La retórica del poder en Franco (1939-1945)
Discurso político y afirmación autoritaria
José Jesús Sanmartín Pardo
Universidad de Alicante
Introducción
La merecida fama de Franco como pésimo orador ha oscurecido su vocación persuasora y,
sobre todo, disuasora, que ejerció sobre la sociedad a través de un discurso político manifestado
como afirmación autoritaria. Junto a los mecanismos coactivos puramente físicos y materiales,
Franco también pergeñó un mensaje particularmente sinuoso, y contundente, respecto al porvenir
de los españoles, donde la ausencia del “Caudillo” equivalía a la perdida del principio de
civilización. Desde el axioma excluyente que transmitía la idea tóxica de que sin Franco, no había
futuro, el dictador edificó su poder sobre la concentración de potestades y su autoimpostación
como arbitro supremo –y neutral- de las diferentes corrientes ideológicas que gravitaban alrededor
del Movimiento Nacional. Francisco Franco logró instalarse en una provechosa intersección donde
convergían –y él remansaba- las eventuales alternativas internas que pudieran surgir a su poder. De
la debilidad hizo su fuerza, pues el aumento de poder en el recorrido que hizo de 1939 a 1945
demostraba una capacidad maquiavélica para manipular a unos, y contener a otros, presentándose
ante todos como el único que podía garantizar el mantenimiento de un statu quo donde falangistas,
tradicionalistas o conservadores, tuviesen un lugar bajo el sol. La retórica política empleada en esos
años ofrece un Franco tangencialmente pragmático: apelaciones a la victoria militar, pero también a
la paz; defensa de una política de engrandecimiento idealista de España, pero atento a publicitar las
obras e infraestructuras emprendidas por su Gobierno como medio de mejorar la calidad de vida de
los españoles, etc. Franco hace cosas a favor del pueblo; esta fue la imagen que se esforzó en
propalar en esos primeros años, con cierta ansiedad política para él pues necesitaba lograr apoyos
más allá de los puramente institucionales. Todo ello denota a un militar que aprende a ser político,
sin abandonar nunca, ni por un segundo, su naturaleza autoritaria. Y es que la dictadura de Franco
no fue instaurada como un todo, en bloque; antes al contrario, el Régimen creció y se moduló a lo
largo del tiempo. Durante los primeros años, el General temió su derrocamiento y/o sustitución
por otro régimen o, peor aún, por un compañero de armas. Los discursos de Franco en esa etapa
fundacional del Estado autoritario persiguen el objetivo de socializar la idea del carácter
indispensable de su arbitraje y, por supuesto, de su tarea suprema. Franco creó una modesta, pero
eficiente, narrativa de poder y de autolegitimación donde los contrastes (incluso algunas
contradicciones) eran menos importantes que los resultados tangibles. Tras la etapa de coqueteo
con el Eje, avanzada ya la II Segunda Guerra Mundial Franco puso énfasis en la idea de paz, con la
que se mimetizó interesadamente, dejando en segundo plano la busca de una “grandeur” territorial
e imperial; en un típico requiebro discursivo de Franco, ahora las metas españolas trascendían lo
meramente material, sin renunciar a ello abiertamente, pero centrándose en el liderazgo moral y
espiritual de Occidente. Las palabras, en Franco, servían tanto como herramientas a la vez que
como armas; lo uno conducía a lo otro, y viceversa. El “idealismo” del régimen era redefinido en
los discursos del dictador conforme interesaba en cada momento, al servicio de un objetivo
priorizado sobre cualquier otro: el poder; el poder de uno.
Navajas Zubeldia, Carlos e Iturriaga Barco, Diego (eds.): Coetánea. Actas del III Congreso Internacional de 251
Historia de Nuestro Tiempo. Logroño: Universidad de La Rioja, 2012, pp. 251-256.
LA RETÓRICA DEL PODER EN FRANCO (1939-1945). DISCURSO POLÍTICO Y AFIRMACIÓN
AUTORITARIA
La afirmación de la dictadura
Conviene subrayar que el Régimen sólo logró su consolidación transcurridos varios años
desde la conclusión del conflicto civil. A la altura de 1940, por ejemplo, la posición del estreñido
Caudillo de España no era tan firme como pudiera creerse. Los réditos políticos que Franco obtuvo
de la Guerra Civil parecían agotarse rápidamente ante la espiral que exigía la conflagración mundial.
La posibilidad de mantener la dictadura con otro dictador fueron un temor –justificado- para
Franco y una opción tentadora para sus aliados (en particular, Alemania); paranoia de poder aparte,
resulta evidente que sus inquietudes estaban abonadas por sus servicios de información, así como
por la ambición de rivales más atentos a la alianza con el III Reich.
En 1942, el temor de Franco es que su régimen pudiera perecer o, incluso peor, que la
rivalidad y la ambición internas –conjugada por la presión del Eje- provocasen su caída como líder
supremo. Para relevantes forjadores de la victoria militar la auto-imposición como dictador de un
colega de armas como “Franquito” fue demasiado difícil de asumir. Queipo de Llano, Yagüe, y
otros, jalonaron el proceso de protesta –más o menos contenida- contra un liderazgo que
consideraban inmerecido e injusto.
Los movimientos promonárquicos en los primeros años cuarenta eran escrutados por
Franco como un desafío personal a su autoridad, pues entendía –y en parte su análisis era acertado-
que el objetivo último era desposeerle de los títulos de mando civil que había ganado en la guerra.
El nuevo “conducator” había llegado al poder para quedarse; y esto es un principio axiomático de
su pensamiento ideológico que aparece descarnadamente retratado en Raza. Durar, resistir,
aguantar; gobernar, dirigir, mandar. El hombre espartano que cuidaba su salud y su alimentación, el
padre de familia que apenas trasnochaba y evitaba los excesos en su vida personal, se cincelaba a sí
mismo como una escultura polimorfa en el arte del poder. Su proyecto para España sólo podría
fructificar transcurrida, al menos, una generación de gobierno franquista. La retirada de la jefatura
del Estado era, lisa y llanamente, una idea impracticable; Franco vivía su magistratura como un
“imperator” romano sometido a la voluntad de Dios. Ni siquiera él mismo se consideraba a sí
mismo libre de actuar, sino que –en su universo psicológico- el propio Franco se reinterpretaba
como un soldado de Cristo en la Tierra, su más fiel y abnegado servidor, hasta el último aliento.
En el sector de oposición política, la división entre las filas republicanas no significaba
automáticamente que Franco lograse garantizar para sí el usufructo del poder absoluto. Al mismo
tiempo, era esencial en su estrategia maquiavélica que don Juan fuese utilizado –de manera
involuntaria por su parte- como dique frente a varias familias internas del franquismo, tales como
falangistas y nacionalistas republicanos. Aun en las ocasiones que la cuerda se tensaba, incluso
cuando don Juan –lógicamente hastiado de las dilaciones de Franco para afrontar la restauración
monárquica- manifestaba su irritación, el Caudillo adoptaba una posición evasiva, rehuyendo un
altercado político con el heredero legítimo de los derechos dinásticos, no porque el dictador temiese
perder semejante pulso, sino porque la imagen de división al más alto nivel podía perjudicar su
posición política como gobernante “indispensable” de España. Franco no podía tolerar semejante
cuestionamiento público a su status de poder. De ahí que los problemas con don Juan procurase
solucionarlos siempre de manera discreta, recurriendo a emisarios o cartas. Aquí también el
autócrata español demostró la extraordinaria rentabilidad que tiene controlar no sólo a los amigos
sino también a los enemigos. Un líder que pretenda durar en el poder (incluso fuera del gobierno
formal) tendrá necesariamente que desconfiar de los aliados y manipular a los antagonistas, usando
ambos para sus fines políticos. Franco sostuvo siempre un principio de potestas que, aun
disfrazándose con el tiempo, nunca discutió la primacía del caudillaje. Recordemos su discurso en
Barcelona del 28 de enero de 1942, donde marcaba un antes y un después respecto a lo que
significaba el nuevo régimen político gobernante en España:
"Aquella gran institución que dio tanta gloria, que era popular porque se apoyaba en el corazón del
pueblo contra los desmanes de los grandes, todo aquello cayó y se derrumbó; pero no se derrumbó
porque viniera la República, no se derrumbó por la masonería; se derrumbó porque había quedado
hueca, porque faltaba la base, le faltaba el pueblo y sin su asistencia se derrumbó todo. Nadie sea tan
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loco o desalmado que intente edificar sobre arena. Primero tenemos que hacer los cimientos, la base,
sobre un pueblo, y cuando haga falta coronaremos esta obra" 1 .
En fecha tan tardía como el 1 de octubre de 1949 el oficial diario "Arriba", con motivo de
la conmemoración del Día del Caudillo, describía a Franco en los siguientes términos:
"El hombre de Dios, el de siempre, el que aparece en el crítico instante y derrota a los enemigos
proclamándose campeón de la Milicia del Cielo y de la Tierra. Le pertenecen por tanto, si hacemos
caso del maestro Nicolás Maquiavelo, títulos de Caudillo, Monarca, Príncipe y Señor de los
Ejércitos. De Caudillo por su propio esfuerzo de milice; de Monarca por su bien ganada nobleza; de
Príncipe por su agudo quehacer político y de Señor de los Ejércitos por su valía, competencia y
conocimiento de las tácticas".
Para Franco la victoria era prepotencia. El ganador de la guerra tiene derecho material, pero
también moral, sobre el derrotado. El bien y el mal como categorías mutuamente excluyentes
donde reside la verdad política del nuevo régimen. Como expresaran sus personajes de Raza:
"JOSÉ.- ¿Es que se va a acabar la guerra, y yo aquí? ¡Necesito pasar a la otra zona! Irme con los
míos. (Pausa.) Hacerme digno del favor de Dios.
MÉDICO.- Ya irá, ya irá, ¡que hay tela! Mírese en mí. Prisionero de esta gente; siempre vigilado;
curando y salvando rojos; ¡es horrible! Muchas veces pienso si no será mejor descararse, acabar de
una vez. ¡Tantos estamos así!" 2 .
Mesianismo religioso y odio ideológico; ¡extraño cristianismo! El convencimiento que
Franco tenía de haber encabezado la regeneración integral de España era sincero. La idea de
cruzada la creía a pie juntillas y, por supuesto, él mismo se consideraba el brazo armado de Dios...
también después de la guerra. Franco es un hombre del Antiguo Testamento; partidario de la
venganza y administrador del castigo.
Raza como socialización de la dictadura
Raza es un aldabonazo asertivo en la auto-conciencia dictatorial del Régimen. El mensaje
de la novela se dirige tanto a los perdedores como a los ganadores y, muy señaladamente, la elite en
el poder puede captar sinuosas indicaciones a su alrededor. Y aquí surge el uso de metáforas de
claro trasfondo político. La presencia de los médicos en la novela es narrativamente tangencial pero
moralmente significativa. Los hombres de ciencia encargados de curar y salvar los males del mundo
son un remedo de Dios, en cuanto por sus manos pasa la solución a problemas terribles de una
humanidad que supura lacerantes heridas… o bien la resignación de un ángel caído, incapaz ya de
proveer ese benéfico auxilio. La disposición de los doctores a la redención llega sólo a través de su
arrepentimiento personal. Se cura en la medida que uno está curado. Franco, maniqueamente,
vincula la adhesión a la causa "justa" con el grado de competencia profesional. Sacrificio, paso
intermedio entre la redención y el perdón.
1Laureano López Rodo: La larga marcha hacia la Monarquía. Barcelona: Plaza y Janés, 1979, p. 28.
2 Jaime de Andrade: Raza. Anecdotario para el guión de una película, Madrid: Fundación Nacional Francisco
Franco, MCMLXXXI, p. 124.
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AUTORITARIA
"JOSÉ.- ¿Por qué no se viene usted un día?
DOCTOR.- No es posible. Sólo así puede redimirse una vida. Tuve un pasado malo, de
izquierdismo. Esto me dio influencia y posición en aquella sociedad corrompida. ¿Qué más puedo
hacer que ponerlo todo en este servicio?
JOSÉ.- Todo se redime. Nadie podrá negarle un perdón..." 3 .
La ejemplaridad, pues, resulta a Franco recurso básico para su culto al poder. Ejemplaridad
a favor, irreductiblemente, de la conquista del mismo poder que deberá mantener en sus manos
para bien de la nación. Esta era el ideal franquista en estado puro; una utopía basada en la
ensoñación de España como mito autoritario. De ahí su discurso el 24 de agosto de 1942 en La
Coruña:
"Nuestra Cruzada ha sido el Alzamiento que, por segunda vez en nuestra historia, movió a nuestro
pueblo a sacudir su decadencia y a alzarse contra lo podrido y lo caduco. Y este Movimiento, en el
que todos habéis sido actores, unos porque os correspondió el honor del mando y otros porque
tuvisteis el deber de la obediencia, reunió bajo nuestras banderas y batallones a muchos que, ajenos a
las inquietudes del Ejército, sintieron en su alma prender el santo fuego del amor patrio, arrastrados
por el romanticismo de nuestras consignas" 4 .
En España se produjo un "impulso ideológico pendular" tras la consolidación de la
dictadura 5 . Franco fue el promotor de ese giro táctico, reconvirtiendo al Régimen -en su relación
con el pueblo- hacia una dirección más empírica, menos doctrinal, en aras al mantenimiento de
ciertos principios (caudillaje, jerarquía, dictadura, entre otros). Y Raza es el guión precursor de esa
mentalidad. En un primer tiempo, el régimen se modula más que se modera. Los vectores
ideológicos que nutren el Movimiento quedan conservados prácticamente intactos; no así la imagen
de Franco que trasciende a su propia creación política. El Caudillo emerge como un titán de la
moralidad, un ejemplo límpido de patriotismo y entrega absoluta. España es su norte, sin desmayo
ni descanso alguno.
La Historia es el único y efectivo sustento sobre el que asentar la utilidad del Régimen.
Dios es la primera fuente de legitimidad, a través de su mediación para lograr la victoria militar. La
idea romántica de resurrección aparece manipulada en Raza como elemento cohesivo entre
diferentes posiciones. España nunca muere, pues los que encarnan sus valores perennes le otorgan
el don de la eternidad. Como el Ave Fénix, lo auténtico permanece siempre, aun transmutándose –
o manifestándose- bajo diferentes formas.
"EL JEFE.- ¿Quiere avisar a alguien?
JOSÉ.- No; es mejor que no lo haga. Conviene que quede en silencio mi vida ya que peligrarían las
de otros que me han salvado. Todos me creen muerto y mi caso tuvo extraordinario relieve.
EL JEFE.- Es verdad. Hasta aquí llegó. Magnífico, magnífico. ¡Qué alegría para todos! ¡Qué
emoción al leer en la prensa roja su conducta! Sí, ya sé yo a quién telegrafiar.
JOSÉ.- ¿A quién?
EL JEFE.- A Moscardó y a los suyos" 6 .
3 Jaime de Andrade: Raza, p. 128.
4 Francisco Franco: Pensamiento político de Franco, Madrid: Ediciones del Movimiento, 1975, tomo I, p. 52.
5 Ian Kershaw: Hitler, 1889-1936, Barcelona: Círculo de Lectores, 1999, p. 530.
6 Jaime de Andrade: Raza, p. 136.
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La visión profiláctica de la política delata las peores intenciones de Franco. Así, la
afirmación del capitán Anglada reverbera en un eco inconfundiblemente sectario:
"Buen servicio le estamos haciendo a Europa, purgándola de los indeseables de todas las
revoluciones. ¡Más gloria todavía!" 7 .
Raza es un relato sin concesiones humanitarias para los tipificados como adversarios de
España. La percepción militarista y segregadora de Franco se impone en su prédica del
aniquilamiento sobre el antagonista organizado. La vida es lucha; y ésta debe desempeñarse con
empeño, fuerza y convicción. Los resabios nietzschianos que, de manera fluctuante y asistemática,
aparecen en la psicología dictatorial, revocan –y desembocan- en una precaria pero maniquea
cosmovisión que, aún desde la tibieza del ayuno intelectual característico de Franco, incorpora
elementos susceptibles de análisis. Hasta el punto de que González Duro haya detectado la
consolidación totémica del superhombre 8 . Franco evitó –quizá conscientemente- la prosa delirante
de Giménez Caballero; el trovador fascista no escatimó elogios a su personal Duce ibérico 9 . El
extremismo ideológico de Franco puede detectarse en otros elementos, más de contenido que de
forma.
"Para vencer hay que destruir al enemigo, y antes o después hay que combatir duramente" 10 .
Resulta claro que el autor de Raza no soporta la estridencia, las salidas de tono, los gritos ni
los abucheos. Nada que le aproxime a ese populacho del que tantas distancias toma. Maneras
correctas en la expresión, pasión ciega en sus creencias. Los rituales fascistas se funden, por lo
general, con actos de acendrado patriotismo, de tal manera que su efecto político -sin mitigarse-
resulta menos frontal. El Caudillo asociado a Hitler y Mussolini reconoce su deuda de gratitud pero
marca el orden de prioridades. Primero, Franco; el liderazgo personal para consolidar “su”
dictadura siempre fue la opción mejor de su ideal político.
"Grupos de soldados con boina y con camisa azul van y vienen entre las tiendas; algunos aparecen
sentados a las puertas.
El corneta rasga el espacio con el toque de oración. En el acto, todos se levantan y, cuadrándose
rígidos, miran a la bandera, permaneciendo con el brazo en alto mientras la cadencia del toque se
esparce por el campamento" 11 .
Engreimiento y narcisismo de Franco. Se cree a sí mismo indispensable. Y este fue un
convencimiento íntimo que gravitó poderosamente sobre su misma concepción de la gobernación
del país, que administró en sentido autoritario, aún cuando delegase funciones y otorgase
privilegios. Formas, todas ellas, de segmentar, todavía más, a los sectores de los que pudiera surgir
una alternativa de cambio en vida de Franco. Éste se concebía como principio y fin de sí mismo, en
un sistema de pensamiento circular donde él emergía como nuevo astro iluminante del firmamento
político y nacional. La dictadura como instrumento de la ambición personal de poder.
7 Jaime de Andrade: Raza, p. 141.
8 Enrique González Duro: Franco. Una biografía psicológica. Madrid: Temas de Hoy, 2000, p. 236.
9 De su etapa más combativa ideológicamente tenemos Ernesto Giménez Caballero: España y Franco, Ed. de
los Combatientes, Cegama, 1938; su libro Genio de España (Madrid, Doncel, 1971) mantiene los principios
autoritarios de base; de irregular interés puede ser su Memorias de un Dictador, Barcelona: Planeta, 1981.
10 Jaime de Andrade: Raza, p. 141.
11 Jaime de Andrade: Raza, p. 140.
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