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Susana de Bellecour - Rafael Sabatini

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Poco antes del estallido de la Revolución Francesa, un hombre llamado La

Boulaye es el secretario del Marqués de Bellecour. La Boulaye se ha


embebido profundamente de la de Jean Jacques Rousseau y es un
revolucionario en ciernes.
La Boulaye tiene la mala suerte de estar enamorado de la hija de Marques,
Susana. Desafortunado, porque tal amor es imposible. Aunque es un hombre
educado, el nacimiento de La Boulaye fue humilde y el abismo social entre
ese hombre y la nobleza es muy amplio.

[Link] - Página 2
Rafael Sabatini

Susana de Bellecour
ePub r1.0
Titivillus 13.05.2018

[Link] - Página 3
Título original: The trampling of the lilies
Rafael Sabatini, 1906
Traductor: María Rodríguez de Rubí
Ilustrador: Lozano Olivares

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2

[Link] - Página 4
PRIMERA PARTE
LA ANTIGUA LEY

Éstos son:
Los que imponen la ley y todo lo pueden.
Aquéllos cuyo ceño consterna y cuya sonrisa exalta.
Los que brillan como el Arco Iris… pero acaso sus
colores serán no menos efímeros.

Comedia antigua

CAPÍTULO PRIMERO
El señor secretario

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E STAMOS en Bellecour, en plena primavera, la primavera de 1789, tres meses escasos
antes que la toma de la Bastilla diera que pensar a los nobles, haciéndoles
comprender que los filósofos a quienes tanto habían desdeñado, estaban muy
lejos de ser los ociosos visionarios que ellos suponían.
La Boulaye erraba a orillas del arroyuelo, cuya límpida corriente alegraba el
parque de Bellecour.
La larga silueta del paseante y lo sombrío de su ropaje no armonizaban con lo
riente de aquel paisaje bañado de sol. Pero bajo le negra chupa latía un corazón que
cantaba no menos alegremente que las alondras del bosque por el que vagaba. Su
traje negro sólo era la indicación externa del puesto que desempeñaba, nada menos
que la secretaría del muy noble Marqués de Fresnoy de Bellecour, y por eso llevaba
librea del color de la tinta, a la que debía su sustento. Su rostro era pálido, algo
demacrado y pensativo, pero en sus grandes e inteligentes ojos brillaba el reflejo de
una reciente felicidad. Llevaba debajo del brazo un tomo de las filosofías que
Rousseau acababa de dar al mundo, y que tanto habían de contribuir al formidable
cambio que ya estaba inmediato. Mas en aquel instante en su alma no tenían lugar los
sueños metafísicos del viejo Rousseau. Su ánimo no estaba para ocuparse en los
«Discursos sobre el origen de la desigualdad», que su codo apretaba contra el cuerpo.
Más bien se inclinaba a divagar sobre cantos, poesía y visiones de luz; en su mente
surgían espontáneamente rimas, que ofrecía con el pensamiento a su divinidad. Ésta
era una juvenil belleza de ilustre abolengo, nada menos que la hija del poderoso
magnate Marqués de Bellecour, el jefe, y él no era más que un secretario, una especie
de escribiente, sí; pero un escribiente con un alma muy grande; un secretario con
mucha fe en el porvenir que profetizaba el libro que sostenía bajo el brazo.
En tanto que sus pies hollaban la fresca hierba y las florecillas que la esmaltaban,
su sangre aceleraba la circulación, enardecida por la brisa primaveral embalsamada
por la fragancia de las espinas en flor y de la tierra húmeda. La dicha de La Boulaye
parecía robustecerse con el alborozo que la primavera comunicaba a toda la
Naturaleza. Una antigua balada brotó de sus firmes labios, al principio con timidez, y
luego lo bastante alto para que la repitieran los ecos del bosque:

«Si le roi m’avait donné


París, sa grande ville,
Et qu’il me fallut quitter
L’amour de ma mié,
Je dirais au roi Louis
Reprenez votre París,
J’aime mieux ma mié, O gai!
J’aime mieux ma mié!»

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El corazón de un enamorado tiene a veces extraordinaria jovialidad. Aquí
tenemos uno, que solía propender a la austeridad y a los pensamientos sombríos, que
cantaba alegremente en una hermosa mañana de primavera, sin más razón que la de
haberle sonreído Susana de Bellecour, en los dos minutos de reloj que en la víspera
estuvo hablando con ella.
—Es sobrada presunción por mi parte —dijo al arroyuelo, para contradecir acto
seguido añadiendo—: ¡Bah!… Los tiempos cambian, y pronto seremos todos iguales,
como nos hizo Dios.
Detúvose y sonrió pensativo. Al recordar la escena de la tarde última, acentuóse
la sonrisa, acabando en franca risa, que espantó a los pajarillos de los inmediatos
árboles, haciendo que levantaran el vuelo hasta la opuesta orilla. Mas, de súbito,
interrumpió su carcajada, al oír que la voz más dulce del mundo preguntaba detrás de
él a qué obedecía la intempestiva hilaridad.
A La Boulaye le faltó el aliento por un instante, y se puso aún más pálido de lo
que la Naturaleza y el pupitre le habían hecho. Volvióse tímidamente y haciendo una
profunda reverencia:
—Mademoiselle… Ya veo… que me habéis sorprendido —balbuceó como un
tonto. Él, que no había tenido más amigos que los libros, ¿cómo podía saber el modo
de portarse ante una mujer, y más si ésta, a pesar de Rousseau y de todos los
filósofos, pertenecía a la clase de los que por tantos siglos se reconoció como
superiores?
—Pues celebro haberos sorprendido de tan buen humor, cosa, a fe mía, bastante
rara, monsieur.
—Razón tenéis señora —asintió él cortésmente—. Sí, es cosa muy rara —y
suspiró—: ¡Helas!
La risa se escapó de los frescos labios de la doncella, haciendo que el enamorado
se pusiera rojo y pálido sucesivamente, mientras que, muy confuso, manteníase frente
a día.
—Ya veo que ahora pensáis en lo rara que es la felicidad humana, cuando hace un
instante estabais al parecer tan contento… ¿Acaso mi presencia ha nublado el cielo de
vuestra alegría? —preguntó ella maliciosamente.
Él se ruborizó como una colegiala, apresurándose a protestar de tal suposición. Su
afán de sincerarse le hizo hablar sin reflexión, y tal vez dijo demasiado.
—¿Vuestra venida, mademoiselle? —repitió como un eco—. ¡Oh, no! Si hubiera
estado triste, vuestra llegada habría disipado mis pesares, como la salida del sol las
tinieblas de la montaña.
—¿También poeta? —dijo ella en tono festivo y con un gracioso movimiento de
cabeza que agitó sus negros rizos, mientras sus ojos azules lanzaban enloquecedoras
miradas—. Jamás sospeché que lo fuerais. Os tenía por un erudito, pues mi padre dice
que lo sois.
—¿No somos todos poetas en ciertos momentos de la vida? —contestó

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recobrando la serenidad ante la que amaba, y dejándose llevar por la pasión más allá
de los límites de la prudencia.
—Y ¿en qué momentos nos suele atacar esa epidemia poética? —preguntó
Susana—. Aclaradme ese misterio.
Sonrió él en respuesta a la jovialidad de ella, y cada vez con más ánimo contestó
con un atrevimiento impropio de su carácter. En aquellos momentos parecía
verdaderamente transformado.
—Nos ataca, mademoiselle, en alguna primavera como ésta; ¿no es la primavera
la estación más apropiada para el amor, y no ha sido cantada por los poetas que han
hallado inspiración en sus bellezas? Nos ataca sobre todo si estamos en el abril de la
vida, y en nuestros corazones germinan los primeros capullos que más tarde serán
espléndidas flores, rojas como el amor, y que esparcirán una fragancia, que es la
mayor delicia que Dios ha concedido a los mortales.
La intensidad con que se expresaba y el propio sentido de sus palabras dejaron a
la joven muda de admiración a la par que le produjeron cierta inquietud por algo
adivinado, más que comprendido.
—Es decir, señor secretario —contestó ella, dejando que una sonrisa nerviosa
vagara por sus labios—, que todo ese admirable lirismo es para dar a entender que
estáis enamorado.
—¡Sí, encantadora dama! —contestó él; y ante su ardiente mirada, las de ella
bajarónse al suelo con virginal timidez. Mas un segundo después, a punto estuvo de
gritar alarmada, al ver que el libro de Juan Jacobo Rousseau rodaba por el suelo y que
su dueño caía de rodillas a sus pies, exclamando—: Podéis creer que estoy
enamorado, locamente enamorado de vos, mademoiselle.
Pronunciadas estas audaces palabras, extinguióse el valor del joven,
sobreviniendo la natural reacción. Palideció, y un convulsivo temblor agitó su cuerpo,
mas siguió de rodillas, observando furtivamente el rostro de su adorada. Vió que
tomaba una expresión altiva, que fruncía las cejas y su respiración se hacía agitada, y
todas estas señales le dieron a entender su condena, antes de que fuera pronunciada.
—Monsieur! respondió ella en tono más bien triste que enojado. ¿Hasta dónde
pensáis llevar estos primaverales desvaríos? ¿Tanto habéis olvidado vuestra posición
y aun la mía, que han bastado cuatro palabras y una sonrisa por mi parte, para que me
habléis de esta manera? ¿Qué respuesta puedo daros, monsieur, pues no soy lo
bastante cruel, para contestaros como merecéis?
El valor de La Boulaye tenía singulares alternativas. Un instante antes sentíase
acobardado por la temeridad de sus propias palabras. Ahora que ella le reprochaba
esta misma temeridad, se le agolpó la sangre a la cabeza, impelida por la vergüenza.
En un segundo se puso en pie, dominando a su interlocutora con su alta estatura. Y
las palabras salieron de sus labios cual abrasador torrente, con mucha más
vehemencia que su anterior declaración amorosa.
—¿Mi posición? —repitió él, abriendo los brazos—. ¿Qué falta puede ponerse a

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mi posición?… Soy secretario, es decir, hombre de letras y caballero por derecho
académico… No os riáis, señorita, ni os burléis de mí… ¿En qué me encontráis
menos hombre que esos insípidos mequetrefes que llenan los salones de vuestro
padre? ¿Es mi cuerpo menos esbelto? ¿No son mis brazos tan fuertes, mis manos tan
diestras, mi ingenio tan vivo y mi alma tal leal? ¡Sí! —prosiguió con otro violento
ademán de sus largos brazos—. Todo eso tengo, y, sin embargo, me despreciáis a
causa de mi posición, cual acabáis de decir.
¡Qué profundamente le había herido! Toda la amargura que durante muchos años
había almacenado en su alma la diferencia de clases desbordábase en aquel momento
por sus labios. Recordó el sinnúmero de humillaciones sufridas, el desdeñoso tono en
que le hablaban, como si el verse obligado a ganarse la vida con la pluma fuera una
bajeza. Sus palabras, más que dirigidas contra el desaire que acaba de sufrir, iban
encaminadas a toda la nobleza de Francia, que le negaba el derecho de llevar erguida
la cabeza, porque no le habían traído al mundo Madame la Duchesse, Madame la
Marquise o Madame la Comtesse.
Ante la mujer que acababa de despreciarle, expuso los pensamientos de la
maravillosa transformación operada en él por las obras de los filósofos
revolucionarios. El mismo, habíase calificado de presuntuoso, mas sólo hasta el
momento en que ella se lo reprochó. Desde entonces, la presunción desvanecióse en
su concepto, y sostuvo que el amor inspirado por ella no era más que el efecto de su
virilidad y tenía derecho a manifestarlo.
Ella retrocedió, poseída de un vago temor, pues el aspecto de él era poco
tranquilizador. Además, acababa de exponer ideas que le acreditaban de
revolucionario, y en la sociedad a que ella pertenecía se despreciaba a los que
profesaban tales doctrinas, pero también le habían enseñado a temerlos, como a locos
peligrosos que no es prudente excitar.
—Monsieur —tartamudeó ella recogiéndose el traje de montar, de terciopelo
verde, cual si se preparara para alejarse—, no sois el mismo. Mucho me apena que
me hayáis hablado cual acabáis de hacerlo. Siempre hemos sido buenos amigos,
monsieur La Boulaye. Olvidemos esta escena. ¿Queréis? —Su tono estaba
impregnado de conciliadora dulzura.
La Boulaye, que había vuelto la cabeza, vió el tomo de los Discursos sobre la
hierba y se inclinó a recogerlo. La acción tenía algo de simbólico. Por un instante
había renegado de sus ideales, para hablar de amor a una mujer, y ahora, rechazado
por ella, volvió a Rousseau y con gesto de arrepentimiento recogía su obra.
—Estoy perfectamente cuerdo, mademoiselle —contestó con calma el joven,
cuyas encendidas mejillas eran la única señal externa de la pasada agitación—. Sois
vos la que ayer tarde, durante unos momentos, y aun esta mañana, no parecíais la
misma y a ello se debe que yo haya hablado como lo he hecho.
—¿Que yo no parecía la misma? —repitió ella—. ¿Qué estáis diciendo, señor
secretario?

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—Ayer y hace un momento os expresabais con tanta bondad… Vuestra sonrisa
era tan dulce…
—Mon Dieu! —interrumpió ella con tono de enojo—. Ya veis a dónde van a
parar vuestras elevadas lucubraciones. No puede una mujer sonreír, ni pronunciar un
par de palabras afectuosas, sin que supongáis haber hecho una conquista. Ma foi! Vos
y los vuestros sólo merecéis ser tratados como vasallos, puesto que a la primera
atención que se os dispensa ya abusáis. Si se os tiende el meñique, os tomáis el brazo
entero. Porque ayer os gasté una broma y hoy os he dirigido unas cuantas palabras
amables, me pagáis con insultos…
—¡Basta! —interrumpió él, exaltándose de nuevo—. Eso es llevar las cosas
demasiado lejos, mademoiselle. No es ningún insulto el decir a una mujer que se la
ama, y el ser amado no es tampoco ningún baldón. La más miserable de las criaturas
tiene derecho a adorar el mismo Dios que adora el rey, sin que la divinidad se ofenda
por ello. ¿Pretendéis acaso que una mujer vale más que Dios?
—Monsieur!, hacéis preguntas que no estoy dispuesta a contestar, y tampoco
quiero proseguir esta discusión. Basta con que me dé por ofendida, tanto por vuestras
palabras, como por el tono en que me las habéis pronunciado. Siento tener que
expresarme en términos tan duros, pero vuestra insistencia me obliga a ello. Dejemos
ahora mismo esta cuestión y tened entendido que no deseo que se repita jamás, o me
veré precisada a buscar la protección de mi padre o de mi hermano.
—Puedes requerirla desde este instante, Susana —dijo una voz desde el
inmediato bosquecillo, cuyo sonido hizo estremecer a ambos, aunque por distinta
causa; y antes de que se repusieran de su sorpresa. El Marqués de Bellecour
presentóse ante ellos. Era hombre de aventajada estatura, y de unos cincuenta años de
edad, pero su constitución era tan vigorosa y tan pulcro su atavío, que parecía más
joven. Su rostro, de facciones regulares y altiva expresión, estaba cubierto de una
palidez amarillenta y enfermiza, mas no por eso dejaban los ojos de ser penetrantes y
la boca voluptuosa y en su bien peinado cabello negro apenas se veían algunos hilos
de plata.
Avanzó lentamente, paseando la mirada de su hija a su secretario, hasta que
preguntó:
—Y bien… ¿qué sucede?
—Nada, señor —contestó Susana—. Una cuestión baladí entre monsieur La
Boulaye y yo, de la que no vale la pena de que os preocupéis.
—No es cosa baladí, señor —dijo a su vez el joven con voz de singular vibración
—. Es que amo a vuestra hija y acabo de decírselo.
Decididamente, su atrevimiento no tenía límites aquella mañana.
El marqués le miró atónito, mas de súbito un vivo carmín coloreó su rostro, y sus
gruesos labios se entreabrieron para exclamar:
—Canaille!… ¿Es posible que hayáis llevado tan lejos la insolencia?
Vestía traje de montar y su mano empuñaba una fusta, que blandió amenazador.

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Pero La Boulaye no se intimidó. Considerándose desde luego perdido, quiso, al
menos, utilizar las pocas probabilidades que le ofrecía la época para sincerarse.
No ha habido insolencia ni presunción en el paso que he dado —contestó el
joven, sosteniendo con firmeza las miradas de su jefe—. A vos os lo parece así,
porque yo soy el secretario del marqués de Bellecour y ella la hija del mismo
personaje. Ésas no son más que circunstancias fortuitas, en que nos hallamos por
casualidad. Ella es mujer antes que hija vuestra, y yo hombre antes que vuestro
secretario. Así, pues, no como secretario que habla con vuestra hija, sino como
hombre que se dirige a una mujer, he dicho a esta dama que la amo. Todo hombre
tiene el derecho de declarar su amor, y toda mujer que merezca este nombre ha de
sentirse honrada al escucharle. En las épocas primitivas…
—¡Mil diablos! —exclamó el marqués, incapaz de contenerse—. ¿Hasta cuándo
han de escuchar mis oídos esos rebuznos?… ¡Miserable, plebeyo! ¡Aprende a
respetar a tus superiores!
Restalló el látigo, y la delgada tralla, después de agitar el aire, descendió con
fuerza sobre el rostro de La Boulaye. Éste lanzó un grito en el que había tanto dolor
como sorpresa, llevándose las manos a la lastimada mejilla, y de nuevo cayó el látigo
sobre ella. El joven, enloquecido, lanzóse sobre su agresor. Su estatura era igual a la
del marqués, mas en peso le llevaba éste mucha ventaja. Sin embargo, en aquellos
delgados brazos y muñecas aceradas había una insospechada fuerza nerviosa.
Mademoiselle de Bellecour, que permaneció inmóvil con los ojos espantados y la
boca entreabierta, vió que la esbelta figura, ágil y fina, como un galgo, se arrojó sobre
su padre, y un instante después el látigo había pasado a las manos del secretario, que,
dando unos pasos atrás, se separó del noble, diciendo con trémulos labios y un dejo
de decaimiento:
—Agradeced a vuestra edad, señor marqués, que no rompa este látigo en vuestras
espaldas, en vez de hacerlo en mi rodilla —y arrojó los dos pedazos a las soleadas
aguas del arroyuelo—. Pero exijo una satisfacción por esta injusticia —y señaló el
verdugón que le cruzaba el rostro.
—¡Satisfacción! —repitió el marqués, ronco de enojo—. ¿Os atrevéis a pedirme
una satisfacción, miserable?
—A vos, no —contestó el joven con cáustica sonrisa—. De nuevo os protegen
vuestros años. Mas tenéis un hijo, y si mañana lo perdéis, consideraos como un
asesino, a causa de esto —y otra vez señaló la infamante señal.
—¿Os proponéis, acaso, cruzar vuestra espada con la del vizconde? —preguntó el
noble tan estupefacto, que casi olvidó el enojo.
—Eso, justamente, es lo que me propongo, monsieur. En los ejercicios de esgrima
a veces le he vencido; puede que también lo consiga peleando en serio.
—¡Majadero! —exclamó el marqués con desdeñosa frialdad, pues ya iba
recobrando el domino sobre sí mismo—. Si os atrevéis a acercaros a Bellecour, si os
encuentran mis criados dentro del parque, haré que os maten a palos por vuestra

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insensata pretensión. Conservad lo dicho en la memoria, señor secretario, y evitad
estos lugares como si estuvieran apestados. Venid, Susana —añadió volviéndose
hacia su hija—. Sobrado tiempo hemos dedicado ya a este canaille.
Y ofreció la mano a la joven, que le siguió sin dirigir ni una sola mirada a La
Boulaye.
El secretario permaneció en el mismo sitio, muy pálido (salvo la roja línea trazada
por el látigo), y con el corazón dolorido. Una vez apagado el momentáneo fuego,
dábase cuenta su verdadera situación. Un amante desdeñado, un hombre ultrajado y
un secretario despedido. Miró tristemente al tomo de Los Discursos y por primera vez
puso en duda la clarividencia del viejo Juan Jacobo. ¿Había… habría alguna vez
medio de cambiar el régimen actual?
Ya habían ocultado los árboles las figuras del marqués y de su hija a las miradas
de La Boulaye, y él joven revolucionario se encontraba solo… Muy solo… Carecía
de familia y últimamente su único interés en la vida, aparte del que siempre le inspiró
el filósofo ginebrino, había sido el observar a Susana de Bellecour y adorarla en
silencio y a distancia. Pero al presente, había perdido también esas migajas de
felicidad. Tenía que alejarse del castillo, renunciar para siempre a verla y él la
amaba… la amaba… la amaba…
Alzó los brazos al cielo con un suspiro que casi era un sollozo; ocultó después el
rostro entre las manos, y al tropezar sus dedos con el inflamado verdugón que tanto le
escocía, borráronse de su mente las ideas de amor, para ser substituidas por las de
venganza, y dijo en alta voz:
—Pero esto me lo pagaréis… os lo juro.
Giró en redondo, apretando Los Discursos contra su cuerpo… y con paso tardo
siguió el curso de las brillantes aguas.

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CAPÍTULO VII

LA BOULAYE SALDA UNA DEUDA

L A Boulaye contaba con un buen amigo en la aldea de Bellecour. Era éste el


viejo Duhamel, maestro de escuela del pueblo; un poco excéntrico, algo
pedante, e incondicional admirador del inmortal Juan Jacobo. A su casa
acudió el joven, en busca de consejo acerca de su porvenir, que en aquellos
momentos tenía un aspecto asaz lúgubre.
Encontró abierta la puerta de la casa, y cruzando el portal llegó hasta la principal
habitación de la vivienda. Mas detúvose vacilante en el umbral. El aposento estaba
lleno de endomingados campesinos, y el centro de atracción lo constituía un buen
mozo de curtida y saludable tez, cuyos rubios y rizados cabellos estaban medio
cubiertos por un ladeado sombrero de fieltro, galoneado con cintas de múltiples y
vivos colores.
Al verle, recordó La Boulaye que Charlot se casaba aquel día. Muy popular entre
las hembras por su buena planta, y entre los hombres por sus buenos puños, Charlot
Tardivet era muy querido en toda la comarca, como lo atestiguaba la muchedumbre
que se había reunido en casa del maestro de la escuela, para acompañarle en el acto
de la boda. Duhamel, que casi sobrepujaba al señor cura, respecto a lo paternal de sus
sentimientos hacia los aldeanos, había abierto sus puertas para recibir a los amigos
del novio, y La Boulaye sintióse conmovido por esta nueva prueba de la bondad del
hombre cuyo buen corazón había apreciado en tantas ocasiones. Pero al joven le
pareció que en aquella regocijada reunión no había sitio para él. Dadas las
circunstancias en que llegaba, con las señales de violencia impresas en el rostro, su
aparición sólo serviría para echar una sombra en su alborozo, haciéndole recordar al
señor de vidas y haciendas que moraba en el castillo. Este recuerdo del constante
peligro que les amenazaba bastaría para amargar aquellos momentos de olvido y
bulliciosa alegría. Para dejarles disfrutar de unos momentos de felicidad sin nubes. La
Boulaye estaba dispuesto a retirarse, pero ya era demasiado tarde. Duhamel le había
visto, y el menudo viejecillo corrió hacia él, con las gafas de concha en la misma
punta de la nariz y la expresión rebosante de cordial amistad.
—¡Caron!… No podíais llegar a mejor tiempo —exclamó estrechando ambas
manos al recién venido—. Así abrazaréis a ese joven Hércules y le desearéis
felicidades en el nuevo estado que se atreve a tomar. —Interrumpióse al observar la
línea roja que cruzaba el rostro del ex secretario y exclamó—: Mon Dileu!… ¿Qué os
habéis hecho, Caron?
—¡Pse!… Casi nada —contestó apresuradamente el joven, deseando eludir la
respuesta, mas uno de los presentes juró por la memoria de un santo, muerto desde

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mucho tiempo atrás, que aquello tenía todas las trazas de ser un latigazo. Chispearon
los ojillos del maestro, y su apergaminado rostro se contrajo en mil arrugas.
—¿Quién ha sido, Caron? —preguntó.
—Puesto que os empeñáis en saberlo —contestó el joven intentando aún tomar el
asunto en broma—, os diré que es la rúbrica que ha puesto el marqués a mi orden de
despido.
—¡Grandísimo perro! —bramó el maestro.
—|Bah!… Poco importa. Quizá anduve demasiado atrevido… Ya hablaremos de
ello cuando se vaya esta gente… No empañemos su alegría, querido maestro…
Vamos a abrazar al afortunado novio.
Aunque ardiendo interiormente de curiosidad e indignación, Duhamel siguió el
consejo, mientras La Boulaye contestaba riendo a las mil preguntas que se le hacían,
logrando por fin desviar la conversación. Bebió a la salud de la novia (que no estaba
presente) y por la felicidad del nuevo matrimonio. Abrazó a Charlot y sacando un luis
de oro de su escaso peculio, se lo entregó disimuladamente al novio para que
comprara una friolera a María, en recuerdo suyo.
En esto llegó un chico para advertir que el señor cura estaba dispuesto para la
ceremonia. El anuncio bastó para que Charlot y sus amigos salieran apresuradamente,
y en bulliciosa confusión, entre risas y bromas, tomaron el camino de la iglesia de
San Ildefonso.
—Ya os seguimos, Charlot —dijo Duhamel al atlético novio, al salir—. Allí
estaremos para estrechar la mano a tu esposa, y daros la enhorabuena a los dos.
Cuando, por fin, quedaron solos en la sala del maestro, volvióse éste, convertido
todo él en un signo de interrogación, y el secretario le contó lo sucedido. Ruborizóse
ligeramente al hablar de su amor a mademoiselle de Bellecour, pero comprendió que
no debía ocultar nada, si solicitaba consejos de su viejo amigo.
Obscurecióse el rostro de Duhamel a medida que hablaba el joven, y sus ojos
tomaron una expresión triste y pensativa.
—¡Ay! —suspiró cuando La Boulaye hubo terminado—. ¿Qué puedo deciros,
pobre amigo? Aún no ha llegado el tiempo para que los de nuestra condición puedan
requerir de amores a la hija de un señor. Pero llegará, no lo dudéis. Todas las cosas
tienen su límite y Francia se acerca rápidamente al fin de su esclavitud. Pronto llegará
el momento de la crisis y todo el fuego desparramado se unirá para formar una
inmensa llama que devorará el antiguo régimen, borrándolo de la Historia como si
nunca hubiera existido. Entonces surgirá un nuevo estado de cosas; estoy convencido.
¿No nos ofrece la Historia numerosos ejemplos? ¿Qué es la Historia, más que la
repetición de hechos semejantes, entre distintos pueblos? Llegará el día del
resurgimiento para Francia, y llegará pronto, porque lo necesita mucho…
—Ya lo sé, ya lo sé, maestro —interrumpió La Boulaye—, Pero ¿en qué me
ayuda a mí todo eso? No es que no desee de todo corazón el bienestar de Francia,
mas en estos momentos me preocupa más mi propia situación. ¿Qué debo hacer,

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Duhamel?… ¿Cómo podré conseguir el desquite de esto? —Y señaló con el dedo la
desfigurada mejilla,
—Esperad —dijo el viejo en tono expresivo—. Ésta es la moraleja de mis
anteriores afirmaciones. Tened paciencia. Yo os prometo que no esperaréis en vano.
Hoy os han echado en cara que no pertenecéis a su clase, aunque, ¡por vida mía!,
vuestra presencia no cede en distinción a la de un príncipe de Francia. —Y
contemplaba la alta y esbelta figura del secretario, con el orgullo de un padre que
admira las perfecciones de su hijo.
Si la figura de La Boulaye era elegante, no lo era menos su atavío. De la cabeza a
los pies iba vestido (con la excepción de las hebillas de plata de los zapatos, y de los
encajes de la chorrera) del fino paño negro que imponía su profesión. Su mismo
rostro, aunque de expresión pensativa, cercana a la melancolía, tenía cierta altivez
que podía pasar por sello de raza, a lo que contribuía el esmero con que peinaba sus
negrísimos cabellos, recogidos en la nuca por una cinta de seda negra.
—Pero ¿qué debo hacer entretanto? —preguntó el joven con cierta impaciencia.
—Id a Amiens —respondió el otro—. Tenéis instrucción, elocuencia, buen porte
y excelente figura. No podéis tener mejores condiciones para triunfar. —Y
acercándose al secretario bajó instintivamente la voz al añadir—: Allí tenemos un
pequeño círculo, una especie de sucursal de los jacobinos. Somos numerosos, pero
hasta ahora no contamos con miembros de valía. Yo os daré vuestro nombramiento.
Con poco esfuerzo llegaréis a haceros célebre en toda Picardía. Entonces os
enviaremos a París, para representarnos en los Estados Generales… y cuando llegue
el anunciado cambio, ¿quién puede prever las alturas a que llegaréis?
—Lo pensaré —dijo cordialmente el joven—, y no dudo de que llegará ese día…
No supuse que estuvieseis tan adelantados.
—¡Pse! Pues ya lo sabéis y basta… No conviene hablar por ahora de estas cosas.
—Pero —insistió La Boulaye— ¿Qué hacer, en tanto, respecto a esto? —Y de
nuevo señaló a la mejilla.
—¿Qué?… Dejarlo que se cure cuanto antes.
—Prometí al marqués que exigiría satisfacción a su hijo… y siento tentaciones de
hacerlo, arriesgándome a cargar con las consecuencias.
—Las consecuencias serán la única satisfacción que obtendréis… Mejor dicho:
serán anticipaciones más que consecuencias, porque no os dejarán ver al muchacho.
—De esto no estoy seguro —contestó Caron—. El vizconde es más generoso que
su padre, y si yo le escribo que éste me ha ultrajado, tal vez consentirá en medir su
espada con la mía, y si llega ese caso, estoy seguro de matarle —concluyó con rabia.
—¡Sanguinario animal! —protestó Duhamel—. ¡Desnaturalizado maestro!…
¿Habéis olvidado que fuisteis el preceptor de ese pobre chico? Con estas palabras,
Duhamel llevó la cuestión a otro terreno, demostrando a La Boulaye que vengar en el
joven heredero los insultos recibidos de su padre era procedimiento indigno de un
alma noble. Por último logró atraerle a sus ideas, y quedó convencido de que al día

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siguiente partirían juntos para Amiens.
—Pero, Caron, nos olvidamos de nuestro amigo Charlot y de su novia —dijo
súbitamente el viejo—. Vamos pronto… La ceremonia ya estará terminando.
Tomó el brazo de La Boulaye y le condujo a paso vivo hasta la plazoleta, frente a
la iglesia. Justamente empezaba a salir el cortejo, y en el atrio, bañado por el sol
abrileño, formaba la alegre comitiva, los hombres engalanados con cintas, las mujeres
llevando ramilletes de flores, y la feliz pareja se puso en marcha, precedida por los
jóvenes y escoltada por los viejos. Andaban de dos en dos, poblando el aire con sus
carcajadas y picantes ocurrencias. Entonces se oyó otro ruido en dirección contraria,
y si el maestro y su joven amigo hubieran sabido de lo que era preludio aquel rumor
de cascos que chocaban contra el suelo, no habrían acogido con tan despreocupada
sonrisa la aproximación de la boda.
Por una de las calles laterales desembocó una brillante cabalgata. A la cabeza iban
el marqués de Bellecour y su hijo, acompañados por otros caballeros y seguidos por
una docena de lacayos. Era una partida de caza que atravesaba el pueblo para ganar el
coto. La nupcial comitiva que les cortaba el paso hizo que recogieran bridas para
dejarla pasar. Por lo visto el marqués estaba de humor, inclinado a la
condescendencia, pues en otra ocasión les habría echado los caballos encima. De
todos modos, su presencia impuso silencio a los aldeanos. Cesaron las risas y chistes,
y desfilaron como bandada de palomas ante la mirada del halcón. Muchos de ellos
pidiéndole a Dios que el encuentro con su señoría no les diera que sentir.
Bellecour los miró con frío desdén, hasta que pasaron ante él los recién casados.
Chispeáronle los ojos y su palidez pareció animarse.
—¡Deteneos! —mandó con tono imperioso, inclinándose ligeramente en la silla.
Cuando todos, no atreviéndose a desobedecer, quedaron inmóviles, añadió—:
Acércate, muchacha.
Charlot frunció las cejas mirando al marqués, pero si en la mirada había
amenazas, también había miedo. María obedeció con los ojos bajos y ruborizada.
Suponía que la detención tenia por objeto ofrecerles alguna prueba de aprecio por
parte del señor. Su santa inocencia le vedaba sentir los recelos.
—¿Cómo te llamas, niña? —preguntó el marqués en tono más suave.
—Hasta hace poco, María Muchdin, monsieur —con testó ella tímidamente—,
pero ahora mi nombre es María Tardivet.
—Acabas de casarte, ¿eh?
—Venimos de la iglesia, monseigneur.
—C’est ça —murmuró el noble como hablando consigo mismo, y sus ojos
tomaron tal expresión, que Charlot hubo de hacer esfuerzos para no arrancarle de la
silla. Con tono aún más bondadoso, dijo—: Mis parabienes, María. Dios te haga muy
feliz como esposa y como madre.
—Merci, monseigneur —murmuró ella con las mejillas como la grana, mientras
que su marido respiraba de nuevo y daba gracias al cielo, creyendo terminada la

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entrevista. Pero se equivocaba.
—¿Sabes, María, que eres una doncella muy apetitosa? —preguntó el marqués en
tono que heló la sangre al novio.
En el pelotón de nobles se cambiaron maliciosas miradas, y algunos
prorrumpieron en ruidosa hilaridad.
—Charlot me lo ha dicho muchas veces —respondió ella riendo y sin abrigar
sospechas.
El marqués se bajó aún más, y con un dedo puesto bajo la barbilla de María, hizo
que ésta levantara la cabeza. Cuando la novia se encontró tan cerca de los ojos del
señor, sintióse presa de indescriptible espanto, y de súbito desaparecieron los
encendidos colores de sus redondas mejillas.
—Sí —prosiguió Bellecour sonriendo—, ese Tardivet tiene buen gusto, y le
felicito. Habré de buscar un regalo de boda digno de tu fresca belleza —y añadió en
tono más ligero—: Es una antigua y respetable costumbre que va cayendo en desuso.
Blas y Juan te acompañarán al castillo, y el bueno de Tardivet tendrá que poner coto a
su impaciencia hasta mañana.
Volviéndose en la silla, hizo una seña a los lacayos nombrados, y mandó a María
que montara a la grupa de Blas.
Retrocedió ella, pálida como una muerta, y sus aterrados ojos buscaron a
Tardivet, que parecía la imagen de la rabia impotente. En el cortejo, tan alegre poco
antes, sólo se oían los sollozos de algunas mujeres.
—¡A fe mía! —exclamó con risa desdeñosa el marqués—. Más trazas tiene esto
de entierro que de boda.
—¡Piedad, señor! —gritó la angustiada voz de Charlot, que, loco de pena, se
adelantó hacia el marqués.
—¿Quién pretende hacerte daño, necio? —fué la sarcástica respuesta del déspota.
—¡No la separéis de mí, monseigneur!, —suplicó humildemente el joven marido.
—Ya os reuniréis mañana, tonto —dijo el noble—. ¡Paso franco!
Pero Charlot era muy terco. El marqués reclamaba lo que por una antigua ley
pertenecía de derecho a los señores, pero él no estaba dispuesto a someterse sin
protestar a tan bárbara costumbre.
—Señor, no os la llevaréis —gritó desesperadamente—. Es mi esposa, me
pertenece y no os la llevaréis.
Y cogió con tal fuerza la brida, que el caballo del marqués tuvo que retroceder
unos pasos.

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—¡Rústico insolente! —exclamó enojado Bellecour, aplicando un seco golpe con
el pomo del látigo en la cabeza del aldeano. Charlot soltó la brida, al caer aturdido al
suelo. El marqués rozó a su caballo con la espuela y saltó por encima del yacente
cuerpo, con la misma tranquilidad que si hubiera sido un perro muerto.
—¡Blas, tráete la chica! —gritó por encima—. Vamos. —Y dirigiéndose a sus

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acompañantes, añadió—: Vamos, señores… Ya hemos perdido sobrado tiempo.
Ni una sola mano se alzó para detenerle. Ni una sola protesta se dejó oír al
alejarse el lucido escuadrón de nobles, riendo y bromeando, sin preocuparse de la
tragedia que dejaban atrás.
Como un rebaño de espantados corderos, los aldeanos los miraban apretándose
los unos contra los otros. En la misma inacción permanecieron, con la pena y el terror
pintados en los toscos semblantes, mientras que Blas subió la medio desmayada novia
a su caballo. Nadie replicó a la obscena broma que él y su compañero les lanzaron al
reanudar la marcha. Pero La Boulaye, que, desde el sitio en que estaba con Duhamel,
había observado toda la escena, volvióse hacia el maestro con el rostro lívido.
—¿Hemos de tolerar esto? —exclamó con vehemencia—. ¡Dios poderoso! ¿Nos
llamamos hombres y aguantamos esta infamia?
El viejo pedagogo se encogió de hombros con desesperación. Su rostro delataba
profunda tristeza.
—Helás! —contestó suspirando—. ¿Acaso no les pertenece cuanto les rodea? El
marqués sólo hace uso de un derecho que una antigua ley concede a los de su clase.
Son las leyes las que se han de cambiar, querido amigo, y entonces cambiarán los
hombres. Mientras tanto, ya lo veis… son señores de vidas y haciendas.
—Señores del infierno es lo que son —exclamó el joven revolucionario—. Ése es
él sitio que les corresponde, de donde han venido y a donde volverán… ¡Cobardes!
—gritó agitando el puño hacia el grupo de campesinos que rodeaba al pateado
Charlot—. ¡Borregos!… ¡Hato de zoquetes! Bien hacen los nobles en despreciaros,
pues a fe mía que sólo inspiráis desprecio. Capaces seríais de ver asesinar a un
hombre ante vuestros propios ojos, sin atreveros ni a levantar un dedo contra vuestros
opresores.
—No culpéis a estos desdichados —suspiró el maestro—. No se atreven a
rebelarse-
—Pues aquí hay uno por lo menos que sí se atreve —exclamó Caron furioso,
amartillando una pistola que acababa de sacar del bolsillo.
Blas, con la desvanecida muchacha, se acercaba seguido por su colega.
—¿Qué intentáis hacer? —exclamó el viejo, alarmado, poniendo la mano sobre la
manga de La Boulaye. Pero Caron se desasió y dijo:
—Esto. —Y simultáneamente disparó el arma después de apuntar a Blas.
Herido éste en la cabeza, cayó de lado, arrastrando consigo a su prisionera, mas
ésta quedó en el suelo, mientras que él enganchado el pie en el estribo, hubo de seguir
la desenfrenada carrera del asustado caballo, deshaciéndose la cabeza contra las
piedras.
Juan lanzó un grito, que tanto podía ser de furia como de miedo, y por un instante
quedóse quieto, vacilando entre recoger a la moza o vengar a su compañero. Pero sus
dudas quedaron resueltas por La Boulaye, que apuntándole gritó:
—Fuera de aquí, a menos que quieras seguir el camino por el que he mandado a

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tu compañero.
Siendo Juan un muchacho muy prudente, no necesitó más indicaciones, y sin
replicar, picó espuelas, metiéndose por la calle que tomó el caballo que arrastraba al
pobre Blas.
—¡Caron! —exclamó Duhamel consternado—. Tiemblo por vos, hijo mío. Huid
de Bellecour ahora mismo… sin perder instante. Mis amigos de Amiens os…
Pero Caron se había separado de él para correr al sitio en que yacía la novia. Los
campesinos le siguieron en paso lento y cierta tímida vacilación. Preguntábanse a sí
mismos si por asistir a la muchacha se harían cómplices del acto de violencia
cometido por La Boulaye. Que a esto seguiría un castigo ejemplar por parte del señor,
nadie lo ponía en duda, y todos temblaban al pensar que a los del castillo les faltara
discernimiento al descargar el golpe. Charlot se contaba entre éstos, ya estaba de pie,
pero aun asaz aturdido para darse cuenta exacta de la situación. De pronto recobró sus
plenas facultades y corrió junto a La Boulaye, que ayudaba a la aterrada María a
levantarse. La joven, sollozando, arrojóse al cuello de su marido.
—¡Charlot, mon Charlot! —exclamó, y un momento después dijo—: Ha sido este
valiente gentilhombre quien me ha salvado.
—Monsieur, le recordaré todos los días de mi vida.
Más hubiera dicho el novio, pero los asustados aldeanos arremolinábanse en torno
suyo, y cogiéndole por la chaqueta decían:
—Vete pronto, Charlot… Estos aires no son buenos para ti… Sal cuanto antes de
Bellecour. Aquí no estás seguro…
—Aquí nadie está seguro —exclamó uno—, yo no quiero que me pillen aquí
cuando vuelva el señor… Se vengará de nosotros… ¡Oh, Dios! ¡Y cómo se vengará!
La advertencia surtió un efecto mágico. Tras de rápida despedida, cual manada de
medrosas liebres, todos corrieron a esconderse en sus madrigueras, antes de que
llegara el temido cazador. Aún no se había perdido de vista el último de los fugitivos
cuando oyóse el galope de caballos, mezclado en un coro de furiosos gritos, y no
tardó en desembocar como una catarata la cabalgata del marqués traída por el criado
que escapó con vida y que la fué a buscar. Cierto es que venían enojados, sobre todo
el marqués, pero aún era más la excitación que les causaba la perspectiva de la caza
del hombre; que por lo emocionante, supera a todas las demás.
—Aquél es, monseigneur —exclamó Juan, señalando a La Boulaye—, y un poco
más allá están la moza y su marido.
—¡Ah!… Otra vez el secretario, ¿eh? —dijo el noble con cruel sonrisa. Y
acercándose añadió—: Ma foi! Debe estar cansado de la vida. Sujeta a la mujer, Juan.
Caron estaba ante él, pálido de rabia por los aldeanos que huían y los nobles que
se acercaban. Si aquellos idiotas hubieran permanecido firmes, defendiéndose con
palos, piedras y cuantas armas les vinieran a las manos, podrían enorgullecerse de ser
pisoteados por corceles de la nobleza… Entonces, al menos, habrían demostrado ser
hombres. Pero huir así, más de cincuenta hombres, ante menos de la mitad, era

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confesarse indignos de mejor suerte. El mismo no podía hacer más que disparar el
único tiro que aún tenía su pistola, pero eso estaba resuelto a hacerlo, y a dar a la bala
el mejor empleo posible. En consecuencia, apuntó atrevidamente al marqués, que se
acercaba, y soltó el gatillo. Mas Bellecour había hecho muchas campañas, y conocía
no pocos ardides. A la vista del cañón dirigido contra él, levantó el caballo de manos
y la carga penetró en el cuerpo del animal. Con un relincho de dolor, el noble bruto
trató de recobrar el equilibrio, mas no pudo sostenerse y cayó, lanzando al jinete de la
silla. La Boulaye tuvo la idea de arrojarse sobre el caído y matarlo con sus propias
manos. Antes de que pusiera en práctica esta inspiración, uno de los jinetes acercóse
a él y le dió tal golpe en la cabeza, que perdió la vista y tuvo la sensación de que
descendía al reino de las tinieblas.

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CAPÍTULO III

LA PALABRA DE BELLECOUR

A L recobrar La Boulaye el conocimiento, hallóse tendido de espaldas en el


centro del patio del castillo. Desde un amplio balcón de piedra, un grupo del
que mademoiselle de Bellecour era el centro, contemplaba al cautivo, que
habla sido vuelto a la vida, a fin de que sufriera el castigo de su señor.
La joven habla vuelto de su matinal paseo en el parque con la conciencia poco
tranquila. Haber presenciado el latigazo que su padre pegó a La Boulaye, y haberse
alejado sin pronunciar una palabra de horror o siquiera de lástima, era cosa que
dudaba que hubiera estado bien hecha. Ciertamente que el imperdonable atrevimiento
del secretario mereció un castigo. Si ella hubiera intercedido, se habría podido
sospechar que simpatizaba con sus pretensiones y la lección hubiera perdido en
eficacia.
Lo que no se podía negar es que Caron La Boulaye era hombre de distinguido
porte y de ardiente elocuencia, cuando la pasión le hacía salir de su habitual reserva.
La misma sombra que parecía envolverle, bien fuera por sus negros atavíos, o por sus
hábitos de pensador, añadía nuevo interés a una personalidad que ahora le parecía
eminentemente práctica. En el inviolable asilo de su propio cuarto, la hermosa
doncella, al recordar las ardientes palabras del enamorado, y su palidez al recibir el
latigazo, no pudo menos que suspirar. ¡Con qué orgullo habría recibido ella los
homenajes de un hombre semejante, si hubiera pertenecido a su misma clase! Mas
por no ser así, terminó su pensamiento con una desdeñosa carcajada en la que vibraba
una nota de pena… Tales ideas eran absurdas… Ella era mademoiselle Bellecour, y él
un secretario de su padre… educado, si se quiere… tal vez más de lo que requería su
posición, pero un vasallo de humilde cuna. «Sí —terminó diciéndose a sí misma—, el
águila no puede unirse al gorrión».
Al salir de su cuarto, fué saludada con la doble noticia de un motín en la aldea, y
un intento de asesinato contra su padre. El jefe de la rebelión, según dijeron, había
sido traído al castillo y no tardaría en ser ahorcado por orden del marqués. Curiosa
por saber quién era el infortunado, acercóse al balcón, en el que ya se había formado
un grupo de ociosos. Indescriptible fué la impresión que le produjo aquel lívido rostro
vuelto hacia el cielo con los ojos cerrados.
—¿Está muerto? —preguntó en cuanto pudo afirmar su voz.
—Todavía no, mademoiselle —contestó el ingenioso caballero de Jacquelin,
jugando con sus dijes—. Vuestro padre lo trae de nuevo a la vida, para enviarle
definitivamente a la muerte.
La joven oyó la voz de su padre detrás de ella.

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El marqués se asomaba al balcón para enterarse de si La Boulaye había recobrado
el conocimiento.
—Parece que empieza a volver en sí —dijo alguien.
—¡Ah!, ¿estáis aquí, Susana? —dijo el marqués—. Ahí tenéis a vuestro amigo el
secretario, que ha querido representar hoy otro papel. De ser mi servidor, ha estado a
punto de convertirse en mi asesino.
Susana no podía evitar el sentir cierta simpatía por el culpable, por poco filial que
parezca el sentimiento. Imaginábase que su rebelión, cualquiera que fuese la forma
tomada, era consecuencia de la roja marca impresa en su rostro, y le parecía que era
muy propio de un hombre el tomar algún desquite del injusto golpe que le había
lastimado el cuerpo y el alma.
—Pero ¿qué ha hecho, señor? —preguntó ella, deseando ampliar la breve
información recibida.
—La suficiente para justificar el que se le ahorque —respondió secamente el
magnate—. Ha tratado de oponerse a mi autoridad, ha amotinado contra mí a los
aldeanos de Bellecour, ha matado a Blas y me hubiera matado a mí, si yo no hubiera
preferido sacrificar mi caballo.
—¿Por qué causa trató de oponerse a vuestra autoridad? —insistió Susana.
Él la miró sorprendido y casi enfadado.
—¿Qué importa la causa? —preguntó el marqués con impaciencia—. ¿No basta
el hecho?… ¿No basta el que haya matado a Blas, y que yo por poco haya quedado
entre sus manos?
—¡Es un perro insolente! —exclamó la marquesa, una corpulenta dama, con un
monstruoso peinado—. Si hemos de permitir que sirvan en Francia hombres como
éste, tenemos los días contados.
—Dicen que pensáis ahorcarle —continuó Susana, sin hacer caso de lo dicho por
su madre y con una nota de temor en el tono.
—Se equivocan. No pienso hacer tal cosa.
—¿Que no lo pensáis? —exclamó la marquesa—. Entonces, ¿qué os proponéis?
—Cumplir mi palabra, madame —contestó él—. Prometí a ese canaille que si le
encontraba dentro de mis dominios, le haría matar a latigazos, y eso es lo que me
propongo.
—¡Padre!, —exclamó Susana, horrorizada al igual que las cuatro a cinco damas
presentes, con excepción de la marquesa, que sonrió, y haciendo un ademán de
aprobación con el colosal peinado, dijo:
—Y muy merecido que lo tiene…, ¡merecidísimo!
Una conmiseración inmensa despertó en el corazón de la joven, al ver que su
padre bajaba con objeto de poner en obra su bárbaro propósito. Sin prestar atención a
las rebuscadas galanterías que el elegante caballero de Jacquelin murmuraba a su
lado, permanecía erguida e inmóvil junto a la balaustrada del balcón observando los
preparativos de lo que se iba a efectuar.

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Oyó las órdenes dadas por la autoritaria voz de su padre. Vió cómo arrancaban las
ropas del cuerpo del infortunado secretario, dejándole medio cuerpo desnudo, y así le
ataron al poste más inmediato al abrevadero situado al extremo opuesto del patio. El
cuerpo quedaba oculto a sus ojos, pero la cabeza sobresalía del tosco pilar, y lo tenía
de frente. A su lado se puso un muchacho truhán, armado de grueso látigo de cuero.
—¿Cuántos azotes, monseigneur? —oyó que preguntaba.
—¿Cuántos? —repitió el marqués—. ¿Yo qué sé los que podrá soportar? Tú pega
hasta que lo mates. Allons! Manos a la obra.
Vió ella que el verdugo desenrollaba el látigo, dando un paso hacia la víctima. En
aquel instante, Caron levantó la vista y sus miradas se cruzaron a través del ancho
patio. Sonrió él, y la doncella sintió que su corazón se paralizaba ante aquella heroica
sonrisa. Ella y su madre eran las únicas damas que permanecían en él balcón, las
restantes habíanse retirado en cuanto La Boulaye fué atado al poste. La marquesa no
imitó su ejemplo, sin duda por parecerle divertido el espectáculo, y Susana quedóse
allí, porque el horror la tenía clavada en el suelo. Horror e infinita compasión hacia el
desgraciado que con tan vehemencia tuvo la audacia de declararle su amor aquella
misma mañana.
La ancha correa crujió en el aire, y cayó silbando sobre las carnes del joven.
El siniestro ruido la despertó de su ensueño. Estremecióse de la cabeza a los pies,
y cubriéndose el rostro con las manos salió del balcón, seguida por la burlona risita
de su madre.
—Mon Dieu!… ¡Esto es horrible, espantoso! —exclamó Susana, dejándose caer
en la silla más cercana, con las manos puestas sobre los oídos; mas no pudo evitar
que llegaran a ellos los siniestros silbidos del látigo y el sordo golpe al ceñirse a las
torturadas espaldas. Ella los iba contando de un modo maquinal y casi inconsciente.
De pronto cesaron. ¿Qué había sucedido? ¿Estaba ya muerto el infortunado poeta?…
Movida por la curiosidad, más grande aún que su repugnancia, acercóse al balcón
preguntando:
—¿Ha concluido?
—¿Concluido? —replicó monsieur de Jacquelin encogiéndose de hombros—.
Según parece, tenemos para rato. El ejecutor hace una pausa para tomar aliento, eso
es todo. El individuo ni siquiera ha despegado los labios. Es más terco que una mula.
—O más sufrido que un espartano —replicó noblemente el vizconde. Y
volviéndose a su hermana añadió—: Miradle, Susana.
Ésta obedeció casi involuntariamente y, avanzando un paso, salió al balcón. Sus
ojos vieron un rostro cadavérico, bañado por el sudor de la agonía, pero los labios
continuaban firmemente cerrados, y la expresión de su faz era serena.
Mientras le miraba, oyó la voz de su padre que ordenaba la continuación del
suplicio. De nuevo, la mirada de él se encontró con la suya, mas esta vez ninguna
sonrisa entreabrió los exangües labios.
Otra vez silbó el látigo. Susana refugióse en el salón, mas aunque ya no podía ver

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el rostro de Caron, su mirada la obsesionaba.
Impulsada por él espanto y la piedad, tomó una súbita resolución y, medio loca,
salió del aposento. Un momento después presentábase en el patio, cual bellísima e
inesperada aparición.
—¡Detente! —gritó con voz entera, que hizo volverse a su padre y al ejecutor.
Éste suspendió su odiosa tarea. Pero una mirada del marqués le hizo reanudarla, cual
si no hubiera habido interrupción.
—¿Qué es esto? —preguntó Bellecour, medio en serio y medio en broma. En los
ojos del atormentado, ya próximos a cerrarse, brilló un fugaz chispazo.
Pero mademoiselle no perdió tiempo en contestar a su padre y viendo que et
verdugo proseguía, a pesar de su orden, lanzóse como una furia sobre él, y arrancó el
látigo de su forzuda mano.
—¿No te he dicho que te detuvieras? —exclamó ella echando fuego por los ojos;
y levantando el látigo lo dejó caer con toda su fuerza sobre los hombros del
malandrín, que aullando se refugió al otro lado del, abrevadero.
El marqués, enojado al principio, no pudo menos de soltar una carcajada, al ver
que el ejecutor se transformaba en azotado. Ella dió un paso para seguir al bergante
hasta su refugio, mas a la vista de las laceradas espaldas de La Boulaye retrocedió
poseída de horror, y dominando sus sentimientos, pues aunque mujer, poseía
indomable fuerza de voluntad, volvióse hacia su padre:
—Entregadme este hombre, señor —le suplicó.
—¿Qué vais a hacer con él? —preguntó sorprendido el marqués.
—Yo cuidaré de que no se interponga en vuestro camino. ¿Qué más podéis
desear?… Ya le habéis torturado bastante.
—Tal vez… pero ¿es culpa mía si le cuesta tanto morir?
Ella reiteró las instancias e inesperadamente encontró un aliado en M. des
Cadoux, un caballero de edad provecta, que había observado la escena de los azotes
con gesto de desaprobación, y siguió a la joven al patio.
—Es un mozo sobrado valiente para morir como un perro, Bellecour —dijo el
recién llegado—. Dudo que pueda sobrevivir al castigo recibido, pero en nombre del
valor os ruego que le concedáis las escasas probabilidades que pueda tener.
—Prometí que le haría matar a azotes —empezó el marqués, pero su hija y des
Cadoux renovaron los ruegos sin dejarle acabar la frase.
—Pero ¡pardiez! —interrumpió él a su vez—. Parece que echáis al olvido que ese
rebelde ha matado a uno de mis servidores.
—Entonces debíais haberle ahorcado, sin torturarle de esta manera —replicó el
viejo secamente.
Por un momento pareció que la discusión degeneraba en disputa, las palabras se
hacían más vivas y las réplicas más violentas; pero el ejecutor decidió la cuestión,
anunciando que el culpable acababa de expirar.
A Bellecour le pareció una conclusión muy satisfactoria.

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—Por lo menos ha sido oportuno —dijo riendo—. Si el tunante vive cinco
minutos más, creo, des Cadoux, que acabamos desafiándonos. —Y volviéndose al
criado preguntó—. ¿Estás seguro de que ha muerto?
—Miradle vos mismo, monseigneur —contestó aquél señalando al poste, donde
el inanimado cuerpo estaba sujeto por las ligaduras. La cabeza colgaba hacia atrás y
tenía los ojos cerrados.
El marqués, encogiéndose de hombros, se volvió hacia su hija y sonriendo dijo:
—Podéis apropiaros esa piltrafa, si gastáis, pero creo que sólo os servirá para
arrojarlo a un barranco.
La joven no estaba dispuesta a seguir tal consejo. Ordenó a dos criados que le
quitaran las ligaduras y lo transportaran a casa de Duhamel, porque sabía que La
Boulaye y el viejo maestro eran amigos.
—¡Qué cosa tan incomprensible es el corazón de una mujer! —gruñó el marqués
al retirarse del patio—. Puede un hombre no importarle un rábano, pero si le ha
declarado su amor, aunque no sea verdad ni ella le corresponda, ya parece que
adquiere ciertos derechos sobre ella.

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CAPÍTULO IV

LOS DISCÍPULOS DE ROUSSEAU

L AS meditaciones del marqués de Bellecour hubieran sido probablemente


menos plácidas, de saber que el secretario distaba mucho de estar muerto,
pues lo que el ejecutor, de buena fe, pero equivocado, tenía por muerte, sólo
era pasajero desvanecimiento. En otras circunstancias el noble no se hubiera dado por
satisfecho con la mera palabra de aquel bruto, y habría querido cerciorarse mediante
un detenido reconocimiento de la víctima. Pero como ya hemos dicho, la noticia puso
feliz término a su incipiente disputa con des Cadoux, y se apresuró a darle crédito.
El descubrimiento de que Caron vivía lo hicieron los que cortaban sus ligaduras,
justamente en el momento en que el marqués volvía la espalda.
Un aleteo de los párpados y un esfuerzo para respirar anunciaron el hecho, y ya
estaba el ejecutor a punto de anunciar la nueva, cuando Susana, con una imperiosa
mirada, le impuso silencio, murmurando febrilmente:
—¡Callad!… Aquí tenéis un luis para cada uno, sí guardáis el secreto y conducís
a este infeliz a casa del maestro Duhamel, como os he dicho.
El secretario abrió los ojos, sin ver nada, y un prolongado gemido se escapó de
sus labios.
—Mille diables! Cállate, hombre… Tú estás muerto —murmuró a su oído Gil, el
ejecutor, mientras que su ama dirigía temerosas miradas a su padre, que seguía
avanzando hacia el castillo.
Así escapó de la muerte Caron, y llegó a casa de su amigo en forma de agonizante
y ensangrentada masa de carne humana. El viejo maestro le recibió derramando
copiosas lágrimas, no sólo arrancadas por la triste condición en que se hallaba el
joven, sino también en cierto modo por la gratitud, pues no creyó volver a verle vivo.
A la puerta del pedagogo había una berlina y dentro de la casa una visita. El
forastero era un joven de mediana estatura y esbelto cuerpo, que no representaba más
de veinticinco años, aunque en realidad pasaba de los treinta. Tan meticulosa era la
pulcritud de su atavío, que a pesar del tono obscuro de su ropaje, su elegancia tenía
algo de rebuscado; su chorrera era tan amplia y rica, su cabello tan cuidadosamente
peinado y empolvado, y botones y hebillas despedían tal brillo, que estos detalles
proclamaban al dandy, mientras que el tono obscuro del paño daba la impresión de
austeridad. La misma contradicción se observaba en el pálido y singular rostro. La
debilidad de sus parpadeantes ojos daba un mentís a la astuta prominencia de sus
pómulos, la afilada nariz de movibles ventanillas parecía burlarse de la austera frente,
y la firmeza del mentón neutralizaba el fino trazo de la boca.
Parecía hallarse muy a sus anchas en aquellos lugares y cuando La Boulaye fué

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depositado en él sofá de la casa del maestro, acercóse para mirar curiosamente el
rostro del secretario, interrogando después con la mirada a Duhamel.
—Es el joven de quien os estaba hablando, Maximiliano —contestó el pedagogo
—. Y doy mil gracias a Dios por que no le hayan matado. No esperaba tal acto de
humanidad por parte de esos lobos, y hasta añadiré que no lo comprendo.
—Monsieur —insinuó Gil—, tal vez lo comprenderéis si os digo que el señor
marqués le cree muerto, pues todos le dimos por tal, y cuando descubrimos que vivía,
mademoiselle se empeñó en salvarle. Nos dió dinero para guardar el secreto, mas ni
por una fortuna lo hubiera hecho, si creyera que monseigneur podía descubrir el
engaño. Debe salir de Bellecour y de la misma Picardía, sin perder momento. Exijo
que nos lo prometáis, o lo volvemos al castillo diciendo que de súbito ha revivido.
Insisto en ello, porque nos va la vida. Si lo supiera el señor, nos mandaría ahorcar.
En los débiles ojos del forastero brilló una chispa de indignación y contrajéronse
sus finos labios, acentuando el largo de la recta nariz.
—¿Que os haría ahorcar? —dijo—. Ma foi, Duhamel, tendremos que cambiar
todo esto muy pronto… os lo prometo.
—Bien sabe Dios que necesita el cambio —suspiró el maestro—. Puedo jurar que
jamás se vieron juntas tantas iniquidades.
El forastero le tiró de la manga, para recordarle la presencia de los servidores del
castillo. Volviéndose hacia ellos, dijo Duhamel:
—Le tendré oculto hasta que se reponga. Entonces encontraré medios para que
salga de la provincia.
Pero Gil sacudió la cabeza y su compañero dejó oír un gruñido de desaprobación.
—Eso no sirve, maestro —replicó tozudamente el primero—. ¿Y si el señor se
entera de que está aquí? Es demasiado peligroso. Puede verle cualquiera. No, no… O
juráis que saldrá de aquí esta misma noche, o cargamos con él, y volvemos al castillo.
—Mas ¿cómo puedo jurar semejante cosa? —preguntó impacientado Duhamel.
—Muy fácilmente —intervino el forastero—. Me lo llevaré en mi berlina,
dejándole en Amiens o Beauvais…, o mejor aún: le llevaré conmigo a París.
—¡Qué bueno sois, Maximiliano! —exclamó el maestro, a cuyo elogio contestó
el otro con un ademán evasivo.
De este modo quedó la cuestión arreglada a gusto de los vasallos del señor, que se
retiraron, una vez obtenida la solemne promesa de que el herido saldría aquella
misma noche de Bellecour y a la siguiente víspera de Picardía.
El que Duhamel llamaba Maximiliano comenzó a pasearse por la habitación con
la cabeza inclinada y las manos cruzadas a la espalda, como una viviente protesta
contra el sistema señorial, de cuyas atrocidades había recibido convincentes
testimonios, porque acababa de oír lo sucedido a La Boulaye y los motivos de su
rebelión contra el despotismo de Bellecour.
—Se enmendará todo esto, Duhamel, os lo prometo —repetía—. Mas no antes de
que hayamos unido a los débiles para luchar contra la opresión, sujetado a los tiranos

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y asegurado a cada uno la posesión de cuanto le corresponde. No, hasta que todos los
hombres sean libres y entren en la vida con iguales derechos; no, hasta que hayamos
establecido leyes de justicia y paz, a las que todos, ricos y pobres, nobles y plebeyos,
hayan de someterse. Sólo así se pueden contrarrestar los caprichos de la fortuna que
traen al mundo a unos entre brocados y a otros entre paja. Débiles y poderosos han de
estar sujetos por los mismos deberes mutuos. Hemos de concentrar nuestras fuerzas, a
fin de obtener el poder supremo, que nos gobierne imparcialmente con las mismas
leyes, protegiendo por igual a todos los miembros de la comunidad, rechazando a
nuestros enemigos comunes, y conservando una ilimitada concordia entre todos.
¿Cuántos crímenes, asesinatos, guerras, miserias y horrores se evitaran así, Duhamel?
… Y esto llegará… y llegará pronto… no temáis.
Caron hizo un movimiento sobre el sofá, en que el maestro le había acomodado, y
levantando la cabeza miró al que proclamaba las doctrinas que durante tantos años
llevaba encerradas en el corazón.
—Querido Juan Jacobo —murmuró.
Volviéndose rápidamente el forastero, acercóse al joven.
—¿Habéis leído al maestro? —preguntó con nuevo interés el secretario.
—¿Que si le he leído? —exclamó Caron olvidando momentáneamente la triste
condición de su cuerpo, con la alegría de encontrar un nuevo discípulo de Rousseau
—. Apenas habrá alguna línea de sus Discursos que yo no sepa de memoria y no
reverencie, esperando vagamente que llegue el día soñado por él, en que se
establezcan sus teorías y se barran estas corruptelas del poder tiránico.
Los ojos del forastero chispearon.
—¡Joven! —exclamó con energía—. Vuestras esperanzas están a punto de
realizarse… ¡Sí!… Aunque para ello sea necesario pisotear las lises de Francia,
hundiéndolas para siempre en el polvo.
—¿Quién sois, monsieur? —preguntó La Boulaye, mirando al profeta con
creciente interés.
—Mi apellido es Robespierre —fué la respuesta, que nada dijo a Caron, porque el
nombre de Maximiliano Isidoro Robespierre, que en breve tiempo había de llenar
toda la Francia, eran entonces escasamente conocido.
La Boulaye inclinó la cabeza para corresponder a la presentación, y fijó la mirada
en Duhamel, que le ofrecía una copa de buen vino. La bebió con gratitud, y el efecto
vigorizante fué casi inmediato.
—Veamos ahora vuestras heridas —dijo el pedagogo, que había sacado algunos
trapos y un tarro de ungüento de la alacena.
Sentóse el supliciado, y en tanto que Duhamel curaba sus laceradas espaldas,
conversaba él con Robespierre.
—¿Decíais que estabais de paso para París, monsieur?
—Sí… Voy a los Estados Generales —respondió Maximiliano.
—¿Qué diputado? —preguntó Caron, con renovado interés.

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—Como diputado, sí, señor… Mis amigos de Arras me han elegido por el tercer
distrito de Artois.
—Dieu! ¡Cómo os envidio! —exclamó La Boulaye, aguantando los dolores que
la bien intencionada cura le producía—. Mucho me alegraría poder tomar parte en el
arreglo de la legislación, pues tal como está ahora es inferior a la anarquía de los
aborígenes. Entre ellos, al menos, las condiciones son más normales, y las facultades
y la ejecución están más equilibradas, y ofrecen mayor campo a la felicidad y al
orden que esta corrompida civilización que tenemos en Francia. Sólo en la igualdad
—prosiguió enardeciéndose con sus propias palabras— ha puesto la Naturaleza la
conservación de nuestras facultades sociales, y toda legislación que pretenda ser
eficaz ha de estar dirigida hacia el establecimiento de la igualdad. Tal como está, el
rico preferirá siempre su propia riqueza a la del Estado, y el pobre no tendrá nunca
afecto, ni puede tenerlo, a unas leyes que le dejan en la miseria.
Robespierre miró al joven con manifiesta sorpresa. Su parrafada no carecía de
elocuencia, y aunque nada había dicho que fuera nuevo para el abogado de Arras, la
manera como fué dicho le impresionó un tanto.
—Pero, Duhamel —dijo al maestro—, no me habíais advertido que este joven
patriota fuese un orador.
—Ni lo soy tampoco, monsieur —protestó sonriendo Caron—. Sólo soy el
portavoz del gran Rousseau. Tanto me he asimilado sus pensamientos, que a veces los
imito tan espontáneamente como sí fueran míos, llegando hasta a engañarme a mí
mismo. No podía tener mejor recomendación que ésta, para congraciarse con
Robespierre, que también estaba imbuido e inspirado en esas doctrinas tan ideales en
teoría, pero tan difíciles, por no decir imposibles, de poner en práctica. Durante una
hora larga siguieron hablando, lo que acrecentó la mutua simpatía, hasta que
Robespierre, dándose cuenta de que volaba el tiempo, anunció que debían ponerse en
camino.
—Pero ¿estáis decidido a llevaros este joven hasta París, Maximiliano? —
preguntó el maestro.
—Sí, por cierto, y si con los dones que le ha dado la Naturaleza, y la base que
tiene gracias a las enseñanzas de Rousseau, no saco yo algo de provecho, declaro que
soy indigno de la confianza con que me han honrado los electores de Arras.

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Despidiéronse cual buenos amigos, y el maestro abrió la puerta, espiando la calle.
Nadie había en ella, excepto el impaciente postillón que aguardaba junto a la berlina.
Entre Duhamel y Maximiliano ayudaron al herido para llegar hasta el coche. El
movimiento le producía intolerables dolores, que sin embargo aguantó apretando los
dientes y sin dar ninguna señal de flaqueza. Mas cuando le alzaron dejándole caer en
la berlina, inclinó la cabeza y perdió el sentido. Corrió Duhamel en busca de un
cordial, y trajo también un cojín para mayor comodidad del herido, es decir, para
atenuar las sacudidas de los baches, durante el largo viaje que tantas molestias le iba

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a ocasionar.
Caron se repuso antes de partir, y con lágrimas en los ojos agradeció sus
bondades al viejo maestro, manifestando la esperanza de volver a verle antes de
mucho.
Subió Robespierre con ligereza a la berlina, cerróse la portezuela, el postillón
hizo restallar el látigo, y dió principio un viaje que para La Boulaye representaba la
etapa que divide una vida de otra.

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SEGUNDA PARTE
LA NUEVA LEY

Allons! Marchons!
Qu’un sang impur
Abreuve nos sillons!

La Marsellesa

CAPÍTULO V
Los corderos se vuelven lobos

E N las tinieblas de la noche oíanse rugidos de furor mezclados con gritos de


espanto y sobre el castillo de Bellecour la densa obscuridad del cielo se veía
interrumpida por un rojizo resplandor, que desde lejos un caminante podría
equivocar con los primeros albores de la aurora, si éstos pudieran restringirse a tan
estrecha área.
De vez en cuando, una lengua de fuego alzábase hacia el firmamento
proclamando que los encendidos reflejos eran obra de los incendiarios. Entre los
crujidos de la madera oíanse disparos de mosquete y, sobre todo, el bramido de la
sublevada plebe, de la rebelión de los vasallos del señorío de Bellecour.
Porque el tiempo ha transcurrido, y su curso ha causado numerosas alteraciones.
Cuatro años han pasado desde la noche en que Caron Le Boulaye huyó de Bellecour
en la berlina de Robespierre. En esos cuatro años han ocurrido muchos de los casos
profetizados por ellos. ¡Ay! y otros muchos que ni siquiera soñaron los
revolucionarios. Una siniestra máquina, llamada en tono de broma la Navaja
Nacional, inventada unos años antes por cierto doctor Guillotin, era una de las
consecuencias de los cambios ocurridos, pero consecuencia de tal magnitud, que
merecía ser considerada como verdadero factor. Sus dimensiones no son muy
grandes, pero su sombra ha llegado a todos los ámbitos de Francia, encogiendo de

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terror el corazón de los tiranos. Los vínculos de servil cobardía que durante muchos
siglos sujetaron al pueblo, han caído deshechos como si fueran telas de araña, y los
corderos habíanse transformado en lobos, que atacaban a los que durante tantas
generaciones los atacaron.
No existía en toda Francia ni un solo rincón al que no llegara la desencadenada
furia.
Luis XVI (o Luis Capelo, como se le llamaba entonces) había sido preso,
condenado y ejecutado. Los aristócratas, en plena fuga, corrían a todas las fronteras,
menos los que habían perecido a manos de los mismos vasallos a los que antes
ultrajaron. Las lises de Francia yacían pisoteadas bajo el fango en que convirtieron
tan hermoso territorio, mientras que la bandera tricolor, el símbolo de la nueva
trinidad: Libertad, Igualdad y Fraternidad, flotaba enhiesta acariciada por la brisa.
Algunos de los más altivos y obstinados señores aún permanecían en sus
dominios, negándose a creer que pudiera cambiar el antiguo régimen, y a esa
terquedad eran debidas escenas como las que tenían efecto en Bellecour, a mediados
de febrero de 1793 (según el calendario de los esclavos), o en Pluvioso del año uno
de la República Francesa, como se le conoce en los Anales de la Revolución.
Bellecour, el más soberbio entre los soberbios, había permanecido firme y
luchando desesperadamente para sostener su autoridad en aquel rincón de Picardía.
Pero él también se fué convenciendo de que el fin estaba inmediato, y de que era
preciso hacer los preparativos de viaje. Demasiado altivo para que éste pudiera tener
ni el más leve aspecto de fuga, llevó su arrogancia hasta peligrosos extremos. Ahora,
en la víspera de la partida, se le ocurrió organizar una brillante fiesta, para despedirse
de sus amigos, y celebrar la petición de mano de su hija, que pronto sería vizcondesa
de Ombreval. La importuna solemnidad con que se empeñó en revestir el acto no era
más que una prueba de su tozudez en desconocer los cambios acaecidos y el nuevo
orden de las cosas que hablan impuesto.
Todo cuanto quedaba de la nobleza en Picardía había acudido aquel día al castillo
de Bellecour, y se contaban unos treinta caballeros y una veintena de damas. El
banquete fue silencioso y triste, pues hacia demasiado poco tiempo que había muerto
el rey, para que pudiera haber alegría. Sin embargo, a los postres y después de
copiosas libaciones de buen vino, fundióse el hielo de las conveniencias sociales y
todos parecieron olvidar las amarguras del momento. Tan lejos llevaron este olvido,
que alguien insinuó la posibilidad de danzar una pavana, y habiendo encontrado los
músicos, fué bailada en el gran salón del castillo. Entonces fué cuando se produjo la
primera alarma. Los dueños del dominio y sus invitados formaban un brillante grupo
de sedas, oro, pedrería, encajes, polvos, lunares y perfumes, que se movían al compás
de la música, marcando las graciosas figuras de la danza.
Unos cuantos lacayos pálidos y muy agitados trajeron la mala nueva, irrumpiendo
en la vasta estancia sin ceremonias; los aldeanos se habían sublevado y marchaban
hacia el castillo.

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Tan grande fué el furor del marqués, que empezó por dar una bofetada al lacayo
que había hablado.
—¿Cómo te atreves a traerme tal mensaje? —preguntó iracundo.
—Pero, monsieur ¿qué hemos de hacer? —atrevióse a preguntar el aterrado
servidor.
—¡Idiota! —contestó Bellecour—. Pues cerrar las verjas y mandarles que se
vuelvan, si en algo aprecian la vida, pues si me molestan, los haré ahorcar desde el
primero hasta el último.
No podía desacostumbrarse a usar el antiguo lenguaje. Aún creía seguir siendo el
mismo señor que disponía como sus antepasados, de la vida y hacienda de sus
vasallos, Pero otros pensaban de modo muy diferente. Los músicos habían dejado de
tocar, y un grupo de caballeros rodearon al marqués, rogándole tomara algunas
prudentes medidas. Sobre todo deseaban garantizar la seguridad de las damas, que
daban señales de gran alarma, hasta proferir gritos de terror, que interrumpían el
silencio de la noche. La cólera iba dominando a Bellecour, y cuando perdía el
dominio sobre sí mismo, se ponía en evidencia la brutalidad de su carácter.
—¡Señores! —gritó con rudeza—. De nada sirve esa gritería. Y si debemos morir,
hagámoslo con dignidad, y no alborotando como amedrentadas gallinas.
Una docena de hombres levantaron la voz con enojo, en favor de las ofendidas
damas, pero él, con impaciente ademán, les impuso silencio.
—¿Es éste el momento de reñir entre nosotros? —exclamó—. ¿Os parece que
debo perder tiempo en escoger palabras?… Mille diables!… Esa gritería puede tener
más importancia de la que suponéis… Si esos perros rebeldes llegaran por casualidad
a oírla, pensarían ya tener el triunfo medio ganado. Para dominar a esas bestias
amotinadas, no hay arma tan segura como la serenidad y el desprecio.
Mas sus huéspedes opinaban que se necesitaba algo más para establecer barreras
entre ellos y el avance de los rústicos. Por fin salió Bellecour para tomar
disposiciones relativas a la defensa de las verjas, dejando tras de sí un salón en el que
reinaba la mayor de las confusiones.
Desde las ventanas se distinguía ya el paisanaje que, a la luz de las antorchas,
avanzaba por la alameda que conducía al castillo, al compás de un tambor que sólo
marcaba el paso. El aspecto de aquella salvaje comitiva era por demás amenazador.
Su heterogéneo armamento consistía en picas, hoces y otros instrumentos de
labranza, alternando con herramientas, y algún mosquete, provisto de bayoneta. No
sólo marchaban hombres en las filas de los rebeldes.
En ellas casi había igual número de mujeres con rojos gorros frigios sobre las
despeinadas cabezas, y las ropas hechas jirones, pues los dientes de la miseria las
habían mordido sin piedad durante los pasados meses.
Mientras que marchaban siguiendo el rítmico toque del tambor, sus destempladas
voces formaban un coro infernal, entonando el himno compuesto por Rouget de
l’Isle, que toda Francia cantaba desde hacía un año:

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«¡Aux armes, citoyens!
Formez vos bataillons,
¡Allons, marchons!
Qu’un sang impur
¡Abreuve nos sillons!»

A medida que se acercaban, el terrible himno llegaba con más potencia a los oídos
de la elegante, enjoyada y perfumada sociedad reunida en el castillo.
La cabeza de la popular columna llegó a la verja, y al encontrarla cerrada, un grito
de rabia salió de la multitud, seguido de golpes contra la fuerte puerta de hierro,
acompañados de imperiosos gritos, pidiendo que la abrieran.
Abajo, en el patio, el marqués había reunido un puñado de servidores, que por
razones sólo de ellos conocidas, habían permanecido fieles a la suerte de la casa. Los
armó con carabinas y abundantes municiones. Las órdenes eran que defendieran la
verja exterior hasta el último extremo, y si ésta era asaltada, que se replegaran al
castillo cerrando las puertas. Al volver al salón, arengó a los caballeros, incitándoles
a que se proveyeran de armas para cooperar a la defensa. Sus instancias fueron
recibidas con cierta frialdad, que se reveló en las palabras del apuesto vizconde de
Ombreval, que pronto, debía ser su yerno.
—Mi querido marqués —protestó el joven con su habitual ligereza—, os ruego
que reflexionéis acerca de vuestra posición. Nosotros somos vuestros huéspedes, y no
querréis que os defendamos de vuestra propia gente.
El enfurecido dueño del castillo dió una patada en el suelo. En poco estuvo que
no cruzara el rostro del prometido de su hija, y lo hubiera hecho, a no interponerse
des Cadoux, para explicar la situación, que no podía ser más clara, a los invitados del
marqués. Les hizo ver que Francia ya no era la de otros tiempos, que todos estaban
expuestos a lo que le sucedía ahora a Bellecour, y que todos debían armarse y
defenderse, a menos de preferir ser degollados como mansos borregos, juntamente
con los demás.
—Si sólo se tratara de vosotros —concluyó, ofreciendo su tabaquera al marqués,
y con la misma calma que si expusiera la nueva moda en las pelucas—, comprendería
vuestra repugnancia en llegar a las manos con esa obscena canalla. Seguramente es
hacerles un honor que no merecen. Pero hay que pensar en los demás. —Y se
interrumpió para tomar un polvo de rapé—. Y por salvarlos hemos de vencer nuestros
escrúpulos, por muy desagradable que sea el paso que nos vemos obligados a dar.
Señores… soy el decano de la reunión: permitidme que os dé el ejemplo.
Sus palabras no dejaron de causar efecto; animaron los sentimientos caballerosos
de aquellos corazones cuya principal calidad era el valor. Y un murmullo de
entusiasmo coreó la última frase del animoso viejo. Pero el muy noble y atildado
vizconde de Ombreval aún se permitió gruñir;

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—¡Pedirme que luche con esa gentuza!… Esto es demasiado, ¡vive Dios! Que me
digan que los azote con un látigo, como a una piara de cerdos, y lo haré… pero
combatir…
—Nada podría causarnos más placer, vizconde, que el veros blandir un látigo
contra esos villanos —afirmó des Cadoux—. Armaos con una recia fusta, amigo mío,
y asombradnos con los prodigios de vuestro esforzado brazo.
—Mirad cómo inflama el valor al vizconde, Susana —murmuró en tono burlón
una hermosa dama al oído de mademoiselle—. ¿Observáis qué ansiedad demuestra
por vuestra seguridad? Basta ver la rapidez con que corre a armarse para defenderos,
aun a riesgo de su vida.
—Monsieur d’Ombreval se porta según sus luces —contestó fríamente Susana.
—Ma foi!, entonces sus luces deben de ser muy débiles —fué la desdeñosa
réplica.
Mademoiselle no exteriorizó la profunda herida que su amor propio acababa de
recibir.
La muchacha de diecinueve años que cuatro años antes había despreciado el amor
de un secretario, habíase transformado en bellísima y deslumbradora mujer de
veintitrés años.
—Está en pugna con su dignidad ensuciarse las manos en este conflicto, según ha
propuesto mi padre —dijo ella por último.
—Me parece que más bien está en pugna con su valor —insinuó la misma mordaz
amiga—. Esto, suponiendo exista este último.
Madame! —exclamó Susana enrojeciendo, pues lo mismo que a su padre, se le
subía con facilidad la sangre a la cabeza cuando se enfadaba—. Os ruego tener
presente que M. d’Ombreval es mi futuro esposo.
—Cierto —insistió la dama—. Pero si no lo afirmarais vos, más parece su
conducta la de un desengañado pretendiente, que, enloquecido por el despecho, nada
le importa la vida de quien le desdeñó.
Susana, con ademán de impaciencia, volvió la espalda a la impertinente señora. A
pesar de las palabras con que habla defendido al vizconde, sintióse hondamente
decepcionada. Al principio, ella había atribuido su conducta a la indomable altivez de
que tanto alardeaba y que le gustó, a la par que sus perfecciones físicas. Ella consintió
en ser su esposa sin haber conocido más que el hombre exterior. Su padre arregló el
proyecto de matrimonio y era la tercera vez que veía a su prometido, sin haber estado
jamás solos. Desde la infancia la acostumbraron a la idea de que estaba destinada a
ser vizcondesa de Ombreval.
Este pensamiento la hizo sufrir mucho, pues no conociendo al vizconde temía que
fuera algún viejo libertino, como les solía tocar en suerte a no pocas doncellas de su
clase. Mas al verle tan guapo, arrogante y con la suprema impertinencia propia de su
noble abolengo, consintió muy gustosa en unir sus destinos, pues era el más hermoso
ejemplar del sexo masculino que habían contemplado sus ojos.

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Ahora que había podido echar una mirada al alma que estaba bajo el cúmulo de
dones exteriores, sentíase decepcionada y las dudas que la sardónica dama exteriorizó
respecto al valor de su prometido no dejaron de producir su efecto.
Pero las angustias del momento no le dejaban lugar para entregarse a
divagaciones. Una descarga de mosquetería indicó la gravedad de la situación. El aire
estaba lleno de los alaridos del agresivo populacho y de súbito una de las damas lanzó
un grito al ver un reflejo rojizo a través de los cristales.
—¿Qué es eso? —preguntó la marquesa a su esposo.
—Han incendiado las cuadras —contestó él, entre dientes—. Por lo visto,
necesitan luz que los alumbre en su obra infernal.
Se dirigió al balcón y abrió las vidrieras del mismo desde donde cuatro años antes
contemplara el suplicio de La Boulaye. Su aparición fué saludada con una tempestad
de denuestos. Una bala cruzó silbando el aire, y vino a estrellarse en el muro, a pocas
pulgadas de la cabeza de Bellecour, sobre la que cayó una lluvia de yeso. Había sido
disparada por una especie de endemoniado, que a caballo sobre la verja blandía el
descargado mosquete, y daba órdenes en un lenguaje al que no estaban
acostumbrados los aristocráticos oídos del noble señor.
Pero éste no retrocedió, y con la misma calma que si presidiera unos fuegos
artificiales, inclinóse sobre la balaustrada, diciendo a los que estaban abajo:
—¡Hola, tunantes! ¿Estáis dormidos?… Dejad seco a ese rufián.
Las escopetas estaban descargadas, pero el que primero pudo meter una bala,
apuntó al blanco indicado y disparó. La figura montada sobre la verja lanzó un gritó y
cayó hacia fuera, reuniéndose con sus amigos.
Aumentaba el fuego de las cuadras, y sus llamas alumbraban el patio como si
fuera de día.
El marqués, desde el balcón, hacía rápidos cálculos mentales acerca de la
resistencia de sus defensas. No veía por qué, bien protegidos como estaban por las
fuertes verjas de férreos barrotes, no podrían rechazar el ataque de la furiosa
muchedumbre. En aquel momento, justamente cuando empezaba a confiarse en el
triunfo, un espantoso estampido conmovió todo el vasto edificio, y se abrió la puerta,
arrancada de sus goznes por la explosión de un barril de pólvora colocado inmediato
a ella.
Tuvo una fugaz visión de un torrente de negros enemigos que, con
ensordecedores gritos, se precipitaban al patio exterior iluminado por la roja luz del
incendio. Vió cómo el reducido grupo de sus criados se retiraba apresuradamente al
castillo, y oyó el rápido cerrar del portón, cuando las avanzadas de los rebeldes
llegaban casi a su umbral. Con la mente excitada por estas recientes visiones, penetró
en el salón, y desnudando la espada, gritó:
—¡Señores!… ¡A la escalera!… ¡Pronto!
La situación era ya demasiado crítica para argumentar. Ni aun se atrevieron a
mirar a sus pobres mujeres, cuyos ricos atavíos y costosas joyas sólo servían para

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hacer su pánico más lamentable.
Los treinta caballeros formados en compacto grupo salieron del salón, conducidos
por el marqués y llevando a retaguardia al vizconde.
Ya en la escalera principal, y armados cada cual con su espada y con las pistolas y
carabinas que pudo distribuir Bellecour, tomaron posiciones, esperando con rostro
ceñudo y labios apretados el ataque del enemigo.
No fué larga la espera. Del mismo modo que la verja, los aldeanos volaron la
puerta del castillo, muriendo en la explosión los tres servidores que se hallaban más
próximos, y los rebeldes, cual enjambre de negras abejas, salvaron la obscuridad del
vasto vestíbulo, llegando al mismo pie de la amplia escalera. Pero allí luchaban con
desventaja. La luz de las llamas que penetraba por el portón descubría su presencia a
los defensores, mientras que éstos permanecían invisibles para sus adversarios.
Resonó el seco disparo de las pistolas, al que se mezclaron algunos tiros de arma
larga, y el paisanaje huyó al patio aullando, a tiempo que sobre las losas del vestíbulo
quedaban varios muertos y muchos heridos.
El viejo M. des Cadoux rió en la sombra, en tanto que, poniéndose la espada en el
brazo izquierdo, sacaba la tabaquera con la mano derecha.
—Ma foi! —dijo a su vecino—, ya se van enterando de que no es ésta la marcha
triunfal que ellos se figuraban… ¿Un polvito de rapé, Estanislao?
Pero la tregua fué breve. Un momento después aumentó la claridad en la puerta, y
presentáronse en ella media docena de rebeldes con antorchas, seguidos por grupos
de sus compañeros. Detuviéronse a la vista del grupo formado en la escalera, y a fe
que era comprensible su sorpresa, pues no podía darse espectáculo más incongruente.
Sobre los cadáveres que yacían en el vestíbulo y entre el humo de la pólvora alzábase
aquella reducida tropa de treinta hombres, como un arco iris de brillantes colores, con
sus empolvadas pelucas, sus riquísimas chorreras y sus resplandecientes gemas,
serenos, desdeñosos y burlones como en un sarao. Hubo un instante de pavor y
después los mismos nobles rompieron el encanto. Habló una pistola y siguió una
descarga. En el vestíbulo algunos avanzaron dando traspiés, otros retrocedieron y
unos cuantos se desplomaron sin vida. Pero la retirada se contuvo y reforzados por
los que empujaban por detrás, los aldeanos avanzaron a paso de carga, hacia la
escalera, capitaneados por un gigante de roja cabellera, llamado Silvestre, a quien el
marqués en cierta ocasión infirió irreparable ultraje.
Su presencia fué una revelación para Bellecour. Aquel asalto era obra de
Silvestre. El rencoroso campesino llevaba más de un año incitando a los vasallos del
señorío a rebelarse, y por fin había conseguido que le acompañaran en su obra de
tardía, pero despiadada venganza. Con un gruñido, el marqués, apuntó con su pistola,
mas Silvestre vió el movimiento y lo imitó lanzando una carcajada. Cruzáronse dos
balas, el brazo del marqués cayó rígido, y Silvestre continuó el avance blandiendo la
humeante pistola en una mano, y en la otra un largo sable de caballería. Detrás de él
se apretujaban los arrendatarios del dominio, rugiendo como fieras, ansiosos de saldar

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su larga deuda de odios con su señor.
—Aquí se acaba el capítulo de nuestras vidas —dijo des Cadoux con una mueca
—. ¿Se tomará rapé en el Paraíso? —preguntóse a sí mismo cerrando la tapa de su
tabaquera de oro (la fiel compañera que durante tantos años fué su consuelo) y la tiró
con fuerza a la cabeza de uno de los más próximos enemigos. Después echó hacia
atrás el ancho encaje de sus puños, y paró con la espada el golpe mortal con que uno
de los asaltantes le amenazaba.
—¡Animal! —exclamó el viejo mientras continuaba el apremio—, es la primera
vez que mi casta espada se cruza con un acero tan indecente como el tuyo. Espero,
por el honor de los Cadoux, que al menos será también la última.
Continuamente seguía creciendo la rugiente marea. La mitad de los que defendían
la escalera yacían atravesados en ella, como si quisieran hacer una barricada con sus
cuerpos, ya que no podían defenderla más con sus manos. Sólo quedaban en pie unos
quince, entre los que se contaba el bravo des Cadoux, que ya había despachado a
media docena de descamisados, y sentíase alegre y rejuvenecido en medio de la
refriega. Sus salidas eran más ingeniosas y picantes, a medida que crecía el montón
de cadáveres que le rodeaba. Su única pena consistía en haber obrado tan ligero, al
desprenderse de su tabaquera que ya empezaba a echar de menos. A su lado estaba el
marqués, peleando desesperadamente con la mano izquierda, y en el calor de la lucha,
ni aun se acordaba de los dolores que debía causarle su herida.
—Esto se acaba, viejo amigo —murmuró por fin des Cadoux—. Voy perdiendo
fuerzas, y pronto estaré listo. —Y casi con un sollozo añadió—: ¡Las mujeres!…
Mon Dieu, ¡las mujeres!…
El viejo sintió que se le humedecían los ojos y la falsa alegría de que hasta
entonces hizo gala se apagó como una vela que se sopla. Mas de súbito y antes de que
pudiera decir otra palabra, vino del exterior un ruido que, dominando el fragor del
combate, hizo que asaltantes y defensores suspendieran las hostilidades hasta saber su
procedencia.
Era éste un redoble de tambor, no los acompasados golpes que acompañaran la
marcha del populacho, sino el vigoroso redoble de muchos palillos, sobre varios
parches.
—¿Qué es esto?… ¿quién viene? —preguntábanse unos a otros, a tiempo que
aristócratas y descamisados hacían una pausa en su sangrienta tarea.
Ya estaban los tambores muy cercanos, tanto, que se empezaba a distinguir el
ruido de pies que marchan al paso. En medio del alboroto infernal causado por el
combate en la escalera, no se había oído el avance de los recién llegados, hasta que
pasaron las destrozadas verjas de Bellecour. Algunos de los asaltantes que aún
quedaban en el patio se precipitaron en el vestíbulo gritando:
—¡Aux armes!… ¡A nous!… ¡A nous!…
Al oír esto, los que peleaban en la escalera bajaron a escape, saltando sobre los
apilados cadáveres, algunos resbalaron y concluyeron el descenso rodando.

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Salieron al patio dejando que el puñado de caballeros, con las ropas en desorden y
manchadas de sangre, se preguntaran unos a otros qué milagro había hecho el cielo,
para prolongar sus ya casi perdidas vidas.

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CAPÍTULO VI

EL CIUDADANO COMISARIO

D ESPUÉS de todo, no era ningún milagro, a menos de que la oportuna entrada


en escena de un regimiento de línea se pueda tomar como providencial. Lo
cierto era que el rumor del proyectado asalto al castillo de Bellecour había
llegado hasta Amiens, alcanzando los oídos de cierto Comisario de la Convención
Nacional, que acompañaba aquel regimiento de Dumouriez, por entonces en Bélgica.
Sucedió que el Comisario tenía el propósito de pasar por el castillo para un asunto
particular, y no estaba dispuesto a consentir que una revuelta ilegal alterara los planes
que le llevaban allí. Por consiguiente, dió ciertas órdenes al comandante, cuyo
resultado fué que una compañía compuesta por doscientos hombres fuera
inmediatamente enviada a Bellecour para defender o rescatar el castillo de manos de
la plebe, y esperar en él la llegada del propio Comisario.
Tal fué la compañía que llegó a Bellecour a las once de la noche, suspendiendo, el
combate entre asaltantes y defensores. Pero los aldeanos, como ya hemos visto, no
estaban dispuestos a sufrir intervenciones, y así lo demostraron poniendo mal gesto a
los militares, pero suspendiendo el asalto, hasta conocer las intenciones de los recién
venidos. El capitán no les dejó dudar largo tiempo de ellas. Una potente voz de
mando hizo que sus hombres se formaran en línea de ataque, lo que fué bastante para
inspirar respeto al paisanaje.

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—¡Ciudadanos! —gritó el oficial dando un paso al frente—. En nombre de la
República Francesa os ordeno que os retiréis, y nos permitáis cumplir sin estorbos la
misión que nos trae aquí.
—Ciudadano capitán —contestó el gigantesco Silvestre, constituyéndose por
propia iniciativa en portavoz de sus compañeros—, deseamos saber con qué derecho

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os mezcláis en nuestros asuntos, e impedís que unos honrados patriotas limpien el
suelo de algunos gusanos aristócratas que aún lo ensucian.
El jefe miró a Silvestre sorprendido por el tono y aspecto del hombre, así como
por los gruñidos con que le plebe coreaba sus frases. Mas, sin dejarse intimidar por
unos ni otros, contestó secamente:
—Proclamo mi derecho en nombre de la República, puesto que estoy a sus
órdenes.
—La República somos nosotros —replicó el gigante, señalando con un ademán al
feroz grupo de hombres y mujeres que le seguían—. Nosotros somos la Nación, el
sagrado pueblo de Francia, y en nuestro propio nombre os mando que os retiréis y
nos dejéis cumplir nuestra patriótica tarea.
Este argumento hubiera podido ser la base de una discusión, mas como el capitán
no era político ni dialéctico, limitóse a encogerse de hombros y por toda respuesta
dijo a su gente:
—¡Preparen armas!…
—Pero, ciudadano capitán, esto es un atropello —objetó una voz entre las filas
del pueblo—. Si se derrama sangre, caerá sobre vuestra cabeza.
—¿Queréis retiraros? —preguntó el oficial en tono de indiferencia.
—¡A mí, muchachos! —gritó el coloso blandiendo el sable y tratando de animar a
sus secuaces—. ¡Abajo estos traidores, que deshonran el uniforme de la República!
¡Mueran las casacas azules!
Avanzó con denuedo hacia los militares, y sus compañeros, contagiados por su
ardor bélico, imitaron el movimiento con rugidos de entusiasmo.
—¡Fuego! —mandó el capitán, y en la primera línea de su compañía surgieron
sesenta lengüetas de fuego de otros tantos fusiles.
La plebe se detuvo, vaciló durante un segundo y antes de que se disipara el humo,
retrocedió a la desbandada para buscar abrigo, dejando sólo al valeroso gigante, que
se desató en improperios, llamando a su gente manada de cobardes ratones.
El capitán, puesto en jarras, reía hasta saltársele las lágrimas. Dominando por fin
su hilaridad, gritó a Silvestre, que se retiraba lleno de rabia.
—¡Eh! ¡Patriota!… ¿Seguís pensando lo mismo, o accedéis a retirar vuestra
gente?
—No queremos retirarnos —respondió tozudamente el coloso—, y os guardaréis
muy bien de tirar sobre los ciudadanos libres de la República.
—¿Que no? Mucho os equivocáis, amigo, si porque he mandado tirar alto, os
figuráis que no me atreveré a tirar al bulto. Os doy mi palabra de que si por segunda
vez tengo que dar la voz de fuego, será serio, y también os la doy de que si dentro de
medio minuto no me dais vuestra respuesta, y emprenden la retirada todos esos
tunantes, ellos y vos, a costa de vuestro pellejo, podréis enteraros de si me atrevo.
Silvestre era muy terco y violento, mas ¿qué puede hacer un hombre, por terco y
violento que sea, contra doscientos, y sin que le ayuden los amigos? El valor de los

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aldeanos estaba compuesto de una fuerte dosis de prudencia. El estruendo de la
descarga había abatido sus ánimos, y a las exhortaciones de Silvestre de que
aceptaran la palma del martirio por la causa de la libertad, contestaron con los
irrefutables argumentos que recomiendan la propia conservación.
El fin fue que muy pocos momentos después el paisanaje emprendió la retirada en
masa, dejando a los militares en la indisputada posesión de Bellecour.
El oficial dedicó, ante todo, la atención a apagar el fuego de las cuadras, y en esa
tarea ocupó a varios de sus hombres, que consiguieron extinguirlo, tras de un par de
horas de rudo trabajo.
Mientras tanto, mandó que el resto de ellos vivaqueara en el patio y él, con una
reducida escolta, penetró en el castillo, encontrando ante todo el grupo de diez
caballeros que aún permanecían en la escalera. El capitán celebró una breve y no
afectuosa entrevista con el castellano. Informó a éste que obraba por órdenes de un
Comisario, a cuya noticia había llegado en Amiens que para aquella misma noche se
proyectaba el asalto al castillo de Bellecour. El marqués, como es muy natural,
mostróse desconfiado de los fines que perseguiría el Comisario, con intervención tan
imprevista. Mas cuadraba con los habituales procedimientos de la Convención el
dejar que las matanzas de aristócratas siguieran su curso. Procuró obtener informes
del capitán, pero éste se atrincheró detrás de la consigna, y los nobles que aún
quedaban en el castillo, temiendo haber escapado de Scila para caer en Caribdis,
pasaron una noche de mortales angustias. Los que ocuparon el tiempo en curar a los
heridos fueron quizá los más dignos de envidia, pues lo absorbente del trabajo les
impidió el hacer conjeturas.
La proporción de los muertos fué afortunadamente reducida. De veinte que
cayeron, seis habían fallecido, y los demás sólo tenían heridas más o menos graves.
El más conspicuo entre los ilesos, tal vez el más valiente, era el viejo des Cadoux.
Había recuperado su tabaquera, que parecía ser para él lo más importante del mundo,
y pasaba de un grupo a otro, diciendo aquí un chiste, allá una palabra alentadora,
según le parecía más oportuno, para quienes iban dirigidas. Entre las damas,
mademoiselle de Bellecour y su orgullosa madre eran las que conservaban la frente
altiva y serena.
Susana no había vuelto a ver a su prometido desde el combate en la escalera, pero
supo que estaba ileso y asistiendo a un primo suyo, gravemente herido en la cabeza.
Ya hacía una hora que había salido el sol, cuando se encontraron los novios;
ambos formaban una pareja muy fatigada para cambiar impresiones, y se asomaron a
una ventana, que daba sobre el patio en que vivaqueaban los casacas azules,
formando un cuadro.
De pronto oyeron pasos de caballos, y en efecto, por la avenida frente al castillo
avanzaba al trote largo un jinete envuelto en amplio capote negro, y en cuyo
sombrero destacaba la escarapela tricolor.
—¡Mirad! —exclamó Ombreval—. Parece que, por fin, llega el personaje que

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estamos esperando. El Comisario de esa gentuza, que se llama Convención Nacional.
Ahora sabremos lo que nos depara la suerte.
—Pero ¿qué podrán hacernos? —preguntó ella.
—Actualmente es moda enviar a los de nuestra clase a París —contestó él—, y
burlarse de ellos, sometiéndolos a un absurdo tribunal, antes de asesinarlos.
—Tal vez este caballero sea más clemente —dijo ella.
—¿Clemente? Un tigre rabioso lo seria más que esa gentuza —replicó el
vizconde—. Si vuestro padre tuviera más alcances, habría mandado que los pocos
que aún quedamos diéramos una carga a los soldados, para encontrar la muerte en sus
bayonetas. Este fin habría sido más llevadero, comparado con el que, probablemente,
nos reservará el Comisario.
Como se ve, el apuesto joven tenía la costumbre de poner faltas a todo, y ese
rasgo de su carácter le hacía parecer ahora tan heroico, como antes desdeñoso.
Susana, por muy valiente que fuera, no pudo menos de estremecerse.
—Si no lográis expresar pensamientos más halagüeños —dijo ella—, prefiero
vuestro silencio, monsieur d’Ombreval.
Él dejó vagar por sus labios la habitual sonrisa desdeñosa, porque lo desdeñaba
todo, excepto su persona y la seguridad de ésta. Pero antes de que pudiera encontrar
respuesta, el marqués y su hijo se reunieron con ellos.
En aquel instante desmontaba el jinete en el patio, y poco después oyeron sus
pasos en la escalera. Un soldado abrió la puerta, anunciando:
—El ciudadano diputado La Boulaye, comisario de la Convención Nacional, en el
ejército de Dumouriez.
—¿Es éste el representante de un gobierno de estricta igualdad? —preguntó en
tono burlón Ombreval—. Pues se hace anunciar con tanta pompa, como si fuera un
embajador de su asesinada Majestad.
Interrumpióse, al observar algo inusitado en el porte de sus amigos.
Mademoiselle, muy pálida, clavaba en la puerta los ojos desmesuradamente abiertos.
El marqués, con el ceño fruncido y la mandíbula caída, miraba con no menos
intensidad que su hija. Hasta el vizconde, en grado menor, ofrecía el aspecto de la
más completa estupefacción. Tras de observar al silencioso grupo, Ombreval volvió
los ojos a la puerta, fijándolos en los dos hombres que acaban de entrar. Uno de ellos
era el capitán Juste, jefe de la fuerza militar, y el otro un hombre alto, de rostro
pálido, nariz aguileña, labios firmes y mirada severa, bien por naturaleza o porque se
fijara en el noble que cuatro años antes tan injustamente le había maltratado.
Detúvose un momento junto a la puerta, como disfrutando del asombro que
causaba su presencia. La duda era imposible; era el mismo La Boulaye, y, sin
embargo, no era completamente el mismo. El rostro había perdido su plácida y
juvenil expresión, y acentuáronse las facciones con líneas tan marcadas, que le hacían
parecer mayor de lo que era. La antigua y poética melancolía reflejada en la faz del
secretario había cedido el puesto a una austera firmeza. Aunque poco conocido

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todavía del pueblo en general, los primates de la Revolución le tenían en grande
estima, y le consideraban como fuerza con la que se ha de contar en lo futuro. Era el
protégé de Robespierre, a quien se atribuía su descubrimiento. La amistad que le
dispensaba era notoria, y bastaba esta protección y esta amistad en 1793, para hacer a
un hombre casi omnipotente en Francia.
Vestía traje de montar negro, sin más notas de color que la corbata blanca y la faja
tricolor que ceñía su esbelta cintura, como distintivo de su cargo. Se quito el
sombrero, adornado por la escarapela, descubriendo el negro cabello, tan
esmeradamente peinado como siempre.
Avanzó con lentitud, fijando la mirada, primero, en el marqués, y después en su
hija. Al mirar a esta última, dulcificóse un tanto la dureza de su mirada. El cambio en
ella era aún, más visible que en él. La ligera y risueña muchacha de diecinueve años
que rechazó su amor en una mañana de abril, era ahora una espléndida mujer de
veintitrés años, en todo el apogeo de su belleza. Él creyó su juvenil pasión muerta y
enterrada. ¡Cuántas veces, en el tiempo transcurrido, sonrió a su recuerdo, como se
sonríe a la memoria de las pasadas locuras! Pero ahora al contemplarla tan
maravillosamente transformada, tan alta, erguida y de hermosura tan soberana,
experimentó un extraño estremecimiento, algo que tal vez debilitaría los vengativos
propósitos que le traían a Bellecour.
Cambió la mirada, deteniéndola un instante en el correcto e impertinente rostro de
Ombreval, que con aires de propietario permanecía junto a Susana, y la fijó después
en la apergaminada y bondadosa faz de des Cadoux, recordando que fué el único que
intentó oponerse a su suplicio. Un instante después, volvió a mirar al marqués, que, a
su vez, le observaba con una expresión en la que el desprecio y el asombro luchaban
por ganar la supremacía. En cambio trató de evitar la mirada del joven vizconde,
cuyo preceptor había sido en tiempos pasados, y dirigiéndose al marqués, dijo con
voz firme y severa, que se había hecho más profunda y metálica:
—Ciudadano Bellecour, seguramente estáis asombrado al contemplar al
comisario que la noche anterior envió una compañía de soldados, para salvaros a vos
y a vuestro castillo de las manos del pueblo, y no dejaréis de preguntaros qué motivos
tengo para esta protección que ninguno de vuestra clase merece, y vos, a mis ojos,
menos que ninguno.
—Muchos y tristes cambios han ocurrido en los últimos tiempos —contestó el
marqués con frío desdén—. Pero aún no hemos llegado a rebajarnos tanto, como para
conceder nuestra atención a los propósitos del populacho.
Un leve rubor coloreó las enjutas mejillas de Caron.
—Ya veo que habéis cambiado muy poco —dijo en tono amargo—. Sois de los
que no quieren aprender, ciudadano. La falta está aquí —añadió señalando a la
cabeza—, y para corregir la una, tendremos qué quitar la otra. Pero hablemos del
asunto que me trae —prosiguió con mayor viveza—. Cuatro años hace, ciudadano
Bellecour, que en vuestro propio parque me cruzasteis el rostro con vuestro látigo, y

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cuando quise pedir satisfacción, me amenazasteis con vuestros lacayos. No quiero
hablar de las brutalidades que se cometieron conmigo después, en aquel mismo día.
Me limitaré a tratar del primer ultraje.
—Os ruego que seáis breve —dijo Bellecour, con efusiva cortesía—. Puesto que
tenéis la fuerza para obligarnos a escucharos, espero que pondréis coto a vuestra
elocuencia, y no nos detendréis más tiempo del estrictamente necesario.
—Seré todo lo breve que cabe dentro de la posibilidad de las palabras —contestó
fríamente Caron—. He venido a Bellecour para exigiros la satisfacción que hace
cuatro años me negasteis.
—¿A, mí? —exclamó el marqués.
—Por medio de la persona de vuestro hijo, como os la pedí hace cuatro años —
dijo La Boulaye—. Sois un viejo, ciudadano, y yo no peleo con viejos.
—¡Soy lo bastante joven para haceros trizas, perro, villano, si no temiera
deshonrar mi espada al cruzarla con la vuestra! —Y el castellano volvióse hacia
Ombreval, buscando aprobación, mientras que dejaba oír una despreciativa risita;
—¡Qué insolencia! —exclamó el vizconde con una mueca.
Susana, cada vez más pálida, estaba convencida de que la cuestión acabaría mal
para su padre o su hermano.
—Ciudadano Bellecour —dijo Caron sin perder la calma—, ya habéis oído lo que
exijo, y vos también, ciudadano vizconde.
—Por mi parte —contestó el joven—, no tengo…
—¡Silencio, Armando! —le interrumpió su padre en tono imperioso—.
Comprendedme de una vez, ciudadano diputado, ciudadano comisario o ciudadano
canalla, como quiera que os llaméis: vuestro viaje a Bellecour ha sido inútil. Ni yo ni
mi hijo hemos perdido la noción de lo que debemos a nuestro rango, hasta el punto de
acceder a vuestras absurdas pretensiones. Mejor habríais hecho en dejar que el
populacho consumara su obra anoche, si sólo lo habéis impedido con ese propósito.
—¿Es ésa vuestra palabra? —preguntó La Boulaye, sin darse por aludido de aquel
chaparrón de insultos.
—Definitivamente la última.
—Para tomar satisfacción de una ofensa, hay más de un camino, ciudadano
Bellecour —contestó Caron—, y si el que ahora tomo os es más desagradable que el
anterior, culpaos a vos mismo. —Y volviéndose a la casaca azul que había quedado
en la puerta, dijo fríamente—: Ciudadano soldado, mi látigo.
Un movimiento de estupor recorrió el grupo de aristócratas, y hasta el mismo
marqués perdió algo de su arrogancia.
—¡Insolente plebeyo! —exclamó Ombreval con gesto de repugnancia—. ¿Hasta
qué alturas os lleva vuestra presunción?
—Hasta la altura de un látigo —contestó festivamente el comisario.
Cogió el látigo de manos del soldado, y avanzó hacia Bellecour, desenrollando la
correa, mas Ombreval se interpuso lanzando un juramento.

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—¡Vive el cielo!… ¡No lo haréis! —exclamó.
—¿Que no? —repitió La Boulaye contrayendo los labios—. ¡Apartaos a un lado,
muñeco vestido de perfumadas sedas! —Y ante la varonil y chispeante mirada de
Caron, el joven noble cedió el terreno, mas su puesto fué inmediatamente ocupado
por el vizconde de Bellecour, que avanzando al encuentro de Caron, dijo con voz
serena:
—Monsieur La Boulaye, acepto gustoso vuestro reto.
El marqués, considerando la cruel alternativa con que le había amenazado el
republicano, no osó por esta vez oponerse a la decisión de su heredero
—¡Ah! —exclamó el comisario con satisfacción—. Ya pensaba yo que
cambiaríais de parecer. Dentro de cinco minutos, ciudadano, os esperaré en el jardín
italiano. 1
—Seré puntual, monsieur —contestó el joven,
La Boulaye, después de inclinarse con urbanidad, salió acompañado por el oficial
y seguido por el soldado.
—Mon Dieu! —jadeó la marquesa agitando el abanico—. ¡Abrid aprisa una
ventana o me ahogo! ¡Qué peste han dejado en el salón!… Yo soy una mujer muy
pacífica, messieurs, pero doy mi palabra de que, si os vuelve a llamar ciudadanos le
saco los ojos con mis propias uñas.
Algunos rieron, pero Susana no fué de ese número. Sus ojos recorrían el pálido
rostro, y la casi infantil y aún no desarrollada figura de su hermano, y su mirada tenía
la expresión de las que fijamos en los muertos queridos, pues estaba segura de que no
saldría vivo del duelo.

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CAPÍTULO VII

LA BOULAYE SALDA UNA DEUDA

A lo largo de la parte norte del castillo hay una terraza con balaustrada de rojo
ladrillo, y debajo se extiende el jardín italiano, llamado así quizá porque sus
cipreses y las caprichosas formas del tallado de los macizos del boj recuerdan
los bellos jardines de Italia. Al extremo de esta sección del parque había una
explanada que parecía hecha a propósito para practicar la esgrima y que La Boulaye
conocía de antiguo. Allí condujo éste al capitán Juste, y allí, alumbrados por el pálido
sol de febrero, esperaron ambos la llegada del vizconde y su testigo.
Mas transcurrieron los minutos y ellos seguían aguardando; pasaron cinco, diez,
hasta quince, y nadie llegaba. A punto estaba Juste de volver, para enterarse la causa
del retraso, cuando sonaron pasos en la terraza, pero iban acompañados por el crujido
de seda, y unos segundos después, mademoiselle se presenté ante ellos. Los dos
hombres la miraron con un asombro que en Caron iba mezclado a otro sentimiento.
—Monsieur La Boulaye —dijo ella mirando significativamente al capitán—,
¿podría hablaros a solas?
Impasible en apariencia, el comisario se inclinó.
—A vuestras órdenes, ciudadana —contestó quitándose el sombrero con la
tricolor escarapela—. Juste, ¿queréis dejarnos un momento?
—Me encontraréis en la terraza si me necesitáis, ciudadano diputado —contestó
el militar, alejándose después de hacer un saludo.
Durante unos segundos, Susana y Caron permanecieron frente a frente, en
silencio. Ella, atacada de súbita timidez, desviaba la mirada, en tanto que la fresca
brisa de la mañana jugueteaba con los bucles de su opulenta y oscura cabellera.
—Monsieur —balbuceó ella por último—, he venido para interceder…
Una vaga sonrisa entreabrió por un instante los finos labios del republicano, que
preguntó;
—¿Tan bajo ha caído la nobleza francesa, que envía a sus mujeres para interceder
por la vida de sus hombres? Pero tal vez —añadió cínicamente— entra esto en sus
costumbres.
Las mejillas de la doncella tomaron el color de la grana. El insulto a su clase
produjo en ella el efecto de un espolazo, y venció la vacilación que la dominaba.
Afirmando la voz, dijo:
—El insultar a los caídos es acción digna del nuevo régimen que representáis ¡En
fin: tendremos que aceptar esta opinión vuestra, como otras injusticias de estos
desordenados tiempos!
—Por lo poco que habéis dicho, ciudadana —contestó él fríamente y a su vez

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ofendido—, tendréis que aceptarla de rodillas, ya que me pedís clemencia.
—Monsieur! —exclamó ella cruzando su mirada con la de él, llena de valerosa
altivez—. Si persistís en vuestros gratuitos insultos, me veré obligada a retirarme.
Él lanzó una sarcástica carcajada, y se puso el sombrero. El encanto que en él
produjo su belleza habíase ido atenuando, y se rompió de súbito al cubrirse.
—¿He buscado yo acaso esta entrevista? —preguntó con ostensible cambio de
maneras—. Yo estoy aquí esperando a vuestro hermano. ¡Voto a sanes! Ciudadana,
¿creéis que mi paciencia es inagotable? el ci-devant vizconde prometió encontrarme
en este sitio. Creí que el cumplimiento de la palabra era una regla inquebrantable
entre los de vuestra clase. ¿Es que han perdido también esa virtud, que les servía de
manto, para cubrir inconfesables vicios? ¿Ha huido vuestro hermano al bosque,
enviándoos antes aquí, para interceder por su miserable vida? ¡Puf!… Si antes
merecisteis mi odio, por vuestras injusticias y tiranías, hoy provocáis mi repugnancia,
por vuestra incalificable cobardía, empezando por el príncipe que reniega de su
estirpe y se hace llamar en París Felipe Egalité.
—Monsieur! —interrumpió ella. Mas aún no había acabado él, y con las mejillas
encendidas por el fuego interior, prosiguió:
—Ciudadana, tengo aquí una deuda pendiente, v quiero cobrarla entera. Las
intercesiones son inútiles, pues yo no olvido. Enviadme vuestro hermano en el plazo
de cinco minutos, para que luchemos de hombre a hombre, y ambos tengamos las
probabilidades que existen en esta clase de encuentros. Mas si no viene, lo pagarán
todos los hombres de la casa de Bellecour, y ahora, ciudadana, ya sabéis mi
resolución.
Pero ella, desatendiendo la disimulada despedida, replicó, no menos fogosamente:
—Habláis de una deuda de venganza, y queréis saldarla matando a mi pobre
hermano, al muchacho a quien educasteis… pero no mencionáis la deuda que tenéis
conmigo.
—¿Con vos? —preguntó él—. Ma foi! Como no queráis que os pague vuestros
desdenes…
—Sois como todos los hombres —interrumpió ella con tristeza—. Tenéis buena
memoria para las injurias, pero muy poca para los favores. A no ser por mi, monsieur,
no estaríais aquí pidiendo el desquite. ¿Habéis olvidado que yo?…
—¡No! —Interrumpió él—. Recuerdo que quisisteis suspender mi suplicio. Pero
llegasteis demasiado tarde. Debisteis hacerlo antes, en vez de contemplar el
espectáculo desde el balcón. Pero esperasteis tanto, que me dieron por muerto.
Susana le lanzó una investigadora mirada, cual si quisiera cerciorarse de que él
creía lo que estaba diciendo.
—¿Que os dieron por muerto? —repitió ella—. ¿Y a quién debéis este artificio?
… A mí, monsieur La Boulaye. Cuando os desataban, descubrieron que vivíais, pero
yo soborné a los criados para que guardando el secreto, os llevaran a casa de
Duhamel. Si mi padre se hubiera enterado de que no habíais muerto, os habría hecho

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azotar hasta el fin.
Caron abrió muchos los ojos y su mirada tomó la vaga expresión del que trata de
revivir un olvidado recuerdo.
—Me parece —murmuró— que yo he oído algo de eso es un sueño. Fué… —
Hizo una pausa. Después levantó de súbito la vista y poco a poco se fué aclarando su
faz—. ¡Sí! ¡Ya sé! Fué en casa de Duhamel, mientras que yo, medio inconsciente,
yacía en un sofá, vi que unos hombres decían al buen maestro que les habíais pagado
para que guardaran el secreto.
—¿Y lo habíais olvidado? —preguntó ella con tono de leve reproche.
—Olvidado, no —respondió él—, pues nunca lo supe de cierto. Creí que aquellas
palabras formaban parte del delirio de la calentura. Jamás supuse que se refirieran a
un hecho real. Siempre imaginé que me habían dado por muerto,
Siguió una breve pausa.
—¿Y ahora que lo sabéis?…
Sin terminar la frase, extendió las manos hacia él con ademán suplicante. Él
palideció al sentir la influencia contra la que había querido luchar, reforzada por la
deuda contraída, volvía a dominarle a despecho suyo. Fundióse de pronto la exterior
frialdad, y cogiendo entre sus manos las de Susana acercóse más a ella. Esto
significaba su derrota.
Aunque hombre de indiscutible fuerza de voluntad, como otros muchos de su
sexo, toda su fortaleza se desvanecía al contacto de una mujer. Durante los pasados
cuatro años, había llevado en París una vida por demás austera, sin más trato de
mujeres que el de la vieja sirvienta que cuidaba de su modesta vivienda. Y aquí se
encontraba con una mujer, no sólo excepcionalmente bella, sino que unos años antes
fué para él la imagen de todos los encantos femeninos. La mujer que desde entonces,
a pesar de lo sucedido, a pesar de él mismo, casi sin darse cuenta, fué, era y sería
siempre la única de su corazón.
El contacto de su mano, la proximidad de su cuerpo y el suave perfume que de él
emanaba, así como la angustiosa expresión de los grandes ojos azules, y los
entreabiertos labios, eran seducciones a las que habría dejado de ser humano si no
hubiera sucumbido.
Muy pálido, por la intensidad con que resucitaba la durante largo tiempo
adormecida pasión, preguntó muy bajo
—Mademoiselle, ¿qué queréis de mí…? decídmelo.
Los cuatro años transcurridos fueron olvidados. Parecía que estaban de nuevo en
el parque, en la inolvidable mañana de abril, en que por primera vez osó él hablar de
su amor. Hasta se había borrado de su memoria el vocabulario de la República, y la
palabra mademoiselle brotó espontánea de sus labios.
—Sed generoso —imploró ella—. Decid que preferís pagar mi deuda, que vengar
los ultrajes recibidos.
—No sabéis el sacrificio que me pedís —objetó él, luchando consigo mismo—.

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He esperado cuatro años, y ahora.
—Es mi hermano… —murmuró ella en tan sentido tono, que estas palabras, que
no encerraban ningún artificio, fueron el argumento decisivo de su intervención.
Soit! —consintió él—. Por vos, mademoiselle, y en pago de la deuda que os debo,
me iré como he venido, sin ver más a vuestro padre. Pero decidle de mi parte que, si
en algo aprecia la vida, sacuda cuanto antes el polvo de Francia de sus zapatos. Ya ha
tardado demasiado y de un momento a otro puede suceder que le hagan emigrar, no
sólo de Francia, sino del mundo. Además, el paisanaje puede volver a rebelarse y no
siempre estaré yo aquí para defenderos de sus violencias. En una palabra: marchaos
sin demora.
—Monsieur… os quedo muy agradecida… Mucho… Profundamente
agradecida… No puedo decir más… Rezaré para que Nuestro Señor os guíe en
vuestro camino… Adieu, monsieur
Él la contempló un instante sin soltar las manos que aún tenia entre las suyas.
—Adieu, mademoiselle: —dijo por último, y con lentitud, cual si quisiera darle
tiempo para frustrar su propósito si así lo deseaba, levantó la mano derecha de
Susana. Ella no la retiró y él oprimió apasionadamente sus labios en ella.
—Dios os guarde, mademoiselle —dijo con voz ahogada, y si estas palabras
parecen extrañas en boca de un servidor de la República, téngase en cuenta que su
conducta, durante la última parte de la escena, también ha sido muy poco
republicana.
Soltó por fin la mano y retrocedió un paso. Ella, con una final inclinación de
cabeza, tomó el camino de la terraza.
La Boulaye la siguió a distancia, tan abismado en sus pensamientos, que no
advirtió la presencia de Juste hasta que la voz de éste le sacó de su abstracción.
—Largo ha sido el diálogo, ciudadano diputado —observó el militar—. Yo creía
que se trataba de un duelo.
—Os felicito por la agudeza de vuestra perspicacia —alijo Caron en tono irónico
—. Habíais acertado…, pero ya no hay duelo.
Juste se preparaba a soltar algunos comentarios más cuarteleros que delicados,
pero La Boulaye le atajó:
—Mandan que den un redoble de tambor, ciudadano capitán… En diez minutos
saldremos de Bellecour.
Desde una ventana del castillo, la dama que era la causa de la absorción mental
del joven revolucionario observaba la marcha de los soldados.
—¡A fe mía, pequeña! —exclamó Bellecour alegremente—. Me pregunto qué
arte mágico habéis empleado para librarnos de esa infernal compañía.
—Las mujeres tenemos a veces medios desconocidos para los hombres —
respondió evasivamente.
Ombreval se volvió de repente, con el escozor de una súbita sospecha.
—Confío, mademoiselle, en que no habréis llegado hasta… —se detuvo por no

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hallar adecuadas palabras con que expresar su pensamiento.
—¿Que no habré llegado hasta qué, monsieur? —preguntó ella.
—Quiero decir que no habréis olvidado que vais a ser la vizcondesa de Ombreval
—contestó él, dando distinta construcción a la frase.
—Monsieur! —exclamó Bellecour indignado.
—Lo que más presente he tenido ha sido la necesidad de salvar la vida de mi
hermano —contestó fríamente la joven, lanzando tan desdeñosa mirada a su
prometido, que obligó a éste a guardar silencio.
Mentalmente había comparado a este impertinente y cobarde mozo con el hombre
firme y austero que se alejaba al trote de su caballo, y un suspiro se escapó de sus
rosados labios. ¡Si las cosas pudieran cambiarse!… ¡Qué contenta y orgullosa se
sentiría si Ombreval fuera el revolucionario y Caron el vizconde! Mas ya que esto era
imposible, ¿a qué suspirar? No es que ella estuviera enamorada de ese La Boulaye.
¿Cómo podía ser eso, no siendo él más que un plebeyo revolucionario, y por
añadidura enemigo mortal de los suyos? Era una locura hasta el soñar con la
posibilidad de ciertas cosas, porque Susana de Bellecour provenía de ilustre
abolengo, y harto sabía el respeto que merece un antiguo blasón.

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CAPÍTULO VIII

LOS INVALIDOS DE BOISVERT

H ABÍAN surgido ciertas diferencias entre la Convención Nacional y


Dumouriez, que era un excelente militar, pero muy discutible republicano.
La Convención había injustamente arrestado a sus oficiales comisarios,
Petit Jean y Malus, y no era éste el solo motivo de enojo que dió a un hombre que
jamás se distinguió por lo paciente.
En vísperas de declarar la guerra a Holanda, los prohombres de París se dieron
súbitamente cuenta de su error, y a despecho de los muchos enemigos con que
contaba Dumouriez en sus filas, empezando por Marta, procuraron reconciliarse con
el general, cuyos servicios eran indispensables. Esta fué la misión que se le encargó
al diputado La Boulaye, y con este objeto fué enviado a Amberes, donde obtuvo
señalado triunfo como embajador, pues su éxito correspondió por igual a las buenas
condiciones que estaba encargado de ofrecer, como al tacto y delicadeza con que las
ofreció.
El gran general de la República emprendió la campaña de los Países Bajos tan
completamente satisfecho como se pudiera esperar, dadas las circunstancias. Malus y
Petit Jean fueron no solamente absueltos, sino reintegrados en sus cargos. Se le
prometieron abundantes recursos de toda especie, más la seguridad de que la
República aprobaba de antemano su plan de campaña.
La Boulaye, terminada satisfactoriamente su misión, volvía con una escolta de
seis hombres y un cabo, atravesando comarcas ennegrecidas y devastadas por la
guerra. Habían pernoctado en Mons, y estaban a tres leguas cortas de la frontera
francesa, cuando al mediodía llegaron a la pobre aldea de Boisvert. Probablemente la
habrían cruzado sin detenerse, si al pasar por la Hostería del Águila no hubieran
llamado la atención del comisario un grupo de soldados que jugaban a los bolos con
balas de cañón.
A su vista, detuvo La Boulaye su caballo, sorprendido de que aquellos hombres
estuvieran tan lejos del ejército. Tres de ellos tenían señales de recientes heridas. Uno
llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo, otro sólo podía andar con ayuda de un
bastón, y el tercero tenía la cabeza entrapajada. Pero aún eran más notables por lo
singular del atavío. Uno de ellos (el de la cabeza vendada) lucía una casaca de
brocado amarillo que a pesar de los desgarrones y abundantes manchas de vino se
descubría que era prenda relativamente nueva. Por debajo de ella asomaban los
calzones de uniforme, con las polainas negras. Otro cubría los grasientos cabellos con
un tricornio ricamente adornado de oro y encajes, y el tercero, bajo el mugriento
uniforme, llevaba una chupa bordada de seda y una charretera de Bruselas. Un

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valioso anillo brillaba en el sucio dedo de un cuarto soldado, que en vez de los
calzones blancos, propios de un militar, ostentaba unos de raso negro. El del brazo
herido se contoneaba dentro de un costoso ropón de terciopelo encarnado, mientras
que el cojo se sostenía en un bastón de ébano con puño de oro, que estaba en
completo desacuerdo con el destrozado uniforme, el deteriorado gorro frigio y los
dedos que salían por las agujereadas botas.
Suspendieron el juego para mirar a su vez a los recién venidos, y a La Boulaye le
pareció que sus miradas revelaban cierta inquietud.
—¡Vaya un pintoresco grupo! —exclamó para sí el diputado, y dirigiéndose al del
ropón rojo, añadió:
—¡Eh, ciudadano!
Por un instante vaciló el interpelado, mas por fin acercóse con gesto contrariado,
deteniéndose junto al estribo de Caron.
—En nombre de la República, ¿quiénes sois y qué sois? —preguntó el diputado.
—Somos soldados inválidos del ejército de Dumouriez —contestó el hombre.
—Pero ¿qué hacéis aquí?
—Estamos hospitalizados, ciudadano.
—¿Allí? —preguntó irónicamente La Boulaye señalando la hostería.
Con un ademán de asentimiento, respondió el sujeto:
—Sí, ciudadano, allí, en aquel desolado caserón.
Caron, cada vez más sorprendido, miró a los que seguían apartados.
—Pero no todos sois inválidos.
—Hay muchos convalecientes.
—¿Convalecientes?… Paréceme que la mayoría están tan sanos como yo. ¿Por
qué no os reunís a las tropas?
El soldado le miró frunciendo el ceño.
—Sólo tomamos órdenes de nuestro oficial —contestó entre gruñidos.
—¡Ah! —exclamó el diputado—. ¿Estáis bajo las órdenes de un jefe?… ¿Quién
puede ser éste?
—El capitán Charlot —contestó el perillán con aire de insolencia, que equivalía a
preguntar: «¿Qué tenéis que decir a esto?»
—¿El capitán Charlot? —repitió como un eco La Boulaye, pues este nombre le
recordaba al aldeano de Bellecour, que desde entonces acá había conquistado fama
por su temerario valor en el ejército—. ¿Charlot Tardivet? —preguntó.
—¿Hay acaso otro capitán Charlot en las tropas de la República? —fué la
impertinente respuesta.
—¿También está él inválido? —siguió preguntando Caron, sin hacer caso de las
ofensivas miradas del militar.
—Quedó gravemente herido en Jemappes.
—¿En Jemappes?… pero, voyons, amigo, eso pasó hace tres meses.
—Todo el mundo lo sabe, ¿y qué? El general envió aquí al capitán, para

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descansar y curarse, encargándole de un grupo de soldados heridos, unos que
vinieron con él y otros que estaban ya aquí.
—Y de todos ésos, ¿ninguno ha vuelto al frente? —tornó a preguntar La Boulaye
con creciente sorpresa.
—¿No os he dicho ya que somos inválidos?
Caron le lanzó una mirada de frío desprecio.
—¿Cuántos estáis aquí? —preguntó interesado Caron.
Por mucho que al bergante le desagradaran las repetidas preguntas, no se atrevió a
no contestar a la severa voz de aquel austero jinete.
—Unos cincuenta, poco más o menos.
La Boulaye guardó silencio unos segundos y tocando después el brazo del
desconocido con el látigo, preguntó:
—¿A qué viene este disfraz?
—Ma foi! —contestó el soldado encogiéndose de hombros—. Estábamos casi
desnudos… la Administración está desmoralizada y no se atendían nuestras
reclamaciones. Tuvimos que tomar lo que encontramos a mano para no ir en cueros.
—¿Y dónde habéis encontrado todo eso?
—Diable! Ciudadano, ¿es que no vais a acabar de hacer preguntas? Mejor
informado quedaríais si interrogarais al capitán.
—No deseo otra cosa. ¿Dónde está?
A distancia se vió avanzar una nube de polvo por la carretera. A ella señaló el
soldado al responder:
—Mucho me equivocaría si no viniese por ahí.
—Tomemos un trago de vino en la Hostería del Águila —dijo La Boulaye
volviéndose a su gente.
Aunque el aspecto de la posada era poco halagador, no faltaba una amplia cuadra
a la que daba acceso una puerta cochera. El diputado, sin decir otra palabra, dirigió su
caballo hacia aquélla, seguido por su escolta.
La hostelera, que se adelantó a recibirles, era una mujer alta, huesuda, con ojos
cual dos gotas de tinta, la piel cetrina y hocicuda como una rata. Pero aunque poco
favorecida por la Naturaleza, parecía llena de buena voluntad. Además, el fajín
tricolor de La Boulaye era prenda que imponía respeto servil, aun cuando fuera
insignia de un gobierno que proclamaba la libertad, igualdad y fraternidad.

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Llamó al mozo de cuadra para que se encargara de los caballos, y ella fué en
busca de su mejor vino, procurando disimular con jovialidad el recelo de que volviera
al capitán antes de marcharse el diputado. Y así fué. Apenas habíanse instalado a la
mesa, cuando los rumores que se oían a distancia fueron aumentando hasta tomar
definida forma. La intranquilidad de la hostelera subió de punto al ver que La
Boulaye se levantaba, encaminándose a la puerta de la posada. Por la carretera

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avanzaba una numerosa tropa, de la que, a juzgar por las apariencias, formaban parte
los jugadores de bolos. El número de los que llegaban era triple al de éstos, y en el
centro de ellos marchaba un enorme y pesado vehículo, que llamó especialmente la
atención del comisario. Este separóse de la puerta, y se apostó en una ventana, a fin
de saber a qué atenerse, antes de ser visto. La compañía entró el pelotón al patio; su
aspecto formaba singular contraste de harapos y fastuosidad, pero el conjunto era
alegre, los cuerpos recios y las voces fuertes. Con ellos venía el cochero y con tanta
prisa enfiló el portón, que fué milagro que no aplastara a varios, mas con unos
cuantos fustazos y buen acopio de votos y juramentos, logró abrirse camino y se
detuvo en el patio.
La soldadesca seguía clamoreando a las portezuelas, y según pareció a Caron,
unos querían abrirlas y otros se oponían a ello, cuando atravesó la puerta cochera un
corpulento jinete, que era el capitán Charlot Tardivet en persona.
Bramó una voz de mando, y todos guardaron silencio, demostrando una disciplina
emanada del carácter y de los puños de su capitán. Mucho había cambiado Tardivet, y
por su aspecto actual, era digno de sus compañeros. Bajo un rico sombrero de tres
candiles, su despeinada cabellera colgaba como manojos de paja. Vestía casaca de
brocal floreado y una valiosa chupa de terciopelo de color violeta, cortada por un
fajín tricolor. Sus calzones eran blancos, o por lo menos lo fueron en su origen,
desaparecían en unas lustrosas botas de montar que le pasaban de la rodilla. Un sable
de caballería colgaba de su cintura del uniforme, y la culata de una pistola, asomando
por el fajín, completaba lo abigarrado de tan singular figura. Por lo demás, seguía
siendo el mozo de alta estatura y bien trabados miembros, pero denotaba más energía
en el cuadrado mentón, más inteligencia en los azules ojos, y también, ¡ay!, más
brutalidad en la boca, rodeada por una rojiza barba de varios días.
La Boulaye le miraba con interés. Había intimido con él durante su estancia en
París, a donde acudió Tardivet enfurecido por las injusticias y donde fué uno de los
apóstoles de la Revolución. Cuando las fronteras de Francia estuvieron en peligro,
Charlot empuñó las armas y pronto el capitán Charlot, como se le conocía en todo el
ejército, eclipsó la fama del ciudadano Tardivet, como profeta de la libertad. Grandes
cambios eran éstos para el que pocos años atrás era un simple aldeano. Mas ¿no era
aquella época pródiga en ejemplos de esa clase? ¿No llegó a ser un gran general el
cervecero Santere, y no se transformó en dictador el oscuro abogadillo de Arras que
se llamaba Robespierre? ¿Tiene algo de extraordinario que por entonces Charlot
pasara de aldeano a orador, de orador a soldado y de soldado… a qué?
Una sospecha había surgido en la mente de Caron, mientras observaba desde la
ventana. Sus hombres miraban no menos intensamente, sintiendo cierta inquietud por
su propia seguridad, en medio de aquella tropa de tan dudoso aspecto.
En cinco segundos puso orden Charlot en aquel caos humano, y en otros tantos
minutos, sólo quedaban diez hombres en el patio. Los otros habían marchado en
obediencia a las órdenes de Charlot, órdenes que confirmaron las sospechas de

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Caron.
—Volved a vuestros puestos inmediatamente —había dicho—. El que hayamos
hecho una rica presa no es razón para que descuidéis la ocasión de hacer otras no
menos ricas. Tú, Moulinet, toma veinte hombres y patrullad por el camino de
Charleroi hasta lo más cerca posible de la frontera francesa. Tú, Boligny, embóscate
con diez hombres en las cercanías de Condé y guarda la carretera de Valenciennes.
Tú, Aigreville, despliega tus veinte hombres desde Condé a Toumay y vigila
rigurosamente la frontera. Haced una detenida inspección de todo lo que podáis
capturar y no perdáis el tiempo trayendo cosa poco productiva. Ya me cuidaré yo de
que el reparto sea equitativo. March!
Hubo algunos gritos de Vive la République! y otros de Vive le capitaine Charlot!,
y desfilaron con rapidez, dejando al jefe dar algunas órdenes especiales a los diez
hombres que quedaban.
—¡Buenos inválidos están! —dijo La Boulaye por encima del hombro a sus
hombres—. ¡Ah!… Ya sale ahí el amigo del ropón rojo.
El hombre de la cabeza vendada acercóse a Charlot, cogiéndole por una manga y
hablando bajo.
—¡Suelta, bribón! —exclamó el jefe desasiéndose—. ¿Eh? ¿Qué dices?… ¿Un
diputado?… ¿Dónde?
El subalterno señaló con el pulgar a la hostería.
—Sacre nome d’un nome! —gruñó Tardivet, y alejándose con premura de los
hombre a quienes estaba; dando instrucciones saltó los escalones y penetró en el
edificio. Al traspasar el umbral de la sala común, encontróse frente a la gallarda
figura de Caron.
—Te felicito, Charlot —fué el saludo de éste—, por la vigorosa salud que reina
en tu hospital.
Tardivet quedóse un momento inmóvil contemplando al diputado, mas pronto
aclaróse su faz, echóse a reír y con la mano bien extendida avanzó exclamando:
—Mi querido Caron. El encontrarte en Boisvert es un placer con el que no
contaba.
—¿Estás bien seguro —preguntó La Boulaye tomando la ofrecida mano— de que
va a ser para ti un placer este encuentro?
—¿Cómo no ha de serlo, querido amigo? —contestó Charlot, dando palmadas a
Caron en la espalda—. ¡Por santa Guillotina!… Ven a mi cuarto y descorcharemos un
par de botellas de lo bueno.
Sin salir de su estupefacción, La Boulaye se dejó llevar por las mugrientas
escaleras, hasta una desordenadísima habitación, que, por lo visto, servía de sala al
capitán. Del techo pendía una pesada lámpara de cobre, y una mesa coja y unas sillas
desvencijadas, unas y otras sucias y manchadas, componían el mobiliario. Pero en
todos los rincones, y hasta por el centro, amontonábanse prendas de vestir y objetos
diversos, algunas armas, una silla de montar, y tres o cuatro botas. Una botella vacía

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estaba tirada junto a dos llenas, y algunas hojas arrancadas de un libro alternaban en
el suelo con varios naipes muy sucios.
Muchos son los medios que hay para conocer el carácter de un hombre, pero
quizá ninguno tan infalible como el aspecto de su vivienda. Es decir, que toda
persona de mediano entendimiento que penetrara en el salón del capitán Tardivet
quedaría sin la menor duda respecto a los hábitos y hechos de su propietario.
Después de haberse retirado madame Capoulade, dejando servido el vino y
alimentada la chimenea. La Boulaye se volvió de espaldas al ruego, y contemplando a
su antiguo amigo, preguntó en tono muy semejante a una orden:
—¿Por qué no has vuelto al ejército, Charlot?
—¿No te lo han dicho ya? —fué la respuesta, entre enojada y evasiva.
—Según tengo entendido, te enviaron aquí para reponerte de una herida que te
hicieron, hace más de tres meses, en Jemappes, y cuidarte de otros soldados también
heridos, Pero los inválidos seguramente no pasarían de media docena, y aquí hay de
cincuenta a sesenta hombres sanos. ¿Cómo es que no volvéis al frente, como es
debido?
—Porque desde aquí puedo servir mejor a Francia y al mismo tiempo
enriquecernos yo y mis compañeros
—En resumen —observó fríamente La Boulaye—, que de soldados habéis
degenerado en bandoleros.
Charlot miró el fondo de su vaso con evidente turbación. Echóse después a reír, y
desciñéndose la espada, la tiró a un rincón, seguida por el sombrero.
—Siempre has sido exagerado en tus puntos de vista —dijo con pesadumbre
cómica—. Por eso, sin duda, has llegado a tan alto en la política. Más valdría que
hubieras escogido la carrera de las armas para servir a la República… —y señalando
al vino añadió—. Ven querido amigo, brindemos por la Nación.
La Boulaye se encogió de hombros con un suspiro. Por fin se adelantó, aceptando
el vaso.
—¡Larga vida a la República! —fué el brindis de Charlot, al que correspondió el
diputado con una leve inclinación de cabeza y dijo, después de beber:
—Fácil será que viva sin ti, a menos que corrijas la conducta.
—Diable! —exclamó Charlot con un dejo de impertinencia—. ¿Es que no
alcanzas a comprender que yo, a mi modo, también sirvo a mi país? Acabas de
llamarme bandolero… También lo es el general Dumouriez. ¿Cuántas ciudades ha
saqueado?
—Ésas son las contingencias de la guerra.
—Y ésta es otra de ellas. El guerrea contra los enemigos de Francia que viven en
ciudades, y yo, en más reducido círculo, contra los que viajan en coches. Yo me
dedico a los emigrados, esos malditos aristócratas, que todo buen francés tiene el
deber de ayudar a exterminar. Se dirigen hacia las fronteras, cargados de oro, plata y
pedrerías de incalculable valor. ¿A quién pertenecen esas riquezas? A Francia. Harto

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tiempo se les ha consentido disfrutarlas, y ahora tienen la desvergüenza de querer
llevárselas fuera del país. ¿Qué verdadero republicano se atreverá a reprochar mis
actos?… Yo cojo lo que pertenece a Francia y lo reparto entre unos cuantos patriotas
que han vertido su sangre por ella.
—Especioso es el argumento —dijo Caron con ironía.
—Especioso o no, bastará para convencer a la Convención, si ésta me llamara a
declarar —replicó fogosamente Charlot—. ¿Te propones acaso llamar la atención de
la Ejecutiva sobre mis actos?
Los profundos ojos del diputado se miraron fijamente unos momentos.
—¿Conoces alguna razón por la que no deba hacerlo? —preguntó La Boulaye.
—Sí, Caron, la conozco —fué la pronta respuesta—. Estoy bien enterado de la
influencia que tienes en la Montaña. No ignoro que me iría mal en París, si tú te lo
propusieras y lograrais capturarme. Por otra parte, no dudo de que el argumento que
acabo de exponer pareciera aceptable a la Convención, pero tampoco dudo que
reclamarían todo lo recogido, proclamando que esos tesoros pertenecen al Estado, y
me obligarían a devolverlos. Entonces tendría que entregarlos en manos de algún
bandolero político, quien bajo el pretexto de colocarlos en las arcas de la nación, los
trasladaría a su propia casa. ¿No vale más que los disfrutemos nosotros, Caron? ¿Has
olvidado la amistad que nos unió en los primeros días de la Revolución? ¿No te
acuerdas lo que yo he sufrido a manos de esa infernal clase, con la que tú tampoco
tienes motivos de simpatía? Caron, esto no es más que una medida de venganza,
¡vive el cielo!, bastante suave. Ellos me han robado más que la vida, y yo me quedo
con su oro y joyas, y los lanzo insolventes al mundo. Acuérdate de mi esposa —
añadió con furia—, era casi una niña y murió de pena y vergüenza a los tres meses de
nuestras funestas bodas. ¡Voto al infierno! Cuando estos recuerdos vuelven a
despertar, me maravillo de mi propia tolerancia. Me asombro de no matar a azotes a
cada uno de ellos que cae en mis manos, como te azotaron a ti, por haber tratado
infructuosamente de ayudarme.
Detúvose ahogado por la emoción, su rostro imponía pavor. Tras de unos
instantes, preguntó más calmado:
—¿Te he dado bastantes razones para que no trates de interponerte en mi camino?
—Sí —contestó, el convencional—, más de las necesarias, y lamento haber
renovado un dolor que yo creí extinguido.
—Y lo está. Caron… Aunque parezca imposible. Tal vez sea cosa de mi carácter,
o de que las penas duran poco en la juventud. Quizá consista en la vida que llevo de
continua agitación y constantes cambios. En verdad, poco hay en el capitán Tardivet
que recuerde al pobre aldeano que, hace años, escogió a María por esposa. Ya no soy
el mismo hombre, y entre las cosas que he desechado se cuentan las penas, que eran
propiedad del antiguo Charlot. Pero hay memorias que no pueden morir por
completo, y si ya no lloro a mi infeliz muerta, el recuerdo de la deuda que existe entre
la nobleza y yo sigue fresco en mi mente, y no pierdo ocasión de irla cobrando. Pero

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basta de este asunto… Cuéntame algo de ti, ya hace un año desde que nos vimos, y en
ese tiempo ya sé que has avanzado mucho. Háblame de tu vida.
Acercaron las sillas al fuego, y charlaron hasta que el temprano ocaso de febrero
les sorprendió en plenas remembranzas. La Boulaye había querido llegar a
Valenciennes aquella misma noche, mas cambió de idea, prefiriendo pasarla en
Boisvert, resolución en la que tuvieron gran parte las instancias de Charlot.

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CAPÍTULO IX

LAS CAUTIVAS

E NTRE los sórdidos objetos que llenaban el aposento particular del capitán, éste y
su amigo cenaron aquella noche. La cena correspondía al tono general de la
casa, una grasienta bazofia poco halagadora para el fino paladar de La
Boulaye. Pero el vino, sin duda robado al mismo tiempo que las copas de plata, era
excelente, y mientras Caron lo saboreaba como buen catador, Charlot abusaba de él a
estilo soldadesco.
Estaban sentados frente a frente, con la mesa entre los dos. Un mantel
relativamente limpio cubría las manchas, y la iluminación consistía en cuatro cabos
de vela puestos en suntuosos candelabros, obra maestra de orfebrería que, según el
capitán, pertenecían a un príncipe de la sangre.
A medida que avanzaba la noche, Charlot se hacía más fanfarrón y confidencial.
Por último llegó a hablar de la última presa que había hecho.
—He cogido botines, Caron —dijo Charlot—, que no desdeñaría un monarca;
pero el de hoy… —Y levantó las cejas con expresión ponderativa.
—El de hoy ¿qué? —preguntó La Boulaye, curioso.
—El de hoy supera a todos los anteriores juntos. Era una berlina pesadota y poco
llamativa. A dos dedos estuvieron mis hombres de cederle el paso, pero yo tengo un
olfato, mon cher —y se llevó significativamente el índice a la nariz—. A mil leguas
olfateo yo a un aristócrata. Y me arrojé sobre el vehículo, como gavilán sobre
indefensa paloma. Dentro iban dos mujeres cubiertas por espeso velo, y te doy mi
palabra de que casi me compadecí de ellas, pues seguramente ya se felicitaban por
haber escapado de Francia. Pero el sentimentalismo sería fatal, si se le permitiera
intervenir en las empresas, y ahogando mis condolencias las mandé apearse, lo que
hicieron sin replicar. Les permití que conservarán los velos. Otras cosas me interesan
más que caras de mujer, y una somera inspección del coche hizo que me felicitara a
mí mismo por mi buen acierto. Levanté el asiento del testero y vi que éste era un
cojín disimulado y tan repleto de oro y plata labrada, que su valor excedía a todas mis
anteriores capturas. Mas no era esto sólo; bajo el asiento opuesto iba un cofrecito que
contenía por lo menos dos o tres mil luises de oro, y además una arquita con joyas,
que valía más que todo el resto del tesoro oculto en aquel coche. Te aseguro, Caron,
que dejé caer los almohadones del asiento más de que prisa, pues no quería que mi
gente supiera tanto como yo. Mandé subir de nuevo a las mujeres, y con buena
escolta las traje aquí.
—¿Y esos tesoros? —preguntó La Boulaye.
—Aun están en el coche con las mujeres, a las que he dicho que pasaran en él la

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noche. Mañana las dejaré libres, que es proceder más generoso del que hubieran
obtenido en otras manos. Cuando se hayan marchado, repartiré el botín. —Y
haciendo un guiño, prosiguió—: A mis hombres les daré el dinero y la plata labrada,
y yo sólo me reservaré la arquita de hierro repujado. Mis compañeros alabarán mi
generosidad, dándose por satisfechos, y en cuanto a mí… ¡Por Santa Guillotina!…
Deseos me dan de emigrar e instalarme como un gran señor en Prusia o Inglaterra,
pues en la tal arquita hay una cuantiosa fortuna. Esta tarde te preguntaba si tenías
intención de denunciarme en París… ¡A fe, que poco me importa! Pues antes de que
tú llegues allí, el capitán Charlot no será más que un nombre en las tropas de la
República, y yo, en el extranjero, me haré llamar monsieur Charles de Tardivet,
dormiré en sábanas de Holanda, y me nutriré de trufas y champaña. ¡A tu salud,
Caron!
Y vació el vaso, riendo ante tan seductora perspectiva.
—¿Tienes confianza en tu gente? —preguntó La Boulaye.
—¿Eh?… ¡Confianza!… ¡Mil rayos! ya me conocen. He puesto de centinela a los
diez más fieles, y responden con su cabeza del cumplimiento de su cometido… Ven
acá…
Se levantó, cruzando la estancia con paso algo inseguro, le siguió su invitado y,
mirando en la dirección que le señalaba, vió el coche a la luz de una hoguera que
habían encendido los centinelas, para calentarse.
—¿Te parece seguro?
—Si… no digo que no… Pero ¿y si a esos tunantes se les metiera en la cabeza
que es mejor repartir el tesoro entre diez que entre sesenta?
—¡Por Satanás! —juró Charlot con impaciencia—. Poco te fías de mi ingenio.
¿Por quién me tomas? ¿Te figuras que he pasado lo que he pasado, para no saber
cómo se puede uno fiar de esta gentecilla?… ¡Bah!… Mira la puerta cochera, el
portón está cerrado, y la llave en mi bolsillo. ¿Piensas que la pueden echar abajo sin
que se entere nadie? En cuanto a los caballos, están encerrados en la cuadra, y
también tengo yo la llave. Conque ya ves que no lo fío a la fidelidad de los diez; más
seguros.
—Ya veo que te has vuelto muy cauto —asintió La Boulaye riendo.
—He aprendido en dura escuela —contestó el capitán—, en una escuela
monstruosamente dura.
Volvióse de espaldas a la ventana, y la luz de las bujías, que cala de plano sobre
su atezado semblante, reveló una contracción de dolor, causada por sus tristes
recuerdos. De pronto soltó una carcajada entre humorística y amarga.
—Vaya —dijo—. Dejemos el pasado… Charlot, el novio de Bellecour, y el
capitán Tardivet, son dos hombres muy diferentes.
Volvió junto a la mesa, llenó la argentada copa y la vació de un solo trago.
Apoyóse después en la chimenea y durante unos momentos quedóse de espaldas a su
invitado. Cuando se reunió con él, toda señal de emoción había desaparecido de su

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rostro. Era desvergonzada y dura faz del capitán Charlot, un poco más dura y
desvergonzada que de costumbre, por el exceso de vino que enrojecía sus mejillas y
hacía brillar sus ojos.
—Caron —dijo sonriendo—. ¿No podríamos invitar a esas damas, para que nos
acompañaran en la cena?
—¡Dios me libre! —exclamó alarmado La Boulaye.
—Pues yo quiero mujeres —insistió el otro, acercándose de nuevo a la ventana.
Caron le detuvo al pasar junto a él.
—No hagas eso, Charlot —rogó en tono grave—. Róbales su fortuna, déjalas sin
amparo en el mundo; pero acuérdate siquiera de que son mujeres.
Charlot, con una grosera carcajada, dijo:
—¿De eso quieres que me acuerde ahora? Bien se acordaban de nuestras mujeres
esos perros de aristócratas.
Tan horrorosa verdad encerraban las palabras del bandolero, y tan amargos deseos
de desquite revelaba su talante, que el diputado le soltó el brazo, no encontrando
argumentos con que detenerle.
—Pardi! —prosiguió Charlot—. Me pide el cuerpo un poco de broma. ¿Acaso no
tengo derecho para exigir que esos aristócratas me diviertan?
Y con un juramento, abrió la vidriera.
—¡Guyot! —gritó, obteniendo inmediata respuesta—. Saluda en mi nombre a las
ciudadanas que están en el coche, y diles que el capitán Tardivet solicita el honor de
que le acompañen a la mesa.
Después fué hacia la puerta y, abriéndola, llamó a la viuda Capoulade, para que
añadiera dos cubiertos a los de la mesa. La Boulaye permaneció junto a la chimenea,
con una expresión impasible, casi indiferente. Al acercarse nuevamente Charlot a la
ventana, supo por boca de Guyot que las ciudadanas agradecían mucho la atención
del capitán, pero estaban tan fatigadas, que preferían permanecer en el coche.
—¡Por los cuernos de Satanás! —exclamó Tardivet con voz pastosa, pues el vino
le iba dominando por momentos—. ¿Es que se proponen desafiarme? Puesto que se
niegan a aceptar una invitación, oblígalas a obedecer una orden… Traélas sin demora,
Guyot.
—¡Al punto, mi capitán! —fué la respuesta, y el lugarteniente se dispuso a
ejecutar el mandato.
Charlot cerró la ventana volviendo junto a la mesa.
—Por lo visto quieren coquetear esas perfumadas damitas —dijo en tono de
burla, llenándose la copa—. ¿No bebes, Caron?
—Me parece prudente que uno de los dos conserve la cabeza despejada —
observó con calma el diputado, pues aunque los argumentos de su amigo encontraban
cierto eco en su corazón, siempre le inspiró repugnancia el presenciar escenas como
la que se preparaba.
Charlot no contestó. Apuró la copa, dejándola de golpe, arrojóse después sobre

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una butaca y estirando sus largas piernas, púsose a tararear el estribillo de La
Marsellesa.
Así pasaron unos minutos. Por fin se oyó crujir la escalera bajo los pies de los que
subían y la ruda voz de un soldado que mandaba darse prisa a las damas.
Abrióse por último la puerta, dando paso a las dos señoras, seguidas por Guyot.
Charlot se puso en pie.
—¿Ya estáis aquí, mesdames? —dijo Tardivet olvidando el tratamiento impuesto
por la Convención, y tratando torpemente de hacer una reverencia—. Muy bien
venidas… Guyot, vete al diablo.
Después de marcharse el soldado, las damas quedaron en la parte obscura de la
estancia, mas a una indicación de Charlot, que no osaron desobedecer, adelantáronse,
penetrando en el radio de luz. Simultáneamente. La Boulaye retuvo la respiración,
avanzando unos pasos, que retrocedió en seguida hasta que tocó la repisa de la
chimenea con la espalda, Y desde allí quedóse contemplando a las recién venidas,
que aún no habían reparado en él.
No llevaban sombrero, y habiendo echado atrás la tupida blonda con que se
cubrían la cabeza, revelaron a los asombrados ojos del convencional los conocidos
rostros de la marquesa de Bellecour y de su hija.
También las reconoció Charlot en el momento de exponerse a plena luz. Quedóse
inmóvil en el acto de ofrecerles un asiento, devorando a la una después de la otra, con
una mirada de la que, de repente, parecía borrada la borrachera. Desapareció el
arrebolado color de su rostro, y sus labios temblaron como los de un hombre que trata
de dominar su emoción. Poco a poco volvió el color a sus mejillas. Su grosera boca
se plegó en burlona mueca, y en sus ojos brilló una perversa llama.

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El intenso silencio quedó roto por el ruido que hizo al caer la silla que tenía
Charlot en las manos. Se inclinó hacia delante, y La Boulaye pudo leer en el rostro
del bandolero la idea que había surgido en su mente. A no tratarse de Susana de
Bellecour, el revolucionario no habría dejado de admirar lo sabio de la ley de
compensaciones. La esposa y la hija del marqués de Bellecour habían caído en manos

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del hombre a quien aquél deshonró la novia, proporcionándole una maravillosa
venganza. Mas no se detuvo a hacer estas reflexiones, aunque no le pasara por alto la
cruel ironía del Destino. La diabólica llama cu los ojos de Charlot y su siniestra
sonrisa no dejaron duda al diputado sobre el género de venganza elegido por el
capitán, y esto era más que suficiente para absorber toda la atención del ex secretario.
Aún no lo habían visto las mujeres. Las inquietaba demasiado el personaje que
tenían delante y con angustia que delataba la palidez de sus mejillas y lo agitado de
su respiración, esperaban inmóviles. Por último, el capitán irguió su corpulenta
figura, y echándose a reír, dijo con insultante cortesía.
—Mesdames… nosotros los republicanos hemos abolido a Dios y hasta esta
noche he creído que tenían razón los que lo afirmaban, pero en este momento,
señores, declaro que la República está en un error. Hay un Dios de justicia y de
retribución que os ha entregado en mis manos. Miradme bien, ci-devant, marquesa, y
vos también mademoiselle de Bellecour. Miradme al rostro y recordad si me
conocéis. Puede ser que no; pasabais en vuestra carroza y nunca fijasteis la atención
en mi humilde persona. Pero ¿no habéis oído hablar de un tal Charlot Tardivet, a
quien vuestro esposo y padre robó la mujer en el mismo día de la boda? ¿No oísteis
mencionar el nombre de María Tardivet, una pobre muchacha que murió a
consecuencia de esta brutalidad? Pero no, tales hechos son demasiado triviales para
que los conservéis en la memoria. ¿Qué era la vida de una aldeana, o la de cualquier
animal doméstico, para perturbar la serenidad de vuestra aristocrática existencia?
Pues ese Charlot Tardivet, señora, soy yo, y esa María era mi esposa. No sabía
quiénes erais cuando os invité a cenar, pero ahora que lo sé… ¿Por qué me miráis con
tal fijeza?
La marquesa, muy pálida y casi sin aliento, aún halló fuerzas para contestar con
altivez:
—Procuramos despertar en vos el recuerdo de que somos mujeres, y a menos de
que seáis tan cobarde como…
Charlot le cortó la palabra con una carcajada, añadiendo después, como ya había
contestado a Caron:
—¿Acaso no lo era tanto como vos mi esposa?… ¡Bah!… También anda por aquí
uno que tiene quejas de vuestra casa —señaló a La Boulaye, que, pálido y rígido,
permaneció junto a la chimenea.
Las damas volvieron la cabeza y un grito se escapó de los labios de Susana. Era
un grito de esperanza, pues seguramente había allí uno que no dejaría de prestar
ayuda. Con esto, pensó ella, no había contado el capitán. Pero La Boulaye seguía frío
e inmóvil sin corresponder a la presentación ni con un simple saludo. Charlot,
equivocando el sentido del grito, observó riendo en el vocabulario republicano.
—Razón tienes para gritar, ciudadana, y ya veo que a éste al menos le reconoces.
Es el hombre que intentó arrancar mi esposa a las garras de tu noble padre. Por su
buena acción fué azotado hasta que le tuvieron por muerto. ¿No te parece una feliz

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casualidad que él esté junto a mí para recibiros?
—Pero éste, al menos, también me debe a mí algo —dijo mademoiselle. Y
sostenida por una excitación hija de la esperanza, dió un paso adelante, diciendo a su
antiguo adorador—: Cualquiera que pueda ser la falta de mi padre, estoy segura de
que monsieur La Boulaye no lo hará recaer sobre su hija, y segura estoy de que no
olvida su deuda.
Charlot frunció el ceño con displicencia y volvióse hacia su amigo, que respondió
fríamente:
—La deuda ya está pagada, ciudadana.
Ante esta desalentadora contestación, retrocedió mademoiselle, repitiendo
maquinalmente:
—¿Pagada?
—Sí; pagada —insistió él—. Me pedisteis la vida de vuestro hermano como pago,
y yo os la concedí. ¿No os parece que estamos en paz? Además —añadió con leve
encogimiento de hombros—, el capitán Tardivet es aquí el amo… A él debéis dirigir
vuestras súplicas, ciudadana.
Con el terror pintado en el bello semblante, volvió la mirada a Charlot, que puesto
en jarras y con la inflamada cabeza ladeada, fijaba en ella los ojos con expresión de
burla y complacencia.
—¿Qué es lo que intentáis, monsieur? —preguntó ella, con voz ahogada.
El militar contestó sonriente:
—Cálmate, cálmate, cálmate… Me propongo ser muy amable.
—Me basta con que seáis generoso —insinuó la noble doncella.
—También lo seré, ciudadana —asintió el bandolero en el tono que se emplea
para tranquilizar a un insensato—. Seré generoso… tan generoso como lo fué tu
señor padre.
La Boulaye temblaba interiormente, sin que se alterara la impasibilidad de su
rostro, al contemplar la dramática escena.
—¡Monsieur! —exclamó Susana con horror.
—¡No te atreverás, canalla! —tronó la marquesa.
Charlot soltó una risotada, que acabó de exasperar a la dama. Sus opulentas
carnes, que poco antes temblaban de miedo, temblaban ahora con más violencia por
el enojo, que devolvió el color a sus mejillas, poniéndolas como la grana. Con voz
agitada y chillona, empezó a vomitar vituperios que obligaron a Charlot a taparse los
oídos.
—¡Silencio! —bramó el capitán, con tan salvaje acento, que hizo decaer de súbito
el ánimo de la prisionera—. Yo pondré término a este escándalo. —Y abriendo la
puerta, gritó—: ¡Eh!… ¡Guyot!, ¿estás ahí abajo?
—¡Aquí estoy, capitán! —contestó una voz.
Charlot retrocedió sobre sus pasos, dejando la puerta abierta, y sus ojos se
posaron en Susana con tan lúbrica expresión, que ella se estremeció como lo habría

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hecho al contacto de un animal inmundo. Acercóse a su madre, que tras del breve
acceso de furia, había caído en otro de llanto.
Los pesados pasos de Guyot hicieron crujir los escalones.
—¡Madre! —exclamó Susana, abrazando a la dama con el vano intento de
consolarla.
A los oídos de ambas llegó la voz del jefe, mandando en breves palabras a Guyot
que se llevara a la marquesa al coche.
Madame de Bellecour recobró su energía, para exclamar, echando fuego por los
ojos cargados de lágrimas.
—¡No quiero ir!… Me niego a separarme de mi hija.
Charlot se encogió de hombros groseramente y dijo:
—Llévatela, Guyot.
El robusto soldado obedeció con una rudeza en la que no hacían mella las
prerrogativas del sexo ni de la cuna.
Cuando el último grito de la marquesa se perdió en la distancia, el capitán
volvióse de nuevo hacia su bella prisionera, haciendo esfuerzos por dar a su
abotagado semblante expresión agradable, mas la llama de sus ojos claros acrecentó
la alarma de la joven cautiva.
Ésta permanecía inmóvil, erguida y pálida. El miedo que reflejaba su rostro aún
hacia más interesante su deslumbradora belleza. Sus grandes ojos de zafiro brillaban
tras el doble cerco de largas pestañas negras, su cerrada boca permitía admirar el
perfecto dibujo de los labios, y sus manos se unían con ademán suplicante. Pero en el
endurecido corazón de Charlot no tuvo lugar ni un soplo de piedad. Contemplaba su
hermosura y recordaba sus agravios… Quizá si ella hubiera sido menos hermosa,
habría si él más clemente.
Hacia el fondo, apoyado en la chimenea, seguía La Boulaye como una estatua,
inmóvil e inmutable. El capitán hablaba sonriente y afectuoso a la joven prisionera, a
quien el silencio del diputado angustiaba aún más que las palabras del militar. Por
crítica que fuera la situación, ella no pudo menos que despreciarse a sí misma, por
haber sentido cierta gratitud, muy parecida a inclinación hacia aquel hombre, que si
entonces, en respuesta a su intercesión, concedió la vida a su hermano, hoy
demostraba tener un alma bastarda.

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CAPÍTULO X

EL «BAISER LAMOURETTE»

D E pronto, Charlot se volvió hacia La Boulaye, y aunque nada dijo, su mirada


fué bastante elocuente. En respuesta a ella, Caron se movió, por fin,
acercándose a la mesa.
—Un sorbo de vino y te dejo, Charlot —dijo con tono monótono; y cogiendo una
botella se sirvió una copa.
—Echa otra para mí —gritó el capitán—. ¡Ah! y también para la ciudadana…
Ven acá niña… El buen vino te animará.
Pero Susana, a quien sonó mal el epíteto, rechazó la invitación, y al observarlo,
dijo él, riendo:
—Como quieras… pero el vino es bueno… procede de las bodegas de un ci-
devant duque… ¡A tu salud, ciudadana! —brindó alzando la copa, cuyo contenido
resbaló por una garganta seca a fuerza de beber. Pero antes de que lo apurara, un
agudo grito de La Boulaye vino a interrumpir su libación. Miró a su alrededor, y lo
que vió fué causa de que el vino corriera por sus ropas al arrojar la copa y precipitóse
hacia mademoiselle lanzando un juramento.
Susana habíase acercado a la mesa, mientras que los dos hombres bebían,
apoderándose silenciosamente de un cuchillo, romo, para el uso que ella quería hacer
de él. De no ser así, la intervención de Charlot hubiera sido tardía, mas tal como fué,
llegó a tiempo de sujetar la fina muñeca, arrancando de los contraídos dedos el arma,
que fué a parar al otro extremo del salón.
—Vamos… Una damisela tan linda —dijo el soldadote cogiéndola por ambos
brazos—. Conque nos atrae el suicidio, ¿eh?… Y queríamos engañar al capitán
Charlot, ¿eh? Fi, donc! —prosiguió con siniestra jovialidad—. Hubiera sido lástima
derramar una sangre tan azul sobre un suelo tan sucio.
Viéndose derrotada por todos los caminos, la altiva muchacha, que tan
valientemente había querido buscar refugio en la muerte, echóse a llorar en silencio.
—Vaya, vaya, pequeña —murmuró el capitán con el tono en que se habla a un
niño mimado e instintivamente se acercó para consolarla. Pero la proximidad de
aquella belleza le hizo estremecer. Y el sutil perfume que despedía su cuerpo excitó
los sentidos del borracho. Ella, pálida como una muerta, y sin fuerzas para resistir,
hubo de tolerar que se le acercase cada vez más aquel aliento cargado de vino. Entre
las húmedas pestañas negras, los zafirinos ojos lanzaron una mirada de supremo
espanto y sus convulsos labios hacían esfuerzos por formular una plegaria a la Santa
Madre de Dios, natural protectora de todas las vírgenes en peligro.
Sintióse la joven arrastrada hacia su verdugo, de cuya mente habíanse borrado en

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aquel instante los fines vengativos de su acción. Sintió que los musculosos brazos del
bandolero rodeaban su cuerpo, cual los tentáculos de un pulpo, y, enloquecida de
horror y vergüenza, hizo un esfuerzo sobrehumano, logrando desasirse. Mas con una
blasfemia, el beodo se precipitó sobre ella. Entonces ocurrió lo inesperado; sobre la
cabeza de aquél relampagueó algo brillante… sonó un golpe sordo, detúvose el
capitán y tras de agitar el aire con los brazos, desplomóse pesadamente al suelo,
quedando cual masa inerte a los pies de Susana.
Esta, al otro lado del yacente cuerpo, vió a La Boulaye, con la sombra de una
sonrisa en los finos labios y en la mano uno de los pesados candelabros de plata que
había sobre la mesa.
Mientras una persona hubiese podido contar hasta doce, permaneció sin
pronunciar palabra; después dijo con tono de pesar:
—Ha sido un golpe de cobarde, ciudadana, pero no tenía elección. —Dejó el
candelero en su sitio y arrodillándose junto a Charlot, le puso la mano sobre el
corazón, murmurando al mismo tiempo—: Esa puerta… Cerradla aprisa.
Maquinalmente y sin replicar, la joven obedeció. Al rechinar la llave, levantóse
Caron, diciendo:
—No está más que atontado… pero hay que preparar algo que lo justifique.
Arrastró una silla bajo la pesada lámpara de latón que colgaba del techo. Se subió
a la silla, asiendo con ambas manos la cadena que sostenía la lámpara, tiró con toda
su fuerza, hasta que cedió el garfio y en medio de una lluvia de yeso, casi perdió el
equilibrio La Boulaye.
—Ya está —dijo éste, dejando cadenas y garfio inmediatos a Charlot—. Tal vez
no sea tan convincente como debiera, pero bastará para los cortos alcances de la
hostelera y de los brutos que siguen a Charlot. Temo —añadió contristado— que
tardará bastante en recobrar el conocimiento… Estaba tan ebrio, que poco ha
necesitado para caer.
De nuevo encontráronse sus miradas, y Susana, con las manos extendidas, avanzó
hacia él exclamando:
—Monsieur… monsieur… Si supierais cómo hace poco os he ofendido con el
pensamiento…
—Razón teníais para hacerlo —contestó él cogiendo las manos de ella a cuyo
contacto se dulcificó la dureza de su fisonomía—. Mucho me pesaba aumentar
vuestra aflicción, mas si yo hubiera dejado sospechar que no era vuestro mortal
enemigo, no me fuera posible ayudaros. Me habría echado de aquí y yo, de buena o
mala gana, hubiese tenido que obedecer, puesto que él es aquí el amo, y cuenta con
bastante gente para poner por obra sus deseos.
Y como ella quisiera reiterar su gratitud, la interrumpió casi bruscamente,
diciendo:
—No me deis las gracias… sólo he hecho lo que corresponde hacer a un hombre
por cualquiera mujer que esté en vuestra situación. Por esta noche os he salvado.

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Haré cuanto de mí dependa para que podáis escabulliros de Boisvert vuestra madre y
vos; pero después tendréis que valeros solas.
—¿Lo haréis así? —preguntó ella con renovada esperanza.
—Lo intentaré al menos.
—Mas… ¿por qué medios, monsieur La Boulaye?
—Eso aún no lo sé; tengo que pensarlo. Mientras tanto, lo mejor será que volváis
al coche. Más tarde os enviaré a buscar, a vuestra madre y a vos y procuraré arreglar
las cosas de modo que no volváis a él.
—¿Que no volvamos a él? —preguntó Susana sobresaltada—. ¿Hemos de dejarlo
aquí?
—Mucho temo que no haya más remedio.
—Pero monsieur, ¿no sabéis que toda nuestra fortuna está en ese vehículo? No
podemos salir de aquí despojadas…
—Preferible será salir despojadas que no salir, mademoiselle… Siento no tener
cosa mejor que ofreceros —dijo él, con cierta impaciencia.
Le irritaba que, en momentos como aquellos, Susana manifestara tanto interés por
los valores. Pero, en realidad, ella pensaba más bien en su madre, en su padre y en su
hermano, que ya los esperaban en Prusia. El tono de él hirió los sentimientos de la
joven, haciéndole olvidar lo mucho que le debía y a punto estaba de pronunciar una
palabra de reproche, cuando él extendió el brazo.
—¡Chitón! —murmuró con el gesto de quien aguza el oído. Su fina percepción
había alcanzado un ruido, del que ella, por sus grandes preocupaciones, no se había
dado cuenta.
Corrió él al lado del capitán, y cogiendo la lámpara, dió un salto de acróbata y se
dejó caer sobre los talones con un golpe que hizo retemblar el suelo.
Simultáneamente soltó la lámpara y el ruido de su caída despertó los ecos del viejo
caserón.
La joven le miraba con ojos y boca abiertos por el estupor… ¿Sería aquello un
ataque de repentina locura?
Mas, por fin, percibieron sus oídos el ruido que él anunció. Eran pasas en la
escalera, que al oír aquel estrépito, apresuraron la marcha, y antes de que llegaran ya
estaba el diputado con la puerta abierta, vociferando como un poseído.
La primera en entrar fué la hostelera, sobrecogida de miedo, seguida de cerca por
Guyot, que subió a saltos, atraído por el porrazo.
A la vista del exámine cuerpo del capitán, sonaron simultáneamente un grito de la
Capoulade y un juramento del soldado.
—¡Mon Dieu!… ¿Qué ha pasado? —exclamó ella, acudiendo presurosa.
—¡Miserable! —exclamó La Boulaye con bien fingida cólera—. Según parece,
vuestra hedionda guarida se cae a pedazos y no se está seguro bajo su techo. —Y
señaló al boquete y a la lámpara.
—¿Cómo ha sucedido esto, ciudadano diputado? —preguntó el sargento, quien

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carecía de imaginación para reconstruir la escena.
—¿No lo estáis viendo? —contestó Caron con impaciencia—. En cuanto a ti,
miserable ventera, lo pagarás muy caro. La Nación sabrá poner precio a las lesiones
causadas al capitán Charlot.
—¡Pero, bon Dieu!… ¿Qué culpa tengo yo? —gimió la aterrada hembra.
—¡Culpa! —repitió La Boulaye aparentemente furioso—. ¿No eres acaso la
culpable de alquilar habitaciones ruidosas? Si albergaras émigrés nada habría que
decir, pero si las alquilas a buenos patriotas, y, con condiciones ruinosas? Si
albergaras émigrés nada habría que decir a los resultados. Y los resultados, en esta
ocasión, serán muy graves, malheureuse.
Y volviéndose a Guyot, que de rodillas examinaba las contusiones de su jefe,
mandó en tono breve:
—Tú… Guyot… conduce a la ciudadana al coche… Quizá se la vuelva a llamar
cuando el capitán haya recobrado el sentido, y tú, ciudadana Capoulade, ayúdame a
echarle en la cama.
Ambos obedecieron, el uno con la habitual presteza del solidado, y la otra con la
torpeza natural de una mujer asustada.
Llevaron a Charlot a su lecho, y cuando volvió en sí, al cabo de media hora, fué
para encontrar a Guyot a su cabecera. Muy alarmado, pidió explicaciones de su
postura actual y del dolor que sentía en la cabeza, que debía presumir del golpe
recibido, última cosa que recordaba. Guyot, sin concebir ni la más leve sospecha
sobre la veracidad de la mise en scéne preparada por Caron, explicó
circunstancialmente el fortuito accidente, y Charlot se desató en maldiciones contra
los techos que se desmoronan, y las lámparas que se caen. Desahogada su furia, quiso
levantarse, mas entonces entró Caron, insistiendo en que se quedara en la cama.
—¿Estás loco —expuso el diputado— o no te das cuenta de la importancia de tus
lesiones?… Diable! He visto morir a un hombre por su empeño en levantarse después
de haber recibido un golpe en el cráneo, mucho más leve que el tuyo.
—¡Voto a mil diablos! —exclamó Charlot, que era muy ignorante en esas
materias… y crédulo por consecuencia—. ¿Tan grave es?
—No será nada si te estás quieto y duermes. Es lo más probable que mañana estés
bueno. Pero si te levantas esta noche… las complicaciones podrían ser fatales.
—Pero yo no puedo dormir a estas horas —dijo apurado el bandolero—. Tengo
costumbre de acostarme tarde.
—Entonces tendremos que darte alguna poción calmante —contestó La Boulaye
—. Espero que la hostelera tendrá algo que responda a este propósito. Mientras tanto,
Guyot, no permitas que hable el capitán. Recuerda que para estar bueno mañana, ha
de tener absoluto reposo esta noche.
Con esto, salió del cuarto, en busca del narcótico necesario. Encontró a la
Capoulade, a quien dijo que las lesiones del capitán eran graves, y probablemente le
causarían la muerte, a menos que pudiera dormir varias horas. Avivada por el terror

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de que tal desgracia pudiera ocurrir en su casa, la viuda rebuscó en un cajón y pronto
sacó de él un frasco mediano de una substancia obscura y viscosa. Se lo trajo el
médico, según dijo ella, a su difunto esposo, durante su última enfermedad, y podía
afirmar que diez gotas de aquella mixtura hacían dormir a un hombre durante
veinticuatro horas.
Caron administró al paciente las diez gotas en un vaso de vino tinto, y al cuarto de
hora de tomadas, la profunda y acompasada respiración de Charlot anunció un
tranquilo sueño.
Obtenido el resultado, La Boulaye envió a Guyot a su puesto y volviendo al
cuarto en que habían cenado, paseó de arriba abajo durante una hora, rumiando
planes para la fuga de las prisioneras.
Las diez serían ya, cuando abrió la ventana y desde ella, según vió hacer a
Charlot, mandó al sargento que subiera las mujeres. El subalterno conocía la alta
posición que La Boulaye ocupaba en la Convención, y no vaciló en obedecer.
El diputado cerró la ventana, a paso lento encaminóse a la chimenea y, tras de
empujar las brasas con la punta de la bota, se quedó esperando. No tardaron en crujir
los peldaños, y un instante después abrióse la puerta para dar paso a mademoiselle
conducida por Guyot.
—La más vieja no quiere venir, ciudadano diputado —dijo el sargento—. Las dos
insisten en que no es necesario, y que esta ciudadana basta para contestar a todas las
preguntas.
Ya estaba Caron a punto de mandar por la marquesa, cuando una significativa
mirada de Susana le hizo variar de opinión, al menos hasta saber qué razones tenían
para oponerse a su voluntad.
—Está bien —añadió brevemente—, puedes retirarte, Guyot, pero no te alejes,
por si te necesito.
El soldado giró sobre los talones después de saludar. Un instante después de
cerrada la puerta, Susana acercóse vivamente al comisario diciendo:
—El cielo favorece nuestros planes. Los soldados están bebidos sin medida, y la
vigilancia que ejerzan no será muy estrecha.
Él la miró un instante, tratando de adivinar sus intenciones, y preguntó:
—¿Por qué no os ha acompañado la marquesa?
—Tenía miedo de dejar el coche… Además me parece que su presencia no es
necesaria.
—¿Qué no es necesaria? —repitió él—. Pues yo opino lo contrario. Cuando
hemos hablado antes aquí mismo, os dije que no volveríais al coche. He aquí mi plan.
Mantendré a Guyot abajo en tanto que vos y vuestra madre recuperáis las fuerzas
tomando algún alimento. Luego le mandaré que vigile de muy cerca el coche, porque
no volveréis a él durante la noche. Una hora después, poco más o menos, cuando todo
esté en silencio, hallaré medio de haceros salir por la puerta de atrás. El resto corre de
vuestra cuenta. Yo no puedo hacer más.

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—Sí que podéis —exclamó ella—; sí que podéis.
—¿Yo?… ¿Cómo? Dignaos iluminarme —contestó él, con leve tono de ironía.
Ella contempló un instante la severa frente, la sardónica sonrisa y los profundos
ojos del revolucionario, pareciéndole que le odiaba más que a nadie en el mundo. Era
tan frío, tan dueño de si mismo y le hablaba en un tono que, pareciendo el de un
igual, le hacía sentir su superioridad moral. Si había un hombre en la tierra que
reuniera las cualidades de que se envanecían los aristócratas, ese hombre era el
ciudadano La Boulaye.
—No soy yo la que ha de iluminaros —dijo ella por fin—. Bastaría con que
tuvierais deseos de hacerlo.
—Mis deseos no pueden ser mejores, ciudadana —observó él— y creo que estoy
dando pruebas de ello.
—Sí, los deseos de hacer lo que haríais por cualquiera otra mujer en mi caso, ya
lo habéis dicho —repitió ella— cuando rechazasteis mi gratitud. Y ese mismo
sentimiento de vuestra virilidad, que os hizo salvarme, es, sin duda, el que os impulsa
ahora a entregar dos indefensas mujeres en manos de esos bandidos.
—¡En nombre del cielo, ciudadana! —exclamó el sorprendido diputado—. ¿A
qué otro sentimiento queréis que haya obedecido al salvaros?
Ella tardó en contestar. Con las mejillas pálidas y los ojos bajos, dió un paso hacia
él, diciendo en voz baja:
—En los antiguos tiempos de Bellecour me habríais, defendido a impulso de otro
sentimiento.
Él se estremeció a despecho de sí mismo y la miró con súbita expresión de
esperanza, de triunfo o de desconfianza; tal vez de todo esto había en la repentina luz
de sus ojos. Apagóse su mirada, y en tono pensativo contestó:
—Aquellos días pasaron, señorita, para no volver.
—Los días quizá —contestó, ella animada por el tono de él—, pero el amor no
pasa… porque es eterno, según dicen.
Ahora fué Caron el que se acercó, y el hombre que tan rígidamente había
aprendido a dominar sus emociones sintió que le faltaba la respiración y que su pulso
aceleraba sus labios. A él le parecía que ella tenía razón, que el amor no muere nunca,
pues el que ella le inspiraba y creía haber eliminado de su existencia desde mucho
tiempo atrás, resucitaba en su pecho con más pujanza que nunca.
Cual si una ráfaga del pasado le acariciara el rostro, creyó que a su olfato llegaba
el aroma de las violetas que en las húmedas praderas de los bosques crecen en el mes
de abril, como en la mañana en que ella rechazó su amor en el parque de Bellecour. A
este recuerdo disipóse su emoción y retrocediendo, dijo fríamente:
—Y suponiendo que viviera, ciudadana —da forma republicana de dirigirse a ella
daba a entender que entraba de nuevo en la realidad—, ¿qué especie de insensato
sería yo si me expusiera nuevamente al desprecio con que se me insultó la primera
vez que lo descubrí?

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—Eso pertenecía a los antiguos días —exclamó Susana— y ha muerto con ellos.
—Es inútil volver al pasado, ciudadana —interrumpió con tono de dura
determinación.
Ella se cubrió el rostro con las manos, mordiéndose los labios. Si antes creyó
odiarle, ¡cuánto más le aborrecía ahora!, y, sin embargo, en algunos momentos casi
llegaba a amarle. Le había tendido las manos y él, en cambio, las desdeñó. En su
angustia había olvidado lo que a sí misma se debe una doncella noble, y sólo recogía
humillaciones. Temblando de vergüenza y despecho, dejóse caer en la silla más
cercana y prorrumpió en copioso llanto.
Por casualidad encontró el arma a la que no podían resistir las determinaciones de
Caron. No conociendo el origen verdadero de aquellas lágrimas, las atribuyó a un
sincero arrepentimiento, y corrió a su lado.
—Mademoiselle… —murmuró con tono tan suave como el de antes era
imperioso—. No, mademoiselle… os lo suplico…
Pero las lágrimas seguían corriendo y los sollozos agitaban el esbelto cuerpo, cual
si intentaran romperlo. Él, deseando verle el rostro, se arrodilló a su lado, y casi
inconscientemente rodeó su fino talle con un brazo, en caricia protectora.
—Mademoiselle… —murmuró Caron aún más quedo.
Ella, consciente de su triunfo, alzó los ojos y su celeste mirada se perdió en las
profundidades de la de él.
—No me creeréis, quizá —dijo con tono que parecía un murmullo— si os digo
que el tiempo me ha cambiado mucho, y que hoy veo las cosas de modo muy distinto
que antes. Si volvierais ahora a decirme… lo que me dijisteis en los bosques de
Bellecour… —e interrumpiendo la frase, cubrióse el encendido rostro con las manos.
—¡Susana! —exclamó él procurando apartar aquellas manos—. ¿Será posible?…
¿Me amáis?
—Razón tenía yo —susurró ella—. Ya lo veis, el amor nunca muere.
—¿Consentiréis en ser mi esposa, Susana? —preguntó él con acento de
incredulidad.
Susana hizo una señal afirmativa, sonriendo a través de sus lágrimas. Él quiso
estrecharla entre sus brazos, pero la joven se levantó, y poniéndose un dedo en los
labios murmuró:
—¡Chitón! Alguien viene.
Él, conteniendo la respiración, aguzó el oído, sin oír nada; abrió la puerta… El
silencio era completo. Mas la interrupción sirvió para darle a entender que no se
debía malgastar el tiempo, y que, por poco perspicaz que fuera Guyot, la
prolongación de la entrevista podía despertar sus sospechas.
Así se lo dijo a Susana, y de nuevo empezó a hablar de su plan para la fuga. Mas
ella le interrumpió insistiendo en marcharse en el carruaje, a fin de salvar el tesoro.
—Pero, Susana, sed razonable… eso es imposible.
Una nube de contrariedad pasó por el bello semblante de ella.

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—¡Imposible, seguramente que no!… —respondió Susana—. Escuchad, Caron;
en ese coche van dos tesoros, uno en monedas, y en plata y oro labrado, y el otro es
en piedras preciosas, y su valor triplica al del primero. Este último es mi dote. Es una
fortuna que nos permitirá salir de Francia y vivir con desahogo donde queramos.
¿Pretendéis que yo llegue a vos sin un céntimo y me vea obligado a vivir en perpetua
alarma en un país donde la sola acusación de aristócrata basta para estar en peligro de
muerte?
La avaricia no formaba parte del carácter de La Boulaye y poco habría pesado en
su ánimo la perspectiva de tener un capital independiente, si esto no hubiera ido junto
con el segundo argumento empleado por ella, respecto a su terror de habitar en
Francia.
Él permanecía sumido en honda meditación, rechazando de vez en cuando un
negro rizo que caía sobre su blanca frente.
—Pero ¿cómo? —dijo él por fin—. Decidme cómo.
—Eso es cosa vuestra el encontrarlo Caron.
Hundiendo las manos en los bolsillos, púsose él a pasear por la destartalada
habitación. Este movimiento hizo que sus dedos tropezaran con un cuerpo extraño. Al
sacarlo, vió que era el frasquito que le dió la viuda para procurar un profundo sueño
al capitán. Los ojos del diputado despidieron un chispazo de inspiración… Allí tenía
un medio para vencer dificultades… Sus ojos se fruncieron de nuevo…
—Esperad —dijo lentamente—, se me ocurre una idea.

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CAPÍTULO XI

LA FUGA

C ON los codos apoyados en la mesa, y la frente entre las manos, Caron seguía
inmóvil el curso de sus pensamientos. Mademoiselle, junto a la chimenea, le
observó con ansiedad; por fin levantó él la cabeza.
—Creo que ya lo tengo —anunció poniéndose en pie—. Decís que los soldados
se entregan a la bebida… esto nos ayudará.
Pretendió ella que le expusiera el nuevo plan, mas él, alegando la falta de tiempo,
la instó para que volviera al coche y se acercó a la puerta para llamar al sargento, pero
ella le detuvo, diciendo:
No… no, monsieur… No quiero pasar otra vez entre esa chusma, en compañía de
ese bruto… Todos están más o menos borrachos… y yo no me atrevo.
Para confirmar sus palabras, al abrir la puerta, subió estruendoso ruido de la sala
baja.
—Venid conmigo —dijo él tomando uno de los candelabros de la mesa—, yo os
serviré de escolta.
Juntos bajaron la angosta escalera, yendo él delante. Al pie de la escalera había
una puerta que daba a un corto pasillo, y guiados por las hombrunas voces, entre las
que destacaba un falsete femenino, llegaron a la sala baja. Al empujar La Boulaye, la
puerta, se encontraron con una escena de canallesca orgía. Sentada en una silla puesta
sobre la mesa, vieron a la diosa de la Libertad, imperfectamente encarnada por la
viuda Capoulade, con un gorro frigio sobre la enmarañada cabellera. Sus atezadas
mejillas estaban encendidas, y sus ojos vidriosos. A ella pertenecía el destemplado
falsete con que pretendía entonar La Marsellesa.
En torno de la mesa, y en posturas de licencioso abandono, se agrupaba la guardia
del capitán Charlot, es decir, los diez hombres que puso de centinela, más los seis y el
cabo de la escolta del diputado… Todos ellos en diversos grados de embriaguez.
—«Le jour de glorie est arrivé» —cacareaba la viuda cuando la presencia del
comisario y la prisionera le impuso repentino silencio. Mademoiselle se estremeció
de repugnancia, pero su compañero sintió que la esperanza aceleraba la circulación de
su sangre, pues todo parecía dispuesto para facilitar su propósito.
Al interrumpirse la patrona en la versión que daba del himno nacional,
volviéronse los soldados, y al ver al diputado, trataron de poner en orden sus
descuidados atavíos.
—¡Está bien! —tronó Caron—. ¿Es ésa la guardia que hacéis? ¿Se corresponde
así a la confianza de vuestro jefe? Y tú, Guyot, ¿no te dije que estuvieras al alcance
de mi voz…? ¿Es así cómo se cumplen las órdenes? Ya ves que yo mismo tengo que

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acompañar a la ciudadana, después de haberme cansado de llamar en vano.
Guyot se acercó muy alicaído y con el paso poco firme.
—No he sido llamado, ciudadano —tartamudeó.
—Habría sido un milagro si lo hubieras oído —respondió severamente La
Boulaye—. Vamos… conduce a la ciudadana al coche.
El sargento apresuróse a obedecer, y los hombres, contenidos por la presencia del
comisario, ni aun se detuvieron a levantar los ojos al paso de Susana.
—Y ahora, cada cual a su puesto —fué la severa orden de Caron—. ¡Por mi vida!
Si estuvierais a mis órdenes, os haría azotar por tan grave falta. ¡Fuera de aquí! —Y
señaló imperiosamente la puerta.
—La noche está tan fría, ciudadano —gruñó uno de ellos.
—¿Os tenéis por soldado y os acobardáis por un poco de escarcha?… ¡Afuera, he
dicho, mujerzuelas!… Quiero veros a cada cual en su puesto antes de acostarme.
Y Caron fué echándolos a todos, hasta que sólo quedaron sus siete hombres en la
sala. Mandó a éstos que se acomodaran en torno del fuego, en lo que fué
inmediatamente obedecido.
En una mesita lateral humeaba una jarra que atrajo la atención del diputado, desde
que entró en la sala. Se acercó para enterarse de su contenido, y lo encontró casi lleno
de vino especiado.
Con la espalda vuelta a cuantos estaban en la habitación, de modo que no
pudieran ver lo que hacía, destapó el frasquito del narcótico y lo vertió en la caliente
bebida, mientras que simulaba enterarse de lo que era. Después de guardarse el pomo
en el bolsillo, acercóse a la viuda, que ya había bajado de la mesa, y arrimada a la
puerta, ponía un gesto muy compungido.
—¿Qué es esto? —preguntó La Boulaye con enfado.
—Un poco de vino para los muchachos —contestó ella tartamudeando, y por vía
de disculpa añadió—: Como las noches están tan frías…
—¡Bah! —interrumpió él y como hablando consigo mismo, dijo—: estoy de
vaciar la jarra en el desaguadero.
—¡No hagáis tal, ciudadano! —exclamó la alarmada hostelera—. Es mi mejor
vino.
—Bueno… tomad —dijo él, dejándose convencer—, pero que sea el último por
esta noche.
Y sin más llegó a la puerta y tras un breve «¡Buenas noches!» subió de nuevo la
escalera.
Permaneció quieto unos diez minutos, y después, sin hacer ruido, abrió la
ventana. Sucedió lo que había previsto. A la mortecina luz de la hoguera pudo
convencerse de que el patio estaba desierto; sólo el coche quedaba allí. Seguros de
que él había subido a acostarse, los centinelas habían optado por volver al cálido
ambiente de la hostería y tomar fuerzas apurando el aromático vino especiado,
vehículo del narcótico.

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Sentóse tranquilamente para madurar sus planes y combinar cada detalle de lo
que se proponía hacer. Al cabo de media hora, el más profundo silencio reinaba en
toda la casa; entonces se levantó. Pisando con cuidado llegóse al cuarto de Charlot,
cuya ropa recogió llevándola a la sala. De los bolsillos sacó dos enormes llaves atadas
una a otra con un cordel. Ni por un momento dudó de que fueran las llaves que
buscaba; la una debía abrir la puerta de la escalera, y la otra el portón de salida.
Volvió a dejar las prendas donde estaban, y, para asegurarse aún más, esperó con
febril impaciencia otra media hora, sin quitar los ojos del reloj. Pocos minutos
faltaban para la media noche, cuando, cogiendo su capa y una linterna que encendió,
una vez más bajó las escaleras. En la sala común encontró justamente la escena que
supuso. Los secuaces de Charlot, como los hombres de su escolta, yacían por tierra en
las más inconcebibles posturas, convertidos en troncos por la acción del narcótico,
ayudado por el vino. Sólo dos o tres permanecían sentados y caídos sobre la mesa, y
entre ellos se contaba la viuda Capoulade, con la enmarañada cabeza entre los
forzudos brazos, y lanzando acompasados ronquidos. La mayoría de los rostros que
podía ver La Boulaye estaban horriblemente lívidos y cubiertos de sudor, y por un
momento le acometió la duda de si la dosis habría sido demasiado fuerte, y aquellos
infelices no despertarían más. Pero aún era mayor su miedo de que la eficacia de la
droga fuera pasajera de sobra. Para asegurarse, administró un fuerte puntapié a un
soldado que tenía al paso. El agredido gruñó en su sueño, y sin cambiar de postura
continuó durmiendo.
Caron sonrió satisfecho, y sin vacilar más entró en el patio. Mucho tenía que decir
a mademoiselle, mas no podía resolverse a hablarle ante su madre, mucho más
sabiendo lo opuesta que la marquesa era a los de su clase. Abriendo la portezuela,
dijo en voz queda:
—Mademoiselle, ¿queréis tener la bondad de bajar un instante?… Necesito
hablaros.
—¿No podéis decir lo que sea, desde donde estáis? —preguntó la voz de la
marquesa.
—No, señora —contestó el joven fríamente; no puedo.
—¡Ah!… Parece que habéis variado de lenguaje… ¿qué le has hecho a este
hombre, niña, para que nos trate con tanta deferencia?
—¿Me permitís que os recuerde, mademoiselle, que el tiempo corre, y nos falta
mucho que hacer? —preguntó La Boulaye con firmeza.
—Aquí me tenéis, monsieur —contestó Susana, y, sin atender a las objeciones de
su madre, bajó del coche. El comisario, después de ofrecerle el puño, cerró la
portezuela y la guió hacia la escalera.
—¿Dónde están los soldados? —preguntó ella, muy bajo.
—Todos duermen en la hostería —respondió él—. He narcotizado desde el
capitán a la hostelera. El único que se ha librado es el mozo de cuadra, que duerme en
una de estas dependencias. Ese os lo tendréis que llevar, no sólo porque no me es

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posible narcotizarle, sino porque sobre alguien he de hacer recaer esta vuestra fuga.
—¿Y por qué no sobre vos mismo?
—Porque yo debo quedarme.
—¡Ah!
Sin más que esta simple exclamación, Susana clavó los ojos en su interlocutor, en
espera de explicación.
—Lo he pensado mucho, Susana, y a menos de que me quede para cubrir vuestra
retirada, mucho me temo que vuestra fuga sea inútil, por lo pronto que seréis
recapturadas. No echéis en olvido los recursos de ese diablo de Tardivet y su poder en
toda la comarca. Si él llegara a enterarse de que había sido burlado por mí, nos
perseguiría, estoy seguro, hasta en las entrañas de la tierra. Mañana seré yo quien
descubra vuestra huida y la traición del palafrenero y yo organizaré la persecución de
manera que no os cojan.
Hubo una breve pausa. La Boulaye esperaba alguna pregunta, mas como Susana
guardaba silencio, prosiguió:
—Vuestra primera intención era ir a Prusia, donde os esperan vuestro padre y
vuestro hermano, ¿eh?
—Sí, monsieur… al otro lado del Mosela… en Tréveris.
—Tendréis que alterar vuestros planes —dijo él brevemente—. Vuestra madre
insistirá sin duda en ir allí, y yo procuraré que tenga la vía libre. Pero vos, Susana, en
Soignies alquilad una berlina que os traiga de nuevo a Francia.
—¡A Francia! —repitió ella como un eco.
—Sí; a Francia. Es el camino donde más segura estaréis de las persecuciones de
Charlot. Dejad que vuestra madre prosiga su viaje al Norte, mas aconsejadle que evite
Charleroi y vaya directamente a Lieja. Es la única esperanza de evitar el caer en
manos de los hombres de Tardivet, que patrullan por las carreteras que conducen a
Francia. En cuanto a vos, dando un rodeo, llegad hasta Oudenarde; así escaparéis a
los bandoleros del capitán y desde allí tomad el camino recto de Roubaix y
esperadme en el Hotel de las Campanas.

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—Pero, monsieur, me estremezco a la sola idea de volver a Francia.
—Como mademoiselle de Bellecour, aristócrata proscrita, tenéis razón para
abrigar recelos. Mas lo he pensado bien y puedo aseguraros que como esposa del
ciudadano Caron La Boulaye estaréis tan segura como yo mismo. Éste será el nombre
que daréis a cuantos os pregunten, y en respuesta sólo encontraréis respeto y deseo de

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serviros.
Ella mencionó la oposición que su madre haría, mas él rechazó la objeción
recordándole que su madre no podía detenerla a la fuerza. De nuevo aludió ella a su
dote, y Caron le dijo que lo dejara a su familia, que podría necesitarlo. En cuanto a
ella, siendo su esposa, él le garantizaba que no carecería de nada y que pronto se
convencería de lo injustificados que eran sus temores de vivir en Francia.
—Y ahora mademoiselle —dijo él con viveza—, veamos al mozo de cuadra.
Abrió la puerta de ésta, y descubriendo la linterna, la levantó por encima de su
cabeza. Su amarillenta luz reveló a un hombre que dormía sobre la paja. La Boulaye
empujó al durmiente con la punta de la bota.
El hombre se incorporó con gesto estólido, y sacudiendo las pajas pegadas a sus
grises cabellos, preguntó con un gruñido:
—¿Qué pasa?
Con las menos palabras que pudo le informó el diputado de que recibiría cosa de
quinientos francos si consentía en acompañar hasta Prusia a la ci-devant marquesa de
Bellecour.
¿Quinientos francos? La suma era cuantiosa, y jamás, en época alguna de su
miserable vida, había tenido en su poder ni la décima parte de ella. Por quinientos
francos, habría ido gustoso hasta el infierno, y tan dispuesto le encontró La Boulaye a
ir a Prusia, que no necesitó emplear los recursos que traía prevenidos.
Acompañados por el mozo pasaron a la cuadra, y cuando Caron hubo cortado las
ligaduras que sujetaban al cochero de la marquesa, entre los dos hombres pusieron los
arneses a los caballos con el menor ruido posible.
Con infinitas precauciones sacaron los animales al patio, y engancháronlos al
coche. Lo restante era tarea fácil, y un cuarto de hora más tarde, el pesado carruaje
pasaba por el portón y emprendía su viaje a Soignies.
Caron dejó caer las llaves en un cubo y volvió a la hostería. En la sala baja nada
había cambiado, y todos dormían lo mismo que los dejó. Tranquilizado, echó una
ojeada al dormitorio del Capitán, que seguía roncando plácidamente.
En vista de que todo iba a pedir de boca, el republicano pasó en silencio a su
cuarto, y con una alegría en el alma, como no la sentía desde su infancia, quedóse
dormido con la adorable imagen de Susana ante los ojos, y haciendo planes para su
nueva vida, en su dulce compañía.

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CAPÍTULO XII

EL DESPERTAR

L A Boulaye despertóse temprano a la siguiente mañana. Sin duda fué a causa


de las muchas preocupaciones que tenía en la mente, pues no se podía atribuir
a los ruidos propios de una posada, ya que ésta por el silencio más parecía una
tumba. Permaneció unos segundos echado sobre la espalda, contemplando el
encalado techo, y oyendo el monótono gotear de la lluvia contra los cristales.
Después, a medida que los hilos del recuerdo se iban anudando en su memoria, saltó
del lecho, apresurándose a vestirse.
Por un momento se paró junto a la ventana contemplando el vacío. Desde un cielo
cubierto de nubarrones caía una densa cortina de agua, que hacía rebosar las canales,
de las que manaban gruesos chorros. El frío de la húmeda mañana de febrero hizo
tiritar a Caron, que se alejó de la ventana. Pocos minutos después estaba a la cabecera
de Charlot y sacudía vigorosamente al dormido capitán, gritándole a la oreja:
—¡Arriba, Charlot!… ¡Despierta hombre!
Charlot jadeó, dejó oír un gruñido y por fin sentóse en la cama.
—¿Qué hora es? —preguntó con un ruidoso bostezo.
De pronto repitió más fuerte el gruñido, y llevándose la mano a la cabeza,
exclamó;
—¡Mil diablos!… ¡Vaya un dolor que tengo!
Pero La Boulaye no le despertaba con objeto de compadecerle, y sin más rodeos
le dijo:
—¡El coche ha desaparecido!
—¿Coche?… ¿Qué coche? —preguntó Tardivet, arqueando las cejas.
—¿Cómo, qué coche? —repitió Caron con impaciencia—. ¿Cuántos coches había
aquí?… El coche de Bellecour, el que llevaba el tesoro.
Al oír esto, Charlot abrió desmesuradamente los ojos, y, olvidando su dolor de
cabeza y el interés por saber la hora, exclamó con voz estridente como un ladrido:
—¿Que se ha marchado, dices? ¿Cómo?… Pardieu! No es posible.
—Míralo tú mismo —fué la respuesta de La Boulaye, señalando a la ventana con
el índice—. No sé qué especie de vigilancia ha sido la de tus hombres, que ha hecho
posible esta monstruosidad. Sabiendo que tú estabas enfermo en cama,
probablemente habrán aprovechado la ocasión para emborracharse como cubas, y
puede ser que aún estén dormidos. Lo cierto es que no se oye una mosca.
Pero Tardivet apenas le oía. Desde su ventana miraba al patio con espantados
ojos, demasiado estupefacto para recurrir al vulgar desahogo de los juramentos. Tanto
la puerta de la cuadra como la de la callo estaban abiertas. Volviéndose de súbito,

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tomó su casaca y hundió la mano en un bolsillo y después en el otro.
—¡Traición! —gritó, y dejando caer la prenda al suelo volvió hacia La Boulaye
una faz tan descompuesta por la rabia, que no parecía la del jovial capitán Tardivet—.
¡Me han robado las llaves!… ¡Por santa Guillotina, haré ahorcar al ladrón!
—¿Sabía alguien que tenías las llaves en el bolsillo? —preguntó el diputado.
—Te lo dije a ti, anoche.
—Bueno, pero ¿a alguien más?
—El mozo de cuadra lo sabía, porque me vió cerrar las puertas.
—Interroguemos sin pérdida de tiempo al mozo —apremió Caron—. Vístete a
escape, y bajemos.
Charlot le obedeció maquinalmente. Ya había llegado a darse exacta cuenta de la
situación, y entre sus apretados dientes salía una interminable sarta de imprecaciones,
juramentos y blasfemias.
Por fin se lanzaron escaleras abajo y en la sala común vieron a los durmientes, tal
y como quedaron la noche anterior. En un acceso de ciego furor, ante la evidencia de
la orgía que los dejó en tan inconsciente situación, Charlot empezó por pegar una
patada a la silla que sostenía a la viuda Capoulade. El ruido de su caída, y el grito que
dió al abrir los ojos, obró como despertador respecto a los demás, que empezaron a
incorporarse mirando alrededor con estúpida expresión.
Mas el capitán se ocupaba en espantarles el sueño. Había encontrado un látigo y
lo manejaba vigorosamente, exclamando:
—¡Arriba, cochinos!… ¡De pie en seguida, horda de borrachos!
Crujía el látigo y las imprecaciones atronaban el ambiente. La Boulaye le ayudaba
en la tarea con puntapiés, puñadas e improperios no menos enérgicos. Por fin
estuvieron todos en pie, formando un desaliñado y abyecto grupo, y sólo entonces
supieron que mientras se entregaban a su punible sueño de embriaguez, habían huido
las prisioneras, llevándose el tesoro que encerraba el coche. La fatal noticia fué
recibida con murmullos de desconsuelo y varios de los soldados corrieron a la puerta
para comprobar su certeza. El lamentable aspecto del patio, azotado por la lluvia,
ofrecía la más amplia confirmación.
—¿Dónde está ese cerdo de mozo, vieja Capoulade? —preguntó el iracundo
capitán.
Temblando de miedo, contestó la viuda que de seguro se hallaría en la cuadra, en
la que habitualmente dormía. Sin hacer caso de la lluvia, ni de su incompleta
vestimenta, el capitán cruzó el patio, seguido muy de cerca de La Boulaye y la
mayoría de los presentes.
—Todo ha sido obra de este pillo —anunció Charlot al encontrar vacío el nido—.
Ya me pareció a mí que llevaba la traición escrita en la cara y esto prueba lo infalible
que es mi golpe de vista. El rufián se ha dejado sobornar. Probablemente se ofrecería
él mismo, cuando vió el estado en que os hallabais, hato de zopencos. —Y
volviéndose a Caron, dijo de pronto—: ¿Y tú, debías de estar también borracho?

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—Yo, no, por cierto.
—Entonces, ¡cuerpo del diablo!, ¿cómo se explica que el coche haya salido sin
despertarte? ¿No lo oíste?
—Me preguntas más de lo que yo mismo sé —fué la fría evasiva—. Por regla
general tengo el sueño ligero y no hubiera creído que tal cosa pudiera suceder, sin
despertarme. Mas no por eso es menos cierto que el coche se ha ido, y en lugar de
perder el tiempo en vanas averiguaciones respecto a cómo se fué, me parece que
valdría más aprovecharlo poniendo los medios para volver a traerlo… No puede estar
muy lejos.
Suponiendo que una leve sospecha hubiera surgido en el cerebro de Charlot, la
proposición de su amigo bastó para disiparla por completo.
Volvieron a la hostería, y sin más dilación se puso Charlot a planear la
persecución. Él, según dijo, sabía que Prusia era el punto de destino de los
aristócratas. Lo había descubierto por la lectura de ciertos papeles que se encontraron
en el bolso de la marquesa al detenerla. Consultó el plan con La Boulaye, y éste se
felicitó a sí mismo por su acierto de haberse quedado allí.
Proponía el capitán recoger los cincuenta hombres que vigilaban las carreteras
que conducían a Francia, y escalonarlos a lo largo de las orillas del Sambre, para
informarse del camino tomado por los fugitivos, y en cuanto alguno de los grupos
descubriera la pista, que avisara a los otros, y emprendiera la inmediata persecución.
Si se hubiera permitido a Charlot extender la red en esa forma, la marquesa y su hija
habrían caído infaliblemente en ella, y Caron había dado su palabra de que hallarían
paso franco hasta Prusia. Con el mapa extendido sobre la mesa, explicó a Tardivet
que no creía necesaria tan complicada maniobra. El camino más corto para llegar a
Prusia era el de Charleroi, Dinant y Rochefort para entrar en Luxemburgo, y no sólo
era improbable, sino hasta increíble, que la marquesa escogiera un camino que no
fuese el más rápido para atravesar Bélgica atendiendo a los peligros a que estaban
expuestas hasta cruzar la frontera luxemburguesa.
—Partiendo de este principio —arguyó La Boulaye—, ¿a qué gastar tiempo en
reunir los hombres? Piensa en las capturas que perderíais mientras tanto. Es mucho
más práctico suponer, desde luego, que habían tomado dicho camino, y enviar
sencillamente media docena de hombres en su persecución.
Tardivet reflexionó durante unos minutos.
—Tienes razón —asintió por último—. Si han resuelto continuar el viaje, media
docena de hombres bastan para detenerlas. Voy a despacharlos ahora mismo.
La Boulaye le miró con sorpresa.
—¿Si han resuelto continuar el viaje? —repitió—. ¿Qué otra cosa pueden hacer?
Tardivet se pasó la mano por sus rojizos bucles, sonriendo con astucia.
—Al organizar una persecución —dijo—, el perseguidor avisado se ha de poner
en la situación del fugitivo y hacer lo posible por pensar como aquél pensaría. Ahora
bien; es muy probable que a las señoras, a su cochero y al tunante del mozo, se les

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ocurra burlarnos, tomando la ruta de Francia. Es natural que se crean seguros en esa
dirección. Así es como pensaría yo en su lugar, y entraría en Prusia cruzando la
Lorena. Tal vez haga demasiado honor a su inteligencia, pero a mí me parece lo más
verosímil.
La inquietud dejó frío a La Boulaye, pero impasible en apariencia, preguntó:
—¿Acaso no tienes hombres que guarden la frontera?
—¡Bah!… Nada más fácil que dar un rodeo. La marquesa puede bajar por el
Norte hasta Roubaix, o Comines, o llegar hasta Rocrov. ¡Cuernos de Satanás! Cuanto
más lo pienso más me convenzo de ello —exclamó con súbita seguridad—. ¿Qué
opinas tú?
—Que estás soñando —contestó fríamente Caron.
—Bueno… ya veremos. Voy a despachar un mensajero con la orden de que mis
hombres se extiendan hasta Comines, y por la parte Sur, hasta Charlemont. Si los
fugitivos han tomado ese camino, la captura es cierta.
La Boulaye, sin perder su aspecto de completa indiferencia, quiso combatir el
propósito, mas Charlot permaneció firme en él, y momentos después despachó los
mensajeros anteriormente anunciados. El temor de lo que pudiese ocurrir a Susana
aceleraba las pulsaciones de Caron, ya que aquellas astutas medidas no podían menos
de dar el inevitable resultado de su captura, pues ¿no era justamente en Roubaix
donde él le había dicho que lo esperaba? No había más que un camino: montar a
caballo sin perder tiempo, y alcanzarla en el camino de Soignies a Oudenarde,
escoltándola hasta Francia. Ostensiblemente, sería su prisionera, y seguro estaba de
que todos los bandidos de Charlot no serían bastantes para arrancarla de su lado.
Por consiguiente, anunció el deseo de continuar su interrumpido viaje, mandando
a los suyos que ensillaran los caballos. Charlot, entretanto, después de tomar las
medidas conducentes a la captura en el caso de que los fugitivos hubieran querido
internarse en Francia, estaba organizando la persecución por el camino de Prusia,
para el caso de que la marquesa, como tal vez fué su primera idea, viajara por
aquellas carreteras.
Tardivet se proponía ponerse a la cabeza de los seis jinetes, mas intervino Caron y
esta vez con fruto. Aseguró al capitán que aún no estaba restablecido ni mucho
menos, y que el pasar un día a caballo podría traerle gravísimas complicaciones.
—Si lo requiriera el caso —concluyó— yo mismo te aconsejaría que arriesgaras
tu salud. Mas el asunto no lo merece. Tanto harán tus hombres contigo como sin ti.
Tardivet se dejó persuadir, y Caron pudo felicitarse de nuevo por haberse quedado
vigilando la retaguardia. Supuso que los enviados, no pudiendo encontrar pista en
Dinant, se alargarían hasta Charleroi. Antes de abandonar la caza y cuando regresaran
a Boisvert para anunciar su fracaso, ya sería demasiado tarde para organizar una
segunda expedición.
Por otra parte, si los hubiera acompañado Charlot, es posible que al no encontrar
trazas de la marquesa en Charleroi se habría alargado hasta las orillas del Sambre,

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obligando al paisanaje a formar un infranqueable cordón.
Habiendo, por lo menos, obtenido estas ventajas, y en vista de que estaban
dispuestos los seis hombres a las órdenes del sargento Guyot que era el hombre de
confianza de Charlot, el diputado se despidió de éste y ya estaba a punto de montar a
caballo, cuando un correo se detuvo a la puerta de la posada y pidió un vaso de vino.
Al servírselo la dueña, preguntó el correo si había pasado por allí el diputado Caron
La Boulaye, comisario del ejército de Dumouriez. Al oír que el diputado se hallaba
aún en la hostería, echó pie a tierra, solicitando verle.
La hostelera le hizo entrar en la sala común y le señaló al que buscaba. El correo
lanzó un suspiro de satisfacción, y, quitándose el empapado capote, se lo entregó a la
viuda con el doble encargo de que lo pusiera a secar y le preparara una comida, todo
lo suculenta que los recursos de la casa permitieran.
—¡Voto al infierno! —exclamó después, arrojando su sombrero sobre una silla—.
No es flojo el trabajo que me ha costado el encontraros, ciudadano diputado. Había
creído que estaríais en Valenciennes, mas como me equivoqué y mi carta es urgente
llevo seis horas a caballo buscándoos en medio de este infernal diluvio. Por fin ya
estáis aquí, y aquí está mi carta… de parte del ciudadano Robespierre, y yo estoy
también aquí, donde descansaré unas cuantas horas.
Después de manifestar su plena conformidad con los proyectos del correo, La
Boulaye rompió el sello de la carta y leyó lo siguiente:

Querido Caron:
Espero que mi correo te encontrará en el camino del regreso a Francia,
terminada la misión que se te encargó y, que con tanta gloria has desempeñado,
dando lugar a que me feliciten y me felicite yo mismo, por haberte recomendado.
Sólo tu tacto y habilidad han podido conseguir que ese tozudo de Dumouriez
demuestre algo parecido a la simpatía por la Convención. Y ahora, querido amigo,
voy a encomendarle otra tarea: Dando un pequeño rodeo, pasarás por el Artois,
llegando al castillo d’Ombreval, que dista cuatro millas de Arras. Ya allí, no sólo
deseo que te posesiones de la persona del «ci-devant» vizconde d’Ombreval y lo
traigas a París como tu prisionero, sino que hagas una minuciosa investigación de
los papeles de dicho aristócrata, apropiándote de cuantos documentos te parezcan de
carácter peligroso para la seguridad de la República, una e indivisible.

La misiva terminaba con las usuales frases de afecto y la firma de Robespierre.


La Boulaye dobló el pliego, murmurando entre dientes, con desdén:
—Según parece, asciendo al puesto de esbirro al servicio de la República.
—Para un fiel servidor de la nación —observó el correo, que había oído el aparte
—, cuanto contribuya a la seguridad de la República debe serle grata faena… Diable!
… ¿No he dejado yo que me remojase la lluvia durante seis horas?
Caron no le hizo caso. Ya estaba acostumbrado al tono de insolencia, desde que la

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nueva ley medía a todos los hombres por un solo rasero. Pero Charlot volvió
lentamente la cabeza en dirección al recién venido.
Era un mozo alto, de esbelta figura, pero mal trajeado, cubierto de barro de pies a
cabeza y de cuyas mojadas ropas empezaba a desprenderse vapor según estaba él con
la espalda vuelta hacia el fuego. Charlot le miró tan de cerca, que el hombre cambió
de postura y bajó la vista con cierta turbación. Aunque su tono era rudo, las palabras
no eran groseras. Llevaba el rostro muy sucio (síntoma infalible de ardiente patriota),
los despeinados cabellos le caían sobre los ojos y, como última abominación, la parte
baja del semblante desaparecía bajo una barbaza ultrarrevolucionaria.
—Amigo —le dijo el capitán—, aunque estamos dispuestos a reconocer la
igualdad entre los hombres, en materias de deber no aceptamos lecciones, ni aun de
nuestros iguales. Ten esto muy presente, si quieres descansar tranquilo el tiempo que
estés aquí, pues yo también estoy alojado en esta posada y tengo peor genio que este
paciente diputado que nos oye.
El individuo lanzó una malévola mirada a Charlot.
—Hablas de igualdad y la niegas con cada palabra —gruñó—. Tentado estoy de
sospechar que eres un aristócrata disfrazado —y escupió ostentosamente al suelo.
—Sospecha lo que quieras, pero no expreses tus sospechas, si no quieres conocer
los sumarios procedimientos del capitán Tardivet. Y en cuanto a aristócratas, has de
saber que no hay patriotas tan rabiosos como los recién convertidos… Por ejemplo…
¿cuánto tiempo hace que lo eres tú?
Antes de que el correo pudiera dar respuesta, entró el cabo que mandaba la
escolta de La Boulaye para informar a Caron de que sus hombres estaban ya a
caballo.
Al saberlo, el diputado despidióse apresuradamente de Charlot, y tomando su
pesada capa salió a la intemperie y saltó sobre la silla.
Pocos minutos después salían de Boisvert al trote largo, y los cascos de sus
monturas levantaban el lado gris de la carretera que conduce a Francia. Durante un
par de millas marcharon sin interrupción bajo la incesante lluvia, y azotados por el
glacial viento de febrero. En una encrucijada La Boulaye hizo inesperadamente alto.
—Amigos —dijo a la escolta—, aún tenemos que ultimar un pequeño asunto en
Bélgica, antes de pasar la frontera.
Con esto anunció su intención de tomar hacia el Norte, y tan rápida fué la marcha,
que, al mediodía tres horas después de salir de Boisvert habían cubierto una distancia
de veinticinco millas al detener los humeantes caballos ante el Hotel de Flandes, en
Leuze.
Ésta era la sola casa de postas de la localidad, v en ella preguntó Caron si había
llegado aquella mañana un carruaje procedente de Soignies, para recibir una
respuesta negativa. Esto le sorprendió, pues era casi inverosímil que mademoiselle
hubiera podido llegar hasta allí. Pero no debía de estar lejos y determinó salir a su
encuentro. Desde Leuze a Soignies hay una distancia de unas ocho o nueve leguas,

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por una carretera que según podía decirse formaba la base de un gigantesco triángulo
cuyo ápice era Boisvert.
Después de dar tiempo a que sus hombres tomaran un ligero refrigerio, les mandó
montar de nuevo, enfilando el camino de Soignies. Mas como recorrían milla tras
milla sin encontrar ningún coche como el que debía de conducir a mademoiselle, La
Boulaye, inconscientemente, iba aligerando el paso hasta que acabaron por galopar
con toda la rapidez compatible con el cansancio de los animales, no sin que los
hombres hicieran variadas conjeturas acerca de la rara conducta del diputado,
A eso de las cuatro llegaron al mismo Soignies, sin haber encontrado lo que tanto
ansiaba ver Caron, quien, ya muy inquieto, detuvo el caballo ante la hostería y casa
de postas. Encargó a sus hombres que echaran pie a tierra y se acomodaran después
de cuidarse de los caballos, y él se puso en busca del posadero, a quien agobió a
preguntas, en cuanto le hubo encontrado.
Por las respuestas se enteró de que a cosa de mediodía había llegado un coche
como el descrito, pero en lamentable condición. Una de las ruedas se había caído, y
aunque los servidores de los viajeros la sujetaron provisionalmente con unos clavos,
tuvieron que andar varias millas al paso, y de ahí la tardanza en llegar a Soignies.
Descansaron en la posada, hasta que la rueda estuvo compuesta, y hacía poco más de
una hora que salieron camino de Lieja.
—Pero… ¿se fueron juntas las dos ciudadanas? —preguntó La Boulaye,
alarmado, y, al recibir una respuesta afirmativa, concibió la sospecha de que la
marquesa había influido sobre su hija llegando, quizá, hasta emplear la fuerza.
—¿Has observado si había señales de desacuerdo entres las dos viajeras?
—No, ciudadano. Al parecer estaban en perfecta armonía.
—¿No preguntó la más joven si podía alquilar una berlina? —interrogó
desesperado Caron.
—No tal —respondió el posadero, mirando a su interlocutor con evidente
sorpresa—. La joven parecía no menos deseosa que su madre de que estuviera lista la
rueda, y pudieran continuar el viaje.
La Boulaye permaneció un instante pensativo, con las cejas fruncidas y la
respiración momentáneamente paralizada, porque en su alma acababa de surgir una
sospecha… una horrible sospecha. Irguió de pronto su alta estatura y echó atrás la
cabeza, como quien ha tomado una resolución.
—¿Puedo tener caballos de repuesto en el acto? —preguntó—. Necesito ocho.
El posadero se rascó la cabeza, y contestó:
—Puedes tener dos ahora mismo… los seis restantes dentro de media hora.
—Corriente. Que me ensillen uno sin tardanza y los otro siete para mi escolta lo
antes posible.
En tanto que el posadero transmitió la orden al mozo de cuadra, que se apresuró a
obedecerlo, Caron comió un bocado de pan v un vaso de vino. Al entrar en la sala
común dijo a sus hombres, que estaban sentados a la mesa, ante un humeante

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guisado:
—Garin —era el nombre del cabo—, dentro de media hora tendréis caballos
frescos que os proporcionará el posadero. Montaréis en seguida, para alcanzarme por
la carretera de Lieja. Yo ahora mismo me pongo en camino.
Garin, con la familiaridad de un soldado de la República, le rogó que tuviera en
cuenta lo extenuado que estaba, y le propuso que descansara al menos la media hora
que debían esperar ellos. Mas antes de que terminara la bien intencionada
proposición, ya estaba La Boulaye fuera de la sala. Un par de minutos más tarde, el
ruido de los cascos anunció que el diputado salía camino de Lieja, en persecución de
las señoras de Bellecour.

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CAPÍTULO XIII

LA CARRETERA DE LIEJA

E N qué estás pensando, tontuela? —preguntó la marquesa, con tono impaciente e


inequívocas señales de malhumor en la oronda faz.
—En nada de particular, madame —contestó pacientemente la joven.
La madre encogióse de hombros con ademán desdeñoso y miró el desolado y
húmedo paisaje, a través de la ventanilla.
—¿Llamas nada de particular al exsecretario y actual cortacabezas, ciudadano La
Boulaye? —preguntó de nuevo—, Ma foi! No sé cómo no te mueres de vergüenza
después de lo que pasó entre los dos en Boisvert.
—No pensaba en él, madame —protestó Susana.
—Pues aún deberías avergonzarte más —fué la agria respuesta, porque la
marquesa no solía encontrar nada bien hecho—. ¿Acaso no tienes conciencia, Susana,
para no pensar siquiera en el hombre a quien has engañado como otra Dalila?
—Haréis que me’ arrepienta de habéroslo dicho —observó tristemente la
muchacha.
—Siempre estás dispuesta al arrepentimiento de lo que menos debes arrepentirte.
Puede que te arrepientas también de no haber tomado la berlina en Soignies, como le
prometiste a ese canalla.
—Es muy poco generoso atormentarme así, madame, nadie lamenta más que yo
lo ocurrido. Pero os ruego que me hagáis la justicia de recordar que lo he hecho más
por vos que por mí misma.
—¿Por mí? —repitió la marquesa con un chillido—. Tiens!… ¿Qué tengo yo que
ver en tus amorosos coloquios con el ciudadano bribón? ¿Tan faltada estás de
vergüenza que te atreves a recordármelos?
Mademoiselle, suspirando, se refugió en el rincón del coche. Su bello rostro
estaba muy pálido, y sus azules ojos tenían contristada expresión.
—Me arrepentiré hasta en el último día de mi vida —murmuró Susana, como
hablando consigo misma—. Ha sido una vileza indigna… Mas no disponía de otro
medio…
A los oíd05 de la marquesa llegó un sollozo y preguntó:
—¿Se puede saber por qué lloras ahora, criatura?
—Entre otras cosas, por lo que pensará de mí cuando se entere de lo
miserablemente que he abusado de su buena fe.
—¿Y qué importa lo que pueda pensar ese ciudadano asesino?
—A mí me importa, madame —suspiró la joven—. Me despreciará como
merezco… Casi desearía poder deshacer lo hecho, aunque fuera para hallarme en el

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cuartito de Boisvert, prisionera de aquel terrible Capitán, o que…
Interrumpióse de nuevo, y la madre se volvió hacia ella, a la vez que preguntaba
con aspereza:
—¿O qué?… Ma foi! No faltaría más sino que te arrepintieras de no haber
cumplido la promesa que hiciste a ese miserable plebeyo.
—Lo cierto es que di mi palabra.
—Hablas como si fueras un hombre —observó la madre— y como si tu palabra te
obligara a cumplirla. Ya se sabe que la inconstancia es prerrogativa femenina. En
cuanto a ese bandido republicano…
—¡Es intolerable que le llaméis así! —protestó Susana con exaltación—. Es cien
veces más noble y valiente que ninguno de los caballeros que conozco. Le debemos
nuestra libertad, y bastante le hemos hecho sufrir.
—Pero ¿qué estás diciendo, loca? —exclamó enfurecida la dama—. ¿El más
noble de los caballeros que conoces?… ¡Él!… ¡Ese rufián, ese revolucionario!…
¿Has perdido el juicio? —Detúvose la marquesa como asaltada por una horrible idea
y lentamente preguntó—: ¿Estás acaso enamorada de ese descamisado?
—Madame!
Esta exclamación fué un grito de protesta, en el que se unían la sorpresa, la
dignidad y el horror.
—¿Qué? —prosiguió la marquesa con severidad.
—¿Necesito contestar a tal absurdo? —dijo altivamente la joven—. Sin duda
habéis olvidado que soy la hija del marqués de Bellecour, y que ese hombre pertenece
a la plebe. De lo contrario, no me habríais hecho tal pregunta.
Con expresión satisfecha, recostóse la dama en el carruaje, mas de repente
incorporáronse ambas.
—Alguien viene al galope tendido —anunció la madre con cierta alarma en la
voz.
Entre el acompasado paso de los caballos que tiraban del coche, oíase
distintamente el choque de unos cascos que avanzaban a insensata carrera.
Mademoiselle miró por la ventanilla en la creciente oscuridad.
—Será algún correo —dijo con aparente calma.
—No tendré tranquilidad hasta que vuelva a verme en tierra de cristianos —dijo
la marquesa en tono plañidero.
Los veloces pasos de caballo sonaron más cerca, y la oscura silueta de un jinete
pasó ante la ventanilla, en el acto que una imperiosa voz mandó parar.
La marquesa aferróse a su hija con la mano izquierda, persignándose con la
derecha, cual si el recién llegado fuera un emisario del mismísimo Lucifer.
—¡Virgen Santísima, ayúdanos! —murmuró volviéndose repentinamente devota.
—Mon Dieu! —exclamó Susana, que había reconocido la voz del que ahora
discutía con los hombres que ocupaban el pescante—. Es La Boulaye en persona.
—¡La Boulaye! —repitió la marquesa en el colmo del terror—. En la bolsa están

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las pistolas… Tómalas… tú sabes tirar… ¡Mátale!, ¡mátale!
La joven apretó los labios hasta que su boca no fué más que una línea de carmín.
Las mejillas tomaron el color del alabastro, pero sus ojos permanecieron serenos y
resueltos. Alargó la mano y tomó una de las pistolas, justamente en el momento en
que el coche, después de salvar un bache, quedó parado.
Un instante después abrióse con violencia la portezuela, y Caron, recibiendo
impasible el aguacero, se inclinó con burlona cortesía y una desdeñosa sonrisa en la
austera boca. Habíase apeado atando su caballo con las bridas al árbol más inmediato
de la carretera. La marquesa, aterrada ante su presencia, trató de hundirse entre los
almohadones del coche.
—Ciudadana —exclamó él con amargo acento—, cuando pacté anoche con vos,
no creí verme obligado a perseguiros de tal modo. Tengo alguna experiencia respecto
a las buenas palabras y a los malos hechos de los que pertenecen a vuestra clase, pero
aun así, tuve la candidez de confiar en vos. El escarmiento me servirá de aviso. Y
ahora, tened la bondad de apearos.
—¿Con qué objeto, monsieur? —preguntó ella con voz a la que quería dar un
tono de fría firmeza.
—Con el objeto de que cumpláis la parte que os corresponde en el contrato.
Vuestra madre, con el tesoro, podrá continuar el viaje a Prusia, con la expresa
condición de que vos os quedarais en Francia.
—Ese contrato fué debido a la coacción, monsieur —dijo ella procurando
imponerse—. Fue arrancado a una mujer en una situación desesperada.
—Lamento que seáis tan flaca de memoria, ciudadana —replicó él, con insultante
cortesía—. Vuestra situación está tan lejos de ser desesperada, que ya recordaréis mi
promesa de poneros en libertad a vos y a vuestra madre sin ningún premio ni
garantía. Sólo necesitabais sacrificar vuestro miserable tesoro.
Hubo una breve pausa, durante la cual él esperó la respuesta. Los azules ojos de
Susana quisieron resistir su severa mirada, mas tuvieron que bajarse, y con visible
agitación, respondió por fin:
—Repito que fué un acto de desesperación… Seguramente no querréis obligarme
a cumplir una palabra dada en una hora de locura. Me comprometí a lo que no tenía
derecho, pues no siendo libre, no puedo disponer de mi persona. Soy la prometida
esposa del vizconde Anatolio d’Ombreval. El contrato está firmado, y el vizconde se
reunirá con nosotros en Tréveris.
Él se quedó por un instante anonadado cual si hubiera recibido un golpe en la
cabeza. En un estado casi inconsciente recordó que el nombre que acababa de oír era
el mismo del sujeto a quien había de prender. De pronto, con súbita violencia,
exclamó:
—Poco me importa todo eso… Tan cierto como hay Dios, tendréis que cumplir la
palabra empeñada.
—Me niego rotundamente —replicó ella en tono decisivo—. Servíos cerrar la

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portezuela, y dejadnos proseguir nuestro viaje.
—Vuestra madre y las riquezas sigan en buena hora su camino, mas vos os
vendréis conmigo. No estoy dispuesto a servir de juguete a ninguna mujer,
Al expresarse así, decía la verdad entera. En aquel momento no había amor en su
voz ni en su corazón. El deseo de poseerla estaba lejos de su mente. Sólo quedaba el
amor propio ofendido, las heridas hechas a su dignidad, que reclamaban el castigo y
la humillación de la causante de ellas. La resistencia que oponía a seguirle aumentaba
sus deseos de llevarla consigo, para hacerla sufrir.

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—Ciudadana, estoy esperando a que bajéis —insistió él, imperturbable.
—Y yo os respondo que me hallo bien donde estoy —contestó Susana y sacando
la cabeza por la opuesta ventanilla, gritó—: ¡Blas!… ¡arrea los caballos!
Pero La Boulaye, apuntando a aquél con una pistola, exclamó:
—¡Da una vuelta de rueda y te envío al infierno! —y volviéndose una vez más a
Susana, añadió—: Jamás he empleado la fuerza contra una mujer, ciudadana, y

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espero que me evitaréis tener que empezar con vos.
—¡No os acerquéis a mí, monsieur! —fué la imperiosa respuesta.
Sin hacer caso de ella, avanzó Caron hasta meter la cabeza dentro del coche y
extendiendo el brazo cogió el izquierdo de Susana. Mas antes de que él comprendiera
su intento, la mano derecha de ella, que empuñaba una pesada pistola por el cañón, le
dió con la culata un terrible golpe entre las cejas.
Él retrocedió, y abriendo los brazos, cayó cuan largo era sobre la espesa capa de
fango.
Los ojos de Susana le habían seguido con horror en su caída, y sólo al verle
inmóvil por tierra, pareció darse cuenta de lo que había hecho.
—¡Bravo, por mi valiente hija! —exclamó la marquesa sin que Susana oyera sus
palabras. Con un sollozo dejó caer la pistola fuera del carruaje.
—¿Emprendemos la marcha, mademoiselle? —preguntó Blas desde el pescante.
Antes de contestar, la joven se apeó y sin preocuparse de la lluvia que azotaba su
desnuda cabeza, llegó junto al inanimado cuerpo de Caron.
Inclinóse en silencio, poniéndole la mano sobre el corazón.
—Late vigorosamente —díjose a sí misma. Y bajándose aún más, le cogió por
debajo de ambos brazos arrastrándole a un lado de la carretera, para que la cuneta le
sirviera de temporal refugio, y permaneció un instante inmóvil, con los ojos clavados
en aquel pálido rostro. Un desgarrador sollozo salió de su garganta, y de pronto, sin
pensar en que una mirada indiscreta pudiera verle, con rápido ademán le dió un beso
en la boca.
Un segundo después, cual espantada gacela; corrió al coche, y cerrando la
portezuela, contestó a Blas, con ahogada voz, «que podía reanudar la marcha». Hizo
poco o ningún caso de los elogios de su madre (que nada había visto del beso).
Recostada en un ángulo del coche con las pestañas húmedas, pensaba en Caron,
desmayado y expuesto a la lluvia en medio de una carretera… y de vez en cuando se
enrojecían sus mejillas de vergüenza, al pensar que ella, la noble mademoiselle de
Bellecour, impulsada por la compasión, había llegado a posar sus labios sobre los de
un revolucionario del más humilde origen.

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CAPÍTULO XIV

EL CORREO

S uerte tuvo La Boulaye de haber atado su caballo a un árbol antes de acercarse al


coche. Los relinchos del pobre animal, que se cansaba de estar sólo en la
lluviosa oscuridad, llamaron la atención de los que componían la escolta de La
Boulaye, cuando, media hora después, pasaban por allí en obediencia a las órdenes de
su jefe.
Al acercarse el pelotón y oír los relinchos, Garin se detuvo, y escudriñando la
oscuridad, descubrió la silueta del caballo junto a un árbol del camino. Pararon las
monturas los restantes hombres, mientras que el cabo aproximábase al caballo sin
jinete, y con dificultad, por la falta de luz, hacía un sumario examen de la silla. Una
pistolera estaba vacía, lo que daba margen a suponer que el jinete había tenido que
defenderse, y de la otra extrajo una pistola de arzón que tampoco le ofrecía ninguna
clave.
—¡Pie a tierra! —mandó Garin a sus hombres— y buscad por los alrededores.
Apuesto un caballo contra una herradura a que no tardaremos en encontrar su cuerpo
Fué obedecido, y pronto un grito de uno de los buscadores anunció el previsto
descubrimiento. Fué seguido muy de cerca por un juramento.
—¡Maldita sea!… —exclamó uno de los soldados—. ¡Si es el ciudadano
diputado!
En un momento reuniéronse todos con las bridas de los caballos al brazo, y Garin
se arrodilló en el barro, jurando sin parar desde que se convenció de que era La
Boulaye que yacía en la fangosa cuneta.
—¿Está muerto? —preguntaron los hombres a coro.
—No… Muerto no —contestó el cabo—, pero tiene un chichón en la frente, del
tamaño de un huevo, y sabe Dios cuánto tiempo hace que está entre el agua y el lodo.
No llevaban ningún cordial y lo único que podían hacer era trasladar al
desmayado a la vivienda más cercana y pedir hospitalidad. Celebraron un rápido
cambio de impresiones y su resultado fué que Garin mandó que se envolviera a Caron
en su propia capa, y que le llevaran cuatro soldados. A unas dos millas de distancia
habían pasado por una aislada casita, y hacia ella mandó Garin que retrocedieran.
Formaban una singular comitiva: delante, dos jinetes con los caballos de sus
compañeros; seguían los cuatro hombres a pie, que llevaban al diputado envuelto en
la capa, y cerraba la marcha Garin sobre su caballo.
Así anduvieron carretera adelante por espacio de media hora, pues el avance era
lento, sin cambiar ni una palabra. Por fin, una doble exclamación de los jinetes les dió
a conocer que a media milla más allá se descubrían las iluminadas ventanas de la

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casita. Animados por la perspectiva del descanso avivaron la marcha, y casi en el
mismo instante, los hombres que llevaban a La Boulaye sintieron que éste se movía y
empezaba a balbucear. Al principio fué una serie de incoherentes sonidos, mas pronto
dijo distintamente:
—¡Hola! ¿Dónde me lleváis y quién diablos sois?
La conocida voz de Garin lo tranquilizó en el acto. Caron trató de incorporarse,
mas viendo que era imposible, mandó a sus conductores que le dejaran en el suelo,
para recobrar su libertad de acción. Garin se apeó, deseoso de ayudar al diputado, y
pudo ver que no estaba tan grave como suponían, pues tan pronto se vió libre de la
capa se puso en pie solo. No obstante, al pretender andar, vaciló y tal vez habría
caído, a no ser por los robustos brazos de Garin que le sostuvieron.
—Nada de imprudencias, ciudadano —le advirtió el subalterno.
—¿Dónde está mi caballo? —preguntó Caron.
—Pero… ¡Mil rayos!… No estáis en condición de montar —protestó Garin.
Pero La Boulaye no quería atender a razones. Al recobrar el sentido, surgió el
recuerdo de la infame burla de Susana, y de la manera cómo le había tratado cuando
la alcanzó en el camino. Consumíase en deseos de venganza, y a toda costa quería
seguir tras ella, para recapturarla. En consecuencia, anunció al cabo que era preciso
tomar la ruta de Lieja. Garin se escandalizó ante tal alarde de terquedad y se disponía
a combatirlo, pero el diputado se volvió hacia él con tal firmeza, que impuso silencio
a sus humanitarios argumentos.
A la Naturaleza correspondió el lograr lo que las instancias del cabo no pudieron
conseguir. Cuando La Boulaye quiso montar a caballo, convencióse de que era
imposible. Estaba envarado y entumecido por su larga permanencia bajo la lluvia, sin
contar con que le dolía mucho la cabeza, y sólo el moverla le producía vértigo.
Por último, hubo de admitir, no sin interno furor, que era preciso renunciar a su
determinación, y mostróse propicio a tomar el consejo de Garin de llegar cuanto antes
a la casita de las iluminadas ventanas, que brillaban como faro salvador en la
oscuridad. Hasta llegó a conformarse, en gracia de la premura, con que le llevaran de
nuevo en la capa y le transportaran como un fardo. Aun abrigaba en su corazón la
esperanza de que un corto reposo, algún alimento y ropa seca le permitirían proseguir
la persecución y alcanzar a mademoiselle, antes de que estuviera fuera de su alcance.
Si a la mañana siguiente aún no es encontraba capaz de reanudar la tarea, enviaría a
Garin y sus hombres.
Por fin alcanzaron la campestre vivienda, poco más que una casita, y Garin llamó
con el puño de su látigo. La puerta se abrió, y una campesina les dijo que su marido
no estaba en casa, y ella no tenía medios para alojarlos. De sus bruscas palabras se
desprendía que no era la primera vez que albergaba su casa a saldados de la
República y la experiencia adquirida no era la más a propósito para animarla a repetir
esta obra de misericordia. Pero La Boulaye tomó la palabra, prometiendo una buena
recompensa, si accedía a recibirlos.

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—Sí… recompensa —rezongó la aldeana— en asignados sin valor, que nadie
toma… ya sé yo cómo las gasta la tropa.
—Nada de asignados —prometió Caron—; en moneda contante y sonante.
Viendo que esta afirmación la enternecía, insistió de nuevo para que los recibiera.
Junto a la casa había un cobertizo donde podrían guarecerse los caballos durante la
noche. Pero aún vacilaba la mujer.
—No tengo habitaciones —alegó con cierta firmeza.
—Pero al menos —intervino Garin— da alojamiento al ciudadano… Ya ves que
está lesionado y que se encuentra mal. Vamos, mujer, accede a eso y los demás nos
acomodaremos con los caballos en el cobertizo.
Esa proposición y las renovadas promesas de largueza en el pago ganaron la
causa de La Boulaye. Avínose la aldeana a ofrecer un guisote a los soldados y trajo
ropa de su ausente esposo, para que la del diputado pudiera secarse ante el fuego.
También encontró un poco de aguardiente, que fortaleció mucho las decaídas fuerzas
de Caron.
Después de acabada la frugal cena, Garin y sus hombres se retiraron al cobertizo,
dejando a su jefe como único huésped en la casita. Y allí vestido con las hundas
prendas del aldeano y con los pies metidos en gruesos calcetines y calzados con
zuecos quedóse el joven diputado a solas con sus tristes pensamientos. La buena
mujer le había traído una pipa, y aunque no acostumbraba fumar, la encendió
maquinalmente, hallando cierto consuelo en las aspiraciones del tabaco. Con
profunda amargura pasó la mano por su vendada frente. Y al recordar cuanto había
pasado desde la entrevista en Boisvert, encendiéronse de rabia sus mejillas y
avergonzado murmuró:
—¡Cómo se han burlado de mi!
Y ahora, a medida que las renovadas fuerzas aclaraban su entendimiento, hubo de
comprender que al día siguiente sería harto tarde para reanudar la persecución. Una
vez que cruzara el Sambre por Lieja o por cualquier otra parte, ¿cómo podría saber la
ruta escogida para continuar el viaje? No disponía de hombres suficientes para
diseminarlos por cada una de las posibles carreteras. Sabía que el punto de su destino
era Tréveris, pero tampoco ignoraba que allí estaba Susana a cubierto de las garras de
la República francesa.
Con el ceño fruncido y abismado en sus pensamientos, sus blancos dientes se
incrustaban cada vez más en el cañón de la pipa. Al otro lado de la mesa, el ama de la
casa movía con agilidad las agujas de la calceta, cuyo ruido era el único que
interrumpía el silencio del aposento y de vez en cuando lanzaba furtivas miradas a su
pensativo y taciturno huésped. En el exterior gemía el viento; y la lluvia, que había
vuelto a arreciar, chocaba contra los cristales.
De súbito, a través del clamor de los elementos, oyóse un grito en la noche. El
diputado levantó la cabeza, fijando la vista en su patrona. Momentos después crujió la
verja y se oyeron pasos en la senda que conducía a la puerta de la casita.

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—¿Será vuestro esposo? —preguntó La Boulaye.
—No, señor… Ha ido a Lieja, y no volverá hasta mañana… No sé quién puede
ser —contestó la joven campesina, visiblemente asustada.
Caron la tranquilizó diciendo:
—Estáis bien guardada, ciudadana… Mis hombres están cerca y los llamaré si
son necesarios
Sintiéndose protegida, la mujer se levantó, al mismo tiempo que un golpe hizo
retemblar la puerta. La aldeana fué a abrir, y desde el sitio en que estaba sentado La
Boulaye junto al hogar, oyó una voz que no le pareció desconocida.
—Madame —decía—, somos dos pobres viajeros que hemos perdido el camino,
y os rogamos que nos concedáis albergue por esta noche. La recompensa será
espléndida.
—Lo siento, señores, pero no tengo sitio —contestó la dueña de la casita con
cortés firmeza.
—Pardi! —intervino otra voz—. Poco sitio necesitamos; con un puñado de paja
en un rincón nos basta. ¿Seríais capaz de dejarnos a la intemperie, en una noche en
que ni a un perro se le cierra la puerta?
En los ojos de La Boulaye brilló una nueva luz y con repentino ademán se inclinó
hacia la lumbre.
—Pero si es que no puedo, señores —repitió la mujer, a quien interrumpió la
primera voz diciendo:
—Veo que vuestro marido está junto al hogar. Oigamos su opinión en este asunto.
La joven enrojeció hasta la raíz de los cabellos, e iba a descubrir la verdad,
cuando una mirada de su huésped le impuso silencio. Éste se había levantado y estaba
de espaldas al fuego. Un tiznón negro le cubría a medias el rostro, como si fuera un
antifaz y sus profundos ojos brillaban con tal intensidad, que acallaron la pregunta
que tenía en la punta de la lengua.
Durante esta breve pausa, los recién venidos habían atravesado el umbral y
estaban ya en la rústica habitación. El primero que entró, y cuya simpática voz había
reconocido La Boulaye, era monsieur des Cadoux, el viejo amigo del marqués de
Bellecour. Su compañero, con gran sorpresa del diputado, no era otro que el correo de
la barbaza oscura que aquella misma mañana le entregó la carta de Robespierre en
Boisvert. ¿Cómo dos hombres de clase tan distinta parecían estar en perfecto pie de
igualdad? A él le tocaba averiguarlo.
—Pasad adelante, messieurs —exclamó, asumiendo el papel de amo de casa—.
No estamos acostumbrados a visitas, y Matilde tiene miedo a los ladrones. Acercaos a
la lumbre, para que se os seque la ropa. Haremos cuanto podamos en vuestro favor,
pero somos tan pobres, messieurs, tan pobres…
—Ya hemos dicho que se os pagará con esplendidez —interrumpió des Cadoux,
adelantándose hacia la lumbre con su compañero—. Tratadnos bien, y no os pesará…
¿Hay algo que comer en la casa?

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La mujer, apoyada en la pared, miraba alternativamente a los tres hombres, con
expresión de sorpresa no exenta de desconfianza.
—Ya veremos lo que se encuentra —contestó Caron, dejando el puesto a los
recién llegados—. Anda, Matilde, veamos lo que da de sí tu despensa.
—Temo que aún no hemos logrado inspirar confianza a madame —dijo el
siempre cortés des Cadoux.
Por única respuesta, sonrió Caron, empujando con suave firmeza a la mujer hacia
el interior de la casucha. Al pasar junto al correo, le echó una rápida mirada de
perplejidad. Algo tenía aquel hombre que parecía muy singular a Caron. Cuando por
la mañana habló con enronquecida voz y popular lenguaje, no concibió ninguna
sospecha de que fuera otro del que pretendía ser. Mas ahora recordaba la
desconfianza con que Tardivet le echó en cara su exceso de patriotismo, y al oírle
hablar en su voz natural, parecióle al diputado que ya lo había oído antes.
Sin haber aclarado sus dudas, salió del aposento para recibir un chaparrón de
preguntas de la aldeana, deseosa de saber por qué se fingía su esposo y daba
hospitalidad a dos desconocidos.
—Os prometo que su permanencia aquí será muy breve —le aseguró—. Pero
tengo sospechas que necesito aclarar, y esto me hace obrar como estáis viendo.
¿Queréis hacerme el favor de salir por la puerta de atrás y llamar a mis hombres?
Decid al cabo que vengan a situarse frente a la puerta grande, y estén dispuestos a
entrar en el momento en que yo los llame.
—Pero ¿qué vais a hacer? —preguntó ella; y a la luz de la vela que llevaba, La
Boulaye vió que su gesto era de completa reprobación.
La tranquilizó asegurando que no se derramaría sangre y que estas medidas eran
necesarias por tratarse de dos individuos muy peligrosos, que podrían causar graves
daños. Su persuasiva elocuencia obtuvo lo que se proponía; la mujer fué a cumplir el
recado, y él volvió a la cocina.
Encontró a des Cadoux plácidamente sentado al fuego, procurando secarse los
antes posible. El más joven de los dos viajeros había cogido la botella del aguardiente
que quedó sobre la mesa, y estaba echando la segunda copita. Nada parecía menos
propio para infundir sospechas que aquel mocetón de rústico ropaje y cara de
facineroso.
—Matilde vendrá en seguida —dijo Caron en tono deferente—. Está preparando
algo que ofreceros.
Si les hubiera dicho lo que en realidad estaba preparando, es posible que no se
habrían quedado tan a gusto.
—Que se dé prisa —exclamó el correo—, porque me estoy muriendo de hambre.
—Un poco de paciencia, Anatolio —recomendó el siempre tolerante des Cadoux
—. La buena mujer no nos esperaba.
¡Anatolio!… El nombre pasó como un relámpago por el cerebro de Caron… ¿A
quién pertenecía? Él conocía alguien que se llamaba así. Mas cuantas preguntas se

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hizo no lograron despejar por el momento la incógnita. El mismo correo le impidió
pensar, al dirigirle la palabra.
—(Llenaos una copita, mon bon homme —le dijo—, que vamos a brindar.
—¿Conmigo, monsieur? —preguntó La Boulaye con tanta sorpresa como
humildad—. Mucho honor es ése para mí.
—¡Haced lo que se os dice! —replicó el imperioso correo—. Veamos por dónde
van vuestras opiniones. Decid: ¡Viva el Rey!
Con la copa de aguardiente, que le habían obligado a tomar, en la mano, los ojos
de La Boulaye lanzaron una enigmática mirada y respondió:
—No hay brindis que pudiera ser más grato, pero me parece inútil, puesto que
llega demasiado tarde.
—Diable!, ¿qué queréis decir?
—Que muerto el rey, me figuro que le aprovechará poco que brindemos para que
viva.
—¡El rey no muere nunca! —dijo sentenciosamente Cadoux.
—Si lo creéis así, monsieur —contestó Caron, dándose por vencido—,
corresponderé a vuestro brindis.
Y después de repetir las palabras que le exigían, apuró la copa.
—Por lo que se ve, buen amigo —observó des Cadoux, exhibiendo su inseparable
tabaquera—, parece que sois realista… Este brindis no ha sido más que una prueba.
—¿Qué queréis que un pobre labrador sepa de política, messieurs? —contestó el
diputado encogiéndose de hombros—. Los tiempos son muy turbulentos, cual no lo
fueron nunca, y no puede uno fiarse ni de su propia camisa… En cuanto a vos,
monsieur —añadió volviéndose al correo—, vais vestido al modo de los sans-
culottes, mas por el modo de hablar se os tomaría por un valiente caballero.
El interpelado sonrió con beatitud.
—Al modo de los sans-culottes, si… y tan bien sé copiar sus maneras, que esta
mañana he pasado por correo de París ante los ojos de ese fino sabueso de la
Convención, a quien llaman el diputado La Boulaye.
—¿Es posible? —exclamó Caron con acento de asombro—. Pero… ¿cómo os las
habéis arreglado, monsieur? Porque un correo debe llevar cartas y…
—Las llevaba… las llevaba, amigo mío —interrumpió el otro con jactancia—. No
tuve más que darle un certero golpe en la cabeza a un patriota y apoderarme de ellas.
Éste era el auténtico y yo le substituí, saliendo de Francia, gracias a las cartas.
—El señor se está burlando de mi credulidad —protestó La Boulaye en tono
resentido.
—No tal, amigo… os cuento hechos —insistió el otro.
—Pero ¿cómo pueden realizarse tales hazañas? —preguntó Caron, apoyándose de
codos sobre la mesa, y con tono que revelaba admiración sin límites.
—¿Cómo?… Os lo contaré… Yo soy del Artois.
—Me parece que repetís esa encantadora anécdota con demasiada frecuencia —le

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advirtió su viejo amigo.
—¡Silencio, timorato anciano! —exclamó el narrador, riendo, y prosiguió su
relato—. Yo soy del Artois, según os decía. Tengo allí grandes propiedades y no ha
mucho llegó a mis oídos que esa asamblea de canallas que se llama Convención había
decidido acabar conmigo. Mas antes que esos hijos de perro lograran su intentó, mis
arrendatarios, animados por los malos ejemplos de otras partes, asaltaron mi castillo,
quemándolo hasta los cimientos. Por un milagro escapé con vida y por espacio de tres
semanas permanecí oculto en la vivienda de un viejo labrador que aún me guardaba
fidelidad. Durante ese tiempo, me dejé crecer la barba y el pelo, acostumbrándome a
imitar el patriótico desaliño, y por último, con la indumentaria propia de un buen
republicano, me apresté a pasar la frontera. Cuando me acercaba a ella, no exento de
inquietudes respecto al éxito de mi empresa, me deparó la Providencia el más
oportuno de los correos. Me pareció conveniente que cambiáramos nuestros
respectivos puestos, y así lo hice. Era portador de una carta para el diputado La
Boulaye, de quien tal vez hayáis oído hablar. Y en esa carta que leí le encargaban que
me detuviera.
Si La Boulaye quedó sorprendido, su cara no lo delató ni con el pestañeo de sus
ojos. Seguía sentado con la mandíbula apoyada en la palma de la mano, y la mirada
fija en el narrador, con expresión admirativa.
—Podéis juzgar de mi conciencia y de cómo sé llenar las obligaciones que me
impongo, cuando os digo que esa carta la entregué por mi propia mano al animal de
La Boulaye, en Boisvert, esta misma mañana.
Y parecía inflarse de orgullo por su heroicidad.

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Después continuó:
—Diable! Fué una verdadera obra maestra de fingimiento. Quisiera que me
hubierais visto representar el papel de patriota… Ya veis qué ironías tiene el
destino… Conseguí salir de Francia, gracias a los papeles que ordenaban mi
detención. Ma foi! ¡Valía la pena de verme engañando a ese cochino de diputado!…

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Os digo que representé una escena digna de Talma.
Y miró a des Cadoux y a La Boulaye en demanda de aplauso.
—No lo dudo —contestó Caron fríamente— y debió de ser un espectáculo digno
de verse. Mas ¿no os parece lástima el perder todo el fruto de tan admirable obra, por
el mero placer de jactarse de ella ante un ignorante aldeano, señor vizconde Anatolio
de Ombreval?
Con un grito de alarma, el fingido correo se puso en pie, en tanto que el anciano,
haciendo girar la silla que le sostenía, miraba con asombro al orador.
—¡Fuego de Dios!… ¿Quién sois? —preguntó Ombreval avanzando un poco.
El diputado se quitó con la manga parte del tiznón que le desfiguraba y respondió
muy sereno:
—Soy el cochino del diputado a quien engañasteis en Boisvert—. Y alzando la
voz, añadió: —¡Garin!
Inmediatamente se abrió la puerta, dando paso a los soldados.
Ombreval, inmóvil, parecía la estatua del terror, ante aquel inesperado cambio de
escena. Su rostro tornóse color ceniza, la boca abierta y los ojos medrosos.
Des Cadoux, que también se había levantado, comprendió la situación en el acto,
y como bien educado jugador que sabe perder con elegancia, dejó oír una seca risita
al tiempo que tomaba un polvo de rapé.
—Hemos sido cogidos finamente en la trampa, cher vizconde —dijo absorbiendo
con delicia el molido tabaco—. Por lo menos ahora no podréis repetir a nadie más esa
deliciosa historia, que ya os advertí prodigabais demasiado.
Con un repentino juramento, Ombreval, a quien el ciego furor hacía temerario,
saltó sobre Caron; pero con no menos ligereza, Garin le cogió los brazos por detrás,
sujetándoselos.
—Llévate a los dos —mandó La Boulaye—. Ponlos en sitio seguro para pasar la
noche, y ¡cuidado con que no se escapen, si en algo aprecias tu cabeza!
Des Cadoux cerró de golpe la tabaquera y dijo:
—Por mi parte, estoy a vuestras órdenes, caballero… perdonad, ciudadano, y os
daré poco trabajo… Mas, como no creo estar incluido en las órdenes que tenéis,
quisiera haceros una proposición que podría ser de convenencia mutua.
—Podéis hacerla, ciudadano —asintió La Boulaye.
—Me parece que el llevarme hasta París no podrá menos de ocasionaros bastantes
molestias, y en cuanto a mí, prefiero con mucho no emprender el viaje. Por una parte,
sería muy fatigoso, y por la otra no tengo ningunas ganas de mirar al otro mundo por
el ventanillo de la guillotina. Por consiguiente, propongo, ciudadano —prosiguió el
viejo noble sacudiendo las partículas de tabaco de su chorrera, con negligente ademán
—, que tratemos de este asunto de modo particular.
—¿Qué deseáis, ciudadano?
—Quiero suponer que entre vuestros hombres hay algunos buenos tiradores, y
creo que sería ventajoso para los dos el que me mandarais fusilar, en cuanto lo

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permita la luz del alba.
Los ojos de La Boulaye miraron al viejo con cierta disimulada admiración. ¡Éste
sí que era un aristócrata con ingenio y valor, digno de ser emulado!
—¿Es decir, que entre dos males escogéis el más llevadero? —preguntó el
diputado.
—Justamente —asintió des Cadoux.
—Pero aún es posible que podáis evitar ambos, ciudadano. Mañana tendréis
noticias mías. Mientras tanto os ruego que durmáis tranquilo… ¡Garin!… Llévate los
prisioneros.

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CAPÍTULO XV

LA BOULAYE CEBA EL ANZUELO

D URANTE una hora larga, después de la salida de los prisioneros, el diputado


paseó sin cesar dentro de los estrechos límites de la cocina, con la faz
inescrutable y el cerebro lleno de ideas. Recordaba lo que Susana había
dicho respecto a su prometido, a quien pensaba encontrar en Tréveris. Este fatuo sin
conciencia era, pues, el hombre por quien ella le había engañado. Pero Ombreval, al
menos, estaba en su poder y se le ocurrió que tal vez esta circunstancia haría posible
que él hallase el modo de hacer volver a Susana, sin necesidad de correr tras ella. Le
enviaría unas líneas, y la prueba de que tenía a su prometido entre sus manos, y ella
decidiría lo que le tocaba hacer; si acudir a socorrerle y humillarse, o abandonarle a
su suerte. En aquellos momentos, a La Boulaye le parecía igual el partido que ella
tomara, pues con cualquiera tendría que sufrir. Su amor por ella era cosa que había
caído en relativa insignificancia. El sentimiento que dominaba sus acciones era el
enojo, acompañado por el natural deseo de castigar.
Al llegar el nuevo día, las ideas del diputado no hablan sufrido ningún cambio. Se
levantó muy temprano y, sin tomar ni un bocado, mandó a Garin que trajera los
prisioneros. El aspecto de cada uno de ellos merecía el calificativo de típico. El
vizconde estaba sombrío y con el traje aun más descuidado de lo que permitía el
disfraz republicano, con tan mal éxito adoptado. Des Cadoux, correctísimo en su
atavío, y fresco por el descanso, dió al diputado unos joviales «¡Buenos días!» al
entrar. Mucho le había costado el arreglarse con tan escasos medios, pero aunque los
polvos de su cabello casi habían desaparecido por el lado derecho, delatando que
estuvo echado de él, su aspecto era siempre elegante y pulcro.
—Ciudadano Ombreval —dijo La Boulaye en el tono severo y frío que iba siendo
característico en él—, puesto que estáis enterado del contenido de la carta que
robasteis, después de asesinar al portador, creo que no tendréis duda de mis
intenciones con respecto a vos.
Ombreval enrojeció de ira.
—Poco me importan vuestras intenciones —contestó, acalorado, pues el enojo le
hacía valiente—, mas exijo que midáis vuestras palabras. ¿Cómo os atrevéis a decir
que he robado y asesinado? ¿Ignoráis, señor republicano, que soy un caballero?
—Sin duda pensáis que la clase que se adjudica ese título puede cometer
impunemente esos delitos, sin que se les dé su propio nombre, ¿no es eso? Pero vos
también olvidáis que la República ha abolido los caballeros y con ellos sus odiosos
privilegios.
—Canaille! —bramó el vizconde, echando fuego por los ojos.

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—Ciudadano aristócrata, medid también vuestras palabras. —La Boulaye se
había acercado a su rival, y con voz en la que vibraba un furor no menos intenso que
el de Ombreval, añadió:
—¡Imbécil!… Pronunciad otro insulto dirigido a mí o a cualquiera de mis
hombres, y os haré azotar como a un perro.
Ante las valientes palabras de La Boulaye, disipóse el encono que había sostenido
a Ombreval, palideció hasta los labios, y sus ojos cobardes evitaron la firme mirada
de su acusador.
—Pocas consideraciones tenéis derecho a esperar de mí, ciudadano —dijo La
Boulaye más calmado—, y sin embargo, me siento inclinado a daros una lección de
generosidad. Dentro de media hora saldremos para París… Si en alguna parte hay
alguien que os espere y queréis comunicarle vuestra situación, podéis cumplir esta
media hora en escribir, y yo me encargaré de que la carta llegue a su destino.
Aún se hizo más intensa la palidez de Ombreval. Sus ojos, llenos de turbación,
alzáronse hasta los del diputado, para volver a bajarse en seguida… Tras de una
pausa, dijo por fin:
—Aprovecharé con gusto vuestro ofrecimiento —y el tono de abyecta humildad
con que pronunció estas palabras estaba en abierta oposición con sus anteriores
baladronadas.
—Pues no perdáis tiempo —y La Boulaye cogió un tintero de cuerno, una pluma
de ave y una hoja de papel de su maletín, y poniéndolos sobre la mesa, hizo seña al
aristócrata de que se sentara y diera principio a la tarea.
—Y en cuanto a vos, ciudadano Cadoux —dijo, volviéndose al anciano—, me
consideraré muy honrado si queréis compartir mi almuerzo, en tanto que vuestro
amigo escribe.
Des Cadoux le miró con cierta sorpresa.
—Mucho os lo agradezco, monsieur —contestó moviendo la cabeza—, mas ya
que después…
—He decidido —interrumpió el diputado, con la sombra de una sonrisa—
resolver vuestro caso por mí mismo, ciudadano.
El viejo dandy respiró hondamente, mas la mirada de sus ojos azules permaneció
firme y no se borró la sonrisa de sus labios, al contestar:
—De nuevo os doy las gracias. Temía que os empeñarais en llevarme a París… y
a mi edad los viajes son muy fatigosos. Por eso os agradezco… pero ya que tenéis esa
bondad… almorcemos en buena hora.
Sentáronse a una mesita situada ante la ventana, y en ella puso la patrona una
tortilla, un pollo cocido, una ensalada y una botella de vino, de acuerdo con las
órdenes que de antemano había recibido.
—¡Pero esto es un festín! —exclamó alegremente el viejo noble; y aunque tenía
el convencimiento de que moriría media hora después, charló plácidamente con el
republicano… que era el primer republicano con quien su aristócrata persona se

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sentaba a la mesa. En tanto que el almuerzo proseguía, Ombreval, con dos soldados a
su espalda, pergeñaba su carta para mademoiselle de Bellecour.
Si el mismo La Boulaye, inspirado por sus deseos de vengar la traición de que
había sido víctima, hubiera dictado la epístola, no podría haberlo hecho de modo más
favorable para sus fines. Era una carta lamentable y quejumbrosa, en la que el
vizconde, más que despedirse de su prometida, imploraba la ayuda de ésta. Se
hallaba, escribía él, en poder de gente fácil de sobornar, y puesto que ella era rica
(estaba enterado del valor del tesoro que se llevaron) fundaba sus esperanzas en que
emplearía una parte de aquél en obtener su libertad. Ella —proseguía— era su única
tabla de salvación, y en nombre de su amor y de su respectiva nobleza, le suplicaba
que no le negara su preciosa ayuda. Llevado por el enternecimiento que le causaba su
propia situación, se le llenaron los ojos de lágrimas, y algunas, después de correr por
sus mejillas, fueron a caer sobre el papel, produciendo un par de borrones, que
añadían eficacia a la bajuna súplica de las palabras.
Por fin estuvo lista la misiva, que cerró con una oblea, y escribió la dirección:

«Mademoiselle de Bellecour.
Hotel des Trois Rois.
Tréves».

Al anunciar que la tarea estaba terminada, el diputado le mandó que se reuniera


con des Cadoux en la otra mesa, y tomara algún alimento, mientras él se sentaba a
escribir la siguiente:

«Ciudadana: El hombre a quien estáis prometida, y por quien descendisteis hasta


la traición y el interno de asesinato, está en mis manos. El cielo ha permitido que
caiga en mi poder, para castigaros, si el conocimiento de que se halla camino de la
guillotina es un castigo para vos. Si queréis rescatar su vida, venid a verme en París, y
tal vez os lo conceda, bajo ciertas condiciones».

—Esto le humillará —pensaba él, al doblar su carta sobre la de Ombreval; y


sellado el paquetito, escribió encima las mismas señas que puso el vizconde.
—¡Garin! —mandó Caron brevemente—, llévate al ciudadano Ombreval.
Una vez obedecida la orden, La Boulaye se volvió hacia des Cadoux. Estaban
solos, excepto los dos soldados que vigilaban la puerta.
El viejo noble se levantó y haciendo la señal de la cruz encaminóse a la puerta
con la faz tranquila y el paso firme, y dijo a La Boulaye:
—Cuando gustéis… estoy dispuesto.
—¿Habéis sido siempre tan devoto, ciudadano? —preguntó Caron, que le miraba

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sin poder disimular su sorpresa.
—¡Ay!… por desgracia no, monsieur. Pero en la vida de cada hombre hay
momentos en los que espontáneamente se recuerda lo que se aprendió en la infancia.
La sorpresa de La Boulaye iba en aumento. Por último, encogióse de hombros,
como quien abandona un problema cuya solución se hace demasiado complicada.
—Ciudadano des Cadoux; no habiendo recibido órdenes de París respecto a vos,
y no siendo esbirro por profesión, no existe ninguna razón para que os lleve a París.
En una palabra, ciudadano; a mi entender, no la hay tampoco para que os prive de la
libertad. Muy al contrario, cuando recuerdo la bondad con que hace años os
interesasteis por mí en Bellecour, creo cumplir un deber de gratitud ayudándoos a
escapar del tribunal revolucionario. En la cuadra os espera un caballo ensillado, y
podéis partir libremente, sin más que una condición: la de convertiros en correo mío,
y entregar una carta, cuya dirección me parece no os obligará a desviaros de vuestro
camino.
El viejo dandy, en cuyo intrépido ánimo la muerte, que creyó inmediata, no causó
impresión deprimente, al oír a La Boulaye, se puso pálido y con mirada casi tímida,
preguntó con voz insegura:
—Entonces, ¿no me vais a fusilar?
—¿Fusilar? —repitió Caron, y recordando la extraña petición que le hizo des
Cadoux la noche antes, y a la que él no dió importancia, añadió—: Ma foi! Vuestras
palabras son poco lisonjeras por cierto… ¿Me tomáis por un asesino?… Vamos…
vamos, ciudadano… Aquí tenéis mi carta… Está dirigida a mademoiselle de
Bellecour, y en ella va incluida otra de Ombreval, en la que éste se despide de dicha
señorita.
—Con el mayor placer desempeñaré el encargo, monsieur —contestó des
Cadoux, y deseoso de ocultar una emoción de la que se avergonzaba, rebuscó en el
bolsillo, y habiendo encontrado la tabaquera, tomó un abundante polvo.
Despidiéronse en términos sinceramente amistosos, inspirados, tanto en el
aristócrata como en el revolucionario, por el mutuo aprecio y la gratitud.
Después de haberse despedido también de Ombreval, compadeciendo su mala
suerte, el anciano se puso en marcha, y Caron mandó que trajeran de nuevo al
vizconde, no sin dar al mismo tiempo la orden de partida.
—Ciudadano —le dijo La Boulaye—, ahora mismo saldremos para París. Si
queréis darme vuestra palabra de honor de que no intentaréis fugaros, nos
acompañaréis completamente libre y con todo decoro.
El vizconde le miró con insolente sorpresa, y sus labios de femenil dibujo se
entreabrieron con sonrisa altanera. El descanso le había devuelto parte de su
fanfarronería habitual.
—¿Que os dé mi palabra de honor? —repitió—. ¿Estáis soñando, buen hombre?
… La palabra de honor es un lazo entre caballeros, y estimo demasiado la mía, para
darla al primer despreciable republicano que me la pida.

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La Boulaye fijó en él una mirada que le hizo palidecer y arrepentirse de las
palabras anteriores. A Caron se le habían hinchado las venas de las sienes.
—Ya os había advertido —dijo aquél en tono sombrío. Y dirigiéndose a los
soldados que custodiaban al prisionero añadió—: Montadle a caballo con las manos
sujetas a la espalda, y los pies atados por debajo de la panza del animal…
—Monsieur! —exclamó el joven, con tono suplicante—. Yo os daré mi palabra
de honor… yo os…
—Ahora es tarde, ciudadano aristócrata —interrumpió el diputado con desprecio.
Ombreval rechinó los dientes apretando los puños.
—Canaille! —exclamó furioso.
—¡Cogedle! —mandó Caron.
Obedecieron los hombres, y el desgraciado vizconde, inconsecuente como un
niño, dejó decaer su furia con la misma rapidez con que vino. Una vez más el miedo
quitó el color a su rostro y la fuerza a sus miembros, porque la expresión del diputado
era terrible.
—¿Recordáis lo que os dije que haría, si repetíais esa palabra? —preguntó aquél
fríamente.
—La he pronunciado… sin… sin saber lo que decía, monsieur —tartamudeó el
otro, en el colmo del terror, Su cobardía disipó el enojo de Caron, que sonrió con
desdén.
—A fe mía —dijo irónicamente— que pasáis con singular rapidez del fuego al
hielo, ciudadano, y empiezo a creer que sólo sois un vulgar cobarde. Llevadle —
añadió señalando a la puerta. Y le siguió con la vista pensando que tal era el futuro
esposo de Susana, el hombre a quien sin duda amaba ella… puesto que por él hablase
rebajado tanto. Aquel vanidoso cobarde era preferido a él, pues aunque innoble por
naturaleza, la casualidad del nacimiento le había hecho noble.

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TERCERA PARTE
LA LEY ETERNA

El amor rige a todos, del vasallo al señor.


A los hombres abajo, a los santos arriba.
El amor es un cielo y el cielo es amor.

El canto del último trovador.

CAPÍTULO XVI
Cecilia Deshaix

E N el despacho de su casa, situada en la esquina de la Rué de Saint Honoré y de


la Rué de la République (última transformación sufrida en el nombre de la
antigua Rué Royale) y ante su amplio escritorio, estaba sentado el tribuno
Caron La Boulaye.
Sus mejillas estaban encendidas, y con ojos brillantes miraba pensativo al vacío,
mientras maquinalmente mordisqueaba el extremo de una pluma de ave. Aún
sonaban en su oídos las aclamaciones con que la Asamblea acogió su elocuente
discurso, aquel mismo día. Formaba parte del partido de la Montaña (como era
natural, siendo el protégé del lívido Robespierre), partido más famoso por lo decisivo
de sus propósitos que por su elegancia en exponerlos, y en el que no abundaban los
oradores de su talla. En aquella sesión del mes de marzo del 93, sesión memorable
por la ruptura de hostilidades entre los Girondinos y la Montaña, hubo una verdadera
batalla verbal, y La Boulaye se cubrió de gloria, que se hizo extensiva a su protector,
el Incorruptible. Era un retórico no inferior a Vergniaud, el más elocuente de los
Girondinos, y su vivez de ingenio y honradez parlamentaria no tenían rival en toda la
Convención. Con tales dones fustigaba a los ambiguos y escurridizos legisladores de
la Gironda, a quienes Dumouriez calificó de jesuitas de la Revolución. Su
popularidad con los miembros de la Montaña y con las masas de París aumentaba de

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día en día, y la contundente réplica con que acababa de pulverizar los cargos
proferidos por Vergniaud debía contribuir a acrecentar su fama.
Por eso estaba sentado ante su mesa, con las mejillas encendidas y los ojos
brillantes, mordiendo maquinalmente el extremo de una pluma de ave y sonriendo al
recuerdo del entusiasmo de que media hora antes había sido objeto. Aquella aura
popular era merecedora de que se le consagrase una vida, algo de lo que podía un
hombre estar orgulloso y muy capaz de consolarle de la traición de una mujer. ¿Qué
podía dar el amor de una mujer, digno de compararse con esto? ¿No era más glorioso
ser admirado y reverenciado por los hombres de talento, que ser amado por una
caprichosa hembra? Esto último podía conseguirlo cualquier mequetrefe con una
casaca bien cortada, mas lo primero era obra digna de un hombre.
Sin embargo, a pesar de sus especiosos argumentos y filosofías, hubo un instante
en que se nubló su frente y perdieron sus ojos el brillo. Recordaba la noche de
Boisvert, cuando él, arrodillado ante Susana, creyó que el Paraíso podía existir en la
tierra, y ella le mintió. Pensaba en lo feliz que fué durante unos breves horas, hasta
que descubrió la baja traición de que le había hecho víctima. Pese a su naciente
popularidad y al empeño que ponía en despreciar cuantas emociones no provinieran
de la política… la otra felicidad, la que llevaba grabada en el fondo de su corazón, era
infinitamente más intensa y dulce.
¿Se atrevería a venir a París?… Se hacia continuamente esta pregunta en los
veinte días que ya llevaba en la capital. Igual espacio de tiempo había pasado el
vizconde en la cárcel de Luxemburgo, esperando la vista de su causa. Y si no había
sido aún fallada, se debía a los esfuerzos de La Boulaye. El joven diputado había
puesto en conocimiento de Robespierre que por razones particulares deseaba que el
ci-devant vicomte permaneciera algún tiempo en la cárcel, y el Incorruptible,
mirándole a través de sus gafas de concha, habíase encogido de hombros, diciendo:
—Ciertamente, mon cher Caron, puesto que así lo deseas. En el Luxemburgo
estará bien seguro.
Pidió algunos pormenores a su protégé, mas éste se encerró en evasivas,
prometiendo cumplida explicación más adelante.
Desde entonces consumióse esperando el joven republicano, y ahora, ya era
tiempo más que suficiente para que mademoiselle diera alguna señal de vida. ¿Sería
que las cobardes súplicas de Ombreval y sus breves líneas la habían dejado
indiferente? ¿Acaso no tenía corazón y traicionaría a su prometido, como le traicionó
a él?
Con un movimiento de cabeza la expulsó de su pensamiento, y, hundiendo la
pluma en el tintero, se puso a escribir.
Desde la calle subió el ruido de un redoble de tambores y numerosas pisadas que
marcaban el paso, pero tal cosa era demasiado frecuente en el París revolucionario
para llamar la atención, y el joven siguió escribiendo como si oyera la chillona voz de
un vendedor que pregonara su mercancía, o el rodar de los vehículos que pasaban.

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Mas, de pronto, uno de aquellos vehículos se detuvo precisamente ante su puerta,
y oyó el batir de los cascos de los caballos y el abrir y cerrar de la portezuela. Miró el
dorado reloj que adornaba su chimenea: aún no eran las cuatro.
Preguntándose si la visita sería para él, o para los inquilinos del piso de arriba,
escuchaba con toda su alma hasta que su oficioso (el eufemismo del léxico
republicano para la palabra «criado») entró anunciando que una mujer deseaba verle.
—¿Qué clase de mujer, Bruto? —preguntó Caron.
—Una mujer muy linda, ciudadano —contestó Bruto, haciendo un malicioso
guiño—; la ciudadana Cecilia Deshaix,
La Boulaye hizo un gesto de impaciencia.
—Necio… ¿Por qué no lo has dicho antes? —preguntó.
—Necio, porque no me lo habías preguntado —respondió él, con la conmovedora
y fraternal franqueza adoptada entre los buenos patriotas. Era un menudo hombrecillo
de unos treinta años, cuya pulcritud en el vestir (impuesta por su amo) estaba en
desacuerdo con su extremada democracia. Su verdadero nombre era Fernando, pero
siguiendo una moda muy corriente entre los ultrarrepublicanos, había adoptado el del
famoso patriota romano.
La Boulaye jugó un momento con la pluma, frunciendo el ceño, y después…
—Que pase —dijo con un suspiro de abatimiento.
Momentos después entraba una mujer muy linda, como Bruto había dicho, rubia y
con ojos tan inocentes como los de un bebé. Cubría su cabeza con una capota
coronada por un manojo de plumas tan altas, que no parecía sino que trataba de
añadir con ellas algunas pulgadas a la corta estatura que debía a la Naturaleza. El
resto de su atavío lo componía una falda extraordinariamente hueca y un corpiño
exageradamente escotado, ambos de seda color de rosa. En una mano llevaba un
abanico (arma innecesaria contra el calor, puesto que aún no estaba terminado el
invierno y en la otra un manojo de frescas rosas.
—Te voilá! —exclamó con maliciosa gracia, por vía de saludo, y aprovechando
gustosa el flamante vocabulario prescrito, que le permitía tutear a La Boulaye.
Éste, soltando la pluma, se levantó y cortés, aunque frío, correspondía al saludo y
ofrecía una silla a la joven, diciendo:
—Pareces la precursora de la primavera, ciudadana, con tus rosas y tu alegre
vestido.
—¡Ah!… ¿Te gusto, siquiera por esta vez? —dijo ella sin la más leve turbación
—. Veamos… ¿Qué tal me encuentras?
Y, riendo, se puso a dar vueltas, a fin de que pudiera admirarla por todas partes.
Él la miró con gravedad, con tanta gravedad, que en los labios de ella empezó a
helarse la risa.
—Te encuentro encantadora —dijo él por último—. Me recuerdas a Diana.
—¿Cumplidos? —observó ella, alzando las cejas sobre los ojos, que
resplandecían de alegre sorpresa—. ¡Cumplidos de La Boulaye!… Seguramente se

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acerca el fin del mundo… Pero dime, mon ami —preguntó ávida de más incienso—.
¿En qué, te recuerdo a la diosa de las selvas?
—En lo ligero del ropaje —contestó él, en tono agridulce—, más apropiado para
la Arcadia, que para París.
Las cejas de Cecilia se bajaron de golpe, y sus mejillas enrojecieron por el
resentimiento y la decepción. Para disimular, arrojó las rosas sobre los papeles de la
mesa, y dejándose caer sobre una silla, abanicóse con fuerza.
—Mon Dieu, Caron, ¡qué calor hace!…, Me estoy ahogando —exclamó.
—Ciudadana, tus palabras disipan mi inquietud —contestó él—. Yo temía que
estuvieras a punto de helarte.
—El helarse es peligro que se puede tener estando en tu compañía —replicó ella,
sin poder disimular su despecho.
Él no contestó. Acercóse a la ventana y distraído, se puso a teclear en los
cristales. Estaba harto de tales invasiones por parte de Cecilia Deshaix y de sus
atrevidos avances, que le repugnaban. Hoy tenía aún menos paciencia que de
costumbre para aguantarla, porque al oír que una mujer preguntaba por él, creyó por
un instante, que podría ser Susana. Como el silencio se iba haciendo penoso, lo
rompió con una pregunta:
—¿Cómo sigue el ciudadano Robespierre?
—Muy bien —contestó ella, y aunque había verdadera pena en la mirada con que
recorría las perfectas proporciones de la masculina figura vuelta de espaldas, supo dar
a su voz un tono ligero e indiferente al añadir—: Anoche estuvimos en el teatro.
—¡Ah! —murmuró él cortésmente—. Y ¿estaba Talma inspirado?
—Más brillante que nunca —respondió ella.
—Es un gran actor, ciudadana.
Una sombra de displicencia nubló el rostro de la desenvuelta rubia.
—¿Por qué me llamas siempre ciudadana? —preguntó~con impaciencia.
—Es un título propio del austero mundo en que vivimos —contestó él,
volviéndose, por fin, y con tono grave.
Ella acentuó aún más la impaciencia en un encogimiento de hombros, y protestó:
—Vivimos en un mundo libre, ciudadano… La libertad es nuestra diosa… Por
algo somos republicanos.
—La libertad en el lenguaje y en las acciones —objetó él— provocan la libertad
en la crítica, y a ésa no debe exponerse ninguna mujer honrada, sea el que quiera el
régimen bajo el cual viva. Harías bien en tener esto presente, ciudadana, antes de
venir aquí.
—Como tú no vas nunca a casa —replico ella en tono de suave reproche—. Ni
una sola vez has estado en casa de Duplay, desde tu regreso de Bélgica… Ese viaje al
ejército parece que te ha vuelto aún más taciturno. —Levantóse y, acercándose a él,
continuó—: ¿Qué te pasa, cher Caron?… ¿Tienes alguna pena?
Su voz tenía una seducción acariciadora, y su ojos claros hundían su mirada en las

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profundidades de los del joven.
—Penas no —contestó Caron en tono soñador—; pero estoy siempre muy
ocupado, ciudadana.
Una oleada de sangre coloreó las mejillas de Cecilia, cuyos piececitos hirieron el
suelo.
—Si me vuelves a llamar ciudadana, te doy un cachete —amenazó la rubia.
Él bajó la vista hasta ella, dándole la impresión de que bajo aquella impasible
máscara se estaba riendo de su desplante.
—Sería acción muy propia de tu audacia —contestó él, fríamente.
En aquel instante le pareció a ella que le odiaba y gustosa habría cumplido su
amenaza, pues bajo su aspecto de muñeca, Cecilia ocultaba un carácter violento. Mas
logró dominarse y, retrocediendo unos pasos, bajó la mirada y dijo:
—En lo sucesivo no te molestaré más, porque no volveré.
Inclinándose ligeramente, contestó él:
—Aplaudo la prudencia de tu resolución, ciu… Cecilia… Como ya he dicho:
bastan las apariencias para dar lugar a la crítica.
Ella le miró durante un segundo, después se echó a reír de dientes afuera y sus
claros ojos tenían el color y la expresión de dos afiladas hojas de acero capaces de
asesinar:
—Adieu ciudadano La Boulaye —dijo despidiéndose con tono burlón.
—Au revoir, ciudadana Deshaix —contestó él, con perfecta urbanidad.
—¡Uf! —exclamó ella desahogando su despecho en este expresivo monosílabo, y,
contoneándose, quiso ganar la puerta, mas antes de llegar a ella, la detuvo la voz de
Caron, diciendo:
—¡Ciudadana!… que te olvidas las flores.
Ella vaciló unos segundos, y mirándole de un modo singular, retrocedió hasta la
mesa tomando las rosas, de nuevo miró a Caron y dejó caer el ramillete entre los
papeles.
—Las traje para ti —dijo en voz baja— y quiero que se queden contigo… Al
menos, podremos ser amigos… ¿no es verdad?
—¿Amigos? —repitió él—. ¿Acaso hemos sido otra cosa nunca?
—¡Ay, no! —se dijo mentalmente, mientras que en voz alta murmuraba—: Pensé
que te gustarían… Este cuarto es tan sombrío, que unas cuantas rosas lo alegrarán,
difundiendo algo de la luz y del sol en que crecieron.
—Eres demasiado bondadosa, Cecilia —contestó levemente conmovido, a pesar
de su frialdad, por tan solícita previsión.
Ella se dió cuenta del cambio de tono, y la expresión de su rostro hízose más
suave, pero antes de que tuviera tiempo de contestar, sonó un golpe en la puerta y
Bruto presentóse en el umbral.
—Ciudadano —anunció en tono agrio—, abajo hay una mujer, que también
pretende verte.

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Estremecióse La Boulaye y de nuevo sus pensamientos volaron a Susana. Un rojo
obscuro animó su pálido rostro subiéndole hasta la frente. Los ojos de Cecilia, fijos
en él, se endurecieron al observar estas señales. Bastante amargo había sido soportar
su desvío, mientras le creyó absorto con alma y cuerpo en la política. Mas ahora, que
a esta amargura se unían los celos, todo su pecho se inundó de hiel.
—¿Qué clase de mujer es, Bruto? —preguntó Caron después de una pausa.
—Alta, pálida, arrogante, con cabello negro, y ojos azules… Viste de seda oscura
y a mil leguas huele a aristócrata.
—Tu oficioso tiene excepcionales dotes de observador —comentó Cecilia en tono
tajante.
Mas La Boulaye no le hizo caso. Le repentina animación de su faz había
desaparecido, dejándole más pálido que antes. El inventario hecho por su oficioso
cuadraba perfectamente con las señas características de mademoiselle de Bellecour.
—Acompáñala hasta aquí, Bruto —mandó Caron con voz ahogada. Y,
volviéndose a Cecilia, añadió, velando la despedida con una frase cortés—: Con tu
permiso…
—¡Oh! sí… ya me voy —contestó ella con amargura, disponiéndose a salir—. La
visita tendrá seguramente carácter político —añadió en tono entre interrogante y
afirmativo.
Mas él, sin dar respuesta, abrió la puerta, despidiéndola con una profunda
inclinación.
Cecilia, muy pálida y con los dientes apretados, empezó a bajar la escalera,
encontrándose a medio camino con una hermosísima dama, de regio porte, que subía.
Su atavío no era tan complicado y llamativo como el de la rubia, mas el aire con que
llevaba su sencillo vestido, ninguna modista de Francia habría podido dárselo a la
ciudadana Deshaix.
Tan desprovista de todo estaba la sobrina de Robespierre, que, después de hacerse
a un lado para dejar paso a la recién venida, quedóse quieta siguiéndola con la vista,
hasta que desapareció al llegar al descansillo. Entonces, hecha una furia, acabó de
bajar la escalera, metióse en el coche que la esperaba, y después de dar orden de que
la llevaran a su casa, en la calle de Saint Honoré, rompió a llorar, con toda la
vehemencia de su celosa rabia.

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CAPÍTULO XVII

LA PROMESA DE LA BOULAYE

D ESPUÉS de salir Cecilia, Caron quedóse un momento junto a la puerta, y


luego se encaminó hacia su escritorio, luchando por dominar los tumultuosos
latidos de su corazón. Sus miradas cayeron sobre las rosas de Cecilia, y casi
inconscientemente las recogió, tirándolas detrás de un cajón de libros. Apenas habían
caído, cuando Bruto abrió la puerta, y entró Susana de Bellecour.
Por muy singular que parezca, al verla, recobró La Boulaye el pleno dominio de
sí mismo. La recibió con una cortés reverencia, aunque demasiado profunda y
elegante por ser hecha de un patriota.
—Por fin habéis venido, ciudadana —dijo él, en tono tan frío, que hasta sonaba
en él una nota de ironía.
—No he podido venir antes, monsieur —contestó ella temblando—. ¿Llego acaso
demasiado tarde?
—No tal —respondió él—. El ci-devant vizconde de Ombreval sigue en la cárcel,
esperando la vista de su causa. ¿No queréis tomar asiento?
—Mi permanencia aquí no será larga.
—Como gustéis, ciudadana. He retrasado la causa de vuestro prometido, pues
estaba seguro de que, si no mi carta, la suya, os haría acudir tarde o temprano en su
ayuda. Supongo que os interesará oír —y acentuó el dejo irónico, hasta la burla—
que ese valiente y desgraciado caballero soporta con notorio abatimiento su reclusión.
Una sombra pasó por el rostro de ella, que permanecía tranquila y serena…, el
bellísimo y altivo rostro que tantos sufrimientos había causado a Caron.
—Me alegro de que me esperarais, monsieur, y no debisteis abrigar ninguna duda
con respecto a mi venida. Monsieur d’Ombreval es mi prometido, y la palabra que le
di compromete mi honor a socorrerle en la presente ocasión.
La Boulaye clavó en ella los ojos por un momento.
—¡Por vida mía! —dijo por fin, dejando que una nota de fino sarcasmo vibrara en
su voz—. Nunca admiraré bastante el descaro de vuestra clase, y la frescura con que
aplicáis pomposas palabras a los actos más horribles. Tengo un vago recuerdo,
ciudadana, de que también me empeñasteis una palabra cierta noche en Boisvert.
Pero tan escasa importancia disteis al compromiso, que, al tratar yo de que lo
cumplierais, me rompisteis la cabeza, y me dejasteis, para que muriera, solo, en
medio de una carretera.
Estas palabras la sacaron de su aparente calma. Con el seno agitado y los ojos
muy abiertos, juntó convulsívamente las manos.
—Monsieur —contestó trémula—, cuando os di mi palabra aquella noche… tenía

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intención de cumplirla… Pongo al cielo por testigo de que no miento.
—Vuestros actos lo confirman —dijo él, secamente.
—Sed generoso —imploró ella—. Mi madre influyó sobre mí, demostrándome
que sería deshonroso el obstinarme en cumplir…
—¡Otra vez esa palabra! —exclamó él—. ¡Qué importante papel representa en la
vida de la nobleza! Todo cuanto os gusta hacer, lo ejecutáis porque el honor os lo
impone, y todos los compromisos que adquirís, pero que os son desagradables, dejáis
de cumplirlos para no deshonraros… Pero os he interrumpido, ciudadana… ¿De qué
argumentos se valió vuestra madre?
—El principal de todos ellos reside aquí, en mi propio corazón —respondió ella,
ofendida y sublevada por su desprecio—. Ya veis que se ha hecho en mí una
costumbre de escoger entre dos males, el menor. Es decir, después de reflexionar,
descubrí que me había comprometido a dos hombres, y me pareció natural cumplir el
más sagrado de mis compromisos.
—Que era la palabra dada a Ombreval —añadió él, en voz más suave, porque
empezaba a comprender la situación en que se había encontrado Susana.
Ésta inclinó la cabeza en ademán de asentimiento.
—Él tenía el derecho de prioridad, y, además, pertenece a mi misma clase…
—¡Basta, ciudadana! —interrumpió Caron—. Ya sé lo que vais a decir. Yo
pertenezco a la plebe y en materias de honor estoy a la misma altura de las alimañas
que pueblan los bosques… ¿Es así como razonáis? Mon Dieu! Yo creí que las
circunstancias os habrían enseñado a desechar ciertos prejuicios, y que, por muy corta
de alcances que haya demostrado ser vuestra clase, vos, al menos, tendríais bastante
inteligencia para admitir que su época ha pasado, y que su sol se ha puesto. —
Empezó a pasearse y añadió—: Las lises de Francia han sido cortadas de sus tallos,
arrojadas al polvo de las carreteras y pisoteadas por los hombres de la nueva
generación, y, sin embargo, vosotros, los miembros de la noblese, parece que nada
habéis aprendido con esto. Aún no os habéis dado cuenta de que en Francia el que
nace en la más humilde barraca es un ser humano y tan hombre como el rey… En fin
—dijo interrumpiéndose de pronto—, aquí no estamos en la Asamblea Nacional y
estoy hablando a oídos poco hechos a estas cosas… Volvamos a tratar del asunto que
os ha traído.
Ella le escuchaba inmóvil con el rostro pálido y los ojos fijos, como fascinada.
Aquel breve arranque de la arrebatadora elocuencia que le había hecho famoso era
para ella una revelación, la revelación de una fuerza y de una capacidad muy
superiores a las que creyó descubrir en él.
—¿Me creeríais si os dijera que me ha costado muchas lágrimas lo que hice?… Si
solamente supierais —y se detuvo de pronto, al recordar el beso que dejó en sus
insensibles labios aquella tarde lluviosa, en la carretera de Lieja, y estremeciéndose
añadió—: Mon Dieu!,… ¡Cuánto me he odiado a mí misma!
Él, que la observaba, con aparente brusquedad, vino en su ayuda, diciendo:

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—Lo hecho, hecho está, ciudadana, y más vale dejar en paz los recuerdos…
¿Supongo que vendréis para cumplir mis condiciones?
Sobresaltóse ella. Estas palabras le recordaban los términos de la carta.
—¡Monsieur La Boulaye!
—Si os es igual, llamadme ciudadano… lo prefiero.
—Ciudadano, pues —se corrigió ella—. Traigo conmigo las joyas que, según os
dije, constituían mi dote. En su carta me decía el vizconde… —no se atrevía a seguir.
—…que no faltaría algún republicano que se dejara sobornar —concluyó él la
frase, con suave entonación.
Su tono la engañó. Creyó entender que él no rechazaba la principesca dádiva, y se
puso a tratar de la cuestión. Él la oía con las manos cruzadas a la espalda y los ojos
fijos en ella, mas sin dejar traslucir sus pensamientos. Por último terminó ella su
alegato en pro de la vida de Ombreval, y sacó una bolsita de cuero que dejó sobre la
mesa, rogándole que apreciara el valor de la pedrería.
Entonces fué cuando estalló la cólera de Caron. Su rostro enrojeció hasta la raíz
de los cabellos y un súbito fulgor iluminó sus ojos. Asiendo el saquito, dijo con voz
concentrada:
—¿Tan poco me conocéis aún, mademoiselle de Bellecour, pues osáis
proponerme el que me deje sobornar por unas gemas?… ¿Me tenéis por capaz de
vender hasta mi propia alma?… ¿Tan escasa valía dais a mi honor, que os figuráis
poder comprarlo con unos pedacitos de cristal? o ¿creéis que los hombres del nuevo
régimen no tenemos honor, porque no lo traemos siempre en la boca? ¡Debierais
avergonzaros! —Se detuvo como buscando palabras con que expresar su indignación,
y no encontrándolas, levantó el saquito por encima de su cabeza y lo arrojó a los pies
de Susana, con tal fuerza que parte de su refulgente contenido se esparció por el
suelo.
—¡Ciudadana! —dijo él, jadeante—, vuestro viaje ha sido inútil y doy por
terminadas las negociaciones.
Ella, poco antes tan altiva y desdeñosa, quedó anonadada ante la furia de aquel
titán de la palabra. Ni por un instante pensó en las riquezas esparcidas por la
habitación. A través del temor que la dominaba, surgió la admiración hacia aquel
hombre… el hombre… el hombre a quien, camino de Lieja, llena de vergüenza, se
confesó a sí misma que amaba, el hombre que en cada ocasión la sorprendía y
acrecentaba el concepto que ella tenía de su fortaleza y dignidad.
Recordando a d’Ombreval y la misión que la había traído, reunió todo su valor y
algo avergonzada dejóse caer de rodillas a los pies de Caron.
—Perdonadme —suplicó—. No he querido insultaros. ¿Cómo había de quererlo,
si mi más ardiente deseo es obtener vuestro favor?… Pensad, señor, que he venido
desde Prusia, para salvar a ese hombre, porque mi ho… porque es el esposo que me
ha elegido mi padre. Recordad que en vuestra carta me decíais que viniera a tratar
con vos, y que podría compraros su vida.

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—No niego que lo escribiera —dijo él, conmovido por su humillación y sus
lágrimas—; pero os habéis precipitado en vuestras conclusiones.
—Pues perdonadme… Ya veis… estoy de rodillas… ¿No os parece bastante
humillación?… ¿No he sufrido de sobra por el daño que os haya podido hacer?
—Se necesitarían los sufrimientos de una generación entera para compensar los
daños que me ha causado vuestra familia, ciudadana.
—Estoy dispuesta a cualquier sacrificio… Pensad que os estoy pidiendo la vida
del que ha de ser mi marido.
Él la miró con emoción tan intensa como la de ella, mas su voz tenía tonos duros,
al preguntar:
—Y ¿os parece ése un argumento convincente para mí mademoiselle?… ¿Para
mí, que por mi amor hacia vos, dos veces confesado, tanto he tenido que padecer?
Comprendió que ella lo conquistaba de nuevo. Su brillante carrera, que pocas
horas antes creyó suficiente para llenar su existencia, ahora había caído ya en el
limbo de la indiferencia. Lo único cuya posesión bastaría para su felicidad y cuya
pérdida le sumiría en eterno duelo, estaba allí, arrodillada ante él. En un instante
quedaron olvidadas las injusticias sufridas, así como los deseos de humillación y
venganza. Todo quedó olvidado, ahogado por la imperiosa voz de su sangre, que
proclamaba la vehemencia de sus apasionados sentimientos.
Caron se inclinó hacia ella, y, cogiéndola por ambas muñecas, con una fuerza que
la hizo vacilar, dijo con voz intensa:
—Si queréis sobornarme para que salve su vida, Susana, tan sólo hay un precio
que yo pueda aceptaros.
—Y ¿ése es? —preguntó ella, mirando con timidez aquel rostro dominante.
—¡Vos misma! —murmuró él, con ardor que llegaba casi a la fiereza.
La joven le miró un instante con creciente alarma, después desasió sus manos y,
cubriéndose con ellas el rostro, rompió a llorar.
—No deis falsa interpretación a mis palabras —añadió él permaneciendo erguido
ante la postrada doncella—. Si queréis que Ombreval viva y pueda salir de Francia,
es preciso que seáis mi esposa.
—¡Vuestra esposa! —repitió ella interrumpiendo los sollozos. Y una singular
felicidad parecía invadir todo su ser. Mas con la misma rapidez que había nacido, fué
sofocada. ¿No era ella la noble hija del nobilísimo marqués de Bellecour, y no era él
un plebeyo miembro de un gobierno populachero? Semejante unión era imposible.
Un escalofrío recorrió su cuerpo al contestar entre sollozos:
—¡No puedo, monsieur, no puedo!
Él la miró con expresión de rara sorpresa. Después, contrayendo los labios y con
levísmo encogimiento de hombros, alejóse de ella, acercándose a la ventana. La calle
estaba llena de gente, que acudía a la Place de la République, pues se acercaba la hora
de que llegasen las carretas.
Media docena de furias sin sexo producidas por la Revolución, cubiertas de

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harapos, y con gorros rojos sobre las enmarañadas cabelleras, marchaban entonando
el Ça ira, en destemplado coro.
Él apartó la vista con repugnancia, y dirigiéndose de nuevo a Susana, dijo en tono
tranquilo:
—Empiezo a temer, ciudadana, que hayáis hecho un viaje inútil.
Ella se levantó y, adelantándose hacia él, exclamó sabiendo apenas lo que decía:

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—¡Oh!… ¡No tendréis la crueldad de despedirme con las manos vacías!
Él la miró con gravedad y sin ninguna traza de emoción, preguntó:
—¿Queréis decirme en qué fundáis vuestro derecho a mi benevolencia?
—¿En qué? —repitió ella y por un instante su mirada reflejó cierta perplejidad,
mas con súbita inspiración exclamó—: ¡En el amor que me habéis confesado!
Él lanzó una breve carcajada de sorpresa e ironía a la vez.
—Mon Dieu! —exclamó alzando los brazos al cielo—. Buen argumento, por vida
mía, para inducirme a poner a otro hombre en vuestros brazos… El que yo os ame,
¿os parece motivo para que ayude a un rival?
Ambos se miraron frente a frente, ella con la ansiedad pintada en él semblante; él,
con la misma expresión de sorpresa desdeñosa. En aquel momento el rumor de voces
y los crujidos de los pesados vehículos que subían de la calle atrajeron su atención.
Adelantándose hacia la ventana, la abrió de par en par, dejando que entraran el
vocerío y el chirriar de toscas ruedas, a los que periódicos redobles de tambor
formaban incongruente acompañamiento.
—Mirad, ciudadana —dijo él señalando a la primera carreta que avanzaba a la
sazón por la Rué Saint Honoré.
Acercóse ella estremeciéndose, pues por instinto sospechaba lo que él quería
enseñarle.
Entre las vociferaciones de un numeroso grupo de seres, en apariencia humanos,
avanzaba la negra carreta de la muerte, camino de la guillotina. Iba precedida por
varios jinetes de la Guardia Nacional, y escoltada por una compañía de la misma
guardia, pero de infantería, con los correspondientes tambores. En el fatal vehículo
hacían el último viaje tres hombres y dos mujeres, acompañados por uno de aquellos
sacerdotes constitucionales, es decir, uno de aquellos renegados que habían aceptado
el juramento impuesto por la Convención. Las mujeres, sentadas e inmóviles,
embrutecidas por el terror, por la lividez del rostro y su horrible impasibilidad,
parecían la propia imagen del miedo. De los hombres, el uno iba en pie sereno y
digno, otro, de rodillas, rezaba sus oraciones y era al que correspondía el mayor
número de las soeces chirigotas del populacho: y el tercero, elegantemente ataviado
con casaca verde y rica chorrera, apoyábase con negligencia en la barandilla de la
carreta, correspondiendo a los chistes y bromas de la chusma. Los cinco estaban en la
primavera de la vida y por sus trajes y aspecto no cabía duda de que pertenecían a la
nobleza.
Después de arrojar una ojeada sobre el fúnebre espectáculo, retrocedió
mademoiselle, mortalmente pálida y estremeciéndose, preguntó:
—¿Por qué me enseñáis esto?
—Para que os hagáis cargo del camino que recorrerá vuestro prometido, cuando
le toque el turno.
—Mon Dieu! —gimió ella retorciéndose las manos—. ¡Oh, los revolucionarios
no sois hombres, sois aves de rapiña o fieras con semblante humano!

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Caron se encogió de hombros.
—Las grandes injusticias provocan las grandes reacciones, y los horrores
engendran horrores. Durante muchos siglos todo el poder se ha concentrado en las
manos de la aristocracia, que ha cometido incontables abusos. Por espacio de
centurias el pueblo de Francia ha padecido bajo el férreo yugo de los nobles, y su
sangre, injusta e inútilmente derramada, ha regado los gérmenes, fertilizándolos hasta
que éstos han producido la cosecha de un formidable desquite. Ahora, cuando ya es
demasiado tarde, os arrepentís. Ahora, cuando veinticinco millones de franceses con
las armas en la mano quieren limpiar la nación de la polilla aristócrata. No somos
peores que vosotros, ni siquiera tan malos; sólo es que nosotros hacemos en poco
tiempo lo que vosotros habéis hecho, en mucho mayor escala, durante cientos de
generaciones.
—Ahorradme vuestros especiosos argumentos, monsieur —interrumpió Susana,
que había recobrado el ánimo—. Poco me importan los cómos ni cuántos, veo lo que
hacéis y esto me basta. Pero —y dulcificó el tono, extendiendo los brazos en ademán
de súplica— vos tenéis buen corazón, y sois noble y generoso. Me cederéis la vida
que he venido a pediros; la vida que me prometisteis…
—Sí, pero bajo ciertas condiciones, y esas condiciones ya las habéis oído.
Ella miró fijamente aquel rostro serio y aquellos grandes ojos obscuros, que tan
bien sabían ocultar lo que pasaba en el alma, y con lentitud preguntó:
—Y ¿decís que me amáis?
—Hélas! —suspiró él—. Es una debilidad que nunca he podido vencer.
—Mirad bien en vuestro corazón, M. La Boulaye —contestó ella con brío—, y
encontraréis que estáis en un error. No me amáis a mí, os amáis a vos mismo. Si me
amarais, no querríais que fuera vuestra contra mi voluntad. Desearíais, sobre todo,
verme feliz… Así obra el verdadero amor… y haríais cuento pudierais por contribuir
a mi dicha… Si realmente me amarais, accederíais a mi ruego, en lugar de torturarme
como lo estáis haciendo. Mas como sólo os amáis a vos mismo, queréis obtenerme a
la fuerza, para satisfacer vuestro capricho.
Se detuvo y bajó los ojos, al observar que la mirada de él estaba clavada en su faz.
Caron siguió inmóvil unos segundos más; después alejóse de Susana dando un
suspiro y fué a apoyarse de codos en la ventana, con los ojos clavados en la calle, por
la que desfilaba a la sazón la muchedumbre que iba en pos de la segunda carreta. Mas
Caron no vió nada de esto. Su cerebro entero estaba ocupado por las ideas que en él
habían despertado las palabras de mademoiselle. Estaba, si así puede decirse, mirando
dentro de sí mismo. Lo que allí vió le dejó tan convencido de que amaba a Susana
con intensa ternura, que, a pesar de todo lo pasado, estaba dispuesto a complacerla,
devolviéndole sin condiciones el hombre que amaba.
Su resolución estaba ya medio tomada cuando oyó pasos detrás de él y al volverse
vió que la joven había ganado la puerta.
Mademoiselle… —llamó. Detúvose ella y, al volver, pudo observar Caron que

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tenía las pestañas húmedas—. ¿Dónde vais? —le preguntó.
—Me marcho, monsieur —fué la respuesta—. Yo también veo que mi viaje ha
sido inútil.
Él la miró un segundo en silencio, y, adelantándose, dijo muy sereno:
—Vuestros argumentos me han convencido, mademoiselle, y seréis complacida.
El ci-devant vicomte d’Ombreval recobrará su libertad.
Súbita palidez cubrió el bello rostro de Susana, que, por un instante, quedó
inmóvil, como privada de conocimiento. Avanzando después con las manos
extendidas, exclamó:
—¿No decía yo que erais bueno y generoso?… ¿No decía yo que merecíais ser
noble?… ¡Dios os bendiga!
Y cogiendo la mano de Caron, a pesar de la resistencia de él, intentó llevarla a los
labios.
Él la retiró, con suavidad, diciendo:
—No tenemos más que hablar, mademoiselle.
—Pero yo quiero hablar —protestó ella—. No me juzguéis tan desprovista de
corazón… y después de haberme dado esta prueba del temple de vuestro amor, yo…
—y se detuvo.
—¿Decíais, mademoiselle? —preguntó esperanzado.
Con las mejillas cubiertas de rubor, prosiguió ella:
—Yo… quisiera con toda mi alma que las cosas hubieran sucedido de otro
modo… y si un compromiso de honor no me ligara al vizconde…
—¡Basta! —interrumpió él, comprendiendo lo que Susana quería decir—. No es
necesario que repitáis la escena de la comedia de Boisvert.
—¡No fué comedia! —exclamó ella con vehemencia—. ¡No!… lo de Boisvert no
fué completamente comedia por mi parte.
—Cierto —asintió él, interpretando mal voluntariamente las frases de ella—.
Estuvo a punto de ser tragedia —y en brusca transición preguntó—: ¿Dónde os
alojáis?
Ella hizo una pausa antes de contestar. Quería darle a entender que abrigaba en su
corazón un sincero o quizá más intenso afecto de lo que ella misma se figuraba,
aunque medio ahogado por la diferencia de clases y por la palabra empeñada a
Ombreval. Mas, abandonando este deseo, que las circunstancias hacían inútil,
contestó:
—Vivo en casa de mi nodriza en Choisy. Se llama Enriqueta Godelliére. Es muy
conocida en la aldea y está en buenas relaciones con los patriotas. Así es que su
vivienda me ofrece seguridad. Paso por ser su sobrina que viene del campo.
—¡Hum! —dijo él—. ¿Y la campesina parienta de la ciudadana Godelliére viste
de seda?
—No ha faltado quien haga esa misma pregunta, pero mi nodriza ha respondido
que es un traje robado de guardarropa de una aristócrata.

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—Tened mucho cuidado, Susana —añadió él—. Los tiempos son muy peligrosos.
Pocos días hace fué colgado de un farol un infeliz, sin más motivo que el de llevar
guantes, lo que, según dijeron, era costumbre de aristócratas. Vaya, mademoiselle,
recojamos vuestras joyas… Por poco os marcháis sin ellas.
Y poniéndose de rodillas, fué recogiendo las joyas, que de nuevo metió en la
bolsita de cuero que poco antes tiró. Susana vino en su ayuda, desatendiendo las
protestas, y entre los dos pronto concluyeron la tarea, y el pequeño tesoro volvió a
desaparecer en el bolsillo del sedeño vestido.
—Mañana —prometió él, acompañando a la joven hasta la puerta— espero que
podré llevar el ci-devant vicomte a Choisy. Ya me cuidaré de que vaya provisto del
necesario pasaporte, a fin de que ambos podáis, sin obstáculos, salir de Francia.
Una vez más quiso ella expresar su gratitud, pero él la interrumpió en seco, y se
separaron.
Ya hacía rato que ella se había marchado y aun estaba él sentado ante su mesa de
trabajo, con la cabeza apoyada en las manos y mirando al vacío. Su rostro estaba
lívido y en él se marcaban las huellas de una dolorosa contracción.
—Dicen —murmuró en voz alta como se suele hacer en instantes de profundo
abatimiento— que toda buena acción lleva la recompensa en sí misma. Tal vez no sea
buena la que acabo de hacer, y por eso me haga sufrir tanto.
Y ocultando la cabeza entre los brazos, quedóse abismado en su dolor, hasta que
Bruto llamó a la puerta, para preguntar si quería luz.

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CAPÍTULO XVIII

EL INCORRUPTIBLE

A la mañana siguiente y ya cerca del mediodía, el diputado La Boulaye


presentóse en casa del ebanista Duplay en la Rué Saint Honoré, preguntando
a la mujer que le abrió la puerta si podía ver al ciudadano Robespierre.
A la puerta estaba una silla de postas con el postillón a punto de marcha, y cierto
desarreglo en la casa indicaba preparativos de viaje, pero Caron no observó nada al
entrar en el vestíbulo.
Sin hacerle esperar le condujeron al piso de arriba y al departamento ocupado por
Robespierre. Tan conocido era en la casa, que la esposa del ebanista ni siquiera creyó
necesario anunciarle. En respuesta al golpecito que la buena mujer dió en la puerta,
una voz serena y casi plañidera vino desde el interior para conceder la venia, y Caron
entró en la modesta vivienda del poco decorativo individuo, cuyo poder no reconoció
rival en Francia, hasta la desaparición de su efímera estrella.
En aquel aposento de mediocre apariencia y poco aireado, que servía de
dormitorio, así como de comedor y despacho, entró La Boulaye con el paso firme de
quien está familiarizado con el terreno que pisa y seguro de ser bien recibido. En el
rincón de la derecha había un lecho todavía sin hacer, en la mesa del centro varios
cacharros daban fe de que habían almorzado dos personas. El dueño de la habitación
estaba sentado ante un escritorio, situado junta a la ventana, y sobre la repisa de la
chimenea, un busto de Robespierre, en mármol blanco, parecía mirar al recién
venido. De las blanqueadas paredes colgaban algunos cuadros, y por repisas y
rinconeras estaban esparcidos unos cuantos objetos de arte, pero en conjunto la
estancia ofrecía un aspecto poco grato, a lo que contribuía la circunstancia de que la
chimenea no estaba encendida.
El grande hombre soltó la pluma y se puso en pie en cuanto hubo entrado la
visita, subióse las gafas de concha a la frente, alargó la mano y dijo con su
quejumbrosa voz:
—¿Eres tú, Caron? —Aquella voz cuadraba bien con el hombre que en Arras
renunció su cargo de juez antes de firmar una sentencia de muerte, pero resultaba un
contrasentido en el Fiscal de París, que tantos cientos de cabezas había hecho rodar
por el polvo—. Mucho deseaba felicitarte por el triunfo de ayer —prosiguió— y me
he felicitado a mí mismo, por el hecho de ser yo quien te descubrió y quien te dió a la
Nación. Temía no poder hablarte, antes de marcharme.
—¿Dejas París? —preguntó el joven, sin tomar en cuenta los elogios de la
primera parte de la parrafada.
—Sólo por unos días. Cuestiones de la Nación, querido amigo… Pero tú…

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hablemos de ti. ¿Sabes que me tienes muy orgulloso de tus éxitos, cher Caron? Tu
elocuencia ha puesto verde de envidia a Danton, y ha dejado completamente
aplastado a Vergniaud. Si continúas como has empezado, no pasará mucho tiempo
antes de que tú seas el jefe y yo el protégé —y sus débiles ojos brillaron de
satisfacción, en la enfermiza palidez del semblante.
Exteriormente había cambiado poco, desde que le vimos durante su primer viaje a
París, como representante del Tercer Estado del Artois, salvo, tal vez, que su cuerpo
estaba algo más delgado y sus mejillas un poco más hundidas. Seguía viviendo con la
meticulosa pulcritud que siempre le caracterizó y que llevaba al más conspicuo de los
patriotas de la Montaña hasta la melindrosa afectación. Levita azul, chaleco blanco,
alto corbatín, calzón de seda negra y zapatos con hebillas de plata constituían un
irreprochable atavío, que seguramente le valdría no pocas críticas entre sus
correligionarios. Su frente, de pronunciada línea hacia atrás, estaba rodeada por
cabellos cuidadosamente rizados y empolvados, moda que, como todas las de la
nobleza, empezaba ya a decaer.
La Boulaye correspondió a los elogios de su jefe lo mejor que pudo, es decir,
como le permitió la preocupación que le embargaba.
—Yo soy el que se alegra de haber venido antes de que te marches, Maximiliano
—dijo el joven tribuno— pues traigo una demanda que presentar, o mejor dicho,
tengo que pedirte un favor.
—¡Bah!… ¿Quién habla aquí de favores?… Entre nosotros, Caron, no debe
pronunciarse tal palabra. No tienes más que decir lo que quieres, y si está en mi mano
puedes darlo por hecho.
—Hay un preso en el Luxemburgo por quien me intereso y cuya libertad querría.
—¿Eso es todo? —exclamó el Incorruptible, y sin dilación acercóse a su
escritorio y cogió de entre el fárrago de papeles un formulario impreso, a cuyo pie
puso su firma preguntando después—: ¿Cómo se llama?
—Es un aristócrata —dijo Caron con voz vacilante.
—¿Eh? —y las levantadas cejas volvieron a su posición natural, diciendo el
abogado—: No importa… Bastantes tenemos entre las manos y hasta el voraz apetito
de Fouquier-Tinville podrá prescindir de uno. ¿Su nombre?
—El ci-devant vizconde Anatolio d’Ombreval.
—¡Qui-ça! —La pregunta salió tan seca y áspera como un pistoletazo, resultando
más amenazadora aun por el contraste con la voz afectuosa y suave, en que hasta
entonces había hablado Robespierre, cuyo enjuto rostro tomó expresión cruel—;
¡d’Ombreval!… —exclamó—. ¿Qué tienes que ver con ese hombre? Sólo a tus
instancias se debe el que viva todavía… pero ahora… —y se detuvo, volviéndose
después a preguntar—: ¿Qué interés tienes por ese necio?
El tono con que fué hecha la pregunta basta para indicar que sería conveniente
para Caron demostrar que ese interés era muy escaso.
Mas por contradictorios que fueran los sentimientos que bullían en el cerebro de

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Caron, el temor no se contaba entre ellos, y, muy sereno, contestó:
—El interés que me inspira es lo bastante grande para rogarte que le concedas la
libertad.
Maximiliano le miró fijamente por encima de las gafas que acababa de bajar
sobre su afilada nariz. Su fiereza se apagó volviendo a ser el hombre de aspecto débil
tan rápidamente como se había encendido y poco brillante que con tanto afecto
acogió a La Boulaye. Pero ahora estaba frío… frío como el hielo, al decir:
—Lo siento mucho, querido Caron, pero me pides la vida del único preso en las
cárceles de Francia que no puedo concederte. Es del Artois y existe una antigua
deuda entre él y yo… entre su familia y la mía. Los d’Ombreval eran los grandes
señores de la provincia, y si yo te contara las injusticias cometidas por ellos, te
estremecerías de horror. Éste, en escala reducida, expiará las culpas de todos. Para
eso te envié la orden de que procedieras a su captura. Ten paciencia, querido amigo, y
perdóname que no pueda complacerte. Lamento muy de veras que las cosas estén
así… Pídeme la vida de otro preso… de una docena de ellos, si quieres; te lo
concederé con gusto… Pero Ombreval ha de morir.
Un silencioso desaliento invadió a Caron. He aquí un obstáculo con el que no
había contado al dar su palabra a Susana de que libertaría a su prometido. Era preciso
ganar a toda costa la partida —se dijo a sí mismo— y con ese fin se puso a abogar
exponiendo como único argumento que había dado su palabra de liberar al vizconde.
Robespierre le miró con una sombra de cortés contrariedad sobre su cadavérica faz, y
con un tono correspondiente a la expresión lamentó que La Boulaye se hubiera
comprometido a un imposible.
—Si ese hombre muere —exclamó por fin Caron— quedaré deshonrado.
—Siento mucho que hayas empeñado tu palabra en este asunto —replicó
Robespierre—. Confesarás tú mismo que has obrado un poco de ligero… En fin —
concluyó arrugando el firmado formulario, que arrojó debajo de la mesa… Procura
salir lo mejor que puedas del atolladero… Repito que lo siento… pero no puedo
entregártelo.
El rostro de Caron estaba muy pálido y sus manos se apretaban convulsívamente
una con otra. Cabe la duda de que, prolongarse la situación, tal vez se habría arrojado
sobre el obstinado Incorruptible, para alcanzar por la fuerza lo que se le negaba…
mas antes de que pusiera por obra la idea, si la hubo, entró en escena la rubita de
marras, exclamando con melodiosa voz:
—Pero ¿estás aquí? ¡Dichosos los ojos que te ven!
—Si, ciudadana —contestó él brevemente—; ya lo ves, estoy aquí para tratar de
varios asuntos con tu tío.
Mas antes de que la muchacha pudiera darse cuenta exacta de lo poco halagüeño
de la respuesta, intervino su tío, diciendo:
—Pero los asuntos se han concluido ya. Haz compañía a nuestro buen amigo,
Cecilia, mientras yo ultimo los preparativos del viaje.

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La Boulaye, con el corazón dolorido, y más apenado de lo qué se puede expresar
con palabras, tuvo que admitir la derrota, dejar al Incorruptible, y salir con su sobrina.
Al llegar al vestíbulo, dijo distraído:
—Te ruego que me excuses, ciudadana… Tengo que marcharme…
—Pues no quiero excusarte —replicó ella, empeñándose en no ver su abstracción
—. Te quedarás a comer.
—Lo siento mucho, pero no…
—Te digo que te quedarás —insistió ella—. Vamos, Caron, no sé cuántos meses
han pasado sin que vinieses a vernos. Organizaremos un pequeño festín en honor del
triunfo que tuviste ayer. —Y se acercó, prometedora, asestándole las mimosas
miradas en sus cambiantes ojos y agitando cascadas de bucles de oro, sobre un cuello
de nácar.
Pero a todas estas seducciones permaneció Caron tan insensible cual si fuera una
estatua de piedra. Con fría urbanidad alegó que le reclamaban asuntos de interés para
la patria, y no podía menos de marcharse.
—Los asuntos podrán esperar un poquito más —dijo, y cogiendo el brazo del
diputado entre sus dos manos, tuvo la inoportunidad de añadir—: Vaya, Caron, dime
quién era la visita que recibiste ayer… ¿Sabes que la encontré en la escalera… y me
dió celos?… ¡Qué tonta soy!… ¿Verdad?
Al oír esto la cortés frialdad de él se transformó en manifiesta descortesía. Con
brusca sacudida desasióse de las manos que le sujetaban, y sin una sola palabra de
despedida, salió a la escalera, dejando a Cecilia lívida de rabia por la ofensa inferida.
Toda belleza de su rostro parecía haberse disipado, así como desaparecía la suave
expresión del de su tío cuando se enfadaba. Sus ojos, color de acero, tomaron la
dureza de este metal, y siguiendo al que se iba con aviesa mirada murmuró:
—Ya ajustaremos cuentas, Caron… y te juro que no saldré perdiendo.
Y con un sollozo de ira, volvió a su aposento.

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CAPÍTULO XIX

EL ROBO

U NA vez más hallábase La Boulaye sentado en su despacho de la Rué


Nationale, y con los codos sobre el escritorio y la cabeza entre las manos,
dejaba errar la mirada por el vado. En el rostro tenía impresas las huellas de
la derrota, tanto más dolorosa, cuanto menos esperada.
Tan seguro estaba de que su demanda sería atendida, que en su confianza en el
éxito de sus gestiones, no vaciló en dar su palabra a Susana de que libertaría al
vizconde d’Ombreval… ¿Y ahora?… Se moriría de vergüenza antes de presentarse
ante mademoiselle Bellecour y confesar que, no obstante el compromiso adquirido,
veíase en la triste imposibilidad de cumplirlo.
A fuerza de reflexionar llegó a la conclusión de que ella no le creería, aunque él
se atreviera a confesar la verdad. La confianza en su poder, aumentada por la
seguridad que él mismo demostró en su influencia, serían causa bastante paca negar
crédito a su declaración de impotencia. No le creerían, y buscaría una causa a las
palabras que le sonaban a falaces y esta causa pronto la encontraría. A sus ojos la
falta de cumplimiento a la palabra no sería más que el remate de un miserable
subterfugio mediante el que había tratado de captarse su confianza, y su aprecio. Sin
duda alguna, supondría ella que el alarde de abnegación y desinterés por parte de él
no tuvo otro objeto que el de asegurarse su gratitud y su benevolencia, para utilizarlas
en provecho propio, y que al presentarse ahora, diciendo que la resolución de
Robespierre de enviar al vizconde a la guillotina era inflexible, obedecía al deseo de
conservar la buena opinión que había sabido captarse, sin haber hecho nada por
merecerla. También pensó Caron en el profundo desconsuelo de ella al convencerse
de la inutilidad de su viaje. Hirió la mesa con un fuerte puñetazo maldiciendo a la
República en conjunto desde Robespierre al último descamisado que vociferaba el ça
ira por las calles de París.
Él había dado su palabra, y aunque pertenecía a la clase a la que los nobles
negaban el derecho al honor, nunca había dejado de cumplirla. La circunstancia,
personificada por Maximiliano Robespierre, que le obligaba ahora a fallar a ella, le
parecía tanto más inaguantable, cuanto que en ninguna ocasión como en la presente
había deseado hacerla efectiva.
Se levantó y se puso a pasear por el despacho, impelido a la acción corporal por la
angustiosa actividad del cerebro. De la calle subían gritos de vendedores, los mismos
que sonaron ayer, cuando estaba allí Susana… De pronto se detuvo, frunció el ceño,
contrajéronse sus labios, y con el puño crispado pegó sobre la palma de la otra mano.
Su resolución estaba tomada: por medios buenos o malos, con la licencia de

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Robespierre, o sin ella, cumpliría su palabra. Después, no sólo de la esperanza, sino
de la certeza que dió a Susana de que su prometido quedaría libre, lo menos que
podía hacer era libertar al vizconde empleando los recursos que hallara a mano.
Ahora se trataba de buscar el camino. Recordó que el Incorruptible llegó hasta a
estampar su firma en un formulario de inmediata salida y también recordó que el
papel fué arrugado, pero no roto. Al presente, Robespierre estaba de viaje, y a él,
como protégé e íntimo de Maximiliano, le sería muy fácil entrar en su despacho.
Si solamente lograra encontrar el documento y llenarlo con el nombre del
vizconde de Ombreval, podría darse el problema por resuelto. Verdad es que
necesitaba la firma de otros tres diputados, pero uno de éstos sería él mismo, y los
otros firmarían sin vacilar, al ver que ya lo había hecho el jefe supremo.
Pero simultáneamente con la idea salvadora, surgió el espectro de las
consecuencias que traería consigo. ¿Qué sucedería al regreso de Robespierre? ¿Cuál
no sería su furor al enterarse de que sus mandatos habían sido burlados por medio de
un fraude? Pocas cosas había tan temibles en el 93 como el furor de Robespierre. Ese
furor cortaba las cabezas con la misma facilidad que el bastón de un ocioso troncha
las flores que bordean un sendero.
Por un segundo vaciló. Si se atrevía a llevar a cabo su propósito, tendría que
recurrir a la fuga. Salir de Francia, abandonar una carrera tan llena de promesas para
el futuro, y vagar por tierra extranjera como un aventurero desprovisto de recursos.
La perspectiva era digna de meditarse. Y puesto de codos sobre la chimenea,
contempló la pálida y sardónica faz reflejada en el espejo, preguntándole, en son de
burla, si Susana de Bellecour, o cualquiera otra mujer de este mundo, merecía tan
enorme sacrificio.
¿Qué había hecho ella para que él tirara cuanto tenía en su obsequio? En una
ocasión le dejó entender que le amaba, sólo por engañarle. ¿Es justo que un hombre
arruine su vida por semejante mujer? Y acentuando la sonrisa, cual si se burlara de sí
mismo, dijo al espejo:
—¡Pobre insensato!… No lo hago por lo que tú puedas ser para ella… Para eso
no valdría la pena de mover un solo dedo… Sino por lo que ella es para ti, Caron.
Y separándose del espejo, firmemente resuelto, acercóse a la puerta y llamó a su
oficioso. En pocas palabras le mandó que le preparara la maleta, que probablemente
necesitaría aquella misma noche.
—¿Vas de viaje, ciudadano? —pregunto Bruto, a lo que La Boulaye dió una
lacónica respuesta afirmativa.
—¿Te acompaño? —volvió a preguntar el mozo, recibiendo por contestación un
ademán negativo.
Bruto, que, no obstante la insolencia de sus maneras, quería mucho a su amo, dejó
oír una serie de protestas tan impertinentes en la forma, como bien intencionadas en
el fondo. Se quejó de que durante la misión del diputado en Bélgica, éste le había
dejado en casa, aburrido y solitario y no estaba dispuesto a que le dejara de nuevo,

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como un trapo inútil.
—Bueno… bueno… Bruto, ya veremos —interrumpió Caron. Y poniendo la
mano sobre el hombro del irascible hombrecillo, añadió—: Pero esta vez quizá vaya
más lejos de lo que a ti te guste.
Los ojos del patriota alzáronse de súbito hasta los de Caron, fijando en éste su
escudriñadora mirada, y a quemarropa soltó la pregunta:
—¿Se trata de una fuga?
—¡Bah!… No digas disparates, mi buen Bruto… ¿Por qué había yo de fugarme?
… ¿quieres decírmelo?
—Yo no sé… pero me lo descubre tu acento… Tú no tienes confianza en mí,
ciudadano La Boulaye —prosiguió el oficioso, en tono resentido—. Dos años llevo
sirviéndote fielmente, y aún no has aprendido a conocerme ni a fiarte de mí.
—Ya lo sé, ya lo sé… No juzgues tan de prisa. Por ahora arregla la maleta y a mi
vuelta puede que te diga adónde voy y que ponga a prueba tu fidelidad.
—Pero… ¿me llevarás contigo?
—Bueno, sí —prometió el diputado—, a menos que prefieras quedarte en París.
Sin más salió a la calle, dió la vuelta a la esquina y de nuevo presentóse en la
ebanistería de Duplay.
—¿Se ha marchado ya el ciudadano Robespierre? —preguntó Caron a la mujer
que salió a recibirle.
—Se marchó ya, ciudadano La Boulaye —contestó la artesana— poco después de
que te fuiste.
—Diable! gruñó él con fingida contrariedad—. Quel contretemps!… He dejado
un documento de importancia en su cuarto… y tal vez estará cerrado.
—Sí… pero la ciudadana Cecilia tiene la llave —contestó la solícita mujer,
deseando ayudarle.
—¡Ah!… no es poca suerte… ¿Quieres hacerme el favor de procurarme esa llave
unos minutos, diciendo naturalmente a la ciudadana que soy yo quien la pide?
—Seguramente, ciudadano —repuso, e invitándole con un ademán a subir echó
escaleras arriba.
Él la siguió despacio, y al llegar frente al despacho de Robespierre, oyó la voz de
la patrona que, a través de la puerta, hablaba con la sobrina del Incorruptible.
También oyó la voz de Cecilia, acompañada por el ruido de un manojo de llaves.
No tardó en volver la emisaria y tomando la llave, abrió la puerta y se echó a un
lado para dejar paso libre. Pareciéndole a Caron que aquella mujer se proponía
quedarse allí: quizá habría recibido instrucciones, y como no deseaba que su
búsqueda entre los papeles del suelo tuviera testigos, dijo con autoridad:
—Estaré pocos minutos… Ya llamaré cuando concluya.
La patrona se retiró, no atreviéndose a desobedecer la mal disimulada despedida.
Y La Boulaye cerró la puerta. Tan grande como su determinación era la prisa febril
con que acudió al sitio en que vió caer el papel. Cogió una hoja arrugada y al abrirla

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vió que no era la que buscaba. La tiró al suelo y cogió otra, con no mayor fortuna. Por
lo visto era costumbre del Incorruptible transformar en pelotas los papeles
inservibles, pues aquella parte del despacho tenía el suelo cubierto por una capa de
ellos. Unos detrás de otros los fue mirando, sin resultado. Habíase puesto de rodillas,
llegando en su exploración hasta debajo de la mesa, con más febril impaciencia a
cada nueva decepción.
Allí… junto a la pata del sillón, había una bola de papel, y, para alcanzarla,
echóse cuan largo era en el suelo, con postura muy poco digna de un diputado de la
República Francesa. Pero el papel valía la pena del esfuerzo, pues cuando ya
incorporado lo desdobló, pudo ver que era la orden a los carceleros del Luxemburgo
para poner en libertad la persona o personas cuyos nombres llenaran el formulario, a
cuyo pie iba la firma de Robespierre. Levantóse, felicitándose de su buena suerte, y
alisó cuanto le fué posible las arrugas del precioso documento. Hecho esto, cogió una
pluma v sobre la misma mesa puso su firma al lado de la ya existente, y llenó el
espacio de arriba con el nombre de: «Anatolio d’Ombreval, ci-devant vizconde
d’Ombreval». Dejó la pluma, tomando el bote de la arenilla y después de esparcirla
sobre lo escrito, la volvió a echar en el pequeño receptáculo. De pronto sintió que la
sangre se le helaba en las venas y que gruesas gotas de sudor perlaban su frente.
Había oído un levísimo ruido a su espalda, a tiempo que llegaba una cálida
respiración a su inclinado cuello… Alguien estaba mirando por encima de su hombro.
Por un instante guardó, la misma postura, y al enderezarse de repente, y dar la vuelta,
se encontró frente a Cecilia Deshaix.
Los dos se miraron muy de cerca, ambos con la respiración más agitada que de
ordinario. Ella tenía las mejillas como la cera, las narices dilatadas y palpitantes, la
mirada cruel, y una enigmática sonrisa entreabría sus pálidos labios. La Boulaye, que
por espacio de breves segundos, pareció la imagen de la confusión, recobró muy
pronto la impenetrable máscara que asumía en las situaciones críticas. Con instintivo
movimiento, se llevó a la espalda la mano que sostenía el documento. Al observarlo,
Cecilia acentuó la expresión desdeñosa de sus labios.
—¡Ladrón! —exclamó en voz baja y penetrante—. ¿Era éste el documento que
habías olvidado?
—Es, por lo menos, el documento que venía a buscar —contestó él, muy sereno y
perfectamente dueño de sí mismo—. En cuanto a la ligereza con que me aplicas el
calificativo de ladrón… —hizo una pausa y, encogiéndose de hombros, añadió—:
Eres una mujer —como si esta palabra lo disculpara todo.
—¡Necio! —silbó ella—. ¿Te figuras vencerme con juegos de palabras y
encogimientos de hombros?
—Mi querida Cecilia —suplicó él, medio en broma—, ¿me permites rogarte que
pongas un poco de freno a tu lengua? Por muy acostumbrado que esté a la licencia sin
límites que le concedes y al abandon que parece ser en ti…
—Ah!… Ahora me llamas Cecilia, ¿eh? —exclamó ella, dejando lo demás sin

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respuesta—. Ahora que me necesitas, ahora que pretendes hacerme cómplice de tus
traidores designios contra mi tío… ¡Oh!… ahora se te ocurre llamarme «mi querida
Cecilia» en lugar de tu odiosa «ciudadana».
—Por lo visto estoy condenado a que siempre me comprendas mal —dijo él
riendo. El sonido de su risa hizo estremecer a la impulsiva rubia, como si le hubiera
pegado una bofetada.
Si ella le hubiese mirado bien a los ojos, habría visto que no había risa tras de
ellos… En el alma de Caron, más que regocijo, había impulsos de asesinato…,
porque a toda costa estaba resuelto a conservar el papel que con tanto trabajo había
encontrado.

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—Te comprendo muy bien —exclamó ella, con súbito rencor—. [Vaya si te
comprendo, ladrón, traidor! ¿Te figuras que no he oído cuanto hablaste con mi tío?…
¿Crees que ignoro el nombre que has escrito en ese formulario? ¡Contesta!
—Puesto que tanto sabes, ¿a qué vienen las preguntas? —dijo él fríamente,
guardándose el papel en el bolsillo del pecho—. Y ya que tan acordes estamos, pues

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yo no lo contradigo ni lo pretendo siquiera, ninguna de tus afirmaciones supongo que
convendrás también en que pongamos término a esta entrevista, que, sobre penosa es
inútil. Querida Cecilia, te quedo muy agradecido por haberme facilitado la llave del
cuarto. Mis afectuosos recuerdos a tu tío y cuando vuelva, puedes explicarle la
valiosa ayuda que me has prestado.
Dicho esto se di muso a salir con aire de suprema insouciance, pero ella, de un
salto, se interpuso en sin camino, cerrándole el paso.
—¡Dame ese papel, scélérat! —mandó en tono imperioso—. No saldrás de aquí,
sin entregarlo… Dámelo, o llamo a Duplay.
—¡Llama al diablo, si quieres!; poco me importa, fierecilla —contestó él
jovialmente—. ¿Te parece que Duplay es lo bastante loco para poner la mano sobre
un diputado de la Nación en el ejercicio de sus funciones?
—¡Eso es mentira!
—Claro está que lo es —asintió él con suavidad— pero Duplay no lo sabe.
—Se lo diré yo.
—No te creerá. Lo amenazaré con la guillotina si lo hace, y me parece que el
buen hombre tendrá el suficiente respeto a la Navaja Nacional, para no exponerse a
que le afeite… Vamos ten juicio, y déjame pasar.
Enfurecida por este persiflage y por el manifiesto desdén con que la trataba,
Cecilia, con un salto de pantera, agarró las solapas de la levita de Caron.
—¡Dame ese papel! —repitió con voz ahogada por la rabia y haciendo vanos
esfuerzos por sacudirle.
Él miró fríamente aquella furia con cabellos de oro, buscando inútilmente algunos
trazos de belleza en aquel descompuesto semblante.
—¡Qué pesada te pones con tus repeticiones! —contesto con impaciencia, y
cogiéndola por las muñecas, la obligó a soltar el paño—. ¡Déjame salir! —añadió
separándola con rudeza.
Cecilia lió unos pasos vacilantes, mas recobrando el equilibrio, se arrojó hacia la
puerta. La Boulaye corrió tras ella, mas a pesar del instante que perdió al sacar la
llave y ponerla dentro, sólo llegó a cogerla por el talle, en el momento en que la llave
giraba en la cerradura y Cecilia la apretaba entre sus manos. Jadeante y
descompuesta, encarándose con él;
—¡No saldrás… de… aquí… con… el… documento! —balbuceó con voz
insegura hasta la incoherencia.
Caron, cruzándose de brazos, la contempló con ironía.
—Mi querida Cecilia —le dijo—, si no quieres tener ninguna consideración por
mis intereses, te niego que la tengas por tu buena fama. ¡Mil diablos, muchacha!
¿Quieres que todo París se entere de que te han encontrado encerrada en un cuarto
conmigo?… ¿Qué dirá tu tío… tu virtuoso e incorruptible tío, cuando lo sepa? Si no
te exige una fuerte indemnización por haberle deshonrado, dejará de ser quien es…
Vamos, niña, abre esa puerta, ahora que aún es tiempo, y antes de que alguien nos

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encuentre en situación tan comprometida para ti.
Caron había tomado el tono que juzgó más propio para convencerla y el rostro de
ella le anunciaba que anduvo acertado. En lugar de la cólera que poco antes la
dominaba, se leía ahora en sus miradas angustia y temor. Veíase derrotada en todos
los frentes. Había amenazado con Duplay, el único hombre que estaba cerca, y Caron
le descubrió la inutilidad de llamarle. Por último habíase encerrado con él, creyendo
conseguir así su deseo, y él le demostraba el peligro a que se exponía, y en el que ella
no había parado mientes.
Dejóse caer en un inmediato sillón, y ocultando la cabeza entre las manos, abrió
las compuertas de su violenta almita y toda su rabia se disolvió en lágrimas. A la vista
del tal cambio, La Boulaye no pudo menos de herir el suelo con el pie, al darse cuenta
de que le iban a combatir con armas que en ocasiones anteriores (verdad es que
fueron esgrimidas por otra mujer) le derrotaron en toda la línea.
Como medida preventiva, endureció su corazón y evocó el recuerdo de Susana
para fortalecerse en sus decisiones. Así pertrechado, se sentó junto a Cecilia y,
rodeando la cintura de ésta con su brazo, trató de consolarla, como niña caprichosa.
Si él hubiera recordado los provocativos avances de que la voluntariosa rubia le hizo
objeto, habríase guardado de emprender tal camino. Pero desprovisto en absoluto de
presunción, jamás concedió importancia a lo que calificaba de genialidades de
muchacha vanidosa, y su fraternal caricia no tenía más fin que suavizar en lo posible
la tirante situación.
Mas ella, al sentir la suave presión de aquel brazo que rodeaba su cuerpo, e
inflamada por la pasión que le inspiraba el joven diputado, interpretó mal la intención
de éste, dándole mayor alcance del que él supuso. Recostóse contra él, cesando sus
lágrimas por encanto.
—Vamos, Cecilia… ¿Me quieres dar la llave? —rogó el diputado.
La sobrina de Robespierre le miró tímidamente por entre sus húmedas pestañas.
—No hay nada que yo pueda negarte, Caron —murmuró ella—. Hasta llegaré a
prestarte ayuda para engañar a mi tío… pero ¿verdad que me amas, cher. Caron?…
¿Verdad que sí?
Él se quedó frío de pies a cabeza, lamentando que su inocente expresión de afecto
atrajera esta nueva complicación sobre su desgraciada cabeza Maquinalmente retiró
el brazo, y ella, por instinto, comprendió que las cosas no iban por donde se había
figurado. Al levantarse se volvió mirando a Caron de frente y algo encontró en sus
ojos que expresaba contrariedad y hasta repugnancia (¿puede haber algo más
repugnante para un hombre verdadero que verse requerido de amores por una mujer
que no desea?). Gradual y lentamente, sin apartar los ojos de él, como fascinada por
el horror de lo que veía, retrocedió Cecilia hasta tropezar con la pared, que detuvo su
paso. Se estremeció, parpadearon sus ojos, de entre sus contraídos labios salió un
resuello de fiera, y la llave lanzada con fuerza, cayó a los pies de Caron.
—¡Vete! —exclamó sofocada por el despecho—. Y no quiero volver a verte en mi

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vida.
Caron, durante un par de segundos, quedóse quieto mirándola con una lástima
que habría aumentado la alteración de Cecilia si ésta se hubiera dado cuenta. Después
se bajó a recoger la llave.
Levantóse él de la silla y sin añadir ni una palabra (las palabras no servirían más
que para aumentar la trágica vulgaridad de la situación) fuése a la puerta y después de
abrirla, salió.
Cecilia quedóse encogida en su rincón, hasta que los pasos de él dejaron de oírse
en la escalera. Entonces, se dejó caer sobre una silla, y en un frenesí de sollozos y
lágrimas, desahogó en parte la rabia y la vergüenza que la estaban enloqueciendo.

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CAPÍTULO XX

LA GRATITUD DE OMBREVAL

S I a La Boulaye le faltaba experiencia respecto a las mujeres en general, en


cambio, conocía lo bastante a Cecilia para saber que debía obrar con premura,
si quería dar buen fin a su empresa. En cuanto a la manera como la arrojó de
su presencia, la apreció en su justo valor, no viendo en ella ningún síntoma de
generosidad o condescendencia, sino sencillamente el deseo de poner término a la
vergüenza que le causaba su presencia.
Podía imaginarse hasta qué extremo llevaría el deseo de venganza a una mujer
despechada, y entre éstas, no tenía duda de que Cecilia era una de las más peligrosas.
Seguramente no permanecería inactiva. Una vez calmada la primera tempestuosa
explosión de sus pasiones, pondría manos a la obra, esforzando el ingenio para
estorbar los planes cuyo objeto podía admitirse que ya había adivinado.
Razonando así, comprendió Caron no sólo que cada instante era precioso, sino
que debía apelar a la fuga si quería salvarse, al mismo tiempo que salvaba a
Ombreval.
Obrando en consecuencia, alquiló un cabriolet y a toda prisa fué a casa del
diputado Billaud Varennes, a quien necesitaba para firmar la orden de salida. Sufrió
una decepción al saber que no estaba en casa, mas si le hubiera sido dado leer en el
inmediato futuro, habría dado gracias al Cielo por la ausencia del adusto diputado.
Sus insistentes preguntas obtuvieron la información de que Billaud estaría
probablemente en Fevrier, y a Fevrier (famoso restaurante del Palais Royal) fué
Caron, teniendo la suerte de encontrar allí no sólo a Varennes, sino también al
diputado Carnot. No pararon aquí los favores de la suerte, como pudo ver La
Boulaye, al comprobar que el nombre de Ombreval era completamente desconocido
para sus colegas y que ambos, considerando la firma de Robespierre como garantía
suficiente, pusieron la suya sin fijarse apenas en lo que decía Caron para justificar su
demanda.
Cinco minutos después de haber entrado aquél en el restaurante ya cruzaba el
cabriolet el Puente Nuevo con dirección a la cárcel de Luxemburgo.
Ningún obstáculo encontró en ella. Conocía personalmente al funcionario a quien
pidió la persona del ci-devant vicomte, y la orden de libertad llevaba firmas
demasiado prestigiosas para infundir la menor sospecha al hombre que debía darle
curso.
Quedóse Caron en el aposento que hacía las veces de sala de espera, y a poco
entró el vizconde, pálido y temblando por la emoción que le producía su repentina
libertad.

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—¡Vos! —murmuró, asombrado, al reconocer a La Boulaye.
El republicano le dispensó glacial acogida y le sacó de la cárcel con escasa
ceremonia.
El funcionario acompañó a Caron hasta el coche, y oyó que las señas dadas al
cochero fueron. «Delante de la Porte Saint Martin». Mas éstas no eran más que un
ardid para burlar al que pretendiera seguir su pista. El vizconde, como es muy natural,
en cuanto se pusieron en marcha, abrumó a su acompañante a preguntas, pero tan
breves y evasivas fueron las respuestas, que por fin el noble, cansado y ofendido,
optó por guardar silencio. Llegados a la Porte Saint Martin, se apearon y Caron
despidió el coche. A pie guió a su compañero hasta la iglesia de Saint Nicholas des
Champs, donde alquiló un segundo cabriolet, dando la dirección del Quai de la
Gréve. Ya en la orilla del río, dieron otro corto paseo cruzando el Pont au Changes.
Se internaron en las callejuelas que conducen a Notre Dame. Delante de ésta, La
Boulaye metió al vizconde en un tercer carruaje, y pareciéndole que con lo hecho
quedaban bastante borradas sus trazas, mandó al cochero que los llevara a Choisy con
la máxima rapidez.
Poco más de una hora tardaron en llegar a la tranquila aldeíta, situada en las
márgenes del Sena, y tan pronto como Caron se desembarazó del vehículo, con unas
cuantas preguntas, supo dónde vivía la viuda Godelliére.
Mademoiselle estaba en casa, y al oír la voz de Caron que preguntaba a uno de los
mozos si podía verla, dijo una palabra a su nodriza, para que admitiera a los dos
hombres en la modesta salita, donde pocos minutos después se reunió con ellos. La
Boulaye fué el primero en tomar la palabra.
—Supongo que no os he hecho esperar demasiado, ciudadana —dijo por romper
de algún modo el silencio.
—Monsieur —contestó ella, mirándole bondadosamente—, os habéis portado con
tal nobleza, que hasta el último día de mi vida durará mi agradecimiento.
La Boulaye la interrumpió con un ademán, mas nada dijo cuando el vizconde,
adelantándose, llevó a sus labios la mano de mademoiselle de Bellecour, a la que
expuso:
—Monsieur La Boulaye, aquí presente, ha sido muy poco explícito respecto a los
medios empleados para mi liberación. Mas ni por un momento he dudado que lo debo
a vuestros generosos esfuerzos, y que habiendo seguido el camino que yo os indicaba
en mi carta, habéis comprado mi vida a la República.
Un pasajero rubor subió hasta la frente del diputado al oír estas palabras y sobre
todo por el tono de desprecio en que fueron pronunciadas.
—No es a mí, sino a nuestro buen amigo monsieur La Boulaye, a quien debéis
expresar vuestra gratitud, caballero.
—¡Ah!… Vraiment? —exclamó el vizconde, lanzando una altanera mirada a su
liberador. Con la libertad parecía haber recobrado sus antiguas maneras.
—Yo no os he vendido a la ciudadana —dijo Caron, sacado de su silencio por lo

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impertinencia del otro—. Le hago el obsequio de vuestra persona… Un regalo de
boda —y su labios sonrieron, mientras que los ojos permanecían serios y duros.
Ombreval, sin responder, miraba alternativamente al diputado y a Susana, con
visible perplejidad. Los comentarios que le sugería lo que él tomaba por dignidad, su
tacto, por muy escaso que fuera, le impedía el expresarlos. La consecuencia fué una
pausa no muy larga, porque La Boulaye tenía algo que decir.
Acababa de recordar la desconsoladora circunstancia de que en su prisa por sacar
al vizconde de París, olvidó regresar a su domicilio y coger el pasaporte que por
fortuna poseía. Era éste un laissez-passer con todas las formalidades prescritas, pero
con el nombre en blanco, que le dieron para vencer posibles contingencias, cuando
fué enviado por la Convención al ejército de Dumouriez. A su vuelta de casa de
Robespierre pensó en llenar el pasaporte para tres personas. Puesto que su
permanencia en Francia era imposible, saldría de ella con mademoiselle y el
vizconde. Era su única probabilidad de salvación. Después, la prisa por llevar a
Ombreval a Choisy le borró de la memoria el volver a su casa en busca del pasaporte.
Ahora comprendía la imperiosa necesidad de correr a ella con toda la prisa posible,
para recoger la maleta que Bruto ya tendría hecha, al mismo tiempo que el precioso e
indispensable documento.
No pudo evitar de poner a sus compañeros en antecedentes de lo sucedido desde
la negativa de Robespierre a sancionar la libertad del vizconde, hasta los medios a
que había tenido que recurrir para conseguirla. Mientras le escuchaba, el bello rostro
de Susana expresaba admiración sin límites.
—¿Y todo eso lo habéis hecho por mí? —exclamó ella al detenerse él—. ¿Habéis
destruido vuestra carrera y puesto vuestra vida en peligro?
Con un casi imperceptible encogimiento de hombros, contestó La Boulaye:
—Confié demasiado en mi influencia, al prometer conseguir el perdón del
vizconde. Tropecé con un obstáculo imprevisto, pero esto no podía impedirme el
cumplir mi palabra. Mi honor me impedía el que no dejara nada por hacer, hasta
conseguir la libertad del vizconde.
Éste, echándose a reír, comentó alegremente:
—Un descamisado que obedece a la ley del honor resulta una anomalía…
Pero Susana, con voz vibrante, le interrumpió diciendo al diputado:
—La intención de monsieur d’Ombreval es haceros un cumplido… pero tiene tan
singular manera de elegir las palabras, que temo que las interpretéis mal.
Caron manifestó su indiferencia con una sonrisa.
—Mucho me temo que el ci-devant vicomte no haya aprendido nada con esta
lección —dijo el republicano—, que sea como los pecadores que al recobrar la salud,
olvidan la penitencia que se impusieron en los días de enfermedad. Pero no perdamos
el tiempo, ciudadano. Lo más urgente es recoger el pasaporte… ¡Necio de mí! —
exclamó con acritud.
Ella le excusó, diciendo:

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—Con tantas cosas en la cabeza, nada tiene de particular.
—Debo volver a París en el acto —anunció él con tono resuelto—; no hay más
remedio. Esperemos que aun encontraré el camino libre, que me permita ir y volver
sin obstáculos. Si tengo esa suerte, lo demás es fácil… excepto que tendréis que sufrir
mi compañía hasta la frontera.
Por el presente, fué mademoiselle quien le acompañó a la puerta.
—Monsieur —dijo ella en voz hondamente conmovida—. No me juzguéis ingrata
si he dicho tan poco. La grandeza es tan noble, que el agradecimiento con palabra me
parece una vulgaridad.
—¡Bah! —protestó él riendo—. Aún queda por hacer la mitad… Ya me lo
agradeceréis cuando estemos fuera de Francia.
—¿Con tanta ligereza habláis de salir de Francia? —preguntó ella—. ¿Cómo vais
a vivir?… ¿Qué será de vuestra brillante carrera?
—Emprenderé otra en cualquier país —contestó él, con una ligereza que no sentía
—. Tal vez los ingleses o los prusianos puedan ser inducidos a cambiar la forma de su
gobierno, y si cualquiera de esas potencias se convierte en república, acaso vuelva yo
a ser legislador.
Con esto, y encareciendo que cada instante perdido disminuía las probabilidades
de salir con bien de Francia, se despidió de Susana, expresando la esperanza de estar
de vuelta dentro de un par de horas. Mademoiselle le siguió con la vista hasta que
cerró la puerta de la empalizada que rodeaba al huerto.
Encontró a su prometido (al que La Boulaye llamó su amante) de pie delante de la
lumbre, con las manos a la espalda, y un gesto como el de la personificación del mal
humor.
Acogió la presencia de su futura con una queja disimulada en estas palabras:
—¿Me permitiréis que os diga, señorita, que en este asunto no habéis escogido el
mejor camino?
—¿En qué asunto? —preguntó ella, sin comprender.
—En el de mi libertad. Yo os aconsejé por escrito que la comprarais… ¿Lo habéis
hecho así? No, por cierto. Si hubierais seguido mis indicaciones no nos veríamos
obligados a esperar, pues un pasaporte habría formado parte del trato. Mientras que
ahora corremos no pocos riesgos al esperar, y suponiendo que ese individuo vuelva,
tendremos que aguantar no sé cuánto tiempo su odiosa compañía —y terminó con
una especie de resoplido, para expresar su repugnancia.
Susana clavó en él la vista con tal estupor, que hasta le dejó momentáneamente
muda. Por fin preguntó:
¿Y es ésa vuestra gratitud?… ¿Son ésas las gracias que dais por las molestias y
peligros que he sufrido por vuestra causa? Mucho habéis cambiado el tono, señor
vizconde, desde que me escribisteis aquella lamentable y lacrimosa carta fechada en
Bélgica.
Él enrojeció ligeramente.

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—Mucho temo no haber estado afortunado en la elección de los términos —dijo
en tono de disculpa—; pero no dudéis de mi gratitud, que es mayor de lo que se
puede expresar con palabras. Habéis cumplido vuestro deber hacia mí, como pocas
mujeres lo hubieran hecho.
La palabra deber sonó en los oídos de Susana, pero la dejó pasar. Dada la
monstruosa vanidad de Anatolio, era a veces inútil tratar de hacerle apreciar la
importancia de hechos o vocablos que no se refirieran directamente a su persona.
—Excusad mi aparente ingratitud, mademoiselle —siguió él—. Ha sido la
compañía de ese pillo de sans-culotte lo que me ha puesto nervioso, hace poco más
de un mes, cuando me trajo a París. Es una ofensa para mí el tener que estar con él
bajo el mismo techo, y oír la insolencia con que ese bergante habla de honor, como si
fuera un caballero.
—¿A quién os referís? —preguntó ella.
—Ma foi!… ¿A quién ha de ser?… A ese charlatán de La Boulaye.
—Me lo parecía, pero me negaba a creerlo. ¿Sois capaz de comprender que
vuestra ingratitud se acerca mucho a la bajeza?
Él la contempló con fría mirada de sorpresa.
—Mon Dieu! —exclamó por fin—. Empiezo a temer que tantas inquietudes han
alterado vuestro juicio… Me parece, mademoiselle, que a veces olvidáis la clase a
que tenéis el honor de pertenecer.
—Si vuestra conducta es la llamada a recordármelo, ruego a Dios que me la haga
olvidar por completo y para siempre.
Abrióse la puerta para dar paso a la buena Enriqueta, que venía a decir que había
preparado un frugal almuerzo, que, ya servido, esperaba a sus huéspedes.
—Diable! —exclamó, riendo, Anatolio—. Ésas son las primeras palabras
razonables que oigo, desde hace mucho tiempo. ¡Mi palabra! —y con jovialidad que
formaba singular contraste con el mal humor de poco antes, prosiguió—: Ya hace
varias semanas que no sé lo que es un bocado… y en cuanto a apetito sería capaz de
tragarme el patrimonio de San Pedro. Romped la marcha, mi buena Enriqueta…
Vamos, mademoiselle.

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CAPÍTULO XXI

LA DETENCION

L OS hechos demostraron lo muy acertado que la venganza de Cecilia. Media


hora después de haber estado él en casa del diputado Billaud-Varennes
presentóse en ella Cecilia para ver al legislador. Al saber que estaba ausente
se propuso esperar su vuelta.
Así se estuvo más de una hora consumiéndose de impaciencia en la salita, donde
el portero la había hecho entrar, sin atreverse a ir a la vivienda de otros miembros de
la Convención, por el temor de que a cada instante se presentara Varennes.
Por fin llegó éste, cuando la paciencia de Cecilia estaba casi agotada y con
extrema agitación le expuso cuanto había sucedido. Varennes la escuchó con suma
atención interrogándola detenidamente y sin dar gran fe a lo que relataba ella pues le
parecía monstruoso que un hombre como La Boulaye anulara tan floreciente porvenir
por un acto cuyos motivos no podía adivinar el ceñudo diputado. Mas como no
incurrió Cecilia en ninguna contradicción y la historia se veía corroborada por el
hecho de que él mismo había firmado el documento descrito, por fin el diputado
creyó de su deber tomar ciertas medidas conducentes a neutralizar el daño que su
excesiva confianza pudiera haber causado.
Después de despedir a la muchacha con la seguridad de que su denuncia sería
tomada en cuenta expidió un correo a Chartres, donde sabía que estaba Robespierre.
Hecho esto procedió a ocuparse de la detención de La Boulaye… sin que se le
ocultara la gravedad del caso.
¿Y si a la postre resultaban inexactas las acusaciones de aquella histérica hembra?
¿En qué lugar quedaría él, influido por los manejos de una mujer, dada la orden de
arresto contra Caron? La persona de un diputado no era cosa para ser tratada con
ligereza, y él se vería en el caso de responder a graves cargos. Y así, obrando en parte
por patriotismo y por temor a Robespierre, y retenido en la misma proporción por el
patriotismo y el temor a La Boulaye, decidió evitar los extremos, y limitarse a detener
al joven en su domicilio, hasta que Robespierre contestara a su mensaje. De este
modo, sin privarle de su libertad de acción dentro de los límites de su vivienda, se
evitaba la contingencia de una fuga, obteniendo la seguridad de que se le encontraría
en cuanto le llamara Robespierre.
Con este fin se personó en casa de La Boulaye en la Rué Nationale, acompañado
de un suboficial y seis soldados, que pensaba estacionar a la puerta, con la orden de
no dejar salir al diputado, y detener e interrogar a cuantos quisieran hablarle.
Abrigaba la esperanza de que aun encontraría al ci-devant vicomte junto con Caron.
Mas en la Rué Nationale no estaban ni el aristócrata, ni el diputado. La única

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información que pudo obtener de Bruto fué que estaba esperando al ciudadano La
Boulaye, mas no dijo ni una palabra de la maleta hecha, ni de los proyectos de viaje
de su amo. Bruto había aprendido a apreciar el valor del silencio, sobre todo cuando
los que interrogaban eran miembros de la Convención.
Alarmado por esta imprevista ausencia, corroboraba la historia de traición que
denunció Cecilia. Varennes dejó los soldados a la puerta con orden de no permitir
nueva salida de La Boulaye, si es que éste regresaba, mientras que él enviaba aviso a
todas las barreras para que le detuvieran si intentaba dejar París. Con estas medidas
creía haber hecho lo necesario contra la posibilidad de una fuga por parte del
acusado.
Pero Caron ya hacia dos horas que se había marchado y justamente regresó muy
poco tiempo después de haberse girado las anteriores órdenes. En la Barriere d’Enfer,
aunque fué reconocido, no le molestaron, puesto que las órdenes se referían
precisamente a su salida y no a su entrada.
Así, pues, sólo al pisar su domicilio enteróse Caron de que no todo marchaba
como él suponía, sospecha que se convirtió en realidad al verse frente al suboficial
que le esperaba en el pasillo. El militar le saludó con respeto, y con respeto no exento
de firmeza le informó de que por orden del ciudadano diputado Billaud-Varennes le
rogaba que se recluyera en sus habitaciones hasta nueva orden.
—Mas ¿por qué, ciudadano oficial? —preguntó Caron procurando excluir de su
voz hasta la sombra del hondo pesar que sentía—. ¿A qué viene esta orden?

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El joven militar era la cortesía en persona, pero no dió ninguna explicación por el
poderoso motivo de que no sabía nada. Él era soldado y había recibido órdenes que
cumplía sin saber si eran acertadas o justas. Comprendiendo la inutilidad de un acto
de fuerza, puesto que la puerta estaba guardada, Caron entró en su despacho con una
perspectiva ante los ojos capaz de hacer vacilar al hombre más bien templado… Pero
en aquel momento, haciendo justicia, más que en su inevitable caída, pensaba en las

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consecuencias que este cambio podría traer para su adorada Susana. Ni por un
momento dudó de que su prisión era obra de Cecilia. Mas pronto desechó este
pensamiento. En un caso como el presente sólo un ser débil pierde su tiempo en
lamentar las circunstancias que lo han producido. Un hombre del temperamento de
La Boulaye, antes se ocupa en buscar los medios de neutralizar el daño hecho.
Llamó a Bruto interrogándole sobre la conducta seguida por los soldados desde su
llegada.
Supo que no habían hecho registro alguno, limitándose con suma discreción a
cumplir las órdenes recibidas, que sólo alcanzaban a impedir la salida de La Boulaye.
—¿Es decir, que tú puedes salir y entrar sin que te molesten? —preguntó Caron al
criado.
—Salir, creo que sí —contestó Bruto—, pero si me dejarán entrar luego, eso no lo
sé.
—El que te dejen pasar es lo que por ahora me importa —contestó el joven—. Si
te preguntan, di que vas a comer y a buscar la comida en casa de Berthon… Pero en
realidad yo necesito que vayas a Choisy con una carta de la mayor importancia, que
has de hacer cuanto puedas porque no caiga en manos de la gente de la Convención.
—Venga la carta, ciudadano… y yo me encargo del resto —contestó el fiel Bruto.
La Boulaye buscó el pasaporte en blanco, encontrándolo fácilmente en uno de los
cajones de su escritorio. Lo llenó con los nombres de Francisco, Pedro y Julia Michel,
cómicos que iban a Estrasburgo, y añadió sus señas personales, así como las del
vizconde y de Susana. En el caso de que él se viera imposibilitado de1 huir, pensó
Caron, los otros dos podrían utilizar el documento, pues fácil es encontrar una excusa
que justifique la ausencia del tercero. Aún no había abandonado la esperanza de salir
con bien de su peligrosa situación, ya fuera por los recursos de su propio ingenio, o
por el favor de Robespierre, cuyo afecto hacia él era un factor muy digno de tenerse
en cuenta.
Veamos lo que escribió a mademoiselle.
«Os envío el pasaporte llenado para los tres, que por desgracia no puedo llevaros
personalmente por haberse descubierto la substracción de la orden y hallarme
detenido hasta la llegada de Robespierre. Estoy en mi propia casa, y tengo fundadas
esperanzas de que por mis propias fuerzas, o contando con el favor de Robespierre,
podré salir y reunirme con vos; por lo tanto os ruego que detengáis la marcha unos
cuantos días. Pero si yo os envío recado de que no os esperéis más, o si os enteráis de
algo que haga imposible para mí el acompañaros, poneos inmediatamente en camino
con Ombreval, bajo el disfraz que menciona el pasaporte, y a cuantos os pregunten,
contestad que la tercera persona se ha tenido que detener por repentina enfermedad.
Como digo antes, confío en salir de las presentes dificultades, mas si no fuera así, mi
mayor deseo es que salgáis con bien de Francia y que la felicidad sea vuestra
constante compañera en el país en que os establezcáis.
»Podéis tener plena confianza en el portador, por muy patrióticas que os parezcan

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sus maneras».
Firmó con sus iniciales y habiendo incluido el pasaporte selló el paquetito
entregándoselo a Bruto con las más minuciosas indicaciones respecto a su entrega.
A ellas se atuvo el patriota con tanta rapidez como fidelidad. Salió de la casa sin
que le hicieran ninguna pregunta, lo que hacía más verosímil el que pudiera volver.
En menos de una hora (alquiló un caballo en la casa de postas más cercana) logró
entregar la carta en las propias manos de Susana, en Choisy.
Su contenido sumió el corazón de ésta en la más profunda consternación, que se
hizo extensiva al vizconde.
—Tenez! —exclamó Anatolio cuando hubo leído la misiva—. Tal vez os
dignaréis convenir ahora en la justicia de mis quejas, por no haber comprado
sencillamente mi libertad, cual yo os aconsejé, en lugar de hacer ese estúpido
convenio con un sans-culotte.
Ella le miró en silencio. La idea de que la vida de Caron pudiera estar en peligro a
causa de lo que había hecho en su obsequio la hacia sufrir de un modo indecible.
Haciéndose amargos reproches había aceptado el sacrificio de su brillante carrera
destrozada por servirla. Pero ahora estaba a punto de sacrificar también la vida y eso
la anonadaba. Todos los perjuicios que ella y los suyos habían causado a aquel
hombre se alzaban ante ella acusándola. Este estado de ánimo hacía muy
comprensible la impaciencia con que respondió a su prometido.
—Me parecía, monsieur, que ya habíamos dado por arreglada esa cuestión.
—¿Arreglada? —repitió él con tono de mofa—. ¿Creéis que se puede arreglar con
palabras?
—Ya veo que no —contestó ella con voz trémula—, puesto que, al parecer, se
necesita para ello la vida de un hombre.
Ombreval se encogió de hombros y con gesto de fastidio dijo:
—Espero, mademoiselle, que no daréis entrada al sentimentalismo en la
discusión. Mejor haréis dejando la vulgaridad para los seres vulgares.
—No entra en mis propósitos el seguir la discusión, monsieur —fué la glacial
respuesta de Susana.
—¡Ésa es la lógica de las mujeres! —reflexionó él en voz alta—. En cuanto se las
convence de que han tomado un camino sin salida, dicen con la mayor calma que no
quieren seguir la discusión… ¿Queréis decirme, al menos, señorita, qué es lo que os
proponéis?
—¿Qué es lo que me propongo, preguntáis?… ¿Acaso tengo elección?
—Aun cuando se tenga que seguir la ruta iniciada, siempre se puede escoger entre
dos alternativas —teorizó Anatolio.
—En el presente caso temo que vuestra regla sea inaplicable. Aquí no han lugar
las alternativas y no podemos hacer más que esperar.
—Mil perdones, mademoiselle… pero ¿por qué no podemos hacer más que
esperar?

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Susana le miró con impaciencia y recostándose en el respaldo de la silla con
ademán de cansancio, dijo con toda la calma que pudo:
—Monsieur: mis pensamientos me tienen medio trastornada y parece que vos
queréis acabar de quitarme el juicio. Me permito recordaros que el momento está mal
escogido para plantear enigmas. Decid con claridad lo que tenéis en la mente… si es
que tenéis algo.
Ombreval giró los talones con impertinencia y se acercó a la ventana. Empezaba a
caer la noche, y a la luz crepuscular, el huerto parecía gris. La aparente cortedad de
alcances de Susana irritaba a su futuro esposo.
—Me parece superfluo, mademoiselle —dijo el vizconde tras de una pausa—,
indicaros que tenemos un camino abierto, y que en nuestra mano está el seguirlo.
Tenemos un pasaporte… y… en fin, cada hora que pasa aumenta el riesgo y merma
las probabilidades de éxito en la fuga.
—¡Ah! —el monosílabo contenía más desprecio que una bofetada, y en tono lento
añadió Susana—: ¿Y La Boulaye?
—¡Puf!… Ya lo veis, él mismo espera escapar del peligro… Después de todo está
entre los suyos… Y que se arregle como pueda… Culpa suya ha sido y no vamos a
arriesgar nuestra cabeza por su conveniencia.
—Mas seguramente olvidáis que ha hecho todo esto por nosotros… ¿Es que no
recordáis que os ha arrancada de la guillotina… de las mismas garras de la muerte?…
¿Os parece que el abandonarle ahora es conducta loable o siquiera decente?
—Pero… nom d’un nom! —exclamó Ombreval perdiendo la paciencia—. ¿No
dice él mismo que está muy lejos de desesperar?… Su posición dista mucho de ser
tan peligrosa como la nuestra. Si a nosotros nos cogen, es asunto concluido… Él ya
es otra cosa… pertenece a la chusma y sabido es que un lobo con otro no se muerde.
—Monsieur, no creo que lleguemos a un acuerdo sobre este tema —dijo ella
levantándose sin ocultar su enojo—. Yo seguiré la voz de mi conciencia que me
manda esperar, hasta que vuelva a tener noticias de vuestro salvador, y así se lo diré
en la carta que le llevará su criado —y sin más salió de la habitación.
—¡Loca! —murmuró él, siguiéndola con la vista—. Más loca que una cabra…
Por lo visto las desgracias sufridas le han trastornado el juicio… tarea siempre fácil,
tratándose de una mujer… Habla como si hubiera leído «Los derechos del hombre»,
de Rousseau. ¡Arriesgar deliberadamente nuestra vida en favor de ese tunante!…
Ciel!… ¡Esto excede de lo creíble!
Mas de nada sirvieron las exclamaciones y reproches del vizconde. Susana, muy
segura de lo que le correspondía hacer, despachó a Bruto con una carta en la que
aseguraba a La Boulaye que no se moverían de allí hasta recibir nuevas noticias.

Caron durmió tranquilo aquella noche. Había madurado su plan de fuga, que
pensaba llevar a cabo al día siguiente, y mecido por la esperanza concilio un

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profundo sueño.
Pero la mañana siguiente, bastante temprano, trajo un nuevo factor con el que no
había contado, en la persona del mismo Incorruptible. Al recibir el mensaje de
Varennes, Robespierre había regresado a toda prisa a París, yendo directamente a casa
de La Boulaye.
Aún estaba Caron en bata, cuando Robespierre se presentó en su despacho, y a la
vista del cortante y verdoso rostro y de los ojillos que en aquel momento miraban con
expresión amenazadora, el joven sintió helársele en los labios la canción que
tarareaba.
—¿Tú aquí, Maximiliano? —exclamó Caron.
—La cordialidad del recibimiento me lisonjea —contestó el recién venido con
ironía, adelantándose, y con súbito cambio de tono prosiguió—: ¿Qué has hecho,
miserable?
Hubiera sido locura por parte de Caron aumentar con negativas una cólera que ya
había alcanzado considerable intensidad. Comprendiéndolo así, confesó su falta,
entregándose sin resistencia a la misericordia de su protector. Pero el Incorruptible no
era tan fácil de aplacar.
—¡Traidor! —exclamó con acento iracundo—. ¿Te figuras que basta hacer
altisonantes discursos en la Convención para tener derecho a conspirar impunemente
contra la República? Me parece que tu lealtad no está más que en las palabras, y hoy
en día, el que quiera en Francia tener la cabeza segura sobre los hombros ha de cuidar
de que las obras vayan de acuerdo con aquéllas. Si quieres salvar tu miserable vida,
dime pronto qué has hecho con ese condenado aristócrata.
—Se ha marchado —contestó muy sereno La Boulaye.
—No te pongas terco, ni trates de engañarme, ciudadano diputado. Está
escondido en alguna parte. No tienes tiempo de haberle procurado papeles, y sin ellos
no sale en estos tiempos nadie de Francia… Conque… ¿dónde está?
—Se ha marchado —repitió Caron, sin alterarse—. Yo le saqué de la cárcel y él
aprovechó su libertad, para ponerse fuera de tu alcance. No puedo decirte más.
—¿Conque no puedes decirme más? —silbó Robespierre enseñando los menudos
dientes—. ¿Qué te figuras, majadero?… ¿Piensas que me dejo arrancar tan fácilmente
una presa? ¿No te dije que te concedería más bien la vida de una docena de
aristócratas que la de ése solo?… ¡Hombre de Dios!… ¿Quién eres tú para atreverte a
torcer mi voluntad? —Echó una mirada al impasible rostro de su joven amigo y
dominando su cólera añadió en tono suave—: Vamos, Caron…, dime lo que has
hecho de él.
—Ya he dicho cuanto podía decir —contestó el otro, siempre con la misma
calma.
Esta respuesta dió nuevo combustible a la furia de Robespierre, que volvió a
inflamarse con la misma rapidez que pareció extinguirse. Con un ronquido de enojo,
corrió a la puerta, que abrió de par en par.

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—¡Ciudadano oficial! —llamó con voz enronquecida
—¡A la orden, ciudadano! —contestaron desde abajo.
—Tómate la molestia de subir, acompañado por un par de hombres —y
volviéndose de nuevo hacia Caron, añadió más tranquilo—: Y ahora, ciudadano La
Boulaye, puesto que no quieres escuchar razones, subirás a la guillotina en lugar del
fugado.
El joven palideció ligeramente al inclinar la cabeza en señal de sumisión. En este
momento entró el suboficial con los dos hombres pisándole los talones.
—Prended a ese traidor —mandó Maximiliano, señalando con un dedo que
temblaba—, y al Luxemburgo con él.
—Si quieres concederme el tiempo necesario, ciudadano oficial —dijo Caron con
imperturbable serenidad—, cambiaré mi bata por una levita… ¡Bruto!… Ayúdame.
En tanto que Bruto le sostenía la levita. La Boulaye halló modo de murmurar a su
oído:
—Díselo a ella. No se atrevió a decir más, pero esto fué bastante para que el
astuto patriota, unas horas más tarde, con apenado semblante, comunicara a Susana la
triste nueva de la definitiva detención de su amo, y de su traslado al Luxemburgo.
Al describir Bruto la escena entre Maximiliano y Caron, la joven suspiró
profundamente y sus largas pestañas se humedecieron.
—¡Pobre y leal La Boulaye!… —murmuró muy quedo—. ¡Dios quiera apiadarse
de él!
Llegó la noticia a Ombreval, quien al oírla cerró el libro que leía, y una súbita luz
de contento animó su faz de correctas y débiles líneas.
—Pues ése es el fin —dijo, como si quisiera dar a entender que era la solución
más satisfactoria— y ya no tenemos más que esperar… ¿Partiremos hoy mismo? —y
se disponía a encarecer la necesidad de acelerar la marcha.
—Espero y pido a Dios que no sea el fin, como tan humanitariamente suponéis —
le interrumpió Susana—. Pero sea el fin o no lo sea, yo estoy resuelta a no moverme
de aquí hasta que se pierda toda esperanza.
—Como gustéis —contestó él con descontento—. El resultado de vuestra
decisión será probablemente la pérdida de nuestra cabeza. Pero aun eso será más fácil
de realizar que el conseguir que una mujer tenga juicio.
—O que un hombre deje de ser egoísta —repitió ella saliendo indignada del
aposento.

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CAPÍTULO XXII

EL TRIBUNAL

A ANTE la barra del Tribunal Revolucionario estaba el diputado Caron La


Boulaye, acusado de alta traición y de haber contrariado la marcha de la
justicia.
Fouquier Tinville, el fino sabueso Acusador General, enumeraba los cargos y
detallaba la naturaleza del crimen cometido por el joven revolucionario. Pero su
oratoria carecía de la habitual virulencia, y entre los compañeros del acusado que
formaban el tribunal existía visible malestar, porque la República era aún joven y
todavía no estaba desarrollada en ella la saturnina costumbre de comerse a sus
propios hijos, que más tarde fué una de sus cualidades más características.
El crimen de La Boulaye estaba demasiado claro, no obstante, y después de las
vacilaciones del jurado, y de la desacostumbrada suavidad de palabra del acusador, el
curso del Tribunal quedaba bien definido y la sentencia no admitía la menor duda. La
completa admisión de la culpa por parte del acusado hizo innecesaria la prueba
testimonial, y ya estaba el presidente a punto de preguntar oficialmente su opinión a
los jurados, cuando de pronto se produjo cierta conmoción entre el auditorio, y junto
a Tinville se alzó un hombre de mediana talla, que envolvía su exigua figura en
pulquérrima levita azul, y protegía los miopes ojos con gafas de concha.
Era Robespierre, que se había encargado de la defensa, y empezó a hacerla con
forense elocuencia. Todos los presentes le escuchaban asombrados, pues nadie
ignoraba que el crimen se había cometido contra el Incorruptible.
Con fogosa palabra fué éste enumerando las muchas virtudes del acusado,
deteniéndose a especificar los señalados servicios que había prestado a la República.
Hizo resaltar su hasta entonces inquebrantable fidelidad a la Nación y a la causa del
pueblo, y acabó deplorando que en un instante de flaqueza hubiera cometido la
indiscreción que a tal sitio le había traído. Y a juzgar la falta de que ahora se le
acusaba, Robespierre pedía a los miembros del Tribunal que pesaran en la balanza de
la justicia el glorioso pasado del joven acusado, y sus brillantes servicios a la
República, y en consideración a todo esto, que le ofrecieran una ocasión para recobrar
el puesto de confianza y el fraternal afecto de sus compañeros, perdido por una
momentánea ofuscación.
El tribunal estaba conmovido por la elocuente apelación. Todos conocían la obra
del joven diputado, y de ahí su indecisión en sentenciarle a una muerte reservada para
aristócratas y traidores. El presidente, en nombre del Tribunal, manifestó lo dispuesto
que estaba éste a emplear medidas de clemencia y abrir los brazos al compañero que
todos querían como a un hermano, e invitaba al defensor a que propusiera el medio

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conducente a que el acusado recobrara su prestigio y la confianza de sus colegas.
La respuesta de Robespierre fué la siguiente:
—Que repare el daño que ha causado, que neutralice la traición a que le ha
llevado un instante de extravío, que nos devuelva el aristócrata que intentó substraer a
la acción de la justicia y le recibiremos con el mismo cariño y alegría con que fué
recibido el hijo pródigo.
Una entusiasta salva de aplausos acogió la proposición. Levantóse en peso el
Tribunal, extendiendo los brazos hacia Caron y pidiéndole a voces que atendiera a las
razones expuestas por el Incorruptible y demostrara su arrepentimiento y buena
voluntad mientras que aún era tiempo.
La Boulaye se mantenía pálido y sereno, con los labios apretados y la mirada fija.
Interiormente sentíase conmovido por aquella tempestuosa fraternidad, pero su
resolución permaneció inquebrantable y cuando por fin la campanilla presidencial
impuso silencio a los efusivos jueces, levantóse clara y serena la voz del acusado, y
después de agradecer sus bondades al defensor y al Tribunal, añadió:
—Helas! No encuentro palabras con que expresar lo mucho que lamento el no
poder acogerme a vuestra clemencia… Lo que he hecho, hecho está. De modo,
ciudadanos, que aceptando con profunda gratitud vuestra simpatía, os ruego que
sigáis el camino que os marca la justicia. El retrasarla no conduciría más que a
malgastar vuestro tiempo… y éste se lo debéis a la Nación.
—¡Pero eso es un cartel de desafío! —tronó Tinville, encolerizado al fin, y con
cierta semejanza de su tono habitual—. Aquél cuyo corazón se muestra tan cerrado a
nuestro afecto, no merece que el Tribunal le guarde consideraciones.
El presidente, con ademán de desaliento, volvióse a sus colegas, y el veredicto fué
pronunciado. Se le juzgó por unanimidad culpable, y ya estaba el presidente a punto
de firmar la sentencia, cuando de nuevo se levantó Robespierre. Su rostro estaba más
verde aun que de costumbre, porque el disgusto que estaba pasando le hacía subir la
bilis hasta el rostro. La rabia que invadía su alma habría sido suficiente para que otro
cualquiera pidiese a gritos la cabeza del retador mayor que había menospreciado sus
ruegos. Pero tal era el admirable dominio que Maximiliano tenía sobre sí mismo
cuando se trataba de alcanzar un fin perseguido, que aun alzó la voz para formular
nueva súplica. Pidió que en la sentencia se reservara al culpable un plazo de
veinticuatro horas para reflexionar. Si al cumplirse el plazo la razón se había
impuesto y entregaba al ci-devant Vicomte d’Ombreval, se anularla el fallo. Mas si
continuaba en su obstinación, al día siguiente se daría cumplimiento a la sentencia.
Presentáronse algunas objeciones, pero Robespierre supo vencerlas con
patrióticos argumentos. La Boulaye era uno de los más firmes pilares de la Nación, y
Francia tenía interés en que viviera, para que no le faltaran sus servicios. Ombreval
era, en cambio, uno de los peores ejemplares de aristócratas, cuya muerte no podía
menos de ser grata a todo buen republicano. Al fin venció el Incorruptible y en la
sentencia se hizo constar que si el preso, tras de madura reflexión, sentíase inclinado

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a descubrir el escondite de Ombreval como compensación de su culpa, podía contar
con la libre absolución y el olvido de lo pasado.
Al extender La Boulaye la mirada sobre el público, estremecióse de pies a cabeza
al descubrir un rostro inesperado. Era mademoiselle de Bellecour, pálida como una
muerta y con un extravío en sus azules ojos, que hacía pensar en la locura. Aterrado
Caron del riesgo a que se exponía Susana, presentándose en tal paraje, decidió acabar
cuanto antes, y reuniendo su energía dijo a sus jueces:
—Ciudadano presidente, ciudadanos todos, en el alma os agradezco cuanto hacéis
por mí, mas sería indigno de vuestra bondad si os permitiera alimentar falsas
esperanzas… Mi propósito es inalterable.
—¡Llevadle! —mandó, incomodado, el Presidente.
Tan pronto como desapareció el sentenciado, mademoiselle abandonó el local,
llorando silenciosamente, no sin darse cuenta en su inmenso dolor que las últimas
palabras de Caron fueron más dirigidas a ella que al Presidente. Encerraban la
intención de animarla, con la seguridad de que no haría traición al vizconde.
¡Animarla! Sus labios se contrajeron en singular y amarga sonrisa al subir el
cabriolet que debía llevarla de nuevo a Choisy. Caron hacía todo esto por ella,
sacrificaba su vida joven, fuerte, pletórica de esperanzas, para salvar la de su
prometido… a quien él creía que ella amaba. Sentíase anonadada ante la grandeza de
su abnegación. Recordaba sus ideas acerca del joven revolucionario. Nunca hasta
entonces había podido considerarle como un igual, ni aun cuando en la carretera de
Lieja besó sus insensibles labios. Un insondable abismo los separaba, el abismo que
media entre la nobleza de ella y el bajo origen de él. Pero ahora, mientras que el
vehículo salía de París y enfilaba la polvorienta carretera, estremecíase y le abrasaban
las mejillas de vergüenza al pensar en lo que le había ofendido con el pensamiento…
¿Era ella acaso más noble?… Por casualidad del nacimiento tal vez; pero tanto por el
carácter como por las acciones era Caron el más noble de cuantos habían nacido de
madre.
En la Plaza de la Revolución habían levantado un horrendo artefacto llamado la
guillotina, que lo nivelaba todo y estaba imponiendo el reinado de la absoluta
igualdad. Mas por mucha rapidez con que se moviera su ensangrentada cuchilla, no
nivelaba los hombres con tanta rapidez como los pensamientos de Susana en aquella
tarde.
Tan visible era la alteración de su semblante al llegar a Choisy, que hasta el
superficial vizconde (al que muchos años de propia observación habían hecho
singularmente obtuso para los demás) no pudo menos de notarlo, y temiendo que
fuera por alguna causa que pudiera perjudicarle a él, interrogó a Susana con cierta
alarma en la voz.
—No es nada —dijo ésta con monótono acento—. Nada al menos que pueda
inquietarnos… La Boulaye está sentenciado a muerte —y un espasmo contrajo su
rostro, que mantenía oculto al otro lado.

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Anatolio respiró hondamente, como quien se quita un peso de encima.
—Bastantes inocentes han matado —comentó—. Ya es tiempo de que empiecen a
matarse entre ellos. Eso es buen augurio.
—Estaban solos en la cocinita de Enriqueta, pues la buena mujer había ido al
mercado. Mademoiselle se calentaba ante el fuego, y Ombreval hallábase junto a la
ventana. El tiempo que duró la ausencia de su prometida lo había empleado en pasar
revista a su guardarropa, siendo el resultado que estaba vestido con elegancia casi
digna del antiguo tiempo, lo que realzaba lo bien parecido de su rostro y lo
distinguido del porte.
—Parece que olvidáis por completo, monsieur —observó ella con voz cansada—
la naturaleza de la falta de que se acusa.
—¡Oh, no!, —contestó el dandy con ligera sonrisa—. Ha sido lo bastante tonto
para dejarse seducir por los más bellos ojos de Francia, para prestar un servicio a la
dama de sus pensamientos… No es la primera vez que la belleza de una mujer lleva a
un hombre a la perdición.
—Por lo visto no os dignáis conceder importancia a la parte que os corresponde
en el servicio prestado a esos bellos ojos.
—¡Qué burlona os vais haciendo, ma mié! —contestó él con una carcajada.
Ella se estremeció, acercándose maquinalmente a la lumbre, como si su
estremecimiento fuera producido por el frío.
—Aún es posible que no muera —dijo Susana, como hablando consigo misma—.
Le han ofrecido la libertad y su rehabilitación bajo condiciones.
—Sí, ¿eh?… Muy interesante —respondió él, con negligencia—. Ésa es la
manera que tiene esa gentuza de administrar justicia.
—La condición que le han impuesto es que repare el perjuicio causado,
entregando la persona del ci-devant vicomte d’Ombreval.
—¡Cielos!
Fué un grito de pánico que le salió de entre los labios al joven noble. Desapareció
el color de su rostro y el terror dilató sus ojos.
Susana, que lo observaba, alegróse de haber producido aquel súbito cambio, y con
feroz ironía preguntó:
—¿Verdad que esto os interesa aún más que lo anterior?
—Susana —dijo él atropelladamente y acercándose—, ese hombre conoce mi
paradero, puesto que él mismo me trajo aquí… Pero… ¿habéis perdido el juicio para
estaros tan bien sentada ahí sabiendo esto?
—¿Qué queréis que haga? —preguntó ella sin moverse.
—Disponer a escape lo necesario para salir de Choisy… Vamos… moveos ¡En
nombre de Dios, muchacha! Pensad en que no hay momento que perder… Ya
conozco yo a esos republicanos, y sé hasta dónde se puede confiar en ellos. Ese
tunante será muy capaz de traicionarme por salvar su pellejo con tan poco reparo…
—¡Imbécil! —exclamó ella, dando suelta a su vibrante indignación, mezclada de

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desprecio—; ¿qué estáis diciendo?… ¿Traicionaros él?… ¿Él?… —y levantando los
brazos al cielo dejó oír una carcajada de infinito sarcasmo—. No temáis, monsieur le
vicomte; por dicha vuestra, os protege un carácter de tal nobleza, que no sois ni aun
capaz de comprenderle. Si hubiera querido delataros, ya lo habría hecho cuando le
ofrecían la libertad a cambio de vuestra captura.
—Puede haber rehusado hoy —replicó temblando Anatolio— y cantar de plano
mañana… o puede que esta misma noche… Ciel!… Considerad el riesgo que
corremos… puede que ya sea demasiado tarde —y en tono de reproche añadió—:
¿Por qué no escuchasteis cuando hace días aconsejé la fuga?
—Porque ni entonces ni ahora tenía intención de fugarme.
—¿Cómo? —exclamó él dejando caer la mandíbula y abriendo
desmesuradamente los ojos. Pero espoleado por el terror acercóse a su prometida y
asiéndola por un brazo con violencia, prosiguió—: ¿Estáis loca? ¿He de morir como
un perro, para que ese bergante de republicano salve su miserable pescuezo?… ¿Y si
él muy canalla me delata a ese populachero Tribunal?
—Ya os he dicho que no temáis…
—¿Que no? —interrumpió él con soma—. Ma foi! Harto conozco a esos rufianes.
En toda la Convención no hay un adarme de honor…
—¡Callad! —exclamó Susana irguiéndose con una majestad que le hizo
retroceder atemorizado—. ¿Estáis aún aquí y osáis hablar de honor?… ¿Vos?…
¿Olvidáis por qué va a morir ese hombre, y no os dais cuenta de que es una infamia lo
que estáis haciendo al pretender huir?… ¿Os atrevéis a hablar de honor, y le negáis a
él todo derecho a tenerlo? Mon Dieu! Vuestro descaro me asquea… Razón tenía La
Boulaye al decir que el honor entre nosotros era una palabra que se llevaba el viento
y nada más.
Anatolio, sin dejar de mirarla con la boca abierta, retrocedió otro paso. La creía
loca y por no exasperarla, dejó de lado sus propios temores, acto de abnegación casi
inconcebible en el noble vizconde de Ombreval.
—¡Pobre Susana! —murmuró—. Bien veo que vuestras desdichas os han alterado
el juicio… Miráis las cosas desde un punto de vista falso, y no os hacéis cargo de la
verdadera situación.
—¡Callaos, por amor de Dios! —exclamó ella.
—Pero el momento es poco oportuno para el silencio —contestó él.
—Eso me parecía a mí —asintió Susana—. Mas ya que podéis callar en asuntos
de mayor monta, os ruego que calléis también sobre éste, puesto que vuestras
instancias son en vano… Ya he dicho que no quiero salir de Choisy… Añadid una
palabra más, y quemo el pasaporte.
Y sin mirarle dejó la cocina, en busca de la soledad de su cuartito. Deshecha en
lágrimas, dejóse caer sobre su lecho, presa de tan mortales angustias, como jamás las
sintiera en su vida.
Y entonces… en aquellos momentos de dolor, surgió en su mente, como el sol

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penetra en la niebla, que amaba a Caron, que le venía amando desde la noche de
Boisvert, aunque se había esforzado por ahogar este sentimiento, por negárselo a sí
misma, por creer indigno de una doncella de su clase el estar enamorada de un
hombre de humilde nacimiento como era La Boulaye. Pero ahora, en víspera de su
muerte, no podía negar por más tiempo la verdad. Ésta gritaba dentro de su corazón
con más fuerza, quizá, por la pusilánime cobardía de aquél en cuyo lugar iba a
perecer Caron, y tan alta era su voz, que hasta acallaba la de la sangre, que le
mandaba arrojar aquel amor de su pecho. Poco le importaban a ella ahora las
diferencias de clase. Si la cuna de ella hubiera sido mil veces más noble, y otras
tantas veces más oscura la de Caron, el hecho sería el mismo; que él era un hombre y
ella una mujer, y fuera de esto no había más que mirar.
Muy decaídos estaban los Lises de Francia, cuando una hija de la raza de sus
mantenedores daba tan poco aprecio a la causa que simbolizaron.
Enriqueta subió a su cuarto por la tarde, e ignorante de la causa de su pena,
procuró consolarla con su sincero cariño, logrando por fin que se calmara un tanto.
Por la noche, Ombreval le envió un recado, diciendo que deseaba hablarle y que
había de ser con urgencia, Pero ella dió por contestación que estaba indispuesta, y no
podría ser hasta la siguiente mañana.
Y cumplió su palabra. Ambos, por distintas causas, estaban muy pálidos y tenían
trazas de haber dormido poco. Desayunaron juntos y en silencio, que rompió él para
preguntar a Susana si los consejos de la almohada le habían hecho comprender su
situación y la necesidad de una inmediata huida.
—No necesito consejos para apreciar nuestra posición de modo distinto al de
ayer. Pero esperaba que la reflexión os hiciera variar vuestro plan de conducta… Ya
veo que no ha sido así.
—No alcanzo a comprender por qué he de cambiar yo nada —contestó Anatolio
con impertinencia…
—¿No habéis pensado en que un hombre va a dar su vida por la vuestra? —
preguntó ella con voz reconcentrada y fría.
—He temido y aún temo que por salvar su cobarde pellejo, me denuncie ese
perillán en el último instante —contestó él con increíble desfachatez.
Ella le miró con los azules ojos, casi negros por la extraviada dilatación de las
pupilas. Tan grande fué su asombro ante este ilimitado egoísmo, que casi superó a su
indignación.
—Prodigáis los epítetos con magnífica inconsciencia de lo bien que os sentarían a
vos mismo.
—¿Eh?… Par exemple…
—Al llamar cobarde a ese hombre, ¿no pensáis en el borrón de cobardía que os
echáis, al esconderos, mientras que otro muere por vos?
—¿Cobardía? —repitió poniéndose colorado como un pavo. Con voz que el
despecho hacía temblar, añadió—: Ma foi, mademoiselle, me permitiréis observar que

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vuestras palabras delatan ideas muy poco adecuadas para la futura vizcondesa de
Ombreval.
—Sobre eso, monsieur, no vale la pena de que os molestéis… NO es probable
que yo llegue a ser la vizcondesa de ese título.
Él la miró como si se negara a dar crédito a sus oídos… ¿Darían a entender
aquellas palabras que Susana desdeñaba el honor de ser su esposa?
—Seguramente —balbuceó, para expresar sus dudas—: ¿no querréis decir con
eso que intentáis violar el contrato de nuestro proyectado matrimonio?… No es
creíble que…
—Sólo digo —balbuceó la joven— que no quiero casarme con un hombre que no
amo.
—Vuestra falta de pudor —exclamó Anatolio— concuerda perfectamente con la
extraña manera de pensar que en otros asuntos vais demostrando. Quizá os veamos
algún día tocando el tambor por las calles de París y cantando el Ça ira, como una
segunda Mericourt.
Susana se levantó de la mesa. Con el rostro muy pálido y conteniendo con una
mano los latidos de su corazón, se quedó mirando con fijeza al vizconde.
—No hablemos de nosotros —estalló por último—. En la Convención hay un
hombre que morirá al mediodía, a menos que os presentéis para salvarle… El… no os
delatará, porque… no importa el motivo… pero no os delatará. Y ahora, decidme,
monsieur… Vos que blasonáis de hombre de honor… ¿cómo arregláis tal situación?
—Una vez muerto (y siempre que antes no me descubra) espero que, no teniendo
ya nada que aguardar, consentiréis en hacer uso del pasaporte, y en acompañarme al
otro lado de la frontera.
—Y el honor, por ejemplo, ¿no os sugiere que os presentéis en la Conciergerie y
ocupéis el puesto que os corresponde y en el que otro os substituye?

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Una súbita luz de comprensión resbaló por el semblante del vizconde, que
exclamó:
—¡Por fin comprendo lo que os da vueltas en la cabeza desde ayer, y que tan
singulares hace vuestras palabras y maneras! Habéis pensado que para cumplir con
mi honor debería entregarme a fin de rescatar a ese individuo. Pero, querida niña,
reflexionad un instante lo que es él y lo que soy… Si se tratara de un caballero… de
un igual… pues… es claro… mi deber estaría bien definido… y no habría vacilado ni
un momento… ¡Pero ese canaille!… Ma foi! Me atrevo a rogaros que volváis a

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vuestro juicio… Tales ideas son indignas de vos.
—Ya os comprendo —dijo ella en tono lento y glacial. Empleáis argumentos de
cobarde, y aún tenéis el descaro de consideraros como hombre de honor… como
miembro de la nobleza. Ya no me sorprende que haya habido una revolución en
Francia.
Y salió con paso lento de la habitación.
Él la siguió con la vista.
—¡Las mujeres!… ¡Oh!… |Las mujeres! —suspiró Anatolio al doblar la servilleta
y levantándose después.
Sentíase inclinado a tener compasión y paciencia con los lógicos caprichos de la
muchacha que le pidió sacrificar su vida para salvar la de La Boulaye, que en su
concepto era poco más o menos lo mismo que exigir su muerte para que viviera un
perro.

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CAPÍTULO XXIII

LA CONCIERGERIE

P OCOS minutos faltaban para el mediodía, cuando empezaron a reunirse los


condenados que esperaban en la Conciergerie, para ocupar sus puestos en las
carretas. Catorce eran los que iban a perder la vida, y entre ellos había una
mujer, tan animosa y serena como cualquiera de sus compañeros. Bajó las escaleras
de la cárcel en galante conversación con un apuesto caballero, que había sido de los
mejores ornatos de lo salones prerrevoluciortarios. Si la gentil pareja hubiera estado a
punto de subir en una carroza nupcial, no habría podido mostrar más despreocupado
buen humor.
También eran aristócratas los doce restantes, con una sola excepción, y si en su
mayoría no supieron vivir bien, al menos con su muerte dejaron imborrable ejemplo
de valor. Generalmente venían por parejas y, al igual de la ya mencionada, todos
aparentaban tomar la cosa a broma, molesta por los elementos de grosería con que el
populacho la rodeaba. Algunos estaban algo pálidos, otros tenían cierta expresión de
horror en los ojos; mas por angustias que encerraban sus corazones, todos tenían una
sonrisa de irónica altivez en los más o menos descoloridos labios. El orgullo de raza
que fué su constante compañero en la vida, y que les trajo a donde estaban, los
mantenía firmes hasta el último extremo. ¡Noblese les obligeat! La plebe, la canaille
podía hacer lo que quisiera con sus cuerpos, pero no lograría abatir su espíritu, ni
quebrantar su indomable altivez. Su heroísmo ante la muerte borró los escándalos de
su vida, y tal fué la aureola de luz que los envolvió, que les atrajo la simpatía y
admiración de cuantos les vieron, y la impresión causada en la Humanidad perdura a
través de los siglos.
Como héroes y como santos mártires, murieron los que durante incontables
generaciones aplastaron al pueblo bajo el férreo talón de la tiranía, hasta que el
pueblo alzóse enloquecido, y cambiando la posición cometió excesos en su recién
despertada furia, que eran la consecuencia de los excesos que por espacio de siglos
había sufrido.
En el último de este brillante grupo (cada cual se había esforzado por vestirse con
el mayor esmero) llegó Caron La Boulaye. Marchaba solo, pues su compañero en la
muerte no lo era en lo demás. Sus cabezas podrían tropezarse en el cesto con el serrín
de Sansón, pero mientras vivieran rechazarían todo contacto con el sans-culotte. Si
hubieran sabido la causa que le llevaba a la muerte, quizá le habrían admitido por
compañero, pero en su desconocimiento de los hechos, se necesitaba más que la
muerte para despertar sus simpatías hacia un miembro de la Convención, porque la
muerte era lo único que tenían en común, y la muerte ya hemos dicho que no pudo

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vencerlos.
Ya estaba a punto de salir Caron, cuando le detuvo un carcelero y la puerta que
acababa de cerrarse tras del último sentenciado a muerte volvióse a abrir para dar
paso a la esquinada figura del Incorruptible.
Éste dirigió una mirada a Caron, y al encontrarle tan sereno y dueño de sí mismo,
sus ojos se animaron con una chispa de admiración, mientras que los labios
permanecían cruelmente cerrados.
El joven le saludó con una sonrisa amistosa, y antes de que Robespierre dijera una
palabra, apresuróse a expresar su sentimiento por haber tenido que oponerse a su
voluntad.
—No puedes hacerte cargo de mi situación, Maximiliano —concluyó el
sentenciado—. Bástete saber que lamento con toda el alma el haber tenido que
oponerme a tus deseos. Tanto es lo que te debo, todo cuanto soy, que me lleno de
vergüenza al pensar qué mal pago te he dado. Mi única esperanza es el suponer que
considerarás mi muerte como suficiente expiación de mi ingratitud.
—¡Insensato! —gruñó Robespierre—. Te estás sacrificando por una quimera y la
vida que salvas es la de un ser inútil y cobarde. No hablemos de ingratitud, pero en
este instante supremo, quiero… te suplico en nombre de nuestra amistad, que
reflexiones en lo que haces.
Y extendió las manos con ademán implorante y una emoción que parecía
incompatible con el frío temperamento de Robespierre.
—Vuelve en ti, cher Caron… —empezó de nuevo.
Pero el joven movió la cabeza en sentido negativo.
—Querido amigo, el mejor de los amigos —dijo muy conmovido—, te ruego que
no me hagas aún más duro el cumplimiento de mi deber. Estoy resuelto, y tus
instancias sólo podrían aumentar la pena por el disgusto que te estoy causando y que
es lo que más siento en ésta para mí última hora. El morir no es difícil. Si viviera
arrastraría una triste vida de insatisfecho deseo, y siempre estaría suspirando por algo,
que para mi es inalcanzable. Muero, y esta continua angustia acaba conmigo. Déjame
ir en paz, y con la seguridad de que me has perdonado.
Robespierre, que le estaba mirando con sorpresa, hizo un ademán de impaciencia.
—Loco, más que loco —exclamó airado—. Eso es un suicidio… ¿y por qué?…
Por un sueño, por una sombra… ¿Eso es propio de un hombre?… Dime tú mismo.
Caron… ¿Quieres estarte quieto, animal? —dijo volviéndose furioso hacia un
carcelero, que le tiraba insistentemente de los faldones—. ¿No ves que estoy
ocupado? —Pero el hombre, sin arredrarse, cuchicheó algunas palabras al oído del
Incorruptible, que dejando caer el petulante gesto de su rostro, le escuchó con mucha
atención.
—¡Ah! exclamó por fin, y con apresuramiento añadió, dirigiéndose al carcelero
—: Que no salga de aquí el ciudadano La Boulaye hasta mi vuelta… Y tú, Caron —
dijo a éste—, ten la bondad de esperarme…

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Con paso ligero salvó la puerta, que a pesar de la igualdad, el carcelero había
abierto con una servil obsequiosidad que pudiera haber satisfecho al más exigente
aristócrata.
Excepto este único carcelero, La Boulaye quedó solo en el vasto vestíbulo de la
Conciergerie. De fuera venía el vocerío del pueblo entonando el Ça ira. Disgustado
por esta nueva dilación que prolongaba su mortal agonía, Caron paseaba de arriba
abajo, y sus pasos sobre las losas despertaban un eco sepulcral.
—Pero ¿es que no va a volver nunca? —preguntóse a sí mismo, impacientado.
La respuesta fué un redoble de tambores y un considerable aumento de los
alaridos del populacho.
—¿Qué es eso? —preguntó el preso al carcelero.
Éste, demostrando cierta sorpresa en el sucio semblante, miró por el ventanillo
que tenía la puerta.
—¡Rediablos! —juró el patriota—. Las carretas se han puesto en movimiento…
Parece que se han olvidado de ti, ciudadano.
Caron no demostró la alegría que esperaba el carcelero por este supuesto olvido.
Figuróse que Robespierre había aplazado la ejecución de la sentencia, con la
esperanza de que se le desatara la lengua. Sin poder reprimir un juramento de rabia,
pegó una patada en el suelo en demostración de descontento.
Simultáneamente se abrió la puerta y Robespierre cedió el paso a una mujer
cubierta con un velo, pero cuya elevada estatura y distinguido porte aceleró los
latidos del corazón del sentenciado. El Incorruptible entró tras ella y dijo brevemente
al carcelero:
—Déjanos solos.
En cuanto lo estuvieron, la mujer se levantó el velo, descubriendo el rostro que ya
esperaba Caron, el bellísimo rostro de Susana de Bellecour, pero ¡ay! cubierto de
extremada palidez y con expresión de angustia.
Adelantóse hacia Caron, pero al tropezar con la firme y severa mirada de éste, se
detuvo y pareció próxima a desfallecer. Ahogando un sollozo, se volvió hacia
Maximiliano que permanecía retirado, y con tono de ruego le dijo:
—¡Por favor! Decidlo vos, monsieur.
Robespierre, saliendo de su abstracción, avanzó, mirando alternativamente, con
sus ojillos miopes a la dama y a Caron. Después se detuvo y carraspeó, más para
disipar su ronquera, que por recurso oratorio.
—En pocas palabras, querido Caron —dijo—, la ciudadana aquí presente ha
manifestado mucho más interés por tu vida que tú mismo, y me ha prestado un doble
servicio al poner en mis manos a un enemigo para que pueda castigarle y preservar a
un amigo de la muerte que ya tenía muy inmediata. En la hora suprema ha venido
para cumplir las condiciones de tu perdón. Me ha propuesto entregarme al ci-devant
vicomte d’Ombreval, si se te concede la absolución. Ya puedes figurarte la alegría
con que me apresuro a aceptar su proposición, y con qué placer te anuncio ahora que

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estás libre.
—¡Libre! —balbuceó La Boulaye, cuyas sombrías miradas pasaron de
Maximiliano a Susana, quedando clavadas en ésta, como si quisiera penetrar en lo
más profundo de su alma.
—¡Libre como el aire! —afirmó el Incorruptible—. Puedes dejar la cárcel cuando
gustes, pero te ruego que no salgas de tu domicilio en la Rué Nationale hasta que
tengamos cogido al vizconde. Una vez que le tenga en París, te enviaré los pasaportes
para que podáis salir de Francia, pues por mucho que sienta tu ausencia, me parece
mejor, después de lo sucedido, que pruebes fortuna en otra parte.
La Boulaye dió un paso en dirección a Susana.
—¿Eso habéis hecho? —exclamó con voz alterada—. ¿Habéis traicionado al
hombre con quien estabais prometida?
—No empleéis esa palabra, monsieur —protestó ella estremeciéndose—. El paso
que he dado no merece el nombre de traición. Él os hubiera dejado ir a la guillotina
en su lugar. No tenía valor par venir a ocupar su sitio, aun sabiendo que, de no
hacerlo, moriríais. Al contrario, semejante estado de cosas le ofrecía materia de
diversión y oportunidad para prodigar burlas e insultos. Con gusto habría permitido
que se guillotinara una docena de hombres, con tal de salvar su inútil vida.
—Pero era vuestro futuro esposo —insistió Caron.
—No lo niego —contestó ella—. Pero yo tenía que escoger entre el hombre a
quien mis padres me destinaron para marido, y el que libremente eligió mi corazón.
—Un vivo rubor coloreó sus mejillas y con voz queda como un susurro, concluyó—:
Y para salvar al hombre que amo, he sacrificado a Ombreval.
Este nombre salió de sus labios como un grito de admiración e inefable dicha.
Con un largo paso cubrió la distancia que le separaba de su amada, a la que estrechó
delirante entre sus brazos, mientras que la puerta se cerró discretamente, después de
salir Robespierre.

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Rafael Sabatini nació en la localidad de Jesi (Italia). Su madre Anne Trafford era
inglesa y su padre Vincenzo era italiano; ambos fueron cantantes de ópera y maestros.
Por haber vivido con su abuelo en Inglaterra y estudiado en Portugal y Suiza, Sabatini
hablaba hasta seis idiomas. De ellos, decidió escribir en inglés, la lengua de su madre,
porque entendía que «los mejores cuentos están escritos en inglés».
Tras un breve período en el mundo de los negocios, Sabatini comenzó a trabajar
como escritor. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó como traductor para el
Servicio de Inteligencia Británico. Escribió varios relatos cortos entre 1890 y 1900 y
publicó su primera novela en 1902. Le llevaría casi un cuarto de siglo alcanzar el
éxito, lo que conseguiría con la novela Scaramouche (1921). Esta obra, ambientada
en la Revolución Francesa, se convirtió en best-seller. Publicó unas 40 novelas, a
razón de una por año, y muchas fueron llevadas al cine, mudo primero y sonoro
después, aunque los guiones no respetaron los libros.
Su único hijo, Raphael-Angelo (Binkie), habido con su esposa Ruth, falleció en un
accidente automovilístico en abril de 1927,Sabatini se divorció de ella cuatro años
después. Meses más tarde, se mudó de Londres a Clifford, en el condado de
Hereford.
En 1935 se casó con su excuñada, la escultora Christine Wood Dixon, cuyo hijo
Lancelot Dixon se mató volando un aeroplano el día que había recibido las alas de la
RAF.

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En la década siguiente, la enfermedad lo obligó a reducir su ordenado y prolífico
método de trabajo.
Sabatini falleció en Suiza el 13 de febrero de 1950. Su mujer esculpió un hombre
yacente con una pluma en la mano, e hizo escribir en su lápida la línea inicial de su
obra Scaramouche:
«Nació con el don de la risa y con la sensación de que el mundo estaba loco…».

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