En el 401 a. C.
busca Ciro el Joven destronar a su hermano
Artajerjes, rey de Persia, con el concurso de mercenarios
griegos y de tropas espartanas. Fue derrotado y muerto en
Mesopotamia. Los «diez mil» mercenarios griegos lograron
atravesar Asia Menor y regresar a su patria; entre ellos
figuraba el ateniense Jenofonte, cronista de la expedición, a
quien tocó vivir, de forma principal, los acontecimientos que
acabamos de reseñar, los cuales narró en el siguiente libro.
Jenofonte
Anábasis
La expedición de los Diez Mil
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Titivillus 26.05.18
Título original: Anábasis
Jenofonte, 371-369 a. C.
Traducción: Diego Gracián Alderete
Editor digital: Titivillus
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LIBRO PRIMERO
CAPÍTULO I
Darío y Parisátile tuvieron dos hijos: el mayor, Artajerjes; el
menor, Ciro. Enfermó Darío, y sospechando que se acercaba
el fin de su vida quiso que los dos hijos estuviesen a su lado.
El mayor se encontraba ya presente, y a Ciro lo mandó a
llamar del gobierno de que le había hecho sátrapa,
nombrándole al mismo tiempo general de las tropas que se
estaban reuniendo en la llanura de Castolo. Acudió, pues,
Ciro, llevando consigo a Tisafernes, a quien tenía por amigo,
y escoltado por trescientos hoplitas[1] griegos a las órdenes
de Jenias de Parrasia.
Muerto Darío y proclamado rey Artajerjes, Tisafernes
acusa a Ciro ante su hermano diciéndole que conspiraba
contra él. Créelo el rey y prende a Ciro con intención de
darle muerte. Pero la madre consiguió con súplicas que lo
enviase de nuevo al gobierno. Y Ciro, de vuelta, después de
haber corrido tal peligro y con el dolor de la afrenta, se puso
a pensar en la manera de no hallarse en adelante a merced
de su hermano y aun, si fuese posible, ser rey en su lugar.
Su madre, Parisátile, le era favorable porque le quería más
que al rey Artajerjes, y él, por su parte, trataba de tal suerte
a los que a él venían de la corte, que retornaban más
amigos suyos que del rey. Procuraba al mismo tiempo que
los bárbaros a su servicio estuviesen bien preparados para
la guerra, y se esforzaba por ganar sus simpatías. Con el
mayor sigilo fue reuniendo tropas griegas a fin de coger al
rey todo lo más desprevenido posible.
La manera que tuvo de reunirlas fue la siguiente: en
todas las ciudades donde tenía guarnición ordenó a los jefes
que alistasen el mayor número de soldados peloponenses, y
los mejores posibles, pretextando que Tisafernes pensaba
atacar las ciudades. Pues las ciudades jamás habían sido
antes de Tisafernes, dadas por el rey, pero entonces se
habían pasado a Ciro; todas, excepto Mileto. En Mileto,
Tisafernes, presintiendo que pensaban hacer lo mismo —
pasarse a Ciro—, mató a unos, y a otros los expulsó. Y Ciro,
tomando bajo su protección a los desterrados, reunió un
ejército y puso sitio a Mileto por tierra y por mar, con el
propósito de que los expulsados volvieran a sus hogares.
Esta empresa le servía también de pretexto para reunir
tropas. Y al mismo tiempo envió mensajeros al rey
pidiéndole le concediese a él, que era su hermano, el
gobierno de las ciudades con preferencia a Tisafernes. La
madre le apoyó en esta súplica; de suerte que el rey no
advertía las maquinaciones de Ciro y pensaba que, en
guerra contra Tisafernes, el sostenimiento de las tropas le
obligaría a grandes gastos. Por eso no veía con disgusto que
los dos estuviesen en guerra. Ciro, además, tenía cuidado
de enviarle los tributos de las ciudades que estaban bajo la
jurisdicción de Tisafernes.
Mientras tanto iba reuniendo otro ejército en Quersoneso,
enfrente de Abidos, por el siguiente procedimiento: Clearco
era un desterrado lacedemonio. Ciro tuvo ocasión de
tratarlo y, lleno de admiración por él, entrególe diez mil
daricos. Clearco aceptó el dinero, levantó con él un ejército
y tomando el Quersoneso como base de operaciones entró
en guerra con los tracios que habitaban por encima del
Helesponto. Y como en estas luchas resultaban favorecidos
los griegos, las ciudades helespontinas proporcionaban
voluntariamente recursos para sostener las tropas. De este
modo mantenía ocultamente aquel ejército sin suscitar
sospechas.
Sucedió también que un amigo suyo, Aristipo, de Tesalia,
apretado en su ciudad por un partido contrario, acudió a
Ciro pidiéndole dinero para alistar durante tres meses a dos
mil mercenarios, con los cuales pensaba vencer a sus
enemigos. Ciro le dio para cuatro mil durante seis meses,
pero bajo la condición de no llegar a un acuerdo con los
adversarios sin antes consultárselo. Y también de este modo
mantenía el ejército de Tesalia sin suscitar sospechas.
A Próxeno, de Beocia, otro amigo suyo, le ordenó se le
juntase reuniendo el mayor número de soldados. Ponía
como pretexto una expedición que proyectaba contra los
pisidas, porque, según decía, este pueblo estaba
molestando a las comarcas de su gobierno. También ordenó
a sus amigos Soféneto, de Estinfalia, y Sócrates, de Acaya,
que se le presentasen con el mayor número posible de
soldados, pues pensaba, con los desterrados de Mileto,
mover guerra a Tisafernes. Y así lo hicieron ellos.
CAPÍTULO II
Cuando pareció llegado el momento oportuno para la
expedición, hizo correr la voz de que pensaba expulsar por
completo a los pisidas de su territorio, y con este pretexto
fue reuniendo las tropas bárbaras y griegas. Ordenó a
Clearco que acudiese con todo el ejército a sus órdenes, y a
Aristipo que, haciendo paces con la facción contraria, le
enviase las tropas de que disponía, y a Jenias, de Arcadia,
jefe de los mercenarios puestos de guarnición en las
ciudades, que se presentase con el mayor número posible
de soldados, dejando solamente los indispensables para
guarnecer las ciudades. Llamó también a las tropas que
estaban sitiando a Mileto y ordenó a los desterrados que le
acompañasen en la expedición, prometiéndoles que, si le
salían bien sus proyectos, no descansaría hasta conseguir
que entrasen de nuevo en su ciudad. Ellos obedecieron
gustosos, pues tenían confianza en Ciro; y, tomando sus
armas, se presentaron en Sardes.
También vinieron a Sardes: Jenias, con las guarniciones
de las ciudades, hasta cuatro mil hoplitas; Próxeno, con
unos mil quinientos hoplitas y quinientos peltastas[2];
Soféneto, de Estinfalia, con mil hoplitas; Sócrates, de Acaya,
con quinientos hoplitas, y Pasion, de Mégara, con
trescientos hoplitas y trescientos peltastas. Este Sócrates
era uno de los que habían estado cercando a Mileto. Tales
fueron los que se reunieron con él en Sardes.
Tisafernes, noticioso de esto y pensando que tales
preparativos eran mayores que los que podía exigir una
expedición contra los pisidas, marchó con la mayor
celeridad para prevenir al rey, llevando consigo unos
quinientos caballos. Y el rey, informado por Tisafernes de la
expedición, se preparó para la lucha.
Ciro partió de Sardes con las tropas que he dicho y a
través de la Lidia llegó al río Meandro, recorriendo veintidós
parasangas[3] en tres etapas. El ancho de este río es de dos
pletros[4] y había en él un puente de barcas. Pasado el
Meandro, atravesó la Frigia en una etapa de ocho
parasangas y llegó a Colosas, ciudad poblada, rica y grande.
Allí permaneció siete días y se le juntaron Menón el Tesalo,
con mil hoplitas y quinientos peltastas, dólopes, enianos y
olintios. Partiendo de allí recorrió veinte parasangas en tres
etapas, hasta llegar a Celenas, ciudad poblada, grande y
rica. En ella tenía Ciro un palacio, con un gran parque lleno
de bestias montaraces que solía cazar a caballo cuando
quería hacer ejercicio con sus caballos. A través del bosque
corre el río Meandro, cuyas fuentes están en el palacio;
también corre a través de la ciudad de Celenas. Se halla en
esta ciudad un palacio fortificado del gran rey sobre las
fuentes del río Marsias y por debajo de la ciudadela; este río
atraviesa también la ciudad y desemboca en el Meandro;
tiene una anchura de veintiocho pies. Dícese que allí fue
donde Apolo desolló a Marsias después de vencerle en su
desafío sobre la música y que colgó la piel en el antro donde
salen las fuentes[5]; por esto se le ha dado al río el nombre
de Marsias. También se dice que Jerjes, cuando se retiró
vencido de Grecia, construyó este palacio y la ciudadela de
Celenas. Allí permaneció Ciro treinta días, y se le juntó
Clearco, el desterrado lacedemonio, con mil hoplitas,
ochocientos peltastas tracios y doscientos arqueros
cretenses. También se presentó Sóside el siracusano, con
trescientos hoplitas, y Soféneto el arcadio, con mil. Y en el
parque de esta ciudad hizo Ciro revista y recuento de los
griegos; resultaron en total once mil hoplitas y unos dos mil
peltastas.
Desde allí recorrió diez parasangas en dos jornadas,
hasta llegar a Peltas, ciudad poblada. En ella permaneció
tres días, durante los cuales Jenias, de Arcadia, celebró las
fiestas Liceas[6] con sacrificios y organizó unos juegos; los
premios fueron unas estrígiles[7] de oro; y también Ciro
presenció los juegos. Partiendo de allí recorrió doce
parasangas en dos jornadas, hasta Ceramonágora[8], ciudad
poblada, lindando ya con la Misia. Desde allí recorrió treinta
parasangas en tres etapas, hasta llegar a Caistropedio[9],
ciudad poblada. Allí permaneció cinco días. Debía a los
soldados más de tres meses de sueldo, y ellos iban a
menudo a pedírselo a su puerta. Él procuraba contentarlos
con esperanzas, y fácil era observar cuánto le contrariaba
este asunto, porque no estaba en el carácter de Ciro negar
algo cuando lo tenía. En esto vino a Ciro Epiaxa, mujer de
Siennesis, rey de Cilicia, y se decía que había dado a Ciro
mucho dinero. Entonces entregó Ciro al ejército el sueldo de
cuatro meses. Traía la reina una guardia de cilicios y
aspendios. Y se decía que Ciro había estado en relaciones
íntimas con la reina.
Desde allí recorrió diez parasangas en dos etapas, hasta
Timbrio, ciudad poblada. Allí se encontró junto al camino
una fuente llamada de Midas, el rey de los frigios, en la cual
se dice que Midas cazó al Sátiro echando vino en ella.
Partiendo de allí recorrió diez parasangas en dos etapas,
hasta llegar a Tirieo, ciudad poblada. Allí permaneció tres
días. Y dícese que la reina de Cilicia pidió a Ciro le mostrase
el ejército; él accedió y dispuso en la llanura una revista de
las tropas griegas y bárbaras. Ordenó a los griegos que
formasen en su orden acostumbrado de batalla, poniéndose
cada jefe al frente de los suyos. Formaron en cuatro filas:
Menón con sus tropas ocupaba el ala derecha; Clearco con
las suyas la izquierda, y en el medio estaban los otros
generales. Ciro pasó revista primero a los bárbaros, que
desfilaron ante él formados en escuadrones los de caballería
y en batallones los de infantería; y después recorrió la línea
de los griegos montado en un carro; la reina de Cilicia iba en
un coche. Los soldados griegos tenían todos cascos de
bronce, túnicas de púrpura y grebas y escudos
descubiertos[10].
Después de recorrer toda la línea, Ciro paró su carro ante
la falange, y con Pigres, el intérprete, ordenó a los generales
griegos que mandasen avanzar las tropas con las armas en
posición de combate. Los generales dieron la orden a los
soldados, y al sonar la trompeta avanzaron todos con las
armas por delante. Según avanzaban, dando gritos y con
paso cada vez más rápido, los soldados, por impulso
espontáneo se pusieron a correr hacia sus tiendas. Esto
llenó de espanto a los bárbaros; la misma reina de Cilicia
huyó abandonando la litera, y los vendedores que estaban
en el campo huyeron sin cuidarse de sus mercancías.
Mientras tanto los griegos llegaron riéndose a sus tiendas, la
reina de Cilicia, al ver el lucimiento y buen orden del
ejército, quedó asombrada. Y Ciro se alegró al ver el miedo
que infundían los griegos a los bárbaros.
Desde allí recorrió veinte parasangas en tres etapas,
hasta llegar a Iconio, última ciudad de la Frigia. Allí
permaneció tres días. Desde allí caminó treinta parasangas
en cinco etapas a través de la Licaonia, y permitió a los
griegos que pillasen esta comarca como tierra enemiga.
Desde allí envió a Epiaxa a Cilicia, dándole como escolta las
tropas de Menón, bajo el mando de Menón mismo. Ciro, con
el resto, atravesó la Capadocia, recorriendo veintidós
parasangas en cuatro etapas, hasta Dana, ciudad poblada,
grande y rica. En ella permanecieron tres días. Ciro mandó
matar allí a un noble purpurado[11], llamado Megafernes, y a
uno de sus oficiales superiores, acusándolos de conspirar
contra él.
Desde allí intentaron penetrar en la Cilicia: la entrada era
por un camino practicable para carros, pero en pendiente
muy áspera, imposible de atravesar para un ejército si
alguien lo impedía. Se decía también que Siennesis estaba
sobre las alturas vigilando la entrada. Esto retuvo a Ciro
durante un día en la llanura. Pero al día siguiente llegó un
mensajero diciendo que Siennesis había abandonado las
alturas al saber que el ejército de Menón, atravesando las
montañas, se encontraba ya dentro de Cilicia, y al oír que
de Jonia se dirigía a las costas de su país una escuadra
mandada por Tamón y compuesta por trirremes, de los
lacedemonios y del mismo Ciro. Libre, pues, el paso, Ciro
subió las montañas y pudo ver las tiendas del campamento
cilicio. De allí descendió a una llanura grande, fértil y bien
regada, llena de árboles de todas clases y de viñas; en ella
se produce mucho sésamo, mijo, panizo, trigo y cebada. La
rodean y defienden elevadas montañas que se extienden
desde el mar hasta el mar.
Descendiendo a esta llanura recorrió veinticinco
parasangas en cuatro etapas, hasta llegar a Tarso, ciudad
de Cilicia, grande y rica. En ella estaba el palacio de
Siennesis, el rey de los cilicios; atraviesa la ciudad el río
llamado Cidno, que tiene dos pletros de ancho. La ciudad
había sido abandonada por sus habitantes, que huyeron con
el rey Siennesis a un lugar fortificado sobre las montañas;
sólo quedaron los mercaderes. También permanecieron en
sus casas los que vivían a orillas del mar en Solos y en Iso.
Apiaxa había llegado a Tarso cinco días antes que Ciro. En el
paso por las montañas a la llanura perecieron dos
compañías del ejército de Menón; unos decían que habían
muerto a manos de los cilicios por haberse entregado al
pillaje; otros que, rezagados y no pudiendo encontrar el
grueso del ejército ni dar con los caminos, habían perecido
después de andar errantes; en total eran cien hoplitas. Los
demás, no bien llegados, furiosos con la pérdida de sus
compañeros, entraron a saco en la ciudad de Tarso y en el
palacio real. Ciro, cuando llegó a la ciudad, mandó recado a
Siennesis que viniese a verlo; el rey le contestó que nunca
se había puesto en manos de otro más poderoso que él, y
entonces no accedió a la invitación de Ciro, sino después de
que su mujer consiguió persuadirlo y le fueron dadas
seguridades. Después de esto, puestos ya en amistosas
relaciones, Siennesis dio a Ciro grandes sumas para el
ejército, y Ciro le hizo regalos que en la corte del rey son
tenidos por honrosos: un caballo con freno de oro, un collar
y unos brazaletes del mismo metal, una cimitarra con puño
de oro, y una vestidura persa. Prometiéndole también que
no pillarían más su reino y permitió recoger los esclavos que
le habían sido quitados dondequiera pudiese hallarlos.
CAPÍTULO III
Ciro y su ejército permanecieron allí veinte días, porque los
soldados se negaron a marchar adelante; sospechaban ya
que se les conducía contra el rey y decían que ellos no se
habían alistado para esto. Clearco intentó primero hacer
fuerza a sus soldados para que marchasen, pero ellos le
tiraron piedras a él y a sus acémilas no bien principió a
ponerse en marcha. Clearco escapó entonces con trabajo al
peligro de ser lapidado; pero después, reconociendo que era
preciso renunciar a la violencia, reunió a sus soldados y,
primero, puesto en pie, lloró largo tiempo. Los soldados,
viendo esto, estaban maravillados y permanecían
silenciosos. Después les habló en estos términos:
«Soldados: no os maraville mi aflicción en las presentes
circunstancias. Ciro es amigo mío, y desterrado yo de mi
patria, tuvo conmigo diversas atenciones honrosas y me dio
diez mil daricos. Y yo, tomándolos, no los empleé en
negocio particular mío ni me abandoné a una vida
agradable, sino que los gasté con vosotros. Primero luché
con los tracios y con vosotros vengué a Grecia
expulsándolos del Quersoneso cuando querían arrebatar
esta tierra a los griegos que la habitaban. Y al ser llamado
por Ciro acudí con vosotros, a fin de, si fuese preciso,
resultarle de algún provecho en pago de sus beneficios. Si
ahora vosotros no queréis marchar, forzoso me es, o
traicionaros a vosotros, siendo fiel a la amistad de Ciro, o
quedar con éste como un falso amigo, marchando con
vosotros. No sé si hago lo debido; pero de cualquier modo
me quedo con vosotros y con vosotros estoy pronto a sufrir
lo que sobrevenga. Nunca dirá nadie que yo, después de
conducir a griegos en medio de los bárbaros, traicionando a
los griegos, preferí la amistad de los bárbaros; así, puesto
que vosotros no queréis obedecer y seguirme, yo os seguiré
y sufriré lo que sobrevenga. Porque para mí sois vosotros
patria, amigos y compañeros, y con vosotros pienso que
seré respetado dondequiera me halle; separado de vosotros,
bien veo que no tendría fuerza ni para favorecer a un amigo
ni para defenderme de un enemigo. Seguros, pues, de que
os seguiré donde vayáis, podéis tomar la resolución que os
agrade».
Así habló; los soldados, tanto los suyos como los otros
que no marcharían contra el rey, al oírle decir esto, le
aplaudieron. Y más de dos mil que iban a las órdenes de
Jenias y de Pasion, cogiendo sus armas y bagajes,
acamparon junto a Clearco. Ciro, apurado y triste por todo
esto, mandó a buscar a Clearco; éste se negó a ir, pero a
escondidas de sus soldados le mandó un mensajero
diciéndole que tuviese confianza, pues todo acabaría por
arreglarse; también le indicó que lo mandase a llamar otra
vez, y de nuevo se negó a ir. Después de esto, reuniendo a
sus soldados, a los que se le habían reunido y a todo el que
quiso les habló en estos términos:
«Soldados: es evidente que Ciro se encuentra con
respecto a vosotros en la misma situación que nosotros con
respecto a él; ni nosotros somos ya soldados suyos, puesto
que no le seguimos, ni él es ya quien nos paga, ni
considera, estoy seguro, que nosotros le hemos hecho un
perjuicio; por eso cuando me manda a llamar no quiero ir,
en primer lugar lleno de vergüenza por haber quedado mal
con él en todo y, además, temeroso, no sea que me coja y
me haga pagar los daños que él piensa haberle yo inferido.
Me parece que no es éste momento de echarnos a dormir y
descuidar nuestros asuntos, sino de decidir lo que debemos
hacer en tales circunstancias. Mientras permanezcamos
aquí conviene ver el modo de estar lo más seguros posible,
y, si nos decidimos por marchar, ver los medios de hacerlo
con la mayor seguridad y de procurarnos vituallas; sin esto
ni el general ni el simple soldado sirven de nada. Porque
este hombre es el mejor amigo para el que tiene por amigo,
pero también el peor adversario para quien se le hace
enemigo. Cuenta, además, con infantería, con caballería,
con buques, como todos vemos y sabemos bien. Y me
parece que no estamos acampados lejos de él. Ha llegado,
pues, el momento de que cada uno diga lo mejor que se le
ocurra».
Dicho esto, calló. Entonces levantándose varios, unos
espontáneamente para decir lo que pensaban; otros,
aleccionados por el mismo Clearco, mostrando las
dificultades que había tanto para permanecer como para
marcharse sin contar con el asentimiento de Ciro. Uno de
ellos, fingiendo apresurar todo lo posible la vuelta a Grecia,
dijo que era preciso elegir cuanto antes otros generales, si
es que Clearco no quería conducirlos, comprar vituallas (el
mercado estaba en el ejército bárbaro) y preparar los
bagajes; que debían acudir a Ciro pidiéndole barcos para la
vuelta, y si no los daba, pedirle un guía que los condujese
por países amigos; pero, si no diese un guía siquiera, era
preciso formarse cuanto antes en orden de batalla y enviar
un destacamento que se apoderase de las cimas, no fuese
que se adelantasen a tomarlas. Ciro o los cilicios, «a los
cuales hemos hecho muchos prisioneros y cogido muchas
cosas».
Así habló éste; después Clearco dijo estas pocas
palabras:
«No hable ninguno de que yo vaya a dirigir como general
esta marcha; por muchas razones no debo hacerlo: pero
estad seguros de que obedeceré al hombre que elijáis; así
veréis cómo sé obedecer tan bien como el primero».
Entonces se levantó otro mostrando la ingenuidad del
que aconsejaba se pidiesen barcos, como si Ciro no tuviese
también que volverse; mostró asimismo lo ingenuo que
sería pedir un guía al hombre «cuyo negocio hemos
estropeado. Si tenemos confianza en el guía que Ciro nos
proporcione, ¿por qué no pedirle que ocupe las alturas para
nosotros? Yo, por mi parte, dudaría antes de entrar en los
barcos que nos diera, no fuese que echara a pique los
trirremes con nosotros dentro; y tampoco querría seguir al
guía que nos diera, temeroso de que nos llevara a sitio de
donde no pudiéramos salir. De irme contra la voluntad de
Ciro, preferiría que él no lo supiese, cosa que es imposible.
En fin, creo que todo esto no son más que vanas
habladurías: me parece lo mejor que elijamos de entre
nosotros los más capaces y los enviemos con Clearco a Ciro,
a fin de que le pregunten con qué intención piensa utilizar
nuestros servicios. Y si la empresa fuese análoga a las otras
en que se ha servido de los mercenarios, seguirle también
nosotros y no mostrarnos menos valerosos que los que le
acompañaron antes. Pero, si la empresa fuese más
importante y de más trabajo y peligro que la anterior,
decirle que, o nos persuada y nos lleve consigo, o que,
persuadido por nosotros, nos separemos amistosamente. De
este modo, si le seguimos, le seguiremos amigos y de todo
corazón, y si nos marchamos, podremos hacerlo con
seguridad. Y lo que conteste, referirlo aquí, y nosotros
reunidos deliberaremos sobre el asunto».
Pareció bien esto, y eligiendo unos cuantos los enviaron
con Clearco. Ellos hicieron a Ciro las preguntas acordadas en
la asamblea, y él les respondió que tenía noticias de que
Abrócomas, enemigo suyo, se hallaba en las riberas del río
Éufrates, a doce jornadas de distancia; contra éste dijo que
pensaba marchar y, si lo encontraba allí, castigarle; «pero,
si se escapase, allí resolveríamos sobre lo que sea preciso
hacer». Oído esto, los embajadores lo comunicaron a los
soldados, y ellos, aunque ya sospechaban que se les
conducía contra el rey, con todo decidieron seguir a Ciro.
Pero pidieron que se les aumentara el sueldo. Y Ciro
prometió darles una mitad más de lo que antes ganaban, es
decir, en vez de un darico, tres semidaricos por mes y por
soldado. Que marchase contra el rey nadie lo oyó tampoco
allí, por lo menos dicho públicamente.
CAPÍTULO IV
Desde allí recorrió diez parasangas en dos etapas, hasta el
río Psaro, que tenía tres pletros de ancho. Desde allí recorrió
cinco parasangas en una etapa, hasta el río Piramo, que
tiene de ancho un estadio[12]. Desde allí recorrió quince
parasangas en dos etapas, hasta Iso, última ciudad de la
Cilicia, a orillas del mar, poblada, grande y rica. Allí
permanecieron tres días. Y se reunieron a Ciro treinta y
cinco naves peloponesas; en ellas iba el almirante Pitágoras,
lacedemonio. Les había conducido desde Éfeso el egipcio
Tamón, que mandaba además veinticinco de Ciro, con las
cuales estuvo sitiando a Mileto cuando esta ciudad era
amiga de Tisafernes y él ayudaba a Ciro en la guerra contra
este sátrapa. También venía en las naves Quirísofo de
Lacedemonia, llamado por Ciro, llevando consigo
setecientos hoplitas que mandaba al servicio de Ciro. Las
naves atracaron junto a la tienda de Ciro. Allí también se
pasaron a éste los mercenarios griegos al servicio de
Abrócomas —cuatrocientos hoplitas— y le siguieron contra
el rey.
Desde allí recorrió cinco parasangas en una etapa, hasta
las llamadas Puertas de Cilicia y de Siria. Estas Puertas eran
dos murallas, y la de este lado, la de Cilicia, estaba ocupada
por Siennesis y una guarnición de cilicios; la del otro lado, la
de Siria, decíase estar guardada por tropas del rey. Entre las
dos corre un río llamado Carso, que tiene un pletro de
ancho, y están separados por una distancia de tres estadios.
No era posible pasar por la fuerza. El paso es estrecho; las
murallas descienden hasta el mar y están coronadas por
rocas a pico, y en una y otra hay puertas. Para este paso
había mandado buscar Ciro las naves con intención de que
desembarcasen hoplitas a uno y otro lado de las puertas y
pasaran venciendo a los enemigos, como pensara Ciro.
Abrócomas, que tenía un numeroso ejército, defendía las
puertas sirias; pero Abrócomas no lo hizo así, sino que,
apenas supo que Ciro se hallaba en Cilicia, se retiró de
Fenicia y marchó a juntarse con el rey, llevando un ejército,
según se decía, de trescientos mil hombres.
Desde allí recorrió cinco parasangas en una etapa, a
través de la Siria, hasta llegar a Miriandro, ciudad habitada
por los fenicios a orillas del mar. Es plaza de comercio y en
su puerto anclan numerosos barcos. Allí permanecieron
siete días, durante los cuales los generales Jenias, de
Arcadia, y Pasion, de Mégara, embarcaron con lo mejor que
tenían y se dieron a la vela resentidos, según pareció a la
mayoría, porque Ciro dejó a Clearco los soldados de ambos,
que se habían pasado al campo del lacedemonio con
intención de volver a Grecia y no marchar contra el rey.
Apenas desaparecidos circuló el rumor de que Ciro iba a
enviar trirremes en su persecución. Y unos hacían votos
porque los cogiese como a traidores; otros los compadecían
si fuesen cogidos.
Ciro reunió a los generales y les dijo: «Nos han dejado
Jenias y Pasion: mas sepan que si escapan no es porque yo
ignore adonde van ni porque me falten trirremes para
alcanzar la nave que los conduce. Pero, lo juro por los
dioses, no los perseguiré; nadie podrá decir que mientras un
hombre está a mi lado yo me sirvo de él, y cuando quiere
marcharse le cojo, le castigo y le quito sus bienes. Marchen,
pues, en buena hora, y sepan que nosotros nos hemos
portado con ellos mejor que ellos con nosotros. Y aunque
tengo en mi poder a sus hijos y mujeres guardados en
Tralles, no les privaré de ellos, sino que se los devolveré
teniendo en cuenta los servicios que antes me han
prestado». Esto dijo, y los griegos, si es que alguno iba a
disgusto en la expedición, le siguieron con más entusiasmo
y afición.
Después de esto recorrió Ciro veinte parasangas en
cuatro etapas, hasta el río Calo, que tiene un pletro de
ancho y está lleno de peces grandes domesticados, a los
cuales los sirios tenían por dioses y no permitían que se les
hiciese daño, lo mismo que a las palomas. Las aldeas en
que levantaron las tiendas pertenecían a Parisátile, a las
que habían sido concedidas para su cinturón. Desde allí
recorrió treinta parasangas en cinco etapas, hasta las
fuentes del río Dares, que tiene de ancho un pletro. Allí se
encuentra el palacio de Belesis, gobernador de Siria, y un
parque muy grande y bello con toda clase de frutos. Ciro
taló el parque y quemó el palacio. Desde allí recorrió quince
parasangas en tres etapas, hasta el río Éufrates, que tiene
de ancho cuatro estadios, y a su orilla se levantaba una
ciudad grande y rica llamada Tapsaco. Allí permanecieron
cinco días; y Ciro, convocando a los generales de los
griegos, les dijo que la expedición iba dirigida contra el gran
rey hacia Babilonia, y les ordenó dijesen esto a los soldados
y les persuadiesen a que le siguieran. Los generales los
reunieron y les participaron la noticia; los soldados se
pusieron furiosos contra ellos, pues decían que sabiendo
esto hacía tiempo lo habían ocultado. Decían que no
estaban dispuestos a marchar si no se les daba tanto dinero
como a los que la primera vez habían subido con Ciro, y
esto no yendo en son de combate, sino por llamamiento de
su padre. Los generales comunicaron a Ciro esta resolución,
y él entonces prometió que daría a cada soldado cinco
minas[13] de plata una vez que llegasen a Babilonia, y el
sueldo completo hasta que volviesen los griegos a Jonia.
La mayoría del ejército griego quedó persuadida con
estas promesas. Menón, por su parte, antes de estar en
claro lo que harían los otros soldados, si seguían o no a Ciro,
reunió sus tropas aparte y les habló de este modo:
«Soldados: si me escucháis, seréis preferidos por Ciro a
todos los demás sin necesidad de correr ningún peligro ni
pasar ningún trabajo. ¿Qué os aconsejo hacer? Ciro está
ahora solicitando a los griegos para que le sigan contra el
rey, y yo digo que es preciso que vosotros paséis el Éufrates
antes de que esté claro lo que van a responder a Ciro los
demás griegos. Si acuerdan seguirle, parecerá que vosotros
le habéis obligado a ello principiando a pasar, y Ciro os
guardará reconocimiento y os recompensará por haberos
mostrado tan dispuesto; nadie como él sabe agradecer los
servicios que se le prestan. Y si los otros acuerdan retirarse,
todos nos volveremos; pero por haber sido los únicos que le
obedecisteis, siempre os considerará como los más seguros
para las guarniciones y para el mando de las tropas, y en
cualquier cosa que necesitéis Ciro será para vosotros un
amigo».
Oído esto, le obedecieron y pasaron el río antes de que
los otros dieran su respuesta. Ciro, cuando supo que habían
pasado, alegróse y les mandó a decir por medio de Glun:
«Yo, soldados, alabo vuestra conducta y procuraré que
vosotros tengáis también más tarde ocasión de alabarme, o
no sería yo Ciro». Los soldados, llenos de grandes
esperanzas, le desearon feliz éxito. A Menón se dijo que le
había enviado magníficos presentes. Hecho esto, atravesó
el río, siguiéndole el resto del ejército. Ninguno de los que
pasaron se mojó más arriba del pecho. Los habitantes de
Tapsaco decían que nunca como entonces se había podido
pasar este río a pie, sino con barcas. Abrócomas, que iba
por delante, las había quemado para impedir a Ciro que
pasara. Se creyó ver en esta circunstancia algo divino; el río
parecía ceder ante Ciro como predestinado a reinar. Desde
allí recorrió cincuenta parasangas en nueve etapas, y
llegaron al río Araxes, donde había numerosas aldeas llenas
de trigo y vino. Permanecieron allí tres días y se
aprovisionaron.
CAPÍTULO V
Desde allí recorrió treinta y cinco parasangas en cinco
etapas por el desierto de Arabia, teniendo el río Éufrates a
la derecha. En esta región la tierra es una llanura
completamente lisa como el mar y llena de ajenjo. Además,
todas las plantas o cañas que allí crecen son aromáticas;
pero no se encuentra árbol alguno. Hay animales de todas
clases, sobre todo asnos salvajes; también hay numerosos
avestruces de gran tamaño, avutardas y gacelas. Los
soldados de caballería se pusieron a cazar estos animales. Y
los asnos, cuando alguien los perseguía, echaban a correr y
se paraban, pues corrían mucho más que los caballos;
después, cuando los caballos se acercaban, volvían a hacer
lo mismo, de suerte que no era posible cogerlos, como no
fuese repartiéndose a trechos los jinetes y esperándoles
unos mientras otros los perseguían. La carne de los que
fueron cogidos era parecida a la de los ciervos, aunque más
tierna. Nadie, en cambio, pudo coger un avestruz, y los
jinetes que intentaron perseguirlos desistieron pronto de su
empeño. En seguida se ponían a gran distancia corriendo
con las patas y utilizando sus alas desplegadas como velas
de navío. En cuanto a las avutardas, si alguien las levanta
rápidamente es posible cogerlas, pues tienen el vuelo corto,
como las perdices, y no tardan en cansarse; su carne era
sabrosísima.
Después de atravesar esta comarca llegaron al río
Masca, que tiene de ancho un pletro. Había allí una ciudad
desierta, grande, llamada Corzota, a la que da la vuelta el
río Masca. Permanecieron allí tres días y se aprovisionaron.
Desde allí recorrieron noventa parasangas en trece etapas a
través de un país desierto, teniendo el río Éufrates a la
derecha, y llegaron a Pilas. En estas etapas perecieron de
hambre muchas de las acémilas; no se encontraba follaje ni
árbol alguno; todo el país estaba pelado. Los habitantes
desentierran a lo largo del río piedras de molino, que,
después de trabajadas, llevan a Babilonia: allí las venden y
con el producto compran el trigo necesario. El ejército se vio
falto de trigo, y no había dónde comprarlo como no fuese en
el mercado libio, en el campamento bárbaro de Ciro, al
precio de cuatro siglos la capita[14] de harina de trigo o de
cebada. El siglo equivale a siete óbolos y medio, y la capita
contiene dos quenices áticas. Así es que los soldados se
mantuvieron durante estos días sólo de carne. Algunas de
estas etapas fueron de longitud extraordinaria cuando era
preciso llegar pronto a un sitio donde hubiera agua o hierba.
Cierta vez se había llegado a un paso angosto y lleno de
barro, difícil para los carros. Ciro se paró en él con los más
distinguidos y opulentos de su séquito, y mandó a Glun y a
Pigres que tomasen un destacamento de bárbaros para
hacer pasar los carros. Y pareciéndole que trabajaban con
poco brío, mandó, como si estuviese encolerizado, a los
magnates persas que le rodeaban que se aplicasen también
a los carros. Pudo verse entonces un hermoso ejemplo de
disciplina. En seguida abandonaron sus gabanes de púrpura
en el sitio donde cada uno se encontraba y echaron a correr
como si se tratase de conquistar un premio, bajando por
una colina de mucha pendiente a pesar de las ricas túnicas
y de los calzones bordados; algunos llevaban collares al
cuello y anillos en las manos. Pero con todo esto se
metieron inmediatamente en el barro y sacaron del atasco a
los carros con rapidez que no puede imaginarse.
Veíase, en general, claramente que Ciro procuraba
apresurar la marcha y no detenerse, como no fuera para
tomar provisiones o por cualquier otro motivo ineludible,
pues pensaba que cuanto más rápidamente llegase menos
apercibido para el combate estaría el rey, y cuanto mayor
fuese el retraso tanto más fácil le era a su hermano reunir
un gran ejército. Cualquiera que se fijase podía ver que el
imperio del rey era poderoso por la amplitud del territorio y
el número de los hombres; pero con las grandes distancias y
la dispersión de las fuerzas resultaba débil contra quien le
hiciese la guerra con rapidez.
Durante estas etapas por el desierto apareció al otro lado
del Éufrates una ciudad opulenta y grande denominada
Carmanda, y los soldados compraron en ella víveres,
atravesando el río con balsas confeccionadas de la siguiente
manera: llenaron de heno ligero las pieles que les servían
de tienda, juntándolas y cosiéndolas tan apretadas que el
agua no pudiera tocar la paja, y pasando sobre ellas el río
compraron vituallas, vino hecho con el fruto de la palmera y
grano de mijo, cosas que produce el país en abundancia. En
este lugar se produjo una riña entre dos soldados, uno de
Menón y otro de Clearco, y Clearco, juzgando culpable al de
Menón, le golpeó. El soldado, de vuelta a su campamento,
contó a sus compañeros lo que había pasado, y ellos al oírlo
se irritaron llenos de cólera contra Clearco. Aquel mismo día
Clearco, después de haber ido al paso del río para vigilar el
mercado, volvía a caballo hacia su tienda acompañado sólo
por algunos de los suyos. Uno de los soldados de Menón,
que se encontraba cortando leña, al ver pasar a Clearco le
arrojó el hacha y erró el golpe. Pero en seguida principiaron
de aquí y de allí a tirarle piedras, y atraídos por los gritos
acudieron otros en gran número. Clearco consiguió escapar
a su campamento e inmediatamente dio a su gente orden
de armarse, y mandando que los hoplitas permaneciesen
quietos con los escudos delante de la rodilla, tomó consigo a
los tracios y a los jinetes, que eran más de cuarenta, tracios
también en su mayor parte, y marchó contra los soldados
de Menón. Estos, y también Menón mismo, desconcertados
por el acontecimiento, corrieron a las armas; otros
permanecieron inmóviles sin saber qué partido tomar.
Entonces Próxeno, que llegaba en aquel momento con una
compañía de hoplitas, se puso rápidamente en medio de
ambos bandos y, mandando poner las armas en tierra,
suplicó a Clearco que no hiciese aquello. Clearco se puso
muy irritado porque, habiendo estado él a punto de ser
lapidado, hablaba con mucho sosiego de la injuria y le
mandó que se quitase del medio. Pero en esto, llegó Ciro y
se enteró del asunto; en seguida tomó en sus manos las
flechas y, seguido por aquellos de sus más fieles servidores
que se encontraban presentes, se lanzó en medio de los dos
campos y les dijo estas palabras: «Clearco y Próxeno y
vosotros los demás griegos presentes, no sabéis lo que
estáis haciendo. Si os ponéis a combatir los unos contra los
otros, tened presente que en este mismo día yo quedo
aniquilado y vosotros no mucho después de mí; en cuanto
nuestros asuntos marchen mal, todos estos bárbaros que
estáis viendo serán para nosotros enemigos más temibles
que los que están al lado del rey». Al oír estas palabras
Clearco volvió en sí, y apaciguándose unos y otros pusieron
en tierra sus armas.
CAPÍTULO VI
Según avanzaban desde este punto principiaron a verse
huellas de caballos y estiércol, y por estas señales se pudo
conjeturar que habían pasado como unos dos mil caballos.
Éste destacamento iba delante quemando el forraje y
cualquier otra cosa que pudiera ser de utilidad. Entonces
Orontes, persa emparentado con el rey y tenido entre los
suyos como uno de los más entendidos en cuestiones
militares, concibió la idea de traicionar a Ciro, con el cual ya
había estado antes en guerra, reconciliándose después. Con
tal propósito le dijo a Ciro que si le daba mil caballos
tendería una emboscada a los enemigos que iban
quemando por delante, y o los mataría o cogería vivos a
muchos de ellos, impidiéndoles que continuaran la guerra y
que llevasen aviso al rey de haber visto el ejército de Ciro.
Ciro, al escuchar esto, le pareció bien y le mandó que
formase una columna tomando soldados de los jefes.
Orontes, pensando que estaban preparados los jinetes,
escribió una carta al rey diciéndole que se juntaría con el
mayor número de caballería posible y suplicándole que
avisase a sus tropas para que le recibiesen como amigo. En
la carta le recordaba también su afecto y su fidelidad de
antes. Entregó esta carta a un hombre en cuya lealtad tenía
confianza. Pero éste, no bien cogió la carta, entregósela a
Ciro. Ciro, leída la carta, prendió a Orontes, llamó a su
tienda a siete de los persas más distinguidos que le
acompañaban y ordenó a los generales de los griegos que
acudiesen con hoplitas a fin de que éstos hiciesen la guardia
alrededor de su tienda. Ellos obedecieron, llevando unos
tres mil hoplitas. También invitó a tomar parte en el consejo
a Clearco, que era quien, a su parecer, lo mismo que al de
los demás, gozaba de mayor consideración entre los
griegos. Y Clearco, al salir, contó a sus amigos lo que había
pasado en el juicio de Orontes, pues no se había hecho
secreto de ello.
Dijo, pues, que Ciro había principiado con estas palabras:
«Os he invitado, amigos míos, para que, decidiendo con
vosotros lo que es justo ante los dioses y ante los hombres
acerca de Orontes, aquí presente, lo ponga yo en ejecución.
Primeramente, mi padre me dio a este hombre para que
sirviese a mis órdenes; pero después, obligado, según dice,
por las órdenes de mi hermano, tomó las armas contra mí,
reteniendo en su poder la ciudadela de Sardes. Entonces yo
le hice la guerra, de tal suerte que hubo de parecerle mejor
cesar en sus hostilidades contra mí, y tomé su mano
dándole la mía. Después de esto, ¿te he hecho daño en
algo, Orontes?». Este respondió que no, y de nuevo
preguntó Ciro: «Y más tarde, sin haber recibido de mí
agravio alguno, ¿no te pasaste a los míos e hiciste a las
tierras de mi gobierno todo el daño que te fue posible?».
Orontes convino en ello. «¿Y no es también cierto —
prosiguió Ciro—, que cuando viste tu poca fuerza viniste al
altar de Ártemis diciendo que estabas arrepentido y,
después de persuadirme, nos dimos recíprocamente señales
de amistad?». Orontes reconoció también esto. «¿Qué daño,
pues, te he hecho para que ahora por tercera vez aparezcas
conspirando contra mí?». Y como dijese Orontes que no
había recibido ningún daño, preguntóle Ciro: «¿Reconoces,
pues, que has sido injusto conmigo?». «Forzoso es
reconocerlo», dijo Orontes. Preguntóle Ciro de nuevo:
«¿Sería posible que volvieses a ser enemigo de mi hermano
y amigo fiel mío?». Y Orontes respondió: «Aunque lo fuese,
tú no lo creerías».
Entonces dijo Ciro a los que se hallaban presentes: «Esto
es lo que este hombre ha hecho y esto es lo que confiesa.
Tú, Clearco, di el primero lo que te parece». Y Clearco dijo:
«Mi opinión es que debemos deshacernos de este hombre lo
antes posible; así nos quitaremos el cuidado de tener que
vigilarlo y podremos favorecer con más libertad a los que
quieran ser nuestros amigos». Después dijo que a esta
opinión se habían adherido los otros. A una orden de Ciro
todos se levantaron, hasta los mismos parientes de Orontes,
y lo cogieron por el cinturón, señal de que lo condenaban a
muerte; inmediatamente lo sacaron algunos que estaban
prevenidos al efecto. Cuando se lo llevaron, aquellos que
antes se habían prosternado ante él se prosternaron
también entonces, aun sabiendo que lo conducían a la
muerte. Lo introdujeron en la tienda de Arpates, que era
entre los portacetros[15] aquel en quien más confiaba Ciro.
Después nadie vio a Orontes ni vivo ni muerto; nadie pudo
decir con fundamento cómo había perecido; las conjeturas
variaron mucho, pero jamás apareció su tumba.
CAPÍTULO VII
De allí recorrió Ciro doce parasangas en tres etapas, a
través de las tierras de Babilonia. En la tercera etapa, hacia
medianoche, pasó Ciro revista en la llanura a las tropas
griegas y bárbaras, pues parecía que a la mañana siguiente
se habría de presentar el rey con su ejército a ofrecer
combate. Encargó a Clearco el mando del ala derecha; a
Menón, el de la izquierda, y él mismo formó sus propias
tropas. Después de la revista, cuando ya rayaba el día, unos
tránsfugas informaron a Ciro sobre la situación del ejército
del gran rey. Y Ciro, convocando a los generales y capitanes,
deliberó con ellos acerca de la manera como se daría la
batalla, y les exhortó animándoles con estas palabras:
«Griegos: si os he traído a vosotros para que me ayudaseis
no es porque me faltasen bárbaros, sino porque pensaba
que valíais más y erais más fuertes que un crecido número
de bárbaros; por eso os tomé. Mostraos, pues, dignos de la
libertad que poseéis y por la cual os envidio. Estad seguros
de que yo cambiaría la libertad por todos los bienes que
poseo y por otros muchos más. Y para que sepáis cuál es el
combate que os aguarda, voy a decíroslo, pues lo conozco
perfectamente. Nuestros enemigos se presentarán en gran
número y avanzarán contra nosotros dando grandes gritos,
pero si no os dejáis intimidar veréis en seguida qué hombres
produce esta comarca; vergüenza me da a mí mismo. Pero
si vosotros os portáis como hombres, y la suerte me
favorece, yo licenciaré al que lo quiera, de tal modo que sea
envidiado por sus compatriotas cuando vuelva a su casa;
aunque espero que muchos preferirán lo que yo les daré si
siguen a mi lado a lo que puedan tener en su tierra».
Entonces Gaulita, desterrado de Samos, que se hallaba
presente y que disfrutaba de la confianza de Ciro, dijo: «Sin
embargo, Ciro, algunos pretenden que prometes muchas
cosas ahora porque te amenaza un peligro próximo, pero
que si las cosas resultaran bien no te acordarías de ello; y
otros que, aunque te acordaras y quisieras cumplir tu
palabra, no podrías dar todas las cosas que prometes». A
esto respondió Ciro: «Pero, amigos míos, el imperio de mis
padres se extiende por el Mediodía hasta países en que los
hombres no pueden habitar a causa del calor, y por el Norte
hasta donde es irresistible el frío, y todo lo comprendido
entre estos dos extremos lo gobiernan como sátrapas los
amigos de mi hermano. Si nosotros salimos vencedores,
debemos hacer a nuestros amigos dueños de todo esto. Lo
que temo, pues, no es que me falte qué dar a cada uno de
los amigos si las cosas salen bien, sino que no tenga
suficientes amigos a quienes dar. Además, a cada uno de
vosotros los griegos le daré una corona de oro».
Ellos, al oír esto, se sintieron más animados y repitieron a
los demás las palabras de Ciro. Algunos de los griegos se
presentaron también a él deseando saber lo que se les
daría, caso de salir vencedores. Y Ciro los despidió
colmando los deseos de todos. Cuantos hablaban con él le
aconsejaban que no combatiera en persona, sino que se
pusiese detrás de ellos. En tal coyuntura interrogó Clearco a
Ciro en términos parecidos a éstos: «¿Crees, Ciro, que tu
hermano combatirá contigo?». «No hay duda —respondió
Ciro—; si verdaderamente es hijo de Darío y de Parisátile y
hermano mío, no tomaré el imperio sin combate». En la
revista allí verificada vióse que la infantería pesada de los
griegos, los hoplitas, ascendía a diez mil cuatrocientos
hombres, y la ligera, o sea, los peltastas, a dos mil
quinientos; los bárbaros que iban con Ciro sumaban cien mil
hombres, y los carros armados de hoces eran unos veinte.
Los enemigos, según se decía, contaban con un millón
doscientos mil hombres y con doscientos carros armados de
hoces. Disponían, además, de seis mil caballos mandados
por Artajerjes y que formaban delante de la persona misma
del rey. El ejército de Artajerjes estaba mandado por cuatro
generales, cada uno de los cuales tenía a sus órdenes un
cuerpo de trescientos mil hombres: Abrócomas, Tisafernes,
Gobrias y Arbaces. De todas estas tropas asistieron a la
batalla novecientos mil hombres con ciento cincuenta carros
armados de hoces. Abrócomas, que venía de Fenicia, llegó
cinco días después de la batalla. Tales fueron los informes
que le dieron a Ciro, antes de la batalla, los tránsfugas del
ejército del gran rey, y los enemigos que fueron hechos
prisioneros más tarde los confirmaron después de la batalla.
Desde allí recorrió Ciro tres parasangas en una etapa,
llevando formados en orden de batalla tanto el ejército de
los griegos como el de los bárbaros; pensaba que aquel
mismo día le presentaría el rey batalla, pues hacia la mitad
de esta etapa había un foso hondamente excavado de cinco
brazas de anchura y tres de profundidad. Este foso subía
por la llanura hasta la muralla de Media, en una longitud de
doce parasangas. (Allí se encuentran los canales que salen
del río Tigris; son cuatro, de un pletro de anchura y tan
profundos que por ellos navegan barcazas cargadas de
trigo. Desembocan en el Éufrates y hay puentes sobre
ellos). A orillas del Éufrates había un paso angosto entre el
río y el foso como de unos veinte pies de ancho; el gran rey
había mandado excavar este foso como defensa al saber
que su hermano marchaba contra él. Ciro lo atravesó con
todo su ejército y se pusieron al otro lado del foso. Durante
todo este día no presentó el rey batalla; pero las numerosas
huellas de caballos y de hombres delataban que sus tropas
se iban retirando. Entonces Ciro mandó llamar a Silano,
adivino natural de Ambracia, y le dio tres mil daricos porque
diez días antes le había predicho, mientras sacrificaba, que
el rey no combatiría en los diez días próximos. Ciro le había
dicho: «Si no combate dentro de estos días no combatirá ya.
Como resulte verdad lo que anuncias, te prometo diez
talentos». Y entonces le entregó este dinero, puesto que ya
habían pasado los diez días. Al ver que el rey no estorbaba
el paso del foso por el ejército, Ciro y los demás creyeron
que había desistido de combatir; de suerte que al día
siguiente marchaba Ciro con menos precauciones. Al día
tercero iba sentado en su carro precedido por un número
muy escaso de soldados; la mayor parte de las tropas
marchaba en desorden, y muchos de los soldados habían
dejado sus armas en los carros y las acémilas.
CAPÍTULO VIII
Ya iba muy avanzada la mañana, y estaba cerca el sitio en
que se debía descansar, cuando Pategias, persa de los más
íntimos de Ciro, aparece corriendo a rienda suelta con el
caballo cubierto de sudor, gritando a todos los que se
encontraban, ya en griego, ya en bárbaro que el rey se
acercaba con un numeroso ejército como dispuesto a
presentar batalla. Esto produjo un gran tumulto, pues los
griegos y todos los demás creían que iban a caer sobre ellos
antes de haberse formado. Ciro saltó del carro, se puso la
coraza, montando a caballo, tomó en la mano los dardos y
dio orden a todos los demás que se armasen y acudiesen
cada uno a su puesto.
Las tropas se fueron formando a toda prisa. Clearco
ocupaba el ala derecha, tocando con el río Éufrates; a su
lado estaba Próxeno, y después los demás generales.
Menón, con su cuerpo, era de los griegos el que tenía el ala
izquierda. De los bárbaros se colocaron a la derecha, al lado
de Clearco y de la infantería ligera griega, unos mil caballos
paflagones, y en la izquierda se puso Arieo, lugarteniente de
Ciro, con el resto del ejército bárbaro. Ciro y la caballería
que le acompañaba, unos seiscientos jinetes, iban armados
con corazas, quijotes y cascos; pero Ciro se dispuso al
combate dejándose descubierta la cabeza. (Dícese, en
efecto, que es costumbre de los persas entrar en batalla con
la cabeza descubierta). También los caballos que iban con
Ciro estaban todos protegidos con armaduras en la cabeza y
en el pecho, y los jinetes tenían espadas griegas.
Ya mediaba el día y aún no se habían presentado los
enemigos; pero al comenzar la tarde se vio una polvareda
como una nube blanca, y poco después una especie de
mancha negra que cubría la llanura en una gran extensión.
Según se acercaban fuése apercibiendo el resplandor del
bronce, y pronto aparecieron claramente las lanzas y las
filas de soldados. A la izquierda de los enemigos venían
escuadrones de caballería armados con corazas blancas, de
los cuales se decía ser jefe Tisafernes; junto a éstos los
guerróforos[16] e inmediatamente la infantería pesada con
escudos de madera que les llegaban hasta los pies; decíase
que eran egipcios. Después seguían otros cuerpos de
caballería y arqueros. Todas estas tropas iban agrupadas por
naciones, y cada nación formaba una columna profunda.
Delante marchaban los carros armados de hoces, a gran
distancia uno de otro; las hoces iban sujetas a los ejes
oblicuamente, y otras debajo de los asientos dirigidas hacia
la tierra, de suerte que cortaran todo lo que encontrasen al
paso. Había el plan de dirigir estos carros contra los
batallones griegos y romperlos. Cuanto a lo que dijo Ciro al
reunir a los griegos recomendándoles oyesen sin miedo la
gritería de los bárbaros, el anuncio quedó fallido, porque no
avanzaron dando gritos, sino con todo el silencio posible y
con el mayor sosiego, a un paso igual y reposado. Mientras
tanto, Ciro, recorriendo la línea acompañado por el
intérprete Pigres y otros tres o cuatro, gritaba a Clearco que
condujese sus tropas contra el centro de los enemigos,
porque allí se encontraba el rey. «Y si venciéramos en este
lado —decía— lo tendríamos ganado todo». Clearco, viendo
el cuerpo colocado en el centro y oyendo decir a Ciro que el
rey se encontraba fuera de la izquierda de los griegos (el
ejército del rey era tan superior en número que su centro
rebasaba la izquierda de Ciro); viendo esto, Clearco no
quería separarse del río, temeroso de que lo envolviesen
por los dos lados, y respondió a Ciro que él vería lo que
conviniese más.
Entretanto, el ejército bárbaro iba avanzando, mientras el
de los griegos, quieto en el mismo sitio, acababa de
formarse según acudían los soldados. Ciro, al pasar por
delante y a muy corta distancia de las tropas, miraba a uno
y otro lado contemplando ya a los enemigos, ya a los suyos.
Entonces Jenofonte, de Atenas, viéndole desde las filas
griegas en que se hallaba formado, dio espuelas a su
caballo y, saliéndole al encuentro, le preguntó si tenía
alguna orden que dar. Ciro se detuvo y le dijo, encargándole
que lo comunicase a los demás, que los sacrificios se
mostraban favorables. Mientras decía esto oyó un rumor
que corría por las filas, y preguntó de qué se trataba. Y
Jenofonte le contestó que era el santo y seña que pasaba
por segunda vez. Se maravilló de quién podía haberlo dado,
y preguntó cuál era el santo y seña. Jenofonte le respondió
que «Zeus Salvador y victoria». Oyendo esto Ciro: «Pues
bien: lo acepto —dijo—, y así sea». Dicho esto se encaminó
al sitio que había escogido.
Y apenas distaban ya los frentes de ambos ejércitos tres
o cuatro estadios, cuando los griegos principiaron a cantar
el peán y se pusieron en movimiento para ir al encuentro de
los enemigos.
Según avanzaban, una parte de la falange se adelantó
algo en un movimiento impetuoso, y el resto se vio obligado
a seguirla corriendo para alcanzarla, y al mismo tiempo que
corría todos daban gritos a la manera como se festeja a
Enialo[17]. También dicen algunos que golpeaban con las
lanzas los escudos para infundir miedo a los caballos. Pero
antes de que llegasen a tiro de arco los bárbaros volvieron
la espalda y huyeron. Entonces los griegos los fueron
persiguiendo con todas sus fuerzas, gritándose los unos a
los otros que no corriesen atropelladamente, sino que les
siguiesen bien formados. Mientras tanto, los carros eran
arrastrados, unos a través de los enemigos mismos y otros
a través de los griegos; iban sin conductores. Y los griegos,
al verlos venir, se separaban, aunque hubo también alguno
que, desconcertado como si estuviese en un hipódromo, se
dejó coger. Pero, según dijeron, ni este mismo sufrió ningún
daño, como tampoco ningún otro griego en esta batalla;
sólo se dijo que en el ala izquierda uno había sido alcanzado
por una flecha.
Ciro, viendo a los griegos vencedores por su lado y
persiguiendo al enemigo, lleno de satisfacción y saludado
como rey por los que le rodeaban, no por eso se dejó
arrastrar a la persecución, sino que, manteniendo recogida
la fuerza de seiscientos caballos que le acompañaban, se
mantuvo en observación de lo que haría el rey. Sabía que
éste se hallaba en el centro del ejército persa; todos los
jefes bárbaros se colocan en el centro de los ejércitos que
mandan, pues piensan que así están más seguros, teniendo
fuerzas a uno y otro lado, y que si necesitan mandar algo
tardará el ejército en saberlo la mitad de tiempo. Siguiendo
esta costumbre, el rey se mantenía en el centro de su
ejército, pero aun así quedaba fuera del ala izquierda de
Ciro. Y cuando vio que nadie le presentaba combate ni a las
tropas formadas delante de él, les mandó dar vuelta con
intención de envolver a su contrario. Ciro, entonces,
temeroso de que, atacando por detrás, desbaratase el
ejército griego, se lanzó a su encuentro y cargando con los
seiscientos de su guardia derrotó a las fuerzas puestas
delante del rey, puso en fuga a los seis mil y hasta se dice
que mató con su propia mano al jefe Artajerjes que los
mandaba. Al ver que los enemigos huían, los seiscientos de
Ciro se dispersaron también, lanzándose en su persecución,
excepto unos pocos que permanecieron al lado de su jefe,
casi todos de los llamados compañeros de mesa. Estando,
pues, con éstos descubrió el rey al escuadrón que le
rodeaba, y sin poderse contener exclamó «Veo al hombre»,
y se lanzó contra él y le dio en el pecho, hiriéndole a través
de la coraza, según se supo más tarde por Ctesias, el
médico que dijo haberle curado la herida. Mientras hería al
rey, uno le lanzó con gran fuerza un dardo que le penetró
por debajo del ojo. Pueden verse en Ctesias, que se hallaba
entonces al servicio de Artajerjes, los que cayeron por el
lado del rey en este combate entre el rey y Ciro y entre los
soldados de ambos en favor de cada uno. En el lado
contrario murió el mismo Ciro, y los ocho más distinguidos
de su guardia cayeron sobre su cadáver. Dícese que
Arpates, servidor en quien él tenía puesta la mayor
confianza entre los portacetros, al ver a Ciro por tierra saltó
del caballo y se dejó caer sobre su amo. Según algunos, el
rey mandó que alguien le degollase sobre el cuerpo de Ciro,
y, según otros, él mismo se mató desenvainando su sable;
tenía uno de oro, y llevaba collar, brazaletes y las demás
cosas que suelen llevar los nobles persas, pues Ciro le
distinguía mucho por el amor y fidelidad que le mostraba.
CAPÍTULO IX
Así murió Ciro, varón que entre los persas, después de Ciro
el antiguo, fue quien tuvo más condiciones de rey y el más
digno de gobernar, según convienen todos los que parece le
han conocido de cerca. Ya siendo niño, cuando se educaba
con su hermano y con los otros niños, se le tenía por el más
aventajado. Porque todos los hijos de los nobles persas se
educan en las puertas del palacio real, donde pueden
aprenderse mucha cordura y no hay peligro de que se oiga
o vea nada feo. Allí conocen, unas veces viéndolos y otras
de oídas, a los que son honrados por el rey y a los que
incurren en su desgracia, de suerte que desde niños
aprenden a mandar y a obedecer.
Educado de esta forma, Ciro se mostró como el más
juicioso de los de su edad y hasta el más dispuesto a
obedecer a los ancianos que sus compañeros de condición
inferior. También era muy aficionado a montar a caballo y
llegó a ser jinete consumado; en todos los ejercicios
militares, en manejar el arco y lanzar el dardo, mostraba un
ardor infatigable. Llegado a la edad conveniente, se aficionó
mucho a la caza y gustaba correr en ella toda suerte de
riesgos, hasta el punto de que cierta vez, atacado por una
osa, como no consiguiese herirla, fue embestido por la fiera
y derribado del caballo, sufriendo diversas heridas, cuyas
cicatrices conservaba, hasta que consiguió matarla. Y al
primero que acudió en su auxilio le colmó de presentes.
Cuando su padre lo envió como sátrapa de la Lidia, la
Gran Frigia y la Capadocia, nombrándole general de todas
las fuerzas que debían reunirse en la llanura de Castolo, Ciro
mostró ante todo que para él lo primero era cumplir con el
mayor escrúpulo la palabra dada, ya fuese un tratado, ya un
acuerdo, ya una simple promesa. Así es que tenían
confianza en él las ciudades que le habían sido entregadas y
la tenían también los particulares. Y hasta si tenía algún
enemigo, una vez hechas las paces con Ciro, estaba seguro
de no sufrir nada contra lo pactado. Esto explica que,
cuando entró en guerra con Tisafernes, todas las ciudades
se declarasen por él; a excepción de los milesios, que le
temían porque él no quería abandonar a los desterrados.
Había dicho, en efecto, y los hechos confirmaron sus
palabras, que no los abandonaría aunque fuesen menores
en número y sus cosas marchasen peor.
Si alguno se portaba bien o mal con él, veíasele afanoso
por sobrepujarle, y según algunos referían, a veces
expresaba el deseo de vivir el tiempo suficiente para vencer
en los beneficios a los que le habían favorecido, y en la
venganza a los que le ofendieron. Por eso, entre los
hombres de nuestro tiempo nadie ha tenido mayor número
de gentes dispuestas a sacrificarle gustosas dinero,
ciudades y las propias vidas. Y no podría decirse que se
dejase burlar por los malvados y criminales, pues los
castigaba sin contemplación alguna. Con frecuencia podían
verse por los caminos reales hombres privados de pies, de
manos y de ojos; de tal suerte que bajo el gobierno de Ciro
fue posible a cualquier hombre pacífico, lo mismo griego
que bárbaro, ir a donde quisiese llevando consigo lo que le
conviniera. Era un hecho reconocido que honraba de una
manera especial a los que se distinguían en la guerra. Y en
la primera que sostuvo, que fue contra los pisidas y los
misios, dirigiendo él en persona la campaña en estas
comarcas, a los que veía afrontar espontáneamente los
peligros nombróles gobernadores de las tierras
conquistadas y además les obsequió con otros regalos.
Parecía, pues, su intención que los bravos fuesen los que
gozaran de mejor fortuna y que los cobardes debían ser
esclavos de éstos. Así resultaba que siempre eran muchos
los dispuestos a correr un peligro donde se pensaba que
Ciro podía saberlo.
En cuanto a la justicia, si veía a alguno con intención de
destacarse en este sentido, procuraba por todos los medios
hacerlo más rico que los que se valían de la injusticia para
sus provechos. Por eso, a más de que la justicia dominaba
en todas las cosas, su ejército era un verdadero ejército. Los
generales y los capitanes no acudían a él por el dinero, sino
porque sabían que obedecer puntualmente a Ciro
representaba más provecho que la simple soldada mensual.
Jamás quien ejecutó con esmero las órdenes de Ciro dejó de
ver recompensado su celo. De ahí que, según se decía, Ciro
tuviera los mejores servidores en todos los asuntos.
Si veía que alguien era un administrador justo y hábil y
que mejoraba la provincia puesta bajo su mando,
aumentando su tributación, lejos de quitarle nada, dábale
más todavía. De suerte que trabajaban con gusto,
aumentaban sus bienes con seguridad y no ocultaban de
Ciro lo que habían adquirido. Nadie supo descubrir en él
envidia a los que disfrutaban públicamente de sus riquezas;
al contrario, procuraba despojar a los que las ocultaban. A
todos los amigos que se había hecho, amigos cuyo afecto
conocía y a quienes consideraba como colaboradores
eficaces de lo que se proponía hacer, sabía como nadie
colmarlos de atenciones, según todos convienen. Y por lo
mismo que él pensaba necesitar de amigos para tener quien
le ayudase, él por su parte procuraba ayudar con todas sus
fuerzas a sus amigos, según lo que veía necesitar cada uno
de ellos.
Ningún hombre, según pienso, ha recibido tantos regalos
y, por muchas razones, nadie tampoco ha sabido
distribuirlos mejor entre sus amigos, teniendo presentes las
inclinaciones y necesidades de cada uno. Si alguien le
enviaba galas, ya para la guerra, ya para el boato, decía,
según contaban, que su persona no podría adornarse con
todas ellas, pero que el mejor adorno de un hombre
consistía para él en tener amigos bien engalanados. Que
venciese a sus amigos en munificencia nada tiene de
extraño, puesto que su poder era mucho mayor; pero que
los superase en atenciones y en el deseo de agradar es cosa
que me parece mucho más digna de estimación. A menudo
les enviaba Ciro jarros medio llenos de vino, cuando lo
recibía bueno, diciendo no haber encontrado otro tan
agradable desde hacía mucho tiempo. «Te envío, pues,
suplicándote que lo bebas hoy con los que te sean más
caros». A menudo enviaba trozos de ánade, de pan o de
otras cosas, encargando al portador que dijese: «Esto le ha
gustado a Ciro y desea que tú también lo pruebes». Cuando
el forraje escaseaba, él, que podía obtenerlo por el número
y el celo de sus servidores, mandaba decir a sus amigos que
tomasen de este forraje para sus caballos a fin de que éstos
no sufriesen hambre y pudiesen llevarlos bien.
Si pasaba por algún sitio donde debía mirarle mucha
gente, llamaba junto a sí a sus amigos y hablaba con ellos
gravemente para mostrar a quienes estimaba; por eso, de
cuantos han llegado a mis oídos, pienso que nadie ha sido
objeto de una pasión tal ni entre los griegos ni entre los
bárbaros. Y lo prueba esto: a pesar de no ser Ciro más que
un súbdito, ninguno se le marchó al campo del rey. Sólo
Orontes lo intentó, y éste mismo hubo de encontrar que
aquel en cuya fidelidad confiaba era más afecto a Ciro que a
él mismo. En cambio, fueron muchos los que del campo del
rey se pasaron a Ciro una vez rotas las hostilidades entre
ambos, y precisamente aquellos que el rey distinguía más
con su afecto, pues creían que si se mostraban valerosos
serían mejor recompensados por Ciro que por el rey.
También lo ocurrido en su muerte prueba el valor de Ciro y
su acierto en escoger a los que eran fieles, leales y seguros.
Cuando Ciro fue muerto, todos los amigos y compañeros de
mesa que se encontraban a su lado perecieron combatiendo
por su cadáver, excepto Arieo, que se hallaba en el ala
izquierda al frente de la caballería. Cuando supo que Ciro
había caído se puso en fuga con todo el cuerpo que
mandaba.
CAPÍTULO X
Sobre el terreno mismo cortaron a Ciro la cabeza y la mano
derecha. El rey, persiguiendo a los fugitivos, cayó sobre los
reales de Ciro. Las tropas de Arieo, lejos de presentar
resistencia alguna, huyeron a través de sus reales a la etapa
de donde habían salido por la mañana, y que se hallaba,
según decían, a cuatro parasangas de distancia. El rey y los
suyos entraron a saco en todo y cogieron a la Focense, una
manceba de Ciro, a quien llamaban la sabia y la bella. Pero
la Milesia, más joven que la otra, cogida por los del rey,
logró escaparse desnuda adonde estaban unos griegos que
guardaban armados los bagajes. Estos salieron y perdieron
también algunos de los suyos; pero no huyeron y salvaron
valerosamente no sólo a la muchacha, sino todas las cosas
y personas que se pusieron bajo su defensa.
Se hallaban entonces el rey y los griegos a una distancia
como de treinta estadios; unos persiguiendo a cuantos
encontraban por delante como si los hubiesen vencido a
todos, y los otros pillando, como si ellos fuesen los
vencedores. Pero cuando los griegos advirtieron que el rey
con su ejército había caído sobre los bagajes, cuando el rey
supo por Tisafernes que los griegos habían vencido por su
lado y que avanzaban persiguiendo a los fugitivos, entonces
el rey recogió sus tropas y las colocó en orden; y Clearco,
llamando a Próxeno, que era quien se encontraba más
cerca, se puso a deliberar si enviarían un destacamento o
irían todos a defender los reales.
En esto vióse claramente que el rey avanzaba para
atacarlos por la espalda. Entonces los griegos, dando la
vuelta, se aprestaron a recibirle si atacaba por este lado;
pero el rey no fue por allí, sino que se volvió por donde
había rebasado el ala izquierda, recogiendo a los tránsfugas
que se habían pasado a los griegos durante la batalla y a
Tisafernes con sus tropas. Porque Tisafernes no huyó al
primer encuentro, sino que, siguiendo la orilla del río,
atravesó con su caballería por entre los peltastas griegos,
aunque sin matar a ninguno, pues los griegos, abriendo sus
filas, herían con espadas y dardos a los jinetes enemigos.
Mandaba a los peltastas Epístenes de Anfípolis, quien,
según contaban, se había conducido con gran sagacidad.
Tisafernes, como vio que llevaba la peor parte se alejó de
los peltastas y renunciando a otro ataque llegó a los reales
de los griegos, donde se encontró con el rey. Allí reunieron
ambos sus tropas y se volvieron juntos.
Cuando ya se hallaban a la altura del ala izquierda de los
griegos, éstos temieron que les atacasen de flanco y
envolviéndolos por uno y otro lado los hiciesen pedazos. Y
les pareció que lo mejor sería replegar el ala y hacer que el
río les quedase a la espalda. Mientras decidían esto, el rey,
cambiando en este mismo sentido la formación de sus
tropas, puso enfrente la falange como cuando avanzó por
vez primera en orden de combate. Los griegos, al ver a sus
enemigos ya cerca y formados, entonaron de nuevo el peán
y se lanzaron al ataque con mucho más brío que la vez
pasada. Pero los bárbaros no los esperaron, sino que, a una
distancia mayor que la vez primera, se dieron a la fuga.
Los griegos fueron persiguiéndoles hasta una aldea,
donde se detuvieron. Dominando a esta aldea se alzaba una
colina, y en ella se había recogido la escolta del rey; no
había soldados de infantería, pero todo el altozano estaba
lleno de jinetes, de suerte que no era posible saber lo que
hacían. Y según dijeron, habían visto la insignia del rey: un
águila de oro con las alas desplegadas sobre un escudo.
Mas cuando los griegos avanzaron también sobre este
punto, los jinetes abandonaron la colina, dispersándose
cada uno por su lado; no quedó en la colina un solo jinete, y
por fin todos desaparecieron.
Clearco entonces no hizo subir a las tropas la colina, sino
que, manteniéndolas a su pie, envió a Licio el siracusano y a
otro que subieran y después de reconocer la colina viniesen
a decirle lo que vieran. Licio picó espuelas a su caballo y,
examinando el terreno, informó que el enemigo huía con
todas sus fuerzas, y en esto el sol iba ya poniéndose. Los
griegos entonces se pararon y, puestas las armas en tierra,
descansaron. Maravillávales al mismo tiempo que no se les
hubiese presentado Ciro ni nadie que viniese de su parte; no
sabían que había muerto y pensaban que seguía
persiguiendo al enemigo o se había adelantado para tomar
alguna posición. Mientras tanto deliberaron si
permanecerían en aquel sitio llevando a él los bagajes o si
volverían a los reales. Decidieron volver y llegaron a las
tiendas hacia la hora de cenar.
Tal fue el fin que tuvo esta jornada. Los griegos
encontraron saqueadas la mayor parte de sus cosas, lo
mismo que las provisiones de comer y beber. Los carros
llenos de harina y de vino que Ciro tenía preparados para
distribuirlos entre los griegos en caso de que sorprendiese
una extrema necesidad al ejército también habían sido
saqueados. De manera que se quedaron sin cenar la mayor
parte de los griegos. Y tampoco habían podido almorzar por
la mañana, pues el rey se presentó antes de que rompiesen
filas para el almuerzo. Así, pues, pasaron la noche.
LIBRO SEGUNDO
[En el libro precedente se ha referido
cómo reunió Ciro las tropas griegas
cuando decidió marchar contra su
hermano Artajerjes, las cosas que
ocurrieron durante la expedición, las
peripecias del combate, cómo murió Ciro
y cómo los griegos, vueltos a los reales,
descansaron creyendo que habían
vencido a sus enemigos y que Ciro estaba
vivo][18].
CAPÍTULO I
Al clarear el día se reunieron los generales y estaban
maravillados de que Ciro no les hubiese enviado a nadie
para indicarles lo que debían hacer ni se hubiese
presentado él en persona. Decidieron, pues, cargar los
bagajes y avanzar armados hasta encontrar a Ciro. Ya
principiaban a moverse y el sol iba saliendo, cuando
llegaron Procles, gobernador de la Teutrania, descendiente
del lacedemonio Demarato, y Glun, hijo de Famo. Estos
dijeron que Ciro había muerto y Arieo huido, y que se
encontraba con los demás bárbaros en la etapa de donde la
víspera habían partido. Desde allí les mandaba a decir que
les esperaría todo aquel día, si pensaban ir, pero que al
siguiente se volvería a Jonia, de donde había venido. Al oír
esto los generales y al saberlo los demás griegos se
apenaron mucho. Y Clearco dijo estas palabras: «¡Ojalá
viviera Ciro!, mas, puesto que ha muerto, decid a Arieo que
hemos vencido al rey y que, como veis, nadie nos presenta
combate; si no hubierais venido vosotros habríamos
marchado seguramente contra el rey. También prometemos
a Arieo que si viene a nosotros lo sentaremos en el trono del
rey; pues son los vencedores los que deben tener el
mando». Dicho esto despachó a los mensajeros y con ellos a
Quirísofo el lacedemonio y a Menón el tesalo, éste a petición
propia, pues era amigo y huésped de Arieo.
Marcharon éstos y Clearco se quedó esperando. El
ejército se procuraba vituallas como podía, matando bueyes
y asnos de los que llevaban los bagajes. Leña encontraban
apartándose un poco de la falange, en el lugar donde se
había dado la batalla; había allí muchas flechas que los
griegos habían obligado a abandonar a los tránsfugas del
ejército real, y escudos de mimbre y de madera como llevan
los egipcios; había también gran número de peltas[19] y
carros abandonados. Con todo esto cocieron las carnes y
comieron aquel día.
Ya era próximamente la hora en que la plaza estaba
llena[20] cuando se presentaron unos heraldos de parte del
rey y de Tisafernes, todos ellos bárbaros a excepción de
uno, Falino, que era griego y estaba al servicio de
Tisafernes, cuya estimación disfrutaba; se hacía pasar, en
efecto, por muy entendido en la organización militar y en los
combates. Adelantáronse estos heraldos y llamando a los
jefes de los griegos les dijeron que el rey les mandaba que,
pues él era vencedor y había muerto a Ciro, entregasen las
armas y se presentasen ante las puertas de su palacio a
esperar si se les podía favorecer en algo. Esto dijeron los
heraldos del rey, y los griegos se indignaron al oírlo; pero
Clearco contestó en breves términos que no correspondía a
los vencedores el entregar sus armas. «Pero contestad
vosotros, generales —acabó diciendo—, a estos hombres lo
que os plazca más conveniente. Yo volveré enseguida». Le
había llamado uno de los servidores para que viese las
entrañas ya sacadas de las víctimas, pues estaban
sacrificando. Entonces Cleanor el arcadio, que era el de más
edad entre ellos, les respondió que antes morirían que
entregar las armas. Y Próxeno el tebano: «Una cosa —dijo—
me tiene suspenso, Falino: ¿pide el rey las armas como
quien está en situación de exigirlo o como señal de
amistad? Si como lo primero, ¿por qué en lugar de pedirlas
no viene a tomarlas? Y si pretende persuadirnos
amistosamente a que se las demos, dígase a los soldados
los beneficios que obtendrán si acceden a la demanda». A
esto replicó Falino: «El rey se tiene por vencedor, puesto
que ha dado muerte a Ciro. Porque, ¿quién hay que le
dispute el trono? Y hasta a vosotros mismos os considera
como cosa suya, pues os encontráis en medio de sus
dominios y dentro de ríos no vadeables, y que puede
conducir contra vosotros tal multitud de hombres que
aunque se dejasen matar no lo podríais hacer». En esto
intervino Teopompo, de Atenas, diciendo: «Como ves, Falino,
los únicos bienes que tenemos ahora son nuestras armas y
nuestro valor. Mientras tengamos las armas pensamos que
no ha de faltarnos el valor; pero si las entregamos perderías
también nuestras vidas. No pienses, pues, que os vayamos
a entregar los únicos bienes que poseemos; al contrario,
con ellas podremos también combatir por nuestros
intereses». Al oír esto rióse Falino y dijo: «Muchacho, hablas
como un filósofo y lo que dices no deja de tener gracia.
Pero, no lo dudo, serías un tonto si creyeses que con vuestro
valor podéis triunfar de las fuerzas del rey». También se
contó que habían hablado algunos otros procurando
suavizar las cosas de suerte que, así como habían ganado la
confianza de Ciro, pudiesen conquistar el aprecio del rey si
éste quería ser amigo y utilizarlos en cualquiera otra
empresa, acaso en una expedición contra Egipto para
ayudar a sometérselo.
En esto llegó Clearco y preguntó si ya habían dado la
respuesta. Pero Falino interrumpió diciendo: «Estos, Clearco,
cada uno dice lo suyo; dinos tú lo que piensas». Y él dijo:
«Yo, Falino, te he visto con gusto y pienso lo mismo que
todos los otros. Eres griego, como nosotros todos los que
ves, y puesto que nos hallamos en el trance, te pedimos
consejo acerca del partido que debemos tomar sobre lo que
dices. Por los dioses te conjuro que nos aconsejes aquello
que te parezca ser lo mejor y más conveniente, cosa que te
honrará en lo venidero cuando se diga que Falino, enviado
por el rey para invitar a los griegos a que entregasen las
armas, tomó parte en sus deliberaciones aconsejándoles tal
resolución. Bien conoces que forzosamente se ha de saber
en Grecia aquello que nos aconsejes». Clearco se insinuaba
de este modo con intención de que el mismo enviado del
rey aconsejase que no entregaran las armas y con ello
estuviesen los griegos más esperanzados. Pero Falino se
esquivó contestando contra lo que el otro esperaba: «Si
entre mil probabilidades tenéis una sola de salvaros
luchando contra el rey, yo os aconsejo que no entreguéis las
armas; pero, si no hay esperanza alguna de salvación yendo
contra la voluntad del rey, os aconsejo que os salvéis como
sea posible». A esto replicó Clearco: «Bien, ésta es tu
opinión. De nuestra parte di lo siguiente: que, si hemos de
ser amigos del rey, valdremos mucho más teniendo las
armas que dándoselas a otro; y que, si hemos de combatir,
mejor es combatir teniendo las armas que dándoselas a
otro». Y Falino dijo: «Así lo diremos. Pero el rey nos ha
encargado, además, os dijésemos que si permanecéis en
este sitio os concederá treguas, pero que si avanzáis, o
retrocedéis os hará la guerra. Decid, pues, acerca de esto, si
permaneceréis quietos y habrá treguas, o si anuncio que os
consideráis como enemigos». Clearco le respondió: «Pues
sobre este punto anuncia que pensamos lo mismo que el
rey». «¿Y qué es eso mismo?», dijo Falino. Y le contestó
Clearco: «Si permanecemos quietos, treguas, y si
avanzamos o retrocedemos, guerra». Y de nuevo preguntó
el otro: «¿Anuncio treguas o guerra?». Pero Clearco dio la
misma respuesta: «Treguas si permanecemos quietos,
guerra si avanzamos o retrocedemos». Y no dejó traslucir lo
que pensaba hacer.
CAPÍTULO II
Falino y sus compañeros se marcharon. De los que habían
ido al campamento de Arieo volvieron Procles y Quirísofo;
Menón permaneció al lado de Arieo. Los otros dos refirieron
cómo les había dicho Arieo que existían muchos persas de
más calidad que él y que no le sufrirían como rey: «Pero si
queréis retiraros os invita a que vayáis esta noche; y si no
vais, dice que partirá por la mañana». Clearco dijo: «Eso es
lo que debemos hacer: si fuésemos, como decís, y si no,
haced lo que os parezca más conveniente». Lo que pensaba
hacer ni aun a éstos lo descubrió.
Después de esto, y a la puesta del sol, llamó a los
generales y capitanes y les habló en estos términos:
«Compañeros: cuando sacrificaba para marchar contra el
rey, las víctimas no se presentaron favorables. Y con
fundamento; pues, según me informan ahora, entre
nosotros y el rey está el río Tigris, que es preciso atravesar
con barcas, cosa que nosotros no podríamos hacer porque
carecemos de ellas. Y tampoco es posible permanecer aquí,
pues no podemos encontrar los víveres necesarios; en
cambio, para ir a juntarnos con los amigos de Ciro las
víctimas eran excelentes. Lo que debemos, pues, hacer, es
lo siguiente: ahora nos separamos y que cada cual cene lo
que tenga; después, cuando se dé con el cuerno el toque de
reposo, recoged los bagajes; cuando se dé el segundo
toque, cargadlos en las acémilas, y al tercer toque seguid al
que guíe, yendo las acémilas del lado del río y la gente
armada por la parte de fuera».
Oído esto, los generales y capitanes se marcharon e
hicieron como decía. Y en lo sucesivo Clearco ejerció
autoridad de jefe y los demás le obedecieron, no por
haberlo elegido, sino viendo que él solo sabía disponer las
cosas como corresponde a un jefe, mientras los demás
carecían de experiencia. (El camino que habían recorrido
desde Éfeso de Jonia hasta el lugar de la batalla comprendía
noventa y tres jornadas con quinientas treinta y cinco
parasangas y dieciséis mil cincuenta estadios; desde el
lugar de la batalla hasta Babilonia había, según dijeron,
trescientos sesenta estadios).
Entrada la noche, Miltoquites el tracio, con los jinetes que
mandaba, hasta cuarenta, y unos trescientos de la
infantería tracia, huyó del campamento y se pasó al rey.
Clearco condujo a los demás según las instrucciones dadas,
y ellos le siguieron. A eso de medianoche llegaron a la etapa
anterior, donde estaba Arieo con su ejército. Y mientras la
tropa permanecía en armas y formada, los generales y
capitanes de los griegos se presentaron a Arieo, y por un
lado los griegos y por otro Arieo y los más principales que le
acompañaron juraron que no se harían traición y serían
aliados; los bárbaros juraron, además, que guiarían sin
engaño. Para estos juramentos sacrificaron un toro, un lobo,
un jabalí y un carnero, y haciendo correr la sangre dentro de
un escudo, los griegos mojaron en ella las espadas y los
bárbaros las lanzas.
Después que se dieron la fe los unos a los otros, dijo
Clearco: «Puesto, Arieo, que vosotros y nosotros vamos a ir
juntos en esta marcha, dinos lo que piensas acerca de
nuestro regreso, si volveremos por donde hemos venido o si
conoces algún otro camino más conveniente». Y Arieo
respondió: «Si volviésemos por el mismo camino
pereceríamos por completo de hambre. No disponemos
ahora de víveres y en las diecisiete etapas próximas no
podemos tomar nada ni tampoco de la región en que
estamos; donde había algo, ya lo hemos consumido a
nuestro paso. Así es que pensamos seguir otro camino, más
largo ciertamente, pero en el cual no careceremos de
provisiones. Las primeras etapas debemos hacerlas lo más
largas posibles, a fin de alejarnos lo más que podamos del
ejército del rey; una vez que nos hallemos a dos o tres días
de camino ya no podrá el rey cogernos, pues no se
aventurará a seguirnos con un pequeño ejército, y con una
masa grande no podrá marchar deprisa. Probablemente
estará también escaso de provisiones. Esto es —dijo— lo
que yo pienso».
En este plan el único recurso era la fuga, escapando a la
persecución del enemigo. Pero el azar condujo a las tropas
mucho mejor. Al rayar el día se pusieron en camino,
llevando el sol a la derecha y pensando que al ponerse el
sol llegarían a unas aldeas en la comarca de Babilonia; y en
esto no se equivocaron. Pero ya por la tarde les pareció ver
caballería enemiga, y aquellos de los griegos que se habían
salido de filas corrieron a formarse; Arieo, que iba sobre un
carro porque se encontraba herido, saltó a tierra y se puso
la armadura, como hicieron también los que le
acompañaban. Pero mientras se armaban vinieron los
exploradores que habían sido enviados y dijeron que no era
caballería, sino gente que pastoreaba las acémilas. Esto fue
indicio para todos de que el rey acampaba en algún lugar
cercano; además, se veía salir humo de algunas aldeas no
muy distantes.
Clearco entonces no marchó contra el enemigo, porque
sabía que sus tropas estaban fatigadas y sin comer y ya era
tarde; pero, para que no creyesen los enemigos que huía,
no torció el camino, sino que, ya poniéndose el sol, continuó
en línea recta y con los soldados que iban a la cabeza
acampó en las aldeas más próximas, donde el ejército real
lo había saqueado todo, hasta las maderas de las casas. La
vanguardia acampó con cierto orden, pero los últimos,
llegados ya de noche cerrada, tuvieron que colocarse cada
cual donde pudo, e hicieron tal ruido llamándose los unos a
los otros, que lo oyeron los enemigos, y aquellos que
estaban más próximos huyeron de sus tiendas, como pudo
verse al día siguiente; no apareció acémila alguna, ni
campamento, ni humo en ningún lugar cercano. El mismo
rey, al parecer, había cogido miedo ante el avance del
ejército griego. Y lo confirmó con su conducta al día
siguiente.
Ya avanzada la noche aquella se produjo también un
pánico entre los griegos, con gran tumulto y estruendo,
como suele acontecer en casos semejantes. Entonces
Clearco mandó a Tolmides, de Elea, el mejor de los heraldos
entonces a su lado, que hiciese silencio y prometiese en
nombre de los jefes un talento de plata como recompensa
para el que denunciase al que hubiera soltado un asno en
medio del campamento. Al oír esto comprendieron los
soldados que el pánico no tenía fundamento y que los jefes
estaban sanos y salvos. Al amanecer mandó Clearco a los
griegos que formaran en armas en el orden que tenían el
día de la batalla.
CAPÍTULO III
Lo que antes escribí que el rey estaba aterrorizado por el
avance de los griegos pudo entonces verse claramente. El
día anterior había enviado a sus mensajeros invitando a los
griegos a que entregasen las armas; ahora mandó al salir el
sol unos heraldos para pedir treguas. Cuando estos heraldos
llegaron a las avanzadas preguntaron por los jefes. Los
centinelas anunciaron su llegada, y Clearco, que se
encontraba entonces revistando las tropas, les encargó
dijesen a los heraldos que aguardasen hasta que tuviese
tiempo de recibirlos. Entonces Clearco dispuso el ejército de
suerte que, formado en falange bien compacta, ofreciera un
aspecto imponente, y ordenó que permanecieran ocultos
todos los soldados que no tenían armas. Hecho esto, mandó
llamar a los enviados y él se adelantó en persona seguido
por los soldados mejor armados y de mejor aspecto, y a los
demás generales dijo que hiciesen lo mismo. Cuando llegó
junto a los enviados preguntóles qué querían. Ellos
respondieron que venían para concertar treguas y estaban
autorizados para tratar con los griegos de parte del rey y
para transmitir al rey las palabras de los griegos. Clearco
respondió: «Anunciadle, pues, que ante todo debemos
combatir; no tenemos qué almorzar, y no hay quien se
atreva a hablar de treguas a los griegos si no les
proporciona almuerzo». Oído esto, los enviados se
marcharon, pero volvieron en seguida, señal de que el rey
se encontraba cerca o alguien a quien el rey había
encargado que llevase este asunto. Dijeron que al rey le
parecía razonable lo que decían y que con ellos venían guías
encargados de llevarlos, si se ajustaban las treguas, al sitio
donde podrían aprovisionarse. Clearco les preguntó si las
treguas serían sólo con aquellos que fuesen y viniesen, de
una parte a otra, o si con todos en general. «Con todos —
respondieron—, hasta que vuestras proposiciones hayan
sido llevadas al rey». Entonces Clearco mandó que los
apartasen de allí y celebró consejo con sus compañeros,
quedando decidido que se harían treguas en seguida y
marcharían tranquilamente en busca de las provisiones. Y
añadió Clearco: «Tal es también mi parecer. Pero no haré
público el acuerdo inmediatamente, sino que dejaré pasar
algún tiempo para que teman los enviados que rechacemos
las treguas; seguramente —añadió— nuestros soldados
sentirán el mismo temor». Cuando pareció que era el
momento oportuno declaró que se aceptaban las treguas y
mandó los guiasen sin tardanza al sitio del
aprovisionamiento.
Ellos guiaron. Clearco, después de hechas las treguas,
marchó con el ejército formado en buen orden y se colocó a
retaguardia. Por el camino se encontraron con fosos y
canales tan llenos de agua que no se podían pasar sin
puentes, y con palmeras, unas que hallaron caídas y otras
que cortaron, hicieron unos pasos. Allí pudo verse lo bien
que sabía mandar Clearco. Teniendo la lanza en la mano
izquierda y a la derecha un bastón, si alguien de los
destinados a esta labor le parecía trabajaba flojamente, le
golpeaba con el palo y elegía otro más activo, al mismo
tiempo que él se metía en el barro para ayudar en el
trabajo, de suerte que todos sentían vergüenza de no
aplicarse del mismo modo. Al principio sólo habían sido
destinados a esta tarea los que tenían hasta treinta años;
pero, cuando vieron lo que hacía Clearco, prestaron también
su ayuda los de más edad. Y Clearco trabajaba con mucho
más ardor, sospechando que los fosos no estaban siempre
tan llenos de agua, pues aún no era época de regar el
campo. Sospechaba que el rey había soltado el agua para
que el camino apareciese a los griegos erizado de
obstáculos.
Por fin, llegaron a unas aldeas, donde les dijeron los
guías que podían aprovisionarse. Había en ellas mucho
trigo, vino de palmera, y una bebida ácida sacada de este
mismo árbol y cocida. En cuanto a los dátiles, los de tamaño
semejante al que tienen en Grecia son abandonados a los
esclavos; para los ricos se reservaban otros escogidos, de
una belleza y de un tamaño maravillosos y de un color
enteramente igual al ámbar amarillo. También los sirven
secos como postre. Resultan muy agradables para comer,
bebiendo, pero dan dolor de cabeza. Allí comieron también
por primera vez los soldados col de palmera, y muchos
admiraron su forma y su extraño y agradable sabor; pero
también produce dolores de cabeza. La palmera, una vez
que le quitan su copete, se seca por completo.
Permanecieron allí tres días, y de parte del gran rey se
presentó Tisafernes con el hermano de la mujer del gran rey
y otros tres persas; les acompañaban gran número de
esclavos. Los generales griegos les salieron al encuentro, y
Tisafernes, por medio de un intérprete, les habló de esta
suerte: «Griegos: vivo en un país vecino a Grecia, y al veros
caídos en grandes y numerosas dificultades pensé que sería
para mí una dicha si pudiese pedir al rey que me concediese
el conduciros a Grecia sanos y salvos. Y creo que no dejará
de agradecérseme tanto por parte vuestra como en general
por la de todos los griegos. Con esta idea se lo he pedido al
rey; le he dicho que era de justicia el otorgarme tal gracia,
ya que fui el primero en anunciarle la expedición de Ciro,
trayéndole con la noticia el socorro de mis tropas, y el único
también que no huyó entre los que estaban formados contra
los griegos, sino que, rompiendo por en medio de vuestras
filas, me junté con el rey en vuestro campamento, donde el
rey había llegado después de matar a Ciro; y que después,
unido a éstos que me acompañan, y que son aquellos en
quienes él tiene más confianza, perseguí a los bárbaros de
Ciro. Sobre esto me ha prometido el rey que reflexionaría
sobre ello; pero me ordenó que viniese a preguntaros por
qué motivo habéis marchado contra él. Yo, por mi parte, os
aconsejo que respondáis en términos moderados, a fin de
conseguir más fácilmente, si puedo, algo bueno en favor de
vosotros».
Oído esto, los griegos, apartándose a un lado,
deliberaron, y por boca de Clearco respondieron: «Nosotros
no nos hemos reunido con intención de hacer la guerra al
rey, ni pensábamos que nuestra expedición se dirigiese
contra él. Pero, como tú bien sabes, Ciro supo imaginar
diversos pretextos para sorprenderos a vosotros
desprevenidos y para conducirnos aquí a nosotros. Más
tarde, cuando le vimos en peligro, sentimos vergüenza ante
los dioses y ante los hombres de entregarle después de
habernos prestado antes a todo el bien que nos había
hecho. Muerto Ciro, no disputamos al rey su autoridad, ni
tenemos ningún motivo para hacer daño a sus dominios, ni
queremos matarle. Sólo pretendemos volver a nuestra
patria si nadie nos lo estorba. Pero, si se nos hace daño,
procuraremos defendernos con la ayuda de los dioses. En
cambio, si se nos favorece, devolveremos los beneficios en
la medida de nuestras fuerzas». Así habló Clearco.
Tisafernes, después de escucharle, dijo: «Voy a comunicarle
al rey vuestras respuestas y volveré a traeros lo que él diga;
hasta mi vuelta subsistirán las treguas y os
proporcionaremos mercado». Al día siguiente no vino y los
griegos estaban preocupados. Pero al tercer día se presentó
y dijo que había conseguido del rey que le permitiera poner
en salvo a los griegos, aunque se habían opuesto
muchísimos diciendo que no era digno del rey dejar
marcharse a gentes que habían tomado las armas contra él.
Y terminó diciendo: «Ahora, pues, podéis tomar de nosotros
prendas de que no se os hostilizará en nuestro país y de que
os guiaremos sin engaño hasta Grecia, proporcionándoos
mercado donde podáis proveeros. Y donde no sea posible
comprar os permitiremos que toméis del país las cosas
necesarias. Vosotros, por vuestra parte, debéis jurar que
marcharéis sin hacer daño, como por país amigo, tomando
las cosas de comer y beber cuando no os proporcionemos
mercado; pero si os lo proporcionamos compraréis lo que os
haga falta». Puestos de acuerdo en esto, hicieron los
juramentos y se dieron mutuamente las manos Tisafernes,
el hermano de la mujer del rey y los generales griegos.
Entonces dijo Tisafernes: «Ahora me vuelvo al lado del rey,
y cuando haya terminado lo que necesito vendré ya con mis
equipajes para conduciros a Grecia y marchar yo mismo a
mi gobierno».
CAPÍTULO IV
Después de esto, los griegos y Arieo aguardaron a
Tisafernes acampados los unos cerca de los otros más de
veinte días. En este tiempo visitaron a Arieo sus hermanos y
otros parientes; también acudieron algunos persas para ver
a los que con él estaban y tranquilizarlos; algunos hasta les
dieron seguridades en nombre del rey de que éste no les
guardaba mala voluntad por haber acompañado a Ciro ni
por nada de lo pasado. Después de esto pudo verse
claramente que Arieo y los suyos tenían menos atenciones
con los griegos; de suerte que la mayor parte de los griegos
se sintieron disgustados por tal conducta, y presentándose
a Clearco y a los otros generales les dijeron: «¿Por qué
permanecemos aquí? ¿Acaso no sabemos que el rey querría
sobre todas las cosas aniquilarnos para que los demás
griegos tengan miedo de hacer guerra al gran rey? Ahora
procura que permanezcamos aquí porque sus tropas están
dispersas; pero una vez que las reúna debemos tener por
seguro que nos atacará. Acaso está ahora haciendo que
abran fosos o levanten muros para hacernos imposible el
camino. Lo cierto es que nunca consentirá de buen grado
que, llegando nosotros a Grecia, digamos cómo con nuestro
corto número vencimos al rey a las puertas de su corte y
nos retiramos haciendo burla de su autoridad». A los que así
hablaban les respondió Clearco: «A mí tampoco se me
escapa nada de esto. Pero también considero que si nos
marchamos ahora parecerá que vamos en son de guerra y
que violamos las treguas. Además, nadie nos venderá
víveres, ni tendremos de dónde proveernos; nadie nos
servirá de guía. Por otra parte, si tomamos este partido,
Arieo se apartará de nosotros, de suerte que no nos
quedará ningún amigo y los que antes lo eran se
convertirán en enemigos. No sé si tenemos que atravesar
algún otro río, pero sí sabemos que el Éufrates es imposible
de pasar si lo quieren impedir los enemigos. Y si fuese
preciso combatir no disponemos de caballería aliada; en
cambio, la tienen muy numerosa y buena los enemigos; de
suerte que si salimos vencedores no podremos matar a
nadie, y si resultamos derrotados estamos perdidos sin
remedio. Yo por mi parte, si el rey, que dispone de tantos
elementos, quiere aniquilarnos, no alcanzo a ver por que
razón habla de prestar juramentos, darnos seguridades y
tomar en falso por testigos a los dioses, haciendo
sospechosa su palabra lo mismo a los griegos que a los
bárbaros». Y añadió otras muchas razones parecidas.
En esto llegó Tisafernes con sus tropas como para volver
a su gobierno, y también Orontes con las suyas. Éste
llevaba, además, a la hija del rey, que había obtenido en
matrimonio. Partieron, pues, de allí guiados por Tisafernes,
que les proporcionaba, además, ocasión de comprar las
provisiones necesarias. También se puso en marcha Arieo al
frente del ejército bárbaro de Ciro; iba con Tisafernes y
Orontes y acampaba con ellos, y los griegos, desconfiando
de todos, marchaban aparte conducidos por sus guías.
Acampaban siempre a distancia de una parasanga o menos,
y unos y otros ponían centinelas como si fuesen enemigos,
cosa que producía sospechas. Algunas veces, cuando se
encontraban buscando leña o recogiendo forraje y otras
cosas, se golpeaban mutuamente, y esto aumentaba la
enemiga. Después de tres etapas llegaron al llamado muro
de Media y lo pasaron. Estaba constituido con ladrillos
cocidos y asentados en asfalto, medía veinte pies de ancho
por cien de alto; según dijeron, se extendía por espacio de
veinte parasangas y se hallaba a corta distancia de
Babilonia.
Desde allí recorrieron ocho parasangas en dos jornadas y
atravesaron dos canales, uno sobre un puente fijo y el otro
sobre uno hecho con siete barcas. Estos canales salen del
río Tigris y de ellos se derivan acequias que riegan la
comarca; las primeras son grandes, pero después se van
haciendo cada vez más pequeñas, hasta convertirse en
regueras como las que se usan en Grecia para el mijo. Por
fin llegaron al río Tigris; cerca de él se encontraba una
ciudad grande y de población numerosa llamada Sitaca y
distante del río quince estadios. Los griegos pusieron sus
tiendas junto a ella, cerca de un parque grande y hermoso
lleno de toda clase de árboles. Los bárbaros pasaron el río y
no se les podía ver.
Después de la cena estábanse paseando por delante del
campamento Próxeno y Jenofonte. En esto llegó un hombre
y preguntó a los centinelas de las avanzadas dónde podría
ver a Próxeno o a Clearco; por Menón no preguntó, y eso
que venía de parte de Arieo, el amigo de Menón. Al declarar
Próxeno que él era a quien buscaba, el hombre dijo: «Vengo
de parte de Arieo y de Artaozo, que gozaron de la confianza
de Ciro y que a vosotros os tiene buena voluntad. Os
aconsejan, pues, que tengáis cuidado, no sea que os
ataquen por la noche los bárbaros: hay un ejército
numeroso en el parque cercano. También os aconsejan que
enviéis un destacamento al puente que cruza el río Tigris,
pues Tisafernes piensa cortarlo esta noche si puede, a fin de
que no paséis y quedéis cogidos en medio del canal y del
río». Al oír esto lo llevaron a Clearco y refirieron a éste lo
que el hombre decía. Clearco se puso muy turbado y dio
muestras de que le atemorizaba la noticia. Entonces un
muchacho que se encontraba entre los presentes reflexionó
y dijo que no se conciliaban bien el ataque y la ruptura del
puente: «porque, si atacan, o vencen o serán vencidos. Si
vencen, ¿para qué cortar el puente? Por muchos puentes
que hubiese no podríamos salvarnos huyendo a ningún sitio,
y si nosotros vencemos, no podrán ellos huir a ninguna
parte si ha sido cortado el puente; como tampoco podrían
auxiliarles las numerosas tropas acampadas al otro lado del
río».
Al oír esto Clearco preguntó al enviado qué espacio
podría haber entre el Tigris y el canal. El otro contestó que
había una extensa zona y que en ella existían muchas
aldeas y ciudades importantes. Esto hizo ver claramente
que los bárbaros habían mandado bajo cuerda a aquel
hombre, temerosos de que los griegos, cortando el puente,
se quedasen en la isla defendida de un lado por el Tigris y
del otro por el canal, disponiendo de todo lo necesario,
puesto que la tierra era fértil y extensa, y ellos podrían muy
bien cultivarla; además, temían se convirtiese en sitio de
refugio para quienes quisieran hacer daño al rey.
Después de esto se fueron todos a dormir, aunque no sin
enviar antes un destacamento para la vigilancia del puente.
Y según refirieron los centinelas, no les atacó nadie, ni por
los alrededores del puente se presentó ningún enemigo. Al
rayar el día atravesaron el puente, formado por treinta y
siete barcas, tomando todas las precauciones, pues algunos
griegos que servían a las órdenes de Tisafernes habían
anunciado que los atacarían cuando estuvieran pasando;
pero sólo apareció Glun, que, acompañado de alguna
escolta, vino a ver si pasaban, y cuando se cercioró de que
así lo hacían picó espuelas a su caballo y desapareció con
su gente.
Pasado el Tigris, recorrieron veinte parasangas en cuatro
etapas, hasta llegar al río Fisco, que tiene de ancho un
pletro y es atravesado por un puente. Allí se alzaba una
ciudad grande llamada Opis, cerca de la cual se encontró
con los griegos el hermano bastardo de Ciro y de Artajerjes
que venía de Susa y de Ecbatana con un gran ejército en
socorro del rey, y mandando detenerse a su ejército se puso
a contemplar el paso de los griegos. Clearco, que mandaba
a la cabeza, hizo desfilar a sus tropas de dos en fondo,
mandándoles pararse de cuando en cuando. Cada vez que
se detenía la vanguardia del ejército era forzoso que se
detuviera también el resto; de suerte que hasta a los
mismos griegos les parecía enorme el ejército, y el persa,
que contemplaba el desfile, se quedó asombrado.
Desde allí recorrieron treinta parasangas en seis etapas a
través de los desiertos de Media y llegaron a las aldeas de
Parisátile, la madre de Ciro y del rey. Tisafernes, por
escarnio a Ciro, permitió a los griegos que las saquearan,
prohibiéndoles tan sólo que hiciesen esclavos. Había en
ellas mucho trigo, ganado y otras muchas cosas. Desde allí
recorrieron veinte parasangas en cuatro etapas por un país
desierto y con el río Tigris a la izquierda. En la primera
etapa apareció al otro lado del río una ciudad grande y
floreciente llamada Cenas, cuyos habitantes trajeron panes,
quesos y vino sobre balsas hechas con pieles.
CAPÍTULO V
Después llegaron al río Zapata, que tiene de ancho cuatro
pletros. Allí permanecieron tres días. Y durante ellos hubo
muchas sospechas; pero no apareció ninguna señal clara de
traición. Clearco entonces decidió entrevistarse con
Tisafernes para disipar las sospechas antes de que
terminasen en guerra abierta. Y le envió a decir que
deseaba verse con él. Tisafernes le invitó a venir sin
tardanza. Una vez juntos, Clearco habló en estos términos:
«Yo, Tisafernes, sé por una parte que hemos hecho
juramento y nos hemos dado las manos en prenda de que
no nos haríamos daño los unos a los otros. Pero por otra veo
que te guardas de nosotros como si fuésemos enemigos, y
también nosotros al ver esto nos guardamos. Y puesto que
por más que examino la cosa no puedo descubrir que tú
intentes hacernos daño, y por nuestra parte estoy bien
seguro de que no hemos pensado siquiera en nada
semejante, me pareció bien venir a conversar contigo para
ver si podemos disiparnos nuestra mutua desconfianza. A
muchos he visto que por calumnias o sospechas,
queriéndose adelantar al daño que temían, hicieron daños
irreparables a quienes no tenían ni el pensamiento ni la
intención de hacerles mal ninguno. Pensando, pues, que una
conversación es el medio más propio para terminar con
estos equívocos, vengo con propósito de mostrarte cómo no
tienes razón en desconfiar de nosotros. Ante todo y sobre
todo, los juramentos que hemos hecho ante los dioses
impiden que seamos enemigos. Jamás consideraré feliz al
hombre cuya conciencia se siente culpable de haber
despreciado a los dioses. Porque si ellos nos hacen la
guerra, ¿con qué velocidad podremos escapar a sus iras?
¿En qué lugar sombrío podremos ocultarnos? O, ¿qué
fortaleza nos servirá de asilo? Todas las cosas, todos los
lugares, están sujetos a los dioses, que en todo ejercen
igualmente su imperio. Tal es mi manera de pensar sobre
los dioses y sobre los juramentos, en los cuales hemos
fundado nuestra amistad; pero, aun ateniéndonos a
consideraciones humanas, en las circunstancias actuales
considero que tú eres para nosotros el mayor de los bienes.
Contigo todo camino está abierto, todo río es vadeable y no
hay que temer la falta de víveres; sin ti todo camino es
tenebroso, porque lo ignoramos; todo río difícil de pasar,
toda muchedumbre motivo de espanto, y más espantosa
aún la soledad: en ella son de temer las mayores
privaciones. Y si arrastrados por el furor te diésemos
muerte, lo único que conseguiríamos es haber muerto a
nuestro bienhechor, para vernos después obligados a luchar
con el rey mismo, el más temible adversario. Ahora voy a
decirte de qué esperanzas me privaría yo mismo si
intentase hacerte algún daño. Si he deseado la amistad de
Ciro fue porque pensaba que éste era entonces el colocado
en mejor situación para hacer bien a quien quisiere. Y ahora
veo que tú tienes las fuerzas y las comarcas de Ciro sin
perder el gobierno que ya tenías, y que las fuerzas del rey
que combatieron con Ciro están asimismo a tu disposición.
Siendo así las cosas, ¿quién sería tan insensato que no
quisiese ser amigo tuyo? Pero, además, voy a decirte por
qué tengo la esperanza de que tú querrás también ser
amigo nuestro. Sé que los misios os están inquietando y
pienso que con la fuerza aquí reunida podremos reducirlos a
vuestro dominio. Lo mismo digo de los pisidas y he oído
hablar de otros muchos pueblos, los cuales pienso que
dejarían de turbar la prosperidad de vuestro imperio. Y en
cuanto a los egipcios, contra los cuales no ignoro que estáis
particularmente irritados, no veo qué otras fuerzas podríais
utilizar para castigarlos con ventaja sobre las mías. Y si
entre los pueblos que te rodean quisieras mostrarte amigo
con alguno, nadie podría hacerlo mejor que tú, o si otro te
molestase, te impondrías como dueño y señor si nos tienes
a tus órdenes, nosotros que te serviríamos no sólo por la
soldada, sino también por el justo agradecimiento que a
causa de nuestra salvación te deberíamos. Considerando,
pues, yo todas estas cosas, me parece tan extraña tu
desconfianza hacia nosotros que me gustaría vivamente
saber cómo se llama el hombre cuyas palabras han logrado
convencerte de que nosotros conspirábamos contra ti».
Así habló Clearco; Tisafernes le respondió en estos
términos:
«Me regocija, Clearco, el oír de tus labios razones tan
discretas. Y conforme en ellas contigo, si supiese que
meditabas algo contra mí pensaría que te perjudicabas a ti
mismo. Escúchame, pues, ahora y te convencerás de cómo
tampoco vosotros tendríais razón en desconfiar del rey o de
mí. Si hubiéramos querido destruiros, ¿piensas que nos
hubiese faltado infantería, caballería o armamento para
haceros daño sin riesgo de que vosotros pudieseis
devolvérnoslo? ¿Piensas que nos hubieran faltado sitios a
propósito para atacaros? ¡Cuántas llanuras no vais
trabajosamente atravesando que nos son amigas! ¡Cuántas
montañas no os esperan que podemos nosotros ocupar de
antemano y cerraros el camino! ¡Cuántos ríos a cuyo paso
somos dueños de limitar vuestro número antes de
combatiros! Y hasta algunos hay que no podríais atravesar
de ningún modo si no os pasásemos nosotros. Pero, aun
suponiendo que todos estos medios nos fallaran, el fuego, al
menos, bastaría para destruir todos los frutos, y sólo con
encenderlo os pondríamos frente a un enemigo con el cual
no podríais luchar por muy valientes que fueseis. ¿Cómo,
pues, disponiendo de tantos caminos para haceros la
guerra, y todos ellos sin ningún peligro, habríamos de elegir
este procedimiento, el único que es impío ante los dioses y
vergonzoso ante los hombres? Sólo quienes carecen de todo
otro recurso, los que se ven apresados por la necesidad y,
además, son malos, pueden pensar en conseguir algo
violando los juramentos hechos ante los dioses y la fe dada
a los hombres. No somos nosotros, Clearco, ni tan
insensatos ni tan necios. ¿Por qué, pues, pudiendo
destruiros no lo hemos intentado? La causa, sabedlo bien,
es mi deseo de inspirar confianza a los griegos y volver con
mayor poder a mi gobierno por haberme ganado con mis
beneficios esas mismas tropas extranjeras en las cuales Ciro
sólo confiaba por haberlas tomado a sueldo. Y en cuanto a
las cosas en que me podréis ser útiles unas ya las has dicho
tú; pero lo más importante, a mi juicio, es esto: sólo el rey
puede llevar derecha la tiara sobre su cabeza; mas, con
vuestro concurso, otro la podría llevar fácilmente sobre el
corazón».
Clearco, creyendo sinceras estas palabras, le respondió:
«Puesto que tantos motivos tenemos para ser amigos, ¿no
te parece que quienes intentan con sus calumnias hacernos
enemigos son merecedores de los más duros suplicios?».
«Por mi parte —dijo Tisafernes—, si vosotros, generales y
capitanes, queréis venir a verme, yo diré claramente
quiénes son los que me dicen que estáis conspirando contra
mí y contra mi ejército». «Yo los llevaré a todos —dijo
Clearco— y también declararé de dónde me vienen noticias
acerca de ti».
Después de tales razonamientos, Tisafernes, lleno de
atenciones para con Clearco, le suplicó se quedase y lo
invitó a su mesa. Al día siguiente, Clearco, llegado al
campamento, dio claros indicios de creer en las amistosas
disposiciones de Tisafernes y refirió lo que éste le había
dicho. Añadió que los invitados por Tisafernes debían acudir
a verle y que aquellos de los griegos que fuesen
convencidos de calumnia deberían ser castigados como
culpables de traición y de mala voluntad hacia sus
compatriotas. Sospechaba que el autor de las calumnias era
Menón; pues sabía que en compañía de Arieo había estado
hablando con Tisafernes y que trataba de formar un partido,
conspirando contra él para apoderarse de todo el ejército y
hacerse amigo de Tisafernes. Por su parte, Clearco quería
ganarse la buena opinión de todo el ejército y
desembarazarse de los que le molestaban. Algunos de los
soldados advirtieron que no debían ir todos los capitanes y
generales ni fiarse de Tisafernes. Pero Clearco insistió
enérgicamente hasta conseguir que fuesen cinco generales
y veinte capitanes. Les acompañaron también unos
doscientos soldados so color de ir a comprar provisiones.
Cuando llegaron a las puertas de Tisafernes fueron
invitados a entrar los generales: Próxeno, de Beocia; Menón,
de Tesalia; Agias, de Arcadia; Clearco, de Lacedemonia, y
Sócrates, de Acaya; los capitanes permanecieron a la
puerta. No mucho tiempo después, y en la misma señal, los
que estaban dentro fueron presos y los que se hallaban
fuera asesinados. Hecho esto, algunos jinetes bárbaros se
pusieron a correr por la llanura matando a todos los que
encontraban del ejército griego, ya fuesen libres, ya
esclavos. Los griegos, al ver desde el campamento estas
carreras, estaban asombrados y no sabían qué pensar de
ellas. Por fin se presentó huyendo Nicarco, de Arcadia,
herido en el vientre y sosteniéndose las entrañas con las
manos, y dijo todo lo que había ocurrido.
Entonces los griegos, llenos de confusión, corrieron todos
a las armas, esperando que los enemigos caerían en
seguida sobre el campamento. Pero no se presentó la masa
del ejército, sino tan sólo Arieo, Artaozo y Mitrídates, que
eran los más íntimos de Ciro; también dijo el intérprete de
los griegos que veía y conocía entre ellos al hermano de
Tisafernes; les acompañaban asimismo hasta trescientos
persas revestidos de corazas. Cuando llegaron cerca
pidieron que si quedaba entre los griegos algún general o
capitán se aproximara a fin de comunicarle lo que el rey les
había encargado. Entonces salieron con precauciones los
generales griegos Cleanor, de Orcómeno, y Soféneto, de
Estinfalia, y con ellos Jenofonte, de Atenas, para saber lo
que había sido de Próxeno. Quirísofo no se encontraba en el
campamento, pues había ido con otros a una aldea para
traer provisiones.
Cuando llegaron al alcance de la voz, dijo Arieo:
«Griegos: Clearco, convicto de haber faltado a los
juramentos y violado las treguas, ha sido muerto, sufriendo
la pena que merecía; pero Próxeno y Menón, que
denunciaron los manejos del lacedemonio, están muy
honrados. A vosotros el rey os pide que le entreguéis las
armas; dice que son suyas, pues pertenecieron a Ciro, su
vasallo». A esto respondieron los griegos, por boca de
Cleanor el orcomenio: «¡Oh tú, el más malvado de los
hombres, Arieo, y vosotros, todos los que fuisteis amigos de
Ciro!, ¿no os avergüenza ante los dioses y ante los hombres
que, después de habernos jurado que tendríais los mismos
amigos y enemigos, nos hacéis traición con Tisafernes, el
hombre más impío y más perverso, y después de haber
asesinado a los mismos hombres con quienes habíais hecho
los juramentos y de habernos traicionado, venís a nosotros
con nuestros enemigos?». Arieo contestó: «Los manejos de
Clearco eran hace tiempo conocidos por Tisafernes y por
todos los que estaban con él». A esto le dijo Jenofonte: «Si
Clearco, faltando a los juramentos, ha violado las treguas,
ya tiene su pena; justo es que perezcan los que juran en
falso. Pero, puesto que Próxeno y Menón se han portado
bien con vosotros y son nuestros generales, enviádnoslos
aquí; no hay duda de que siendo amigos de los unos y de
los otros procurarán aconsejarnos lo más
convenientemente, tanto a vosotros como a nosotros».
Entonces los bárbaros, después de hablar entre sí mucho
tiempo, se marcharon sin responder nada.
CAPÍTULO VI
Presos de este modo, los generales fueron conducidos al rey
y se les dio muerte cortándoles las cabezas. Entre ellos
Clearco era considerado por todos los que le trataron como
hombre de las más extremadas condiciones militares y de
una desmedida afición a la guerra. Mientras la hubo entre
los lacedemonios y los atenienses, tomó parte en ella.
Hecha la paz, convenció a su ciudad de que los tracios
estaban haciendo daño a los griegos, y obteniendo como
pudo de los éforos los elementos necesarios se dio a la vela
con intención de hacer la guerra a los tracios que habitaban
por encima del Quersoneso y de Perinto. Y como ya estando
fuera cambiaron de parecer los éforos, y trataban de
hacerle volver al Istmo, él no les obedeció, sino que
continuó navegando hacia el Helesponto. Entonces los
magistrados de Esparta le condenaron a muerte por
desobediencia. Y él, imposibilitado de volver a su patria, se
presentó a Ciro. Ya queda escrito en otra parte de qué
razones se sirvió para ganar la voluntad de Ciro, el cual, por
último, le concedió diez mil daricos. Clearco, lejos de llevar
con esta suma una vida ociosa, la utilizó para reunir un
ejército, con el cual hizo la guerra a los tracios, los venció en
una batalla y saqueó el país, continuando la guerra hasta
que Ciro tuvo necesidad del ejército. Entonces marchó para
ayudarle en la guerra que emprendía. Me parece que estas
dos cosas son indicio de un hombre aficionado a la guerra:
pudiendo disfrutar de la paz sin desdoro ni perjuicio,
prefiere la lucha; pudiendo vivir sosegadamente, quiere
pasar trabajos en medio de las batallas; pudiendo gozar sin
peligro de sus riquezas, prefiere disminuirlas haciendo la
guerra. Clearco gustaba de gastar en guerras como si fuese
en amoríos o en otro placer cualquiera: tan viva afición les
tenía.
Su temperamento militar se revelaba en la pasión que
sentía por los peligros, en la energía con que marchaba
contra el enemigo, lo mismo de día que de noche, y en la
prudencia con que sabía salir de los peligros, según
afirmaban todos cuantos estuvieron a su lado. También se
reconocían sus cualidades para el mando, hasta donde era
posible en un hombre de carácter como el suyo. Nadie sabía
como él tomar las medidas convenientes para que su
ejército no careciese de las cosas necesarias y
predisponerlas acertadamente; nadie tampoco como él para
imponer su autoridad a los que le rodeaban. Lo conseguía
por su carácter duro y, además, por su aspecto, que
infundía miedo, y su voz áspera. Siempre castigaba con
severidad, algunas veces con cólera, hasta el punto de
arrepentirse más tarde en ocasiones. Esta dureza era en él
un principio, pues pensaba que un ejército sin disciplina no
sirve para nada. Según contaban se le había oído decir que
el soldado debía temer más al jefe que a los enemigos; sólo
así podía conseguirse que vigilase atentamente, no
saquease los países amigos y marchase intrépido contra el
enemigo. Por eso en los momentos peligrosos todos se
prestaban a obedecerle ciegamente y no querían otro jefe;
entonces, según decían, la dureza de su aspecto terrible
ponía alegres los rostros de los otros, y su severidad parecía
fortaleza contra los enemigos, de suerte que, lejos de
parecerles duro, veían en él su salvación. Pero cuando salían
del peligro y era posible pasar a las órdenes de otros jefes,
muchos le abandonaban. No tenía, en efecto, nada de
amable, y como siempre se mostraba duro y cruel, los
soldados se sentían en su presencia como niños ante el
maestro. Por eso nunca le siguió nadie por amistad o por
simpatía; pero sabía hacerse obedecer puntualmente de
aquellos que, ya por obligarles su patria, ya por su propio
interés o por una necesidad cualquiera, se veían obligados a
colocarse bajo sus órdenes. Por eso una vez que
principiaron a vencer bajo su mando a los enemigos, este
carácter fue causa poderosa de que se hiciesen unos
excelentes soldados: a la bravura en el ataque unían la
disciplina, que observaban por temor a sus castigos. Tales
eran sus cualidades como jefe; decíase en cambio, que no
gustaba de ser mandado por otros. Tenía cuando murió unos
cincuenta años.
Próxeno, de Beocia, sintió desde muchacho el deseo de
hacerse apto para llevar a cabo grandes empresas, y
llevado por esta pasión pagó a Gorgias de Leontino para
que le diese lecciones. Después de pasar algún tiempo en
su escuela, creyendo que ya se hallaba en condiciones de
mandar y de corresponder dignamente a los beneficios que
le hicieran los poderosos, se puso al servicio de Ciro para
esta empresa: pensaba que en ella podría adquirir un gran
nombre, grandes fuerzas y muchas riquezas. Pero, aunque
deseaba con ardor todas estas cosas, también era patente
que no hubiese querido obtener ninguna de ellas
recurriendo a injusticias; creía que era preciso alcanzarlas
por medios justos y honorables y sólo por ellos. Sabía muy
bien mandar a la gente de suyo honrada; pero no era capaz
de inspirar a los soldados ni reverencia ni miedo, y hasta
sentía él más respeto ante los soldados que ellos ante él. Se
le notaba que temía hacerse odioso a los soldados más que
éstos al desobedecerle. Creía que para ser un buen jefe y
parecerlo bastaba con elogiar al que se conducía bien y no
elogiar al que había hecho algo malo. Por eso, los que eran
buenos le tenían afecto; pero los malos maquinaban contra
él, teniéndole por fácil de engañar. Se hallaba, cuando
murió, por los treinta años.
Menón, de Tesalia, dejaba ver claramente sus vivos
deseos de riquezas; si deseaba mandar era para adquirirlas
más abundantes, y si ambicionaba honores era para
obtener más beneficios. Buscaba la amistad de los más
poderosos con el fin de que sus atropellos quedaran
impunes, y para realizar sus deseos le parecía que el
camino más corto era el perjurio, la mentira y el engaño;
una conducta sencilla y recta le parecía pura necedad. Era
evidente que no tenía afecto a nadie, y aun contra aquel de
quien se decía amigo tramaba abiertamente sus enredos.
Nunca hacía burla de ningún enemigo, pero cuando hablaba
con los suyos se burlaba siempre de todos. Se guardaba
muy bien de atentar contra los bienes de sus enemigos,
pues consideraba difícil de tomar lo que pertenece a gentes
puestas en guardia. Pero en cambio pensaba, opinión
singularísima, que las riquezas de los amigos son las más
fáciles de coger, por estar ellos desprevenidos. Si sabía que
alguno era lo suficiente malvado para faltar a sus
juramentos, le temía por considerarle bien armado; pero de
los piadosos y sinceros pretendía servirse como si no fuesen
hombres.
Así como otros se vanaglorian de su piedad, franqueza y
honradez, así se vanagloriaba Menón de saber engañar, de
inventar embustes y de burlarse de sus amigos. Al que no
era un granuja lo tenía por hombre rústico e ignorante. Y
cuando aspiraba a ser el primero en la amistad de alguien
creía que la mejor manera de conseguirlo era calumniar a
los que ya ocupaban aquel puesto. Se procuraba la
obediencia de los soldados haciéndose cómplice de sus
atropellos, y pretendía que le honrasen y sirviesen
mostrando que podía hacer más daño que nadie y estaba
dispuesto a ello. Si alguien se apartaba de su servicio, decía
que ya era un beneficio por su parte el no haberle
aniquilado cuando lo tenía a sus órdenes.
Cabe engañarse en las cosas que estaban ocultas; pero
hay otras que las sabe todo el mundo. Así cuando todavía
era un guapo muchacho, obtuvo de Aristipo que lo hiciese
general de las tropas extranjeras. Y con el bárbaro Arieo,
que gustaba de los bellos muchachos, estuvo también en la
mayor intimidad durante sus años juveniles, y él mismo,
cuando aún no tenía pelo de barba, tuvo estrechas
relaciones con Taripas, que ya era mayor. Cuando los
generales griegos que habían marchado con Ciro contra el
rey sufrieron la muerte, él escapó a la sentencia a pesar de
haber hecho lo mismo que los otros. Pero murió más tarde
condenado, no como Clearco y los otros generales a perder
la cabeza, muerte que parece ser la más rápida, sino
después de grandes suplicios con los que le castigó el rey,
según se dice, como a hombre malo que era.
Agias, de Arcadia, y Sócrates, de Acaya, murieron
también. Nadie pudo decir de ellos que fueron cobardes en
la guerra ni poner tacha a su amistad. Ambos andaban por
los treinta y cinco años.
LIBRO TERCERO
Se ha referido en los libros precedentes lo
que hicieron los griegos en su expedición
con Ciro hasta la batalla y lo ocurrido
después de muerto Ciro, cuando los
griegos, hechas treguas, se retiraban
acompañados por Tisafernes.
CAPÍTULO I
Presos los generales y muertos los capitanes y soldados que
les acompañaban, los griegos se hallaban en gran apuro,
considerando que estaban a las puertas del rey y que por
todas partes les rodeaba multitud de pueblos y ciudades
enemigos. Nadie les proporcionaría víveres para comprar.
Se hallaban separados de Grecia por no menos de diez mil
estadios y no contaban con un guía para el camino. Ríos
infranqueables les estorbaban el paso hacia la patria. Y los
bárbaros que subieron con Ciro les habían traicionado. Se
hallaban solos, sin un jinete que les ayudase. De suerte que,
si vencían, era seguro que no podrían matar a nadie, y si
eran vencidos perecerían hasta el último. Considerando
todo esto y dominados por el desaliento, pocos de ellos
probaron la comida por la tarde, pocos encendieron fuego, y
por la noche no acudieron al servicio del campamento. Cada
uno se acostó donde se encontraba. Y no podían dormir con
la congoja y tristeza de su patria, de sus padres, de sus
mujeres, de sus hijos, a los cuales pensaban que no
volverían a ver. En tal estado de ánimo estaban
descansando.
Había en el ejército un cierto Jenofonte, de Atenas, que
no iba como general, ni como capitán, ni como soldado.
Próxeno, que era viejo amigo suyo, le había invitado a que
abandonase su patria, prometiéndole, si venía, que le
procuraría la amistad de Ciro, la cual para él mismo tenía
más importancia que la patria. Jenofonte, leída la carta,
consultó a Sócrates, de Atenas, sobre este viaje. Y Sócrates,
temiendo se atrajese Jenofonte la enemiga de sus
conciudadanos si entraba en amistad con Ciro, que parecía
haber ayudado con todas sus fuerzas a los lacedemonios
contra Atenas, le aconsejó fuese a Delfos y pidiese consejo
al dios acerca del viaje.
Jenofonte fue, en efecto, y preguntó a Apolo cuál era el
dios a quien debía sacrificar y ofrecer sus oraciones para
con la mayor felicidad hacer el viaje que pensaba y volver
sano y salvo después de un resultado favorable. Y Apolo le
respondió indicándole los dioses a que debía sacrificar.
Vuelto a Atenas, refirió el oráculo a Sócrates, y éste al oírlo,
le reprendió por no haber preguntado primero si le convenía
marchar o quedarse, sino que, ya decidido el viaje, sólo
preguntó sobre la mejor manera de hacerlo: «Ahora bien; ya
que has hecho esta pregunta —dijo—, es preciso cumplir lo
que el dios ha mandado». Y Jenofonte, después de sacrificar
a los dioses que le había indicado Apolo, se embarcó, y en
Sardes halló a Próxeno y a Ciro, que de un momento a otro
iban a emprender la marcha hacia el interior del Imperio.
Presentado a Ciro, éste, compartiendo los deseos de
Próxeno, le instó a que se quedase, diciéndole que no bien
terminara la campaña le dejaría marchar. Según se decía, la
expedición era contra los pisidas.
Se incorporó, pues, Jenofonte a la expedición, engañado
sobre su objeto, aunque no por Próxeno, el cual no sabía
que iba encaminada contra el rey, así como tampoco
ninguno de los griegos, fuera de Clearco. Pero cuando
llegaron a la Cilicia todos vieron claramente que se les
llevaba contra el rey. Entonces, aunque temerosos del
camino que debían recorrer y contra su voluntad, la mayor
parte siguió por respeto a Ciro y a ellos mismos entre sí. Y
como uno de tantos marchó también Jenofonte.
En la apurada situación presente estaba, como los
demás, triste y desvelado. Pero durante un breve espacio en
que pudo dormirse tuvo un sueño: le pareció oír truenos y
que un rayo caía en la casa de su padre y la incendiaba
toda. Se despertó lleno de miedo inmediatamente, y, por
una parte, interpretó el sueño como favorable porque,
hallándose en peligros y trabajos, le había parecido ver una
gran luz de Zeus; pero, por otra, considerando que el sueño
parecía enviado por Zeus rey y el fuego brillar en torno
suyo, temía que no fuese posible salir de los estados del rey
por impedírselo diversos obstáculos por todas partes.
Qué significación puede atribuirse a este sueño es cosa
que los acontecimientos después de él sobrevenidos
permiten juzgar. He aquí, en efecto, lo que sucedió. Apenas
despierto Jenofonte, acudieron a su mente estas reflexiones:
«¿Por qué permanezco acostado? La noche avanza, y lo más
probable es que apenas raye el día se presenten los
enemigos. Y si caemos en manos del rey, ¿quién podrá
impedir que perezcamos entre ultrajes, y después de haber
sufrido los suplicios más terribles? Nadie piensa en
defenderse, nadie busca los medios para rechazar al
enemigo; permanecemos acostados como si el ocio nos
fuese permitido. Y yo, ¿a cuál general de otra ciudad espero
para que haga esto? ¿A qué edad aguardo? Ciertamente
que nunca seré mayor si hoy me entrego a los enemigos».
Entonces se levantó, llamó primero a los capitanes de
Próxeno y, una vez reunidos, les dijo: «Yo, capitanes, ni
puedo dormir, como creo que tampoco vosotros, ni
continuar acostado viendo en qué situación nos
encontramos. Bien claro se ve que los enemigos no se
declararon en guerra abierta contra nosotros hasta
considerarse suficientemente preparados; en cambio,
ninguno de nosotros se preocupa de cómo podremos
sostener mejor la lucha. Considerémoslo bien; ¿qué será de
nosotros si cedemos y venimos a quedar a merced del rey?
Hemos visto cómo a su hermano de padre y madre le hizo
crucificar, ya muerto, después de cortarle la cabeza y la
mano. ¿Qué tormentos, pues, nos reservará para nosotros,
que no contamos con nadie que nos defienda, y que hemos
venido contra él para convertirlo de rey en esclavo? ¿No es
evidente que procurará por todos los medios infligirnos los
más atroces castigos para inspirar miedo a todos los demás
hombres de tomar las armas contra él? Es pues necesario
hacer todo lo posible para no quedar a merced suya. Yo,
mientras las treguas fueron firmes, no podía menos de
sentir compasión de vosotros, en tanto que consideraba
como muy ventajosa la situación del rey y de los suyos.
Veía, en efecto, la amplitud, la calidad de las tierras que
dominaban, la abundancia de los víveres, el número de
servidores, la cantidad de ganado, de oro, de vestiduras. Y
cuando advertía la situación de nuestros soldados, que
carecíamos de todo como no fuese comprado, y bien sabía
que pocos disponían de recursos para ello; que los
juramentos prestados nos impedían procurarnos el alimento
como no fuese por compra; cuando pensaba, digo, en todo
esto, muchas veces me ocurrió tener más miedo de las
treguas que ahora de la guerra. Puesto que ellos han roto
las treguas, me parece que esto nos libera también de su
insolencia y de nuestras sospechas. Ahí están, pues, ahora
en medio todas esas cosas buenas para aquellos de
nosotros que sean los más bravos; los dioses presiden el
certamen, y de fijo no dejarán de estar a nuestro lado.
Nuestros enemigos han violado los juramentos que hicieron
ante ellos; en cambio, nosotros, teniendo a nuestra vista
muchas cosas buenas nos apartamos de tomarlas por
respeto a los juramentos de los dioses; podemos, pues, me
parece, marchar al combate con mucha más confianza que
los bárbaros. Además, tenemos los cuerpos mucho más
hechos que ellos a soportar el frío, el calor y los trabajos, y,
con la ayuda de los dioses, almas también mejor templadas.
Si, como anteriormente, los dioses nos conceden la victoria,
los soldados enemigos serán más accesibles que nosotros a
la muerte y a las heridas. Pero acaso haya también otros
que tengan este mismo pensamiento. Por los dioses, no
esperamos que otros vengan a invitarnos a estos hechos
gloriosos; seamos nosotros los primeros en empujar a los
demás por la senda del valor. Mostraos los más valientes de
los capitanes, más dignos de ser generales que los
generales mismos. Yo, por mi parte, si vosotros queréis
lanzaros a la empresa, estoy dispuesto a seguiros, y si
disponéis que yo os conduzca, no me excusaré pretextando
mi edad, pues pienso tener la fuerza suficiente para
defenderme de los peligros que me amenacen».
Así habló Jenofonte. Los capitanes, después de haberle
oído, le invitaron a que los condujera, excepto un cierto
Apolonides, que hablaba con acento beocio; este individuo
dijo que era bien tonto quien hablase de poder encontrar la
salvación de otro modo que consiguiendo un arreglo con el
rey. Y al mismo tiempo comenzó a enumerar las
dificultades; pero Jenofonte, interrumpiéndole, dijo: «Buen
hombre, me parece que tú no te das cuenta de las cosas
aunque las hayas visto, ni te acuerdas de ellas aunque las
hayas escuchado. En el mismo sitio te encontrabas que
éstos cuando el rey, después de morir Ciro, envalentonado
por este suceso, envió mensajeros pidiendo que
entregásemos las armas. Y cuando nosotros, lejos de
entregarlas, marchamos armados y acampamos junto a su
ejército, ¿qué nos hizo enviando diputados, pidiendo treguas
y ofreciendo víveres hasta que las treguas se concertaron? Y
cuando después los generales y capitanes, haciendo lo que
tú aconsejas, acudieron sin armas y confiados en las treguas
a conferenciar con ellos, ¿no es cierto que, golpeados,
heridos, ultrajados, ni morir pueden los infelices, aun
deseándolo vivamente, según pienso? ¿Y sabiendo tú todas
estas cosas calificas de necios a quienes aconsejan que nos
defendamos, y dices que debemos volvernos a entablar
tratos? Pienso que no debemos admitir en adelante a este
hombre entre nosotros, sino que, despojándolo de su grado,
podemos servirnos de él para transportar bagajes. Porque
un griego que tiene este carácter deshonra a su patria y a la
Grecia toda».
Entonces Agasias, de Estinfalia, tomó la palabra y dijo:
«Pero si éste no tiene nada que ver con la Beocia ni con la
Grecia en general; yo he visto que tiene las dos orejas
agujereadas como un lidio». Y así era en efecto. Lo
arrojaron, pues, de entre ellos. Los demás se dispersaron
por todo el campamento, y allí donde había quedado el
general llamaban al general; donde éste había
desaparecido, a su lugarteniente, y donde quedaba el
capitán, al capitán. Una vez reunidos todos, se sentaron
frente a las armas, en número de unos ciento entre
generales y capitanes. La hora era como de medianoche.
Entonces Jerónimo de Elea, el más viejo de los capitanes
de Próxeno, principió a hablar en estos términos: «Generales
y capitanes: al ver la situación presente creímos oportuno
reunirnos y llamaros a vosotros para ver si podemos tomar
una resolución conveniente». Y añadió: «Di tú, Jenofonte, lo
que nos dijiste».
A esto repuso Jenofonte: «Todos sabemos que el rey y
Tisafernes se han apoderado de cuantos pudieron de
nosotros, y que su propósito es hacer la mismo con todos
los demás para, si es posible, darles muerte. Creo, pues,
que debemos hacer cuanto esté en nosotros para que, por
el contrario, sean ellos quienes caigan en las nuestras.
Considerad, además, que vosotros todos, cuantos estáis
aquí reunidos, tenéis en vuestras manos una oportunidad
magnífica. Todos estos soldados tienen fijos los ojos en
vosotros: si os ven desalentados, todos se conducirán como
unos cobardes; pero si os mostráis dispuestos a marchar
contra los enemigos y les exhortáis a que hagan lo mismo,
estad seguros de que os seguirán y procurarán imitaros.
Justo es también, seguramente, que os diferenciéis en algo
de ellos; vosotros sois generales, comandantes y capitanes,
y en tiempo de paz teníais más riquezas y honores que
ellos. Ahora, pues, que estamos en guerra, preciso es que
os tengáis por más bravos que la multitud, y que, llegado el
caso, seáis los primeros lo mismo en el consejo que en los
actos. Creo ante todo que haríais un gran bien al ejército, si
procuraseis cuanto antes nombrar generales y capitanes en
lugar de los muertos. Sin jefes nada bueno puede resultar
en ningún asunto, y muy particularmente en la guerra. La
disciplina es el mejor medio de salvarse; la indisciplina ha
sido la perdición de muchos. Una vez elegidos los jefes que
hacen falta, si reunís a los demás soldados y les habláis
animosamente, creo que haríais una obra muy necesaria.
Sin duda habréis notado con cuánto desaliento han venido a
las armas, con cuánto desaliento se han puesto de
centinelas. En tal estado de ánimo no sé qué podrían hacer
si se presentase un caso apurado, ya de día, ya de noche.
Pero si alguien les apartase de pensar sólo en lo que tienen
que sufrir y les hiciese pensar en lo que han de hacer, de
seguro se pondrán mucho más animosos. Bien sabéis, en
efecto, que en la guerra no es el número ni la fuerza lo que
da la victoria: aquellos que ayudados por los dioses
marchan contra los enemigos con un corazón más resuelto
no encuentran, por lo común, enemigo que les resista. He
observado también, compañeros, que cuantos procuran por
todos los medios escapar con vida en las empresas
guerreras suelen morir cobarde y vergonzosamente; en
cambio, a cuantos, convencidos de que la muerte es cosa
común e inevitable para los hombres, se esfuerzan por
morir honrosamente, los veo llegar a la vejez y vivir más
felizmente mientras viven. Considerando, pues, todas estas
cosas y el trance en que nos hallamos, es menester que os
portéis valientemente y animéis a los otros para que hagan
lo mismo». Dicho esto se calló.
Después de él dijo Quirísofo: «Yo, Jenofonte, sólo sabía de
ti que eras ateniense, según había oído. Pero ahora te alabo
lo que dices y lo que haces, y quisiera que los demás fuesen
como tú; todos ganaríamos con ello. Y ahora —dijo— no
perdamos tiempo; separémonos, y aquellos de vosotros que
necesiten jefes elíjanlos; hecho esto, venid al medio del
campamento y traed a los elegidos; después llamaremos allí
a los demás soldados; que venga también con nosotros —
añadió— Tolmides el heraldo». Y diciendo esto se levantó
para sin pérdida de tiempo hacer lo que se debía. En
seguida fueron elegidos jefes: en lugar de Clearco,
Timasión, de Dardania; en lugar de Sócrates, Janticles de
Aquea; en lugar de Agias, Cleanor, de Orcómeno; en lugar
de Menón, Filesio, de Acaya, y en lugar de Próxeno,
Jenofonte, de Atenas.
CAPÍTULO II
Terminada la elección, cuando ya comenzaba a rayar el día,
los jefes fueron al centro del campamento y acordaron
convocar a los soldados, poniendo centinelas en las
avanzadas. Reunidos los demás soldados, se levantó
primero Quirísofo, de Lacedemonia, y habló de este modo:
«Soldados: no puede desconocerse que nuestra situación es
difícil. Nos vemos privados de unos generales como eran los
nuestros, de capitanes, de soldados, y, además de esto,
Arieo y los suyos, que antes eran aliados nuestros, nos han
hecho traición. Pero, con todo, es preciso salir de este apuro
como hombres valientes y no abandonarse al desaliento; es
preciso buscar la manera de salvarnos, si es posible, y si no,
morir valientemente; pero jamás caer vivos en manos de
nuestros enemigos. Creo sufriríamos las más terribles
torturas que podríamos desear a los que nos quieren mal».
Después se levantó Cleanor, de Orcómeno, y dijo: «Ya
estáis viendo, compañeros, el perjurio del rey y su
impiedad; estáis viendo la perfidia de Tisafernes. Nos decía
que era vecino de Grecia, que tenía el más vivo interés en
salvarnos, y después de habernos prestado juramento sobre
ello, después de habernos estrechado las manos, nos ha
engañado cogiendo a los generales. Sin respetar siquiera a
Zeus hospitalario y hasta sin tener en cuenta que Clearco se
había sentado a su mesa, lo engañó como a los demás y los
hizo perecer a todos. Por su parte Arieo, al cual queríamos
hacer rey y con el cual cambiamos prendas de no hacernos
traición los unos a los otros, sin temor a los dioses, sin
respeto a Ciro muerto, que en vida le había honrado de un
modo especial, se ha ido con los más fieros enemigos de su
antiguo señor y está procurando hacernos daño a nosotros,
los amigos de Ciro. Que los dioses le den su castigo.
Nosotros, después de haber visto esto no debemos dejarnos
engañar otra vez por ellos; combatamos como podamos,
dispuestos a sufrir lo que los dioses quieran enviarnos».
Entonces se levantó Jenofonte, vestido de punta en
blanco con sus mejores arreos de guerra, pues pensaba
que, si los dioses concedían la victoria, las galas sentaban
bien al vencedor, y si había de morir, justo era que quien se
sentía digno de llevarlas fuese con ellas al encuentro de la
muerte. Y principió a hablar de esta manera: «Cleanor
acaba de hablaros del perjurio y la perfidia de los bárbaros,
que, por lo demás conocéis también por vuestra parte. Si
decidiéramos acercarnos de nuevo a ellos con intenciones
amistosas es inevitable que nos sintamos desalentados al
considerar lo ocurrido a los generales que se entregaron a
ellos confiados en su buena fe. En cambio, si nos
resolvemos imponerles, con las armas en la mano, el
castigo que merecen sus crímenes y les hacemos la guerra
por todos los medios, tenemos muchas y muy fundadas
esperanzas de salvación». Mientras hablaba de esta
manera, estornudó uno de ellos. Los soldados, al oírlo,
adoraron todos al dios como por un solo impulso[21]. Y
Jenofonte dijo: «Compañeros: puesto que cuando
hablábamos de salvación se ha presentado un presagio de
Zeus Salvador, me parece que debemos hacer voto a este
dios de ofrecerle sacrificios en acción de gracias por nuestra
salvación no bien lleguemos a país amigo, y al mismo
tiempo hacer también voto a los demás dioses de que les
ofrecemos sacrificios en la medida de nuestras fuerzas.
Quien esté conforme con esto que levante la mano». Todos
se levantaron. En seguida hicieron el voto y cantaron el
peán. Una vez arreglado lo que correspondía al culto de los
dioses, siguió hablando de este modo: «Estaba diciendo que
tenemos muchas y muy fundadas esperanzas de salvación.
En primer lugar, nosotros hemos permanecido fieles a los
juramentos hechos a los dioses, mientras que nuestros
enemigos son unos perjuros, pues han violado los
juramentos y las treguas. Y si esto es así, lo más probable
es que los dioses se muestren contrarios a los enemigos y
favorables a nuestras armas: ellos pueden rápidamente
humillar a los poderosos y, cuando quieren, salvar con
facilidad a los pequeños por muy grande que sea el apuro
en que se encuentren. Os recordaré, además, los peligros
que corrieron nuestros antepasados para que veáis cómo os
corresponde ser valientes y cómo los valientes logran, con
la ayuda de los dioses, salvarse de los mayores peligros.
Cuando los persas y todos sus aliados marcharon con un
ejército formidable para destruir a Atenas, los atenienses
osaron resistirles y los vencieron. Y habiendo hecho voto a
Ártemis de sacrificarle tantas cabras como enemigos
matasen, no pudieron reunirlas en este número y acordaron
sacrificarle quinientas todos los años, como aún continúan
haciéndolo. Más tarde, cuando Jerjes, reuniendo un ejército
innumerable, marchó contra Grecia, también vencieron
nuestros antepasados a los de nuestros enemigos, lo mismo
por tierra que por mar. Los trofeos recuerdan a la vista estos
hechos; pero su mayor testimonio es la libertad de las
ciudades en las cuales habéis nacido y os habéis criado: en
efecto, no reverenciáis como señor a ningún hombre, sino
tan sólo a los dioses. Tales son vuestros antepasados. No
diré yo, ciertamente, que vosotros les hagáis avergonzarse.
Aún no hace muchos días formados ante los descendientes
de aquéllos, los vencíais con ayuda de los dioses, a pesar de
ser muchísimo más numerosos que vosotros. Y entonces
mostrasteis vuestro valor cuando se trataba de que reinase
Ciro. Ahora que la lucha tiene por objeto vuestra salvación
propia, muy justo es que os mostréis más bravos y
animosos. Pero, además, ahora debéis sentiros más audaces
frente a los enemigos. Entonces no habíais aún
experimentado quiénes eran y, a pesar de ver ante vosotros
una multitud inmensa, osasteis con vuestra nativa bravura
marchar contra ellos. Ahora, pues, que habéis visto cómo no
tienen ánimo para esperaros, aun siendo muy superiores en
número, ¿cómo es posible que les podáis tener miedo? No
consideréis desventaja el que las tropas de Ciro, antes de
vuestra parte, se hayan pasado al enemigo. Son todavía
más cobardes que los vencidos por vosotros, pues huyeron
al campo de éstos abandonándonos a nosotros. Y a quienes
están dispuestos a iniciar la fuga es mucho mejor tenerlos
enfrente como enemigos que a nuestro lado. Y si alguno de
vosotros está desalentado porque no disponemos de
caballería y los enemigos la tienen numerosa, considerad
que diez mil jinetes no son nada más que diez mil hombres:
nadie murió jamás en una batalla a consecuencia de los
mordiscos o de las coces de un caballo; son los hombres
quienes deciden la suerte de las batallas. ¿Y puede negarse
que nosotros marchamos sobre un vehículo mucho más
seguro que los jinetes? Ellos van suspendidos sobre sus
caballos, temerosos no sólo de nuestros ataques, sino
también de caerse. Nosotros, en cambio, que marchamos
por tierra, golpearemos con mucha más fuerza si alguno se
acerca, daremos con más facilidad en el blanco que
queremos. Sólo en una cosa nos llevan ventaja los jinetes:
pueden huir con más seguridad que nosotros. Acaso
también tenéis confianza en el resultado de los combates,
pero estáis disgustados porque en adelante Tisafernes no
nos servirá de guía ni el rey nos proporcionará mercado.
Mas examinadlo bien: ¿es preferible llevar de guía a
Tisafernes, cuyas maquinaciones vemos, que no a hombres
cogidos por nosotros, a los cuales ordenaremos que nos
guíen haciéndoles ver que si nos engañan se exponen a
perder la vida? Y en cuanto a los víveres, ¿es preferible
comprarlos en el mercado que nuestros enemigos nos
proporcionasen, gastando en pequeñas cantidades mucho
dinero, que ya no tenemos, a cogerlos, si somos los más
fuertes, no usando de otra medida que la necesidad de cada
uno? Reconoceréis, tal vez, que esto es preferible; pero
pensáis que los ríos son obstáculo infranqueable y que
hemos sido engañados grandemente al pasarlos; pero
considerad si los bárbaros han podido cometer tal disparate.
Todos los ríos, aunque fuesen invadeables lejos de las
fuentes, se pueden pasar aun sin mojarse la rodilla cuando
se aproxima uno a su origen. Pero aunque ni podamos pasar
los ríos ni tengamos ningún guía, no por eso debemos
desanimarnos. Sabemos que los misios, a los cuales no
creemos más bravos que nosotros, habitan dentro de los
estados del rey y contra la voluntad de éste, muchas
ciudades prósperas y grandes, y sabemos que otro tanto
ocurre con los pisidas. Nosotros mismos hemos visto que los
licaones, apoderándose de los sitios fuertes que dominan
las llanuras, recogen los frutos de estas tierras. Estaría casi
por decir que no debemos dar la impresión de que nos
volvemos a nuestro país sino hacer preparativos para
quedarnos por aquí. Pues estoy seguro de que el rey daría a
los misios muchos guías, muchos rehenes en prenda de
conducirlos sin engaño; que les allanaría el camino aunque
quisiesen retirarse en cuadrigas. Y estoy seguro también a
que muy gustoso haría lo mismo con nosotros si viese que
hacíamos preparativos para quedarnos. Sólo temo que, una
vez acostumbrados a vivir en la ociosidad y en la
abundancia y a gustar el amor de las mujeres y doncellas de
los persas y los medos, que son tan hermosas y
desarrolladas, nos olvidemos como los lotófagos del camino
de la patria. Me parece, pues, justo y razonable que
procuremos llegar primero a Grecia y al lado de nuestras
familias para mostrar a los griegos que si pasan trabajos es
porque quieren, pues podrían mandar aquí a los que viven
mal en su patria y pronto los verían ricos. Pero todos estos
bienes, compañeros, sólo están evidentemente en manos
del vencedor. Y conviene hablar del modo como
marcharíamos con la mayor seguridad posible, y si es
preciso luchar, cómo lucharíamos con la mayor eficacia. Me
parece, pues, que ante todo debemos quemar los carros
que tenemos para que no sean nuestras bestias las que
dirijan nuestra marcha sin que podamos ir por donde
convenga al ejército. Después es preciso también quemar
las tiendas. Su transporte nos estorba mucho y no tienen
utilidad ninguna ni para combatir ni para obtener víveres.
Desprendámonos, además, de todos los bagajes superfluos,
quedándonos sólo con aquello que es necesario para la
guerra o para comer y beber; de esta suerte, reducido el
número de los dedicados a transportar los bagajes,
podremos disponer de mayor número de hombres sobre las
armas. Bien sabéis que si somos vencidos todo caerá en
manos ajenas, y si vencemos podremos utilizar a nuestros
mismos enemigos para llevar nuestras cosas. Me queda por
decir lo que considero más importante. Ya veis que los
enemigos no osaron hacernos la guerra hasta que cogieron
a nuestros generales, pensando, sin duda, que mientras
tuviéramos jefes y mientras nosotros les obedeciésemos
éramos capaces de vencerles en la guerra, pero que una
vez presos aquéllos la falta de mando y la indisciplina darían
al traste con nosotros. Es preciso, pues, que los jefes ahora
elegidos sean mucho más celosos que los anteriores, y los
soldados mucho más disciplinados y obedientes a los jefes
actuales que a los anteriores. Y si alguno desobedeciese,
conviene acordar que quien se halle presente ayude al jefe
para castigarle: de este modo se verán los enemigos
engañados en sus esperanzas, pues hoy mismo verán diez
mil Clearcos en lugar de uno solo, los cuales no consentirán
a nadie que se porte cobardemente. Pero ya es hora de
hacer las cosas; acaso los enemigos se presentarán en
seguida; al que le parezca bien esto, que preste su
aprobación cuanto antes, y si a cualquiera se le ocurre algo,
que lo diga; se trata de la salvación de todos».
Después dijo Quirísofo: «Si algo hay que añadir a lo dicho
por Jenofonte podremos estudiarlo en seguida. En cuanto a
lo que acaba de decir, me parece lo mejor que lo votemos
inmediatamente. El que esté conforme que levante la
mano». La levantaron todos.
Y Jenofonte, alzándose de nuevo, dijo: «Escuchad,
compañeros, lo que también me parece necesario. Es
evidente que debemos marchar adonde podamos conseguir
vituallas. Oigo decir que hay unas aldeas ricas que no distan
más de veinte estadios. No me extrañaría que los enemigos,
como los perros cobardes que persiguen y muerden si
pueden a los transeúntes y huyen cuando éstos les
persiguen; que los enemigos, repito, nos fuesen siguiendo
en nuestra retirada. Por ese acaso sea lo más seguro formar
un cuadrado con los hoplitas, a fin de que en medio de él
puedan ir con más seguridad los bagajes y la multitud que
nos acompaña. Y si se designase desde ahora quiénes
deben guiar el frente del cuadro y poner en orden la
vanguardia, quiénes irán a los dos lados y quiénes
marcharán a retaguardia, no necesitaríamos deliberar nada
cuando los enemigos se presentasen, sino que nos bastaría
con utilizar las tropas tal como fuesen formadas. Si a alguno
se le ocurre algo mejor, que se haga de ese modo; pero a mí
me parece que Quirísofo podría mandar la vanguardia,
puesto que es lacedemonio; de los lados se encargarían los
dos generales de más edad, y a retaguardia podríamos ir
por ahora nosotros, los más jóvenes, yo y Timasión. Y
después, una vez que hayamos probado este orden,
decidiremos lo que nos parezca ser más conveniente. Si
alguno ve algo mejor, que lo diga».
Como nadie hablase, dijo: «El que esté conforme que
levante la mano». Se acordó lo propuesto. «Ahora, pues —
dijo—, separémonos y pongamos en obra lo acordado. Y que
todo aquel que desee volver a ver de nuevo a su familia se
acuerde de ser hombre valiente: es la única manera de
conseguirlo; que quien desee vivir se esfuerce por vencer;
los vencedores son los que matan y los vencidos los que
mueren. Y si alguno siente deseos de riqueza, esfuércese
por obtener la ventaja, pues los vencedores pueden salvar
sus bienes y coger los de los vencidos».
CAPÍTULO III
Terminados estos discursos se levantaron y, separándose
por el campamento, quemaron los carros y las tiendas; en
cuanto a lo superfluo de los bagajes, cambiaron entre sí lo
que cada uno necesitaba y el resto lo arrojaron al fuego.
Hecho esto se pusieron a almorzar, y mientras lo hacían
llegó a ellos Mitrídates con unos treinta jinetes e, invitando
a los generales a que se acercaran al alcance de su voz les
habló así: «Ya sabéis, griegos, que Ciro tenía confianza en
mí y que ahora siento simpatía por vosotros; con grandísimo
miedo he venido aquí. Si viese, pues, que habíais tomado
una resolución que pudiese salvaros me vendría con
vosotros y conmigo todos mis servidores. Decidme, pues,
qué tenéis en proyecto, puesto que soy vuestro amigo, os
tengo buena voluntad y deseo ir en compañía de vosotros».
Los generales deliberaron entre sí y decidieron contestar
así, por boca de Quirísofo: «Hemos decidido que, si se nos
deja marchar a nuestra patria, atravesaremos el país
haciendo el menor daño posible; pero si alguien nos pone
obstáculo le haremos la guerra con todas nuestras fuerzas».
Entonces Mitrídates intentó mostrar que era imposible
salvarse contra la voluntad del rey. Esto puso de manifiesto
que le habían enviado bajo cuerda, y hasta le acompañaba
uno de los familiares de Tisafernes para mayor seguridad.
Desde este momento decidieron los generales que lo mejor
sería declarar que mientras siguiesen en país enemigo se
haría la guerra sin admitir heraldos, porque estos
mensajeros sonsacaban a los soldados; y en esta ocasión
consiguieron corromper a un capitán, Nicandro, de Arcadia,
que se escapó por la noche con unos veinte hombres.
Después de esto almorzaron y, atravesando el río
Zapata, marcharon formados, con las acémilas y la multitud
en el centro del cuadro. No habían avanzado aún mucho
cuando apareció de nuevo Mitrídates con unos doscientos
jinetes y unos cuatrocientos arqueros y honderos muy ágiles
y buenos corredores. Se fue acercando a los griegos con
muestra de venir como amigo; pero, llegado cerca, sus
jinetes y peones comenzaron de repente a lanzar flechas y
los honderos piedras que causaron numerosos heridos. Los
griegos que iban a retaguardia sufrieron mucho sin poder
contestar el ataque, porque las flechas de los arqueros
cretenses no alcanzaban a los persas, y como iban sin
armaduras los habían encerrado en el centro; los hombres
armados de jabalinas tampoco podían alcanzar a los
honderos. Entonces a Jenofonte le pareció que era preciso
perseguir al enemigo, y con los hoplitas y peltastas que iban
con él a retaguardia se lanzó a la persecución. Pero no
cogieron a ningún enemigo, porque los griegos no tenían
caballería y los peones no podían alcanzar a los peones
persas en un pequeño espacio, pues no podían apartarse
mucho del grueso del ejército. En cambio, los jinetes
bárbaros mientras iban huyendo disparaban sus flechas
volviéndose para atrás y hacían daño. Y los griegos todo el
terreno que avanzaban en la persecución tenían después
que retrocederlo combatiendo, de suerte que durante todo
aquel día no recorrieron mucho más de veinticinco estadios,
y sólo ya caída la tarde llegaron a las aldeas.
Otra vez se apoderó el desaliento de los griegos.
Quirísofo y los generales de más edad reprochaban a
Jenofonte que se había separado de la falange para ir en
persecución del enemigo, poniéndose en peligro sin por eso
haber podido hacer ningún daño al enemigo. Oyendo esto
Jenofonte les daba la razón. «Pero —añadió— me vi forzado
a perseguir, porque veía que si nos estábamos quietos
sufríamos el daño que nos quisiera hacer el enemigo sin
poder devolvérselo. Y cuando nos pusimos a perseguir
sucedió efectivamente lo que vosotros decís: no pudimos
hacer más daño que antes a los enemigos y la retirada la
efectuamos con mucho trabajo. Debemos, pues, dar gracias
a los dioses porque no vinieron los enemigos con mucha
fuerza, sino sólo con un corto número de soldados, de
suerte que no pudieron causarnos muchas pérdidas y, en
cambio, nos han hecho ver lo que nos falta. Ahora los
enemigos nos arrojan flechas y piedras desde una distancia
a la cual no pueden llegar ni los arqueros cretenses ni los
que lanzan dardos con la mano. Y si los perseguimos no
podemos separarnos mucho del ejército, y en un corto
espacio, por muy rápido que sea un peón, no puede
alcanzar a otro que le lleva de ventaja un tiro de arco. Si
queremos, pues, impedir que nuestros enemigos puedan
hacernos daño en nuestra marcha, necesitamos cuanto
antes honderos y jinetes. Oigo que en nuestro ejército hay
rodios, muchos de los cuales, según dicen, saben manejar la
banda lanzando las piedras a doble distancia que los
honderos persas. Éstos no pueden llegar muy lejos, porque
emplean piedras gruesas; en cambio, los rodios saben usar
balas de plomo. Si nos informásemos, pues, de quiénes
entre ellos tienen hondas y se las pagásemos; si diésemos
también dinero al que quisiera tejer otras y buscásemos
alguna otra exención para quien se prestase a manejarlas
frente al enemigo, acaso se presentarían honderos a
propósito para este servicio. Por otra parte, veo que hay
caballos en el ejército, uno conmigo, otros que
pertenecieron a Clearco, y otros muchos cogidos por
nosotros y que llevan los bagajes. Si escogemos entre éstos
los mejores, poniendo la carga en otras acémilas, y
equipamos a los caballos de suerte que puedan ser
montados, esta caballería podrá molestar al enemigo en su
fuga». Aceptaron este parecer, y aquella misma noche se
reunieron hasta doscientos honderos. Al día siguiente fueron
elegidos hasta cincuenta caballos y jinetes y se les dieron
coletos y corazas. Fue nombrado jefe de este destacamento
Licio, de Atenas, hijo de Polistrato.
CAPÍTULO IV
Permanecieron en este sitio un día y al siguiente partieron
más temprano que de costumbre; en el camino había un
barranco, y se temía que los enemigos atacasen al pasarlo.
Ya lo habían pasado cuando apareció de nuevo Mitrídates
con mil caballos y unos cuatro mil arqueros y honderos. Le
había pedido a Tisafernes tan gran número, prometiéndole
que si se los daba pondría en sus manos a los griegos,
envanecido porque en el ataque anterior, con un reducido
cuerpo, no había sufrido ningún daño, mientras, según él
pensaba, lo había causado grande al enemigo; y Tisafernes
le concedió lo que pedía. Los griegos se hallaban ya a ocho
estadios del barranco cuando Mitrídates lo pasó con sus
fuerzas. Estaban designados los hoplitas y peltastas que
debían atacar a los enemigos y se había dado orden a los
jinetes de que persiguiesen al enemigo sin miedo, pues
detrás de ellos marchaban tropas suficientes para
sostenerlos. Ya Mitrídates los había alcanzado y principiaban
a llegar flechas y piedras, cuando sonó la trompeta entre los
griegos e inmediatamente echaron a correr los peones
designados, al mismo tiempo que la caballería se lanzaba
sobre los bárbaros, los cuales, lejos de esperarla huyeron
hacia el barranco. En esta fuga perecieron muchos peones
enemigos, y en el barranco fueron cogidos vivos hasta
dieciocho jinetes. Aunque no habían recibido orden en este
sentido, los griegos mutilaron a los muertos, a fin de inspirar
más terror a los enemigos.
Después de tal desastre los enemigos se alejaron y los
griegos continuaron tranquilamente su marcha durante el
resto del día hasta llegar al río Tigris. Allí había una ciudad
grande, aunque desierta, llamada Larisa[22]. En tiempos
antiguos la habitaban los medos. Sus murallas tenían
veinticinco pies de ancho y cien de alto, con dos parasangas
de circuito. Estaban construidas con ladrillos cocidos, pero
su base, de veinte pies de altura, era de piedra. Cuando los
persas despojaron a los medos de su imperio, el rey de
Persia puso sitio a esta ciudad y no podía apoderarse de ella
de ninguna manera; pero una nube se puso delante del sol y
lo hizo desaparecer, de suerte que los sitiados se llenaron
de miedo y los persas pudieron tomar la ciudad. Cerca de
esta ciudad se levantaba una pirámide de piedra que tenía
un pletro de ancho y dos de alto. Sobre ella estaban gran
número de bárbaros que habían huido de las aldeas
cercanas.
Desde allí recorrieron seis parasangas en una etapa,
hasta llegar a una gran muralla desierta; la ciudad a que
daba la vuelta esta muralla tenía por nombre Mespila; en
tiempos antiguos la habitaban los medos. La base de la
muralla era de piedra pulimentada y tenía cincuenta pies de
alto por cincuenta de ancho. Sobre esta base se alzaba una
muralla de ladrillo de cincuenta pies de ancho y cien de alto.
El circuito del muro era de seis parasangas. Según se
cuenta, a esta ciudad huyó Medea, mujer del rey, cuando el
imperio de los medos fue destruido por los persas. El rey de
éstos le puso cerco y no podía tomarla ni por la fuerza ni por
el tiempo. Pero Zeus aterrorizó con sus rayos a los
habitantes, y de este modo fue tomada la ciudad.
Desde allí recorrieron cuatro parasangas en una etapa.
Durante la marcha se presentó Tisafernes con su caballería,
las tropas de Orontes, el que estaba casado con la hija del
rey, los bárbaros que habían acompañado a Ciro, los que el
hermano del rey había llevado en socorro de éste y,
además, todas las fuerzas que el rey le había concedido; de
suerte que el ejército presentaba una multitud imponente.
Cuando llegaron cerca colocó una parte de estas fuerzas
detrás de los griegos y otra parte la condujo de flanco. Pero
no se atrevió a atacar ni a correr los riesgos de una batalla,
sino que se limitó a disponer que arqueros y honderos
disparasen sus armas. Mas cuando los rodios, diseminados
por las filas, se pusieron a manejar sus hondas y los
arqueros sus arcos sin que ninguno dejase de hacer blanco,
pues no era tampoco fácil aunque se lo hubieran propuesto,
Tisafernes se apresuró a ponerse fuera del alcance, y en
seguida se retiraron también las demás fuerzas enemigas.
El resto del día continuaron los griegos su marcha y los
persas fueron siguiéndolos. Los bárbaros no podían hacer
daño en estas escaramuzas, pues los rodios alcanzaban más
lejos que los arqueros y honderos enemigos. Los arcos de
los persas son grandes, de suerte que cuantos los griegos
podían coger eran muy útiles a los cretenses, que
continuaron sirviéndose de los arcos enemigos y se
ejercitaban disparando hacia arriba con gran fuerza.
También encontraron en abundancia por las aldeas cuerdas
y plomo que utilizaron para las hondas. Este día, cuando los
griegos, llegados a unas aldeas, acamparon en ellas, los
bárbaros se fueron después de haber llevado la peor parte
en estas escaramuzas. El día siguiente los griegos
permanecieron en las aldeas y se aprovisionaron, pues
había en ellas mucho trigo. Al otro día se pusieron en
marcha a través de la llanura, y Tisafernes los siguió,
tirándoles de lejos.
Entonces reconocieron los griegos que la formación en
cuadro no es conveniente cuando los enemigos van
siguiendo. Pues si las alas del cuadro se estrechan, ya por la
angostura del camino, ya por exigirlo el paso de montañas o
de puentes, es inevitable que los hoplitas marchen con
dificultad, apretados unos contra otros y desordenados, de
suerte que es difícil servirse de ellos en tal desbarajuste. Y
cuando las alas vuelven a su posición primera, forzoso es
que al separarse los antes apretados resulte un vacío, cosa
que produce desaliento en los soldados cuando se ven
seguidos por los contrarios. Cuando era preciso atravesar un
puente o algún paso, todos se apresuraban queriendo ser
los primeros, y los enemigos tenían entonces una ocasión
favorable para el ataque. Viendo esto, los generales
organizaron seis compañías, de cien hombres cada una,
nombrando para mandarlas a los correspondientes
capitanes, pentecosteros y enomotarcos. Y en las marchas,
cuando las alas se reducían, estas tropas se paraban para
no estorbarles y quedándose atrás seguían por fuera de las
alas. Cuando, al contrario, se separaban los flancos del
cuadrado, ellos llenaban el medio, si era poco considerable,
formados por compañías, si era mayor por pentecostías y si
era muy grande por enomotías[23]; de suerte que siempre
estaba lleno el medio. Si era preciso pasar un paso o un
puente o había desorden, pues las compañías pasaban por
su orden, y si por acaso había necesidad de formarse en
falange, estas compañías estaban siempre dispuestas. De
este modo hicieron cuatro jornadas.
El quinto día, cuando iban marchando, vieron un palacio,
al amanecer, y a su alrededor muchas aldeas. El camino
que a él conducía pasaba entre unas colinas elevadas que
descendían de la montaña sobre la cual se encontraban las
aldeas. Los griegos, como era natural, vieron con gusto las
colinas, puesto que sus enemigos eran jinetes. Al salir de la
llanura subieron la primera colina, y cuando bajaban para
subir la segunda sobrevinieron los bárbaros, y conducidos a
latigazos se pusieron a tirar flechas y piedras desde lo alto.
Hirieron así a muchos griegos, y los gimnetas[24] tuvieron
que refugiarse vencidos dentro de las filas de los hoplitas,
de suerte que este día los honderos y los arqueros, metidos
entre los bagajes, no fueron de ninguna utilidad. Y si los
griegos, fatigados de esto, intentaban cargar al enemigo, la
pesada armadura de los hoplitas les hacía muy difícil
alcanzar la cumbre, mientras los enemigos escapaban
velozmente. Otro tanto sufrieron al reunirse con el resto del
ejército, y en la segunda colina ocurrió lo mismo, de suerte
que al llegar a la tercera decidieron no mover los soldados y
enviar a la montaña un destacamento de peltastas sacado
del flanco derecho. Cuando los enemigos vieron que estos
peltastas se encontraban encima de ellos dejaron de atacar
a los que bajaban, temerosos de verse cortados y envueltos.
De esta suerte marcharon el resto del día, los unos por el
camino de las colinas y los otros acompañándoles por la
montaña, hasta que llegaron a las aldeas, donde
establecieron ocho médicos, pues había muchos heridos.
Allí permanecieron tres días a causa de los heridos y
porque, además, tenían víveres en abundancia, harina de
trigo, vino y mucha cebada para los caballos. Todas estas
provisiones habían sido reunidas para el sátrapa del país. Al
cuarto día bajaron a la llanura. Tisafernes siguió picándoles
la retirada, y ellos acamparon en la primera aldea que
vieron, pues la necesidad aconsejaba no continuar la
marcha en un continuo combate. Muchos, en efecto, no
podían combatir, unos por estar heridos y otros por tener
que llevar a éstos o las armas de los portadores. Una vez
acampados, los bárbaros intentaron contra ellos una
escaramuza avanzando contra la aldea. Pero los griegos les
llevaron ventaja; había mucha diferencia entre rechazar al
enemigo haciendo una salida y tener que resistir los
ataques estando en marcha.
Ya iba la tarde avanzada y había llegado para los
enemigos la hora de retirarse. Porque jamás acamparon los
bárbaros a menos de sesenta estadios de los griegos,
temerosos de que les atacasen por la noche. En efecto, un
ejército persa resulta detestable en caso semejante. Los
caballos están atados y casi siempre con trabas para evitar
que huyan en caso de soltarse, y si ocurre una alarma es
preciso que el soldado persa ensille, embride y monte su
caballo después de haberse puesto su armadura, cosas
todas difíciles de noche y en medio de un tumulto. Por eso
acampaban lejos de los griegos.
Cuando se vio que los bárbaros querían retirarse y que se
estaban transmitiendo las órdenes para ello, los heraldos
gritaron a los griegos que se prepararan de manera que los
oyesen los enemigos. Durante algún tiempo éstos difirieron
su retirada, pero ya caída la tarde se pusieron en marcha,
pues no les parecía conveniente marchar a su campamento
de noche. Cuando los griegos estuvieron seguros de que se
iban, ellos también levantaron el campo y se pusieron en
marcha, recorriendo unos setenta estadios. La distancia
entre los ejércitos era tal que ni al día siguiente ni al otro se
vieron enemigos. Pero al cuarto día los bárbaros, que habían
avanzado por la noche, ocuparon una posición elevada, ante
la cual los griegos debían pasar: la cresta de una montaña,
bajo la cual estaba el camino que conducía a la llanura.
Quirísofo, al ver que los enemigos, adelantándose,
habían ocupado esta altura, mandó llamar a Jenofonte, que
iba a retaguardia, ordenándole que pasase a la vanguardia
con los peltastas. Jenofonte no llevó a los peltastas, pues
acababa de ver a Tisafernes con todo su ejército; pero picó
espuelas a su caballo y, llegado junto a Quirísofo, le
preguntó: «¿Por qué me llamas?». «Ya puedes verlo —le
contestó el otro—. El enemigo ha ocupado antes que
nosotros la altura que domina el camino. Pero, ¿por qué no
has traído a los peltastas?». Jenofonte le respondió que no
le había parecido bien dejar desamparada la retaguardia
cuando los enemigos se presentaban. «Pero —continuó— es
preciso ver el medio de desalojar de la colina a esos
hombres». Entonces Jenofonte vio la cumbre de la montaña,
situada encima de donde se encontraba el ejército griego, y
que desde ella un camino conducía a la colina donde
estaban los enemigos. «Lo principal, Quirísofo —dijo—, es
que nos lancemos lo antes posible sobre la cima. Si nos
apoderásemos de ella no podrán mantenerse los que nos
cierran el camino. Si te parece, tú puedes permanecer aquí
con el ejército; yo estoy dispuesto a marchar; pero, si lo
prefieres, ve tú a la montaña y yo me quedaré aquí». «Dejo
a tu elección lo que quieras», dijo Quirísofo. Jenofonte
respondió que, puesto que era él más joven, elegía marchar,
y le rogó le diese algunos hombres del frente, pues sería
demasiado largo mandarlos venir de la retaguardia.
Quirísofo le concedió los peltastas del frente,
sustituyéndolos por los que iban en el centro del cuadro.
Pusiéronse, pues, en marcha con toda la rapidez posible.
Los enemigos que estaban sobre la colina, al ver que se
dirigían a la cumbre, se lanzaron inmediatamente para
llegar antes que ellos. Entonces se levantó un gran griterío
entre el ejército griego, animando a sus compañeros,
mientras que los soldados de Tisafernes no gritaban menos
animando a los suyos. Jenofonte, galopando al lado de su
tropa, la animaba: «¡Soldado! —decía—, considerad que
estáis ahora luchando por la Grecia, por vuestros hijos y por
vuestras mujeres, y que con un pequeño esfuerzo
marcharemos en lo sucesivo sin combate». Entonces, un tal
Soteridas, de Sición, le dijo: «Jenofonte, no estamos en las
mismas condiciones. Tú vas a caballo; en cambio, yo marcho
difícilmente con mi escudo encima». Al oír esto, Jenofonte
saltó del caballo, echó al soldado fuera de las filas y
quitándole el escudo se puso a marchar con la mayor
rapidez posible, y como llevaba encima la armadura de
jinete iba aplastado con el peso. A los de adelante les
exhortaba que avanzasen y a los de atrás que se uniesen a
los otros mientras él los seguía con trabajo. Los demás
soldados golpearon a Soteridas, le arrojaron piedras y le
insultaron hasta obligarle a coger su escudo y marchar.
Jenofonte subió entonces a su caballo y siguió en él
mientras el camino lo permitió; después, apeándose del
caballo, continuó a pie a toda prisa. Por fin, llegaron a la
cima antes que los enemigos.
CAPÍTULO V
Entonces los bárbaros dieron la vuelta y huyeron, cada cual
por donde pudo, mientras los griegos quedaban dueños de
la cima. Tisafernes y Arieo cambiaron también de dirección
y se fueron por otro camino. Por su parte, Quirísofo bajó con
sus tropas a la llanura y acampó en una aldea muy
abundante en toda clase de cosas. Había también otras
aldeas muy ricas en esta llanura al lado del río Tigris. Ya por
la tarde se presentaron repentinamente en la llanura los
enemigos y pasaron a cuchillo a algunos de los griegos que
se habían dispersado saqueando. Habían cogido, en efecto,
muchos rebaños que pastaban al otro lado del Tigris.
Entonces Tisafernes y sus tropas intentaron poner fuego
a las aldeas, y esto causó desaliento en algunos griegos,
temerosos de no encontrar dónde aprovisionarse de víveres
si los enemigos lo quemaban todo. Volvió Quirísofo con los
suyos de rechazar al enemigo, cuando los encontró
Jenofonte, que bajaba y, recorriendo a caballo las filas les
dijo: «Estáis viendo, griegos, que los enemigos reconocen
por nuestra la comarca. Habían, en efecto, estipulado que
nosotros no quemaríamos las tierras del rey, y ahora son
ellos quienes las queman como si fuese país extraño. Pero
dondequiera que dejen víveres para ellos mismos allá nos
verán marchar. Me parece, Quirísofo, que debemos ir contra
los incendiarios como si la tierra fuese nuestra». Y Quirísofo
respondió: «No soy de ese parecer; creo que también
nosotros debemos quemar, y así terminarán antes».
Llegados a las tiendas, mientras los demás se ocupaban
en buscar víveres, los generales y capitanes se reunieron. El
apuro en que se hallaban era grande; por un lado tenían
elevadas montañas y por el otro un río tan profundo que las
picas no alcanzaban el fondo al intentar sondearlo. En esta
perplejidad se presentó a ellos un rodio y les dijo: «Yo estoy
dispuesto, compañeros, a pasar cuatro mil hoplitas si me
proporcionáis lo que necesite y me dais un talento como
recompensa». Le preguntaron qué necesitaba. «Necesito —
dijo— dos mil odres: veo por aquí muchas ovejas, cabras,
bueyes y asnos. Si los desollamos e inflamos las pieles
podremos pasar fácilmente. También tendré necesidad de
las correas que llevan las acémilas. Con estas correas ataré
los odres unos con otros y suspenderé de ellos piedras que
al caer al agua les servirán a manera de ancla; después
pasaré el río, tenderé una cuerda entre ambas orillas y,
finalmente, cubriré los odres así dispuestos con tierra y
ramaje. Ya veréis cómo no nos hundimos. Cada odre bastará
para que no se hundan dos hombres, y el ramaje y la tierra
impedirán que se resbale». Los generales, al oír esto,
encontraron la idea ingeniosa, pero de ejecución imposible.
Al otro lado del río había gran número de jinetes enemigos
que no hubiesen dejado saltar a tierra a los primeros que lo
hubieran intentado.
Al día siguiente retrocedieron a las aldeas que aún no
habían sido quemadas, en dirección a Babilonia, y según
iban avanzando prendían fuego a cuanto dejaban atrás. Al
ver esto los enemigos, renunciando a todo ataque, se
pusieron a contemplar lo que hacían los griegos, intrigados,
al parecer, por averiguar hacia dónde se volverían y qué
pensaban hacer. Entre los griegos, mientras los soldados se
ocupaban en aprovisionarse de víveres, los generales
volvieron a reunirse, y mandando traer a los prisioneros les
interrogaron acerca del país que les rodeaba. Ellos dijeron
que por el Mediodía se iba a Babilonia y a Media, o sea, el
país que habían cruzado; por Oriente, a Susa y Ecbatana,
donde, según se dice, pasa el verano el rey; que, cruzado el
río, el camino conducía a Lidia y a Jonia, y por el Norte y
atravesando las montañas se iba al país de los carducos.
También dijeron que éstos habitaban en las montañas y
eran un pueblo belicoso que no reconocía la autoridad del
rey. Contaron, además, que en otro tiempo el rey había
mandado contra ellos un ejército de ciento veinte mil
hombres y que ninguno de ellos había vuelto a causa de la
dificultad del terreno; pero que cuando estaban en paz con
el sátrapa de la llanura los habitantes de ambos países
entraban en relaciones. Al oír esto, los generales mandaron
poner aparte a los prisioneros que decían conocer cada una
de las rutas, sin dejar traslucir por cuál de ellas pensaban
decidirse. Ya solos, parecióles que era necesario penetrar en
el país de los carducos, cruzando las montañas, pues les
habían dicho que atravesando aquel país llegarían a
Armenia, comarca vasta y rica gobernada por Orontes, y
que desde allí podrían ir fácilmente adonde quisieran. Con
este propósito hicieron los sacrificios a fin de poder ponerse
en marcha a la hora que les pareciese, pues temían que se
les adelantase el enemigo y ocupase las cimas de las
montañas. Dieron, pues, orden de que después de haber
comido plegasen todos los bagajes y se pusieran a
descansar, en espera de la primera señal que se les diese
de romper la marcha.
LIBRO CUARTO
En los libros precedentes queda referido
cuanto aconteció en la marcha inferior
del Asia hasta la batalla y después de la
batalla en las treguas ajustadas entre el
rey y los griegos que acompañaron a Ciro,
así como lo sucedido cuando, habiendo
violado las treguas el rey y Tisafernes,
hicieron guerra a los griegos,
persiguiéndolos con el ejército persa.
Llegados al sitio en que la profundidad y
anchura del río Tigris harían imposible su
paso y en que tampoco se podía seguir
bordeándolo, pues las montañas de los
carducos caían a pico sobre el río, los
generales decidieron cruzar las
montañas. Sabían por los prisioneros que
una vez atravesadas podrían pasar el
Tigris en sus fuentes en Armenia, o si lo
preferían darle la vuelta. También se
decía que las fuentes del Éufrates no
estaban lejos del Tigris, como así es. He
aquí cómo penetraron en el país de los
carducos, de manera que los enemigos
no se enterasen y ocuparan de antemano
las alturas.
CAPÍTULO I
Hacia la última vela, cuando aún quedaba bastante noche
para poder cruzar la llanura sin ser vistos, levantaron el
campo a una señal dada y poniéndose en marcha llegaron
junto a las montañas al rayar el día. Quirísofo marchaba a la
cabeza de la columna con su cuerpo y todas las tropas
ligeras, y Jenofonte seguía con los hoplitas de retaguardia
sin ningún gimneta, pues no parecía haber peligro de que el
enemigo atacase por detrás mientras subían. Quirísofo ganó
la cima antes que los enemigos se diesen cuenta y continuó
adelante, mientras el resto del ejército le seguía,
penetrando en las aldeas situadas en los valles y repliegues
de las montañas. Los carducos, al verlos, abandonaron sus
habitaciones y huyeron con sus mujeres e hijos a las
montañas. Había allí víveres en abundancia y se
encontraron en las casas muchos utensilios de bronce. Pero
los griegos no se llevaron nada ni persiguieron a los
habitantes, con la esperanza de que al ver esto los carducos
les dejarían pasar como por tierra amiga, puesto que eran
enemigos del rey. En cuanto a los víveres, cogieron todo lo
que hallaron; la necesidad les obligaba. A pesar de todo, los
carducos no quisieron oírles y no dieron ninguna señal de
disposición amistosa. Y cuando ya de noche los últimos
griegos bajaron de las cimas a las aldeas (pues era tan
estrecho el camino que habían empleado todo el día en
subir y bajar la montaña hasta las aldeas) se reunió un
grupo de carducos y atacaron a los rezagados, matando a
algunos e hiriendo a otros con flechas y piedras, aunque
eran en corto número, pues los griegos habían entrado en el
país de improviso. De haber sido más, una gran parte de
ejército hubiese acaso estado en peligro de ser aniquilada.
Así acamparon esa noche en las aldeas. Los carducos
encendieron numerosas hogueras y unos y otros se
observaban.
Al rayar el día, reunidos los generales y capitanes de los
griegos, decidieron no conservar de las acémilas más que
las indispensables y que estuviesen en mejor estado, así
como poner en libertad a todos los prisioneros hechos
últimamente y que iban como esclavos en el ejército. El
gran número de prisioneros y acémilas hacía más lenta la
marcha, y su vigilancia y cuidado restaban muchos hombres
a las fuerzas combatientes; además, era preciso buscar y
llevar consigo doble cantidad de víveres para gente tan
numerosa. Tomada esta decisión, los heraldos pregonaron
que así se hiciera.
Después de almorzar el ejército se puso en marcha. Los
generales se colocaron en un paso angosto, y si
encontraban que un soldado llevaba algo de lo prohibido en
el pregón, se lo quitaban. Todos obedecieron, salvo alguno
que otro que consiguió pasar de oculto la bella mujer o el
muchacho objeto de sus deseos. Durante todo este día
marcharon unas veces combatiendo y otras descansando. Al
día siguiente sobrevino una gran tormenta. Pero no por eso
se detuvieron, pues estaban escasos de víveres. Quirísofo
iba a la cabeza y Jenofonte en la retaguardia. Los enemigos
atacaron vigorosamente, y como el camino era estrecho
podían acercarse y arrojar flechas y piedras. De suerte que
los griegos, obligados a perseguirlos y a retirarse después,
marcharon lentamente. Y Jenofonte hubo de enviar a
menudo recado que se detuviese la columna cuando los
enemigos atacaban vivamente. Quirísofo, al recibir el
recado, unas veces se detenía, pero otras, lejos de hacerlo,
marchaba con toda rapidez y daba orden de que le
siguiesen. Esto parecía denotar que algo ocurría. Pero, como
no había tiempo para llegarse y ver cuál era la causa de tal
apresuramiento, a los de retaguardia la marcha les parecía
más bien una fuga. En esta ocasión murió un valiente
soldado, el lacedemonio Cleónimo, herido por una flecha
que, traspasando su escudo y su casaca, le penetró en el
costado, y también Basias, de Arcadia, con la cabeza
atravesada de parte a parte. Cuando llegaron al punto en
que debían acampar, Jenofonte marchó inmediatamente
como estaba a ver a Quirísofo y le reprochó que no se
hubiese detenido, obligándoles a combatir mientras iban
huyendo. «Y ya ves —dijo—, han muerto dos buenos
soldados, cuyos cadáveres no hemos podido recoger ni
enterrar». Quirísofo le respondió: «Mira esas montañas;
como ves, son inaccesibles. No hay más que un camino: ese
tan escarpado que desde aquí se divisa. Y en él puedes ver
la multitud de hombres que lo han ocupado para cerrarnos
la salida. Por esto me apresuraba y por esto no te aguardé;
esperaba poder llegar al paso antes de que los enemigos lo
ocupasen. Y los guías que tenemos dicen que no hay otro
camino». Jenofonte le dijo: «Pues yo tengo dos prisioneros.
Como los enemigos nos iban molestando decidimos
tenderles una emboscada, lo que nos permitió al mismo
tiempo tomar un poco de descanso. Matamos algunos y
deseábamos coger algunos vivos, precisamente con este
objeto, para tener guías conocedores del país.».
Inmediatamente trajeron a los dos hombres y
poniéndolos aparte el uno del otro les preguntaron si
conocían otro camino que no fuese el que se veía. Uno de
ellos dijo que no, a pesar de que le hicieron muchas
amenazas; y como no dijera nada útil lo degollaron a la vista
de su compañero. Entonces dijo éste que el otro se había
negado a decir nada porque tenía una hija casada con uno
de aquel sitio. Por su parte prometió que guiaría por un
camino por donde podrían ir también las acémilas. Le
preguntaron también si había en este camino algún sitio
difícil, y él dijo que había una altura que era necesario
tomar de antemano para poder pasar.
Entonces decidieron convocar a los capitanes, a los
peltastas y a parte de los hoplitas para decirles lo que
pasaba y preguntarles si alguno de ellos quería mostrarse
hombre valiente y ofrecerse a marchar voluntario. Entre los
hoplitas se ofrecieron Aristónimo, de Metidrio, y Agasias, de
Estinfalia, uno y otro de Arcadia. Frente a éstos se levantó
Calímaco, de Parrasia, ofreciéndose a marchar con
voluntarios que sacaría de todo el ejército. «Estoy seguro —
dijo— de que si yo dirijo la expedición me seguirán muchos
de los jóvenes». En seguida preguntaron si había entre los
gimnetas algún taxiarco que quisiera tomar parte en la
empresa. Y se presento Aristeas, de Quíos, que en muchas
ocasiones semejantes había prestado grandes servicios al
ejército.
CAPÍTULO II
Ya iba caída la tarde cuando los generales les dieron orden
de que se pusieran en marcha después de haber comido y
les entregaron el guía atado. Convinieron con ellos que si
tomaban la altura se mantendrían en ella durante toda la
noche y que al amanecer tocarían la trompeta; que
entonces bajarían de la altura contra los que ocupaban el
camino a la vista y que ellos marcharían a socorrerles con
toda la rapidez posible.
Convenido esto, los voluntarios se pusieron en marcha en
número de unos dos mil. Caía en aquel momento un fuerte
aguacero. Mientras tanto, con las tropas de retaguardia se
dirigió Jenofonte hacia el camino visible, a fin de que los
enemigos pusieran en este punto toda su atención y no
advirtiesen el movimiento de los otros. Llegada la
retaguardia al barranco que era preciso pasar para subir la
montaña, se pusieron los bárbaros a echar a rodar bloques
de piedras de diversos tamaños que al dar contra las rocas
saltaban en pedazos como piedras de honda. De suerte que
no era posible ni aun acercarse al punto de acceso. Algunos
capitanes, como no podían entrar por este sitio, lo
intentaban también por otros, y así continuaron hasta que
se hizo de noche. Cuando comprendieron que los enemigos
no podrían verlos se marcharon a comer, pues aún estaban
en ayunas. Durante toda la noche no cesaron los enemigos
de echar a rodar grandes piedras, a juzgar por el estruendo
que se oía.
Los que iban dando la vuelta con el guía sorprendieron a
los centinelas enemigos sentados alrededor del fuego.
Dando muerte a unos y ahuyentando a los demás
permanecieron en aquella posición creyéndose dueños de la
altura. Pero no era así, pues por encima de ellos había una
eminencia junto a la cual se encontraba el mismo paso
estrecho ocupado por los centinelas. Sin embargo, desde allí
se podía llegar adonde estaban los enemigos en el camino a
la vista. El resto de la noche lo pasaron en este sitio. Al
rayar el día marcharon en orden y en silencio contra los
enemigos, y la niebla que había les permitió acercarse sin
ser vistos. Cuando llegaron a distinguirse sonó la trompeta,
y los griegos, profiriendo sus gritos de guerra, se lanzaron
sobre los bárbaros. Éstos no aguardaron el ataque, sino que
echaron a correr abandonando el camino. Pocos murieron,
pues corrían con gran ligereza. Los que estaban con
Quirísofo, al oír la trompeta se lanzaron inmediatamente
arriba por el camino a la vista; otros generales avanzaron
por senderos escabrosos, según donde los cogió a cada uno,
e iban subiendo, sosteniéndose los unos a los otros con las
lanzas, como podían. Éstos fueron los primeros que se
unieron a los que habían tomado la posición.
Jenofonte, con la mitad de la retaguardia, avanzó por
donde habían subido los que iban con el guía pues era
camino más cómodo para las caballerías. La otra mitad la
colocó detrás de los bagajes. Según iban marchando
encontráronse con una colina que dominaba el camino
ocupada por los enemigos, a los cuales era preciso
aniquilar, so pena de quedar separados de los demás
griegos. Los soldados hubieran podido ir por el mismo
camino que los otros, pero las acémilas sólo por allí podían
pasar. Entonces, exhortándose mutuamente, se arrojaron
sobre la colina formados por compañías, pero no rodeándola
toda, sino dejando a los enemigos una salida por si querían
huir. Mientras iban subiendo como cada cual podía, los
bárbaros les arrojaban flechas y piedras, pero al llegar cerca
no esperaron el ataque y abandonaron la posición huyendo.
Pasaron, pues, los griegos la colina, pero vieron otra
también ocupada por el enemigo y decidieron atacarla. Y
Jenofonte, temiendo si dejaba sin guarnición la colina ya
tomada que la ocupasen de nuevo los bárbaros y atacaran a
las acémilas que iban pasando por debajo —pues a causa
de la angostura del camino formaban una larga fila—, dejó
sobre aquella colina a los capitanes Cefisodoro, de Atenas,
hijo de Celisofonte; Anfícrates, de Atenas, hijo de Anfidemo,
y Arcágoras, desterrado de Argos, y él mismo marchó con el
resto de su tropa contra la segunda colina, que fue tomada
de un modo semejante.
Quedaba otra eminencia, más escarpada que las
anteriores: la que dominaba el sitio en que la noche anterior
los voluntarios habían sorprendido al destacamento
enemigo. Pero al acercarse los griegos abandonaron los
bárbaros sin resistencia la altura. Esto causó mucho
asombro, y se supuso que se habían retirado temiendo que
rodeasen los griegos la colina y les pusiesen cerco. Lo cierto
es que los carducos, viendo lo que pasaba en la colina, se
retiraron todos con el pensamiento de atacar la retaguardia.
Y Jenofonte, con los soldados más jóvenes, subió a la altura
y dio orden a los demás de que fuesen avanzando
lentamente, a fin de que las últimas compañías pudiesen
alcanzarles; también les ordenó que se formasen con las
armas en tierra cuando siguiendo el camino llegaran a
terreno llano.
En esto llegó huyendo Arcágoras, de Argos, y dijo que los
enemigos los habían arrojado de la colina, que habían
muerto a Cefisodoro y Anfícrates, lo mismo que a cuantos
no huyeron saltando desde lo alto de la roca y se
incorporaron a la retaguardia. Hecho esto los bárbaros se
presentaron en la colina situada frente a la eminencia en
que se hallaba Jenofonte. Y éste por medio de un intérprete,
les propuso treguas y les pidió los muertos, y ellos
prometieron que los darían a condición de que no les
quemasen las casas. Jenofonte consintió en ello. Pero,
mientras el ejército iba desfilando y estaban en estos tratos,
todos los bárbaros de aquellos parajes se concentraron en el
mismo punto. Y cuando los griegos principiaron a bajar de la
colina para juntarse con los demás en el sitio donde estaban
puestas las armas, los bárbaros se lanzaron en gran número
y con mucho alboroto. Llegados a la cima de la altura de la
cual bajaba Jenofonte, echaron a rodar piedras, rompiéndole
la pierna a un griego. Jenofonte se vio abandonado por su
escudero; pero un hoplita llamado Euríloco, natural de Lusia,
en Arcadia, acudió a él y cubriéndole con su escudo se
retiraron ambos, mientras los demás se reunían con las
tropas formadas en batalla.
Entonces, reunido todo el ejército griego, se alojaron en
numerosas y bellas casas donde abundaban los víveres.
También había mucho vino, hasta el punto que lo guardaban
en cisternas dadas de cal. Jenofonte y Quirísofo
consiguieron, tratando con los bárbaros, que les cediesen
los cadáveres a cambio del guía y tributaron en todo lo
posible a los muertos los honores debidos a los bravos.
Al día siguiente marcharon sin guía; los enemigos,
combatiendo y adelantándose a ocupar los lugares
estrechos, les estorbaban el paso. Cuando los detenidos
eran los de vanguardia, Jenofonte subía la montaña y
ahuyentaba el obstáculo puesto en el camino a los primeros
sólo con intentar colocarse encima de los enemigos. Cuando
atacaban a la retaguardia, Quirísofo subía y sólo con
intentar colocarse encima de los enemigos ahuyentaba a los
que cerraban el camino a los de atrás. De esta manera se
iban prestando mutuamente socorro y velaban atentamente
los unos por los otros.
En algunas ocasiones los bárbaros inquietaban mucho la
bajada de las tropas que habían subido: eran tan ágiles que
lograban escapar aunque estuviesen muy cerca. Además,
no llevaban más que arcos y hondas. Eran excelentes
arqueros y tenían unos arcos de casi tres pies. Para disparar
tiraban las cuerdas hacia la parte baja del arco apoyando en
ellas el pie izquierdo. Las flechas atravesaban escudos y
corazas. Los griegos las recogían y las utilizaban como
dardos después de haberles puesto correas. Por estos
parajes fueron de grandísima utilidad los cretenses: los
mandaba Estratocles de Creta.
CAPÍTULO III
Aquel día se alojaron en las aldeas situadas encima de la
llanura regada por el río Centrites, que tiene de ancho unos
dos pletros y sirve de límite entre la Armenia y el país de los
carducos. Los griegos descansaron allí, viendo con gusto
una llanura. Dista el río de las montañas de los carducos
como unos seis o siete estadios. Se alojaron en estas aldeas
llenos de contento, con abundantes víveres a su disposición
y recordando muchos de los trabajos pasados. En efecto,
durante los siete días que emplearon en atravesar el país de
los carducos no dejaron de combatir un momento y pasaron
más penalidades que todas las sufridas con el rey y
Tisafernes. Libres, pues, de tales peligros, descansaron
contentos.
Al rayar el día vieron al otro lado del río unos jinetes
armados como con propósito de impedirles el paso, y más
arriba de los caballos, tropa de infantería formada en batalla
sobre la ribera escarpada del río como con intención de
impedir que pasasen a Armenia. Eran mercenarios
armenios, mardonios y caldeos a sueldo de Orontes y de
Artucas. Decíase que los caldeos eran libres y bravos.
Usaban como armas largos escudos de mimbre y lanzas. Las
alturas en que se hallaban colocados distaban del río como
unos tres o cuatro pletros y sólo se veía un camino que iba a
este punto y parecía hecho por mano de hombre. Los
griegos intentaron pasar el río por allí. Pero vieron que el
agua les llegaba al cuello y que el fondo era áspero, lleno de
grandes piedras resbaladizas. Además no podían conservar
las armas en el agua, pues corrían peligro de que los
arrastrase el río. Y si llevaban las armas encima de la
cabeza se exponían desnudos a las flechas y a los demás
proyectiles. En vista de esto se retiraron y acamparon junto
al río. Y allí donde habían pasado la noche anterior, sobre
las montañas, vieron gran número de carducos reunidos en
armas. Esto produjo gran desaliento entre los griegos al
considerar las dificultades de pasar el río, los enemigos que
se opondrían al paso, y a la espalda los carducos, que no
dejarían de atacarles cuando estuviesen pasando.
Durante todo el día y toda la noche los griegos
estuvieron muy preocupados. Pero Jenofonte tuvo un sueño:
le pareció que tenía trabas en los pies, pero que de repente
éstas se rompían por sí mismas y quedaba en libertad de
moverse como quería. Al llegar el día fue a ver a Quirísofo,
le dijo sus esperanzas de que las cosas marchasen bien y le
contó su sueño. Quirísofo se alegró al oírlo, y al rayar
apenas la aurora sacrificaron todos los generales reunidos.
Las señales fueron propicias desde el primer momento, y
terminados los sacrificios los generales dieron al ejército la
orden de almorzar.
Y almorzando estaba Jenofonte cuando se le acercaron
corriendo dos muchachos: porque de todos era sabido que
podían llegar a él aunque estuviese almorzando o comiendo
y despertarle caso de estar dormido, si era preciso
comunicarle algo relacionado con la guerra. Los muchachos
le dijeron que se encontraban recogiendo leña para el fuego
cuando vieron en la orilla opuesta, en unas rocas que
llegaban hasta el lecho mismo del río, un anciano, una
mujer y unas mozas que colocaban sacos con vestidos en
una concavidad de la roca. Parecióles también a simple
vista que podrían pasar sin peligro por aquel punto, pues el
terreno hacía imposible la aproximación de la caballería
enemiga. Y despojándose de sus ropas, dijeron, habían
entrado en la corriente desnudos como dispuestos a nadar,
llevando sólo sendos puñales en la mano. Pero que llegaron
a la otra orilla sin haberse mojado sus partes y cogiendo los
vestidos se habían vuelto del mismo modo.
Jenofonte se puso inmediatamente a hacer libaciones y
ordenó a los muchachos que derramaran vino y rogasen a
los dioses que les habían mostrado el sueño y al paso les
concediesen un éxito favorable en lo demás. Hechas las
libaciones, condujo en seguida a los muchachos a presencia
de Quirísofo, al cual le refirieron lo ocurrido. Después de
haberles oído, Quirísofo hizo también libaciones. Y en
seguida dieron orden a todos de que plegaran los bagajes, y
ellos, reuniendo a los generales, deliberaron sobre la mejor
manera de pasar venciendo a los enemigos que tenían
delante y evitando que les hiciesen daño los que estaban
detrás. Decidieron que Quirísofo marchase a la cabeza y
pasara el río con la mitad del ejército, mientras Jenofonte
permanecía quieto con la otra mitad, y que las acémilas y la
multitud pasarían entre los dos cuerpos.
Una vez que todo estuvo bien dispuesto pusiéronse en
marcha guiados por los dos muchachos con el río a la
izquierda; el camino hasta el vado era como de unos cuatro
estadios. Y según marchaban, los escuadrones de caballería
enemiga les iban siguiendo por la otra orilla. Llegados al
sitio por donde debían pasar, pusieron las armas en tierra y
Quirísofo el primero, con la cabeza coronada y
despojándose de sus vestidos, cogió las armas, dio orden a
los demás de que hiciesen lo mismo y mandó a los
capitanes que condujesen de frente sus compañías, unas a
su derecha y otras a su izquierda. Al mismo tiempo los
adivinos inmolaban víctimas al río, mientras los enemigos
lanzaban flechas y piedras que no llegaban. Como las
señales de las víctimas resultasen favorables, todos los
soldados se pusieron a entonar el peán y a lanzar el grito de
guerra y todas las mujeres les acompañaban en sus
clamores, pues había muchas cortesanas en el ejército.
Quirísofo entró en el río seguido por sus tropas. Y
Jenofonte, con los más ligeros de la retaguardia, volvió
corriendo con todas sus fuerzas al paso situado frente a las
montañas de Armenia como si se propusiese atravesar el río
por este punto y envolver a la caballería contraria. Los
enemigos, al ver que el cuerpo de Quirísofo atravesaba la
corriente sin dificultad y que los de Jenofonte se volvían
atrás corriendo, temerosos de verse envueltos, huyeron con
todas sus fuerzas con dirección hacia el camino que salía
del río. Pero, llegados a él, tomaron el camino de la
montaña. Licio, que mandaba el escuadrón de la caballería,
y Esquines, que tenía a sus órdenes los peltastas de
Quirísofo, al ver que los enemigos huían velozmente se
pusieron a perseguirlos, y los soldados les daban voces que
no se quedasen atrás, sino que los siguiesen hasta la
montaña. Mientras tanto Quirísofo, después de haber
pasado el río, sin cuidarse de perseguir a la caballería, se
dirigió sin perder momento contra los enemigos que
ocupaban más arriba las orillas escarpadas del río. Y ellos, al
ver en fuga a la caballería y que los hoplitas avanzaban
contra ellos, abandonaron las alturas que dominaban el río.
Por su parte, Jenofonte, viendo que todo iba bien al otro
lado del río, se retiró a toda prisa hacia las tropas que
estaban pasando el río, pues ya se veía a los carducos
bajando a la llanura para caer sobre los últimos. Quirísofo
ocupaba posiciones más arriba. Licio, que con algunos
soldados se había puesto en persecución del enemigo, le
cogió parte de la impedimenta que había quedado
rezagada, entre otras cosas magníficos vestidos y vasos.
Aún estaban pasando la impedimenta de los griegos y la
multitud que les seguía, cuando Jenofonte hizo dar media
vuelta a sus tropas y las formó dando frente a los carducos.
Al mismo tiempo dio orden a los capitanes que formasen
cada uno su compañía por enomotías, desenvolviendo la
enomotía sobre un frente de falange por el lado del escudo,
de tal suerte que los capitanes y los enomotarcas
estuviesen por el lado de los carducos y la última fila del
lado del río.
Los carducos, viendo la retaguardia separada del grueso
del ejército y reducida a un corto número, se lanzaron sobre
ella a toda prisa, entonando ciertos cantos de guerra.
Quirísofo, por su parte, sintiéndose ya en lugar seguro,
envió a Jenofonte los peltastas, los honderos y los arqueros
con orden de que le obedeciesen en todo. Y Jenofonte, al ver
que pasaban el río, les mandó por medio de un mensajero
que se quedasen en el borde del río sin pasar y que, cuando
los suyos principiasen a pasar, entrasen en el agua a su
encuentro como si tuviesen intención de pasar, llevando los
dardos cogidos por la correa y las flechas sobre los arcos,
pero sin penetrar muy adentro en el río. Al mismo tiempo
ordenó a su división que cuando las piedras llegasen a ellos
e hiciesen ruido sobre los escudos cargasen sobre los
carducos cantando el peán, y que una vez puestos en fuga,
al tocar la trompeta la carga desde la orilla del río, diesen
media vuelta por el lado de la lanza siguiendo a la última
fila, corriesen con todas sus fuerzas y pasasen en el orden
que llevaban para no estorbarse los unos a los otros. El
mejor soldado sería el que llegase primero a la otra orilla.
Los carducos, viendo que ya quedaban pocos, pues
muchos de los que debían formar en la retaguardia la
habían abandonado, unos para cuidar de las acémilas, otros
de la impedimenta y otros de sus queridas, cargaron con
brío lanzando piedras y flechas. Los griegos, cantando el
peán, se lanzaron a la carrera contra el enemigo. Pero éste
no esperó el choque, pues estaban armados como gente de
montaña, de manera propia para atacar corriendo y darse a
la fuga, pero no suficiente para resistir. En esto dio la señal
el trompeta, y al oírla los enemigos se pusieron a correr con
mucha más fuerza, mientras los griegos, volviéndose en
dirección contraria, atravesaron el río a toda prisa. Algunos
de los enemigos, dándose cuenta de la maniobra, corrieron
hacia el río y disparando sus arcos hicieron algunos heridos;
pero a la mayoría de ellos se les veía seguir huyendo, aun
cuando ya los griegos se encontraban en la otra orilla. Los
que habían sido puestos para proteger la retirada,
arrastrados por su bravura, avanzaron más de lo necesario
y repasaron el río después de dos que marchaban con
Jenofonte, no sin tener también algunos heridos.
CAPÍTULO IV
Cuando hubieron pasado, formándose de nuevo, a eso de
mediodía, se pusieron en marcha a través de Armenia, país
llano con algunas suaves colinas, y recorrieron no menos de
cinco parasangas, pues debido a las guerras con los
carducos no se encontraban aldeas en las inmediaciones del
río. La aldea a que llegaron era grande; en ella había un
palacio para el sátrapa y la mayor parte de las casas tenían
torres; los víveres abundaban. Desde allí recorrieron diez
parasangas en dos etapas, hasta pasar por encima de las
fuentes del río Tigris. Desde allí recorrieron quince
parasangas en tres etapas, hasta llegar al río Teléboa, de
hermosa vista, pero no muy grande; a su orilla había
muchas aldeas. Esta comarca se llamaba Armenia
occidental y tenía por gobernador a Tiríbazo, amigo del rey,
y que cuando se encontraba presente era el único que
ayudaba al monarca a montar a caballo. Este Tiríbazo se
acercó al galope, acompañado de algunos jinetes, y por
medio de un intérprete dijo que quería hablar con los jefes.
Los generales decidieron escucharle, y acercándose hasta
donde pudiera oírlos preguntáronle qué quería. Les
respondió que deseaba hacer con ellos treguas bajo la
condición de que ni él haría daño a los griegos ni éstos
quemarían las casas, sino que tomarían sólo los víveres que
necesitasen. A los generales les pareció bien y se hicieron
las treguas.
Desde allí recorrieron quince parasangas en tres etapas a
través de la llanura, y Tiríbazo les seguía con sus fuerzas a
una distancia como de diez estadios. Llegaron a unos
palacios rodeados de numerosas aldeas muy abundantes en
víveres. Estando acampados cayó durante la noche gran
cantidad de nieve. Por la mañana decidieron que los
diferentes cuerpos con sus generales se alojasen repartidos
por las aldeas. No se veía ningún enemigo, y la cantidad de
nieve parecía alejar todo riesgo. Encontraron allí toda clase
de cosas buenas: reses, trigo, viejos vinos de olor exquisito,
uvas pasas y legumbres de todas clases. En esto, algunos
de los que se habían apartado del campamento dijeron que
habían visto un ejército y que durante la noche se percibían
numerosas hogueras. Parecióles, pues, a los generales poco
prudente permanecer acantonados en diferentes aldeas y
que sería mejor reunir de nuevo el ejército. Reuniéronlo y
decidieron acampar al aire libre. Y durante la noche
principió a caer nieve en tal cantidad que cubrió las armas y
a los hombres acostados; hasta las acémilas se quedaron
con la nieve imposibilitadas de moverse. Los soldados
sentían pereza para levantarse, pues la nieve si no se fundía
les formaba al cubrirles un abrigo templado. Pero cuando
Jenofonte tuvo el valor de levantarse a cuerpo[25] y ponerse
a cortar leña, en seguida se levantó otro y quitándosela se
puso también a cortarla. Después de éste se levantaron
otros, encendieron fuego y se frotaron con grasas que
encontraban allí en gran abundancia y de las que se
sirvieron en lugar de aceite de oliva; manteca de cerdo, y
aceite de sésamo, de almendras amargas y de terebinto.
También encontraron perfumes sacados de estas mismas
materias.
Después se acordó volver a las aldeas y alojarse bajo
techado. Los soldados se dirigieron a las casas y a los
víveres dando gritos de alegría. Pero los que al abandonar
antes las casas las habían quemado, pagaron su falta
teniendo que acampar penosamente al aire libre. Desde allí
enviaron por la noche a Demócrates, de Temenio, con un
destacamento hacia las montañas donde los dispersos
decían haber visto las hogueras. Este Demócrates pasaba
por haber dado siempre informes exactos, diciendo lo que
había y lo que no había. A la vuelta de su exploración dijo
que no había visto las hogueras, pero trajo consigo un
prisionero, el cual llevaba un arco persa, una aljaba y una
sagaris[26], tal como las que usan las amazonas.
Preguntando de qué país era, respondió que persa y que se
había alejado del ejército de Tiríbazo en busca de víveres.
Le interrogaron acerca del número de aquel ejército y del
motivo de haberle reunido. Dijo que Tiríbazo contaba con las
tropas propias y con mercenarios cálibes y taocos. Añadió
que estaba preparado para atacar a los griegos en el
desfiladero de la montaña, para cuyo paso no había más
que un camino.
Los generales, al oír esto, decidieron reunir el ejército, y
dejando una guardia montada por Soféneto, de Estinfalia, se
pusieron en marcha guiados por el prisionero. Cuando
hubieron franqueado la cima de la montaña, los peltastas,
que habían tomado la delantera, al ver el campamento
enemigo se lanzaron sobre él dando gritos, sin aguardar a
los hoplitas. Los bárbaros, al oír el ruido, no los esperaron,
sino que se pusieron en fuga. Pero a pesar de ello mataron
los griegos a varios de los bárbaros y cogieron unos veinte
caballos, así como la tienda de Tiríbazo, donde se hallaron
unos lechos con pies de plata, vasos para beber y, además,
unos hombres que decían ser panaderos y coperos. Los
generales de los hoplitas, al saber esto, creyeron prudente
volver al campamento a toda prisa, no fuese que los
enemigos atacasen a los que habían quedado de guardia.
Inmediatamente hicieron sonar la trompeta y volvieron el
mismo día al campamento.
CAPÍTULO V
Al día siguiente se acordó marchar lo más rápidamente
posible antes de que volviese a reunirse el ejército enemigo
y ocupase los desfiladeros. Después de haber plegado los
bagajes marcharon a través de campos cubiertos por una
profunda capa de nieve y conducidos por numerosos guías.
Aquel mismo día llegaron a la altura donde debía atacarles
Tiríbazo y acamparon en ella. Desde allí recorrieron tres
parasangas en dos etapas por un país desierto, hasta llegar
al río Éufrates, el cual atravesaron mojándose hasta el
ombligo. Se decía que las fuentes no estaban lejos. Desde
allí recorrieron trece parasangas en tres etapas a través de
una llanura cubierta de mucha nieve. Al tercer día la marcha
se hizo difícil, pues soplaba de frente un viento norte que lo
quemaba todo y helaba a los hombres. Uno de los adivinos
indicó que se debía ofrecer una víctima al viento. Así lo
hicieron, y a todos pareció manifiesto que cedió la fuerza
del vendaval. La nieve tenía una profundidad de seis pies
griegos, de suerte que perecieron muchas acémilas y
esclavos y hasta unos treinta soldados. Pasaron la noche al
calor de hogueras, pues había mucha leña en el sitio donde
acamparon. Pero los que llegaron los últimos no encontraron
ya leña. Los que habían llegado antes y encendido las
hogueras no dejaban acercarse a los retrasados si éstos no
les daban trigo o algún otro comestible. Así es que se
cambiaban entre sí las cosas que tenían. Donde ardía el
fuego se formaban al fundirse la nieve grandes agujeros que
llegaban hasta el suelo, y en ellos podía medirse la
profundidad de la nieve.
Desde allí marcharon durante todo el día siguiente a
través de la nieve, y muchos de los hombres fueron
atacados de bulimia. Jenofonte, que mandaba la retaguardia
e iba recogiendo a los que caían, ignoraba qué enfermedad
era aquélla. Pero como alguien que la conocía le dijese que
indudablemente padecían bulimia y que se pondrían en pie
si se les daba algo de comer, se fue por la impedimenta y
tomando los comestibles que pudo encontrar los dio a los
enfermos o envió a otros que podían correr para que se los
diesen. En cuanto tomaban algo se ponían en pie y
continuaban andando.
Siguieron la marcha. Quirísofo llegó al anochecer a una
aldea y encontró mujeres y muchachas que llevaban agua
de una fuente situada delante de las fortificaciones. Ellas les
preguntaron quiénes eran. El intérprete les dijo en persa
que el rey los había enviado al sátrapa. Y ellas respondieron
que éste no se encontraba allí, sino que se hallaba distante
a eso de una parasanga. Como ya era tarde, entraron con
las aguadoras dentro de las fortificaciones y se presentaron
al jefe de la aldea. De esta manera Quirísofo y todos los del
ejército que pudieron acamparon allí. En cuanto a los demás
soldados, los que no pudieron llegar pasaron la noche sin
comer y sin fuego. Algunos de ellos perecieron.
Reunidos algunos enemigos iban siguiendo a los griegos
y cogían las acémilas imposibilitadas de marchar, luchando
entre sí por ellas. También se quedaban atrás los soldados
que habían perdido la vista a causa de la nieve y aquellos a
quienes el frío había helado los dedos de los pies. Para
preservar los ojos de los efectos de la nieve bastaba con
llevar algo negro delante de ellos, y para los pies, moverse,
no quedándose nunca quieto, y por la noche descalzarse. A
los que se acostaban calzados se les metían en los pies las
correas y las sandalias se les quedaban congeladas; pues,
como el primer calzado se les había gastado, llevaban otro
groseramente hecho con pieles de bueyes recientemente
desollados.
Por tales contratiempos quedáronse rezagados algunos
soldados. Y viendo un espacio oscuro porque en él faltaba la
nieve, pensaron que ésta se había fundido. Y así era, en
efecto, a causa de una fuente que brotaba cerca en un valle
exhalando vapores. Allí se dirigieron, pues decían que no
querían seguir marchando. Al saberlo Jenofonte, que
mandaba la retaguardia, les suplicó por todos los medios
que no se quedasen atrás, diciéndoles que les seguían
muchos enemigos reunidos y, por fin, acabó
reprendiéndoles con dureza. Ellos pidieron que les
degollaran, pues no podían continuar andando. En vista de
esto, pareció que lo mejor sería procurar infundir miedo a
los enemigos, a fin de que no atacasen a estos hombres. Ya
era de noche y los enemigos avanzaban disputando
ruidosamente sobre las cosas que habían cogido. Entonces
los soldados de retaguardia, que estaban buenos, se
levantaron y corrieron contra los enemigos, mientras los
enfermos gritaban con todas sus fuerzas y golpeaban los
escudos con sus lanzas. Los enemigos, atemorizados, se
dejaron deslizar por la nieve hasta el valle y en adelante no
se oyó voz ninguna.
Jenofonte y los suyos se volvieron después de prometer a
los enfermos que al día siguiente vendrían algunos en su
auxilio, y aún no habían recorrido cuatro estadios cuando se
encontraron en el camino a los soldados descansando sobre
la nieve, envueltos en sus capas, sin que se hubiese
establecido guardia alguna. Les hicieron levantarse. Ellos
dijeron que los que iban delante no avanzaban. Y Jenofonte
pasó adelante y envió a los más vigorosos peltastas,
encargándoles averiguaran cuál era el obstáculo. Ellos
vinieron diciendo que todo el ejército estaba parado. En
vista de esto, los mismos soldados de Jenofonte acamparon
allí sin fuego y sin comer, poniendo centinelas como mejor
pudieron. Al amanecer envió sus soldados más jóvenes a los
enfermos, encargándoles que los levantasen y les obligasen
a marchar.
Mientras tanto Quirísofo enviaba a algunos de los que se
encontraban en la aldea para que viesen cómo se
encontraban los que iban detrás. Éstos vieron con gusto a
los mensajeros y les entregaron a los enfermos para que los
llevasen al campamento, y ellos se pusieron en marcha.
Antes de recorrer veinte estadios llegaron a la aldea donde
acampaba Quirísofo, y, ya reunidos todos, se pensó que no
había peligro en que las tropas se alojasen por las aldeas.
Quirísofo continuó donde se hallaba; los demás se
distribuyeron a la suerte las aldeas que se veían y
marcharon a ellas, cada cual con sus respectivas fuerzas.
Entonces el capitán Polícrates, de Atenas, pidió permiso
para avanzar por su cuenta, y, cogiendo a los soldados más
ligeros, echó a correr hacia la aldea que le había tocado a
Jenofonte, dentro de la cual sorprendió a todos sus
habitantes con el jefe de la aldea y diecisiete potros criados
para entregarlos al rey como tributo. También cogieron a la
hija del jefe, que hacía nueve días se había casado. Pero su
marido, que había salido a cazar liebres, no fue cogido en la
aldea.
Las habitaciones estaban bajo tierra; su abertura parecía
la boca de un pozo; pero, por debajo, eran anchas. Para la
entrada de las bestias tenían rampas excavadas en la tierra,
pero los hombres bajaban por medio de escaleras. En estas
habitaciones había cabras, ovejas, bueyes y aves con las
crías de estos animales, y allí dentro alimentaban con
forraje todos los ganados. También guardaban allí trigo,
cebada, legumbres y cerveza en grandes jarras: al borde
mismo de los labios de éstas sobrenadaban los granos de
cebada, y había en ellas cañas sin nudos, unas más
pequeñas y otras más grandes. Cuando alguno tenía sed se
llevaba una de estas cañas a la boca y sorbía por ella. Esta
bebida resultaba muy fuerte si no se mezclaba con agua, y
era muy agradable cuando ya se estaba acostumbrado.
Jenofonte invitó a cenar con él al jefe de la aldea y le dijo
que se tranquilizase, prometiéndole que no le privarían de
sus hijos y que, al marcharse, le dejarían la casa llena de
víveres, en compensación de los que hubieran ellos
consumido, si prestaba al ejército el servicio de guiarle
hasta llegar a otro pueblo. Así lo prometió él y, lleno de
buena voluntad hacia los griegos, les mostró dónde había
vino enterrado. Así descansaron esa noche todos los
soldados en su alojamiento, con todo a su disposición en
abundancia, cuidando de tener vigilado al jefe de la aldea y
de no perder de vista a sus hijos.
Al día siguiente Jenofonte, tomando consigo al jefe de la
aldea, marchó a ver a Quirísofo. Por dondequiera que
pasaba cerca de una aldea iba a visitar a los que allí se
encontraban, y en todas partes los hallaba llenos de alegría
y celebrando grandes comilonas; en ninguna parte les
dejaban seguir sin servirles antes de almorzar. Y no había
sitio donde no les pusiesen en la misma mesa carne de
cordero, de cabrito, de lechón, de ternera y de ave, con
panes en abundancia, tanto de trigo como de cebada. Y
cuando alguno, por amistad hacia otro, quería beber a su
salud, lo llevaba a la jarra y allí tenía que bajar la cabeza y
sorber como si fuese un buey. Al jefe de la aldea le invitaron
a que tomara lo que quisiera. Él no quiso aceptar nada, pero
cuando veía a uno de sus parientes se lo llevaba consigo.
Cuando llegaron adonde estaba Quirísofo encontraron
también a los griegos de aquella aldea en medio de un
banquete y coronados con guirnaldas de heno seco. Les
servían muchachos armenios vestidos a la manera de los
bárbaros, y a los cuales indicaban por signos, como si
fuesen sordos, lo que querían hacer.
Después de saludarse amistosamente, Quirísofo y
Jenofonte preguntaron en común al jefe de la aldea, por
medio del intérprete que hablaba el persa, qué tierra era
aquélla. Él les respondió que Armenia. Le volvieron a
preguntar para quién criaba los caballos, y él respondió que
eran un tributo destinado al rey. También dijo que la región
próxima estaba habitada por los cálibes y les indicó por
dónde era el camino. Entonces Jenofonte se marchó con el
jefe a casa de su familia y le dio un caballo que había cogido
hacía tiempo, encargándole que, después de engordarle, lo
sacrificase, pues había oído que aquel caballo estaba
consagrado al Sol y temía se muriese; tan quebrantado
estaba por la marcha. Para sustituirlo tomó uno de los
potros, y a cada uno de los capitanes le dio también uno.
Los caballos de aquella tierra eran más pequeños que los de
Persia, pero mucho más fogosos. También les enseñó allí el
jefe de la aldea a envolver los vasos de los caballos y
acémilas en saquitos para conducirlos por la nieve: sin estos
requisitos se hundían hasta el vientre.
CAPÍTULO VI
Al octavo día Jenofonte entregó a Quirísofo al jefe que había
de guiarles, dejando en la aldea a todos los de su casa, a
excepción de su hijo, que apenas había entrado en la
pubertad. Este muchacho se lo dio para que lo guardase a
Plístenes, de Anfípolis, a fin de que si el padre los guiaba
bien se volviese, llevándoselo consigo. Llevaron a casa del
jefe todo lo más que pudieron, y, levantando el
campamento, se pusieron en marcha. El camino era a
través de la nieve y les guiaba el jefe de la aldea, que iba
suelto. Ya en la tercera etapa Quirísofo se encolerizó contra
él porque no les llevaba a ninguna aldea. Él dijo que no las
había por aquellos parajes, y Quirísofo le golpeó, pero no
mandó que lo ataran. Y después de esto, aquella noche se
escapó el jefe, dejando abandonado a su hijo. Éste fue el
único motivo de disentimiento que durante toda la marcha
hubo entre Quirísofo y Jenofonte: el atropello del guía y el
descuido después de guardarle. Plístenes se enamoró del
muchacho, se lo llevó a su país y encontró en él un servidor
de confianza.
Después de esto hicieron siete etapas a razón de cinco
parasangas por día, bordeando el río Fasis, que tiene de
ancho un pletro. Desde allí recorrieron diez parasangas en
dos etapas, y, sobre una altura por donde se pasaba al
llano, les salieron al encuentro los cálibes, taocos y
pasianos. Quirísofo, al ver a los enemigos sobre la altura
suspendió la marcha, a una distancia como de treinta
estadios, evitando acercarse al enemigo en orden de
marcha, y ordenó a los demás jefes que avanzasen con sus
compañías para que el ejército quedase formado en orden
de batalla. Cuando ya hubo llegado la retaguardia, reunió a
los generales y capitanes y les dijo: «Los enemigos, como
veis, ocupan las cimas de la montaña; conviene, pues,
deliberar acerca de la manera de combatir en las
condiciones más favorables. Mi opinión es que se dé orden a
los soldados de almorzar, y, mientras tanto, que
examinemos nosotros si es hoy o mañana cuando hemos de
pasar la montaña». «A mí me parece —dijo Cleanor— que,
no bien hayamos tomado el almuerzo, debemos armarnos y
marchar violentamente contra esos hombres. Porque si
dejamos pasar el día de hoy, los enemigos que ahora nos
están viendo se pondrán mucho más atrevidos, y, como es
natural, esta audacia hará que otros se les agreguen».
Después de esto, dijo Jenofonte: «Yo pienso lo siguiente:
si es forzoso combatir, debemos prepararnos de suerte que
combatamos con la mayor energía: pero si lo que nos
proponemos es pasar la montaña lo más fácilmente posible,
me parece es necesario buscar el modo de hacerlo con el
menor número de heridos y muertos. La montaña que
tenemos a la vista se extiende más de sesenta estadios. Y el
único sitio en donde vemos gente que nos vigile es por este
camino. Más valdría, pues, que intentáramos ganar algún
otro punto de la montaña, ya ocultamente, ya
adelantándonos a nuestros enemigos, como podamos, en
vez de atacar posiciones tan fuertes y combatir con
hombres preparados. Mucho más fácil es subir una
pendiente escarpada sin combate que marchar por camino
llano mientras los enemigos atacan a derecha e izquierda.
Mejor vemos de noche lo que se encuentra ante los pies
cuando ningún enemigo nos amenaza, que de día cuando
vamos combatiendo, y el camino áspero resulta a quienes lo
recorren sin ser hostilizados más cómodo que el llano
cuando se marcha bajo una lluvia de proyectiles. No me
parece tampoco difícil ocultarse al enemigo, puesto que
podemos marchar de noche, de suerte que no nos vean, y
podemos, también, apartarnos a tal distancia que no nos
descubran. Y creo que si hacemos un falso ataque por este
lado encontraremos más limpio de enemigos el resto de la
montaña, pues permanecerían aquí concentrados. Pero,
¿qué necesito yo hablar aquí de engaño? He oído decir,
Quirísofo, que vosotros los lacedemonios, todos los que sois
de los iguales, os ejercitáis en el hurto desde la infancia, y
que entre vosotros no es motivo de vergüenza, sino de
honor, el robar todo lo que la ley no prohíbe. Y para que al
robar lo hagáis con la mayor rapidez, procurando no ser
vistos, está dispuesto entre vosotros sean azotados los que
se dejen coger en el robo. Ahora que se presenta una buena
ocasión para mostrar estas enseñanzas, procurando que no
nos sorprendan mientras tomamos a hurto una parte de la
montaña, de suerte que no recibamos golpes».
«Y yo también —dijo Quirísofo— he oído decir que
vosotros los atenienses tenéis mucha habilidad para robar
los caudales públicos, a pesar de que el ladrón corre
muchísimo peligro, y precisamente los más capaces, si es
que vosotros encargáis de vuestro gobierno a los más
capaces. Así, pues, también ha llegado para ti el momento
de mostrar estas enseñanzas». «Yo —dijo Jenofonte— estoy
dispuesto a ir con la retaguardia a ocupar la montaña en
cuanto comamos. Tengo, además, guías. Los gimnetas han
cogido en una emboscada algunos de los ladrones que nos
seguían. Por ellos he sabido que la montaña no es
inaccesible, sino que en ella pastan cabras y vacas, de
suerte que una vez dueños nosotros de un punto de la
montaña podrán subir las acémilas. Espero, además, que los
enemigos abandonarán sus posiciones en cuanto nos vean
al mismo nivel sobre las alturas, pues ahora tampoco
quieren bajar al llano donde nosotros estamos». Quirísofo
dijo entonces: «¿Y por qué ir tú mismo, dejando la
retaguardia? Manda a otro, si es que no hay unos cuantos
valientes que se ofrezcan voluntarios».
En seguida se ofrecieron Aristónimo, de Metidrio, con
hoplitas, y Aristeas, de Quíos, y Nicómano, con gimnetas. Se
convino en que cuando llegaran a las alturas encendieran
muchas hogueras. Convenido esto, comieron, y después de
la comida Quirísofo hizo avanzar todo el ejército como unos
diez estadios hacia el enemigo para dar la impresión de que
pensaban atacar por aquella parte.
Después de cenar, ya de noche, los designados partieron
y ocuparon la montaña, mientras los demás descansaban
allí mismo. Cuando los enemigos advirtieron que los griegos
habían subido a las alturas, permanecieron en vela y
tuvieron encendidas numerosas hogueras durante toda la
noche. Al rayar el día, Quirísofo, después de hacer
sacrificios, dirigió a sus tropas por el camino, mientras los
que habían ocupado la montaña atacaban por las alturas.
De los enemigos, la mayoría permaneció sobre el paso de la
montaña y una parte salió al encuentro de los que venían
por las alturas. Estos dos destacamentos vinieron a las
manos antes de que los cuerpos principales se encontraran,
resultando vencedores los griegos, que persiguieron a los
bárbaros. En esto, por el llano, los peltastas griegos corrían
contra los que estaban formados delante, mientras Quirísofo
les seguía a paso ligero con los hoplitas. Los enemigos que
se hallaban en el camino, cuando vieron a los suyos en las
alturas, echaron a correr. No murieron muchos de ellos, pero
se les cogió gran cantidad de escudos de mimbre que los
griegos inutilizaron destrozándolos con sus espadas. Cuando
subieron a las alturas hicieron sacrificios, y, después de
erigir un trofeo, bajaron a la llanura, donde llegaron a unas
aldeas llenas de abundantes y buenas provisiones.
CAPÍTULO VII
Después de esto recorrieron treinta parasangas en cinco
etapas, hasta llegar al país de los taocos. Faltaban víveres,
pues los taocos habitaban en lugares fortificados a los
cuales habían llevado todo lo que tenían. Llegados a un
lugar donde no había ni ciudad ni casa, pero en el cual se
habían refugiado hombres y mujeres con numerosos
ganados, Quirísofo lo atacó inmediatamente. Fatigado el
primer cuerpo, le sucedió otro y después otro, pues como la
posición estaba circundada por un río no podían rodearla
todos a la vez.
Cuando llegó Jenofonte con los peltastas y hoplitas de la
retaguardia, le dijo Quirísofo: «Venís muy a tiempo: es
preciso que nos apoderemos de esta posición; el ejército no
tiene víveres si no la tomamos». Pusiéronse, pues, a hablar
sobre ella, y preguntando Jenofonte cuál era el obstáculo
que impedía tomarla, le dijo Quirísofo: «No hay más que una
entrada: esta que ves; y en cuanto intente acercarse por
ella alguno, echan a rodar piedras desde esa altura que
domina, y al que le alcanzan ya ves en qué estado queda».
Y al mismo tiempo señalaba a unos hombres con las piernas
y las costillas fracturadas. «Si gastasen todas las piedras —
dijo Jenofonte—; ¿qué otro obstáculo podríamos hallar a
nuestro paso? Porque no se ve enfrente más que unos pocos
hombres, y de éstos sólo dos o tres armados. Como ves, el
espacio que debemos atravesar bajo sus piedras apenas es
de un pletro y medio, y de esto todo un pletro está cubierto
de grandes pinos algo separados. Resguardándose en ellos,
poco les importaría a los soldados que les tirasen piedras o
se las echasen rodando. Queda, pues, sólo medio pletro que
debemos pasar corriendo cuando las piedras cesen de
caer». «Pero es que en cuanto principiemos a acercarnos al
bosque lloverán las piedras sobre nosotros». «Eso es
precisamente lo que hace falta —replicó Jenofonte—. Así las
gastarán antes. Pero marchemos allí. Si podemos, nos
quedará ya poco camino que recorrer, y si queremos, es
fácil retirarnos».
Entonces se adelantaron Quirísofo, Jenofonte y Calímaco,
de Parrasia, capitán de los capitanes de la retaguardia, éste
era el que guiaba aquel día. Los demás capitanes
permanecieron en el terreno seguro. En seguida fueron
entrando bajo los árboles unos setenta hombres, no todos
juntos, sino uno a uno abrigándose cada cual como podía.
Agasias, de Estinfalia; Aristónomo, de Metidrio, también
capitanes de la retaguardia, y otros varios permanecían
fuera de los árboles, porque sólo una compañía podía estar
con seguridad bajo los árboles. Entonces se le ocurrió a
Calímaco una estratagema: corría dos o tres pasos delante
del árbol bajo el cual se encontraba y en cuanto le arrojaban
piedras se retiraba sin dificultad; a cada uno de estos
avances los enemigos gastaban más de diez carretadas de
piedras. Agasias, al ver lo que hacía Calímaco y que todo el
ejército le estaba mirando, temiendo no fuese el primero en
asaltar la posición, sin decir nada a Aristónomo, que estaba
cerca ni a Euríloco, de Larisa, ambos amigos suyos, ni a
ningún otro, avanzó solo, adelantándose a los demás.
Calímaco, al verle pasar, le cogió por el borde del escudo.
Pero, mientras tanto, se les adelantó corriendo Aristónomo,
de Metidrio, y detrás de él Euríloco, de Larisa: todos estos
querían mostrar su valor y rivalizaban entre sí. Y en esta
contienda tomaron la posición. Apenas entraron no cayó
ninguna piedra más. Entonces se vio un espectáculo
espantoso. Las mujeres arrojaban a sus hijos por los
precipicios y se precipitaban ellas después, y los hombres
hacían lo mismo. Allí también el capitán Eneas, de Estinfalia,
vio a un bárbaro ricamente vestido que corría como con
intención de tirarse y le cogió para evitarlo; pero, arrastrado
por el otro, ambos cayeron por las rocas y murieron. Hubo
muy pocos prisioneros, pero se cogieron en abundancia
vacas, asnos y ganado menor.
Desde allí recorrieron cincuenta parasangas en siete
jornadas a través del país de los cálibes. De todos los
pueblos que cruzaron eran éstos los más valientes y con
ellos vinieron a las manos. Llevaban unos corseletes de lino
que les llegaban hasta el bajo vientre. En lugar de franjas
les caían cuerdas retorcidas en gran número. También
gastaban grebas y cascos, y a la cintura un pequeño sable
parecido al que usan los lacedemonios, con el cual
degollaban a los que cogían, y, cortándoles la cabeza, se la
llevaban consigo. En cuanto llegaban a la vista del enemigo
prorrumpían en cantos acompañados de baile. Usaban una
lanza de quince pies con una sola punta. Estos cálibes
permanecían en sus aldeas y cuando ya habían pasado los
griegos les seguían combatiendo. Habitaban en lugares
fortificados, a los cuales habían llevado sus víveres, de
suerte que los griegos no pudieron tomarles nada, teniendo
que mantenerse durante este trayecto de los ganados que
habían cogido a los taocos. Después recorrieron veinte
parasangas en cuatro etapas a través de una llanura
habitada por los esquiternos, hasta llegar a unas aldeas en
las cuales permanecieron tres días y se aprovisionaron.
Desde allí recorrieron veinte parasangas en cuatro
jornadas y llegaron a una ciudad grande, rica y poblada, que
se llamaba Gimniade. El jefe de esta comarca envió a los
griegos un guía para que los condujese por el territorio de
sus enemigos. Vino, pues, el guía, y les dijo que en cinco
días les conduciría a un sitio desde donde verían el mar, y
que si no cumplía su promesa podían matarle. Y guiándoles,
cuando los entró por la tierra de los enemigos, les invitó a
que lo incendiasen y arrasasen todo, señal clara de que éste
había sido el motivo de su venida, no la benevolencia hacia
los griegos. Al quinto día llegaron a la cima de la montaña
llamada Teques. Cuando los primeros alcanzaron la cumbre
y vieron el mar prodújose un gran vocerío. Al oírlo Jenofonte
y los que iban en la retaguardia creyeron que se habían
encontrado con nuevos enemigos, pues les iban siguiendo
los de la comarca quemada, y los de la retaguardia habían
matado algunos y cogido otros vivos en una emboscada,
tomándoles veinte escudos hechos con mimbre y pieles
crudas de buey de mucho pelo. Pero como el vocerío se
hacía mayor y más cercano y los que se aproximaban
corrían hacia los voceadores, como el escándalo se hacía
más estruendoso a medida que se iba juntando mayor
número, parecióle a Jenofonte que debía de tratarse de algo
más importante, y, montando a caballo, se adelantó con
Licio y la caballería a ver si ocurría algo grave y, en seguida,
oyeron que los soldados gritaban: «¡El mar!, ¡el mar!», y
que se transmitían el grito de boca en boca. Entonces todos
subieron corriendo: retaguardia, acémilas y caballos
vivamente. Cuando llegaron todos a la cima se abrazaban
con lágrimas los unos a los otros, generales y capitanes. Y
en seguida, sin que se sepa de quién partió la orden, los
soldados se pusieron a traer piedras y a levantar un gran
túmulo, que cubrieron con pieles crudas de buey, con
bastones y con los escudos de mimbre que habían cogido, y
el guía mismo se puso a destrozar los escudos, exhortando
a los griegos a que lo hiciesen ellos también. Después de
esto despidieron al guía, dándole entre todos como presente
un caballo, una copa de plata, un traje persa y diez daricos.
Él les pidió, sobre todo, anillos, y los soldados le dieron
muchos. Y después de mostrarles una aldea donde podían
acampar y el camino para llegar al país de los macrones, se
marchó cuando ya caía la tarde.
CAPÍTULO VIII
Desde allí recorrieron los griegos diez parasangas en tres
etapas, atravesando el país de los macrones. Al tercer día
llegaron al río que separa este país del de los esquitenos.
Tenían a la derecha un lugar sumamente escarpado y a la
izquierda otro río en el cual desembocaba el que servía de
límite y por el cual era preciso pasar. Las orillas de este río
estaban cubiertas de árboles muy juntos, aunque delgados.
Los griegos avanzaron cortando estos árboles, pues querían
salir cuanto antes de aquellos parajes. Pero los macrones,
armados de escudos de mimbre y lanzas, y cubiertos con
túnicas de crin, estaban formados en la otra orilla del río,
animándose los unos a los otros y arrojando piedras al río;
pero se quedaban cortas y no herían a nadie.
Entonces uno de los peltastas, que, según contaban,
había sido esclavo en Atenas, se acercó a Jenofonte y le dijo
que conocía la lengua de aquellas gentes. «Me parece —
continuó— que ésta es mi tierra y quisiera hablar con ellos
si no hay inconveniente». «Ninguno —respondió Jenofonte
—; habla y pregúntales primero quiénes son». Ellos le
respondieron que eran macrones. «Pregúntales ahora —dijo
Jenofonte—, por qué se presentan en batalla contra nosotros
y por qué quieren ser enemigos nuestros». «Porque vosotros
venís sobre nuestra tierra». Los generales le mandaron decir
que no tenían intención de hacerles daño. «Marchamos a
Grecia después de haber hecho la guerra al rey y queremos
llegar al mar». Ellos preguntaron si les darían prenda de
esto que decían. Los griegos respondieron que estaban
dispuestos a darla y a tomarla. Entonces los macrones les
dieron a los griegos una lanza bárbara, y los griegos a ellos
otra griega. Esto decían que era prenda. Se puso a los
dioses por testigos.
En seguida, después de darse esta prenda, los macrones
ayudaron a los griegos a cortar los árboles, allanándoles el
camino para que pasaran, mezclados con ellos, y les
vendieron de todo lo que podían. Al cabo de ocho días
llevaron a los griegos hasta los límites de los colcos. Había
allí una gran montaña, y sobre ella se encontraban
formados los colcos. Al principio los griegos se formaron en
falange con intención de dirigirse a la montaña. Pero
después pareció conveniente a los generales reunirse y
deliberar acerca del modo mejor de conducir el ataque.
Jenofonte dijo que, a su parecer, debía deshacerse la
falange y formar las tropas en columnas de compañía. «La
falange —dijo— se romperá en seguida, pues la montaña
será por unos lados accesible y por otros no. Y, al verla
deshecha, los que vayan en ella sentirán desaliento.
Además, si vamos formados en un orden profundo, los
enemigos rebasarán nuestra línea y nos podrán atacar
como quieran con las tropas que les queden libres. Pero si
por el contrario, marchamos en pocas líneas de fondo, no
sería extraño que se viese cortada la falange bajo la masa
de hombres, y la lluvia de proyectiles que caerán sobre
nosotros. Si esto ocurriese en alguna parte, la falange se
verá comprometida. Me parece pues, que debemos formar
las tropas en columnas de compañía, dejando entre ellas el
suficiente espacio para que las compañías de los extremos
rebasen las alas de los enemigos. De este modo
quedaremos fuera de la falange contraria; los más bravos
de nosotros avanzarán en primera línea al frente de las
columnas y cada capitán conducirá la suya por donde el
camino sea más fácil. No será fácil a los enemigos penetrar
en los intervalos, teniendo a cada lado una columna, ni
tampoco deshacer a la compañía marchando en columna. Si
alguna compañía se ve apurada, la más próxima acudirá en
su ayuda, y en cuanto alguna consiga llegar a la cumbre
ningún enemigo continuará resistiéndose».
Pareció bien esto y se formaron las compañías en
columnas. Jenofonte recorrió el frente de la derecha a la
izquierda, y dijo a los soldados: «Compañeros: estas gentes
que veis, son el único obstáculo que nos impide estar ya
donde deseamos desde hace tiempo. Si pudiéramos
debíamos comérnoslos crudos».
Cuando cada cual se hubo colocado en su sitio y
quedaron formados en columnas, las compañías de hoplitas
resultaron unas ochenta, de unos cien hombres
aproximadamente cada una. Los peltastas y los arqueros
fueron divididos en tres cuerpos, colocados uno fuera del
ala izquierda, otro fuera del ala derecha y el otro en el
centro. Cada uno de ellos constaba de unos seiscientos
hombres. En seguida los generales transmitieron la orden
de que dirigiesen a los dioses sus oraciones. Así lo hicieron
los soldados, y, entonando el peán, se pusieron en marcha.
Quirísofo y Jenofonte, con los peltastas a sus órdenes,
avanzaban fuera de la falange contraria. Los enemigos, al
verlos, se dividieron para correr a su encuentro por uno y
otro lado y dejaron un gran vacío en medio de sus tropas.
Entonces los peltastas arcadios, mandados por Esquines el
arcadiano, creyendo que los bárbaros huían se lanzaron
corriendo y dando gritos; ellos fueron los primeros que
escalaron la montaña, y les siguieron los hoplitas arcadios
mandados por Cleanor, de Orcómeno. Los enemigos,
cuando los vieron echarse encima, no los aguardaron, sino
que cada uno escapó por su lado.
Los griegos, subida la montaña, acamparon en
numerosas aldeas muy bien abastecidas, y nada les llamó la
atención sino la gran abundancia de panales que había en
aquellos lugares. Pero a todos los soldados que comieron la
miel se les trastornó la cabeza y tuvieron vómitos y
desarreglos de vientre; ninguno podía tenerse en pie. Los
que habían comido sólo un poco parecían borrachos, los que
comieron más daban la impresión de locos, y algunos
quedaban como muertos. De este modo había muchos por
tierra como después de una derrota, y los demás estaban
contristados. Pero al día siguiente no murió ninguno y
próximamente a la misma hora que la víspera les
desapareció el delirio. Al tercero y cuarto día se levantaron
como después de haber tomado una medicina.
Desde allí recorrieron siete parasangas en dos etapas y
llegaron al mar por Trapezunte, ciudad griega muy poblada,
a orillas del Ponto Euxino, colonia de Sinope en el país de
los colcos. Permanecieron allí treinta días en las aldeas de
los colcos. Desde este punto organizaban expediciones por
toda la Cólquide en busca de botín. Además los habitantes
de Trapezunte establecieron un mercado en el campamento
de los griegos, los recibieron y les dieron como presentes de
hospitalidad vacas, harina de cebada y vino. También
entablaron negociaciones en nombre de los colcos de los
alrededores, que habitaban principalmente en la llanura, y
éstos les trajeron vacas en señal de amistad.
Después de esto se prepararon a cumplir los sacrificios
que habían prometido. Les vinieron los bueyes suficientes
para los sacrificios a Zeus por haberlos salvado, a Heracles
por haberlos guiado y a los demás dioses lo que les habían
ofrecido. También organizaron un concurso gimnástico en la
montaña donde acampaban y eligieron para disponer la
carrera y dirigir el concurso al espartano Dracontio, que
había huido de su patria siendo muchacho por haber muerto
con un puñal a otro de su edad.
Terminados los sacrificios, regalaron las pieles a
Dracontio y le dijeron que les llevase al sitio preparado para
la carrera. Y él, mostrándoles el sitio donde se encontraban:
«Esta colina —dijo— es excelente para correr en todos
sentidos». «Pero —le objetaron—, ¿cómo podrán luchar los
atletas en un terreno tan duro y tan cubierto de árboles?». Y
él respondió: «Así lo sentirá más el que caiga». Corrieron el
estadio muchachos, la mayor parte de ellos prisioneros, y el
dólico[27] cretenses en número de más de sesenta. Otros
pretendieron en la lucha, el pugilato y el pancracio. El
espectáculo resultó hermoso, pues fueron muchos los que
bajaron a las luchas, y como los estaban mirando sus
compañeros, sentían viva emulación. También hubo carreras
de caballos, los cuales bajaban la colina hasta el mar y
después volvían a subir a donde estaba el ara. En su
mayoría los caballos, cuando marchaban cuesta abajo, iban
como disparados; pero, al remontar la fuerte pendiente,
apenas si caminaban al paso. Y los espectadores animaban
a los concursantes en medio de risas y de gritos.
LIBRO QUINTO
En los libros precedentes se ha visto lo
que hicieron los griegos en su expedición
con Ciro y en marcha hacia el mar que se
llama Ponto Euxino, y asimismo cómo
llegaron a la ciudad de Trapezunte e
hicieron los sacrificios que habían
prometido ofrecer cuando llegasen a
tierra amiga.
CAPÍTULO I
Después de esto se reunieron a deliberar sobre el camino
que les quedaba. León, de Turio, se levantó el primero y
habló en estos términos: «Yo, compañeros, estoy ya cansado
de plegar los bagajes, de marchar, de correr, de llevar las
armas, de ir formado, de hacer centinela y de combatir. Sólo
deseo, libre de todos estos trabajos, puesto que hemos
llegado al mar, hacer el resto del camino embarcado y
llegar a Grecia tendido y durmiendo como Odiseo». Al oír
esto, los soldados gritaron que estaba muy bien dicho, y se
levantó otro que dijo lo mismo, así como todos los que les
sucedieron. Entonces se levantó Quirísofo y dijo: «Anxibio,
que manda una flota, es amigo mío, camaradas. Si me
enviáis a él creo que podré volver con trirremes y barcos
suficientes para transportarnos. Puesto que vosotros queréis
ir por mar, esperad a que yo venga; volveré en seguida». Al
oír esto se alegraron mucho los soldados y decidieron que
Quirísofo partiera en un barco cuanto antes.
Entonces se levantó Jenofonte y dijo así: «Quirísofo,
marcha, pues, en busca de barcos; mientras tanto, nosotros
permaneceremos aquí. Voy, por consiguiente, a deciros todo
lo que a mi parecer conviene que hagamos en este tiempo.
Ante todo, debemos procurarnos los víveres tomándolos de
tierra enemiga, pues los que nos venden no son suficientes
y sólo unos pocos tienen recursos bastantes para
comprarlos. Y como la tierra es enemiga, corremos el
peligro de perder mucha gente si vais sin cuidado ni
precaución a buscar los víveres. Me parece, pues, que
debemos organizar expediciones a distancia para buscar los
víveres, pero sin ir a la ventura, a fin de que no sufráis
ningún percance. Y nosotros tendremos cuidado de esto».
Se acordó así.
«Escuchad, además, esto: algunos de vosotros saldrán
en busca de botín. Me parece, pues, mejor que el que
piense salir nos lo diga de antemano para que sepamos el
número de los que salen y de los que se quedan y estemos
preparados para lo que pueda ocurrir. Si hubiese que
marchar en auxilio de alguno, sabremos dónde es preciso
acudir, y si alguno emprende sin experiencia alguna
empresa, le ayudaremos con nuestro consejo, procurando
saber las fuerzas con que tendrá que hacerse». Acordóse
asimismo esto.
«Considerad también lo siguiente —continuó Jenofonte—:
los enemigos, por su parte, tienen las manos libres para
entregarse al pillaje y con razón nos tienen emboscados,
puesto que nosotros nos hemos apoderado de lo suyo, y
ellos ocupan posiciones que nos dominan. Me parece, pues,
conveniente que establezcamos centinelas todo alrededor
del ejército. Y si formando turnos vigilamos atentos, los
enemigos tendrán menos probabilidades de sorprendernos.
Ved, además, esto: si estuviésemos seguros de que
Quirísofo volverá con suficientes embarcaciones, holgaría lo
que voy a deciros. Ahora bien; puesto que esto es dudoso,
me parece que debemos aquí mismo aprovisionarnos de
navíos. Si vuelve trayéndolos él también, dispondremos de
mayor número para nuestra marcha, y si no los trae,
utilizaremos los que reunamos. Veo que con frecuencia
pasan naves por delante de esta costa. Podemos, pues,
pedir a los trapezuntios navíos largos[28], y trayendo con
ellos a la costa las embarcaciones que pasen, guardarlas
después de quitarles los timones hasta que tengamos un
número suficiente. De este modo no nos faltarán
seguramente los medios que necesitamos para embarcar.
Considerad si no es de justicia que alimentemos de un
fondo común a los que traigamos en las naves todo el
tiempo que permaneciesen aquí a causa de nosotros, y que
convengamos con ellos una suma como precio del pasaje,
de suerte que al hacernos ellos tal beneficio no dejen
también de beneficiarse». Acordóse también esto.
«Me parece, por último —dijo—, que si esto no se realiza
y no conseguimos naves suficientes debemos ordenar a las
ciudades de la costa que arreglen los caminos que, según se
dice, se hallan en mal estado. Y de seguro obedecerán,
tanto por miedo como por querer desembarazarse de
nosotros».
Entonces se pusieron todos a gritar que no había que ir
por tierra. Y él, viendo tal locura, sin poner a votación este
punto, persuadió a las ciudades que reparasen
voluntariamente los caminos, diciéndoles que si éstos
estaban bien se verían libres más pronto de los soldados.
Los trapezuntios les dieron un pentécoro[29], de cuyo mando
encargóse el laconio Dexipo, perieco. Pero éste, sin
preocuparse de reunir embarcaciones, se escapó huyendo
con su navío fuera del Ponto Euxino. Más tarde recibió su
merecido, pues cuando intrigaba en Tracia cerca de Seutes
murió a manos del lacedemonio Nicandro. Por su parte, los
griegos tomaron un triacóntero[30] y pusieron en él como
jefe al ateniense Polícrates, el cual condujo al campamento
todas las embarcaciones que pudo coger. La carga que iba
en ellas fue sacada fuera y puesta bajo la vigilancia de
guardia para que estuviera segura, y los barcos los
utilizaron para el transporte. Mientras tanto, salían los
griegos en busca de botín, y unos lo conseguían y otros no.
Cleéneto, que partió con su propia compañía y con la de
otro contra un lugar difícil, pereció él mismo y otros muchos
que le acompañaban.
CAPÍTULO II
Como ya no era posible conseguir víveres de manera que se
pudiese volver en el mismo día al campamento, Jenofonte,
tomando unos guías de los trapezuntios, condujo contra los
drilas a la mitad del ejército, dejando a la otra mitad para
guarda del campamento, pues los colcos, expulsados de sus
viviendas, se habían reunido en gran número y estaban
colocados sobre las alturas. Los trapezuntios, por su parte,
no guiaban por donde hubiera sido fácil conseguir los
víveres —en esos puntos eran amigos suyos—, sino que
llevaron con gusto a los griegos contra los drilas, que les
habían hecho daño, y a una comarca montañosa y áspera
cuyos habitantes eran los más belicosos del Ponto. Cuando
los griegos llegaron a las tierras altas, los drilas, según iban
retirándose, quemaban todos los lugares fáciles de tomar.
Así es que no se podía coger nada, como no fuese algún
cerdo, buey o algún otro animal huido de las llamas. Pero
había un lugar que era la metrópoli de aquellos pueblos y en
él se concentraron todos. Rodeaba a este lugar un barranco
muy profundo y los caminos para subir a él eran muy
difíciles. Los peltastas, que se habían adelantado corriendo
cinco o seis estadios de los hoplitas, atravesaron el barranco
y, viendo numeroso ganado y otras muchas cosas, atacaron
la posición. Con ellos iban también muchos doríferos[31] que
habían salido en busca de víveres, de suerte que pasaron el
barranco más de mil hombres. Pero como viesen que era
inútil pretender tomar la posición combatiendo, pues la
rodeaba un ancho foso con una empalizada sobre el borde
elevado y muchas torres de madera, intentaron retirarse.
Entonces los enemigos se les echaron encima. Y no
pudiendo escapar, porque la bajada desde la posición al
barranco tenía que hacerse uno a uno, mandaron aviso a
Jenofonte, que iba al frente de los hoplitas. El enviado dijo:
«El lugar está lleno de muchas cosas. Pero ni podemos
tomarlo, pues es muy fuerte, ni nos es fácil retirarnos. Los
contrarios salen y nos combaten, y el camino es muy
dificultoso».
Al oír esto Jenofonte avanzó hasta el barranco y
ordenando a los hoplitas que pusiesen las armas en tierra lo
pasó él con los capitanes y examinó si sería mejor retirar a
los que ya habían pasado o hacer que lo cruzasen los
hoplitas para intentar el asalto de la posición. Parecía que la
retirada habría de costar muchos hombres, y los capitanes
pensaban que se podía tomar la posición. Jenofonte,
animado por las señales favorables de las víctimas, fue
también de este parecer: los adivinos habían declarado que
habría combate, pero que tendría buen éxito. Entonces
envió a los capitanes para que con los hoplitas pasasen el
barranco, y él permaneció allí, haciendo que se retirasen
todos los peltastas y sin dejar que nadie disparase. Cuando
llegaron los hoplitas ordenó que cada capitán formase su
compañía de la manera que creyese más conveniente para
el combate. Allí estaban, en efecto, juntos los capitanes que
durante toda la expedición habían rivalizado en arrojo. Ellos
hicieron como se les mandaba y Jenofonte ordenó a los
peltastas que avanzasen con la mano en la correa del dardo
para lanzarlo a la primera señal y a los arqueros que
llevaren dispuestos los arcos para dispararlos a la primer
señal. Mandó también a los gimnetas que tuviesen sus
sacos llenos de piedras, y encargó de todo esto a hombres
de su confianza.
Cuando todo estuvo dispuesto, formados los capitanes,
los tenientes y todos los que no se consideraban menos que
éstos, viéndose los unos a los otros (pues para adaptarse al
terreno formaban una especie de media luna), entonando el
peán y al oír la señal de la trompeta, los hoplitas se lanzaron
a la carrera entre gritos a Enialo, mientras llovían sobre la
plaza flechas, dardos y piedras, disparadas unas con hondas
y más aún con las manos. Algunos hasta lanzaron fuego.
Bajo tal cantidad de proyectiles los enemigos abandonaron
la empalizada y las torres. Tanto que Agasias de Estinfalia,
dejando sus armas y quedándose sólo con la túnica, subió y
ayudó a subir a otro, y en seguida se encaramó otro más; la
plaza estaba, pues, tomada, al parecer.
Entonces los peltastas y los psilos entraron corriendo y
se pusieron a saquear lo que cada cual pudo. Pero
Jenofonte, poniéndose en la puerta cerraba el paso a todos
los hoplitas que podía, pues en unas alturas fortificadas se
veían más enemigos. No había pasado mucho tiempo
cuando oyóse un gran vocerío en el interior y aparecieron
huyendo los soldados, unos con lo que habían pillado y
alguno también herido. Y empujándose todos para salir, se
produjo una gran confusión en las puertas. Interrogados los
fugitivos dijeron que había en el interior una ciudadela y
numerosos enemigos que saliendo de ella estaban atacando
a la tropa que se encontraba dentro. Entonces Jenofonte
mandó al heraldo Tolmides proclamase que entraran todos
los que quisieran coger algo. Muchos se arrojaron dentro y
vencieron a los que habían salido, encerrándoles de nuevo
en la ciudadela. Todo lo que estaba fuera de ésta fue pillado
y se lo llevaron los griegos. Por su parte, los hoplitas
formaron con las armas en tierra, unos cerca de la
empalizada y otros en el camino que conducía a la
ciudadela. Y Jenofonte examinaba con los capitanes si sería
posible tomarla. Sólo así se podía estar seguro, pues en
caso contrario la retirada parecía muy difícil. Pero de este
examen sacaron el convencimiento de que la plaza era
inexpugnable.
Entonces se pusieron a preparar la retirada. Cada
soldado arrancaba los palos de la empalizada que tenía
delante. Se envió por delante a toda la gente inútil y a los
que iban cargados, dejando sólo el grueso de los hoplitas
escogidos entre los que inspiraban más confianza. Pero
apenas empezaron a retirarse se les echó encima corriendo
una multitud de enemigos armados con escudos de mimbre,
lanzas, grebas y cascos paflagonios. Otros subían a las
casas de un lado y otro de la calle que conducía a la
ciudadela. De suerte que ni siquiera había seguridad para
perseguirlos por la puerta que conducía a la ciudadela. Y
desde arriba arrojaban grandes maderos, de modo que era
tan difícil estarse quieto como retirarse. Y la noche que se
echaba encima se presentaba temerosa.
En este apuro se hallaban combatiendo cuando una
divinidad vino a ofrecerles el medio de salvarse. De repente
se incendió una de las casas de la derecha, sin que se sepa
quién le prendió fuego. La casa se vino a tierra y en seguida
huyeron los enemigos que ocupaban las de la derecha.
Jenofonte, aprovechando esta lección que el azar le daba,
dio orden de que prendiesen también fuego a las casas de
la izquierda, y como eran de madera no tardaron en arder.
Los enemigos que las ocupaban huyeron también. Sólo los
que se hallaban enfrente seguían molestando y era evidente
que atacarían a los griegos no bien éstos emprendiesen la
retirada y el descenso. Entonces Jenofonte ordenó a todos
los que se hallaban fuera del alcance de las flechas que
trajesen leña y la arrojasen entre ellos y los enemigos.
Cuando se hubo reunido bastante le prendieron fuego;
también incendiaron las casas que se hallaban junto al foso
para dar que hacer al enemigo. De este modo se retiraron
con trabajo de la posición poniendo fuego entre ellos y los
enemigos. Toda la ciudad ardió: las casas, las torres, la
empalizada y todo lo demás, excepto la ciudadela.
Al día siguiente los griegos se retiraron llevando los
víveres, y como temían la bajada a Trapezunte, que era por
un camino pendiente y estrecho, hicieron una falsa
emboscada. Un misio que tenía por nombre el mismo de su
nación, escogiendo diez cretenses se colocó en una
espesura y fingió que quería ocultarse de los enemigos;
pero procurando que sus escudos, que eran de bronce,
dejasen percibir sus destellos de cuando en cuando. Los
enemigos, al ver esto, tomaron miedo como si fuese una
emboscada. Y mientras tanto fue bajando el ejército.
Cuando pareció que éste se había ya alejado bastante se
dio señal al misio para que escapase con todas sus fuerzas:
él se puso en pie y echó a correr con los demás. Los
cretenses, temiendo, según dijeron, que los alcanzasen los
enemigos, se arrojaron desde el camino a un bosque y
rodando por los repliegues de éste consiguieron salvarse.
Pero el misio, que siguió huyendo por el camino, pidió
socorro. Acudieron en su auxilio y se lo llevaron herido. Los
que habían venido en ayuda se retiraron dando cara al
enemigo y bajo los disparos de éste, a los cuales respondían
con sus flechas algunos cretenses. De este modo llegaron al
campamento sanos y salvos.
CAPÍTULO III
Como ni Quirísofo venía ni se contaba con naves suficientes
y no había manera de conseguir más víveres, pareció que lo
más conveniente sería partir. Se embarcó en las naves a los
enfermos, los mayores de cuarenta años, los niños y toda la
impedimenta que no era necesario conservar, y se dispuso
que Filesio y Soféneto, los de más edad entre los generales,
embarcasen también y cuidasen de la expedición. Los
demás se pusieron en marcha por tierra: el camino estaba
arreglado. A los tres días de marcha llegaron a Cerasunte,
ciudad junto al mar, colonia de los sinopenses, en el
territorio de la Cólquide. Permanecieron en ella diez días y
se hizo una revista en armas y un recuento, resultando ocho
mil seiscientos hombres. Estos eran los salvados entre los
diez mil aproximadamente del principio. Los demás habían
perecido, unos en lucha con el enemigo, otros a causa de la
nieve y alguno por enfermedad.
Entonces repartieron también el dinero que se había
obtenido de la venta de los prisioneros, separando el
diezmo para Apolo y para la Ártemis de Éfeso. De este
diezmo recibió cada general una parte para emplearla en
honor de los dioses. La correspondiente a Quirísofo fue
entregada a Neón, de Asina. Jenofonte con la parte de Apolo
consagró a este dios una ofrenda en el tesoro de los
atenienses en Delfos, poniendo en ella su nombre y el de
Próxeno, el que había muerto con Clearco; Próxeno era
huésped suyo. La parte de Ártemis, cuando regresó de Asia
con Agesilao en la expedición contra los beocios, se la dejó
a Megabizo, intendente de Ártemis, pues pensaba que su
vida podría correr peligro. Y convino con Megabizo que si él
volvía salvo de la empresa le devolvería la suma, y si le
ocurría algo le haría con ella a Ártemis la ofrenda que
creyese más grata a la diosa.
Más tarde, desterrado Jenofonte de su patria, y cuando
vivía en Escilunte merced a la hospitalidad de los
lacedemonios, llegó Megabizo a Olimpia para presenciar los
juegos y le devolvió el depósito. Y Jenofonte compró un
terreno que consagró a Ártemis en el sitio designado por el
oráculo de Apolo. Daba la casualidad que por este terreno
corría un río llamado Selinunte, como el que bordea el
templo de Ártemis en Éfeso. En uno y otro hay peces y
conchas. En el terreno de Escilunte se encuentra toda clase
de caza que pueda desearse. Con el dinero sagrado
construyó, además, un altar y un templo, y en lo sucesivo
con el diezmo de los frutos de este campo hacían sacrificios
a la diosa, fiesta en la cual participaban todos los
ciudadanos de Escilunte y los hombres y mujeres de las
cercanías. La diosa proporcionaba a los concurrentes (que
estaban en tiendas) harina de cebada, panes, vinos,
golosinas y una parte de las víctimas cebadas en los pastos
sagrados. Pues los hijos de Jenofonte y los de otros
ciudadanos hacían para esta fiesta una caza en la cual
tomaba también parte todo el que quería. Y cogían, ya del
terreno sagrado, ya de la Foloa, jabalíes, corzos y ciervos.
Está situado este terreno en el punto por donde se va de
Lacedemonia a Olimpia, y dista como unos veinte estadios
del templo de Zeus en esta ciudad. Hay en el recinto
sagrado una pradera y montañas llenas de árboles donde se
pueden criar puercos, cabras y vacas, de suerte que
también las caballerías de los que van a la fiesta encuentran
pasto en abundancia. Alrededor del templo mismo ha sido
plantado un vergel de árboles frutales que dan toda clase
de frutas excelentes. El templo se parece en pequeño al de
Éfeso y la estatua de la diosa es semejante a la de Éfeso,
salvo que ésta es de oro y la de Escilunte está hecha de
madera de ciprés. Junto al templo hay una columna con la
siguiente inscripción: «Este lugar está consagrado a
Ártemis. El que lo posea y recoja sus frutos debe ofrecerle el
diezmo todos los años y con el resto sostener el templo. Si
alguien no lo hace así; la diosa se lo tendrá en cuenta».
CAPÍTULO IV
De Cerasunte salieron en los navíos los antes embarcados;
los otros marcharon por tierra. Llegados a los límites de los
mesinecos les enviaron como embajador a Timesíteo, de
Trapezunte, próxeno[32] de aquella gente, para preguntarles
si al atravesar los griegos la comarca consideraríanlos como
amigos o como enemigos. Ellos respondieron que no les
dejarían pasar; confiaban en sus plazas. Entonces dijo
Timesíteo que los mesinecos que habitan más lejos eran
enemigos de éstos. Acordóse, pues, llamarlos y proponerles
una alianza contra los otros. Enviado Timesíteo, vino con los
jefes. Cuando éstos hubieron llegado reuniéronse ellos y los
generales de los griegos, y dijo Jenofonte, sirviéndole de
intérprete Timesíteo: «Mesinecos: nosotros queremos
regresar a Grecia por tierra; no tenemos naves y nos lo
impiden estos que, según hemos oído son enemigos
vuestros. Si os parece podéis aliaros con nosotros, vengaros
de las ofensas que os hayan hecho y sujetarlos a vuestro
dominio para lo sucesivo. Si dejáis escapar esta ocasión
será difícil que encontréis otra vez una fuerza tan
considerable que se alíe con vosotros». A esto respondió el
jefe de los mesinecos que ellos también deseaban y
aceptaban la alianza. «Veamos, pues —dijo Jenofonte—, en
qué nos utilizaréis si entramos en alianza con vosotros y si
estaréis en situación de ayudarnos a seguir nuestro
camino». «Podemos —respondieron ellos— atacar a los
enemigos por el otro lado y enviaros de aquí hombres que
combatan con vosotros y os guíen».
Después de dar y recibir prendas sobre esto, los jefes se
marcharon. Al día siguiente volvieron con trescientas barcas
hechas de una sola pieza. En cada una de ellas iban tres
hombres, de los cuales desembarcaron dos y se pusieron en
formación; el otro quedó en la barca. Los de las barcas se
fueron en ellas. Los otros formaron de este modo: se
pusieron en dos filas de ciento puestas una enfrente de la
otra como en los coros. Llevaban escudos de mimbre
recubiertos de pieles blancas de buey con su pelo, de forma
semejante a una hoja de hiedra, y en la diestra jabalinas de
unos seis pies terminadas por delante en una punta de
hierro y por detrás en una bola. Iban vestidos con túnicas
cortas que no les llegaban a la rodilla, pero muy gruesas,
como la tela de lino con que se envuelve la ropa de cama.
Cubrían la cabeza con cascos de cuero parecidos a los
paflagónicos, con un penacho en el medio, y que en
conjunto se parecía a una tiara. Iban también armados con
hachas de hierro. Uno de ellos preludió y todos los demás se
pusieron en marcha cantando a compás. Así atravesaron las
filas de los griegos formados en armas y se dirigieron
derechos contra el enemigo en dirección a un lugar que
parecía el más a propósito para el ataque. Este punto
estaba situado delante de la ciudad que ellos denominaban
su metrópoli, construida en el punto más elevado del país
de los mesinecos. Por la posesión de esta ciudad era la
guerra, pues los que la ocupaban parecían dominar a los
demás mesinecos. Ellos decían que los otros no la tenían
con justicia, pues siendo posesión común de todos se
habían apoderado de ella por ambición.
Les seguían también algunos griegos, no por orden de los
generales, sino simplemente en busca del botín. El enemigo
les dejó avanzar sin moverse. Pero, cuando llegaron cerca
de la posición a que se dirigían, se les echó encima
corriendo, los puso en fuga y matando a muchos de los
bárbaros y a algunos griegos de los que les acompañaban
fue persiguiéndoles hasta que descubrió al ejército de los
griegos que acudía en ayuda. Entonces dieron vuelta y se
retiraron. Y cortando las cabezas de los cadáveres se las
mostraban a los griegos y a sus compatriotas enemigos,
mientras danzaban al compás de un cierto canto. Los
griegos se apesadumbraron mucho, pues sus aliados habían
envalentonado al enemigo y los griegos que en gran
número les acompañaron también habían huido, cosa no
ocurrida en toda la expedición.
Jenofonte entonces reunió a todos los griegos y les dijo:
«Soldados: no os desaniméis por lo ocurrido. Las ventajas
que de ello obtenemos no son menores que el daño. En
primer lugar habéis visto que los mesinecos que deben
guiarnos están realmente en guerra con los que son
nuestros enemigos. Por otra parte, los griegos que
abandonaron nuestras filas y creyeron que con los bárbaros
podrían conseguir lo mismo que con nosotros, han pagado
su engaño. Así que, en adelante, se apartaran menos de
nuestro ejército. Ahora es menester que vosotros hagáis de
suerte que los bárbaros amigos nuestros vean que sois
superiores a ellos y a los enemigos; que no combaten ya
con gente desorganizada, sino con hombres muy
diferentes».
Así permanecieron durante aquel día. Al siguiente
hicieron sacrificios, y las señales de las víctimas resultaron
favorables. Después de haber comido formóse el ejército en
columnas de compañía. Los bárbaros fueron puestos del
mismo modo a la izquierda. Y en este orden avanzaron
llevando a los arqueros en el intervalo de las compañías y
un poco adelantados del frente de los hoplitas, pues los más
ligeros de los enemigos se adelantaban corriendo y
arrojando piedras. Y los arqueros y peltastas se encargaban
de rechazarlos. Los demás siguieron al paso, primero con
dirección al lugar desde el cual los bárbaros y los griegos
que les acompañaban habían sido puestos en fuga el día
anterior: en él se hallaban formados los enemigos. A los
peltastas les hicieron frente los bárbaros y vinieron a las
manos con ellos. Pero al acercarse los hoplitas echaron a
correr. Los peltastas fueron persiguiéndoles cuesta arriba en
dirección a la metrópoli, mientras los hoplitas les seguían
formados en batalla. Cuando llegaron arriba, junto a las
casas de la metrópoli, los enemigos, reunidos, volvieron a
entablar combate, lanzando sus jabalinas y tratando de
rechazar a los griegos con unas picas largas y gruesas como
apenas podría sostenerlas un hombre. Pero al ver que los
griegos no cedían, sino que avanzaban contra ellos, huyeron
todos, abandonando el lugar. Sólo el rey, que habitaba una
torre de madera edificada en la cima donde vive, y es
guardado a expensas de la comunidad, se negó a salir,
como había hecho el del primer puesto tomado, y ambos
perecieron quemados en las torres.
Los griegos saquearon el lugar y encontraron en las
casas grandes depósitos de panes amontonados como allí
era costumbre tradicional, según los mesinecos, y trigo
guardado con la espiga. La mayor parte de este grano era
espelta. También hallaron ánforas con lonchas de delfín
salado y vasos llenos de grasa de delfín, que usan los
mesinecos como los griegos el aceite. En los graneros había
muchas nueces muy grandes sin intersticio. Estas nueces
cocidas les servían de pan. Encontróse también vino que
puro parecía agrio por su aspereza, pero que mezclado con
agua resultaba fragante y agradable.
Después de comer los griegos continuaron su marcha,
abandonando el lugar a los mesinecos, sus aliados. De
todos los demás lugares enemigos que encontraron, los más
accesibles fueron abandonados y los otros se entregaron
voluntariamente. La mayoría de estos lugares estaba
dispuesto en esta forma: distaban las ciudades entre sí
como ochenta estadios, y de una a otra podían oírse los
mesinecos cuando gritaban. De tal modo alternan en el país
valles profundos y alturas elevadas. Cuando llegaron en su
marcha a las tierras de los mesinecos, les mostraron niños
de familias ricas cebados con nueces cocidas. Estaban tan
gordos que poco les faltaba para igualar el grueso con el
alto, y eran de carnes tiernas y muy blancas. Tenían las
espaldas pintadas y por delante unos tatuajes en forma de
flores. Querían cohabitar a la vista de todos con las
cortesanas que iban en el ejército: tal es la costumbre entre
ellos. Todos los hombres y las mujeres son allí blancos. Los
griegos decían que éste era el pueblo más bárbaro que
habían encontrado, aquel cuyas costumbres diferían más de
las griegas. Hacían en público lo que otros en secreto y a
solas se conducían como si estuviesen entre gente;
hablaban consigo mismos, reían y se ponían a bailar en
cualquier sitio que se encontrasen como si alguien pudiese
verlos.
CAPÍTULO V
A través de esta comarca, ya por tierras amigas, ya por
enemigas, anduvieron los griegos ocho jornadas y llegaron
al país de los cálibes. Éstos eran pocos y estaban sometidos
a los mesinecos. La mayor parte de ellos vivían extrayendo
mineral de hierro. Desde este punto llegaron al país de los
tibarenos. Esta comarca era mucho más llana, con plazas
junto al mar menos difíciles. Los generales deseaban atacar
estas plazas para que el ejército obtuviese algún provecho.
Así es que no aceptaron los presentes de hospitalidad
enviados por los tibarenos. Y mandándoles esperar lo que
se acordase sobre ello, hicieron sacrificios. Pero después de
haber inmolado muchas víctimas todos los adivinos
estuvieron conformes en decir que los dioses no aprobaban
de ningún modo la guerra. Entonces aceptaron los
presentes y atravesando como amigos aquella comarca
llegaron en dos días a Cotiora, ciudad griega, colonia de los
sinopenses y situada en el país de los tibarenos[33].
Allí permanecieron cuarenta y cinco días. Durante ellos
ofrecieron sacrificios a los dioses. Se hicieron procesiones
por las diferentes razas de los griegos según las costumbres
de cada una y se celebraron concursos gimnásticos. Los
víveres los tomaban, ya de la Paflagonia, ya de las aldeas
de los cotioritas, porque éstos no se prestaban a
vendérselos, ni quisieron admitir a los enfermos dentro de
sus murallas.
En esto llegaron embajadores de Sinope, temerosos
tanto por la ciudad de los cotioritas, que era colonia de ellos
y les pagaba tributo, como por su territorio, el cual, según
habían oído, los griegos estaban devastando. Llegados al
campamento, habló en nombre de todos ellos Hecatónimo,
que gozaba fama de elocuente: «Soldados —dijo—, la
ciudad de Sinope nos ha enviado a nosotros para que os
alabemos, porque siendo griegos habéis vencido a los
bárbaros, y para que os felicitemos por haber llegado sanos
y salvos después de tantos y tan formidables trances, según
hemos oído. Y siendo nosotros griegos, como lo sois
vosotros, esperamos que sólo beneficios habréis de
hacernos, nunca daño, pues que tampoco nosotros os
hemos provocado con ningún agravio. Ahora bien: los
cotioritas son una de nuestras colonias y la tierra que
poseen se la dimos nosotros quitándosela a los bárbaros,
por lo cual nos pagan un tributo fijo, como lo hacen también
los habitantes de Cerasunte y Trapezunte; de suerte que el
mal que a éstos hagáis lo tendrá la ciudad de Sinope como
hecho a ella misma. Y hemos oído que habéis entrado en la
ciudad por fuerza, que se han alojado en sus casas algunos
de vosotros y que tomáis por fuerza de sus campos lo que
necesitáis en vez de obtenerlo por buenas razones. Esto no
nos parece bien. Si lo continuáis haciendo nos veremos
obligados a hacer amistad con Corilas, con los paflagonios o
con cualquier otro pueblo que podamos».
Entonces se levantó Jenofonte y, en nombre de todo el
ejército dijo: «Nosotros, sinopenses, hemos llegado aquí
satisfechos de haber conseguido salvar nuestras vidas y
nuestras armas. Era imposible conducir riquezas y al mismo
tiempo combatir con el enemigo. Y ahora, llegados a las
ciudades griegas, en Trapezunte, donde se prestaron a
vendernos, compramos lo necesario y correspondimos a sus
atenciones y a los presentes que nos ofrecieron. Y si alguno
era amigo de esta ciudad nos absteníamos de causarle
ningún perjuicio; en cambio, a sus enemigos les hicimos
todo el daño que pudimos, guiados por ellos mismos.
Preguntadles cómo nos portamos con ellos: aquí están los
guías que por amistad nos dieron. Pero, si llegamos a un
sitio y no nos venden, ya sea tierra de los bárbaros, ya de
los griegos, tomamos lo que nos hace falta, no por licencia,
sino por necesidad. Así hemos hecho la guerra a los
carducos, taocos y caldeos, gente muy temible y que no son
súbditos del rey, porque era preciso tomar lo necesario, ya
que no querían vendérnoslo. En cambio, a los macrones,
que se prestaron a ello en la medida de sus recursos, los
hemos tenido por amigos y nada les tomamos por fuerza. A
los cotioritas, que decís ser colonos vuestros, si algo les
cogimos ellos tienen la culpa. No se han conducido con
nosotros como amigos, sino que cerrando sus puertas ni
querían recibirnos dentro ni nos ofrecían mercado fuera. Y
echaban la culpa de esto a vuestro harmosta[34]. Nos
reprocháis, además, que entrando por la fuerza algunos se
alojan en sus casas. Nosotros les pedimos que recibiesen a
nuestros enfermos, y como no abrían las puertas entramos
por donde el sitio lo permitía, pero sin hacer violencia
alguna salvo que los enfermos están alojados en las casas
viviendo de sus propios recursos. Si hemos puesto guardias
en las puertas es para que nuestros enfermos no estén a la
merced de vuestro harmosta, sino que podamos
llevárnoslos cuando queramos. Los demás, como veis,
acampamos al aire libre en nuestro orden, dispuestos a
devolver el bien y a vengar el mal que se nos haga. En
cuanto a tus amenazas de que si os parece haréis alianza
con Corilas y los paflagones contra nosotros, si la necesidad
nos obliga combatiremos con ellos y vosotros, pues ya
hemos hecho la guerra a pueblos más numerosos. Y
también nosotros, si nos parece, haremos amistad con el
paflagonio. Hemos oído que desean vuestra ciudad y los
lugares de la costa y procuraremos ganarlos para nosotros
ayudándoles a realizar sus deseos».
A todo esto los compañeros de Hecatónimo daban claras
muestras de estar disgustados de lo que éste había dicho, y
adelantándose uno de ellos dijo que no habían venido para
provocar la guerra, sino para mostrar que eran amigos. «Y si
vais a Sinope os recibiremos allí con presentes de
hospitalidad, y ordenaremos a estos cotioritas os den lo que
puedan. Ya vemos que es verdad todo lo que decís».
Después de esto los cotioritas enviaron presentes. Por su
parte, los generales de los griegos tuvieron con los
embajadores de los sinopenses todas las atenciones de la
hospitalidad y hablaron con ellos amistosamente sobre
asuntos diversos, entre ellos de la marcha futura,
informándose unos y otros de lo que necesitaban.
CAPÍTULO VI
Así terminó aquel día. Al siguiente reunieron los generales a
los soldados y decidieron someter a deliberación el asunto
de la marcha futura, llamando también a los sinopenses. Si
era preciso hacerla por tierra, parecía que éstos habían de
ser útiles, pues conocían la Paflagonia, y si por mar,
también era forzoso contar con los sinopenses; sólo ellos
parecían en situación de dar al ejército el número de naves
que necesitaban. Llamaron, pues, a los embajadores a la
deliberación y les rogaron que, puesto que eran griegos, el
mejor modo de recibir a unos compatriotas era mostrarles
benevolencia y darles los mejores consejos.
Y levantándose Hecatónimo, disculpóse primero de haber
dicho que harían amistad con los paflagones; su intención
no había sido decir que harían guerra a los griegos, sino
que, siéndoles posible tener por amigos a los bárbaros,
preferirían a los griegos. Como le invitasen a decir su
opinión, después de haber invocado a los dioses, habló en
esta forma: «¡Que si os aconsejo lo que me parece más
conveniente me suceda toda suerte de prosperidad! ¡Que
me ocurra lo contrario si no lo hago! ¡Este consejo me
parece más conveniente si no lo hago! Este consejo me
parece ser el que suelen llamar sagrado. Pues, si los hechos
muestran que os he aconsejado bien, serán muchos los que
me elogien, y si mal, muchos también los que me maldigan.
Bien sé que si vais por mar tendremos muchas más
molestias, porque nosotros debemos proporcionaros las
naves. En cambio, si marcháis por tierra, a vosotros os
tocará combatir. Con todo, he de decir lo que sé: conozco
por experiencia el país y las fuerzas de los paflagones. Esta
comarca tiene las dos cosas: las llanuras más bellas y las
montañas más elevadas. Y, en primer término, sé por dónde
tenéis forzosamente que entrar. No hay otro camino que un
desfiladero con elevadas montañas a derecha e izquierda.
Dueños de estas alturas, un puñado de hombres puede
dominar el paso y todos los hombres juntos no podrían
atravesarlo. Estoy dispuesto a mostrarlo si queréis enviar a
alguien conmigo. Después sé que hay llanuras y una
caballería que los bárbaros mismos consideran superior a
toda la caballería del rey. Y en estas mismas circunstancias
no acudieron al llamamiento que el rey les dirigió, pues el
que los manda se cree demasiado para eso. Pero
suponiendo que podáis burlar al enemigo en el paso de las
montañas o adelantárosle a ocuparlas, suponiendo que en
el llano venzáis no sólo a su caballería, sino también a su
infantería, que suma más de ciento veinte mil hombres, en
seguida os encontraréis con los ríos, primero con el
Termodonte, de tres pletros de anchura, y que, a mi parecer,
es difícil de pasar, sobre todo teniendo enemigos numerosos
delante y perseguidos por otros no menos numerosos a la
espalda. Después viene el Iris, también de tres pletros;
después el Halis, con anchura no menor de dos estadios, el
cual no podréis atravesar sin naves. ¿Y quién será el que os
las proporcione? También es invadeable el Partenio, al cual
llegaréis si conseguís atravesar el Halis. Pienso, por
consiguiente, que la marcha por tierra es para vosotros, no
ya difícil, sino completamente imposible. En cambio, por
mar podéis ir embarcados desde aquí a Sinope y de Sinope
a Heraclea. Desde Heraclea no existe dificultad ni por tierra
ni por mar; en Heraclea hay gran abundancia de buques».
Así habló Hecatónimo. Unos sospechaban que había
dicho esto por su amistad con Corilas, del cual era
próxeno[35]; otros, que el deseo de conseguir una
recompensa le había movido a dar este consejo. También
había quienes sospechaban que lo había hecho temeroso de
que, yendo por tierra, hicieran daños en el país de los
sinopenses. Los griegos votaron, pues, que se iría por mar.
Entonces dijo Jenofonte: «Sinopenses: los soldados se han
decidido por el camino que vosotros les aconsejáis. Pero ha
de ser de este modo: si vienen las naves suficientes para
que no se quede en tierra ni un solo hombre, nos
embarcaremos; pero, si unos han de marcharse y otros
permanecer aquí no subiremos a bordo. Bien sabemos que
mientras seamos fuertes podremos salvarnos y tener lo
necesario; pero no bien nuestros enemigos nos vean débiles
estaremos en la situación de los esclavos». Oído esto, los
sinopenses los invitaron a que enviaran diputados. Y ellos
enviaron a Calímaco, de Arcadia; Aristón, de Atenas, y
Samola, de Aquea, los cuales partieron.
En este tiempo, Jenofonte, viendo los numerosos hoplitas
de los griegos, los numerosos peltastas, los arqueros, los
honderos y unos jinetes tan aguerridos; viendo, además,
que se hallaban en el Ponto, donde no era empresa de poco
coste reunir fuerza tan considerable, le pareció que sería
glorioso ganar para la Grecia un nuevo territorio fundando
una ciudad. Y le pareció también que podría ser una gran
ciudad, dado el número de las tropas y teniendo en cuenta
los pueblos vecinos del Ponto. Con este objeto, antes de
hablar de ello con nadie, llamó a Silano, de Ambracia,
adivino de Ciro, y celebró un sacrificio. Pero éste, temiendo
se realizase la cosa y se quedara por allí el ejército, hizo
correr la voz de que Jenofonte quería fijar allí a los griegos,
fundar una ciudad y hacerse famoso y prepotente. Silano
quería volver cuanto antes a Grecia pues había conseguido
salvar los daricos que le dio Ciro cuando acertó en
predecirle los diez días después de haber hecho sacrificios.
Cuando oyeron esto los soldados a unos les pareció bien
el quedarse pero a la mayoría no. Timasión, de Dárdano, y
Torax, de Beocia, dijeron a unos mercaderes de Heraclea y
Sinope allí presentes que si no daban una soldada al
ejército, de suerte que pudiesen tener víveres al ir
embarcados, se corría el peligro de que permaneciese en el
Ponto una fuerza tan considerable. «El pensamiento de
Jenofonte, al cual procura atraernos, es decir de repente al
ejército cuando vengan las naves: “Soldados: vemos que
vuestra situación es difícil, tanto para procurarnos los
víveres necesarios durante la navegación como para ser
útiles a los vuestros cuando regreséis a la patria. Si queréis,
se puede elegir un sitio entre todas las tierras que rodean el
Ponto y apoderarnos de él. Y el que quiera puede volver a
Grecia, y el que no, quedarse allí. Tenéis naves suficientes
para caer repentinamente sobre el punto que os parezca”.»
Los mercaderes, oído esto, se lo comunicaron a sus
ciudades. Timasión envió con ellos a Eurímaco, de Dárdano,
y a Torax, de Beocia, para que dijesen lo mismo. Los
sinopenses y los heracleotas, enterados de ello, mandaron
mensajeros a Timasión prometiéndole dinero para que
procurase que el ejército saliera embarcado del Ponto.
Timasión oyó con gusto este ofrecimiento y, reunidos los
soldados, les habló así: «Soldados: no pensemos en
quedarnos; nada debe ser para nosotros preferible a Grecia.
He oído que algunos hacen sacrificios con este propósito sin
deciros nada a vosotros. Yo os prometo que si salimos de
aquí embarcados os daré de soldada a cada uno un ciciceno
por mes a partir de la luna nueva. Os conduciré además a la
Tróade, de donde estoy desterrado, y allí podéis contar con
mi ciudad natal, pues sin duda me recibirán gustosos.
También os llevaré a sitios donde podáis ganar grandes
riquezas. Conozco muy bien la Eólide, la Frigia, la Tróade y
todo el gobierno de Farnabazo, parte por ser mi país y parte
por haber acompañado en sus campañas a Clearco y
Dercilidas».
En seguida se levantó Torax, de Beocia, que le disputaba
el mando a Jenofonte, y dijo que si salían del Ponto tendrían
a su disposición el Quersoneso, comarca bella y opulenta,
en la cual podrían quedarse los que quisieran, y los que no,
volver a la patria. Era ridículo, habiendo tantas y tan fértiles
tierras en Grecia, ponerse a buscar por las de los bárbaros.
«Hasta que lleguéis allí, yo, como Timasión, os prometo la
soldada». Decía esto sabiendo lo prometido a Timasión por
los heracleotas y los sinopenses para que se marchasen en
las naves. Mientras tanto, Jenofonte guardaba silencio. Pero
levantándose Filesio y Licón, ambos de Acaya, dijeron que
sería cosa fuerte que Jenofonte anduviese persuadiendo en
particular que se quedasen e hiciesen sacrificios sobre ello,
y, en cambio, nada dijera en público sobre el asunto. De
suerte que se vio obligado Jenofonte a levantarse y decir lo
siguiente: «Yo, soldados, según veis, hago sacrificios
cuantas veces puedo, tanto por vosotros como por mí
mismo, a fin de decir, pensar y hacer lo que ha de resultar
más glorioso y conveniente para vosotros y para mí. Y ahora
había consultado a las víctimas acerca de esto mismo, si
sería mejor adelantarme y hablaros del asunto para ponerlo
en práctica o si no debía tocar la cosa. Silano el adivino me
respondió que lo más importante, las señales, eran
propicias; sabía que no me faltaba experiencia, por hallarme
siempre presente en los sacrificios. Pero me dijo también
que aparecían engaños y emboscadas contra mí; bien
conocía él su intención de calumniarme con vosotros. Echó,
pues, a correr la especie de que yo pensaba poner en
práctica esto en seguida sin convenceros a vosotros. Yo,
ciertamente, como os veía en trance apurado, buscaba el
modo de que os apoderaseis de una ciudad, y entonces el
que quisiera se marchase por mar al momento, y el que no,
cuando, habiendo adquirido riquezas suficientes, pudiese
ser útil a los suyos. Pero puesto que, como veo, los
heracleotas y los sinopenses os han enviado naves para
embarcaros, y hay quienes os ofrecen una soldada a partir
de la luna nueva, me parece muy bien que, puestos en
salvo donde queremos, recibáis un sueldo por la feliz
travesía. Así es que yo desisto de mi pensamiento y creo
deben también desistir cuantos a mí se acercaron diciendo
que era preciso hacer esto. Porque, a mi parecer, mientras
permanezcáis juntos y en gran número seréis respetados y
tendréis lo necesario: con la victoria va el coger los bienes
de los vencidos. Pero si os dispersáis, si dividís vuestras
fuerzas, ni podréis conseguir víveres ni escapar bien
parados. Estoy, pues, conforme con vosotros en que
debemos irnos a Grecia; pero que, si alguno fuera
sorprendido quedándose atrás antes de llegar todo el
ejército a lugar seguro, debemos someterlo a juicio como
culpable. Y el que piense lo mismo que levante la mano». La
levantaron todos.
Silano se puso a gritar e intentó decir que era justo dejar
irse al que quisiera. Pero los soldados no lo sufrieron y le
amenazaron con que si le sorprendían procurando escapar
le impondrían un castigo. Poco después, cuando los
heracleotas supieron que el ejército había resuelto
marcharse y que al mismo Jenofonte se debía la proposición
del acuerdo, enviaron las naves, pero no cumplieron su
palabra en cuanto al dinero prometido a Timasión y Torax.
Con esto los que prometieron la soldada estaban
aterrorizados por miedo al ejército. Y reuniendo a los demás
generales que habían tenido conocimiento de sus anteriores
pasos (todos, excepto Neón, de Asina, que ocupaba el lugar
de Quirísofo, pues éste aún no había vuelto), fueron a verse
con Jenofonte, y le dijeron que estaban arrepentidos; que,
puesto había buques, pensaban que lo mejor era irse en
ellos al Fasis y apoderarse de la tierra de los fasianos, donde
reinaba a la sazón un nieto de Eeto. Jenofonte les respondió
que él no diría nada de esto al ejército: «Reunidlo vosotros,
si queréis —dijo—, y decídselo». Entonces Timasión, de
Dárdano, fue de opinión que no se convocara a la tropa,
sino que cada uno procurase primero convencer a sus
propios capitanes. Y separándose lo hicieron así.
CAPÍTULO VII
Los soldados se enteraron de lo que ocurría. Y Neón fue
diciendo que Jenofonte, después de haber convencido a los
demás generales, tenía el propósito de engañar a los
soldados y de volverles al Fasis. Al oír esto, los soldados lo
tomaron a mal, y aquí y allí surgieron reuniones y corrillos.
(Era muy de temer que ocurriese algo como lo sucedido a
los heraldos de los colcos y a los inspectores de los víveres:
cuantos no pudieron huir al mar fueron lapidados). Cuando
lo advirtió Jenofonte, le pareció necesario convocar cuanto
antes una reunión pública, sin dejar que los soldados se
reuniesen espontáneamente, y ordenó al heraldo que la
convocase. Ellos, al oír al heraldo, acudieron corriendo con
gran diligencia. Entonces Jenofonte, sin acusar a los
generales de haber ido a buscarle, habló de esta manera:
«Oigo, soldados, que me acusan de querer conduciros al
Fasis con engaños. Oídme, pues, por los dioses, y si
aparezco culpable no debo salir de aquí sin el condigno
castigo. Pero si, por el contrario, resultan culpables los que
me calumnian debéis tratarlos como se merecen. Vosotros
—continuó diciendo— sabéis ciertamente por dónde se
levanta el sol y por dónde se oculta, y que si uno ha de ir a
Grecia tiene que marchar hacia Occidente; pero si se quiere
llegar a los países bárbaros es preciso dirigirse en sentido
contrario, al Oriente. ¿Cómo podría nadie engañaros hasta
el punto de haceros creer que el sol se levanta por donde se
pone o se pone por donde se levanta? Además, sabéis que
el viento Norte conduce fuera del Ponto, y, en cambio, el Sur
conduce más adentro, hacia el Fasis. ¿Cómo es posible que
alguien os haga embarcar engañados cuando sopla el viento
Sur? Pero supongamos que os hago subir a las naves
cuando haya calma. Yo iré en un solo buque y vosotros, por
lo menos, en cien. ¿Cómo os forzaría a navegar conmigo
contra vuestra voluntad u os conduciría engañados? Pero
supongamos también, que con mis engaños y
embaucamientos os hago llegar al Fasis y que
desembarcamos en aquel país: ciertamente os daréis
cuenta de que no estáis en Grecia. Y yo, el engañador, seré
uno solo, mientras vosotros, los engañados, seréis cerca de
diez mil provistos de armas. ¿Cómo un hombre que tales
cosas imaginase para sí mismo y para vosotros dejaría de
ser castigado? Pero éstas son conversaciones de hombres
de poco seso, envidiosos de mí porque soy honrado por
vosotros. Y ciertamente no tienen razón de envidiarme. ¿A
quién de ellos le impido yo hablar, si tiene algo bueno que
deciros; combatir, si alguno quiere combatir por vosotros, o
por él mismo, o velar atento por vuestra salvación? ¿En qué
me opongo yo a los jefes que vosotros queráis elegir? Estoy
pronto a ceder el mando; que otro se lo tome; solamente
veamos si os reporta algún beneficio. Pero ya he dicho lo
bastante sobre esto. Si alguno se cree engañado o piensa
que otros lo han sido que hable y lo muestre. Cuando ya
consideréis suficientemente tratado este asunto, no os
separéis antes de que os hable de una cosa que veo
comenzar en el ejército. Si este mal se extiende y llega
adonde parece ha de llegar, tiempo es que deliberemos
sobre nosotros mismos, a fin de que no aparezcamos como
los peores y los más cobardes de los hombres ante los
dioses y ante los humanos, ante los amigos y ante los
enemigos».
Al oír esto los soldados se maravillaron de qué podría ser
y le excitaron a que hablase. Él entonces prosiguió de
nuevo: «Ya sabéis que había en las montañas algunas
aldeas de los bárbaros que eran amigas de los cerasuntios.
De ellas bajaban algunos habitantes y nos vendían víctimas
y de lo demás que tenían. Me parece también que algunos
de vosotros fueron a la más próxima de estas aldeas y
después de hacer sus compras se volvieron. El capitán
Cleáreto, sabedor de que esta aldea era pequeña y mal
guardada por creerse amiga, marchó contra ellos por la
noche con intención de saquearla, sin decir nada a ninguno
de nosotros. Tenía intención, si se apoderaba de la aldea, de
no volver al ejército, de embarcarse a bordo de un buque en
el cual sus compañeros de tienda recorrían la costa y,
cargando en él todo cuanto cogiese, salir del Ponto. Sus
compañeros del buque convinieron en ello, según acabo de
saber. Llamando, pues, a todos los que pudo seducir, los
llevó contra la aldea. Pero, habiéndole sorprendido el día en
el camino, las gentes del lugar se reunieron y, colocándose
en posiciones elevadas, los atacaron con proyectiles y de
cerca, matando a Cleáreto y a muchos de los otros. Algunos
de ellos se refugiaron en Cerasunte. Esto ocurría el mismo
día en que partíamos a pie para llegar aquí. De los que
debían seguir por mar quedaban aún algunos en Cerasunte,
que no habían levado anclas. Después de esto, según dicen
los cerasuntios, llegaron de la aldea tres hombres de los
más ancianos con deseo de presentarse a nuestra
asamblea. Y como no nos encontraron, dijeron a los
cerasuntios que les maravillaba por qué habíamos tenido la
idea de atacarles. Pero al decirles los cerasuntios, según
han dicho, que el ataque no había sido acordado por el
ejército, ellos se alegraron, y pensaban venir aquí por mar
para contarnos lo ocurrido e invitarnos a recoger los
muertos y enterrarlos. Algunos de los griegos que habían
huido se encontraban aún en Cerasunte, y, sabiendo a
dónde iban los bárbaros, se atrevieron a atacarlos con
piedras y excitaron a otros a que hicieran lo mismo. Y
murieron lapidados los tres hombres, los tres embajadores.
Ocurrido esto, los cerasuntios vienen a nosotros y nos
cuentan el suceso; y nosotros los generales, al oírlo, nos
dolimos del hecho y tratamos con los cerasuntios sobre la
manera de dar sepultura a los cadáveres de los griegos.
Estábamos, pues, sentados fuera del campamento, cuando
de repente oímos un gran tumulto: “¡Pega!, ¡pega!” “¡Tira!,
¡tira!” Y en seguida vimos muchos hombres que venían
corriendo con piedras en las manos y otros que las recogían.
Los cerasuntios, que habían visto lo ocurrido en su ciudad,
huyeron espantados hacia las naves y hasta, ¡por Zeus!,
algunos de nosotros sintieron miedo. Yo, entonces, me salí
al encuentro de los alborotadores y pregunté qué pasaba.
Algunos no lo sabían; pero, sin embargo, llevaban piedras
en las manos. Pero, por fin, tropecé con uno enterado, y
éste me dijo que los agoránomos[36] se conducían mal con
ellos. En esto, alguien que vio al agoránomo Zelarco
retirándose hacia el mar lanzó un grito, y los demás, como
si hubiese aparecido un jabalí o un ciervo, se lanzaron sobre
Zelarco. Los cerasuntios, al verlos hacia donde ellos
estaban, creyendo indudable que iban contra ellos, echaron
a correr y se arrojaron al mar. Con ellos se arrojaron también
algunos de los nuestros, y se ahogaron todos los que no
sabían nadar. ¿Qué os parece de ellos? No nos habían hecho
daño, pero temían se hubiese apoderado de nosotros una
especie de rabia como la de los perros. Si esto sigue
ocurriendo, considerad cuál será la situación del ejército.
Vosotros todos reunidos no seréis dueños ni de hacer la
guerra a quien queráis o de ponerle término, sino que
cualquiera podrá a su capricho llevar al ejército donde se le
antoje. Y si viniesen a nosotros embajadores para pedirnos
la paz o para cualquier otro asunto, los matarán sin dejaros
escuchar las razones de las que han venido a tratar con
vosotros. Además, aquellos que vosotros todos habéis
elegido por jefes no tendrán autoridad alguna. El primero a
quien se le ocurra elegirse general y gritar: “¡Pega!, ¡pega!”
podrá matar a cualquier jefe o a cualquier simple soldado de
entre vosotros, sin sujetarse a proceso, con tal que
encuentre quienes le sigan, como ahora ha ocurrido.
Considerad lo que os han hecho estos que se han elegido
generales a sí mismos. Zelarco, el agoránomo, si es que os
ha hecho algún daño, se va por mar sin ser castigado; si es
inocente, huye del ejército temiendo se le mate
injustamente y sin juzgarle. Y los que han lapidado a los
embajadores han hecho que sólo vosotros, entre todos los
griegos, no podáis ir seguros a Cerasunte como no sea por
la fuerza. Los muertos, que antes quienes los mataron nos
invitaban a enterrar, no hay seguridad para recogerlos ni
aun con un heraldo. ¿Quién querrá ir como heraldo después
de haber dado muerte a otros heraldos? Pero nosotros
hemos suplicado a los cerasuntios que los entierren. Si esto
está bien, declaradlo, a fin de que, para prevenirse, cada
uno se ponga en guardia y procure acampar en lugares
fuertes y elevados. Pero si os parece que tales cosas son
propias de fieras y no de hombres, ved la manera de
ponerles un término. De otra suerte, ¡por Zeus!, ¿cómo
podrán ser nuestros sacrificios gratos a los dioses si
hacemos obras impías? ¿Cómo lucharemos contra nuestros
enemigos si nos matamos los unos a los otros? ¿Qué ciudad
nos recibirá como amigos si ve en nosotros tal indisciplina?
¿Quién osará traernos víveres si se nos ve cometer tales
faltas en las cosas más graves? Las alabanzas de que nos
creemos merecedores, ¿quién podrá dárnoslas si nos
conducimos de esta forma? Estoy seguro que nosotros
mismos calificaríamos de malvados a los que hicieran tales
cosas».
Entonces se levantaron todos diciendo que debían ser
castigados los que habían iniciado tales sucesos y que, en
adelante, no debían permitirse semejantes desórdenes, y si
alguien intentaba hacerlo se le diese muerte; que los
generales instruyesen proceso a todos, examinando cuantas
faltas se podían haber cometido desde la muerte de Ciro:
nombraron por jueces a los capitanes. A propuesta de
Jenofonte, apoyado por el consejo de los adivinos, decidióse
purificar el ejército. Y se hizo la purificación.
CAPÍTULO VIII
También se decidió que los generales se sometiesen a juicio
por sus actos durante todo el tiempo pasado. Verificado el
juicio, Filesio y Janticles tuvieron que pagar veinte minas
que faltaban del dinero de la marina confiado a su custodia,
y Soféneto diez minas porque, habiendo sido elegido jefe, se
había descuidado. A Jenofonte algunos le acusaban diciendo
que les había pegado y que los trataba con violencia.
Jenofonte invitó al primero de estos acusadores a que dijese
dónde había sido pegado. Él respondió: «En un sitio donde
nos moríamos de frío y había muchísima nieve». Jenofonte
le replicó: «Si haciendo tanto frío como dices, faltando los
víveres, cuando el vino no podía ni olerse, rendidos muchos
de nosotros por la fatiga y seguidos por los enemigos; si en
tales circunstancias me he mostrado violento, confieso que
soy más colérico que los asnos, a los cuales dicen que su
misma cólera no les deja sentir el cansancio. Pero, con todo,
dinos —continuó— por qué causa fuiste pegado. ¿Es que te
pedí algo y al no dármele te pegué? ¿Es que te exigí me
restituyeses algo? ¿Me peleaba contigo por algún guapo
chico o es que estaba borracho?». El otro dijo que no era
nada de esto, y Jenofonte le preguntó si iba entonces entre
los hoplitas. «No», respondió. «¿Con los peltastas?». Dijo
que tampoco, sino que conducía una mula por encargo de
sus compañeros de tienda; pero que era hombre libre.
Entonces Jenofonte, reconociéndole, le preguntó: «¿Acaso
eres tú aquel que conducía un enfermo?». «Sí, ¡por Zeus! Tú
me habías obligado a ello echando por tierra los bagajes de
mis compañeros». «Pero he aquí lo que yo hice —dijo
Jenofonte—: repartí la carga entre otros soldados para que
la llevaran y les encargué que me la entregaran, y cuando la
hube recibido de nuevo en buen estado, te la devolví
cuando tú me presentaste mi hombre. Pero escuchar cómo
pasó la cosa vale la pena. Un hombre se quedaba rezagado
porque ya no podía andar. Yo no lo conocía; para mí era sólo
uno de los nuestros, y te obligué a conducirlo para que no
pereciese; pues, según creo, los enemigos nos seguían de
cerca». El hombre convino en ello.
«Y después, mandando por delante —continuó Jenofonte
—, te encuentro de nuevo, cuando avanzaba con la
retaguardia, abriendo una fosa como para enterrar al
hombre. Me detuve y te alabé la acción. Pero, estando
nosotros allí, el hombre dobló la pierna y todos los presentes
gritaron que vivía. Tú dijiste: “¡Que viva mientras quiera! No
seré yo quien lo lleve.” Y entonces fue cuando te pegué,
dices verdad, porque me dabas la impresión de saber que
aún vivía». «Bueno —replicó el quejoso—: ¿acaso dejó de
morirse por eso, después que te lo presenté?». «Y nosotros
también —dijo Jenofonte— moriremos todos; ¿pero nos han
de enterrar vivos por eso?».
Todo el mundo se puso entonces a gritar que no le había
golpeado lo bastante. Jenofonte invitó en seguida a los otros
a que dijesen por qué les había pegado. Pero, como ninguno
se levantase, él dijo: «Yo, soldados, confieso haber golpeado
a algunos para castigar su indisciplina. A estos hombres les
parecía que nosotros los salvábamos yendo formados en
buen orden y combatiendo con los enemigos donde preciso
fuere, mientras ellos abandonaban las filas con el deseo de
saquear y tener más que nosotros. De haber hecho todos lo
mismo, todos hubiéramos perecido. También he golpeado,
obligándole a marchar, a algún soldado flojo que no quería
levantarse, abandonándose a merced del enemigo. Cuando
hacía mucho frío, yo mismo esperando a algunos que
plegaban sus bagajes, después de haber permanecido
sentado mucho tiempo, he visto que me costaba trabajo
levantarme y estirar las piernas. Por propia experiencia,
pues, cuando veía a otro sentado y perezoso le hacía
ponerse en marcha, porque el movimiento y la energía
daban un cierto calor y flexibilidad, mientras que el estar
sentado y en reposo hacía, según pude ver, que la sangre
se helase y se pudriesen los dedos de los pies, como sabéis
muchos de vosotros por haberlo pasado. Quizá he golpeado
con el puño a algún otro que se quedaba atrás por
abandono y estorbaba la marcha de vosotros los de
vanguardia y de nosotros los de atrás, pero era para que los
enemigos no le golpearan con la lanza. Y ahora, una vez
salvados, si yo les he hecho algo pueden pedir justicia
contra mí. Pero, si hubiesen caído en manos de los
enemigos, ¿de qué hubieran podido pedir justicia, por
grande que fuese la injuria? Mis razones son sencillas. Si he
castigado a alguno por su bien, debo sufrir la pena que
deben los padres a sus hijos o los maestros a sus discípulos.
También los médicos queman y cortan en bien del enfermo.
Pero, si creéis que yo he hecho esto por violencia,
considerad que ahora, gracias a los dioses, tengo más
confianza que entonces, que me siento más atrevido que
entonces, que bebo más vino, y, sin embargo, a nadie pego
y es que os veo ya en el puerto. Pero, cuando hay
tempestad y cuando la mar se levanta en grandes olas, ¿no
veis que por sólo una señal con la cabeza se encoleriza el
timonel con los de la proa y el piloto con los de la popa? Es
que en tales circunstancias la falta más pequeña basta para
perderlo todo. Y que les pegué justamente, vosotros mismos
lo habéis declarado; junto a mí estabais, no con piedras de
voto, sino con espadas, y habríais podido socorrerlos si
hubieseis querido. Pero, ¡por Zeus!, ni los socorristeis a ellos
ni me ayudasteis a castigar a los indisciplinados. De suerte
que, dejándoles conducirse insolentemente, habéis
autorizado a estos cobardes. Pues si miráis bien
encontraréis que los que entonces eran más cobardes son
ahora los más insolentes. Brisco, el luchador tesalo, luchaba
entonces por no llevar escudo, diciendo que estaba
enfermo; y ahora, por lo que oigo, ha despojado a multitud
de cotioritas. Si sois cuerdos haréis con él lo contrario de lo
que se hace con los perros. A los perros malos se les ata
durante el día y se les deja sueltos por la noche; a él, si sois
cuerdos, lo ataréis durante el día y lo dejaréis suelto durante
la noche. Pero ciertamente —continuó diciendo— me
maravilla que os acordéis de todo aquello en que haya
podido molestaros y que no lo paséis en silencio, y, en
cambio, si he socorrido a alguno cuando hacía frío, si lo he
defendido contra el enemigo o si le he favorecido estando
enfermo o necesitado, nadie se acuerda de estas cosas,
como que tampoco os acordáis de las ocasiones en que he
alabado al que se portaba bien o he honrado, según yo
podía, a los bravos. Y es, sin embargo, bello y justo, es
piadoso y más agradable acordarse del bien antes que del
mal».
A estas palabras se levantaron todos recordando las
cosas pasadas. Y el asunto se arregló de buena manera.
LIBRO SEXTO
CAPÍTULO I
Después de esto, mientras estaban allí, los soldados vivían,
los unos, de los víveres que compraban; los otros,
saqueando la Paflagonia. Por su parte, también los
paflagonios robaban cuanto podían a los que se
encontraban dispersos, y por la noche procuraban hacer
daño a los que estaban acampados lejos; esto hacía que la
hostilidad fuese muy viva entre los soldados y aquel pueblo.
Corilas, que gobernaba entonces la Paflagonia, envió a los
griegos embajadores montados a caballo y con bellas
vestiduras para decirles que Corilas estaba dispuesto a no
hacer daño a los griegos con tal que a él no se lo hiciesen.
Los generales respondieron que tratarían de esto con el
ejército; pero dieron hospitalidad a los embajadores e
invitaron, además, a los que les pareció bien del ejército.
Después de inmolar a los dioses bueyes y otras víctimas
que habían cogido, ofrecieron un banquete bastante bueno.
Comieron echados en lechos y bebieron en vasos de cuerno
de los que había en la comarca. Después que hubieron
hecho las libaciones y cantado el peán, se levantaron unos
tracios y bailaron al son de la flauta con sus armas, dando
grandes saltos con mucha ligereza y moviendo las espadas.
Finalmente, uno pegó al otro, según parecía, y éste cayó
con mucho artificio. Los paflagones gritaron. Y el que pegó,
habiendo despojado al caído de sus armas, salió cantando a
Sitalcas. Otros tracios sacaron al vencido como si estuviera
muerto, por más que no le hubiese pasado nada. Después
se levantaron unos enianos y magnetos que bailaron con
sus armas la danza llamada «carpea». He aquí cómo hacen
esta danza: uno de ellos, después de haber puesto en tierra
junto a sí las armas, siembra y conduce el arado,
volviéndose frecuentemente como si tuviera miedo; en esto
avanza un bandido. Entonces el otro coge sus armas, le sale
al encuentro y lucha con él delante del arado. Todo esto lo
hacen al compás de un aire tocado en la flauta. Por fin el
bandido ata al labrador y se lo lleva con el arado. Otras
veces es el labrador quien lleva la mejor parte y, atándole al
otro las manos atrás, le hace marchar uncido con los
bueyes. Después de esto entró un misio con un escudo
ligero en cada mano y se puso a bailar, unas veces como si
tuviese que defenderse contra dos enemigos y otras
manejando los escudos como contra uno solo; otras se
ponía a girar sobre sí mismo y daba una voltereta sin soltar
los escudos. Era un bello espectáculo. Acabó bailando la
danza de los persas, golpeando un escudo contra otro; se
ponía en cuclillas y se levantaba. Todo esto lo hacía al
compás de la flauta. En seguida se levantaron algunos
arcadios y, armados de sus más vistosas armas, marcharon
a compás, según un aire guerrero que les tocaban las
flautas, entonaron el peán y danzaron como en las
procesiones de los dioses. Los paflagones se admiraron
mucho de ver que todas estas danzas las hacían hombres
armados. Y el misio, advirtiendo este asombro habló con un
arcadio que tenía una esclava bailarina e introdujo a ésta
vestida de la manera más vistosa y llevando en la mano un
escudo ligero. La esclava bailó la pírrica con gran soltura.
Hubo grandes aplausos, los paflagones preguntaron si
también las mujeres combatían con ellos. Les respondieron
que ellas eran las que habían rechazado del campamento al
ejército del rey.
Al día siguiente fueron llevados ante el ejército reunido y
los soldados acordaron que no harían daño a los paflagones
si éstos no se lo hacían a ellos. Después de esto se
marcharon los embajadores. Los griegos, juzgando que ya
había barcos suficientes, se embarcaron y navegaron un día
y una noche con viento favorable, teniendo a la izquierda la
Paflagonia. Al día siguiente llegaron a Sinope y anclaron en
Harmena, puerto de Sinope. Los sinopenses habitan en la
Paflagonia y son colonia de Mileto. Enviaron a los griegos en
señal de hospitalidad tres mil medimnos de harina de
cebada y mil quinientos jarros de vino.
Allí llegó Quirísofo con un trirreme. Los soldados
esperaban que les trajese algo, pero él nada les llevó. Sólo
dijo que Anaxibio, el jefe de la escuadra, lo mismo que los
otros, elogiaban al ejército, y que Anaxibio les prometía una
soldada si salían del Ponto. En Harmena permanecieron los
soldados cinco días.
Como ya veían estar cerca de Grecia, pensaban más que
nunca en la manera de llegar a sus casas con alguna cosa, y
creían que, si eligiesen un solo jefe, éste podría dirigir el
ejército lo mismo de día que de noche, mejor que habiendo
muchos jefes. Si era preciso hacer algo en secreto sería más
fácil tenerlo así oculto, y si había que adelantarse al
enemigo habría menos peligro de quedarse retrasado.
Porque no habría necesidad de conferencias entre los varios
jefes sino de poner en práctica lo que uno solo decidiera.
Hasta entonces los generales no habían hecho más que lo
acordado por mayoría de votos.
Con este pensamiento pusieron los ojos en Jenofonte. Los
capitanes fueron a verle y le dijeron que así pensaba el
ejército, y todos con señales de afecto procuraban
persuadirle a que aceptase el mando. Jenofonte, por una
parte, también lo quería; pensando que así quedaría más
honrado ante sus amigos y que su nombre llegaría con más
gloria a su ciudad. Y acaso también podría hacer algún bien
al ejército. Estas consideraciones lo llevaban a desear ser
jefe absoluto del ejército. Pero cuando pensaba que el
porvenir es incierto para todos los hombres y que corría el
peligro de perder en este cargo la gloria adquirida, dudaba.
En estas dudas le pareció mejor consultar con los dioses.
Y llevando a los altares dos víctimas las sacrificó a Zeus rey,
que le había sido designado por el oráculo de Delfos. Creía,
además, que este dios era quien le había enviado el sueño
que vio cuando había empezado a tomar parte en los
cuidados del ejército. Recordaba también que a su partida
de Éfeso, para ser recomendado a Ciro, había oído a su
derecha el grito de un águila, si bien ésta se hallaba posada
en tierra. Y el adivino que le acompañaba habíale dicho que
era augurio de una gloria grande y no vulgar, aunque
penosa. Porque las aves atacan a las águilas cuando están
en tierra. Tampoco era augurio de riqueza, pues el águila
coge sus presas más bien volando. Hizo, pues, el sacrificio,
y el dios le mostró claramente que no debía solicitar el
mando ni aceptarlo si para él lo elegían. Así ocurrió esto.
El ejército se reunió y todos decían que era preciso elegir
un jefe, y tomando este acuerdo proponían a Jenofonte.
Como parecía evidente que lo elegirían si se llegaba a la
votación, él se levantó y dijo lo siguiente:
«Yo, soldados, me siento halagado por el honor que me
hacéis, puesto que soy hombre; os lo agradezco y ruego a
los dioses me den ocasión de haceros algún beneficio. Pero
al elegirme a mí jefe, habiendo aquí un lacedemonio, no
creo que os convenga, pues ello sería motivo de que
obtuvieseis más difícilmente lo que necesitáis de los
lacedemonios; en cuanto a mí, creo que esto no me ofrece
seguridad ninguna. Veo que no cesaron de hacer guerra a
mi patria hasta que obligaron a toda la ciudad a reconocer
la supremacía de los lacedemonios. Una vez reconocido
esto, cesaron de hacer la guerra, y no continuaron el sitio de
la ciudad. Habiendo visto esto, si en algo que de mí
dependiera pareciese yo ir contra la autoridad de los
lacedemonios, me temo que muy pronto sería castigado. En
cuanto a lo que pensáis que con un solo jefe habría menos
sediciones que con muchos, estad seguros que si elegís a
otro no hallaréis que yo sea el sedicioso; pienso que en la
guerra el que conspira contra su jefe conspira contra su
propia salvación; mientras que si me elegís a mí no me
maravillaría que encontraseis alguno irritado contra
vosotros y contra mí».
Cuando hubo dicho esto fueron muchos más los que se
levantaron diciendo que debía ser jefe. Y Agasias, de
Estinfalia, dijo que resultaría ridículo que las cosas fuesen
de ese modo: «¿Es que los lacedemonios se indignarán
también si en un banquete se elige presidente a uno que no
sea lacedemonio? Porque, si es así —dijo—, no podríamos
nosotros ni ser capitanes, según parece, porque somos
arcadios». Entonces dieron gritos de que Agasias decía bien.
Y Jenofonte, viendo que era preciso insistir, se adelantó y
dijo: «Pues bien, compañeros, para no ocultaros nada, os
juro por todos los dioses y todas las diosas que yo,
presintiendo vuestra decisión, ofrecí un sacrificio para saber
si sería conveniente para vosotros confiarme a mí este
mando y a mí el aceptarlo. Y los dioses me han dado tales
señales, que el más ignorante hubiese podido reconocer
que debo apartarme de este poder absoluto».
Eligieron, pues, a Quirísofo. Quirísofo, una vez elegido, se
adelantó y dijo: «Sabed, soldados, que yo también me
hubiese conformado si hubierais elegido a otro. En cuanto a
Jenofonte, le habéis favorecido no eligiéndole. Ya Dexipo le
ha calumniado cuanto pudo delante de Anaxibio; aunque yo
procuraba cerrarle la boca. Ha dicho que, a su parecer,
Jenofonte preferiría mandar el ejército de Clearco en
compañía de Timasión, de Dardania, a mandarlo con él
mismo siendo lacedemonio. Pero, puesto que me habéis
elegido a mí, yo procuraré haceros todo el bien que pueda.
Vosotros preparaos para que mañana levemos anclas, si
hace buen tiempo. Iremos a Heraclea, y es preciso que
todos procuren llegar allí. Una vez en Heraclea decidiremos
sobre lo demás».
CAPÍTULO II
Desde allí, levando anclas al día siguiente, navegaron con
viento favorable durante dos días a lo largo de la costa. Y al
cabo de este viaje[37] llegaron a Heraclea, ciudad griega,
colonia de Mégara, situada en el país de los mariandinos. Y
fondearon junto al Quersoneso del Aqueronte, donde, según
se dice, bajó Heracles contra el perro Cerbero por un antro
que todavía ahora se muestra allí como señal de la bajada y
que tiene más de dos estadios de profundidad. Allí enviaron
los heracleotas, como presente de hospitalidad, tres mil
medimnos de harina de cebada, dos mil jarros de vino,
veinte bueyes y cien ovejas. Por la llanura corre allí el río
llamado Licos, de unos dos pletros de anchura.
Los soldados se reunieron y deliberaron sobre el resto de
la marcha, si es que iban a salir del Ponto por tierra o por
mar. Licón, de Acaya, se levantó y dijo: «Me maravilla,
soldados, que los generales no procuren suministrarnos
víveres. Los presentes de hospitalidad no dan alimento al
ejército ni para tres días. Y adónde iremos a buscar víveres
no lo sabemos. Creo, pues, que debemos pedir a los
heracleotas por lo menos tres mil cicicenos». Otro dijo que
debían ser por lo menos diez mil; que era preciso elegir
diputados inmediatamente «y, mientras nosotros
permanecemos aquí, enviarlos a la ciudad, y con la
respuesta que nos traigan deliberaremos». Entonces
propusieron como diputados primero a Quirísofo, porque
había sido elegido jefe, y algunos mencionaron a Jenofonte.
Pero ellos se negaron con energía. Tanto el uno como el otro
pensaron que no se debía exigir nada a una ciudad griega y
amiga, sino aceptar lo que sus habitantes de buen grado
quisieran dar. Como ellos no se mostraban dispuestos,
enviaron a Licón, de Acaya; a Calímaco, de Parrasia, y a
Agasias, de Estinfalia. Llegados a Heraclea, éstos dijeron lo
que se había acordado; también se dijo que Licón había
amenazado si no accedían a las demandas. Después de
haberles escuchado, los heracleotas dijeron que iban a
deliberar. E inmediatamente metieron dentro todo lo que
tenían en el campo, aprovisionaron la ciudad, cerraron sus
puertas y se presentaron en armas sobre las murallas.
Entonces los autores de estos contratiempos se pusieron
a culpar a los generales de que el asunto hubiese fracasado.
Los arcadios y los aqueos se reunieron aparte. A la cabeza
estaban principalmente Calímaco, de Parrasia, y Licón el
arcadio. Decían que era vergonzoso para ellos que un
ateniense, el cual no había traído tropas al ejército y un
lacedemonio mandasen a los peloponenses; que sobre ellos
caía todo el trabajo, mientras otros se levantaban la
ganancia, aunque a ellos se debía el haberse salvado. Los
arcadios y los aqueos lo habían hecho todo; el resto del
ejército no representaba nada. —Y era verdad que arcadios
y aqueos eran más de la mitad del ejército—. Si sabían,
pues, manejar sus intereses, debían reunirse, elegir sus
generales, marchar aparte y coger lo que pudieran.
Acordaron esto. Y todos los arcadios y aqueos que había en
el ejército abandonaron a Quirísofo y a Jenofonte y se
reunieron entre sí. Eligieron diez generales y acordaron que
éstos decidieran lo que hubiese que hacer por mayoría de
votos. Así perdió el mando Quirísofo a los dieciséis días de
ser elegido.
Jenofonte quería continuar la marcha con los que habían
quedado, pensando que esto sería más seguro que marchar
cada uno por su lado. Pero Neón le aconsejó que marchase
solo, pues había oído a Quirísofo que Cleandro, el harmosta
de Bizancio, pensaba venir con tres trirremes al puerto de
Calpe. Neón daba este consejo a fin de que nadie pudiese
utilizar los barcos y ellos solos se embarcasen con sus
soldados. Quirísofo, desanimado por estos sucesos y lleno
de odio por ellos contra el ejército, dejó su decisión que
hiciese lo que quisiera. Y Jenofonte se inclinaba a
embarcarse solo abandonando el ejército, pero habiendo
hecho un sacrificio a Heracles Conductor, a fin de saber si
sería mejor y más ventajoso continuar la expedición con los
soldados que le quedaban o marcharse solo, el dios le
manifestó en las víctimas que debía permanecer con sus
soldados. Así, pues, el ejército quedó dividido en tres partes;
uno formado por los arcadios y los aqueos, más de cuatro
mil quinientos hombres, todos hoplitas; otro, con Quirísofo,
de mil cuatrocientos hoplitas y hasta setecientos peltastas,
los tracios de Clearco; y otro, con Jenofonte, de mil
setecientos hoplitas y trescientos peltastas; este último era
el único que tenía caballería, unos cuarenta caballos.
Los arcadios consiguieron que los heracleotas les dieran
barcos y se hicieron a la mar los primeros para caer de
improviso sobre los bitinios y coger lo más posible.
Desembarcaron en el puerto de Calpe. Quirísofo partió
inmediatamente de Heraclea y marchó por el interior del
país. Pero cuando llegó a Tracia continuó su camino a lo
largo del mar; ya entonces estaba enfermo. Jenofonte cogió
unos barcos, desembarcó en los límites de la Tracia y del
territorio de Heraclea y se internó por aquellas tierras[38].
CAPÍTULO III
He aquí lo que hizo cada uno de estos cuerpos. Los
arcadios, desembarcados de noche en el puerto de Calpe,
marcharon hacia las primeras aldeas, a unos treinta
estadios del mar. Al amanecer, cada general condujo su
compañía contra una aldea; si alguna parecía más fuerte,
los generales llevaban contra ella dos compañías. Y
convinieron también en que se reuniesen en una colina.
Como habían caído sobre el país repentinamente, hicieron
muchos prisioneros y cogieron mucho ganado. Pero los
tracios que habían podido huir se reunieron. Como iban
armados a la ligera, muchos pudieron escapar de entre las
manos de los hoplitas griegos. Una vez reunidos, atacaron
primero a la compañía de Esmicrete, uno de los generales
de los arcadios, cuando ya se retiraba con mucho botín al
lugar señalado. Los griegos continuaron algún tiempo su
marcha combatiendo; pero en el paso de un barranco fueron
desbaratados, muriendo el mismo Esmicrete y todos los
demás. De otra compañía mandada por Hegesandro sólo
quedaron ocho. Hegesandro se salvó.
Las demás compañías se fueron reuniendo con más o
menos dificultad. Los tracios, obtenido este éxito, se
pusieron a gritar los unos a los otros y se reunieron en un
fuerte número durante la noche. Y al rayar el día se
formaron en círculo alrededor de la colina donde los griegos
estaban acampados. Eran muchos los jinetes y los infantes
armados a la ligera. Y continuamente crecía su número y
atacaban impunemente a los hoplitas. Porque los griegos no
tenían ni arqueros, ni soldados que disparasen jabalinas, ni
caballería. Ellos se adelantaban corriendo o galopando y
disparando sus dardos. Y cuando se les iba detrás
escapaban fácilmente; atacaban por uno y otro lado y
herían a muchos enemigos sin tener ellos ningún herido. De
suerte que los griegos no podían moverse de su puesto y,
finalmente, los tracios los separaron de la aguada. En este
apuro entraron en tratos para una tregua; pero, aunque en
todo lo demás había acuerdo, los tracios se negaron a
conceder los rehenes que les pedían los griegos, y el trato
quedó en suspenso. Tal era la situación de los arcadios.
Mientras tanto Quirísofo, marchando con toda seguridad
a lo largo del mar, llegaba al puerto de Calpe.
Jenofonte, por su parte, atravesaba el interior del país, y
su caballería, que marchaba delante, encontró unos
ancianos que iban en camino. Llevados a presencia de
Jenofonte, éste les preguntó si tenían noticia de algún otro
ejército griego. Ellos le refirieron todo lo ocurrido, que en
aquel momento estaban sitiados en una colina y que los
tracios todos los tenían cercados. Entonces Jenofonte puso a
estos hombres bajo una estrecha vigilancia para que
sirviesen de guía adonde fuese preciso ir. Y, estableciendo
centinelas, reunió a los soldados y les dijo: «Soldados: de los
arcadios, unos han muerto y otros están sitiados en una
colina. Creo que si éstos perecen tampoco habrá salvación
alguna para nosotros, con unos enemigos tan numerosos y
tan envalentonados. Lo primero para nosotros es socorrer a
esos hombres para que, salvos ellos, combatamos todos
juntos y no que solos nosotros tengamos que afrontar los
peligros. Nosotros no podríamos escapar de aquí a ninguna
parte. Hay demasiada distancia para retirarse a Heraclea,
demasiada para llegar a Crisópolis, y los enemigos están
cerca. El camino más corto sería hasta el puerto de Calpe,
donde podemos conjeturar que está Quirísofo. Pero allí no
hay barcos donde podamos embarcarnos, y si nos
quedamos no tenemos víveres ni para un solo día. Si
perecen los sitiados es mucho más difícil que venzamos los
peligros nosotros y los de Quirísofo, y salvados y reunidos
todos en un punto podemos luchar juntos por nuestra
salvación. Es preciso, pues, marchar con el convencimiento
firme de que ahora es preciso o morir gloriosamente, o
hacer la más bella obra salvando a tantos griegos. Y
seguramente el dios lo ha hecho así porque quiere humillar
el orgullo de los presuntuosos y ponernos sobre ellos a
nosotros, que principiamos invocando a los dioses. Es
preciso, pues, que sigáis a vuestros jefes y pongáis el mayor
cuidado. Ahora, pues, avanzaremos sin detenernos hasta
que nos parezca llegada la hora de comer. Mientras
marchamos, Timasión irá adelante con la caballería en
descubierta, sin perdernos de vista para que no haya
sorpresas[39]».
Diciendo esto rompió la marcha a la cabeza de las
tropas. Al mismo tiempo envió los más ágiles de los
gimnetas a los flancos y sobre las alturas para que avisasen
si sabían algo. Les mandó a los demás que incendiasen todo
lo que podía ser quemado. Y, la caballería, dispersándose
por todo el terreno llano, iba también quemando todo
cuanto podía arder. Y si algo quedaba, el grueso del ejército
le prendía fuego. De suerte que toda la comarca parecía una
hoguera y el ejército mucho mayor. Llegada la hora,
subieron a una colina y acamparon en ella. Desde allí vieron
los fuegos de los enemigos, a la distancia de unos cuarenta
estadios, y ellos encendieron también el mayor número de
hogueras que pudieron. Apenas hubieron comido se dio
orden de que se apagasen todas las hogueras. Y por la
noche, poniendo centinelas, se entregaron al descanso. Al
rayar el día, hechas las oraciones a los dioses, se pusieron
en marcha con toda la rapidez posible, formados en batalla.
Timasión y los jinetes, que iban delante con los guías,
llegaron sin darse cuenta a la colina donde habían estado
sitiados los griegos. Pero no vieron ni amigos ni enemigos,
sino tan sólo algunas viejas, unos viejos y algunos bueyes y
ovejas abandonados. Al principio se maravillaron qué podía
ser lo ocurrido. Pero después supieron por los que ahí
estaban que los tracios se habían retirado por la tarde y que
los griegos también se habían marchado; dónde, no lo
sabían.
Al oír esto, Jenofonte dispuso que comiera el ejército, e
inmediatamente plegaron los bagajes y se pusieron en
marcha para reunirse cuanto antes a los otros en el puerto
Calpe. Por el camino encontraron las huellas de los arcadios
y los aqueos en el camino que conducía a este punto.
Cuando llegaron a él se vieron los unos a los otros con
alegría y se abrazaron como hermanos. Los arcadios
preguntaron a los de Jenofonte por qué habían apagado las
hogueras. «Nosotros —dijeron— creíamos primero, al no ver
ya las hogueras, que atacaríais a los enemigos aquella
misma noche; y éstos también, temiendo esto, según
presumimos, se retiraron, pues casi al mismo tiempo se
fueron. Como no llegabais y el tiempo pasaba, creímos que
al saber nuestra situación habíais escapado temerosos
hacia el mar. Y decidimos no quedarnos atrás de vosotros.
Así, pues, hemos venido aquí también nosotros».
CAPÍTULO IV
Todo aquel día permanecieron al aire libre a orillas del mar,
junto al puerto. Este lugar, que se llama puerto de Calpe,
está en la Tracia asiática; esta Tracia, que comienza en la
boca del Euxino y se extiende hasta Heraclea, está a la
derecha de los que entran en el Ponto. De Bizancio a
Heraclea hay un día largo de navegación para un trirreme
que navegue a remo. En el intervalo no se encuentra
ninguna otra ciudad, ni amiga, ni griega, sino solamente los
tracios bitinios. Según se dice, tratan con crueldad a los
griegos que de uno u otro modo caen en sus manos. El
puerto de Calpe está a mitad de camino para los que
navegan de Heraclea a Bizancio. Es un promontorio que
avanza dentro del mar; la parte que da al mar es una peña
tajada, cuya más pequeña altura no es inferior a veinte
brazas; el istmo que une este promontorio al mar tiene a lo
más cuatro pletros de ancho; pero en el espacio
comprendido entre el mar y este paso podrían habitar diez
mil hombres. El puerto está bajo la misma roca y su ribera
mira a Occidente. Junto al mar corre una fuente de agua
dulce muy abundante, dominada por la roca. Hay también
en la costa muchos árboles de diferentes especies y en gran
abundancia de las que se emplean en la construcción de
navíos. La montaña del promontorio se extiende por el
interior del país hasta unos veinte estadios; esta montaña
es de tierra, sin mezcla de piedras, y a lo largo de la costa,
en una extensión de más de veinte estadios, está cubierta
de espesos bosques, con grandes árboles de toda especie.
El resto del país es hermoso y extenso, y hay en él muchas
aldeas muy pobladas, pues la tierra produce cebada, trigo,
legumbres de toda clase, mijo, ajonjolí, higos en buena
cantidad y muchas viñas que producen buen vino; todo, en
fin, excepto el olivo.
Tal era la comarca. Los soldados tenían sus tiendas en la
playa, junto al mar, pues no querían acampar en un sitio
donde se pudiese establecer un pueblo. Y creían que el
haber llegado a tal sitio había sido añagaza de algunos que
tenían intención de fundar una ciudad. En su mayor parte
los soldados no habían embarcado para este servicio
mercenario por falta de vida, sino por haber oído hablar del
carácter de Ciro. Y algunos de ellos habían venido a la
cabeza de soldados; otros habían gastado dinero encima.
Unos habían escapado de casa de sus padres y sus madres;
otros habían abandonado a sus hijos con la esperanza de
ganarles una fortuna, sabiendo que otros obtuvieron junto a
Ciro muchas buenas cosas. Tales hombres deseaban,
naturalmente, volver a Grecia sanos y salvos.
Al día siguiente de aquel en que se habían reunido,
Jenofonte hizo un sacrificio para una expedición; era preciso
salir a buscar víveres; pensaba, además, en dar sepultura a
los muertos. Como las señales de las víctimas resultasen
favorables, los arcadios mismos le siguieron y enterraron la
mayor parte de los muertos, cada uno en el sitio donde
había caído, pues los cadáveres eran de cinco días y no se
podía ya transportarlos. A algunos que recogieron sobre los
caminos los enterraron de la manera más honrosa que
permitían las circunstancias. A los que no pudieron
encontrar les levantaron un cenotafio en el que pusieron
coronas. Hecho esto, se retiraron al campamento, donde
comieron y se acostaron. Al día siguiente se reunieron todos
los soldados, movidos principalmente por Agasias, de
Estinfalia; Hierónimo, de Elea, ambos capitanes, y los de
más edad de los arcadios. Y se tomó el acuerdo que si a
alguno en lo sucesivo se le ocurriese dividir en dos al
ejército fuese condenado a muerte; que el ejército saldría
de allí en el mismo orden de antes, y volverían a mandar los
antiguos jefes. Quirísofo había muerto ya entonces a
consecuencia de un remedio que había tomado estando con
fiebre. Fue reemplazado por Neón, de Asina.
Después de esto se levantó Jenofonte y dijo: «Soldados:
es evidente que hemos de continuar el camino por tierra
puesto que no tenemos barcos. Y es forzoso partir porque
carecemos de víveres para quedarnos. Nosotros vamos a
hacer un sacrificio; vosotros, por vuestra parte, debéis
prepararos a combatir con más energía que nunca, pues los
enemigos están envalentonados». En seguida sacrificaron
los generales en presencia del adivino Arexión, de Arcadia,
pues Silano, de Ambracia, había huido de Heraclea fletando
un barco. Este sacrificio hecho para la partida no dio
presagios favorables. No se movieron pues, durante este
día. Y algunos tuvieron la audacia de decir que Jenofonte,
queriendo fundar una ciudad en aquel punto, había
persuadido al adivino a que dijese no ser las víctimas
favorables a la marcha. Entonces Jenofonte hizo publicar por
un heraldo que quien quisiese podría asistir al día siguiente
al sacrificio, y dio orden de que asistiese todo adivino que
en el ejército se encontrase. Hecho esto, sacrificó delante
de numerosos testigos. Y sacrificando hasta tres víctimas
para la partida, las señales no resultaron favorables. Los
soldados se contristaron con ello, pues ya habían consumido
los víveres que trajeron y no había posibilidades de
comprarlos en ninguna parte.
Después de esto se reunieron, y Jenofonte dijo de nuevo:
«Soldados: como veis, no resultan presagios favorables para
la marcha. Por otra parte, veo que carecéis de víveres. Me
parece, pues, forzoso continuar haciendo sacrificios con
este mismo objeto». Levantándose uno, dijo: «Y es natural
que no nos resulten las señales. Según he oído a uno que
vino ayer en un barco, Cleandro el harmosta de Bizancio,
piensa venir con barcos de transporte y trirremes».
Entonces todos decidieron quedarse; pero era forzoso salir a
buscar víveres. Con este objeto se sacrificaron hasta tres
víctimas, pero no resultaron las señales. Y los soldados iban
a la tienda de Jenofonte y le decían que no tenían víveres. Él
les contestaba que no estaba dispuesto a sacarlos si no
resultaban favorables las señales.
Al día siguiente se hicieron de nuevo sacrificios, y casi
todo el ejército, por importarle a todos, estaba alrededor del
altar. Pero las víctimas fallaron. Los generales no sacaron al
ejército, pero convocaron a una asamblea. Y dijo Jenofonte:
«Acaso los enemigos estarán reunidos y será preciso
combatir. Si dejáramos puestos nuestros bagajes en este
lugar fortificado y marchásemos preparados al combate,
acaso las señales de las víctimas no serían favorables». Al
oír esto los soldados gritaron que no había que llevar nada a
aquel sitio, sino hacer sacrificios cuanto antes. No quedaba
ya ganado menor; compraron un buey que conducía una
carreta y lo sacrificaron. Jenofonte recomendó a Cleanor, de
Arcadia, que tuviese cuidado si aparecía algo favorable.
Pero tampoco fueron propicias las señales.
Neón había sido nombrado general en reemplazo de
Quirísofo. Viendo la extremada necesidad en que se
hallaban los hombres y queriendo serles agradable,
instruido por un heracleota a quien había encontrado y que,
según le dijo, conocía unas aldeas en donde podrían
cogerse víveres, hizo pregonar por un heraldo que él estaba
dispuesto a conducir a todos quienes quisiesen ir en busca
de víveres. Y salieron del campamento con jabalinas, odres
y sacos y otras vasijas como unos dos mil hombres. Pero,
llegados a las aldeas y habiéndose dispersado en busca de
botín, cae sobre ellos, primero, la caballería de Farnabazo,
que había venido en auxilio de los bitinios con intención de
impedir, unida a éstos, el paso de los griegos a Frigia. Estos
jinetes mataron no menos de quinientos griegos; los demás
huyeron a la montaña. En seguida uno de los fugitivos
anunció en el campamento lo ocurrido. Y Jenofonte, como
no resultaban aquel día las señales, cogió un buey que
estaba uncido a un carro, pues no quedaban otras víctimas,
y después de sacrificarlo fue en socorro de los griegos con
todos los soldados menores de treinta años. Recogieron el
resto de la tropa y volvieron al campamento. Al ponerse el
sol, los griegos, muy desalentados, estaban comiendo,
cuando de repente, a través de la maleza, unos bitinios
cayeron sobre los centinelas, matando a unos y
persiguiendo a otros hasta el campamento. Prodújose un
gran alboroto y todos los griegos corrían a las armas.
Perseguir al enemigo y levantar el campamento siendo de
noche no pareció seguro, porque el país estaba cubierto de
matorrales. Pero pasaron la noche en armas después de
haber puesto centinelas suficientes.
CAPÍTULO V
Así pasaron la noche; al rayar el día los generales
condujeron al ejército a la posición fuerte de la altura; los
soldados siguieron con armas y bagajes. Antes de la hora
del almuerzo abrieron un foso en el punto que daba acceso
a la posición y levantaron todo a lo largo una empalizada,
dejando solamente tres puertas. Y llegó de Heraclea un
barco con harina de cebada, ganado y vino.
Jenofonte se levantó temprano e hizo sacrificios para la
salida; a la primera víctima las señales resultaron
favorables. Cuando terminaba el sacrificio el adivino
Arexión, de Parrasia, vio un águila de buen augurio y
exhortó a Jenofonte a que rompiese la marcha. Y pasando el
foso pusieron en tierra las armas e hicieron pregonar por los
heraldos que después de haber comido salieran los
soldados con sus armas, pero quedándose los esclavos y la
muchedumbre de los no combatientes. Todos salieron, pues,
excepto Neón, al cual pareció conveniente dejar la guardia
de los que quedaban en el campamento. Pero cuando los
capitanes y los soldados los hubieron abandonado, los
hombres de Neón, avergonzados de no seguir a los otros
que marchaban, no dejaron allí más que a los mayores de
cuarenta y cinco años. Estos sólo se quedaron; los demás se
pusieron en marcha.
Antes de haber andado quince estadios se encontraron
con cadáveres. Y poniendo de frente toda la línea a la altura
de los primeros encontrados, enterraron a todos los que
estaban dentro de la línea. Enterrados los primeros,
continuaron marchando y haciendo la misma maniobra
hasta enterrar a todos los que fue encontrando el ejército.
Cuando llegaron al camino que salía de las aldeas, donde
había cadáveres a montones, los llevaron todos a un sitio y
los enterraron.
Un poco después de mediodía, cuando el ejército había
ya rebasado las aldeas, se pusieron a coger lo que cada cual
veía dentro de la falange, y de repente vieron a los
enemigos que subían a unas colinas situadas enfrente,
formados en línea de batalla, con muchos jinetes e infantes;
pues Espitrídates y Ratines habían sido enviados con
fuerzas por Tiríbazo. Cuando vieron a los griegos se pararon
a una distancia como de quince estadios. En seguida
Arexión, adivino de los griegos, hizo un sacrificio y las
entrañas de la primera víctima resultaron favorables.
Entonces dice Jenofonte: «Me parece, generales, que
debemos dejar fuera de la falange algunas compañías de
reserva para que puedan acudir en socorro donde sea
preciso, y que el enemigo, puesto en desorden, se
encuentre con tropas frescas y bien formadas». A todos les
pareció bien esto. «Vosotros, pues —dijo—, llevad las tropas
contra el enemigo; no permanezcamos quietos, puesto que
vemos a nuestros contrarios y ellos nos ven a nosotros. Yo,
por mi parte, conduciré las últimas compañías
repartiéndolas como habéis decidido».
Sin perder momento ellos se pusieron en marcha
lentamente con sus tropas. Jenofonte, tomando las tres
últimas filas, de doscientos hombres cada una, formó con
ellas tres columnas; a una la envió a la derecha, a distancia
de un pletro de la falange; iba mandada por Samolas, de
Acaya. Otra recibió orden de marchar detrás del centro; la
mandaba Pirrias, de Arcadia. La tercera fue puesta a la
izquierda bajo las órdenes de Frasias, de Atenas.
Así avanzaban cuando los que iban a la cabeza, llegados
a una gran cañada difícil de atravesar, se pararon en la
duda de si debían o no pasarla, llamando a los generales y
capitanes al sitio donde estaban. Jenofonte se extrañó de
qué podría detener la marcha, y oyendo en seguida la
noticia picó espuelas a su caballo para llegar cuanto antes a
las avanzadas. Cuando estuvieron todos reunidos, Soféneto,
el de más edad entre los generales, dijo que no valía la
pena deliberar sobre si debía atravesarse semejante
cañada. Y Jenofonte, interviniendo vivamente, dijo: «Ya
sabéis, compañeros, que nunca os he llevado sin necesidad
a un peligro: bien veo que lo que necesitáis no es adquirir
gloria mostrando vuestro valor, sino salvaros. Pero nuestra
situación ahora es ésta: salir de aquí sin combate es
imposible. Si nosotros no marchamos contra los enemigos,
éstos nos seguirán cuando nos retiremos y caerán sobre
nosotros. Considerad, pues, lo que es preferible: marchar
contra esos hombres con las armas por delante o,
echándolas a la espalda, vernos seguidos por ellos. Bien
sabéis que el retirarse delante de los enemigos no es nada
honroso y que, en cambio, la persecución da valor hasta a
los más cobardes. Yo preferiría atacar con la mitad de tropas
que retirarme con el doble. Y éstos, estoy seguro que
ninguno de vosotros se figura que han de esperarnos si los
atacamos; pero todos sabemos que si nos ven retirarnos se
atreverán a perseguirnos. Y para unos hombres que van a
combatir no es cosa digna de ser tomada esta difícil cañada,
pasándola y dejándola atrás. A los enemigos yo quisiera que
todos los caminos les pareciesen fáciles para retirarse;
nosotros, en cambio, debemos aprender en este mismo sitio
que nuestra salvación está sólo en la victoria. ¿Es que
podremos atravesar el llano si no vencemos a la caballería?
¿Cómo volveremos a pasar las montañas si tantos peltastas
nos persiguen? Me asombra que alguien considere este
barranco más peligroso que tantos otros sitios atravesados
por nosotros. ¡Y si conseguimos llegar al mar sanos y salvos,
ésa sí será una cañada: el Ponto! Allí no encontraremos ni
naves que nos transporten ni víveres para alimentarnos si
nos quedamos. Y apenas hayamos llegado tendremos que
salir en busca de víveres. Es, pues, preferible combatir
ahora que hemos comido que no mañana en ayunas.
Compañeros: las víctimas nos son favorables, los augurios
propicios y las entrañas magníficas. Marchemos contra esos
hombres; después de haber visto perfectamente a nuestro
ejército, no deben ponerse a comer a su gusto ni plantar sus
tiendas donde les parezca».
Entonces los capitanes le dijeron que se pusiese a la
cabeza, y nadie se opuso. Él, pues, los condujo después de
haber dado orden de que avanzasen conservando el mismo
puesto que tenían en la cañada; parecía que el ejército
formado en columnas apretadas la atravesaría antes que si
fuese desfilando por el puente que la cruzaba. Cuando
hubieron pasado, Jenofonte, recorriendo la línea de la
falange: «Soldados —dijo—, acordaos de todas las batallas
que hemos ganado con la ayuda de los dioses y de la suerte
de los que vuelven la espalda al enemigo; considerad,
además, que estamos a las puertas de Grecia. Seguid a
Heracles Conductor y animaos mutuamente por vuestros
nombres. Es dulce decir y hacer ahora algo bello y atrevido
que deje memoria de nosotros en quienes nos conocen».
Esto decía Jenofonte galopando a lo largo de las tropas,
al mismo tiempo que las conducía formadas en orden de
batalla.
En los extremos de la línea fueron puestos los peltastas y
en esta forma marcharon contra el enemigo. Se dio la orden
de llevar la pica sobre el hombro derecho hasta que sonara
la trompeta, y que entonces la pusiesen en posición de
guardia, avanzando al paso sin que se lanzasen corriendo
sobre el enemigo. En esto pasó el santo y seña: Zeus
Salvador y Heracles Conductor. Los enemigos, creyendo
buenas sus posiciones, esperaron a los griegos. Estos se
fueron acercando, y los peltastas, antes de recibir orden
ninguna, corrieron sobre el enemigo lanzando los gritos de
guerra. Los enemigos les salieron al encuentro, la caballería
y los infantes bitinios, y pusieron en fuga a los peltastas.
Pero cuando la falange de los hoplitas avanzó a paso ligero,
cuando al sonar la trompeta los soldados entonaron el peán,
lanzaron el grito de guerra y al mismo tiempo bajaron las
picas, los enemigos no aguardaron el ataque y huyeron.
Timasión salió persiguiéndoles con los jinetes y mataron
todos los que pudieron dado su corto número. De los
enemigos, el ala izquierda, colocada frente a la caballería
griega, quedó en seguida dispersada; pero la derecha, que
no fue perseguida tan vivamente, se recogió en una colina.
Los griegos, viéndolos detenidos allí, creyeron la cosa más
fácil y menos peligrosa atacarlos inmediatamente, y
cantando el peán se dirigieron contra ellos; pero los otros no
los esperaron. Y los peltastas los persiguieron hasta que
también esta ala izquierda quedó dispersa; pero murieron
pocos de los bárbaros porque la presencia de su caballería,
que era numerosa, mantuvo en respeto a los perseguidores.
Viendo los griegos que la caballería de Farnabazo se
mantenía aún firme y que la de los bitinios se iba reuniendo
a ella en una colina desde la cual contemplaban los
sucesos, decidieron, aunque estaban cansados, atacarlos de
cualquier modo para que no cobraran ánimos y se
repusiesen en el descanso. Se formaron, pues, y avanzaron.
Pero los jinetes enemigos huyeron por una pendiente rápida
como si otra caballería hubiese venido persiguiéndoles; por
fin, se metieron en una cañada desconocida de los griegos;
pero éstos cesaron en su persecución y se volvieron, pues
ya era tarde. Llegados al sitio donde ocurrió el primer
encuentro, levantaron un trofeo y se retiraron hacia el mar;
se hallaban como a sesenta estadios del campamento.
CAPÍTULO VI
Después de estos combates los enemigos se mantuvieron
apartados, llevándose lo más lejos que podían sus familias y
sus bienes. Por su parte, los griegos esperaban a Cleandro,
que debía llegar con los trirremes y los buques de
transporte. Mientras tanto, salían todos los días con
acémilas y esclavos y se traían al campamento, sin ser
inquietados, cebada, trigo, vino, legumbres, mijo e higos; de
todo producía este país, excepto aceite de oliva. Cuando el
ejército estaba en el campamento se permitía a los soldados
salir en busca de botín, y en estas salidas cada uno se
apoderaba de lo que podía. Pero cuando salía el ejército
entero lo que cada uno cogía parte se consideraba como
propiedad común. En el campamento reinaba ya una gran
abundancia. De todas las ciudades griegas de por allí venían
gentes a vender cosas, y los barcos que pasaban fondeaban
allí gustosos, pues corría el rumor de que se fundaba una
ciudad y había un puerto. Los enemigos mismos que
habitaban en la vecindad mandaron emisarios a Jenofonte,
que, según habían oído, era el fundador de la ciudad,
preguntándole qué debían hacer para ser amigos. Y él los
llevó ante los soldados.
En esto llega Cleandro con dos trirremes, pero sin ningún
buque de transporte. Cuando llegó, el ejército se encontraba
fuera; algunos se habían dispersado por la montaña en
busca de botín y cogido mucho ganado menor. Pero,
temiendo les fuese quitado, hablan a Dexipo, el que había
huido de Trapezunte con un pentecontoro, y le suplican que
les salve el botín, tomando él una parte y dejándoles el
resto. Dexipo ahuyentó inmediatamente a los soldados que
rodeaban el botín y decían que era propiedad de todos, y
fue a decir a Cleandro que quería apoderarse del ganado.
Cleandro mandó que llevasen a su presencia al culpable. Y
Dexipo cogió a uno y fue a llevárselo; pero, encontrándose
con él Agasias, le quitó el hombre de las manos, pues era
uno de su compañía. Los demás soldados que se
encontraban presentes se pusieron a tirar piedras a Dexipo,
llamándole traidor. Llenos de miedo, muchos tripulantes de
los trirremes huyeron hacia el mar y con ellos también
Cleandro. Jenofonte y los otros generales contuvieron a los
soldados y dijeron a Cleandro que no era nada, que la causa
de aquel tumulto era un decreto del ejército. Pero Cleandro,
excitado por Dexipo y molesto él mismo por haber tenido
miedo, dijo que él iba a hacerse a la vela y que haría
pregonar que ninguna ciudad los recibiese, considerándolos
enemigos. Entonces todos los griegos obedecían a los
lacedemonios.
La cosa pareció grave a los griegos y suplicaron a
Cleandro que no hiciese aquello. Él dijo que no sería de otro
modo si no se le entregaba al que había comenzado a tirar
piedras y al que arrebató al hombre detenido. Este culpable
que reclamaba Cleandro no era otro que Agasias, viejo
amigo de Jenofonte, y que por ello mismo era acusado por
Dexipo. Entonces, viendo lo apurado del caso, los jefes
reunieron al ejército; algunos le daban poca importancia a
Cleandro; pero Jenofonte, que no consideraba baladí el
asunto, se levantó y dijo: «Soldados: no pienso que sea
baladí el asunto si Cleandro se marcha en la disposición de
espíritu que anuncia. Las ciudades griegas están cerca de
nosotros y la Grecia entera está sometida a los
lacedemonios. Y tal es su preponderancia que un
lacedemonio puede hacer en las ciudades lo que se le
ocurra. Y si este hombre nos cierra primero las puertas de
Bizancio y después prohíbe a los demás harmostas que nos
reciban en las ciudades por desobedientes a los
lacedemonios e incumplidores de las leyes; si este concepto
de nosotros llega, además, a oídos de Anaxibio, el
almirante, difícil nos será tanto marcharnos por mar como
permanecer aquí. En este momento son dueños lo mismo de
la tierra que del mar. Por un hombre solo o por dos no
debemos quedar nosotros los demás imposibilitados de
llegar a Grecia, sino obedecer a lo que ellos nos manden; las
ciudades mismas de donde somos les obedecen. Yo, por mi
parte, puesto que, según he oído, Dexipo afirma ante
Cleandro que Agasias no habría hecho esto si yo se lo
hubiese mandado; yo, por mi parte, repito, os dejo libres de
toda culpa a vosotros y a Agasias; si el mismo Agasias dice
que yo soy el culpable de esto, y si he movido a alguien a
tirar piedras o a cualquier otra violencia, me declaro
culpable de la última pena y estoy dispuesto a sufrirla. Pero
afirmo también que, si algún otro es acusado, debe ponerse
asimismo en manos de Cleandro para que le juzgue. Así
vosotros quedaréis libres de toda culpa. Tal como ahora
están las cosas, sería triste que, esperando alcanzar en
Grecia honor y gloria, en vez de esto no fuésemos siquiera
considerados como los otros y quedásemos excluidos de las
ciudades griegas».
Después de esto levantóse Agasias y dijo: «Yo,
compañeros, lo juro por los dioses y las diosas. No,
Jenofonte no me ha dado el consejo de apoderarme del
hombre, como tampoco ninguno de vosotros. Pero viendo a
uno de mis bravos soldados conducido por Dexipo, que,
como todos sabéis, nos ha hecho traición, me pareció la
cosa demasiado fuerte; se lo arrebaté, lo confieso. Pero no
me entreguéis vosotros. Yo mismo, como dice Jenofonte, me
entregaré a la justicia de Cleandro para que haga de mí lo
que quiera. Por este motivo no os pongáis en guerra con los
lacedemonios; llegad sanos y salvos adonde cada uno
quiera. Enviad solamente conmigo algunos elegidos entre
vosotros, los cuales, si yo omito algo, hablen y obren por
mí».
Entonces el ejército le concedió que marchase, eligiendo
a los que quisiera. Él eligió a los generales. En seguida se
puso en marcha para ver a Cleandro, Agasias, los generales
y el hombre que había sido arrebatado por Agasias. Y los
generales dijeron: «El ejército nos ha enviado ante ti,
Cleandro, y te invita a que, si nos consideras a todos
culpables, juzgues por ti mismo y hagas lo que quieras; y si
consideras culpables a uno, a dos o a varios, ellos están
dispuestos a ponerse en tus manos para que los juzgues.
Por consiguiente, si consideras culpable a alguno de
nosotros, a tu disposición estamos. Si es algún otro dilo.
Ninguno de los que quieran obedecernos tratará de
ocultarse». Entonces, adelantándose Agasias, dijo: «Yo soy,
Cleandro, el que quitó a Dexipo este hombre cuando lo
conducía; yo soy el que le excité a que pegase a Dexipo.
Conozco a este hombre y sé que es un valiente. En cuanto a
Dexipo sé que fue elegido por el ejército para que mandase
el pentecontoro que pedimos a los trapezuntios y reuniera
buques en los cuales salvarnos; este Dexipo se escapó,
haciendo traición a los soldados con los cuales se había
salvado. Por su culpa despojamos a los trapezuntios de su
pentecontoro y quedamos ante ellos como hombres malos,
y en lo que de él dependía nos ha hecho el mayor daño.
Había oído decir, en efecto, como nosotros, que nos era
imposible, yendo por tierra, atravesar los ríos y llegar sanos
y salvos a Grecia. Este es el hombre a quien quité mi
soldado. Si tú lo hubieses conducido o cualquier otro de los
tuyos, y no uno de nuestros desertores, ten por seguro que
yo no habría hecho nada de esto. Piensa, pues, que si tú
ahora me das muerte, matarás a un hombre honrado a
causa de un traidor y de un cobarde».
Oído esto, Cleandro dijo que no aprobaba la conducta de
Dexipo, si era tal como decían; pero añadió que, aunque
Dexipo fuese un malvado, no por eso se le había de hacer
violencia, sino someterlo a juicio, «como hacéis vosotros
mismos ahora, y conseguir su castigo. Ahora retiraos y
dejadme con este hombre, y cuando yo os llame vendréis a
escuchar el juicio. No acuso ya ni al ejército ni a nadie,
puesto que éste confiesa él mismo ser quien arrebató el
soldado». Este soldado dijo entonces: «Yo, Cleandro, ni
pegué a nadie ni tiré piedras; sólo dije que el ganado era de
todos. Porque los soldados habían decidido que cuando el
ejército salía, si alguno cogía algo particularmente, lo cogido
sería de todos. Esto dije, y por ello éste me cogió y me
llevaba para que nadie se atreviese a hablar y él, tomando
su parte, salvase el botín a los saqueadores contra lo
convenido». A esto dijo Cleandro: «Puesto que tú eres quien
ha hecho esto, quédate para que deliberemos sobre ti».
Después de esto Cleandro y los suyos se pusieron a
comer. Jenofonte reunió el ejército y les aconsejó que
enviasen diputados a Cleandro para pedirle el perdón de los
prisioneros. Y decidieron enviar a los generales, a los
capitanes, a Dracontio, de Esparta, y a todos aquellos que
parecían más a propósito para que pidiesen a Cleandro por
todos los medios que soltase a los dos hombres. Llegados a
presencia del lacedemonio, Jenofonte dijo: «Tienes,
Cleandro, en tus manos a dos hombres, y el ejército se
abandona a ti para que hagas lo que quieras con ellos, lo
mismo que con todos los demás. Y ahora te piden y suplican
que les devuelvas los dos hombres y que ya no les des
muerte, porque en otro tiempo han sufrido muchos trabajos
por el ejército. Si obtienen de ti esto, te prometen, en
cambio, si quieres ponerte a su frente y si los dioses se
muestran propicios, que tendrás en ellos unos soldados
disciplinados y valerosos que, obedientes a su jefe y con la
ayuda de los dioses, no temen a sus enemigos. También te
suplican que si vienes a nosotros y nos mandas, veas cómo
se porta Dexipo y cómo cada uno de los demás, y le des a
cada uno su merecido». Al oír esto, Cleandro exclamó: «¡Por
los dioses!, os voy a responder ahora mismo. Os devuelvo a
los dos hombres y yo mismo iré a visitaros. Y si los dioses lo
permiten os conduciré a Grecia. Estas palabras son muy
distintas de lo que algunos me habían dicho de vosotros,
que procurabais apartar al ejército de los lacedemonios».
Entonces los emisarios se retiraron con los dos hombres,
elogiando la conducta de Cleandro. Este hizo sacrificios para
la partida y trataba a Jenofonte con la mayor amistad, y
ambos se unieron entre sí con lazos de hospitalidad: Viendo
cómo las tropas hacían lo mandado con toda disciplina,
deseaba más vivamente ser su jefe. Como durante tres días
los sacrificios no le resultaban favorables, llamó a los
generales y les dijo: «Las víctimas no me consienten
ponerme al frente de vosotros. Pero no os desaniméis por
esto; a vosotros, según parece, está reservado el conducir a
los soldados. Marchad, pues. Cuando lleguéis allá os
recibiremos del mejor modo que podamos».
Los soldados acordaron entonces darle todo el ganado,
menos el de propiedad común. Él lo aceptó, se los devolvió
de nuevo y se hizo a la vela. Los soldados vendieron el trigo
y las demás cosas que habían cogido y se pusieron en
marcha a través de la Bitinia. Como no encontraban nada
siguiendo el camino derecho, y querían llegar al país amigo
con algo, decidieron volver atrás durante un día y una
noche. Hecho esto, cogieron muchos esclavos y ganado
menor. Al cabo de seis días llegaron a Crisópolis, ciudad de
Calcedonia, y allí permanecieron seis días vendiendo su
botín.
LIBRO SÉPTIMO
En los libros precedentes se ha referido
todo lo que hicieron los griegos durante
su marcha a los países altos, con Ciro,
hasta la batalla; todo lo sucedido en la
marcha desde la muerte de Ciro hasta la
llegada al Ponto, y, finalmente, cuánto
hicieron ya navegando, ya marchando por
tierra, hasta salir de la boca de este mar
y encontrarse en Crisópolis.
CAPÍTULO I
Entonces Farnabazo, temiendo que el ejército llevase la
guerra a su territorio, mandó un enviado a Anaxibio, que se
encontraba en Bizancio, para suplicarle transportase
aquellas tropas fuera de Asia, prometiéndole en cambio
hacer todo lo que pidiera. Anaxibio convocó en Bizancio a
los generales y a los capitanes y les prometió que si
pasaban se les daría a las tropas soldada. Los otros jefes
dijeron que después de haber deliberado le darían la
respuesta; Jenofonte le dijo que quería ya separarse del
ejército y embarcarse. Pero Anaxibio le persuadió de que no
se marchase hasta después de haber pasado con los otros.
Él accedió a ello.
Mientras tanto Seutes, el tracio, mandó a Medosales para
suplicar a Jenofonte que pusiera su empeño en que pasase
el ejército y que si así lo hacía no le pesaría. Jenofonte
respondió: «El ejército pasará; pero que Seutes no pague
nada ni a mí ni a ningún otro. Cuando las tropas hayan
pasado yo me retiraré; que él se dirija a los que se quedan;
ellos pueden mejor tratar con él como les parezca más
seguro».
Entonces pasaron todos los soldados a Bizancio. Anaxibio
no les dio paga, sino que hizo publicar por un heraldo que
saliesen con armas y bagajes, pues iba a pasarles revista y
a despedirlos. Los soldados, molestos porque no tenían
dinero para comprar víveres para el camino, hacían sus
preparativos de mala gana. Jenofonte, que había
establecido con Cleandro el harmosta relaciones de
hospitalidad, fue a saludarlo como para embarcarse en
seguida. Pero Cleandro le dijo: «No hagas eso; si te marchas
te van a echar la culpa de lo que ocurra; ya algunos te
hacen responsable de que el ejército no se retira». Jenofonte
respondió: «No soy yo el culpable de ello; pero los soldados
carecen de víveres y por eso sienten repugnancia en partir».
«De todas maneras —replicó Cleandro—, yo te aconsejo que
salgas como si fueses a seguir con ellos, y cuando ya esté
fuera el ejército entonces te separes». «Vamos, pues, a ver
a Anaxibio y a tratar con él de esto», dijo Jenofonte. Fueron,
pues, y hablaron del asunto.
Anaxibio dijo que eso debía hacerse, que los soldados
preparasen sus cosas y saliesen cuanto antes. Y añadió que
a todo el que faltase a la revista y al recuento lo
consideraría culpable. Ya estaban todos fuera, excepto unos
pocos, y Eteónico se encontraba junto a las puertas con
intención de cerrarlas y echarles las barras en cuanto todo
el mundo estuviese fuera. Y Anaxibio, llamando a los
generales y a los capitanes, les dijo: «Los víveres tomadlos
de las aldeas de los tracios; en ellas hay mucha cebada,
mucho trigo y de todo lo demás. Así abastecidos, marchad a
Quersoneso, donde Cinisco os tomará a sueldo». Oyendo
esto, algunos soldados, o acaso un capitán, se lo
comunicaron al ejército. Los generales se informaron acerca
de Seutes si era amigo o enemigo, si había que atravesar el
Monte Sagrado o dar un rodeo atravesando la Tracia.
Mientras se hablaba de esto, los soldados cogen sus armas
y se lanzan corriendo hacia las puertas para entrar de
nuevo en los navíos. Eteónico y los que con él estaban, al
ver que los hoplitas venían corriendo, cierran las puertas y
echan la barra. Los soldados se pusieron a golpear las
puertas diciendo que era la mayor injusticia arrojarlos a los
enemigos. Y decían que romperían las puertas si no se las
abrían de buen grado. Otros corrieron al mar y por el
rompeolas de la muralla entraron en la ciudad, mientras los
soldados que aún se encontraban dentro, al ver lo que
pasaba en las puertas, rompen los cerrojos a hachazos y las
abren de par en par, y los soldados se precipitan en la
ciudad.
Jenofonte, al ver lo ocurrido, temiendo se entregase el
ejército al saqueo y de ello resultaran males irreparables
para la ciudad, para él mismo y para los soldados, echó a
correr y se precipitó dentro de las puertas con la masa. Los
bizantinos, cuando vieron al ejército penetrar por la fuerza,
huyeron del mercado, unos a sus barcos y otros a sus casas;
los que se encontraban en las suyas se echaron fuera; otros
echaban al mar los trirremes para salvarse en ellos; todos
creían que, tomada la ciudad por el ejército, estaban
perdidos. Eteónico huyó a la ciudadela, y Anaxibio corrió
hacia el mar, se embarcó en un barco de pesca y se dirigió
por la costa a la acrópolis. En seguida mandó a buscar
tropas de la guarnición de Calcedonia, pues las que había
en la acrópolis no parecían suficientes para contener a los
amotinados.
Los soldados, al ver a Jenofonte, se precipitaron hacia él
y le dicen: «Ahora, Jenofonte, puedes mostrarte un hombre.
Tienes una ciudad, tienes trirremes, tienes dinero, tienes
hombres en gran número. Ahora, si quisieras, podrías sernos
útil y nosotros te haríamos grande». Jenofonte responde:
«Bien decís; así lo haré. Pero, si esto deseáis, poned en
tierra las armas y formad en seguida». Da esta orden y
ruega a los demás recomienden lo mismo: que pusieran en
tierra las armas. Los soldados se formaron ellos mismos en
poco tiempo; los hoplitas quedaron de a ocho en fondo, y
los peltastas se colocaron corriendo en las dos alas. El
terreno era el más a propósito para una revista; el llamado
campo tracio, sin casas y completamente llano. Cuando
hubieron puesto las armas en tierra y estuvieron calmados,
Jenofonte convoca el ejército y dice: «Que vosotros,
soldados, estéis furiosos e irritados por el engaño de que se
os ha hecho víctimas, es cosa que no me extraña. Pero si
nos abandonamos a nuestra cólera; si castigamos a los
lacedemonios aquí presentes por su engaño y entramos a
saco en la ciudad, que no es culpable de nada, considerad
lo que resultará de ello. Seremos enemigos de los
lacedemonios y de sus aliados, y qué clase de guerra nos
traerá esto lo podemos conjeturar por lo ocurrido no hace
mucho. Nosotros los atenienses entramos en guerra con los
lacedemonios teniendo no menos de trescientos trirremes,
unos en el mar y otros en los astilleros; disponiendo de
grandes tesoros en la ciudad y de un tributo anual, tanto del
país mismo como de fuera, que no bajaba de mil talentos;
dueños de todas las islas y de muchas ciudades de Asia, de
otras muchas de Europa; entre ellas esta de Bizancio, donde
ahora estamos, y, sin embargo, como todos sabéis,
llevamos en esta guerra la peor parte. ¿Y cuál podremos
pensar que sea nuestra suerte ahora, cuando los
lacedemonios disponen no sólo de sus antiguos aliados, sino
también de los atenienses y de todos los que entonces eran
aliados de éstos; cuando Tisafernes y todos los demás
bárbaros de la costa son enemigos nuestros, y más enemigo
que todos el rey de Asia superior, contra el cual fuimos con
intención de quitarle el reino y matarle si pudiéramos? Y si
todo esto es así, ¿quién hay tan insensato que crea que
nosotros podemos salir vencedores? ¡Por los dioses!, no
perdamos el juicio y vayamos a perdernos miserablemente
haciendo la guerra a nuestras patrias y a nuestros propios
amigos y parientes. Porque ellos se encuentran todos en las
ciudades, que se armarán contra nosotros, y con razón, si
nosotros, que no hemos querido conservar ninguna ciudad
bárbara, y eso cuando éramos los más fuertes; llegados a la
primera ciudad griega la ponemos a saco. Yo, por mi parte,
ruego a los dioses que antes de veros hacer tales cosas me
hunda mil brazas bajo tierra. Y os aconsejo que, pues sois
griegos, procuréis, obedeciendo a los principales de los
griegos, conseguir se os haga justicia. Si no lo podéis, es
preciso, aun a pesar de esta injusticia, que no nos veamos
impedidos de volver a Grecia. Por el momento creo que
debéis enviar emisarios a Anaxibio para decirle que no
hemos entrado en la ciudad con intención de cometer en
ella ninguna violencia. “Sólo deseamos obtener de vosotros,
si podemos —dirán—, alguna condición favorable, si es
posible, y si no, mostrar que salimos, no por engaños, sino
por obediencia”.»
Se acordó esto, y enviaron a Hierónimo, de Elea, para
hablar en nombre de todos y con él a Euríloco, de Arcadia, y
a Filesio, de Acaya. Ellos partieron a cumplir su misión.
Estaban sentados los soldados cuando se presentó
Ceratades, de Tebas, el cual no había salido de Grecia por
destierro, sino buscando mandar tropas, y si alguna ciudad
o pueblo necesitaba un general, él ofrecía sus servicios. Y
entonces acercándose a los griegos, les dijo que estaba
dispuesto a conducirlo al llamado Delta de Tracia, donde
cogerían rico botín, y hasta que llegasen allí les prometió
darles vino y víveres en abundancia.
Mientras los soldados oían esto llegó la respuesta de
Anaxibio. Este contestaba que si eran obedientes no les
pesaría; pero que él daría cuenta del asunto a las
autoridades de su patria, y que, por su parte, procuraría
favorecerles en lo que pudiese. Entonces los soldados
aceptaron a Ceratades por general y salieron de las
murallas. Ceratades convino con ellos que al día siguiente
vendría al campamento con víctimas, un adivino, víveres y
vino para el ejército. Cuando las tropas hubieron salido,
Anaxibio cerró las puertas y pregonó que todo soldado que
fuese cogido dentro sería vendido. Al día siguiente vino
Ceratades con las víctimas y el adivino; le seguían veinte
hombres cargados de harina de cebada, otros veinte que
llevaban vino, tres con aceitunas; otro hombre traía una
carga de ajos que apenas podía con ella, y otro con una de
cebollas. Ceratades puso en tierra todo esto como para
distribuirlo y comenzó los sacrificios.
Jenofonte, mientras tanto, mandó llamar a Cleandro y le
rogó le consiguiese el permiso de entrar en la ciudad para
embarcarse en el puerto de Bizancio. Cleandro volvió y le
dijo que le había costado mucho trabajo conseguir el
permiso, pues Anaxibio decía no ser cosa conveniente que
los soldados estuviesen cerca de la muralla y Jenofonte
dentro, que los bizantinos estaban divididos en facciones
llenas de saña unas contra otras. «Sin embargo —dijo—, te
permite entrar si piensas embarcarte con él». Jenofonte se
despidió entonces de los soldados y entró en la ciudad con
Cleandro.
Ceratades no obtuvo el primer día presagios favorables y
no distribuyó nada a los soldados. Al día siguiente las
víctimas estaban cerca del altar, y Ceratades, coronado, se
disponía a sacrificar, cuando Timasión el dardanio, Neón el
asineo y Cleanor el orcomenio se acercaron a él y le dijeron
que no sacrificase, porque no sería el jefe del ejército si no
les daba víveres. Ceratades ordena el reparto. Pero como le
faltaba mucho para aprovisionar para un día a cada soldado,
se retiró llevándose las víctimas y renunciando al cargo de
general.
CAPÍTULO II
Neón el asineo, Frinisco, Filesio y Janticles, aqueos los tres, y
Timasión el dardanio, se habían quedado en el ejército, y
avanzando con las tropas a las aldeas cercanas a Bizancio
acamparon en ellas. Los generales no estaban de acuerdo.
Cleanor y Frinisco querían que se juntasen con Seutes, pues
éste los había ganado dándole al uno un caballo y al otro
una mujer. Neón, por el contrario, quería ir a Quersoneso,
esperando que allí se haría jefe de todo el ejército con el
apoyo de los lacedemonios. Timasión, por su parte, ponía su
empeño en que pasasen de nuevo a Asia con esperanza de
que así volvería a su tierra. Esto mismo querían también los
soldados. Mientras tanto iba pasando el tiempo y muchos
soldados abandonaban el ejército; unos vendían sus armas
en el campo y se embarcaban como podían, y otros se
mezclaban con los habitantes de las ciudades. Anaxibio se
alegraba de saber la disolución del ejército, pues creía que
tales sucesos serían muy gratos a Farnabazo.
Partido de Bizancio en un buque, Anaxibio se encontró en
Cícico con Aristarco, sucesor de Cleandro como harmosta de
Bizancio. Decíase también que Polo, sucesor designado al
puesto de almirante, estaba a punto de llegar al Helesponto.
Anaxibio encargó a Aristarco que vendiera cuantos soldados
del ejército de Ciro encontrara en Bizancio. Cleandro no sólo
no había vendido ninguno, sino que por compasión había
cuidado de los enfermos y obligado a recibirlos en la ciudad.
Pero Aristarco, apenas llegado, vendió no menos de
cuatrocientos. Anaxibio fue navegando hasta Pario y desde
allí envió recado a Farnabazo recordándole sus
compromisos. Pero Farnabazo, cuando supo que Aristarco
había venido como harmosta de Bizancio y que Anaxibio no
era ya almirante, no hizo caso de Anaxibio, y renovó con
Aristarco, respecto del ejército de Ciro, los mismos pactos
que había tenido con Anaxibio.
Entonces Anaxibio llamó a Jenofonte y le instó a que por
todos los medios se embarcara para llegar al ejército; a que
lo mantuviese unido y recogiera el mayor número de
soldados dispersos, y a que, llevándolos a Perinto, pasaran
al Asia cuanto antes. Le dio un tricontoro y una carta, y
envió con él a un hombre encargado de decir a los perintios
que diesen inmediatamente caballos a Jenofonte, a fin de
que éste marchase al ejército. Jenofonte cruzó el mar y llegó
al ejército. Los soldados le recibieron con gran alegría y le
siguieron en seguida gustosos para pasar de la Tracia al
Asia.
Seutes, al saber la vuelta de Jenofonte, le envió por mar
a Medosades para pedirle que le llevase el ejército con las
promesas que creyó más eficaces. Jenofonte contestó que
no podía hacerse nada de esto, y Medosades se marchó con
tal respuesta. Cuando los griegos llegaron a Perinto se
separó y acampó aparte con unos ochocientos hombres.
Todo el resto del ejército permaneció reunido y se puso bajo
las murallas de Perinto.
Mientras tanto, Jenofonte estaba en tratos para conseguir
barcos a fin de que pasasen cuanto antes. En esto llegó de
Bizancio el harmosta Aristarco con dos trirremes y, ganado
por Farnabazo, prohibió a los dueños de buques que
transportasen al ejército; fue al campamento y prohibió
igualmente a los soldados que pasaran al Asia. Jenofonte
dijo que Anaxibio lo mandaba. «Y para eso —añadió— me ha
mandado a mí aquí». Aristarco replicó: «Anaxibio no es ya
almirante, y yo soy el harmosta de esta tierra. Si encuentro
a uno de vosotros en el mar lo echo al fondo». Dicho esto,
entróse por la muralla.
Al día siguiente mandó llamar a los generales y capitanes
del ejército. Cuando éstos estaban junto a la muralla alguien
advirtió a Jenofonte que si entraba lo cogerían y le harían
allí mismo algo o lo entregarían a Farnabazo. Al oír esto,
Jenofonte mandó a los otros por delante y dijo que él quería
hacer cierto sacrificio. Y apartándose hizo un sacrificio para
saber si los dioses le consentían que procurase conducir el
ejército a Seutes. Veía, en efecto, que no era cosa segura
pasar cuando quien pensaba impedirlo disponía de
trirremes, y no quería tampoco ir a encerrarse con el
ejército en Quersoneso, donde carecerían de todo y donde
sería forzoso obedecer al harmosta de allí e imposible
procurarse víveres.
Mientras Jenofonte estaba en esto volvieron los
generales y capitanes de ver a Aristarco, diciendo que por el
momento los había despedido con orden de volver por la
tarde; en esto se veía más a las claras la traición. Y
Jenofonte, creyendo por lo favorable de las víctimas que
tanto para él como para el ejército no había peligro en
juntarse con Seutes, tomó consigo al capitán Polícrates, de
Atenas, pidió a cada uno de los generales, excepto a Neón,
que le diesen un hombre de su confianza y marchó por la
noche al campamento de Seutes, distante setenta estadios.
Cuando ya había llegado cerca se encontraron con unas
hogueras sin gente. Primero creyó Jenofonte que Seutes
había levantado el campo. Pero, oyendo ruido y señales que
se daban entre sí los soldados de Seutes, comprendió que
éste había hecho encender las hogueras delante de los
centinelas para que éstos, puestos en la oscuridad, no
pudiesen ser vistos, ni dónde estaban, ni cuántos eran, y, en
cambio, no quedasen ocultos los que se acercasen,
delatados por la luz.
Advertido esto, mandó por delante al intérprete que
llevaba consigo, con orden de decir a Seutes que Jenofonte
se encontraba allí con deseo de conferenciar con él. Los
bárbaros preguntaron si era el ateniense y venía del
ejército. Al contestar el intérprete que era el mismo, los
otros saltaron y echaron detrás del intérprete. Un momento
después se presentaron como unos doscientos peltastas y,
tomando consigo a Jenofonte y a los que con él iban, los
llevaron a presencia de Seutes. Este se encontraba en una
torre muy bien guardada, alrededor de la cual había en
círculo caballos embridados; por temor a una sorpresa les
dejaban pastar durante el día y los tenían preparados por la
noche. Se decía que en otro tiempo Teres, antepasado de
Seutes, en este mismo país y con un numeroso ejército,
había perdido mucha gente a manos de los habitantes, que
le habían quitado además los bagajes. Estas gentes eran los
tinos, temibles sobre todo por sus ataques nocturnos.
Cuando llegaron cerca, Seutes mandó que entrase
Jenofonte con los dos que quisiera. Ya dentro principiaron
por saludarse mutuamente y, según la costumbre tracia
bebieron en cuernos llenos de vino. Con Seutes se
encontraba también Medosades, de quien se servía en
todas sus embajadas. En seguida Jenofonte principió a decir:
«Me enviaste, Seutes, a Medosades, aquí presente, primero
a Calcedonia pidiéndome procurase que el ejército pasara
de Asia a este lado, y prometiéndome que si esto hacía me
recompensarías, según este Medosades». Diciendo esto,
preguntó a Medosades si era verdad. «El mismo Medosades,
cuando yo me volví de nuevo al ejército desde Pario, vino de
nuevo, prometiéndome que si te traía el ejército me
tratarías como a un amigo y a un hermano y me darías las
tierras junto al mar de que eras dueño». De nuevo preguntó
a Medosades si era verdad esto que decía, y él convino
también en ello. «Pues bien: expón a Seutes qué te respondí
en Calcedonia primero». «Me respondiste que el ejército iba
a pasar a Bizancio, y que por esto no era menester darte
nada ni a ningún otro; que tú, cuando pasases, te
marcharías y resultó como tú dijiste». «¿Y qué te dije
cuando llegaste a Selimbria?». «Me dijiste que no era
posible, que irías a Perinto y de allí pasarías al Asia».
«Ahora, pues —continuó Jenofonte—, aquí estoy yo; aquí
está éste, Frinisco, uno de los generales, y éste, Polícrates,
uno de los capitanes, y fuera están los hombres de más
confianza de los generales, excepto Neón el laconio. Si
quieres que nuestro trato sea más seguro, llama también a
éstos. Tú, Polícrates, sal y diles que les mando dejar las
armas, y tú mismo vuelve sin la espada».
A estas palabras Seutes dijo que no desconfiaba de
ningún ateniense, pues sabía que eran deudos suyos y los
tenía por amigos afectuosos. Después que hubieron entrado
los que faltaban, Jenofonte preguntó primero a Seutes en
qué necesitaba utilizar el ejército. Seutes respondió: «Mi
padre fue Mesades; le obedecían los melanditas, los tinos y
los tranipsas. Obligado a abandonar el país por las
discordias de los odrisios, mi padre murió de enfermedad;
yo quedé huérfano y me crié con Méoco, el rey actual.
Cuando yo fui muchacho no me era posible vivir mirando
una mesa ajena, y sentado junto a él le supliqué me diese
todos los hombres que pudiese para hacer todo el daño
posible a los que nos habían arrojado y no viviesen mirando
a su mesa como un perro. Entonces él me dio los hombres y
los caballos que veréis cuando sea de día. Y ahora vivo con
ellos saqueando la tierra que me pertenece por mis padres.
Si vosotros os unís a mí, espero con la ayuda de los dioses,
reconquistar fácilmente el reino. Esto es lo que necesito».
«¿Y qué podrías dar —dijo Jenofonte—, si viniéramos, al
ejército, a los generales y a los capitanes? Dilo para que
éstos se lo comuniquen a los demás». Él prometió a cada
soldado un ciciceno, el doble a los capitanes, el cuádruple a
los generales, todas las tierras que quisieran, yuntas y un
lugar fortificado junto al mar. «Pero —dijo Jenofonte—, si
tratando de hacer esto no lo consiguiéramos por miedo a los
lacedemonios; ¿recibirás en tu campamento a los que
quieran refugiarse en él?». Seutes respondió: «Y los trataré
como a hermanos, los sentaré a mi mesa y con ellos partiré
todo cuanto podamos coger. A ti, Jenofonte, te daré,
además, mi hija; si tú tienes una hija, la compraré, según
costumbre de los tracios, y te daré en ella la ciudad de
Bisanta, que es la mejor de mis plazas marítimas».
CAPÍTULO III
Oído esto, se dieron las manos mutuamente y se retiraron
los griegos. Antes del día llegaron al campamento y cada
uno dio cuenta a quien le había enviado. Ya de día, Aristarco
volvió a llamar a los generales; pero éstos decidieron no ir a
ver a Aristarco y convocar al ejército. Se reunieron todos,
excepto Neón, que estaba aparte, como a unos diez
estadios. Reunidos, pues, se levantó Jenofonte y dijo así:
«Compañeros: Aristarco, con sus trirremes, nos impide
pasar adonde queremos; de suerte que es peligroso
embarcarnos. Este mismo Aristarco nos ordena que
marchemos a Quersoneso y atravesando por la fuerza el
Monte Sagrado. Si conseguimos salir en esto vencedores y
llegamos a este punto, dice que no ha de vendernos, como
hizo en Bizancio, ni engañarnos, sino que se os dará soldada
y no se os dejará como ahora, carecer de víveres. Esto dice
Aristarco. Seutes, por su parte, promete que si os vais con él
os tratará bien. Ahora mirad si queréis deliberar sobre el
asunto aquí mismo o cuando hayáis llegado adonde haya
víveres. A mí me parece, puesto que aquí no tenemos
dinero para comprar y no se nos deja tomar nada sin dinero,
que debemos ir a las aldeas, cuyos habitantes, sintiéndose
más débiles que nosotros, nos dejarán tomar lo que cada
cual solicite de nosotros y elijamos lo que nos parezca más
conveniente. El que esté conforme que levante la mano».
Todos la levantaron. «Marchemos, pues, y preparad vuestros
bagajes para que en cuanto se dé orden sigáis al que guíe».
Después de esto Jenofonte se puso a la cabeza y los
demás le siguieron. Neón y los emisarios de Aristarco
procuraron convencerles de que se volviesen; pero ellos no
les prestaron oídos. Habrían avanzado como unos treinta
estadios cuando se encontraron con Seutes. Jenofonte, al
verlo, le rogó se acercase para poder hablarle de lo que le
parecía conveniente delante del mayor número de testigos.
Cuando Seutes se hubo acercado le dijo Jenofonte: «Vamos
de camino hacia donde el ejército pueda encontrar
alimentos. Una vez allí, oiremos tus proposiciones y las del
laconio y optaremos por lo que más nos convenga. Si nos
llevas donde haya víveres en abundancia consideraremos
que nos concedes tu hospitalidad». Seutes respondió: «Pues
yo sé de muchas aldeas donde hay en abundancia toda
clase de provisiones y que no distan de aquí más de lo
suficiente para que comáis con gusto». «Guíanos, pues»,
dijo Jenofonte. Llegados a ellas, por la tarde se reunieron los
soldados, y Seutes les dijo: «Yo, soldados, os pido que os
unáis conmigo para hacer guerra y os prometo que daré a
cada soldado un ciciceno, y a los capitanes y generales
según costumbre; aparte recompensaré a los que lo
merezcan. Tendréis vino y víveres, como ahora, tomándolos
del país. Pero cuanto se coja será de propiedad mía, de
suerte que vendiéndolo pueda daros la soldada. Si nuestros
enemigos huyen o pretenden escaparse, seremos
suficientes para perseguirlos y buscarlos, y si hacen
resistencia procuraremos con vosotros someterlos».
Jenofonte le preguntó: «¿Hasta qué distancia del mar
quieres que te siga el ejército?». Seutes respondió: «Nunca
a más de veinte estadios, y a menudo menos».
Después de esto se permitió hablar al que quisiera, y
muchos dijeron que lo propuesto por Seutes era muy
conveniente; que estaban en invierno y quienes quisieran
volver a su patria no podrían hacerlo; permanecer en un
país sin tener con qué comprar víveres era imposible, y si
habían de vivir y alimentarse en tierra enemiga, era más
seguro juntarse con Seutes que estar solos. Si además de
todas estas ventajas se les daba soldada, miel sobre
hojuelas. Jenofonte, entonces, dijo: «Si alguien opina otra
cosa, que hable; si no pondré el asunto a votación». Como
nadie se levantase en contra, se puso a votación y fue
aprobado. E inmediatamente le comunicó a Seutes que el
ejército se iba con él.
Después de esto los soldados acamparon en tiendas
según el orden de formación. Los generales y los capitanes
fueron invitados a comer por Seutes, que se encontraba en
una aldea cercana. Llegados a la puerta para entrar a
comer, se encontraron con un tal Heraclides, de Maronea.
Éste se fue acercando a todos aquellos que suponía en
situación de poder dar algo a Seutes. Primero se dirigió a
unos habitantes de Pario que habían venido a tratar
negocios con Médoco, el rey de los odrisios, trayendo
regalos para él y su mujer. Heraclides les dijo que Médoco
se hallaba en el interior, a doce días de camino del mar, y
en cambio Seutes, con aquel ejército que había tomado a su
servicio, se haría dueño de la costa. «Lo tendréis, pues, por
vecino, y tiene fuerzas sobradas lo mismo para favorecer
vuestros intereses que para haceros daño. Si sois, pues,
avisados, debéis darle lo que traéis. Y esto os resultaría
mejor que si se lo dieseis a Médoco que habita lejos». Estas
razones les convencieron.
Después se acercó a Timasión, de Dardania, que, según
había oído, era dueño de copas y de tapices bárbaros. A
éste le dijo que cuando Seutes lo invitaba a comer era
costumbre que los invitados le obsequiasen con regalos. «Si
él se hace aquí poderoso, podrá volverte a tu tierra o darte
aquí mismo riquezas». De esta manera iba solicitando a
cada uno. Y acercándose a Jenofonte, le dijo: «Tú eres de
una gran ciudad y tienes gran renombre con Seutes: acaso
deseas obtener en este país ciudades y tierras, como lo han
hecho muchos de vosotros. Vale, pues, la pena que
obsequies a Seutes espléndidamente. Te doy este consejo
por amistad. Estoy seguro que mientras más le des tanto
más ha de favorecerte». Estas palabras pusieron confuso a
Jenofonte, pues había venido de Pario tan sólo con un
esclavo y lo indispensable para el viaje.
Entraron, pues, a comer. Estaban allí los principales jefes
de las tropas tracias, los generales y capitanes de las
griegas y alguno que otro embajador enviado por su ciudad.
Sentáronse en círculo, y en seguida trajeron trípodes para
todos; estos trípodes, unos veinte, estaban cubiertos de
pedazos de carne y de grandes panes con levadura
clavados en la carne. Colocaron las mesas preferentemente
delante de los extranjeros, según era allí costumbre. Seutes
sirvió el primero, y cogiendo los panes que tenía delante los
partió en pedazos, que fue arrojando a quien le parecía; lo
mismo hizo con la carne, quedándose tan sólo con lo
suficiente para probarla. Los demás hicieron lo mismo,
cogiendo de las mesas que cada uno tenía delante. Cierto
arcadio llamado Aristas, muy comilón, no se preocupó de
echarles a los otros, sino que, cogiendo un pan de tres
quenizos, se puso carne sobre las rodillas y fue comiendo.
Circularon cuernos llenos de vino y todos los recibieron. Pero
cuando el copero le presentó el cuerno a Aristas, éste le
dijo, mirando a Jenofonte, que ya no comía. «Dáselo a
aquél; él ya ha terminado; yo todavía no». Al oírle hablar,
Seutes preguntó al copero qué decía, y el copero se lo
refirió, pues sabía griego. Esto produjo gran risa.
Seguían bebiendo, y en esto entró un tracio que conducía
un caballo blanco y, cogiendo un cuerno lleno, dijo: «A tu
salud, Seutes; te regalo este caballo, con el cual cogerás al
que quieras y podrás retirarte sin temor al enemigo». Otro
trajo un esclavo y se lo regaló brindando de la misma
manera; otro, vestidos para su mujer. Timasión brindó
también y le regaló una copa de plata y un tapiz que valía
diez minas. Un tal Guesipo, de Atenas, se levantó y dijo que
era antigua y bella costumbre que los que tuviesen dieran al
rey, pero que el rey diese a los que no tuvieran. «De esta
suerte —dijo— yo podría obsequiarte y honrarte». Jenofonte
no sabía qué hacer, tanto más cuanto se le había hecho el
honor de darle el asiento más próximo a Seutes. Heraclides
mandó al copero que le presentase el cuerno. Y Jenofonte,
que había ya bebido un poco, se levantó y, tomando
atrevidamente el cuerno, dijo: «Yo, Seutes, me doy a ti, con
estos compañeros míos, para ser tus amigos fieles. Ninguno
lo hace de mala gana; al contrario, más aún que yo desean
ser amigos tuyos. Y aquí los tienes no para pedirte nada,
sino deseosos de afrontar por ti fatigas y peligros. Con ellos,
si quieren los dioses, podrás conquistar muchas tierras,
unas que ya te corresponden de derecho por tus padres,
otras también nuevas; con ellos adquirirás muchos caballos,
muchos hombres y muchas mujeres bellas sin necesidad de
despojarlos, pues ellos mismos te los ofrecerán como
presentes». Seutes se levantó y bebió también con
Jenofonte, derramando después ambos el vino que quedaba
en los cuernos. Después entraron unos tracios, que tocaron,
unos con cuernos de los usados en el ejército y otros con
trompetas de cuero crudo, unos aires rítmicos como si
tocasen con el instrumento llamado magadis. El mismo
Seutes se levantó y, dando gritos de guerra, saltó como si
evitase un dardo. También entraron bufones.
Próximo a ponerse el sol levantáronse los griegos,
diciendo que ya era hora de colocar centinelas y dar el
santo y seña. También rogaron a Seutes diese orden de que
ningún tracio entrase por la noche en el campamento de los
griegos: «Pues los enemigos son también tracios como
vosotros, que sois nuestros amigos». Cuando salieron se
levantó Seutes con los otros sin dar ninguna señal de estar
embriagados. Y al salir llamó a los generales y les dijo:
«Amigos, los enemigos no saben aún nuestra alianza; si
marchásemos, pues, contra ellos antes de que se pusiesen
en guardia contra una sorpresa o se preparasen a resistir,
cogeríamos mucho más botín y prisioneros». Los generales
aprobaron la idea y le invitaron a que los guiase. Seutes
respondió: «Aguardad preparados; yo, cuando llegue la
ocasión, iré a buscaros. Os recogeré a vosotros y a los
peltastas y os conduciré con la caballería». Jenofonte le dijo:
«Si es que vamos a marchar de noche, mira si no sería
mejor adoptar la costumbre de los griegos. Durante el día
marchan a la cabeza del ejército aquellas tropas que más
convienen a la naturaleza del terreno, ya los hoplitas, ya los
peltastas, ya la caballería; pero de noche es costumbre
entre los griegos que marchen a la cabeza las tropas más
lentas. De esta suerte se dispersa menos el ejército y es
más difícil separarse sin notarlo. Ocurre a menudo que las
tropas separadas caen las unas sobre las otras y se hacen
daño mutuamente». A esto dijo Seutes: «Decís bien; acepto
vuestra costumbre. A vosotros os daré por guías a los
ancianos, que conocen mejor el país, y yo seguiré a la cola
con la caballería; si fuese preciso me presentaré en seguida
en la vanguardia. Como santo y seña adoptar Atenea, por el
parentesco». Dicho esto se marcharon a descansar.
A eso de medianoche se presentó Seutes con sus jinetes
cubiertos de coronas y con los peltastas armados. Después
de dar a los griegos los guías se pusieron en marcha: los
hoplitas a la cabeza, después los peltastas y, por último, la
caballería. Al rayar el día Seutes se adelantó a la vanguardia
y alabó la costumbre de los griegos. «Muchas veces —dijo—
me ha sucedido que, marchando de noche y a pesar de ir
con poca gente, me separaba con los jinetes de la
infantería. Ahora, en cambio, al venir el guía nos hemos
encontrado todos juntos, como es debido. Permaneced aquí
descansando, mientras yo voy a reconocer el terreno; en
seguida vuelvo». Dicho esto se lanzó por un camino a través
de la montaña. Llegando a un sitio cubierto de nieve en
gran cantidad, miró si se veían huellas de hombres en la
misma dirección que él traía o en la contraria. Y viendo que
la nieve estaba intacta, volvió en seguida y dijo: «Amigos, la
empresa nos saldrá bien, si Dios quiere; vamos a sorprender
a nuestros hombres. Yo marcharé a la cabeza con los de a
caballo para que si vemos a alguien no se escape y avise a
los enemigos; vosotros seguidme, y si os quedáis rezagados
seguir el rastro de los caballos. Cuando hayamos pasado las
montañas llegaremos a muchas y muy ricas aldeas.».
Era eso de mediodía cuando llegado a lo alto de la
montaña y viendo a sus pies las aldeas, Seutes se volvió
galopando a los hoplitas y les dijo: «Voy a lanzar en seguida
a los jinetes sobre la llanura; y a los peltastas contra las
aldeas. Seguidlos vosotros lo más rápidamente posible para
que prestéis ayuda si hay alguna resistencia». Al oír esto,
Jenofonte se bajó del caballo, y Seutes le preguntó: «¿Por
qué te bajas, si es preciso ir deprisa?». «Sé —respondió
Jenofonte— que no soy yo sólo de quien tú necesitas, y mis
soldados correrán más deprisa y de mejor gana si yo los
conduzco marchando a pie». Después de esto marchóse
Seutes y con él Timasión, llevando como unos cuarenta
jinetes griegos. Jenofonte, por su parte, mandó que saliesen
de las compañías los soldados menores de treinta años, que
eran más ligeros, y con ellos partió corriendo mientras
Cleanor conducía a los demás. Cuando llegaron a las aldeas,
Seutes les salió al encuentro con unos treinta caballos y
dijo: «Ha sucedido, Jenofonte, lo que tú dijiste: los
habitantes están cogidos, pero los jinetes se han ido
persiguiendo cada uno por su parte. Y temo se reúnan en
alguna parte los enemigos y les hagan algún daño. Además
es preciso que se queden algunos de nosotros en las aldeas,
pues están llenas de gente». «Pues bien —dijo Jenofonte—:
yo tomaré las alturas con los hombres que tengo, y tú dile a
Cleanor que tienda la falange por la llanura junto a las
aldeas». Así se hizo, y cogieron como unos mil prisioneros,
mil vacas y diez mil cabezas de ganado menor. Y
acamparon allí sobre el terreno.
CAPÍTULO IV
Al día siguiente Seutes quemó todas las aldeas, sin dejar
una sola casa, para que los demás, al ver esto, tomasen
miedo y no hicieran con ellos lo mismo si continuaban
resistiendo. En seguida se marchó de allí y envió a
Heraclides a Perinto para vender el botín y con ello pagar a
los soldados. Él y los griegos establecieron su campamento
en la llanura de los tinos; éstos abandonaron sus
habitaciones y se refugiaron en las montañas.
Había mucha nieve, y el frío era tal que el agua que
traían para la comida se helaba, lo mismo que el vino en las
vasijas, y a muchos de los griegos se les quemaron las
narices y las orejas. Entonces comprendieron por qué los
tracios usan pieles de zorra para cubrirse la cabeza y las
orejas; por qué se envuelven con los sayos no sólo el pecho,
sino también los muslos, y por qué llevan a caballo no
clámides, sino mantos largos que les llegan hasta los pies.
Seutes dio libertad a algunos prisioneros y los envió a las
montañas, diciéndoles que si los habitantes no bajaban a
sus casas y se sometían les quemaría también sus aldeas y
el trigo y morirían de hambre. Entonces bajaron las mujeres,
los niños y los ancianos. Pero los jóvenes acamparon en las
aldeas al pie de la montaña, y Seutes, al saberlo, mandó a
Jenofonte que tomase los más jóvenes de los hoplitas y le
siguiese con ellos. Se pusieron en marcha de noche, y al
rayar el día se presentaron en las aldeas. La mayor parte de
los habitantes huyeron; pero a cuantos pudo coger Seutes
los hizo matar implacablemente, con dardos.
Había en el ejército un tal Epístenes que era pederasta.
Este hombre, viendo a un muchacho muy joven y bello con
un escudo en la mano y condenado a morir, corrió a
Jenofonte y le suplicó acudiese en socorro de un bello
muchacho. Jenofonte acercóse a Seutes y le rogó que no
matase al muchacho, explicándose los gustos de Epístenes,
que tiempo atrás había formado una compañía, eligiendo
para componerla a muchachos guapos, y que con ellos se
había portado valientemente. Seutes preguntó: «¿Querrías,
Epístenes, morir en lugar de éste?». Y Epístenes, tendiendo
el cuello, contestó: «Hiere, si este muchacho lo desea y
puede serle agradable». Preguntó Seutes al muchacho si
quería que hiriese al otro en lugar suyo. Pero el muchacho
no quiso consentirlo, sino que le suplicó no matase a
ninguno de los dos. Entonces Epístenes se abrazó al
muchacho y dijo: «Ahora, Seutes, puedes venir a luchar
conmigo para quitármelo. Y no lo entregaré». Y Seutes,
riendo, pasó a otra cosa. Le pareció conveniente acampar
en aquel sitio a fin de que los refugiados en las montañas no
se alimentasen de aquellas aldeas. Él, descendiendo un
poco, puso en el llano sus tiendas. Pero Jenofonte, con sus
soldados escogidos, se alojó en la aldea más alta, y los
demás griegos a poca distancia, en tierras de los tracios
llamados montañeses.
Al cabo de no muchos días los tracios que estaban en la
montaña bajaron a verse con Seutes, y concertaron con él
una tregua mediante entrega de rehenes. Jenofonte se
presentó también a Seutes y le dijo que estaban alojados en
sitios muy desfavorables; que los enemigos se encontraban
cerca; que sería preferible acampar en lugares fuertes en
vez de permanecer en las casas de las aldeas con peligro de
ser aniquilados. Seutes le dio seguridades y le mostró los
rehenes que le habían entregado. También habían bajado
algunos de la montaña para verse con Jenofonte y pedirle
que hiciese igualmente treguas con ellos. Él se mostró
conforme, y les dijo que estuvieran tranquilos, pues les
daba seguridad de que no les había de ocurrir nada malo si
se entregaban a Seutes. Pero ellos no habían ido con otro
objeto que espiar.
Esto ocurrió durante el día. La noche inmediata bajaron
los tinos de la montaña y atacaron a los griegos, guiados
por el dueño de cada casa; de otro modo hubiese sido difícil
reconocer en la oscuridad las casas de las aldeas; estas
casas estaban, además, rodeadas de cercas hechas con
grandes estacas a causa del ganado. Cuando llegaban a la
puerta de cada casa, unos lanzaban sus dardos, otros
golpeaban con sus mazas, que, según decían, llevaban para
romper los astiles de las lanzas; otros prendían fuego. Y
llamaban a Jenofonte por su nombre, diciéndole que saliese
a morir o le quemarían allí vivo.
Ya aparecía el fuego por el techo; Jenofonte y los suyos
estaban dentro revestidos de corazas y con sus escudos,
espadas y cascos. En esto, Silano, de Macisto, de unos
dieciocho años, dio la señal, e inmediatamente todos se
precipitaron fuera con las espadas desenvainadas, al mismo
tiempo que los de las otras casas. Los tracios huyeron,
echándose a la espalda sus peltas, según tenían costumbre.
Y al saltar las estacas algunos se quedaron colgados de
ellas por los escudos y así fueron cogidos; otros perecieron
también porque no acertaron a encontrar salida. Los griegos
fueron persiguiéndoles fuera de la aldea.
Mientras tanto algunos tinos se volvieron en la oscuridad
y desde allí dispararon sus dardos sobre unos griegos que
corrían junto a una casa incendiada y que, al resplandor del
fuego, se destacaban perfectamente. Hirieron a Hierónimo,
al capitán Epitalico y al locrio Teógenes, también capitán;
pero no murió nadie; sólo se quemaron la ropa y el bagaje
de algunos. En esto Seutes vino en socorro con siete
caballos y el trompeta tracio. Porque Seutes, apenas supo el
ataque de los tinos, mandó tocar a cuerno, y el trompeta no
dejó de tocar hasta que llegaron donde estaban los griegos.
Esto también infundió miedo a los enemigos. Cuando llegó a
la aldea tendió la mano a los griegos y dijo que había
pensado encontrar muchos muertos.
Jenofonte le rogó que le entregase los rehenes; que
marchase con él contra los de la montaña o, si no quería,
que le dejase ir a él. Al día siguiente Seutes le entregó los
rehenes, unos ancianos que, según decían, eran los más
principales entre los montañeses, y al mismo tiempo trajo
sus fuerzas.
Estas fuerzas de Seutes habían ya triplicado su número,
pues muchos de los odrisios, al oír lo que Seutes estaba
haciendo, habían bajado para ayudarle en la guerra. Los
tinos, cuando vieron desde la montaña tantos hoplitas,
tantos peltastas, tantos caballos, bajaron también pidiendo
paz. Decían que estaban dispuestos a hacer todo y rogaban
que se les admitiesen prendas; Seutes llamó a Jenofonte y
le hizo saber lo que decían los tinos, añadiendo que no les
concedería la paz si Jenofonte deseaba vengarse de su
ataque. Jenofonte respondió: «Yo, por mi parte, pienso que
ya están suficientemente castigados si de libres se
convierten en esclavos». Pero les aconsejó que en adelante
tomasen en rehenes a los que pudiesen hacer más daño,
dejando a los viejos en sus casas. Todos los habitantes del
país consintieron en esto.
CAPÍTULO V
Después pasaron a tierras de los tracios que habitan encima
de Bizancio, en el país llamado Delta. Esta comarca no
pertenecía ya a Mésado, sino a Treres, hijo de Odrisio. Allí se
les juntó Heraclides con el dinero de la venta del botín.
Seutes sacó tres yuntas de mulas, las únicas que tenía, y
otras, de bueyes, y llamando a Jenofonte le invitó a que
tomase él una y repartiese las demás entre los generales y
capitanes. Jenofonte le respondió: «Yo ya cogeré otra vez;
pero dales a los generales que han venido conmigo y a los
capitanes». Timasión, de Dardania; Cleanor, de Orcómeno, y
Frinisco, de Aquea, cogieron una yunta de mulas cada uno;
las de bueyes se repartieron entre los capitanes. En cuanto
a la soldada, aunque ya hubiese pasado un mes, no pagaron
más que veinte días. Heraclides dijo que no había podido
sacar más de la venta. Y Jenofonte, irritado, dijo jurando:
«Me parece, Heraclides, que no cuidas como debes por los
asuntos de Seutes. Si supieras hacerlo habrías traído dinero
para pagar el sueldo completo, aunque hubiese sido
pidiendo prestado o vendiendo tus propios vestidos».
Heraclides, molesto por estas palabras y temeroso de
perder el favor de Seutes, calumnió desde este momento a
Jenofonte en cuanto podía delante de Seutes. Los soldados
culparon a Jenofonte porque no se les daban sus pagas, y
Seutes le veía con malos ojos porque le reclamaba con
firmeza la parte de los soldados. Hasta entonces no había
cesado de recordarle que en cuanto llegasen al mar les
daría Bisantes, Ganon y Neonticos. Pero a partir de entonces
no volvió a hablarle de nada de esto. Era que Heraclides
había intrigado también en esto, diciendo que era peligroso
entregar plazas a un hombre que tenía un ejército.
Mientras tanto Jenofonte pensaba en la manera de
conducir las tropas más al interior; pero Heraclides llevó
ante Seutes a los demás generales y les excitó a decir que
ellos conducirían al ejército tan bien como Jenofonte, y
prometiéndoles que dentro de pocos días se les daría la
paga de dos meses les animó a que continuasen la
campaña. Timasión respondió: «Yo, ni aunque me diesen el
sueldo de cinco meses marcharía sin Jenofonte». Frinisco y
Cleanor se unieron a lo dicho por Timasión. Entonces Seutes
increpó a Heraclides porque no había llamado a Jenofonte. Y
en seguida le llamaron a éste solo. Pero Jenofonte,
conociendo la malicia de Heraclides, que quería indisponerle
con los demás generales, llevó consigo a todos los
generales y capitanes.
Convencidos todos por Seutes, se pusieron en marcha,
teniendo el Ponto a la derecha; atravesaron el país de los
tracios llamados melinófagos y llegaron a Salmudeso. En
este sitio muchos de los barcos que entran en el Ponto
embarrancan y naufragan a causa de los muchos bajos que
hay por aquellas aguas. Los tracios que habitan estos
parajes tienen dividida la costa por medio de mojones,
dentro de cuyos límites cada pueblo saquea los buques, que
encallan en la costa. Antes de poner estos términos, según
decían, muchos murieron disputándose entre sí las presas.
Se encontraron allí muchos lechos, muchas arcas, muchos
libros y muchos otros objetos que los navegantes llevan en
cajas de madera. Sometida esta comarca, volviéronse atrás.
Seutes tenía entonces un ejército más numeroso que el de
los griegos. Muchos más de los odrisios habían bajado de
sus montañas, y los que iban sometiéndose se unían a sus
tropas. Acamparon en una llanura por encima de Selimbria,
a unos treinta estadios del mar. De paga no se veía la
menor señal. Los soldados estaban furiosos contra
Jenofonte, y Seutes no le trataba con la misma intimidad.
Cuantas veces Jenofonte se acercaba para verle resultaba
que tenía muchas ocupaciones.
CAPÍTULO VI
Por entonces, ya habían pasado casi dos meses, llegaron
Carmino y Polínico de parte de Tibrón. Dijeron que los
lacedemonios habían decidido hacer guerra a Tisafernes;
que Tibrón se había hecho a la vela para principiar las
hostilidades, y que necesitando aquel ejército prometía un
darico al mes a cada soldado, el doble a los capitanes y el
cuádruple a los generales.
No bien llegaron los lacedemonios, Heraclides, sabedor
de que venía en busca del ejército, dijo a Seutes que no
podía ocurrir nada mejor. «Los lacedemonios tienen
necesidad del ejército; tú, en cambio, no lo necesitas ya.
Dándoles el ejército les serás agradable; los soldados no te
reclamarán la paga sino que se marcharán del país».
Oído esto, Seutes mandó entrar a los enviados, y como
ellos le confirmasen que venían por el ejército, él les dijo
que se lo daba, que quería ser amigo y aliado de los
lacedemonios. Los invitó a una comida en señal de
hospitalidad y los trató con magnificencia, sin invitar ni a
Jenofonte ni a ninguno de los demás generales.
Preguntándole los enviados qué clase de hombre era
Jenofonte, respondió que en general no era mala persona,
pero que tenía demasiadas complacencias con los soldados,
y esto le hacía mucho daño. Y dijeron los lacedemonios:
«¿Tiene, pues, mucho ascendiente sobre sus hombres?».
«Sí, por cierto», respondió Heraclides. «¿No se opondrá,
entonces, a que nos llevemos el ejército?». «Si vosotros
convocáis a los soldados —dijo Heraclides— y les prometéis
pagarles, no le harán caso y se irán con vosotros». «¿Y
cómo los reuniríamos?», dijeron ellos. «Mañana temprano os
llevaremos a ellos —respondió Heraclides—; estoy seguro
que en cuanto os vean correrán a vosotros de muy buena
gana». Así terminó aquel día.
Al día siguiente Seutes y Heraclides llevaron a los
lacedemonios donde estaba el ejército. Este se reunió, y los
enviados dijeron que los lacedemonios habían decidido
hacer guerra a Tisafernes, «el que os ha hecho daño a
vosotros; si os venís, pues, con nosotros os vengaréis de un
enemigo, y cada uno de vosotros ganará un darico por mes,
los capitanes el doble y los generales el cuádruple». Los
soldados oyeron esto con gusto, y en seguida uno de los
arcadios se levantó para acusar a Jenofonte. Se hallaba
también presente Seutes para ver lo que sucedía y en sitio
donde pudiera oírlo todo, por medio del intérprete que le
acompañaba, aunque él entendía bastante bien el griego. El
arcadio habló, pues, de este modo: «Hace ya mucho tiempo,
lacedemonios, que estaríamos con vosotros si Jenofonte,
con sus palabras, no nos hubiese traído aquí, donde no
tenemos un momento de descanso, marchando día y noche
en un invierno tan duro, mientras él se aprovecha de
nuestros trabajos. Seutes le ha enriquecido particularmente
y, en cambio, nos priva a nosotros de nuestro sueldo. Por mi
parte, si le viese lapidado, en castigo de los males a que nos
ha traído, me consideraría bien pagado y no me importarían
nada las fatigas sufridas». Tras éste se levantó otro y luego
otro, que dijeron lo mismo. Entonces Jenofonte habló así:
«Verdaderamente, un hombre debe esperarlo todo, puesto
que yo me veo acusado de vosotros por una cosa que
considero en conciencia como la mejor prueba de mi buena
voluntad hacia vosotros. Yo volví a vuestro lado cuando me
había puesto en camino para mi patria, no ciertamente, ¡por
Zeus!, noticioso de que vuestras cosas marchaban bien,
sino sabiendo que estabais en trance apurado y con
intención de seros útil en lo que pudiese. Y cuando hube
llegado vinieron a mí numerosos mensajes de este Seutes
con muchas promesas, para que procurase convenceros de
ir a su lado. Pero yo no les di oídos sino que os llevé al punto
desde donde pensaba que podríais pasar más rápidamente
al Asia. Creía yo que esto era lo más conveniente para
vosotros; y sabía que vosotros también lo queríais. Pero vino
Aristarco con sus trirremes y se opuso a que pasásemos, y
yo, como era justo, os reuní para deliberar acerca de lo que
haríamos. Y vosotros, después de oír que Aristarco nos
ordenaba ir al Quersoneso; después de oír que Seutes os
invitaba a unirnos a él, ¿no estuvisteis todos conformes en
marchar con Seutes, no votasteis todos esta resolución?
¿Cuál es mi culpa en traeros adonde todos habíais decidido
venir? Cuando Seutes comenzó a faltar en la cuestión de la
paga, y yo le hubiese aprobado, tendríais razón en
acusarme y en odiarme. Pero, después de haber sido su
mejor amigo, resulta que ahora estoy lo más distanciado de
él: ¿cómo puede ser justo acusarme a mí en lugar de a
Seutes por cosas que me han puesto a mal con él? Acaso
digáis que yo podía tomar de Seutes lo vuestro y engañaros.
Pero de seguro es evidente que si Seutes me pagaba algo
no era para perder lo que a mí me daba y pagaros además a
vosotros, sino me parece, con el propósito de que dándome
a mí menos no tuviese que daros a vosotros más. Si pensáis
que esto es así, en vuestras manos está hacer inútil para los
dos este manejo reclamándole vuestro dinero. Pues está
claro que si yo tengo algo de Seutes éste me lo reclamará, y
ciertamente me lo reclamará con razón si no le hago el
servicio para el cual me había sobornado. Pero estoy muy
lejos de tener nada de vosotros. Lo juro por todos los dioses
y por todas las diosas, no tengo ni siquiera lo que él me
prometió personalmente. Ahí está él mismo y sabe bien si
juro en vano. Y para que más os maravilléis, juro, además,
que no he recibido ni siquiera lo que han tomado los demás
generales, ni siquiera lo que algunos de los capitanes. ¿Por
qué he hecho esto? Creía, soldados, que, mientras ayudase
a Seutes en su pobreza, tanto más lo tendría amigo cuando
fuese poderoso. Ahora que le veo en la prosperidad conozco
también su condición. Y acaso dirá alguno: ¿No te
avergüenzas de haber sido tan tontamente burlado? Me
avergonzaría por Zeus, si fuese un enemigo quien me
hubiese engañado; pero con un amigo parece más
vergonzoso engañar que ser engañado. Y si algunas
precauciones han de tomarse con los amigos, sé que
vosotros las habéis tomado todas para no dar a éste un
pretexto justo de no daros lo que había prometido. Ningún
daño le hemos hecho; nunca estuvimos descuidados ni
cobardes en las cosas que nos encomendó. Pero, diréis, era
preciso entonces exigir garantías, de suerte que aunque
quisiera no pudiese engañarnos. Respecto a este punto oíd
lo que yo nunca habría dicho en presencia de este hombre
si no me hubieseis tratado con la mayor ingratitud e
injusticia. Acordaos en qué situación os encontrabais
cuando yo os conduje a Seutes. ¿No estabais junto a los
muros de Perinto mientras Aristarco el lacedemonio no os
dejaba entrar, cerrándoos las puertas? Acampabais fuera al
aire libre; estábamos en la mitad del invierno; vivíais
comprando los víveres, escasos los víveres y escaso el
dinero para adquirirlos. Era forzoso permanecer en Tracia;
allí estaban anclados los trirremes que impedían el paso. La
tierra en que nos teníamos que quedar era tierra enemiga,
donde teníamos enfrente mucha caballería, muchos
peltastas. Nosotros disponíamos de hoplitas con los cuales
podíamos caer todos juntos sobre las aldeas y acaso coger
algún grano, aunque no mucho; pero perseguir al enemigo,
coger prisioneros y ganado, era imposible, porque no hallé
entre vosotros ni caballería ni peltastas organizados.
Estando, pues, vosotros en situación semejante, si aun no
reclamando paga alguna, yo os hubiera procurado la alianza
de Seutes, y con ella la caballería y los peltastas que
necesitabais, ¿os parece que mi resolución hubiese sido
contraria a vuestros intereses? Unidos a sus tropas, habéis
hallado en las aldeas grano en gran abundancia por la
necesidad en que se vieron los tracios de huir
precipitadamente, y habéis tenido vuestra parte de
prisioneros y ganado. El enemigo no volvió a presentarse
ante nosotros no bien tuvimos caballería con nosotros.
Antes nos picaba audazmente la retaguardia con su
caballería y sus tropas ligeras y nos impedía siempre
dispersarnos en pequeños grupos para procurarnos víveres
en más abundancia. Si el que nos ha proporcionado tal
seguridad no os ha pagado muy exactamente encima, ¿es
esto tan gran desgracia y por ello creéis que no me debéis
dejar vivir de ninguna manera? Y ahora, ¿cómo os marcháis
de aquí? ¿No es después de haber pasado el invierno en la
abundancia y llevando por añadidura lo que hayáis recibido
de Seutes? Habéis vivido a expensas del enemigo, y a pesar
de esto no habéis visto morir o caer prisionero a uno de los
vuestros. Y si habéis hecho algo glorioso en lucha con los
bárbaros del Asia, ¿no habéis conservado esta gloria y le
habéis añadido la de haber vencido a los tracios de Europa,
contra los cuales habéis marchado? En verdad, os digo que
de todo esto que os irrita contra mí deberíais dar gracias a
los dioses como de un beneficio. Esta es vuestra situación
actual. Ahora, en nombre de los dioses, considerad la mía.
Yo, cuando me embarqué por primera vez para mi patria,
llevaba conmigo todas vuestras alabanzas, y por vosotros la
gloria entre los demás griegos. Los lacedemonios tenían en
mí confianza; de otro modo no me hubieran mandado de
nuevo a vosotros. Hoy me voy calumniado por vosotros con
los lacedemonios; por vuestra causa, odio a Seutes, que yo
pensaba que me había de proporcionar un retiro feliz para
mí y mis hijos si los tuviera, en mérito a los servicios que yo
con vosotros le hiciese. Y vosotros, por quienes me he
hecho tantos enemigos y mucho más poderosos que yo;
vosotros, a quienes aún no ceso de hacer todo el bien que
puedo, pensáis de mí de esta manera. Aquí me tenéis; no
habéis necesitado cogerme, no he pretendido escapar. Pero,
si hacéis lo que decís, sabed que mataréis a un hombre que
por vosotros ha pasado en vela muchas noches, que ha
compartido con vosotros muchos trabajos y peligros, unas
veces cuando le correspondía y otras espontáneamente;
que con el favor de los dioses ha erigido con vosotros
muchos trofeos de los bárbaros y que con todas sus fuerzas
ha luchado entre vosotros para que no hicieseis enemigos
de ninguno de los griegos. Y así, ahora, podéis marchar sin
temor adonde queráis; lo mismo por tierra que por mar. Y
cuando tenéis todos los caminos libres, cuando vais a
embarcaros para donde deseáis hace tiempo, cuando os
solicitan los más poderosos y se os ofrece una soldada, y los
lacedemonios, tenidos por los más fuertes, vienen a ser
vuestros caudillos, ¿os parece es el momento de darme
muerte lo antes posible? No ocurría lo mismo cuando
estábamos en trabajos y apuros, ¡vosotros, los menos
olvidadizos de los hombres! Entonces me llamabais padre y
prometíais acordaros siempre de mí como de vuestro
bienhechor. Estos mismos que ahora vienen a buscaros
verán, sin duda, lo que hay de cierto en este asunto. Y no
creáis que vuestra conducta conmigo os ha de favorecer a
sus ojos».
Carmino, de Lacedemonia, se levantó y dijo: «¡Por los
dioses!, me parece que vuestra irritación contra este
hombre es injusta. Yo mismo soy testigo en favor suyo.
Preguntando Polínico y yo a Seutes acerca de qué clase de
hombre era Jenofonte, no supo señalarme en él otro defecto
que su excesivo afecto a los soldados; y añadía que esto le
dañaba tanto con nosotros los lacedemonios como con él
mismo».
Euríloco, de Luisa, arcadio, se levantó en seguida y dijo:
«Me parece, lacedemonios, que vuestro primer acto como
jefes nuestros debe ser obligar a Seutes a que nos pague de
grado o por fuerza antes de sacarnos de aquí».
Polícrates, de Atenas, se levantó también y habló en
favor de Jenofonte. «Veo, soldados, desde aquí a Heraclides
que nos escucha. Éste fue el que se llevó el botín que
cogimos a fuerza de fatigas, y después de venderlo no dio el
dinero ni a Seutes ni a nosotros, sino que se ha quedado con
él, robándolo. Lo mejor que podemos hacer es apoderarnos
de él. Este hombre —añadió— no es tracio, sino que siendo
griego ha perjudicado a otros griegos».
Al oír esto Heraclides se llenó de espanto y, acercándose
a Seutes, le dijo: «Lo mejor para nosotros será ponernos
fuera del alcance de esta gente marchándonos». Y en
seguida montaron a caballo y se fueron para su
campamento. Desde allí envió Seutes a Jenofonte a su
intérprete Abrozelma exhortándole a que se quedase a su
lado con mil hoplitas y prometiéndole que le daría las plazas
de la costa y lo demás que le había prometido. También le
dijo en secreto que había oído de Polínico que, cuando
Jenofonte estuviese en manos de los lacedemonios, Tibrón
le daría muerte. Otros muchos le mandaron dar este mismo
aviso, que debía guardarse porque le habían calumniado. En
vista de ello, Jenofonte cogió dos víctimas y las sacrificó a
Zeus Rey, a fin de saber si sería para él mejor y más
conveniente quedarse con Seutes, en las condiciones que
Seutes le ofrecía, o marcharse con el ejército. El dios le
decidió a la partida.
CAPÍTULO VII
Desde allí Seutes fue a poner su campamento más lejos. Los
griegos acantonaron en unas aldeas desde donde debían
bajar al mar una vez aprovisionados. Estas aldeas habían
sido dadas por Seutes a Medosades. Viendo, pues, éste que
los griegos consumían los bienes de sus dominios, no pudo
sufrirlo. Y tomando consigo al más principal entre los
odrisios que habían bajado de las montañas, partió al
campamento de los griegos con unos treinta caballos.
Llegado a él, invitó a Jenofonte a que saliese. Jenofonte se
presentó acompañado de algunos capitanes y otros amigos.
Y Medosades dijo: «Es injusto lo que hacéis con nosotros,
Jenofonte, saqueando nuestras aldeas. Os advertimos, yo en
nombre de Seutes y éste en el de Médoco, rey del interior,
que debéis evacuar esta comarca; y si os quedáis no
estamos dispuestos a consentiros que hagáis daño en ella,
sino que os combatiremos como a enemigos».
Oído esto, Jenofonte le dijo: «Preferiría no responder a
tus palabras; pero hablaré para que este muchacho sepa
quiénes sois vosotros y quiénes somos nosotros. Nosotros,
antes de hacernos amigos vuestros, atravesábamos este
país por donde nos parecía, saqueándolo si queríamos,
quemándolo si queríamos. Y cuando tú viniste a nosotros en
embajada, acampaste con nosotros sin temor a ningún
enemigo. Vosotros no veníais por estas tierras, o si
entrabais teníais que acampar como en país de enemigos
más fuertes, con los caballos enfrenados. Y cuando después
de haberos hecho amigos nuestros, tenéis esta comarca,
gracias a nosotros y a la ayuda de los dioses, nos arrojáis de
un país que hemos conquistado para vosotros. Como tú
sabes bien, los enemigos no hubiesen podido echarnos de
él. Y no es haciéndonos dádivas o tratándonos bien en pago
de nuestros servicios como pretendes alejarnos, sino que
cuando vamos a irnos no querrías permitirnos acampar si
estuviese en tu mano. Y cuando así hablas no sientes
vergüenza ante los dioses ni ante este hombre que ahora te
ve enriquecido, mientras antes de ser amigo nuestro vivías
del pillaje, según tú mismo confesabas. ¿Mas por qué me
dices a mí estas cosas? No soy yo aquí el que manda, sino
los lacedemonios, a los cuales entregasteis vosotros el
ejército para que se lo llevaran sin haberme dado parte en
la resolución; de suerte que, así como les ofendí cuando os
lo traje, ahora les diese satisfacción devolviéndoselo. ¡Sois
verdaderamente admirables!».
Cuando oyó estas palabras el odrisio, dijo: «Yo,
Medosades, quisiera hundirme bajo tierra de la vergüenza
que me da oír esto. Y si antes lo supiera no te hubiera
acompañado; ahora mismo me marcho. Porque el rey
Médoco tampoco me aprobaría si yo pretendiese echar a
nuestros bienhechores». Dicho esto, montó a caballo y se
marchó acompañado de los demás jinetes, excepto cuatro o
cinco. Medosades, contristado por ver las tierras
devastadas, rogó a Jenofonte que llamase a los dos jefes
lacedemonios. Jenofonte, llevando consigo a los más propios
para el caso, se presentó a Carmino y Polínico y les dijo que
Medosades los llamaba para decirles como a él que se
marchasen del país. «Creo —añadió— que obtendréis para
el ejército el sueldo que le deben si decís que los soldados
piden de vosotros que le saquéis el sueldo a Seutes de
grado o por fuerza, y cuando lo consigan están dispuestos a
seguiros gustosos; que a vosotros os parece justa la
demanda y que les habéis prometido no partir hasta que se
les haya hecho justicia».
Oídas estas razones, los lacedemonios declararon que las
hacían suyas y que estaban decididos a hablar con la mayor
energía; e inmediatamente partieron con la gente necesaria
para el asunto. Cuando hubieron llegado, Carmino tomó la
palabra y dijo: «Si tienes algo que decirnos, Medosades,
dilo; si no, nosotros tenemos que hablarte». Y Medosades
contestó en tono humilde: «Seutes y yo os suplicamos que
no nos hagáis daño, puesto que sois amigos; y si se lo
hacéis a los de estas tierras es lo mismo que si nos lo
hicieseis a nosotros, porque son nuestras». «Pues bien —
respondieron los lacedemonios—; nos marcharemos en
cuanto reciban su paga los que os han ayudado a conquistar
esto; y si no se hace así venimos a prestarles auxilio y a
vengarles de quienes los han atropellado faltando a los
juramentos. Si sois vosotros los que habéis hecho esto, en
vosotros principiaremos a hacer justicia». Y Jenofonte dijo:
«¿Queréis, Medosades, puesto que tenéis al pueblo de este
país por amigo vuestro, permitirle decidir la cuestión y
declarar por votos quiénes han de abandonar el país, si
vosotros o nosotros?». Medosades no aceptó esto, sino que
propuso como el mejor partido que los lacedemonios fuesen
a ver a Seutes para hablar con él de la paga, pues esperaba
que habían de convencerle; y que, si no, enviasen con él a
Jenofonte, prometiendo que él apoyaría en las
negociaciones. Pero suplicaba que no quemasen las aldeas.
Entonces enviaron a Jenofonte acompañado de aquellos
que parecieron más a propósito. Llegado Jenofonte, díjole a
Seutes: «No vengo, Seutes, a pedirte nada, sino a mostrarte
que sin razón te molestaste conmigo porque en nombre de
los soldados te reclamaba con instancia lo que les había
prometido. Es que pensaba que no te era a ti menos
conveniente darlo que a ellos recibirlo. En primer lugar veo
que después de los dioses son estos soldados los que te han
hecho ilustre como rey de una vasta comarca y de
numerosos hombres; de tal suerte que ninguna de tus
acciones, ya sea bella, ya vergonzosa, puede pasar
inadvertida. Y a un hombre colocado en este puesto me
parece importarle mucho no parecer que despide con
ingratitud a unos hombres que le han favorecido; me parece
importarle mucho que hablen bien de él hasta seis mil
hombres y, sobre todo, no quitar todo crédito a lo que digas.
Porque, según veo, las palabras de los hombres falsos son
vanas, sin fuerza, e incapaces de inspirar respeto; en
cambio, las de aquellos cuya veracidad es reconocida no
son menos eficaces para conseguir sus deseos que la fuerza
de los otros. Y si quieren traer a razón a cualquiera, sus
amenazas tienen más efecto que los continuos castigos de
otros; y si otros hombres prometen algo, no consiguen
menos que otros dando inmediatamente. Recuerda también
qué nos diste de antemano para obtener nuestra alianza.
Bien sabes que nada. Sólo con la confianza de que dirías
verdad te siguió un ejército tan numeroso, para luchar
contigo y conquistarte un imperio que vale no ya los treinta
talentos que los soldados te piden, sino muchas veces esta
suma. Y esta confianza, gracias a la cual te has formado un
reino, vas a venderla por este dinero. Recuerda también qué
importancia dabas entonces a la conquista del país que
ahora tienes sometido. Estoy seguro que hubieras preferido
conseguir lo que hoy posees a ganar riquezas muy
superiores a este dinero. Me parece, además, que hay
mayor daño y vergüenza en no conservar estas conquistas
que en no haberlas hecho antes, lo mismo que es más
penoso llegar a pobre después de haber sido rico, y más
triste descender de rey a simple particular que no haber
reinado nunca. Sabes que estos pueblos que ahora te
obedecen no se han sometido a tu dominio por el afecto,
sino por la fuerza, y que procurarían hacerse libres de nuevo
si algún temor no los contuviese. Siendo esto así, ¿cómo
piensas que estarán más temerosos y quietos, si ven que
los soldados se hallan dispuestos a quedarse contigo si tú lo
deseas y a volver rápidamente si fuese preciso, seguidos
por otros muchos que les hayan oído hablar bien de ti, o si
piensan no conseguirás encontrar otros por desconfianza de
lo ahora ocurrido y estos mismos le son a ellos más
favorables que a ti? Y si se te han sometido no se debe
ciertamente a que fuesen inferiores en número a nosotros,
sino a que carecían de jefes. Corres también el peligro de
que tomen por jefes a algunos de estos que se consideran
por ti atropellados, o acaso otros más poderosos, los
lacedemonios; porque los soldados estarán prontos a
seguirles si ellos te obligan a pagarles, y los lacedemonios
consentirían en ello por necesitar del ejército. Es, por otra
parte, evidente que los tracios que ahora tienes sujetos irían
con más gusto contra ti que contigo; si tú eres fuerte, ellos
son esclavos; si eres vencido, libres. Y si has de velar por los
intereses de una comarca que te pertenece, ¿cómo piensas
que sufrirá menos daños, si estos soldados, después de
recibir lo que reclaman, se marchan dejando todo en paz, o
si permanecen aquí como en tierra enemiga y tú procuras
reunir para combatirles otro ejército más numeroso que
necesitará también aprovisionarse? ¿Cómo crees que
gastarás más dinero; dando a éstos lo que les debes o
teniendo que pagar a otros en mayor número? Pero
Heraclides, según me ha manifestado, piensa que este
dinero es una cantidad enorme. Ciertamente ahora es para
ti mucho más fácil conseguirla y darla que antes de venir
con nosotros la décima parte de ella. Lo mucho o lo poco no
se mide por una cifra, sino por la capacidad del que da y del
que recibe; y ahora tú dispondrás de una renta anual
superior a todo lo que poseías antes. Te digo esto, Seutes,
como amigo, a fin de que te muestres digno de los
beneficios que los dioses te han hecho y ya no me pierda
con el ejército. Porque, sábelo bien, tan imposible me sería
igualmente hacer daño a un enemigo o favorecerte a ti
aunque lo quisiera; tal están ahora conmigo. Y tú eres
testigo ante los dioses de que nada tengo de ti por los
servicios de los soldados, ni te he pedido nada que les
pertenezca, ni aun lo que a mí me habías prometido. Es
más, te juro que no lo admitiría aunque me lo dieses si no
habían de recibir los soldados al mismo tiempo lo que les
corresponde. Sería vergonzoso que yo consiguiese lo mío y
olvidara los daños de mis compañeros, sobre todo
habiéndome colocado en un puesto de honor. A Heraclides
le parece que nada vale la pena excepto tener dinero de
cualquier modo; pero yo, Seutes, pienso que no hay para un
hombre y, sobre todo, para un jefe, bien más hermoso y
brillante que la virtud, la justicia y la generosidad. Quien
tiene esto es rico y tendrá también muchos amigos, porque
otros le querrán. En la próspera fortuna encuentran quienes
compartan su alegría y en la adversa quienes les ayuden.
Pero si no has comprendido por mis obras que yo era amigo
tuyo de corazón, si mis palabras no te lo han hecho ver,
considera lo que dicen los soldados; tú estabas presente y
oíste lo que decían quienes querían censurarme. Me
acusaban con los lacedemonios porque te prefería a éstos, y
me echaban en cara porque favorecía más tus intereses que
los suyos; y hasta decían que yo había recibido de ti
presentes. ¿Crees que me habrían hecho este reproche si
me hubiesen visto mal dispuesto hacia ti, o bien observando
mi mucha benevolencia contigo? Según yo creo, todos los
hombres piensan que quien ha recibido algo se ha de
mostrar solícito con el que se lo ha dado. Tú, antes de que
yo te hubiese prestado ningún servicio, me recibiste
mostrándome amistad con las miradas, con la voz y con
presentes, y no te cansabas de hacerme promesas. Y ahora
que has conseguido lo que pretendías, ahora que en cuanto
yo pude has subido al más alto estado, ¿tienes el
atrevimiento de ver con indiferencia mi descrédito entre los
soldados? Confío, sin embargo, en que te decidirás a
entregarles el dinero y que el tiempo te enseñará la
conveniencia de no verte culpado por aquellos que te han
hecho bien. Te ruego, pues, que cuando les des a las tropas
el sueldo procures ponerme con los soldados en el concepto
que tenía cuando vine a tu servicio».
Seutes, cuando hubo oído este discurso, maldijo al
culpable de que la paga no estuviese entregada desde hacía
tiempo; todos sospecharon que se refería a Heraclides. «Yo
—añadió Seutes— no he pensado nunca en despojar de él a
los griegos y voy a pagárselo». Entonces dijo de nuevo
Jenofonte: «Puesto que piensas darlo, te ruego lo hagas por
mi mano y no dejes que me vea ahora respecto al ejército
en situación diferente a como estaba cuando vinimos a ti».
Seutes respondió: «Por mi causa no sufrirá menoscabo tu
reputación entre las tropas, y si te quedas a mi lado con
sólo mil hoplitas te daré los lugares y todo lo demás que te
prometí». «Esto resulta imposible —replicó Jenofonte—;
despídenos». «Te advierto —dijo Seutes— que es más
seguro para ti quedarte conmigo que marcharte». «Te
agradezco la intención, pero me es imposible quedarme —
dijo Jenofonte—; créeme que donde yo me encuentre más
honrado esto redundará en beneficio tuyo». Entonces, dijo
Seutes: «Dinero no tengo como no sea en pequeña
cantidad, y esto te doy; un talento. Podéis llevaros además
seiscientos bueyes, unas cuatro mil cabezas de ganado
menor y hasta ciento veinte esclavos. Con esto y con los
rehenes de los tracios que os atacaron podéis marcharos». Y
Jenofonte, riendo: «Y si todo esto —dijo— no basta para la
paga, ¿a quién pertenecerá este talento? Puesto que es
para mí peligroso volver al ejército, ¿no debo al menos tener
cuidado con las piedras? Ya viste las amenazas». Jenofonte
pasó allí el resto del día.
Al día siguiente Seutes entregó a los emisarios lo que
había prometido y envió con ellos algunos tracios que lo
condujeran. Entre los soldados se decía que Jenofonte había
marchado para vivir con Seutes y recibir de éste lo que le
había prometido. Pero al verle de vuelta se alegraron y
corrieron a su encuentro. Cuando Jenofonte llegó ante
Carmino y Polínico: «Esto es —dijo— lo que vosotros habéis
conseguido para el ejército; yo os lo entrego; vendedlo y
distribuidlo entre los soldados». Ellos lo recibieron, y por
medio de unos agentes nombrados al efecto lo vendieron,
no sin que se murmurase mucho de esta venta. Jenofonte se
mantuvo aparte, dando a entender claramente que se
preparaba para volver a su patria, pues aún no había sido
desterrado de Atenas. Pero los que eran más amigos suyos
le rogaron no se marchase hasta conducir el ejército al Asia
y entregárselo a Tibrón.
CAPÍTULO VIII
Desde allí se embarcaron para Lámpsaco, donde el adivino
Euclides, de Filasia, hijo de Cleágoras, el que ha pintado los
Sueños en el Liceo, salió al encuentro de Jenofonte. Euclides
le felicitó por haberse salvado y le preguntó cuánto dinero
traía. Jenofonte le juró que ni siquiera el suficiente para
volver a Atenas, como no vendiese el caballo y lo que
llevaba encima. Euclides no quiso creerle. Pero habiendo
enviado los lampsaquenos presentes de hospitalidad a
Jenofonte, éste hizo sacrificios a Apolo poniendo a Euclides
a su lado. El adivino, al ver las entrañas, dijo a Jenofonte:
«Ahora te creo que no tienes nada. Y estoy también seguro
de que, aunque debieras hacer fortuna en lo futuro, se te
presentará un obstáculo, por lo menos tú mismo». Jenofonte
convino en ello. Euclides prosiguió: «Es Zeus Miliquio el que
te es contrario». Y le preguntó si le había seguido haciendo
sacrificios, «como yo —dijo— solía hacérselos en caso por
vosotros y ofrecía también holocaustos». Jenofonte confesó
que no había ofrecido sacrificios a este dios después de
haber partido de Atenas. Euclides le aconsejó que se los
hiciese y que le iría mejor.
Al día siguiente Jenofonte, llegado junto a Ofrinio, hizo
sacrificios, según los ritos patrios, quemando puercos
enteros, y las señales le resultaron favorables. Aquel mismo
día llegaron Bión y Nausielides para dar dinero al ejército y
entregaron a Jenofonte como presente de hospitalidad el
caballo que había vendido en Lámpsaco por cincuenta
daricos, pues sospechaban que se había deshecho de él por
falta de recursos. Y sabiendo que le gustaba el caballo, ellos
lo rescataron y se lo devolvieron sin querer recibir el precio.
Desde allí marcharon a través de la Tróade y pasando por
el monte Ida llegaron primero a Antandro y después, por la
orilla del mar, a la llanura de Teba. Desde allí, pasando por
Adramitis y Citonio, alcanzaron la llanura del Caico y
entraron en Pérgamo, ciudad de Misia.
Hospedóse allí Jenofonte en casa de Hélade, mujer de
Gongilo, hijo de Eretrico, y madre de Gorgión y Gongilo. Esta
Hélade le indicó a Jenofonte que cierto persa llamado
Asidates se encontraba en la llanura, y que yendo de noche
con trescientos hombres se podría apoderar de él, de su
mujer, de sus hijos y de sus riquezas, que eran muchas.
Como guías para la expedición le dio a su sobrino y a
Dafnágoras, persona a quien estimaba mucho. Acompañado
de estos dos, Jenofonte ofreció un sacrificio, y el adivino
Basias, de Elea, que se hallaba presente, le dijo que las
señales eran muy propicias y que cogerían a Asidates.
Después de haber comido, Jenofonte se puso en marcha
llevando consigo a los capitanes más amigos y que se le
habían mostrado más fieles en toda la expedición, para
darles ocasión de ganar algo. Además, se le agregaron
contra su voluntad como unos seiscientos hombres; pero los
capitanes se adelantaron para no tener que partir con ellos
la presa que ellos consideraban segura.
Llegados a eso de medianoche dejaron escapar los
esclavos y la mayor parte del botín que estaba alrededor de
la torre, con el fin de coger al mismo Asidates y lo que éste
guardaba consigo. Atacaron, pues, la torre, pero no podían
tomarla, pues era muy alta y grande, estaba revestida de
almenas y la defendían muchos hombres aguerridos. En
vista de esto se pusieron a minarla. Tenía el muro de
anchura ocho ladrillos y al amanecer estaba ya minado.
Pero, apenas se vio claro, uno de los sitiados hirió en la
pierna con un asador grande al que se encontraba más
cerca y después se pusieron a lanzar tal cantidad de
flechas, que era peligroso acercarse. A los gritos de los
bárbaros y a las señales que hacían con fuego, acudió en
socorro Itames con sus fuerzas, y de la Comania vinieron
hoplitas asirios, jinetes hircanios, mercenarios del rey en
número de unos ochenta y hasta ochocientos peltastas.
También se presentaron tropas de Partanio y de Apolonia y
caballería de los lugares comarcanos.
Había llegado el momento de pensar cómo podrían
retirarse. Cogieron, pues, todos los bueyes y el ganado
menor que tenían y los condujeron con los esclavos en el
interior de la columna formada en cuadro. Y no es que se
preocupasen del botín, sino para evitar que, abandonándolo
todo, la retirada se convirtiese en fuga, cosa que hubiese
envalentonado a los enemigos y abatido a los griegos. Se
iban, pues, retirando como si combatiesen por el botín. Y
Gongilo, viendo que los griegos eran pocos y muchos los
que les atacaban, salió también contra la voluntad de su
madre, llevando consigo las fuerzas que tenía para tomar
parte en la acción. También acudió con refuerzos de
Halisarna y Teutrania Procles, descendiente de Damarato.
Los de Jenofonte, agobiados bajo la lluvia de flechas y
piedras, iban marchando en círculo para oponer las armas a
los tiros, y con gran trabajo consiguieron pasar el río Caico;
casi la mitad iban heridos, entre ellos el capitán Agasias, de
Estinfalia, que en todo tiempo había peleado con los
enemigos. Por fin consiguieron salvar como unos doscientos
esclavos y ganado menor suficiente para los sacrificios.
Al día siguiente, Jenofonte, después de haber hecho un
sacrificio, sacó por la noche todo el ejército con el propósito
de penetrar lo más lejos posible en el interior de Lidia y que,
no teniéndole cerca, perdiesen los otros el temor y
descuidasen la vigilancia. Pero Asidates, al saber que
Jenofonte había hecho nuevos sacrificios y marchaba contra
él con todo el ejército, fue a establecerse en unas aldeas
situadas debajo de la ciudad de Partenio. Y allí se
encontraron con él las tropas de Jenofonte, cogiéndole
prisionero, con su mujer, sus hijos, sus caballos y todo lo
que tenía. Así se cumplió la primera predicción de las
víctimas. De allí los griegos se volvieron a Pérgamo y
Jenofonte no tuvo motivo para quejarse del dios pues los
lacedemonios, los capitanes, los demás generales y los
soldados convinieron en darle una parte escogida del botín:
caballos, yuntas y lo demás; de suerte que quedaba en
situación hasta de favorecer a otros.
En esto presentóse Tibrón y tomó el mando del ejército. Y
mezclándolo a las demás tropas griegas hizo guerra contra
Tisafernes y Farnabazo.
He aquí los gobernadores de los países del rey que
atravesamos: de Libia, Artimas; de Frigia, Artacamas; de
Licaonia y Capadocia, Mitrídates; de Cilicia, Siennesis; de
Fenicia y Arabia, Dernes; de Siria y Asiria, Belesis; de
Babilonia, Roparas; de Media, Arbacas; de los fasianos y
hesperitas, Tiríbazo; los carducos, cálibes, caldeos,
macrones, colcos, mesinecos, cetas y tebarenos son pueblos
independientes; de Paflagonia, Corila; de los bitinios,
Farnabazo, y de los tracios de Europa, Seutes.
Toda la marcha, entre la ida y la vuelta, se hizo en
doscientas quince jornadas, con un recorrido de mil ciento
cincuenta parasangas, o treinta y cuatro mil seiscientos
cincuenta estadios; entre la ida y la vuelta duró la marcha
un año y tres meses[40].
JENOFONTE. Nacido en el demo de Erquia, el mismo del que
descendía Isócrates, pasó por las mismas desdichadas
experiencias que éste y que Platón en la última década de
la guerra del Peloponeso, que fue la época en que se hizo
hombre. Nació hacia el 430, un decenio más tarde de lo que
creyeron los biógrafos antiguos. Su padre Grilo, sin ser
propiamente noble, pertenecía a la clase de propietarios
acomodados, de esos caballeros que Aristófanes representa
como enemigos naturales de los demagogos. Recibió una
educación señorial y tuvo tiempo para entrenarse en
múltiples actividades. Su pasión por la caza y por la
equitación, que le duró toda la vida, así como sus opiniones
conservadoras debían provenir de la infancia y del medio
familiar.
Acaso no sea cierto que, como cuenta Diógenes, Sócrates lo
encontró un día en la calle y lo invitó a seguirlo, pero sí lo es
que se sintió atraído por aquella singular figura de
examinador y de guía. No fue discípulo de Sócrates, en el
sentido en que lo fueron tantos otros que consagraron su
existencia a la filosofía, pero fue tan profunda la impresión
que aquel hombre dejó en él, que a su vuelta del servicio
militar en el ejército de Ciro elevó al querido maestro un
monumento perdurable con algunas de sus obras. Sin
embargo, Jenofonte no era un filósofo, por más que autores
antiguos, como Diógenes Laercio, lo considerasen tal. No
tenía madera de pensador, por lo que no fue Sócrates quien
selló el destino de su vida, sino su nunca desmentida
inclinación a la guerra y a las aventuras.
No es muy seguro que haya luchado por vez primera en la
campaña de 409, ni que haya sido hecho prisionero y
conducido a Tebas. Mas sí parece que combatió en calidad
de caballero contra los demócratas de Trasíbulo. Triunfante
la democracia fue amnistiado para mantenerse al margen
de toda actividad política. Por lo demás, pese a su
formación filosófica, siguió siendo un conservador
obstinadamente fiel a la moral y a la religión de sus
antepasados.
Su inquieto temperamento lo empujó al círculo del que era
centro la figura romántica de Ciro, el príncipe rebelde de los
persas, llevándolo a enrolarse bajo las banderas de su
ejército de mercenarios griegos. Un amigo suyo, Próxeno de
Beocia, buscaba voluntarios para la expedición de Ciro el
Joven, que pretendía derrocar a su hermano Artajerjes II. A
excepción del espartano Clearco, jefe de los mercenarios,
nadie conocía el verdadero objetivo de la empresa;
hablábase de una expedición contra los Pisidas. Antes de
partir, Jenofonte pidió consejo a Sócrates. Éste le hizo notar
que corría el riesgo de comprometerse a los ojos de sus
conciudadanos, porque Ciro había ayudado con subsidios a
Esparta contra Atenas. Como el joven pareciera decidido a
tomar parte en la empresa, le recomendó que consultase al
oráculo de Delfos. Jenofonte obedeció. Sino que en vez de
interrogar a Apolo para saber si debía o no seguir a Clearco
al Asia, suplicóle, como él mismo cuenta, que se dignara
indicarle a qué dioses debía ofrecer sacrificios a fin de
realizar en las mejores condiciones la expedición
proyectada. Sócrates se lo reprochó, mas comprendiendo
que se oponía en vano a la resolución del joven, ávido de
viajes y de aventuras, le dejó partir.
En aquella expedición no era Jenofonte «ni general, ni
oficial, ni soldado». Seguíala como curioso, con el propósito
de narrar sus vicisitudes, a la manera de nuestros
corresponsales de guerra. Luego, derrotado y muerto Ciro
en Cunaxa y asesinados a traición todos los estrategas por
el sátrapa Tisafernes, alentó con su palabra a los griegos
vacilantes y temerosos, quienes acabaron por elegirle entre
sus generales. Tal vez exagere complacido la importancia de
su papel en tan duras circunstancias, pero lo cierto es que
contribuyó a salvar el contingente griego en una retirada
erizada de peligros, a través del altiplano de Armenia, hacia
el mar Negro. Todo esto satisfizo con creces sus ansias de
aventura y le inspiró la obra que sigue siendo más viva para
nosotros.
La participación en esta empresa apoyada por Esparta no
era del agrado de la política ateniense. De vuelta en Grecia,
apenas iniciada en el verano del 400 la guerra entre Esparta
y Persia, alistóse como jefe de los mercenarios en el ejército
espartano. Con ello se mantenía fiel a sus ideas políticas y a
sus profundas simpatías por un pueblo cuya aristocracia
seguía siendo el ideal de todos los griegos del partido
señorial. Por otra parte, al luchar contra Persia, obedecía a
un criterio panhelénico, al que siempre guardará fidelidad.
La condena de Sócrates hubo de contribuir a su progresivo
alejamiento de Atenas y a su hostilidad creciente hacia la
democracia. Su ídolo en adelante sería Agesilao, que
acaudilló en 399 la lucha contra Persia en Asia Menor. Tomó
parte con él en la campaña contra Farnabazo, entablando
relaciones amistosas con aquel soberano. Cuando Agesilao
fue reclamado a Grecia para que combatiese a tebanos y
atenienses, que se habían coligado contra Esparta, luchó en
Coronea en las filas espartanas frente a sus compatriotas.
Ningún motivo, ni siquiera los sentimientos filo-espartanos
del ambiente en que se había criado, podía justificar el
hecho de que tomase las armas contra su patria. Por esta
acción, y por haber participado en la empresa de Ciro, como
querían las fuentes antiguas, lo condenó Atenas al destierro
y le confiscó sus bienes.
La cosa no tuvo graves consecuencias porque los
espartanos le premiaron con la proxenia y algunos años más
tarde, en compensación de los perjuicios que el servicio de
Esparta le ocasionara, le regalaron una gran extensión de
campo y bosque en Escilunte, en la región agraria de Élide,
en el noroeste del Peloponeso, no lejos de Olimpia. Allí vivió
más de veinte años con su mujer Filesia, que le dio dos
hijos, Grilo y Diodoro, llevando la vida de un rico propietario
aficionado a las letras, que inspeccionaba a caballo la
explotación de sus tierras, cazaba y recibía a sus amigos.
En esta segunda patria disfrutó Jenofonte de algunos lustros
tranquilos, consagrados a la vida rústica, al cuidado de la
finca y a los ocios literarios. La afición a las variadas
actividades del agricultor constituye, con el recuerdo de
Sócrates y la inclinación a todo lo histórico y militar, una de
las características de la personalidad de Jenofonte y
también uno de los rasgos más acusados de su obra de
escritor. La amarga experiencia política de su democracia
natal le empujaba a establecer contacto con Esparta y a
trabar un conocimiento más estrecho con los dirigentes y
con la situación interna de este Estado que, por aquel
entonces, ejercía un imperio casi ilimitado sobre Grecia. Fue
esto lo que lo impulsó a su estudio del Estado de los
lacedemonios y a su panegírico de Agesilao, a la par que
extendía el horizonte de su interés político a toda la historia
de su tiempo y recogía en otro libro sus impresiones acerca
de los persas.
A aquel plácido retiro acudió a buscarlo Megabizo, sacerdote
de Ártemis de Éfeso, para entregarle la parte del botín que
después de la expedición de los Diez Mil había sido
destinada a la diosa y depositada en Éfeso. Con el dinero le
erigió Jenofonte un altar y una capilla, que imitaba en
pequeño al templo de Éfeso y encerraba una estatua de la
diosa de madera de ciprés, semejante a la áurea de Éfeso.
El idilio de Escilunte terminó en el 370, cuando fue ocupada
la localidad por los de Elea, enemigos de Esparta, después
de la batalla de Leuctra, donde el genio militar de
Epaminondas puso fin a la hegemonía espartana. Jenofonte
se refugió primero en Lepreo, en la Élide, y más tarde en
Corinto, donde permaneció un largo período sobre el cual no
estamos bien informados.
La creciente presión ejercida por Tebas provocó un
acercamiento entre Atenas y Esparta. Se derogó la
sentencia de destierro contra nuestro escritor, mas no
sabemos hasta qué punto aprovechó la posibilidad de
regresar a su patria. Había permanecido alejado de la
misma durante las décadas del nuevo auge ateniense, bajo
la segunda Liga marítima, y no le fue permitido volver de
nuevo a ella hasta la época de la decadencia de esa Liga, la
última gran creación política de Atenas. Él, por su parte,
procuró contribuir con algunos pequeños escritos de
carácter práctico a la tarea de reconstrucción del ejército y
de la economía.
Parece que Jenofonte no regresó por entonces a Atenas.
Alistó a sus dos hijos en el ejército ateniense en calidad de
caballeros. Ambos pelearon en Mantinea junto a los
espartanos contra Tebas, y uno de ellos, Grilo, pereció
combatiendo valerosamente. Su muerte fue celebrada en
una serie de encomios y de epitafios que prueban que, en
aquel tiempo, era muy respetado el nombre de su padre.
En las Helénicas menciona Jenofonte la muerte de Alejandro
de Teras, el tirano de Tesalia, que tuvo lugar en el 359.
Tenemos en esa fecha un término post quem para la
desaparición del escritor. Pero hoy se concuerda en
reconocer la autenticidad de los Recursos y, como esta obra
presupone hechos posteriores al 355, la fecha de su muerte
ha de ser por fuerza posterior. De cualquier modo, después
del fin de la guerra de la Confederación se pierde toda
huella de Jenofonte. Tenía a la sazón más de setenta años y
lo más probable es que no sobreviviese mucho a aquella
época. Su vida abarca, pues, poco más o menos el mismo
período que la de Platón.
Notas
[1] Soldados de infantería pesada. <<
[2] Soldados de infantería ligera. <<
[3] Parasanga, equivalente a 5250 metros. <<
[4] Pletro, equivalente a unos 31 metros. <<
[5] Heródoto, Historia, VIII, 26. <<
[6]Fiestas en honor de Pan, también conocido por Liceo
(Lycaios). <<
[7]Instrumento que usaban los atletas para limpiarse el
sudor. <<
[8] Literalmente: mercado de los ceramios. <<
[9] Literalmente: llanura de Caistro. <<
[10] Es decir, preparados para el combate. <<
[11] Dignidad en la corte persa. <<
[12] El estadio equivale a 185 metros. <<
[13]
La mina valía cien dracmas y la dracma equivale a una
peseta. <<
[14]El siglo corresponde próximamente a una peseta, y la
capita a poco más de dos litros. <<
[15]
Estos portacetros formaban la guardia personal de Ciro,
según costumbre de los reyes de Persia. <<
[16] Infantería persa armada de escudos de mimbre. <<
[17] Ares, dios de la guerra. <<
[18]
Las partes puestas entre corchetes son consideradas
como interpolaciones. <<
[19] Escudos pequeños que usaba la infantería ligera. <<
[20] Entre diez y una del día. <<
[21] El estornudo era considerado como un augurio
favorable. <<
[22] Nínive. <<
[23]La compañía de cien hombres, mandada por un capitán,
se dividía en dos pentecostías, mandadas por sendos
pentecosteros, y en cuatro enomotías, a las órdenes de los
correspondientes enomotarcos. Por diversas razones se ha
conservado la denominación griega a estas divisiones de la
compañía, mientras el nombre de ella misma parece
traducido. <<
[24] Soldados que iban sin armadura. <<
[25] Es decir, sin la capa, o imation. <<
[26] Hacha de armas. <<
[27] Carrera más larga que el estadio. <<
[28] Navíos de guerra. <<
[29] Navío de cincuenta remos. <<
[30] Navío de treinta remos. <<
[31] Soldados armados con lanzas. <<
[32] Especie de cónsul. <<
[33]«Hasta este punto el ejército había marchado por tierra.
El camino recorrido desde la batalla junto a Babilonia hasta
Cotiora sumaba seiscientas veinte parasangas o dieciocho
mil estadios, recorridos en ciento veintidós jornadas y en
ocho meses». (Interpolación en el texto original). <<
[34] Gobernador. <<
[35] Es decir, su representante oficial en Sinope. <<
[36] Inspectores del mercado. <<
[37]En las ediciones antiguas este trozo tiene un contexto
que puede traducirse así: «y bordeando la costa vieron al
cabo Jasón, donde, según se dice, fondeó la nave Argos, y
las desembocaduras de varios ríos, primero la del
Termodonte, después las de Iris y el Halis, y por último la del
Partenio». La edición Teubner que seguimos pone aparte,
entre corchetes, estas líneas considerándolas una
interposición. <<
[38]Las ediciones corrientes principian este capítulo con
unas palabras que dicen así, traducidas: «Ya se ha dicho
anteriormente cómo acabó el mando de Quirísofo y cómo
quedó dividido el ejército de los griegos». <<
[39]
El discurso de Jenofonte se presenta en otras ediciones
con un orden distinto. El adoptado aquí es el de la edición
Teubner. <<
[40] Interpolación. <<