico) al sitio en el que se une el GABA. Cuando las benzodiazepinas interactúan con el sitio BZ aumentan el
efecto del neurotransmisor GABA acrecentando su unión al receptor GABA A y aumentando las veces que el canal
iónico se abre.

Psicodélicos – Un libro sobre drogas.

Una característica central de los psicodélicos es su capacidad para alterar nuestra conciencia, tanto sus contenidos
(los sentidos como la visión, el oído o el tacto) como algunas de sus propiedades más abstractas (la percepción de
individualidad, el flujo del pensamiento y la asociación de ideas).

Entendemos a la “conciencia” como a toda la información presente en nuestro cerebro capaz de generar una
sensación subjetiva que podemos reportar –contarle a alguien– que estamos sintiendo; o sea, aquello que
percibimos. En contraposición, hay información “inconsciente” o “subliminal” en el cerebro, la cual no genera
sensaciones subjetivas reportables y, por lo tanto, no forma parte del contenido de nuestra conciencia.

Existen matices respecto a las cualidades del estado psicodélico inducido por diferentes sustancias, pero estos
matices son lo suficientemente sutiles como para justificar su discusión en el contexto específico de cada droga. De
momento, asumamos que la principal característica que define a los psicodélicos es que conducen a algo
denominado “el estado psicodélico”. La inefabilidad del estado psicodélico es sólo una faceta más de la inefabilidad
misma de la experiencia consciente.

La distorsión de la percepción es lo que probablemente con frecuencia se asocia al estado psicodélico; en particular,
a la “estética psicodélica” en auge durante los años ’60 y ’70. Los colores se vuelven más vívidos, se distorsionan o se
agrupan en patrones caleidoscópicos. Los objetos se distorsionan y puede parecer que cambian, se disuelven o
incluso se mueven sin razón aparente en la periferia del campo visual. El significado de grupos de objetos que
emerge de su percepción conjunta puede perderse: por ejemplo, las caras humanas pueden dejar de percibirse
como tales y en lugar de ellas verse una colección de ojos, bocas y narices. El tacto puede volverse más sensible, de
manera que una caricia puede constituir una experiencia visceral o incluso invasiva. De manera contraria, algunas
sustancias psicodélicas pueden disminuir el dolor, ejerciendo un efecto prácticamente anestésico. También se
pueden encontrar detalles y armonías nuevas en música conocida desde hace años. Sorprendentemente, se
desdibujan los límites entre las distintas modalidades sensoriales: no es inusual escuchar un color o sentirle el gusto
a una nota musical. Experiencias como esta última son completamente ajenas a nuestra conciencia ordinaria y se
encuentran en el núcleo de la dificultad para describir verbalmente el estado psicodélico.

Las drogas psicodélicas se conocen también como “alucinógenas”. Esta nomenclatura sugiere que se destacan por su
capacidad de generar alucinaciones, cuando en realidad tienden más bien a generar distorsiones de la información
sensorial (ilusiones), en vez de causar la percepción de cosas que no existen realmente. Los psicodélicos inducen una
distorsión de la realidad, que no es lo mismo que una alucinación. Por esta razón, seguiremos refiriéndonos a estas
sustancias con el nombre de “psicodélicos” en vez de “alucinógenos”.

La distorsión del tiempo y el espacio es habitual. Bajo los efectos de un psicodélico, puede complicarse tanto estimar
el tiempo entre dos eventos como la distancia entre dos puntos del espacio.

Los cambios en el estado anímico son característicos. Generalmente, la experiencia psicodélica incluye una
modificación del humor hacia un estado similar a la euforia. Ciertas sustancias psicodélicas son poderosos
“empatógenos”: drogas capaces de generar un fuerte sentimiento de amor y amistad entre individuos. Esta
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característica era, posiblemente, de fundamental importancia en el uso ceremonial de psicodélicos, ya que la gran
mayoría de las culturas aborígenes que utilizaba psicodélicos con fines místicos o religiosos, lo hacía de forma grupal
y no individual. El consumo de psicodélicos empatógenos (por ejemplo, MDMA, popularmente conocido como
“éxtasis”) en fiestas con música electrónica es quizás una manifestación contemporánea de estas ceremonias
colectivas. Por tal motivo, existe evidencia de que ciertos trastornos psiquiátricos que alejan al paciente del resto de
las personas (por ejemplo, el estrés postraumático) podrían tratarse utilizando psicodélicos capaces de generar una
fuerte empatía entre el paciente y el terapeuta.

Pero no todas las emociones inducidas por las sustancias psicodélicas son necesariamente positivas. Es conocido que,
bajo ciertas circunstancias, los psicodélicos pueden generar un estado de pánico conocido coloquialmente como
“mal viaje”.

Uno de los motivos por los cuales la experiencia psicodélica es capaz de generar profundos sentimientos de miedo y
ansiedad es la posibilidad de experimentar una disolución del ego. Durante el estado de vigilia normal, tenemos una
fuerte sensación de individualidad: nuestra conciencia es propia y es una proyección ininterrumpida de la conciencia
que teníamos ayer o hace diez años; se encuentra claramente separada del mundo exterior, está dentro de nuestro
cuerpo, el cual actúa como una barrera física para restringir y preservar nuestra identidad. Las drogas psicodélicas
son capaces de destruir el sentido del Yo, es decir, de disolver el “ego”. En este estado, la conciencia de uno mismo
se desdibuja y tiende a abarcar una entidad mayor, como nuestras inmediaciones físicas o, para algunos, el Universo
mismo.

El estado psicodélico puede predisponer a los individuos a atravesar experiencias de tipo místico y religioso, por lo
tanto no sorprende que algunos psicodélicos tengan asociaciones centenarias con ciertas prácticas religiosas. De
hecho, otro nombre que se da frecuentemente a las drogas psicodélicas es el de “enteógenos” (generadores de lo
divino). Los usos religiosos de los psicodélicos abarcan el consumo de ayahuasca en la selva amazónica, de peyote
(Lophophora williamsii) en la Native American Church de Estados Unidos y México, y del hongo conocido como
“cucumelo” (Psilocybe cubensis) en el noroeste argentino, entre muchos otros más.

La característica principal de los psicodélicos son los leves a moderados cambios fisiológicos asociados a su consumo.
Por “cambios fisiológicos” entendemos variables como frecuencia cardíaca y respiratoria, temperatura de la piel,
sudoración, sequedad en la boca, presión arterial, agitación y midriasis, entre otras. Por supuesto, no todas las
drogas psicodélicas son iguales en este sentido: algunas (como el LSD y la psilocibina) se caracterizan por la levedad
de los efectos fisiológicos, mientras que otras (como el MDMA) pueden causar un impacto mayor en este sentido. En
general, las drogas psicodélicas clásicas afectan principalmente la conciencia sin perturbar demasiado el cuerpo.

Hay dos variables fundamentales a considerar para entender los matices que puede cobrar la experiencia
psicodélica:

 La primera se suele denominar “set” o “mindset” y se refiere al estado mental del usuario al momento de
iniciar la experiencia: expectativas, prejuicios, experiencias previas, actitudes, creencias, fantasías
relacionadas con la sustancia y la intención de dejarse llevar por la experiencia o controlarla.
 La segunda se conoce como “setting” y se refiere al entorno físico del usuario al momento de la experiencia:
si el consumo se realiza solo o acompañado por otros y cuál es la actitud de estas otras personas, si es
llevado a cabo en su casa o en medio de la Naturaleza, qué temperatura hace, si hay lluvia o no, si la persona
tiene que hacer algo inmediatamente después de la experiencia psicodélica o al día siguiente, etc.

Todas estas variables son fundamentales para determinar la cualidad de la experiencia psicodélica. En particular,
pueden significar la diferencia entre un “viaje” placentero y un “mal viaje” cargado de miedo, ansiedad y pánico. Por
lo tanto, el control adecuado del set y el setting sería un factor fundamental para reducir el riesgo de una
experiencia displacentera.
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El LSD o ácido lisérgico dietilamida es la sustancia psicodélica más famosa del planeta. El LSD es una droga sintética,
obtenida por primera vez por Albert Hofmann, y es un derivado del ergot, hongo del centeno.

Es, posiblemente, la más potente: una dosis de tan solo 20 microgramos alcanza para inducir un efecto psicodélico
notable. Una dosis estándar hoy por hoy son 50 microgramos. Es relevante mencionar esto ya que la intensidad de la
experiencia es altamente dependiente de la dosis. Los efectos pueden llegar a durar más de 10 horas.

Algo muy notable es que la permanencia de la droga en el cuerpo es más corta que la duración de sus efectos
subjetivos. Es decir, el LSD genera una cascada de cambios en el cerebro que persisten aun luego de la desaparición
de la sustancia en el organismo.

Se sabe que la acción del LSD en el cerebro tiene lugar en gran medida debido a la antes mencionada similitud
química con la serotonina (5-hidroxitriptamina o 5-HT). Debido a esto, el LSD tiene una afinidad muy grande por
ciertos receptores de serotonina (los 5-HT2A) y puede interactuar con ellos. Esta variedad de receptores de
serotonina (5-HT2A) tiene la particularidad de localizarse específicamente en la capa más externa del cerebro, en
neuronas que forman redes que comunican diversas regiones cerebrales. Son muy abundantes en grupos neuronales
involucrados en el pensamiento consciente y las funciones cerebrales “superiores” o “integrativas”. El efecto neto de
esta interacción es un aumento en la excitabilidad de las neuronas que poseen este tipo de receptores y, por lo tanto,
un incremento en su actividad.

El consumo de LSD resulta en un estado psicodélico “típico” que tiene muchas de las características que
enumeramos anteriormente. Entre todas las drogas psicodélicas, el LSD es una de las que menos afecta variables
fisiológicas como el pulso, la presión arterial o la temperatura de la piel. El efecto del LSD se produce, en general,
casi exclusivamente a nivel de la conciencia, por lo que se considera que, al menos en lo que respecta a sus efectos
fisiológicos y en dosis moderadas, es una de las drogas más seguras que existen. La afirmación de que una
sobredosis con LSD es muy difícil proviene de la gran brecha que existe entre la dosis letal y la dosis que induce un
estado psicodélico muy potente. Este margen permite a los usuarios tener experiencias muy intensas, alejados de la
posibilidad de sufrir una sobredosis. La diferencia es tan grande que la dosis letal en humanos no se conoce al día de
hoy.

Sin embargo, es importante señalar que la naturaleza puramente “mental” de la experiencia psicodélica con LSD no
significa que no existan riesgos asociados. Cabe la posibilidad de que un mal viaje que pueda resultar en un
accidente o una experiencia traumática a corto o largo plazo. Más preocupante es el consumo de LSD en personas
con trastornos psiquiátricos (psicosis, esquizofrenia) o con propensión a desarrollarlos. Existe alguna evidencia de
que el LSD es capaz de inducir o empeorar estas condiciones, aunque otras drogas de consumo más frecuente (por
ejemplo, cannabis o cocaína) presentan un riesgo aún mayor. Hay otros riesgos más obvios asociados al consumo de
LSD. Por ejemplo, la intensidad de la experiencia psicodélica puede ser desbordante y no es para nada recomendable
exponerse a situaciones en las cuales prestar atención y reaccionar con rapidez sean esenciales (como puede ser
manejar un vehículo).

Otro riesgo asociado al consumo de LSD, que nada tiene que ver con la química del cerebro o con trastornos
psiquiátricos, es el peligro de consumir LSD en el marco legal vigente en la mayoría de los países. En la actualidad, la
tenencia y consumo de LSD se encuentran penados por la ley en casi todos los países del mundo y se contemplan
castigos como la encarcelación; o incluso en algunos países asiáticos y dependiendo de la magnitud de la “ofensa”,
hasta cadena perpetua o pena de muerte.

Por otra parte, una característica del LSD es que no se lo considera una sustancia adictiva. De hecho, la mayoría de
las personas que lo consumen se interesan por hacerlo sólo unas pocas veces y luego pasan períodos largos de
tiempo (quizás el resto de su vida) sin volver a hacerlo, además tampoco existe evidencia de abstinencia física a la
sustancia.
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El consumo muy frecuente de LSD genera tolerancia en el usuario y disminuye casi por completo la potencia de sus
efectos, no obstante esta tolerancia también se pierde rápidamente.

La prohibición del LSD y la “guerra contra las drogas” que domina la legislación desde comienzos de los ‘70 truncaron
todas nuestras posibilidades de conocer el verdadero potencial terapéutico de esta sustancia. Recién por estos días
la investigación con psicodélicos está volviendo a despegar.

La psilocibina es una droga psicodélica que se encuentra como compuesto activo en los hongos “mágicos” del
género Psilocibe. Se conocen unos setenta hongos que contienen psilocibina, dispersos en Europa, Asia y América.

El consumo de psilocibina –ya sea en su forma pura o a través de la ingesta por medio de hongos– resulta en un
estado psicodélico muy similar al que se obtiene mediante el consumo de LSD, tanto en sus cualidades como en su
farmacodinámica. La psilocibina también está relacionada con la triptamina, ejerciendo sus efectos por su afinidad
con los receptores 5-HT2A de serotonina. En general, una diferencia importante con el LSD es la conveniencia de
ayunar antes de la ingesta de hongos para limitar la posibilidad de náuseas y vómitos.

A diferencia del LSD, el “estigma” cultural y político de la psilocibina y de los hongos que la contienen es mucho
menor. Por este motivo, muchos de los experimentos recientes con drogas psicodélicas optan por la utilización de
psilocibina en vez del LSD.

La dosis típica de psilocibina (presente en los hongos) depende del tipo de hongo que se trate. En la mayoría de los
casos, unos 5 gramos de hongo seco alcanzan para inducir un estado psicodélico potente, lo que correspondería a
una dosis de 2 miligramos de psilocibina aproximadamente. Pero dosis mucho más altas (superiores a 30 miligramos)
no conllevan riesgos mayores en términos fisiológicos.

Al igual que el LSD, la psilocibina es una droga relativamente segura y una sobredosis es virtualmente imposible: un
ser humano debería comer 17 kg de hongos frescos para alcanzar una dosis letal media. Sin embargo, la droga
comparte algunos riesgos con el LSD –el potencial de gatillar una psicosis en pacientes que sufren algún trastorno
mental relacionado, como esquizofrenia– y presenta uno adicional: la posibilidad de confundir un hongo “mágico”
con uno tóxico, lo que sí es potencialmente letal. Las intoxicaciones fatales con hongos son muy raras. Cuando
ocurren, suelen estar acompañadas por el consumo de alcohol. El número de muertes reportadas por consumo de
hongos mágicos entre 1960 y 2010, fue de once.

El DMT (dimetiltriptamina) es una sustancia psicodélica y a diferencia del LSD y la psilocibina, el DMT se encuentra
naturalmente en el cerebro humano. Existen algunas teorías sobre el origen y la función del DMT endógeno en el
cerebro; por ejemplo, se cree que se genera en la glándula pineal (una estructura cerca de la base del cerebro que
segrega diversas hormonas) y que juega un rol importante en experiencias místicas y cercanas a la muerte, aunque
no existe evidencia científica sólida que apoye estas afirmaciones.

Otra peculiaridad del DMT es su incapacidad para inducir el estado psicodélico por vía oral. El motivo de esto es su
rápida degradación por la enzima monoamino oxidasa, presente en las mitocondrias de la mayoría de las células del
organismo. La combinación de DMT con inhibidores de monoamino oxidasa es suficiente para experimentar sus
efectos psicodélicos. Esta combinación ocurre en la preparación amazónica “ayahuasca”, a base de diversas plantas
ricas en la triptamina DMT y en inhibidores de monoamino oxidasa. El consumo de ayahuasca resulta en una
experiencia psicodélica intensa y prolongada, acompañada de aspectos desagradables como náuseas y vómitos
intensos. Mediante la combinación de Psychotria viridis (que aporta el DMT) y Banisteriopsis caapi (que aporta el
inhibidor de monoamino oxidasa), es posible experimentar los efectos psicodélicos del DMT por vía oral.

Los riesgos asociados al consumo de DMT son similares a los que presentan otras drogas psicodélicas emparentadas
con las triptaminas, así como su mecanismo de acción en el cerebro. Un riesgo adicional es la necesidad de
consumirla por vía oral en combinación con inhibidores de monoamino oxidasa, los cuales pueden tener
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interacciones peligrosas con ciertos alimentos (en especial aquellos ricos en una monoamina denominada “tiramina”,
por ejemplo, ciertos quesos y nueces) y medicamentos (como algunos fármacos antidepresivos).

Los hongos Amanita muscaria, contienen el compuesto psicoactivo muscimol, capaz de inducir una potente
experiencia psicodélica. También contienen otra sustancia que contribuye al efecto psicodélico, el ácido iboténico,
que una vez ingresado en el organismo se convierte en muscimol.

El consumo de Amanita muscaria resulta en una experiencia que incluye varias de las facetas típicas del estado
psicodélico, pero con una dimensión fuertemente disociativa y algo sedativa. Por “disociativa” se entiende la
separación del individuo de su entorno y su individualidad. El consumo de Amanita muscaria puede resultar en la
experimentación, de manera más o menos desinteresada y objetiva, de situaciones que bajo circunstancias
ordinarias causarían una fuerte respuesta emocional: dolor y sensaciones placenteras o desagradables.

El mecanismo de acción del muscimol es diferente al de las triptaminas como el LSD o la psilocibina. El muscimol
tiene afinidad por receptores de ácido gamma-aminobutírico (GABA), el principal neurotransmisor inhibidor en el
cerebro humano.

Es una droga menos segura que las mencionadas anteriormente. Una dosis de 10 miligramos de muscimol es
suficiente para inducir una experiencia psicodélica y disociativa, y esta cantidad puede conseguirse en
aproximadamente 1-5 gramos de hongos Amanita muscaria secos. Se estima que alrededor de quince hongos
frescos podrían constituir una dosis tóxica. El margen entre la dosis psicoactiva y la dosis tóxica (unos 15 hongos) es
ciertamente mucho menor que en otras sustancias (incluso que en otros hongos, como aquellos que contienen
psilocibina).

La mescalina es una droga psicodélica de gran relevancia cultural e histórica, aunque en la actualidad su uso es
mucho menos común que en el pasado. A diferencia de otras de las drogas que mencionamos anteriormente, la
mescalina (3,4,5-trimetoxi-beta-feniletilamina) no es una triptamina, sino que es afín a la feniletilamina, otra
molécula que se encuentra naturalmente en el cerebro como neuromodulador. Otras sustancias emparentadas con
la feniletilamina son las anfetaminas, la dopamina y la adrenalina. A pesar de las diferencias que existen en la
química de la mescalina y de otras drogas como el LSD o la psilocibina, la mescalina comparte varias similitudes en su
acción en el cerebro humano, en particular, su afinidad con los receptores 5-HT2A de serotonina.

La manera tradicional de ingerir mescalina es secar “botones” de peyote y consumirlos oralmente; cada “botón”
seco contiene alrededor de 25 miligramos de mescalina y la dosis activa puede rondar los 100 miligramos. En
Sudamérica, la mescalina puede también encontrarse en el cactus San Pedro. El viaje psicodélico asociado a la
mescalina es relativamente largo y puede durar entre 6 y 10 horas. Los riesgos asociados a consumir mescalina
mediante peyote son muy bajos. La droga afecta mínimamente la fisiología corporal, pero es posible experimentar
náuseas y vómitos por el desagradable sabor del cactus.

El MDMA (3,4-metilendioximetanfetamina) es una droga conocida popularmente como “éxtasis” o “Molly”. Sus
propiedades psicodélicas son algo distintas a las de sustancias “clásicas” como el LSD o la psilocibina. En particular, la
dimensión sensorial se ve disminuida y se potencia su capacidad como “empatógeno”: es una droga capaz de
generar fuertes sentimientos de afinidad y amor entre individuos. Su consumo se asocia también con un estado
generalmente placentero y con un aumento paradójico de la relajación y de la vigilancia al mismo tiempo. Sus
efectos comienzan entre 30 y 60 minutos después de la ingesta y su duración se encuentra en el rango de las 2 a 5
horas. El mecanismo de acción del MDMA se basa en estimular la liberación de neuromoduladores como la
serotonina e inhibir su recaptación, aumentando así su concentración entre neuronas.

La adulteración de las tabletas con otras sustancias es un problema mayor en el mercado ilegal, donde no existen
controles y se utilizan compuestos con mayor potencial dañino que el MDMA mismo (como las anfetaminas). Esto
representa un riesgo adicional que no se encuentra presente en otras drogas psicoactivas asociadas a medios
Jenn
“naturales” (como la psilocibina y la mescalina). El MDMA está prohibido en gran parte del mundo y por lo tanto su
tenencia y consumo representan un elevado riesgo legal. Pero también hay otros riesgos asociados a esta droga,
dado que para el caso del MDMA sí existen registros de muertes relacionadas con su consumo. El asunto de qué tan
riesgoso es el MDMA es complicado, ya que existe mucha evidencia en conflicto.

En primer lugar, en términos fisiológicos el MDMA ejerce más efectos que el LSD, la psilocibina y la mescalina. La
lista de efectos adversos incluye aumento de la temperatura y la sudoración, deshidratación, hipervigilancia,
incremento de la presión arterial y la frecuencia de las pulsaciones cardíacas, vómitos y diarrea. En el contexto de
una fiesta electrónica, donde el usuario se encuentra en continuo movimiento y puede realizar una cantidad
extenuante de ejercicio, algunos de estos efectos adversos se vuelven peligrosos y potencialmente letales. Para
contrarrestar este efecto, es común beber una cantidad abundante de agua, pero un exceso en el consumo de agua
en conjunción con los efectos del MDMA sobre el riñón puede disminuir la concentración de ciertos minerales (como
el sodio). Esta pérdida del balance electrolítico es capaz de ocasionar convulsiones y hasta un estado de coma y/o la
muerte. El uso de MDMA puede volverse peligroso tanto en el extremo de hipertermia y deshidratación como en el
extremo de un exceso de hidratación.

La demonización del MDMA no cumple un rol protector. La gente sigue encontrando maneras de consumir MDMA, y
si es mediante un mercado ilegal, será siempre en combinación con peligrosos adulterantes. Además, el estatus de
esta sustancia es perjudicial para aquellas personas que intentan explorar el uso de MDMA en psicoterapia. De la
misma manera que con el LSD, existió un tiempo en el que el MDMA fue investigado por su potencial terapéutico, en
particular por la capacidad de crear un vínculo de confianza entre el paciente y el terapeuta, y también otras
condiciones subjetivas ventajosas para la terapia. Fue sólo después de su masificación en la cultura “rave” (similar a
lo ocurrido con el LSD y la cultura “hippie” durante los ‘60) que los políticos cedieron a la histeria de la prensa ante lo
desconocido y apretaron el “botón del pánico”: demonizaron el MDMA y lo volvieron completamente ilegal,
terminando abruptamente con los esfuerzos para utilizarlo con fines médicos.

Drogas de diseño – Un libro sobre drogas.

Si bien la síntesis de compuestos psicodélicos (como el LSD) ya era moneda corriente durante la primera mitad del
siglo XX, la novedad de las llamadas “drogas de diseño” consistió en la manipulación intencional de su estructura
química con el fin de maximizar el potencial psicodélico.

Existe una estrecha relación entre las feniletilaminas y la historia de las drogas de diseño. La feniletilamina
representa la base sobre la que se construyen todas las drogas del grupo de las feniletilaminas, ya que al agregar
distintos fragmentos de moléculas se obtienen distintos compuestos.

Es apropiado comenzar esta discusión hablando de la mescalina, la primera feniletilamina con propiedades
psicodélicas conocida en Occidente. La presencia de la mescalina fue reportada en más de sesenta y cinco especies
de cactus y prácticamente no se tienen registros de su existencia fuera de la familia de las cactáceas. La primera de
ellas es el famoso peyote (Lophophora williamsii), un cactus pequeño y casi esférico en apariencia, de apenas unos
10 centímetros de diámetro y tan solo 5 centímetros de alto.

Shulgin sintetizó DOM durante 1963 y finalmente, el 4 de enero de 1964, decidió probar la sustancia. Al igual que en
incontables ocasiones con otras sustancias que él mismo había sintetizado y que jamás ningún humano había
probado antes, Shulgin realizó el bioensayo comenzando con una dosis inicial que él entendía como suficientemente
baja y segura para luego proceder a incrementarla progresivamente de manera minuciosa. Sin embargo, en esta
ocasión, no tuvo que esperar mucho hasta percibir los primeros efectos, ya que con una dosis de tan solo 1
miligramo, se comenzaba a romper el umbral. Nunca antes una feniletilamina en dosis tan bajas había producido
efectos psicoactivos.
Jenn
Hoy sabemos que la DOM es un compuesto psicoactivo con poderosos efectos psicodélicos y empatógenos, que
presentan un retardo considerable en su manifestación (en comparación con, por ejemplo, el LSD). La sustitución del
metilo en R4 por otros grupos funcionales da origen a la clase de sustancias conocidas como “DOx” (todas ellas
agonistas de receptores 5-HT2A), de la cual el DOB es sólo un ejemplo en particular. Estas sustancias se hicieron
populares dado que su potencia era lo suficientemente grande para distribuirlas mediante “blotters” o papeles
impregnados (el medio de distribución usual del LSD).

Los compuestos que se obtienen de excluir el grupo metilo en Rα del DOx y agregar distintos grupos funcionales en
la posición R4 se conocen como “2C-x”. Un ejemplo popular de la familia de 2C-x es el 2C-B (resultante de agregar un
bromo en la posición R4). Su consumo ocasiona distorsiones visuales y auditivas, así como efectos empatógenos e
incremento del deseo sexual. El reemplazo del bromo por iodo resulta en 2C-I, sustancia que puede utilizarse para
obtener la droga conocida como “25I-NBOMe”, de particular relevancia contemporánea, en especial en Argentina,
dado que suele comercializarse –en el mercado negro, por supuesto– bajo el nombre de “LSD”, ya sea por ignorancia
o por mala intención. Si bien obviamente no existen cifras oficiales sobre la prevalencia del NBOMe, se puede decir
con cierta seguridad que lo que circula en “blotters” es, en la mayoría de los casos, NBOMe y no LSD. A diferencia de
este último, el consumo de NBOMe puede desencadenar peligrosas reacciones fisiológicas que incluyen hipertensión,
taquicardia, vasoconstricción, espasmos musculares y, en algunas ocasiones, infarto y muerte.

Hoy por hoy, las drogas de diseño suelen identificarse como un recurso que los narcotraficantes utilizan para
mantener sus ventas luego de que sustancias más tradicionales como el LSD o la psilocibina son declaradas ilegales.
Los derivados de las feniletilaminas surgen de un auténtico esfuerzo científico por comprender la relación entre la
estructura molecular de las feniletilaminas y sus efectos en el sistema nervioso, y no por un esfuerzo de reemplazar
un producto de mercado por otro. No obstante, es importante notar que la existencia de las drogas de diseño abre la
puerta para diversificar la producción de sustancias psicoactivas en relación con los compuestos utilizados para su
síntesis. De esta manera, esfuerzos para controlar una sustancia utilizada en la síntesis del MDMA, como por
ejemplo, el safrol, han resultado en la comercialización de drogas de diseño de efectos más o menos similares. Como
otro ejemplo, la venta de 25I-NBOMe en Argentina se debe a su bajo costo de producción, así como a la dificultad
para realizar la síntesis del LSD debido, en parte, al control sobre los precursores químicos.

Observamos entonces una situación aparentemente paradójica: la “guerra contra las drogas” ha intentado limitar la
disponibilidad de los compuestos necesarios para sintetizar ciertas sustancias ilegales, pero bastante bien estudiadas
y relativamente seguras (o de riesgo conocido), como el LSD y el MDMA. En respuesta a estas limitaciones, siempre
ha sido posible diseñar un compuesto de efectos parecidos, el cual, muchas veces, presenta niveles de toxicidad
superiores a los de la sustancia original. Por ello, la prohibición de cada una de las sustancias que pueden derivarse
de una molécula simple como la mescalina resulta en un juego donde el perro se persigue la cola sin alcanzarla
nunca.

Las drogas de diseño no representan un mal en sí mismo, aunque sus daños se hacen evidentes cuando inundan el
mercado para reemplazar (muchas veces sin que los usuarios lo sepan) otras drogas. Este problema, como muchos
otros asociados a la cruzada contra las drogas, podría resolverse mediante una legislación basada en evidencia que
intente reducir los riesgos asociados a las drogas psicotrópicas (como por ejemplo, puestos de control en las fiestas
electrónicas).

Drogas psicodélicas y disociativas – NIDA/NIH.

Las drogas psicodélicas y disociativas pueden cambiar de manera temporal el estado de ánimo, los pensamientos y
las percepciones de la realidad de una persona. Entre otros efectos en la salud y problemas de seguridad, las
personas que consumen drogas psicodélicas y disociativas declaran sentir emociones fuertes, que varían entre una
felicidad intensa y un sentimiento de conectividad hasta el miedo, la ansiedad y la confusión. Las personas que
consumen este tipo de drogas también declaran haber tenido visiones o sensaciones intensas o distorsionadas.
Jenn

Las drogas psicodélicas (también llamadas "psicodélicas clásicas" o "psicodélicas"), incluidas la psilocibina y el ácido
lisérgico, interaccionan principalmente con receptores específicos conocidos como receptores 5-hidroxitriptamina
(5-HT), son receptores del neurotransmisor serotonina. Los psicodélicos pueden provocar visiones o sensaciones
vívidas, alterar el sentido de sí mismo de una persona y promover sentimientos de comprensión o conexión.

Las drogas disociativas, incluidas la ketamina y la fenciclidina (PCP), bloquean la acción de los receptores de N-metil-
D-aspartato (NMDA). Éstos forman parte del sistema cerebral de transporte del glutamato, otro neurotransmisor.
Aunque las drogas disociativas pueden alterar la percepción, también suelen hacer que las personas se sientan
desconectadas de su cuerpo y de su entorno.

Los efectos de las drogas psicodélicas y disociativas pueden ser difíciles de predecir y dependen de muchos factores.
Entre ellos se incluyen la cantidad consumida y la potencia (concentración y fuerza), así como la biología propia de
cada persona, la edad, el sexo, la personalidad, el estado de ánimo, las expectativas, la mentalidad -conocido en
inglés como "set"- y el entorno o "setting". Consumir drogas psicodélicas y disociativas que contienen sustancias
contaminantes o utilizarlas en combinación con otras sustancias también puede producir efectos que no estén
asociados con el consumo de estas drogas de manera individual.

Los efectos secundarios físicos de estas sustancias, como dolor de cabeza, náuseas o cambios en el ritmo del corazón
no suelen poner en peligro la vida. Sin embargo, las drogas fabricadas o procesadas ilícitamente pueden estar
contaminadas con fentanilo sin color ni olor u otras sustancias peligrosas que pueden provocar efectos adversos
graves, como la sobredosis y la muerte. Existen algunas pruebas de que las drogas psicodélicas podrían provocar o
desencadenar enfermedades similares a la esquizofrenia en personas con factores predisponentes, pero hay pocas
pruebas de que causen problemas psiquiátricos a largo plazo en la mayoría de las personas.

Las investigaciones sugieren que los efectos psicodélicos más destacados se derivan de la actividad en el córtex
prefrontal del cerebro, una zona que participa en el estado de ánimo, la cognición y la percepción. Las drogas
psicodélicas también interrumpen brevemente la comunicación entre diferentes regiones cerebrales, incluidas las
regiones conocidas en conjunto como la red de modos por defecto (DMN). La DMN está más activa durante la
actividad cerebral relacionada con la autoconciencia, como reflexionar sobre acontecimientos pasados o la
formulación de planes. Esto puede explicar por qué las drogas psicodélicas pueden hacer que los pensamientos de
una persona sean menos egocéntricos y más expansivos, promoviendo una sensación de conexión con los demás y
con el mundo.

Las personas declaran consumir drogas psicodélicas y disociativas por diversas razones. Las personas pueden
consumirlas por sus efectos que alteran la mente y el estado de ánimo, por recreación o para tener una experiencia
Jenn
emocional o espiritual. Las personas también afirman consumir estas drogas con la esperanza de mejorar su salud
mental o su bienestar o de aliviar el dolor o el estrés, pero se necesita más investigación para determinar su eficacia
para estos propósitos.

¿Pueden utilizarse las drogas psicodélicas y disociativas como medicina? La FDA ha aprobado el derivado de la
ketamina llamado esketamina (bajo la marca Spravato®) como tratamiento para la depresión grave en pacientes que
no responden a otros tratamientos. La FDA también ha concedido la designación de Terapia Innovadora a dos
formulaciones de psilocibina que se están estudiando como posibles tratamientos médicos para la depresión.

Cada vez se descubre con más frecuencia que muchas drogas fabricadas o procesadas ilícitamente contienen
contaminantes que producen efectos -incluidas la sobredosis y la muerte- no asociados con la sustancia o la cantidad
de sustancia que una persona pretendía tomar. La adulteración de la heroína, la cocaína y otras drogas con fentanilo
altamente potente y sustancias relacionadas es uno de los principales responsables del aumento de muertes por
sobredosis. Dado que el fentanilo y las sustancias relacionadas no tienen color ni olor, resultan difíciles de detectar
sin pruebas químicas. Esto significa que la adulteración de drogas psicodélicas y disociativas con fentanilo y
compuestos similares es posible, pero se necesita más investigación para comprender hasta qué punto ocurre.
Algunas organizaciones están utilizando prácticas de reducción de daños para ayudar a evitar muertes por
sobredosis relacionadas con la posible adulteración de ciertas drogas psicodélicas y disociativas, en particular las que
se consumen en forma de pastilla, polvo o líquido.

Algunas personas declaran "microdosificar" drogas psicodélicas, normalmente LSD o psilocibina. La microdosificación
se reí ere a tomar regularmente estas drogas en cantidades muy pequeñas, normalmente entre una décima y una
vigésima parte de una dosis típica no clínica. Las personas afirman que se microdosifican para disminuir síntomas de
salud mental como la depresión y el estrés, mejorar la productividad y aliviar el dolor. Sin embargo, las
investigaciones realizadas hasta la fecha no han establecido que la microdosificación sea segura o eficaz.

Drogas emergentes: plantas y hongos alucinógenos.

El consumo de hongos alucinógenos se ha ido extendiendo hasta popularizarse como droga de abuso. La mayoría de
los hongos con alcaloides psicótropos pertenecen a dos grupos:

1. Hongos Psilocybes (Psilocybe semilanceata, Psilocybe serbica, Psilocybe papilonaceus, Pholiotina cyanopus,
Pluteus salicinus, Inocybe hamaecta, Inocybes aeruginascens, Gymnopilus spectabilis, Inocybe tricolor,
Psilocybe retirugis y Psilocybe bohémica). Los hongos psilocybes, contienen fundamentalmente psilocibina y
psilocina, dos triptaminas de propiedades psicótropas similares al LSD. Sus efectos dependen de la dosis, la
sensibilidad a la psilocibina, las experiencias previas de consumo y el entorno en que éste se realiza,
pudiendo variar en gran medida entre los individuos y de un episodio de uso a otro dentro de la misma
persona.
2. Hongos agáricos (Amanita muscaria y Amanita pantherina). Las amanitas se comportan de forma diferente a
los psilocybes, produciendo un síndrome delirante, al que se añade clínica gastrointestinal y un cuadro
anticolinérgico. Se produce fundamentalmente por el consumo de Amanita muscaria, Amanita pantherina y
Amanita cothurnata, las cuales contienen como alcaloides el ácido iboténico, el muscimol, la muscazona y el
ácido stizolóbico. Suelen considerarse mucho más peligrosas por los consumidores. Las intoxicaciones, en
ocasiones graves, son accidentales y debidas a errores en la recolección.

Tras la ingestión, la psilocibina se convierte enzimáticamente en psilocina, se absorbe en el tracto gastrointestinal y


los efectos alucinógenos suelen ocurrir dentro de los primeros 30 minutos, durando entre 4 y 6 horas. Los principales
efectos están relacionados con el sistema nervioso central y comprenden desde estados leves de relajación, mareos,
euforia, alteración de los colores, trastornos visuales (movimiento de superficies, olas) o alucinaciones con
Jenn
percepción alterada de acontecimientos, imágenes y caras. Las distorsiones sensoriales pueden asociarse a inquietud,
falta de coordinación, ansiedad, alteraciones del tiempo o la distancia, sensación de irrealidad o despersonalización.
Estos efectos pueden ocasionar “malos viajes”, y también pueden incluir reacciones de pánico, flash-backs y
episodios psicóticos.

En general, los efectos fisiológicos no son significativos, pudiendo presentar mareos, náuseas, debilidad, dolor
muscular, escalofríos, dolor abdominal, midriasis, taquicardia, taquipnea e hipertensión arterial. Los efectos de tipo
simpaticomimético se deben a la presencia variable de feniletilaminas en los hongos.

Respecto a los hongos agáricos, la clínica se inicia entre 20 y 180 minutos tras su consumo, con un cuadro
gastrointestinal, además de mareos, vértigos, ataxia e incoordinación, convulsiones, euforia, alteraciones de la
conducta, alteraciones visuales y alucinaciones. Parte del cuadro se debe a síntomas anticolinérgicos (taquicardia,
midriasis y sequedad piel y mucosas).

El peyote (Lophophora williamsii), es un cactus que contiene como sustancia alucinógena fundamental la mescalina
(trimetoxifeniletilamina), un euforizante que facilita la introspección, con notable efecto estimulante corporal y del
imaginario esotérico. Produce alucinaciones de los cinco sentidos: visuales, que se mantienen al cerrar los ojos,
aumenta la sensibilidad táctil y propioceptiva y proporciona cierta convicción de contactar con la “totalidad
trascendente”.

Las excrecencias del cactus, conocidas como botones, se desecan al sol y son consumidas bebidas en forma de
infusión o fumadas. Tiene un periodo de latencia de entre 30 y 120 minutos, pudiendo durar sus efectos hasta 14
horas.

Las daturas, especies de la familia de las solanáceas y en especial la Datura stramonium, son plantas ubicuas, por su
facilidad para viajar y su resistencia. Reciben diferentes nombres, como estramonio, reina de la noche, trompeta de
ángel, etc. Su toxicidad viene dada por la presencia de alcaloides de la belladona, fundamentalmente atropina y
escopolamina. Todas las partes de la planta contienen alcaloides, decreciendo la concentración de los mismos según
se utilice las flores, los tallos, las semillas o frutos, las hojas o las raíces. Como media, un gramo de semilla contiene
2,9 mg de atropina y 0,5 mg de escopolamina.

Los primeros efectos tóxicos son debidos al cuadro anticolinérgico, fundamentalmente por la atropina y alcaloides
relacionados, que bloquean los receptores muscarínicos. Aparecerá por ello midriasis, visión borrosa, disminución de
la motilidad intestinal, sequedad de piel y mucosas, hipertermia, eritema, taquicardia y retención urinaria. Los
efectos sobre el sistema nervioso central se deben tanto a la atropina como a la escopolamina, e incluyen delirio,
alucinaciones, agitación, ataxia y clonus. El efecto tóxico comienza a los 30 minutos y puede durar hasta 48 horas.

La ayahuasca, también conocida como “vino del alma” o “vino de los muertos”, es el resultado de la decocción de
varias plantas, durante horas, fundamentalmente lianas de bejuco (Banisteriopsis caapi), con gran contenido en
inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAO), fundamentalmente harmina y harmalina, con hojas de chacruna,
arbustos del género Psychotria, con gran contenido de dimetiltriptamina (DMT).

Es preparada para su consumo en grupo por un chamán, produciendo cierto efecto sedante, alucinaciones visuales y
auditivas (visiones agradables, de colores intensos), consiguiendo tener sensaciones de viaje astral o extracorporal.

Potencial científico-terapéutico de los psicodélicos – Un libro sobre drogas.

La investigación con psicodélicos culminó con la declaración oficial de la “guerra contra las drogas”. En 1970, cuando
el presidente estadounidense Richard Nixon firmó la Ley de Sustancias Controladas (Controlled Substances Act), la
mayoría de los psicodélicos cayeron en el Schedule 1: sustancias dañinas sin potencial terapéutico alguno. Esta
clasificación no sólo determina que es un delito comerciar con drogas que se encuentran en esta categoría (un delito
Jenn
que puede significar una cadena perpetua), sino que además establece que es un crimen federal conducir
investigaciones científicas legítimas sobre estas drogas.

Los psicodélicos se presentan como una manera relativamente inocua de sacudir el cerebro y ver cómo responde.
Colisionar las moléculas naturales de nuestro cerebro y de nuestras neuronas contra las de LSD, psilocibina, DMT y
otros psicodélicos daría como resultado indefectiblemente un estado alterado de conciencia que llamamos “viaje”,
el cual, mediante el uso de la resonancia magnética funcional y otras herramientas, podría permitirnos presenciar el
desarmado y rearmado de procesos como “conciencia” y “percepción” para poder comprenderlos mejor. Para
muchos usuarios de drogas psicodélicas se trata más bien de una caricia vehemente en vez de una patada o sacudida
al cerebro. Si bien hablamos de una vivencia muy intensa, la experiencia psicodélica también puede ser
reconfortante y generar sentimientos de felicidad. Así, las sustancias psicodélicas junto con la resonancia magnética
funcional representan una combinación muy valiosa para explorar el cerebro y la conciencia.

En un trabajo desarrollado recientemente en conjunto con David Nutt y Robin Carhart-Harris del Imperial College of
London se usó el LSD como una herramienta para indagar sobre los engranajes de esa “máquina que nos construye”.
Los sujetos que participaron en el experimento recibieron LSD o un placebo de manera aleatoria (por supuesto, sin
saber cuál habían recibido, aunque sospechamos que se dieron cuenta). Luego, mediante resonancia magnética
funcional, comparamos los cambios en la conectividad del cerebro en ambas condiciones. El resultado central de
nuestro estudio es que el LSD aumenta el flujo de información a través de un grupo de regiones que se encuentran
en la corteza frontal y parietal del cerebro. Se sabe que la actividad neuronal en estas regiones se incrementa
durante la introspección y disminuye cuando prestamos atención al mundo externo. En nuestro trabajo vimos
específicamente que el LSD aumenta el vínculo entre esta red de neuronas de la introspección y las áreas del cerebro
que perciben el “allá afuera”. Es casi como si nuestro cerebro dejara de darnos importancia en favor del resto del
Universo y entonces desapareciéramos en el Todo por un rato. En cierta forma, se desvanece la ilusión de que uno
mismo es uno mismo, un alguien separado, distinto, individual, único, un “yo”. La intensidad con la que
“desaparecemos” se correlaciona con la conectividad de la corteza parietal, específicamente en una zona que se
conoce comúnmente como “giro angular”. Estudios relativamente complicados (a cráneo abierto, en pacientes con
epilepsia) en los que se realiza estimulación eléctrica del cerebro, demuestran que se puede inducir esta pérdida de
estar “dentro de uno mismo” si se le da una “patadita” eléctrica lo suficientemente fuerte al giro angular. Esta y
otras técnicas similares son hoy por hoy un estándar en la investigación en neurociencia. Nuestro trabajo mostró que
el LSD es una herramienta no sólo igual de poderosa para manipular el estado del cerebro, sino también mucho más
elegante, si partimos de la base de que no incluye la estimulación eléctrica a cráneo abierto. A pesar de esto, como
todos sabemos, esta herramienta de investigación eficiente, segura y elegante es, además, ilegal para la enorme
mayoría de la comunidad científica mundial.

Como mencionamos anteriormente, hubo varios intentos de utilizar el LSD en la exploración de nuevas herramientas
terapéuticas antes de que la sustancia fuera desplazada hacia las oscuras sombras de la ilegalidad. Sin embargo,
después de un largo período de letargo, en los últimos diez años algunos grupos de investigación han conseguido
(costosos) permisos para conducir estudios sobre el potencial terapéutico de los psicodélicos.

El potencial terapéutico de los psicodélicos reside en su capacidad de inducir una variedad de efectos interesantes
en el cerebro humano. Los psicodélicos pueden distorsionar la percepción sensorial y temporal, influenciar las
emociones, alterar nuestra conciencia (no en contenido sino en su propia estructura y modo de conectar la
información) y modificar la percepción de nosotros mismos. Una característica común a todos los reportes de
usuarios de drogas psicodélicas es la sensación de transitar un estado mental ajeno al cotidiano y experimentar
sensaciones novedosas y, en muchos casos, transformadoras. Además, un aspecto recurrente es la naturaleza
mística de la experiencia psicodélica. En consonancia con lo comentado en el apartado anterior, la disolución del ego
y la íntima vinculación de la conciencia de uno mismo con la del mundo exterior tiene la capacidad de reducir
angustias relacionadas con el tránsito entre la vida y la muerte. Básicamente, puede darle a una persona que se
acerca a ese tránsito hacia la pérdida de la individualidad la posibilidad de familiarizarse con ese terreno. La muerte
Jenn
de uno mismo es, de alguna manera −o sobre todas las cosas−, la muerte de nuestra individualidad. Disolver y
entender en primera persona esa ilusión reduciría el miedo y la angustia a dejar de existir: si el “yo” es una ilusión, el
temor a que se extinga, el miedo a desaparecer y, en definitiva, nuestra relación con la muerte, podrían
resignificarse por completo.

En este sentido, uno de los efectos terapéuticos mejor documentados del LSD es el alivio de la ansiedad y la
depresión ante el final de la vida en pacientes terminales. El fenómeno es consistente y los estudios muestran que,
después de la experiencia con LSD y psilocibina, las personas tienden a mejorar su humor y a disfrutar de la vida
cotidiana sin las preocupaciones que los consternaban. Por otro lado, las drogas psicodélicas producen un efecto
“desordenador” en la cognición humana que tiene la capacidad de generar un estado en el cual resulta más fácil
romper con los esquemas mentales rígidos que caracterizan la depresión.

A inicios del 2016, el grupo del Imperial College of London publicó un estudio en el que evaluó el potencial de la
psilocibina para el tratamiento de la depresión. Doce pacientes con depresión mayor y resistente al tratamiento
convencional fueron sometidos a dos dosis de psilocibina (una baja y otra alta) acompañadas de soporte psicológico
previo, simultáneo y posterior a las ingestas de la sustancia, con la consiguiente evaluación del estado depresivo
mediante el uso de escalas estandarizadas a la semana y tres meses después de la intervención con el psicodélico. En
este estudio, sin grupo control, se reportó que ocho de los doce pacientes lograron una remisión de la depresión a la
semana y cinco aún se mantenían en ese estado tres meses después. Sin embargo, la ausencia de grupo control no
nos permite sacar conclusiones certeras al respecto, ya que los resultados podrían ser explicados por el efecto
placebo. El consumo de psicodélicos clásicos está asociado a menores niveles tanto de estrés como de
comportamientos suicidas.

A fines del mismo año se publicaron dos ensayos clínicos similares al anterior, pero con dos diferencias: agregaron el
grupo control y el método doble ciego, convirtiéndose así en los estudios más rigurosos sobre psicodélicos realizados
hasta la fecha. Ambas investigaciones dieron como resultado un efecto positivo y duradero sobre la depresión y la
ansiedad asociadas al cáncer terminal en una proporción importante de los pacientes que recibieron la dosis alta de
psilocibina.

Los psicodélicos, a través del incremento de los niveles de glutamato en la corteza cerebral, inducen un aumento de
la liberación de Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro (BDNF) y podrían ayudar a tratar la depresión, ya que los
niveles de este compuesto suelen ser anormalmente bajos en personas con depresión y la terapia con
antidepresivos los normaliza.

La posibilidad de generar experiencias transformadoras con unas pocas dosis de psicodélicos es una de las grandes
promesas para desarrollar terapias basadas en estas drogas. Sin embargo, existe un obstáculo: es complicado
interesar a las grandes compañías farmacéuticas en drogas que no se pueden patentar y que no requieren
administración prolongada para ejercer sus efectos (a diferencia de, por ejemplo, los inhibidores de la recaptación
de serotonina).

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