Rome
La historia de esta ciudad se puede dividir en cinco etapas: prehistoria, Roma antigua,
Roma medieval, Roma moderna y contemporánea.
Roma antigua fue el periodo máis fecundo en términos políticos, económicos, sociales y
culturales fue su desarrollo en la Antigüedad. Fue la cabeza de un gran Estado imperial y
sede de una nación establecida en tres continentes. En su momento de mayor desarrollo
el imperio creado por Roma alcanzó los tres millones y medio de kilómetros cuadrados y
unos setenta millones de habitantes, entre ciudadanos y no ciudadanos. Roma fue, y sigue
siendo, una de las ciudades más importantes de la historia. Se le ha llamado la Ciudad
Eterna. Roma, junto a Grecia, ha sido la madre cultural de las modernas
nacionalidades occidentales.
Con casi tres mil años de historia, la ciudad es un buen ejemplo del desarrollo cíclico que
puede tener una entidad urbana: un desarrollo geográfico y demográfico, el estancamiento
y el declive hasta casi desaparecer, y un nuevo desarrollo en la
Edad Moderna y Contemporánea.
Los primeros vestigios de asentamientos en la zona de Roma se remontan a la prehistoria.
El primer asentamiento preurbano de Roma se constituyó en el Monte Palatino (en el
siglo XIV a. C. Luego, la ocupación se fue extendiendo hacia el Quirinal y las colinas
del Esquilino. Los restos arqueológicos han demostrado que a finales de la Edad del
Bronce y comienzos de la del Hierro existía a lo largo del Tíber hasta Ostia una densa red
de aldeas que poblaban las colinas adyacentes.La ciudad se formó a través de la unión de
las diversas aldeas, proceso que duró varios siglos, hasta desembocar en un verdadero
centro urbano. La leyenda de Rómulo podría denotar al gestor de la primera unificación de
los núcleos aldeanos en una sola entidad urbana.
La ciudad se fundó en el 753 a. C. a orillas del río Tíber por Rómulo y remo debido a una
disputa histórica en la que remo fue asesinado en manos de su hermano. fundada en
forma progresiva por la instalación de tribus latinas en el área de las tradicionales siete
colinas, mediante la creación de pequeñas aldeas en sus cimas, que terminaron por
fusionarse (siglo IX y siglo VIII a. C.). Cuando los núcleos latinos que habitaban las colinas
del Quirinal, Esquilino y Celio se fusionaron con los del Palatino, fortificaron el recinto
habitado, y así se inició la primera fase de la Roma antigua hacia el siglo VIII a. C. Siguió
un período de gran actividad constructiva: templos, basílicas, acueductos y caminos
consulares. En la época de Augusto, se produjo la división de la ciudad en catorce
regiones y la construcción y reconstrucción de templos y monumentos. El incendio de la
ciudad en el 68 atribuido a Nerón, hizo desaparecer gran cantidad de edificios,
reconstruidos poco después por el mismo emperador. La obra iniciada por Nerón fue
continuada por sus sucesores Aureliano dotó a Roma, en el siglo III, de las grandes
murallas que llevan su nombre. el año 410, en que fue asaltada y saqueada por Alarico; a
partir de este momento se inició su decadencia monumental.
Respecto a las cifras de población la ciudad alcanzaba los 300 000 habitantes para
comienzos del siglo I a. C.; en el inicio del siglo I d. C.. alcanzaba los 500 000 hab.3 La
ciudad llegaría, en su máximo desarrollo demográfico, en plena época imperial
(siglo II d. C. al siglo III d. C.), a una cifra estimativa que oscila entre el millón y el millón y
medio de habitantes.
La educación[editar]
En la educación, la religiosidad más que una mejora de vida romana, le enseñaba al chico
romano disciplina que usaría para fines prácticos e inmediatos, así como el manejo de la
siembra y agricultura. Cuando el individuo romano aprendía a deletrear y tener
conocimiento sobre sus leyendas regionales, pasaba al aprendizaje de las matemáticas y
la geometría. Las primeras consistían en sencillas operaciones de cálculo, basándose en
escritos y números que solamente eran imitaciones. En cuanto a la geometría, permaneció
de manera antigua, sin embargo sufrió cambios en el momento en que los griegos
comenzaron a enseñarla. Los padres romanos preferían fortalecer el cuerpo de sus hijos
poniéndolos a trabajar en propiedades en donde se aplicase la azada y el arado, de
manera que en el futuro éstos aplicasen esa fuerza en el Ejército. Por este modo de
educación, no era necesaria la utilización de la medicina, porque los romanos
consideraban que no eran los agentes infecciosos los que provocaban las enfermedades,
sino los dioses.
a) Situación social y política en el siglo I a. C.
La sociedad romana estuvo muy condicionada por el desarrollo económico del Estado. En
un comienzo la base primordial de la economía en la Antigua Roma fue la posesión y
explotación de las tierras agrícolas circundantes, propiedad de los patricios y de pequeños
parcelistas plebeyos. En la medida que la República fue extendiendo su dominio
sobre Italia y la cuenca del Mediterráneo, Roma entró en el circuito del gran comercio,
beneficiándose con la afluencia de productos agrícolas —especialmente del Norte de
África— y artesanales a bajo precio. A la larga, la economía italiana se resintió debido a la
competencia de las provincias conquistadas; esto tuvo hondas repercusiones sociales al
hacer prácticamente desaparecer a la clase media campesina y creándose
extensos latifundios trabajados por una gran masa de esclavos. Los campesinos sin tierra
debieron emigrar a Roma y las grandes ciudades de Italia, convirtiéndose en proletarios y
engrosando la clientela de los políticos profesionales que luchaban por el poder.
A fines de la República la situación de Roma en lo social y político era muy compleja. Las
diferencias sociales seguían ahondándose. Frente a la gran masa de proletarios pobres se
encuentra una clase de ricos comerciantes e industriales (el orden ecuestre o de los
caballeros) y otra que acapara el poder político para sí (la clase senatorial). El fenómeno
de la esclavitud se da en gran escala como consecuencia de las guerras de conquista.
Tales dimensiones alcanzó esta práctica que llegó a poner en aprietos al propio Estado,
como fue la furiosa rebelión de gladiadores esclavos, en demanda de su libertad,
encabezada por Espartaco (en Italia, primera mitad del siglo I a. C.) y que fue sofocada
tras una ardua guerra por los generales Craso y Pompeyo.
En lo político, las instituciones que servían para gobernar Roma cuando esta era
una ciudad-estado ya no son aptas para gobernar un extenso imperio. La brevedad del
mandato de los cónsules y las otras magistraturas hacía ineficiente el gobierno de
extensos y lejanos territorios. Los comicios, que solo funcionaban al interior de la ciudad,
perdieron su eficacia cuando Roma se transformó en un estado territorial, pues la mayoría
de ciudadanos se concentraban en toda Italia y en algunas ciudades específicas
esparcidas por las provincias y ya no pudieron participar en las elecciones. En la práctica,
los comicios se habían transformado en una asamblea corrupta formada por
los proletarios de Roma que vendían su voto al mejor postor.
Por su parte, el Senado era incapaz de hacer reformas democráticas debido a su
composición aristocrática y acaparaba casi todo el poder para sí.
b) La intervención del ejército y los generales.
La necesidad de levantar grandes ejércitos acostumbró a los generales a ejercer el poder
personal y a desobedecer al Senado. La composición del ejército había cambiado: de un
ejército formado por ciudadanos-soldados, reclutados por un cierto tiempo, y leales a la
República y sus instituciones, se pasó a uno formado por soldados profesionales, más
leales a sus jefes que a Roma.
La necesidad de gobernar extensos territorios hizo necesaria la existencia de un fuerte
poder central que la República no podía ofrecer. Los primeros que se atrevieron a ejercer
el poder personal fueron los generales Mario y Sila, los cuales, apoyándose ya sea en los
elementos populares, en la clase senatorial o en los caballeros, lucharon
encarnizadamente por el control de la República. Pero el primero que se atrevió sin tapujos
a declarar su aspiración a la realeza fue Julio César. En medio de una gran guerra civil,
César venció al general Pompeyo y sentó las bases de una nueva monarquía, mas fue
asesinado por los republicanos descontentos (44 a. C.). No obstante su asesinato, sus
partidarios, entre los que destacaban los generales Marco Antonio y Octavio, se
reagruparon y vencieron definitivamente a los republicanos en la batalla de Filipos (42
a. C.). A partir de este momento la República quedó sepultada y ambos generales se
repartieron el imperio.
No tardaría en estallar una última guerra civil en la cual venció el general Octavio sobre su
rival Antonio en la decisiva batalla de Accio (31 a. C.). Octavio asumió el título
de emperador y un nuevo nombre: Augusto.
El imperio romano[editar]
Artículo principal: Imperio Romano
El Imperio fue la tercera etapa del desarrollo de la Antigua Roma y en que la principal
institución política del Estado fue la Monarquía imperial, formada por el emperador, sus
ministros, consejeros y gobernadores provinciales. La evolución de la Monarquía imperial
en Roma tuvo dos etapas:
a) El Principado (siglos I y II d. C.)
También ha sido llamada esta etapa Alto Imperio. En esta etapa los emperadores
mantuvieron la ficción de la existencia de la República, dejando funcionar algunas
instituciones como el Senado, los Comicios y los cónsules. Pero el emperador se reservó
el derecho de comandar los ejércitos y proponer los candidatos a las magistraturas y al
Senado. El más importante emperador del Principado fue Augusto. Augusto consolidó la
Monarquía imperial; él fue el "Princeps", es decir, el primero de los ciudadanos, pero
también el "Imperator", es decir, el jefe supremo de las fuerzas armadas, por lo tanto, el
verdadero detentador del poder político supremo; también recibió los títulos de "Pontífice
Máximo" y "Padre de la Patria". Augusto gobernó directamente las provincias "imperiales"
(aquellas fronterizas y con presencia militar) mediante sus legados, y en forma indirecta las
"senatoriales" (las más interiores y pacificadas) a través de la gestión del Senado.
Durante el largo reinado de Augusto la cultura romana llegó a su apogeo. Augusto reforzó
las fronteras del Imperio (los ríos Rin y Danubio fueron el límite Norte, y los
ríos Éufrates y Tigris el límite Este). Terminó con la política de “el mundo para Roma” e
impulsó una nueva: “Roma para el mundo”; en otras palabras, terminó con la explotación y
abuso a que estuvieron sometidas las provincias durante la República y favoreció el
progreso de las mismas. Augusto favoreció las artes y las letras, protegiendo a poetas y
literatos: Horacio, Virgilio, Livio, etc.
Augusto murió en el 14 d. C. y fue sucedido por su sobrino Tiberio. Bajo el gobierno de
Tiberio fue crucificado en Palestina Jesús de Nazareth (33 d. C.). El cristianismo, la nueva
religión fundada por Jesús, hizo progresos decisivos en el siglo I, alcanzando a la misma
Roma gracias a la predicación de los apóstoles Pedro y Pablo, quienes pronto morirían
víctimas de la primera persecución decretada por el emperador Nerón. El cristianismo
predicaba la igualdad entre los seres humanos y negaba la divinidad de los emperadores,
el culto a Roma y la mera existencia de los dioses paganos. A pesar de que Roma era
tolerante con las religiones extranjeras, la actitud de los cristianos sería considerada
disolvente para el Estado; en breve, el cristianismo se atraería la hostilidad de las
autoridades imperiales.
Los emperadores que sucedieron a Augusto llevaron al Imperio a su máxima extensión
territorial. Claudio conquistó Britania (siglo I d. C.), y Trajano (siglo II d. C.)
conquistó Dacia (actual Rumania) y Mesopotamia.
La monarquía imperial fue ejercida por sucesivas dinastías: durante el siglo I d. C. el
Imperio fue gobernado por la dinastía Julio-Claudia, a la que perteneció Augusto, y
descendiente de la más antigua aristocracia patricia de Roma. Pero con el correr del
tiempo accedieron a la Monarquía dinastías de origen no del todo itálico y provincial
(como, por ejemplo, los Antoninos y los Severos). La forma de designar al sucesor del
emperador era mediante su preparación previa, su consagración por el Senado y el
ejército, fuese en vida o después de muerto su antecesor; durante el siglo II se practicó el
sistema de adopción del personaje más capaz; esta última forma dio excelentes
gobernantes. En el peor de los casos la sucesión fue mediante el derrocamiento y el
asesinato (ej: el asesinato de Calígula).
Roma fue gobernada por una serie de emperadores destacados, recordados la mayoría
por su buen juicio, humanitarismo y sus políticas progresistas en beneficio de la ciudad y
sus provincias: Tito, Trajano, Adriano, Antonino Pío, Marco Aurelio. Durante el gobierno de
Vespasiano (s. I d. C.) Roma destruyó el Templo de Jerusalén y posteriormente su hijo Tito
tuvo que afrontar las consecuencias de la erupción del Vesubio que sepultó Pompeya y
otras ciudades de la bahía de Nápoles. Trajano (s. II d. C.) llevó los límites del Imperio a su
máximo; a partir de él Roma se dedicará a consolidar y defender sus conquistas. Adriano
(s. II d. C.) estabilizó las fronteras y su gestión se caracterizó por las grandes obras
públicas (ej: el muro que lleva su nombre en Britania). Antonino Pío (s. II d. C.) consolidó la
Paz Romana. Marco Aurelio (finales del siglo II), el "emperador filósofo", se vio en la
necesidad de combatir a los bárbaros del otro lado del Danubio, derrotándolos en forma
inapelable.
Otros emperadores, como Calígula, Nerón y Domiciano, todos del siglo I d. C., se
caracterizaron por su crueldad y locuras. Intentaron imponer un concepto de absolutismo
imperial de carácter divino, prematuro para la mentalidad todavía republicana de los
romanos, lo que provocó la reacción en el Senado, en el pueblo y en el ejército. Fueron
derrocados: Nerón se suicidó, mientras que Calígula y Domiciano murieron asesinados.
b) El Dominado (siglos III y IV).
También ha sido llamado Bajo Imperio. En esta fase los emperadores se transforman en
monarcas absolutos, toda ficción de república desaparece. El Senado mantuvo un carácter
de institución asesora; los emperadores llegaron al extremo de hacerse adorar como
dioses. Los principales emperadores fueron Septimio Severo, Caracalla, Alejandro
Severo, Aureliano, Diocleciano, Constantino (el primer emperador
cristiano), Juliano y Teodosio.
Marco Aurelio fue sucedido por su hijo Cómodo, el cual gobernó en forma excéntrica y con
despreocupación por la administración y la política exterior. Su derrocamiento y asesinato
(192 d. C.) marcó un punto de dislocación del Imperio, pues a partir de ahí comenzó la
intervención del ejército en la elección de los emperadores. En la guerra civil que siguió a
la muerte de Cómodo, el ejército apoyó Septimio Severo, quien empeñó las fuerzas de
Roma en la guerra contra el Imperio Parto, al cual venció, saqueando su capital Ctesifonte;
Severo tuvo una actitud hostil hacia el Senado, al que persiguió duramente; así mismo,
comienza la política de favorecer económicamente al ejército como un medio de conservar
el trono. Severo fue sucedido por Caracalla (211), quien mandó matar a su hermano Geta
y realizó ejecuciones masivas entre los partidarios de este; pero también reconoció, como
consecuencia de una lógica evolución social, la cualidad de ciudadano romano a todos los
hombres libres del imperio. Alejandro Severo, que sucedió un tiempo después a Caracalla,
tuvo que hacer frente a la agresión del renacido Imperio Sasánida de los persas, el que
había reemplazado al Parto en Irán; fue el primer emperador romano que tuvo cierta
tolerancia hacia el cristianismo, y representó los últimos restos de autoridad civil sobre el
ejército. A partir de su asesinato (235), la Monarquía cae en manos de los generales y
Roma se precipita en un confuso período que duró unos sesenta años y que ha sido
denominado la "Crisis del siglo III". La mayoría de los emperadores tuvieron el carácter de
"emperadores-soldados" y su reinado fue efímero, siendo en la mayoría de los casos,
derrocados y asesinados por su sucesor o los soldados.
Durante la crisis del siglo destaca la figura de Aureliano (asesinado en 275), el cual puso
coto a las incursiones germánicas en territorio romano y logró la unidad del Estado al
reintegrar al dominio imperial las provincias de la Galia, la cual se manejaba en forma
autónoma a consecuencia de los desórdenes generados.
La crisis será superada por Diocleciano, el cual intentó dar al Imperio una administración
más ágil, creando el sistema de la Tetrarquía imperial. Mediante este sistema se dividió al
Estado en cuatro partes, a cargo de "césares" y "augustos" que tenían el deber de
ayudarse y sucederse mutuamente. Pero el sistema fracasó debido al desarrollo del
principio dinástico. A la muerte de Diocleciano su sistema naufragó en medio de la guerra
civil, guerra de la cual salió vencedor Constantino el Grande.
A Diocleciano se lo recuerda, también, por haber desencadenado la mayor de las
persecuciones en contra de los cristianos, persecución que fracasaría y haría comprender
a Roma la necesidad de transigir con el nuevo poder que representaba la religión de
Cristo.
La romanización de Occidente[editar]
En los dos siglos que siguieron a la muerte de Augusto el Imperio realizó una intensa labor
civilizadora, especialmente sobre las provincias occidentales (Galia, Britania, Hispania).
La cultura romana ya no quedó limitada a Roma e Italia , sino que se extendió hasta las
más lejanas provincias fronterizas. La fundación de ciudades y campamentos militares
fueron la base de la romanización. Roma impuso su idioma -el latín-, y sus leyes a los
pueblos conquistados. Una red de caminos y carreteras unía a las provincias con Roma.
Las provincias se llenaron con templos, acueductos, termas, basílicas y otras notables
obras de ingeniería y arquitectura que se caracterizan por su utilidad, su solidez y su
grandiosidad.
La evolución social durante el imperio[editar]
La sociedad romana siguió evolucionando durante la época imperial. La antigua
aristocracia senatorial fundadora de la República es reemplazada por una nueva
aristocracia formada por romanos provenientes de las provincias y nombrados por los
emperadores. Fue una nobleza imperial y cortesana. El proletariado siguió inundando
como una plaga las ciudades romanas; este tuvo que ser sostenido por las arcas
imperiales mediante la distribución gratuita de alimentos y entretenida por medio de juegos
que se realizaban en los anfiteatros, siendo los más característicos los sangrientos
combates de gladiadores y fieras. Estas costumbres solo declinaron con la influencia del
cristianismo.
Las innumerables ciudades del imperio, fuese las conquistadas o las fundadas por Roma,
fueron el semillero de una activa burguesía (los caballeros u orden ecuestre) y cuyos
dirigentes solían obtener la ciudadanía romana; los más importantes entraban al Senado.
El orden ecuestre siguió aumentando en número e importancia hasta, a finales del Bajo
Imperio, hacerse prácticamente indistinguible de la aristocracia.
La esclavitud también constituía una verdadera plaga y solo fue decayendo en la medida
que terminaron las guerras de conquista y por influencia del cristianismo.
La crisis del siglo III[editar]
Artículo principal: Crisis del siglo III
Durante el siglo III Roma sufrió una larga crisis. En lo político el trono imperial se
desestabiliza, pues la mayoría de los emperadores fueron asesinados o muertos en
revoluciones y guerras externas.
Por otro lado, el imperio debió hacer frente a fuertes presiones militares de parte de las
hordas germánicas que atravesaban las fronteras del Rin y el Danubio y saqueaban las
Galias y los Balcanes. Y por el Este el Imperio tuvo que luchar con el imperio persa de
los Sasánidas, una verdadera resurrección del antiguo imperio de Ciro y Darío y que
reclamaba los territorios arrebatados por Alejandro Magno y que ahora le pertenecían a
Roma. La crisis tuvo un carácter económico y urbano: hubo una fuerte inflación, la moneda
perdió completamente su valor y el Estado tuvo que cobrar impuestos en especies y
servicios. Producto de las invasiones y las epidemias las ciudades se despueblan y se
contraen, fortificándose. Las clases altas emigran al campo y prefieren vivir en villas
fortificadas.
Debido a las dificultades del Estado para cobrar los impuestos y, como casi toda la
población rehuía ciertas profesiones (cobrador de impuestos, ediles municipales, etc), el
gobierno se vio en la necesidad de declararlas hereditarias, lo que contribuyó a hacer más
rígida la estructura social. Esta medida tuvo profundo impacto sobre los campesinos y
colonos agrarios de Occidente, los cuales fueron declarados adcritos a sus tierras,
transformándose lentamente, a partir del siglo IV, en los futuros siervos de la gleba
europeos.9
Sin embargo, la Iglesia cristiana logró sobrevivir a las persecuciones de parte de las
autoridades imperiales y pronto obtendrá el reconocimiento (libertad de culto). La religión y
filosofía paganas darán sus últimos frutos, como fue la obra del filósofo Plotino
La decadencia y división del Imperio romano[editar]
Artículo principal: Decadencia del Imperio romano
Durante el siglo IV el Imperio Romano pareció renacer. Constantino el Grande reordenó el
Estado e hizo frente como mejor pudo a las presiones externas. Constantino es recordado
por su famoso Edicto de Milán (313), por el cual decretó la libertad de culto. Roma dejó, a
partir de ese momento, de perseguir a los cristianos. Constantino y sus sucesores
comprendieron la importancia política del cristianismo y trataron de comunicar nuevas
fuerzas al Estado apoyándose en él. La religión hizo progresos decisivos durante el
siglo IV, pese a los intentos postreros del emperador Juliano el Apóstata de reflotar el culto
pagano y las perturbaciones ocasionadas entre los fieles por la difusión de
la herejía del arrianismo. La fe cristiana fue confirmada en el Concilio de Nicea (325 d. C.),
y la Iglesia y el Papado, sus expresiones institucionales características, se enraizaron en
tal forma en la cultura y en la sociedad de la época, que proyectarían a Roma más allá del
propio estado que había creado y que ya se encontraba en proceso de decadencia. Roma
sobrevivirá a la desintegración de su imperio gracias al cristianismo.
También Constantino generó un cambio geopolítico trascendental, al tomar la decisión de
trasladar la capital del Imperio: de Roma a Constantinopla. Constantinopla, la
antigua Bizancio griega, era una ciudad mejor defendida y ubicada estratégicamente, más
cercana a las ricas provincias orientales. Constantino sentaba las bases del futuro Imperio
Bizantino, continuador del romano en el Este de Europa y en el Cercano Oriente.
Durante el siglo IV, el Imperio Romano se puso a la defensiva en relación a los pueblos
germánicos que empezaban a desbordar las fronteras del Rin y del Danubio. Los
germanos habían entrado en contacto con Roma a finales del siglo II a. C. cuando Mario
aniquiló a los cimbrios y teutones que incursionaban en el norte de Italia y en Provenza;
más adelante, César realizó expediciones de castigo en la Germania; no obstante, nunca
pudieron ser domeñados plenamente por los romanos. La alta natalidad, la necesidad de
nuevas tierras y de botín, así como la atracción que ejercía la civilización romana,
impulsaba a emigrar periódicamente a los germanos hacia el suroeste. En el Bajo Imperio
Roma optó, como medio de absorción pacífica, por enrolarlos paulatinamente en sus
ejércitos y usarlos como colonos de las tierras baldías. Esta decisión conllevó un cambio
sustancial en la composición del ejército: durante los siglos IV y V —en la medida en que
crecían la dificultades del Estado en la conscripción militar— los elementos germánicos
auxiliares fueron aumentando lentamente hasta llegar a superar en número al contingente
propiamente romano.
En el siglo IV, nuevos pueblos germánicos aparecían —
godos, vándalos, francos, burgundios, alanos, etc.— y avanzaban hacia el oeste. La
amenaza de los hunos, provenientes del interior del Asia, empujó a los germanos en
contra de las fronteras de Roma. El primero que se asentó de manera definitiva en sus
tierras fue el pueblo de los visigodos, al aniquilar al ejército del emperador Valente en la
decisiva batalla de Adrianópolis (378). Comenzará el declive militar de Roma; el Estado ya
no tuvo fuerzas para expulsarlos de su territorio. A partir de ese momento, los bárbaros
germánicos serán una constante en la política interna de Roma.
Teodosio logró reunir por última vez a todo el Imperio Romano tras vencer a sus
competidores, pero luego comprendió la necesidad de dividir al Imperio con objeto de dar
una respuesta más ágil a las diferentes amenazas que pesaban sobre él. A su muerte
(395), el Imperio se dividió en dos partes, con soberanos y administración propia: nacían
así el Imperio Romano de Occidente y el Imperio Romano de Oriente.
Teodosio también es importante por haber declarado al cristianismo como la religión oficial
del Imperio. Roma se convirtió, de un imperio pagano, en un imperio cristiano.
A principio del siglo V, las tribus germánicas, empujadas hacia el Oeste por la presión de
los hunos, penetraron en el Imperio Romano de Occidente. Las fronteras cedieron por falta
de soldados que las defendiesen y el ejército, constituido en su mayoría por bárbaros, no
pudo impedir que Roma fuese saqueada por los visigodos de Alarico I (410) y por los
vándalos de Genserico (455). Estos saqueos provocaron gran conmoción en el mundo
cristiano y civilizado, y si bien los daños en la ciudad fueron escasos, el prestigio de Roma
fue gravemente afectado. Cada uno de los pueblos germánicos se instaló en una región
del imperio, donde fundaron reinos independientes: los reinos germano-romanos. Los
ostrogodos en Italia , los francos y burgundios en la Galia, los anglos y sajones Britania,
los vidigodos en Hispania y los vándalos en el Norte de África. Uno de los más importantes
fue el de los francos, la base de las modernas nacionalidades de Francia y Alemania, y del
cual derivaría a la postre el Sacro Imperio Romano Germánico. El largo reinado
de Valentiniano III (424-455) presenció la irreversible desintegración del Imperio de
Occidente, pese a los esfuerzos políticos y militares del general Aecio, quien opuso a unos
bárbaros contra otros y comandó el combinado de fuerzas romano-germánicas que derrotó
a Atila, rey de los hunos, en la batalla de los Campos Cataláunicos (451).
El emperador, que ni siquiera tenía su sede en Roma, sino en Rávena, dejó de controlar
los restos del Imperio; fue así que en el año 476, un jefe bárbaro, Odoacro, destituyó
a Rómulo Augústulo, un niño de apenas 10 años, el cual fue el último emperador Romano
de Occidente, y envió las insignias imperiales a Zenón, emperador Romano de Oriente.
Pero el dominio de Odoacro, rey de los hérulos, no duró mucho sobre Roma e Italia, pues
el emperador de Oriente, Zenón, autorizó, bajo una teórica soberanía, a un nuevo jefe
bárbaro, Teodorico, rey de los ostrogodos, a pasar con su pueblo a la península a obtener
nuevas tierras. Pronto Teodorico se adueñó del poder al asesinar personalmente a
Odoacro en un banquete. Teodorico ejerció como "rey de Italia", y, como tal, fue
reconocido por el emperador de Oriente, Anastasio; fijó su capital en Rávena.
Teodorico gobernó sobre ostrogodos y romanos y restauró buena parte de la anterior
estructura imperial, conservando la tradición clásica. Mediante una inestable alianza con la
aristocracia senatorial romana de Italia y con una entente con la poderosa Iglesia católica,
Teodorico desarrolló su reino rodeándose de cortesanos romanos entre los que
destacaron el ilustre filósofo Boecio y el escritor Casiodoro. A la postre, el proyecto político
de Teodorico fracasaría debido a la desconfianza de la nobleza romana, las intrigas de la
corte bizantina que aspiraba a la reconquista de Italia, y el mutuo rechazo entre la
población católica y los ostrogodos arrianos que detentaban el poder militar. El reinado de
Teodorico terminaría en medio de violencias que ocasionaron la muerte de importantes
ciudadanos romanos, como fue el caso del asesinato de Boecio.
El final del Imperio Romano de Occidente y el papel de la Iglesia [editar]
Como se ha dicho, en el año 476 el último emperador de Occidente fue destronado por los
bárbaros y sus insignias imperiales enviadas a Constantinopla. Con este acto el Imperio de
Occidente dejó formalmente de existir. Posteriormente, se intentó su resurrección gracias a
la obra de Justiniano, Carlomagno y Otón I, pero estos intentos no fueron, a la larga,
verdaderamente exitosos, y solo recogieron los títulos.
En la crisis general de las instituciones políticas y civiles de Roma las únicas que
sobrevivieron sólidamente fueron la Iglesia y el Papado. De hecho, los papas de Roma, los
obispos y el clero en general tuvieron que asumir, en muchos casos, funciones políticas,
generalmente en defensa de la labor de la Iglesia y de las poblaciones romanas en contra
del abuso de los bárbaros (p. ej., es legendaria la manera en que el papa León I logró
detener a Atila, quien se encaminaba hacia una Roma inerme, al frente de sus ejércitos
hunos). De esta forma la Iglesia logró salvar una buena parte de la tradición romana, la
que se incorporaría posteriormente a la Civilización Occidental nacida en Europa hacia el
siglo IX.
El Imperio Romano de Oriente sobrevivió a las invasiones germánicas y existirá mil años
más, jugando un importante papel en la Edad Media al civilizar a los pueblos de Europa
Oriental y ser un verdadero escudo que defendió a Europa Occidental de las invasiones
asiáticas.
Roma seguirá siendo un centro religioso, político y cultural del mundo cristiano
occidental.1011
El legado cultural de la Roma Antigua[editar]
Véase también: Cultura de la Antigua Roma
Los legados de la Roma Antigua fueron múltiples. Se pueden mencionar los siguientes:
a) El Derecho Romano: Quizás el aporte más importante de la Roma Antigua a la cultura
fue el derecho romano. El derecho romano es el conjunto de leyes escritas creadas por
Roma y que arranca a partir de la Ley de las doce tablas(450 a. C.), primer monumento de
su legislación; esta legislación evolucionó y se perfeccionó durante el transcurso de la
República y el Imperio de acuerdo con las decisiones de los Comicios y del Senado, los
edictos de los pretores y de los emperadores y el trabajo de los jurisconsultos. 12 Fue
codificado en su forma final por el emperador Justiniano en el siglo VI. Este Derecho
estaba dividido en Derecho Civil (regulaba las relaciones entre los romanos) y el Derecho
de gentes (regulaba las relaciones de Roma con los pueblos no romanos). Los principios
fundamentales del Derecho Romano poseen valor universal y se han incorporado a la
legislación de todos los pueblos civilizados. Entre estos se pueden destacar los siguientes:
1. Las leyes deben ser públicas y escritas. 2. La ley debe proteger a la persona y sus
bienes. 3. Las leyes deben considerar los derechos de las mujeres. 4. Una persona
acusada debe ser considerada inocente mientras no sea probada su culpabilidad. 5.
Personas de distinta posición económica y social pueden contraer legítimo matrimonio. 6.
Todos los ciudadanos que forman el estado son iguales ante la ley. Importantes códigos
civiles occidentales están basados en el Derecho Romano, tal como el Código Civil de
Napoleón, el cual fue adaptado por otras naciones occidentales.12 Gracias al Derecho
Romano se conservó en Occidente la idea de "estado", es decir, una entidad jurídica e
institucional sobre una base territorial y poblacional distinta al patrimonio de los príncipes y
reyes, y que no es divisible por herencia entre los herederos. La idea de estado sobrevivirá
el período medieval y será reflotado en Occidente gracias a la acción de los reyes de las
monarquías nacionales de la Baja Edad Media en su lucha contra el feudalismo.
b) El idioma romano (el latín): el latín ha dado origen a las modernas lenguas neolatinas:
castellano, francés, italiano, portugués, rumano, etc. Además, el latín sirve para la
nomenclatura científica, pues es el medio que sirve para la denominación de los seres
vivos.
c) El alfabeto romano. El alfabeto romano, de carácter fonético, está en uso en la mayor
parte del mundo, especialmente en el Occidental.
d) La idea del “imperio”, es decir, un conjunto de pueblos unidos bajo un mismo
gobierno. El imperio ha sido la idea fuerza que ha llevado a lo largo de la historia a varias
naciones y personajes a imitar a Roma creando sus propios imperios: el imperio de
Carlomagno, el Sacro Imperio Romano Germánico de Otón I, el imperio napoleónico, el
estado fascista de Benito Mussolini, los imperios español, inglés, francés, alemán, ruso,
etc.
e) Arquitectura e ingeniería romana. Los romanos construyeron monumentos y
edificaciones hechas para durar, funcionales y de gran tamaño: acueductos, puentes,
carreteras, palacios, anfiteatros, basílicas, fortalezas, etc. Tales construcciones han sido
ampliamente imitadas en los siglos posteriores y especialmente durante el Renacimiento y
en la época Neoclásica.
f) Roma como centro del cristianismo católico. Por espacio de 2000 años Roma ha
sido el centro de la cristiandad católica, pues en ella se encuentra la Santa Sede,
importante institución religiosa y política que ha desarrollado una gran labor cultural. La
Iglesia tomó del Imperio estructuras administrativas (por ejemplo, las diócesis), tradiciones
(por ejemplo, uso del latín, vestuario sacerdotal), un concepto de gobierno jerárquico
centrado en la Ciudad del Vaticano, y otras tradiciones de origen romano.
Antigüedad tardía[editar]
Artículo principal: Antigüedad tardía
En este período Roma deja de ser una gran capital mediterránea y se convierte en la presa
que se disputan los ostrogodos y los bizantinos primero, y los lombardos y los mismos
bizantinos después, lo que ocasionó un gran deterioro urbano y una acelerada
despoblación (en el siglo II la urbe había alcanzado 1 500 000 habitantes, que se redujeron
a unos 650 000 en el momento de la división del Imperio y a unos 100 000 en el año 500).
No obstante la decadencia, en el interior de sus muros se gesta el poder que se hará cargo
de su destino hasta el siglo XIX: el Papado.
Guerra Gótica (535-554)[editar]
Artículo principal: Guerra Gótica (535–554)
El exilio y asesinato de la reina ostrogoda Amalasunta, de religión católica, en 535, por
órdenes del rey Teodato, fue aprovechado por el emperador Justiniano I como excusa
para reconquistar Italia. Conocemos muy bien los acontecimientos gracias a la
obra Historia de las guerras de Procopio de Cesarea. Las tropas imperiales, a las órdenes
de Belisario, desembarcan en el sur de la península en julio de 536 y entran en Roma el 10
de diciembre del mismo año. A comienzos del siglo VI la población de la ciudad se había
reducido a unos 100 000 habitantes.
En 537, Belisario es asediado en la ciudad durante un año por el rey godo Vitiges, quien
ordena cortar catorce acueductos que le suministran agua, mientras que Belisario manda
que se tapien sus entradas para evitar que los godos puedan infiltrarse por ellos. No serán
reparados hasta el siglo XVI. El corte del acueducto de Trajano (Acqua Traiana) afecta los
molinos de trigo instalados en las laderas del Janículo, en la orilla derecha del Tíber. Al
final, Belisario manda expulsar las "bocas inútiles", los hambrientos que piden la rendición
o una tregua, quienes no volverán jamás. Este primer asedio godo fracasa.
Desde el verano de 545 hasta finales de 546, Roma vuelve a ser asediada, esta vez por el
rey godo Totila, quien entra en la ciudad el 17 de diciembre de 546.
Las fuerzas imperiales vuelven a tomar la ciudad a comienzos 547, aprovechando que
estaba custodiada por una guarnición goda muy reducida. En la primavera de 547 el
ejército godo intenta recuperarla.
En preparación para un nuevo asedio el comandante de la guarnición imperial manda
sembrar trigo en todas las zonas no edificadas, pero cuando los godos vuelven a atacar en
549 logran apoderarse rápidamente de la ciudad.
En el año 552 las fuerzas imperiales la vuelven a recuperar, esta vez de forma definitiva.
Era la quinta vez que la ciudad era tomada.
Las guerras góticas fueron un duro golpe para Roma: el suministro de agua fue
severamente dañado debido a la destrucción de los acueductos; sus aguas se derramaron
sin control en la campiña aledaña, lo que contribuyó a la insalubridad de la comarca; la
despoblación de la ciudad se aceleró; la tradicional institución del Senado, que había
representado a Roma durante más de mil años, fue suprimida por Justiniano, lo que
significó la desaparición de los últimos restos de la tradición cívica de la urbe. La
desaparición del Senado occidental significó también la desconexión de la ciudad con lo
que quedaba de la antigua nobleza latina esparcida por los nuevos reinos germano-
romanos; la pertenencia de sus principales miembros a la antigua institución le otorgaba
prestigio e influencia política, social y jurídica; la devenida aristocracia senatorial no tuvo
más remedio que fundirse con la aristocracia militar germánica para poder sobrevivir.
Roma perdió su rango de gran ciudad mediterránea occidental, iniciando su vida medieval
a expensas del Imperio Bizantino, primero, y del poder pontificio y de la Iglesia después.
Roma bizantina (554-727)[editar]
Tras la reconquista bizantina de Italia por Justiniano I durante la prolongada y devastadora
Guerra Gótica de 535-554, Roma es una ciudad del Imperio Bizantino, pero no su capital,
ya que la sede de la autoridad imperial, representada por el exarca, es Rávena (de la
misma forma que fue capital del Imperio de Occidente desde el año 402).
Al acabar la Guerra Gótica (554) la población de la ciudad no sobrepasaba los 40 000
habitantes, cuando hacia el año 400 era de 650 000. Esta considerable disminución en los
siglos V y VI lleva aparejada una profunda modificación del reparto de la
población intramuros. Los barrios altos (Quirinal, Esquilino, Viminal) quedan sin agua tras
el corte de los acueductos en 537 y son poco a poco abandonados. La población va
concentrándose en el Campo de Marte y en la orilla derecha del Tíber (el Trastevere, o
«ultratíber») en torno a la basílica de San Pedro.
El resto de la ciudad queda prácticamente desocupado o en ruinas, con la excepción de
las iglesias y los monasterios, separados de hecho de las zonas habitadas. Se abandona
el cuidado de los monumentos públicos y los templos de la Antigüedad, que sirven de
cantera. Ya la emperatriz Eudoxia, esposa de Valentiniano III (424-455), empleó veinte
columnas dóricas de mármol procedentes de un templo pagano para la iglesia de San
Pedro ad Vincula que ella misma había mandado a construir y que se consagró en el año
439.
La Pragmática Sanción de 554, mediante la cual Italia era reintegrada al Imperio romano,
ratificaba una situación que ocurría de facto: otorgaba a los obispos el control de diversos
aspectos de la vida civil (como la actividad de los jueces civiles) y la administración de las
ciudades, poniéndolos a cargo del aprovisionamiento, la anona y los trabajos públicos, al
tiempo que quedaban exentos de la autoridad de los funcionarios imperiales. Así, muchas
ciudades romanas deben su continuada existencia a ser lugar de residencia de los
obispos.
Durante el periodo en que Roma fue parte del Imperio bizantino se aceleró la
transformación de los antiguos edificios paganos en edificios para el culto cristiano, tal
como fue el caso del Panteón, el cual, en la primera mitad del siglo VII, junto a la Sala de
sesiones del Senado, se transforman en iglesias cristianas dedicada a la Virgen María en
su advocación de Reina de los Mártires y a san Adriano.13
Roma y su región adyacente fue convertida en un ducado gobernada por un dux
dependiente del exarca de Rávena. El duque y los oficiales bizantinos se alojaban en lo
que quedaba de los antiguos palacios imperiales; por su parte, el Foro Romano conservó
el papel de centro de la ciudad. De la presencia bizantina quedaron algunos rastros, tales
como la columna en homenaje al emperador Focas, y algunas iglesias que rodeaban el
Palatino (S. Giorgio, S. Anastasia y S. María). Más perdurable fue la influencia en el arte
decorativo (pinturas, mosaicos), influencia que se proyectaría hasta la Baja Edad Media.
Debido a la invasión de los lombardos sobre Italia las comunicaciones entre Roma y
Rávena quedaron seriamente amenazadas. Por su parte, los emperadores de Bizancio
trataron al ducado de Roma como una remota provincia de su imperio, preocupados de
otras amenazas más urgentes provenientes del norte (los búlgaros) y del Oriente (los
persas y los árabes).
El poder político ejercido por Bizancio fue discontinuo y en forma creciente fue asumido
por el papa, el cual fue progresivamente ejerciendo la dirección civil y administrativa de la
ciudad. Uno de los casos más destacados fue el de san Gregorio Magno, quien ejercía
como Obispo y como delegado civil de Bizancio (finales del siglo VI). Esta tendencia se
profundizó en la medida que declinaba la presencia bizantina en Italia, amagada por los
lombardos. No obstante, los emperadores intentaron en ocasiones revertir la situación,
deponiendo, encarcelando e incluso asesinando a alguno de los papas, cada vez que la
primacía del Obispo de Roma entraba en conflicto con las pretensiones religiosas de los
propios emperadores y de los patriarcas de Constantinopla.
En 663, como parte de su intento de reconquistar Italia a los lombardos, el
emperador Constante II visitó Roma durante doce días, visita que conllevó la expoliación
de obras de arte enviadas a Bizancio. Fue la última vez que un emperador romano legítimo
visitaría Roma.
Hacia finales del siglo VII los suministros de trigo que alimentaban a Roma se cortaron
debido a la caída de Cartago en manos de los árabes. Fue entonces que empezó de parte
de los papas la solicitud de ayuda a los países germánicos más que al emperador de
Constantinopla.
A comienzos del siglo VIII el poder de Bizancio sobre Roma estaba casi liquidado. El punto
de quiebre ocurrió a raíz de la querella iconoclasta desarrollada en Constantinopla y que
tuvo impacto en Italia: Roma cortaría su dependencia política en forma definitiva con el
Imperio de Oriente. Los lombardos, que se habían convertido al catolicismo, apoyaron la
política del papado, la cual se oponía a los iconoclastas de Constantinopla, e invadieron
las posesiones bizantinas en Italia. El ducado fue extinguido y toda la autoridad política
pasó a manos del papa Gregorio II (727), quien logró el reconocimiento de parte del rey de
los lombardos, Liutprando, de su dominio sobre Roma. De este modo la ciudad finalizó su
tradicional relación política y jurídica con el Imperio del cual fue la base fundacional en la
Antigüedad, e inició un nuevo camino como base territorial, humana, política y religiosa de
Papado y de la Iglesia católica.14
Lombardos (568-774)[editar]
Los lombardos invadieron Italia en el año 568 y pronto ocuparon la mayor parte del Norte y
el Apenino central en torno a Espoleto y Benevento. El Imperio bizantino conservó el
dominio de Génova, Rávena, Roma, el Lacio, Nápoles y el sur de la península.
Los lombardos era un pueblo auténticamente bárbaro, en el sentido clásico de la palabra,
de religión arriana o pagana, y que no había estado sometido a la influencia civilizadora de
Roma en el período preitálico de su migración. La invasión lombarda fue decisiva en la
historia de Italia, pues a partir de ella la península perdió la unidad política tan
trabajosamente lograda por Roma en los siglos anteriores. Los lombardos constituirán una
permanente amenaza para Roma y sus autoridades civiles y religiosas.
En el año 592 Roma es atacada por el rey lombardo Agilulfo. En vano se espera la ayuda
imperial; ni siquiera los soldados griegos de la guarnición reciben su paga. Es el
papa Gregorio Magno quien debe negociar con los lombardos, logrando que levanten el
asedio a cambio de un tributo anual de 500 libras de oro (probablemente entregadas por la
Iglesia de Roma). Así, negocia una tregua y luego un acuerdo para delimitar la Tuscia
Romana (la parte del ducado romano situada al norte del Tíber) y la Tuscia propiamente
dicha (la futura Toscana), que a partir de ahora será lombarda. Este acuerdo es ratificado
en 593 por el exarca de Rávena, representante del Imperio en Italia.
Los lombardos no cejarán en su empeño de apoderarse de Roma. En el siglo VIII los reyes
lombardos Liutprando y Desiderio prácticamente la subyugaron. Liutprando terminó con la
presencia bizantina en Roma al clausurar el ducado imperial, aunque reconoció la
autoridad del pontífice en la ciudad. Más adelante, el rey Desiderio logró, brevemente, lo
que tanto anhelaban los lombardos: apoderarse físicamente de Roma (772).
La amenaza lombarda obligó a los papas a desligarse de la ayuda bizantina y orientar su
mirada en demanda de la ayuda que pudiesen prestar otros príncipes germánicos. Los
elegidos fueron los príncipes francos, quienes en el transcurso de lo que quedaba del
siglo VIII expulsaron a los lombardos de Roma, los dominaron políticamente, y se
transformaron en los defensores naturales del Papado.
Alta Edad Media[editar]
Roma se sumerge en la Alta Edad Media desligada definitivamente del Imperio
Bizantino (el ducado se suprimió en 727) y bajo un control relativo de los papas en los
aspectos políticos, civiles, administrativos y económicos (la ciudad estaba bajo la presión
constante de los lombardos, los cuales nunca renunciaron a conquistarla). Roma será, en
adelante, la base del Pontificado Romano y jugará un importante rol político y religioso en
las etapas sucesivas. En un continuo proceso de ruina económica, material y poblacional,
la ciudad logró, sin embargo, conservar el prestigio ganado en la Antigüedad; su pobreza
material no se condecía con su importancia política y religiosa.
Roma Pontificia (desde el 727)[editar]
Desde los comienzos de la cristiandad, los obispos de Roma, es decir, los papas, hicieron
valer su autoridad religiosa sobre las demás iglesias repartidas por el Imperio, actitud
basada en la tradición católica que asignaba a Simón Pedro el ser la "Piedra" dejada por
Cristo para sostén de su Iglesia una vez que él ascendiera a los cielos. Como Pedro
terminó radicado en Roma, lugar en donde fue martirizado, se identificó a la ciudad como
su sede definitiva, es decir, el Patriarcado u Obispado de Pedro, el primer papa. Así lo
entendieron sus sucesores en el obispado. Ya San Clemente Romano, a fines del
siglo I d. C. hacía valer su autoridad llamando al orden a las iglesias de Oriente. El Papado
fue, poco a poco, reforzando su autoridad religiosa, política y civil, no sin la resistencia de
los patriarcados del Oriente, en especial el de Constantinopla, y sobrevivió a las
persecuciones de los emperadores romanos, a las disputas teológicas con los arrianos en
el siglo IV, a la caída del Imperio de Occidente, al dominio de los ostrogodos, a las guerras
góticas y al dominio postrero de los bizantinos. Con la ayuda circunstancial de los
lombardos el Papado logró sacudirse la tutela imperial y buscó afianzar su dominio político
definitivo sobre Roma y sus regiones anexas, las cuales fueron la base de los "Estados
Pontificios". Los Papas intervendrán en lo sucesivo como príncipes políticos
independientes, a la cabeza de Roma y su población, no sin resistencia de poderes
extranjeros (príncipes, reyes y emperadores germánicos, invasiones árabes, normandas) y
de los poderes locales (pretensiones de las facciones nobiliarias de Roma).
El Pontificado fue acrecentando sus dominios en Italia gracias a sucesivas donaciones. Ya
en la época de Constantino este había hecho entrega a la Iglesia de bienes inmuebles en
Roma y en Italia, lo que sirvió de base a la famosa “Donación de Constantino”, una
falsificación medieval que suponía la cesión de la ciudad e Italia al papa por parte de dicho
emperador.
El rey lombardo Liutprando restituyó al Papado, mediante una donación, una serie de
territorios que serían la base jurídica de los Estados Pontificios, lo que se formalizó con las
donaciones territoriales (Exarcado de Rávena, la Pentápolis, etc.) del rey franco Pipino el
Breve (754); esto aseguró al Papado su independencia política frente a los lombardos y los
bizantinos. De esta forma, Roma se convirtió, nuevamente, en capital política; esta vez, de
los Estados Pontificios, los que se fueron acrecentando con el tiempo mediante sucesivas
donaciones y conquistas, y que se mantuvieron como tales hasta el año 1870, en que
el Reino de Italia ocupó por la fuerza Roma, declarándola capital de la Italia unida.
Los papas se convirtieron definitivamente en príncipes temporales con el derecho a cobrar
impuestos, sostener ejércitos y dictar leyes en sus territorios. El dominio del Papado nunca
fue total y continuo, pues su autoridad estuvo amagada por las facciones nobiliarias de tipo
feudal, por las injerencias de los reyes y emperadores germánicos, y por los invasores
normandos. Solo posterior al año 1000 el Papado pudo consolidar su autoridad en los
Estados Pontificios, no sin oposición de las fuerzas señaladas, a las que habría que
agregar el renacimiento de los movimientos comunales populares, los que buscaron
independizar a Roma del Pontificado y la nobleza.
Hay que decir que la elección de los pontífices correspondió durante la Alta Edad Media al
pueblo romano, al clero y los obispos vecinos, aunque durante el período interfirieron, en
mayor o menor medida las autoridades bizantinas, las facciones nobiliarias de Roma y los
reyes francos y alemanes después. Esta forma de elegir al papa cambió a partir del
siglo XI, cuando Nicolás II reformó el sistema de elección, asignando este acto a un colegio
de cardenales. El pueblo romano quedó limitado a su aprobación y proclamación.
Imperio carolingio (774-843)[editar]
La relación de Roma y los pontífices con la dinastía de los Carolingios comenzó hacia
mediados del siglo VIII cuando Pipino el Breve solicitó del papa Esteban II la aprobación del
derrocamiento de la dinastía anterior, los Merovingios. En 754 el papa Esteban fue a Galia
y consagró rey a Pipino mediante la unción del óleo santo. A su vez, Pipino respaldó al
Papado cuando el Pontífice pidió ayuda en contra de la ominosa presión de los lombardos
contra Roma. Por dos veces los reyes francos, Pipino y Carlomagno, pasaron a Italia al
frente de sus ejércitos a liberar a Roma de su asedio. Carlomagno, finalmente,
respondiendo a la petición de ayuda del papa Adriano I, los derrotó completamente,
anulando su influencia al declararse “Rey de los lombardos”.
Roma y el Papado se zafaron de la presión lombarda, pero cayeron en la órbita franca. Los
reyes francos se consideraron, en adelante, defensores naturales de los pontífices, pero a
la vez comenzó el cesaropapismo medieval, por el cual las máximas autoridades
temporales, reyes y emperadores, se atribuyeron el derecho de influir en las cuestiones de
Roma, el Papado y la Iglesia. Como contrapartida, los papas se fueron atribuyendo en
forma casi imperceptible el derecho de coronar a los reyes y emperadores, lo que fue el
fundamento de la futura doctrina de la "teocracia pontificia", por la cual el poder religioso
del pontífice estaba por encima de los poderes temporales, con el derecho de gobernarlos;
esta doctrina alcanzaría su pleno desarrollo con Inocencio III en la Baja Edad Media.
En el año 800 llegó el momento culmen de la relación de Roma y los reyes francos,
cuando el papa León III, en premio por el apoyo prestado por Carlomagno en su conflicto
con la nobleza romana, lo coronó por “sorpresa” “Emperador de los romanos” en la
catedral de San Pedro, en medio de la aclamación del pueblo. Renacía así, de acuerdo a
la tradición jurídica romana, a los deseos de la iglesia y los del pueblo, el Imperio Romano
Cristiano en su versión Occidental, título que no sería admitido por Bizancio hasta más de
una década después. Demás está decir que este nuevo “Imperio Romano Occidental”, si
bien era cristiano, distaba mucho del extinguido en el año 476. Roma no era la capital,
sino Aquisgrán, el pueblo romano no era su base nacional, sino la nación franca, las leyes
romanas no eran la base jurídica del Imperio, sino las leyes consuetudinarias germánicas,
la estructura administrativa era muy distinta a la creada por Roma en la Antigüedad, pues
carecía de su burocracia, los ejércitos imperiales estaban constituidos a la usanza
germánica y no por las antiguas legiones; ni siquiera sus dirigentes habían asimilado la
idea romana de “estado”, sino que seguían apegados a sus tradiciones germánicas de
considerar al reino como propiedad personal de los reyes. En síntesis, este nuevo Imperio
Romano Occidental era “romano” de título más que de esencia, jugando Roma más un
papel simbólico que efectivo.
A pesar de la protección brindada por el Imperio carolingio, la seguridad de Roma no era
completa. Los árabes, y, posteriormente los normandos, realizarían incursiones por las
costas del Mediterráneo Occidental. En 846 una flota musulmana remontó el Tíber hasta
Roma, saqueando la basílica de San Pedro, que se halla fuera de la muralla Aureliana.
La nobleza feudal romana y el "Siglo de Hierro del
Pontificado" (siglo X)[editar]
La protección que brindaba el Imperio carolingio a Roma y al Papado se eclipsó a partir
del Tratado de Verdún (843), tratado que consagró la división del reino franco en tres
partes: las actuales Francia y Alemania, más una franja intermedia llamada Lotaringia,
reinos a cargo de soberanos propios, descendientes de Carlomagno. La división se
consagró como definitiva a partir de la muerte de Carlos III el Gordo (888), el cual había
reunido por última vez, en forma efímera, casi todos los territorios del imperio.
Alejados de Roma sus protectores carolingios, la ciudad se vio envuelta, desde fines del
siglo IX y durante casi todo el siglo X, en enconados conflictos internos, ya fuese entre las
principales familias de la nobleza urbana o rural, y entre éstas y el Papado. La nobleza
feudal romana estuvo representada por los condes de Túsculo, los Crescencios,
los duques de Spoleto; más adelante serán los Colonna y los Orsini; familias que
dominaron la política romana durante siglos. Libres de la tutela de los emperadores y reyes
carolingios, la nobleza local encontró las mejores condiciones para su desarrollo. La
institución del Papado terminó cayendo inexorablemente en sus manos, y de las filas de
esas familias salieron numerosos papas y antipapas (unos cuarenta) de escasa
personalidad y poco dignos la mayoría de ellos (hubo papas que apenas alcanzaban los
dieciocho años de edad al momento de ser electos). Muchos tuvieron un corto pontificado,
fueron habitualmente depuestos por las facciones rivales, y otros se expusieron a la
vejación y a una muerte violenta. Al siglo X se le ha llamado la “Edad de Hierro del
Pontificado”. Célebres fueron el noble Teofilacto I, su esposa Teodora y su hija Marozia,
los cuales influyeron en forma nociva y durante largo tiempo en la elección y duración de
los papas de su época (primera mitad del siglo X). Los intereses de la Silla de San Pedro
fueron primordialmente mundanos más que religiosos. La jefatura de la Iglesia se convirtió
en un verdadero trofeo de la nobleza. Como consecuencia de todo, el Papado entró en un
estado de gran postración y degradación moral; solo fue salvado por la fe de los fieles y el
desarrollo de una eficiente Cancillería que logró mantener el prestigio de la institución,
aunque los titulares fuesen poco dignos.
Pronto hará entrada en escena el Sacro Imperio Romano Germánico; el Papado cambiará
su servidumbre desde los poderes locales al poder del emperador de Alemania.
El Sacro Imperio Romano Germánico y el cesaropapismo
medieval (desde la segunda mitad del siglo X)[editar]
El Sacro Imperio Romano Germánico fue creado por el rey alemán Otón I y constituyó el
tercer intento de restauración imperial, y, tal como el de Carlomagno, fue patrocinado por
el Papado. El papa Juan XII, que apenas alcanzaba los dieciocho años de edad, debido a
su conflicto con la nobleza romana, llamó en su auxilio al rey de Alemania Otón I, el cual
marchó a Italia con sus ejércitos, poniendo orden en la península y en Roma. En premio, el
papa coronó a Otón emperador de Occidente (962). Nacía de esta forma el Sacro Imperio
Romano Germánico, el cual duraría en teoría hasta 1806, en que se disolvió debido a la
acción de Napoleón. Este imperio, más cercano a la idea romana del estado, difería
bastante del carolingio, pues era más pequeño y estaba circunscrito a Alemania e Italia; su
base nacional seguía siendo germánica. Jugó un rol importante en la Baja Edad Media al
expandir la civilización occidental por el norte, este y centro de Europa.
Otón impuso su pleno dominio en Italia y los Estados Pontificios y obligó a los romanos a
prestarle juramento de fidelidad en el sentido de que no elegirían a ningún papa sin su
consentimiento. Comenzaba el cesaropapismo medieval.
Los papas, a partir de Otón I, tuvieron que prestar juramento de fidelidad a los
emperadores de Alemania, transformándose la institución en un verdadero feudo de los
soberanos germánicos. Esto trajo graves consecuencias para el Papado y la Iglesia, cuyos
líderes fueron hechura de los emperadores que los designaban; no obstante que los
emperadores designaron papas más dignos que los del "Siglo de Hierro", la moral
eclesiástica en Italia, Alemania y otros lugares decayó notablemente al contaminarse la
Iglesia con el espíritu feudal.
La situación de servidumbre de Roma y el Papado a la voluntad de los emperadores del
Sacro Imperio duraría hasta los albores de la Baja Edad Media, cuando el monje
cluniacence Hildebrando se transformase en papa con el nombre de Gregorio VII. Gregorio
terminará con el dominio alemán en Roma y en Italia, invirtiendo la relación y declarando la
superioridad de los papas sobre los emperadores. Comenzará la lucha entre el Papado y
el Imperio.
Baja Edad Media[editar]
La Baja Edad Media sorprenderá a Roma bajo la servidumbre de los emperadores
germánicos; por su parte, el Papado se encuentra sometido a la voluntad feudal de los
monarcas alemanes y acosado por la permanente interferencia de la aristocracia
semibandida romana. En el intento del papa Gregorio VII de sacudirse la tutela imperial, la
ciudad sufre un duro golpe material al ser saqueada y quemada por las tropas normandas
del aventurero Roberto Guiscardo en 1084. La mayor parte de las edificaciones antiguas
sobrevivientes son afectadas por los incendios, así como parte de las construcciones
religiosas medievales. El casco más antiguo de Roma adquiere ya el aspecto tradicional:
un montón de ruinas que denotan el esplendoroso pasado antiguo de la ciudad. El saqueo
es acompañado por su cortejo de vejaciones sobre la población urbana remanente. 15
Gregorio VII e Inocencio III: la teocracia pontificia
universal[editar]
El dominio del Imperio germánico sobre Roma durará hasta la enérgica reacción del papa
Gregorio VII, el cual, en la segunda mitad del siglo XI siguió un elaborado programa
político-religioso consistente en recuperar el control sobre la Iglesia Occidental, desligar al
pueblo y la nobleza de la elección de los pontífices y someter a los emperadores
germánicos a la obediencia a la Silla papal. Tal programa llevará a Gregorio a enfrentarse
directamente con el poderoso emperador Enrique IV. Papado e Imperio se colocarán frente
a frente. En la lucha secular entre ambas instituciones, prevalecerá el Papado.
La reforma eclesiástica de Gregorio consistió en reforzar el poder pontificio mediante
legados que enviaba a todos los países con objeto de someter a obediencia a las iglesias
locales; luego, sustrajo al poder imperial la atribución de investir a los obispos y abades en
sus territorios. Se inició la "querella de las investiduras", conflicto ganado por el Papado. El
emperador reaccionó, y, echando mano a todos los medios a su alcance-fuerza armada,
instigación a la nobleza romana local, etc-trató de deponer a Gregorio; por su parte, el
papa respondió con medios semejantes, agregándole los espirituales-excomunión,
desligación de la obediencia de los súbditos hacia el emperador. En el proceso, Roma
quedó hecha cenizas (1084) debido al "apoyo" que brindaron los normandos al bando
papal. Enrique tuvo que someterse de mala gana al poder de Gregorio. Pronto
desaparecieron ambos actores-Gregorio murió execrado por el pueblo romano que lo
acusó de permitir el saqueo, y Enrique fracasado y en la miseria.
Los pontífices que sucedieron a Gregorio retomaron el control de Roma y continuaron el
conflicto con los sucesores de Enrique. En 1122, bajo el pontificado de Calixto II se firmó
el Concordato de Worns por el cual el emperador Enrique V reconoció el derecho del papa
a investir obispos y abades. Paralelo a esto, el Papado consolidó su influencia en
Alemania e Italia, ayudado por los señores feudales alemanes y las renacidas comunas del
Norte de Italia. En la batalla de Legnano las fuerzas papales y comunales italianas
derrotaron sin apelación al ejército de Federico Barbarroja (1176). El Imperio debió
someterse al Papado.
Como una prueba de la tremenda influencia de la institución romana en Europa, el
papa Urbano II convocó a los príncipes y señores feudales del continente a participar en
las cruzadas (1095) con el fin de "rescatar" los Santos Lugares de manos de los turcos.
Por más de 200 años los europeos se batirán con los reinos islámicos del Medio
Oriente gracias al influjo del Papado y la Iglesia.
Con Inocencio III (1198) el poder papal alcanzó su apogeo. Este papa ejerció como un
verdadero emperador feudal y casi todos los reinos y príncipes de Europa Occidental,
Central y del Norte se reconocieron sus vasallos. Inocencio ejerció en plenitud el poder
espiritual y el temporal.
El postrer intento de la autoridad imperial germánica de restaurar el cesaropapismo, acabó
en el fracaso total, cuando Conradino de Suabia, el último emperador de la
dinastía Hohenstaufen, fue decapitado en Italia (1268).
Cuando el Papado intente someter a los reyes de Francia fracasará en toda la regla,
precipitando a Roma y a la institución en una nueva crisis (comienzos del siglo XIV).
Los movimientos comunales populares de la Baja Edad
Media: la Comuna Romana[editar]
Si bien el Papado había derrotado al Imperio en su lucha por el control temporal, en la
propia Roma surgieron en la Baja Edad Media movimientos comunales de tipo popular que
intentaron restaurar la independencia de la ciudad, tanto de los nobles como del Papado.
Este movimiento comunal no era ajeno al que inspiraba a las ciudades del Norte de Italia
(Milán, Florencia, etc) que pugnaban por afirmar su independencia frente al Imperio
alemán.
En 1143, el pueblo romano, cansado del autoritarismo papal, protagonizará una rebelión
acaudillada por Arnaud de Brescia. Se restaura la institución del Senado y se proclama
una nueva República Romana. La nueva Comuna exigió al papa Lucio II que renunciara a
la autoridad temporal, a lo que por supuesto este se negó. Lucio asaltó con sus tropas la
ciudad, pero fue muerto de una pedrada. La existencia de la República fue precaria debido
a la hostilidad de los nobles, del Papado y del propio Imperio. El papa Adriano IV solicita el
auxilio de Federico Barbarroja. Las tropas imperiales entran en Roma y derriban la
República. Arnaud es ejecutado en la hoguera y Adriano IV es restablecido en la Sede
Pontificia.
A pesar de este fracaso, a fines del siglo XII el Papado reconoce al movimiento comunal y
se crea el cargo de senador único. Gracias a las gestiones del flamante Senador
Benedetto Carushomo, “senador del summus”, Roma contó con su primer Estatuto
municipal. Aunque la ciudad volvió a depender políticamente de los papas, el pueblo
romano logró ganarse cierta autonomía civil a despecho de los nobles y de los pontífices.
Roma, centro de peregrinación medieval[editar]
Artículos principales: Vías romeas y Peregrinaje de las siete iglesias de Roma.
La Roma medieval debe su sobrevivencia como entidad urbana no solo al Papado, sino
también a la religiosidad de los fieles de Europa, los cuales a lo largo del período
realizaron largas y difíciles peregrinaciones a la Ciudad Eterna, la que albergaba las
tumbas de san Pedro, san Pablo y otros santos y mártires. Multitudes acudieron durante
siglos a recibir la bendición papal y a expiar sus pecados. A comienzos del siglo XIV el
papa Bonifacio VIII proclamó el año jubilar, concediendo indulgencias plenarias a los
peregrinos que visitasen la ciudad por motivos religiosos. Roma siguió siendo el centro de
la cristiandad occidental, a despecho de las periódicas crisis del Papado, el cual se
justificaba en parte con esta afluencia de fieles.
La continua visita de los peregrinos dejaba buenas ganancias a los romanos, en especial a
las familias nobles.
El cautiverio de Aviñón y la aventura de Cola di Rienzo [editar]
A comienzos del siglo XIV el Papado entrará en conflicto con el rey de Francia Felipe el
Hermoso, a raíz de la defensa de sus respectivas prerrogativas. Felipe, que no sentía
ningún respeto por el Papado, atentó en las cercanías de Roma contra el propio
Pontífice Bonifacio VIII: tal fue el atentado de Anagni.
Pronto, el control del Pontificado cayó en manos de Felipe cuando fue elegido
papa Clemente V, de origen francés. A instancias de Felipe el papa cambió la sede
pontificia a Aviñón. Entre 1309 y 1377 los papas se radicaron en Aviñón como vasallos de
los reyes Capeto de Francia. Roma prácticamente fue abandonada por el Papado, el que
apenas ejerció un débil control; con ello volvieron a florecer las luchas de poder entre las
familias nobles —esta vez los Orsini contra los Colonna— y también los movimientos
populares que intentaban hacer de Roma un estado independiente.
La inestabilidad en que cayó Roma debido al alejamiento del Papado fue aprovechado por
un aventurero llamado Cola di Rienzo; imbuido del ejemplo de la antigua Roma
republicana, acaudilló un movimiento popular y de la pequeña aristocracia urbana, opuesta
en todo caso a los grandes linajes señoriales. Fue declarada una nueva República
Romana en la cual él se hizo elegir como “tribuno” (1343). Rienzo persiguió a los nobles e
intentó acabar con antiguos males —vicios y corrupción—; pero su estilo autoritario pronto
le enajenó las simpatías de los grupos que lo apoyaron en un comienzo; también se
indispuso con el papa Clemente VI, quien no estaba dispuesto a deshacerse de Roma.
Rienzo terminó por ser asesinado en 1354, restableciéndose nuevamente el gobierno
pontificio a través de sus legados.
Hay que decir que, mientras duró el autoexilio del Papado en Aviñón, Roma se deslizó por
el tobogán de la decadencia urbana: su despoblación, insalubridad e inseguridad
aumentaron más que nunca. Su población apenas alcanzaba los 17 000 habitantes a
mediados del siglo XIV, el punto demográfico más bajo de su historia medieval. Se debe
recordar que, a mediados del siglo, se dejó caer sobre Europa la peste negra, la cual se
llevó a un tercio de su población. Roma no pudo ser la excepción: en 1348 se abatió la
peste sobre la ciudad, llevándose otro tanto de su población urbana. Al año siguiente, un
espantoso terremoto provocó graves daños y terminó por arruinar los antiguos edificios
que habían sobrevivido a la invasión de los normandos (p. ej., el pórtico exterior del
Coliseo, hacia el monte Palatino, se desplomó y cubrió de escombros el suelo). La ciudad
quedó reducida a aglomeraciones aisladas comunicadas por senderos inseguros. Roma
tocó fondo y solo el regreso de los papas pudo revertir su profunda decadencia como
entidad urbana.
Vale recordar también, como hecho destacado, la fundación, en 1303, de la Universidad
de Roma, la que andando los siglos, entrado al XXI, se ha convertido en la mayor de Italia.
El retorno del papa a Roma y el Cisma de Occidente[editar]
En la segunda mitad del siglo XIV el pontífice máximo volverá a Roma, a instancias del
pueblo y algunos carismáticos santos (como Santa Catalina de Siena, que urgía a los
papas a retomar su abandonada grey romana). Roma se encontraba en el punto más bajo
de su decadencia medieval: abandonada, insegura, desabastecida e insalubre. El retorno
de los papas sacará a Roma de su marasmo y se transformará en una capital digna de la
Cristiandad, pero a la vez desencadenará una nueva crisis de autoridad en la Iglesia
llamada el Cisma de Occidente (segunda mitad del siglo XIV y comienzos del siglo XV).
En 1377 el “cautiverio de Aviñon” terminó cuando el papa Gregorio XI decidió trasladar
nuevamente la sede del Papado a Roma. El papa estaba cansado del semivasallaje en
que había caído la institución pontificia ante los reyes de Francia; también se hacía eco de
los deseos de los fieles, los cuales nunca quisieron validar a Aviñón como sede de la
Cristiandad, y por la constatación de las lamentables condiciones en que se encontraba
Roma. Previamente, el cardenal Gil de Albornoz había puesto orden en la ciudad,
arrinconando al movimiento comunal y apoyándose en la aristocracia. La autoridad del
Papa estaba restablecida.
En 1378 fue elegido Urbano VI, pero los cardenales franceses no reconocieron al nuevo
Papa y eligieron como antipapa a Clemente VII, el cual se volvió a radicar en Aviñón. La
Cristiandad se vio dividida ante dos lealtades: unos obedecían al pontífice de Roma —en
general, los príncipes e iglesias de Europa Central y del Norte— y otros al de Aviñón. Así
comenzó el Cisma de Occidente, cisma que hundió a la Iglesia en una nueva crisis de
autoridad.
Los sucesivos papas pugnaron entre sí por hacerse obedecer, excomulgándose
mutuamente. Solo gracias al Concilio de Constanza (1414) se terminó con el Cisma,
restableciéndose en forma definitiva la Sede Apostólica en Roma.
No obstante, la necesidad de convocar a sucesivos concilios para resolver la crisis de
autoridad, dio origen a las tesis conciliaristas, las cuales afirmaban que la Iglesia debía ser
gobernada mediante sucesivos concilios, y que el papa debía ser solo un ejecutor de sus
resoluciones. Frente a estas ideas —sostenidas por grupos minoritarios, aunque
influyentes— reaccionaron los papas, los cuales sentían limitada su autoridad. Su actitud
se reforzó con la reintegración de la Iglesia Oriental a instancias de uno de los últimos
emperadores bizantinos, Juan VIII Paleólogo —más por interés político que por un genuino
sentimiento religioso— y por la validación del pueblo cristiano (grandes muchedumbres
acudían a Roma cada vez que el papa declaraba año jubilar).
Del Cisma de Occidente Roma saldrá transformada en la sede definitiva de la Cristiandad
católica; el Papado restableció su dominio sobre la ciudad y esta recomenzó un nuevo
período de expansión, tanto en lo demográfico como en lo urbanístico y artístico.
Firmemente asentado su control sobre Roma, los papas siguieron actuando como
príncipes temporales, estableciendo alianzas, favoreciendo a sus parientes para los
puestos más altos del gobierno de Roma, los Estados Pontificios y la Iglesia en general,
desarrollando una activa burocracia que administraba sus dominios, y extraía los recursos
financieros necesarios para su sostenimiento, ya fuese en la región o en el conjunto de las
iglesias de Occidente.
A finalizar la Edad Media Roma se convertirá también, gracias al mecenazgo papal, en uno
de los principales centros del nuevo movimiento cultural y artístico que los historiadores
han denominado “Renacimiento”.
Época Moderna[editar]
Roma iniciará su tránsito por la Edad Moderna consolidada en la función de capital
espiritual y política del mundo católico, en una gradual expansión urbana (hacia 1500 su
población alcanzaba los 50 000 habitantes, y hacia 1600 unos 110 000) y convertida en
sede artística. Durante el siglo XVI la ciudad estará en el centro de la actividad política
italiana, en medio de la confrontación de los nuevos poderes emergentes, representados
por las monarquías nacionales y absolutistas de España, Francia, y por los estertores del
Sacro Imperio Romano Germánico, cuyos emperadores aún intentan imponer su autoridad
en Alemania y ser actores políticos en Italia. Junto a todo esto, el Papado se ve
severamente cuestionado en su autoridad religiosa y moral por la Reforma Protestante.
Como reacción, Roma se convertirá en bastión de la llamada “Contrarreforma”.
Roma, centro del Renacimiento artístico italiano[editar]
Artículo principal: Renacimiento italiano
Durante los siglos XV y XVI, Roma, como otras ciudades italianas
(Milán, Florencia, Venecia), desempeñará una función importante en el desarrollo del
movimiento cultural y artístico del Renacimiento.
Durante el siglo XV Roma se posiciona nuevamente como una ciudad importante en lo
urbanístico. Gracias al impulso de activos papas que actuaron como mecenas, tales
como Nicolás V, Pío II, Pablo II, Sixto IV, se promueve el urbanismo, la arquitectura, la
escultura y la pintura. Roma comienza a salir del estancamiento del siglo anterior.
También, en menor medida, la nobleza y la burguesía (banqueros) romana promoverán el
desarrollo del arte y la arquitectura civil. Durante los dos siglos en que se desarrolló el
Renacimiento artístico en Roma, se cultivó el estilo del Clasicismo; este estilo, inspirado en
los modelos grecolatinos antiguos, buscó expresar en sus obras arquitectónicas,
escultóricas y pictóricas, el orden, la simetría, la medida y la proporción. Las obras se
distancian del estilo románico y gótico, propios de la Edad Media. Los papas mencionados
promovieron la renovación urbana de la ciudad, construyendo importantes edificios, tanto
religiosos como laicos (p.ej: el Palacio de la Cancillería, el Palacio Venecia, la Iglesia de
Santa María del Popolo). Se ensancharon calles y se desecaron zonas húmedas.
Desde fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI, bajo el pontificado de papas
como Alejandro VI, Julio II y León X, el desarrollo arquitectónico continuó (p. ej., se
construyeron la Basílica de San Pedro, la basílica de Santa María de los Ángeles, la iglesia
de San Luis de los Franceses, el Palacio de los Tribunales, etc). Se construyeron nuevas
villas habitacionales (p. ej., Villa Julia, Villa Médicis).
A Roma afluyeron notables arquitectos italianos: Bramante, Rafael, Sangallo, Miguel
Ángel. Donato Bramante se inspiró en los modelos clásicos y diseñó famosas obras como
el templete de San Pietro in Montorio (basados en los antiguos templos de Vesta) y la
nueva Basílica de San Pedro. Los trabajos arquitectónicos en esta basílica fueron
continuados por Rafael de Urbino (o de Sanzio) y Antonio de Sangallo el Joven; pero, por
sobre todo, por Miguel Ángel Buonarroti, el cual la concluirá en gran parte, diseñando su
famosa cúpula (la basílica solo quedó terminada de manera definitiva en 1615). La
actividad arquitectónica de Miguel Ángel fue prodigiosa, continuando, diseñando y
dirigiendo numerosos proyectos, tales como la Tumba de Julio II, el Palacio Farnesio, la
fortificación de las murallas, el diseño de la Plaza del Capitolio.
A fines del siglo XVI trabajó Domenico Fontana, reordenando áreas urbanas al construir
amplias avenidas que unían diversos espacios y monumentos religiosos.
Durante el siglo XV trabajaron en Roma una serie de pintores y escultores venidos de fuera
de Roma, con excepción del pintor nativo Antoniazzo Romano; destacan entre
aquellos Pisanello y Piero della Francesca. La técnica del claroscuro, el uso del color, la
profundidad, la perspectiva, y la representación de la figura humana bajo motivos
religiosos, alcanzaron niveles clásicos. A fines del siglo XV se radicaron en Roma
importantes artistas como Botticelli, Signorelli, Pinturicchio, Perugino, Donatello. A
comienzos del siglo XVI (el Cinquecento) llegó Leonardo Da Vinci, Rafael, Miguel
Ángel, Andrea y Iacopo Sansovino, Peruzzi. Más adelante trabajaron Giorgio
Vasari y Caravaggio. Entre todos ellos destacan con fuerza Rafael y Miguel Ángel. Rafael
fue célebre por sus “madonnas” y por la decoración de las estancias en el Palacio
Apostólico Vaticano. Por su parte, Miguel Ángel, fuera de ser arquitecto, fue escultor y
pintor. Notables expresiones escultóricas de Miguel Ángel fueron su David y el Moisés; en
la pintura destacó su grandiosa colección de frescos de la Capilla Sixtina.
La renovación de Roma no fue detenida ni siquiera por su famoso “Saco” de 1527 que
significó la expoliación de parte de sus obras de arte. Su desarrollo artístico y
arquitectónico continuará durante todo el siglo XVI y se proyectará en el siglo XVII bajo la
forma del Barroco.
Roma y la política del Renacimiento[editar]
Desde finales del siglo XV y durante parte del XVI Roma estará en la vorágine de la política
renacentista de Italia y Europa. En medio de las grandes potencias absolutistas que
emergen a comienzos de la Edad Moderna, Roma maniobrará como un estado más,
gobernada por sus "reyes-papas", ya sea tratando de fortalecer sus dominios, de unificar
Italia o intentando influir políticamente sobre las potencias de la época. Las incursiones del
Papado en la política italiana y europea tendrán una amarga retribución para la ciudad: el
"Saco de Roma"
Si bien el Concilio de Florencia de 1439 confirmó, mediante dogma, que el pontífice
romano tenía el primado sobre todo el mundo y que era el verdadero encargado de guiar y
apacentar a la Iglesia, nunca hubo un período como el de fines del siglo XV y comienzos
del siglo XVI (con excepción, tal vez, del siglo X o del XIII), en que los intereses de la
máxima autoridad de Roma y de la Iglesia fueran tan mundanos y alejados de los
verdaderos objetivos de la institución. Al margen de los intereses artísticos-que produjo
hermosos frutos al embellecer Roma-, el nepotismo y el deseo de enriquecimiento, a costa
de la institución pontificia y de la Iglesia, se practicaron desembozadamente; junto a esto,
varios papas consecutivos estuvieron inmersos en la política contingente italiana y
europea, tratando de afirmar su dominio en Italia, ya fuese en contra de los otros
principados de la península o como reacción frente a la intromisión de los grandes estados
absolutistas europeos. Por ejemplo, los papas Sixto IV, Inocencio VIII y Alejandro
VI adquirieron la triste fama de ejercer el pontificado con el único objetivo de beneficiar a
sus familiares. En particular, Alejandro y su hijo César Borgia ejercieron el poder absoluto
en Roma, con su cortejo de excesos y crímenes. César pasó a la historia como el epítome
del príncipe violento y sin escrúpulos. A César le dedica Nicolás Maquiavelo su obra
cumbre: “El Príncipe”. Maquiavelo identificó a César como el príncipe llamado a hacer la
unidad de Italia en contra de los “bárbaros” que dominaban la península-vale decir,
franceses y españoles. César, jefe del ejército pontificio durante el gobierno de su padre,
desarrolló una activa política belicista tendiente a imponer su dominio sobre el centro de
Italia. Conquistó y unificó los pequeños principados de la región; pero el intento de
unificación fracasaría con la muerte del padre y su encarcelamiento inmediato por orden
de Julio II. César huiría y moriría luego en una batalla en España.
Junto con la necesidad de afianzar el control sobre el centro de Italia, los papas
intervinieron en la lucha entre la Francia de los Valois y la España de los Habsburgos, los
cuales se disputaban el control sobre el norte y el sur de la península, alegando derechos
hereditarios. Cualquiera que venciera impondría su hegemonía en Italia. La lucha entre
ambas potencias absolutistas tuvo variadas alternativas. El rey Carlos VIII invadió el reino
de Nápoles en 1495, pero fue derrotado por el rey Fernando el Católico al mando de una
liga en que participó Alejandro VI. Los españoles se asentarían firmemente en Nápoles. En
1498 Francia volvió a invadir Italia: Luis XII se apoderó de Milán y su comarca. Frente a
esta nueva intrusión reaccionaría el papa Julio II.
En 1503 fue elegido papa Julian de la Rovere, más conocido como Julio II. Nunca hubo
papa tan dedicado a la actividad bélica y política como este. Su principal objetivo fue
expulsar a los franceses de Italia, y en lo posible unificarla bajo su mando; para esto, con
ayuda de diversos estados italianos y de Austria, desarrolló una serie de campañas que
absorbieron gran parte de su reinado. Finalmente, Luis XII tuvo que ceder y abandonar el
norte de Italia.
El sueño de unificar Italia bajo las riendas de Roma se frustró debido a la muerte de Julio.
Pero esto no impidió que el Papado siguiera inmerso en la gran política. A Luis XII lo
sucedió Francisco I, quien volvió a invadir el Norte de Italia (1518). El papa León X tuvo
que aceptar, después de alguna diplomacia, los hechos consumados; Roma y los Estados
Pontificios quedaron en una situación inconfortable: los franceses al norte y los españoles
al sur. Más pronto los franceses serían desalojados por el soberano español Carlos
V (desde 1519 elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico), el cual puso,
prácticamente, al Papado bajo dos fuegos.
En 1526 el papa Clemente VII, temeroso de que sus estados quedaran rodeados
completamente por el monarca español, cometió el error de ingresar a una amplia liga
europea en contra de este. Como respuesta, el emperador envió un ejército de 45 000
hombres al mando de Carlos de Borbón, quien en mayo de 1527 sitió y tomó la ciudad de
Roma. Carlos murió en el ataque; la soldadesca, sin jefe, procedió a saquear y a destruir
durante una semana la Ciudad Eterna, con su correspondiente cortejo de vejámenes y
violaciones sobre la población civil. El papa, defendido heroicamente por la guardia suiza,
se atrincheró en el castillo de Sant'Angelo, procediendo a rendirse una semana después.
Algunos meses más tarde, el emperador Carlos liberó al papa, previo pago de un jugoso
rescate, y lo confirmó en su jefatura sobre los Estados Pontificios.
El luctuoso acontecimiento, conocido como el “Saco de Roma”, fue una pobre retribución
para la ciudad. A diferencia de otros pillajes anteriores, esta vez no fue realizado por
pueblos bárbaros, sarracenos o aventureros, si no realizado por fuerzas político-
nacionales nacidas en el propio seno de la civilización occidental, civilización a la que
Roma había acunado en sus orígenes. Nuevos actos de vandalismo y ultraje, en la escala
de los ocurridos durante el Saco de 1527, no volverán a repetirse en la ciudad, ni siquiera
durante la Segunda Guerra Mundial.
En 1530 será la última vez que un papa romano coronaría a un emperador del Sacro
Imperio. El mismo Clemente VII coronó oficialmente emperador, a Carlos V. Pronto, la
milenaria pugna entre el Papado y el Imperio quedaría anacrónica y ambas potencias
acercarían posiciones debido al estallido de la Reforma Protestante. La Reforma debilitó
por igual al Imperio y al Papado, y los soberanos de Alemania y Roma lucharon en los
planos que les correspondía para restablecer la unidad religiosa de sus respectivas
instituciones-del Imperio germánico, los unos; de la Iglesia, los otros. No volvió a
plantearse más la cuestión de la supremacía entre ambas potestades.
Durante el resto del siglo XVI Roma y el Papado lograron mantener su independencia
frente a la hegemonía de España, cuyos soberanos se declararon campeones del
catolicismo en contra de la Reforma Protestante, no obstante que el papa Paulo
IV volviese a desafiar a la monarquía hispana, siendo Roma nuevamente asediada y
tomada por el virrey de Nápoles en 1557; Paulo capituló rápidamente y tuvo que aceptar la
supremacía de Felipe II. A cambio de su catolicidad, los reyes españoles le arrancaron a la
Santa Sede grandes prerrogativas eclesiásticas, obteniendo el reconocimiento de su
calidad de “vicarios” del papa, con el derecho de intervenir en el nombramiento de los
obispos bajo su jurisdicción y en cuestiones económicas. Los monarcas de España
obtenían, así, el control de la Iglesia en sus dominios;pronto los seguirán los monarcas
franceses.
Roma, bastión de la Contrarreforma (segunda mitad del
siglo XVI)[editar]
A partir de 1517 estalló la Reforma Protestante en Alemania, cuando el monje Martín
Lutero publicó en las puertas del castillo de Wittenberg sus 95 tesis. Lutero no pudo ser
obligado a retractarse, ni por orden del papa ni del emperador. De esta forma comenzó el
más grave cisma que afectó a la Iglesia y que dio por resultado la formación de las iglesias
protestantes y la sustracción de la autoridad del pontífice romano de la mitad de los fieles
de Europa. La Reforma fue un duro golpe para el simbolismo que representaba Roma para
el mundo germánico. Como reacción frente a los errores y relajación de los dirigentes de la
Iglesia, y en especial del Papado, la Europa del Este, del Centro y del Norte se precipitaron
en brazos de la Reforma y rechazaron la autoridad del pontífice en materia religiosa, a la
vez que se afirmaban las diversas culturas nacionales germánicas, en contraposición a la
latina que representaba Roma.
En el intento de recuperar a sus fieles, Roma se transformó, durante la segunda mitad del
siglo XVI, en bastión de la llamada Contrarreforma o Reforma católica.
Durante cuarenta años, el Papado se negó a reconocer méritos en la crítica de los
reformadores, hasta que se vio obligado a tomar las medidas necesarias para una reforma
profunda de la Iglesia, pero esta vez desde dentro.
Ya en una primera etapa había autorizado la formación de nuevas órdenes religiosas, las
que resultarían clave en la lucha contra el protestantismo: jesuitas, capuchinos, teatinos,
ursulinas, etc. Estas nuevas órdenes se caracterizaron por su disciplina, su espíritu
militante y su celo reformador. La Compañía de Jesús fue fundada por san Ignacio de
Loyola y san Francisco Javier en 1534 y aprobada por Paulo III en 1540. La Compañía
tenía una estructura cuasi militar y su General superior obedecía directamente al papa. La
Compañía se instaló de manera permanente en Roma en la persona de su director y de la
Congregación General, su máxima asamblea de gobierno. Los teatinos fueron fundados
por San Cayetano en 1524 y se les asignó la Iglesia de San Silvestre del Qurinal.
Los capuchinos por su parte fueron fundados en 1528 por Fray Mateo de Bascio y fueron
una derivación de la más antigua orden de los franciscanos. Estas nuevas órdenes
hicieron una activa reevangelización en Italia y Europa, y fuera del continente, en Asia y
América. Los jesuitas se distinguirán en la evangelización del Nuevo Mundo y su acción se
extendió hasta los más lejanos rincones de ese continente.
En segundo lugar el papa creó una nueva congregación (1542): la Congregación del Santo
Oficio, más conocida como la Inquisición romana. Esta era una congregación permanente
dirigida por cardenales y prelados. Su misión era detectar posibles casos de herejía, tomar
las medidas respectivas en contra de ella, y hacer un catastro con los libros que fuesen
considerados ofensivos para la fe y la moral. Persiguió, en consecuencia, a numerosos
sospechosos de herejía; como era la tónica de la época, fuese en el ámbito civil o
eclesiástico, usando la delación y la tortura de los sospechosos. Esta congregación actuó
en Roma, en Italia, e incluso fuera de sus fronteras; sus casos más emblemáticos fueron el
juicio, condena y ejecución del filósofo Giordano Bruno (1600) y el célebre proceso y
condena de Galileo Galilei (1633) por sostener ideas científicas que atentaban, según el
Santo Oficio, contra el orden cósmico y ético establecido y aceptado por la Iglesia.
En tercer lugar el papa Paulo III decidió convocar a un gran concilio ecuménico con el fin
de revisar las doctrinas y establecer nuevas normas disciplinarias para la Iglesia. El
Concilio, celebrado en Trento, fue convocado en 1545 y solo terminó en 1563. El Concilio
de Trento definió con claridad los dogmas de la Iglesia, publicando el
famoso catecismo tridentino, un compendio sistemático de las doctrinas católicas, y aprobó
una reforma eclesiástica consistente en reorganizar el clero y velar por su formación y
disciplina. Se fundaron seminarios y se vigiló la conducta de los sacerdotes.
Como resultado de las acciones realizadas, hacia 1650 más de dos tercios de Europa
reconocía obediencia a la Iglesia católica.
En la propia Roma los papas mejoraron sus costumbres y moderaron algo el lujo de la
corte. Durante el reinado de Pío IV se destacó la figura del secretario de Estado Carlos
Borromeo, quien aplicó en los Estados Pontificios y en la Iglesia los principios tridentinos
en toda su esencia.
La expresión del manierismo fue meticulosamente difundida con Vignola, para edificios
civiles y religiosos en Roma y en todos los Estados Pontificios, sus obras maestras, incluso
antes de la Iglesia del Gesù (1568), se convirtieron en villas como Villa Giulia y Villa
Farnese.16
La Contrarreforma se expresó con energía en Roma mediante las acciones realizadas por
el papa Pío V, quien combatió el lujo y la ostentación de la corte y la vida disipada de la
población civil, vale decir, el juego, el matonaje, los duelos y la prostitución. Roma, a
semejanza del resto de las ciudades renacentistas de Italia y Europa, se caracterizaba por
una vida social activa y turbulenta, alejada en muchos casos de los ideales evangélicos, y
que se desarrollaba en presencia misma de las autoridades pontificias, las cuales tampoco
descollaban en el ejercicio de las virtudes cristianas. La Inquisición y la policía actuaron
severamente encarcelando y expulsando de Roma a los individuos considerados
antisociales.
Es digno de mencionar que Pío promovió la formación de la Santa Liga contra los turcos, a
la que adhirió España, Venecia y Génova. El Estado Pontificio aportó con 12 galeras y más
de 3000 soldados, y se obtuvo en 1571 la victoria de Lepanto.
Durante el pontificado de Gregorio XIII se produjo una fuerte reacción de parte del
populacho reprimido, que volvió a recuperar sus espacios urbanos. Roma cayó en un
período de inseguridad social, agravado por un bandolerismo endémico que asolaba la
comarca.
Entonces apareció la figura de Sixto V (1585-1590), quien en su corto reinado impuso el
orden a sangre y fuego, persiguiendo a los bandidos rurales y a la plebe urbana delictual;
su brazo policial alcanzó por igual a pobres, ricos, plebeyos y nobles, a civiles y
eclesiásticos (sacerdotes, prelados e incluso cardenales), a los que acosó por motivos
reales y supuestos. El reinado de Sixto fue una verdadera dictadura teocrática, en la mejor
línea de la más radical “república cristiana” calvinista.
Después de la muerte de Sixto, execrado por el pueblo, la vida cotidiana de Roma adquirió
formas más acordes con los modos de la vida urbana italiana.
El siglo XVII: La época del Barroco y la declinación de la
influencia pontificia en Europa[editar]
Durante el siglo XVII Roma pierde más y más protagonismo internacional. Su máxima
autoridad, el Papado, declina aceleradamente su influencia política en Europa. Los
intentos de mediar, hacer componendas entre los soberanos, exigir cuotas de participación
en el concierto internacional, o tan siquiera obligar a los monarcas usando los argumentos
espirituales del Medioevo, constituyen ya un anacronismo histórico. Los grandes poderes
absolutistas, en especial España, Francia y Austria, prácticamente no toman en cuenta la
opinión de la Santa Sede en los asuntos de Europa. En contraposición a la pérdida de
influencia de su tradicional institución, la ciudad se expande desde el punto de vista
urbano, se embellece gracias al Barroco, y adquiere su rostro actual. La población sube de
los cien mil habitantes y Roma se convierte en la hermosa ciudad que conoce nuestra
época Contemporánea.
Durante el siglo XVII se asiste al declive de la influencia del papa en los asuntos europeos.
La opinión del papa prácticamente dejó de ser tomada en cuenta, tanto por los
gobernantes católicos como protestantes, en especial después de la Guerra de los Treinta
Años y la Paz de Westfalia (1648). La existencia de los Estados Pontificios dependió más
bien de la buena voluntad de los monarcas, inmersos en sus conflictos por la supremacía
en el continente. Ni como árbitro ni mediador era requerida ya su presencia . El Papado
maniobraba con dificultad entre los soberanos a fin de mantener su independencia. Los
papas del siglo hicieron, en líneas generales, una firme defensa de su derecho de ser
reconocidos como príncipes temporales y jefes de la Iglesia, pese al poder avasallador de
reyes tan absolutistas como Luis XIV de Francia, quien prácticamente separó a la iglesia
de este país de la obediencia a Roma, creando una iglesia gala dependiente de él.
Gracias a una eficiente Cancillería y al gran número de congregaciones Roma pudo suplir
la brevedad de los pontificados y mantener la continuidad en el gobierno de la Iglesia y la
ciudad. Era dirigida por un gobernador encargado de aplicar justicia y velar por el orden,
apoyado en la guardia pontificia y en los cuerpos militares urbanos.
Si bien los principios de la Contrarreforma tridentina empezaron a difundirse en la Iglesia
católica, los modos de los siglos anteriores se mantuvieron en la corte papal y en la curia;
tampoco hubo papas que se destacaran significativamente, ni en el aspecto evangélico ni
en lo reformista. Fue usual que se siguiera apelando al nepotismo y la vieja práctica del
derroche y el lujo, tanto en la corte como de parte de la nobleza, aunque ya no al nivel de
la relajación que existió durante la época renacentista.
Muy diferentes eran las condiciones de vida del pueblo urbano y campesino. La sociedad
romana era muy desigual: contrastaba la riqueza de la corte y de las familias aristócratas
con la miseria de la plebe urbana y campesina, especialmente con esta última; su pobreza
estimulaba un bandidaje endémico, lo que hacía que los entornos de Roma fueran
inseguros.
Como fruto de la Reforma, de las prácticas regalistas de los reyes católicos y del recorte
de las facultades de gobierno sobre las iglesias nacionales, el cuantioso flujo de ingresos
de estas últimas comenzó a declinar. El gobierno palió el déficit estimulando otras fuentes
de ingreso, como fue el arrendamiento de la explotación de alumbre de uso textil a
particulares y el estímulo de la construcción.
La Contrarreforma se expresó mediante el arte del Barroco. El casco histórico de Roma
adquirió buena parte de su aspecto actual. Se recuerda la obra constructiva de los
papas Urbano VIII, Inocencio X y Alejandro VII.
Durante el siglo XVII trabajaron en Roma varios famosos arquitectos, entre los que
destacan Francesco Borromini y Gian Lorenzo Bernini. Estos últimos llenaron Roma con
una profusión de palacios, iglesias, villas y extensas plazas decoradas con jardines,
estatuas, escalinatas, columnas y columnatas, obeliscos, fuentes y surtidores. El Barroco,
con su gusto por las figuras curvas y recargadas, embelleció Roma, dejando muy atrás la
pobreza arquitectónica del Medioevo. El estilo barroco se aprecia en innumerables
espacios y obras construidas, reconstruidas o decoradas: Plaza de San Juan de
Letrán, Plaza de San Pedro, Plaza Navona, iglesias de San Andrés del Valle, San Andrés
del Quirinal, el palacio Pallavicini-Rospigliosi, Palacio Barberini, Palacio Montecitorio,
Oratorio de San Felipe Neri, Biblioteca Alejandrina, Capilla de los Reyes Magos, etc.
En la pintura destacó el flamenco Rubens, quien pasó una estadía en Roma a comienzos
del siglo XVII. Los estilos clasicista y realista predominaron en ese siglo proyectándose al
siguiente.
Roma siguió creciendo en población, alcanzado a mediados del siglo, una cifra
aproximada de unos 120 000 habitantes; este crecimiento estuvo asociado a la
restauración del suministro de agua, al repararse antiguos acueductos destruidos casi mil
años atrás (p.ej: Sixto V había reparado el acueducto de Septimio Severo a fines del
siglo XVI).
Los intentos de modernización de los Estados Pontificios
durante el siglo XVIII[editar]
El panorama de Italia durante el siglo XVIII es el de una gran fragmentación en pequeños
estados replegados sobre sí mismos, en continua rivalidad y excluidos del gran circuito
comercial internacional desplazado hacia el Atlántico. El norte de la península cayó bajo la
hegemonía de Austria, la cual había reemplazado a Francia, situación que duró hasta
1734. Italia se convirtió en caja de resonancia de conflictos europeos, como fue la Guerra
de Sucesión española (1701 a 1713), y la mayor para la península que, prácticamente, se
decidió en su suelo: la Guerra de Sucesión polaca (1733 a 1738), en la cual un combinado
de fuerzas francesas y españolas derrotaron a Austria. A partir de 1748 y hasta la década
de 1790 Italia gozará de un período de paz.
En medio de estos conflictos empieza a descollar una nueva potencia regional italiana:
el ducado de Saboya, convertido luego en el reino del Piamonte. El Piamonte maniobrará
entre las potencias en conflicto obteniendo algunas ganancias territoriales en el norte de la
península. Este reino liderará la unidad italiana en el siglo XIX y conquistará Roma para sí.
Hacia mediados del siglo XVIII se desarrolló en Roma el estilo artístico llamado neoclásico,
el cual volvía a redescubrir las raíces griegas y romanas de la arquitectura y las artes
plásticas, sustituyendo al estilo rococó (la última expresión del barroco). Decisivo en este
nacimiento artístico fue la presencia en Roma del pintor alemán Anton Mengs y el
arqueólogo, también alemán, Johann Winckelmann y la publicación de los grabados
de Giovanni Battista Piranesi. Los descubrimientos arqueológicos y la obra pictórica de
estos personajes inflamaron la imaginación de arquitectos, escultores y pintores europeos
y americanos, los cuales sembraron sus respectivos continentes con las obras
neoclásicas, como por ejemplo los Campos Elíseos en París, diseñados por Fontaine, el
pórtico del Museo Británico por Smirke, el Teatro Real de Berlín de Schinkel, los trabajos
para la nueva capital de Estados Unidos-Washington-, impulsados por Jefferson, el Palacio
de la Moneda en Santiago de Chile, obra del arquitecto romano Joaquín Toesca.
En la propia Roma las edificaciones en estilo rococó de la primera mitad del siglo-de esta
época data la famosa Fontana de Trevi- fueron sustituidos por los neoclásicos, lo que se
expresó en los trabajos de Valadier, quien hizo arreglos en la plaza del Popolo, en la
restauración del Coliseo y del Arco de Tito.
La escultura neoclásica tuvo su mayor exponente en Antonio Canova, quien trabajó en
Roma a finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX.
Políticamente, pese a las guerras de la primera mitad del siglo XVIII, Roma y los Estados
Pontificios vieron un período de calma relativa durante la segunda mitad del siglo. Una
constante fue el crónico déficit fiscal que se debió afrontar, debido al recorte, por acción de
los gobiernos absolutistas de la Europa católica, imbuidos de regalismo, de las remesas de
dinero provenientes de las iglesias nacionales. Otro problema era la subsistencia de
formas semifeudales y particularistas que hacían difícil una administración racional. A partir
de 1730 los papas trataron de modernizar sus heterogéneos estados en todos los terrenos:
urbanístico, administrativo, comercial, financiero y agrícola, empresa que acometió con
energía el cardenal Julio Alberoni. Destaca la figura del papa Benedicto XIV, quien realizó
reformas y estimuló la educación y las ciencias, potenciando con nuevas cátedras la
Universidad de Roma. Hay que decir que la ciudad en este siglo no solo era destino de las
peregrinaciones religiosas (un carácter ya milenario que dio lugar a las llamadas vías
romeas), si no meta obligada de estudiantes aristócratas y burgueses de casi toda Europa;
se recuerda a este respecto la presencia de los estudiantes ingleses; era habitual,
también, la venida de estudiosos alemanes, como fue la larga estadía en la ciudad del
famoso poeta y dramaturgo Johann Wolfgang von Goethe. La ciudad era considerada un
centro cultural por excelencia y conexión con el pasado distante. En ciernes está la
corriente cultural del romanticismo, la cual se inspiró, en parte, en la contemplación de las
ruinas romanas.
A fines del siglo, el papa Pío VI realizó reformas de envergadura en el terreno tributario y
comercial, en consonancia con el nuevo espíritu ilustrado que privilegiaba el libre comercio
y la igualdad ante la ley y los impuestos.
Época Contemporánea[editar]
A instancias de las corrientes revolucionarias liberales y los movimientos nacionalistas,
Roma sufre en la Edad Contemporánea una transformación política esencial: Roma se
reintegra a la nación italiana y se convierte en la capital de un Estado italiano unificado. La
ciudad crece en población superando las cifras que alcanzó en la Antigüedad y
desbordando en su expansión las viejas murallas. El dominio milenario de la autoridad
pontificia termina en el siglo XIX, pero su presencia no desaparece, pues esta logrará el
reconocimiento posterior, en la primera mitad del siglo XX (de parte de la autoridad
fascista) de su soberanía sobre la Colina Vaticana, creándose el pequeño Estado de la
Ciudad del Vaticano, sucesor de los Estados Pontificios, y que le asegura al Papado su
independencia política. Por su parte, Roma fundirá su historia con la de Italia y sus
vicisitudes irán ligadas a su desarrollo histórico.
Siglos XVIII y XIX[editar]
Durante la segunda mitad del siglo XVIII Roma y el Papado deberán enfrentar a
la Ilustración y la Revolución Francesa, con su corolario que fue la aventura imperial
de Napoleón. Muy maltrecho, el Papado recuperará por un tiempo, gracias a las dádivas
del Congreso de Viena, su dominio sobre Roma. Durante el siglo XIX la ciudad se verá
envuelta en los movimientos nacionalistas que harán la unidad de Italia.
La Ilustración y el avance del laicismo modernista: presión política e ideológica
sobre Roma[editar]
En la segunda mitad del siglo XVIII el clima político e intelectual se volvió en contra de la
autoridad religiosa y temporal del Papado, inclusive en las tradicionales monarquías
católicas. En Francia e Inglaterra se desarrolla el fenómeno de la Ilustración, cuya máxima
obra fue la publicación en París de la Enciclopedia. Las diversas corrientes que
conformaban el movimiento ilustrado (racionalismo, empirismo, liberalismo, ateísmo, etc.)
inspiraron una disposición anímica negativa hacia la Iglesia y el Papado entre las clases
intelectuales, especialmente burguesas de Europa Occidental; disposición que fue
contagiada a los gobiernos absolutistas, formalmente católicos y regalistas, pero que en la
práctica adoptaron posturas laicistas que iban en detrimento de la autoridad y los bienes
de la Iglesia, especialmente en Portugal y España. Se inició una creciente presión política
e ideológica, frente a la cual reaccionaron con desigual éxito los pontífices. Por ejemplo,
constituyó una derrota en toda la línea la supresión, no solo en Roma, si no en todo el orbe
católico, de la Compañía de Jesús debido a la debilidad del papa Clemente XIV en 1773,
presionado por los gobiernos laicos. Pronto se iniciará la Revolución Francesa, lo que
constituirá una hecatombe para el catolicismo francés y la autoridad pontificia en Roma.
La Revolución Francesa y la República Romana[editar]
La República surgida de la Revolución Francesa procedió a establecer en los territorios
italianos ocupados unas pequeñas repúblicas títeres, anunciando que la tiranía absolutista
había terminado: la República Cisalpina, la República de Liguria. Presionado, el papa Pío
VI tuvo que entregar a la República Cisalpina ciertos territorios, como Aviñón, la
Romaña, Bolonia y Ferrara. Pero pronto los ejércitos franceses invadieron los Estados
Pontificios y ocuparon Roma. El 10 de febrero de 1798 el ejército francés llegó a la ciudad,
revocando el poder temporal del Papa cinco días después y proclamando la República
Romana. Aquellas y esta debieron pagar a Francia pesados tributos. Esta efímera
república duraría hasta el 19 de septiembre de 1799, cuando las tropas francesas
abandonaron la ciudad, acosadas por los Borbones del reino de Nápoles, enemigos de la
Revolución. La ciudad fue tomada por los napolitanos el día 30 del mismo mes. Los
Estados Pontificios fueron restaurados.
En 1801 el nuevo papa Pío VII firmó un Concordato con Napoleón. Napoleón ya se había
ganado el favor de los franceses y la existencia del Estado papal se volvió precaria
nuevamente. En 1807 Napoleón dio el paso definitivo y procedió a clausurar su
independencia política: traspasó una serie de territorios pontificios -Ancona, Urbino y otros-
al recién creado Reino de Italia (bajo soberanía francesa) e incorporó en forma definitiva
Roma y los restos del territorio papal al Imperio Francés. El papa fue tomado prisionero y
deportado a Savona.
El imperio napoleónico fue un formal intento de restauración del antiguo Imperio de
Occidente. Napoleón se lanzó en su ambicioso proyecto político, resucitando los signos
imperiales romanos -entre ellos la declaración de Roma como segunda capital-. Su
legislación estuvo inspirada en el Derecho Romano, y trató por todos los medios de
incorporar la mayor parte de los territorios que una vez pertenecieron a aquel imperio. Pero
sus anhelos imperiales se estrellaron pronto con la realidad del nacionalismo europeo, lo
que hizo inviable la restauración. Una serie de coaliciones, instigadas
por Inglaterra y Austria, desembocaron en Waterloo, cesando el dominio francés sobre
Italia y Roma (1815).
El dominio napoleónico sobre la ciudad se tradujo en un nuevo saqueo de sus obras
artísticas, las que fueron conducidas a Francia.
Los movimientos liberales y nacionalistas del siglo XIX y la unificación de
Italia[editar]
El pontífice romano recuperó, gracias a la acción del Congreso de Viena, su soberanía
absolutista sobre Roma y los Estados Pontificios. Pero en la década de 1820 y 1830 la
agitación revolucionaria liberal se reactivó en la península, en concordancia con el
movimiento liberal europeo, que tenía en Francia su epicentro. A esto se sumó la acción
del nacionalismo italiano, impulsado por patriotas como Giuseppe Mazzini, los que
aspiraban a la reunificación de Italia con Roma por capital. Con dificultad, y con ayuda de
fuerzas austriacas, el Papado logró contener los impulsos revolucionarios.
En 1848 la revolución liberal estalló con más fuerza en la península, alcanzando los
Estados Pontificios. En 1849 los liberales y nacionalistas depusieron al Papa y
proclamaron una Segunda República Romana, eligiendo a Mazzini como uno de sus
dirigentes. La vida de esta República fue breve, pues fue atacada por contingentes
católicos multinacionales y derribada nuevamente. Una vez más -y la última- el papa
recuperó el gobierno de Roma.
Hacia 1860 los Estados Pontificios abarcaban una considerable extensión del centro de
Italia. En el norte de la península el reino del Piamonte, gobernado constitucionalmente por
la dinastía de Saboya y por el famoso ministro Camillo Benso, conde de Cavour, inició la
reunificación definitiva de Italia. El Piamonte se había convertido en un actor importante,
expulsando a los austriacos de la Lombardía y, posteriormente, del Véneto (1866).
Mediante expediciones militares, presiones políticas y plebiscitos, el Piamonte se fue
adueñando del sur y centro-norte de Italia, cercenando territorios del estado papal. El
papa Pío IX (Nono) logró obtener la ayuda de Napoleón III de Francia, deseoso de
congraciarse con la población católica de su imperio. Los restos de los Estados Pontificios
fueron defendidos por las tropas francesas.
En medio de la debacle del poder pontificio sobre Roma, el papa Pío Nono desafió al
liberalismo y a las otras corrientes modernas, publicando en 1864 el Syllabus, documento
polémico en que se condenó lo que, a juicio del Papado, eran los "errores modernistas"; y
en 1869, sitiada Roma por las fuerzas italianas, convocó al Concilio Vaticano I, en que se
aprobó la doctrina de la "infalibilidad papal" en la cátedra de asuntos de fe y moral.
En el año 1870 ocurrió la guerra franco-prusiana, y Napoleón se vio en la necesidad de
retirar sus tropas de Roma. Inmediatamente, el rey Víctor Manuel II exigió del papa la
reintegración de Roma al recién creado Reino de Italia. El papa Pío se negó y la ciudad fue
asaltada por las fuerzas italianas, las que la tomaron después de una breve resistencia (20
de septiembre de 1870). De esta forma ocurría un hecho trascendental: Italia recuperaba
su unidad política perdida desde las invasiones lombardas y Roma reasumía su condición
de capital histórica. Se extinguió definitivamente el poder temporal del Papado sobre la
ciudad y Pío Nono se recluyó en el Palacio Apostólico, declarándose moralmente
prisionero del nuevo estado italiano. Comenzaba la llamada "Cuestión romana".
Roma, capital del Reino constitucional italiano (hasta 1922) [editar]
La unificación de Italia le confirió a Roma una nueva condición: sede del gobierno italiano
bajo la forma de una monarquía constitucional. La incorporación de Roma fue sancionado
mediante un plebiscito unánimemente favorable a la unidad, y a partir de 1871 la ciudad
comenzó a albergar a las máximas instituciones del reino: la monarquía, los ministerios, el
Parlamento, los máximos tribunales, legaciones extranjeras, consulados, etc.
Progresivamente se fueron haciendo los trabajos arquitectónicos y urbanísticos necesarios
(barrios del Quirinal, Viminal, Esquilino) que permitiesen dotar a Roma de la infraestructura
necesaria para instalar las dependencias del gobierno. Por espacio de cincuenta años se
practicó un régimen liberal que, desgraciadamente, no logró consolidar, pues navegó en
medio de constantes crisis económicas y sociales, sumado a aventuras coloniales
semifracasadas (conquista de Libia, derrota en Etiopía). A la postre, el régimen
parlamentario sería derribado por Mussolini.
La “Cuestión romana” no fue resuelta y dividió penosamente a la opinión pública católica,
tanto europea como italiana, aunque en la práctica no existiese coerción sobre el Papado;
los sucesores de Pío Nono (fallecido en 1878) tuvieron plena libertad de movimiento. La
demanda papal de autonomía política no se resolverá hasta el período fascista.
A partir de 1870 y durante los primeros cuarenta años del siglo XX, Roma entró en un
nuevo período de expansión urbana. Las murallas aurelianas fueron rebasadas y se
abrieron nuevas vías (Vías Cavour, Víctor Manuel, Nazionale, etc), se demolieron antiguos
barrios residenciales y se construyeron otros nuevos (Salario, Flaminio, Monteverde,
Nomentano, etc). Se aplicaron fórmulas neoclásicas, cuyo ejemplo más conocido es
el monumento a Víctor Manuel II.17 La población de la ciudad pasó de un cuarto de millón
de habitantes en 1871 a los casi 700 000 para 1922, acercándose a las máximas cifras
que tuvo en la Antigüedad; su población seguirá creciendo por impulso del régimen
fascista.
La falta de tradición democrática, la frustración provocada por los magros resultados de
la Primera Guerra Mundial, y las crisis económicas que se abatieron sobre la población,
terminado el conflicto bélico, hicieron que la democracia liberal perdiera la confianza de los
italianos, provocando que una gran mayoría se inclinara hacia posturas ideológicas
extremas. De este caldo de cultivo se aprovechó el exsocialista y agitador
ultranacionalista Benito Mussolini, quien, al mando de sus “Camisas Negras”, se apoderó
por la fuerza del gobierno italiano-la "Marcha sobre Roma"-, inaugurando una era
dictatorial, caracterizada por la clausura del régimen liberal y la instalación de un estado
corporativo totalitario: el estado fascista.
Siglo XX[editar]
El siglo XX presenció la participación de Italia en la Primera Guerra Mundial, su decepción
frente a los resultados de la guerra, su caída en un régimen totalitario fascista, su
desafortunada participación en la Segunda Guerra Mundial, la conversión del estado en
una República democrática, el posicionamiento de Italia en el grupo de los países
desarrollados. En medio de aquello, Roma ha sido un escenario obligado de los hechos
históricos, ha continuado su expansión urbanística, arquitectónica y demográfica y se ha
convertido en uno de los más importantes focos culturales, turístico, religioso e institucional
de Italia, Europa Occidental y del mundo.
La Roma fascista de Benito Mussolini y la Segunda Guerra Mundial [editar]
Mussolini, que propugnaba una concepción totalitaria y nacionalista del poder, apeló a
viejos símbolos del pasado romano con objeto de justificar su régimen: desde el mismo
nombre del partido que encabezaba -los fascios eran una serie de varas y hachas
fuertemente atadas y que constituían los símbolos de poder de los cónsules-, pasando por
el antiguo saludo imperial, la copia del estilo arquitectónico y escultural romano adaptado a
las expresiones públicas del fascismo, hasta las continuas referencias al pasado imperial
de Roma e Italia, lo que se tradujo en las pretensiones de hacer
del Mediterráneo nuevamente un lago italiano y en la agresión a Albania y Grecia en los
comienzos de la Segunda Guerra Mundial; en la misma línea estuvieron la denostada y
aparatosa campaña militar que llevó a las fuerzas italianas a conquistar el casi inerme
reino africano de Etiopía, declarándose a Víctor Manuel III como “emperador”, y la irregular
participación de las tropas fascistas en la Guerra Civil española en abierto apoyo al
régimen de Francisco Franco.
Roma fue el teatro obligado de la grandilocuencia de Mussolini y del exhibicionismo
militarista del fascismo, estilo que fue copiado por Adolf Hitler en Alemania.
Bajo el régimen fascista Roma siguió creciendo en población, alcanzando para 1944 la
cantidad de 1,5 millones de habitantes, superando por vez primera la población que se
había alcanzado en el siglo II. Se demolieron algunos barrios antiguos y se implementaron
nuevos proyectos viales y arquitectónicos -como la Vía del Impero (actual Vía del Foro
Imperial), el Foro Itálico, el barrio de la E 42 (actualmente barrio de la Exposición Universal
de Roma).
Como herencia del fascismo estuvo la solución de la “Cuestión romana”. Mussolini firmó
con el papa Pío XI los Pactos de Letrán, por los cuales el estado italiano reconocía al
Papado su plena soberanía sobre el área de la Colina Vaticana, surgiendo de este modo,
en el corazón de Roma, el Estado de la Ciudad del Vaticano, entidad sucesora de los
extinguidos Estados Pontificios. La tradicional institución recuperó, una vez más, su
independencia política en su antiguo solar.
El rechazo que provocó la ilegal invasión de Etiopía en las democracias occidentales y en
la Sociedad de las Naciones, hizo que Mussolini se acercase al régimen nazi de Hitler,
firmando pronto un pacto de ayuda mutua. La entrada de Italia a la Segunda Guerra
Mundial como aliado de Alemania y Japón (el Eje Roma-Berlín-Tokio) fue el principio del
fin para el régimen fascista, ya desgastado por casi veinte años en el poder.
A partir de 1943 se produjo la invasión aliada a través de Sicilia. Pronto Roma se
transformó en frente de guerra. En julio de ese año los aliados procedieron a bombardear
el equipamiento militar de la ciudad. No obstante ser Roma, en aquellos instantes, la
capital forzada del fascismo, pesó más en la conciencia aliada el pasado histórico de la
ciudad que el mero cálculo militar. Los aliados tomaron las máximas medidas de seguridad
para no afectar a la población, a la Ciudad del Vaticano, ni a las iglesias y monumentos
antiguos, actitud que contrastó bastante con el trato que ambos bandos dieron a las
grandes capitales en conflicto, arrasadas -
especialmente Londres, Varsovia, Berlín y Tokio- por devastadores, continuos e
indiscriminados ataques aéreos. El bombardeo fue muy planificado y publicitado mediante
el lanzamiento de panfletos.
Medio millar de aviones, a plena luz del día, realizaron la faena. Y a pesar de que hubo
escasas pérdidas de vidas y la destrucción se limitó a las áreas suburbanas, el efecto
político fue inmediato. Se produjo un éxodo masivo de la población romana fuera de la
ciudad. En rápida sucesión el gobierno de Mussolini cayó, el rey ordenó la captura del
dictador y la formación de un nuevo gobierno que negociase la paz con los aliados.
Entonces entraron en escena las fuerzas alemanas, las cuales procedieron a ocupar la
ciudad dispuestos a resistir a ultranza. Tras intensas negociaciones, en que participó la
Santa Sede, Roma fue declarada “Ciudad abierta” (agosto de 1943) por las autoridades
nazis, retirándose, posteriormente, los alemanes más al norte. Se evitaron nuevas
destrucciones y bajas y las fuerzas aliadas liberaron la ciudad, desfilando con sus tanques
por el centro histórico, en medio de la aclamación del pueblo romano, harto del fascismo y
la ocupación nazi (4 de junio de 1944).
Después de la ejecución de Mussolini y el fin de la guerra, el Referéndum de 1946 abolió
la monarquía e instauró la República italiana.
Roma, capital de la República de Italia[editar]
Después de la guerra, Roma ha seguido creciendo en todo sentido como consecuencia del
“milagro económico italiano” de reconstrucción y modernización. En primer lugar, en
población. Para 1980 su población ascendía ya a los 2 800 000 habitantes. En su
desarrollo Roma ha ido englobando localidades que en el pasado quedaban fuera de su
radio urbano: Torrevechia, Labaro, Osteria, Octavia, etc. Se han creado nuevos barrios de
carácter más bien funcional: Prenestino, Monte Mario, Vigna Clara, Ostiense, Tuscolano,
etc. Se han construido nuevas obras arquitectónicas: la estación Termini, el Palazzeto del
Deporte, la Villa Olímpica, el Estadio Olímpico, el Palacio Renascenza, el aeropuerto
Fiumicino (hoy Leonardo Da Vinci). Esta expansión geográfica y su aumento en población
se han debido, en parte, a las necesidades administrativas del Estado italiano, en parte, al
desarrollo de las actividades industriales, turísticas y de servicios.
En Roma tienen su sede los Poderes del Estado italiano: la Presidencia de la República,
los ministerios, el Parlamento (formado por dos cámaras: la de Diputados y el Senado), los
máximos tribunales de justicia; también, las embajadas y consulados extranjeros ante la
República de Italia y la Santa Sede.
En lo estrictamente local la ciudad ha sido gobernada, desde el fin de la guerra, y como
nunca en su historia, mediante fórmulas genuinamente democráticas y republicanas. Un
Ayuntamiento (Comuna de Roma) o Municipalidad, constituido por un Concejo municipal
elegido por 4 años mediante sufragio universal y en que el alcalde es elegido a su vez por
los concejales, ejerce la potestad edilicia. Como una forma de descentralizar el gobierno
local la ciudad ha sido dividida en numerosos municipios autónomos a partir de 2013 (unos
15), de los cuales el Municipio I, llamado Centro Storico es uno de los más característicos.
Roma ha sido testigo de la agitada vida política italiana, caracterizada por la pugna de
múltiples partidos, las coaliciones entre ellos, las crisis de gobierno y la presencia de
carismáticos personajes que han ejercido el cargo de primer ministro. Pero también la
ciudad ha presenciado la lacra del terrorismo urbano, como fue el azote de las Brigadas
Rojas durante la década de los 70 y comienzos de los 80 y que cobró en sus calles la vida
del ex primer ministro Aldo Moro, o el alevoso atentado en contra del papa Juan Pablo
II en 1981.
La recuperación de su independencia ha impulsado al Papado a realizar una intensa
actividad misionera, con grandes repercusiones fuera de las fronteras de Italia. El
papa Juan XXIII llamó en 1959 a la celebración del Concilio Vaticano II, mediante el cual la
Iglesia ha intentado modernizarse, especialmente en su liturgia. Pablo VI inauguró la era
de los viajes apostólicos fuera de Italia, política que fue capitalizada por Juan Pablo II, el
“Papa Viajero”, quien misionó fuera de Roma en innumerables ocasiones y cuya actividad
tuvo profundo impacto en el desarrollo de los acontecimientos de Europa Oriental durante
la década de los 80 y 90. A finales de febrero de 2013 se produjo la inesperada renuncia
del papa Benedicto XVI, siendo elegido para la Silla Pontificia un nuevo papa, esta vez de
origen latinoamericano, de nacionalidad argentina, el cual adoptó el nombre de Francisco.
En la actualidad, el papa Francisco sigue siendo la máxima autoridad religiosa de Roma,
su tradicional obispo, el “Sumo Pontífice”, el cual es referente obligado, ya sea a favor o en
contra, de millones de católicos y no católicos en el mundo.
Roma adquiere un aspecto más y más cosmopolita debido a su gran población transeúnte.
Si desde antes era centro de peregrinaciones religiosas (vías romeas) y turísticas, ha sido
en la segunda mitad del siglo XX y comienzos del siglo XXI que la presencia de extranjeros
ha aumentado en forma exponencial: sus múltiples centros de interés -museos, galerías
artísticas, iglesias, monumentos y ruinas antiguas, catacumbas, plazas, villas,
edificaciones renacentistas, barrocas y neoclásicas, modernistas, etc- han atraído
poderosamente el interés de los visitantes de todas las latitudes y continentes. La industria
del turismo sigue siendo una importante fuente de ingresos para la ciudad. Por su parte, la
Ciudad del Vaticano atrae a su propia multitud, constituida por creyentes y turistas,
presentes en las homilías, en beatificaciones y canonizaciones, o bien visitando sus
museos y bibliotecas.
En materia económica Roma se ha consolidado como un centro de industria liviana
(textiles, alimentos, productos farmacéuticos, imprenta, etc), se ha convertido en el núcleo
de las redes ferroviarias y del sistema de autopistas de Italia. También es el mayor centro
financiero de la península. El desarrollo de los servicios y del comercio han venido
ocupando a otra buena parte de la población romana. Se destaca su industria
cinematográfica, muy activa durante la década de los 50 y 60, con extraordinarios
directores -Federico Fellini, Vittorio De Sica, Luchino Visconti, Pier Paolo Pasolini, etc.
La actividad cultural se ha expandido notablemente: la Universidad de Roma se ha
posicionado como la mayor de Italia, con casi 150 000 estudiantes. Las actividades
artísticas están representadas por sus múltiples academias y teatros. Sus galerías
artísticas (p.ej: Borghese, Nacional de Roma) son centros obligados de interés. Por otro
lado, han venido proliferando numerosas academias culturales y artísticas, tanto italianas,
como pontificias e internacionales.
Tras la represión fascista de la primera mitad del siglo XX, Roma fue, durante los 50 y 60,
el epicentro de un estilo de vida desenfadado (principalmente entre los grupos altos
adinerados) que ha sido llamado la dolce vita (la Dulce Vida), fenómeno expresado en el
cine por la película homónima de Federico Fellini (1960) y con la actuación de Marcello
Mastroianni. También, durante la posguerra, Roma, en correlación con la abundante ayuda
económica de los Estados Unidos, estuvo muy en contacto con las formas culturales de
esta nación, relación reflejada, especialmente, en el cine y en las otras artes.
Después de la guerra Roma ha sido elegida como sede por empresas transnacionales e
instituciones internacionales, culturales y humanitarias (p. ej., la FAO: Organización de las
Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, el FIDA: Fondo Internacional del
Desarrollo Agrícola).
La ciudad fue el escenario histórico en que se creó la Comunidad Económica
Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (EURATOM) mediante la
firma de los "Tratados de Roma" (25 de marzo de 1957), suscritos por seis países de
Europa Occidental; tales acuerdos fueron el primer gran paso dado por los europeos en
pro de su unidad continental. Ambos tratados han sido la base para la actual Unión
Europea.
Roma fue también la cuna del Club de Roma (1968), una asociación integrada por
científicos, políticos, personalidades, especialistas y organizaciones de distinto ámbito,
cuyo objetivo es la creación de un Nuevo Orden Mundial, basado en la propuesta de
políticas sustentables y ambientalistas. Este Club ha tenido un importante impacto en el
desarrollo de las nuevas corrientes ecologistas y de análisis social.
Roma fue sede los Juegos Olímpicos de 1960, para lo cual se edificó la Villa Olímpica. El
destacado arquitecto Pier Luigi Nervi diseñó algunos de los edificios que albergaron los
juegos. También Roma fue una de las sedes del Campeonato Mundial de Fútbol de
1990 organizado por la FIFA.