DIÁLOGOS
DANIEL BRAILOVSKY1
“Esta situación nos hace valorizar de otra manera lo que se pone en juego a la hora de
enseñar, el sentido profundo de la escuela”.
PABLO PÉREZ CHITERI2
RESUMEN
La entrevista al Dr. Daniel Brailovsky, recupera una voz potente para nuestros tiempos
por su experiencia y su permanente reflexión sobre la educación. Particularmente pone
el foco en la escuela, la enseñanza priorizando los principios pedagógicos que rigen el
accionar de la tarea docente
PALABRAS CLAVE
EDUCACION-ESCUELA-VIRTUALIDAD-VINCULO PEDAGOGICO
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Daniel Brailovsky es doctor en Educacion, maestro jardinero y profesor de música. Docente
investigador de Flacso/Argentina y en el ISPEI Sara Eccleston, entre otras universidades e institutos.
Autor de numerosos artículo y libros, su libro más reciente, es: Pedagogía (entre paréntesis), Buenos
Aires: Novedades Educativas, 2019. / [email protected] / bit.ly/dbrailovsky / Instagram:
@danibrai
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Profesor de Escuelas Secundaria de Viedma, y docente del CURZA en las asignaturas Literatura
Española y Didáctica especifica. Estudiante de posgrado en la Maestría en Educación Literaria localizada
en el CURZA-Universdiad Nacional del Comahue.
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Para empezar, me interesa tu mirada amplia de la cuestión. Me gustaría saber
cómo ves que están respondiendo los docentes a esta situación excepcional. Desde
lo técnico o tecnológico, pero también, y principalmente, desde lo afectivo, desde lo
anímico… incluso si querés agregar alguna cosa tuya personal, en el sentido
laboral, también sería muy bienvenida…
Creo que esta pregunta puede entenderse desde las distintas facetas que definen a un
docente. Suele pensarse el rol docente, por ejemplo como trabajador, como artesano de
su oficio, como profesional, como actor social, como sujeto político. Creo que en cada
una de esas dimensiones los docentes estamos interpelados de distintas maneras. En lo
laboral, por ejemplo, habrá algunos para los que la virtualidad no cambió demasiado su
trabajo, porque ya estaban acostumbrados a un trabajo a distancia con medios
tecnológicos. En lo personal, eso me pasa en algunos cursos que ya daba en forma
virtual, pero hoy los cursos que no eran virtuales y “cayeron en la educación virtual”
(como me gusta decir, parafraseando a un ex ministro de educación) son los que afectan
de una manera más directa la situación percibida como normal. En lo laboral, los
tiempos de trabajo se vieron intensificados, las condiciones cambiaron, se dibujaron
completamente el tiempo de trabajo y el tiempo del hogar. La disponibilidad de
recursos, por otro lado, es un dato muy relevante: ni todos los estudiantes ni todos los
docentes están dotados en sus hogares de los insumos tecnológicos para poder llevar
adelante todas las actividades que eran presenciales en forma virtual, con el agregado de
la gestión de los alumnos, la parte administrativa, etcétera. La producción de videos, la
edición, todo eso lleva mucho tiempo si hay que hacerlo bien, y demanda muchos
insumos. En circunstancias normales también se necesita dedicarle tiempo a la
producción de los materiales, a la comunicación con otras personas, pero ahora se debe
compatibilizar los tiempos de trabajo con los de cuidado de los hijos, hay que turnarse
con otros familiares en el uso de los insumos tecnológicos.
Ahora, desde el punto de vista del oficio, siento que esta situación nos hace valorizar de
otra manera lo que se pone en juego a la hora de enseñar, el sentido profundo de la
escuela. Estarán los que dirán que la virtualización de la enseñanza ya era algo que se
veía venir con toda claridad y lo que hizo esta pandemia es darle un empujón a la
realidad hacia un futuro al que de todos modos estamos destinados. Quienes piensan así
dirán que, si las cosas ahora nos cuestan, será porque no habíamos innovado lo
suficiente, o porque no nos habíamos adaptado al mundo digital a la suficiente
velocidad.
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“Uno sale de muchos lugares cuando entra a la escuela y entra en esa lógica
(la escolar) que de alguna manera suspende otras lógicas: la del consumo,
las de los mandatos familiares, la de ciertos destinos a los que uno está
prefijado por pertenecer a tal o cual comunidad.”
Personalmente, no suscribo a esa posición. Creo más bien que este escenario lo que hace
en todo caso es poner en evidencia que la verdadera función de la escuela no es tanto la
de comunicar contenidos, ni la de hacer una contabilidad de las competencias y los
conocimientos de las personas (si bien por supuesto que se aprende, y se aprende mucho
en la escuela) sino la de crear un encuentro que transcurre fuera del ámbito familiar, que
es un tiempo diferente del tiempo de la vida fuera de la escuela.
Uno sale de muchos lugares cuando entra a la escuela y entra en esa lógica (la escolar)
que de alguna manera suspende otras lógicas: la del consumo, las de los mandatos
familiares, la de ciertos destinos a los que uno está prefijado por pertenecer a tal o cual
comunidad. Esto se ha dicho de una manera muy linda en el libro En defensa de la
escuela, de Maarten Simons y Jan Masschelein: el tiempo escolar, la scholé, es la
materia prima de eso que fabricamos los maestros.
Las herramientas tecnológicas que estamos usando ahora ya estaban el año
pasado, salvo alguna cuestión que se ha depurado un poco, que alguna de las
empresas aprovechó para aggiornar, las herramientas en sí ya estaban. Y el uso
que hacíamos de ellas era bastante marginal y yo creo que no es tanto porque los
docentes seamos perezosos o porque no tengamos capacidad técnica para hacerlo
sino porque creo que más o menos conscientemente todos sabemos que hay algo
que pasa en el aula que es irreemplazable, ¿no? Cuando digo en el aula digo en
cualquier espacio donde nos juntemos en la presencialidad y me parece que esto es
cercano a lo que vos llamas la magia del aula. Entonces como siguiente pregunta
me gustaría si vos podés redondear este concepto, expandirlo, explorar un poco
este concepto de la magia del aula qué es lo que pasa ahí y sobre todo si podemos
pensar qué cosas de esa magia del aula pueden activarse en la virtualidad.
Obviamente que es irreemplazable lo otro, el encuentro de los cuerpos con la voz y
la mirada, pero si podemos salir de la cuestión fría de la tecnología y si alguna de
esas cosas que activan la magia del aula se pueden poner en juego también en la
virtualidad…
La idea de pensar al aula como un lugar que produce cierta magia no tiene que ver con
una idealización romántica del espacio, del aula, como un espacio. Hago esta aclaración
porque es sabido que, a veces, se habla de ciertas actividades que están un poco
idealizadas (el juego, el aprendizaje) apelando a metáforas poéticas de una manera más
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literaria que analítica. Y eso no está mal, claro, pero en este caso, me refiero
literalmente a que el aula propicia una forma de encuentro que, en contraste con los
encuentros espontáneos entre las personas, produce efectos muy fuertes. El aula coloca
a las personas en posición de sostener una conversación extensa, profunda, sin apuro,
documentada (por lo general siempre hay algún libro en el medio de esa conversación),
bastante despojada de prejuicios, mirando a través del vocabulario cuidado, desde
ciertas lógicas que están siempre bajo estudio.
“Me parece que esa operación del aula, la de favorecer ese tipo de
conversación tan particular (que, insisto, no se da en la sobremesa, ni en el
bar, ni en las reuniones de amigos) es tan única y tan potente que le cabe la
calificación de mágica”
El aula promueve nuevas formas de pensar, las de las disciplinas, que cuidan de
distintos modos la honestidad intelectual del intercambio. En el aula, además, y a pesar
de esta búsqueda de rigor, vale decir todo lo que uno piensa sin miedo a equivocarse,
sin miedo a que sea una tontería. Vale preguntar y preguntarse cualquier cosa, porque
todas las preguntas ayudan a seguir conversando. Y como si todo esto fuera poco, lo que
motiva a esa conversación es la conversación misma. O sea: carece de toda utilidad
específica. No se conversa para resolver un problema. ¿En qué otro lugar en el mundo,
en la existencia habitual de las personas, de las instituciones, etcétera, existe un espacio
que genere una forma de conversación como esta? ¿En qué otro lugar personas de 10
años, de 30 o de 40, hablan juntas sobre historia antigua (por ejemplo) durante varias
semanas, y miran imágenes, cuadros, ven películas, leen libros, y todo sin otra finalidad
que la de recorrer esos momentos interesantes de la historia y hacer analogías? ¿Dónde
más, como dice Larrosa, el mundo se estira hacia el pasado y hacia el futuro para
pensarlo mejor?
Me parece que esa operación del aula, la de favorecer ese tipo de conversación tan
particular (que, insisto, no se da en la sobremesa, ni en el bar, ni en las reuniones de
amigos) es tan única y tan potente que le cabe la calificación de “mágica”. Es cierto que
los amigos, los parientes, los amantes, también pueden conversar de maneras muy
hermosas. Pero la conversación que se da en el aula no se apoya, ni se funda, ni celebra
la amistad. En el aula las personas son, con bastante frecuencia, perfectos desconocidos
que se han encontrado ahí porque tienen esa edad, o salieron sorteados en esa escuela, o
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la inscripción los llevó a ese espacio. No están allí por afinidad, sino que están allí para
conversar. Muchas veces termina el año, la materia, el curso, y no se vuelven a ver
jamás. Y, sin embargo, son conversaciones que dejan huella, son conversaciones que
nos forman. Al final de una carrera superior, por ejemplo, un estudiante habrá cursado
30 o 40 materias y obtendrá un título. Se recibirá. Se convertirá en algo que no era
(maestro, nutricionista, radiólogo, lo que sea). Y esas 40 materias representan algunos
encuentros, de un par de horas cada uno, con un grupo aleatorio de personas con las
que, básicamente, se conversó, se practicó, se leyó, se conversó sobre lo leído. Pero
como esas conversaciones no tuvieron lugar en un bar o en la sobremesa, sino en un
aula, entonces son formativas y nos convierten en algo que no éramos. Creo que esa
idea de magia tiene que ver también con ese efecto de transformación.
Ahora bien ¿Es esto posible en la virtualidad? ¿Cuáles son las cualidades de esa magia,
de ese tipo de conversación, de ese tipo de encuentro, pueden replicarse en la
virtualidad? Una de las cualidades es la de crear un espacio separado del espacio
cotidiano que es el espacio del aula, y separar un tiempo diferenciado del tiempo común
que es el tiempo de la clase, y eso en la virtualidad puede llegar a suceder en las clases
sincrónicas. Especialmente cuanto mayores son los alumnos, más pueden reconstruir su
oficio de estudiantes y meterse en el clima áulico a través de un encuentro sincrónico.
Pero claramente ese “estar en el aula”, ese “ser estudiante”, ese “convertirse en sujeto de
la conversación” no es algo que se pueda aprender desde casa mirando una pantalla. Los
chicos de primer grado (tengo la sensación de que son los más perjudicados
educativamente por este aislamiento) no van a crear un efecto de aula a través de Zoom,
ni de Meet, ni de ninguno de esos medios. Por eso, creo que eventualmente puede
reconstruirse esa magia cuando ya existía, y cuando uno ya la tenía apropiada. Eso no
significa que en forma excepcional sea concebible (y necesario, porque vale la pena
intentarlo) reconstruir lo que se pueda de eso en los encuentros virtuales con nuestros
alumnos, porque estamos transitando una catástrofe, estamos transitando un momento
trágico de la humanidad en el que la gente sufre, se enferma, muere, está encerrada, está
recluida, está más pobre, está angustiada, y entonces por supuesto que vale la pena
reconstruir lo que se pueda, de la manera que se pueda. Y para eso hay recursos, ideas y
un genio o una imaginación pedagógica que puede estar al servicio de esa
reconstrucción. Pero de ninguna manera me parece que esto pueda pensarse como una
forma estable de la escuela.
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¿Cómo prevés que puede ser el año que viene, el 2021, en la educación en
Argentina? O sea, ¿Qué cosas de esta tecnología educativa de la virtualidad han
llegado para quedarse? ¿Qué características tendrá la nueva normalidad en
cuanto a la presencia en las escuelas? ¿Qué diferencias pensás que se pueden
profundizar, en relación con diferencias sociales o diferencias geográficas, en
nuestro país?
A mí me da, por supuesto, la sensación de que todos vamos a volver habiendo
aprendido mucho sobre las posibilidades y las no posibilidades de las tecnologías en la
enseñanza. Me parece que hablar homogéneamente de las tecnologías en la enseñanza
es injusto con la enseñanza. No es lo mismo, por ejemplo, utilizar las tecnologías en el
aula que usarlas como medio de encuentro. Es decir, las tecnologías como recurso en el
aula son un mundo y las tecnologías como escenario de la enseñanza, son otro mundo.
Me parece que mis propias clases presenciales en el futuro, probablemente, utilicen de
una manera más elaborada, e incluso más sensata, los recursos tecnológicos para
complementar la presencialidad. Pero también creo que queda puesto en su justa
dimensión lo que puede prometer y lo que no puede prometer una enseñanza impartida
y desarrollada en plataformas o medios virtuales. Creo que saldremos valorando más la
presencia y el encuentro, y sabiendo lo peligroso que es pretender virtualizar lo
invirtualizable. Por la misma razón que una relación pedagógica no puede convertirse
en una relación puramente virtual, por lo que una relación amorosa no podría
convertirse en una relación puramente virtual, o una amistad no podría ser puramente
virtual. Alguien dirá: “si, siempre existieron los amigos por carta o las parejas que viven
separadas…” Bueno, pero son notables excepciones, ¿cierto?
“El mundo sería mucho más injusto y más desigual, si no existiera la escuela.”
Y después, o tal vez antes, la cuestión de las desigualdades, que se han puesto más en
evidencia con la pandemia y que es una de las cuestiones más estudiadas y más
analizadas en este momento, porque es lo que más preocupa, por supuesto. Y de nuevo,
esto no hace más que reafirmar el tipo de fuerzas igualadoras que ofrece el encuentro en
presencia. Después también va a seguir habiendo haber gente que no tenga plata para el
boleto de colectivo que lo lleve hasta la escuela, desde ya. Y las diferencias van a seguir
existiendo, y las desigualdades van a seguir existiendo. Pero creo que la escuela, aún
con todas las críticas que ha recibido y viene recibiendo, acusada de perpetuar o
reproducir las diferencias sociales, las atenúa en buena medida. Las críticas
reproductivistas son interesantes llamados de atención sobre lo que produce la escuela a
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nivel social, pero el mundo sería mucho más injusto y más desigual, si no existiera la
escuela.
Quería sacarte, quizás, un poco de tu zona más de confort, pero me interesa tu
mirada sobre el nivel del que en general no te escucho hablar pero estoy seguro
que tenés una mirada ya armada, qué es el nivel medio. Entendiendo que de esta
situación va a surgir un cambio cultural, veremos después qué tan profundo, me
gustaría si podés dar una vuelta de tuerca en relación con la respuesta anterior,
mirando hacia los adolescentes, hacia la primera juventud. Sé que tenés una
mirada integral de la docencia, de la educación y sé también que, en general, el
nivel inicial y el nivel primario también dedican parte de su tiempo a pispear un
poco la proyección… Si podés hacer alguna especulación de cómo ves a los jóvenes,
en cuanto a cómo están ellos de preparados para este tiempo, por cosas
particulares de su cultura maravillosa, que les puede dar cuestiones a favor, y qué
modificación pensás que puede haber en la cultura juvenil en general y en la
educación secundaria en particular.
Más que de mi zona de confort me saca de mi zona de expertise, si existe tal cosa… El
nivel secundario es el único en el que nunca di clases sistemáticamente. Fui maestro de
jardín, de primaria, de carreras terciarias, de carreras de grado y de posgrado, pero
nunca de secundaria. Más que algún taller suelto, alguna cosa esporádica. Entonces me
cuesta un poco más pensarlo desde la experiencia. Pero, bueno, como capacitador, como
padre, y como exalumno y por lo que he leído, y esto es simplemente una sensación,
porque no se basa en una lectura profunda ni en una investigación, creo que puede
pensarse desde el siguiente punto de vista. La cultura adolescente, definida desde toda
esta perorata de los “nativos digitales” como una cultura virtualizada, digitalizada,
etcétera, encontraba en la exigencia de presencia escolar una cierta oposición. La
tensión era entre un mandato adulto (“debes ir a la escuela”) y una resistencia
adolescente (“quiero surfear la web”). Ahí podemos ver una versión típica del choque
intergeneracional, es el adulto que le exige al alumno que se haga presente, que agarre
los libros, que estudie. Y el alumno se refugia en el celular, en la pantallita, en la cual se
supone que encuentra un territorio que domina más que el adulto. Y hay mucho análisis
sobre la inversión de la asimetría, sobre ese entusiasmo (un poco bobo, creo) que se
generó alrededor del concepto de nativos digitales, y que contribuyó a naturalizar la idea
de una juventud, de una adolescencia naturalmente tecnologizada. Ahora, en el
momento en que las pantallas se convierten en un imperativo escolar y ya no es lo que
la escuela prohíbe, lo que la escuela no acepta, lo que la escuela se niega a incorporar a
sus prácticas, ahora que la pantalla pasa a ser la propuesta oficial, la cosa cambia. Los
celulares son el medio en el cual los profesores se comunican con sus alumnos, a lo
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mejor les hablan por sus propias redes, les hablan a través de los mismos dispositivos
que antes les secuestraban en la puerta para que no se distraigan… Creo que esa
inversión, de alguna manera, descoloca, y sería esperable que reconfigurara, un poco al
menos, los estereotipos que existían acerca de todo esto.
“La escuela tiene que construir una reflexión situada, sensata, documentada,
apelando a esa magia que la escuela tiene dentro de sus aulas, respecto de
cuál es el mundo que queremos y no cuáles son las estrategias para
adaptarnos al mundo que hay.”
A mí nunca me pareció del todo creíble que hubiera una cualidad innata en las nuevas
generaciones por las cuales son “como peces en el agua” con la tecnología, sólo por ser
jóvenes. En el profesorado (soy docente y coordinador en un ISFD) recibimos
estudiantes recién salidos de la secundaria que son casi analfabetos tecnológicos. Les va
bien con Twitter, con Instagram y mandando mensajitos por WhatsApp, desde ya, pero
muchas veces son incapaces de hacer operaciones más complejas que demandan un
pensamiento organizado, utilizando con sensatez y estrategia los recursos tecnológicos
de una manera funcional.
Hay una frase que gustan de decir los que critican a la escuela por derecha (desde lo que
he llamado el “pseudo-escolanovismo de mercado”): que tenemos escuelas del siglo
XIX, con maestros del siglo XX y alumnos del siglo XXI. Con esto se pretende
demostrar el atraso de la escuela respecto de la tecnología que domina el escenario de la
cultura: “la escuela no se adapta a los tiempos que corren…” A mí me parece que éste
va a haber sido un gran empujón tecnológico para la escuela, pero al mismo tiempo, va
a haber sido una gran mojada de oreja para esas hipótesis criticonas de la escuela
(porque no son críticas, sino criticonas) respecto de la escuela como atrasada, no
adaptada, etcétera. Está claro que la escuela no tiene que adaptarse a los tiempos que
corren, sino que la escuela tiene que construir una reflexión situada, sensata,
documentada, apelando a esa magia que la escuela tiene dentro de sus aulas, respecto de
cuál es el mundo que queremos y no cuáles son las estrategias para adaptarnos al mundo
que hay.