Susana de Bellecour - Rafael Sabatini
Susana de Bellecour - Rafael Sabatini
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Rafael Sabatini
Susana de Bellecour
ePub r1.0
Titivillus 13.05.2018
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Título original: The trampling of the lilies
Rafael Sabatini, 1906
Traductor: María Rodríguez de Rubí
Ilustrador: Lozano Olivares
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PRIMERA PARTE
LA ANTIGUA LEY
Éstos son:
Los que imponen la ley y todo lo pueden.
Aquéllos cuyo ceño consterna y cuya sonrisa exalta.
Los que brillan como el Arco Iris… pero acaso sus
colores serán no menos efímeros.
Comedia antigua
CAPÍTULO PRIMERO
El señor secretario
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E STAMOS en Bellecour, en plena primavera, la primavera de 1789, tres meses escasos
antes que la toma de la Bastilla diera que pensar a los nobles, haciéndoles
comprender que los filósofos a quienes tanto habían desdeñado, estaban muy
lejos de ser los ociosos visionarios que ellos suponían.
La Boulaye erraba a orillas del arroyuelo, cuya límpida corriente alegraba el
parque de Bellecour.
La larga silueta del paseante y lo sombrío de su ropaje no armonizaban con lo
riente de aquel paisaje bañado de sol. Pero bajo le negra chupa latía un corazón que
cantaba no menos alegremente que las alondras del bosque por el que vagaba. Su
traje negro sólo era la indicación externa del puesto que desempeñaba, nada menos
que la secretaría del muy noble Marqués de Fresnoy de Bellecour, y por eso llevaba
librea del color de la tinta, a la que debía su sustento. Su rostro era pálido, algo
demacrado y pensativo, pero en sus grandes e inteligentes ojos brillaba el reflejo de
una reciente felicidad. Llevaba debajo del brazo un tomo de las filosofías que
Rousseau acababa de dar al mundo, y que tanto habían de contribuir al formidable
cambio que ya estaba inmediato. Mas en aquel instante en su alma no tenían lugar los
sueños metafísicos del viejo Rousseau. Su ánimo no estaba para ocuparse en los
«Discursos sobre el origen de la desigualdad», que su codo apretaba contra el cuerpo.
Más bien se inclinaba a divagar sobre cantos, poesía y visiones de luz; en su mente
surgían espontáneamente rimas, que ofrecía con el pensamiento a su divinidad. Ésta
era una juvenil belleza de ilustre abolengo, nada menos que la hija del poderoso
magnate Marqués de Bellecour, el jefe, y él no era más que un secretario, una especie
de escribiente, sí; pero un escribiente con un alma muy grande; un secretario con
mucha fe en el porvenir que profetizaba el libro que sostenía bajo el brazo.
En tanto que sus pies hollaban la fresca hierba y las florecillas que la esmaltaban,
su sangre aceleraba la circulación, enardecida por la brisa primaveral embalsamada
por la fragancia de las espinas en flor y de la tierra húmeda. La dicha de La Boulaye
parecía robustecerse con el alborozo que la primavera comunicaba a toda la
Naturaleza. Una antigua balada brotó de sus firmes labios, al principio con timidez, y
luego lo bastante alto para que la repitieran los ecos del bosque:
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El corazón de un enamorado tiene a veces extraordinaria jovialidad. Aquí
tenemos uno, que solía propender a la austeridad y a los pensamientos sombríos, que
cantaba alegremente en una hermosa mañana de primavera, sin más razón que la de
haberle sonreído Susana de Bellecour, en los dos minutos de reloj que en la víspera
estuvo hablando con ella.
—Es sobrada presunción por mi parte —dijo al arroyuelo, para contradecir acto
seguido añadiendo—: ¡Bah!… Los tiempos cambian, y pronto seremos todos iguales,
como nos hizo Dios.
Detúvose y sonrió pensativo. Al recordar la escena de la tarde última, acentuóse
la sonrisa, acabando en franca risa, que espantó a los pajarillos de los inmediatos
árboles, haciendo que levantaran el vuelo hasta la opuesta orilla. Mas, de súbito,
interrumpió su carcajada, al oír que la voz más dulce del mundo preguntaba detrás de
él a qué obedecía la intempestiva hilaridad.
A La Boulaye le faltó el aliento por un instante, y se puso aún más pálido de lo
que la Naturaleza y el pupitre le habían hecho. Volvióse tímidamente y haciendo una
profunda reverencia:
—Mademoiselle… Ya veo… que me habéis sorprendido —balbuceó como un
tonto. Él, que no había tenido más amigos que los libros, ¿cómo podía saber el modo
de portarse ante una mujer, y más si ésta, a pesar de Rousseau y de todos los
filósofos, pertenecía a la clase de los que por tantos siglos se reconoció como
superiores?
—Pues celebro haberos sorprendido de tan buen humor, cosa, a fe mía, bastante
rara, monsieur.
—Razón tenéis señora —asintió él cortésmente—. Sí, es cosa muy rara —y
suspiró—: ¡Helas!
La risa se escapó de los frescos labios de la doncella, haciendo que el enamorado
se pusiera rojo y pálido sucesivamente, mientras que, muy confuso, manteníase frente
a día.
—Ya veo que ahora pensáis en lo rara que es la felicidad humana, cuando hace un
instante estabais al parecer tan contento… ¿Acaso mi presencia ha nublado el cielo de
vuestra alegría? —preguntó ella maliciosamente.
Él se ruborizó como una colegiala, apresurándose a protestar de tal suposición. Su
afán de sincerarse le hizo hablar sin reflexión, y tal vez dijo demasiado.
—¿Vuestra venida, mademoiselle? —repitió como un eco—. ¡Oh, no! Si hubiera
estado triste, vuestra llegada habría disipado mis pesares, como la salida del sol las
tinieblas de la montaña.
—¿También poeta? —dijo ella en tono festivo y con un gracioso movimiento de
cabeza que agitó sus negros rizos, mientras sus ojos azules lanzaban enloquecedoras
miradas—. Jamás sospeché que lo fuerais. Os tenía por un erudito, pues mi padre dice
que lo sois.
—¿No somos todos poetas en ciertos momentos de la vida? —contestó
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recobrando la serenidad ante la que amaba, y dejándose llevar por la pasión más allá
de los límites de la prudencia.
—Y ¿en qué momentos nos suele atacar esa epidemia poética? —preguntó
Susana—. Aclaradme ese misterio.
Sonrió él en respuesta a la jovialidad de ella, y cada vez con más ánimo contestó
con un atrevimiento impropio de su carácter. En aquellos momentos parecía
verdaderamente transformado.
—Nos ataca, mademoiselle, en alguna primavera como ésta; ¿no es la primavera
la estación más apropiada para el amor, y no ha sido cantada por los poetas que han
hallado inspiración en sus bellezas? Nos ataca sobre todo si estamos en el abril de la
vida, y en nuestros corazones germinan los primeros capullos que más tarde serán
espléndidas flores, rojas como el amor, y que esparcirán una fragancia, que es la
mayor delicia que Dios ha concedido a los mortales.
La intensidad con que se expresaba y el propio sentido de sus palabras dejaron a
la joven muda de admiración a la par que le produjeron cierta inquietud por algo
adivinado, más que comprendido.
—Es decir, señor secretario —contestó ella, dejando que una sonrisa nerviosa
vagara por sus labios—, que todo ese admirable lirismo es para dar a entender que
estáis enamorado.
—¡Sí, encantadora dama! —contestó él; y ante su ardiente mirada, las de ella
bajarónse al suelo con virginal timidez. Mas un segundo después, a punto estuvo de
gritar alarmada, al ver que el libro de Juan Jacobo Rousseau rodaba por el suelo y que
su dueño caía de rodillas a sus pies, exclamando—: Podéis creer que estoy
enamorado, locamente enamorado de vos, mademoiselle.
Pronunciadas estas audaces palabras, extinguióse el valor del joven,
sobreviniendo la natural reacción. Palideció, y un convulsivo temblor agitó su cuerpo,
mas siguió de rodillas, observando furtivamente el rostro de su adorada. Vió que
tomaba una expresión altiva, que fruncía las cejas y su respiración se hacía agitada, y
todas estas señales le dieron a entender su condena, antes de que fuera pronunciada.
—Monsieur! respondió ella en tono más bien triste que enojado. ¿Hasta dónde
pensáis llevar estos primaverales desvaríos? ¿Tanto habéis olvidado vuestra posición
y aun la mía, que han bastado cuatro palabras y una sonrisa por mi parte, para que me
habléis de esta manera? ¿Qué respuesta puedo daros, monsieur, pues no soy lo
bastante cruel, para contestaros como merecéis?
El valor de La Boulaye tenía singulares alternativas. Un instante antes sentíase
acobardado por la temeridad de sus propias palabras. Ahora que ella le reprochaba
esta misma temeridad, se le agolpó la sangre a la cabeza, impelida por la vergüenza.
En un segundo se puso en pie, dominando a su interlocutora con su alta estatura. Y
las palabras salieron de sus labios cual abrasador torrente, con mucha más
vehemencia que su anterior declaración amorosa.
—¿Mi posición? —repitió él, abriendo los brazos—. ¿Qué falta puede ponerse a
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mi posición?… Soy secretario, es decir, hombre de letras y caballero por derecho
académico… No os riáis, señorita, ni os burléis de mí… ¿En qué me encontráis
menos hombre que esos insípidos mequetrefes que llenan los salones de vuestro
padre? ¿Es mi cuerpo menos esbelto? ¿No son mis brazos tan fuertes, mis manos tan
diestras, mi ingenio tan vivo y mi alma tal leal? ¡Sí! —prosiguió con otro violento
ademán de sus largos brazos—. Todo eso tengo, y, sin embargo, me despreciáis a
causa de mi posición, cual acabáis de decir.
¡Qué profundamente le había herido! Toda la amargura que durante muchos años
había almacenado en su alma la diferencia de clases desbordábase en aquel momento
por sus labios. Recordó el sinnúmero de humillaciones sufridas, el desdeñoso tono en
que le hablaban, como si el verse obligado a ganarse la vida con la pluma fuera una
bajeza. Sus palabras, más que dirigidas contra el desaire que acaba de sufrir, iban
encaminadas a toda la nobleza de Francia, que le negaba el derecho de llevar erguida
la cabeza, porque no le habían traído al mundo Madame la Duchesse, Madame la
Marquise o Madame la Comtesse.
Ante la mujer que acababa de despreciarle, expuso los pensamientos de la
maravillosa transformación operada en él por las obras de los filósofos
revolucionarios. El mismo, habíase calificado de presuntuoso, mas sólo hasta el
momento en que ella se lo reprochó. Desde entonces, la presunción desvanecióse en
su concepto, y sostuvo que el amor inspirado por ella no era más que el efecto de su
virilidad y tenía derecho a manifestarlo.
Ella retrocedió, poseída de un vago temor, pues el aspecto de él era poco
tranquilizador. Además, acababa de exponer ideas que le acreditaban de
revolucionario, y en la sociedad a que ella pertenecía se despreciaba a los que
profesaban tales doctrinas, pero también le habían enseñado a temerlos, como a locos
peligrosos que no es prudente excitar.
—Monsieur —tartamudeó ella recogiéndose el traje de montar, de terciopelo
verde, cual si se preparara para alejarse—, no sois el mismo. Mucho me apena que
me hayáis hablado cual acabáis de hacerlo. Siempre hemos sido buenos amigos,
monsieur La Boulaye. Olvidemos esta escena. ¿Queréis? —Su tono estaba
impregnado de conciliadora dulzura.
La Boulaye, que había vuelto la cabeza, vió el tomo de los Discursos sobre la
hierba y se inclinó a recogerlo. La acción tenía algo de simbólico. Por un instante
había renegado de sus ideales, para hablar de amor a una mujer, y ahora, rechazado
por ella, volvió a Rousseau y con gesto de arrepentimiento recogía su obra.
—Estoy perfectamente cuerdo, mademoiselle —contestó con calma el joven,
cuyas encendidas mejillas eran la única señal externa de la pasada agitación—. Sois
vos la que ayer tarde, durante unos momentos, y aun esta mañana, no parecíais la
misma y a ello se debe que yo haya hablado como lo he hecho.
—¿Que yo no parecía la misma? —repitió ella—. ¿Qué estáis diciendo, señor
secretario?
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—Ayer y hace un momento os expresabais con tanta bondad… Vuestra sonrisa
era tan dulce…
—Mon Dieu! —interrumpió ella con tono de enojo—. Ya veis a dónde van a
parar vuestras elevadas lucubraciones. No puede una mujer sonreír, ni pronunciar un
par de palabras afectuosas, sin que supongáis haber hecho una conquista. Ma foi! Vos
y los vuestros sólo merecéis ser tratados como vasallos, puesto que a la primera
atención que se os dispensa ya abusáis. Si se os tiende el meñique, os tomáis el brazo
entero. Porque ayer os gasté una broma y hoy os he dirigido unas cuantas palabras
amables, me pagáis con insultos…
—¡Basta! —interrumpió él, exaltándose de nuevo—. Eso es llevar las cosas
demasiado lejos, mademoiselle. No es ningún insulto el decir a una mujer que se la
ama, y el ser amado no es tampoco ningún baldón. La más miserable de las criaturas
tiene derecho a adorar el mismo Dios que adora el rey, sin que la divinidad se ofenda
por ello. ¿Pretendéis acaso que una mujer vale más que Dios?
—Monsieur!, hacéis preguntas que no estoy dispuesta a contestar, y tampoco
quiero proseguir esta discusión. Basta con que me dé por ofendida, tanto por vuestras
palabras, como por el tono en que me las habéis pronunciado. Siento tener que
expresarme en términos tan duros, pero vuestra insistencia me obliga a ello. Dejemos
ahora mismo esta cuestión y tened entendido que no deseo que se repita jamás, o me
veré precisada a buscar la protección de mi padre o de mi hermano.
—Puedes requerirla desde este instante, Susana —dijo una voz desde el
inmediato bosquecillo, cuyo sonido hizo estremecer a ambos, aunque por distinta
causa; y antes de que se repusieran de su sorpresa. El Marqués de Bellecour
presentóse ante ellos. Era hombre de aventajada estatura, y de unos cincuenta años de
edad, pero su constitución era tan vigorosa y tan pulcro su atavío, que parecía más
joven. Su rostro, de facciones regulares y altiva expresión, estaba cubierto de una
palidez amarillenta y enfermiza, mas no por eso dejaban los ojos de ser penetrantes y
la boca voluptuosa y en su bien peinado cabello negro apenas se veían algunos hilos
de plata.
Avanzó lentamente, paseando la mirada de su hija a su secretario, hasta que
preguntó:
—Y bien… ¿qué sucede?
—Nada, señor —contestó Susana—. Una cuestión baladí entre monsieur La
Boulaye y yo, de la que no vale la pena de que os preocupéis.
—No es cosa baladí, señor —dijo a su vez el joven con voz de singular vibración
—. Es que amo a vuestra hija y acabo de decírselo.
Decididamente, su atrevimiento no tenía límites aquella mañana.
El marqués le miró atónito, mas de súbito un vivo carmín coloreó su rostro, y sus
gruesos labios se entreabrieron para exclamar:
—Canaille!… ¿Es posible que hayáis llevado tan lejos la insolencia?
Vestía traje de montar y su mano empuñaba una fusta, que blandió amenazador.
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Pero La Boulaye no se intimidó. Considerándose desde luego perdido, quiso, al
menos, utilizar las pocas probabilidades que le ofrecía la época para sincerarse.
No ha habido insolencia ni presunción en el paso que he dado —contestó el
joven, sosteniendo con firmeza las miradas de su jefe—. A vos os lo parece así,
porque yo soy el secretario del marqués de Bellecour y ella la hija del mismo
personaje. Ésas no son más que circunstancias fortuitas, en que nos hallamos por
casualidad. Ella es mujer antes que hija vuestra, y yo hombre antes que vuestro
secretario. Así, pues, no como secretario que habla con vuestra hija, sino como
hombre que se dirige a una mujer, he dicho a esta dama que la amo. Todo hombre
tiene el derecho de declarar su amor, y toda mujer que merezca este nombre ha de
sentirse honrada al escucharle. En las épocas primitivas…
—¡Mil diablos! —exclamó el marqués, incapaz de contenerse—. ¿Hasta cuándo
han de escuchar mis oídos esos rebuznos?… ¡Miserable, plebeyo! ¡Aprende a
respetar a tus superiores!
Restalló el látigo, y la delgada tralla, después de agitar el aire, descendió con
fuerza sobre el rostro de La Boulaye. Éste lanzó un grito en el que había tanto dolor
como sorpresa, llevándose las manos a la lastimada mejilla, y de nuevo cayó el látigo
sobre ella. El joven, enloquecido, lanzóse sobre su agresor. Su estatura era igual a la
del marqués, mas en peso le llevaba éste mucha ventaja. Sin embargo, en aquellos
delgados brazos y muñecas aceradas había una insospechada fuerza nerviosa.
Mademoiselle de Bellecour, que permaneció inmóvil con los ojos espantados y la
boca entreabierta, vió que la esbelta figura, ágil y fina, como un galgo, se arrojó sobre
su padre, y un instante después el látigo había pasado a las manos del secretario, que,
dando unos pasos atrás, se separó del noble, diciendo con trémulos labios y un dejo
de decaimiento:
—Agradeced a vuestra edad, señor marqués, que no rompa este látigo en vuestras
espaldas, en vez de hacerlo en mi rodilla —y arrojó los dos pedazos a las soleadas
aguas del arroyuelo—. Pero exijo una satisfacción por esta injusticia —y señaló el
verdugón que le cruzaba el rostro.
—¡Satisfacción! —repitió el marqués, ronco de enojo—. ¿Os atrevéis a pedirme
una satisfacción, miserable?
—A vos, no —contestó el joven con cáustica sonrisa—. De nuevo os protegen
vuestros años. Mas tenéis un hijo, y si mañana lo perdéis, consideraos como un
asesino, a causa de esto —y otra vez señaló la infamante señal.
—¿Os proponéis, acaso, cruzar vuestra espada con la del vizconde? —preguntó el
noble tan estupefacto, que casi olvidó el enojo.
—Eso, justamente, es lo que me propongo, monsieur. En los ejercicios de esgrima
a veces le he vencido; puede que también lo consiga peleando en serio.
—¡Majadero! —exclamó el marqués con desdeñosa frialdad, pues ya iba
recobrando el domino sobre sí mismo—. Si os atrevéis a acercaros a Bellecour, si os
encuentran mis criados dentro del parque, haré que os maten a palos por vuestra
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insensata pretensión. Conservad lo dicho en la memoria, señor secretario, y evitad
estos lugares como si estuvieran apestados. Venid, Susana —añadió volviéndose
hacia su hija—. Sobrado tiempo hemos dedicado ya a este canaille.
Y ofreció la mano a la joven, que le siguió sin dirigir ni una sola mirada a La
Boulaye.
El secretario permaneció en el mismo sitio, muy pálido (salvo la roja línea trazada
por el látigo), y con el corazón dolorido. Una vez apagado el momentáneo fuego,
dábase cuenta su verdadera situación. Un amante desdeñado, un hombre ultrajado y
un secretario despedido. Miró tristemente al tomo de Los Discursos y por primera vez
puso en duda la clarividencia del viejo Juan Jacobo. ¿Había… habría alguna vez
medio de cambiar el régimen actual?
Ya habían ocultado los árboles las figuras del marqués y de su hija a las miradas
de La Boulaye, y él joven revolucionario se encontraba solo… Muy solo… Carecía
de familia y últimamente su único interés en la vida, aparte del que siempre le inspiró
el filósofo ginebrino, había sido el observar a Susana de Bellecour y adorarla en
silencio y a distancia. Pero al presente, había perdido también esas migajas de
felicidad. Tenía que alejarse del castillo, renunciar para siempre a verla y él la
amaba… la amaba… la amaba…
Alzó los brazos al cielo con un suspiro que casi era un sollozo; ocultó después el
rostro entre las manos, y al tropezar sus dedos con el inflamado verdugón que tanto le
escocía, borráronse de su mente las ideas de amor, para ser substituidas por las de
venganza, y dijo en alta voz:
—Pero esto me lo pagaréis… os lo juro.
Giró en redondo, apretando Los Discursos contra su cuerpo… y con paso tardo
siguió el curso de las brillantes aguas.
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CAPÍTULO VII
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mucho tiempo atrás, que aquello tenía todas las trazas de ser un latigazo. Chispearon
los ojillos del maestro, y su apergaminado rostro se contrajo en mil arrugas.
—¿Quién ha sido, Caron? —preguntó.
—Puesto que os empeñáis en saberlo —contestó el joven intentando aún tomar el
asunto en broma—, os diré que es la rúbrica que ha puesto el marqués a mi orden de
despido.
—¡Grandísimo perro! —bramó el maestro.
—|Bah!… Poco importa. Quizá anduve demasiado atrevido… Ya hablaremos de
ello cuando se vaya esta gente… No empañemos su alegría, querido maestro…
Vamos a abrazar al afortunado novio.
Aunque ardiendo interiormente de curiosidad e indignación, Duhamel siguió el
consejo, mientras La Boulaye contestaba riendo a las mil preguntas que se le hacían,
logrando por fin desviar la conversación. Bebió a la salud de la novia (que no estaba
presente) y por la felicidad del nuevo matrimonio. Abrazó a Charlot y sacando un luis
de oro de su escaso peculio, se lo entregó disimuladamente al novio para que
comprara una friolera a María, en recuerdo suyo.
En esto llegó un chico para advertir que el señor cura estaba dispuesto para la
ceremonia. El anuncio bastó para que Charlot y sus amigos salieran apresuradamente,
y en bulliciosa confusión, entre risas y bromas, tomaron el camino de la iglesia de
San Ildefonso.
—Ya os seguimos, Charlot —dijo Duhamel al atlético novio, al salir—. Allí
estaremos para estrechar la mano a tu esposa, y daros la enhorabuena a los dos.
Cuando, por fin, quedaron solos en la sala del maestro, volvióse éste, convertido
todo él en un signo de interrogación, y el secretario le contó lo sucedido. Ruborizóse
ligeramente al hablar de su amor a mademoiselle de Bellecour, pero comprendió que
no debía ocultar nada, si solicitaba consejos de su viejo amigo.
Obscurecióse el rostro de Duhamel a medida que hablaba el joven, y sus ojos
tomaron una expresión triste y pensativa.
—¡Ay! —suspiró cuando La Boulaye hubo terminado—. ¿Qué puedo deciros,
pobre amigo? Aún no ha llegado el tiempo para que los de nuestra condición puedan
requerir de amores a la hija de un señor. Pero llegará, no lo dudéis. Todas las cosas
tienen su límite y Francia se acerca rápidamente al fin de su esclavitud. Pronto llegará
el momento de la crisis y todo el fuego desparramado se unirá para formar una
inmensa llama que devorará el antiguo régimen, borrándolo de la Historia como si
nunca hubiera existido. Entonces surgirá un nuevo estado de cosas; estoy convencido.
¿No nos ofrece la Historia numerosos ejemplos? ¿Qué es la Historia, más que la
repetición de hechos semejantes, entre distintos pueblos? Llegará el día del
resurgimiento para Francia, y llegará pronto, porque lo necesita mucho…
—Ya lo sé, ya lo sé, maestro —interrumpió La Boulaye—, Pero ¿en qué me
ayuda a mí todo eso? No es que no desee de todo corazón el bienestar de Francia,
mas en estos momentos me preocupa más mi propia situación. ¿Qué debo hacer,
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Duhamel?… ¿Cómo podré conseguir el desquite de esto? —Y señaló con el dedo la
desfigurada mejilla,
—Esperad —dijo el viejo en tono expresivo—. Ésta es la moraleja de mis
anteriores afirmaciones. Tened paciencia. Yo os prometo que no esperaréis en vano.
Hoy os han echado en cara que no pertenecéis a su clase, aunque, ¡por vida mía!,
vuestra presencia no cede en distinción a la de un príncipe de Francia. —Y
contemplaba la alta y esbelta figura del secretario, con el orgullo de un padre que
admira las perfecciones de su hijo.
Si la figura de La Boulaye era elegante, no lo era menos su atavío. De la cabeza a
los pies iba vestido (con la excepción de las hebillas de plata de los zapatos, y de los
encajes de la chorrera) del fino paño negro que imponía su profesión. Su mismo
rostro, aunque de expresión pensativa, cercana a la melancolía, tenía cierta altivez
que podía pasar por sello de raza, a lo que contribuía el esmero con que peinaba sus
negrísimos cabellos, recogidos en la nuca por una cinta de seda negra.
—Pero ¿qué debo hacer entretanto? —preguntó el joven con cierta impaciencia.
—Id a Amiens —respondió el otro—. Tenéis instrucción, elocuencia, buen porte
y excelente figura. No podéis tener mejores condiciones para triunfar. —Y
acercándose al secretario bajó instintivamente la voz al añadir—: Allí tenemos un
pequeño círculo, una especie de sucursal de los jacobinos. Somos numerosos, pero
hasta ahora no contamos con miembros de valía. Yo os daré vuestro nombramiento.
Con poco esfuerzo llegaréis a haceros célebre en toda Picardía. Entonces os
enviaremos a París, para representarnos en los Estados Generales… y cuando llegue
el anunciado cambio, ¿quién puede prever las alturas a que llegaréis?
—Lo pensaré —dijo cordialmente el joven—, y no dudo de que llegará ese día…
No supuse que estuvieseis tan adelantados.
—¡Pse! Pues ya lo sabéis y basta… No conviene hablar por ahora de estas cosas.
—Pero —insistió La Boulaye— ¿Qué hacer, en tanto, respecto a esto? —Y de
nuevo señaló a la mejilla.
—¿Qué?… Dejarlo que se cure cuanto antes.
—Prometí al marqués que exigiría satisfacción a su hijo… y siento tentaciones de
hacerlo, arriesgándome a cargar con las consecuencias.
—Las consecuencias serán la única satisfacción que obtendréis… Mejor dicho:
serán anticipaciones más que consecuencias, porque no os dejarán ver al muchacho.
—De esto no estoy seguro —contestó Caron—. El vizconde es más generoso que
su padre, y si yo le escribo que éste me ha ultrajado, tal vez consentirá en medir su
espada con la mía, y si llega ese caso, estoy seguro de matarle —concluyó con rabia.
—¡Sanguinario animal! —protestó Duhamel—. ¡Desnaturalizado maestro!…
¿Habéis olvidado que fuisteis el preceptor de ese pobre chico? Con estas palabras,
Duhamel llevó la cuestión a otro terreno, demostrando a La Boulaye que vengar en el
joven heredero los insultos recibidos de su padre era procedimiento indigno de un
alma noble. Por último logró atraerle a sus ideas, y quedó convencido de que al día
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siguiente partirían juntos para Amiens.
—Pero, Caron, nos olvidamos de nuestro amigo Charlot y de su novia —dijo
súbitamente el viejo—. Vamos pronto… La ceremonia ya estará terminando.
Tomó el brazo de La Boulaye y le condujo a paso vivo hasta la plazoleta, frente a
la iglesia. Justamente empezaba a salir el cortejo, y en el atrio, bañado por el sol
abrileño, formaba la alegre comitiva, los hombres engalanados con cintas, las mujeres
llevando ramilletes de flores, y la feliz pareja se puso en marcha, precedida por los
jóvenes y escoltada por los viejos. Andaban de dos en dos, poblando el aire con sus
carcajadas y picantes ocurrencias. Entonces se oyó otro ruido en dirección contraria,
y si el maestro y su joven amigo hubieran sabido de lo que era preludio aquel rumor
de cascos que chocaban contra el suelo, no habrían acogido con tan despreocupada
sonrisa la aproximación de la boda.
Por una de las calles laterales desembocó una brillante cabalgata. A la cabeza iban
el marqués de Bellecour y su hijo, acompañados por otros caballeros y seguidos por
una docena de lacayos. Era una partida de caza que atravesaba el pueblo para ganar el
coto. La nupcial comitiva que les cortaba el paso hizo que recogieran bridas para
dejarla pasar. Por lo visto el marqués estaba de humor, inclinado a la
condescendencia, pues en otra ocasión les habría echado los caballos encima. De
todos modos, su presencia impuso silencio a los aldeanos. Cesaron las risas y chistes,
y desfilaron como bandada de palomas ante la mirada del halcón. Muchos de ellos
pidiéndole a Dios que el encuentro con su señoría no les diera que sentir.
Bellecour los miró con frío desdén, hasta que pasaron ante él los recién casados.
Chispeáronle los ojos y su palidez pareció animarse.
—¡Deteneos! —mandó con tono imperioso, inclinándose ligeramente en la silla.
Cuando todos, no atreviéndose a desobedecer, quedaron inmóviles, añadió—:
Acércate, muchacha.
Charlot frunció las cejas mirando al marqués, pero si en la mirada había
amenazas, también había miedo. María obedeció con los ojos bajos y ruborizada.
Suponía que la detención tenia por objeto ofrecerles alguna prueba de aprecio por
parte del señor. Su santa inocencia le vedaba sentir los recelos.
—¿Cómo te llamas, niña? —preguntó el marqués en tono más suave.
—Hasta hace poco, María Muchdin, monsieur —con testó ella tímidamente—,
pero ahora mi nombre es María Tardivet.
—Acabas de casarte, ¿eh?
—Venimos de la iglesia, monseigneur.
—C’est ça —murmuró el noble como hablando consigo mismo, y sus ojos
tomaron tal expresión, que Charlot hubo de hacer esfuerzos para no arrancarle de la
silla. Con tono aún más bondadoso, dijo—: Mis parabienes, María. Dios te haga muy
feliz como esposa y como madre.
—Merci, monseigneur —murmuró ella con las mejillas como la grana, mientras
que su marido respiraba de nuevo y daba gracias al cielo, creyendo terminada la
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entrevista. Pero se equivocaba.
—¿Sabes, María, que eres una doncella muy apetitosa? —preguntó el marqués en
tono que heló la sangre al novio.
En el pelotón de nobles se cambiaron maliciosas miradas, y algunos
prorrumpieron en ruidosa hilaridad.
—Charlot me lo ha dicho muchas veces —respondió ella riendo y sin abrigar
sospechas.
El marqués se bajó aún más, y con un dedo puesto bajo la barbilla de María, hizo
que ésta levantara la cabeza. Cuando la novia se encontró tan cerca de los ojos del
señor, sintióse presa de indescriptible espanto, y de súbito desaparecieron los
encendidos colores de sus redondas mejillas.
—Sí —prosiguió Bellecour sonriendo—, ese Tardivet tiene buen gusto, y le
felicito. Habré de buscar un regalo de boda digno de tu fresca belleza —y añadió en
tono más ligero—: Es una antigua y respetable costumbre que va cayendo en desuso.
Blas y Juan te acompañarán al castillo, y el bueno de Tardivet tendrá que poner coto a
su impaciencia hasta mañana.
Volviéndose en la silla, hizo una seña a los lacayos nombrados, y mandó a María
que montara a la grupa de Blas.
Retrocedió ella, pálida como una muerta, y sus aterrados ojos buscaron a
Tardivet, que parecía la imagen de la rabia impotente. En el cortejo, tan alegre poco
antes, sólo se oían los sollozos de algunas mujeres.
—¡A fe mía! —exclamó con risa desdeñosa el marqués—. Más trazas tiene esto
de entierro que de boda.
—¡Piedad, señor! —gritó la angustiada voz de Charlot, que, loco de pena, se
adelantó hacia el marqués.
—¿Quién pretende hacerte daño, necio? —fué la sarcástica respuesta del déspota.
—¡No la separéis de mí, monseigneur!, —suplicó humildemente el joven marido.
—Ya os reuniréis mañana, tonto —dijo el noble—. ¡Paso franco!
Pero Charlot era muy terco. El marqués reclamaba lo que por una antigua ley
pertenecía de derecho a los señores, pero él no estaba dispuesto a someterse sin
protestar a tan bárbara costumbre.
—Señor, no os la llevaréis —gritó desesperadamente—. Es mi esposa, me
pertenece y no os la llevaréis.
Y cogió con tal fuerza la brida, que el caballo del marqués tuvo que retroceder
unos pasos.
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—¡Rústico insolente! —exclamó enojado Bellecour, aplicando un seco golpe con
el pomo del látigo en la cabeza del aldeano. Charlot soltó la brida, al caer aturdido al
suelo. El marqués rozó a su caballo con la espuela y saltó por encima del yacente
cuerpo, con la misma tranquilidad que si hubiera sido un perro muerto.
—¡Blas, tráete la chica! —gritó por encima—. Vamos. —Y dirigiéndose a sus
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acompañantes, añadió—: Vamos, señores… Ya hemos perdido sobrado tiempo.
Ni una sola mano se alzó para detenerle. Ni una sola protesta se dejó oír al
alejarse el lucido escuadrón de nobles, riendo y bromeando, sin preocuparse de la
tragedia que dejaban atrás.
Como un rebaño de espantados corderos, los aldeanos los miraban apretándose
los unos contra los otros. En la misma inacción permanecieron, con la pena y el terror
pintados en los toscos semblantes, mientras que Blas subió la medio desmayada novia
a su caballo. Nadie replicó a la obscena broma que él y su compañero les lanzaron al
reanudar la marcha. Pero La Boulaye, que, desde el sitio en que estaba con Duhamel,
había observado toda la escena, volvióse hacia el maestro con el rostro lívido.
—¿Hemos de tolerar esto? —exclamó con vehemencia—. ¡Dios poderoso! ¿Nos
llamamos hombres y aguantamos esta infamia?
El viejo pedagogo se encogió de hombros con desesperación. Su rostro delataba
profunda tristeza.
—Helás! —contestó suspirando—. ¿Acaso no les pertenece cuanto les rodea? El
marqués sólo hace uso de un derecho que una antigua ley concede a los de su clase.
Son las leyes las que se han de cambiar, querido amigo, y entonces cambiarán los
hombres. Mientras tanto, ya lo veis… son señores de vidas y haciendas.
—Señores del infierno es lo que son —exclamó el joven revolucionario—. Ése es
él sitio que les corresponde, de donde han venido y a donde volverán… ¡Cobardes!
—gritó agitando el puño hacia el grupo de campesinos que rodeaba al pateado
Charlot—. ¡Borregos!… ¡Hato de zoquetes! Bien hacen los nobles en despreciaros,
pues a fe mía que sólo inspiráis desprecio. Capaces seríais de ver asesinar a un
hombre ante vuestros propios ojos, sin atreveros ni a levantar un dedo contra vuestros
opresores.
—No culpéis a estos desdichados —suspiró el maestro—. No se atreven a
rebelarse-
—Pues aquí hay uno por lo menos que sí se atreve —exclamó Caron furioso,
amartillando una pistola que acababa de sacar del bolsillo.
Blas, con la desvanecida muchacha, se acercaba seguido por su colega.
—¿Qué intentáis hacer? —exclamó el viejo, alarmado, poniendo la mano sobre la
manga de La Boulaye. Pero Caron se desasió y dijo:
—Esto. —Y simultáneamente disparó el arma después de apuntar a Blas.
Herido éste en la cabeza, cayó de lado, arrastrando consigo a su prisionera, mas
ésta quedó en el suelo, mientras que él enganchado el pie en el estribo, hubo de seguir
la desenfrenada carrera del asustado caballo, deshaciéndose la cabeza contra las
piedras.
Juan lanzó un grito, que tanto podía ser de furia como de miedo, y por un instante
quedóse quieto, vacilando entre recoger a la moza o vengar a su compañero. Pero sus
dudas quedaron resueltas por La Boulaye, que apuntándole gritó:
—Fuera de aquí, a menos que quieras seguir el camino por el que he mandado a
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tu compañero.
Siendo Juan un muchacho muy prudente, no necesitó más indicaciones, y sin
replicar, picó espuelas, metiéndose por la calle que tomó el caballo que arrastraba al
pobre Blas.
—¡Caron! —exclamó Duhamel consternado—. Tiemblo por vos, hijo mío. Huid
de Bellecour ahora mismo… sin perder instante. Mis amigos de Amiens os…
Pero Caron se había separado de él para correr al sitio en que yacía la novia. Los
campesinos le siguieron en paso lento y cierta tímida vacilación. Preguntábanse a sí
mismos si por asistir a la muchacha se harían cómplices del acto de violencia
cometido por La Boulaye. Que a esto seguiría un castigo ejemplar por parte del señor,
nadie lo ponía en duda, y todos temblaban al pensar que a los del castillo les faltara
discernimiento al descargar el golpe. Charlot se contaba entre éstos, ya estaba de pie,
pero aun asaz aturdido para darse cuenta exacta de la situación. De pronto recobró sus
plenas facultades y corrió junto a La Boulaye, que ayudaba a la aterrada María a
levantarse. La joven, sollozando, arrojóse al cuello de su marido.
—¡Charlot, mon Charlot! —exclamó, y un momento después dijo—: Ha sido este
valiente gentilhombre quien me ha salvado.
—Monsieur, le recordaré todos los días de mi vida.
Más hubiera dicho el novio, pero los asustados aldeanos arremolinábanse en torno
suyo, y cogiéndole por la chaqueta decían:
—Vete pronto, Charlot… Estos aires no son buenos para ti… Sal cuanto antes de
Bellecour. Aquí no estás seguro…
—Aquí nadie está seguro —exclamó uno—, yo no quiero que me pillen aquí
cuando vuelva el señor… Se vengará de nosotros… ¡Oh, Dios! ¡Y cómo se vengará!
La advertencia surtió un efecto mágico. Tras de rápida despedida, cual manada de
medrosas liebres, todos corrieron a esconderse en sus madrigueras, antes de que
llegara el temido cazador. Aún no se había perdido de vista el último de los fugitivos
cuando oyóse el galope de caballos, mezclado en un coro de furiosos gritos, y no
tardó en desembocar como una catarata la cabalgata del marqués traída por el criado
que escapó con vida y que la fué a buscar. Cierto es que venían enojados, sobre todo
el marqués, pero aún era más la excitación que les causaba la perspectiva de la caza
del hombre; que por lo emocionante, supera a todas las demás.
—Aquél es, monseigneur —exclamó Juan, señalando a La Boulaye—, y un poco
más allá están la moza y su marido.
—¡Ah!… Otra vez el secretario, ¿eh? —dijo el noble con cruel sonrisa. Y
acercándose añadió—: Ma foi! Debe estar cansado de la vida. Sujeta a la mujer, Juan.
Caron estaba ante él, pálido de rabia por los aldeanos que huían y los nobles que
se acercaban. Si aquellos idiotas hubieran permanecido firmes, defendiéndose con
palos, piedras y cuantas armas les vinieran a las manos, podrían enorgullecerse de ser
pisoteados por corceles de la nobleza… Entonces, al menos, habrían demostrado ser
hombres. Pero huir así, más de cincuenta hombres, ante menos de la mitad, era
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confesarse indignos de mejor suerte. El mismo no podía hacer más que disparar el
único tiro que aún tenía su pistola, pero eso estaba resuelto a hacerlo, y a dar a la bala
el mejor empleo posible. En consecuencia, apuntó atrevidamente al marqués, que se
acercaba, y soltó el gatillo. Mas Bellecour había hecho muchas campañas, y conocía
no pocos ardides. A la vista del cañón dirigido contra él, levantó el caballo de manos
y la carga penetró en el cuerpo del animal. Con un relincho de dolor, el noble bruto
trató de recobrar el equilibrio, mas no pudo sostenerse y cayó, lanzando al jinete de la
silla. La Boulaye tuvo la idea de arrojarse sobre el caído y matarlo con sus propias
manos. Antes de que pusiera en práctica esta inspiración, uno de los jinetes acercóse
a él y le dió tal golpe en la cabeza, que perdió la vista y tuvo la sensación de que
descendía al reino de las tinieblas.
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CAPÍTULO III
LA PALABRA DE BELLECOUR
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El marqués se asomaba al balcón para enterarse de si La Boulaye había recobrado
el conocimiento.
—Parece que empieza a volver en sí —dijo alguien.
—¡Ah!, ¿estáis aquí, Susana? —dijo el marqués—. Ahí tenéis a vuestro amigo el
secretario, que ha querido representar hoy otro papel. De ser mi servidor, ha estado a
punto de convertirse en mi asesino.
Susana no podía evitar el sentir cierta simpatía por el culpable, por poco filial que
parezca el sentimiento. Imaginábase que su rebelión, cualquiera que fuese la forma
tomada, era consecuencia de la roja marca impresa en su rostro, y le parecía que era
muy propio de un hombre el tomar algún desquite del injusto golpe que le había
lastimado el cuerpo y el alma.
—Pero ¿qué ha hecho, señor? —preguntó ella, deseando ampliar la breve
información recibida.
—La suficiente para justificar el que se le ahorque —respondió secamente el
magnate—. Ha tratado de oponerse a mi autoridad, ha amotinado contra mí a los
aldeanos de Bellecour, ha matado a Blas y me hubiera matado a mí, si yo no hubiera
preferido sacrificar mi caballo.
—¿Por qué causa trató de oponerse a vuestra autoridad? —insistió Susana.
Él la miró sorprendido y casi enfadado.
—¿Qué importa la causa? —preguntó el marqués con impaciencia—. ¿No basta
el hecho?… ¿No basta el que haya matado a Blas, y que yo por poco haya quedado
entre sus manos?
—¡Es un perro insolente! —exclamó la marquesa, una corpulenta dama, con un
monstruoso peinado—. Si hemos de permitir que sirvan en Francia hombres como
éste, tenemos los días contados.
—Dicen que pensáis ahorcarle —continuó Susana, sin hacer caso de lo dicho por
su madre y con una nota de temor en el tono.
—Se equivocan. No pienso hacer tal cosa.
—¿Que no lo pensáis? —exclamó la marquesa—. Entonces, ¿qué os proponéis?
—Cumplir mi palabra, madame —contestó él—. Prometí a ese canaille que si le
encontraba dentro de mis dominios, le haría matar a latigazos, y eso es lo que me
propongo.
—¡Padre!, —exclamó Susana, horrorizada al igual que las cuatro a cinco damas
presentes, con excepción de la marquesa, que sonrió, y haciendo un ademán de
aprobación con el colosal peinado, dijo:
—Y muy merecido que lo tiene…, ¡merecidísimo!
Una conmiseración inmensa despertó en el corazón de la joven, al ver que su
padre bajaba con objeto de poner en obra su bárbaro propósito. Sin prestar atención a
las rebuscadas galanterías que el elegante caballero de Jacquelin murmuraba a su
lado, permanecía erguida e inmóvil junto a la balaustrada del balcón observando los
preparativos de lo que se iba a efectuar.
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Oyó las órdenes dadas por la autoritaria voz de su padre. Vió cómo arrancaban las
ropas del cuerpo del infortunado secretario, dejándole medio cuerpo desnudo, y así le
ataron al poste más inmediato al abrevadero situado al extremo opuesto del patio. El
cuerpo quedaba oculto a sus ojos, pero la cabeza sobresalía del tosco pilar, y lo tenía
de frente. A su lado se puso un muchacho truhán, armado de grueso látigo de cuero.
—¿Cuántos azotes, monseigneur? —oyó que preguntaba.
—¿Cuántos? —repitió el marqués—. ¿Yo qué sé los que podrá soportar? Tú pega
hasta que lo mates. Allons! Manos a la obra.
Vió ella que el verdugo desenrollaba el látigo, dando un paso hacia la víctima. En
aquel instante, Caron levantó la vista y sus miradas se cruzaron a través del ancho
patio. Sonrió él, y la doncella sintió que su corazón se paralizaba ante aquella heroica
sonrisa. Ella y su madre eran las únicas damas que permanecían en él balcón, las
restantes habíanse retirado en cuanto La Boulaye fué atado al poste. La marquesa no
imitó su ejemplo, sin duda por parecerle divertido el espectáculo, y Susana quedóse
allí, porque el horror la tenía clavada en el suelo. Horror e infinita compasión hacia el
desgraciado que con tan vehemencia tuvo la audacia de declararle su amor aquella
misma mañana.
La ancha correa crujió en el aire, y cayó silbando sobre las carnes del joven.
El siniestro ruido la despertó de su ensueño. Estremecióse de la cabeza a los pies,
y cubriéndose el rostro con las manos salió del balcón, seguida por la burlona risita
de su madre.
—Mon Dieu!… ¡Esto es horrible, espantoso! —exclamó Susana, dejándose caer
en la silla más cercana, con las manos puestas sobre los oídos; mas no pudo evitar
que llegaran a ellos los siniestros silbidos del látigo y el sordo golpe al ceñirse a las
torturadas espaldas. Ella los iba contando de un modo maquinal y casi inconsciente.
De pronto cesaron. ¿Qué había sucedido? ¿Estaba ya muerto el infortunado poeta?…
Movida por la curiosidad, más grande aún que su repugnancia, acercóse al balcón
preguntando:
—¿Ha concluido?
—¿Concluido? —replicó monsieur de Jacquelin encogiéndose de hombros—.
Según parece, tenemos para rato. El ejecutor hace una pausa para tomar aliento, eso
es todo. El individuo ni siquiera ha despegado los labios. Es más terco que una mula.
—O más sufrido que un espartano —replicó noblemente el vizconde. Y
volviéndose a su hermana añadió—: Miradle, Susana.
Ésta obedeció casi involuntariamente y, avanzando un paso, salió al balcón. Sus
ojos vieron un rostro cadavérico, bañado por el sudor de la agonía, pero los labios
continuaban firmemente cerrados, y la expresión de su faz era serena.
Mientras le miraba, oyó la voz de su padre que ordenaba la continuación del
suplicio. De nuevo, la mirada de él se encontró con la suya, mas esta vez ninguna
sonrisa entreabrió los exangües labios.
Otra vez silbó el látigo. Susana refugióse en el salón, mas aunque ya no podía ver
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el rostro de Caron, su mirada la obsesionaba.
Impulsada por él espanto y la piedad, tomó una súbita resolución y, medio loca,
salió del aposento. Un momento después presentábase en el patio, cual bellísima e
inesperada aparición.
—¡Detente! —gritó con voz entera, que hizo volverse a su padre y al ejecutor.
Éste suspendió su odiosa tarea. Pero una mirada del marqués le hizo reanudarla, cual
si no hubiera habido interrupción.
—¿Qué es esto? —preguntó Bellecour, medio en serio y medio en broma. En los
ojos del atormentado, ya próximos a cerrarse, brilló un fugaz chispazo.
Pero mademoiselle no perdió tiempo en contestar a su padre y viendo que et
verdugo proseguía, a pesar de su orden, lanzóse como una furia sobre él, y arrancó el
látigo de su forzuda mano.
—¿No te he dicho que te detuvieras? —exclamó ella echando fuego por los ojos;
y levantando el látigo lo dejó caer con toda su fuerza sobre los hombros del
malandrín, que aullando se refugió al otro lado del, abrevadero.
El marqués, enojado al principio, no pudo menos de soltar una carcajada, al ver
que el ejecutor se transformaba en azotado. Ella dió un paso para seguir al bergante
hasta su refugio, mas a la vista de las laceradas espaldas de La Boulaye retrocedió
poseída de horror, y dominando sus sentimientos, pues aunque mujer, poseía
indomable fuerza de voluntad, volvióse hacia su padre:
—Entregadme este hombre, señor —le suplicó.
—¿Qué vais a hacer con él? —preguntó sorprendido el marqués.
—Yo cuidaré de que no se interponga en vuestro camino. ¿Qué más podéis
desear?… Ya le habéis torturado bastante.
—Tal vez… pero ¿es culpa mía si le cuesta tanto morir?
Ella reiteró las instancias e inesperadamente encontró un aliado en M. des
Cadoux, un caballero de edad provecta, que había observado la escena de los azotes
con gesto de desaprobación, y siguió a la joven al patio.
—Es un mozo sobrado valiente para morir como un perro, Bellecour —dijo el
recién llegado—. Dudo que pueda sobrevivir al castigo recibido, pero en nombre del
valor os ruego que le concedáis las escasas probabilidades que pueda tener.
—Prometí que le haría matar a azotes —empezó el marqués, pero su hija y des
Cadoux renovaron los ruegos sin dejarle acabar la frase.
—Pero ¡pardiez! —interrumpió él a su vez—. Parece que echáis al olvido que ese
rebelde ha matado a uno de mis servidores.
—Entonces debíais haberle ahorcado, sin torturarle de esta manera —replicó el
viejo secamente.
Por un momento pareció que la discusión degeneraba en disputa, las palabras se
hacían más vivas y las réplicas más violentas; pero el ejecutor decidió la cuestión,
anunciando que el culpable acababa de expirar.
A Bellecour le pareció una conclusión muy satisfactoria.
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—Por lo menos ha sido oportuno —dijo riendo—. Si el tunante vive cinco
minutos más, creo, des Cadoux, que acabamos desafiándonos. —Y volviéndose al
criado preguntó—. ¿Estás seguro de que ha muerto?
—Miradle vos mismo, monseigneur —contestó aquél señalando al poste, donde
el inanimado cuerpo estaba sujeto por las ligaduras. La cabeza colgaba hacia atrás y
tenía los ojos cerrados.
El marqués, encogiéndose de hombros, se volvió hacia su hija y sonriendo dijo:
—Podéis apropiaros esa piltrafa, si gastáis, pero creo que sólo os servirá para
arrojarlo a un barranco.
La joven no estaba dispuesta a seguir tal consejo. Ordenó a dos criados que le
quitaran las ligaduras y lo transportaran a casa de Duhamel, porque sabía que La
Boulaye y el viejo maestro eran amigos.
—¡Qué cosa tan incomprensible es el corazón de una mujer! —gruñó el marqués
al retirarse del patio—. Puede un hombre no importarle un rábano, pero si le ha
declarado su amor, aunque no sea verdad ni ella le corresponda, ya parece que
adquiere ciertos derechos sobre ella.
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CAPÍTULO IV
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depositado en él sofá de la casa del maestro, acercóse para mirar curiosamente el
rostro del secretario, interrogando después con la mirada a Duhamel.
—Es el joven de quien os estaba hablando, Maximiliano —contestó el pedagogo
—. Y doy mil gracias a Dios por que no le hayan matado. No esperaba tal acto de
humanidad por parte de esos lobos, y hasta añadiré que no lo comprendo.
—Monsieur —insinuó Gil—, tal vez lo comprenderéis si os digo que el señor
marqués le cree muerto, pues todos le dimos por tal, y cuando descubrimos que vivía,
mademoiselle se empeñó en salvarle. Nos dió dinero para guardar el secreto, mas ni
por una fortuna lo hubiera hecho, si creyera que monseigneur podía descubrir el
engaño. Debe salir de Bellecour y de la misma Picardía, sin perder momento. Exijo
que nos lo prometáis, o lo volvemos al castillo diciendo que de súbito ha revivido.
Insisto en ello, porque nos va la vida. Si lo supiera el señor, nos mandaría ahorcar.
En los débiles ojos del forastero brilló una chispa de indignación y contrajéronse
sus finos labios, acentuando el largo de la recta nariz.
—¿Que os haría ahorcar? —dijo—. Ma foi, Duhamel, tendremos que cambiar
todo esto muy pronto… os lo prometo.
—Bien sabe Dios que necesita el cambio —suspiró el maestro—. Puedo jurar que
jamás se vieron juntas tantas iniquidades.
El forastero le tiró de la manga, para recordarle la presencia de los servidores del
castillo. Volviéndose hacia ellos, dijo Duhamel:
—Le tendré oculto hasta que se reponga. Entonces encontraré medios para que
salga de la provincia.
Pero Gil sacudió la cabeza y su compañero dejó oír un gruñido de desaprobación.
—Eso no sirve, maestro —replicó tozudamente el primero—. ¿Y si el señor se
entera de que está aquí? Es demasiado peligroso. Puede verle cualquiera. No, no… O
juráis que saldrá de aquí esta misma noche, o cargamos con él, y volvemos al castillo.
—Mas ¿cómo puedo jurar semejante cosa? —preguntó impacientado Duhamel.
—Muy fácilmente —intervino el forastero—. Me lo llevaré en mi berlina,
dejándole en Amiens o Beauvais…, o mejor aún: le llevaré conmigo a París.
—¡Qué bueno sois, Maximiliano! —exclamó el maestro, a cuyo elogio contestó
el otro con un ademán evasivo.
De este modo quedó la cuestión arreglada a gusto de los vasallos del señor, que se
retiraron, una vez obtenida la solemne promesa de que el herido saldría aquella
misma noche de Bellecour y a la siguiente víspera de Picardía.
El que Duhamel llamaba Maximiliano comenzó a pasearse por la habitación con
la cabeza inclinada y las manos cruzadas a la espalda, como una viviente protesta
contra el sistema señorial, de cuyas atrocidades había recibido convincentes
testimonios, porque acababa de oír lo sucedido a La Boulaye y los motivos de su
rebelión contra el despotismo de Bellecour.
—Se enmendará todo esto, Duhamel, os lo prometo —repetía—. Mas no antes de
que hayamos unido a los débiles para luchar contra la opresión, sujetado a los tiranos
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y asegurado a cada uno la posesión de cuanto le corresponde. No, hasta que todos los
hombres sean libres y entren en la vida con iguales derechos; no, hasta que hayamos
establecido leyes de justicia y paz, a las que todos, ricos y pobres, nobles y plebeyos,
hayan de someterse. Sólo así se pueden contrarrestar los caprichos de la fortuna que
traen al mundo a unos entre brocados y a otros entre paja. Débiles y poderosos han de
estar sujetos por los mismos deberes mutuos. Hemos de concentrar nuestras fuerzas, a
fin de obtener el poder supremo, que nos gobierne imparcialmente con las mismas
leyes, protegiendo por igual a todos los miembros de la comunidad, rechazando a
nuestros enemigos comunes, y conservando una ilimitada concordia entre todos.
¿Cuántos crímenes, asesinatos, guerras, miserias y horrores se evitaran así, Duhamel?
… Y esto llegará… y llegará pronto… no temáis.
Caron hizo un movimiento sobre el sofá, en que el maestro le había acomodado, y
levantando la cabeza miró al que proclamaba las doctrinas que durante tantos años
llevaba encerradas en el corazón.
—Querido Juan Jacobo —murmuró.
Volviéndose rápidamente el forastero, acercóse al joven.
—¿Habéis leído al maestro? —preguntó con nuevo interés el secretario.
—¿Que si le he leído? —exclamó Caron olvidando momentáneamente la triste
condición de su cuerpo, con la alegría de encontrar un nuevo discípulo de Rousseau
—. Apenas habrá alguna línea de sus Discursos que yo no sepa de memoria y no
reverencie, esperando vagamente que llegue el día soñado por él, en que se
establezcan sus teorías y se barran estas corruptelas del poder tiránico.
Los ojos del forastero chispearon.
—¡Joven! —exclamó con energía—. Vuestras esperanzas están a punto de
realizarse… ¡Sí!… Aunque para ello sea necesario pisotear las lises de Francia,
hundiéndolas para siempre en el polvo.
—¿Quién sois, monsieur? —preguntó La Boulaye, mirando al profeta con
creciente interés.
—Mi apellido es Robespierre —fué la respuesta, que nada dijo a Caron, porque el
nombre de Maximiliano Isidoro Robespierre, que en breve tiempo había de llenar
toda la Francia, eran entonces escasamente conocido.
La Boulaye inclinó la cabeza para corresponder a la presentación, y fijó la mirada
en Duhamel, que le ofrecía una copa de buen vino. La bebió con gratitud, y el efecto
vigorizante fué casi inmediato.
—Veamos ahora vuestras heridas —dijo el pedagogo, que había sacado algunos
trapos y un tarro de ungüento de la alacena.
Sentóse el supliciado, y en tanto que Duhamel curaba sus laceradas espaldas,
conversaba él con Robespierre.
—¿Decíais que estabais de paso para París, monsieur?
—Sí… Voy a los Estados Generales —respondió Maximiliano.
—¿Qué diputado? —preguntó Caron, con renovado interés.
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—Como diputado, sí, señor… Mis amigos de Arras me han elegido por el tercer
distrito de Artois.
—Dieu! ¡Cómo os envidio! —exclamó La Boulaye, aguantando los dolores que
la bien intencionada cura le producía—. Mucho me alegraría poder tomar parte en el
arreglo de la legislación, pues tal como está ahora es inferior a la anarquía de los
aborígenes. Entre ellos, al menos, las condiciones son más normales, y las facultades
y la ejecución están más equilibradas, y ofrecen mayor campo a la felicidad y al
orden que esta corrompida civilización que tenemos en Francia. Sólo en la igualdad
—prosiguió enardeciéndose con sus propias palabras— ha puesto la Naturaleza la
conservación de nuestras facultades sociales, y toda legislación que pretenda ser
eficaz ha de estar dirigida hacia el establecimiento de la igualdad. Tal como está, el
rico preferirá siempre su propia riqueza a la del Estado, y el pobre no tendrá nunca
afecto, ni puede tenerlo, a unas leyes que le dejan en la miseria.
Robespierre miró al joven con manifiesta sorpresa. Su parrafada no carecía de
elocuencia, y aunque nada había dicho que fuera nuevo para el abogado de Arras, la
manera como fué dicho le impresionó un tanto.
—Pero, Duhamel —dijo al maestro—, no me habíais advertido que este joven
patriota fuese un orador.
—Ni lo soy tampoco, monsieur —protestó sonriendo Caron—. Sólo soy el
portavoz del gran Rousseau. Tanto me he asimilado sus pensamientos, que a veces los
imito tan espontáneamente como sí fueran míos, llegando hasta a engañarme a mí
mismo. No podía tener mejor recomendación que ésta, para congraciarse con
Robespierre, que también estaba imbuido e inspirado en esas doctrinas tan ideales en
teoría, pero tan difíciles, por no decir imposibles, de poner en práctica. Durante una
hora larga siguieron hablando, lo que acrecentó la mutua simpatía, hasta que
Robespierre, dándose cuenta de que volaba el tiempo, anunció que debían ponerse en
camino.
—Pero ¿estáis decidido a llevaros este joven hasta París, Maximiliano? —
preguntó el maestro.
—Sí, por cierto, y si con los dones que le ha dado la Naturaleza, y la base que
tiene gracias a las enseñanzas de Rousseau, no saco yo algo de provecho, declaro que
soy indigno de la confianza con que me han honrado los electores de Arras.
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Despidiéronse cual buenos amigos, y el maestro abrió la puerta, espiando la calle.
Nadie había en ella, excepto el impaciente postillón que aguardaba junto a la berlina.
Entre Duhamel y Maximiliano ayudaron al herido para llegar hasta el coche. El
movimiento le producía intolerables dolores, que sin embargo aguantó apretando los
dientes y sin dar ninguna señal de flaqueza. Mas cuando le alzaron dejándole caer en
la berlina, inclinó la cabeza y perdió el sentido. Corrió Duhamel en busca de un
cordial, y trajo también un cojín para mayor comodidad del herido, es decir, para
atenuar las sacudidas de los baches, durante el largo viaje que tantas molestias le iba
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a ocasionar.
Caron se repuso antes de partir, y con lágrimas en los ojos agradeció sus
bondades al viejo maestro, manifestando la esperanza de volver a verle antes de
mucho.
Subió Robespierre con ligereza a la berlina, cerróse la portezuela, el postillón
hizo restallar el látigo, y dió principio un viaje que para La Boulaye representaba la
etapa que divide una vida de otra.
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SEGUNDA PARTE
LA NUEVA LEY
Allons! Marchons!
Qu’un sang impur
Abreuve nos sillons!
La Marsellesa
CAPÍTULO V
Los corderos se vuelven lobos
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terror el corazón de los tiranos. Los vínculos de servil cobardía que durante muchos
siglos sujetaron al pueblo, han caído deshechos como si fueran telas de araña, y los
corderos habíanse transformado en lobos, que atacaban a los que durante tantas
generaciones los atacaron.
No existía en toda Francia ni un solo rincón al que no llegara la desencadenada
furia.
Luis XVI (o Luis Capelo, como se le llamaba entonces) había sido preso,
condenado y ejecutado. Los aristócratas, en plena fuga, corrían a todas las fronteras,
menos los que habían perecido a manos de los mismos vasallos a los que antes
ultrajaron. Las lises de Francia yacían pisoteadas bajo el fango en que convirtieron
tan hermoso territorio, mientras que la bandera tricolor, el símbolo de la nueva
trinidad: Libertad, Igualdad y Fraternidad, flotaba enhiesta acariciada por la brisa.
Algunos de los más altivos y obstinados señores aún permanecían en sus
dominios, negándose a creer que pudiera cambiar el antiguo régimen, y a esa
terquedad eran debidas escenas como las que tenían efecto en Bellecour, a mediados
de febrero de 1793 (según el calendario de los esclavos), o en Pluvioso del año uno
de la República Francesa, como se le conoce en los Anales de la Revolución.
Bellecour, el más soberbio entre los soberbios, había permanecido firme y
luchando desesperadamente para sostener su autoridad en aquel rincón de Picardía.
Pero él también se fué convenciendo de que el fin estaba inmediato, y de que era
preciso hacer los preparativos de viaje. Demasiado altivo para que éste pudiera tener
ni el más leve aspecto de fuga, llevó su arrogancia hasta peligrosos extremos. Ahora,
en la víspera de la partida, se le ocurrió organizar una brillante fiesta, para despedirse
de sus amigos, y celebrar la petición de mano de su hija, que pronto sería vizcondesa
de Ombreval. La importuna solemnidad con que se empeñó en revestir el acto no era
más que una prueba de su tozudez en desconocer los cambios acaecidos y el nuevo
orden de las cosas que hablan impuesto.
Todo cuanto quedaba de la nobleza en Picardía había acudido aquel día al castillo
de Bellecour, y se contaban unos treinta caballeros y una veintena de damas. El
banquete fue silencioso y triste, pues hacia demasiado poco tiempo que había muerto
el rey, para que pudiera haber alegría. Sin embargo, a los postres y después de
copiosas libaciones de buen vino, fundióse el hielo de las conveniencias sociales y
todos parecieron olvidar las amarguras del momento. Tan lejos llevaron este olvido,
que alguien insinuó la posibilidad de danzar una pavana, y habiendo encontrado los
músicos, fué bailada en el gran salón del castillo. Entonces fué cuando se produjo la
primera alarma. Los dueños del dominio y sus invitados formaban un brillante grupo
de sedas, oro, pedrería, encajes, polvos, lunares y perfumes, que se movían al compás
de la música, marcando las graciosas figuras de la danza.
Unos cuantos lacayos pálidos y muy agitados trajeron la mala nueva, irrumpiendo
en la vasta estancia sin ceremonias; los aldeanos se habían sublevado y marchaban
hacia el castillo.
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Tan grande fué el furor del marqués, que empezó por dar una bofetada al lacayo
que había hablado.
—¿Cómo te atreves a traerme tal mensaje? —preguntó iracundo.
—Pero, monsieur ¿qué hemos de hacer? —atrevióse a preguntar el aterrado
servidor.
—¡Idiota! —contestó Bellecour—. Pues cerrar las verjas y mandarles que se
vuelvan, si en algo aprecian la vida, pues si me molestan, los haré ahorcar desde el
primero hasta el último.
No podía desacostumbrarse a usar el antiguo lenguaje. Aún creía seguir siendo el
mismo señor que disponía como sus antepasados, de la vida y hacienda de sus
vasallos, Pero otros pensaban de modo muy diferente. Los músicos habían dejado de
tocar, y un grupo de caballeros rodearon al marqués, rogándole tomara algunas
prudentes medidas. Sobre todo deseaban garantizar la seguridad de las damas, que
daban señales de gran alarma, hasta proferir gritos de terror, que interrumpían el
silencio de la noche. La cólera iba dominando a Bellecour, y cuando perdía el
dominio sobre sí mismo, se ponía en evidencia la brutalidad de su carácter.
—¡Señores! —gritó con rudeza—. De nada sirve esa gritería. Y si debemos morir,
hagámoslo con dignidad, y no alborotando como amedrentadas gallinas.
Una docena de hombres levantaron la voz con enojo, en favor de las ofendidas
damas, pero él, con impaciente ademán, les impuso silencio.
—¿Es éste el momento de reñir entre nosotros? —exclamó—. ¿Os parece que
debo perder tiempo en escoger palabras?… Mille diables!… Esa gritería puede tener
más importancia de la que suponéis… Si esos perros rebeldes llegaran por casualidad
a oírla, pensarían ya tener el triunfo medio ganado. Para dominar a esas bestias
amotinadas, no hay arma tan segura como la serenidad y el desprecio.
Mas sus huéspedes opinaban que se necesitaba algo más para establecer barreras
entre ellos y el avance de los rústicos. Por fin salió Bellecour para tomar
disposiciones relativas a la defensa de las verjas, dejando tras de sí un salón en el que
reinaba la mayor de las confusiones.
Desde las ventanas se distinguía ya el paisanaje que, a la luz de las antorchas,
avanzaba por la alameda que conducía al castillo, al compás de un tambor que sólo
marcaba el paso. El aspecto de aquella salvaje comitiva era por demás amenazador.
Su heterogéneo armamento consistía en picas, hoces y otros instrumentos de
labranza, alternando con herramientas, y algún mosquete, provisto de bayoneta. No
sólo marchaban hombres en las filas de los rebeldes.
En ellas casi había igual número de mujeres con rojos gorros frigios sobre las
despeinadas cabezas, y las ropas hechas jirones, pues los dientes de la miseria las
habían mordido sin piedad durante los pasados meses.
Mientras que marchaban siguiendo el rítmico toque del tambor, sus destempladas
voces formaban un coro infernal, entonando el himno compuesto por Rouget de
l’Isle, que toda Francia cantaba desde hacía un año:
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«¡Aux armes, citoyens!
Formez vos bataillons,
¡Allons, marchons!
Qu’un sang impur
¡Abreuve nos sillons!»
A medida que se acercaban, el terrible himno llegaba con más potencia a los oídos
de la elegante, enjoyada y perfumada sociedad reunida en el castillo.
La cabeza de la popular columna llegó a la verja, y al encontrarla cerrada, un grito
de rabia salió de la multitud, seguido de golpes contra la fuerte puerta de hierro,
acompañados de imperiosos gritos, pidiendo que la abrieran.
Abajo, en el patio, el marqués había reunido un puñado de servidores, que por
razones sólo de ellos conocidas, habían permanecido fieles a la suerte de la casa. Los
armó con carabinas y abundantes municiones. Las órdenes eran que defendieran la
verja exterior hasta el último extremo, y si ésta era asaltada, que se replegaran al
castillo cerrando las puertas. Al volver al salón, arengó a los caballeros, incitándoles
a que se proveyeran de armas para cooperar a la defensa. Sus instancias fueron
recibidas con cierta frialdad, que se reveló en las palabras del apuesto vizconde de
Ombreval, que pronto, debía ser su yerno.
—Mi querido marqués —protestó el joven con su habitual ligereza—, os ruego
que reflexionéis acerca de vuestra posición. Nosotros somos vuestros huéspedes, y no
querréis que os defendamos de vuestra propia gente.
El enfurecido dueño del castillo dió una patada en el suelo. En poco estuvo que
no cruzara el rostro del prometido de su hija, y lo hubiera hecho, a no interponerse
des Cadoux, para explicar la situación, que no podía ser más clara, a los invitados del
marqués. Les hizo ver que Francia ya no era la de otros tiempos, que todos estaban
expuestos a lo que le sucedía ahora a Bellecour, y que todos debían armarse y
defenderse, a menos de preferir ser degollados como mansos borregos, juntamente
con los demás.
—Si sólo se tratara de vosotros —concluyó, ofreciendo su tabaquera al marqués,
y con la misma calma que si expusiera la nueva moda en las pelucas—, comprendería
vuestra repugnancia en llegar a las manos con esa obscena canalla. Seguramente es
hacerles un honor que no merecen. Pero hay que pensar en los demás. —Y se
interrumpió para tomar un polvo de rapé—. Y por salvarlos hemos de vencer nuestros
escrúpulos, por muy desagradable que sea el paso que nos vemos obligados a dar.
Señores… soy el decano de la reunión: permitidme que os dé el ejemplo.
Sus palabras no dejaron de causar efecto; animaron los sentimientos caballerosos
de aquellos corazones cuya principal calidad era el valor. Y un murmullo de
entusiasmo coreó la última frase del animoso viejo. Pero el muy noble y atildado
vizconde de Ombreval aún se permitió gruñir;
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—¡Pedirme que luche con esa gentuza!… Esto es demasiado, ¡vive Dios! Que me
digan que los azote con un látigo, como a una piara de cerdos, y lo haré… pero
combatir…
—Nada podría causarnos más placer, vizconde, que el veros blandir un látigo
contra esos villanos —afirmó des Cadoux—. Armaos con una recia fusta, amigo mío,
y asombradnos con los prodigios de vuestro esforzado brazo.
—Mirad cómo inflama el valor al vizconde, Susana —murmuró en tono burlón
una hermosa dama al oído de mademoiselle—. ¿Observáis qué ansiedad demuestra
por vuestra seguridad? Basta ver la rapidez con que corre a armarse para defenderos,
aun a riesgo de su vida.
—Monsieur d’Ombreval se porta según sus luces —contestó fríamente Susana.
—Ma foi!, entonces sus luces deben de ser muy débiles —fué la desdeñosa
réplica.
Mademoiselle no exteriorizó la profunda herida que su amor propio acababa de
recibir.
La muchacha de diecinueve años que cuatro años antes había despreciado el amor
de un secretario, habíase transformado en bellísima y deslumbradora mujer de
veintitrés años.
—Está en pugna con su dignidad ensuciarse las manos en este conflicto, según ha
propuesto mi padre —dijo ella por último.
—Me parece que más bien está en pugna con su valor —insinuó la misma mordaz
amiga—. Esto, suponiendo exista este último.
Madame! —exclamó Susana enrojeciendo, pues lo mismo que a su padre, se le
subía con facilidad la sangre a la cabeza cuando se enfadaba—. Os ruego tener
presente que M. d’Ombreval es mi futuro esposo.
—Cierto —insistió la dama—. Pero si no lo afirmarais vos, más parece su
conducta la de un desengañado pretendiente, que, enloquecido por el despecho, nada
le importa la vida de quien le desdeñó.
Susana, con ademán de impaciencia, volvió la espalda a la impertinente señora. A
pesar de las palabras con que habla defendido al vizconde, sintióse hondamente
decepcionada. Al principio, ella había atribuido su conducta a la indomable altivez de
que tanto alardeaba y que le gustó, a la par que sus perfecciones físicas. Ella consintió
en ser su esposa sin haber conocido más que el hombre exterior. Su padre arregló el
proyecto de matrimonio y era la tercera vez que veía a su prometido, sin haber estado
jamás solos. Desde la infancia la acostumbraron a la idea de que estaba destinada a
ser vizcondesa de Ombreval.
Este pensamiento la hizo sufrir mucho, pues no conociendo al vizconde temía que
fuera algún viejo libertino, como les solía tocar en suerte a no pocas doncellas de su
clase. Mas al verle tan guapo, arrogante y con la suprema impertinencia propia de su
noble abolengo, consintió muy gustosa en unir sus destinos, pues era el más hermoso
ejemplar del sexo masculino que habían contemplado sus ojos.
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Ahora que había podido echar una mirada al alma que estaba bajo el cúmulo de
dones exteriores, sentíase decepcionada y las dudas que la sardónica dama exteriorizó
respecto al valor de su prometido no dejaron de producir su efecto.
Pero las angustias del momento no le dejaban lugar para entregarse a
divagaciones. Una descarga de mosquetería indicó la gravedad de la situación. El aire
estaba lleno de los alaridos del agresivo populacho y de súbito una de las damas lanzó
un grito al ver un reflejo rojizo a través de los cristales.
—¿Qué es eso? —preguntó la marquesa a su esposo.
—Han incendiado las cuadras —contestó él, entre dientes—. Por lo visto,
necesitan luz que los alumbre en su obra infernal.
Se dirigió al balcón y abrió las vidrieras del mismo desde donde cuatro años antes
contemplara el suplicio de La Boulaye. Su aparición fué saludada con una tempestad
de denuestos. Una bala cruzó silbando el aire, y vino a estrellarse en el muro, a pocas
pulgadas de la cabeza de Bellecour, sobre la que cayó una lluvia de yeso. Había sido
disparada por una especie de endemoniado, que a caballo sobre la verja blandía el
descargado mosquete, y daba órdenes en un lenguaje al que no estaban
acostumbrados los aristocráticos oídos del noble señor.
Pero éste no retrocedió, y con la misma calma que si presidiera unos fuegos
artificiales, inclinóse sobre la balaustrada, diciendo a los que estaban abajo:
—¡Hola, tunantes! ¿Estáis dormidos?… Dejad seco a ese rufián.
Las escopetas estaban descargadas, pero el que primero pudo meter una bala,
apuntó al blanco indicado y disparó. La figura montada sobre la verja lanzó un gritó y
cayó hacia fuera, reuniéndose con sus amigos.
Aumentaba el fuego de las cuadras, y sus llamas alumbraban el patio como si
fuera de día.
El marqués, desde el balcón, hacía rápidos cálculos mentales acerca de la
resistencia de sus defensas. No veía por qué, bien protegidos como estaban por las
fuertes verjas de férreos barrotes, no podrían rechazar el ataque de la furiosa
muchedumbre. En aquel momento, justamente cuando empezaba a confiarse en el
triunfo, un espantoso estampido conmovió todo el vasto edificio, y se abrió la puerta,
arrancada de sus goznes por la explosión de un barril de pólvora colocado inmediato
a ella.
Tuvo una fugaz visión de un torrente de negros enemigos que, con
ensordecedores gritos, se precipitaban al patio exterior iluminado por la roja luz del
incendio. Vió cómo el reducido grupo de sus criados se retiraba apresuradamente al
castillo, y oyó el rápido cerrar del portón, cuando las avanzadas de los rebeldes
llegaban casi a su umbral. Con la mente excitada por estas recientes visiones, penetró
en el salón, y desnudando la espada, gritó:
—¡Señores!… ¡A la escalera!… ¡Pronto!
La situación era ya demasiado crítica para argumentar. Ni aun se atrevieron a
mirar a sus pobres mujeres, cuyos ricos atavíos y costosas joyas sólo servían para
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hacer su pánico más lamentable.
Los treinta caballeros formados en compacto grupo salieron del salón, conducidos
por el marqués y llevando a retaguardia al vizconde.
Ya en la escalera principal, y armados cada cual con su espada y con las pistolas y
carabinas que pudo distribuir Bellecour, tomaron posiciones, esperando con rostro
ceñudo y labios apretados el ataque del enemigo.
No fué larga la espera. Del mismo modo que la verja, los aldeanos volaron la
puerta del castillo, muriendo en la explosión los tres servidores que se hallaban más
próximos, y los rebeldes, cual enjambre de negras abejas, salvaron la obscuridad del
vasto vestíbulo, llegando al mismo pie de la amplia escalera. Pero allí luchaban con
desventaja. La luz de las llamas que penetraba por el portón descubría su presencia a
los defensores, mientras que éstos permanecían invisibles para sus adversarios.
Resonó el seco disparo de las pistolas, al que se mezclaron algunos tiros de arma
larga, y el paisanaje huyó al patio aullando, a tiempo que sobre las losas del vestíbulo
quedaban varios muertos y muchos heridos.
El viejo M. des Cadoux rió en la sombra, en tanto que, poniéndose la espada en el
brazo izquierdo, sacaba la tabaquera con la mano derecha.
—Ma foi! —dijo a su vecino—, ya se van enterando de que no es ésta la marcha
triunfal que ellos se figuraban… ¿Un polvito de rapé, Estanislao?
Pero la tregua fué breve. Un momento después aumentó la claridad en la puerta, y
presentáronse en ella media docena de rebeldes con antorchas, seguidos por grupos
de sus compañeros. Detuviéronse a la vista del grupo formado en la escalera, y a fe
que era comprensible su sorpresa, pues no podía darse espectáculo más incongruente.
Sobre los cadáveres que yacían en el vestíbulo y entre el humo de la pólvora alzábase
aquella reducida tropa de treinta hombres, como un arco iris de brillantes colores, con
sus empolvadas pelucas, sus riquísimas chorreras y sus resplandecientes gemas,
serenos, desdeñosos y burlones como en un sarao. Hubo un instante de pavor y
después los mismos nobles rompieron el encanto. Habló una pistola y siguió una
descarga. En el vestíbulo algunos avanzaron dando traspiés, otros retrocedieron y
unos cuantos se desplomaron sin vida. Pero la retirada se contuvo y reforzados por
los que empujaban por detrás, los aldeanos avanzaron a paso de carga, hacia la
escalera, capitaneados por un gigante de roja cabellera, llamado Silvestre, a quien el
marqués en cierta ocasión infirió irreparable ultraje.
Su presencia fué una revelación para Bellecour. Aquel asalto era obra de
Silvestre. El rencoroso campesino llevaba más de un año incitando a los vasallos del
señorío a rebelarse, y por fin había conseguido que le acompañaran en su obra de
tardía, pero despiadada venganza. Con un gruñido, el marqués, apuntó con su pistola,
mas Silvestre vió el movimiento y lo imitó lanzando una carcajada. Cruzáronse dos
balas, el brazo del marqués cayó rígido, y Silvestre continuó el avance blandiendo la
humeante pistola en una mano, y en la otra un largo sable de caballería. Detrás de él
se apretujaban los arrendatarios del dominio, rugiendo como fieras, ansiosos de saldar
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su larga deuda de odios con su señor.
—Aquí se acaba el capítulo de nuestras vidas —dijo des Cadoux con una mueca
—. ¿Se tomará rapé en el Paraíso? —preguntóse a sí mismo cerrando la tapa de su
tabaquera de oro (la fiel compañera que durante tantos años fué su consuelo) y la tiró
con fuerza a la cabeza de uno de los más próximos enemigos. Después echó hacia
atrás el ancho encaje de sus puños, y paró con la espada el golpe mortal con que uno
de los asaltantes le amenazaba.
—¡Animal! —exclamó el viejo mientras continuaba el apremio—, es la primera
vez que mi casta espada se cruza con un acero tan indecente como el tuyo. Espero,
por el honor de los Cadoux, que al menos será también la última.
Continuamente seguía creciendo la rugiente marea. La mitad de los que defendían
la escalera yacían atravesados en ella, como si quisieran hacer una barricada con sus
cuerpos, ya que no podían defenderla más con sus manos. Sólo quedaban en pie unos
quince, entre los que se contaba el bravo des Cadoux, que ya había despachado a
media docena de descamisados, y sentíase alegre y rejuvenecido en medio de la
refriega. Sus salidas eran más ingeniosas y picantes, a medida que crecía el montón
de cadáveres que le rodeaba. Su única pena consistía en haber obrado tan ligero, al
desprenderse de su tabaquera que ya empezaba a echar de menos. A su lado estaba el
marqués, peleando desesperadamente con la mano izquierda, y en el calor de la lucha,
ni aun se acordaba de los dolores que debía causarle su herida.
—Esto se acaba, viejo amigo —murmuró por fin des Cadoux—. Voy perdiendo
fuerzas, y pronto estaré listo. —Y casi con un sollozo añadió—: ¡Las mujeres!…
Mon Dieu, ¡las mujeres!…
El viejo sintió que se le humedecían los ojos y la falsa alegría de que hasta
entonces hizo gala se apagó como una vela que se sopla. Mas de súbito y antes de que
pudiera decir otra palabra, vino del exterior un ruido que, dominando el fragor del
combate, hizo que asaltantes y defensores suspendieran las hostilidades hasta saber su
procedencia.
Era éste un redoble de tambor, no los acompasados golpes que acompañaran la
marcha del populacho, sino el vigoroso redoble de muchos palillos, sobre varios
parches.
—¿Qué es esto?… ¿quién viene? —preguntábanse unos a otros, a tiempo que
aristócratas y descamisados hacían una pausa en su sangrienta tarea.
Ya estaban los tambores muy cercanos, tanto, que se empezaba a distinguir el
ruido de pies que marchan al paso. En medio del alboroto infernal causado por el
combate en la escalera, no se había oído el avance de los recién llegados, hasta que
pasaron las destrozadas verjas de Bellecour. Algunos de los asaltantes que aún
quedaban en el patio se precipitaron en el vestíbulo gritando:
—¡Aux armes!… ¡A nous!… ¡A nous!…
Al oír esto, los que peleaban en la escalera bajaron a escape, saltando sobre los
apilados cadáveres, algunos resbalaron y concluyeron el descenso rodando.
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Salieron al patio dejando que el puñado de caballeros, con las ropas en desorden y
manchadas de sangre, se preguntaran unos a otros qué milagro había hecho el cielo,
para prolongar sus ya casi perdidas vidas.
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CAPÍTULO VI
EL CIUDADANO COMISARIO
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—¡Ciudadanos! —gritó el oficial dando un paso al frente—. En nombre de la
República Francesa os ordeno que os retiréis, y nos permitáis cumplir sin estorbos la
misión que nos trae aquí.
—Ciudadano capitán —contestó el gigantesco Silvestre, constituyéndose por
propia iniciativa en portavoz de sus compañeros—, deseamos saber con qué derecho
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os mezcláis en nuestros asuntos, e impedís que unos honrados patriotas limpien el
suelo de algunos gusanos aristócratas que aún lo ensucian.
El jefe miró a Silvestre sorprendido por el tono y aspecto del hombre, así como
por los gruñidos con que le plebe coreaba sus frases. Mas, sin dejarse intimidar por
unos ni otros, contestó secamente:
—Proclamo mi derecho en nombre de la República, puesto que estoy a sus
órdenes.
—La República somos nosotros —replicó el gigante, señalando con un ademán al
feroz grupo de hombres y mujeres que le seguían—. Nosotros somos la Nación, el
sagrado pueblo de Francia, y en nuestro propio nombre os mando que os retiréis y
nos dejéis cumplir nuestra patriótica tarea.
Este argumento hubiera podido ser la base de una discusión, mas como el capitán
no era político ni dialéctico, limitóse a encogerse de hombros y por toda respuesta
dijo a su gente:
—¡Preparen armas!…
—Pero, ciudadano capitán, esto es un atropello —objetó una voz entre las filas
del pueblo—. Si se derrama sangre, caerá sobre vuestra cabeza.
—¿Queréis retiraros? —preguntó el oficial en tono de indiferencia.
—¡A mí, muchachos! —gritó el coloso blandiendo el sable y tratando de animar a
sus secuaces—. ¡Abajo estos traidores, que deshonran el uniforme de la República!
¡Mueran las casacas azules!
Avanzó con denuedo hacia los militares, y sus compañeros, contagiados por su
ardor bélico, imitaron el movimiento con rugidos de entusiasmo.
—¡Fuego! —mandó el capitán, y en la primera línea de su compañía surgieron
sesenta lengüetas de fuego de otros tantos fusiles.
La plebe se detuvo, vaciló durante un segundo y antes de que se disipara el humo,
retrocedió a la desbandada para buscar abrigo, dejando sólo al valeroso gigante, que
se desató en improperios, llamando a su gente manada de cobardes ratones.
El capitán, puesto en jarras, reía hasta saltársele las lágrimas. Dominando por fin
su hilaridad, gritó a Silvestre, que se retiraba lleno de rabia.
—¡Eh! ¡Patriota!… ¿Seguís pensando lo mismo, o accedéis a retirar vuestra
gente?
—No queremos retirarnos —respondió tozudamente el coloso—, y os guardaréis
muy bien de tirar sobre los ciudadanos libres de la República.
—¿Que no? Mucho os equivocáis, amigo, si porque he mandado tirar alto, os
figuráis que no me atreveré a tirar al bulto. Os doy mi palabra de que si por segunda
vez tengo que dar la voz de fuego, será serio, y también os la doy de que si dentro de
medio minuto no me dais vuestra respuesta, y emprenden la retirada todos esos
tunantes, ellos y vos, a costa de vuestro pellejo, podréis enteraros de si me atrevo.
Silvestre era muy terco y violento, mas ¿qué puede hacer un hombre, por terco y
violento que sea, contra doscientos, y sin que le ayuden los amigos? El valor de los
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aldeanos estaba compuesto de una fuerte dosis de prudencia. El estruendo de la
descarga había abatido sus ánimos, y a las exhortaciones de Silvestre de que
aceptaran la palma del martirio por la causa de la libertad, contestaron con los
irrefutables argumentos que recomiendan la propia conservación.
El fin fue que muy pocos momentos después el paisanaje emprendió la retirada en
masa, dejando a los militares en la indisputada posesión de Bellecour.
El oficial dedicó, ante todo, la atención a apagar el fuego de las cuadras, y en esa
tarea ocupó a varios de sus hombres, que consiguieron extinguirlo, tras de un par de
horas de rudo trabajo.
Mientras tanto, mandó que el resto de ellos vivaqueara en el patio y él, con una
reducida escolta, penetró en el castillo, encontrando ante todo el grupo de diez
caballeros que aún permanecían en la escalera. El capitán celebró una breve y no
afectuosa entrevista con el castellano. Informó a éste que obraba por órdenes de un
Comisario, a cuya noticia había llegado en Amiens que para aquella misma noche se
proyectaba el asalto al castillo de Bellecour. El marqués, como es muy natural,
mostróse desconfiado de los fines que perseguiría el Comisario, con intervención tan
imprevista. Mas cuadraba con los habituales procedimientos de la Convención el
dejar que las matanzas de aristócratas siguieran su curso. Procuró obtener informes
del capitán, pero éste se atrincheró detrás de la consigna, y los nobles que aún
quedaban en el castillo, temiendo haber escapado de Scila para caer en Caribdis,
pasaron una noche de mortales angustias. Los que ocuparon el tiempo en curar a los
heridos fueron quizá los más dignos de envidia, pues lo absorbente del trabajo les
impidió el hacer conjeturas.
La proporción de los muertos fué afortunadamente reducida. De veinte que
cayeron, seis habían fallecido, y los demás sólo tenían heridas más o menos graves.
El más conspicuo entre los ilesos, tal vez el más valiente, era el viejo des Cadoux.
Había recuperado su tabaquera, que parecía ser para él lo más importante del mundo,
y pasaba de un grupo a otro, diciendo aquí un chiste, allá una palabra alentadora,
según le parecía más oportuno, para quienes iban dirigidas. Entre las damas,
mademoiselle de Bellecour y su orgullosa madre eran las que conservaban la frente
altiva y serena.
Susana no había vuelto a ver a su prometido desde el combate en la escalera, pero
supo que estaba ileso y asistiendo a un primo suyo, gravemente herido en la cabeza.
Ya hacía una hora que había salido el sol, cuando se encontraron los novios;
ambos formaban una pareja muy fatigada para cambiar impresiones, y se asomaron a
una ventana, que daba sobre el patio en que vivaqueaban los casacas azules,
formando un cuadro.
De pronto oyeron pasos de caballos, y en efecto, por la avenida frente al castillo
avanzaba al trote largo un jinete envuelto en amplio capote negro, y en cuyo
sombrero destacaba la escarapela tricolor.
—¡Mirad! —exclamó Ombreval—. Parece que, por fin, llega el personaje que
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estamos esperando. El Comisario de esa gentuza, que se llama Convención Nacional.
Ahora sabremos lo que nos depara la suerte.
—Pero ¿qué podrán hacernos? —preguntó ella.
—Actualmente es moda enviar a los de nuestra clase a París —contestó él—, y
burlarse de ellos, sometiéndolos a un absurdo tribunal, antes de asesinarlos.
—Tal vez este caballero sea más clemente —dijo ella.
—¿Clemente? Un tigre rabioso lo seria más que esa gentuza —replicó el
vizconde—. Si vuestro padre tuviera más alcances, habría mandado que los pocos
que aún quedamos diéramos una carga a los soldados, para encontrar la muerte en sus
bayonetas. Este fin habría sido más llevadero, comparado con el que, probablemente,
nos reservará el Comisario.
Como se ve, el apuesto joven tenía la costumbre de poner faltas a todo, y ese
rasgo de su carácter le hacía parecer ahora tan heroico, como antes desdeñoso.
Susana, por muy valiente que fuera, no pudo menos de estremecerse.
—Si no lográis expresar pensamientos más halagüeños —dijo ella—, prefiero
vuestro silencio, monsieur d’Ombreval.
Él dejó vagar por sus labios la habitual sonrisa desdeñosa, porque lo desdeñaba
todo, excepto su persona y la seguridad de ésta. Pero antes de que pudiera encontrar
respuesta, el marqués y su hijo se reunieron con ellos.
En aquel instante desmontaba el jinete en el patio, y poco después oyeron sus
pasos en la escalera. Un soldado abrió la puerta, anunciando:
—El ciudadano diputado La Boulaye, comisario de la Convención Nacional, en el
ejército de Dumouriez.
—¿Es éste el representante de un gobierno de estricta igualdad? —preguntó en
tono burlón Ombreval—. Pues se hace anunciar con tanta pompa, como si fuera un
embajador de su asesinada Majestad.
Interrumpióse, al observar algo inusitado en el porte de sus amigos.
Mademoiselle, muy pálida, clavaba en la puerta los ojos desmesuradamente abiertos.
El marqués, con el ceño fruncido y la mandíbula caída, miraba con no menos
intensidad que su hija. Hasta el vizconde, en grado menor, ofrecía el aspecto de la
más completa estupefacción. Tras de observar al silencioso grupo, Ombreval volvió
los ojos a la puerta, fijándolos en los dos hombres que acaban de entrar. Uno de ellos
era el capitán Juste, jefe de la fuerza militar, y el otro un hombre alto, de rostro
pálido, nariz aguileña, labios firmes y mirada severa, bien por naturaleza o porque se
fijara en el noble que cuatro años antes tan injustamente le había maltratado.
Detúvose un momento junto a la puerta, como disfrutando del asombro que
causaba su presencia. La duda era imposible; era el mismo La Boulaye, y, sin
embargo, no era completamente el mismo. El rostro había perdido su plácida y
juvenil expresión, y acentuáronse las facciones con líneas tan marcadas, que le hacían
parecer mayor de lo que era. La antigua y poética melancolía reflejada en la faz del
secretario había cedido el puesto a una austera firmeza. Aunque poco conocido
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todavía del pueblo en general, los primates de la Revolución le tenían en grande
estima, y le consideraban como fuerza con la que se ha de contar en lo futuro. Era el
protégé de Robespierre, a quien se atribuía su descubrimiento. La amistad que le
dispensaba era notoria, y bastaba esta protección y esta amistad en 1793, para hacer a
un hombre casi omnipotente en Francia.
Vestía traje de montar negro, sin más notas de color que la corbata blanca y la faja
tricolor que ceñía su esbelta cintura, como distintivo de su cargo. Se quito el
sombrero, adornado por la escarapela, descubriendo el negro cabello, tan
esmeradamente peinado como siempre.
Avanzó con lentitud, fijando la mirada, primero, en el marqués, y después en su
hija. Al mirar a esta última, dulcificóse un tanto la dureza de su mirada. El cambio en
ella era aún, más visible que en él. La ligera y risueña muchacha de diecinueve años
que rechazó su amor en una mañana de abril, era ahora una espléndida mujer de
veintitrés años, en todo el apogeo de su belleza. Él creyó su juvenil pasión muerta y
enterrada. ¡Cuántas veces, en el tiempo transcurrido, sonrió a su recuerdo, como se
sonríe a la memoria de las pasadas locuras! Pero ahora al contemplarla tan
maravillosamente transformada, tan alta, erguida y de hermosura tan soberana,
experimentó un extraño estremecimiento, algo que tal vez debilitaría los vengativos
propósitos que le traían a Bellecour.
Cambió la mirada, deteniéndola un instante en el correcto e impertinente rostro de
Ombreval, que con aires de propietario permanecía junto a Susana, y la fijó después
en la apergaminada y bondadosa faz de des Cadoux, recordando que fué el único que
intentó oponerse a su suplicio. Un instante después, volvió a mirar al marqués, que, a
su vez, le observaba con una expresión en la que el desprecio y el asombro luchaban
por ganar la supremacía. En cambio trató de evitar la mirada del joven vizconde,
cuyo preceptor había sido en tiempos pasados, y dirigiéndose al marqués, dijo con
voz firme y severa, que se había hecho más profunda y metálica:
—Ciudadano Bellecour, seguramente estáis asombrado al contemplar al
comisario que la noche anterior envió una compañía de soldados, para salvaros a vos
y a vuestro castillo de las manos del pueblo, y no dejaréis de preguntaros qué motivos
tengo para esta protección que ninguno de vuestra clase merece, y vos, a mis ojos,
menos que ninguno.
—Muchos y tristes cambios han ocurrido en los últimos tiempos —contestó el
marqués con frío desdén—. Pero aún no hemos llegado a rebajarnos tanto, como para
conceder nuestra atención a los propósitos del populacho.
Un leve rubor coloreó las enjutas mejillas de Caron.
—Ya veo que habéis cambiado muy poco —dijo en tono amargo—. Sois de los
que no quieren aprender, ciudadano. La falta está aquí —añadió señalando a la
cabeza—, y para corregir la una, tendremos qué quitar la otra. Pero hablemos del
asunto que me trae —prosiguió con mayor viveza—. Cuatro años hace, ciudadano
Bellecour, que en vuestro propio parque me cruzasteis el rostro con vuestro látigo, y
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cuando quise pedir satisfacción, me amenazasteis con vuestros lacayos. No quiero
hablar de las brutalidades que se cometieron conmigo después, en aquel mismo día.
Me limitaré a tratar del primer ultraje.
—Os ruego que seáis breve —dijo Bellecour, con efusiva cortesía—. Puesto que
tenéis la fuerza para obligarnos a escucharos, espero que pondréis coto a vuestra
elocuencia, y no nos detendréis más tiempo del estrictamente necesario.
—Seré todo lo breve que cabe dentro de la posibilidad de las palabras —contestó
fríamente Caron—. He venido a Bellecour para exigiros la satisfacción que hace
cuatro años me negasteis.
—¿A, mí? —exclamó el marqués.
—Por medio de la persona de vuestro hijo, como os la pedí hace cuatro años —
dijo La Boulaye—. Sois un viejo, ciudadano, y yo no peleo con viejos.
—¡Soy lo bastante joven para haceros trizas, perro, villano, si no temiera
deshonrar mi espada al cruzarla con la vuestra! —Y el castellano volvióse hacia
Ombreval, buscando aprobación, mientras que dejaba oír una despreciativa risita;
—¡Qué insolencia! —exclamó el vizconde con una mueca.
Susana, cada vez más pálida, estaba convencida de que la cuestión acabaría mal
para su padre o su hermano.
—Ciudadano Bellecour —dijo Caron sin perder la calma—, ya habéis oído lo que
exijo, y vos también, ciudadano vizconde.
—Por mi parte —contestó el joven—, no tengo…
—¡Silencio, Armando! —le interrumpió su padre en tono imperioso—.
Comprendedme de una vez, ciudadano diputado, ciudadano comisario o ciudadano
canalla, como quiera que os llaméis: vuestro viaje a Bellecour ha sido inútil. Ni yo ni
mi hijo hemos perdido la noción de lo que debemos a nuestro rango, hasta el punto de
acceder a vuestras absurdas pretensiones. Mejor habríais hecho en dejar que el
populacho consumara su obra anoche, si sólo lo habéis impedido con ese propósito.
—¿Es ésa vuestra palabra? —preguntó La Boulaye, sin darse por aludido de aquel
chaparrón de insultos.
—Definitivamente la última.
—Para tomar satisfacción de una ofensa, hay más de un camino, ciudadano
Bellecour —contestó Caron—, y si el que ahora tomo os es más desagradable que el
anterior, culpaos a vos mismo. —Y volviéndose a la casaca azul que había quedado
en la puerta, dijo fríamente—: Ciudadano soldado, mi látigo.
Un movimiento de estupor recorrió el grupo de aristócratas, y hasta el mismo
marqués perdió algo de su arrogancia.
—¡Insolente plebeyo! —exclamó Ombreval con gesto de repugnancia—. ¿Hasta
qué alturas os lleva vuestra presunción?
—Hasta la altura de un látigo —contestó festivamente el comisario.
Cogió el látigo de manos del soldado, y avanzó hacia Bellecour, desenrollando la
correa, mas Ombreval se interpuso lanzando un juramento.
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—¡Vive el cielo!… ¡No lo haréis! —exclamó.
—¿Que no? —repitió La Boulaye contrayendo los labios—. ¡Apartaos a un lado,
muñeco vestido de perfumadas sedas! —Y ante la varonil y chispeante mirada de
Caron, el joven noble cedió el terreno, mas su puesto fué inmediatamente ocupado
por el vizconde de Bellecour, que avanzando al encuentro de Caron, dijo con voz
serena:
—Monsieur La Boulaye, acepto gustoso vuestro reto.
El marqués, considerando la cruel alternativa con que le había amenazado el
republicano, no osó por esta vez oponerse a la decisión de su heredero
—¡Ah! —exclamó el comisario con satisfacción—. Ya pensaba yo que
cambiaríais de parecer. Dentro de cinco minutos, ciudadano, os esperaré en el jardín
italiano. 1
—Seré puntual, monsieur —contestó el joven,
La Boulaye, después de inclinarse con urbanidad, salió acompañado por el oficial
y seguido por el soldado.
—Mon Dieu! —jadeó la marquesa agitando el abanico—. ¡Abrid aprisa una
ventana o me ahogo! ¡Qué peste han dejado en el salón!… Yo soy una mujer muy
pacífica, messieurs, pero doy mi palabra de que, si os vuelve a llamar ciudadanos le
saco los ojos con mis propias uñas.
Algunos rieron, pero Susana no fué de ese número. Sus ojos recorrían el pálido
rostro, y la casi infantil y aún no desarrollada figura de su hermano, y su mirada tenía
la expresión de las que fijamos en los muertos queridos, pues estaba segura de que no
saldría vivo del duelo.
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CAPÍTULO VII
A lo largo de la parte norte del castillo hay una terraza con balaustrada de rojo
ladrillo, y debajo se extiende el jardín italiano, llamado así quizá porque sus
cipreses y las caprichosas formas del tallado de los macizos del boj recuerdan
los bellos jardines de Italia. Al extremo de esta sección del parque había una
explanada que parecía hecha a propósito para practicar la esgrima y que La Boulaye
conocía de antiguo. Allí condujo éste al capitán Juste, y allí, alumbrados por el pálido
sol de febrero, esperaron ambos la llegada del vizconde y su testigo.
Mas transcurrieron los minutos y ellos seguían aguardando; pasaron cinco, diez,
hasta quince, y nadie llegaba. A punto estaba Juste de volver, para enterarse la causa
del retraso, cuando sonaron pasos en la terraza, pero iban acompañados por el crujido
de seda, y unos segundos después, mademoiselle se presenté ante ellos. Los dos
hombres la miraron con un asombro que en Caron iba mezclado a otro sentimiento.
—Monsieur La Boulaye —dijo ella mirando significativamente al capitán—,
¿podría hablaros a solas?
Impasible en apariencia, el comisario se inclinó.
—A vuestras órdenes, ciudadana —contestó quitándose el sombrero con la
tricolor escarapela—. Juste, ¿queréis dejarnos un momento?
—Me encontraréis en la terraza si me necesitáis, ciudadano diputado —contestó
el militar, alejándose después de hacer un saludo.
Durante unos segundos, Susana y Caron permanecieron frente a frente, en
silencio. Ella, atacada de súbita timidez, desviaba la mirada, en tanto que la fresca
brisa de la mañana jugueteaba con los bucles de su opulenta y oscura cabellera.
—Monsieur —balbuceó ella por último—, he venido para interceder…
Una vaga sonrisa entreabrió por un instante los finos labios del republicano, que
preguntó;
—¿Tan bajo ha caído la nobleza francesa, que envía a sus mujeres para interceder
por la vida de sus hombres? Pero tal vez —añadió cínicamente— entra esto en sus
costumbres.
Las mejillas de la doncella tomaron el color de la grana. El insulto a su clase
produjo en ella el efecto de un espolazo, y venció la vacilación que la dominaba.
Afirmando la voz, dijo:
—El insultar a los caídos es acción digna del nuevo régimen que representáis ¡En
fin: tendremos que aceptar esta opinión vuestra, como otras injusticias de estos
desordenados tiempos!
—Por lo poco que habéis dicho, ciudadana —contestó él fríamente y a su vez
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ofendido—, tendréis que aceptarla de rodillas, ya que me pedís clemencia.
—Monsieur! —exclamó ella cruzando su mirada con la de él, llena de valerosa
altivez—. Si persistís en vuestros gratuitos insultos, me veré obligada a retirarme.
Él lanzó una sarcástica carcajada, y se puso el sombrero. El encanto que en él
produjo su belleza habíase ido atenuando, y se rompió de súbito al cubrirse.
—¿He buscado yo acaso esta entrevista? —preguntó con ostensible cambio de
maneras—. Yo estoy aquí esperando a vuestro hermano. ¡Voto a sanes! Ciudadana,
¿creéis que mi paciencia es inagotable? el ci-devant vizconde prometió encontrarme
en este sitio. Creí que el cumplimiento de la palabra era una regla inquebrantable
entre los de vuestra clase. ¿Es que han perdido también esa virtud, que les servía de
manto, para cubrir inconfesables vicios? ¿Ha huido vuestro hermano al bosque,
enviándoos antes aquí, para interceder por su miserable vida? ¡Puf!… Si antes
merecisteis mi odio, por vuestras injusticias y tiranías, hoy provocáis mi repugnancia,
por vuestra incalificable cobardía, empezando por el príncipe que reniega de su
estirpe y se hace llamar en París Felipe Egalité.
—Monsieur! —interrumpió ella. Mas aún no había acabado él, y con las mejillas
encendidas por el fuego interior, prosiguió:
—Ciudadana, tengo aquí una deuda pendiente, v quiero cobrarla entera. Las
intercesiones son inútiles, pues yo no olvido. Enviadme vuestro hermano en el plazo
de cinco minutos, para que luchemos de hombre a hombre, y ambos tengamos las
probabilidades que existen en esta clase de encuentros. Mas si no viene, lo pagarán
todos los hombres de la casa de Bellecour, y ahora, ciudadana, ya sabéis mi
resolución.
Pero ella, desatendiendo la disimulada despedida, replicó, no menos fogosamente:
—Habláis de una deuda de venganza, y queréis saldarla matando a mi pobre
hermano, al muchacho a quien educasteis… pero no mencionáis la deuda que tenéis
conmigo.
—¿Con vos? —preguntó él—. Ma foi! Como no queráis que os pague vuestros
desdenes…
—Sois como todos los hombres —interrumpió ella con tristeza—. Tenéis buena
memoria para las injurias, pero muy poca para los favores. A no ser por mi, monsieur,
no estaríais aquí pidiendo el desquite. ¿Habéis olvidado que yo?…
—¡No! —Interrumpió él—. Recuerdo que quisisteis suspender mi suplicio. Pero
llegasteis demasiado tarde. Debisteis hacerlo antes, en vez de contemplar el
espectáculo desde el balcón. Pero esperasteis tanto, que me dieron por muerto.
Susana le lanzó una investigadora mirada, cual si quisiera cerciorarse de que él
creía lo que estaba diciendo.
—¿Que os dieron por muerto? —repitió ella—. ¿Y a quién debéis este artificio?
… A mí, monsieur La Boulaye. Cuando os desataban, descubrieron que vivíais, pero
yo soborné a los criados para que guardando el secreto, os llevaran a casa de
Duhamel. Si mi padre se hubiera enterado de que no habíais muerto, os habría hecho
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azotar hasta el fin.
Caron abrió muchos los ojos y su mirada tomó la vaga expresión del que trata de
revivir un olvidado recuerdo.
—Me parece —murmuró— que yo he oído algo de eso es un sueño. Fué… —
Hizo una pausa. Después levantó de súbito la vista y poco a poco se fué aclarando su
faz—. ¡Sí! ¡Ya sé! Fué en casa de Duhamel, mientras que yo, medio inconsciente,
yacía en un sofá, vi que unos hombres decían al buen maestro que les habíais pagado
para que guardaran el secreto.
—¿Y lo habíais olvidado? —preguntó ella con tono de leve reproche.
—Olvidado, no —respondió él—, pues nunca lo supe de cierto. Creí que aquellas
palabras formaban parte del delirio de la calentura. Jamás supuse que se refirieran a
un hecho real. Siempre imaginé que me habían dado por muerto,
Siguió una breve pausa.
—¿Y ahora que lo sabéis?…
Sin terminar la frase, extendió las manos hacia él con ademán suplicante. Él
palideció al sentir la influencia contra la que había querido luchar, reforzada por la
deuda contraída, volvía a dominarle a despecho suyo. Fundióse de pronto la exterior
frialdad, y cogiendo entre sus manos las de Susana acercóse más a ella. Esto
significaba su derrota.
Aunque hombre de indiscutible fuerza de voluntad, como otros muchos de su
sexo, toda su fortaleza se desvanecía al contacto de una mujer. Durante los pasados
cuatro años, había llevado en París una vida por demás austera, sin más trato de
mujeres que el de la vieja sirvienta que cuidaba de su modesta vivienda. Y aquí se
encontraba con una mujer, no sólo excepcionalmente bella, sino que unos años antes
fué para él la imagen de todos los encantos femeninos. La mujer que desde entonces,
a pesar de lo sucedido, a pesar de él mismo, casi sin darse cuenta, fué, era y sería
siempre la única de su corazón.
El contacto de su mano, la proximidad de su cuerpo y el suave perfume que de él
emanaba, así como la angustiosa expresión de los grandes ojos azules, y los
entreabiertos labios, eran seducciones a las que habría dejado de ser humano si no
hubiera sucumbido.
Muy pálido, por la intensidad con que resucitaba la durante largo tiempo
adormecida pasión, preguntó muy bajo
—Mademoiselle, ¿qué queréis de mí…? decídmelo.
Los cuatro años transcurridos fueron olvidados. Parecía que estaban de nuevo en
el parque, en la inolvidable mañana de abril, en que por primera vez osó él hablar de
su amor. Hasta se había borrado de su memoria el vocabulario de la República, y la
palabra mademoiselle brotó espontánea de sus labios.
—Sed generoso —imploró ella—. Decid que preferís pagar mi deuda, que vengar
los ultrajes recibidos.
—No sabéis el sacrificio que me pedís —objetó él, luchando consigo mismo—.
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He esperado cuatro años, y ahora.
—Es mi hermano… —murmuró ella en tan sentido tono, que estas palabras, que
no encerraban ningún artificio, fueron el argumento decisivo de su intervención.
Soit! —consintió él—. Por vos, mademoiselle, y en pago de la deuda que os debo,
me iré como he venido, sin ver más a vuestro padre. Pero decidle de mi parte que, si
en algo aprecia la vida, sacuda cuanto antes el polvo de Francia de sus zapatos. Ya ha
tardado demasiado y de un momento a otro puede suceder que le hagan emigrar, no
sólo de Francia, sino del mundo. Además, el paisanaje puede volver a rebelarse y no
siempre estaré yo aquí para defenderos de sus violencias. En una palabra: marchaos
sin demora.
—Monsieur… os quedo muy agradecida… Mucho… Profundamente
agradecida… No puedo decir más… Rezaré para que Nuestro Señor os guíe en
vuestro camino… Adieu, monsieur
Él la contempló un instante sin soltar las manos que aún tenia entre las suyas.
—Adieu, mademoiselle: —dijo por último, y con lentitud, cual si quisiera darle
tiempo para frustrar su propósito si así lo deseaba, levantó la mano derecha de
Susana. Ella no la retiró y él oprimió apasionadamente sus labios en ella.
—Dios os guarde, mademoiselle —dijo con voz ahogada, y si estas palabras
parecen extrañas en boca de un servidor de la República, téngase en cuenta que su
conducta, durante la última parte de la escena, también ha sido muy poco
republicana.
Soltó por fin la mano y retrocedió un paso. Ella, con una final inclinación de
cabeza, tomó el camino de la terraza.
La Boulaye la siguió a distancia, tan abismado en sus pensamientos, que no
advirtió la presencia de Juste hasta que la voz de éste le sacó de su abstracción.
—Largo ha sido el diálogo, ciudadano diputado —observó el militar—. Yo creía
que se trataba de un duelo.
—Os felicito por la agudeza de vuestra perspicacia —alijo Caron en tono irónico
—. Habíais acertado…, pero ya no hay duelo.
Juste se preparaba a soltar algunos comentarios más cuarteleros que delicados,
pero La Boulaye le atajó:
—Mandan que den un redoble de tambor, ciudadano capitán… En diez minutos
saldremos de Bellecour.
Desde una ventana del castillo, la dama que era la causa de la absorción mental
del joven revolucionario observaba la marcha de los soldados.
—¡A fe mía, pequeña! —exclamó Bellecour alegremente—. Me pregunto qué
arte mágico habéis empleado para librarnos de esa infernal compañía.
—Las mujeres tenemos a veces medios desconocidos para los hombres —
respondió evasivamente.
Ombreval se volvió de repente, con el escozor de una súbita sospecha.
—Confío, mademoiselle, en que no habréis llegado hasta… —se detuvo por no
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hallar adecuadas palabras con que expresar su pensamiento.
—¿Que no habré llegado hasta qué, monsieur? —preguntó ella.
—Quiero decir que no habréis olvidado que vais a ser la vizcondesa de Ombreval
—contestó él, dando distinta construcción a la frase.
—Monsieur! —exclamó Bellecour indignado.
—Lo que más presente he tenido ha sido la necesidad de salvar la vida de mi
hermano —contestó fríamente la joven, lanzando tan desdeñosa mirada a su
prometido, que obligó a éste a guardar silencio.
Mentalmente había comparado a este impertinente y cobarde mozo con el hombre
firme y austero que se alejaba al trote de su caballo, y un suspiro se escapó de sus
rosados labios. ¡Si las cosas pudieran cambiarse!… ¡Qué contenta y orgullosa se
sentiría si Ombreval fuera el revolucionario y Caron el vizconde! Mas ya que esto era
imposible, ¿a qué suspirar? No es que ella estuviera enamorada de ese La Boulaye.
¿Cómo podía ser eso, no siendo él más que un plebeyo revolucionario, y por
añadidura enemigo mortal de los suyos? Era una locura hasta el soñar con la
posibilidad de ciertas cosas, porque Susana de Bellecour provenía de ilustre
abolengo, y harto sabía el respeto que merece un antiguo blasón.
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CAPÍTULO VIII
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valioso anillo brillaba en el sucio dedo de un cuarto soldado, que en vez de los
calzones blancos, propios de un militar, ostentaba unos de raso negro. El del brazo
herido se contoneaba dentro de un costoso ropón de terciopelo encarnado, mientras
que el cojo se sostenía en un bastón de ébano con puño de oro, que estaba en
completo desacuerdo con el destrozado uniforme, el deteriorado gorro frigio y los
dedos que salían por las agujereadas botas.
Suspendieron el juego para mirar a su vez a los recién venidos, y a La Boulaye le
pareció que sus miradas revelaban cierta inquietud.
—¡Vaya un pintoresco grupo! —exclamó para sí el diputado, y dirigiéndose al del
ropón rojo, añadió:
—¡Eh, ciudadano!
Por un instante vaciló el interpelado, mas por fin acercóse con gesto contrariado,
deteniéndose junto al estribo de Caron.
—En nombre de la República, ¿quiénes sois y qué sois? —preguntó el diputado.
—Somos soldados inválidos del ejército de Dumouriez —contestó el hombre.
—Pero ¿qué hacéis aquí?
—Estamos hospitalizados, ciudadano.
—¿Allí? —preguntó irónicamente La Boulaye señalando la hostería.
Con un ademán de asentimiento, respondió el sujeto:
—Sí, ciudadano, allí, en aquel desolado caserón.
Caron, cada vez más sorprendido, miró a los que seguían apartados.
—Pero no todos sois inválidos.
—Hay muchos convalecientes.
—¿Convalecientes?… Paréceme que la mayoría están tan sanos como yo. ¿Por
qué no os reunís a las tropas?
El soldado le miró frunciendo el ceño.
—Sólo tomamos órdenes de nuestro oficial —contestó entre gruñidos.
—¡Ah! —exclamó el diputado—. ¿Estáis bajo las órdenes de un jefe?… ¿Quién
puede ser éste?
—El capitán Charlot —contestó el perillán con aire de insolencia, que equivalía a
preguntar: «¿Qué tenéis que decir a esto?»
—¿El capitán Charlot? —repitió como un eco La Boulaye, pues este nombre le
recordaba al aldeano de Bellecour, que desde entonces acá había conquistado fama
por su temerario valor en el ejército—. ¿Charlot Tardivet? —preguntó.
—¿Hay acaso otro capitán Charlot en las tropas de la República? —fué la
impertinente respuesta.
—¿También está él inválido? —siguió preguntando Caron, sin hacer caso de las
ofensivas miradas del militar.
—Quedó gravemente herido en Jemappes.
—¿En Jemappes?… pero, voyons, amigo, eso pasó hace tres meses.
—Todo el mundo lo sabe, ¿y qué? El general envió aquí al capitán, para
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descansar y curarse, encargándole de un grupo de soldados heridos, unos que
vinieron con él y otros que estaban ya aquí.
—Y de todos ésos, ¿ninguno ha vuelto al frente? —tornó a preguntar La Boulaye
con creciente sorpresa.
—¿No os he dicho ya que somos inválidos?
Caron le lanzó una mirada de frío desprecio.
—¿Cuántos estáis aquí? —preguntó interesado Caron.
Por mucho que al bergante le desagradaran las repetidas preguntas, no se atrevió a
no contestar a la severa voz de aquel austero jinete.
—Unos cincuenta, poco más o menos.
La Boulaye guardó silencio unos segundos y tocando después el brazo del
desconocido con el látigo, preguntó:
—¿A qué viene este disfraz?
—Ma foi! —contestó el soldado encogiéndose de hombros—. Estábamos casi
desnudos… la Administración está desmoralizada y no se atendían nuestras
reclamaciones. Tuvimos que tomar lo que encontramos a mano para no ir en cueros.
—¿Y dónde habéis encontrado todo eso?
—Diable! Ciudadano, ¿es que no vais a acabar de hacer preguntas? Mejor
informado quedaríais si interrogarais al capitán.
—No deseo otra cosa. ¿Dónde está?
A distancia se vió avanzar una nube de polvo por la carretera. A ella señaló el
soldado al responder:
—Mucho me equivocaría si no viniese por ahí.
—Tomemos un trago de vino en la Hostería del Águila —dijo La Boulaye
volviéndose a su gente.
Aunque el aspecto de la posada era poco halagador, no faltaba una amplia cuadra
a la que daba acceso una puerta cochera. El diputado, sin decir otra palabra, dirigió su
caballo hacia aquélla, seguido por su escolta.
La hostelera, que se adelantó a recibirles, era una mujer alta, huesuda, con ojos
cual dos gotas de tinta, la piel cetrina y hocicuda como una rata. Pero aunque poco
favorecida por la Naturaleza, parecía llena de buena voluntad. Además, el fajín
tricolor de La Boulaye era prenda que imponía respeto servil, aun cuando fuera
insignia de un gobierno que proclamaba la libertad, igualdad y fraternidad.
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Llamó al mozo de cuadra para que se encargara de los caballos, y ella fué en
busca de su mejor vino, procurando disimular con jovialidad el recelo de que volviera
al capitán antes de marcharse el diputado. Y así fué. Apenas habíanse instalado a la
mesa, cuando los rumores que se oían a distancia fueron aumentando hasta tomar
definida forma. La intranquilidad de la hostelera subió de punto al ver que La
Boulaye se levantaba, encaminándose a la puerta de la posada. Por la carretera
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avanzaba una numerosa tropa, de la que, a juzgar por las apariencias, formaban parte
los jugadores de bolos. El número de los que llegaban era triple al de éstos, y en el
centro de ellos marchaba un enorme y pesado vehículo, que llamó especialmente la
atención del comisario. Este separóse de la puerta, y se apostó en una ventana, a fin
de saber a qué atenerse, antes de ser visto. La compañía entró el pelotón al patio; su
aspecto formaba singular contraste de harapos y fastuosidad, pero el conjunto era
alegre, los cuerpos recios y las voces fuertes. Con ellos venía el cochero y con tanta
prisa enfiló el portón, que fué milagro que no aplastara a varios, mas con unos
cuantos fustazos y buen acopio de votos y juramentos, logró abrirse camino y se
detuvo en el patio.
La soldadesca seguía clamoreando a las portezuelas, y según pareció a Caron,
unos querían abrirlas y otros se oponían a ello, cuando atravesó la puerta cochera un
corpulento jinete, que era el capitán Charlot Tardivet en persona.
Bramó una voz de mando, y todos guardaron silencio, demostrando una disciplina
emanada del carácter y de los puños de su capitán. Mucho había cambiado Tardivet, y
por su aspecto actual, era digno de sus compañeros. Bajo un rico sombrero de tres
candiles, su despeinada cabellera colgaba como manojos de paja. Vestía casaca de
brocal floreado y una valiosa chupa de terciopelo de color violeta, cortada por un
fajín tricolor. Sus calzones eran blancos, o por lo menos lo fueron en su origen,
desaparecían en unas lustrosas botas de montar que le pasaban de la rodilla. Un sable
de caballería colgaba de su cintura del uniforme, y la culata de una pistola, asomando
por el fajín, completaba lo abigarrado de tan singular figura. Por lo demás, seguía
siendo el mozo de alta estatura y bien trabados miembros, pero denotaba más energía
en el cuadrado mentón, más inteligencia en los azules ojos, y también, ¡ay!, más
brutalidad en la boca, rodeada por una rojiza barba de varios días.
La Boulaye le miraba con interés. Había intimido con él durante su estancia en
París, a donde acudió Tardivet enfurecido por las injusticias y donde fué uno de los
apóstoles de la Revolución. Cuando las fronteras de Francia estuvieron en peligro,
Charlot empuñó las armas y pronto el capitán Charlot, como se le conocía en todo el
ejército, eclipsó la fama del ciudadano Tardivet, como profeta de la libertad. Grandes
cambios eran éstos para el que pocos años atrás era un simple aldeano. Mas ¿no era
aquella época pródiga en ejemplos de esa clase? ¿No llegó a ser un gran general el
cervecero Santere, y no se transformó en dictador el oscuro abogadillo de Arras que
se llamaba Robespierre? ¿Tiene algo de extraordinario que por entonces Charlot
pasara de aldeano a orador, de orador a soldado y de soldado… a qué?
Una sospecha había surgido en la mente de Caron, mientras observaba desde la
ventana. Sus hombres miraban no menos intensamente, sintiendo cierta inquietud por
su propia seguridad, en medio de aquella tropa de tan dudoso aspecto.
En cinco segundos puso orden Charlot en aquel caos humano, y en otros tantos
minutos, sólo quedaban diez hombres en el patio. Los otros habían marchado en
obediencia a las órdenes de Charlot, órdenes que confirmaron las sospechas de
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Caron.
—Volved a vuestros puestos inmediatamente —había dicho—. El que hayamos
hecho una rica presa no es razón para que descuidéis la ocasión de hacer otras no
menos ricas. Tú, Moulinet, toma veinte hombres y patrullad por el camino de
Charleroi hasta lo más cerca posible de la frontera francesa. Tú, Boligny, embóscate
con diez hombres en las cercanías de Condé y guarda la carretera de Valenciennes.
Tú, Aigreville, despliega tus veinte hombres desde Condé a Toumay y vigila
rigurosamente la frontera. Haced una detenida inspección de todo lo que podáis
capturar y no perdáis el tiempo trayendo cosa poco productiva. Ya me cuidaré yo de
que el reparto sea equitativo. March!
Hubo algunos gritos de Vive la République! y otros de Vive le capitaine Charlot!,
y desfilaron con rapidez, dejando al jefe dar algunas órdenes especiales a los diez
hombres que quedaban.
—¡Buenos inválidos están! —dijo La Boulaye por encima del hombro a sus
hombres—. ¡Ah!… Ya sale ahí el amigo del ropón rojo.
El hombre de la cabeza vendada acercóse a Charlot, cogiéndole por una manga y
hablando bajo.
—¡Suelta, bribón! —exclamó el jefe desasiéndose—. ¿Eh? ¿Qué dices?… ¿Un
diputado?… ¿Dónde?
El subalterno señaló con el pulgar a la hostería.
—Sacre nome d’un nome! —gruñó Tardivet, y alejándose con premura de los
hombre a quienes estaba; dando instrucciones saltó los escalones y penetró en el
edificio. Al traspasar el umbral de la sala común, encontróse frente a la gallarda
figura de Caron.
—Te felicito, Charlot —fué el saludo de éste—, por la vigorosa salud que reina
en tu hospital.
Tardivet quedóse un momento inmóvil contemplando al diputado, mas pronto
aclaróse su faz, echóse a reír y con la mano bien extendida avanzó exclamando:
—Mi querido Caron. El encontrarte en Boisvert es un placer con el que no
contaba.
—¿Estás bien seguro —preguntó La Boulaye tomando la ofrecida mano— de que
va a ser para ti un placer este encuentro?
—¿Cómo no ha de serlo, querido amigo? —contestó Charlot, dando palmadas a
Caron en la espalda—. ¡Por santa Guillotina!… Ven a mi cuarto y descorcharemos un
par de botellas de lo bueno.
Sin salir de su estupefacción, La Boulaye se dejó llevar por las mugrientas
escaleras, hasta una desordenadísima habitación, que, por lo visto, servía de sala al
capitán. Del techo pendía una pesada lámpara de cobre, y una mesa coja y unas sillas
desvencijadas, unas y otras sucias y manchadas, componían el mobiliario. Pero en
todos los rincones, y hasta por el centro, amontonábanse prendas de vestir y objetos
diversos, algunas armas, una silla de montar, y tres o cuatro botas. Una botella vacía
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estaba tirada junto a dos llenas, y algunas hojas arrancadas de un libro alternaban en
el suelo con varios naipes muy sucios.
Muchos son los medios que hay para conocer el carácter de un hombre, pero
quizá ninguno tan infalible como el aspecto de su vivienda. Es decir, que toda
persona de mediano entendimiento que penetrara en el salón del capitán Tardivet
quedaría sin la menor duda respecto a los hábitos y hechos de su propietario.
Después de haberse retirado madame Capoulade, dejando servido el vino y
alimentada la chimenea. La Boulaye se volvió de espaldas al ruego, y contemplando a
su antiguo amigo, preguntó en tono muy semejante a una orden:
—¿Por qué no has vuelto al ejército, Charlot?
—¿No te lo han dicho ya? —fué la respuesta, entre enojada y evasiva.
—Según tengo entendido, te enviaron aquí para reponerte de una herida que te
hicieron, hace más de tres meses, en Jemappes, y cuidarte de otros soldados también
heridos, Pero los inválidos seguramente no pasarían de media docena, y aquí hay de
cincuenta a sesenta hombres sanos. ¿Cómo es que no volvéis al frente, como es
debido?
—Porque desde aquí puedo servir mejor a Francia y al mismo tiempo
enriquecernos yo y mis compañeros
—En resumen —observó fríamente La Boulaye—, que de soldados habéis
degenerado en bandoleros.
Charlot miró el fondo de su vaso con evidente turbación. Echóse después a reír, y
desciñéndose la espada, la tiró a un rincón, seguida por el sombrero.
—Siempre has sido exagerado en tus puntos de vista —dijo con pesadumbre
cómica—. Por eso, sin duda, has llegado a tan alto en la política. Más valdría que
hubieras escogido la carrera de las armas para servir a la República… —y señalando
al vino añadió—. Ven querido amigo, brindemos por la Nación.
La Boulaye se encogió de hombros con un suspiro. Por fin se adelantó, aceptando
el vaso.
—¡Larga vida a la República! —fué el brindis de Charlot, al que correspondió el
diputado con una leve inclinación de cabeza y dijo, después de beber:
—Fácil será que viva sin ti, a menos que corrijas la conducta.
—Diable! —exclamó Charlot con un dejo de impertinencia—. ¿Es que no
alcanzas a comprender que yo, a mi modo, también sirvo a mi país? Acabas de
llamarme bandolero… También lo es el general Dumouriez. ¿Cuántas ciudades ha
saqueado?
—Ésas son las contingencias de la guerra.
—Y ésta es otra de ellas. El guerrea contra los enemigos de Francia que viven en
ciudades, y yo, en más reducido círculo, contra los que viajan en coches. Yo me
dedico a los emigrados, esos malditos aristócratas, que todo buen francés tiene el
deber de ayudar a exterminar. Se dirigen hacia las fronteras, cargados de oro, plata y
pedrerías de incalculable valor. ¿A quién pertenecen esas riquezas? A Francia. Harto
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tiempo se les ha consentido disfrutarlas, y ahora tienen la desvergüenza de querer
llevárselas fuera del país. ¿Qué verdadero republicano se atreverá a reprochar mis
actos?… Yo cojo lo que pertenece a Francia y lo reparto entre unos cuantos patriotas
que han vertido su sangre por ella.
—Especioso es el argumento —dijo Caron con ironía.
—Especioso o no, bastará para convencer a la Convención, si ésta me llamara a
declarar —replicó fogosamente Charlot—. ¿Te propones acaso llamar la atención de
la Ejecutiva sobre mis actos?
Los profundos ojos del diputado se miraron fijamente unos momentos.
—¿Conoces alguna razón por la que no deba hacerlo? —preguntó La Boulaye.
—Sí, Caron, la conozco —fué la pronta respuesta—. Estoy bien enterado de la
influencia que tienes en la Montaña. No ignoro que me iría mal en París, si tú te lo
propusieras y lograrais capturarme. Por otra parte, no dudo de que el argumento que
acabo de exponer pareciera aceptable a la Convención, pero tampoco dudo que
reclamarían todo lo recogido, proclamando que esos tesoros pertenecen al Estado, y
me obligarían a devolverlos. Entonces tendría que entregarlos en manos de algún
bandolero político, quien bajo el pretexto de colocarlos en las arcas de la nación, los
trasladaría a su propia casa. ¿No vale más que los disfrutemos nosotros, Caron? ¿Has
olvidado la amistad que nos unió en los primeros días de la Revolución? ¿No te
acuerdas lo que yo he sufrido a manos de esa infernal clase, con la que tú tampoco
tienes motivos de simpatía? Caron, esto no es más que una medida de venganza,
¡vive el cielo!, bastante suave. Ellos me han robado más que la vida, y yo me quedo
con su oro y joyas, y los lanzo insolventes al mundo. Acuérdate de mi esposa —
añadió con furia—, era casi una niña y murió de pena y vergüenza a los tres meses de
nuestras funestas bodas. ¡Voto al infierno! Cuando estos recuerdos vuelven a
despertar, me maravillo de mi propia tolerancia. Me asombro de no matar a azotes a
cada uno de ellos que cae en mis manos, como te azotaron a ti, por haber tratado
infructuosamente de ayudarme.
Detúvose ahogado por la emoción, su rostro imponía pavor. Tras de unos
instantes, preguntó más calmado:
—¿Te he dado bastantes razones para que no trates de interponerte en mi camino?
—Sí —contestó, el convencional—, más de las necesarias, y lamento haber
renovado un dolor que yo creí extinguido.
—Y lo está. Caron… Aunque parezca imposible. Tal vez sea cosa de mi carácter,
o de que las penas duran poco en la juventud. Quizá consista en la vida que llevo de
continua agitación y constantes cambios. En verdad, poco hay en el capitán Tardivet
que recuerde al pobre aldeano que, hace años, escogió a María por esposa. Ya no soy
el mismo hombre, y entre las cosas que he desechado se cuentan las penas, que eran
propiedad del antiguo Charlot. Pero hay memorias que no pueden morir por
completo, y si ya no lloro a mi infeliz muerta, el recuerdo de la deuda que existe entre
la nobleza y yo sigue fresco en mi mente, y no pierdo ocasión de irla cobrando. Pero
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basta de este asunto… Cuéntame algo de ti, ya hace un año desde que nos vimos, y en
ese tiempo ya sé que has avanzado mucho. Háblame de tu vida.
Acercaron las sillas al fuego, y charlaron hasta que el temprano ocaso de febrero
les sorprendió en plenas remembranzas. La Boulaye había querido llegar a
Valenciennes aquella misma noche, mas cambió de idea, prefiriendo pasarla en
Boisvert, resolución en la que tuvieron gran parte las instancias de Charlot.
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CAPÍTULO IX
LAS CAUTIVAS
E NTRE los sórdidos objetos que llenaban el aposento particular del capitán, éste y
su amigo cenaron aquella noche. La cena correspondía al tono general de la
casa, una grasienta bazofia poco halagadora para el fino paladar de La
Boulaye. Pero el vino, sin duda robado al mismo tiempo que las copas de plata, era
excelente, y mientras Caron lo saboreaba como buen catador, Charlot abusaba de él a
estilo soldadesco.
Estaban sentados frente a frente, con la mesa entre los dos. Un mantel
relativamente limpio cubría las manchas, y la iluminación consistía en cuatro cabos
de vela puestos en suntuosos candelabros, obra maestra de orfebrería que, según el
capitán, pertenecían a un príncipe de la sangre.
A medida que avanzaba la noche, Charlot se hacía más fanfarrón y confidencial.
Por último llegó a hablar de la última presa que había hecho.
—He cogido botines, Caron —dijo Charlot—, que no desdeñaría un monarca;
pero el de hoy… —Y levantó las cejas con expresión ponderativa.
—El de hoy ¿qué? —preguntó La Boulaye, curioso.
—El de hoy supera a todos los anteriores juntos. Era una berlina pesadota y poco
llamativa. A dos dedos estuvieron mis hombres de cederle el paso, pero yo tengo un
olfato, mon cher —y se llevó significativamente el índice a la nariz—. A mil leguas
olfateo yo a un aristócrata. Y me arrojé sobre el vehículo, como gavilán sobre
indefensa paloma. Dentro iban dos mujeres cubiertas por espeso velo, y te doy mi
palabra de que casi me compadecí de ellas, pues seguramente ya se felicitaban por
haber escapado de Francia. Pero el sentimentalismo sería fatal, si se le permitiera
intervenir en las empresas, y ahogando mis condolencias las mandé apearse, lo que
hicieron sin replicar. Les permití que conservarán los velos. Otras cosas me interesan
más que caras de mujer, y una somera inspección del coche hizo que me felicitara a
mí mismo por mi buen acierto. Levanté el asiento del testero y vi que éste era un
cojín disimulado y tan repleto de oro y plata labrada, que su valor excedía a todas mis
anteriores capturas. Mas no era esto sólo; bajo el asiento opuesto iba un cofrecito que
contenía por lo menos dos o tres mil luises de oro, y además una arquita con joyas,
que valía más que todo el resto del tesoro oculto en aquel coche. Te aseguro, Caron,
que dejé caer los almohadones del asiento más de que prisa, pues no quería que mi
gente supiera tanto como yo. Mandé subir de nuevo a las mujeres, y con buena
escolta las traje aquí.
—¿Y esos tesoros? —preguntó La Boulaye.
—Aun están en el coche con las mujeres, a las que he dicho que pasaran en él la
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noche. Mañana las dejaré libres, que es proceder más generoso del que hubieran
obtenido en otras manos. Cuando se hayan marchado, repartiré el botín. —Y
haciendo un guiño, prosiguió—: A mis hombres les daré el dinero y la plata labrada,
y yo sólo me reservaré la arquita de hierro repujado. Mis compañeros alabarán mi
generosidad, dándose por satisfechos, y en cuanto a mí… ¡Por Santa Guillotina!…
Deseos me dan de emigrar e instalarme como un gran señor en Prusia o Inglaterra,
pues en la tal arquita hay una cuantiosa fortuna. Esta tarde te preguntaba si tenías
intención de denunciarme en París… ¡A fe, que poco me importa! Pues antes de que
tú llegues allí, el capitán Charlot no será más que un nombre en las tropas de la
República, y yo, en el extranjero, me haré llamar monsieur Charles de Tardivet,
dormiré en sábanas de Holanda, y me nutriré de trufas y champaña. ¡A tu salud,
Caron!
Y vació el vaso, riendo ante tan seductora perspectiva.
—¿Tienes confianza en tu gente? —preguntó La Boulaye.
—¿Eh?… ¡Confianza!… ¡Mil rayos! ya me conocen. He puesto de centinela a los
diez más fieles, y responden con su cabeza del cumplimiento de su cometido… Ven
acá…
Se levantó, cruzando la estancia con paso algo inseguro, le siguió su invitado y,
mirando en la dirección que le señalaba, vió el coche a la luz de una hoguera que
habían encendido los centinelas, para calentarse.
—¿Te parece seguro?
—Si… no digo que no… Pero ¿y si a esos tunantes se les metiera en la cabeza
que es mejor repartir el tesoro entre diez que entre sesenta?
—¡Por Satanás! —juró Charlot con impaciencia—. Poco te fías de mi ingenio.
¿Por quién me tomas? ¿Te figuras que he pasado lo que he pasado, para no saber
cómo se puede uno fiar de esta gentecilla?… ¡Bah!… Mira la puerta cochera, el
portón está cerrado, y la llave en mi bolsillo. ¿Piensas que la pueden echar abajo sin
que se entere nadie? En cuanto a los caballos, están encerrados en la cuadra, y
también tengo yo la llave. Conque ya ves que no lo fío a la fidelidad de los diez; más
seguros.
—Ya veo que te has vuelto muy cauto —asintió La Boulaye riendo.
—He aprendido en dura escuela —contestó el capitán—, en una escuela
monstruosamente dura.
Volvióse de espaldas a la ventana, y la luz de las bujías, que cala de plano sobre
su atezado semblante, reveló una contracción de dolor, causada por sus tristes
recuerdos. De pronto soltó una carcajada entre humorística y amarga.
—Vaya —dijo—. Dejemos el pasado… Charlot, el novio de Bellecour, y el
capitán Tardivet, son dos hombres muy diferentes.
Volvió junto a la mesa, llenó la argentada copa y la vació de un solo trago.
Apoyóse después en la chimenea y durante unos momentos quedóse de espaldas a su
invitado. Cuando se reunió con él, toda señal de emoción había desaparecido de su
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rostro. Era desvergonzada y dura faz del capitán Charlot, un poco más dura y
desvergonzada que de costumbre, por el exceso de vino que enrojecía sus mejillas y
hacía brillar sus ojos.
—Caron —dijo sonriendo—. ¿No podríamos invitar a esas damas, para que nos
acompañaran en la cena?
—¡Dios me libre! —exclamó alarmado La Boulaye.
—Pues yo quiero mujeres —insistió el otro, acercándose de nuevo a la ventana.
Caron le detuvo al pasar junto a él.
—No hagas eso, Charlot —rogó en tono grave—. Róbales su fortuna, déjalas sin
amparo en el mundo; pero acuérdate siquiera de que son mujeres.
Charlot, con una grosera carcajada, dijo:
—¿De eso quieres que me acuerde ahora? Bien se acordaban de nuestras mujeres
esos perros de aristócratas.
Tan horrorosa verdad encerraban las palabras del bandolero, y tan amargos deseos
de desquite revelaba su talante, que el diputado le soltó el brazo, no encontrando
argumentos con que detenerle.
—Pardi! —prosiguió Charlot—. Me pide el cuerpo un poco de broma. ¿Acaso no
tengo derecho para exigir que esos aristócratas me diviertan?
Y con un juramento, abrió la vidriera.
—¡Guyot! —gritó, obteniendo inmediata respuesta—. Saluda en mi nombre a las
ciudadanas que están en el coche, y diles que el capitán Tardivet solicita el honor de
que le acompañen a la mesa.
Después fué hacia la puerta y, abriéndola, llamó a la viuda Capoulade, para que
añadiera dos cubiertos a los de la mesa. La Boulaye permaneció junto a la chimenea,
con una expresión impasible, casi indiferente. Al acercarse nuevamente Charlot a la
ventana, supo por boca de Guyot que las ciudadanas agradecían mucho la atención
del capitán, pero estaban tan fatigadas, que preferían permanecer en el coche.
—¡Por los cuernos de Satanás! —exclamó Tardivet con voz pastosa, pues el vino
le iba dominando por momentos—. ¿Es que se proponen desafiarme? Puesto que se
niegan a aceptar una invitación, oblígalas a obedecer una orden… Traélas sin demora,
Guyot.
—¡Al punto, mi capitán! —fué la respuesta, y el lugarteniente se dispuso a
ejecutar el mandato.
Charlot cerró la ventana volviendo junto a la mesa.
—Por lo visto quieren coquetear esas perfumadas damitas —dijo en tono de
burla, llenándose la copa—. ¿No bebes, Caron?
—Me parece prudente que uno de los dos conserve la cabeza despejada —
observó con calma el diputado, pues aunque los argumentos de su amigo encontraban
cierto eco en su corazón, siempre le inspiró repugnancia el presenciar escenas como
la que se preparaba.
Charlot no contestó. Apuró la copa, dejándola de golpe, arrojóse después sobre
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una butaca y estirando sus largas piernas, púsose a tararear el estribillo de La
Marsellesa.
Así pasaron unos minutos. Por fin se oyó crujir la escalera bajo los pies de los que
subían y la ruda voz de un soldado que mandaba darse prisa a las damas.
Abrióse por último la puerta, dando paso a las dos señoras, seguidas por Guyot.
Charlot se puso en pie.
—¿Ya estáis aquí, mesdames? —dijo Tardivet olvidando el tratamiento impuesto
por la Convención, y tratando torpemente de hacer una reverencia—. Muy bien
venidas… Guyot, vete al diablo.
Después de marcharse el soldado, las damas quedaron en la parte obscura de la
estancia, mas a una indicación de Charlot, que no osaron desobedecer, adelantáronse,
penetrando en el radio de luz. Simultáneamente. La Boulaye retuvo la respiración,
avanzando unos pasos, que retrocedió en seguida hasta que tocó la repisa de la
chimenea con la espalda, Y desde allí quedóse contemplando a las recién venidas,
que aún no habían reparado en él.
No llevaban sombrero, y habiendo echado atrás la tupida blonda con que se
cubrían la cabeza, revelaron a los asombrados ojos del convencional los conocidos
rostros de la marquesa de Bellecour y de su hija.
También las reconoció Charlot en el momento de exponerse a plena luz. Quedóse
inmóvil en el acto de ofrecerles un asiento, devorando a la una después de la otra, con
una mirada de la que, de repente, parecía borrada la borrachera. Desapareció el
arrebolado color de su rostro, y sus labios temblaron como los de un hombre que trata
de dominar su emoción. Poco a poco volvió el color a sus mejillas. Su grosera boca
se plegó en burlona mueca, y en sus ojos brilló una perversa llama.
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El intenso silencio quedó roto por el ruido que hizo al caer la silla que tenía
Charlot en las manos. Se inclinó hacia delante, y La Boulaye pudo leer en el rostro
del bandolero la idea que había surgido en su mente. A no tratarse de Susana de
Bellecour, el revolucionario no habría dejado de admirar lo sabio de la ley de
compensaciones. La esposa y la hija del marqués de Bellecour habían caído en manos
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del hombre a quien aquél deshonró la novia, proporcionándole una maravillosa
venganza. Mas no se detuvo a hacer estas reflexiones, aunque no le pasara por alto la
cruel ironía del Destino. La diabólica llama cu los ojos de Charlot y su siniestra
sonrisa no dejaron duda al diputado sobre el género de venganza elegido por el
capitán, y esto era más que suficiente para absorber toda la atención del ex secretario.
Aún no lo habían visto las mujeres. Las inquietaba demasiado el personaje que
tenían delante y con angustia que delataba la palidez de sus mejillas y lo agitado de
su respiración, esperaban inmóviles. Por último, el capitán irguió su corpulenta
figura, y echándose a reír, dijo con insultante cortesía.
—Mesdames… nosotros los republicanos hemos abolido a Dios y hasta esta
noche he creído que tenían razón los que lo afirmaban, pero en este momento,
señores, declaro que la República está en un error. Hay un Dios de justicia y de
retribución que os ha entregado en mis manos. Miradme bien, ci-devant, marquesa, y
vos también mademoiselle de Bellecour. Miradme al rostro y recordad si me
conocéis. Puede ser que no; pasabais en vuestra carroza y nunca fijasteis la atención
en mi humilde persona. Pero ¿no habéis oído hablar de un tal Charlot Tardivet, a
quien vuestro esposo y padre robó la mujer en el mismo día de la boda? ¿No oísteis
mencionar el nombre de María Tardivet, una pobre muchacha que murió a
consecuencia de esta brutalidad? Pero no, tales hechos son demasiado triviales para
que los conservéis en la memoria. ¿Qué era la vida de una aldeana, o la de cualquier
animal doméstico, para perturbar la serenidad de vuestra aristocrática existencia?
Pues ese Charlot Tardivet, señora, soy yo, y esa María era mi esposa. No sabía
quiénes erais cuando os invité a cenar, pero ahora que lo sé… ¿Por qué me miráis con
tal fijeza?
La marquesa, muy pálida y casi sin aliento, aún halló fuerzas para contestar con
altivez:
—Procuramos despertar en vos el recuerdo de que somos mujeres, y a menos de
que seáis tan cobarde como…
Charlot le cortó la palabra con una carcajada, añadiendo después, como ya había
contestado a Caron:
—¿Acaso no lo era tanto como vos mi esposa?… ¡Bah!… También anda por aquí
uno que tiene quejas de vuestra casa —señaló a La Boulaye, que, pálido y rígido,
permaneció junto a la chimenea.
Las damas volvieron la cabeza y un grito se escapó de los labios de Susana. Era
un grito de esperanza, pues seguramente había allí uno que no dejaría de prestar
ayuda. Con esto, pensó ella, no había contado el capitán. Pero La Boulaye seguía frío
e inmóvil sin corresponder a la presentación ni con un simple saludo. Charlot,
equivocando el sentido del grito, observó riendo en el vocabulario republicano.
—Razón tienes para gritar, ciudadana, y ya veo que a éste al menos le reconoces.
Es el hombre que intentó arrancar mi esposa a las garras de tu noble padre. Por su
buena acción fué azotado hasta que le tuvieron por muerto. ¿No te parece una feliz
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casualidad que él esté junto a mí para recibiros?
—Pero éste, al menos, también me debe a mí algo —dijo mademoiselle. Y
sostenida por una excitación hija de la esperanza, dió un paso adelante, diciendo a su
antiguo adorador—: Cualquiera que pueda ser la falta de mi padre, estoy segura de
que monsieur La Boulaye no lo hará recaer sobre su hija, y segura estoy de que no
olvida su deuda.
Charlot frunció el ceño con displicencia y volvióse hacia su amigo, que respondió
fríamente:
—La deuda ya está pagada, ciudadana.
Ante esta desalentadora contestación, retrocedió mademoiselle, repitiendo
maquinalmente:
—¿Pagada?
—Sí; pagada —insistió él—. Me pedisteis la vida de vuestro hermano como pago,
y yo os la concedí. ¿No os parece que estamos en paz? Además —añadió con leve
encogimiento de hombros—, el capitán Tardivet es aquí el amo… A él debéis dirigir
vuestras súplicas, ciudadana.
Con el terror pintado en el bello semblante, volvió la mirada a Charlot, que puesto
en jarras y con la inflamada cabeza ladeada, fijaba en ella los ojos con expresión de
burla y complacencia.
—¿Qué es lo que intentáis, monsieur? —preguntó ella, con voz ahogada.
El militar contestó sonriente:
—Cálmate, cálmate, cálmate… Me propongo ser muy amable.
—Me basta con que seáis generoso —insinuó la noble doncella.
—También lo seré, ciudadana —asintió el bandolero en el tono que se emplea
para tranquilizar a un insensato—. Seré generoso… tan generoso como lo fué tu
señor padre.
La Boulaye temblaba interiormente, sin que se alterara la impasibilidad de su
rostro, al contemplar la dramática escena.
—¡Monsieur! —exclamó Susana con horror.
—¡No te atreverás, canalla! —tronó la marquesa.
Charlot soltó una risotada, que acabó de exasperar a la dama. Sus opulentas
carnes, que poco antes temblaban de miedo, temblaban ahora con más violencia por
el enojo, que devolvió el color a sus mejillas, poniéndolas como la grana. Con voz
agitada y chillona, empezó a vomitar vituperios que obligaron a Charlot a taparse los
oídos.
—¡Silencio! —bramó el capitán, con tan salvaje acento, que hizo decaer de súbito
el ánimo de la prisionera—. Yo pondré término a este escándalo. —Y abriendo la
puerta, gritó—: ¡Eh!… ¡Guyot!, ¿estás ahí abajo?
—¡Aquí estoy, capitán! —contestó una voz.
Charlot retrocedió sobre sus pasos, dejando la puerta abierta, y sus ojos se
posaron en Susana con tan lúbrica expresión, que ella se estremeció como lo habría
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hecho al contacto de un animal inmundo. Acercóse a su madre, que tras del breve
acceso de furia, había caído en otro de llanto.
Los pesados pasos de Guyot hicieron crujir los escalones.
—¡Madre! —exclamó Susana, abrazando a la dama con el vano intento de
consolarla.
A los oídos de ambas llegó la voz del jefe, mandando en breves palabras a Guyot
que se llevara a la marquesa al coche.
Madame de Bellecour recobró su energía, para exclamar, echando fuego por los
ojos cargados de lágrimas.
—¡No quiero ir!… Me niego a separarme de mi hija.
Charlot se encogió de hombros groseramente y dijo:
—Llévatela, Guyot.
El robusto soldado obedeció con una rudeza en la que no hacían mella las
prerrogativas del sexo ni de la cuna.
Cuando el último grito de la marquesa se perdió en la distancia, el capitán
volvióse de nuevo hacia su bella prisionera, haciendo esfuerzos por dar a su
abotagado semblante expresión agradable, mas la llama de sus ojos claros acrecentó
la alarma de la joven cautiva.
Ésta permanecía inmóvil, erguida y pálida. El miedo que reflejaba su rostro aún
hacia más interesante su deslumbradora belleza. Sus grandes ojos de zafiro brillaban
tras el doble cerco de largas pestañas negras, su cerrada boca permitía admirar el
perfecto dibujo de los labios, y sus manos se unían con ademán suplicante. Pero en el
endurecido corazón de Charlot no tuvo lugar ni un soplo de piedad. Contemplaba su
hermosura y recordaba sus agravios… Quizá si ella hubiera sido menos hermosa,
habría si él más clemente.
Hacia el fondo, apoyado en la chimenea, seguía La Boulaye como una estatua,
inmóvil e inmutable. El capitán hablaba sonriente y afectuoso a la joven prisionera, a
quien el silencio del diputado angustiaba aún más que las palabras del militar. Por
crítica que fuera la situación, ella no pudo menos que despreciarse a sí misma, por
haber sentido cierta gratitud, muy parecida a inclinación hacia aquel hombre, que si
entonces, en respuesta a su intercesión, concedió la vida a su hermano, hoy
demostraba tener un alma bastarda.
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CAPÍTULO X
EL «BAISER LAMOURETTE»
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aquel instante los fines vengativos de su acción. Sintió que los musculosos brazos del
bandolero rodeaban su cuerpo, cual los tentáculos de un pulpo, y, enloquecida de
horror y vergüenza, hizo un esfuerzo sobrehumano, logrando desasirse. Mas con una
blasfemia, el beodo se precipitó sobre ella. Entonces ocurrió lo inesperado; sobre la
cabeza de aquél relampagueó algo brillante… sonó un golpe sordo, detúvose el
capitán y tras de agitar el aire con los brazos, desplomóse pesadamente al suelo,
quedando cual masa inerte a los pies de Susana.
Esta, al otro lado del yacente cuerpo, vió a La Boulaye, con la sombra de una
sonrisa en los finos labios y en la mano uno de los pesados candelabros de plata que
había sobre la mesa.
Mientras una persona hubiese podido contar hasta doce, permaneció sin
pronunciar palabra; después dijo con tono de pesar:
—Ha sido un golpe de cobarde, ciudadana, pero no tenía elección. —Dejó el
candelero en su sitio y arrodillándose junto a Charlot, le puso la mano sobre el
corazón, murmurando al mismo tiempo—: Esa puerta… Cerradla aprisa.
Maquinalmente y sin replicar, la joven obedeció. Al rechinar la llave, levantóse
Caron, diciendo:
—No está más que atontado… pero hay que preparar algo que lo justifique.
Arrastró una silla bajo la pesada lámpara de latón que colgaba del techo. Se subió
a la silla, asiendo con ambas manos la cadena que sostenía la lámpara, tiró con toda
su fuerza, hasta que cedió el garfio y en medio de una lluvia de yeso, casi perdió el
equilibrio La Boulaye.
—Ya está —dijo éste, dejando cadenas y garfio inmediatos a Charlot—. Tal vez
no sea tan convincente como debiera, pero bastará para los cortos alcances de la
hostelera y de los brutos que siguen a Charlot. Temo —añadió contristado— que
tardará bastante en recobrar el conocimiento… Estaba tan ebrio, que poco ha
necesitado para caer.
De nuevo encontráronse sus miradas, y Susana, con las manos extendidas, avanzó
hacia él exclamando:
—Monsieur… monsieur… Si supierais cómo hace poco os he ofendido con el
pensamiento…
—Razón teníais para hacerlo —contestó él cogiendo las manos de ella a cuyo
contacto se dulcificó la dureza de su fisonomía—. Mucho me pesaba aumentar
vuestra aflicción, mas si yo hubiera dejado sospechar que no era vuestro mortal
enemigo, no me fuera posible ayudaros. Me habría echado de aquí y yo, de buena o
mala gana, hubiese tenido que obedecer, puesto que él es aquí el amo, y cuenta con
bastante gente para poner por obra sus deseos.
Y como ella quisiera reiterar su gratitud, la interrumpió casi bruscamente,
diciendo:
—No me deis las gracias… sólo he hecho lo que corresponde hacer a un hombre
por cualquiera mujer que esté en vuestra situación. Por esta noche os he salvado.
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Haré cuanto de mí dependa para que podáis escabulliros de Boisvert vuestra madre y
vos; pero después tendréis que valeros solas.
—¿Lo haréis así? —preguntó ella con renovada esperanza.
—Lo intentaré al menos.
—Mas… ¿por qué medios, monsieur La Boulaye?
—Eso aún no lo sé; tengo que pensarlo. Mientras tanto, lo mejor será que volváis
al coche. Más tarde os enviaré a buscar, a vuestra madre y a vos y procuraré arreglar
las cosas de modo que no volváis a él.
—¿Que no volvamos a él? —preguntó Susana sobresaltada—. ¿Hemos de dejarlo
aquí?
—Mucho temo que no haya más remedio.
—Pero monsieur, ¿no sabéis que toda nuestra fortuna está en ese vehículo? No
podemos salir de aquí despojadas…
—Preferible será salir despojadas que no salir, mademoiselle… Siento no tener
cosa mejor que ofreceros —dijo él, con cierta impaciencia.
Le irritaba que, en momentos como aquellos, Susana manifestara tanto interés por
los valores. Pero, en realidad, ella pensaba más bien en su madre, en su padre y en su
hermano, que ya los esperaban en Prusia. El tono de él hirió los sentimientos de la
joven, haciéndole olvidar lo mucho que le debía y a punto estaba de pronunciar una
palabra de reproche, cuando él extendió el brazo.
—¡Chitón! —murmuró con el gesto de quien aguza el oído. Su fina percepción
había alcanzado un ruido, del que ella, por sus grandes preocupaciones, no se había
dado cuenta.
Corrió él al lado del capitán, y cogiendo la lámpara, dió un salto de acróbata y se
dejó caer sobre los talones con un golpe que hizo retemblar el suelo.
Simultáneamente soltó la lámpara y el ruido de su caída despertó los ecos del viejo
caserón.
La joven le miraba con ojos y boca abiertos por el estupor… ¿Sería aquello un
ataque de repentina locura?
Mas, por fin, percibieron sus oídos el ruido que él anunció. Eran pasas en la
escalera, que al oír aquel estrépito, apresuraron la marcha, y antes de que llegaran ya
estaba el diputado con la puerta abierta, vociferando como un poseído.
La primera en entrar fué la hostelera, sobrecogida de miedo, seguida de cerca por
Guyot, que subió a saltos, atraído por el porrazo.
A la vista del exámine cuerpo del capitán, sonaron simultáneamente un grito de la
Capoulade y un juramento del soldado.
—¡Mon Dieu!… ¿Qué ha pasado? —exclamó ella, acudiendo presurosa.
—¡Miserable! —exclamó La Boulaye con bien fingida cólera—. Según parece,
vuestra hedionda guarida se cae a pedazos y no se está seguro bajo su techo. —Y
señaló al boquete y a la lámpara.
—¿Cómo ha sucedido esto, ciudadano diputado? —preguntó el sargento, quien
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carecía de imaginación para reconstruir la escena.
—¿No lo estáis viendo? —contestó Caron con impaciencia—. En cuanto a ti,
miserable ventera, lo pagarás muy caro. La Nación sabrá poner precio a las lesiones
causadas al capitán Charlot.
—¡Pero, bon Dieu!… ¿Qué culpa tengo yo? —gimió la aterrada hembra.
—¡Culpa! —repitió La Boulaye aparentemente furioso—. ¿No eres acaso la
culpable de alquilar habitaciones ruidosas? Si albergaras émigrés nada habría que
decir, pero si las alquilas a buenos patriotas, y, con condiciones ruinosas? Si
albergaras émigrés nada habría que decir a los resultados. Y los resultados, en esta
ocasión, serán muy graves, malheureuse.
Y volviéndose a Guyot, que de rodillas examinaba las contusiones de su jefe,
mandó en tono breve:
—Tú… Guyot… conduce a la ciudadana al coche… Quizá se la vuelva a llamar
cuando el capitán haya recobrado el sentido, y tú, ciudadana Capoulade, ayúdame a
echarle en la cama.
Ambos obedecieron, el uno con la habitual presteza del solidado, y la otra con la
torpeza natural de una mujer asustada.
Llevaron a Charlot a su lecho, y cuando volvió en sí, al cabo de media hora, fué
para encontrar a Guyot a su cabecera. Muy alarmado, pidió explicaciones de su
postura actual y del dolor que sentía en la cabeza, que debía presumir del golpe
recibido, última cosa que recordaba. Guyot, sin concebir ni la más leve sospecha
sobre la veracidad de la mise en scéne preparada por Caron, explicó
circunstancialmente el fortuito accidente, y Charlot se desató en maldiciones contra
los techos que se desmoronan, y las lámparas que se caen. Desahogada su furia, quiso
levantarse, mas entonces entró Caron, insistiendo en que se quedara en la cama.
—¿Estás loco —expuso el diputado— o no te das cuenta de la importancia de tus
lesiones?… Diable! He visto morir a un hombre por su empeño en levantarse después
de haber recibido un golpe en el cráneo, mucho más leve que el tuyo.
—¡Voto a mil diablos! —exclamó Charlot, que era muy ignorante en esas
materias… y crédulo por consecuencia—. ¿Tan grave es?
—No será nada si te estás quieto y duermes. Es lo más probable que mañana estés
bueno. Pero si te levantas esta noche… las complicaciones podrían ser fatales.
—Pero yo no puedo dormir a estas horas —dijo apurado el bandolero—. Tengo
costumbre de acostarme tarde.
—Entonces tendremos que darte alguna poción calmante —contestó La Boulaye
—. Espero que la hostelera tendrá algo que responda a este propósito. Mientras tanto,
Guyot, no permitas que hable el capitán. Recuerda que para estar bueno mañana, ha
de tener absoluto reposo esta noche.
Con esto, salió del cuarto, en busca del narcótico necesario. Encontró a la
Capoulade, a quien dijo que las lesiones del capitán eran graves, y probablemente le
causarían la muerte, a menos que pudiera dormir varias horas. Avivada por el terror
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de que tal desgracia pudiera ocurrir en su casa, la viuda rebuscó en un cajón y pronto
sacó de él un frasco mediano de una substancia obscura y viscosa. Se lo trajo el
médico, según dijo ella, a su difunto esposo, durante su última enfermedad, y podía
afirmar que diez gotas de aquella mixtura hacían dormir a un hombre durante
veinticuatro horas.
Caron administró al paciente las diez gotas en un vaso de vino tinto, y al cuarto de
hora de tomadas, la profunda y acompasada respiración de Charlot anunció un
tranquilo sueño.
Obtenido el resultado, La Boulaye envió a Guyot a su puesto y volviendo al
cuarto en que habían cenado, paseó de arriba abajo durante una hora, rumiando
planes para la fuga de las prisioneras.
Las diez serían ya, cuando abrió la ventana y desde ella, según vió hacer a
Charlot, mandó al sargento que subiera las mujeres. El subalterno conocía la alta
posición que La Boulaye ocupaba en la Convención, y no vaciló en obedecer.
El diputado cerró la ventana, a paso lento encaminóse a la chimenea y, tras de
empujar las brasas con la punta de la bota, se quedó esperando. No tardaron en crujir
los peldaños, y un instante después abrióse la puerta para dar paso a mademoiselle
conducida por Guyot.
—La más vieja no quiere venir, ciudadano diputado —dijo el sargento—. Las dos
insisten en que no es necesario, y que esta ciudadana basta para contestar a todas las
preguntas.
Ya estaba Caron a punto de mandar por la marquesa, cuando una significativa
mirada de Susana le hizo variar de opinión, al menos hasta saber qué razones tenían
para oponerse a su voluntad.
—Está bien —añadió brevemente—, puedes retirarte, Guyot, pero no te alejes,
por si te necesito.
El soldado giró sobre los talones después de saludar. Un instante después de
cerrada la puerta, Susana acercóse vivamente al comisario diciendo:
—El cielo favorece nuestros planes. Los soldados están bebidos sin medida, y la
vigilancia que ejerzan no será muy estrecha.
Él la miró un instante, tratando de adivinar sus intenciones, y preguntó:
—¿Por qué no os ha acompañado la marquesa?
—Tenía miedo de dejar el coche… Además me parece que su presencia no es
necesaria.
—¿Qué no es necesaria? —repitió él—. Pues yo opino lo contrario. Cuando
hemos hablado antes aquí mismo, os dije que no volveríais al coche. He aquí mi plan.
Mantendré a Guyot abajo en tanto que vos y vuestra madre recuperáis las fuerzas
tomando algún alimento. Luego le mandaré que vigile de muy cerca el coche, porque
no volveréis a él durante la noche. Una hora después, poco más o menos, cuando todo
esté en silencio, hallaré medio de haceros salir por la puerta de atrás. El resto corre de
vuestra cuenta. Yo no puedo hacer más.
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—Sí que podéis —exclamó ella—; sí que podéis.
—¿Yo?… ¿Cómo? Dignaos iluminarme —contestó él, con leve tono de ironía.
Ella contempló un instante la severa frente, la sardónica sonrisa y los profundos
ojos del revolucionario, pareciéndole que le odiaba más que a nadie en el mundo. Era
tan frío, tan dueño de si mismo y le hablaba en un tono que, pareciendo el de un
igual, le hacía sentir su superioridad moral. Si había un hombre en la tierra que
reuniera las cualidades de que se envanecían los aristócratas, ese hombre era el
ciudadano La Boulaye.
—No soy yo la que ha de iluminaros —dijo ella por fin—. Bastaría con que
tuvierais deseos de hacerlo.
—Mis deseos no pueden ser mejores, ciudadana —observó él— y creo que estoy
dando pruebas de ello.
—Sí, los deseos de hacer lo que haríais por cualquiera otra mujer en mi caso, ya
lo habéis dicho —repitió ella— cuando rechazasteis mi gratitud. Y ese mismo
sentimiento de vuestra virilidad, que os hizo salvarme, es, sin duda, el que os impulsa
ahora a entregar dos indefensas mujeres en manos de esos bandidos.
—¡En nombre del cielo, ciudadana! —exclamó el sorprendido diputado—. ¿A
qué otro sentimiento queréis que haya obedecido al salvaros?
Ella tardó en contestar. Con las mejillas pálidas y los ojos bajos, dió un paso hacia
él, diciendo en voz baja:
—En los antiguos tiempos de Bellecour me habríais, defendido a impulso de otro
sentimiento.
Él se estremeció a despecho de sí mismo y la miró con súbita expresión de
esperanza, de triunfo o de desconfianza; tal vez de todo esto había en la repentina luz
de sus ojos. Apagóse su mirada, y en tono pensativo contestó:
—Aquellos días pasaron, señorita, para no volver.
—Los días quizá —contestó, ella animada por el tono de él—, pero el amor no
pasa… porque es eterno, según dicen.
Ahora fué Caron el que se acercó, y el hombre que tan rígidamente había
aprendido a dominar sus emociones sintió que le faltaba la respiración y que su pulso
aceleraba sus labios. A él le parecía que ella tenía razón, que el amor no muere nunca,
pues el que ella le inspiraba y creía haber eliminado de su existencia desde mucho
tiempo atrás, resucitaba en su pecho con más pujanza que nunca.
Cual si una ráfaga del pasado le acariciara el rostro, creyó que a su olfato llegaba
el aroma de las violetas que en las húmedas praderas de los bosques crecen en el mes
de abril, como en la mañana en que ella rechazó su amor en el parque de Bellecour. A
este recuerdo disipóse su emoción y retrocediendo, dijo fríamente:
—Y suponiendo que viviera, ciudadana —da forma republicana de dirigirse a ella
daba a entender que entraba de nuevo en la realidad—, ¿qué especie de insensato
sería yo si me expusiera nuevamente al desprecio con que se me insultó la primera
vez que lo descubrí?
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—Eso pertenecía a los antiguos días —exclamó Susana— y ha muerto con ellos.
—Es inútil volver al pasado, ciudadana —interrumpió con tono de dura
determinación.
Ella se cubrió el rostro con las manos, mordiéndose los labios. Si antes creyó
odiarle, ¡cuánto más le aborrecía ahora!, y, sin embargo, en algunos momentos casi
llegaba a amarle. Le había tendido las manos y él, en cambio, las desdeñó. En su
angustia había olvidado lo que a sí misma se debe una doncella noble, y sólo recogía
humillaciones. Temblando de vergüenza y despecho, dejóse caer en la silla más
cercana y prorrumpió en copioso llanto.
Por casualidad encontró el arma a la que no podían resistir las determinaciones de
Caron. No conociendo el origen verdadero de aquellas lágrimas, las atribuyó a un
sincero arrepentimiento, y corrió a su lado.
—Mademoiselle… —murmuró con tono tan suave como el de antes era
imperioso—. No, mademoiselle… os lo suplico…
Pero las lágrimas seguían corriendo y los sollozos agitaban el esbelto cuerpo, cual
si intentaran romperlo. Él, deseando verle el rostro, se arrodilló a su lado, y casi
inconscientemente rodeó su fino talle con un brazo, en caricia protectora.
—Mademoiselle… —murmuró Caron aún más quedo.
Ella, consciente de su triunfo, alzó los ojos y su celeste mirada se perdió en las
profundidades de la de él.
—No me creeréis, quizá —dijo con tono que parecía un murmullo— si os digo
que el tiempo me ha cambiado mucho, y que hoy veo las cosas de modo muy distinto
que antes. Si volvierais ahora a decirme… lo que me dijisteis en los bosques de
Bellecour… —e interrumpiendo la frase, cubrióse el encendido rostro con las manos.
—¡Susana! —exclamó él procurando apartar aquellas manos—. ¿Será posible?…
¿Me amáis?
—Razón tenía yo —susurró ella—. Ya lo veis, el amor nunca muere.
—¿Consentiréis en ser mi esposa, Susana? —preguntó él con acento de
incredulidad.
Susana hizo una señal afirmativa, sonriendo a través de sus lágrimas. Él quiso
estrecharla entre sus brazos, pero la joven se levantó, y poniéndose un dedo en los
labios murmuró:
—¡Chitón! Alguien viene.
Él, conteniendo la respiración, aguzó el oído, sin oír nada; abrió la puerta… El
silencio era completo. Mas la interrupción sirvió para darle a entender que no se
debía malgastar el tiempo, y que, por poco perspicaz que fuera Guyot, la
prolongación de la entrevista podía despertar sus sospechas.
Así se lo dijo a Susana, y de nuevo empezó a hablar de su plan para la fuga. Mas
ella le interrumpió insistiendo en marcharse en el carruaje, a fin de salvar el tesoro.
—Pero, Susana, sed razonable… eso es imposible.
Una nube de contrariedad pasó por el bello semblante de ella.
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—¡Imposible, seguramente que no!… —respondió Susana—. Escuchad, Caron;
en ese coche van dos tesoros, uno en monedas, y en plata y oro labrado, y el otro es
en piedras preciosas, y su valor triplica al del primero. Este último es mi dote. Es una
fortuna que nos permitirá salir de Francia y vivir con desahogo donde queramos.
¿Pretendéis que yo llegue a vos sin un céntimo y me vea obligado a vivir en perpetua
alarma en un país donde la sola acusación de aristócrata basta para estar en peligro de
muerte?
La avaricia no formaba parte del carácter de La Boulaye y poco habría pesado en
su ánimo la perspectiva de tener un capital independiente, si esto no hubiera ido junto
con el segundo argumento empleado por ella, respecto a su terror de habitar en
Francia.
Él permanecía sumido en honda meditación, rechazando de vez en cuando un
negro rizo que caía sobre su blanca frente.
—Pero ¿cómo? —dijo él por fin—. Decidme cómo.
—Eso es cosa vuestra el encontrarlo Caron.
Hundiendo las manos en los bolsillos, púsose él a pasear por la destartalada
habitación. Este movimiento hizo que sus dedos tropezaran con un cuerpo extraño. Al
sacarlo, vió que era el frasquito que le dió la viuda para procurar un profundo sueño
al capitán. Los ojos del diputado despidieron un chispazo de inspiración… Allí tenía
un medio para vencer dificultades… Sus ojos se fruncieron de nuevo…
—Esperad —dijo lentamente—, se me ocurre una idea.
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CAPÍTULO XI
LA FUGA
C ON los codos apoyados en la mesa, y la frente entre las manos, Caron seguía
inmóvil el curso de sus pensamientos. Mademoiselle, junto a la chimenea, le
observó con ansiedad; por fin levantó él la cabeza.
—Creo que ya lo tengo —anunció poniéndose en pie—. Decís que los soldados
se entregan a la bebida… esto nos ayudará.
Pretendió ella que le expusiera el nuevo plan, mas él, alegando la falta de tiempo,
la instó para que volviera al coche y se acercó a la puerta para llamar al sargento, pero
ella le detuvo, diciendo:
No… no, monsieur… No quiero pasar otra vez entre esa chusma, en compañía de
ese bruto… Todos están más o menos borrachos… y yo no me atrevo.
Para confirmar sus palabras, al abrir la puerta, subió estruendoso ruido de la sala
baja.
—Venid conmigo —dijo él tomando uno de los candelabros de la mesa—, yo os
serviré de escolta.
Juntos bajaron la angosta escalera, yendo él delante. Al pie de la escalera había
una puerta que daba a un corto pasillo, y guiados por las hombrunas voces, entre las
que destacaba un falsete femenino, llegaron a la sala baja. Al empujar La Boulaye, la
puerta, se encontraron con una escena de canallesca orgía. Sentada en una silla puesta
sobre la mesa, vieron a la diosa de la Libertad, imperfectamente encarnada por la
viuda Capoulade, con un gorro frigio sobre la enmarañada cabellera. Sus atezadas
mejillas estaban encendidas, y sus ojos vidriosos. A ella pertenecía el destemplado
falsete con que pretendía entonar La Marsellesa.
En torno de la mesa, y en posturas de licencioso abandono, se agrupaba la guardia
del capitán Charlot, es decir, los diez hombres que puso de centinela, más los seis y el
cabo de la escolta del diputado… Todos ellos en diversos grados de embriaguez.
—«Le jour de glorie est arrivé» —cacareaba la viuda cuando la presencia del
comisario y la prisionera le impuso repentino silencio. Mademoiselle se estremeció
de repugnancia, pero su compañero sintió que la esperanza aceleraba la circulación de
su sangre, pues todo parecía dispuesto para facilitar su propósito.
Al interrumpirse la patrona en la versión que daba del himno nacional,
volviéronse los soldados, y al ver al diputado, trataron de poner en orden sus
descuidados atavíos.
—¡Está bien! —tronó Caron—. ¿Es ésa la guardia que hacéis? ¿Se corresponde
así a la confianza de vuestro jefe? Y tú, Guyot, ¿no te dije que estuvieras al alcance
de mi voz…? ¿Es así cómo se cumplen las órdenes? Ya ves que yo mismo tengo que
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acompañar a la ciudadana, después de haberme cansado de llamar en vano.
Guyot se acercó muy alicaído y con el paso poco firme.
—No he sido llamado, ciudadano —tartamudeó.
—Habría sido un milagro si lo hubieras oído —respondió severamente La
Boulaye—. Vamos… conduce a la ciudadana al coche.
El sargento apresuróse a obedecer, y los hombres, contenidos por la presencia del
comisario, ni aun se detuvieron a levantar los ojos al paso de Susana.
—Y ahora, cada cual a su puesto —fué la severa orden de Caron—. ¡Por mi vida!
Si estuvierais a mis órdenes, os haría azotar por tan grave falta. ¡Fuera de aquí! —Y
señaló imperiosamente la puerta.
—La noche está tan fría, ciudadano —gruñó uno de ellos.
—¿Os tenéis por soldado y os acobardáis por un poco de escarcha?… ¡Afuera, he
dicho, mujerzuelas!… Quiero veros a cada cual en su puesto antes de acostarme.
Y Caron fué echándolos a todos, hasta que sólo quedaron sus siete hombres en la
sala. Mandó a éstos que se acomodaran en torno del fuego, en lo que fué
inmediatamente obedecido.
En una mesita lateral humeaba una jarra que atrajo la atención del diputado, desde
que entró en la sala. Se acercó para enterarse de su contenido, y lo encontró casi lleno
de vino especiado.
Con la espalda vuelta a cuantos estaban en la habitación, de modo que no
pudieran ver lo que hacía, destapó el frasquito del narcótico y lo vertió en la caliente
bebida, mientras que simulaba enterarse de lo que era. Después de guardarse el pomo
en el bolsillo, acercóse a la viuda, que ya había bajado de la mesa, y arrimada a la
puerta, ponía un gesto muy compungido.
—¿Qué es esto? —preguntó La Boulaye con enfado.
—Un poco de vino para los muchachos —contestó ella tartamudeando, y por vía
de disculpa añadió—: Como las noches están tan frías…
—¡Bah! —interrumpió él y como hablando consigo mismo, dijo—: estoy de
vaciar la jarra en el desaguadero.
—¡No hagáis tal, ciudadano! —exclamó la alarmada hostelera—. Es mi mejor
vino.
—Bueno… tomad —dijo él, dejándose convencer—, pero que sea el último por
esta noche.
Y sin más llegó a la puerta y tras un breve «¡Buenas noches!» subió de nuevo la
escalera.
Permaneció quieto unos diez minutos, y después, sin hacer ruido, abrió la
ventana. Sucedió lo que había previsto. A la mortecina luz de la hoguera pudo
convencerse de que el patio estaba desierto; sólo el coche quedaba allí. Seguros de
que él había subido a acostarse, los centinelas habían optado por volver al cálido
ambiente de la hostería y tomar fuerzas apurando el aromático vino especiado,
vehículo del narcótico.
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Sentóse tranquilamente para madurar sus planes y combinar cada detalle de lo
que se proponía hacer. Al cabo de media hora, el más profundo silencio reinaba en
toda la casa; entonces se levantó. Pisando con cuidado llegóse al cuarto de Charlot,
cuya ropa recogió llevándola a la sala. De los bolsillos sacó dos enormes llaves atadas
una a otra con un cordel. Ni por un momento dudó de que fueran las llaves que
buscaba; la una debía abrir la puerta de la escalera, y la otra el portón de salida.
Volvió a dejar las prendas donde estaban, y, para asegurarse aún más, esperó con
febril impaciencia otra media hora, sin quitar los ojos del reloj. Pocos minutos
faltaban para la media noche, cuando, cogiendo su capa y una linterna que encendió,
una vez más bajó las escaleras. En la sala común encontró justamente la escena que
supuso. Los secuaces de Charlot, como los hombres de su escolta, yacían por tierra en
las más inconcebibles posturas, convertidos en troncos por la acción del narcótico,
ayudado por el vino. Sólo dos o tres permanecían sentados y caídos sobre la mesa, y
entre ellos se contaba la viuda Capoulade, con la enmarañada cabeza entre los
forzudos brazos, y lanzando acompasados ronquidos. La mayoría de los rostros que
podía ver La Boulaye estaban horriblemente lívidos y cubiertos de sudor, y por un
momento le acometió la duda de si la dosis habría sido demasiado fuerte, y aquellos
infelices no despertarían más. Pero aún era mayor su miedo de que la eficacia de la
droga fuera pasajera de sobra. Para asegurarse, administró un fuerte puntapié a un
soldado que tenía al paso. El agredido gruñó en su sueño, y sin cambiar de postura
continuó durmiendo.
Caron sonrió satisfecho, y sin vacilar más entró en el patio. Mucho tenía que decir
a mademoiselle, mas no podía resolverse a hablarle ante su madre, mucho más
sabiendo lo opuesta que la marquesa era a los de su clase. Abriendo la portezuela,
dijo en voz queda:
—Mademoiselle, ¿queréis tener la bondad de bajar un instante?… Necesito
hablaros.
—¿No podéis decir lo que sea, desde donde estáis? —preguntó la voz de la
marquesa.
—No, señora —contestó el joven fríamente; no puedo.
—¡Ah!… Parece que habéis variado de lenguaje… ¿qué le has hecho a este
hombre, niña, para que nos trate con tanta deferencia?
—¿Me permitís que os recuerde, mademoiselle, que el tiempo corre, y nos falta
mucho que hacer? —preguntó La Boulaye con firmeza.
—Aquí me tenéis, monsieur —contestó Susana, y, sin atender a las objeciones de
su madre, bajó del coche. El comisario, después de ofrecerle el puño, cerró la
portezuela y la guió hacia la escalera.
—¿Dónde están los soldados? —preguntó ella, muy bajo.
—Todos duermen en la hostería —respondió él—. He narcotizado desde el
capitán a la hostelera. El único que se ha librado es el mozo de cuadra, que duerme en
una de estas dependencias. Ese os lo tendréis que llevar, no sólo porque no me es
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posible narcotizarle, sino porque sobre alguien he de hacer recaer esta vuestra fuga.
—¿Y por qué no sobre vos mismo?
—Porque yo debo quedarme.
—¡Ah!
Sin más que esta simple exclamación, Susana clavó los ojos en su interlocutor, en
espera de explicación.
—Lo he pensado mucho, Susana, y a menos de que me quede para cubrir vuestra
retirada, mucho me temo que vuestra fuga sea inútil, por lo pronto que seréis
recapturadas. No echéis en olvido los recursos de ese diablo de Tardivet y su poder en
toda la comarca. Si él llegara a enterarse de que había sido burlado por mí, nos
perseguiría, estoy seguro, hasta en las entrañas de la tierra. Mañana seré yo quien
descubra vuestra huida y la traición del palafrenero y yo organizaré la persecución de
manera que no os cojan.
Hubo una breve pausa. La Boulaye esperaba alguna pregunta, mas como Susana
guardaba silencio, prosiguió:
—Vuestra primera intención era ir a Prusia, donde os esperan vuestro padre y
vuestro hermano, ¿eh?
—Sí, monsieur… al otro lado del Mosela… en Tréveris.
—Tendréis que alterar vuestros planes —dijo él brevemente—. Vuestra madre
insistirá sin duda en ir allí, y yo procuraré que tenga la vía libre. Pero vos, Susana, en
Soignies alquilad una berlina que os traiga de nuevo a Francia.
—¡A Francia! —repitió ella como un eco.
—Sí; a Francia. Es el camino donde más segura estaréis de las persecuciones de
Charlot. Dejad que vuestra madre prosiga su viaje al Norte, mas aconsejadle que evite
Charleroi y vaya directamente a Lieja. Es la única esperanza de evitar el caer en
manos de los hombres de Tardivet, que patrullan por las carreteras que conducen a
Francia. En cuanto a vos, dando un rodeo, llegad hasta Oudenarde; así escaparéis a
los bandoleros del capitán y desde allí tomad el camino recto de Roubaix y
esperadme en el Hotel de las Campanas.
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—Pero, monsieur, me estremezco a la sola idea de volver a Francia.
—Como mademoiselle de Bellecour, aristócrata proscrita, tenéis razón para
abrigar recelos. Mas lo he pensado bien y puedo aseguraros que como esposa del
ciudadano Caron La Boulaye estaréis tan segura como yo mismo. Éste será el nombre
que daréis a cuantos os pregunten, y en respuesta sólo encontraréis respeto y deseo de
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serviros.
Ella mencionó la oposición que su madre haría, mas él rechazó la objeción
recordándole que su madre no podía detenerla a la fuerza. De nuevo aludió ella a su
dote, y Caron le dijo que lo dejara a su familia, que podría necesitarlo. En cuanto a
ella, siendo su esposa, él le garantizaba que no carecería de nada y que pronto se
convencería de lo injustificados que eran sus temores de vivir en Francia.
—Y ahora mademoiselle —dijo él con viveza—, veamos al mozo de cuadra.
Abrió la puerta de ésta, y descubriendo la linterna, la levantó por encima de su
cabeza. Su amarillenta luz reveló a un hombre que dormía sobre la paja. La Boulaye
empujó al durmiente con la punta de la bota.
El hombre se incorporó con gesto estólido, y sacudiendo las pajas pegadas a sus
grises cabellos, preguntó con un gruñido:
—¿Qué pasa?
Con las menos palabras que pudo le informó el diputado de que recibiría cosa de
quinientos francos si consentía en acompañar hasta Prusia a la ci-devant marquesa de
Bellecour.
¿Quinientos francos? La suma era cuantiosa, y jamás, en época alguna de su
miserable vida, había tenido en su poder ni la décima parte de ella. Por quinientos
francos, habría ido gustoso hasta el infierno, y tan dispuesto le encontró La Boulaye a
ir a Prusia, que no necesitó emplear los recursos que traía prevenidos.
Acompañados por el mozo pasaron a la cuadra, y cuando Caron hubo cortado las
ligaduras que sujetaban al cochero de la marquesa, entre los dos hombres pusieron los
arneses a los caballos con el menor ruido posible.
Con infinitas precauciones sacaron los animales al patio, y engancháronlos al
coche. Lo restante era tarea fácil, y un cuarto de hora más tarde, el pesado carruaje
pasaba por el portón y emprendía su viaje a Soignies.
Caron dejó caer las llaves en un cubo y volvió a la hostería. En la sala baja nada
había cambiado, y todos dormían lo mismo que los dejó. Tranquilizado, echó una
ojeada al dormitorio del Capitán, que seguía roncando plácidamente.
En vista de que todo iba a pedir de boca, el republicano pasó en silencio a su
cuarto, y con una alegría en el alma, como no la sentía desde su infancia, quedóse
dormido con la adorable imagen de Susana ante los ojos, y haciendo planes para su
nueva vida, en su dulce compañía.
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CAPÍTULO XII
EL DESPERTAR
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tomó su casaca y hundió la mano en un bolsillo y después en el otro.
—¡Traición! —gritó, y dejando caer la prenda al suelo volvió hacia La Boulaye
una faz tan descompuesta por la rabia, que no parecía la del jovial capitán Tardivet—.
¡Me han robado las llaves!… ¡Por santa Guillotina, haré ahorcar al ladrón!
—¿Sabía alguien que tenías las llaves en el bolsillo? —preguntó el diputado.
—Te lo dije a ti, anoche.
—Bueno, pero ¿a alguien más?
—El mozo de cuadra lo sabía, porque me vió cerrar las puertas.
—Interroguemos sin pérdida de tiempo al mozo —apremió Caron—. Vístete a
escape, y bajemos.
Charlot le obedeció maquinalmente. Ya había llegado a darse exacta cuenta de la
situación, y entre sus apretados dientes salía una interminable sarta de imprecaciones,
juramentos y blasfemias.
Por fin se lanzaron escaleras abajo y en la sala común vieron a los durmientes, tal
y como quedaron la noche anterior. En un acceso de ciego furor, ante la evidencia de
la orgía que los dejó en tan inconsciente situación, Charlot empezó por pegar una
patada a la silla que sostenía a la viuda Capoulade. El ruido de su caída, y el grito que
dió al abrir los ojos, obró como despertador respecto a los demás, que empezaron a
incorporarse mirando alrededor con estúpida expresión.
Mas el capitán se ocupaba en espantarles el sueño. Había encontrado un látigo y
lo manejaba vigorosamente, exclamando:
—¡Arriba, cochinos!… ¡De pie en seguida, horda de borrachos!
Crujía el látigo y las imprecaciones atronaban el ambiente. La Boulaye le ayudaba
en la tarea con puntapiés, puñadas e improperios no menos enérgicos. Por fin
estuvieron todos en pie, formando un desaliñado y abyecto grupo, y sólo entonces
supieron que mientras se entregaban a su punible sueño de embriaguez, habían huido
las prisioneras, llevándose el tesoro que encerraba el coche. La fatal noticia fué
recibida con murmullos de desconsuelo y varios de los soldados corrieron a la puerta
para comprobar su certeza. El lamentable aspecto del patio, azotado por la lluvia,
ofrecía la más amplia confirmación.
—¿Dónde está ese cerdo de mozo, vieja Capoulade? —preguntó el iracundo
capitán.
Temblando de miedo, contestó la viuda que de seguro se hallaría en la cuadra, en
la que habitualmente dormía. Sin hacer caso de la lluvia, ni de su incompleta
vestimenta, el capitán cruzó el patio, seguido muy de cerca de La Boulaye y la
mayoría de los presentes.
—Todo ha sido obra de este pillo —anunció Charlot al encontrar vacío el nido—.
Ya me pareció a mí que llevaba la traición escrita en la cara y esto prueba lo infalible
que es mi golpe de vista. El rufián se ha dejado sobornar. Probablemente se ofrecería
él mismo, cuando vió el estado en que os hallabais, hato de zopencos. —Y
volviéndose a Caron, dijo de pronto—: ¿Y tú, debías de estar también borracho?
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—Yo, no, por cierto.
—Entonces, ¡cuerpo del diablo!, ¿cómo se explica que el coche haya salido sin
despertarte? ¿No lo oíste?
—Me preguntas más de lo que yo mismo sé —fué la fría evasiva—. Por regla
general tengo el sueño ligero y no hubiera creído que tal cosa pudiera suceder, sin
despertarme. Mas no por eso es menos cierto que el coche se ha ido, y en lugar de
perder el tiempo en vanas averiguaciones respecto a cómo se fué, me parece que
valdría más aprovecharlo poniendo los medios para volver a traerlo… No puede estar
muy lejos.
Suponiendo que una leve sospecha hubiera surgido en el cerebro de Charlot, la
proposición de su amigo bastó para disiparla por completo.
Volvieron a la hostería, y sin más dilación se puso Charlot a planear la
persecución. Él, según dijo, sabía que Prusia era el punto de destino de los
aristócratas. Lo había descubierto por la lectura de ciertos papeles que se encontraron
en el bolso de la marquesa al detenerla. Consultó el plan con La Boulaye, y éste se
felicitó a sí mismo por su acierto de haberse quedado allí.
Proponía el capitán recoger los cincuenta hombres que vigilaban las carreteras
que conducían a Francia, y escalonarlos a lo largo de las orillas del Sambre, para
informarse del camino tomado por los fugitivos, y en cuanto alguno de los grupos
descubriera la pista, que avisara a los otros, y emprendiera la inmediata persecución.
Si se hubiera permitido a Charlot extender la red en esa forma, la marquesa y su hija
habrían caído infaliblemente en ella, y Caron había dado su palabra de que hallarían
paso franco hasta Prusia. Con el mapa extendido sobre la mesa, explicó a Tardivet
que no creía necesaria tan complicada maniobra. El camino más corto para llegar a
Prusia era el de Charleroi, Dinant y Rochefort para entrar en Luxemburgo, y no sólo
era improbable, sino hasta increíble, que la marquesa escogiera un camino que no
fuese el más rápido para atravesar Bélgica atendiendo a los peligros a que estaban
expuestas hasta cruzar la frontera luxemburguesa.
—Partiendo de este principio —arguyó La Boulaye—, ¿a qué gastar tiempo en
reunir los hombres? Piensa en las capturas que perderíais mientras tanto. Es mucho
más práctico suponer, desde luego, que habían tomado dicho camino, y enviar
sencillamente media docena de hombres en su persecución.
Tardivet reflexionó durante unos minutos.
—Tienes razón —asintió por último—. Si han resuelto continuar el viaje, media
docena de hombres bastan para detenerlas. Voy a despacharlos ahora mismo.
La Boulaye le miró con sorpresa.
—¿Si han resuelto continuar el viaje? —repitió—. ¿Qué otra cosa pueden hacer?
Tardivet se pasó la mano por sus rojizos bucles, sonriendo con astucia.
—Al organizar una persecución —dijo—, el perseguidor avisado se ha de poner
en la situación del fugitivo y hacer lo posible por pensar como aquél pensaría. Ahora
bien; es muy probable que a las señoras, a su cochero y al tunante del mozo, se les
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ocurra burlarnos, tomando la ruta de Francia. Es natural que se crean seguros en esa
dirección. Así es como pensaría yo en su lugar, y entraría en Prusia cruzando la
Lorena. Tal vez haga demasiado honor a su inteligencia, pero a mí me parece lo más
verosímil.
La inquietud dejó frío a La Boulaye, pero impasible en apariencia, preguntó:
—¿Acaso no tienes hombres que guarden la frontera?
—¡Bah!… Nada más fácil que dar un rodeo. La marquesa puede bajar por el
Norte hasta Roubaix, o Comines, o llegar hasta Rocrov. ¡Cuernos de Satanás! Cuanto
más lo pienso más me convenzo de ello —exclamó con súbita seguridad—. ¿Qué
opinas tú?
—Que estás soñando —contestó fríamente Caron.
—Bueno… ya veremos. Voy a despachar un mensajero con la orden de que mis
hombres se extiendan hasta Comines, y por la parte Sur, hasta Charlemont. Si los
fugitivos han tomado ese camino, la captura es cierta.
La Boulaye, sin perder su aspecto de completa indiferencia, quiso combatir el
propósito, mas Charlot permaneció firme en él, y momentos después despachó los
mensajeros anteriormente anunciados. El temor de lo que pudiese ocurrir a Susana
aceleraba las pulsaciones de Caron, ya que aquellas astutas medidas no podían menos
de dar el inevitable resultado de su captura, pues ¿no era justamente en Roubaix
donde él le había dicho que lo esperaba? No había más que un camino: montar a
caballo sin perder tiempo, y alcanzarla en el camino de Soignies a Oudenarde,
escoltándola hasta Francia. Ostensiblemente, sería su prisionera, y seguro estaba de
que todos los bandidos de Charlot no serían bastantes para arrancarla de su lado.
Por consiguiente, anunció el deseo de continuar su interrumpido viaje, mandando
a los suyos que ensillaran los caballos. Charlot, entretanto, después de tomar las
medidas conducentes a la captura en el caso de que los fugitivos hubieran querido
internarse en Francia, estaba organizando la persecución por el camino de Prusia,
para el caso de que la marquesa, como tal vez fué su primera idea, viajara por
aquellas carreteras.
Tardivet se proponía ponerse a la cabeza de los seis jinetes, mas intervino Caron y
esta vez con fruto. Aseguró al capitán que aún no estaba restablecido ni mucho
menos, y que el pasar un día a caballo podría traerle gravísimas complicaciones.
—Si lo requiriera el caso —concluyó— yo mismo te aconsejaría que arriesgaras
tu salud. Mas el asunto no lo merece. Tanto harán tus hombres contigo como sin ti.
Tardivet se dejó persuadir, y Caron pudo felicitarse de nuevo por haberse quedado
vigilando la retaguardia. Supuso que los enviados, no pudiendo encontrar pista en
Dinant, se alargarían hasta Charleroi. Antes de abandonar la caza y cuando regresaran
a Boisvert para anunciar su fracaso, ya sería demasiado tarde para organizar una
segunda expedición.
Por otra parte, si los hubiera acompañado Charlot, es posible que al no encontrar
trazas de la marquesa en Charleroi se habría alargado hasta las orillas del Sambre,
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obligando al paisanaje a formar un infranqueable cordón.
Habiendo, por lo menos, obtenido estas ventajas, y en vista de que estaban
dispuestos los seis hombres a las órdenes del sargento Guyot que era el hombre de
confianza de Charlot, el diputado se despidió de éste y ya estaba a punto de montar a
caballo, cuando un correo se detuvo a la puerta de la posada y pidió un vaso de vino.
Al servírselo la dueña, preguntó el correo si había pasado por allí el diputado Caron
La Boulaye, comisario del ejército de Dumouriez. Al oír que el diputado se hallaba
aún en la hostería, echó pie a tierra, solicitando verle.
La hostelera le hizo entrar en la sala común y le señaló al que buscaba. El correo
lanzó un suspiro de satisfacción, y, quitándose el empapado capote, se lo entregó a la
viuda con el doble encargo de que lo pusiera a secar y le preparara una comida, todo
lo suculenta que los recursos de la casa permitieran.
—¡Voto al infierno! —exclamó después, arrojando su sombrero sobre una silla—.
No es flojo el trabajo que me ha costado el encontraros, ciudadano diputado. Había
creído que estaríais en Valenciennes, mas como me equivoqué y mi carta es urgente
llevo seis horas a caballo buscándoos en medio de este infernal diluvio. Por fin ya
estáis aquí, y aquí está mi carta… de parte del ciudadano Robespierre, y yo estoy
también aquí, donde descansaré unas cuantas horas.
Después de manifestar su plena conformidad con los proyectos del correo, La
Boulaye rompió el sello de la carta y leyó lo siguiente:
Querido Caron:
Espero que mi correo te encontrará en el camino del regreso a Francia,
terminada la misión que se te encargó y, que con tanta gloria has desempeñado,
dando lugar a que me feliciten y me felicite yo mismo, por haberte recomendado.
Sólo tu tacto y habilidad han podido conseguir que ese tozudo de Dumouriez
demuestre algo parecido a la simpatía por la Convención. Y ahora, querido amigo,
voy a encomendarle otra tarea: Dando un pequeño rodeo, pasarás por el Artois,
llegando al castillo d’Ombreval, que dista cuatro millas de Arras. Ya allí, no sólo
deseo que te posesiones de la persona del «ci-devant» vizconde d’Ombreval y lo
traigas a París como tu prisionero, sino que hagas una minuciosa investigación de
los papeles de dicho aristócrata, apropiándote de cuantos documentos te parezcan de
carácter peligroso para la seguridad de la República, una e indivisible.
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nueva ley medía a todos los hombres por un solo rasero. Pero Charlot volvió
lentamente la cabeza en dirección al recién venido.
Era un mozo alto, de esbelta figura, pero mal trajeado, cubierto de barro de pies a
cabeza y de cuyas mojadas ropas empezaba a desprenderse vapor según estaba él con
la espalda vuelta hacia el fuego. Charlot le miró tan de cerca, que el hombre cambió
de postura y bajó la vista con cierta turbación. Aunque su tono era rudo, las palabras
no eran groseras. Llevaba el rostro muy sucio (síntoma infalible de ardiente patriota),
los despeinados cabellos le caían sobre los ojos y, como última abominación, la parte
baja del semblante desaparecía bajo una barbaza ultrarrevolucionaria.
—Amigo —le dijo el capitán—, aunque estamos dispuestos a reconocer la
igualdad entre los hombres, en materias de deber no aceptamos lecciones, ni aun de
nuestros iguales. Ten esto muy presente, si quieres descansar tranquilo el tiempo que
estés aquí, pues yo también estoy alojado en esta posada y tengo peor genio que este
paciente diputado que nos oye.
El individuo lanzó una malévola mirada a Charlot.
—Hablas de igualdad y la niegas con cada palabra —gruñó—. Tentado estoy de
sospechar que eres un aristócrata disfrazado —y escupió ostentosamente al suelo.
—Sospecha lo que quieras, pero no expreses tus sospechas, si no quieres conocer
los sumarios procedimientos del capitán Tardivet. Y en cuanto a aristócratas, has de
saber que no hay patriotas tan rabiosos como los recién convertidos… Por ejemplo…
¿cuánto tiempo hace que lo eres tú?
Antes de que el correo pudiera dar respuesta, entró el cabo que mandaba la
escolta de La Boulaye para informar a Caron de que sus hombres estaban ya a
caballo.
Al saberlo, el diputado despidióse apresuradamente de Charlot, y tomando su
pesada capa salió a la intemperie y saltó sobre la silla.
Pocos minutos después salían de Boisvert al trote largo, y los cascos de sus
monturas levantaban el lado gris de la carretera que conduce a Francia. Durante un
par de millas marcharon sin interrupción bajo la incesante lluvia, y azotados por el
glacial viento de febrero. En una encrucijada La Boulaye hizo inesperadamente alto.
—Amigos —dijo a la escolta—, aún tenemos que ultimar un pequeño asunto en
Bélgica, antes de pasar la frontera.
Con esto anunció su intención de tomar hacia el Norte, y tan rápida fué la marcha,
que, al mediodía tres horas después de salir de Boisvert habían cubierto una distancia
de veinticinco millas al detener los humeantes caballos ante el Hotel de Flandes, en
Leuze.
Ésta era la sola casa de postas de la localidad, v en ella preguntó Caron si había
llegado aquella mañana un carruaje procedente de Soignies, para recibir una
respuesta negativa. Esto le sorprendió, pues era casi inverosímil que mademoiselle
hubiera podido llegar hasta allí. Pero no debía de estar lejos y determinó salir a su
encuentro. Desde Leuze a Soignies hay una distancia de unas ocho o nueve leguas,
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por una carretera que según podía decirse formaba la base de un gigantesco triángulo
cuyo ápice era Boisvert.
Después de dar tiempo a que sus hombres tomaran un ligero refrigerio, les mandó
montar de nuevo, enfilando el camino de Soignies. Mas como recorrían milla tras
milla sin encontrar ningún coche como el que debía de conducir a mademoiselle, La
Boulaye, inconscientemente, iba aligerando el paso hasta que acabaron por galopar
con toda la rapidez compatible con el cansancio de los animales, no sin que los
hombres hicieran variadas conjeturas acerca de la rara conducta del diputado,
A eso de las cuatro llegaron al mismo Soignies, sin haber encontrado lo que tanto
ansiaba ver Caron, quien, ya muy inquieto, detuvo el caballo ante la hostería y casa
de postas. Encargó a sus hombres que echaran pie a tierra y se acomodaran después
de cuidarse de los caballos, y él se puso en busca del posadero, a quien agobió a
preguntas, en cuanto le hubo encontrado.
Por las respuestas se enteró de que a cosa de mediodía había llegado un coche
como el descrito, pero en lamentable condición. Una de las ruedas se había caído, y
aunque los servidores de los viajeros la sujetaron provisionalmente con unos clavos,
tuvieron que andar varias millas al paso, y de ahí la tardanza en llegar a Soignies.
Descansaron en la posada, hasta que la rueda estuvo compuesta, y hacía poco más de
una hora que salieron camino de Lieja.
—Pero… ¿se fueron juntas las dos ciudadanas? —preguntó La Boulaye,
alarmado, y, al recibir una respuesta afirmativa, concibió la sospecha de que la
marquesa había influido sobre su hija llegando, quizá, hasta emplear la fuerza.
—¿Has observado si había señales de desacuerdo entres las dos viajeras?
—No, ciudadano. Al parecer estaban en perfecta armonía.
—¿No preguntó la más joven si podía alquilar una berlina? —interrogó
desesperado Caron.
—No tal —respondió el posadero, mirando a su interlocutor con evidente
sorpresa—. La joven parecía no menos deseosa que su madre de que estuviera lista la
rueda, y pudieran continuar el viaje.
La Boulaye permaneció un instante pensativo, con las cejas fruncidas y la
respiración momentáneamente paralizada, porque en su alma acababa de surgir una
sospecha… una horrible sospecha. Irguió de pronto su alta estatura y echó atrás la
cabeza, como quien ha tomado una resolución.
—¿Puedo tener caballos de repuesto en el acto? —preguntó—. Necesito ocho.
El posadero se rascó la cabeza, y contestó:
—Puedes tener dos ahora mismo… los seis restantes dentro de media hora.
—Corriente. Que me ensillen uno sin tardanza y los otro siete para mi escolta lo
antes posible.
En tanto que el posadero transmitió la orden al mozo de cuadra, que se apresuró a
obedecerlo, Caron comió un bocado de pan v un vaso de vino. Al entrar en la sala
común dijo a sus hombres, que estaban sentados a la mesa, ante un humeante
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guisado:
—Garin —era el nombre del cabo—, dentro de media hora tendréis caballos
frescos que os proporcionará el posadero. Montaréis en seguida, para alcanzarme por
la carretera de Lieja. Yo ahora mismo me pongo en camino.
Garin, con la familiaridad de un soldado de la República, le rogó que tuviera en
cuenta lo extenuado que estaba, y le propuso que descansara al menos la media hora
que debían esperar ellos. Mas antes de que terminara la bien intencionada
proposición, ya estaba La Boulaye fuera de la sala. Un par de minutos más tarde, el
ruido de los cascos anunció que el diputado salía camino de Lieja, en persecución de
las señoras de Bellecour.
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CAPÍTULO XIII
LA CARRETERA DE LIEJA
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cuartito de Boisvert, prisionera de aquel terrible Capitán, o que…
Interrumpióse de nuevo, y la madre se volvió hacia ella, a la vez que preguntaba
con aspereza:
—¿O qué?… Ma foi! No faltaría más sino que te arrepintieras de no haber
cumplido la promesa que hiciste a ese miserable plebeyo.
—Lo cierto es que di mi palabra.
—Hablas como si fueras un hombre —observó la madre— y como si tu palabra te
obligara a cumplirla. Ya se sabe que la inconstancia es prerrogativa femenina. En
cuanto a ese bandido republicano…
—¡Es intolerable que le llaméis así! —protestó Susana con exaltación—. Es cien
veces más noble y valiente que ninguno de los caballeros que conozco. Le debemos
nuestra libertad, y bastante le hemos hecho sufrir.
—Pero ¿qué estás diciendo, loca? —exclamó enfurecida la dama—. ¿El más
noble de los caballeros que conoces?… ¡Él!… ¡Ese rufián, ese revolucionario!…
¿Has perdido el juicio? —Detúvose la marquesa como asaltada por una horrible idea
y lentamente preguntó—: ¿Estás acaso enamorada de ese descamisado?
—Madame!
Esta exclamación fué un grito de protesta, en el que se unían la sorpresa, la
dignidad y el horror.
—¿Qué? —prosiguió la marquesa con severidad.
—¿Necesito contestar a tal absurdo? —dijo altivamente la joven—. Sin duda
habéis olvidado que soy la hija del marqués de Bellecour, y que ese hombre pertenece
a la plebe. De lo contrario, no me habríais hecho tal pregunta.
Con expresión satisfecha, recostóse la dama en el carruaje, mas de repente
incorporáronse ambas.
—Alguien viene al galope tendido —anunció la madre con cierta alarma en la
voz.
Entre el acompasado paso de los caballos que tiraban del coche, oíase
distintamente el choque de unos cascos que avanzaban a insensata carrera.
Mademoiselle miró por la ventanilla en la creciente oscuridad.
—Será algún correo —dijo con aparente calma.
—No tendré tranquilidad hasta que vuelva a verme en tierra de cristianos —dijo
la marquesa en tono plañidero.
Los veloces pasos de caballo sonaron más cerca, y la oscura silueta de un jinete
pasó ante la ventanilla, en el acto que una imperiosa voz mandó parar.
La marquesa aferróse a su hija con la mano izquierda, persignándose con la
derecha, cual si el recién llegado fuera un emisario del mismísimo Lucifer.
—¡Virgen Santísima, ayúdanos! —murmuró volviéndose repentinamente devota.
—Mon Dieu! —exclamó Susana, que había reconocido la voz del que ahora
discutía con los hombres que ocupaban el pescante—. Es La Boulaye en persona.
—¡La Boulaye! —repitió la marquesa en el colmo del terror—. En la bolsa están
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las pistolas… Tómalas… tú sabes tirar… ¡Mátale!, ¡mátale!
La joven apretó los labios hasta que su boca no fué más que una línea de carmín.
Las mejillas tomaron el color del alabastro, pero sus ojos permanecieron serenos y
resueltos. Alargó la mano y tomó una de las pistolas, justamente en el momento en
que el coche, después de salvar un bache, quedó parado.
Un instante después abrióse con violencia la portezuela, y Caron, recibiendo
impasible el aguacero, se inclinó con burlona cortesía y una desdeñosa sonrisa en la
austera boca. Habíase apeado atando su caballo con las bridas al árbol más inmediato
de la carretera. La marquesa, aterrada ante su presencia, trató de hundirse entre los
almohadones del coche.
—Ciudadana —exclamó él con amargo acento—, cuando pacté anoche con vos,
no creí verme obligado a perseguiros de tal modo. Tengo alguna experiencia respecto
a las buenas palabras y a los malos hechos de los que pertenecen a vuestra clase, pero
aun así, tuve la candidez de confiar en vos. El escarmiento me servirá de aviso. Y
ahora, tened la bondad de apearos.
—¿Con qué objeto, monsieur? —preguntó ella con voz a la que quería dar un
tono de fría firmeza.
—Con el objeto de que cumpláis la parte que os corresponde en el contrato.
Vuestra madre, con el tesoro, podrá continuar el viaje a Prusia, con la expresa
condición de que vos os quedarais en Francia.
—Ese contrato fué debido a la coacción, monsieur —dijo ella procurando
imponerse—. Fue arrancado a una mujer en una situación desesperada.
—Lamento que seáis tan flaca de memoria, ciudadana —replicó él, con insultante
cortesía—. Vuestra situación está tan lejos de ser desesperada, que ya recordaréis mi
promesa de poneros en libertad a vos y a vuestra madre sin ningún premio ni
garantía. Sólo necesitabais sacrificar vuestro miserable tesoro.
Hubo una breve pausa, durante la cual él esperó la respuesta. Los azules ojos de
Susana quisieron resistir su severa mirada, mas tuvieron que bajarse, y con visible
agitación, respondió por fin:
—Repito que fué un acto de desesperación… Seguramente no querréis obligarme
a cumplir una palabra dada en una hora de locura. Me comprometí a lo que no tenía
derecho, pues no siendo libre, no puedo disponer de mi persona. Soy la prometida
esposa del vizconde Anatolio d’Ombreval. El contrato está firmado, y el vizconde se
reunirá con nosotros en Tréveris.
Él se quedó por un instante anonadado cual si hubiera recibido un golpe en la
cabeza. En un estado casi inconsciente recordó que el nombre que acababa de oír era
el mismo del sujeto a quien había de prender. De pronto, con súbita violencia,
exclamó:
—Poco me importa todo eso… Tan cierto como hay Dios, tendréis que cumplir la
palabra empeñada.
—Me niego rotundamente —replicó ella en tono decisivo—. Servíos cerrar la
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portezuela, y dejadnos proseguir nuestro viaje.
—Vuestra madre y las riquezas sigan en buena hora su camino, mas vos os
vendréis conmigo. No estoy dispuesto a servir de juguete a ninguna mujer,
Al expresarse así, decía la verdad entera. En aquel momento no había amor en su
voz ni en su corazón. El deseo de poseerla estaba lejos de su mente. Sólo quedaba el
amor propio ofendido, las heridas hechas a su dignidad, que reclamaban el castigo y
la humillación de la causante de ellas. La resistencia que oponía a seguirle aumentaba
sus deseos de llevarla consigo, para hacerla sufrir.
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—Ciudadana, estoy esperando a que bajéis —insistió él, imperturbable.
—Y yo os respondo que me hallo bien donde estoy —contestó Susana y sacando
la cabeza por la opuesta ventanilla, gritó—: ¡Blas!… ¡arrea los caballos!
Pero La Boulaye, apuntando a aquél con una pistola, exclamó:
—¡Da una vuelta de rueda y te envío al infierno! —y volviéndose una vez más a
Susana, añadió—: Jamás he empleado la fuerza contra una mujer, ciudadana, y
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espero que me evitaréis tener que empezar con vos.
—¡No os acerquéis a mí, monsieur! —fué la imperiosa respuesta.
Sin hacer caso de ella, avanzó Caron hasta meter la cabeza dentro del coche y
extendiendo el brazo cogió el izquierdo de Susana. Mas antes de que él comprendiera
su intento, la mano derecha de ella, que empuñaba una pesada pistola por el cañón, le
dió con la culata un terrible golpe entre las cejas.
Él retrocedió, y abriendo los brazos, cayó cuan largo era sobre la espesa capa de
fango.
Los ojos de Susana le habían seguido con horror en su caída, y sólo al verle
inmóvil por tierra, pareció darse cuenta de lo que había hecho.
—¡Bravo, por mi valiente hija! —exclamó la marquesa sin que Susana oyera sus
palabras. Con un sollozo dejó caer la pistola fuera del carruaje.
—¿Emprendemos la marcha, mademoiselle? —preguntó Blas desde el pescante.
Antes de contestar, la joven se apeó y sin preocuparse de la lluvia que azotaba su
desnuda cabeza, llegó junto al inanimado cuerpo de Caron.
Inclinóse en silencio, poniéndole la mano sobre el corazón.
—Late vigorosamente —díjose a sí misma. Y bajándose aún más, le cogió por
debajo de ambos brazos arrastrándole a un lado de la carretera, para que la cuneta le
sirviera de temporal refugio, y permaneció un instante inmóvil, con los ojos clavados
en aquel pálido rostro. Un desgarrador sollozo salió de su garganta, y de pronto, sin
pensar en que una mirada indiscreta pudiera verle, con rápido ademán le dió un beso
en la boca.
Un segundo después, cual espantada gacela; corrió al coche, y cerrando la
portezuela, contestó a Blas, con ahogada voz, «que podía reanudar la marcha». Hizo
poco o ningún caso de los elogios de su madre (que nada había visto del beso).
Recostada en un ángulo del coche con las pestañas húmedas, pensaba en Caron,
desmayado y expuesto a la lluvia en medio de una carretera… y de vez en cuando se
enrojecían sus mejillas de vergüenza, al pensar que ella, la noble mademoiselle de
Bellecour, impulsada por la compasión, había llegado a posar sus labios sobre los de
un revolucionario del más humilde origen.
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CAPÍTULO XIV
EL CORREO
«Mademoiselle de Bellecour.
Hotel des Trois Rois.
Tréves».
CAPÍTULO XVI
Cecilia Deshaix
LA PROMESA DE LA BOULAYE
EL INCORRUPTIBLE
EL ROBO
LA GRATITUD DE OMBREVAL
LA DETENCION
Caron durmió tranquilo aquella noche. Había madurado su plan de fuga, que
pensaba llevar a cabo al día siguiente, y mecido por la esperanza concilio un
EL TRIBUNAL
LA CONCIERGERIE