0% encontró este documento útil (0 votos)
2K vistas262 páginas

One Dirty Nigth - Pepper Winters

Cargado por

Karla Yan
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
2K vistas262 páginas

One Dirty Nigth - Pepper Winters

Cargado por

Karla Yan
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Esta traducción fue realizada sin fines de lucro por lo cual no tiene costo

alguno.
Es una traducción hecha por fans y para fans.
Si el libro logra llegar a tu país, te animamos a adquirirlo.
No olvides que también puedes apoyar a la autora siguiéndola en sus redes
sociales, recomendándola a tus amigos, promocionando sus libros e incluso
haciendo una reseña en tu blog o foro.

Disfruta de la lectura.
Índice
Créditos _____________________________________________________________________ 4
Sinopsis _____________________________________________________________________ 5
Capítulo 1 ____________________________________________________________________ 7
Capítulo 2 ___________________________________________________________________ 14
Capítulo 3 ___________________________________________________________________ 23
Capítulo 4 ___________________________________________________________________ 40
Capítulo 5 ___________________________________________________________________ 60
Capítulo 6 ___________________________________________________________________ 77
Capítulo 7 __________________________________________________________________ 109
Capítulo 8 __________________________________________________________________ 132
Capítulo 9 __________________________________________________________________ 142
Capítulo 10 _________________________________________________________________ 154
Capítulo 11 _________________________________________________________________ 170
Capítulo 12 _________________________________________________________________ 179
Capítulo 13 _________________________________________________________________ 184
Capítulo 14 _________________________________________________________________ 197
Capítulo 15 _________________________________________________________________ 204
Capítulo 16 _________________________________________________________________ 219
Capítulo 17 _________________________________________________________________ 233
Epílogo ____________________________________________________________________ 247
Sobre la Autora _____________________________________________________________ 261
Créditos
Traducción
Mar
Sand
Sirius85

Corrección
BVEM
Mariangela

Lectura Final
Leyroja

Diseño y Epub
Bruja_Luna_
Sinopsis
Un libro de ficción erótica independiente con una clasificación de E por su
contenido explícito.
“Si viniste aquí para ser atacada, Ella...estoy muy dispuesto a morder.”

La noche de mi cumpleaños parecía tan aburrida como el resto de mi vida.


Sentada sola, tratando de evitar a mi compañero de piso increíblemente guapo pero
horriblemente cruel, esperando que se fuera para que pudiera tener una fiesta para
uno...si sabes a qué me refiero.
Pero eso fue antes de que casi me estrellara en el camino de regreso cuando un
gran circo llegó a la ciudad. Antes de que lock eyes con el hombre más caliente que
había visto jamás golpeando un martillo en la lluvia. Antes de que leyera el folleto
promocional del circo recién erigido. Un circo que no era el usual y chillón de un
carnaval...oh, no...este uno definitivamente no era para niños.
A menos que contaras la ligadura, fantasías y una noche sucia llena de
diversiones.
El único problema era que mi compañero de piso decidió ponerse loco también.
Vio cómo me comprometía a pasar la noche con el dueño de ese circo depravado y
me hizo un ofrecimiento que no podía rechazar.

Ambos.
Juntos.

Puedo ser propiedad de dos hombres, no solo uno.


Puedo vivir mis fantasías más salvajes y enseñarle a Nicholas Davis una lección
por todas las miradas frías y despectivas que me ha dado.
Puedo ser suya por una noche.
Puedo hacer que se rinda, le pida y me tome de cualquier manera que elija.
Pero tiene que compartir.
Eso es su penitencia.
Y quiero hacer que sufra...
Capítulo 1
El gran circo llegó a la ciudad la noche de mi vigesimocuarto cumpleaños.
Las hileras de material ondeante evocaban recuerdos de mi infancia mientras
conducía a casa después de un largo día de trabajo.
Mis manos apretaban el volante mientras miraba a través del parabrisas
salpicado por la lluvia, sintiendo una punzada de tristeza porque podía ser mi
cumpleaños, pero no tenía una celebración planeada.
Aquellos que se dirigían al circo, incluso en plena tormenta, lo pasarían
mucho mejor esta noche que yo.
Maldito circo.
Miré con ceño fruncido el domo morado y plateado.
Esperaba que el espectáculo que estuvieran presentando allí adentro no
incluyera animales.
Un movimiento atrajo mi atención hacia una esquina de la carpa que ondeaba
al viento. Atrapada por la brisa, la pesada lona luchaba por ser asegurada.
Dios mío...
Quedé boquiabierta.
Mis facultades desaparecieron. Puf. Así, sin más.
Un hombre a medio vestir golpeaba un mazo una y otra vez. La lluvia
resbalaba por su pecho desnudo, acumulándose en sus fuertes músculos y
empapando sus jeans.
¿Qué demonios está haciendo?
La temperatura exterior era suficiente para hacer encoger todas las partes del
cuerpo, y la calefacción de mi auto no daba a basto con lo alto que ajusté el
termostato. Debía tener hielo en la sangre. Eso o había sudado mucho lanzando
ese mazo.
Se me hizo agua la boca mientras se estiraba y balanceaba, mostrando cada
uno de sus abultados abdominales, cada grupo de bíceps, cada maldita parte
deliciosa de él.
Seguramente eso debería ser ilegal.
Los niños iban al circo. Necesitaba ponerse una camiseta, por el amor de
Dios.
Me detuve en un semáforo, colocándome de manera inconveniente justo en
frente del espectáculo. Otros hombres y mujeres trabajaban, levantando una valla,
una taquilla, un antiguo carrusel, pero no podía apartar los ojos del hombre que
en ese momento estaba domando la carpa que se agitaba con el viento.
Incluso bajo la lluvia, el plateado oscuro y el púrpura intenso de la arena
principal gritaban dinero, opulencia y algo... más.
Algo decadente, algo pecaminoso...
Algo que me producía escalofríos.
Mi corazón dio un vuelco mientras estudiaba cada torre que atravesaba el
cielo y las cuerdas negras que las sujetaban contra la brisa furiosa.
El hombre a medio vestir continuó golpeando su mazo contra los enormes
clavos de la carpa, hundiéndolos cada vez más en el suelo, haciendo que mi sangre
hormigueara y un molesto fuego se encendiera entre mis piernas.
Follable.
Era deliciosamente Follable, y, oh Dios mío, ¿en qué estoy pensando?
Solo porque había pasado por el período de sequía más largo de mi vida.
Solo porque vivía con un compañero de piso que me odiaba.
Solo porque no veía a un hombre a medio vestir en años no significaba que
pudiera salivar por cualquiera.
Ella... mantén tus malditas piernas juntas...
Un claxon me sacó de mis pensamientos.
Di un respingo, la culpa cubriéndome como las densas nubes sobre mí.
Echando un vistazo al semáforo en verde, miré al desconocido, absorbiéndolo
como si quisiera grabar su belleza para todas esas largas y solitarias noches de mi
futuro.
Piel húmeda, jeans mojados, cabello negro pegado a su apuesto rostro. Su
poderoso pecho y sus músculos fibrosos me hicieron imaginarlo como un acróbata:
esculpido, tonificado y ágil.
Me pregunto cómo se verá sin los jeans...
El claxon volvió a sonar, más alto y estridente.
Miré con enojo a la mujer mayor por el espejo retrovisor. Me hizo un gesto
obsceno, dejándome con la boca abierta. Dios, ¿qué tan grosera podía ser la gente?
Rechinando los dientes, puse en marcha mi irritante Toyota y me fui. Los
neumáticos chirriaron un poco, atrayendo la mirada del chico a la mía, uniéndonos
a través de la carretera y la lluvia.
Mi corazón se detuvo.
Él se congeló cuando nuestras miradas se cruzaron mientras yo pasaba.
Por un segundo, frunció el ceño como si algo le molestara, pero luego sonrió.
Una sonrisa tan decadente como la carpa que había levantado, llena de secretos y
pecado.
El fuego entre mis piernas se convirtió en una llama incontrolable.
¡Mira la maldita carretera!
Me siguió con la mirada, y justo antes de que nuestras miradas se separaran,
¡Me guiño un ojo!
¡Me guiñó el ojo!
Como si pudiera escuchar todos mis pensamientos lujuriosos sobre él y no le
importara complacerme despojándose de esos jeans empapados por la lluvia y
mostrarme exactamente lo que tenía debajo.
Mi pie resbaló del pedal del acelerador.
Algo primitivo recorrió mi cuerpo. Algo hambriento y sucio y que no tenía
nada que ver conmigo. Nunca había dejado que el deseo nublara mi mente, pero
aquí estaba, completamente envuelta en una neblina.
Dándome un saludo seductor, alzó de nuevo el mazo y volvió a su tarea.
Me costó una fuerza inhumana apartar la mirada; mi pie presionó un poco
demasiado fuerte el acelerador. Los neumáticos volvieron a chirriar, y mis mejillas
ardieron mientras el hombre echaba la cabeza hacia atrás y reía.
Maldito hombre y sus estúpidos músculos.
¿No sabía que prefería placas de Petri y microscopios en lugar de un ejemplar
humano? No había estudiado toda mi vida para ser microbióloga y no saber sobre
la reacción química que estaba experimentando mi cuerpo. No era nada más que
los instintos femeninos deseando aparearse con un buen ejemplar de carne
masculina.
Nada más.
Nada por lo que inmutarse.
Concéntrate, Ella.
Eres científica. Estás por encima de estos impulsos biológicos. Tú...
Algo empapado golpeó mi parabrisas.
—¡Ah! —Salté ante la repentina falta de visibilidad. Luchando contra las
ganas de girar, encendí los limpiaparabrisas, tratando de deshacerme del papel
morado.
Pero entonces me puse rígida, me aparté hacia un lado de la carretera y pisé
el freno con fuerza.
No creía en el destino. Nunca lo había hecho. Y nunca lo haré. Pero... parecía
como si el mundo hubiera renunciado a simples empujones y me hubiera
abofeteado con lo que necesitaba. Mi naturaleza adicta al trabajo se había estado
desmoronando lentamente bajo la necesidad muy real y urgente de ser libre. De
satisfacer la parte sexy y hambrienta de mí que quería vivir, tocar y hacer cosas
perversamente malas.
Tenía que haber más en la vida que trabajar en un laboratorio todo el día,
todos los días. Más en la vida que dormir sola, comer sola y, en última instancia,
hacer absolutamente todo... sola.
Agarrando el volante, me acerqué más para leer el texto borroso por la lluvia.
Una invitación escrita en letra cursiva.
Una invitación que hizo volar mi corazón con una loca y ridícula fantasía.

El Espectáculo de los Secretos te invita a One Dirty Night.


Una noche en donde se complacen las fantasías y se ignora la realidad.
Una noche en la que puedes ser libre, ser tú, ser usado, abusado, adorado...
Estrictamente mayores de 18 años.
Se anima a las parejas.
Se ruega a los solteros.
La entrada debe incluir un certificado médico reciente y prueba de edad.
Esperamos que vengas...

Mis mejillas ardieron en llamas ante la última línea. Quien estuviera a cargo
de la publicidad no era tímido. Decorando los bordes de la invitación había dibujos
sugerentes de parejas en todo tipo de poses sexuales, algunas atadas, algunas
suplicando, algunas en pleno éxtasis.
Parecía que el Espectáculo de los Secretos no tenía miedo de proporcionar
información explícita sobre lo que sucedía en esa gran carpa.
Vaya.
No es de extrañar que mi piel se encendiera con pensamientos pecaminosos
cuando lo vi por primera vez. No era un circo para niños; no habría domadores de
leones ni mujeres bonitas envueltas en seda, aunque probablemente habría
mujeres hermosas envueltas en seda, pero no sería del tipo apto para niños. Más
bien como bondage... con vendas de terciopelo, plumas, látigos y...
Ella... no...
Las imágenes explotaron en mi cabeza.
Se me hizo agua la boca ante la idea de estar atada, abierta y a merced de un
desconocido. Alguien que se pareciera al chico sin camisa; alguien que hiciera lo
que quisiera conmigo y me dejara en un charco de pasión.
Me marcarían. Me morderían. Me harían gritar.
Oh Dios mío.
Vas a ir directo al infierno.
Normalmente, ese tipo de fantasías solo se atrevían a acosarme cuando
estaba sola en casa y tenía una cita con mi vibrador. Me aseguraba de mantener
esa parte de mí enterrada en lo más profundo, sofocada bajo llave.
Nunca le había contado a nadie quién era realmente bajo mis faldas recatadas
y mis bonitas blusas. Nunca me habían atado durante el sexo. Nunca me habían
hecho arrastrarme o suplicar. Nunca me había entregado a mis partes oscuras
que...
Bueno, definitivamente no vas a empezar ahora pagando a alguien para que
lo haga. Jesús.
Lo que sea que ocurra en ese circo, yo no quería tener nada que ver con ello.
¿Estás tan segura de eso?
Estrangulé mi volante.
Muy segura.
Absolutamente, totalmente segura.
La calefacción de mi auto tosió, como si se riera de mí.
Pero es tu cumpleaños...
Apretando los dientes, encendí los limpiaparabrisas a máxima velocidad para
deshacerme del folleto incriminatorio. ¿Y qué? Había cumplido un año más. Eso
significaba que era un año más sabio, no más estúpida.
Iba a casa para hacer lo que hacía todas las noches. Comer algo insípido, ver
algo aburrido y acostarme. Sola.
Suspiré aliviada cuando la invitación se hizo añicos bajo el ataque de mis
limpiaparabrisas y cayó en la zanja. De ninguna manera quería que mi compañero
de piso viera eso. Si yo era una pervertida que se hacía pasar por una mojigata, él
era un puritano total sin libido. Nunca había conocido a alguien tan escandalizado
al ver el más mínimo destello de piel.
La primera vez que me vio correr por nuestro pasillo compartido desde el baño
solo con una toalla, me miró con tanta intensidad que me salieron ronchas en la
piel. A la mañana siguiente, dejó una nota en la nevera diciéndome que era
inapropiado estar tan poco vestida cuando éramos colegas y compartíamos hogar y
lugar de trabajo.
No pude mirarlo a los ojos durante una semana.
Lo cual era difícil porque trabajábamos en el mismo laboratorio.
Afortunadamente, desde aquel día, él cambió sus horarios. A veces nuestras horas
coincidían, pero nunca pasábamos más de una o dos horas en compañía del otro.
Lo cual estaba bien para mí.
Solo deseaba que pudiéramos establecer un horario así para nuestros fines
de semana. Puede que yo no tenga mucha vida, pero al menos disfrutaba saliendo
a cenar con amigos y haciendo todo lo posible por no malgastar el tiempo que me
había tocado.
Pero Nicholas...
Hizo amistad con la meningitis y la gripe, perdiéndose en videos de YouTube
sobre el último remedio con ivermectina y fenbendazol. Podría ser bioquímico de
profesión, pero creo que soñaba con poner fin al sufrimiento del mundo con una
píldora mágica que pudiera regalar de forma gratuita.
Ese propósito lo impulsaba con fuerza.
Derribar a las grandes farmacéuticas.
Brindar salud a miles de millones.
Su mente enfocada en una sola cosa lo convertía en el peor tipo de compañero
de piso, porque en comparación con él, yo me sentía como una chica tonta jugando
con un microscopio, mientras él parecía un discípulo enviado directamente desde
el cielo para hacer una obra divina.
Dudaba incluso de que fuera un hombre de sangre caliente.
Comparado con el chico que acaba de guiñarme un ojo, tendría que decir que
no, rotundamente. Aunque Nicholas no estaba mal. De hecho, era guapo de una
manera intelectual, con una barba cuidadosamente recortada y una envidiable
melena de cabello castaño que rozaba el bronce y caía sobre su frente. Encontraba
molesto su hábito de apartar el cabello de sus ojos, incluyendo sus tonificados y
estúpidos músculos de tanto hacer ejercicio en nuestra sala de estar y correr por
el parque. Y ni hablemos de su esculpida mandíbula, visible cada vez que se
afeitaba por completo, una mandíbula que algún antepasado tremendamente
atractivo le había dado.
Bueno, "guapo de una manera intelectual" se asemejaba más a
"deliciosamente guapo", pero no compensaba su falta de personalidad. No hacía
chistes, apenas me miraba y no tenía motivación para nada más que la
microbiología.
Vivir con él era como vivir con un sedante.
Mi estómago dio un vuelco mientras me incorporé al tráfico y manejaba en
piloto automático todo el camino a casa. ¿Por qué tenía que parar el circo de
maniáticos sexuales a una cuadra de mi casa? ¿Por qué tenía que pasar por allí?
¿Y por qué, oh por qué, me enfadaba por ello?
No significaba nada para mí.
La gente podía hacer lo que quisiera.
Es un país libre.
No tenía que ir.
No necesitaba pasar un buen rato con un hombre de cabello negro con
abdominales como una lavadora antigua.
Definitivamente no.
Nada de eso.
¿Qué hombre?
¿Ves?
Ya lo he olvidado.
Capítulo 2
Está bien, mentí.
Ese maldito hombre desfilaba por mi mente como un letrero luminoso. Sus
jeans colgaban de sus caderas. Esa sonrisa traviesa estaba firmemente plantada
en unos labios muy besables.
La cena fue deprimente: brócoli con un poco de aderezo ranchero y un trozo
de pescado al vapor con perejil. Sí, era saludable, pero demonios, era aburrido.
Netflix era solo un montón de tonterías. Y mi corazón había olvidado cómo latir
como el de una persona normal, haciendo su misión personal mantenerme nerviosa
y agitada, saltando ante la más mínima brisa.
Un ruido vino de la habitación de Nick justo antes de que su puerta se abriera
y se cerrara, y apareció desde el pasillo.
Mis ojos se posaron en él contra mi voluntad; mi estómago se contrajo.
Maldito sea por ser tan atractivo.
Maldito sea por mirarme como si yo fuera algo que habría sacado de la suela
de su zapato.
Llevaba sus habituales jeans negro y una camiseta blanca, ambas prendas
resultaban demasiado atractivas en su esbelto y musculoso cuerpo. Y, como si eso
no fuera suficiente, se había puesto una americana informal a cuadros,
remangándola hasta los codos, mostrando unos antebrazos que deberían estar
prohibidos.
Su cabello tenía ese aspecto sexy-despeinado, alborotado con un poco de gel
para mantenerlo en su sitio. De alguna manera, se movía entre el atractivo geek y
el travieso chico malo. Aunque no era un chico malo. Nunca lo había escuchado
traer a nadie a casa por la noche... lo habría escuchado a través de las paredes.
A menudo esperaba en la oscuridad, conteniendo la respiración, para ver si
podía escuchar los suaves gemidos de él masturbándose y nunca, ni una sola vez
ocurrió en los ocho meses que llevábamos viviendo juntos.
Ni siquiera podía usar mi fiel vibrador de conejo, porque definitivamente
escucharía ese característico zumbido y probablemente entraría a mi habitación, lo
arrebataría de mis codiciosas manos y me daría la peor reprimenda de mi vida.
Reprimenda... entre mis piernas. Sí, por favor.
Dios mío, ¿podrías dejar de pensar así?
Mi piel se erizó cuando él entró en la sala de estar, manteniendo la mirada
en la alfombra beige.
Nunca lo admitiría, pero había fantaseado con eso demasiadas veces. Con él
descubriéndome autocomplaciéndome. Él entrando en mi habitación para
castigarme. Vería lo mucho que necesitaba ser tocada y... bueno, me tocaría. Se
arrodillaría, tiraría de mis caderas al borde de la cama y enterraría su rostro entre
mis...
—Ella. —Se quedó congelado cuando me notó tendida en el sofá—. ¿Pensé
que te habías ido a la cama?
¿Qué? ¿A las nueve de la noche? No era una fiestera, pero tampoco era una
abuelita.
—No. Solo estoy estudiando. —Señalé el pesado libro en mi regazo. No
necesitaba saber que la idea de ir a la cama me excitaba. Que leer un libro me
excitaba. Que todo malditamente me excitaba.
Nunca antes había estado tan... ansiosa. Tan desesperada por rascar algo
que no me atrevía a rascar.
Por primera vez, noté la forma de los labios de Nick. Llenos, pero no
demasiado. Su rostro tan pulcro y correcto, pero bajo esa corrección acechaba un
borde que me intimidaba de una manera puramente femenina.
Nunca lo había notado antes.
¿Por qué no?
¿Cómo era posible que llevara ocho meses viviendo con él y todo lo que
habíamos discutido se refería a microbios y enfermedades?
Me incorporé de repente.
—¿Vas a trabajar? —pregunté.
Sus ojos se posaron en el reloj que colgaba sobre la chimenea decorada con
luces de hadas (obra mía, no suya).
—Umm, sí. Voy a entrar temprano.
Mis oídos se agudizaron. Nick, dulce, intelectual e increíblemente inteligente
Nick, acababa de mentirme. Mi corazón latió más rápido.
—Sabes que retrasaron tu turno, ¿verdad? Lo anotaste en la sala de
profesores. —Era la verdad. Nos habían prohibido el acceso al laboratorio de nueve
a medianoche para una limpieza rigurosa una vez al mes. Él lo sabía. También
sabía que nos alentaban a no trabajar hasta tarde a menos que estuviéramos en
pleno apogeo de un experimento delicado.
Entonces, ¿a dónde diablos iba?
Mi corazón se aceleró cuando un pensamiento asaltó mi mente. ¡Él también
no! ¿Había visto el folleto? ¿El circo de la excitación para orgías de adultos?
Evitó mis ojos mientras subía las mangas de su camisa, haciendo que los
tendones de sus antebrazos resaltaran. Algo se arrugó en su bolsillo delantero.
¿Qué era eso? ¿Un condón? Parecía más como papel. ¡Oh mierda, ¿era su
certificado de salud que pedía el circo? ¿Iba realmente a un festival sexual, o mi
mente estaba completamente defectuosa?
—Oh, sí, claro. Supongo que iré a comer algo entonces. Tal vez ir a un bar y
ver los momentos destacados del juego de béisbol de anoche. —Inclinó la cabeza,
mirándome con su desprecio habitual—. ¿Y tú? ¿Qué estás haciendo?
Olvidé cómo tragar. El aire en nuestra pequeña casa se rompió en tentación.
Si no estuviera sentada en el sofá, mis rodillas habrían temblado. Y mis rodillas
nunca temblaban bajo la mirada de ningún hombre.
—Voy a sentarme aquí y leer —dije.
De ninguna manera. Mintiendo de nuevo.
Había terminado.
Me cansé de sentirme fuera de control.
De intentar tener el control.
—Suena bien —murmuró él.
Sonreí con dulzura enfermiza.
—Sí. Bueno, supongo que... ¿buenas noches?
Nicholas rascó su nuca.
—Sí, para ti también. Eh, disfruta de tu libro. —Sus ojos se oscurecieron,
tornándose más verdes que avellana mientras se posaban en mis piernas. Me había
puesto mallas de yoga de color verde azulado, y se ajustaban a cada centímetro.
Mi estómago se contrajo; juraría que frunció el ceño. ¿Podría oler las
feromonas cocinándose dentro de mí? ¿Podría ver cuán cerca estaba de
simplemente decir "al diablo, me rindo" y lanzarme a sus fuertes brazos?
Nunca antes había deseado así a un compañero de piso platónico.
Especialmente no a este compañero de piso, pero maldita sea, había algo en él.
Siempre lo hubo. Durante ocho meses, me había convencido de que no albergaba
tales sentimientos por él, pero mentirse a uno mismo era agotador.
Mi atracción por él esta noche parecía peor de lo normal, sin embargo.
Y culpé a ese maldito circo.
Mi imaginación se desbordó.
¿Dónde está yendo realmente?
Mi mente se ahogó en preguntas que nunca, jamás haría. ¿Le gustaban las
mismas cosas que a mí? ¿Se sentía tentado por lo desconocido, por la idea de
látigos, cuerdas y dolor? ¿Albergaba deseos desviados de los que nadie admitiría, a
menos que estuvieran en un club con un alias y llevando una máscara para ocultar
todos sus secretos?
—No vas a un bar, ¿verdad? —Tapé mi boca en cuanto las palabras salieron.
Oh.
Dios.
Mío.
No era asunto mío. Podría estar yendo a casa de un amigo. O haciendo
exactamente lo que haría típicamente y dirigirse al laboratorio a pesar de las
órdenes de mantenerse alejado.
Jesús, Ella.
Sus cejas se elevaron hasta la línea de su cabello; su mandíbula se tensó con
arrogancia altiva.
—Por supuesto que voy a un bar. ¿Dónde demonios más estarían yendo a
estas horas?
Mis regiones bajas hormiguearon ante la idea de que fuera a buscar algo con
una completa desconocida. Mordí mi labio mientras una imagen de mí siendo esa
desconocida llenaba mi cabeza. El problema era que vivía con el hombre, y si por
algún milagro alguna vez me tocara, nuestra situación de convivencia sería
insoportable después.
Mis ojos se dirigieron a sus labios. ¿Sería un buen besador?
¿Cuál es su fantasía secreta?
Inhalé profundamente e hice lo posible por recuperar el control.
—Lo siento. No sé por qué dudé de ti. Eres Nicholas Davis. Por supuesto,
nunca mentirías.
—¿Qué demonios se supone que significa eso?
—Nada. —Levantando el libro más alto en mi regazo, sonreí—. Disfruta tu
noche.
Sus hombros se tensaron. El aire chisporroteó entre nosotros. Se movió como
si quisiera decir algo o tal vez incluso agarrarme y lastimarme y...
Ella... ya basta.
Finalmente, asintió rígidamente.
—Gracias. —Sus ojos se quedaron en mí, pero mantuve los míos firmemente
en el texto científico—. Que tengas una buena noche también. —Se dirigió hacia la
puerta, metiendo las llaves en el bolsillo desde el recipiente en el aparador.
La incomodidad se instaló entre nosotros, lo cual no era nada nuevo. Nunca
nos relajábamos por completo cuando estábamos juntos. Probablemente era
nuestra propia maldita culpa. Nunca hablábamos, ¿cómo podríamos relajarnos?
Éramos prácticamente desconocidos.
—Supongo que te veré pronto. —Su voz ronca erizó mi piel.
Antes de que pudiera analizar en exceso lo que quiso decir, desapareció por
la puerta y la cerró de un portazo.
Permanecí allí, con el corazón palpitando. ¿Qué quiso decir con verme
pronto? ¿Pronto por mañana o pronto por el gran espectáculo?
Dios mío, necesitas ayuda.
No había forma de que Nick Davis fuera a un circo lleno de sexo. De ninguna
manera. El infierno tendría que congelarse primero. En realidad, tendría que tener
una erección, y dudaba seriamente que incluso tuviera una polla en los pantalones,
a pesar de haber detectado un bulto considerable antes de marcharse por la puerta.
¡Maldita sea!
Cerrando mi libro, froté mi rostro.
Esto era ridículo.
Cumplir veinticuatro años había roto algo dentro de mí.
Tal vez debería irme a la cama temprano. ¿Eso curaría mi aflicción? Podría
incluso usar mi vibrador mientras Nick no estuviera en casa.
Podría deshacerme de esta tontería de estar caliente y molesta y simplemente
irme a la cama como una niña buena.
Incorporándome de un salto, abracé mi libro.
Buen plan.
Excelente plan.
Entonces, ¿por qué diablos ese tipo del carnaval medio desnudo seguía
desfilando por mis pensamientos? El mazo colgado sobre su hombro y ese guiño
travieso atrayéndome como una estúpida presa hacia un peligroso depredador.
Solo el conocimiento de que el gran espectáculo estaba a solo diez minutos a
pie hacía que mi sangre ardiera de necesidad. En este punto, ni siquiera se trataba
de sexo. Ni siquiera se trataba del hecho de que me odiaba a mí misma por haberme
vuelto tan aburrida que no había celebrado mi cumpleaños.
Se trataba de la libertad.
Ser libre, aunque solo fuera por una noche.
Vivir una fantasía suprema sin que nadie me juzgara o condenara.
Solo una sucia noche en la que podría ser alguien diferente a una rata de
laboratorio sin vida.
El pesado libro golpeó el suelo cuando me di por vencida.
Corriendo por el pasillo, entré de golpe en mi habitación, con la mente llena
de imágenes de mí entrando en el gran espectáculo con mi bata de laboratorio
blanca y tacones altos de aguja y nada más.
Por una noche, fingiría.
Por una noche, me permitiría considerar cosas que nunca me permitía.
Exploraría las partes de mí que se calentaban y molestaban bajo las sábanas por
la noche. Me sumergiría en la curiosidad de lo que sería besar a otra chica. Ser
dominada por un hombre... posiblemente dos. Dejaría que me despojaran de todo
poder para que no fuera más que un recipiente para recibir lo que mi amante
quisiera darme.
¿Qué tenía de malo eso?
¿Qué tenía de malo una noche de sobrecarga sensorial; física, visceral y
sexual?
Era lo suficientemente mayor para elegir.
Lo suficientemente mayor para abrazar mis perversiones secretas.
Y vaya si quería un boleto para eso.
Mis manos temblaron mientras mi corazón golpeaba contra mis costillas. Mi
tocador blanco tambaleó cuando abrí bruscamente el cajón superior, donde
guardaba lencería atrevida que me había comprado en un momento de
autocompasión. Usaba lencería para sentirme poderosa. Y este conjunto... prometía
magia.
El sujetador de encaje y la diminuta tanga transparente estaban hechos de
suave seda color peltre con relámpagos negros en relieve. No eran precisamente
ropa interior para proporcionar soporte o para un duro día en la oficina. Eran
puramente para enloquecer a un hombre o para otorgar fuerza femenina bajo la
ropa de una niña buena chica. Un poco como Superman en su traje volador, yo era
Superwoman en mi tanga.
Arrojándolos sobre la colcha de color crema, corrí por el pasillo hacia el baño.
No me molesté en cerrar la puerta. Me desvestí, entré en la ducha y tuve el lavado
y afeitado más rápido de mi vida.
Los nervios se dispersaron por mi espina dorsal mientras me envolvía con
una toalla y volvía a mi habitación. A pesar de que Nick no estaba aquí, su severa
reprimenda todavía hacía que mi nuca se erizara ante la idea de que me encontrara
medio vestida de nuevo.
La rebeldía me invadió y mi barbilla se levantó.
Me negaba a dejar que siguiera haciéndome dudar de mi propio valor.
Tenía un buen cuerpo. Trabajaba duro para ello cada día que corría. No me
escondería solo porque él no podía soportar ver un poco de piel.
Dejando caer mi toalla, desfilé desnuda hacia mi dormitorio y me dirigí a mi
armario bastante vacío. En realidad, no tenía nada sexy para ponerme. Trabajar
largas horas significaba que prefería llevar leggings y un jersey. Pero tenía un
pequeño vestido negro en la parte de atrás.
Deslizándome en mi lencería sexy, me estremecí al ponerme el vestido y me
contorsioné para asegurar la cremallera. Cada roce de la tela provocaba
estremecimientos a través de mis pezones, el satén del sujetador amplificaba cada
sensación.
Maldita sea, ni siquiera había salido de mi casa y ya estaba más excitada que
nunca.
¿Y si leí mal el folleto?
¿Y si era una broma pesada para personas cachondas y desesperadas?
¿Y si llegaba allí y no era más que una artimaña?
La preocupación se apoderó de mi; lancé una mirada a mi cajón de la mesita
de noche. Quizás debería quedarme. Un orgasmo era un orgasmo,
independientemente de si lo proporcionaba un vibrador o un hombre.
Un vibrador no puede lastimarme.
Toda la confianza se desvaneció por mis piernas y se derramó en el suelo.
Dios, ¿qué me hizo pensar que podía hacer esto?
Estúpida. Tan estúpida.
Maldiciendo todos los hormigueos intensos dentro de mí, volví a alcanzar la
cremallera. Me pondría mi pijama de algodón y...
Mi reflejo atrapó mi mirada mientras me retorcía en mi vestido, luchando por
desabrocharlo. Me saqué la lengua a mí misma, odiando que mis ojos azules
parecieran especialmente brillantes, mi piel sonrojada de un suave rosa, mis ondas
castañas tuvieran más vitalidad gracias al vapor de mi ducha rápida.
Poco a poco, bajé las manos y me acerqué a la mesa de tocador.
Pasé los dedos por mi abdomen antes de acariciar mis pechos.
¿Y si, dentro de unos años, cuando fuera mayor y estuviera casada con uno
o dos hijos, nunca volvía a sentirme tan salvaje? ¿Y si este deseo ansioso de ser
libre era un instinto primordial que me impulsaba hacia la imprudencia por una
razón?
Para probar, experimentar, aprender, de una vez por todas, lo que me hacía
feliz antes de conformarme con una vida de mediocridad.
Bajando las manos, me miré a los ojos y asentí.
Había vivido mi vida como se suponía que debía. Me había centrado en los
estudios. Había ahorrado lo que ganaba. Solo salía con chicos amables. Y estaba
tan... malditamente... aburrida.
Al diablo con eso.
Sin mi permiso, mis manos abrieron el cajón lleno de maquillaje y, antes de
que pudiera dudar de nuevo, apliqué sombra de ojos ahumada en mis párpados,
rímel en mis largas pestañas y brillo de melocotón en mis labios. Incluso me apliqué
una rociada de perfume caro que mi compañera de laboratorio, Kate, me había
comprado y que nunca me había molestado en usar.
¿Cuál era el punto?
A las placas de Petri no les importaba que oliera bien.
El ébola no se preocupaba si me había depilado las piernas o si había tenido
relaciones sexuales la noche anterior.
Pero a mí sí me preocupaba.
Esta noche, no seré esa Ella.
Voy a ser libre.
Corriendo hacia mi armario, me calcé con mis tacones de charol negros,
agarré un bonito bolso con cuentas y una rosa en la parte delantera que había
comprado y lamentado de inmediato, y luego me pavoneé por la casa hasta mi
escritorio en la terraza acristalada.
Por suerte para mí, mi trabajo requería un chequeo mensual debido a todo lo
que hacíamos con enfermedades contagiosas. Pero, ¿qué pasa con las personas que
no tienen trabajos tan arriesgados? ¿Cómo entran al circo con su norma de
currículos médicos?
Nick tiene uno.
Tendría el mismo membrete en el suyo, enumerando su análisis de sangre y
cualquier otro secreto biológico.
Él no fue allí; lo sabes.
Lo más probable era que estuviera refunfuñando en un bar, esperando hasta
la medianoche para volver a casa y pretender que había tenido una noche loca.
Bueno.
No lo quería allí.
No quería que nada de esta vida aburrida interfiriera con mi recién
encontrada libertad.
Esta noche, podría terminar siendo lanzada por un acróbata, atada por un
mago de las cuerdas o azotada hasta alcanzar un orgasmo por un domador sádico
de leones.
Esta noche, podía ser cualquiera y hacer lo que quisiera.
Los hormigueos habían vuelto.
La necesidad temblorosa y el ardiente deseo se apoderaron de mi decoro
normal, y salí corriendo de mi casa.
Ni siquiera me molesté en tomar mi auto.
La lluvia se había detenido, las aceras estaban secas, las nubes se abrieron
para revelar un río de estrellas brillantes.
Me paré en mi calle, sonreí a la luna y corrí con mis tacones tan rápido como
pude, directo a los brazos del pecado.
Capítulo 3
La gran carpa iluminó el cielo nocturno.
Focos morados y plateados se movían en arcos perezosos, y el carrusel de
ponis, que parecía tan pintoresco e inocente, tocaba una melodía que me recordaba
los días de la infancia y el verano.
Las cercas plateadas que rodeaban el circo brillaban con advertencias,
gritando las reglas de que entrar era hacer una elección. Entrar significaba dejar
todas las inhibiciones y preconceptos atrás.
Todavía no tenía idea si lo que pensaba que ocurría allí adentro era cierto.
Pero quedarme en la acera mirando no me acercaba a descubrirlo.
El único problema era que mi corazón saltaba como si pudiera desmayarse
en cualquier momento. Mi sangre zumbaba y mi piel estaba cubierta con una fina
capa de sudor nervioso. No me había molestado en traer un abrigo y mis brazos se
erizaron, incluso mientras mi interior ardía.
Pasó un auto.
Dos padres y dos niños, probablemente volviendo de una cena familiar
normal con actividades aceptables y corrientes. Observé cómo sus luces traseras
giraban en la esquina, sin ofrecerme ánimo ni juicio.
Mis rodillas se trabaron.
Mi respiración se volvió superficial.
Dos carriles de carretera vacía eran lo único que me impedía hacer la cosa
más lasciva de mi vida.
¿Tal vez leí mal el folleto? Seguramente, un circo depravado en el que se
suplicaba a los solteros y se animaba a las parejas no significaba sexo, ¿verdad?
No podría existir, ¿o sí?
¿No sería algo así prohibido por todos los vecinos mojigatos que rodeaban el
enorme parque donde se había instalado una carpa?
¿Quizás por eso es un circo?
Para seducir a los residentes durante una noche, corromper almas, arrancar
placer de aquellos que carecen de tal alegría, y luego empacar y marcharse... para
no ser visto nunca más.
¿Por qué querían mi informe médico?
Me estremecí mientras las imágenes se desplegaban una vez más en mi
imaginación hiperactiva.
Sexo sin protección, por eso.
Si hacía esto, estaría aceptando tener sexo sin protección con desconocidos.
Debería sentir repulsión.
Debería volver a casa y enterrarme bajo una manta.
Entonces, ¿por qué, oh por qué, un goteo de humedad empapó mi ropa
interior y el sonido de mis tacones resonó condenatoriamente cuando bajé de la
acera?
Mi garganta se apretó cuando una mujer alta vestida con un leotardo rojo
brillante me saludó con la mano. Crucé la calle mientras ella me lanzaba un beso,
inclinando su cadera de manera sugerente.
—Así está mejor. No seas tímida, hermosa.
Mis mejillas amenazaban con incendiarse espontáneamente.
Avancé aturdida hacia ella y hacia el tráfico en sentido contrario.
Una bocina enojada me hizo dar unos pasos atrás hacia la seguridad de la
acera.
Jesús, Ella.
Estás aquí para vivir, no para morir de manera prematura.
La mujer se rió cuando el vehículo pasó frente de mí rápidamente, levantando
mi vestido negro por encima de mis rodillas. Hice una mueca en su dirección, la
timidez me envolvía, pero luego la vergüenza completa se apoderó de mí cuando
una risa masculina más rica, profunda y molesta se propagó por la oscuridad.
Me quedé helada.
Él.
El hombre que había comenzado mi obsesión loca con este lugar.
Emergió de las sombras con paso perezoso, los dientes blancos, los ojos
oscuros, su mano posesiva sobre el hombro desnudo de la mujer mientras le
susurraba algo.
Sus labios podían estar hablando con ella, pero sus ojos nunca se apartaron
de los míos.
Quemándome, atrapándome, devorándome viva.
Tragué saliva mientras ella reía.
Con una risa, él miró si venía algún auto (a diferencia de mí) y cruzó la
carretera corriendo, deteniéndose a una distancia en la que podría tocarlo. Su
mirada me recorrió de arriba abajo, como si me hubiera pedido de algún catálogo y
hubiera venido a reclamar lo que era suyo.
Mientras él me inspeccionaba, yo lo examinaba a él, bebiendo su camisa
negra de cuello abierto y pantalones ajustados con botas polvorientas. Sin atuendo
de circo, excepto por el pequeño trazo de brillo negro en forma de rayo en su mejilla.
Dios mío, hace juego con mi ropa interior.
—Tú. Te recuerdo del casi accidente de hace unas horas. —Su voz resonó en
lo más profundo de mi estómago, rica y seductora como el terciopelo. Luché por
mantener el equilibrio sobre mis locos tacones altos. Me apretaban los dedos de los
pies, lo que me ayudaba a mantenerme anclada en la realidad y no flotar en una
neblina de lujuria.
Traté de hablar, de sonar sexy y segura, pero salió como un chirrido.
—Hola.
Él se rió y pasó la lengua por su labio inferior.
—¿Estás aquí para tener sexo o para entretenerte?
Mi núcleo se contrajo ante la forma en que pronunció 'sexo'.
—¿Quieres decir que hay dos opciones?
Tal vez no tendría que seguir con esto. Una fuerte decepción me invadió. Aquí
estaba, esperando poder besar a este hombre, un completo desconocido, porque me
vería obligada por las circunstancias.
Había venido aquí por voluntad propia, pero aún necesitaba un empujón.
Y si no había nadie para empujarme...
Suspiré profundamente, la vergüenza se instaló una vez más.
Él sonrió, sacudiendo la cabeza. Su cabello negro y despeinado bailó sobre
su frente, pareciendo en desacuerdo con su nariz, mandíbula y cejas severas. Su
rostro era tan esculpido como su abdomen, sin lugar para la suavidad ni para la
ilusión de que no vivía su vida según expectativas estrictas y que, muy
probablemente, conseguía todo lo que se proponía.
—Sí y no —dijo con una sonrisa socarrona, sus ojos deteniéndose en mis
labios—. Hay sexo... mucho, mucho sexo. Sexo puro, sexo travieso, sexo
completamente malicioso y desvergonzado... —Se acercó, trayendo consigo el calor
del infierno—. Pero... si no estás del todo preparada para eso y eres más
espectadora que participante, bueno, puedes mirar.
—¿Mirar? —susurré.
Se acercó nuevamente, aplastándome contra el pavimento, atrapándome con
sus violentos ojos morados.
—Puedes observar a cualquiera de las parejas que actualmente se están
divirtiendo. Todos los que ingresan a estos terrenos dan su permiso para que sus
fantasías sean compartidas... con otros que quieran jugar o aquellos que solo
quieran mirar y vivir a través de ellos. —Levantó la mano; sus dedos rozaron mi
pómulo—. La elección es tuya. Observar o ser parte del espectáculo. Lo que quieras.
Como quieras. Con quienquiera que te llame la atención. —Sus ojos brillaron con
sórdidas amatistas.
Lentes de contacto.
Debía estar usando lentes de contacto para combinar con los colores del
circo. Nadie tenía unos ojos tan naturalmente antinaturales.
Su voz se redujo a un susurro lujurioso.
—Te vi mirándome antes hoy. Sentí tus ojos en mí mientras trabajaba. —
Cerró el último paso entre nosotros y rozó su boca contra mi oreja—. ¿Te gustó lo
que viste? ¿Me imaginaste desnudo? ¿Pensaste en mi polla, pequeña bruja,
mientras casi te salías de la carretera? —Sus dientes se aferraron a mi oreja,
haciendo que cada célula, cada aliento se congelara—. ¿Fuiste a casa y te
complaciste pensando en lo que haría contigo? ¿O te reservaste para mí?
Me estremecí, haciendo todo lo posible para recuperar el aliento. Me aferré a
la única parte de esa frase que no me sumió en una espiral de desesperación
erótica.
—¿Bruja?
Sonrió.
—Te queda bien. —Bajando su cabeza, acercando nuestros ojos desde su
mayor altura, susurró—: Y es la verdad. Debes ser una bruja. Me intrigaste esta
tarde, y ahora que estás aquí, me encuentro... agradablemente excitado. —
Tomando mi mano, me tiró hacia adelante—. ¿Quieres sentir cuán excitado? —
Mirando a su alrededor en busca de paseadores de perros o parejas de ancianos
paseando de noche, presionó mi mano de manera tan casual contra el bulto muy
duro y grande en su pantalón.
Jadeé y traté de alejarme.
Mordió su labio inferior, manteniéndome contra él por un momento antes de
abrir los dedos y soltarme.
—Debes ser una bruja para sacar esa respuesta de mí. Este es mi trabajo.
Conozco a mujeres hermosas todo el tiempo. Coqueteo con todo tipo de parejas y
me gustan todo tipo de juegos previos, pero tú... pareces tener un talento para sacar
un lado de mí que no he sentido en un tiempo.
Di un paso atrás, todo mi ser ardiendo.
—¿Q-Qué lado?
Acercándose, murmuró:
—El lado que ansía protegerte porque pareces nerviosa y asustada, como un
cervatillo a punto de huir. Pero hay otra parte de mí, la parte más fuerte y lobuna,
que tiene muchas ganas de perseguirte y devorar cada pedazo delicioso y húmedo.
Tuve un infarto.
Justo ahí.
Estoy muerta.
El vapor se desprendía de mi piel por la forma en que me hacía arder por
dentro.
—Eres... um, muy directo.
—Y te gusta. —Se acarició a través de los jeans—. Por eso eres una bruja.
Desprendes estas vibraciones de indefensión, estas vibraciones de 'Oh mierda, no
sé lo que estoy haciendo aquí porque soy demasiado buena chica para esta
vulgaridad', mientras que las partes ocultas de ti están rogando, malditamente
suplicando, que te tiren al suelo y te follen como la chica muy sucia, muy traviesa
que realmente eres.
Mi boca quedó abierta mientras mis bragas recién estrenadas se empapaban
de deseo.
No podía hablar.
Él me había deshecho. Deshizo cada parte de mi vida hasta que ya no sabía
quién era.
—¿Estoy equivocado? —susurró—. Dime que estoy equivocado, y me
arrodillaré para disculparme. —Hizo un guiño—. A menos que te guste eso. ¿Tal
vez te he leído incorrectamente y eres una dominatrix secreta en lugar de una
sumisa que está ansiosa por ser controlada?
—Y-Yo...
Retrocedió, cruzando los brazos.
—Aclaremos algunas cosas antes de que pierda la cabeza por completo, ¿de
acuerdo? Viniste aquí por tu propia voluntad, ¿verdad? Nadie te obligó a venir. No
es un desafío que salió mal o algo de lo que ya te estés arrepintiendo. Sé que leíste
el folleto. Te vi en tu auto, así que sé que eres consciente de lo que es este lugar. —
Haciendo un gesto con la mano hacia la gran carpa detrás de él, sonrió como un
tiburón hambriento—. Sabes lo que sucede allí adentro, y también sabes que las
posibilidades de que te follen de todas las formas posibles son extremadamente
altas si entras.
Me estremecí.
Un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo y se sintió como mil pequeños
orgasmos a la vez. Lamiendo mis labios, haciendo lo posible por controlar mi
desbocado corazón, dije:
—Y si entro... ¿serías tú... serías tú quien me follara?
Se rió a carcajadas, profunda y oscura, áspera y arenosa.
—Por lo general, superviso la acción. Después de todo, estoy trabajando. No
participo tanto en estos días. Pero... —Regresando a mí, tomó mi rostro con sus
palmas ligeramente ásperas.
Palmas curtidas por blandir mazos bajo la lluvia.
Otro arrebato de humedad.
Otra oleada de calor.
—¿Pero? —suspiré.
—Podría ser persuadido para hacer una excepción... por ti.
Temblé mientras un desfile de posibilidades me invadía. Imágenes de dormir
con este desconocido. Dejarlo entrar en mí. Dejarlo dominarme. Permitir que otros
lo vieran hacer esas cosas sucias.
Pero, ¿y si alguien conocido estuviera en la multitud? ¿Y si fui a trabajar el
lunes y mi jefe tenía un conocimiento íntimo de mi rostro de éxtasis o cómo sonaba
cuando alguien me azotaba?
Oh, Dios.
El horror.
El miedo y el pudor me sumieron en agua helada. Mis manos se alzaron hacia
sus muñecas, mis dedos se enrollaron con fuerza alrededor de él.
—Yo, eh... creo que podría haber cometido un error.
—¿Error? —Se apartó, pero sus manos no dejaron de acariciarme—. ¿Cómo
así? Puedo oler prácticamente tu deseo desde aquí.
—¿Y si... y si la gente ve? ¿Personas que conozco?
Sonrió.
—Si te están observando, están aquí por las mismas razones. Hacemos que
todos firmen acuerdos de confidencialidad exclusivos. Puede que seamos un circo,
pero somos una empresa legítima con legalidades y cláusulas de exención. Lo que
sucede aquí, se queda aquí.
—Oh.
Bueno, pero no infalible.
—Tenemos licencia para hacer lo que hacemos y preferimos movernos en
lugar de quedarnos en una ciudad.
—¿Por qué?
—Así podemos romper las cadenas de amas de casa solitarias o darle sabor
a matrimonios aburridos en cada ciudad que visitamos. —Pasó su nariz por la
mía—. ¿Eres una ama de casa solitaria, pequeña bruja?
Nicholas surgió en mi cabeza.
Lo aparté de un empujón.
—No. Solo yo.
—¿Y le has dicho a alguien lo que realmente necesitas en la cama?
Me sonrojé.
—Nunca.
—¿Me lo dirías?
—N-No lo sé.
—Incluso si te prometiera hacer tus sueños realidad?
Me retorcí en el sitio, muy consciente de que sus pulgares acariciaban,
siempre acariciaban, suavemente pero también con un filo salvaje de posesión.
—Nunca he sido sincera ni siquiera conmigo misma, y mucho menos con un
completo desconocido.
Inspiró profundamente, acurrucándose en mi cuello.
—Un extraño es la mejor persona para confesarse.
Mi cabeza se inclinó hacia un lado, dándole acceso sin restricciones. Mis
pezones se endurecieron bajo mi vestido. Mi corazón hizo lo posible por salir de mi
pecho y arrodillarse a sus pies, sacrificando mi poder, mi dignidad, mi todo a este
hombre por la promesa más oscura de una noche para recordar.
Una noche para romper mis cadenas.
Una noche para encontrarme de verdad.
—¿Alguna otra reserva? —Pasó los pulgares por mis mejillas, justo debajo de
mis ojos cargados de rímel—. Dilas ahora porque en cuanto estés dentro de esa
carpa, no tendrás una segunda oportunidad.
Me soltó. Súbita y rápidamente.
Me tambaleé un poco, parpadeando para disipar la lujuria que había evocado.
—Responde cuando mis manos no estén en ti —bromeó—. Será más fácil. Y
también le dará tiempo a mi polla para recordar que no se supone que se ponga tan
cachonda por las clientas.
—¿Clientas?
Su sonrisa se convirtió en una amplia sonrisa de cocodrilo.
—Vamos, no creíste que lo hacía gratis, ¿verdad?
Maldición.
Parpadeé.
Tropecé hacia atrás. ¿Por qué sonaba tan vulgar, pero al mismo tiempo tan
escandaloso? Por amor de Dios, había venido a un circo sexual. Había venido para
que me empujaran y usaran. Por supuesto que algo así no venía sin condiciones.
—Así que... eres... eres un... ¿un prostituto?
Se rió entre dientes, seguido de un gemido que hizo retorcer mi estómago.
—Demonios, ¿cómo pueden tus ojos gritarme que te ate y haga lo que quiera
contigo, pero tu voz estar sofocada por la timidez? —Pasó una mano por su rostro—
. Y no, no soy un prostituto. Esto es mío. Espectáculo de Secretos es mi negocio.
Gano un montón de dinero de otros clientes como tú. No lo hago por el dinero, y no
follo con cualquiera, pero tú... si quieres que sea tu prostituto, seré tu prostituto.
Si quieres que sea tu sádico, seré tu sádico. Si quieres que me arrodille y lama tu
coño, entonces te cobraré una fortuna. Pero... si quieres que esté detrás de ti,
sujetándote el cabello mientras te follo tan duro, entonces... lo haré malditamente
gratis.
—Pero acabas de decir...
—Dije que no era gratis. Quiero algo a cambio. Y tengo la sensación de que el
placer que obtendré al sacarte de esa caparazón mojigata en la que estás envuelta
será suficiente recompensa.
—Entonces... tú... —Froté mis sienes, intentando poner en orden mi cerebro
en lugar de que la lujuria me corrompiera por completo—. Estás diciendo que...
—¿Te follaré gratis? —Volvió a acercarse a mí, colocando sus manos en mis
caderas y apretándome contra su erección—. Sí, eso es lo que estoy diciendo. Pero
solo si haces una cosa por mí. Una cosa pequeñita... aquí y ahora.
Mis ojos volaron alrededor de la calle oscura, agradecida de que no
estuviéramos directamente bajo una farola.
—¿Qué?
—Dime por qué eres tan tímida. Dime cómo una criatura sucia como tú ha
logrado convencerse de que es una buena chica y no una zorra que quiere que la
usen hasta que grite.
Todas las reglas de la sociedad me instaban a abofetearlo y huir.
No debería hablarme así.
No me conocía.
No podía saber cuán oscuros eran mis deseos bajo mis chaquetas de punto
y batas de laboratorio, pero... no podía reunir el esfuerzo para ofenderme.
No podía pretender que no estaba más excitada de lo que jamás había estado.
No podía negar que podría estrujar mis bragas por la inundación que me había
provocado.
—Yo... —Busqué respuestas, pero solo pude encogerme de hombros—. No sé.
—¿Cuántos años tienes?
Parpadeé ante sus sorprendentes ojos morados.
—Veinticuatro. —Sonreí con timidez—. De hecho, hoy es mi cumpleaños.
Todo su rostro pasó de coqueto a abiertamente lujurioso.
—¿Tu cumpleaños? ¿De verdad?
—Sí.
—¿Y no estás celebrando con tus amigos?
—No.
—¿Sin tarta? ¿Sin regalos? ¿Sin novio que te dé un orgasmo mediocre en la
oscuridad?
—Desafortunadamente, no.
Agarrando mi barbilla, me mantuvo firme.
—Dime. Si pudieras tener cualquier cosa que quisieras, por muy sexual o
pervertido que fuera, ¿qué sería?
Mi garganta se cerró.
Cada instinto de ocultarme, como siempre lo había hecho, amenazaba con
hacerme un pequeño ovillo sumiso y regresar a casa.
Pero... no quería ser esa chica nunca más.
No esta noche.
Nunca más.
Inhalando profundamente, reuní todas mis fuerzas, todo mi valor, y me erguí
en su abrazo.
—Quiero saber cómo se siente estar a merced de alguien.
Su mirada se centró en mi boca.
—Sigue.
—Yo...
—No seas tímida. No puedes escandalizarme. —Presionó un beso en mi
mejilla—. Solo me excitarás aún más.
—Quiero... quiero pertenecer a alguien. Y no solo en el sentido bíblico del
matrimonio. Quiero que cada maldita parte de mí le pertenezca. Existir debido a él.
No quiero poder respirar a menos que me dé permiso. Quiero que controle mi risa,
mis lágrimas, mis gritos. Quiero que alguien conozca mi cuerpo mejor que yo.
Alguien que me use de maneras de las que solo he leído. Quiero venirme por la
mano de otra persona y no por la mía. Quiero que me lastimen. Quiero ser adorada.
Quiero estar tan adolorida al día siguiente, tan magullada, marcada y usada, que
lo sepa, con cada parte de mí, que fui su comida y solo existo para que él de otro
mordisco.
El silencio nos envolvió.
No podía apartar la vista de la suya mientras su aliento se escapaba en
exhalaciones cortas y pesadas. Sus pupilas se dilataron detrás de los lentes de
contacto morados hasta que todo el color se desvaneció, tornándose de un deseo
oscuro.
No habló. Su aroma a especias, pecado y sexo me asaltó.
Podría excitarme solo con su olor.
El tiempo se estiró, arañando mi piel, inyectando adrenalina en mi corazón.
Pero luego, finalmente gruñó:
—¿Quieres ser devorada, pequeña bruja?
Cada parte de mí se quedó inmóvil.
Última oportunidad.
Última oportunidad de huir.
Pero simplemente asentí.
Una vez.
—¿Y quieres que sea yo quien te devore?
Mi corazón se atascó en mi garganta, pero asentí de nuevo.
—Demuéstralo —gruñó.
Mis dientes temblaron por lo nerviosa que estaba.
—¿C- Cómo?
—Dame un adelanto. Muéstrame en qué me estaré deleitando.
Incliné la barbilla hacia arriba.
—¿Qué quieres probar?
Sus ojos bajaron a mi boca en un fulgor lavanda.
—Esto.
Me jaló hacia él, me estrellé contra su cuerpo firme mientras su boca se
abalanzaba sobre la mía.
Sin vacilación. Sin pedir permiso. Clavó su lengua a través de mis labios,
robando el aliento de mis pulmones.
Me devoró hasta dejarme exhausta.
Me marcó con cada embestida y búsqueda de su lengua.
Y algo se quebró dentro de mí.
Un vínculo.
Una cuerda.
El cordón entre lo correcto y lo incorrecto.
Sin él, caí en la oscuridad. Me entregué al diablo. Abrí la boca y lo dejé
saquear.
Me rendí.
Cada maldita parte de mí.
Cada atisbo de control, lo puse firmemente en sus manos... al menos por una
noche.
Y él lo sintió.
Reconoció mi sumisión.
Se alimentó de ella.
Gruñó y envolvió sus brazos a mí alrededor con ferocidad, aceptando el regalo
que le ofrecí y dándome uno a cambio.
Su violencia me empapó. Su lengua voraz me ahogó. Su nariz rozó la mía
mientras inclinaba su cabeza para devorarme más profundamente. Sus dientes
chocaron contra los míos mientras yo le daba la bienvenida para que lo tomara.
Para que tomara todo.
Su corazón retumbaba contra el mío, que latía con furia, mientras su mano
se alzaba y agarraba mi mandíbula, sus dedos cavando en mis mejillas, forzándome
a besarlo de forma más desenfrenada, más intensa, más obscena.
Sus caderas se estrellaron contra las mías, castigándome con su considerable
dureza.
Cada rastro de la buena niña quedó incinerado. Lo único que quedaba era
una mujer que deseaba, no, necesitaba, ansiaba y suplicaba ser follada.
Me volví loca.
Él se volvió salvaje en respuesta.
Un tipo de criatura salvaje, devorando cada migaja que le entregaba.
El beso era demoníaco.
Mis piernas se convirtieron en agua.
Él frotó su muslo contra mi coño, haciendo contacto con mi clítoris
palpitante.
Grité, jadeando por aire.
No me soltó, haciéndome cabalgar sobre su muslo, gruñendo en mi boca al
sentir mi humedad empapando sus jeans.
—Maldición —gruñó.
Maldición, sí.
¿Qué demonios me está pasando?
—Dios, eres una buena chica —gruñó, apretándose contra mi cadera
mientras su muslo me hacía cosas indescriptibles—. Me has dicho la verdad.
Quieres esto —siseó mientras empujaba con más fuerza—. Lo deseas con todas tus
fuerzas.
Me retorcí sobre su pierna.
Los fuegos artificiales recorrieron mi columna vertebral.
Las primeras oleadas de placer se agolparon en mi interior, amenazando con
derramarse y hacerse añicos.
Dios... podría venirme.
Mi mente se iluminó ante ese pensamiento.
La chica que nunca había tenido un orgasmo sin ayuda de pilas estaba a
segundos de llegar con un desconocido en plena calle.
Una parte de mí intentaba recuperar el control.
Detener esta locura.
Reunir los pedazos de mi decoro.
Pero él también lo sentía.
Mordió mi labio inferior, hundiendo sus dientes en mi delicada carne.
—No vas a ir a ninguna parte. No ahora. No hasta que haya mordido cada
parte de ti.
Me quedé paralizada.
Mi corazón galopaba.
¿Mordería?
¿Sacaría sangre?
¿Hasta dónde llegaría?
Me retorcí cuando sus colmillos respondieron a mis preguntas
descontroladas. La rápida explosión de sangre caliente llenó mi boca,
derramándose en la suya.
Se convirtió en un animal.
Empujándome hacia atrás, me estampó contra la valla de alguna persona
desafortunada. Las tablas se clavaron en mi espalda, la madera sin lijar
enganchándose en mi vestido.
Debería tener miedo de su intensidad.
Debería huir de su violencia.
Pero todo mi cuerpo ansiaba suplicar por más, una y otra vez.
—Maldita sea, ¿quién eres? —gruñó antes de atacarme de nuevo,
ahogándome, consumiendo cada uno de mis pensamientos mientras su mano se
abría paso entre mis piernas. Gimió mientras su lengua me sometía, bebiéndome
tanto como saboreándome, regalándome todos los moretones que había pedido.
Mis piernas flaquearon cuando su mano me tomó con una posesión brusca.
El orgasmo que habitaba en mis dientes, mis ojos, mis huesos, mi sangre, todos
apuntaron hacia su toque, martillando, latiendo, esperando ese último empujón
para liberarse.
Aguanté la respiración mientras sus dedos se deslizaron bajo mi vestido y
acariciaron mi ropa interior, apartando el pedazo de seda para…
—Eh, Hunter. Puede que quieras parar antes de que llamen a la policía.
El mundo volvió a la realidad cuando separó su boca de la mía, respirando
agitadamente, ojos vidriosos, labios hinchados.
Parpadeé, completamente perdida y sin fuerzas.
—Giselle, ¿qué demonios? —Se alejó de mí, retirando los dedos de debajo de
mi vestido y limpiándose la boca con los nudillos. Su mano temblaba, al igual que
todo mi cuerpo. Me miró y sacudió la cabeza como si el mismo hechizo que me
había atrapado a mí lo hubiera hecho con él.
Oh Dios mío.
Casi tuvimos sexo contra una valla.
En mi vecindario.
¿En qué demonios estaba pensando?
—Pensé que sería mejor interrumpir este pequeño espectáculo antes de que
te arrestaran —bromeó Giselle, la mujer vestida con un leotardo rojo brillante. Su
mejilla tenía un rayo brillante a juego como el de Hunter. Su cabello oscuro estaba
recogido en una alta y elegante coleta.
—Jesucristo —pasó ambas manos por su cabello, frunciendo el ceño ante la
excitación que todavía brillaba en sus dedos—. ¿Qué demonios fue eso?
Giselle se rió entre dientes.
—Parecía que ustedes dos se tocaron y luego explotaron. Debo admitir que
estaba disfrutando del espectáculo, pero pensé que era mejor intervenir antes de
que terminaran haciéndolo en el césped del frente de alguien.
—Gracias. —Hunter pellizcó su nariz, tratando de recuperar el aliento.
Cuando finalmente bajó la mano, sus ojos violetas se clavaron en los míos—.
Definitivamente eres una bruja. ¿Cómo hiciste eso conmigo?
—¿Yo? —Parpadeé con inocencia—. Fuiste tú quien me empujó contra la
valla.
—Fue porque me estabas diciendo cómo anhelas que un hombre tenga tanto
poder sobre ti que no puedas respirar sin su permiso.
—¿Dijiste eso? —preguntó Giselle, con su sonrisa desapareciendo. —Oh,
querida.— Acercándose a mi lado, susurró en mi oreja, —Realmente no deberías
haberle dicho eso.
—¿Qué? ¿Por qué? —susurré de vuelta.
—Bueno, Hunter tiene una pequeña adicción cuando se trata de control.
—¿Control? —Me estremecí.
—Es un Dominus natural. Un Dominante. Pero no es solo cualquier Dom que
se excita con el dominio en el sexo. Se excita con la posesión completa. La emoción
de protegerla y proveer para ella. El conocimiento de que es todo para alguien, así
como esa persona es todo para él. Quiere ser la luna y las estrellas para ella, al
igual que ella es el sol y las flores para él.
—Eso es... muy poético. —Froté mi boca dolorida.
—Y una gran mentira —gruñó Hunter—. Deja de llenar su cabeza con
mentiras, Giselle. La harás huir antes de que esté satisfecho.
Giselle cruzó los brazos.
—Quizás eso sería lo mejor para todos.
La forma en que lo dijo envió escalofríos de presentimiento por mi espalda.
Miré hacia abajo en la carretera en penumbra, preguntándome si ese beso
abrumador sería suficiente para sobrevivir por el resto de mi vida. Podría ser
prudente si me fuera ahora, porque honestamente no creía que sobreviviría si
dormía con este hombre.
Agarrando mi muñeca, Hunter envolvió firmemente sus dedos alrededor de
mí.
—No vas a ir a ningún lado. Teníamos un trato, ¿recuerdas?
—¿Un trato? —Giselle miraba de un lado a otro entre nosotros—. ¿Qué trato?
—El trato en el que ella me da todo lo que es, y yo le doy mi ser de forma
gratuita.
Suspirando profundamente, Giselle negó con la cabeza.
—No puedes retenerla, lo sabes. Nos vamos mañana. Como siempre...
—Sé perfectamente que nos vamos. Y ella también. Esto es estrictamente una
cosa de una noche. —Tirándome hacia él, tomó mi cabello y me inclinó hacia atrás.
Mirándome a los ojos, murmuró—: Pero esta noche, ella es mía. Toda mía y tengo
la intención de deleitarme con cada parte de ella.
Mi orgasmo insatisfecho amenazó con encenderse solo con su voz y sus
palabras.
Mi coño se contrajo en el vacío.
Mi cuerpo necesitaba ser llenado.
Dios, estoy en un gran problema.
Me jaló hacia la carretera.
—Ven. Es mejor que vayamos a algún lugar privado antes de que pierda el
control de nuevo.
Caminé tambaleante detrás de él en mis tacones, mi pequeño bolso
balanceándose contra mi cadera.
—Espera... eh…
—El tiempo de preocuparse ha pasado. Ahora eres mía. —Me lanzó una
sonrisa—. Y yo soy tuyo. Feliz cumpleaños.
—Pero...
Suspiró mientras me tiraba al otro lado de la calle.
—Pero ¿qué? Cualquier duda o reconsideración ha terminado. Te dije lo que
pasaría si te llevaba bajo esa gran carpa...
—Todavía no estoy adentro.
—No, no lo estás. —Se detuvo en medio de los carriles—. Pero mis dedos
estaban casi dentro de ti. Abriste las piernas para mí. Aún tengo tu excitación sobre
mí. No solo estabas mojada, estabas empapada de deseo, así que si intentas mentir
y decir que no sentías atracción por mí, vamos a tener un problema. No puedes
pretender que esto... lo que sea que haya entre nosotros... no te vuelve tan loca
como a mí. Si lo haces, tendré que azotarte hasta que confieses.
Inspiré profundamente.
Mi trasero ardía solo con imaginar su mano creando calor y castigo.
Sus brillantes ojos lilas se encontraron con los míos, y con un gruñido
gutural, me soltó. Levantando las manos, murmuró:
—Está bien. Última oportunidad. ¿Quieres huir? Corre. —Señaló hacia arriba
en la calle—. Vete a casa. Vuelve a tu vibrador usado en exceso. Vuelve a fantasías
que nunca te satisfarán.
Miré hacia donde señalaba.
Me balanceé en esa dirección.
Una imagen de Nick apareció en mi cabeza.
Altanero, desdeñoso Nick.
Durante ocho meses hizo que ahogara mi sexualidad. Me hizo sentir
avergonzada de mis necesidades. Si volvía a casa, solo tendría que volver a
esconderme.
No quiero esconderme más.
Entonces, sé valiente...
Mis hombros se enderezaron mientras lentamente encontraba esos ojos
morados poco naturales. Extendiendo la mano, susurré:
—Mi nombre es Ella Fitzgerald. —Sonreí tímidamente—. ¿Y tú eres... Hunter?
—Hunter Dixon. —Me lanzó una sonrisa pecaminosa antes de envolver sus
dedos alrededor de los míos—. A tu servicio. —Presionando un beso en mis nudillos,
respiró— Ahora, dime que tengo tu permiso para llevarte a mi carpa y follarte tan
fuerte como sea posible.
Mi cerebro se quedó en silencio.
Mi corazón latió fuerte.
Y una sonrisa que nunca antes había sentido estiró mis labios no tan
inocentes.
Sensual.
Seductora.
Perversa.
—Tienes mi permiso, Hunter Dixon. Fóllame tan fuerte como quieras.
—Oh, lo haré, pequeña bruja. Ciertamente lo haré.
Capítulo 4
—¿Tienes tu certificado médico actualizado? —Giselle preguntó
educadamente mientras entraba en la caseta en la entrada del circo. Un lugar para
la venta de boletos y bienvenidas en lugar de preguntas sobre tu salud sexual.
—Ah, sí. Aquí. —Revolviendo en mi pequeño bolso de cuentas, desplegué mi
documento de trabajo y se lo entregué.
Hunter no dijo una palabra a mi lado, sus ojos agudos y llenos de autoridad.
Miraba por encima de mi cabeza, observando a las otras personas dentro de los
límites de su circo. Otros transgresores que ya habían pasado esta prueba y
estaban libres para mezclarse, proponer y disfrutar.
¿Cuánta gente había aquí esta noche?
A diferencia de un circo ruidoso y abarrotado, esto era discreto y lleno de
susurros. De vez en cuando, una risa se deslizaba por la noche, pero en general,
los únicos sonidos provenían del carrusel bellamente pintado y sus ponis que
saltaban y giraban.
—¿La gente realmente monta en el carrusel? —Le pregunté a Hunter mientras
Giselle se giraba para escanear mi documento en lo que fuera que tuvieran para
llevar un registro de personas sexualmente hambrientas como yo.
Dios, ¿y si venden esa información?
¿Y si se filtra y otros descubren que yo...
Apreté mis dientes y mis manos.
¿A quién le importa?
Si otros tenían demasiado miedo para vivir como querían vivir, entonces ese
era su problema, no el mío. Era una adulta. Prácticamente de mediana edad en
este punto, y quería experimentar.
Hunter dejó de mirar con enojo a los demás invitados y me clavó sus extraños
ojos morados.
Puedo decir con seguridad que nunca volveré a ver la lavanda de la misma
manera.
—¿Por qué montarían en un caballo de mentira cuando pueden montar a otra
persona? —Se rió en voz baja—. Pensé que era mejor tener al menos una atracción
de feria para cumplir con los términos y condiciones de un circo.
—¿Términos y condiciones?
Encogió los hombros.
—Podemos atender a un mercado muy diferente que la mayoría, pero aún
tenemos los juegos que puedes jugar, los espectáculos que puedes ver, la comida
que puedes comer y el talento que actúa.
—¿En serio?
Se rió.
—Por supuesto. No importa que los juegos sean lascivos y sugerentes, los
espectáculos sean en su mayoría pornografía en vivo, la comida sea para untar y
lamer, y el talento... entre los que me incluyo, por cierto... se presente de maneras
definitivamente no aptas para ojos inocentes.
—Soy inocente —susurré.
—Pequeña bruja, eres cualquier cosa menos inocente. —Enroscó su dedo en
mi cabello—. Me diste tu mayor vulnerabilidad. Me dijiste tu deseo supremo. Y voy
a cumplir ese deseo. —Pasó su nariz por mi cuello—. Voy a tomarte, desvestirte,
lamerte, acariciarte, atarte, azotarte y luego follarte. Una y otra vez. Cuando
amanezca, estarás tan corrompida que tendrás que vivir el resto de tu vida con el
conocimiento muy real de que necesitas un tipo especial de hombre para rascar ese
tipo de comezón.
Sus palabras estaban extrañamente cerca de mis propios pensamientos,
haciéndome estremecer.
—¿Y si mañana me despierto y descubro que arruinaste toda esta perversión
prohibida?
—Entonces ese será un día muy triste en verdad. —Besó mi mejilla con una
amabilidad persistente que me deshizo un poco más—. Me gustas de esta manera.
Me encanta saber que estás empapada por mí. Que si nos quedáramos en este lugar
un poco más, un charco crecería debajo de ti, todo porque estás desesperada por
algo que solo yo puedo darte.
Todo dentro de mí se contrajo cuando me hizo girar y me presionó contra la
cabina.
Volvió a introducir su muslo entre mis piernas, atrapándome.
—Quiero dejar esta ciudad sabiendo que fui el que desvirgó a la criatura más
ardiente, sexy y pervertida. Que finalmente estás abierta a la clase de relación que
realmente necesitas... gracias a mí.
Me estremecí.
Sabía que lo decía como una broma o incluso como un cumplido, pero no
pude evitar pensar que mañana, una vez que todo esto hubiera terminado y Hunter
y su circo se hubieran ido, cuando la luz del día reemplazara a la luz de las estrellas
y la realidad reemplazara a los sueños, podría desear no haberlo hecho nunca.
Desear no haber salido de mi pequeña caja segura porque, ¿cómo demonios podría
encajar de nuevo en esas paredes estrechas y restrictivas?
Era una jaula de la que finalmente había escapado.
Volver a entrar me mataría.
No pude respirar adecuadamente mientras Giselle terminaba de escanear lo
que necesitaba ser escaneado y me devolvía mis documentos.
Hunter me soltó, y metí el papel en mi bolso. Los nervios bajaron por mi
espalda. Mariposas revolotearon por mis venas.
—¿Eso es... es todo?
¿No había nada más?
—¿Nada que retrase o evite que esto suceda?
Oh Dios... realmente estoy haciendo esto.
—Sólo un formulario más. —Giselle le lanzó una sonrisa a su jefe—. Y luego,
serás completamente suya.
Hunter gimió a mi lado.
—No digas esas cosas. Ya estoy lo suficientemente excitado.
Mis mejillas se sonrojaron, sin estar acostumbrada a que las personas sean
tan explícitas con sus apetitos.
Giselle simplemente rió como si estuviera acostumbrada a su jefe y su boca
sucia.
—¿Qué es? —Tragué con dificultad.
Giselle sonrió suavemente y tomó un bolígrafo.
—Unas cuantas preguntas más y estarás lista.
—De acuerdo. —Mantuve mis ojos en los suyos, negándome a prestar
atención a Hunter mientras volvía a atrapar un mechón de mi cabello, dándole
vueltas, tirando de él, manteniendo mi cuerpo muy consciente de él.
—Estás libre de todas las ETS, por lo que se te permite tener relaciones
sexuales sin protección en nuestra gran carpa. Sin embargo, no te sientas obligada.
Cualquier pareja que elijas tiene derecho a usar un condón o a que le pidas que lo
use a tu discreción.
—Y si te lo estabas preguntando... —Hunter se inclinó más cerca, su aliento
es cálido y mentolado en mi oreja—. Yo no llevo uno. Te quiero sin protección.
Quiero que mi semen gotee de ti para que recuerdes a quién perteneces mientras
caminas a casa más tarde.
Dios mío, este hombre.
Estaba completamente fuera de mi alcance.
Me había ahogado en cuanto lo vi hoy temprano blandiendo ese estúpido
mazo.
Me congelé.
Estoy a punto de conseguir lo que deseaba.
Quería saber cómo se veía desnudo.
Y... está a punto de mostrármelo.
Está a punto de introducir su polla dentro de mí.
A punto de terminar sin protección y...
—Si acaba de susurrar que no lleva un condón, no luzcas tan aterrada. Esa
es tu elección, no la suya —murmuró Giselle, apuntando el bolígrafo en el rostro
de su jefe antes de ponerlo en mi mano floja. Sus ojos se desviaron a la pantalla de
su laptop por un momento antes de decir—: ¿Ni siquiera le preguntaste si está
tomando la píldora, Hunter? ¿Quieres dejarla embarazada esta noche además de
romperla por completo?
Se tensó, pero una sonrisa sexy y peligrosa cruzó su rostro.
—Ella dijo que quería depender de un hombre en todos los sentidos. Tal vez
debería dejarla embarazada. —Pasó un brazo alrededor de mi cintura, atrayéndome
hacia él—. Mantenerla para mí. Arrastrarla de ciudad en ciudad, atada a mi cama,
abierta y húmeda para mi placer, engordando con nuestro hijo, sabiendo que me
pertenece en todos los sentidos posibles.
Casi me desmayo.
Mi visión se volvió borrosa en los bordes.
Mi cuerpo se tambaleó por un repentino mareo.
¿No querrá decir eso?
¿O sí?
¿Y qué diablos me está pasando?
Yo era una mujer con una carrera.
Huí de la idea misma de la domesticación, entonces, ¿por qué... por qué
sonaba tan excitante?
Giselle rió.
—A juzgar por la mirada horrorizada en su rostro, supongo que no quiere que
la dejes embarazada. Esta noche ni ninguna noche.
—Lástima. —Frotó su nariz en mi cuello—. Te verías deliciosa embarazada.
No podría apartar mis manos ni mi polla de ti.
Un sonido entre jadeo y gemido escapó de mí, provocando que riera en voz
baja.
—Tu timidez hace algo en mí, Ella Fitzgerald. Me dan ganas de envolverte y
protegerte de todos los monstruos del mundo, mientras te ato a un altar y te
sacrifico a todos los monstruos que llevo dentro.
Mi centro se contrajo.
Casi me vengo.
¿Dijo que era una bruja?
Entonces, ¿qué diablos era él?
¿Un brujo?
¿Un mago?
¿Alguna especie de artista de circo con magia verdadera? ¿Magia que se
filtraba en la sangre de una mujer y la convertía en fuego líquido?
—De acuerdo, de acuerdo, contrólate diez minutos más. Por Dios. —Giselle
lanzó un lápiz a Hunter antes de empujar un cuestionario hacia mí—. Solo llénalo
y...
—Tú llénalo, Gis. Dudo que podamos leer su escritura con lo temblorosa que
está. —Los ojos de Hunter se entrecerraron—. Además, ella ha sostenido el
bolígrafo. Sabemos todo lo que necesitamos saber... ¿verdad?
—Sí. —Giselle le dio un gesto de cabeza que no pude descifrar—. Todo bien.
¿Todo bien?
¿Qué significaba eso? Miré el bolígrafo en mi mano antes de que Hunter me
lo arrebatara y lo arrojara de vuelta a Giselle.
—Siguiente pregunta.
Miré de un lado a otro entre ellos, bastante segura de que iba a suspender
esta prueba, ya que había olvidado mi propio nombre.
—¿Estás abierta a la sumisión? —preguntó Giselle.
—Sí, lo está. Siguiente. —Hunter respondió por mí con una sonrisa
diabólica—. Es un fetiche en particular mío que disfrutaré proporcionándote.
—¿Cuál es tu umbral de dolor en una escala del uno al diez? —Ella arqueó
una ceja hacia mí.
—Um... —Me arriesgué a mirar a Hunter. Él me observaba con una calculada
quietud.
¿Usaría mi respuesta como guía esta noche? Si decía diez, ¿me haría sangrar?
¿Y si decía que era un patético uno?
—Permíteme reformular esa pregunta —murmuró Hunter—. ¿Te excita la
idea de que te provoque con una pluma? Pasarla entre tus piernas, jugando con la
mojigata que finges ser, ¿o te mojas con la idea de que te azote con la mano, dejando
cinco huellas rojas en tu perfecto trasero? ¿Te estremeces ante la idea de mi
cinturón silbando por el aire, golpeando tu piel virginal? O... —Capturó mi oreja de
nuevo con dientes traviesos—. ¿Quieres llegar al orgasmo bajo el beso salvaje de
un látigo? Un látigo que recorre tu cuerpo arriba y abajo, marcando tu vientre, tus
pechos, antes de aterrizar en tu clítoris?
Tragué con dificultad. Una gota de sudor rodó por mi espalda.
—T-Tienes que parar —balbuceé—. No puedes seguir hablándome así.
—¿Así cómo? —Arqueó una ceja, adorablemente confundido.
—Así... así.
—¿Con sinceridad? —Frunció el ceño—. Lamento decírtelo, Ella, pero si no
puedes soportar que te describa lo que planeo hacerte, es muy probable que mueras
cuando lo haga. —Acomodando el cabello castaño detrás de mi oreja, bajó la voz a
un susurro seductor—. Sé que tienes miedo. Sé que estás ansiosa pero cautelosa.
Sé que probablemente estás pensando que no vas a sobrevivir esto y... tendrías
razón.
Gemí cuando presionó el beso más suave en mis labios.
—Pero, ¿no es ese el punto? Quieres ser destruida. Quieres estar a mi merced.
Quieres saber cómo se siente tener todo ese poder al que te aferras tan fuertemente
arrancado de ti. Quieres saber lo que haré contigo cuando no tengas control.
Quieres saber en quién te convertirás si me dejas gobernarte, adorarte, destrozarte
pedazo a pedazo hasta que no seas nada más que…
—¿Ella?
Oh no.
No.
No.
¡NO!
Mi corazón que latía frenéticamente se detuvo con un dolor desgarrador.
Mis mejillas se convirtieron en brasas.
Mi humedad se secó instantáneamente convirtiéndolo en un polvo
vergonzoso.
Hunter se puso rígido al levantar la cabeza, sin duda fijando la mirada en el
único hombre al que no podía mirar. El hombre que había sido protagonista de
algunas de mis fantasías sucias, aunque no podía soportarlo en persona. El hombre
que siempre lograba hacerme sentir pequeña, infantil y completamente
insignificante.
Nicholas Davis.
—¿Quién eres? —preguntó Hunter fríamente, su brazo acercándome a él con
posesión.
—Yo... yo... —La voz de Nick se endureció—. No importa quién soy yo. ¿Quién
diablos eres tú?
Hunter pareció duplicar su tamaño. Su cuerpo duro se convirtió en granito.
—Soy el dueño de este establecimiento. ¿Hay algún problema? ¿No estás
pasando un buen rato? Si estás buscando condones, hay un gran recipiente en el
vestíbulo del gran circo. Si quieres refrescos, están...
—No quiero condones ni una maldita bebida. —Nick cruzó los brazos, su
chaqueta a cuadros aún enrollada en sus codos, asegurándose de que todos vieran
los tendones flexionando en sus poderosos antebrazos. Antebrazos que no
pertenecían a un científico.
No mires.
No mires.
Mantuve mis ojos fijos en Giselle en la cabina mientras Nick se movía en mi
periferia. Me lanzó una mueca, sintiendo la tensión como si fuera una gran nube
espesa de horror.
Si lo miraba, todo habría terminado.
¿A quién estaba engañando?
Ya había terminado.
Más valía que volviera a casa con el rabo entre las piernas y me mudara
porque nunca podría enfrentar a Nick nuevamente.
Mis pequeñas divagaciones sobre si vendría aquí esta noche eran el peor tipo
de broma. Porque él estaba aquí. Y ahora, quería que estuviera en cualquier otro
lugar.
—Ella... ¿te gustaría decirme qué estás haciendo aquí? —preguntó Nick, con
una voz engañosamente suave.
Hunter se puso rígido.
Giselle le lanzó una mirada desde la cabina.
Y yo permanecí en silencio, tropezando con palabras que nunca diría.
La vergüenza recorrió mis piernas, a punto de salir corriendo de todos.
Pero luego... el gemido más caliente y sucio brotó de la garganta de Nick,
atrayendo mis ojos hacia los suyos.
En el momento en que lo miré, el mundo dejó de girar.
Me sobresalté por la parada repentina.
Jadeé ante el golpe más agudo de conexión.
Sus fosas nasales se dilataron mientras me devoraba con la mirada.
Mirándome con odio en los brazos de otro hombre. El odio se mezclaba con un
deseo sin filtros, sin ocultar, innegable.
Un momento, ¿Deseo?
Mi corazón muerto volvió a latir con fuerza, acelerado.
¿Deseo por mí?
¿Pero cómo?
¿Cuándo?
Seguramente, no.
Lo habría sentido, ¿verdad?
Después de ocho meses viviendo juntos, nunca lo había sorprendido
mirándome a menos que fuera con ese aire habitual de fastidio.
Nunca podía hacer nada bien. No sabía cargar el lavavajillas correctamente,
colgar la ropa correctamente, ni siquiera pasar la aspiradora correctamente en
nuestro apartamento. Todo lo que hacía estaba mal. Todo lo que decía era una
molestia.
Sin embargo, aquí estaba... mirándome como si estuviera malditamente
hambriento.
No, no hambriento... voraz. Una bestia violentamente voraz que me observaba
como si fuera su última comida.
—Ella... te hice una pregunta —espetó, apretando los puños.
Hunter me movió más profundamente a su lado, plantándose frente a Nick.
—Ella está aquí por lo mismo que tú. Para follar. Y, si nos disculpas, estamos
a punto de empezar. —Abriéndose paso a través de Nick, Hunter me arrastró con
él—. Vete, hombre. Elige a tu propia pareja porque no tendrás la mía.
—Espera. —La mano de Nicholas se extendió, aferrándose a mi muñeca.
No me sujetaba suavemente.
Me magulló.
Me apretó.
Luchaba por contener cualquier manía que lo recorriera.
Me quedé paralizada y miré hacia donde me agarraba.
—Nick... déjame ir.
Sus dedos solo se apretaron hasta que la sangre se acumuló allí, bloqueada
por su agarre. Las puntas de mis dedos palpitaban por la restricción.
Tragó saliva.
—Y-Yo pensé que te habías ido a la cama.
¿Cama?
¿Qué?
—¡Estaba leyendo mi libro!
—Sí, pero...normalmente te vas a la cama temprano.
—¡Para evitarte!
Se puso rígido.
Una risa nerviosa se me escapó.
—Y yo pensé que te ibas a un bar, así que no te pongas todo malhumorado
conmigo, Nicholas Davis. No esta noche.
Apretó la mandíbula.
—Bueno... obviamente, ambos mentimos.
—Obviamente. —Espeté, dejando que Hunter me dirigiera hacia la imponente
carpa púrpura y gris—. Que tengas una buena noche, Nick. Adiós.
Permaneció plantado en su lugar por un momento antes de seguirnos.
—Espera. Para... solo un segundo.
Hunter suspiró pesadamente pero obedeció. Manteniendo un brazo posesivo
a mi alrededor.
—¿Qué? ¿Qué quieres con mi Ella? —Gruñó— Si se conocen, sabes que está
prohibido acercarse si la otra parte no está dispuesta. —Presionó un cariñoso beso
en mi mejilla—. Así que te pregunto, pequeña bruja. ¿Estás dispuesta? Porque
seguro como el infierno no parece que lo estés.
—Bruja. —Nick arrugó la nariz—. Ella no es una bruja.
—Esta noche lo es. —Hunter se agarró y acarició el gran bulto entre sus
piernas—. Me lanzó un hechizo en el momento en que la vi.
—Mierda, conozco esa sensación —gimió Nick, pellizcando el puente de su
nariz.
Espera... ¿qué?
¿Qué demonios estaba tramando?
Esto no era típico de él.
¿Dónde estaba la frialdad? ¿Las críticas? ¿El idiota críptico que apenas
toleraba?
—¿Qué estás haciendo, Nick? —Entrecerré los ojos—. Este no eres tú. Vete a
casa, o mejor aún... ve a molestar a alguien más.
—La escuchaste. —Hunter se rió—. Hay muchas otras parejas aquí con las
que jugar.
Nick se echó hacia atrás como si lo hubiera abofeteado físicamente.
—¿Te parecería bien que me fuera y me acostara con otra? ¿Ahora que me
has visto aquí?
Me encogí de hombros mientras mi corazón se estremecía.
—Me da igual con quién te acuestes.
—Lo dice la chica que folla con un vibrador todas las noches.
Me quedé quieta, muy, muy quieta. Cada parte de mí se esforzó por negarlo.
Por tropezar con explicaciones de que intentaba esperar cuando él no estaba en
casa, pero algunas noches... cuando había sido particularmente frío conmigo o
había estado trabajando hasta tarde con sus gafas de cobre nerd y sexy,
simplemente no podía evitarlo.
Lo mantenía breve.
Necesitaba solo unos segundos para penetrarme, alinear la pequeña varita
de conejo e imaginar a Nick arrojándome sobre la misma mesa de la cocina donde
trabajaba, esparciendo sus papeles y lanzándose sobre mí.
Llegaría al clímax. Lavaría mi juguete. Y luego me iría a dormir con lágrimas
en los ojos.
Maldita sea, me estaba arruinando la noche.
No lo quería aquí.
Pensé que sí cuando salí corriendo por la puerta, alguna parte masoquista
de mí utilizaba el dolor emocional que me causaba como un desencadenante para
desearlo, pero ahora, con el pesado brazo de Hunter a mi alrededor y su sabor aún
en mi boca, me enojé.
Me enojé muchísimo.
Estaba tan enojada que me sorprendió su gravedad. Ocho meses aguantando
sin decir nada, sin defenderme, sin confrontarlo por sus tonterías. Acepté su
comportamiento gélido en el trabajo. Toleré su rigidez en casa.
¿Pero aquí?
Esta noche...
No tengo que aguantar nada.
Hunter sintió que me tensaba a su lado y me lanzó una mirada interrogante.
No le devolví la mirada. Mantuve mis ojos fijos en Nicholas y dije lo que debí haber
dicho hace muchas noches.
—Al menos sé cómo darme placer a mí misma, a diferencia de algunas
personas que conozco. Al menos me permito liberarme de vez en cuando en lugar
de dejar que toda esa necesidad insatisfecha se convierta en algo tóxico.
—¿Tóxico? —Sus cejas se dispararon hacia su cabello—. ¿Quién dijo algo
sobre ser tóxico?
—Lo dije yo. —Incliné la barbilla—. Tú lo eres. Eres de la peor clase.
—¿Qué? —Apretó la mandíbula al acercarse, aplastándome contra el costado
de Hunter—. No sabes absolutamente nada acerca de mí.
No retrocedí y Hunter no intervino. Simplemente observó con una sonrisa
socarrona en los labios, sus dedos clavándose en mí con fuerza.
—¿No lo sé? He vivido contigo durante meses. He intentado ser amable. He
ofrecido ser tu amiga. Me he esforzado por incluirte. Pero cada vez que cociné para
nosotros para conversar o te llamé en el supermercado para ver si necesitabas algo
cuando hacía la compra semanal, siempre me contestabas de mal humor.
La expresión de Nick se torció.
—Me dijeron cuando acepté mi contrato de trabajo que me darían mi propio
lugar. No esperaba tener que alquilar con alguien que…
—Oh, así que esto es mi culpa, ¿verdad? —Me burlé—. ¿Querías estar solo y,
en cambio, te has quedado conmigo?
Tragó un gruñido, pero todavía sus palabras estaban cubiertas de una
oscuridad gruñona y malhumorada.
—¡Sí! Y créeme, no estaba preparado para ti.
Crucé los brazos.
—¿Qué demonios se supone que significa eso?
—¡Significa que tenía un plan de vida, eso es! Trabajar duro. Enfocarme.
Hacer un avance en el tratamiento del cáncer. Estabilizarme financieramente. Y
luego...luego encontraría una chica que...que...
—¿Qué? Suenas como un búho. —Di un golpecito con el pie—. ¿Qué pasa?
¿Te diste cuenta de que finalmente no tienes vida y has alejado con éxito a las
mismas personas que podrían haberte dado un poco de alegría mientras estás tan
malditamente ocupado trabajando todo el tiempo?
—Tú no me das alegría, Ella. —Soltó una amarga carcajada—. Me das lo
contrario de maldita alegría.
Mi enojo explotó como si hubiera vertido gasolina sobre él.
—Vete a la mierda, Nick. Soy amable. Soy una buena persona. ¿Y tú? Tú...no
eres más que un...un bastardo frígido que…
—Realmente, realmente quiere follarte —interrumpió Hunter con un gruñido
cortante—. Mierda, solo míralo, pequeña bruja. Está a punto de saltar de su piel de
lo mucho que te desea.
Mi ira volvió, abofeteándome en la mejilla. Toda mi lucha se evaporó mientras
parpadeaba ante Nick.
Estudié su mirada fuera de control.
Su pecho agitado.
La forma lívida y furiosa en que tensaba cada músculo y tendón.
Hunter estaba equivocado.
Nick parecía que quería asesinarme y enterrarme en una tumba sin marcar,
no poseerme.
Hunter no dijo una palabra mientras yo lamía mis labios y forzaba una risa.
—Creo que crees que todos son desviados reprimidos.
—No lo creo —besó mi nariz con un gesto—. Lo sé. Cada persona que viene a
mi circo comienza envuelta en mentiras. Mienten en el formulario acerca de cuáles
son sus fantasías. Mienten cuando conocen a un posible compañero para jugar.
Pero ¿sabes qué sucede? —Sus ojos morados se posaron en Nick, estrechos y fríos—
. Al final... una vez que se dan cuenta de que este es un lugar seguro, que no serán
juzgados y no tienen que esconderse, son honestos por primera vez en sus vidas.
Despiertan y se dan cuenta de que toda esa represión los ha convertido en algo
cruel. En algo lleno de mal genio e irritación.
Suspiró pesadamente, como si realmente usara este circo para sacar a la
gente de sus camisas de fuerza de infelicidad en lugar de satisfacer los apetitos
salaces de los desconocidos.
—Si las personas supieran que al negar quiénes son realmente, al trabajar
en un empleo que odian y tolerar a personas que no soportan, toda esa irritación y
descontento se acumula hasta que cada parte de ellos es desencadenada y
ofendida, y luego inconscientemente completan el ciclo de estupidez al hacer lo
mismo con los demás. Infligen esos mismos dolores y ofensas a sus seres queridos
y colegas, contribuyendo al problema sin fin. En lugar de tomar un tiempo para
recordar que la vida no tiene sentido si no somos felices, solo empeoran. ¿Cuál es
el punto de trabajar si estamos miserables? ¿Cuál es el punto de vivir más si
estamos enfermos? Todo eso son tonterías. La vida es simple. Estamos aquí para
divertirnos... eso es todo.
Mi boca se quedó abierta.
Mi corazón latió con algo más que atracción física, sino con asombro.
¿Quién diablos era este Dom confeso que bromeaba sobre mantenerme
descalza y atada? ¿Qué había sufrido para volverse tan desencantado con el mundo
y, francamente... aterradoramente acertado?
—¿Quién eres? —Luché por levantar mi mandíbula del suelo.
Hunter se encogió de hombros.
—Podrías decir que soy un epicúreo. Un sensualista. Un hedonista.
—¿Ahora qué?
Sonrió.
—Creo que la búsqueda del placer, en todas sus formas, es lo más importante
en la vida.
Antes de que pudiera desentrañar esa sabiduría simplista, Hunter fulminó a
Nick.
—Ahora que he dicho lo que tenía que decir... ¿qué pasa contigo? ¿Te atreves
a ser honesto por primera vez en tu miserable vida? ¿Tienes la valentía de ser como
Ella aquí y decirme cuál es tu fantasía más profunda y oscura? Porque yo sé cuál
es la suya y la ha liberado lo suficiente como para permitirme corromperla. —Se
encogió de hombros de nuevo—. Tal vez si me dices la tuya, pueda hacer lo mismo
por ti.
Nick tragó con fuerza.
Sus muslos se tensaron debajo de sus jeans; conté los segundos para que se
alejara, dejando una nube de rabia a su paso.
Solo que...
No se fue.
Se quedó.
Levantó una mano temblorosa y frotó su nuca. Inhaló una bocanada de aire
y se encorvó como si no pudiera seguir luchando contra lo que lo atormentaba.
Mi estómago se retorció por él.
Por ese repentino destello de vulnerabilidad.
El dolor profundo en sus ojos.
La soledad que nunca antes había notado, pero que ahora emanaba de él en
torrentes tan intensos que no podía creer que nunca lo hubiera visto.
Todas esas noches en las que atribuí su actitud al desdén.
Todas esas respuestas cortantes...
Tal vez no estaba siendo desagradable, sino que ¿usaba su frialdad como un
escudo? una forma de proteger la parte de sí mismo que estaba sufriendo.
No justificaba su comportamiento, pero hizo que mi enojo se deshiciera en
los hilos más finos de perdón.
—Nick... está bien —susurré, odiando lo perdido que parecía—. Olvidemos
que nos vimos esta noche y...
—¿Quieres escuchar mi fantasía suprema? —Nick se atragantó, con los ojos
fijos en Hunter—. Está bien. —Dejando caer el brazo, apretó la mano y me señaló
con un dedo—. La quiero a ella. La he querido desde el mismo momento en que me
mudé. La quiero cuando me masturbo en la ducha. La quiero cuando trabajo hasta
tarde por la noche. La quiero cada maldito segundo de cada maldito día, y no puedo
sacar las imágenes de mi cabeza. No puedo dejar de imaginar cómo sería tapar esa
hermosa boca suya y evitar que trate de ser mi amiga. Cómo sería arrancarle esos
ceñidos leggings de yoga que usa por la noche y enterrar mi polla en su interior.
Sus ojos se clavaron en los míos, su voz se volvió espesa como grava.
—Te deseo, Ella. Te deseo tanto que apenas puedo respirar. No puedo estar
cerca de ti porque siempre estoy a segundos de tomarte y follarte contra la pared.
Nunca te he tocado porque si lo hiciera, estarías desnuda y expuesta, y yo estaría
dentro de ti antes de que pudieras darme permiso. Cuando haces las tareas
domésticas para nosotros, me vuelve loco porque no solo quiero follarte, sino que
verte hacer ese tipo de cosas me hace querer tenerte también. Es demasiado fácil
ver un futuro doméstico contigo, y eso me aterra porque no estoy listo para eso. No
lo quiero. No quiero desearte, y no...no puedo...mierda. Ojalá pudiera deshacerme
de esta necesidad porque me está volviendo loco.
Hunter rió.
—¿Te sientes mejor ahora?
Nick lanzó una risa ahogada.
—Para nada. Me siento desollado vivo.
—Sí, pero también más ligero, sin duda. Ya no te ahogas en la verdad.
—Pero... —Me abracé a mí misma—. Pensé que me odiabas.
La turbulenta mirada de Nicholas se clavó en la mía.
—Te odio. Mierda, lo hago. Pero... solo porque sacas cosas de mí que no
quiero sentir.
—Sabes cómo puedes hacer que esos sentimientos desaparezcan, ¿verdad?
—Hunter sonrió con malicia—. O hacer que empeoren... supongo que dependerá de
cómo vaya la noche.
—¿De qué estás hablando? —Nick pasó una mano por su rostro, luciendo
exhausto.
—Bueno, ¿quieres saber cómo sería follar con ella, no? —Hunter acarició mi
pecho, haciéndome dar un respingo. Su pulgar acarició mi pezón, y mi respingo se
convirtió en un gemido desgarrado.
Nick se quedó peligrosamente quieto.
No sabía si era por mi gemido o por ver a Hunter acariciándome, pero la
expresión en sus ojos envió escalofríos directo a mi núcleo.
—Sí —gruñó finalmente Nick—. Maldita sea, sí, quiero follar con ella.
—Bueno... —Hunter me colocó delante de él, frotando su erección contra mi
trasero mientras acariciaba mis pechos con sus grandes y fuertes manos—. Tal vez
ella te lo permita. Si le preguntas amablemente. —Acercó su rostro a mi cuello por
detrás—. ¿Qué dices, Ella? ¿Deberíamos dejar que tu compañero de piso te mire
mientras hago lo que quiera contigo y luego lo dejo probar un poco? ¿O ha
arruinado cualquier posibilidad de que te interese remotamente de esa manera?
Nick permaneció inmóvil.
Sus puños temblaban junto a sus muslos.
Atrapada por dos hombres, uno manoseándome y el otro devorándome con
la mirada, debería sentirme prisionera, vulnerable y completamente a su merced,
pero de alguna manera, el poder más suave, dulce y adictivo se enroscaba en mí.
Ambos hombres me deseaban.
A mí.
Una chica que vivía y respiraba aburrimiento de repente tenía a dos hombres
muy atractivos y muy sexuales pidiéndome que eligiera.
Otras personas deambulaban, pero nadie nos prestaba atención. Algunos
paseaban de la mano en varios estados de desnudez. Otros se dirigían a la gran
carpa con sonrisas cómplices en sus rostros. Los tenues acordes de la melodía del
carrusel se deslizaban alrededor de nuestros pies, mientras las estrellas brillaban
en el cielo y la noche se extendía llena de sucias y peligrosas posibilidades.
Aclarándose la garganta, Nick soltó una frase casi demasiado baja para
escucharla.
—Si es verdad que viniste aquí para que te follen, Ella, entonces... —Sacudió
la cabeza, su espeso cabello bronce cayendo sobre uno de sus ojos—. Déjame ser
yo quien lo haga.
Sus palabras fueron como flechas, clavándose con sus puntas afiladas y
letales directamente en mi pecho.
Hunter rió detrás de mí, pasando su lengua por mi garganta.
—No hasta que la haya tenido yo primero.
—¿No es decisión de ella? —escupió Nick.
—Lo es. Pero estoy bastante seguro de conocer la respuesta. —Hunter
mordisqueó mi oreja—. ¿Verdad, pequeña bruja? —Sus caderas se balancearon
contra mi trasero, enviando otra oleada de deseo lujurioso y perverso a través de
mí—. Dime la palabra, y estarás en el paraíso en el momento en que entremos en
la carpa principal.
Me estremecí cuando su mano audazmente se deslizó alrededor de mi
estómago y bajó, cada vez más abajo. Me retorcí para que se detuviera, pero él
siguió avanzando, sujetando mi entrepierna debajo de mi vestido, reclamándome
sin rodeos justo delante de Nick.
El calor de su cautiverio.
La presión de sus dedos.
Esperé a estar horrorizada.
Esperé a sentir todas las emociones que la sociedad decía que debería sentir,
ya lamentando haber dicho adiós al poder travieso que me inundaba.
Pero al igual que el beso de Hunter cortó el cordón entre la chica buena y la
mala, soporté otra disolución. Sin vergüenza. Sin culpa. Sin vergüenza o confusión.
Solo verdad.
Y valentía.
Y...abrí un poco más las piernas, adentrándome completamente en la
criatura que siempre había acechado bajo mi piel. Algo con garras y dientes. Algo
que quería ser mordido porque quería morder de vuelta con la misma fuerza.
Gimoteé cuando Hunter presionó mi ropa interior empapada contra mi sexo,
la fricción de la tela enviándome a las nubes. Temblorosa y sintiéndome ligeramente
ebria, apoyé la cabeza en el hombro de Hunter.
Gruñó mientras recogía cada sumisión que le daba.
—Esa es toda la autorización que necesito. Vamos. No perderé otro momento
hablando cuando podría estar dentro de ti.
Desenredando sus brazos de mí, agarró mi mano y me arrastró hacia la
carpa.
Nick emitió un sonido atormentado.
Lo atesoré. Lo amé.
Su doloroso deseo era el pago por cada reprimenda, cada respuesta brusca y
cada mirada pétrea que me había dirigido.
Ahora sabía cómo se sentía querer algo pero ser cruelmente negado.
Ahora sabía lo que significaba la esperanza, suplicar a la persona que querías
más que a cualquier otra que dejara de ser un imbécil y eligiera la amabilidad en
su lugar.
Mis ojos nunca abandonaron los suyos mientras tropezaba detrás de Hunter,
con las piernas hechas gelatina y el corazón desbocado.
La boca de Nick se torció como si estuviera sofocado por cosas que quería
decir.
La enorme carpa se alzaba.
La suave brisa de aire perfumado me rodeaba.
Y entonces, Nick empezó a trotar, persiguiéndonos, adelantándonos con un
gruñido salvaje.
—Tennos a los dos. —Limpió su boca como si no pudiera creer que hubiera
dicho algo así, pero sus ojos brillaban con fuego avellana mientras asentía con
determinación—. Fóllanos a los dos. Yo... te compartiré... con él... si eso es lo que
quieres. Si eso me permite estar un poco dentro de ti, entonces... lo haré.
—Mierda, hombre, lo tienes mal —Hunter se rió como si todo esto lo
divirtiera. No mostró ninguna ofensa por haber sido invitado a compartir. No tuvo
aversión por hacer un trío con otro hombre. Su aceptación sin problemas del sexo
y todas sus facetas me hacía querer ser como él cuando creciera.
Ya no quería esconderme de mí misma, y... había tenido muchas fantasías
en las que había sido usada por dos hombres a la vez. A veces más. Fantasías de
ser una ofrenda donde los hombres se alineaban, todos duros y esperando su turno.
No sabía por qué era una de mis fantasías últimas, nunca confesadas, pero la usaba
mucho.
¿Era el poder que sentía al tener una fila de hombres guapos, todos
desesperados por tenerme, todos masturbándose mientras esperaban a que les
diera permiso para servirme? Tal vez era la sumisa en mí que quería estar a merced
de una horda de hombres excitados y frenéticos.
De cualquier manera... mi mente explotó con imágenes de sexo compartido
con Nick y Hunter.
Mi núcleo se contrajo, provocándome un orgasmo insatisfecho. Un orgasmo
que me hacía apretar los dientes, mientras mi sangre corre salvajemente.
—Por favor, Ella. Si esta es la única noche en la que estás dispuesta a estar
conmigo. Al igual que es la única noche en la que estoy dispuesto a estar contigo,
entonces... —Nicholas se acercó a mí y por primera vez en ocho meses, me tocó de
buen grado. Gemí cuando sus dedos se deslizaron en mi cabello, apretándolo en
un puñado ligeramente doloroso, pero absolutamente erótico—. Déjame follarte. —
Inclinó la cabeza desde su altura y su aliento a canela acarició mis labios mientras
se mantenía muy cerca—. Déjame mostrarte cuán excitado me pones. Cuán duro
me has puesto siempre. Déjame entrar en tu bonito y pequeño coño para
finalmente, finalmente poder volver a respirar.
Todas mis inhibiciones desaparecieron.
Anhelaba que me besara.
Pero se alejó y miró a Hunter.
—¿Estás de acuerdo en compartir?
La voz profunda y rica de Hunter retumbó en su pecho.
—Es su elección. Su noche. Sabe lo que pretendo hacerle. Sabe que estará a
mi merced en el momento en que la ate con la primera cuerda. Si quiere rendirse
ante ti también, entonces está bien. —Se encogió de hombros—. Compartiré.
Puedes follarla, ver cómo la follo, podemos hacerlo juntos o por turnos. Solo que yo
no cruzo espadas.
Nick apretó los dientes.
—Lo mismo para mí. Toda la atención está centrada en ella. Aceptaré que
estás en la habitación, pero eso es todo.
—Pero, ¿y si quiero que se besen entre ustedes? —pregunté, mi voz apenas
un susurro.
Hunter se rió y apretó más fuerte los dedos alrededor de mi muñeca.
—Creo que estás olvidando que esta noche no estás a cargo. Yo lo estoy. Él
lo está. Querías ser controlada, ¿recuerdas? Quieres darme tu propio aire. Quieres
que reclame cada parte de ti para que no tengas que pensar ni preocuparte ni
analizar demasiado cada cosa. Tu único trabajo es quedarte ahí y recibir lo que te
damos.
—Maldición —gruñó Nick—. ¿De verdad se inscribió para ser dominada?
—Demonios, sí, lo hizo —sonrió Hunter.
—Jesucristo. ¿Cómo se supone que debo vivir con ella ahora?
—Follándola todas las noches —rió Hunter.
—La destrozaría si...
—Estoy justo aquí, saben —los miré con enojo a los dos.
Los labios de Nick se curvaron mientras sostenía mi mirada y, en una rara
confesión, dijo:
—No creo que te des cuenta de que cada noche desde que me mudé, cuando
voy a mi habitación y tú a la tuya, lo cerca que estoy de derribar tu puerta,
inmovilizarte, poner una mano sobre tu boca para que no puedas decirme que no,
y luego lanzarte de cabeza sobre tu colchón.
Me tambaleé.
Santo cielo, también es un hablador sucio.
No sobreviviría.
Esta noche, no solo estaba metida en algo que no podía controlar; estaba
perdida.
Bien y verdaderamente asesinada por la lujuria, resucitada por la necesidad
y encendida por el pecado.
—¿Sabes qué? —Hunter miró a Nick de arriba abajo—. Creo que esta noche
se volvió mucho más interesante.
Me estremecí al ver cómo su mirada se estrechaba en la mía.
—¿Qué dices, Ella Fitzgerald? ¿Una noche siendo utilizada, no solo por un
hombre sino por dos? Una noche que arruinará todas las demás. Una noche que
siempre permanecerá como nuestro pequeño secreto. Nuestro pequeño trío de
absoluta depravación.
Mi garganta se cerró. Mi sangre se espesó.
Intenté responder pero no pude.
Hunter me soltó muy lentamente, haciéndome tambalear de nuevo mientras
ambos hombres me observaban.
—Necesito que digas las palabras. Hay cuestiones legales, lo entiendes. —
Señalando primero hacia sí mismo y luego hacia Nick, Hunter sonrió con todas las
invitaciones depravadas y peligrosas que pudo reunir—. Repite después de mí. Tú,
Ella Fitzgerald, ¿aceptas que yo, Hunter Dixon, y este tipo Nick, te atemos, te
azotemos, te dominemos, te devoremos y probablemente te follemos hasta el
amanecer?
Dios mío.
Mis rodillas se volvieron a gelatina.
Todo mi cuerpo se convirtió en un postre pegajoso. Postre para que ellos lo
devoraran.
—Por favor, Ella... —murmuró Nick—. Solo por esta noche. Por favor, sé
mía... nuestra.
No necesitaban una respuesta.
La había dado en el momento en que Nick me encontró aquí.
Pero me produjo un delicioso y agudo estremecimiento lamer mis labios,
sonreír a ambos hombres y murmurar:
—Yo, Ella Fitzgerald, acepto que tú, Hunter Dixon, y tú, Nicholas Davis, me
aten, me azoten, me dominen, se den un festín conmigo y me follen hasta el
amanecer.
—Gracias a Dios por eso. —Agarrando mi muñeca, Nick no esperó a que
Hunter lo siguiera, me arrastró al interior de la carpa principal, apartó la pesada
cortina y las gruesas paredes púrpuras y grises nos engulleron por completo.
Capítulo 5
—Por aquí —dijo Hunter, pasando delante de nosotros mientras yo
parpadeaba ante las filas y filas de juegos de feria que revestían un largo pasillo.
Una alfombra gris cubría la hierba bajo mis pies, y las campanas y timbres de los
juegos recreativos destellaban con un llamativo brillo.
A diferencia de otros juegos de feria donde se podía ganar un peluche o una
pequeña figura sin sentido, estos estaban repletos de juguetes clasificados como
R18. Látigos, paletas, cadenas y consoladores brillaban bajo las lámparas con un
estilo retrofuturista dispuestos a lo largo del largo pasillo.
La carpa no tenía una pista central para los artistas. No había asientos
incómodos ni maestro de ceremonias. Solo un pasillo con puertas transparentes.
No había música alegre ni molestas peticiones de aplausos. Los únicos sonidos eran
los gemidos amortiguados de placer y las evocadoras y eróticas notas de música
sensual que fluían desde altavoces ocultos.
Tomando mi mano, Hunter me dedicó una sonrisa.
—Echa un vistazo mientras pasamos. Quizás obtengas algunas ideas de lo
que quieres de Nick y de mí.
Con mi mano izquierda en la de Nick (su cuerpo esbelto y con apariencia de
bibliotecario lleno de energía) y mi mano derecha en la de Hunter (su imponente
altura musculosa y el rayo negro en su mejilla parecían una cicatriz peligrosa), me
sentía verdaderamente dominada.
Atrapada, pero de una buena manera.
Capturada y secuestrada de todo lo mundano y arrastrada a un mundo
prohibido.
Ni siquiera habíamos llegado a una habitación privada todavía, pero mi
sangre ardía como si me hubiera convertido en un volcán. Un volcán que deseaba
erupcionar.
Hunter me guiaba hacia adelante.
Lo dejé, sin estar segura de cómo usar mis extremidades. Se sentían gruesas
y pesadas, al igual que mis pechos y entre mis piernas.
La primera puerta que pasamos reveló un mundo completamente diferente.
Uno con falos gigantes, trapecios y una cama que se ahogaba en mantas moradas.
En la cama, dos hombres se besaban como si no pudieran respirar sin el otro. Sus
lenguas se enredaban, sus cuerpos desnudos se presionaban estrechamente,
tirando uno del otro con manos ansiosas y desesperadas.
Nick aspiró una bocanada de aire a mi lado.
Hunter se limitó a reír.
—¿Crees que eso es explícito? Espera a que avances más. Reservamos las
habitaciones de la parte delantera para actividades más suaves, pero cuanto más
te adentras en la carpa, más salvajes se vuelven los espectáculos.
—¿D- Dónde está nuestra habitación? —pregunté, mi mente acelerada,
preguntándome hasta qué punto Hunter pretendía llegar.
Sonrió y pasó la lengua por sus afilados colmillos.
—Oh, estamos en el extremo final, pequeña bruja. Las cosas que planeo hacer
contigo necesitaban llevar una advertencia para aquellos que quieran mirar. No
queremos que mis clientes se desmayen, ¿verdad?
Gemí.
No pude evitarlo.
Todo mi cuerpo ardía.
Nick tragó con dificultad, pero no se detuvo mientras avanzábamos juntos
hacia el oscuro final del pasillo. En silencio, rodeamos un cuenco gigante en un
pedestal de mármol, lleno hasta el borde con paquetes de todos los colores y
sabores. Condones para todos. Incluyendo botellitas de lubricante brillante,
chocolate para untar en el cuerpo y hasta unas cuantas pinzas para pezones.
Hunter lanzó una mirada a Nick.
—Estás en mi circo, lo que significa que estás seguro, pero... si quieres,
puedes tomar algunos paquetes.
Nicholas apretó la mandíbula.
—¿Y tú? ¿Vas a tomar condones?
—No. —Hunter guiñó un ojo como un diablillo malicioso—. Ella sabe que
planeo hacerlo sin protección esta noche. Y si decides hacer lo mismo, deberías
saber lo que significa.
—¿Qué significa? —pregunté, mis mejillas ardían como la superficie del sol.
Los dedos de Nick se movieron alrededor de mi mano, pero mantuvo la
barbilla alta con arrogancia.
—Significa que en algún momento, si ambos acabamos dentro de ti,
estaremos compartiendo el semen de otro hombre.
Oh Dios.
—Sí —Hunter rió entre dientes—. ¿Eso va a ser un problema para ti?
Las cejas de Nick se fruncieron, pero negó con la cabeza.
—Bastante seguro de que si he aceptado un trío en el que follamos con la
misma chica, la chica con la que vivo y he deseado durante meses, puedo tolerar
un poco de esperma de otro tipo mezclándose con el mío.
—Oh, no solo se mezclará —Hunter pasó la lengua por su labio inferior—. Yo
la tendré primero. Su primer orgasmo será mío y el mío será suyo. Puedes tenerla
después de mí. Y sentirás lo mojada que estará por el placer de ambos combinados.
—Por el amor de Dios, esa lengua sucia tuya me va a dar un ataque al corazón
—jadeé—. Voy a explotar antes de que siquiera me quites la ropa.
—Mi lengua sucia estará entre tus piernas en cuanto te tenga desnuda,
pero... —Hunter agarró mi mandíbula y me besó mientras seguíamos caminando—
. No se te permite llegar al orgasmo hasta que esté dentro de ti.
Un escalofrío de deseo recorrió mi espalda.
Nick no reaccionó mientras Hunter introducía su lengua en mi boca y luego
se retiraba, centrado en llevarme más profundamente al infierno.
Inclinando la cabeza, Nick dijo en voz baja:
—¿Estás bien con que dos hombres se vengan dentro de ti, Ella? Sé que
tomas la píldora. Las guardas en el botiquín al lado de ese perfume que me vuelve
loco. Pero... no tienes que hacer esto si...
—Aclaremos una cosa —Hunter se detuvo en seco, haciéndonos chocar a
todos—. Desde el momento en que ella aceptó esto, no tiene más decisiones que
tomar. Somos tú y yo quienes las tomamos por ella. —Hunter puso una mano en
el hombro de Nick—. Soy bastante bueno leyendo a las personas. La he leído a ella
y a su sumisa interior, y ahora te estoy leyendo a ti como el Dominante renuente
que nunca se ha permitido jugar. Así que... aquí están las reglas para el resto de la
noche. No le preguntes si está bien, y Ella tiene una palabra de seguridad para
cualquier cosa que exceda sus límites, ¿entendido?
Hunter me atrapó con su mirada lavanda.
—Tu palabra de seguridad es 'Púrpura'. Puedes usarla siempre que te sientas
abrumada o si el dolor te empuja más allá de tu umbral de tolerancia. Te prometo
que pararemos de inmediato. Pero... —Agarró un puñado de mi cabello y tiró de
él—. Si no la usas, entonces no me voy a contener. Acepté follarte de forma gratuita,
y tengo la intención de tomar todo lo que me des. Y tu enojado compañero de cuarto
aquí, tan enredado en sus sentimientos que es probable que estalle, casi seguro
que se romperá en el momento en que te azote por primera vez. En el momento en
que se deje llevar, serás suya de todas las formas posibles. Suya para marcar. Suya
para dar placer. Suya para mandar. Incluso le enseñaré si quiere. Le enseñaré cómo
hacer que te arrastres. Cómo hacerte rogar para chupar su polla. Cómo hacerte
doblegar a todos sus deseos.
—Maldita sea —gimió Nick.
Tirando aún más fuerte de mi cabello, Hunter susurró en mi oreja.
—Dos hombres, Ella. Dos Dominantes que te exprimirán de placer. Tomarás
mucho más que nuestro semen, tomarás una parte de nuestras almas porque al
entregarte a nosotros, no podremos evitar enamorarnos de ti, todo porque nos
confiaste tu corazón.
¿Cómo pudo convertir la idea de la eyaculación de dos hombres dentro de mí
en una de las cosas más excitantes que jamás había escuchado?
Nunca me habían atraído los fluidos corporales.
Nunca había prestado mucha atención a cómo el sexo generaba un lío
caliente y pegajoso. Era un subproducto que solía lavar con un ligero escalofrío de
vergüenza, no algo en lo que uno se adentrara con una necesidad casi primordial
de explorar.
Cada parte de mi cuerpo hormigueaba ante la idea de Hunter corriéndose y
luego Nick penetrándome un momento después. La humedad no solo mía. La
espesa lubricación causada por otro hombre reclamándome, no el hombre que
estaba actualmente penetrándome. La humedad provocada por el hombre que
miraba a otro follarme, todo porque él me había tenido primero y ya había
terminado.
Maldición...
Ya no me importaba cómo sobreviviría esta noche.
Me preocupaba cómo sobreviviría mañana, pasado mañana y todos los demás
días combinados.
¿Cómo podía volver a ser la persona que solía ser?
La vida estaba destinada a estar envuelta en decadencia y pasión
indiscutible.
Estaba arruinada para mi sosa casa, mi trabajo con enfermedades y mi
frígido y poco comunicativo compañero de piso. Quería bailar y follar. Quería vivir
todo el potencial de mi cuerpo y morir temblando de orgasmos incontrolables.
Soltando mi cabello, Hunter me guiñó un ojo como si leyera mis
pensamientos.
—Puedo ver que la idea de que ambos terminemos dentro de ti te excita.
Permítenos complacerte, ¿de acuerdo?
Mientras Hunter nos instaba a continuar nuestro camino, mis ojos se
posaron en las puertas transparentes. Detrás de una, un hombre lideraba a dos
mujeres gateando a cuatro patas, con collares en el cuello y correas que los ataban
a él. En otra, una mujer hacía una mamada a un hombre mientras él se mantenía
de pie sobre ella, su rostro contorsionado por el placer, sus manos enterradas en
su cabello mientras embestían dentro de su boca.
Nick murmuró algo en voz baja mientras pasábamos por otra puerta. Luego
otra y otra más. Los espectáculos que presenciábamos enviaban fuegos artificiales
a través de mis venas y hacían que mis piernas temblaran de deseo.
En la siguiente sala, el algodón de azúcar salía de una máquina destinada a
satisfacer a los niños en la feria, no a adultos en un club de sexo. Pero en lugar de
enroscar el azúcar en un palo, un hombre lo enrollaba alrededor de su pene. En
cuanto su erección se cubrió con el dulce rosa, se giró hacia la mujer y el hombre
arrodillados, con las manos esposadas a la espalda y los cuerpos adornados con
collares de palomitas y caramelos.
Ofreció a la mujer el primer bocado, y luego la hizo permanecer de pie
mientras el otro hombre lo chupaba hasta dejarlo limpio. Mientras era atendido,
su boca se dirigió a los pechos de la mujer cubiertos de chocolate y lamió
profusamente sobre su pezón antes de inclinarse y meter su lengua directamente
en su vagina. Ella se estremeció cuando deslizó su lengua hasta su ombligo y
arrancó la cuerda de palomitas alrededor de su cintura con los dientes.
¿Era su fantasía convertir a sus parejas sexuales en objetos para comer? ¿Y
por qué estaba contemplando la posibilidad de intentarlo?
Mierda, estaba tan excitada.
Este lugar era como Viagra para los sentidos. Velocidad, cocaína y todos los
afrodisíacos conocidos por el hombre corrían por mis venas gracias a la necesidad
infernal.
Hunter tomó mi mano guiándome cada vez más adentro, dirigiéndose hacia
la última puerta al final del corredor.
Mi corazón galopaba mientras miraba a Nick, su palma sudorosa contra la
mía.
Nuestros ojos se encontraron. Su mandíbula se tensó. Su frente se frunció
como si me odiara de nuevo por arrastrarlo a esta noche oscura, perversamente
depravada.
¿Estaba teniendo dudas?
¿Usaría esto para lastimarme mañana?
No podía leerlo; mi mirada cayó a su boca.
Sus labios se fruncieron, y maldita sea, quería que me besara. Que me follara.
Que me arruinara.
Cuando volví a mirar hacia arriba, sus ojos ardían más que ninguna llama,
completamente verdes sin rastro de avellana. Un tipo de lujuria intensa. El tipo
más profundo de deseo.
Finalmente, Hunter se detuvo cuando sacó la mano de su bolsillo.
Los tres estábamos de pie, jadeantes, mirando fijamente la última puerta.
Transparente pero oscura por dentro como si nadie hubiera encendido las
luces.
Sacando una pequeña llave, Hunter la insertó, la giró y abrió la puerta, y sin
decir una palabra, nos arrastró mayormente dispuestos hacia el interior.
El sonido de nuestra respiración compartida rasgó mi piel hipersensible justo
antes de que Hunter encendiera la luz y revelara el lugar donde perdería hasta el
último rastro de lo que quedaba de mi virginidad.
No mi virginidad sexual, la había perdido en un descuido en la parte trasera
del Mazda de mi primer novio cuando tenía dieciséis años. Oh no, esto era mucho
más que solo un pequeño himen. Esto era la ruina de mi alma, de mi esencia, del
tejido mismo de lo que yo era.
Si hacía esto, nunca volvería a ser Ella la microbióloga.
Sería Ella, la chica que había sido arrasada por dos hombres y que quería
hacerlo una y otra vez y otra vez.
Hunter encendió otro juego de luces tenues, impregnándome con erotismo.
En lo que respecta a las otras habitaciones, con sus temas de casa de la risa
y falos gigantes, esta habitación era discreta. Paneles de cuero negro forraban las
paredes, sujetos en su lugar con botones de terciopelo, frunciendo el material para
que toda la habitación pareciera un cabecero decadente.
En el centro, en una plataforma elevada con tres amplios escalones que caían
en cascada, estaba la cama más grande que jamás había visto. Una cama con
cuatro postes tallados en madera negra y gasas negras colgando de los rieles
superiores, fluyendo por los escalones para reunirse como sombras en el suelo.
Solo una sábana de satén cubría la cama, casi como si cualquier otra manta
fuera a estorbar. Una mesa sostenía una botella de champán y algunas copas. Un
cuenco cubierto de rocío con fruta helada esperaba ser comido, y la música clásica
fluía directamente en mi torrente sanguíneo, seduciéndome.
No es que necesitara más seducción.
Pero entonces... mis ojos se posaron en la pared a nuestra izquierda y todo
lo demás se desvaneció.
Un estante del suelo al techo.
Un estante que sostenía floggers, consoladores de todos los tamaños, látigos,
esposas, mordazas, mordazas con bola, tapones anales, cuerdas, sedas y paletas
imaginables.
Inspiré profundamente justo cuando Nick gimió.
—Mierda, esto realmente está sucediendo.
—Esto realmente está sucediendo —murmuró Hunter.
El gran espejo a la derecha captó mi reflejo cuando mi respiración se convirtió
en hiperventilación. Coquetear con la idea de estar a merced de un hombre me
volvía loca de deseo, pero enfrentarme a una habitación llena de tortura sexual, y
no solo un hombre sino dos listos para usarme, enviaba estremecimientos de miedo
directamente a mis pies.
Mi pequeño vestido negro estalló en llamas contra mi piel.
Mi pecho se sonrojó en el espejo. Mis mejillas enrojecidas. Mis ojos febriles.
Mi cuerpo tan pequeño y frágil atrapado entre dos Dominantes controladores.
Nicholas retiró su mano resbaladiza de la mía, su respiración agitada e
irregular. Su nerviosismo alimentó el mío en lugar de calmarlo, transmitiéndome
su agitación, anticipación... llenando una jaula repleta de mariposas frenéticas en
mi estómago.
Eché un vistazo hacia él, mordiendo mi labio.
Sus ojos ya no ardían en verde, sino que eran esmeraldas humeantes. Sin
luz. Sin desdén. Sólo la oleada paralizante y salvaje de una necesidad dolorosa y
desgarradora.
Me balanceé hacia él mientras Hunter se acercaba al estante.
Los candelabros negros apenas iluminaban la habitación. La cortina del
eclipse acallaba todo excepto esto. Nosotros. Ahora.
Nick inhaló otro jadeante aliento.
Se acercó a mí.
Su mano aterrizó en mi cadera.
Convulsioné.
Una convulsión de cuerpo entero, completa con un torrente de humedad
entre mis piernas.
Maldita sea, si me hacía reaccionar así con una simple afirmación posesiva,
¿cómo me rompería cuando finalmente entrara en mí?
Mi corazón tropezó y titubeó, olvidando cómo latir.
Tirando de mí hacia él, Nick no se detuvo hasta que mis pechos presionaron
contra su torso, y su otra mano subió para acariciar mi mejilla.
Suave.
Dulce.
Una mentira.
Deslizando sus dedos en mi cabello, empuñó mis mechones castaños,
sujetándome con firmeza.
Traté de controlar mi respiración, pero era totalmente imposible mientras
miraba sus peligrosamente hambrientos ojos, notando la codicia, el hambre voraz
y violento que siempre confundía con desprecio.
—Haremos esto, y nunca hablaremos de ello de nuevo —susurró. Su voz
parecía la de una bestia con azufre en su corazón y brasas incandescentes en su
garganta—. Se queda aquí. En este lugar. ¿De acuerdo?
Mi cabeza asintió por sí sola.
Mi cuerpo al mando en lugar de mi mente.
No podía hablar.
No podía moverme.
Me rendí a él de todas las formas posibles.
Sus dedos tiraron de mi cabello, enviando una lluvia de escalofríos por mi
espalda.
—Contéstame.
Inclinó la cabeza, su lengua lamiendo su labio inferior.
Lamí el mío en sincronización, completamente lista para sentir su boca en la
mía.
—Haremos esto, y luego se acabó —gruñó.
Pero, ¿y si esto es solo el principio?
La forma en que mi corazón se hundía en su agarre.
La forma en que todo mi cuerpo deseaba arrodillarse ante él.
El poder que ya tenía sobre mí.
Era aterrador, consumidor... adictivo.
Fue suficiente para sacarme de mi estupor y asentir.
—De acuerdo —No porque él exigiera una respuesta, sino porque necesitaba
desesperadamente aferrarme a alguna forma de cordura. Si quería tratar esta noche
como un sueño en el que despertaríamos mañana y fingiríamos que no fue real,
entonces... que así sea.
Sería mejor a que se convirtiera en una pesadilla de la que no pudiéramos
escapar.
Con un gemido, Nick me empujó con fuerza, estrellándome contra la puerta
cerrada detrás de mí. Mi espalda chocó contra ella. Mi respiración se entrecortó.
Mis labios se separaron.
—Esta noche, me perteneces —gruñó, justo cuando su boca chocó con la
mía.
Jadeé mientras me besaba con toda la excitación contenida que había
mantenido oculta durante ocho largos meses. No se lo tomó con calma. No hubo
un suave roce. No hubo una lamida interrogante. Me besó como si pretendiera
arrancar todo el aire dentro de mí y reemplazarlo con el suyo. Su aliento. Su sabor.
Su necesidad.
Me aplastó contra la puerta. Sus manos se deslizaron hasta mis mejillas,
manteniéndome prisionera mientras su lengua traspasaba mis labios y me
absorbía.
Mis rodillas amenazaron con ceder.
Nunca me habían besado de manera tan posesiva. Incluso Hunter no me
había consumido de esta manera cuando me besó en la calle. Nick soltó las riendas
que lo atrapaban y abrazó cada impulso que había estado escondiendo.
Gimió cuando me abrí para él.
Gruñó cuando me sometí.
Su lengua lamió la mía. Sus dientes perforaron mi labio inferior. Su sabor a
canela subió por mi nariz, haciendo que mis ojos se llenaran de lágrimas mientras
me besaba más y más profundamente.
Sus dedos se hundieron en mis mejillas mientras presionaba todo su cuerpo
contra el mío, con la urgencia que emanaba de él para tomarme duro, rápido y
ahora.
Grité cuando inclinó la cabeza hacia un lado, encontrando de alguna manera
la forma de profundizar nuestro beso ya de por sí profundo como un abismo. Sus
labios me magullaron con un control cálido, resbaladizo y primitivo.
Gemí cuando una de sus manos cayó de mi mejilla y aterrizó directamente
sobre mi pecho. Me amasó en lugar de acariciarme. Un masaje de lujuria ardiente
lleno de golpes implacables y firmes que enviaron mi mente a la hibernación y mi
cuerpo a una hiperconciencia.
Mi pezón se erizó. Mi carne dolía. Una fiebre recorrió todo mi cuerpo mientras
él me reclamaba.
En ese momento, le pertenecía.
Completamente, totalmente, terriblemente le pertenecía.
Nicholas gimió cuando mis brazos se enroscaron alrededor de su cintura,
aferrándome a él. Su boca me sofocaba. Su tacto me incineraba. Estaba demasiado
cerca pero no lo suficiente. Era demasiado agresivo y, sin embargo, de alguna
manera, demasiado gentil.
¿Cómo habíamos vivido juntos durante tanto tiempo sin tener una pizca de
lo que el otro era? ¿Cómo podíamos sentarnos en un incómodo silencio viendo algún
documental sobre medicamentos psicodélicos o moho antiinflamatorio y no
atacarnos en el sofá? ¿Cómo podría volver a esa existencia después de esta noche?
¿Después de haberlo probado? ¿Degustado? ¿Saber lo apasionado que era bajo su
fachada desdeñosa?
El dolor entre mis piernas se intensificó.
Arqueé las caderas contra el muslo de Nick, necesitando fricción.
Desesperada por que su mano dejara de acariciar tan deliciosamente cruel mi...
—Maldita sea, tranquilo chico. Vas a devorar a la pobre chica. —La diversión
de Hunter se filtró a través del rugido en mis oídos cuando los labios de Nick de
repente se apartaron de los míos. La fría brisa después de su sabor dominante
vertió agua helada sobre mi lujuria.
Hunter apretó el hombro de Nick, todavía sosteniéndolo fuerte después de
apartarlo de mí.
—Tranquilo. Tenemos toda la noche para saborearla, no solo cinco minutos.
¿No has escuchado la expresión 'saborea la comida'? Además. —Golpeó suavemente
el hombro de Nick con el puño, haciéndolo estremecer—. No se trata solo de ti y
ella. Se trata de nosotros. Y tengo la intención de participar plenamente. Pero
primero... —Empujó a Nick al centro de la oscura habitación—. Párate ahí.
Los labios de Nick brillaban de rojo por nuestro violento beso mientras
apretaba los puños y se dirigía al lugar donde Hunter lo había empujado.
—¿Por qué tengo que estar aquí? —Frunció el ceño cuando Hunter tomó mi
mano y me atrajo hacia él.
—Ya verás —sonrió Hunter satisfecho.
Inhalé profundamente cuando presionó su dedo bajo mi mandíbula,
levantando mi cabeza lo suficiente como para que su boca capturara la mía.
Por el rabillo del ojo, vi cómo Nick se ponía rígido por los celos. Sus fosas
nasales se dilataron. Un gruñido sordo resonó en su pecho. Pero no intentó
intervenir, y yo no detuve a Hunter cuando me besó. Mi cerebro intentaba seguir el
ritmo de este momento tabú.
Hace unos momentos, Nicholas tenía la lengua en mi garganta, y ahora la
lengua que acariciaba mis labios irritados pertenecía a Hunter.
Me lamió exactamente de forma opuesta a la de Nick. No me robó; me adoró.
Lamió el sabor de Nick y reemplazó la canela con menta picante, haciendo que mis
ojos se cerraran con pesadez y una excitación soñadora pulsara a través de mi
sangre, mezclándose con los peligrosos rápidos que Nick había conjurado.
Para cuando Hunter dejó de besarme, mis ojos se negaban a enfocarse y la
tensión en la habitación, con Nick vibrando de envidia, me erizaba la piel como la
nieve.
—Basta —gruñó Nick—. Mi turno.
El sonido salvaje de su tono estalló a través de mí; todo se volvió caliente y
líquido. Se acercó hacia nosotros, pero Hunter negó con la cabeza.
—Paciencia, mi amigo cachondo. —Acomodó suavemente un mechón de
cabello detrás de mi oreja, su pecho subiendo y bajando. A pesar de la suavidad de
su beso, le afectó de la misma manera que a mí. Tejió un sentimiento entre
nosotros. Un sentimiento de confianza, seguridad y pertenencia.
Parpadeé e intenté sacudir la súbita pesadez. La obediencia envolvente
absoluta que empapaba mis venas, haciéndome dócil, flexible y demasiado
dispuesta para lo que vendría a continuación.
—¿Cuál es la palabra de seguridad, pequeña bruja? —susurró Hunter.
Nick inhaló profundamente pero permaneció en silencio mientras yo
murmuraba:
—Púrpura.
—Y si no la usas, ¿entiendes que perteneces completamente a nosotros?
Asiente como una buena chica si estás de acuerdo.
Mordiendo mi labio inferior, asentí.
—¿Comprendes que lo que te diga que hagas, lo haces sin dudarlo? Si me
contestas, serás castigada. Si me disgustas, te arrepentirás. Si nos desobedeces en
algún momento, podrías ser azotada, castigada y suplicar por nuestra misericordia.
—Presionando un suave beso en mi mejilla, susurró—: Asiente si has entendido y
si estás de acuerdo.
Asentí.
—Bien hecho. —Balanceándose sobre sus talones, dejó de tocarme y una
sombra cayó sobre su rostro. Una máscara afilada llena de un poder irrefutable.
No, no una máscara. Cualquiera que fuera la persona que Hunter escondía fuera
de esta habitación, quien fuera en la sociedad cotidiana, era la máscara. Aquí
adentro, se transformaba en su verdadero yo. Un hombre que parecía más alto,
más ancho, más cruel, más malo y completamente consciente de su autoridad
incuestionable.
Con extrema lentitud, retiró mi bolso antes de arrojarlo a un rincón de la
habitación y luego reacomodó mi cabello sobre mis hombros.
Retrocediendo, mostró los dientes.
—Arrodíllate. —Señaló la alfombra negra debajo—. Ahora.
La orden hizo que dos emociones me atravesaran. El deseo de desobedecer
porque nadie tenía derecho a decirme qué hacer y la compulsión de rendirme.
—No me hagas pedírtelo de nuevo, Ella. Sabes qué pasará si lo haces.
Me dejé caer con la mayor gracia y cuidado que pude. Mis rodillas se
flexionaron. Mi tobillo izquierdo hizo un ruido debido a una fractura que sufrí
cuando tenía catorce años y me había dedicado a correr por senderos. Inhalé
profundamente mientras apoyaba las palmas en mis muslos y esperaba.
Simplemente esperé..
¿Cómo podía ser que esperar fuera un afrodisíaco? ¿Cómo podía ser que
mirar a un desconocido al que había aceptado obedecer pusiera mi sangre en un
fuego tan devastador?
Nick se movió pero no intervino. Permaneció plantado en su sitio, su pecho
agitado y sus jeans abultados por la necesidad.
Inclinándose sobre mí, Hunter me dio el beso más dulce en la frente.
—Deseas complacerme, ¿verdad, Ella?
Dios santo, mis huesos ardían. Mis músculos. Mis células. Cada último
pedazo quemaba y ardía cada vez más.
Asentí.
—Entonces, compláceme arrastrándote hasta Nick. Arrodíllate ante él y
espera mi próxima orden.
Mis ojos se dirigieron a Nicholas mientras se tensaba.
Me llevó un momento averiguar cómo mover mi cuerpo dolorido y ardiente.
Inclinándome hacia adelante, caí sobre mis manos y temblé cuando el dobladillo de
mi vestido rozó la parte posterior de mis muslos.
—Eso es. Arrástrate hacia él —murmuró Hunter.
Obedecí.
Una mano, una rodilla, una y otra vez, arrastrándome como una gata en celo,
con la columna arqueada y la piel ardiendo.
Cuanto más me acercaba a Nick, más rígido se ponía.
Su rostro se tensó, su cuerpo se tensó mientras me detenía a sus pies y
continuaba mi recatada espera. Nunca había sido tan consciente de mi cuerpo.
Pequeños detalles que nunca antes había sentido. Como la plenitud de mis labios
mientras palpitaban por otro beso. O la forma en que mi piel se erizaba con un
millón de sensaciones diminutas. O la tela de mi tanga directamente entre mis
piernas, empapada de deseo, avergonzándome por lo mojada que estaba y
volviéndome loca por más.
Nick extendió la mano hacia mí. Sus dedos rozaron mi mejilla mientras se
inclinaba para...
—No la toques —gruñó Hunter, apareciendo a mi izquierda con los brazos
cruzados—. Ponte derecha.
Nick lo fulminó con la mirada.
—No eres el líder de este pequeño espectáculo, ¿sabes? Si quiero tocarla,
entonces lo haré.
—Ella. Desabrocha el cinturón y baja la cremallera de tu Amo. Saca su polla
dura con tus perfectas manos. Acarícialo si lo deseas, pero luego introdúcelo en tu
boca. —Hunter se acercó y empujó mi rodilla con su bota polvorienta—. Quiero ver
tus labios rodeando su polla. Quiero ver lágrimas en tus ojos mientras lo tragas tan
profundo como puedas. Quiero escucharlo gemir mientras le ofreces tu boca. Una
boca por la que probablemente ha fantaseado durante meses. —Una sonrisa astuta
cruzó su rostro cuando su mirada se dirigió a Nick—. ¿Eso funciona para ti, señor
impaciente?
Nick se atragantó y luchó por hablar. Su hermoso rostro se retorció como si
estuviera tratando de averiguar qué decir, pero yo no dudé esta vez.
Me habían dado una orden.
Tenía toda la intención de obedecer, no porque creyera en la fantasía de estar
a su merced, sino porque encontraba una gran libertad en seguir sus órdenes.
Una libertad tan deliciosa y exquisita al apagar mis pensamientos. Al
silenciar mi mente y ceder al deseo de una manera que nunca antes había hecho.
Me sumergí en la hermosura electrizante y esponjosa de ello. No solo me rendí; dejé
ir todo.
En mi lugar sobre mis rodillas, alcancé el cinturón de Nick.
Él siseó entre dientes cuando desabroché su cinturón de cuero color canela
y dejé los extremos colgando a los lados. Con manos ligeramente temblorosas,
desabroché y deslicé la cremallera hacia abajo.
Sus jeans negros cayeron hasta sus tobillos.
Me quedé helada.
Esperaba encontrar boxers o slips.
Esperaba encontrar algún tipo de ropa interior, pero estaba desnudo.
Su polla dura y pesada se balanceaba directamente ante mí. Sus bolas
estaban tensas y contraídas por el mismo placer desesperado que nos afectaba a
todos. Su impresionante tamaño parecía aún mayor por la falta de vello púbico. Ni
un solo vello. Solo piel suave y oscura y gruesas venas que recorrían el acero
aterciopelado de su sexo.
—Un hombre que se cuida —Hunter chasqueó la lengua—. Empiezas a
gustarme cada vez más. —Desabrochando sus propios pantalones, Hunter sacó su
polla.
Me quedé inmóvil mientras se bombeaba una vez.
El vello enmarcaba su igualmente generosa longitud, recortado con precisión
de barbería.
—Supongo que tenemos un tamaño similar. —Miró el miembro de Nick con
mirada crítica—. Al menos uno de nosotros no estirará demasiado a nuestra
pequeña bruja, para que el otro no sienta lo apretada que está.
Nick se atragantó con un gemido.
—Maldita sea.
—Ella... ¿por qué no estás chupando a tu Amo? —Espetó Hunter, haciendo
que diera un respingo—. Te di una orden.
Se me hizo agua la boca. Me balanceé hacia adelante.
Nick se quedó inmóvil cuando me acerqué a él, vacilando en la distancia final.
Un arco de electricidad crepitó entre nosotros justo antes de que mis dedos se
aferraran a su ardiente erección.
Gimió. Fuerte. Explosivamente.
Hunter se rió.
—Si eres tan sensible, me temo que no vas a durar toda la noche. —Con la
mano todavía en su polla se quitó las botas y se movió hacia la cama detrás de
Nick. —Si quieres mi consejo, Nick, déjala chuparte durante unos segundos y luego
encuentra algo más para que haga. De lo contrario, te correrás y terminarás
mirando en lugar de participar durante el resto de la noche.
—Créeme —gruñó Nick mientras sus manos se adentraban en mi cabello,
tirando de mi rostro hacia su ingle—. Podría correrme mil veces y todavía querer
más cuando se trata de Ella.
Mis ojos volaron hacia los suyos. La sinceridad en su tono. La ardiente
confesión.
Nuestras miradas se cruzaron mientras él deslizaba una mano sobre mi
mejilla y presionaba su pulgar sobre mi labio inferior.
—Abre.
Dejé de respirar cuando hundió su pulgar en mi boca. El instinto me inundó.
Un instinto lleno de astucia encantadora y una lujuria maliciosa y perversa.
Lo lamí.
Él se estremeció.
—Dios, Ella. —Enganchando su pulgar sobre mis dientes inferiores, enrolló
el resto de sus dedos debajo de mi barbilla, sujetándome firmemente. Un
encarcelamiento completamente diferente. Uno que se sentía tan íntimo, tan
controlador, y al mismo tiempo, degradante y casi malicioso.
—Tiene razón, ¿sabes? —Se inclinó un poco, sosteniendo mi mirada—. He
fantaseado con tu pequeña boca traviesa todas las noches desde que me mudé
contigo.
Tragué saliva, guardando silencio. Su pulgar me impedía contestar.
Sus ojos se encendieron mientras apretaba mi mandíbula con más fuerza.
—Te he deseado desde aquella segunda noche en que derramaste salsa de
espagueti por toda la cocina. Pensabas que yo estaba en mi habitación
desempacando. No me viste mientras te quitabas la camiseta cubierta de salsa y
limpiabas tu sujetador.
Parpadeé.
¿Él lo había visto?
No creía que supiera siquiera que era una mujer por la forma en que me había
reprendido por mi privacidad. Estaba emocionada de tener un nuevo compañero de
habitación, cortesía de nuestra empresa. No me gustaba vivir sola, pero a la
segunda noche de su frialdad, llegué a temer que estar sola fuera mejor que vivir
con alguien que me despreciaba.
Decidí hacer espagueti para romper el hielo que se estaba formando entre
nosotros, pero todo lo que podía salir mal salió mal. Los fideos se volvieron blandos.
La cebolla me hizo llorar. Y estúpidamente me quemé la mano cuando fui a mover
la salsa del fuego, lo que me hizo soltarla.
—¿Cuántas veces la observaste? —Preguntó Hunter desde su lugar en la
cama—. Cuenta todos tus secretos. Hazle saber cuán duro la vas a follar, todo
porque nunca te permitiste tenerla hasta ahora.
Nick se tensó pero obedeció.
—Te he observado todos los días, Ella. Cada vez que leías en el sofá, me
preguntaba cómo sonarías si te arrastrara al suelo y te follara en la alfombra de la
sala. Cada vez que corrías desde el baño solo con tu toalla, me imaginaba cómo se
vería tu trasero húmedo con la marca de mi mano.
Su pulgar se hundió más profundamente, forzando mi mandíbula hacia
abajo.
—No tienes idea de lo cerca que has estado de ser follada todos estos meses.
Lo mucho que he luchado para no colarme en tu habitación y tomarte en la
oscuridad. —Se estremeció—. He soñado con tapar tu boca cuando te despertara,
arrancarte las bragas y hundirme tan rápidamente y con tanta ferocidad dentro de
ti que no tuvieras más opción que someterte. Lucharías contra mí. Maldición,
lucharías contra mí. Patearías y gritarías. Morderías mi palma y te retorcerías
mientras yo te embestía, pero no serías rival para mí. No serías rival para mi deseo.
No serías rival para mi fuerza.
Flexionando las rodillas, ignorando que su polla seguía erguida en mis dedos,
susurró en mi oído.
—¿Quieres saber por qué te evité a toda costa? Es porque podía sentir cuánto
deseabas ser dominada de esa manera. Nunca te sorprendí mirándome como yo te
miraba a ti, pero sentía tu necesidad. Llamaba a la mía. Y una parte repugnante de
mí creía que disfrutarías resistiéndote. Que disfrutarías siendo forzada en contra
de tu voluntad. —Su nariz rozó mi oreja—. Solo una pared me separa de follarte
todas las noches. No es suficiente para protegerte. No es suficiente para detenerme
de tomar lo que deseo desesperadamente. Así que... era mejor hacer que me
odiaras. Mejor mantener mi distancia. Mejor que nunca te tocara porque si lo
hiciera...ya no me odiarías; me temerías. Me denunciarías por todas las cosas malas
que te haría, y... no tengo la intención de ir a la cárcel solo porque no puedo
controlarme.
Mis dedos se cerraron alrededor de su polla, haciéndolo sisear.
Temblé sobre mis rodillas.
Todo lo que decía convertía mi ya ardiente cuerpo en un horno incontrolable.
Con los dientes apretados, retiró lentamente el pulgar de mi boca.
—Y ahora que sabes lo depravado que soy... chúpame la polla como una
buena chica.
Erguido, no apartó sus ojos humeantes de mí mientras lamía mis labios y me
acercaba. Soplando sobre su polla, murmuré:
—No te habría tenido miedo. Te lo habría suplicado.
Y entonces, me lo tragué entero.
Capítulo 6
Nick rugió.
Era la única palabra que describía el sonido retumbante y atronador que
brotó de sus labios.
La esencia salada de él explotó en mis papilas gustativas. El calor y la
sedosidad de su punta se posaron pesadamente en mi lengua mientras bajé la
cabeza e hice todo lo posible para tomarlo lo más profundo que pude.
Nick tropezó, sus manos aterrizando de nuevo en mi cabello, aferrándose a
mí para mantener el equilibrio. Sus caderas se sacudieron hacia adelante,
introduciendo su longitud por mi garganta, provocándome arcadas.
—Con calma —advirtió Hunter desde la cama—. Ambos sabemos que nuestra
pequeña bruja está dispuesta a divertirse, pero no la estrangulemos en los primeros
segundos, ¿de acuerdo?
Nick murmuró una maldición mientras sus dedos se flexionaban sobre mi
cuero cabelludo, reclamándome de muchas maneras. Su estómago se contrajo
contra mi frente, convirtiéndose en mármol a medida que tensaba cada músculo de
su cuerpo.
—Maldición, Ella. Dios, sí.
Arrastré mi lengua por la vena sensible a lo largo de su eje.
Esta vez no solo se estremeció, sino que se inclinó sobre mí, su cuerpo
doblándose por la mitad para protegerse del ataque de mi boca.
—Maldición —murmuró, medio gruñendo, medio llorando—. Mierda.
Hunter se rió en la cama.
Nick se aferró a mi cabello mientras le hacía la mamada más profunda y sucia
de mi vida. Quería romper su mente. Fracturar su psique. Destrozar su alma.
Desenvainando mis dientes, los arrastré por su longitud, jugando con esa
línea de seducción y ferocidad.
—Mieeeerda —Jadeó Nick. —Tu boca. Maldición. Se siente. Tan bien. Mejor.
De lo que podría haber imaginado.
—¿Escuchaste eso, pequeña bruja? —Hunter se rió—. No puede decir frases
completas. Unos segundos de chuparlo y lo has destrozado.
—Cierra la maldita boca —gruñó Nick—. Estoy bien. Estoy... Jesucristo.
Lo tragué profundamente, usando los músculos de mi garganta para
acariciar su punta. Las lágrimas brotaban de mis ojos mientras luchaba contra las
arcadas. El sudor corría por mi espalda. Mis rodillas dolían y todo instinto femenino
me ordenaba levantarme y dejar de ser sumisa, pero... esos instintos estaban
equivocados. Provenían de existir en una sociedad patriarcal. De una sociedad tan
reprimida y mojigata que hacía que todo lo natural y sexual fuera tabú. Una
sociedad tan llena de reglas y desprecio que había difuminado las líneas de quiénes
éramos y lo que podíamos llegar a ser.
No tenía control sobre mi transformación mientras permanecía arrodillada a
los pies de un hombre que me había tratado como basura durante ocho meses.
Despreciaba sus acciones.
Pero... también lo entendía.
Lo sentía.
Sentía el anhelo entre nosotros.
El vínculo, el lazo, la conexión innegable que advertía que esto no era una
simple mamada en una noche de diversión.
Esto era más.
Y más podía hacernos daño.
La saliva goteaba por su longitud mientras reunía la humedad y enrollaba mi
mano alrededor de su miembro.
—Maldición. Maldición. No puedo... detente. —Nick intentó apartarse.
No se lo permití.
Tenerlo en mi boca desató las compuertas de mi poder. Poder que siempre
había ocultado. Poder surgido de mi sexualidad. Una sexualidad que siempre había
negado porque la sociedad me decía que estaba mal desear, que estaba mal
experimentar, que estaba mal ser valiente y sincera con lo que anhelaba.
Un indicio de estremecimiento en su eje y el sabor más intenso de la sal
explotó en mi lengua justo cuando Nick se apartó de mi boca.
—He dicho... detente.
Jadeando con fuerza, me balanceé hacia atrás sobre mis talones y lamí mis
labios.
Sus fosas nasales se dilataron mientras me miraba con desprecio. Miró con
desprecio y desdén familiares, pero ahora... vi esas dos emociones por lo que
realmente eran: desesperación y negación de sí mismo.
Con un gruñido, cayó de rodillas, tomó mis mejillas y me atrajo al beso más
intenso de mi vida.
Nuestros labios chocaron.
Nuestras narices chocaron.
Nos llevó un segundo fundirnos en una danza fluida, pero cuando lo hicimos,
nos encendimos.
Húmedos y ardientes.
Feroces y despiadados.
Me besó como si se estuviera muriendo.
Me sacó de mi papel de científica estudiosa y me convirtió en una zorra
deseosa y débil de rodillas.
Lo devoré en respuesta. Abrí la boca de par en par y lo dejé entrar. Libré una
batalla de lenguas con la suya como si fueran dos dagas dispuestas a derramar
sangre.
Éramos más honestos sin palabras de lo que jamás habíamos sido. Honestos
en cuánta hambre teníamos el uno del otro. Cuán adictos a esta nueva libertad,
donde podíamos tocarnos, saborearnos y provocarnos.
Otro escalofrío de miedo me llenó, sabiendo que esta noche me cambiaría
para siempre.
Ya no podía esconderme detrás de la falsedad.
Amaba esta locura.
Esta brutalidad.
Me gustaba la emoción... la persecución... la captura... la tentación.
Mis ojos se abrieron de par en par cuando la realización me golpeó con fuerza.
Maldición, me... me gusta Nick.
Más que sólo físicamente. Más que sólo sexualmente.
Me gustaba su violencia ferozmente controlada. Me gustaba su imprudencia,
su crueldad.
Me gustaba cómo me hacía sentir cuando finalmente cedía al calor entre
nosotros.
Nicholas estaba equivocado. Hablaríamos de esto otra vez. Y otra vez. Y otra
vez.
Lo haríamos. Una y otra vez.
Caeríamos en esta enfermiza adicción y...
—Levántate. —Hunter me agarró por debajo del brazo y me puso de pie. Nick
cayó hacia atrás, con los labios hinchados y los ojos salvajes.
—Ve y elige un arma —le dijo Hunter a Nick mientras me arrastraba hacia la
cama. Subiendo los tres grandes escalones, se sentó y me ubicó, frente a él y
temblando, entre sus muslos abiertos.
—¿Un arma? ¿Qué arma? —Preguntó Nick, subiendo sus pantalones para
ocultar su brillante erección.
—Abrocha tus pantalones, quítate la chaqueta y la camiseta para que no
sudes a través de ellas, y luego ve y elige un látigo o dos.
Me tensé mientras miraba a Nick por encima del hombro.
Él se quedó con las manos en puños en un mar de alfombra negra, pareciendo
como si el infierno rodeara sus tobillos.
—¿Un látigo? —preguntó con voz suave.
—O un flogger. Una paleta. Cualquier cosa que te apetezca —dijo Hunter con
una sonrisa—. Querías abrazar tu lado sádico, y sé de hecho que Ella anhela saber
hasta qué punto es masoquista. Así que… apresúrate.
Inspirando profundamente, Nick apartó la mirada de la mía y marchó hacia
el soporte que contenía todo tipo de juguetes. Observó la selección de tiras de cuero,
cuerdas, nudos y borlas durante mucho tiempo antes de alcanzar su chaqueta y
quitársela. La dejó caer al suelo y agarró el bajo de su camiseta blanca,
arrancándola sobre su cabeza, revelando las crestas y valles de su tonificado torso.
Se quitó los zapatos y los calcetines, robándome toda cordura al pararse
frente a un soporte de depravación, descalzo, sin camiseta, luciendo un bulto
considerable en sus jeans negros.
Maldita sea... ¿cómo se suponía que iba a funcionar? ¿Cómo se suponía que
iba a hablar cuando él era cada fantasía que había tenido hecha realidad?
No tienes que hablar... solo obedecer, ¿recuerdas?
Inspiré profundamente mientras los dedos de Hunter recorrían mi clavícula.
Mi mirada se dirigió a la suya mientras sonreía. El brillante rayo en su mejilla
capturó la luz de las lámparas, pareciendo más una marca mágica que una cicatriz
dolorosa.
—¿Te gusta lo que ves, pequeña bruja? —Sus dedos acariciaron más abajo,
siguiendo la curva de mi pecho y encontrando mi pezón endurecido bajo mi
sujetador—. Has visto todo lo que Nick tiene para ofrecer. Lo has probado. Y él te
ha besado dos veces. Ahora es mi turno.
Tragué con dificultad mientras seguía la línea de mi cintura, luego de mi
cadera, deslizando lentamente sus dedos debajo de mi vestido y subiendo poco a
poco, dirigiéndose hacia la palpitante necesidad entre mis piernas.
No pude recuperar el aliento cuando unos pasos sonaron detrás de mí, y el
calor abrasador de Nick quemó mi espalda.
No impidió que Hunter me tocara. No habló. Simplemente lanzó un flogger
con múltiples hebras de cuero y un mango grueso con cordón sobre la cama y se
crispó.
Hunter le lanzó una sonrisa mientras su mano seguía subiendo.
—Tu gruñón compañero de piso ya pudo tener tu boca primero... ¿pero yo?
Yo puedo ser el primero en tocarte...
Cada hueso y ligamento se convirtió en piedra cuando su mano tocó mi
centro.
—…aquí.
Mis ojos se cerraron de golpe mientras toda mi conciencia se dirigió a la
necesidad palpitante y temblorosa de mi centro.
Tropecé hacia adelante y casi caí, pero unos brazos fuertes me rodearon por
detrás, manteniéndome erguida y atrapada. Nick presionó un beso en mi garganta.
—Abre las piernas, Ella. Permítele que te masturbe —gruñó.
Una orden tan cruda.
Una exigencia tan sucia y despreciable.
Separé un poco más mis rodillas, mis tacones altos resonaron sobre la
alfombra. En cuanto Hunter tuvo espacio para lo que planeaba hacer, no se
contuvo.
—Maldita sea, estás empapada. —Con dedos diestros, apartó mi tanga
empapada y, con un siseo, introdujo un largo y fuerte dedo en mi interior.
Gemí como la puta que me habían convertido.
Después de necesitar ser llenada durante tanto tiempo, un solo dedo era un
regalo y una provocación al mismo tiempo.
Siguió profundizando, obligándome a sentir cada embestida. Enganchando
su toque, gimió. Fuerte.
—Y sin pretender sonar completamente cliché, también estás jodidamente
apretada.
Grité cuando me estiró, me llenó, pasando de necesitada a completamente
lujuriosa.
—Oh Dios.
Su dedo entraba y salía, embistiendo lentamente, encendiéndome hasta el
punto de la locura.
—Será mejor prepararte bien para que nos tomes a los dos —murmuró
Hunter, introduciendo otro dedo, profundo y certero—. Planeamos hacerte daño
esta noche, pero no queremos partirte en dos.
Mis ojos lucharon por abrirse.
—Van a tomarme... al mismo tiempo? Pero yo pensé...
—No cruzamos espadas —gruñó Nick—. Nos turnamos, ¿recuerdas?
—Oh, lo recuerdo —Hunter presionó el pulgar contra mi clítoris, haciendo
que mis piernas flaquearan.
Nick me sujetó más fuerte contra su pecho, manteniéndome erguida.
—Te tengo. Te sostendré. Solo... déjate llevar. Acepta lo que él te da. Te
ofreciste a él para hacerme sufrir. Así que... hazme sufrir.
Atrapando sus ojos sobre mi hombro, tomé un respiro.
—¿Te hace daño verlo tocarme? —Me estremecí ante el tono ronco y bajo de
mi voz. No sonaba nada como yo, más bien como una gatita sexual, instando a dos
hombres a abalanzarse sobre mí.
El cuerpo de Nick presionó el mío por detrás.
—¿De verdad tienes que preguntar? —Frunció el ceño—. ¿Sabiendo que sus
dedos están dentro de ti en este momento? ¿Que lo estás disfrutando? Maldición,
Ella. —Mordió el costado de mi cuello, enviando descargas por mi espalda—. Me
está excitando muchísimo, a la vez que quiero arrancarle la cabeza por tocar lo que
es mío.
Hunter se rió.
—No es tuya. Es nuestra. —Enganchando sus dedos dentro de mí
nuevamente, me tiró hacia él, obligándome a tropezar en la jaula de sus muslos
abiertos, arrastrando a Nick conmigo—. Espera a que sientas lo caliente que está.
Lo mojada y deseosa que está de una polla. —Empujando sus dedos más
profundamente, provocó otro gemido de mi garganta.
—¿Seguro que no quieres ver si puede con los dos al mismo tiempo? —le
preguntó Hunter a Nick, con una voz engañosamente suave—. Estoy seguro de que
al final de la noche podría. Unos cuantos orgasmos se asegurarían de ello.
Mi cuerpo entró en una sobrecarga de placer.
Aplastada entre dos deliciosos hombres.
Toques sucios y palabras lascivas.
Testosterona y posesión.
Agresión y lujuria.
Estos hombres eran tan diferentes, pero me miraban con la misma ferocidad
de depredadora en sus ojos. Mi estómago se retorcía ante su llamado sin respuesta.
Quería ser reclamada y devorada. Tomada. Usada.
Una imagen de ambos dentro de mí al mismo tiempo hizo que una descarga
de humedad cubriera la mano de Hunter.
Él inhaló profundamente.
—¿Te gustaría eso? ¿Dos pollas en un agujero? ¿Podrías aguantarnos a
ambos?
—Basta —gruñó Nick, apartándome de un tirón. El tacto de Hunter se deslizó
fuera de mí. Con una sonrisa pecaminosa, levantó los dedos mojados y los llevó a
su boca.
Sin apartar la mirada, lamió mi excitación de su piel y me lanzó un beso.
—Deliciosa. Como sabía que serías.
Nick emitió un sonido de angustia furiosa detrás de mí.
Una anticipación caliente y pesada se desplegó.
La química se desató. Si alguien encendiera una cerilla, la llama prendería
todas las feromonas en la explosión más grande que esta pequeña ciudad jamás
haya visto. Y yo sería el epicentro de ello.
—Agáchate —ladró Nick de repente, empujando mis omóplatos y doblando
mi cuerpo por la mitad—. Agárrate a él.
Hunter me atrapó mientras caía, sosteniéndome cerca mientras mis pies
permanecían plantados en la alfombra. El suave golpe de Nick cayendo de rodillas
resonó detrás de mí. Fue la única advertencia que tuve cuando levantó mi vestido,
bajó mis bragas y enterró su rostro entre mis piernas.
Grité cuando su nariz presionó en lugares donde nunca debería presionar, y
su lengua...
Dios mío, su lengua.
Perdí toda función, todo propósito, mientras él clavaba su lengua
profundamente, tan profundamente dentro de mí, bebiéndome, lamiendo donde
Hunter acababa de tocar.
—¿Cómo se siente? —susurró Hunter mientras me mantenía atrapada en sus
brazos, sujetándome fuerte para que Nick me devorara por detrás—. Por lo general,
no ganas una recompensa como esta hasta que has hecho algo para merecerla,
pero...supongo que podemos hacer una excepción.
Las manos de Nick separaron mis nalgas, su nariz profundizó, su lengua se
movió como una serpiente poderosa sobre mi entrada y mi clítoris. Adelante y atrás,
dentro y fuera. Su ritmo me atrapó en un remolino, emborrachándome de placer.
Un orgasmo surgió de la nada, arremolinándose, acumulándose,
disparándose a través de mi.
No podía responderle.
Mi sangre era demasiado espesa, demasiado caliente, demasiado rica. Toda
esta noche había sido una noche terriblemente enredada de juegos previos, y no
podía contenerme.
Me vengo...Dios, me estoy viniendo...
—Así es. Ríndete. Eres suya para devorar —murmuró Hunter—. Suya para
consumir. Siente lo que te está haciendo, Ella. Con cada lamida, él te posee. Con
cada mordisco, él te controla—. Besando mi mejilla, me mantuvo quieta mientras
la lengua de Nick me empujaba más alto y más alto, me enrollaba cada vez más
fuerte.
—Querías esto, ¿verdad, chica sucia? Querías estar atrapada entre dos
hombres que no pueden controlarse. Dos hombres que están perdiendo
rápidamente su autocontrol. —Inhaló profundamente cuando grité y me incliné
hacia adelante en sus brazos, apoyándome contra la lengua de Nick y los fuegos
artificiales en mi clítoris.
—Está obsesionado contigo, Ella. Temo hasta dónde llegará después de
meses de luchar contra lo mucho que te desea. —Su voz se oscureció—. Saldrás de
aquí sangrando, eso está garantizado, pero también volarás con alas hechas de
puro placer.
—Mierda —gemí cuando Nick me mordió.
Pequeños maullidos y gimoteos cayeron de mis labios. Ruidos que nunca
había hecho antes. Pero no me avergoncé. Estaba atrapada en esta magia;
totalmente embrujada por esta noche.
Abrí las piernas hasta que mis tobillos amenazaron con romperse en mis
tacones. Todo mi cuerpo tembló y el sudor perló mi piel mientras Hunter me
sostenía en posición, y Nick me follaba con su lengua.
Sus dientes atraparon mi clítoris de nuevo.
Esta vez, grité.
Cayendo completamente en los brazos de Hunter, me entregué a la lamida
viciosa y la posesión descarada de otro hombre.
Mi orgasmo alcanzó el pináculo del dolor.
La primera oleada de mi liberación me cortó como la cuchilla más ardiente y
afilada. Contuve la respiración. No vi nada más que estrellas. Me tambaleé al borde
de la caída.
Pero luego...
Nick se detuvo.
Y volvió a colocar mi ropa interior en su lugar.
—No —gemí—. No te detengas. Termina. Por favor...
—Hablar sin permiso te ganará un azote —regañó Hunter, limpiando la capa
de sudor en mis sienes—. Dale las gracias en lugar de quejarte.
Sacudí la cabeza, temblando, estremeciéndome, destrozada más allá de
cualquier reparación mientras mi liberación frustrada bullía en mi interior.
—Nicholas —Miré por encima de mi hombro—. Por favor.
—Dale las gracias —ordenó Hunter.
—Le daré las gracias cuando me saqué de mi agonía —espeté—. Nick. Hazme
venir. Te lo ruego.
Con un gruñido, Nick se levantó y se limpió la boca antes de que sus manos
aterrizaran en la cremallera de mi vestido.
—Haz lo que Hunter te dijo, Ella. Quiero oírte decir las palabras 'Gracias,
Nick, por tu lengua maliciosamente talentosa. Gracias por comerme mejor que
nadie antes. Estoy muy agradecida de ser la elegida por ti'.
Intenté retorcerme para mirarlo, pero Hunter me mantenía atada. Estaba
furiosa, enojada y nerviosa y arghhh.
—Diré gracias cuando lo merezcas.
Nuestros ojos se encontraron sobre mi hombro.
Por un segundo, no se movió, pero luego su rostro se transformó en una
sonrisa sarcástica propia del mismísimo Satanás.
—Lo pagarás. Pronto me suplicarás que pare en lugar de ordenarme que
continúe.
—¿Por qué? ¿Qué vas a...
—Voy a hacer lo que he querido hacer desde que me provocaste por primera
vez en tu toalla, incluso cuando te dije que no me tentaras de esa manera.
Hunter se rió y me acomodó en su agarre. Sus manos se aferraron a mis
caderas. Sus muslos presionaron contra los míos, inmovilizándome firmemente.
—Podrías usar una cuerda para atarla a la cama, pero...la tengo atrapada.
Nick asintió.
—Bien. No la dejes ir. —Bajó la cremallera de mi vestido, lo deslizó por mis
brazos y esperó a que Hunter retirara una mano de mis caderas, una a la vez, para
que la tela cayera al suelo.
Me estremecí cuando el aire más fresco rozó mi piel ardiente. Permanecí allí
solo en ropa interior y tacones, mientras mi mente estaba llena de maldiciones.
Quería discutir y exigir, pero las sensaciones ardientes y frustradas de mi negada
liberación hacían que las palabras fueran difíciles de controlar.
Apretando mis piernas juntas, intenté soportar las contracciones
insatisfactorias que sacudían mi cuerpo. No sabía cuánto más podría soportar
antes de explotar.
Los ojos amatista de Hunter me abrasaban mientras se alzaba para besar mi
labios. Una mano fue a mi pecho, deslizando el pulgar sobre mi pezón endurecido
bajo mi sedosa lencería.
—Vaya, mira eso —murmuró, observando los rayos que cubrían mi sostén.
Rayos que hacían juego con el brillante que adornaba su pómulo—. Es una
coincidencia bastante genial. Como si siempre hubieras estado destinada a
pertenecerme esta noche.
Nick bufó y se acercó más, mirando mis pechos.
Con una sonrisa, Hunter presionó un dedo contra su mejilla con el rayo.
—Bésalo, Ella.
Lanzando una mirada a Nick, me incliné hacia adelante y obedecí.
Me preparé para presionar allí un casto beso, pero la forma en que Hunter
inhaló entrecortadamente, provocó otra oleada de poder ardiente a través de mí.
Mis labios rodearon su dedo que aún descansaba en su mejilla. En un gesto
imprudente, lo succioné en mi boca y lo mordí suavemente.
Se quedó inmóvil mientras hacía girar mi lengua alrededor de su nudillo, sin
saber si lo estaba provocando o seduciendo.
Sus ojos violetas se tornaron más oscuros.
—Eres muy valiente para ser una pequeña bruja mojigata.
Ahuequé mis mejillas y succioné tan fuerte como pude.
Se sacudió en la cama, y Nick se tensó a mi lado. Ambos hombres observaron
mi boca, sus miradas ensombrecidas. Sombras cargadas de deseo y fantasías
acerca de que otras cosas más podría estar chupando.
Mirando a Nick, Hunter gruñó.
—Creo que nuestra chica necesita un recordatorio de quién manda por aquí.
—De acuerdo —gruñó Nicholas—. Para cuando termine con ella, sabrá cuál
es su lugar.
Un espasmo que recorrió todo mi cuerpo hizo que mis rodillas se convirtieran
en gelatina y la humedad goteó por mi muslo interior.
Deseaba sexo.
Con urgencia.
Quería ser follada.
Desesperadamente.
Estaba cansada de los juegos previos y necesitaba que me llenaran.
Reuniendo todo mi coraje, pregunté en voz tímida pero decidida:
—Ya sé cuál es mi lugar. Está debajo de uno de ustedes. Entonces... ¿quién
va a follarme primero?
Hunter soltó una risa oscura y bajó la mano.
—Preguntas cuál de nosotros te follará primero cuando ya sabes que ese
hombre soy yo. —Miró a Nick—. Reclamé el turno en cuanto esto se convirtió en un
trío. Él no está contento con eso. Lo más probable es que desquite su furia contigo
por permitir que te folle antes que él. Incluso podría hacerte daño de formas de las
que quizás no sobrevivas. Pero aquí tienes un pequeño secreto, Ella. Mientras te
cause dolor, nada se compara con el dolor que siente él. El dolor bajo el cual se está
ahogando solo porque prefiere hacerte sangrar en lugar de permitirte pensar, ni
siquiera por un segundo, que él tiene sentimientos...
—Ya basta —gruñó Nick—. Te equivocas.
—Nunca me equivoco en estas cosas. ¿Por qué crees que comencé este
negocio? No es para acostarme con mujeres por todo el mundo... aunque eso es
una ventaja. —Los ojos morados de Hunter se movieron de un lado a otro entre
Nick y yo—. Es para despojarnos de toda la mierda y dejar que la verdad fluya
libremente. Hasta que no estemos despojados de lo más primitivo de nuestra
naturaleza, no encontraremos una honestidad tan brutal. Y tú —Hunter señaló a
Nick—. Estás a punto de enfrentarte a un ajuste de cuentas.
—Te azotaré a ti también si sigues hablando.
—Haz lo que quieras —rió Hunter—. Me gusta el dolor junto con el placer.
Pero solo si me dejas azotarte a ti también.
Nick mostró los dientes.
—Solo sujétala.
Hunter volvió a agarrar mi cintura, manteniéndome frente a él, acariciando
sus pulgares sobre los huesos de mi cadera.
—Es posible que puedas mentirte a ti mismo de que no quieres más de esta
chica que solo sexo, Nick, pero en el momento en que veas mi polla hundiéndose
en ella, en el momento en que me veas correrme dentro de ella... lo sabrás.
Hunter centrando su atención en mí.
—Pero, ¿qué hay de ti, pequeña bruja? —Susurró él— ¿Qué se siente saber
que estás en medio de un despertar muy peligroso? No solo abrazando tu propia
sexualidad, sino el hecho de que estás a punto de ser follada por dos hombres. Uno
que está locamente deseoso de ti… ese soy yo, por cierto, y un hombre que está tan
enredado en sus sentimientos que ni siquiera sabe, en este momento, si preferiría
matarte o casarse contigo.
Me atraganté y miré a Nick por encima del hombro.
—Nadie se va a casar con nadie. —Su mandíbula se tensó y frunció el ceño.
La furia se abrió camino por sus brazos, y sus nudillos se blanquearon mientras
tomaba el látigo y tiraba de las tiras de cuero con saña—. Pero alguien está a punto
de ser follada. Repetidamente. —Apuntando a mi ropa interior con el látigo, dijo—:
Desnúdala. Quiero ver todo. Quiero que cada parte de ella esté expuesta para que
pueda marcar su piel de un hermoso rojo.
Querido Dios en el cielo.
Hunter presionó un beso justo entre mis pechos.
—Como desees.
Respiré con fuerza mientras sus dedos seguían por mi espalda y subían por
mi columna vertebral hasta el cierre de mi sostén. Nick respiraba con fuerza,
apretando el látigo. Un suave gemido escapó de mí cuando el cierre se soltó. Intenté
alcanzar las copas, pero Hunter simplemente apartó mis brazos y observó cómo las
tiras caían de mis hombros.
—Déjalo caer —ordenó.
Con cada terminación nerviosa encendida, obedecí.
Chillé cuando unas manos masculinas se posaron en la delicada tela de mi
tanga por detrás, empujando la última prenda de protección. A diferencia de
Hunter, que dejó caer mi sostén por su propio peso, Nick guió mis bragas hacia
abajo, su nariz recorriendo mi piel, sus dientes hundiéndose en mi nalga con un
rápido mordisco de posesión.
—Quítate los tacones —gruñó Nick mientras se ponía de pie lentamente—.
Quiero que estés completamente desnuda.
Luchando por respirar, hice lo que me pidió. Mi tanga se aferró a mi tobillo
izquierdo y luego revoloteó por los escalones al patear a un lado mis zapatos.
Chocaron contra la alfombra.
El aire se volvió demasiado escaso cuando permanecí desnuda entre dos
hombres hambrientos.
Sus ojos se clavaron en mí.
Su lujuria me sofocaba.
Su deseo hizo que el mío estallara como un millón de velas parpadeantes.
Hunter acarició mis pechos con ambas manos, rodando mis pezones entre
sus dedos. El calor que conjuró se clavó directamente en mi núcleo.
—Tienes unos pechos increíbles. ¿Verdad, Nick? Pechos de ensueño.
No podía respirar mientras Nick se movía para estudiarme. Sus ojos se fijaron
en mi piel mientras sus labios se torcían en un gesto torturado.
—Deslumbrantes. Tal como sabía que serían.
Mis ojos se encontraron con los de Nick mientras Hunter de repente se puso
de pie y me besó.
Un beso ardiente.
Un beso sucio.
Hundiendo su lengua en mi boca, Hunter convirtió mi cuerpo en agua
hirviendo. Se formaron burbujas y luego el vapor se elevó, matándome desde el
interior.
Nick apretó el látigo pero no intentó detener a Hunter para robar lo poco de
aliento que me quedaba.
Mis párpados se volvieron pesados.
Me estremecí cuando la lengua de Hunter buscó la mía, lamiéndome con una
necesidad tan profunda, tan verdadera, que no pude evitar responder.
Lo lamí.
Lo besé de vuelta.
La forma en que me sostenía me hacía querer luchar y rendirme al mismo
tiempo.
Sus brazos se cerraron con más fuerza, aplastándome contra él. Su boca se
abrió más, y jadeé cuando el beso se volvió violento. Me retorcí en sus brazos. Cada
parte de mí salió de la niebla sexual con la que Nick me había drogado y entré en
otro hechizo perverso.
Mi orgasmo negado se despertó. Mi sangre fluyó.
Me lancé al beso. Igualando su ritmo, masajeando su lengua con la mía. Su
sabor a menta oscura aceleró mi corazón. Mis caderas se movieron, buscando,
necesitando.
Su lengua acarició mi labio inferior mientras un gruñido retumbaba en su
pecho.
Un calor fresco se extendió por mi estómago, por el interior de mis muslos y
abrasó entre mis piernas.
No era más que calor: delicioso, abrasador, un tipo de calor que derretía la
mente.
—Mi turno —gruñó Nicholas un segundo antes de que me arrancara del
agarre de Hunter y me dieran la vuelta para enfrentarlo. Jadeé al tropezar en unos
brazos diferentes. Gemí cuando mi piel desnuda rozó el pecho desnudo de Nick.
Su calor se mezcló con el mío, pegándonos, quemándonos vivos.
Su carne caliente y dura abrasó mis pezones mientras me apretaba contra él.
Era como si estuviéramos en una pira. Dos almas convirtiéndose en cenizas en una
hoguera ardiente.
—Maldita sea, te sientes bien —gruñó Nick justo antes de que su boca
descendiera sobre la mía, y su lengua se deslizara entre mis labios hinchados. Una
vez más, borró la posesión de Hunter y estampó una propia. Su ferocidad era
exactamente lo que quería. Ansiaba. No estaba aquí para algo dulce y tierno. Estaba
aquí para lo áspero y primitivo. Y me lo dio sin reservas.
Su pecho era suave bajo la yema de mis dedos mientras lo arañaba más cerca.
Su gruñido gutural era un kriptonita pura.
Su erección se apretó contra mi bajo vientre, atrapada en sus jeans pero
llamándome a tocarla, a acariciarla, a montarla.
Extendí la mano hacia ella.
Nick convulsionó en mis brazos cuando lo froté a través de sus pantalones.
Con un gruñido, dejó de besarme. Nos quedamos congelados en los brazos
del otro, respirando agitadamente.
Nuestros ojos se encontraron, y la habitación desapareció. Hunter dejó de
existir cuando la fachada de Nick se fracturó, y parpadeó con absoluto asombro.
—Eres hermosa —murmuró—. Tan, tan malditamente hermosa.
Su repentina dulzura me abrumó.
El momento se prolongó mientras nos mirábamos fijamente. La forma en que
me miraba era como si pudiera leer cada uno de mis oscuros deseos, cada secreto
sórdido. Y quería que los leyera. Quería que me los diera. Quería que me prometiera
que esto no sería solo una noche.
Pero luego...sus muros se levantaron, frunció el ceño y el asombro reverencial
se tiñó de desesperación.
Dándome la vuelta, me empujó de nuevo en los brazos de Hunter.
—Sujétala.
Me estremecí al chocar con otro cuerpo desnudo.
Mientras estaba tan absorta en Nick, Hunter se había despojado de todo.
Parpadeando, bebí al dueño de este paisaje de ensueño, siguiendo los surcos
de su vientre, la dureza sobresaliente de su polla y la firmeza de mármol de sus
muslos mientras estaba sentado en la cama.
Levantando una mano, apuntó un mando a distancia a una esquina de la
habitación.
Instantáneamente, la música brotó desde los altavoces que nos rodeaban.
Coaccionando, susurrando, haciéndome el amor con hilos de notas sensuales.
—¿Qué es eso? —pregunté, tratando de localizar la música suave y
embriagadora.
Los labios de Hunter se torcieron en una media sonrisa.
—Esta banda sonora te excitará más que nunca. —Tirando el mando a
distancia en la cama detrás de él, presionó sus manos en mis caderas. Sus dedos
presionaron hasta magullarme, manteniéndome perfectamente quieta.
—Sé que has fingido ser mojigata la mayor parte de tu vida, por lo que esta
es probablemente una pregunta tonta. Pero ¿alguna vez te han azotado?
Me estremecí, mirando donde me sujetaba.
—No.
—¿ni siquiera nalgadas?
—Nunca.
—En ese caso... permíteme darte un consejo. —Su mirada cayó detrás de
mí—. Nick está a punto de enseñarte cómo el cuerpo puede suplicar misericordia,
mientras que el alma aúlla por más. Para empezar, te resistirás al dolor. Te
aferrarás a él. Lo soportarás. Fruncirás el ceño y te prometerás que pronto todo
habrá terminado.
El golpe del látigo cuando Nick lo movió en su mano me hizo saltar.
—Tu instinto será luchar contra el dolor —murmuró Hunter—. Pero mi
consejo es ir en contra de esos instintos. No te resistas, relájate. No luches,
entrégate. No esperes a que termine, sino sumérgete en su infinitud. Entrégate al
dolor y flota en el espacio de sumisión que te concede.
—No estoy segura de poder hacerlo.
—Inténtalo. —Hunter miró detrás de mí y asintió una vez—. Sujétate a mí. Si
realmente no puedes soportar lo que Nick está a punto de darte, entonces usa la
palabra de seguridad. Pero si realmente quieres ser propiedad nuestra esta noche.
Si deseas ser despojada de lo que realmente eres y experimentar el frenesí del sexo
desenfrenado, entonces... confía en mí.
—Hazlo —le dijo a Nick.
Mis hombros se tensaron cuando una corriente de aire besó mi espalda justo
antes del primer golpe de agonía.
Tropecé hacia adelante, chocando contra el pecho de Hunter. Grité cuando
la fina red de agonía rápidamente se convirtió en un manto de castigo.
Gemí, completamente conmocionada, totalmente consumida.
—Maldita sea, esto es una mala idea —gimió Nick detrás de mí—. No debería
hacer esto. No debería estar haciendo esto.
—¿Por qué? —Preguntó Hunter, su labio superior curvado.
—Porque no podré detenerme.
—Detente. Tienes mi permiso para detenerte —jadeé, haciendo lo posible por
ignorar el dolor, resistiéndome exactamente como Hunter dijo que haría.
—Esta noche ya no se trata solo de ti, Ella —susurró Hunter—. Nick también
vino aquí para ser libre. Y realmente, realmente quiere castigarte.
—No necesito castigo. He aprendido mi lección. Yo...
—De nuevo —ordenó Hunter—. Golpéala de nuevo. Si vas a hacerlo,
encuentra un ritmo. Baila con la música. Hazla gemir, gritar y volverse tan
malditamente libre que le crezcan alas y vuele.
Me aparté de Nick detrás de mí, haciendo lo mejor que pude para subir al
regazo de Hunter.
—Cambié de opinión. Yo no. No quiero. No quiero...
Golpe.
Grité cuando otro látigo de fuego atravesó mi espalda.
—Jesucristo —gruñó Nick.
—De nuevo —gruñó Hunter—. Perfecciona tu técnica. Ni muy fuerte, ni muy
suave. Encuentra un equilibrio y dáselo. De lo contrario, lo haré yo.
—No vas a malditamente golpearla con nada —dijo Nick justo antes de que
otro latigazo me alcanzara.
Dolor.
—Oh Dios. Detente. Por favor, detente. —Las lágrimas brotaron de mis ojos,
corriendo por mis mejillas.
—Sigue adelante. A menos que diga la palabra de seguridad, no te detengas
—gritó Hunter—. De nuevo.
Golpe.
—Mierda, su piel ya está roja. —La voz de Nick ya no sonaba como él. Oscura
y torturada. Grave y atormentada.
—De nuevo. No aprenderá nada si no la empujas hasta sus límites —gritó
Hunter—. Ambos lo querían. Así que hazlo.
Golpe.
—Dios, lo siento, Ella —gimió Nick.
—Entonces.
Golpe.
—Deja malditamente ya.
Golpe.
—De disculparte.
Golpe.
Mis lágrimas se convirtieron en sollozos mientras hacía todo lo posible por
escapar. Luché y me retorcí. Intenté lanzarme hacia un lado y alejarme lo más
posible de estos sádicos.
Pero Hunter me sostenía con firmeza. Demasiado firme. Sus dedos me
magullaban. Su inmenso poder me mantenía más atada que cualquier cuerda o
cadena.
—No le pidas disculpas —gruñó Hunter—. Libérala. Ella aún no ha llegado.
Si te detienes ahora, te odiará para siempre. —Su boca se torció en una sonrisa
cruel—. ¿Es eso lo que quieres? ¿Qué te odie? Si es así, detente ahora y tendrás tu
deseo. Pero si quieres que ella sienta lo mismo que tú sientes por ella, entonces...
Golpe.
El más fuerte. El más ardiente.
No podía decir cuál latigazo dolía más. Mi espalda ya no estaba surcada con
líneas de agonía, sino que ardía en cada punto.
—Nick... por favor —supliqué—. No le hagas caso. No te odiaré. Nunca...
Golpe.
Arqueé la espalda, gritando mientras el fuego en mi piel se hundía lentamente
en mi sangre.
Golpe.
—Cristo, nunca me he excitado tanto —gimió Nick—. Nunca olvidaré esto.
Golpe.
—Nunca.
Golpe.
—Maldita sea, eres hermosa, Ella.
Golpe.
—Necesito estar dentro de ti tan. Malditamente. Mal.
Golpe.
Dolor.
Por todas partes.
En mis huesos, mi sangre, mi aliento.
El fuego me atravesó con dientes despiadados, abrasando mis venas y
hundiéndose profundamente entre mis piernas.
Me tensé contra él.
No lo quería.
Luché, me retorcí y lloré, y... algo ocurrió.
El fuego cambió de la agonía a algo más. Algo enredado y retorcido y
peligrosamente poderoso. Se empapó en mi núcleo. Ardía en mi clítoris. Estableció
su hogar ardiente en mis pezones, mi estómago y mi centro.
—Eso es —susurró Hunter, presionando el beso más dulce en mi mejilla—.
Déjalo ir. Deja que te consuma. —Mirando a Nick, ordenó—: Otra vez.
El beso salvaje del látigo no solo me golpeó esta vez; me empujó de cabeza a
un caldero de brasas y humo incandescente.
No pude luchar contra ello.
No quería luchar contra ello.
La tensión en mis extremidades se derritió bajo el ataque.
La rigidez en mis huesos se licuó en éxtasis mientras me sometía a oleada
tras oleada de fuego reconfortante, llevándome más y más profundo a un lugar en
el que nunca había estado antes.
Un lugar de intensidad y entumecimiento.
De severidad y suavidad.
Un lugar lleno de contradicciones con su euforia y sufrimiento, dolor y placer,
necesidad y miedo.
Me retorcí por una razón completamente diferente.
El fuego cambió de castigo a salvación, y... me perdí.
—Maldición, Ella —gimió Nick cuando mis caderas comenzaron a moverse
por su propia cuenta. Mis piernas cedieron, y me senté en el muslo desnudo de
Hunter.
En el momento en que mi clítoris tocó su pierna, gemí. Me balanceé sobre él,
usándolo, persiguiendo la desesperación que había en mí.
El dolor que empapaba mi espalda ahora palpitaba directamente en mi
núcleo, conduciéndome a la locura, la libertad y el éxtasis.
—Buena chica —murmuró Hunter, sus manos en mis caderas, moviéndose
conmigo mientras me contoneaba sobre él—. Estás cerca. Muy cerca. ¿Quieres
venirte, pequeña bruja?
Asentí y maullé.
Agarré sus hombros con manos de cristal mientras cerraba los ojos y
cabalgaba sobre su muslo.
No pensé en cómo lucía.
No recordé que era humana o una mujer con títulos y diplomas a su nombre.
Simplemente era frenesí, éxtasis y locura.
—Ven aquí entonces. —Hunter me rodeó con un brazo. Su piel se pegó a las
heridas ardientes de mi espalda.
Grité.
Nick maldijo algo que no escuché.
El dolor me devoró.
El dolor me aniquiló.
El dolor me absolvió mientras Hunter me elevaba y me movía para que mis
rodillas aterrizaran en la cama a cada lado de sus caderas.
La primera presión de su polla rígida contra mi clítoris palpitante hizo que
abriera los ojos de par en par.
Mi mirada se encontró con la suya, anormalmente morada, y al igual que
había compartido un momento con Nick, compartí un segundo con él.
Un segundo lleno de agudeza y anticipación.
De sumisión y permiso.
Él arqueó una ceja, una pregunta sutil de último momento. Escuché las
palabras no dichas tan claramente como si las hubiera expresado en voz alta.
¿Segura de que quieres hacer esto?
Asentí.
Me levanté sobre mis rodillas, temblando de dolor y un tipo retorcido de
placer.
Hunter tomó su polla, sosteniéndola en el ángulo perfecto. Con un brazo a
mi alrededor, pegado a mi agonía y atrapándome en mi fuego, guió mis caderas
hacia abajo.
—Ella... —Nick se atragantó. Sus pasos resonaron detrás de mí mientras
Hunter penetraba mi entrada.
Grité.
Nunca había estado tan sensible. Tan lista. Tan cerca.
Podía venirme.
Ahora mismo.
Por favor.
—Espera —susurró Hunter—. Pronto. Déjame entrar primero. Quiero sentir
cómo te desmoronas.
—Maldito hijo de puta —maldijo Nicholas mientras Hunter me empujaba
lentamente hacia abajo, centímetro a centímetro, mi humedad me proporcionaba
la lubricación perfecta para penetrarme fácilmente, profundamente,
completamente.
No podía respirar mientras él me llenaba.
No podía pensar o hablar o preocuparme por nada más que arrojarme al fuego
que ardía en mi sangre.
Lo necesitaba.
Necesitaba.
Necesitaba.
Los ojos de Hunter se tensaron mientras se hundía dentro de mí,
enterrándose hasta la empuñadura. Sin espacio entre nosotros. Sin condón, sin
barrera. Solo nosotros en nuestros niveles más bajos.
No me besó. No me folló. Simplemente miró por encima de mi hombro.
—Otra vez. —ordenó
Nick maldijo antes de que el latigazo más duro y caliente lamiera mi espalda.
Y eso fue todo.
A medida que el dolor se extendía como un cometa a lo largo de mi columna
vertebral, Hunter sujetó sus manos en mis caderas y empujó hacia arriba. Me folló
de forma superficial y rápida, mi peso manteniéndome firmemente atrapada a su
alrededor mientras él se hundía en mí, una y otra vez.
Golpe.
Grité cuando otro latigazo aterrizó justo sobre mis omóplatos. Arañé el cuello
de Hunter. Olvidé quién era mientras me entregaba a cada sentimiento y sensación.
—Maldita sea, nunca te perdonaré por esto —gruñó Nick mientras me
azotaba una y otra vez.
Golpe.
Golpe.
Golpe.
Ya no sentía el azote individual, solo la acumulación de un dulce y delicioso
dolor.
Me llenó de humo. Me llevó lejos en el viento. Me ahogó en el mar. Y me cegó
como el sol.
—Maldita sea, ¿por qué tenías que sentirte tan bien? —dijo Hunter de forma
ahogada, sus embestidas salvajes se volvieron más profundas, más rápidas
mientras yo arañaba su cuello—. Quería durar más que esto.
Un destello de color carmesí llenó mi borrosa visión cuando hice brotar la
primera gota de sangre de su garganta.
—Maldita sea, realmente eres una bruja —mordió mi clavícula con fuerza. Un
castigo. Una reprimenda por hacerlo sangrar.
En otro mundo, tal vez habría sentido vergüenza y me habría detenido.
En este mundo, simplemente me entregué al color, al óxido, a la esencia, y
cuando su mano subió y se enrolló alrededor de mi garganta, me rendí.
El orgasmo que me había estado persiguiendo desde que vi ese maldito
volante esta tarde eligió ese momento para convertirse en algo monstruoso. Algo de
lo que no sobreviviría. Algo que me desgarraría miembro por miembro, dejándome
moribunda en el suelo.
Arriba y arriba.
Más y más apretado.
—Así es. Maldición, siento cómo te tensas. Estás tan apretada. Tan
increíblemente, deliciosamente apretada. —Hunter embestía dentro de mí, su
cabello negro cayendo sobre sus ojos, mientras su mano se apretaba en mi cuello.
Solo respiraba porque él me lo permitía. Existía porque él lo permitía.
Y me quedé flotando en ese último borde abrasador, incapaz de caer porque
él no me lo había permitido.
—Por favor —gimoteé—. Por favor.
—Espera. —Hunter me hizo girar y me empujó sobre la cama.
Mi espalda ardía.
Mis ojos se abrieron de par en par mientras él se erguía sobre mí, sus pies
tocando el suelo, mientras mis piernas se envolvían alrededor de sus caderas que
embestían. Nick estaba detrás de él, observando cada embestida de la polla de otro
hombre que desaparecía dentro de mí, llevándome a la locura. Arrojando el látigo a
un lado, Nick desabrochó sus jeans, se los quitó y agarró su propia polla,
acercándose al borde de la cama mientras Hunter abría mis rodillas, sosteniéndolas
abajo y abiertas mientras me hacía daño de una forma completamente diferente.
Bárbaro.
Cruel.
Pero deseado.
Oh, tan deseado.
Mis ojos se encontraron con los de Nick mientras Hunter me follaba más duro
que nadie antes y el dolor en su mirada se hizo eco del dolor en mi espalda. Dolor
de querer. Dolor de negar. Dolor de deseo.
Solo dolor.
—Vente, Ella —susurró Nick con dolor—. Vente para que tu trato con él se
complete y pueda follarte hasta sacarlo fuera de ti.
Inclinándose sobre mí, Hunter presionó su boca contra la mía,
distrayéndome. Me lamió profundamente, su beso no era tan violento como sus
embestidas. Y cuando murmuró “Vente”, directamente en mi alma, estallé.
Mi cabeza se arqueó hacia atrás.
Mi boca se abrió de par en par.
Y todo mi cuerpo estalló.
Ola tras ola.
Contracción tras contracción.
Morí y renací, fui asesinada y reencarné una y otra vez.
Tan feroz. Demasiado feroz.
Una y otra vez, cabalgué ese mar de pecado sensual antes de que las
dolorosas bandas se transformaran lentamente en pulsaciones deliciosas y
adictivas.
El placer satisfecho me susurraba lo fácil que sería flotar y estrellarse en
nubes llenas de satisfacción, pero el golpeteo de la polla de Hunter me mantenía
firmemente atada. Los estremecimientos posteriores del éxtasis rápidamente se
convirtieron en espasmos más agudos de una nueva necesidad, y cuando Hunter
enterró los dientes en mi cuello y rugió en mi piel, casi llegué por segunda vez.
Su espalda se volvió de piedra. Su polla ondulaba con su liberación. Y el
primer chorro de su placer me cubrió, ráfaga tras ráfaga de reclamo sórdido.
—Maldita sea, tómalo. Maldición —gimió Hunter.
Nick se tragó un gemido, atrayendo mi mirada hacia él.
Mientras Hunter se vaciaba dentro de mí, me quedé absorta en la mirada
atormentada de Nick mientras se cernía sobre nosotros, acariciándose, con los
nudillos blancos, su rostro magníficamente hermoso contorsionado. Me miró como
si yo fuera suya. Como si otro me hubiera arrebatado y él no pudiera sobrevivir.
Mi corazón ya no latía con un ritmo normal. Era errático y espeso. Estaba
aterrorizada y cautivada. Atrapada en la red de energía sexual, insegura de cómo
reaccionaría Nick, pero esclava de las consecuencias a pesar de todo.
Hunter se sacudió una última vez, soltando una risa baja de aprecio
masculino. Presionando un dulce beso en la comisura de mi boca.
—Nunca antes una mujer me había desarmado de esta manera. Tú, mi
pequeña bruja, realmente eres mágica. —murmuró.
Le dediqué una sonrisa inestable, haciendo mi mejor esfuerzo por recordar
cómo hablar, pero Nick tropezó con su límite. Todo control. Toda su ira. Toda su
furia se encendió en un estallido de ruptura.
—Sal de ella. —Agarrando a Hunter por la cintura, lo separó de un tirón feroz.
—Nicholas, no. —Sentada en posición vertical, crucé las piernas. Mi espalda
ardía por el látigo, y la humedad entre mis muslos ya no era solo por mi deseo.
La idea de que otro hombre hubiera acabado dentro de mí, mientras el que
yo quería esperaba su turno, desencadenó otro temblor de poder enfermizo y
seductor.
El impulso de ocultar mis pechos y disculparme vino y se fue mientras caía
de nuevo en el espacio nublado del éxtasis. Nick había accedido a esto. Había
accedido a compartirme. Yo quería que él sintiera celos. Necesitaba ver si había
algo entre nosotros.
Y ahora tenía mi respuesta.
Estaba escrita en neón y resplandecía con brillantes focos.
Nick me deseaba más de lo que nunca admitiría.
Me deseaba para follar, pero también me deseaba de otras formas.
Solo tengo que descubrir de qué formas antes de que termine esta noche.
Hunter parecía seguir mi línea de pensamiento mientras me regalaba una
sonrisa rápida y secreta.
—Si tu objetivo era hacer que confesara sus verdaderos sentimientos, Ella,
tu malvado plan está funcionando.
—Vete al diablo —gruñó Nick—. No soy posesivo con ella. Simplemente no
quiero que salga herida.
—Dice el hombre que la azotó como el auténtico dominante que es.
—Tú me dijiste que lo hiciera.
—Y casi te venías cada vez que caían los latigazos.
—Y tú eres el bastardo que se apropió de su orgasmo. Un orgasmo que era
mío. Ganado limpiamente.
—Puedes tener el próximo. —Hunter bajó la barbilla—. A ver si puedes hacer
que se rompa tan espectacularmente.
—Se rompió por mi culpa, hijo de puta.
—Fue mi polla la que cabalgaba.
—No la estaba cabalgando. Te lanzaste dentro de ella como una maldita
bestia.
—Y a ella le encantó. —Hunter guiñó un ojo.
Mis ojos se movían entre los dos hombres mientras discutían verbalmente
por mí. Mi espalda se erizaba bajo el calor de los golpes de Nick.
Nick avanzó hacia Hunter, ambos desnudos, ambos con los puños apretados
y una guerra entre ellos.
—Deténganse. Los dos —ordené—. Estamos juntos en esto. ¿Recuerdan?
Levantando las manos, Hunter asintió.
—Escúchala, Nick. Esta es su noche. No tenías que unirte a su fantasía, pero
lo hiciste. Lo que ella dice, aquí se cumple. —Bajando los brazos, añadió—: Además,
ahora es toda tuya. —Se rió—. Hasta que esté listo para una segunda ronda, por
supuesto.
—No habrá una segunda ronda, imbécil —escupió Nick.
Hunter me miró en la cama.
—Cuando la chica que acabo de follar luce tan bien como ella, puedo
asegurarte que definitivamente habrá una segunda ronda. —Agarró su miembro
húmedo, bombeándolo en su puño—. Hace mucho tiempo que no me excitaba
tanto. Ni siquiera me estoy ablandando. La quiero de nuevo, así que te sugiero que
te des prisa y la tomes, porque si no... estaré de nuevo donde pertenezco.
El puño de Nick tembló.
Hunter estrechó los ojos.
—Si me golpeas, tendremos un problema serio.
—Nick... —murmuré—. Sabías a lo que te estabas comprometiendo al aceptar
esto.
Me lanzó una mirada, luchando por mantener el control. Nunca lo había visto
tan vulnerable, tan desconsolado. Provocó un tirón en mi corazón. Me hizo pensar
que tal vez debería detener esto antes de que decidiera que no quería intentar nada
más, después de todo.
—Dejé que metiera su polla dentro de ti, Ella. Te compartí como lo pediste.
Incluso permití que se viniera dentro de ti sin condón, en contra todos mis instintos
de hombre. Ese era el acuerdo. Hice todo lo que pediste. Pero me niego a dejar que
te tenga de nuevo. No puede.
Mi temperamento crepitó para igualar el suyo.
—¿Lo dejaste? —Mi mentón se alzó antes de que pudiera responder—. ¿No
crees que fui la que lo permitió? ¿Que todo lo que ha sucedido esta noche ha sido
mi decisión?
Sus fosas nasales se ensancharon.
—¿Y tu decisión es dejar que él te folle de nuevo?
Hunter cruzó los brazos sobre su vientre plano y esculpido. Desnudo y
musculoso, era uno de los hombres más guapos que había visto nunca, y mucho
menos con quien había dormido.
Si Nick mantenía su promesa de que esta noche sería algo de una sola vez,
entonces... si lo dejaba dictar lo que podía o no podía hacer, estaría resentida con
él.
Pero... si realmente se había dado cuenta de lo que sentía por mí. Si estaba
dispuesto a admitir que quería una oportunidad, entonces... no lo arriesgaría.
Yo también había estado mintiendo tanto como él.
Cada vez que nos veíamos en el laboratorio, caía más y más en su inteligencia
y seriedad. Cada vez que me evitaba en casa, ansiaba una palabra susurrada o una
caricia suave para suavizar el desprecio que me mostraba.
Había intentado detener mi atracción durante meses.
Odiaba la forma en que me trataba, pero también estaba agradecida por ello
porque impedía que mi corazón se derrumbara por completo. Pero... si él estaba
dispuesto a verme, a ver lo que podríamos tener juntos, entonces... esa sería la
última fantasía. No esto. No un trío celestial. Esto era un sueño. Ahí afuera estaba
la realidad.
Y realmente deseaba que Nicholas fuera mi realidad.
Incorporándome sobre mis rodillas, gimiendo por la tensión en mi espalda, lo
miré fijamente.
—Está bien, Nick... si no quieres que duerma con Hunter de nuevo, todo lo
que tienes que hacer es decirme una cosa.
Se congeló.
Hunter sonrió.
Nick tomó aliento.
—¿Qué cosa? —preguntó.
—¿Estás decidido a que esto termine después de esta noche? ¿Vas a insistir
en que no hay nada entre nosotros y te negarás a ver hacia dónde podría ir esto?
¿Todo porque soy una molestia para tu idea de cómo debería ser tu vida?
Frunció el ceño y pasó una mano por su cabello.
—¿Me estás preguntando si quiero salir contigo?
—Te estoy pidiendo que nos des una oportunidad. Ya vivimos juntos.
Admitiste que has tenido fantasías de colarte en mi habitación y follarme. ¿Qué
pasa si no tuvieras que colarte?
Se cruzó de brazos, imitando la postura de Hunter.
—No.
—¿No?
—No quiero una relación.
—¿Qué? ¿Nunca? —Mis cejas se alzaron.
—Nunca. —Enseñó los dientes—. No tengo tiempo para una esposa.
—Todo el mundo necesita a alguien.
—No cuando están muriendo.
Mi corazón se hundió.
—¿Qué?
¿Muriendo?
Él está... ¿él está muriendo?
La voz de Nick se volvió fría.
—Estoy decidido a encontrar una cura para el cáncer. No por recompensas
ni elogios, sino porque quiero marcar la diferencia en este mundo enfermo. Con
cada generación, la gente se enferma más. Las corporaciones se salen con la suya
al alimentar a poblaciones desprevenidas con productos químicos y venenos.
Sobornan a científicos para que se callen y sobornan a la FDA para que ponga
etiquetas en alimentos llenos de pesticidas y herbicidas y Dios sabe qué más,
afirmando que son seguros y efectivos, todo mientras saben que nos están
matando.
—¿Tú... estás muriendo? —susurré.
Pellizcándose el puente de la nariz, sacudió la cabeza.
—No tengo tiempo para lo que quiero cuando prometí hacer lo que sea
necesario para evitar que millones de enfermos y moribundos sufran y mueran. Su
muerte está en mis manos, al igual que la de mi padre y su padre. Como la de mi
hermano mayor... —Se detuvo, suspirando profundamente.
Hunter exhaló con una mueca y se acercó a su lado. Puso una mano en el
hombro de Nick y apretó.
—No tienes la culpa de sus muertes. Perdí a mi hermana mayor por cáncer
de mama. Lo entiendo, hombre. De verdad.
Nicholas levantó la mirada y la tensión en su rostro se relajó un poco.
—Según la genética, tengo una alta probabilidad de padecer el mismo cáncer
de páncreas que los demás hombres de mi familia. Puedo tener solo treinta y uno,
pero se me está acabando el tiempo. —Dirigiéndome una mirada, encogió los
hombros—. Tengo que encontrar una cura antes de enfermarme, porque si no...
entonces no podré cumplir mi promesa de hacer algo con esta pandemia
interminable.
—Así que... ¿no estás muriendo? —Pregunté en voz baja.
—Por ahora no. Pero es una garantía casi segura.
Saliendo de la cama, me acerqué a él.
No pensé en la humedad mezclada que goteaba por mi muslo interno.
No pensé en el escozor de mi espalda o el latido de mi centro.
Todo en lo que pensé fue en él.
Nick.
El hombre al que había deseado desde lejos y había apreciado por su
naturaleza obsesionada con su carrera, sin conocer verdaderamente qué lo
impulsaba. Había alimentado un enamoramiento no deseado durante meses, pero
en realidad no lo conocía, y eso hizo sentir culpable.
Sin decir una palabra, lo rodeé con mis brazos.
Se tensó y trató de apartarse, pero simplemente me moví con él.
Dio un respingo cuando Hunter rodeó sus brazos a mi alrededor por detrás,
quedándome atrapada entre los dos hombres.
—Todos estamos muriendo, Nick —susurró Hunter—. Eso no significa que
tengas que morir solo.
—No voy a someter a alguien a eso —murmuró Nick en mi cabello mientras
apretaba los brazos alrededor de mí contra su voluntad. —Nunca lo haré. He visto
lo que ver morir a un ser querido hace a los que quedan atrás, nunca infligiré esa
maldición a nadie. Jamás.
—No eliges quién te ama —dijo Hunter suavemente, abrazándome con
fuerza—. Lo único que puedes hacer es estar agradecido por el tiempo que tienes.
—Vete al diablo —Nick respiró, escondiendo su rostro en mi cuello—. Esto no
es una sesión de terapia.
Hunter rió.
—El sexo a veces es la mejor terapia.
—Lo dice el dueño de un circo porno.
—Lo dice el tipo que cree en el amor en todas sus facetas. Ya sea sexual o de
amistad. Físico o espiritual. Puedo enamorarme de alguien por una sola noche. —
Sus brazos me apretaron—. Y ser lo suficientemente valiente como para abrir mi
corazón a extraños, porque he aprendido que cada persona que conozco podría
convertirse en alguien infinitamente valioso para mí.
Hunter besó mi mejilla mientras reacomodaba sus brazos para incorporar a
Nick, aplastándome aún más entre los dos hombres desnudos.
—Me alegra poder compartirla contigo. De verdad. Me agradas, Nicholas. Me
agradan tus valores. Me gusta tu pasión. Me gusta que tengas instintos de
Dominante pero elijas nutrir en lugar de herir. Me gusta que finalmente te
permitieras jugar porque nadie debería pasar por la vida reprimiendo quiénes son
realmente.
—No me conoces —gruñó Nick.
—Sé lo suficiente como para entender que usas el control como un método
de protección.
La cabeza de Nick se levantó.
—¿Estás diciendo que azoté a Ella porque soy un niño asustado que prefiere
herir a alguien que le importa en lugar de admitir cómo se siente?
Inspiré profundamente mientras la polla de Nick temblaba contra mi bajo
vientre, todo mientras el de Hunter presionaba contra mi espalda. Una postura
erótica pero de alguna manera increíblemente sensual al mismo tiempo.
—Tú lo dijiste, no yo —susurró Hunter—. ¿No es eso lo que has estado
haciendo desde que te mudaste con ella? ¿Lastimarla a través de la evasión, los
comentarios sarcásticos y la frialdad?
Me quedé paralizada.
Nick murmuró una maldición. Esperé que se retirara, pero... no lo hizo.
Permitió el abrazo, convirtiéndonos en un trío inverosímil.
Durante un largo momento, nadie habló, pero luego Nick suspiró en mi
cuello.
—No pretendía ser tan frío, Ella, pero... tú me afectas. Siempre lo has hecho.
Y... y no puedo permitir que eso suceda. Tengo que mantenerme en mi propio
camino.
—Se dice que la soledad es la peor enfermedad en la Tierra —susurró Hunter
antes de que pudiera responder—. La soledad mata, hombre. Nos drena la vida.
Infecta nuestra felicidad. La soledad es la verdadera enfermedad, pero se puede
curar tan fácilmente.
—No, no se puede —Nick replicó.
—Claro que sí. Solo se necesita una elección. La elección de exponerte. Unirte
a un club. Participar en un grupo de Facebook. Adoptar un nuevo pasatiempo. Las
personas son animales de manada, Nick. Tu intento de lobo solitario solo te llevará
a la muerte.
—Ya te dije que de todos modos me estoy muriendo.
—Y te dije que todos lo estamos —Hunter nos abrazó a ambos, regalándonos
tal amabilidad y sabiduría, todo mientras estábamos en el ojo de una tormenta
sexual que habíamos conjurado.
Las lágrimas rodaron por mis mejillas. No porque mi espalda doliera o porque
había tenido sexo alucinante con un hombre que acababa de demostrar ser tan
hermoso por dentro como por fuera, sino porque parecía que esta noche siempre
estuvo destinada a suceder.
El destino me hizo notar a Hunter, atrayéndome con su buen aspecto solo
para descubrir un alma maravillosa. Y el destino empujó a Nick a venir y
desahogarse, incluso cuando se sumía en la miseria que yo nunca noté.
Me estremecí ante la trascendencia. La profundidad que había alcanzado esta
noche.
Vine aquí esperando unos cuantos orgasmos y una noche de sucia libertad.
En cambio, encontré una conexión que nunca olvidaría. Un sentido de
pertenencia que me llenó a rebosar.
—Nick... —Lamí mis labios—. Entiendo por qué quieres seguir soltero y
comprendo completamente tu impulso por encontrar esa cura esquiva. Y... necesito
que sepas que no te presionaré a hacer algo que no quieras. Si prefieres mudarte y
olvidarte de mí después de esta noche, entonces... no te lo pondré difícil. No te ataré
a nada de lo que pase entre nosotros en esta habitación. Pero quiero que sepas...
me gustas. Mucho. Ya me gustabas, a pesar de que intentaras alejarme. Me
importas, independientemente de que no estemos en una relación, así que si
piensas que estar juntos solo terminará lastimándome, estás equivocado. No
puedes controlar cómo me siento por ti…
—Ella —Nick alzó la barbilla, capturando mi mirada—. No lo hagas.
Iba a abrir la boca para discutir. Para preguntarle si quería volver a nuestro
apartamento y olvidarse de todo esto, pero Hunter intervino.
—¿Qué quieres, Nick? —Su voz sonaba oscura y tensa—. ¿Quieres olvidarte
de esto? ¿Quieres ir a casa con las bolas azules y envolverte de nuevo en cadenas
o... —Besó mi mejilla y gruñó—: ¿Quieres follar a esta deliciosa sumisa? ¿Quieres
que te ruegue? ¿Quieres que esté a tu entera disposición? Porque si es así... seré
amable. Puedes tenerla de cualquier manera que quieras. Incluso le enseñaré cómo
complacerte para que puedas pasar el resto de tu vida solo, masturbándote con
recuerdos de lo que sucedió aquí esta noche.
Antes de que Nick pudiera responder, Hunter bajó la voz a un susurro
seductor y estremecedor.
—¿Qué dices, Ella? ¿Quieres ayudarme a animar a Nick? Esta noche tomó
un giro complicado, pero esa lujuria aún arde. Tenemos una química jodidamente
intensa; sería una lástima desperdiciarla. —Mientras balanceaba su erección
contra mi espalda, activando los latigazos que Nick me dio, gruñó—: ¿Estás lista
para volver al deseo, pequeña bruja? Porque deseo tenerte desesperadamente de
nuevo. Y Nick... bueno... realmente, realmente necesita follarte.
Mi estómago se contrajo.
Mi núcleo se derritió.
Cada terminación nerviosa regresó al fuego que me había reducido a cenizas
en el suelo, pero... vacilé.
Mordí mi labio inferior y miré hacia arriba al rostro tenso de Nick.
Busqué en sus ojos una señal de que debíamos detenernos. Que esto era
demasiado para él. Que si continuábamos, lo haría cerrarse y me sería imposible
pasar por todas sus defensas y demostrarle que ya era demasiado tarde para no
desarrollar sentimientos.
Los tenía.
Me gustaba él.
Me gustaba su desinterés cuando se trataba de poner el mundo antes que
sus propias necesidades. Me gustaba que preferiría curar a un desconocido en lugar
de curarse a sí mismo a través de la felicidad.
Lo había entendido todo mal.
Su frialdad no era crueldad sino supervivencia.
Su desdén no era malévolo sino un mecanismo para existir en un mundo que
creía que debía arreglar antes de morir inevitablemente como sus seres queridos.
Antes de que pudiera averiguar qué decir, Nick se apartó de nuestro abrazo
compartido. Sus ojos se oscurecieron bajo las cejas fruncidas, los labios finos y la
mandíbula apretada, su polla dura y furiosa.
Mirándome de arriba abajo en brazos de Hunter, apretó los puños.
—Sube a la cama y ponte en cuatro patas. —gruñó.
Hunter sonrió y me soltó.
—Buena elección. —Dándome un golpecito en el trasero, añadió—:
Escuchaste a tu Amo. Dale las gracias y haz lo que dice.
Me encontré con la ardiente mirada verde-avellana de Nick y todo deseo, toda
excitación caliente e hinchada, se desató a través de mi torrente sanguíneo. Sentí
una punzada de química y me lancé de cabeza al juego de roles.
Si Nick quería una noche que nunca olvidaría... le daría una.
Me acerqué a él.
—Gracias, Nick. —dije tan obediente y seductoramente posible.
—Señor —espetó Nick—. Llámame Señor.
Me estremecí.
—Gracias, Señor. —Bajé la mirada como una sumisa obediente, me moví
hacia la cama. Solo di dos pasos antes de que la voz ronca y áspera de Nick se
enroscara a mi alrededor—. Arrástrate. Quiero ver cada parte de ti mientras me
obedeces.
—Sí, Señor. —Caí de rodillas.
Me hundí en la dicha.
Y me arrastré.
Capítulo 7
Ambos hombres siguieron mi lento recorrido por la espesa alfombra negra.
Hicimos una procesión depravada mientras yo arqueaba la espalda y revelaba
desvergonzadamente la necesidad empapada entre mis piernas. El brillo de mi deseo y
el de Hunter. La hinchazón de ser penetrada. Las partes de mí que ningún otro hombre
había mirado.
Me arrastré como si llevara mil diamantes.
Clavé los dedos en la alfombra como si valiera un millón de estrellas.
Mis caderas balanceándose con una sórdida invitación.
Mis rodillas se abrieron en caso de que uno de ellos decidiera caer detrás de mí y
montarme como los monstruos que eran.
—Mierda, te ves bien, —gimió Nick, sus pies descalzos golpeando silenciosamente
detrás de mí—. Puedo ver cada centímetro de ti. Cada centímetro húmedo y
tentadoramente rosado.
—Ella se siente tan bien como luce, —murmuró Hunter—. Te envidio. Envidio ese
primer empujón hacia ese calor tenso y resbaladizo. Envidio cómo reaccionará al tenerte
finalmente dentro de ella.
Nick gruñó.
Miré por encima del hombro.
Mi corazón latió con fuerza cuando noté que ambos hombres se masturbaban. Dos
penes, dos puños, dos pares de ojos encerrados entre mis piernas desnudas.
—¿Dije que podías mirarnos? —Nick espetó, acariciándose con un escalofrío.
—No, Señor. —Volví a mirar a la cama, subiendo lentamente los tres amplios
escalones. Apenas podía respirar mientras atravesaba el superior. Llegué a la cama; fui
a ponerme de pie. Pero una orden deliciosa y oscura hizo congelarme.
—Espera, —ordenó Nick.
—Sí, Señor. —Incliné la cabeza, moviéndome para descansar sobre mis talones.
—Quédate a cuatro patas.
Inmediatamente retomé mi postura de gatita sexual.
—Hunter, —llamó Nick arrastrando las palabras con un tono peligroso—. ¿Ves lo
que yo veo?
La perezosa y acalorada voz de Hunter resonó detrás de mí. —Veo un coño pidiendo
una polla. Puede ser tuyo o mío... Estoy seguro de que a ella no le importará.
—Veo restos de tu semen en ella, —gruñó Nick—. Y dado que ahora es mía para
mancharla y marcarla... limpia tu maldito desastre.
—¿Mi desastre?
—Lámelo, —ordenó Nick furioso—. Ahora.
Hunter gimió. Fuerte.
—Será un puto placer. —Moviéndose hacia mí, el suelo tembló un poco cuando cayó
de rodillas detrás de mí. Sus manos aterrizaron en mis caderas, empujándome hacia
adelante, inclinándome para poder alcanzarlo mejor. Con él en el suelo y yo en el tercer
escalón, su aliento calentaba mi sexo con cada palabra que decía—. ¿Y si ella se viene
en mi lengua?
Nicholas hizo un ruido que revolvió mi estómago.
—Si lo hace, será castigada. —Mientras subía las escaleras, Nick se detuvo a mi lado
y miró hacia abajo—. Si terminas en la lengua de Hunter, Ella, te ataré y te llevaré
hacia cien orgasmos. Usaré todos los juguetes de esta habitación hasta que estés tan
empapada en sudor, tan fuera de ti por la necesidad, que olvidarás incluso que eres
humana. Sólo existirás para que yo te saque de tu miseria, pero no lo haré.
Se inclinó y pasó sus dedos por mi cabello.
—Te dejaré en el filo de la navaja. Te llevaré a casa, a nuestro apartamento, y
confiscaré todos tus vibradores que escucho zumbando a través de las delgadas
paredes. Te ataré las muñecas a la cabecera para que no puedas masturbarte. Te
provocaré sin descanso. Te mantendré en la cima hasta que pierdas tu mente siempre
amorosa y entonces, y sólo entonces, cuando haya pasado una semana y estés medio
muerta de necesidad, te penetraré hasta que grites.
Jesús maldito Cristo.
Un orgasmo poderoso y agudo giró entre mis piernas.
Una liberación que surgió sólo de palabras y amenazó con estallar sólo con su
advertencia. Si Hunter me tocara, no tendría elección. Me quemaría. Totalmente.
Eternamente.
Pero Hunter sólo respiró sobre mi clítoris y susurró.
—Te veo apretando, Ella. Yo haría lo que él dice. La negación del orgasmo es uno de
los peores castigos que un Dom puede darle a su sumisa. Sé que estás más
concentrada en la idea de que él te lleve a casa y se salga con la suya contigo, pero...
sería un infierno no poder venirse. —Pasando sus manos por mis nalgas, me
tranquilizó—, No te vengas. Déjame limpiarte, adorarte y prepararte para tu amo. Una
vez que seas suya, podrás venirte. Ese orgasmo con el que estás bailando es de Nick y
no tienes su permiso para disfrutarlo. No hasta que su miembro esté tan dentro de ti,
que puedas saborearlo.
Buen.
Dios.
No podré.
No voy a ser capaz...
—Lamela, —gruñó Nick.
—Como desees, —gimió Hunter.
Empujó hasta que mi cara se presionó contra las sábanas negras que caían de la
cama. Fui a inhalar...
Y gritó en su lugar.
La lengua de Hunter lamió desde mi clítoris hasta mi culo.
Una lamida larga, profunda y peligrosa.
Una lamida destinada a absorber cada gota de mi deseo y cada gramo de su
liberación.
Mis codos cedieron, presionando mi cara aún más fuerte contra el colchón mientras
Hunter lamía una y otra vez. Girando alrededor de mi culo, arrastrándose hacia mi
entrada, atravesando profundamente dentro de mí, limpiándome y rompiéndome.
Ruidos que sólo podrían llamarse bestiales salieron de mis labios.
Perdí todo el control.
Mis caderas se dispararon hacia atrás, rozando la cara de Hunter.
Mis dientes mordieron la sábana y mis ojos vieron cometas y estrellas.
Una y otra vez, Hunter me lavó. Él disfrutó de nuestra excitación compartida,
dejándome empapada con mucho más.
Mi liberación prohibida se tambaleó sobre una espada tan dolorosa.
Sería muy fácil dejarla ir.
Explotar mientras Hunter raspaba con sus dientes mi clítoris antes de sumergir su
lengua dentro de mí una y otra vez y de nuevo.
—No lo hagas, Ella, —advirtió Nick, su mano apretando mi cabello, tirando
dolorosamente—. Lo haces y no te follaré, después de todo. Simplemente saldré por
esa puerta y nunca más me verás.
Ese era el cubo de hielo que necesitaba.
¿La idea de volver a casa y encontrar su habitación vacía? La idea de no volver a
compartir este salvajismo, esta maravillosa maldad con él me volvía vacía.
Conteniendo el aliento, miré hacia arriba y encontré sus ojos.
Un mundo se agitaba en sus profundidades verde avellana. Un mundo de amor, de
anhelo, de soledad.
Tropecé con él; la lengua de Hunter se convirtió en nada más que una suave atención
mientras que una simple mirada se convirtió en la cosa más erótica que jamás había
compartido.
—Ella... —Nick respiró, doblando las rodillas y agachándose a mi lado. Su longitud
se enderezó, y la imagen de nosotros tres, desnudos y enredados, hizo sonrojarme:
Hunter lamiéndome por detrás, yo retorciéndome como una criatura en celo, y Nick...
el guapo y desconsolado Nicholas dejando que otro hombre me comiera lo descartó todo
porque no quería restos de él que mancharan la conexión que compartiríamos.
—Joder, te deseo, —gruñó justo antes de que su puño levantara mi cabeza por mi
cabello y su boca golpeara la mía. La contorsión de mi columna hizo que gritara.
Hunter lamió más profundamente, perdiéndose en el placer que rápidamente se
salió de control entre nosotros tres.
Nick me besó brutalmente. Violentamente.
Su lengua embistiéndome mientras Hunter me adoraba.
Dos hombres. Dos lenguas. Dos momentos que nunca olvidaría alguna vez.
Apartando sus labios de los míos, Nick me agarró por debajo de los brazos y me
arrojó sobre la cama. Ni siquiera miró a Hunter mientras jadeaba en el suelo, con la
boca manchada de humedad y su pene goteando desde la punta.
Vi los ojos purpura de Hunter y no pude hablar. No pude agradecerle. No pude hacer
nada cuando Nicholas caminó hacia el estante que contenía todo tipo de cosas
depravadas y regresó con un rollo de cuerda negra.
—Ponte de pie. —Tocó a Hunter.
Con un gruñido, Hunter obedeció, su mano fue hacia su tensa asta y su pulgar untó
el líquido preseminal que había allí.
—Mierda, realmente te estás metiendo en esto de la dominación.
—Sube a la cama, —lanzó Nick.
—¿Qué? —Las cejas de Hunter se alzaron—. Mira, hombre. Me gustas, pero no voy
a dejar que me folles.
—Sólo métete en la maldita cama. —Nick azotó a Hunter con la cuerda.
Con el ceño fruncido, Hunter hizo lo que le dijo, arrastrándose sobre el colchón y
dándome una sonrisa fugaz.
—Resulta que nuestro deseo mutuo es ahora mi sabor favorito.
—No hables con ella, —advirtió Nick mientras le lanzaba la cuerda a Hunter—. Átale
las muñecas.
Lancé una mirada preocupada a Nick.
—N-no necesito estar atada.
—Habla fuera de turno otra vez, y te daré una paliza. —Nicholas se arrodilló en la
cama, elevándose sobre nosotros dos, su longitud parecía una espada decidida a
matarme—. Di que entiendes, Ella.
Me estremecí cuando Hunter tomó suavemente mis manos y tiró de mí para
enfrentarlo. Manteniendo mis ojos fijos en Nick, incliné la barbilla.
—Sí, Señor.
—Buena chica.
Luché por recuperar el aliento mientras Hunter envolvía lentamente la cuerda negra
alrededor de mis muñecas en un nudo intrincado y fascinante.
Me sorprendió mirándolo.
—Me enseñó shibari una mujer que decía haber sido concubina. Ha resultado útil
a lo largo de los años. —Metiendo el extremo de la cuerda en el bonito diseño con el
que me había atrapado, levantó mis muñecas y besó el dorso de mi mano—. Nunca voy
a olvidar cómo te ves ahora, Ella. Sonrojada por el sexo. Sudando de deseo. Y atada
para nuestro placer.
—Para mí placer, —siseó Nick—. No es tuya.
Nick puso una mano en el hombro desnudo de Hunter y empujó. —Sube más arriba
en la cama y acuéstate.
Hunter frunció el ceño y obedeció de mala gana. —Quise decir lo que dije. Estoy
dispuesto a compartirla de la forma que quieras. Toleraré que nuestras pollas se froten
si están juntas en su coño. No me importa el esperma compartido, pero... no estoy a la
venta. De todos modos, no para ti de cualquier manera.
—Tu trasero está a salvo. —Nick sonrió—. Simplemente quiero que sientas lo que
sentí cuando fui obligado a verte follar a la única chica que deseo más que a nadie.
Sigue siendo mi corazón maníaco.
Hunter lanzó una mirada comprensiva.
—Realmente lo vas a conseguir. —Tomando mi mandíbula, pasó su pulgar por mi
pómulo—. Recuerdas tu palabra de seguridad. Úsala si recibes demasiado.
—Conoce la palabra de seguridad. Acuéstate. —Nick señaló la cara de Hunter—.
Apenas puedo aguantar como está. —Metiendo un puño en la parte inferior de su
vientre, gimió—. Nunca había necesitado tanto venirme. Es como si tuviera un puñal
en el estómago y...
—¿Te está masacrando desde adentro hacia afuera? —interrumpió Hunter—.
Conozco muy bien ese sentimiento. —Riendo por lo bajo, se movió hasta que tuvo
suficiente espacio para acostarse, luego se reclinó sobre su espalda—. Ella
definitivamente tiene el poder de deshacer a un hombre. Es una pequeña sucia
descarada.
No debería presumir ante tales elogios, pero lo hice.
Adoraba saber que había consumido a estos dos.
Adoraba el hecho de que de día era una científica geek, pero de noche... tenía el
poder de destruir a los hombres necesitados.
—Ahora estoy acostado... ¿qué piensas hacer conmigo? —Hunter le guiñó un ojo.
—Ella, arrodíllate ante Hunter. —Nick empujó mi rodilla con la suya—. No te sientes
sobre él. No acerques tu núcleo a su pene. No confío en que él no resbale.
—Aguafiestas. —Hunter se rio entre dientes y abrió los brazos para que yo fuera
hacia él—. Ven aquí, pequeña bruja.
Miré de un lado a otro entre ambos hombres.
La electricidad crepitó entre nosotros.
Rayos físicos de poder.
Corazones retumbando con truenos.
—Obedece, Ella. —Nick pasó su mano por su erección—. No me hagas pedirlo de
nuevo.
—Sí, Señor, —ronronee dócilmente, luchando por caminar de rodillas hasta donde
yacía Hunter. Inclinándome hacia adelante y arrastrándome con mis manos atadas,
empujándome torpemente sobre Hunter hasta que se apiadó de mí y me levantó sobre
su larga y perfectamente longitud musculosa.
—Hola. —Hunter se lamió los labios.
—Hola. —Hice lo mejor que pude para sonreír.
Su mirada se centró en mis senos que colgaban sobre su pecho.
—Tengo que decir que la necesidad de penétrate de nuevo es casi insoportable.
—Hazlo y te mataré, —espetó Nick, con la cama moviéndose mientras se acercaba
a donde Hunter me sostenía sobre él.
—Tengo seguridad, ya sabes, —advirtió Hunter—. Otros desviados no son los únicos
que nos observan esta noche. Hazme daño y ellos te harán daño mucho peor.
—¿La gente está mirando? —Chillé, mis ojos se dirigieron a la puerta.
Sucedieron dos cosas.
Primero, quedé paralizada mientras el brillo de unos ojos muy abiertos y
hambrientos observaban desde detrás del cristal.
Y dos, me derretí.
Quemándome, quemándome viva, quemándome, quemándome, quemándome por
montar un espectáculo. Por tener lo que ellos no pudieron. Por ser usada y abusada
y...
—Te gusta que te miren, ¿no? —Hunter murmuró mientras Nick lentamente se
levantaba detrás de mí, separando las piernas de Hunter para poder arrodillarse entre
ellas.
Gemí cuando la mano de Nick ahuecó mi sexo posesivamente. No metió ningún dedo;
sólo masajeó todo mi núcleo. Gemí cuando él presionó cuatro dedos contra mi clítoris,
sintiendo lo caliente que estaba. Cómo cada centímetro de mí palpitaba, rogaba y
suplicaba ser llenado.
—Puedo sentir cada contracción, cada aleteo, —respiró Nick—. Eres una cosita
codiciosa. Ya te han follado, pero estas desesperada por tener otra polla.
Mis mejillas ardieron. Abrí más mis rodillas.
—Cristo, pareces loca, —gruñó Hunter, con los ojos fijos en el lugar donde Nick me
tocaba. Agarró mis manos atadas y las plantó en su espada increíblemente dura. Tuve
que hacer todo lo posible por mantenerme estable y no caerme.
Respiré profundamente mientras su acero endurecido se deslizaba entre mis dedos,
ligeramente empolvado por mi propia excitación secándose a su alrededor. Su tamaño
y forma estaban hechos para el sexo obsceno y travieso.
Ahogándome con un grito cuando Nick introdujo dos dedos gruesos dentro de mí.
Los apreté con fuerza.
Mi orgasmo no permitido golpeó, golpeó, golpeó.
—Maldita sea, estás mojada, —gruñó Nick—. Muy lista para mí.
—¿Qué tan lista estás? —preguntó Hunter—. Dile a tu amo cuánto lo deseas.
¿Querían que hablara?
Apenas podía mantenerme viva, arrastrada por una lujuria tan espesa, tan
consumidora, que olvidé cómo existir sin estos dos hombres tocándome, lamiéndome,
poseyéndome.
—Dime, Ella, —ordenó Nicholas—. ¿Estás goteando por mi pene?
Mi cabeza colgaba pesadamente. —Sí, Señor.
—¿Estás tan desesperada por mí como yo por ti?
—Dios, sí.
—Sí, ¿qué?
—Sí, Señor. Mil veces sí, Señor.
—Mejor. —Añadió un tercer dedo, estirándome, añadiendo una quemadura
adormecedora.
—Maldita sea, esa es una buena vista. —Hunter se balanceó contra mis manos
atadas—. ¿Sientes lo que me haces? —Levantó las caderas—. ¿Sientes lo cerca que
estoyde ver a Nick follarte con los dedos?
—Dale un puñetazo, Ella, —ordenó Nick—. Tu mano es lo único que recibirá por el
resto de la noche.
Mis dedos se cerraron alrededor de la erección de Hunter, apretándolo más fuerte
de lo que jamás había apretado a un hombre.
Con un silbido salvaje, Hunter lanzó la cabeza hacia atrás y sus caderas se movieron
hacia arriba.
—Mierda, eso se siente bien.
Nick miró a los extraños que nos observaban a través de la puerta.
—¿Deberíamos darles un espectáculo, Ella? —Sumergiendo sus dedos dentro de mí,
mordiéndome la cadera mientras mi espalda se arqueaba y ahogaba con un grito
gutural—. ¿Quieres que vean lo mucho que necesito tenerte? ¿Lo mucho que voy a
perder el control en el momento en que empuje dentro de ti?
Asentí.
Una y otra y otra vez.
Mi miedo a que la gente me reconociera era inexistente.
Mi timidez no era más que un montón de cenizas.
—Contéstame, —ordenó Nick.
Lamiéndome los labios, haciendo lo mejor que pude para encontrar mi voz, dije:
—Por favor, señor… por favor, fóllame.
—Maldito infierno. —Nick gimió—. Hunter, es posible que no quieras sus manos en
tu pene mientras hago esto. Te lo arrancará.
—Con lo caliente que estoy, no creo que me importe. —Hunter soltó una risita,pero
desenvolvió mis dedos y los sostuvo sobre su corazón—. Mírame. Quiero ver cómo te
ves cuando él te penetra.
Nuestros ojos se encontraron.
Sus lentes de contacto violetas brillaban en los apliques.
Y por un sólo momento, no pasó nada.
Nick no se movió.
Hunter no parpadeó.
No respiré.
Y entonces...
La experiencia más erótica, épica y extática de mi vida se abalanzo sobre mí.
Nick agarró mi caderas, se encabritó como una bestia y luego me montó en un
resbaladizo, afilado y salvaje penetración.
Caí hacia adelante, sostenida gracias a la fuerza de Hunter y sus ojos ardientes en
los míos.
No podía moverme.
No podía hacer nada aparte de sentirlo todo.
Cada gruesa cresta de Nicholas mientras hundía sus bolas profundamente y
reclamándome de la manera más prehistórica. Un reclamo primitivo. Una
reivindicación primordial.
Se retorció muy, muy dentro de mí.
Cada pulgada.
Cada oleada.
Dándome todo de sí mismo, y ahogándome con la sensación más dulce y aguda de
ser completamente poseída por él.
—Cristo, —se atragantó Nick—. Maldito Cristo, te sientes muy bien.
Y eso fue lo último que escuché cuando Nicholas estalló.
Se retiró hasta la punta y luego volvió a sumergirse dentro de mí.
Una y otra vez.
Rápido y desenfrenado.
Ni rastro del científico culto.
Ningún desprecio por parte de mi compañero de piso roto.
Sólo un bárbaro que intenta saciarse.
Un hombre de las cavernas rudo y brusco que se pierde en el acto más antiguo de
la Tierra.
Mi espalda se arqueó cuando un gemido salvaje salió de mis pulmones.
Taladró con juramentos murmurados y gruñidos ahogados.
Golpeándome con sus embestidas, castigándome con su pasión.
No había nada dulce en la forma en que se resistió a mí.
Era obsesivo, posesivo, brutal y casi cruel.
Y literalmente lo mejor que jamás había sentido.
—¡Sí! —Grité, empujando mis caderas hacia atrás, enviando ondas de energía a
través de nuestros cuerpos retorciéndose—. Dios, sí. Más. Más.
—Vas a matarme, —jadeó Nick, su voz enredada por pesadillas—. No puedo. No
puedo...
—No pares. No te atrevas a detenerte, —enfurecí, la ira saliendo de mí. La furia
frustrada se apoderó de mi cordura; ansiaba un dolor más profundo y oscuro.
Lanzándome hacia atrás.
Apoyándome en él, obligándolo a arrastrarse dentro de mí.
—No pares. —Grité cuando él empujó particularmente profundo, haciéndome
estremecer, sollozar y suplicar.
—¿Parar? —Se atravesó justo encima de mí—. ¿Crees que puedo parar después de
esto? ¿Crees que podría parar ahora que sé lo jodidamente bien que te sientes?
—Te dije que es una bruja. —Hunter se rio—. Nos ha hechizado a los dos.
—Es una maldita amenaza, —gimió Nick—. Merece ser castigada.
—Entonces castígala, —se burló Hunter—. Tu pene está dentro de ella. Márcala.
Marcarla. Haz que le duela tanto que se acuerde por el resto de su vida de ti. —Mirando
más allá de mí hacia Nick, arrojó leña al ya maníaco incendio forestal—. Es tuya,
hombre. Tú lo sabes. Yo lo sé. Ella lo sabe.
—Sólo esta noche.
—Si todavía piensas eso, eres un jodido idiota. —Hunter enseñó los dientes—. Pero
si eso es lo que tienes que decirte a ti mismo para no admitir que estás enamorado de
ella, entonces por supuesto. Fóllala como si la odiaras.
Oh Dios.
Otro hilo de la correa de Nick se rompió.
Sus caderas clavándose contra las mías. Superficial y desagradable: un ritmo
vertiginoso lleno de dolor y pasión.
Cada vez que entraba en mí, su desesperación alimentaba mi agitada y vertiginosa
liberación.
La forma en que me montó.
La forma en que él me necesitaba.
Las cosas que sintió se derramaron a través de su cuerpo y dentro del mío, pasando
por alto las palabras, las mentiras y las esperanzas, revelando la verdad.
Él no me odiaba.
Ni siquiera le gustaba.
Me puse rígida cuando él se abalanzó contra mí con un gruñido.
Él... él me ama.
Mi mente estalló en chispas.
¿Podría Hunter tener razón?
Todo este tiempo...
Todos esos horribles momentos en los que intentó alejarme.
—Tú me perteneces, —gruñó Nick, embistiéndome implacablemente—. Hasta el
amanecer eres mía.
Por mil amaneceres.
—¿Mereces venirte, Ella? —Preguntó Nicholas, oscuro y lleno de rabia—. ¿O debería
castigarte un poco más?
—Oh Dios.
—Tómalo, —siseó Nick—. Tómame. Toma cada centímetro.
Me empujó hacia adelante, haciendo todo lo posible para alimentarme con su alma
y no sólo con su cuerpo.
Casi choco de cara contra Hunter.
Atrapándome con sus suaves manos y firmes, sosteniéndome para que otro
hombre me golpeara.
—Maldita sea, te ves hermosa con una polla muy dentro de ti. —Colocando el cabello
sudoroso detrás de mí oreja, Hunter agarró mis muñecas atadas que descansaban
sobre su pecho con una mano mientras la otra vagaba sobre mi cuerpo boca abajo y
devastado.
Él ahuecó mis pechos.
Pellizcó mis pezones.
—Necesito tu boca. —Agarrando mi cuello, Hunter se empujó hacia abajo hasta que
nuestros labios se estrellaron. Me retorcí en su agarre, mis codos cedieron mientras
mis caderas se disparaban hacia arriba, dándole a Nick aún más influencia para
clavarse.
No podía respirar cuando Hunter metió su lengua en mi boca, besándome tan
salvajemente como Nick me penetraba.
Una y otra vez.
Intercalada entre dos machos.
Su comida en todos los sentidos.
Cada uno de mis jadeos.
Cada uno de mis gritos.
Una y otra vez, arrastrándome más y más hacia una dicha a la que no sobreviviría.
Dicha que me mataría.
Dicha que me definiría, arruinaría, completaría.
Nunca me había sentido así.
Nunca había sido tan libre, mientras estaba atada por cuerdas y hombres.
Nunca había sido tan yo, mientras no tenía idea de quién era.
Hubo sexo y luego hubo esto.
Esta cabalgata, este celo, este ritual de placer sádico y masoquista donde el dolor
se convirtió en lo único que necesitaba para volar.
Mordiéndome el labio inferior, Hunter apartó mi boca de la suya y contuvo el aliento
con avidez. Sosteniendo mis mejillas, manteniéndome en lo alto, su mirada abrasaba
la mía mientras Nick continuaba follándome tan increíblemente fuerte.
Sin descanso.
Sin pausa.
Sólo un interminable empuje, empuje, empuje.
—Vente para él. —ordenó Hunter—. Déjate llevar y vuela sobre toda esa necesidad.
Sus palabras se anudaron en mi clítoris. Su permiso se coaguló en mi estómago.
Pero... no pude.
Él no era mi dueño en este momento.
Nicholas lo era.
Había arrancado mi corazón y devorado con cada una de sus rutinas. Había cortado
mi alma y la había dejado completamente hecha jirones. Mi mente liberada de mi
cuerpo. Entré en una espiral de oscuridad y carnalidad. Los dientes mordieron, el placer
torturó y cada terminación nerviosa brutalizada se transformó en pesadillas
abrasadoras y cortantes.
Caí en el remolino.
Un abismo sin fin, cayendo en el profundo y oscuro placer-dolor. Una sumisión
eufórica que quemaba el cerebro y escaldaba la sinapsis que me paralizó, consumió,
haciendo difícil respirar e imposible escapar.
Estaba apretado.
Grueso.
Pesado.
Frenético.
Lamentablemente esclavizada a este paraíso deliciosamente peligroso.
Oh Dios.
¡Oh Dios!
—Dale permiso, Nick, —ordenó Hunter—. Ella está ardiendo.
Los dedos de Nick se flexionaron sobre mis caderas.
—Aún no.
—Sí, ya, —espetó Hunter—. Tiene los ojos vidriosos y está verdaderamente en el
subespacio.
Parpadeé y traté de reír.
¿Subespacio?
No sabía qué era eso, pero estaba aquí, no allí.
Estaba en la cama con dos hombres, mi cuerpo estaba poseído por alguien de quien
pensaba estaba enamorada de él, pero resultó... que yo estaba enamorada de él.
Estoy... estoy enamorada de él.
No es un flechazo.
En el momento en que lo admití a mí misma: cada mirada, cada sentimiento, cada
conversación que habíamos compartido, cada emoción de la que había hecho todo lo
posible para protegerme rugió en ser.
La habitación negra se onduló y brilló. Mi visión se volvió suave en los bordes cuando
un destello se posó sobre mi mente.
Lo amo.
Y él debe amarme.
Me ha reclamado.
Me encantó.
No existía sin él dentro de mí.
Él está dentro de mí.
Sí.
Dios, sí.
Gemí y entregué hasta el último pedazo al hombre que finalmente había decidido
adorarme.
Cada célula se elevó hasta convertirse en una conciencia destripadora. No sólo sentí
su dureza dentro de mí, sentí su calor, sus latidos y sus secretos.
Desvaneciéndome de todo a una sola cosa.
Sólo un recipiente.
Un elemento a merced de otro.
Recibir un placer más allá de la comprensión.
Un placer que me partía en dos y volvía a unirme de maneras completamente
nuevas.
Apreté y sentí un hormigueo. Volé y caí. No tenía poder para concentrarme porque
todo mi enfoque estaba en él.
En nosotros.
En esto.
Él dentro de mí.
Él montándome.
Él obligándome a subir más y más hacia un cielo lleno de arcoíris. Una liberación
despiadada rodeó mi corazón y se enlazó alrededor de mis pulmones, rompiendo mis
costillas, amenazando con romper todos los huesos.
Las voces sonaban a lo lejos, en un túnel y en lo profundo del frío azul mar.
Cerré los ojos y me ahogué bajo las sensaciones de Nick reclamando a mí.
Montándome.
Follándome en una danza primitiva de entrada y salida, profunda y oscura, dura y
delirantemente consumidora.
—Ella. —Una voz que me había perseguido durante meses. Una voz que había sido
amable conmigo en mis sueños sólo para ser tan dura cuando despertaba—. ¿Cariño?
—Sus labios aterrizaron en mis omóplatos mientras los empujes dentro de mí
disminuían y seducían.
Se entrelazaban con la música sensual que todavía nos daba una serenata,
revolviendo mi mente hasta que no vi nada más que luz y estrellas.
Cariño.
Me llamó cariño.
Sólo un tonto apodo, pero hizo brillar cada parte de mí.
—Vente, Ella. Tienes mi permiso para venirte.
—Ella está demasiado perdida. —Otra voz—. Dámela. La traeré de vuelta mientras
la haces añicos.
—Jodidamente no te la follarás mientras estoy dentro de ella.
—Sólo patea sus piernas, ¿quieres?
El empuje se detuvo el tiempo suficiente para que algo tirara de mis rodillas debajo
de mí, arrojándome sobre mi estómago.
Mis manos atadas y palpitantes fueron lanzadas hacia arriba mientras mi cuerpo
desnudo se pegaba a la piel igualmente desnuda.
Mis ojos se abrieron de golpe cuando el espesor que me penetraba se hundió
exquisitamente profundamente otra vez, presionando mis caderas contra algo igual de
caliente y duro.
Parpadeé a través de la neblina.
Luché contra la marea que me arrastraba hacia la oscuridad interminable y
hormigueante.
—Eso es todo. Regresa a nosotros. —El hermoso rostro de Hunter apareció en mi
visión justo cuando me besaba.
No fue un beso cualquiera.
Lo fue todo.
Comenzó dulcemente, poniéndome a prueba, devolviéndome la cordura.
Su lengua acarició mi labio inferior antes de sumergirse dentro. Se burló de mí lo
suficiente como para hacerme reaccionar. Le devolví el beso y comencé un baile
diferente. Un baile que complementaba al que Nick me follaba.
Pero luego, se volvió agudo.
Desagradable.
Amargo.
Hunter me mordió.
Sacándome sangre.
Y el dolor lacerante, rebotante coincidía con todo el placer drogado y ebrio que corría
por mis venas.
Me encendí.
—Eso es todo. —Hizo una mueca, pasando sus manos por mi cintura,
sosteniéndome encima de él. Mi sangre pintó su labio mientras sus ojos se volvían
negros—. Deja que te folle, pequeña bruja. Deja que te haga venir.
Mirando más allá de mí, asintió.
—Ella está lista.
Nick plantó sus puños a cada lado de la cabeza de Hunter. Se dobló sobre mí,
presionándome debajo de él, intercalándome encima de otro hombre mientras su
longitud se hundía profundo, profundo dentro de mí.
—Vente, Ella. Ahora.
Grité cuando Hunter empujó al mismo tiempo que Nick empujó profundamente.
Dos pollas.
Dos hombres.
Dos éxtasis.
Nicholas golpeó mi punto G.
Hunter acarició su eje a lo largo de mi clítoris.
No fue Nick quien estalló esta vez, sino yo.
Me rompí.
Me destrocé.
Grité cuando Nick perdía todo el control y me embestía como si fuera un demonio
salido del infierno. El mismo diablo decidido bautizarme con el pecado, quemándome
viva, despellejándome, haciéndome añicos.
—¡Oh Dios. Oh Dios! —Apreté mis manos atadas sobre la cabeza de Hunter. No
podía moverme. No podía hacer nada para escapar de tan agonizante posesión.
—Más fuerte, —gruñó Hunter—. Dáselo más fuerte. —Su pene se tambaleó contra
mi clítoris, la humedad manchó entre nosotros por su excitación—. Hazlo. Hazlo ahora.
Nick lo perdió.
Dándome cada fragmento de su locura y me rompí.
Destrozándome absoluta e irrevocablemente.
Mi orgasmo no sólo se centró en mi núcleo, sino que se extendió hacia mis dientes,
mis ojos y las yemas de mis dedos. Desgarró mi corazón, prendió fuego a mi mente y
destrozó cada hueso.
Grité.
Fuerte.
Me sacudí y temblé mientras Hunter seguía frotando su dureza contra mi clítoris, y
Nick tomó cada temblor de mi liberación como suyo.
—Ah, joder. Ah joder. Ah joder, —rugió Nick en mi oído, colocando todo su peso
sobre mí, hundiéndose en mí con salvaje desesperación.
—Maldita sea, —gruñó Hunter, balanceándose hacia arriba, manteniéndome
atrapada entre su brutalidad.
Éramos animales.
Nada más que un montón de bestias retorciéndose.
La degradación.
La libertad.
El total abandono de las reglas y la vergüenza sólo hicieron que me viniera más
fuerte.
Nick bramó y se derramó dentro de mí. Su clímax sólo se sumó al mío, llevándome
cada vez más alto, lastimándome, matándome, liberándome.
El miedo llegó acompañado de la euforia.
Miedo a no sobrevivir al placer-dolor.
Miedo a que no quedara un corazón para latir.
—Deja que se estrelle sobre ti, —gruñó Hunter, con las manos en mis caderas y las
uñas clavándose en mi piel hipersensible—. Te tengo. Te tenemos a ti.
Nick brotó dentro de mí, una y otra vez, provocando otra detonación.
No sabía si este era el mismo clímax u otro. Perdí toda sensación en mis
extremidades. Mi garganta se volvió ronca mientras gritaba de nuevo, sucumbiendo al
éxtasis desgarrador de la mente.
Con otro rugido, Nick se desplomó encima de mí, su aliento golpeando mi oído y el
peso de su cuerpo aplastándome contra Hunter.
Quería esa saciedad.
Quería hundirme en un silencio suave y maravilloso, pero mi cuerpo no estaba
terminando.
Quería más.
Necesitaba más.
Mi liberación parpadeó con dolor, burlándose de mí, haciéndome maullar, gemir y
retorcerme sobre Hunter, desesperada por terminar, más allá de mi cordura para
liberarme de tal placer que hacía hormiguear los dedos de mis pies y dientes.
—Ella no ha terminado, —espetó Hunter—. Sal de ella. —Empujó los hombros de
Nick con fuerza—. Retírate a menos que quieras que sufra.
Nick gimió mientras se levantaba sobre sus manos, moviéndose detrás de mí.
—Ella todavía está apretándose a mi alrededor. Todavía se está viniendo.
—Y tu no. Ese es el problema. Ella necesita terminar. No puedes dejarla en ese
estado. —Hunter enseñó los dientes, pareciendo un demonio como Nick—. Sal de ella
si te preocupas por ella.
No podía respirar mientras mi cuerpo giraba y se tensaba. Mi clítoris palpitaba. Me
dolían los huesos. Las lágrimas rodaron por mis mejillas mientras la frustración se
mezclaba con la necesidad.
—Por favor. Dios, por favor... por favor hazlo parar.
—Haré que esto se detenga. —Hunter besó mi mejilla—. Haré que el dolor
desaparezca. —Mirando a Nick con el ceño fruncido, siseó—. Saca tu maldito pene.
Ahora mismo.
Con un grito ahogado y una mueca de dolor, Nick obedeció. Al retirarse, se dejó caer
de costado y aterrizó junto a Hunter y a mí.
Me miró a los ojos.
Congelándome ante su mirada.
En su infinito afecto que hay.
El asombro.
La maravilla.
El pavor.
Y luego, mi boca se abrió cuando Hunter agarró mis caderas, moviéndose hacia
arriba y hundió su enorme y dura polla dentro de mí.
Oh Dios.
No podía pensar, respirar, moverme.
La invasión.
La penetración.
Empujó dentro de mí apenas unos momentos después de que Nick se viniera.
La humedad dentro de mí.
La espesa lubricación de las liberaciones mutuas resonó en la habitación cuando
Hunter se retiró y volvió a entrar.
Si me quedara algo de cordura, me sonrojaría.
Pero simplemente gemí ante la deliciosa depravación.
Lanzándome de cabeza al nuevo reclamo de otro hombre mientras Hunter
levantaba sus caderas con un cuchillo, su vientre se flexionaba y su pecho goteaba
sudor. Penetrándome desde abajo, sosteniéndome en alto con los brazos llenos de
músculos mientras mis manos permanecían atadas y mis piernas se convertían en
gelatina, y Nick observó cada puñalada de la longitud de Hunter desapareciendo
centímetro tras centímetro dentro de mí.
La forma en que Nick me miraba.
El anhelo doloroso y desgarrador en su rostro.
Con su asta todavía llena y sus ojos absolutamente torturados, Nick agarró mi
barbilla y me besó.
Me besó como si me quisiera.
Me besó como si me maldijera.
Me besó y besó, y cuando Hunter empujó dolorosamente profundo dentro de mí,
gritando en su boca.
Gemí y sollocé y exploté por tercera vez.
Una y otra vez, ola tras ola. Un dolor punzante y cortante atravesó cada una de mis
células cuando termine sobre la polla de Hunter.
—Eso es todo. Dámelo. Sí. Joder, sí. ¡Sí! —Hunter chocó contra mí, sus uñas
sacando sangre. Su ferocidad pasó a ser demoníaca, convirtiéndose directamente en
diabólicamente frenética.
—Maldita sea, —gimió Nick mientras separaba su boca de la mía y observaba cómo
Hunter se sacudía y consumía dentro de mí. Su mandíbula se apretó y sus ojos se
nublaron cuando acepté el placer tembloroso y vertiginoso de otro hombre.
Quería decir algo para aliviar su agonía, pero mi liberación continuó. Una y otra
vez, estrujándome, enroscándome fuerte, amenazando con detener mi corazón y
masacrarme.
Lancé mi cabeza hacia atrás, Hunter me sujetó encima de él, apretando su miembro
por última vez, dándome las últimas salpicaduras de su clímax.
Y ahí fue donde encontré mi pulso final.
Empalada en su pene.
Totalmente a su merced.
Penetrada por dos hombres y cubierta de semen.
Grité y monté esa maravillosa ola final.
Y luego, dejé caerme sobre él.
Quedando completamente sin huesos cuando mi propia liberación finalmente dejó
de torturarme, y arañe en busca de dulzura después de una agudeza tan salvaje.
Nicholas se movió a nuestro lado.
Hunter suspiró profundamente debajo de mí.
Esperé la sensación de finalización.
Quería descansar. Explorar a la niña que quedó atrás entre los escombros de esa
noche.
Pero entonces, unas manos me agarraron, arrancándome de la polla de Hunter,
empujándome por la cama hasta que tropecé y casi caigo por los tres escalones.
—¿Qué...? —Parpadeé y balanceé cuando Nick agarró mis muñecas atadas y las
empujó por encima de mi cabeza. Las ataduras se engancharon a un gancho en la cama
con dosel que no había notado, manteniéndome erguida incluso cuando mis rodillas
amenazaban con fallar.
—¿Nick...?
No lo reconocí.
No vi al científico que tenía que usar gafas para leer. No reconocí al hombre con el
que compartía casa.
Todo lo que vi fue a un hombre atormentado por una agonía absoluta. Un hombre
demasiado ido para razonar con él.
—Él no puede ser el último en tenerte. No puede.
Agarrando mi pierna, la engancho sobre su cadera y entró en mí.
—Lo lamento. —Agachándose desde su gran altura, apretó su longitud todavía duro
y se estrelló contra mí con un bramido gutural.
Me aferré a su invasión, ardiendo, ardiendo, ardiendo.
Mi cuerpo apretó su polla, haciéndolo maldecir.
—Jesucristo. —Acariciando su rostro en el pliegue de mi garganta, lamió y luego
mordió—. Estás tan mojada. Por mí. Por él. Tan jodidamente mojada.
Luché por respirar mientras permanecía allí, con la cabeza dando vueltas y el cuerpo
cantando.
Riachuelos de semen corrieron por la parte interna de mi muslo. El mío, el de Nick,
el de Hunter.
Mis terminaciones nerviosas no supieron sobrevivir a esta nueva sentencia.
Me habían penetrado hasta el olvido, pero tenía que soportar más.
Colgada como un sacrificio.
Consumida como una ofrenda a algún dios trastornado.
—Nick… no-no puedo. Estoy...
—Por favor. —Se mantuvo erguido, manteniéndose quieto, pero retorciéndose dentro
de mí—. Te necesito, Ella. Necesito entrar dentro de ti una última vez. Para borrarlo.
Para asegurarte de que soy yo a quien sientes. Sólo yo.
Sin esperar mi respuesta, agachó la cabeza y me besó.
Mientras tomaba mi boca, tomó mi cuerpo.
Una mano acarició mi cintura mientras la otra ahuecaba mi cara. Esperaba que
me penetrara tan fuerte y rápido como antes. Me preparé contra semejante rutina, sin
estar segura de poder sobrevivir.
Pero me sorprendió cambiando el salvajismo por la seducción.
Se meció dentro de mí con movimientos suaves y profundos y reverentes.
Alimentó cada centímetro de sí mismo como si fuera su corazón lo que me daba y
no sólo su cuerpo.
Firme y dulce, adoradora y lasciva, tocando mi alma con cada oración no dicha.
Se erizó mi piel cuando Hunter se movió para arrodillarse a mi lado en la cama.
Pasó su mano por mi cabello y susurró a mí oído.
—Deja que te ame, pequeña bruja. Que él se rompa porque eso es lo que está
haciendo.
Abrí mis ojos.
Le devolví el beso a Nicholas mientras él me hacía el amor.
Y asentí hacia Hunter mientras él se recostaba y miraba el espectáculo.
Perdí toda noción del tiempo cuando cerré los ojos nuevamente, hundiéndome en el
hechizo de Nick.
Dejé que me dirigiera. Le permití tirar de mis caderas hacia adelante para poder
inclinarme un poco más. Gemí cuando él dejó caer su mano y frotó mi clítoris. Jadeé
mientras él chupaba mi lengua y besaba con respeto y homenaje.
Mi cuerpo reaccionó.
Más tranquilo esta vez.
Voluptuoso y plumosos, ya incapaz de alcanzar esas insoportables alturas del
delirio. Este nuevo giro era suave. Satinado y sedoso mientras la longitud de Nick se
deslizaba dentro y fuera al ritmo más lento y suave, reemplazando gradualmente los
placeres compartidos de los tres sólo con él.
Con cada embestida, invadía mi corazón.
Cada beso, hacía tropezarme un poco más.
Pasó su mano por mi pierna todavía enganchada sobre su cadera, acariciándome
como si le perteneciera.
Esta noche me habían embestido tantas veces. Había tenido relaciones sexuales con
otros hombres antes de hoy. Pero hasta este momento, nunca había conocido la
diferencia entre el acto sexual y el arte de hacer el amor.
Nick gimió en mi boca mientras profundizaba el beso. Sus manos recorrieron mi
cuerpo, deslizando sus dedos sobre mis pezones antes de que sus palmas se cerraran
alrededor de mis muñecas, todavía atadas al gancho de la cama con dosel.
Esperé a que me soltara.
Chupé su labio inferior para que se volviera loco.
Pero él sólo se limitó a penetrarme un poco más fuerte, un poco más profundo, un
poco más, y... caí.
Más era lo que había temido.
Más haría daño.
Pero cuando Nicholas contuvo el aliento y se apartó lo suficiente para mirarme a los
ojos, no importó que tuviera el poder de destruirme. No importó cuando presionó su
frente contra la mía y susurró.
—Voy a venirme. ¿Quieres acompañarme?
No importó cuando asentí y jadeé cuando su mano pasó entre mis piernas hasta mi
clítoris hipersensible.
No importó mientras me acariciaba.
No importó mientras él bombeaba dentro de mí.
Y no importó cuando se atragantó con el aliento y su polla se onduló de felicidad.
Chorro tras chorro, cubriéndome con su semen, provocando mi propia liberación.
Mi última.
Una llena de pétalos y luz del sol, otorgándome el olvido que tanto necesitaba.
Por muy sutil que fuera mi cuarto lanzamiento, fue mi favorito porque me llenó
hasta el borde de la emoción. Una luz rosa que brilla con amor. Una luz blanca brillando
de satisfacción.
No importaba... porque estaba enamorada de él.
Y fue más de lo que podría haber imaginado.
Disfrutando del suave lamido de la ternura, me estremecí cuando Nick sostuvo mi
mirada y vertió todo lo que era profundo, profundo dentro de mí. Dándome sus secretos
y sus torturas, sus esperanzas y sus sueños. Su liberación duró más que la mía cuando
sus labios se retiraron en una mueca y derramó las últimas gotas de su semilla.
Él nunca apartó la mirada.
Nunca me impidió ver lo que él sentía por mí.
No intentó mentir.
No intentó esconderse.
Y supe, sin lugar a dudas, que él también sentía más.
Capítulo 8
Permanecimos ahí una eternidad.
Un momento interminable en el que nuestra respiración se hizo más lenta y nuestra
conciencia de dónde estábamos y qué habíamos hecho arruinó lentamente lo único
que realmente importaba.
A nosotros.
Nick y yo.
Como uno.
Habíamos dormido juntos.
No, eso estuvo mal: un eufemismo enorme y colosal.
Habíamos entrado juntos en el fuego del infierno. Nos habíamos forjado en una sola
persona, un corazón, una vida.
El peso de tal transformación ahogó mi alma incluso cuando la abracé
vacilantemente.
¿Nick sintió lo mismo que yo?
¿Se sintió renacer?
¿Se sentía como si hubiéramos entrado en este circo luchando contra la marea de
la inevitabilidad y ahora que habíamos cedido, nos hubiéramos ahogado?
El lánguido deleite que había estado esperando me envolvió, pesado y cálido.
Independientemente de lo que deparara el futuro, flotaba con tenues alas de
satisfacción.
Hundida en las ataduras, luché por mantener los ojos abiertos mientras me rogaban
cerrarlos y quedarme sumida en un sueño aturdido por el sexo.
Nunca había estado tan cansada.
Besándome muy dulcemente, Nick extendió la mano y desató mis muñecas.
Presionándome contra el dosel, siseó entre dientes mientras se soltaba, y un chorro
de humedad rodó por la parte interna de mi muslo.
Entré a esta habitación con un fetiche que ni siquiera sabía que tenía por los fluidos
corporales. Y ahora, los múltiples orgasmos de dos hombres goteaban por mi pierna y
manchaban la alfombra negra de abajo.
Se habían entregado a mí.
Me habían pintado con su cariño.
Y me cubrieron en su degradación carnal.
Era obsceno, pegajoso y todo tipo de cosas malas, pero sin duda lo adoraba.
Al inhalar mi primera respiración profunda en mucho tiempo, los olores a humedad
del sexo subieron por mi nariz.
El decoro interrumpió mi serenidad, susurrándome que debería darme una ducha
y marcharme. Que el sueño había terminado y era hora de volver a la realidad.
Hice lo mejor que pude para moverme, pero la idea de irme... de vestirme e irme a
casa... era demasiado.
Las lágrimas brillaron en mis pestañas mientras me balanceaba hacia Nick.
—Te tengo. —Sosteniéndome con sus brazos fuertes y levantándome como a una
novia. Colocándome en la cama al lado de Hunter, desenrolló la cuerda negra que
aprisionaba mis muñecas. Una vez que estuve libre, arrojó la cuerda y luego besó las
abrasiones rojas que quedaron como si sus labios contuvieran magia curativa y
pudieran curarme.
Fue agradable.
Demasiado agradable.
Es muy agradable ser adorada y atesorada.
No sabía si eran los labios de Nick o el conocimiento de lo que habíamos hecho esta
noche, pero partes de mi alma se sentían tan magulladas como mi cuerpo. Frágil y
quebradiza, todo mientras mi sangre fluía con el peor tipo de sedante.
Bostecé cuando la sensación de saciedad se hizo aún más intensa.
Mirando a Hunter que estaba sentado a mi lado, su cuerpo relajado y su pene
lentamente volviéndose flácido, hice lo mejor que pude para sonreír. Intenté recordar
cómo ser humano, cuando en realidad no era más que un charco de placer.
Sus ojos morados se encontraron con los míos; mi corazón se saltó un latido.
Sintiendo conexión con él. Unidos al compartirnos a nosotros mismos de la manera
más cruda posible.
—Estás absolutamente radiante, —susurró—. Bien follada te queda bien.
Me sonrojé cuando Nicholas depositó besos en mi brazo, lentamente acercándose
a mi hombro y cuello.
Se puso mi piel de gallina y mis pezones se endurecieron.
Tomando uno en su boca, Nick lo chupó suavemente antes de sentarse erguido y
pasar un brazo alrededor de mi cintura. —Gracias, Ella. Me has regalado una noche
que recordaré por el resto de mi vida.
Bostecé de nuevo y dejé caer mi cabeza sobre su pecho. Los latidos de su corazón
retumbaban en mi oído, saltándose ocasionalmente como si no se hubiera calmado.
No tuve fuerzas para responder.
Considerando lo que habíamos hecho juntos, sentados uno al lado del otro con
nuestros muslos desnudos pegados el uno al otro y nuestra piel tan desnuda como el
día en que nacimos, se sentía casto y maravilloso.
Hunter también pasó su brazo alrededor de mi cintura, acunándome entre ellos,
sus manos ahuecando mis caderas opuestas, su posesión fuerte, incluso ahora.
Podría acostumbrarme a esto.
Podría enamorarme de dos hombres.
Muy fácilmente podría ser compartida por el resto de mi existencia... si estos dos
estuvieran compartiendo.
Me tensé para que Hunter dijera que nuestro tiempo había terminado y que
teníamos que irnos, pero él simplemente me dio un beso en la sien y cayó hacia atrás,
llevándonos a Nick y a mí con él.
La cama nos envolvió.
El sueño se nublo.
Suspirando, acurrucándome más entre sus poderosos brazos.
Con un acuerdo tácito, Hunter me alejó de él, subiéndome más arriba en la cama y
luego abrazándome mientras Nick me abrazaba desde el frente.
Un músculo cálido me envolvió.
La fuerza masculina me protegía.
Sintiéndome exquisitamente segura e infinitamente preciosa.
Perfecto.
Absolutamente perfecto.
—¿Hunter? —Pregunté adormilada.
—¿Mmm? —Él acarició mi nuca.
—¿Podemos... podemos dormir aquí esta noche? —Respiré, los nervios se
esparcieron por mi columna—. ¿Nicholas y yo?
Abrazándome con más fuerza, Hunter miró a Nick por encima de mi hombro y
sonrió.
—No quieres despedirte todavía, ¿eh? —Sus dedos dibujaron patrones en mi
cadera, enviando decenas de felicidad a través de mi sangre.
Incluso ahora.
Incluso después de una noche del mejor sexo de mi vida, mi piel reaccionó. Tarareó,
vibró y dio la bienvenida.
—Él tiene un negocio que administrar, Ella, —murmuró Nick—. Necesito llevarte a
casa.
Fruncí el ceño y solté un pequeño gemido de molestia.
Hunter se rio entre dientes.
—Tú también me gustas, pequeña bruja. Y ambos son bienvenidos a quedarse,
pero... no tengo duchas en la carpa. El abastecimiento de agua en los parques donde
nos instalamos siempre es un problema. Me haría muy feliz si pasaras la noche aquí...
conmigo. Pero antes de que podamos descansar, debemos cuidar de ti.
Sacudí mi cabeza rellena de algodón.
—Tú has cuidado de mí. Un poco demasiado bien. Apenas puedo sentir mis
piernas.
Hunter resopló y besó mi mejilla.
—No me refiero a ese sentido. Me refiero al cuidado posterior.
—¿Cuidado posterior?
Antes de que Hunter pudiera responder, Nick pasó su pulgar por mi mejilla.
—El trabajo de un Dom es cuidar de su sumisa. Te hemos usado y abusado de ti,
Ella. Has sido la destinataria de nuestra lujuria y estás cubierta de nuestro semen.
Tienes la espalda azotada y tus muñecas en carne viva. Tienes rasguños en las caderas
y una herida en el labio inferior. ¿Qué clase de monstruos seríamos si te lastimáramos
y luego no intentáramos curarte? Especialmente después de lo que nos diste.
Hunter asintió.
—Nick tiene razón. Fuimos duros contigo. Mereces que te adoremos ahora.
—Pero ustedes me adoraron. Muchas veces.
Hunter se rio entre dientes.
—Bien, entonces llámalo mimos. —Se desenredó del nido de partes del cuerpo que
habíamos hecho, se levantó de la cama y puso de pie con un movimiento de su columna
y un estiramiento impresionante. Incluso con su erección suavizándose, su cuerpo
todavía enviaba molinetes de atracción a través de mí. Sus abdominales, sus músculos,
su potencia sin esfuerzo.
Una lanza de celos me invadió.
¿A cuántas otras chicas se habían follado hasta dejarlas sin palabras, sólo para
atenderla como si fuera la cosa más preciosa del mundo? ¿En cuántos pueblos había
encontrado una chica como yo? ¿Sexualmente reprimida y simplemente esperando
que él las despertara?
Él no es tuyo, Ella.
Fue sólo una noche.
Y además...
Me concentren en el hombre que estaba abrazándome. El hombre con el que había
vivido durante tanto tiempo.
Tenía a Nick.
Un brillo efervescente llenó mi pecho.
Nicholas.
Después de lo que pasó aquí esta noche... no podía negar que algo existía entre
nosotros. Algo apasionado, real y crudo.
Conteniendo el aliento, Nick empujó sus nudillos debajo de mi barbilla y miró a mis
ojos.
Sonreí con el corazón amplio y confiado, pero luego me puse rígida mientras el hielo
corría por mi columna.
—Ella, yo... —Cualquier apertura que había compartido mientras su cuerpo había
estado dentro del mío se cerró rápidamente. Una puerta sobre su alma y cortinas
opacas sobre sus ojos. Así como no había podido leerlo durante los últimos ocho meses,
ahora estaba costándome leerlo.
Mi brillo se apagó.
—¿Nick?
Frunciendo el ceño, se pasó la lengua por el labio inferior.
Iba a hablar...
Alguien llamó la puerta.
Todos miramos hacia la salida, congelándonos como estatuas.
Ya no nos miraban extraños, desplazándose hacia otras salas donde los asistentes
alcirco todavía jugaban, pero no estaba preparada para que se abriera y Giselle entrara.
Jadeando de vergüenza, busqué la sábana, envolviéndome con el satén negro lo
mejor que pude. Nick colocó el extremo sobre su regazo mientras Hunter bajó los tres
escalones y caminó hacia su segunda al mando como si lo hubiera visto desnudo todo
el tiempo.
—¿Qué pasa, Gis? —Se metió entre sus piernas mientras la alcanzaba, lanzándonos
a Nick y a mí una mirada antes de forzar toda su atención en ella.
Giselle lanzó una mirada de disculpa antes de cuadrar los hombros y decir.
—Esperé a que terminaras, pero... tenemos una situación.
—¿Qué situación?
—Dos invitados trajeron a una niña con ellos. Se revisaron sus documentos y sus
identificaciones mostraban las edades apropiadas, pero…
—Maldita sea, otra vez no, —gruñó Hunter—. Malditos depredadores.
—¿Qué… qué pasó? —Pregunté, apretando la sábana entre mis pechos.
Hunter se dirigió hacia sus pantalones esparcidos por el suelo. Se los puso, subió la
cremallera y luego hundió los brazos en su camisa.
—En lugar de seguir las reglas, la escoria de los delincuentes cree que pueden hacer
lo que quieran. ¡En mi circo! Un lugar de libertad y disfrute, no de abuso y terror. Los
destriparé si le ponen un sólo dedo encima. —Al girarse hacia Giselle, su voz se tensó—
. ¿Por qué esperaste a que terminara? Deberías haberme avisado en el momento en
que pusieron un pie en mi suelo.
—Los he estado observando. Hasta ahora simplemente han estado observando las
vistas. La chica actualmente se la está pasando bien. O está dispuesta a estar con ellos
o le han mentido, pero en este momento nadie la ha tocado.
—¿Cuántos años? —Hunter apretó las manos.
—Tuve mis sospechas cuando su identificación decía que tenía veintidós años.
Utilicé la captura automática de fotografías y realicé una verificación de reconocimiento
facial. —Giselle habló en silencio, pero con calma—. Los dos hombres con ella son su
tío y uno de sus amigos. Su verdadera edad es quince años.
—¿Y cuántos años tiene su sórdido tío?
—Cuarenta y siete.
—Jesús. —Nick maldijo a mi lado—. ¿Qué tipo de lugar diriges aquí, Hunter?—
Levantándose, bajó las escaleras y agarró sus jeans. Metiendo sus piernas dentro de
ellos, los levantó y escondió, mientras el juicio rezumaba de él—. Esos bastardos
enfermos han traído a una menor aquí, y les has dado el espacio para...
—No les he dado nada. Todavía. —Hunter cargó contra Nick y le metió un dedo en
el pecho—. Quédate aquí y verás lo que les espera por ser unos bastardos tan
violadores. Tengo un trato especial para los depredadores que creen que pueden
aprovecharse de inocentes.
—¿Qué vas a hacer? —Pregunté, mirando mi vestido en la alfombra, ansiando que
la fina tela envolviera mi desnudez.
—Voy a darles una lección. —Hunter sonrió con pecado en sus ojos amatista, el rayo
en su mejilla ligeramente manchado por nuestra velada—. Voy a mostrarles
exactamente cómo se sentiría estar en el lado receptor de cualquier juego que
estuvieran a punto de jugar con su sobrina menor de edad, y luego los entregaré
personalmente a las autoridades locales.
—¿Es eso prudente? —Giselle preguntó en voz baja—. ¿Recuerdas lo que pasó la
última vez que tomaste el asunto policial en tus propias manos? ¿Quizás deberíamos
simplemente imprimir el expediente sobre él y realizar un arresto ciudadano? Se
ocuparán de él.
—En mi opinión, no se ha tratado lo suficiente, —murmuró Hunter—. Sabes cómo
me gusta hacer sufrir a esos tipos, Gis.
—¿Archivo? ¿Qué archivo? —Preguntó Nick, mirando a Giselle con el ceño fruncido.
Ella miró a Hunter y le pidió permiso para compartir. Cuando Hunter asintió, dijo,
—Tenemos una base de datos avanzada, cortesía de agencias que no nombraremos.
Contamos con tecnología y protocolos para proteger a nuestros huéspedes de todas las
formas posibles. En cada ciudad a la que vamos siempre hay uno o dos bastardos que
no pueden evitarlo y piensan que pueden usar nuestra gran carpa como un lugar
seguro para hacer Dios sabe qué con las víctimas que conocen o son arrebatadas de la
calle.
Tensándose, murmuró, —No lo habrías notado, pero... se registran todo tipo de
datos biológicos cuando te paras frente a mi puesto y completas ese cuestionario: tu
temperatura para ver si estás enferma, tu feromonas para ver siestás emocionada o
asustada. Incluso tenemos un sensor en el bolígrafo que toma muestras de tu sudor
para ver si tienes sustancias nocivas en el torrente sanguíneo.
Por eso miró la pantalla de su computadora portátil mientras yo la sostenía.
Nick miró entre Hunter y Giselle.
—¿Pensé que esto era sólo una fiesta pervertida? ¿Y ahora descubro que son
vigilantes ambulantes que libran al mundo de violadores?
Hunter sonrió.
—Tus palabras, no las mías.
—¿Cuántos? —Nick se cruzó de brazos—. ¿A cuántos hombres has detenido?
—No te olvides de las mujeres. —Hunter se estremeció—. Pueden ser mortales
cuando quieren. Tuve que salvar a algunos niños desprevenidos de ser devorados vivos
por mujeres fatales.
—¿Cuántos? —Nick preguntó de nuevo, engañosamente tranquilo.
Hunter se encogió de hombros y miró a Giselle.
—¿Cuál es nuestro último número, Gis? Estoy empezando a perder la cuenta.
Giselle se acercó a Nicholas con una sonrisa radiante en su bonito rostro.
—El Espectáculo de los Secretos ha operado durante siete años. Hemos viajado por
el mundo. Hemos satisfecho a cientos de miles de personas y… —Ella hinchó el pecho—
. He puesto fin personalmente al reinado de novecientos ochenta y dos pedófilos.
—¿Novecientos...? —Tosí—. Eso es una locura.
Un número repugnante. Y peor aún, representaba una fracción de los monstruos
que realmente existían ahí fuera.
—Cuando lleguemos a mil, contrataré a alguien para que ayude. —Hunter me miró
a los ojos—. Estoy cansándome. No me di cuenta de lo cansado que estaba hasta que
te vi en tu auto hoy.
Mi estómago dio un vuelco cuando Hunter vino hacia mí, tomándome en sus
fuertes brazos. Sacándome de la cama, me envolvió con la sábana negra y luego abrazó
con fuerza. Presionando su frente contra la mía, mirándome dolorosamente en lo
profundo de mi alma.
—No he sentido el tipo de lujuria que sentí por ti en mucho tiempo. El sexo se ha
vuelto contaminado para mí. Me relaciono con invitados calientes todas las noches,
pero lo único que veo son monstruos que no deberían pertenecer.
Besándome suavemente, susurró.
—Así que gracias, Ella. Gracias por recordarme por qué dirijo este circo. Hice este
negocio, no como cebo para atrapar a aquellos que merecen morir, sino porque el sexo
es verdaderamente el mayor placer que tenemos. Sexo dado con consentimiento.
Relaciones sexuales entre una o varias parejas. El sexo porque la lujuria es agonizante
y el amor consume.
Lamiendo la herida que había dejado en mi labio inferior, suspiró.
—Dudo que nos volvamos a ver, pequeña bruja, pero quiero que sepas... que tomaste
mi cuerpo esta noche, pero también tomaste un pedazo de mi corazón. Estoy medio
tentado a llevarte conmigo. Robarte de esta ciudad y guardarte para mí, pero… —
Levantó la vista y vio los ojos de Nick, que nos miraba con furia junto a Giselle.
—Vamos. —Soltando sus brazos a mi alrededor, tomó mi mano, llevándome hacia
Nicholas. No podía respirar cuando me empujó suavemente hacia el costado de Nick—
. Tengo la sensación de que, si te robara, rompería más de un corazón.
Nick no me tocó.
Contuvo el aliento y, en un movimiento horrible y desgarrador, se alejó de mí.
Me congelé con mi sábana negra acumulada como pesadillas a mi alrededor.
Hunter entrecerró los ojos hacia Nick, pero luego capturó mis mejillas y besó por
última vez. —Nunca te olvidaré, Ella, y espero que tú nunca me olvides. Pero... un
consejo. Parece que te atraen los hombres a los que les gusta ayudar a los demás. Nick
tiene el compromiso inquebrantable de erradicar el mundo del cáncer, y yo tengo el
deseo eterno de masacrar a cada hijo de puta enfermo con el que me cruce. Tal vez, a
través de nuestro trabajo incansable, podamos marcar la diferencia y el mundo algún
día sea un lugar más feliz y saludable, pero... no importan nuestras responsabilidades
y compromisos con las causas que elegimos, nunca deberías, ni una vez ser segundo
lugar. Deberías ser el único compromiso que hace un hombre. Eso es lo mínimo que
mereces, y es por eso que no puedo robarte, aunque me gustaría muchísimo hacerlo.
No puedo porque no te merezco. Sé por mí mismo que cuando dejemos esta ciudad
mañana y vayamos a otra, mi atención se centrará en cazar monstruos, no en
proporcionarte un hogar seguro y estable.
Las lágrimas brotaron y rodaron por mis mejillas.
No porque quisiera que me llevara sino porque habló con tanta convicción y
disculpa.
—Estoy infinitamente agradecida de haberte conocido, Hunter. Que pude compartir
esta increíble noche contigo. Nunca te olvidaré ni a ti ni a lo que hicimos.
—Tú también. —Dándome la sonrisa más suave, susurró a mi oído—. No dejes que
su frialdad te lastime, Ella. Nick es un imbécil y libra una guerra consigo mismo.Está
completamente enamorado de ti, pero si lo quieres... tendrás que romperlo. No tendrá
el poder para hacerlo él mismo.
Al captar mi mirada, él secó una de mis lágrimas y luego giró hacia Nick con un
huracán de animosidad.
—Y tú... —Apretujando a Nick, se enfureció—, Entiendo por qué estás concentrado
en el trabajo. Y entiendo por qué no quieres amar a otro o que alguien te ame, pero...
eres un jodido idiota.
Nicholas apretó las manos.
—Te sugiero que retrocedas o…
—Ella está fuera de tu liga, hombre. Merece un amante que la gobierne en el
dormitorio y la aprecie en la vida, pero tú no tienes una vida, ¿verdad? Te desea, pero
no tienes nada que darle a cambio. Sin corazón. Sin alma. Estás contento de
permanecer solo y miserable, y no puedo cambiar eso. Ni siquiera Ella puede hacerte
cambiar, así que... eso depende de ti. No tengo idea de lo que está pasando por esa
cabeza tuya después de lo que hemos hecho aquí esta noche, pero lo que sí sé es que,
si no llevas a Ella a casa, si no la bañas, cuidas sus heridas que le causaste y la cuidas
como se merece, entonces te haré una visita antes de irnos y me aseguraré de que,
cuando termine contigo, alguien tendrá que brindarte a ti los cuidados posteriores.
Hunter caminó hacia Giselle y se detuvo con la mano en el pomo de la puerta.
Girándose hacia nosotros, su mirada se suavizó en la mía y luego se endureció en la
de Nick. —Nunca olvidaré lo que compartimos. Espero que hayas disfrutado su visita
en el Espectáculo de los Secretos. Adiós.
Salió de la habitación.
Giselle corrió tras él.
Y nunca volví a ver a Hunter Dixon.
Capítulo 9
Un auto negro salió de la noche en el momento en que Nick y yo salimos de la
valla de la carpa. Me estremecí y fui a apartarme de su camino, pero la ventanilla bajó,
y una chica con un enorme halo de rizos color ébano sonrió.
—El señor Dixon pidió que los llevara a casa. Sus palabras fueron, entre comillas,
'Por favor, lleva a mis amigos de regreso a su casa ya que han tenido una noche
extenuante y no están en condiciones de caminar'.
—¿Cómo sabe que caminamos? —Preguntó Nick, arrugando la nariz con sospecha.
De la misma manera que sabía lo que sentíamos el uno por el otro sin preguntar.
. . . Magia.
Le lancé una mirada, haciendo lo mejor que pude para no sentir dolor en el corazón,
pero incapaz de detenerlo. Con cada segundo que pasaba, se alejaba aún más. No
había dicho una palabra mientras pasábamos por las salas donde muchos otros
asistentes al circo todavía se entregaban a juegos pecaminosos. Se alejaba cada vez
que me acercaba y se negaba a hacer contacto visual conmigo.
Todo su lenguaje corporal palpitaba de... arrepentimiento.
¿Se arrepiente de lo que hemos hecho?
¿Se arrepiente de la alegría de ser libre? ¿De permitirnos algo que dudaba que
volviéramos a hacer?
Las lágrimas dolieron, pero las tragué y sonreí a la conductora. —Un aventón sería
genial, muchas gracias. —Sin mirar a Nicholas, abrí la puerta trasera y entre en el frío
asiento de cuero. Nick esperó a que yo pasara al otro lado antes de deslizarse dentro y
cerrar la puerta.
—¿Cuál es su dirección? —La chica se giró en el asiento del conductor, sosteniendo
su teléfono con la aplicación de mapas abierta.
—En el cuarenta y cuatro de Tagon Crescent, —murmuró Nick, mirando por la
ventana.
La tensión entre nosotros ya nublaba el pequeño espacio.
—Excelente. —Al ingresar nuestra ubicación y colocar su teléfono en el soporte del
tablero, la chica aceleró el auto a una velocidad cómoda y nos alejó de Hunter y sus
secretos.
La gran carpa violeta y plateada desapareció en la noche, reemplazada por calles
familiares que parpadeaban bajo luces brillantes. Casas acogedoras se alineaban en
las aceras, juzgándonos mientras el auto giraba hacia nuestro callejón sin salida y
desaceleraba afuera de nuestro modesto alquiler.
Lo estudié como un extraño.
Noté la maleza alrededor de los escalones. Las espinacas marchitas que había
plantado el mes pasado y el cerezo que necesitaba desesperadamente una poda. Había
dejado encendida la luz de mi habitación en mi prisa por perseguir la euforia, y mi cama
solitaria con sus cojines color crema y encaje parecía lamentablemente poco
atractivos.
Había tenido la suerte de saber lo que se sentía ser deseada tanto por dos hombres
que mi cuerpo conservaba restos de su deseo incluso ahora. La parte interna de mis
muslos estaba asquerosamente pegajosa por el placer. Mis labios dolían por sus besos.
Mi espalda ardía por los latigazos de Nick.
Pero ahora... ahora todo lo que sentía era rechazado, abandonado y... no deseado.
Pensé que él sentía lo que yo hice...
—Gracias de nuevo por el aventón. —Dándole una sonrisa llorosa—. Por favor, dile
al señor Dixon que le agradecemos.
—Lo haré. —Sonrió—. Que tengas un buen descanso de tu noche. No es que pueda
seguir llamándose noche por mucho más tiempo. —Señalando los dígitos brillantes del
reloj del tablero, se rio—. Las cuatro y treinta y siete. Pasada la hora de las brujas y listo
para el amanecer.
Nick gruñó en estado de shock.
—¿Estuvimos allí durante seis horas? —Por primera vez desde que dejó esa
decadente habitación negra donde me había follado más fuerte que cualquier hombre,
me miró a los ojos—. ¿Seis horas?
—La gente parece perder la noción del tiempo cuando está en el Espectáculo de los
Secretos. —La chica sonrió—. He visto a una pareja estar tan metida en su escena que
el equipo de trabajo tuvo que empezar a desmantelar el circo que los rodeaba y esperar
a que terminaran antes de que pudiéramos salir de la ciudad.
Dolía mi corazón.
Me froté y abrí la puerta.
—Entonces supongo que se lo pasaron bien.
—Estoy bastante segura de que fue la primera noche de su luna de miel. —La chica
se rio—. Se presentaron con esmoquin y vestido de novia. Dijeron que acababan de
casarse y que la fiesta posterior había sido organizada por sus padres, muy religiosos.
Habían estado esperando al matrimonio, pero después de unas cuantas copas y
finalmente admitir que un rápido golpe de misionero no era lo que querían para
solidificar sus nupcias, aparecieron en nuestro lugar.
—Supongo que hay un desviado en todos nosotros, —murmuró Nick, abriendo la
puerta y saliendo.
Me estremecí cuando él cerró la puerta.
La chica hizo una mueca de disculpa.
—Sabes... he llevado a casa a bastantes personas que han pasado la noche juntas,
y no es inusual que algunas se apaguen.
Mis dedos se curvaron alrededor de la manija de la puerta.
—¿Se encienden de nuevo?
Se encogió de hombros.
—Supongo que depende de si les gustaba más quiénes eran en la gran cima que
quiénes están tratando de ser.
—Sabias palabras. Gracias de nuevo. —Dándole otra sonrisa, salí y seguí a Nick
mientras él caminaba por el sendero del jardín hacia nuestra casa. Recibiéndome con
una brisa de desprecio.
Colocando el cerrojo en su posición, arrojé mis talones contra el zapatero que
sostenía mis prácticos zapatos planos durante los largos días en el laboratorio y caminé
descalza hacia la cocina. Los gabinetes blancos, la mesa de comedor de madera color
miel y una enorme nevera crujían con dos lotes de comestibles. La comida de Nick y la
mía. Comida que tenía su propio estante y que nunca me permitía tocar porque mi
hosco compañero de piso nunca quiso sentirse en deuda conmigo por haberle hecho
una maldita lasaña.
Ugh.
No puedo... no puedo hacer esto.
Mi cabeza latía con fuerza mientras miraba la espalda de Nick. Cerró el grifo con el
puño y sostuvo un vaso bajo el agua antes de beber con desesperada sed.
No lo interrumpí mientras bebía uno, dos, tres vasos antes de cerrar el grifo y
girarse hacia mí.
Se quedó quieto cuando nuestras miradas se encontraron.
La tensión crepitó.
El dolor magulló.
Bajando la mirada, fui hacia donde él estaba y extendí mi mano hacia su vaso.
—¿Puedo?
—Por supuesto. —Pasándome el vaso, se pasó ambas manos por el cabello y se
alejó.
No miré para ver si salía de la habitación y bebía mi propia porción de líquido, sin
darme cuenta de la sed que tenía. Resultó que el sexo provocaba bastantes ganas de
tomar un refrigerio.
Enjuagando el vaso y colocándolo sobre el escurridor, salté un poco cuando giré y
encontré a Nick apoyado contra la mesa del comedor.
—¿Vas... vas a ir a la cama? —Pregunté en voz baja, odiando la tensión entre
nosotros. El conocimiento de cómo se veía el otro desnudo y la evidencia muy real de
que habíamos dormido juntos.
De repente ansiaba una ducha.
No tenía fuerzas para regresar a esta casa, mirando al mismo hombre que había
hecho cuestionarme y dudar de mí misma durante ocho meses, cuando todo lo que
quería era el hombre que se había hundido dentro de mí y se había venido por segunda
vez todo porque no quería que Hunter fuera el último. Sentí chorrear dentro de mí.
—Ella... yo... —Su rostro se torció mientras luchaba con qué decir—. Esta noche
fue…
—Se acabó. —Interrumpí, no lo suficientemente valiente como para escuchar las
excusas que estaba a punto de dar—. Esta noche se acabó. Vayamos a dormir. Tengo
algunos recados que hacer hoy e incluso podría ir al laboratorio para poder...
—¿Evitarme? —preguntó, con los ojos oscuros bajo el ceño fruncido.
Cruzándome de brazos, supliqué coraje.
—Estoy bastante segura de que eres tú quien va a evitarme.
El asintió.
—Ha pasado por mi cabeza.
—Entonces, ¿cuál es el problema? —Levanté la barbilla.
—Ahí... —Suspiró y vino hacia mí—. No hay ningún problema. Ambos sabemos
dónde está el otro. Compartimos una noche increíble. No mentiré y diré que no la
disfruté. Pero tampoco mentiré haciendo promesas que no puedo cumplir.
—No te pedí que hicieras ninguna promesa.
Sus fosas nasales se dilataron cuando se detuvo ante mí.
—¿Estás diciéndome que dormir juntos no te ha hecho querer más de mí?
Más.
Esa maldita palabra otra vez.
Yo lo sentí.
Él lo había sentido.
Sin embargo, estar aquí ahora... no era suficiente para darme un final de cuento de
hadas en el que viviéramos felices por siempre.
—¿Qué quieres que te diga, Nick? Que he estado enamorada de ti desde que te
mudaste (un enamoramiento que resultó ser mucho más grande que el simple gusto)
o que tengo un corazón tan frío que acostarme contigo (que resultó ser el mejor sexo
de mi vida, por cierto) no me ha afectado en absoluto.
—No digo que no me haya afectado a mí también, Ella. Me gustas. Siempre me has
gustado. Pero quise decir lo que dije. No quiero una relación. Con nadie. No eres tú...
—¿No eres tú, soy yo? Oh por favor. —Levanté las manos—. Esa frase es la peor
excusa que jamás haya existido.
—Es la verdad.
El cansancio se deslizó por mis venas, desviando mi lucha.
Las palabras de Hunter resonaron en mis oídos. Él había dicho que tendría que
romper con Nick si lo quería. Tal vez mañana estaría preparada para el desafío, pero
ahora mismo... sólo quería estar sola.
—Voy a la cama. —Pasé junto a él—. Buenas noches.
—Espera.
Hice una mueca cuando el calor de su cuerpo envolvió el mío, empapándome de
corrientes eléctricas e hipersensibilidad. Con una inhalación rápida como si se
fortaleciera, enroscó sus dedos alrededor de mi muñeca y tiró de mí hacia el pasillo.
— Vamos.
Tropecé detrás de él, sorprendida y estúpida de que me hubiera tocado
voluntariamente.
Pensé...
¿Qué... qué significa esto?
—Nick, ¿qué estás haciendo?
Él no respondió mientras me arrastraba al baño blanco y gris y nos encerró juntos.
Mi crema hidratante todavía estaba en el tocador desde que me di una ducha rápida
antes de correr hacia la gran carpa. Mi toalla cayó al azar sobre el cesto de mimbre
después de haberme rociado con perfume de madreselva.
Con manos temblorosas, me dio la vuelta y jugueteó con mi cremallera.
Capté mi reflejo.
Santa mierda, ¿así me veo?
Mi cabello parecía las serpientes de Medusa. Mi rímel y delineador de ojos se
corrieron en un sensual y ahumado desastre. Mis labios estaban hinchados y rojos con
el más leve cortado de los dientes de Hunter. Mis mejillas tenían quemaduras por la
barba incipiente de los dos hombres que me habían penetrado y mi mirada… se agitaba
con emociones. Emociones demasiado complejas para resolverlas en una noche.
Existían amor, asombro y agradecimiento, pero también miedo, culpa y terror.
Terror de que el hombre que actualmente estaba desnudándome fuera a pulverizar
mi corazón.
—Nick... —Negué, ahuecando mis pechos a través del vestido—. ¿Qué estás
haciendo? Vete y déjame en paz.
Dejando caer su cabeza, presionó sus labios contra mi hombro desnudo.
—Aún no.
—¿Pensé que no podías esperar para alejarte de mí?
—No mentiré y diré que estoy luchando contra todos los instintos de cerrarme y
volver a cómo eran las cosas, pero... tengo una tarea que debo hacer. Una tarea que
no puedo ignorar.
—¿Qué tarea? —Mi temperamento se disparó.
—Brindar cuidados posteriores.
Me puse rígida mientras él tiraba de mi vestido, haciendo todo lo posible por
desnudarme. —Yo... no necesito cuidados posteriores.
Él frunció el ceño, mirándome a los ojos en el espejo.
—Mírate la espalda y dime eso. —Girándome, fulminó con la mirada las líneas
entrecruzadas que prácticamente brillaban en mi piel. Miré por encima del hombro y
jadeé. Algunas se habían vuelto de un azul pálido en los bordes donde ya se habían
formado moretones.
—Lo siento mucho, Ella.
Dejé caer mi vestido, mis ojos se abrieron más ante la magnitud de lo que Nick había
hecho. No había sido consiente. El dolor se había convertido en un manto de fuego,
por lo que no podía distinguir una raya de otra.
Pero ¿esto...? Verlo pintado en mi piel como una obra de arte violenta hizo que
brotaran nuevas lágrimas de mis ojos. No porque me hubiera lastimado sino porque
quería que lo hiciera una y otra vez y... nunca lo hará.
—Maldita sea, no llores, —susurró—. Lo lamento. Lo siento mucho. Nunca te volveré
a pegar. Tienes mi palabra absoluta. Yo... me dejé llevar. Me puse... celoso. Estoy
jodidamente celoso de que lo hayas dejado besarte, lamerte… que te follara. —Su voz
se volvió negra—. Incluso ahora, aunque nunca volveremos a dormir juntos y no tengo
derecho a sentir nada cuando se trata de ti, estoy increíblemente celoso de que su pene
haya estado dentro de ti. Que incluso ahora, su semen todavía te marque.
Dejé caer mi vestido, temblando mientras besaba mis piernas y moría como pétalos
caídos en el suelo.
—No hay nada de qué estar celoso. ¿No lo ves? Me gustas tú, idiota. Te am…
—No. —Tapó mi boca con su mano—. No digas una palabra más. —Al dejarme ir,
se quitó la chaqueta, la camiseta blanca y los jeans, luego me tomó en brazos,
llevándome a la ducha.
Jadeé cuando me colocó en el suelo y abrió el agua. Atrapándome contra las
baldosas hexagonales grises, llovió hielo, seguido de un calor abrasador.
—Nick… no tienes que bañarme. Soy perfectamente capaz de...
—Tranquila. —Empujándome bajo el spray, empapando mi cabello y cada
centímetro de mi cuerpo muy usado y maltratado. Con el rugido del agua cayendo en
cascada a nuestro alrededor y la pesadez de tantas palabras no dichas, tomó mi gel de
baño de coco favorito y puso una generosa cantidad en las manos.
No usó la esponja vegetal y cuando sus palmas aterrizaron en mi espalda,
alejándome de él para poder lavar el dolor que había causado, sentí infinitamente
feliz.
Mi piel desgastada picaba sólo con la más suave caricia, y mucho menos por el
frotamiento brusco.
Los nervios recorrieron mi columna mientras masajeaba mis músculos y seguía las
marcas de las pestañas hasta mi trasero. Sus dedos se sumergieron en mi abertura
reclamándome sin pedir disculpas con suaves caricias después de follarme hasta que
grité.
Me tambaleé contra la pared y agarré la jabonera.
Mi pulso se aceleró; mi pobre y maltratado clítoris latía pidiendo atención.
Casi como si sintiera mi creciente necesidad, sus manos se arrastraron desde mi
espalda hasta mi vientre y hacia abajo, abajo, abajo.
Gemí mientras él pasaba sus dedos por mi centro.
—Nick… ¿qué…?
—Déjame lavarte, —respiró—. Nada más.
Hice lo mejor que pude para no dejar que mi corazón se escapara conmigo,
esperando con todas mis fuerzas que esto significara que había cambiado de opinión y
que esta noche no sería el final. Pero esa esperanza lentamente pereció cuando su mano
cayó más abajo, extendiendo mis pliegues y frotando espuma de coco en mi sexo.
Su toque fue metódico y casi clínico, sumergiéndose un poco dentro de mí como si
sacara cualquier resto de semen que quedara. Sólo cuando me hubo limpiado a fondo,
dobló las rodillas, dándome la vuelta y separando mis piernas.
Sus ojos se fijaron en mi centro mientras sus manos recorrían el interior de mis
muslos.
Las sombras oscurecieron su rostro mientras limpiaba la pegajosidad, los arroyos
plateados del placer seco.
Me estremecí cuando él lavó hasta mis pies antes de pararse en toda su altura
y cambiar el gel de baño por champú. Perdí la noción del tiempo cuando sus dedos
se deslizaron en mi cabello mojado y el raspado de sus uñas en mi cuero cabelludo
amenazó con doblar mis rodillas.
—Agárrate a la pared, —respiró mientras masajeaba mis salvajes rizos castaños.
Obedecí con manos temblorosas, arrastrada por cada toque.
Cuando me enjuagó, aplicó acondicionador y luego pasó sus poderosas manos por
cada centímetro de mí para asegurarse de que había lavado todos nuestros pecados,
yo estaba empapada y desesperada por él.
Parpadeando hacia atrás, bebí de su desnudez.
Su pene colgaba pesado con otra erección.
Cualesquiera que fueran las reglas que quisiera mantener entre nosotros, no tenían
influencia sobre su cuerpo.
Alcanzándolo, susurré.
—La noche no ha terminado. Podríamos estarjuntos… una última vez.
Sus dedos chasquearon alrededor de mi muñeca, justo cuando los míos se aferraron
a su dureza.
—Ella... no lo hagas.
—Me deseas.
Apartó la mirada y su pene saltó en mi mano.
—No significa que voy a tomarte. —Sus ojos se dirigieron a la ventana del baño,
donde el sol iluminaba lentamente la noche azul marino—. Además, ya está
amaneciendo. La noche se terminó. —Quitando mi mano de él, cerró el agua y luego
salió de la ducha a trompicones. Con movimientos bruscos, se envolvió la toalla
alrededor de la cintura, atrapando su erección contra su vientre.
Sin mirarme, arrojó mi toalla en mi dirección y luego salió del baño.
Todo el calor de la ducha. Todo el dolor de sus manos. Toda la suavidad de su
cariño... cada emoción se solidificó en el hielo más frío y duro.
Mi corazón se fisuró.
Mi alma se fracturó.
Negué a mirarme en el espejo mientras caían mis lágrimas.
No me molesté en cepillarme el cabello ni en aplicarme el cuidado habitual de la piel
durante la noche. Todo lo que quería hacer era irme a la cama y olvidar que esta noche
había sucedido.
¿Cómo podía ser tan desalmado?
¿Cómo podía apagar sus sentimientos?
¿Cómo podía lastimarme tan fácilmente?
Suficiente.
La ira pisoteó mi dolor.
El no vale la pena.
Tú sabías eso.
Por eso querías que te compartiera con Hunter.
Querías hacerlo sufrir, tal como él te hizo sufrir a ti.
El trío era para empoderarte, no para entristecerte.
Olvídate de él.
Con las manos apretadas y la piel de gallina, caminé a mi habitación y me detuve
de golpe.
Nick estaba sentado en mi cama con pantalones deportivos de algodón negros, con
el pecho desnudo y brillando por la ducha. Él cerró mis cortinas, quitó la manta,
almohadas y bajado las sábanas.
Mi habitación brillaba con una luz suave y en cualquier otra fantasía, dejaría caer
mi toalla, subiría a su regazo y haría que me tomara.
Pero esto no era una fantasía, y ya había terminado con que él me lastimara.
—Vete, Nicholas.
—No hasta que atienda tus heridas. —Sosteniendo un tubo de miel de manuka y
crema de aloe vera, se encogió de hombros—. Están mal. Ojalá tuviera un poco de árnica
para detener los moretones, pero al menos esto curará los cortes superficiales.
Acechando hacia él, le tendí la mano.
—Dame la crema. Puedo hacerlo.
Poniéndose de pie, apretó el tubo con el puño.
—Es mi deber.
—No me importa tu deber. —Fruncí el labio superior—. El deber es lo que nos metió
en este lío. El deber es lo que te impide ceder a esta conexión entre nosotros. El deber
puede morderme el trasero.
Él masticó una sonrisa.
—Estoy bastante seguro de que te mordí el trasero en algún momento esta noche.
—No hagas eso.
—¿Hacer qué?
—Intentar cambiar de tema.
Se quedó quieto, sus ojos color avellana se volvieron ilegibles.
—Te dije por qué no puedo estar contigo, Ella. No es porque no quiera... físicamente
no puedo.
—Porque te estás muriendo.
Él se estremeció.
—Eventualmente. Mi hermano tenía sólo treinta y seis años cuando le
diagnosticaron lo que tenía nuestro padre. El cáncer de páncreas actúa rápido. Él se
había ido en dos años, a pesar de la inmunoterapia y los fármacos de prueba.
—Entonces crees que estarás muerto a los treinta y ocho. —No lo dije como una
pregunta, más bien como una declaración de incredulidad.
—Siete años no es nada en el esquema de una vida. —Su mirada se suavizó—. Una
vida que deseo mucho que tengas.
—¿Qué hay sobre lo que yo deseo?
Desenroscando la tapa, se negó a mirarme a los ojos.
—Te estoy protegiendo. Sé que no lo ves así ahora, pero lo harás. Me niego a hacerte
vivir lo que mi madre vivió cuando murió mi padre. Me niego a enamorarme y jugar a
la familia felice cuando hay millones de familias que pierden a sus seres queridos a
causa de cánceres que potencialmente podría curar si pudiera encontrar la receta
correcta.—Agarrando mi brazo, me llevó hacia mi cama—. Juré en el lecho de muerte
de mi hermano que dedicaría mi vida a evitar que otros sintieran el mismo dolor que
nosotros. No puedo romper esa promesa sólo porque…
La inercia de su balanceo hizo sentarme pesadamente en mi colchón. Me preparé y
pregunté.
—¿Sólo porque tú qué?
Se quedó helado y mordió su labio inferior.
—¿Por qué me amas? —Pregunté en voz baja—. Porque si lo haces… ¿no vale la
pena todo el dolor? ¿No vale el amor...?
—No vale la pena vivir el resto de tu vida en la miseria por amor cuando pierdes a
la única persona sin la que no puedes sobrevivir.
—No crees eso.
Sus ojos se encontraron con los míos.
—Lo hago. Con cada parte de mí.
Mi corazón palpitó, preparándose para una pelea.
Yo lo deseaba.
Lo necesitaba.
No podría ser desollada tan expertamente con el sexo y volver a ser la de antes. No
estaba programada de esa manera. Las cosas habían cambiado. Yo había cambiado.
Estaba bien sabiendo que nunca volvería a ver a Hunter. Después de todo, entré a esa
habitación sabiendo que nuestra relación sólo iba a durar unas horas, pero ¿Nick?
Había perforado mi alma.
Había demostrado lo digno que era. Cuán desesperadamente deseaba ser la persona
a quien él volviera a casa... no porque nos hubiéramos visto obligados a alquilar juntos
sino porque elegimos compartir una vida juntos.
No podía volver a la versión cerrada que yo había llegado a despreciar. No podía
ocultar la pasión que sabía que habitaba en su interior. No podía porque yo no
sobreviviría.
¿Quería protegerme de sobrevivir a su posible muerte?
Entonces, ¿cómo podría explicar por qué ya lo lloraba?
¿Por qué el dolor se filtró dentro de mí como si ya lo hubiera perdido cuando él
todavía estaba vivo, todavía aquí en mi habitación, extendiendo un tubo de crema para
darme cuidados posteriores, todo porque pensó que era su deber cuidarme después?
¿Haciéndome pedazos?
Tan honorable.
Tan noble.
Tan trágico.
—N-Necesitamos hablar sobre lo que pasó esta noche, —susurré.
La ira estalló en sus ojos.
—Es el amanecer, Ella. Lo que pasó fue ayery nunca volveremos a hablar de ello.
Mi cabeza latía sin previo aviso, aplastando mi columna hasta quedar encorvada.
Quería gritar y chillar.
Quería golpearlo hasta que entrara en razón.
Pero... ya había terminado.
Infinitamente cansada.
Infinitamente triste.
Por un momento, no nos movimos ni hablamos. Nick miraba con recelo, como si
esperara que hiciera exactamente lo que quería y lo atacara. Pero cuando simplemente
olfateó en silencio y una lágrima rodó por mi mejilla, él dio un paso hacia mí y
suavemente desabrochó mi toalla.
No lo detuve.
No importó que descubriera mi desnudez o resistirme cuando me empujó más arriba
en la cama, moviéndome hasta que di la vuelta.
Acostándome boca abajo con rizos húmedos y locos cubriendo mi cara y
atragantándome con las lágrimas mientras él frotaba lentamente una crema
calmante en mi piel que picaba.
Haciéndome más en este momento de ternura que cuando me desolló viva con el
látigo.
Él lastimó mi corazón.
Él lastimó mi alma.
Y cuando terminó de cubrir mi espalda con miel y aloe vera, una vez que aplicó
toques de crema en las medias lunas de las uñas que Hunter había grabado en mis
caderas y en la quemadura de la cuerda en mis muñecas, me dio un suave beso en él,
hombro y susurró, —Feliz cumpleaños, Ella.
Y luego se fue.
Capítulo 10
El sábado por la noche desperté con un fuerte trueno que sacudió los cristales de
los marcos de las ventanas. La tormenta de ayer decidió tener un bis estruendoso, y
quería decirle a la Madre Naturaleza que se fuera de inmediato.
Gruñendo, rodé hacia mi izquierda, haciendo una pequeña mueca cuando dolió mi
espalda. Con un suspiro, me acurruqué más profundamente en mi edredón mientras
la lluvia azotaba y silbaba contra el techo de metal. Mi despertador decía que sólo había
estado dormido dos horas y media. Cualquier persona en su sano juicio todavía estaría
en la cama en una tranquila mañana de sábado, especialmente si hubiera estado en el
Espectáculo de Secretos anoche y se habría despertado hasta las cinco y media de la
mañana.
Pero yo estaba inquieta y adolorida, tanto física como espiritualmente.
La mayoría de los días, me levantaba temprano y corría cinco kilómetros alrededor
de nuestro parque local antes del trabajo, pero ¿pensabas en hacerlo esta mañana?
Ugh, no gracias.
Hundiéndome en mi cama, las imágenes de la noche anterior volvieron para
atormentarme.
Imágenes de Hunter mientras se ofrecía a mí, todo porque le dije que quería ser
dominada. Fragmentos de él desnudo y la mirada en sus ojos mientras se hundía
dentro de mí mientras Nick me azotaba.
Nick.
Mi núcleo se apretó; se cortó mi aliento.
La forma en que ordenó que gateara, le ordenó a Hunter que me lamiera hasta
dejarme limpia y luego envolvió una cuerda con fuerza alrededor de mis muñecas. La
forma en que gimió cuando se sumergió dentro de mí por primera vez...
¡Basta!
Tapé mi cara con una almohada.
Basta, basta, basta.
Por primera vez en mi vida, tuve una experiencia sexual real que revivir cada vez
que me liberaba. En lugar de fantasear con hombres sin rostro con voces gruñonas y
exigencias depravadas, tuve una noche por la que otras chicas matarían. Tenía
recuerdos en lugar de fantasías y no podía darme el lujo de recordar ni una sola porque
el objeto de esos pensamientos calientes y pervertidos estaba en una cama al otro lado
del pasillo, decidido a fingir que nunca pasó nada.
—¡Arghhh! —Grité contra mi almohada.
Fue un error.
Anoche fue el mayor error de mi vida.
Debería haberme acostado con Hunter.
Debería simplemente haber caído en un pequeño enamoramiento intenso y dejar que
Hunter gobernara mis vibrantes escapadas por el resto de mi vida.
¿Qué no podía gustarme de él? Deliciosamente guapo, atento, apasionado,
dominante. Incluso cazó a los malos e hizo todo lo posible por hacer del mundo un
lugar más seguro, por el amor de Dios.
Tuve suerte de no enamorarme de ese chico y, si fuera honesta, nunca lo olvidaría.
Si alguna vez volvía a ver a Hunter, dudaba que pudiera evitar suplicar que se repitiera
la actuación.
Pero... en lugar de que la noche anterior perteneciera enteramente a un hombre
inalcanzable que probablemente ya había abandonado esta ciudad, tuve que incluir
estúpidamente al hosco con el que vivía, y ahora mi vida estaba arruinada.
Sentándome en la cama, me estremecí cuando las sábanas se separaron de mi piel
desnuda.
Nunca dormía desnuda, pero después de que Nicholas terminó de untarme con
crema curativa, tiré de mis mantas y abracé una almohada. No me había movido,
ferozmente decidida a no llorar, seguirlo o salir corriendo de esta casa y no regresar
nunca.
Arreglándomelas para no hacer ninguna de esas cosas, pero ahora que estaba
despierta, no estaba segura del éxito que tendría.
—Si lo quieres, tendrás que romperlo.
La voz de Hunter resonó en mi cabeza justo cuando la caldera de agua empezó a
zumbar y la ducha silbaba por el pasillo.
Mi corazón dio un vuelco.
Mi vientre se apretó.
Nick está despierto.
Cada músculo de mi cuerpo se tensó, provocándome latigazos de dolores y
molestias. Me dejé caer sobre mi dolorida espalda y miré al techo con el ceño fruncido.
Sonó el clic de la puerta de la ducha abriéndose y cerrándose. El zumbido de la
caldera se convirtió en un gemido más profundo mientras Nick jugueteaba con la
temperatura como siempre hacía.
Adoraba tener la ducha lo suficientemente caliente como para hervir langostas.
Nick la prefería lo suficientemente tibio como para no congelarse.
En muchos sentidos, eso era lo único en lo que diferíamos.
Por mucho que no quisiera admitirlo, éramos terriblemente similares.
Veíamos los mismos documentales de Netflix. Ascendimos en las filas de nuestra
empresa gracias a la disciplina y diligencia. Limpiamos lo que ensuciamos. Creíamos
en fantasmas después de un espectáculo particularmente espeluznante. No nos
gustaban los ciempiés y creíamos que todos los parques marinos deberían cerrarse.
Incluso comprábamos la misma marca de detergente en polvo y hummus. No le
gustaban los refrescos... como a mí. Él dejó el azúcar casi al mismo tiempo que yo
después de leer un libro que vinculaba pruebas sólidas de que el cáncer prosperaba
con la glucosa y que las dietas actuales sólo contribuían a esta enfermedad rampante.
Corría los mismos días que yo, a veces dando vueltas por el parque como si me vigilara
a pesar de que no me soportaba.
Siempre parecía programar el fuego de gas en el salón para que se encendiera
diez minutos antes de que yo llegara a casa después de mi turno, a pesar de que
su turno no terminaría hasta dentro de horas. Era callado y no le gustaba la música
como a mí. Prefería los libros de no ficción a los de fantasía. Había empezado a meditar
en el comedor porque una noche le dije que la meditación podía activar partes de
nuestro cerebro actualmente inaccesibles. Si aprendemos a despertar la glándula
pineal, también conocida como Tercer Ojo, podríamos encontrar una cura que todos
los demás habían pasado por alto.
Él siempre me escuchaba, incluso si sus ojos permanecían fríos. Nunca se rio de mí
cuando le puse delante de las narices un pasaje sobre una terapia novedosa. Nos
quedábamos solos en el laboratorio. No teníamos muchos amigos. No nos gustaban las
multitudes y ninguno de nosotros tenía ningún interés en organizar fiestas.
En las raras noches en que se sentaba a leer conmigo en el salón y no se retiraba a
su habitación, el silencio siempre había sido reconfortante, aunque apenas
hablábamos. Su plato favorito para picar entre horas era el tamari de almendras...
como yo. Había adoptado mis hábitos alimenticios y prefería no comer hasta que
hubieran pasado dieciocho horas desde la cena, así que empezábamos cada día con
un mini ayuno que, según se decía, alargaba los telómeros de nuestras mitocondrias
para que limpiaran las células malas y purgaran nuestros cuerpos de cualquier
enfermedad antes de que pudiera evolucionar hacia cosas peores.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza mientras tropezaba con nuestras similitudes
y todos los momentos que había dado por sentado.
Hacía un batido para mí todas las mañanas cuando él se hacía uno. Siempre
doblaba mi manta en el sofá si iba a la cama, para que estuviera ordenada y colocaba
justo así en el descansabrazo para mí la noche siguiente. Cortaba el césped todas las
semanas, a pesar de que teníamos un acuerdo escrito de que nos turnaríamos. La
última vez que estuvo en la tienda compró semillas de verduras, todo porque yo había
decidido empezar un pequeño jardín.
Ay dios mío.
¿Cómo no lo había visto?
No fueron sólo nuestras similitudes sino las pequeñas cosas que hizo por mí. Las
pequeñas cosas constantes que ni siquiera había notado. Las cosas que decían más
que mil palabras, aunque él no dijera ninguna.
A él le importa.
A él siempre le he importado.
Ocho largos meses de sus pequeñas bondades que habían sido demasiado sutiles
o yo había estado demasiado ciega.
Jadeé y presioné mis manos contra mi boca.
¿Y lo peor?
La conexión más grande que compartimos... más allá de ser geeks de laboratorio,
ratones de biblioteca y nerds de la ciencia. Más allá de nuestro deseo de una vida
tranquila y saludable. Más allá de nuestros intentos de encontrar curas y medicamentos
que realmente funcionaran... había perdido a dos miembros de su familia inmediata...
Justo
como
yo.
Quedé helada.
Oh Dios.
¿Cómo no lo había visto?
Había perdido a mis padres cuando tenía diecisiete años, gracias a que un
conductor ebrio los atropelló de cabeza cuando regresaban a casa después de una cita
nocturna semanal. Ya sabía que quería trabajar en medicina de una forma u otra, pero
cuando ellos murieron, no tenía el estómago para ser médico, que había sido mi
primera opción.
La idea de estar en una sala de emergencias cuando ocurrían accidentes de tránsito
me bañaba de sudor frío. Todo lo que podía imaginar era a mi mamá y papá mientras
yacían agonizantes en el camino esperando a los socorristas, viendo sus cuerpos
destrozados en camillas mientras los médicos hacían todo lo posible para salvarlos.
Su pérdida me había cambiado irrevocablemente, pero supuse que había enterrado
el trauma lo suficiente como para no pensar en ello. Utilicé el trabajo y las largas horas
para distraerme... al igual que Nick.
Yo-yo lo entiendo.
Yo... yo lo entiendo ahora.
Me moví antes de que mi mente dejara de dar vueltas.
Salí corriendo de la cama, gimiendo mientras salía del cálido capullo, agarré mi bata
de satén rosa de detrás de mi puerta y corrí por el pasillo.
Afuera azotaba la tormenta, lo que me alegró doblemente de que la calefacción
estuviera a una temperatura agradable y que Nick hubiera encendido el fuego de gas.
Otro pequeño detalle más.
Otro gesto reflexivo.
Maldita sea... he estado tan ciega.
Todo este tiempo pensé que me odiaba. Cada mirada desdeñosa y fría mueca de
despreció cuando lo presioné para que cocinara conmigo o compartiera una comida en
la sala de profesores del laboratorio. Al principio, quería salir con él para conocer al tipo
que la compañía había agregado a mi contrato de alquiler, pero al final... sólo quería
conocerlo a él. Necesitaba conocerlo porque ya me sentía muy atraída por él.
Supongo que una parte de mí notó con sus gestos quería devolvérselo, sólo para
encontrar exactamente lo contrario del hombre generoso que hacía cosas tan dulces.
Todo ese desinterés y distanciamiento. Ahora lo veía como lo que realmente era...
moderación feroz y salvaje.
Temblaron mis dedos mientras giraba el pomo de la puerta del baño.
No está bloqueada.
¿Era eso una señal?
¿Quería que fuera con él o no cerraba la puerta con llave normalmente?
La puerta de cristal de la ducha se llenó de vapor, ocultándolo. Su silueta se inclinó,
su frente tocó las baldosas mientras el agua corría sobre su cabeza.
Mi corazón tropezó con tanto deseo, necesidad y… amor.
Quería compartir mi epifanía.
Quería decirle que era demasiado tarde para mantenerme a distancia.
Me había enamorado de él la noche anterior en una bruma de sexo ebrio.
Pero ahora... ahora me daba cuenta de que había estado cayendo durante
meses, confundida por su brusquedad, sacudida por su animosidad, pero sin poder
entender por qué.
Mi corazón tronó tan fuerte como la tormenta afuera cuando tiré mi bata y la dejé
caer al suelo. Mi pequeño vestido negro permanecía sobre la alfombra de baño donde
Nick me había desnudado anoche. Representaba todo lo que habíamos hecho y me
daba esperanza.
Esperanza rápida y salvaje de que no me alejaría.
Hoy no.
Ahora no.
Aquí, en nuestra casa, no existía ningún Hunter.
Sin compartir ni celos ni circos.
Sólo nosotros cuando caminé hacia la puerta de la ducha y la abrí.
Mis piernas se cerraron mientras mis ojos bebían la vista más deliciosa.
Mi núcleo se apretó mientras Nicholas trabajaba. Con los ojos cerrados y la cabeza
bajo la corriente, no escuchó mientras su estómago se tensaba y su puño bombeaba
su dureza.
Se acarició dolorosamente con fuerza, moviéndose hacia arriba y hacia abajo con
una velocidad punitiva. Sus muslos se abrieron y la espalda se onduló con energía
mientras se acariciaba para liberarse.
Oh Dios.
Cada parte de mí se derritió.
Viéndolo autocomplacerse.
Observándolo masturbarse...
El acto prendió fuego a mi sangre y la humedad se acumuló entre mis piernas.
No podía hablar mientras él gemía suavemente, apenas audible sobre el chorro de
agua.
Sus caderas se empujaron hacia su mano, tan cerca de provocarse el orgasmo.
No quería que se viniera.
Quería ser yo quien hiciera eso. Quería tomarlo de nuevo, hacerlo parte de mí. Si
llegaba al clímax ahora, se iría por el desagüe y sería una liberación vacía. Para mí,
podría ser un nuevo comienzo.
Antes de que pudiera detenerme, susurré.
—No lo hagas.
Se congeló por un milisegundo antes de girarse para mirarme, con la mano todavía
alrededor de su asta y sus ojos llameantes. Los músculos de su estómago, tan suaves
y definidos, atraparon riachuelos de agua, convirtiendo las gotas en un carrusel de
remolinos y líneas antes de viajar por sus poderosas piernas.
Mi respiración se volvió superficial.
Él... él es impresionante.
¿Cómo podría mantener su sexualidad oculta bajo una bata de laboratorio
monótona? ¿Cómo había sido tan estúpida como para no darme cuenta?
—¿Qué mierda, Ella? Vete. —Intentó cubrirse con la otra mano, estremeciéndose
un poco mientras luchaba por no terminar.
Estaba cerca.
Lo sabía ahora porque se había venido en mí dos veces.
Conocía sus indicaciones.
Conocía sus factores desencadenantes.
También sabía que, si le respondía, si decía una sola palabra, lo más probable es
que me echara del baño y no volviera a hablarme nunca más.
Entonces... caí de rodillas.
Abrí la boca.
Y lo miré, arrodillándome sobre la alfombra del baño mientras la ducha me
rociaba desde la puerta abierta. Mis pezones se endurecieron. Mi pecho subía y bajaba
por los nervios, pero mis ojos nunca dejaron los de Nick. No miré su duro pene. No bajé
la mirada. Si lo hiciera, el hechizo se rompería. Y tenía toda la intención de tejer toda la
magia que pudiera a su alrededor para que se olvidara de su estúpida nobleza de no
estar conmigo. Olvidé que quería alejarme. Olvidé por qué el amor era el peor dolor del
mundo, pero también el dolor que con gusto pagaría por merecerlo.
Apretando sus dientes, sus ojos se posaron en mis labios entreabiertos.
—No deberías estar aquí. —El azufre brilló en su mirada color avellana, volviéndola
de un verde vibrante de lujuria. Sus muslos se contrajeron y su asta se sacudió en su
puño. La tensión aumentó a nuestro alrededor. Tanta, tanta tensión. Afilado y cortante,
espinosa y conmovedora.
El deseo me paralizó.
La necesidad me corrompió.
—¿Vas a decir algo? —gruñó.
Simplemente bajé la barbilla y lamí mis labios.
—Jesucristo. —Contuvo el aliento mientras su mirada bajaba de mi boca a su polla.
Esperé a que me echara. Que regresara el bastardo helado de antes, ya ahogándose
en lágrimas por su negación.
Pero entonces...
Se acercó.
—Mierda, —gruñó, perdiendo el control—. Te odio por esto. Te odio por hacerme
perder el control.
Se agachó lo suficiente para tomar mi barbilla con una mano húmeda y caliente e
inclinó mi cabeza hacia atrás. Con los dientes apretados y su pene llorando líquido
preseminal, pasó su pulgar por mi labio inferior y empujó hacia abajo.
—¿Me deseas, Ella? Entonces abre de par en par.
Dejé que pasara su pulgar sobre mi labio inferior y empujara mi mandíbula hacia
abajo.
Dejé que se alzara sobre mí.
Y dejé que frotara la coronilla de su miembro por mis labios, pintándome con sal y
agua.
—Maldito infierno. —Sacó su pulgar de mi boca y luego empujó su longitud a lo
largo de mi lengua—. Chúpame. Bebe mi semen como una buena chica.
Gemí mientras él me alimentaba cada centímetro que podía.
—Nunca te perdonaré por esto, —gimió, su voz retumbando con terremotos y
destrucción mientras cerraba mis labios alrededor de su dureza aterciopelada,
haciendo todo lo posible por no ahogarme mientras presionaba contra la parte posterior
de mi garganta—. Nunca, ¿me oyes?
Lágrimas verdaderas picaron en mis ojos, pero las olí y lo alcancé. Fui a apretarlo,
pero él apartó mi mano de un golpe.
—No me toques.
Dejando caer el brazo, miré la longitud de su cuerpo perfecto. Nuestros ojos se
encontraron y, al igual que la noche anterior, la dura ilegibilidad de su mirada se
fracturó hasta que cada necesidad, cada sentimiento malvado y monstruoso
brillaron.
Y entonces, las sombras lo invadieron mientras abrazaba al Dominante del que
siempre se escondía.
—Agárrate a mis tobillos. Ahora.
Mis dedos obedecieron y se cerraron en su lugar. Arqueó mi columna con mi cabeza
inclinada hacia atrás, obligándome a inclinarme hacia él. Su piel ardía, y los huesos y
ligamentos de sus piernas se sacudieron bajo mi agarre.
—¿Puedes respirar? —preguntó secamente, alimentándome aún más con su
erección.
Asentí.
—¿Viniste aquí esperando que cambiara de opinión acerca de estar contigo?
Entrecerré los ojos y no respondí.
—¿Viniste aquí queriendo que te folle?
Asentí.
Todo su cuerpo se estremeció. Su pene se onduló en mi lengua.
—¿Te gustó que te penetrara anoche?
Asentí.
—¿Te gustó que él te follara?
La forma en que me miró con el ceño fruncido advirtió que no respondiera. En ese
momento de absoluta servidumbre, una descarga de miedo genuino me invadió. Parecía
peligroso y desquiciado, dominado por la lujuria y destrozado por la necesidad.
Mantuve su mirada y abrí lo más que pude.
Enseñó los dientes mientras entraba.
—Esto no cambia nada. —Pasó su miembro por mis labios con una repentina
fiereza—. Esta es la última vez que te meteré mi pene en tu boca. La última vez que
beberás mi semen.
Me estremecí.
Apreté mis muslos, aprovechando los ecos de necesidad que pulsaban a través de
mi cuerpo.
Inclinándose sobre mí, agarró dos puñados de mi cabello, abrazándome muy fuerte.
—Esta es la última vez que me verás desnudo, así que mírame bien, Ella. Siénteme
mientras te tomo. Mójate para mí. Crea un charco en la alfombra del baño, por lo que
a mí respecta. Pero no esperes que te devuelva el favor. Te dije dónde estábamos. Ya
sabes lo que siento acerca de las relaciones. Tú te lo buscaste. Viniste aquí con los senos
de fuera y tu núcleo rogando. Caíste de rodillas, y abriste tu hermosa y tentadora boca.
¿Cómo se supone que voy a tener la fuerza para no aceptar lo que tan estúpidamente
estas ofrecido? ¿Cómo se supone que voy a decir que no cuando tus ojos ruegan que
te destruya?
Jadeé mientras él empujaba dentro de mí, sosteniendo mi cabeza con puñados de
mi cabello, tratándome como nada más que un recipiente para empujar su pene.
—Maldita sea. —Sus ojos se entrecerraron mientras veía su longitud desaparecer
más allá de mis labios—. Te ves tan jodidamente bien con mi polla en tu boca. Tan. —
Empuje—. Jodidamente. —Empuje—. Bien.
Dejé de respirar cuando Nicholas, el científico silencioso que usaba gafas y me
cuidaba de tantas maneras desinteresadas y sencillas, se convertía en una bestia
primitiva.
Las lágrimas corrieron por mis mejillas mientras me sacudía la alfombra de baño.
La forma en que habló prendió fuego a mis terminaciones nerviosas. El aire sobre
mi piel desnuda era gasolina. Sus ásperos gruñidos mientras aceleraban la cerilla para
prenderme fuego.
Mantuve mis manos alrededor de sus tobillos, obedeciéndole a pesar de que quería
desesperadamente tocarme. Quedé boca abajo y sumisa mientras él se volvía más y
más duro.
—No voy a contenerme, —siseó—. Estoy tan cerca. Muy cerca. —Sus ojos se tornaron
negros cuando sus labios se separaron de sus dientes—. ¿Estás lista? ¿Listo para
beber? ¿Lista para tragar cada gota?
Asentí, con los ojos llorosos.
—Esto es tu culpa, —jadeó—. Todo por tu puta culpa. —Sus ojos se pusieron blancos
mientras embestía mi boca—. No tengo defensas cuando se trata de ti. Me masturbo
dos veces al día imaginándote así. A mi entera disposición. Arrodillada por mi dureza.
Rogándome que te folle. Sueño despierto contigo chupándomela debajo de mi escritorio
en el trabajo. Tengo fantasías de embestirte en el parque cuando corres. Ya no puedo
dormir sin soñar contigo encadenada a mi cama, con las piernas abiertas y tu centro
siempre listo para que lo coma.
Jodido infierno.
Un orgasmo corrió por mi sangre, convocado por sus palabras, palpitando en mi
clítoris para deshacerse.
—Ya no puedo pelear contigo. —Él gimió largo y bajo, su estómago se flexionó
mientras entraba en mi boca—. No puedo hacerlo. No-no puedo. No puedo parar...
joder.
Llegó en un río de semillas que salpicaban.
Ahogándome con sal espesa.
Derramándose directamente por mi garganta.
Sosteniendo mi cabeza, rugió y siguió viniéndose, chorreando una y otra vez
mientras sus caderas seguían empujando y su asta seguía moviéndose.
Perdí todo sentido del tiempo y el espacio cuando él me usó tal como yo lo quería.
La suave neblina en la que había tropezado cuando Hunter me sostuvo en su regazo
y Nick me azotaba regresó, dejándome muda, vacía y tranquila. Tan maravillosamente,
perfectamente tranquila.
Apenas fui consciente cuando Nick se retiró de mi boca y me sacó de la alfombra
del baño. Apenas consciente cuando el agua fluyó sobre mí y su pulgar pasó por la
comisura de mis labios, capturando las últimas gotas de su placer.
Mis ojos se abrieron, ligeramente desenfocados mientras flotaba en una nube de
obediencia y felicidad. Le había dado placer. Lo había obedecido sin dudarlo. La
dinámica y los sentimientos de estar subordinada a él en lo que respecta al sexo me
abrumaban.
Dejando caer las pestañas, murmuré.
—¿Disfrutó de mi boca, Señor?
Se puso rígido, dejándome ir.
—Me obligaste a que tomara tu boca al aparecer aquí desnuda y demasiado
dispuesta.
Asentí dócilmente.
—Lo siento, Señor.
—Deja de llamarme así. Ya no estamos en el circo, Ella. No soy...
—¿Prefieres Amo? —Miré hacia arriba—. A mí… me gusta ese. Me gusta sentirme
impotente contra ti. A mí... me gusta ser tu propiedad. —Me encogí de hombros y reuní
mi exhausto coraje para decir—. Eso es lo que he querido desde el principio. Por eso
fui a la gran carpa. Quería saber cómo se sentía ser dominada.
Gruñendo ruidosamente, Nick pasó ambas manos por su cara. Negando, dejó caer
los brazos y salió de la ducha. Temblé mientras cerraba el agua y lo vi arrebatar su
toalla con pánico y desesperación.
—¿Nicholas? —Subí a la alfombra del baño—. Está bien. Me gusta estar a tu merced.
Podemos hacer que esto funcione. Quiero que esto funcione…
Se giró hacia mí y siseó.
—No hay nada que pueda funcionar, Ella. ¡Te lo dije!
—Y acabo de darme cuenta de que has estado mintiendo todo el tiempo que hemos
vivido juntos.
—¿Mintiendo? —Él retrocedió—. ¿Cómo diablos he estado mintiendo? No ha sido
más que blanco y negro contigo. No quiero ser tu amigo. No quiero cocinar cenas
contigo. No quiero ver películas contigo. ¡No quiero ser más que colega!
—Mentiroso. —Entré furiosamente contra él, clavando mi dedo en su pecho
mojado—. ¿Qué pasa con todas las cosas dulces que haces por mí? La consideración
que nunca había notado hasta ahora pero que ocurre todos los días. Te preocupas por
mí, Nick. Yo sé que lo haces.
—No importa cómo me siento. —Apartó mi dedo y se cruzó de brazos—. Mi postura
sobre las relaciones no ha cambiado.
—Si tu corazón ya está invertido, ¿no crees que es un punto discutible? —Yo
también me crucé de brazos, imitándolo, levantando mis pechos—. Anoche hubo algo
más que sexo entre nosotros, y lo sabes. Ha habido más entre nosotros durante meses
y...
—Y ahora, no hay nada. Nos sacamos mutuamente de nuestros sistemas. Eso es
todo.
—Eso es todo, ¿eh? —Ladeé la cadera, mi voz burlándose con furia—. ¿Qué hay de
tu posesividad sobre mí cuando Hunter me penetro? ¿Qué pasa con tu enojo cada vez
que me tocaba? Estabas celoso.
—No hables de él.
—¿Por qué? ¿Te duele recordar que yo también lo follé?
—Cuidado. —Apretó los dientes—. Te estoy advirtiendo.
—Tú también lo disfrutaste. Ambos disfrutaron llevándome. ¿Qué es lo que no te
gusto de esto? ¿Mirarlo o saber que me complació?
—¡Ambos! —rugió—. Quería ser yo quien te diera placer. Pensé que no me importaría
verlo tenerte, pero... Mierda, fue la cosa más difícil del mundo.
—¿Por qué? —Susurré—. ¿Por qué fue difícil si no te importa?
—Me paralizaba cuando gemías por él. ¿Escucharte disfrutar de lo que te hacía?
Esos pequeños llantos, tus súplicas. Cristo, Ella te retorcías por él. Fue la cosa más
jodidamente caliente que he visto en mi vida. Se me pone dura cada vez que pienso en
ello, pero…
—¿No te gustó compartir?
Entrecerró los ojos, motas de caleidoscopio verde y marrón.
—Sólo detente. Deja de hablar de él.
—No si eso te hace honesto por una vez en tu vida. Si tengo que recordarte que él
me lamió, me tocó, me folló...
—Por el amor de Dios, detente. —Corriendo hacia mí, envolvió sus dedos alrededor
de mi garganta, estrellándome contra la pared—. No me recuerdes que él ha estado
dentro de ti, Ella. No te gustará lo que haga a cambio.
—¿Qué harías?
—¿Crees que te lo diría? Te gustaría demasiado.
Me estremecí.
—Si sabes eso de mí, ¿cómo puedes negártelo? Ya sabemos que el sexo entre
nosotros es explosivo...
—Quedé atrapado en la noche. No significó nada.
—Si no significa nada, entonces ¿por qué te importa que estuviera con él?
Contéstame, porque ahora mismo lo único que veo es...
—Porque él no te merecía.
—Oh, no lo sé. Anoche parecía bastante merecedor. Caza a los malos y da buenos
orgasmos. En mi opinión, prácticamente es un superhéroe.
—Ella... —retumbó—. Por favor, para.
—No. —Levanté la barbilla, incluso cuando sus dedos apretaron mi cuello—. No
creo que lo haga. Quiero empujarte. Quiero romperte. Eso es lo que dijo que hiciera.
Dijo que, si te quería, tenía que romperte, ¿y sabes qué, Nick? Te deseo. Estoy
enamorada de ti. Así que, si tengo que doblegarte, yo...
—Suficiente. —Asfixiándome, empujó su cara contra la mía—. He terminado. —
Soltándome, retrocedió y pasó sus manos por mi cabello—. ¿Quieres que admita que
tedeseo? Bien. Te deseo. ¿Quieres saber cuánto quiero dominarte? ¡Bien! Quiero que
estés jadeando a mis pies y empapada para mí en todo momento. Te quiero
magullada. Te quiero marcada. Quiero que estés completamente obsesionada conmigo
porque yo estoy completamente obsesionado contigo, y ese tipo de anhelo está mal. Es
peligroso. Es compulsivo, consumidor y... fatal.
—¡Se llama atracción, Nick! Eso es todo.
—No, es mucho, mucho peor. Te deseo, Ella. Te deseo cada momento de cada
maldito día. Debería verte como la mujer que realmente eres. Tan increíblemente
brillante, inteligente y capaz. Trabajas incansablemente. Amas libremente. Y cuando
te escucho usar tu vibrador por la noche, me atas un puto nudo.
Su pecho se agitó mientras se encogía de hombros.
—¿Es eso lo que quieres escuchar? ¿Quieres saber todos mis retorcidos secretos?
¿Estás lista? ¿Lista para que enumere todas mis perversiones cuando se trata de ti? —
Él se rio entre dientes—. Está bien, entonces quiero rebajarte hasta que no seas más
que mi juguete. Quiero amordazarte en lugar de hablar contigo. Quiero que supliques
por mis caricias y supliques por mi pene. Te quiero todo para mí. Te quiero magullada,
sangrando y desnuda en todo momento. Quiero que existas sólo porque yo lo permito.
Quiero joderte sólo a ti.
Se limpió la boca con una mano temblorosa e hizo una mueca de horror.
—¿Qué clase de idiota quiere eso? ¿Qué clase de bastardo quiere estar a cargo
de cada uno de tus latidos, gemidos y estremecimientos? Porque si puedo controlar
tu vida, entonces puedo asegurarme de que nunca morirás y yo... nunca tendré que
perderte como perdí...
Interrumpiéndose, gruñó.
—Eres una mujer inteligente, Ella. Puedes comprobar por ti misma que no te
merezco. Al igual que él no te merece. No puedo evitar que mueras, como no puedo
evitar enfermarme. Esos hechos nunca cambiarán, así que no importa si todo lo que
quiero hacer es tirarte al suelo y penetrarte lo suficientemente fuerte como para hacerte
gritar. No importa que apenas pueda respirar con lo mucho que te necesito. ¡No te
tocaré porque no puedo, así que deja de poner malditas tentaciones en mi camino y
¡déjame en paz!
Mi corazón galopaba mientras mi cuerpo palpitaba con cada una de sus confesiones.
Temblé con la necesidad más incontrolable. Nunca alguien había estado tan enojado,
feroz y honesto conmigo. Nunca una conversación me había hecho sentir dolor entre
las piernas.
—Fóllame, Nicholas.
—¿Qué? —Sus cejas se dispararon hasta su cabello desordenado—. ¿No has
escuchado nada de lo que dije?
—Todo lo que escuché es que me deseas tanto como yo te deseo a ti y algunas otras
idioteces sobre no tomarme cuando estoy aquí, necesitando exactamente lo que tú
necesitas.
—Nunca te haría daño.
—¿Incluso si te lo pidiera amablemente?
—Ella, por favor para. Sólo...
—No, tú dijiste tu pieza. Déjame decir el mía. —Apretando mis manos, sostuve su
mirada agitada—. Amo mi trabajo. Amo mi independencia. Amo ser inteligente, tener
mis propios ahorros y tener la capacidad de hacer lo que quiera. Soy lo suficientemente
fuerte como para vivir sola. Podría mudarme al extranjero. Podría iniciar mi propio
negocio. No necesito un hombre para completarme. No necesito un marido para
sobrevivir. No necesito a nadie y sin embargo…
Di un paso hacia él.
—Hay una parte de mí que necesita que le quiten toda esa responsabilidad y poder...
sólo por un tiempo. A veces quiero que alguien más esté a cargo. Quiero que mi mente
se apague y que mis instintos gobiernen. Quiero que mi amo me diga qué comer y
beber y cómo servirle. No porque necesite que él exista, sino porque merezco ser
apreciada y controlada. Confío en que él será lo suficientemente fuerte para soportar
todas mis cargas por un tiempo y liberarme del peso de la vida para poder ser libre.
—Ella… detente. Por favor...
—¿No lo ves, Nick? —Extendí mis manos—. Quiero que me gobiernes y tú quieres
poseerme. No porque estemos enfermos o retorcidos sino porque ambos tenemos
trabajos de alto poder. Tenemos el estrés de millones de personas que dependen de
nosotros para curarlos, incluso si no saben que estamos luchando para mantenerlos
con vida. Ambos hemos perdido a personas que amamos. Ambos sabemos el costo de
ese amor. Te atrae liberar esa presión a través de la disciplina y la dominación absoluta.
¿Y yo? Estoy impulsada a encontrar a alguien que pueda robarme de mí misma.
Necesito ser consumida porque sólo entonces, sólo una vez que me hayan quitado todas
mis decisiones, podré realmente desconectar mi mente y encontrar la paz.
El silencio cayó entre nosotros por un momento antes de que la cara de Nick se
arrugara y escupiera.
—Puedes disfrazar este deseo enfermizo con palabras bonitas y tratar de
convencerme con mentiras, pero no puedes fingir que lo que sea que haya entre
nosotros es normal.
—¿A quién le importa si es normal? Es lo que ambos necesitamos.
—¿No estás escuchando, Ella? Lo que necesito es equivocado. Me niego a despojarte
de tu poder. ¿Por qué diablos aceptaría robarte lo que eres porque yo quiero follarte
hasta que sangres? ¿Quién dice siquiera eso? ¿Quién se pone duro ante la sola idea
de lastimar a alguien que aman...? No. —Niega como un loco—. Es simplemente una
obsesión. Eso es todo. Se detendrá. Sé que así será. Con el tiempo y la distancia, esta
repugnante necesidad y estos sentimientos no deseados desaparecerán. Se
desvanecerán ahora que te he tenido. Tienen que hacerlo.
—Si realmente crees eso, entonces eres aún más tonto de lo que temía.
—¿Necesita más pruebas? —Él se encogió de hombros—. ¿Más de lo que ya te
he dado? ¡Bien! —Sus ojos se entrecerraron cuando el hielo reemplazó todo su fuego—
. Como tu amante, no podría alejarme de ti después de que me diste una mamada tan
desgarradora. Como tu novio, haría lo que fuera necesario para devolverte el favor.
Como tu marido, te adoraría hasta que tuvieras dos orgasmos por cada uno de los
míos. Pero como tu amo… no te daré nada.
—¿Q-Qué? —Encorvándome sobre mí misma. Mi piel se arrugó como si acabara de
arrojarme nieve fangosa sobre mí—. No vine aquí esperando que me dieras una
liberación...
—Te creo. —Exhaló pesadamente como si esta conversación lo agotara más allá de
todos los límites—. Pero puedo ver cuánto me necesitas. Puedo oler tu lujuria desde
aquí. Has abierto tu corazón y has contado todos tus secretos, y me niego a
aceptarlos. Tu mereces más. Tú vales más. Y... si estuviera enamorado de ti, me
arrodillaría, engancharía tu pierna sobre mi hombro y luego metería mi lengua lo más
que pudiera en tu sexo hasta que gritaras. Pero... como el Dominante al que acabas
de seducir. Un hombre que anoche te dijo explícitamente que habíamos terminado, no
consigues nada.
Mi caja torácica se tensó como si sus palabras fueran un corsé cruel.
Mi corazón dio un vuelco.
Mi esperanza tuvo una muerte horrible.
Si estuviera enamorado de ti...
—No quieres decir eso, —susurré—. No después de todo lo que acabamos de
confesar.
—Pero lo hago. —Dándome la sonrisa más triste—. No quiero una mujer. No quiero
una esposa. Y definitivamente no quiero una sumisa. No quiero nada más que
encontrar una cura para una enfermedad que afecta a demasiadas personas, así
cuando sea mi turno de morir, puedo decir que hice lo mejor que pude y no dejé que las
distracciones o los desviados me destruyeran.
No tenía nada que decir.
Ninguna palabra que pronunciar.
Con un profundo suspiro, Nick susurró.
—Lo siento, Ella. En verdad lo hago. Nunca quise lastimarte, y lamento mucho no
haber podido evitar tenerte anoche... y esta mañana. Tienes razón en que me importas.
Más de lo que jamás sabrás, pero... ahí es donde termina esto. Al menos ahora sabes
dónde estamos. Me mudaré la próxima semana. Será lo mejor para los dos.
Se fue mientras mis rodillas cedían, y deslizaba por la pared del baño.
Él no regresó.
Capítulo 11
Miré a través del ocular de mi microscopio, donde células felices se deslizaba y
burlaban de mí. Hoy, habíamos fusionado dos cepas de moho para ver si el subproducto
daría como resultado algo que rivalizara con el hallazgo de la penicilina en 1928. Hasta
ahora, lo único que podía ver eran dos entidades diferentes mezclándose y
empalmándose, procreando o posiblemente simplemente luchando con salvaje
abandono.
Cosas afortunadas.
Suspiré y miré a Kate, mi compañera científica y amiga.
—¿Algo de tu parte?
Ella se encogió de hombros y colocó su cabello rojo llameante detrás de su oreja.
—Nop. ¿Tú?
—Muchos golpes y chirridos, pero nada espectacular que reportar.
—Golpes y chirridos, ¿eh? —Se rio—. Suena como mi noche mediocre de anoche.
—¿Otro? —Sonreí, recostándome en mi silla—. Parece que Tinder no es el lugar
paraencontrar un hombre que sepa lo que está haciendo.
—Uf, dímelo. —Puso los ojos en blanco y tomó algunas notas en su tablet antes de
alejarse del banco y poner su placa de Petri en la incubadora—. Esperé hasta la tercera
cita para asegurarme de que no fuera un asesino, como tú. Y... él era amable. Buena
conversación. Gran sonrisa. Incluso reservó un hotel, así que me sentí más cómoda
que ir a su casa o a la mía. Y… —Suspiró dramáticamente—. Fue tan malo, Ella.
Hice una mueca en su nombre.
—¿Qué pasó?
—En realidad nunca se puso muy duro, ¿sabes? He escuchado que algunos
hombres no pueden tener una erección total debido a problemas de flujo sanguíneo y
cosas así. Y lo siento por ellos, lo siento. No es su culpa. Pero... nunca he recibido uno.
Se la chupé; parecía muy interesado en ello. Incluso casi se vino en mi boca, pero…
cuando llegó el momento de hacer el acto, yo… —Sus mejillas se pusieron de un rojo
vibrante.
Acercándome a ella con mis tacones, la tomé por los hombros y la miré directamente
a los ojos.
—¿Tú...?
Se estremeció.
—Apenas lo sentí. —Hundió su cara en mi hombro—. Eso me hace sonar como si
tuviera un coño gigante, pero… no es así. ¡Lo juro!
—¿Un coño gigante? —Solté una risa justo cuando la puerta de nuestro laboratorio
se abrió y apareció Nicholas.
Oh, buen señor.
Verlo después de una semana sin hacer nada me dejó atónita y callada.
Kate le lanzó a Nick una mirada y notó la forma en que mi cara perdió todo color.
Una semana completa desde que Nick había bajado por mi garganta y nos habíamos
gritado nuestras verdades el uno al otro.
Una semana de turnos divididos donde no nos veíamos mucho.
Una semana de regresar a casa para encontrarlo fuera o encerrado en su
habitación.
Ya no me hacía batidos por la mañana. Todavía me seguía cuando salía a correr,
pero no se acercaba lo suficiente como para hacer contacto visual. Comía fuera. No
respondía a mis mensajes de texto para ver cómo estaba. Él me sacó por completo de
su vida, y vivir con él era mil veces peor que cualquier cosa que hubiera soportado
antes de la gran carpa.
Si pudiera retroceder el tiempo y negarme a permitir que se uniera a Hunter y a mí,
lo haría.
Al menos si nunca hubiéramos dormido juntos, todavía me hablaría. Con frialdad y
distancia, pero al menos no sentiría que hubiera perdido a alguien tan querido para
mí.
Dios, esa noche fue un error enorme, enorme.
Se quedó helado al notar mis manos sobre los hombros de Kate y sus mejillas
sonrojadas lo suficientemente brillantes como para prender fuego al laboratorio.
—Eh... ¿interrumpí algo?
Apartando mis manos de Kate, negué.
—Nada. Definitivamente nada.
Kate se rio disimuladamente.
—Sólo le conté a Ella sobre mi último fracaso en la escena de las citas.
—Ah. —Nick asintió, su bata blanca pegada a sus musculosos brazos, desabotonada
y colgando sobre su camisa negra y pantalones. Todavía llevaba las gafas del trabajo
que había estado haciendo, y su cabello estaba cuidadosamente peinado hacia atrás,
espeso y pidiendo a gritos que lo revolvieran—. Doctora Fitzgerald... ¿puedo hablar
contigo un momento? —Lanzándole a Kate una mirada—. Perdón por robármela.
—Para nada. Estoy segura de que tú tienes historias más interesantes que contarle.
—Kate sonrió, guiñándome un ojo.
Fruncí el ceño cuando Nicholas levantó una ceja y luego regresó al pasillo, cerrando
la puerta detrás de él, obviamente esperando que lo siguiera.
Haciendo todo lo posible para controlar mi corazón agitado y el pulso acelerado,
pregunté.
—¿Qué pasa con el guiño?
—¿No escuchaste? —Su boca se abrió—. Todos en la sala de profesores están
hablando de ello.
—¿Hablando de qué?
Al acercarse a mí, bajó la voz.
—Al parecer, el fin de semana pasado llegó a la ciudad un circo sexual.
Me puse rígida.
Oh, no.
—¿Circo sexual A-A?
—Sí, desearía haberlo sabido. Hubiera ido. He tenido suficiente sexo de mierda para
toda la vida. Dame a alguien que sepa lo que está haciendo y pagaré por ello si eso es
lo que se necesita para tener un orgasmo en estos días.
Sonreí, aunque mi corazón seguía dando saltos.
—Entonces... si no fuiste al circo,entonces ¿cómo...?
—Él lo hizo. —Ladeó la cabeza hacia la puerta cerrada—. El doctor Nicholas Davis,
el modesto biólogo molecular que medita en la sala de profesores y no parece distinguir
un seno de un codo, aparentemente compartió un trío con un chico y una chica.
Hielo.
Maldito infierno.
Se suponía que esto no iba a suceder. Hunter prometió que nadie repetiría lo que
pasó en su gran carpa. ¿Alguien me había visto? ¿Me habían reconocido siendo
reprendida por Nick o Hunter? ¿Sería despedida?
¿Por qué me despedirían?
Fue consensuado y en mi tiempo personal.
Si la gente era mojigata, ese era su problema, no el mío.
Haciendo todo lo posible por mantener el nivel de mi voz, dije.
—¿Quién dice esas cosas? No puedo imaginar que la calumnia sea una buena
imagen.
—¿Calumnia? Oh, no. —Kate negó con la cabeza—. No es una calumnia. ¡Más bien
un elogio! Quizás también se le añada un poco de envidia, pero definitivamente no es
calumnia. Al parecer, la doctora Fraser también estaba allí. ¿Ya sabes? ¿La mujer que
parece tener un palo en el culo? La vieron comiendo algodón de azúcar en el pene de
un tipo.
Tragué fuerte. —¿Y fue reprendida? ¿La empresa lo sabe?
—Por supuesto que lo saben. Todo el mundo habla de ello.
—¿Está ella en problemas? ¿Nick está en problemas?
—¿Problemas? —Ella frunció el ceño como si realmente no pudiera ver el
problema—. ¿A quién le importa lo que haga la gente en su tiempo libre? Mientras no
apuñalen a la gente o sean criminales desagradables, todos merecemos desahogarnos
de vez en cuando. ¿No crees?
Se desmayó contra mí, apoyando su cabeza en mi hombro.
—Lo que no habría dado por ser la chica afortunada entre Nick Davis y un sándwich
extraño. Apuesto a que la perra afortunada no pudo caminar después de que
terminaron con ella.
Había dos cosas que podría haber hecho.
Número uno: reírme cortésmente y alejarme de la conversación.
O dos: dejar escapar que esa chica era yo.
En otra vida, habría elegido la opción uno.
¿Pero en esta vida? ¿En el que me negué a usar mi vibrador porque no quería darle
a Nick la satisfacción de escucharme gemir a través de las paredes? ¿Esta vida en la
que caminaba con las bragas constantemente mojadas porque lo necesitaba más que
al aire? ¿Esta vida en la que estaba peligrosamente cerca de rogarle a Nick que lo
reconsiderara sólo para que pudiera hablar conmigo?
Estaba nerviosa, necesitada y... imprudentemente posesiva.
Si la gente hablaba de Nick como si fuera una especie de dios del sexo, entonces...
no pasaría mucho tiempo antes de que las mujeres comenzaran a hacerle
proposiciones. Todo el mundo sabía que siempre eran los callados los que eran
monstruos entre las sábanas.
La idea de él con cualquiera.
La sola idea de que él bese a otra persona...tocando alguien más.
No.
Sólo... Dios no.
Por favor no.
Duele.
Muchísimo.
—Ella... ¿está todo bien? —Kate se hizo hacia atrás y me miró.
En un destello de lamentable pasión, solté, —Fui yo.
Kate me estudió por un momento antes de estallar en histeria. Colgada de mi
hombro, ella se rio y rio y rio.
— ¡Oh, eso es lo mejor que he escuchado en toda la semana! ¡Tú! Dios mío, ¿te
imaginas? —Más risas, seguidas de una especie de extraño resoplido.
Fruncí el ceño y se erizó mi espalda.
—¿Por qué es tan gracioso?
Las lágrimas se acumularon en las comisuras de sus ojos azules mientras intentaba
controlar su alegría.
—¿Por qué? Quiero decir... mírate, El. Eres preciosa, pero... eres una chica
unipersonal. Puedo verte disfrutando de uno o dos clímax, pero en la oscuridad con
algo de música clásica o tal vez el canal National Geographic parloteando de fondo.
Mi molestia se convirtió en diversión cuando lo imaginé. Imaginé a Nick meciéndose
lentamente hacia mí mientras ambos mirábamos un documental sobre la inteligencia
de un escarabajo pelotero.
Cruzándome de brazos, levanté la barbilla.
—Te haré saber que había música involucrada, pero definitivamente no era clásica.
Yo lo llamaría tribal con tambores chamánicos. El ritmo erótico palpitaba en tus huesos
y robaba todo tu decoro. Todas tus concepciones preconcebidas sobre quién eras y qué
deberías y lo que no debías hacer desaparecieron, especialmente cuando te dieron
exigencias.
Ella se quedó helada.
No me moví.
La timidez y una buena cantidad de arrepentimiento arañaron cuando sus ojos se
agrandaron.
¿Era tan difícil creer que yo fuera lo suficientemente deseable como para que Nick
me desease de esa manera? ¿Tan difícil imaginarme lo suficientemente valiente y
lasciva como para compartir un trío?
Es cierto que probablemente tenía razón sobre mí antes de conocer a Hunter. Y... si
alguien hubiera dicho lo que terminaría haciendo en el momento en que vi a Hunter
empuñando un mazo bajo la lluvia: que terminaría teniendo sexo con dos hombres, sin
condón, y estaría llena hasta el borde con sus semen, me habría reído tan locamente
como Kate... pero...
Desde esa noche, había cambiado.
Todavía amaba mi trabajo. Seguía dedicando mis días y la mayor parte de mis
noches a investigar y trabajar, pero también quería otras cosas.
Quería moretones.
Quería órdenes.
Quería cuerdas, látigos y orgasmos y...
—Espera. —Kate parpadeó y volvió a parpadear. Lentamente, me soltó y miró a los
ojos—. ¿Ella? —Lo que sea que vio allí hizo que se quedara con la boca abierta y su
atención se dirigiera a la puerta detrás de la cual Nick esperaba—. ¿Tú?
Agarrándola de la muñeca, la arrastré a la sala de suministros que albergaba todos
nuestros vasos de precipitados, mecheros Bunsen y material de oficina adicionales. —
Olvídate de lo que dije. No sé por qué te acabo de decir...
—Mentirosa. —Saltó sobre sus tacones altos apropiados para el trabajo cuando la
solté—. Me dijiste que lo reclamara. ¿Y por qué no lo harías tú? —Fingió desmayarse
contra un estante—. Si hubiera sido la afortunada de estar con el doctor Davis, estaría
sacando folletos y dejándolos por todo el edificio.
Sonreí.
—Debo admitir que me siento bastante posesiva con él. Si bien tenía reputación de
ser un imbécil distante, no me importaba con quién hablaba. ¿Pere ahora que sé cómo
es en la cama? Ahora que he captado sentimientos…
¡Ella, cállate!
—Oh, no. —Kate arrugó la nariz—. ¿Te acostaste con él y ahora lo amas? —Suspiró
profundamente—. Amiga… no. No seas esa chica.
Cruzando mis brazos, hice lo mejor que pude para no ponerme a la defensiva, pero
no podía evitarlo.
—No es así. Yo... ¿sabes cómo la empresa subsidia el alquiler del personal que viene
de fuera de la ciudad? Cuando me ofrecieron empleo, tuve que mudarme por todo el
país y mudarme a una de sus propiedades. Estuve sola por un tiempo, pero luego
contrataron a Nick y lo pusieron conmigo... Hemos vivido juntos durante ocho meses.
—Oh, wow. —Sus cejas se arquearon—. ¿Cómo no lo supe?
Me encogí de hombros.
—No es que surja en una conversación. Apenas me hablaba en casa y mucho
menos en el trabajo. Mantiene todo estrictamente profesional... aparte de... las cosas.
—Suspiré—. O al menos, solía hacer cosas.
—¿Cosas? ¿Qué cosas?
De repente, un dolor de cabeza golpeó mis sienes.
Supongo que, después de todo, no iba a callarme.
—Él... ummm, solía prepararme un batido todas las mañanas. Le gustan los mismos
bocadillos que a mí. Se asegura de que la calefacción esté encendida para cuando llegue
a casa. Me sigue cuando salgo a correr. Él...
—Ay dios mío. —Me agarró las manos—. ¿Crees que le gustas a él también?
¿Gustar?
Qué palabra tan aburrida.
Nadie escribió jamás una historia de amor sobre alguien a quien le gustaba otro.
Te gustaban las patatas.
Te gustaba ir al gimnasio.
No te gustó la única persona que te completó.
Obsesionado.
Usó la palabra obsesionado.
Eso era lo opuesto a gustar.
Como si fuera algo que pudieras olvidar.
La obsesión era algo por lo que matarías.
—¿Doctora Fitzgerald? La voz áspera de Nick atravesó mis pensamientos.
Kate se puso rígida donde nos escondimos en la sala de suministros.
—¿Vienes? —gritó, sin poder vernos, pero sin entrar a nuestro laboratorio—. No
tengo todo el día para esperar aquí, ¿sabes? —La puerta se cerró de nuevo,
haciéndome estremecer.
Kate se rio disimuladamente.
—¿Es tan mandón en la cama?
Era mi turno de fingir desmayo.
—Dios, no tienes idea.
—Ooooo. —Agitó sus pestañas—. ¿Por favor, no me digas que es uno de esos tipos
modestos que resultan ser un completo maníaco cuando se trata de sexo? Si me dices
que es quisquilloso por fuera y absolutamente depravado por dentro, puede que te
encierre aquí y yo trepe a él como a un árbol.
Simplemente sostuve su mirada. Intencionadamente. Firmemente.
Ella recibió mi mensaje en un instante.
—Oh, dulce niño Jesús. —Se abanicó—. ¿Qué diablos estás haciendo escondiéndote
aquí entonces? —Agarrándome del codo, me arrastró fuera de la sala de suministros y
cruzó el laboratorio hasta la puerta—. Ve a hablar con él. Quizás quiera hacerte cosas
inapropiadas en el armario de las escobas.
Antes de que pudiera decirle que probablemente quería ponerme sobre sus rodillas
y azotarme por haberlo hecho correrse en mi boca la semana pasada, me empujó hacia
la puerta y caí directamente en el pecho de Nick.
—Whoa. —Sus fuertes manos agarraron mis hombros, manteniéndome erguida—.
¿Estás bien?
Temblé bajo su toque, pero luego me soltó y se alejó, poniendo distancia profesional
entre nosotros.
—Sí, lo siento. Yo tropecé.
Volvió a mirar la puerta cerrada como si no me creyera, pero luego se tensó y pasó
una mano por su boca.
—Eh... ¿estás teniendo un día productivo?
Parpadeé.
—¿En serio viniste a mi laboratorio para conversar conmigo después de ignorarme
toda la semana?
Se quedó quieto y luego negó. Alcanzó sus gafas, se las quitó de la nariz y las dobló.
Colocándolas en el bolsillo delantero de su bata blanca, miró al suelo antes de lamerse
los labios y prepararse.
—Vine a contarte la noticia personalmente. Es… es lo menos que puedo hacer, y…
Cuando no continuó, dije en voz baja, —¿Y...?
—Me voy.
Quedé helada.
—¿Qué?
—Pedí una transferencia. Fue aceptada esta mañana. Me han asignado un puesto
en la sucursal de Singapur. Yo... yo me voy en tres semanas.
Esperé a que me pellizcara y dijera que era una broma.
Esperé el dolor pulverizador que sabía que eventualmente llegaría.
Esperé a que mi corazón se detuviera, que mis ojos se llenaran de lágrimas, que mi
alma hiciera todo lo posible para detenerlo.
Pero... todo lo que sentí fue un vacío doloroso y hueco.
Un vacío dentro de mí.
Un agujero negro absorbiendo cada parte hasta que me tambaleé en el lugar y
luché por respirar.
Cuando no dije nada, se acercó un poco más y se agachó desde su gran altura para
mirarme a los ojos.
—Ella... ¿me escuchaste?
Un tsunami.
Una ola de pérdida punzante y ahogadora.
El dolor pulverizador que esperaba se fue acumulando lentamente, más intenso y
agudo, caliente y mortal. No podía estar cerca de él cuando llegara a su punto
máximo.
Levantando la barbilla, me aferré a cada pizca de fuerza que me quedaba.
—Espero que seas muy feliz allí.
Y luego, di la vuelta y caminé por el pasillo.
Mis tacones resonaron en el linóleo.
Mis manos se cerraron en puños temblorosos.
Y cuando doblé la esquina donde Nick no podía verme, corrí al baño y sollocé.
Capítulo 12
No regrese a casa.
¿Cómo podría?
El hombre del que estaba enamorada acaba de decirme que iba a cruzar el mundo
para alejarse de mí. El mismo hombre con el que vivía y que probablemente estaba
empacando sus pertenencias en ese mismo momento.
No.
No volvería a casa.
¿Dijo que tenía tres semanas antes de volar?
Pues entonces viviría en este hotel de cuatro estrellas hasta que él se fuera.
Estúpido.
Bastardo.
Rompecorazones.
Me senté en la cama tamaño queen, odiando lo dura que era en comparación con
mi cómodo colchón en casa, y miré fijamente la televisión mientras un estúpido
programa de realidad mostraba a dos mujeres peleando por un hombre. Chillaron y
gritaron, y al final, el hombre no quería a ninguna de las dos.
Historia de la vida de cada chica.
Dejándome caer de espaldas, quedé mirando el techo blanco.
Cerré los ojos, esperando que, si dejaba fuera al mundo, también podría dejar fuera
a Nicholas Davis.
Un golpe seco en la puerta me hizo salir disparada hacia arriba de nuevo.
¿Es él?
¿Vino a buscarme?
¿Se da cuenta de que ha cometido un gran error y…?
—Servicio a la habitación.
Argghhh.
Clavándome los pulgares en los ojos, me levanté de la cama caminé a la puerta. Al
abrirla, forcé una sonrisa al camarero uniformado y firmé el expediente antes de
aceptar la bandeja cubierta de plata.
—Gracias.
—Ningún problema. Qué tenga buena noche.
Cerré la puerta, llevé mi patética cena a la cama, retiré las mantas y me metí. No
me importaba, todavía llevaba puesta mi falda negra y mi blusa color crema del trabajo.
No me importaba nada mientras arrastraba la hamburguesa con queso y los aros de
cebolla a mi regazo.
Mierda.
No necesitaba cuidar de mí misma, no cuando un corazón roto me mataría.
No tenía que preocuparme que los lácteos fueran malos, que la carne roja fuera mala
y que los alimentos fritos fueran definitivamente malos. Trabajar en productos
farmacéuticos había robado todo el placer de mi vida, todo porque estudiaba datos
colaborativos que decían que todas esas cosas eran malas, malas, malas.
Pero esta noche la ciencia estaba equivocada.
A veces... lo malo puede hacernos sentir bien, y realmente, realmente necesitaba
sentirme bien.
No cambié a un canal más inteligente ni navegué hasta que encontré un
documental. En lugar de eso, me metí en mi boca la deliciosa y goteante hamburguesa
y miré televisión basura.
Tres semanas en este lugar no serían tan malas.
Sólo veintiún días y entonces Nicholas se habría ido.
Conseguiría otro compañero de casa y entonces... finalmente podría liberarme de
él.
_____________________________________
—Es un idiota, —murmuré ante mi reflejo de borracho mientras me limpiaba los
dientes con un cepillo de dientes que había comprado en el supermercado de camino
aquí.
No había ido a casa a buscar la maleta de viaje, y mañana tendría que comprar al
menos otro traje para el trabajo y algo de ropa interior porque no tenía absolutamente
ninguna intención de regresar a esa casa donde existía Nick.
De ninguna manera.
No-uh.
Ni en un millón de años.
Golpeé el espejo con mi cepillo de dientes, manchando pasta de menta por todos
lados. —¡Él es tan estúpido idiota!
Mis ojos se desenfocaron cuando el baño se inclinó.
—Uh-oh.
La hamburguesa en mi barriga hizo poco por absorber las dos botellas de champán
diminuto que había bebido o los cuatro Jack Daniels en miniatura, cortesía del minibar.
No había mirado la lista de precios.
Pensé que era alcohol o terapia, y el alcohol sería más barato.
No importaba que también conociera las estadísticas sobre la disfunción orgánica
del alcohol y por qué los gobiernos seguían aumentando los impuestos sobre las
bebidas alcohólicas para hacer todo lo posible por evitar que la gente bebiera esa
sustancia. No importaba que yo personalmente hubiera disecado hígados que habían
dejado de beber demasiado, haciendo todo lo posible para formular un medicamento
que revirtiera tal daño.
Ahora mismo... quería que me aplastaran.
Porque si mi cerebro estuviera encurtido, entonces mis pensamientos serían una
tontería y podría irme a dormir sin pensar en él.
Él.
Mis ojos azules se llenaron de lágrimas de enojo mientras miraba mi reflejo
nuevamente.
Maldito sea.
Jódete.
Buen viaje.
Vete al estúpido Singapur, idiota estúpido.
Quédate solo para siempre.
Encuentra una chica singapurense impresionante.
Verás si me importa.
Escupiendo espuma de menta, enjuagué mi boca, me quité la falda y blusa,
quitándome el sujetador y las bragas y después regresé desnuda a la cama.
No brillaba ninguna luz, sólo los ásperos parpadeos azules del televisor.
Nunca había sentido tanta pena por mí misma.
Nunca me permití caer en una situación tan lamentable.
Incluso cuando mis padres murieron, mantuve la barbilla en alto e hice lo que ellos
esperaban que hiciera. Siempre me llamaron su pequeña erudito. Siempre ponían los
ojos en blanco ante mi determinación de aprender todas las cosas en lugar de jugar.
Querían que tuviera una infancia y fuera imprudente. Trepar a los árboles, nadar
en lagos y cometer errores. Pero incluso cuando era niña prefería sentarme en la orilla
y leer textos pesados. Pasé los viernes por la noche en mi habitación viendo YouTube y
suscribiéndome a canales de cardiólogos y naturópatas, quiroprácticos y
neurocirujanos, estudiando medicina en todas sus facetas para estar preparado para
cuando llegara el momento de ir a la universidad.
Nunca me había escapado.
Nunca bebí siendo menor de edad.
Aparte de perder mi virginidad porque estaba harta de que me clasificaran como
una niña, nunca hice nada rebelde.
Me animaron a tener una vida fuera del estudio, por supuesto, pero era más feliz
con las páginas extendidas y las palabras saltando del papel. Cuando murieron, me
sumergí aún más profundamente en los libros porque era su pequeña erudito y el
conocimiento me protegería de las consecuencias emocionales de perderlos.
Y había funcionado... hasta ahora.
Ahora... sentís su pérdida con demasiada, demasiada intensidad.
Los libros no podían salvarme.
Las palabras no tenían poder.
Lo que sea que Nick me había hecho había tenido éxito en formas que mis padres
habían fracasado en mi juventud.
Ellos querían que yo sintiera.
Experimentara.
Caer y crecer, intentar y fracasar, vivir, reír y... amar.
Maldito seas, idiota estúpido.
Acurrucándome como bolita, abracé la almohada de repuesto y dejé que los sollozos
me atormentaran.
Sollozos que me habían ahogado desde que murieron mis padres.
Las dos personas que me hicieron y luego dejaron sola.
Sin darme cuenta, dejé que Nick me arrastrara fuera de la biblioteca metafórica
donde había escondido mi corazón aterrorizado y había hecho existir. Me hizo humana
y no sólo una receptora de conocimiento.
Él me hizo sentir. Me había lastimado, marcado, consumido… y ahora, estaba
dejándome de lado, todo porque él era demasiado cobarde para amarme, a pesar de
que la muerte venía por todos nosotros.
Yo había sido lo suficientemente valiente como para amarlo.
Dejé que me cambiara.
Lloré más fuerte.
Nunca podría regresar atrás.
Nunca más lo apagaría.
Nunca dejaría de desear lo más que él me había dado.
Desearía no haber ido nunca al Espectáculo de los Secretos.
Deseé nunca haberle confesado a Hunter cuánto deseaba que alguien me quitara
el poder.
Daría cualquier cosa por olvidar la alegría que sentí al ser dominada. Para nunca
saber lo que el acto de servil me hacía.
No fue porque necesitara violencia para salir.
No fue porque había leído los libros y fantaseado sobre el estilo de vida.
Fue tan simple como le había dicho a Nick.
Tan profundo como finalmente aprender la verdad sobre quién era realmente.
Quería que él me dominara porque durante esas pocas horas en la gran carpa, por
esos maravillosos momentos en los que dos hombres me decían qué hacer, qué pensar,
y cómo obedecer, había sido libre.
Libre de la presión.
Libre de decepcionar a mis padres.
Libre de mis infinitas expectativas sobre mí misma.
En los brazos de Nick, encontré la paz.
Paz que nunca había conocido.
Y ahora….
Capítulo 13
Hunter exigió
—¿Te di permiso para llorar? —mientras arrastraba el grueso cuero de un látigo
sobre mi labio inferior.
Sacudí la cabeza, bajando la barbilla mientras me retorcía en las esposas que
atrapaban mis muñecas.
—No, Señor.
—¿Te lastimé, pequeña bruja?
—No, Señor.
—¿Te lastimó él?
Me estremecí.
Hunter se agachó frente a mí y levantó mi barbilla con el látigo.
—¿Te lastimó Nick, cariño?
Asentí.
—Sí, Señor.
—Lo mataré. —Retorció el látigo Hunter como si fuera el cuello de Nick—. Tus
lágrimas deberían fluir porque estás en éxtasis, no por desamor.
Lloré con más fuerza.
—Estoy en el extremo opuesto del éxtasis.
Tirando de mí hacia su regazo, sus jeans rozaron mi desnudez mientras me
daba un beso en la sien.
—Dime cómo puedo detener tu dolor.
—Haz que me ame.
Gimió.
—Nadie tiene ese poder, pequeña bruja. Incluso tú con tu magia sobre nosotros.
—Entonces, bórralo de mi mente.
—Lo haría si pudiera, pero no puedo. —Acariciando mi mejilla, pasó el pulgar
por mis lágrimas—. Lo único que puedes hacer es consumir su mente a cambio. Te lo
dije antes... si lo quieres, tendrás que romperlo. —Me besó suavemente—. No dejes
que él te rompa a ti en su lugar...
Jadeé bruscamente mientras me levantaba.
El sueño se desvaneció como humo ligero.

Mi cabeza dolía por mi sesión de bebida, robándome parte de mi mareo y


devolviéndome firmemente a la realidad.
El televisor seguía parpadeando en silencio.
Ni siquiera me había dado cuenta de que me había quedado dormida.
Maldición, ¿qué hora es?
¿Llego tarde al trabajo?
Nunca llegaba tarde.
El reloj del hotel brillaba en rosa neón, revelando que eran las dos de la
madrugada.
Oh, gracias a Dios.
De ninguna manera tenía la fuerza para regresar al laboratorio en mi estado
actual. Recostándome en mi almohada, dejé que mi mente regresara a la noche que
pasé con Hunter. ¿Qué estábamos haciendo a las dos de la madrugada? ¿Qué
hombre estaba dentro de mí en ese momento? ¿Era Hunter o Nicholas? ¿Qué
estaría haciendo Hunter en este momento? ¿Estaba dentro de otra mujer?
¿Compartiéndola con otro Dominante? ¿Adorándola hasta que se sintiera como una
sucia y deseable reina?
Una leve envidia me invadió. El sentimiento no era tan cruel como lo que
había sentido al pensar que la gente coqueteaba con Nick en el laboratorio, pero
estaba ahí. Pulsando en mi sangre mezclada con alcohol, ansiando llamarlo.
¿Llamarlo?
Chupé mi labio inferior.
¿Cómo demonios lo llamaría?
¿Y por qué?
Había aceptado que nunca volvería a ver a Hunter. Él tenía su vida; yo tenía
la mía.
Pero si Nick no te quiere... ¿tal vez Hunter podría darte paz?
La paz que acababa de descubrir y ahora ansiaba desesperadamente. La
libertad que llegaba al final de un látigo, una lengua y un golpe.
Encendiendo la luz de la mesita de noche, tomé mi teléfono antes de que
pudiera detenerme.
Si todavía estaba cerca, podría viajar a la ciudad en la que estaba y pedirle
que borrara a Nick de mi mente, de una vez por todas.
Si caía en su hechizo, solo nosotros dos, ¿tal vez podría ayudarme a seguir
adelante?
Accedí a una página de búsqueda y escribí
—Contacto Spectacle of Secrets.
De inmediato, aparecieron los colores morados y plateados familiares de su
empresa. El sitio web era escueto y deliberadamente vago, con solo una imagen del
gran escenario, un parpadeante R18 y la última dirección del parque donde estaban
instalados.

Maldición.
Estaba al menos a cinco horas de distancia.
Tener sexo con él esta noche estaba fuera de discusión, pero... ¿me hablaría?
¿Escucharlo me ayudaría a sanar todas estas heridas, viejas y nuevas en mi
interior?
Con el alcohol dándome valor, hice clic en el número de teléfono celular que
aparecía al final del sitio web.
Sonó y sonó.
Demasiado tiempo.
Con cada timbre, me sentía un poco más estúpida.
Mucho más necesitada y miserable.
Dios mío, ¿qué estás haciendo?
Cuelga.
La llamada se conectó, y la voz alegre de Giselle se escuchó en la línea.
—Spectacle of Secrets. ¿En qué puedo ayudarte?
Mierda, ahora lo has hecho.
Temblando, susurré como si la gente en el hotel pudiera escucharme.
—¿Giselle?
—Sí. ¿Quién es? —Mi corazón se encogió al darme cuenta de que no me
recordaba. Pero, ¿por qué demonios lo haría? Solo era una de las muchas clientas
que habían sido atendidas en el establecimiento de su jefe. Solo una niñita tonta
que había experimentado algo monumental que había cambiado para siempre su
vida monótona.
—Soy yo... eh, la mujer que tuvo un trío con Hunter. El…
—¿Ella? ¡Oh, hola! Me alegra oírte. ¿Supongo que Cath te llevó a casa sana y
salva? ¿Cómo van las cosas? ¿Ya has domado a ese chico tuyo? ¿Ha seguido
aceptando su verdadera naturaleza? Apuesto a que están como conejos. Bien por
ti.
Apreté el teléfono, sin tener palabras para responder a sus preguntas.
—E- ¿Está Hunter por casualidad?
Hizo una pausa antes de que su tono se tranquilizara, lleno de comprensión
de alguna manera, aunque no hubiera dicho nada.
—Tienes suerte. Acaba de regresar de un recorrido. Veré si tiene tiempo para
hablar.
Me puso en espera, y mi ritmo cardíaco se disparó.
¿Qué le estaría diciendo a Hunter?
¿Se estaría riendo de cómo lo había localizado y llamado?
¿Creía que era una conquista pegajosa que no podía vivir sin él?
En parte es cierto, supongo.
—Ella —la voz profunda y rica de Hunter llenó mi oído. Al instante, una
manta de tranquilidad cayó sobre mí, entregando mi poder, agradecida por
simplemente ser. Mi cuerpo se relajó, preparándose para cualquier orden que él
diera, ya abrazando el nuevo conocimiento adquirido de que, aunque era feliz y
afortunada con una exitosa carrera, también estaba exhausta de ella. Terriblemente
cansada de estar sola y de tener que tomar cada maldita decisión. ¿Estaba mal
querer que alguien más tomara esas decisiones de vez en cuando? Decisiones sobre
cómo hacerme llegar al clímax para poder desvanecerme en una nube de éxtasis,
recargándome para otro día lleno de responsabilidades.
—Ella, ¿estás ahí?
Me sacudí de mi estupor y aclaré la garganta.
—Hola, Hunter. Me sorprende que haya logrado contactarte.
—Sí, fue un momento fortuito. —Se rió, el ruido de voces y risas de fondo se
desvaneció como si se hubiera trasladado a algún lugar tranquilo—. Esta noche no
hay bastardos aquí, o al menos, todavía no, así que mí tarde la pasó supervisando
los shows y asegurándome de que todos se mantengan respetuosos y consensuales.
—Suena... ¿agradable?
Se rió.
—Los primeros años de tener una carpa llena de porno fueron un sueño
hecho realidad. Venía dos veces por noches simplemente para observar las
travesuras que hacía la gente. Pero ahora... —Suspiró—. Ahora todo en lo que
parece que puedo pensar es en cómo te veías mientras te hacía el amor y los sonidos
que hacías mientras llegabas alrededor de mi pene.
Fuego.
En todas partes.
Instantáneamente.
Mi corazón latía con fuerza mientras apretaba más fuerte mi teléfono.
—¿Tú...piensas en mí?
—Claro que sí. Te lo dije, eres la primera en mucho tiempo que me ha hecho
desear como lo hice. Te lo admitiré, tenía ganas de hacerte una visita antes de que
viajáramos al norte. Pero luego pensé que a Nick no le gustaría eso, así que...no lo
hice.
El silencio se instaló mientras trataba de averiguar qué decir.
—¿Te está tratando bien, Ella? —finalmente preguntó cuándo el silencio se
volvió demasiado pesado—. ¿Está jugando contigo o aun luchando con sus
necesidades? Sé lo complicado que es aceptar que eres un Dominante. Durante
años, temí que me hiciera exactamente igual que los hombres que castigo. Luché
contra mis tendencias naturales. Me forcé a ser dulce y suave, pero nunca me
satisfacía realmente.
Mi corazón se entibiaba, agradecida de conocer partes de él. De unirnos en
amistad además de la conquista sexual.
—¿Qué te hizo finalmente aceptar esa parte de ti? —pregunté suavemente.
—Una chica como tú, en realidad —respondió con un tono ronco y lleno de
historia.
—¿Puedes...puedes contarme sobre ella?
Se tomó un momento antes de responder:
—Era enfermera en la sala de emergencias. Sus noches estaban llenas de
sangre, huesos rotos y gente muriendo. Para todos en el trabajo, era increíblemente
capaz y era la favorita de todos los médicos por lo bien que manejaba la presión.
Pero...las fisuras en ese elogio y responsabilidad finalmente la llevaron a un club al
que a veces me aventuraba. Un club donde solo observaba, haciendo lo posible por
convencerme de que lo que quería no estaba mal. Que los hombres y mujeres que
iban allí estaban perfectamente felices intercambiando posesión y orgasmos.
—¿Qué pasó? —pregunté cuando hizo una pausa.
—Bueno. —Suspiró—. La miré y pude ver cuánto necesitaba que alguien se
lo llevara todo. Vi su necesidad de descansar. No dormir o relajarse con un amigo,
sino descansar de verdad. El tipo de descanso que vacía tu mente y te desnuda por
completo. El tipo de descanso que solo proviene de ahogar tus sentidos y sumergirse
en una sensación perversa.
Tragué con fuerza cuando añadió:
—Tenía la misma mirada en los ojos que tenías tú cuando estábamos en la
acera y me dijiste que querías ser dominada.
No hablé.
No podía.
—De todos modos... —Hunter resopló—. Ella necesitaba lo que yo podía darle,
y yo necesitaba lo que podía tomar de ella. Esa noche, me adentré en un camino
oscuro y maravilloso, y cuando salió el sol, los dos habíamos renacido.
—¿La volviste a ver alguna vez?
—Una o dos veces en el club, pero no salimos, si es eso lo que preguntas.
Empecé Spectacle of Secrets no mucho después de eso. Me di cuenta de que, si
había estado luchando contra mi verdadera naturaleza durante tanto tiempo,
viviendo en un estado de miseria e incomodidad, sin poder ser yo mismo por
completo, entonces habría otros. Muchos otros. Algunos no lo suficientemente
valientes como para ir a un club. Algunos incapaces de perseguir sus deseos reales.
Así que...llevé su verdad hacia ellos.
Pasé los dedos por las sábanas frescas.
—Eso es realmente noble.
—Y lucrativo. —Hunter se rió—. No te cobré esa noche, pero la experiencia
que tuviste... si hubiera sido solo nosotros dos y hubiera accedido a que me
contrataras, lo cual rara vez hago en estos días, habrías salido varios miles de
dólares más pobre.
Luché contra una sonrisa.
—Estoy agradecida por el descuento.
—Y yo estoy agradecido por haberte follado.
Jadeé, mis pezones se endurecieron.
La valentía del champán que quedaba me hizo susurrar:
—Me alegra que me hayas follado también. Nunca lo olvidaré.
—Maldición, sigues teniendo un poder sobre mí. —Su voz se volvió oscura—
. Ahora me has puesto duro.
Mi pulso se aceleró. Mi piel se volvió hiper-sensible.
Había llamado en busca de consejo, pero... no me opondría a mantener sexo
telefónico.
No se podría clasificar como engañar a Nicholas, ya que nunca me había
aceptado en primer lugar. Pero... solo añadiría a mi confusión y... realmente no
sabía si llegaría al orgasmo o lloraría si Hunter me exigía que me masturbara
mientras él se masturbaba al teléfono.
—Ella... —Su tono se volvió suave, como si sintiera mi fragilidad—. Te
encuentro verdaderamente asombrosa. Me gustas. Mucho. Si no tuviera mi negocio
y el trabajo secundario de enfrentar monstruos, estaría tentado a regresar a tu
ciudad y quedarme contigo.
Una sensación de pesadez se instaló entre nosotros de nuevo antes de que
Hunter aclarara la garganta y dijera:
—Entonces... ahora que sabes que estoy excitado. Y estoy bastante seguro de
que estás excitada. ¿Quieres decirme por qué llamaste o prefieres escuchar lo que
te haría si estuvieras aquí?
Estuve indecisa entre ambas opciones.
Me incliné hacia ambas decisiones.
Mi cuerpo estaba listo para liberarse, pero mi corazón anhelaba orientación.
—¿Te importa si seguimos hablando un poco?
Él inhaló con fuerza, no porque estuviera ofendido, sino porque lo que había
percibido en mi tono lo puso nervioso.
—¿Estás bien, Ella? —Se movió y habló con una firme contención—. No
respondiste mi pregunta antes. ¿Nick te está adorando todas las noches? ¿Es por
eso que has llamado? ¿Ha descubierto el arte del dolor y el placer? ¿Tienen una
palabra de seguridad con él? Porque realmente deberías tener una palabra de
seguridad con él siendo un Dominante novato. —Su voz se suavizó—. Y, además,
¿cómo estás lidiando con ser una sumisa novata? ¿Has aceptado esa parte de ti, o
estás tratando de convencerte de que eres una mujer independiente que no necesita
a un hombre? Especialmente sus órdenes o su semen.
Mis mejillas ardían.
Quería arrodillarme y agradecer a este tipo de corazón abierto, imperturbable,
por hablar tan sinceramente.
Había ido directamente al meollo del asunto sin juicio ni desprecio.
No tenía a nadie más.
Nadie en este estilo de vida.
Ningún amigo que comprendiera.
Ningún padre en quien confiar.
Aunque jamás lo haría.
Dios mío, mi madre se indignaría si supiera.
Pero, por otro lado... creo que estaría secretamente orgullosa de que
finalmente hubiera aprendido a vivir.
—Ella... háblame. Me estás asustando un poco. Si fui demasiado insistente,
pido disculpas…
Se va solté.
—En tres semanas. A Singapur.
Hunter no respondió durante el momento más largo, como si estuviera
pensando cuidadosamente sus palabras.
—¿Se va porque ha querido hacerlo durante un tiempo, o está huyendo de
ti?
Apreté los dientes y apagué el televisor, eliminando la parpadeante luz azul
de la habitación.
—Estoy bastante segura de que está huyendo.
—¿Pasó algo?
—Yo... —Apretando las mantas en mi mano, confesé—: La mañana después
de estar contigo, lo sorprendí masturbándose en la ducha. Me arrodillé y abrí la
boca a pesar de que me dijo que nunca estaría conmigo de nuevo.
—Así que... te ofreciste a él —chasqueó los dientes—. ¿Qué hizo él?
—Dice que lo obligué.
—¿Aceptó lo que le ofreciste?
—Sí.
—¿Vino?
—Sí.
—¿Te devolvió el favor?
—No.
—¿No? —Gruñó—. Ese maldito bastardo. Si esa es su versión del juego de
poder, puedes hacerlo mucho mejor, Ella. Ningún Dominante que se respete a sí
mismo dejaría a su sumisa queriendo más. Tu felicidad y placer son lo que vivimos.
Anhelamos verte ceder. Ardemos por hacerte estallar. Si no tengo tu orgasmo en mi
polla o lengua al menos dos veces durante una sesión, entonces te he fallado como
tu Amo.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
—¿Puedo decir cuánto me encanta la forma en que hablas?
Respiró más fuerte.
—¿Te gusta que sea sincero?
—Me gusta que no te guardas nada.
—He aprendido a no hacerlo. No lo negaré. Hablar tan crudamente tiene sus
inconvenientes, pero también tiene grandes recompensas. ¿Por qué debería
censurarme cuando tengo la lengua en tu coño y eres el sabor más delicioso que
he probado? ¿Por qué debería quedarme callado sobre lo jodidamente bien que te
siento mientras me muevo dentro de ti? Las palabras tienen un poder propio. No
puedo decirte lo explosivo que puede ser el sexo cuando un Dominante habla con
su sumisa, no para menospreciarla o humillarla, sino para alabarla y reprenderla.
Para decirle exactamente lo duro que lo pone al darle todo lo que es.
—Me estás haciendo desear estar en tu carpa gigante.
—Mierda, yo también. —Gimió—. Me estoy acariciando y podría correrme
ahora mismo si dijeras que viajarías hasta aquí y me harías una visita.
—Tengo trabajo por la mañana.
—¿Nunca has oído hablar de un día de enfermedad?
Me reí.
—Nunca me he tomado un día de enfermedad en mi vida.
—¿Qué? ¿Nunca?
—No. Ni siquiera en la escuela.
—Dios, no me extraña que necesitaras tanto que te gobernaran. Luchas
contra toda una vida de restricciones que te encadenan. Déjame adivinar... nunca
hiciste nada malo de niña, ¿verdad? ¿Nunca se la chupaste al chico equivocado en
la escuela cuando debías estar en un examen de matemáticas? ¿Nunca fumaste
hierba con los rebeldes? ¿Nunca intentaste seducir a tu profesor para sacar mejores
notas?
—Qué asco. —Solté una risita—. Mis profesores eran todos viejos.
—Y apuesto a que al menos uno de ellos se daba una palmada pensando en
ti.
Me estremecí.
—¿Por qué eso me hace sentir poderosa cuando debería darme asco?
—Porque somos humanos. Impulsados por el instinto. Parte criatura, parte
monstruo, parte santo. Saber que alguien en una posición de autoridad quería
follarte le quita parte de ese poder que tiene sobre ti. Te das cuenta de que tienes
todas las cartas, todo el tiempo. Te das cuenta de que los hombres no son más que
bestias, jadeando por una sonrisa, deseando una caricia y dispuestos a morir por
la mínima oportunidad de hundirse dentro de ti. —Un crujido como si se acariciara
a sí mismo—. Joder, te deseo. Estoy tan cerca.
—Hunter... yo...
—Lo sé. —Me cortó—. No me llamaste para oírme masturbarme en tu oreja.
El repentino cambio de tema me dejó confundida.
Me estremecí por una razón completamente diferente.
—Está bien...
—No, no lo está. He parado. No me aprovecharé de ti de ninguna manera. Me
llamaste para preguntar acerca de él. —Suspirando pesadamente, su ropa volvió a
hacer ruido, como si se hubiera guardado y retirado la mano—. ¿Quieres algún
consejo? Aunque ya te lo di esa noche.
Asentí con demasiado entusiasmo.
—Sí. Sí, por favor. Dime cómo puedo olvidarlo. Dime cómo puedo superarlo.
Si se va corriendo, entonces no me merece. Debería tener más autoestima que
preguntarme cómo puedo cambiar su opinión. Si no puede amarme, entonces.
—Te ama. Es un maldito idiota, pero te ama. Incluso si no lo ha admitido
completamente ante sí mismo aún, tiene una corazonada. Créeme. —La voz de
Hunter se suavizó—. No viste sus ojos cuando te estaba azotando. Cada latigazo
que te dio lo desgarró por completo. Le encantaba, maldición, pero te adora aún
más. Apenas podía mantenerse en pie; temblaba tanto. Parecía que quería
arrodillarse y casarse contigo en ese mismo momento, mientras te forzaba a
arrodillarte para que pudiera venir en tu hermoso rostro.
—¿Cómo puedes decir cosas tan sucias y hacer que suenen tan románticas?
—¿Talento? —Se rió—. Pero en serio. Lo entiendo. Lo entiendo a él. Esperaba
que no tuviera que pasar por lo que yo pasé, pero... parece que los chicos
honorables simplemente no pueden aceptar que albergan una bestia interior.
Queremos ser perfectos para ti. Queremos envolverte en algodón y darte todos los
diamantes imaginables. Queremos mantenerte a salvo. Hacerte feliz. Así que
cuando tenemos pensamientos oscuros y sucios de hacerte sangrar, llorar y gritar,
eso puede trastornar a un hombre. Puede hacer que huya... igual que yo hice.
—Pero eventualmente aceptaste quién eres realmente. Terminaste usando tu
verdad para ayudar a tantos otros. —Bajé la voz—. Sé que nunca habría tenido el
coraje de pedirle a un hombre que conocí de la forma habitual que me atara y me
hiciera moratones. Dios, solo pensar en esa conversación me hace entrar en
urticaria. Fue el conocimiento de que nunca te volvería a ver. La imprudencia de
una noche sucia que me dio la fuerza justa para entregarme a ti.
Gruñó bajo en mi oreja.
—En tu cumpleaños, nada menos.
—Sí. —Sonreí—. Me diste un regalo que nunca olvidaré.
—Y tomaste una parte de mí que nunca recuperaré. Sé que asumiste que
nunca me volverías a ver y... si las cosas funcionan con Nick, entonces supongo
que será así, pero... estaré de regreso en tu ciudad en un año más o menos. Si
sigues soltera para entonces. Si yo sigo soltero y no me he matado a golpes con el
tipo equivocado, entonces... voy a quedarme contigo.
Jadeé.
—¿Estás diciendo que seré tuya en un año si Nick no me reclama?
—Incluso si lo hace, él compartió contigo una vez. Tal vez estaría dispuesto a
darme otro sabor. De un Dom a otro. Un regalo de la chica que más aprecia, solo
porque sabe cuán bien puedo complacerte. Si se lo pides, no tendrá más remedio
que estar de acuerdo. Su propósito en la vida es hacerte feliz... o al menos debería
serlo.
—Estoy bastante segura de que mudarse a Singapur es una pista gigante de
que mi felicidad no está entre sus cinco objetivos principales.
—Y eso es la señal para que te diga lo que necesitas hacer. —Su voz cambió
a tono de negocios—. Me preguntaste cómo olvidarlo. No voy a responder eso. No
todavía. Llámame de nuevo si esto no funciona y entonces te diré. O mejor aún, si
está siendo un imbécil al respecto, reserva algunos días de vacaciones y ven
conmigo. Haré de ello mi deber personal borrar cada rastro de ese hombre de ti,
una liberación a la vez... pero por ahora...
Hizo una pausa.
Ordenó sus pensamientos antes de decir:
—Mantengo lo que te dije. Si lo quieres, tendrás que quebrarlo. Pero ahora
que sé que probablemente está lidiando con la misma mierda que yo, entonces
necesitas ser inteligente.
—¿Inteligente?
—Él no quiere que lo ames porque teme morir joven y dejarte desconsolada,
¿verdad?
Asentí con la cabeza, contenta de que Hunter recordara todo lo que Nick
había dicho esa noche.
—También probablemente no puede soportar la idea de que tú mueras y lo
dejes desconsolado. Especialmente después de lo que dijo sobre su hermano y su
padre que murieron. Seguro hay un trauma arraigado ahí. ¿Ha dicho algo al
respecto?
—Sí —asentí—. En casi esas mismas palabras.
—Entonces... aquí está lo que debes hacer.
Me incorporé y miré a mi oscuro dormitorio de hotel.
—Dímelo.
—Cree que puede evitar el dolor de un corazón roto si no te reclama como
suya. Cree que te está protegiendo de ese mismo dolor al negarse a amarte de
vuelta. Entonces... reemplázalo.
—R-Reemplazarlo? —Carraspeé—. Pero...
—Ve a un club. Hay uno en tu ciudad llamado El Pavo Real Negro. Eres una
sumisa natural, Ella. No hay razón por la que no debas buscar lo que necesitas.
—No... no puedo ir a un club. No puedo acostarme con un desconocido.
—Lo hiciste conmigo.
—Sí, pero...
—De todas formas, las posibilidades de que tengas que acostarte con alguien
son extremadamente escasas.
Arrugué la nariz.
—No entiendo.
—Dile a dónde vas. Deja una nota. Díselo cara a cara. Haz lo que quieras,
pero asegúrate de que sepa exactamente a dónde vas y con qué propósito.
Demuéstrale que solo porque él no está dispuesto a darte lo que necesitas, alguien
más lo hará. Con gusto. Eventualmente encontrarás a otro que te gobierne y te
adore. Te enamorarás. Entregarás tu corazón. Y un día, ese afortunado hombre
morirá, igual que él.
—Así que... ¿quieres que le dé celos? —Mi voz se volvió pequeña. Sonaba tan
mezquino, tan juvenil... como si nunca funcionara contra alguien con la mente
hecha y los billetes de avión reservados.
—No —rió Hunter—. Hazle ver lo que se siente extrañarte cuando estás viva.
Está tan centrado en no tenerte cuando estés muerta que ha pasado por alto por
completo cómo se sentirá si estás con alguien más. Alguien que no sea él. Alguien
igual de vulnerable. Alguien igual de expuesto a la vida y sus obstáculos. Él cree
que está siendo noble al no hacerte suya, pero en realidad solo está asegurando
que su futuro será agonía. Si te desea tanto como creo, en el momento en que te
vea con otro, todos sus principios y reglas se vendrán abajo.
—Pero él ya me vio contigo...
—Eso es diferente.
—¿Cómo?
—No era una amenaza. Yo era simplemente una molestia con la que tenía
que compartirte. Sabía que mi negocio era mi máxima prioridad. Nuestra noche
juntos y lo que sentiste por mí era puramente placentero, no digno de matrimonio.
—Oh, no sé. Diría que definitivamente eres material de matrimonio.
—Y tal vez un día dé ese paso. Contigo o con alguien más... pero eso no es el
punto. El punto es... —Inhalando profundamente, murmuró—: Si te ve con alguien
más. Alguien que podría darte todo lo que deseas por el resto de tu vida, finalmente
se dará cuenta de que el dolor de no tenerte cuando estás viva y dispuesta es mil
veces peor que el dolor de tenerte y perderte en una tumba hipotética. Un millón de
veces peor. Hazle ver lo que tiene que perder mientras todavía es suyo para perder.
Haz que todos esos años en los que podría amarte pasen ante sus ojos. Hazlo ver a
otro en su lugar. Otro hombre haciéndote el amor. Otro hombre cuidándote. Un
hombre con la suerte de adorarte durante décadas.
—Pero...
—Hazle elegir la vida sobre la muerte, pequeña bruja. Hazle elegir el amor
sobre la pérdida, y personalmente te garantizo que te tendrá de rodillas a sus pies
antes de que puedas abrir la boca para decir hola.
Su voz se oscureció.
—Y si no lo hace. Si es tan malditamente cobarde como para finalmente
admitir que te necesita, entonces vendré a buscarte. Cumpliré mi amenaza de
mantenerte descalza, atada, y veremos cuánto tiempo puede sobrevivir sin la única
cosa que necesita para existir.
Capítulo 14
La puerta de atrás me hizo saltar.
Mis manos temblaban mientras colgaba la correa de mi bolso en el perchero
y dejaba caer las llaves en el hermoso cuenco de cristal ámbar y blanco que compré
en un mercado el año pasado. El sonido metálico al chocar con el cristal bien podría
haber sido una sirena de niebla.
Me estremecí y me quité los tacones altos, hundiéndome un par de
centímetros mientras mis pies descalzos tocaban los pulidos tablones del suelo de
nuestro pequeño vestíbulo.
Había hecho lo inimaginable esta mañana.
No solo salí de mi santuario en el hotel, después de prometerme a mí misma
que me quedaría durante tres semanas, sino que también había llamado al trabajo
para hacerme la enferma.
Una primera vez.
La culpa seguía acosándome, pero... había necesidad.
Solo había tenido la fuerza para hacerlo porque hoy era el día libre
programado de Nick, y probablemente pensaba que estaba a salvo en casa,
sabiendo que yo estaba en el trabajo.
Un ruido y una rápida maldición salieron de su habitación antes de que
apareciera en el pasillo sosteniendo un rollo de cinta adhesiva.
—¿Ella? —frunció el ceño, su apuesto rostro luciendo la expresión de
desaprobación demasiado bien.
Maldije por lo bien que se veía con unos pantalones de chándal de algodón
negro y una camiseta blanca. Una mancha marcaba su dobladillo, pareciendo
polvo.
—Pensé que estabas trabajando hoy. —Su ceño se profundizó, su barba
recortada enmarcando labios apretados.
Haciendo lo mejor que pude para mantener la calma y estar súper relajada,
encogí los hombros y caminé descalza por el salón.
—Decidí tomar un día personal.
—¿Un día personal? —Sus hombros se tensaron—. ¿Por qué?
Cruzando la alfombra, miré el sofá. Los cojines estaban perfectamente
arreglados, el control remoto de la televisión colocado con precisión junto a un trío
de velas de vainilla que había colocado en el centro de la mesa de café de madera.
Todo lucía igual, y sin embargo... algo estaba mal.
Algo no está del todo bien...
Mi corazón se hundió.
La mesita junto a la silla reclinable que él prefería estaba vacía de su pila de
libros actual. Su cargador de teléfono celular, que siempre permanecía enchufado
en la pared, faltaba, y el único elemento que él había añadido a mi decoración, una
foto de él y su difunto hermano en un río y dos kayaks detrás de ellos, había
desaparecido de la repisa.
Una piedra se quedó atascada en mi garganta, y mi noche en vela presionaba
mis sienes. La ligera resaca no ayudaba en absoluto, y esperaba haber actuado tan
bien que él no tuviera idea de lo cerca que estaba de llorar desconsoladamente.
Respirando como si hubiera encontrado un problema en la limpieza de
nuestro salón, me dirigí hacia él y fruncí el ceño.
—¿Ya empezaste a empacar, eh?
—Sí, bueno... —Bajó la mirada, incapaz de mirarme—. Te dije que me
mudaba. Voy a empezar a enviar mis cosas ahora. Me quedaré en un hotel durante
las últimas semanas. Es más fácil de esa manera. —Me lanzó una mirada, su
mirada avellana de un tono marrón, un tono que se parecía mucho a la vergüenza,
en lugar del verde brillante del deseo.
No dije nada durante un buen rato, prolongando la incomodidad mientras él
luchaba contra las ganas de moverse o corre. Finalmente, forcé una sonrisa.
—Perfecto. Eso funciona muy bien.
—Oh, bien. —Frunció el ceño—. Espera... ¿en serio?
—Sí. —Pasando junto a él, entré en mi habitación y desabroché mi blusa. Se
quedó paralizado en el umbral, sin apartar los ojos de mí mientras me quitaba mi
camiseta crema y la tiraba en la cama. Mi sujetador de encaje marfil estaba
encantado con la variedad de realce mágico de push-up y mis senos estaban bien
erguidos y regordetes.
Nunca admitiría que esta mañana había subido un poco más los tirantes, por
si tenía la oportunidad de desnudarme frente a él, utilizando cualquier truco que
tuviera para hacer exactamente lo que había dicho Hunter.
Quebrantarlo.
Pulverizarlo.
Despedazarlo en diminutos pedazos para que no pudiera existir sin que yo
sostuviera esos fragmentos juntos para siempre.
—Ella... ¿puedes ponerte una camiseta? —su voz sonaba como si una
serpiente hubiera rodeado su tráquea.
Pasando mi cabello sobre mi hombro, lo miré mientras bajaba la cremallera
de mi falda y la dejaba caer al suelo. Mis medias negras transparentes por encima
de la rodilla eran un lujo y uno del que estaba increíblemente agradecida de haber
decidido usar ayer, a pesar de mi melancólico estado de ánimo.
—Jesucristo —gruñó, sus ojos rociándome con fuego.
—Oh, lo siento... ¿te estoy haciendo sentir incómodo? Esta es mi habitación
después de todo. Puedes irte cuando quieras.
Nick se balanceó en el marco de mi puerta. Las sombras de medianoche se
acumularon en su rostro mientras sus ojos se centraban entre mis piernas
desnudas.
—¿Vas a trabajar todos los días sin ropa interior, o las perdiste dondequiera
que pasaste la noche?
—Oh... ¿esto? —Acepté cada parte sucia y peligrosa de mí y presioné dos
dedos contra mi clítoris. No podía controlar mi reacción. El pequeño suspiro suave.
La rápida contracción.
Nick lo notó.
Mierda, lo notó.
Sus fosas nasales se abrieron como si pudiera olerme.
Se quedó rígido contra mi puerta, convirtiéndose en piedra.
Esforzándome por mantener mi voz tranquila, dije:
—No tenía un conjunto limpio... así que... —Encogí los hombros y alcé la
mano para desabrochar mi sostén—. Pensé que el corto viaje a casa no sería
demasiado escandaloso para quedarme desnuda.
Gimió cuando arrojé mi sujetador a mi cama, quedándome allí solo con las
medias.
—¿Por qué no tenías ropa interior limpia? —preguntó él.
—Porque pasé la noche en un hotel.
Sus manos se cerraron alrededor de la cinta adhesiva.
¿Cuántas cajas había empacado ya mientras yo estaba fuera? ¿Cuánto
tiempo antes de que extrajera cada parte de su vida de la mía y nunca mirara atrás?
El impulso de cubrirme me atravesó. Mis pezones se endurecieron. Mi piel se
erizó, pero me obligué a quedarme allí. A dejarlo mirar. A dejarlo ahogarse. Su
pantalón de chándal se arqueó. Su mano golpeó su erección que rápidamente se
hincha, empujándola hacia abajo.
—¿Por qué pasaste la noche en un hotel?
—Principalmente para alejarme de ti. —Se estremeció.
—¿Estabas sola?
Entrecerrando los ojos, murmuré:
—Anoche sí, pero esta noche... planeo tener compañía.
—Maldición, Ella. Estás haciendo esto a propósito. —Cerró los ojos y sacudió
la cabeza—. Estás tratando de hacer que te folle cuando dije que eso nunca volverá
a suceder.
Cada instinto me decía que me acercara a él. Que le quitara la mano de la
entrepierna y bajara sus pantalones. Podría quebrantarlo de esa manera. Podría
forzarlo como él afirmaba que yo hacía ofreciendo mi boca la semana pasada. Podría
tenerlo dentro de mí en pocos momentos... lo sabía.
Toda mujer podía percibir cuándo un hombre solo esperaba esa invitación
final para atacar.
Si daba un solo paso hacia él, me tendría acostada en el suelo y follada antes
de que pudiera estornudar.
Pero luego...se alejaría de nuevo.
Se negaría a mirarme.
Solo seguiría empacando y escondiéndose y... no.
Quería más que solo un rápido revolcón en mi alfombra de dormitorio.
Quiero tu corazón, maldito terco, y... tengo que confiar en que Hunter sabe de
lo que está hablando.
Cuando no le di la invitación, cuando el aire crujía con demasiada
electricidad, Nick abrió los ojos y mostró los dientes.
—Ponte algo de ropa, maldita sea.
—En realidad, voy a tomar una larga y caliente ducha. Me afeitaré cada
centímetro de mi cuerpo. Me mimaré como no lo he hecho en mucho tiempo. Voy a
estar desnuda la mayor parte del día, si es necesario que lo sepas.
—¿Para castigarme?
—No todo se trata de ti, Nicholas. —Incliné la cadera.
—Entonces, ¿por qué...?
—Porque tengo planes especiales esta noche.
—¿Qué planes?
—Voy a salir.
—Nunca sales. Nunca te quedas fuera. Si estás haciendo esto para vengarte
de mí...
—Lo estoy haciendo por mí, idiota —espeté, cruzando los brazos y empujando
mis pechos hacia arriba—. Lo que pasó en ese circo cambió algo en mí. No puedo
ni quiero volver a ser quien era. Lo que Hunter me dio... lo que tú me diste. Nunca
tuve el coraje de pedirlo antes. Nunca supe cómo me sentiría siendo completamente
dominada antes. Fue la mejor noche de mi vida, sexualmente hablando, y...
—¿Tuviste sexo con él? —gruñó—. ¿Es con él con quien estuviste en el hotel?
—¿Follar con quién?
—Hunter.
—Ya te dije que estaba sola. —Encogí los hombros con un puchero,
haciéndolo parecer como si estar sola fuera lo último que quisiera—. Además, ya
no está en la ciudad.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque lo llamé.
—¿Qué? —Su voz se tiñó de pesadillas—. ¿Por qué harías eso?
—Porque, idiota, necesito más. Quiero más. Merezco más. Te ofrecí ese
derecho. Te di mi corazón y mi cuerpo. Te pedí que fueras mío, Nick, y ¿qué hiciste?
—Avancé hacia él y clavé un dedo justo sobre su corazón latente—. Aceptaste un
trabajo a miles de kilómetros de distancia. Me dijiste, bastante alto y claro, que no
estás interesado en amarme o dominarme, así que... voy a encontrar a alguien que
sí lo esté.
Se quedó peligrosamente quieto y letalmente inmóvil.
—¿Alguien más?
—Sí. —Asentí—. Hunter me dijo que hay un club aquí. El Pavo Real Negro.
Voy a ir.
—¿Un club? ¿Qué tipo de club?
—¿Qué tipo crees? —Espete—. Uno que me ofrezca lo que necesito. Un club
lleno de Dominantes que no temen sus propias necesidades. Un club lleno de
sumisos listos para ser mandados. Soy nueva en este mundo, pero no tengo miedo
de formar parte de él, a diferencia de algunas personas que conozco.
Un gruñido aterrador se filtró en su pecho.
—Cuidado, Ella. Sería extremadamente jodidamente cuidadosa si fuera tú.
Apoyando la mano en su vientre tenso, lo empujé hacia el pasillo y me aferré
al pomo de mi puerta en busca de apoyo. Era ahora o nunca. Funcionaría o
fracasaría. Esta noche, podría estar a merced de un desconocido total o... podría
pertenecer al monstruo que actualmente me gruñe como si quisiera matarme,
enterrarme y mear un círculo de posesión alrededor de mi tumba.
Levantándome, lo empujé para que se estrellara contra la pared opuesta y
dije tan clara y fríamente como pude reunir fuerzas.
—Tengo la intención de ir al Pavo Real Negro esta noche y todas las noches
hasta que encuentre un hombre digno de reclamarme. Un hombre que me adorará
y amará. Un hombre que pasará el resto de su vida haciéndome arrastrar por él,
abrirme para él y venirme por él. Me enamoraré. Me comprometeré con él y solo con
él porque es digno de amarme a cambio. Alguien inteligente y sexy y obsesionado
conmigo, igual que yo lo estoy con él. Viviremos una vida llena de lujuria y amor.
Una vida de felicidad y también de dolor. Puede que muera joven. Puede que muera
antes que él. Pero en los años que estemos vivos, tendremos una historia de amor
de la que la mayoría solo puede fantasear. Y tú...
Suspiré pesadamente.
—Serás exactamente cómo eres. Precisamente como quieras ser. Solo.
La agonía lo desgarró. Terror e incredulidad mientras abría la boca y sacudía
la cabeza.
—No puedes hacerlo. No puedes dejar que otro hombre te toque. No de esa
manera...
—¿Por qué?
—Porque... —Se limpió la boca con una mano temblorosa—. Lo prohíbo.
Capté su mirada.
Le dediqué la sonrisa más triste.
—Renunciaste a todos los derechos sobre mí, ¿recuerdas?
La anhelante oscuridad que emana de él se entrelazó con su furia.
—Dijiste que no harías esto difícil. Que no tratarías de detenerme de irme. —
Sus dientes desgarraron las palabras—. Lo dijiste en el circo. Me lo prometiste.
—¿Qué puedo decir? Mentí.
—Vas a salir lastimada.
—Ya lo estoy. —Mantuve su mirada—. Estoy buscando a alguien lo
suficientemente valiente como para curar ese dolor.
Sus ojos se volvieron negros.
—Ella. Detente. Solo...maldita sea. No es seguro. No puedes dejar que otro te
tenga. No puedes darles lo que me diste.
Me encogí de hombros, apenas un pequeño gesto de despedida.
—Esa es la cosa, Nicholas... puedo. Y lo haré.
Cerrando la puerta en su rostro, eché el cerrojo y caí al suelo de mi
habitación.
Las lágrimas brotaron de mis ojos.
Los ríos descendieron por mis mejillas.
Y me acurruqué en una pequeña bola, carente de valentía, vacía de
esperanza, solo necesitando un momento para llorar.
Capítulo 15
Oh dios.
¿Estás segura, Ella?
¿Realmente, absolutamente segura?
Tragué saliva al entrar en El pavo real negro y me quedé congelada en el
umbral.
Todos los nervios del día. Toda la incertidumbre de si estaba haciendo lo
correcto y el dolor de mi corazón al escuchar a Nick salir de casa y no volver revolvió
mi estómago.
No había podido comer nada.
Me corté dos veces con la navaja porque no podía dejar de temblar lo
suficiente como para afeitarme las piernas.
Había caminado mil vueltas en mi habitación mientras esperaba a que pasara
la tarde y cayera la noche, luchando contra las ganas de huir todo el tiempo.
¿Correr a dónde?
No tenía familia a quién recurrir.
No tenía amigos con quienes pudiera ser tan honesta.
La única persona con la que podía compartir este lío era Hunter, y no quería
llamarlo durante el día porque tenía la sensación de que trabajaba toda la noche y
dormía mientras el sol brillaba.
Además, si me decía que me subiera a mi auto y fuera a verlo en lugar de
ofrecerme a un desconocido total, probablemente lo haría. Al diablo con el Plan
para Romper a Nick.
Más vale malo conocido que bueno por conocer.
Él vendrá...
Tiene que.
Las lágrimas picaron mis ojos doloridos.
No estaba tan segura.
El rugido que hizo cuando golpeó la puerta principal fue lo suficientemente
fuerte como para hacer temblar los ladrillos de nuestro porche.
Esperé a que volviera.
Me preparé para que estuviera esperándome afuera, para atarme y evitar que
me fuera.
Esperaba, contra toda esperanza, que viera cuánto me necesitaba antes de
tener que poner un pie en este lugar, pero... desapareció.
Pasé dos horas miserables tratando de decidir qué ponerme, buscando en
Google lo que era más apropiado para una primera visita a un club como este y
luchando contra la diabólica tentación de ir de compras en busca de corsés, cuero
y hebillas.
Aparentemente, el cuero se tenía que ganar o recibir como regalo.
Había reglas sobre jerarquía y vestuario.
Según la mayoría de los sitios para principiantes, llenos de aspirantes a
sumisos y Amos indecisos, todos decían lo mismo: la ropa de fetiche, la ropa
apropiada para el tema y los disfraces eran bienvenidos, pero si ibas a comer algo
(un encuentro informal fuera de un club, generalmente en un restaurante o bar),
entonces todo valía: uniformes de trabajo, jeans desgastados. Si era tu primera vez
en un club, lo mejor era llevar algo cómodo y fresco, porque a nadie le iba bien
estresarse y sudar en látex ajustado.
Gracias a mi navegación por internet, probablemente había marcado un
número de bots para rastrear mi historial de internet y había aprendido un montón
de nuevas palabras que nunca había escuchado antes. Términos como "Drop": para
esas exhaustas emocionales que tenían lugar después de una escena. Similar a lo
que había experimentado después de que Nick y Hunter terminaron conmigo.
Mazmorra: el lugar donde tiene lugar una escena. Dungeon Monitor: un supervisor
de seguridad y consentimiento, que supuse que era lo que Hunter era en su carpa
grande. Juego al límite, juego de impacto, juego de respiración, juego de roles y
juego de sangre. Tantos juegos. Tantas artimañas y tentaciones y...
—¿Estás bien, parada allí sola? —Una mujer vestida con un vestido negro
fluido que arrastraba por el suelo detrás de ella sonrió. Su piel oscura y
deslumbrante absorbía las luces tenues del club y su corta melena de rizos
apretados hacía que sus afilados pómulos parecieran tener cuchillas bajo su piel
en lugar de pómulos.
Tragué saliva y asentí.
—Creo que sí...
Ella rió entre dientes con una risa parecida a una campana. No sé cómo lo
hacía, pero mi corazón dio un pequeño giro. Agradecida de que me hubiera hablado.
Agradecida de que fuera tan amable.
—¿Primera noche? —preguntó inclinando la cabeza.
—¿Tan obvio?
—Desafortunadamente, sí. —Sonrió, observando mi elección de atuendo
"legal para la calle". Decidí seguir una sugerencia que vi en un tablón de la
comunidad de Fetlife y tomé su pregunta en serio: si mi padre me viera con este
atuendo, ¿moriría?
Bueno... no había ninguna posibilidad de que eso sucediera, pero... si mi jefe
me viera, al menos no estaría mortificada.
Alisando el mismo vestido negro que llevaba cuando fui a Spectacle of Secrets,
bajé los dos escalones, dejando atrás el vestíbulo de entrada. Dos porteros habían
revisado mi identificación y me habían hecho un montón de preguntas de apoyo
para asegurarse de que estaba aquí por voluntad propia y sabía a lo que me estaba
exponiendo antes de permitirme llegar a este punto.
—Soy Ella. —Extendió la mano, una gota de condensación de su copa de
champán brillaba en sus dedos.
Deslicé la mía en la suya con una risa suave.
—¿En serio? Ese es mi nombre.

Mirando alrededor entre los hombres y mujeres que se mezclaban, todos


vestidos de manera ordenada y normal, ella sonrió.
—¿Nombre real o apodo?
—¿Apodo?
—Puedes usar tu nombre real si lo prefieres, pero algunos de nosotros
preferimos un seudónimo —dijo con una sonrisa—. Mi nombre real es Mary, pero...
mi apodo es Ella.
—Bueno, supongo que ya que hay otra Ella aquí, sería mejor que me
inventara otro.
Ella rió.
—Puedes usarlo si quieres. Hay varias Sarahs, Tims y Samanthas.
—No, creo... creo que preferiría algo diferente. Algo que me haga sentir
poderosa, ¿sabes? —Mordiéndome el labio inferior, traté de pensar en algo y, por
supuesto, todos los nombres desaparecieron de mi mente.
Típico.
Observándome, Ella (es tan extraño) sonrió.
—¿Tienes un segundo nombre?
—Sí, lo tengo. —Sonreí—. Pero es muy inusual. Mis padres... —Hice una
mueca, consciente de que por primera vez, mencionaba a mis padres
voluntariamente. Me había acostumbrado tanto a apartar su recuerdo, para no
sentir dolor, que se había vuelto tan natural no hablar de ellos.
Pero aquí... con una mujer a la que acababa de conocer, quería darle una
parte de mí que nunca había compartido con nadie.
Ella suspiró mientras acariciaba mi mano.
—¿Se han ido?
Asentí, pero no dejé que la tristeza se apoderara de mi corazón. En su lugar,
sonreí y los hice revivir a través de los recuerdos. Si apreciarían o no ser
reincorporados en un club de sexo era un asunto del que no me atrevía a
reflexionar.
—Siempre me llamaban su pequeña estudiosa. Decían que era todo trabajo
y nada de juego. Me culpaban por mi falta de interés en vivir, cuando los libros y el
conocimiento eran mucho más interesantes, pero... en realidad, fue culpa suya, no
mía.
—¿O? —Ella tomó un sorbo de su champán—. ¿Por qué?
—Bueno... mi papá era profesor de historia y mi madre, arqueóloga jubilada.
El conocimiento para ellos era su debilidad. Cuando me tuvieron, eligieron un
nombre simple y bonito para el primero y guardaron el nombre extravagante y
significativo para mi segundo nombre.
—La tensión me está matando —guiñó un ojo Ella.
—Es Hypatia.
—No puedo decir que haya escuchado ese antes.

—Hypatia fue la principal matemática, astrónoma y filósofa de su tiempo. Se


decía que era una pionera en la ciudad de Alejandría. Que su muerte simbolizó no
solo la decadencia de la inteligencia, sino también el fin del mundo clásico.
—Intenso. —Ella rió.
—Lo sé, ¿verdad? —Suspiré, de repente sintiéndome más ligera de lo que
había estado en años. Hablar de ellos. Sacar sus recuerdos de las sombras y
compartirlos.
Un estremecimiento de lo correcto recorrió mi espalda.
Mis entrañas se iluminaron.
Mi corazón brilló.
Sí.
Esto... esto es lo correcto.
Estaba destinada a venir aquí.
Estaba destinada a vivir, aunque eso significara dejar atrás la búsqueda
eterna de información. No quería ser como Hypatia, cuya muerte colapsó una
dinastía intelectual. Quería ser libre.
—Así que... Hypatia. ¿Ese es tu nombre?
—Tía. —Sonreí—. Vamos con eso.
—Fabuloso. —Ella me ofreció su copa de champán—. Toma un sorbo para
celebrar tu nueva identidad.
—Gracias. —Tomando un pequeño sorbo, se lo devolví y jadeé cuando
capturó mi mano.
—Ahora, Tía... dijiste que eras una pequeña estudiosa, ¿verdad? Bueno,
resulta que conozco a una profesora que disfruta mucho castigar a los estudiantes
que se lo merecen.
Mi estómago se apretó.
—¿D-De verdad?
Tirando de mí hacia la multitud, sonrió.
—Es tu primera noche, así que nadie morderá. Todos recordamos la
nerviosidad de la primera vez. Has venido al lugar correcto. El pavo real negro es
un club pequeño pero leal. Algunos de nosotros estamos en relaciones 24/7. Otros
comparten. Otros se conocieron y se casaron aquí, pero todavía hacen escenas
ocasionalmente. Sea lo que sea en lo que estás interesada, eres bienvenida. Lo que
sea que estés buscando, alguien podrá proporcionarlo. Estás a salvo con nosotros.
Mis rodillas temblaron con otro torrente de gratitud.
—N-No puedo agradecerte lo suficiente.
Había venido aquí con la cabeza llena de Nick y el corazón suplicándole que
me detuviera. Pero ahora... ahora quizás fuera lo suficientemente fuerte como para
sobrevivir, incluso si él nunca viniera por mí. Si realmente no es lo bastante fuerte
para reclamarme, entonces... lo aceptaría. Me dolería. Estaría afligida. Es posible
que siempre temiera que él fuera el que se escapó. Pero... no necesitaba de él para
existir. Y esa pequeña chispa de poder fluía a través de mi sangre, empujando mis
hombros hacia atrás y otorgándome el valor suficiente para seguir a Ella a través
del lujoso espacio.
Al igual que la habitación negra en la gran carpa donde Hunter me despertó
a lo que estaba perdiendo, este club favorecía los tonos de medianoche. Plumas de
pavo real teñidas de negro cubrían toda una pared. Abanicos de plumas
enmarcaban el impresionante bar, sofás de gamuza negra y mesas bajas invitaban
a beber y socializar.
Vi a algunas personas salir del club por puertas camufladas en la pared de
plumas. Un hombre llevaba a una mujer con una correa dorada. Una mujer
apresuraba a un hombre con un látigo.
Nadie miraba. A nadie le importaba.
El nivel de aceptación y libertad era impresionante.
Después de toda una vida tratando de encajar, de hacer lo posible por ser la
mejor... sentí que mi fuerte control se deshacía, quedando detrás de mí como una
esclavitud que había llevado durante demasiado tiempo, para intercambiarlo por
uno muy diferente.
Deteniéndose ante un hombre con cabello negro brillante y sienes plateadas,
Ella tosió discretamente hasta que el caballero se volvió desde la barra y sonrió.
Ojos marrones oscuros, piel europea bronceada y unas manos que deberían ser
ilegales por lo perfectamente formadas que estaban. Cómo se flexionaban sus
tendones sobre los nudillos. Cómo sus dedos acariciaban su vaso como si fuera un
pecho en lugar de un objeto.
—Ella. Qué placer —sonrió, arrugando la piel alrededor de sus ojos
penetrantes al besar la mejilla de mi nueva amiga.
Supuse que tenía cerca de cuarenta y tantos, pero la forma en que llevaba su
traje de color carbón insinuaba que no tenía nada de barriga de la mediana edad
debajo de él.
Mi pulso se aceleró cuando su mirada cayó sobre mí.
Su sonrisa se volvió más oscura.
—Hola.
Su presencia era tan intensa, tan penetrante, tan intensamente masculina,
que bajé la barbilla por instinto.
Sus ojos brillaron mientras su lengua recorría su labio inferior.
—Una sumisa natural —suspiró soñadoramente, mirando a la otra Ella—.
Sabes que me estoy conteniendo, querida Ella, pero me traes a la sumisa más
exquisita que jamás haya visto.
Ella rió como una sirena casamentera.
—Pensé que te gustaría. —Pasando un brazo delgado alrededor de mi cintura,
murmuró—: Tia... permíteme presentarte a Rhodes.
—¿Tia? —Rhodes hizo una reverencia, elegante, atractivo y delicioso—. Qué
nombre tan hermoso para una mujer hermosa.

—En realidad, es Hypatia —susurro Ella con un guiño, claramente con


conocimiento interno sobre por qué había hecho esta presentación y por qué
observaba a Rhodes como un gato con sus dientes clavados en un canario muy
desafortunado. Oh, Señor, soy el canario.
—¿Hypatia? —Rhodes se enderezó con un chasquido—. ¿Nombrada en honor
a la mujer más erudita de Alejandría, supongo? Una mujer que leía las estrellas y
superó el profundo sexismo de su época, solo para ser etiquetada como bruja por
los Parabalani y desgarrada miembro por miembro, señalando el fin de los paganos
y el surgimiento del cristianismo. —Suspiró profundamente—. Un día oscuro, de
hecho, para la humanidad. El día en que la fe se usó en nuestra contra y aquellos
que permanecieron leales a la espiritualidad real, gobernada por la naturaleza y
frecuencias que no podemos ver, fue el día en que todos fuimos esclavizados por la
iglesia.
Mi boca se quedó abierta. ¿Quién diablos es este hombre?
—¿Has oído hablar de ella entonces? —Sonreí.
—¿Escuchaste hablar de ella también? Prácticamente estoy enamorado de
ella—rió—. Soy un conservador de un museo muy conocido. Mi época favorita es el
Imperio Romano y su superposición en Egipto y más allá.
Mi corazón dio un vuelco.
—Mi madre solía ser arqueóloga. Esa era su era favorita también.
Dos veces compartí a mis padres con desconocidos. Dos veces brillé con una
nueva felicidad.
—Bueno... debe de ser el destino que nos hayan presentado entonces. —
Rhodes tomó mi mano y besó el dorso de ella. Su tacto era seco y fuerte, pero no
logró enviar remolinos de calor a través de mí. Sin chispa de química. Sin conducto
de electricidad. No como cuando Nick me tocaba. No como el suave ardor que sentía
cada vez que nos sentábamos en el salón, ignorándonos mutuamente mientras
leíamos. No como el hormigueo cada vez que olvidaba a sí mismo y me sonreía en
el trabajo. No como el fuego abrumador cuando me besó por primera vez o la
absoluta devastación de mi alma cuando me marcó con un látigo y luego se hundió
dentro de mí como una bestia.
Toda mi confianza en que podría existir sin él estalló como burbujas sucias.
Mi diversión se desvaneció.
Mi valentía falló.
Luché contra la urgencia de retirar mi mano mientras seguía sonriendo.
—Es un placer conocerte.
Los nervios se retorcieron en mi estómago.
Debería volver a casa.
Él no vendrá...
Rhodes manteniendo mi mano, murmuró:
—Entonces... ¿es tu primera noche?
—Uh-huh. —Tragué con fuerza; la creciente ansiedad me hizo sudar—.
Quiero decir... sí. Lo siento. Sé cómo hablar.
—¿Nerviosa? —Se rió.
Incliné la cabeza de nuevo, incapaz de resistir su intensidad.
—Terriblemente.
Gruñó bajo y oscuro.
—Debes saber que... inclinar la cabeza ante un Dom es un honor y una
provocación. —Se alejó de mí como si estuviera poniendo distancia entre nosotros,
incluso mientras apretaba mi mano—. ¿Ella es tu patrocinadora esta noche?
—¿Patrocinadora?
—La encontré cuando llegó —dijo Ella (todavía tan extraña) —. La he acogido
y le he dicho que no morderemos.
—No morderemos. Mucho. —Rhodes guiñó un ojo, haciéndome estremecer de
nervios.
¿Qué haría si me pedía ser suya? ¿Era eso una posibilidad? ¿Cómo
funcionaba esto? ¿Me pediría estar con él tan pronto? ¿Se esperaba que dijera sí si
estaba desvinculada y me lo proponían? ¿Cómo le decía cuáles eran mis límites?
¿Cuáles eran mis límites? ¿Esperaría tener relaciones sexuales sin protección, o
había reglas de salud y seguridad?
¡Oh Dios!
¿Y si quiere compartir?
¿Y si quiere...?
—Ella.
Me congelé en un millón de pequeños cristales. Brillantes. Agrietándome.
Crujiendo.
Esa voz.
Esa ronquera.
Ese mandato.
No me volví.
No pude.
Cada parte de mí se congeló en su lugar cuando otro gruñido se deslizó en
mis orejas.
—Suéltalo. Ahora.
La otra Ella frunció el ceño y se giró para mirar a Nick. Su hermoso vestido
negro susurraba por el suelo mientras avanzaba hacia él.
—¿Y tú eres?
Mis oídos latieron por su respuesta.
Mi corazón no se atrevía a esperar...
Y luego...la palabra más dulce y maravillosa.
Solo uno.
El mejor.
—De ella.
Soltando los dedos de Rhodes, me volví para mirar a Nicholas.
Mi corazón latía con fuerza mientras nuestros ojos se encontraban, avellana
contra azul, y me balanceé como si hubiera bebido cien copas de champán.
—Nick...
Su mandíbula se apretó. Todo su cuerpo se estremeció.
Mi mirada recorrió todo su ser.
Desde sus jeans negros hasta su camiseta blanca y las mangas remangadas
de su blazer de cuadros.
Llevaba el mismo atuendo que tenía cuando me encontró en brazos de Hunter
y suplicó compartirme.
Y lo supe.
De repente.
Completamente.
Cuánto le habría costado esa solicitud.
Cuán difícil habría sido suplicar por una noche para acostarse conmigo,
sabiendo que tendría que mirarme con otro hombre.
La ahora familiar nube melosa de obediencia se deslizó sobre mí, acallando
mis preocupaciones, cubriendo mis preguntas. Me volví vacía. Vacía excepto por la
sensación y la conexión, el deseo incontrolable de que él me quitara todo el control.
Anhelaba eso.
Rogaba por eso.
Cobraba vida dentro de eso...
Él no se movió.
No tenía que hacerlo.
Bajando su mentón, sus cejas oscurecieron sus ojos letalmente furiosos
mientras decía:
—Ven aquí.
Profundo.
Oscura.
Áspera.
Rasposa.
La voz perfecta.
El hombre perfecto.
La orden perfecta.
Fui sin pensarlo dos veces.
Dejé que la biología me gobernara en lugar del intelecto. Me convertí en los
paganos que Rhodes había mencionado y subí al altar para adorar las estrellas y
los planetas, los elementos y la magia, porque ser una bruja era mucho mejor que
ser una discípula. Ser libre para vivir la vida como yo eligiera en lugar de seguir los
caminos de tantos otros.
Me moví como el agua hacia él.
Ardí como el fuego ante él.
Inhalé aire cuando asintió su aprobación.
Me hundí en la tierra cuando señaló a sus pies.
Cuatro elementos.
Cuatro poderes.
Una elección.
Arrodillada ante él, esperé. No miré a los hombres y mujeres que se
agrupaban a nuestro alrededor. No me importaba si esto era habitual o mal visto.
Estábamos en un club de sexo, pero no había visto tanta posesión evidente en este
bar principal.
Tal vez estas dinámicas de poder se reservaban para lugares más privados.
Tal vez estábamos rompiendo todas las reglas y nos pedirían que nos
fuéramos.
No lo sabía.
Él no lo sabía.
Pero eso no impidió que Nick se inclinara y tomara mi barbilla, forzando que
mis ojos se elevaran, mis labios se separaran, mi corazón se acelerara.
—¿Querías quedarte y encontrar a un hombre que te amara además de
lastimarte?
Lamí mis labios resecos.
—No, señor.
—¿Querías quedarte y pertenecer a otra persona? Alguien que probablemente
podría cuidarte mejor que yo. Alguien que no tiene miedo como yo.
—No, señor.
—¿Quieres a alguien que pueda darte una vida, aunque no sepa cuánto
tiempo durará?
—Sí, señor.
—¿Quieres pertenecerle a él y solo a él, sabiendo que luchará con algo así?
—Sí, señor.
—¿Quieres renunciar a todos los demás? ¿Aceptas nunca compartirte con
otro? ¿Nunca desear a otro? ¿Nunca pedirme que te folle con otro nuevamente?
Cerré los ojos; las lágrimas rodaron por mis mejillas.
—Sí, señor.
—Sí, amo —espetó.
—Sí, amo.
—Levántate. —Arrancando su mano de mi barbilla, se enderezó y me miró
con enojo mientras obedecía. Temblaba en el lugar, mirando a la multitud que
habíamos convocado. Hombres y mujeres. Dominantes y sumisos. Todos ellos
sonreían suavemente, con comprensión y aceptación en sus ojos. Ella sonrió.
Rhodes sonrió. Incluso el camarero se mordió la sonrisa mientras Nick siseaba—:
Desabrocha mi cinturón.
Mis ojos se clavaron en los suyos.
¿Esperaba hacerlo aquí?
¿Justo en medio del bar?
¿Lo permiten?
Yo dudé.
—Desabrocha mi cinturón, Ella. No te lo volveré a pedir.
Mis manos temblaban mientras deslizaba el cuero y lo desenganchaba.
—Asegúralo alrededor de tu cuello.
Me quedé rígida.
La parte de mí que no estaba embriagada por la libertad arrugó la nariz.
Rhodes se rió detrás de mí.
La otra Ella murmuró algo que no pude oír.
Nick no se movió mientras se erguía a su altura completa y nunca apartaba
sus mortales ojos de mí.
Poco a poco, con cuidado, levanté su cinturón todavía cálido hacia mi
garganta y pasé el cuero por la hebilla. Sin agujeros lo suficientemente ajustados
para sujetarlo, tiré hasta que me envolvió como un collar.
—Dame el extremo. —Nick extendió la mano.
Coloqué el cuero colgante en su palma esperando.
Tirando suavemente, me atrajo hacia él.
Su aliento a canela besó mis labios mientras siseaba:
—¿Te entregas a mí? Y solo a mí. Total, e incondicionalmente. Sabiendo que
podría fallar. Sabiendo que podría luchar. Sabiendo que te amaré con cada maldita
parte de mí, a pesar de tener tanto miedo a la muerte y todas sus penas.
Un sollozo suave escapó de mí.
Quería lanzarme a sus hombros y besarlo.
En cambio, incliné la cabeza y tomé cada parte que me dio.
—Sí, amo.
—En ese caso, volvamos a casa.
Tirando de mí hacia adelante con la correa que había formado con su
cinturón, se detuvo mientras la multitud se abría lentamente.
La otra Ella caminaba conmigo, apretando mi mano mientras murmuraba:
—Estás bien con esto, ¿verdad? ¿Esto es lo que quieres?
Sonreí tan malditamente brillante.
—Es lo que esperaba que sucediera cuando vine aquí.
—Así que... ¿nos estabas usando? —Frunció el ceño—. Pero pensé...
—No nos estaba usando —Rhodes interrumpió, pasando el brazo alrededor
de la delgada cintura de la otra Ella, manteniendo el paso con nosotros—. Estaba
probando si este es el lugar al que pertenece. —Sonrió con malicia—. Donde ambos
pertenecen.
Nick frunció los labios, pero inclinó la cabeza en señal de reconocimiento.
—Perdón por irrumpir y romper las reglas. Aún no... Todavía no estoy seguro
de lo que estoy haciendo.
—Oh, no sé —Rhodes se rió—. Ya lo estás haciendo bastante bien.
Nick aceptó el cumplido con una educada inclinación de cabeza.
—También lamento haber forzado a que dejara de tocarte. No estaba
preparado para la furia...
—¿Un consejo? —Sonrió Rhodes—. No te disculpes con otro Dom a menos
que esté absolutamente justificado. Y no hiciste nada mal. Eres posesivo, como
deberías ser. Tu tarea es protegerla. Cuidarla. Y lo hiciste al reclamar lo que es
tuyo.
Me emocioné.
Sentí hormigueo.
Soy suya.
El lenguaje Neandertal no estaba mal visto aquí. No era calumniado por
feministas ni prohibido por manifestantes indignados.
Aquí, era simple: un corazón por un corazón. Una vida por una vida. Un alma
por un alma.
Y eso significa... él es mío.
Rhodes me ofreció una suave sonrisa.
—Ella es especial. Debo admitir que estoy triste de no haber tenido la
oportunidad de conocer mejor a Hypatia, pero... ambos son bienvenidos de nuevo.
A beber. A jugar. A hablar y simplemente pasar el rato, a encontrar amigos que
comprendan lo que están pasando.
—Apreciamos eso —los hombros de Nick se relajaron un poco.
Nosotros.
¿Ha habido alguna vez una palabra más mágica?
La otra Ella apretó mis dedos de nuevo mientras llegábamos a las escaleras
del vestíbulo.
—Perteneces a este mundo, Tia. Lo supe en el momento en que te vi. —Le
lanzó a Nicholas una mirada antes de susurrar en mi oreja—. Es un natural, al
igual que tú. Y, Dios mío, te ama.
Me estremecí.
—Espero que sí.
—También sabes que tienes todo el poder, ¿verdad? —Mantuvo su voz
demasiado baja para que Nick la oyera—. Tienes su corazón y su alma, así que...
ten cuidado con ellos. Solo porque eres la que lleva el collar, no significa que no lo
hayas atado de vuelta. —Su voz se volvió afilada con seriedad—. Nunca lo olvides.
No olvides que lo gobiernas, incluso cuando te arrodillas ante él. Recuerda hablar
el uno con el otro. Apoyarse mutuamente. Nuestro mundo no se trata solo de
intercambios de poder, sino de la profundidad de la conexión que trae. El vínculo
que se forjará entre ustedes será inquebrantable... así que ten cuidado con la
intensidad que traerán sus nuevas dinámicas.
—Gracias —apreté su mano—. Has sido tan amable conmigo.
Ella sonrió y me besó en la mejilla.
—Una vez que ambos estén seguros en su nuevo afecto, por favor, hagan lo
que sugirió Rhodes y vuelvan. Necesito saber cómo rompiste a un Dom. Cómo
llegaste aquí sin ningún hombre y terminaste con uno persiguiéndote. Necesito
saber tu historia, Tia.
Nick se volvió hacia ella, oyendo las partes finales de nuestra conversación.
Con su rostro severo y ojos llenos de posesión, me tiró hacia su lado y reclamó todo
lo que pudo.
—Su nombre es Ella, y es mía. La única historia que necesitas saber es... no
solo me rompió esta noche, me rompió en el momento en que abrí la puerta de mi
nuevo apartamento y la encontré colgando un letrero de bienvenida sobre la repisa
para mí. Se dio la vuelta para mirarme, perdió el equilibrio y cayó de la silla en la
que estaba parada. Dejé caer mis bolsas y la atrapé. Y en el momento en que cayó
en mis brazos, lo supe.
Me miró, su rostro marcado con una feroz y severa ternura.
—Supe en el momento en que enredó sus brazos alrededor de mi cuello y me
entregó toda su confianza. Tan libremente. Tan completamente. Nadie antes me
había confiado su vida. Es su culpa que este impulso se despertara en mí. Esta
necesidad de poseerla, todo porque ella me poseía a mí. —Olvidando que estábamos
rodeados de gente, murmuró solo para mí:
—Me diste algo que no sabía que necesitaba.
—Lo dices como un hombre que siempre ha necesitado ser necesario —
Susurro Rhodes en voz baja.
Nicholas no lo miró, sus ojos color avellana fijos en los míos.
—Te quiero, Ella. Malditamente muchísimo.
El club desapareció a nuestro alrededor. Mis nuevos amigos se desvanecieron
de mi atención.
Todo lo que veía era él.
Su dominación y su desesperación.
Su poder y su debilidad.
—Entonces, llévame a casa, Amo.
Toda la suavidad, toda la ternura cautelosa en él volvió a convertirse en una
feroz autoridad. Agarrando la correa alrededor de mi cuello, frunció el ceño a
aquellos que nos miraban, luego inclinó la cabeza ante Ella y Rhodes.
—Nos vamos. Adiós.
Tirándome hacia adelante por el cinturón, me subió las escaleras, salió por
la puerta y nos introdujo en el aire limpio de la noche.
Las voces nos seguían.
Risas y susurros cómplices.
—¡Recuerda tu palabra segura, Tia! —Gritó Ella después de mí—. ¡La vas a
necesitar!
—Jadeé.
Nick gimió.
Me empujó dentro de su Ford negro y nos llevó a casa.
Capítulo 16
La puerta se cerró tras de nosotros, atrapándonos en nuestra casa
compartida, bloqueando el mundo y manteniendo nuestros secretos pecaminosos.
Nick no dijo una palabra durante todo el viaje a casa, pero eso no impidió
que nuestros cuerpos gritaran. La tensión crecía y crecía hasta se me erizo la piel
y un dolor exquisitamente doloroso entre las piernas.
No conducía ni demasiado rápido ni demasiado despacio.
Sus manos apretaban el volante; sus ojos se estrechaban en el camino.
Su cinturón seguía atado alrededor de mi cuello.
Había hecho todo lo posible para encontrar algo que aliviara la ardiente y
chispeante conciencia entre nosotros, pero... cada vez que abría la boca, solo salía
aire.
¿Debería disculparme por ir al club?
¿Debería agradecerle por venir tras de mí?
¿Qué estaba pasando dentro de su cabeza?
Salté cuando la puerta principal hizo clic en su lugar antes de que el cerrojo
deslizara. Mirando por encima del hombro, capté la mirada de Nicholas.
Todas las preguntas, todas las preocupaciones, todos los pensamientos...
todo desapareció en una nube de humo.
No era avellana ahora, solo verde. Verde ardiente, humeante, lleno de furia y
deseo. Con cabello bronce cayendo sobre su frente y labios enmarcados por una
barba corta cuidadosamente recortada, nunca había visto a un hombre más guapo
ni a una bestia más aterradora.
Mi ritmo cardíaco se disparó mientras daba la vuelta para enfrentarlo,
manteniendo mis ojos en el peligroso depredador que había invitado a mi corazón,
todo mientras retrocedía tropezando en mis tacones de charol hasta que mi trasero
chocó contra el respaldo del sofá.
Me quedé helada.
—Nick... lo siento.
Enseñó los dientes mientras se acercaba a mí.
—¿Lo siento? ¿Estás arrepentida? ¿De qué estás arrepentida, Ella? ¿Estás
arrepentida de haberte desnudado para mí esta tarde y luego haber ido a un club
para que otro hombre te probara? ¿Estás arrepentida de haberme obligado a pasar
un día infernal preguntándome si tenía la fuerza para ir tras de ti? ¿Estás
arrepentida de haberme obligado a ver cómo otro hombre te proponía... de nuevo?
¿Estás arrepentida de haberme forzado a aceptar partes de mí mismo que todavía
no estoy listo para aceptar? O... —Desenrollando su cinturón y quitándolo de mi
cuello, lo arrojó al suelo y luego apretó su mano firmemente alrededor de mi
garganta—. ¿Estás arrepentida de haberme obligado a enamorarme de ti?
Jadeé mientras él apretaba.
Anhelaba tocarlo de vuelta. Ser suave ante su dureza. Derretir su frialdad
con la calidez que necesitaba desesperadamente.
Pero... tal como lo supe cuando le ofrecí mi boca después de after spectacle
of secrets, si le daba suavidad ahora, lo perdería.
No necesitaba disculpas cuando mis acciones todavía lo lastimaban. No
quería mi reconocimiento de que lo había empujado hacia emociones que eran,
demasiado intensas.
En este momento... él necesitaba una pelea. Una pelea que pudiera ganar.
Una pelea que lo aplacara y le devolviera todo el poder que le había robado
haciéndolo ir tras de mí.
Agarrando su muñeca, entrecerré los ojos.
—No te hice enamorarte de mí. Dijiste que te enamoraste en el momento en
que me atrapaste cuando tropecé de la silla ese primer día.
—No uses mis palabras en mi contra.
—Entonces no me culpes por esto. Tenías una elección. Tomaste esa
elección...
—Nunca tuve una elección —rugió, apretando mi cuello con la suficiente
presión para activar los instintos y generar un miedo genuino—. Te dije por qué no
quería esto. Te dije por qué no lo sobreviviría. Te dije que no quería lastimarte, ¡y
mira lo que me hiciste hacer!
—Tienes razón. —Arañé sus dedos—. Me estás lastimando.
Instantáneamente, el horror inundó sus ojos.
Sus dedos se aflojaron.
Se apartó, metiendo sus manos en su grueso cabello.
—Maldición. No quise... maldición. —Sacudió la cabeza, murmurando—: ¿No
ves, Ella? No soy bueno en esto. No soy seguro en esto. Y-Yo te lastimaré... lo sé.
Ya sea jugando a estos juegos o cuando muera de….
—No. —Corrí hacia él y tapé su boca con mi mano.
De ninguna manera pronunciaría la palabra C nunca más.
De ninguna manera volvería a creer eso.
—¿No has aprendido nada? —susurré, retirando lentamente mi mano de sus
labios—. Tus pensamientos se vuelven tú, Nick. Si sigues diciéndote que morirás...
—Es un hecho biológico.
—Es tu propio miedo, no un hecho. —Acaricié su mejilla, dándole suavidad
después de todo.
—Tienes autoridad sobre tu propio cuerpo. Dieta y meditación y ejercicio.
Solo esas tres cosas son la mejor prevención del mundo. Sin mencionar todos los
métodos que todavía estamos aprendiendo. —Mi voz bajó a un susurro—. Ahora
eres mío, Nicholas Davis, y digo que no irás a ninguna parte.
Haciendo una mueca, él cubrió mi mano con la suya.
—¿Soy tuyo?
—Sí. —Sonreí—. Lamento decírtelo, pero desde el momento en que fuiste al
Pavo Real Negro detrás de mí, cada uno de tus pensamientos, cada palabra y cada
latido de corazón son míos.
Inclinándose más cerca, aspiró una bocanada de aire.
—Quiero retorcerte el cuello por ponerme en una situación tan imposible. —
Deslizando su mano por mi brazo, no se detuvo hasta que sus dedos se cerraron
en mi nuca—. No quería ir detrás de ti. Intenté dejarte ir. Pasé todo el día paseando
por el maldito parque, tratando de convencerme de que sería mejor si encontrabas
a alguien más. Alguien con mejores genes. Mejores principios.
Mi corazón golpeó contra mis costillas.
—Entonces... ¿por qué no lo hiciste?
—¿Por qué? —Se rió fríamente—. Tú sabes por qué. —Apoyando su frente en
la mía, siseó—: Sé cómo se siente ver a otro hombre follar lo que es mío. Sé cuánto
me crucificó verlo besarte, tocarte, enamorarse de ti. Es demasiado fácil
enamorarse de ti. Demasiado malditamente fácil perderme en ti, y eso es
exactamente lo que he hecho.
Las lágrimas brotaron de mis ojos.
—No quiero que te sientas perdido, Nicholas. Si esto es demasiado...
—¿Demasiado? —Resopló, empujándome nuevamente contra el sofá—. Ha
pasado de ser demasiado, Ella. Estoy malditamente ahogándome.
Me retorcí en su agarre mientras dejaba caer su cabeza y presionaba un beso
en mi garganta.
—He perdido todo mi control. Todo mi poder. Tuviste que llegar y estropear
todo. —Me mordió, añadiendo dolor al beso—. Me siento tan malditamente culpable
por haberme puesto por encima de la promesa que le hice a mi hermano. Tan
culpable de haber elegido el amor sobre el deber. Terriblemente asustado de haber
elegido un camino que solo terminará en el peor tipo de desamor.
Poniendo mis manos en sus caderas, incliné la cabeza para que me besara y
mordiera la garganta.
—No me voy a ningún lado, Nick. Y tú tampoco.
—No puedes prometer eso —gimió en mi piel—. La muerte ha quitado mucho
a todos, no solo a mí. Sé cómo se siente la pérdida. Sé cómo se siente la
impotencia... pero contigo, estoy absolutamente paralizado.
Abrazándolo fuertemente, lo tiré más cerca hasta que cayó contra mí.
En el momento en que nuestros cuerpos se tocaron, sus brazos se envolvieron
apretados y caímos en el abrazo más feroz.
Gimió mientras me abrazaba.
—Nunca fue mi intención hacerte sentir débil, Nicholas.
—Bueno... lo has logrado —susurró en mi cabello, temblando fuertemente—
. Soy totalmente indefenso ante ti y... honestamente no sé cómo sobrevivir.
Antes de que pudiera responder, maldijo en voz baja.
—Qué hombre egoísta me he vuelto. —Retrocediendo, rozó mi nariz con la
suya—. Soy egoísta porque me enamoré de ti hace ocho meses, y he hecho lo
imposible para pretender que no sentía nada desde entonces. He sido desagradable
contigo. Grosero contigo. Absolutamente cruel contigo. Hice todo lo posible para
convencerme de que lo que sentía no significaba nada, solo para descubrir que tú
eres jodidamente todo.
Jadeaba con fuerza, la ira y la rendición teñían su voz.
—He sabido todos los días que vas al trabajo y todas las noches que gritas en
la oscuridad. Creo que he sabido toda mi vida que te pertenezco, buscándote a
través de la muerte y el dolor, tan temeroso de encontrarte porque entonces tendría
que tomar una decisión. Una elección que me forzaste a tomar al mostrarme cuánto
duele perderte... mientras todavía eres mía para perder.
El consejo de Hunter me vino a la mente. Un reflejo de la confesión de Nick.
Mi corazón se llenó de gratitud; mis ojos se llenaron de lágrimas frescas.
—Te amo, Nick. Incluso cuando eras desagradable, sentí que algo estaba ahí.
Me decía a mí misma que era solo una tontería de enamoramiento... pero creo que
siempre he sabido que eras mío, idiota y todo.
—Mierda —sollozó—. No deberías decir cosas como esa, especialmente
cuando no puedo tenerte.
—Puedes tenerme. Me tendrás. —Mi voz se endureció con certeza—. Soy tuya.
—Y Cristo, eso me excita. —Frotó su erección contra mi vientre inferior—.
Aunque nunca debería haberte reclamado, no puedo dejarte ir.
Gimoteé mientras el calor bullía entre nosotros.
Pero era más que eso. No era solo lujuria... era más.
Más conexión.
Más verdad.
Más de todo.
Quería conocerlo, como había deseado desde que lo conocí por primera vez.
Quería que hablara sobre su familia.
Quería hablar sobre la mía.
Para romper la costumbre de no hablar sobre nuestra pérdida porque, tal vez,
solo tal vez, necesitábamos dejar de escondernos de la pena y abrazarla. Nuestros
fantasmas no estaban ahí para atormentarnos, sino para apoyarnos. Para
demostrarnos que, aunque faltaban en esta vida, no se habían ido... no realmente.
Todavía estaban aquí.
Ayudándonos, guiándonos, empujándonos en la dirección correcta.
Tantas conversaciones que necesitábamos tener. Tantos secretos que
confesar y problemas que superar, pero todo lo que realmente importaba era esto.
Nosotros.
Y había hecho algo imperdonable al quitarle su poder.
Así como la otra Ella me lo había dicho.
Podría arrodillarme ante este hombre y confiar en que fuera lo
suficientemente fuerte como para cargar con todas mis cargas, pero... tenía que
estar dispuesta a hacer lo mismo por él. Tenía que demostrar que podía quedarse
paralizado y yo lo mantendría a salvo. Que podía estar indefenso y yo lo protegería.
Que podía ser su yo más vulnerable, frágil, y en lugar de encontrar dolor y angustia,
sería resguardado y adorado incondicionalmente.
Le había robado el corazón antes de que estuviera listo para dármelo.
Y ahora... ahora, tenía que demostrarle que estaba seguro en mis manos.
Con el aliento más suave, entregué todo lo que era a él y lentamente, muy
lentamente, me doblegué en el suelo.
—¡Ella...? —me sostuvo de los codos mientras descendía por su cuerpo y salía
de sus brazos. Sus ojos se abrieron de par en par cuando aterricé en la alfombra y
lo miré sin paredes, sin secretos.
No hablé.
No me moví.
Simplemente incliné la cabeza y esperé.
Respiraba con fuerza, elevándose sobre mí. Sus jeans se abultaron; sus fosas
nasales se dilataron. La habitación se llenó de electricidad.
Sentí un temor que quizás no me aceptaría. Que me había perseguido solo
para decirme que su miedo a la tragedia era más fuerte que su deseo de amor, pero
luego... en un movimiento que me hacía latir el corazón y derretirme, retrocedió,
enderezó los hombros y gruñó:
—¿Quisiste decir lo que aceptaste en el club? ¿Qué me quieres a mí y solo a
mí?
Asentí.
—Sí, Amo.
Un torrente de humedad.
Un estallido de lujuria.
—¿Aceptas que puedo tropezar, que puedo luchar, que puedo tener días en
los que dudé de este compromiso, no porque no te amé, sino porque tengo tanto
miedo de perderte?
—Sí, Amo.
Inclinándose, presionó los dedos bajo mi barbilla, obligándome a
encontrarme con sus ojos.
—¿Y juras por todo lo sagrado que no me dejarás arruinar esto? ¿Me
prometes aquí y ahora que no me permitirás estropearlo?
Una lágrima rodó por mi mejilla.
—Lo juro.
—¿Juras qué?
—Lo juro, Amo.
Sus labios se torcieron.
—Porque si fallas. Si no haces todo lo necesario para mantenerme tuyo,
entonces... no sobreviviré, Ella. Me mataste en el momento en que me robaste el
corazón, y mientras lo mantengas fuerte... confío en ti para que no me dejes morir.
Arrojé los brazos a su alrededor.
Los sollozos se me atragantaron en la garganta.
—Siempre. —Besé su cuello, sus mejillas, sus labios—. Para siempre.
—Bien. —Sonrió levemente—. Viendo que no tengo que preocuparme por
morir, ahora que mi corazón te pertenece, y tú no te atreverás a morirte en mí,
porque necesito que sobrevivas, supongo que solo hay una cosa que necesitamos
hacer.
Me detuve y bajé de nuevo de rodillas.
—¿Qué es eso?
Se puso de pie y cruzó los brazos.
Un manto de autoridad se posó sobre sus hombros.
Una máscara de absoluto control se dibujó en su apuesto rostro.
—Para que te disculpes.
Me estremecí.
Esperé.
Me derretí.
—Me presionaste antes de que estuviera listo, Ella. Estás a punto de pagar
las consecuencias de esa elección. Levántate.
Obedeciendo, alisé mi vestido y me atreví a encontrarme con sus ojos.
—Estoy lista para mi castigo... Amo.
Se estremeció. Su mano aterrizó en su erección, apretándola a través de sus
jeans.
—Ve a la cocina y trae una cuchara de madera.
Mi corazón dio un vuelco. Mis cejas se alzaron.
Todo tipo de preguntas me llenaron. ¿Una cuchara? ¿Por qué una cuchara?
¿Qué tenía planeado?
—Ahora, —ordenó.
Salté y corrí a la cocina. Arrancando el cajón de utensilios, agarré la primera
cuchara de madera que vi, luego volé de regreso hacia él.
Extendiendo la mano, gruñó:
—Dámela.
La coloqué reverentemente en su palma extendida.
—Ve a mi habitación y trae cuatro corbatas. Puedes elegir los colores que
prefieras.
¿Cuatro?
Dios todopoderoso...
Quitándome los tacones altos, corrí por el pasillo y abrí su puerta.
Me detuve.
Vacilé.
Nunca antes había entrado en su dominio. Había echado un vistazo a su
espacio cada vez que dejaba la puerta entreabierta, pero nunca había tenido el
coraje de entrar. Nunca me habían invitado.
Inhalando, mi estómago se apretó ante el olor persistente de él que se
aferraba a su colcha azul marino y sábanas blancas. Una mesa auxiliar sencilla
con una lámpara negra, un armario con una pequeña televisión y una montaña de
libros de texto, revistas de ciencia y otro material de lectura se apilaban en torres
bajo la ventana.
En el alféizar, cuidadosamente alineadas y sin polvo, descansaban fotos de él
y su hermano. Él y sus padres. Él en un pasado que ya no existía.
Apartando la vista de las fotos, abrí su armario de un tirón y aspiré otro soplo
de aroma a Nick.
Especiado, amaderado, masculino.
Mi núcleo se estremeció cuando saqué cuatro corbatas que no coincidían del
perchero y volví corriendo hacia él.
—Buena chica —susurró, aceptando las corbatas en la misma mano que
sostenía la cuchara de madera—. Agarra una toalla del armario de la lavandería.
—¿Una toalla?
Sonrió.
—Mejor asegurarnos de proteger la alfombra, ¿verdad? Parece que recuerdo
la última vez que tuvimos sexo, se volvió bastante... desordenado. No queremos
manchar el suelo y no recuperar nuestra fianza, ¿verdad?
Casi me desmayé.
Con la sangre cantándome, corrí hacia el armario de la lavandería al final del
pasillo y arranqué una toalla blanca y esponjosa de los estantes.
Jadeaba cuando la coloqué sobre su brazo y esperé otra orden.
—Cierra las cortinas.
Obedecí mientras Nick colocaba la cuchara y las corbatas en el sofá antes de
sacudir la toalla y colocarla en la mesa de centro para más tarde.
Me humedecí de manera vergonzosa.
Una vez que las luces de la calle que se veían desde afuera se extinguieron y
las lámparas se atenuaron para dar paso a una luz erótica, Nick se giró para
mirarme.
—En el baño encontrarás una bolsa. Hoy, mientras estabas aquí
preparándote para una noche en un club de sexo, contando las horas para ofrecerte
a otro hombre, me volví loco.
Acercándose a mí, agarró mi mandíbula con dedos furiosos.
—Después de algunas horas caminando de un lado a otro en ese maldito
parque, golpeando algunos árboles y, en general, perdiendo la cabeza por completo,
tuve que aceptar que no podía permitirte ir a ningún lado, con nadie, y estaba
jodidamente perdido. —Tragó con fuerza—. La única forma en que pude aceptar
esa decisión fue prometerme a mí mismo... si estaba jodido, entonces... tú también
lo estarías. Por mí. Duro. Y profundo. Y de todas las formas que yo quisiera.
Me estremecí.
—Maldita sea, Nicholas.
—Sin hablar.
Bajé la vista mientras su voz deliciosamente profunda me envolvía.
—Una vez que decidí follarte y retenerte, fui de compras.
—¿Compras? —chillé.
—De nuevo... sin hablar. —Con una sonrisa tensa, agregó—: Busqué una
tienda para adultos. Quería un látigo como el que usé en el circo. Adoraba los
sonidos que hacías cuando cada látigo caía. Joder, Ella. Tus gemidos. La forma en
que te retorcías. El color que tomaba tu piel. Lo mojada que estabas... —Se sacudió
la cabeza, ahogándose en el hormigueo de deseo que crecía entre nosotros—.
Desafortunadamente, resulta que esta ciudad es demasiado mojigata para tales
cosas, y comprar juguetes tendrá que esperar. Por ahora, utensilios de cocina
tendrán que hacerlo. Mi mano tendrá que hacerlo.
Gimoteé en voz baja.
Inclinándose hacia mí, susurró con un tono oscuro:
—Tengo la intención de lastimarte, Ella. Extraer tu disculpa, grito por grito.
Quiero escucharte suplicar. Quiero escucharte llorar. Quiero que sientas tanto
dolor como yo, porque amarte me ha destrozado y me ha desollado vivo.
—Nick. —Extendí la mano hacia él.
Agarró mi muñeca y la apretó detrás de mi espalda.
—Solo después de que estés completamente arrepentida por tus acciones.
Solo después de que me prometas que no lo volverás a hacer. Solo después de que
estés tan rota como yo, te follaré.
El deseo goteó por mi pierna, empapando mis ya mojadas bragas.
Me retorcí ante la perversa sensación.
Él sonrió.
—¿Estás chorreando, Ella? ¿Te excita saber que te voy a castigar?
Asentí sin aliento.
—Sí, amo.
—Gracias a Dios por eso, porque estoy más duro de lo que jamás he estado
en mi vida. —Con un destello de oscuridad, soltó mi muñeca y ordenó—: Tócame.
Compruébalo por ti misma.
Mis manos temblaban mientras frotaba mi palma contra su pulsante ardor.
Siseó entre dientes, balanceando las caderas hacia mi contacto.
—Jesucristo, te necesito. —Agarrando mi cabello, me tiró de la cabeza y me
besó.
Con fuerza.
Con los dientes.
Y la lengua.
Y salvajismo caliente y oscuro.
Le correspondí el beso, mis dedos enrollándose alrededor de su miembro,
apretando tan fuerte como pude a través de sus jeans.
Con un gruñido gutural, me apartó y señaló hacia el baño.
—Vete. Antes de que te doble sobre el sofá.
Tambaleándome en una neblina de sexo que convirtió todo mi cuerpo en una
tormenta palpitante, tropecé en el baño y agarré la gran bolsa de papel del lavabo.
Llevándola de vuelta a él, hice lo posible por dejar de temblar mientras él me
recompensaba con una sonrisa.
—Buena chica. —Tomándola, ordenó—: Ahora...desnúdate.
Me quedé congelada.
Mi corazón retumbaba mientras él levantaba una ceja.
—No te lo preguntaré de nuevo, Ella. Desvístete. Muéstrame lo que me
pertenece. Muéstrame cuán mojada estás.
Con la sangre ardiendo y los huesos doliendo, alcancé la cremallera y luché
para quitarme mi pequeño vestido negro. El ruido de cada diente de la cremallera
deshaciéndose resonaba en la densa neblina sexual entre nosotros.
Nick se tensó cuando mi vestido se amontonó alrededor de mis tobillos,
dejándome con un conjunto de ropa interior blanca transparente con pequeñas
flores plateadas cosidas sobre mis pezones.
—Cristo, eres deslumbrante —jadeó—. ¿Cómo...cómo demonios merecí
tenerte?
Su adoración estaba fuera de lugar para la escena, pero solo me hizo caer
más profundamente en él.
—Porque nací para ser tuya —susurré— desabrochando mi sujetador y
saliendo de mis bragas.
Me quedé desnuda ante él, orgullosa, valiente, desesperada.
Se sació. Sus ojos se detuvieron en mis senos antes de seguir el brillante
rastro húmedo de mi excitación por mi muslo interno.
—Estás tan lista para mí.
—Siempre —confesé—. Todas las noches que me escuchaste con mi vibrador,
estaba pensando en ti. Te imaginé entrando en mi habitación, arrancándolo de mí
y luego llenándome con tu polla...
—Maldición. —Se apretó a sí mismo y se estrechó—. Vas a hacer que me
corra antes de estar dentro de ti.
Sonreí.
—Entonces entra dentro de mí para que puedas correrte.
Sus ojos se estrecharon.
—¿Y olvidarte de tu castigo? —Lamió sus labios—. Oh no, mi dulce sumisa.
Primero, vas a llorar por mí, y luego vas a gemir.
Todo mi cuerpo se estremeció.
Dejándose llevar, volcó el contenido de la bolsa en el sofá. Tubos de árnica,
lubricante, antiséptico, aceite para masajes, electrolitos, analgésicos y gel para
quemaduras cayeron. ¿Gel para quemaduras?
Arqueé las cejas.
Nick lo notó con una sonrisa.
—Para las quemaduras en la alfombra que sin duda tendrás en las rodillas
mientras te monto por detrás.
Sin palabras.
Desaparecidas.
En un soplo de deseo sucio.
Para un hombre que había estado luchando contra este lado de sí mismo
durante tanto tiempo, se había sumergido de lleno en su papel. Él orquestaba el
abuso y luego preveía la atención posterior. Dos lados de él. Lo oscuro y lo claro. El
Dominante y el amante.
Me estremecí y me sumergí más profundamente en su dominio.
Me sentía tan segura con él. Tan cuidada. Tan vista.
—Te amo, Nicholas —respiré.
Su espalda se enderezó cuando tomó una pequeña caja del contenido en el
sofá. Con pasos calculados, se acercó a mí y me acarició la mejilla. Sus ojos verdes-
avellana se sumergieron en los míos, desnudos, completamente abiertos para que
yo saqueara su alma.
—Nunca me he sentido así por nadie, Ella. Ni lo haré nunca más. —Me besó
suavemente—. Soy tuyo. Cada pedazo roto, renuente, inútil.
Me abrí para él, acariciando mi lengua a lo largo de la suya.
Un gemido escapó de ambos, todo mientras sus manos trabajaban entre
nuestros pechos.
Quería mirar hacia abajo para ver lo que estaba haciendo, pero luego cayó
un suave golpe de la caja junto a mis pies, y sus dedos alisaron mi cabello sobre
mis hombros.
Apartándome del beso, me dio la vuelta para mirar hacia otro lado y sujetó
algo alrededor de mi garganta.
Toqué el collar cuando se ajustó firmemente sobre mi corazón. Mirando hacia
abajo, estudié el medallón de oro macizo con un nudo infinito tallado en el centro
y un borde de estrellas alrededor de los bordes.
Mi corazón se detuvo.
—Nick, ¿qué...?
—Hay una parte de mí, la parte que es verdaderamente prehistórica, que
quiere tenerte a mi lado en todo momento para que todos sepan que eres mía. Si
pudiera, te pondría un collar y te marcaría, pero... tampoco estoy completamente
loco. Entonces... este es mi compromiso. —Sonrió casi tristemente y besó la punta
de mi nariz—. Usa esto para que sepa que eres mía. Tal vez algún día, si no te
cansas de mí o no logras mantenerme con vida con tu control sobre mi corazón,
nos casemos y podré atraparte con un anillo, pero por ahora... esta es mi promesa
para ti.
—¿Una promesa?
—Que intentaré todos los malditos días merecerte.
Tracé el símbolo infinito mientras sus ojos seguían mi dedo.
—Es tu nueva palabra de seguridad —susurró—. Porque el infinito es lo que
somos. Hacemos esto y eso es todo, Ella. Para siempre.
Permanecí temblando en la alfombra.
—¿Todavía me quieres? —de repente gimió, incapaz de ocultar su miedo—.
¿Todavía me aceptas, sabiendo cuánto te necesito? —Apretando mi cabello, enseñó
los dientes—. No bromeo cuando digo que estoy obsesionado contigo. Totalmente,
obsesionado. Estoy obsesionado con lo inteligente que eres, con lo valiente y
brillante y amable. Estoy obsesionado con cómo hueles y sabes y suenas. Me
encanta que estemos en el mismo campo. Que compartas mi sed de conocimiento
y no tengas miedo de salir de la doctrina convencional para encontrar curas que
puedan existir en otro lugar. Me encanta que me sienta tan cómodo contigo, incluso
cuando intento alejarte. Me encanta que te sientas como en casa... incluso el primer
día que me mudé.
Una avalancha de amor.
Una explosión de tantos sentimientos.
Lanzando mis brazos alrededor de su cuello, respiré en su garganta.
—Te quiero, Nicholas Davis. Por el infinito y más allá.
Me abrazó de vuelta.
Vicioso y viceversa.
Y luego me soltó, se apartó y agarró las corbatas.
En la demanda más áspera y ardiente, gruñó:
—En ese caso, presiona contra la pared entre el televisor y la mesa lateral.
Abre tus piernas y brazos. Es hora de tu castigo.
Capítulo 17
Mis pezones rozaron contra las paredes pintadas de crema mientras jadeaba
con fuerza. Intenté mirar por encima de mi hombro a Nick, pero mi cuello se negó
a torcerse tanto.
El sonido de su chaqueta siendo retirado y su camiseta siendo arrancada por
encima de la cabeza me dio una imagen mental perfecta de un abdomen marcado,
pantalones ajustados y un hombre que me tomaría con pasión.
Sus zapatos chocaron contra el suelo cuando los pateó. Sus pies descalzos
aparecieron entre los míos.
Cada terminación nerviosa picaba con una intensidad abrumadora. Su
cercanía. Su amenaza. Su autocontrol. Me hizo jadear y estremecer, y una cantidad
vergonzosa de deseo se deslizó perezosamente por mi muslo interno.
Me estremecí cuando sus dedos de repente me acariciaron. Hundiendo su
dedo índice en mi humedad, un gruñido salvaje escapó de él.
—Dios, Ella, ya estás empapada.
Por tu culpa...
Jadeé cuando penetró mi entrada. Superficial y provocativo.
—Si quisiera hacerte venir así... ¿cuánto tiempo te llevaría? —respiró,
hundiendo un segundo dedo exquisitamente profundo.
Me retorcí contra la pared. Mis caderas se movieron.
En un solo segundo, me transformó de mujer en deseo.
Solo deseo.
Yo quería, quería, quería...
Las palabras actuaron como un nudo en mi garganta. Incapaz de darle una
respuesta, arqueé el trasero hacia atrás, balanceándome contra su toque,
forzándolo a acariciarme más profundamente.
Segundos... me correría en segundos si me lo das fuerte.
—¿Ninguna respuesta? Bueno, entonces... sin orgasmo. —Hizo un ruido con
la lengua y retiró sus dedos, esparciendo el líquido lujurioso sobre mi clítoris—.
Eres una chica sucia, Ella Fitzgerald, y supongo que me toca a mí redimirte.
Maldita sea.
Podría añadir otro fetiche a mi nueva lista.
Los fluidos corporales definitivamente estaban en la lista después de lo que
Hunter y Nick me habían hecho.
Y podía decir con seguridad que el lenguaje sucio encendía todo mi cuerpo.
—¿Qué vas a hacerme, amo? —gemí, con la voz entrecortada y entrecortada.
—Ya te lo dije —susurró en mi oreja, presionándome contra la pared con su
pecho desnudo.
—Voy a hacerte gritar.
—Oh Dios.
—Pensándolo bien. —Se alejó y regresó desde la sala de estar con otra
corbata—. Abre.
Mis labios se separaron para que pudiera colocar el material sedoso entre mis
dientes.
—Muerde.
Obedecí, temblando mientras ataba la mordaza detrás de mi cabeza.
—Así está mejor. Quiero que grites, pero no tan fuerte como para que los
vecinos piensen que te estoy asesinando. Pero de nuevo... —Pasando su mano
desde mi nuca, por mi espalda y a lo largo de mi trasero, gruñó—: He pensado en
estrangularte.
Me tensé.
—Oh, no, cariño —ronroneó—. No porque sea un bastardo que llevaría las
cosas tan lejos, sino porque realmente, necesito que estés tan destrozada como yo.
Quiero que sepas lo que se siente al jadear por aire siempre que te veo haciendo
café por la mañana. O la forma en que lucho por hablar cuando me sonríes en el
laboratorio. Me has estrangulado mil veces desde que te conocí, Ella. Es justo que
yo devuelva el favor.
Todo mi núcleo se apretó en la nada.
Necesitaba ser llenada.
Desesperadamente.
—Nick... —Un desastre confuso gracias a la mordaza.
—Amo para ti —gruñó. Una fuerte nalgada aterrizó en mi trasero.
—Ah. —Me estrellé contra la pared, tratando de escapar.
—¿Crees que puedes ir a algún lado? Borremos esa idea tonta ahora mismo,
¿te parece? —Arrodillándose detrás de mí, pasó las manos por la parte trasera de
mis muslos, sus pulgares me masajearon, untándome con mi excitación,
cubriéndome de escalofríos y calor—. Realmente eres deliciosa, Ella. Cuando te vi
desnuda por primera vez, atrapada entre las piernas de Hunter, lista para que te
azotara, casi me corro en mis jeans.
Sus manos aterrizaron alrededor mi tobillo izquierdo, empujándolo lejos del
derecho.
—Abre las piernas para que pueda ver cada centímetro empapada.
Mi corazón latía lo suficientemente rápido como para incinerarse a sí mismo.
Sujetándome a la pared, obedecí con un gemido lujurioso.
—Deberías ver la vista que tengo. —Su voz era pura lujuria—. Cada pliegue,
cada parte hinchada de ti. Pareces estar cubierta de miel dulce y espesa. Néctar
solo para mí, empapando desde tu coño.
—Maldita sea, Nick. —Intenté hablar a través de la mordaza, pero una vez
más, sonaba como una analfabeta gimiendo.
Si seguía siendo tan obsceno, estaría chocando contra la pared antes de que
comenzara.
Sin hablar de nuevo, enrolló una de las corbatas alrededor de mi tobillo y la
ató al pie de la unidad de entretenimiento.
Mirando hacia abajo, probé la sujeción con un tirón rápido.
—¿No está demasiado apretado? —Levantó la vista desde donde se inclinaba
a mis pies—. ¿No demasiado suelto para que puedas escapar de tu castigo?
Negué con la cabeza.
—Bien.
Desplazándose hacia mi derecha, apartó mis piernas aún más, dejándolas
más separadas de lo que debería. No incómodo, pero definitivamente vulnerable. El
aire fresco de la sala de estar lamió alrededor de mi centro palpitante, haciéndome
muy consciente de lo expuesta e indefensa que estaba.
Atando mi tobillo derecho a la pesada mesa lateral, Nick pasó lentamente sus
dedos de mi tobillo, subiendo por mi pierna, sobre mi cadera y hacia mi pecho.
Levantando el peso en su palma, acarició mi pezón con el pulgar, haciéndome
gemir.
—No puedes correr, y no puedes esconderte. —Dejando ir mi pecho, atrapó
mi muñeca derecha y la aprisionó con la tercera corbata, pasando el satén dorado
a través de un gancho atornillado en la pared seca que nunca había visto antes.
Fruncí el ceño, atrapando su mirada ardiente mientras me sujetaba en su
lugar.
Me regaló una sonrisa lobuna.
—¿Oh, no te lo dije? Junto con mi viaje de compras, hice algunas
manualidades una vez que te fuiste al club. No mucho. Tengo planes para más.
Pero sabía que necesitaba un lugar para restringirte y...se me ocurrió la idea de
convertirte en una brillante obra de arte.
Moviéndose a mi lado izquierdo, tomó mi brazo y lo guió hacia un segundo
gancho. Los círculos de plata parecían ganchos para colgar cuadros, pero más
grandes, capaces de sostener un lienzo más pesado.
Una vez que mis cuatro extremidades estuvieron extendidas y atadas, Nick
se movió al sofá y se sentó. La gravedad me presionó contra la pared, empotrada y
jadeante.
Su reflejo brillaba en la pantalla de televisión en negro, y mi corazón saltó de
mi pecho cuando desabrochó sus jeans, sacó su polla y se sentó con las piernas
arrogantemente abiertas.
Gruñí. Fuerte. Frustradamente.
Luchando en las ataduras, intenté acercarme a él. Chuparlo, morderlo,
forzarlo a acabar con mi sufrimiento compartiendo la misma polla que él acariciaba
en ese momento.
—Nick...
—Tenía razón —gimió, su voz peligrosamente oscura—. Realmente eres una
exquisita obra de arte. —Gruñó, sus caderas se elevaron mientras su mano
presionaba hacia abajo—. Podría correrme así. Podría correrme sobre mi mano,
viéndote colgada y goteando para mí. Podría ser cruel y usarlo como tu castigo. Dios
sabe que mereces sentir una fracción del deseo que yo siento. El deseo que he
luchado tan malditamente. El deseo que me metió en este lío.
Gimoteé.
Giré mis caderas.
Nick siseó y se levantó del sofá. Tratando de meter su erección poco
cooperativa de nuevo en sus jeans, se rindió y los dejó desabrochados con su polla
asomando por encima. Su reflejo se desdibujó cuando se acercó demasiado, su
presencia hacía que mi piel ardiera como una estrella moribunda.
—Pero, ¿por qué debería masturbarme contigo cuando te tengo atada y
mojada para mí? —Presionó un beso de adoración en mi omóplato—. ¿Por qué
debería hacer lo que he hecho todas las noches desde que me mudé contigo cuando
podría meter mi polla dentro de ti y llenarte con mi semen?
Mi corazón dio un salto y se desplomó.
Dios santo.
Era demasiado.
Demasiado sucio. Demasiado depravado.
¿Podría manejarlo?
¿Sobreviviría siendo su juguete para usar y abusar?
¿Dejaría de existir cuando terminara de jugar conmigo y me acurrucara en
sus brazos para apreciarme en lugar de castigarme?
Apartando el cabello de mi oreja, pasó su lengua por la concha.
—¿Estás lista para comenzar, cariño? ¿Estás lista para llorar por mí? ¿Gritar
por mí? ¿Goteas y te aprietas y vienes por mí?
Asentí como una loca.
—¿Cuál es la palabra de seguridad?
—Infinito. —Las palabras se retorcieron a través de la mordaza, pero fueron
lo suficientemente audibles.
—¿Y la usarás si me vuelvo demasiado?
Asentí.
—Bien entonces. —Besó mi cuello—. Empecemos.
Me quedé paralizada hasta que cada músculo tembló de miedo y deseo.
Me esforcé por escuchar lo que hacía detrás de mí. Rogaba saber lo que tenía
planeado...
Dolor.
Me sacudí y caí contra la pared.
Las lágrimas brotaron inmediatamente en mis ojos cuando el agudo golpe de
la cuchara de madera en mi trasero resonó en la sala de estar.
—¡Ay! —Gruñí tras la mordaza.
—Diez serán tu castigo, Ella. Diez golpes por las diez faltas que has cometido
contra mí.
¿Faltas?
¿Qué demonios hice?
He sido una santa.
Un encanto.
Una...
—¡Ah! —Gruñí, luchando contra mis ataduras cuando el segundo aterrizó.
Mi glúteo dolía, ardiendo en una línea caliente y palpitante donde la cuchara
impactó.
—El primero fue por ser exactamente lo que Hunter te llamó. Eres una bruja,
Ella. Una súcubo que me robó el corazón directamente de mi pecho y lo has
gobernado desde entonces.
Pasando el borde de la cuchara por mi trasero, murmuró:
—El segundo es por ser un sueño hecho realidad cuando ni siquiera me atreví
a soñar.
Me preparé.
Apreté los puños.
Todavía no estaba preparada para el impacto.
—¡Ay! —Mis caderas se estrellaron contra la pared cuando me golpeó. Corto
y agudo, un golpe perfectamente entregado que me cubrió de calor, miseria y
humillación.
—El tercero es por convertirme en esta... esta bestia. Esta bestia hambrienta
y sedienta que anhela beber todas tus lágrimas y banquetearse con todos tus gritos.
Sollocé cuando entregó el cuarto.
Mi cuerpo boicoteó.
Mi corazón odiaba.
Cada instinto me decía que gritara la palabra segura y le dijera que se alejara
de mí. Pero entonces llegó el quinto y la racionalidad voló de mi mente que nadaba
y se ahogaba.
—Cuatro por hacerme compartirte. Cinco por hacerme ver a otro hombre
follándote. —Su voz se trabó como si el dolor de eso realmente lo deshiciera.
Quería verlo.
Quería hacerle saber que nunca más lo pediría.
Él era a quien quería.
Solo él.
Otro golpe. Otra reprimenda contundente.
—Seis por encontrarme masturbándome en la ducha la mañana después del
circo. Siete por arrodillarte a mis pies y abrir la boca para que te follara.
Gruñí mientras las imágenes de él dominándome y conduciendo su dureza
sobre mi lengua se enredaban con mi vulnerabilidad actual.
Esa mañana, me ofrecí por completo.
En este momento, estaba atada y atrapada para su placer.
Ambas veces, había estado completamente a merced de él.
Y esa conciencia hizo algo en mí.
Abrió una compuerta que brotaba sin control. Encendió el interruptor de las
sustancias químicas que convertían el dolor en placer en mi sangre traviesa y
demente.
Las lecciones que Hunter me había dado sobre la rendición al dolor en lugar
de resistirlo fluían a través de mis huesos. Flotaba. Volaba. Me posaba en una nube
de abdicación y me entregaba por completo al hombre que había elegido.
Nick lo notó.
Por supuesto, lo notó.
Dejó escapar un rugido salvaje cuando me desplomé en mis ataduras y
gimoteé con cada anhelo, con cada caótico deseo dentro de mí.
—Maldición, Ella. —El reflejo en la televisión lo mostraba masturbándose. Su
miembro se alzaba como un arma mortal, su mano bombeando carne dura,
otorgando una décima parte del dolor que me había infligido con la cuchara—. Me
has destrozado, mujer. Eres todo único en lo que pienso, y eres lo único que veo
mientras me masturbo. Desearía haber explotado una noche y haber derribado tu
puerta. Desearía haberte encontrado con las piernas abiertas y tu coño ansioso
esperándome. Desearía haberte follado cuando ambos estábamos medio dormidos
y apenas conscientes, para no tener que ver a otro hombre dándote placer.
Las lágrimas corrieron por mis mejillas y empapaban la corbata que me
amordazaba.
Con un rugido, Nick golpeó mi trasero con la cuchara. Una vez. Dos veces.
Juntas. Separadas.
Me entregué por completo a todo ello.
La noche que compartimos con Hunter y al futuro en el que seríamos solo
nosotros dos.
A los días en los que ignoramos nuestros verdaderos sentimientos y las
noches en las que seríamos nosotros mismos de verdad.
Me entregué a esto y luego y antes y después y cuando el áspero aliento de
Nick jadeaba sobre mi omóplato, sollocé ante la belleza de soltarme.
Al confiar en él para volver a componerme.
Al saber que podría lastimarme, pero él había estado sufriendo durante
meses y ahora estábamos a mano.
—Ocho por hacerme suplicar para ser inmortal y poder tenerte. Nueve por
asustarme de que la eternidad pudiera no ser suficiente. Y diez...
Retrocediendo, palmeó mi trasero, apretando el fuego que había pintado, y
luego entregó el último golpe sin previo aviso.
Grité. Fuerte. Incoherentemente.
El golpe repercutió en carne, músculos y huesos. Resonó en todo mi cuerpo
mientras Nick lanzaba la cuchara al sofá, se arrodillaba y hundía su rostro entre
mis piernas.
—Y diez... —susurró contra mi clítoris, sus labios burlándose de mí,
entregando las palabras directamente a mi núcleo—. Diez es por hacerme tuyo, tal
como eres mía. Diez es por obligarme a perseguirte, a reclamarte como mía, a dejar
de lado mis miedos a la muerte y la agonía, todo porque... tú nunca me obligaste.
Para nada. Me hiciste despertar. Me hiciste ver. Me hiciste ser honesto conmigo
mismo, y a cambio... soy libre.
Libre.
Mi corazón echó alas y voló.
En su pasión, yo era libre.
En mi entrega, él era libre.
Sin jaulas y sin restricciones, teníamos poder y privilegio y el conocimiento
absoluto de que podíamos ser sinceros el uno con el otro.
Abiertos y abusados y adorados.
Sin mentiras.
Sin secretos.
Nuestros deseos coincidían, y todo lo que había tomado fueron ocho largos
meses y una sucia noche en el circo para derribar nuestros muros, derribar todas
nuestras defensas y demostrarnos que teníamos todo lo que podríamos desear... en
el otro.
—Diez castigos, cariño —gruñó Nick contra mi clítoris—. Los aceptaste tan
bien. Estás tan roja e hinchada, y eso me pone malditamente duro. Me complaciste,
Ella, así que... aquí está tu recompensa.
Mi gemido rozaba entre un lamento, un chillido y un grito cuando su boca se
apretó directamente sobre mi coño.
Desde el clítoris hasta mi entrada.
Humedad y calor.
Me succionó.
Me lamió profundamente.
Frotó todo su rostro en mi excitación, y cuando se retorció entre mis piernas
para que la parte trasera de su cabeza golpeara la pared y su nariz rozara mi clítoris,
miré hacia abajo donde me devoraba y caí en el abismo.
Quedé colgada de mis ataduras mientras el hombre del que estaba locamente
enamorada me comía como un animal hambriento. Nuestros ojos se encontraron
mientras él me miraba desde abajo. Mantuve su mirada mientras sus dientes
mordían y sus manos apretaban mis muslos, manteniéndome en mi lugar,
obligándome a soportar cada fuerte lamida y cada mordisco posesivo.
Él no pronunció las palabras que me autorizarían a llegar al orgasmo, pero
sus ojos ardientes brillaban con permiso.
Nunca apartó la vista de mí mientras hundía su lengua dentro de mí,
desencadenando una avalancha de placer.
Oh Dios, oh Dios, oh Dios...
Ruidos suaves comenzaron.
Estantes de nieve hirviendo al romperse y deslizarse de su amarre en mi
interior.
El estruendo del desastre al ganar velocidad y fuerza, amenazando con
hacerme pedazos.
No, oh no, oh Dios...
Ascendí el acantilado.
Me aferré al borde.
Y cuando el borde cedió, caí en un doloroso, hermoso y agonizante placer.
Exploté en un deslumbrante éxtasis pulsante.
Una y otra vez.
Ola tras ola.
Aprovechando su lengua y suplicando por más, por todo.
Nicholas se retiró de entre mis piernas antes de que hubiera terminado,
plantó una mano en mi nuca, sujetó mi pecho en la pared y se acomodó detrás de
mí. Sus jeans desabrochados rasparon contra mi trasero palpitante, pero
entonces... con un gruñido primitivo y que te hacía latir el corazón, dobló las
rodillas, se agarró a su miembro y embistió en mi interior como un monstruo.
Penetró y se montó sobre mí, pegándome a la pared mientras su pene me
estiraba hasta el delirio.
Grité detrás de la mordaza.
Gemí y gemí mientras se movía dentro de mí desde atrás.
No hablaba. Simplemente me montó. Me cabalgaba a través de los
emocionantes pulsos de mi orgasmo, follándome despiadada y peligrosamente
duro.
No se contuvo.
No moderó su ritmo ni preguntó si yo era lo suficientemente fuerte para
soportarlo.
Aplastó todo mi cuerpo contra la pared y tomó y tomó y tomó.
—¡Mierda! —Su liberación lo golpeó como un disparo en el estómago.
Cayó contra mí, sus caderas aún en movimiento, su aliento destrozado y
rasgado. Rugió en mi oreja mientras me alimentaba de su orgasmo. Llenándome.
Disparando cada gruesa gota tan profundo como podía.
Así, siguió eyaculando.
Exprimiendo mi propio clímax hasta que ambos nos ahogamos y temblamos
y, con un suspiro de asombro absoluto, dejamos de ser dos personas y nos
convertimos en una.
El tiempo parecía ralentizarse a medida que descendíamos de nuestra intensa
experiencia de placer. Mi trasero se pegaba a su vientre sudoroso. Su miembro
seguía temblando dentro de mí. Mis hombros dolían por haber mantenido mis
brazos extendidos y mis piernas amenazaban con romperse.
Con ternura, se retiró con un suspiro, retirando el desorden que habíamos
hecho y dejando que la gravedad lo llevara al suelo. Por un momento, me preocupé
por la alfombra, pero luego, con ojos somnolientos y desenfocados, noté que había
colocado una toalla debajo de mí, lista para atrapar el líquido blanco que dejo de
caer y comenzó a gotear.
Con una risita, desató primero mis muñecas y luego mis tobillos,
tambaleándose un poco mientras su cabeza daba vueltas igual de mareada que la
mía. Quitándome la mordaza, susurró:
—Te dije que la toalla sería útil.
Suspiré en mi burbuja de satisfacción mientras me recogía en sus fuertes
brazos y me llevaba por el pasillo hasta su dormitorio.
Me quejé al verter aún más líquido por todas partes, pero no me dejó ir. No
le importó. Me sostuvo cerca y se acostó a mi lado, abrazándome hasta que nuestros
cuerpos sudorosos se pegaron entre sí.
Pasó un tiempo antes de que las palabras nos encontraran en el resplandor
del amor.
Un momento interminable para que la realidad irrumpiera en nuestro sueño
desordenado.
Pero finalmente, con un gran suspiro de satisfacción, Nick frotó mi oreja y
susurró:
—Sé que necesito lavarte, cuidarte y adorar cada centímetro que profané,
pero por ahora... solo quiero hacer lo que desearía haber hecho durante ocho largos
meses.
Me acomodé más profundamente en sus brazos, sonriendo cuando tiró una
pierna sobre la mía, atrapándome en su abrazo.
—¿Oh? ¿Y eso qué es?
—Sostenerte. —Besó mi mejilla—. Solo quiero sostenerte porque después de
lo que acabamos de hacer, después de que mi corazón se rompiera de par en par y
me corriera más fuerte de lo que jamás me había corrido antes, estoy tan
jodidamente asustado de que no estés aquí cuando despierte.
Sonreí y le di un beso en el antebrazo.
—No voy a ningún lado. Por el resto de tu vida y más allá.
Gruñó con una risa áspera.
—Supongo que servirá como disculpa.
Me retorcí aún más cerca.
—Lo siento, Amo. Por hacer que te enamores de mí.
—Me alegro de que lo hayas hecho. —Sus brazos se apretaron
dolorosamente—. Y es Nicholas, si no te importa. Cuando estás llorando por mí,
soy tu dueño. Pero cuando estamos acurrucados, eres mi maldita reina.
Nadie.
Ni siquiera los caballeros, guerreros y príncipes de los cuentos podían
compararse a este hombre.
Mío.
Completamente mío.
No podía contener la alegría, el hormigueo que cantaba en mi sangre y me
hacía sentir viva.
—Nicholas... —Besé su brazo, mi corazón brillando más que una nebulosa.
—Yo...
—Te amo, Ella —susurró en mi cabello—. Miedo, dolor y todo.
Me retorcí en sus brazos.
Acaricié su mejilla mientras nuestros ojos se encontraban y entrelazaban.
Acercándome, lo besé.
—Estoy obsesionada contigo.
Su miembro se retorció.
Nuestros corazones se agitaron.
Y nuestra ducha no ocurrió hasta el amanecer.
Caímos el uno en el otro. Nos besamos, acariciamos y adoramos. Por primera
vez, tuvimos sexo sin disciplina, fustas ni terceros. Nos montamos y nos aferramos
el uno al otro y cuando encontramos la cima del placer delirante, prometimos el
infinito y la eternidad en la oscuridad.

A la mañana siguiente, mientras yo estaba sentada en la mesa del comedor


y Nick preparaba panqueques keto con fruta fresca, hice todo lo posible por dejar
de lado mi adicción embelesada y quitarme las gafas de color de rosa lo suficiente
como para enviar un mensaje a Hunter.
Hice lo que él dijo.
Gané lo que quería.
Le debía el mayor agradecimiento.

Bella:
Tuviste razón.
Vino.
Me reclamó.
Es mío.
Gracias, Hunter.
Por todo.

Tomé un sorbo de café que Nick había preparado y dejé a un lado mi teléfono,
solo para volver a tomarlo cuando recibí una breve respuesta:
Hunter:
Te lo dije.
Nadie puede resistir tu magia, pequeña bruja.
Me alegra por ti.
Supongo que nuestra cita en un año no tiene sentido, pero estoy bien con eso.
Siempre y cuando te adore, se merece tenerte.
Les deseo a ustedes dos nada más que pasión y amor.
Hunter xxx

Respondiendo una última vez, escribí:

Bella:
Nunca te olvidaré.
Espero que encuentres la misma felicidad algún día.
Cuídate.
Adiós.

Me levanté y abracé a mi Amo y pareja.


Levante el mentón para su beso.
Comí la comida que me hizo.
Acepté las cremas que me aplicó.
Y luego, me arrodillé para él y me derretí para él mientras comenzamos a
jugar...
Epílogo
UN AÑO DESPUÉS

Un ramo de flores silvestre perfumaba la casa mientras abría la puerta


principal y entraba. Mis ojos se fijaron instantáneamente en su despliegue de
colores, mi corazón brillaba de amor.
Él recordó.
Me preguntaba si lo haría.
Había ocurrido mucho en este año, así que habría entendido si hubiera
olvidado nuestro aniversario no oficial.
No oficial porque nunca anunciamos que estábamos oficialmente juntos.
Pero también oficial porque la noche en que me tomó, extendida y atrapada
en la pared de la sala de estar, la noche en que me desnudó hasta los sollozos y los
gritos, luego me llenó de amor y devoción, nos unió de manera más fuerte que
cualquier juramento o ceremonia.
La otra Ella del pavo real negro tenía razón.
Nuestro estilo de vida era intenso.
Éramos el aire y el sustento el uno para el otro. Jugábamos, protegíamos y
hacíamos todo juntos, y... era absolutamente perfecto.
Quitándome los tacones, entré descalza en la cocina y tomé la tarjeta de las
flores.
Querida Señorita Infinito.
Un año incomparable en el que me duermo todas las noches contigo en mis
brazos y despierto contigo en mi corazón cada mañana.
Feliz aniversario, cariño.
Todavía estoy locamente obsesionado contigo.
Nos vemos pronto.
N
Xxx

Abrazando la tarjeta contra mi pecho, metí mi rostro en las flores y aspiré.


Dulce y sensual... como él.
Nicholas... la perfecta contradicción de gobernante y compañero: feroz y
amable, dominante pero atento, implacable pero amoroso.
Dios, soy muy afortunada.
Un año y simplemente seguía cayendo.
Un año y no podíamos dejar de adentrarnos más y más el uno en el otro.
Habíamos intentado mantener nuestro secreto en el trabajo, pero... no pasó
mucho tiempo antes de que nos descubrieran.
Principalmente por mi culpa.
El apasionado error que había cometido hace un año, cuando le dije a Kate
que era yo quien estaba en medio de un sándwich entre Nick y Hunter, aseguró que
nos convertiríamos en el tema de conversación en la oficina al punto de que fuimos
llamados a explicarnos.
En cuanto entramos en el despacho de nuestro jefe, Nick asumió toda la
culpa. Ofreció renunciar, aunque quería quedarse en nuestro laboratorio en lugar
de trasladarse a Singapur. Dijo que renunciaría a su carrera, la misma carrera que
lo impulsaba a encontrar una cura para hombres como su hermano y su padre a
quienes les habían robado tanto tiempo, para quedarse conmigo.
Su devoción me rompió el corazón, y me quedé a su lado y presenté mi
renuncia antes que él.
Tuvimos una discusión.
El jefe nos dijo que volviéramos a sentarnos. No le importaba lo que
hiciéramos en nuestro tiempo personal. No había política de no fraternización en
nuestros contratos y no habíamos cruzado cláusulas de moralidad. Nos había
llamado para charlar. No para regañarnos, sino para asegurarse de que estábamos
manejando bien los chismes.
Nick y yo nos miramos con alivio absoluto. Incluso logramos bromear al
respecto. Kate tenía razón en que ninguno de los rumores era malicioso,
simplemente curiosos y un poco envidiosos.
Fue una simple cuestión de firmar algunos documentos que describían
nuestra relación consensuada y comprometida, y consolidar nuestro contrato de
arrendamiento de la casa en un pago único en lugar de dos.
Unos meses después, tuve un avance con ondas sonoras y moho. Tomé el
estudio del sonido visible y la vibración llamado cimática, (un fenómeno fabuloso
descubierto por Hans Jenny en 1967) y realicé los mismos experimentos que él
había hecho con diferentes líquidos y membranas para ver si podía cambiar
compuestos de moho. No me importaba que algunos científicos afirmaran que la
cimática era una pseudociencia; para mí, la capacidad de reorganizar la estructura
de moléculas ya probadas que tenían propiedades medicinales tenía un potencial
innegable para crear nuevos medicamentos y terapias.
Kate y yo realizamos múltiples pruebas con múltiples cepas de moho hasta
que finalmente pudimos decir... ¡eureka!
Una molécula completamente nueva. Una molécula que devoraba las células
cancerosas en cuestión de días.
Para expandir el experimento, Kate y yo nos asociamos con Nicholas y su
compañero de laboratorio, Ralph. Juntos, caímos por el agujero del conejo de la
esperanza.
Trabajar juntos, así como vivir juntos, había sido una alegría absoluta.
Pasamos de apenas hablar y evitar cuidadosamente al otro a vivir juntos
prácticamente pegados, y no podría estar más feliz.
Levanté la cabeza al escuchar la puerta principal abrirse y cerrarse.
—Nick... —Me apresuré hacia él y arrojé mis brazos alrededor de su cintura
del traje. El elegante vestido gris que había usado para trabajar revoloteó alrededor
de mis rodillas—. Muchas gracias por las flores y por recordar.
—Por supuesto que recordé. —Me besó y me abrazó, su barbilla sombreada
de barba de un día y sus ojos iluminados de amor—. ¿Cómo podría olvidar la noche
en que me diste todo lo que eres? También pareces recordar que sollozabas
delirantemente mientras te corrías por toda mi polla. Definitivamente, no es algo
que olvidaré con facilidad. —Tirando de mi medallón del infinito, sonrió—. Ojalá la
gente en el laboratorio supiera lo que simboliza esto.
—¿Qué? ¿Qué es tu versión de un collar y que me haces gatear todas las
noches?
—No todas las noches, Ella. No soy tan sádico como para que te haga rasparte
las rodillas todas las noches.
Reí en voz baja y besé su pecho cubierto por una camisa negra.
—No me quejo de que hayas vuelto temprano, pero... pensé que te quedarías
un par de horas más en el laboratorio.
Me abrazó y luego me soltó, dirigiéndose a la cocina y dejando su maletín en
una de las sillas.
—Ese era el plan, pero luego... recibí un mensaje.
Lo seguí con el ceño fruncido.
—¿Qué mensaje?
—Míralo por ti misma. —Sacando su teléfono de su bolsillo, lo arrojó hacia
mí. Luego fue al refrigerador y tomó una cerveza para él y una limonada de limón
y lima para mí mientras yo me sentaba y abría sus mensajes.
El último mensaje brillaba en la parte superior de la pantalla.
Un nombre que nunca pensé que vería de nuevo.
Hunter Dixon.
Maldita sea.
La culpa me inundó.
No es que hubiera hecho algo mal.
Hunter me había enviado un mensaje hace unos días.
Nunca respondí porque no tenía idea de qué decir ni de cómo reaccionaría
Nick si lo supiera.
Entonces, ¿por qué...?
Mi mirada se alzó de golpe.
—¿Por qué Hunter te envía mensajes Nick?
—Léelo y verás. —Nick dejó la bebida fría a mi lado antes de abrir su cerveza
y dar un buen trago.
Hice lo que dijo y me quedé helada.

Hola, Nick.
Ha pasado un año. Le mandé un mensaje a Ella, pero nunca obtuve respuesta.
Así que... rastreé tu número, cortesía de mis contactos, y quería preguntar... ¿todavía
están juntos? ¿O la fastidiaste y ella está soltera?

Mis manos temblaban mientras miraba hacia arriba antes de leer la


respuesta de Nick.
El pánico verdadero invadió mis venas.
Dios, si piensa que le estoy siendo infiel...
—No le respondí, Nicholas —me apresuré a decir—. Nunca lo haría. No
ahora...
—Lo sé, cariño. —Nick agarró mi mano sobre la mesa y la alzó para besar mis
nudillos—. Confío en ti al cien por cien. Y puedes mandar mensajes a quien quieras.
Cuando quieras. Sigue leyendo.
Mis ojos se detuvieron en los suyos antes de regresar a los mensajes. La
respuesta de Nick era dura y firme.
Hunter,
Ella está tomada.
Ella es mía.
Esta es tu única advertencia.
Tragué saliva mientras leía la respuesta de Hunter.
Me alegra por ustedes.
En ese caso, mi próxima pregunta es... ¿quieren celebrar su relación reviviendo
donde todo comenzó? Estoy en la ciudad esta noche. Mismo parque. Mismo gran circo.
¿Deberíamos compartir?
Mis entrañas se retorcieron.
Inhalé un aliento tembloroso.
Las marcas de tiempo de los mensajes decían que Nick no había respondido
durante un tiempo, pero cuando lo hizo, las palabras detuvieron mi corazón y me
hicieron soltar su teléfono.
De acuerdo.
Estaremos allí.
—¿Qué? —Salté de mi silla—. ¿Tú quieres compartirme? ¿Después de todo lo
que hemos hecho? Cada noche que me has poseído. Toda esa charla de estar
obsesionado y de quedarte conmigo para siempre y...
—Eh. —Nick se puso de pie y me envolvió en sus brazos—. Estoy
obsesionado, y esto es para siempre. Solo... confía en mí, ¿de acuerdo?
Lo aparté.
—¿Confiar en ti? ¡Acabas de aceptar compartirme, por el amor de Dios!
—Sí, y como tu Amo, te ordeno que me obedezcas.
Mi boca se quedó abierta.
Nunca había sacado esa carta.
Aparte de ser sumisa en el dormitorio, nunca me trató como menos que igual
fuera de él. Nunca me hizo desobedecer sus órdenes. Nunca pensé que lo maldeciría
por el poder que tenía sobre mí.
—Nick... ¿qué te pasa? Esto no es como tú. No entiendo...
—No necesitas entender. —Besó mi frente—. Todo lo que necesitas hacer es
ducharte, ponerte ese vestido de verano blanco que te compré y obedecerme. —
Salió de la cocina sin preocuparse por nada, dejándome destrozada detrás de él.

—Espero que sepas que no te perdonaré por esto —susurré mientras Nick me
llevaba hacia la valla plateada que rodeaba Spectacle of Secrets.
Se tensó como si le hubiera hecho daño, pero no se detuvo.
—Solo... confía en mí, Ella. Eso es todo lo que pido.
—Confíe en ti cuando dijiste que era tuya. Y solo tuya. Ni siquiera me llevarás
de vuelta al Pavo real negro porque no soportas la idea de que otros hombres me
vean desnuda.
—Esto es diferente.
—¿Cómo demonios es esto diferente? —gruñí mientras cruzábamos la calle y
me perdía en la tormenta de mariposas en mi estómago.
—Bueno, para empezar, Hunter ya te ha visto desnuda —se puso rígido—.
Entre otras cosas.
—Eres un bastardo.
—Recuerda que dijiste eso cuando estés adentro. Te reto.
—¿Me retas?
Vaya.
¿Quién diablos era este tipo y qué le había hecho a mi dulce Amo adorador?
Me recordaba demasiado al Nick insensible que había hecho lo posible para ocultar
sus sentimientos bajo hielo.
Espera...
La forma en que evitaba mi mirada.
La tensión en sus hombros.
El arrepentimiento que parpadeaba en su mirada de vez en cuando.
Fruncí el ceño.
Si lamentaba esto, entonces... démosle la vuelta.
Ahora.
Antes de que sea demasiado tarde.
Adoré mi noche con Nick y Hunter. Soñé con ello durante meses después.
Pero... amaba a Nick. Lo quería. Le pertenecía. Hunter era parte de nuestro pasado,
y... tan increíble cómo era, tanto como me había ayudado con Nicholas, y siempre
estaré increíblemente agradecida por su don de despertar, necesitaba que se
quedara allí.
No por tentación.
No porque no confiara en mí misma.
Sino porque era feliz.
Dichosamente, maravillosamente feliz.
O al menos... lo era.
—Nicholas, por favor... —Tiré de su mano—. Háblame. Ayúdame a entender
esto.
Deteniéndose de golpe, me acarició las mejillas y pasó los pulgares con
mucha suavidad sobre mi piel sonrojada.
—Te amo, Ella, con todo lo que soy. Si quieres que te diga por qué estamos
aquí, lo haré. No soporto la idea de causarte miseria o preocupación. Así que...
pregúntame de nuevo y te lo diré. —Sus manos se apretaron alrededor de mi
cuello—. O... si confías en mí como dices que lo haces... entonces... por favor, ten
paciencia. Ven conmigo. Obedéceme.
Permanecí bajo su control.
Una figura apareció en el rabillo de mi ojo. Un hombre que reconocería en
cualquier lugar, con sus lentes de contacto morados, su cabello negro pícaro y su
elegante ropa de color eclipse, pantalones y camisa. No tenía un rayo en la mejilla
esta noche, pero un corazón negro con una línea dentada en el centro reposaba
debajo de su ojo, como si hubiera derramado una sola lágrima rota de corazón.
Me quedé paralizada cuando me mandó un beso. Inhalé profundamente
cuando Nick miró por encima del hombro y frunció el ceño.
La forma en que reaccionó al ver a Hunter de nuevo no encajaba con lo que
había dicho sobre compartirme.
Él nunca dijo que me compartiría. Solo lo asumí.
Yo...
No, Hunter definitivamente le preguntó.
Y Nick dijo... bien.
¿Bien?
¡Bien!
¿Como si fuera un trozo de carne de res?
¿Como si no fuera más que un juguete que podría alquilar?
El atrevimiento.
La audacia.
El dolor...
Mi corazón dolía. Mi mente se retorcía y enredaba, y mis pulmones olvidaban
cómo funcionar.
La misma especie de agonía que normalmente causaba una palmada o un
azote me recorría. ¿Era solo otra escena? ¿Otro tormento antes de una gran
recompensa?
Mis ojos se encontraron con los de Hunter.
Hice lo posible por leerlo, pero no tuve éxito.
—Ella... por favor —murmuró Nick con una mirada de cachorro suplicante.
Manteniendo su mirada, hice todo lo posible por recordar la dicha que Nick
siempre entregaba, especialmente después del peor tipo de dolor.
Requirió esfuerzo.
Requirió confianza.
Pero... hice lo impensable y me dejé llevar.
Me entregué.
A Nicholas.
A su orden.
A lo que me pidió.
—Está bien —susurré—. Confío en ti.
Gimiendo en voz baja, me dio un beso en la boca.
—Gracias. Ahora que estamos aquí, esto parece una idea tonta. Pero... en mi
cabeza sonaba romántico. —Dándome una sonrisa torcida, desenredó los dedos de
mi cabello y tomó mi mano—. Terminemos con esto para que pueda suplicar por
perdón.
Sonreí, pero aún me ahogaba de nervios.
No podía respirar mientras Nick me llevaba hacia Hunter. Giselle sonrió
desde su puesto, y el cielo nocturno ocultaba a los asistentes al circo que ya se
mezclaban en el patio de la gran carpa.
—Nicholas. —Hunter estrechó la mano de Nick antes de dirigir su completa
y penetrante atención hacia mí.
Un festín de atracción.
La misma intensidad que compartimos hace un año.
En ese entonces, yo era una chica sexualmente reprimida.
Ahora, era una mujer dominada y liberada.
Era impresionante, como siempre, innegablemente un gran partido, pero...
ya no era lo que quería. Lo que necesitaba.
—Ella —ronroneó—. El blanco es definitivamente tu color. —Me besó en
ambas mejillas, empapándome en su pecante aroma a especias y sexo—. El tono
virginal es aún más seductor ahora que sé quién eres y lo que ustedes dos han
abrazado.
Nick se movió en su lugar.
—¿La habitación privada está lista?
—Siempre tan ansioso. Como el año pasado. —Hunter rió. Mirando a Giselle,
dijo—: Sabrás dónde encontrarnos si nos necesitas.
—Hola, Ella. Hola, Nick. —Giselle agitó los dedos, su brillante malla de
lentejuelas esmeralda ajustada a su figura perfecta—. Bienvenidos de nuevo a
Spectacle of Secrets.
Le devolví el saludo con un gesto, pero no tuve voz para responderle.
A diferencia de la primera noche que estuve aquí, Hunter no me abrumó con
promesas lascivas, y Nicholas no rogó por la oportunidad de acostarse conmigo.
Con mi mano firmemente en la de Nick y Hunter guiándonos como si nos llevara al
matadero, cruzamos rápidamente el césped, pasamos junto a las multitudes y las
risas, y no dijimos una palabra cuando entramos en el largo y humeante pasillo de
la gran carpa.
El mismo pedestal lleno de condones esperaba en el medio, junto con los
conocidos juegos de arcade llenos de juguetes para mayores de 18. Los rodeamos y
seguimos caminando, mucho más rápido que la última vez, sin detenernos a mirar
las escenas que se desarrollaban tras las puertas cerradas.
No podía tomar una respiración adecuada mientras nos adentrábamos más
y más, dirigiéndonos hacia el antro al final. El calabozo donde fui atacada por dos
hombres y transformada en una mujer completamente nueva.
Apreté la mano de Nick.
Él me sonrió dulcemente y me apretó de vuelta.
—Está bien —susurró—. Solo un poco más y entonces lo sabrás todo.
Hunter me miró por encima del hombro mientras sacaba un juego de llaves
de su bolsillo e insertaba una en la puerta.
—¿Tienes miedo de lo que está a punto de hacerte, pequeña bruja, o tienes
más miedo de mí?
—¿Tú? —Nick enseñó los dientes—. Sabes lo que pedí. No la tocarás.
Discutimos esto….
—Sé —Hunter rió—. Solo te estoy poniendo a prueba.
¿Discutido?
¿Qué habían discutido?
¿Y cuándo?
Hunter abrió la puerta y esperó a que cruzáramos el umbral antes de cerrarla,
bloquearla y encender las luces.
Esperaba encontrar la misma habitación decorada oscuramente de antes,
con la cama con dosel de medianoche, las paredes del cabecero de la cama
ennegrecidas y un estante medieval lleno de azotes de todo tipo.
En cambio, obtuve lo contrario.
Tal como Nick me había dicho que llevara blanco, toda la habitación me cegó.
Una cama con dosel blanca completa con cojines de forma de copo de nieve
esponjosos. El estante había sido transformado con laca de marfil y los juguetes
eróticos brillaban en tonos crema y tostados. Esposas, antifaces, grilletes, látigos,
pinzas y más.
A pesar de mí misma, mi centro se estremeció. Apareció el primer rubor de
deseo.
Hunter me miró con conocimiento antes de levantar su barbilla hacia Nick y
caminar hacia un trono blanco al pie de la cama. Sentándose, palmeó su rodilla.
—Ella. Ven aquí, por favor.
—¿Q-Qué? —Retrocedí, chocando contra Nicholas.
Mis ojos buscaron los suyos. Buscando permiso. Horrorizada por
encontrarlo.
Si me dice que...
—Ve con él, Ella. Siéntate en su rodilla.
Mi corazón se hundió directo en mis pies.
—Nick... —Sacudí la cabeza, las palabras me fallaron.
Apretando su mano izquierda, introdujo su mano derecha en sus jeans y
apretó la mandíbula.
—Haz esto una última vez y entenderás exactamente por qué lo estoy
haciendo.
No estaba segura si lo amaba u odiaba en ese momento, me acerqué a Hunter
y me senté con cuidado en su rodilla.
Tan pronto como mi peso se posó sobre él, Hunter envolvió su brazo alrededor
de mi cintura y besó mi cabello.
—Dios, hueles igual como te recuerdo.
Me quedé rígida.
—No lo hagas.
No quería ser maleducada.
Me había ayudado con tantas cosas confusas.
Pero... esto se sentía mal.
—Manos fuera, Dixon —gruñó Nick—. Conoces las reglas.
—Sí, sí, las reglas. —Hunter se burló. Poniendo sus ojos en blanco, se recostó
en el trono y me miró con una sonrisa burlona—. ¿Sabías que tu Amo me llamó
esta tarde? Tuvimos una conversación bastante interesante.
—¿Lo hizo?
—Sí. —Énfasis en la palabra—. Me dijo cuán agradecido está de que seas
suya. Cuánto te ama. Cuánto siempre te amará.
—No entiendo. Si me ama tanto, entonces, ¿por qué estamos aquí?
—Quería traerte de vuelta al lugar donde todo comenzó. —Sus ojos morados
se posaron en los míos—. Una vez me llamaste y pediste mi consejo. Te lo di. Parece
que funcionó. Y hoy, le tocó a Nick.
Miré a Nicholas, parado rígidamente junto a la puerta.
—¿Qué consejo?
—Quería saber cómo demostrarse a ti mismo. —Mirando de nuevo a Nick,
elevó la voz—. ¿Cuáles fueron las palabras que usaste de nuevo? Para demostrar
que eres suyo para siempre.
—Por siempre —gruñó Nick.
—Ah, sí, es cierto. —Sonriendo y luciendo tan peligroso como siempre,
Hunter hizo un puchero dramático—. Eres suya. Nunca para ser compartida.
Nunca para ser dudada o dar por sentado. Él es tuyo, de principio a fin.
—Estoy tan confundida —carraspeé, sin apartar mis ojos de Nick mientras
se acercaba a nosotros. —Si él dijo eso, entonces...
—¿Por qué estás sentada en el regazo de otro Dom? —Hunter susurró en mi
oreja—. Buena pregunta, y estás a punto de obtener tu respuesta.
Nos perdimos en una mirada.
Un solo segundo de despedida.
Dándome una suave sonrisa, Hunter bajó la voz a un susurro y tocó su dedo
contra mi barbilla.
—Obsérvalo, Ella. No a mí. Mira lo que tu magia ha hecho.
Seguí su indicación y me quedé inmóvil.
Nick me dio una sonrisa forzada, arrodillado a mis pies.
Dios mío.
Mi corazón se mudó a mi garganta mientras Hunter apoyaba su palma en mi
cadera y reía suavemente.
—Dilo, hombre. Ella tiembla como una hoja.
—Ella... —Nick aclaró la garganta con la voz entrecortada—. Yo... bueno, no
es ningún secreto que te amo desde hace casi dos años. Cada día que trabajo
contigo, me enamoro un poco más. Cada noche que jugamos, no puedo creer que
seas mía. No solo me has curado de mi dolor, sino que también me has llenado de
esperanza para el futuro. Un futuro que no habría tenido a menos que tomaras mi
corazón y lo mantuvieras a salvo en tu mano.
Las lágrimas llenaron mis ojos, pegándose a mi máscara de pestañas.
—Nick...
—Todavía no ha terminado, pequeña bruja. —Hunter apretó mi cadera—.
Déjalo atragantarse con las palabras. Es su penitencia por hacerte creer que podría
compartiste alguna vez. —Sacudió la cabeza con otro rodar de ojos—. Como si
alguna vez pudiera. Mira al bastardo. Está tan jodidamente enamorado de ti, Ella,
que masacraría toda una ciudad si tan solo te miraran mal.
Miré y vi verdaderamente.
Sin confusión ni miedo.
Con confianza y cariño absoluto.
Y supe.
Supe lo que esto era y por qué me trajo aquí.
El amor brotó de mí.
El espacio sumiso, soñador y etéreo con el que estaba bien familiarizada en
estos días me invadió sin necesidad de castigo ni alabanza.
Me hundí en ello.
Me relajé en la rodilla de Hunter.
Suspiré y brillé y...
—Está lista, Nicholas —murmuro Hunter—. Tienes su confianza. Será mejor
recompensarla.
Sosteniendo un impresionante anillo de diamantes en una mano temblorosa,
Nick mantuvo mi mirada y susurró:
—Te adoro mientras trabajo contigo en el laboratorio. Te amo cuando tu
mente crea experimentos tan fabulosos. Te adoro cuando persigues la misma
cruzada que yo. Te respeto y anhelo y no puedo creer lo afortunado que soy. Estoy
completamente obsesionado contigo, Ella Fitzgerald, y... te traje aquí para
demostrarte que estoy muy agradecido por la noche que compartimos en esta
habitación... con Hunter. Sin esa noche, quizás nunca hubiera enfrentado cómo
realmente me sentía por ti. Habría hecho la estúpida y noble cosa de seguir
alejándote hasta que alguien más te hiciera feliz. Fue lo más difícil que jamás haya
soportado ver a Hunter contigo... pero no lo cambiaría. Le estoy agradecido
porque... él me dio a ti, y no tengo intención de dejarte ir nuevamente.
Tomando mi mano, tragó con dificultad.
—Si puedes perdonar la idea idiota de traerte aquí y hacerte creer que alguna
vez te compartiría, por favor, por favor, ¿dirás que te casarás conmigo?
No recuerdo haber caído de la rodilla de Hunter.
No recuerdo que Nicholas me atrapara.
Pero sí recuerdo el beso de Nick y la adoración absoluta que derramó
ardientemente en mi garganta.
Me besó como lo hizo esa primera noche.
Agresivamente, violentamente, y con el borde más fino de control.
Lo besé en alivio.
Lo besé con cada parte de mí.
Y cuando finalmente nos separamos y Nick deslizó su anillo en mi dedo,
Hunter ya no estaba sentado en el trono, sino que tenía la mano en el pomo de la
puerta y una triste y nostálgica sonrisa en el rostro. El corazón roto de brillo negro
bajo su ojo parecía especialmente simbólico en la sala blanca angelical.
No pertenecía a este lugar.
No estaba listo para llenarse de luz como nosotros.
Él moraba en la oscuridad.
Pertenecía a la noche.
Y con un gesto de su barbilla y otra sonrisa desgarradora, dijo:
—Felicidades, chicos. Es un honor haber estado allí al principio y participar
en la propuesta. Los dejaré ahora.
Abriendo la puerta, cruzó el umbral y se convirtió en el dueño de un circo en
lugar del hombre que ayudó a tomar mi virginidad emocional y espiritual.
—Sean audaces, sean traviesos. Jueguen con lo que quieran. Fóllense hasta
quedarse sin sentido. Griten tan fuerte como puedan. Derrámense por todo el suelo.
—Me guiñó un ojo—. Nunca se sabe, podría mirar. Podría compartir en su amor un
poco más, pero por ahora y siempre, les deseo toda la felicidad y perversión del
mundo.
Incliné la cabeza.
—Te deseo lo mismo.
Sonrió suavemente.
—Lo sé.
—Gracias, Hunter —dijo Nick, su voz temblorosa de gratitud—. Por todo. Por
todo ello.
Hunter inclinó la barbilla regiamente hacia Nicholas antes de que sus ojos
morados se encontraran con los míos, una última vez.
—Los veré a ambos al amanecer. Por ahora... disfruten de ustedes mismos y
el uno al otro. Sean libres y ámense con pasión. Espero que tengan una noche
salvaje y malvada, cortesía de la única... Spectacle of Secrets.
Sobre la Autora

Pepper Winters es una autora internacionalmente reconocida y best-seller en


varias listas, incluyendo The New York Times, The Wall Street Journal y USA Today.
Actualmente tiene treinta libros publicados en nueve idiomas. Ha alcanzado las
listas de best-sellers treinta y tres veces y ha ganado premios por sus obras de Dark
Romance, Serie BDSM y Mejor Héroe. Es una autora híbrida que combina
publicaciones tradicionales y auto-publicadas. Su Serie Pure Corruption fue
lanzada por Grand Central y Hachette.

Entre sus obras destacadas se encuentran la Serie Indebted, la Serie Monsters


in the Dark y la Serie Dollar. También ha lanzado varias antologías y recopilaciones
de historias. Sus libros han generado interés en el extranjero y están siendo
traducidos a varios idiomas, incluyendo italiano, francés, hebreo, alemán y turco.

Pepper Winters es conocida por sus historias de romance oscuro, suspense


romántico y thriller erótico. Ha sido número uno en varias listas de best-sellers en
iBooks y en categorías como Romance Erótico, Suspense Romántico,
Contemporáneo y Thriller Erótico. Con veinte libros publicados, ha alcanzado las
listas de best-sellers veintinueve veces en solo tres años.

También podría gustarte